The Project Gutenberg EBook of Los monfes de las Alpujarras, by 
Manuel Fernndez y Gonzlez

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Title: Los monfes de las Alpujarras

Author: Manuel Fernndez y Gonzlez

Release Date: January 4, 2014 [EBook #44584]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MONFES DE LAS ALPUJARRAS ***




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  En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
                    texto. (nota del transcriptor)






                BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG.




                              LOS MONFIES

                          DE LAS ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                                  DE

                   DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.

                            [imagen]

                                MADRID.

                 GASPAR Y ROIG, EDITORES, PRINCIPE, 4.
                                 1859.




                            [imagen]

                              LOS MONFIES

                                DE LAS

                              ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                  DE D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZLEZ.




PRIMERA PARTE.

LOS AMORES DE YAYE.




CAPITULO PRIMERO.

El edicto del seor emperador.


El dia 30 de mayo del ao de 1546, una inmensa multitud de gentes de
todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela
comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Catlicos, la
Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde
aquel punto conducen al Zacatin,  la plaza de Bib-al-Rambla, y  la
parte alta de la ciudad.

Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos,
 los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los
coletos de mbar y los castoreos con plumas de los soldados de los
tercios viejos del rey.

Notbase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una
insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con
ellos; segun todos los indicios y  juzgar por ciertas particularidades
de que vamos  ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento
importante.

Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes:

El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica
colgadura de terciopelo carmes con franja y rapacejos de oro, y en su
centro se vea bordado en realce el blason de las armas reales de Espaa
y Austria, sostenido por un guila de dos cabezas coronada y tendidas
las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se
veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes
Catlicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de
la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de
Granada, que los Reyes Catlicos habian dejado como una inapreciable
prenda  la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y
arrasarse de lgrimas los ojos de los moriscos,  consecuencia de los
tristsimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su
memoria.

Ultimamente, una compaa de alabarderos, con su capitan Rodrigo de
Monforte  la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la
Casa de la Ciudad, y  travs de los soldados se veian en el extenso
patio, cuyas galeras estaban entonces sostenidas por arcos y columnas
rabes, los abigarrados colores de las dalmticas de los reyes de armas
de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros
ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del seor corregidor y de
los seores veinticuatros  regidores perpetuos, teniendo los caballos
de sus seores del diestro, y por ltimo, los timbaleros y trompeteros
de la Ciudad  caballo.

All en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta,
vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una
especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en
contacto; el ltimo escalon descendente de la gradacion social puesto en
contacto con el verdugo.

Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad.

Se trataba, pues, de un pregon.

Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy
importante, y fu aqu la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo
lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la
ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante
los reinados de los Reyes Catlicos, de la reina doa Juana, su hija, y
del emperador don Carlos, su nieto.

A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de crte,
ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y
escuderos.

A las once del dia oyse por la calleja que conducia  la parte alta de
la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los msicos de la
Real Chancillera, y sus reyes de armas  caballo; luego el seor
presidente, en una mula, con sus hbitos de arcipreste; despues, en
otras tantas mulas, los seores oidores, los seores alcaldes de Casa y
Crte, y por ltimo, una nube de negros ministros de justicia, ginetes
en rocines.

Aquella cabalgata atraves por medio del apiado gento, lleg  la
puerta de la Casa de la Ciudad, aperonse los seores de la
Chancillera, y entraron por medio de la compaa de alabarderos, que se
abri, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular,
cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida
por aquel cuerpo extrao que se le habia incrustado, y apretada mas y
mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y
empezaba  rebosar por las tres callejas que  ella conducian;  las
once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del
Zacatin se habia escuchado de repente, blico son de clarines y
atambores que batian marcha; una compaa de arcabuceros habia entrado
haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez
mayor del reino y crte de Granada, llevando el estandarte real; luego
el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqus de
Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y dems
servidumbre del marqus, vestidos de gala; por ltimo, entre una nube de
caballeros, capitanes y alfreces, el mismo capitan general sobre un
caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre
su arns de crte, el baston de mando en la diestra, llevando en la
cabeza en vez del yelmo, como en seal de paz y confianza, un bonete de
grana; seguanle, empero, como muestra de que iba preparado  todo,
cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada
de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su
viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruido, se mostraba
honrosamente abollado y remendado, seal clara de que habia defendido 
su dueo en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes
servidores del marqus, y por ltimo una compaa de piqueros.

Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la
plazuela al pueblo, pero que, la Chancillera le habia robado un buen
espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo
faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle
enteramente de ella.

El Santo Oficio no tard en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su
pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombros y hoscos,
montados en mulas, sus familiares, y, por ltimo sus soldados de la fe.

El pueblo se vi obligado  extenderse fuera totalmente de la plazuela,
rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la
Chancillera, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y
pendones, estaban sitiados, como acuados por un pueblo inmenso.

Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y  pesar de que
comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones,
para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de
Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y
aun de miedo.

Dieron gravemente las doce en el cercano relj de la Capilla Real: aun
duraba la vibracion de la ltima campanada, cuando se escuch alto
alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco
despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el
Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente
fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del
ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los
alguaciles; luego la Chancillera, despues el capitan general, por
ltimo, la Inquisicion y trs ella las tres compaas de alabarderos,
arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se
mezcl en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y sigui
lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas
atronaban el espacio.

Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado:
las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como
en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad,
que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no
estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la
calle precediendo y siguiendo  las cuatro corporaciones que tan
solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta
plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo nmero se aumentaba
incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la
calle de Elvira y por los que descendan por las avenidas del Zenete, de
la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos aos despus se
construy el palacio de la Chancillera, estaba levantado un extenso
tablado; cuando llegaron  l, subieron por la gradera los tres
alfreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el
capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillera;
subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo
de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos
de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el
largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un
silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente,
que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra
cosa que fantasmas, se oy la extensa y sonora voz que habia valido al
tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que
le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

Oid! oid! oid!

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continu:

Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon...

Suprimimos en gracia  la paciencia de nuestros lectores, los largos
dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto,
que tras dichos dictados, pregon Gonzalvillo: pero vamos  decir cules
eran los captulos del edicto,  la enunciacion de cada uno de los
cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia
que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si
hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que 
pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse
creido oportuno exasperar  los moriscos, era en sustancia lo
siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia
expuesto su consejo, decia  sus buenos vasallos, los moriscos del reino
de Granada que: Habindose reunido los aos pasados doctos y justos
varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones
visto y examinado los captulos y condiciones de las paces que se
concedieron  los moros cuando se rindieron, el asiento que tom de
nuevo con ellos el arzobispo de Toledo[1], cuando se convirtieron, y las
cdulas y provisores de los Reyes Catlicos, juntamente con las
relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que
mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de
su secta y no serian buenos cristianos, y en quitrselos no se les hacia
agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se
les mandaba dejar su lengua para siempre jams, y no hablar sino en
castellano; que no fuesen vlidas las escrituras ni tratos que se
hiciesen en lengua arbiga, que dejasen de usar su antiguo trage y
usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baos; que
tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de
viernes y sbado; que no usasen las leilas y zambras  la morisca; que
no se tiesen las mujeres las uas de las manos y de los pis; que no
usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros
descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos
no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo 
los preceptos de la Iglesia Catlica; que el dia de la boda tuviesen la
casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo nios expsitos;
que no usasen de sobrenombre, y ltimamente, que no tuviesen consigo
berberiscos libres ni cautivos.

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de
Granada, ya en aos anteriores harto bastardeadas: los moriscos se
encontraban reducidos  la condicion de un pueblo que se hubiese rendido
 discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Catlicos, ya
lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levant entre aquellos pobres
vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en
la Ajarqua y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido
vencidas, y dursimamente castigadas  sangre: estaban enteramente
dominados, desarmados, y sin embargo, la clera ruga en cada uno de sus
corazones, y el nsia de morir matando  sus aborrecidos opresores, les
dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge  un
pueblo cuando siente sobre s el golpe audaz del ltigo del despotismo,
fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una seal
de disgusto se dej notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la
misma solemne forma, se dirigi al Albaicin y empez  trepar por sus
pendientes y estrechas calles, hasta llegar  la Plaza Larga, donde
habia otro tablado.

All, tambien, en medio de un gento inmenso, se pregon el edicto, y
concluido que fue el pregon, la cabalgata se encamin  la parte baja de
la ciudad.

Ni un solo castellano qued en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se
habia dispersado, retirndose cada uno de los moriscos, triste,
cabizbajo y pensativo  su casa. Pero no aconteci lo mismo en la Plaza
Larga: en vez de dispersarse el gento, se estrechaba mas: empezaba 
escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia
proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola seal
sediciosa.

De repente, un jven como de veinte y cuatro aos, de continente
gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enrgico y hermoso, y,
aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin
duda,  juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que
habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los
captulos del edicto, se volvi bruscamente hcia dentro, y abandonando
 un anciano que le acompaaba, y que, por el contrario que el jven,
habia escuchado el pregon con semblante impasible, empuj rudamente la
puerta de la celosa de la tienda, la atraves fuera de s, y salvando 
saltos unas escaleras, atraves una habitacion, abri una ventana que
daba  la plaza, y avanzando por ella el cuerpo grit:

--A las armas contra los cristianos!  barrear las calles que bajan 
la ciudad!  morir   exterminar  nuestros enemigos!

La voz del jven excitado por la clera, era tonante, extensa, poderosa,
como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumb claro y distinto por cima de los murmullos de
la multitud, en los ngulos mas distantes de la plaza.

Aumentse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movi,
ni una sola voz contest  la voz del jven tribuno.

--Cobardes! grit el jven, irritado por el poco efecto que habian
hecho sus palabras en los moriscos, os sentencia  la pobreza,  la
esclavitud y  la deshonra, y lo sufrs como sufre el perro el ltigo de
su seor!

--Cobardes no! grit otra voz no menos tonante que la del jven, desde
el centro de la multitud: cobardes no! desarmados!

Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion,
de rabia, todo junto  la vez.

--Que no tenemos armas! exclam con una feroz energa el jven de la
ventana, clavando su mirada de guila en el que le habia contestado y
reconocindole. Y eres t, Farax-aben-Farax el valiente, el
descendiente de cien reyes, el que exclamas como una dbil mujer: no
tenemos armas!--acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no
ves las piedras que tienes delante de los pis? y cuando aun estas
mismas piedras nos faltran, no es preferible morir antes que ver 
nuestros pequeuelos separados de sus madres,  nuestras doncellas
afrentadas por el cristiano,  nuestros viejos cubiertos de vergenza de
haber llegado  tan ruines tiempos?

--A las armas!  barrear las calles! exclam la multitud, excitada por
el entusiasta y enrgico apstrofe del jven:  morir  matar!

Y los moriscos empezaron  revolverse y sin saberse de dnde habian
salido, empezaron  verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.

Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las
manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas
para hacer salva, como en seal de levantamiento.

Entonces apareci en la misma ventana en dnde el jven con la voz y los
ademanes seguia excitando al pueblo, apareci, decimos, un viejo
venerable, de larga barba blanca, vestido  la castellana; el mismo que
hemos dicho acompaaba al jven durante el pregon en la puerta de la
botica.

Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y
con sus trmulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia
despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.

La toca del bonete ondeaba, y  todas luces se comprendia que el anciano
deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus
seas se vieron, comprendise su deseo y mucho respeto, mucho amor debia
inspirar aquel venerable viejo  los moriscos, porque los gritos cesaron
y los que estaban  punto de salir de la plaza se detuvieron.

--Me conoceis aun, hijos mios? exclam el anciano con voz trmula y
conmovida: me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?

--Si! si! si!

--T eres el justo, el bueno, el santo faqu! de la gran mezquita,
exclam el llamado Farax-aben-Farax: t eres nuestro amado Abd-el-Gewar;
habla anciano: tus hijos te escuchan.

--Que vais  hacer? exclam el faqu: no veis la ciudad llena de
soldados? no habeis visto la espantable artillera que para causaros
terror ha llevado delante de vosotros  la Alhambra el capitan general?
no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la
Chancillera, la milicia y la Inquisicion? para qu se han dejado ver
tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros 
entender que estan resueltas  cumplir aunque para ello necesiten
exterminaros, el cruel edicto del emperador?

El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para
dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la
plaza tenian fijos en l sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que
al principio, continuaba: el jven morisco que poco antes habia incitado
al pueblo  la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano,
de pi con los brazos cruzados y el semblante sombro.

--Acordaos! continu el anciano faqu: acordaos los que ya teneis
canas, cuando en el ao 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, os
entrar en la casa de un _elche_[2] y sacar  su hija doncella para
llevarla  bautizar  la fuerza! acordaos de que,  los gritos de
aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron  la plaza de
Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se
levant, la adarga que don Iigo Lopez de Mendoza nos enviaba en seal
de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido 
convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las
calles que suben de la ciudad, como desesperados y qu sucedi? solos,
sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos
vencidos, nos vimos obligados  besar de nuevo los pis del vencedor y 
pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron
castigadas: vimos los pequeuelos arrancados del pecho de sus madres; el
padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros
descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los
que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al
interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los dems aterrados,
gimiendo nuestro dolor y nuestra vergenza bajo el altivo perdon de los
castellanos. Y quereis que hoy volvamos  probar tales afrentas?
quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros
pequeuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

--Es que ese edicto no los arrebata, santo faqu, exclam
Farax-aben-Farax.

--Ese edicto no se cumplir, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplir, porque
aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey:
mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando
todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros,
ir  hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpi al faqu.

--Ahora, hijos mios,  vuestras casas: mostraos en ellas como si nada
hubiera acontecido: esta noche  la oracion de Alaj[3] los xeques[4]
del Albaicin, casa del Habaqu, en San Cristval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quit de la
ventana.

--Oro! siempre oro! dijo el jven que le acompaaba, siguindole.
Para cuando guardamos el hierro?




CAPITULO II.

De cmo un hombre puede amar por caridad  una mujer, y de cmo, 
veces, puede parecer la caridad amor.


Ningun pueblo como el pueblo rabe, y como su descendiente el moro, ha
llegado  la belleza de las formas, al refinamiento del gusto,  lo
voluptuoso de los contrastes, en lo referente  la construccion de sus
habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella,
porque lo bello estaba y est en el carcter de su arquitectura: la
vivienda de un moro rico era ya un verdadero alczar en cuya
construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion
y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados,
en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y
transparentes penetra en las cmaras; en las labores doradas sobre
fondos esmaltados, en los brillantes mosicos, en las fuentes que
murmuran sobre pavimentos de mrmol, habia tambien en todo aquello mucho
de mstico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las
creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cmaras,
ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos
Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo
las cpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables
restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os
trasladaran  otros tiempos y  otras gentes; os harn aspirar en cada
retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os
explicaran cmo aquel pueblo pudo llenar una pgina tan brillante en el
interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la
humanidad: son  un tiempo poesas erticas y salmos sagrados; cantos de
guerra y sueos de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el
velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la
materia y el espritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo
romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

       *       *       *       *       *

En uno de esos admirables retretes rabes, cuyo recuerdo nos ha
inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente
pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, 
la luz de una lmpara que ardia sobre una pequea y preciosa mesa de
mosico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y
caracterstica hermosura  la bellsima estancia en que se encontraba,
estaba el mismo jven que aquella maana habia excitado  los moriscos
del Albaicin  la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el
edicto del emperador.

Observando detenidamente  aquel jven, se notaba en l un no s qu
misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo
que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa
valenta generosa de los hroes: mucho de firme, de indomable, de audaz
en su carcter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un
grupo de rojas nubes grandes destinos, una altsima mision que cumplir,
una grande empresa que llevar  cabo.

Aquel jven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la
enrgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban
atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se
adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jven era uno de esos seres que se hacen notables  primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran  las
mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas:
que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jams comprender
el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo
esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

       *       *       *       *       *

Este jven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de
madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los rabes y los moros, las flores, las hojas de los rboles, las
yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario
con cuyo auxilio solo se comprende su dulcsimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, custico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse  otras pasiones
que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes  las
mujeres, y la mujer toda es amor,  zelos  venganza: de cualquier
manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

       *       *       *       *       *

Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje
inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de
madreselva?

Significa: lazo de amor.

Lazo de amor! frase terrible bajo su dulzura! frase  la que van
unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un
hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosa vecina
aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola
se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio
de hermosura y de pureza.

La magnfica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento
de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer  una
familia, no solo riqusima, sino poderosa entre los moriscos.

El jven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su
corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado  la celosa y habia sonreido lnguida y
tristemente.

Hasta que lleg  la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano
permaneci asomada por bajo de la celosa, como demostrando la presencia
de su dueo, y la rica ajorca lanzando flgidos destellos, herida por
los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jven lleg  la puerta de su casa y le abrieron, salud con
un ademan lleno de gracia y de benevolencia  su hermosa vecina, cuya
mano le salud  su vez. Luego cuando el jven hubo entrado y cerrado su
puerta, la mano se retir lentamente, como con dolor, y luego se escuch
el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuch un gemido de las brisas de la
tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

       *       *       *       *       *

El ramo de madreselva habia venido  causar al jven una impresion que
se uni inmediatamente  la profunda impresion que le habia causado el
edicto del emperador.

Quin piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria
necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza,
toda nuestra sangre?

Este fue el primer pensamiento que inspir al jven el ramo de
madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lgicamente
otros.

Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis
palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad:
el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeo al hombre
porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.

Yo no quiero ser esclavo.

Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es
la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.

El jven se equivocaba, se engaaba: mejor dicho, pugnaba por engaarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y
que  pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de
desdearla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones
humanas que impedian  nuestro jven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado  meditar si habia alguna razon que la separase
del jven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

       *       *       *       *       *

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos
jvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Crdoba y de Vlor, y no tenia sobrenombre
rabe porque en la poca de su nacimiento, hacia ya muchos aos que su
familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de
Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilsimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinasta Omniada,
de los califas de Crdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don
Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre
Al-Zaquir,  el Zaquer (el pequeo, el segundon).

Juan de Andrade  Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero
cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos
de Granada: convertido  la fuerza: por temor  las prescripciones del
vencedor y  la implacable dureza con que eran tratados por los
cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la prctica exterior y en el
fondo su alma musulmana y musulman fantico.

Isabel de Crdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente
cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado,
con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y
potica piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como
otros muchos moriscos  los Vlor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jven sobre su pura y noble frente
este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravsimas circunstancias que separaban  Yaye de
Isabel.

Yaye no conocia  sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia
educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que
era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el
nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le
habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro aos no conocera
 su padre, y aun cuando el jven le rog y le suplic, se mantuvo
inflexible.

Preguntle Yaye que por qu razon se le criaba como cristiano entre los
cristianos, y Abd-el-Gewar guard tambien acerca de este punto un
profundo silencio, pero procur hacer del jven prncipe, y lo hizo, un
hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en
materias de moral y rgido en las costumbres; pero sobre estas buenas
cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la
intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su
alto orgen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado 
representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos
dicho, musulman y musulman asctico en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su
forma externa: era rgido como una coraza de Damasco. No tenia mas
creencias, no conocia otros objetos  quienes rendir adoracion que al
Altsimo, con arreglo  las prescripciones del Koran, y  la patria, 
la manera que siente por la patria todo el que est dispuesto  perecer
por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran
los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de
la pobre Isabel.

       *       *       *       *       *

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que
 veces amamos sin saberlo;  un ser  quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y
al fin se hace sentir, lastimndonos como una polilla, como una carcoma
roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos
desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas
nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno,
semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la
naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una
naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera,
musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje
castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia
llevado  las aulas de Salamanca, donde cosa extraa! habia aprendido
humanidades, teologa y cnones: al mismo tiempo, y esta era tambien
otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y
el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en
todos los puntos dogmticos del Koran, atacando de paso  la teologa
cristiana en todos los puntos en que est en discordancia con la
alcornica, como quien durante tantos aos habia sido gran faqui y sabio
expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues,  los diez y ocho aos, y considerado desde los puntos de
vista de la ciencia y de la destreza  del valor, podia haber sido
indistintamente cannigo,  faqui,  capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle
de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de
ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extrao en esto es, que  pesar de lo opuesto de
estas enseanzas, la inteligencia del jven no se embroll, ni su trato
con los cristianos, ni sus estudios cannicos, destruyeron una sola de
sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto  l,
infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que
cada vacacion, despues del ao escolar, cuando la mayora de los
sopistas se extendia por toda Espaa en busca de recursos para subsistir
durante otro ao de estudios, de una manera algo mas cmoda que la
dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por
Abd-el-Gewar  las Alpujarras   Granada, donde le hacia aspirar un
odio irreconciliable contra los cristianos,  la vista de la dureza, de
los excesos y aun de las infamias, de que eran vctimas los moriscos:
Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la
presion de la tirana, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia
del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos,
iba acrecentando su odio hcia los cristianos y preparndole  ser algun
dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jven con el
pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito
de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar
el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella
alguna paciencia.

Desde que sali de la Plaza Larga con el jven, habia estado vagando con
l por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y
durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados
sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado  cercanos
acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia
anunciado que iba por fin  conocer  su padre y  su reino; le habia
hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-espaol, cuando
llegase el probablemente prximo caso de que Espaa, fatigada por el
mismo peso de su grandeza, empezase  fraccionarse; habale, en fin,
hecho oir estas sentenciosas y magnficas palabras:

--Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso
no vive para s mismo sino para los dems: ten en cuenta que dentro de
poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy
desgraciado: que t no sers un hombre, sino una esperanza; que en fin,
ese pueblo tendr fijos en ti los ojos para execrarte  para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca
de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicn: el sol descendia:
Abd-el-Gewar se dirigi  la cita que tenia en casa del Habaqu con los
xeques del Albaicn y Yaye se encamin, pensativo y engrandecido por las
palabras de su anciano mentor,  su casa, situada en la calle del
Zenete.

Casi junto  su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don
Fernando de Crdoba, y de Vlor, su vecino, cay  sus pis el ramito de
madreselva; cuando despues de recogerlo alz los ojos, vi la hermosa
mano de Isabel.

Entonces sinti una impresion dolorosa, como la de quien, marchando
confiado por un camino en que no espera encontrar obstculos, se lastima
el pi al tropezar con un objeto dursimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella
cristiana.

Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de
amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y
lnguidamente  la doncella.

En qu consistia esta dulce expresion tratndose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia
sentir hcia ella un impulso de caridad.

       *       *       *       *       *

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jven la de que
aquella noche  las doce estuviese dispuesto  montar  caballo y partir
con l  las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan,
su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al
extremo de l habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los
caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir repar que, en una galera, sobre otro jardin que solo estaba
separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galera de
la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada
de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Vlor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de
madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre nia
sonri como deben sonreir los ngeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente  un encantador saludo, oblig al
jven  detenerse y  hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas  la fuerza
somos poco espontneos, necesit buscar un medio cualquiera para
dirigirla la palabra.

--Estais plida, Isabel, la dijo: estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron
sonreir de nuevo  la jven de una manera mucho mas expresiva.

Sabeis lo que es  veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza  los ojos, y es mas elocuente que ellos:  veces toda
el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se
exhala por los labios convertida en una sonrisa.

--Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jven.

Y sus ojos se llenaron de lgrimas, y su hermosa boca antes tan dulce,
se contrajo en una expresion de dolor.

--Desgraciada! exclam Yaye, no sabiendo qu contestar.

--S, s, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os
veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

--Que lo esperais todo de m?

--S, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivsimo rubor cubri el rostro de la jven que al fin continu,
haciendo un esfuerzo:

--Esta noche os espero.

--Que me esperais!

--Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir  que
yo cante en la habitacion inmediata  la vuestra: adios.

Y la jven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una
sonrisa triste y casi fatal  Yaye, arroj una llave al jardin, y huy,
desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de
la galera.

--El amor es la pasion impura de Satans, dijo Yaye recogiendo la llave:
los hombres que confian su honor  un ser tan dbil como la mujer, son
unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba  la pobre Isabel.

A pesar de su grave  impertinente observacion, y la llamamos
impertinente, porque otro hombre menos dado  la contemplacion, no
hubiera pensado tan de ligero respecto  Isabel, recogi la llave y se
encamin  su aposento, donde se arroj sobre un divan.

Sin saber cmo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de
madreselva habia venido  parar  su mano.

Sin saber cmo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre,
y al tocar por acaso el ramo  sus labios, su corazon se habia
extremecido.

Sin saber cmo, la imgen de Isabel flotaba delante de todos sus
pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para l aquello era caridad.

Pero sabemos acaso  dnde puede llevar  un hombre la caridad hcia
una mujer? Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en
toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto  su corazon, se engaaba como sucede en general  todos
los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde  temprano, acaba por triunfar el corazon, por
obedecer la cabeza.

       *       *       *       *       *

Yaye habia conocido  Isabel dos aos antes, durante unas vacaciones,
por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho aos; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba  la galera de sus habitaciones,
veia en las suyas  su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnfico tipo de la raza rabe:
blanca, plida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios
sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan
experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo
cuando no se sabe si ser satisfecho.

Yaye la vi, y experiment aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de
una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jvenes siguieron vindose:  las pocas vistas se saludaron;  los
pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como
obedeciendo  una costumbre, los jvenes se veian en las galeras,
teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando
la distancia; al fin, solo les separ el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas
intensas: al cabo el jven conoci que era amado; al conocerlo se dijo:

--Yo no puedo amar  esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus
amores.

Y cort bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pas un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofa con su maestro Abd-el-Gewar,
no habia salido durante aquel mes  la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galera al amanecer; por las
tardes, en la celosa que correspondia  la calle, y desde donde se vea
la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcsima voz de Isabel que en
la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristsimos
romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia,
Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia  Yaye de escudero, le dijo:

--Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunci el gesto.

--Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha
dado este relicario.

Harum sac de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de
seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riqusimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de
una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado
la imgen de la Vrgen inmaculada, y por el otro un pequeo _Lignum
Crucis_.

El jven mir con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

--Para qu te ha dado esto esa dama? dijo  Harum.

--Doa Isabel me ha dicho: si est enfermo, que se ponga pendiente del
cuello esta santa reliquia, y sanar.

Nublse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el
relicario  Harum para que lo devolviese  Isabel.

--Pero no, dijo para s: su solicitud por m, no merece tan descorts
respuesta; yo mismo se lo devolver.

Y despidi  Harum.

Aquella noche el sueo de Yaye fue inquieto: al amanecer se visti, y se
puso en la galera.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero plida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con
la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi difanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre nia.

Un vivsimo sentimiento de compasion se apoder de Yaye al ver  Isabel.

--Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como
siempre... gracias  Dios.

--Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevi  continuar.

--S, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

--He venido  devolveros un relicario que disteis ayer  mi escudero,
dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le mir y no pudo contener dos brillantes lgrimas que asomaron 
sus ojos.

--Ah! no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovi; comprendi al fin cunto le amaba aquella mujer, _tuvo
lstima de ella_ y repuso:

--Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservar esta prenda... por
vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de
Isabel, y creyendo ceder solo  la compasion, cuando en realidad quien
le impulsaba era su corazon, demostr  Isabel un amor que l creia
fingido.

Pero no reparaba, engandose  s mismo, que al fingir aquel amor
gozaba de unas delicias pursimas, que su corazon se aliviaba de un peso
cruel, porque al fin exhalaba el depsito de amor que traidoramente y
contra la voluntad de su dueo habia absorbido su corazon.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Isabel, que se habia puesto flaca y plida en un mes, volvi  la
magnfica turgencia de sus formas,  su admirable hermosura, en una
semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma
fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua
hermosura: esta habia crecido.

Vila un dia el anciano faqui y exclam suspirando:

--Para ser un arcngel del stimo cielo, no la falta  la pobre Isabel
otra cosa que no ser cristiana.

       *       *       *       *       *

El amor para las mujeres, es como el roco y el sol de la primavera para
las flores.

       *       *       *       *       *

Durante las vacaciones de aquel ao, Isabel y Yaye fueron felices. Ella
porque se contemplaba amada; l porque creia hacer una obra meritoria de
caridad.

El amor de Yaye hcia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuse Yaye  Salamanca  estudiar su ltimo ao.

Cuando se separ de Isabel, experiment un dolor agudo, un vaco en el
corazon.

A pesar de su repugnancia  todo lo que representaba las creencias
cristianas, Yaye se llev consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se pregunt con terror si verdaderamente amaba 
aquella mujer.

       *       *       *       *       *

Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada  Salamanca; cuando
iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de
Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engaarse completamente; se habia
convencido de que no amaba  Isabel, pero seguia escribindola amores, y
deseando volver  verla, por caridad, por pura caridad.

       *       *       *       *       *

En tal estado se hallaban los corazones de los jvenes, cuando Yaye
volvi de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto
algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado  ser mas esplcita: las palabras esposo y esposa
empezaban  salir de sus labios. Yaye comprendi que habia llegado el
momento de que su caridad fuese puesta  prueba, y empez  excusar en
cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situacin y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que
iba al fin  conocer  su padre, habian abierto para l una nueva vida,
habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de
Isabel.

Yaye estaba con razn tan profundamente pensativo y abstraido como le
hemos presentado al principio de este capitulo.

       *       *       *       *       *

Pasaban lentamente las horas.

El rel de Santa Mara de la Alhambra marc  lo lejos las once de la
noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la
Vela.

Poco despues hizo extremecer  Yaye el preludio de una guitarra.

Armonas fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del
instrumento, como suspiros de amor: flexibles rfagas, que parecian
destinadas  llevar  los odos del amado el alma de una mujer.

Yaye sinti vacilar su alma acariciada por aquella armona que parecia
poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo
por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada enton las
coplas siguientes:

    La esperanza es la vida
        de quien bien ama,
    y su muerte, la muerte
        de su esperanza.
        Ay! Dios no quiera
    que mi amante esperanza
        se desvanezca!

Estremecise de pis  cabeza Yaye al escuchar la copla; despus un
vrtigo envolvi su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion 
Isabel: entonces comprendi que la amaba; al comprenderlo creyse
entregado  Satans, porque solo Satans, segun l, pensaba en su
fanatismo, podia inspirarle amor hcia una enemiga de su ley, hcia la
hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

--No ir  la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia:
instantneamente pens que era una cobarda huir del peligro: que era
mas noble arrostrarle, luchar con l y vencerle.

--Ir, s, ir: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que
yo no puedo unir mi suerte  la suya, que no debo amarla; pero la
desengaar: acabaremos de una vez Oh! si por ventura al verse engaada
en sus esperanzas, en su amor... oh! si muriese!... pues bien, que se
convierta al Dios Altsimo y Unico... si no... que olvide  muera... yo
no puedo hacer traicion por una mujer  mi patria y  mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por
una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo
ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage
morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar
con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que
era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego  una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el
nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada:
el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia
lo que necesitaba saber.

Que el seor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se
engaaba: sabia cunto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque
la mujer no se engaa jams acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engaaba. No
sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan
enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la
ambicion.

Le esperaba  la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel
trage le hubiera desconocido  no baar de lleno la luz de la luna su
semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado
rpidamente al sentir sus pasos, retrocedi y se detuvo estremecida por
un presentimiento fro, punzante, como la hoja de un pual.

Los jvenes hablaron muy poco.

--Qu ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trmula:  qu ese
disfraz?

--Estas ropas, seora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos
quieren arrancar por los cristianos, las que llevar desde ahora como
buen musulman.

--Ah! exclam Isabel consternada, llevndose las manos sobre el
corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente  frente con una fijeza
sombra  Yaye exclam:

--Vos no me amais!

--Os amo, Isabel... pero antes que  vos amo  mi patria.

--Por piedad, contestadme de una vez sois moro?

--Moro soy.

--Estais resuelto  no convertiros  la fe de Jesucristo?

--Jams.

--Entonces no podeis ser mi esposo, exclam con acento desesperado
Isabel.

--Convertios  la religion de vuestros abuelos los califas de Crdoba.

--Adoro  Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por l sufrir
el martirio de mi amor; por l sufrir si es preciso el indudablemente
menos terrible de mi cuerpo.

--Entonces, adios.

--Esperad un momento: quiero que sepais hasta dnde llega el tormento 
que me habeis sentenciado engandome: yo os amo, os amo desde el
momento en que os v: os amar siempre: yo contaba con vos; no saba
quin rais, si pobre  si rico, si noble  villano: eso me importaba
poco. Estaba resuelta  unirme con vos y  ser vuestra esposa... porque,
permaneciendo en mi casa me ver obligada  entrar en un convento  
casarme con un hombre  quien no puedo amar y con el que me obligan 
casar mis hermanos. Vos me posponeis  una religion falsa,  una patria
que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada 
ser monja  casada, ser casada, porque no me atrevo  ofrecer  Dios un
corazon que est lleno del amor de un hombre: ser casada y har feliz 
mi marido, porque el dolor se quedar todo para m. Pero acordaos, y que
este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo
esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis
robado mi nica esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la
rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo s, lo
conozco, estoy segura de ello: me sacrificais  vuestra soberbia... no
s  qu... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho
igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

--Una palabra: convertios  la ley de vuestros abuelas, si es verdad que
me amais.

--Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad
ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran
cristianos, y soy vuestra esposa.

--Adios! exclam fatdicamente el jven.

--Esperad, esperad un momento: conservais una prenda ma...

--La llevo sobre mi corazon.

--Sobre vuestro corazon la imgen de la Virgen! una reliquia de la
cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

--Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo
que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os
amar siempre: esta prenda que un dia me entregsteis no se separar
jams de m.

--Que ella os proteja! exclam llorando Isabel.

--El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro
de los cristianos... renegaron! exclam enrgica y gravemente Yaye, en
vista de un movimiento de la jven: vos no quereis volver al camino de
luz que ellos dejaron. Cmplase lo que est escrito. Pero cuando el sol
aparezca todos los dias, cuando bae con sus primeros rayos ese mirador
que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: acordaos de
m!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y
el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propsitos,
huy de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vi desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la
calle de csped alent alguna esperanza; cuando oy rechinar la llave en
la cerradura del postigo, sinti que se desgarraba su corazon; cuando al
fin escuch la caida de la llave que el jven la devolvia arrojndola
por cima de la tapia, perdi su ltima esperanza y crey morir.

Luego cay de rodillas, llor por su amor perdido y rog  Dios por el
hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levant, busc la llave, la alz del suelo, y se volvi
triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve  su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas
que la amarga copa del sacrificio.




CAPITULO III.

De cmo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las
cuales no se hace cargo la historia.


Hay en la historia de nuestra patria una pgina correspondiente al siglo
XVI.

Esta pgina est llena con un hecho admirable.

[imagen: Yaye.]

Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe
II. Fuese aquella abdicacion producto del hasto del emperador hcia las
grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que
conociendo  tiempo que sus aos y sus fuerzas eran insuficientes para
sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los
robustos hombros de su hijo, la pgina que contiene aquella abdicacion
es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el
punto de vista de un hombre que ha llegado  ser bastante grande para
poder sobreponerse  las grandezas humanas, ya del de una sabia
prevision poltica.

Aquella abdicacion asombr al mundo; aun asombra hoy  los que no
comprenden cunto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre
tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido
emperador acab siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la
severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra
los sombros muros del monasterio de San Yuste.

Carlos V para acercarse  las puertas de la eternidad, deponia la
prpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza.

Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una
penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el
crmen.

Carlos V habia sido rey dspota: Carlos V habia sido rey conquistador.

Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no
hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del
mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto.

Y decimos esto, porque algunos aos antes de la abdicacion del
emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de
la manera mas insignificante, la historia.

Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos
rabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del
Albaicin de Granada.

Vamos, pues,  trasmitir esta abdicacion  la historia siquiera sea en
las pginas de una novela.

A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye
de Isabel de Vlor, mont el jven  caballo, y acompaado del anciano
Abd-el-Gewar,  caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos,
tom la vuelta de las Alpujarras.

[imagen: Doa Isabel de Crdoba y de Vlor.]

Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su
dolor y lo respet: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel,
se pronunci durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al
objeto que le llevaba  las Alpujarras. Al amanecer llegaron  Lanjaron.

Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en
l del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada.

All los mismos sntomas de insurreccion que en el Albaicin.

All tambien la voz y los consejos del anciano Abd-el-Gewar pudieron
restablecer el sosiego.

Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino.

Poco despus de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar.

Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al
sueo; ni una luz  travs de las ventanas, ni un enamorado en la calle,
pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada;
solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, 
cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que
rondaban con el corregidor.

La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la
Taha  distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su
misma exageracion. Comunmente  aquellas horas no estaba la poblacion
tan desierta.

Yaye, Abd-el-Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las
tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo,
entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del
barrio alto.

No habian encontrado  su paso ni una sola persona, y sin duda se les
esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los
caballos, junto al postigo, se abri este en silencio, y con el mismo
silencio volvi  cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los
cinco ginetes.

Pas algun tiempo y al fin se escuch el primer canto del gallo.

Era la media noche.

Abrise entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y
Abd-el-Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos.

El postigo se cerr.

Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion 
las montaas cercanas.

La una, encorvada como bajo el peso de los aos, se apoyaba en el brazo
de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una
vigorosa juventud.

Su paso era apresurado. El jven sostenia al viejo. Deslizbanse bajo el
rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando
de una manera fantstica las montaas cercanas, que recortaban
vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras  lo
lejos apenas se percibian otras montaas casi perdidas entre las brumas
de la noche.

Al fondo se extendia una lnea brillante.

Era el mar, cuyo gemido se escuchaba tnue  incesante, debilitado por
la distancia.

De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los lamos que crecian
junto  las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la
armoniosa y magnfica voz de un ruiseor enamorado, y all en las
altsimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los
aguiluchos hambrientos, mientras ac y all, en todas direcciones se
levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos.

Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre
en aquellas soledades, se adverta cerca  lejos, al poco espacio de
haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la
montaa.

El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar
sobre las speras crestas y alguna piedra desprendida  su paso del
borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo  las profundidades de
los valles.

Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jven llegaron  la
entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en l se
oy un chasquido, y un venablo pas silbando sordamente  mucha
distancia de ellos.

Indudablemente era une sea, no una amenaza, puesto que el viejo se
detuvo y agit por tres veces su alquicel.

A aquella seal vironse moverse sombras informes en la entrada de la
selva, y adelantar hcia el repecho donde se habian detenido el viejo y
el jven.

El nmero de aquellas sombras podia llegar  veinte y cuatro. Dos de
ellas llevaban una litera.

Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron
bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi
salvajes: su trage era caracterstico y bravo: llevaban en la cabeza un
pequeo turbante blanco; ceido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas
anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya
falda apenas les llegaba  las rodillas, estaba ceido en la cintura por
una faja encarnada y anchsima, en la cual estaban sujetos un alfanje
corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho
talabarte llevaban  la espalda una aljaba llena de venablos  saetas;
cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por
ltimo, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de
cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas,
completaban su severa y enrgica vestimenta.

Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada  todo
linaje de crueldad y de desafuero.

En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran
monfes.

Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfes eran.

El anciano habl algunas palabras en rabe con el que parecia jefe de
aquella gente, y despues abri la litera, y entr en ella con el jven.

La litera se cerr de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el
camino por donde se les conducia.

Inmediatamente cuatro de los monfes cargaron con la litera, y rodeados
de los restantes adelantaron hcia el oscuro pinar, y se internaron en
l.

El lugar donde el jven y el anciano habian entrado en la litera, qued
solitario.

Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho
frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos.

Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba  alguna distancia
de l una saeta salida del pinar.

El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel,
y adelantaba sin recelo, aventurndose en la oscura selva, como en un
terreno conocido.

Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, lleg
al mismo punto que los otros, y como junto  los otros, zumb junto  l
otra saeta.

En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvi, y
empez  trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia
descendido.

Escuchse entonces el simultneo chasquido de algunas ballestas, y el
ronco silbar de muchos venablos: el que huia cay.

Poco despues algunos monfes estaban  su alrededor, y le reconocian.

--Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en rabe  sus
compaeros; un perro, espa de los cristianos.

Y arrastrndole por un pi hasta el borde del desfiladero, le arroj 
la profundidad.

Oyse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las
rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua.

Despues nada. Los monfes habian desaparecido. Solo quedaba en el
sendero del repecho junto  la cortadura, un ancho rastro de sangre, y
algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnfica cmara,
teniendo  los pis, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa
esclava, habia un anciano.

Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su
pecho; sus anchas y rgias vestiduras se extendian sobre el divan.

Entre la toca rabe del anciano, se veian las puntas de oro de una
corona de rey.

La esclava sentada  sus pis, abstraida y plida, mostraba en sus
negros y radiantes ojos una mirada difana, y como fija en la
inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y
fugitiva armona de las cuerdas de oro de su guzla de marfil.

Un ruiseor, encerrado en una jaula riqusima, pendiente de la cpula,
lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armnico trino.

Una lmpara de seda pendiente de la cpula, arrojaba los reflejos de la
tnue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de
diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan,
en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de
brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos
sobre que se asentaba la cpula.

Era un cuadro de reposo que inspiraba sueo.

Una imgen de voluptuosidad, que inspiraba amores.

Un detalle encantador de la vida ntima de los musulmanes.

El anciano era hermoso,  pesar de su edad.

La esclava, era un arcngel humano.

La cmara, era un robo hecho al paraso.

Durante algun tiempo, el anciano continu dormitando, la esclava
pensando, trinando el ruiseor.

Mas all todo era silencio.

De repente se escuch un golpe vibrante y metlico.

El ruiseor call; el anciano levant la cabeza; la esclava se puso de
pi, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas.

Retumb un segundo golpe; el anciano se puso de pi, y mand con un
ademan  la esclava que saliese.

Esta desapareci por uno de los arcos laterales, como una ilusion de
amores.

Cuando se hubo perdido el tnue eco de los pasos de la esclava, el
anciano fu  la puerta de la cmara y la abri.

En ella apareci otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y
centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la
puerta: inclinse como se inclina un vasallo ante su seor, y dijo:

--Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd-el-Gewar, el faqui, acaba de
llegar.

Colorronse con una llamarada febril las plidas mejillas del anciano,
arrasronse sus ojos, y dijo:

--Y ha venido solo Abd-el-Gewar?

--No, poderoso emir, le acompaa un jven.

--Dnde estan?

--En la antecmara inmediata.

--Haz entrar  Abd-el-Gewar.

--Solo?

--Solo. Entre tanto da compaa al jven.

Inclinse el anciano, sali, y el emir se dirigi con paso lento, y
profundamente pensativo al divan, y se sent en l.

Poco despues se abri la puerta del fondo, y apareci Abd-el-Gewar, que
se detuvo un punto, mir al fondo, vi al emir, brill en sus ojos una
expresion de alegra y adelantando con una ligereza superior  sus aos,
se arroj  los pis del emir.

--Que el Seor Altsimo y Unico, te bendiga, seor, exclam asindole
las manos.

--Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza
mi buen amigo, y sintate.

Y levantndole, le sent  su lado en el divan.

Los dos ancianos se contemplaron frente  frente, y en silencio durante
algun tiempo: parecia como que en aquella mtua mirada recordaban todo
su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos
de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaos de la edad
madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada
retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrs, desde ese otro
mundo que est ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se
llama eternidad.

--Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.

--Vuestro hijo, seor, contest Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero,
un corazon de oro, un brazo de hierro.

--Hace tres aos que no le veo; la ltima vez que estuve en el Albaicin
era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.

--Ahora, seor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. Creereis que
ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya
tendreis noticias, me fue necesario apelar  todo el respeto que me
tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese
espada en mano  los cristianos?

--Ah, buen hijo de sus abuelos! exclam el anciano; y luego haciendo
una rpida transicion aadi: y cmo han acogido los moriscos de
Granada la promulgacion de ese infame edicto?

--De una manera amenazadora, seor; pero no es tiempo aun...

--No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando
al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado
por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los
frailes y de la Inquisicion, desatender los buenos oficios que nos
procuramos  fuerza de oro, del prncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas
allegados consejeros, y romper con nosotros de una manera cruel, y si
es necesario, nos exterminar, entregndonos atados  la Inquisicion.
Entonces ser necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breas
donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion
extrema podr ser necesaria hoy, maana, cuando menos lo esperemos. Por
lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfes, saben que
tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el
mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido
para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado  uno de mis
sabios. Yo estoy ya viejo y dbil: las desgracias han agotado mis
fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... oh!... los encendidos
recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... oh! qu desgraciado he
sido, Abd-el-Gewar!

El anciano emir inclin la cabeza sobre el pecho.

--Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y
cavernoso.

--Olvidar!olvidar! t mismo no has olvidado, exclam el emir; y eso
que t no eras su esposo, eso que tu no la amabas... olvidar! olvidar
 Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...

El anciano se interrumpi, se cubri el rostro con las manos y lanz un
grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una
situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios
coloca  los hombres para probar hasta qu punto puede un corazon humano
apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continu
cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor
convulsivo. Luego se irgui de repente: brillaba en sus ojos un fuego
salvaje, y exclam con la voz vibrante y trmula:

--La he vengado con la sangre de los cristianos: las breas de la
Alpujarra me han visto persiguindolos como bestias feroces: mi yatagan
se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros
de la montaa. El nombre de los monfes de las Alpujarras ha retumbado
preado de horror hasta los mas remotos confines de Espaa, y en vano ha
sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus
soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas vctimas
inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun
no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando
sangre  mi venganza, y me veo obligado  entregar esa venganza  mi
hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar.

--Morir! morir vos, seor, cuando apenas contais sesenta aos!

--La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana
han pasado veinte y cuatro aos... y mira: mi piel est arrugada, mis
cabellos blancos, mis manos trmulas: apenas puedo ya sostener la
espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que
mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, maana, si Dios lo
quiere, rey de Granada.

--Rey de Granada! suponiendo, seor, que llegsemos  rescatar del
cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ignorais que hay un
hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?

--Don Diego de Crdoba y de Vlor! No importa: don Diego sabe muy bien
que los moriscos de Granada son gente balda y floja acostumbrada al
yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los
monfes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliar. Don Diego de
Crdoba, tiene una hermana.

--S seor, contest Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir.

--Cuando yo estuve en Granada hace cuatro aos, doa Isabel era una
doncella de catorce aos, hermosa, pura, noble, cndida, con un corazon
de ngel y una dignidad de reina.

--Pero D. Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclam con
repugnancia el fantico Abd-el-Gewar.

--Cristiana era su tia doa Ana de Crdoba y de Vlor, y sin embargo,
Abdel, me cas con ella.

--Dios os castig de una manera terrible, seor, valindose para
apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.

--No hagamos  Dios inspirador ni partcipe de los delitos de los
hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo ser feliz unido con Isabel
de Crdoba.

--A pesar de ser cristiana!

--No es l cristiano en la apariencia? acaso nuestros abuelos no
casaron con cristianas? Acaso no ha habido reyes cristianos casados con
moras?

--All en los primeros aos de la conquista de los rabes sobre Espaa,
el emir Abd-al-Azis se uni con la reina Egila, la viuda del rey don
Rodrigo: recordad la trgica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le
hizo traidor  su ley y  su patria, y el califa Walid se vi obligado 
condenarle  pesar de sus hazaas. Abd-al-Azis fue asesinado por un
enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue
enviada  Damasco. En los ltimos tiempos de la dominacion de nuestros
abuelos en Espaa, el rey Abou'l-Hhacem, el viejo, concibi un amor
impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el
comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de
Granada, en dao de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou'l-Hhacem,
que fue repudiada por este. Dios castig no solo al rey sino tambien 
su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la
sultana Zoraya, hcia los hijos que habia tenido en su matrimonio con
Abou'l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron
cansados y sin fuerzas  los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada,
quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con
su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo
atraer  su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los
Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en
los Zegres, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey
Abou'l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovech de estas turbulencias
para aspirar  la corona, y se apoy en las gentes de Almera y en las
tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos
en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou'l-Hhacem fue rey del
Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de
Granada, en el alczar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de
Almera, de Guadix y de Baza, en el alczar de Almera. Fernando 
Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de
Granada, y sus campeadores llevaban su tala  sangre y fuego hasta los
muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem muri envenenado, Al-Ssagar
envenenado, y el dbil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir  los
cristianos, se vi obligado  entregarles su reino. Y todo esto fue obra
del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.

--Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco,
para que no creyeses que me negaba  escucharla, temeroso de vacilar con
su recuerdo en mi propsito. Del mismo modo que los amores de Muley
Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que caus la ruina
de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera:
Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoci  Isabel de
Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que
del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera
ambicionado para sus hijos la corona. Por qu esa ceguedad que nos hace
atribuir  las causas mas comunes desgracias que son hijas de la
fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del
destino? Qu mal habr en que mi hijo se case con una doncella en cuyas
venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea
cristiana? Y luego, no dices t mismo que don Diego de Vlor se cree
con derecho  la corona de Granada? para evitar una guerra civil,
encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del
casamiento de mi hijo con Isabel de Vlor?

--Ah, seor! pienso que vuestro hijo ser el primero que mostrar
repugnancia  su casamiento: mira con desprecio  los Vlor: los llama
los renegados.

--Conoce mi hijo  Isabel? exclam el emir; debe conocerla: cuando yo
conceb hace cuatro aos el proyecto de casarle con ella, compr la casa
medianera  la que habitaba doa Isabel en el Albaicin, con el objeto de
que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.

--Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero
sobreponindose  su amor la ha desdeado.

--Fatalidad! dijo el emir: amarla y desdearla!

--Vuestro hijo, seor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su
patria.

--Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el
horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy
impaciente por verle: me recuerda alguna vez, Abdel?

--Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le
anunci que habia llegado el momento de que conociese  su padre me
contest: oh! si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf
Al-Hhamar!

--Oh! me recuerda! exclam Yuzuf con el placer de un padre  quien
llena de alegra y de orgullo el amor de su hijo.

--S, os recuerda pero jams ha sospechado,  pesar de vuestras
extraordinarias muestras de amor hcia l, que seais otra cosa que un
valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo
mio.

--En lo que por cierto no se engaa. Y dime ha sospechado que su padre
era el emir de los monfes?

--Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero
presume que es hijo de un emir de Africa.

--No importa: aqu mejor que en Africa, tendr ocasion de mostrar su
valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los
hombres y especialmente de los reyes. Pero qu me quieren?

Acababa de sonar de nuevo un golpe metlico.

Aquel golpe se repiti tres veces.

--V y abre, dijo el emir  Abd-el-Gewar.

El anciano se levant y abri.

Entonces apareci en el banco de la puerta un jven robusto, gallardo,
de aspecto bravo y un tanto salvaje, que adelant y se inclin por tres
veces.

--Qu quieres Aliathar? le dijo el emir.

--Poderoso seor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las
Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfes esperan ya
en el cerro de la Sangre.

--Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: t Aliathar, v al cerro de
la Sangre y d  tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De
paso d al wisir Kaleb que introduzca al jven que acaba de llegar: 
Sidy Yaye.

Aliathar se inclin y sali.

--T Abd-el-Gewar, v al Divan donde ya estan reunidos los xeques: t
los conoces  todos, todos te conocen: prepralos  la vista de mi hijo.

--Pero habeis meditado bien, seor?

--S, s; la corona pesa ya demasiado sobre m frente y mi brazo est
cansado: me siento morir; v Abdel, v, y que se cumpla mi voluntad.

--Que se cumpla la voluntad de Dios! exclam Abd-el-Gewar, 
inclinndose ante el anciano emir sali.

En aquel momento se abri la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.

--Jven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible
emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostrnate ante l.

Y el viejo Kaleb se inclin profundamente, en tanto que Yaye fijaba una
mirada atnita en Yuzuf-Al-Hhamar.

--Vete; dijo el emir, indicando con un ademan  Kaleb que saliese.

Kaleb sali.

El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.

Yuzuf adelant hcia Yaye.

Este se inclin.

--Perdonad, seor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...

--S, t creas, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble wal,
dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirndole con delicia y con
orgullo.

--Perdonad aun, pero jams cre...

--Qu! no me crees digno de ser rey de los valientes monfes de las
Alpujarras?

--Os creo digno, seor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de
ser rey del mundo: acaso la virtud y el valor no viven en vos? A quin
mejor pudieran haber elegido los monfes para que los gobernase y los
llevase al combate contra nuestros enemigos?

--Mi padre antes que yo fue emir de los monfes.

--Ah seor! con que el noble wal que en mi niez me sentaba sobre sus
rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas
veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de
una manera tan enrgica me ha referido las hazaas de nuestros abuelos,
era ese poderoso emir invisible,  cuyo nombre palidecan de terror los
cristianos, cuyos alczares jams ha pisado planta infiel, y que ha
fecundado con torrentes de sangre impura las breas de las Alpujarras?

--Yo era.

--Mil veces para m dichoso el dia, en que puedo saludaros, seor, como
al valiente caudillo, como  la invencible espada, perennemente desnuda
y enrojecida en defensa del Islam!

Y Yaye se prostern.

--Alzad, prncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no  mis pis es donde
debeis estar: acaso el emir de los monfes, os inspira menos amor que
el wal Yuzuf para que huyais de sus brazos?

Yaye se arroj en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf
lata con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un
pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado,
cubri de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran
emocion: su mirada destell un relmpago de orgullo y dijo con la voz
trmula, pero grave y digna.

--Me habeis llamado prncipe, seor.

--Acaso no eres hijo de un rey? acaso ayer no te anunci tu maestro,
que muy pronto conocerias  tu padre?

--Es verdad, y acaso...

--Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos
los aos que habia querido que viviseis como uno de esos infinitos
hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada
y su corona.

--Cmo, seor, vos.... aadi Yaye mas plido aun.

--Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el
emir.

Hubo un momento de profundo silencio.

--Disponed de m, seor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

--S siempre, hijo mo, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en
que estuvo hablando  Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que
iba  ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento
debes sacrificarlo todo  la patria: la felicidad, la vida, y s es
preciso el honor: todo por la patria, nada por t: s justo y fuerte, y
Dios te ayudar.

--Puesto, seor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os
juro que sabr morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una
injusticia  con una traicion  la patria, el ilustre nombre que me
legais.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Despues de esto el emir condujo  su hijo  travs de cmaras
verdaderamente rgias,  un magnfico salon circular.

En aquel salon, sentados en semicrculo en un divan,  entrambos lados
de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de
guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian
valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca
representaba una edad avanzada, hasta el mas jven, cuya barba gris
representaba  uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado
la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.

En el centro de la cmara, sobre almohadones de brocado, habia unas
vestiduras reales, una corona de oro y una espada.

De pi,  ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia
como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con
tnicas talares y de pi; ademas, entre gran nmero de wales y
arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alfreces: el uno tenia un
estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo
azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en rabe
estas palabras: _Le galid ille Allah_ (solo Dios es vencedor). Este era
el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alfreces tenian
cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color
distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra
morada.

Detrs del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y
estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno
tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro
una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riqusimo rodeado
de una toca blanca.

All estaba, por decirlo as, la crte completa del emir de los monfes.

Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y  Yaye, wazires,
soldados y esclavos: un alfrez pronunci en voz alta, y anteponindole
algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que
este lleg  la puerta.

Los que estaban sentados se pusieron de pi y se inclinaron
profundamente, como todos los dems; en el espacio que transcurri desde
que Muley Yuzuf apareci en la puerta hasta que lleg, llevando siempre
 su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos
encorbados y brazos cruzados.

Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zal
 reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje  su seor,
el poderoso emir.

Muley Yuzuf se sent: Yaye permaneci de pi  su lado.

--Que Dios, el Altsimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes
vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios
xeques de mi consejo, sentaos.

Los xeques se sentaron y los dems se enderezaron.

--Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volvindose  un anciano que
estaba  la derecha de l, detrs del divan: entrega la gacela que te
hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y t,
aadi dirigindose al wisir, lee  nuestros xeques,  nuestros sabios,
 nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa
gacela.

El visir desenvolvi el largo pergamino que le habia entregado el
secretario, y empez con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de
un profundo silencio.

Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por
hijo suyo  Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia
tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su
incapacidad,  causa de los aos, de seguir gobernando  los monfes y
conducindolos al combate, como hasta entonces, por ltimo, expresaba
solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este
le sucediese inmediatamente en el mando.

Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los
circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si
hubieran sido ensayados para ello:

--Cmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande,
el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar!

Entonces el emir se levant, tom de la mano  Yaye, le llev hasta los
almohadones que estaban en el centro de la cmara, y volvindose  Yaye,
dijo solemnemente:

--Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va  deciros vuestro padre, y
luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, aadi: buenos
muslmes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo
que va  deciros vuestro seor.

Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, domin en
la cmara donde estaban reunidos mas de cien hombres.

--El Altsimo quiere que nada sea eterno  inmutable mas que l: la
robusta encina envejece, sus ramas estriles dejan de producir hojas y
frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le
arrebata  cada empuje una de sus ramas secas; pero junto  la vieja
encina hay siempre otra encina robusta y jven, retoo de ella, y sus
fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura  la tierra
que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altsimo ha querido
que al invierno suceda la primavera,  un ao otro ao,  un cadver un
hombre robusto y jven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el
invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al
huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad:
hoy mi corazon es jven, pero mi brazo est cansado y dbil: como la
encina se despoja al fin para no volver  engalanarse con ella de su
diadema de verdura, yo me despojo de la corona que hered de mi padre, y
la pongo sobre la cabeza de mi hijo.

El anciano tom de sobre los cogines la corona, y despues de habrsela
ceido un momento, se despoj de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.

Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada,
semejante  uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, sali de
las bocas de aquellos hombres.

--Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continu el anciano: la corona que os he
ceido es la representacion de vuestro nombre de rey: al cerosla he
rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los
cuidados del gobierno: desde hoy no vivs para vos sino para los dems:
vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis
tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que
en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del
desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan
recorrer vencedoras y respetadas los extensos mbitos en un imperio
poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que
vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la
grandeza de vuestros reinos.

--Lo juro, seor, contest Yaye.

Entonces el anciano tom la espada real, se la ci y dijo:

--Mi padre, al ceirse esta corona que yo he ceido tambien, y que ahora
cie vuestra cabeza, se ci esta valiente espada: durante treinta aos,
esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado
sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte aos,
desde que muri mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido aadir
glorias  esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajust el
riqusimo talabarte de la espada  la cintura de Yaye), os la doy contra
los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen
caballero, que jams desnudareis esta espada contra el bueno, ni el
desvalido, que en vuestras manos ser un rayo exterminador de infieles,
pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su
gloria, que jams la desnudareis sin razon, ni la envainareis con
mancha.

--Os juro, seor, contest con altivez Yaye, morir antes que manchar con
una traicion, una injusticia  una cobarda, la noble espada de mis
abuelos.

--Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de
mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado
investido durante treinta aos; yo espero que mis buenos y leales
vasallos no tendrn que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra
espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que
resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

--Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la
frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

--S! s! s! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

--Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo
hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hcia el centro: yo
gran faqui de los creyentes de Espaa, os cio la tnica real de
vuestros mayores  nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnfico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le
puso por la cabeza  Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo
alquicel blanco; despues tom un manto rojo y le puso sobre los hombros
del jven, cerrando sobre su pecho dos magnficos erretes de perlas y
diamantes.

--El reino os ha investido con el smbolo de la justicia y de la
magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo
de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os
ayudar, os obedecer y os respetar como  su rey y seor natural; pero
pedir  Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuseis cobarde
 tirano.

--Asi sea si yo tal fuere, contest Yaye.

--Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el
estandarte real de Granada, se coloc  la derecha de Yaye; los otros
cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando  las cuatro
partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes
moros, y el escudero que tenia la adarga, adelant y la puso sobre las
astas de las cuatro banderas.

--Desnudad vuestra espada, seor, dijo el justicia mayor del reino, y
ponos sobre la adarga, en seal de que sois rey, y de que de tal manera
estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnud la espada y se puso sobre la adarga.

--He aqu nuestro seor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios,
Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! grit el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alfrez mayor del reino, tremolando
el estandarte real grit:

--Qu Dios ensalce, y d prosperidades al magnfico Muley
Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Los circunstantes aclamaron  grito herido  Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraos bandidos, que vivian entre
las breas,  quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alczares
en las entraas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su
vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el ltimo
caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente rgio, fue sacado del
subterrneo; fuera, en un pintoresco valle  la entrada de la gruta, por
donde se penetraba al alczar, habia un magnfico caballo blanco, cuyas
riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban  sus
dueos: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban
antorchas encendidas; una taifa como de mil monfes, armados de
ballestas y espadas, formaban  un lado del pequeo valle.

La noche era clarsima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio
del cielo, y  lo lejos se escuchaba el tnue quejido del mar, en su
eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se form, la mitad de los monfes
armados rompieron la marcha, y la otra mitad sigui  la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaa en medio
de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos
caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos
tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrs de
aquella crte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi,
habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados
para vagar sobre las breas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de
la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su crte y su guardia,
llegaron  la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina
no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfes de las
Alpujarras, que en nmero de diez mil, habian sido avisados por sus
xeques para asistir  la proclamacion pblica y al reconocimiento del
nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor ley el acta de la
abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar.

Despues el alfrez mayor onde el estandarte real, y proclam  Yaye.

Los monfes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la
noche fu  llevar  los lugares cercanos el estruendo de los aafiles,
las dulzainas, los atabales y las atakebiras, taidas en honor del nuevo
emir de los monfes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Despues la comitiva real se volvi al alczar subterrneo, y los diez
mil monfes divididos en taifas, se encaminaron  cubrir sus apostaderos
en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por
algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.




CAPITULO IV.

Lo que eran los monfes.--Yuzuf cuenta su historia  Yaye.


Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alczar mostrndole  su
hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba
mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era
extraordinario; habia momentos en que se creia entregado  un sueo; 
uno de esos sueos que nos llevan de prodigio en prodigio  un punto
tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasa nos obliga 
despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces
al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado
por los cristianos, habia pensado en que tarde  temprano aquel pueblo
preferira la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se
sublevara; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia
pensando en hacerse su caudillo  fuerza de valor y de sacrificios; su
valiente fantasa habia pensado en el triunfo: qu oprimido no suea
alguna vez en vencer  sus opresores? y despues del triunfo habia soado
en una corona.

Aquella corona se le habia venido  las manos de una manera
extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado
ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos
ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un
prncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma crte, el
alto papel que habia desempeado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia  Yuzuf; le habia visto desde su infancia
todos los aos en la estacion de los calores en Granada, pero  pesar de
que Yuzuf le habia tratado siempre con el cario y la tierna solicitud
de un padre, Yaye no habia visto en l mas que un anciano amigo de su
venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado  concebir que aquel
viejo de larga barba blanca, de semblante plido y melanclico, de ojos
negros y hermosos, dulces, cuando miraban  Yaye, bravos y
terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jven de las
desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf
fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por
los aos y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su
padre, y  mas de su padre rey de los monfes.

Y qu eran los monfes? Salteadores como parecia indicarlo su nombre,
 soldados valientes  indomables de un pueblo vencido que sostenian aun
con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar  esta pregunta que suponemos nos haran nuestros
lectores, necesitamos remontarnos  la conquista de Granada.

       *       *       *       *       *

En el ao de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doa Isabel y don
Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de
restauracion contra los rabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y
sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los
seores de Espaa,  vueltas de sangrientas disensiones intestinas;
habian puesto al fin el sello  su poder y  su grandeza, constituyendo
un solo reino de los diferentes Estados de Espaa, y aadiendo  su
corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista
el papa Alejandro VI los denomin por excelencia los Reyes Catlicos;
eran al fin seores de aquel ltimo refugio de los restos del gigantesco
imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas
Omniades.

Ya desde las columnas de Hrcules hasta las fronteras de Portugal, por
una parte, y por otra, hasta los speros Pirineos, resonaba la voz de un
solo seor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la
refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado
con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de
los Reyes Catlicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya
legitimidad y cuyos derechos  la corona de Castilla son aun un
misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doa Juana la
Beltraneja, la _excelente seora_, como la llaman las crnicas
portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del
Seor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstculo
existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Catlicos, y como
si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovs, Cristval
Colon, habia arrojado  sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que
habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas
poderosas miraban con espanto el poder de los Catlicos monarcas; la
victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacfica
monarqua era el slido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo,  veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto
roedor  incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en
silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la
vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Catlicos se
ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz,
bravo, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo,
ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro,  quien se habia
concedido una capitulacion honrosa,  quien se habia conservado el
derecho de la pacfica posesion de sus propiedades, de la prctica de su
religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres,  la manera que
Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes  los godos y solariegos
vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los rabes habian respetado religiosamente sus pactos con los
espaoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa
confesarlo) respecto  las estipulaciones concluidas entre los
vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El
fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante
que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes
Catlicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas
feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy
pronto  faltar  los solemnes tratados concluidos con el rey moro de
Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian
expedido un decreto de expulsion contra los judos, decreto que arroj
de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas;
los moriscos miraron esta medida tomada contra los judos con un
profundo recelo; no podia ocultrseles que tras la expulsion de los
judos, se pensaria en expulsarlos  ellos mismos,  lo que era peor, de
reducirlos por fuerza  una religion extraa,  usos,  costumbres
enteramente opuestas  las suyas; el tremendo tribunal de la
Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada;
los frailes cristianos se habian atrevido  penetrar en sus mezquitas,
para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no
habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas
persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con
abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se
pretendi obligar  que volviesen al cristianismo los descendientes de
cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian
entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron
enrgicamente, apoyndose en las capitulaciones de la conquista,  pesar
de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublev en masa, y fue necesario que el
conde de Tendilla, capitan general  la sazon del reino y costa de
Granada, apelase  la fuerza y  la artillera; los principales de los
sublevados fueron duramente castigados  sangre, y los moriscos,
aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision
que no sentian; esto en cuanto  los moriscos de Granada y de las aldeas
de la vega, que en cuanto  los de las Alpujarras, gente indmita y
braba, se alzaron de una manera imponente, degollaron  los cristianos
que hubieron  las manos, se apoderaron de las fortalezas y se
declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Catlico acudiese  cortar
aquel incendio; logrlo no sin trabajo; entregronle los moriscos gran
nmero de rehenes y se obligaron  pagar  la corona en el trmino de
dos aos cincuenta mil ducados, dejndose bautizar por aadidura; pero
al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba
otra en la Serrania de Ronda y se extendia rpidamente  Sierra Bermeja.
Aquella sublevacion cost la vida  uno de los primeros capitanes de los
Reyes Catlicos:  don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan
Gonzalo Fernandez de Crdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas
tiempo, y al fin no qued en Espaa un morisco de las poblaciones que no
estuviese bautizado y que pblicamente no profesase la religion
catlica.

Qu mucho? Ellos se habian visto obligados  escoger entre el bautismo
y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos  la fuerza, de una manera externa, y en el fondo
de sus corazones aborrecian  muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos
 oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados 
someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un nmero
considerable de gente suelta, nmada, como los antiguos rabes del
Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros  someterse
vergonzosamente al yugo. Estos moriscos,  mejor dicho, estos moros,
porque solo se llamaba moriscos  los convertidos, no entraban en las
poblaciones, sino para saquearlas; vivan en la montaa, se albergaban
ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos
siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el
punto de causar terror  los mismos moriscos de quienes habian sido
hermanos.

Estos eran los monfes.

Decase  la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que
estaban organizados en _tahas_  distritos, que cada una de estas tahas
estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques
obedecian  un _emir_ (prncipe) y que este emir tenia junto  s
_wales, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultbanse
el poder y las riquezas de este pequeo rey de diez mil soldados, que
erraban por las montaas y estaban sujetos  su ley,  por mejor decir 
la ley alcornica  cuyo ttulo los regia; hablbase de sus palacios
subterrneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que
estos alczares encerraban; pagbanle tributo las poblaciones de la
montaa porque no las invadiese, las saquease  tal vez las llevase 
sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al
pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfes bastaba para
imponer terror  los mas alentados.

A pesar de esto los monfes eran una especie de duendes, unos seres
misteriosos  los que nadie habia visto, puesto que los que los veian
durante la sorpresa de una poblacion,  en los desfiladeros de la
montaa  en las profundidades de una rambla, moran; pero las huellas
de aquella gente feroz quedaban sealadas de una manera horrorosa, ya en
los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadver de algun
imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las
cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad  de los soldados de
los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que
llevados durante la noche  las poblaciones, solian aparecer al dia
siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada
habian pretendido dar caza  estos terribles monfes; pero si la fuerza
expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era
escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las
quebraduras,  crucificados, asaeteados,  empalados en los caminos.

Lleg el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen
solo  salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues
en la primera brea que encontraban al paso, para volver al dia
siguiente diciendo que no habian dado con los monfes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion
peridica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir  poner en
los lugares indicados en los edictos que en ciertas pocas del ao
aparecian clavados en las puertas de las iglesias  por este  el otro
cadver que encontraban ac y all con suma frecuencia.

Por lo dems eran unos verdaderos duendes  quienes nadie habia visto,
pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los
monfes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

Quin era este rey?

El mismo nos lo va  decir.

       *       *       *       *       *

Yuzuf, despues de haber mostrado  su hijo todas las maravillas del
alczar subterrneo, le condujo  un departamento separado: era el
harem.

Mas de una magnfica hermosura, jven y pudorosa, habia levantado la
cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su seor; Yaye
vi con una indiferencia verdaderamente asctica aquellas nias que se
ponian de pi cubrindose con sus velos y bajando las frentes ante la
presencia del padre y del hijo: Yuzuf vi con placer que Yaye era un
espritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hasto,
que Yaye solo contaba veinte y cuatro aos, que las mujeres, junto  las
cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba
su padre, eran jvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales
apenas llegaria  los diez y ocho aos, africanas las unas, asiticas
las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles
flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas
de la hermosura de Yaye fijaban en l una mirada dulcemente curiosa, y
volvian  inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer  Yaye muchas esclavas: habl con cada una de ellas,
no con el acento impuro  imperativo de un dspota musulman, sino con el
acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien sealndolas  Yaye.

--Este es mi hijo: este es vuestro seor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre
el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo  Yaye:

--Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas
para t; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del
mundo.

--Yo jams tendr esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

--Yo siempre he tenido vrjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jams
esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de
mis guerreros, hacindolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava
una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una
mujer, y aquella mujer era mi esposa.

--Mi madre! Oh! en verdad, seor, que nada me habeis dicho de mi
madre!

--Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio  donde
te voy  conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas,
Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abri una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

--Yo cre, seor, dijo Yaye, que me habiais trado al lugar en que
debais hablarme de mi madre.

--Cmo! no te maravilla saber que eres dueo de tantas riquezas?

--Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros
hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan
hasto.

--Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte;
te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego
impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin
conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni
ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de
ceir mi espada y mi corona, digno de vengar  tu madre.

--De vengar  mi madre habeis dicho, seor?

--Silencio: aun no hemos llegado, sgueme.

Yuzuf cerr cuidadosamente otra puerta, atraves con Yaye una larga y
estrecha mina, y lleg al fin de ella  una puerta maravillosa, tanto
por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que
estaba construida, sac una llave de oro de entre sus ropas y abri
aquella puerta.

El retrete  que aquella puerta daba entrada era pequeo, pero
resplandeciente; una lmpara de cuatro luces, suspendida de la cpula,
hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruido
mrmol de las columnas, y la tersa superficie de los mosicos, de los
que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho
divan de seda y oro, y al fondo un magnfico arco primorosamente labrado
y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado,
que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sent en el divan y atrajo  s  Yaye.

--Sintate, le dijo.

--Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

--Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

--Os escucho, seor.

El anciano empez su relato de esta manera:

--Mi edad ha pasado de los sesenta aos, el dia en que Granada,
destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley
Abd-Allah, su ltimo rey, se entreg  los cristianos, tenia diez y
seis. Mi padre era uno de los hroes de nuestro pueblo, mi padre era el
infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de
Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado
las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil,
Muley-Abd-Allah se encamin con su familia y con los que quisieron
seguirle  las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados
cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse  volver
el rostro para mirar  la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no
habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de
su cario, llegamos al alto del Padul.

Era el ltimo lugar desde donde podamos ver  Granada: el rey revolvi
transido de dolor su caballo, y se arroj de l. Luego se prostern
mirando  Granada y llor: todos nos habamos prosternado; todos
llorbamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pi, altiva, serena,
pero profundamente plida: aquella mujer era la madre de Muley
Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra.

Aun me parece que la veo de pi en medio de nosotros, como un genio
fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

--Llora, dijo al rey, llora como una dbil mujer, la prdida del reino
que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alz, lanz una
mirada suprema  Granada, exhal un grito de dolor, se cubri el rostro
con las manos, y luego, mont de un salto  caballo, le revolvi hcia
las Alpujarras, y apretndole los acicates parti  la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y
doblamos la falda de la montaa, con el estruendo y la rapidez del
viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes,
agoviado bajo el peso de un doble  intenso dolor: salia desterrado de
la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia
desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de l: acaso habia
ido  buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo 
hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro
cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la
rendicion  los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la
vergenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver  ver 
mi padre.

Junto  m; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali
Husen, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su
bandera de infante  la victoria.

Algo mas all del Padul, Ali Husen, detuvo su caballo y me dijo:

--Poderoso seor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus
gentes.

--Mi padre! exclam: pues qu! sabes t de mi padre?

--Tu noble padre nos espera en la montaa, me contest.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le segu con el corazon
alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros
esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos present de repente, se nos di  conocer, y se puso 
nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaa, y que 
medida que adelantbamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue
necesario echar pi  tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por speros desfiladeros, viendo 
nuestros pis valles profundsimos por cuyo fondo se precipitaban rios
convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras
cabezas montaas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las
tristes y altsimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las
estrechas vegas, en las vertientes de la montaa, bravos bosques de
deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor,
vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo
se escuchaba el graznar de las guilas, el ahullar de los lobos
hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las
quebraduras de la montaa.

Lleg la noche y con ella llegamos  una cumbre ancha, rida, cubierta
de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban
en anfiteatro hasta el altsimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia
desde all ninguna habitacion humana.

Detvose all mi padre y descabalg: todos descabalgamos, y durante los
primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos
descansaron.

Despues mi padre llam en torno de s  los guerreros de nuestra
familia.

--Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos
patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras
propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por
medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y
estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que est escrita:
la mano del vencedor procurar pasar primero por cima de ella, y cuando
aleguemos los captulos concertados con los reyes de Aragon y de
Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgar la capitulacion, y los
soldados de los reyes de Espaa, nos impondrn la sumision por la
fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes,
costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante  la de los
judos: la esclavitud y la vergenza.

       *       *       *       *       *

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los
pueblos, all nos vigilar el recelo del vencedor, que tendr siempre el
atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegra  su
tristeza: si nos reunimos en mucho nmero recelaran; si evitamos
reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras
puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran
apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en
vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una
reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar
siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos
no podramos serlo: pero por fortuna la montaa es spera, tiene
guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales
seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de
nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras:
nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras
zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en
la montaa muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones
paguen tributo al rey de la montaa.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos
monfes.

Concluy mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia
aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su
residencia las grutas de las montaas, y por ejercicio la continua
guerra con el cristiano, tuviese  su frente un caudillo que les
gobernase.

Mi padre fue elegido unnimemente emir de los monfes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y
desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los
dems se arrojaban  sus pis en un cobarde vasallaje,  se desterraban
voluntariamente del suelo que les vi nacer, pasando al Africa.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Anduvimos sin cesar por speros senderos durante aquella larga noche,
alumbrados por la clarsima luna del mes de las nieves, y al amanecer
llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lgubre
gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construy el alczar subterrneo del emir
de los monfes.

--Pero segun las cmaras que he visto antes de llegar  esta, dijo Yaye,
si he de juzgar por el rgio esplendor que nos rodea, este alczar es
tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros
incalculables.

--Mi padre, continu el anciano Yuzuf, previendo  tiempo la conquista,
habia vendido sus tierras, sus alqueras, sus castillos: el precio de
estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de
este alczar maravilloso, del cual solo has visto una pequea parte.
Pero los monfes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia
penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las
entraban  saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas
era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado
cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian
convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar 
la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado
vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes
moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda
apostasa, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breas
de la montaa,  una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las
poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los
cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaa,
aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que
nadie supiese quin las habia puesto, en que se imponia  los moriscos
renegados y  los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los
monfes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo
recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no
tard mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron
acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados
al degello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los
mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su
riqueza, se apresuraron  pagar el tributo impuesto por el rey de la
montaa, llevndole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han
continuado ao tras ao. Al terminar la luna de los frutos, nuestros
monfes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las
gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el
tributo y dnde han de depositarle. Ningun ao ha faltado una sola villa
 cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo
yo. Con esos tesoros se ha construido en las entraas de la tierra, en
las excavaciones de unas antiqusimas canteras, este alczar, que es una
ciudad subterrnea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el
nmero de los monfes, que al principio apenas llegaban  quinientos;
que cuando muri mi padre llegaban  cuatro mil, y que hoy forman un
ejrcito de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables,
que conservan la pureza de la ley alcornica, y entero el amor de la
patria: con esos tesoros podemos tener espas en todas partes, hombres
activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos
hombres estan all do quiera ondea la bandera espaola: en la crte del
emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el
remoto continente americano, de donde nos envian oro  raudales; nadie
conoce  esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven  sueldo bajo las
banderas del rey de Espaa, muchos alientan con mi oro las tentativas de
los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria
herido por un pual invisible: pero qu me importa la vida de don
Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un
pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes
codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapia: la
codicia hace invencibles  esos aventureros, el fanatismo crueles  esos
frailes, la soberbia implacables  esos jueces: donde quiera que pone su
planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera
tiende su garra el golilla espaol, all van la destruccion, la hoguera
y el verdugo: Amrica se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la
hermosa Italia se ahoga; llegar un dia, y acaso no tarde, en que
alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y
quebrantarse el yugo: en que Espaa, rodeada por todas partes de
enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no
puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos
por sus mismas plumas. Llegar un dia en que se unan contra Espaa todos
los que por Espaa son desdichados, porque la tirana acaba siempre
herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en
Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores catlicos contra los
doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra
una sola tirana: la Espaa de Carlos V es un coloso de hierro con los
pis de barro, y su mismo peso la derrocar: ay cuando llegue el dia en
que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entraas de
las rocas, atacar  ese coloso por el pi y le arrojar por tierra...

--Sueo! exclam Yaye, interrumpiendo  su padre.

--Acaso sabe nadie lo que est escrito en el libro del destino? Acaso
no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? No pas la Grecia con sus
guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? Dnde est
Cartago la rival de Roma? Dnde est Roma la vencedora de Cartago?
Dnde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos
cascos de sus caballos? Dnde estan los rabes vencedores de los godos?
Qu ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los
rabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

--Espaa es fuerte, poderosa y grande, exclam el tenaz Yaye.

--Carlos V ve que el coloso empieza  desmoronarse bajo su imperio: este
imperio pasar quebrantado, herido de muerte,  los hombros del prncipe
don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasar mermado  las de su
hijo, y dbil  las de su nieto, y miserable y envilecido  las de su
viznieto. Qu! puede durar mucho un imperio que se funda en la
opresion de pueblos enteros?

[imagen: Llora, llora, como una dbil mujer, la prdida del reino
que no has sabido defender como hombre!]

Acaso ni yo, ni t, ni nuestros nietos, veamos convertido  ese coloso
sangriento en un fantasma que se ver precisado  volver la vista atrs
para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar  la
carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como
serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y
su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos
despedazar cien cristianos, y si est escrito que en nuestros tiempos
ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados  la lucha, en acecho
de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para
poder piafar con nuestros corceles en las ricas campias andaluzas, y
levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios
Altsimo y nico.

--Oh, padre, padre! El Altsimo ha visto los pecados de nuestro
pueblo, y por ellos le ha destruido!

--Del mismo modo ve los pecados de los espaoles, y les destruir por
ellos.

--Padre, habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

--El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfes, llam  uno de
sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entreg  l, como yo
te he entregado  Abd-el-Gewar. Ve hijo mio, me dijo: vive entre los
conquistadores, concelos, porque algun dia me suceders en el gobierno,
y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer  los enemigos de su
pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres,
ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser
engaado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario,
s cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo s dcil con el
que desde ahora va  ser tu padre: cuando conozcas bien  nuestros
enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi
corona te espera.

Y part, y aprend el habla castellana, y viv en la crte del
emperador, y serv bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes,
en Amrica: por todas partes v enemigos de Espaa; por todas partes o
maldecir el nombre espaol; en todas partes vi vireyes y oidores, y
clrigos, y capitanes y soldados de Espaa, que se enriquecian por medio
del crmen. Comprend que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir
bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un
conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado  ser
tirano.

--Lo mismo he comprendido yo, seor.

--Mi amor  la patria creca  medida que pesaba los excesos que en
todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo
ejercian los espaoles: mi sola pasion era el odio hcia los cristianos,
mi solo deseo beber su sangre.

--Y no sentsteis jams otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclam
con embarazo Yaye.

[imagen: Quin es esa dama?]

--S, contest Yuzuf, mirando fijamente  su hijo: t eres una prueba
viviente de que si mi corazon abrigaba un odio  muerte, una
inextinguible sed de venganza contra los cristianos, di tambien cabida
al amor.

--Pero vos amariais  una mujer de vuestra raza;  una parienta acaso.

--Tu madre no era mora, hijo mio.

--Que no era mora!

--Era rabe... al menos descendiente, en lnea recta de los califas
rabes de Crdoba.

--Descendiente en lnea recta de los califas de Crdoba!... Cmo se
llamaba?

--Ana de Crdoba y de Vlor.

--Ana de Crdoba y de Vlor!... Hija de los renegados!...
Cristiana!...

--Es verdad que los Vlor cometieron un gran pecado renegando de su fe y
sirviendo  los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener
con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del
combate... pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los
padres? Acaso no hay una ley superior  todas las leyes; una ley
irresistible, porque est escrita por la mano de Dios en el corazon
humano, y  la que es forzoso obedecer? Dichoso t, hijo mio, si aun no
has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

--Amor! exclam profundamente Yaye.

--Amor! exclam con profunda intencion Yuzuf... pero no:  tu edad se
juega con el amor; mas  la edad en que yo conoc  tu madre, en el
esto de la vida, cuando ya se empieza  descender por la escala de los
aos, cuando tenemos el corazon vaco por la experiencia, rido por la
desgracia, ansioso de amor... oh! entonces no se ama al ngel, se ama 
la mujer, se ama  la compaera; se busca un corazon noble y grande que
sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartindolo:
un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados
del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del
combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que
ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los
crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del
porvenir. Y luego... t no has podido encontrar en las tierras donde has
vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las
Alpujarras, una mujer como tu madre... Ven!

Yuzuf se levant, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas
plido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban
una tristeza profunda.

--Mira! dijo  Yaye.

Y descorri la cortina.

--Isabel! exclam el jven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jven y hermosa habia aparecido
ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel
de Crdoba y de Vlor, y era tan semejante  ella, como si hubiera sido
ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era  todas luces obra del pintor de los Reyes Catlicos,
Antonio del Rincon.

(Entre parntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado
en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces  los
serensimos Reyes Catlicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y
reconoci  primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo
dominado en l  la sorpresa, al autor de aquel retrato: record que
Antonio del Rincon habia muerto muchos aos antes de que Isabel de
Crdoba y de Vlor llegase  la edad que la dama retratada representaba:
no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brot de la razon de Yaye, y le
extremeci.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un
amor incestuoso  su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y
sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese
organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba plido como un
cadver.

--Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

--Mi madre! contest maquinalmente el jven; mi madre!

Pero dominando la reflexion  la razon se encerr en una prudente
reserva.

--Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de
Yaye, ver  tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado
castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. Ah hijo mio! ya
te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo 
muerte del nombre cristiano, no deb haber sucumbido  los amores de una
infiel. Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior  ese precepto
de Dios que dice: hallars  tu compaera y la amars?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvi al divan y se sent en l.
Yaye se sent  su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

--Y yo no la busqu, continu Yuzuf; la encontr un dia en esa tabla....
al verla me estremec, tembl: nunca habia temblado: nunca habia
conocido el amor y al sentirle no le comprend. Sin saber por qu no
podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para m voz, aliento,
vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba  los
cuarenta aos. Haca ya diez que por muerte de mi padre habia heredado
su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me di mi
padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los
monfes,  en Granada  en la crte, como morisco convertido: cuando
vivia entre los cristianos llambanme el hidalgo Diego Vargas y nadie
sospech jams que yo fuese el rey de aquellos terribles monfes, cuyo
nombre solo aterraba  los castellanos.

Sabanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don
Juan de Crdoba y de Vlor, que aunque cristiano en la apariencia era
moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los
moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Vlor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin
embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada:
derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con
el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una
sumision vergonzosas; don Juan me habl muchas veces de confundir en uno
nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

--Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba 
aquel propsito.

--Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa
doncella de diez y ocho aos.

--Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

--Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replic; basta con
que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

--Por ltimo, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no
cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por
costumbre: yo no puedo unirme  una infiel.

Don Juan no me contest  esta ltima decision mia; es de advertir que
cuando yo le d esta contestacion no conocia  su hermana doa Ana: solo
tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por
algunos moriscos principales que la conocian: sabia s que era hermosa;
pero habia llegado  los cuarenta aos sin rendir tributo  la
hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de
venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doa Ana de
Crdoba era una doncella hermossima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasbamos por una
estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convid  subir  casa de un
pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos  una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero
en que repar, entre una multitud de santos, cristos y vrgenes, fue en
esa tabla que estaba puesta junto  una ventana y herida de lleno por la
luz.

En el tiempo que estuvimos all, no separ la vista de aquella tabla: un
poder misterioso  irresistible me arrastraba  la mujer que en ella
estaba representada.

Salimos de all don Juan y yo, y al dia siguiente volv solo  la casa
del pintor. Aquella noche,  mi despecho no habia dormido; ni un solo
momento se habia separado de m el recuerdo de la hermosa castellana.
Cuando entr en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo
sitio.

--Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunt 
Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con l de cosas
indiferentes.

--Esa dama caballero, me dijo, es doa Ana de Crdoba y de Vlor, y me
extraa que no la conozcais por que al veros aqu con su hermano don
Juan no pareciais sino grandes amigos.

--En efecto lo somos, pero nunca he visto  doa Ana.

--Es doa Ana muy recatada.

--Y decidme, aad rompiendo por todo: tendriais dificultad en venderme
ese retrato?

--No os le vender, dijo, pero os le cambiar.

--Cambiarle, y por qu?

--Por vuestro retrato.

Maravillme el precio que ponia  su venta Antonio del Rincon.

--No os extrae esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no
hago mas que repetir las palabras del pintor, observ Yuzuf, cuya
modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los
cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas
demostrais treinta aos.

--Pues os engaais, amigo mio, le dije; me acerco ya  los cuarenta.

--Bien podr ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aqu
que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato:
os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador  mi seor el serensimo
rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que
aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doa Ana de
Crdoba para proponeros un trueque.

--Acepto con sola una condicion, le contest,  por mejor decir con dos
condiciones.

--Sepamos.

--En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo
este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se
lo entregareis como si fuese el mismo.

--Eso por supuesto, contest Rincon.

--Ademas, insist, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del
suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

--Y estais decidido, me dijo mirndome fijamente,  no dejaros retratar
sino bajo esas condiciones?

--Decidido de todo punto.

--Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato est
concluido.

--S por cierto. Y cundo me entregareis el retrato de doa Ana?

--Dentro de ocho dias: pero para ello ser preciso que dentro de ocho
dias est concluido el vuestro. Hoy preparar la tabla. Venid  buscarme
maana al amanecer.

Volv al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontr  Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de
doa Ana.

--No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

--No por cierto, me contest: don Juan viene muy de tarde en tarde:
ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladar estas dos tablas
 lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros
 la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero;
plido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica 
hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoder de m, me coloc frente al retrato de doa
Ana de pi, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi
gorra.

Rincon empez  trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en
nada; solo veia  doa Ana que estaba frente  m, solo pensaba en ella:
no s cuanto tiempo estuve inmvil en aquella posicion, mirando
enamorado, loco,  doa Ana.

Al fin Rincon lanz un grito de triunfo.

--Es mi mejor obra, mi grande obra! exclam: jams he pintado una
cabeza como sta! Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me
estremec: en aquella cabeza enteramente semejante  la mia, estaban
pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos
exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la
expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doa Ana, y
la habia trasladado  la tabla. Solo al ver la obra del pintor,
examinndome  mi mismo, comprend que estaba enamorado.

--Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

--Borrarla! quereis borrarla! exclam con mpetu ponindose en actitud
amenazadora delante de la tabla; quereis arrebatarme mi fama? Esto
seria cosa de andar  estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias
estuve yendo todas las maanas al amanecer y permanec en casa del
pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato
enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de
haber envuelto cuidadosamente en paos el retrato de doa Ana y metdole
en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado  este mismo lugar. Hace mas de veinte
y cuatro aos que est ah; hace mas de veinte y cuatro aos que ese
tapiz le cubre, que esa lmpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos
momentos de silencio continu:

--Durante muchos dias pas largas horas delante de ese retrato:
lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue vencindola:
naci en m primero dbil y dominada por un invencible horror al nombre
cristiano, la idea de mi casamiento con doa Ana: cuando pensaba en
esto, mas que la idea de unirme  una cristiana me atormentaba el temor
de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. Pero no me habia
dicho Antonio del Rincon que aun parecia jven, que aun parecia hermoso?
Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvi de espejo: v
que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel
tersa, mis ojos jvenes: comprendi que un contnuo y rudo ejercicio al
aire puro de la montaa, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la
exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jven,
en la edad en que otros se encontraban en el otoo de su vida. Tenia
alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doa
Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar  un hombre cualquiera:
esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que
mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura
tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada
del alma, me decian: yo te amo!

Necesit conocer  doa Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion
de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en
que yo fuese su esposo.

Me traslad  Granada, y uno de mis monfes, mozo despierto y que
conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar 
una de las doncellas de doa Ana: por ella supo l, y por l yo, que
doa Ana jams habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado
galanteos; que solo salia de su casa para ir  misa  la colegiata del
Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana,
piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jams habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no
hacerme sospechoso, entr en ella para conocer  doa Ana.

Coloqume junto al presbiterio el primer dia de misa  primera hora:
cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon:
al fin apareci una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin
dudar me dijo: ella es: precedala un paje que llevaba un cojn y
seguanla una duea y un rodrigon.

Afortunadamente el paje coloc el cojin  poca distancia de las gradas
del presbiterio, casi junto  m. Doa Ana se arrodill: en el primer
momento no me vi, luego, como por acaso me viese, palideci, hizo un
movimiento de sorpresa, parti de sus ojos una mirada involuntaria,
aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato
y que parecia decirme: yo te amo, y sbitamente se ruboriz, baj los
ojos, y no los volvi  alzar hasta que, concluida la misa, se volvi
rpidamente como temiendo encontrarme y se encamin  la puerta del
templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrec agua bendita, la
tom maquinalmente y volvi  mirarme de una manera involuntaria y
rpida. Despues desapareci.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doa Ana:
esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia
siguiente estuve  la misma hora en la iglesia.

Doa Ana lleg y se situ en el mismo sitio. Aquel dia me mir frente 
frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibi, y me
di modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decid  darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias
preparado y que no me habia atrevido  darla; al salir, al mismo tiempo
que la daba agua bendita, la d recatadamente el billete.

Doa Ana le recibi.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase 
sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los
miradores se abrieron, pero solo por un momento: sali por ellos una
mano, y dej caer un billete  la calle.

Aquel billete decia nicamente:

Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que,
aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que
mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar  doa Ana: mi amor, tratndola, se desbord y ya no
repar en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doa Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me v solo con ella, doa Ana me asi
de la mano y me llev  un pequeo retrete.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me
conmoviese al veros por primera vez.

Y me seal mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

--Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero
al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

--Y cunto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de
que me conocieses? la pregunt.

--Seis meses, me contest; y fuerza es confesroslo... puesto que soy
vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros,
os amaba.

Entonces lo comprend todo: comprend que mi matrimonio con su hermana
era la ambicion de don Juan de Vlor, que habia comprendido que yo no
podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de
Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivi no supo ni que su retrato estaba en mi poder,
ni que yo era el poderoso emir de los monfes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y
para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al ao de nuestro matrimonio naciste t.

A los dos aos muri tu madre.

--Oh! exclam Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros
amores, seor.

--Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre muri asesinada por la
Inquisicion.

Yaye se alz como impulsado por un poder sobrenatural; cubri su rostro
una palidez de muerte, brill en sus ojos una mirada letal, y tom una
actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

--Qu mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

--Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo
tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

--Los cristianos, continu despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por
buenos sino  los que profesan su misma religion, y aun asi  los
cristianos viejos. Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco,
es para ellos punto menos que un judo: un animal despreciable, un ser
odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les
sirve mas que para esclavo: una morisca... oh! cuando las moriscas son
hermosas...! tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada!
La infeliz que resiste  los deseos de uno de esos infames aventureros,
 quienes Espaa entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crmen
acompaa  esos miserables  todas partes. Y luego, ah estn esos
frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en
una mano y la tea en la otra.

--Pero cmo mat la Inquisicion  mi madre? exclam Yaye alentado
apenas.

--Oh! es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso
dominico, un vil hipcrita, que sabia aparentar la virtud mas rgida,
era inquisidor. La hermosura de tu madre excit los impuros deseos del
fraile, y abusando de su ministerio intent corromperla. Tu madre le
rechaz con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un
dia la Inquisicion llam  las puertas de nuestra casa. Yo estaba
ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron
uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable
fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue
arrastrada  los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe vol 
Granada. Mis monfes forzaron una noche, decididos  todo, las puertas
de la crcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de l y
la trajeron  las Alpujarras... pero en qu estado? La habian hecho
sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio
que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo,
la habian vuelto loca... vivi dos meses asombrndose de todo...
extremecindose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile
impuro... al fin muri: muri asesinada por la Inquisicion.

Detvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz
sombra.

--Y que hicsteis del fraile?

--Muri despedazado por cuatro potros delante de m en una rambla de las
Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del
infame criado que fue su cmplice y que muri del mismo modo. Desde
entonces me ensangrent en los cristianos, singularmente en los clrigos
y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario
verterla  torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no
puedo, como antes, estar hoy aqu, maana all, unas veces coronado
entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. Oh Dios mio,
Dios mio! aadi Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, t no
quieres que Ana quede sin venganza, t no lo quieres porque me has
rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengar  su madre! la vengar!

--Y si no puedo vengarla, seor, trasmitir  mis hijos mi venganza!

--S, nuestra venganza pasar de generacion en generacion. Dios querr
que se cumpla. Dios querr que la sangre de tu madre no quede sin
venganza. Qu! permitir Dios que queden impunes los infames que me
robaron  un arcngel del stimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no deb
unirme  tu madre porque era cristiana. Oh! era imposible verla y no
amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo  muerte del nombre cristiano,
no deb sucumbir  los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla
para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan
grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cmo verla y no
amarla? Cmo amarla y no codiciarla? Cmo codiciarla y no ceder  su
voluntad? Has visto alguna vez, hijo mo, una mujer semejante  tu
madre?

--S, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

--Que existe? que la has visto?

--Ayer la v por la ltima vez... la estoy viendo ahora: la veis vos...
porque su imgen, est ah, en esa tabla, con su misma frente pura,
plida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lnguida,
con su boca de sonrisa melanclica... Es ella... ella misma... Y luego
su nombre... mi madre se llamaba doa Ana de Crdoba y de Vlor, y esa
mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla,
que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre
se llama...

--Doa Isabel de Crdoba y de Vlor, dijo interrumpiendo  Yaye Yuzuf,
que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente
descripcion que su hijo habia hecho de doa Isabel, comparndola con su
madre.

--Cmo! la conoceis, seor.

--Doa Isabel de Vlor es hija del hermano de tu madre, es tu prima
hermana.

--Misericordia de Dios! exclam Yaye.

--T la amas, hijo mio, aadi Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su
nombre, al hablar de ella, tu voz era trmula, estabas conmovido:
amndola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te
he puesto al paso de esa mujer.

--Vos, seor!

--Si, yo compr para t la casa inmediata  la de don Fernando de Vlor,
con quien vive doa Isabel.

--Ah padre mio! la fatalidad nos persigue!

--Cmo, amas  Isabel y ella no te ama!

--Ella, seor, muere por m.

--Pues si t la amas... si ella te ama... acaso sus hermanos?...

--Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su
trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son
renegados.

--Y por qu Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto  tu
amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

--Anoche, seor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre,
he resistido  su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada  un
destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser
infeliz,  dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser
esposo de la cristiana hija de los renegados.

--Y por qu, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre
tus manos su corazon? Por qu la has enamorado si no creias posible tu
casamiento con ella?

--Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

--Y creiste escuchando  tu soberbia, exclam Yuzuf con profundo
acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores  una pobre nia,
abriendo su corazon  la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu
esposo porque eres cristiana?

--Seor!

--Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su
dicha  Isabel; ella se parece  tu madre, tanto en el cuerpo como en el
alma: la conozco bien, y sabes t lo que es una mujer de corazon que
ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una
mrtir: t no tienes derecho para martirizar  nadie, y mucho menos  un
ngel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que
ella lo sea contigo.

--Acaso sea imposible, seor.

--Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

--Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguir en la mia: vos
pasais entre los moriscos por cristiano, seguid parecindolo para ser mi
esposo.

--Y te negaste?

--Aborrezco el nombre cristiano.

--Yo no aborrezco  los cristianos por su religion, sino por sus
crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia
como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan
fantico, tan cruel. Cuando los rabes conquistaron  Espaa, cuando la
ocuparon enteramente desde Calpe  los Pirineos, respetaron la religion,
las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus
sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. Y qu sucedi? las
dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. Y quin obr este
milagro? El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas,
y los vnculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y
vencidos. Cuando los Reyes Catlicos entraron en Granada, encontraron
una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba  sus
correligionarios  la oracion: aquella campana habia estado resonando
durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes
sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de
Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que
nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni
interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si
trataron  los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las
cristianas, hijas de los solariegos, por qu no hemos de imitarlos
nosotros? por qu ha de ser imposible tu union con Isabel de Crdoba y
de Vlor?

--Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclam con
desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

--Has hecho acaso  Isabel una de esas graves injurias que no puede
perdonar una mujer? Te has envilecido  sus ojos?

--He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por
sus hermanos  entrar en un convento   enlazarse  otro hombre.

--Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

--Anoche.

--Oh! acaso sea tiempo aun! exclam el anciano corriendo las cortinas
sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y sali precipitadamente arrastrando consigo  Yaye, cerr, y le llev 
otra cmara apartada.

--Mi secretario Ayub! grit  uno de los esclavos que dormitaban en la
antecmara.

Poco despues entr un anciano con el cual sali Yuzuf por una puerta
lateral.

En seguida entr por aquella misma puerta un morisco jven, de aspecto
brabo, pero hermoso y simptico, que se prostern ante Yaye.

--Quien eres? le dijo, este.

--Poderoso Emir, contest el jven: vuestro magnnimo padre me envia 
vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

--Tienes razon. Y hay aqu ropas?

--S seor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados  parecer lo que
no somos. Venid si os place conmigo, seor.

La cmara qued desierta durante media hora: al cabo de ella entr de
nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino  la
castellana. Al mismo tiempo entr por otra puerta en la cmara Yuzuf,
que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se
leia:

A nuestro muy querido sobrino don Diego de Crdoba y de Vlor.

--Toma, hijo mio, dijo Yuzuf  Yaye dndole el pliego: corre, vuela,
llega  Granada, busca  don Diego de Crdoba, dale estas letras y
csate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel _si aun es
tiempo_ era una condicion de vida  de muerte para el corazon de su
hijo.

--Ah padre mio! y si por desgracia...

--Ni una palabra mas: ya he dado mis rdenes  Abd-el-Gewar que te
acompaar con veinte hombres de confianza:  caballo, emir de los
monfes;  caballo.

       *       *       *       *       *

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompaados
de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfes que
no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos
caballos y armados  la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana
al occidente iluminaba la montaa.

Al empezar  trepar por un desfiladero les detuvo un quin va?
enrgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un
soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho
antes, habia sido despeado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia
muchos hombres.

--Quines sois,? dijo un alfrez que habia acudido al quin va? del
centinela.

--Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro
camino.

--Pues mal camino llevais hidalgos, replic el alfrez: con el edicto
del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras,
andan revueltos esos malditos monfes, y esta misma noche han medio
muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia
atrevido  seguirles los pasos disfrazado.

--Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion
uno de los monfes disfrazados de castellanos que escoltaban  Yaye.

Es de advertir que este monf hablaba perfectamente el castellano.

--Ha sido un milagro de Dios dijo el alfrez, le han dado tres saetadas,
y le han despeado de all arriba. Pero aun tiene vida, segun las
muestras, para contarlo.

--Malditos monfes! dijo el monf disfrazado y no saber dnde diablos
se meten!

--Malditos amen, dijo el alfrez. Por lo mismo, aadi dirigindose 
Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada
para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien
resguardado, os alojseis en Cdiar, donde hay un buen presidio de
soldados.

--Os agradezco el aviso, seor alfrez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no
puede tardar en amanecer. Adios y que l d salud al herido.

--El os guarde hidalgos.

El alfrez baj hcia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos
siguieron trepando por el desfiladero.

--Cerca andan de nosotros, dijo el monf que habia hablado antes; por lo
mismo mucho ser que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monf estas palabras cuando se escucharon  lo
lejos, en lo profundo de las breas, arcabuzazos repetidos, y algunas
balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

--A la rambla del rio! exclam Abd-el-Gewar revolviendo su caballo;
vamos  ganar el camino por mas abajo de Cdiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no
se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cdiar
que tocaban  rebato.




CAPITULO V.

Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar  Granada
nuestros caminantes.


Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la
incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si
reventaria  no. Abd-el-Gewar le seguia como si los aos no hubieran
amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte
monfes.

Tanto y tanto picaron que  las seis de la maana llegaron  Lanjaron.

Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares,
rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar  Granada con la
misma rapidez que se habia llegado  Lanjaron, y para renovarlos era
preciso detenerse.

Parecer extrao que en una pequea villa se pretendiese renovar veinte
y tres caballos; pero dejar de existir la extraeza cuando se sepa, que
los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas
quebraduras cercanas  Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfes
ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en
todas partes.

Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfes iba  ver si
los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson  la
entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.

Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegndose  la necesidad, se
encamin  la villa y se entr por el ancho portal de un meson, dando
una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia
con la permanencia de tantos huspedes, aunque no fuese mas que por
algunas horas en su casa.

Acomodronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento  teja vana, en el fondo
de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfes en la cocina, y
los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfes, salia
en demanda de los caballos de refresco.

Entre tanto el posadero sirvi una liebre  los amos y un guiso de
abadejo  los monfes.

Todos,  pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba
en las necesidades de su disfraz.

Solo Yaye no comi ni bebi, y lleno de impaciencia habia salido  los
corredores  esperar la vuelta del monf que habia ido  buscar los
caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su
guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.

El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno
los corredores: Yaye se puso  pasear  lo largo de ellos.

Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia
el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes,
arrastraba por el pavimento terrizo.

Por este ruido su presencia fue notado por el husped, , mejor dicho,
por la huspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.

Decimos huspeda, porque  los pocos pasos que di Yaye, se abrieron las
maderas de una reja situada junto  la puerta de aquel aposento, y
apareci en ella una cabeza de mujer.

Pero una cabeza caracterstica. Un tipo evidentemente extranjero, pero
enrgicamente hermoso.

Esta mujer,  mejor dicho, esta jven, porque  lo mas podria tener
veinte aos, era densamente morena, pero con un moreno lmpido,
encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran
tamao, y llenos de vida y de energa, pero de una energa casi salvaje:
bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantsimos,
rizados, negros, hasta llegar  ese intenso tono del negro que produce
reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguilea, la boca de labios
gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y
mrvido, anchos los hombros y alto el seno.

Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar
solemne,  Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos
metidas en los bolsillos de sus gregescos, y profundamente pensativo,
seguia pasendose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba,
no era hcia la parte de adentro, sino hcia la de afuera, al portal del
meson.

La desconocida no dejaba de mirarle con un inters marcado, en que sin
embargo no habia esa expresion de la mujer que mira  un hombre que la
agrada:  pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada,
y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra,  todas luces,
interesar  Yaye, puesto que se ali un tanto los rizados cabellos, se
coloc en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un
hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoy lnguidamente la cabeza en
su mano derecha, cuyo desnudo y magnfico brazo se apoyaba en el
alfeizar de la reja.

Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vi.

Notse una lucha interna en el semblante de la jven, y por tres veces
sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, seal clara de que
luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jven, y la vergenza de
provocar su atencion.

Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada
insegura, dijo  media voz:

--Caballero! noble caballero!

La voz de la jven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su
dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento
andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.

Ese no s qu misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas
mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda  un tiempo,
hizo extremecer con un movimiento nervioso  Yaye, que se volvi.

--Me habeis llamado, seora? dijo Yaye, mirando  la jven con la
fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer
poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.

La extranjera comprendi que habia logrado admirar  Yaye, y se sonri
de una manera tentadora.

Yaye,  pesar del recuerdo de Isabel, sinti una dulce sensacion al
notar la sonrisa de la desconocida.

--S, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para
hablaros, quiero que no extraeis mis palabras, que, si Dios quiere, os
explicar en otra ocasion. Vais  Granada?

--A Granada voy.

--Cmo os llamais?

--Juan de Andrade.

--Sereis tan generoso que querais amparar  dos mujeres desgraciadas?

--Oh! para amparar  una mujer, no es necesario ser generoso.

--Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan
Alvaro de Sedeo.

--Y para qu?...

--Somos vctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor
peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que
nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, ser vuestra esclava.

--Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contest conmovido Yaye.

--Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un
hombre de corazon y de virtud...

--Alvaro de Sedeo habeis dicho?

--S.

--Capitan de los tercios del rey?

--S, capitan de infanteria espaola, de los que fueron  Mjico.

--Sois mejicana?

--Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

--Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmur Yaye.

--Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro.
Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dej caer en las manos de Yaye un magnfico ceidor de
perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerr la ventana.

Yaye mir por un momento aquel largo y pesado ceidor que ademas estaba
enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guard despues en su
limosnera.

--Si Isabel no se ha casado, dijo, ser feliz, y justo es que los que
somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si
no puede ser mia, oh! entonces... necesitar matar  alguien, y me
vendr bien castigar  un infame... el capitan Alvaro de Sedeo...!
algun aventurero rapaz... sin corazon...! dos esclavas...! madre 
hija...! la esposa y la hija de un rey...! infelices...! y luego...
luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no
parecernos  los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger  un
hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto  engaarse acerca del
verdadero mvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que,  pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana,
tan extraamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian
impresionado.

Lo cierto es que,  pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no
podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lstima.

Baj en dos saltos la escalera, atraves el corral, y entr en el
zaguan.

--Harum! dijo, llamando.

--Qu me mandais, seor? dijo Harum, acercndose  Yaye sombrero en
mano.

--Sgueme.

Harum sigui  Yaye que le llev al corral, y cuando no podian ser
vistos de nadie, le dijo:

--Ves aquel aposento que tiene junto  la puerta una reja?

--S seor.

--All moran dos mujeres: no conozco mas que  una de ellas: es morena,
jven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda
un capitan castellano. Qudate en el meson, y sin que nadie pueda
reparar en ello, observa  esa gente, sguela: ve dnde para, no pierdas
ni un solo momento de vista  esas damas: si es necesario protegerlas,
protgelas.

--Hasta matar?...

--Hasta matar  morir.

--Muy bien, seor.

--Cuando lleguen  Granada, observa en qu casa habitan.

--Lo observar.

--Y me avisas.

--Os avisar.

--Toma para lo que le se pueda ocurrir.

Y le di algunas monedas de oro que Harum se guard de la manera mas
indiferente del mundo.

--Vete.

Harum se volvi al corro de los monfes.

En aquel momento un hombre apareci en la puerta del meson.

Este hombre tenia un aspecto extrao: era alto, como de cuarenta aos,
de color cetrino, de semblante que debi ser bello algun dia, pero de
lneas duramente rgidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y
el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la
mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su
boca, hacindola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno
y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por ltimo, le faltaban
el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado
por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y
bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo  un herrete de su
coleto de mbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin
embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre,
vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al
parecer no poda montar  caballo, llevaba calzada en la pierna
izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata:
apoybase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una
descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro,
temible, y sobre todo duramente provocador  insolente.

Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia
detenido  la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un
mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y
 caballo junto al carro un soldado viejo y armado  la gineta.

Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre
parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.

Yaye observ todo esto con una sola mirada, y se dijo:

--Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeo.

Sin saber por qu, la sola presencia de este hombre provoc su odio, su
clera, y un ardiente deseo en su corazn de cerrar con l  estocadas.

Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto  ello la breve
conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese
hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente
antiptico.

Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese
con una conducta atenta, la mala impresion que deban necesariamente
causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extrao
estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente 
los monfes, habia pasado con altanera, casi con desprecio y sin
saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas
ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrndose por
las escaleras; poco despues le vi aparecer Yaye en los corredores, 
tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento.

Entonces not Yaye una cosa extraa. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso
plido; el desconocido se detuvo tambien, irgui la cabeza, mir de una
manera altiva al anciano, y despues se quit la toquilla, le salud, y
pas: Abd-el-Gewar se inclin ligeramente, y se encamino  las
escaleras, y el desconocido lleg  la puerta del aposento donde estaba
la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sac una llave,
abri la puerta, entr, y cerr.

Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y plido aun, estaba en la puerta
del corral junto  Yaye.

--Conoceis  ese caballero? le dijo el jven: os habeis conmovido al
verle, y l os ha reconocido, y os ha saludado.

--Si, si por cierto: es l.

--Y quin es l?

--Es el seor Alvaro de Sedeo, antiguo y valiente soldado de los
tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.

--Ah! es monf!

--Lo ignoro; es un secreto que tu padre jams me ha revelado.

--Pero donde habeis vos conocido  ese hombre?

--Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con l
familiarmente en la montaa.

--Y sabiendo que ese hombre sirve  mi padre, por qu palidecsteis 
su vista?

--Es que ese hombre, no s por qu, desde que le vi, me caus
repugnancia, aversion, temor...

--Lo mismo me ha sucedido  m, cuando hace un momento le he visto por
primera vez.

--Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero
aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es
necesario partir.

En efecto, un monf jven y gallardo entraba en aquel momento en el
meson y se dirigi al lugar donde estaban el jven y el anciano.

--Los caballos esperan, dijo descubrindose, en la rambla del ro cerca
de Tablate.

--Enjaezados como conviene? dijo Yaye.

--No ha sido posible, pero se les pondrn los arneses de los que
dejemos.

--Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto 
recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.

--Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos
posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.

Mientras esto se hacia, Yaye, que  pesar del recuerdo de Isabel no
dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se
encontraba la princesa mejicana, vi que aquel aposento se abria y que
salian de l primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos
mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado:
atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto  Yaye y
Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: salud fria y ceremoniosamente 
los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye crey notar que la mas
esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y
que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba  travs
de su manto con ansiedad.

Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoy una
pequea escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas
entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subi el capitan, y
antes de desaparecer salud de nuevo, pero de una manera que tenia mucho
de insolente,  Yaye y Abd-el-Gewar.

Despues de esto el carro ech  andar  buen paso.

Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando
Harum-el-Geniz se dirigi gentilmente  la salida del meson.

--Eh!  donde vais, Pedroz? le pregunt con imperio Abd-el-Gewar.

--El seor me ha ordenado... dijo Harum detenindose y sealando  Yaye.

--Va  un asunto mio, dijo el jven, dejadle ir.

Y el monf, en vista de un ademan del jven, sigui su camino.

Sigmosle.

El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al
puente de Tablate desde Lanjaron. El monf, en vez de seguir
ostensiblemente tras el carro, rode por las tapias del pueblo, se
perdi entre los olivares y echndose la espada al hombro, y despues de
haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empez  andar con una
rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de
haber flanqueado la montaa por espacio de una hora, se encontr
marchando sobre las crestas de los montes  cuya falda se extiende el
camino de las Alpujarras  Granada.

El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian  lo
lejos: muy pronto una nube de polvo apareci por un recodo del camino, y
un grupo de ginetes adelant  la carrera, alcanz el carro, pas
adelante y se perdi en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los
veinte monfes.

Harum, que se habia quedado  pi para cumplir el encargo de Yaye, y que
ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha
no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo 
Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le
hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.

Al poco espacio salieron de las breas cercanas y con poco intervalo de
una  otra aparicion, tres monfes con su trage caracterstico de
montaa y con fuertes ballestas.

--Que el seor Altsimo y nico sea con vosotros, dijo Harum.

--Allah te guarde wal[7], dijo uno de ellos, qu nos quieres?

--Lo que voy  deciros os lo dice por mi boca el magnfico emir de las
Alpujarras.

Los tres monfes hicieron una zal  saludo  la usanza mora.

--Estamos dispuestos  obedecer, dijo el que hasta entonces habia
hablado.

--Veis all  lo lejos en el camino un carro?

--Le vemos.

--Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.

--Lleva oro! exclam con la alegra de un bandido que presiente una
presa otro de los monfes.

--No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos,
un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.

--Ah!

--T eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigindose al que habia
hablado primero. Parte  cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro
puesto de la montaa no falten diez de los nuestros, que no pierdan un
solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en
l corren algun peligro, defendedlas.

--Muy bien.

--Que cuando yo llegue  la puerta del Rastro de Granada, que ser esta
tarde, sepa si ha llegado  no el carro, y si ha llegado, en qu casa
han parado el soldado y las dos damas.

--Muy bien.

--Ea, pues, t, Zeiri, pis  la montaa. Vosotros seguidme.

Unos y otros se perdieron muy pronto entre las speras cortaduras.

       *       *       *       *       *

A las siete de la maana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte
monfes del meson de Lanjaron;  las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar 
caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.





CAPITULO VI.

En que se presentan nuevos  interesantes personajes.


Muy poco despues Yaye y Abd-el-Gewar, llamaban  la puerta de su casa y
un esclavo les abria.

Yaye desmont, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras
el esclavo conducia el de Abd-el-Gewar, atraves el zaguan, la calle
principal del jardin y meti el caballo en la caballeriza. Despues sali
al jardin y lanz una ansiosa mirada  la galera de las habitaciones de
Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio
dominaba en aquella casa.

Aquel silencio, que nada tenia de extrao atendido  que era el medio
dia de uno caloroso de junio, impresion al jven; y es que cuando
estamos predispuestos  recibir impresiones tristes, estas impresiones
emanan para nosotros de todo lo que nos rodea.

--Kaib, dijo Yaye volvindose al esclavo berberisco que les habia
abierto, no tienes ninguna noticia que darme?

El esclavo, que amaba al jven, le mir tristemente.

--Ninguna, seor, dijo despues de un momento de silencio.

--Durante mi ausencia no has visto  doa Isabel de Vlor?

--No seor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la
tarde, por la noche, las celosas del mirador han estado cerradas. Ni
aun la he oido cantar; ya sabeis que la seora cantaba todas las
noches... pues nada, seor, nada.

--Con que no la has visto? no ha cantado? Estar enferma acaso.

--Puede ser que lo est, pero si lo est no guarda el lecho.

--Cmo sabes eso sino la has visto?

--Os dir, seor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto;
pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir
de su casa.

--Ah! y estaba triste!

--Muy triste y muy plida, pero muy hermosa: y luego iba tan bien
prendida!

--Bien prendida...!

--Llevaba una falda y un justillo de brocado blanco, un velo de plata y
seda, y una corona de flores blancas.

Nublronse los ojos de Yaye, zumb un ruido sordo en sus oidos,
agolpsele toda su sangre al corazon, se puso mortalmente plido y un
vrtigo momentneo, pero violento, pas por su cabeza y cubri su frente
de sudor frio.

Necesit apoyarse en la pared para no caer.

Su poderosa voluntad domin al vrtigo, y volvindose al esclavo exclam
roncamente:

--Deja los caballos, y ven conmigo.

El berberisco obedeci dcil como un perro; Yaye atraves como una
exhalacion el jardin, el zaguan y la puerta, que abri con un
apresuramiento febril: luego, seguido de Kaib, se aventur  largo paso
por las estrechas, tortuosas y pendientes callejas del Albaicin.

--Quin acompaaba  doa Isabel? pregunt Yaye al berberisco.

--Su hermano don Fernando, un hidalgo mal carado y como de cuarenta
aos, pero muy galanamente vestido, Diego el Geniz, y Pedro de Barredo,
tambien vestidos de gala, dos pajes con libreas nuevas, su duea y dos
doncellas.

--Ah! exclam Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: y
no iba con ella su hermano mayor don Diego?

--No seor.

--Llevarian literas.

--Si seor, dos: en la una entraron doa Isabel y su duea, en la otra
las dos doncellas.

--Y te vi doa Isabel?

--Si seor, y al verme se puso plida, muy plida... y me mir de una
manera que sin duda queria decir: cuenta  tu seor que me has visto
vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y plida como una
muerta.

El berberisco pronunci con una profunda intencion estas palabras.

Yaye se extremeci y apret mas el paso hasta casi correr.

No se habl una palabra mas entre amo y esclavo.

Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble
apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroquea encima
de su gran puerta de roble escultada.

Yaye se lanz  aquella puerta y asi su enorme llamador.

Pero antes de que pudiese llamar se abri la puerta y apareci un
caballero ricamente vestido de negro.

Este caballero se sorprendi al ver  Yaye, retrocedi un paso y le mir
con extraeza y aun con cuidado.

En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado 
la vista, se veia una dama que se preparaba  entrar en una litera
cuando se abri la puerta y apareci Yaye.

Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso
densamente plida, ahog un grito y fij una intensa mirada en Yaye.

La extraeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama  la
vista de Yaye, nos obligan  que antes de pasar adelante demos  conocer
 estos dos nuevos personajes, y  algun otro mas de los que figuran en
nuestra historia.

Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.

Ella se llamaba doa Elvira de Cspedes: l don Diego de Crdoba y de
Vlor.

El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de
consecuencias.

Doa Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas
demostraba diez y ocho aos; pero nosotros sabemos por los apuntes que
nos hemos visto obligados  entresacar de antiguos papeles para escribir
esta verdica historia, que doa Elvira en 1546 habia cumplido veinte y
tres aos y que se habia casado  los diez y siete con don Diego de
Crdoba y de Vlor. Sabemos tambien que doa Elvira era hija del
licenciado Juan de Cspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias
de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado  estudiar como
sopista en la universidad de Alcal, desde la cual, concluidos sus
estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco
Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jven de
talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado  ocupar un
oficio de alcalde de la Sala de Casa y Crte en la Real Audiencia de
Granada.

All y por causa de un embrollado proceso conoci el licenciado Juan de
Cspedes  una viuda hermosa,  que se lo pareci, pero pobre, y el
resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el seor
Juan de Cspedes, ya hombre maduro, cas con doa Irene de Avendao que
hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza.

En 1523 doa Elvira de Cspedes y Avendao, fue el fruto de bendicion
que di Dios  los esposos; fruto tardio de la duea cuarentona doa
Irene, que sucumbi  un parto demasiado laborioso, dejando por nico
consuelo al afligido alcalde de Casa y Crte una hermossima nia.

La educacion de una hija no era lo mas  propsito para un hombre 
quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios,
cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de
sentenciar  horca y galeras,  todo vicho viviente que se le habia
venido  las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Cspedes
que hasta entonces nada habia encontrado grande y difcil mas que la
recta aplicacion de la ley, sinti que le habia caido encima una montaa
con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero  la crianza
de su hija.

Pero consider que en cinco aos  lo menos no urgia pensar en la
educacion decisiva de doa Elvira, y cont muy prudentemente con que en
aquellos cinco aos se le ocurriria bien un medio de salir del
atolladero.

Pero h aqu que apenas la nia habia salido de la lactancia, se
encontr el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y
rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Mjico, que
acaba de crearse.

La obligacion de justificar el carcter de nuestro personaje, con la
apreciacion de su educacion y de su vida ntima, nos pone en el caso de
hacer otra digresion relativa al por qu se habia dado al licenciado
Cspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadsimo, en el rion
de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva-Espaa,
oficio  que l no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueos de
ambicion.

Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado
Cspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos aos, habian
encontrado que el mejor medio de procurar  su hija una educacion
conveniente era darla una segunda madre.

Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa
y Crte, hall que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para
casarse tener novia, para tenerla buscarla.

Y la hall, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija
de un capitan invlido de los tercios de Italia, pobre pero honrada,
sobre honrada jven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la
pobreza, fresca y robusta.

No era hombre el licenciado Cspedes que  los cuarenta y cinco aos se
anduviese con _telgrafos_ (que hoy se dice) ni con billetes, ni con
otras gerzonias, diametralmente opuestas  su carcter natural, y sobre
todo  su carcter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente
decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su
reluciente espadin de crte, y se present casa de su vecino el valiente
capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente
pidi su hija por esposa.

El capitan no encontr razon para echar  la calle aquella fortuna tan
inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de
su casa.

Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se
tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan
Aponte di palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Crte,
de que su hija seria su esposa.

Dise traslado  la parte, esto es:  doa Clara, que as se llamaba la
pretendida.

Esta se sobrecogi, se puso plida y tartamude algunas palabras que su
padre atribuy al pudor natural de una doncella de veinte aos.

El padre se enga.

Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de
un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos,
de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta
calleja.

Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor
y su amada, como una cua de hierro,  la que servia de mazo la
autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Crte.

A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su
mas rico trage de brocado, su cadena de mas vala y sus mejores preseas,
y acompaado de lacayo y escudero, se present en la casa del capitan de
Italia y dej oir en ella el aristocrtico y altisonante nombre del
marqus de la Guardia.

Apresurse  recibirle el capitan. El noble marqus le dijo sin rodeos
que queria ser esposo de doa Clara.

Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas
palabras en el honrado veterano! Levantse delante de l como una
horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Crte,
porque, al fin, teniendo para su hija un marqus jven y poderoso, era
indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya
casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo.

El capitan tard quince minutos en contestar; al fin haciendo un
esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeada su palabra, y que no
faltaria  su palabra por nada del mundo.

El marqus iba preparado  esta respuesta y la contest sin detenerse un
punto.

--Vos no os habreis comprometido  casar vuestra hija sino en Espaa.

Mir con asombro el capitan al marqus porque no le comprendia.

--Quiero decir que si ese hombre  quien habeis dado vuestra palabra se
viese obligado  pasar los mares y  llevarse vuestra hija....

--Indudablemente, esa circunstancia me dejara en libertad, dijo el
seor Illan.

--Pues os juro que quedareis libre... solo os pido.

--Qu...?

--Que dilateis con cualquier pretexto el casamiento de vuestra hija
durante quince dias, solos quince dias, y que guardeis un profundo
secreto acerca de nuestra vista.

El capitan lo prometi solemnemente: esto era una especie de
conspiracion contra el alcalde de Casa y Crte: una traicion, pensando
severamente; pero el caso era cubrir las apariencias, y sobre todo se
trataba de un golilla, de uno de esos hombres que estan tan
acostumbrados y tan prcticos para buscar callejuelas  la ley.

El alcalde era tratado en su propio terreno y con sus propias armas.

El marqus escribi aquel mismo dia  un su amigo de la crte, hombre
poderoso y muy privado de los privados del emperador;  su carta
acompaaba un libramiento de buena ley de mil ducados.

A los doce dias, sin saber cmo ni por donde, el alcalde de Casa y Crte
recibi una provision de oficio de oidor de la Real Audiencia de Mjico.

En los primeros momentos de jbilo el licenciado Cspedes se traslad
provision en mano casa de su futuro suegro.

Pero este con gran asombro suyo le dijo gravemente:

--Y pensais aceptar, seor Juan de Cspedes?

--Que si pienso aceptar! exclam con extraeza el alcalde: pues
decidme: qu haras vos si os nombrasen virey de Mjico  de Santiago
de Cuba?

--Aceptaria con toda mi alma: ya lo creo.

--Pues ved ah que con toda mi alma acepto yo.

--Pues en ese caso... dijo con una verdadera turbacion el capitan, en
ese caso, yo os retiro la palabra que os he dado.

La turbacion del capitan consistia en que el buen hidalgo no habia
ejecutado nunca dobles papeles y le repugnaba la intriga.

--Qu... me retirais vuestra palabra!... es decir, cuando puedo
acumular sin ofender  Dios ni  la justicia grandes riquezas? exclam
el alcalde ponindose plido.

--No son las riquezas las que me mueven... dijo balbuceando de nuevo el
capitan, porque le repugnaba la mentira tanto como la intriga, pero yo
habia contado con que no saldrais de Espaa: bien sabeis, puesto que
sois jurista, que no podrais obligar  vuestra mujer  que se
embarcase.

--Con que es decir?...

--Que  renunciais  ese oficio de oidor,   mi hija.

Medit algunos segundos el alcalde.

--No puedo renunciar, dijo, una fortuna que Dios me envia... si yo fuera
solo... pero tengo una hija.

--Cmo que teneis una hija?

--S seor, una hija de mi difunta esposa...

--Sois viudo!...

--Ciertamente....

--H aqu otra circunstancia que me dispensa de mi palabra... nada de
vuestra viudez ni de vuestra hija me habais dicho.

--Pero lo sabe todo el barrio...

--Pues ved ah, yo no lo sabia.

--Decididamente...

--Yo no he dado mi palabra ni  un viudo con hijos, ni  un oidor de las
Indias.

--Estais en vuestro derecho, dijo roncamente el alcalde de Casa y Crte,
 mejor dicho, el oidor de la Real Audiencia de Mjico. Y as, adios,
seor capitan Aponte.

--Quedamos, pues, recprocamente libres?

--De todo punto. Podeis casar  vuestra hija con quien mas os convenga.

Separronse, pues, de una manera ruda.

Ocho dias despues, doa Clara de Aponte era marquesa de la Guardia.

El seor Juan de Cspedes comprendi entonces por qu le habian hecho
oidor sin solicitarlo.

Ocho dias despues de haber sido elevada  marquesa doa Clara, el
presidente de la chancilleria de Granada llam al seor Juan de
Cspedes.

--Seor licenciado, le dijo, siento daros una mala noticia.

Juan de Cspedes solo contest ponindose plido.

--Se me encarga de rden de S. M. Cesrea, que os recoja la provision de
oidor de la Real Audiencia de Mjico, que no puede llevarse  efecto...
porque os la han enviado por una equivocacion.

Juan de Cspedes comprendi entonces que habia sido burlado.

Esto consistia, no en que el marqus de la Guardia hubiese influido para
aquella segunda peripecia, sino en que los mil ducados enviados  la
crte, habian sido bastantes para que en las secretaras de Estado se
hiciese aquella infame farsa, sorprendiendo el nimo del emperador; pero
no bastaban, de ningun modo, para comprar un oficio tal como el de oidor
en Indias, que entonces era considerado como una mina de oro.

Juan de Cspedes enferm de rabia y de dolor porque ya se habia
consentido y aun infatuado con su carcter de oidor.

La enfermedad concluy pronto, pero concluy en la tumba.

Doa Elvira qued enteramente hurfana.

El marqus de la Guardia, que era un calavera capaz de jugar una
sangrienta pasada al mismo diablo, y que solo se habia casado con doa
Clara, porque todos los hombres tienen un cuarto de hora en que se
casan, no era por esto infame. Sinti que su burla al pobre alcalde
hubiese tenido tan negro desenlace, encontr bajo aquella burla una
pobre hurfana, sin mas amparo que la caridad pblica, y reconoci como
un deber el protegerla.

[imagen: Don Diego de Crdoba y de Vlor.]

Sin embargo, su proteccion no fue muy esplndida. Se fu al prroco, y
en confesion le entreg por una parte seiscientos cincuenta ducados que
debian servir para atender  la manutencion, vestido y educacion de doa
Elvira en un convento, durante trece aos, esto es, hasta que cumpliese
los diez y seis,  razon de cincuenta escudos por ao: y por otra mil
ducados, que debian servirla de dote, ya eligiese el claustro  el
matrimonio.

La huerfanita fue llevada por el prroco al convento de santa Isabel la
Real.

Doa Elvira, pues, se habia educado en un convento.

Pero no es en un convento donde mejor puede educarse  una jven.

Mimaron las buenas madres  doa Elvira, y doa Elvira se hizo
voluntariosa.

Enseronla  leer y escribir y un poco de latin, con el objeto de
hacerla monja.

Como educacion de adorno, enseronla  cantar monjunamente y  hacer
dulces y flores.

La halagaron, y la hicieron soberbia.

La llamaron hermosa, y la llenaron de vanidad.

Hablronla mal del mundo para que renunciase  l, y doa Elvira ansi
conocer una cosa tan mala.

A los diez y seis aos, el deseo de respirar otro aire que el contenido
en las paredes del convento, fue para doa Elvira una necesidad.

Los deseos comprimidos son los mas fuertes, los mas tenaces.

Doa Elvira era alta, esbelta, con cabellos semejantes  sedosas hebras
de oro, frente cndida y pura, ojos celestes como el cielo, y sonrisa
aseorada, aunque un tanto altiva y amarga.

Era, pues, una dama, en toda la extension de la frase, y  mas de esto
hermosa  maravilla.

La habian dejado espejo, y doa Elvira, despues de haber visto en el
espejo su hermosura, la habia comparado con el aspecto de las buenas
madres, y las habia encontrado plidas, verdinegras, con ojos hundidos,
bocas lvidas, feas cuanto puede ser fea una mujer que se ha agostado
robada  la naturaleza y al amor: aquellas mujeres, alguna de las cuales
habia sido una flor, se habian transformado en ortigas: doa Elvira se
punzaba dolorosamente  su contacto, y acab por aborrecerlas: pero
obligada  mostrarse con ellas dulce y cariosa, habia contraido otro
terrible defecto: se habia hecho hipcrita, falsa, intencionada.

La horrorizaba pronunciar unos votos que debian ligarla por toda la vida
 aquellas mujeres, incrustarla, por decirlo asi, en aquel claustro del
que no debia salir ni aun despues de muerta, una vez pronunciados sus
votos, y  pesar de esto, se mostraba dispuesta  ser monja.

Pero  lo que en verdad estaba predispuesta doa Elvira, era  arrostrar
cualquier locura, por trascendental que fuese,  trueque de escapar de
aquel ataud de vivos.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha al alcaide de Casa y
Crte, Juan de Cspedes, por el marqus de la Guardia, continuaban;
porque las consecuencias de una falta, mejor dicho, de un crmen son
interminables, incalculables.

Aquella burla habia causado la muerte del padre.

[imagen: Doa Elvira de Cespedes.]

Acaso las consecuencias de aquella burla, que eran la burla misma,
debian causar tambien la desgracia de la hija y un infinito nmero de
crmenes.

Porque un crmen sembrado en el mundo, da generalmente un fruto de
ciento por uno.

Un dia, una parienta de la abadesa se presento en el locutorio. La
abadesa, aficionadsima como todas las monjas  lucir las flores del
convento, llev consigo al locutorio  doa Elvira.

Pero la parienta de la abadesa no estaba sola; la acompaaba un jven
caballero, que iba  informarse de las condiciones bajo las cuales
podria habitar algun tiempo en el convento, durante una ausencia de sus
hermanos, una hurfana hermana suya.

Aquel caballero era don Diego de Crdoba y de Vlor, que  la sazon
contaba veinte y seis aos.

Don Diego de Crdoba y de Vlor, era un morisco convertido, hombre de
gran calidad y riqueza; subiendo por el altivo tronco de su rbol
genealgico, se llegaba  los califas Omniades de Crdoba,  los de
Damasco, y por ltimo  la familia del Profeta, del cual descendia por
la madre de aquel hombre extraordinario, conocida entre los musulmanes
bajo el nombre de Fatimah, la santa: intil es decir que poseedor
legtimo del voluminoso rollo de pergaminos, que tan esclarecida
genealoga justificaban, don Diego de Crdoba era orgulloso cuanto puede
serlo una criatura humana, y tenia mucho del aspecto dominador y de la
palabra breve y desptica que parecia haber recibido como un legado de
raza de sus cien regios ascendientes: pero era por cierto gran lstima
que  tal aprecio de si mismo,  tal soberbia, no hubiese reunido don
Diego las grandes virtudes que han solido resplandecer, formando la
parte luminosa de su carcter, en muchos de los tremendos reyes, de
cuyos nombres est llena la historia de la humanidad esclavizada. Don
Diego era valiente, pero no con el valor espontneo entusiasta y leal de
los hroes: el valor de don Diego, rayando siempre en la ferocidad y
siempre conducido por una intencion daina y desleal, era, preciso es
decirlo, el valor del bandido. Era esplndido y generoso, pero jams
estas prendas produjeron una buena accion: tiraba su dinero con la misma
indiferencia con que se arroja lo que nada vale; jugaba y perdia sumas
enormes sin alterarse ni entristecerse, y del mismo modo sin afan ni
alegra, las ganaba; favorecia  todo el que  l se acercaba,  por
mejor decir,  todo el que por su vida escandalosa y aventurera y por
sus libres costumbres, habia adquirido la funesta nombrada de
camorrista, burlador, taur  maton; gustbanle  perder esa clase de
hombres audaces que viven descuidadamente sobre el pas y sobre el
presente, sin meterse  considerar quienes eran, de donde venian ni 
donde iban: los lugares de su mas asdua asistencia eran los garitos,
las mancebas y las tabernas, en las que se entraba sin pudor alguno 
la luz del sol, y delante de las gentes, con la frente alta y como
desafiando  la opinion pblica; en nada invertia con mas placer su
dinero que en corromper la virtud de las mujeres, produciendo la
vergenza  la desesperacion de un padre, de un esposo  de un amante;
sus mancebas, de las cuales tenia  un tiempo un nmero escandaloso,
ostentaban un fausto insolente y despues de algun tiempo, abandonadas y
corrompidas, iban  aumentar con sus vicios la hedionda corriente de
cieno que de tal manera inficion las costumbres de Espaa en el siglo
XVI.

Tal era el primer hombre _del mundo_ que veia ante s doa Elvira de
Cspedes, y decimos del mundo por que su confesor, el capellan, el
sacristan y el andadero de las monjas,  quienes veia todos los dias,
eran hombres del claustro, y viejos, feos, sucios, en contraposicion de
don Diego de Vlor, que era jven, hermoso, de mirada audaz, gallardo y
riqusimamente vestido.

Don Diego en efecto tenia, como sabemos, una hermana: doa Isabel, y
ademas un hermano menor llamado don Fernando.

Su padre, Muley Mahomad-ebn-Omeya, uno de los walies de Granada que mas
se distinguieron en su juventud en la conquista, habia pasado al
servicio de los Reyes Catlicos, se habia convertido bajo el nombre de
don Juan de Crdoba y de Vlor, recibiendo en premio una carta de
nobleza y el amayorazgamiento de sus bienes con el ttulo de seor de
Vlor, y habia casado, por ltimo, y siendo ya hombre de cierta edad,
con una morisca parienta suya llamada Ins de Rojas.

Esta le habia dado sucesivamente dos hijos y una hija, poco despues de
lo cual muri don Juan, dejando su mayorazgo y su ttulo  Don Diego, y
la curadura de sus tres hijos  su esposa doa Ins.

Muri esta aos adelante, y dej la tutela de sus hermanos menores  don
Diego.

Parecia, pues, que este iba legtimamente  tratar de la entrada de su
hermana doa Isabel en el convento.

Pero no pensaba ciertamente en ello; era un pretexto: don Diego habia
sabido por el marqus de la Guardia, hombre ya machucho, el mismo de la
burla que mat al padre de doa Elvira, su grande amigo, tan disipado
como l y tan tremendo calavera, aquella historia de desdichas, la
existencia de doa Elvira en el convento de santa Isabel y la fama de su
hermosura.

Cmo el marqus de la Guardia no habia visitado nunca  doa Elvira?

La razon era muy sencilla: al procurarla medios de subsistencia, al
dotarla, solo habia pensado en reparar de algun modo una falta: habia
buscado un eclesistico: le habia entregado como _fidei comiso_ y bajo
confesion aquel dinero, y despues se habia ausentado de Granada con su
esposa.

Durante muchos aos anduvo vagando por Espaa  Italia, gastando
gentilmente sus rentas, hasta 1539, en que muri su esposa y se volvi 
Granada viudo y sin hijos, entregndose desde entonces con toda libertad
 los excesos del otoo del calavera, que es la poca mas azarosa de la
vida de esta clase de gentes, y durante la cual hacen mas dao  la
sociedad, sobre todo cuando son tan ricos y tan audaces como el marqus
de la Guardia.

Don Diego de Crdoba era una especie de astro entre cierta clase de
gentes en Granada y como el marqus de la Guardia por propension y por
costumbre se fu  buscar aquella clase de gente encontrronse un dia
los dos astros girando en una misma rbita.

Cuando dos hombres de este jaez se encuentran, sucede irremisiblemente
una de estas dos cosas:  se chocan duramente y se matan,  se unen y se
hacen camaradas de libertinage.

Esto ultimo aconteci al encontrarse don Diego y el marqus de la
Guardia: el segundo casi doblaba la edad al primero; pero por lo dems
en cuanto  fortuna, conducta y aficiones eran iguales.

Durante dos aos fueron en Granada una epidemia social; una de esas
pstulas crnicas y malignas que solo se curan  yerro   fuego.

A principios de 1541 y cuando una noche el marqus se preparaba para
salir  una aventura galante, se encontr en su casa con un humilde
aclito que le entreg de parte del cura de la parroquia de san Luis, un
papel en que bajo una enorme cruz se leian estas breves y solemnes
palabras.

Seor marqus de la Guardia: en este momento me hallo prximo  rendir
el alma al Criador. Hace trece aos me entregsteis, bajo confesion,
cierta suma, mediante la cual debia educarse en un convento y dotarse,
llegada que fuese  los diez y seis aos, una pobre hurfana. He
cumplido como debia el encargo de vuecelencia; pero estando prximo 
morir, habiendo llegado la poca en que doa Elvira entre en el claustro
como religiosa  vuelva al mundo, un grave deber de conciencia me obliga
 suplicaros que vengais  verme al momento. El dador os guiar. Guarde
Dios  vuecelencia. De mi lecho de muerte  16 dias del mes de enero,
ao de nuestro Seor de 1541.--El licenciado Pero Ponce.

Di dos vueltas el marqus  la carta, quedse pensativo y no sabemos
por qu presentimiento vago, renunci  su aventura y se decidi  ir 
la cita que se le pedia  nombre de una jven de diez y seis aos que
casi podia llamarse su ahijada.

Sigui al aclito y muy pronto estuvo frente al lecho del moribundo.

--Vos por un capricho, por una locura de jven, le dijo el prroco de
san Luis,  las pocas palabras que hablaron, caussteis la muerte del
padre, no causeis, seor, por impremeditacion la prdida de la hija:
doa Elvira no ha nacido para el claustro; si abandonada y desesperada
profesa, blasfemar, perder su alma; si sale del convento sin el apoyo
de una persona que la ame, que la proteja, se perder porque es hermosa;
pero aun es tiempo, velad por ella, salvadla: no est pervertida, tiene
un corazon ardiente, impresionable... vos, seor, que aun sois jven,
que aun podeis haceros amar, por qu no embelleceis el otoo de
vuestra vida con el amor de esa nia hacindola vuestra esposa?

--En qu convento vive? dijo profundamente pensativo el marqus.

--En el de santa Isabel la Real.

--Y decis que es hermosa y digna de un caballero?

--Os lo juro, seor, y os digo mas: la amo como  una hija y no morir
tranquilo sino me jurais que vos, que hoy sois su padre adoptivo, la
amparareis.

--Esa jven corre por mi cuenta, dijo el marqus pronunciando estas
vulgares palabras de tan ambiguo sentido con una entonacion singular.

--Quereis que os nombre su tutor en mi testamento? quereis que os d
un testimonio de lo que habeis hecho por ella?

--No, no, de ningun modo, no quiero que sepa que yo he hecho nada por
ella.

--Oh! que generoso sois seor! Dios os bendiga.

--Dejad la tutela de esa jven  la abadesa.

--Lo har as.

--Y ahora ved si os queda algo que satisfacer en el mundo para que yo lo
satisfaga por vos.

--Ah! no seor; desgraciadamente qued hurfano y sin pariente alguno
muy jven; he vivido consagrado  mi ministerio y nada tengo que hacer
mas que legar la mitad de mis cortos ahorros  los pobres, la otra mitad
 doa Elvira,  doa Elvira que es mi corazon, seor, aadi el buen
sacerdote mirando de una manera anhelante al marqus.

--Descuidad, descuidad en m, seor licenciado; si Dios ha dispuesto que
murais, morid tranquilo: si en m consiste doa Elvira ser feliz.

--Oh! gracias, gracias! ahora dejad que os bendiga!

El marqus mas por costumbre que por veneracion, dobl una rodilla y el
sacerdote bendijo con mano trmula y moribunda aquella cabeza llena de
vacios pensamientos, que en aquel mismo punto agitaba algo horrible
dentro de s respecto  la pobre hurfana, que era tan jven y tan
hermosa.

       *       *       *       *       *

El marqus de la Guardia, pues, no habia sabido hasta entonces el
paradero de la hija de Juan de Cspedes y por lo tanto no habia podido
visitarla.

Aquella misma noche en uno de los lugares _escntricos_ en que se
encontraban todos los dias el marqus de la Guardia y don Diego de
Vlor, frente  frente y vaso en mano, hablaban con la mayor
irreverencia del mundo, del legado que habia dejado el prroco de san
Luis al marqus.

--Pero formalmente don Gabriel, decia al marqus que as se llamaba, don
Diego, estais resuelto  hacer _dichosa_  esa muchacha?

--Y por qu no? dijo don Gabriel Coloma, que este era el apellido del
noble marqus, aun no he cumplido cuarenta aos; paso aun entre los
buenos galanes sin que las damas reparen en la diferencia, y, sobre
todo, esa aventura tiene para m un encanto misterioso, un no s qu
seductor; decididamente, maana voy al convento, pasado maana la saco,
al dia siguiente...

--Qu la sacais? creeis que ella se prestar  huir con vos?

--Huir! la sacar con los derechos que me asisten.

--Los derechos! indudablemente los teneis: pero nadie los conoce mas
que el cura de san Luis, y ha muerto.

--Diablo! es verdad!

--De modo que para doa Elvira sois un desconocido como otro cualquiera.

--Diablo! diablo!

--Y como supongo que no os querreis casar con ella...

--Por Cristo vivo! hartos sinsabores me di mi difunta, para que yo
piense en casarme de nuevo... la har mi querida.

--Ah! dijo don Diego; pero se me figura...

--Qu?

--Que si habeis de contar con doa Elvira para que abandone por vos el
convento, empresa acometeis.

Picse el orgullo de don Gabriel Coloma, que aun se crea, recordando
sus buenos tiempos y fiando demasiado en el xito que le procuraban sus
doblones entre las mujeres, un seductor irresistible.

--Quereis que hagamos una cosa, don Diego? dijo.

--Qu cosa?

--Una apuesta.

--A propsito de qu?...

--Acometamos los dos esta empresa.

--Acepto.

--Vos no conoceis  Doa Elvira mas que lo que la conozco yo. Como yo
sabeis que est en el convento de santa Isabel la Real, que es hurfana,
que est bajo la tutela de la abadesa.

--Muy bien: y qu apostamos?

--Vuestro caballo _Infante_, contra mi yegua _Nia_.

--Es decir que si os gano, me quedo con vuestra protegida y con vuestra
yegua.

--Cabalmente.

--Determinemos la apuesta.

--El que saque del convento legtimamente  no  doa Elvira, en una
palabra, el que sea preferido por ella, gana.

--Aceptado.

--En cunto tiempo?

--En quince dias, dijo don Diego de Vlor.

--Sea en quince dias.

--Ademas hagamos otra apuesta, dijo don Diego, que era muy previsor.

--Cul?

--Podr suceder que para sacar  doa Elvira del convento sea necesario
casarse con ella.

--Diablo!

--Yo lo preveo todo: una vez empeados, no repararemos en nada, y como
es hidalga y hermosa, y entrambos estamos libres... quin sabe?...

--Teneis razon.

--En el caso que vos ganrais, don Gabriel, ya sea que ella se vaya con
vos, ya que os caseis con ella, podeis tener por seguro que yo procurar
soplaros la dama  la mujer.

--Lo mismo procurar yo, don Diego, si la suerte os favorece.

--Determinemos aun mas: si solo es querida de uno de los dos, la apuesta
ser vuestro coselete de Milan cincelado, contra la magnfica espada de
Damasco que he heredado yo de mis abuelos y que tanto os agrada.

--Sea.

--Pero si doa Elvira fuese esposa de uno de los dos...

--Entonces, don Diego, tenemos apostada la vida  estocadas.

--Me habeis comprendido.

Los dos calaveras se estrecharon las manos, apuraron los vasos y no
volvieron  hablar de aquel asunto.

Cuando se separaron, don Diego record que tenia una parienta amiga de
la abadesa de santa Isabel la Real; fuse  su casa muy temprano,  la
hora en que la buena seora oia su misa cotidiana, y la expuso la
necesidad que tenia de depositar por algun tiempo  su hermana doa
Isabel en un convento.

La anciana parienta se prest y despues de la misa fueron al locutorio.

La casualidad favoreci  don Diego.

Como sabemos, la abadesa llev consigo al locutorio  doa Elvira.

Vise esta mirada por la primera vez de una manera ardiente; vi tambien
por la primera vez de su vida  un hombre que era casi tan hermoso como
ella, y se enamor.

Don Diego, por su parte, se enamor tambien.

Aquella misma tarde el andadero del convento tuvo medio de poner en las
manos de doa Elvira una carta de don Diego.

Aquella carta encerraba las primeras palabras de amor que se habian
dirigido por un hombre  doa Elvira.

Esta, sin embargo, no contest.

Al dia siguiente la abadesa llam  su celda  doa Elvira, y la dijo
toda trmula y asustada que el marqus de la Guardia la pedia por
esposa.

Doa Elvira dijo que no conocia al marqus, y que no pensaba casarse con
l.

Aquella tarde el andadero di  doa Elvira dos cartas: la una era de
don Diego de Vlor, la otra del marqus.

La jven entreg esta ltima rasgada al andadero para que la devolviese
 don Gabriel Coloma, y otra cerrada para don Diego de Vlor.

Esta ltima decia nicamente:

Caballero: el seor marqus de la Guardia,  quien no conozco, ha
pedido  la madre abadesa mi mano. Vos decs que me amais, por qu no
haceis lo mismo?--Elvira de Cspedes.

Don Diego se habia enamorado perdidamente de doa Elvira, y habia
comprendido  la primera ojeada que la jven no saldria del convento
sino por la puerta del matrimonio.

Esta certidumbre di por resultado que dos dias despues la abadesa
llamase de nuevo  doa Elvira  su celda y que la dijese muy tranquila,
por qu su primera negativa  una demanda de matrimonio la habia hecho
creer en la vocacion de la jven al claustro, que don Diego de Crdoba y
de Vlor la pretendia por esposa.

Doa Elvira, con gran terror y sentimiento de la abadesa, contest
ponindose encendida como una guinda:

--Decid  ese caballero, que le acepto por esposo.

       *       *       *       *       *

Ocho dias despues el marqus de la Guardia envi con un escudero suyo 
don Diego de Vlor su yegua _Nia_, enjaezada con un caparazon de
brocado azul, cabezon, cincha y pretal de lo mismo, y freno y estriberas
de plata cincelada.

A mas de esto, en el caparazon, y dentro de ricas fundas iban dos
magnficas pistolas cargadas.

--Comprendo: dijo para s don Diego de Vlor al ver las pistolas, y al
reparar que iban cargadas: he ganado la primera apuesta casndome con
doa Elvira, y estamos empeados en la segunda: veremos quien  quien.

Por su parte el marqus habia dicho al poner las pistolas en el
caparazon:

--Le he criado, como quien dice, la novia, se la he dotado, le pago con
mi mejor vicho una apuesta perdida... mil doscientos cincuenta ducados
por una parte... mil trescientos valor de la yegua, por otra... dos mil
los jaeces y las pistolas... cuatro mil seiscientos cincuenta ducados en
suma... pues seor, es preciso que yo me cobre de todo esto en su mujer.

Como vemos, las consecuencias de la burla hecha por el marqus al
difunto padre de doa Elvira, continuaban en una progresion horrible.

Una vez casada se revel el verdadero carcter de doa Elvira.

Era una mujer altiva y dura, y al poco tiempo de casada, apenas lanzada
la influencia del convento,  las primeras lecciones recibidas del
mundo, se convirti en una de esas personas que todo lo calculan bajo el
influjo de la mas descarnada razon; no amaba  don Diego: habase casado
nicamente con l para salir del convento, que la horrorizaba, pero como
jams habia amado no se habia visto obligada  hacer ningun sacrificio:
ella era extremadamente hermosa y estaba muy pagada de s misma; pero en
cambio don Diego era un mancebo hermossimo, que sino interesaba su
corazon conmovia sus sentidos; en una palabra, aunque el alma de doa
Elvira no acogia  don Diego, sus deseos la arrastraban  l: los
primeros meses, pues, del matrimonio de estos dos seres tan semejantes
entre s, que nunca debieron haberse casado, fueron un continuo delirio.
Pero no era don Diego hombre  quien pudiesen fijar, apartndole de sus
viciosas inclinaciones, la virtud, la hermosura y las candentes caricias
de una mujer tal como doa Elvira: paso  paso don Diego fue volviendo 
su antigua vida, y como jams se habia recatado del mundo, no se recat
de su esposa: la altiva doa Elvira no era mujer que mirase sin un
ardiente deseo de venganza la ofensa hecha  su hermosura,  su orgullo:
desapareci enteramente el amor material que le habia inspirado don
Diego, y solo pens en vengarse: una herida en el orgullo se paga con
otra herida semejante: doa Elvira dej de ser la hasta entonces honesta
y malcarada duea, y tuvo sonrisas para adoradores que ya habian
desesperado, no solo de obtenerla sino aun de ser mirados sin enojo:
entre ellos el marqus de la Guardia se habia dado por vencido y habia
dicho  don Diego  los tres aos despues de su casamiento:

--Amigo mio: podeis llamaros feliz: apostamos  bulto sin conocerla
acerca de doa Elvira, y encontrsteis en ella una nia hermossima de
quien os hicsteis amar: me gansteis pues, la primera apuesta: la
hermosa jven ha sido y es una mujer fuerte: aunque la dais mala vida,
os ama y guarda vuestro honor,  pesar de que, sin contar conmigo, que
la he pretendido de mil maneras, la han rodeado los galanes mas
peligrosos. He perdido mi segunda apuesta y vuestro es mi coselete de
Milan. Sin embargo no lo siento; vuestra mujer me ha dado el ejemplo de
las mujeres santas en el matrimonio, y yo voy  buscar otra semejante,
por mejor decir la he encontrado ya: os convido, pues,  mi segunda boda
dentro de ocho dias. Llevad con vos  vuestra mujer.

Y el marqus y don Diego se estrecharon las manos y bebieron como el dia
en que habian hecho la apuesta.

Doa Elvira  pesar de su orgullo ofendido y de su determinacion de
tomar en el honor de su esposo unas terribles represalias, nada hizo que
pudiera ofender  la honra de don Diego.

Es cierto que durante algunos dias coquete y estuvo comunicativa,
risuea y amable con mas de un enamorado; pero de repente, volvi  su
antigua austeridad,  como podriamos decir valindonos de una figura: el
sol de sus favores se ocult de nuevo tras una sombra nube.

Consistia esto en que doa Elvira comprendiese que las mayores faltas
en un marido, los mas crueles tratamientos, las mas profundas heridas en
el corazon y en la vanidad, no autorizan  la esposa para ser adltera?

No por cierto: esto consistia en que doa Elvira era mujer, en que como
mujer estaba propensa  amar, y en que el hielo que cubria su corazon se
habia disuelto bajo el intenso fuego de su amor hcia un hombre.

Doa Elvira amaba con toda la violencia de su carcter voluntarioso:
pero bajo un profundo disimulo, mejor diremos hipocresa, habia guardado
aquel amor que nadie, ni aun el mismo objeto amado habia llegado 
conocer.

Vamos  decir  nuestros lectores quien era el objeto de aquel amor.

Por el mismo tiempo que el desenfreno y el libertinaje de don Diego,
habian impulsado  doa Elvira  una resolucion desesperada, conoci al
hombre que debia fijar su destino.

Un dia le habia visto en misa en la colegiata de San Salvador: era un
jven como de diez y nueve  veinte aos, pero ya perfectamente formado,
blanco plido, de frente noble y pensadora, y ojos negros y
profundamente melanclicos.

Se habian encontrado en la pila del agua bendita: luego hizo la
casualidad, causadora de tantas desdichas, que se encontraran colocados
frente  frente en los escaos.

Aquel dia puede decirse que doa Elvira no oy misa; el jven por su
parte no mostr tampoco mucha devocion, pero no fue doa Elvira la
causa: ni una sola vez la habia mirado,  pesar de que doa Elvira era
una mujer demasiado notable por su hermosura, para que no se reparase en
ella.

La indiferencia es uno de los medios mas eficaces que pueden emplearse
para la conquista de ciertas mujeres: cuando la indiferencia es
verdadera, la mujer que de tal modo se contempla impotente acaba por
contraer una pasion incalculable por el hombre  quien de tal modo es
indiferente. Una fea suele resignarse por que comprende la causa de
aquella indiferencia:  una hermosa infatuada con su hermosura, como lo
estaba doa Elvira, acostumbrada  ser adorada por todos, la
indiferencia del hombre  quien ama la vuelve loca.

Doa Elvira vi durante tres aos, pero siempre en la estacion del
verano, al indiferente jven en la misa de doce de la iglesia del
Salvador: siempre habia notado la misma indiferencia en l, y estaba
resuelta  romper por todo, cuando al abrir su marido la puerta de su
casa para asistir al casamiento de su hermana doa Isabel le encontr en
el dintel.

Porque el hombre de quien tan locamente enamorada estaba doa Elvira,
era Yaye ebn-Al-Hhamar.

Esto esplica por qu una palidez profunda cubri al verle el rostro de
doa Elvira: veamos ahora en que consistia la estraeza y aun el temor
que se habia pintado en el rostro de don Diego al ver  Yaye.

Don Diego sabia, porque no podia menos de saberlo, puesto que por el
matrimonio con su tia doa Ana habia emparentado con su familia Yuzuf,
que este, emir de los monfes, embreado en las Alpujarras y dueo de la
fuerza, tena adquiridos derechos  la corona de Granada.

Sabia adems, lo que Yuzuf no habia tenido ocasion de decir  Yaye, esto
es que el casamiento de Yuzuf con doa Ana de Crdoba y de Vlor habia
sido una verdadera alianza, una refundicion de derechos.

Su padre don Juan de Vlor habia estipulado solemnemente con Yuzuf que
si de su casamiento con doa Ana tenia un hijo, este hijo casaria con
una hija de los Vlor,  viceversa que, si cuando el hijo  la hija de
Yuzuf y de Ana llegasen  la edad de contraer matrimonio, no pudiese
este efectuarse por carencia de varon  de hembra hija  nieta de don
Juan, en la familia, el pacto quedara roto, y cada familia de por s,
la de los Al-Hhamar y la de los Beni-Omeyas podrian cuestionar su
derecho.

Ahora bien: don Juan de Vlor, hermano de doa Ana, habia tenido dos
hijos y una hija: don Diego, don Fernando y doa Isabel: Yuzuf al-Hhamar
habia tenido un hijo: Yaye; don Juan de Vlor y Yuzuf, habian contratado
solemnemente el matrimonio de doa Isabel con Yaye, y al morir don Juan
habia encargado expresamente en su testamento  su hijo primognito don
Diego que procurase por cuantos medios estuviesen  su alcance, cumplir
aquel contrato matrimonial.

Don Diego habia quedado al frente de la casa como tutor de sus hermanos:
al casarse con doa Elvira, por amor  su hermana doa Isabel no quiso
que viviese  su lado bajo la frula de su esposa. Puso casa  parte y
dej en el solar paterno  doa Isabel al amparo de su hermano don
Fernando, aun soltero, y bajo la guarda de una respetable duea.

Todos los aos en las largas temporadas que Yuzuf pasaba en Granada,
guardando todas las apariencias de un morisco convertido, don Diego
comunicaba con l: hablaban como individuos de una misma familia, de las
esperanzas de recobrar la perdida libertad, de sus proyectos domsticos
y entre ellos del matrimonio concertado entre Yaye y su hermana doa
Isabel.

Don Diego no conocia  su primo: siempre que espresaba  Yuzuf el deseo
de conocerle, Yuzuf le contestaba:

--Cuando yo haya puesto mi corona sobre la frente de mi hijo, y tu
hermana haya sido su esposa, le conoceras.

Don Diego se veia obligado  satisfacer con estas palabras brevsimas
del inexorable anciano su curiosidad por conocer  su primo.

Pero aconteci que un dia Yuzuf compr en el barrio del Zenete de
Granada una hermosa casa que lindaba con la en que vivia doa Isabel.
Aquella casa fue suntuosamente alhajada y un mes despues fueron  vivir
 ella un anciano y un jven.

El anciano era Abd-el-Gewar, y don Diego le conocia como uno de los
servidores mas allegados del emir; el jven era Yaye, pero don Diego no
le conocia.

La circunstancia de ser Abd-el-Gewar ayo de Yaye, la frecuencia con que
entraba en la casa Yuzuf y el extremado amor con que trataba al jven,
hicieron sospechar  don Diego si Yaye era hijo del emir.

Pero prudente como se lo aconsejaba la reserva del anciano, guard sus
sospechas y solo se redujo  observar si aquella mudanza tan cerca de su
casa, tendria por objeto el que los dos jvenes se conociesen y se
amasen espontneamente antes de saber que estaban destinados desde antes
de su nacimiento el uno para el otro.

Don Diego observ que Abd-el-Gewar y Yaye solo estaban en Granada
durante el verano; pretendi averiguar la causa de estas ausencias
peridicas, y supo que el seor Juan de Andrade, cuyos padres no se
conocian, y que estaba confiado al cuidado de Abd-el-Gewar, era
estudiante en Salamanca: esto desvaneci sus sospechas. Don Diego no
podia comprender que Yuzuf destinase  su hijo  clrigo   oidor;
pensar en esto era absurdo; pero observ s, que su hermana doa Isabel
pasaba los meses del invierno triste v retirada, y que  la venida del
verano  por mejor decir de Yaye, se hacia mas comunicativa y alegre.

Don Diego quiso saber si habia amoros entre el estudiante Juan de
Andrade y su hermana. Nada consigui. La duea, encubridora de doa
Isabel,  ignorante de sus amores con Yaye, le afirm que su hermana no
amaba  nadie, ni pensaba amar: y en cuanto  su hermano don Fernando no
habia visto rondaduras en la calle ni nada que demostrase que hubiese
galan, enamorando  doa Isabel.

Don Diego se cans al fin de unas pesquisas que nada le habian revelado,
y se resign  esperar  que el emir de los monfes sacase  luz  su
misterioso hijo.

Pero entre tanto se cruz un incidente en el proyectado enlace, que vino
 probar que el hombre propone y Dios dispone.

Don Diego vivia en completa comunicacion con Yuzuf, en la continua y
sorda conspiracion que sostenian los moriscos contra los cristianos,
como todo pueblo vencido contra su vencedor.

El hombre que mas confianza inspiraba  don Diego para ser portador de
sus cartas y mensages  Yuzuf, era un morisco llamado Miguel Lopez entre
los cristianos, y entre los moriscos Xerif-aben-Abo.

Era un morisco de buen linage, pero poco considerado por sus costumbres
licenciosas: aprecibase el solo por su valor, y por su ciego odio 
los cristianos. Tenia otra cualidad recomendable: una reserva sin
lmites, y una actividad suma para todos los negocios que tenian
relacion con la libertad de su patria.

Por estas dos cualidades se servia de l don Diego.

Entraba Miguel Lopez libremente tanto en la casa de este como en la de
su hermano don Fernando, y habia tenido ocasion de ver una y otra y cien
veces  doa Isabel.

Miguel Lopez se enamor de ella.

Pero al enamorarse comprendi que tenia ya cuarenta aos, que era mas
que medianamente feo y zafio, y ademas, que el orgulloso don Diego de
Vlor, jams consentiria en darle una hermana suya siendo como era
pobre, y estando ademas oscurecido y en la humillante condicion de un
hombre que sirve por un salario.

Miguel Lopez procur dominar su amor: pero su amor pudo mas que l y le
domin.

Entonces Miguel Lopez pens que un pobre y un criado cuando sirve en
ciertos negocios, es un cmplice de su amo, y que un cmplice puede
hacerse  veces tan temible, que no pueda negrsele nada.

Miguel Lopez medit y tram un plan diablico, y cuando estuvo seguro de
su xito, se present una maanita, muy de maana, en casa de don Diego.

--Tengo que hablaros  solas, le dijo.

Pens don Diego que se trataba de alguno de los asuntos en que
comunmente empleaba  Lopez, y se encerr con l.

--De qu se trata? dijo don Diego.

--Trtase, contest Miguel Lopez, entrando de lleno y bruscamente en el
asunto, de que es necesario que me deis por mujer  vuestra hermana doa
Isabel.

Don Diego ofendido gravemente por la extraa  insolente proposicion de
Miguel Lopez, se sorprendi y adopt para con su hasta entonces
confidente, una actitud altiva y despreciadora que nunca habia usado. El
noble seor se erguia ante la insolente demanda del siervo, y en aquella
altivez habia mucho de amenaza.

Miguel Lopez no se desconcert.

--Sabia, dijo  don Diego, de qu modo habiais de recibir mi peticion:
hace mucho tiempo que habia pensado en ello y no os he pedido  vuestra
hermana hasta estar seguro de que no me la podiais negar.

--Me amenazais! contest con acento reconcentrado don Diego.

--No os amenazo: os advierto.

--Y de qu me advertis?

--De que si no me dais vuestra hermana, yo dar al rey vuestra cabeza.

Un rayo de luz, pero un rayo de luz sombra, ilumin la inteligencia de
don Diego; comprendi que su hasta entonces fiel y dcil instrumento se
le rebelaba, y abusando de su confianza le imponia condiciones.

Don Diego era hombre de mundo, y se puso  la altura de la situacion:
ocult la clera que hervia en su corazon bajo un semblante impasible, y
dijo friamente  Miguel Lopez.

--Es decir, que estais resuelto  obligarme  que... os entregue mi
hermana?

--Decidido de todo punto.

--Y decidme: contais con poder bastante para obligarme? habeis
meditado bien las consecuencias de la lucha  que me retais?

--Todo lo he meditado, y os afirmo que cuento con tanto poder, que estoy
seguro no solo de venceros, sino de teneros sujeto.

--Veamos vuestros medios.

--Mis medios! la ltima carta que me dsteis para el emir de los
monfes de las Alpujarras.

Don Diego se aterr, y por mas que quiso dominarse, palideci
densamente: de tal importancia era la carta  que se referia Miguel
Lopez; tan graves los secretos que en ella estaban consignados, que
bastaban para perderle. Impaciente don Diego, estimulaba en aquella
carta al emir para una sublevacion de los moriscos apoyada por los
turcos, que decia ser de todo punto necesaria, en atencion  que la
presion de los espaoles se hacia cada dia mas insoportable.

--Creeis, pues, dijo Miguel Lopez notando el terror de don Diego, que
esa carta no basta para perderos, para entregaros al verdugo?

--En efecto, dijo don Diego recobrando su calma: os habeis armado bien
para entrar en batalla conmigo.

--Aun os queda un medio, dijo con su inalterable insolencia Miguel
Lopez.

--Quereis decirme cul?

--Ganar tiempo ofrecindome que vuestra hermana ser mi mujer, y huir
despues con ella y con vuestra familia  las Alpujarras. Asi perderiais
una cosa: vuestra hacienda, que el rey os confiscaria, pero ganariais
tres  saber: primero que vuestra hermana no se casase conmigo, despues
la vida, y en fin la honra.

--La honra! exclam don Diego no pudiendo contenerse ya y levantndose
con mpetu; habeis dicho la honra.

--S, la honra he dicho, porque si no casais conmigo  vuestra hermana,
ella se ir con otro.

--Hablad! hablad! explicadme eso... que no comprendo!...

--Ya se ve...! son tan calladas las dueas y las doncellas de vuestra
hermana! tan descuidado vuestro hermano don Fernando que no han podido
apercibirse de lo que yo me he apercibido!

--Y de qu os habeis apercibido vos?

--Yo... bah! me he apercibido de muchas cosas. En primer lugar, me he
apercibido de que vuestra hermana espera todas las tardes asomada  las
celosas de sus ventanas  un gallardo mancebo: que el mancebo, que es
su vecino, antes de entrar en la casa la saluda: adems que se ven y se
hablan por cierta galera que da  los jardines: lo primero lo he visto
oculto en una de las casas de la calle del Zenete, lo segundo desde un
mirador de otra casa desde donde se descubren los jardines de la casa de
vuestro hermano don Fernando, y de la de el tal mancebo.

--Y podria ver yo eso mismo?

--Cuando querais: pero dejadme que concluya de deciros otras cosas que
he descubierto; por ejemplo, el poderoso emir de los monfes
Yuzuf-Al-Hhamar viene con mucha frecuencia  Granada: cuando viene se le
ve acompaado muchas veces de Abd-el-Gewar, y de ese mancebo que se
llama el seor Juan de Andrade. No os parece que el emir trata con
demasiado amor  ese jven para que sabiendo que tiene un hijo  quien
nadie ha visto ni conoce, se crea que el seor Juan de Andrade es su
hijo?

Miguel Lopez acababa de avivar las sospechas que acerca del mismo asunto
habia tenido don Diego.

--Ademas, ya sabeis que yo s, que por el testamento de vuestro padre
estais obligado  casar  vuestra hermana con el hijo del emir de los
monfes de las Alpujarras; el emir es un hombre que se ha criado como
quien dice entre cristianos, y que entre ellos ha adquirido unas ideas
muy extravagantes. El emir ha querido sin duda que los dos jvenes se
amen antes de conocer su verdadera posicion. El emir ha conseguido que
se amen aproximndolos el uno al otro; pero el emir no sabe otra cosa
que yo he descubierto,  saber: que el seor Juan de Andrade podia
querer  vuestra hermana como manceba, pero como esposa nunca... porque
os desprecia... os aborrece... os llama los renegados.

--Miguel Lopez! exclam don Diego enteramente fuera de s.

--No os irriteis y meditad  sangre fria: dndome vuestra hermana
salvais  un tiempo la hacienda, la vida y la honra: es cierto que os
exponeis  la enemistad del emir, pero el emir es generoso y se
contentar con despreciaros. Del otro lado teneis mi venganza, que yo os
juro que no os perdonar.

--Y no creeis que tenga otro medio de librarme de todas esas afrentosas
condiciones?

--Uno solo podiais tener si yo no fuera previsor: matarme. Pero el
matarme os perderia, porque la carta que os pone  mi merced, no est en
mi poder, sino en poder de quien, si me sucede una desgracia, la
presentar al presidente de la Chancillera.

Don Diego comprendi que estaba enteramente cogido.

--Os pido veinte y cuatro horas para contestaros, dijo  Miguel Lopez.

--Tomaos si quereis cuarenta y ocho  ciento. No me corre gran prisa.

--Quiero ademas ver algo de lo que vos habeis visto.

--Ah! quereis ver si vuestra hermana ama al seor Juan de Andrade? En
buen hora. Id maana al amanecer  mi casa. Entre tanto, que os guarde
Dios: os dejo en libertad para que mediteis.

Y sali.

Por mas que medit don Diego no encontr medio para salir del atolladero
en que le habia metido la traicion de Miguel Lopez. Por mas vueltas que
le di, solo encontr una solucion: la de casar  su hermana con aquel
bandolero, y estar en acecho de una venganza terrible.

Al dia siguiente al amanecer, don Diego acompaado de Miguel, vi desde
una de las celosas de una casa situada  espaldas de la de su hermana,
 Yaye y  Isabel que hablaban indudablemente de amor, cada cual en sus
respectivas galeras.

Esto tenia lugar algunos dias antes de la noche en que se vieron en el
jardin Yaye  Isabel.

Don Diego apremiado por Miguel, le concedi sin condiciones, y con un
cuantioso dote la mano de su hermana.

Don Diego vendia cobardemente  la pobre Isabel.

Isabel se vi intimada de una manera dura  casarse con Miguel Lopez;
entonces en su desesperacion pens en huir con Yaye y le cit y le
arroj la llave del postigo del jardin.

Don Diego vi el significativo arrojo de la llave desde su acechadero.

Aquella noche don Diego y Miguel entraron furtivamente en el jardin de
la casa de don Fernando, y ocultos tras un cenador de jazmines
presenciaron la breve y desgarradora escena habida entre Yaye  Isabel.

Don Diego activ las bodas, contando ya con el asentimiento que la
desesperacion habia arrancado  su hermana.

El mismo dia y  la misma hora en que iba  celebrarse el casamiento,
Yaye habia aparecido de repente plido y convulso ante don Diego.

H aqu la razon de que, al ver al jven, don Diego se sorprendiese y se
aterrase.

Volvamos  aquella situacion.

--Creo no equivocarme dijo Yaye descubrindose cortesmente, con el
rostro densamente plido, y con la voz temblorosa por una clera mal
contenida, creo no equivocarme creyendo que hablo con don Diego de
Crdoba, seor de Vlor.

--Asi es, caballero, contest don Diego descubrindose  su vez y con un
duro acento de extraeza: creo tambien no equivocarme creyendo que vos
sois el seor Juan de Andrade.

--Necesito de todo punto hablaros, dijo con precipitacion Yaye.

--Y no podriamos hablar en otra ocasion? porque ahora, siento
decroslo, me esperan para un asunto muy importante: doa Isabel mi
hermana se casa, me esperan en la iglesia.

--Pues porque vuestra hermana se casa, es cabalmente por lo que me urge
hablaros: es necesario que ese casamiento no se haga.

--No comprendo caballero, dijo palideciendo con la palidez de la
irritacion don Diego de Crdoba, con qu derecho pretendeis ser
importuno en esta ocasion.

--Leed, dijo Yaye, sacando de un bolsillo de sus gregescos la carta que
la noche antes le habia dado su padre.

--Permitid que os diga que vuestra tenacidad raya en ofensiva: no tengo
tiempo; venid mas tarde.

--Leed lo que os escribe mi padre Yuzuf Al-Hhamar: leed: os lo mando yo,
yo el emir de los monfes.

Y al decir estas palabras, que pronunci con la arrogancia de un rey que
amenaza, pero en acento tan bajo que solo pudo ser oido por don Diego,
Yaye se cubri como un superior delante de su inferior.

Don Diego por inadvertencia  por asombro, permaneci descubierto, fij
una mirada atnita en Yaye, y qued enmudecido por la sorpresa.

Al fin se rehizo, tom la carta, repar en que Yaye se habia cubierto,
se cubri, abri el pliego y ley.

Apenas hubo leido algunos renglones de aquel escrito, que lo estaba en
rabe, se volvi, infinitamente mas plido y convulso  uno de sus
servidores.

--Ayala, le dijo en voz baja, id al momento  la colegiata del Salvador,
llamad aparte al licenciado Periaez, y decidle que d la bendicion 
los novios en el momento; que para que no se extrae mi falta invente
cualquier pretexto... que no se me espere, en fin. Id, id al momento.

El servidor que tenia visos de ser uno de esos hidalgos pobres que no
tenian  deshonra servir  los grandes seores en aquellos tiempos,
parti.

--Y vos doa Elvira, aadi don Diego, volvindose  la dama que hasta
entonces habia presenciado con una viva curiosidad aquella escena,
volveos  vuestros aposentos. Vosotros idos, aadi dirigindose  la
servidumbre y vos caballero seguidme.

--Y no seria mejor que nosotros mismos fusemos? dijo Yaye sin moverse
de su sitio.

--No, no, seria imprudente: vuestra presencia en la iglesia podria
producir un escndalo, y luego... mi mensaje se obedecer.

--Ved don Diego que vuestra hermana es mi vida.

--Si Dios quiere, tendreis vuestra vida... si por desgracia, si por
casualidad fuera imposible... quejaos  vos mismo, primo. Ahora venid.

Yaye cedi, y sigui  don Diego: en su preocupacion no repar que el
berberisco Kaib, habia seguido  Ayala en el momento que este habia
salido de la casa para cumplir el encargo de su seor.




CAPITULO VII.

En que se relatan extraos  importantes sucesos.


Doa Elvira salud ceremoniosamente  su esposo cuando este la mand que
volviese  sus aposentos, arroj una ltima mirada  Yaye, y acompaada
de dos doncellas, subi unas descomunales escaleras, atraves un ancho
corredor, abri una mampara de marroqu rojo, atraves una rica
antecmara, entr en una magnfica cmara y sentndose en un sillon,
dijo  sus doncellas:

--Dejadme sola.

Las doncellas salieron: mientras resonaron sus pasos doa Elvira
permaneci inmvil en el sillon donde se habia sentado, y profundamente
pensativa; luego cuando el ruido de los pasos de las doncellas se
hubieron extinguido en las habitaciones interiores, se levant, atraves
la puerta por donde aquellas habian salido y cerr por dentro otra
segunda puerta, despues volvi  la cmara y se fu en derechura  un
gigantesco espejo de Venecia, que la reprodujo por entero.

Doa Elvira lanz una mirada ansiosa al espejo, ese confidente de la
mujer que tanto podria revelar si Dios por un milagro le animase y le
diese memoria y voz.

Luego atraves en paso leve y furtivo la cmara, abri silenciosamente
una puerta y entr en un retrete oscuro.

Una vez all se coloc tras el tapiz de una puerta.

Desde all se veia una habitacion de hombre; pero bella y ricamente
alhajada.

En aquella habitacion habia dos hombres que acababan de entrar.

Don Diego de Crdoba y de Vlor, y Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El jven estaba cubierto aun del polvo del camino, pero su trage era muy
bello, le caia muy bien y sobre todo ganaba sobre su gallarda y esbelta
persona.

Estaba cansado, anhelante, dominado por una ansiedad profunda,
densamente plido, y con la mirada impregnada de una ardiente
melancola.

Doa Elvira no le habia visto nunca tan hermoso, y sinti que el corazon
se la comprimia, se la desgarraba; nunca habia sufrido tanto.

Don Diego estaba visiblemente contrariado.

Notbase que sentia respeto y aun temor delante de Yaye, como si se
hubiera encontrado delante de un rey  quien hubiese tenido que rendir
estrecha cuenta de sus acciones.

En efecto, considerando que Yaye era rey de los monfes por la
abdicacion de su padre, abdicacion que Yuzuf participaba  don Diego en
la carta que le habia entregado Yaye, don Diego se veia obligado 
respetarle: el valor indomable y tenaz, los sacrificios por la patria,
la conservacion de las tradiciones de su ley, todo daba  los monfes un
prestigio merecido entre los moriscos y  su rey un poder terrible.

Por lo tanto y en cierto modo, don Diego ante Yaye era un vasallo y un
vasallo culpable.

Porque don Diego creia, que al reconocer Yuzuf  su hijo, al entregarle
su corona, le habria revelado el contrato que exista entre las dos
familias, contrato  que don Diego habia faltado entregando su hermana 
otro hombre.

Lo que don Diego no podia comprender era cmo Yaye, que dos noches antes
habia despreciado la mano de su hermana, se mostraba entonces tan
ansioso de ella.

De lo que no podia dudar don Diego, era de que Yaye estaba perdidamente
enamorado de doa Isabel.

Esta certidumbre le aterraba porque prevea fatales consecuencias.

Durante algun tiempo, guard silencio. Yaye se habia sentado y estaba
cubierto. Don Diego permanecia descubierto y de pi. Doa Elvira que
conocia la altivez de su marido no sabia explicarse la causa de aquella
posicion humillante  que don Diego se resignaba.

--Espero, dijo Yaye al fin, que contareis con medios bastantes para
impedir ese casamiento, y que no me obligareis  tomar en vos una
venganza implacable.

--Estad seguro, seor, de que sino hubiesen mediado gravsimas razones,
yo nunca me hubiera atrevido  faltar por mi parte al solemne convenio
celebrado por nuestros padres, y mediante el cual vuestro casamiento con
mi hermana era una cosa decidida.

--Cmo! existia un convenio entre nuestros padres? exclam con
violencia Yaye, y vos os habeis atrevido...?

La voz de Yaye temblaba, se habia puesto de pi y miraba de una manera
amenazadora  don Diego.

--Escuchadme, seor, y no me condeneis sin oirme.

--Antes de conocer  mi padre, cuando solo me creia moro, me inspirbais
aversion como renegado: ahora que s de quien soy hijo, ahora que el
poder de mi padre ha pasado  mis manos, encuentro que  mas de renegado
sois traidor.

--Mi traicion es hija de un horrible compromiso, dijo todo desconcertado
don Diego: no sabeis hasta que punto he sido engaado por ese infame
Miguel Lopez: pero no importa: Ayala habr llegado: de todos modos hasta
que yo hubiera ido no se hubiera efectuado el casamiento: yo soy su
hermano mayor, su padre en una palabra...

--Y la habeis vendido...! la habeis obligado!

--Me hall vendido y obligado, seor; ese Miguel Lopez es un morisco
renegado, un infame delator... tiene papeles que me comprometen...
papeles escritos por m  vuestro padre... papeles que no s en poder de
quin estan: de otro modo ya hubiramos encontrado medio de deshacernos
de ese hombre... quin habia de pensar, que vos, el amante de mi
hermana, habiais de presentaros para decirme: dame tu hermana Isabel,
porque yo soy el poderoso emir de los monfes?

--El, emir... rey...! exclam con orgullo doa Elvira que seguia
escuchando tras el tapiz.

--Pero el matrimonio de mi hermana con ese hombre no se har: mi hermana
ser vuestra, y de este modo, al mismo tiempo que vos y ella sereis
felices se conciliaran todos los intereses de entrambas familias: es
verdad que vos, rey de la montaa, teneis la fuerza, y hasta cierto
punto el derecho; es verdad que las Alpujarras os pagan tributo, que os
obedece un ejrcito de valientes monfes; pero tambien es cierto, que yo
Aben-Humeya, descendiente del Profeta, nieto de los califas de Crdoba,
tengo tambien derechos que reconocen los moriscos de Granada, y los de
las alqueras de la Vega: los de Almera y los del marquesado del Zenete
cuentan conmigo: al primer levantamiento, al primer grito de guerra, yo
seria proclamado rey de Granada; esto se comprende perfectamente: los
moriscos desprecian de tal manera la memoria de Muley Abd-Allah, que sus
descendientes no pueden tener esperanza de que los moros de Granada los
sienten en el trono de su abuelo. Fuera de la descendencia de Muley
Abd-Allah, qu otro mas que vos  yo podemos ser reyes de Granada? vos,
como emir de los monfes, teneis las Alpujarras: yo, como descendiente
de los Omeyas, lo dems del reino... una alianza entre nosotros es de
todo punto necesaria para evitar una guerra civil, que, si por dicha
triunfsemos del cristiano, volveria  ponernos destrozados en su poder.
Aqu ha habido mucho de fatal: antes de anoche vos mismo desprecisteis
la mano de mi hermana.

--Yo os creia renegado.

--Oh! fatalidad! yo sabia que ambais  mi hermana: pero cre que
erais un hidalgelo castellano, destinado  llevar una golilla  un
roquete. Culpad al misterio en que os ha envuelto vuestro padre: yo
ignoraba que fuseis lo que sois.

--Yo mismo lo ignoraba ayer.

--Fatalidad! fatalidad!

--Mi noble padre quiso que antes de que ciese su corona, supiese
conocer  los hombres.

--En fin, no hablemos mas de eso y vamos  lo que importa. El casamiento
de mi hermana con Miguel Lopez no se har. Si por desgracia, y como no
es de suponer, mi enviado ha llegado tarde... Miguel Lopez morir.

--Oh, alentais una duda y permaneceis aqu, entretenindome acaso para
ganar tiempo! exclam Yaye encaminndose violentamente  la puerta.

--Qu quereis hacer, exclam don Diego, que en efecto, temiendo mas 
la denuncia de Miguel Lopez que  la venganza del emir, habia preferido
la ltima y entretenia  Yaye, qu quereis hacer?  dnde vais?

--En qu iglesia se casa vuestra hermana?

--Oh! un escndalo!

--Corred! corred vos mismo! yo os espero!

--Ira de Dios! exclam don Diego tomando al fin una resolucion
desesperada: por nada me obligareis  dar un paso que pondria mi nombre
en boca de todo el mundo.

--Ah! me habeis engaado! me habeis entretenido, para que entre
tanto!... pero... no os salvareis... yo... mis monfes... talaremos
vuestros Estados de las Alpujarras... si escapais de mis manos... os
entregar al rey de Espaa con cartas semejantes  las que os han
obligado  vender  vuestra hermana  ese Miguel Lopez...

Don Diego exhal un grito: se encontraba enteramente perdido.

--Una palabra seor, exclam arrojndose  los pis de Yaye: tened
compasion de m y protejedme: yo os seguir; ser uno de vuestros mas
fieles vasallos...

--Tu hermana!

--Oh! exclam don Diego, esperad: voy yo mismo: puede que aun sea
tiempo...

Y se dirigi  la puerta de la estancia.

En aquel momento apareci en la puerta un paje que dijo:

--Seor, vuestra noble hermana y su esposo acaban de llegar.

El paje volvi  cerrar la puerta. Don Diego arroj un grito de espanto,
y se volvi desesperado y anhelante  Yaye: este al escuchar las
terribles palabras vuestra hermana y su esposo acaban de llegar hizo
un movimiento semejante al de quien ha sido herido de muerte: se puso
rojo, mas rojo; la mirada de sus ojos se hizo atnita, se contrajo su
boca, y cay al suelo como herido por un rayo.

Entonces se levant el tapiz, tras el cual escuchaba doa Elvira, y
apareci esta plida como una muerta.

--Ah! venis  tiempo, seora, dijo don Diego que no estaba en estado de
reparar en lo extrao de la llegada de su esposa, ni en su palidez, ni
en su conmocion: ved si podeis hacer volver en s  ese caballero... yo
os disculpar con esas gentes.

Y parti.

Por la primera vez doa Elvira se quedaba sola con Yaye. Pero en que
situacion? levantle del suelo, con mas facilidad de la que podia
suponerse en una mujer delicada, y era que el amor la daba fuerzas; le
coloc en un sillon, le abri el justillo, roci su rostro con agua, y
sin considerar si podia  no ser vista se arrodill  sus pis, asi sus
manos, las estrech contra su seno, y exclam alzando al cielo los ojos
cubiertos de lgrimas:

--Seor! seor! mi salvacion por su vida!

Y permaneci de rodillas delante de Yaye.

Al cabo de algun tiempo Yaye suspir.

Aquel suspiro, fue para el corazon de doa Elvira como un blsamo
maravilloso para una herida: con el consuelo recobr la reflexion y se
alz.

Yaye abri los ojos, pero en sus ojos estaba pintada la expresion de la
locura.

Empez  delirar: su sangre se habia agolpado  su cabeza y habia
trastornado sus facultades.

Afortunadamente habia perdido la memoria de la causa de su accidente, y
no pretendia levantarse del sillon.

Su locura era una locura tranquila.

Se reia pero su risa era horrible.

De una manera horrible sufria tambien doa Elvira.

Ella hubiera dado su vida por verse amada de aquel modo: unos zelos
mortales la devoraban: al mismo tiempo sentia una ansiedad horrible:
temia por la vida de Yaye: su delirio era cada vez mas intenso, don
Diego no volvia y doa Elvira no se atrevia  llamar  nadie.

Al fin, resonaron pasos: se abri una puerta: era don Diego.

--Vive? dijo con afan.

--Si, contest doa Elvira, valindose del dominio que tenia sobre s
misma para no demostrar mas conmocion que la natural en aquellas
circunstancias: vive, pero creo que est en peligro de muerte.

Don Diego examin un momento  Yaye, luego fu  un lugar de la
tapicera, oprimi un boton dorado, y se abri una puerta secreta: tras
ella se veia una escalera oscura recta y estrecha.

--Ayudadme, seora, la dijo volviendo junto  su esposa, ayudadme y
concluyamos.

Entre tanto don Diego habia encendido una buga.

--Qu pensais hacer? dijo doa Elvira.

--Es necesario conducirle al subterrneo.

Doa Elvira no contest, ayud  don Diego  cargar con Yaye, y con gran
trabajo le introdujeron por aquella puerta que don Diego cerr tras s:
bajaron las escaleras y atravesando una estrecha mina, llegaron  un
aposento espacioso y bien amueblado en que habia un lecho.

Aquella puerta secreta, aquella mina que se prolongaba mas all de la
habitacion donde los dos esposos habian introducido  Yaye, y aquella
habitacion, eran un lugar seguro de refugio, preparado por don Diego,
para el caso en que por un accidente desgraciado,  por una traicion de
sus parciales invadiese su casa la justicia del rey. Aquello era un
escondite: mas adelante veremos que era tambien una comunicacion.

Estas minas y estos aposentos son muy comunes en el Albaicin de Granada.
Apenas habr una casa de moros que no tenga alguna de estas
comunicaciones subterrneas, de las cuales se conocen muchas.

Cuando Yaye estuvo colocado en el lecho, don Diego le desci el
talabarte, le quit la daga y la espada, y dijo  su esposa.

--No sabeis cunto nos interesa la salvacion de este jven: pero si
muere, lo que est en manos de Dios, nos interesa tambien sobre manera
que no se sepa que le ha matado el amor de mi hermana. Si muere no
saldr de aqu. Escuchad: yo voy  ausentarme.

--A ausentaros! exclam, conteniendo mal su alegra doa Elvira.

--Si, es preciso; preciso de todo punto: mi ausencia ser  lo mas de
quince dias: cuidad vos entre tanto al enfermo: pero vos sola.

--Yo sola! abandonado...! sin los auxilios de la ciencia...!

--No, no he querido decir tanto: antes de marchar avisar  nuestro
mdico; es un buen morisco, un noble anciano y guardar el secreto: solo
he querido deciros que vos, sola vos, sereis la enfermera.

--Os amo tanto, esposo y seor, dijo hipcritamente doa Elvira, que no
perdonar por vos ningun sacrificio.

--Si, si, ya lo se, doa Elvira, y mereceis que yo... os prometo
corregirme... dejarme de locuras... pero adios: no olvideis lo que os he
encargado.

--Id tranquilo, seor, no lo olvidar.

Don Diego sali dejando sola  su mujer con el hombre  quien amaba.

Un momento despues, tranquilo y sonriendo entraba en la gran cmara de
recibo de su casa.

En ella estaban doa Isabel de Vlor, plida, pero con la palidez mas
hermosa, su hermano don Fernando de Vlor, los testigos que habian
asistido  la ceremonia y algunos convidados, entre los cuales se
contaba don Gabriel Coloma, marqus de la Guardia.

Miguel Lopez, el reciencasado, estaba all tambien:

Era un hombre como de cuarenta aos, moreno oscuro, cegijunto, estrecho
de frente, sesgado de boca y avieso de mirada: estaba ricamente vestido,
pero  pesar de la riqueza de su trage se notaba lo villano de sus
maneras: estaba sombriamente ceudo y miraba con recelo en torno suyo;
don Diego se acerc  l sonriendo, pero,  pesar de su sonrisa,
densamente plido.

--Hermano, dijo asindole las manos con cario; tengo que hablaros, y
vosotros, seores dispensad; pero la repentina indisposicion de mi
esposa, de que antes os he hablado y que me ha impedido asistir  la
celebracion del casamiento, es mas grave de lo que yo creia y me obliga
 suspender por el momento la fiesta de bodas.

Todos callaron, pero todos se pusieron de pi: habian comprendido que
cortesmente se les despedia: uno tras otro, despues de algunas palabras
vacas de sentido fueron despidindose.

Por ltimo, el marqus de la Guardia se dirigi  don Diego.

--Diablo! dijo: siento en el alma la indisposicion de doa Elvira, pero
de todos modos deseo que ello no sea nada y que pueda acompaarnos al
bateo de mi hijo  de mi hija cuando nazca... que debe ser segun los
doctores, este mes: por lo dems si me necesitais para algun empeo,
aadi en voz baja indicando con una rpida  intencionada mirada 
Miguel Lopez, mirada que solo fue vista por don Diego, podeis contar con
lo que puedo y con lo que valgo. Ya sabeis que somos antiguos amigos.

--Adios, marqus, adios, contest don Diego estrechndole la mano:
aprecio vuestra oferta, pero por ahora no os necesito sino para
serviros.

El marqus despues de un expresivo apreton de manos  don Diego, de un
galante saludo  doa Isabel, que le contest maquinalmente, y de un
frio y altivo saludo  Miguel Lopez, que casi no le contest, sali de
la cmara en la que quedaron solos don Diego, doa Isabel, su hermano
don Fernando, que se paseaba pensativo, y Miguel Lopez que miraba
alternativamente  doa Isabel y  don Diego, con la impaciencia de un
lobo hambriento.

--Me querreis explicar lo que ha pasado esta maana, don Diego? exclam
Miguel Lopez volvindose todo hosco  su cuado apenas quedaron solos.

--Eso significa, que no habiendo yo podido asistir  la ceremonia, envi
 Ayala  avisaros que se efectuase sin m.

--Y cual ha sido la causa de que no hayais podido asistir? replic con
un grosero acento de recelo Miguel Lopez: porque yo no creo en el mal de
doa Elvira: creo mas bien en cierto mancebo, con quien segun me han
dicho, os encontrsteis  la puerta de la casa.

--Veo que Ayala os ha dicho mas que lo que yo le habia mandado que os
dijese. Pues bien ese mancebo...

--Ese mancebo es...

Don Diego interrumpi  tiempo  Miguel Lopez y acercndose  l le dijo
rpidamente al oido.

--Ese mancebo es el emir de los monfes de las Alpujarras.

--El emir de los monfes de las Alpujarras! exclam Miguel Lopez, sin
cuidarse de recatar su acento.

--Una rebelda contra el rey! exclam toda trmula doa Isabel, que lo
habia oido.

--Veis Miguel, veis lo que es obligar  los hombres  que digan ciertas
cosas delante de las mujeres?

--Es que yo creo que se me engaa.

--Dejemos palabras duras que no deben sonar entre nosotros: amabais  mi
hermana, mi hermana es vuestra, y no solo vuestra sino que...

--Me ama, si, si en verdad, dijo con amarga irona Miguel Lopez.

--Os juro, seor, dijo doa Isabel con voz firme y tranquila, que nadie
me ha violentado para que fuese con vos al altar.

--Pero habeis ido desesperada; como si hubierais ido  vuestros
funerales; plida, llorosa.

--Perdonad, seor, pero el estado que acabo de tomar... yo os juro que
si vuestra felicidad est en mi mano sereis feliz, muy feliz... no es
esto amaros, seor... como os puedo amar ahora? maana tal vez...

--Quin sabe lo que suceder maana? dijo Miguel Lopez, sin apearse de
su dureza, aunque algo mas tranquilo, porque tenia fe en la virtud de
doa Isabel.

--Por lo mismo que no sabemos lo que suceder maana, dijo don Diego,
ser prudente que por ahora no os veleis.

--Es decir que solo tengo  medias  doa Isabel?

--Debeis comprender que cuando esto os digo tendr motivos poderosos.
Por ejemplo, maana podreis morir.

--Oh! no lo quiera Dios! exclam cediendo  su natural virtud doa
Isabel.

Miguel Lopez se dulcific un tanto, interpretando de una manera falsa,
por amor propio, la frase de doa Isabel en su favor, frase que tenia
muy distinto sentido y que hizo estremecer  don Diego y  don Fernando.

--Nadie tiene la vida segura, dijo, y si  eso nos atuviesemos, jams
nos casariamos por temor de dejar  nuestra esposa viuda.

--Pues es muy posible que vos dejeis viuda  nuestra hermana, repiti
don Diego.

--Ah! eso no suceder! exclam levantndose doa Isabel plida y con
la mirada fija en su hermano porque le comprendia perfectamente: Dios no
querr que eso suceda.

--Y pensbais que mi hermana no os amaba? dijo don Diego.

--Pero en fin qu peligro amenaza ...  mi esposo...? dijo doa Isabel
haciendo un esfuerzo para pronunciar por la primera vez aquella palabra.

--Si, si, sepamos, dijo con acento duro y receloso, Miguel Lopez;
sepamos qu peligro es ese, y si vuestras palabras son una amenaza  un
aviso.

--Siempre torceis las intenciones, Miguel, contest con calma don Diego:
ese peligro de muerte prximo, es amenaza como me amenaza  m,  mi
hermano,  nuestros parientes,  nuestros amigos,  todos los moriscos
que tienen amor  la patria y fe en el Dios Altsimo y nico. En una
palabra, Miguel: el edicto de don Carlos, promulgado antes de ayer y 
un mismo tiempo, por decreto del emperador, en Granada y en las
Alpujarras, ha indignado al emir de los monfes, que ha venido en
persona  mandarme que en el momento marchemos los mas que podamos  las
Alpujarras.

--Oh! si, si! vais  rebelaros! exclam doa Isabel.

--Hermana: dijo severamente don Diego: las mujeres deben callar y
obedecer siempre, y mucho mas cuando se trata de ciertos asuntos...
asuntos de que yo no hubiera hablado delante de vos  no haberme
provocado Miguel.

--Pero vos no debeis rebelaros, hermano, exclam con severidad doa
Isabel: el rey os honra, sois cristiano, lo soy yo...

--Lo veis Miguel? repiti don Diego.

--Esposa mia, dijo Miguel Lopez, dejad que lo que Dios quiere que haya
de suceder suceda y nada temais: si muero, por fortuna aun no me teneis
tanto amor que mi muerte os desconsuele.

Y el acento de Miguel era amargamente irnico.

--Pero es que yo no quiero que murais...

--Ven, ven conmigo, hermana, dijo don Diego: perdonad un momento Miguel,
voy  llevar  mi hermana junto  mi esposa  fin de que podamos hablar
libremente.

Doa Isabel deseaba hablar  solas con su hermano y le sigui.

Apenas estuvieron en lugar donde de nadie podian ser oidos, doa Isabel
dijo  don Diego:

--No te basta haber cometido un crmen enlazndome  ese hombre contra
mi voluntad, sino que por razones que no acierto, quieres cometer otro?
hermano! hermano! yo creo que esa rebelion es una mentira: que t
tienes otros proyectos.

--Mira, dijo don Diego que acababa de entrar en su aposento mostrndola
la carta de Yuzuf-Al-Hhamar que le habia entregado Yaye.

Doa Isabel la tom y la ley.

Su contenido era el siguiente:

En el nombre de Dios Altsimo y Unico, dador de la prosperidad y del
infortunio: Muley Yuzuf Al-Hhamar,  su muy querido sobrino Sidy
Aben-Humeya:--Un pacto sagrado existe entre nuestras familias: segun l,
tu hermana doa Isabel, debe ser esposa de mi hijo Sidy Yaye. Acabo de
renunciar en l mi corona y mi espada: Sidy Yaye, es desde hoy emir de
los monfes de las Alpujarras. El matrimonio concertado, debe, pues,
efectuarse. Mi hijo me ha dicho, que t, faltando al respeto que debes 
la voluntad de tu padre, y al temor que mi poder debe inspirarte, has
dispuesto de la mano de tu hermana. Mi hijo, el poderoso emir de los
monfes, te entregar por s mismo esta carta. Si tu hermana es libre,
rompe las obligaciones que con otro hayas contraido, y que doa Isabel
sea esposa de mi hijo. Si, por desdicha, doa Isabel fuese de otro, ay
de t y ay de l!--Yuzuf-Al-Hhamar.

--Ah Dios mio! Dios mio! exclam doa Isabel: con que no se llamaba
Juan de Andrade! con que es verdad que es moro, y ademas de moro es
monf!

Y doa Isabel se cubri el rostro con las manos.

Debemos recordar, para que no parezca extrao el dolor de doa Isabel,
que la palabra monf significa salteador, bandido.

--Pues bien, dijo al fin la jven alzando la frente radiante de
dignidad: no hay motivo para que te arrepientas de lo que has hecho,
porque por mas que yo le haya amado, por mas que  mi despecho le ame,
jams, aunque quedase viuda, me casaria con un rey de bandidos: con un
hombre que ha rechazado mi mano... que me ha dejado cruelmente
abandonada  mi destino... no, no, y cien veces no.

--Ese hombre est muriendo por t.

--Muriendo por m! exclam aterrada doa Isabel.

--Ven, aadi don Diego, y abri la puerta secreta, descendi
rpidamente las escaleras llevando  su hermana asida de la mano, y
entr con ella en el aposento donde habia dejado  Yaye y  su esposa.

Doa Elvira, que estaba arrojada sobre el lecho de Yaye que deliraba, se
levant al sentir los pasos de don Diego y de doa Isabel.

--Y bien, traeis ya al mdico? exclam con impaciencia.

--Acaso, acaso seora, contest don Diego adelantando con doa Isabel.

--Ah! exclam doa Elvira al ver  doa Isabel, al mismo tiempo que
esta al ver  Yaye postrado en el lecho, con el semblante lvidamente
plido y los ojos desencajados y fijos, lanzaba un grito de espanto,
emanacion involuntaria de su alma.

--Est muriendo por vos, y pensais en la vida de otro hombre, hermana!
dijo don Diego.

Doa Isabel cay de rodillas, y don Diego, aprovechando aquella ocasion,
sali y cerr la puerta dejando  las dos mujeres encerradas con Yaye.

Poco despues, y al mismo tiempo que entraba un mdico anciano en la
habitacion donde estaba Yaye, salian de Granada  caballo y  la ligera,
don Diego de Vlor, su hermano don Fernando y Miguel Lopez, acompaados
de algunos lacayos armados  la gineta.




CAPITULO VIII.

El emir se ha perdido!


El mdico declar que la enfermedad de Yaye era peligrosa, y que se
necesitaba sumo cuidado, gran reposo para el enfermo, y sobre todo la
ayuda de Dios.

Lo primero que hizo doa Elvira, cuidando de que Yaye tuviese todo el
reposo necesario, fue sacar del subterrneo  doa Isabel.

Esta se encontraba en el estado mas terrible en que podia encontrarse
una mujer.

Lo que primero la aterraba era el estado de Yaye; despues el crmen que
habia comprendido meditaban sus hermanos contra Miguel Lopez, luego, en
fin, los zelos.

Los zelos, porque habia adivinado en un solo momento que su cuada doa
Elvira amaba  Yaye.

Ella le amaba tambien; habia sacrificado su cuerpo pero no su amor: no
podia confesarle ante los hombres, pero podia guardarle en el fondo de
su alma, como en un santuario.

Doa Elvira se habia abrogado enteramente el cuidado del enfermo: es
cierto que doa Isabel no podia estar junto  l pero acaso, doa
Elvira no era tambien una mujer casada?

Acaso no amaba  Yaye?

Porque doa Isabel con ese delicado instinto de la mujer que ama, habia
comprendido  primera vista que doa Elvira amaba  Yaye.

Ella le hubiera asistido con la pureza de un ngel.

Y sobre todo lo que mas importaba  doa Isabel en aquellos momentos era
su vida.

Sin embargo ni una palabra dijo  doa Elvira.

Ni una sola vez la pregunt por el estado del enfermo.

Aquella noche el anciano Abd-el-Gewar, lleg  la puerta de la casa y
llam.

Abrironle y pregunt por don Diego.

Dijronle que habia salido  un corto viaje.

Entonces pregunt por un caballero que aquella maana habia entrado en
la casa.

Contestronle que habian entrado muchos caballeros, y que nada le podian
decir.

Al dia siguiente Abd-el-Gewar llam de nuevo y pidi hablar con doa
Elvira: fue introducido.

Doa Elvira contest  sus preguntas que nada sabia de tal persona.

Abd-el-Gewar escribi inmediatamente al emir.

Poderoso seor: tu hijo ha desaparecido el mismo dia del casamiento de
doa Isabel de Vlor con Miguel Lopez: no s nada de su paradero, pero
le busco de una manera incansable: suceden cosas extraas. Don Diego y
don Fernando de Vlor, han salido con Miguel Lopez ayer por la maana y
 la ligera, sin que se sepa  donde han ido. Doa Isabel ha quedado
casa de su hermano don Diego. No me atrevo  moverme de Granada: espero
tus rdenes. Mi esclavo Kaid dice que tu hijo entr ayer casa de don
Diego, pero que no sabe si ha salido  no, por que estuvo apartado de la
casa algun tiempo. Gurdete Allah:--tu vasallo Abd-el-Gewar.

A los tres dias recibi el anciano la contestacion siguiente:

Noble y virtuoso Abd-el-Gewar: don Diego y don Fernando de Vlor han
cometido un crmen contra su cuado Miguel Lopez: los tengo en mi poder
y espero saber de ellos el paradero de mi hijo: en cuanto  este tengo
formado mi plan: te envio diez de mis monfes que mas conocimiento
tienen de la ciudad para que indaguen su paradero; este y el asesinato
de Xerif-ebn-Abo es obra de ese bandido miserable de ese don Diego de
Vlor; Ay de l si muere mi hijo!




CAPITULO IX.

En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando
de Vlor.


Retrocedamos al momento en que los dos hermanos y Miguel Lopez salieron
de Granada.

Los tres ginetes, acompaados de cuatro lacayos tomaron  buen paso el
camino de las Alpujarras: al llegar al Suspiro-del-Moro, don Diego de
Crdoba revolvio el caballo y mir  la distante ciudad.

--Granada! Granada! exclam: hace cincuenta y cinco aos, se detuvo en
este sitio el cobarde Boabdil y llor por que te habia perdido: hoy me
vuelvo yo para jurarte que si Dios me ayuda y  despecho de mis
enemigos, t volvers  ser la ciudad querida del Profeta, y yo... yo
ser tu rey.

--Hum! dijo Miguel Lopez, que estaba de muy mal humor; creo, hermano,
que os olvidais muy pronto del poder del emir de las Alpujarras.

--Ah! el emir de los monfes! y creeis que el emir tenga mas poder
que yo?

--Si!

--En qu os fundais?

--En que l manda y vos le obedeceis. Y sino por qu hemos abandonado
tan de improviso  Granada...? por qu vagan all entre las faldas de
la sierra, como cabras sueltas, ciertos hombres, que Dios me confunda
sino son gente que tienen mas de una razon para temer  las justicias de
las villas y  los cuadrilleros de la Santa Hermandad? y para qu sino
habeis hecho que se adelante uno de vuestros lacayos?

[imagen: Seor! Seor! mi salvacion por su vida!]

--En cuanto  lo primero, Miguel, ya sabeis que hay momentos en que nos
vemos obligados  doblegarnos: el edicto del emperador ha exasperado los
nimos: en Granada ya sabeis que no puede hacerse nada sin que lo noten
la Inquisicion y la chancillera, cuyos alguaciles y espias tienen
siempre los ojos puestos en nuestras casas, los oidos donde quiera pueda
levantarse la voz de un morisco. El golpe vendr de afuera, de las
Alpujarras: maana, pasados dos dias... quien sabe si esta misma noche?
puede acercarse un ejrcito  los muros de Granada, penetrar en ella,
sorprendiendo el descuido de los cristianos que nos creen puestos en
temor, y arrebatarles la ciudad. Por lo mismo y puesto que el emir (que
ahora es el que cuenta con mayor poder) nos ordena que nos presentemos 
l, nos es forzoso obedecer. Si, como decis, vagan monfes en las
prximas quebraduras, esto nos indica que nuestro viaje acaso no ser
muy largo, y en cuanto  lo de haber mandado  un lacayo que se
adelantase, ya sabeis que cuando se quiere tener lecho y comida en una
venta de las Alpujarras es necesario prepararlo de antemano.

--Si, si, dijo Miguel Lopez que no habia perdido enteramente su
desconfianza; ya s que habeis cursado algunos aos en Salamanca, que
sois muy letrado y que para todo encontrais una buena salida. Pero os
advierto que si pensais hacerme una traicion...

--Que decs Miguel? exclam don Fernando de Vlor con acento
amenazador, porque, mas jven que su hermano y menos sufrido, no sabia
contenerse como l: sabeis, amigo mio, que no parece sino que vos sois
nuestro seor y nosotros unos miserables esclavos obligados  sufrir
vuestras insolencias, y que ya se me va acabando el sufrimiento?

--Pues aunque se os acabe de una vez, mi buen hermano, dijo Miguel
Lopez, os advierte que voy prevenido, y que no os ser tan fcil dar
cuenta de mi para dejar  vuestra hermana viuda.

--Es decir, exclam don Fernando, desatendiendo una significativa
mirada de su hermano, es decir que creeis que os hemos sacado fuera de
Granada para asesinaros?

--Todo pudiera ser.

--Ira de Dios! exclam don Fernando poniendo mano  su espada y
lanzando su caballo hcia Miguel Lopez, que desnud  su vez.

Don Diego se interpuso.

[imagen: Brill un relmpago, y vi que los que le acometian eran
Monfes.]

--Estais locos? exclam; mi hermano no ha comprendido todava, Miguel,
que sois un hombre intratable, y que el miedo de que hagan con vos, lo
que vos seriais capaz de hacer con otro y lo que acaso mereceis, os
turba la razon y os hace decir locuras: para qu diablos habamos de
haberos casado con nuestra hermana si penssemos en mataros?

--Hum! pronunci Miguel Lopez con desconfianza.

--Por lo mismo que con vos no se puede hablar sin peligro, aadi don
Diego, os advierto que durante la jornada no os dirigiremos ni mi
hermano ni yo una sola palabra. Envaina tu espada, Fernando; envaina la
vuestra Miguel, y marchad detrs, delante,   nuestro lado, como mejor
os convenga; espero en Dios que pronto nos conocereis mejor y que nos
ahorraremos estas desagradables contestaciones.

--Hum! repiti Miguel Lopez; y envainando su espada, ech su caballo
por un costado del camino. Don Fernando envain  su vez y sigui por el
centro del camino al lado y  la derecha de su hermano.

Y asi, en ese silencio forzado y hostil de personas que se ven obligadas
 estar juntas y no se encuentran en buena inteligencia, siguieron
caminando  buen paso. Este silencio no se interrumpa sino de tiempo en
tiempo por la voz de alguno de los ginetes que alentaba  su caballo,
por el cantar de algun romance morisco que entonaba don Fernando,
justificando aquel antiguo proverbio que dice que _cuando el espaol
canta,  rabia  no tiene blanca_,  cuando, encontrndose nuestros
viajeros con alguna recua, les saludaban los traginantes quitndose
respetuosamente el sombrero y les decian:

--Dios guarde  vuesamercedes.

A lo que don Diego contestaba con esa benvola altivez de los grandes:

--Vaya con Dios la gente honrada!

Fuera de estos casos no se pronunciaba una sola palabra.

Pero aunque no se hablaba, cada cual iba revolviendo dentro de s una
mquina de pensamientos: en particular don Fernando,  quien su hermano
no habia tenido ocasion de comunicar sus proyectos respecto  su cuado
mas que por algunas rpidas palabras, ansiaba que una casualidad
cualquiera le pusiese en la posibilidad de dar una buena estocada 
aquel Miguel Lopez tan zafio, tan grosero, tan violento, y que, de una
manera tan extraa para don Fernando, porque no conocia los secretos de
su hermano, se habia introducido en la familia.

Asi silenciosos y mohinos, habiendo invertido todo el dia en la jornada,
llegaron cerca de Orgiva  una venta situada en el recodo de un camino y
flanqueada por altas y peladas rocas.

El sol tocaba al horizonte y su dorada y lnguida luz se perdia  lo
lejos bajo las frondas de un espeso olivar que se veia en el fondo de un
pequeo valle, entre una abertura de las breas; al occidente,
recortando fuertemente sobre el rojo color del cielo su oscura silueta
se veian Orgiva y su castillo: por el opuesto lado la vista se detenia
ante un monte cubierto enteramente de naranjos y limoneros.

Parecia que la venta se habia buscado exprofeso, oculta, por decirlo
asi, en un recodo de un camino pendiente y en un seno de la montaa. Por
todas partes se veian breas: oase en ellas el spero graznar de las
guilas que anidaban en las cimas, y  lo lejos el ruido de la violenta
corriente del ro de Orgiva.

El lacayo, que habindose adelantado, esperaba  la puerta de la venta 
su seor, se acerc y le tuvo el caballo; al mismo tiempo el ventero,
mozo fornido y de mala catadura, adelant sombrero en mano.

--Bien venidos sean vuestras seoras  mi casa, dijo el ventero; este
buen mozo, aadi sealando al lacayo, me ha avisado de antemano y nada
falta.

Pareci como que se cruzaba una mirada de inteligencia, pero rpida y
casi imperceptible, entre don Diego y el ventero.

--Decs que nada falta? pregunt don Diego.

--Nada de cuanto se me ha pedido, contest con desenfado el ventero: es
verdad que ha sido necesario ir  buscarlo algo lejos; pero ello es que
nada falta, nada.

--Y qu quiere decir que nada falta? dijo Miguel Lopez con recelo.

Mir fijamente el ventero al que le preguntaba.

--No faltan ni buen lecho, dijo, ni buena cena, ni buen aposento: qu
mas quiere tener el hidalgo en medio de un camino?

--Menos palabras y mas obras, contest siempre con su tono agresivo
Miguel Lopez, y puesto que teneis buena cama, y buena cena, dadnos
cuanto antes de cenar  fin de que cuanto antes podamos dormir.

El ventero desapareci hcia el interior y los lacayos desaparecieron
con l, sin duda para ayudarle en los preparativos.

--Sabeis lo que pienso Miguel? dijo don Fernando.

Mir con atencion y descaro Miguel Lopez al jven como dicindole:

--Y bien qu pensais?

--Pienso, continu don Fernando, que despues de las villanas sospechas
que habeis concebido acerca de nosotros, no debemos permitir que durmais
en el aposento en que nosotros durmamos.

--Eh! tanto me da!

--Si insists!

--Creo que he hecho muy mal en salir de Granada.

--Os afirmais, pues, en vuestras dudas! pues bien: dormireis en
aposento aparte...  si os place mejor... Orgiva est cerca; en ella
teneis, no solo conocidos y amigos, sino parientes: seguid hasta Orgiva,
si os place: pero si tal haceis, os rogamos que no digais  alma nacida
que paramos en esta venta: cuando se anda en empresas arriesgadas toda
precaucion es poca.

--Me quedo, dijo Miguel  quien sin duda daba vergenza llevar el temor
hasta el extremo.

--Pues si os quedais, tomad aposento aparte.

--Le tomar.

--Entonces, pues, no hablemos mas, y como creo que la cena nos espera
entremos y cenemos.

Entraron y en el fondo del zaguan en un cenador que daba  un huerto, se
sentaron alrededor de una mesa servida, y asistidos por los lacayos y
por el ventero, empezaron  cenar en silencio.

Concluida la cena cada cual se retir  su aposento.

La venta qued envuelta en el mas profundo silencio.

Avanz la noche.

A las nimas tocaban las campanas de la iglesia de la cercana villa de
Orgiva, cuando el mismo ventero que tan ligeramente hemos descrito, se
levant de junto  una mesa sobre la cual habia estado dormitando hasta
entonces, ocult la lmpara de hierro que le alumbraba, y en paso
recatado atraves el zaguan, abri la puerta de la venta, la cerr de
nuevo, atraves el camino en direccion opuesta  Orgiva, y muy pronto se
encontr marchando  largo paso entre las quebraduras.

Trepaba por uno de esos barrancos que suben por las faldas de las
montaas y que al fin se extinguen, se pierden, se borran, acabando en
punta, como si fueran un pliegue del terreno; cuando lleg  la parte
media se detuvo en la oscura grieta de una caverna, y lanz un silbido
tan leve como el de una culebra.

A aquel silbido contest otro en el interior.

--Ah! estais ya ah? dijo el ventero.

--Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz spera: y no alcanzamos por qu
razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiramos estado mucho
mejor en la venta.

--Cada cual sabe lo que se hace, contest el llamado Reduan. Cuntos
sois?

--Seis, que creo que bastamos para cualquier empeo de honra. De qu se
trata?

--De ganar cien doblones, dijo Reduan,  quien habian rodeado seis
sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfes.

--Y qu hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos.

--Poca cosa! matar un hombre.

--Ah! pues si no es mas que eso...! y donde est ese hombre?

--En mi casa.

--Ah! es acaso el hombre que acompaaba hoy por el camino  don Diego
y  don Fernando de Vlor?

--El mismo. Pero t debes conocer  ese hombre, Farix, aadi Reduan
dirigindose al que habia hablado.

--Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez,  quien tengo grandes
deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor.

--Y cmo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompaaba  don Diego y 
don Fernando de Vlor?

--Esta maana el wali Harum nos orden en nombre del poderoso emir, que
observsemos el camino, sin dejar de reparar si iban  venian golillas,
hidalgos  soldados.

--Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de Espaa, que
ser necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para
baarnos en ella. Dia llegar en que... pero por ahora pensemos en
nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de
don Diego de Crdoba y de Vlor. Ya sabeis que es pariente del emir, y
que estamos obligados  servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga.

--Es muy justo.

--Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el
emir castiga  sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate 
por rden expresa.

--De modo que  don Diego le estorba ese renegado?

--Algo debe de haber: lo que yo s es que  media tarde lleg un lacayo
de don Diego y me di una carta: aquella carta decia en arbigo: Es
necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para
esta noche algunos de los monfes mas valientes que se encuentren por
los alrededores. Os avis. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y
Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerr en un aposento
aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo
entonces sub al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun
me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se
muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera
cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al
huerto y que l mismo hablaria con vosotros. Puesto que consents
seguidme.

Los monfes siguieron en silencio  Reduan, descendieron  una rambla y
 travs de algunas quebraduras llegaron  las bardas de un huerto, y
uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato
monts.

Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando sali de la
cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre
las tinieblas, por lo que los monfes no habian reparado en l.

--Oh! oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues
bien, es necesario impedir ese crmen.

       *       *       *       *       *

Y se puso en seguimiento de los monfes, pero  larga distancia y
recatndose.

       *       *       *       *       *

Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado  encontrados pensamientos;
parecale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto
instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza,
lleg hasta las nimas sin acostarse, dando paseos  lo largo del
aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada  los
pedreales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa.

Pero acordse una y cien veces que tenia sujeto  don Diego por medio de
prendas que podian perderle; que para atentar  su vida no hubiera
esperado  hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del
aprieto en que ponia  los moriscos el edicto del emperador, nada tenia
de extrao que el emir de los monfes hubiese llamado al morisco mas
influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se
prestase dcil y aun voluntariamente  obedecer las rdenes del emir.

Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatronse las
profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su
imaginacion tom un rumbo distinto. Acordse de su desposada, de la
hermosa doa Isabel, de quien tan brscamente habia sido separado:
representse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que
indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche,  no haber
mediado el urgente mandato del emir de los monfes. Sucesivamente fueron
pasando por su imaginacion cien tentadoras imgenes, cien esperanzas
defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana;
suspir ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogi al
lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentr su pensamiento en
el recuerdo de doa Isabel, y poco despues dormia y soaba.

Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el
ventero, empez  debilitarse falta de pbulo; oscil algunos momentos y
al fin se apag.

Luego solo se oy el poderoso aliento producido por el pecho de toro de
Miguel Lopez, que continuaba durmiendo.

Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto
leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian 
escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al
fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se
detenia junto  la puerta y escuchaba, retirndose despues: hubiera
oido, por ltimo, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del
aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto trfago en la parte
baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oy, y fue necesario
que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase.

--Voto  mil legiones! exclam; me han quitado el sueo mas hermoso del
mundo; como que me figuraba que...

Miguel Lopez concluy con un ruidoso suspiro estas frases que habia
pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado,
se levant de un salto, tom  tientas uno de los pedreales que habia
puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora:

--Quin va?

--Quin ha de ir ni venir? dijo detrs de la puerta la voz de don Diego
de Vlor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas.

--Ah! sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreal sobre la mesa
Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea
necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y
dadme luz: la mia se ha apagado.

Abri la puerta el morisco, y don Diego entr con una vela de sebo
encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido.

--Qu hora es, hermano? pregunt sooliento Miguel Lopez.

Don Diego sac de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesfrico,
objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra:

--Las doce y veinte minutos.

--Y podemos fiarnos de ese embeleco?

--Como que est fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la mquina de
la torre de Santa Mara de la Alhambra.

--En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar
tanto, dijo Miguel Lopez atacndose los gregescos.

--Como que tenemos encima al emir.

--El emir!

--S, el emir con seis mil monfes, que adelanta hcia Granada,  la que
piensa llegar antes del amanecer.

--Diablo! diablo! es decir que hoy mismo tendremos batalla?

--Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto
antes: en Cdiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un
alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender  esa gente
para que no puedan dar aviso  Granada y prevenir  nuestros enemigos.
Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y  caballo.

--Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabndose de
apretar las hevillas de las espuelas.

--S, s por cierto; me ha enviado uno de sus wales.

--Y dnde est ese wal?

--Ha partido con toda diligencia  poner en armas las taifas de monfes
de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey.

--Pero os habr dejado  lo menos un guia.

--No, pero me ha avisado el lugar donde podr encontrar al emir.

--Y qu lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la
habitacion.

--A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio.

--Vamos, pues.

Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas.
Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pag el gasto al fingido
ventero, y l, Miguel Lopez y don Fernando de Vlor, montaron en los
caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien 
caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de
Orgiva.

La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced  la
luna,  no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de
cuando en cuando se veia lucir un relmpago en lontananza, all entre
las profundas quebraduras, y empezaban  escucharse truenos lejanos.

--Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que
caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la ltima sombra
de recelo.

--Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quin puede
escucharnos, y aguijad vuestro caballo  fin de que lleguemos pronto.
Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfes, nos
hallamos en peligro.

Y para dar el ejemplo, don Diego aguij su caballo y pas adelante.

Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio.

A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvi su caballo y empez
 descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo
barranco, formado por la abertura de dos montaas;  medida que
adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente
del rio de Orgiva, corriente rapidsima  causa del gran desnivel del
terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando
entre las breas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la
brillante y fugitiva luz de un relmpago.

Hallbanse  la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de
don Diego se detuvo, lanz un relincho agudo y resisti  la espuela.

--Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo
siente las yeguas.

--Callad! callad en nombre de Dios! exclam don Diego; callad y
detened vuestros caballos.

--Pues qu sucede? dijo Miguel Lopez.

El zumbido de un venablo que pas cortando el aire por cima de las
cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel
Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las
espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo.

--Ah! Dios de Dios! exclam Miguel Lopez, echando mano  sus
pedreales; esta es, sin duda,  una traicion de esos miserables,  un
mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra
vida.

Y apendose del caballo, porque el terreno era mas  propsito para
defenderse  pi que cabalgando, llev al animal hasta una brea y se
parapet con el.

Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron
silbando, y el caballo cay desplomado, como si le hubieran herido en el
corazon  en la cabeza.

Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreales
sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rpidamente
hcia l, saltando por cima de las quebraduras.

En aquel momento brill un relmpago y Miguel Lopez vi que los que le
acometian eran monfes.

Pero tambien vi, antes de que se extinguiese la rpida llamarada del
fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y
caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la
habia disparado estaba  espaldas de Miguel Lopez, y frente  los
monfes.

La suerte de su compaero irrit  los monfes, que se lanzaron dando
alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas;
sinti sobre s aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puales en
el pecho y se desmay.

       *       *       *       *       *

Cuando volvi en s se encontr fuertemente vendado y postrado en un
lecho en un lugar extrao.

El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado
segun las lneas de la arquitectura rabe, y revestido de una argamasa
reluciente,  la que el tiempo habia dado un color gris negruzco.

En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una
mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos
de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito:
ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en
folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas.

Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo
esto,  causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se
encontraba.

Repar, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido
alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una
puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera
que ascendia.

Aquel espacio era sin duda un subterrneo.

La perplejidad mas natural, el temor mas lgico, asaltaron la
imaginacion de Miguel Lopez:  causa de la debilidad en que le habian
constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia
acontecido antes de acometerle los monfes: la primera pregunta que se
hizo  s mismo, fue la de quin le habia herido, y quin le habia
llevado all.

Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendi salir
de ellas provocando la llegada de alguno.

--Ah de casa! exclam; pero con acento tan dbil que hubiera sido
imposible oirle  pocos pasos de distancia.

El esfuerzo que hizo para hablar le caus un dolor agudo en el pecho.

--Ah! murmur. Alma del diablo! pues estoy herido y no como quiera,
sino gravemente! herido en el pecho...! y quin ha podido herirme?

Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los
recuerdos obedecen  la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era
poderosa, lentamente fueron eslabonndose sus ideas y al fin record de
todo punto lo que le habia acontecido.

--Los miserables! exclam: si, si! no hay duda! ellos han sido! Esta
maana han pasado en aquella casa cosas extraas: el mancebo que se
present  don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que
ha sido amante de doa Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que
nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y
despues los monfes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado
de Granada para asesinarme... pero cmo se ha atrevido don Diego,
sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas,
quin me ha trado aqu...? ellos no deben de haber sido: hubieran
acabado de asesinarme... los monfes? los monfes no se hubieran tomado
el trabajo de curarme las heridas. Quin ha sido, pues?

Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba
Miguel Lopez, le desvaneci, volvieron  embrollarse sus ideas y recay
en su postracion.

En medio de ella not el ruido de los pasos de una persona que descendia
por la escalera que empezaba en la puerta: luego vi brillar una luz
sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendi y entr en
la habitacion un hombre.

Todo esto lo veia de una manera fantstica, por decirlo asi. Aquel
hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaa castellano:
acercse levemente al lecho y examin con una fria atencion al herido.

Luego fue  la mesa, tom una taza que habia sobre ella  hizo beber
algunas gotas de su contenido  Miguel Lopez.

Este sinti calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de
nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logr fijar sus ideas y ver
claro.

Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia
entrado en el aposento.

Era un hombre alto, esbelto, fuerte, gil, moreno, con grandes ojos
negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta:  primera vista
podia decirse que no era espaol, ni menos morisco: diferencias
esenciales de raza lo demostraban; su mirada era mvil, astuta,
recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los
hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y plido color de
los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su
frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el valo de su rostro
demasiado prolongado, todo demostraba en l un extranjero.

En cuanto  su vestido ya hemos dicho que pertenecia  la moda de los
hidalgos castellanos, aunque se notaban en l algunas singularidades:
llevaba en la cabeza una gorra de pao color de hoja seca, plegada al
lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi
burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de
cordero, llevaba un coleto de mbar exactamente igual  los que usaban
por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de Espaa: este
coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Crdoba,
color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y
ancha y un pual  la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba 
manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregescos eran de
pao de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos
ni adornos, y por ltimo, sus fuertes calzas atacadas de lana azul,
estaban cubiertas, desde sus pis y hasta media pierna, por unas abarcas
y los ligamentos de estas.

Este hombre parecia contar cuando mas,  juzgar por las apariencias,
cuarenta aos; se desprendia de l un no s qu de noble y poderoso, y
su trage le sentaba  las mil maravillas.

Observ profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia
esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas
fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano:

--Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad.

Y sin decir mas, se separ del lecho, tom un taburete, le puso junto 
la mesa, se sent dando la espalda  Miguel Lopez, tom uno de los
libros en folio que habia sobre la mesa y se puso  leer.

Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que
era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero
leia en ella un pasaje del libro de Job.

Era aquel el pasaje en que Dios arrebata  Job sus hijos.

Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al
extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse  hablarle, puesto en
temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronstico.

Al fin, como emanado de un lugar distante y  travs de los muros, se
oy el toque de una corneta: entonces el extranjero cerr la Biblia, se
levant, fu al lecho y contempl profundamente al herido, que tenia
fijos en l los ojos, dilatados  un tiempo por la curiosidad y el
temor.

--Quin sois? dijo Miguel Lopez.

--Nada os importa quien yo sea, contest el desconocido; pero si os
importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar
mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy
daoso: estais gravemente herido: esperad: voy  daros una medicina que
os servir de mucho.

Dicho esto fu  la mesa, tom una redoma de vidrio, verti parte de su
contenido en un vaso de la misma materia, fu al lecho y di  beber un
lquido blanco y un tanto espeso al herido.

Despues se qued observndole: lentamente se fueron cargando los ojos de
Miguel Lopez y al fin se durmi.

Entonces el extranjero fu  la mesa y encendi la lmpara con que habia
venido alumbrndose,  tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la
corneta.

--Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos
lo que es.

Y trep por las escaleras, lleg  su fin  una puerta chata, cerrada
por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abri,
saliendo  un pasadizo oscuro y abovedado: cerr de nuevo, corri un
cerrojo, le afianz con dos vueltas de una llave que sac de su bolsa, y
luego adelant por la mina, que era tortuosa y  trechos ascendia 
descendia:  un lado y otro quedaban otras galeras: al fin se vi una
claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero sali de ella,
entr en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba:
aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso
robledal, que coronaba la cumbre de una colina.

Entonces se escuch por tercera vez la corneta, pero de una manera
vibrante, enteramente perceptible y  poca distancia.

El extranjero apag la lmpara, la ocult en una grieta de la caverna y
sac de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atraves
en su talabarte. Despues sali de la caverna, y tom  buen paso por un
sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breas,
y que,  poca distancia, penetraba en el robledal.

Muy pronto el incgnito,  gran paso, se intern en el bosque; sigui
las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetr en una
ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabo y selvtico.

Un pequeo arroyo la atravesaba  iba  formar en la parte abierta de la
rambla un pequeo lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de
mimbres, baando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas
tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las
asperezas, las peas que ac y all brotaban sobre el terreno, como
excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de
lecho y se extendia en una estrecha mrgen  los lados del arroyo, era
de color negruzco; lo dems del terreno estaba cubierto por una especie
de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta.

Aquel lugar que parecia destinado  la mas absoluta soledad, estaba
entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia
un solo caballo; uno de esos caballos pequeos, pero giles, fuertes,
fogosos; un verdadero caballo de montaa.

Las gentes, que en nmero como de cien personas, ocupaban la parte
superior de la rambla, eran monfes: algunos de estos, mas avanzados,
parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero,
uno de los centinelas arm su ballesta, y grit:

--Alto! quin va?

--No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero porqu
pues me deteneis con la puntera de vuestras ballestas?

--Es el cazador de la montaa! dijo otro de los monfes.

--Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando.

Desarm el monf su ballesta  hizo sea al extranjero de que
adelantase: este trep por las breas con la agilidad de un gamo, pas
de la lnea de los centinelas, y lleg  la parte alta de la rambla,
donde le sali al encuentro un anciano enteramente vestido  la usanza
mora.

Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfes.

El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombra
expresion: dulcificola, sin embargo,  la presencia del incgnito, y
tendindole la mano, le dijo:

--Bien venido sea mi amigo el rey del desierto!

--Rey! exclam con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos
est muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey
de la montaa.

--Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf acaso no te he
amparado? no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? no
tienes cuanto has menester?

--S, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el
mundo hace diez aos.

--No porque tu venganza tarde ser menos segura.

--Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder  mi esposa y 
mi hija: acaso no has protegido t  ese infame? acaso no has impedido
t que me vengue, que rescate  las prendas de mi alma y vuelva con
ellas entre los mios, all al otro lado de los mares donde soy
verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de
mis abuelos?

--Espera!

--Hace un ao que estoy esperando desde mi llegada  estas montaas.

--Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un ao que dormirias en la
tumba.

--Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por
rescatar  las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo
que fu preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa
de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo...
recuerdo tambien que aquella misma noche entr un hombre en aquel
calabozo, y me procur la libertad; pero  cambio de terribles
condiciones.

--Solo te ped que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones:
el capitan Sedeo es uno de mis mejores espas entre los cristianos: me
sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida
de tu esposa.

--Oh! mi esposa! mi hija! exclam con acento rugiente el extranjero.

--Han llegado  tal punto las cosas, continu Yuzuf, que muy pronto me
har Sedeo sus ltimos servicios: aviseme del dia en que la
Chancillera, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados:
sorprndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfes, y
entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo:
entre tanto, espera, Calpuc, espera y aydame.

--Y en qu puedo ayudarte, dijo Calpuc,  quien seguiremos dando este
nombre.

--Revlame lo que has hecho esta noche.

--Ah! si, es cierto: ayer recib un mensajero tuyo con el que me
avisabas que llegase  esta misma rambla  la media noche. En efecto
inmediatamente me puse en camino. Cerrme en l la noche; descendia yo 
buen paso por una montaa en direccion  Cdiar, cuando oi pasos de
algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro,
y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda
gruta, me ocult en ella.

Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me
habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no
pudieron reparar en m; luego entr un hombre  quien reconoc por la
voz: era Reduan, el monf que pasa por ventero en el camino de Orgiva.

--Y que sucedi? pregunt nuevamente Yuzuf.

--Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por
dinero.

--Y como no impedste ese asesinato, Calpuc? aadi con doble severidad
el anciano.

--Acaso no lo he impedido? acaso Miguel Lopez no est en mi asilo,
curado y con grandes esperanzas de vida? acaso no han quedado mordiendo
el polvo en el barranco dos de los asesinos?

--Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de t hasta qu
punto ha habido traicion contra ese hombre.

--Ha sido un asesinato infame meditado y llevado  cabo por don Diego de
Vlor.

--Cuenta Calpuc que acusas  un pariente mio.

--Lo he oido yo, he seguido paso  paso  los asesinos, arrastrndome
tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el
crmen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares
para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel
Lopez.

--Y has llegado  conocer el motivo por qu don Diego de Vlor queria
la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente  Calpuc.

--No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero.

Quedse un momento pensativo el emir.

--Ven, dijo al fin, asiendo  Calpuc de la mano.

Y llevndole la rambla arriba, torci una roca tajada y seal  Calpuc
una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los mltiples
brazos de un esqueleto.

Aquella encina por s sola hubiera inspirado tristeza; pero con las
adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones
consistian en siete monfes ahorcados, del cuello de cada uno de los
cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros
monfes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel rbol de
justicia.

--Ahi faltan dos hombres, dijo sombramente Calpuc.

--Don Diego y don Fernando de Vlor! es verdad! repuso el emir; pero
si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de
Granada que los habia asesinado por temor. Acaso no sabes que don Diego
de Crdoba se titula en el Albaicin, en las alqueras de la vega y en
las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada?

--De modo que has dejado en libertad  esos hombres?

--No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida
preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfes.

--De tu hijo! se habrn atrevido....!

--A qu habia yo de haber avanzado con mis valientes monfes, casi
hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? por quin estoy
resuelto  llevar  sangre y fuego  Granada, sino por l? Oh! si!
pero por la santa Kaaba! tomar una venganza horrible de esos hombres
si mi hijo ha perecido.

--Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc.

--Pero  pesar de esto, bueno es que los reyes velen por s mismos.
Ahora bien, Calpuc: est el herido en disposicion de contestar  mis
preguntas?

--Acaso el sueo  que le he dejado entregado restaure sus fuerzas:
acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro.

--Condceme  donde est ese hombre, Calpuc.

--Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, t solo hace
horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez aos que yo tiemblo
por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija.

Yuzuf estrech fuertemente la mano de Calpuc: despues llev  sus labios
una pequea corneta de caza y toc por tres veces.

Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y
poco despues adelantaron en crculo, y se estrecharon alrededor del
emir, unos cien monfes.

--Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, sealando  los siete que
estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de
un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y
escarmentad.

--Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfes.

--Que las aves carnvoras los despedacen, aadi Yuzuf: cada uno de esos
hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su
crmen; ay de aquel de vosotros que toque  una sola de esas monedas!

--Viva el emir! gritaron de nuevo los monfes.

--A vuestros apostaderos: t Abd-el-Malek, y cuatro mas, conmigo: Mi
caballo! Calpuc,  tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un
momento con Miguel Lopez.

Los monfes se dividieron en grupos, y partieron en distintas
direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su
potro salvaje, saltaba sobre las breas, precedido de Calpuc, cuyo vigor
era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfes.

La horrible encina qued abandonada con los siete repugnantes cadveres
que se balanceaban al impulso del viento de la montaa, pendientes de
los descarnados brazos del gigantesco esqueleto.

       *       *       *       *       *

Trasladmonos  la vivienda subterrnea de Calpuc.

De pi, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en
Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompaado de Calpuc.

Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de
referir  nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el
emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias.

Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un
excelente mdico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se
le hacia experimentar una sensacion cualquiera.

Yuzuf se habia visto obligado  reprimir su impaciencia.

Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio mdico del emir, habian
velado continuamente al lado del herido.

El peligro habia pasado; las heridas habian empezado  cicatrizarse y
tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un
interrogatorio.

Yuzuf descendi al subterrneo, acompaado de Calpuc.

Miguel Lopez dormia.

Contemplle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo  Calpuc.

--Djanos solos.

Calpuc obedeci.

Entonces el emir movi bruscamente  Miguel Lopez: este abri los ojos
despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos
al despertar, reconoci  Yuzuf, se agit en su lecho y lanz un grito
de espanto.

--Haces bien en estremecerte, Jerif-ebn-Abo, dijo el emir, nombrando 
Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me
has ofendido, me has sido traidor,  mi,  tu seor,  quien todo lo
debes, y te tengo en mi poder.

--Yo creia, dijo reponindose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo
creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como t,
magnfico Yuzuf, no te atreverias  amenazar  un pobre herido que ha
estado  punto de ser asesinado por los tuyos.

--Los que han puesto en tu pecho su pual, se mecen, colgados de una
encina, en la montaa.

--Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Vlor.

--Son tus seores.

--Son mis enemigos!

Una llamarada de irritacion, de clera sombra y letal, subi de una
manera febril  los ojos de Yuzuf, que palideci profundamente.

--Infame renegado! exclam: no te has atrevido  poner los ojos en una
doncella de sangre real que estaba destinada  un hijo de mi sangre?

--Isabel de Vlor es mi esposa, exclam el audaz morisco.

--Isabel de Vlor es el tsigo que te mata Jerif-ebn-Abo: tu esposa la
vrgen descendiente de Mahoma! la amada del emir de los monfes!
Isabel de Crdoba y de Vlor tuya!

--Ah! has renunciado tu corona en tu hijo! y donde est tu hijo
Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar  pedirme cuenta de su amada?

Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembl 
un tiempo de clera y de terror.

--Que quieres decir hombre fatal? exclam: sabes t lo que ha sido de
mi hijo?

--Cmo! no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?

--Si lo supiera vivirias?

--Los Vlor se detienen poco ante el asesinato, contest con cierta
feroz complacencia Miguel Lopez.

--Y crees que se hayan atrevido....?

--En primer lugar, Yuzuf, t has sido muy imprudente al elegir la
crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto
como un inquisidor, y que aborrezca, como t los aborreces,  los
conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado
una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca
de amor por l. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego.
Quieres saber ahora quin es la mujer adltera que ama mas que  su
alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doa Elvira de Cspedes, la esposa de
don Diego de Crdoba y de Vlor.

--Mientes! exclam con clera Yuzuf cmo has podido tu conocer  mi
hijo?

--Ah! ah! noble y poderoso seor! t quisieras que todos los que te
sirven, todos los que se doblegan ante t, fueran topos: pero hay
hombres... como yo... que estn  tu servicio y que son feroces como el
lobo y astutos como el raposo. Ah! ah! era necesario ser muy torpe
para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia  sus padres, 
quien siempre acompaaba el sabio Abd-el-Gewar,  quien t mirabas con
tanto amor, por el que te atrevias  entrar en Granada,  meterte en
medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doa Ana de
Crdoba y de Vlor: ah! ah! yo lo sabia todo esto, mi noble seor... y
anoche... yo habia visto tambien muchas veces  doa Isabel: yo la
am... yo que nunca habia amado! la am con toda la fuerza de mi
alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido
conseguirlo, encontrndose en la pobre situacion en que yo me
encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi
suerte  la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido
para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita
para t y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que
don Diego no se atreviese  negarme su hermana. Qu quieres, emir? el
amor nos arrastra  todo No sabes que por una mujer somos capaces de
perder la vida y el alma? Acaso no es una mujer la causa de que yo me
encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastr...

--Y vendiste por una mujer  tu patria, y ofendiste  tus seores, y
jugaste tu vida  un dado!

--Ya te he dicho que por una mujer como doa Isabel de Vlor, se juega
la vida y la salvacion del alma.

--Escucha, Jerif-Abo, dijo contenindose Yuzuf: por la menor cosa de
las que has hecho mereces la muerte.

--Lo s, contest con la misma audacia Miguel Lopez.

--De modo que don Diego de Vlor trayndote al matadero, no ha hecho mas
que usar de su derecho.

--Y por qu antes de entregarme su hermana no me ha matado frente 
frente?

--Eso hubiera sido leal y t has sido traidor.

--Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo  t, que  m, 
pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya
que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. T has venido  verme
por algo, poderoso emir.

--Sin duda: he venido  que me des alguna luz sobre el paradero de mi
hijo.

--Ah! tu hijo se ha perdido! El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble
emir de los monfes no parece!

--Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...

--Si te digo donde est Yaye?

--Lo sabes?

--No, pero lo presumo.

--Habla y pide.

--Primero es pedir que hablar: yo s que eres noble y grande Yuzuf; yo
s que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como t de
respetar la fe de su palabra. Si te doy indicios por los cuales puedas
encontrar  tu hijo, me perdonars mi traicion?

--S.

--Me dejars volver al lado de mi esposa?

Medit un momento Yuzuf.

--Si ella se resigna  vivir contigo, s.

--Acepto; exclam Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de
doa Isabel.

--Es necesario ademas que te comprometas  otra cosa.

--A qu?

--A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te
has valido para conseguir por medio del terror  doa Isabel.

--Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doa Isabel, que ya es mi
esposa, sea mi mujer.

--Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.

--El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia
del Salvador  que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi
casamiento con doa Isabel, se present en casa de don Diego tu hijo.

--Estas seguro de ello?

--Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego
llamado Ayala, entre otras cosas graves que me revel y que me obligaron
 que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.

--Y qu presumes?

--Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Vlor:
preso tal vez, acaso herido.

--Herido! preso!

--Tu hijo amaba  doa Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero;
si han mediado dicterios y amenazas... adems recuerdo que cuando
despues de salir de la iglesia, fuimos  casa de don Diego, no sali 
recibirnos su esposa doa Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos
pretext que doa Elvira no podia presentarse porque se encontraba
enferma, y despidi  los convidados; despues me dijo que era necesario
que le siguiese  las Alpujarras: que t nos llamabas... lo dems ya lo
sabes.

--Si no me has engaado Jerif-ebn-Abo, cuenta con tu perdon...
despues... despues, si encuentro  mi hijo, con mi recompensa.

Y Yuzuf volvi la espalda para salir.

--Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.

--Qu quieres? contest volviendo Yuzuf.

--Me dejas solo en poder de ese gitano?

--Ese gitano, como t le llamas, y que Dios sabe si lo es,
Jerif-ebn-Abo, es el hombre  quien debes dos veces la vida; primero
salvndote de los asesinos, despues curndote las heridas. Qu tienes
que temer de ese hombre?

--Ese hombre es un demonio, Yuzuf.

--No, no por cierto: todo consiste en que t eres cobarde, y como
cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atrever 
hacer contra un hombre  quien yo protejo.

--Ah! Dios te libre del gitano, emir!

--Pdele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Abo, adios.
Necesito buscar yo mismo  mi hijo. Nada tienes que temer si has sido
leal. Y en cuanto  ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.

Pronunci el emir con tal resolucion estas palabras, comprendi de tal
manera Miguel Lopez, que una nueva rplica solo serviria para irritarle,
que le dej ir sin pronunciar una palabra mas.

El emir empez  subir lentamente las escaleras: antes de llegar  ellas
le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran
rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas
de alguno de los reptiles que anidaban en el subterrneo, al deslizarse
por la piedra. Cuando lleg  lo alto not que la puerta estaba cerrada.
Apenas toc  ella la puerta se abri y apareci Calpuc, con una lmpara
en la mano.

Mas all estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfes.

--Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su
vida me importa demasiado. Adios.

--Ve en paz, rey de la montaa, ve en paz: tus deseos son para m
preceptos.

--Yo ruego  mi hermano, dijo Juzuf, estrechndole la mano.

--Yo amo  mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su
frente.

Poco despues Yuzuf montaba  caballo fuera de la gruta, y se alejaba
pensando para sus adentros:

--Jerif-ebn-Abo es un zorro que no se engaa: qu habr encontrado de
terrible en el indiano...? oh! oh! se atravesar alguna vez este
hombre en mi camino? Oh! Dios sabe lo oculto! Dios me inspirar!

Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde
se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:

--Ese hombre desconfa de m, me teme... tiene razon, porque l viene 
ser para m el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi
empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. Que
soy tu esclavo, rey de la montaa! Ah! ah! soy tu hermano, como el
oprimido es hermano del oprimido! pero tu esclavo no! y, sobre todo, no
te pongas en mi camino... si t eres fuerte yo tambien lo soy... t
tienes un ejrcito de bandidos, pero yo tengo tesoros... oh! oh! tu
esclavo! lo veremos! lo veremos, emir!

Y pensando esto, entr en la estancia inferior, dej la lmpara sobre la
mesa, y se sent al lado de Miguel Lopez.

--Tienes inters en que tu esposa sepa que vives? le pregunt despues
de algunos momentos de silencio.

--Que si me interesa, dices, que doa Isabel sepa de mi vida? Oh! s!
y t...

--Yo puedo ser tu amigo  tu enemigo: yo puedo salvarte  perderte.

--Habla.

--Conoces t al capitan Alvaro de Sedeo?, dijo despues de algunos
momentos de meditacion Calpuc. Parceme haberte visto alguna vez  su
lado... cuando yo espiaba  ese capitan.

--Que espiabas t  ese capitan? dijo con extraeza Miguel Lopez.

--S.

--Ah! ah! conoces  ese hombre?

--S, le conozco... desde hace muchos aos, dijo sombramente Calpuc.

--Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo.

--Y cul ha sido la causa de que le conocieras?

--Mis continuos viajes  las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y
algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos
pequeos se conoce fcilmente  las personas. El ao pasado Alvaro de
Sedeo era capitan del presidio de Andarax.

--Y en qu consiste que le conoce tambien el emir de los monfes y es
muy su amigo?

--Ah! le conoce el emir de los monfes! es su amigo!

--Lo que no deja de ser extrao, porque Yuzuf-Al-Hhamar es enemigo de
Dios y del rey de quien es defensor el capitan.

Mir con cierta expresion de estupor Miguel Lopez  Calpuc.

--T pareces extranjero: t obedeces al emir: t sabes algunos de sus
secretos.

--S mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego  t
como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de m,
tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite
de ti.

Extremecise Miguel Lopez porque comprendi perfectamente que se
encontraba  merced del extranjero.

--Y qu necesitas de m.

--Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del
capitan con Yuzuf.

--Oh! para eso ser necesario hacer traicion al emir.

--Elige entre serle fiel,  morir. Por el contrario si me sirves bien,
yo te protejer.

--Y cual es tu poder.

--Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo no te
tengo en mis manos?

--Yuzuf me proteje.

--Bah! y crees t, dado caso de que yo me viese obligado  respetar al
emir, que me seria muy difcil demostrarle que habias muerto de las
heridas?

Extremecise de nuevo, pero mas profundamente el morisco.

--Ese capitan, se apresur  decir, impulsado por su miedo, es espia de
Yuzuf-Al-Hhamar.

--Ah! y has entrado alguna vez casa de ese capitan?

--Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien
le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada.

--Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan?

--Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos
mujeres.

--Y cmo has conocido  esas dos mujeres?

--S que son dos, porque las he visto ir  misa, enteramente
encubiertas, con el Sedeo; s que la una es muy jven, y la otra sino
es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco
por haber hablado una vez  la jven.

--Has hablado una vez  la jven? dijo con ansiedad Calpuc.

--Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel
de Vlor, me hubiera enamorado de ella.

--Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trmulo,  pesar de sus
esfuerzos para parecer sereno.

--Hermosa! hermossima! no tan hermosa, sin embargo, como doa Isabel.

--No tan hermosa como doa Isabel! exclam profundamente Calpuc: creo
ademas que doa Isabel viene de gran alcurnia.

--Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la
santa, y sus abuelos han sido califas de Crdoba, contest con orgullo
Miguel Lopez.

--Yo soy descendiente de emperadores, murmur de una manera
ininteligible Calpuc; pero contina, aadi dirigindose al morisco:
cmo tuviste ocasion de hablar  la jven que vive en compaa del
capitan Sedeo?

--Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso
importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por
descuido, estaba entreabierta: oase tras ella el puntear de una
guitarra diestramente taida: poco despues, al sonido de la guitarra se
uni el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraa.
Tuve curiosidad, y me acerqu recatadamente  la puerta del aposento. A
pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sinti, sin duda,
porque call la guitarra, sent apresurados pasos de mujer, se abri la
puerta y... me deslumbr la hermosura de la joven.

--Quin sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente.

--Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.

--De mi padre! exclam con afan; conoceis  mi padre? mi padre os
envia?

--No; por el contrario, espero  que vuestro padre vuelva al castillo,
la contest.

--Ah! os habeis engaado; el hombre que vive en esta casa, y que est
ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.

--Ah! perdonad, yo creia!

--Ese hombre es mi seor, un seor infame, de quien esperamos hace mucho
tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.

--Ah! vuestro amo!

--S; somos sus esclavas.

--Sus esclavas! luego sois...?

--Somos mejicanas.

--Y qu quereis de m?

--Que nos salveis.

--Que os salve...! y cmo?

--Oid: buscad un medio para engaar  ese hombre: sacadnos de esta casa,
llevadnos  un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis
dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.

--Y por qu no salvaste  aquella infeliz? dijo con voz amenazadora
Calpuc.

--Y qu me importaba...? ademas era una esclava.

--Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.

--Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montaas de las Alpujarras
estan llenas de monfes que nos vengan, matando cristianos, de las
infamias del vencedor.

--Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto,
los espaoles caen  centenares inmolados  los manes de nuestros padres
degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas
cautivas.

--T eres mejicano!

--Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclam el extranjero; yo soy el
rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jven con
quien hablaste, de la hermosa doncella  quien te negaste  salvar.

Miguel Lopez se estremeci: habia un acento tal de dolor y de venganza
en las ltimas palabras de Calpuc, que lo temi todo de aquel hombre.

Sin embargo, como en otras situaciones difciles, recurri  su audacia.

--Que eres t el rey de los rebeldes de Mjico! exclam soltando una
carcajada que podremos llamar artificial. t! un gitano vagabundo, 
quien, no s por qu, conoce el emir de los monfes!

--Contina respondiendo  mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad
el mejicano, que despues sabrs quin soy y de qu modo he llegado aqu.

--En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey
del desierto, yo no v en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava
rebelde que pretendia librarse de su seor, y me negu  ayudarla: es
mas, refer lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeo, que
desde entonces guard  tu hija con mas cuidado. H aqu la razon de que
yo conozca  esas mujeres.

--El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. Sabes t dnde ha ido?

--S,  Granada, dijo Miguel Lopez  quien interesaba servir  Calpuc,
porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo.

--A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener
ocultas en otra  mi esposa y  mi hija: las casas del Albaicin se
comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difcil saber el
paradero de mi hija y de mi esposa.

--El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el
alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don
Diego de Vlor; estas dos casas se comunican por una mina.

--Ten mucha cuenta de no engaarme, Miguel Lopez.

--No, no te engao; pero qu me dars en recompensa de los servicios
que te hago?

--Te dar tu esposa: es decir har que tu esposa sepa que vives.

--Puede no creerte.

--T me dars una carta para ella.

Miguel Lopez mir fijamente al mejicano.

--Un grave inters debes t tener en que doa Isabel no se crea viuda
para que no pueda casarse con el emir de los monfes, no con el viejo
Yuzuf, sino con el jven Yaye, en quien ha abdicado.

--Nada te importa el inters que yo tenga en ello; cualquiera que sea,
yo me obligo  devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

--Qu mas?

--Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de
Vlor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le
tienes en tu poder, la tendrs puesta  buen recaudo.

--Y qu te importa esa carta? exclam con cuidado Miguel Lopez.

--Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta
caiga en mis manos eres hombre muerto.

--Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me d
su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo.

--Y qu mas quieres alcanzar que la vida?

--Eres un demonio! exclam con despecho Miguel.

--Demonio contra demonio, el mas fuerte vence.

--Y qu uso vas t ha hacer de esa carta?

--Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy  traerte papel,
pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene
depositada por t la carta de don Diego de Vlor, en la que le
prevendrs que me la entregue, y otra despues para tu esposa doa Isabel
de Vlor.

Dicho esto Calpuc abri el arcon, sac del recado de escribir, le llev
al lecho y dijo  Miguel Lopez:

--Incorprate y escribe.

--Es qu...! dijo ferozmente el morisco.

--Escribe  mueres, le interrumpi con doble ferocidad el rey del
desierto.

Miguel Lopez comprendi que estaba enteramente  merced de aquel hombre
y se incorpor, tom la pluma y la puso sobre el papel.

--Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni seal
alguna; porque para t ser el dao si esa carta es ineficaz.

Miguel Lopez escribi con rapidez algunos renglones y firm.

--Mira si te contenta, dijo  Calpuc.

Este tom la carta y ley su contenido, que era el siguiente:

Seor capitan Alvaro de Sedeo: os envio uno de mis mayores amigos, 
quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis
de quin es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador
os mostrar la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la
diligencia importa.--Vuestro humilde criado.--Miguel Lopez.

--Y qu anillo es ese de que hablas?

--Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo
Miguel Lopez.

--Dmele, pues.

--Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y est en poder de doa Isabel.

--Ah!

--Doa Isabel te lo entregar.

--Dnde vive doa Isabel?

--Debe permanecer en casa de su hermano don Diego.

--Escribe para tu esposa lo que yo te dicte.

Miguel Lopez escribi bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta:

Mi amada esposa y seora doa Isabel de Crdoba y de Vlor: he sido
herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre
caritativo me ha recogido y curado:  Dios gracias mi vida no corre
peligro. El dador se encarga de comunicroslo. Os ruego que le
entregueis la sortija que os d en arras de mi matrimonio con vos, que
me importa. Nada s de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve
para mi felicidad muchos aos.--Vuestro esposo que bien os ama y lejos
de vos padece.--Miguel Lopez.

Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guard con la otra
en su bolsa.

--Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has
engaado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos
semanas estars al lado de tu esposa. Adios.

--Y me dejas aqu, solo, abandonado!

--No, no por cierto: todos los dias vendr una vez  asistirte y
curarte. Adios.

--Pero esto es horrible! si te sucede alguna desgracia, si no puedes
volver...!

--Morirs aqu como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no
perderan nada doa Isabel, ni el emir.

Miguel di un grito de espanto. Calpuc trep lentamente por las
escaleras, lleg  la puerta, cerr sus triples candados, y adelantando
por la excavacion subterrnea, torci por una estrecha galera, despues
de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta.

Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en
que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, lleg  una gran
excavacion cnica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella
excavacion estaba practicada en roca viva, y aqu y all, hasta una gran
altura, se veian bocas de nuevas galeras, suspendidas sobre aquella
especie de abismo.

La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galeras era tan
perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse  ellas
sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levant la
lmpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada  gran altura, la
mir atentamente y despues se dirigi  la roca tajada, lleg  su pi,
se puso el cabo de la lmpara entre los dientes y asindose con pis y
manos  las asperezas de la roca, trep con una agilidad y una fuerza
maravillosa, como hubiera podido trepar una araa,  la oscura boca de
la galera que habia examinado.

Aquella galera se extendia perdindose en un fondo oscuro, adelant
Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de
la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas
que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual.
El mejicano levant con gran trabajo una de aquellas rocas, la removi,
y en el lugar que habia dejado descubierto, cab con la piqueta; poco
despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera
chocado en una tabla, y al fin qued descubierta una como arca pequea,
que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido
construida por un artfice rabe.

Calpuc levant aquella tapa y se vi en el interior un emboltorio de
piel de gamo adobada; sacle, le desenvolvi, y aparecieron algunos
paquetes envueltos cuidadosamente en paos de seda y un legajo de
papeles: el mejicano tom primero los papeles y los guard
cuidadosamente en una ancha cartera que ocult bajo su jubon: luego
examin por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno
particular, y cuando pareci estar seguro de cul era el que buscaba, le
abri y sac de l... una magnfica perla vrgen, ntegra, que aun no
habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se
habia desarrollado.

En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales 
aquella, lo que, atendido su enorme tamao y su igualdad, constituia un
tesoro.

Calpuc guard la perla, envolvi de nuevo cuidadosamente los paquetes en
la piel de gamo, deposit aquella en el fondo del cofre, ech sobre l
la tapa, le cubri de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra
removida, y observ cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la
operacion que acababa de ejecutar.

Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera
podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian
naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza.

Calpuc desand lo andado, lleg al borde de la gran excavacion,
descendi con la misma seguridad con que habia subido, dej la piqueta
en el mismo lugar de donde la habia tomado y sali por la gruta  la
montaa.

Apenas estuvo al aire libre mir al cielo que estaba difano y
despejado.

--Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante.

Y tom por un sendero, entre los encinares,  buen paso.

A poco que anduvo, se encontr en un claro y delante de una casita, que
 ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de
tierra y cubierta de blago, junto  la cual pasaba un ruidoso arroyo
que fecunda un pequeo huerto plantado de hortaliza y de rboles
frutales, y defendido al norte por una pea tajada.

Calpuc abri con llave la puerta y penetr en la casa: el espacio en que
entr estaba oscuro, pero al fondo de l se perciba un escaso
resplandor  travs de una puerta entreabierta.

El rey del desierto se encamin  aquella puerta, la empuj, y se
encontr en una pequea habitacion muy pobre, en la que solo habia un
lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada
en la pared, una estampa de la vrgen de las Angustias, delante de la
cual ardia una lmpara.

Calpuc se descubri, se arrodill delante de la estampa de la Vrgen y
rez: luego se levant, encendi otra luz, sali de la estancia, se
encamin  un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada;
le embrid, le ensill, le sac fuera, cerr la puerta de la casita,
mont y se puso en camino.

A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, lleg 
ella Calpuc, di cortsmente los buenos dias  los guardas y entr en la
ciudad.

Poco despues llamaba  una pequea puerta bajo los soportales de la
plaza de Bib-Arrambla, cercana  la puerta que hoy se llama de las
Orejas.

Abrise la puerta  que habia llamado el mejicano y apareci un viejo
encorvado y de semblante receloso.

--Dios os d muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.

--Dios os guarde seor Gaspar de Ontiveros, contest el saludado con
marcado acento extranjero.

Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orgen, habia adoptado entre los
europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que,  todas
luces, por su nombre y por sus rasgos caractersticos, era aleman.

--Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por
algunas horas.

El aleman abri de par en par la puerta, y dej paso  Calpuc que tir
de su caballo y penetr.

Entonces el aleman cerr la puerta y llam, presentndose  poco una
criada.

--Lleva este caballo  la cuadra la dijo, y di  Berta que disponga un
aposento y un buen almuerzo para el seor Gaspar de Ontiveros. Venid,
venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun
supongo, el asunto que os trae ser para tratado sin testigos.

El mejicano sigui al aleman, que le introdujo en una especie de tienda,
 juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios
fuertes y cerrados: la luz de la maana penetraba all por los postigos
de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo
que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar.

--Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis
hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion
codiciosa el viejo Franz.

--Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el pao de seda
donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero ser
necesario que esta me lo pagueis mejor.

El aleman tom la perla con delicia, la examin, fu  uno de los
armarios, le abri con una de las llaves de un haz que desprendi de la
cintura, y sac del armario una cajita de sndalo que abri. Dentro
habia otras seis perlas.

--Igual, exactamente igual, dijo, esto es un prodigio! Dnde diablos
habeis ido  buscar estas maravillas, amigo Gaspar?

--Y qu diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este
tamao, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro
mostrador?

--Poderoso Dios de Abraham! exclam el viejo: vos debeis ser un gran
personaje, seor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas.

--No pardiz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y
pedrera: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo-Mundo y me traigo
conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cmodamente
posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del
mar, justo es que aspiremos  una razonable ganancia.

[imagen: El capitan Alvaro de Sedeo.]

--Os d por la ltima perla hace tres meses, mil doblones.

--No me dareis por esta menos de mil quinientos.

--Poderoso Dios de Jacob! y cmo quereis que yo os pague tanto dinero,
cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?

--Creeis que sea fcil encontrar perlas iguales  esa?

--Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun
asi...

--Cunto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que
llegase al nmero de cuarenta?

--Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! un tal collar
costaria muchos cuentos de reales.!

--Por lo mismo, seor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os
costar mas cara, hasta el punto de que para pagarme la ltima, no
tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros
armarios.

--Tradmelas y por ese solo collar, os dar todo cuanto poseo.

--Paciencia! paciencia! no es fcil encontrar muchas de estas
maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los
mil y quinientos doblones y no hablemos mas.

--Oh no! no os dar mas que los mil.

--Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.

El aleman mir ansiosamente  Calpuc.

--Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.

--Por la primera solo me dsteis doscientos doblones, y esta, os lo juro
por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maraved menos de los mil
quinientos.

Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan
invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el
joyero, que abri suspirando su fuerte caja de hierro y entreg  Calpuc
un bolson de cuero lleno de oro.

--Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la
tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.

--Ah! un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!

--Callad! callad! y no digais tales palabras, seor Gabriel, dijo
palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar
en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy catlico,
apostlico romano, puro y neto.

[imagen: Estrella.]

--Cuntos enemigos tiene Espaa! dijo profundamente Calpuc, contando el
dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el
cofrecillo de sndalo, al cual habia aadido una nueva perla.

--Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus
leyes y sus usos  otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo
Franz. Si no fuera tan fuerte Espaa...

--Ay si un dia todos los enemigos de Espaa se uniesen bajo una misma
bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.

--Si, si, en efecto: los moriscos, los judos, los flamencos, los
franceses, los italianos...

--Y los hijos de Amrica, dijo profundamente Calpuc.

--Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas
cantidades que os he dado en menos de un ao, que bien podria creerse...

--Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo
intento nada contra Espaa; vos pagais libranzas de mil quinientos
doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo
perlas y diamantes: nada mas natural, aadi el rey del desierto,
levantndose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo
que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el
almuerzo.

Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la
casa.




CAPITULO X.

Del resultado que tuvieron las investigaciones de Harum.


Hacia ya algunos dias, cuando Calpuc lleg  Granada, que rondaban
bultos de noche por la calle del Agua del Albaicin,  cuyo extremo
estaba situado el palacio de don Diego de Vlor.

Ni este ni su hermano don Fernando habian vuelto de la expedicion  que
habian salido con Miguel Lopez, ni se sabia nada absolutamente por sus
allegados de ninguno de los tres.

La nica persona que parecia afectarse con esta ausencia, era doa
Isabel de Crdoba y de Vlor.

En cuanto  doa Elvira, apenas se la veia  las horas del comer y del
rezar, y despues se encerraba en la habitacion de su esposo.

Doa Isabel sabia lo que significaba aquel encierro: sufria y callaba.

En cuanto  los bultos que rondaban el palacio de don Diego, forzoso nos
ser decir que uno de ellos era el wal Harum el Geniz, el terrible
monf, el confidente de Yaye en cuanto  las mejicanas, el que se habia
encargado de seguirlas y averiguar su paradero.

Harum, cumpliendo su cometido, habia averiguado que el capitan
estropeado y las dos mujeres del carro habian parado en un casaron del
Albaicin, situado en la parroquia de San Gregorio el alto, y cuyo huerto
lindaba con el jardin de la casa de don Diego de Vlor.

El capitan y las dos damas permanecian sin duda en aquel casaron, puesto
que Harum veia salir todas las maanas al estropoado con una cesta, y
volver  poco con un muchacho cargado con la cesta llena de provisiones:
el capitan daba algunos maravedises al muchacho, y le despedia hasta el
dia siguiente. Despues entraba en la casa, abriendo la puerta por s
mismo; no volvia  salir hasta el anochecer, y permanecia en la calle
hasta cerca de la media noche.

Harum no vi jams abiertas las ventanas de aquella casa ni de dia ni de
noche, ni entrar  salir mas persona que el estropeado.

Por consecuencia, morando all el capitan, era probable que morase all
tambien la doncella morena y hermosa de los cabellos negros y rizados.

Harum se habia dicho:

--El poderoso emir me manda averiguar el paradero de esa doncella: luego
esa doncella le interesa: es verdad que no se sabe por ahora dnde para
el emir, y que le andamos buscando; pero cuando menos lo pensemos
parecer, y si para entonces le tengo yo aclarado este asunto, sin duda
que no me ir mal: entre ellos median prendas, puesto que el magnfico
emir me encarg con todo el empeo de un enamorado que procurase dar con
ella: procuremos, pues, burlar la vigilancia de ese capitan, y ponernos
frente  frente de la hermosa dama.

Harum, pues, se dedic con toda su actividad y con toda su inteligencia
al asunto que se le habia encomendado.

Dise  espiar de la manera mas cauta del mundo al estropeado, y no solo
l, sino algunos de sus muchos conocidos del Albaicin. Es de advertir
que los monfes hacian todos un doble papel: no habia ninguno de ellos
que no tuviese parientes y amigos; ya fuese en las villas de la
Alpujarra, ya en la ciudad de Granada. Con mucha frecuencia iban y
venian  las poblaciones, y aun vivian en ellas: entonces se asemejaban
 los moriscos, y como ellos tenian un nombre cristiano, y como ellos se
mostraban sumisos y obedientes al rey,  su capitan general y  sus
justicias: pero cuando los monfes estaban en las poblaciones, era para
espiar.

Entonces se transformaban: no parecian los terribles bandidos de la
montaa, siempre bravos, siempre amenazadores, sino los vencidos sumisos
que sufrian, sin quejarse y como sin pena, el dominio del vencedor;
muchos de ellos, aunque todava se permitia  los moriscos hablar en su
dialecto natural y vestir su trage acostumbrado, hablaban perfectamente
el castellano, y vestian como los castellanos. Harum y los veinte
monfes que habian acompaado  Yaye y Ab-el-Gewar, eran de este nmero.
En cuanto  Harum, se llamaba entre los moriscos y por ante los
castellanos Pedro el Geniz, y pasaba por hijo de un rico mercader de
sedas en la Alcaicera.

Sus frecuentes y largas ausencias de Granada se justificaban por el
comercio de su supuesto padre. Cuando Pedro el Geniz estaba fuera de
Granada, el viejo Silvestre el Xeniz, que Dios sabe por qu habia tomado
aquel apellido moro, decia  sus conocidos cuando le preguntaban por su
supuesto hijo:

--Est en Florencia por _raja_,  en Flandes por encajes: ha ido 
Gnova  contratar una partida de telas de damasco con unos mercaderes,
 otra contestacion por este estilo.

Del mismo modo todos los monfes cuando andaban entre los cristianos,
tenian medios para encubrirse y burlar la vigilancia de los castellanos.
Los moriscos, como todo pueblo esclavizado, estrechaban sus filas;
encubrian sus conspiraciones bajo el mas profundo disimulo; se
favorecian los unos  los otros; se entrometian mansamente en todas
partes, y de este modo sabian  tiempo cundo se aprestaban soldados
para marchar  las Alpujarras,  con cunto resguardo iban las conductas
de dinero que se enviaban para pagar los presidios de soldados de las
villas y castillos de la montaa; asi es que casi todas aquellas tropas
eran batidas por los monfes, y casi todas aquellas conductas apresadas.

Interesados en no hacerse sospechosos los monfes, parecian los moriscos
mas reducidos y mas conformes con la dominacion castellana, llegando
hasta el punto de no vestir el trage moro, de beber vino, de comer
tocino y de pertenecer  cofradas religiosas. Sucedia con mucha
frecuencia, que engaados por estas prcticas exteriores, el presidente
de la Chancillera, el capitan general, el alcalde mayor y el
corregidor, usasen como confidentes contra los monfes, de los mismos
monfes. Estos casos se repiten en nuestros dias. Con mucha frecuencia
los conspiradores sirven como polizontes  los gobiernos; esto es,
cobran sueldo del gobierno, y se sirven  s mismos.

Harum era uno de estos hombres; conocanle en Granada altos y bajos,
cristianos y moriscos, el capitan general, el buen don Luis Hurtado de
Mendoza casi le tenia cario, y le tuteaba; el presidente de la
Chancillera solia citarle como ejemplo de buenos moriscos, y decia con
frecuencia, que si todos fuesen como l, se podria dormir  pierna
suelta sin temor  levantamientos y alborotos: y en cuanto al corregidor
y al alcalde mayor, nunca dejaban de darle crdito cuando le pedian
informes acerca de este  del otro morisco que se habia hecho
sospechoso.

Sin embargo Harum era uno de los wales  capitanes mas tremendos de los
monfes; una vez  caballo, al frente de una banda de ballesteros, y
acometiendo una villa que se habia hecho merecedora de un severo castigo
por parte del emir, la trataba sin compasion; caian bajo su lanza  su
espada la munjer, el nio y el anciano, como el varon mas fuerte y
robusto,  incendiaba las mieses y los caseros, sin lastimarse del
hambre que aquella devastacion debia producir en comarcas enteras.

Entonces el semblante de Harum era feroz, su palabra breve y dura, su
corazon inaccesible  la piedad; una vez lanzado su grito de guerra, su
tremendo Allah le ille Allah![8], se convertia en un tigre hambriento;
ponansele ante los ojos las desdichas de su patria, y se cobraba con
usura en sangre cristiana de la fingida sumision que se veia obligado 
demostrar cuando vivia en las poblaciones.

En Harum habia dos hombres: el capitan monf y el buen espa: cuando
desempeaba este ltimo papel se transformaba: mostrbase afable,
locuaz, alegre, un tanto casquivano, un mucho galanteador y de todo
punto inofensivo: el amor de las mujeres servale  las mil maravillas
para averiguar muchas cosas, y para introducirse en muchos lugares, y
como era jven y galan, y sobre galan buen mozo, h aqu que Harum
representaba en el Albaicin un tercer papel, el de don Juan Tenorio.

Generalmente representaba otro cuarto papel, el de gefe de los monfes
que se encontraban como espas en Granada. Harum les daba sus rdenes,
recibia sus noticias, las comunicaba, y era en fin, el ege de aquella
mquina invisible, cuyos efectos sentian los cristianos sin conocer la
causa que los producia.

Tal era el hombre  quien Yaye habia encargado que no perdiese de vista
 la prisionera mejicana, y  quien habia encargado tambien Yuzuf
averiguase el paradero del poderoso emir de los monfes Muley
Yaye-Al-Hhamar.

En cuanto al primer asunto, Harum comprendi que si rondaba mucho la
casa del capitan podria inspirar sospechas al estropeado y hacer que se
marchase con las dos mujeres y con mas precauciones  otra parte.

Aprovech, pues, la ocasion de desalquilarse una vieja casucha medianera
de la que ocupaba Sedeo, especie de tinglado viejo, que se levantaba
como una construccion parsita, apoyada en el casaron donde vivia el
estropeado.

Apenas se encontr solo en esta casucha Harum, la reconoci de alto 
abajo: entraban en ella el viento y el sol por todas partes, cuando no
por ventana, por rendija, lo que la hacia sumamente ventilada, cualidad
inapreciable en aquella estacion, que, como sabemos era la de los
calores; adems un pequeo huerto de este tugurio lindaba, por un
accidente casual, con los dos jardines de las casas de don Fernando de
Vlor y del capitan Sedeo.

Harum reconoci minuciosamente las paredes medianeras con el casaron
habitado por el capitan; nada encontr en ellas que le ayudase: eran
demasiado fuertes y al parecer gruesas para que pudiese abrirse en ellas
una mira sin causar ruido y apercibir  los vecinos: renunci, pues, 
las paredes medianeras y reconoci la cueva  stano: all fue distinto:
encontr la boca de una mina, pero cegada.

Harum se decidi  franquear aquella mina.

Despues reconoci las tapias del huerto y vi que con poco trabajo podia
entrarse por ellas tanto al jardin de don Diego de Vlor, como al de la
casa habitada por el estropeado.

Pero  qu penetrar en este ltimo jardin no estando en inteligencia
con la hermosa morena?

Sin saber porqu, Harum cifr grandes esperanzas en la mina y se dedic
 hacerla practicable.

Desde aquella noche principi  trabajar, aunque por el momento los
resultados fueron capaces de hacer desistir al mas testarudo.

La mina estaba cegada  piedra y lodo.

A pesar de esto, dedic las noches  aquel trabajo de zapa, sin dejar
por ello de aprovechar los dias en otras investigaciones.

Despues de haber trabajado en la mina con mucha precaucion para no ser
sentido, desde el principio hasta el medio de la noche, se recogia al
lecho y dormia hasta el amanecer; despues se ponia en la parte mas alta
de su habitculo, detrs de una rendija,  observar los dos jardines y
las ventanas y galeras de las casas inmediatas.

Todos los respiraderos de la casa del capitan estaban siempre cerrados,
asi como el jardin desierto: en cuanto  la casa de don Diego de Vlor
era distinto: vease tanto en el jardin, como en las ventanas y
galeras, el trfago de una numerosa servidumbre; generalmente despues
del amanecer, veia Harum una jven hermosa y triste, que aparecia en los
cenadores, adelantaba con paso lento, se sentaba en un banco de piedra
debajo de una enramada de jazmines, y permanecia all, plida, inmvil y
profundamente pensativa, hasta que, entrando el dia y creciendo el
calor, se levantaba, y con el mismo paso lento volvia  desaparecer por
el fondo de los cenadores.

Aquella jven era doa Isabel de Vlor; la causa indudable para Harum de
la prdida de Yaye.

Se nos olvid decir que se habian recibido unas noticias tales de la
muerte de Miguel Lopez por los lacayos que habian acompaado  don Diego
y  don Fernando, que doa Isabel vestia luto.

Y ahora que recordamos  Miguel Lopez, debemos aadir que ni una palabra
se sabia acerca del paradero de don Diego de Vlor y de su hermano don
Fernando.

Aquello era una cadena de misterios.

En cuanto  doa Elvira de Cspedes, Harum no la habia visto ni una sola
vez en el jardin, ni en los miradores, ni en las galeras. Sus mismos
criados y su cuada doa Isabel la veian muy poco:  las horas de comer
y de las mas precisas atenciones domsticas y nada mas: despues
afectando tristeza por la extraa ausencia de su marido y la falta de
noticias suyas se encerraba pasando apartada de la vista de todo el
mundo la mayor parte de las horas del dia.

Doa Isabel, sabia demasiado la razon del retraimiento de doa Elvira:
sentia por l unos profundos zelos; lloraba cuando se encontraba sola,
pero guardaba una reserva sin lmites: para saber que Yaye vivia, la
bastaba mirar el semblante de su cuada; pero la observacion de aquel
semblante era un tormento para doa Isabel.

Parecala notar en los ojos de doa Elvira una segunda vida; la vida de
un amor ardiente y satisfecho...

Pero volvamos  Harum.

Despues de su observacion salia  la calle y se dedicaba  nuevas
investigaciones: habia procurado averiguar la procedencia del capitan;
pero por mas que l y los otros monfes que con l estaban en Granada,
revolvieron  indagaron, no se pudo sacar en claro sino que el capitan
era forastero y nadie le conocia.

Del mismo modo todos sus esfuerzos eran intiles para dar con el emir;
todos los dias, pues,  la caida de la tarde, iba  dar cuenta de sus
trabajos  Abd-el-Gewar.

Esta cuenta se reducia  muy pocas palabras.

--Santo faqu, decia Harum inclinndose, ni yo ni los mios hemos podido
averiguar nada acerca del paradero del poderoso emir.

Abd-el-Gewar trasmitia diariamente este breve parte verbal  Yuzuf por
mano de un monf.

Al fin un dia Abd-el-Gewar recibi la siguiente carta de Yuzuf.

Creo que yo me encuentro mas cerca que t de saber el paradero de mi
hijo.

Y sin embargo Abd-el-Gewar y Harum le estaban tocando, como quien dice,
con la mano; le tenian enmedio, aunque  alguna profundidad debajo de
tierra.

Doa Isabel, que era la nica partcipe del secreto con su hermano y su
cuada, habia callado por amor  su hermano,  pesar de que sabia que
Yaye era buscado con ansia... sabiendo que Yaye estaba en poder de una
mujer que le amaba.

Isabel por un sin nmero de razones se veia obligada  callar y 
sufrir.

Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.

Durante aquel mes ninguna noticia habia venido  desmentir la noticia de
la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don
Fernando de Vlor.

Un dia que doa Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida,
sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino  sacarla de su
abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levant
los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y
vi que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un
mendigo, que  su vez pugnaba por llegar hasta ella.

--Qu quiere ese hombre, Andrs? dijo doa Isabel.

--Este hombre, seora, ha aprovechado un momento en que he dejado
abierto el postigo, y quiere  todo trance hablar con vos.

--Y qu quereis buen hombre...?

--Ah! qu quiero...? tened caridad de mi, seora, y Dios la tendr de
vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.

--Dadle una limosna, Andrs, y que se vaya, dijo doa Isabel.

--Ved seora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien  este
canalla es pedir  Dios una desgracia, porque esta gente est maldita de
Dios.

--Malditos de Dios! si es verdad! malditos de Dios! exclam
roncamente el mendigo: los crmenes de nuestra raza han caido sobre
nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros
abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos.

Doa Isabel se conmovi; habia en el acento de aquel hombre algo de
solemne, algo de terrible, algo de ese no s qu misterioso que revela
los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de
una raza entera: por mas que doa Isabel fuese cristiana de corazon,
pertenecia  un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa
se le hacia simptico aquel otro hombre, que parecia pertenecer  otro
pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada.

Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se
presentaba  doa Isabel con el extrao disfraz de mendigo.

Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener
casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera.

--Dejadle que se acerque, dijo doa Isabel al lacayo.

--Pero ved que estos gitanos... insisti el criado.

--Dejadle, dejadle que se acerque, repiti doa Isabel: por qu hemos
de arrojar lejos de nosotros  los pobres?

Andrs se apart de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc.

Este se acerc  doa Isabel y la contempl en silencio algunos
momentos, con una profunda expresion de lstima.

--Cun hermosa sois seora, y cun digna de ser feliz! la dijo.

--Y quin os ha dicho que yo soy desgraciada? contest con cierta
dureza dona Isabel quien,  pesar de todo, la sentaba muy mal que un
hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lstima.

--Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria
necesario que nadie nos escuchase.

--Y era esa la caridad que venais  pedirme?

--Yo no soy mendigo, seora.

--Sin embargo vuestro aspecto...

--Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda
oirnos.

Dominada hasta cierto punto doa Isabel por aquella extraa aventura,
mand  Andrs que se retirase.

Este se retir  alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo
del mejicano.

Cuando este vi que no podia ser oido la dijo:

--Os tengo lstima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.

--Quin os ha autorizado  insultar  mi familia?

--Oh! la desgracia!

--Ha causado mi familia vuestra desgracia?

--No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con
mucha facilidad por nuestras las desgracias de los dems.

--Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que
tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de m.

--Concluir muy pronto: tomad.

Y sac de entre sus andrajos una carta que entreg  doa Isabel.

Al ver el sobre de aquella carta doa Isabel di un grito.

Habia reconocido la letra gorda, brbara  irregular de Miguel Lopez.

El sobre de aquella carta decia:

A mi muy querida esposa doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterrneo por
mandato de Calpuc.

Esta carta aterr de mil maneras  doa Isabel: ella no habia deseado la
muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si
al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por
la infamia que suponia en sus hermanos, que por el inters que podia
causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya
sabemos que el inters que podia tener doa Isabel por Miguel Lopez era
negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez,
luto y viudez de que habia venido  sacarla con una prueba indudable
Calpuc.

Doa Isabel se puso de pi de una manera nerviosa y mir con los ojos
lcidos y asombrados al mejicano.

--No ha muerto mi esposo! dijo.

--No, no ha muerto aun, contest Calpuc.

--Es decir que est en peligro! repuso palideciendo la joven.

--No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morir maana.

--No os comprendo bien quereis tal vez aterrarme?

--Yo no pretenderia jams imponer terror  un ngel, seora. Solo os he
dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me
parece que es una cabeza sentenciada: s; estoy seguro de que Miguel
Lopez morir de mala muerte.

--De mala muerte! y por qu?

--Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por
la mano de Dios.

--Ah! exclam doa Isabel; escudado con esta carta, que de una manera
tan extraa me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras
palabras.

--Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.

--Pero, en fin, dijo doa Isabel: quin ha sido causa del desgraciado
suceso acontecido  mi esposo? Los lacayos que vinieron  traernos la
triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido
acometidos por los monfes de la montaa; que mi esposo habia sido
muerto y que mis hermanos habian desaparecido.

--Es cierto que los monfes acometieron  vuestro esposo, pero fueron
pagados para ello por vuestro hermano don Diego.

Doa Isabel palideci aun mas y baj la vista ante la profunda mirada de
Calpuc.

--Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continu este  no haber
sido porque yo acud en su socorro.

--Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doa
Isabel.

--Ah! si yo hubiera conocido  Miguel Lopez, le hubiera dejado morir!
contest con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha
hecho de otro modo.

--S, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy
profundamente agradecida.

--Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de
Dios.

--Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doa Isabel, fijando
profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.

--En verdad que no, seora, pero me era preciso adoptar un disfraz
cualquiera, para acercarme  vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y
para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va
haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis
la sortija que os di en arras de su casamiento con vos.

--Y os urge recibir esa sortija? dijo doa Isabel.

--No, no ciertamente. Podr esperar hasta esta noche.

--Esta noche! y dnde creeis que podreis verme esta noche?

--Aqu, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y
podamos hablar sin ser sentidos de nadie.

--Eso es imposible! yo sola, de noche, con un hombre  quien no
conozco!

--Recelais de m despues de haber leido la carta de vuestro esposo?

--No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy
desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.

--A qu hora?

--Despues de las nimas.

--Despues de las nimas estar en el postigo del jardin.

--A esa hora y confiando en vuestro honor, os abrir.

--Adios, pues, seora, y hasta la noche.

--Hasta la noche: adios.

Y Calpuc se separ de doa Isabel, lanz una profunda y ansiosa mirada 
las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeo, y que se veian
por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas
exhal un profundo suspiro.

Despues sali por el postigo, pasando junto al lacayo Andrs, al que ni
siquiera salud.

--Oh! ser necesario avisar al alcalde para que prenda  ese hombre si
vuelve  venir, murmur el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y
 no ser por la seora, yo le hubiera echado  palos.

--Ese hombre es un desgraciado, Andrs, dijo doa Isabel, y debemos
compadecer y ayudar  los desgraciados.

Doa Isabel se alej y entr por el cenador, mientras Andrs murmuraba
cerrando el postigo del huerto:

--Un desgraciado! quiera Dios que su venida  esta casa no nos cause
alguna desgracia.

La escena que acabamos de referir pas cabalmente  la hora en que
Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina  los dos huertos del
capitan estropeado y de don Diego de Vlor.

--El cazador de la montaa! dijo al reconocer  Calpuc el hombre 
quien protege el poderoso emir! Por qu viene aqu ese hombre y
disfrazado de mendigo  hablar con doa Isabel de Crdoba y de Vlor?
Ser necesario avisar  Ab-del-Gewar.

Pero antes, aadi, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la
mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeo est fuera. Xariz y
Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado  caballo el
camino de la montaa. No se sale asi  la gineta sino para tardar
algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puos y adelante.

Y dejndose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perlticas,
descendi  los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de
tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendi una
linterna; tom una piqueta, y se meti por un estrecho pasaje que habia
abierto  pico.

A trechos se veia la antigua mina rabe en toda su anchura y altura,
capaz de contener un hombre  caballo, porque la mina solo habia sido
cegada  trechos: si Harum hubiese tenido una brjula y un plano del
terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en
direccion  la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hcia
la de don Diego de Vlor.

Sea como quiera,  poca distancia se detuvo Harum delante de una pared
que cerraba la mina, y dej la linterna en el suelo.

--Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontr esta
pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya
muy avanzada la noche; la cada de los escombros por esotra parte debe
producir un gran ruido y era exponerse  que se malograse mi plan. Sin
embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa
alguien que guarde  la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es
ir prevenidos: llevo un excelente pual... y sobre el corazon; que no es
flojo ni asustadizo, una buena cota  prueba. Adelante pues. Cmplase lo
que est escrito, y que el Dios Altsimo y Unico me proteja.

Y levantando la piqueta descarg un formidable golpe sobre la pared, que
fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era
un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumb,
produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido
sordo y opaco.

Qued abierto un boqueron practicable: Harum tom la linterna, salt
sobre los escombros, y se encontr en una mina mas ancha y enteramente
desembarazada, que se prolongaba  la derecha y  la izquierda del
boqueron donde habia entrado.

--Por Satans! dijo el monf: me encuentro en un pasaje que conduce 
dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado.
Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aqu est casi en
lnea recta; la casa del alfrez est  la izquierda: la de don Diego de
Vlor  la derecha, pues seor: tomemos  la izquierda: esto no impide
que despues de reconocer el terreno tomemos  la derecha. Acaso, acaso,
descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues.

Y tom con una gentil audacia la mina adelante,  la parte de la
izquierda.

A poco que anduvo tropez con una escalera y trep por ella:  la altura
de cincuenta peldaos encontr una puerta, bien conservada y que parecia
estar en uso.

Un impulso de alegra inund el alma del monf: pero aquel impulso no le
hizo ser imprudente. Acerc el oido  la puerta y escuch. Nada
absolutamente se oia tras ella: permaneci escuchando algun tiempo mas,
y ningun ruido alter el silencio: entonces acerc la luz de la linterna
 la puerta y la examin minuciosamente.

Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para
violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido.

Harum suspir.

--Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, ser
prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconocer por fuera el
terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer 
quien me ha encargado que busque el emir. Ademas ser prudente traer
conmigo mejores armas.

Harum baj de nuevo las escaleras y se aventur en la mina; pero
abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se
habia empeado, pas junto al boqueron por donde habia penetrado en la
mina, y sigui en direccion de la casa de don Diego de Vlor.

Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces,
una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no
temiesen ser escuchados. Harum adelant con precaucion, y not que las
dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta
salia, proyectndose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el
monf adelant aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el
hombre y la mujer que estaban en el aposento.

La voz del hombre hiri su oido de una manera particular, como si le
fuera muy conocida, y al fin la reconoci y exclam con asombro:

--El emir! encerrado en un subterrno con una mujer!

Harum no supo por el momento qu hacer.

--Si, si, est ah; pero yo no debo escucharle, no! el siervo no debe
descubrir los secretos del seor! seria hacerle traicion! pues bien!
me ocultar, observar cuando salga esa mujer! y entonces... oh!
entonces me presentar  l y le dir: seor, vuestro padre os busca
desesperado! si estais cautivo, yo os traigo la libertad! si estais
libre, volved un momento, seor, junto  vuestro padre, junto  vuestros
leales monfes...! despues... despues tiempo os quedar para el amor.

Tomada esta leal resolucion, Harum se volvi atrs, busc el boqueron,
le encontr, se sent sobre los escombros y apag la linterna, para que
no pudiese denunciarle su luz.




CAPITULO XI.

     Hasta donde habia llegado doa Elvira, arrastrada por su amor 
     Yaye.


Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia  un buen vasallo, en
no escuchar lo que su seor hablase; pero el autor comprende que no
estan en el mismo caso sus lectores, y va  introducirlos en aquel
aposento vedado para Harum.

Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Vlor y su mujer doa
Elvira de Cspedes, habian ocultado  Yaye,  causa del accidente que le
habia producido la noticia del casamiento de doa Isabel.

Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo  nuestros
lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.

Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la
estancia.

Doa Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al
jven, que estaba hermossimo.

--Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doa Elvira.

--Mi resolucion decidida, contest el jven con acento severo.

Por algunos momentos doa Elvira,  quien pareci contrariar la
respuesta de Yaye, guard silencio, impaciente  irritada.

--No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez,
para que consintais en lo que deseo, en lo que anso... en lo que debia
llenaros de orgullo, porque lo que yo anso, lo que yo deseo, es ser
vuestra, enteramente vuestra?

--Y no lo sois, seora? dijo dominndose Yaye, y procurando dar  su
acento la dulzura del amor, no soy yo vuestro?

--Si, aqu, entre el mas profundo misterio, en las entraas de la
tierra; cuando nadie mas que yo est  vuestro lado, cuando  nadie veis
mas que  mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis
mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que  vuestra
ambicion... y despues de vuestra ambicion  mi cuada doa Isabel, 
pesar de que mi cuada se cas con otro sabiendo que vos la ambais.

Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guard silencio.

--Si, ella sabia que vos la ambais, y os pospuso  un hombre feroz,
brutal, casi  un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi:
cuando por una sucesion de circunstancias extraas os tuve en mi poder,
cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abri 
la esperanza y  la felicidad... despues vos habeis sabido engaarme,
enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... oh! si!
porque no hay en el mundo una felicidad semejante  la que vos me habeis
hecho probar... pero despues...!

El jven se acerc  doa Elvira y la asi una mano.

--Escuchad, seora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo
amaba  vuestra cuada,  que creia amarla...

--Que creiais amarla! exclam con ansiedad doa Elvira.

--Si, que crei amarla, porque mi afecto hcia ella mas que amor era
empeo, un empeo como yo los concibo: tenaces, terribles,
voluntariosos... la noticia de su casamiento caus en m un efecto
inesplicable... porque mi empeo se desvanecia, caia vencido ante el
empeo de una mujer... no recuerdo lo que me aconteci... solo recuerdo
que despert un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido,
cansado en el cuerpo y en el alma... mir en torno mio y os vi
anhelante, con las manos cruzadas, mirndome de una manera tal, que aun
no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un
ngel... yo no os conocia... vos tampoco me dijsteis quien rais... yo
no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para
miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra
misericordia: pasbais junto  mi largas horas reclinada sobre mi lecho,
mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundindose
nuestros alientos: lleg un punto en que... nos confundimos en uno; nos
unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se
embriagaba en s mismo: yo os crei mi ngel, mi espritu estaba aun
perturbado... nada recordaba... habia vuelto  la vida...  una vida
vigorosa,  una vida nueva... para m este aposento, donde jams entra
la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis,
seora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo
desfallecia de amor con vuestras caricias... ha podido jams un hombre
pertenecer de una manera mas completa  una mujer?

--Ha sido un sueo! un hermoso sueo! dijo doa Elvira, cuyos ojos se
arrasaron de lgrimas, un sueo que no se ha desvanecido sino
hacindome pedazos el corazon!

--Por qu me despertsteis? por qu avivsteis mi memoria que la
enfermedad habia entorpecido? Por qu me dijsteis: t eres
Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfes de las Alpujarras?

--Ah! la ambicion ha matado en vos al amor!

--No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan
en las montaas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la
mano, os hubiera presentado  los suyos y les hubiese dicho: h aqu mi
esposa; h aqu vuestra seora; pero vos no os detuvsteis en vuestras
revelaciones: me dijsteis: yo soy casada, lo que equivalia  decirme:
somos adlteros.

--Ah! exclam doa Elvira.

--Y no bastaba esto: me dijsteis soy esposa de don Diego de Crdoba y
de Vlor, lo que equivalia  decirme: somos infames, porque don Diego de
Crdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era
hermana del padre de don Diego.

--Y qu importan todos los parentescos, todos los vnculos, cuando se
ama como yo os amo?

--Doa Elvira el crmen siempre es el crmen, y no es puro el placer en
el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el
Altsimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os
vi  mi lado; me encontraba en una situacion extraa; yo os creia una
hur enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que
ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he
conocido que nuestros amores ofendian  Dios y  los hombres, me he
detenido, he vuelto atrs en la senda de la perdicion en que habia
entrado sin saberlo...

--Porque no me amais! porque os habeis burlado de m! exclam con
violencia doa Elvira.

--No os amo porque no debo amaros, seora; no os amo, porque perteneceis
 otro hombre; porque me habeis engaado...

--Porque amais  mi cuada doa Isabel!

--Para que yo no ame  doa Isabel basta el que sea como vos una mujer
casada.

--Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doa Isabel, no reparariais
tanto en ofender  Dios y  los hombres, exclam con despecho doa
Elvira... y luego... si doa Isabel fuese viuda... viuda y...
vrgen...!

Yaye,  pesar del dominio que tenia sobre s mismo, palideci de una
manera marcada.

--Oh! si! la amais! la amais! exclam con rabia doa Elvira, notando
la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... pues bien!
sabedlo...! os lo voy  revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia
entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no s
por qu, le llev consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doa
Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuado don Fernando y cuatro
lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los
lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por
los monfes y que mi esposo y mi cuado habian desaparecido.

--Asesinado Miguel Lopez por los monfes! exclam Yaye, en cuya
imaginacion surgi una sospecha: y se ha confirmado esa muerte?

--Mi cuada, vuestra hermosa doa Isabel, lleva luto por ella... y est
tan hermosa con su luto...!

--Asesinado Miguel Lopez por los monfes! repiti profundamente Yaye.

--Oh! ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el
padre de mi esposo; segun l, vos y doa Isabel debiais uniros para
salvar ciertos intereses encontrados: no s por qu, obligado acaso por
la fatalidad, mi esposo entreg su hermana  Miguel Lopez... pero
llegsteis vos... os encerrsteis con mi esposo... yo escuch vuestra
conversacin... y Miguel Lopez fue sentenciado...

--Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en
ese asesinato.

--Si, si: bien s que el nico autor de ese delito es don Diego de
Crdoba, mi esposo, pero s tambien que su delito es intil, porque no
os casareis con doa Isabel, os lo juro.

--Ya os he dicho, continu dominndose Yaye, que en el momento en que
doa Isabel ha pertenecido  otro hombre he dejado de amarla.

--Es que doa Isabel no ha pertenecido  nadie, exclam con una
malignidad indescribible doa Elvira, ni aun  su hermoso Yaye,  quien
ama con toda su alma... me habeis llamado adltera porque el amor me ha
arrojado en vuestros brazos: y creeis que no seria tambien adltera
doa Isabel, vuestra virtuosa doa Isabel, si vos la hacias oir una sola
palabra de desesperacion..? oh! las mujeres cuando amamos no reparamos
en nada...! el amor ha sido creado por Dios para que le sienta nica y
exclusivamente la mujer!

Yaye se contenia visiblemente: notbase,  pesar de su profunda reserva,
no solo que no amaba  doa Elvira, sino que le inspiraba aversion.

Doa Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por
decirlo asi, del semblante del jven, le comprendia y se irritaba.

--Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy
desgraciada: yo amaba  mi esposo y  fuerza de humillaciones he llegado
 aborrecerle: yo debia vengarme de l tarde  temprano; pero no he sido
una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario
que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os v... os am, os he
amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo
esposo os puso en mis manos: he velado junto  vos anhelante, viendoos
entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido
amada y vengada de las injurias que como mujer debia  mi esposo... vos
me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengar... os juro que
sereis mi esclavo, que no volvereis  ver la luz del sol.

--La pasion, una pasion que no comprendo bien os extrava, seora, dijo
Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar 
un hombre de su libertad.

--Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais  arrojaros
 los pis de doa Isabel, para que podais decirla, eres viuda...! s
mi esposa...! y yo entre tanto... deshonrada...! perdida...! que
creeis que seria de m si durante una larga ausencia de mi esposo diese
 luz un hijo?

Yaye se estremeci.

--Y estoy segura... oh! si! os amo tanto! he sido tan feliz! oh
Dios mio! Dios mio! al menos aunque l me desprecie... si me queda una
prenda de su amor, ser feliz... muy feliz... y esa felicidad... de
seguro me la ha concedido Dios.

--Dios no querr que vuestra insensata pasion os haya llevado  tal
punto seora. Dios no querr que tengais un doble remordimiento... por
el esposo y por el hijo: en cuanto  m soy inocente, bien lo sabeis; si
fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.

--Me harais vuestra esposa si yo fuese libre? observ acentuando cada
una de estas palabras doa Elvira.

--Cuidad lo que haceis, seora, dijo Yaye.

--Qu! dijo doa Elvira con sarcasmo; creeis que yo seria capaz de
matar  mi marido por ser vuestra?

--Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesroslo: os creo
capaz de todo.

--Pues bien, dijo con una calma glacial doa Elvira: esperadlo todo de
m. Todo, hasta la venganza.

--Habeis elegido muy mal camino, seora, dijo Yaye con acento frio: ya
os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra m: os he suplicado
que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os
habeis negado  ello  pretexto de que no volveria  veros. En efecto,
una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no
volveriais  verme sino por otra casualidad..... porque el deber me
manda apartarme de vos. Jams hubiera yo incurrido en el crmen que
hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en
el cual no pertenecen al hombre sus acciones.

--Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclam con
una soberana altivez doa Elvira.

--S, respondi con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos,
porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad
terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un
insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por ltima vez
para que me dejeis en libertad de ir  donde me convenga, puesto que
ningun derecho teneis para retenerme  vuestro lado.

--Jams! exclam doa Elvira.

--Pues bien, seora, dijo Yaye adelantando hcia doa Elvira, que
retrocedi hcia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer
con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escndalo
que quiera.

Y adelant aun mas hcia doa Elvira.

--Ah! no!... exclam esta: vos sereis caballero... vos no querreis
emplear la fuerza contra una dama.

Yaye se detuvo  esta invocacion  su honor.

--Solo os suplico, dijo doa Elvira que mediteis en mi amor, en mi
desesperacion: sino os volviera  ver..! qu! tanto os costaria, sino
podeis ser mi amante, ser mi amigo?

--Me jurais, seora, sacarme de aqu?

--Os lo juro.

--Pues bien: cumplid vuestro juramento.

En aquel punto doa Elvira que gradualmente se habia acercado  la
puerta, la gan de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la
cerr, corriendo los cerrojos.

--S, s, dijo doa Elvira desde detrs de la puerta: t saldrs de aqu
Yaye, pero muerto de hambre,  entregado enteramente  mi: yo te lo
juro.

Y se alej lanzando una insensata carcajada que retumb en la mina.

Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues
todo qued envuelto en el mas profundo silencio.




CAPITULO XII.

De cmo Dios premi la constancia de Yaye.


Yaye qued mudo de asombro y de clera en el centro de la estancia.

Las ltimas palabras de doa Elvira tenian una muy fcil explicacion.

T saldrs de aqu muerto de hambre  entregado enteramente  m.

Esto queria decir que doa Elvira pensaba valerse de algun brebaje para
aletargar al jven y conducirle  un lugar mas seguro; brebaje que solo
podria evitar Yaye sentencindose  morir. Era aquel el ltimo lmite 
donde podria llegar el empeo de una mujer.

Yaye conoci que doa Elvira le tenia enteramente en su poder: la
habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta
de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su
bveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo,
indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel
ventanillo podia doa Elvira introducirle alimentos preparados para
producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor
violencia con ella. Yaye, pues, sacudi con fuerza la puerta; pero esta
era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consigui: meti el brazo
por el ventanillo, y prob si alcanzaba  los cerrojos: esto tambien era
intil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y
su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar  los
cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendi que si esperaba mucho
tiempo, doa Elvira comprendera que los cerrojos no bastaban para
asegurar  su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.

Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y
franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba
ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender  doa Elvira cuando
volviese.

Pero no se le ocurri medio en lo humano: comprendi que estaba
seriamente preso, y  merced del fatal amor de doa Elvira.

La nica esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos
momentos don Diego de Crdoba y de Vlor.

Pero quin sabia lo que habia sido de don Diego?

Empezaba Yaye  desesperarse, cuando oy en la mina unos pasos marcados
de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto  la razon en
aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doa Elvira le
enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irrit. Los
pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto  la puerta.

Yaye escuch en silencio: el que se habia detenido junto  la puerta
nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

--Estais solo, seor?

--Qu es eso? Quin me llama seor? dijo Yaye acercandose al
ventanillo de la puerta.

--Soy yo, seor; vuestro fiel escudero; el wal Harum-el-Geniz.

--Oh! me he salvado! exclam Yaye; mira si puedes descorrer los
cerrojos, mi buen Harum.

--Oh! s, poderoso seor! he aqu la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abri.

--Quin te ha traido aqu Harum? por dnde has entrado? le pregunt
Yaye.

--Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por
donde he entrado, venid seor y lo vereis.

Harum  quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jven
emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tom la buja que ardia
sobre la mesa y sali seguido de Yaye.

Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostr al jven.

--H aqu por donde he entrado, seor. Por esa mina adelante, pronto muy
pronto, vuestra grandeza ver la luz del sol.

Y sigui por la mina precediendo al jven emir.

Cuando este se encontr en las habitaciones superiores, cuando vi el
cielo, las nubes, el sol, los rboles, la Alhambra,  lo lejos la alta
cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y  los pies de la sierra la
extendida vega con sus lejanas montaas azules, respir como quien se
siente aliviado de un peso enorme.

--De qu manera quieres que te recompense el emir? exclam con alegra
volvindose  Harum.

--Ah, seor! dijo el monf; me basta con ser vuestro secretario de
confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra:  vuestro lado
siempre, porque teneis enemigos, seor; todos los reyes los tienen y mi
nica ambicion es serviros de escudo.

--Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qu tribu eres, dijo
con la gravedad de un rey Yaye.

--De la tribu Zeneta, seor, contest con orgullo Harum.

--Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, wal, para que puedas
estar continuamente  mi lado, dormir  los pis de mi lecho, y llevar
tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.

--Ah! seor! magnfico seor! exclam Harum arrojndose  los pis de
Yaye.

--Alza y escucha: cuntos dias han pasado desde aquel en que yo llegu
 Granada?

--Quereis decir, seor, desde el dia en que me mandsteis que siguiese
sin perder de vista  la hermosa morena de los ojos de luz?

--Ah! la princesa mejicana! exclam perturbado bajo aquel recuerdo
Yaye.

--Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, seor.

--Cuntas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclam el
jven emir. Y se qued profundamente pensativo.

--Perdonadme, seor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos
corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la
prxima casa de don Diego de Crdoba y de Vlor.

--Ah! es esa la casa de don Diego de Crdoba! dijo Yaye mirando al
frente: pero de improviso se puso plido y lanz una exclamacion desde
el fondo de su alma.

--Ah! doa Isabel!

En efecto, la jven habia atravesado lentamente y con su severo traje de
luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.

--Vive doa Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz
apagada por la conmocion Yaye.

--Si seor, todos los dias por la maana la veo sentada en aquel banco
de piedra que hay al pi de aquella enramada de jazmines. Pero
retirmonos de aqu si os place, seor, y si quereis observar la casa de
don Diego, yo os llevar  un lugar desde donde podais ver sin ser
visto.

Yaye conoci que la observacion de Harum era prudente, y le sigui  un
aposento cercano en el que habia una ventana con celosa y desde donde
se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos
huertos del capitan estropeado y de don Diego de Vlor.

--Acostumbra doa Isabel  dejarse ver? pregunt Yaye.

--Solo por la maana, seor, y en el lugar que os he marcado.

--Has hablado alguna vez con ella?

--Nada me habiais encargado acerca de doa Isabel, seor.

--Es verdad. Y dime: que ha sido de Miguel Lopez?

--Se le cree muerto.

--Se sabe quin ha mandado su muerte?

--Creese que sea cosa de don Diego de Vlor.

--Infame! murmur Yaye: pero... me han dicho que ha muerto  manos de
unos monfes.

--Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos  tres veces  la
montaa durante este mes, don Diego soborn  Reduan, que vivia como
ventero junto  Orgiba y  otros seis: vuestro poderoso y justiciero
padre, seor, mand ahorcar al dia siguiente  Reduan, y  los otros
seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.

--De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi
padre?

--Ha sido un asesinato y nada mas.

--Y qu se han hecho don Diego y don Fernando de Vlor?

--Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.

--Y mi buen ayo Ab-del-Gewar?

--Est inconsolable por vuestra prdida y nos hace revolver la tierra 
m y  los veinte monfes que tengo  mis rdenes.

--Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que  nadie digais que he
parecido.

--Muy bien, seor.

--A nadie, lo entiendes?

--Si seor.

--Adems, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de
don Diego de Vlor,  fin de que yo pueda hablar con doa Isabel.

--Las tapias son fciles de escalar, seor... y yo mismo...

--Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.

--Oh! en cuanto  imprudencias seria la primera que cometiese: por no
ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama
morena que me mandsteis seguir.

--Cmo! sabes donde para?

--Muy cerca de nosotros, ah, en esa otra casa cuyo huerto linda con el
de don Diego y cuyas celosas estan tan cerradas.

--Y no has tenido medio de amparar  esa desdichada?

--Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme
de cierta herramienta.

--Ah! forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: exponerse  pasar
por un ladron!

--La puerta que yo forzar es tan reservada, como que da  un extremo de
la mina donde est la habitacion en que os han tenido cautivo.

--Pues bien, cuanto antes liberta  esas desdichadas mujeres, pnlas
bajo el amparo de la justicia, devuelve  la jven la joya y...

--Y por qu no habeis de hacer vos todo eso seor? sino me engao
parceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.

Medit un tanto Yaye.

--Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora
bscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae
una litera cerrada dentro de la cual me trasladar  mi nueva vivienda,
y sobre todo, Harum, un profundo secreto.

El monf despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye,
sali de la casa murmurando, mientras se alejaba  buen paso:

--El emir es mi seor nico y absoluto desde que el noble Yuzuf renunci
en l su poder y su corona. El, solo l, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es
nuestro seor,  quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion.
Pero qu pensar hacer el emir?

Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba
Harum: aquella litera entr poco despues en una linda casita de la calle
de las Tres Estrellas en el Albaicin.




CAPITULO XIII.

De cmo la caridad era una virtud peligrossima para el poderoso emir de
los monfes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar.


Lleg la noche, y por cierto, lbrega y tempestuosa.

Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en nmero de doce,
envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio
el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las
puertas.

Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos,
llegaron  la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos
abri la puerta: el que le seguia entr.

El que habia abierto la puerta lanz un silbido prolongado, entr y
cerr.

Poco despues un embozado, lleg  la puerta y llam: abrironle y un
hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion
del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres.

Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les
dijo:

--Seguidme.

Aquel hombre era Harum.

Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban
los semblantes mas angulares y fatdicos del mundo, bajo las anchas alas
de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuadura y
mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los
talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos  la
cintura una daga buida, y dos largos pedreales  pistolas.

Aquellos seis hombres eran monfes escogidos entre lo mas duro y
valiente de todas las taifas de monfes de las Alpujarras.

Aquellos seis hombres siguieron  Harum, que los llev en derechura  la
mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan
estropeado, con el palacio de don Diego de Vlor.

Cuando estuvieron all, Harum los extendi por la mina y les di la
consigna siguiente:

--Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los
dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen
resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio.

Volvi  salir por el boqueron, y poco despues apareci con un hombre
enteramente encubierto, y tom la direccion de la escalera que conducia
 la casa del capitan.

--Espera, le dijo el hombre que le seguia: se va por aqu al aposento
donde he estado preso?

--No seor, contest Harum, se va por la parte opuesta.

--Pues llvame all: tengo curiosidad de saber lo que all puede haber
sucedido.

Harum se volvi y condujo  Yaye al lugar indicado.

Al entrar en l not el jven que algunos objetos que antes estuvieron
sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las
ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo l y los
sillones tirados por el suelo.

Yaye lo comprendi todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente
de doa Elvira al verse burlada.

--Ah! ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jven, porque
sin saber por qu, le lastimaba la desesperacion de doa Elvira.

Yaye en su foro interno atribuy aquel sentimiento  caridad.

Sali de aquella especie de calabozo, y pas, perfectamente cubierto el
rostro con un antifaz, por delante de los seis monfes, que inmviles y
silenciosos como esttuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared
 lo largo de la mina.

Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la
cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella maana
Harum.

No sucedi entonces lo mismo: el wal, transformndose en ladron, sac
un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la
cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorri el
fiador, que era de resorte: entonces la puerta gir sobre s misma sin
ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera
puerta secreta disimulada en la tapicera.

El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cmara extensa y
sombra, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua:
aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas,
destacndose dbilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de
pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar  la cmara en aquella
situacion y  aquella luz un tinte sombro.

Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ngulo
se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas
de damasco rojo entreabiertas. Junto  un armario cerrado habia un arns
de guerra limpio y sencillo, y ac y all, en las paredes, sobre los
tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y
pistolas.

--Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeo, dijo Harum
en voz baja  Yaye, y es por cierto para l una fortuna el estar
ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero
aqu hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco;
pues bien, adelantemos  la ventura.

Y se dirigi  una puerta pequea situada  los pis del lecho, que
estaba cerrada, y que abri Harum valindose de la llave maestra.

A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento,
cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio.

Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se
encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes
blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar  la parte media del
corredor, les detuvo un gemido de dolor.

--Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me
engao si ese no es el gemido de un moribundo.

--Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro
segundo gemido.

Apenas habia pronunciado el monf estas palabras, cuando se oy una voz
timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclam:

--Ah! madre mia! pobre madre mia!

Yaye hizo  Harum una indicacion de que no se moviese, y l solo
adelant hcia una puerta entreabierta, situada en el fondo del
corredor.

Yaye mir al interior; la sangre retrocedi de sus extremidades  su
corazon, y permaneci inmvil, mirando y escuchando con toda su alma y
sin atreverse  pasar adelante.

Qu era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le
conmovia?

Vamos  presentarlo  continuacion  nuestros lectores.

Era una cmara tan sombra y extensa como la primera por donde habian
pasado Yaye y Harum.

Una lmpara puesta sobre una mesa de mrmol, bajo un gigantesco espejo
de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas 
dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicera.
Una chimenea de mrmol, enorme, sostenida por caritides y con
ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y
desprovista de fuego en razon  la estacion, lo que daba  la cmara
algo de frio y de extrao:  un lado habia un lecho enorme, semejante al
que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado;
por el contrario, en l estaba una enferma.

Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y
besndola alternativamente, habia una jven vestida de blanco de
extraordinaria esbeltez.

Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la
pequea puerta tras la cual escuchaba Yaye.

Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero
quien se hubiese acercado  ellos hubiera notado que estaban aseguradas
sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo
que demostraba que aquellos balcones no se abrian.

Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas 
alumbrarse continuamente con luz artificial.

Todo en aquella cmara tenia los visos de una prision, y de una prision
donde se guardaban dolores agudos.

La enferma era efectivamente una moribunda; pero  pesar del estado de
demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible
enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba,
notbase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun  la
vejez: apenas contaria cuarenta aos,  pesar de lo cual estaba tan
gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta
mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura
una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los
sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era
extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y
de sus cabellos.

Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el
sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos
tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban
notablemente hundidos; la jven lloraba de una manera silenciosa,
desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba  un velador,
tomaba una taza de plata y daba de beber  la enferma.

Lleg un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos,  la
que sobrevino un vmito de sangre: la jven lanz un grito de terror y
se avanz  la puerta, que golpe de una manera desesperada pidiendo 
gritos socorro.

--Estrella! Estrella! hija mia! exclam esforzndose la enferma; esto
ha pasado... yo creo que dentro de poco, de muy poco tiempo, esto habr
pasado de todo punto.

--Ah, madre mia! exclam volvindose la jven, plida como un cadver y
haciendo retroceder  Yaye que, impulsado por su caridad, habia dado un
paso hacia el interior.

Afortunadamente ninguna de las dos mujeres, dominadas por la situacion,
le vi.

Estrella, pues asi hemos oido llamar  la jven por su madre, volvi al
lado de esta como impulsada por un poder superior.

--Sintate  mi lado, dijo con acento solemne la enferma.

Estrella, dominada por el mandato de su madre se sent en un sillon al
lado del lecho.

--Es necesario que tengas valor, hija mia, dijo la enferma: Dios me dice
que dentro de muy poco voy  ser libre, que vamos  separarnos.

Estrella rompi  llorar en silencio, y se cubri el rostro con las
manos.

--Pero yo no quiero que murais, no, exclam levantndose en un
movimiento nervioso, que revelaba una fuerza de voluntad  toda prueba:
no, no quiero que murais y no morireis.

--Nadie se opone  la voluntad de Dios: por lo mismo y como necesito
hacerte graves revelaciones, como me queda poco tiempo de vida, es
intil que ninguno de los infames criados de ese hombre venga 
interrumpirnos para traernos un socorro que seria intil. No llores,
esto debias haberlo previsto hace mucho tiempo.

Hubo un momento de solemne silencio.

--He sido muy desgraciada, hija mia, continu la enferma, y mi mayor
desgracia es el dolor que llevo  la tumba, de dejarte sola, abandonada,
en poder de ese infame.

--Sin duda, Dios, madre mia, dijo Estrella, ha castigado en nosotras
algun gran crmen de nuestra familia.

--S, Dios castiga  los opresores con la opresion de sus propios hijos.
Altivas, soberbias, poderosas, hemos venido  acabar en esclavas... en
diez aos de cautiverio horrible... en poder de un demonio. Acrcate
mas, hija mia; temo que haya tras esos tapices alguien que nos escuche.
Lo que tengo que decirte es muy grave.

Estrella se levant maquinalmente, se arrodill en el sillon en que
habia estado sentada y se apoy en el lecho.

Durante algun tiempo nada pudo oir Yaye: las dos mujeres hablaban
demasiado bajo: aquella conferencia dur mas de una hora, conferencia
interrumpida por agudos accesos de tos.

Yaye not que al concluir la enferma su revelacion, que revelacion debia
ser aquella tan recatada, se quit del cuello una cadena de oro de la
que pendia una joya, cuya forma no pudo distinguir Yaye en razon  la
distancia.

Luego la enferma sigui hablando naturalmente, pero su voz era ya mas
opaca, mas cadavrica.

--Si logras que alguna vez tus parientes castellanos conozcan tu suerte,
hija mia, ellos que deben ser poderosos, ellos que deben gozar del favor
del emperador, te ampararn y te vengarn, si es necesario que te
venguen.

--Oh, nada temais, madre mia! nada temais! exclam con una energia
casi salvaje la jven: ese hombre que os ha hecho probar cuantas
desgracias puede probar una mujer, no har tan infeliz  la hija como 
la madre; no, no, lo juro por el Dios que est en los cielos. Vos habeis
tenido razones que no solo os disculpan, sino que os honran: vos teniais
una hija: yo, si Dios es tan cruel que me os arrebate, no tengo nada que
me ligue  la vida: perecer antes que sucumbir al infame: perecer,
pero perecer vengndoos: ay del infame aventurero!

--Oh seor! seor! exclam la pobre enferma: Sereis tan implacable
que me negueis el consuelo de saber que mi hija queda amparada por sus
parientes?

--Oh! no es posible alentar ninguna esperanza, madre mia. Yo alentaba
una... el jven aquel  quien pude hablar por un milagro, hace un mes,
cuando paramos en un meson, parecia noble y generoso... y sin embargo...
ese jven me ha olvidado...  no ha podido... quin sabe? y luego qu
importa  nadie la suerte de dos mujeres?

Y Estrella acreci en su llanto desconsolado.

Yaye crey que habia llegado el momento de presentarse: la enferma
parecia prxima  su fin, y era necesario que llevase  la tumba el
consuelo de que su hija no quedaba desamparada.

Al abrir la puerta, aquella puerta rechin, Estrella volvi azorada la
cabeza, y en su rostro apareci una expresion de espanto: sin duda
estaba acostumbrada  ver asomar por aquella puerta un ser terrible.

Pero instantneamente su rostro se ti con un color febril, adelant
rpidamente algunos pasos hcia Yaye, como una hermana que sale al
encuentro de su hermano, pero se contuvo por pudor.

--Ah! sois vos, caballero! dijo.

--S, s, yo soy, que llego en el momento supremo.

--Es l! es l, madre mia! el jven del meson de las Alpujarras!

La enferma quiso incorporarse, pero no pudo. Estrella asi por una mano
 Yaye, como si le hubiese conocido desde mucho tiempo antes, y le llev
junto al lecho: la enferma pos en l sus hundidos ojos.

--Oh! dijo! si sois honrado y leal y vens  salvar  mi hija, 
librar  una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en
el mundo, que Dios os bendiga, caballero!

--Os juro, seora, proteger  vuestra hija como si fuese mi hermana,
dijo con entusiasmo Yaye.

--Acaso vuestro poder no alcance  protegerla.

--Mi poder alcanza  mucho, seora, dijo con suma confianza Yaye.

--Sin embargo, temo por vos mismo. Cmo os habeis introducido aqu?
Sabeis quin es el hombre que nos guarda? Sabeis que si por desdicha
sobreviniese...?

--Aunque ayudase el infierno  ese infame mutilado, nada podria hacer
contra m.

--Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es
preciso ganar tiempo...

--Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el
contrario qu quereis, qu necesitais.

--Qu quiero? qu necesito? exclam con alegra la enferma: podreis
procurarme un sacerdote?

--Oh! s! hola, Harum!

Presentse inmediatamente  la puerta el monf, asombrando  las dos
mujeres que no acertaban cmo podia ser aquello.

--Al momento, al momento, Harum, le dijo Yaye, acercndosele y
hablndole en voz baja: ve por un sacerdote cristiano para auxiliar  un
moribundo; que traiga consigo la comunion y la extremauncion; que suba 
ocupar tu lugar uno de los otros, y escucha: Yaye habl por algun tiempo
en secreto con el monf.

[imagen: Dios me inspira: sereis mas que hermanos, hijos mios!]

Harum parti.

Yaye se volvi  las dos damas.

--A propsito, seoras, dijo: qu gentes hay en esta casa?

--Debe haber un soldado viejo que sirve al capitan Sedeo, y que es tan
infame como l, y dos criadas.

--Y no hay mas gentes en la casa.

--No seor.

--En ese caso llamad  ese criado.

--Pero...

--Llamadle.

Poco despues Estrella, dominada por el acento de confianza de Yaye,
llam  grandes golpes  la puerta de entrada.

Oyronse lentas y fuertes pisadas tras aquella puerta, luego ruido de
llaves y rechinar al fin una cerradura: abrise la puerta y se present
un hombre de estatura atltica y semblante avieso que adelant
descuidado, sin reparar por el momento en Yaye.

--Vamos! qu quereis? dijo con acento bronco, no es hora ya de
descansar?  es que estamos aqu para andar como un zarandillo de
brujas por esa mujer que nunca acaba de morirse?

En aquel momento el hombre que habia entrado y que solo habia dirigido
su mirada, en que se veia una impura codicia,  Estrella, repar en
Yaye.

Entonces se pint en su semblante una expresion feroz, y dirigindose al
jven exclam:

--Quin sois? quin os ha introducido aqu?

Yaye, no contest  aquel hombre: volvise hcia la puerta por donde
habia entrado y exclam.

--Ola!  m!

Un monf entr inmediatamente en la cmara.

--Oh! qu es esto? grit el soldado arrojando una feroz mirada  las
dos mujeres, y poniendo mano  su daga, nica arma que tenia consigo.

--Desarma  ese hombre, dijo Yaye al monf que habia quedado inmvil 
pocos pasos de la puerta por donde habia entrado.

En este momento la situacion de las personas de nuestro cuadro era la
siguiente: Estrella estaba de pi delante del lecho ocupado por su
madre; Yaye en medio de la cmara; el soldado servidor del capitan, 
pocos pasos de la puerta de entrada, y el monf que habia acudido  la
voz de Yaye,  igual distancia de la otra puerta de servicio.

[imagen: Yuzuf Al-Hhamar]

Aquella situacion solo dur un momento: el soldado avanz hcia Yaye,
daga en mano, y el monf, rodendose la capa al brazo, se coloc de un
salto entre el emir y su agresor, recibi una pualada de este en su
capa, le asi, le desarm, apretndole la mano derecha con la fuerza de
unas tenazas de hierro, le dobleg, y qued inmvil sujetando al soldado
por el cuello.

Este rugia.

--Qu mas hombres que t hay en la casa? dijo Yaye.

El soldado continu en sus intiles esfuerzos por desasirse de los puos
del monf, que le oprimia con una fuerza salvaje, pero no contest.

El monf comprendi que era una irreverencia punible en aquel hombre, el
no contestar  la pregunta del emir, y le apret el cuello de una manera
despiadada.

El soldado lanz un grito de dolor.

Yaye repiti su pregunta.

--No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo  aquella especie de
tormento, el soldado.

El monf comprendi que debia aflojar sus dedos y afloj.

--Y qu otras personas hay en la casa? continu Yaye.

--Una vieja cocinera y una criada.

--Dnde estn?

--En la cocina.

--Llvate  ese hombre, dijo Yaye al monf.

El monf arrastr consigo al soldado que no se podia valer.

--Pero qu quereis hacer conmigo, seor? dijo todo trmulo el soldado.

--Llvate  ese hombre, repiti Yaye: que le aseguren los otros de modo
que no pueda escaparse ni gritar, y t vuelve.

El monf hizo un esfuerzo y, en silencio, sigui arrastrando consigo
asido del cuello y doblegado  aquel hombre, y desapareci por la puerta
de servicio.

--Ah! exclam Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y
os ha enviado para salvarnos. Pero nada temeis caballero?

--Nada absolutamente, seora; descansad en la confianza de que sois
libres, enteramente libres; ay! Ojal que como he podido libertaros
pudiera devolver la salud  vuestra madre!

--Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no
s por qu creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano,
y muero tranquila.

--Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras...
exclam Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos
ampara...

--No, no, hija mia, dijo la enferma con acento dbil y cansado... esto
se acaba... se acabar dentro de algunos momentos... y luego... quedando
t amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos.

Yaye adelant.

--Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habr quedado sola sobre la
tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin
embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el
duque de la Jarilla.....

--El duque de la Jarilla! exclam Yaye.

--Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas
para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre
hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no
la amparasen...

--Vuestra hija, seora, tendr en m un hermano, un hermano poderoso.

--Un hermano poderoso! exclam con admiracion la moribunda. Quin sois
pues?

--Soy rey de los monfes de las Alpujarras.

--Rey! exclamaron  un tiempo con asombro la moribunda y Estrella.

--Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de
apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz.

--Ah! pero sois moro! sois infiel! exclam con desaliento la
moribunda.

--Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclam con
orgullo Yaye.

--Oh! si, si, exclam la enferma con acento inspirado: todo lo espero
de vos, todo, y creo, aadi con acento solemne, Dios me lo dice en mis
ltimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre
Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de
vuestra alma.

La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir  los dos jvenes
una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye mir de una
manera involuntaria  Estrella, y encontr los ojos de esta fijos de una
manera ardiente en los suyos.

Pero instantneamente los dos jvenes bajaron los ojos: Yaye estaba
profundamente plido, Estrella encendida con un magnfico rubor que
habia dado  su semblante las tintas de una rosa de Alejandra.

--Oh! si! sereis mas que hermano y hermana! dijo la moribunda que
habia aspirado la conmocion de entrambos jvenes.

Luego asi sus manos y las uni.

Dominados por la situacion, por el fuego febril que les comunicaban las
manos de la enferma, por un impulso poderoso, los dos jvenes cayeron de
rodillas  los pis del lecho, continuando de una manera fatal con las
diestras enlazadas.

--Si, si, continu la moribunda: Dios me inspira: sereis mas que
hermanos hijos mios... s, pronto  tarde  pesar de todos los
obstculos que se crucen ante vosotros, sereis esposos.

--Esposos! exclamaron con asombro los dos jvenes.

Y por una fatalidad creciente, sus manos continuaron enlazadas y se
estrecharon con fuerza.

La moribunda puso sus difanas manos sobre sus cabezas, y los bendijo.

En aquel momento Yaye se levant, asombrado de lo que pasaba por l:
aquella era una complicacion mas en su vida.

Al levantarse, vi que dos monfes estaban en la cmara.

Habia enviado Dios  aquellos hombres para que sirviesen de testigos 
aquella especie de casamiento hecho por las manos de una madre
moribunda, manos que parecian consagradas por lo solemne de la situacion
y por el sufrimiento, casi por el martirio?

Yaye procur lanzar de s aquella pesadilla, ponindose en contacto con
la vida real.

Y separndose de Estrella y del lecho, se dirigi  los monfes.

--Seguidme, les dijo, y desapareci con ellos por la gran puerta de
entrada.

--Oh! qu habeis hecho? qu habeis hecho, madre mia, exclam
Estrella?

--Obedecer  una inspiracion de Dios, contest la moribunda: ese jven
ser tu esposo, Estrella... ese jven ser el padre de tus hijos...
debes consagrarte  l, hija mia...

--Pero si l me desdeara...

--No crees que Dios baje  iluminar los ojos de los moribundos que han
sido mrtires? dijo la enferma.

--Oh madre mia! si os engarais!... si os engarais, yo seria muy
desgraciada, porque!...

--Por qu?

--Porque le amo desde el dia en que le v en el meson de las Alpujarras.

--Y Dios te ha enviado el hombre que amabas, y  quien no esperabas
volver  ver, en el momento en que vas  quedar sola en el mundo... Dios
te ha enviado en l un protector... male, hija mia, male, con toda tu
alma; vive solo para l, y, sobre todo, procura apartarle del error; que
el amor le convierta al cristianismo, como mi amor convirti al
cristianismo  tu padre, que tambien era rey de un pueblo de infieles:
l ha salvado tu cuerpo de la esclavitud; salva t su alma...

--Oh, madre mia!

--Y escucha; si mi padre el duque de la Jarilla te reconoce; si, por un
acaso, que bien pudiera acontecer, mi padre no tiene hijos varones; si
t eres la heredera de su nombre y de su grandeza, no reniegues de ese
jven, Estrella mia: recuerda siempre que  l ha debido tu madre una
muerte tranquila, la seguridad de que no quedas abandonada, y los
auxilios de la religion. Ahora ve, y con la llave que te he dado, abre
un cofrecillo que encontrars en el cajon de aquella mesa. En l est el
relato de mis desventuras, que he escrito mientras t dormias; en estos
ltimos tiempos; relato que no es otra cosa que la revelacion que te
hice antes de que apareciese ese jven. Hay tambien con ese manuscrito
una declaracion de tu padre y su conversion al cristianismo; ademas,
tienes mi retrato del tiempo en que yo tenia tu edad; nadie, viendo ese
retrato, y conocindote, puede negar que eres mi hija; ve, recoge esos
papeles, gurdalos y djame que me prepare entre tanto, para recibir al
sacerdote del Seor.

Estrella fu  la mesa, abri su cajon, y busc en l el cofrecillo y
los papeles.

       *       *       *       *       *

Entre tanto Yaye habia recorrido la casa con los dos monfes.

Era extensa y rica: estaba perfectamente alhajada en las habitaciones
superiores, y se comprendia que quien la habitaba, estaba acostumbrado 
vivir con lujo y con grandeza.

Yaye no encontr en ella mas seres vivientes que las dos domsticas de
que le habia hablado el soldado prisionero, y  las que encerr en un
aposento retirado, y un caballo perteneciente, sin duda, al criado del
capitan.

Yaye franque la puerta principal de la casa, y lanz un silbido.

Inmediatamente los seis monfes que estaban extendidos en la calle de
San Gregorio el alto, se agruparon  la puerta.

--Habeis visto pasar, les dijo Yaye, al wal Harum?

--S, poderoso seor, contest uno de los monfes; ha pasado en
direccion  San Gregorio.

--Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el
vitico, decidle que llame por esta puerta.

--Muy bien, poderoso seor.

--Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros
entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis
criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad
 que llame el wal Harum; los otros  sus puestos.

Yaye se volvi para adentro con los dos monfes que hasta all le habian
acompaado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar
la casa, con la cmara del capitan, abri la puerta secreta y envi
aquellos dos monfes  su apostadero de la mina; luego, se encamin  la
cmara  que correspondia el dormitorio de la moribunda, y mir por la
puerta entreabierta.

Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba.

En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un
profundo silencio.

Yaye se retir de la abertura de la puerta y se puso  pasear,
profundamente pensativo,  lo largo de la cmara.

Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario.

Su corazon y su cabeza empezaban  no entenderse; sus ideas 
embrollarse; recordaba  doa Isabel casada, viuda y vrgen, y esto
hablaba  sus deseos; pero seguidamente recordaba  doa Elvira como un
sueo de voluptuosidad, como una creacion fantstica, como una mujer
divina,  quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado
inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el
presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades  influjo
de la dolencia; despues, y quemndole el corazon como un hierro
candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana,  quien habia visto
por la primera vez de una manera casual,  quien de tan extrao modo, y
por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su
amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que,
ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido
sobre l aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el
enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie
de esponsales en las cuales ninguno de los dos jvenes se habia obligado
por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por
aquel nervioso  involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de
recibir la bendicion materna.

Yaye, pues, tenia razon para no saber qu hacer ni qu pensar: habia
abandonado por fanatismo  Isabel, habia sido cruel con ella, habia
dejado que se llevase  efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por
resultado de aquel casamiento habia caido l mismo, como herido por un
rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra
cosa); entregado  una mujer que le amaba,  doa Elvira, habia llegado
de una manera fatal hasta el adulterio, y por ltimo, al verse libre por
un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse,
 al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia
creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su prdida;
Abd-el-Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su
destino, y por ltimo, influia en l su alta posicion de emir de un
pueblo, aunque reducido, enrgico, indomable, valiente, sobre el cual
estaban fijas las recelosas miradas del rey de Espaa y de sus
lugartenientes en Granada.

A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia
all, en aquella cmara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas
como aquellas.

La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una mquina de pensamientos
contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos
embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas
difciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar;
dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad.

Abrise la puerta de entrada de la cmara, y un monf con todas las
trazas de lacayo, dijo:

--Poderoso seor: el wal Harum y dos sacerdotes cristianos con los
suyos me siguen.

--Adelante, adelante, dijo Yaye, despojndose de su gorra,  punto que
se oy la campanilla del vitico y se inund de luces la antecmara.

La puerta se abri de par en par.

Un sacerdote revestido entr, llevando el copon en las manos;  su lado
iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro,
que llevaba entre sus manos el santo leo, y luego un sacristan con una
linterna.

El sacerdote que conduca el vitico entr en el dormitorio.

Poco despues Estrella sali llorando, y se qued de pi, en silencio, al
lado de una mesa, junto  la cual, silencioso  impresionado, estaba
Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, qued en la
cmara con el sacristan y los acompaantes del vitico.

Durante algun tiempo nada se oy en el dormitorio; sin duda la moribunda
estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oy dentro la
campanilla. Estrella cay de rodillas con las manos cruzadas sobre el
pecho; los asistentes se arrodillaron  su vez, y Yaye se arrodill
lentamente, y, aunque musulman, rog  Dios por la salvacion de la
moribunda; los dos monfes que habian quedado  la puerta, se
arrodillaron tambien, imitando  su seor.

Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, ces de
repente la campanilla, se abri la puerta, y el monago que habia
penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de nio de coro, y
con la frialdad de quien est acostumbrado  tales situaciones:

--Seor licenciado Dvalos! acudid, acudid pronto con la
extremauncion, que la enferma se muere!

--Mi madre! exclam Estrella, y di algunos pasos hcia el dormitorio;
pero se detuvo, vacil, y cay desmayada entre los brazos de Yaye.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeo, 
escepcion de un cadver de mujer.

Yaye habia dado con sus monfes un golpe de mano; habia trasladado,
desmayada aun, en una litera,  Estrella,  la linda casa que le habia
buscado Harum, y habia mandado retirar los monfes del subterrneo de la
casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de
Sedeo, y las dos criadas, habian sido conducidos  la casa de Yaye, y
encerrados en los stanos.

Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por
aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfes.




CAPITULO XIV.

En que se sabe por qu habia dejado su casa el capitan estropeado.


Retrocedamos un tanto  la madrugada del dia anterior, en que el capitan
Sedeo habia salido de Granada en direccion  las Alpujarras.

Urgente debia ser el motivo que  ellas le llevaba, puesto que aguijaba
su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si
reventaria  no.

Antes de llegar al Padul, entr en una venta, pronunci algunas palabras
en rabe al oido del ventero, y le entreg el caballo; poco despues el
ventero sac otro caballo enjaezado con los arneses del primero, mont
el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo
hecho un hombre sano, y tom de nuevo el camino, con toda la rapidez de
que era capaz su nueva cabalgadura.

Cuatro veces mud de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de
la maana, dejando  un lado la villa de Orgiva, tom por la misma loma
y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar 
Yaye y Adb-el-Gewar.

Al llegar al bosque de pinos, lanz un agudo silbido, y algunos monfes
adelantaron.

Mostrles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el wal
que mandaba los monfes, le hizo desmontar, le vend los ojos, le prest
su brazo para servirle de gua y de apoyo, y llevando otro de los
monfes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron
estrechos y pendientes senderos, bajaron  un profundo barranco,
treparon por entre las breas  una gigantesca cueva, y cuando
estuvieron dentro, el wal se llev una pequea corneta  los labios y
dej oir un toque particular.

Poco despues se vi moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta
de hierro, abierta tambien.

Entraron el wal, el alfrez y el monf que llevaba el caballo, y la
puerta volvi  cerrarse.

All imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna
clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa
luz: al pi de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia
un monf armado.

A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monf que conducia el
caballo torci por una de las galeras que  trechos se veian  derecha
 izquierda, y el wal y el alferez, continuaron solos la mina adelante.

Al fin de ella llegaron  un ensanchamiento octgono de muros y bveda
rabe de ladrillo agramilado,  cuyo frente se veia una puerta
ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos
trages musulmanes. El wal que conducia al alfrez habl algunas
palabras con el wal de la guardia,  inmediatamente aquel abri con una
llave dorada la puerta, dando paso al wal y al capitan Sedeo.

La puerta volvi  cerrarse.

Entonces el wal quit la venda al capitan.

Se encontraban ya en la parte maravillosa del alczar subterrneo.

Era una magnfica galera sustentada por arcos calados sobre columnas de
alabastro: bellsimas lmparas producian  travs de sus velos de gasa
una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veanse de
trecho en trecho,  inmviles como esttuas, esclavos negros, vestidos
de prpura, y era por ltimo, aquella galera, el magnfico ingreso de
un alcazar admirable.

Siguieron adelante, atravesando galeras y cmaras, hasta llegar  una,
en cuya puerta hizo esperar el wal  Sedeo.

Poco despues sali, y dijo al capitan:

--El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar,
emir de los monfes de las Alpujarras, te espera.

Alvaro de Sedeo entr en una ostentosa cmara, y se despoj
respetuosamente de la gorra.

En aquella cmara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla
aunque magestuosamente vestido.

Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta  la cabeza, su caftan
negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un
patriarca de los antiguos tiempos.

Alvaro de Sedeo adelant cojeando, y dijo  cierta distancia del
anciano:

--Que Dios el Altsimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.

El anciano se detuvo, y mir de una manera profunda y severa  Sedeo.

--Qu quieres? le dijo.

--Vengo  verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.

--Sintate, le dijo el anciano, sealndole un divan.

Sedeo se sent: Yuzuf se sent junto  l.

--Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el
capitan.

--Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria  exponer su
cabeza por satisfacer sus oidos?

--Puesto que nadie mas que t puede escucharme, dijo el capitan,
escchame, emir.

Yuzuf tom una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeo empez de
esta manera:

--Ser preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, seor:
necesito recordarte cosas que t pareces haber olvidado.

Frunci el cano entrecejo Yuzuf.

--Nada tiene de extrao, que t, en medio de los cuidados que te cercan,
continu el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que
comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de
arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para
mis palabras.

--Al asunto, al asunto, Sedeo, dijo Yuzuf con impaciencia; graves
pensamientos me ocupan, y solo me he prestado  escucharte, suponiendo
que te traia  m algun empeo de gran inters.

--Vuelvo  reclamar tu indulgencia, seor, y procurar ser todo lo breve
posible.

Hace cuarenta aos, cabalmente los de la edad que tengo, que un
matrimonio castellano, fue asesinado entre las breas de las Alpujarras.
El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa
jven de las montaas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada,
llevaba entre sus brazos un nio. Aquel nio era yo. Los asesinos de mi
padre, fueron los monfes de las Alpujarras.

--Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como t, que perseguia
encarnizadamente  los monfes, y por el cual muchos de ellos perecieron
ahorcados en las plazas pblicas.

--Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre....

--Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman  las moriscas,
exclam sombriamente Yuzuf.

--El delito de otro no disculpa el delito propio, contest con energa
Sedeo.

--Y sin embargo, t eres un hombre cubierto de delitos.

--No importa eso. Yo extermino  mis enemigos cuando puedo, y procuro
satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que t, como todo el que se
siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo  mi historia:
el pual de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del
padre, ni ante la hermosura y las lgrimas de la madre, y que
ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue
contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre,
emir entonces de los monfes.

Enviome misteriosamente  la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus
gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa,
con este papel puesto entre mis ropas.

El alfrez sac una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y
amarillento.

Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ah te dejamos al hijo del
alfrez Pedro de Sedeo, el cruel,  quien hemos dado muerte en castigo
de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba
en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado
al inocente, y te entregamos ese nio. Crale con esmero, para lo cual
encontrars todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. Y
ay de t si ese nio no recibe la crianza de un hidalgo!--Los monfes.

--Ya ves que si mi padre hizo morir  los tuyos, cumpliendo
estrictamente con la justicia, te acept por hijo.

--Yo he pagado en t  tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he
vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo
cristiano y honrado por el rey.

--Sgue, sgue, y concluye.

--Hace quince aos, cuando yo tenia veinte y cinco, fu acometido un dia
en que me entretenia en cazar en la montaa, por un crecido nmero de
monfes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de m,
me vendaron los ojos, y asindome de un brazo, me condujeron  este
mismo sitio. Entonces te conoc, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia
encargado que velases por m, y que cuando llegase  cierta edad, me
propusieses si queria pertenecer  vuestro bando; yo sabia demasiado que
todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que
guardaba en mis bolsillos, pertenecian  un protector generoso y
desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle;
cuando entr en este subterrneo, cuando te v delante de m, todo lo
que me rodeaba me deslumbr. T entonces, me revelaste la parte que yo
ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espa
entre los cristianos, y en cuanto estuviese  mi alcance y t me
exigieses. Yo era agradecido,  mas de agradecido ambicioso; sabia que
mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo
no s si deb rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian
teido sus puales en la sangre de mis padres; acaso deb preferir una
vida oscura  las riquezas y al poder que de repente habias desplegado
delante de mis ojos; pero, en fin, bien  mal hecho, jur servirte y te
he servido.

--Yo en cambio te he pagado esplndidamente: te compr una plaza de
capitan...

--Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino
y costa de Granada: t tenias tus proyectos y yo te serv tan bien, te
avis tan  tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra
nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados
cristianos, muertos por los monfes en las profundas ramblas de las
Alpujarras.

--Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeo.

--Es verdad, y no me quejo; pero djame continuar. Decia, pues, que lo
importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron  emplearme
en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeo, Hernan
Corts, con un puado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas
all de los mares. Decase que en aquel imperio abundaban las perlas y
las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una
montaa de oro. T necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus
proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento 
Mjico,  aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y
las riquezas se encontraban por todas partes. T fuiste uno de los
innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hcia las
Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del
mundo viejo. Tenias confianza en m; te convenia un castellano conocido
ya bajo las banderas del rey de Espaa, mucho mejor que uno de tus
wales, para tus proyectos: entonces me compraste una compaa, por
mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en
las Alpujarras, y para ir  servir con ella en las Indias. Como el
dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de
las Alpujarras la gente: t mismo escogiste entre los mas feroces, los
mas valientes de tus monfes, cien demonios que debian llevar la
desolacion  Mjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce aos que me
embarqu con mi gente  por mejor decir, con la tuya: en tres aos que
permanec en Mjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron
para las fatigas de la guerra, uno tras otro monf, torn  Espaa
trayendo para t un tesoro.

--Es verdad.

--Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compaa
del capitan Sedeo: desdichada la tribu del desierto que se oponia  su
paso. Las cabaas eran incendiadas, los hombres pasados  cuchillo, las
mujeres cautivadas, y si  algun cacique se concedia la vida, solo era 
trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares,
llegaban  Espaa, y venian  sepultarse en tu subterraneo de las
Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me
debes mucho, y que tengo derecho  que me protejas.

--Y bien, cuando te he negado mi proteccion?

--Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va 
ser difcil obtenerla.

--Pide.

--Antes de llegar  mi peticion, es necesario que prosiga mi historia.
Hace diez aos, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del
desierto mejicano, uno de los seores mas nobles, ricos y poderosos de
Espaa; se llamaba don Juan de Crdenas, y era grande de Espaa, bajo el
titulo de duque de la Jarilla. Trav conocimiento con l, por razon de
hallarme con mi compaa sobre la frontera, y muy pronto nuestro
conocimiento se troc en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente
 su mesa, y era recibido por l en lo mas reservado, y all donde no
entraban otras personas que su servidumbre.

En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba
el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas
veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro,
pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnfico marco, estaba
cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llam extraordinariamente
mi atencion desde el momento en que repar en ella; al fin un dia, sin
meditar si era  no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunt al
duque la razon por la cual estaba tan lgubremente velado aquel cuadro.

Los ojos del duque se llenaron de lgrimas.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que
me devora.

Y levantndose, descorri el tapiz y me dej ver el retrato de una dama
como de diez y seis aos, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.

--Esa, era, me dijo, doa Ins, mi hija nica.

--Ha muerto! exclam con sentimiento; porque me habia interesado
sobremanera aquel retrato.

--Si, debe de haber muerto, me contest. Me la arrebataron los idlatras
en una sorpresa hace doce aos; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del
desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habr preferido la muerte 
la deshonra.

El duque volvi  correr el tapiz, se enjug las lgrimas, y yo me
abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.

Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el
deseo que me habia inspirado doa Ins de Crdenas, como la ambicion de
llegar  ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me
impuls  una empresa difcil, arriesgada, en la cual se podian contar
cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia
en penetrar en aquellos desiertos erizados de montaas; en aquellas
interminables sbanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura,
que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabas, que cubren con su
sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad  su rey, al
terrible Calpuc, y si vivia doa Isabel arrebatrsela. Este era un
proyecto que por su grandeza halagaba  mi orgullo, y para el cual solo
contaba con el indomable valor de los cien monfes que formaban mi
compaa de arcabuceros.

Una maana al amanecer, sin avisar  nadie, sin pedir licencia al
Adelantado, sin decir  mi gente adonde la conducia, pas con ella la
frontera y me intern en el desierto.

Cruzbanse cada dia  mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos
acometian, y cada combate empeado era para nosotros un triunfo fcil,
al que nos llevaban, la codicia  mis soldados,  m mi ambicioso
empeo: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaa, ya en
centro de una pradera, ya en las entraas de las selvas, eran arrasadas
 incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas
tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los
esclavos  quienes dejbamos la vida para que condujesen las riquezas
que arrebatbamos  los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con
el peso del oro y de las piedras preciosas.

Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino
de fuego; de en medio de aquel crculo inflamado, salian con la rabia de
la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios:
nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrbamos
sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, brios
de riquezas y de sangre. Habamos atravesado ya inmensas praderas,
profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer
accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de
atravesar una barrera de montaas, en una extensa comarca extremadamente
frtil y deleitosa; al bajar por las montaas habiamos visto inmensas
poblaciones, en medio de las frtiles vegas, y ac y all antiguos
monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de aos
que estaba poblada.

Aquella era una provincia no descubierta aun por los espaoles, porque
nadie se habia atrevido  penetrar donde nosotros habiamos penetrado.

En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su
verdor, sus corrientes y sus rboles, descubrimos un objeto que nos hizo
arrojar un grito de insensata alegra; era un montaa que relucia  los
rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa
montaa de oro, que habia llevado  tantos ambiciosos  la Nueva Espaa.

Ya no hubo medio de contener el paso de los monfes; precipitronse por
las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las
primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas  sangre y fuego, y
en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger
de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montaas, habia
reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al
encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto
obligado  retirarse con enormes prdidas hcia la montaa dorada, que
venia  ser para los monfes una ensea enloquecedora que triplicaba su
valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazaas increbles por lo
maravillosas.

Ni uno solo de los mos habia muerto: acobardados los mejicanos por la
pujanza espaola, nos cedian siempre el campo  las primeras descargas
de mosquetera, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados
de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vi obligado  encerrarse
en la poblacion que le servia de crte.

Era esta pequea, pero de buena apariencia; defendala una pared de
piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia
nicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya
cspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos
en palos una horrible fila de crneos humanos. Mas all, al poniente de
la ciudad, como  unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaa
dorada, y  lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.

Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia
abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc:
franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya
en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los
monfes, cuyo nico afan era llegar cuanto antes  la montaa de oro.

Un ao habamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las
fronteras del desierto; un ao durante el cual, todos los dias nos
habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habamos
visto obligados  dejar atrs numeras riquezas por falta de brazos que
las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaa de oro, yo la
ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doa Ins de
Crdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla,  quien no habia podido
olvidar desde que vi su retrato.

Aquella mujer  pesar de que no la conocia, sino por medio de una
pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera
profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento
su mano. Era de presumir que salvndola yo de los idlatras, su padre no
se negaria  drmela por esposa, y que el duque no tendria hijos 
causa del estado de su salud, gastada en una vida de contnuas
disipaciones: podia, pues, llegar  ser, por medio de doa Ins, uno de
los grandes mas grandes de Espaa,  cuya grandeza debian prestar un
brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las
Indias  Espaa.

Urgame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de
ella y buscar  doa Ins: un presentimiento tenaz me decia que estaba
all, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos
mujeres vestidas de blanco,  quienes acompaaba un solo hombre, y que
parecian mirar con inters al campo que habamos levantado delante de la
ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doa Ins.

En vano pretend llevar  mis soldados contra la ciudad: la vista
cercana de la montaa dorada les fascinaba: al fin un dia se me
presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de
ellos, dejando  uno de mis costados  la ciudad, hcia el codiciado
tesoro.

Pero  medida que nos acercbamos  la montaa esta cambiaba sino de
forma, de color: empezbamos  ver el color natural de la tierra entre
la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al
fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarsima, la
montaa cambi de aspecto: entonces parecia de plata.

Los monfes empezaron  desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia
ya  qu atenerme: aquella montaa que  larga distancia parecia de oro,
herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna,
no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.

Sin embargo los monfes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando
tuvieron en sus manos aquellas piedras engaadoras, se convencieron de
que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado
hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.

Volvironse, pues, los deseos de todos  la ciudad de Calpuc: en ella,
como he dicho antes, se habian refugiado, llevando cuanto poseian, todos
los habitantes de la comarca: debiamos, pues, esperar un botin
riqusimo, y nos encaminamos decididamente  la poblacion.

Pero antes de llegar  ella, nos sali al encuentro una embajada del
senado: aterrados con nuestros contnuos triunfos, los indios preferian
un avenimiento. Esto convenia perfectamente  mis proyectos, porque en
paz mejor que en guerra, podria esperar el descubrimiento de doa Ins.
Exig como primera condicion, y segun costumbre, porque la religion era
el antifaz con que encubrian su codicia los espaoles, que el templo
idlatra se convirtiese en templo cristiano; que en vez del monstruoso
simulacro de oro macizo que adoraban los indios, se colocase sobre un
altar un crucifijo de madera; que se sepultasen los crneos humanos que
servian de trofeo al templo, y que, para evitar que aquel culto
abominable se reprodujese, me entregasen el dolo, y las alhajas del
culto.

Con asombro mio los embajadores, en vez de negarse, asintieron  mi
propuesta en nombre de su rey Calpuc, y del mismo modo consintieron en
entregarme un fuerte tributo por cada uno de los habitantes de la
ciudad; exig, ademas, para mi seguridad y la de mi gente, que el rey
viniese entre nosotros y entrase  mi lado en la ciudad, y que se
entregasen  mis soldados el templo y las habitaciones de los
sacerdotes.

Convnose la entrada en la ciudad para el dia siguiente, y en l,  la
hora convenida, se me present Calpuc, el terrible rey del desierto, con
algunos de sus magnates, y  pi, en contraposicion de los caciques que
hasta entonces habia conocido, y que se hacan conducir en andas
cubiertas de oro, sobre los hombros de sus esclavos.

Maravillme tambien que Calpuc llevase un trage puramente castellano, un
birrete de brocado bordado con piedras preciosas, y nicamente, como
distintivo de su dignidad, un manto de una tela fabricada con plumas.
Los dems de su acompaamiento llevaban tambien algunas prendas
castellanas: quin una gorra, quin un jubon  unos gregescos, 
simplemente unas botas. Esto me demostr que se me temia y se me
adulaba, y me confirm en esta idea, las inequvocas muestras de
distincion que desde el primer momento me dispens Calpuc; dime la
mano,  usanza de Castilla, y, lo que mas me maravill, me signific en
buen castellano, aunque con un tanto de acento extranjero, lo dispuesto
que estaba  mantener conmigo una amistad duradera, siempre que yo me
prestase  razonables condiciones.

Despues nos encaminamos juntos  la ciudad, yendo Calpuc  mi derecha y
entre las filas de mis arcabuceros, y detrs los pocos caciques que le
habian acompaado, la mayor parte de los cuales mostraban en sus
semblantes el temor y la desconfianza.

Durante el corto trecho que anduvimos hasta llegar  la ciudad, el rey
me dijo que se habian cumplido mis deseos respecto al templo, y que las
habitaciones de los sacerdotes situadas  su alrededor, estaban ya
dispuestas para aposentar  mis soldados.

En efecto, se veia desde el campo que los crneos humanos, que el dia
anterior coronaban la parte mas alta del templo, habian desaparecido, y
en su lugar v en cien astas de madera, banderolas de todos colores en
seal de agasajo y alegra.

Era necesario desconfiar de este aspecto y de esta docilidad, atendido
el respeto y la adoracion que los indios profesan  sus dolos: era
necesario estar preparados para rechazar una asechanza, y mis alfreces
y sargentos, prevenidos por m, habian hecho que los monfes llevasen
los arcabuces preparados y las mechas encendidas.

Cuando llegamos  una de las entradas de la ciudad, en la cual, para
evitar yo el peligro de marchar  la desfilada por los estrechos
callejones de todas las entradas de las poblaciones indias, habia pedido
que se abriese una brecha, lo que se habia efectuado; al entrar por
aquella brecha, nos salieron al encuentro una multitud de msicos 
manera, de juglares, con tambores, que batian  comps, y gran nmero de
hermosas bailarinas que nos precedieron tocando y danzando hasta el
templo, en el cual penetramos por una alta gradera.

Al penetrar en el interior v con asombro, que sobre el pedestal en que
sin duda habia estado el dolo, se alzaba un magnfico crucifijo de
talla, y que nos salian al encuentro tres ancianos revestidos, ni mas ni
menos que como los sacerdotes catlicos y con los mismos ornamentos.

Calpuc me indic entonces el altar y me dijo:

--He ah el Redentor del mundo, inclinad vuestra cabeza, capitan, y
adoradle, puesto que os ha permitido llegar sano y salvo hasta estas
apartadas regiones en medio de tantos peligros.

El acento de Calpuc era el de un cristiano lleno de fe, lo que aument
mi admiracion: prosternme ante el altar, prosternronse mis soldados, y
nicamente el rey y sus magnates quedaron de pi, aunque en una actitud
respetuosa,  un lado del templo.

Inmediatamente se celebr una misa; despues de ella el mas anciano de
los sacerdotes, me dirigi una corta pltica en que enaltecia el valor y
la fe que me habian llevado  aquellas remotas regiones, para extender
en ellas el conocimiento de la divina verdad, y arrancar del error 
aquellos infelices idlatras.

Despues de esto, mi compaia se aposent en las habitaciones que estaban
alrededor del templo, desde las cuales dominaban  la poblacion, y
Calpuc me llev consigo  su casa,  cuya puerta despidi  sus magnates
y en la que penetr solo conmigo.

Aquella casa, que podia llamarse palacio, era de piedra, de un solo
piso, y en el interior estaba revestida de maderas olorosas y ricas
telas tejidas de plumas, oro y plata. Los pavimentos y los techos eran
de cedro, y todo all, con arreglo  las costumbres de los indios, era
rgio y maravilloso.

Calpuc me condujo por s mismo,  travs de muchos patios y
habitaciones, y al fin, en lo mas retirado de su palacio, se detuvo
delante de una ensambladura, donde ni aun resquicio de puerta se notaba.

--Vais  entrar, me dijo, con acento grave y lleno de autoridad, donde
solo han entrado hasta ahora, mi esposa, mi hija y esos tres sacerdotes
cristianos que acaban de presentaros el santo sacrificio de la misa.
Todo esto os parecer extrao y maravilloso, y con efecto lo es. Por lo
mismo espero que vos, obrando con la fe y el sigilo que cuando es
necesario debe obrar un caballero, guardareis un profundo secreto acerca
de cuanto vais  ver y  oir.

Prometselo, y entonces Calpuc oprimi un resorte oculto y nos
encontramos en una habitacion alhajada enteramente al estilo de Espaa:
atravesamos algunas otras iguales, y al fin, Calpuc abri una puerta, y
me introdujo en una capilla  oratorio  cuyo frente habia un altar y
otro  cada costado.

En el del centro no habia imgen alguna, en el de la derecha se veia una
imgen de talla de la Vrgen de los Dolores, y en el de la izquierda
otra de San Juan Evangelista;  los pis del altar de la Vrgen habia
arrodilladas dos mujeres, que se levantaron sobresaltadas al notar mi
presencia y se dirigieron  una puerta situada  la izquierda del altar
del centro.

--Esperad y nada temais, dijo Calpuc dirigindose  ellas: este
caballero es mi amigo.

Las dos mujeres se detuvieron, se volvieron y adelantaron hcia
nosotros, saludndome, una de ellas, con suma cortesana. Necesit hacer
un poderoso esfuerzo sobre m mismo, para contener mi conmocion. La dama
que tenia delante, y que parecia contar veinte y ocho aos,
maravillosamente hermosa, y vestida con un sencillo trage blanco, era el
original del retrato que habia visto en casa del duque de la Jarilla;
era, en fin, doa Ins de Crdenas, su hija.

La que la acompaaba y me habia parecido mujer por su estatura, era una
nia como de nueve aos, maravillosamente hermosa tambien; pero en cuyo
semblante se veia el color dorado de la raza mejicana, los negrsimos
ojos que son tan comunes entre las indias, y el cabello profuso, rizado
y brillante, que tanto encanto presta  su hermosura. Doa Isabel me
miraba con curiosidad, y su hija, que indudablemente lo era, puesto que
habia heredado sus mismas formas, su misma hermosura, me miraba con un
temor instintivo.

--Vens de Espaa, caballero? me dijo doa Ins en excelente
castellano.

--Hace un ao seora, la contest con la mayor naturalidad, que he
atravesado la frontera del desierto por rden de su adelantado don Juan
de Crdenas, duque de la Jarilla.

Not que doa Ins se ponia sumamente plida, y que Calpuc plegaba
levemente el entrecejo.

--Este caballero es nuestro huesped, dijo Calpuc  doa Ins, que me
salud de nuevo, me hizo algunos cumplidos y se retir llevando la nia
de la mano.

Quedamos solos Calpuc y yo.

--Necesitamos hablar  solas, me dijo, y comprendernos; tened la bondad
de seguirme caballero.

Y por otra puerta, situada  la derecha del altar, me llev, atravesando
algunas habitaciones,  otra donde se encerr conmigo.

Not que la disposicion de Calpuc hcia m habia cambiado.

--Sentaos, me dijo, y cubrios capitan: estais enteramente en vuestra
casa: quiero que me trateis con franqueza y que me respondais lisa y
llanamente  lo que voy  preguntaros. Cunto tiempo hace que habeis
atravesado la frontera?

--Un ao poco mas  menos, le contest.

--Y decs que el adelantado de la frontera os ha mandado penetrar en el
desierto donde nadie hasta vos se ha atrevido  entrar?

--S, seor, le contest.

--Y cules eran las instrucciones que traiais? repuso mirndome
fijamente.

--Las de reducir  la obediencia  los rebeldes que habian negado el
vasallaje  S. M. el gran emperador nuestro amo.

--Estais en un error, capitan, y lo estaba el adelantado al llamar
rebeldes  los moradores del desierto: esto no es exacto: los hombres
que han preferido huir de las poblaciones conquistadas, para internarse
en estas soledades, para venir  buscar estas otras poblaciones,
desconocidas aun para los castellanos, no son rebeldes, porque ellos no
han reconocido otros seores que los que  falta de Motezuma han
defendido la libertad y la honra de los mejicanos: todo consiste en que
en Mjico les queda aun mucho que conquistar  los espaoles, en que en
sus interminables soledades, en sus gigantescos bosques, en sus inmensas
florestas, viven y vivirn siempre hombres, que prefieren la fatiga y la
guerra  la paz de la servidumbre bajo la tirana del conquistador. No
nos llameis rebeldes, capitan; la rebelda es un crmen de que no me
siento capaz; si alguna vez Calpuc jura fidelidad al emperador don
Carlos, ser su mas fiel vasallo.

--En buen hora, contest, que no seais rebelde; pero el emperador, mi
amo, es bastante fuerte para conquistaros y os conquista: ya podeis
juzgar: cien hombres solos han sido bastantes para penetrar hasta el
interior del desierto y dictaros condiciones.

Yo habia aventurado mis ltimas palabras para probar el temple de alma
de Calpuc, y not que las habia escuchado con un altivo desprecio: en
vez de irritarle yo, el me habia irritado  m.

--Lo que demuestra, dijo el anciano Yuzuf, interrumpiendo al capitan,
que el rey de aquellas gentes valia infinitamente mas que t.

--Lbrete Dios, emir, dijo profundamente el capitan, de verte frente 
frente de Calpuc. Ese hombre tiene alma de demonio.

--No, yo creo que ese hombre tiene un alma valiente, que resiste con una
fuerza prodigiosa  la adversidad; pero contina, porque aunque he oido
contar esa misma historia  Calpuc, quiero oir  entrambas partes; l te
acusa de asesino y de bandido, y si yo no te protegiera...

Hizo un gesto de profundo desden Sedeo y exclam:

--Calpuc vive porque le proteges t, emir; pero continuemos, que tiempo
tendrmos sobrado para llegar  ese asunto.

El aspecto de frialdad con que Calpuc habia contestado  mi arrogancia,
arrogancia  que me daban derecho cien victorias conseguidas contra
aquellos brbaros, sin perder un solo hombre, me contrari.

--Habeis llegado hasta aqu, capitan, me dijo, porque Dios lo ha
querido; porque Dios castiga en nosotros los pecados de nuestros padres
y su ciega idolatra; Dios os ha enviado, no como la luz que alumbra,
sino como la espada que hiere: sois un azote al que ha prestado Dios la
fuerza de su brazo, y triunfais; porque es necesario, porque es preciso
que triunfeis: en una palabra, sois los verdugos de la justicia de
Dios.

--Y sin duda para desarmar la clera de Dios, le dije con intencion, os
habeis convertido al cristianismo.

--Me he convertido al cristianismo porque Dios ha querido que me
convierta, me contest con la gravedad peculiar  los indios.

--Y por qu, si sois cristiano, resistis  las armas del emperador?

--Qu! acaso vuestro emperador ha nacido para esclavizar al mundo
entero? contest con desden Calpuc.

--El gran emperador y rey don Carlos V es el monarca mas grande de la
tierra.

--Su grandeza es un crmen continuado, contest Calpuc; pero dejemos
vanas disputas. A qu habeis venido aqu?

--Ya os lo he dicho:  conquistar tierras  mi amo el emperador, y 
extender la fe de Jesucristo.

--Por ah debiais haber empezado; pero la fe de Jesucristo no se
extiende por medio del incendio, de la matanza, de la impureza, del robo
y de todo gnero de delitos: el que quiera extender la fe de Jesucristo
debe de ser un apstol y encadenar las almas por el ejemplo de su virtud
y por la sabidura de su palabra. Y si Dios os ha traido hasta estas
remotas tierras, no ha sido por la gloria de su nombre; vosotros sois
indignos de enaltecerla; os ha enviado como un castigo, y vosotros no
peleais con el valor del leon, excitados por la fe, sino por la sed de
oro; habeis llegado hasta aqu atraidos por la fama de la montaa
dorada, y os habeis encontrado con una roca de cristal. Si vuestros
soldados hubieran sabido esto, no hubieran sido tan audaces. Para
encontrar botin en abundancia, no es necesario penetrar en el desierto;
si en vez de estar la montaa dorada despues de esta ciudad, hubiese
estado mas all, no hubireis pasado adelante. Sea como quiera, cuanto
oro ser necesario para que nos dejeis en paz?

--Todo el oro que teneis, todas las riquezas que atesorais pertenecen 
mi amo el emperador, le contest.

--En buen hora, dijo Calpuc; vuestro ser el oro del templo; vuestras
las riquezas que encierran las casas de la ciudad; pero no sern
vuestros los tesoros ocultos por nosotros en las entraas de la tierra;
tesoros, en comparacion de los cuales, nada es cuanto habeis robado 
podeis robar, porque nosotros sabemos donde estan las minas de oro y los
bancos de perlas y las rocas que encierran el diamante. Si vuestro
objeto no es otro que el de acumular riquezas, hablad; poned precio 
nuestra libertad, recibidlo y partid.

--Escuchad, le dije: hay un medio de conciliarlo todo: al entrar he
visto una nia.

Psose sumamente plido Calpuc.

--Esa nia es mi hija, me contest.

--Pues bien, dadme vuestra hija por esposa, y me quedo entre vosotros;
os ayudo con mis invencibles soldados; fundamos un poderoso imperio al
que no se atreveran  llegar los espaoles y...

--Son esas vuestras ltimas condiciones? dijo interrumpindome Calpuc.

--Decididamente.

--Pues bien, pensar en ello. Entre tanto descansad; esta es vuestra
habitacion; no extraeis si no me veis en algun tiempo, porque acaso me
lo impediran graves ocupaciones. Adios.

Y sin esperar mi contestacion se perdi tras un tapiz.

Para m todo lo que habia visto y me habia maravillado, el trage
castellano de Calpuc, la pureza con que hablaba el castellano, la
existencia de tres sacerdotes catlicos en un pas de idlatras, estaba
explicado desde el momento en que encontr en el palacio del rey del
desierto  la hija del duque.

Ella sin duda le habia convertido, ella le habia enseado el habla
castellana; su apstol y su maestro habia sido el amor.

Y nada tenia esto de extrao: doa Ins era una mujer bastante por sus
encantos, por el poder de un no s qu misterioso que se revelaba en
ella, para convertir y enamorar  un dervs. Yo mismo comprend que si
doa Ins se empeaba,  pesar de mis hbitos de bandido y de libertino,
me convertiria.

Yo habia ido por ella sola al interior del desierto, porque nunca habia
creido en la existencia de la montaa de oro, y porque, como decia muy
bien Calpuc, para obtener grandes riquezas por medio del saqueo, no era
necesario alejarse tanto de la frontera.

Yo habia buscado al terrible Calpuc con un puado de valientes, porque
tenia indicios de que si doa Ins vivia, debia estar en su poder.

La habia encontrado de una manera maravillosa; pero si bien la ambicion
me habia impulsado hacia ella, el amor y un amor violento habia
sustituido en mi alma el lugar de los pensamientos ambiciosos desde que
la v.

Mi demanda para esposa de la hija de Calpuc solo habia sido un pretexto
para acercarme  doa Ins.

Sin embargo, una inquietud mortal me devoraba; habia cometido
indudablemente una imprudencia en pronunciar ante Calpuc el nombre del
duque de la Jarilla; Calpuc se habia mostrado receloso conmigo y era de
temer que ocultase de tal modo  doa Ins que no pudiese dar con ella.

Sirvironme de comer al uso de los naturales, en la habitacion que
Calpuc me tenia designada, y despues de comer se me present un indio
que hablaba medianamente el castellano, y me particip que su seor le
enviaba, para que, si yo queria, me sirviese de guia y de intrprete en
la ciudad.

Aprovech sus servicios, sal del palacio por un postigo que estaba muy
cerca de mi habitacion, visit los alojamientos de mi tropa,  la que
encontr dispuesta  todo, y recorr despues la ciudad. Notaba que por
todas partes se fijaban en m miradas recelosas, que las mujeres se
escondian  mi vista, y que los agoreros predicaban de una manera
enrgica,  pesar de mi presencia, en el lenguaje brbaro de los
sacerdotes indios, en medio de una multitud cabizbaja y silenciosa.

Algunos de estos agoreros, sealaban con rabia la cruz que habia
aparecido sobre el templo, y por sus gestos, y violentos ademanes, podia
comprenderse que excitaban  los indios  la insurreccion.

Cuando ya cerca de la noche me volv al palacio de Calpuc, y entr en mi
habitacion por el mismo postigo por donde habia salido, not que la
ciudad habia quedado entregada  una agitacion sorda y amenazadora.

Ya habia indicado yo  mis alfreces donde podrian encontrarme, y aunque
mi situacion era aislada y peligrosa, me llen de alegria la idea de que
una acometida por parte de los indios, me autorizaria para obrar sobre
la ciudad como sobre pais conquistado.

Inmediatamente que entr me sirvieron la cena.

Despues me dejaron solo.

No pas mucho tiempo cuando percib un ruido leve en una de las
habitaciones inmediatas. Mi primer pensamiento fue la sospecha de que
acaso pensaban sorprenderme y asesinarme, y  todo evento esper de pie
en medio de la cmara.

Poco despues se levant el tapiz de una puerta y en vez de un asesino
entr una nia. Una nia hermosa como un ngel.

La nia se puso sonriendo uno de sus pequeos dedos sobre su pequesima
boca, y acercndose  m me dijo con una hechicera confianza:

--Seor espaol, mi madre, que es espaola como vos, desea hablaros;
pero para ello ser necesario que me sigais sin hacer ruido; muy
quedito y muy en silencio.

Despojme de mis espuelas, y como no era de presumir que Calpuc se
valiese de su hija para tenderme un lazo, me limit  llevar por nica
arma mi daga, que aun conservaba en la cintura: si por acaso no la
hubiese tenido, hubiese seguido  Estrella, que asi se llamaba la nia,
enteramente desarmado; hacer otra cosa hubiera sido demostrar
desconfianza  miedo, y esto ofendia mi orgullo.

Estrella me asi de una mano, me sac de la cmara, y me llev  oscuras
por un laberinto de corredores y habitaciones. Al fin entramos en un
departamento donde se aspiraba un ambiente cargado de perfumes, lo que
demostraba que ya estbamos en las habitaciones de doa Ins.

Al fin Estrella levant un tapiz y entramos en una magnifica cmara,
iluminada blandamente por una lmpara, en cuyo fondo, sobre almohadones
de pluma, estaba sentada una mujer vestida de blanco.

Era doa Ins.

La media luz que iluminaba la cmara, los brillantes muebles que la
alhajaban, el trage blanco de doa Ins, su cabellera negra,
magnficamente agrupada en trenzas sobre su cabeza, la ardiente
melancolia de su semblante, la ansiedad que se pintaba en su mirada,
todo, todo, hacia de aquella mujer una tentacion viviente.

Doa Ins bes  su hija en la boca, la dijo algunas palabras al oido, y
la nia, haciendo una seal de inteligencia, atraves, leve como una
pluma, la cmara y se perdi detrs de una puerta.

--Dispensad, caballero, me dijo doa Ins con un acento vido, opaco y
profundamente melanclico; perdonad que os haya molestado, y sentaos. Me
habeis dicho que venis de Espaa, que hace un ao habeis penetrado en el
desierto, y que esto ha sido por rden de don Juan de Crdenas, duque de
la Jarilla, adelantado de Espaa en la frontera.

Doa Ins pronunci todas estas palabras con una precipitacion febril.

Esper un momento  que dominase su conmocion, y la respond:

--En efecto, seora, el adelantado de la frontera, ha premiado mis
largos servicios al emperador, hacindome la honra de encargarme...

--Y qu encargo es ese?...

--Hace diez aos los indios sorprendieron al adelantado, y le robaron
una hija adorada.

--Y el adelantado, no se ha acordado en diez aos de buscar  su hija?
dijo con cierto sarcasmo doa Ins.

--El adelantado, seora, ha enviado uno y otro capitan;  uno y otro
tercio al desierto; todos han perecido.

--Y solo vos habeis podido llegar?...

Doa Ins se detuvo.

--Si, si seora, la dije con audacia, yo solo he tenido la fortuna de
encontraros.

--De encontrarme! pues qu! creeis que yo soy la hija del adelantado?
es esa seora la nica espaola que por las vicisitudes de la guerra ha
venido  parar  poder de los indios?

--Yo, seora, la contest, no hubiera aventurado ninguna expresion, sino
estuviese seguro de que vos sois doa Ins de Crdenas.

--Que estis seguro de que yo soy...!

--Si, por cierto, porque os conozco.

--Que me conoceis!

--He visto vuestro retrato en casa de vuestro padre.

--Sin duda os engaa la memoria.

--Suele suceder que la memoria engae; pero jams engaa el corazon.

Doa Ins afect no comprender el sentido directo y audaz de mis ltimas
palabras.

--El corazon se engaa tambien me dijo con la mayor naturalidad; 
quinientas leguas de distancia, cuando se han atravesado bosques y
desiertos, y se han visto muchas mujeres... es fcil...

--Si, eso es fcil para un indiferente, pero no para un hombre que ama.

Era ya el tiro tan directo que doa Ins no pudo desentenderse y adopt
un aspecto severo.

--Si creeis que yo soy hija del duque de la Jarilla; si habeis
comprendido la posicion que ocupo en esta casa, por mas que yo no sea la
mujer que creeis, me haceis una grave ofensa.

--Perdonad, pero no conozco bien vuestra posicion.

--Y qu posicin puede ser la mia, teniendo una hija, sino la de esposa
de un hombre que profesa mi misma religion, y que es mas ilustre que yo,
puesto que es rey de unos dominios tan extensos como los del emperador
don Carlos?

--Dominios que sin embargo se conquistan con cien soldados castellanos.

--Asi lo quiere Dios, y es justo que asi sea, dijo doa Ins. Pero no os
mostreis tan orgulloso; hasta ahora solo habeis tropezado con pequeos
caciques  los que os ha sido fcil vencer: no habeis encontrado un solo
guerrero: todas esas turbas que habeis vencido, son restos de tribus
aterradas, desmembradas que han huido  los desiertos, despoblando la
parte conquistada por los espaoles. Pero ahora os encontrais en la
primera ciudad de otro imperio fuerte y poderoso que no se ha aterrado
todava, y que est acostumbrado  vencer  los espaoles. No sabeis de
boca del mismo adelantado de la opuesta frontera, que  pesar de sus
murallas, de sus caones y de sus soldados castellanos, los idlatras le
arrebataron su hija de su mismo palacio?

--Oh! al fin confesais!...

--Me remito  lo que vos mismo me habeis referido.

--Pero os repito, doa Ins, que he visto vuestro retrato en la casa de
vuestro padre, que no puedo desconoceros, porque caussteis en m una
emocion profunda, y porque, en fin, en nada habeis variado sino en haber
acrecido en hermosura.

--Habeis hecho una campaa de quinientas leguas por m, solo por m?
dijo con un acento indefinible doa Ins.

--Vuestro padre...

--Mi padre, porque... si, yo soy esa doa Ins que buscais; mi padre ha
tenido ocasion de saber de m, ya enviando un indio de paz, ya por otros
mil medios. No, no: mi padre me ha maldecido sin duda; mi padre ha
renegado de su hija.

--Vuestro padre os cree muerta, seora; vuestro retrato est cubierto
con un velo negro.

Doa Ins se conmovi, surcaron dos lgrimas sus blancas mejillas, y
dijo con acento conmovido:

--Mi padre no podia creer que entre los idlatras hubiese un alma
generosa, un gran corazon que me sirviese de amparo. Mi padre supuso y
supuso con razon, que yo no podria sobrevivir  la esclavitud y al
envilecimiento. Pero mi padre se ha engaado. Para ser completamente
feliz, solo me falta respirar el aire de la patria, y vivir entre
cristianos.

--Ah! sois feliz!

--Cuanto puedo serlo en una tierra extraa habitada por idlatras. Si
esto os maravilla, prestadme un tanto de atencion y cesar vuestro
asombro.

Mi padre os habr referido cmo le fu arrebatada: los indios nos
sorprendieron, pasaron  cuchillo  los espaoles, y su rey penetr en
nuestra casa, y en mi cmara, en el momento en que la mano brutal de un
salvaje me habia arrancado de mi reclinatorio, donde pedia  Dios
misericordia, y arrastrndome por los cabellos, levantaba sobre m su
hacha.

El valiente Calpuc me arranc de las manos del terrible guerrero, y
para salvarme, me declar su cautiva.

Todos respetaron  la cautiva del rey.

Despues no recuerdo lo que sucedi; solo que cuando torn en m, me
encontr en un lecho portatil, conducido por cuatro indios, en medio de
un ejrcito innumerable de salvajes, que marchaban por speros y
horribles desfiladeros.

Durante muchos dias, hicimos pacficamente el mismo camino que vos, sin
duda, habeis hecho, dejando  vuestras espaldas la muerte, la
desolacion, y el incendio: al fin llegamos  esta ciudad, y fu
trasladada  este mismo palacio.

Durante el camino, mis ojos habian buscado en vano al jven guerrero que
me habia librado de una muerte horrorosa. Un impulso de gratitud y un
sentimiento que no podia explicarme, me hacian pensar en l. Algunos
dias despues de haber llegado  este palacio, me atrev  preguntar 
las esclavas que me asistian, por el rey de aquella tierra.

Entonces un anciano sacerdote que habia sido cautivado en la misma
ocasion en que yo lo habia sido, se me present y me dijo que el jven
rey del desierto, Calpuc, habia ido  reprimir la insurreccion de una de
las tribus; djome asimismo, que conmigo, ademas de l, habian sido
libertados de la muerte otros dos sacerdotes cristianos y algunos
soldados y mujeres castellanas.

--Ignoro la suerte que nos est reservada hija mia, aadi: creo que
este rey es humano y generoso; pero en todo caso, antes que faltar  la
virtud y  la fe de Jesucristo, es preferible el martirio.

Algunos dias despues, se me present el mismo Calpuc.

Era muy jven, y ya le conoceis, y podeis comprender que posee dotes
para hacerse amar. Yo no habia pensado en que podria amarle; este
pensamiento me hubiera llenado de terror: mis creencias, mi educacion,
mi altivez, todo se oponia en m  este pensamiento, y sin embargo, ya
os he dicho, que el recuerdo de aquel jven que me habia salvado, me
inspiraba un sentimiento misterioso que no podia explicarme, que yo no
creia que pudiese ser amor, y que atribuia  gratitud.

Fuse que por hacerse entender de m, Calpuc hubiese procurado aprender
el habla castellana, fuese que conociese algunas de sus palabras por la
continua guerra contra los espaoles, me hizo entender, aunque  duras
penas, en nuestra primera vista, que nada tenia que temer, y que si me
habia llevado consigo  sus dominios, solo habia sido por no dejarme
expuesta  mil peligros.

Desde entonces todos los dias me hacia una corta visita.

Lentamente el jven indio fue comprendiendo mejor el castellano; al fin
 los seis meses, se hacia entender perfectamente.

Yo tambien habia comprendido lo que mi corazon no habia podido
ocultarme, esto es, que amaba al rey del desierto. Le amaba, s, pero
jams le revel mi amor, ni con una mirada, ni con una demostracion de
alegra  su llegada, llegada que yo ansiaba, para dar en el fondo de mi
alma una expansion  mi amor.

Calpuc, por su parte, me trataba con el mayor respeto y con una
indiferencia perfectamente afectada; pero qu mujer no conoce si es
amada  no por un hombre  quien ve todos los dias?

Sabia, pues, que le amaba y que era amada; pero estaba resuelta  morir
antes que  pertenecer  un idlatra.

Pero nuestra mutua posicion debia ser mas ntima y mas difcil; debia
llegar un dia en que vivisemos continuamente juntos, en que comisemos
en un mismo plato, en que hicisemos una vida comun.

Aun no habian pasado seis meses, desde que habia sido arrebatada  mi
padre, cuando un dia se me present Calpuc plido y trmulo.

--Es necesario que seas mi esposa, castellana, me dijo, y que adores 
nuestros dioses.

--Jams! le contest; Jams ser la esposa de un idlatra, ni me
prosternar ante el ara horrible que se riega con sangre humana.

--Escchame, Ins, dijo Calpuc, sentndose  mi lado: los agoreros han
dicho al pueblo, que una mujer que vive en mi palacio, me envuelve en la
tentacion y en la impureza; que esa mujer causar la completa ruina de
los restos del imperio mejicano, y que, para aplacar  los dioses, es
necesario que esa mujer sea entregada  los sacerdotes y sacrificada
ante el altar.

El horror de esta terrible perspectiva me hizo estremecer.

--Y no es esto solo: los agoreros dicen que es necesario para asegurar
la suerte del imperio, que sean sacrificados tambien tus hermanos de
religion y de patria que han sido cautivados contigo.

--Pero t eres el rey de esa gente, le dije.

--Mi poder, me contest Calpuc, nada puede contra el poder de los
sacerdotes. No hay otro medio para ti que ser mi esposa, y adorar 
nuestros dioses, ni otro medio tampoco de salvar  esos infelices, sino
se prosternan ante nuestros altares.

--Pues antes que eso, ellos y yo, preferimos el martirio.

--Escchame, Ins, me dijo Calpuc con acento profundamente conmovido, y
asindome una mano, yo te amo.

Era la primera palabra, y la primera mirada de amor que se atrevia 
dirigirme Calpuc.

--Y por qu me amais, conociendo que yo no habia de sucumbir  vuestros
amores? Pretendeis aterrarme para que consienta en ser vuestra esposa?

--No, no; dijo dulcemente Calpuc; yo solo quiero salvarte.

--Pero mi salvacion es imposible.

--Y por qu?

--Porque jams renegar de mi Dios.

Calpuc observ si podia ser escuchado de alguien, y luego llevndome 
un ngulo retirado de la cmara donde nos encontramos, me dijo:

--Yo no quiero que mueras.

Me mir de una manera apasionada durante un momento, y luego continu.

--Si t murieras, Calpuc se convertiria en el mas feroz de los hombres.

--Pues bien, s rey fuerte y poderoso.

--Y dime, qu harian los espaoles, si su emperador les mandase ofender
al Dios de sus padres, y desobedecer  sus sacerdotes?

--Los espaoles...? los espaoles destituirian, exterminarian al
emperador.

--Y por qu no habian de hacer lo mismo los mejicanos con un rey que
les mandase arrojar por tierra los altares de sus padres?

--Pero los espaoles adoran al verdadero Dios, y vosotros adorais 
Belial.

--La oracion de mi madre resuena en los oidos de los guerreros de mi
nacion, cristiana, como la de tus abuelos resuena en los oidos de los
tuyos. No te obligar yo  que abandones  tu Dios...

--Y me exiges que reniegue de l.

--No, solo te pido que engaes  los hombres.

--Cmo!

--Guarda en tu corazon tus dioses; pero arrodillate, para que mis
sacerdotes dejen de aborrecerte, arrodillate ante los nuestros.

--No, nunca!...

--Y la vida de esos desdichados? y mi vida?

Calpuc se arroj  mis pis.

--Es necesario que te resuelvas, continu; no se pondr el sol tras las
montaas azules, sin que los sacerdotes me pidan una respuesta. Es
necesario que la hermosa vrgen se salve, y escucha: si no me amas no
sers mi esposa, sino para los hombres, que se alimentan con lo que ven
y con lo que oyen: Calpuc no se acercar  la vrgen de su amor, sino
para tenderse  sus pis y guardar su sueo. Calpuc amar  su hermana,
pero es necesario que su hermana le llame esposo; es necesario que todos
la crean esposa del rey, para que ninguno se atreva  pensar en matarla:
ah! si mi hermana muriera, Calpuc se convertiria en un tigre.

Los ojos del jven salvaje centelleaban, y un amor inmenso se exhalaba
por ellos; pero un amor tan respetuoso, tan sublime como ardiente.

Yo, aunque aterrada por la horrorosa suerte que me amenazaba, me sostuve
sin vacilar en mi resolucion, y Calpuc desesperado llam al mas anciano
de los tres sacerdotes cristianos.

Este consinti en persuadirme al fingimiento que de m se exigia, pero
con una condicion solemne: exigi  Calpuc que se convirtiera al
cristianismo.

--Nuestros dioses se alimentan con sangre humana, dijo profundamente
Calpuc; nuestros sacerdotes son unos malvados, que vuelven en su
provecho la fe de mis hermanos; muchas veces he pensado en que un dios
de muerte y de sangre, no es el dios que ha criado el sol, que es tan
beneficioso, ni la luna que es tan bella, ni la tierra que es tan
frtil, ni el mar que es tan grande, ni ese abismo tan azul, donde
brillan innumerables los luceros. Mi padre que era un sabio y un justo
me habia dicho: estos sacrificios humanos nos traern al fin la
maldicion de Dios. Por all, por donde sale el sol tan resplandeciente,
vendrn unos guerreros formidables que nos traern, sobre mares de fuego
y sangre, en castigo en nuestras culpas, otro Dios mas benfico. Yo
escucho todava la voz de mi padre. Calpuc, ha querido conocer  Dios, y
los agoreros no han sabido mostrrselo. Se lo mostrars, tu, anciano?

[imagen: Doa Ins de Crdenas.]

El licenciado Vadillo, que as se llamaba el sacerdote, aprovech la
buena disposicion de Calpuc, y me decidi  que, para causar un gran
bien, me prestase  unas formas externas, que en nada podian ofender 
Dios, puesto que conocia la pureza de nuestras intenciones.

Imponderable fue la alegra de Calpuc cuando supo que yo consenta en
cuanto era necesario hacer para que los sacerdotes idlatras
renunciasen,  por mejor decir, no pensasen en sacrificarnos.

Algunos dias despues era yo la esposa de Calpuc.

Esposa para el pueblo; hermana para l.

Lentamente el licenciado Vadillo y yo fuimos labrando la fe cristiana en
el alma de Calpuc. Al fin un dia, el dia mas hermoso de mi vida, el
licenciado Vadillo bautiz  Calpuc en secreto, y en secreto tambien nos
despos con arreglo al rito de la Iglesia catlica.

Entonces no fui ya la hermana, sino la mujer de Calpuc.

Un ao despues el cielo habia bendecido nuestra union dndonos 
Estrella,  mi hermosa Estrella.

Una capilla, la misma que habeis visto, fabricada por espaoles, que
habian venido  fuerza de oro, y construida con el mayor recato, habia
abierto para nosotros el fecundo manantial de vida de la oracion y de
las prcticas religiosas. Habreis reparado que habeis sido introducido
por una puerta secreta en esta parte del palacio; que todas las
habitaciones estan iluminadas por ventanas abiertas en el techo; que
nadie, en fin, puede sorprender lo que aqu suceda: el vulgo cree que
estas habitaciones tan cerradas son las de las mujeres del rey, y nadie
se atreveria  mirar ni  espiar el interior del sagrado recinto aunque
le fuese posible. Mi esposo tiene adormida la suspicacia de los
sacerdotes  fuerza de oro, y  fuerza de oro ha conseguido que no haya
un solo sacrificio humano,  pretexto de que los sacerdotes dicen al
pueblo, que los dioses estan contentos y que no hay necesidad de aplacar
su clera con sangre. Los crneos humanos que verais ayer sobre el
templo eran antiguos.

[imagen: Sent diferentes golpes de hacha y perd los sentidos.]

--Pues mucho me temo, dije interrumpiendo  doa Ins, que tanta
felicidad no sea turbada por vuestra causa.

--Por mi causa? dijo doa Ins.

--Si por cierto, porque vos sois la que me habeis traido aqu al frente
de mis soldados.

--Y qu desgracia nos puede acontecer?

--Nuestros soldados han entrado triunfantes en la ciudad.

--Pero ha sido porque hemos hecho creer  los habitantes que tras
vosotros venia un formidable ejrcito; ha sido porque yo no he querido
que se vierta sangre de cristianos; porque deseo, en fin, que haya un
acomodamiento entre los conquistadores y los naturales, y  propsito de
ello queria hablar con el capitan de la bandera espaola que se habia
presentado delante de nosotros.

--No me ha dicho lo mismo vuestro noble esposo, seora, la repliqu.

--Ha hablado con vos mi esposo?

--Si, me ha ofrecido tesoros porque me vuelva con mi gente  la lejana
frontera.

--Eso consiste en que habeis cometido la imprudencia de nombrar  mi
padre delante de m.

--Pero en fin, seora,  que habremos de atenernos?

--Es necesario obrar y obrar pronto. Es necesario que marcheis, llevando
 mi padre un mensaje que yo os dar para l.

--Partir! partir, cuando se han hecho quinientas leguas y se han dado
cien batallas por encontraros!

--Vuestra gente est perdida en la ciudad: solo por el temor de verse
anonadados, dominados por un formidable ejrcito, han podido los
naturales consentir en que se celebren las ceremonias de otra religion
en el templo de sus falsos dioses: si maana no aparece, como es
imposible que aparezca, ese soado ejrcito, innumerables idlatras
envestirn  vuestras gentes, las sofocarn por su nmero y las
sacrificarn  sus dioses,  fin de aplacarlos por la, para ellos,
terrible profanacion que se ha efectuado hoy en el templo; creedme,
caballero, creedme; voy  hacer que busquen  mi esposo,  fin de que
tratemos acerca de lo que conviene hacer,  propsito de establecer una
buena inteligencia entre los espaoles y los naturales, y esta misma
noche partireis...  sino parts sereis sacrificado... lo que me pesaria
sobre manera.

--Pues os repito, seora, que habeis acudido tarde  no ser que lo que
me preponeis sea una discreta industria para alejarme con mi gente.

--Os juro que nada hay en mis palabras doble ni artificioso; sino os
alejais sois gente perdida.

--Pues creo que eso lo hemos de ver muy pronto, dije aplicando el oido,
porque me pareci haber escuchado un disparo de arcabuz.

En efecto, no me habia engaado; poco despues, y partiendo del templo,
retumbaba sobre la ciudad un cerrado fuego de mosqueteria: oanse
distintamente los gritos tumultuosos de los idlatras, y dentro del
mismo palacio se dejaba oir una animacion terrible.

Estrella se present plida en la cmara y se arroj en los brazos de su
madre, que se habia levantado y fijaba en m, que me habia levantado
tambien, una mirada fija y terrible.

--Qu significa esto, caballero? me pregunt.

--Esto significa que las gentes de la ciudad han acometido  mi gente,
que, como es natural, se defiende. Por mi parte os juro que nada s de
esto, y que me pesa; pero lo tenia previsto.

--Pues bien, no saldreis de aqu, caballero, dijo una voz  la puerta.

Aquella voz era la de Calpuc, que se presentaba, no con el traje espaol
con que se habia presentado aquel dia ante nosotros, sino con sus
ostentosas vestiduras de rey mejicano, armado con un hacha corta y
reluciente.

--Ah! me habeis tendido un lazo! exclam; me habeis asegurado en
vuestra casa, creyendo que mis gentes sin su capitan serian mas
fcilmente vencidas! Pero os habeis engaado: lo he previsto todo; no
tardaran en llegar aqu mis soldados.

--Ah! lo habiais previsto todo! dijo sombramente Calpuc: habeis
venido no  extender la religion de Cristo, sino  robarme mi esposa! El
duque de la Jarilla os envia, y contbais demasiado fcilmente con el
logro de vuestra empresa. Os habeis engaado capitan: habeis venido 
morir  mis manos como un traidor.

Y adelant hcia m.

Yo desnud mi daga, nica arma de que, por imprevision, estaba provisto:
doa Ins se interpuso.

--No, no, exclam: no vertamos mas sangre que la necesaria para defender
nuestros hogares.

--Nuestros hogares estan acometidos  incendiados, exclam con rabia
Calpuc, y este miserable renegado, que blasfema la religion de Cristo,
va  morir  mis manos.

Y rechaz con fuerza  su mujer.

Trabse poco despues una lucha desigual: yo solo tenia mi daga: el rey
del desierto era valiente, vigoroso y gil, y se defendia con las armas
de que iba cubierto, de mis golpes. Para defenderme de los suyos me veia
obligado  retroceder; oia ya cerca, muy cerca, los gritos y los
disparos de arcabuz de mis soldados; un resplandor rojizo se veia al
fondo en las habitaciones, por la puerta que habia dejado franca Calpuc:
pero yo no podia ganar aquella puerta: las mujeres, asustadas, habian
huido por otra; habiamos quedado solos el indio y yo: l estrechndome,
yo retrocediendo: al fin me alcanz un hachazo en el brazo izquierdo,
luego otro en el rostro. Ca, la sangre me ceg, el vrtigo se apoder
de m: sent diferentes golpes de hacha en el cuerpo, y perd los
sentidos.

Calpuc me dej tal como me ves ahora, con un costuron en el rostro, con
una manga sin brazo, y con una pata de palo,  mas de otras heridas
profundamente sealadas en el resto de mi cuerpo.

Aquella negra aventura di ocasion  que me llamasen mis compaeros
primero y despues todos los soldados de los tercios en que he servido,
el capitan estropeado.

Debes tener tambien en cuenta, que en tu servicio he recibido estas
heridas,  por mejor decir, he perdido el agradable aspecto que antes
tenia mi semblante; un brazo y una pierna: no debes olvidar esto, Yuzuf.

--Te mand yo, que penetrases en el interior de los desiertos de
Mjico? dijo con desden Yuzuf: si te llevaron  ellos tus vicios, esto
es, tu lujuria y tu codicia, tuya, y sola tuya es la culpa: no en mi
servicio, sno en el tuyo fuiste estropeado.

--Si, es cierto en alguna parte lo que dices; pero ten en cuenta, Yuzuf,
que t habias apurado los tesoros de tu padre: que la contribucion que
te pagaban las Alpujarras, no bastaba para alimentar  tus monfes, ni
para sostener tu decoro de emir: que t, como el emperador don Carlos, y
como los aventureros y golillas espaoles, habias pensado en la Amrica,
en ese rico tesoro encontrado mas all de los mares por Cristval Colon:
que para procurarte riquezas fue nicamente para lo que me compraste una
compaa, y me diste ciento de los tuyos: que sino hubiera sido por t,
yo no hubiera ido  Mjico, no hubiera conocido al duque de Jarilla, no
hubiera visto el retrato de su hija, y no hubiera pasado de la frontera,
donde, sin gran peligro y trabajo, se alcanzaban ricas presas. Recuerda,
en fin, que en seis aos que estuve por all, llen tus arcas de oro
para mucho tiempo.

--Y dime:  quin debes tu salvacion en tu descabellada excursion por
el desierto sino  mis monfes?

--Es cierto; pero eso no quita el que te haya servido fielmente, y el
que ests obligado  darme ayuda.

--Si me has servido fielmente, es porque te tenia sujeto: porque  tu
lado y como alfreces tuyos, iban hombres que no te hubieran permitido
que me hicieses traicion: si hubieras podido, no me hubieras enviado ni
un solo marco de oro: nada tengo que agradecerte, eres mi esclavo. Pero
contina, y sepamos  donde vas  parar con tu extrao relato.

--Cuando volv en m, me encontr dentro de una cabaa en el centro de
un bosque; estaba en un lecho de pieles de bfalo, y enteramente solo:
era de noche: una lmpara de hierro puesta sobre una piedra, alumbraba
la cabaa: junto  m, tendido en el suelo, y echada la cabeza sobre el
lecho, dormia un hombre, y nicamente sus fuertes ronquidos interrumpian
el profundo silencio que reinaba.

Yo estaba vendado, dolorido, dbil: por el momento, nada percib mas que
en conjunto: despues pas de la observacion de los objetos exteriores 
m mismo, y me aterr: me faltaban un brazo y una pierna; el
conocimiento de esta falta me hizo arrojar un grito de terror;  aquel
grito, el hombre que dormia junto  m despert; era uno de mis
alfreces; uno de tus monfes.

Esto me tranquiliz un tanto; al menos no estaba en poder de los
idlatras: no debia temer el ser sacrificado  sus horribles dolos. Sin
duda estaba en medio de mis gentes, puesto que el alfrez se mostraba
completamente armado.

--Gracias  Dios, me dijo, que al fin habeis tornado en vos, capitan:
tres dias habeis estado como muerto.

--Y dnde nos hallamos?

--A muchas leguas de la ciudad de ese perro idlatra, en cuyo palacio os
encontramos casi hecho pedazos.

--Y qu ha sido de ese hombre?

--Logr escapar de nuestras manos; reuni su gente en nmero
considerable, y nos oblig  retirarnos de la ciudad.

--Pero no nos ha perseguido, puesto que estamos en reposo, y debe estar
muy lejos el peligro, porque dormiais profundamente, alfrez, cuando yo
he vuelto en m.

--Perdonad, capitan, me dijo, si he podido dormirme; hace tres dias con
sus noches que no dormimos: pero eso no quiere decir que no haya
peligro: por el contrario, tenemos al otro lindero del bosque el campo
de los idlatras, y nuestras postas (centinelas) estan al frente de
ellos. Tres dias hemos venido retirndonos, conteniendo una infinita
muchedumbre con el fuego de nuestra mosqueteria, sin cesar de andar,
llevndoos delante de nosotros en un lecho cubierto. Aqu fue necesario
cortaros una pierna y un brazo, y para hacer esta operacion, nos fue
forzoso detenernos y sostener un reido combate: en l hemos perdido
diez hombres.

--Y las mujeres? dije con ansiedad.

--Las mujeres y la presa la hemos mantenido constantemente en medio de
nosotros, y aun no nos hemos visto obligados  perder la menor parte del
botin.

--Y entre esas mujeres, vienen por acaso la esposa y la hija del rey
Calpuc?

--S seor.

--Supongo que esas mujeres se habran respetado.

--Ninguno de vuestros soldados, capitan, se hubiera atrevido  tocar 
la presa antes de que vos la hubiseis repartido.

--Y quin me ha curado?

--El mdico judio que nos acompaa desde las Alpujarras.

--Y qu dice el mdico acerca de mi vida?

--Despues de haberos cortado la pierna y el brazo, y de haberos
examinado las heridas de la cabeza, nos asegur que os quedaban muchos
aos de vida; pero... no ois, capitan?

Habia resonado  lo lejos un disparo de arcabuz, al que siguieron
instantneamente algunas descargas. Poco despues el fuego se extendi 
la redonda, se acerc y se estrech alrededor de la cabaa donde yo me
encontraba.

--Los idlatras han acometido el campo, exclam el alfrez, y nunca como
ahora nos han cercado: quiera Dios que no nos exterminen esta noche.

--Esperad, le dije: no me habeis dicho que estan entre nosotros la hija
y la esposa del rey Calpuc?

--Si, por cierto.

--Hacedlas venir al momento.

El alfrez sali, y poco despues entr con la madre y la hija.

Doa Ins venia plida, grave; pero altiva, con el mismo trage con que
la habia visto tres dias antes:  no ser por los pasos que di en la
cabaa al entrar en ella, se la hubiera podido creer una esttua.

Su hija Estrella, inmvil tambien, abrazada  la cintura de doa Ins,
plida y trmula, fijaba en m una mirada llena de terror; el alfrez
estaba detrs de ellas impasible, como sino se tratara de una mujer tan
hermosa como doa Ins, y una nia tan semejante  un ngel como
Estrella.

--Doa Ins, la dije: las circunstancias en que nos encontramos haran
que no extraeis la resolucion que voy  tomar para salvar  mi gente.

--Comprendo la resolucion que tomareis, me dijo con acento glacial doa
Isabel, y bien, estoy resuelta: pereceremos todos.

--Y vuestra hija? exclam con acento profundo.

Not que doa Ins temblaba, que la nia palidecia aun mas, y que
pugnaba en vano por contener sus lgrimas.

--Ved lo que haceis doa Ins, la dije: vuestro padre tiene
indisputables derechos  recobraros por el honor de su familia, y
prescindiendo de eso, vos teneis un deber sagrado de protejer  vuestra
hija. No os causa horror solo el pensar en ver ensangrentada  vuestros
pis  esa hermosa criatura?

Estrella lanz un grito de terror, se asi mas  su madre, y rompi 
llorar  gritos.

Doa Ins me llam infame.

--Y doa Ins tenia mucha razn para llamrtelo, dijo Yuzuf.

--Yo no s si he sido infame, dijo secamente el capitan. Lo que s es,
que por doa Ins hubiera arrostrado la condenacion de mi alma. Djame
continuar, Yuzuf.

--Contina en buen hora, pero procura abreviar, porque tu cuento se ha
hecho ya muy largo, y me aquejan otros cuidados.

--No; es preciso que sepas cunto he sufrido, cunto he hecho por el
amor de esa mujer, para que comprendas cunto puedo hacer todava.

--Sigue, sigue.

--Si doa Ins hubiera sido mi nica prisionera, hubiera arrostrado por
todo y los indios nos hubieran exterminado; pero doa Ins no se
atrevi, no tuvo valor para sacrificar consigo  su hija, y su amor de
madre nos salv. Escribi una carta para su esposo, en que le hacia
presente su horrible situacion y la de su hija: deciale, que su padre el
duque de la Jarilla me habia enviado para arrancarla de su poder, del
mismo modo que l la habia arrebatado de la frontera en otro tiempo; que
nada tenia que temer de m, que todo se reducia  volver al seno de su
familia. Doa Ins, en fin, minti y se vali de su buen ingenio para
aterrar  su marido. Uno de nuestros soldados atraves el fuego, y fue 
llevar al rey del desierto la carta de su esposa.

Inmediatamente ces el combate, y se entr en capitulaciones.

Calpuc exigi que se le entregasen los dems cautivos hombres y mujeres,
y la presa, y juramento por mi parte de entregar sanas y salvas, sin
ofensa en su honor, su esposa y su hija al duque de la Jarilla.

Cuando tus monfes, Yuzuf, supieron que para que se retirasen los
idlatras era necesario entregar la presa, quisieron continuar al
combate  todo trance,  pesar de que contra cada monf habia mil
enemigos. Hay que confesar que tus monfes son muy valientes, y que 
duras penas consegu que entregasen la presa.

Solo doa Ins y Estrella quedaron en mi poder.

Calpuc, que habia comprendido que si bien le era fcil exterminarnos,
atendiendo  que mi gente estaba sin capitan y  que era infinitamente
inferior en nmero  la suya, el destruirnos era sentenciar  morir  su
esposa y  su hija, quiso mejor que estando vivas, le quedase la
esperanza de recobrarlas algun dia. Yo habia contado con esto, y no
habia contado mal. Antes del amanecer se habian retirado los idlatras
al otro lado del bosque, y pudimos continuar nuestro camino. Pero la
mitad de la compaia habia quedado muerta sobre el campo.

Como me habia dicho en nuestra primera entrevista doa Ins, hasta que
habiamos entrado en los dominios de Calpuc, no habiamos encontrado
gentes formidables: nuestros triunfos habian sido fciles hasta
entonces, y asi es que cuando desandamos el camino que habiamos llevado
hasta la ciudad de Calpuc, vencimos con facilidad  algunas tribus
salvajes que nos salieron al encuentro. Pero no pudimos hacer una sola
presa y llegamos  la frontera, tan pobres como un ao antes habiamos
partido de ella.

Los monfes estaban desatalentados. Solo yo habia conseguido mi objeto;
pero  medias. Traia conmigo  doa Ins; pero me dejaba all en el
centro del desierto un brazo y una pierna, y el hacha de Calpuc,
cruzando mi cara, me habia desfigurado conpletamente.

Ademas, mis proyectos de ambicion habian fracasado. Yo no podia ser
esposo de doa Ins, porque doa Ins estaba casada.

A pesar de que el duque de la Jarilla habia dejado el adelantamiento de
la frontera, no me atrev  entrar en las ciudades con doa Ins, que
era muy conocida, y restablecido ya completamente de mis heridas, me
dediqu  hacer la guerra de frontera como antes de mi expedicion al
desierto, llevando siempre conmigo  doa Ins.

Lleg al fin un dia, en que, subyugadas de nuevo las provincias
rebeldes, los indios que no quisieron sujetarse al yugo se internaron en
el desierto, donde no era posible perseguirlos sino con grandes
ejrcitos, y por ltimo, no habiendo ya aldeas que quemar ni presas que
hacer, me mandaste que volviese  Espaa.

Yo temia volver  Espaa con doa Ins, por la misma razon que no habia
entrado con ella en ninguna de las villas y ciudades de Nueva Espaa:
temia que algun amigo  deudo de su padre la conociese. Te envi, pues,
tu gente, y me qued solo con doa Ins y Estrella, como esclavas.

Dud al embarcarme con ellas para Europa  dnde mi dirigiria: en
Flandes y en Italia me exponia  dar con un tropiezo, porque en aquellos
paises abundaban los espaoles. Difcil era encontrar un punto en Europa
donde los espaoles no llevasen su planta. Me decid, pues, por Grecia.

En el archipilago he vivido algunos aos. Me hice construir una casa 
las orillas del mar, en Chipre, y compr una almada. Yo necesitaba oro,
y me hice pirata. Qu quieres? Yo necesitaba ejercitarme en algo.
Cuando volvia de mis excursiones cargado de oro y cubierto de sangre,
gozaba entre los brazos de doa Ins...

--Cmo! doa Ins fue tan miserable que al fin manch su fe, amndote?
exclam con severidad Yuzuf.

--Recuerda emir que doa Ins tiene una hija.

--Ah!

--Como se habia sacrificado la esposa, se sacrific la madre. Doa Ins
luch largo tiempo y fue preciso para que sucumbiese que yo la amenazase
con separarla de su hija. Estrella era mi esclava y podia venderla.
Comprendes ahora que doa Ins pudiera ser mia, y hasta que por no
irritarme fingiese que me amaba?

--Comprendo que eres un infame, Sedeo, y que Calpuc ha tenido y tiene
mucha razn para pedirme tu cabeza.

--Eh! yo no s si he sido infame  no: lo que s es que doa Ins podia
haber sido muy feliz conmigo, si hubiera sido menos testaruda. Al fin,
lo hecho est hecho. La obstinacion de doa Ins me ha obligado 
tratarla con crueldad. No es mia la culpa. Acaso la am yo porque
quise? Si no con su hermosura, con un no s qu misterioso, que me
enloquecia, me oblig  amarla. Era necesario que yo  ella nos
sacrificsemos, y entre los dos sacrificios eleg el suyo. Esto es muy
natural. Ademas, me habia costado muy cara para que yo renunciase 
ella: me habia costado una expedicion al desierto en que expuse mi vida
en cien combates, y por ltimo un brazo y una pierna. Cmo querias que
yo renunciase  doa Ins?

--Contina.

--Ya te he dicho que doa Ins solo se doblegaba  mis deseos por el
temor de perder  su hija. Pero yo no podia engaarme: me aborrecia con
toda su alma, y este aborrecimiento, que no podia ocultarme, me irritaba
y mi irritacion era siempre fatal para ella: de dia en dia iba
desapareciendo su hermosura, y su palidez enfermiza, su demacracion, la
aguda enfermedad de pecho que la aflige, la tornaron al fin desconocida,
fea, flaca, cuando apenas contaba treinta y cinco aos. Entre tanto
Estrella crecia cada dia mas hermosa, y me enamor de Estrella.

--Despues de haber sacrificado  la madre, querias sacrificar  la
hija? exclam con indignacion Yuzuf. Y te atreves  confesarme sin
rubor tales infamias?

--Qu quieres Yuzuf? Son cosas del corazon. Yo siempre me he dejado
llevar de mi corazon, y bueno es que sepas cunto me interesan esas
mujeres, para que comprendas hasta qu punto me dejar llevar antes que
consentir en que nadie me las arrebate. Adems, t no tienes por qu
extraarte de nada. Acaso t al frente de tus monfes no has incendiado
villas y llevado  sangre los viejos, las mujeres y los nios?

--Son gente de la raza maldita; son cristianos, son los enemigos de mi
pueblo: los que se gozan en nuestro sufrimiento, en las crueldades que
se apuran con los moriscos. Entre los cristianos y nosotros, no puede
haber mas que sangre y fuego.

--Resulta que t eres cruel con los cristianos por venganza, y que yo
soy cruel con esas dos mujeres, porque la una y la otra me han
enamorado: exigencias del corazon, Yuzuf. Pero necesito concluir. El
estado en que se encontraba doa Ins, y los aos que habian trascurrido
desde que fue robada  su padre, me aseguraban de que no pudiese ser
reconocida, si por un azar lograba verla alguien, burlando mi
vigilancia. Deseaba volver  Espaa, y hace un ao que volv  las
Alpujarras y me puse de nuevo en inteligencia contigo. Volv  ser
capitan del presidio de Andarax, espa de los cristianos en servicio
tuyo, y ya sabes cuan bien te he servido durante este ao.

--Por lo mismo he hecho jurar  Calpuc que no tocar  tu cabeza
mientras yo no se lo permita.

--S, s, todo esto es cierto. Pero tambien es cierto que hubieras hecho
mucho mejor en dejarle morir  manos de la justicia que le habia preso
por intento de asesinato contra m, que en librarle de la crcel y
protegerle, contentndote solo con exigirle juramento de que no
atentaria  mi vida. Mejor hubieras hecho en castigar al monf, que
habiendo sido hecho cautivo por las gentes de Calpuc en el desierto, le
ha servido de gua hasta las Alpujarras. Pero ya se ve! Calpuc es muy
rico y te habr comprado tu proteccion.

--Concluyamos, Sedeo: que quieres de m?

--Quiero que me permitas deshacerme de ese hombre.

--Yo no puedo ser el verdugo de un rey.

--De un rey de brbaros, cuyo trono est al otro lado de los mares!

--Sea como quiera, Sedeo, las desgracias de Calpuc le hacen merecedor
de una proteccion mayor que la que yo le he dispensado; en conciencia yo
debia haberte dejado entregado  l...

--Entregado  Calpuc! crees t que si Calpuc no estuviera protegido
por t, por t, que tienes demasiadas pruebas para entregarme al rey y 
la Inquisicion, ya que no quisieras destruirme por tu propio poder,
estaria vivo Calpuc?

--Calpuc te har pedazos el dia en que yo se lo permita.

--Oh! oh! t eres el que me tienes atado de pis y manos: en cuanto 
Calpuc est tan resuelto  romper el juramento que te hizo de respetar
mi vida, que me ha obligado  salir de las Alpujarras, y hace algunos
dias que ronda mi casa en Granada.

--Eso prueba que respeta su juramento, lo que no impide el que pretenda
rescatar su esposa y su hija.

--Pues cabalmente es necesario que eso no suceda.

--Obra como mejor puedas para guardar  esas mujeres: por lo dems, te
anuncio que el dia en que tenga un solo indicio de que has tendido una
sola asechanza al rey del desierto, aquel dia eres hombre muerto,
Sedeo. Qu? no eres mi vasallo? no me debes obediencia? no eres,
aunque de sangre cristiana, monf, como cualquier otro de los mios? Si
no fueras monf, poseerias las riquezas que posees?

--Veo que va  ser necesario que entremos en condiciones.

--Condiciones! condiciones entre los dos! exclam Yuzuf con mpetu:
acaso eres mas que mi esclavo?

--Sintate, poderoso Yuzuf, y escucha: en la situacion en que me
encuentro me veo obligado  todo... y tengo de mi parte ciertas
ventajas.

--Ventajas...!

--Si por cierto. T tenias un hijo.

--Que tenia yo un hijo!... pues qu, Yaye ha muerto?

--Cuntale por muerto, porque est en poder de Satans, y si yo no te le
entrego...

--Cmo! te habrs atrevido?

--Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que est
apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo est enamorada
de l.

--Una mujer! No te comprendo Sedeo.

--Ni yo me explicar mas. Bstete saber que tu hijo est en poder de esa
mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado  ser su
querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y ser capaz de retenerle en
su encierro  de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si
yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perd  mi padre.

--Pero yo puedo sujetarte al tormento.

--Morir en l sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy
valiente, Yuzuf.

El anciano se levant, y se puso  pasear agitado, por la cmara. Sabia
demasiado que Sedeo era hombre  quien nada aterraba, y que habindose
propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeo aunque emplease
para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.

Yuzuf era padre, amaba  Yaye de una manera exagerada, si es que puede
haber exageracion en el amor de un padre hcia su hijo. La prdida de
Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el
corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por
boca de Sedeo que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeo se negaba
 revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio
una infamia.

Yuzuf, sin embargo, no tard en decidirse; pero antes se habia hecho el
razonamiento siguiente:

--Calpuc me exige todos los dias,  todas horas, con un empeo
justsimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese
infame; ese vil Sedeo me pide por su parte que le permita deshacerse de
Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que
quieran mtuamente exterminarse. A m,  mi pueblo conviene, que esos
dos hombres vivan: Calpuc es riqusimo, sus tesoros son inagotables, y
por odio  los espaoles, me facilita medios para sostener mi ejrcito
de monfes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada
por la clera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural.
Por otra parte, Sedeo me sirve bien: es un excelente espa; vende  los
castellanos en mi provecho, y acaso podramos deberle un dia una
sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres
son preciosos para m. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeo me
revela el lugar donde se encuentra, le permitir que obre contra Calpuc,
y del mismo modo permitir  Calpuc que obre contra Sedeo. El resultado
ser verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres,  acaso de
la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo
punto... mi hijo antes que todo.

Y se detuvo, y se volvi resueltamente  Sedeo.

--No has tenido t parte, directa ni indirectamente, en la prision de
Yaye? le dijo.

--Ya te he dicho que Yaye est en poder de una mujer.

--Respndeme de una manera decidida.

--Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.

--Pues bien; revlame el lugar donde se encuentra, y los medios de
salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc.

--Hasta matarle?

--Te dejo libre del juramento de respetar su vida.

--Pues bien; solo me falta una condicion para sealarte el lugar donde
tu hijo se encuentra.

--Otra condicion!

--S, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me
han obligado  ofenderte. Promteme, por tu fe de emir, de creyente y de
caballero, que me perdonars, y que no me negars tu confianza, como no
me la has negado hasta ahora. H aqu mi ltima condicion.

--Dme  mi hijo, y te lo prometo todo.

--Nada tendr que temer de t?

--Nada.

--Pues bien; tu hijo Yaye, est encerrado en un subterrneo de la casa
de don Diego de Vlor, y en poder de su esposa doa Elvira, que hace
mucho tiempo que le ama.

--En casa de don Diego de Crdoba y de Vlor?

--S por cierto.

--Y cmo sabes t eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido
averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfes que yo he enviado  Granada en
demanda de Yaye?

--Escucha Yuzuf: t recordars que yo, para estar en inteligencia oculta
con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compr una
casa contigua  la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se
comunican por una mina.

--Ah! exclam Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeo fue un rayo de
luz.

--Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias,
ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que
darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, baj 
la mina, y al acercarme  uno de los aposentos de que te he hablado, o
dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de
hombre, hablaban de amores: en la mujer reconoc  doa Elvira, la
esposa de don Diego: por lo que escuch, supe que el hombre era Yaye, tu
hijo. Sabia que t le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llen
de alegra, porque me dije: yo dar al emir su hijo, y el emir en cambio
me dar la vida de Calpuc.

--Y doa Elvira es amante de Yaye? pregunt con repugnancia Yuzuf.

--S, s por cierto, y parece que se aman mucho.

--Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del
alczar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.

En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abri una puerta, y
entr don Diego.

Yuzuf le mir de una manera profunda, pero nada vi en don Diego que
demostrase que habia oido las ltimas palabras del capitan; estaba
tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.

--Ah! dijo detenindose, apenas habia dado algunos pasos en la cmara,
perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo,
Yuzuf.

--No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de
una conversacion interesante con el capitan Sedeo.

--S, s por cierto, dijo el estropeado, y vens muy  tiempo don Diego,
porque yo he venido  haceros un mutuo servicio al emir y  vos.

--Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.

--S por cierto. Recordais lo que pas en vuestra casa el dia en que se
cas con Miguel Lopez vuestra hermana doa Isabel?

--No comprendo lo que quereis decir.

--Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se present en vuestra
casa Sidy Yaye, el hijo del emir.

--Es verdad, dijo don Diego.

--Y por qu me lo has ocultado, pregunt con su acento de terrible
amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba  mi hijo?

--Porque no sabia si estaba muerto  vivo.

--Cmo! pues quin se atrevi?...

--Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi
hermana doa Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho
las terribles razones que tuve para obligar  mi hermana  que se casase
con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y
por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al
saber que ya aquella union era imposible, cay en tierra mortal, y yo le
dej al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente
en camino con Miguel Lopez,  quien arrastr con un pretexto, y  quien
como traidor debia matar, y como obstculo remover de en medio de doa
Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfes estaban
prximos  dar muerte  Miguel Lopez, t que te habias aproximado 
Granada, me encontraste,  irritado por el asesinato de Miguel Lopez,
cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me
trajiste contigo. T tenias indicios  los tuvistes despues de que tu
hijo habia estado en mi casa, recelaste de m, y me intimaste que no me
veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la
desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia
sobrevivido  no al accidente mortal que le habia acometido al saber el
casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he
atrevido  revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese
fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha
estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su
union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar 
no.

--Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeo ha descubierto
que mi hijo vive.

--Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. Y le habeis hablado,
capitan?

--No por cierto: sabia que all estaba en seguridad, conocia  adivinaba
las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido 
avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa
se tiene una gran ansiedad por vos.

--Pues esa ansiedad durar muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen
las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar  Miguel
Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya
han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora
mismo vais  partir  Granada, t, tu hermano y el capitan Sedeo. Es
preciso que esta noche mi hijo est en poder de Abd-el-Gewar.

--Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el
estropeado.

--Importante!

--S; el capitan general y la chancillera de Granada estan con gran
cuidado.

--Pues qu sucede?

--Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada
dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra
el edicto del emperador. Anoche casa del Homaid, en el Albaicin, se
reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y
resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de
una rebelion.

--De una rebelion? exclam con alegra Yuzuf; se han decidido al fin 
romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los
moriscos de Granada?

--S, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla
empeado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansa un
campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, y qu
campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos
soldados,  las armas, y sus! lancemos el grito de guerra. Demos el
primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de
faltar ni naves, ni soldados turcos.

En aquel momento se abri la puerta del fondo y un monf dijo
inclinndose profundamente.

--Magnfico, seor, cuatro xeques de Granada desean hablarte.

--Que entren, que entren al momento.

Poco despues se celebr un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el
valor, la energa de las razas dominadas que aun no se han degradado, se
alimentaron magnficas esperanzas y se decidi dar el grito en Granada
en la noche del dia siguiente.

Yuzuf estaba frentico de alegra; habia encontrado  su hijo, y se le
presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su
bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el
valiente rey de Espaa, el poderoso emperador de los germanos.




CAPITULO XV.

De cmo el capitan Sedeo hizo traicion  todo el mundo.


A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion  Granada, por el
camino de las Alpujarras, don Diego de Vlor, su hermano don Fernando, y
el capitan Sedeo.

Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana,
marchaban monfes que llevaban  las diferentes tahas, rdenes de Yuzuf,
para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada,  la que debian
llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto  los
tres ginetes, fuese por prudencia  por otra causa, no hablaron una sola
palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de
cosas indiferentes.

En cuanto  don Diego de Vlor, ni una palabra dijo que pudiese indicar
que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeo  Yuzuf
acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeo, que era sobre
manera perspicaz, por el aspecto sombro de don Diego, por la
impaciencia con que aguijaba  su caballo, y sobre todo, por su tenaz
reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la
manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del
jven, comprendi que habia escuchado don Diego perfectamente las
palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cmara
de Yuzuf.

En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como
dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alczar subterrneo,
habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia
 ciencia cierta, que doa Elvira su esposa habia manchado su honor.

Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba  su
caballo ansioso de realizarla.

Por su parte el capitan estropeado comprendi, que se habia hecho un
enemigo formidable de don Diego de Crdoba, y resolvi deshacerse de l
cuanto antes. Sedeo, como saben nuestros lectores, era el depositario
de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado  don Diego que le
entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la
cual debia Sedeo entregar aquella carta  quien se la pidiese, no habia
tenido tiempo de encontrar una persona de confianza,  quien encargar de
que recogiese aquella carta, puesto que l no podia presentarse ante
Sedeo, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento
que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigi en la crcel de
Andarax,  trueque de conseguir su libertad.

Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeo.

Por lo que se v todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se
trataban con una fe digna de bandidos.

Miguel Lopez, don Diego de Vlor y el capitan estropeado eran tres
infames.

Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche
antes de que se cerraran las puertas  Granada. Poco tiempo antes de
llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tom
adelante y entr antes que los dos hermanos en la ciudad.

Eran las nimas. Sedeo tom por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y
la Plaza Nueva, subi por la cuesta de los Gomeres, luego por otra
pendientsima cuesta, y lleg  la puerta del Juicio de la Alhambra: una
vez all pidi una audiencia urgentsima al capitan general marqus de
Mondejar.

Sedeo fue conducido al alczar y  la presencia del capitan general,
digno vstago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada,
durante muchos aos, la capitana general del reino y costa de Granada.

Lo que llevaba all  Sedeo era una nueva traicion aconsejada por su
recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los dems. Se habia
visto obligado  imponer condiciones  Yuzuf, y recelaba la venganza de
este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de
sus enemigos.

Asi es, que se present  don Luis Hurtado de Mendoza resuelto 
consumar sus infamias con dos nuevas infamias.

El capitan general le recibi con ese altivo desprecio con que un
caballero recibe  cierta clase de gente.

Para justificar el desprecio con que el marqus de Mondejar miraba 
Sedeo, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra
los cristianos, lo era del capitan general contra los monfes.

Esto es, era espia doble.

El marqus le dej permanecer de pi, y despues de mirarle de pis 
cabeza le dijo:

--Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?

--Si, excelentsimo seor, contest servilmente Sedeo: vengo de las
Alpujarras, del alczar del emir de los monfes.

--Del alcazar del emir! Pero donde est ese alczar?

--Ya he dicho  vuecelencia que ese alczar es subterrneo, y que est
situado como  media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar 
vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar  los
pinares, me han salido al encuentro los monfes y me han vendado los
ojos.

--Seor Alvaro de Sedeo, dijo el marqus con fijeza, desde el dia en
que me ofrecsteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion
y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podais
necesitar para exterminar  esos bandidos: vuestra compaa de
arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejrcitos de su
magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y
sin embargo...

--Cree vuecelencia que en un ao que llevo ltimamente sirviendo al rey
nuestro seor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?

--Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqus; es que,
 pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la
montaa ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las
breas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve  esos
monfes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el
incendio que dejan tras s, y vos sin embargo les conoceis y tratais con
ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun
 obrar con rigor respecto  vuestra persona.

--Desconfa vuecelencia de m? dijo con gran aplomo Sedeo.

--No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe
el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado  las
Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han
muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis
presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los
rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son
desconocidos los lugares en que se ocultan qu debo pensar de esto?

--Que el ao que llevo ltimamente en tratos con los monfes en servicio
del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede
dar un golpe decisivo. En cuanto  lo de ignorar yo el lugar donde se
albergan, nada mas natural. Ya he dicho  vuecelencia que jams entr en
el alczar subterrneo, sino con los ojos vendados.

--Se han reconocido todas las cavernas inmediatas  Cadiar, y solo se
han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero
reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los
ponderados alczares subterrneos de que me habeis hablado tantas veces.

--Esta misma maana he estado en ese alczar hablando con el emir de los
monfes.

--Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqus movindose con
impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.

--Traigo  vuecelencia noticias decisivas.

--Veamos.

--Maana  la noche debe levantarse el Albaicin.

--Ah! ah! tenemos  la rebelion llamando  las puertas de nuestra
casa!

--Si seor.

--Y quienes son las cabezas de esa rebelion?

--Primeramente don Diego de Crdoba y de Vlor.

--Ved lo que decs; don Diego de Vlor aunque morisco, es uno de los mas
leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.

--Don Diego de Vlor es un traidor que se encubre bajo la mscara de la
lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello,
ved, seor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los
monfes Yuzuf-Al-Hhamar.

Y Sedeo sac una cartera y de ella la carta que le habia entregado
Miguel Lopez y con la cual habia este ltimo impuesto condiciones  don
Diego.

Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y
escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la
conquista de Granada, el marqus que era docto la comprendi
perfectamente.

Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Vlor.

Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun gnero de
consideracion  Sedeo, le dijo profundamente, reteniendo la carta:

--Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con
que acaso quereis sorprenderme?

--Llame vuecelencia  don Diego de Vlor, hgale escribir con cualquiera
pretexto en arbigo aljamiado, y vuecelencia se convencer de que esa
carta es suya, contest con gran aplomo Sedeo.

--He llegado  entender, dijo el marqus, que don Diego y su hermano
faltan estos dias de Granada.

--Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir
preparando el levantamiento; pero han venido desde all conmigo, y se
les encontrara en su casa.

Medit un momento el marqus, despues de lo cual tom un papel, escribi
sobre l algunas palabras, despues llam con una campanilla de plata, 
cuyo sonido se present  la puerta de la cmara un escudero.

--Gins, le dijo don Luis; dad esta rden al capitan de caballos Pero de
Baena, y que la cumplimente al momento.

El escudero tom la rden y sali.

--Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? aadi el marqus,
encarndose de nuevo con Sedeo.

--El cuado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en
el mismo dia de sus bodas parti de Granada con sus dos cuados, de que
hay muchos testigos.

El marqus anot en un papel el nombre de Miguel Lopez.

--Y donde est ese hombre? ha vuelto con sus cuados? pregunt 
Sedeo.

--Sus cuados y yo hemos venido solos. Nada s de Miguel Lopez; pero es
natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfes.

--Continuad.

--Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que
vive en el barrio del Zenete.

Don Luis escribi este nuevo nombre.

--Continuad, repiti.

--Hay ademas, dijo Sedeo, un hombre que est en Granada hace quince
dias que es poderossimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor
al rey.

--Y quien es ese hombre?

--Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Mjico; ha
venido  Espaa ignoro por qu causa, y ayuda con sus tesoros  los
monfes.

--Le conoceis?

--Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado  conocer. Ese hombre vive en
la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella
todas las maanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de
caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por
sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco 
cuarenta aos, alto cenceo, de mirada fija y profunda.

Don Luis, escribi de nuevo, despues de lo cual repiti la palabra:

--Continuad.

--Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas
de entregar al rey al emir de los monfes.

--Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclam con alegra el marqus.

--No, no seor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo
emir ha renunciado su autoridad.

--Os cojo la palabra, Sedeo, y si me presentais  ese emir, os ofrezco
en nombre del rey una encomienda.

--Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro seor, dijo Sedeo.

--Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los
capitanes de la rebelion, veamos cmo piensan llevarla  cabo los
moriscos.

--El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto
las armas en las manos.

--Ya he dicho  sus xeques, que representar  su magestad,  fin de que
les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se
les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de
manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.

--Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus
fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies,
en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estn
abiertas, que sus mujeres salgan  la calle con los rostros descubiertos
y privarse de sus baos, se dejaran matar, hacer pedazos.

--Se les trata con demasiado rigor, murmur el marqus de una manera
involuntaria  ininteligible para Sedeo que continu:

--As, pues, han recurrido  las armas: aprovechan la ocasion de haber
poca gente de guerra en la ciudad...

--Vive Dios! exclam el marqus: los cortesanos piensan que ser capitan
general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada
dorada en las antecmaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo
se gobierna aqu con papeles, y aqu se necesitan muchas lanzas, muchos
arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta
mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y
costa de Granada; que Espaa est exhausta con las pasadas turbulencias,
y que aqu nos basta para reprimir  los moriscos, con los alguaciles de
la Chancilleria, y con dos  trescientos arcabuceros viejos del presidio
de la Alhambra: si maana los moriscos de la vega y de la ciudad, los
monfes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia
de Africa y desembarcar  mansalva en las costas desamparadas, se
apoderasen de Granada, se llamara torpe y descuidado al capitan
general, cuando no se adelantasen  llamarle cobarde  traidor. Pero en
Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y
reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los
escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. Donde
teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?

--En Andarax, seor.

--Quin los manda en vuestra ausencia?

--El alfrez Pero Villasante.

Escribi el marqus.

--Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cundo y de qu manera piensan
levantarse los moriscos.

--Cuando? maana  la noche. Cmo? barreando las calles del Albaicin y
viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra,
los monfes.

--En los atajos, en los atajos de la sierra est nuestra salvacion!
dijo el marqus con el rpido golpe de vista de un buen capitan. Sabeis
el punto por donde se han de acercar  Granada los monfes?

--Si seor. Por los desfiladeros de Dilar.

--Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado
hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer  su
magestad, os vuelve toda mi confianza. Dnde vivs?

Sedeo di al marqus las seas de su casa.

--Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.

Sedeo salud profundamente al marqus, que se levant y le dijo:

--Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado  don
Diego de Vlor podria suceder que si volvais por donde habeis venido
podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.

--Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.

--Ah! vuestro caballo! es verdad! hola! dijo el marqus, y al
presentarse un criado aadi: id  la puerta del Juicio, tomad un
caballo que encontrareis all y llevadle al momento  la puerta de
Hierro.

Despues de esto el marqus sali precediendo  Sedeo, baj unas
escaleras, atraves el hermoso patio de Lindaraja, pas junto la sala de
los secretos, entr por una mina, lleg  su fin, llam  una puerta y
despues del llamamiento se oy la voz de un soldado que llamaba al
alfrez de la guardia. Poco despues se oy otra voz que dijo:

--Quien va!

--Abrid al capitan general.

Rechin precipitadamente una llave en una cerradura, descorrise un
cerrojo y la puerta se abri.

--Alfrez, dijo el marqus  uno que habia aparecido tras la puerta con
una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un
caballo, le entregareis  este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y
le dejareis salir libremente.

Despues de esto el marqus se volvi y el alfrez cerr la puerta. A
poco rato Sedeo  caballo, bajaba lentamente la pendientsima y
tortuosa cuesta, que cie los muros de la Alhambra, desde Pea-Partida
hasta los molinos del ro Darro.

Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de
pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin lleg  la
puerta de Guadix, vi que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y
entr en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdi.




CAPITULO XVI.

La venganza de don Diego de Crdoba y de Vlor.


En una cmara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora
antes de los ltimos sucesos que hemos referido, dos damas.

La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso.
Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la
vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la
hoja,  pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe
lector hubiese recorrido diez veces las lneas de las dos paginas por
donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas pginas
podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero
Amadis de Gaula.

Aquella dama era doa Isabel de Vlor.

A pesar de que Calpuc la habia dado aquella maana noticias exactas
acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doa Isabel habia comunicado
 nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto.

El negro color de sus ropas contrastaba enrgicamente con la palidez
mate que hacia mas difana la blancura de su semblante.

La otra dama, sentada junto  la misma mesa apoyada un brazo en ella y
en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas plida, que doa Isabel, y
en sus negros ojos destellaba una chispa sombra y colrica.

Aquella otra dama era doa Elvira de Cspedes, esposa de don Diego.

Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuadas; la una fijaba la
vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en
la inmensidad.

Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doa Isabel
se agit con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que
taa lgubremente  la oracion por el eterno descanso de los que habian
dejado de existir, record  doa Isabel su cita en el huerto con el
extrao hombre de aquella maana. Doa Elvira pareci salir de su
distraccion y rez en voz baja,  cuyo rezo contest doa Isabel.

Cuando se termin la oracion, doa Elvira dirigi algunas secas palabras
 doa Isabel.

--Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla
de plata que estaba sobre la mesa, y encendindola en el velon.

--Recojmonos, pues, dijo doa Isabel cerrando el libro, y tomando una
buga y encendindola  su vez. Buenas noches, hermana.

--Buenas noches.

Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doa Isabel y doa
Elvira. Las dos cuadas salieron de la cmara cada cual por distinta
puerta.

Pero ninguna de las dos se encamin  su dormitorio. Doa Isabel apenas
sali  los corredores apag la buga y por una escalera de servicio,
baj al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se
habia procurado durante el dia, y cerciorndose de si llevaba consigo la
sortija, que por rden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar 
Calpuc. Doa Elvira apenas sali de la cmara apag tambien su luz,
atraves  tientas una habitacion, sali  otros corredores y abri una
puerta tras la cual se perdi. Aquella puerta era de los aposentos de
don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia
estado preso, por decirlo as, Yaye.

Una vez en la cmara de su esposo, doa Elvira encendi de nuevo su luz
en una lmpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un
reclinatorio, fu  la puerta secreta, la abri, baj las escaleras y se
puso  escuchar.

--Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que
hoy al bajar me detuvieron: pero por donde han entrado esos hombres?
quin los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado  Yaye.

Doa Elvira al pronunciar el nombre del jven, exhal un gemido, se
llev una mano sobre el corazon, y se apoy en la pared un momento, como
si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego
rehacindose, merced  su indomable voluntad, acab de bajar los
escalones, y entr resueltamente en la mina y la recorri, llegando  la
otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeo.

A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doa Elvira habia
pasado sin reparar en ella junto  la abertura practicada en uno de los
costados de la mina por Harum el monf.

Se detuvo un momento al pi de la escalera de la casa del capitan, y
luego pintse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.

No tard en llegar  la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia
quedado abierta, y doa Elvira se encontr en la cmara del capitan.

Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa
extraa; pero doa Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia
fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la
rabia y la desesperacion.

Doa Elvira sigui adelante, y recorri la casa del capitan, hasta
llegar  la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el
terror de doa Elvira, habia pasado algunas veces junto  la puerta de
la cmara mortuoria, donde yaca doa Ins de Crdenas, sin que se le
hubiese ocurrido que all habia una habitacion en la cual no habia
entrado.

Maravillla, s, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una
casa donde no se encontraba  nadie.

Doa Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba  la calle 
 un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corri los
cerrojos y abri uno de los grandes postigos de aquella puerta.

En aquel momento un ginete arremeti por ella, y  poco no atropella 
doa Elvira que se hizo un paso atrs, dej caer la lmpara y exal un
grito de espanto al reconocer al ginete.

Aquel ginete era don Diego de Crdoba y de Vlor.

--Ah! ah! dijo don Diego; sois vos seora? En verdad, en verdad, que
yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aqu.

La situacion en que se hallaba doa Elvira era tan extraa que solo
contest fijando en su marido una mirada de terror.

--Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que s
algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no
haberlas ejecutado.

Doa Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma
facilidad para dominarse, se repuso y contest  don Diego:

--No comprendo lo que me quereis decir, esposo y seor.

--Que haceis aqu, seora? dijo don Diego atando  una argolla del
portal su caballo, del que habia descabalgado.

--En verdad que no lo s, dijo doa Elvira recogiendo del suelo con gran
serenidad la lmpara; al veros de repente ante m me he sorprendido,
porque no esperaba veros en esta casa, en la que  m misma me causa
gran extraeza el encontrarme. Encended mi lmpara en uno de esos
faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.

Sorprendido don Diego del aplomo con que doa Elvira le hablaba, ni mas
ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tom maquinalmente la
lmpara, la encendi y la entreg  su esposa.

--Vamos de aqu, dijo ella, trasladmonos  nuestra casa; tengo que
revelaros sucesos importantes.

--Ah! teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo
mal su clera don Diego.

--Si por cierto; pero ante todo decidme: por qu razon habiendo estado
un mes ausente, vens  esta casa antes que  la vuestra?

--Tenia mis razones para pretender llegar  cierto punto de mi casa sin
ser sentido.

--Ah! y  qu punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido,
caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio,  no
ser que pensseis darme el placer de una sorpresa.

--Si por cierto, queria sorprenderos doa Elvira.

--Y efectivamente me habeis sorprendido presentndoos ante m en un
lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado
encontraros.

--Perdonad si no os digo en qu lugar queria sorprenderos; porque
estamos en una casa extraa y podria escucharnos alguno de los criados
del capitan Alvaro de Sedeo.

--Ah! esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeo! En verdad
que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con
nosotros, y habeis hecho mal en no advertrmelo, porque...

--Seguid, seguid adelante, seora, y callad: basta con que hayais dado
el escndalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qu
razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros
asuntos.

--Podeis estar tranquilo, dijo doa Elvira; nadie nos escuchar porque
esta casa est deshabitada.

--Deshabitada!

--Si por cierto, seguidme y os convencereis.

Doa Elvira tom por la escalera principal, y don Diego la sigui,
dominado por lo extrao de lo que le acontecia.

Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se
olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el
uno tras la otra por las escaleras arriba.

Doa Elvira entr en los corredores, y de ellos pas  una antecmara,
en la que antes no habia entrado.

En aquella antecmara habia un fuerte olor  cera quemada: era la
antecmara mas all de la cual habia muerto doa Ins.

Doa Elvira sigui fatalmente adelante y se encontr en el aposento
mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugas encendidas que proyectaban una
luz opaca sobre el lecho.

--Aqu hay una mujer que duerme, dijo don Diego.

Doa Elvira mir el lecho, y mas perspicaz que su marido lanz un grito
de horror.

--Esa mujer est muerta! exclam.

--Muerta! exclam don Diego arrebatando la lmpara  doa Elvira que
habia quedado yerta de espanto, y acercndose al lecho: muerta! s
muerta! pero... quin es esta mujer?... ah! la muerte se cruza en mi
camino cuando vengo  buscar una prueba de mi deshonra!

--De vuestra deshonra! exclam en un acento indefinible doa Elvira.

--S, s, seguidme, seora, seguidme y concluyamos de una vez.

Y asi brutalmente de un brazo  doa Elvira y la arrastr consigo fuera
de la cmara; atraves la antecmara, sali  los corredores y luego,
como quien conocia bien aquella casa, torci por una puertecilla,
atraves un pasadizo, entr en el aposento del capitan Sedeo, y se
encamin  la puerta secreta.

Aquella puerta estaba abierta.

--Habeis entrado por aqu, seora? la dijo.

--Por aqu he entrado, contest con acento severo y duro doa Elvira,
como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la
manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.

--Y quin os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra
casa? pregunt con un acento no menos duro y severo don Diego.

--Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.

--Que la habeis descubierto! y cmo? hay alguna distancia desde el
aposento subterrneo aqu y no parece natural...

--Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido
Sidy Yaye.

--Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclam con un acento indescribible
don Diego: es decir que se os ha escapado!

--Solo s deciros que esta noche cuando bajaba  traerle la cena,
encontr la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la
puerta; nadie conoce la entrada del subterrneo por nuestra casa mas que
vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba
demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cmo podia haber
huido, y recorr la mina: al fin de ella d con una escalera, al fin de
la escalera con esta puerta que encontr franca; recorr la casa, menos
esa habitacion donde hemos visto ese cadver, y no encontr persona
alguna: llegu al zaguan, y... abr maquinalmente la puerta...

--Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye,
dijo don Diego cediendo  una suspicaz suposicion: oh! si, si, veo en
esto la mano de los monfes; vos no habeis querido que vuestro amante
est privado del sol y del aire.

--Mi amante! exclam verdaderamente aterrada doa Elvira; pero
sobreponindose  su terror, habeis dicho mi amante? aadi con
altivez.

--Venid, exclam trmulo de furor don Diego.

Y arrastrndola consigo, descendieron por las escaleras: un instante
despues se encontraron en el aposento subterrneo donde habia vivido un
mes Yaye.

Don Diego revolvi en torno suyo una mirada de tigre y acercndose  un
sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tom de sobre l un
riqusimo justillo de mujer y una gargantilla, que doa Elvira haba
dejado all abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser
sorprendida en la habitacion de su amante.

--Qu significa esto, seora? dijo con acento opaco don Diego: habeis
elegido por vuestra cmara de vestir, este aposento, y por camarera 
Yaye?

Doa Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lvida y mir con los
ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la
mostraba.

--Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclam con
acento ronco don Diego; concese que el hermoso emir apreciaba sobre
todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros
de esta rica gargantilla:  falta de sol y de aire vos llenbais de
flores, de perfumes y de amores su encierro. Oh! razon tenia yo en
querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros,
pero os sorprendo  vos sola... el infame... el infame se ha escapado
llevndose mi honor: pero yo sabr encontrarle: yo sabr matarle aunque
le protejan todos sus monfes.

Doa Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trmulo de clera,
acometi  su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doa Elvira
aterrada retrocedi y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada
gorguera de encaje de Flandes, se la arranc y dej descubierto el
cuello y parte del seno de doa Elvira.

Entonces vi don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un
relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del
mismo metal.

Don Diego arroj lejos de s la gorguera, y seal con un dedo
inflexible el relicario.

--Negad ahora, si os atreveis, exclam.

--Y este relicario que os prueba? exclam con audacia doa Elvira.

--Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que
yo la regal hace un ao. Y sabeis lo que hizo mi hermana con ese
relicario? le regal  Yaye, al hombre  quien amaba. Sabeis que la
noche en que se separaron Yaye  Isabel pidi ella su relicario al
hombre de quien debia separarse para no volverle  ver, y que l, no
consinti en separarse de ese relicario? sabeis que yo lo escuchaba
todo, oculto? que s que ese relicario habia quedado en poder de Yaye,
y que solo l puede habrosle dado? sabes que cuando un hombre da una
prenda de amor de una amante  otra amante, es porque ama mas  la
segunda que  la primera  porque no ama  ninguna de las dos? Y me
quereis negar todava que sois amante de Yaye?

Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian
esperarse sino extremos, y desesperada por la prdida de Yaye,
enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la
fiebre, fuera de s, exclam con una energa casi salvaje:

--Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le
amo, he sido suya y le he perdido.

Don Diego se sinti acometido de un vrtigo de sangre, desnud su daga
furioso y acometi  doa Elvira que cay de rodillas; pero de repente
se contuvo; se pas la mano por la frente, envain la daga y dijo
asiendo  su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:

--Aun no es tiempo... aun vive l... vivid vos tambien... una pualada
es poco... necesito mas para vengarme... y me vengar... me vengar sin
que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra...
me vengar, pero de una manera horrible.

Y sombro y letal, dejando  doa Elvira doblegada sobre sus rodillas,
sali del subterrneo por la casa del capitan Sedeo, cerr
perfectamente la puerta secreta, atraves aquella casa, baj al zaguan,
sac el caballo fuera, encaj la puerta ya que no poda cerrarla, mont
y rode el Albaicin para dar lugar  que su esposa se rehiciera, baj al
meson donde habia dejado  su hermano, y dos horas despues de la
terrible escena habida con su esposa, llam  su casa.

Doa Elvira baj serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa
amante,  recibirle y se arroj en sus brazos.

Don Diego la estrech en ellos y la dijo al oido estas palabras
envueltas en un beso satnico:

--Gracias! doa Elvira, me habeis comprendido!

Y asido de su mano se encamin  las escaleras en cuyo primer peldao
plida y anhelante le esperaba doa Isabel.

--Y mi esposo! exclam esta.

--Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser
asesinado por los monfes de las Alpujarras.

       *       *       *       *       *

Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de
caballos de rden del capitan general de la crte y reino de Granada, y
conducido con grandes seguridades  la Alhambra.




CAPITULO XVII.

Cmo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.


Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doa Isabel.

Adelant temblando y  oscuras por entre las flores y se acerc al
postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo
tres golpes recatados.

Doa Isabel abri temblando.

--Sois vos? dijo  un hombre, que  pesar del calor, estaba envuelto en
una ancha capa.

--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, seora, cerrad.

Doa Isabel cerr.

--Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran  venir de
noche al huerto, contest doa Isabel.

--Aunque la noche es oscura, como el huerto est descubierto por esta
parte, temeria que os viesen conmigo.

--Os repito, dijo doa Isabel con acento en que se notaba la
contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede
vernos.

--Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el
desconocido mirando  las que lindaban con el huerto de la casa del
capitan Sedeo.

--Qu habla este hombre de tapias? dijo para s con cierto temor doa
Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.

Pareci como que el desconocido adivinaba el cuidado de doa Isabel,
puesto que se apresur  decirla:

--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto
que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien
de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.

Una vez puesta en aquella situacion doa Isabel, sigui de una manera
fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero  su enramada
favorita.

--Sentaos, le dijo, sealndole el banco.

--Sentaos vos, seora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y
os juro que yo os amparar.

Se trocaban los papeles: convertase en amparador, el que aquella maana
pedia ser amparado.

--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraa, doa Isabel,
la dijo; he podido procurarme una entrevista  solas con vos  nombre de
vuestro esposo, y es necesario que sepais cmo he trabado conocimiento
con l. Este conocimiento le debo  una traicion de vuestros hermanos.

--Ah! ya lo temia yo! exclam doa Isabel.

--Pero antes de que lleguemos  este punto es necesario que sepais quin
soy yo.

--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doa Isabel.

--Si, es verdad, contest suspirando el desconocido, y bien sabe Dios
que si estoy en tierras de Europa, y en Espaa, es contra mi voluntad.

--De qu parte del mundo sois, pues, caballero?

--De la cuarta parte, contest el desconocido.

--De Amrica?

--Cabalmente: soy mejicano.

--Ah!

--Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer  los
espaoles como un morisco?

[imagen: Defindete! ese cadver va  ser nuestro testigo!]

--Sin embargo,  pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranas,
los espaoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.

--Y qu importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del
Altsimo? qu importa que persuadidos por su palabra hayamos
despreciado  los torpes dolos  quienes antes rendamos un culto
abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pi de los
altares del Crucificado? hemos conseguido por eso que los espaoles nos
traten como hermanos? Ellos nos han traido  la religion nica y
verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.

--Es verdad, dijo doa Isabel que como morisca no podia desconocer las
infamias de que los moriscos eran vctimas.

--Para esos hombres, continu el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni
mas cielo que los placeres: all donde alcanzan su garra  sus ojos,
all van el robo, el asesinato y la impureza: la Amrica es un tesoro
vrgen, y las vrgenes de Amrica las mujeres mas hermosas del mundo.
Ah! perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas
hermosa de ellas. Si conocieseis  mi esposa! si conoceseis  mi
hija!

La voz del mejicano se hizo trmula y sus ojos se llenaron de lgrimas.

Doa Isabel perdi todo su terror, que dej en su alma su lugar  la
compasion.

--Vuestra esposa! vuestra hija! exclam con un profundo acento de
misericordia Las habeis perdido!

--No! me las han robado! me las rob hace diez aos un espaol
infame! pero no las he perdido no! estan muy cerca de m: all, en
aquella casa.

Y seal la del capitan estropeado.

--Qu estan all, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

--Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeo.

--Esclavas! Dios mio! exclam horrorizada doa Isabel.

--Como podeis serlo vos maana.

--Yo soy cristiana!

--Pero sois morisca. Maana una rebeldia imprudente de vuestro hermano,
que es harto ambicioso, podr causaros desventuras incalculablemente
mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. Oh! si
maana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros
hogares, tratada brutalmente...! de que os serviria haber abrazado con
toda vuestra alma la religion de Cristo?

[imagen: Estoy sola en el mundo! sola y desesperada!]

--Si eso sucede, la religion me servir y me sirve ya, para sufrir con
valor mis desventuras.

--Ah! yo procurar salvaros, como procuro salvar  mi hija y  mi
esposa, si aun es tiempo.

--Si aun es tiempo!

--He visto una sola vez  mi esposa hace algunos dias despues de diez
aos de separacion y de lgrimas, y apenas he podido reconocerla. Oh!
la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no
he podido vengarla: cien veces he tenido junto  m al infame, y un
juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas
y luego,... quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...!
quiero que me vengue la Inquisicion!

--La Inquisicion!

--Oh! si: ese hombre es un espia de los monfes, un renegado de Cristo.

--Conoceis  los monfes?

--El rey de los monfes contiene mi venganza por un juramento.

--Pero quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doa Isabel.

--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contest solemnemente el mejicano.

--Ah! exclam doa Isabel.

--S; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, seora... para que cese
vuestra extraeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros
la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero
ahora que hablamos de favorecernos: habeis traido con vos la sortija de
bodas?

--Si, si, tomad: pero qu tiene que ver esta sortija...?

--Esta sortija servir para arrancar de las manos de un miserable, una
carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con l, porque la
tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfes y contiene
pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoder de
aquella carta, y oblig con ella  vuestro hermano,  que eligiese entre
haceros esposa de Miguel Lopez,  que fuese entregada aquella carta al
presidente de la Chancillera: vuestro hermano os sacrific  su
seguridad.

--Ah! Dios mio! Dios mio! exclam doa Isabel.

--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no ser
entregada  los ministros del rey de Espaa.

Doa Isabel dobl la cabeza bajo el peso de su infortunio.

--No perdais la esperanza, seora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad
est en mis manos; Yaye, el emir de los monfas, el hombre  quien
amais, vive, y Miguel Lopez est en mi poder.

--Ah! no le mateis! exclam doa Isabel.

--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondi profundamente el rey
del desierto.

Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.

--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues,
mi historia.

Y seguidamente cont  doa Isabel cmo rob  doa Ins de Crdenas de
la frontera del desierto; cmo por su amor se convirti al cristianismo
y cmo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeo; su venida 
Espaa, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los
monfes.

Cuando concluy, los ojos de doa Isabel estaban llenos de lgrimas.

--Y cmo quereis que contribuya  la libertad de vuestra esposa y de
vuestra hija? pregunt.

--Escuchad, seora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta maana hacia
las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos
criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo
penetrar por esas tapias, si vos me lo permits.

--Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....

--No, no seora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la
impaciencia.

--Oh, si! id  salvarlas, id y que Dios os ayude.

--Que l os bendiga seora, exclam Calpuc besando la mano de doa
Isabel; que l os lo pague si yo no puedo pagaros!

Calpuc se separ de doa Isabel: esta le vi llegar  la tapia,
terciarse la capa, asirse  las asperezas de la pared y trepar
silenciosamente por ella.

Poco despues desapareci.

Doa Isabel permaneci algun tiempo en el huerto abstraida
profundamente, pero vino  sacarla de su abstraccion un grito horrible,
inarticulado, semejante  un rugido, que procedia del interior de la
casa del capitan Sedeo.

Tuvo miedo, huy del huerto, y se encerr en su habitacion de la que
sali poco despues  recibir  sus hermanos que habian llamado  la
puerta.




CAPITULO XVIII.

Continuacion del anterior.


El capitan Sedeo, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando
su alma de tigre en la feroz y para l alegre contemplacion de sus
traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia  su
casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.

Lleg al fin, y llam con fuerza desde el caballo; pero nadie le
contest.

Repiti dos golpes mas fuertes, y  su empuje la puerta, que como
sabemos no estaba afianzada, cedi y se entreabri.

--Qu es esto, exclam con un colrico asombro el capitan? no me
responde nadie y la puerta est abierta?

Dicho esto empuj mas la puerta, penetr  caballo, y al ver los faroles
del zaguan encendidos, grit:

--Ola! qu es esto? vive Dios!

Nadie le contest.

Entonces el capitan ech pi  tierra, temblando de clera, corri los
cerrojos de la puerta, y subi, cuanto de prisa se lo permitia la falta
de su pierna, las escaleras.

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia
sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso
terrible; sigui adelante, atraves algunas habitaciones, y al fin abri
la puerta de la cmara mortuoria.

Al entrar encontr en el centro de ella un hombre que fijaba en l una
mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la
rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella
mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido
acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el
pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia
encontrado muerta  su esposa.

Al ver ante s  Sedeo, se encamin gravemente  la puerta, y la cerr
por dentro. Luego adelant hasta el capitan, que permanecia asombrado en
el centro de la cmara, mirando con una fascinacion horrible el cadver
de doa Ins.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que
respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para
que diese lugar  palabras ni  recriminaciones.

Calpuc desenvain su espada con una calma horrorosa, y punzando en un
brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para
advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvi en
un movimiento colrico:

--Defindete! ese cadver va  ser nuestro testigo!

--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando
convulsivamente su espada: ese cadver colocado entre los dos pide
sangre: defindete.

Y empez un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por
lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en
el lecho aquel cadver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de
los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con
suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar 
una parada: conocase en ambos la decidida intencion de matar  su
adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas
vigorosas: cubranse y reparbanse con un cuidado exquisito, con una
sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos
enemigos.

Pero  poco que se observase  aquellos dos hombres, se conocia que la
ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeo fuese cojo y manco,
defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna
y el brazo que tenia sanos, sino porque,  pesar de su valor y de su
sangre fria, Sedeo estaba aterrado, su terror crecia de momento en
momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le
devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia
habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian
la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de
Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna
ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la
esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera
atrevido  decidir rotundamente acerca de cul de aquellos hombres seria
el vencedor.

Conocalo esto asimismo Calpuc, y se afianz mas en su posicion y se
hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; not que
Sedeo,  pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por
tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del gnero de ataque
que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marc un golpe al rostro;
hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relmpago por
delante del nico ojo del capitan, y rebatiendo la mano,  tiempo que
Sedeo acudia  la parada por arriba, le meti la espada en el pecho
hasta la empuadura.

Calpuc dej la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse
con ella la vida del capitan: este lanz una horrible blasfemia al
sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pi y su pata para no caer;
pero al fin vacil y cay sobre el costado donde habia sido herido.

--Mi esposa ha muerto: exclam Calpuc, acercndose  l, pero mi hija
vive: sabes qu ha sido de mi hija?

--Ah! exclam con una feroz alegria Sedeo: has encontrado muerta  tu
esposa, y no sabes qu ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues,
mas tranquilo. Doa Ins no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu
hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me
servia... deshonrada! ah! hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpi al capitan, que lanz un vmito
de sangre.

--Contesta, contesta y te perdono... exclam Calpuc: qu has hecho de
mi hija? dnde est mi hija?

--Para qu quiero yo tu perdon? exclam con la voz enronquecida Sedeo:
yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque s que no tardars en
acompaarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi
venganza.

Un nuevo vmito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fcil, como rebosa el
agua de una fuente, interrumpi de nuevo al capitan.

Calpuc se aterr ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre
crueles labios del moribundo.

--Mi hija! mi hija! grit Calpuc inclinndose sobre el capitan, y
sacudindole furioso.

Torn  l Sedeo la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se
contrajeron de una manera horrible, y exclam en medio de una carcajada
dbil, dolorosa; pero sarcstica y acerada:

--Tu esposa! tu hija! las dos! y luego t!

Su voz se apag, se agit en un dbil esfuerzo, y faltndole el brazo
sobre que se apoyaba, cay y qued inmvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abri un vaco profundo en el alma de Calpuc.

--Ah! exclam: he sido un insensato: le he matado, y no he podido
saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... est muerto...
muerto...!

Calpuc qued inmvil como una esttua, con una ansiedad mortal pintada
en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvi
de una manera insensata hcia el lecho, se arroj sobre l, y bes una y
otra vez delirante, la fria boca del cadver.

Luego se alz, cort con su daga uno de los negros rizos de dona Ins, y
le envolvi en un pedazo de las ropas del lecho que cort tambien con su
daga: despues bes de nuevo al cadver, y dijo como si este pudiera
oirle:

--Adios, Ins! Ins de mi alma! yo moriria junto  t... pero mi vida
no me pertenece... pertenece  nuestra hija! t, cuyo espritu est
sin duda en el seno de Dios, guame para que pueda encontrarla,
fortalceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por
nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levant de sobre el cadver y se separ
algunos pasos; pero volvi de nuevo: parecia que un poder invencible le
ataba, le retenia junto al cadver de su esposa. Por una, dos y tres
veces, pretendi en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento
esfuerzo y sali frentico de la cmara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvi su rostro hcia el
interior, y rompi  llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alej  paso lento, y sali de la casa, cuya puerta dej
abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda
desesperacion:

--Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!




CAPITULO XIX.

De cmo la justicia fue  cerrar la casa del capitan, dejndola
enteramente deshabitada.


Aquella misma noche algunos monfes enviados por Yuzuf, entraban en
Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la
muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San
Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el
nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la
noche y por la soledad del Albaicin,  las casas de algunos moriscos
principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria 
Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil
monfes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de
arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los
corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que
al momento viniesen  Granada con los caballeros particulares y gente de
guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeo,
un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria
las silenciosas calles, entr en la de San Gregorio: al pasar por
delante de la casa de Sedeo, maravillle ver la puerta abierta y las
luces del zaguan encendidas.

--Pues segun los bandos, dijo el alcalde,  estas horas debia estar ya
cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere,
que la justicia castiga por su descuido al dueo de esa casa, en dos
ducados para obras pas.

Adelant el corchete con su linterna, y entr.

--Ah de casa! dijo.

Nadie le contest.

Asi entonces la cuerda de la campana y la agit: tampoco sobrevino
contestacion alguna.

Salise el corchete.

--Seor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona
viviente, que un caballo que est enjaezado en el zaguan.

--Volved  llamar, maese Barbadillo, volved  llamar.

Llam de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente;
pero no recibi mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre grio y seco, de
cincuenta aos, enhiest la vara de justicia, y alegrndose, con esa
alegra caracterstica de los curiales cuando les cae que hacer, esto
es, con una alegra maligna, se entr de rondon por la puerta franca,
seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia  la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que di por resultado encontrar una
casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma
viviente y con dos cadveres, el alcalde, aumentada su alegra en una
proporcion maravillosa, mand  un alguacil para que buscase de una
manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, 
fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libr testimonio de cmo en una casa grande de la calle de
San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueo no se sabia aun, por no
haber habido lugar  la indagatoria, y en una de las cmaras de aquella
casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Crte,
Anton de Zalduendo, los cadveres de una dama como de cuarenta aos,
muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus
divisas, capitan de infantera espaola, manco del brazo izquierdo, cojo
de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto  hierro y al
parecer en ria: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rvago,
cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que
mandase conducir los dos difuntos  la iglesia, y que al dia siguiente
los pusiese en sendas cajas de nimas en la puerta de la parroquia, 
fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues
de lo cual, y habindose llevado los difuntos los sepultureros, y
quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que
tenia sobre s el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que
le atravesaba de parte  parte, y la otra espada en la mano, sin seal
alguna de sangre, se procedi al inventario y embargo de los muebles de
la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el
otro en la cuadra, cerrndose y sellndose todas las puertas por la
justicia, y entregndose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo,
en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al
alborear el dia 1. de julio del ao de 1546.

Como se v, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes,
que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no
encontr en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no
habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del
capitan difunto con la de don Diego de Crdoba y de Vlor, puesto que ni
una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el
alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillera, constaba
que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se
haban hallado papeles interesantsimos para la salud de la repblica y
el servicio del rey.




CAPITULO XX.

Estrella.


La casa que el wal de los monfes Harum, habia procurado  su seor el
poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como
hemos dicho, una bellsima casa; mas aun, un pequeo alcazar situado en
una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las _Tres
Estrellas_, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en
cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas
incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco rabe agramilado
de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque
aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un
smbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido
en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos
confeccionar una leyenda  la que titularemos, Dios mediante, _Las Tres
Estrellas_.

Mas, volviendo  nuestra narracion, nos permitirn nuestros lectores que
digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando
acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequea y formaba uno de los lados del segundo ngulo
recto de la calle: la pequea y sencilla, pero bella puerta ogiva de
herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el
primer ngulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el
Alto; el muro  que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion,
ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeo agimez de estuco
labrado, con columnas de mrmol blanco de Macael, que correspondia  un
pequeo mirador con cpula, situado sobre el tejado de la casa, encima
del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que
estaba situado  la derecha de la casa, y que se veia desde la calle,
merced  la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del
ngulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos aos
hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo
que si hubiera sido de carton,  como las hojas secas de un rbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro,
pavimentado de mrmol, con faja de mosico  alicatado en la parte
inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba
prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas
pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales
faltaba luz. Frente  la puerta habia un delicado arco que daba paso 
un patio muy pequeo, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una
fuente abierta en el pavimento, de mrmol como el del zaguan; al fondo
de este patio habia una puerta mas pequea que daba  una estrechsima y
oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto,
desembocando en una galera, situada  la izquierda del patio, con
barandilla  balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el
piso bajo, y en la galera que hemos citado en el alto. Esta galera
estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada
en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas;
otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero
que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el
de la galera, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y
tringulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa.
Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas
de azulejos  mosicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y
follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes
nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos,
diferencindose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban
primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la
galera.

Por la puerta inferior se entraba en una cmara oscura; pero riqusima
en su pavimento de mosico, en sus arabescos y en su techo;  los
extremos de esta sala habia dos pequeos alhames  alcobas. Por la
puerta de la galera se entraba  otra sala enteramente igual; pero mas
baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galera habia una
pequea puerta que daba  una escalera, y aquella escalera desembocaba
en un pequeo corredor oscuro, que iba  dar al mirador que se veia
desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de
extension. Tres de sus costados tenian agmeces cubiertos por celosas y
por cortinas de seda carmes; en el otro costado estaba la puerta. El
friso de este mirador se hacia octgono, y sobre l se veian diez y seis
bellsimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se
levantaba una cpula de estalcticas, que remedaba con sus colgantes una
gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosico menudo,
caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que
naciendo de los ngulos, determinaban la figura octgona del friso; los
adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado,
todo perfectamente concluido; un hermoso sueo de un hbil alarife
realizado en miniatura. En aquella pequea estancia habia un divan de
seda y oro; cortinas magnficas en la puerta y en los agmeces y un
bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cpula habia una lmpara de seda, y de cuatro de
los cupulinos del octgono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian
aprisionados cuatro ruiseores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artstica
de la casa de las Tres Estrellas. A las dems dependencias, habitaciones
de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta
situada  espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el
muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y
algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos,
ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue  donde Yaye hizo conducir  Estrella desmayada, y 
donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el
soldado que servia  Sedeo, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jven tard mucho tiempo en volver de su desmayo;
acompabala Yaye, que observaba su estado, lleno de inters y de
caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye:
una caridad _sui generis_; pero al fin el jven llamaba caridad al dulce
sentimiento que le hacia experimentar, en mayor  menor grado, toda
mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos
propuesto respetar la conciencia del jven emir; pero era muy extrao
que la caridad de Yaye no se extendiese  los hombres ni  las mujeres
feas  viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye  Estrella habian sido
eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su
juventud, y por su magnfica hermosura, impresionaba fuertemente el alma
entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella
 una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le
hacia sentir una emocion dulce, lnguida, fresca, odorfera, si se nos
permiten estas dos ltimas extraas calificaciones: caridad que era de
todo punto independiente del amor que le inspiraba doa Isabel de Vlor,
amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un
impulso caritativo. Doa Isabel era para el jven la luz de su alma, su
amor contrariado, su empeo: doa Estrella, un ser dbil, necesitado de
proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los
pis del emir, y que estaba ante l plida, privada de sentido, y
sufriendo de una manera interna, , por mejor decir, orgnica. Yaye se
habia dicho, respondindose  s mismo, y como queriendo calificar el
lazo que le unia  aquellas dos mujeres, tan jvenes, tan puras, y tan
desgraciadas las dos:

--Estrella ser mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa,
ser mi amante: Isabel ser mia.

Pero entre tanto no volvia en s Estrella; el sacudimiento que habia
sufrido el alma de la pobre nia habia sido demasiado fuerte para que el
accidente causado por l fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella
congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas
peligrosa, si la ciencia no acuda al socorro de Estrella. Yaye estaba
realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta 
Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfes.

El jven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la
habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de
las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en s. Yaye no
se habia atrevido  desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la
habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente
de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la
duracion del accidente,  tomar, contra su voluntad y de una manera
desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspir
profundamente y abri con languidez los ojos, sus hermossimos ojos
negros,  los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos,
irresistibles.

Poco  poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levant sobre el
divan, pas sus pequeas manos por su frente, se apart las pesadas
bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y mir en torno suyo.

No pregunt donde se encontraba, no nombr  su madre, no se entreg 
ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que
serian ridculas  no ser por lo terrible de la causa que las motiva.
Nada dijo  Yaye, nicamente le asi una mano, y se la bes, dndole las
gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada
por lgrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies  la cabeza 
Yaye.

Luego se repleg sobre s misma y Yaye la sinti llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel,
porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jven emir lo comprendi
asi y dej  Estrella abandonada  su dolor; pero no se atrevi 
dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorri
los tapices de la puerta y de los agimeces y abri las maderas; frescas
oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y
uno de los ruiseores rompi en un magnfico trino.

Yaye tom la jaula, la descolg y llev fuera el ave cantora: parecile
que la alegra tranquila del pjaro debia punzar el alma lastimada de
Estrella; los otros tres ruiseores fueron desterrados tambien  una
habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron
silencio.

Cuando entr de nuevo Yaye en el mirador, encontr  Estrella mas
tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente
en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus
manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque
conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban
lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.

Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su
brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y
Yaye la oy murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante  un
suspiro:

--Oh! gracias! gracias, caballero! cunto os debo! sin vos qu
hubiera sido de m?

Yaye no supo qu contestar y contest  la ventura lo primero que se le
ocurri.

--Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.

--Y quin sino Dios, ha podido llevaros  mi lado en la terrible
situacion por que acabo de pasar?

--Creeis que haya sido Dios quien me ha traido  vuestro lado? dijo
Yaye pronunciando tambien estas impas palabras  la ventura, porque
estaba trastornado.

--Y quin sino Dios, respondi con acento sonoro y solemne Estrella, ha
podido valerse de vos para que consoleis  una pobre madre moribunda, y
ampareis  una huerfana infortunada? Quin sino Dios pudo haber hecho
que nos encontrramos y nos conocieramos en aquel meson de las
Alpujarras? quin sino Dios, ha podido inspirar  mi madre,  mi
infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? Creeis que
Dios no habla por la boca de los moribundos?

--Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclam
Yaye que segua hablando abandonado  s mismo,  por mejor decir,
abandonado  aquella situacion que le presentaba  Estrella con el
triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.

La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el
alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una
atmsfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de
sueos desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado,
loco, y sin voluntad, por decirlo as, de una manera instintiva, como
atraido por una influencia magntica, se sent en el divan al lado de
Estrella.

--S, s; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la
jven; Dios ha tenido compasion de m, y al herirme tan profundamente en
mi amor de hija, ha abierto para m una fuente de consuelo,
presentndome un alma noble,  la cual unir mi alma...

Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada  su dolor,  su
necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brill en
medio de su delirio.

Yaye no se atrevi  pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le
habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.

Pero como nuestro corazon es siempre exigente y desptico y siempre sale
vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el
suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia
fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas
implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre
ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo
habia gozado del desesperado afecto de su madre  la que acababa de
perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la
habia puesto su situacion, , tal vez desesperada, importndola poco
todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continu
infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su
magnfica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.

--Estoy sola en el mundo! sola y desesperada!

--Sola! esclam Yaye con un tmido acento de reconvencion.

--Cmo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los
ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he
olvidado todo... Oh, Dios mio! mi cabeza! tengo aqu un infierno!

Y se oprimi con ambas manos la frente.

Yaye la tom las manos, las separ de su cabeza y las retuvo entre las
suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor
indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos
jvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flido
irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.

Entrambos estaban plidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas,
entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que
ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.

Sin embargo, Yaye al contestar  la pregunta de Estrella, minti en
cierto modo, no sabemos por qu.

--Me llamo Juan de Andrade, la dijo.

--Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: por qu me
engaais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?

Estrella iba  decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado
para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura  la frase.

--Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido  deciros que
me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfes de las Alpujarras.

--Y qu importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto
mejicano: somos hijos y seores de dos pueblos dominados por los
espaoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos
enemigos. No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en
su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?

Yaye se acord, estremecindose, del extrao y terrible desposorio
efectuado con los dos por una moribunda, y detrs de aquel solemne y
sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vi pasar
la sombra de Isabel de Vlor, plida, triste, desesperada.

--Que Dios ha querido que nos unamos! exclam.

Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no
pudo notar el profundo terror de que eran hijas las ltimas palabras de
Yaye.

--Oh! y od, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os
lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce
algunos aos de reposo sobre la tierra, ser necesario que nuestras
almas se unan, porque yo os amo.

Por esta vez Estrella no vacil al pronunciar las palabras que
expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanz con una entonacion
firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.

Yaye exhal un grito que tanto podia parecer de espanto, como de
alegra, como de placer.

Y era que el amor de Estrella, producia en l al mismo tiempo aquellas
sensaciones.

--Si, yo os amo: el dia en que os v en el meson de las Alpujarras os
estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido,
profundamente preocupado; no s qu teniais en vuestra mirada de
sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprend que erais
desgraciado. Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un
vnculo bastante fuerte para acercar la una  la otra  dos almas
desesperadas. Despues cuando os habl, me ofrecisteis con toda la
expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confi en ella, como
siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. Cunto tiempo ha
pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo s, yo no he
medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en
vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas ntimo el
recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba:
no sabia cundo ni cmo os presentariais  mi vista; pero yo estaba
segura de volveros  ver, segura de que me salvariais, segura de que un
dia seriais para m mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un
hermano: estaba segura de que seriais mi alma.

La expresion del semblante y de la mirada de Estrella lleg al ltimo
desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la
esperanza: Yaye sinti como que su alma se fundia, por decirlo asi, en
aquella mirada; una fruicion suprema ensanch, dilat todo su ser, se
sinti trasportado  un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa
del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fcil:
decimos que se sinti, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de
su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que
compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su
fascinacion, de su trasporte, atrajo hcia s  Estrella.

La jven se dej arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion
convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estamp en
sus labios, exhalando por l todo el volcan que ardia en su alma, la
despertaron de su delirio y rechaz  Yaye.

--Aun est caliente el cadver de mi madre, exclam con un acento en que
vibraban  un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.

Yaye despert  su vez y comprendi que envuelto por la fascinacion que
habia arrojado sobre l  torrentes Estrella, habia dado un paso del
cual no podia volver atrs sin dar derecho  una mujer  que le llamase
infame.

Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su
semblante se entristeci, se dobleg sobre el divan y se cubri el
rostro con las manos.

Estrella se conmovi; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se
acerc  Yaye, le apart las manos del rostro, como antes habia hecho
Yaye con ella, le mir frente  frente con una expresion dulcsima y con
los ojos llenos de lgrimas, y le dijo:

--Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para m una nueva vida y ya
no estoy sola en el mundo: me amais... oh! s! me amais! Sed mi
esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo
con toda mi alma... pero abrir los brazos  la felicidad cuando mi
pobre madre... cuando aun no est santificada nuestra union...! oh!
no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que
mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos
encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido
hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os
hayais dejado arrebatar por vuestro amor... Oh! Dios mio! cuanta
desgracia y cuanta felicidad  un tiempo!

Y Estrella rompi  llorar; pero de una manera convulsiva, en una de
esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas
se medita en el valor de lo que se ha perdido.

Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.

En aquel momento se oy un golpe recatado en una de las puertas
interiores, y Yaye se dirigi  Estrella.

--Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado  dejaros sola y
quiero dejaros mas resignada.

Reson otro golpe mas fuerte y mas impaciente.

--Dejarme sola! exclam Estrella.

--S; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven  llamarme
y con insistencia. Oid.

Habia resonado un tercer golpe.

--Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasar... id donde os llaman.

--Pero estais desesperada... y lo temo todo...

--Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.

Yaye estrech una mano que le present Estrella, la bes y sali.

Apenas habia salido Yaye, Estrella se levant de una manera enrgica:
sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia
fija en la inmensidad; estaba plida, temblorosa y su boca entreabierta
tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.

Luego cay de rodillas, levant sus brazos y sus manos al cielo, y
exclam con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:

--Oh madre mia! madre mia! perdname si cuando acabo de perderte me he
atrevido  hablar de amor! Estoy sola en el mundo y necesito vengarte!
Ese hombre te vengar, s, te vengar aunque me vea obligada  ser su
manceba, su esclava! ese hombre te vengar! yo te lo juro!

Luego se alz y se sent pensativa en el divan: despues de su juramento
habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego
la reflexion se fue apoderando de ella y arroj una mirada indagadora al
fondo de su alma.

--Oh, Dios mio! exclam: le amar acaso...?

Se pas la mano por la frente, palideci aun mas, y luego dijo como
traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:

--Oh, s, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le v, y
hace un momento,  pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha
arrastrado, y he estado  punto de ser suya... y l, l me amar? oh!
s! ha sido generoso! ha respetado mi dolor y mi pudor! pero Dios
mio! sino me amara! si solo hubiese cedido  mi dolor y...  mi
hermosura! si solo me hubiese respetado por caballero! oh, Dios mio!
al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! oh, Dios mio!
ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! permite que sea su
esposa!

Yaye entr en aquel momento.

--Suceden cosas gravsimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es
imposible vengar  vuestra madre.

--Qu os es imposible vengar  mi madre! exclam profundamente
Estrella.

--Si por cierto, porque el capitan Sedeo ha sido muerto esta misma
noche  estocadas.

--Muerto  estocadas! y por quin? exclam con anhelo Estrella.

--Aun no puedo deciros quin es el hombre que le ha muerto: debe ser un
hombre que sali de la casa del capitan algun tiempo despues que este
habia entrado en ella de vuelta de un viaje.

--Con que el infame capitan Sedeo ha sido muerto por otro hombre en su
misma casa, acaso delante del cadver de mi pobre madre?

--Tal vez.

--Y quin os ha dado esas noticias? aadi Estrella, cuyo inters
crecia.

--Uno de mis mas leales servidores,  quien dej con algunos de los mios
en observacion de la casa del capitan.

--Y no podr averiguarse quin ha sido el hombre que ha matado 
Sedeo?

--Acaso, puesto que uno de mis monfes ha seguido recatadamente  ese
hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.

--Muerto el infame Sedeo!

--Y no es esto solo; poco despues una ronda entr en la casa que
encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron
con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio  quien
acompaaban... algunos sepultureros.

--Ah! exclam Estrella cuyo dolor se aviv: ya no volver  ver  mi
pobre madre!

--Su cadver y el de Sedeo fueron sacados de la casa y conducidos  la
iglesia: uno de mis monfes se hizo el encontradizo con uno de los
alguaciles  quien por acaso conocia, y supo por l que el capitan
habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma
cmara de vuestra madre.

--Oh! y cun justiciero es Dios! exclam Estrella.

--Pero no es esto lo que me obliga  separarme de vos; asuntos que
conciernen al pueblo, cuya corona cio, me imponen el imperioso deber de
ir  ocupar el puesto de honor que me corresponde.

--Vais  combatir con los cristianos? exclam anhelante Estrella.

--Es muy probable.

--Podeis morir en el combate.

--Es muy posible.

--Y yo...?

--Vos sereis...

--Detvose indeciso Yaye...

--Qu ser yo...?

--Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en
defensa de su pueblo oprimido.

--Partid, partid, seor, dijo Estrella cediendo  su amor y arrojndose
en sus brazos: partid; Dios no querr que murais, porque Dios no querr
hacer mas grande mi desesperacion.

Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye llor.

--Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantndola entre
sus brazos; para cuidar de vos, seora, queda un hombre que velar por
vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompaaros. Vais 
conocer  ese hombre.

Estrella se separ de los brazos de Yaye y se enjug las lgrimas.

--Ola! wali Harum! dijo Yaye asomndose  la puerta.

Harum, que venia completamente vestido  la castellana, apareci en la
puerta y se inclin profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un
wali antiguo ante un califa de Crdoba.

Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva
de una sultana.

--Mientras yo est ausente, dijo Yaye, servirs y obedecers  esta
seora, como me servirias y me obedecerias  m mismo. Si yo muriese,
seguirs sirvindola y obedecindola como si fuese mi hermana.

--Ser como querais que sea, poderoso seor.

--Ahora, doa Estrella, adios, dijo el jven acercndose galantemente 
ella y besndola una mano.

--Adios! adios! dijo Estrella; que la Santa Vrgen os proteja y os d
ventura!

Los ojos de Estrella se arrasaron de lgrimas, y la fue necesario hacer
un violento esfuerzo para contener su llanto.

Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brot libremente, y
Estrella exclam entre sus sollozos.

--Que me sirva como si fuera su hermana! por qu no ha dicho que me
respete y me sirva como si fuera su esposa?

Entre tanto Yaye decia  Harum.

--Para atender  las necesidades de esa dama mientras yo est ausente
tienes oro bastante?

--Si seor.

--Antes de emprender mi expedicion, que ser al momento, yo dejar
dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi
corona, lo que baste para atender  la subsistencia honrada de esa dama
durante toda su vida.

--Morir! seor! morir tan jven y tan valiente! eso no puede ser! el
Altsimo y nico velar por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro
pueblo.

Como llegaban entonces  las puertas de la casa, Yaye que habia tomado
una capa, una gorra y una espada, sali solo y se encamin  largo paso
 la calle del Zenete,  la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y
en donde habia conocido  doa Isabel de Crdoba y de Vlor.




CAPITULO XXI.

Los xeques del Albaicin.


El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vi ante s
al jven.

En el primer momento se arroj  sus brazos, le bes como pudiera
haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y llor y ri,
como un nio  como un loco.

--Oh! gracias al Todopoderoso, exclam, que te vuelvo  ver! Donde
habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?

--He estado en las entraas de la tierra y ahora salgo de ellas.

Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion  Yaye.

Abd-el-Gewar le ponder el mortal cuidado en que habia tenido  su padre
y  l mismo su prdida; los esfuerzos que se habian hecho por
encontrarle, por ltimo, que habiendo llegado el caso de un
levantamiento general, era necesario que le acompaara para darle 
reconocer como emir de los monfes al lugar donde debian reunirse los
xeques y los principales moriscos de la ciudad.

Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y
subiendo por las agrias cuestas que conducian  la torre del Aceituno,
entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una sea que
rindi  la puerta Abd-el-Gewar.

Hicironles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y
pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bveda
alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de
sus paredes y por su pavimento resbalizo y hmedo, parecia una cisterna
 algibe.

Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre
encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaos.

En aquellas sillas y en aquellos escaos habia como hasta treinta
hombres, la mayor parte de ellos ancianos.

Todos tenian impreso en su semblante el sello tpico de la raza mora;
todos estaban sobreexcitados, plidos y con las miradas chispeantes.

Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano
de rostro noble y enrgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia
la palabra  los dems, segun la altura  que se encontraba, su
peroracion, decia:

--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al
extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos,
sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? Qu importa que don
Diego de Crdoba y de Vlor, el hombre que estbamos decididos 
proclamar rey despues del triunfo, si el Altsimo se digna concedrnoslo
apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la
desgracia, qu importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y
que cuando, extraando su tardanza se ha ido  buscarle  su casa, se
nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? no hemos
lanzado ya todo temor? no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la
coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decs que, sin duda,
don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas,
ennoblecido por el rey de Espaa, nuestro enemigo, y honrado con
mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para
cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen
hora: asi nos ha avisado  tiempo de que es traidor  su ley y  su
patria, y podemos volver los ojos  otra persona mas digna y mas
valiente para ceir  su cabeza la corona del reino. Pero decs: si don
Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan
general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El
capitan general no puede tener maana mas soldados que los que tiene
hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducir  doscientos  trescientos
hombres mas, poco acostumbrados  la guerra, que podrn venirle de las
villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser
imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de
Granada vendrian  ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar
en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, maana mismo,
y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar  los
seis mil monfes que llegarn maana con Muley Yuzuf de la montaa, y 
falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Vlor
nombrar uno entre nosotros.

--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al
orador.

--Es Abd-el-Gewar, el santo faqu, dijeron algunas voces.

Todos se levantaron y saludaron  Abd-el-Gewar.

Cuando se hubo restablecido el rden, momentneamente turbado por la
aparicion del anciano faqu y de Yaye, pregunt el xeque que parecia
presidir aquella reunion revolucionaria:

--Y quin es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?

--Ese capitan es el jven que me acompaa.

--Cmo! y  un jven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia
sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi  un nio, hemos de entregar la
suerte del reino?

--Y qu diriais, exclam Yaye, adelantando con altivez al centro del
espacio determinado por los escaos y por la mesa, qu diriais, si ese
nio imberbe os dejase abandonados  vosotros mismos?

--Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclam con desprecio el orador.

--El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclam con
una clera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis
vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la
expresion de mi voluntad.

--Quin eres t que asi te atreves  insultarnos? exclam con clera el
Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dej la mesa y se
vino furioso hcia Yaye.

El jven le asi con una mano de hierro, le dobleg y exclam con acento
vibrante:

--De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfes!

--El emir de los monfes! exclamaron absortos todos los circunstantes.

--S: el emir de los monfes, el magnfico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar,
dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye  pesar de su educacion medio
castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente
y la terrible altivez de los dspotas musulmanes; s, el emir de los
monfes es el que teneis delante.

--La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras
los dems miraban con recelo  Yaye y  Abd-el-Gewar; la prueba de que
ese mancebo es el emir!

--Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te
dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su
corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?

--Es verdad.

--No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntbais si era mi hijo
ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso seor?

--S.

--Pues bien, he ah que el padre de este noble mancebo es Yuzuf
Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.

Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las
palabras del anciano faqu, notse un cambio completo en la disposicion
de los xeques respecto  Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevi 
decir:

--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los
xeques del Albaicin habian elegido por su seor  don Diego de Vlor,
segun le llaman los cristianos,  Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos
nosotros.

--Si! dijo con desprecio Yaye, al miserable cobarde que doblegaba la
cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los
monfes vivian sueltos y libres merced  su valor y  una guerra
contnua en la montaa! al infame traidor que, cuando llega la hora del
combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se
hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su
traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese
delito  don Diego de Vlor.

--Y quin nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfes, los
que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusndole de
traidor, vens  reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los
ancianos.

--No necesito yo, emir de los monfes vuestra ayuda, cuando vivs
enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no
podreis alzaros sin que mis monfes os ayuden. De quin es el poder?
De quin la fuerza?

--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los
de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa
disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo  la salud del reino.
Ests dispuesto  jurar sobre este santo Koran, (y abri un libro
ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido
en la prision de don Diego de Vlor?

--Lo juro, dijo el jven con voz segura y tendiendo una no menos segura
mano sobre el Koran.

--Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?

--Lo juro.

--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, aadi
volvindose  los dems xeques; admitimos por nuestro capitan al emir?

--Si, dijeron  una voz todos.

--En cuanto  lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continu el Homaidi,
primero es triunfar de los cristianos.

--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.

--Despues, continu el Homaidi, el reino te elegir  no por su rey.

--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyndose en una prescripcion del
Koran, y yo que vencer al cristiano, vencer tambien al que quiera
disputarme la corona.

--Eres valiente  pesar de tus pocos aos, emir, dijo otro de los
ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos sers un esclarecido
rey.

--Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de
lleno en sus funciones de capitan de la empresa.

--Con cuatro mil.

--Todos fuertes?

--Todos valientes y experimentados.

--Tienen armas?

--S.

--Dinero?

--S.

--Estn ordenados en taifas?

--A una seal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual ir 
reunirse al lugar que le est sealado.

--Quienes son sus capitanes?

--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.

--Pues, bien; id  avisar  vuestra gente que estn dispuestos para
maana  la noche  la primera seal: t Homaidi, y t Abd-el-Gewar,
permaneced conmigo.

Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.

Agrupronse alrededor de la mesa y se pusieron  tratar de los
preparativos en la insurreccion.




CAPITULO XXII.

Del tristsimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en
Granada.


Al dia siguiente, como  las doce de la maana, atravesaba por el lugar
de Alfargue, prximo  Granada, un caballero como de sesenta anos,
ginete en una mula y defendindose del sol, que picaba demasiado, con
una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo,
ginete tambien en una mula, y detrs, caballeros en rocines, iban como
una docena de lacayos jvenes y robustos, armados  la gineta.

Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes
enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los
cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro,
una acmila cargada con dos grandes cofres.

El que parecia seor de toda esta gente, el caballero de los sesenta
aos, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos
negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombro, de mejillas plidas,
de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los
cabellos canos y muy cortos. Vesta un sayo negro de raja de Florencia
sencillo y sin cuchilladas, unos gregescos de lo mismo, gorguera de
cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una
pequea pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza:
sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con
guardamano, y dos pedreales en sus fundas en el arzon delantero.

Por ltimo, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho
una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.

Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por
su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su
numerosa servidumbre, demostraba que era un seor y un seor de los
grandes de aquellos tiempos.

El escudero que le acompaaba, vendria  tener sobre poco mas  menos su
misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y
por su desembarazo  caballo y por cierto sabor militar, de haber sido
en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba
la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba  su amo, como si se
hubiera tratado de un enfermo.

Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban
sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios,
coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un
largo arcabuz  la derecha de la silla.

Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda  su amo, y no
caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian  la
sazon por una cuesta bastante empinada.

Not el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se
volvi displicente  su escudero.

--Saez, haz caminar mas deprisa  esos bergantes. No sabes que el
capitan general nos necesita en Granada esta tarde?

--Aun no son las doce, seor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de
plata voluminoso y semi esfrico; hemos salido de Gudix al amanecer y
ya estamos  media legua de Granada.

--Si, pero ahora amanece  las tres de la maana, dijo el caballero.

--No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos
no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cun agria es la cuesta por do
vamos.

--Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando
roncamente el seor excelentsimo.

--Por lo mismo, seor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes
desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente  su
magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. Qu
importa  vuecelencia que los moriscos se subleven  no?

--Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de
que me contrarien. Qu me importa que se subleven los moriscos? all
donde se levante un rebelde al rey, all est mi odio. Los vencidos
rebeldes! ah! daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber
toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de Espaa! Infames!
Bandidos!

--Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no
han hecho ningun dao  vuecelencia.

--No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin
tener al lado mas que afectos interesados.

--Seor! exclam con acento de respetuosa reconvencion Saez.

--No hablo por t; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy
harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de
mi palacio de Gudix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que
hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.

--Ya he aconsejado  vuecelencia que viva en la crte.

--En la crte yo! para irritarme entre la turba palaciega de
extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono
del emperador Don Crlos! qu habia yo de hacer en la crte? No, no;
necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun
tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra vive
Dios! la guerra que tratndose de los moriscos ser larga y peligrosa,
porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes
y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una
pelota de arcabuz, una lanza  una saeta, mejor, tanto mejor... as
acabar de sufrir.

Guard silencio aquel extrao personaje y el escudero no se atrevi 
sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se
irritase.

Habase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas
desembarazadamente, y en poco espacio llegaron  la puerta de Fajalauza
y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.

Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo
nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto  la
iglesia de San Gregorio el Alto.

Por aquella calle tomaron el noble seor, su escudero y sus lacayos.

Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas
estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata
dobl el ngulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que
se empinaban para mirar  un centro comun, se agolpaban en la puerta de
la iglesia.

--Que es eso Saez? qu miran esos galopos? dijo el caballero.

--Lo ignoro, seor.

--Que lo ignoras! que lo ignoras! no te he preguntado para que me
respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.

Acerc la mula el escudero, y mir cmodamente por encima de la
multitud lo que la multitud miraba, mientras que su seor, no queriendo
ponerse en contacto con la plebe, se mantenia  una distancia medida por
el orgullo.

Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la
puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, 
por mejor decir, los dos cadveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos
cules eran aquellos cadveres. El de doa Ins de Crdenas habia sido
amortajado con un hbito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y
 pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte
la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una
niebla fantstica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo
y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos
negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado
derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi
 raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadver, cuya
blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba  la difana
blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera
indudable eso que se llama distincion de raza.

En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado;
tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vaca manga izquierda de
su jubon  un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado
este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lvido  su
semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y
 travs de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una
horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una
espuma sanguinolenta.

Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto
de los dos cadveres, que su seor hubo de llamarle: pero Saez no le
oy: repiti el incgnito personaje una, dos y tres veces su
llamamiento, y tampoco le oy. Entonces uno de los lacayos crey que
debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo
acercndose  l y tocndole en el hombro:

--Seor Gabriel, su escelencia os llama.

--Eh! dejadme, exclam volvindose todo hosco al lacayo.

Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas
vi los cadveres, habia sido singular.

Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto,
luego se puso tan plido como los dos cadveres y se extremeci todo.

--Oh! no no puede ser! murmur: seria horrible: doa Ins mi seora y
el capitan Alvaro de Sedeo! le conozco, s, le conozco;  pesar de esa
pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el
rostro. S, s, es necesario creerlo,  menos que el diablo se est
burlando de m; esa es doa Ins: mas vieja... ya se v! han pasado
veinte aos... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadver  la
hermosa nia de quince aos que era la alegra de la casa: y l... l...
s, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en
quien mi seor se habia empeado en ver un valiente hidalgo y un hombre
de bien: valiente si, hidalgo pase, pero hombre de bien...! y cmo es
que estn aqu juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al
menos en la casa de mi seor?

El escudero necesit salir de dudas acerca de este ltimo punto, y crey
que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por rden
superior estaba de guarda junto  los cadveres.

Inclinse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido,
 pesar de las mltiples conversaciones de los curiosos.

--Eh! seor ministro! seor ministro! tiene vuesamerced la dignacion
de escuchar una palabra?

Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con
mucha consideracion  las gentes de justicia.

Volvise el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante
mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien
le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas 
hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los
curiosos, y asindose al arzon, dijo con semblante propicio:

--Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.

--Gracias, seor ministro. Ahora, bien, para que tienen ah  esos dos
difuntos?

--Estn expuestos para ver si hay alguien que los conozca.

--Qu! nadie los conoce?

--Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relat ce
por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la
justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.

--Preguntse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia
en aquella casa, prosigui el alguacil, y nadie supo decir si no que era
un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En
cuanto  la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que
viviese en tal casa una mujer.

--Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...

--Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden
decir.

--Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.

Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su
bolsillo  todo evento, la sac conteniendo un doblon de  ocho, que con
gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que
el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el
escudero trataba con buenos modos  las gentes de justicia, sabia que
esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto
con tal de que lo paguen bien.

Entreabri un tanto con disimulo la mano el corchete, mir rpidamente y
de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se
dulcific aun mas y guiando maliciosamente un ojo, dijo  Gabriel.

--Ciertamente que sois un honrado hidalgo,  quien no se puede negar
nada; pero inclinad un poco mas la cabeza  fin de que nadie nos oiga y
prometedme que guardareis secreto.

--Pues ya se ve, y callar mas que un muerto.

--Pues seor, habeis de saber que el seor Andrs Zorcillo, escribano
que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita
mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarrea, garrida
donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos
tiene  mi mujer y  m, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que
nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la
cara. Pues, bien, el seor Andrs Zorcillo me ha dicho, que nada menos
que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de
infanteria espaola Alvaro de Sedeo.

--Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...

--Qu dama?...

--La difunta.

Mir rpida; pero profundamente el corchete al escudero, y contest.

--Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era
esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los mdicos que
han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.

--Y por dnde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? pregunt
con inters Saez.

--Cmo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en
un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan
era un perro monf, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia
consigo dos esclavas: la difunta, y otra...

--Y esa otra esclava? exclam con anhelo Saez.

--Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mat
al capitan.

--Y quin es ese hombre?

--Un mejicano rebelde: uno de esos perros idlatras de Nueva Espaa, que
acometen las villas espaolas, roban las doncellas y los nios y despues
de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.

--Ella esclava del capitan! murmur de una manera ininteligible Saez,
otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado
muerte en su propia casa  Sedeo...! Oh! oh! Y decidme seor
ministro, cmo se ha averiguado que ese idlatra ha muerto al capitan?

[imagen: Para qu tienen ah  esos dos difuntos?]

--Ah! para la justicia no hay nada oculto, seor escudero: figuraos que
el seor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la
plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y
supo les daba dinero  mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia
un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mand
prenderlos, y cuando los registraron en la crcel para ver si tenian
algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... no reparais
en que falta  la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijramos,
de la parte del corazon?

--Si, si que lo veo.

--Pues bien, ese rizo se encontr sobre el mejicano, envuelto en un
pedazo como de tela de sbana que estaba cortado al parecer con un
pual: comprobados el rizo y el pao, se hall que era indudablemente el
rizo aquel el que se habia cortado  la difunta, y el pao... el pao
faltaba de las sbanas de la cama donde se encontr el cadver, y
comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con
la falta que habia quedado en la sbana.

Cuando el alguacil llegaba  este punto de su revelacion fue cuando
impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de
Gabriel, le llam, y cuando el lacayo le avis de que su seor le
llamaba.

--Dnde vivs, seor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho,
hubo despedido bruscamente al lacayo.

--Vivo en la Calderera Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el
alguacil, al lado de la carnicera, preguntad por Picote, y todo el
mundo os dar razon.

--Pues bien, ir  veros esta noche, y  Dios que mi seor se
impacienta.

Revolvi Gabriel su mula, y de nuevo se puso plido y tembl; pero mas
profundamente que la vez primera: impacientado el incgnito de la
pesadez de su escudero, habia ido  avisarle por s mismo; al acercarse,
dominando, por razon de la altura de su mula, el crculo de curiosos que
rodeaban  los dos cadveres, su vista habia chocado con el de doa
Ins.

El desconocido lanz un grito horrible, en el momento en que Gabriel
Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atnita, fascinada,
mortal con que su amo miraba el cadver: luego, el incgnito, y antes de
que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendi los brazos hcia
el cadver, y grit con un acento desgarrador, inmenso, como si se
hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:

--Hija de mi alma!

Y cay inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera
valerle.

Aquel incidente lgubre, dramtico, en todo su horror, aterr  los
circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tir mas que se
ape de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus
caballos, corrieron  socorrerle: el inters era general; hasta el mismo
alguacil Picote se conmovi: el incgnito, segun dijo un mdico que se
apareci como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado,
y fue conducido  una casa inmediata que se le abri francamente,
probando una vez mas la caracterstica caridad espaola; la curiosidad
pblica, cambiando de objeto, se apart de los cadveres para volverse 
aquella casa,  la que no tard en acudir la justicia, que siempre se
mezcla por Espaa  todo: un cuarto de hora despues sali Gabriel
plido, trmulo, de la casa  donde habia sido conducido su seor, y,
acompaado de un alcalde y de un escribano, adelant hcia los cadveres
 los que rodeaba un nuevo crculo de curiosos.

Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el
alguacil Picote, y Gabriel, con las lgrimas en los ojos, dijo con voz
conmovida, pero que todos pudieron oir:

--Habeis puesto esos cadveres  la vista de todo el mundo para que
declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que
este cadver es el de mi noble ama la excelentsima seora doa Ins de
Crdenas, hija nica del excelentsimo seor don Juan de Crdenas, duque
de la Jarilla.

--Y ese otro, pregunt el alcalde?

--Ese otro, dijo con clera Saez, es el del infame capitan de
infantera, Alvaro de Sedeo.

Gabriel no se apart de all hasta que dej depositado en una capilla de
la iglesia el cadver de su seora, convenientemente alumbrado, y
guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado  otros dos en
busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la
construccion de un fretro magnfico, volvi triste y cabizbajo  la
cabecera del lecho de su amo.




CAPITULO XXIII.

Los desfiladeros de Dar-al-Huet.


Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra,
esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en
silencio algunas tropas como en nmero de quinientos hombres.

Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compaias
diferentes,  juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros,
otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban  pi, y todos llevaban
arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqus de
Mondjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arns
 la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirvindole de
escolta como hasta veinte rocines. Comprendase que aquella gente habia
sido reunida de pronto, para acudir  un peligro, y que no se habia
cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos,
detrs de los caballos que constituian la guardia del capitan general.

Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el
marqus de Mondjar, y el presidente de la Chancillera y el corregidor,
tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir
gente bastante para contrarrestarles en el trmino de un dia.

Verdad es que muchos caballeros  hidalgos de los alrededores habian
acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan
general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente
llegaba  penas  doscientos hombres, en la generalidad mal montados,
peor armados, y poco acostumbrados  la guerra.

Conoci el marqus de Mondjar que aquellas gentes mas que de socorro le
servia de embarazo; pero para no disgustarlas las meti en la Alhambra,
las hizo distribuir por los adarves, dej en la fortaleza cien soldados
viejos para servir la artillera y guardar las puertas, y otros
cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las rdenes del
corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar
asegurar la ciudad donde  la caida de la tarde se habian notado seales
de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles
habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer
barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los
monfes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance.
Comprendilo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas
bastantes para ello, se decidi  salir  cortar  los monfes el camino
de la ciudad,   morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfes, con arreglo  la traidora revelacion de Alvaro de Sedeo,
debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por
Dilar. El capitan general tom por el costado de Generalife arriba, por
una caada del cerro del Sol y luego torci por un mal camino que guiaba
al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.

Marchaba la gente  gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una
hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron  unos speros
desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos lleg un adalid de los que el marqus habia enviado
 la montaa, con la noticia de que los monfes, en nmero de seis mil
hombres se acercaban  Dilar, y que detrs de ellos y por los atajos,
sin ser sentida, venia la compaia de arcabuceros del capitan Sedeo,
bajo las rdenes del alfrez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqus era inmejorable para una
emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra,
 la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqus, buen
capitan, prctico en la guerra y en el terreno, dividi su escasa gente
en pelotones, que situ convenientemente entre las breas, y l con sus
ginetes, se situ  la salida del desfiladero  la parte de Granada en
un pequeo valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dise rden  todos de que guardasen el mayor silencio, y  pesar de que
hacia una luna clarsima, nadie hubiera creido que hubiese una sola
persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la
gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando  Granada, oiase
perfectamente desde all ese lito de vida que se desprende de una gran
poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien
se percibe, desde los silenciosos campos; oase el rel de la iglesia de
Santa Mara de la Alhambra  lo lejos y casi perdido; pero la campana de
la torre de la Vela callaba, seal clara de que no habian lanzado aun el
grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera
oido tocar  rebato aquella campana, y el estampido del caon de la
Alhambra.

Pas una hora, y se oy tocar  animas todas las campanas de las
numerosas parroquias, conventos y cofradas de la ciudad, y sin embargo,
pas aun largo espacio sin que una sola persona atravesra el silencioso
desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de
tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia
evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqus de Mondjar lleg  creer, y su suposicion era muy posible,
que los exploradores de los monfes se habian apercibido de la ocupacion
del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian
tomado otro camino para llegar  Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al
marqus que correr  la Alhambra en el momento que la campana de la Vela
y el caon de la Alcazaba diesen la seal de alarma.

Pero si los monfes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la
escasa gente que la guarnecia. El marqus, pues, estaba en un estado de
ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el
desfiladero, y despues una banda de monfes, exploradores sin duda,
pasaron  buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las
breas, entre las cuales se ocultaban el marqus y sus ginetes.

Los monfes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y
lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una
bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una seal de los exploradores
para avisar al grueso de los monfes que el desfiladero estaba franco y
seguro.

Por fortuna, mientras dur la parada de los exploradores, no relinch un
solo caballo, ni se escap un tiro de un soldado imprudente. Poco
despues se oy rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si
no temiese ningun peligro.

La rden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqus  la
cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese
fuego hasta que los monfes estuviesen extendidos en el desfiladero,
despues de lo cual era fcil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfes de llegar al
sitio donde estaba emboscado el marqus, antes de que se disparase un
solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban  desembocar en
el valle, el mismo capitan general sac de su arzon un pistolete y le
dispar. Inmediatamente, de entre todas las breas cayeron nutridas
descargas de arcabucera sobre los monfes, que sorprendidos, aterrados
en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general,
saliendo de su acechadero  la cabeza de su pequeo escuadron, se
lanzaba sobre ellos gritando:

--Por el rey! Santiago y cierra Espaa!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los espaoles,
los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfes que
estaban  la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la
sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hcia el interior del
desfiladero.

El desrden de los monfes era ya irremediable: en vano el valiente
Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les
gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen
y penetrasen en las breas, para que fuesen vencidos; en vano los mas
valientes de los wales, procuraban llevar  sus taifas  los lugares de
donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinbanse
los monfes, apretbanse, y las balas que silbaban entre ellos, los
tendian  centenares, mientras el marqus de Mondjar y sus ginetes se
ensangrentaban  mansalva en aquella multitud dominada por un terror
pnico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqus
de Mondjar, y desprecindola por poca, no creyendo que se atreviese 
salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen
ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfes, ante un
ataque invisible  inesperado; terror que nada tenia de extrao, porque
cada uno de los monfes creia tener sobre s un ejrcito.

Yuzuf era uno de esos valientes  quienes las dificultades y el peligro
irritan, y volvindose  los que le rodeaban y alzndose sobre los
estribos exclam:

--Ah! de mis wales!  m!  m todo el que quiera morir con honra!
Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puado de perros
cristianos ocultos entre las breas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envisti con
ellos al escuadron del marqus. Pero de repente Yuzuf vacil en su
caballo y cay; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus wales se arrojaron sobre l, y le recogieron: oyronse gritos
desesperados y una voz robusta que grit:

--El valiente Yuzuf, el magnfico emir, ha sido herido! salvemos al
emir!

Y aquella voz corri de boca en boca  lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos
 quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo
que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los
wales, lo hizo cada monf por s mismo; se arrojaron  las breas
sufriendo el fuego de la mosquetera, y muy pronto los soldados del
marqus se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y
replegados al valle.

El capitan general seguia batindose al frente de su pequeo escuadron;
pero cuando vi que el fuego de mosquetera se habia apagado, que solo
resonaba ac y all algun tiro perdido entre las breas, y escuch los
alaridos de triunfo de los monfes, conoci que todo estaba perdido y
mand  sus trompetas que tocasen  recogerse.

Muy pronto la gente del marqus formada en buen rden, colocada delante
de la caballera, empez  retirarse, dando siempre el rostro al
enemigo, y arrojando sobre l el fuego de su arcabucera; pero todo
parecia intil; los monfes empezaban  flanquear la montaa, amenazando
cortar  los cristianos, lo que, atendido su nmero, no les hubiese sido
difcil, cuando se oy sobre los mismos flancos fuego de mosquetera.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la
compaa de arcabuceros de Alvaro de Sedeo.

Ignorando los monfes el nmero de gente que venia en auxilio de los
castellanos, tocaron tambien  recoger. El capitan general, que sabia lo
escaso del socorro que le habia venido, toc  recoger de nuevo,
incorporsele la compaa de Alvaro de Sedeo y sigui en buen rden su
retirada hcia la ciudad.

Los monfes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus wales
estaban en consejo.

--El valiente Yuzuf est gravemente herido; dijo uno de ellos: qu
debemos hacer, hermanos?

--Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos  la montaa,
dijeron algunos.

--Pero y los de Granada?

--Que se compongan como puedan.

--Lo primero es nuestro emir.

--A la montaa!  la montaa!

Poco despues toda aquella gente se volvia  las Alpujarras, llevando
consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran
gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaa.

La bala de un soldado desconocido habia salvado  Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadveres de algunos soldados
castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que,
abandonados, habian sido rematados por los monfes.




CAPITULO XXIV.

De cmo,  causa del levantamiento del Albaicin, cometi Yaye su primera
infamia.


Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio  la
Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dise rden de que no se dejase salir  nadie de la fortaleza para que
no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqus
de Mondjar, asomado  un agmez de la torre de Comares, con la vista
fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa
de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Concese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que
se extiende por una parte  lo largo y por cima de la calle de Elvira,
mas all del Zenete, que corre  lo largo de dicha calle, y por otra
parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose
hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro,
donde ahora est situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta
mas abajo la iglesia de San Cristval.

Este barrio tiene dentro de s una fortaleza que se llama la Alcazaba
Cadima, y un nmero considerable de parroquias, capillas y conventos de
frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que
tiene en la actualidad,  pesar del gas y de la civilizacion. Esto
consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado pblico, y en
aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de
cada calle, en el ngulo de cada plaza, una lampara encendida, delante
de una imgen, de una cruz  de un ecce-homo, colocados dentro de un
nicho,  simplemente clavados  la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de
las puertas de iglesias, conventos, cofradas, ermitas, capillas y
cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las
linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro,
alumbrado y acompaado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde
pualada en sus oscuras calles  se roba alguna capa vieja, y que en
aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la
jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto  estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si
ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se
piensa en alguna miserable ria de taberna, entonces al ver un hidalgo
muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la
justicia y los que no eran la justicia se decian:--Quin ser ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le
considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario
noble y rico, que en el momento en que escribimos estas lneas: al
Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas
ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de
escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos
viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos
aos el Albaicin solo ser un monte cubierto de hermosos crmenes, cuyas
cercas se habrn hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta,
en medio de cuyos crmenes, se sostendran en pi durante algunos aos
aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la
conquista.

Hace muchos aos que Granada se est transformando, y perdiendo en sus
transformaciones, y llegar un dia en que solo la queden algunos barrios
desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo
que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrir por
s mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas
alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretndonos  la noche
en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una
sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los
moriscos,  porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que
desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian
encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del
Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechsimas y los
aleros de las casas se cruzaban, superponindose en la mayor parte de
ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso
de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen
experimentado por s mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un
hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que
marchen dos hombres de frente  caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, s, algunas plazas medianamente
espaciosas, donde reflejaba  sus anchas la luna; pero en aquellas
plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una
animacion de mal agero; iban, venian, se detenian y hablaban entre s,
hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin
que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban 
la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados
de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que
era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian
suprimido por s mismas, lo que prueba el admirable instinto de las
gentes de justicia para esconderse  tiempo, en cuanto asoman los
primeros sntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos
estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las ltimas casas de la
parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban
un terreno spero, que hoy est cubierto de nopales,  la falda del
cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dcha plaza decimos,
donde  pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver 
aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se
paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del
faqu Abd-el-Gewar, que  pesar de sus aos, estaba completamente armado
como el jven, y, como l, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres
armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos
grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos
grupos: habian dado ya las nimas y ninguna noticia se tenia de la
aproximacion de los monfes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como
de costumbre, sin que,  pesar de la luna, se viese brillar una sola
arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se
veia el farol de los artilleros en la batera de la torre de la Vela, ni
en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al
combate,  pesar de que el capitan general no podia ignorar que las
calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en
armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombro y silencioso y
desiertas sus bateras.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo
el marqus de Mondjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos
estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan
descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfes que debian entrar en el
Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo
del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela di, segun
costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos
momentos; aquella era la nica voz del castillo y aquella voz parecia
decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba  apoderarse de las masas
que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de
noticias: aquella impaciencia empezaba  ser miedo, y el miedo 
expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar  Yaye,
que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogi
de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no est en su
mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios
que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfes. Pero
al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos,
se present  caballo y con las seales de haber venido corriendo 
rienda suelta, un wal de los monfes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la
puerta, creyendo ya cerca el ejrcito auxiliar, rompieron en una
aclamacion de alegra; pero el wal no contest  aquella aclamacion y
se redujo  preguntar con semblante hosco, dnde estaba el poderoso emir
Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El aspecto del monf, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus
miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y
no sabiendo qu pensar, condujeron al wal  la plaza donde habia
establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el wal estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jven
era el emir, se arroj del caballo y se prostern ante Yaye.

--Magnfico y poderoso seor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas.
Vengo  avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su
gente  las Alpujarras.

--Que se vuelve mi noble padre  las Alpujarras? exclam con asombro
Yaye.

--Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de
Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso.

--Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? Luego
alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando  los cristianos!

--S, s, dijo sombriamente el monf, nos han hecho traicion y han
ocurrido horribles desgracias.

--Y mi padre?

--La mano de Dios protege  los reyes, dijo profundamente el wal.

Habasele ordenado, para evitar  Yaye cuanto fuese posible lo doloroso
de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de
ella, y el wal cumplia exactamente su encargo.

--Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continu el wal, me encarga
deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros
de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero
que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un
momento  la montaa.

--Ya lo ois, dijo Yaye  los xeques que le rodeaban; mis monfes han
sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

--Oh! exclam con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los
xeques: el infame don Diego de Vlor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando  las masas excitadas, pasaron de
boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron 
la carrera, trmulos de corage,  la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba  los xeques y 
los capitanes, que fuesen  retirar la gente y  quitar las barreras de
las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al
antiguo aspecto de paz y sumision, oyse hcia la parte de San Gregorio
el Alto un alarido informe; luego reflej un resplandor indeciso,
despues una llamarada y luego otra y al fin se declar un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una seal de alarma, retumb el ronco
estampido del caon de la Alhambra, y la campana de la Vela empez 
tocar apresuradamente  rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta
las distantes cumbres de las montaas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente  las avenidas
por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin;
mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al
aire sus arcabuces en seal de levantamiento, algunos entraron en la
plaza donde Yaye absorto no sabia qu partido tomar, y gritaron:

--La casa de don Diego de Crdoba y de Vlor ha sido acometida y est
ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se
encontraba, el peligro de un combate  todas luces dudoso, contra los
cristianos, todo desapareci de la imaginacion de Yaye, en la que solo
qued una idea: la de doa Isabel de Crdoba y de Vlor, abandonada en
la casa de su hermano  una turba feroz irritada y sanguinaria:
entonces, sin decir una sola palabra  los que le rodeaban, ni hacerse
seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; ech  correr como un
frentico hcia la casa de don Diego, lleg, tir de la espada, se
abri paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta
que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logr penetrar
en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia
sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

--Al cristiano! al cristiano traidor, que viene  socorrer  los
traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con
las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

       *       *       *       *       *

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desrden
espantoso.

En el primer momento de peligro, doa Elvira, sin cuidarse de la
seguridad de su cuada doa Isabel,  quien aborrecia de muerte, corri
al aposento de don Diego, abri la puerta secreta y se refugi en la
mina.

En cuanto  doa Isabel y  los criados, aterrados, sobrecogidos, 
penas tuvieron tiempo para hur al huerto en busca de una salida por el
postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave;
el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror
les aconsej que buscran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos rboles arrimados  la cerca: los hombres,
sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doa Isabel, porque en los
momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de s mismo, treparon
 los rboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron  la calle y
huyeron.

Doa Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba 
iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares
de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego  la leera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy
pronto torbellinos de fuego.

Oanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las
habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doa Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se
ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas
eran demasiado dbiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doa Isabel aumentaba, y
el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el
incendio se habia propagado  toda el ala del edificio que daba sobre el
huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplombanse los tabiques, y  travs de algunos boquerones, se veia
pasar y cruzar  la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba
al huerto; pero ya por la parte superior tocaban  su techumbre. Por el
fondo de aquel portalon se veian pasar de contnuo hombres con antorchas
encendidas  cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia
dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles;
voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

--Al traidor! al castellano! matadle!

Llense al fin el portalon de gente y doa Isabel,  pesar de su terror,
vi que un hombre solo retrocedia defendindose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada
 este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la
espalda; pero se veia obligado  retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian,
entraban casi en el huerto, doa Isabel, que contemplaba fascinada aquel
espectculo, lanz un grito de horror: el techo del portalon, invadido
por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejndolos
sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno salt un hombre, y al verse incomunicado
con el interior de la casa, empez  buscar, como fuera de s, una nueva
entrada que hubiese respetado el fuego.

Doa Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse,
contemplando en l un enemigo,  alegrarse considerndole como un
salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el
techo del portalon, cogiese solo  los que le acosaban y mantenia
alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del
hundimiento le tocase. Doa Isabel not que estaba vestido  la
castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia
en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que
estaba muy lejos de pertenecer  la canalla incendiaria y rapaz que
habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permiti  doa Isabel ver en aquel
hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le
hubo mirado con alguna insistencia, arroj un grito que tanto expresaba
terror como alegra, y cay de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al nico hombre  quien habia amado;
por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido 
Yaye.

A su vez Yaye oy el grito de doa Isabel y se volvi. A la luz del
incendio, que dominaba  la de la luna, vi una mujer de rodillas, y
junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corri
desalado hcia ellas, lleg  doa Isabel, la apart las manos con que
se cubria el rostro, la mir frente  frente y arroj un grito de
insensata alegra; doa Isabel mir tambien  Yaye, palideci de una
manera mortal, lanz un gemido, y no pudiendo resistir  tantas
emociones, cay por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer  doa Isabel, pens en arrancarla de aquel
lugar de peligro: fu  la puerta, que pugnaban en vano por abrir las
criadas, apart  estas, desenganch un pistolete de su cinto, busc la
cerradura,  hizo fuego sobre ella: la cerradura salt rota en mil
pedazos, Yaye abri el postigo, y las tres criadas escaparon al momento,
como pjaros  quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue  donde estaba doa Isabel desmayada, la contempl un
momento con xtasis, la carg en sus brazos, y sali por el postigo y se
di  correr por las empinadas calles, hcia la cercana muralla del
obispo don Gonzalo.

--La traicion de don Diego de Vlor, exclam con un acento
indescribible, ha hecho intil el levantamiento de los moriscos; pero
esa traicion ha puesto  Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jven,  quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la
desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doa
Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto  romper de una manera terrible para la
pobre nia, los vnculos extraos que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

--Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, maana venceremos. Y
su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso
de la carga de doa Isabel, que era demasiado buena moza para que no
pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy
pronto el jven lleg  un lugar aportillado de la muralla, y sali al
campo,  por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontr muy lejos de la muralla,
sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que
conducia  su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hcia l se dirigi Yaye
con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de
lamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y all fue donde se detuvo
Yaye, depositando blandamente  doa Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion 
Yaye, habian afectado de tal manera  la desdichada jven, que su
desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doa Isabel por el doble
efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba  una blancura
sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera
hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestaas, su
boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellsima expresion del
dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban
casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido
conducida hasta all por Yaye.

El jven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de
hermosura de la jven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y
falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras
de consuelo y de amor  la joven, creyendo ceder solo  la caridad, que
despues de haberla dejado abandonada  su suerte por fanatismo  por
ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le
caus la ruptura del lazo simptico, ntimo y misterioso que le unia 
ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la
noche, experiment un sentimiento hcia doa Isabel que nunca habia
experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz,
impuro, en que la materia, sobreponindose al espritu, mandaba, como
mandan los tiranos, sobreponindose  la justicia, al deber,  la
generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doa Isabel y
embriagaba mas y mas  Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus
sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concret en
aquella mujer pursima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus
brazos; en que olvid su pasado, su presente, su porvenir; en que su
alma recogida en un solo punto, ansi unirse, confundirse, anegarse en
el alma de doa Isabel. Lentamente el semblante del jven, como atraido
por una fascinacion poderosa, se acerc al semblante de ella: su brazo
estrech con mas fuerza su cintura y lleg por fin un momento, en que
aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se
estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimi un solo y ardiente beso en
la boca de la jven; beso abrasador, interminable, por el que se exhal
todo el alma de Yaye, y que hizo volver en s de repente, por un
misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar,  doa Isabel.

Encontrse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los
cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un
hombre, ay! demasiado adorado; sinti unos labios convulsivos y
ardientes posados en sus labios, y se crey entregada  un sueo; la
razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones
demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la
situacion en que se encontraba; no supo si estaba soando  si estaba
despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporneo, se la arrebat
vrgen  su marido,  Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si
estaba despierta  soando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para
que pudiese ser soada: doa Isabel, que dominada por una fascinacion
extraa, habia concedido  el nico hombre que habia sabido inspirarla
amor, delirantes caricias, volvi realmente en s; aquella reaccion fue
terrible; primero, apart lentamente  Yaye, le mir, le reconoci,
comprendi toda la verdad y se alz rugiente, excitada por su dignidad y
por su virtud.

Yaye, sorprendido, trmulo, porque comprendi que estaba colocado en esa
indigna posicion del fuerte que abusa del dbil, pronunci en vano
algunas palabras de disculpa. Doa Isabel le interrumpi, y le dijo con
acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

--Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingindome un amor
que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra,
abandonndome, sentencindome  un sacrificio que jams podreis apreciar
bien: despues, cometiendo la ltima de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan
supremo de desprecio. Luego tom lentamente el camino de los muros, se
perdi  lo lejos y entr en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de
donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

Por qu no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cunta
razon le despreciaba doa Isabel; porque aquel desprecio le habia
anonadado, cubrindole de confusion y de vergenza, y habia quedado
inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre
l el desprecio de su vctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la
jven, Yaye logr sobreponerse  su fascinacion: se pas la mano por su
frente calenturienta, y exclam:

--Ah! he perdido toda esperanza! he sido infame con ella, y ella, la
conozco bien: jams me perdonar!

Y dos lgrimas solas, representando el despecho del jven, brotaron de
sus ojos.

Eran aquellas lgrimas hijas del amor y de la dignidad,  del egoismo
de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al
deseo y dignidad al amor propio, no es fcil aventurar suposiciones, sin
exponerse  incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser dspota, lo era.

       *       *       *       *       *

Tom  paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada
Isabel, y entr en el Albaicin. La casa de don Diego de Vlor, estaba
aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los
moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las
gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados
de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los
alguaciles, con el presidente de la Chancillera y los alcaldes de casa
y crte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por
callejas excusadas  la casa de Abd-el-Gewar,  aquella misma casa donde
habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Vlor y
donde habia conocido  doa Isabel.

Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jven, le recibi sollozando
de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar 
caballo y montando en otro, sali con l de la casa. Aquella era una
medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los
moriscos que conocian  Yaye y  Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto
imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse  caer
entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les present un hombre.

--Deteneos, les dijo.

Yaye ech mano  un pistolete.

--Nada receleis, dijo aquel hombre notando la accin de Yaye: soy don
Fernando de Vlor.

--Y qu quereis? dijo con aspereza Yaye.

--Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida
esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doa Isabel, acaba
de presentrseme aterrada, trmula, entregada  la mayor desesperacion:
he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando
preparaba el mio, y puesto que vos, seor, sois emir de los monfes, os
ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compaa, y
trasladarnos  las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

--Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento;
no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de
la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye  doa Isabel
desmayada.

Detrs iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer
que lloraba de una manera desconsolada.




CAPITULO XXV.

Cmo encontr Yaye  su padre.


Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro
de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron  penetrar en la
montaa, dieron vado  su temor y mas descanso  sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban speros desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero
rientes y magnficos bajo la difana luz de la alborada. Cuando
Abd-el-Gewar se encontr ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo
sobre la ladera de un monte que  la sazon trepaban, y lanz tres vezes
un grito agudo semejante  una sea.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos
indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los
viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfes.

--El santo faqu! exclam uno de los que llegaron primero.

--Y el poderoso emir nuestro seor, aadi el anciano sealando  Yaye.

--Que Dios proteja al emir! dijeron los monfes, inclinndose
profundamente.

--T eres wal? dijo Yaye dirigiendo la palabra  uno de los monfes,
que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

--S, poderoso seor, contest inclinndose de nuevo y mas profundamente
el preguntado.

--Cuntos hombres acaudillas?

--Cincuenta valientes muslimes, seor.

--Pues bien, dijo Yaye, sealando como con miedo y apartando de ellos la
vista,  don Diego, que habia detenido  algunos pasos su caballo, y 
doa Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel
que ves all es don Fernando de Vlor: aquella dama su hermana. Quedaos
con ellos; acompaadles y llevadles  donde quieran ser conducidos en
seguridad.

--Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos
parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el
encargo de Yaye.

--Resguardareis, pues, y conducireis  don Fernando y  su hermana, 
Andarax, con seguridad: lo entiendes, wal?

--Si seor.

--Ahora, cuatro de vosotros adelante hcia mi alczar, dijo Yaye.

Cuatro monfes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron  trepar
 gran paso por la ladera.

--Adios, exclam Yaye, saludando de una manera indeterminada  don
Fernando y  doa Isabel.

--Que l os proteja, seor, dijo el jven.

Doa Isabel guard un obstinado silencio; pero don Fernando la sinti
extremecerse.

Yaye y Abd-el-Gewar picaron  sus caballos, y desaparecieron muy pronto
por un recodo de la montaa.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva
por donde se entraba al alczar subterrneo.

Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontr delante del pinar un
ejrcito acampado: los monfes, extendidas sus atalayas por las lomas
inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados  darse  reconocer de punto en
punto, hasta que llegaron  una magnfica tienda, alzada en medio del
bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado  Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y
de sombra tristeza que se notaba en el semblante de todos,
singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un
ejrcito que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

--Qu significa esto? dijo Abd-el-Gewar  uno de los wales.

--Dios lo quiere, santo faqu! contest gravemente el moro.

--Que Dios lo quiere! y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

--Los mdicos han dicho, que el poderoso Yuzuf,  quien Dios salve,
necesita aire puro que no encontraria en el subterrneo.

--Pues qu!... exclam con ansiedad Yaye.

El wal no conocia personalmente al jven, que aunque emir por la
abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse  conocer de
todos los monfes. Por lo mismo, el wal, que no sabia con quien
hablaba, contest:

--Nuestro valiente y magnnimo emir, Yuzuf, est  las puertas de la
muerte,  consecuencia de una herida que recibi anoche en la cabeza en
el desfiladero de Dar-al-Huet.

Yaye no acab de escuchar al wal, exhal un grito salvaje, se arroj
del caballo y se precipit en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de
mdicos. Estos abundaban entre los monfes, porque los moros, lo mismo
que los rabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las
ciencias naturales.

Yaye se precipit al lecho y asi las manos de su padre, al que mir de
una manera anhelante.

Yuzuf,  pesar del estado en que se encontraba, le reconoci y sonri
lnguidamente.

--Ah! la misericordia de Dios es infinita! exclam alzando los ojos al
cielo; el Altsimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin
hacerte conocer mi ltima voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

--Ah! eres t, tambien, mi buen amigo, mi hermano! aadi Yuzuf viendo
 Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de
dolor y de sorpresa, estaba de pi  algunos pasos del lecho: bien
venido seas  recibir mi ltima despedida, santo faqu. Pero en estos
momentos, t, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme
solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y
lloraba sobre las manos de su padre.

--El Altsimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con
acento solemne y tranquilo Yuzuf. El da la victoria y l la quita!
suyos somos, y como dueo dispone de nosotros! No llores, Yaye: las
lgrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es
necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

--Os vengar, padre mio; exclam Yaye alzando fieramente la cabeza, y
mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus
lgrimas el fuego de un volcan. Os vengar, primero del infame don
Fernando de Vlor, despues de los cristianos.

--Escchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de
vida. No es don Diego de Crdoba y de Vlor el que nos ha hecho
traicion.

--Quin es, pues?

--Un infame castellano  quien yo habia amparado; un capitan de
infantera espaola, llamado Alvaro de Sedeo.

--Ah! exclam Yaye.

--Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanz toda su vida  sus oidos.

--Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo,
lucha contra los espaoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo
valiente, es nuestro aliado natural: ademas,  ese hombre debemos mucho,
y t podrs deberle mas: es riqusimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion  su padre.

--Ademas, Yaye, continu Yuzuf; tu proyectado enlace con doa Isabel de
Vlor, es ya imposible, porque doa Isabel est casada.

--Pero dcese que ha muerto Miguel Lopez.

--No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducir cualquiera
de nuestros wales, solo conque le digas que quieres ir  la morada del
cazador de la montaa.

--Y quin es ese cazador?

--Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Mjico.

--Ah! y ese es el padre de Estrella?

--Conoces t  la hija de Calpuc?

--Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

--Y esa mujer!...

--Es noble y pura.

--Hermosa?....

--Como un ngel.

--Sea tu esposa, Yaye.

--Mi esposa?... Y doa Isabel?...

--Doa Isabel! Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: s
esposo de Estrella.

Yaye qued profundamente pensativo.

--Los oprimidos deben unirse  los oprimidos, continu Yuzuf: ademas, la
amistad de Calpuc ser preciosa para t. Cuando yo muera, que ser muy
pronto, busca primero  Calpuc, dile que ponga en libertad  Miguel
Lopez; entrega despues su hija  ese hombre; no te pregunto cmo te has
apoderado de esa mujer, ni dnde has estado oculto durante quince dias.
Te he vuelto  ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu
virtud. Recuerda bien: vngame y vngate de ese capitan infame, procura
la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto  lo dems, lo
que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que
lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito est en estos
pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que
conviene  nuestra patria, que tiene derecho  exigirnos toda clase de
sacrificios. Grava bien en tu memoria las ltimas palabras que voy 
decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su
felicidad domstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entreg el rollo de pergaminos  Yaye que se habia arrodillado
para escuchar las ltimas palabras de su padre: este tendi las manos
sobre l y le bendijo.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le
llamaban los monfes, muri, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las
Alpujarras.




CAPITULO XXVI.

Procedimientos judiciales.


El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se
hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la
ciudad; decanse los nombres de los que habian sido presos, de los que
probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el
capitan general para que no volviese  reproducirse el peligro en que,
durante algunas horas, habia estado Granada.

Decase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadver de un
capitan de infantera espaola, que habia sido encontrado muerto 
estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia
matado. Aadian que don Diego de Crdoba y de Vlor, andaba envuelto en
aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doa Elvira, y su
hermana doa Isabel habian desaparecido, y por ltimo, que de la casa de
don Diego de Vlor no habian quedado en la calle del Agua mas que
escombros denegridos.

Hablbase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cmo
el duque de la Jarilla, poderoso seor que hacia muchos aos estaba
retirado de la crte, en la pequea ciudad de Guadix, habia encontrado
muerta  su hija,  quien habia perdido, encuentro que habia tenido
lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que
habia hecho el capitan general  los caballeros  hidalgos del reino
contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban,
y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir,  los
curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los
monfes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada 
la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido
presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar,
que solo conocian aisladamente  sus capitanes, y estos habian huido,
ponindose en salvo en las breas de las Alpujarras, y hacindose por
necesidad monfes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la
Chancillera, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye,
ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que
habian provocado y pustose al frente de la rebelion.

_El ltimo mono se ahoga_, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente
aconteci entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por
no saber nada habian quedado abandonados  si mismos y presos, pagaron
la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados 
galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia
revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillera,
opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos
moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse
fulminado terribles procesos, se ech tierra al negocio, como se habia
echado sobre los cadveres de los ajusticiados, y no se volvi  hablar
mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre,
casi rgia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta
cabeza era la de don Diego de Crdoba y de Vlor, contra el que obraba
la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de
Sedeo.

Pero don Diego gast tan  tiempo y en tanta cantidad su dinero,
sirvindole de agente su buen amigo el marqus de la Guardia; era tan
benvolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el
capitan Sedeo, pas sin dificultad por falsa, y como no habia contra l
otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeo habia aparecido
monf y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, tvose
aquella carta por apcrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeo,
sobreseyse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se
confesase pblicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto 
verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano,
catlico, apostlico romano. Del mismo modo se levant mano respecto 
su hermano don Fernando,  quien, mediante la misma confesion, se
permiti volver  vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera  esculpar 
don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los
moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron
con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad,  no
ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre l una
acusacion terrible: la de asesinato contra su cuado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc,  mejor dicho, la conciencia
de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vi preso y encerrado, imposibilitado por
lo tanto de ir  cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez,
contando con su libertad, pens en que,  pesar del dolor en que le
habia sumergido la muerte de su esposa y la prdida de su hija, l, que
no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en
el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la
desgracia; pens tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios,
primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar  su hija, y
que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues,
pidi con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una
revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillera
que esta revelacion seria referente  la rebeldia de los moriscos, se
apresuraron  enviar un alcalde de casa y crte, acompaado de un
escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declar que estaba en su poder Miguel Lopez, refiri las
circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus
manos, cuando le salv de los monfes, y di tales y tales seales del
lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian
equivocarse los que fuesen enviados en su busca;  pesar de esto, los
emisarios enviados por la justicia,  mal enterados  torpes, no dieron
con el subterrneo; volvieron; en atencion  lo grave del asunto,
decret la Chancillera, que el mismo Calpuc, bien asegurado y
escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres
dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se
habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en
el subterrneo.

Entonces se vi una cosa horrible: junto  la puerta de hierro,
entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontr  Miguel Lopez
muerto de hambre, mordindose un brazo, con el que sin duda el
desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadver, se
encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban 
cicatrizarse.

Reconocido el subterrneo, se encontr un lecho revuelto, y sobre una
mesa, junto  una lmpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra
gorda y ruda en que se leia:

He cometido grandes crmenes, y la mano de Dios me castiga: muero aqu
en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre
que me salv de los monfes, que me trajo aqu y que me cur, salvndome
del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna
desgracia  ese hombre cuando no ha venido  cuidar de m. Si no vuelve
pronto conozco que no tardar en morir y quiero dejar  la suerte mi
venganza. El hombre que me ha traido aqu y que me ha cuidado, es
inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo
manda, que l me salv del pual de los monfes. Mi asesino es don Diego
de Crdoba y de Vlor  quien mi muerte importaba. Que  nadie mas que 
don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae
este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon  doa Isabel
de Crdoba y de Vlor por el mal que he podido causarla, obligando  su
hermano don Diego  que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito
la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad  Dios por m para que
me perdone. En las entraas de la tierra, no s qu dia ni qu
hora.--Miguel Lopez.

Sigui la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontr en el
arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los
religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo
contenido era la abjuracion de la idolatra y su conversion al
cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Hallronse ademas
algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de
doblones de oro.

Recogi todo esto la justicia, incluso el cadver de Miguel Lopez, se
volvi con el vivo y con el muerto  Granada, encerr de nuevo al
primero, enterr al segundo, despues de haber hecho constar su identidad
por medio de sus parientes y conocidos, y guard, para unirlos al
proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterrneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado  Calpuc; pero la justicia
es muy suspicaz y no dndose por satisfecha con ellos de la inocencia
del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese
comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apel  otra prueba:  la carta que Miguel Lopez le habia
entregado para su esposa doa Isabel, en que se acusaba de aquel
asesinato  don Diego, y  la sortija que en aquella carta mandaba
Miguel Lopez  doa Isabel entregase  Calpuc.

Pero doa Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse
requisitorias  las Alpujarras y al fin doa Isabel fue encontrada en
Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro
repentino en su casa, se la encontr, entre algunas cartas de amores de
un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y
firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por
unanimidad, que aquella carta era de puo y letra del difunto y por lo
tanto legtima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recay sobre don Diego
de Crdoba y de Vlor, en el momento en que iba  ser puesto en
libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el
rey.

Preguntados los lacayos que acompaaron  don Diego en su viaje con
Miguel Lopez  las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto 
la prueba del tormento uno de ellos, declar que habia llevado una carta
 un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia
sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don
Diego era  su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se
encontraron los siete monfes ahorcados de la encina, muertos y medio
deborados por las aves carnvoras, y pendiente del cuello de cada uno de
ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfes escrito en
rabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco
doblones de oro. Los monfes, temiendo la justicia del emir, habian
respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogi como
cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los
monfes, los descolg de la encina y los llev  la plaza de Orgiva para
ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas
conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo
reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia
desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto  Calpuc; pero la
justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contest que el estado del herido le habia obligado  no llevarle
 ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no
haber dado parte  la justicia por no haber podido separarse de l.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente  la
justicia, y se absolvi  Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel
Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Vlor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese
sujetrsele al tormento, la Chancillera encontr que, si bien no habia
pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle
 galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo
de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez
aos  las galeras de su magestad.

Pero, aadia la sentencia: en atencion  que el padre y el abuelo del
don Diego, sirvieron buena y fielmente los aos pasados  los seores
reyes catlicos y  la seora reina doa Juana, manda la sala, que si
doa Elvira de Cspedes, esposa del dicho don Diego, diere  luz un hijo
dentro de los nueve meses posteriores  esta sentencia, no recaiga sobre
el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese
varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que
estaba en posesion el don Diego.

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doa Elvira de Cspedes, di  luz un hijo,
que se llam don Fernando de Vlor, y hered los bienes y el regimiento
de su padre con arreglo  la anterior sentencia.

Don Diego de Vlor no quiso publicar su deshonra y dej que heredase su
nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don
Fernando, debi ser concebido por su madre, durante la ausencia de don
Diego y su permanencia en el alczar del emir de los monfes.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doa
Elvira, este nacimiento, se estremeci, porque no podia dudar, ni aun
por asomo, de que don Fernando de Vlor era hijo suyo.

Quince dias despus, Yaye recibi otra carta: era de doa Isabel de
Vlor: antes de leerla le llen de alegra y despues de leerla de
espanto.

Aquella carta tenia sobre s muchas lgrimas.

Seor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido
con que os dsteis  conocer de m: perdonadme tambien si os escribo,
porque...  mas de que la crueldad con que me tratsteis la noche que me
salvsteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me
obligaria siempre  guardar con vos un silencio provocado por vos mismo,
s que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compaera. Pero
un sagrado deber me obliga  escribiros. Vuestro delito ha dado
resultados funestos. Acabo de dar  luz un hijo... un hijo  quien han
bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que
no es su padre... lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro
hijo... un dolor y un placer que Dios me envia  un tiempo... porque no
pudindoos amar, os amar en l. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios
con l el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que
vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo
he debido decir  voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de
quien creeis; os engaais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha
tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido
valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adltera,
porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria
de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del
mundo, y sobre todo, para envilecer  nuestro hijo, que es inocente. Yo
tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de
conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme,
y me creeis, porque no podeis dudar de m. Sin embargo, yo no os
escribiria, si al dar el primer beso  mi hijo no me hubiese asaltado un
terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha
de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia
vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... Oh! me he
estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he
tenido fuerzas para rogar  Dios. Oh! si un dia vos, emir de los
monfes, os vierais frente  frente con un hijo de los Vlor, con un
hombre que puede creerse con derecho  la corona de Granada! Quemad,
quemad esta carta, seor, despues de que la hayais leido. Comprended los
motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es
vuestro hijo... por lo dems, yo no os maldigo... yo os amo... os amo
con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jams ser vuestra...
jams; aunque enviudrais, aunque desfalleciseis de amor y de deseo 
mis pis, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos
separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos
para nuestro hijo. Vos sois poderoso, seor; protegedle, protegedle y
evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crmenes que pudieran
resultar del crmen que cometsteis contra mi.--Mesina de Bombaron  31
de marzo de 1547.--Doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

Yaye sinti que su corazon se rompia al leer esta carta: conoci que su
amor, su alma entera pertenecian  Isabel; al saber que doa Elvira de
Cspedes habia dado  luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de
injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doa Isabel era
madre, su corazon se quem de una manera horriblemente dolorosa en un
nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba
torturndole: en un amor que era al mismo tiempo para l un
remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendi
cunto decia para l la acusadora carta de doa Isabel, en la frase de
aquella carta en que doa Isabel juraba que aunque muriera de amor  sus
pis no seria suya, comprendi que doa Isabel estaba segura de su amor,
que creia en l como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso
perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo  iria 
mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser
comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno
colocado entre l y doa Isabel.

Y entonces volvi con desesperacion la vista  su pasado de un ao: vi
en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de s con desprecio;
record con el alma llena de amargas lgrimas, aquella noche que tan
duramente rechaz por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: mir 
su presente y vi junto  s una vctima: doa Estrella de Crdenas,
duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con
quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerr los ojos  tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre
s mismo, lanz una carcajada de loco y exclam:

--La felicidad ha muerto para m; pero me queda la embriaguez de la
grandeza; luchar, vencer, conquistar un imperio, y ahogar mis
dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guard la carta de
doa Isabel, junto  la que le habia escrito doa Elvira de Cspedes,
manifestndole que don Fernando de Vlor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo
encargaban doa Isabel y doa Elvira.




CAPITULO XXVII

De cmo fu el casamiento de Yaye.


Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con
doa Estrella de Crdenas, duquesa de la Jarilla.

Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban
estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos
obligados, muy  pesar nuestro,  meternos de nuevo en el rido terreno
de las investigaciones judiciales.

De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas
bastantes, don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido
por su nieta  Estrella... pero no nos atrevemos  ello, temerosos de
que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades
del reconocimiento. Abordamos, pues, el frrago  que nos condena en
esta ocasion nuestro oficio y empezamos.

Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqus de la Guardia, acabando de
dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que
entr en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba  montar 
caballo para ponerse  las rdenes del capitan general como buen vasallo
de su magestad, cuando entr por las puertas de la cmara un hombre
lloroso, plido, asustado, en quien reconoci al escudero de uno de sus
mejores amigos.

--Qu os sucede, seor Gabriel Saez? le dijo el marqus.

--Qu me ha de suceder, triste de m, contest el preguntado, sino que
mi amo est entre la vida y la muerte?

--Diablo! exclam el marqus, ponindose serio, que el duque est en
peligro de muerte? y donde?

--Aqu, en el Albaicin, en una casa junto  San Gregorio el Alto.

--Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que
quiera, dijo el marqus deshevillndose por si mismo el coselete y
arrojndole; vamos  ver  vuestro amo. Habeis venido  caballo, seor
Gabriel Saez?

--Si seor.

--Pues adelante.

Y sin decir mas palabra, sali, seguido de Saez, baj al patio, mont en
un caballo que le tenian preparado, mont en su mula Saez, y saliendo de
la casa, llegaron en muy poco espacio  la en que, despus de su
accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su
lecho.

Habia vuelto en s el duque; pero se encontraba en un estado deplorable,
y hasta tal punto, que los mdicos habian prohibido que se le hablase,
ni se le excitase.

Pero no sabian los mdicos que tenian que luchar con un carcter de
hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados  permitir
que el enfermo hiciese lo que quisiese.

Por resultado de esto, Saez fu  llamar al marqus de la Guardia, y
este se encontr delante de su viejo amigo.

--He encontrado  mi hija! exclam con precipitacion el duque, en
cuanto vi al marqus y antes de que este pudiese hablar una palabra.

--A vuestra hija!  la que os robaron hace tantos aos los indios
mejicanos?

--S, s! la he encontrado! exclam creciendo en su anhelo el duque.

--Pues me alegro, vive Dios! me alegro! exclam el marqus.

--Pero la he encontrado muerta! muerta!

Y el anciano rompi  llorar.

El marqus se mordi la lengua.

--Ira de Dios! dijo, y yo que me habia alegrado!

--Muerta! repiti con desesperacion el duque. Comprendeis, lo que es
para un padre encontrarse muerta una hija  quien he llorado por espacio
de veinte y dos aos: muerta y miserable!

--Pero cmo ha sido eso seor? exclam el marqus que estaba atortolado
 incmodo por aquel duelo que se le habia venido encima,  l, que era
el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los
gemidos.

--Cuntaselo t, Gabriel, dijo el duque, t que no eres su padre y
recordars mejor.

El escudero cont al marqus circunstanciadamente su encuentro
imprevisto con el cadver de doa Ins, la conversacion con el alguacil
Picote, y el accidente de su seor.

--Con que resulta, dijo el marqus, que teneis una nieta, don Juan.

--S; s seor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.

--Pero no est preso el hombre que mat al capitan Sedeo?

--Si, si por cierto.

--Pues bien, dijo el marqus, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la
muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra
nieta.

--Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.

--Si, es preciso, repiti maquinalmente el marqus.

--Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.

--Para que yo busque  vuestra nieta?

--Si por cierto. No veis que yo estoy sujeto en este lecho de
maldicion?

El marqus de la Guardia medit que tenia un pretexto para escapar de
aquella situacion que le fastidiaba y se apresur  decir:

--Habeis hecho bien en acordaros de m, don Juan, y en el momento voy 
hacer las primeras diligencias. No decs que ese alguacil con quien
hablsteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?

--Si seor, contest Saez.

--Pues bien, voy al momento  ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y
sed dcil  lo que os ordenen los mdicos. El alguacil Picote... en la
Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.

Y escap, mont  caballo y se alej  buen paso, burlando  Saez que
queria darle algunas instrucciones.

--Ira de Dios! exclam el marqus: pues chese vuesamerced  buscar
nias perdidas! encrguese de un negocio en que habr pleito y ruido!
porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia!
Bah! que se componga all como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo
pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se
muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y
asunto concluido.

De repente, un pensamiento como suyo vino  hacer variar de resolucion
al marqus.

--Diablo! dijo: y si la nia perdida fuera una buena moza?

Este pensamiento bast para que el marqus hiciese variar de direccion 
su caballo y se pusiese en demanda de la Calderera y del alguacil
Picote.

Lleg, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el
marqus se encontr en un zaquizami, delante de una robusta moza como de
veinte y seis aos,  quien por todo saludo tom la cara. Esto
demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen
empaque.

A las pocas palabras el marqus se entabl en la casa y obtuvo una doble
cita; una para el marido y otra para la mujer.

[imagen: El marqus de la Guardia.]

Al salir el marqus se atus el vigote, mont  caballo y se alej
murmurando.

--Pues seor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia
 la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal
Picote.

En seguida el marqus fu  presentarse al capitan general.

       *       *       *       *       *

Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqus pudo dar algunas
esperanzas  su amigo y seguir en sus investigaciones.

Entre tanto la justicia,  instancias del duque de la Jarilla, habia
careado  Calpuc con el cadver de su esposa; se habian comprobado el
rizo negro y el pedazo de sbana; el mejicano habia declarado que aquel
cadver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doa Estrella;
que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refiri, en
fin, su historia entera: present como comprobantes su partida de
desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y cit el acto de su
retractacion de la idolatra, que se habia encontrado en el subterrneo
de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables
firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray
Diego de Rojas: declar asimismo que al venir  Europa y  Espaa, habia
dado libertad  los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su
rden de Salamanca, y el otro en la de Avila.

Llamaron  los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos
decidieron la cuestion declararon unnimemente, que Calpuc era rey del
desierto mejcano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque
secretamente, la religion catlica; que se habia casado con la dama cuyo
retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido
decir  aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del
desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada
doa Estrella, muy semejante  su madre, y por ltimo, que el capitan de
infanteria Alvaro de Sedeo, cuyo retrato, aunque de su cadver,
reconocian, las habia arrebatado  Calpuc diez aos antes.

Hemos hablado de los retratos de los dos cadveres: estos se habian
mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para
conservar los cadveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos
retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.

Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar
que aquel cadver no era el de doa Ins de Crdenas; pero tales fueron
las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad
resplandeci  despecho de los herederos que temian, no por doa Ins,
que no podia heredar, sino por aquella hija de doa Ins, que podia
parecer de un momento  otro.

[imagen: gentilmente hacia Estrella.]

En cuanto  Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez,
no resultando contra l ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en
su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opin que la
muerte que habia dado al capitan Sedeo, merecia en gran parte disculpa,
y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba
indulto, fu puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra
el cual no resultaba mas cargo que haber acogido  Calpuc.

Adems de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto,
aunque envejeciendo diez aos, y todo iba bien, menos el asunto de que
se habia encargado el marqus de la Guardia: esto es, el encuentro de
Estrella.

En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto
es, su mujer, se habia apoderado el marqus, revolvi, y fu y vino por
s mismo y por medio de sus compaeros. Eran pasados dos meses desde la
muerte de doa Ins, y su hija Estrella no parecia.

La jven, que habia venido  ser la cuarta estrella de la casa en que
vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres
estrellas en nuestra carpeta), doa Estrella decimos, vivia triste y
creyndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por
Harum.

Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto
 ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon
de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su
alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse  conocer como
valiente  sus monfes, sino tambien vengar en los cristianos de las
Alpujarras la muerte de Yuzuf.

Durante aquellos dos meses, incendi, saque y ensangrent algunas
villas con gran contento y aplauso de los monfes, que vieron que Yuzuf
habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo
Yaye no se cuid de otra cosa, ni envi noticias suyas  Harum, ni se
las pidi de Estrella.

Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un
profundo respeto  la jven, como  todo lo que provenia del emir,
tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra,
obedeciendola, de una manera ciega.

Durante algunos dias, la enamorada jven lo esper todo de Yaye; pero
pas una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se
decidi  obrar por si misma;  provocar un conocimiento extrao, por
medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la
Jarilla.

Mand  Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y
un manto. Harum le procur todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo,
le dijo que queria ir todos los dias  misa  la parroquia mas prxima.

Harum, aunque con repugnancia, acompa desde entonces  misa todos los
dias por la maana  Estrella, llevndola  la iglesia de San Gregorio
el Alto.

Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su
hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar
con su abuelo, not que  la iglesia de San Gregorio, la mas alta y
lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos
trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias  una dama tan
hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban  ir damas.

Estrella pidi  Harum que la llevase  una iglesia mas concurrida.
Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama
por la cual podia interesarse su seor, aunque solo le habia mandado que
la obedeciera como si fuera su hermana, la llev  la colegiata del
Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy
concurrida, iba  ella la jven demasiado temprano para encontrar en
ella gente noble. Entonces pregunt  Harum  que hora concurria  la
iglesia la gente principal. Harum la contest un tanto contrariado, que
 la misa de hora.

--Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir  la misa de hora.

--Para ello ser necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con
noble servidumbre, observ Harum.

--Pues bien; comprad lo que fuere menester.

Harum procur  Estrella nobles y ricos trages y una litera de crte y
la hizo acompaar por sus monfes disfrazados de pajes, que la llevaban
el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le
habia dejado Yaye, Harum se vi obligado  empear sus mejores prendas.
Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas
noble de Granada.

Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia
muchos hidalgos jvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener
un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante,
ninguno, al verla tan bien acompaada y por un hombre tan cegijunto como
Harum, se atrevi  seguirla ni  ponerse en conquista. Pero la fama de
la hermosa desconocida cundi entre lo que podia llamarse entonces buena
sociedad, por boca de damas y galanes, y lleg  oidos del marqus de la
Guardia.

Don Gabriel jams dejaba de acudir all donde se presentaba un nuevo sol
entre los soles conocidos, y tanto oy ponderar la belleza y el boato de
la incgnita, que al primer dia de fiesta, se ali, se ti las canas,
se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fu  plantarse
junto  la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.

Ya estaba cansado el marqus de ofrecer agua  todas las damas conocidas
suyas, jvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se
present Estrella.

Al ver el marqus  una jven tan hermosa, tan bien prendida, tan
noblemente acompaada, y  quien no conocia, dijo para s:

--Esta debe ser la famosa incgnita.

Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelant
gentilmente hcia Estrella, la salud con una sonrisa tal y tan noble
como quien  ellas estaba acostumbrado, y la ofreci el agua bendita.
Estrella la tom con suma gracia y pas sonriendo levemente al marqus,
y desplomando sobre sus ojos una mirada, que  poco mas hace un destrozo
en el corazon de don Gabriel.

--Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas
hermosa que he visto en toda mi vida.

El marqus no oy misa, ni vi otra cosa que  Estrella que se habia
arrodillado junto al presbiterio. La jven, como sabemos, tenia inters
en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al
parecer impresionadas miradas al marqus, que este acab de volverse
loco.

Cuando salieron, don Gabriel sigui  Estrella  pesar de Harum, que de
tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.

Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no
tenia resquicio ni respiradero.

Rond, fu y vino durante tres dias; pero siempre vi la casa cerrada y
muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fu  la misa de hora
provisto de un billete en que declaraba su amor  Estrella, y la
suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente  las ocho 
misa  la misma iglesia, para darle la sentencia de vida  muerte.

Cuando Estrella entr, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la
desliz en la mano el billete. Estrella le tom recatadamente; pero no
se sonri, ni mir al marqus durante la misa, mantenindose grave y
seria. El marqus se desesper creyendo que habia errado el golpe por
precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando sali.

Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fu antes de las
ocho  la iglesia del Salvador.

Poco despus entr Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y
del receloso Harum. El marqus adelant hcia ella trmulo y plido, y
al tomar Estrella el agua bendita, dej en su mano un pequeo billete.

Jams pareci mas larga una misa  don Gabriel; concluyse al fin; doa
Estrella pas junto  l, le salud y desapareci. El marqus abri con
ansia en el mismo vestbulo del templo el billete y vi que contenia lo
siguiente:

Seor marqus de la Guardia: os contestar al billete que me
entregsteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso
pueda suceder, voy  presentaros la ocasion de servirme. Necesito que
don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...

Al llegar  esta frase don Gabriel, lanz un grito de alegra, arrug el
billete y le bes frentico; luego le desarrug lentamente con placer,
con el alma inundada de delicia y prosigui la lectura.

... Necesito que don Juan de Crdenas, mi abuelo, sepa que tiene una
nieta, que esta nieta est sola en el mundo, que tiene medios para
probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad
al duque, mi abuelo, y decidle dnde vivo. Cuando el duque me haya
reconocido, entonces, seor marqus, ver lo que debo contestar 
vuestra peticion, y se aclarar para vos el misterio de este encargo que
os hago, contando con que, como noble, me servireis.--Doa Estrella de
Crdenas.

El primer impulso de don Gabriel fue correr  casa del duque y mostrarle
el billete; pero medit que el duque sabia que era casado, y su paso se
hizo mas lento, reprimido por su meditacion.

--Pues bien, dijo el marqus, no hay necesidad de mostrarle el billete;
le dir que he encontrado  su nieta, y si me pregunta el cmo,
inventar una mentira cualquiera. Vamos  casa del duque. Es necesario
que doa Estrella me est agradecida, y ademas, tenia picado mi amor
propio por no haber podido dar con ella. Ya se ve!  Quin habia de
figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.

       *       *       *       *       *

Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontr sriamente sorprendido, al
ver que llamaba  la puerta de su casa la justicia.

Eran un alcalde de casa y crte, un escribano y cuatro alguaciles,  los
cuales acompaaban el duque de la Jarilla y el marqus de la Guardia,
con algunos criados armados.

--Cmo os llamis? dijo severamente el alcalde  Harum.

--Pedro de Xeniz, contest Harum con entereza.

--Quin vive en vuestra casa?

--Una dama que se llama doa Estrella y...

--Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos  la presencia de
esa seora.

Harum, cediendo  las circunstancias, introdujo al alcalde, al
escribano, al duque de la Jarilla y al marqus de la Guardia, en una
sala del piso bajo  donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoci: tan parecida era  su hija cuando tenia
la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su
semblante revelaba de una manera inequvoca el tipo indgena mejicano.

El duque se arroj entre los brazos de Estrella.

--S! s! exclam, cubrindola de besos y lgrimas; t eres, si, la
hija de mi pobre Ins, la hija de mi alma! t semblante lo est
diciendo  voces! sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y
luego... el color de tu padre!... Ah, Dios mio! Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas  su emocion, cay desfallecido
entre los brazos de Estrella, que se vi precisada  sostenerle.

La jven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco
y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

--Es necesario concluir, dijo el marqus; vuestro abuelo, seora, no ha
podido resistir  tanta felicidad. Concluid, seor alcalde, mientras yo
voy  buscar dos literas.

El alcalde se dirigi  Estrella.

--Reconoceis por vuestro abuelo al seor duque de la Jarilla? dijo.

--Soy nieta del duque de la Jarilla, contest Estrella, sin dejar de
atender con una tierna solicitud al anciano.

--Sois casada? repuso el alcalde.

--No, seor; soy enteramente libre.

--Estais, pues, dispuesta  trasladaros  la casa de vuestro abuelo?

--S seor.

--Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?

--S seor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado
Pedro el Xeniz, y para con su seor. Ellos fueron los que me salvaron
del infame Alvaro de Sedeo; ellos los que procuraron  mi madre una
muerte tranquila.

--Conque vos no sois el dueo de esta casa? aadi el alcalde
dirigindose  Harum.

--No seor.

--Quin es vuestro amo?

--El seor Juan de Andrade.

--Y dnde est?

--Ausente.

--Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis 
vuestro seor de lo que acontece y de que su presencia ser muy
necesaria en Granada para ciertas probanzas.

--Muy bien, seor.

--Habeis concluido ya, seor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la
estancia.

--De todo punto.

--De modo que podremos trasladar al seor duque y  doa Estrella  su
casa?

--S seor.

--Esperad un momento, dijo Estrella.

Y se apart  un lado con Harum,  quien habl en voz baja lo siguiente:

--Decid  vuestro seor, que me perdone por el paso que he dado sin su
conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa;
pero me importaba encontrar  mi familia. Decidle que me encontrar
siempre en casa de mi abuelo; que no me mover de Granada hasta que le
vea y... aadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos
arrasados en lgrimas, que no puedo vivir sin l.

--Ah, seora! que Dios os haga feliz! contest Harum.

       *       *       *       *       *

Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo,  quien la alegra
habia puesto en un estado lamentable, el marqus de la Guardia, que iba
formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que
ajustaban _in mente_ la suma de las costas de la diligencia que acababan
de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sac un caballo de
las cuadras, mont en l y se fu  buscar al emir de los monfes de las
Alpujarras.

       *       *       *       *       *

Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos
dominicos declararon que era la misma doa Estrella que diez aos antes
habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeo;
reconocironse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doa
Ins habia dado  su hija antes de morir, y  despecho de los parientes
del duque, doa Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legtima.

       *       *       *       *       *

El duque, que habia podido resistir al dolor de la prdida de su hija,
no pudo resistir  la alegra del encuentro de su nieta, y muri
perdonando  Calpuc, y llamndole su hijo.

Doa Estrella le hered y se encontr jven, hermosa, libre, duquesa de
la Jarilla, grande de Espaa y riqusima por sus rentas y por el dinero
que habia acumulado su abuelo durante su retiro.

       *       *       *       *       *

Pas un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella
de Yaye.

El marqus de la Guardia entre tanto importunaba  la jven con sus
amores.

--Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros
amaba  otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.

El marqus, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.

Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.

El amor del marqus lleg  hacerse lgubre: se crey engaado y pens
en vengarse.

Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia plida.

Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.

       *       *       *       *       *

Al fin un dia y cuando el marqus, por la millonsima vez, hablaba 
Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunci  la puerta de la
cmara al seor Juan de Andrade.

Estrella se puso plida, tembl y lanz un grito ahogado.

El marqus comprendi que habia aparecido el rival dichoso y se levant
irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cmara.

La vista de la enrgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al
marqus que sali desesperado.

Al ver  Yaye, Estrella se levant y corri desalada  arrojarse en sus
brazos.

No le dijo una sola palabra; pero reclin la cabeza en su hombro y llor
de placer.

Yaye la llev al sillon de donde se habia levantado.

--Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo
tambien necesitaba veros, y he venido.

--S, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos
vimos por la ltima vez.

--Cuatro meses que he necesitado para darme  conocer dignamente  los
mos y para vengar  mi padre.

--Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la
cmara.

--Es mi padre! dijo Estrella.

--El rey del desierto! exclam Yaye.

--Y vos el emir de los monfes, dijo Calpuc.

Entrambos se estrecharon las manos.

--Mucho he debido  vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion
hubiera muerto  manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al
padre lo pagar al hijo.

--Me dareis lo que os pida?

--S!

--Meditad bien lo que prometeis.

--Aunque me pidieseis mi hija os la daria.

--Pues vuestra hija os pido.

--Tenedla por vuestra.

--Ah! exclam Estrella, y se arroj en los brazos de su padre.

El casamiento, bien  despecho del marqus de la Guardia, se hizo de
all  pocos dias.

Amaba Yaye  Estrella?

No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo
corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia  doa Isabel de
Crdoba y de Vlor.

Y siendo esto asi, siendo doa Isabel viuda, porque no se habia casado
con ella Yaye?

Su carcter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al
morir le habia dado su padre explicaran este misterio.

Veamos aquellos pergaminos.

Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.--A su hijo el emir
Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.

Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altsimo.

Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no
hubieran echado por tierra mis proyectos.

Isabel de Crdoba y de Vlor se ha casado con un hombre oscuro. La
muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfes no
puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel
Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado.

Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos:
Isabel era la esposa que te convenia.

Pero el Altsimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea
tu esposa Isabel.

Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre
real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los
mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive
entre nosotros: cualquiera de nuestros monfes te llevar  l, solo con
que le digas: necesito ver al cazador de la montaa.

El te contar su historia. Salva  la madre y csate con la hija.

Este casamiento te producir grandes riquezas, porque el rey del
desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque
Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendr  ser un dia grande
de Espaa, por el derecho de su madre.

Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre
los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la
crte del rey de Espaa como uno de sus grandes.

Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodale,
espale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle
enemigos y dificultades... sacrifcalo todo por tu patria: tu corazon,
tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu
hija.

Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifcate por tu
pueblo, Yaye.

Csate con la hija del rey del desierto: s una doble persona: el brazo
vengador del Islam en la montaa; el enemigo encubierto, en la crte del
tirano...

El manuscrito seguia esplanndose en la explicacion de estas
consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba  su hijo;
el plan detallado de una doble guerra al rey de Espaa.

Yaye se cas con Estrella bajo el influjo de su ambicion.

Pero era tan hermosa la jven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye,
que contagi con su amor, cuanto podia contagiarle, al jven emir.

Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella
como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales  turbar su paz
domstica.

El primero fue la carta de doa Isabel de Vlor que le noticiaba el
nacimiento de su hijo.

El amor que Yaye sentia por doa Isabel y que solo estaba, por decirlo
as, sobresanado, brot con nuevo mpetu, de una manera incostrastable,
y  pesar del memorandum de su padre, se arrepinti de haber cedido  su
ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en
fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor  doa Isabel 
que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstculo sensible
de su union con doa Isabel, se le hizo odiosa.

Yaye, disimul, sin embargo, y crey que su disimulo bastaba para
encubrir el desvio que experimentaba hcia su esposa: pero el alma de la
mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella
comprendi que no era amada, y llor en silencio.

El otro incidente que acab de destrozar el corazon de Yaye, provino del
marqus de la Guardia.

Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, lleg 
ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo
arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.

Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un
perodo muy avanzado.

Entonces, desesperado ya, pens en una venganza infernal.

El marqus, habiendo apurado todos los medios, apel  la corrupcion de
la servidumbre ntima de Estrella.

Pero no apel al medio vulgar del dinero. Pens en vengarse de Estrella
de una manera indirecta, como si dijramos, por tabla. Enamor  una de
sus doncellas.

Esta conquista no le fue difcil. La doncella cedi  las consumadas
artes de seduccin del marqus, que aun era buen mozo, y todas las
noches el marqus entr en casa de la duquesa por un balcn inmediato 
sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.

Don Gabriel no queria que su venganza fuese pblica. Solo ansiaba herir
el corazn de Yaye  quien aborrecia porque era amado de Estrella.

El marqus, pues, envi un infame annimo  Yaye, en que se le avisaba
que todas las noches oscuras  las doce, entraba un hombre por los
balcones en su casa y le recibia su esposa.

Yaye observ  Estrella; not en ella un desvo que no era otra cosa que
el resultado de un amor lastimado por el desvo de Yaye. Este, preparado
por el annimo, sospech de Estrella, interpretando mal su tristeza y su
abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la
verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera
noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareci un hombre
embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una sea, se abri
silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba
Estrella, apareci en l una sombra blanca de mujer y una escala cay 
la calle.

Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no medit que podian engaarle las
apariencias, y en el momento en que el marqus de la Guardia aseguraba
la escala para subir, le acometi espada en mano, y le hiri.

El marqus vacil y cay; barbot algunas palabras, y solt una
carcajada horrible, por cuya entonacion  inseguridad se podia
comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huy y cerr.

El marqus yaca en tierra, muerto.

Yaye se arroj sobre l, le descubri el rostro y  la media luz de la
noche le reconoci.

--Ah! es el marqus de la Guardia! dijo.

Entonces record que el marqus era el que habia descubierto el paradero
de Estrella.

--Se amarian! exclam. El es casado!

Esta circunstancia agrav mas las sospechas de Yaye.

--Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados
probables de su infamia...

Yaye se cubri el rostro con las manos.

Luego envain frentico su espada, se dirigi  un postigo inmediato,
abri con una llave de que iba provisto, y entr en su casa.

El cadver del marqus qued abandonado en la calleja.

Cuando Yaye entr en el dormitorio de su esposa, la encontr dormida,
aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oy murmurar un
nombre en sueos.

Esper escuchando con suma atencion  que volviera  hablar la duquesa.

--Yaye! yo te amo! exclam al fin esta.

Yaye crey volverse loco. Conque no era su esposa la que habia arrojado
la escala al marqus?

Entonces medit  qu habitacion caia el balcon que se habia abierto, se
retir recatadamente, sali  un corredor y llam  una puerta de
servicio.

Abrile una doncella plida y consternada.

Aquella mujer estaba vestida de blanco.

--Ah! perdn! perdn, seor! exclam: yo le amaba!

--Ah! conque eras t? exclam Yaye: y la volvi las espaldas.

Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero  pesar de lo que habia
visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.

Jams las manifest  Estrella, pero excitado su aborrecimiento  la
pobre joven, lo demostr sin rebozo.

Ausentbase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.

Estrella no podia ser mas infeliz.

Pero Dios tuvo compasion de ella.

Muri, al dar  luz una nia, entre los brazos de Yaye, que al verla
morir crey en ella, llor, y sinti sobre su alma un nuevo
remordimiento.

       *       *       *       *       *

Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Vlor,
por Diego Lopez y por su hija doa Esperanza.

Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres 
quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.




SEGUNDA PARTE.

EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.




CAPITULO PRIMERO.

Tres notabilidades de la crte del rey don Felipe.


Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre.

La una mujer se llamaba doa Esperanza de Crdenas, duquesa de la
Jarilla.

La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del prncipe Maffei
Lorenzini.

El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqus de la Guardia.

Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba
por excelencia.

Conociese  doa Esperanza de Crdenas, bajo el nombre de la _hermosa
duquesita_.

A la princesa Angiolina, bajo el de la _casada-virgen_.

A don Juan de la Guardia, bajo el de el _marquesito_.

La hermosa duquesita, tenia veinte aos.

La casada-virgen veinte y seis.

El marquesito veinte y uno.

Necesitamos dar  conocer  estas tres personas, y, por mas que pese 
nuestra galantera, el rden de los sucesos que vamos refiriendo nos
obliga  empezar por el marquesito.

El marqus de la Guardia habia quedado hurfano cuando solo contaba un
ao. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto 
estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte,
muri afligida y triste siete meses despues su madre doa Clara de
Arvalo.

El marquesito hurfano, pues, fue entregado  la tutela de un tio
materno, hidalgo disoluto, que no cuid gran cosa de la severidad en la
educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar
 aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diablico, tan
carioso, tan vivo: su tio don Csar de Arvalo, al ver las favorables
disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de l un don Juan
Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre hurfano, que
mejores fuesen, para hacer de l uno de esos terribles calaveras del
siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las
ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces;
muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian
contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las
vrgenes praderas del Nuevo Mundo,  sostener el carcter preponderante
y conquistador de las Espaas.

El cario de don Csar hcia su sobrino, cario indiscreto y exagerado,
habia hecho al jven marqus voluntarioso y exigente; este mismo cario
habia contribudo  que, en punto al saber, la educacion del jven fuese
mezquina y descuidada: en efecto; para qu necesita un marqus la
ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el
que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitse,
pues, su tio  que aprendiese  leer por el catecismo, y  escribir
medianamente: en cuanto  contar abstvose prudentemente de esta
enseanza su tio, porque preveia que tarde  temprano se veria obligado
 rendir cuentas de su hacienda  su sobrino.

A los ocho aos ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras
gordas de molde y de mano, y escribir con un carcter demasiado correcto
y claro para un ttulo de Castilla, cartas de amores  las vecinas, que
estaban locas con la precocidad del pequeo don Juan, y se le disputaban
y le convidaban con frecuencia  sus fiestas, en las cuales era el
marquesito un aliciente, por su espritu despierto y sus oportunidades
prematuras.

Habia la desgracia de que don Csar de Arvalo, obedeciendo  sus
instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las
casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fcil trato, de
espritu galante y aventurero. Don Csar las trataba  todas, y con
todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeo don
Juan, desde sus primeros aos, se habia visto acariciado por hermosas
manos, besado por bocas fresqusimas, de labios purpreos, y aliento
perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos
ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la
tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna  aquel nio
abandonado al vcio, y su espritu se habia formado en una atmsfera
envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban
mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y
sedas, y prendidas con plumas y diamantes.

Asi es, que don Juan no conoci la inocencia, y  los doce aos amaba
con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta;  los trece
aos, era peligroso para las mujeres;  los catorce, desarrollado,
hermossimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan
entre los galanes, el hombre nio, como se le habia llamado desde
pequeo, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba
entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su
amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener  las
mil maravillas, y desde los trece  los catorce aos, habia tenido cien
queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio.

Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de
las damas galantes: por consecuencia, se haba hecho enemigos numerosos
entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que
se permitieron tratarle como nio. Don Juan se encarg de hacer que le
tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino  las
barbas y su tio se vi obligado  gastar sumas enormes para sacarle de
la crcel y templar el rigor de las pragmticas.

Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado
para l la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la
vida.

Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la
inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia
llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo  los quince aos un
completo don Juan Tenorio.

Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin
afligirse por las prdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba 
caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le
metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido
de las damas fuese, en la noble crte del rey de las Espaas.

Juntos  gastar tio y sobrino, muy pronto fueron  dar, empeadas, en
manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la
Guardia, que habian ya quedado bastante empeadas por el difunto
marqus; lleg al fin un momento, en que el tio se vi obligado, por la
primera vez,  negar una respetable suma  su sobrino.

Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jven don
Juan y se irrit; pero de una manera tal, que el tio se arrepinti,
aunque tarde, de haber dado tal educacion  su sobrino. Arreglse, pues,
como pudo, busc al marquesito la suma en cuestion, y se decidi 
apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible.

Pero esto era sumamente difcil; le habia acostumbrado  vivir por fuero
propio, y se habia convertido en tirano de su tio.

Don Juan lleg  cumplir veinte aos, y se hizo incontrastable.

En aquellas circunstancias habia sido presentada doa Esperanza de
Crdenas en la crte, y admitida al servicio de la reina doa Isabel de
Valois  de la Paz. Doa Esperanza tenia un ttulo ilustre, como que
habia heredado de su madre, doa Estrella, el ducado de la Jarilla, y 
mas una maravillosa y caracterstica hermosura.

La hermosa duquesita, como rompieron  llamarla espontneamente  su
aparicion, eclips desde el momento  las mas hermosas y  las mas
ricas; es verdad que la habia precedido un prlogo, por decirlo as,
ostentoso: seis meses antes de la llegada  la crte del duque viudo de
la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se
present al dueo de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y
le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera 
su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas
pronto se hiciese el negocio. Concluyse este con brevedad, porque quien
bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgse escritura de
venta  favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo
habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un
hacinamiento de feas y viejas casuchas: abrironse profundos cimientos,
y de dia en dia se vi levantarse, con una rapidez inusitada, un
magnfico palacio  la flamenca, con ciertos resabios rabes, en
ventanas, galeras y balcones.

Una obra de tal volmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en
la que trabajaban centenares de albailes, llam naturalmente la
atencion; preguntose el nombre de quin hacia aquella fbrica, y sabido
el nombre, se dese conocer  la persona que tanto y tan bien gastaba:
despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se
encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y
estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo
coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintironse
mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el
mismo Felipe II frunci las cejas cuando supo que habia en sus
dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria:
repitise el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla:
spose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un ttulo
antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal
lujo de casa: spose que hacia mas de cuarenta aos que los poseedores
de aquel ttulo habian estado apartados de la crte y como oscurecidos:
y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido
para desempear las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con
aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta 
la crte: suposicion natural, que tranquiliz, hasta cierto punto, las
hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una
llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de
fanfarronada; un gasto loco, en fin.

Pero cuando, concluido el palacio, se vi la numerosa servidumbre que
vino  ser su alma; servidumbre jven, galana y cubierta con ricas
libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las
cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magnficos, la
mayor parte rabes y andaluces, y cuyo nmero no bajaba de doscientos;
las diferentes carrozas de crte, calle y campo; las literas, los dems
accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron  sentir el
agudo aguijon de la envidia y no falt quien dijo:

--Sangre de indios es esa grandeza: no sabeis que uno de los duques de
la Jarilla estuvo muchos aos de adelantado en Mjico?

Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo
de la Jarilla habia hecho en la crte,  nombre de su hija la duquesa,
era necesario poseer las riquezas de un rey.

Pero la admiracion subi de punto cuando Esperanza fue presentada por su
padre en la crte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna
grande llevaba antes que ella una riqusima tela traida  costa y coste
del extranjero: ninguna posea tanta, ni tan rica, ni tan variada
pedrera; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con
alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba  todas las
damas de la crte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin
que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II.

Habia una familia desgraciada? all estaba Esperanza: y el consuelo que
Esperanza llevaba  aquella familia, no era una limosna mas  menos
cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa  las
necesidades del socorrido. Mostraban los genoveses  los judos,
riqusimos brocados, costosos encajes, magnficos aderezos? all se
estaban hasta que un dia pasaban Esperanza  su padre y los compraban
sin reparar en el precio. Pasaban comediantes por la crte? El aposento
mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el
duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia  soberbia con
el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el
pblico iba  la comedia, auto  farsa, se reparaba que el mejor
repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que
cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los
tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si
era invierno, eran los mas ricos; por ltimo, que la dama mas hermosa,
mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna,
y con mas riqueza,  pesar de su sencillez, era la duquesa de la
Jarilla. El bobo, el rstico, el simple, como se llamaba entonces  los
graciosos, tenia sus motivos para endilgar  la duquesita alguna
redondilla  copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la
representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba
una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia
de una comedianta, Esperanza se sonrea benvolamente, se arrancaba una
rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor
naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian
frenticos y frentica y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los
pintores de mrito podian contar de seguro con la buena venta de sus
cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado 
Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado
hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales,
iglesias y obras pas, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con
la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su
nombre  ninguna de estas fundaciones religiosas. Por ltimo, el duque
mantenia  su costa una compaa de infantera espaola en Flandes, y
llevaba por lo tanto el nombre de capitan.

Por otra parte, eran tan rgidas las prcticas religiosas del duque
viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias
varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, 
quien mand el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque,
cumpli su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes
informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la
Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que
los monasterios, las obras pas y los pobres, les debian mucha caridad y
que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun _remotisime_ de la
religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia.

Encogise de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y
dej rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no
roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeosa con los hombres,
circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no di el mas ligero
pretexto  la envidia que volaba  su alrededor, para que la mordiese.

Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqus
de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia
sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien
notable, sin que pudiera atribuirse  los vicios de la educacion, la
duquesita,  pesar de su poca edad, que apenas llegaba  los veinte
aos, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas
manos admirables; morena, plida, y en cuyos ojos graves y ardientes,
brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al
amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa.
Notbanse en ella, un aprecio de s misma, una gravedad y una altivez
impropias de sus pocos aos, y una especie de experiencia, de trato de
mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, tenindose en cuenta
la educacion monstica indicada por su padre, no podia comprenderse.
Aquello era un fenmeno.

No falt al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto
en el desarrollo fsico como en el moral, entre la duquesita y el
marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la
predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente,
rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase  la duquesita la
_mujer del marquesito_ y al marqus de la Guardia el _hombre de la
duquesita_.

Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban
por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dej de llamarse  la
jven la hermosa duquesita, y se la confirm con el sobrenombre de _la
mujer del marquesito_.

Entre tanto los dos jvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente
libertina de ambos sexos de la crte, no se conocian: la mujer del
marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueas de su casa,
sino para serlo por las dueas de palacio, y no salia, por lo tanto del
crculo de hierro establecido por la rgida etiqueta de la casa de
Austria. Por su parte el _hombre de la Duquesita_, siguiendo los
consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de
los garitos y de las mancebas. Por lo tanto habia una sociedad entera
entre los dos jvenes predestinados.

A pesar de vivir en crculos tan opuestos, la murmuracion, que  todas
partes alcanza y en todas partes se mete, no tard en hacer llegar  los
oidos de entrambos jvenes que la opinion pblica los habia casado.
Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarras, la
gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que
el marquesito, de suyo predispuesto  todo lo que era escntrico y
romancesco, ansiase conocer  aquella nobia, que sin pretenderlo le
habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada
hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no
hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como
aliciente respecto  don Juan, inferiramos una grave ofensa  su
memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que
apenas le habia  las manos le separaba de s con el mayor desprecio del
mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su
desprecio hacindose desear por aquel gastador incurable, y obligndole
 tener serias contestaciones con su tio.

Cuando el marquesito dese conocer  la duquesita, corrian los primeros
dias de enero de 1567.

Desde el momento en que los jvenes tuvieron noticia el uno del otro, se
desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto
en que el nombre del uno son en los oidos del otro, empezaron  amarse.
Al principio cada uno de ellos se fingi en el otro su bello ideal, y
ese amor vago, ese amor que se refiere  un ser que no se conoce, ese
amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado,
lleg  ser un amor violento respecto  personas dotadas de
organizaciones tales como las de los dos jvenes: ella era voluntariosa,
l voluntarioso  impaciente: entrambos luchaban con su soberbia ntima:
no querian vencerse ni aun ante s mismos, y no procuraron, por lo
tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:

--Si l conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.

El se habia dicho  su vez:

--Yo no he de buscarla.

Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso 
instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un
sentimiento ntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto
con el espritu: una de esas simpatas misteriosas que no han podido
definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el
resultado de un amor instintivo, de un amor que,  desaparece, dejando
una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que
nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde  la idea
que de l habiamos concebido,  crece y se desborda si por acaso la
excede.

Colocados en esta situacin moral entrambos jvenes, solo faltaba que
una casualidad los reuniese.

Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el
tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones,
acaso nuestros jvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero
eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento
estrellado de la crte, y se hablaba continuamente de ellos: la
duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su _hombre_; el
marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de
algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de
flores marchitas, con la posesion de _la duquesita_.

No podian, pues, olvidarse.

Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde
que ambos jvenes se habian conocido de fama pblica hasta el jueves
santo de 1567.

En aquella poca ella era la desesperacion de los cortesanos.

El la expiacion de las cortesanas.

La novedad eterna de la crte ella.

El el escndalo perptuo.

       *       *       *       *       *

En aquellos tiempos el espritu religioso del pueblo espaol estaba por
cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la
sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y
grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban,
dentro de los dominios de la catlica Espaa, exceptuando solo un rincon
de ella donde, entre breas, no se rendia al Crucificado mas que un
culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los
obispos, de los prrocos y de las justicias. Este giron, riqusimo sin
embargo, se llamaba las Alpujarras.

Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los
espaoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y
particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y
severa.

A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar poca en
la vida de la duquesita y del marquesito, sali este  la calle, severa
aunque ricamente vestido de negro, y se dedic  recorrer los
monumentos.

Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer  _su
mujer_, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la
devocion conveniente  tan sagrado dia.

Una idea le preocupaba sobre todo: la crte, segun costumbre, debia
visitar los santuarios: en la crte en la servidumbre de los reyes,
debia ir la _hermosa Duquesita_. Pero ponerse en acecho de la crte no
era buscarla? El marquesito se habia jurado  s mismo no robar su
privilegio  la casualidad, y tom una resolucion que debemos llamar
herica: lo dej  la suerte: para que la suerte fuese el principal
agente, se prescribi un nmero determinado de iglesias y un itinerario
rigorosamente lgico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por
consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo
Domingo el Real: despues las de Santa Mara, San Pedro, San Andrs, San
Francisco, San Miguel, y por ltimo, la del Hospital del Buen Suceso.

El marquesito se veia obligado  recorrer esta extensa periferia, porque
en el ao de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en
Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se
fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun
itinerario habia encontrado mas cmodo que el que habia elegido, y h
aqu lo lgico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no
tenemos otro inters, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.

Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqus se propuso
invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas
oraciones en aquellos dias, y adems no mirar deliberadamente  ninguna
mujer.

Asi es, que, cuando lleg al Buen-Suceso, su ltima estacion, era ya muy
cerca del oscurecer, y la crte, segun costumbre, debia haber regresado
ya al alczar.

No dej de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le
volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumb
en la iglesia, le conmovi de pis  cabeza, haciendo vibrar un eco
desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha:
aquella voz habia dicho:

--Sus magestades, el rey y la reina!

All estaba la crte: en ella debia venir su desconocida mujer.

Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de
fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la
reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrs de ellos se habia
arrodillado la crte.

Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y
rompi la de no mirar deliberadamente  ninguna mujer; sus ojos
anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian
las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el
marqus ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vi muchas
cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vi
ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese
convenir con la idea que l se habia formado de _su mujer_.

Entonces experiment otro sentimiento desconocido tambien para l:

La decepcion de la esperanza.

De repente, y cuando el jven exhalaba su primer suspiro de despecho, un
resplandor fugaz ilumin la iglesia, y se escuch un grito general de
terror; seguidamente un resplandor mas fijo brill en el templo, y la
gente se agolp aterrada  las salidas; la gran cortina morada del
tabernculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado  la
armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta
tocar la bbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.

En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y
leal, se lanz hcia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron
otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente
iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la crte, sinti que
unas manos temblorosas se asian  l, y oy una voz sonora, grave, llena
de ansiedad, que exclamaba:

--Salvadme, caballero! salvadme!

Aquella voz, por su timbre particular, por un no s qu misterioso, se
apoder del alma del jven, la halag, como halaga una suave esencia al
olfato; le acarici, como acaricia nuestra frente calenturienta la
brisa, y le oblig  mirar  la mujer que la producia.

Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asi por la
cintura, la levant en peso, con la misma facilidad que hubiera
levantado un copo de seda, y retenindola con el brazo izquierdo, y
empujando brutalmente con el derecho  los que tenia delante, y saltando
sobre ellos, sali por una puerta lateral, atraves el patio y se
encontr, fuera ya, en la carrera de San Gernimo, que atraves
rpidamente, perdindose por una de las calles inmediatas.

La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y
alumbraba el centro de la calle.

Don Juan sigui con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela
irregular y enteramente desierta.

Entonces se detuvo y dej que la dama se afirmase en el suelo; pero
retuvo sus manos entre las suyas.

Don Juan, por una rapidsima, por una verdadera inspiracion, habia
arrojado en la iglesia, al asir  la dama, su toquilla de terciopelo, 
pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la
cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna,
estaba hermossimo.

La mujer que tenia delante de s y toda trmula, era muy jven; apenas
representaba diez y seis aos; habia perdido su velo y tenia la cabeza
descubierta, y sus negrsimos y voluminosos cabellos, peinados en
trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados
 la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba,
por decirlo as, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en
el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema
alegra, que el autor no se atreve  calificar; pero que enloquecia al
jven y le hacia probar delicias para l desconocidas;  pesar de que la
luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que
aquella jven era morena: por lo dems, llevaba una riqusima y gruesa
gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de
crte, de damasco brocado, y brazalete y ceidor de perlas; solo la
faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.

El silencio de entrambos jvenes despues de su parada y de su mtua 
intensa contemplacion solo dur un momento.

El primero que le rompi fue el marquesito con una exclamacion
apasionadsima que parecia salir del fondo de su alma:

--Vos sois mi mujer! dijo.

Mud de color la jven, dej de mirar de aquella manera irreflexiva al
marqus, y contest con gravedad:

--No comprendo lo que quereis decir, caballero.

--Yo soy el marqus de la Guardia! Vos sois la duquesa de la Jarilla!
contest con acento opaco don Juan.

--Ah! exclam involuntariamente la jven.

Y aquel ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y
si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegra, era equivalente
 la frase de:

--Vos sois mi hombre!

Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que
pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jven,
la asi con entrambas palmas las mejillas, y la bes hambriento en la
boca.

La jven di un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una
protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con
paso apresurado, se dirigi  una de las tres salidas de la plazuela.

--A dnde vais, seora, sola y  tal hora? exclam el marqus
alcanzndola y cortndola el paso.

--Haceos  un lado! exclam con altivez la jven. Voy  buscar por esas
calles un caballero que sepa conducir dignamente  palacio una dama de
la reina.

--Segun eso, dijo sin alterarse el marqus, no me teneis por caballero?

La jven torn  mirar con un desden mas altivo al marqus, y dijo
severamente:

--Haceos atrs!

--Que me haga atrs cuando os encuentro milagrosamente despues de un
siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?

--Haceos atrs, repiti con un tanto menos de empeo la hermosa dama.

--Escuchadme, doa Esperanza, dijo amorosamente el jven, asindola de
nuevo las manos que ella pugn ligeramente por desasir de las del
marqus; no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este
modo extrao, sino para que no nos volvamos  separar? No os dice
vuestro corazon como  m el mio, que hemos nacido para amarnos, que no
podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo
encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? No
me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de
veros?

Doa Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la
Jarilla, perdi su expresion severa bajo el influjo de las palabras del
marqus, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jven una mirada
suplicante exclam:

--Por piedad, caballero! ved que cada momento que pasa es un siglo
para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie
tendr nada que decir si me llevais ahora mismo  la crte, que no debe
estar lejos.

--Si, si, doa Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por
socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en
trage de crte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de
seguro, con esta clarsima luna, llamaremos la atencion de las gentes al
atravesar  Madrid en busca de la crte que, sin duda est ya en el
alczar.

--Oh, Dios mio! exclam la duquesita, conociendo el peso de las razones
de don Juan.

--Pero hay un medio, dijo este.

--Cul?

--Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.

--Oh! eso jams!

--Entrar para esperar nicamente que venga una litera.

La duquesa levant sus magnficos ojos, y los fij radiantes, lmpidos,
en el semblante del jven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo
por ninguna otra mujer: comprendi por aquella mirada que la duquesita
era su destino, mas que su destino: su seora, la pasion de toda su
vida; su alma se aneg en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos
parti otra mirada por la que se exhal toda su alma.

Aquellos dos seres se habian confundido en uno.

Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia
reunido.

--Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la
jven.

--Cmo! Sabeis mi nombre?

--No sabeis vos el mio?

--Me amais!

--Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras
buscan una litera.

El marqus no la contest.

La asi de la mano, se fu  un casuco situado en un rincon lbrego de
la plazuela, y llam.

Abrieron poco despues aquella puerta.

Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqus y la persona que
habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doa Esperanza y el
marqus desaparecieron por el oscuro fondo.

La puerta volvi  cerrarse en silencio.




CAPITULO II.

La hermosa duquesita se ha perdido!


El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, caus una sensacion
profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la crte.

Y no era por cierto porque  sus magestades les hubiese acontecido
ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que,
gracias  Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado
ligeramente ahumado en la bveda, y algo mas profundamente chamuscado en
el tabernculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se
habia reducido  un buen susto,  algunas contusiones, y  otras tantas
caidas: lo que habia hecho clebre al tal incendio, habia sido que 
causa de l, la magnfica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez
dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.

Al salir la crte de la iglesia, hallaron las dueas que de su hermoso
rebao se habian descarriado cinco magnficas ovejas: cuatro de ellas,
que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus
puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo
desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito
de la Guardia, no parecia.

El rey mand que la mitad de los gentiles-hombres que le acompaaban,
algunas dueas, y todos los alguaciles que hubiese  mano, se pusieran
en busca de la perdida duquesa, y la crte se volvi como si nada
hubiera acontecido  palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con
el rey; pero el rey contestaba que nada est perdido, que todo se
encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso
una permision de Dios, para que doa Esperanza de Crdenas, que era un
tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su
salvacion entrando  servir  Dios en el clustro.

Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero
disimulada y profunda,  su hijo el prncipe don Carlos de Austria, mozo
de veinte y dos aos, que marchaba  su lado, cabizbajo y profundamente
pensativo y al parecer contrariado.

--Porque, aadia el rey sin dejar de observar  su hijo, el que se
pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien
pudiera perder  alguien, y no es bien tener en nuestro alczar dama que
entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.

Asi es que el rey, en cuanto lleg al alczar, tuvo muy buen cuidado de
hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su
hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla 
palacio.

El duque recibi por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres,
la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la
supiese todo el mundo.

Las dueas, convenientemente acompaadas, anduvieron dando vueltas, y
preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron 
palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de
no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la seora
duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo,
estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban
como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda
la noche.

Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volva  su palacio,
encontr delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena
apariencia, y  todas luces de la clase artesana, que llamaba  grandes
golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los
criados, desde el mayordomo hasta el ltimo marmiton, habian salido en
busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente 
las mujeres de la servidumbre.

Yaye, que no habia desfogado bastante su clera con los criados,  pesar
de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear  cuatro lacayos,
embisti muy de mal talante con aquella mujer.

--Con mil legiones! qu quereis vos  las puertas de mi casa? exclam
mirando  la mujer con ojos centelleantes.

--Es vuecelencia el seor duque viudo de la Jarilla? pregunt toda
trmula aquella mujer.

--S, y bien... qu quereis?

--La seora hija de vuecelencia...

--Mi hija! qu sabeis vos de mi hija?

--La seora duquesa, est en mi casa.

--Que mi hija est en vuestra casa!

--Y me ha dado esta carta para vuecelencia.

Yaye tom con una mano que temblaba de clera, una carta que le di
aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompi la nema y
devor, que no ley, el contenido del escrito.

--Harum! exclam roncamente Yaye, acercndose  uno de sus servidores
despues de haber leido la carta, y guarddola en su escarcela: pronto
una litera, y conmigo.

La litera estuvo dispuesta al momento.

--Y vos mujer, aadi Yaye, guiad  vuestra casa.

La mujer ech  andar.

--Cundo fu mi hija  vuestra casa? la pregunt el emir.

--La seora no fu, dijo la mujer.

--Cmo que no fu?

--La llev mi marido que la encontr desmayada en la plazuela.

--Ah! la encontr desmayada! y cundo?

--Despues de oscurecer.

--Y por qu no me avissteis al momento?

--Ah, seor! nosotros no sabiamos que la seora fuese hija de
vuecelencia.

--Cmo que no lo sabiais? pues no os lo ha dicho mi hija?

--La seora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.

--Desmayada! Desmayada! habeis llamado  algun mdico?

--No, no seor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la
conocieran... y se enterran de que habia estado perdida... y luego...
en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos  nada.

--Y se atrevi vuestro marido  llevarla  su casa?

--Y cmo habia de dejar en la calle, sola, abandonada,  una seora tan
jven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta  los libertinos y
 los ladrones? no, no seor: mi marido hizo muy bien: sbenlo Dios y la
justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.

--Pero... por qu no avissteis  palacio? No sabeis que en estos das
solo visten de ceremonia las damas de la reina?

--Nosotros no entendemos de eso, seor, y como nada sabamos dijimos:
cuando vuelva en s, nos dir quin es, y lo que debemos hacer. Hay que
confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia,
habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que
demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego,
era una bribona consumada.

Al fin llegaron  la casa.

Al ver su pobre aspecto, se le hel la sangre al duque; pero domin su
clera,  fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera
observacion, y dejando  sus criados, con la litera, en la calle, entro
en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.




CAPITULO III.

     De cmo un nio puede ser el dedo de Dios.


Cuando entr en una hmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca
y gentil adelant, y se arroj sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrech dulcemente contra su pecho, afectando solamente el
cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo
besndola en la frente.

--Oh, qu noche! qu noche tan horrible, hija mia!

Despues la separ un tanto de s, y la mir fijamente: la duquesita
estaba muy plida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su
tranquila pureza.

--Yo no s dnde he estado, padre mio; dijo la jven... apenas
recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

--Te encontraron desmayada.

--Asi es, seor, dijo el marido.

--Despues he recordado no s que cosa horrorosa, dijo doa Esperanza: un
incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... Oh, Dios mio!
luego... yo corria... de repente sent un vrtigo... unas angustias
horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los
ojos, me he encontrado aqu, tendida en un lecho, con las mismas ropas
que me habia puesto para acompaar  sus magestades.

Mientras doa Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar
cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia
de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y
guardando el mas respetuoso silencio  la puerta del aposento, de la que
no habian pasado: un chiquillo como de cinco aos, estaba junto  una
mesa mirando alternatvamente  un cajon entreabierto y  sus padres: en
un momento en que estos estaban abstraidos, mirando  Yaye y  su hija,
el muchacho abri silenciosamente el cajon, y sac de l una moneda:
Yaye se levant rpidamente, asi la mano del nio, y sacando de ella un
dorado doblon de  ocho, le mostr al marido.

--Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os
roba  vos; maana robar  otro. Y abri mas el cajon para echar en l
la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

--Buenos ahorros teneis, dijo el duque sealando con un dedo inflexible
aquel oro.

El marido se puso sumamente plido y balbuce algunas palabras; la
mujer, aunque un tanto alterada, contest sobre la palabra de Yaye:

--Ah, seor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos 
la caridad de la seora.

--Has hecho bien, hija ma, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente 
los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar
 estas buenas gentes: tomad, aadi dndoles una bolsa de seda llena de
oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra
casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano  su hija sali con ella.

La pobre jven ley en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su
alma; pero ni se inmut ni tembl, aunque habia visto algo horrible.

Esto consista en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la
mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle
hasta que doa Esperanza entr en la litera y Yaye se alej con ella y
su servidumbre, dijo volvindose  su marido.

--Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos  gozarle muy
lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha
adivinado... estoy segura de ello.

--T tienes la culpa, Francisca, contest el marido con acento
profundo... yo no quera... pero t te empeaste... t tienes la
culpa... ese oro maldito caer sobre nuestra cabeza y sobre la de
nuestro hijo.

       *       *       *       *       *

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado  Doa Esperanza en su
aposento, cuando su ayuda de cmara le entreg una carta cuidadosamente
cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

Seor: el prncipe ha pasado la noche fuera del alczar; como siempre
le ha acompaado el comediante Cisneros. Merced  los buenos servicios
del mayordomo del prncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada.
Pero yo vigilo y lo s todo. Seor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

--El prncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alczar! exclam
con un acento incomprensible Yaye, y se qued profundamente pensativo,
con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el
rostro en sus puos crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agit una
campanilla de plata, y dijo  un camarero que se present  la puerta.

--Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que
sin prdida de tiempo deseo verle.




CAPITULO IV.

     La fuerza de la mujer.


Yaye no permaneci mucho tiempo solo.

Abrise silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el
de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelant, completamente
vestida de negro, doa Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un
sillon junto  su padre.

Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni
repar en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado
intensamente durante algunos segundos, le dijo:

--Padre: la fatalidad nos persigue.

Volvi el duque la cabeza, mir fijamente  su hija con una mirada
extremadamente lcida y la dijo con acento opaco:

--Te has vestido de luto, Amina! has hecho bien!

[imagen: Don Juan sigui con su carga sin hablar una palabra.]

--Vengo preparada  todo, padre, contest Amina,  quien seguiremos
dando este nombre.

--Con que es verdad?

--Yo no s mentir.

--Y quin ha sido... exclam con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.

--Escchame padre, y mata despues  tu hija: pero sabe antes; que si ha
olvidado un momento lo que te debia, lo que  s misma se debia, la ha
arrastrado la fatalidad.

--Estaba escrito! exclam con doloroso sarcasmo Yaye.

--Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplir padre. Qu somos sobre
la tierra? una hoja seca que arrastra delante de s el viento del
destino.

Yaye se estremeci.

--Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos aos nos
cont, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel
habia destinado para que nos entretuviese  sus hijas y  m, con
hermosos cuentos.

Yaye mir con asombro  su hija.

La jven continu sosteniendo con su difana mirada, la mirada sombra
de su padre.

--H aqu la leyenda que nos refiri la esclava, dijo al fin:

[imagen: La duquesita.]

Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es
eterno, jven  inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de
sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes
pocas; pero nadie sabe en qu lugar del desierto est situado. Algunas
maanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que
atraviesan los ardientes arenales, suelen ver  lo lejos, tras una
difana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro
brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad est rodeada de
bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el
viento, se escucha  lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la
msica mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel
prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida,
habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron  ella sus pasos;
pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como
una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente
sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se
dejaba ver, para patentizar  los hombres las delicias del paraiso,
donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y
desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez 
los errantes rabes, no pretendian llegar  l, sino que se prosternaban
y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin
dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altsimo, hasta que con
los primeros rayos del sol desaparecia.--Cuando Dios queria que un
justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las
delicias del paraiso, le inspiraba el deseo  la necesidad de ir  una
ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon 
quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado,
abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar  un cercano
oasis, apenas entraba en l, Dios le inspiraba un sueo profundo, del
cual despertaba instantneamente al eco de una msica superior en
armona  cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un
jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finsimo csped, salpicado de
florecillas de vivsimos colores, era superior en belleza  la mas
preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavsima
fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aqu, y all,
y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus
alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era
difano y transparente y en medio de l, inundndole de resplandores que
no ofendian  la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y
resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los rboles, y de
los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de
rubes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza
cri: los arroyos y los lagos parecian de lquidos diamantes, y entre la
sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magnficos
alczares, de los cuales haba sido el nico artfice la palabra de
Dios. Cmo se podra contar la belleza de lo que solo poda ver con los
ojos de su alma un justo? ni cmo compararla con el lodo y la escoria
de la tierra? El que entraba all solo salia para contar  los hombres
tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes
al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.--Pero la
maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados
aromticos y blandos  la planta, como un mullido lecho; ni sus
espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmvil en un
eterno dia; ni sus alczares ni sus flores, sino la hada de juventud
inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor
mas preciada. Muy pocos haban logrado ver su hermosura, y estos habian
desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la
maana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi
enteramente de suavsimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian 
travs de sus negrsimas pupilas; su semblante daba  quien le veia la
paz de los cielos, y su resplandeciente tnica dejaba ver bajo su tela
sutilsima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de
Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el
perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fcil. El hombre
mas impuro se hubiera tornado casto como un arcngel del stimo cielo
por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.--La
hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem
de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires
sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza  Dios,
solan ir  confortar al cansado peregrino del desierto, prximo 
sucumbir  la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos
tan difana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego
se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas,
corriendo tras las mariposas.--Pero un dia, el eterno enemigo del cielo
y de los hombres, Satans, el envidioso y el soberbio, sinti envidia
por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las
mujeres de la tierra.--Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el
espritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una
hermosa apariencia. Satans habia sabido ocultar su sonrisa impura,
apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura
tal como la que habia perdido,  mas bien lo consinti Dios.--La
inocente sali  su encuentro y le sonri: entonces Satans la estrech
en sus brazos, la bes en la frente, y desapareci.--La hada arroj un
grito agudsimo de dolor, y desde entonces ni flot en los aires, ni en
la superficie de los lagos, ni corri tras las mariposas: en su frente
habian quedado impresos, como una marca negra los hermossimos labios de
Satans, y su corazon arda en deseos impuros: continuamente recordaba
aquel hermossimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba
anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por l, y en su delirio se
habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por
esto solo  su pureza y  su eternidad.--El jardin de Hiram habia
desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta  las
miserias de la vida mortal.--Su planta se fatigaba y se vea reducida 
calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con
los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos
y speros rboles, y el aguacero, y el trueno y los relmpagos de la
tormenta, la obligaban  buscar asilo en las horrorosas grietas de las
rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, 
revolar en torno de su cabeza y  ponerse en sus manos; huian de ella, y
durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los
bramidos de las bestias hambrientas.--Un dia, en fin, Dios permiti que
un rayo de su divina luz inundase el espritu de la hada, y este le
reconoci y le invoc.--El Altsimo tuvo compasion de ella; pero quiso
que antes de que volviese  ser lo que desde el principio habia sido,
quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de
forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si
Dios no la hubiese perdonado.--La bondad de Dios habia vuelto la paz y
la inocencia  la hada; pero aun no habia vuelto  su perdido jardin de
Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y
pensativa sentada sobre las breas al borde de un precipicio, por cuyo
fondo se despeaba un espumoso torrente.--De improviso una mariposa de
alas difanas y matizadas, vino  revolar  su alrededor; vila la hada,
y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro
sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huy y fu
 posarse en un espino; la hada se levant, se acerc recatadamente,
tendi la mano, y cuando esperaba tener asida  la mariposa, se sinti
punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia
desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el
espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo difano, mas
difano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se
desvanece.--El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en
el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la
hada, habia aparecido una rosa purprea, cuya fragancia embalsamaba el
ambiente. Cun hermosa era aquella flor! cun pura! pero lleg un
viandante, la vi, la codici, arranc despiadadamente del tronco el
gentil tallo en que se balanceaba, y aspir ansioso su fragancia y la
bes. La pobre flor perdi su fragancia, su color y su frescura, y el
viajero, no encontrndola ya hermosa, la arroj marchita al torrente,
que primero la enlod y la despedaz despues. Pobre flor! cada
primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero
y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola,
goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando
le ve marchito, le arroja al torrente. Ay y cuan pocas rosas se salvan
del abandono y del olvido! ay cuan pocas dejan de enlodarse en la
corriente bramadora!

Dtuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lgrimas, y
luego aadi con acento melncolico y triste:

--Cuando la esclava llegaba  este punto de su leyenda, aadia siempre:
la rosa es la mujer, hijas mas; el espino la representacion de sus
dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el
torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios
que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin
de Hiram.

Dtuvose la jven, pos en su padre tras un velo de lgrimas una mirada
desesperada y guard silencio.

Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia,
especialmente en aquellas circunstancias, la fbula oriental que habia
oido su hija de boca de la esclava destinada  entretener con hermosos
cuentos  las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera
conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y
severamente:

--Y  qu propsito me has relatado esa leyenda?

--Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros
semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.

Yaye inclin la cabeza y qued en la actitud del que escucha, y no
quiere perder ni una slaba.

--Desde el momento en que la esclava nos relat el cuento que acabas de
oir, padre, mis compaeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del
dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas t, cuando nadie
nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: Flor de Hiram! esto ya era
fatal: era como decirme: t eres esa rosa puesta por la fatalidad al
lado de la via pblica, al borde del torrente. T eres esa naciente flor
expuesta  las codiciosas miradas del viandante. Un dia, t, pobre flor,
marchita y deshojada, sers arrojada al torrente.

Yaye se estremeci: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija:
se anonad, inclin aun mas la cabeza, y oprimindose el pecho con la
mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmur
de una manera opaca  ininteligible:

--Oh, padre! padre! y cun terrible herencia me has dejado!

Amina continu, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:

--Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin
motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, no
crees, padre, que es un modo singular de apartar  las mujeres de la
impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las
incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy
morales en el fondo, pero en su lenguaje... Oh! siempre el vicio
hermoso, halagando  la mujer, enloquecindola, extravindola: siempre
el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado,
los ojos que desfallecen de placer. Qu vale presentar despues las
horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el
veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar  la vrgen llena de vida
y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la
mujer? Qu vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha
presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta
un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo
quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? Cmo querer
formar  la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vrgen,
desgarrando sin piedad,  ciegas, giron  giron, su velo de pureza?

--Amina! exclam Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas,
aunque indirectas reconvenciones de su hija.

--Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continu la
inflexible jven; tienen un harem donde las encierran: horribles
esclavos que las guardan: una vrgen, que no hubiese perdido la
virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien
y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa esttua
inanimada: es necesario que la esposa  la esclava, compongan  canten,
hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera;
que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y
horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovstas de su
pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo,
marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no
han visto, hasta que han tocado su fondo, oh! entonces no hay castigo
bastante para la esposa adltera  la virgen perdida: el hoyo de arena,
 el saco de cuero y las ondas del mar.

La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso
material la cabeza de su padre.

Amina, continu.

--Criada bajo el ardiente sol del Africa,  los doce aos, t lo sabes,
padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma),
ibas  visitarme durante algunos dias  la Casb del dey, me sentabas
sobre tus rodillas y me llamabas tu pequea mujercita.

Yaye lanz un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le
desgarraba el alma; irgui la cabeza y mirando frente  frente  Amina,
la dijo:

--Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha
desgarrado mi pecho; jams esa lanza me ha causado tanto dolor como cada
una de tus palabras: pero contina, contina, porque quiero que llegues
al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de
mi hija.

--Padre, comprndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis
palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdname si te
desgarro el corazon, padre: tu hija est deshonrada.

Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunci una sola palabra; pero un
estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaa agitada
por un volcan, estremeci su cuerpo de los pis  la cabeza.

--A los doce aos, pues, era ya una mujer en toda la extension de la
palabra, y se habia procurado ensearme tanto, que mi espritu estaba
enteramente formado. En los pocos dias que cada ao pasabas  mi lado,
procurabas informarte por t mismo, si se me habia dado la enseanza que
t habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en
castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:

--Es maravilloso: un espaol te creeria andaluza; hija de ese pais
bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.

Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me
hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los
cautivos espaoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos
aos, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia
tampoco para qu se me habia instruido en la religion cristiana, cuando
se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas
Dios que Dios el Altsimo y Unico, y su profeta Mahomet. Oh! esto era
tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la
pureza: me decia que una mujer, una santa vrgen, era la madre del
Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me
hacia su igual, su compaera por el matrimonio; me daba derecho al amor
exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vnculo que no
consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno  dos
seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava,
una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo 
de su seor; pero no debe tener zelos si su esposo y su seor son de
otra  de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe
pensar; eres para tu esposo  para tu seor menos que su arco, su lanza
 su caballo.

Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de
ellas; pero me decid por la que me daba mas derechos: esto era natural:
sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la
cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me
arrebataria, y me decid por el cristianismo. Despues... prdoname,
padre, porque s que aborreces  los cristianos: perdname... pero
quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo
de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de
Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana,
cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado  mi entendimiento
 iluminndole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.

Otro extremecimiento comovi  Yaye, que como si se hubiese resignado 
todo, continu callando.

--Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la
influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el
placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado 
conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro
romance. T mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar,
despues de haberme visto ejecutar una de esas lbricas danzas
musulmanas:

--Oh! hermosa, hermosa como el amor! irresistible! t sers la
tentacion que ayudar  mi espada!

Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conoc nuestro
pasado y nuestro destino, comprend que todo lo sacrificabas por tu
patria: hasta el corazon y la honra de tu hija!

--Oh, padre! padre! murmur de nuevo Yaye.

--Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un prncipe real, exclam
con amargura Amina, un pobre loco, arde por m en deseos impuros, y por
m es capaz de atentar  los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno
y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya
visto en l alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes
mas grandes de la crte, se arrastran  mis pis, olvidada la soberbia
que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llmaseme por excelencia,
y con gran envidia de las damas de la crte, la hermosa duquesita, y
acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me
ha costado la paz de mi alma. T no sabes, padre, de qu modo han
llenado mi pensamiento despierta, y mi sueos dormida, todas esas
ardientes imgenes de los cuentos de hadas y de amores; t no sabes,
padre, de qu manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma,
un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser  quien
unir mi alma,  quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; 
quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con
toda la tentadora fuerza de mis ojos; t no sabes de qu manera se ha
ido formando dentro de m un ser imposible, por lo hermoso, por lo
grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino,
 quien yo veo solo con cerrar los ojos: t no sabes cunto le acaricia
mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante s, como una realidad
que se toca, no como un sueo que huye. T no sabes cun hermoso es el
satans que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos
labios, empalideciendo mi semblante, y arrojndome del perdido jardin de
Hiram de mi pureza. T no sabes cun desesperado, cun ansioso, cun
muerto  la esperanza est el corazon de tu Esperanza.

Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza  Yaye y fijar
una mirada infinitamente ansiosa en su hija.

En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan
profunda, que Yaye se sinti completamente aniquilado.

--Pero ese hombre..! ese hombre..! ese esposo  quien has elegido!
exclam el duque con un acento supremo por lo desesperado: no le amas?

--No lo s aun.

--Has sido suya en un momento de delirio?

--Si.

--Oh! exclam Yaye.

Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de
amenaza.

--Desde que fui presentada en la crte, poco despues, continu Amina, o
hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido  bien casarme
de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de
llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.

--Pero quin era este marquesito?

Un jven de mi misma edad  poco mas, de quien se decian maravillas; las
damas hablaban de l con deseo, y los hombres con envidia; sin saber
como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyndole todas las
prendas que yo soaba en el hombre de mi amor, am sin conocerle al
marqus, pero con delirio, como nicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de
verle en la crte; pero el marquesito jams concurria  ella. Al fin,
ayer, cuando incendiado el tabernculo del templo, huia despavorida,
sent que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba
consigo hasta un lugar solitario donde me dej en tierra. Brillaba la
luna. Ante m habia un jven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como
no habia visto ninguno. Sent que mi corazon se rompia, que me
arrastraba hcia aquel hombre, y cuando en un accidente de la
conversacion brevsima que se cruz entre nosotros, supe que aquel
hombre...

--Era l... observ roncamente Yaye.

--Si, el _marquesito_: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en
vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueo, por ese sueo
fatal de amores: lo olvid todo: para m no existia nadie en el mundo
mas que l: me dej conducir  donde quiso, y cai en el abismo que se me
habia preparado, envenenando mi alma.

Detvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

--Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantndose y
arrodillndose  sus pies, mtame; mtame, porque te he deshonrado;
mtame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el
amor que yo habia soado: porque al perder mi pureza he conocido que era
pura; porque no puedo volver  mi hermoso sueo que era mi edem,
porque... porque si t no me matas, me mataran el dolor... y la
vergenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo
 inundados de lgrimas, era el mas bello trasunto del ngel de la
desolacion.

--El nombre! el nombre de ese hombre! exclam Yaye levantndose con
impetu.

--Ese hombre se llama el marqus de la Guardia! respondi Amina.

Al oir esta revelacion el duque, cay de nuevo desplomado sobre el
sillon.

--El marqus de la Guardia! El marqus de la Guardia! Fatalidad!
Horrible fatalidad!

Luego, como saliendo de un horrible sueo, exclam:

--Yo no puedo matar  ese hombre: t no puedes ser su esposa.

--Y quin te pide su muerte? exclam palideciendo Amina.

--Le amas!

--Oh! no lo s! no lo s! aun no le conozco bien! pero si l me
amase, si l me amase como yo le amaria!... y luego... Tiene la culpa
de haber encontrado en su camino una virtud tan frgil que se ha roto al
primer choque!... matarle! y por qu? yo soy la que debo morir!

--Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba  ser
tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de
haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra.
Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones.
Sobre todas est la de que t debes ser esposa del prncipe don Carlos.

--El prncipe don Carlos! exclam con terror Amina; con un terror que
no habia demostrado, durante su audaz revelacion  su padre, ni cuando
le pedia que la matase.

--Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que t seas reyna.

--Pero, padre mio: olvidais que para ello es necesario hacer de el
prncipe un parricida?  tal malvado quereis unirme?

--Mira, Amina: all, y el duque extendi su brazo rgido y fatal hcia
el Oriente: all hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el
vencedor: all se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su
familia,  ancianos cubiertos de canas,  hombres en la fuerza de su
vigor: all los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: all se
destila gota  gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al
otro lado de los mares, tras la inmensidad del ocano, un pueblo que
tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de
esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceir un dia
tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con
sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencrsele por la
fuerza: Satans le ayuda: es necesario acercarse  l como la serpiente,
acechar su sueo, y morderle antes de que despierte, en el corazon: t y
yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos
romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergenza
nuestra frente: qu importan los medios con tal de que nos lleven al
fin apetecido?

--Pero si aun asi no logramos salvar  esos desgraciados! si nos
perdemos intilmente!...

--Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

--Esposa del prncipe don Carlos!... murmur mortalmente plida Amina.

--Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado
dolorosa para que queramos prolongarla. Dios lo ha querido, y es
necesario resignarse  su voluntad! vete: djame solo; qutate esas
lgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de
tristeza; presntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la
mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Gurdalo t
tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqus.

Y despues de esto, lleg  su hija, la bes en la frente, la asi de una
mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cmara.

Amina desapareci tras el tapiz.

Yaye permaneci algun tiempo inmvil, como una esttua, con la mirada
fija, abstraida; luego se pas la mano por la frente como si hubiera
querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante,
adopt de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser
su expresion caracterstica; fu  la mesa, abri un cajon con llave,
sac cuidadosamente unos papeles y se puso  hojearlos.

Poco despues se levant, puso los papeles en un armario, cuya llave
guard cuidadosamente en un bolsillo, y se fu  la puerta.

--No ha venido aun el seor Cisneros, dijo con acento breve.

--Ah, seor duque, dijo otra voz  la puerta opuesta de la antecmara;
aqu me teneis, y no muy  tiempo por cierto, porque creo que os
impacientais.

--Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar  su cmara 
este segundo personaje y cerrando tras l la puerta.

--Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y
aunque ya han dado las diez de la maana, hoy es para m muy temprano.

--Sentaos.

El duque seal un sillon  Cisneros y se sent en otro junto  una
chimenea, cuyo fuego se puso  arreglar de la manera mas natural.

Tenemos delante dos personajes, la fisonoma de uno de los cuales se
habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.

Yaye era por aquel tiempo un hombre jven aun, de poco mas de cuarenta
aos, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera,
y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y
distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la
cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de
su juventud y su gallarda, conservaba su poderosa hermosura, su tez
blanca, densamente plida, y tersa y lmpida, tanto en su semblante como
en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las
habia ocupado jams: sus cabellos negrsimos, rgidamente cortados segun
la moda de la nobleza espaola, eran tan espesos que contrastaban de una
manera decidida con la mate y difana blancura de su frente: sus cejas y
su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como
el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no s qu de
dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran
un abismo en cuyo fondo solo se lea nobleza y talento, y  veces,
cuando nadie le vea, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin
hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto
aguilea, acababa de armonizar las lneas rgidas, bellas y magestuosas
de su semblante.

Yaye debia imponer consideracion, respeto  miedo  la persona con quien
hablase, con arreglo  la situacion  al carcter de esta persona.

Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que
se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.

Pertenecia Cisneros  otro tipo enteramente distinto: era buen mozo,
bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un
decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de
rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un
bao de crte, y por su trage rico, trmino medio entre las ropas usadas
por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de
gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las
pragmticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una
riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos
cuajadas de cintillos: la hipocresa  el fanatismo estaban
representadas en l, por un rosario de cuentas gordas y relucientes,
sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo dems, unas calzas de
grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de
pao fino de Segovia, completaban su trage.

Desde el momento en que Cisneros se encontr sentado frente  frente con
Yaye, fij en l una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de
recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia
arreglando sus tizones.

--Hace un buen frio, dijo.

--El invierno se alarga mas de lo justo, contest Cisneros.

--Y no deben ser las noches muy  propsito para pasarlas al sereno
corriendo aventuras.

--Ah, seor duque! estas noches son mucho mas  propsito para pasadas
al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la
figura y en los efectos.

--Y cules son esas dos cosas que se parecen tanto?

--Una botella y una mujer.

--Ah! y habeis pasado de tal suerte la noche el prncipe y vos?

--El prncipe y yo?

--Qu! no le habeis acompaado?

--No seor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando  otras
rondas que han andado de ac para all, buscando como sabuesos, y sin
poder dar con lo que buscaban.

--Y qu buscaba el prncipe?

--Buscaba  vuestra hija, contest con una audacia infinita Cisneros.

--Solo se busca lo que se ha perdido, contest friamente el duque, y mi
hija no ha estado perdida un solo momento.

--Sin embargo no volvi con la crte al alczar, y se dice  se decia
anoche de pblico, que habia desaparecido entre el desrden causado en
el Buen-Suceso, por el incendio del monumento.

--Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vi por un milagro en la
calle, tom el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis,
est cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcal, donde recientemente
ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doa
Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisronme algo tarde de
ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me
habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su
paradero hasta que al amanecer he vuelto  mi casa.

--Pues si vos no me hubirais afirmado en mi creencia de que el convento
de las Vallecas est en la calle de Alcal, dijo Cisneros doblando su
audacia, al saber de vuestra boca que mi seora doa Esperanza ha pasado
la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un
casuco en la plazuela de Peranton, que est, por cierto, mas cerca que
las Vallecas del Buen-Suceso.

--Quin os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada
profunda y amenazadora en Cisneros.

--Me lo han dicho mis ojos.

--Vuestros ojos?

--Si, por cierto.

--De modo que vos visteis salir  mi hija de la iglesia?

--No por cierto, aunque en la iglesia estaba.

--Habr habido en esto alguna infamia?

--No, no, seor: el marqus de la Guardia guardar probablemente un
profundo secreto acerca de esta aventura. No es doa Esperanza una dama
cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale
mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.

--Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro
como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraa 
l, es decir, que hay quien sabe que el marqus de la Guardia ha pasado
la noche bajo el mismo techo que mi hija?

--Lo s yo, y lo saben indudablemente los dueos de aquella casa: pero
estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado
al marqus,  quien han prestado diferentes veces servicios semejantes
al que le prestaron anoche.

--Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, 
fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no
engaarme.

Unicamente tras esta palabra brill una mirada amenazadora en los ojos
de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar  Cisneros.

--Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el
comediante, que me guardar bien de engaaros. Si vos no me hubiseis
llamado, yo mismo hubiera venido  veros, porque s muy bien que el
asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo  contaros todo lo que
sucedi, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera
situacion de este negocio.

Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteci aquel endiablado
incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento,
pens en ponerme en salvo; pero al huir perd mi gorra. Habeis de saber,
seor duque, que la gorra que perd era de mucho valor y que la tenia en
gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echme, pues, 
pesar del peligro,  buscar la gorra, y  poco que tent por el suelo,
encontr esta que veis.

Y Cisneros mostr al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida
al lado izquierdo con un joyel de diamantes.

--No sabeis de quin es esta gorra? continu Cisneros.

El duque se encogi de hombros.

--Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqus de la Guardia; la
conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha
ganado hace algunas noches por cien veces seguidas  los dados y habia
quedado definitivamente en poder del marqus.

--Pero si el marqus es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y
de hasto Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado  manos
de otro.

--No, no, seor; estos dias el marqus est en ganancias, y aprecia
mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en
uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar  un dado su
honra, la ech sobre el tapete.

Alegrme, pues, de que habiendo perdido el marqus su joyel, hubiese
venido  dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese
perdido, y me encamin  cierta manceba, seguro de encontrarle, porque
el marqus estaba citado con un prncipe aleman, para darle el desquite
de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.

A pesar de que el marqus es todo un caballero y nunca falta  empeos
de juego, de amor  de honra, dieron las nimas, hora de la cita, y el
marqus no pareci: dieron las nueve, tampoco: temise, conociendo su
puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus
amigos fuimos  buscarle  los lugares  que sabiamos que l podia
concurrir.

En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alczar la
noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como
otros dos concurrentes, pronunciasen  propsito la mujer del
marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien  vuestra hija...

--Fatalidad, murmur Yaye.

--... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero
posible: yo habia encontrado la gorra del marqus en la iglesia del
Buen-Suceso. Doa Esperanza habia desaparecido de la iglesia. No podia
ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqus, y que en
un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia
ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi
seora doa Esperanza, hubiera faltado el marqus  dar un desquite de
juego.

Sin decir  nadie nada, y calculando  qu lugar mas cercano  la
iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqus  una dama, me
acord de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fu  ella,
llam, me v obligado  alborotar para que me abriesen, seal clara de
que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunt por el marqus,
me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.

Como la noche estaba fria y hmeda, y era adems Jueves Santo, me retir
 mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando h aqu que recibo un
recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de rden del prncipe me mandaba
ir al alczar por el Campo del Moro. Fu y encontr al prncipe furioso
por la prdida de vuestra hija. Doa Esperanza ha acabado de volver loco
 su alteza, seor duque, y haremos del prncipe lo que queramos.

--Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.

--Ya conoceis el carcter voluntarioso  impaciente del prncipe:
despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una
manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doa
Esperanza, apel  la justicia y  la Inquisicion: pag  peso de oro
alguaciles y familiares, y puede decirse, seor duque, que no ha habido
posada, ni casa pblica, ni lugares de sospecha, que no hayan sido
registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se
ha encontrado mal entretenida...

--Y en tales lugares buscaba el prncipe  mi hija!

--Los zelos son villanos, seor duque. Pero,  pesar de ellos, tan bien
oculta y en tan buenas manos estaba doa Esperanza, que ni alguaciles ni
familiares pudieron dar con ella.

Poco antes del amanecer, transido de frio y trmulo de zelos y de
corage, se volvi su alteza al alczar, y vindome libre, me propuse
llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro,
seor duque. Me fu  la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de
una taberna,  pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un
ducado, consegu que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja,
desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba
seguro que se hallaba el marqus de la Guardia.

Poco antes del amanecer se abri aquella puerta y sali un hombre
embozado, en cuyo talante reconoc al marqus,  la dudosa luz del alba.

Amaneci, volvi  abrirse aquella puerta, sali la duea de la casa y
poco despues volvi. La acompabais vos, y tras vos venia una litera
conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doa Esperanza
era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.

Call concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye
se puso  arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual
Cisneros no podia ver su rostro.

Levantse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Mir de una
manera glacial  Cisneros y le dijo:

--El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus
funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca
de tus truaneras y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin m
estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de
Castilla, y aunque tienes habilidad  ingenio para tu oficio, nunca
llegarias  capa de raja.

--En cambio, seor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado
del prncipe. Por m, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma,
y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los
Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, seor duque;
porque sirvindoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey
con los traidores cuando los descubre.

--Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta
noche. El marqus de la Guardia, callar. En cuanto  los dueos de esa
infame casa, callarn tambien. Si se divulga en la crte este secreto,
t solo habrs sido la causa, me habrs hecho traicion, y en cuanto 
los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.

Levantse tras esto Yaye, abri el armario donde antes habia dejado en
un secreto unos papeles, y sac un pesado saco que entreg  Cisneros.

--Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. Lo
entiendes?

--Si seor, dijo Cisneros levantndose y ponindose el pesado talego
bajo el brazo.

--Vete, dijo Yaye.

--Gurdeos Dios, seor, dijo el comediante inclinndose profundamente, y
sali.

Apenas habia salido, se abri una puerta, y se le present un hombre
membrudo, atltico, de fisonoma noble y simptica, un tanto plido, de
ojos negros y mirada profunda  inteligente.

Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco aos de edad, y llevaba
preseas, armas y coleto de soldado.

--Dios te guarde, Harum, le dijo el emir  quien seguiremos dando su
verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeo.

--Mandad  vuestro esclavo, magnfico seor.

--Hace mas de veinte aos que me sirves con una lealtad y un valor 
toda prueba.

--Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magnficamente,
seor: cuando empec  serviros era wal, y me hicsteis vuestro
secretario; ahora soy vuestro wazr.

--Por lo mismo el servicio que voy  pedirte es mas humilde, mas
degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo
alferez de los tercios viejos de Flandes.

--Y te traigo muy buenas nuevas, seor.

--Dejmoslas para mas adelante. Cundo has llegado?

--Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais
con la poderosa sultana Amina.

--Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro
de nuestros monfes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados,
con los cuales cumpliras el decreto que voy  darte.

El emir escribi algunas lineas en caracteres rabes, y entreg despues
el papel donde las habia escrito,  Harum, que dijo despues de leerle:

--Vuestras rdenes se cumplirn, poderoso seor.

--Cuenta con equivocaros: las seas son claras.

--Si, si, seor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda
sobre la puerta, y una reja de madera  la izquierda.

--No s cmo recompensarte el sacrificio que me haces encargndote de
este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y  veces ni aun
de m mismo.

--Vos ordenais, seor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el
seor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de
esas gentes. Pero vos las condenais y basta.

--Si, justicia, justicia severa... vte Harum. Mas tarde me hallars
dispuesto  escuchar las nuevas que me traes.

--Pero esas nuevas, seor...

--Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa
mscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamar, Harum.

El leal monf se inclin profundamente y sali.

       *       *       *       *       *

Lo que pas en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de
la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija
del emir de los monfes; con el marqus de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos
gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron  las
ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que,
saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontr la
puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian
acogido  la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos  pualadas
sobre un lago de sangre.

Un nio como de unos cinco aos, jugaba arrastrndose por el suelo y
manchndose de sangre,  la luz de una lmpara, con algunas monedas de
oro: la justicia recogi los muertos, el nio y las monedas, se guard
estas ltimas, entreg el nio  una moza de vida alegre llamada la
Sastra, que le pidi para adoptarle, y envi los cadveres al
cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lgubre asunto: ni por mas que la
justicia se ocup dos dias en averiguar quines fuesen los asesinos,
pudo dar con ellos.




CAPITULO V.

     De cmo el marquesito di una prueba de que estaba perdidamente
     enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.


Cuando el marqus tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le hel la
sangre,  impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una
manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que
habian encubierto su deshonra (porque para el marqus era indudable que,
 pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de
tomar, respecto  su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que l podia
verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su
alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se
habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo,
que nos obliga  anteponer una mujer  todo otro amor,  todo otro
inters, aun  nosotros mismos: qu mas podremos decir cuando digamos
que don Juan habia prometido solemnemente  Amina ser su esposo, y que
al prometerlo habia pensado cumplir rgidamente su promesa?

Cuando su tio le oy decir que iba  pedir por esposa su hija al duque,
palideci y sinti un terror mucho mayor que el que habia sentido su
sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina:
una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino,
emancipado de su tutela: esto importaba muy poco  don Csar de Arevalo,
pero importbale muchsimo primero verse obligado  rendir cuentas de
unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar
en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian
dar buenos rendimientos.

Don Csar acus de loco  su sobrino: psole ante los ojos desde el
primero hasta el ltimo de los inconvenientes del matrimonio: recordle
los muchos maridos que l mismo habia modificado, y,  propsito, la
hipocresa, el talento y la astucia satnica de las mujeres para engaar
 sus maridos, respecto  lo cual apelaba  la experiencia propia del
marquesito: apur toda la infame lgica de los libertinos; apel  las
armas del ridculo; al egoismo,  todos los elementos enemigos del
matrimonio. Su sobrino le dej hablar, y cuando el tio, creyendo que
habia causado en el marquesito un magnfico efecto su perorata, hubo
concluido, el jven pronunci con un aplomo que daba  conocer lo
irrevocable de su resolucion:

--Me caso.

--Pues yo os digo que no os casareis.

--Me casar.

--Yo no os dar mi consentimiento.

--Me le dar el rey.

--El duque no os dar su hija.

--Se la robar.

--No teneis poder para ello.

--Lo veremos.

--Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: _el duque no os dar su
hija_ habia impresionado sobremanera al jven, causndole una triple
herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas
palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia
dicho el jven estrechndola en sus brazos:

--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

--Mi padre no os dar mi mano, habia respondido Amina suspirando.

--Y porqu? la habia preguntado anhelante el marqus.

La _hermosa duquesita_ solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa  pesar de los
cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la
de Amina, tom una resolucion herica.

Fuese en derechura  la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver  Yaye experiment por primera vez ese sentimiento de respeto
hcia todo lo que concebimos superior  nosotros. Ya hemos dicho que
Yaye,  pesar de sus cuarenta y mas aos, de sus desgracias, de su
lucha, se conservaba vigorosamente jven, como en los dias en que
enamoraba por caridad  doa Isabel de Vlor. El marquesito concibi
perfectamente que el duque de la Jarilla,  quien no conocia, fuese
padre de Amina, y que  no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su
esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel
enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que 
despecho de los aos se estacionan; una de esas juventudes que han
perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo
el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqus de la Guardia se
sinti, pues, dominado, y perdi mucho del valor audaz de que iba
provisto.

--Tengo la honra, dijo inclinndose cortesmente, de hablar al seor
duque de la Jarilla?

--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicndole con la mas perfecta
cortesana un asiento.

--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqus sentndose;
nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

--Qu quereis! aunque vivo en la crte ando muy retirado de ella: solo
he venido  Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como
hacen muchos, porque ser difcil, muy difcil que mi hija se case; sino
porque no se fastidie en un rincon de nuestras montaas.

--Decs que es muy difcil que vuestra hija, la hermossima duquesa de
la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion,
creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su
hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida
en la crte, circunstancia que sabia todo el mundo: y podria
preguntaros, sin parecer indiscreto, por qu es muy difcil que se case
doa Esperanza?

--S por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy  contestaros;
entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

--Reina! exclam atnito el marqus.

--Si por cierto, mi hija no se casar sino con un rey.

El marquesito mir fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo,
como contestando  aquella mirada:

--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casar con un rey.

--Estais enteramente decidido  ese empeo?

--De todo punto.

--Y contais con que vuestra hija?...

--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden:
obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija
piensa como yo, enteramente como yo.

--Permitidme que lo dude.

--Dudad cuanto querais.

--Permitidme que os recuerde que soy el marqus de la Guardia.

--S, s, ya s que sois voluntarioso y valiente, y que amais  mi hija.

--Cmo! os ha dicho ella?...

--S que vens  pedrmela por esposa.

--Y cuando lo hago, es creyndome autorizado....

--Por su amor!

--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jven,
sin medir las consecuencias de su dicho.

--Bien podr ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mnimo:
bien podr ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no
mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche:
porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo
quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser
vuestra esposa.

--Seor duque!

--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente,  pesar
de que soy un padre engaado, injuriado:  pesar de que habeis
envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como
mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema
felicidad de la posesion de mi hija.

--Seor duque!

--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os
he recibido hoy, os recibir maana: siempre con indulgencia; siempre
como si fuerais mi hijo. Y sabeis, aadi el duque levantndose
lentamente y dando un paso hcia el marqus, sabeis por qu no os hago
pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqus fij una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de
Yaye, que continu.

--No os mato, como mat  los dos miserables que os ayudaron en vuestra
infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin,
mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por
muy criminal que haya sido, no quiero matar  mi hija.

--Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que
ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os
hacen desistir de vuestro extrao propsito?

--Por muy extrao que ese propsito os parezca, me afirmo en el.

--Y sacrificareis  vuestra ambicion vuestra hija?

--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

--Y me ama?

--Vais  juzgar por vos mismo. Ola!

Al llamamiento del duque, se abri una mampara y apareci un criado.

--Decid  la seora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos
de mujer, acompaados del crugir de un trage de seda; se levant el
pestillo de una puerta, y al fin, Amina se present en la cmara de
recibo de su padre.

Al ver al marqus se puso letalmente plida, retrocedi un paso, ahog
un grito, y se llev involuntariamente la mano sobre el corazon, como si
hubiese recibido en l un golpe de muerte: despues qued inmvil,
fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acerc  ella, la asi de una mano, y llevndola junto al
marqus, la dijo:

--El seor marqus de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu
mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad:
esta se reduce,  que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de
buen  mal grado los deseos del seor marqus: yo te juro, por la
memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo sers.
Ahora puedes responder al seor marqus.

--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto  su alteracion, y cuya
palidez mate era la nica seal que conservaba de la emocion que habia
causado en ella la inesperada vista del marqus: yo os agradezco con
toda mi alma, el que os hayais acordado de m para hacerme vuestra
esposa; jams olvidar que habeis venido  ofrecerme lo que
indudablemente me hara muy felz; vuestro nombre y vuestra f; pero yo
no puedo aceptar.

--Que no podeis! es decir que!....

--No quiero: contest con firmeza Amina, completando la frase de don
Juan.

--Ya lo os, seor marqus; habeis obligado  mi hija  que para evitar
todo gnero de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no
quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llev  su hija  la puerta por donde habia entrado, la
bes en la frente, y despues que hubo salido, se volvi al lado del
marqus que estaba mudo de asombro y de clera.

--Ahora, seor don Juan, dijo el emir sentndose de nuevo, permaneced
cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas
del asunto que os ha traido  ella. Seria un empeo intil. Solo os dir
algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos:
fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis
reflexionado, y habeis venido lealmente  pagar con lo que nicamente
podiais pagar una deuda de tal gnero, con vuestro nombre: yo os lo
agradezco: yo os perdono....  pesar de que me habeis causado una herida
que siempre brotar sangre.

--Hay otro modo de pagar esas deudas, seor, dijo el marqus conmovido.

--Cul? contest con amargura Yaye.

Don Juan desnud su daga y la entreg por el pomo al duque que la tom
con indiferencia; luego el marqus dobl una rodilla, y dijo con voz
resuelta:

--Tomad mi sangre, seor.

--Para qu quiero yo vuestra sangre, nio? respondi con voz opaca el
emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: 
vos mismo os ha traido  ese camino la fatalidad: respetmosla
entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme
con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para
nada vuestra sangre: idos  quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levant al marqus y le puso por s mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente,
como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

--Oh!  pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo
conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tom entrambas manos al jven.

--Con que tanto amais  Esperanza! le dijo.

--Ah seor! exclam el jven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la
salvacion de mi alma.

--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminse con una intensa expresion de alegra el semblante del jven
marqus.

--Ah seor! exclam: renunciareis al fin, de llevar  cabo vuestro
extrao empeo?

--No, no por cierto: mi hija, vuestra _Esperanza_ se casar con un rey:
esto no quiere decir otra cosa, sino que ser necesario haceros rey.

Caus tal impresion aquella nueva extravagancia en el nimo del marqus,
que mir fijamente al duque, temiendo habrselas con un loco; pero en
los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temi volverse loco si permanecia un momento mas en aquella
casa, y sali delirante, frentico, sin despedirse del duque.

Este se qued murmurando:

--Fatalidad! la mano que mat al padre, no debe matar al hijo!




CAPITULO VI.

     Del medio que eligi el marquesito de la Guardia para irritar el
     amor de Amina.


Ciertamente era necesario un obstculo de gran monta para detener en su
carrera al voluntarioso don Juan.

Acostumbrado  que todo se rendiese  sus deseos, era un torrente cuyo
curso se hacia cada vez mas rpido, y sus aguas mas turbias: al fin
habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia
manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para
que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejndola
enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al
torrente de las pasiones del marqus.

Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le
sonreian, abrindole sus brazos,  virtudes fciles que cedian en el
momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jven.
Esto en cuanto  las mujeres. En cuanto  los hombres, como el marqus
era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas
esforzados, nuestro jven campaba entre ellos por su respeto, puesto que
el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse
comprometido en un lance desastroso.

Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres,
considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su
belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la _hermosa
duquesita_, por aquella otra singularidad femenina, por aquel
hermossimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los
empeos de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente
de acero de la murmuracion femenil.

El marqus, que como hemos dicho, antes de conocer  Amina, se habia
sentido arrastrado hcia ella por un impulso instintivo; que al verla se
habia enamorado en un solo momento, como jams se habia enamorado de
otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella nia magnfica
en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin
ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su
boca su vida; se vi sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo,
que como hemos visto, habia dado el paso, en l extrao y casi milagroso
de pensar en el matrimonio.

Don Juan se habia transformado de repente, de seor en siervo, de
burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando
de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este
milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas
dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de
que el amor se habia valido.

Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para
dominar al soberbio don Juan.

Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser
codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no
s qu dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la
enrgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus
maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto
irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no
don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con
toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las
fuerzas que conocemos.

Don Juan se sinti humillado; pero al ser humillado se sinti
engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el
desprecio pblico; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo
que le humillaba dominndole, porque para l todo dominio era
humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que  todo se
sobrepone y que dominndolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia
apoderado del alma del marqus, le habia hecho gozar por un momento de
un cielo para despearle despues  la tierra y decirle:--No pasars de
ah.

Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse  aquel
cielo, conoci que sus alas se habian quemado; que era un ngel rebelde,
caido entre el lodo, y solo aspir lo nauseabundo, lo ftido de aquel
lodo, cuando quiso levantarse  otra region mas pura, y no pudo; cuando
lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueo de
impureza que habia dormido desde su infancia, oy una voz terrible, la
de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una
resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa.

Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la
ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la
fatalidad coloca  la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la
misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba  la _hermosa
duquesita_, era amado de ella. Acaso aquel padre que parecia tan
terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que
se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pblica, tendria por
objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero l se
habia presentado decidido, resuelto  ser esposo de la duquesita y se le
habia rechazado. Seria que efectivamente padre  hija estuviesen locos
 fuesen tan soberbios, que aspirasen  un trono? Y qu trono podia ser
este? El de Espaa? El que ocupaba el tremendo, el fro, el calculador
Felipe II?

Esto era un absurdo, un sueo insensato, y sin embargo, pens en ello el
marqus de la Guardia,  pesar de lo monstruoso del pensamiento.

Acaso se contaria con el prncipe de Asturias?

Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos aos.
Contbanse de este prncipe en los crculos ntimos de la crte, vicios
repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos
impuestos al prncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada
habian influido respecto  las viciosas inclinaciones del prncipe. Las
damas de la reina se veian  cada paso obligadas  quejarse de las
tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor
monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas,
desaparecian del cuarto del prncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo,
sus gentiles-hombres, sus caballerizos,  trueque de no irritarle,
encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado 
cerrar los ojos y los oidos  muchas cosas, para no verse en la dura
necesidad de castigarlas; para no dar el escndalo de reducir  una
prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.

Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la
confianza del prncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.

Pero si Yaye, conociendo el carcter voluntarioso del prncipe, y
contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en
ponerla por este medio en el trono de las Espaas, era necesario
deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.

En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria
consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de Espaa, y
cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un
imposible, con un milagro. Si l se casaba secretamente... esto era
tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don
Juan creia, alcanzaban  todas partes; pero contando con la maldad de
que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado
suponer que el prncipe se rebelase contra su padre, procurase
destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese  la altiva nacion
espaola una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros ttulos  la
corona que el capricho del prncipe.

Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos
(que, segun opiniones muy autorizadas, era vctima de una feroz
monomana), pero cmo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla
y para su hija, que se prestasen  tales proyectos? Siendo asi, el duque
era un traidor, un infame, y doa Esperanza una miserable prostituta;
porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion  su amor, se casa con un
rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su
alma por un trono.

Don Juan cerr con disgusto, con horror, los ojos de su alma  estas
suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian,
le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar
unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los
acompaan: la venganza.

Don Juan necesit salir  todo trance de aquella terrible duda, y para
salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el
duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.

Por la primera vez pens don Juan en presentarse en el alto crculo de
la crte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres
costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la
forma. Nada le placia mas que ese gnero de reuniones, donde se puede
estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra
suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las
mancebas, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido
hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un
mundo aparte, en el cual se respiraba mas fcilmente; en que lo bello
era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rgidamente oculto
por apariencias de virtud. Don Juan comprendi que se puede ser malo
pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos
dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces
habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta
entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le
separ de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia 
aquel otro crculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.

No hay que decir que fue acogido con un completo xito, porque esto se
comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqus. En la crte
tambien, aunque bajo la mscara de una refinada hipocresa y con formas
convenientes, encontr don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que,
aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos
de promesas; opulentas y nobilsimas herederas que le sonreian
dicindole harto claro que era un marido codiciable: las altas
cortesanas distinguieron  don Juan del mismo modo que las cortesanas
aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.

Don Juan not que tambien en la crte habia cieno; pero cubierto de
csped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta
sobre aquel florido csped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba
bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba
en su provecho los filones riqusimos que se ocultaban bajo aquel
cesped. Pero don Juan fue prudente.

En vez de revolcarse  diestro y siniestro por aquel lodo, se ech 
buscar entre l una vctima que le ayudase, sin saberlo, en sus
proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado
 la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se
hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto  ciertas
gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta lnea de conducta, tenia dos
objetos: frecuentaba las primeras casas de la crte, veia en ellas 
Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor
en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y
sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon
de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaa, y Amina
sabia distinguir entre cien mujeres  la favorita del marqus.

Este habia tenido tacto: para dar zelos  Amina habia elegido una mujer
notabilsima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus
singularidades.

Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti.
Una de las tres singularidades de la crte de Felipe II en aquellos
dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.

No le fu tan fcil  don Juan, como habia creido, la conquista de la
princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus
primeras vistas. Frecuent su trato don Juan, la galante de una manera
delicada y ella se dej galantear hasta cierto punto; pero cuando don
Juan se lanz al fin  una declaracion decisiva, la princesa le contest
con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:

--No puedo aspirar  la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy
casada.

Don Juan, respecto  las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente
experiencia; crey que en la princesa italiana habia encontrado una
virtud  prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado,
por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empe en el sitio de
la dursima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de xito
pidi informes  sus amigos.

Esto equivalia  reconocer las obras avanzadas de la plaza.

--Os habeis metido en una empresa diablica, amigo mio, le dijo el
marqus del Vasto,  quien don Juan abri su pecho. Nada conseguireis de
la princesa.

--Y por qu razon, amigo don Alonso? repuso el marqus.

--Por la sencilla razon de que en cuatro aos que lleva en la crte,
ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de
poseerla.

--Ah! ah!

--Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se
encontraban los interlocutores en un ngulo de un salon de la casa del
duque del Infantado).

--Os engaais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.

--Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la
crte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la
reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un
prodigio; ved qu cabellos, qu frente, qu ojos... qu todo. Pues bien:
lo que mas hace codiciable  esa mujer, no es su hermosura, sino la
situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la
_casada-vrgen_.

--Bah! siempre he tenido eso por una exageracion  por una burla.

--Pues no es ni burla ni exageracion.

--Sabeis algo acerca de esa singularidad?

--Bah! lo sabe todo el mundo.

--Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo s.

--Pues vais  saberlo, para que todo el mundo lo sepa.

--Os escucho.

--Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.

--Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serensima repblica.

--La princesa se ha criado en Roma.

--No son tampoco vestales todas las romanas.

--Sea como quiera, Angiolina qued hurfana  los diez y seis aos. Su
padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma,
cosido  pualadas. Sola y sin amparo Angiolina, sali de Roma, pas 
Toscana, y entr en un convento en Lierna. Conocila por un accidente en
el clustro, el prncipe romano Maffei Lorencini; comprendi que
Angiolina no tenia vocacion al clustro, en el que solo habia entrado
por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La
habl, la pidi su mano, y aunque el prncipe no era ni jven ni
hermoso, Angiolina prefiri el mundo al lado de un esposo poco
agradable, al clustro junto  monjas menos agradables que el prncipe.
Acept y se cas con l. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en
la cmara nupcial, la dijo:

[imagen: La princesa Angiolina Vizconti.]

--Entrsteis por necesidad en el clustro, y no quiero que por necesidad
os sacrifiqueis  un hombre que no puede agradaros. En vez de ser
vuestro marido ser vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo
menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os
pasar por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado
mi heredera: vos sois jven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y
princesa.

--El seor Maffei Lorencini fue un hroe, dijo don Juan.

--No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la
vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce;  pesar de que, por
lo mismo, Angiolina est enteramente libre, ha guardado de tal modo la
honra del prncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han
tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuntase (el marqus del
Vasto baj la voz), que su magestad ha deseado tambien  la princesa, y
que ha salido tan mal parado como todos los dems.

--Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar 
un amante?

--Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; est enamorada de s
misma. Solo se la ha conocido una pasion.

--Cul?

--La de la envidia, y esta no se la conoci hasta que se present en la
crte la hermosa duquesita.

--Ah! exclam profundamente don Juan.

--Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la crte, la reina de la
hermosura, hasta que se present ese nuevo sol, esa doa Esperanza, que
la ha eclipsado.

--Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la
princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en prctica un pensamiento
brillante que habia concebido.

--Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy  daros,
aadi el marqus del Vasto. Si no quereis sentenciaros  un sufrimiento
intil, no volvais  pensar en la princesa.

Estrech don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion
de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la
princesa, fu  sentarse en ella.

[imagen: El marquesito]

El pensamiento que habia concebido el marqus, era el siguiente: siendo
cierto que la princesa envidiaba  la duquesita, debia aborrecerla. Si
don Juan lograba que doa Esperanza se mostrase enamorada de l hasta el
punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era
suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer
conocer  la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su
amor.

Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar  la
mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.




CAPITULO VII.

     La una por la otra.


Habase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion
de espritu muy favorable para conseguir su intento. Habase colocado
entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre l una
atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que
seriamente empeado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente,
y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jven sultana,
excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros
lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por
ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello
mrvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma
magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y
brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas,
dulcemente arqueadas y negrsimas; negros los ojos, rasgados,
resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestaas, que no
sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada  para
aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente plida,
lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez
no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivsimo, puro,
fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza,
de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus
brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rgido contorno,
la magestuosa armona, la extremada belleza de la estatuaria griega, de
los buenos tiempos en que los griegos robaron  la naturaleza sus mas
bellas y puras formas para animar con ellas el mrmol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no
se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no
s qu de severo, de casi duro, de las formas enrgicamente correctas,
el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual 
incitante, y la mirada lnguida, velada, dulcsima. Esto, se entiende,
en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando,
por efecto de su envidia y de su rivalidad hcia Amina, rivalidad hasta
entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la
princesa tenia toda la siniestra, sombra y terrible expresion del angel
caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, 
cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible,
de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos
siendo desdeado,  devorado por un amor frentico, exigente y zeloso,
siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan
pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis aos,
 penas representaba veinte.

Cuando se present por primera vez en la crte de las Espaas con su
viejo marido el prncipe Lorencini Maffei, caus una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia espaola no
tenia rival en Europa, la crte de las Espaas era muy concurrida de
gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en
ella las mujeres hermosas; encontrbanse  cada paso, en las iglesias,
en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos
azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y
ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos
de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo
extremadamente enrgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto
por lo relativo al extranjero, que en cuanto  lo relativo al interior,
al gnero de casa, la crte era una admirable y variada exposicion de
fidalgas vascongadas, montaesas, asturianas y gallegas, con su candor y
su ntida blancura; de andaluzas y estremeas con su mirada volcnica;
de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices
disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con
su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enrgico y
duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura,
y por ltimo de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en
galanteos, y sus artes y sus alios que suplen  la hermosura. El
aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que,
ademas de las blancas, las trigueas, las morenas y las doradas, no
faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el bano y
hermosas, con arreglo  su tipo, que servian de doncellas esclavas, en
la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difcil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese,
brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de
bellezas. Sin embargo,  su aparicion en la crte, Angiolina alcanz un
xito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeos, y se hicieron
codiciables una mirada suya, una sonrisa  una inclinacion de cabeza
algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables
galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un
empeo; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como
casada-vrgen, y las exageraciones que con relacion  ella se citaban,
la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion
de Amina en la crte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevbala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en
singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de
una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia  Yaye);
conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia
sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca,
tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran
prestigio  Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la crte, asombrndola con su
inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas  las mas
altivas grandes de Espaa y se ponderaban los tesoros de la _duquesita_.
Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria,
con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrera eran
las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como
hubiera convenido  su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto 
lo dems, no habia logrado aventajar, ni aun igualar,  muchas de las
riqusimas y faustosas seoras de la crte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los nicos sinsabores que amargaban
el corazon de la princesa: por lo dems, tenia un excelente marido, 
mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia 
hacerla una brevsima visita de ao en ao, y que la dejaba enteramente
entregada  s misma y duea de sus acciones, libertad de que, segun
fama pblica, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqus de la Guardia
para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto,
podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido 
sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano
 mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la
princesa se encontrasen demasiado prximas aquella noche en la casa del
duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase
vaco el nico sillon que las separaba, en el que se sent don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqus valia, se encuentra
colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho
mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion
especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqus, se habia mostrado indiferente y
altiva con la princesa, al saludar don Juan  esta, se puso plida; al
sentarse el jven se la comprimi el corazon, y sus ojos se fijaron con
ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al
saludo del marqus.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y
entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la
situacion. Don Juan tom familiarmente, como un hombre que est
autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y  propsito
de su mrito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de
galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se
nubl; su altivez rugi poderosamente dentro de su alma, y las oleadas
de aquella tempestad salieron  su rostro, tanto mas determinadas cuanto
la jven luchaba por ocultarlas: don Juan dej que Angiolina gozase de
su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para
amargar aquel triunfo, para empear, en una palabra,  la princesa:
aquella ocasion no tard en presentarse: algunos msicos, con guitarras
y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de
la poca.

Entonces el marqus se volvi  Amina, y mirndola de una manera tal que
parecia decir:  vos, sola  vos amo, la invito  bailar.

Amina entreg su mano  don Juan, se levant en un movimiento nervioso,
y clav una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contest
con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqus se lanzaron en el baile: la princesa se neg  todos
los que llegaron  invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre
los brazos del marqus, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba
una mirada rpida, fugitiva como un relmpago, pero llena de insultos, 
la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi,
el alma de Angiolina y hacia asomar  su semblante las oscilaciones de
una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tom
una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion
decidida; y cuando, terminada la danza, el marqus volvi con Amina y se
sent de nuevo junto  la princesa, esta se apresur  decirle:

--Cuento con vuestra cortesana, don Juan.

--Quien os ha ofrecido su corazon, seora, contest el marqus, est
siempre dispuesto  serviros.

--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me
sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aqu; respirar el aire
libre; mis criados aun no habrn venido; es temprano. Quereis
acompaarme, seor marqus?

Don Juan se levant, salud  Amina, y di el brazo  la princesa.

Amina sinti que el corazon se la rompia al recibir la mirada
indescribible con que Angiolina se despidi de ella: comprendi cual era
la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla
la posesion de don Juan: pero existe una ley tirnica que encadena  la
mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneci
aniquilada en su asiento, mientras el marqus y la princesa salian
juntos, causando con su salida uno de esos sordos escndalos, que se
hacen por un momento dueos exclusivos de la sociedad en donde pasan;
que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la
conversacion de todos.

--Quereis que pida una litera? dijo el marqus cuando estuvieron en el
zaguan.

--No, contest Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada
del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonri, cediendo  un impulso de vanidad: habia
conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy
bello por cierto: sin embargo, temi perderlo todo por precipitacion y
se mantuvo en los lmites de la mas profunda reserva.

--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta
hermossima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

--Qu camino quereis que elijamos para que vayais  vuestra casa?

--_Para que vayais_? Contest la princesa subrayando con su intencion
particular estas palabras. Qu! en el caso de querer yo ir  mi casa,
no vens vos tambien?

--Qu no vais  vuestra casa, seora! pues  dnde quereis que os
acompae?

--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. No quereis que os sirva
de guia?

--Indudablemente que guindome vos, no puedo ir mas que al cielo.

--Quin sabe?

--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha
notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he
notado que alguien nos sigue.

--Y qu me importa? Qu os importa  vos?... Sigamos: mirad que noche
tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y
que nos sigan en buen hora.

--Creo seora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo
singular; os estremeceis toda.

--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco
viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron  rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho
bastante; l se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon 
Angiolina.

--Qu pensareis de mi don Juan, le dijo.

--Qu queres que piense? dijo don Juan.

--Que qu quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata
de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista  mi, cuando
habeis necesitado de alguno que os acompae.

--Y pensais que yo hubiera pedido  cualquier otro que me acompaase?

--Creo que respecto  vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera
de vuestros conocidos.

--Pues os habeis engaado.

--Ocupo yo en vuestro corazn un lugar distinto que los dems?

--Oh! si!

Y aquel _oh_! _si_! de la princesa equivalia  decir: _yo os amo_.

Don Juan se hizo el torpe.

--Pues no tengo motivos para creer... dijo.

--Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observ con suma
impaciencia la princesa.

--Pero si vos, seora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

--Y qu os he dicho?

--Que no podeis amarme.

--Pues... ya que me obligais  ello... ser preciso decroslo. Cuando
contest  vuestra demanda de amor que no podia amaros, me enga.

--Ah seora!

--Cuando os v, vuestra primera mirada me caus extraeza. Casi me
ofendi.

--Ah! me comprendisteis mal.

--No don Juan; acostumbrado, sin duda,  tratar con ciertas mujeres,
sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendi vuestra confianza en
vos mismo, no pude menos de recordaros... luego dese volver  veros: os
v y sent algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprend
que os amaba: cuando me pedisteis amor os contest ponindoos delante
mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que
os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

--Zelos! zelos vos y por m! exclam don Juan afectando la mas
perfecta admiracion.

--Si; zelos de una mujer  quien, no s por qu, aborrezco: de una mujer
que os ama... que est loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.

--Ah! zelos infundados!

--Vos no la amais! exclam con ansia la princesa.

--Os juro que  nadie amo mas que  vos; que he galanteado  muchas
mujeres; pero que vos sois la primera  quien amo.

--Oh! que feliz ser si llego  creer en lo que me decis!

--No os he dado bastantes pruebas?

--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia
amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el
corazn: entonces me decidi  ser vuestra,  ser vuestra para siempre.

--Creo seora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.

--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino
respecto  vos, y esa mirada me ha dicho: sers suya, sers su esclava,
pero solamente suya.

--Y vuestro esposo?

--Solamente vuestra.

--Pero no considerais?

--Nada considero. Si muero por vos morir contenta.

--Pero el mundo?...

--Y qu me importa el mundo? qu me importa que ese mundo diga
sealandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es
al fin la querida del marqus de la Guardia: ha caido como todas? el
nombre de querida vuestra ser mi orgullo.

--Pero puede evitarse que el mundo sepa...

--Evitar yo que el mundo sepa que os amo! que soy vuestra querida! no;
yo no soy hipcrita, ni encuentro condiciones para el amor:  amar  no
amar:  todo  nada. Esta noche vais  venir  mi casa y vais  entrar
en ella por la puerta principal, dndome el brazo, delante de mis
criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que
quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de s... me ir con
vos; si vos me abandonais... me meter en un convento  llorar y orar
por vos. Estoy decidida y nadie me har volver atrs.

Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su
ardor,  era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer 
la _hermosa duquesita_?

Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un
empeo por el marqus y aborrecia  Amina.

Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma
al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.

--Mi adorada Esperanza es ma!

Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes
locos, hasta que llegaron  la casa de la princesa  cuya puerta
principal llam el marqus.

Abri el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina
pidi luces.

Luego la precedieron, alumbrndola con antorchas, dos pajes que se
asombraban de que su seora llegase  aquellas horas  pi, y acompaada
de un caballero jven y buen mozo, que continuaba dndola el brazo hasta
dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones
particulares.

Angiolina despidi desde all  los pajes,  introdujo  don Juan en una
preciosa cmara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al
ver al marqus.

--La cena, dijo la princesa quitndose el manto.

La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidi sus
doncellas hasta el otro dia.

       *       *       *       *       *

Para completar este captulo rstanos decir lo que pas _sotto voce_ en
el palacio del duque del Infantado.

Algunos caballeros jvenes, que habian extraado la temprana salida de
la princesa acompaada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde
pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue
comisionado para seguir  la pareja.

El seguidor volvi una hora despues con la estupenda noticia de que la
princesa y el marqus, distraidos en una animada conversacion, habian
vagado  la ventura por las calles, y de que, por ltimo, la princesa
habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al
marqus de la Guardia: esta noticia corri de oido en oido hasta que
lleg  los de Amina.

La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en
la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia
comprendido que la robaba su amante.

Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe
terrible su funesta confirmacion. Amina se sinti verdaderamente
enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se traslad  su
casa.

Al dia siguiente el leal Harum se present al emir.

--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia
de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.

Quedse por un momento Yaye pensativo.

--Pues bien, dijo al fin: vete  Roma y procura poner de claro en claro
la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa.
Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de
esa mujer encuentres,  la sultana.

       *       *       *       *       *

Por una coincidencia singular, cuando el marqus de la Guardia se
despidi, bien entrado el dia, de la princesa, esta sali de su retrete,
atraves algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y di dos
palmadas.

Al punto, y como lanzado por una mquina, apareci entre el tapiz de una
puerta un hombre.

Aquel hombre era jven; como de treinta y cuatro  treinta y cinco aos,
y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian
algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campia de
Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de
pao, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la
enorme empuadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa
se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro,
vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el
otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el
corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas,
ceidas por unas calzas de grana y dos pis de excelente forma,
calzados por zapatos de ante.

La princesa, anticipando su palabra  la de este hombre, que por su
parte permaneci impasible, le dijo con acento familiar:

--Sgueme, Bempo.

Bempo la sigui por una sucesion de habitaciones apartadas y
desamuebladas, y entr con ella en un retrete donde habia algunos
cofres.

Abri uno la princesa, busc en l, sac un estuche y del estuche un
brazalete de perlas y diamantes y le entreg  Bempo.

--Para qu es esto? dijo aquel singular personaje.

--Para que lo vendas, contest la princesa.

--Y qu he de hacer con el dinero?

--Ir  Granada: necesito que busques all noticias de la duquesa de la
Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por
dia la historia de su familia: esto no te ser difcil, por que ha
existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la
Jarilla, y se han hecho muchas pruebas  informaciones. Nada te importe
gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son
noticias acerca de la duquesa y pronto.

--Y cuando he de partir?

--Maana.

Al dia siguiente salieron Harum el monf para Roma: Bempo para Granada.




CAPITULO VIII.

Zelos italianos.


Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el
marquesito era amante pblico de la princesa. Angiolina habia demostrado
al marqus que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba
de nadie el amor que le tenia, demostrndoselo delante de las gentes,
con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo
una mujer.

Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva
sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia
momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos
descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen
de decir  todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del
marqus.

--H ah un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas
hermosas de la crte le aman; la una es su querida y la otra desea
serlo.

Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.

Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.

Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.

Al leer la princesa los papeles que le entreg el italiano se extremeci
de placer: pero aquel placer era el de la venganza.

Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqus no era
ya para ella el amante frentico... hacia mucho tiempo que faltaba dias
enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas
las noches, al mediar, iba el marqus  rondar los balcones del palacio
de la duquesa.

Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos
un instrumento vengador, se apresur  aprovecharle.

Esper  que don Juan se la presentase  la hora de costumbre, esto es,
al oscurecer.

Entr don Juan confiado y alegre. Angiolina le asi de una mano.

--Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.

El marqus sigui  la princesa algo interesado por este exordio.

La princesa le llev  un retrete apartado.

Cuando estuvieron en l, Angiolina cerr las puertas de las habitaciones
contiguas y despues las del retrete.

--A qu tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqus: no has cifrado
tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?

--Si, contest plida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie
sepa que he sido vilmente engaada.

--Que yo te he engaado!

--Si! no me amas!

--Que no te amo! exclam afectando la mayor sorpresa el marqus, pues
por quin estoy loco?

--Voy  decrtelo: por esa mujer  quien llaman en la crte, no s por
qu, la _hermosa duquesita_.

--Bah! y puedes t tener zelos de doa Esperanza? tu la mujer mas
hermosa del mundo?

--Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. Herirme en el
corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!

--La pasion te ciega: quieres mal, no s por qu,  la duquesa de la
Jarilla, y la prueba est en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo
ilustre de su cuna.

--Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.

--Ah! perdona, Angiolina! nada de eso sabia yo!

--Puedo contarte su historia: su madre doa Estrella de Crdenas era
conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba all
de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la crte su hija: doa
Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias,
que las hace semejantes  una naranja con forma humana.

--Ah! crees que la duquesita es hija de una india?

--No es que lo creo, tengo la prueba de ello.

--Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.

--Te la contar, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion
escrita y la he aprendido de memoria.

--Y quin ha escrito esa relacion?

--La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir 
la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo
de doa Esperanza, rey  cacique de los indios rebeldes de Mjico, ha
estado encausado por crmenes, y que si el rey le ha indultado ha sido 
beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido
entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen
que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que
ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la
herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa
mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan
general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de
la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doa Esperanza;
unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria
espaola, llamado Alvaro de Sedeo, y por ltimo, una relacion escrita
de doa Ins de Crdenas, abuela de doa Esperanza, y esposa del cacique
indio.

--Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y
espero con impaciencia esa historia.

La princesa palideci letalmente, porque comprendia el verdadero inters
de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se domin, se
reclin indolentemente en el estrado, ech la cabeza atrs, dejando
enteramente descubierta su hermosa garganta y empez de esta manera:

--Hace treinta y cinco aos, en 1522, dos despues del descubrimiento y
conquista de Mjico por el gran Hernan Corts, fue enviado  aquellas
remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de
Mjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.

Era este don Juan de Crdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo
de doa Maria de Avendao, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De
este matrimonio solo habia nacido una nia: doa Ins de Crdenas, que
en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba
solo catorce aos.

Ambala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella.
Ciertamente que era un amor muy extrao el de aquel padre, que llevaba
aquella hija nica, aquella flor delicada,  aquellas regiones remotas,
donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar  las cuales era
necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan
bravos, que imponian espanto  los mas valientes pilotos.

--Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desisti de su empeo? Los
hombres de aquellos tiempos eran atroces.

--El duque, continu la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje
por amor  su hija.

--Extrao amor el de ese padre!

--Lo comprenders cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos
ocupamos, habia corrido, como t, una juventud borrascosa; que en todo
gnero de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando
muri su esposa, no le quedaba mas que el ttulo. Como las Indias son el
tesoro donde iban y donde van  reponerse los espaoles arruinados, el
duque solicit el oficio de adelantado sobre las fronteras de los
rebeldes, y el rey se lo concedi.

--Ah! empiezo  comprender: el duque quiso volver  ser rico por amor 
su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.

--Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que
los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta
generacion.

--El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas,
aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores.
Pero contina, Angiolina, contina; te confieso que me va interesando
mucho tu cuento.

--Mi historia, don Juan, mi historia.

--Sea en buen hora; pero contina.

--Despues de una larga navegacion, el duque lleg sin accidente 
Mjico, y en seguida se traslad  su adelantamiento. Hizo bravamente la
guerra  los indios, y en solos dos aos logr ver reunidas unas
riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de
aquellas riquezas  Espaa  un mayordomo leal, las rentas del ducado de
la Jarilla, fueron desempeadas, pagadas las lanzas y medias annatas
atrasadas, para lo cual bast, como he dicho, que el duque enviase
solamente una pequea parte de las presas hechas  los indios. Todo
parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le ceg, y
determin seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos
aos mas.

--Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al captulo de las
prdidas.

--Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos  que me refiero,
 los dos aos, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque
para Nueva Espaa, perdi su hija; el amor que le habia impulsado 
aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.

--Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.

--Doa Ins pag los del suyo de una manera cruel. Figrate don Juan,
que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto
no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el
adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron
consigo  doa Ins.

--Preveo las consecuencias, dijo el marqus: el rey de aquellos brbaros
se cas con la hermosa castellana.

--Quin cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa,
t  yo?

--Perdname, pero...

--Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora 
ello, y del mismo modo  saber si el cacique se enamor de doa Ins 
doa Ins del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.

--Pues no puede ser mas sencilla.

--De una bellota nace una encina, don Juan, y ya vers como los sucesos
se complican. Voy  referirte la segunda parte que es mucho mas
sencilla, como que se reduce  muy pocas palabras: el duque de la
Jarilla busc en vano  su hija, y en vano durante diez aos envi al
desierto indios de paz, ofreciendo un crecidsimo rescate por ella. Por
ltimo, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los mdicos le
declararon formalmente que si no volvia  su pas natal moriria sin
remedio antes de seis meses.

--Y se volvi?

--Se volvi pensando recuperar su salud, solamente para volver  buscar
de nuevo  su hija: el duque se estableci primero en la crte, y
despues se vi obligado, por consejo de los mdicos,  ir  buscar, no
su salud, porque la habia perdido para no volverla  recobrar, sino su
vida, bajo el templado cielo de Andaluca.

El duque se retir  uno de sus Estados cerca de Guadix.

Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.

--Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu
historia  fuerza de poco interesante, me va causando sueo.

--Espera, espera; este no es un libro de caballeras donde se suceden
una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos
en la tercera parte.

Era el ao de 1546, veinte y cuatro aos despues del dia en que el duque
sali de Espaa para Mjico y veinte y uno desde el en que le fue robada
su hija por los indios.

El duque la habia buscado intilmente durante diez aos en los mismos
lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su
venida  Espaa en Granada, pero la encontr muerta.

--Muerta! exclam con asombro don Juan.

--Ves como mi historia se va haciendo interesante?

--Pero cmo fue ese encuentro? Quin habia llevado all  la hija
perdida?

--Voy  entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al
pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada,
encontr su puerta franca, penetr en la casa y la encontr desamparada,
pero en una de sus cmaras encontr el cadver de una mujer, muerta, al
parecer naturalmente, y el de un capitan de infantera espaola, manco y
cojo, atravesado de parte  parte por una espada que aun permanecia en
la herida. Preguntse  los vecinos el nombre del dueo de aquella casa
y ninguno le conocia. Entonces la justicia mand que los cadveres
fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.

--Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.

--Antes de pasar adelante te har reparar en una circunstancia: al
recojer el cadver de la mujer se not que le faltaba enteramente un
rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparse tambien que en
una de las sbanas faltaba un pequeo pedazo cuadrado de lienzo, cortado
al parecer con pual, navaja  daga.

--Y sirvi esta observacion para algo?

--Ya vers. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sbana,
fue hallado sobre el pecho de un hombre  quien se habia preso la maana
siguiente  la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente
con un aleman en cuya casa vivia.

El preso  quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el
cacique mejicano.

--Ah! el preso en cuestion era el cacique?

--Un indio feroz; un hombre cubierto de crmenes; el abuelo de tu
duquesita.

--Y por qu crmenes le habian preso?

--Por el de traicion al rey.

--Traicion al rey!

--Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de
darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia
declarado el capitan Sedeo, la misma noche que fue asesinado,  don
Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal
que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban
convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union
con los monfes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de
doa Esperanza, era muy amigo del emir de los monfes.

--Y me querrs decir Angiolina, qu son monfes?

--Qu s yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores,
gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que
incendian. Dignos amigos del abuelo de tu amada!

--Sabes que me va interesando demasiado tu historia?

--Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora  un lado al cacique,
has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante
gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el
levantamiento de los moriscos, envi con urgencia partes  las villas y
ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los
caballeros que acudi con sus criados al llamamiento del capitan
general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Crdenas, que
al entrar el dia siguiente en Granada, vi, por acaso, dos cadveres
expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoci  su
hija...  su hija doa Ins, que le habia sido robada veinte y dos aos
antes en Mjico. Crees t que el duque que era viejo y que estaba loco,
no pudo equivocarse? crees que fuese efectivamente aquel cadver el de
doa Ins de Crdenas?

--Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas,
y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debi
engaarse.

--La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los
ojos una venda de oro. La justicia! Sabes el primer testigo que se
tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan
achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su
seora doa Ins de Crdenas.

--No conozco el proceso.

--Pues bien, voy  drtelo, porque ya me cansa esta historia, y en l
vers lo que dejo de decirte.

La princesa se levant, sali dejando profundamente pensativo al
marqus, que  duras penas habia sostenido su serenidad, y volvi,
trayendo un enorme volmen de papeles.

--Aqu tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer
que amas es digna de tu amor:... en l encontrars que la duquesa de la
Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del
duque de la Jarilla, siempre ser la nieta de un indio y la hija de un
hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.

--Quin piensa en que yo ame mas que  la luz de mis ojos? dijo don
Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hcia s  la princesa, y
dndola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es
muy interesante.

--Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del
marqus: por qu esforzarte tanto en disimular el inters que te
inspira la historia de la duquesita?

--Ah, no! dijo indolentemente el marqus: cosas hay en el mundo que al
principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.

--Y ser para t una de esas cosas la historia que se encierra en este
proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada
candente.

--Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el
talle de la princesa y estrechndole amorosamente, acabaran por volverme
loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas.

--Ah, don Juan! t eres mi primer amor, el primer amor que se ha
cruzado  mi paso en los veinte y seis aos de mi vida; por t he
olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido 
una mujer  quien acaso, no mediando, t habria amado; para darte 
conocer en parte  esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso
por el escribano de cmara de la chancillera de Granada Alfon de
Villasante: ah estan los derechos jurados al pi de cada testimonio,
que valen una buena suma de maravedises.

--Permteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una
extravagancia de tu amor.

--Una extravagancia!

--Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas
exacta: ademas, si yo amara  doa Esperanza, lo que no es posible
amndote como te amo, no comprendes que todas estas singularidades, lo
misterioso de su orgen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo
es  ha sido rey..... siquiera de idlatras; las desgracias de su
familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?

Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle
que lo contenido en el proceso respecto  Esperanza; no queria
preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto  la
duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.

La princesa palideci densamente; mir de una mas manera sombra  don
Juan y exclam trmula de clera:

--Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te
amo, no se engaan: pues bien: contar  todo el mundo esa historia que
habia comprado para t solo, y veremos si te atreves  amar  una mujer
 quien todo el mundo seale con el dedo: todo el mundo no tiene los
mismos motivos que los oidores de la chancillera de Granada, para creer
 ciegas cosas tan extraordinarias.

--Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia,
que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque
sin motivo,  doa Esperanza, y no querrs ser la causa de que se haga
adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. Bah! no
s qu motivos tienes para desconfiar de mi amor.

--Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes
para que te apartes de esa mujer, voy  revelarte un secreto terrible:
tu padre muri  hierro.

--Qu quieres decir, Angiolina?

--Tu padre el marqus de la Guardia apareci una maana muerto 
estocadas en una oscura calleja del Albaicin.

--Es verdad.

--Sabes quien le mat?

--No pudo averiguarse quien fue el asesino.

--Pues yo te lo voy  decir: el asesino de tu padre es don Juan de
Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla.

--Eso es imposible! grit, perdiendo los estribos el marqus; mientes;
mientes de una manera infame!

--Ah! exclam Angiolina, ponindose la mano sobre el corazon, como si
hubiese recibido en l una pualada: tu amor por esa mujer se revela al
fin en una frase descorts, lanzada al rostro de una dama; pero me has
dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he
dicho la verdad, por mas terrible que haya sido.

Y la princesa sali de nuevo precipitadamente y volvi con otro papel en
la mano, que entreg  don Juan.

--Lee! lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion
dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada.

El marqus ley aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus
ojos, vacil, dej caer el papel de las manos y se vi obligado 
sentarse en el estrado.

--Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y
guardndolo; horribles crmenes, y homicidios hechos por ese hombre; la
certeza de que es rey de los monfes, por declaracion de un monf; los
deshonrosos zelos de ese hombre hcia su esposa, todo est aqu,
escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que
todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un
bandido. Oh! las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar!
cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! Oh! estoy plenamente
convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido
bastante hermosa,  por vanidad ... no s por qu.[..]! , tal vez, y
si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una
mujer digna  una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin
que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has
creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has
perdido el corazon y el pudor... pues bien, me vengar don Juan, me
vengar: pero de una manera horrible: te juro por la salvacion del alma
de mi madre que me vengar!

Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una
hermosura que causaba miedo, sali dando un portazo y dejando solo  don
Juan.

El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina,
qued abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la
enamorada princesa.

Don Juan permaneci algun tiempo inmvil, luego tom silenciosamente el
testimonio y sali, primero del retrete y luego de la casa.




CAPITULO IX.

     De la no menos extraa aventura que sucedi al marquesito mientras
     rondaba  la hermosa duquesita.


Don Juan se encamin  su casa y se encerr en su cmara dando rden de
que por nada ni para nada le importunasen. Sentse junto  una mesa y se
puso  hojear el testimonio.

Pero tena la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia
dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas
palabras:

--El emir de los monfes de las Alpujarras es el asesino de tu padre.

Don Juan no pudo leer una sola lnea: una niebla de color impuro flotaba
entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraa envolvia su
espritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran
exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas
noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo:
si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indgena
mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo  incitante que habia tenido
ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende
los mares, como esclavas  esposas de los espaoles de la conquista del
Nuevo Mundo: el carcter del duque tenia mucho de escntrico, de
poderoso, de extraordinario: don Juan record el extrao capricho del
duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion
de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca
imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y  despecho suyo su
amor por Amina: esto parecer extrao  alguno que creer que don Juan
debia mirar con aversion  la hija del matador de su padre: pero debe
recordarse que el marquesito extraaba sobremanera el contesto de aquel
versculo de las sagradas escrituras que dice:

_Yo soy el seor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los
padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos
que me aborrecen._

Don Juan no alcanzaba la profunda filosofa de que estan nutridos los
libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun l, hacia
responsables  los hijos de las faltas de los padres.

Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual
nicamente se explica aquella terrible  inapelable sentencia: Don Juan
no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias
de los crmenes de los padres alcanzan necesariamente  los hijos.

Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era
necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de
aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros.

Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon,
y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido  su
tio: no habia conocido  su padre y no le amaba: si le habia irritado el
saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el
padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido 
buscarle y le hubiera dicho:

--Vos matsteis  mi padre y yo voy  mataros aqui mismo, como quiera
que os encontreis: si quier sea en pecado mortal.

Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto
 acordar de ninguno de los dos difuntos.

Pero  despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer
justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en
causa propia es necesario estar justificado  los ojos de aquel  quien
debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su
conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con
tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija:
entonces creia comprender por qu razon el duque  el emir de los
monfes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado
con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los
labios del duque estas  semejantes palabras:

--Mat al padre por calumniador  seductor de mi esposa: no quiero matar
al hijo por corruptor de mi hija.

Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de
Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba 
doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su
vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al
marqus, sin duda justamente: el hijo del marqus habia herido de una
manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues,
no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto  Amina...

Amina habia aumentado en valor  los ojos del marquesito de una manera
prodigiosa: su empeo por ella se habia centuplicado. Era necesario 
todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra
del difunto marqus lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le
agradase: era necesario conceder,  pesar de lo mucho que se habia
hablado acerca de la prdida de la duquesita, que esta tenia un
prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente
rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las
riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la
maledicencia, que  pesar de haber sabido toda la crte que habia estado
perdida toda una noche, se crey lo del convento de las Ballecas, y
nadie sospech siquiera que su pureza se hubiese empaado: todo el mundo
crey lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni
su hija, ni sus criados, habian dado  nadie explicaciones, y por otra
parte, muertos los cmplices de don Juan,  interesado este por la honra
de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que
hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros,
estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte,
tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido
bajo su palabra.

Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su
prdida en los parajes mas pblicos con la frente alta y radiante de
pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre
cuando se mira frente  frente al mundo con la expresion de la dignidad
y del orgullo.

La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era
conocida de Yaye, de Amina, del marqus de la Guardia y del comediante
Cisneros.

El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado.

Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de s, don Juan sali
de su casa y se encamin  Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su
palacio Yaye.

A qu iba all el marquesito? A pasearse por la calle,  mirar las
ventanas de su amada,  ocultar en la sombra y el silencio el dolor de
sus amores. Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo
alguna vez? Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz
ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez
para nosotros encantos indefinibles? No hemos esperado ver una sombra
tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro
pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices?

A eso pues iba don Juan  la estrecha calleja  donde daban algunos
balcones de los aposentos de Amina:  estar mas cerca de ella;  espiar
su sombra en los cristales de los miradores.

Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de
tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia.

Cuando lleg don Juan frente  frente de un postigo de la casa de Yaye y
debajo de un balcon cubierto con celosas, se ocult tras uno de los
postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso  atalayar el
balcon,  travs del cual se veia el reflejo de una luz.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa
noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad,
no asistia  las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de
enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito
estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras
las celosas, y permanecia all una hora, mirando  la otra sombra opaca
que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del
balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se
alejaba suspirando.

Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratndose de la
casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en
la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza.

Haria tres dias que don Juan no habia asistido  aquella cita tcita, 
aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con
el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo.

Por lo mismo, y  pesar de la mquina de pensamientos que se revolvian
en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su
ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosas del
balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba all: don Juan para no ser
visto se ocult detrs del poste, desde el cual hacia su acostumbrada
atalaya, y esper.

Pas un cuarto de hora, media hora, que marc lentamente la campana de
un relj dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqus oy
unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; lugo
apareci una sombra tras las celosas, y se apoy en la balaustrada del
balcon.

Don Juan permaneci oculto.

Poco despues la sombra se retir con un movimiento de despecho, y se
entr en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oy el
preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba.

Pero qu cantaba?

La armona era lnguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto
de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. Pero en qu
dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no
podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de
la jven, se comprendia bien  qu gnero pertenecia su canto.

Pero  qu aquel dialecto extranjero?

Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan,  por mejor
decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina.
Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia
en una de las brabas y gigantescas selvas del desierto mejicano?

Pero no, no podia ser. Cmo un pueblo idlatra, y salvaje, segun creia
don Juan, podia haber llegado  expresar en sus cantos tan dulce
sentimiento, tan lnguida, tan triste, tan suspirante armona?

Aquel canto no era el canto rudo y montono de un pueblo primitivo, sino
el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus
entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por
medio de la msica, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los
pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los
ngeles. Don Juan comprendi en aquel canto, que para l no tenia
palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra
lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de
poseerle. Las notas de aquel canto caian una  una en el corazon de don
Juan, y aumentaban su amor, sobreponindole  todo otro pensamiento; y
decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los
sentimientos espansivos, puede crecer comprimindose hasta hacer
estallar el corazon que le contiene.

Amina cant algunas estrofas; despues ces, y el marqus oy el sonoro
gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que
la habia sostenido.

La duquesita volvi  aparecer en el balcon.

Don Juan iba  dejarse ver, cuando sinti pasos de dos hombres en la
calle y se detuvo, y se ocult mas, para dejar pasar  los importunos.
Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al
postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de
ellos se acerc al postigo, son una llave en la cerradura, abrise el
postigo, y uno de los dos hombres entr. Aquel hombre no era el duque,
ni tenia su altivo continente, ni su gallarda. El otro hombre se habia
quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cmodamente, en
el dintel del postigo.

Amina continuaba inmvil en el mirador.

En el primer momento el marquesito sinti en sus oidos un zumbido sordo,
terrible; luego la sangre se agolp  su corazon, un movimiento salvage
de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un
marido engaado, le agit de pis  cabeza; sinti al fin un horrible
vrtigo, el vrtigo de la venganza, y, saliendo de repente de su
acechadero, desnud la espada, y se fue con ella de punta hcia el
hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y  quien no dej,
como suele decirse, en el sitio, porque la clera, haciendo errar el
golpe al marqus, salv  aquel hombre por un momento.

La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia
clavado en ella fuertemente.

El bulto se habia puesto de pi y habia desenvainado su espada.

El marqus con un violento esfuerzo desclav la suya, y se fue para
aquel hombre, que le esper con una serenidad que demostraba bien claro
que se trataba de un valiente.

Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los
aceros.

Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra.

El marqus acometia, y el incgnito se mantenia firme.

Pero muy pronto se vi obligado  retroceder ante el furioso ataque del
marqus; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqus le hizo
cejar  todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, afloj en
la defensa, y el marqus le alcanz con una terrible estocada.

Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cay redondo en
tierra, sin pronunciar una sola palabra.

--Ah! exclam don Juan: ahora me queda el otro, y despues el duque, y
luego su hija!

Como ven nuestros lectores, el marqus, en su zelosa rabia, queria
exterminar  medio mundo.

Cuando lleg al postigo, se volvi  l con visible intencion de llamar.
Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqus tocase al
llamador, se abrieron con extruendo las celosas, y la dulce y grave voz
de la jven dijo con ansiedad:

--Esperad, don Juan; yo os lo suplico.

El marqus se detuvo; permaneci inmvil y como anonadado algunos
segundos, y luego exclam con un acento en que se exhalaba una alegra
infinita:

--Ah!; eres t!

Aquel eres t! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de
pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volmen.

--Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: habeis muerto  ese hombre?

--No lo s.

--Estais herido?

--No.

--Pero pueden encontrar  ese hombre muerto  herido: vos, os conozco,
no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si venais: os hubiera
hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros...
Dios mio!

--Y qu podria sucederme peor que lo que me sucede? exclam con
desesperacion el marqus.

--Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid
adelante junto  la pared hasta que encontreis una reja: trepad por
ella; encima hay un balcon: voy  abrir ese balcon.

--Oh Dios mio! exclam el marqus dominado por un intenso sentimiento
de felicidad.

Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon,
pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.

--Oh, Esperanza de mi alma! exclam el marqus.

--Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.

Y diciendo esto conducia al marqus asido de una mano  travs de
habitaciones oscuras.

Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:

--Jrame, don Juan, que sers prudente: te voy  llevar  un lugar donde
mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.

--Y para qu? dijo el marqus que lo habia olvidado todo: escuche yo tu
voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.

--Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.

--Ah! exclam don Juan, como quien despierta de un hermoso sueo.

--Pues bien, es menester que sepas por qu ha entrado y  qu ha entrado
ese hombre aqu: sgueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas:
silencio y prudencia.

Don Juan se dej conducir por la duquesita, que le hizo atravesar
algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que
penetraba un dbil resplandor  travs de unas puertas vidrieras,
cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.

El marqus levant imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra
vidriera observaba Amina: los dos jvenes estaban asidos de las manos.

En la habitacion inmediata habia dos hombres.




CAPITULO X.

     Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.


Uno de aquellos hombres era jven, como de veinte y dos aos.

Aquel hombre era el prncipe de Asturias don Carlos de Austria.

Estaba sentado y cubierto.

El otro hombre estaba de pi y descubierto.

Era Yaye.

El prncipe,  pesar de sus pocos aos, era uno de esos seres
repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su
palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez
prematura que sobre aquel semblante lvido aparecia, y la fosforescente
insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido
mucho  causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su
padre, se adivinaba que el temblor de la clera era su expresion
habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba
flaco, muy flaco.

--En verdad, en verdad, decia el prncipe, en el momento en que el
marqus y Amina podian escucharle, no pensaba que t, un oscuro
aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el
bueno de mi padre en la crte, cuando hay mas de una lengua maligna que
habla mal de t, te atrevieses  representar una farsa tan grosera
conmigo. Ya se v! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te
prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las
condiciones, duque. Ya que no ha salido  recibirme tu hija, segun
esperaba, te confieso que me molesta estar  estas horas en conversacion
contigo. Por mi patron Satans que esta es una treta que no te
perdonar nunca, duque!

--Ignora vuestra alteza con quin habla, dijo reposadamente Yaye, del
mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.

El marqus estrech fuertemente la mano de la duquesita, que no contest
 la presion, porque era una especie de burla hecha  su padre.

--En verdad, duque, repuso el prncipe con un acento en que habia una
ligera indicacion de clera, que tratndose de una persona tan
misteriosa como t, tan oscura, es difcil saber  qu atenerse; sin
embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces,
ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que
mi padre cuando me sermonea porque he asustado  una dama de la reina.
Tu mirada  veces es la de un rey. Sers acaso rey de alguna nsula
desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del prncipe, que otro
que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyse ligeramente en un ngulo de la mesa junto  la cual estaba de
pi y contest:

--Sea yo rey  mendigo, hidalgo  villano, caballero  bandido, es lo
cierto que vuestra alteza est en mi casa y de mala manera llegado. Yo
sabia, sin embargo, que ibais  venir, y sino hubiera querido que
vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis
criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir  vuestro nombre
entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la d.
Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aqu puedo deciros,
no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la crte. En qu estado de
relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El prncipe se levant de un salto al escuchar estas palabras, y el
marqus de la Guardia sinti que la mano de Amina temblaba entre la
suya.

--Que en qu estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclam
acreciendo en lividez el prncipe. Y te atreves  hacerme esa pregunta,
traidor?

--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprender, en vista
de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta
pregunta.

El duque fue  una especie de secreter de bano incrustado de plata y
nacar, y de uno de sus secretos sac una cartera de seda bordada de
lentejuelas de oro, desenvolvi lentamente la ancha cinta de raso que la
rodeaba, sac de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo
en sus manos.

El prncipe le miraba atnito con la vaguedad de los insensatos:

--Hace dos meses dijo Yaye, entr en Madrid secretamente, y se hosped
en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jven caballero
francs. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y mir profundamente al prncipe, que procur en vano
sostener su mirada, y se puso lvido como un cadver.

Hubo un momento de silencio: durante l, don Juan dijo rpidamente al
oido de Amina:

--Yo no puedo permanecer aqu: se trata de secretos terribles.

--Mi honor te manda permanecer! exclam profundamente Amina.

--Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmur el marqus.

--Una noche, continu Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto
Cisneros, un comediante miserable que os acompaa, y que habia ido al
tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo
al fin que aquel caballero habia llegado y le habl: una hora despues el
hugonote Perceval, el prncipe heredero del cristiansimo rey de las
Espaas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios
y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que
eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacos y cerrados.

Yaye pronunciaba una  una y solemnemente sus palabras.

--Pero sobre aquel aposento, continu Yaye, habia un desvan  teja vana,
y en l vivia desde dos dias antes de la llegada  Madrid del caballero
francs, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una
baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia
mirar y escuchar cuanto pasase  se dijese en el aposento inferior. La
noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con
el francs y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel
aposento acontecia. El prncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba
la corona de su padre.

El prncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante
su juez.

La voz de Yaye era solemne.

--Y qu mucho? aadi con voz vibrante y terrible. Estamos en una poca
de crmenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran
sangre; rostros amoratados por el dogal  lividos por el tsigo. Ac y
all, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la
vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad  la Amrica:
all, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen  millones de
hombres  quienes han robado la patria y los altares,  quienes han
arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados  huir
 los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de
las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y
vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los nios arrebatados 
sus padres, y entregados  los frailes: ved sus guerreros domeados,
reducidos  la servidumbre, bautizados  la fuerza: si penetrrais en
esos desiertos peascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados
por torrentes y abiertos por volcanes; si aportrais al fuego del
consejo de una de esas tribus errantes y escuchrais el cntico de
guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir  los
rostros plidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros
plidos son los espaoles: si los virais en el combate, admiraras la
desesperacion con que prefieren la muerte  la esclavitud; verais las
praderas cubiertas de cadveres destrozados por el hierro y por los
cascos de los caballos, y despues del triunfo de los espaoles, os
horrorizaria mirar cmo estos tratan  los vencidos; con cuanta innoble
avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y
sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vrgen
Amrica. All el testimonio del gran crmen de las Espaas, se levanta
por todas partes; aquel es el tesoro donde  trueque de sangre y de
infamias van  enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un
rey catlico. Si no os satisfacen los crmenes de Occidente, si quereis
apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada:
all tambien hay un pueblo vencido: all tambien se esclavizan las
doncellas, se roban los hijos  sus padres, se bautiza  la fuerza, se
degella y se quema  los hombres, y se arrasan pueblos enteros. All
tambien resuena la terrible voz del sacerdote espaol: all tambien los
gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de
Espaa ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si
quereis ser testigo de mas crmenes, volved la vista  Flandes; all
tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de Espaa, y sus
tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el
saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y
aun en el mismo corazon de la Espaa, si quereis presenciar horrores,
bajad  los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los
castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros
se estrangula y se degella; por todas partes el terror imponiendo la
ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los
innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey.
Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cay vencida con sus
comunidades: el rey ahog con sangre la voz de la libertad: el sacerdote
sofoc con fuego los fueros de la conciencia. Si; Espaa es grande,
poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina
por el crmen. Qu mucho, repito que, cuando tantas infamias se
levantan ante los ojos, un hijo anse ser rey aun  costa de la vida de
su padre? Acaso don Felipe el II no era rey de Npoles y de Inglaterra
 los diez y seis aos? Es cierto que el emperador Carlos V se retir
por su voluntad  una celda de San Gernimo de Juste: pero San Lorenzo
del Escorial no es tambien un magnfico monasterio? Acaso una tumba es
otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

[imagen: Tomad: leed.]

El prncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trmulo,
dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y
solemne de Yaye.

Este por cansancio  por desprecio hcia el prncipe se sent: don
Carlos continu de pi.

--Laurent de Perceval, continu el duque cambiando su entonacion
declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de
Guillermo de Nassau, prncipe de Orange: este le enviaba  vos, para
ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de
Flandes: esto no era otra cosa que excitaros  la rebelda contra
vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su
corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar  los luteranos, y
vos, vos, prncipe rebelde  vuestro padre, escribsteis esta carta que
tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El prncipe tom con una mano trmula aquella carta y la reconoci 
primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por l, y
en ella aceptaba la propuesta del prncipe de Orange, y se declaraba
protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la
cabeza del prncipe si por un acaso iba  dar en las manos de su padre.

--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta
es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentndola al rey.

--Cmo ha venido  vuestro poder esta carta? dijo el prncipe
retenindola.

--Recordad que os he dicho que mientras vos hablbais en cierto meson
excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra
persona, que sin que vos lo supiseis, lo presenciaba todo,  travs de
un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las
apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jven,
robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.

--Vos!

--Si, yo.

--Y quin os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia
venir  Madrid enviado por el prncipe de Orange?

[imagen:--Ah, Bempo! Bempo! yo te amo!]

--Vos no sabeis quin soy, si bandido  caballero, rey  esclavo: yo
tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte,
como solo he venido  Madrid contando con vos, era natural que me
interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia
ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta  Guillermo de
Nassau, le esper en el camino.

--Y le matsteis!

--No le mat. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alfrez de
vuestra guardia, en trminos que Perceval no me reconoceria si me viera
de nuevo ante s. Dejle pasar oculto en una venta, alcancle luego, y
me present  l como vuestro enviado. Djele que habiais meditado
mejor; que no creais prudente todava un alzamiento general en los
Paises-Bajos  vuestro nombre, y le d tales seas de las conferencias
que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me
entreg esa carta, y en cambio se encarg de un mensaje verbal para el
prncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines  la
rden del Laurent, dado por un genovs de Madrid contra otro de
Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra Espaa por
algun tiempo; ved aqu el recibo del libramiento, que Perceval me hizo
en una venta del camino.

Yaye sac otro nuevo papel de la cartera y le entreg al prncipe.

--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales
pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que
podian servir.

El prncipe se apresur  quemar  la luz de una buja aquellos
terribles papeles.

--Y ahora bien, qu quereis de m? dijo cuando los hubo destruido.

--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.

--Y qu creeis que debo hacer?

--Reinar.

--A todo trance?

--A todo trance.

--Sin embargo, no ha mucho me hablbais con indignacion del crmen.

--Por lo mismo que el crmen nos rodea por todas partes, debemos
valernos de l en nuestro provecho antes de que otros le empleen en
nuestro dao.

--Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?

--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en
estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de
Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benfico tiene
contenida la insurreccion: es necesario que  este poder tolerable,
sustituya un poder duro, desptico, insufrible; es necesario que sea
gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe
fortuna el prncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo
tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer
por ahora: enviar dinero  los descontentos: del mismo modo alentaremos
 los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fcil.

--Y vos!...

--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las
dos cosas  la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario,
que ya sabeis que podeis recurrir  m por oro y consejos, idos
prncipe, y no olvideis jams cmo os ha recibido un hombre en cuya casa
habeis entrado con intencion de deshonrarle.

--No, no saldr de aqu sin que me hagais una promesa.

--Cul?

--Amo  vuestra hija.

--Y la amais mirando en ella  vuestra esposa?

--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

--Sed rey!

--Cmo!

--Sed rey! repiti fatdicamente el duque.

--Pero... mi padre es jven... balbuce el prncipe.

--Sed rey  renunciad al amor de mi hija!

--Pues bien, lo ser y pronto!

--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

--Esperar: pero...

--Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tom una buja de sobre la mesa y acompa al prncipe: la
habitacion qued abandonada: detrs de las vidrieras habia quedado mudo,
aterrado, el marqus de la Guardia: Amina fijaba en l una mirada
lcida.

--Oh, Dios mio! Dios mio! exclam el marqus: qu horror! T,
Esperanza, prometida  ese prncipe infame  cambio de un parricidio!

--El crmen se combate con el crmen, don Juan, dijo Amina: ahora bien,
tendrs valor para sacrificarte  mi amor como yo me sacrifico 
sagrados deberes?

--Oh, Esperanza! considera que soy espaol, noble y caballero!

--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por m.

Llev al jven  una puerta; le dej encerrado tras ella, volvi, abri
la vidriera y entr en la cmara de su padre. Poco despues entr este, y
la bes en la frente.

--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este.
Ese dia se enjugaran tus lgrimas, hija de mi alma. Entre tanto es
necesario que cumplamos el juramento que yo hice  mi padre moribundo.
Todo por la patria! todo! hasta la virtud!...

Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue  la
puerta tras la cual habia dejado  don Juan, y atravesando las mismas
habitaciones oscuras que habian recorrido hasta all, le llev  su
aposento, cerr el mirador y se sent  su lado.




CAPITULO XI.

     Lo que puede el amor de una mujer.


La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus
cuadros, sus tapiceras, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello,
lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y
la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de
plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes,
era de brocado de tres altos.

Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia
llegado hasta all maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano
de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadver.

Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus
negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que
queria escudriar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del
marqus, que estaba aterrado, anonadado, como insensible,  causa de los
terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.

Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado
satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su
ignorancia.

Como por efecto de un poder magntico, la intensa mirada de la jven
atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante
un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que
jams se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

--Si, si, te amo, Esperanza; te amo  pesar de todo, dijo el marqus
comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que 
pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardar
acerca de ello un profundo secreto.

--Y qu sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que
fascin  don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone,
y sin exigir manda; sabeis acaso quin es la mujer que la fatalidad ha
puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guard muy
bien de demostrarlo: limitse, pues,  contestar:

--Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas,
Esperanza.

--Llegar un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se
habia serenado, descendiendo, por decirlo as, de su terrible magestad;
llegar un dia en que comprendas cunto te ama la mujer  quien con tus
locuras has hecho desgraciada.

--Mis locuras!

--Si por cierto, qu son sino locuras tus amores con esa aventurera
italiana, con esa princesa Angiolina? Tu empeo en causarme zelos con
ella? qu ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de
tus amores por arrebatarte  esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar
estas palabras, que el marqus se desconcert, y no pudiendo negar sus
amores con la princesa por demasiado pblicos, contest:

--Yo me veia desdeado por t.

--Desdeado no: alejado si.

--Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame  otra por qu
eres desgraciada?

--Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.

--He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jven.

--Olvidar! olvidarme!y para olvidarme...!  m! has recurrido al
amor de esa mujer? lo repito: me he engaado: yo pens que valias mas,
infinitamente mas que lo que vales.

Don Juan conoci que habia incurrido en una necedad, y para remediarla
incurri en otra, como sucede generalmente  todo el que quiere salir de
una posicion falsa sin confesarse vencido.

--Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.

--Un hombre que ama  una mujer y no puede obtenerla, la obtiene 
muere; pero no intenta ultrajarla, contest con dignidad Amina.

--No me he puesto  tu paso? contest apelando  la dulzura el marqus.

--Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando 
otras  mis ojos.

--No he venido todas las noches  esa calleja?

--Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por
mi amor, te llamase!

--Oh, y cun cruel eres, Esperanza!

--Y al fin te he llamado; y al fin ests en mi aposento, solo conmigo,
en medio de la noche.

--Oh! Esperanza!

--Pero ya sabes para qu y por qu te he llamado: ahora don Juan es
necesario que nos separemos.

--Con que es decir que me has llamado para que sepa que el prncipe va
 ser tu esposo!

--Si mi padre lo exige, lo ser.

--Es decir que no me amas!

--Nunca debimos unirnos, don Juan.

--Que nunca nos debimos unir?

--No, para evitar el dolor y la vergenza de separarnos.

--De separarnos...! es decir que tu ambicion..!

--Yo me sacrifico  mi nacimiento,  mi destino.

--Oh! si! dijo con doloroso sarcasmo el marqus; me he olvidado de que
eres... y se detuvo.

--Si, soy reina, contest con una fria dignidad Amina.

--Reina t! exclam con creciente asombro el marqus.

--Si, no importa de qu reino; pero mi reino existe, y mis vasallos,
cuando me presento entre ellos, doblan ante m la rodilla.

Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo,
y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus
facultades de apreciacion; record entonces cuanto le habia revelado la
princesa, y comprendi que aquella mujer no le habia engaado: vi
delante de si  la reina de aquellos famosos monfes de las Alpujarras,
solo conocidos por sus terribles hechos: trasladse su pensamiento 
las, para l desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecile ver 
Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje;
entonces hablaron de una manera clarsima para l, el encendido color
moreno de Amina, aquel color tan bello, tan lmpido, tan incitante;
parecile ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad
salvaje, y que aquella frente magnfica, aquella mirada incontrastable,
le decian:

--Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfes de las
Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Mjico, reina de los
rebeldes del desierto.

Esta era la nica solucion que, contando con los antecedentes que tenia,
encontraba el marqus  tales misterios.

--En vano te obstinars, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la
perplejidad del jven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo
sabrs la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso
ser necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se
viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo
revelarte.

--Pero nada puedo esperar?

--Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por m.

--Oh! y qu sacrificio no haria yo por tu amor!

--Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvid por t mi
condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora
 la crte del rey de Espaa, para desempear al lado de la reina un
servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de
mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente
necesidad de amar: lleg un dia en que o hablar de t; se ponderaban,
tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los
ociosos de la crte habian unido nuestros destinos de una manera
extraa:  t te llamaban _mi hombre_,  mi, _tu mujer_. Era necesario
que yo te viese, para que pudiera contestarme  esta pregunta que me
habia hecho con clera al escuchar aquellas extraas palabras.--Qu
puede haber de comun entre ese marqus tan ponderado y yo? Pero cuando
te v al fin, cuando v tu semblante al reflejo de la luna despues del
incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando
sent llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamndola, llenando
su vaco con un fuego divino, abriendo para m una nueva vida; la vida
del amor.... Oh! entonces comprend lo que el mundo habia encontrado de
comun entre nosotros; entonces comprend que t eras mi hombre; mas
todava: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.

Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo
gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por
orgullo; brot  l la pasion; acreci su palidez, sus ojos lanzaron un
fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trmulos y
entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina,
el del marqus resplandecia tambien.

Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene
palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente;
situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior  la que
puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los
latidos de este que se oyen; un no s qu de sobrenatural, de
fantstico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama
criatura, hablan por s mismos con un lenguaje mas elocuente, mas
sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que
se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa
como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el
alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el
ngel de redencion y de perdon,  el demonio de perdicion con que Dios
glorifica  condena  un hombre sobre la tierra.

Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su
hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere
porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia
levantado  una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio
areo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.

--Con que me amas? me amas? exclam con delirio.

--Si no te amara viviria? exclam Amina. Si no te amara te hubiera
introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no
dudases de mi? si no te amara me importaria algo que dudases  no?

--Y bien; si me amas, por qu no ser mi esposa?

--Jrame que jams levantars el acero contra mi padre, y te prometo, te
juro, que si no soy tu esposa, no lo ser de otro.

--Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi
madre, y por mi honor.

--Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantndose con
enerja; por tu honor no!

--Por mi honor no? exclam levantndose asombrado el marqus.

--A qu llamais los castellanos honor? exclam con desprecio Amina; 
servir ciegamente y como viles esclavos  un rey tirano;  un rey 
quien el Altsimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un
pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz,
rica y prspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi
estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo
aada  mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id,
conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que
yo sea rico, grande y fuerte,  costa de la pobreza, la abyeccion, y la
debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey
os dice: id  llevar el luto, la servidumbre y la deshonra  otros
paises, vosotros llamais honor  la obediencia que os pone las armas en
la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla,  apoderaros por fuerza
de lo que no es vuestro;  robar lo que Dios quiere que sea respetado.
Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende
la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete  los
tiranos y los vence  sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el
honor ni la gloria; llamais honor al crmen y gloria  la infamia. No;
yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu
alma, pero por lo que t crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo;
ese honor te obligaria  delatar  mi padre,  entregarle al verdugo;
ese honor te obligaria maana  degollarme   contribuir  que fuese
vendida como esclava: ese honor te separa de m.

--Luego eres enemiga de los castellanos?

--Si, enemiga  muerte.

--Y por qu entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu
camino, y no procures unirte  mi porque un abismo nos separa?

--Oh! los hombres son cobardes, muy cobardes! exclam con acento frio
y acerado Amina; el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer!
nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud,
felicidad! nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ellos no saben
sacrificarnos nada! Ya se v! la mujer ha nacido para ser esclava!
por qu te amaba antes de conocerte? por qu, si en aquellos momentos
me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? Oh, vosotros
no amais! vosotros..! ni aun siquiera comprendeis de cunto es capaz
una mujer enamorada!

--Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime
del amor, sgueme.

--Abandonando  mi padre! No! jams!

--Con que en el momento de la prueba retrocedes? Con que no has
pronunciado mas que palabras vanas?..

--Escrito est en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el
hombre abandone la mujer  su padre y  su madre; pero no est escrito
en ninguna parte que la mujer asesine al hombre  quien ama.

--Es decir que si me siguieses abandonando  tu padre?..

--All,  donde quiera que nos ocultsemos, iria la venganza de mi
padre: venganza terrible, implacable, fria: oh, qu horror! cuanto he
podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder;
todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificar... pero no
me pidas tu propio sacrificio, eso jams!

--De modo que ser forzoso que nos separemos?

Amina fij en el marqus, con una ansiedad indescribible, sus hermosos
ojos, que  pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de
lgrimas.

--Separmonos mas bien, dijo: olvdame si puedes; en cuanto  m... yo
nunca te olvidar.

--Y para esto me has llamado?

--Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado
encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras
visto entrar por l un hombre, te hubiera hablado por la reja para
decirte:--Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo:
durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amar siempre:
cuenta conmigo.--Dios lo quiso de otro modo: el prncipe don Carlos
habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en
ella; por esta razon has conocido graves secretos.

--De modo que, obedeciendo  ese honor castellano que tan extraviado y
absurdo te parece; debia yo como espaol y caballero, revelar al rey
cunto he visto y cunto he oido..!

Irgui la cabeza Amina y dijo friamente:

--Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrs devuelto la felicidad.

--Ah! serias feliz!

--Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi
amor habia soado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy
feliz, mucho.

--Muy feliz! exclam con extraeza el marqus.

--Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de t... y... mas
que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por
juguete.

Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.

--Y nada temes por t, nada por tu padre? exclam asombrado y fuera de
si el marqus que sufria horriblemente.

--El rey de Espaa, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros;
aunque nos sepultase en el mas lbrego calabozo de la Inquisicion,
nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los
muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuvisemos
 salvo, crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de
mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?

--Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no ser yo quien le
ponga  prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu
casa.

--Pero repara que de ese modo eres traidor  tu amo el rey de Espaa,
dijo con sarcasmo Amina.

--Entre el rey y mi amor, dijo el marqus con voz firme, mi amor es lo
primero.

--Oh! espralo todo de m! exclam con una alegra infinita Amina.

--Que lo espere todo de t!

--Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es
grande, valiente, inmenso como el mio. T me sacrificas lo que crees, lo
que llamas tu honor. Yo te sacrificar mi vida, mi corona... pero es
necesario esperar.

Al oir la palabra _corona_, el marqus hizo un movimiento de extraeza.

--Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea
la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida,
perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy
dispuesto  abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los
tuyos,  defender tu pueblo,  ser tu esposo, entonces se aclararan para
t tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga 
separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrs  tu
lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora,
siguindote  todas partes, quien vele por t, quien te proteja, quien
ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que t veas la mano que lo
pone. Ademas, podr suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad
que conservas aun al rey de las Espaas, te lance  la guerra: entonces,
don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva
este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el
hierro enemigo no te tocar.

Amina se quit del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una
placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos
caracteres azules enteramente extraos para el marqus, y le puso la
cadena al cuello.

--Oh! la llevar siempre sobre mi corazon, exclam don Juan besando
apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de
Amina.

--Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso
que nos separemos, don Juan.

--Separarnos!

--Si; es necesario de todo punto.

--Y cundo nos volveremos  ver?

--Oh! quin sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez
nunca.

Y asiendo de la mano al marqus le condujo  una habitacion oscura,
abri un balcon y mir  fuera.

--Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...

--Oh! Esperanza! Esperanza! dijo el marqus: yo no puedo separarme
de t!

Oyronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.

--Mi padre! exclam Amina: vete!

Don Juan la estrech rpidamente entre sus brazos, Amina se escap de
ellos, y empujndole hcia el balcon, le dijo:

--Vete... y no me olvides!

--Adios, vida de mi vida! dijo el marqus: jams te olvidar!

Y echndose fuera de la balaustrada del balcon, se descolg por una reja
 la calle.

Cuando estuvo en ella, Amina se asom al balcon, y dijo conteniendo mal
sus sollozos:

--Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenders cunto ests
obligado  amarme.

Dicho esto, arroj una carta  la calle, desapareci de la balaustrada,
y se oy el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.

--Oh, Dios mio! exclam don Juan recogiendo la carta: esto es para
volverse loco!

Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encamin  buen
paso  una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un
farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el ttrico
nicho de un Ecce-Homo.

Para llegar all, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde
habia caido muerto  herido, el hombre que habia quedado aguardando al
prncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.

El marqus no mir  aquel sitio, ni se acord siquiera de que all
acaso habia muerto  un hombre.

Cuando lleg delante del nicho del Ecce-Homo, abri la carta, de la cual
se desprendia un leve y delicado perfume, y ley estas breves, pero
terribles palabras:

Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide  una mujer
revelarlas ni aun  su mismo esposo; pero es preciso que sepas que
alienta en mis entraas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza.

Don Juan lanz un grito insensato de amor, de alegra, de dolor; arrug
en un movimiento frentico aquella carta entre sus manos, la oprimi
contra su boca y luego... luego cay de rodillas ante el Cristo, fij en
l sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de
caridad, y exclam:

--Seor! Divino Seor! Vela por ella y por mi hijo!

En aquel momento el marqus se sinti asido...

Pero antes de relatar lo que sucedi  don Juan, es necesario que
retrocedamos un tanto y volvamos  la casa de la princesa Angiolina
Visconti.




CAPITULO XII.

     Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.


El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se
habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la
Guardia, dejndole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.

La princesa atraves rpidamente algunas habitaciones, y en una de ellas
se detuvo y se puso  contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.

Con qu objeto era esta contemplacion de s misma?

La princesa estaba resuelta  vengarse, y por lo mismo concentraba sus
fuerzas y contaba sus recursos.

Entre estos era uno poderossimo su hermosura.

Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qu motivo habia
tenido el marqus para abandonarla  ella, la altiva hermosura que tan
codiciada era por los hombres de mas valer de la crte: el espejo la
dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo,
la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del
marqus de la Guardia habia pasado; la princesa comprendi que el
marqus habia usado de ella como de un instrumento; vi, sin que pudiera
quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita
poseia todo entero el corazon de don Juan,  quien ella amaba con toda
su alma: su aborrecimiento hcia Amina creci, y pens en vengarse de
ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de
Granada.

Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye
ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfes,  del duque viudo de la
Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.

Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su
patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva,
enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqus de la Guardia
habia llegado  ser para Amina una doble fatalidad.

Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.

Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de
la princesa; rstanos decir, que el traje que en aquella situacion
vestia, realzaba sus atractivos.

Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su
escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrndose en el
cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceidas,
acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnfico contorno de
sus brazos y terminaban en dos puitos del mismo encaje, bajo los cuales
medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes:
la falda ancha, larga, terminada por detrs en cola, flotante y
vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que
unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba
su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un
broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente  lo largo de
la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos
gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrs en trenzas,
mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto;
ltimamente, llevaba arracadas de pedrera, y en las bellisimas y
blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de
aquellos tiempos.

La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella  don Juan, todo lo
que la quedaba de su guarda-joyas.

Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa 
un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no
solamente hermosa, sino hermossima, radiante, adorable, no logr causar
efecto en don Juan.

Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo
confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja  la
cara los estragos que hacen en su hermosura los aos, las enfermedades y
los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera
arruga, ni la palidez del cansancio; confidente  quien la mujer sonrie
cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando
aquella hermosura empieza  empalidecer,  marchitarse: la princesa,
repetimos, preguntaba  su espejo la razon que podia haber tenido el
marqus para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan
desenamorado: el espejo la contest que era hermosa, con todo el
esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas
irresistibles, irresistibles sus encantos: la present su vigorosa
juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la
present la lividez de la clera que alteraba aquellos encantos; la
expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba  sus ojos toda la
apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendi que
la clera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera
fuerza de la mujer est en su aparente debilidad: comprendi que habia
hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que
acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada
amenazadora, cuando tal vez hubiera caido  sus pis, si en vez de
amenazarle hubiera recurrido  las lgrimas.

Angiolina quiso saber si podia dominar la clera, la irritacion, el
despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y
amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una
transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareci el ngel
rebelde, y qued el ngel del sufrimiento, con su belleza
espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado.
Angiolina lanz un grito de alegra: nunca se habia contemplado tan
hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento ntimo.
Ensay una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo
del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el
fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una
y otra vez el resultado sobrepuj  sus esperanzas; una y otra vez se
contempl sucesivamente mas hermosa.

--Ah! exclam: he ah: he ah mi fuerza: he sido una insensata en
dejarme arrebatar por la clera: la amenaza ha irritado  don Juan: mi
sumision y mis lgrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido
entre mis brazos... probar, probar el rendimiento sin renunciar  mi
venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don
Juan... ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi
alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que
pueden servirme para llevar  cabo mi venganza; no dejar sospechar 
nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni
creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que
ninguna herida ha hecho en m su abandono; los hombres son mas vanidosos
que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y
retorcerme  sus pis desesperada, le vuelvan  m, lo arrojen  mis
pis, me hagan su seora: oh! s! s! y puesto que la mentira es el
arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me
crean venturosa; no debemos derramar ni aun  solas nuestras lgrimas...
las lgrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer,
cuando estas lgrimas son de fuego, como las que yo verteria sino
dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva
encerrado en l, que se convierta en un tsigo mortal para el marqus y
para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede
conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama  otra, la
mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion,
para que el mundo no pueda decir: pobre mujer abandonada! para que el
mundo no pueda despreciarla.

Y despus de este razonamiento, la paz mas profunda se fij en el
semblante de Angiolina, volvi  sus ojos su brillo deslumbrador,  su
mirada la dulzura,  su boca la expresion riente que tanto la
embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que
pareca tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por
decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.

Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo;
ver el cieno infecto  travs de la tersa superficie de aquel lago
engaador; aquel hombre era Bempo.

En el momento en que Angiolina se separ del marqus, mand al italiano
que siguiese al jven, que averiguase donde paraba, y que volviese 
avisarla.

Bempo volvi una hora despues.

--Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he
cumplido vuestras rdenes.

--Has seguido al marqus?

--S, excelencia.

--Dnde ha ido?

--A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa
de la duquesa de la Jarilla.

--Qu ha hecho despues?

--Dos hombres han llegado  aquel postigo; el uno ha entrado, valindose
de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqus le ha acometido,
aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada
del marqus.

--Muerto!

--No.

--Has reconocido, pues,  ese hombre?

--Si.

--Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.

--Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.

--Y dices que ese hombre no ha muerto?

--No; pero puede morir.

--Le has conocido?

--Es la noche muy oscura.

--Qu hizo despues el marqus?

--Se dirigi furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de
llegar  l, la misma duquesa apareci en uno de los balcones y le
habl.

--Y... qu hablaron?

--Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra
parte, dur muy poco; el marqus trep por una reja y entr por un
balcon en la casa de la duquesa.

--Ah!... entr!... por un balcon!

--Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido  avisaros,
excelencia.

--Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que
vuelvas:

Aquella especie de _lazzaroni_ puerta.

--Espera, aadi la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas
solo.

--Y qu he de hacer?

--Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; me
entiendes?

Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

--Ven con ellos por el postigo del huerto, continu Angiolina; yo misma
te abrir: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte
delante de esos hombres; tomars una de mis sillas de mano,  irs con
ella y con tus cuatro amigos  la calle donde ha quedado ese hombre
herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traers  casa,
entrando en ella por el mismo postigo que yo abrir: luego volvers con
tus cuatro camaradas  la misma calle; te ocultars donde puedas ver sin
ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y hars que uno de los
tuyos siga, cuando salga, al hombre que entr por el postigo, y que
averigue su paradero. T, con los restantes, te apoderars del marqus
cuando salga de esa casa: te apoderars de l, lo entiendes?

--Muerto  vivo?

--Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y
sujetar en una calleja oscura  otro hombre que va por ella descuidado.
Para conducirle aqu, te prevendrs de otra silla de manos, y le meters
en ella con los ojos vendados.

--Es decir que he de traer aqu al marqus como al otro?

--Si.

--Por el mismo sitio?

--Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.

Bempo no se movi.

--A qu esperas? dijo con impaciencia Angiolina.

--No tengo dinero, excelencia, contest gravemente Bempo.

--Ah! no tienes dinero!

--Los cuatro hombres que han de acompaarme, no me seguiran sino se les
paga  peso de oro. Los valientes de Espaa no me conocen tanto como los
_lazzaroni_ de Roma. Adems, entonces un solo paseo nocturno por la
campia, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora
es distinto.

--Toma: dijo Angiolina, quitndose un joyel de diamantes de su prendido.

--Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.

Y girando sobre sus talones, desapareci por una puerta inmediata.

Sigmosle.

Atraves algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, baj una
escalera, cruz un patio, pas de l  un huerto, y abri una puerta
oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones
reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imgen
de la Vrgen, delante de la cual ardia una lmpara.

Bempo abri un arca que estaba en el mismo dormitorio, sac de uno de
sus ngulos algunas monedas de oro, que guard en una bolsa de seda,
envolvi el joyel en un pao, y le ocult en otro ngulo del arca:
despues sali, cerr la puerta del aposento, atraves el huerto, y
llegando  un postigo, descorri sus cerrojos y sali  una calle
estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, lleg  aquel
postigo que solo habia quedado encajado; corri de nuevo sus cerrojos, y
qued esperando junto al quicio.

Aquella mujer estaba envuelta en un manto.

Bempo se encamin  buen paso  la Cava Baja de San Miguel, y llam  la
puerta de una casa de mezquina apariencia.

Contest desde adentro una voz breve, enrgica, y al parecer de hombre
de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y
el de afuera, y la puerta se abri.

Apareci tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante
extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido espaol: aquel
hombre por lo exguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus
ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que
acababa de dejar el sueo y el lecho.

--Qu se os ofrece  estas horas, amigo?, dijo  Bempo.

--Djame entrar, camarada, contest el italiano; tenemos que hablar de
cosas que no son para oidos de nadie.

--Entrad, pues.

Adelant Bempo, cerr el otro la puerta, y atravesando el zaguan
introdujo  su visitante en una habitacion baja.

--Aqu nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la
luz con que se alumbraba y sentndose en una arca.

Sentse Bempo en un banquillo de pino y dijo:

--Los valientes se conocen, Pablo.

--Bien, y qu? contest el otro.

--Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se
sirven en lo que han menester.

--Bien, y qu? repiti flemticamente Pablo.

--Yo necesito que me ayudeis t y otro tres de tus camaradas.

--En qu y cmo?

--Hay que recoger  un herido y apresar  un hidalgo.

--Ah! y quin necesita eso?

--La persona que me enva.

--Y quin es esa persona?

--No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.

--Seor Bempo, dijo Pablo levantndose: mereciais un chirlo en la cara
por vuestra desvergenza.

--Bah! dejmonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo
que oblig al llamado Pablo  sentarse de nuevo; el hombre lleva en la
cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los
tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado
las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros
pasais por buenos soldados de  caballo del rey, en la _corneta_ del
seor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del prncipe
Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo,  poco que nos mire
puede decir: he ah unos buenos bandidos. Bah! yo no os he pedido hasta
ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros
podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien,
tan bien como el que os pido.

Y Bempo sac algunos doblones de  ocho y los extendi sobre la mesa.

Pablo mir con mas clera que codicia el dinero; pero instantneamente
aquella chispa de irritacion se apag en sus ojos, reemplazndola una
expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio,
dijo:

--T eres mayordomo,  lacayo,  qu s yo, de una princesa italiana.

--Es verdad, dijo Bempo.

--De la seora Angiolina Visconti.

--Es verdad.

--Y es esa dama... quien nos paga?

--Vamos, no quiero ocultrtelo, ella es: pero gurdame el secreto.

--Ah! tratndose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del
marqus de la Guardia.

--Mucho sabes.

--Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras  nuestros cabos y
alfreces cuando damos la guardia al rey.

--Sea como quiera: aqu de lo que se trata es de recoger un herido, y de
esperar  que salga de cierta casa donde ha entrado el marqus de la
Guardia y apoderarnos de l.

--Dicen que el marqus es muy valiente.

--Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le
sujeta por la espalda.

Qued de nuevo profundamente pensativo Pablo.

--Asunto concluido dijo: esta es la seal?

--Ese oro es la paga.

--Poca paga es, pero no importa; voy  despertar  tres de los amigos y
al momento estamos listos.

--Ya sabia yo que nos entenderiamos.

--Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible,
guardndose el dinero.

Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban
algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la
princesa, que se abri inmediatamente despues de haber llamado  l
recatadamente Bempo.

Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron
siguiendo  Bempo que les llev entre unos rboles, donde habia una
silla de manos.

Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y
salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvi 
cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.

Un relj di  lo lejos la una de la noche.

Esta continuaba densamente oscura.

Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reir de dos perros que
disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado
pegado  una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en
Espaa _pelar la pava_: pero no encontraron una sola ronda.

Era una noche  propsito para el crmen.

Cuando llegaron  la calleja  donde correspondia la parte posterior de
la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encamin en derechura al sitio
donde habia visto caer al herido.

Aun estaba all; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado
la herida habia pasado, se quejaba, pero dbilmente,  causa sin duda de
la prdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sinti
junto  s  Bempo y  sus cuatro acompaantes, exclam con voz casi
imperceptible:

--Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os
lo pagar.

--Si, si, dijo Bempo;  socorreros venimos, seor hidalgo: ea,
camaradas, ayudadme y pongmosle en la silla.

Dos de aquellos hombres ayudaron  Bempo y levantaron del suelo al
herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmay.

Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigi  uno de los que le
acompaaban.

--Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.

El italiano llev  los dos hombres frente al postigo de la casa del
duque, y les dijo ocultndolos en el soportal donde poco antes se habia
ocultado el marqus.

--Observad desde aqu ese postigo; si sale por l un hombre, seguidle
uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en
donde para. Luego el que le siga ir  esperar junto al postigo del
huerto por donde hemos sacado la silla de manos.

--Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?

--Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe
permanecer aqu, y observar lo que pase en esa casa (y seal la del
duque). Ahora adios; voy  despachar el asunto del herido con vuestros
compaeros.

Dicho esto, Bempo fue  reunirse con los que habian quedado guardando la
silla, y cuando lleg  ellos les dijo:

--En marcha.

Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y
dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al
herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa,
que se abri al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se
perdieron tras el postigo que volvi  cerrarse.

Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la
silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal
donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye.

Bempo llam  Pablo.

--Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo
lacnicamente una voz contenida desde lo oscuro.

--Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? pregunt Bempo.

--A poco de haberos vosotros alejado.

--Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa?

--Ninguna,  excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los
balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre
 quien ha acompaado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras
las celosas de ese mirador.

En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina.

--Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.

Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes
de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al
fin, poco despues de las tres y media, se abri uno de los balcones que
habian permanecido oscuros, se oyeron en l las voces contenidas de dos
personas, y luego un hombre se descolg del balcon por una reja  la
calle: apareci en el balcon una sombra blanca, habl algunas palabras
con el hombre que habia bajado, dej caer un papel  la calle, y
retirndose del balcon le cerr: el hombre recogi el papel, fue al
nicho del Ecce-Homo de la esquina, y  su luz ley el papel y cay de
rodillas ante el Cristo.

En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido
recatadamente al marqus de la Guardia, que l era, se arrojaron sobre
l.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *




CAPITULO XIII.

     De cmo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una
     escena de comedia.


En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de
los cuales se mostraba  trechos la humedad de las paredes, y en un
lecho en un apartado ngulo, habia un hombre con el pecho descubierto y
fuertemente vendado.

Aquel hombre era el comediante Cisneros.

Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho
apoyada en l y mirando con sumo inters al herido, que habia vuelto
enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y
deslumbrantemente vestida.

Aquella mujer era Angiolina Visconti.

Una buja de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una
mesa de mrmol, iluminaba este grupo.

El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un
ngel.

Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegra
que le permita tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba
un profundo gemido.

--Os sents muy mal, amigo mio, no es verdad? dijo en una de estas
ocasiones la princesa.

--Ah, seora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os
tuviese  mi lado, os veo, y me parece un sueo: vos, vos junto  mi!
acaso en vuestra casa! bendita sea la espada que me ha herido!

--No digais eso, seor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente
Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: Cmo os
sents?

--Mi herida es muy incmoda, seora; pero juraria que no es peligrosa:
no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la
cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, 
lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy dbil, pero debo de haber
perdido poca sangre: esto ser cosa de quince dias: quince dias en que
vos estareis  mi lado, no es verdad?

--Y cmo podeis dudar eso, seor Cisneros?  qu os habia yo de haber
recogido en mi silla de manos y traido  mi casa sino me interesase por
vos,  interesndome por vos, cmo puedo abandonaros ni un momento?

--Ah! me habeis encontrado! habeis sido vos!

--Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido
para m una felicidad el encontraros.

--Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. Cmo creer que tan
tarde la princesa Angiolina Visconti?...

--Cmo! me conoceis?

--Los comediantes, seora, conocemos desde la escena  todas esas nobles
personas que protejen nuestro bajo oficio dndonos oro  cambio de una
habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la
Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la seora
duquesa de la Jarilla.

Angiolina tenia mucho inters en escuchar  Cisneros, al que pensaba
utilizar, y aquel inters creci en el momento en que Cisneros nombr 
la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran inters
crey prudente ocultarle  interrumpiendo  Cisneros le dijo con la
mayor naturalidad:

--Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el
estado en que os encontrais, os puede ser daoso: si mi presencia ha de
haceros hablar ser cosa de apartarme de vos para que reposeis.

--Ah! no! no os vayais! vuestra presencia, seora, vuestra bondad, la
generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor blsamo
que se podria aplicar  mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es
mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el
contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he
escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto  m,
y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.

--Ya que decs que nada os daa el hablar, de lo que me alegro en el
alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme,
seor Cisneros, que me ria.

--Que os rais? y de qu?

--De vuestro genio peregrino. Estais herido y dbil, y sin embargo me
requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.

--Y de eso os reis? Ah! lo comprendo! os causa risa, una risa de
desprecio el que un humilde comediante...

Cubri una dulce seriedad el semblante de la princesa.

--Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para
despreciados, son para admirados: parceme, s, que os creeis en uno de
esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me
hace reir.

--Ah, seora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe
interpretarse de ese modo, y... luego... un cmico, por despreciado que
sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese
hombre ha adorado largo tiempo en silencio  una alta persona, y de
repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra
junto  s  aquella mujer,  quien en otra ocasion no se hubiera
atrevido  mirar frente  frente; cuando la imaginacion est perturbada,
qu mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz,
diga al ngel que tiene junto  s: Ah! bendito sea Dios que ha hecho
que deba la vida  la mujer  quien amo!

Angiolina mir gravemente, pero sin severidad ni desden  Cisneros, y le
inund con una mirada lucida, intensa, poderosa, que  pesar del estado
en que se encontraba y que, como l mismo habia dicho, era mas doloroso
que grave, hizo estremecer al comediante.

--Sabeis, seor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extrao?
dijo despues de un momento de silencio la princesa.

--Extrao, seora! y por qu?

--Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos
horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro  pasar algunas
veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran:
pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.

--Muy trastornado estaba yo, cuando solo v cuatro embozados que se
acercaron  socorrerme; dijo Cisneros.

--Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran  vuestra casa 
 donde indicrais y habia seguido  pi mi camino, acompaada de uno de
mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os
socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero 
poco de haber yo llegado  mi casa se me present uno de ellos y me
dijo:

--El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos  donde
conducirle: en el hospital no nos abrirn  estas horas.

Llevaros al hospital! yo no quise enviar  ciegas  tal punto  un
hombre que podia ser muy principal.

--Os engasteis, pues, seora, dijo Cisneros.

--Y qu no sois vos un hombre principal? Creeis que el noble mas
noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que
arrancais dulces lgrimas  alegre risa de los ojos  de los labios de
vuestros espectadores? que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero
y villano, corts y rstico, jven y viejo? que tomais todas las
formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais  un pblico
entero  que arroje laureles  vuestros pis? quereis ser mas
principal? cambiariais vuestro ingenio por un ttulo de nobleza?

--Si, dijo Cisneros: aun  condicion de volverme estpido.

--No blasfemeis de la providencia de Dios. Por qu deseais ser pequeo,
cuando habeis nacido grande?

--Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por
el rey mas poderoso de la tierra.

--Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos
he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os
encontr herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconoc;
sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse
solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en
silencio... Ah, seor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido
dolorosas para m.

--Dolorosas!

--Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...

--Por qu?

--Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.

--Ah! no me creeis digno!

--No es eso, seor Cisneros, no es eso: es que soy casada.

--Ah! murmur el comediante.

--Por lo mismo no debeis hablarme de amor.

--Perdonad....

--Si, os perdono: pero  condicion de que no volvais  decirme amores.

A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una
de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.

--Pero no me abandoneis; exclam con ansiedad.

--Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la
princesa; han llamado  la puerta de la habitacion: od, vuelven 
llamar.

--Id, id, pues, seora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la
princesa  sus labios y besndola.

Angiolina solo castig aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano
de la de Cisneros, y separndose del lecho sin pronunciar una palabra.

Cisneros vi que la princesa atraves rpidamente la cmara y sali por
una puerta del fondo.

--Ah! pens Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que
habia levantado para seguir con la vista  la princesa; padezco
horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa
mujer me ha obligado  hablar: no, no ha sido ella la que me ha
encontrado en la calle: los hombres que fueron  buscarme, iban sin duda
enviados de intento: yo no pude conocer al hombre que me hiri! los
pasos en que ando con el prncipe don Crlos son peligrosos: quin sabe
lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser
una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace
mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca
por el marqus de la Guardia.... y hace un momento que,  pesar de sus
palabras decorosas, parecia enamorada de m... ah! mis pensamientos se
embrollan. Es necesario que me tranquilice.... Ah! ah! no pensemos en
nada.... esperemos.

Cisneros procur detener su pensamiento, pero esto era imposible. La
fuerza con que su pensamiento se agitaba influy al fin de una manera
poderosa en su fsico y se desvaneci de nuevo.




CAPITULO XIV.

     De cmo la princesa descubri que era mas fcil su venganza que lo
     que habia creido.


--Y bien, qu has hecho? dijo Angiolina  Bempo, al que encontr en el
huerto.

--He hecho cuanto he podido excelencia: el herido est en vuestro poder.

--Pero... y lo dems? lo dems.... nada... te me vienes con las manos
vacias!

--No he podido hacer mas excelencia: el hombre  quien mand que
siguiera  la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de
la Jarilla, la sigui, pero la ha perdido en la oscuridad.

--Y el marqus?

--No hemos podido apoderarnos de l.

--Qu no habeis podido apoderaros de l cuatro hombres? ah! es
verdad! el marqus es muy valiente!

--Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios  el diablo: ya
sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.--Y al
pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el
criado y la seora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi,
una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos
vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.--Ya sabeis que
Bempo es valiente: pues bien: el marqus, se desasi de nuestros brazos
en el momento en que le creiamos sujeto; tir de la espada y nos llev 
estocadas por delante, hasta que gan un lugar ancho, y escap.

--De modo que ser necesario que en adelante desconfe de tu valor?

--Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais
desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio,
que no os hubirais atrevido  esperar.

--Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde.

--Os he hablado de un servicio, excelencia.

--Te queda algo que decirme?

--Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenar de placer.

--Ests abusando del predominio que crees tener sobre m, porque posees
un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi seor, que mi
criado.

--Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en
cuanto  lo de impacientarse, no s cul de los dos se impacienta mas.
Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqus, en el momento en que
este, con una vigorosa sacudida, se libert de nuestras manos, dej caer
al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de
recoger el papel, mientras el marqus se defendia, , mejor dicho,
obligaba  defenderse  mis tres camaradas: ese papel est aqu.

Y Bempo entreg  Angiolina un papel arrugado.

--Y qu esto? dijo la princesa.

--Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os
entrego. Vale mas que el marqus para vos: mucho mas, porque ese papel
es vuestra venganza.

--Mi venganza!

--S, porque ese papel es la deshonra pblica de la duquesa de la
Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible
escrita de su mano.

Angiolina abandon el huerto, palpitante de ansiedad y entr en una
habitacion donde habia luz, se acerc  ella y ley vidamente el papel.

Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegra de la
princesa exclam con acento profundo.

--Satans ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas.

--Ah, Bempo, Bempo! yo te amo! exclam Angiolina arrojndose en los
brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su
venganza satisfecha.

Bempo la separ de s asida por los hombros y la dijo con acento
indefinible, posando en ella una indefinible mirada.

--Os engaais, seora; vos no amais  Bempo: Bempo no se llama marqus
de la Guardia.

Y volviendo la espalda  la princesa sali lentamente de la habitacion.

--Ah! dijo Angiolina vindole alejarse: tienes zelos! zelos como yo!
pues bien, srveme para mi venganza, aunque despues te vengues de m!

Luego atraves un corredor, entr en la cmara donde estaba Cisneros,
que parecia aletargado, y se sent en silencio junto al lecho.




CAPITULO XV.

     De cmo se conjuraba todo contra el emir de los monfes.


Al dia siguiente, muy temprano,  por mejor decir, al salir el sol de
aquel mismo dia, se notaba un gran trfago en la casa del duque viudo de
la Jarilla.

Algunos criados se ocupaban en cargar cofres  la zaga de un enorme
coche de camino, y algunos lacayos armados  la gineta sacaban de las
caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en
un ngulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un
largo arcabuz.

Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.

La casa estaba en movimiento de arriba  abajo,  pesar de que aun no
eran las cinco de la maana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en
la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse
muy temprano.

Pero ninguna maana como aquella, habia llamado la jven  sus doncellas
para que la peinasen y ataviasen  tales horas. Amina estaba sentada
delante de un magnfico tocador, plida y profundamente pensativa, y dos
doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras
preparaban un hermoso traje de camino.

Ni una palabra se habl durante el atavio de Amina entre esta y sus
doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jven dijo  una
de sus sirvientas:

--Doa Mara; traed todos mis vestidos de crte y de casa.

La doncella  quien Amina se habia dirigido, sali.

--Doa Ana, aadi Amina, dirigindose  otra doncella; traed un
cofrecito que encontrareis en mi retrete.

Sali la otra doncella.

Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos
por magnficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un
cofrecillo lleno de joyas.

Amina se volvi  sus doncellas, y las dijo:

--Amigas mias, vamos  separarnos, sabe Dios por cunto tiempo.

--Pero, seora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya,
necesitar de nuestros servicios.

--Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jven: en
los lugares  donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.

Guard un momento silencio Amina, y luego continu:

--Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros
un recuerdo mio.

--Ah, seora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus
bondades, dijo conmovida doa Mara.

--Ahorremos las lgrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una
sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois
pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy  separarme de vosotras,
acaso para siempre, que quedeis sujetas  otra servidumbre, no tan
blanda quiz, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que
uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de
una amiga, que como el don de una seora.

Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, reparti entre ellas sus
trages y las joyas que contenia el cofrecillo.

Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abri el cajon de su tocador,
y sac de l cuatro pesadas bolsas de oro.

--Tomad, las dijo, dando  cada una una bolsa: este es vuestro dote.

--Ah, seora! cunta bondad!--

--Cmo podremos olvidaros!--

--Qu noble y qu grande sois! exclamaron las doncellas.

--Basta ya: tomad doa Mara: bajo esta llave, en un cofre que ha
quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis
 las criadas, y adios: mi confesor,  quien he mandado llamar, me
espera.

--Y no volveremos  ver  vuecelencia?

--Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.

Y Amina abraz y bes en la boca  cada una de aquellas hermosas
jvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compaeras, y se
separ de ellas. Quedronse las cuatro llorando, y Amina sali,
conteniendo sus lgrimas; atraves algunas habitaciones, y entr en una
cmara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.

--Frai Miguel, dijo la jven adelantando hcia el sillon donde el
anciano estaba sentado, y arrodillndose  sus pis: adsolvedme de un
pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la
ltima vez.

--Bendecirte por la ltima vez hija mia! exclam el anciano, plido y
turbado: absolverte de una falta que no me has confesado por pudor!
qu falta es esa, Esperanza?

Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas inters, que el
anciano religioso en aquella pregunta.

--Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos
Amina.

El buen sacerdote alz los ojos y las manos al cielo, y sus labios
trmulos murmuraron una oracion, brotaron lgrimas  sus ojos, y luego
poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con
voz cobarde, por decirlo asi:

--Sabe tu padre esa falta, hija mia?

--La sabe y me envia lejos; muy lejos de la crte para ocultar mi
deshonra.

--Y tu padre te ha perdonado?

--Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.

--Y... no tiene reparacion esa falta?

--Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.

--Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te
perdonamos, exclam el religioso profundamente: yo, ministro del
Altsimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu
Santo, y os bendigo  t y  tu hijo.

Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre
la cabeza de la jven, el anciano religioso se cubri el rostro con las
manos.

--Oh, que desgracia! exclam: que desgracia, Dios mio! una casa tan
ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa
mancillada, por el mundo! Oh! que Dios tenga misericordia para el
causador de tantos males! Que Dios le perdone, porque bien ha menester
de su perdon!

--Oh! s, padre! rogad, rogad  Dios por l! pedid  Dios que no
olvide jams  la pobre mujer que tanto le ama!

--Pero ese hombre... por qu no es ese hombre tu esposo?

--Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy  marchar y tengo
que haceros antes un sagrado encargo.

[imagen: D. Carlos de Austria.]

--Un sagrado encargo!

--S; pienso hacer una donacion  la santa casa de religiosos de Nuestra
Seora de Atocha.

--La casa de Atocha es rica,  Dios gracias, hija mia; destina mas bien
esa donacion  los pobres.

--Es que no he olvidado  los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad
esta carta; por ella mi padre os entregar tres mil doblones: los mil
son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los
distribuyais entre necesitados.

El anciano tom aquella carta conmovido, y exclam:

--Ah! eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejer!

--Ay padre! harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo
de la proteccion de Dios!

       *       *       *       *       *

Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena
enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.

Aquel aposento era la misma cmara donde la noche antes habia recibido
el emir de los monfes al prncipe don Carlos.

Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante,
una terrible irritacion interna.

Con l, sentado en un sillon, habia otro personaje  quien hemos perdido
de vista desde la primera parte de nuestro libro.

Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.

La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante,
pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.

Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y
en el momento en que le presentamos  nuestros lectores, estaba
silencioso y pensativo.

--Todo me sale mal, dijo Yaye, parndose de repente: parece que Satans
anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contrara, y sin
embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldr  la cara.

--Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas,
dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los
inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.

--Mi hija tiene un corazon de mujer.

[imagen: Reparti entre ellas sus joyas.]

--Tuya es la culpa: por qu la has puesto al paso del mundo tan hermosa
y tan incitante? Todo lo has sacrificado  tu ambicion, Yaye:
sacrificaste primero  la pobre doa Isabel de Vlor; luego  mi hija, 
mi pobre Estrella; despues  la hija de mi hija,  mi pobre Esperanza.

--Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado  mi patria.

--Tienes el grave defecto de dar  tus pasiones el pretesto de grandes
pensamientos. Qu has conseguido con presentarte en la crte de
Castilla encubierto con el ttulo que debiste  tu casamiento con mi
hija?

--He conocido que Espaa es un gigante enfermo, un gigante que se har
pedazos, que no tiene fuerzas para resistir  todos los enemigos que le
acometen  un tiempo. He logrado rebelar al prncipe contra el rey.

--Lo que no pasa de ser un horrible crmen.

--Tratndose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de
destruirlos son buenos para m: adems, encubierto entre los cristianos,
he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfes estn
en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del
rey, en Espaa, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en
Amrica; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester;
los flamencos empiezan  corresponder  mis esperanzas, excitados por
mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo
poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doa Margarita de
Parma, envie  los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este
capitan brutal, acabar la obra que yo he empezado; la guerra crece en
Mjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo 
un envite: la insurreccion general contra Espaa amenaza, y los enemigos
del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del
corazon; que he enlodado  mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza
se acerca: Felipe II est herido de muerte.

--Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos,
no hubiramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano
que nos oprime; pero al menos tendramos la conciencia tranquila: no
hubiramos cometido crmenes, Yaye; no hubiramos sacrificado  las dos
prendas de nuestra alma.

--Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es
que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder ser. Vamos
 lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de
nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va  partir con
Amina. Para defenderla  ella y  esas riquezas, te acompaarn treinta
de mis mas bravos monfes con nombre y traje castellanos; el wali que
mande  esa gente y que te acompaar bajo el aspecto de mayordomo, es
el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas
muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y t. Cuando
llegues  Granada, aunque all no tenemos palacio, tengo ya preparada
una hermosa casa que pertenece  Aben-Aboo...

--Aben-Aboo... pobre jven! exclam Calpuc.

--No hablemos ni una palabra de eso, exclam con irritacion Yaye; Dios
lo quiso...  Satans. La pobre Isabel ha quedado reducida  muy poco;
jams he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la
mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy
obligado  alquilar  los nobles que van  Granada su casa junto  San
Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el
tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la
llevars  mi alczar de las Alpujarras, del que no saldr hasta que
pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo
permanecer en la crte todo el tiempo que sea posible, y no ir all
sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el
cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios har lo dems. Ahora
silencio, siento que Amina se acerca.

En efecto, poco despues se abri una puerta, y Amina entr en la cmara
de su padre.

Venia profundamente tranquila.

--Estoy dispuesta, padre mio, dijo.

--Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo
Yaye besndola en la frente: tu abuelo est dispuesto  acompaarte y
todo est preparado.

--Ah, padre mio! exclam Amina cayendo de rodillas; perdonadme y
bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos  ver!

--Quin piensa en no volvernos  ver? exclam Yaye levantando  su
hija: ni por qu he de negarte yo mi perdn ni mi amor, cuando lo que
es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procurar
hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que
nos separemos.

Amina se arroj sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con
un dolor profundo aquella escena.

--Vamos, tranquilzate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves 
decirme. Yo velar por don Juan, yo le amar como  un hijo,  pesar de
que me ha hecho mucho dao. Ahora enjuga tus lgrimas, tranquilzate y
vamos.

Amina hizo un violento esfuerzo sobre s misma, y logr aparecer mas
tranquila: entonces Yaye fu  una de las puertas de la cmara.

--Ola, Partal! dijo:

Presentse un hombre como de treinta aos, vestido de camino  la usanza
de los hidalgos castellanos.

--Baja y haz montar  la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he
encargado.

--No lo olvidar, magnifico seor.

--V, nosotros te seguimos.

Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados 
los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada  la puerta:
se habia hecho amar la jven de tal modo por todos, que su partida
causaba un sentimiento general.

Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron
hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperndola
humildemente  la puerta. Un crculo de curiosos, aunque era muy
temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa
marcha.

Repitironse los abrazos, las lgrimas de las doncellas y las
demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entr en la carroza
con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado
por los lacayos.

El duque se apart con un movimiento brusco de la puerta, y se perdi en
el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pauelos 
Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella
cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envi su ltima bendicion,
y se alej todo lloroso y en paso tardo hcia su convento de Atocha.




CAPITULO XVI.

     Continuan las contrariedades del emir.


Al entrar en su cmara parecile  Yaye que habia quedado solo en el
mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los
proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado  Amina al paso
del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la
locura de que hacia tiempo era vctima el prncipe don Carlos, y
valindose de su ambicion y de su empeo por Amina, habia logrado
lanzarle de lleno en la senda de la rebelda.

Yaye esperaba con razon, que huyendo el prncipe  Flandes, ponindose
al frente de los flamencos revelados, crendole un partido aun dentro de
la misma Espaa, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden  los
prncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado
ocupado en reprimir rebeldas, no pudiese acudir con fuerzas bastantes
al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por
los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfes,
fuertes, acostumbrados al peligro y  la fatiga, y bastante numerosos
para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez
dueos de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el
pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados  cautivos
los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era
de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y
sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se
apresurarian  enviar  las costas de las Alpujarras sus galeotas
piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las
razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soaba que, rey de Granada,
avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejrcito, sobre las
ciudades de Andaluca, que todo cedia  aquella inundacion de hombres,
que salvaba los desfiladeros que separan  Andaluca de Castilla, y que
arrojndose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y
ciudades, hasta ir  poner el estandarte del Profeta en una sola
campaa, sobre las torres de la catedral de Toledo.

Y como el que es ambicioso nunca lo es  medias; como el hombre de
accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su
fuerza de voluntad, Yaye, creyndose un hroe, como Tarie-ebn-Ziak, 
como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia,  como Almanzor, tendia su soberbia vista
 la inmensidad del porvenir, y no crea descabellado, el que, como en
tiempos antiguos, volviese  ser Espaa bajo su espada el poderoso
califato de Occidente; que tal vez llegaria  conquistar la Europa, y
llevar sus banderas vencedoras  Constantinopla, tornndose de este modo
en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre
el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterrneo un lago de
su imperio.

La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extrao que el que se
embriaga suee delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de
Yaye: un poco de fortuna para ayudar  su genio, y sus sueos podian
realizarse: el pueblo rabe se desarroll y domin en una considerable
extension del globo bajo el espritu de la conquista; el Koram la
prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para
llevar adelante el conocimiento de Dios Altsimo, y Unico sobre todas
las tierras de los infieles; el pueblo rabe fue indomable, fuerte,
mientras se le condujo al combate, y solo empez  desmembrarse, 
corromperse,  decaer, cuando, halagado por el templado clima de Espaa,
troc sus tiendas de piel de camello en suntuosos alczares; cuando, en
una palabra, se estableci: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia
enseado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia:
yo no parar, yo no reposar mientras haya tierras que conquistar bajo
el sol: si el valiente pueblo rabe ha desaparecido, queda en pi el
pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altsimo y Unico se
adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al
vencedor; pues bien, yo vencer porque quiero vencer.

Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido
 s propio: una tras otra contrariedad vinieron  demostrarle lo
colosal de la empresa que habia embestido; vi que tras largos afanes,
sus monfes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que  la
muerte de su padre; que aquella nia, de quien habia pensado hacer uno
de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por
decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizndose, como
todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empear por
medio de ella al prncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel
prncipe era loco, dbil, voluntarioso, la persona menos  propsito
para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de
importancia; comprendi, en fin, que habia cometido crmenes estriles;
se sinti humillado delante de s mismo, con la conciencia manchada, con
el porvenir incierto, y por esto cuando entr en su cmara, le pareci
que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra,
mientras Satans le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la
espantosa pgina donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de
los cuales eran horribles crmenes.

Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos,
escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre
y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que
adornaban la cmara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma:
parecale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas,
hermosas aun, pero plidas y con los ojos enrogecidos por un llanto
continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa;
cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le
mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin
embargo,  travs de sus prpados cerrados los veia: cada uno de
aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una
ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos
mancebos, habia una seal lvida, inflamada, como la que pudiera haber
dejado en ellas el crculo candente de una corona: alrededor del cuello
amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un pual
rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres,
marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, nios, ancianos, todos
agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban  Yaye, y todos
le decian:

--Tu ambicion nos ha hecho esclavos! por tu ambicion nos vemos
hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos,
lanzados del pueblo que nos vi nacer, vendidos como bestias, robados,
degradados!has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu
ambicion, solo en tu ambicion,  una empresa en que necesariamente
debiamos ser vencidos! maldito, maldito, maldito seas!

Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido ntimo, ese
sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de
nuestro espritu y que nunca nos engaa, le decia con el severo y
horrible acento de la verdad que marchaba hcia un lago de sangre; por
eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas,
cuerpo, color, vida fantstica; su conciencia le traia su pasado y le
presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de
horrores, entre los cuales debia desvanecerse la ltima esperanza de los
restos vencidos del pueblo moro espaol.

Yaye queria en vano arrojar de s el remordimiento y el presentimiento,
que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos
pensamientos, aquellas visiones  la perturbacion de su espritu,
causada por el dolor de haber visto  su hija alejarse de l, por
necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con
el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar
de s aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se
condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un
momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas
acusadoras, sali una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lvida,
anhelante: aquella mujer,  pesar de su horrible estado y de su palidez
cadavrica, era muy hermosa; aquella mujer,  por mejor decir, su
recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto  Yaye, porque aquella mujer
era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.

--Y qu has hecho, qu has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma
acusador? Tu desamor me sec las fuentes de la vida, y tu ambicion ha
muerto  mi hija, matndola el alma! Yaye-ebn-Al-Hhamar! qu has hecho
de mi Esperanza?

--Afuera, afuera, horribles visiones! exclam Yaye clavndose las uas
en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno,
afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido
mezclada con lgrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente,
despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de
dolor, y siento correr como un rio, las lgrimas de millares de esclavos
que todo lo esperan de m. Qu importa que vosotros hayais caido? que
t, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? qu
importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo
marcho hcia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el
huracan no me detengo ante nada. Mi ambicion! me acusais de ambicioso!
y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra
gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!

Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma,
porque logr dominar el vrtigo, sus ojos perdieron su sangriento color
y su expresion de tigre, dominse, hizo callar la voz de su conciencia y
los latidos de su corazon, y su semblante volvi  mostrarse impasible y
frio como el de una esttua.

Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las seales
amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.

Sentse en un sillon, respir profundamente, como quien descansa de una
larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvi  su
eterno objeto;  su lucha contra el rey de Espaa, y contra sus reinos:
lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia
algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo
de batalla.

Pero parecia que la fatalidad perseguia  Yaye: la fatalidad preada de
sangre y crmenes que le perseguia, y que se le present de repente
cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente
wali, su leal secretario; el que durante veinte aos le habia servido
con una fidelidad  toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el
que adivinaba todos sus dolores.

Abri silenciosamente la puerta de la cmara, y adelant hcia el emir,
sacndole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez
castellano.

Mirle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum,
comprendi que le traia un asunto importante.

--Qu me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.

--Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el seor, y decirle
aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levntate y
despierta, toma tus armas y preprate al combate.

Yaye se levant como si le hubiera despedido del sillon un resorte.

--Al combate! aqu  all? en la crte del rey de las Espaas  entre
las breas de las Alpujarras?

--No, no, poderoso seor; no son las armas que brillan entre la
polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en
silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas 
luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejrcito valiente, sino
contra una cortesana y un bandido.

--Angiolina! Laurenti! exclam el emir. Y de qu modo? cmo me
provocan esos dos miserables?..

--Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido  Farrix,  Abdelhamar, y
 otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y
trage de soldados de la compaia de ginetes de don Luis Moncada, se
present  ellos en su casa de la Cava Baja, y pidi  Farrix que, con
algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompaasen
para una aventura. El oro dado por ese hombre est aqu:

Y Harum arroj sobre la mesa del emir algunos doblones de  ocho.

--Y bien! tenemos algo que ver en esa aventura?

--Oh! exclam Harum con acento de amenaza.

--Acaba de una vez Harum, exclam impaciente el emir.

--El desconocido, continu Harum, llev  Farrix y  otros tres  una
casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.

--Y qu casa era aquella?

--Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por l, que la
casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.

--Ah! exclam profundamente el emir Y qu iban  hacer all?

--De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella  la calleja 
donde da el postigo de tu palacio, poderoso seor. De uno de los
extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la
silla de manos y le condujeron  casa de la princesa, en la que entraron
por el mismo postigo.

--Y qu tenemos que ver nosotros con eso?

--Es que hay mas, magnfico seor: mientras el desconocido con dos de
los nuestros conducian al herido  casa de la princesa, otros dos,
Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu
palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto
sucediese. Poco despues volvi el desconocido con los otros dos monfes,
y se ocult bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia
luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era,  no dudarlo, del
aposento de la sultana Amina.

--Nada tiene de extrao que la sultana velase, preparando su partida.

--Es que hay mas que eso: antes del amanecer sali un hombre por el
postigo, y despues se abri uno de los balcones de los aposentos de la
sultana, y por l se descolg otro hombre  la calle.

Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.

--Farrix y sus compaeros mienten, exclam.

--Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya
mirada no se alter, deben morir.

--Que mueran! lo entiendes? que mueran y que mueran al momento,
exclam con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la
impostura de esos miserables.

--Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer
vestida de blanco habl algunas palabras amorosas con el que habia
descendido, y le arroj un papel.

--Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, por qu no aseguraron 
aquel hombre? por qu no se apoderaron de aquel papel?

--Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia
conducido hasta all, pero aade tambien, que aquel hombre era tan
valiente y tan diestro que se les escap.

--Y no aconteci mas?

--No seor. Los cuatro monfes se despidieron del hombre que los habia
buscado, y que les encarg el secreto, y Farrix vino  avisarme.

--Parceme que t has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando
en su confidente una mirada intensa.

--Hace tanto tiempo seor que te persigue la desgracia....

--Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino
la causa; pero deben haber comprado  esos miserables para que me hieran
en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa.....
pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.

--No hablarn, seor.

--Pero es necesario evitar escndalos. Envalos  las Alpujarras, y
avisa para que cuando lleguen...

--Muy bien, seor.

Qued profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.

--Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una
especie de bandido romano.

--Si seor.

--Cuando te envi  Roma hace dos meses para que averiguases quin era
esa princesa, me trajiste una relacion escrita.

--Esa relacion debe estar en tu poder, seor.

--Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento  ese hombre que
sirve  la princesa. Cmo se llama?

--Andrea Bempo.

--Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.

--Muy bien, seor.

--Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfes a las Alpujarras y
un correo  caballo que les preceda.

Harum se inclin y sali.

El emir permaneci algn tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso
esfuerzo para salir de su atona, se levant en fin de la mesa, y
escribi lo siguiente con mano firme:

Seor marqus de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais  verme:
espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negndoos, del
afecto que creo inspiraros.--El duque de la Jarilla.

Yaye cerr esta carta y la entreg  un lacayo para que la llevase  su
destino.

Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia
enviado, dentro de otra de don Csar de Arvalo que contenia estas solas
palabras:

Seor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde
ayer, y como vuestra carta para l puede ser importante, os la devuelvo
temiendo que se extrave. Vuestro mas afecto criado.--Don Csar de
Arvalo.

El duque arrug en un momento de clera aquella carta.

Luego envi cuatro  seis de sus lacayos  que buscasen por todo Madrid
al marquesito.

A las diez del dia el duque oy pronunciar con asombro  la puerta de su
cmara  uno de sus sirvientes el nombre del seor prncipe Lorenzini
Maffei que venia  visitarle.

Yaye mand que le introdujesen en su salon de recibo.




CAPITULO XVII.

Quien era el prncipe Lorenzini Maffei.


Antes de entrar en la cmara donde le esperaba su visitante, Yaye le
observ detenidamente tras las vidrieras de una puerta.

Vi un hombre como de cincuenta aos, un tanto encorvado, mas bien como
por el exceso de una vida estragada, que por los aos, que no eran
excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado segn la
moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al
cuello, y al costado una ligera espada de crte.

Este hombre se paseaba meditabundo  lo largo de la camara, con las
manos juntas  su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de
terciopelo.

Durante algunos minutos Yaye le contempl con una mirada intensa,
lcida, dibujse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego
componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable,
abri la vidriera y entr en la cmara.

Volvise al saludo el prncipe, salud profundamente  Yaye, y le dijo
con un perfecto acento italiano, aunque en buen espaol:

--Os suplico, seor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de
venir  vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros:
apenas si nos conocemos de nombre.

Yaye seal un sillon al prncipe, que se sent, acerc otro en el que
se sent  su vez, y prest al prncipe una de esas atenciones que
interrogan.

El prncipe no se alter en lo mas mnimo por el silencio del duque, que
era hasta cierto punto grosero, y aadi:

--Esta maana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa,
es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como
en mi casa no se conoce  tal sugeto; como su nombre es italiano y poco
ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en
mi casa ciertas singularidades....

--Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, seor prncipe?
dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.

--Oh! si! llegu  Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta
incomodar  nadie ni aun en mi misma casa, me qued en una de las
posadas; pero apenas amaneci, me traslad  mi casa... solo... me
gustan las sorpresas... porque amo entraablemente  mi esposa... que
como sabreis sin duda....

--Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven
en la crte de Espaa.

--Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame  mi esposa.

--Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo
tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... oh! perdonad, pero
vuestra esposa, prncipe, es muy peligrosa.

--Ah! si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa
tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me
llena de orgullo, os lo aseguro; pero qu deciamos?

--Deciais que os agrada sorprender  la vuelta de vuestros viajes 
vuestra esposa.

--Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme,  hurto, como si se
tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi
costumbre, tom el camino de mi casa, entr en ella furtivamente;
adelant por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas
qu creeis que encontr?

--Una singularidad de esas  que se exponen los maridos que gustan de
sorprender  sus mujeres.

--En efecto, encontr una singularidad de bulto: un hombre herido en un
lecho, segn supe despues, y  mi esposa, bellamente ataviada, sentada
junto  la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.

--Ah, ah!

--Y qu creereis que hice yo?

--Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.

--De ningun modo, despert  mi esposa.

--Y vuestra esposa...

--Se arroj en mis brazos como de costumbre, delirante de alegra y me
colm de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado
caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no
comprend, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural.
Mi esposa habia encontrado  aquel hombre, al clebre comediante Andrs
Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle  que da
vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha
buscado en mi casa  ese Andrea Bempo,  quien no conozco; como el seor
Andrs Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos
sucesos podian tener relacion entre s, me presento  vos, para serviros
 fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.

Yaye cruz una pierna sobre la otra, se ech atrs sobre el respaldo del
sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al
prncipe con una sonrisa fria:

--Vuestra esposa os engaa.

Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al prncipe.

--Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.

--Os ha engaado al casarse con vos.

--Bah! os afirmo que el engaado sois vos.

--Os entreg una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es
verdad, pero al fin deshonrada.

--Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina  la que yo
saqu de un convento para hacerla mi esposa.

--Pues ved ah; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes,  por mejor
decir, con su nico amante, de que si bien sois su esposo, no habeis
sido nunca su marido.

--Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del
deseo que no se satisface, al hasto del deseo satisfecho... y luego...
ser esposo de una mujer jven, de brillante hermosura y vrgen...

--Vrgen! exclam profundamente Yaye.

--Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos
extraordinarios.

--Demasiado extraordinarios, prncipe.

--Es que vos no sabeis mi historia.

--Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.

--La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis aos
en un convento. Despues diez aos de matrimonio puro, sencillo, casto,
de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habr dos en
el mundo.

--Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.

--Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, h
aqu todo.

--Con que segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?

--S la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.

--Pues os voy  contar esa historia, verdadera  falsa, y despues os
contar... la vuestra dia por dia, hora por hora.

--Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradecer el cuento...
pero os pedir tambien que me reveleis el nombre de quien la ha
inventado.

--Os lo dir antes, porque no me gustan las historias en cuya primera
hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se
juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la
historia sea mala. El autor de las dos que voy  referiros, es el mejor
autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.

--Ah, Dios!

--Dios,  lo que es lo mismo, la fatalidad.

--Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.

--Permitidme: todas las historias tienen un prlogo.

--Ah! y esta...

--Lo tiene tambien. Este prlogo se refiere  la causa de que hayan
venido  mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado:
es el amor, el deseo, el empeo que me inspira vuestra esposa,  por
mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su
procedencia.

--Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.

--Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene
la dicha de conoceros.

El prncipe se inclin.

--Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada  viuda, envi hace
dos meses  Roma un sugeto muy  propsito para desenterrar historias, y
provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos
historias que vienen  ser una misma. He concluido mi prlogo y
empiezo...

--Os escucho.

--Ah! dijo el duque, me olvidaba del ttulo: llmase, pues, la que voy
 referiros, Historia de una venganza infame.

Despues de estas palabras Yaye cerr los ojos como para concentrar y
ordenar sus recuerdos, y el prncipe se coloc en la actitud de la mas
perfecta atencion.

Yaye empez, al fin, de esta manera:

--Nuestra historia principia en la cabeza del orbe catlico, en Roma, en
el verano de 1537, es decir, hace diez aos.

Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.

La una era un famoso bandido de la campia  quien nadie conocia mas que
por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.

La otra era una dama veneciana de diez y seis aos  quien conocia todo
el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeaba en la
crte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.

Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.

Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este ttulo,
se habia visto obligado  huir de la justicia de la repblica de
Venecia,  causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de
nobles contra el Estado.

Paolo Visconti habia logrado ponerse  salvo con una hija nica, con
Angiolina, de los esbirros de la serensima repblica, pero no logr
poner del mismo modo  salvo sus bienes que fueron confiscados.

Aport  Roma, pobre pero provisto del inters que inspira todo hombre
que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que
vuelve las espaldas  sus hogares para no volver mas  ellos.

Aumentaba este inters la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre
desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de
su padre.

Acogisele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y
con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido
por una repblica con la cual no se encontraba en la mejor armona la
silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en
Roma, sino de una manera opulenta, conveniente  su clase, le concedi
el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.

Nombrle, pues, coronel de su guardia suiza.

Entre otras ventajas, que  mas de su pinge sueldo y de su
representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeas, el
vivir en un pequeo y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso
de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.

Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener  su hija en la posicion de una
ilustre dama.

Visconti, que se habia casado muy jven y muy jven habia enviudado, era
por los aos de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro aos,
galante como veneciano, altivo por su alcurnia y esplndido, cuanto se
lo permita su sueldo.

Los dados y los naipes habian sido con l sumamente propicios, y habia
ganado enormes sumas, indemnizndose casi por este medio, de lo que le
habia quitado su amor por las libertades patrias.

Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que
el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia
marido, padre  hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas 
hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logr salir sano y salvo de una y
otra aventura arriesgada,  lo que contribuy no poco su fama de
valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impuls
 nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que,
cansada la suerte de protegerle, le meti en una que debia decidir, no
solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.

Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en
una linda casita de un solo piso, vivia una jven llamada Fioreta, al
solo cuidado de una anciana. Servalas una vieja criada, y nunca se
habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompaarlas jams
nadie en sus breves salidas desde su casa  una iglesia prxima. Sin
embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana,
era tan hermosa, tan cndida y tan jven, que muchos nobles solicitaron
sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera
vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los
negros ojos de Fioreta.

Pero esta se mostraba inaccesible  los seguimientos,  las rondaduras y
las msicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una
fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso
el nombre de la _mujer fuerte_.

Lleg esto  oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor,
por decirlo asi, de Roma, y dese conocer  la tan ponderada y rigorosa
hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difcil. Psose al paso de
Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos;
la vi, se enamor perdidamente, la sigui  la iglesia; se puso
continuamente  su paso, y no tard en conocer, que la para todos
desdeosa hermosura, era para l camino llano y abierto. Fioreta se
habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan
sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.

Por mas que quiera guardarse  una mujer, no se guarda si ella no quiere
guardarse: la iglesia  que la jven concurria era oscura: cambironse
billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como
jams lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio
que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la
jven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos,
y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y
poderosa la protega, atendia  su subsistencia de una manera
explndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jven
honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las
preciosidades que encerraba dentro de s la pequea casa en que vivia;
sus trajes eran riqusimos y nobles, y en las grandes solemnidades
pblicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnfica
carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que
aparecia por s misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin
que Fioreta ni su aya supiesen  donde iba. En cuanto al cochero y los
lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por
ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal,
cuidaba de la suerte de Fioreta.

Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jven, y
el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el
desenlace problemtico que podia tener aquel misterio, irritaron su
curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era
Fioreta, no podia suponerse todo? Y quin sino un altsimo personaje
podia sostener tan ruinosos gastos?

Visconti, pues, se empe y quiso  todo trance, llegar  la resolucion
de aquel problema. Compeli en una y otra enamorada carta  Fioreta, 
que le concediese una cita, y esta al fin, se vi obligada  escribirle
la lacnica carta siguiente:

Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Bsteos saber, que
yo os amo hasta el punto de no pertenecer  otro hombre, sino puedo
algun dia ser vuestra. Yo no faltar jams  mi decoro, y me est
prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi
mano.--Fioreta.

Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeo de Visconti, que
jur perecer  obtener aquella dificilsima y misteriosa hermosura.

Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, not Visconti,
que cuando seguia  la jven  la iglesia, un hombre siempre embozado, 
pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia  alguna
distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia
hasta que las mujeres habian regresado  su casa.

Empezaba Visconti  impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz,
cuando un dia encontr sobre la mesa de su aposento y sin que nadie
supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos trminos.

S que segus obstinadamente  Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la
amais, ser vuestra, pero para ello ser necesario que deis  su hermano
una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo
las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo,  la va Apia.
All encontrareis al hermano de Fioreta.

Inutil es decir, que Visconti no falt  la cita.

Apenas habia entrado en la va Apia, cuando se le present el misterioso
embozado que se habia constituido en su espa.

El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los
sepulcros romanos. El embozado hizo una sea  Visconti de que le
siguiese, y este le sigui hasta un bosque cercano en el que se
internaron. All, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y,
sin descubrirse, dijo  Visconti con la voz dura  imperiosa del que
est acostumbrado  mandar despticamente y ser servilmente obedecido:

--Veamos si valeis lo bastante para que yo os d mi hermana.

--Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del
papa.

--S quien sois y me convens, como hombre valiente y arrojado: porque
me convens, os dar mi hermana, si la mereceis, y lo que vale
infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.

--Indicadme vuestras condiciones.

--Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me
llamo Giussepo Laurenti.

Visconti di un paso atrs asombrado: el misterio de la procedencia de
Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia  la
jven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el
terrible bandido; el hombre  quien la justicia del papa no habia podido
castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la
campia de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que
se invertian para poner  Fioreta  mas altura que la mas rica  ilustre
dama romana.

Hubo un momento de silencio.

--Parceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente
Laurenti.

--No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de
Fioreta, pero, quin es vuestro padre?

--Ved que cuanto mas os revele, mas grave ser el peso del secreto que
habeis de guardar, so pena de vuestra vida.

--No importa. Hablad.

--Mi padre se llamaba Andrea Alberti.

Di otro paso atrs Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de
otro terrible gefe de bandidos.

--No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi
familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campia de
Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas
natural.

--Pero la madre de Fioreta!...

--Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era
una dama romana.

--Su nombre.

--Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me
dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa  ilustre
dama. Yo la jur guardar como un depsito sagrado su honor, y muero con
su secreto. Pero  mas de guardar su honor, la jur proteger  nuestra
hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro  el
matrimonio, pero si eligiese este ltimo estado, no ser su esposo sino
quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los
peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, amais bastante  Fioreta
para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda
de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de
bandido?

--Es esa vuestra resolucion irrevocable?

--Es la voluntad de mi padre,  la que no faltar en una sola palabra.

--Pues os juro que Fioreta ser mia  pesar vuestro.

--Peor para los dos si eso sucede, dijo lacnicamente Laurenti.

--Adios, pues, rey de la campia de Roma.

--Adios, seor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una
palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis
por la salud en la crte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en
donde bebeis, bebo; lo que hableis resonar en mis oidos, porque soy uno
de _vuestros mayores amigos_. He observado, que hasta ahora no habeis
hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones
hcia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid
siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.

--Esperad.

--Qu quereis?

--Me habeis dicho que os conozco.

--Es cierto.

--Que sois uno de mis mayores amigos?

--Por tal me teneis.

--Que concurris  donde concurro?

--Es verdad.

--Sin embargo, yo no conozco vuestra voz.

--Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro.

--Aclaradme.....

--Ni una palabra mas; adios.

--Esperad.

--Adios.

--Por san Paolo mi patron, que yo os har esperar y daros  conocer!
dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rpidamente  Laurenti.

Este se hizo atrs de un salto, y lanz un fuerte silbido.

Instantneamente, aparecieron saliendo de detrs de cada rbol una
multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.

Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.

--Guiad  ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti  sus
bandidos, perdindose en la espesura. Hasta maana, caballero Visconti.

Vise este obligado  ceder, y rodeado de los bandidos, lleg hasta la
salida del bosque, y desde all gan la va Apia y entr en Roma.

En vano durante muchos dias busc Visconti entre sus numerosos amigos,
uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido
romano. Crey al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y
dej de desconfiar de los que le rodeaban.

En cuanto  Fioreta, su amor,  por mejor decir, su empeo, se aument
en proporcion  las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero
en ninguna de las suyas habia indicado Visconti  Fioreta lo que sabia
acerca de su orgen.

Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan
infinitamente mas  la mujer. El amor de Fioreta se exalt, y concedi 
Visconti lo que siempre se habia negado  concederle: esto es, hablar
con l en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa.
Visconti, despues de su primera entrevista de este gnero con Fioreta,
esper que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la clera
del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo gnero,
y ni recibi una sola carta, ni el mas leve aviso.

Visconti empez  burlarse para sus adentros del Rey de la campia, y le
despreci del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedi lo
ltimo que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una
escala llevaba  los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el
terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.

Sin embargo, un dia, encontr Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la
hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:

Todo lo s. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz  mi
hermana, pero, ay de vos si por un accidente natural,  por una
villana vuestra, se hace pblica su deshonra! ay de vos, y ay de ella!
Laurenti.

Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta
amenaza lo irrit: acontecia ademas, que, como su amor hcia Fioreta no
habia sido mas que deseo y empeo, satisfecho el deseo, hastiado de la
pobre jven, necesit satisfacer su vanidad de libertino, publicando su
victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los
hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollndose en l, y
al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo
enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:

--Qu apuesta quereis hacer conmigo, seores, acerca de esa mujer?

--Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jven caballero muy
amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.

--No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi
querida.

--Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.

--Vuestra querida! exclam soltando la carcajada Marco Antonelli.

--Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado
por la hilaridad de Antonelli.

--Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de
vuestro dicho me reir.

--Es que pudiera suceder......

--No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mnimo Antonelli;
si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un
rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de
vuestra mentira que nos riamos de vos.

--Y si presento la prueba.

--Me comprometo  perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli.

--Y yo otros tantos.

--Y yo.

--Y yo.

--Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes.

Visconti, sali y volvi poco tiempo despues con las cartas de Fioreta
que arroj sobre la mesa, entre los dados y las botellas.

Examinronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba 
Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su
querida.

--Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado
un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros:
y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas
cartas sean falsas; pero de ser amado  poseer  la mujer que nos ama,
hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pi
hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta.

--Una palabra seores. Ahora est la luna en creciente y las noches son
muy claras: sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta?

--Todos lo sabemos.

--Sabeis  donde caen las ventanas de sus habitaciones.

--Todos la hemos visto alguna vez en ellas.

--Pues bien: si esta noche  las doce, al hacer yo una seal veis que se
abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis  ella misma
salir  aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis
trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y
cerrarse silenciosamente la ventana creereis.....?

--Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti;
pero habreis ganado la apuesta.

--Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.

En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti
ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta.
Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida
de Paolo Visconti.

Sin embargo el terrible bandido de la campia permaneci mudo: pasaron
dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que hel la
insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.

El suceso  que me refiero pas de la manera siguiente:

Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado  su
padre el deseo de dar un paseo por la campia; Visconti hizo preparar
una carroza, se disculpo con su hija por no acompaarla, y Angiolina
sali de Roma, acompandola solo en el exterior el cochero y dos
lacayos.

Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya
ese amor vrgen que es el sueo de la adolescencia de las mujeres,
Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de
Italia, perdindose tras los horizontes azules, y la rida campia por
medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.

Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdindose en ese potico
tinte del crepsculo vespertino tan bello y tan difano en la primavera
de los paises meridionales, y una dulce melancola inundaba el alma de
la jven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados
asom  la portezuela.

--Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echar la noche
encima antes de que lleguemos  la ciudad, y no es prudente......

--Seguid, seguid, dijo la jven, que de lo que menos se acordaba
entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.

La carroza sigui adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol,
empez la noche  invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces
sinti un vago temor y mand al cochero que se volviera.

Volvironse en efecto. Roma se veia  lo lejos perdida tras la vaporosa
neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar  la ciudad.

El cochero azot  los caballos que partieron al galope:  pesar de esto
era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar  los arrabales.

De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera
preguntar la razon, se abri la portezuela y entro un hombre, vestido
enteramente como los aldeanos de la campia, y cubierto el rostro con un
cumplido antifaz: aquel hombre llevaba  la cintura un pual y un par de
pistolas.

Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:

--Al bosque!

Y se desmay.

Cuando volvi en s se encontr en un lecho en un aposento densamente
oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre
prevalindose de su desmayo la habia deshonrado.

Angiolina not con terror, con el terror del pudor, que estaba medio
desnuda.

Grit, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero
aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible:

--Vuestro padre ha deshonrado  mi hermana, y yo empiezo  vengarme
deshonrndole en su hija.

Roma entera supo, por los criados  quien Laurenti habia dejado en
libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del seor coronel de los
suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campia.

Visconti sinti en medio del corazon la venganza de Laurenti; sali  la
campia, le llam  voces en el mismo lugar donde habia hablado con l
algunos meses antes; pero nadie respondi  las voces del desolado
padre, que al fin era padre Visconti. Pidi licencia al papa para
revolver con sus suizos la campia y no logr ver un solo bandido. A los
quince dias, perdida casi la esperanza, se fu  buscar su ltimo
consuelo junto  Fioreta y la dijo.

--Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues
bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus
proposiciones Laurenti, ser bandido, verdugo, si quieres, pero vulveme
mi Angiolina.

--Vulveme t la honra de mi hermana, dijo una robusta voz  tiempo que
se abri una puerta y apareci un hombre.

Fioreta di un grito agudsimo y se desmay.

Visconti di un paso atrs helado de espanto.

El hombre que tenia delante pidindole la honra de su hermana era uno de
sus mayores amigos.

--Marco Antonelli! exclam.

--No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozndote el
corazon, deshonrando  tu hija, como tu se lo has destrozado,
desonrrando  su hermana: ahora defindete, infame, defindete por que
entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y
sangre entre los dos.

Al dia siguiente se encontr junto al Coliseo el cadaver de Paolo
Visconti atravesado  estocadas, y sobre l un cartel en que se leia en
letras enormes:

Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadver.

La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.

Y sabeis vos prncipe, dijo Yaye, mirando profundamente  Lorenzini
Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?

--Qu! no lo sabeis? dijo con la mas ingnua curiosidad el prncipe;
pues ved ah que falta  vuestra historia una noticia esencialsima.

--Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti  nadie se lo
dijo.

--Y como, como, dijo el prncipe con una curiosidad creciente; como fue
 parar Angiolina al convento donde yo la conoc en Npoles?

--Se ignora tambien, porque  nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero
lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los
bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su
cuadrilla de malhechores y el....

--Y el?...

--Hay quien cree que acaso qued entre los cadveres de los bandidos
que murieron defendindose, porque no se le oy nombrar mas en las
inmediaciones de Roma.

--Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto  la historia del
bandido. Debia ser curiosa.

--Pues voy  controsla en dos palabras: el bandido est ciegamente
enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue  Angiolina
por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es
otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar
de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se
llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero espaol,
como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco
Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo
despreciado por Angiolina, que se llama el prncipe Lonrenzini Maffei.

Mudronse instantneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud
y la expresion del prncipe; irguise, centellearon sus ojos, temblaron
de clera sus lbios y se puso de pi buscando un objeto entre su
justillo de terciopelo.

El duque no se movi de su sillon.

El prncipe,  Laurenti,  Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea
que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado
valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera,
retir la mano de su jubon entreabierto, y se sent de nuevo.

--Con que lo sabes todo? exclam con acento convulso por la clera: con
que sabes, que esa mujer  quien eleg en mal hora para instrumento de
mi venganza, me esclaviza, se burla de m, me trata como un perro cuando
me cree Bempo, y me deshonra creyndome el prncipe Lorenzini Maffei!
Oh! no importa: yo s tambien que t, bandido como yo, emir de los
Monfes de las Alpujarras ests herido en el corazon, deshonrado en tu
hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por
un mismo hombre, por el marqus de la Guardia. Oh! secreto por secreto
monf; y puesto que necesitamos vengarnos....

--Y que culpa tiene el marqus de la Guardia, dijo imperturbable el
duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?

--El marqus no la ama, exclam con sarcasmo Laurenti; el marqus la ha
tomado por instrumento para dar zelos  tu hija.... y lo ha
conseguido....

--Escucha Laurenti, dijo Yaye levantndose y asiendo  Bempo de un brazo
con la fuerza de un gigante. Ests en mi poder.

--En tu poder yo? exclam el bandido pretendiendo en vano desasirse.

--A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes all te
encontrar mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba.
En cualquier terreno que elijas te har pedazos si te niegas  servirme.

--Yo no he servido  nadie mas que  esa mujer...

--A quien no debiste deshonrar,  quien no has debido servir.

--T has prostituido tu hija al prncipe don Crlos: t te has visto
obligado  apartarla de la crte, para que la crte no sepa tu deshonra.

--Laurenti! exclam el duque echando  su vez mano  su daga.

--Laurenti es siempre el indomable rey de la campia de Roma! contest
sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como
antes el emir de los monfes ha despreciado el furor de Laurenti.

Yaye dej la daga, solt  Laurenti y se sent de nuevo en el sillon.

--Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclam despues de
unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.

--En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la
hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que
saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que
vendi en Roma  Laurenti, hubo tambien en Granada un monf que vendi
al emir de las Alpujarras... Habian pagado  peso de oro,  por mejor
decir el alcalde de casa y crte que habia tomado la declaracion del
monf traidor, prefiri vender aquella declaracion enriquecindose, 
servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el
juez se qued con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba
algun dinero, y se la vendi  Laurenti el bandido, que sabe andar sin
perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de
un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso est  estas horas en
poder del rey.

Yaye se puso letalmente plido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en
sus rbitas y desnud su daga: pero en aquel momento un resplandor
vivsimo le ceg y luego... luego no sinti nada...

Cuando volvi en s, se encontr en un lecho: sinti una pesadez
inexplicable en la cabeza, se llev las manos  ella y encontr un
vendaje: revolvi los ojos en torno suyo y se encontr en un calabozo;
movise y sinti que sus pis estaban sujetos por un par de grillos. Vi
junto  s un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sinti
dbil, y las palabras se ahogaron en su garganta.

Aquel hombre pareci comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este
le hubiese hecho una pregunta:

--Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por
el prncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el
prncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje,
sacrlego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado
en auto pblico del Santo Oficio de la general Inquisicion.

Yaye  falta de voz, di  aquel hombre con una expresiva mirada las
gracias por su noticia, y luego, encerrndose en su pensamiento, exclam
en el fondo de su alma:

--Satans se ha conjurado contra m!




CAPITULO XVIII.

     Complicaciones.


Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba
Madrid profundamente conmovido en sus dos crculos cortesanos, el alto y
el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca
en boca, agravndose mas,  medida que se sucedian.

Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la crte sin
despedirse de nadie, y sin que nadie supiese  donde habia ido.

En segundo lugar el hidalgo don Csar de Arvalo, tutor del marquesito
de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos,
mancebas y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia
perdido. Ayudbale en su rdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y
confidente del marqus, mozo despierto y de puos,  quien no hemos
tenido ocasion de citar hasta ahora, y sealado con un profundo chirlo
en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto  ciertas
princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse
sobre el rastro del marquesito.

Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos  relatar, fueron
los que mas impresion causaron en la crte, el mismo dia de la salida de
Amina de Madrid,  la hora de la audiencia, apareci fijado en la
mampara de la antecmara pblica de palacio, un papel en forma de carta,
escrito, al parecer, por una mujer, con seales de haber estado
arrugado, y vestigios de lgrimas en que se leian estas palabras:

_Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide  una mujer
revelarlas ni aun  su mismo esposo, pero es preciso que sepas que
alienta en mis entraas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza._

Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al
parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:

La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y
el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.

El escndalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable:
antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al
gentil hombre de cmara de servicio, ya se habian sacado cien copias por
los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid,
llevando consigo el escndalo.

Pero no era esto solo.

Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba  la sazon
con el cardenal Espinosa.

Felipe II ley letra por letra los dos escritos, medit algun tanto
sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal
secretario:

--Que se averigue  todo trance quin ha puesto estos carteles en
palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente
sin distincion de clase ni persona.

El cardenal di las rdenes oportunas, y  poco volvi trayendo un
pliego en las manos.

--Qu es eso? pregunt el rey.

--Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del
alczar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre  vuestra
magestad.

Tom el rey el pliego.

Sobre su nema se leia en letra exactamente igual  la que habia
esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqus:

Al catlico y justiciero rey de las Espaas.

El pliego era voluminoso.

Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la
historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior
marqus de la Guardia, la declaracion del monf traidor, y ademas la
para el rey terrible revelacion de que su hijo el prncipe don Crlos le
hacia traicion conspirando contra su persona.

Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de
quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que
si vuestra magestad tiene en su crte un ejrcito, en la crte, tiene
tambien ese hombre un ejrcito de monfes disfrazados.

Solo por el cuidado con que don Felipe ley aquel proceso, que tal lo
parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba
de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido
impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobl de nuevo aquellos
papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:

--Que me llamen con urgencia al marqus de los Velez.

Despues se puso  hojear algunos memoriales, y cuando volvi el cardenal
le dijo:

--Sigamos en el despacho de Indias.

Rey y secretario siguieron en el despacho.

Como  las once del dia un gentil hombre anunci  don Luis Fajardo,
marqus de los Velez, que fue introducido.

El rey despidi al cardenal y se qued solo con el marqus,  quien ni
mir ni dijo una sola palabra.

El rey escribia.

--Tomad y cumplid inmediatamente esta rden, adelantado, dijo el rey
entregando al marqus de los Velez el papel en que habia escrito.

Don Luis hinc una rodilla para tomar el papel, alzse despues, salud
profundamente al rey y sali.

Al llegar  la antecmara, el marqus de los Velez se detuvo, y
ocultando la rden en el hueco de su gorra, la ley; decia asi:

El rey.--A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqus de los
Velez, adelantado en el reino de Murcia.--Haceos acompaar de nuestra
rden de un alcalde de casa y crte y de un secretario. Tomad, asimismo
de nuestra rden, treinta alabarderos y un alfrez de nuestra guardia
suiza; id con esta gente  la casa de don Juan de Andrade, duque viudo
de la Jarilla, grande de Espaa, y prendedle muerto  vivo. Mandad al
alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del
duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los
armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que
se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha
casa. Preso que sea el duque, le conducireis  la crcel del Santo
Oficio, que tiene en nuestra crte la Inquisicion del arzobispado de
Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra rden
comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como
vasallo.--De nuestro alczar de Madrid  los cinco dias del mes de julio
de 1567.--Yo el rey.

El marqus de los Velez palideci primero, arque las cejas, y despues
se encogi de hombros, y sobre la marcha empez  cumplimentar la rden
del rey.

A las doce en punto, llegaba acompaado de un alcalde de casa y crte,
de un secretario, de algunos alguaciles y de un alfrez y cincuenta
alabarderos suizos  la casa de Yaye. Cercla  la redonda, tom las
salidas y se hizo anunciar  Yaye de rden del rey.

Pero encontr la casa en la mayor consternacion: los criados iban de ac
para all, y no sabian que hacerse; al fin vino  sacarse en claro, que
aquella maana habia entrado  visitar al duque un caballero que decia
llamarse el prncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que
el duque y el prncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la
cmara del duque; que el prncipe habia desaparecido en el primer
momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cmara,
sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.

El marqus se hizo conducir hasta Yaye de rden del rey; en vista del
deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que
tal como se encontraba el herido era expuestsimo para su vida, el que
se le trasladase  ninguna parte. El marqus de los Velez fue con estas
noticias al rey, pero el rey mand que se curase en su casa al duque, y
que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor
manera posible  la crcel del Santo Oficio. Asimismo mand que se
prendiese al prncipe Lorenzini Maffei.

Hzose  Yaye la primera cura, sin que volviese en s, despues de lo
cual fue puesto en una silla de manos y llevado  la prision.

En seguida el marqus de los Velez, se present en la casa del prncipe
Lorenzini; salile al encuentro Angiolina que se mostr profundamente
admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese 
visitarla al frente de la justicia, y acompaado de un tan respetable
resguardo de alabarderos reales.

--El rey lo manda, hermosa seora, dijo con galantera el marqus, y me
veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender  vuestro
esposo.

--Pues os desafo  que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque
trajerais con vos, seor don Luis, todos los ejrcitos de su magestad,
seria imposible prenderle.

--Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el
marqus.

--Yo soy muy dbil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la
imposibilidad de que prendais  mi esposo consiste..... en que no est
en Espaa.

--Oh! no est en Espaa el seor prncipe?

--No, no por cierto; est en Venecia, donde procura porque la repblica
me devuelva los bienes que en otro tiempo confisc  mi padre.

--Ah! con que el seor prncipe est en Venecia?

--Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de
recibir de l.

--Ah! basta vuestro dicho, seora, dijo el marqus rechazando
noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa.
Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.

[imagen: Bempo.]

--Se le conoce muy poco  nada, seor marqus; mi esposo es un hombre
extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis aos que nos casamos y
despues de la ceremonia solo permaneci un dia  mi lado; despues me
envi  Espaa; sucesivamente ha venido  visitarme dos veces al ao, y
eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma
frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe
tanto, que me llaman de pblica voz la casada doncella..... y qu ha
hecho,  qu dicen ha hecho el prncipe para que el rey quiera
prenderle?

--Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.

--De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclam palideciendo
profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y
galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo
probar que mi esposo est ahora mismo en Venecia,  no ser que haya
venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado;
alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese
asesinato.

--Es el prncipe un caballero como de cincuenta aos?

--S.

--Un tanto encorbado?

--S.

--Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?

--Exactamente, exclam con asombro Angiolina.

--Usa anteojos verdes?

--S, si seor, porque tiene dbil la vista.

--Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?

--No hay duda, esas son las seales de mi esposo.

--Seales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y
crte que me acompaaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa,
mirad.

El marqus sac de su limosnera un papel doblado que despleg y entreg
 Angiolina.

--Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus seas; pero os juro,
don Luis, por mi honor, que no he visto al prncipe, que no le esperaba,
y por lo tanto que no est en mi casa.

--Os creo seora, os creo, dijo el marqus guardando de nuevo el papel
que le devolvi Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me
veo en el doloroso compromiso...

[imagen: Felipe II.]

--De prenderme...! exclam trmula y conmovida la princesa.

--Oh! quien piensa en eso? dijo el marqus: quien podr haceros cargo
de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de
compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para
asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se
encuentra en ella el prncipe.

--Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero
antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.

--Advertidme cuanto gusteis.

--En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.

--Un hombre herido...!

--Si por cierto: el comediante Andrs Cisneros,  quien encontr muy
tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya
he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y
sino ha sido trasladado ya  su casa, es porque el estado de su herida
no lo permite.

--Ah! en ese caso nada temais, seora; por el contrario, esta bella
accion aadir nuevo brillo  vuestra ardiente caridad, que tanto
conoce la crte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos
solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar
enterpretaciones...

--Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy  mandar que os abran
mis criados todas las puertas.

Procedise al registro, revolvise la casa de alto  abajo desde los
desvanes hasta los stanos; abrironse los muebles huecos, se tentaron
las paredes y el prncipe no pareci: no podia haberse escapado porque
el marqus de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en
ella. Solo se encontr  Cisneros herido; pero Angiolina lo habia
previsto todo, habia dado parte  la justicia, Cisneros, que habia
declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jven,
prest nueva declaracion ante el alcalde de casa y crte que acompaaba
al marqus de los Velez, y cuando se le pidi el nombre de quien le
habia herido, respondi que no le conocia, lo que era verdad, porque no
habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqus
de la Guardia en su adversario.

Don Luis Fajardo sali con la justicia: apenas se vi sola Angiolina,
toc un silvato; entonces, como una aparicion, se la present el bandido
Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la
noche anterior.

--Has puesto la carta de la duquesita en la antecmara de la audiencia,
le pregunt.

--Si, contest Laurenti; en la misma mampara.

--Has puesto el pliego que te d en lugar  propsito para que pueda
llegar  las manos del rey?

--Si.

--Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas
manos una membruda mano de Laurenti.

El bandido se extremeci como si hubiese recibido un choque galvnico y
retir su mano de las de Angiolina.

--Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo
que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.

--Lo s.

--Y sabes por qu ha venido  casa la justicia?

--Buscando  tu esposo.

--Sabes de qu le acusan?

--Si: de haber herido  matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de
los monfes.

--Pero es eso cierto?

--Quin sabe? El prncipe Lorenzini es un hombre extrao. Siempre he
desconfiado en l. Y luego quin es ese hombre?

--Lleva un ilustre nombre italiano.

--Pero sabeis quin es ese hombre?

--Acurdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...

--Si te aconsej que te casars con el prncipe, te lo aconsej porque
debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti,
el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia
sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo
con el dinero que logr sacar de las canteras que nos servian de asilo.
Despues la caberna fue descubierta: me v privado de los recursos que me
proporcionaban algunos compaeros que conspiraban conmigo contra el
capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia
ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrndome solo era
dificil: nos vimos obligados  buscar un medio de vivir; entonces t,
con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa,
se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros
tiempos: yo ganar nuestro pan, t me acompaaras y me defenderas. Asi
recorrimos la Italia. Un dia en Npoles, un autor de cmicos espaoles
te vi, y te dijo si querias formar parte de su compaa; aquello era
mas cmodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendgos
sufriendo soeces injurias. Fuiste cmica, yo fu cmico: antes de mucho
teniamos fama, nos aplaudian, ganbamos dinero abundante. Otro dia en
Psaro, te vi el prncipe representar en una farsa y se enamor de t.
Aquel hombre no te busc como se busca  una mujer perdida: aquel hombre
te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo
bastante para anteponer tu felicidad  la mia, te amaba, aunque no tenia
esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo,
porque conocias mi amor y abusabas de l.

--Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame,
que he abusado acaso de t... pero...

--Dejemos eso, la interrumpi Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica
y no quiero pensar en ello. El prncipe, antes de casarse contigo, quiso
que estuvieses algun tiempo en un convento de Npoles, para cubrir las
apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba  Espaa, para
evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado
vagando como cantora y como cmica. Yo te segu como sigue la sombra al
cuerpo, y en seis aos que llevas de casada, he visto muy pocas veces al
prncipe.

--Oh! nunca he podido comprender  ese hombre! exclam Angiolina.

--Y ests segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido
Laurenti?

--El bandido Laurenti! exclam estremecindose Angiolina; yo no le
conozco, nunca le he visto: si s que fue l el bandido que me rob, que
me deshonr, que me obligaba  satisfacer sus deseos en medio de una
eterna oscuridad, es porque t me lo has dicho: en el aposento
subterrneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan
Laurenti. A m,  pesar de la oscuridad, me parecia jven y hermoso...
muy diferente del prncipe...

--Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo l
mismo con voz insegura, que Angiolina atribuy  zelos.

--Yo! amar yo al miserable que me rob, que me deshonr, que mat mi
porvenir, que asesin  mi padre! Amarle yo! si le conociese... si le
conociese, le sonreiria, s, le colmaria de caricias, seria una vez mas
suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.

--Ah! exclam Laurenti...

--Y si supiera que el prncipe era l... si lo supiera, si el prncipe
volviera  verme... Oh! le dara ese amor que tanto desea... para
matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar  mi
padre.

--Ah! exclam de nuevo y mas profundamente Laurenti.

--Pero t, que conoces al prncipe, t que has sido bandido de Laurenti,
descubre si el prncipe es Laurenti.

--Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha
visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una
mscara de hierro.

--De modo que nada sabemos?

--Nada.

En aquel momento un criado entr con una carta para la princesa.

Esta not que la letra del sobre era del prncipe.

--Quin ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado
accidente.

--Un hombre encubierto, que no se ha detenido, seora; contest el
criado.

--Vete.

El criado sali.

Angiolina rompi la nema de la carta, y la ley rpidamente.

--Ah! exclam con un acento emanado del fondo de su alma; abandonada!
abandonada otra vez  m misma!

--Abandonada! y de quin? exclam Laurenti.

--De quin! del prncipe! toma y lee.

Laurenti tom la carta que conocia demasiado, y la ley en voz alta.

Aquella carta decia:

Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que 
contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado.
He muerto ademas  un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo
obligado  huir,  ocultarme, porque ese hombre tiene parientes
poderosos. Volved, pues, reina mia,  vuestro oficio de cmica, y buscad
otro prncipe que se case con vos...

--Ah! yo no he leido eso! exclam Angiolina.

--Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.

--Ah! sigue Bempo, sigue.

Laurenti sigui.

Buscad otro prncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin
escrpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy prncipe.
Por lo dems, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido
la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como
que me llamo Laurenti...

--Ah! exclam Angiolina.

--Ya lo sospechaba yo! exclam con la mayor formalidad Laurenti.

--Oh! sigue Bempo, sigue! exclam irritada Angiolina.

Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las
riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros,
sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he
tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valindome para
ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaa. Sin
embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo
hacia mi ltimo robo, con las cuales podeis vivir algunos
meses.--Vuestro enamorado.--Giussepo Laurenti.

Angiolina mir plida y convulsa  Laurenti.

--Y qu hacer! qu hacer Dios mio! exclam llorando.

--Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.

--Por ellos me cas con ese infame.

--Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engaado como  t.
Los consejos que te dar ahora son mas juiciosos.

--Te escucho.

--Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En Espaa no me conoce
nadie, y ser capaz por t de ser un hombre honrado.

--Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.

--S mi esposa.

--Tu esposa!.... y qu hemos de hacer pobres, sin apoyo..? t no
sirves para nada mas que para bandido... esto sera expuesto... yo no s
mas que representar y cantar... t tenias zelos cuando era cmica. Si
no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cmo podremos vivir?

--Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de
tu casa ascienden  una buena suma...

--Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.

--S... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas
alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de
Asturias  de Galicia, y vivir felices.

--Djame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hcia
Laurenti sus ojos cubiertos de lgrimas.

--Qu te vengues! y de quin?

--De la duquesita de la Jarilla.

--Ah! t amas al marqus de la Guardia!

--Pues bien, s, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor:
no quiero engaarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he
entregado mi corazon vrgen, y mi cuerpo... vrgen! vrgen tambien!
Qu importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido
pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado 
don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no
me ama, don Juan ama  esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa,
mas rica, mas jven, mas feliz que yo, necesito completar mi venganza
contra esa mujer, y despues morir! No quiero engaarte Bempo, te debo
mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo
est el corazon; yo no puedo ser tu amante, ser tu hermana: si esto no
te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, djame que me
vengue, y mtame despues.

Laurenti mir de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, 
Angiolina: sus ojos se tieron de sangre, y puso mano  su pual:
Angiolina se crey sentenciada, di un grito y cay de rodillas:
Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pint
una lucha horrible, y luego la volvi la espalda y sali de la estancia.

Angiolina se dobl sobre sus rodillas, se cubri el rostro con las
manos, y rompi  llorar de una manera desolada.




CAPITULO XIX.

     De cmo se vieron obligados  salir de la crte algunos de nuestros
     personajes.


Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible
emir de los monfes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba
bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra l.

El prncipe don Crlos supo tambien, que Cisneros estaba  punto de
curar de su estocada.

Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola
en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cmica, su
habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jams lo habia sido,
puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa.

El hidalgo don Csar de Arvalo, supo al fin de su sobrino por una carta
de este, que le escriba desde las Alpujarras; pero la alegra del buen
to se agu, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le
peda dinero y Peralbillo.

El tio envi al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta
demasiado pesada.

Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envo lo que puedo
enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he
podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este ltimo
ao nos hemos dado tal maa los dos para gastar vuestras rentas, que
estan empeadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan
sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran
vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero
como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho  Flndes con
una provision de capitan que he podido sacar al prncipe Ruy Gomez. Para
que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una
provision de capitan para vos, de una de las compaas de arcabuceros
del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos  saco algun
burgo flamenco, os acudir con lo que hubiere. Es cuanto tiene que
deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pi en el estribo para ir 
buscar  sus soldados.--Don Csar de Arvalo.

En efecto, don Csar march dejando desesperadas  una porcion de
doncellas que vivian de sus buenas obras.

En cuanto  Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y
mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti.

Adorada Angiolina: El prncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y
Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado
despues de la ltima y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez
aos que andamos juntos, me ha parecido descorts salir de la crte de
las Espaas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de t.
Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus ltimas joyas y tu
ltimo dinero y no lo encuentres, no culpes  tus criados, porque esas
joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que ser
largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido
por boca de don Csar de Arvalo, que es muy amigo mio, que el marqus
de la Guardia, tu adorado, el nico hombre que ha sabido conmover tu
corazon, est en la villa de Cdiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes
dinero puedes valerte, engandole, del seor Andrs Cisneros, que,
segun creo, se ver muy pronto obligado  dejar la crte.--Tuyo, siempre
tuyo.--Giussepo Laurenti.

Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no
mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus
ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba
renunciar  presentarse en la crte; para vender los segundos, cerrar la
casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vi obligada  adoptar
un partido decisivo.

Anunci, pues, que su esposo el prncipe Lorenzini, la llamaba  su lado
 Italia, noticia que caus gran sensacion en la crte, porque mataba
las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso
despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en
almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus
caballos.

Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario,
era preciso salir de la crte: pero cmo? adnde ir? qu hacer?

Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y
rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropez al
fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante
Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz
de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fcilmente
 dejar la crte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de
un instrumento de venganza, se vi obligada  asirse  l como  un
ncora de salvacion.

En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros,
Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que
con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer  los seres que sufren;
habia velado junto  su lecho, habia sostenido con l largos debates
amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del
comediante; le habia empeado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos
deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia
alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado
muy bien de explorar  Cisneros, en cuanto  las rebeldas del prncipe,
de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y
hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento.

Cisneros, pues, era una masa preparada  todo entre las manos de
Angiolina.

Decidida al fin esta,  apoyarse por ltimo recurso en el comediante,
baj  la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero
voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla
de la maana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido 
levantarse y  probar sus fuerzas: el xito excedi  su deseo, se
encontr vigoroso, gil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia
un ligero picor en la herida.

Cuando Angiolina fu  entrar en la estancia, encontr  Cisneros  la
puerta.

Iluminse el semblante de Cisneros con una alegra infinita, sensual,
ardiente, al ver junto  s y tan hermosa  Angiolina.

Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada  s misma, herida en
el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas
encierra el alma de la mujer, sonri  Cisneros, con la alegra, con
amor, con un amor ardiente y casi sensual.

Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos
solo conocia uno Cisneros: el amor  el galanteo que habia tenido con el
marqus de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos
calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque
Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos
 Anima.

Angiolina era, pues, para el comediante una gran seora, una princesa,
una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes
de que hubiera dado el escndalo de sus amores con el marquesito de la
Guardia.

Aun la circunstancia de haber sido el marqus el nico que habia
triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta,
porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos
elementos de seduccion, que era irresistible.

Cuando una mujer domina  un hombre, puede decirse, sin temor de
equivocacion, que har de aquel hombre lo que quiera.

Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se
aprovechaba de su influencia.

--Oh! qu grata sorpresa, amigo mio! exclam; os encuentro enteramente
distinto de como estabais ayer. De lo vivo  lo pintado.

Y tendi su hermosa mano  Cisneros, que la bes de una manera demasiado
ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse.

--Tan bueno me encuentro, seora, dijo Cisneros, que me parece lo de la
estocada un sueo, pero un sueo delicioso, porque he tenido un ngel 
mi lado.

--En que comedia habeis aprendido eso de ngeles y de sueos, Cisneros?

--Ah!seora! ser posible que desconfieis todava de mi amor?

--Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un
paso que puede decidir de su suerte.

--Ah! seora! seora! habeis meditado lo que habeis dicho! exclam
Cisneros, plido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa
envenenada con que Angiolina habia acompaado sus palabras,  por mejor
decir con que las habia ilustrado.

--Oh! s: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor.

Angiolina desasi indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fu
 sentarse en un estrado que habia en la cmara: el comediante fue
ansioso  sentarse junto  ella, y de tal modo se sent, que Angiolina
se vi obligada  retirarse, obedeciendo  las prescripciones del
decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando
se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene
ingenio, y, como se dice, mundo.

--Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros.

--Si; ya os he dicho que s.

--Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida?

--Nunca pregunteis, Cisneros,  una mujer acerca de sus intenciones;
contentaos con adivinarlas.

--Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras
divinas?

--Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague.

--Algo que me halague! una vida de felicidad suprema! todo un cielo,
seora! exclam con entusiasmo Cisneros.

--Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina
con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno
de ese cielo.

--Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, seora.

--Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente
Angiolina.

--Ah! seora es que me habeis vuelto loco.

--En ese caso ser necesario que os alejeis de m, dijo riendo la jven:
no quiero  mi lado un hombre que pueda disculparse de todo  pretexto
de locura. Ademas, aadi con mas severidad, si habeis podido permanecer
en mi casa sin escndalo mientras los mdicos han afirmado que
trasladndoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente
os encontrais curado y fuerte.....

--Ah! no, no seora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo
y mas dbil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; dbil
de la cabeza, que llenais con sueos y con visiones insensatas. No, no
seora; no saldr de vuestra casa...

--Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero despus volvereis 
entrar.

--Cuando?

--Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas!

Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada
en los ojos de Angiolina, que Cisneros cay de rodillas.

--Yo os amo! exclam la jven inclinando su rostro sobre el de Cisneros
casi hasta tocarle.

Angiolina se retir un tanto y mir al comediante: aquella mirada le
convenci de que aquel hombre era suyo.

Cisneros estaba plido, temblaba, asomaban  sus ojos las lgrimas, y su
hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia
transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer.

--Oh! pens Angiolina, ser el de este hombre amor,  deseo, uno de
esos deseos frenticos que he inspirado  tantos!

Luego le alz, le sent  su lado y le dijo.

--Os amo como nunca he amado: cre amar una sola vez, me sent
deslumbrada, pero el hombre  quien cre amar no merecia mi amor; fue un
error, pero error en el que solo perd momentaneamente algo de mi
orgullo: despues... despues me cur enteramente: ese hombre era el
marqus de la Guardia.

--Ah, seora!

--Ya os dije que me enga... y ahora os digo que estoy segura de no
engaarme respecto  vos. Me amais y os amo. Os amo porque sois grande,
porque teneis un alma sublime, porque antes de hablarme  solas, habeis
hablado  mi alma delante de todo el mundo, la habeis hecho
estremecerse, comprimirse, espaciarse, alegrarse, entristecerse: yo he
corrido ansiosa  admiraros, siempre que os habeis dejado admirar del
vulgo, y despues, cuando os he tratado de cerca, he visto que sois
sublime, grande como comediante, porque como hombre sois grande y
sublime. Os amo, Cisneros, con toda mi alma, hasta el punto de
despreciarlo todo por vos.

Cisneros estaba trastornado, doblegado, bajo el peso de tanta felicidad,
sufriendo no un dolor, sino un placer: hubo un momento en que, avaro de
mas placer, quiso llevar su felicidad basta el ltimo punto, pero
Angiolina le adivin y le dijo:

--Respetad en m las costumbres de una mujer honrada: ser vuestra, os
lo juro, pero no lo ser sino completamente.

--Que quereis decir?

--Quiero decir que no ser vuestra sino fuera de la casa de mi esposo;
fuera de la crte, cuando ya no hayamos de separarnos jams.

--Cmo! y abandonais por m...?

--Lo abandono todo.

--Pero si os venis conmigo...

--Dirn lo que quieran, pero no har ese doble y vergonzoso papel que
hacen tantas mujeres sonriendo  un tiempo  dos hombres, partiendo con
dos lo que solo debe ser de uno: ser adltera..... en buen hora.....
ser adltera porque os he conocido tarde: pero no mentir.., una mujer
puede deshonrarse, pero en la deshonra, como en todo, hay dignidad 
bajeza: yo no ser jams baja ni cobarde: yo no engaar nunca  dos
hombres  un tiempo.

--Pero meditad...

--Es que no quereis partir vuestra vida con la mia? vuestro peligro
con el mio?

--Oh! si, si... pero yo no puedo daros lo que dejais... una posicion
envidiable...

--Quien os pide mas que amor?

--Oh, Dios mio!

--Oid: ahora vais  salir de esta casa: no volvais  ella: pero estad
todas las noches en la vuestra despues de media noche. Cuando menos lo
espereis yo ir  llamar  vuestra puerta vestida de viaje... yo ir 
arrojarme en vuestros brazos y  partir despues.

--Ah, seora! aseguradme que no sueo, que estoy despierto: que sois
vos la que eso me decis...

--Si, si, soy vuestra, enteramente vuestra... pero fuera de la crte,
donde nadie nos conozca. Adios.

Angiolina se levant, atraves ligera y gentil la cmara y antes de
atravesar la puerta volvi el rostro  Cisneros y le sonri.

--Ah! ah! exclam Cisneros: es hermosa, hermossima, divina: pero se
ha vuelto loca... dejar la altura en que se encuentra colocada..!
obligarme  m,  Cisneros,  dejar la crte! oh! esto es imposible!
imposible! pues bien: procuraremos que esta mujer sea racionalmente
nuestra querida  de lo contrario abandonemos la empresa: bien s que la
posesion de esa mujer aumentar mi renombre.... pero el prncipe don
Carlos! mis proyectos! proyectos que un dia deben hacerme grande..!
bah! bah! es necesario que nos dominemos y que pueda mas la cabeza que
el corazon.

       *       *       *       *       *

Cisneros sali aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por
decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la
crte se aterr: el prncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en
el alczar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita
se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas
que la sultana enamorada.

El emir de los monfes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la
princesa Angiolina no se presentaba en la crte, y su esposo estaba
procesado en rebelda por asesinato intentado contra el duque viudo de
la Jarilla.

Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pi;  nadie se le habia
ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del
duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el prncipe, 
quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crmen.

Cisneros se encontr perplejo sin saber que partido tomar, y de su
inaccion, de su perplejidad, sac en claro que estaba realmente
enamorado de Angiolina.

En cuanto  lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tom
la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario
privado de su seora[11] habia intimado de rden de su seor  Cisneros
que en el trmino de tercero dia saliese de la dicesis de Toledo (en la
cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta,
irreverencia y trato peligroso con el prncipe de Asturias, estaba dando
escndalo  todos los hombres de lealtad y religion.

Hubo de resignarse Cisneros  esto y aun lo atribuy  una intriga de la
princesa, lo que, como le alhagaba se consol en parte. Pero queria
disculparse al menos con su seora el cardenal arzobispo de Toledo y
escribi  su secretario la carta siguiente;

Seor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido
despues con sumo dolor de mi alma, la rden que vuesamerced me ha
enviado con un papel en que su seora el cardenal arzobispo de Toledo
me manda que en trmino de tercero dia salga de su dicesis. Sintolo
por muchas razones, y la principal de ellas, porque hacindose pblico
este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal
cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dcese en la
rden que yo traigo  su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe
Dios, seor, que si yo sirvo al prncipe es como criado; que le sirvo
lealmente y que estoy  los reparos de todo. Buena muestra es de ello la
estocada que recib y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por
imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir  cierta
dama de quien se habla mucho estos dias en la crte. Por mi parte,
aunque me ha dejado muy dbil esta herida, que ha sido tal como recibida
de mano airada, saldr antes de tres dias  buscar mejores venturas por
esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su seora el
arzobispo.--Dios guarde  vuesamerced, seor licenciado. De esta su casa
 los veinte dias del mes de julio de 1567.--Andrs Cisneros.

Al dia siguiente recibi Cisneros esta otra carta.

Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid  buscarme: por razones que
podeis adivinar no he querido ir  vuestra casa. Os espera en la venta
de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por
vos lo deja.--Angiolina.

El seor Andrs Cisneros, pues, meti en su maleta sus joyas y sus
dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las carg en un carro y
sali de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir
antes  sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompaado por
la princesa Angiolina.

Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las
damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo
de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de
haberse llevado consigo  la hermossima princesa Angiolina Visconti.




CAPITULO XX.

     De cmo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que
     no podian todo lo que querian.


Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la crte
Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibi el cardenal
inquisidor general don Fernando Valds, la siguiente irreverentsima
epstola;

Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que
te he escrito varias veces, advirtindote de que te abstengas de
atormentar al emir de los monfes, mi seor, que si se encuentra en tu
poder es porque aun no puede movrsele por el estado de su peligrosa
herida. Vuelvo, pues,  advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba,
la renovar con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de
la mejor calidad posible.

Y no desprecies este mi ltimo aviso como los anteriores, porque sino
te haces mas humano, tomar tu sangre, aunque te rodees de familiares, y
te escondas en las entraas de la tierra.--Un moro tan moro como Mahoma,
vasallo del poderoso emir de los monfes, que vive en Madrid, que te ve
todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los
cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.

Entrle cierto miedo al bueno de don Fernando Valds, con la lectura de
esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la
hubiese llevado  no ser un duende  un espritu. Y tenia razon para
intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera
invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se
le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la
crcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas pblico,  pesar de que se
creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia
poder natural  sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de
la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba.
Aguijado, pues, por el miedo, llam  un tremendo inquisidor llamado
Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general
Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona  ver al
rey, encarg  Medrano que llevase aquella insolente carta  su
majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar
declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo,
y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso,
que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.

Parti el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y
contento porque se le presentaba una ocasin de hablar al severo Felipe
II, dificilsimo de ver para ciertas gentes en razon de la rgida
etiqueta de la casa de Austria; lleg  las antecmaras y se hizo
anunciar para un asunto que ataia  la religion y  nombre del
inquisidor general, merced  lo cual fue introducido, no sin que tuviese
que esperar dos horas largas en la antecmara de audiencias.

Oy sin pestaear el rey su mensaje, ley y reley detenidamente la
carta de Harum el-Geniz, medit sobre ella un gran rato y luego dijo:

--Decid al cardenal que v por todas partes visiones de moros: que no
sea tan asustadizo: que en nuestra crte estamos seguros de tales
duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario
fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque
atormentndole se dilatar mas su cura y la posibilidad de sujetarle,
como Dios manda, sano y bueno,  la prueba del tormento: y puesto que el
cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria,
decidle que me envie una rden en forma, para que una persona encubierta
pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer  solas con el. Por
lo dems, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo
lo que respecta  ese hombre es asunto mio. Que se componga all como
pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes
familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos  hablar de esto. Id,
pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa
rden.

Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dej hecho una
esttua.

--O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de
Medrano para su manteo, mientras sala de la cmara,  el rey no sabe el
terreno que pisa. Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas
que para gitanos, brujas y buhoneros. Es mucho, mucho rey don Felipe!

Cuando sali del alczar Molina de Medrano era ya de noche, merced  las
dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del
alczar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un
enmaraado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado
meterse de noche,  pesar de su proximidad al alczar.

Distraido Molina de Medrano, se aventur por ellas, y no lo repar hasta
que ya estaba en el centro del laberinto.

--Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para
quien tiene enemigos.

Y apresur el paso.

De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra seal que
le revelase la aproximacion de persona alguna, sinti una mano que se
apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hcia
aquel lado, vi ante s un bulto envuelto en una capa,  pesar del calor
de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrndole  dos
dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el caon de un
pistolete.

--Socorro! grit instintivamente el inquisidor.

--Eh! silencio! exclam una voz amenazadora,  si quieres que hagamos
ruido, hagmosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasar muy
pronto.

--No llevo dinero conmigo, dijo todo trmulo Molina de Medrano.

--Por Mahoma! y quin te pide dinero, clrigo? exclam el embozado.

Aquel _por Mahoma_, fue un rayo de luz,  por mejor decir, un relmpago
que ilumin el turbado pensamiento de Medrano. Aquel hombre era mucho
mas temible que un ladron vulgar, porque aquel hombre era, sin duda, un
monf.

--Qu me quereis? dijo Medrano haciendo un esfuerzo para hablar.

--Muy poca cosa, amigo mio, contest el embozado; quiero que me sigas.

--Qu os siga! y  dnde?

--Cerca de aqu.

--Pero qu quereis hacer de mi?

--Lo que t haces con todos, todos los dias y  todas horas:
interrogarte, y si no contestas sujetarte al tormento.

--Ved que lo que pretendeis hacer os pudiera pesar.

--Lo que te interesa sobre todo es salvar tu vida obedecindome: no
siempre has de mandar t: con que agarrate  mi brazo y sgueme.

Y esto diciendo, asi el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujet
bajo su brazo izquierdo y tir del inquisidor, que opuso resistencia.

--Escucha, clrigo, le dijo el incgnito, si resistes, por la santa
Kaaba que te envio  cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe
de tener la mesa puesta esperndote. Adelante y silencio!

Molina de Medrano se dej arrastrar, temblando como un raton entre las
garras de un gato.

Su apresador le hizo rodear dos  tres callejas lbregas, y en una de
ellas se detuvo y lanz un largo silbido.

Instantneamente, de detrs de una esquina salieron otros cuatro hombres
que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdi toda esperanza.

--Ser preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que
hasta all le habia conducido.

--Ved lo que haceis, repiti Medrano, queriendo valerse como de un arma
poderosa del terror que imponia  todo el mundo la Inquisicion, de que
era uno de los mas terribles ministros.

--Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien
llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte,
te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te
dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y
concluyamos, que se va haciendo tarde.

Y diciendo esto, sac un pauelo, le prepar en forma de venda, y cubri
con l los ojos del inquisidor, que cediendo  las circunstancias: no
opuso la menor resistencia.

Poco despues Medrano sinti que le metian en una litera, y luego que
aquella litera se ponia en marcha.

Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran
extension, la litera, y junto  ella los embozados, cuyas pisadas sentia
el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sinti que
una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abri la
portezuela.

--Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado.

El inquisidor sali.

Una mano asi una de las suyas y tir de l, conducindole en la
extension de algunos pasos en lnea recta.

Luego la misma voz le dijo.

--Aqu hay una escalera.

Molina de Medrano baj y tuvo cuidado de contar los escalones.

Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo:

--Ya no hay escalera.

El inquisidor sigui siempre asido y llevado, y cont doscientos pasos
por un pasadizo tortuoso y humedo,  cuyo fin se abri una puerta y se
torn  cerrar.

Entonces el hombre que le conducia le quit de los ojos el pauelo.

Molina de Medrano  la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa,
vi un aposento reducido, humedo, y por nicos muebles una silla, la
mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una
buga.

Ante l habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto
de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo:
llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuadura, una daga
con enorme guardamano, y un par de pistoletes  pedreales de
extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho
de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una
ancha capa parda.

--Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentndose en la nica
silla que habia, y sealando con un ademan al inquisidor el aposento en
que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho
mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aqu  lo menos no hay
cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho
de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontrar medio de darte
tormento si te niegas  hablar. Veamos, aadi el incgnito ponindose
en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. Ha recibido el
inquisidor general don Fernando Valds, una carta firmada por un moro?

Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor
librado posible, contest con un s categrico.

--Has estado esta tarde en casa del inquisidor general?

--Si.

--El inquisidor general te ha enviado  ver al rey?

--S.

--Has esperado en la antecmara de audiencias dos horas largas?

--Lo sabeis todo!

--No importa. Contesta.

--Si.

--Qu mensaje has llevado al rey?

Molina de Medrano declar al pi de la letra cuanto habia hecho desde
que sali de casa del inquisidor general, y cuanto le habia mandado y
dicho el rey.

--Bien; perfectamente; dijo aquel hombre: eres dcil y mereces que te
tratemos bien. Firma esta declaracion.

--Pero... balbuce el inquisidor.

--Espero que no me obligars  tratarte con dureza.

Era tan amenazador el acento del enmascarado, que Molina de Medrano
ocup el asiento que aquel habia dejado vaco, y firm.

--Ahora toma otro papel.

--Otro papel! Y para qu?

--Escribe con letra clara y puo firme lo que voy  decirte.

--Espero que no tratareis de perderme.

--No; pero trato de asegurarte. Escribe.

Y dict al inquisidor lo siguiente:

Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido  las ddivas que os debo...

--Pero esto me deshonra! exclam el inquisidor.

--Escribe  te mato, murmur sordamente el encubierto, y continu:

...  las ddivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido 
ver al rey esta tarde de rden del inquisidor general, que ha recibido
vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una
rden para que se permita entrar un encubierto en la crcel del Santo
Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os
lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais
oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y
que podreis hacer de l cuanto querais. De lo que haya de nuevo os
avisar, como debo. Gurdeos Dios. De esta vuestra casa  veintidos dias
del mes de julio de 1567.--El licenciado Molina de Medrano.

El inquisidor escribi sudando y de la mejor manera que pudo esta carta,
que su tirnico apresador ley detenidamente.

--Cirrala  tu modo, le dijo despues de leerla, y pon en el
sobrescrito:  Sidy Harum-el-Geniz, wal del poderoso emir de los
monfes.

El sacrificio estaba consumado: Molina de Medrano estaba cogido: por mas
que declarase la violencia de que habia sido vctima; por mas que se
preparase, estaba seguro de que, si aquella carta iba  dar en manos del
inquisidor general, era hombre perdido.

Ademas de esto, y acaso porque fuese verdad, acaso por aterrarle, el
encubierto le dijo:

--Vamos ven: voy  ponerte en libertad para que vayas  casa del
inquisidor general; pero cuenta con lo que hablas en ella, porque hay
all ojos y oidos que ven y oyen, cuanto nosotros queremos ver y oir.

Volvile  vendar los ojos, le sac fuera del subterrneo y de la casa,
de la misma manera que le habia llevado  ella, y luego, despues de
haber dado vueltas y revueltas, se abri la portezuela y una mano le
condujo  alguna distancia. Poco despues sinti que el que le habia
conducido se alejaba, y se quit el pauelo de los ojos: encontrse en
una calle lbrega y delante de la luz de una imgen:  aquella luz el
inquisidor vi el pauelo con que le habian vendado y se estremeci:
aquel pauelo estaba manchado de sangre.

Dominse lo mejor que pudo, se orient y vi que estaba muy cerca de la
casa del inquisidor general,  la que se dirigi entrando en ella mas
muerto que vivo.

Una hora despues sali.

Al poco tiempo conoci que un hombre embozado le seguia: apresur el
paso, pero el embozado le apresur tambien: desgraciadamente marchaban
por una calle solitaria, y no habia una sola puerta abierta ni pasaba
una sola persona.

Entrle  Medrano un miedo mortal, y se di  un trotecillo picado que
tenia todas las seales de fuga.

--Diablo, dijo el que le seguia, y como huis de los amigos, seor
licenciado!

El inquisidor se estremeci: habia reconocido la voz del que
anteriormente le habia apresado, pero estaba cerca la desembocadura de
la calle, y prob  ganar la esquina.

--Me vais  obligar  que os demuestre que una pelota de pistola corre
mas que vos, amigo mio, dijo roncamente el tenaz perseguidor.

A aquella insinuacion, Molina de Medrano se detuvo y qued inmvil, como
si se hubiera convertido en una esttua.

El embozado,  quien llevaba mucha delantera, lleg  l.

--Adnde vais? le dijo.

--Al alczar.

--Llevais, pues, la rden pedida por el rey?

--Creo que si.

--Venid  este soportal.

El inquisidor obedeci y sigui al embozado  un soportal oscuro.

All fue registrado escrupulosamente: no llevaba consigo mas que un
pliego cerrado, cuya oblea estaba todavia fresca.

--Esperadme aqu, le dijo aquel hombre.

--Pero os llevais la rden?

--Yo volver  traersla...

--Pero...

--Esperad.

Molina de Medrano se resign y esper un cuarto de hora escondido en el
soportal, y temblando,  que volviese el terrible incgnito.

Cuando este volvi le entreg el pliego.

--Veo con satisfaccion que no me habeis engaado, le dijo: es
efectivamente la rden consabida. Id y llevdsela al rey. Cuidad de no
tomar una necia precaucion,  de procurar prenderme; porque no lo
conseguiriais, y la prueba os costaria muy cara. Id en paz; llevad al
rey esa rden, y no tengais miedo por el camino, porque yo os acompao.

Molina de Medrano sali todo trmulo y desconcertado, y tom la
direccion del alczar: por mas que aguz el oido y volvi cautelosamente
algunas veces la cabeza durante el trnsito, no pudo notar tras s
ninguna persona.

Una hora despues sali del alczar, y escarmentado ya, vari de
direccion y tom hcia la iglesia de Santa Mara.

Pero al pasar bajo el arco, que entonces existia en aquel lugar, se
despeg de la pared un bulto, que fue para el inquisidor una aparicion
lgubre.

--Seguidme, dijo aquel hombre.

No era la misma voz, pero el aspecto del nuevo encubierto era
enteramente igual al del anterior.

Molina de Medrano obedeci y sigui  su nuevo tirano hcia la calle de
Segovia, murmurando:

--Dios mio! ese condenado moro, tiene monfes en todas partes!

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Entre tanto en la casa del inquisidor general, acontecia una escena que
no debemos pasar en silencio.

Apenas habia salido de ella Molina de Medrano, un familiar anunci  don
Fernando Valds, que el seor don Luis de Robles deseaba hablarle.

--Oh! me viene como llovido del cielo! murmur el cardenal, despues de
haber mandado que le introdujeran.

Entr  poco un jven como de veinticuatro aos, al parecer caballero, y
gentilmente vestido.

--Guarde Dios  vuesamerced, seor familiar, dijo dulcificando su
acento, generalmente spero, Valds; y que me place de veros! venid,
venid  sentaros  mi lado! estos malditos humores me tienen postrado en
este sillon; y luego los sinsabores que debo  mi oficio de inquisidor
general me irritan la gota. Venid, venid ac, valiente caballero.
Pareceme que cada dia estais mas contento de la predileccion con que os
miro, y de las honras que os hace el Santo Oficio.

--Ah, seor cardenal! dijo el jven llevando un sillon junto  la
poltrona del prelado, y sentandose con noble soltura; indudablemente que
todo lo debo  vuestra seora, no  mis pobres merecimientos.

--No tal, no tal; vos sois uno de los miembros mas tiles del Santo
Oficio, y  vuestra fe cristiana, y  vuestro celo por la honra de Dios
y nuestro catlico monarca, su imgen sobre la tierra, debemos muchas
noticias acerca de ese asunto de los monfes, de ese asunto que se va
haciendo terrible.

--Dbese  la casualidad, seor cardenal; ya os dije que he estado
cautivo en Argel dos aos, lo que me ha servido para aprender la lengua
de los moros, y por doble desgracia, al saltar en tierra de Almuecar, y
en mi primer jornada por las Alpujarras, fu apresado de nuevo por los
monfes y obligada mi familia  pagar un crecido rescate. Estas
desgracias, sin embargo, han sido una felicidad para mi, puesto que me
proporcionan ciertos medios para entenderme con esa gente... la conozco
sobre todo.

--Y creeis que haya en Madrid algunos de ellos?

--Si lo creo! no tengo duda. El emir es hombre que nunca entra en un
lugar sin dejar cubierta la salida.

--Pero no habeis podido descubrir.....

--Esto es difcil: por su costumbre de tratar con los cristianos, esos
moros hablan perfectamente nuestra lengua, pueden disfrazarse y
proveerse de papeles falsos que prueben un nombre y un parentesco
cualquiera; venir  la crte y entrar al servicio del mismo rey, sin ser
conocidos.

--Pero y bien...

--Trabajo por ponerme en el caso de dar con el nido,  mejor dicho, con
los nidos que deben tener en la crte esos traidores. A propsito,
valindome de mi cualidad de familiar del Santo Oficio, y de la
autorizacion que tengo para entrar en los calabozos de todos los presos
sin excepcion, he bajado hoy al del emir de los monfes.

--Y se encuentra en estado de sufrir la prueba del tormento?

--Oh! no seor! est fuera de peligro pero muy dbil: nada se
conseguiria.

--Ah! ah!  ese hombre le protege lo mismo que le ha puesto en nuestro
poder: pero no importa: dicen que puede prestar declaracion.

--Su razon est despejada y fuerte, de lo que he podido juzgar en dos
horas que he estado hablando con l.

--Y de qu le habeis hablado?

--Le he propuesto lisa y llanamente, para inspirarle confianza, que si
me d una gran cantidad de dinero, le procurar su fuga.

--Y... qu os ha respondido?

--Oh! es un hombre terrible: me ha dicho con la serenidad mas
completa:--Agradezco vuestros servicios, pero yo no estoy preso,
caballero.

--Cmo! pues ya diremos si est preso  no  ese jactancioso. Hum!

Y Valds contuvo una tos profunda que habia causado en l la irritacion.

--Me ha hablado ademas de sus proyectos, como si se encontrase ni mas ni
menos, entre sus bandidos de las Alpujarras.

--Sus proyectos...! sus proyectos! y qu proyectos son esos?

--Hacer la guerra al rey.

--Hum! hanme dicho que los moros como los andaluces, son muy
fanfarrones.

--Eso dice quien no los conoce, dijo con cierto acento particular el
jven.

--Y vos creeis conocerlos?

--Bah! como os conozco  vos, seor cardenal.

--Ah! me conoceis...!

--Si por cierto: s, por ejemplo, que el emir Yaye-ebn Al-Hhamar, se
escapar de las prisiones del Santo Oficio, como s que t, Fernando
Valds, tienes miedo de tenerlo preso.

Para comprender esta variacion de tono del familiar, debemos advertir,
que poco antes de pronunciar estas palabras, habia resonado en la calle
un silbido particular.

--Qu significa esto? exclam dominado por la sorpresa y por la clera
Valds.

--Esto significa, que tienes delante un monf en cuerpo y en alma; un
moro disfrazado de cristiano.

--A m! pages! familiares! exclam plido de espanto el inquisidor
general, apoyando fuertemente sus manos en los brazos del sillon, y
procurando, aunque intilmente, levantarse.

--No grites ni te esfuerces, viejo, dijo sin variar de tono el jven, en
cuyo acento se notaba nicamente un profundo desprecio: en tu casa,
desde ahora hasta que est libre el emir, no hay mas que monfes; tus
pages y tus familiares estn encerrados y no acudirn  tu voz. En
cambio, observa. Ola! exclam el jven con acento de autoridad.

Inmediatamente apareci en la cmara un hombre de las peores trazas
posibles, verdadero truan de plaza, que adelant con desenfado.

--Ha llegado la hora de aplastar la cabeza  este viejo vbora,
Suleiman? dijo aquel hombre dirigiendo la palabra al jven, y una mirada
de odio salvaje al cardenal.

--No, Jafar, pero ser muy posible que haya necesidad de apretarle los
pulgares, lo que debes evitar, cardenal, porque ests achacosillo y
delicado, aadi volvindose  Valds que estaba mudo de sorpresa, de
miedo y de clera; te ruego que te tranquilices,  fin de que puedas
escribir con seguridad y de manera que nadie dude de tu escrito, una
rden para el alcaide de la crcel del Santo Oficio en Madrid,  fin de
que me entregue la persona del duque de la Jarilla, para trasladarle 
la crcel del Santo Oficio en Toledo. Lo que te pedimos no es gran cosa.
Qu te importa que quemen  no quemen al emir?

--Oh! s le importa Suleiman; porque si el emir muriese entre las
garras de estos clrigos, seria cosa de llevarse algun tiempo
agujereando sotanas  pualadas, dijo ferozmente Jafar.

--Morir como mueren los mrtires, dijo Valds, desmintiendo con lo
trmulo de su voz lo valiente de sus palabras.

--No perdamos el tiempo en sandeces, dijo Suleiman: esta es una lucha en
que has sido vencido, con las mismas armas que has querido usar contra
el emir; t has querido conocer, descubrir  los monfes por medio de un
traidor: un monf te ha ganado por la mano, engandote, fingindose
cristiano y verdugo  infame como t: acepta, pues, tu suerte, y no la
hagas peor de lo que es: no nos obligues  cometer una violencia que
siempre es repugnante cuando se trata de hombres que solo saben matar
hombres fuertes, armados, frente  frente y con peligro.

El mismo exceso del terror oper una reaccion en el cardenal, que tent
un medio de salvacion.

--Estais jugando vuestra vida, dijo, en una empresa descabellada: un
acaso puede revelar vuestra existencia en mi casa, y sois perdidos.

--Oh! oh! y cun amoroso nos trata! dijo el monf que habia entrado y
que permanecia como un espectro amenazador, de pi delante del cardenal
y con su membruda mano puesta sobre su daga.

--Os trato con la caridad de un cristiano, como debe trataros un
prncipe de la Iglesia; quiero que no perdais vuestro cuerpo y vuestra
alma.

--Ests procurando ganar tiempo, cardenal, dijo Suleiman, y te advierto
que esto es de todo punto inutil: cualquiera que venga  tu casa
encontrar en la puerta familiares, que son monfes como yo; familiares
que dirn  todo el que llegue que ests enfermo y no puedes recibir 
nadie. En todo caso el que entre, no saldr, te lo aseguramos, y si yo
te pido esa rden, es solo para causar menos escndalo. Qu, no tengo
yo una rden tuya que me autoriza para entrar con mis alguaciles en la
crcel del Santo Oficio?

Valds tent un nuevo medio de salvacion.

--Puedo haceros ricos, dijo: puedo cubriros de oro; fijad el lmite 
vuestra ambicion, y lo que me pidais ser vuestro.

--Si algo tomamos tuyo, mal clrigo, ser la sangre, exclam Jafar,
sacando con un movimiento enrgico su daga de la vaina y dando un paso
hcia el prelado.

Este lanz un grito horrible.

--Eh, silencio! dijo Suleiman:  la rden  tu vida, cardenal!

Diciendo esto Suleiman tom un libro en folio que habia sobre una mesa,
busc un pedazo de papel, le puso sobre el libro, tom una pluma del
tintero, y puso aquel libro con aquel papel sobre las rodillas del
prelado y en su mano la pluma. En tanto Jafar alumbraba con una buga, y
en la otra mano tenia desnuda su daga.

El inquisidor general comprendi, que habia llegado el momento de elegir
entre el martirio  hacer al rey y al Santo Oficio traicion y se decidi
por la traicion.

Tom la pluma y ya enteramente entregado se puso en la actitud del que
espera que le dicten para escribir.

Suleiman estaba perfectamente enterado de la forma, por decirlo asi,
chancilleresca, usada por la Inquisicion en estos casos, puesto que
dict sin detenerse lo siguiente:

Nos don Fernando Valds (seguian todos los cargos dignidades y ttulos
del cardenal.)

Por la presente mandamos  el alcaide de las prisiones del Santo Oficio
de la Inquisicion de Toledo en Madrid, entregue al familiar don Luis de
Robles y  los ministros que le acompaen, el cuerpo de don Juan de
Andrade, preso en la dicha crcel del Santo Oficio de Toledo en Madrid,
sin ponerle oposicion, ni obstculo alguno, bajo pena de excomunion
mayor, perdimiento de oficio, y dems  que hubiere lugar. Dado en
Madrid  22 de Junio de 1567.--Don Fernando Valds.

--Falta el sello, dijo Suleiman.

--Oh! oh! exclam el cardenal; que falta el sello! pero el sello no
le tengo yo; le tiene el consejo de la Suprema.

--Pero t tienes un sello superior, y yo s donde est ese sello.

Suleiman fu  una mesa; forz con su daga uno de los cajones, le abri,
sac de l una barra de lacre verde y un sello de hierro, derriti algun
lacre sobre el papel, estamp sobre el lacre el sello, y luego,
volvindose triunfante al cardenal exclam:

--Deseabas conocer  los monfes, cardenal, y los has conocido: pero has
tenido mas suerte que otros que solo les han visto el rostro para morir.

Tras estas palabras sali, dejando encargado  Jafar de la guarda del
cardenal.

Dos horas despus se oyeron tres silbidos en la calle: entonces Jafar,
que se habia sentado frente al cardenal, se levant, at fuertemente al
inquisidor con una cuerda que sac de su bolsillo, y sin consideracion 
su edad ni al estado de su salud, le puso una mordaza.

--Es necesario procurar que no grites, le dijo, y des la alarma antes de
que nos hayamos puesto en cobro. En pasando una hora te desafiamos y lo
mismo  tus sabuesos para que nos encuentres. Me voy con el sentimiento
de no dejarte mudo para siempre; pero quien puede mas que yo no lo
quiere. Pdele  Dios no ver otra vez delante de t,  los monfes de
las Alpujarras.

Y el impo hizo una mamola al prelado, di una zapateta, se le ri en
las barbas y sali.

Don Fernando Valds, se qued rugiendo tan fuerte como se lo permitia la
mordaza.




CAPITULO XXI.

     De lo que pas en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.


Dos horas antes de acontecer lo que en el captulo anterior dejamos
referido, se detuvo delante de la puerta de la crcel que tenia en
Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida
por dos hombres y escoltada por otros cuatro y sali de ella un hombre
embozado.

Precedile uno de los que escoltaban la litera, que llegando  la
guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el
embozado que de la litera habia salido, mostr en silencio un papel al
alcaide, el cual,  penas hubo leido el papel, dijo  quien se lo habia
dado:

--Sgame vuesamerced.

--Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido
callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abri la
puerta de un calabozo, situado en un stano,  introdujo en el al
embozado.

--Cuando quisiereis salir, le dijo sealndole una cuerda que pendia
dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda.

Y dej dentro al embozado, cerr la puerta y se sintieron sus pasos que
se alejaban.

El embozado mir en torno suyo, y se encontr en un espacio cuadrado,
estrecho, de bveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una
silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en
el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro  la pared y que no se
movi,  pesar de la presencia del embozado en el calabozo.

Mirbale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su
sombrero, pero pas algn espacio sin que dijese una sola palabra.

Al fin dijo con acento breve y duro:

--Duque de la Jarilla!

--H aqu que te esperaba, y no me he engaado, dijo Yaye sin volverse.

--Creo, Dios me perdone, que os permits tutearme, dijo con una clera
mal contenida el embozado.

--Y bien no somos iguales? dijo Yaye.

--Iguales!

--Si por cierto: los dos somos reyes.

--Por quien me tomais?

--Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de Espaa.

--Oh! esto es ya demasiado! exclam el encubierto  quien irritaba lo
sereno del acento de Yaye. Os atreveis  llamaros enemigo del rey?

--Vaya si me atrevo: y me he atrevido  mucho mas y sabe Dios hasta que
punto me atrever en lo sucesivo.

--Es decir que creeis veros libre!

--Tanto como lo creo. Cuando menos lo esperes, don Felipe, la
Inquisicion ir  decirte que ha encontrado mi calabozo vaco.

--Solo un medio teneis de veros libre, duque.

--Ah! y vienes t, seor rey,  proponerme ese medio?

--S, vengo, yo, don Felipe,  quien llaman el prudente,  verte en tu
calabozo (y el rey, que l era, se descubri); vengo  hablar contigo
aqu, donde nadie puede oirnos: vengo  ver hasta donde llega tu
audacia, y sobre todo  escuchar yo solo tu confesion.

--Entre vosotros siempre se confiesa al que va  morir.

--Y crees t que si yo quisiera vivirias mucho tiempo?

--Prueba  matarme.

--Otros que se creian fuertes y poderosos.....

--Han muerto  una sola palabra tuya, ya lo s..... pero t no me
matars, don Felipe.

--Y en que te fundas para tener esa seguridad?

--En que no puedes matarme.

--Te proteje el diablo? dijo con un acerado acento de sarcasmo el rey.

--Tal vez: tal vez me proteja Satans: por lo pronto las seales de mi
odio estn ya en tu familia:

--En mi familia!

--El prncipe don Carlos tu hijo, tu heredero, te hace traicion.

--La prueba!

--No tardar el mismo prncipe en drtela.

Estremecise profundamente el rey.

--Y has sido, t, t monf, quien has impulsado  la rebelda  mi
hijo?

--Ha sido primero Satans, que le ha dado perversas inclinaciones, y
luego yo, que soy tu enemigo, que necesito vencerte, y vengar con tu
desgracia, con una horrible desgracia, las infamias, las crueldades que
has cometido contra los mios.

--Tu audacia, solo es comparable  tus delitos, dijo el rey.

--Mis delitos! y hablas t de delitos, verdugo coronado!

Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, l,
tan celoso de su autoridad, tan dspota como todos los dspotas de la
historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para
dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de
los cuales ataian al prncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir
las revelaciones del emir de los monfes, y estaba resuelto  todo para
arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus
intenciones con respecto  Yaye, que solo veia en el un cadver.

--Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando
tolero tu osadia: ests herido y preso, y es necesario que se conozca
cuanta diferencia hay entre un prncipe cristiano y un capitan de
bandidos.

--Y por qu vienes t solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa,
 visitar al capitan de malhechores? No hay verdugos en tus reinos, 
es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los
dos?

Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia
permanecido echado, con el rostro vuelto  la pared, se levant, se
sent sobre el lecho y dijo contemplando frente  frente al rey:

--Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para
ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo
soy rey de los moros de las Alpujarras.

--De los bandidos, querras decir.

--En buen hora; pero entonces t tambien eres un rey de bandidos.

--Yo!

--Si, t, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es
decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre
humana y con lgrimas de desesperacion.

--Me habian dicho que los monfes erais una gente braba y desalmada,
pero no me habian dicho que erais maldicientes: hasta donde llegar tu
audacia, moro!

--Escchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es
enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe
procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de
mi odio hcia t ni hcia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes
Catlicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de
Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altsimo y
Unico, da la victoria  la quita; hace esclavo al seor y seor al
siervo. Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del
vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las
capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedi: esas
capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y
maltratado  los moriscos; tus frailes los han bautizado  la fuerza;
tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado
toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus
mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillera
los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha
caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han
sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios  los
oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto
solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los
valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la
patria me manda defenderla contra t, probar todos los medios de
libertarla de tu tirana; y como si esto no bastase, voy  decirte las
razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre
muri  manos de la Inquisicion.

--Hereje, acaso!

--No, muri porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un
frale.

--La Inquisicion no se engaa.

--Es verdad, porque asesina  sabiendas. Pero djame continuar: la mano
de un soldado espaol mat  mi padre, que espir entre mis brazos,
pidindome venganza. Yo he empezado  vengarle.

--Que le has vengado!

--Si: he vengado  mis padres, matando  cuantos frailes, golillas y
soldados he habido  las manos: he vengado ademas en t,  mi pueblo.

--En m?

--Si, en t. Quien ha impulsado  la rebelda  tu hijo?

--Oh! exclam, con acento rugiente, don Felipe.

--Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he
herido en tu soberbia, porque t no tienes corazon, don Felipe. Te he
herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo nico, y t le
matars, rey, t le matars.

--Que yo matar  mi hijo!

--Si, t le matars, porque antes que padre eres rey, y tendrs miedo de
tu hijo.

--Yo romper con tu vida esa horrible red de desgracias: por san
Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido 
hacerte merced... pero ahora... ahora que s que de t no puedo esperar
mas que crmenes, morirs, moro, morirs!

--No faltar en todo caso quien gobierne  mis monfes, que con mi
muerte tendrn una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.

--Has hablado de traiciones de mi hijo, pregunt con un creciente anhelo
don Felipe.

--A tu hijo le pesa tu vida, rey.

--Mi desventurado hijo est loco.

--Sus locuras  mas bien tu miedo te obligarn  matarle.

--Matarle! crees t que para hacer justicia en los traidores me sea
necesario matar  mi hijo?

--Le matars!

--El nombre! el nombre de los que alientan las rebeldas de don
Carlos!

--Esos nombres se reducen  uno solo: ese nombre es el mio.

--T! pero como has podido t..!

--Como! primero prevalindome del amor extremado, insensato que tu hijo
siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando
oro  manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos
consejeros que los decidan  negarte la obediencia y  aclamar por su
seor  tu hijo.

--Oh! infame! infame alevosa!

[imagen: Morirs! morirs como no ha muerto ningun hombre!]

--Y ten mucho cuidado con el prncipe tu hijo, rey, no sea que la
Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme
vivo.

El color generalmente plido del rey se habia tornado lvido y sus ojos
centelleaban.

--Ya ves si me vengo de t; un solo hijo que tenias te lo he muerto en
cuerpo y en alma; porque tu le matars por traidor y Dios le condenar
por hereje.

--Morirs, morirs, como no ha muerto ningun hombre! exclam don
Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y
haciendo sonar una campana; morirs lentamente, dia por dia, hora por
hora, minuto por minuto; padecers como padecen los condenados en el
infierno, y llegar un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles
los nombres de los traidores.

--Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?

--Que! y creers t que puedes librarte de mi justicia, bandido!

--Ya lo veremos.

--Pues bien, si, lo veremos: tu nico juez y tu nico verdugo ser yo:
nuestros nicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey
de las Alpujarras. Que vengan  sacarte de entre mis manos tus monfes.

--Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme
y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se
acercan, hasta mas ver, don Felipe.

En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron
los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.

Yaye se volvi de nuevo  la pared. El rey se encubri enteramente.

La puerta se abri y apareci el alcaide.

--Guiad  fuera, le dijo el rey.

Salieron y la puerta se cerr.

Poco despues Yaye los sinti alejarse.




CAPITULO XXII.

     Que sirve de eplogo  esta segunda parte.


No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente
pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sinti pasos
que se detuvieron junto  su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos
y de los candados.

[imagen: La Dama blanca.]

La puerta se abri.

Entr en el calabozo el alcaide acompaado de dos familiares.

--Levantos y vestos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide.

Estremecise Yaye porque crey que habia llegado la hora del tormento.

--Se habr adelantado por fatalidad el rey  los mios! dijo para s; y
luego aadi alto; y para qu he de levantarme y vestirme?

--Si no quereis levantaros, contest el alcaide, se os levantar; sino
quereis vestiros, se os conducir desnudo.

Yaye comprendi que herido y dbil, se encontraba enteramente  merced
de aquellos sicarios, y se levant y se visti lentamente.

Cuando estuvo vestido, el alcaide mand  los dos familiares que le
sostuviesen en razon de su debilidad, y sacndole del calabozo, le
condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.

--Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeci de alegra
 Yaye.

--Si, por cierto, seor don Luis de Robles, este es ese condenado preso,
que tanto nos han encargado que guardemos. Algrome que me quiten de
encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la crcel
de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, seor
familiar.

--Tomad, pues, y que Dios os guarde seor Roquelillo; vamos, ganapanes,
cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.

Yaye se sinti conducido, y poco despues oy abrirse y cerrarse
sucesivamente tres rastrillos.

Luego solo oy el paso acompasado de algunos hombres que le acompaaban.

Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas
hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se
meti, llevando consigo la litera, por las tierras  campo atraviesa, y
cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abri la
portezuela de la litera:

--Vais bien, seor, pregunt?

--Ah! eres t Harum? dijo Yaye.

--Si, si seor, y espero vuestras rdenes.

--Has enviado  alguien  mi casa  que recoja mis papeles?

--Si seor, y ya no debe tardar.

--Lo tienes preparado todo?

--Si seor, y desafo  los familiares y alguaciles de la Inquisicion 
quienes tan  poca costa hemos burlado,  que nos encuentren.

--Pues adelante, Harum, adelante.

La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas
gentes condujeron al emir  buen paso  una casa de campo en las
inmediaciones de Fuencarral.

       *       *       *       *       *

Poco despues Harum entr en un aposento donde, en un magnfico lecho,
reposaba Yaye.

--Seor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser
sentido de nadie: ha ido  la cmara que indicsteis  Suleiman, y ha
encontrado descerrajada la papelera.

--Descerrajada!

--Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la
justicia.

--Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido.

--Si seor.

--Dme ac y acerca una bugia.

Harum di  Yaye una cartera que tenia en la mano y acerc una luz.

Yaye abri la cartera y busc en ella con ansia.

--Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba plido.

--Si, si seor, ademas Malek no sabe leer.

--Aqu faltan dos papeles importantsimos; Harum, dos papeles que yo
deb haber quemado; dos cartas terribles.

--Ya os he dicho, seor, que Malek encontr rotos la cerradura y el
sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cmara.

--Cmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye plido de espanto.

Las dos cartas que faltaban, eran la de doa Elvira de Cspedes y la de
doa Isabel de Vlor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego
Lopez; la otra del de don Fernando de Vlor.

El emir hubiera dado diez aos de su vida por recobrar aquellas cartas.

Su prdida encerraba para l una amenaza oscura, y en vano queria
adivinar quin fuese el que se habia atrevido  entrar en una casa
sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles.

       *       *       *       *       *

En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trmula
por el inquisidor general don Fernando Valds.

Ni un solo msculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta
el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con
l, y de haberse escapado el emir de los monfes de la crcel del Santo
Oficio.

El rey tom una pluma y escribi por bajo estas lacnicas palabras:

Vuestra cobarda no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa
que la Inquisicion y el rey han sido burlados. Que se cumpla la
voluntad de Dios!

Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio,
revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores.

A pesar de esto el emir no pareci ni mas ni menos que una gota de agua
que cae en el mar.




TERCERA PARTE.

LA REBELION.




CAPITULO PRIMERO.

     El castillo y la atalaya.


No  mucha distancia una de otra en ese laberinto montaoso que se llama
las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras
muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra
Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montaas.

Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Vlor, la
otra al de Cdiar.

En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de
Vlor  los unos castillo, los de Cdiar  los otros atalaya.

Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras
se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes
conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres
que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el
nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.

No hay alpujarreo que no sepa contaros, si se lo preguntais, cmo
murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay
uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas,
porque sus dueos estaban malditos de Dios.

Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios caractersticos.

Empezemos por el castillo.

Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones
cuadrados, unidos entre s por cuatro muros robustos y almenados: ni un
agimez, ni una galera, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian
en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado
comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellsimo
alcazar moruno, con torrecillas caladas, galeras, miradores, cpulas y
pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alczar,
dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una
hermosa dama, cuya magnfica y engalanada cabeza se levantase sobre una
armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba,
hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y
ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura
oriental; galeras cinceladas con esbeltas columnas de alabastro;
agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trs estas
columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de
nuestras viejas catedrales gticas; era aquel un alczar fuerte, de los
tiempos medios de la dominacion de los rabes en Espaa; una especie de
casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba
 la villa: una de esas magnficas huellas que dej trs s el paso de
ese maravilloso pueblo rabe.

La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cdiar, era un
edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el
horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su
muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un nmero
considerable de pueblos y montaas, y el mar por la parte de Levante.
Dbala entrada una pequea puerta de herradura, y por la parte oriental,
sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida
por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era
el nico detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon
negruzco; detalle que  tiro de arcabuz dejaba conocer que era una
adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de
respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y
un tanto cmoda aquella atalaya de guerra.

Dulcificaba un tanto su aspecto brabo, una pequea huerta y una blanca
casita adherida  la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia
allanado y cercado con un tapial, y una noria,  que daba vueltas un
enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado,
colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria
hasta la puerta de la atalaya, y  las legumbres y  los rboles
frutales que ensanchaban sus frondas odorferas, bajo el templado cielo
del Medioda.

Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un
estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida,
una vida especial  aquel pequeo recinto, dulcificando lo severo y
sombro del aspecto de la atalaya.

Entre esta y el castillo de Vlor existia no s que de extrao y hostil.
La atalaya, hasta en la pequea perforacion que se habia practicado en
ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y
enrgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado
al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y
desatendidas, pareca envilecido por aquel alczar tan delicado y tan
bello que  nada podia compararse tanto como  una cortesana corrompida
y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arns de
guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun 
indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido  los
pies de la hermosura.

Entre el castillo y la atalaya filosficamente considerados exista un
abismo.

Pasando de los edificios  sus habitantes respectivos, hallaremos entre
ellos diferencias esenciales.

Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.

La una, la moradora de la atalaya se llamaba doa Isabel de Crdoba y de
Vlor. La otra la habitante del castillo doa Elvira de Cspedes.

Veinte y dos aos habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en
que las presentamos  nuestros lectores al principio de nuestro relato.

Doa Isabel contaba, pues, cuarenta y dos aos; doa Elvira cuarenta y
cinco.

Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian
conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la
hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han
impreso en su rostro las arrugas.

Doa Isabel y doa Elvira no tenian ni canas ni arrugas.

Comprendiase, s,  primera vista, que no eran jvenes; pero nadie se
hubiera atrevido  decir que eran viejas.

Encontrbanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene  ser
como el esto en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura
la sobra de fuerza, de vigor.

Eran todava dos mujeres peligrosas.

Cuando salia doa Isabel de su casita adherida  la atalaya,  cuando
salia doa Elvira del castillo para bajar  las poblaciones, siempre
habia ricos y jvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.

Llambanlas, por ltimo, en la comarca las hermosas viudas.

Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez,  poco despues, doa Isabel
se habia retirado  las Alpujarras,  la villa de Cdiar donde habia
dado  luz un hijo, y se habia mostrado sorda  todas las pretensiones,
vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicndose por completo al
cuidado de su hijo  quien amaba de una manera extremada; doa Elvira,
antes de la muerte de don Diego de Crdoba, su esposo, se habia retirado
 la villa de Vlor donde habia dado  luz  don Fernando de Vlor, y
del mismo modo despues de la muerte de don Diego se neg de todo punto 
contraer un nuevo enlace, concentrando, como doa Isabel, todo su amor
en su hijo.

A pesar de que vivian  poca distancia, ninguna de las dos cuadas se
visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y
dos aos antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don
Diego de Crdoba y de Vlor.

Pero si doa Isabel y doa Elvira no se veian, no acontecia lo propio
respecto  sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Vlor.

Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaa,  en
Granada,  donde solian ir con frecuencia,  en donde era mas peligroso:
en las reuniones de los moriscos,  las que se les llevaba para nutrir
en sus almas el odio contra los cristianos.

Las ambiciones de los parientes de entrambos jvenes, habian hecho nacer
entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero
que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no
cesaban un punto de decir  Diego su hijo, que su madre doa Isabel, era
descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de
Vlor su primo, era el primognito de la familia, sus vicios, su
afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y
capitan del rey de Espaa sostenia con los cristianos, le hacian
peligroso, cuando l, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus
nicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus
costumbres, era mas  propsito para ponerse al frente de ellos: los
allegados de don Fernando de Vlor excitaban de la misma manera la
ambicion de este, recordndole siempre su alto orgen y avivando su odio
 los cristianos con traerle continuamente  la memoria, el desastrado
fin de su padre. Contribuia no poco  ello, su tio don Fernando,  quien
se conoca entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer.
Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de
tutor  padrastro por su casamiento con su cuada doa Elvira; pero esta
se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia
cedido; enamorado y empeado cada vez mas por la peligrosa hermosura de
doa Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doa
Elvira de su hijo don Fernando: enerv su alma, se apoder de l, le
corrompi, y para sujetarle mas  su influencia le cas con Ins de
Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como
Aben-Jahuar, y dispuesto  ayudarle en sus proyectos que eran
tenebrosos.

Reducanse estos,  poner como condicion  doa Elvira, el
engrandecimiento de su hijo,  trueque de su mano,  su anulacion
completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fcil era de
comprender que, amando como amaba doa Elvira  Aben-Humeya, su hijo, no
vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano 
Aben-Jahuar, su cuado,  trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado
rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una
insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco
influyentsimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el
marido de su hija, llegase  ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas 
Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie
mas que doa Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo,
habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeo amoroso casndose
con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doa Elvira habia
comprendido que su cuado elevaria  su hijo, que le sostendria hasta
cierto punto en el poder, y que le derribara despues para hacer con su
cadver un escalon del trono de Granada.

Doa Elvira aborrecia, pues  su cuado; pero encubria su odio, porque
Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.

Abandonado Aben-Humeya  su tio, habia contraido viciosas inclinaciones:
era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeos como
su padre, y como l infatuado con su orgen: aadase  esto el odio que
doa Elvira le habia hecho concebir contra su tia doa Isabel de Vlor,
y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depsito de amargas pasiones: su
pensamiento enloquecia con sueos insensatos: desconfiaba de todo el
mundo, y sin embargo  todo el mundo se entregaba: dbil, irresoluto,
voluntarioso, era  todas luces inferior  su primo Aben-Aboo,  su
rival,  su antagonista.

Era este un mancebo de veinte y dos aos,  quien la reflexion hacia
parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enrgica; moreno,
con ese color dorado y caracterstico de los oriundos de Africa; plido,
con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguilea, boca de sutiles
labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y
fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un
vigor sumo y una agilidad extraordinaria.

Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco,
plido, de ctis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada
sensual y lnguida recordaban la antigua y casi extinguida raza rabe:
aunque  veces brillaba una chispa de valor indmito en sus miradas,
aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en
su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera
envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie
de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se
comprendia que estaba enteramente entregado  la molicie,  los
placeres,  la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de
raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de
valor sereno  infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de
grande, de indomable, que debia revelarse y dominar  la degradacion en
situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante
de s mismo, aunque por un momento.

Aben-Aboo, aventajaba  Aben-Humeya en hermosura, en energa, en
virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba  Aben-Aboo en fueros y
privilegios.

Aben-Humeya era seor de Vlor, regidor perpetuo,  veinticuatro del
ayuntamiento de Granada, capitan de infantera, y se llamaba don
Fernando.

Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba
lisa y llanamente Diego.

Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.

Aben-Aboo,  por mejor decir doa Isabel, su madre, lo habia vendido
todo  excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cdiar, y
una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote
de doa Isabel, que esta habia cedido  su hijo, y que estaba
continuamente alquilada.

En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doa Isabel que
aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los
gastos de Aben-Aboo. Doa Isabel se habia mostrado inexorable.

Aben-Humeya tenia en Ins de Rojas una esposa jven, pura y enamorada,
que le habia dado un hijo; en su tio un espritu que hablaba siempre 
su vanidad y  sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se
plegaba  todos sus caprichos, y numerosos amigos parsitos que le
adulaban y le ensoberbecian.

Aben-Aboo, solo tenia  su madre, pura y santa mrtir, que le predicaba
constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel
Lopez, se creian parientes del jven, y que este tenia por tales (hasta
tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orgen de Aben-Aboo)
gentes zafias, brabas, que no pudiendo ser nada por s mismas, lo
esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado  la
corona de Granada,  Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas
por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no
podian dar prestigio alguno  Aben Aboo.

Habia ademas otras disparidades notabilsimas entre ambos jvenes.

Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y esplndida servidumbre;
sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un
palacio en Granada y otro en Cdiar, y en estos palacios magnficas
cmaras, y en estas cmaras, costosos y bellsimos muebles, cuadros,
esttuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un
gran seor de aquellos tiempos.

Aben-Aboo, solo tenia  su servicio un esclavo africano, negro como la
noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel  su dueo
como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes
animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia
encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un
reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que
aparecia  lo lejos entre las rompientes de las montaas, daba luz la
ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas
muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de
escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban
algunas ropas sencillas, y un medio arns de hierro, suspendido de una
escarpia: los objetos de mas lujo que all se vean, eran las vidrieras
de colores de la ventana, y una chimenea de mrmol blanco del gusto del
renacimiento; una pequea puerta que daba paso  una escalera de
caracol, servia de entrada  este aposento que era circular, y tenia
cierto aspecto severo y triste,  causa de un pilar de ladrillo
agramilado, que sostenia en el centro la bbeda de agallones al estilo
rabe.

Sin embargo,  pesar de las diferencias que existian, segun hemos
demostrado, entre ambos jvenes, estaban puestos en contacto de una
manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el
del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas
por ellos sobre dos fantasmas.

Su ambicion miraba  la corona de Granada.

Y donde estaba aquella corona?

En la acalorada imaginacion de los moriscos.

Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian;
en una especie de fantasma.

Y qu fantasma era esta?

Fantasma  mujer, el ser  quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era...
la Dama blanca de la montaa!

Cuanto de bello y de potico suea la imaginacion meridional del pueblo
andaluz, se atribuia  aquella dama misteriosa: era un fantasma, una
hada, un gnio de la montaa,  un ser viviente real y efectivo? Nadie
podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que,
durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los
desfiladeros de la montaa, por las maanas antes de salir el sol, y
durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta,
siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, 
cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados
moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos,
no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente  su nombre
y  su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol,   la
luz de la luna, para mirar la altsima y siempre nevada cumbre de
Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.

Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artculo de
fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos.
Estos la maldecian porque era la sombra de una _perra infiel y
renegada_,  cuya influencia se debian sin duda las calamidades que
afligian  la comarca: los moriscos sentian hcia la dama fantstica, un
horror invencible, porque, al fin, la sultana Zoraya no habia sido
cristiana? No se habia llamado doa Isabel de Sols? Enamorando al rey
Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la
Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey
Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada
y por ellas la prdida del reino?

Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah,
vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espritu maldito de
las Alpujarras; ella tenia sobre s, no solo la execracion de los
habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.

Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? Habia algo de cierto en
aquella conseja?

No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia;
pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso
de nuestro relato, ver, el que lo leyere.

Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer;
entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breas;
entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la
magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian
enamorado.

Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas
imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.

Sin embargo, siempre que los dos jvenes se encontraban, se saludaban
sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las
manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba  los miradores de su
castillo de Vlor, lanzaba una mirada llena de odio  la atalaya de
Cdiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su
nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Vlor.

Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de
amistad en los labios, y el odio en el corazon.

Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.

Los moriscos de las Alpujarras despreciaban  Aben-Humeya, y los
monfes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de
una vez el cadver de un perro  la puerta de su castillo, lo que era
una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por
el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos
por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian
declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en l para hacerle
rey de Granada.

Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jvenes,  la que nunca
habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian,
y  quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre s: por
ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese
temible: era el que mas derechos tenia  la corona de Granada; porque
aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los
monfes.

Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que
la vida del emir habia llegado  su situacion mas dramtica; nuestros
lectores conocen los amores de Yaye con doa Elvira de Cspedes, esposa
de don Diego de Crdoba y de Vlor, y con doa Isabel, hermana de este:
saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian
dado por fruto dos nios, cuyo verdadero orgen, habia sido cubierto
respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas
que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien
la persona que se habia apoderado de las cartas de doa Elvira y de doa
Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas
que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quin habia sido el
ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.

Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel
secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse  las
Alpujarras, habia poseido  su esposa. Nadie sabia la terrible escena
que habia acontecido entre don Diego de Vlor y doa Elvira,  la vuelta
de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan
general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto
de hambre en el subterrneo; don Diego de Vlor, que esperaba para
vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del
asesinato de su cuado, habia muerto en la prision; su hermano don
Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa 
donde habia ido  buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada,
en la crte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de
morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por
intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano
misteriosa que habia robado sus nicas; pero terribles pruebas.

Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian
de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.

Porque Yaye no podia dudar de que los dos jvenes eran sus hijos, y esto
para l era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el
emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado,
uniendo  Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo
contrato de las dos familias, y satisfaciendo  sosteniendo con mano
fuerte la ambicin de Aben-Aboo.

Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya
se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega,
Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su
falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.

Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia
querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones  la montaa;
por algunas muertes dadas, aunque secretamente,  algunos castellanos,
habia llamado la atencion de los monfes que le apreciaban sobre manera,
del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban  Aben-Humeya.

Sabalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas
entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se
le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.

Yaye habia empezado  ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia
escuchado  su ambicion y  su fanatismo, mas que  su corazon; habia,
en una palabra, cometido crmenes: el crmen no puede producir mas que
crmen, y Yaye, ya casi en el otoo de su vida, veia levantarse contra
l su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y
llenas de vida, sedienta la una, doa Elvira, de venganza, lo que no se
ocultaba  Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, vctima
de la ambicion y de los crmenes de su familia, mrtir inocente que
devoraba su dolor y sus lgrimas, ocultndolas  todo el mundo. Ademas
de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija,
su infeliz Amina, deshonrada  sus ojos, enamorada de una manera
insensata del marqus de la Guardia; una nia, una infeliz criatura dada
 luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos
Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeados en una lucha sorda, pero por lo mismo
mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo
de Amrica, trayndole tesoros, representante  un tiempo de la
desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego oh! luego
otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El prncipe don Crlos
de Austria, el insensato,  quien l habia lanzado  la rebelda contra
su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe
II, y habia muerto en el alczar de Madrid[14].

Dios, el rey y los mdicos de cmara, Oliva y Valls, el divino (como se
le llama aun) sabian si el prncipe habia muerto por enfermedad, por
excesos,  por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir,
sino que el prncipe muri preso y procesado por su padre, y este
horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye,
la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo
natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente
criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.

De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la
ambicion de un hroe, se encontr cuando empezaba  descender el sol de
su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con
la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.

Tales eran la situacion de Yaye, de doa Isabel de Vlor, de doa Elvira
de Cspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro
relato.




CAPITULO II.

     El peregrino y el ermitao.


Un dia de invierno del ao de 1568, domingo por cierto  19 de
diciembre, despert Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental,
jardin de amores, alczar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de
la vida; despert, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino
duea mogigata y pudibunda,  honesta desposada, que sale  la calle la
maana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve
trnsito de la casa nupcial  la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos
dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que
apenas se lograban ver los objetos  diez pasos de distancia; que algo
mas all los rboles parecian fantasmas y que, por ltimo, algun espacio
mas all nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y
flotante de las extremidades de las nubes que tocaban  la tierra y la
inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.

Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y
dems gente de camino que iban por el de las Alpujarras  Granada,
tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y
subidas las mantas, capas  capotes hasta las narices, requisito sin el
cual se exponian  convertirse en carmbanos,  beneficio de un aire
colado y  pesar del cual se les helaba el aliento  la salida de las
narices, escarchndose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en
fin, una de esas homicidas maanas de invierno contra las cuales no hay
mejor defensa que el lecho y una habitacion hermticamente cerrada y
convenientemente caldeada.

Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompaasen en cuerpo y alma,
en una maana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos
apostemos para esperar  ciertas personas, estamos seguros que del
infinito nmero de lectores que han de tomar en sus manos este libro,
solo quedaria alguno de esos calaveras  quienes nada pone espanto, y
que estan siempre dispuestos  correr una aventura, siquiera sea en el
infierno,  algun desesperado cansado de la vida, y  quien fuese
indiferente morir de pulmonia, de pasmo   mano airada. Pero,
afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos
necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral
 incorprea, agena por lo tanto al frio  al calor atmosfrico,  la
ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues
de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en
santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espritu mercantil y
codicioso de nuestra poca, en taberna.

Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del
aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el
interior de aquel pequeo edificio cuadrado,  pesar de que un innoble
hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre
el venerable arco rabe de la antigua mezquita, como en muestra de que
all puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel
edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos
de haber acampado junto  l los ejrcitos de Castilla y de Aragon, el
mismo dia en que se entreg Granada  los Reyes Catlicos, que, rodeados
de su crte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron
desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la
Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las rdenes
militares: una lpida antigua, incrustada en el lado oriental de la
ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos
recuerdos histricos, forma un enrgico contraste, es casi una protesta,
contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y
gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero
severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y
ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del
envilecimiento, aquel depsito de tan nobles tradiciones, aquel
santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el
homenaje de adoracion y alabanza del hombre  su Criador.

Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cmo, nos ha inspirado
el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situmonos junto  ella y
veamos si llegan las personas  quienes esperamos.

Intil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era
una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado
entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella,
y su lmpara siempre encendida delante del altar, que se veia  travs
de la rejilla.

Acababa de amanecer,  por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia,
harto empaada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la
ermita, se destac un bulto, primero informe, y perfectamente
perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia
el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hbito de peregrino;
esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta
igualmente conchuda, tnica de buriel y bordon con la consabida
calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y
robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jquima y albarda  la
morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de
colores  que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un
penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con
lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el
frio y por la lluvia.

En vez de seguir adelante por el enlodado y difcil camino que siguiendo
por la mrgen izquierda del Genil, sobre que est situada la ermita,
conduce al cercano puente y  la ciudad, el peregrino toc suavemente
con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y
este se dirigi en derechura  la puerta de la habitacion del ermitao,
adherida por la parte del rio  la ermita.

Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al
pasar junto  la cruz de piedra situada delante de la ermita,
irreverencia notabilsima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente
sospechoso  quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie
podia haberlo visto, porque en la pequea rea en que podian ser
perceptibles los objetos  causa de la niebla, no habia otra persona que
el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion
natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya
sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.

Apese el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo
pasar adelante  causa de la interposicion del muro de la ermita, y
acercndose aquel  la puerta de la habitacion del ermitao, di en ella
y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su
bordon.

Contest inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y
caracterstica, verdadera entonacion frailuna y untuosa,  cuyo sonido
contest el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:

--_Al-jandul-illah!_[15]

--_Le ille-Allah!_[16] contest inmediatamente con entonacin devota y
enrgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abra la
puerta y dejaba ver un ermitao robusto de cuerpo, de barba bermeja,
ctis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hbito
ceniciento de franciscano descalzo.

Mirronse frente  frente ermitao y peregrino y el primero dijo al
segundo:

--Yo esperaba  un hombre que pronunciara  mi puerta el nombre de Dios.

--Yo soy ese hombre, contest el peregrino.

--Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitao.

--Se acerca la hora, contest el peregrino.

--Mustrame una seal para que pueda creerte.

--Djame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitao
cubria recelosamente la estrecha entrada.

Apartse el ermitao, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le
introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequea
fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en
esqueleto, una preciosa puerta rabe minuciosamente labrada y orlada de
inscripciones cficas, con leyendas del Koram.

El ermitao cerr inmediatamente la puerta exterior: entonces el
peregrino se quit el sombrero, levant una de sus conchas, y arranc de
ella un pequeo pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado
adherido con cera  la parte interna de la concha, le desenroll y le
mostr al ermitao.

Este ley lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas
lneas de pequeos y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta
roja.

--Cmo te llamas? dijo el ermitao mirando profundamente al peregrino.

--Abul-Hhassan, contest aquel.

--_Por dnde se camina hacia la luz hermano?_ replic el ermitao.

--_Por las tinieblas_, contest el peregrino.

--Bien venido seas, hermano, dijo el ermitao tomando la mano derecha
del peregrino y llevndola  la frente, muestra de aprecio y de amistad
entre los moros, recibida por ellos de los rabes.

--Que el Altsimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contest el
peregrino.

--Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitao; por ac
tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es
siempre ardiente.

--Vengo de Argel.

--Y qu noticias traes?

--Malas, muy malas; dijo el peregrino sentndose en un taburete junto 
un hogar en que habia fuego.

--Malas noticias dices que traes?

--El dey Aluch-Al, desconfia de nosotros.

--Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razn: hasta tal punto
sufren los moriscos las tiranas y las afrentas con que los afligen los
castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa
Kaaba. Por qu no imitan  los monfes de la montaa?

--Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclam con
energa Abul-Hhassan.

--Y qu haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de
soldados, de alguaciles y de inquisidores?

El peregrino sonri con desden.

--El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles;
parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y est en todas
partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus
insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la
mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo
el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impo,
vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano
y le enamoran, mostrndole el rostro descubierto y dominndole con su
hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos
penetramos nosotros encubiertos; t mismo pasas por santo entre ellos,
eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de
t; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de
peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la mscara de
mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa
con sus limosnas. Quieres mas? Llegar un dia en que el vencido,
humillado hoy, envilecido, doblegado ante su seor, se levante con el
pual en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los
cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro
sufrimiento, y ese dia ha llegado ya.

--Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan.

--Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del
sol; nos espera un hermoso dia, hermano.

--Y por qu si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el
dey de Argel?

--Su guerra con los venecianos,  que le lleva su fidelidad hacia el
supremo emir de los creyentes, Selim II,  quien Dios prospere, le
tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta,
ni un solo soldado, ni una sola dobla. Espermoslo todo del sultan, del
sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfes de las
Alpujarras.

--Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado.

--Si unidos  los monfes de la montaa logramos apoderarnos de Granada
y poner en armas la tierra desde Almera  Gibraltar; si vencidas, como
es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus
galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberes,
Espaa volver  ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik,
y ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante
por las espadas del Islam, llenar la tierra desde el Oriente  las mas
altas regiones del Occidente, mas all de los grandes mares, y desde el
Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.

--Cmplase la voluntad de Allah.

--Y se cumplir, asi est escrito: no crees t en lo que revelan esas
palabras de luz que se llaman estrellas?

--La carta que me has dado dice que eres sabio y astrlogo: solo Dios
sabe lo oculto, y l lo revela  sus escogidos. Cmplase la voluntad de
Dios!

Hubo un momento de silencio.

--Quin te ha dicho que me busques? pregunt al cabo el ermitao que no
confiaba mucho en Abul-Hhassam.

--El emir de los monfes.

--Y dnde has visto al emir?

--En las Alpujarras.

--Cunto tiempo hace?

--Dos dias.

--Y nada mas te ha dicho el magnfico emir al enviarte  m.

--Si me ha dicho: busca al Julan que vive encubierto en la mezquita de
Al-Morabethin[17] y  quien los cristianos llaman el hermano Pablo;
desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin
hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe l solo: no es
prudente que t, hombre de Dios, andes  la luz del dia por Granada, ni
te aposentes en las posadas pblicas; en la ciudad hay gente que te
conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las
Guajaras. Toma este escrito: mediante l, el Julan te abrir la puerta
de la mina, y por bajo de Granada, llegars  casa del Hardon. Esto me
dijo el emir al darme el escrito que te he entregado.

--T eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julan,
que hace algunos aos dijiste que las estrellas te habian revelado el
nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada.

--S es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui.

--Y quin debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julan.

--Hubo un tiempo en que yo cre leer de una manera clara su nombre en el
eterno libro del firmamento.

--Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doa Isabel de Crdoba y
de Vlor?

--Si, ese era el nombre que cre leer; pero despues las estrellas me han
dicho: espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se
levante armado contra sus opresores y podrs saber ese nombre.

--De modo que?...

--Esta noche  las doce, sabr quin ha de ser rey de Granada.

--Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julan
con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aqu no es
prudente, ven.

El Julan se levant y llev al faqui  un ngulo de la estancia donde
estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de
su apariencia cenobtica; la apart y debajo de ella qued descubierta
una trampa cerrada con un candado: sac el Julan una llave de la manga
de su hbito, levant la compuerta y qued descubierta una trampa.

Abul-Hhassam fue  descender por ella.

--Espera, dijo el Julan; es necesario que todo lo que ha venido contigo
desaparezca.

Y sali al patio, asi el ronzal del jumento, tir de l, le introdujo
en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguile
Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano,  cuyos
costados habia algunas puertas, iluminado por una lmpara pendiente del
techo.

--Daruh! exclam el Julan cuando estuvieron en el pasadizo.

Poco despues por una de las puertas laterales apareci un hombre jven,
robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfes de la
montaa.

Este hombre examin atentamente  Abul-Hhassam, y volvindose al Julan
le dijo.

--Qu me quieres wal?

--Lleva este asno  la caballeriza, ponle pienso como  nuestros
caballos y vuelve.

Daruh tom el ronzal del asno, y desapareci con l por una puerta
inmediata.

--Tus caballos! tus caballerizas! exclam con asombro el faqu.

--Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfes de
las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como
en tiempos de Boabdil.

--A quien Dios maldiga.

--Si; maldgale Dios: fue un traidor.

Apareci entonces Daruh.

--Guia  este hombre de Dios, le dijo el Julan sealando al faqu, 
casa del Hardon en el Albaicin.

--Qu! de esta entrada corren muchas minas al interior?

--Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompaase te perderias en su
laberinto. Pero  Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que
Dios te guie y te ilumine, faqu.

--Que la proteccion del Dios Altsimo y Unico est sobre t, hermano.

Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian
despedido el wali y el faqu.

Daruh encendi una lmpara, y ech por la mina adelante precediendo al
faqu.

El Julan permaneci un momento inmvil y pensativo.

--El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas
sus intenciones: le habr engaado ese astrlogo embustero? Quin
sabe? Que Dios ilumine al magnfico emir.

Despues de estas palabras el Julan subi, cerr la trampa, puso sobre
ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y
una calavera, un cepillo de cobre, sali  la ermita, abri su puerta y
se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y
haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:

--Hermanos caritativos! ayudad con vuestras limosnas al culto de esta
santa ermita!




CAPITULO III.

La recua, el carro y el ginete.


El sol habia salido, y haciendo honor  los pronsticos de Abul-Hhassam,
la niebla se habia disipado, contribuyendo  ello, un fuerte viento del
Norte que habia arrojado las nubes hcia Sierra-Nevada, en cuya cima se
agrupaban, como sirvindola de turbante.

El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era
bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros
rayos del sol de la maana, aparecia, extendindose su anfiteatro desde
el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el
pursimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y
sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la
torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos
V, y la iglesia de santa Mara. Has cerca las torres Bermejas, con sus
robustas defensas; el cerro de los Mrtires, cubierto de crmenes, y
estos crmenes cubiertos de verdura,  pesar de la estacin, merced al
verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales.
Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta
del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de
Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la
Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse  lo lejos entre las calles de la
ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas
blancas como trtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y
laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de
las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas
casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y
aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto  travs del
dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y  la
derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su
anfiteatro de montaas;  la izquierda la extendida vega y las distantes
y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la
tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos
del sol; todo aquello, repetimos, era una magnfica poesa, escrita la
mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.

El camino de las Alpujarras,  como ahora se dice, de Armilla, se hacia
mas concurrido  medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas
aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas  las ancas de sus pollinos,
por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en
los serones hortalizas  en los capachos gallinas y corderos, pasaban
alegres entonando el lnguido fandango,  interrumpindole de tiempo en
tiempo para animar su cabalgadura; oase sin interrupcin el zumbido de
los cencerros de las recuas, que conducan  la ciudad los variados
frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien
algun hidalgo, ginete en su curtago con el arcabuz en el arzon y la
espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una
manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se
separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentneamente el camino,
se dirigian  la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer
media blanca,  moneda de mayor vala, en el cepillo del ermitao.

Unos decian al dar la limosna:

--Dios le guarde santo ermitao!

Otros:

--Dios nos ayude hermano.

A los primeros contestaba el Julan:

--Dios se lo pagar en el cielo.

A los segundos.

--Dios tendr misericordia de nosotros.

Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.

Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.

Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitao pedia para el culto de
la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba
produciendo su sonido mas ronco, y hacindose mas pesado, cuando se oy
un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces,
acompaado del sonido de muchas campanillas, y desemboc por el camino
una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus
arrieros.

Pero lo que tenia de extrao esta recua, ademas de la riqueza y de la
variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los
jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos
hombres eran jvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni
mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera
contado, hubiera visto que llegaban  veinte y dos, y que tras ellos,
ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas
edad y respeto, y al parecer como capataz  mayoral de aquella gente; en
cada asno detrs de la carga, que era abultada, aunque no de un peso
excesivo,  juzgar por lo desembarazado y fcil del trote de los
jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de
aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreales y una daga, en
el talabarte una espada y  mas de esto dos arcabuces pendientes  los
costados de la parte posterior de la enjalma.

Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles,
pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el
Julan los mirase de una manera profunda, no  los burros, sino  cada
uno de los hombres que llevaban  las ancas, ni sin que todos estos
hombres mirasen con profunda atencin al Julan. En cuanto al capataz de
aquella gente, se desvi del camino, enderez su mulo  la ermita, se
descubri respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un
tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al
falso ermitao, que acort el trecho, saliendo al encuentro del que
llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclin y ech en el cepillo un
doblon de  ocho.

Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte
cepillos, era sin duda una sea, puesto que el Julan dijo palideciendo
y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis
aos.

--Con que ha llegado la hora?

--Si, contest el otro.

--T eres el wal, Harum-el-Geniz, exclam el Julan mirando fijamente
al otro.

--Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has
reconocido por la voz.

--Buena barba y buenas cejas traes. Y esos valientes que han pasado con
la recua son de los nuestros?

--Si, son de la taha de Cdiar. Pero vamos  lo que importa. Tras m
viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores
hermanos; dentro de poco estar aqu y entrar una persona que viene en
el carro  orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya
suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va
lejos. Adios.

Y apretando las espuelas al mulo, parti al galope al mismo tiempo que
el Julan se metia en la ermita.

Poco despues apareci en el camino un carro que adelant  buen paso;
tiraban de l cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un
zagal jven y gil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada
del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.

Detrs y  poca distancia armados con lanzas  la gineta, venian cuatro
lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor
de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de
estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una
persona principal.

El carro se dirigi  la ermita y cuando estuvo cerca de ella par, uno
de los lacayos ech pi  tierra, tom de la zaga una escalerilla de
madera, la apoy contra la delantera, y el mayoral abri las cortinas
que cerraban la entrada: entonces sali una persona con trage negro de
caballero, y apoyndose ligeramente en el hombro del lacayo, que  pesar
del frio tenia el sombrero en la mano, salt al suelo casi sin tocar los
travesaos de la escalerilla, pas junto  la cruz, se quit devotamente
la gorra y entrando en la ermita se arrodill delante del altar.

La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para
mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por
lo mrvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de
Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por
lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces,
puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por
la altura de su pecho, por la pequeez de sus manos, por mil indicios,
en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella
persona era una mujer disfrazada de hombre.

Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de
terciopelo; nicamente su capotillo era de riqusimo pao de Segovia,
forrado de armios; llevaba espada y daga; pero no pequeas como
pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales
como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque
de gran riqueza y primor en sus empuaduras; ltimamente, sus botas de
gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraa)
pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una
plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo,
distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.

El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no
era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun
estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el
objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.

La incgnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se
levant, mir en torno suyo, vi al Julan que estaba relegado  un
ngulo junto  un confesonario, se dirigi  l, sac de su limosnera un
pliego cerrado, se lo di y sin decir una sola palabra sali de la
ermita, y entr en el carro que seguidamente tom  buen paso el camino
del puente de Genil.

El Julan se volvi de espaldas  la puerta y rompi la nema del pliego
en la que se leia nicamente estas palabras: _Obediencia y sigilo._

Dentro algunas lneas en caracteres africanos muy bien escritos decian:
El Seor Altsimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud.
Sabrs, Julan, como esta noche  las doce, llamaran  tu puerta todos
los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de
ellos te mostrar una sortija de oro que tendr escrito en la parte
exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le
introducirs por la mina, haciendo que uno de los monfes que te
acompaan le guie  casa del Hardon junto  San Miguel. A todo el que
pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, prndele y si
resistiere mtale.--El emir.

Guard cuidadosamente el Julan en su seno esta carta, fu  la puerta
de la ermita, permaneci en ella con el cepillo en la mano y tan
profundamente pensativo, que aconteci que mas de un viandante se
acercase  l, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la frmula
de costumbre, sin que el le contestara.

Los cristianos al verle tan abstraido decian:

--Es un santo.

Los moriscos:

--Qu suceder que tan pensativo se muestra el Julan?

Pero hubo de volver en s de su profunda meditacion al sentirse sacudido
de una manera vigorosa.

Mir y vi ante s  un jven como de veinte y dos  veinte y cuatro
aos, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes:
vestia  la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como
ellos, llevaba espada, daga y pedreales y adems, como arma defensiva
una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnfico caballo de
raza rabe.

--Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jven, en qu
diablos piensas, Julan?

--Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conocindole.

--Si, yo soy; pero qu sucede?

--Suceder! quin sabe? pero me parece que llega la hora.

--Lo mismo me parece  m.

--Ests seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julan.

--Como lo estoy de la hoja de mi espada, contest el jven.

--Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julan, que no es prudente, hablar
largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos.

Y diciendo esto cerr la puerta de la ermita, fu  la que daba paso
desde el exterior  su habitacion, la abri, mir con recelo al camino,
y viendo que en l no habia nadie, empuj al interior del patio 
Aben-Aboo que le habia seguido, tir de su caballo, y cuando estuvo
dentro cerr el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julan
estaban sentados frente  frente junto al hogar.

--Oh! cmo nos engaamos los mas prudentes, dijo el Julan: te muestras
muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde
se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es,  era segun creo uno de tus mayores
amigos.

--Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espritu de Dios ilumina sus
pensamientos y las estrellas hablan para l con tanta claridad como el
libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam est en Argel donde yo le
he enviado  pedir ayuda al dey Aluch-Al.

--Sin duda que la costa del viaje habr concluido con las ltimas doblas
de la hacienda que te dej tu padre.

--En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julan.

--Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel est
alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompaado de lacayos,
ahora viajas solo como un cualquiera.

--Qu quieres, Julan! decretos son de Dios! pero espero recojer con
usura el dinero que he sembrado.

--Creo que te engaas, dijo el Julan. Pero creo tambien que creers en
mi amistad.

--No tengo motivos para dudar de ella. Hemos recorrido tantas veces
juntos la montaa! juntos hemos dado muerte  tantos castellanos!

--Y yo que te he visto valiente y noble, yo que s que como Aben-Humeya
tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio
para que nuestro invencible emir, pensase en t para hacerte su
heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es
necesario que renuncieis  la corona de Granada.

Psose en pi de un salto Aben-Aboo.

--Qu renuncie  ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va 
emprenderse contra el cristiano! Que otro los lleve al combate!
exclam con voz reconcentrada y el rostro lvido de clera. Piensas
acaso que yo ambiciono una corona? Miseria humana! Honra y nada mas es
lo que quiero. Libertar  mi patria lo que ambiciono. Y quin tiene mas
derecho que yo para empuar la bandera del Islam? Quin mas que yo ha
trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar  mi patria? No he
expuesto mi vida? No he gastado mis riquezas?

--H ah el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre
 quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no ser rey de
Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese
hombre es el faqu Abul-Hhassam.

--Pero Abul-Hhassam...

--Abul-Hhassam sabe que has gastado tu ltimo doblon.

--Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la
predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de
bajeles.

--Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero.

--Abul-Hhassam es un santo.

--Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engaado  tus parientes y 
t.

--La prueba, una sola prueba.

--Vuelvo  repetirte una pregunta que ya te he hecho: dnde crees que
est en estos momentos tu santo faqu?

--Ya te he contestado que en Argel.

--Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aqu, y ha entrado por la
mina en Granada.

--Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mand
de rden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado 
cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas.

--Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que
Aben-Humeya ser su rey, y que para evitar toda disension, casar con la
hija del emir.

--Con la hija del emir! con la sultana Amina! pero Aben-Humeya est
casado con Ins de Rojas.

--La repudiar.

--Y su hijo?

--Le abandonar como  su madre.

--Pero esto es un tejido de infamias.

--Y crees t que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son
necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora
 la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfes lo podemos todo.
Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje  Aben-Humeya, es necesario obedecer
y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe
importarte; l tendr que vencer las primeras y mas duras dificultades,
y luego t...

--Y qu me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de
la prdida de Amina?

--Cmo! conoces  la sultana?

--No.

--Y ests enamorado de ella?

--Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un
tesoro. Sabes t lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?

--Si, s que es un Dios.

--Todos ansan conocerla y ninguno la conoce.

--Te engaas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.

--Y qu hombre es ese?

--Ese hombre es Harum-el-Geniz.

Despejse la frente de Aben-Aboo de la sombra nube que la habia
cubierto.

--Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de
una montaa, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes
armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos
antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magnficos, y entre ellos,
en un palanquin cubierto con un dosel de prpura, va una dama con
vestiduras rgias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella
el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos
han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los
naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de
nuestros abuelos. Ninguno se atreve  seguirles por temor que aquellas
sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lanc tras ellos
al escape de mi caballo.

--Y qu sucedi?

--Uno de aquellos ginetes, magnficamente armado, que mostraba en su
adarga el blason real de los reyes de Granada, volvi hcia m  rienda
floja, con la lanza baja, y me encontr de tal manera, que me arroj en
tierra, valindome para no ser herido, el buen temple de mi coselete,
que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba
calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:

--Jrame si quieres vivir, que no volvers  seguirnos.

--Te lo juro, le contest. Pero una sola palabra. No es verdad que esa
dama no es la sombra de la sultana Zoraya?

El jinete lanz una carcajada.

--Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del
poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

--Si t no te llamases Aben-Aboo, contest con acento irritado el
caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero
cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y
con lo que piensas, porque los monfes estan en todas partes, hasta en
el pensamiento de sus enemigos.

Dicho esto, revolvi su caballo, y fu  incorporarse con la dama, que
desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y
desaparecieron en la vuelta de la montaa. Yo me levant, mont como
pude, y volv  Cdiar. Desde entonces amo  esa mujer. Yo habia visto
su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la
toquilla que la encubra: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la
incitante y lnguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que
conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de
Cdiar, y  pi y solo, he ido  ocultarme en las quebraduras cercana al
barranco por donde la v pasar la vez primera y algunas otras veces,
antes de la salida del sol, la he vuelto  ver, ya reclinada en el
palanquin, ya  caballo, ya  pi, siempre gentil, siempre magestuosa,
pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de s, no s qu de
voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que
obliga por su mismo misterio  que no pueda olvidrsela. Y luego esa
mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, 
quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima
debajo de la tierra, alczares maravillosos y tesoros inmensos, es un
misterio impenetrable. Llmanla unos la hechicera, otros el espritu del
Islam, que en forma de mujer vaga por las montaas, de donde espera
renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo s que es la
sultana Amina, no s por qu, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi
pobreza como habias pensado, es la que me obliga  retirarme de Granada,
porque  donde ella est va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna
vez, oculto entre las breas.

--Y no conoces t al emir? dijo profundamente el Julan.

--Nunca le he visto; pero obedezco sus rdenes, acato su valor y le
reconozco como nuestro seor.

--Y te obstinas en el amor de su hija?

--Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio,
como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era
una pobre labriega, hermosa, s, como son hermosas todas las hijas de
las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar
entre las quebraduras, una voz dulcsima que me gritaba: Aben-Aboo! y
era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos
humanos; era un sueo; era mi amor que cree verla en todas partes.

En aquel momento rechin violentamente la tarima, se alz crugiendo,
impulsada por la compuerta de la mina, y apareci un hombre enteramente
envuelto,  la usanza mora, en un blanco almaizar.

Al verle Aben-Aboo y el Julan, se hicieron atrs, y el primero ech
mano  la empuadura de su espada.

--Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras
estaban llenas de autoridad: los monfes estan en todas partes y  nadie
temen. Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteci, por
seguir  la Dama blanca de la montaa?

--He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso
conmigo.

[imagen: Don Fernando de Vlor.]

--Yo!

Te he reconocido en la voz. T fuiste el caballero que me derrib.

--Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre
con voz solemne, has sacrificado tu amor  tus promesas. Srvate esto
para disculpar tu imprudencia. Amas  crees amar  esa dama, olvdala.
Te crees llamado  ser rey de Granada: los monfes te daran rey.

--Y con qu derecho? exclam con orgullo Aben-Aboo.

--Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. Qu
habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista?
doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus
trages, acudir  sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de
espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas
profanadas y envilecidas por el vencedor: y qu hemos hecho nosotros
los monfes de la montaa? no hemos cambiado con el castellano mas que
hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido
de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montaas,
nuestros alczares, las grutas de los barrancos: y admrate: somos
ricos, poderosos, terribles: la Chancilera se aterra  nuestro nombre,
el capitan general nos teme; cuando un monf da en manos de la
Inquisicion, se apresura  entregrnoslo; por nosotros la ley alcornica
vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la
esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de
las poblaciones.

--Infame! eso no! llama infame  quien lo sea, no  Aben-Aboo, no al
enemigo irreconciliable de los cristianos.

--Eres bueno y leal, jven: pero es necesario que no seas imprudente.
Antepon tu patria  tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.

--Qu me dais aqu? dijo con orgullo Aben-Aboo: un bolsillo! Soy
acaso un mendigo?

--El emir de los monfes es tu pariente.

--Es verdad.

--El emir puede darte oro sin humillarte.

--S.

--Te ha mandado venir hoy  Granada.

--Es verdad.

--Y vienes sin dinero!

El jven se sonroj y call.

--Guarda ese oro, jven, gurdalo. Yo te lo entrego de rden del emir.

Aben-Aboo guard el pesado bolsillo.

--Ahora vete: el emir te ha llamado  Granada. Cuando ests en ella, el
emir te buscar.

Y seal con un ademan de imperio la puerta  Aben-Aboo.

Este, dominado, sali, tir de su caballo, mont en l, y se dirigi 
la ciudad.

--Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incgnito, para otros
el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. Miseria humana!
Cierra tu puerta Julan, y sgueme.

El monf cerr, y precedido del encubierto desapareci por la mina.




CAPITULO IV.

     El corral del Carbon.


Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y
preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su
pensamiento cuando queria aventurarse en l: no sabia si esperar 
desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la
ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas
misteriosas, pero magnficas, y entrambas difciles y rodeadas por todas
partes de peligros.

Usaban los monfes de l como de instrumento: le querian por gefe  por
soldado? Quines eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo,
pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban,
incendiaban y degollaban sin compasion, pero jams un buen creyente
habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los
desfiladeros de la montaa, ni las haciendas de los buenos moriscos
habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jams habia
logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta
era  todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus
solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las
Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de
grande, algo de magnfico.

Por otra parte, aquel hombre que acompaaba  la Dama blanca, hasta
entonces inaccesible para l, le daba oro en nombre del emir, y le hacia
escuchar una voz amiga. Qu significaba esto? le amaba aquella mujer, 
le temia y pretendia seducirle, engaarle y hacerle esperar por amor 
Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le
trataba, debia temrsele  aprecirsele, y esto ya era mucho: esto
significaba que se reconocia su poder.

La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empez 
refrescar el hasta entonces rido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la
esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna
parte de alegra,  medida que se abrigaba en el corazon del morisco,
iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminndole con un
aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado.
Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco
tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no
hacerse sospechoso,  medida que despues de haber pasado el puente de
Genil, se acercaba  la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas,
hasta que, llegando  la puerta, se mostr ya perfectamente tranquilo.

Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia  Granada despues
de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia
casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra
venta, consumidos del todo en expediciones  Africa y  las Alpujarras,
sobre todo como sabemos, en pagar la codicia  la ciencia de
Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto
de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con
honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que
constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las
Alpujarras con su pequeo huerto. Pero hasta su ltima dobla habia
desaparecido.

Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendi
sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos
rabes de montar, y un esclavo negro, se traslad con su pequeo capital
y su escasa servidumbre  su antiguo seoro de las Alpujarras, y puso
su casa  palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en
arrendamiento.

Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrtico, del barrio de
san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos:
presentse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al
administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados
al mes tom la casa para su seor y su familia.

Aquel caballero continuaba vivindola, y h ah por qu hemos dicho que
Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia.

Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente
cercano del emir, aceptando con l, una esperanza, un bolson de oro
bastante  satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidi 
usar de su despotismo de propietario, y  arrojar de su cmoda vivienda
para ocuparla l mismo,  sus inquilinos.

Pero para llegar  este fin, era preciso pasar por algunos trmites: 
saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la
respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia.

Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia  su administrador: era de tan
poca cuanta la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco
habia desdeado tratar directamente con l, y habia encargado de ello 
su fiel esclavo Agar.

Recordando Aben-Aboo, vino  sacar en claro, atenindose  las noticias
que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses  Granada 
cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de
Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la
vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese
Pertiez.

Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del
Carbon habia una excelente hospedera donde poder esperar el resultado
de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tom  buen paso
por las callejas que ahora se llaman de san Matas, y tropezando y
deslizndose por sus estrechuras, lleg al fin delante de la bellsima
portada rabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan 
hospital de los mas famosos de Granada.

Entrse de rondon y  caballo por el arco flanqueado por los tenduchos 
nidos de dos adobadores de pieles de gato, ech pi  tierra en el
destartalado corral, y mir en torno suyo.

En un ngulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, seal
clara de que habia llegado  la ciudad alguna compaa de farsantes, y
que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa  farsa. Esto tenia
en movimiento  todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban
en retrucanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban
embobados  un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion
de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de
una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina
descolorida, y abierta enteramente  la intemperie.

Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el
corral, fij por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se
puso  buscar por los mbitos del corral, los vestigios de la tienda de
su administrador rapista.

Vi al fin, una vieja y abollada vaca que se balanceaba colgada del
dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indic que
habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no
armonia, de guitarras y castauelas, que salia como una tempestad por la
negra puerta donde la vaca se balanceaba.

Enderez para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del
diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda.

A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por inters al dueo de
la casa, callaron castauelas y guitarras, para que se pudiese oir lo
que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un
acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran seor que quiere
tratar bien  sus inferiores:

--Dios guarde  la buena gente.

--Ah! voto  mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jven
desde un negro ngulo: bien venido sea el seor Diego Lopez; y  qu
hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un
lugar en el barreo, princesas,  id llenando los vasos: cuernos de
Lucifer! pues si es mi mayor amigo?

Y adelant guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al
llegar mas hcia la puerta, pudo verse lo que era:  saber: un capitan
de infantera, jven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su
castoreo, su espada de gabilanes, y unos atrocsimos mostachos
retorcidos de una longitud espantosa.

--Ah! marqus de mis pecados! exclam Aben-Aboo, aceptando el terreno
que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este
tabernculo... siempre el mismo, pardiez.

--Mi casa no es tabernculo, dijo un hombre diminuto, que necesit para
ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un
hombre de buena estatura puesto al pi de una torre, se v obligado 
levantarla para ver su parte superior: sabed seor Diego Lopez, que esta
es una casa honrada donde concurre gente noble.

--Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al
marqus de la Guardia.

--Chits! exclam el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis
perdido: nadie extraa que un capitan ande con la bolsa un tanto
ligera... los pagadores de los tercios nunca tienen dinero... pero un
marqus... no lo creais, seores, el seor Diego Lopez, mi amigo, se
chancea... yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que
gasta lo que tiene, cuando lo tiene... eso si; ea! siga la zambra, y
vos sentaos y mirad en qu buena compaa nos encontramos.

Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo,
hablar con maese Pertiez. No es esta la tienda de maese Pertiez?

--Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas,
caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso... nos
conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de
seguro viene ciento.

Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro
y lustroso.

--Ah! sois vos maese Pertiez? Pues mirad, nunca lo hubiera credo...
me pareceis hombre de bien.

--Cmo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas
noble, ni en la crte... los Pertiez...

--Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad
vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde
podemos hablar unas palabras  solas.

Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, at las
bridas de su caballo  la celosa, que segun costumbre en esta clase de
establecimientos, heredada sin duda de los rabes, serva de cancela, y
sigui  maese Pertiez que le indicaba una pequea puerta.

--Ya s para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran
misterio Pertiez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho...
vaya si lo s... pero os advierto, que la empresa en que os meteis es
difcil.

Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia  palabras
menos graves que aquellas, se alarm, pero encubriendo su cuidado, dijo
de la manera mas natural del mundo:

--De qu empresa quereis hablar, amigo mio?

--Bah! todos los seores de Granada estan alborotados, desde que vino
ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Vlor, hombre que
jams ha puesto los pis en mi casa, y que ha estado hablando conmigo
dos horas largas sobre el mismo asunto.

--Pero, de qu prodigio y de qu asunto hablais, mentecato? dijo
Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de
don Fernando de Vlor acab de impacientarse.

--Ah! yo creia que veniais por la reina mora.

--Por la reina mora? Qu reina es esa?

Mir con asombro el barbero  Aben-Aboo, y luego dijo:

--De donde venis caballero?

--Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las
Alpujarras.

--Ah! acabramos: ya no me extraa que vos no conozcais  la reina
mora. Y decidme, no era de eso de lo que veniais  hablarme? me alegro,
porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros.

--Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la
paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese
Pertiez. Sepamos claro qu empresa es esa tan difcil, y de qu reina
mora se trata.

--Pues seor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa
comedianta, llamada Anglica, que hace  las mil maravillas de reina
mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces
en otros tres dias de fiesta: y como la tal Anglica gasta unas plumas y
una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de
ruiseor, y llora que da lstima (porque la farsa es muy lastimosa), y
es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida,
que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han
dado las gentes en llamar  la Anglica la reina mora, y los caballeros
que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la
empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas
difcil que ninguna de las que llevaron  cabo los Doce Pares de
Francia.

--Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han
hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos  lo que me interesa.
Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san
Miguel.

--Qu poseeis! luego vos sois, el seor Diego Lopez!

--Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan.

--Perdonad seor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos...

--Bien, quiero perdonaros, pero  condicion de que me habeis de hacer un
encargo que me interesa, por el aire.

--Mandad, seor.

--Ireis  mi casa.

--Ir.

--Direis  las gentes que la habitan, que se muden al momento.

Rascse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades
en el negocio, el rapista, y murmur algunos monoslabos.

--Qu! creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo
que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha
dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino
que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fcil del mundo, que
carguen con sus maletas y se vayan  donde mejor les convenga: no he de
pasarlo yo mal, alojado en una hospedera, teniendo casa en Granada.

--Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa est
arrendada  personas muy principales: y ya veis que el caso es
dficilillo... Cuando se trata de gente noble y rica... tomarinlo 
desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance.

--Me importa poco.

--Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es
dislate echar por el malo... si consintierais en darle un plazo siquiera
de ocho dias...

--Ni tres.

--Yo os procurara hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se
sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Anglica, de la reina
mora.

--De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague
bien las diligencias.

--Me injurias, caballero; los Pertiez...

--Van  concluir  mis manos si sois vos el ltimo de la familia.

--Nada menos que eso, seor, nada menos: pero os ruego que mireis bien
lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si
supirais quines son vuestros inquilinos...

--Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en
esa gente.

--Y que me place seor Diego Lopez, id vos, y ved... contadme despues si
yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades... en
fin, id vos y contadme.

--Tendremos aqu otro misterio como el de la reina mora?

--Sentaos, seor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora
mas  menos no se descompone ningun negocio.

Sentse Aben-Aboo, un tanto interesado  su pesar por los misterios del
rapista, y este, tomando otra silla, se encaram en ella, puso sus pis
en el primer travesao, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus
manos y en esta actitud en que  nada se parecia tanto como  un mono,
dijo:

--Hace un ao vuestro honrado negro Agar, que venia  m casa  tomar
leccion de vihuela  que era muy aficionado, y para cuyo instrumento...

--Maese, si empezais asi, yndoos del camino de vuestra relacion por las
orillas, y  cada paso, no acabaremos nunca.

--Pues si seor, bien; dejando  un lado,  la orilla, como vos decis,
la vihuela, vuestro esclavo Agar,  quien conoc...

--Mi esclavo Agar, exclam con clera Aben-Aboo, merecia quinientos
azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo
que yo quiero saber es qu clase de gente vive en mi casa, por qu razon
es tan temible como decs y concluyamos.

--Concluyamos: son cinco hombres y dos mujeres: el uno y la una amos:
los otros criados: el seor, el amo, es un hombre de cuarenta y mas
aos, muy rico, muy noble, pero muy altivo: la seora, el ama, es una
doncella muy hermosa, segun dicen, y segun dicen tambien muy caritativa
y dulce, y tratable y muy cristiana, eso si: dicen que es un ngel. La
otra mujer, la criada, es una duea como de cincuenta aos, rezadora y
gruona, con la cara enjabelgada de soliman y las tocas tales y tan
almidonadas, que mas que tocas parecen yelmo de encaje en lo tiesas: de
los otros cuatro hombres, el mayordomo, el rodrigon, el cocinero y el
paje, no hay que hablar: son cuatro demonios  los cuales nunca se les
ve la risa. El seor se llama don Alonso de Fuenzalida, la seora doa
Ins; la duea doa Mnica, el mayordomo Rodriguez, el cocinero
Cuchillada, el paje Ballestilla y el lacayo Judas.

--Pardiez! pues tienen nombres de encargo los criados de mis
inquilinos!

--Esto es todo lo que s de esa familia... por lo dems pagan bien,
cuidan de la casa, y tanto que en ella no entra persona viviente y son
buenos cristianos.

--Con que nadie entra en la casa?

--Nadie; y eso que muchos seores que han visto alguna vez, aunque
siempre encubierta  la seora, andan que se desviven por ella, y muchos
se la han pedido  su padre... pero ca! yo creo que doa Ins se
destina  monja.

--Tan recatada anda?

--Como que se pasan meses enteros sin que se la vea ni por una rendija
de los miradores: cuando sale  misa, y eso muy de maana, va cubierta
de los pis  la cabeza con un manto,  travs del cual el mas lince
solo puede verla un ojo, pero un ojo como un sol... eso si... por lo
hermoso del ojo, y luego por su andar noble y grave y por su talle y por
su apostura, y por una mano que suele asomar bajo el manto, y por la
punta de un pi que suele verse bajo la saya, se adivina... que es
adivinar, se tiene certeza, de que es hermosa, muy hermosa, hermossima,
y... vamos seor Diego Lopez... vos sois noble, rico, valiente, gallardo
y vuestra inquilina es hermosa, honrada, noble y rica... sois mozo... y
ella soltera... y qu diablos! si no os emperais en echarlos de la
casa, y os presentrais como dueo, acaso, acaso...

--Y dnde habeis tenido vos ocasion de ver, aunque encubierta,  doa
Ins? dijo Aben-Aboo.

--En mi casa tres veces.

--En vuestra casa... Ah! ya! la habeis visto tres veces, y tres veces
han representado en el corral los comediantes...

--Eso es. Cuando lleg la compaia de cmicos  Granada, como aqu es
donde se han hecho siempre las farsas y los entremeses y los bailes, el
autor de la compaia, el buen Godinez, me llam aparte y me dijo: maese
Pertiez, me han dicho que vos sois el vecino mas honrado del corral;
que haceis en l cabeza y que los otros vecinos van por donde vos
querais que vayan: ahora bien, segun costumbre, para hacer aqu farsas y
otros autos, es necesario pagar tantos reales  la hermandad de las
Animas, otros tantos  la Ciudad, cuyo es el corral, y otros  los
vecinos por el ruido.--Asi es, le contest, porque asi era la
verdad.--Ahora bien  mas de eso hay que alquilar tablado y tapices y
msicos.--Con los msicos corro yo, le contest.--Corred vos con todo,
me dijo; haced que los vecinos nos alquilen las ventanas en un precio
arreglado para que nosotros podamos revenderlas al pblico con alguna
ganancia; quedaos con las vuestras que yo os aseguro las podreis
alquilar  buen precio, porque la compaa es muy buena y har ruido, y
vos ganareis, y yo ganar y todos ganaremos.

--Sabeis maese que para contestar  una pregunta, hablais mas palabras
que las que tiene un misal?

--Que quereis? yo no s dar razon de las cosas sino empezando por su
principio, y asi se entera bien el que pregunta y queda satisfecho el
que contesta. Como decia, tira de aqu y afloja de all, ajustamos el
negocio el autor de los cmicos y yo; por mis conocimientos, que son
muchos, y todos por mi navaja, logr que el hermano mayor de las Animas
se contentase con tres reales por cada funcion, que la Ciudad perdonase
su parte, y que los vecinos por el ruido y el alquiler de las ventanas
no pidiesen mas de veinte reales. En cuanto el trato estuvo hecho, el
autor colg un lienzo con pinturas extraas y vistosas en la puerta del
corral, y el bobo de la compaia, tocando el tambor, se puso  gritar y
anunciar al pblico la primera funcion. Como hacia mucho tiempo que no
habian venido  Granada comediantes, se dieron de ojo  pedir aposentos
y sitio para las sillas, y aunque el corral hubiera sido como
Bibarrambla, tantas sillas vinieron que no qued lugar para la gente de
 pi.--Yo, que al principio vi la bulla, me dije: tengo tres ventanas
que vender, las mejores, porque yo he tenido mucha cuenta con que el
tablado se haga cerca de mi ventana: si las vendo al principio ganar
mucho menos, pero no si me quedo para lo ltimo cuando ya todo est
vendido: y dicho y hecho; me sali mejor la cuenta de lo que yo
esperaba.

--Debeis descender de judios, maese Pertiez...

--Vos podeis decirme todo lo que querais, seor Diego Lopez, seguro de
que no me he de ofender. Pero vamos al asunto: ya era por la maana del
domingo en que habia de hacerse la funcion y como  las siete, he aqu
que se encaja de rondon en mi casa Ballestilla, el paje de doa Ins, y
me dice que su seora quiere ver la funcion y que cuenta conmigo para
que le procure un aposento.--Yo le digo que no hay, que seria necesario
pagar mucho para lograr que alguno lo cediese por codicia.--Y no hay
cuidado por el dinero, me dice el paje ponindome un bolsillo en la
mano.--Dgole que vuelva pasada media hora  saber la razon y cuando
vuelve le llevo  mi primera ventana desde la que puede tocarse casi con
la mano al tablado:--Todo esto est muy bien: pero mi seora quiere un
balcon.--Aqu no hay balcones.--Ya veo que todas son ventanas, pero
habiendo dinero, madera y carpinteros todo puede hacerse.--Consiento y
Ballestilla parte como un venablo, y  poco vuelve con carpinteros y
madera, y en un santiamen hacen el mirador que habeis visto desnudo  un
lado de mi casa: luego le visti de tapices y he aqu un aposento tan
bueno como el del rey. El mirador se hizo en una hora. Entonces yo me
dije para m: hijo de cristiano soy, gusto tengo como el que mas,
vendamos la ventana segunda, y hagamos en la tercera otro mirador, y no
faltarn muchos de mis parroquianos entre ellos el capitan don Juan
Coloma, que me paguen bien y sobradamente por ocupar un puesto en mi
aposento: manos  la obra:  la una estaba ya todo concluido y empez 
entrar la gente. Ved ah como he podido ver tres veces y en mi casa 
doa Ins de Fuensalida... y qu talante el de doa Ins...! os
aconsejo seor Diego Lopez que antes de dar ningun paso acerca de
vuestra casa, os espereis  conocerla.

--Me urge maese, me urge, y no estoy de humor de amoros ni de
galanteos... no me pesa por otra parte que me hayais dado algunas
noticias de esa familia; bueno es saber con quien se trata; asi pues
ireis y direis  ese caballero...

Interrumpi en aquel momento  Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la
habitacion en que se encontraban y abrindose aquella entr un hombre
como de veinte y cuatro aos con librea de paje de casa noble, y al ver
 Aben-Aboo, se quit respetuosamente su gorra.

--Ah! mil perdones! dijo, yo creia que estbais solo, maese Pertiez.

--Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os
vens como llovido del cielo; he aqu al seor Diego Lopez, el dueo del
palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento...

Ballestilla interrumpi providencialmente al barbero cuando este iba 
decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus
inquilinos dejasen la casa.

--Vuesa merced es el seor Diego Lopez? dijo acreciendo en cortesana
Ballestilla: pues me alegro, si ciertamente.

--De qu os alegrais mozo? contest con secatura Aben-Aboo.

--Me alegro porque el encontraros aqu me escusa de buscaros.

--De buscarme? y quin os manda buscarme?

--Mi seor don Alonso de Fuensalida.

--Y para qu me quiere vuestro seor?

--Esta carta que me ha dado para vos os lo dir, seor, contest
Ballestilla sacando del bolsillo de sus gregescos una carta.

Tomla Aben-Aboo, rompi el sello blasonado de la nema, en la cual se
leia: Al seor Diego Lopez de un su amigo, desdobl el pliego y ley
lo siguiente:

Amigo mio: permitidme que os trate con esta confianza, aunque no os
conozco, y que sabiendo que acabais de llegar hoy  Granada, me apresuro
 ofreceros en vuestra casa, en la cual con vuestra licencia vivo, el
aposento que os tengo preparado. Cmo s que habeis venido, y las
sencillas razones que me aconsejan pediros vivais en nuestra compaia,
las sabreis si, como espero, consents en honrarme acompandome hoy 
la mesa. Dios os guarde. De Granada  19 de diciembre de 1568.--vuestro
amigo don Alonso de Fuensalida.

Quedse absorto con aquella novedad imprevista Aben-Aboo. Indudablemente
aquel era un dia para l de singularidades. Prudente por naturaleza y
conocedor por experiencia de que nada que tenga visos de singular debe
desatenderse por quin como l se encontraba en una de las situaciones
mas delicadas en que puede encontrarse un hombre, pleg lentamente la
carta, y dijo  Ballestilla.--Decid  vuestro noble amo, mozo, que he
recibido su carta, que he apreciado en lo que valen sus palabras, que no
le contesto por escrito por no deteneros, y detener con vos la expresion
de mi agradecimiento y que tendr el placer de comer con l en su
compaa segun me dice lo desea.

--Tendr la honra de decirlo asi  mis seores, seor hidalgo. Mis
seores se sientan  la mesa  las doce.

--No faltar.

--Permitidme que diga dos palabras  maese Pertiez.

--Decidle cuantas gusteis.

Ballestilla sac de su bolsillo una bolsa de seda y la entreg al
barbero.

--A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una
silla mas: es decir tres sillas.

--No har falta, seor Ballestilla.

--Y adios seor hidalgo, aadi el paje inclinndose profundamente ante
Aben-Aboo; adios maese Pertiez.

Y se dirigi  la puerta volvindose antes de salir para saludar otra
vez  Aben-Aboo.

--Y deciais, exclam el morisco cuando qued solo con el barbero, que
los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces?

--Es la primera vez que veo al seor Ballestilla corts y comedido. Pero
 propsito de lo que estbamos hablando antes de que llegase, qu os
decia yo..? es bueno esperar para ver... os convidan  comer... bah! de
seguro que de este convite salen muchas cosas.

--Por lo pronto sale una que me contrara en extremo.

--Sepamos: ya podeis haber conocido que yo s hacer milagros.

--Pues ved si lograis hacer uno que necesito, aunque me parece difcil.

--Veamos.

--Decs que ese caballero es muy rico.

--Si por cierto.

--Viste con esplendidez?

--Terciopelos y brocados, y una cruz de Santiago de diamantes y rubes
lleva con mucha frecuencia, que vale un tesoro.

--Pues ved ah que yo no puedo presentarme en casa de hombre tan
principal y  primeras vistas con mi vestido de camino, ni con este
coleto usado que llevo bajo el coselete: necesito gorra, jubon
greguescos, calzas, zapatos, todo rico y bueno: hasta espada y daga:
diablo.... diablo.... necesito vestidos riqusimos, y nada traigo
conmigo mas que dinero y camisas limpias.

--Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y  poca costa.

--Cmo! habr un sastre que haga en dos horas esas prendas? habr un
armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito?

--Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que
un amigo vuestro que no est lejos y que por mas seas est ahora mismo
alborotando por ciento.

--Cmo! el capitan don Juan Coloma?

--Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi
le haceis un favor.

--Don Juan es un loco, que jams posee un escudo y fuera maravilla que
tuviera prendas como las que necesito.

--Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego;
pero cuando ha gastado su ltimo real he aqu que sin saber como, se le
vienen mil  las manos. Ademas es jugador y le sucede como  todos los
jugadores: arca llena y arca vaca; cuando tiene una buena entrada
provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqus de
Mondjar en los dias de crte,  como don Fernando de Vlor en cabildo;
llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo,
vuelan: de la hostera de la Cruz se viene  vivir  la hospedera del
Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha
llegado  deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y
se vuelve  la hostera de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente
al palacio de la Chancillera.

--Y ahora os debe?.

--Veintiocho reales.

--Lo que demuestra que antes de apelar  vos habr vendido todas sus
prendas.

--No por que de esta vez est enamorado. Asistiendo en mi aposento, en
el aposento que como os he dicho, he reservado para mis amigos y para
m; vi  doa Ins, la hermosa hija de Alonso, y se enamor
perdidamente de ella. Tenia algunos doblones y los gast en brocados,
tres  cuatro vestidos completos, tres  cuatro juegos de espada y daga.
Ya se ve, queria estar galan por que las galas para las mujeres son las
dos partes, y el hombre la una. Con que, vamos, vamos al asunto que es
ya tarde, tengo que hacer poner los tapices en los aposentos, y no hay
tiempo que perder. Oid: ya se marchan los cmicos para irse preparando
para la funcion. Procuraremos que don Juan no se nos marche con ellos.

Y abriendo la puerta sali y asi por el coleto al capitan, que se iba
en pos de una turba de msicos y farsantes, que salian de la tienda con
las vihuelas debajo del brazo.

--Eh, seor don Juan! perdona, le dijo, pero vuestro amigo el seor
Diego Lopez os necesita.

--Yo cre que no acababais nunca, y estaba resignado  verle en mejor
ocasion, porque creo que el seor Diego Lopez ser de los nuestros esta
tarde.

--No lo s; aunque creo que le tendremos vecino: pero venid.

El capitan entr y Aben-Aboo le sali al encuentro.

--Necesito pediros un favor, seor marqus, le dijo.

--Cuantos querais amigo mio. Diablo!  fe  fe que no esperaba yo nunca
tener la fortuna de favoreceros: se trata de algun desafio? de algun
empeo de honra? pues adelante  pesar de las pragmticas del rey y del
capitan general de la crte y reino de Granada.

--No, no se trata de eso.... tened la bondad de dejarnos solos maese
Pertiez.

--Que vanidosos son estos seores! dijo el barbero saliendo: y al fin y
al cabo en mas de una ocasion tienen que acudir  m.

--Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco
cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cdiar 
la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aqu que
me hallo en gran apuro.

Psose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqus.

--Diablo! diablo! si fuera de noche y tuviramos una hora de espera y
un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no
juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un
robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado  peor
ocasion; no tengo un maraved, me podeis creer  fe de caballero, y lo
que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues....
Satans me asista..!. he aqu un compromiso mayor que el vuestro.

--Con que no teneis dinero!

--Esas cmicas se han bebido y se han comido mi ltimo real de  ocho.

--Oh! pues ved ah que no es dinero lo que me hace falta.

Respir recio como si le hubieran quitado una montaa de encima al
marqus.

--Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi?

--Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos,
una daga y una espada de crte.

--Acabramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy 
buscar  mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aqu lo que querais.

--Esperad un momento; vos teneis lo que yo necesito y yo tengo lo que
vos necesitais;

--Que quereis decir? exclam el marqus ponindose de nuevo encarnado
como una guinda.

--Quiero decir que hace mucho tiempo que nos conocemos, para poder tener
entera confianza el uno respecto al otro. Ademas que recuerdo que nos
conocimos por haberme vos salvado la vida en una ria. Os he ofrecido
yo oro por la vida que me disteis?

--Bah! no hablemos de eso. Ahora bien: tomad de mi lo que habeis
menester; mejor dicho: tomad lo vuestro por que vuestro es todo lo mio,
y adios.

--Ya sabeis que yo soy firme en sostener lo que digo.

--Si  fe.

--Pues os afirmo que si no aceptais el precio de esas prendas que
necesito no uso de ellas.

--Esto es ponerme entre la espada y la pared, amigo Lopez.

--Esto os lo digo para que sepais, que me interesa en gran manera tener
antes de poco esos vestidos y esas armas; que no cedindomelos por su
valor, no los tomo, y que obligndome  no tomarlos, me poneis en un
caso apuradsimo.

--Con vos no hay medio. Sea. Quedad con Dios. Ya hablaremos de eso.

--No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi
poder, huiriais de m para no tomar su importe, con mas cuidado que de
un acreedor judo.

--Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no
hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia.

--No me gusta deber. H aqu los treinta doblones.

Y Aben-Aboo sac de la bolsa que habia recibido  nombre del poderoso
emir de los monfes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente 
la suma que habia marcado, el marqus.

--No os perdonar nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y
sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor
prueba de amistad que podia daros. Adios pues; en donde os busca mi
lacayo?

--Aqu mismo en la hospedera.

--Pues adios.

--Adios, seor marqus: hasta la tarde.

--El marqus sali apresuradamente y Aben-Aboo sali tambien de la
tienda murmurando:

--Que noble y que franco! Lstima que sea cristiano!




CAPITULO V.

De lo que vi y oy Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la
hospedera del Carbon.


Entre tanto maese Pertiez, contento con haber salido del atolladero en
que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido  este 
la hostera y recomendndole para que le diesen uno de los mejores
aposentos.

Subiase  la hostera por una escalerilla situada en uno de los ngulos
del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y
al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta
ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo
y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios,
por las cuales entraban el viento la lluvia  el polvo segun era la
estacion  el estado atmosfrico. De la misma manera que sobre la puerta
de entrada estaba escrito con letras brbaras: Hostera del Carbon,
habia sobre las de los aposentos situados  derecha  izquierda enormes
nmeros que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar 
otra puerta donde se leia la palabra cocina y despues de muchas
vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo,  por mejor decir leido
hasta el nmero cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese
Pertiez se entr de rondon en la cocina.

Rey de aquel departamento, en medio de una atmsfera clida y grasienta,
habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y
constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon
del mismo color que le cogia de alto  abajo por delante, y que no
estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando
entraron Aben-Aboo y el barbero empuaba una cacerola, y hacia andar de
prisa, en una actividad increible,  cuatro marmitones que se ocupaban
de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente
cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las
otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo
velaba aquel conjunto, capaz por s mismo de dar hasto  un hambriento.

Al ver entrar  maese Pertiez en su habitacion principal, en su sala de
honor, por decirlo asi, con un jven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre
de la cacerola entreg la que tenia en la mano  un marmiton, y adelant
hcia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del
cocinero y del hostalero  quien se presenta un husped, y

--En que puedo servir  vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del
barbero,  quien trataba como cosa de la casa.

--Este caballero, dijo Pertiez, necesita vivir en vuestra casa,
nicamente hasta las doce del dia.

Secse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran
ya las diez.

--Lo que no importa, aadi Pertiez, porque el conocimiento con un
hidalgo tal como el seor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que
vale mucho.

Volvi  la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia
desaparecido de ella, y se inclin de nuevo.

--Siento mucho, muchsimo, que....

Aben-Aboo le interrumpi impaciente.

--En fin, dijo: no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el
tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que
teneis en la despensa, y poned la cuenta.

--No no lo digo por tanto, contest apresuradamente el hostalero, si
vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento
mucho muchsimo, es no poder dar  vuesamerced aposento tal como el que
merece: con la multitud de hidalgos que han venido  las pascuas que se
acercan, y la compaa de comediantes del seor Godinez....

--Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera.

--Si seor, el nmero sesenta y siete. Diablo! diablo! un aposento
oscuro, donde es necesario tener luz encendida  todas horas si se ha de
ver algo.

--No importa; llevadme  ese aposento y concluyamos.

Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tom dos bugas de
sobre un anden donde habia otras muchas, encendi la una, y tomando una
nica llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un
nmero sesenta y nueve, sali precediendo  Aben-Aboo y  Pertiez.

A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de
mujer, fuertes, como de buena moza, acompaadas del crugir de una falda
de seda.

--Alto, dijo con un acento malicioso  insinuante maese Pertiez; alto,
seor Diego Lopez; el corredor es estrecho y ser bien que nos hagamos 
un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.

--Ah! sois vos! maese rapista, dijo una mujer que lleg  punto y cuyo
semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbr  Aben-Aboo
por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y 
vosotros tambien, seores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo:
os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que est
cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros
de terciopelo franjado tan ricos.

--Ah! ah! all sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no
quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y
palidecer.

--O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado
una mujer y un caballero.

--Ah! ah! os han dicho...

--Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, seor Pertiez; por
lo mismo os espero en mi aposento. Nmero 13. Con que hasta luego. Adios
seor hidalgo, aadi dirigindose  Aben-Aboo,  quien durante su corto
dilogo habia mirado con una extraa insistencia. Adios, maese
Briviesca, aadi dirigindose al hostalero.

Y se alej ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de
ruiseor una copla de entrems.

--La mejor ave de mi casa, exclam Briviesca, pero dura de desplumar
como un grajo.

--Oh! la cmica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclam el
barbero.

--Ah! ciertamente que es una mujer hermossima, dijo con un acento
particular Aben-Aboo: Y la llaman la reina mora?

--Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.

--Hemos llegado al nmero sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta 
la llave de una puerta.

Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ngulos habia un
fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa
mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y
media luna de espejo en un marco negro...

--Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.

--Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me
traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiez, venid despues 
afeitarme. Por ahora dejadme solo.

--Y decs bien; aunque me hubirais necesitado en el momento, os hubiera
suplicado me dejaseis libre para ir  ver que me quiere la reina mora.

--Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.

--No, nicamente mi maleta que est en mi caballo  la puerta de maese
Pertiez, y una taza de caldo de gallina.

--Y vino?

--No bebo vino, ah! maese Pertiez: haced que cuiden  mi caballo.

--Muy bien; descuidad por vuestro caballo.

--Ah! si viene preguntando  vuestra casa por m el criado del
capitan...

--Por supuesto, le enviar. Que Dios os guarde.

--Yd con Dios.

A penas se qued solo murmur Aben-Aboo, obedeciendo al encendido
recuerdo que le habia dejado la comedianta:

--Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida
no he visto una mujer tan hermosa! La reina mora! es singular.

Pero dejando  Aben-Aboo entregado  tales pensamientos, que nada tenian
de extraos en quien como l solo contaba veintidos aos, edad en la que
el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de
uno  otro, sigamos aunque nos salgamos del epgrafe de este captulo, 
maese Pertiez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad,
hcia el aposento nmero trece donde decia vivir la reina mora.

Tenia ademas en esto un grave inters el rapista: un inters puramente
pecuniario; el inters que tiene por hacer un buen negocio un corredor
de amores.

Era el caso que don Fernando de Vlor,  Aben-Humeya, como mejor
queramos, en el momento en que en la primera representacion de la
compaa de cmicos se habia presentado en la escena Anglica, se habia
enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun
costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido  la puerta del apartado
donde se vestian las cmicas, solicitando entrar para saludar  la dama.
Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta  cuarenta
aos, cegijunto, enrgico, y un si es no es altivo, le di con la puerta
en las narices dicindole: que en su compaa no estaban en uso aquellas
costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.

Don Fernando, pues, se volvi, echando ternos intiles, y hubo de
contentarse con arrojar  Anglica el joyel de diamantes de su gorra, en
el momento en que el entusiasmo pblico enviaba una salva de aplausos 
la comedianta.

Al dia siguiente, se present en la hospedera, pregunt por el nmero
de la habitacion de la dama y sabido este lleg  la puerta y llam.
Abrile una doncella, que contest  la corts demanda de don Fernando,
con que su seora estaba enferma y no podia recibir  nadie.

Don Fernando, que iba preparado  todo evento, entreg  la doncella un
billete perfumado de que iba provisto y se retir.

El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras
siguientes:

Hermosa seora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer
tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando  vuestros pis el
joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido  poner  vuestros pis
su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy,
por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestndome,  que
hora podr veros maana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don
Fernando de Vlor.

Al volver don Fernando  su casa despues de otros quehaceres, encontr
sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de
piedras preciosas, y junto  ella un billete. Llam  su lacayo y este
le dijo que aquellas dos cosas las habia trado una doncella.

El billete contenia estas brebes palabras:

Seor don Fernando de Vlor: ignoro si la joya que os devuelvo es la
misma que ayer me arrojasteis  la escena _rindindome un homenage_:
como no he encontrado papel  mano para envolverla, os la envio dentro
de una caja, que encontr tambien  mis pis, no s de quien, y que
recog, porque las cmicas nos vemos obligadas  hacer delante del
pblico, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con
ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por
algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso
ingenio, os habeis engaado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon
necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido,
obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra
servidora.--Anglica, la comedianta.

Hombre de mundo  pesar de su juventud don Fernando, crey que la
comedianta adoptaba aquella posicion digna y  todas luces mas noble,
para hacerse mas preciosa, y se obstin, apur cuantos medios se conocen
para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigi  maese
Pertiez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado.
Ofrecile oro  montones si le ayudaba  rendir aquella fortaleza, pero
en vano, aunque obraba con toda la fuerza y  toda la altura de su
codicia excitada, pretendi hablar  solas con Anglica: como maese
Pertiez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en
la adjunta hostera tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Anglica;
pero esta jams se encontraba sola: jams habia podido el rapista
decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia
iria  la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la
comedianta.

Llam, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refera 
los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba  cabo, de don
Fernando de Vlor, y al punto que llam se abri la puerta. Era Anglica
en persona.

--Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.

Pertiez, restregndose las manos de alegra, atraves, siguiendo  la
comedianta, dos habitaciones y entr en una inundada por un hermoso sol
de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de
la dama mas principal.

Pertiez abri tanto ojo: aquellos muebles  todas luces no pertenecian
 maese Bribiesca, que era miserable y raqutico con sus huspedes.

--Ah! ah! exclam el rapista: sabeis, seora, que debe de llevaros un
sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?

--Ah! dijo Anglica, no os he llamado para eso: sentaos.

Y le seal un magnfico sillon.

--Pero ved, seora, que voy  dejar inservible este hermoso terciopelo
de Utrech.

--Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.

--Ah! ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda
clase de vichos grasientos: qu vida la nuestra!

--Me vais  contestar en verdad  lo que os pregunte maese? le dijo
Anglica sin escuchar sus ltimas palabras.

--Os contestar  todo lo que querais y  mas de lo que querais, hermosa
seora, contest el rapista.

--Decidme, continu Anglica, inclinndose hcia Pertiez, sobre uno de
los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: por qu
est cubierto con celosas el primer aposento del lado derecho de la
escena?

--Ah! eso es lo que no podr deciros: por un capricho: lo que s es que
quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la
Chancillera para tenerle cerrado.

--Bien: pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese
aposento?

--Las personas son un hombre y una mujer.

--Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engaado.

--Y, permitidme, seora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me
entremeto en lo que no debo: qu razones teneis para pensar que haya
una mujer tras de las celosias?

--Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan
por m. Vais  ver.

Anglica se levant, fu  una especie de secreter de bano, marfil,
concha y plata, le abri y sac de l un cofrecillo, con el cual fu 
sentarse en el sillon: cuando abri aquel cofrecillo, se deslumbr el
barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian
deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.

--Escuchad, dijo Anglica y como si nada la interesasen aquellas joyas;
vos habeis visto la comedia que hacemos.

--Pues no he de haberla visto? contest maquinalmente el rapista que no
quitaba ojo de la pedreria.

--Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la
muerte de su padre el rey Mirtilo?

--Oh! vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais
miedo, seora; tan al vivo lo haceis.

--Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y
toquillas, y en medio de todo esto qu diriais que cayo  mis pis?

--Oh! quin sabe, seora?

--Pues bien, cay este collar. Y la comedianta asi por un extremo su
magnfico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levant
ante los ojos admirados del barbero.

--Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?

--Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un
tesoro.

--Y no sabeis quien pueda haber sido...?

--Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, mir
ansiosamente  todas partes: deseaba conocer  la mujer que se habia
desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como
hubiera recibido una bofetada: con clera: este collar era para m un
insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto
humillarme... vos no conoceis  las mujeres, aadi Anglica
comprendiendo la estpida expresion de asombro que se pintaba en los
ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este
collar, quien me decia sin palabras: toma y deja de ofrecer tu
hermosura y tu ingenio  la soez admiracion del vulgo, era sin disputa
una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin
embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas,
que pudiese hacerme sospechar que era la duea de esta joya: las mujeres
lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado
con celosas... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi
enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.

--Si sabiais que la habia  qu me habeis preguntado?

--Os dir; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion,
encargu  un comediante que procurase informarse de qu personas habia
en el aposento misterioso: cumpli su encargo y me dijo que habia visto
salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con
un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si
la dama encubierta habia salido  no del aposento cerrado, porque habia
mucha gente y se habia confundido: pero me asegur que de todas las
damas que habia visto solo aquella llevaba manto.

--Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran seora os ha
ofrecido un hermoso regalo...!

--Qu entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Anglica. Dejadme
seguir porque os cuento nicamente esto para que me ayudeis en mis
sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada  esperar
otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el pblico me
aplaudia con frenes, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las
celosas vi abrirse una de estas, asomar una blanqusima mano de dama y
arrojar  mis pis este brazalete.

Y Anglica mostr  maese Pertiez, cuyo estupor crecia, una segunda y
riqusima joya.

--Ya no podia tener duda, continu la comedianta, de que en aquel
aposento estaba la dama que se atrevia  insultarme. Tenia preparado
como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue
seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del
aposento de las celosas, acompaada de un caballero de mas de cuarenta
aos habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que
habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido 
una casa grande y principal en el Albaicin, junto  la parroquia de San
Miguel. Encargule que se informase de quien era aquella dama, y solo
pudo decirme que se llamaba doa Ins de Fuensalida, que salia muy poco,
y siempre cuidadosamente encubierta, y por ltimo que iba todos los dias
al amanecer  la primera misa  San Miguel. Irritada de que mi emisario
no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma 
aquella mujer, me levant al dia siguiente antes de que fuese de dia, y
me fu  la iglesia de San Miguel  esperar  esa dama tan misteriosa:
al fin al segundo toque de la misa de alba, entr una dama tapada, y
aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el
rostro: he procurado corromper  sus criados y los he encontrado
incorruptibles: por ltimo, en la tercera funcin recib un nuevo
ultrage, viendo  mis pis estas arracadas que valen tanto como
cualquiera de las dos joyas.

--Y nada habeis podido averiguar mas claro?

--No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa
en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...

--Si, si por cierto, del seor Diego Lopez  quien conoceis.

--Qu yo conozco al seor Diego Lopez! dijo palideciendo Anglica.

--Si por cierto, es el hidalgo  quien encontrsteis conmigo en el
comedor, y  quien habis saludado hace un momento.

--Ah! ese jven moreno, plido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclam
profundamente pensativa Anglica.

--Si, si seora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman 
don Fernando de Vlor Aben-Humeya.

--Aben Aboo! Aben-Humeya! repiti Anglica.

--Y si supirais, dijo envistiendo de frente el rapista, cun loco, cun
enamorado por vos est don Fernando de Vlor.

--Qu est enamorado de m!

--Cmo que me ha ofrecido no s cuantas riquezas, si consigo de vos que
le permitais hablaros una sola vez.

--Ah! murmur Anglica; y reponindose, aadi: hablemos de la dama:
vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.

--Es verdad; pero jams paso de un aposento del piso bajo, donde me
recibe y me paga el mayordomo.

--Vos habeis revendido ese aposento cerrado  esa familia.

--Es verdad.

--Debeis, pues, haber visto  esa dama.

--Si, pero cubierta con el manto.

--Oh! y no habis tenido curiosidad?

--Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del
aposento.

--De modo que no la conoceis.

--Ni mas ni menos que vos.

Golpe impaciente Anglica el pavimento con su pequeo pi.

--Pues yo necesito ver frente  frente  esa mujer, dijo.

--Lo creo, murmur el rapista, no encontrando otra cosa mejor que
contestar  la comedianta.

--Y es que vos me vais  procurar que la conozca.

--Y cmo?

--Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.

--Estais en vos?

--S que os pido un gran servicio, pero os lo pagar.

--Cmo!

--Dndoos una carta de cita para don Fernando de Vlor.

Alegrse en lo ntimo de sus entraas el barbero, pero se mantuvo firme.

--Me peds una cosa muy arriesgada para m, seora. Yo puedo proveeros,
 cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos
expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es
la que creeis...

--Y qu medio es ese?

--El seor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el
barbero, est convidado  comer con ella, y va  vivir en su propia
casa.

--Esa mujer ser capaz de comer con antifaz, y de hablar  oscuras con
Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiez, y por la llave del
aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de
Vlor.

--Ddmela!

--Cuando me hayais entregado la llave.

--Pues dentro de una hora.

--Pues hasta dentro de una hora.

Pertiez sali contando ya en su imaginacion los brillantes doblones,
que esperaba recibir de Aben-Humeya  cambio de la cita de Anglica, y
esta se qued murmurando:

--Aben-Humeya! Aben-Aboo! el uno me solicita loco de amores, y el
otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin
encuentro el principio de mi camino.




CAPITULO VI.

     En que contina un asunto suspendido en el anterior.


Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia
establecido maese Bribiesca: habanle llevado el agua, el caldo y la
maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiez
se habia presentado  rasurarle, ni el lacayo del marqus de la Guardia,
el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage
anhelado.

Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era
hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un
volcan en una palabra; pensaba  un tiempo en Aben-Humeya, que le
arrancaba la corona con que habia soado; en la Dama blanca de la
montaa, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por ltimo,
flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje
ennegrecido, la magnfica mujer, la cmica, que habia visto un momento
al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la
hosteria.

Eran estas bastantes impresiones para que el jven estuviese
profundamente preocupado, pasando de la una  la otra en un continuo
torbellino, unindolas  veces como si fueran partes de un solo cuerpo,
como si hubiese entre aquellas mujeres una relacin extraa.

Demasiadamente excitado su cerebro, empez  embrollarse su pensamiento
y el oscuro chirivitil en que se encontraba  dar vueltas en torno suyo.
Se sent para dominar aquella especie de vrtigo, en una de las sillas
que estaban arrimadas  la pared, y permaneci inmvil procurando
dominar sus pensamientos.

De repente oy ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta;
luego la voz de dos personas que hablaban con inters.

De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en
cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de
aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por
algunas palabras para l demasiado interesantes.

--Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el
castellano, que don Fernando acabar por perderse.

--Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levsima cierto acento
extranjero; y qu os importa  vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda
 se gane?

--Oh! mas de lo que os parece, seor Godinez, os he traido  este
aposento apartado porque aqu nadie puede oirnos sabeis lo que ha hecho
don Fernando de Vlor?

--Alguna cosa como suya, dijo Godinez.

--Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perptuo de la Ciudad.

--Y quin no lo sabe?

--Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado  su padre por
delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado 
su hijo por gracia y con arreglo  una sentencia de la sala de Granada.
Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don
Fernando se vi horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos
caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el
tal oficio. Don Fernando, pues, al empuar su vara de regidor perpetuo,
se encontr con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le
ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de
envidias, y adems de esto porque don Fernando ha tratado  todo el
mundo con tanta altanera, que  todos los tiene ofendidos, y nada hay
que extraar en lo que le sucede.

--Pero qu le sucede?

--Esta maana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla,
todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que
llevan  sus escuderos  criados; pues bien,  pesar de esta costumbre
reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don
Fernando de Vlor entr en cabildo con la daga en la cintura.

--Un olvido!

-- una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado
esto que crey descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dvila,
advirtile con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia
armas. Replic descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don
Luis Dvila irritado por su descortesia, le ech mano  la daga para
quitrsela, y  esta accion, tambien imprudente, sucedi un tumulto
espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba
al cielo y  la tierra, y yendo el escndalo en aumento, el corregidor
llam traidor  grandes voces  don Fernando y le mand llevar preso.
Mas este, que sin duda estaba preparado, rompi daga en mano por medio
de los que se acercaban  prenderle, dejse herido un portero, gan la
puerta de la sala, la antecmara y las escaleras, mont  caballo y
escap, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca
infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y
se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea
otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto
para ponerse  la cabeza de la rebelion. Los tercios se han
encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de
lanza y coselete que corren  presentarse al capitan general, y este, el
presidente de la Chancillera, el corregidor y el alcalde mayor estan en
consejo. Y creeis que esto no me importe nada?

--Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no
sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos 
Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.

--Volvernos  Sevilla! sabeis seor Godinez que estamos arruinados?

--Y quin os manda ceder hasta tal punto  los caprichos de esa mujer?
Hemos ganado un rio de oro, en un ao que andamos representando por
Andaluca, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha
desaparecido.

--Vos no conoceis  esa mujer, maese Godinez.

--S que es muy difcil encontrar una dama tal como ella: s que sin
ella no ganariamos ni la dcima parte de lo que ganamos; pero en cambio
no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran
seora, no hay medio de que se avenga  lo que otras damas se avienen;
los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles,
brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su
mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo  humedad en las calles,
litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla
representar, aunque la entrada est hecha. Decs bien, no s quien es,
porque esa mujer es un misterio, pero s que todo lo que por ella se
gane se gastar con ella, y que en vez de ahorrar nos empearemos.

--Pues ved ah por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don
Fernando de Vlor; porque  no dudarlo, esta tarde no habr funcion,
habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y ser
necesario devolverle el dinero; si al menos esto pasase! pero tiene
trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.

--Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor,
me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia
mas pobre.

--Oh! separarme de ella! imposible! imposible de todo punto;
Godinez! la amo con toda mi alma.

--Pues ved ah, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre
todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se
dice, no s con qu fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido
de ella.

--Es verdad! es verdad! hubo un tiempo en que cre que esa mujer me
amaba: pero me enga. Aun espero el primer favor.

--Dicen ademas que ella tiene un amante  quien adora, y que el tal
amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido  esa hermosura, tras
la cual andan tantos desesperados.

--Ah! el marqus de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella
le adora!

--Y lo sufrs?

--Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento
cerca del de Anglica, siento todas las noches por delante de mi puerta
los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Anglica
abre y entra; despues sale por la maana, muchas veces sin recatarse de
nadie.

--No comprendo vuestro amor.

--Es porque yo amo de veras y soy esclavo.

--Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.

--Qu quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un prncipe poderoso era mi
esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer
terrible se puso entre el prncipe y yo...

--La hija del emir de los monfes...

--Cmo! exclam Cisneros asustado! quin os ha dicho eso?

--Bah! yo s quin sois, quin es Anglica, quin es la hija del emir.
Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros
respeto para salvaros.

--Para salvarme!

--No quiero que seais la vctima de esa mujer.

--Y sabeis quin es esa mujer!

--Vaya si lo s. Como s quin os hiri la noche que la conocisteis.

--Que sabeis...!

--Si por cierto: fue vuestro amigo el marqus de la Guardia.

--Que rondaba la casa de la hija del emir...!

--Y vi entrar al prncipe y tuvo zelos.

--Ah! pero cuando tanto sabeis, quin sois....

--Que quin soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo
mismo. Oid; unas veces soy jven: otras viejo: suelo llamarme prncipe,
 caballero,  rufian,  comediante: unas veces tengo un nombre, otras
otro: Anglica me conoce demasiado bajo otra forma: pero preguntadle si
conoce  Salvador Godinez? si sabe quin es? De seguro que no piensa
que yo soy una moneda falsa. Yo s cambiar de semblante, de cento de
edad, aun de estatura: s adaptarme  todas las condiciones. Ya me
habeis visto representar....

--Y lo haceis  las mil maravillas. He tenido zelos de vos.

--No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famossimo Cisneros, la
delicia de las damas de la crte, que lloran vuestra ausencia, y la
admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cmico
que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo,
entre las gentes. Tan cmico soy que Anglica, vuestra adorada Anglica,
que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece  un tiempo; que
sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni
de propsito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que
se la acercase, no desconfia de m, y me cree simplemente Salvador
Godinez, comediante y autor de la compaa del seor Andres Cisneros.

--Qu, amais  Anglica! exclam Cisneros que solo esto habia oido de
las ltimas palabras de Godinez.

--Que si la amo! sino la amara viviria!

--La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar  todo el
mundo.

--Os engaais. A esa mujer la sucede lo que  otras muchas. Las aman
todos, menos el hombre que las posee.

--Es decir que el marqus de la Guardia....

--No la ama, porque ama  otra.

--A otra!

--Si,  una mujer  quien yo amaria tambien, si mi amor hcia ella no
fuese insensato; un martirio  que me condenaria intilmente. El marqus
de la Guardia ama  la hija del emir de los monfes, y porque la ama
finge amor  Anglica.

--Nos os comprendo.

--La hija del emir se ha perdido para el marqus. Pero el marqus sabe
que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jams para la
mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza,
cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que
tiene Anglica.

--Con que la hija del emir y Anglica....

--Son enemigas, enemigas  muerte por la sola razon de que aman  un
mismo hombre.

--Lo que no comprendo bien, es por qu me haceis estas revelaciones,
dijo con intencion Cisneros.

--Porque ha llegado ya el momento de obrar. Anglica sabe que tiene
cerca  su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza
y obrar. Es mas: yo la ayudar  que obre. Por lo mismo para ayudarla,
me ver obligado  estar separado de ella largas temporadas: yo puedo
trasformarme: pasar por monf entre los monfes, por soldado entre los
soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero
no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo
lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa
Anglica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa
como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los
sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros:
pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que
comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama  otro, sin
recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos
amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido
muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas
pruebas tengo yo....

--Que yo he cometido delitos!

--Si, y ya que me habeis traido  un lugar donde nadie puede
escucharnos, voy  hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado
por casualidad  la vida de comediante, para lo que poseeis grandes
talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas,
casi recibido en la crte: entrabais en ella por el postigo es verdad,
pero aquel postigo os llevaba  donde no llevaba  otros la puerta
principal. Hace algunos aos trabsteis conocimiento con el prncipe don
Carlos, como lo traban generalmente con los grandes seores los hombres
que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio:  ttulo de
proteccion del gran seor, hcia el gran comediante. El prncipe no
tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal
inclinado: era ambicioso, incorregible, dspota, amigo de escesos y
enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como
vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad,
le irritaba. Vos comprendsteis todo esto, como lo habian comprendido
otros,  otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas
cualidades del prncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien
un gran seor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoci que debia
aprovecharse de vos y se aprovech. El vnculo que unia  un tiempo al
prncipe, al emir y  vos era el amor de una mujer: el amor voraz,
voluntarioso, impaciente, que el prncipe sentia hcia la hermosa
duquesita. Quereis que invierta mas tiempo probndoos de qu manera
poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando  la
rebeldia al prncipe, irritando sus deseos por doa Esperanza, y
sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfes? Vos habeis escrito
cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y
esas cartas Cisneros estan en mi poder.

--Es decir que me imponeis condiciones!

--Me constituyo en vuestro seor, representando al diablo  quien os
habeis vendido por ambicion.

--Y no temeis que est desesperado?

--No porque aun sois ambicioso.

--Y qu me podeis vos dar?

--Puedo daros, si os resistis  servirme, una muerte horrible. Porque
qu creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos,
envenenando al corazon de su hijo, impulsndole  la traicion, le habeis
obligado  matar al prncipe?

Cisneros call.

--Por el contrario si me servs bien, os enriquecer; es mas: os pondr
en ocasion de ser. Quereis ser wal de un rey moro..? pues bien: podr
suceder que lo seais. Quereis conquistar la gracia del rey de Espaa y
su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.

--Cmo! vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me
separa de la crte, fuera de la cual no vivo?

--Lo puedo.

--Y sin embargo, teneis paciencia para vivir con un miserable
salario..?

--Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: habeis
creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en
pagar la compaa, y en sostener los caprichos de Anglica?

--El pblico ha pagado muy caro....

--Por muy caro que hubiera pagado el pblico, las entradas no hubieran
bastado para pagar la compaia, que es muy numerosa y muy buena, porque
vos no quereis trabajar con malos cmicos. Quien ha pagado he sido yo:
como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de
ello, he hecho al revs de otros que roban: he aumentado... he aumentado
diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y
yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os
importe que los moriscos se revelen  no: mejor para nosotros... nada
importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos
desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven,
oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo dems, y
ya que os prestais  servirme, tened muy en cuenta el no ser dbil con
Anglica, revelndola una sola palabra de lo que hemos hablado;
continuad, como siempre; tratadme delante de los dems con la soberbia
que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las
doce, y voy  ponerme  despachar las entradas.

--Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta maana pueda
haber funcion?

[imagen: Encuentro de Anglica y Aben-Aboo.]

--Bah! todo ello no pasar de ruido: ya vereis como se nos llena al
corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin
rden del corregidor.

Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha  la
pared para oir mejor, sinti que los del aposento inmediato se dirigian
 la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.

Luego los pasos de los dos se perdieron  lo largo del corredor.

--Con que ese seor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ni esa
comedianta es lo que parece, ni el seor Cisneros por lo visto se
contenta con ganar su dinero representando? Aben-Humeya, toma un
pretesto para la rebelion! Amina ama al marqus de la Guardia! la
comedianta tambien! estas dos mujeres se conocen y son enemigas! El
seor Godinez alienta proyectos! Oh! por el Dios Altsimo, que mi
buena suerte me ha traido  esta hostera. Creo que al fin de este
laberinto est mi suerte buena  mala! la tumba  el trono! Pues bien:
es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de
ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo
reunir  los tres. Yo procurar no perderlos. Y el marqus de la
Guardia! mi buen amigo! oh! oh! Ahora mas que antes me impacienta
la tardanza del criado del marqus! y bien mirado para qu necesito yo
sus vestidos? No vengo de viaje? No se por qu tengo impaciencia de
conocer  esa doa Ins de Fuensalida; me parece que este es otro cabo
que me presenta mi fortuna.

Habase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la
casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se
detuvieron junto  su puerta y una mano llam  ella.

Era el lacayo del marqus que traia un emboltorio bajo el brazo
izquierdo y una espada y una daga de crte en la mano derecha.




CAPITULO VII.

     De como hasta el fin del captulo no pudo sacar nada en claro
     Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.


A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con
un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, 
la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, , por mejor decir, de
su casa.

Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella
y nada habia encontrado de extrao: era muy posible que los tercios
estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillera
y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban
tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las
iglesias multitud de damas ataviadas como la que va  misa tarda para
ser vista, y muchos soldados alfreces y capitanes, andaban,  su paso,
y  sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.

[imagen: Acercos, don Fernando, acercos, dijo con una voz
sonora, grave y afectuosa...]

El acontecimiento, pues, de aquella maana en las casas consistoriales
habia quedado completamente aislado.

Aben-Aboo, se entr por el zaguan, y pidi  uno de los lacayos que
vagaban por l, le anunciase  su seor.

Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precedindole para guiarle por
unas anchas escaleras de mrmol, alfombradas en el centro y unos
corredores, alfombrados tambien,  una antecmara y una cmara donde le
sali al encuentro un caballero como de cuarenta y seis aos,
enteramente vestido de negro, de fisonoma enrgica, y hermosa.

--El seor Diego Lopez,  quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo 
penas vi  su seor, retirndose en seguida.

--Bien venido seais, caballero, le dijo el seor excelentsimo 
Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezbamos  estar
cuidadosos por vos.

--Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del
cuidado de esa hermosa seora.

--Nada tiene esto de extrao caballero, cuando mi hija doa Ins os debe
muchas atenciones.

--Atenciones!

--S por cierto: cuando tuvsteis la complacencia de cedernos vuestra
casa...

--Decid la necesidad, seor don Alonso: si yo no hubiera venido  la
pobreza en que me hallo...

--No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el
primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe
atenciones mi hija. Cuando supsteis que venia  vivir  vuestra casa
una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro
habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido
vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os
apresursteis  ofrecerlas  mi hija para su uso. Doa Ins acept con
placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha
aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas
ha dejado vuestra madre. Doa Ins vive en la misma habitacion en que
vivi vuestra madre, Aben-Aboo.

--Ah! sabeis mi nombre!

--Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de
Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su
imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido,
estbamos con cuidado por vos.

--Con que sabeis?

--Y quin no sabe los pensamientos de los moriscos? Sbelos el capitan
general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien
morisco...

--Pero vasallo leal del rey nuestro seor, aunque no me haya honrado
tanto como  mi primo hermano don Fernando de Vlor, dijo cubrindose de
la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.

--Y cmo andais Aben-Humeya y vos?

--Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: l vive
generalmente en Vlor con su madre doa Elvira, y yo vivo con mi madre
en Cdiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.

--Y cmo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conoc antes de que os
diese  luz y era una doncella hermossima, dulce, sufrida; un ngel en
una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien
hubiera podido ser que nos hubisemos casado. A veces una casualidad
dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto,
porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos
aqu, vamos  tranquilizar  mi hija.

--Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recib vuestra
corts invitacion para venir  vuestra casa, bajo pretexto de que era
mia, estoy luchando con la duda de quin habia podido deciros que yo
estaba en Granada, cuando me he venido solo,  la ligera y  mata
caballo desde mi atalayuela de Cdiar, sin avisar  nadie.

--No lo extraeis: me ha avisado maese Pertiez.

Aben-Aboo record que el rapista no se habia separado de l ni habia
hablado con nadie; acept con las muestras de la mayor credulidad la
respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotip por
decirlo as esta frase recelosa:

--Quin ser este hombre? quin ser su hija?

Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas
para l, y cuyo rico mueblaje encontr en el mismo estado en que se
encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acerc
con el corazon palpitante  una puerta cubierta de arabescos. Aquella
puerta era la de las habitaciones de su madre.

Despues de pasar aquella puerta y una antecmara, don Alonso abri una
mampara de cuero de Marruecos recamado,  hizo sea al jven para que
pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito,
involuntario. Delante de l se habia presentado una doble aparicion. Una
dama hermossima, vestida completamente de blanco, con una rozagante
tnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada,
con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella
aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco,
pura, coronada de flores,  impresa sobre su semblante de nia, la
melanclica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer
mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra,
que se tocaban y se confundian  la vista de Aben-Aboo, por un accidente
de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que
puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso
punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen
casi  un mismo tipo. Para completar mas esta analoga, en el semblante
de la una dama, de la dama que respiraba  dos pasos de Aben-Aboo, habia
la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante
de la dama pintada en un magnfico cuadro suspendido de la pared al
fondo de la cmara. Aben-Aboo no sabia quin era la dama viva, pero
sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre
doa Isabel de Vlor cuando solo tenia diez y siete aos.

La inesperada vista de su madre  quien amaba con delirio, puesta de
contraposicion con doa Ins, le habia arrancado del corazon un grito de
angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado
en la jven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz,
mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama
blanca de la montaa.

Pero Aben-Aboo tard poco en reponerse, salud cortsmente  doa Ins,
se disculp de su conmocion con la inesperada vista de su madre  quien
dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sent  la mesa
que ya estaba servida y  la que asistieron inmediatamente cuatro
lacayos  cuya librea no podia pedirse nada en cuanto  gusto y riqueza.

Y cosa extraa! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la
precision con que servian; un no s qu de caracterstico impreso en
ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como
don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia
pasado por l aquel dia fecundo en aventuras.

Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo  pesar de sus
observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de
generalidades que se sostuvo durante la comida.

Nada vi Aben-Aboo que indicase en doa Ins el deseo de agradarle; le
trataba con esa fcil manera  que est acostumbrado todo el que ha
tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera
perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acab
por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de
voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyse la comida
cuando eran las dos, y don Alonso pidi las sillas.

--Esperamos, dijo, que nos acompaareis: no siempre se encuentra en
Granada una compaa tal de comediantes como los que ha traido el seor
Andrs Cisneros.

Aprovech la ocasion Aben-Aboo para empezar  utilizar las observaciones
que le habia procurado la casualidad en la hostera del Carbon y dijo
con suma naturalidad:

--En efecto, mi amigo el seor marqus de la Guardia,  quien he
encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiez, me ha hecho
grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Anglica, que
dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he
dudado acerca de la habilidad de esa mujer.

--Y por qu? dijo sonriendo doa Ins; habeis hecho mal: la Anglica es
toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo.

--Crolo, seora, despues de que vos me lo afirmais.

--Y por qu no creerlo por el dicho de vuestro amigo?

--Porque mi amigo que es un loco, seora, un hombre de aventuras, est
ciegamente enamorado de la Anglica.

--Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y
la juzgareis.

--Ah! mi opinion, seora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en
las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo
tras los corzos, soy casi un rstico.

--Pero un rstico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito,
dijo riendo la jven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza:
estoy viendo todos los dias  vuestra madre, he acabado por amarla, y
esto es bastante ttulo para que trate  su hijo como  un conocido
antiguo, casi como  un pariente; os digo esto para que no extraeis lo
que voy  deciros  cerca de vuestro buen gusto.

--Que vos me suponeis.

--Del que llevais sobre vos una prueba indudable.

--Sobre m?

--Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las
mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en
donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. Donde habeis comprado
ese brocado?

--En Granada hoy mismo.

--Hoy!

--Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqus de la Guardia.

--Ah! dispensad! yo creia que vos...

--Nada tiene esto de extrao. Habia venido  la ligera y no queria
presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontr  mano al
marqus que se prest  venderme un traje, y l mismo ha elegido este
entre los suyos.

--Pues debeis estar muy agradecido  vuestro amigo. Por mi parte quiero
que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo
en Venecia podr encontrarse hoy y  un precio exorbitante. Reparad,
reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos
y est bordado de aljofar. Con que preguntareis al marqus?...

--Oh! de seguro seora.

--Las literas esperan  vuecencias, dijo un lacayo  la puerta.

La hermosa dama llam  una de sus doncellas, la pidi un manto, y esta
le trajo uno de terciopelo en que se envolvi completamente.

Despues, asindose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo.

--Vamos, seor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo  la
Anglica, comprendais que el marqus de la Guardia vuestro amigo, tiene
tanto gusto para sus amores como para sus brocados.

Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo  la jven hasta el patio
donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en
la otra Aben-Aboo.

Esta circunstancia favoreci al jven. Se encontraba solo, y por decirlo
asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento,
corri las cortinillas de los cristales, y se entreg  la meditacion de
lo que habia observado durante la comida.

Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo
de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado  su
casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir
de los monfes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie
conocia: tenia adems razones para sospechar que la mujer rival de
Anglica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para
creer que doa Ins, Amina, y la Dama blanca de la montaa eran una
misma persona.

Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las
palabras tranquilas con que doa Ins habia oido y contestado las
palabras intencionadas que habia permitido  sus recelos Aben-Aboo: ni
al oir el nombre de Anglica ni el del marqus de la Guardia se habia
conmovido la jven, ni un solo msculo de su semblante se habia
contraido, al saber que el marqus de la Guardia estaba enamorado de la
comedianta.

Extrabale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del
estado que mostraba doa Ins, se hubiese entrometido, por mas que
hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en
su procedencia. Y en verdad que esto era de extraar, tratndose de un
hombre  quien doa Ins veia,  por lo menos hablaba, por la primera
vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso 
otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzbale
el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin nmero de dudas y
de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y
tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la
hermosura de doa Ins y de la atmsfera de misterios que la rodeaba.

Antes de que el jven hubiese encontrado la mas leve solucion  sus
pensamientos, par la litera. Entonces, se encontr  la puerta del
corral del Carbon,  la que afluia una multitud inmensa. La funcion
debia haberse empezado,  estaba  punto de empezarse, porque ya el bobo
y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible
entre la multitud, aparecia maese Pertiez vestido de dia de fiesta y
con su capa nueva de pao fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza,
y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y  la hija, se encontr
primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una
puerta, que abri con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeo
espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de
alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosa. Ademas en el
centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata
con fuego.

Tres sillones estaban colocados delante de la celosa: sentse en el de
la derecha doa Ins, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues
de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entreg un
lacayo, se sent en el sillon de la izquierda.

Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas
que de Aben-Aboo y de su padre, se despoj doa Ins de su velo, dejando
descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos
hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.

Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse  la observacion
de lo que pasaba, de lo que se veia mas all de doa Ins; pero nosotros
que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo,
podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados
los tres personajes, y dedicarnos  la contemplacion del aspecto que
presentaba el corral.

Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de
damas, aderezadas, pintadas,  afeitadas, como se decia entonces,
luciendo su desnudez  pesar del frio; entre las damas cubiertas de
plumas y de relumbrones, caballeros jvenes, maduros y viejos, no menos
enjalbegados y aliados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un
aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la
Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y
oficiales; mas all el aposento de la Chancillera, y luego el de la
ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los
ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de
seda  de terciopelo, del color y con las armas que correspondian  cada
corporacion  familia, lo que, siendo muchos los colores y harto
diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste:
solo habia una colgadura  repostero que no tenia armas ni empresa; pero
en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia l
solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del
llamado don Alonso de Fuensalida.

Descendiendo al patio, all era tambien grande la variedad de colores,
cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas
damas galantes en la delantera junto  los msicos:  medida que las
sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las
ocupaban, y al fin, all en ltimo trmino, estrujndose, apretndose,
pisndose, apostrofndose, produciendo un ruido infernal, estaba la
gente de  pi, compuesta de hidalgos pobres y de gente valda.

El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y
por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian
los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones
de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de
altura, estaba inclinado notablemente hcia la derecha, y de tal modo,
que el aposento mas cercano  l, era el de la celosa.

Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y
la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus
puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.

El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de
la tarde, el sol iluminaba nicamente la parte alta de la pared oriental
del patio.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su
hija y su husped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada,
rompieron las guitarras de la msica, acompaadas de trompetas y
tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y
cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos
instrumentos juntos, mal taidos y peor concertados, formaban un
estrpito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y
sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de
obertura salvaje, se corri la cortina, quedando descubierto un espacio
cuadrado, formado por tapices, y sali el bobo, vestido de pastor, con
zurron, cayado y pellica.

Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era
una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escnico
estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los
corrales en que estas representaciones se hacian: rstanos decr, en
cuanto  la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces,
representando generalmente los cmicos entre cortinas  tapices, tras
los cuales aparecian  desaparecian por una abertura, segn que lo
requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador,
y su declamacion era un tanto cantada, armnica, particularmente en las
obras en verso. En cuanto al rden de los espectculos, vamos 
presentar, como muestra, el de la funcion que iba  representarse
aquella tarde en Granada por la compaa del famoso Cisneros.

Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor
dramtico, que floreci  principios del siglo XVI. Despues la comedia
en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada:
Reina Moraima. En tercer lugar, un coro y baile, titulados El amor.
En cuarto, el Paso del convidado, de Timoneda; autor valenciano, que
floreci por aquellos tiempos: y ltimamente, el Paso del ciego, de
Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne
autor y comediante.

En la imposibilidad de ofrecer  nuestros lectores toda esta funcion,
dilogo por dilogo y punto por punto, vamos  trascribirles la loa 
introito que declam el bobo (asi se llamaba entonces  los graciosos),
no solo para que juzguen del gusto dramtico de entonces, sino para que
observen con cunta libertad hablaban entonces al pblico los autores y
los comediantes.

H aqu la loa que el bobo declam con gran desemboltura y maestra 
vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella poca.

    Dios mantenga y remantenga
    mia f  cuantos aqu estais,
    y tanto pracer os venga
    como creo que deseais.

           *       *       *       *       *

    Pues pobretos,
    que quereis vivir sugetos
    al mundo y  su cebico,
    en mi tierra los discretos
    al contento llaman rico.
    Por probar
    ora os quiero preguntar:
    quien duerme mas satisfecho,
    yo de noche en un pajar
     el Papa en su rico lecho?
    Yo diria
    quel no duerme, todavia
    con mil cuidados y enojos;
    yo recuerdo  medio dia
    y aun no puedo abrir los ojos.
    Mas veran:
    que dais al Papa un faisan
    y no come del dos granos;
    yo tras los ajos y el pan
    me quiero engollir las manos.
    Todo cabe,
    mas aunque el papa me alabe
    sus vinos de gran natio,
    menos cuesta y mejor sabe
    el agua del dulce rio.
    (_aplausos generales_.)
    Yo, villano,
    vivo mas tiempo y mas sano,
    y alegre todos mis dias,
    y vivo como cristiano
    con aquestas manos mias.
    Vos, seores,
    vivs en muchos dolores
    y sois ricos de mas penas,
    y comeis de los sudores
    de pobres manos agenas.
    (_aplausos de la gente de  pi._)
    Y infinitos,
    que teneis los apetitos
    tan buenos como palabras,
    no comirades cabritos
    si yo no criase cabras.
    Concrusion:
    pues os demando perdon
    me lo debeis conceder,
    y pues que fu mi intencion
    venir  daros prazer;
    y ser:
    que una comedia vern
    Reina Moraima llamada.
    Sabed que no faltar
    de graciosa  desgraciada.

A continuacion, el bobo charl en verso el argumento de la comedia, y,
concluido, retirse dentro, llevando consigo una salva de aplausos.

Despues de esto  inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al
pblico, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus
hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la
vengase del hombre que habia asesinado  su padre,  su esposo y  sus
hijos.

Sin embargo, Anglica que debia representar la reina mora, no parecia;
el pblico empezaba  impacientarse, y  murmurar, y  silbar al fin, y
armar un verdadero alboroto.

Veamos en qu consistia la tardanza de Anglica.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando
maese Pertiez, se desliz por una escalera de mano, que mas all,
apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y
cristianos, lleg  un espacio cerrado por tapices, levant uno y se
encontr frente  frente con Anglica.

Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre
las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un
riqusimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnfica y ancha
tnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel
plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente
y con clera en pequeos pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un
objeto de poco volmen envuelto en un pauelo de encaje.

Cuando entr Pertiez, Anglica se levant sobrexcitada.

--Gracias  Dios que habeis venido! le dijo. Traeis la llave del
aposento de las celosas?

--Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don
Fernando de Vlor...

--S, si: ya s que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda
huyendo; pero no importa, dad mi llave al seor Diego Lopez.

--Pero el seor Diego Lopez, no me pagar...

--Acabrais de una vez; os pagar yo. Tomad mi llave, aadi sacando una
de su limosnera, y esta carta para el seor Diego Lopez. Dadme la llave
del aposento de la dama encubierta.

--Pero...

--Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.

Y se quit su magnfico collar, que no le hacia falta, porque su cuello
desnudo era mas hermoso.

--Pero... repiti Pertiez.

--Oh y que cansado! tomad y dadme.

Pertiez sac de sus gregescos una llave que entreg  Anglica, y esta
le di el collar.

--Oid: haced de modo que el seor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave
esta misma noche. Adios.

Y rpida como el pensamiento, sali de entre sus tapices, atraves el
interior del escenario, trep por la escalera de mano, y se encontr en
el corredor de los aposentos del pblico, que estaba desierto  causa de
haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian
quedado  la puerta del aposento de su seor, creyendo que no harian
falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente
de  pi, y Anglica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese  aquella
puerta, y meti en la cerradura la llave, abri con mano trmula y se
precipit dentro.

Al ruido, doa Ins volvi la cabeza, al mismo tiempo que su padre y
Aben-Aboo. Anglica habia puesto sus manos sobre los dos hombros
desnudos de doa Ins, y la miraba frente  frente.

--Oh! no me habia engaado! exclam, eras t!... t!... siempre t!

--Qu quereis seora? dijo con asombro don Alonso.

Palideci aun mas que lo estaba Anglica, temblaron sus labios, y sin
duda iba  pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vi
hacer un esfuerzo sobre s misma. Habia visto junto  s  Aben-Aboo,
que la miraba admirado.

--Perdonad! dijo, me he engaado seora: perdonad, seor caballero,
pero las cmicas tenemos corazon: yo creia que una mujer  quien
aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengar,
me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas
(y Anglica desemvolvi el pauelo de encaje); perdonad otra vez: si yo
hubiera encontrado aqu  esa mujer la hubiera arrojado estas joyas  la
cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais 
admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrn aliviar
la suerte de muchos desgraciados.

--Guardadlas, Anglica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente
doa Ins. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo
dems, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra...

--Oh! no! he dicho simplemente, seora, que creia que quien tras
tantos misterios, tras estas celosas, me arrojaba  la escena estas
joyas, era una mujer  quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para
aborrecerme. Una mujer  quien yo conoc cuando era una gran seora,
como vos lo sois y como yo misma espero volver  ser. Perdonadme, pues,
mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que
la loa ha concluido y hago falta en la escena.

--No, no recibir esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hcia
vos. Reparo que os falta collar, dijo doa Ins, tomando el de perlas
que estaba entre el pauelo; teneis un hermoso cuello, y os estar  las
mil maravillas. Permitidme, aadi levantndose: quiero ponrosle yo
misma.

Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Anglica, la lanz una
mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando  un tiempo.

Anglica inclin su hermosa cabeza hcia doa Ins, que, al ponerla el
collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la
comedianta escuch perfectamente.

--Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida.

--Odio por odio, y odio  muerte, exclam Anglica en el mismo acento.

Y luego, alzando Anglica la cabeza:

--Oh! cuanto tengo que agradeceros, seora! exclam: cun buena sois!

--Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad
siempre... siempre... con que ser la misma para vos.

--Adios seora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he
faltado  mi obligacion y el pblico se alborota.

Y sali como un relmpago, dejando abierta la puerta.

Don Alonso se levant  cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia  doa
Ins que se mostraba tranquila:

--Esa mujer est loca!

--Y es lstima, dijo doa Ins, porque es muy hermosa y tiene mucho
ingenio.

No se volvi  hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba
gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar
el caos de sus dudas, not una sola mirada de inteligencia entre el
padre y la hija.

Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando h aqu, que cesa como
por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de vctores: tan
hermosa y tan bien prendida habia aparecido Anglica, y con tal donaire
habia avanzado hcia el proscenio.

Pero cuando el entusiasmo pblico, no tuvo lmites, fue cuando, despues
de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus
desgracias, exclam con un arranque sobrenatural en una transicion
magnfica:

    Montes, rboles, fieras,
    venid, y aprendereis de mil maneras,
    como, pidiendo fuerzas  los cielos,
    una amante infeliz venga sus duelos.

Tras esto, sigui la representacion y siguieron los aplausos  Anglica
y  Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.

Anglica fue tambien aplaudida con frenes en la cancion y en el baile,
y, por ltimo, al oscurecer, terminado el espectculo con gran
contentamiento de todos, empez  salir la gente.

Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia
quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sinti que le
tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.

Volvise y encontr bajo su vista la exigua figura de maese Pertiez.

Qu me quereis? le dijo.

Escuchad una palabra al odo y mostrad una mano. La reina mora, la de la
comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no
os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el nmero 13.
Teneis mucha suerte, seor, mucha suerte: todas os aman.

Y el hombrecillo se escurri, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta
y la llave.




CAPITULO VIII.

     El panderete de las brujas.


A la misma hora en que el pblico salia de ver la comedia del corral del
Carbon, esto es: al oscurecer, se abri silenciosamente un postigo en
una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de
la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos:
cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado sigui adelante por el
desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y
la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual sali al
campo y sin ser notado por los guardas adelant  buen paso hcia la
prxima falda del cerro de Santa Elena.

Tenia un no s qu de melanclico y fantstico el paisaje  la fria luz
del crepsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado
hcia un barranco cercano, era rido seco pedregoso cubierto, ac y all
por tomillos y retamas raquticas: mirando al frente hacia el Nordeste
solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura
de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se
miraba  la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista
de Sierra Nevada en cuyo altsimo picacho del Veleta, reflejaba aun el
postrer rayo del sol tindole de color de rosa; mas abajo se veia el
magnfico anfiteatro de montaas, tendidas  los pis del blanco
gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro,
el verde y florido Generalfe, con su viejo y altsimo Ciprs de la
Sultana: mas abajo los crmenes del Darro, luego las arboledas de
avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian 
ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el
horizonte se alejaba, la luz pareca mas difana, se perdian en la
lontananza las colinas de viedos, y al fin confundidas en la neblina
del crepsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera
de los Dientes de la Vieja.

Reinaba un profundo silencio y en medio de l solo se escuchaba el largo
silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos.

El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, sigui
resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el
pecho en ademan pensativo.

Lleg al barranco y antes de entrar en l se volvi de una manera brusca
y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la
marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta,
inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver  quien cerca
de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes
ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que
aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi  vista de
pjaro.

--Hoy huyo de t, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo
derecho hcia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto
como un malhechor. Pero ay de tus cristianos! ay de tus verdugos,
cuando venga  llamar  tus puertas con las trompas de guerra de mis
soldados! ay de t entonces, marqus de Mondjar! ay de t, presidente
Deza!

Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta
se volvi y al volverse encontr junto  s un hombre que tenia un
caballo del diestro y que estaba tambien embozado.

--Quien v? exclam el primero hacindose un paso atrs y empuando su
espada.

--Quien ha de ser, contest el otro con acento un tanto seco, sino
quien te est esperando yerto de frio hace una hora?

--Ah! eres tu Diego Alguacil? exclam el primer embozado: de poco
desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho,
sufrir mucho.

--Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una
perla: un descuido puede costarte la prdida de tus esperanzas.

--Cmo! exclam con cuidado el otro: pues qu sucede?

--Aben-Aboo est en Granada.

--En Granada Aben-Aboo! y qu quiere aqu mi amado primo? pretende
acaso, suscitarme dificultades?

--Todo est preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto
pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las
Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.

--Traidores! exclam con sarcasmo el primer embozado: es verdad! hace
mucho tiempo que viven entre nosotros: all ha vivido el primer traidor
de nuestro pueblo... y sealaba la distante Alhambra; all en medio de
un vergonzoso silencio, firm las capitulaciones que entregaban 
Granada  sus verdugos los cristianos. Pero el Altsimo fue justo, y el
traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fu  morir all, al otro
lado del mar, defendiendo una corona agena, l, que no supo defender la
suya.

--No es hora de largas plticas, dije el otro: monta  caballo y marcha
al Panderete de las brujas.

--Te confieso que voy con repugnancia  ese lugar maldito.

--Te espera en l la Dama blanca.

--Oh! la Dama blanca de la montaa! es verdad. Adios.

--No te olvides, de que  las doce debes estar en la taberna de San
Miguel.

--No lo olvidar. Adios.

Y el segundo embozado se reboz y se alej y se perdi en el descenso
del monte hcia la cerca de don Gonzalo.

El otro mont  caballo, le arrim las espuelas y  buen paso, ya al
trote ya al galope, adelant por un sendero, estrecho pero llano, que en
direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena.

Muy pronto lleg al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se
levanta una venta  parador; atraves el camino, descendi por un
sendero mas estrecho, baj  un barranco, le recorri, trep  una loma
y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, lleg al fin 
un terreno practicable y llano, que se perda en medio de viedos.

Despues de haber recorrido por l una distancia como de tres tiros de
arcabuz, detuvo su caballo al pi de una colina rida y cnica, que
parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa
vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero
que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina
ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama.

--El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror
supersticioso.

Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los
cristianos, se santigu de la manera mas cristiana del mundo, despues de
lo cual hech pi  tierra, y adelant hcia la colina llevando el
caballo del diestro.

Pero  penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la
tierra, se levant de detrs de una pea una sombra blanca; aquella
sombra, que parecia un hombre,  aquel hombre que parecia una sombra,
llevaba la misma armadura y dems ropas, que usaban los ginetes moros
del tiempo de la conquista de Granada.

--Poderoso, seor, dijo aquel hombre dirigindose al incgnito, no te
cuides de tu caballo: yo te le guardar.

Sinti el embozado vergenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le
hacia extrao y desagradable, entreg su caballo  aquel bulto blanco y
sin decirle una palabra sigui adelante.

Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia  la
cumbre, se levant de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una
palabra, sigui delante de l  gran paso. Las pisadas de aquel hombre
crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco.

Una vez all, el incgnito, por la misma razon que antes, esto es por
disimular el miedo, continu hcia la subida de la colina, pero no sin
llevar la mano derecha  la empuadura de su espada, ni sin invocar
fervorosamente el nombre de Dios.

A poca distancia apareci una tercera sombra que sigui  la segunda en
silencio.

--Ser hoy sbado! pens con terror el embozado: pero instantneamente
desech este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no
podian tener conventculo.

A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las
peas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando
llegaron  la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro.

La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era
enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un
pandero; en cuanto  su calificacion de Panderete de las brujas la
justificaba el ser pblica voz y fama que en aquel lugar se reunian
todos los sbados  celebrar sus conventculos las brujas residentes en
diez leguas  la redonda.

En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde
segun fama, los demonios levantaban su trono  Lucifer, siempre que se
celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades,
en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo
la forma de un macho cabro.

El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y
perdnennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la
prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente
empeado el incgnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido
escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes  la pureza de la
religion y de las costumbres de los dominios de la cristiansima Espaa,
y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en
teologa, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia
una tan grave acusacion pblica. Desde el momento la esterilidad de
aquella colina en medio de unos campos tan frtiles, lo escabroso de la
subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente
infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado,
hicieron concebir  los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de
descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnfico
auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostndolos 
fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas,  que les
diese en las narices el olor  tizon del Santo Oficio,  que el vulgo se
hubiese engaado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba
abandonada, y desmoronndose lentamente, sin visos de haber tenido
habitantes hacia muchos aos. No satisfechos aun, esperaron  un sbado
y  la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de
sorprender al infierno, repblica terrible contra la que,  pesar de su
formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron
dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en
sbado que lo mismo que habian visto de los dems dias de la semana: la
luna clara y difana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni
estas parecieron, ni se vi una sola hoguera, ni la mas ligera seal de
ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor  azufre ni  demonio: sin
embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen
conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no
ser cogidas _in fraganti_, repitieron sus visitas diferentes sbados:
pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun
paredon menos, arruinado por las lluvias  por los vientos.

Limitse, pues, la Inquisicion,  garantir el lugar calumniado de todo
acto contrario  la religion, bendicindole y gastando en l una
caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese
lugar manchado con fama tan nefanda, conden con terribles censuras,
excomuniones y castigos  todo el que se atreviese  llamar de all en
adelante  aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto,
el vulgo sigui en su tema, crey nicamente que el diablo se habia
burlado de la Inquisicion, y sigui, aunque recatadamente y en voz baja,
dando su nombre maldito  la colina, nombre que se ha conservado por
tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se
llamar maana, y probablemente pasado maana tambien, el Panderete de
las brujas.

Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su
nombre, volvamos al embozado.

Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelant hcia la casa
arruinada  cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres
fantasmas que le habian precedido hasta all; se detuvo  alguna
distancia de ellos y dijo con voz serena:

--Ignoro quines sois y vuestras intenciones; pero aqu me llama un
empeo, y no veo  la persona que busco. Est acaso en esas ruinas.

--Pasad, poderoso seor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo
tiempo seal  sus compaeros que abrieron una estrecha calle.

El embozado pas y se encontr en un espacio lbregamente oscuro.

No sabiendo  dnde encaminarse se detuvo.

--Seguid, seguid adelante, seor, dijo uno de los hombres que estaban 
la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved  vuestra diestra
mano.

El incgnito sigui forzando su valor artificial por decirlo asi;  los
diez pasos se volvi  la derecha y vi al fin de una galeria, el
resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de
escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de
mujer, de pi  inmovil; mas all todo era sombra y aquella forma
gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantstico que
si hubiera tenido tras s la eternidad.

El embozado adelant con el corazon violentamente agitado; la Dama de la
montaa, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas
extraa del mundo.

El incgnito adelant hcia la sombra y se detuvo al entrar en el patio.

--Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y
afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar  una
dama.

--Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubrindose con suma
galantera, accion que dej ver  la luz de la luna que su frente era
noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro...

--Cubros, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo
espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de
la noche ni que os fatigueis.

Y seal  don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentndose al mismo
tiempo en el.

Don Fernando fue perdiendo poco  poco su terror; y es que es muy
difcil sentir terror junto  una buena moza. Lo era la encubierta (y
decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda
blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se
viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era
perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros,
alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como
amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste
caprichoso, era negro como el bano; esbelto y gentil su talle, del cual
descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado
blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de
dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de
Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando  pesar de lo
extrao de la aventura.

Se nos olvidaba decir que  travs de las dos averturas del antifaz,
brillaban dos ojos negros y de enorme tamao, fijos de una manera tenaz
y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la
toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados
brillantes y negrisimos.

De aquella mujer se exhalaban  mas que su natural perfume, los que
estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia
tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba  demostrar que aquella
mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro
mundo.

A esto podria contestrsenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas
grata ocupacion es tentar  los mortales, podia tomar las formas de una
mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros
creemos que  ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo
es capaz el Arcngel rebelde menos de convertirse por un solo momento en
mujer.

--S, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando
se hubieron sentado, qu cosas os han sucedido hoy, despues de
concertada nuestra vista, que os obligan  recataros y  huir de la luz
del dia.

--Sabeis...

--Si, s por ejemplo, que esta maana por descuido  por intencion os
entrsteis en el cabildo con la daga en la cintura.

--Y quin os lo ha dicho seora?

--Bah! acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extraado
el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que
cuando otro regidor os advirti de vuestro olvido le contestseis de una
manera violenta.

--Se me acusaba de una falta que no habia cometido.

--Es costumbre, segun dicen, que los veinticuatros, antes de entrar en
cabildo, dejen  la puerta sus armas.

--Yo tengo privilegios...

--Que alegsteis con demasiada dureza.

--Eso podr decir el corregidor que se atrevi  llamarme desleal y 
mandar que me llevasen preso.

--El corregidor, vasallo fidelsimo de su magestad el rey de Espaa 
Indias, tiene motivos para llamaros traidor. El presidente Deza ha
podido decir, por ejemplo, que andais en conspiraciones, que alentais 
los moriscos para que se rebelen...

--Y quin ha dicho eso al presidente...? su nombre seora si lo
sabeis... el nombre del traidor.

--Se lo he dicho yo...

--Vos...?

--Yo precisamente no, pero s un escrito mio, en que le recordaba
vuestras continuas denuncias  las Alpujarras...

--En ellas est mi seorio de Vlor.

--Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecais  los
moriscos: que de contnuo recibiais visitas recatadas de Bartolom de
Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines
que tiene Granada...

--Ah! Diego Alguacil os lo ha revelado todo!

--Para contestaros ser necesario que me contesteis  la pregunta que
voy  haceros. Sabeis quin soy?

--Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche  este sitio  nombre
de la Dama blanca de la montaa.

--Y sabeis quin es la Dama blanca de la montaa?

--Lo sabe alguien seora? dijo con anhelo don Fernando. Sabe alguien
acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha
frecuencia, recorre las montaas de Cdiar, ya bajo la blanda luz del
alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espritu  una
realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos,  Amina, la
hermossima hija de mi noble tio el emir de los monfes de las
Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? Conoce alguien al emir?

Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. Conoce alguien  mi prima
Amina?

Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol.

--Y quin os ha dicho eso?

--Algunas veces he ido  la montaa  ponerme al paso de la Dama blanca
 vuestro paso seora; siempre me ha detenido un monf: no paseis
adelante me ha dicho y cuando le he preguntado quin era esa Dama
blanca me ha dicho: Esa dama es la niebla.

La Dama blanca se ech  reir.

--Os res? exclam picado don Fernando.

--Me rio porque los monfes son ingeniosos. En efecto la niebla por la
maana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las
montaas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama
ya un monstruo. No creeis que el vulgo es muy propenso  dar forma y
nombre  lo que al acercarnos  ello desaparece?

--Pero el vulgo, respecto  vos no se ha engaado, porque os tengo
delante de m, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de
sultana.

--Poda haberse engaado el vulgo.

--Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo
preguntaba siempre que un monf me detenia: es por acaso esa dama la
hija de vuestro emir? y el monf me contestaba: bien pudiera serlo,
porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como
una huri. Y siempre que el monf decia esto, suspiraba, porque teneis
el privilegio de ser amada antes de ser conocida.

--Segun eso, creeis que yo sea la sultana Amina?

--Lo creo, seora, lo creo, porque me lo est diciendo  voces el
corazon.

--Pues bien, no os engaais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del
emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfes de las Alpujarras.

--Y para qu me habeis llamado? exclam alentando apenas don Fernando.

--Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha
querido hablaros, y me envia  vos como intermediaria.

--Ah!

--S, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada.

--Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un
acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profeca...

--S, s, sabemos la superchera de que se ha valido vuestro tio
Aben-Jahuar el Zaquer, comprando  cierto faqu embustero, que pasa por
santo entre los moriscos de Granada,  fin de haceros triunfar de las
pretensiones que tiene  la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo,
lo sabemos todo: mi padre est enojado con vos por vuestra conducta
licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama  Aben-Aboo; al fin y al
cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los
sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede
hacerse sin la ayuda de los monfes de las Alpujarras, como sin esa
rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir
no tiene mas descendiente que yo... una mujer...

--Ha pensado tal vez en ceirme una doble corona dndome la del amor al
hacerme vuestro esposo?

--Eso no puede ser, primo, contest dulcemente Amina.

--Ah! no me amais.

--Ni puedo amaros.

--Que no podeis amarme....?

--No, porque soy casada.

--Casada! exclam con asombro don Fernando. Casada! y con quien?

--Qu os importa eso? No sois vos tambien casado?

--Pero casado con una cristiana  quien puedo repudiar.

--Repudiar  la pobre Isabel,  la madre de vuestro hijo!

--Los reyes prima.....

--Aun no sois rey y ya quereis cometer los crmenes de los reyes!

--Ah! vos que os habeis casado sin duda con algun poderoso prncipe
musulman, vos que en todo habeis sido afortunada...

--Ah! que he sido afortunada en todo. Pedid  Dios, primo, que vuestro
corazon no vierta el llanto de sangre que ya ha vertido el mio; pedid 
Dios que os haga mas venturoso de lo que yo he sido. Casada con un
prncipe musulman! Si tal fuere mi esposo, seriais vos rey de Granada?

--Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una clera mal
encubierta don Fernando, para qu me habeis llamado, seora?

--Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros
hijos.

Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa.

--El de nuestros hijos! exclam.

--Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija.

--Explicaos, explicaos mejor, seora.

--Voy  explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas.
Sabeis de quien desciendo?

--Dcese que descendeis de Boabdil.

--Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de
ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de
Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava
de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su
poder y su hermosura.

--Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo
don Fernando.

--Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando
Granada era todava una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo,
prendi en la frontera  una doncella. Aquella doncella era hija
bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don
Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su
hija bastarda, habida en una judia, doa Judid de Sotomayor, en fin, fue
cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida  una torre
de la Alhambra. Aquella torre se llam desde entonces la torre de la
cautiva. Vi el rey  la castellana, se enamor de ella, y fuese por
amor  por violencia, doa Judid fue suya. Un ao despues, la cautiva
muri dando  luz un nio. Aquel nio fue aos adelante, el caudillo mas
valiente de Granada, porque aquel nio, que tenia en sus venas la
valiente sangre de dos hroes, se llam el emir Muza-ebn-Abil-Guzan,
hermano bastardo del rey Boabdil. Y sabeis don Fernando lo que se hizo
del emir Muza, despues de la conquista de Granada?

--Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la
deshonra y de la destruccion de su patria, desapareci antes de la
rendicion de Granada, y aaden que no se volvi  saber de l.

--Es verdad, Muza desapareci, pero seguido de sus valientes ginetes y
de sus esclavos, se ocult en las montaas de las Alpujarras desconocido
para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfes. Sabeis ya mi
ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del
rey del desierto de Mjico, descendiente de los ascendientes del
emperador Motezuma.

--Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, por
qu no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi
abuelo? por qu no decir con orgullo que teneis sangre de los
Abderramanes?

--Sabislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora
bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable.

--Y por qu no le reclama? dijo con altivez don Fernando.

--Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada,
en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos
sus derechos, pero con algunas condiciones.

--Y esas condiciones?

--Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre.

--Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta.

--Tendremos cuanto hayamos menester: seguidme.

Amina se levant, y se encamin con paso seguro por el oscursimo
espacio que poco antes tenia  sus espaldas: don Fernando la sigui:
poco despues, Amina empuj una puerta, y se encontraron en un aposento
ennegrecido y ruinoso. En el centro de l, habia una mesa con tapete,
sobre la que se veian dos bujias, y un tintero de plata:  uno y otro
lado de la mesa habia un sillon. Sentse en uno de ellos Amina y en el
otro don Fernando.

--Vamos esas condiciones, dijo este.

--Esperad un momento: quiero cortaros toda evasiva, demostrndoos que
sois casado con Isabel de Rojas, y que teneis de ella un hijo que se
llama Ben-Yaschem.

--Hablad: quiero probar si vuestro padre est bien informado.

--Mi padre sabe todo lo que le conviene saber, primo. Vais, pues, 
juzgar: vuestro padre, mucho tiempo antes de que vos naceseis, fue
preso por el capitan general de Granada; esto hace mas de veintidos
aos. Durante la prision de vuestro padre, os di  luz vuestra madre
doa Elvira de Cspedes: acusado vuestro padre de la muerte de su cuado
Miguel Lopez, esposo de vuestra tia doa Isabel de Vlor, y padre de
nuestro primo Aben-Aboo, muri en la prision  que habia sido condenado
de por vida.

--Mi padre fue vctima de una traicion oscura, exclam con calor don
Fernando; y ay del traidor si alguna vez llego  descubrirle! ay de su
sangre!

--En efecto, hay mucho de misterioso en algunos sucesos de nuestra
familia, misterios que mi padre no ha podido descubrir  pesar de su
poder. La verdad del caso es, que vuestra madre os amaba demasiado para
daros una buena crianza, y que vuestro tio don Fernando de Vlor, que
ahora lleva el nombre de Aben-Jahuar, os pervirti desde vuestros
primeros aos. A los catorce, perdonad lo que voy  deciros primo,  los
catorce aos erais ya un pequeo libertino. Por entonces conocsteis en
el Albaicin una doncella que tenia vuestra misma edad, os enamoristeis
de ella, y ella se enamor de vos. Pero el padre de Isabel de Rojas, que
ella era, tenia demasiado inters en haceros su yerno, y guard tanto 
su hija, que vos  trueque de poseerla, os cassteis con ella, por ante
la iglesia catlica, sin que lo supieran, ni vuestra madre ni vuestro
tio, porque aquel casamiento fue secreto. Si el padre de Isabel hubiera
vivido, aquel matrimonio no hubiera tardado en ser pblico: pero el
padre de Isabel muri antes de que su hija diese  luz el fruto de sus
amores, y qued sola Isabel: vos la abandonsteis don Fernando,
abandonsteis  vuestro hijo...

--Y quien os ha dicho, prima...

--En vano buscais una disculpa, la conciencia os acusa: por lo dems, y
 pesar de que Isabel haya callado y sufrido, porque cree que no habeis
abandonado  su hijo...

--Cada vez os comprendo menos.

--Ya se v: mi padre ha acudido secretamente  las necesidades de esa
desgraciada,  la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su
esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis  su
subsistencia y  la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree
desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.

--Ah! exclam don Fernando.

--Por lo dems, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y
las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha
contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que
todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del
derecho  la corona de Granada, pueden salvarse por estas
capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas  rechazadlas, pero
contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en
consecuencia.

Don Fernando desenroll el largo pergamino que Amina le entregaba, y vi
que estaba escrito primorosamente en rabe: su contenido era el
siguiente:

En el nombre de Dios Altsimo y misericordioso, dador de la vida y de
la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los
monfes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios
Muley Aben-Humeya, rey de Granada.

Primeramente: el emir de los monfes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia 
todos los derechos que pueda tener y tenga  la corona de Granada, en su
sobrino Muley Aben-Humeya.

Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte,  casar su hijo
nico Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija nica del
emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya
 Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandar en los dominios del
otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.

Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer
matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.

Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen
hijos, el primer hijo varon, heredar las coronas reunidas de Granada y
de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas
reunidas, pasarn al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, 
en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina.

Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas
reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarn  Sidi-Aben-Aboo, primo
hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar,  al hijo varon
de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.

Stimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier
concepto de Muley Aben-Humeya,  de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar,
Sidi-Aben-Aboo, ser considerado como infante de la casa real de
Granada, y se le sealar seoro bastante para que pueda vivir con
arreglo  su estado.

Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los
monfes de las Alpujarras, se obliga  ayudar con sus gentes de guerra y
con sus tesoros,  Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos
el reino de Granada.

Seguian la frmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que
usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los
testigos y el sello y la firma del emir.

Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, mir con
ansiedad  Amina.

--Sultana, la dijo: todo esto seria intil si tu consintieses en ser mi
esposa.

--Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.

--Imposible! los reyes pueden romper los vnculos del matrimonio!...

--No lo har jams.

--Y... por qu?

--Porque amo lo bastante  mi esposo para renunciar por l una corona, y
temo  Dios lo bastante para robar  una mujer y  un nio, su esposo y
su padre.

--Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.

--No seriais rey de Granada.

--Oh! lo veramos!

--Una sola palabra de mi padre, y el faqu Abul-Hasam,  quien dentro de
poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el
nombre de mi padre en vez del vuestro.

Entrle un terror pnico  Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del
emir de los monfes, que todo lo temi.

--Firmar, dijo tomando una pluma.

--Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en
presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.

Amina di tres fuertes golpes sobre la mesa,  instantneamente se abri
la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas
que habian precedido hasta all  Aben-Humeya.

--Acrcate, mi buen Harum, dijo Amina, y v como firma Muley Aben-Humeya
las capitulaciones que voy  leerte: escuchad tambien vosotros ancianos
walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.

Amina ley con voz sonora las capitulaciones.

Entonces adelant una de aquellas sombras, y dijo con autoridad  don
Fernando.

--Te obligas  todo lo que has oido?

--Me obligo.

--Juras por el Dios Altsimo y Unico, guardar y cumplir estas
capitulaciones?

--Lo juro.

--Pon al pi de ellas tu nombre de rey, y junto  tu nombre este sello
de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.

Y el que asi hablaba, sac un magnfico sello de entre sus ropas y le
puso sobre la mesa.

Don Fernando de Vlor firm, y cuando hubo firmado, el mismo moro
encubierto, sac de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos
enrollados.

--Qu es eso? dijo cuidadoso don Fernando.

--Tres copias iguales de estas capitulaciones, seor, contest el moro.

--Y para qu tanta copia?

--Una para vos, otra para el emir de los monfes; otra para
Sidi-Aben-Aboo.

--Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.

--Firmad si quereis estas otras.

Don Fernando firm con despecho.

Entonces el mismo moro derriti cera encarnada sobre los tres
pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Vlor, estamp sobre la
cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como
wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres
moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta
entonces habia hablado, entreg el sello real y uno de los pergaminos 
don Fernando, y guard los otros dos.

--Id  ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin
y los de la Vega, estaran  las doce de la noche, en la casa del Hardon,
junto  san Miguel.

--Y vos...?

--Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras.

--Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclam desesperado don
Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.

--Oh! no, eso jams. Adios primo, adios. Que l os ayude en la empresa
en que os vais  empear.

Y Amina desapareci por la puerta, dejando  don Fernando, mudo,
asombrado, como presa de un sueo.

Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jven se encontr
solo: entonces se precipit  la salida, atraves el oscuro espacio de
la casa arruinada, y sali  la cumbre del Panderete de las brujas.

Nada vi. Se precipit por el sendero, y  nadie encontr; solo su
caballo atado  una vid al lado del camino.

Volvi  trepar  la cumbre, entr en la casa esperando encontrar 
alguien, y lleg  tientas al mismo aposento donde se habian firmado
aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palp: la mesa, los
libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, busc mas, y oy una voz
que le dijo:

--No busques, seor, porque nada encontrars. En la calle de San Miguel
te esperan, casa del Hardon.

Don Fernando lanz un rugido de rabia, sali de nuevo de las ruinas,
baj del Panderete de las brujas, desat su caballo, mont en l, y
parti como una flecha en direccion  Granada.

--Ella! ella! hermosa, rica! hija del emir! mi prima la sultana
Amina, mi esperanza! y casada! casada! y con quin? con algun
reyezuelo de Africa. Oh! oh! si no tuviera en mi poder este pergamino
y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueo.




CAPITULO IX.

     De cmo por el amor se olvida la amistad.


Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doa Ins y Aben-Aboo
 su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en
la cmara de recibo, doa Ins se inclin graciosamente hcia Aben-Aboo
y le dijo:

--Os suplico, seor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi
padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre.
Adios.

Y sonriendo al jven de un modo que le hizo palidecer de emocion, sali.

A su vez Aben-Aboo se inclin tambien cortesmente ante don Alonso:

--Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.

--Teneis alguna aventura, seor Diego Lopez? dijo don Alonso con un
acento de inters y de autoridad que maravill  Aben-Aboo.

--Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver  mi amigo.

--A vuestro amigo...?

--Creo haberos dicho que era mi amigo el marqus de la Guardia.

--Estais citado con l?

--No, pero le buscar.

--No andeis mucho por Granada esta noche; creedme  m que soy vuestro
amigo: podreis tener malos encuentros.

--Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompaado con mi espada.

--S que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener,
son de aquellos en que nada vale una espada.

--No os comprendo.

--No sois morisco?

--Si por cierto.

--Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por
la justicia.

--Ah! y quin os ha dicho?

--Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta maana
en el Ayuntamiento con don Fernando de Vlor.

--Don Fernando es un imprudente.

--Parceme que amais poco  vuestro primo.

--Mi primo es enemigo mio.

--Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.

--Vos no conoceis  don Fernando; l me provoca.

--Perdonad, seor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio,
no os detengo ahora: id  ver  vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo
suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos
obligueis  hacer un esfuerzo para salvaros. Cundo volvereis de ver 
vuestro amigo?

--Quin sabe? porque el tal marqus es un loco de atar, y estando  su
lado, no hay medio de ser mas cuerdo que l. Pero no quiero pasar esta
noche fuera de la casa.

--Bien;  cualquier hora que vengais os estar esperando un criado que
os llevar  mi aposento.

--Tan importante es lo que teneis que decirme...?

--Oh! mucho! con que id con Dios, y sed prudente.

Aben-Aboo sali lleno de confusiones; no sabia qu pensar de aquella
familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular,
y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doa Ins habia causado
en l una sensacin profundsima: su hermosura le habia hecho concebir
deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia
estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia
saturado del tentador perfume que emanaba de la jven: por otra parte
habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas
singularidades venian  anudarse en un solo punto: en la comedianta
Anglica.

[imagen: Sinti que una mano, formidable por su fuerza, detenia la
suya.]

Segun la conversacion que habia oido en la hostera entre Andrs
Cisneros y el misterioso Godinez, Anglica estaba zelosa de una mujer 
quien amaba el marqus de la Guardia; aquella mujer  quien aborrecia
Anglica era hija del emir de los monfes: era Amina: Anglica habia
entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doa
Ins, y la habia insultado, porque Aben-Aboo  pesar de las protestas
que de haberse equivocado habia hecho la cmica, habia notado que
aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doa Ins no era otra que
la hermossima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la
montaa; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun
tiempo,  iba en busca del marqus de la Guardia, ansioso de esclarecer
cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente
algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.

Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que
hemos hablado, cuando se abri silenciosamente una puerta, y sinti un
ceceo: detvose, y el ceceo se repiti; entonces Aben-Aboo se dirigi 
donde sonaba, y  travs de una puerta oscura una mano de mujer le di
un papel y cerr.

Estremecise de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que
de doa Ins, de doa Ins que le habia sonreido durante la comedia; de
doa Ins que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doa
Ins aquella carta, doa Ins no era Amina, se habia verdaderamente
equivocado Anglica, sus disculpas no eran fingidas; l se habia
engaado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de
aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doa Ins, porque le
citaba, porque una mujer no cita  un hombre jven mas que para asuntos
amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqus de la
Guardia.

Aben-Aboo se precipit por las escaleras, ansioso de salir de aquella
casa,  ir  otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de
recibir: al bajar por las escaleras se acord de que en la misma calle
de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.

Atraves el zaguan, sali, tom la calle  la izquierda, y se meti por
una puerta inmediata. Muy pronto se encontr en una sala baja, en la
cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban  un patio. Al
fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de
fisonoma ruda, y enrgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y
bebian sentados en derredor de las mesas.

[imagen: Aben-Aboo.]

Aben-Aboo se dirigi resueltamente al mostrador: al verle el que estaba
al despacho, se puso de pi y clav en el jven una profunda mirada.

--En qu puedo servir  vuesamerced, caballero? dijo llevndose
respetuosamente la mano  la gorra.

--Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.

--Oh! si seor, y bien abrigado; seguidme si gustais.

Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo
de detrs del mostrador, atraves la taberna, y seguido de Aben-Aboo,
abri una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se
encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas
sillas y un barreo con fuego.

El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarndose  Aben-Aboo.

--Necesitais algo mas?

--Si, necesito que me contesteis  una pregunta. No sois el tabernero
que estaba aqu hace seis meses?

--Ya veis que no, respondi con un severo laconismo el preguntado.

--Y qu se ha hecho del otro?

--Tomle la taberna, se fu  ignoro su paradero.

--Pero esta taberna no es la del Hardon?

Mir con doble profundidad el tabernero  Aben-Aboo.

--El Hardon,  Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo
en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es
suya y vive en ella.

--Cmo os llamais?

--Roque Garcia, para serviros.

--Sois morisco como el Hardon?

--Algo de morisco tengo.

--Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.

--Pues no os conozco.

Mortific un tanto esta respuesta al jven que continu.

--Pero conoceis al marqus de la Guardia?

--Tampoco conozco  ese caballero.

--Es un jven como de veinte y tres aos, muy galan, muy valiente, muy
bebedor y gran jugador de dados.

--Solo conozco de esas seas  un capitan de infantera, que se llama
don Juan Coloma.

Acordse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su ttulo  causa
de su pobreza.

--Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. Y viene con mucha
frecuencia  vuestra casa ese caballero?

--Oh! si seor, y ahora mas que nunca.

--Y por qu mas ahora que antes?

--Porque anda enamorado en la vecindad.

--Ola! y de quin est enamorado?

--De una dama que vive en la casa grande inmediata.

--Y conoceis  esa dama?

Fij otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.

--Sbese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico,
pero en cuanto  su hija nadie puede jactarse de haberla visto el
rostro.

--De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...

--Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ah: en nombrando al
ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamndome.

En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.

--Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aqu
hay un conocido suyo que le espera.

El tabernero desapareci por las escaleras.

Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo ley el papel que le habian dado
en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:

Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os
doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id  las nimas,
por el postigo de vuestra casa; yo os abrir. Doa Ins.

Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sac de la
escarcela el que le habia dado con una llave Pertiez de parte de la
comedianta Anglica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia
as:

Si sois tan corts como bizarro, venid esta noche  las doce  la
hosteria del carbon: cuando llegueis  lo alto de las escaleras abrid
con la llave que os entregar maese Pertiez la puerta, y adelantad por
el corredor: mi aposento es el nmero 13. Yo os estar esperando.
Anglica.

Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos
billetes, porque el marqus de la Guardia se le ech encima.

Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y
pendiente de la pretina un broquel cincelado.

--Ah! gracias  Dios que os hallo, exclam; no sabia donde podria
hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no
tengo otra cosa que daros.

--Y para qu me buscabais con tanto inters, don Juan?

--Qu diablos! necesito explicarme con vos.

--Explicaros conmigo?

--Si por cierto, me habeis dado zelos.

--Zelos yo?

--Habeis acompaado esta tarde  una mujer  quien amo,  quien adoro,
por la que estoy loco.

--La que vive en mi casa?

--Cmo en vuestra casa?

--Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo
alquilada  don Alonso de Fuensalida.

--Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro  esa dama.

--Sin duda.

--Y es hermosa?

--Permitidme que extrae, marqus, que me hagais una pregunta tal acerca
de una mujer de quien os confesais enamorado.

--Ah! no lo extraeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no
la he visto en mi vida.

--Ah! creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?

--No he amado  otra que  ella.

--Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermossima
mujer.

--Ah! de la princesa.

--No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.

--Ah! s, de la comedianta Anglica: tanto da.

--Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin
ello es que pasais por su amante.

--Yo amo  esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera est esa
comedianta, estar la dama  quien amo. No s por qu tengo esa
seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.

--Os confieso que no os comprendo.

--Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna
razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del
corazon, que me grita: donde est la una est la otra.

--Pero qu razones teneis para creer que doa Ins sea la mujer  quien
amais?

--Os dir: hace algunos meses, yo, que habia dejado la crte siguiendo 
la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine  Granada: en
Granada su padre fue mas astuto que yo y perd su rastro de todo punto.

--Ah!

--Estaba ya desesperado, cuando una maana, hace seis meses, al entrar 
oir misa en la iglesia de san Miguel, v salir una dama enteramente
envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pi,
y sin embargo me pareci reconocerla, me pareci que era ella... mi
alma,  la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de
improviso ante s, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo
creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido
una vivsima alegra: la segu, y v que se entr en esa casa de al
lado, en la vuestra, seor Diego Lopez. Empec  rondar pero
intilmente. Jams se abri un balcon ni una reja; pregunt  la
servidumbre, pero la encontr muda, incorruptible. Vine todas las
maanas  la iglesia de san Miguel, y siempre la v  la misma hora,
pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompaada de una duea tan
encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagu cuanto pude, y solo
saqu en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de
Fuensalida, que guardaba mucho  su hija y que nadie la habia visto el
rostro. Aadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.

--Y decidme: habeis visto  esa dama todos los dias en misa?

--No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.

--Tambien, dijo para s Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias
seguidos la Dama blanca  sus paseos por la montaa.

--Acontecime por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi
posada, entr mi lacayo una maana, y me entreg una caja que habian
dejado para mi. Abr la caja y encontr... qu diris que encontr?

--Quin sabe?

--Pues encontr tres cortes de brocado de los cuales es uno el que
teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de
oro.

--Decs que encontrsteis dentro de la caja el crte del justillo que
llevo puesto?

--Si por cierto, y  no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por
nada del mundo ese justillo.

Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empez 
esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendi por qu doa Ins
le habia hecho preguntas, basta cierto punto extraas  inconvenientes,
acerca de la procedencia del brocado que vestia.

--Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero
continuad.

--Para obligarme  admitir aquel regalo venia dentro de la caja un
billete que contenia las siguientes palabras:

Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.

--Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.

--Y quin poda ser esa dama mas que la mujer  quien adoro? Cmo pudo
conmoverme la vista de dona Ins encubierta sino era el amor que busco?

Don Juan inclin la cabeza sobre el pecho como para ocultar su
conmocion.

--Pero vos habeis visto  esa doa Ins, exclam de repente el marqus
levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos
me direis si es hermosa  fea, porque si es fea, no es ella, y me
interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que
no he visto  mi encubierta, he recibido esta brevsima carta.

Y el marqus sac de su escarcela un papel que entreg  Aben-Aboo.

Este al abrirle palideci: estaba escrito, al parecer, por la misma mano
que el billete de doa Ins que le habian entregado poco antes. Aquella
carta decia:

La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en
la taberna prxima y me conocereis.--Quien bien os ama.

--Yo no puedo aseguraros, dijo el marqus, si esta carta esta escrita
por la misma mano que escribi la que acompaaba el regalo que me hizo
una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla
se me extravi. Lo que s deciros es que estoy loco; que la cabeza se me
arde; que vine esta tarde  saludarla, frentico de alegra, aunque solo
pudiese enviarla mi saludo  travs de las paredes, cuando os v salir
con ella y con su padre,  quien cre reconocer,  quien cre haber
hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extrao que
si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la
verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me
alegr porque me dije: el seor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede
contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablar con franqueza. Amais
 esa mujer?

--Hoy es el primer dia que la he visto.

--Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os
habreis enamorado de ella para no olvidarla jams.

--Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen  su
amante.

--No la amais, pues?

--No marqus, no, porque amo  otra;  una mujer que es vuestra querida:
 la comedianta Anglica.

--Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevar de noche, tarde,  la
puerta de su aposento. Llamar y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero
decidme: esa doa Ins es hermosa?

--No puede ser la que vos sospechais, marqus, es imposible, dijo
Aben-Aboo, empezando  tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo
que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.

--Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqus; contestadme: es
hermosa?

--Hermossima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay
en doa Ins mas juventud y mas pureza.

--Es jven! exclam el marqus que alentaba apenas.

--Como de veintiun aos.

--Ah! Dios mio! Morena?

--Moreno lmpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos
negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios
muy rojos, y la sonrisa de ngel, pero triste y apasionada.

--Oh! es ella! aadi levantndose fuera de si el marqus: la esposa
de mi alma, mi Esperanza.

--Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.

--Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqus sentndose y apoyando
la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera
hablado con ella.

--No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos
llamais Esperanza y que yo llamo doa Ins, no puede ser vuestra esposa
ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.

--No, no me engao: es ella; ni me he engaado nunca; me lo dijo el
corazon desde el momento en que la vi.

--Os digo que no puede ser, insisti Aben-Aboo: para probroslo necesito
revelaros un secreto.

--Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?

Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresur  contestar:

--Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy  deciros el
verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues  id  buscar con mas
fruto vuestra perdida Esperanza,  quien tanto amais. Esa dama tan
encubierta es una mora.

--Y bien! dijo el marqus con fijeza.

--Esa mora es sultana.

--Y esa sultana, insisti el marqus, es mi esposa ante Dios y mi
conciencia.

--Pero... sabeis la que decs...? tartamude Aben-Aboo.

--Esa dama  quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfes
de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.

Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se
sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion
del marqus; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles,
salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas
furiosas oleadas de su alma sali  su semblante.

Entonces un pensamiento siniestro cruz por su alma: sinti ansia mortal
contra el marqus, pens en embriagarle y en asesinarle cuando lo
hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion
mortfera de que mas tarde se sirvi en la rebelion de las Alpujarras,
revisti su semblante de la mas engaadora alegra, y tendiendo la mano
al marqus exclam:

--Oh! pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque
amando vos  la sultana Amina, como la amais, sois de los nuestros!

--Soy enteramente de ella. Ya s que sois morisco, seor Diego Lopez,
dijo con altivez el marqus, y que sois de los mas ilustres. Pues bien:
si maana me dice Esperanza...  Amina, como querais; Defiende mi
corona! seria traidor  Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero
empuaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria
al combate.

--Que nos llevariais al combate! exclam Aben-Aboo, cuya alma acab de
ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona
que ese amor puede ceir  vuestra cabeza: oh, don Juan! permitid
tambien que d rienda  la locura de mi alegra y que os abrace: con
que al fin todos somos unos? todos hermanos?

Y Aben-Aboo se arroj en los brazos del marqus que le estrech en ellos
con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no
sospecha, no desciende  las miserias del mundo.

--Pero Esperanza no me sujetar  tal prueba, dijo el marqus sentndose
de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella,
pero no me pedir el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando
v  su padre: un dia que fu  pedrsela, en Madrid el ao pasado, me
dijo estas palabras que no he podido olvidar: Mi hija solo se casar
con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.

El alma de Aben-Aboo se decidi al crimen; sin embargo dijo con un
acento natural y amigable:

--Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.

--Dios me libre de ambicionar tal cosa!

--Pero decidme don Juan, si habeis hablado una vez al emir cmo no le
habeis reconocido al verle en Granada?

--Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso,
como que hace muy cerca de dos aos que le habl y eso solo una vez y en
una ocasion en que estaba muy turbado.

--Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de
embriagar al marqus para matarle sin ruido aadi: pero lo que no
comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor...

--Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.

--No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo
soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas
espirituosas.

--Sea como vos querais; pero en cuanto  m necesito templar bebiendo y
cantando mi alegra. Ola, Roque! Roque de Satans! mis dos botellas,
aadi levantndose y asomando la cabeza  la puerta de la escalera.

Apareci  poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba plido de una
manera notable, y mir de un modo singular al marqus.

Despus sali.

El marqus se entreg  una alegra que podremos llamar lgubre, en la
que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al
fin,  Esperanza,  la que habia buscado largo tiempo en vano, y un
presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba  su contento el
aspecto lgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia  grandes
tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino
lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.

Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba  preguntas sobre
Amina  Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los
primeros sntomas de la embriaguez.

Ya habia despachado el marqus una botella, y ni el mas ligero asomo de
embriaguez habia aparecido en su semblante.

Destap la segunda, llen el vaso y le apur de un trago.

--A qu sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe 
hmedo.

--Bah! os habreis engaado tal vez, dijo Aben-Aboo.

--Qu es engaarme? dijo el marqus, llenando de nuevo el vaso y
apurndole hasta la mitad. Este vino est echado  perder. Eh! Roque!
Roque!

Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqus se habia hecho
ronca; ademas se iba poniendo densamente plido; Aben-Aboo sin saber qu
pensar de aquello, miraba al marqus con asombro.

--Oh! qu es esto? aadi don Juan, llevndose las manos  la frente:
la casa se me anda alrededor. Ah! qu... es... esto?

Y como al impulso de una sospecha terrible, se levant, di un grito, y
cay de nuevo, plido como un cadver sobre la silla.

--Oh! le habrn envenenado...? exclam con terror y con alegria al
mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado
 esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como
cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso...

Y sigui contemplando al marqus que pugnaba en vano por hablar y por
levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al
fin, su cabeza cay inerte sobre la mesa.

--Oh! esto est concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el
amor de Amina le ha costado la vida.

Aben-Aboo, se levant, se acerc  l, tom la luz, levant la cabeza
del jven y la examin atentamente: entonces not con rabia, que el
marqus no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la
palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don
Juan, y not que su corazon latia naturalmente.

--Oh! no era un veneno, exclam; sin duda se le ha adormecido con la
intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del
lugar,  los brazos de Amina.

Y la sombra mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubri
instantneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible
pensamiento.

--Y bien, dijo; estoy solo con l; le tengo en mis manos; no puede haber
lucha ni gritos; aqu hay un misterio que no comprendo, y en el cual
est envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama
demasiado  su hija; el marqus ha dicho, si, lo recuerdo bien, que
cuando le pidi la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese
rey... que podria ser rey. Oh! y el marqus es valiente! el emir
poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una
traicion que nos perderia.

Aben-Aboo sali; fu  la puerta de la escalera, escuch, mir al oscuro
fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de
vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones,
se arranc la daga de la cintura, y se arroj sobre el marqus.

Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba  descargarle sobre el
corazon de don Juan, sinti que una mano, formidable por su fuerza,
detenia la suya y le arrancaba la daga.

Volvise rugiente de clera, y vi ante s  Roque.

--Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.

--Ah, traidor! exclam Aben-Aboo: t sirves al emir de los monfes.

--Y bien, qu? contest el tabernero, con una calma glacial.

--T sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunt, era la
sultana Amina.

--Y bien, qu? repiti con doble calma Roque.

--T no eres lo que pareces.

--Yo soy monf! exclam Roque con acento feroz.

--Ah! t eres monf! esclavo de un hombre que nos tiende lazos
traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita
peligros!

--No s quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija
doa Ins, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana
Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte est echada: muy pronto la
sangre del combate correr en la montaa, y acaso en la ciudad: importa
poco que hayas descubierto el secreto: y oye... gurdate: porque si te
atreves  levantarte contra el emir, eres hombre muerto.

--Me retas?

--Te aconsejo.

--Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la
causa de nuestra ruina? exclam Aben-Aboo, echando mano  su espada.

--Aunque yo solo basto para reducirte  la razon; una sola voz mia,
haria caer sobre t mil puales.

--Ah! los monfes siempre astutos y traidores! exclam Aben-Aboo,
trasportado de rabia; los monfes en todas partes!

--Vete; y olvida lo que aqu ha pasado, dijo con altvez Roque; es lo
mejor que puedes hacer. Pronto empezaran  venir los moriscos que
elegiran por rey de Granada  tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que
te encuentren aqu.

--Si; adios! exclam trmulo de clera Aben-Aboo: pero hay del emir!
hay de Aben-Humeya! hay de t!

--Y hay de tu cabeza! contest con desprecio el monf.

Aben-Aboo, sali rugiendo; baj como una avalancha las escaleras, y
sali  la calle, rebozse, y se puso en un soportal, en acecho de su
casa y de la taberna.

Entre tanto el monf habia quedado profundamente pensativo en medio de
la habitacion.

--No s, dijo, por qu el emir anda con tantas contemplaciones con esos
dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto
 Aben-Aboo. El emir se arrepentir, porque esto acabar mal... muy
mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan
grandes desgracias: por ahora obedezcamos las rdenes de la sultana, y
avismosla de lo que aqu ha pasado.

Y asiendo del marqus, le carg sobre sus hombros, con la misma
facilidad que si hubiera sido un nio, tom la buga que estaba sobre la
mesa, se encamin  una puerta situada al fondo de la habitacion por la
parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareci por
aquella puerta con su carga.




CAPITULO X.

     En que se trata de lo que pas entre la sultana Amina y Aben-Aboo.


El joven permaneci algun tiempo observando la casa y la taberna
contigua.

La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna
brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en
que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon sali,
y se cerr la puerta. La calle qued ya completamente silenciosa.

Aben-Aboo esper algun tiempo, pero nadie apareci,  pesar de que segun
las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar 
acudir  las diez. Entonces record Aben-Aboo que  la casa del Hardon
podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian
fuera de la ciudad.

--Oh! exclam: los que han de elegir rey  don Fernando entraran por
las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqus:
aunque me estuviese aqu toda la noche nada descubriria... y luego...
luego quin sabe por qu se ha dado ese brebaje al marqus. Acaso he
supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre...
no se puede ver  Amina una vez sin amarla... el amor que me ha
inspirado ha crecido con los zelos que el marqus me ha hecho sentir...
y acaso me engae... porque si ella amara al marqus  qu haberse
estado recatando de l durante dos aos? pero sin embargo, la carta que
le citaba esta noche  la taberna... pero  mi me ha citado tambien y de
una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana,
esa sultana que ha estado  mi lado sonrindome horas enteras, es la
Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca
hace mucho tiempo... yo me he puesto  su paso en la montaa... tal vez
solo ha tenido con el marqus una aventura galante... y sobre todo yo
debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir  la cita
de doa Ins.

Y saliendo del soportal rode su propia casa como quien bien la conocia,
y se dirigi sin vacilar al postigo.

Detvose un momento en l  fin de dominarse, y cuando lo hubo
conseguido, cuando juzg que en su semblante no quedaba el menor
vestigio de la reciente tormenta, llam recatadamente al postigo.

Inmediatamente aquel postigo se abri, y Aben-Aboo lanz un grito de
sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida
de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.

--La Dama de la montaa! exclam.

--Seguidme, dijo la joven.

Aben-Aboo la sigui con el corazon palpitante: atraves el huerto tras
ella, y tras ella atraves un corredor oscuro, subi unas escaleras, y
se encontr en un precioso retrete alumbrado por dos bugas de cera que
habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino
enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoci con terror: era la suya, la
que le habia arrebatado en la taberna el monf.

La jven cerr la puerta, se quit el antifaz y apareci el semblante
plido y severo de Amina.

--Qu habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.

--Me preguntais lo que he pensado  lo que pienso? dijo con audacia
Aben-Aboo.

--Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.

--He pensado delirios, prima.

--Delirios!

--Si; he pensado que Dios se compadecia de m y me daba con vos la
felicidad.

--Y qu motivos habeis tenido para pensar que yo?...

--Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.

--Extrao amor!

--Os he visto en la montaa...

--Creo que ya os cost un lance desagradable vuestra obstinacion en
seguirme.

--Con que confesais...

--Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la
Dama blanca de la montaa, la sultana Amina, la amante del marqus de la
Guardia...

Amina pronunci estas palabras con una indiferencia despreciativa.

--Oh! exclam con rabia Aben-Aboo, sabeis que os amo, que os he
buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis  decirme que amais
 otro?

--Sino vinierais de donde vens, sino hubierais querido hacer lo que no
habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que
habeis seguido  la montaa con peligro de vuestra vida; en el tiempo
que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo
pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida
son de otro  quen conoc antes que  vos; pero ahora despues de lo que
he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito  deciros: tomad
vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla  mas noble uso que 
asesinar hombres dormidos.

--Sabeis seora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de
que le amabais?

--Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.

--Habeis olvidado seora que ese hombre desprecia vuestros dones
vendindolos?

--Creia hacer un servicio  un amigo.

--Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqus de
la Guardia?...

--Es m esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de
imprudente, de enamorado.

--Que es vuestro esposo, exclam asombrado Aben-Aboo?

--Tomad ese pergamino y comprended por qu os llamo infante, por qu
llamo mi esposo al marqus de la Guardia.

Y entreg  Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y
que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas
entre el emir de los Monfes y Aben-Humeya.

--Teneis una hija! exclam ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido
el pergamino; Aben-Humeya tiene un hijo!...

--Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la
ambicion hiciese  los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis,
Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera
traicion ser la seal de vuestro castigo.

--Para qu me habeis llamado aqu, seora?

--Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los
momentos en que los moriscos de Granada elijen por su seor 
Aben-Humeya: procur distraeros, os llam  su casa con un pretexto, os
retuvo  nuestro lado, y yo procur haceros olvidar vuestra ambicion por
el amor. Creyndoos enamorado os cit para apartaros acaso de vuestra
ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado
de tal modo, que me obligais  ser con vos todo lo severa que puede ser
una persona que aborrece el crmen.

--Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crmenes.

--Yo!

--Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis
robado; despues os he codiciado  vos y os he perdido.

--Y qu derecho teneis  esa corona, qu derecho  mi amor?

--Mi voluntad.

--Vuestra voluntad os llevar  vuestra ruina. Haced lo que mejor os
plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio.
Procurar burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y
contra m. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y
sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre
nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre
ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio
en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio
nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese
momento llega, yo os tender mi mano, os perdonar el mal que habeis
querido hacerme, y ser vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que
teniamos que hablar lo hemos hablado ya.

--Adios seora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no
os olvideis de mi.

--A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta
noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni
dejeis de ver  mi padre. No deis un paso hcia adelante, sino estais
seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que
mas que criminal sois loco.

La triste dulzura con que Amina pronunci estas palabras alent 
Aben-Aboo que volvi desde la puerta y se arroj  los pis de Amina.

--Oh! tened compasion de m, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en
el crmen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero
amadme, seora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os
amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcngel, y al veros
he visto que habia soado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo
que so mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de
Granada: si vos sois mia, ser mas feliz que mandando sobre todos los
imperios del mundo.

--Yo os amo! dijo Amina con una dulcsima voz de consuelo.

--Oh! que me amais! luego vuestro amor al marqus de la Guardia es
mentira?

--Y es mentira tambien mi hija Kinza.

--Ah!

--Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un
hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?

--Oh! y entonces... entonces... cmo me amais?

--Levantad y oid: yo os amo porque una voz ntima de mi corazon me dice
que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe
amar  los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hcia vos, me
horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi
corazon le rechazaria, aunque no amase  otro hombre.

--Pues adios, seora... adios, dijo Aben-Aboo levantndose con el
semblante teido de una palidez letal... ya que no puede haber entre
nosotros amor, habr odio... no podeis amarme... yo os juro que me
aborrecereis.

Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era
su dueo, sali frentico, dejando sola y aterrada  Amina, que
comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.

Por algun tiempo, este vag  la ventura por calles y callejas; sin
direccion fija, calenturiento, entregado  pensamientos,  por mejor
decir,  intenciones de venganza  cual mas horribles: la venganza, ese
monstruo del corazon humano, no habia tomado para l formas, pero se
revolvia fermentando y rugiendo en su alma.

Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso,
contrapes el ardor febril de su sangre, volvi  su pensamiento la
reflexion y se rehizo. Entonces no renunci  su venganza, sino que se
resign  esperar que esta se le presentase en todo su esplendor,
justificada, traida por los acontecimientos; comprendi que debia ser
prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto,
y  paso lento tom el camino de la calle de San Miguel; cuando lleg 
ella not que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia
abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba
el mas leve rumor en la casa del Hardon.

--Habrn venido por las minas y estaran en los subterrneos, dijo
suspirando, y se encamin  la puerta principal de su casa.

Abrile un criado que le indic que su seor le esperaba y le condujo 
su habitacion.

Yaye estaba sentado junto  una mesa, tenia quitada la venda y se le
veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.

Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelant y dobl una rodilla ante el
emir besando una de sus manos.

--Qu haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?

--Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento,
seor, si hubiera sabido quien erais.

Yaye le atraj  s y le bes conmovido en la frente: Aben-Aboo not que
una lgrima del emir habia caido sobre sus mejillas.

Esto que hubiese conmovido  otro, irrit  Aben-Aboo.

--Has visto  tu prima? le dijo Yaye hacindole sentar  su lado.

--Si seor.

--He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido
revelar hasta este momento: queria retenerte junto  m para que no
hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este
momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo,
que tu tio y tu seor hablase contigo. Ya s que has pensado en un
puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble
lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama  su patria. Ha
llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas
tiempo. Aben-Humeya cumplir con su deber como rey de Granada y t como
infante le ayudars: yo os ayudar  entrambos. No quiero ocultrtelo;
la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division
entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos  nuestros pobres
hermanos, ya harto oprimidos,  la esclavitud,  la muerte,  la
deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en t ambicion, espera y
no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona ser
la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros
abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del
poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo,
sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.

--Solo os pido una gracia, seor, dijo hipcritamente el jven.

--Cual?

--No separarme de vos, pelear  vuestro lado, llevar en el combate
vuestra bandera.

--En lugar estars, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora
escchame, es necesario que partas al momento  las Alpujarras.

--Eso mismo pensaba deciros, seor.

--Yo partir maana. Toma: esta carta mia te abrir paso entre los
monfes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cdiar,
aadi conmovido el emir.

--Si seor.

--Tu madre estar inquieta.

--Mi madre me ama en extremo, seor.

--Pues bien: d  tu madre que nada tema, que el emir de los monfes te
protege. Esto la tranquilizar.

--Muy bien, seor.

--Toma, aadi Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta
bolsa de oro: s infante de Granada.

--Ah! cuntas bondades, seor!

--Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar
los cristianos hasta el dia del alzamiento.

--Adios, seor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la
influencia que ejercia sobre l el emir.

--Y no te despides de mi hija? dijo el emir sealando  Amina que habia
aparecido en una puerta.

--Ah, seora, adios! dijo Aben-Aboo dirigindose  ella.

--Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.

--Ah! no los olvidar, seora.

Aben Aboo sali, y poco despues se sinti abrir la puerta exterior y las
pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el
silencio.

--Ah! exclam Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios
que con ese hombre no nos preceda  las Alpujarras la desgracia.

Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.




CAPITULO XI.

     Alianza de sangre y lodo.


A punto que Aben-Aboo entraba  caballo en el corral del Carbon, daban
las doce en el rel de la capilla real.

Era la hora de la cita con Anglica.

El corral estaba desierto, silencioso  iluminado de lleno por la luna.
Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion,
pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijramos: en
esqueleto.

Aben-Aboo, pens primero en llamar  maese Pertiez para que le sirviera
de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefiri no recurrir 
l, sino en un caso extremo, at su caballo  un poste del corral, y se
aventur por las estrechas escaleras que guiaban  la hospederia.

Lleg  lo alto de las escaleras y palp: encontr al fin una puerta que
abri con la llave que le habia entregado maese Pertiez de parte de
Anglica.

Pero se encontr con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas
penetraba en l un dbil reflejo de los rayos de la luna  travs de las
claravoyas del techo.

Aben-Aboo record que el aposento de Anglica estaba  la derecha, y en
la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo
costado daba un rayo de la luna.

Aben-Aboo adelant con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de
tibia luz le dejaria percibir algun nmero por el cual guiarse; se quit
las espuelas para no hacer ruido, y adelant recatadamente, hasta el
lugar iluminado por la luna.

Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sinti una
extraa conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la
luna se destacaba un negro y enorme el nmero 13.

Era aquello una casualidad  que Dios  el infierno le ayudaban?

Otro estremecimiento distinto agit  Aben-Aboo al llamar  la puerta;
al fin era jven y por mas que un jven est poseido de las mas
violentas pasiones, siempre siente un no s qu poderoso que le domina
cuando en medio del misterio se acerca  una buena moza que le espera.

Porque Anglica debia esperarle.

Aben-Aboo not que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que
demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el
jven adelant y se encontr en un espacio alfombrado, con gran asombro
suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostera.

Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo
adelant guiado por l, atraves otro aposento oscuro y se encontr al
fin en la misma habitacion en que Anglica habia recibido aquella maana
 maese Pertiez.

En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida,
reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi
descubierto, como por descuido, la luz de una buga colocada en una
pequea mesa junto  ella, estaba Anglica.

Dormia  fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero
comprendi que aquella mujer que le esperaba  aquella hora, despierta 
dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.

Aben-Aboo no se atrevi  despertarla en el momento: tan hermosa estaba
dormida; por intencion  pereza, no se habia quitado el traje que habia
usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el
magnfico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para
respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues,
anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mrmol;
luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acerc
lentamente su semblante  aquel seno y le bes.

En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el clculo, necesitaba
mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un
enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.

Al sentir el ardiente beso del jven, Anglica despert y exal un
ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente.
Luego, al reconocer al jven se tranquiliz, se sonri de una manera
tentadora, y tendi la mano  Aben-Aboo, cubrindose con la otra el seno
con los encajes.

--Por qu estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por
lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.

--Estaba adorando vuestra hermosura.

--Ah! y vos cuando adorais besais?

--Ah, seora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.

--Quin os ha enseado  enamorar de ese modo?

--Vos.

--En poco tiempo hago yo maestros de amor.

--Vos le enseais con una sola mirada.

--De modo que vos.....

--Yo os adoro.

--No lo creo.

--Por qu?

--Porque adorais  otra.

--Ah!

--Como yo adoro  otro.

--Oh!

--Pero vos necesitais vengaros.

--Si.

--Y yo tambien.

--Yo de la altivez de una mujer.

--Yo del desamor de un hombre.

--Somos, pues, amigos.

--Amigos de odio.

--Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Anglica.

--Ya veis que os dejo hacer...

--Quereis sin duda serviros de m?

--Como vos de m.

--Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.

--Vos podeis hacerme feliz hacindome vuestra.

--Hablais de veras?

--Pues n?

--Oid, seora:  pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me
conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho,  pesar de que estoy
seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura
tambien, de que  pesar de que amo  otra mujer,  pesar de que lucho
con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y 
mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.

--De veras? Hablais de veras?

--Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira.
Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.

--Y qu habeis comprendido en m?

--Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.

--Ah! s, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por
vengaros de un hombre.

--Yo os doy la mujer  quien amo.

--Y yo el hombre  quien adoro.

--A falta de ese hombre.

--Acepto vuestro amor.

--A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.

--Oid, dijo Anglica levantndose de entre los brazos de Aben-Aboo, y
separndole de s en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la
mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su
talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cmicas perdidas, que
abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de
oro. Bajo la comedianta est la mujer con todo su pudor, con toda su
dignidad: tras mi presente de cmica, hay un pasado noble y altivo,
aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he
perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he
perdido la honra, porque solo he pertenecido  un hombre  quien he
considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque
no puedo sufrir que ese hombre me engae y me mienta amores cuando me
desprecia. El amor que sentia hcia el marqus, se ha convertido en
odio, en lo nico que puede convertirse el amor, como un dia se
convertir en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla,
esa sultana mora, esa doa Esperanza  Amina...

--Se ha convertido ya.

--Os habeis arrastrado  sus pies y os ha despreciado...

--Si.

--Oh! pues debeis vengaros.

--Me vengar, no s cmo, pero me vengar.

--Oh! cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una
venganza horrible!

--Siento, seora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por
ser el arcngel de fuego de mi vida.

--Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: qu hermoso estas pensando
en vuestra venganza!

En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que
solo puede suponerse en Satans.

--Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.

--Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando
nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos
nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.

--Remordimientos!

--S; qu culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya
reunido para amarse como se aman los ngeles? Nosotros deberiamos
respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin
embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que
no nos despedace: cometeremos un crmen: lo s: marcho  l de frente,
s que me espera el remordimiento, pero me vengar,  por mejor decir,
destruir lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una
rabiosa sed de sangre.

No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque
lo mismo pensamos los dos, seora.

--Nuestro comun odio hcia esos dos, que sin nosotros serian tan
felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extrao...

--Que tal vez maana...

--Quien sabe?

--Os juro no perdonar nada por vengaros.

--Yo os lo juro tambien.

--Os ser fiel como la espada  la mano.

--Y yo  vos como el veneno  la muerte.

--Somos, pues, el uno del otro.

--Como hermanos de venganza ahora.

--Y cuando se satisfaga esa venganza!

--Creo que para entonces os amar..... os amar como yo amo, con toda mi
alma.

--Para eso es preciso que no nos separemos.

He despedido esta noche  mi doncella para estar en libertad de obrar.

--Qu quereis decir?

--Que voy  seguiros ahora mismo.

--Y el seor Cisneros?

--Ah! Cisneros! pobre loco!

--Y el seor Salvador Godinez?

--Callad! dijo Anglica palideciendo: callad: cabalmente por temor 
ese hombre seria capaz de huir con Satans.

--El cree que no le conoceis.

--Le conoceis vos?

--No, pero creo...

--Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado 
arrojarme  las tablas: cree que no le conozco. Ah!  una mujer como 
mi no se la engaa mas que una vez.

--Pero, quin es ese hombre? por qu os causa tanto terror?

--Si me probais que no desconfiais de m, yo no desconfiar de vos.
Como os llamais?

--Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.

--Ah! no ments cuando decis que sois mio! Sois moro?

--Si.

--Vais  revelaros contra el rey?

--Si.

--Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?

--Si.

--Oh! he buscado el crmen, y el infierno no podia habrmele presentado
mas completo, mas terrible. Matareis  Aben-Humeya, vuestro pariente?

--Aunque fuese mi hermano.

--Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!

--El nombre del asesino de mi padre...

--Vuestro padre muri de hambre despues de haber sido herido por los
monfes en una cueva de las Alpujarras.

--Ah! y acaso el emir de los monfes...

--Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino
de don Diego de Vlor, padre de Aben-Humeya.

--Y aun no hace una hora, que el hipcrita, que el miserable me
abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lgrimas mi semblante!

Anglica se estremeci; su crmen era horrible; pero necesitaba
despedazar el corazon de Amina, y sigui marchando de frente al crmen.

--La prueba! la prueba de lo que acabais de revelarme, seora!

--Si, os la dar clara y terminante: pero si hemos de llevar  cabo
nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos,
es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los
momentos. No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta 
todo?

--Huir! huir conmigo, esta misma noche!

--Os falta dinero?

--Tengo unos cien doblones.

--Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la
fuga.

--Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar
por la falda de la Sierra?...

--Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?

--Luego... un viaje de algunas leguas  caballo...

--Pero vuestro caballo es fuerte...

--Oh! s!

--Para llevarnos, y  mas mis joyas y mi dinero?

--Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.

--Oh! pues entonces, esperad.

Anglica, tom la luz, dejando  oscuras  Aben-Aboo, y desapareci tras
una puerta de cristales.

No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece
que hay mas bien all donde hay mas luz. Durante el breve espacio que
Anglica tard en volver, Aben-Aboo acab de convertirse en un demonio,
sinti hcia Anglica un amor satnico, enteramente distinto del amor
que le habia inspirado Amina: ardi su sangre al recuerdo de su
hermosura; se inflam su alma en un fuego sombro al medir la
profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo
se vendi enteramente al diablo.

Anglica volvi enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo
manto, tom el cofrecillo de sus joyas, puso en l las que tenia puestas
cuando lleg Aben-Aboo, cerr el cofrecillo y le entreg al jven que le
puso debajo del brazo. Luego se asi al otro brazo de Aben-Aboo, y apag
la luz.

--Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Anglica en
medio de las tinieblas, con un acento tal, que eriz los cabellos del
supersticioso Aben-Aboo. Voy  deciros el mio y mis intenciones.
Pertenezco  la familia mas ilustre de Venecia, y en la crte de las
Espaas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis
intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero
quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino
de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis
respondido  mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en
alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.

Y tras estas palabras, reson, entre las tinieblas, un doble beso,
ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas
condenadas.

--Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa
Angiolina Visconti.




CAPITULO XII.

     De cmo fue la proclamacion de Aben-Humeya.


A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral
del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa
situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.

Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa
pertenecia  un moro rico.

Aben-Humeya, estaba completamente vestido  la castellana, con un trage
de terciopelo negro.

En la casa no se oia el mas leve ruido.

El jven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se
apodera de todo el que est  punto de cambiar de posicion y de destino
de una manera grave y trascendental.

Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se
dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.

El jven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la
colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.

Aun duraba la vibracion de la ltima campanada, cuando reson una llave
en una cerradura, se abri una puerta, y apareci un moro completamente
vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con
una linterna encendida en la mano.

Aquella noche era para don Fernando de Vlor,  Aben-Humeya, una noche
de fantasmas blancos.

--Sgueme, le dijo el moro.

Aben-Humeya tir de una manera resuelta tras el encubierto, que atraves
algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abri una puerta,
pas por ella, y empez  descender por unas estrechas escaleras.

Aben-Humeya le sigui.

Ya  bastante profundidad, el moro abri otra pequea puerta chapeada de
hierro mohoso, y tir adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.

Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa
gris, dura y reluciente.

Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se
detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abri y
empez  subir por otras escaleras.

Abri al fin otra puerta, hizo atravesar  Aben-Humeya algunas
habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular
ricamente ornamentado y alhajado:

--Espera aqu.

Y cerr con llave la puerta.

El jven not que sobre algunos almohadones, que constituian los
asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.

El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su
semblante.

No pas mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de
otra de las puertas de la estancia, que se abri y di paso  un hombre
grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro
en la cabeza.

Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya
creci.

--En este momento, dijo  Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los
xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y wales de las
Alpujarras. Ests dispuesto, Aben-Humeya?

--Quin eres t que te me presentas con las insignias de rey de los
creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio
en la cabeza? pregunt con recelo el jven.

--Soy el emir de los monfes de las Alpujarras, el primo hermano de tu
padre, tu tio, contest Yaye-ebn-Al-Hhamar, que l era.

--Ah, seor! exclam Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de
Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su
voz: ah seor! con que vos sois ese noble y poderoso pariente que
tanto ansiaba conocer?

Y Aben-Humeya, se arroj  los pis de Yaye, y asi sus manos, sobre las
cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rod una lgrima del
emir.

--Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya
el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita
un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del
Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran  tu costado la espada de la
conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.

--Y vos, seor? exclam hipcritamente Aben-Humeya.

--Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador
don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de
Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de
valientes, que vivan y viven sueltos y libres en la montaa: esos
valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfes
nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir  los
moriscos de Granada, de Almera y del Almanzora: hme aqu,
descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras,
durante veinte aos, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada
de Islam; reconocedme y juradme vuestro seor y venid armados bajo mis
banderas. Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas
las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho  la corona
de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives t: el
Altsimo me ha negado hijos...

--Pero te ha dado una hija que es un arcngel del stimo cielo, seor.

--Ya s, ya s, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero
ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has
firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se
determina de qu manera sers rey de Granada, y el rden de sucesion de
la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas
capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como t lo eres:
que como t tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo
impide seran esposos.

--Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su
matrimonio, que yo rompiese el mio...

--Tu casamiento con mi hija es imposible, exclam profundamente
conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello
hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo
no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora 
su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que
te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido
hacer por t, por tu engrandecimiento lo he hecho; sers rey de Granada;
cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo har, y sers rey
vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altsimo en sus bondades se
digna concedrnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro;
cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la
corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de
la vida, pasar  Africa, y te dejar dueo absoluto de tu herencia.
Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y ser tu padre
y tu seor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto;
vstete esas ropas, cete esas armas y vamos; es necesario que los que
te esperan no se impacienten.

Aben-Humeya empez  despojarse en silencio de su traje castellano,
sustituyndole con el musulman.

Hubo un momento de silencio.

--Y estais seguro, seor, dijo de repente don Fernando como si hubieran
nacido sus palabras de un recelo, que no habr quien quiera disputarme
la corona?

--Peor para el que  ello se atreva, dijo con una autoridad llena de
confianza Yaye.

--Sin contar con el brabo Farax-aben-Farax, que como descendiente de
Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede
alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas
omniades.

--Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y
contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento  su valor,
hacindole la segunda persona despues del rey; Farax ser alguacil mayor
del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de
Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y
puesto que ya has cambiado de ropas, sgueme.

Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los
esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas
habitaciones, llegaron  otra mina y al fin de ella Yaye despidi al
moro, y asiendo una mano al jven le condujo  oscuras  una habitacion
en la que entraba una escassima luz, por los claros de la celosa de
una ventana rabe que pareca corresponder al interior de una habitacion
iluminada.

Yaye condujo  Aben-Humeya  la celosa.

--Espera aqu le dijo: mira y escucha.

Aben-Humeya apoy su trmula mano en la columnilla de la ventana y mir
 la habitacion que se veia desde ella.

Era extensa y magnfica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se
veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada;
bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnfica alfombra, un
divan;  cada uno de los ngulos de las gradas sobre la alfombra del
pavimento general almohadones, destinados  los katibs  secretarios:
alrededor de la estancia corra una galera de arcos, entre los cuales
pendan ricos tapices;  lo largo de estos arcos corra un divan, y mas
hcia el centro, paralelos  los divanes de los costados otros dos:
entre estos dos divanes, en el centro de la cmara, habia cuatro
almohadones superpuestos de riqusimo brocado, y sobre estos almohadones
vestiduras rgias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada
desnuda.

Una lmpara de seda pendiente del techo iluminaba la cmara.

Cuando Aben-Humeya se puso  observar tras la celosa, la cmara estaba
llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros,
muy pocos jvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que
estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto  la
celosa Aben-Humeya, se levant el tapiz de uno de los arcos situados
junto al dosel y una voz sonora dijo:

--El poderoso emir de los monfes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Inmediatamente, un profundo silencio sucedi  la agitacin anterior,
los moros se colocaron en rden junto  los asientos, los secretarios
ocuparon su lugar  los pis del dosel, y Yaye entr precedido y
seguido, de guardias wazires y wales y ocup el dosel: todos estaban de
pi  inclinados.

A la derecha del dosel junto  los guardias se veian dos hombres que ya
conocemos: eran don Fernando de Vlor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y
el faqu Abul-Hassam.

Un poco mas all fijando en los anteriores una mirada profunda y
recelosa se veia otro hombre como de cuarenta aos, de semblante
enrgico y brabo. Aquel hombre era Farax-aben-Farax.

Yaye estaba de pi sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho
estaban de pi  inclinados.

Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuch reposada
magestuosa y grave la voz de Yaye.

--Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, hme entre
vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo  vuestro
llamamiento. Sentaos y escuchadme.

Todos se sentaron; Yaye se sent pero en una actitud valiente inclinado
hcia el concurso  quien dominaba desde su alto asiento.

--Veo reunidos aqu, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas
notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin,
el prudente Aben-Coraix, la familia entera de los Homaiditas, el fiel
Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga,
el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el
valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el ltimo que queda de la
generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que
han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente
Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los dems son mis
wales, mis brabos wales, los que acaudillan mis monfes, y tienen
siempre teidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestndonos su
ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para
iluminarnos con su ciencia el sabio faqu Abul-Hassam.

Detvose un punto Yaye y luego continu.

--El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de
los monfes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha
sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el
trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupar un
asiento en este trono  mi derecha, ser mi hermano, y como nos habremos
sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la
patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya
os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para
levantaros mi ejrcito, y ya est aparejado y pronto para la pelea.
Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere
conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha
de gobernaros.

Guard silencio Yaye, y seguidamente se levant el xeque mas anciano del
Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta
que lo que se podia esperar de sus aos.

--El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres,  de gemir
y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir,
nobles hermanos. Los captulos que hace tanto tiempo estamos evitando
que se cumplan, van  ser al fin llevados  cabo, qu digo que van 
ser llevados? Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el
presidente Deza no se atreven  entrar en nuestras casas? no obligan 
nuestras mujeres  que lleven el rostro descubierto? no nos vedan
nuestros baos? no nos obligan  tener las puertas abiertas el dia de
viernes y los domingos? Ya cuando nace entre nosotros un desventurado,
podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas
pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa,
regstranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan.
Llevan nuestros pequeuelos  las iglesias y los bautizan: oblgannos 
ir  misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de
predicarnos abominaciones, sacan un papel y all nombran desde el mas
pequeo hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. Pero
 qu he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros,
ni aun para excitar vuestra clera que harto sublevada est contra
tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado
es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfes nos
ayuda, abreviemos de plticas y elijamos rey que nos gobierne.

Sentse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer,
tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hcia el centro.

[imagen: Farax-aben-Farax.]

--S, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso
representar nuestras miserias  algunos que creen que aun pueden
esperarse treguas de nuestros verdugos, y por qu no hemos de
justificar la causa que nos impulsa  levantarnos armados con toda
nuestra indignacion? por qu no hemos de recordar la opresion en que
estamos, sujetos  letrados y legos y no menos esclavos que si lo
fusemos? Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias
personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos
siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranas y
tributos, y privados del asilo en los lugares de seoro y en las
iglesias, hacindonos con esto de peor condicion que los castellanos,
pero obligados bajo pena de dinero  ir  rezar  las iglesias? Los
clrigos se enriquecen  costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni
en los hombres, los cristianos nos desprecian llamndonos moros, y los
moros nos niegan su ayuda creyndonos cristianos: mndasenos que no
hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en
qu lengua nos hemos de expresar, ni cmo pedir las cosas; como sino se
pudiese ser cristiano hablando en arbigo, y moro hablando la lengua
castellana. Llevan  nuestros hijos  sus congregaciones y  sus
escuelas, y les ensean artes prohibidas por nuestra ley:  cada momento
nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseanza
de sus padres, y llevarlos  extraas tierras, donde olviden nuestras
costumbres y aprendan  ser enemigos de los padres que los engendraron y
de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir
el castellano, como si trajramos la ley en el vestido y no en el
corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya)
para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las
ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha
de vestir: para llevado es prohibido; para vendido intil. Si
mendigamos, nadie nos socorre como  pobres, porque somos pelados como
ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra
Castilla, que, cuando cas su hija el famoso Al-Athar, alcaide de Loja,
pariente de algunos de los que aqu nos hallamos, se vi en la necesidad
de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de
los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado
criado y mantenido, y nos vemos sujetos  otra nueva prdida. Quin
nos servir? qu haremos, cuando  nuestras hijas y  nuestras mujeres
que van con los rostros cubiertos  servirnos y  proveer de lo
necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y
codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se
sabe cul es la que da ocasion  la avilantez de los codiciosos. Nos
obligan  tener las casas abiertas, para que pueda entrar  todas horas
el ladron, el impuro, el adltero. Nos quitan la alegra de nuestras
fiestas y nos prohiben los baos, que son la salud y la limpieza de
nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias,
enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20].
Y queris que no recordemos tales injurias? quereis que no digamos 
cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos?

[imagen: Reunion de los moriscos para elegir rey.]

--Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos
diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos
delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras:
veinte aos y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro
nuestra servidumbre: ser que ahora tambien ha de quedarse todo en
palabras?

--Acurdate Farax! dijo con voz grave Yaye: acurdate! hace veinte y
dos aos, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la
Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la
Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de
piezas de artillera; un pregonero nos ley su edicto, cuyos captulos
nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel
edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. T y yo, y muchos de los
que aqu estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en
silencio, transportados de clera aquel pregon infame: entonces...
acurdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos,
llam al pueblo  la insurreccion: entonces acurdate, Farax! entonces,
dijiste t: no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de
los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo:
Tenemos oro! los jvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero,
para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del
edicto. Yo comprendia demasiado aunque jven, que no haciamos mas que
dar largas  la tirana, que el oro acabaria por concluirse y que seria
tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han
cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han
sufrido veinte y dos aos de martirio intil, durante los cuales el
vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos.
Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaa, no
podemos acusarnos de haber contribuido  las desgracias de la patria con
nuestro apocamiento, con nuestra cobardia.

--Nos llamas cobardes! exclam cerrando los puos y lvido de clera
Farax-aben-Fraax.

--En una sola ocasion, continu Yaye, sin dar muestras de haber notado
el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del
alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de
la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfes, mi padre
muri peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedbais solos,
temblsteis de espanto y corrsteis, arrojando las armas,  esconderos
en vuestras casas.

Levantse un murmullo de disgusto.

--Por mas que os pese, digo la verdad, continu con energa Yaye
levantndose del divan; y testifican esa verdad los veintidos aos de
ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la
patria; yo he herido en el corazon al rey de Espaa, y para herirle me
he herido  m mismo: yo os he incitado contnuamente al levantamiento,
y vosotros habeis contestado siempre  mis excitadores: tenemos oro!
os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan
general! os habeis llamado fieles vasallos del rey de Espaa, habeis
confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y
no habeis preferido  tanta humillacion,  tanta deshonra, el ir  vivir
entre las breas donde viven mis monfes, cambiando con el cristiano,
como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre!

Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye.

--Al fin me habeis llamado, continu este despues de un momento de
silencio: al fin habeis recurrido al ltimo extremo:  la guerra, cuando
ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de Espaa os despedazan
despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas...

--Pero tenemos sangre, emir, contest levantndose con una energa
superior  sus aos el viejo Abul-ben-Eden.

--Me habeis llamado y he venido, continu Yaye; no teneis oro ni armas:
pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo
tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y
bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon est
desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros
y os lo sacrificar. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: s que me
elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os
prevengo que sera inutil que me elijais por que no habr poder humano
que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi
voluntad es firme como una roca. Elegid, pues,  otro. Pero antes, y
como s que hay algunos que aspiran  la corona de un reino que aun
existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se
encuentra Espaa en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo
funesta que seria para la patria una division entre nosotros. Espaa
esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de
Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni
galeras: sus ejrcitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y
floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y
cabos del ejrcito disgustados: Europa entera se conmueve bajo una
terrible lucha religiosa, en que combaten los catlicos con los
sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II,
que nos ayudar con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa
llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos
todos como hermanos contra los ejrcitos del rey de Espaa, las
Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las
montaas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas
nuestras fuerzas, si obedecemos  una sola voz, si caemos sobre Granada
y la entramos (que no es difcil), al ver nuestros pendones clavados en
el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo,
nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran 
ayudarnos, y formidables ejrcitos inundaran la Espaa,  innumerables
galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras
divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de brea en
brea, y de valle en valle, nos abandonaran  nosotros mismos, que no
podremos resistir  los ejrcitos de Espaa: sino hemos de luchar como
debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, semoslo
sin irritar con la resistencia  nuestros enemigos. Es cuanto tenia que
deciros. Elegid rey.

--En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una
eleccion, nuestros abuelos consultaban  los sabios,  los alimes de
Dios, y el Altsimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: por qu
no hemos de hacer ahora lo mismo?

--Y quin es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las
estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax?

--Entre nosotros hay un hombre de Dios, dijo uno de los parciales de
Aben-Jahuar.

--Y quin es ese hombre? dijo Farax.

--El sabio Abul-Hassam, el faqu.

Al escuchar este nombre, que era muy respetado por el fanatismo de los
moriscos, se escuch un murmullo de respeto.

Farax conoci que estaba vencido y call.

Abul-Hassam comprendi que estaba ayudado por la situacion y adelant
grave y mesurado, cruzados los brazos, ocultas las manos en las anchas
mangas de su caftan, y con la cabeza inclinada.

--Yo veo tres gigantes,  quienes siguen otros mas pequeos: dijo
despues de algunos segundos de silencio: el primero es el rey de Espaa:
el segundo, representa  las gentes de iglesia; el tercero  las gentes
de justicia; los restantes  las gentes de guerra, rapaces y
aventureras. Estos demonios, castigaran al mundo con sus crueldades y
tiranas, hasta que el Altsimo permita que se levante en frente de
ellos, armado de armas resplandecientes, un rey poderoso, que seguir la
ley del enviado Profeta de Dios: y este rey ser el que est contenido
en esta profecia escrita en metros por el sabio Tauca el Hamema, cuyo
nombre significa _pecho de la paloma_, comparando su hermosura y
elegancia, con la hermosura de los colores del pecho de esta ave.

Y Abul-Hassam, sac un largo pergamino que desenroll, en el cual ley
lo siguiente:

En el nombre de Dios piadoso y misericordioso.

Las alabanzas sean  Dios solo, que no hay otro sino l.

Oid lo que dijo el Altsimo  su escogido:

Cuando vires las mujeres correr tras los hombres, sin empacho ni
vergenza,

Y creciere el logro y lo mal ganado en los hombres,

Y tomaren por ley la injuria y los homicidios,

Y se multiplicase la inobediencia de hijos  padres;

Cuando vieres abatido al buen creyente, y ser los sabios perseguidos
hasta servir  los malos;

Cuando vires poblados todos los encuentros de tu casa de lo ilcito y
mal ganado,

Y desamparares  tu hermano y obedecieres  tu amigo;

Cuando vires la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres,

Y salir el hijo de la obediencia de su padre y obedecer  su mujer en
todo negocio;

Cuando vires las pinturas prohibidas en los templos,

Y las mujeres entregadas  todo linage de licencias,

Y los hombres de religion vivir en ricos y suntuosos edificios,

Y los temerosos de Dios solos como hurfanos,

Y los malos con las cabezas mas altas y duras que las aplomadas
tierras;

Cuando vires las colas preceder  las cabezas, y el amigo muy allegado
negar al amigo, y no osarse fiar el hombre de aquel con quien se junta;

Cuando vires empobrecer la gente liberal, y enriquecer y subir los
avarientos,

Y las manos liberales hacerse duras y crecer el nmero de los
mendigantes;

Cuando vires la ley desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares
blancos en cabellos prietos,

Y los hombres hechos lobos, cubiertos con vestiduras de hombres,

Y que el que fuese lobo, comer con los lobos, y que el que no fuere
lobo ser comido por los lobos;

Y cuando vires crecer las discordias entre hermanos, y ser las lluvias
sobre la tierra pocas;

En este tiempo ser el fin del imperio puesto entre los dos mares.

Y gentes soberbias y duras, correran como el fuego sobre aquel imperio,

Y no dejaran campo que no talen, ni aldea que no abrasen, ni ciudad que
no derroquen;

Y los que con sus pecados habran dado causa  la clera del Altsimo,

Desamparados por l, pararan en servidumbre, y en envilecimiento y en
angustia.

Cadenas oprimiran sus cuellos, y vernse despojados de cuanto tuvieren,

Y vilipendiados en sus mujeres, y abandonados de sus hijas y azotados
en el rostro de sus padres.

Quitarles habran sus templos, y mudarnles las leyes, y enmudeceran sus
lenguas que no podran pronunciar el habla de sus padres.

Resistiran y seran vencidos; se quejaran y seran apretados.

Sus hijos seran llevados lejos de ellos y criados en otros dioses;

Sus dias seran de sombra, y sus noches de quebranto.

Y durar esta miseria muchos aos.

Y mandar Dios salir en el Poniente un rey tirano, que lo atajar y lo
sujetar todo;

Y su vista no tendr seal de vista humana, y maltratar y juzgar con
toda maldad  las gentes,

Y entre sus manos pereceran los moros del Poniente con todos sus
bienes.

Y el Andaluca quedar hurfana negra y oscura, hasta que aparezca un
rey en quien no habr falta.

Rey hijo de rey ser, y vendr  Granada, la cndida y la clara, donde
le diran:

Vos sois nuestro rey y nuestro gobernador forzoso.

El cual subir con sus ejrcitos y estandartes  los alczares de la
Alhambra, y all estar algunos dias encubierto:

Y desde all conquistar muchas y muy grandes fortalezas, climas y
provincias,

Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros.

Poseer este rey  Sevilla, y tomar noventa ciudades  los herejes;

Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este
rey.

Siete aos durar esta guerra victoriosa;

Y el rey de los creyentes alcanzar al cabo de este tiempo al rey de
los infieles,

Y le combatir y le matar.

Y sobre la frente de este rey maldito se leer: _tiraniz y pec_.

Y el valiente rey que cumplir todas estas maravillas, pasar sus
primeros aos encubierto bajo un humilde nombre.

Y ser bautizado y hereje de su ley;

Y para que podais conocerle mejor, este mozo ser descendiente de la
santa familia del Profeta;

Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Crdoba:

Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucir sobre su frente y le dar
victoria.

Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los
rboles llevaran abundantes frutos,

Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las
costas;

Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este ao bendito;

Y la entrada de este ao ser en sbado;

Y el ngel Miguel y el ngel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la
espada de la justicia de Dios.

Glorifiquemos y alabemos al Seor Altsimo y Unico.

El levanta y abate los imperios: l da la vida y da la muerte; l es la
luz y l la sombra.

Glorifiqumosle y confesmosle: no hay otro Dios sino Dios.

Roguemos  su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el
enviar sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor.

Call Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrndolo  los
circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo:

--Esta es la profeca de Tauca-el-Hamema, el sbio y el justo: vedlo:
aqu est escrito lo que os he leido.

--No dice esa profeca, exclam Yaye, que el rey que ha de libertarnos,
rey hijo de rey, ser descendiente de la santa familia del Profeta,
nieto de los califas de Damasco y de Crdoba, y que vivir entre
nosotros encubierto y hereje de su ley?

--Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profeca.

--Y no veis cumplido claramente su pronstico, sabios y caballeros, en
Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don
Fernando de Vlor?

--Si! si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer:

--Cuanto oro te han dado por ese _jofor_[21] embustero? dijo
Farax-Aben-Farax adelantando lleno de clera hcia el faqu.

--La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne
Abul-ben-Eden, levantndose: quin es el imprudente que se atreve 
blasfemar de la palabra de Dios?

--Y qu crdito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber
inventado?

--Esta es la profeca de Tauca-el-Hamema! exclam con acento indignado
el faqu: hay del impo que blasfema de los profetas de Dios!

--El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclam el
emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie
se atrever impunemente  contrariar la voluntad del reino. Hay alguno
que se atreva  imponernos aqu su voluntad?

Todos callaron.

Yaye revolvi en torno suyo una mirada amenazadora, que acab por
fijarse en Farax. Este se hizo atrs murmurando sordamente como un
mastin  quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza
con un palo.

Yaye volvi al divn.

--Puesto que ya habeis oido esa profeca; puesto que estais decididos 
elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el
nombre del elegido, y entregad ese papel doblado  los secretarios.

Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo  Farax seal
de que se acercase.

El tremendo morisco se acerc hosco y sombro, y Yaye estuvo hablando
con l largo tiempo en voz baja.

--No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de
la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada,
sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir.

Y tomando un papel, escribi en l el nombre de Aben-Humeya, le dobl y
le entreg  un secretario.

Despues, cada uno de los moriscos y de los monfes, fue entregando su
voto, y cuando se contaron, se vi que todos habian votado; cuando se
abrieron los papeles se encontr escrito en todos el nombre de
Aben-Humeya.

Poco despues, buscado el jven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue
traido  la cmara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey
con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar
 Yaye emir de los monfes en el alczar subterrneo de las Alpujarras.

El primer acto de soberana de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor
del reino  Farax-aben-Farax, y capitan general _de sus ejrcitos_,  su
tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Aquella misma noche, Aben-Humeya parti acompaado de sus parciales 
las Alpujarras.

Aquella misma noche tambien, partieron  la montaa, Yaye, Amina y los
monfes.




CAPITULO XIII.

     Cmo estaba gobernada la villa de Cdiar.


La villa de Cdiar est situada entre lo mas montaoso de las
Alpujarras, sobre una vertiente.

Esto no impide que los terrenos, colinas y montaas que rodean  esta
villa sean muy frtiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por
la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas.

Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado
en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia
situada en lo mas alto y deteriorada y fea.

Cdiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo
ha perdido todo.

Pero en el ao de 1568 era otra cosa.

Solo habian pasado entonces setenta y seis aos desde la conquista de
Granada, y aquella terrible catstrofe para los moros, que los habia
sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la
extension de Espaa, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de
Cdiar, sino tambien el de las dems villas y lugares de las Alpujarras.

Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido
Muley-Abd'-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi[22], mas vulgarmente conocido por
Boabdil, al trasladarse  Andarax, despues de haber entregado la
Alhambra y los castillos de Granada  los reyes don Fernando y doa
Isabel, llev consigo  aquel destierro, donde estuvo dos aos, gran
parte de su crte y de sus caballeros: otros muchos nobilsimos y ricos
musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado
de Granada,  esta,   la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de
este modo robarse en parte  la vista de los aborrecidos vencedores, y
esta gente acostumbrada  la riqueza y  la molicie de sus alczares, y
 la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la
ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cmoda su residencia en
ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas  que se
habian acogido.

Cdiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de
inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una
rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas,
para dar lugar  otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyronse
algibes; convirtironse en amenos crmenes las laderas de la montaa,
establecironse en sus plazas mercaderes, creci el trfico y el dinero,
y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirti en una
poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando  tal
punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista
de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y
mal sujeta al yugo, crey oportuno establecer en la villa un presidio de
soldados, y uno de esos rgidos  inflexibles corregidores que son
capaces de ahorcar hasta  su sombra.

A mas de esto, habia en Cdiar parte de una compaa de arcabuceros,
cuyo resto estaba dividido entre las villas de Vlor y Ytor.

El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia  los presidios del
reino y crte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqus de la
Guardia,  quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su
tio, don Csar de Arvalo, este oficio de capitan, para que se
mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud,  falta de
las pinges rentas de su marquesado que sabemos estaban empeadas.

Un capitan de infantera de aquellos tiempos, era mucho mas considerado
que en los nuestros, y para llegar  este empleo, era necesario haber
servido mucho y bien, ser ya viejo,  gastarse sendos doblones para
levantar  su costa una compaa. Fuera de estos dos casos, solo podia
ser capitan un jven, por su ttulo y su nobleza: como si dijramos: en
premio  los servicios de sus antepasados.

En este caso se encontraba el marqus de la Guardia, que era demasiado
jven para capitan, no mediando favor  mritos heredados, y demasiado
arruinado para poder gastar un solo doblon.

En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y
obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se
encontraba entre ellos.

Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar
en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y
aun mas de lo que podia el crculo de su licencia: singularmente los
capitanes iban de ac para all y residian donde mejor les parecia,
dejando encargado el mando  su teniente.

El marqus de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado  _su
Esperanza_ sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en
Granada, yendo muy pocas veces  su presidio, y aun asi morando
alternativamente en Cdiar, en Vlor  en Ytor.

En Cdiar estaba la bandera de la compaa, y con ella un teniente
soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del
marqus.

Este teniente, pues, vena  ser en Cdiar, la segunda potencia despues
del corregidor.

Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra
autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia
parroquial de la villa.

Este eclesistico era un varon duro, irascible y terriblemente fantico;
su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan
fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del
teniente del marqus de la Guardia.

El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los
derechos que le daba su vara, no siempre recta  inflexible, y en cuanto
 calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de l, y
esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido
escolar sopista en Salamanca.

El teniente se llama Cristval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero
hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la
fuerza que nicamente se le habia dado para sostener la justicia.

El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba seversimamente  sus
feligreses, y  pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no
les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa  una mocetona de
veinticinco aos, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca,
morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido 
servir  su casa al eclesistico.

De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un tringulo terrible:
el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella,
tres corazones de pedernal.

Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban  dar en los
alguaciles, entrando por ltimo  la parte el sacristan maese Barbillo,
especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipcrita
para que el seor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor
asenso  las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra
todos aquellos que no reconocian su influencia.

El teniente, dejaba  ttulo de rebeldes  aquellos que tenian la
desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor,
multaba, encerraba, atormentaba y ponia  la vergenza, siempre con
pretexto de una infraccion de las pragmticas,  aquel contra quien, por
cualquier ftil motivo, habia contraido ojeriza; por ltimo, el
licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su
exagerada severidad religiosa otras, afligia  aquella pobre raza
vencida.

El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prenda; el
beneficiado,  pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores
de diez aos, para enviarlos  los hospicios del rey, donde debian
aprender  ser buenos cristianos.

Lo que decimos, pues, de Cdiar, podriamos decir de cualquiera de las
dems poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni
hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.

Y por qu no huian de aquella region maldita?

Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del
cristiansimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma
manera.

Podan haber pasado  Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues
de haber vendido sus propiedades, y embarcdose con su dinero y alhajas,
eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor,
arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.

Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde
habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan
sobresalientes, entre las demasas de los cristianos.

Con tantas causas, con tan repetidos vejmenes, estaban dominados por un
profundo disgusto y predispuestos  la insurreccion por cien fatales
elementos.




CAPITULO XIV.

     El licenciado Juan de Ribera.


Era el jueves 24 de diciembre de aquel ao, tres dias despues de la
proclamacion de Aben-Humeya.

Era muy de maana: despues de haber celebrado la misa de alba, y
mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado
Ribera, dijo al sacristan lego:

--Ireis inmediatamente casa del seor corregidor, que con sus alguaciles
y gente de justicia est esta misma maana  la hora de las once en la
iglesia.

--Se lo dir, contest con voz gangosa y humilde Barbillo.

--Ireis despues  la posada del seor marqus de la Guardia...

--El seor marqus hace dias que anda fuera de la villa, observ el
sacristan.

--Pues  falta del marqus, ireis  la posada de su teniente el seor
Cristval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres
vestidos de gala, venga asimismo  las once.

--Se lo dir, repiti con la misma mansedumbre Barbillo.

--Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al
guardian, que de rden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su
comunidad y estandarte; despues avisareis  los clrigos de la iglesia;
hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de
plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de
Flandes.

--Ah! viene la Santa Inquisicion  la villa! dijo con acento de queja
maese Barbillo: y vea vuesamerced, seor licenciado: yo no sabia nada.

--Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando
llamaron  la puerta; asomse  la ventana Mariblanca, y un alguacil del
Santo Oficio que se habia adelantado, la di para m cerrada y sellada,
esta rden del Santo Oficio.

Y el beneficiado sac de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en
forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo
Domingo, sello de la Inquisicion.

El sacristan acab de doblar pausadamente una riqusima alba, la guard,
tom el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de
cuero, y de ella unas enormes antiparras, ley, tarda, pesada y
malamente el escrito,  pesar de que su letra era gorda y perfectamente
legible.

--Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: el seor inquisidor
de la Suprema, Molina de Medrano, viene  la visita! no esperaba yo tan
pronto al Santo Oficio.

--Qu quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde
entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus
zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baos y de sus torpes
placeres: ser necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y
haga cumplir  todo derecho, y con una severidad, que nunca ser
sobrada, la pragmtica de su nobilsimo y piadoso padre el gran
emperador don Carlos. Fuera! fuera esas fiestas malditas! fuera esas
costumbres reprobadas! fuera el misterio con que cierran sus puertas
para que no veamos sus impurezas! que el rigor los haga cristianos, ya
que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! el hierro y el
fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la
esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. El hierro y el fuego
para los rebeldes y los descreidos!

Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del
fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombra.

--Ah! ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo
Oficio apresuraba su visita por otro motivo.

--Y qu motivo puede ser ese? pregunt con severidad el licenciado;
motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?

--Hum! dijo flemticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.

--Un hombre que vive en el pueblo?

--H ah lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se
sabe donde, ni quin es, ni  que viene.

--De quin quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos
grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.

--Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que
viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete
en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse  donde va.

--Debiais haberme avisado.

--Vusamerced se hubiera quedado con el deseo de saber  donde iba, 
qu venia  hacer porque...

--Por qu?

--Porque yo le segu una noche, y al ir  entrar en la plaza, se volvi
aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:--Vulvete sino
quieres que te envie  cenar con el diablo.

--Ah! eso os dijo! y por qu no me dsteis cuenta para que yo se la
hubiera dado al corregidor?

--Bien hecho hubiera estado, pero perdneme vuesamerced; es el tal
hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes
si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara,
cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un
peligro. Qu sabe nadie lo que es un hombre  quien no se conoce?

--Adelante, adelante, maese Barbillo.

--A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson
Alto, acompaado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa
merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada
uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque
el asunto no era prenderle, sino saber  donde iba, y sacar por el hilo
el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Di la queda; rechin la puerta
del meson y sali nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me
perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la
Caba honda, ni se descubri, ni aun se persign.

--Hum! dijo el beneficiado, acabndose de arreglar los manteos y
encasquetndose el bonete.

--Dejmosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda 
larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y
recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero bah! ese hombre debe
de ser el diablo.

--Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid,
maese, seguid.

--Digo que debe de ser el diablo, porque nos sinti, nos vi, se vino
para nosotros, y... mire vuesamerced, exclam en acento entre dramtico
y dolorido el sacristn, levantndose la manga de su balaudran y
mostrando al beneficiado un cardenal lvido y enorme.

--Os maltrat!

--Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompi la
cabeza, y al barbero un brazo.

--Y quin os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no
conoceis? dijo una voz sonora  la puerta de la sacrista.

Estremecise todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el
beneficiado, con gran asombro del sacristan, sali solcitamente al
encuentro del desconocido y le estrech las manos con un ardor
completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto,
parecia la base de su carcter.

--Ah, seor don Alonso! exclam, vos al fin en mi iglesia!

--Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel
caballero, que no era otro que el emir de los monfes.

Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresur
 escurrirse: salud profundamente  Yaye, le lanz una recelosa mirada
de lobo escarmentado y sali murmurando:

--Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre  quien no se conoce,
puede ser muchas cosas. Pero yo sabr quien es ese hombre.

Esto significaba que no conociendo el sacristan  Yaye, nadie lo conocia
en Cdiar.

Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.

Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacrista, fij su mirada
en el licenciado, produjo en l el singular milagro de borrar de su
semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombra y dominadora
mirada del sacerdote asctico y fantico: parecia que donde estaba Yaye,
solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su
semblante y su mirada.

--Vengo  veros para dos negocios importantsimos, seor licenciado, le
dijo.

--Si quereis, contest el beneficiado, subiremos  mi casa y nos
encerraremos.

--No, no por cierto; retirmonos  aquel rincon de la sacrista y all
estaremos bien.

Y Yaye se dirigi  un escao situado al fondo de la sacrista, adonde
le sigui el eclesistico.

Sentronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.

--La habis visto?

--Si seor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he
dicho cun desesperado estais.....

--Y qu os ha contestado?

--Como siempre, no: pero ayer aadi: decidle que, hace veintidos aos,
le dije en una carta que debe recordar, cul era mi resolucion
invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es
intil, de todo punto intil, su obstinacion.

--Hgase la voluntad de Dios, dijo Yaye.

--Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado,
y Dios os premiar.

--Necesario me es que Dios tenga compasion de m; pero pasando al otro
asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una
adquisicion importantsima para el pueblo de Dios.

--Acaso este terrible rey de los monfes..!

--No tanto, no tanto, seor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar
muchas gracias  Dios por la adquisicion que hemos hecho.

--Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me
atrevera  decir, uno de los apstoles mas ardientes de la iglesia de
Jesucristo: todava me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis
plticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que
estren con los habitantes de las alqueras de la jurisdiccion de la
villa,  fin de que fuesen buenos cristianos, lo consegusteis vos en
breve espacio: casi estaba ya resuelto  quitarles sus hijos para que no
se pervrtiesen con su ejemplo, cuando vos me digsteis: id  las
alqueras: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el
reino de Dios por la puerta del bautismo. Oh don Alonso! yo os amaba
por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis
favorecido esta iglesia, que est encomendada  mi indignidad, y que sin
vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan
nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro
pursimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos
por su valor y por su mrito; sobre todo, cuando me dais para que las
distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al
Altsimo y os bendigo.

--Orad seor licenciado, orad!, contest solemnemente Yaye, en un
acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy
pecador y aun estoy en el camino del pecado.

--Oh! si vos no os salvais quin se salva? No bastaba vuestra ardiente
fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais  los
pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma.
Cuando vi arrodillarse  mis pis pidiendo la regeneracion del bautismo,
una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo
les ofrecia, entonces, don Alonso, sent por vos mas que amor; sent
veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los
santos...

--No hay mas santo que Dios, el Altsimo y Unico... y trino, dijo Yaye
pronunciando con un acento estremadamente duro su ltima palabra.

--Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos
sois uno de sus elegidos.

--Decamos, continu Yaye,  quien visiblemente contrariaba la mstica
adulacion del beneficiado; decamos que hemos hecho una gran adquisicion
para el rebao del Seor.

--Vos la habeis hecho.

--Yo empiezo y vos conclus. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el
Ferih de los Berchules est en mi casa gravemente herido y desea
bautizarse.

--Cmo! ese terrible monf, que no pasa semana que no ponga de noche
en la puerta de la iglesia, un impo cartel en que nos amenaza de muerte
si seguimos en la conversion? ese terrible bandido que tiene aterrada 
la comarca?

--Ese hombre, continu reposadamente Yaye, me sali al camino ayer
cuando volvia con mi hija de Granada  mi heredad de Ytor: empezamos 
subir la cuesta, cuando h aqu que siento pasar zumbando junto  mi
cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza
inmediata. Ech pi  tierra, me fu hcia el asesino, me encomend 
Dios, y Dios me ampar: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba
en mi alquera: no le mat porque yo jams vierto mas sangre que la
precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo
despues,  causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las
alqueras: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que
habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirti  Dios despues
de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y
arrepentido queda all como un cordero, esperando con ansia, antes de
morir, la vida del bautismo.

--Pero ese pecador est tan en peligro de muerte, que sea necesario,
inevitable ir al momento? exclam con una inquietud que no era fingida
el beneficiado.

--Ese hombre estar en mi casa hasta maana.

--Vivir... hasta maana!

--Eso es; maana habr salido de mi casa para no volver.

--Pues bien, vuestra heredad est cerca: iremos esta tarde: bien
tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion
haya hecho su visita y volver aun de dia.

--Cmo! esperais al Santo Oficio?

--Hoy al medio dia, entrar solemnemente en el pueblo, y despues de que
haya cumplido su santa comision, pasar  Ytor.

--Y qu inquisidor viene encargado de la visita?

--El seor Molina de Medrano.

--Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una
corporacion que le es muy conocida.

--Si, si seor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es
un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro
de la Suprema, que el rey nuestro seor ha enviado de su crte para que
le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos
nuevos de las Alpujarras.

--Molina de Medrano! exclam Yaye levantando decididamente la cabeza y
dejando ver en sus ojos una mirada semejante  un relmpago: ser
necesario que yo conozca  ese seor Molina de Medrano: decs que es
muy severo?

--Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo
tampoco le conozco.

--Pues bien, tendremos  un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y
en albricias de la conversion del Ferih, tomad, seor beneficiado;
repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresa.

Y puso entre las manos del bachiller un repletsimo bolsillo.

--Cmo! os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.

--Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.

--Ir, seor don Alonso, ir.

--Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de
acompaarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, seor
licenciado, y hasta la tarde. Adios.

--El os premie y os bendiga, seor, dijo el eclesistico, lanzndole su
bendicion cuando salia por la puerta de la sacrista: luego aadi,
metindose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda
duda ninguna; don Alonso es un santo.

--Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una
compaa de arcabuceros? exclam el sacristan entrando en aquel momento.

--De quin hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado,
que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad
habituales.

--De quin he de hablar, pecador de m, sino de ese hombre que ha
estado hablando con vos? respondi temblando todava el sacristan.

--Cmo! de don Alonso hablbais?

--Es que ese don Alonso, es quien anoche estrope al organista y al
barbero, y  m mismo, aunque mucho menos que  los otros, por la
misericordia de Dios.

--Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: no
me habeis dicho que el hombre  quien pretendisteis seguir anoche, pas
irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?

--Si seor, y lo afirmo y lo juraria  siete cruces.

--Y os condenariais, desdichado! exclam con una irritacion terrible el
eclesistico, os condenariais si os atreviseis  jurar que ese
caballero habia pasado por delante de la imgen de Nuestro Divino
Redentor sin descubrirse ni santiguarse.

Barbillo se qued mirando de una manera atnita al bachiller.

--Arrepentos! arrepentos, y haced penitencia por haber calumniado 
tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado
en alentar tan ruines pensamientos, le hubirais invertido avisando  la
gente que os dije.

Cuando el sacristan volvi de su asombro y not que se encontraba solo
en la sacristia, cambi rudamente de aspecto, dej su posicion
encorvada, se irgui, brill en sus ojos una expresion salvaje, y
exclam:

--Cien rayos y cien truenos! ese clrigo mentecato lo cree todo:
decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doa Elvira me ha prometido
un tesoro si logro apoderarme de l, algo hay mas de lo que el
licenciado Ribera cree: yo he seguido  ese hombre y le he visto
perderse en la montaa; le he visto adems hablar con los monfes entre
las breas de la rambla de Ytor, y esto mas de una vez: hace tres dias
que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompaaba una hermosa
dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apale no le oimos
soltar un juramento en rabe.... yo no aborrecia  ese hombre..... pero
desde anoche que nos zurr de lo lindo, le tengo ojeriza.
Afortunadamente tenemos  las puertas del pueblo  la Inquisicion.

Dicho esto, tom una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la
sacristia, y sali: desde el momento en que estuvo en la calle, su
estatura herguida y corpulenta se encorv; su rostro antes feroz, adopt
de nuevo su expresion humilde, miserable  hipcrita, y empez  saludar
 todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que
tenia mucho de estpida.

De repente, una mano se apoy vigorosamente en su hombro.

Volvise Barbillo, y vi ante s  un hombre como de cuarenta y cinco
aos.

Aquel hombre era don Fernando de Vlor, hermano de don Diego, tio de
Aben-Humeya,  quien nombraremos en adelante con su nombre rabe: esto
es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.




CAPITULO XV.

     Lo que iba  hacer  Cdiar Aben-Jahuar-el-Zaquer.


Volvise maravillado el sacristan.

--Yo no os conozco caballero, dijo  Aben-Jahuar.

--Nada importa, con tal que te conozca yo.

--A m me conoce todo el mundo en Cdiar, dijo con su sonrisa untuosa
Barbillo.

--Pues mira, creo que no te conoce nadie.

--Y vos decs que me conoceis?

--Si por cierto: hace mucho, muchsimo tiempo, que te conoc en otra
parte.

--En dnde, seor?

--En Granada.

--En Granada?

--Si por cierto: en la crcel.

--Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la crcel.

--Yo me llamo don Fernando de Vlor.

--Ah! ah! vuesamerced se llama don Fernando de Vlor!

--Vas recordando....!

--No, no recuerdo muy bien:

--Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de
mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez aos, lo fu
 pretexto de no s qu conspiracion de moriscos, en que yo no habia
tenido parte: pero los seores alcaldes de casa y crte, se mostraban
tan severos conmigo que lo tem todo: entonces pens en escaparme:
entonces nos conocimos: t tambien tenias miedo de ser ahorcado y
querias huir: nos concertamos y t empezaste  abrir un agujero en mi
calabozo.

--Repito  vuesamerced que se equivoca.

--No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fu
puesto en libertad: t quedaste preso.

--Os juro que...

--Djame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de t: pero hace
algun tiempo, la casualidad y el empeo de una mujer, ha vuelto 
unirnos.

--Pero si os digo...

--Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuada doa Elvira de
Cspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Vlor y  horas
desusadas, hoy  este, maana al otro hombre desconocido. Doa Elvira no
podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio
de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, acech 
uno de estos mensajeros, le sal al camino y supe que te traia una
carta; yo no quise tocar  aquella carta, pero quise saber quin eras
t: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cdiar, y vine, te
v, y te reconoc: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si
descubria en tu vida algo que pudiese obligarte  servirme. Fu 
Granada, pregunt, y averig que hace cinco aos habias sido condenado
 galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te
niegas  servirme, te delato, te pierdo, porque  los galeotes huidos se
les ahorca cuando se les coge.

Echse  temblar Barbillo.

--Pero nada te acontecer si me sirves bien, aadi Aben-Jahuar.

--Vamos, est visto que nada se os puede negar y os servir en cuanto
querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.

--Y yo te pagar. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en
la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.

--En qu posada vivs? porque vos sois forastero en Cdiar.

--Vivo en el meson del _Cojo_.

--Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el _Cojo_ es un grande
amigo mio, y  propsito para cualquier cosa. Yo ir por all esta
noche.

--Esta noche! sabe Dios lo que suceder esta noche.

--Suceder que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se
acordar de nosotros.

--Juro  Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de
1568.

--Pues qu va  suceder?

--Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y
rodeando por otro lado, vayas al meson del _Cojo_.

--Ir, en cuanto avise al corregidor y  los soldados y los frailes de
San Francisco.

--Avisarles! y de qu?

--De que viene la Inquisicion al pueblo!

--Ah! viene la Inquisicion, murmur Aben-Jahuar: pues, no podia venir 
mejor hora. V, v, y avisa, y al momento v  buscarme. Te espero.

--Ir.

Separronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas
pendientes y torcidas callejuelas, lleg  la entrada del pueblo  un
meson miserable.

--Ah est esperndoos hace una hora, el seor Diego Lopez, nuestro
vecino, dijo un viejecillo cojo.

--Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclam de una manera ininteligible
Aben-Jahuar. Ya era tiempo.

Y entr, subi unas escaleras, atraves unos corredores, y entr en un
aposento.

Sentado junto  un brasero con fuego, habia un jven.

Era Aben-Aboo.

Tan distraido estaba, que no repar en que otra persona habia entrado en
el aposento: miraba  travs de una ventana abierta y desguarnecida de
vidrieras,  unas breas cercanas que estaban enteramente cubiertas de
nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.

Ibale  hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levant, se fu  la ventana,
y mir con grande inters hcia fuera en direccion  una cumbre que se
vea entre un rompimiento de las breas.

--Qu ser lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo
para s Aben-Jahuar; y permaneci inmvil.

--Ellos, son: murmuraba  su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace
dos dias rondan mi atalaya. Desde aqu no se les distingue bien; pero
los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la
capa parda, es sin disputa aquel comerciante que represent con
Angiolina en la comedia Reina Moraima, Andrs Cisneros: no me cabe
duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no s quien es:
qu busca el seor Cisneros en mi casa? Tendr  caso algun derecho
sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido  las Alpujarras,
galanes.

Y Aben-Aboo, trs estas palabras se separ de la ventana.

Al volverse vi  su tio.

--Ah! gracias  Dios, dijo: hace una hora que os espero.

--He tenido que atender  asuntos importantes, sobrino; contest
Aben-Jahuar: creo que t tambien tienes entre manos asuntos de inters.

--Si por cierto, tio, contest Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qu
manera puedo ser mas til  mi patria.

Movi en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar.

--Qu! dijo ofendido el jven, creeis que no har yo tanto como el que
mas por romper el yugo de los cristianos?

--No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en
nuestra empresa.

--Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura
Aben-Aboo.

--No, pero pretendo tener tan buenos ojos como t.

--No os comprendo.

--Estoy viendo desde aqu, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hcia
la cumbre  donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban
hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una
capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que t los mirabas,
 la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.

--Ah! habeis reparado eso?

--Como lo has reparado t.

--Y qu inters creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar 
mi casa? dijo con negligencia el jven.

--Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.

--No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.

--Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo 
esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has
contraido con tu familia una reserva...

--No hago mas que pagarla en la misma moneda.

--Mi sobrino Aben-Humeya te ama.

--Ciertamente, como ama el carnicero  la oveja.

--En mala disposicion de nimo empezamos la guerra.

--Esforcmonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos
capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los
monfes nos ayuda...

--Y todos nos aborrecemos.

--Que nos aborrecemos!

--Esta es la verdad; Satans se ha metido en medio de nosotros.

--Yo por mi parte...

--T estas tan empeado como cada ano de nosotros.

--Empeado! y en qu?

--Has pensado en ser rey de Granada.

--Creo que tenia derecho para pensar as; pero desde el momento en que
el reino ha elegido  mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey
y le he prestado homenaje: y si  eso vamos vos tambien...

--Qu quieres suponer? exclam con cuidado Aben-Jahuar.

--No pretendeis casaros con vuestra cuada, con mi tia, doa Elvira?

--Oh! si... la amo, la amo hace muchos aos.

--Bien puede ser porque doa Elvira es muy hermosa... pero no podria
tambien suceder que pretendirais apartarla de su hijo, sin suscitar 
este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...?

--Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.

--Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado,
sobre quien su madre tenia una potestad absoluta...

--Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre
tiembla de que esa guerra se empieze.

--Harto lo s.

--Y sabes por qu tu madre tiembla la guerra?

--Es cristiana de corazon.

--Tu madre ama...

--Es natural que ame  su hijo.

--A mas que  t ama  otra persona.

--Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace
veintidos aos.

--Mas de veintidos aos hace que tu madre amaba con toda su alma  otro
hombre que no era tu padre.

--Teneis fama de maldiciente, tio.

--Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado  su virtud;
la conozco mejor que t: mi hermana ha sido una mrtir de su familia, y
aunque ha amado, aunque ama  un hombre que debi ser su esposo, ni le
ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde
el dia en que se cas con tu padre. Pero ama  ese hombre, le adora, y
se estremece por l tanto como por t... Teme la guerra, la evitaria 
costa de su sangre.

--Y qu hombre es ese  quien decs que mi madre ama, y con quien debi
casarse?

--Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfes.

--Ah! exclam Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le
habia tratado Yaye.

--Y ests seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal
inters y tan de lejos tu casa, no sean monfes enviados por el emir, en
un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos?

--Os afirmo que esos hombres no son monfes.

--Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres.

--Y cul creeis que pueda ser?

--Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada.

--Quin os da tantas noticias, tio?

--Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres
dias que lleg  Ytor otra dama que tambien te interesa mucho.

--Una dama que me interesa...?

--Si por cierto: la sultana Amina.

Palideci profundamente Aben-Aboo.

--Y decis, que la sultana Amina est en Ytor...?

--Si, si por cierto y repito que Satans en forma de tres mujeres se ha
metido entre nosotros.

--Explicaos.

--T amas  la hija del emir.

--Es verdad, contest Aben-Aboo bajando los ojos.

--Aben-Humeya la ama tambien.

Destell un relmpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo.

--Y qu pretende mi primo?

--Pretende un imposible. Hacer su esposa  Amina.

--Pero eso no puede ser, mi prima es casada.

--Pero con quin? con quin? dijo Aben-Jahuar con cierto temor quin
es el afortunado esposo de esa mujer?

--Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana
Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis
que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad... descuidad de
todo punto.

--Pero sabes t quin es el marido de la sultana?

Sonri con el desden de la superioridad, Aben-Aboo.

--Mi prima no est casada, dijo, sino simplemente deshonrada.

--Mira lo que dices! exclam Aben-Jahuar mirando en torno suyo con
recelo: en todas partes hay monfes y esos tabiques...

--Descuidad, tio: por lo mismo que s que podemos estar espiados hablo
muy bajo.

--Pero qu pruebas tienes...?

--No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el
emir de los monfes?

--Si.

--No hay en l una clusula por la que se acuerda el casamiento del
hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?

--Si.

--Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en
Madrid, sin duda alguna,  contar por el tiempo en que la di  luz la
sultana en las Alpujarras: esa nia es hija del capitan del presidio de
Cdiar, el marqus de la Guardia,  quien adora Amina; que es su amante.

--La sultana amante del marqus de la Guardia? y por qu no su esposa?

--Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones
entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqus de la Guardia en el
Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqus buscaba  su amante, 
Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide
que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha...

--Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano:
peor para el emir.

--Si peor para el emir y para su hija, exclam con acento reconcentrado
Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cules son las otras
mujeres que Satans ha metido en nuestros asuntos.

--La sultana Amina bastaria; porque tanto t como Aben-Humeya estais
empeados por ella: pero existen ademas tu tia doa Elvira y tu madre.

--Ah!

--Si, ambas aman al emir y son enemigas  muerte: yo amo  mi cuada y
soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas
otra mujer por quien estais  un tiempo empeados Aben-Humeya y t: esa
comedianta que has traido de Granada.

--Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que
 pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece.

--Eso consiste en que la sultana habla  tu ambicion, y la comedianta 
tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hcia la sultana: es
necesario que separes de t  la comedianta.

--Y  qu propsito?

--Para evitar el odio de Aben-Humeya.

--Y qu me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo
hayamos disimulado, somos enemigos.

--Pero esa enemistad es fatal en estos momentos.

--Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo.

--Es que esa patria, si luchamos todos  una, podr ser tan grande que
haya lugar en ella para todas las ambiciones.

--Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.

--Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de t;
aydale, insprale confianza y Aben-Humeya se unir  t como  un
hermano.

--Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.

--Si sigues mis consejos, solo habr una, y esa es tal que no merece que
dos buenos creyentes sean enemigos por ella.

--Y cul de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar
nuestra rivalidad?

--La sultana Amina.

--Ah! exclam Aben-Aboo, cuyo rostro se cubri con la expresion de la
mas profunda reserva; y de qu modo podremos hacer para que la sultana
Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?

Sonri sutilmente Aben-Jahuar.

--Ni t ni Aben-Humeya amais  la sultana, dijo: quereis sin embargo
casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendr en
su favor al poderoso emir de los monfes.

--Puede ser que piense as mi noble primo.

--No piensas t de otra manera.

--Y bien, dado caso que yo piense as, de qu modo hemos de obrar para
que la sultana deje de ser un medio de elevacion?

Sonri de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar.

--Supongamos que muere el emir...

--Ah!

--Esto es muy fcil que suceda... acometemos una empresa peligrosa...
ademas el emir va todas las noches...

--A dnde?

--A ver  tu madre.

--A ver  mi madre!

--No te he dicho que se aman?

--Eso es mentira!

--Observa tu casa en las altas horas de la noche.

--Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.

--Tengo experiencia y te aconsejo bien.

Guard por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.

--No hablemos mas de esto y vamos  lo que importa. Vos como capitan
general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.

--Ha llegado el momento de probar tu valor.

--Es decir, que ha llegado la hora?

--Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchar esta noche sobre
Granada, sublevar el Albaicin, acometer la Alhambra, en la cual hay
poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los
cristianos se entregarn descuidados  sus fiestas de la Noche-Buena;
acudiran  los templos  la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de
ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo
tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad  por
recelo, se mueven en nuestras montaas; la parte de compaa del marqus
de la Guardia, que estaba en Cdiar, ha marchado  Ytor, pero en
cambio, acaba de entrar esta maana en la villa y de alojarse en las
casas, la compaa de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.

--Cmo! ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas
infamias, vuelve entre nosotros?

--Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy.

--La Inquisicion!

--Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo
que atae  la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que
viene encargado de la visita, se estremar con ellos:  pretexto de que
son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana,
les amenazar, pretender arrebatarles sus hijos...

--Es necesario arrancar el corazon  ese clrigo, exclam Aben-Aboo.

--Los monfes! exclam con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfes
haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta
tarde  la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos.

--Ah! me espera!

--S; t  mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas
influencia en Cdiar.

--Y me obedecer el Ferih?

--Ciegamente.

--Sabe esto el emir?

--Ha dado rdenes al Ferih para que te espere.

--Y qu he de hacer, tio?

--Qu han hecho con nosotros los cristianos?

--Nos han aterrado  fuerza de crueldades.

--Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.

--Oh! oh! debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han
hecho con nosotros....? bien! lo har.

--No olvides lo que hemos hablado.

--Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir
ama  mi madre; el marqus de la Guardia est casado con la sultana
Amina y tiene de ella una hija... Sabeis donde est la hija de la
sultana? exclam de repente Aben-Aboo.

--Puede ser que lo sepa.

--Y por qu no he de saberlo yo?

--Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo
s.

--Y teneis medios para saberlo?

--Los buscar...

--Y entonces...

--Lo sabrs.

--Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que
me voy  condenar con vos.

--O  salvarte.

--El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.

--Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres
valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento
mustrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un
amigo.

Aben-Aboo; estrech la mano de Aben-Jahuar.

--Ahora es necesario que te vayas, dijo este  Aben-Aboo: Espero  una
persona que no quisiera te viese conmigo.

--Pues entonces adios, tio.

--No te olvides de ir esta tarde  puestas del sol,  las quebraduras de
la rambla de los Ciegos: yo ir tambien. Adios.

Aben-Aboo, sali, y poco despues, su tio le sinti bajar por las
escaleras.

--H ah un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo
quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores
manos no podra haberse puesto lo de Cdiar. Esta noche se ver claro en
las calles aunque no haga luna.

Y se puso  pasear meditabundo  lo largo de la habitacion.

Como se v, el amor hcia su cuada doa Elvira, y su anhelo por poner
las cosas  punto de que l fuese la nica cabeza de la rebelion de los
moriscos, hacian meditar  don Fernando de Vlor  Aben-Jahuar,
horribles crmenes: para llegar  su objeto era preciso que se
ensangrentase en su misma familia, que matara  sus sobrinos; que
desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo
traidor y horrible  Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le
habia dado continuamente oro y proteccion, y  cuya influencia debia el
no haber muerto en galeras,   lo menos en un encierro como muri su
hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doa Elvira y la
corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hcia aquellos
objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabri la puerta, y
una voz clerical, dijo:

--_Deo gratias._

--A Dios sean dadas, contest don Fernando.

Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la
iglesia parroquial de Cdiar, estaba de pi y caperuza en mano, delante
de Aben-Jahuar.




CAPITULO XVI.

     De qu manera servia  quien le pagaba, Maese Barbillo.


Mirle este por un momento fijamente.

--Has concluido ya tus negocios? le pregunt.

--Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced,
porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la
Inquisicion, y qu s yo cuntas cosas.

--Bien, sintate.

--Estoy as bien, seor.

--Sintate.

Barbillo se sent.

--Has dicho  alma viviente lo que has hablado conmigo?

--Cmo, seor! desconfia vuesamerced de m?

--Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.

--Y yo?

--T,  la socapa, tienes por novia  la morisca mejor moza de la villa.

--Quin ha dicho  vuesamerced tanto? exclam con cuidado Barbillo.

--Me alegro que nada me niegues: yo s que el ama del beneficiado Juan
de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado
casaros.

--Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....

--Quin sabe lo que el beneficiado vivir? pero volviendo al asunto:
quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como
Mariblanca, est expuesto  ser imprudente.

--Qui! no seor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que
todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que
no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la
hay mas garrda en la crte del rey: es verdad que he andado y ando y
andar trs ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no
hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.

--Yo s que mi cuada doa Elvira, viene algunas veces encubierta 
Cdiar, y que aunque no vea  su cuada doa Isabel, siempre ve 
Mariblanca.

--Es verdad, pero eso consiste...

--En qu?

--En que Mariblanca y yo, servimos  doa Elvira.

--En sus amores...

--Cierto que s.

--Pero t sabes con quin tiene sus amores?

--Ayer no lo sabia, pero hoy lo s.

--Y... quin es?

--Un caballero muy principal.

--Como de cuarenta y cinco aos?

--Si seor.

--Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?

--Eso es.

--Y sabes cmo se llama ese caballero?

--Lo que s, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.

--Y cmo le conocias de antes?

--De una manera muy sencilla:  causa de doa Elvira. Antes de conocerme
 m, doa Elvira habia conocido  Mariblanca.

--Y cmo conoci mi cuada  tu novia?

--El padre de Mariblanca es morisco.

--Ya lo s.

--Un morisco feroz.

--Es mas que morisco: es moro: es monf: se llama Abd-el-Melik el Ferih.

--Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se
enamor de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez aos:
Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonr...
y la rob de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado
Mariblanca.

--Sigue, sigue.

[imagen: El comediante Cisneros.]

--Como decia, el capitan la sac de su casa, jurndola que seria su
esposa, y la escondi, y goz de ella cuanto quiso, y cuando se fastidi
de ella, empez  distraerse y  requebrar  otras... entonces
Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra,  lo que el capitan la
contest, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces
Mariblanca se fu  buscar al beneficiado.

--A Juan de Ribera?

--Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidi que la
bautizase. El beneficiado la bautiz, y ella, con la partida de bautismo
en la mano, volvi  Diego de Herrera y le dijo:

--Yo he dejado por t la casa de mi padre, que si me encuentra me
matar: yo te segu, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: t
me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana:
cmpleme tu promesa.

El capitan volvi la espalda  la muchacha, que se iba quedando  trs,
y que al ver este desprecio de su amante, ceg de clera y de venganza,
y echando mano  un pequeo pual que llevaba consigo, le hiri 
traicion. El capitan cay: Mariblanca creyendo que le habia muerto,
huy, y se refugi en la iglesia, donde tom asilo. Entonces el
beneficiado, Juan de Ribera, la llev  su casa, y antes de tomar
ninguna resolucion, fu  la casa del capitan: le encontr en el lecho
herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo
acabar de perder  una mujer  quien ya habia hecho bastante dao,
habia dicho que le habian herido los monfes. Condolise, pues, de la
muchacha el beneficiado,  enamorado de ella, segun dicen malas lenguas,
aunque Mariblanca lo niega, y la recibi por su ama,  pesar de que
entonces la muchacha solo tenia diez y siete aos.

Pas mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huy de su
casa habia desaparecido de Cdiar sin que nadie le hubiese vuelto  ver,
permaneci fuera, hasta que una noche, hace dos aos, cuando Mariblanca
volvia de la fuente, se encontr de repente con un monf. Era su padre.

--Ah! ah! un encuentro endiablado! Y cmo es que hasta hace dos aos
no se habia presentado el padre  la hija?

--El Ferih habia estado en Africa.

--En Africa durante ocho aos?

--Sea como quiera, el Ferih no se present  su hija sino despues de
ocho aos que su hija habia huido; pero cuando la vi ante s...

--No la mat puesto que vive; pero sin duda procur matarla.

--Nada de eso: la mir por un momento fijamente mientras la pobre
temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sgueme
muchacha.

[imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.]

--Y le sigui Mariblanca?

--Qu habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos
mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrs, salieron de la
villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la
valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y
sealando  su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una
luz, la dijo:--V all; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando
entrares en una habitacion, cuya puerta encontrars tambien abierta,
dirs  una dama que vers all: el monf me envia.--La muchacha sigui
adelante hcia la casa, empuj la puerta, subi las escaleras, abri
otra puerta y se encontr en una pequea habitacion donde habia una dama
muy hermosa.

--Quin eres? la dijo la dama.

--El monf me envia; contest con voz medrosa Mariblanca.

--Has conocido  ese monf? replic la seora.

--Es mi padre! exclam toda trmula Mariblanca.

--Y sabes por qu tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que
has echado sobre l?

--No lo s, seora; dijo Mariblanca.

--Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha
prometido no tocar  uno solo de tus cabellos.

--Ah! Dios se lo pague  vuesamerced, seora! exclam Mariblanca
cayendo de rodillas.

La dama se inclin sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:

--Te he salvado la vida para que me sirvas.

--Ah! servir  vuesamerced de rodillas! exclam juntando las manos
Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la
sbita presencia de su padre.

--No; quiero que me sirvas de pi y con gran discrecion, levntate.

--Y en qu he de servir  vuesamerced?

--Conoces t  doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

--Ah! si seora! contest Mariblanca; la conozco mucho, porque va con
frecuencia encubierta,  hablar con mi seor el beneficiado.

--Que va  hablar con tu seor?

--Si seora: muchas veces mi seor est en la iglesia, y doa Isabel le
espera; es un ngel: me habla con cario porque soy morisca
convertida...

--Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y
salir libremente en casa de doa Isabel?

--Si seora.

--Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces
puedas, que observes, que veas... ademas de eso t debes de tener un
amante...

Mariblanca se turb, tartamude, y al fin confes que era mi novia.

--Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama
de un beneficiado; as todo se queda en casa: pues bien, es necesario
que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doa Isabel, y vea
quin entra y quin sale,  quin ronda  no.

Mariblanca prometi  la dama servirla  su placer, y sali mas muerta
que viva, temiendo encontrar de nuevo  su padre; pero su padre habia
desaparecido: vnose  casa del beneficiado, y mientras este dormia
aquella noche su primer sueo, me cont todo lo que la habia acontecido.
De esta manera fue como Mariblanca conoci  vuestra cuada doa Elvira
de Cspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura,
que la s de memoria sin que en ella falte ni un pice.

--Me has dicho en esa relacion que doa Elvira habia salvado la vida al
Ferih.

--Asi lo dijo doa Elvira  Mariblanca.

--Esto lo sabr yo por la misma parte interesada; dijo para s
Aben-Jahuar, y luego aadi alto:

--Y qu vsteis Mariblanca y t?

--Mariblanca, que empez  frecuentar,  pretexto de conocimiento y de
cario  doa Isabel, vi que estaba siempre muy triste, que hasta
dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos
aos que, segun cuentan, y estando de recien casada con l, muri su
marido: que ama mucho  su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y
muy cristiana.

--Y no vi nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?

--Si seor, los parientes del difunto marido de doa Isabel.

--Y nadie mas?

--Nadie mas.

--Y t qu vistes en tus rondaduras?

--Os dir, seor: yo he visto mucho y no he visto nada.

--Explcate.

--He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este ltimo ao un bulto
con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las
bardas de la huerta donde vive doa Isabel.

--Rondarlas nada mas?

--Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle
se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.

--Y no pudiste entender lo que hablaban?

--S, s seor; una noche por encargo de doa Elvira, que deseaba mucho
saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgu  todo, y
aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las
manos, me tend cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por
donde solian hablar el caballero y el esclavo del seor Diego Lopez;
poco despues de estar all o ruido entre las matas, y sent acercarse 
un hombre que se detuvo y silb como una culebra: al silbido sent que
por dentro se acercaba una persona que trepaba  la barda, y al fin o
la voz de Al,  quien conozco mucho, que decia:

--Sois vos seor?

--S, yo soy, contest el de fuera: qu tienes que decirme?

--He puesto la carta de vuestra seora, sobre la mesa del aposento de
mi seora; me he puesto en acecho; cuando mi seora ha entrado y visto
la carta se ha puesto plida, la ha tomado y la ha ledo temblando;
despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus
ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado
fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho
nada;  Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la
pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me
he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.

--Y nada mas? dijo el caballero.

--S, si seor, contest Al: he robado un ramo de flores del bcaro de
la seora, y una de las maraas de cabello de su peinado. Ah va todo
junto: los cabellos en las flores.

--Parceme que hubiera querido mucho mejor el incgnito, dijo
Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.

--Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal seor est
perdidamente enamorado de doa Isabel.

--Y lo sabe eso doa Elvira?

--Pues no ha de saberlo! como que yo la escrib relatndola, sin faltar
letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Al.

--Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?

--Nunca. Sabralo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como
antao.

--Contina.

--Pues seor, doa Elvira quiso  todo trance saber con certeza quin
era el desesperado amante de doa Isabel, y... ayer vino  Cdiar.

--Ya lo s.

--Se ocult en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.

--Lo s tambien: casa de la viuda de un mudjar.

--Eso es: con la viuda mand llamar  Mariblanca.

--Lo s tambien: es decir que Mariblanca fu  ver  doa Elvira, pero
no s lo que hablaron.

--Doa Elvira queria  todo trance, que yo con algunos amigos me
apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como
pagaba bien doa Elvira, busqu al organista y al barbero, que son dos
mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos  nuestro hombre por
el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos
aporre:  pesar de la noche le conoc: esta maana le v en la
sacrista.

--Con qu es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?

--Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que
conoce.

--Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.

--Cmo! qu! exclam abispado, como suele decirse, Barbillo.

--Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos
entendamos: vamos  otra cosa. Mariblanca seguir frecuentando la casa
de mi hermana.

--Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cario y amistad
Mariblanca, que doa Isabel ha llegado  amarla y  no poder pasar sin
ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta  su visita, la
envia  buscar doa Isabel.

--Y qu sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi
sobrino Diego Lopez  su casa?

--Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo
de disculparse con su madre.

--Ola! Ola! con qu de tal modo falta mi sobrino al respeto  mi
hermana?

--Hace algun tiempo que el seor Diego Lopez est desconocido, antes era
alegre y decidor; iba  todas partes, galanteaba  las mozas, y hacia
finezas  Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegu  tener
zelos: jugaba  la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte
llevaba en la palestrilla[23]. Pero ahora! ni tiene un requiebro para
las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino,
pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el
sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaa.

--Bah! bah! la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.

--Burlaos cuanto querais, pero no por eso ser menos cierto que anda por
nuestras montaas ese duende maldito, que hace mal de ojo  los ganados,
y mucho ser que no se lo haya hecho al seor Diego Lopez.

--Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo
demasiado larga y tengo que hacer.

--Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? Ya se ve!
quiere vuesamerced saber tanto!

--Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido 
vivir desde hace tres das  la casa de mi hermana.

--Esa dama es muy hermosa.

--Lo s.

--Y muy principal.

--Lo s tambien.

--Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.

--Vamos al asunto maese Barbillo.

--Pues el asunto es, que el seor Diego Lopez se present en su casa el
lunes en la noche, trayendo  esa dama  la grupa de su caballo, y que
dijo  su madre, segun vuestra seora hermana ha dicho  Mariblanca, que
era necesario que la tuviese en su compaa. La dama, que se llama,
quisiera no equivocarme, doa Anglica, dijo  vuestra hermana que era
viuda de no s qu prncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el
seor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de
doa Isabel,  que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un
hidalgo jven. Doa Isabel por amor  su hijo, y vindose tambien sola,
ha dicho en el pueblo que la doa Anglica es una parienta suya, que ha
venido  vivir una temporada en las Alpujarras. Pobre madre!

Callse Barbillo, porque no tenia mas que decir.

--Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su
bolsillo y dndolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy
agradecido. Ahora cudate de no decir  alma viviente, ni aun 
Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.

--Y no me encargais nada, seor?

--Ser muy posible que no necesite de ti, contest Aben-Jahuar con voz
cavernosa.

--Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de
tratar  las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.

--Si te necesito otra vez te buscar.

Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el
gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado
servilmente, sali.

--No gozars ese dinero, sino lo gastas de aqu  la noche, dijo el
capitan general de los moriscos: s cuanto necesitaba saber: ahora
empecemos  obrar.

Y yendo  la puerta grit:

--Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.

Un momento despues salia del meson y de Cdiar  un mismo tiempo.




CAPITULO XVII.

     El capitan Diego de Herrera.


Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.

En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo
alarmante.

El hecho  que aquella noticia se referia, era el siguiente:

Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar
de Albacete, villa de las Alpujarras, ir  pasar las vacaciones de
Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al
hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian
bien, porque eran los que los acobardaban, llevbanse  su paso,
gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, 
mejor dicho: robado.

Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos
ferocsimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el
martes veinte y dos de diciembre llevando por guia  un morisco, 
hicieron por los lugares por donde pasaron desrdenes y tropelas, con
el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta
tranquilidad, y no agitadas y preparndose para un alzamiento;  las
noticias de estos desrdenes, sali  ellos con algunos monfes nuestro
antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrndolos en una senda cerca de
la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron  cuchillo, no
pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco,
que fueron  ampararse  la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfes
mataron y quitaron los caballos  cinco escuderos que habian salido de
Motril.

Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos
por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al trmino
donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas
escuadras de soldados, y no pudiendo haber  los monfes,  no
atrevindose  ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los
que ninguna parte habian tenido en el caso.

Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre
la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba  Cdiar 
hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada  la
villa del capitan Diego de Herrera, y su cuado Juan Hurtado Docampo,
hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces,
habian venido de Granada, causando  su paso por los pueblos agravios,
cometiendo desafueros, y tratando  los naturales como cosas viles de
las cuales dispone  su antojo su dueo.

Aquella maana antes de que entrasen los dos hidalgos cuados con su
gente, sabase en la villa, y encontrbanse en la plaza los moriscos
divididos en corros, hablando animadamente: pero notbase que cambiaban,
aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto  ellos
algun alguacil del corregidor,  otro de los castellanos de los que
vivan en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su
oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.

Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo
terrible.

Como  las nueve de la maana oyronse en la parte baja de la villa
pfanos y tambores, y cambi como por ensalmo la expresion de los
semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido
sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues
entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros,
llevando delante dos pfanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera
y su cuado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las
espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad  hinchazon que podia
haber traido el mismo rey.

--Eh! t, Toms el Ansar! dijo el capitan Herrera  un anciano que
estaba entre los moriscos y  quien conocia por haber estado antes de
presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen
almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qu modo se les
aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.

El Ansar, que era el xeque de la talla de Cdiar, noble anciano
descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acerc al
capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios:

--Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y
cuanto en ella tengo est para serviros y  ese honrado hidalgo que os
acompaa: juro  Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto  la
tropa, yo har de modo que  cada soldado se le aposente como si fuera
un rey.

--Bien hars en eso Ansar, porque tanto como un rey vale un soldado
espaol, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de
guerra; que nadie sabe lo que acontecer, y ocasion podria llegar, en
que sea mas til la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan
de las Indias.

--Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey
no puedan quejarse de nosotros.

Tras estas palabras Toms el Ansar se llev consigo hcia su casa al
capitan Herrera y  su cuado, y los arcabuceros fueron alojados en las
mejores casas del pueblo.

Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo.

--Juro  Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando  una moza
que pasaba  la sazon y que se detuvo  su voz y clav una penetrante
mirada en el capitan; ha crecido y est hecha una reina: ser preciso
volver  travar conocimiento con esta muchacha.

Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un
momento el capitan, sigui su camino haciendo un mohin de desprecio.

--Conoces  esa prenda? dijo el capitan al Ansar, siguiendo adelante.

--Es Mariblanca, contest lacnicamente el xeque.

--Cuando yo se la quit  su padre para hacerla mia, repuso con
desvergenza el capitan, se llamaba Alida.

--Entonces era mora.

--Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautiz.

--Y entonces la pusieron Mara: despues como es blanca como la nieve,
han dado en llamarla Mariblanca.

--Y se ha casado?...

--Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la
villa.

--Ah! ah! querida de un clrigo!... bien... pues mira aposenta  mi
cuado en tu casa, que yo voy  aposentarme en la del beneficiado.

--Como guste vuesamerced, dijo el Ansar.

Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fu derecho  la casa
del beneficiado.

Cuando lleg  ella no habia nadie mas que el nio de coro que servia 
Mariblanca, porque en cuanto al clrigo solo se dejaba servir por la
jven.

Era demasiado persona un capitan de infantera espaola en aquellos
tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un
nio, se opusiese  su voluntad. El capitan meti por s mismo el
caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entrse como
por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se ech sobre
un ancho mueble, especie de sof que el beneficiado, hombre cmodo si
los habia, tenia para su regalo, y clav sus espuelas en el damasco de
los almohadones, sin importrsele de ello un ardite.

--Dnde est tu amo? dijo el capitan al nio de coro que le habia
seguido absorto.

--Est en la iglesia, seor, contest aturdido el muchacho.

--Y no hay quien me d de almorzar?

--No, no seor, contest mas aturdido el muchacho: la seora Mariblanca
est fuera.

--Quin est ah? dijo una voz sonora y fresca  la puerta del
aposento.

El muchacho por toda respuesta seal al capitan que estaba echado sobre
el sof una pierna sobre la otra, y desceido el talabarte.

--Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegra, con
la alegra de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia  una persona
 quien ama: bien venido sea el seor capitan!

El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos.

Reconozcamos  estas dos personas.

Era ella una mujer como de veinte y cuatro  veinte y cinco aos, pero
con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de
hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el
talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta
el ltimo punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en
las mejillas y los labios hmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy
negros y muy abundantes: las cejas y las pestaas negrsimas y espesas;
los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy
pequeos y muy gruesecitos los pis y las manos: era una de esas
moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran  una
piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian  un
pintor.

Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas
extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y
robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza,
habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba
su hermosura, porque asociaba  ella la idea de la fuerza, del valor y
de la dignidad.

Diego de Herrera era un hombre de cuarenta aos; alto, robusto,
membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por
el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los
ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y
rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto,
velado y dulcificado por cierto espritu de nobleza de raza, que hacia
comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso s,
pero de _pur sang_.

--Sabas t que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando
en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que
podia haberlo sido del mismo modo por el amor.

--Pues si t no vivieras en esta casa vida mia,  qu habia yo de haber
venido  ella?

--Pues has tardado en venir, contest Mariblanca.

--Qu quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma,
y es necesario ir  donde nos manda su magestad, sin que nos duelan
prendas del alma: ademas que la ltima vez que nos vimos me trataste de
un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme  ver.

--Te d de pualadas.

--Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.

Y el capitan se sent en el sof, y ech  un lado el talabarte con la
daga y la espada.

Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del
capitan.

--Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.

--Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el
capitan rodeando con sus dos manos su cintura.

--A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la
jven.

--S, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por
t, hace el milagro de convertir  una nia bonita en una moza como t
cien rayos! sabes que seria capaz por t de matar  todos los clrigos
del mundo?

--Y por qu?

--No eres ama de un beneficiado?

--Y bien!

--Ama y manceba...

--Son dos cosas distintas...

--De veras?

--Te lo juro.

--Si se pudiera creer eso...

--La que di de pualadas al amante que la engaaba, no es mujer de
tener mas que un amante.

--Oh! oh! si yo llego  creer eso...

Y el capitan trajo hcia s con tal fuerza  Mariblanca, que aunque esta
era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello.

Mariblanca, sin embargo, salt atrs y qued libre.

--Estas son locuras, dijo.

--Cmo! exclam el capitan: no quieres ser mi mujer?

--No digo eso: sino que venir  esta casa, y despues enamorarme en ella,
son locura sobre locura.

--Pues qu he de hacer?

--Ven  verme esta noche.

--Esta noche?

--S.

--A hablarte por la reja? no me acomoda.

--Toma: dijo Mariblanca yendo  una espetera y tomando una llave.

--Y para qu esto?

--Para que entres esta noche en el huerto por el postigo.

--Hace mucho frio para estar al sereno.

--Al huerto da la ventana de mi aposento.

--Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no dar con ese postigo.

--Pues es muy fcil; mira (y Mariblanca seal al huerto que se vea por
una puerta del fondo): ves aquella higuera?

--S.

--Sus ramas salen fuera de la tapia.

--S.

--Junto  esa higuera, est el postigo.

El capitan tom la llave y la guard en el bolsillo de sus gregescos.

--Y  qu hora he de venir, luz de mis ojos?

Quedse un instante meditando Mariblanca.

--Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin.

--Es verdad, repuso el capitan.

--A las doce dir la misa del Gallo el seor Juan de Ribera.

--Y entre tanto t te quedars sola en la casa.

--S, porque pretextar que estoy enferma para no ir  misa.

--Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche  las doce.

El capitan se levant, y se dirigi  Mariblanca con notoria intencion
de abrazarla.

--Quieto, quieto, seor mio, dijo la jven: aunque estamos solos puede
entrar gente de un momento  otro. Vete. Hasta la noche.

--Sea como t quieras, Mariblanca: adios.

El capitan se fu  la cuadra, sac su caballo, mont en l, y fu 
hospedarse casa del Ansar murmurando por el camino:

--Est hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no
olvidan nunca  su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, v 
ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida.





CAPITULO XVIII.

     El palacio encantado.


Aun no eran las once de la maana, cuando salia de Cdiar una larga
procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal
agero.

Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa,
franciscanos descalzos, con sus hbitos cenicientos, sus anchas
sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trs
estos, iba la clereca de la iglesia parroquial, con sus albas y sus
bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrs el seor
beneficiado, cubierto con una riqusima capa de coro, llevando  la
derecha un dicono, y  la izquierda un subdicono; seguia el corregidor
con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos
del pueblo, entre los que se contaba Toms el Ansar, y por ltimo, el
capitan Diego de Herrera, y su cuado Juan Hurtado Docampo, vestidos de
gala, llevando trs s, al comps de la marcha de pfanos y tambores,
los cincuenta arcabuceros que habian traido  la villa, no menos
engalanados y empenachados.

Toda esta gente salia  recibir al seor Molina de Medrano, inquisidor
de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un
secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la
Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la
Mala-noche,  un cuarto de legua de Cdiar, para entrar con ella en la
villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio.

Llegaron  la venta los que recibian, se incorporaron  ellos los
recibidos, y tomaron el camino de Cdiar, aumentndose el ruido de los
pfanos y tambores de la infantera, con los clarines de los
cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio.

Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana,
atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vi que los que iban,
se habian reunido  los que venian, cuando, satisfaciendo la
impaciencia de los monaguillos, les mand echar las campanas  vuelo.

Aquel alegre toque, penetr como una amenaza terrible en las casas de
los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor  sus mujeres
como si las viesen por la ltima vez, y estas abrazaron llorando  sus
pequeuelos.

La Inquisicion se acercaba!

Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian
quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo
mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro
de la Inquisicion.

Esta, con las gentes que la acompaaban, entr al fin en el pueblo; pero
apenas habia entrado, cuando de una brea cercana se levant un hombre.

Aquel hombre era el emir de los monfes.

Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella maana habia
hablado  Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida.

Junto  l, oculto en las quebraduras, estaba su caballo.

Silb Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos
hombres.

Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabo, terrible, casi
salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules.

--Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: v y ordena 
Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado,
marche sobre Granada: que procure llegar  ella  la media noche; que
levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste
la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado.
V.

Harum parti.

Yaye se volvi al Ferih, y le seal  Cdiar que se levantaba delante
de ellos sobre su vericueto.

--Oyes? le dijo.

--Los infieles estan alegres! contest el Ferih.

--All vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; all est el que
deshonr  tu hija: es necesario que te vengues, Melik.

--Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza.

--All tambien est doa Elvira de Cspedes!

--Ah, seor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto:
porqu en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ignorais
que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor?

--No importa: una cabeza mas que cortar.

--Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.

Estremecise Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repiti sin
embargo.

--No importa: escchame bien: en Cdiar tenemos ahora mismo un
inquisidor infame, un beneficiado hipcrita y cruel, un capitan de
infantera aventurero y asesino; una compaa de arcabuceros, un
convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca 
la redonda  Cdiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada
brea, cada piedra, cada mata, oculte  un monf.

--Cercar la villa, seor, y no saldr ni una mosca de ella.

--Pero crcala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.

--Asi lo har, seor.

--Solo dejars pasar por el camino de Ytor, al beneficiado Juan de
Ribera, y al sacristan Barbillo.

--No sabeis, seor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se
entretiene mi infame hija?

--El beneficiado y el sacristan volvern  Cdiar: cuenta Ferih con que
les acontezca algo en el camino.

--Y si fuese con ellos alguna otra persona?

--La dejars tambien pasar.

--Muy bien, seor.

--Vete y esprame en la rambla Roja.

El Ferih desapareci entre las breas.

El emir desat su caballo de un espino, y sigui una rambla abajo.

Las campanas de la iglesia de Cdiar seguian repicando.

Yaye se perdi entre las quebraduras.

Entonces, de una brea que estaba prxima al lugar donde habian hablado
Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres.

El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra.

Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del
meson del Cojo.

Eran el comediante Andrs Cisneros, y Laurenti  Bempo  Godinez, como
quieran nuestros lectores.

--Habeis oido? dijo Laurenti  Cisneros.

--Si por cierto, dijo el comediante todo trmulo, y me parece que
estamos en muy mal lugar.

--Yo os creia mas valiente.

--Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera
hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista,
desde el domingo por la maana, la he observado: en acecho estaba cuando
entr en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de
matarle all mismo.

--Hubirais hecho muy mal.

--Los zelos son malos consejeros.

--Vos no debeis tener zelos de esa mujer.

--No los teneis vos?

--Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no
ama mas que  un hombre, y ese hombre no la ama.

--Y  pesar de eso, huye con otro hombre?

--Por vengarse.

--Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer?

--Y qu la habeis visto hacer vos?

--He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido.

--Pero qu habeis sentido?

--Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los segu;
que cuando salieron de la ciudad los segu tambien, pagando  los
guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como  ellos;
que los segu por el camino,  pesar de que el caballo de ese maldito
morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando
ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin
comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien,
durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la
noche...

--Algun beso!...

--Besos ardientes: besos de enamorados.

--Y bien, no os ha besado tambien Angiolina?

--Si.

--No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os
han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas 
quienes habeis preguntado, cediendo  vuestros ridculos zelos?

--Si, si; es verdad que hasta que apareci en Granada el marqus de la
Guardia, todos me han creido amante de esa mujer.

--Sin embargo nada habeis obtenido de ella.

--Es verdad.

--Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza.

--Es verdad.

--Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de
Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amar con toda su
alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la
conozco desde hace diez aos: Angiolina, que solo ama al marqus, ser
fiel  sus amores, se vengar del marqus, le matar si es posible:
matar si puede  la sultana Amina,  cuantos encuentre ante sus zelos y
su rabia: pero guardar puro su amor  ese hombre: vos no conoceis 
Angiolina, aadi suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me
hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no
hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos,
terribles; que se agitan dentro de l, que luchan, que solo conoce esa
mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros...

--Si... con toda mi alma.

--Yo tambien.

--Pues  vengarnos hemos venido  las Alpujarras,  vengarnos del
marqus de la Guardia.

--Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza
Cisneros.

--Oh! yo odio  ese hombre: yo la aborrezco  ella:  l porque ella le
ama,  ella porque le ama  l. Pero andad mas de prisa, Cisneros; no
habeis oido al emir mandar  sus monfes que cerquen  Cdiar  la
redonda?

--Y es muy posible que si los monfes nos encuentran y nos prenden, y
nos presentan al emir, no podamos dar cima  nuestros proyectos.

--Si me segus  buen andar yo os juro que no daran con nosotros.

--La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno.

--Vos no; yo si, y os sirvo de guia.

--Que conoceis vos las Alpujarras?

--Conozco la parte que necesito conocer.

--Yo creia que nunca habiais venido  ellas.

--Yo presenta que los sucesos me habian de traer  ellas alguna vez,
siguiendo  Angiolina, y procur que me fuesen familiares.

--No s cuando habeis podido...

--Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido
bandido...

--Ah! exclam Cisneros, mirando con un asombro temeroso  Laurenti, que
 cada momento crecia en proporciones fatdicas ante sus ojos.

--Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jams
han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un pas
para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de l. Y
sino juzgad, juzgad por vos mismo: no me habeis encontrado junto  vos
en las Alpujarras cuando menos lo esperabais?

--Y cmo habia de esperarlo? Yo creia que os quedbais en Granada al
frente de la compaa.

--Que se la lleve el diablo! vos os vinsteis siguiendo  una mujer; yo
me vine siguiendo  un hombre.

--Al marqus de la Guardia! estar acaso en las Alpujarras?

--En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa.

--Y dnde est?

--Para qu quereis saberlo? Dejaos guiar de m, no me pregunteis mas de
lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque
conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos
en peligro.

--Es que resbalo sobre el hielo.

--Si no os sents con fuerzas para la empresa en que os habeis metido
volveos.

--No, no; os seguir... os seguir  donde querais.

--Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno
nevado, y la nieve ahogar el ruido de nuestros pasos.

--Pero el que pueda oirnos nos puede ver.

--Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya
que no podemos hacernos invisibles.

Cisneros sigui en silencio  Laurenti, que  gran paso, por entre
pinares lbregos y estrechos y speras quebraduras, alejndose
constantemente hcia el Este, anduvo sin parar durante tres horas.

Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco grantico de
altsimas cortaduras que  nada se parecia mas que  una profunda grieta
abierta en las rocas, se sent sobre una piedra exclamando:

--Seor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos
solo; en cuanto  m suceda lo que quiera, y aunque me esponga  ser
cogido por los monfes aqu me quedo.

--Descansad cuanto querais, contest Laurenti, porque no pasaremos de
aqu: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural
de las Alpujarras que se atreva  pasar junto  l, ni en cuatro tiros
de arcabuz  la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en l
arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcrea, nicamente:
ni aun las guilas se atreven  anidar en ella: veis ese pico, esa roca
informe que se levanta all abajo, sola y escueta, y cuya parte superior
remeda groseramente una cabeza humana desgreada?

--Si que la veo.

--Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez,
que ha sido una mujer hermosa...

--Consejas de los montaeses.

--Yo os contar esa conseja en otra ocasion: ahora solo os dir el
nombre de esa roca.

--La bruja maldita, acaso?

--No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va  servir de
abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente
almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que
tenemos de plazo hasta la noche.

--Y dnde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?

--En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando
parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba
entre las cortaduras.

Laurenti se dirigi  la princesa encantada: siguile Cisneros, dieron
la vuelta  la enorme roca, y el comediante vi, que sobre algunas
escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de
una esttua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la
cual apenas cabia un hombre.

Laurenti y Cisneros subieron  ella, recorrieron un pasadizo estrecho y
tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lbrego.

--Y qu diablos vamos  hacer aqu  oscuras?

--Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta
nada.

--Ah! teneis el don de hacer milagros!

--Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este
escondrijo y ya est habitable.

--Y como lo descubristeis? No hay senda hasta l, y siendo un lugar de
maldicion para los naturales...

--Es verdad: est en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de
los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco
frecuentado, he dado con l.

Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.

--Y como supsteis su nombre y su historia?

--Eh! y que curioso sois amigo mio! observ Laurenti, haciendo luz en
la yesca encendida con una pajuela de azufre.

--Diablo! exclam Cisneros, al ver  la luz de la lmpara que habia
encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se
encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la
_princesa encantada_.

--Donde han dominado mucho tiempo los rabes y los moros, dijo
Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las
montaas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como
andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldas contra sus
emires  reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en
las montaas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid
conmigo y vereis.

Y se encamin con Cisneros  un oscuro ngulo de la caverna, y se meti
por otro pasadizo.

--Ah! con que es decir, pregunt Cisneros, que solo hemos visto como
quien dice, la antecmara.

--Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las
escaleras: no notais que descendemos?

--Si por cierto.

--No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?

--Si.

--Dentro de poco llegaremos  las galeras, solo que las galeras son
mas estrechas que las escaleras.

--Qu bulto es aquel que hay all? dijo detenindose Cisneros: parece
un hombre echado sobre sus manos.

--Parceme que teneis miedo, Cisneros.

--Yo!

--Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre
acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come
tranquilamente su pienso.

--Y qu hace ese asno aqu?

--Vos supondreis, que yo no habia de reducirme  vivir en una casa
completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido
conmigo oro y alhajas.

--Ya..!

--Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de
tropiezos, me encontr en los alrededores de este sitio, o una voz que
me decia:  gritos:

--Eh! amigo! buen amigo! deteneos! no deis un paso mas! Levant la
vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda
aguijaba sus cabras.

Supuse que habia cerca de m algun peligro, y me detuve.

--Si quereis salir al camino venid para ac, me dijo el pastor.

Encaminme  l.

Cuando llegu le pregunt, que por qu me habia detenido.

--Sois forastero? me dijo.

--Forastero soy, le respond.

--Ya se conoce, repuso: si vos hubirais estado en las Alpujarras algun
tiempo, hubirais oido hablar de la _princesa encantada_.

--Y qu princesa encantada es esa?

--Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os
acontecia una desgracia peor.

Y entonces me relat la historia del encantamento de la princesa, que es
tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro 
Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas
ganancias. Ya os la referir en otra ocasion.

Segu con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me
dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio
encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el
palacio, el palacio estaba encantado en la princesa.

--He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de
caballeras, por mas que los tales libros estn llenos de disparates.

--Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas
disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado
estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado
junto  las caballerizas y nos revolvemos por los corredores.

--Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le
conociera el alarife que le construy.

--Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin.
Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor.

--Y decs, le pregunt, que nadie se atreve  pasar ni  tres tiros de
arcabuz  la redonda junto  la sima de la princesa encantada?

--Nadie, ni los pjaros, me contest: cuando una cabra se pierde hcia
all preferimos perderla  acercarnos en su busca al sitio maldito: y se
pierden muchas, seor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el
palacio, para devorarlas.

--Mirad no hayan corrido esa voz los monfes para tener un albergue
seguro.

--Ningun monf se atreveria  llegar al sitio  donde vos llegsteis
cuando os llam: y eso que los monfes son valientes como demonios.

--Y conoceis vos  los monfes? cuasi nadie los conoce.

--No los conocern las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados
del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos
compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas.
Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos,
gastadores, y bravos, eso s, como lobos:  los pastores nos tratan
bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto...

--Con que tambien esos valientes monfes tiemblan de acercarse  la
sima maldita?

--Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey
antes de pasar de ciertas piedras que estn puestas como seales
alrededor de la sma.

--Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.

--No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aqu el
camino de Orgiva.

--Es que yo no iba  Orgiva, le contest: por lo que me decs, me he
perdido.

--Pues  donde ibais?

--A Cdiar.

--Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino:
atravesar el puerto que estar cerrado...

--No importa, solo que estoy cansado.

--Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.

--No, no, prefiero otra cosa. Me vendeis vuestro asno? le dije
sealando el que llevaba en el hato.

--Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia,
me dijo.

--Pues mejor, asi podr aguantar una buena jornada.

--Es que yo no le vender en menos de diez ducados.

--No quede por eso tomad doce.

Y sacndolos del bolsillo los di al pastor.

--Vamos  aquella cortijada, me dijo; descargar al pollino y os le
llevareis.

Poco despues, y habindome dado el pastor las seas del camino por donde
debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por
la senda de un spero desfiladero.

A mis pis veia la especie de embudo donde est situada la sima de la
princesa encantada.

Estaba enteramente solo; descend, llegu  las quebraduras; v la roca
 quien creen una mujer encantada, y encontr esta gruta: ah! 
propsito! deteneos un momento Cisneros: veis ese agujero abierto
debajo de esa enorme roca?

--S.

--Pues ah hay un barril de plvora.

--Un barril de plvora! y para qu?

--En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay
otro, y otro  la entrada de la galera, junto al lugar que sirve de
establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa.

--Ah!

--Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las
mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra,
porque entonces no hubiera venido  Espaa con Angiolina.

--Pero no comprendo...

--Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya
por los tercios del rey, ya por los mismos monfes. En un extremo, al
entrar en la gruta pongo fuego  la primera mecha, despues  la segunda,
por ltimo  esta.

--Pero os sentenciais  volar hecho pedazos.

--No por cierto: la explosion se efecta siempre de abajo arriba: nunca
de arriba  abajo.

--Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os
preparais.

--Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio
que vamos  penetrar dentro de poco en un verdadero palacio.

--Ser verdad lo del encantamento?

--Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas
hablran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho
inters.

--Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galeras para hacer
un palacio en las entraas de la tierra?

--No amigo mio: estas galeras se han abierto para otro objeto; esta es
sin disputa una antigua mina romana,  acaso mas antigua;  poco trabajo
encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un
pequeo fragmento.

Y Laurenti levant del suelo una partcula de una materia gris oscura y
esponjosa.

--En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido,  algun seor
rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de
que, para hacerlas mas cmodas han construido en ellas algunas
habitaciones con el bello gusto de los rabes. He aqu que llegamos  un
punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura.

En efecto tenian delante un arco rabe estucado, medianamente
conservado, pero sin puerta.

--Ah! dijo Cisneros, esto se parece  la Alhambra.

--Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las
habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco.

Entraron y se encontraron en una pequea habitacion cuadrada embaldosada
de marmol, estucada, con techo de bovedillas.

Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso  una
galera,  cuyos costados habia algunas puertas, y  cuyo fin se abria
otro arco, por el que se ingresaba en una gran cmara.

--Esto es muy bello, dijo Cisneros.

--Ya lo creo; es un verdadero alczar algo deteriorado.

--Y en el que hace algun frio.

--Lo que prueba que el aire tiene comunicacion.

--Cmo! no estais seguro de ello?

--No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las nicas habitaciones que
existen son las que habeis visto y las que corresponden  la puerta por
junto  las cuales acabamos de pasar. Esta cmara, no tiene mas que una
entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnfico: de mosico
aunque empolvado y sucio: mirad qu bella es la fuente del centro; lo
que prueba que hay algun valle  barranco mas abajo del nivel de esta
habitacion adonde puedan ir  parar las aguas: el encaado debe estar en
buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando sal al aire libre vi que
habia llovido.

--Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no
sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfes, me conocen
Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por
temor de encontrarme con las cuales, he andado  salto de mata,
durmiendo en los ventorrillos y aperrendome por los cerros.

--Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aqu.

--Como!

--Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti sealando uno de los alhamies
 alcobas: venid y juzgad.

Dirigironse all, y Cisneros con gran asombro encontr un lecho y una
pequea mesa con algunas botellas.

--Es cuanto aqu nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho
en que descansar.

--Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella.

--Es de la tierra.

--Pero falta algo mas.

--Qu!

--Algo que comer.

--Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti.

--Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.

--Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas,
nuestros vveres y nuestra lea,  mas de dos buenos arcabuces que hay
en aquel rincon.

--Sois todo un hombre, seor Godinez.

--Voy  traer lea, la encenderemos, pondremos junto  ella nuestra
mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.

Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en
medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de
estao, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que
ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros
momentos de la comida, en que solo se atiende  un apetito exigente,
Laurenti y Cisneros.

--Vamos  ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de
bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que
necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena
conversacion, se puede convenir en muchas cosas.

--Os digo en verdad, amigo Godinez, contest Cisneros, que me encuentro
en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo
me d otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeo por una
mujer, que se ha burludo de m, que se ha burlado, por lo que entiendo
de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podr ser desastroso.
Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor
y de la amistad de poderosos seores; he manejado  mi antojo  un
prncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca  considerar en
qu vendrian  parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi
corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa
mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me
interesa; que me habia de ver reducido  una vida casi miserable, sin
dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un nio, y
corriendo trs ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.

--No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os
lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales:
teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto,
la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.

--Es verdad.

--Yo tambien voy detrs de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo
la conoc por una venganza, y por una venganza me apoder de ella: se la
rob  su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal
como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al
poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no
sabr deciros cmo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el
ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento,
que mi corazon latia en el suyo... ah! fu muy imprudente en tomar por
instrumento de una horrible venganza  Angiolina: ella me recuerda mi
venganza: me la recuerda todos los das,  todas horas, porque desde que
me apoder de ella, hasta hoy (y han pasado diez aos), no he dejado de
verla continuamente,  excepcion de dos meses, el ao pasado, que vine 
Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan
casta, se levanta ante mis ojos, detrs de ella, otra mujer hermosa, que
en mal hora dej de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus
dulces ojos grandes y melanclicos y que me acusa. Nunca que miro 
Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa
figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas
que mi semblante contine impenetrable: ese fantasma que vive eterno
detrs de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi
infierno.

--Fue una mujer que abandonsteis por Angiolina? dijo con inters
Cisneros.

--No; contest roncamente Laurenti; fue una mujer  quien mat:  quien
mat  pualadas,  pesar de que pedia  gritos la vida; la vida, no
para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entraas.

Laurenti se estremeci de una manera visible, y call.

--Mucho debi ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fusteis con ella:
era acaso vuestra esposa?

--Era mi hermana, contest con acento sepulcral, horrible, tremendo como
una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon  quien devora la
calentura.

Cisneros se puso de pi de una manera instintiva, y mir con terror 
Laurenti.

--Matsteis  vuestra hermana! exclam.

--Si, pero sentaos: la mat... y ya no tiene remedio: pero esa
catstrofe horrible, aument mi amor por Angiolina: durante diez aos la
he seguido  todas partes encubierto, disfrazado, sirvindola,
tendindome  sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella,
y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo
respecto  su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me
amaba, al menos no amaba  nadie; pero una noche, Angiolina entr en su
casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, 
introdujo  aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido
su marido. Y qu creeis que hice yo?...

--Espersteis  aquel hombre  la salida, y le matsteis...!

--No le mat, ese hombre vive... es el marqus de la Guardia.

--Ah!

--Pas la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jams, pegado
 una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el odo  la
pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo
y concedi  aquel hombre.

--Y no le matsteis al salir?

--No, porque tuve miedo.

--Miedo! y de qu?

--Miedo de que me aborreciese Angiolina.

--Ah! repiti Cisneros.

--Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella
hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.

--Y entonces, de quin quereis vengaros?

--De quin? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al
marqus.

--No os comprendo.

--Angiolina jams hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando
ella creia no haber pertenecido  su marido, aunque no le amaba, le
estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.

--Por qu decis que Angiolina creia no haber pertenecido  su marido?

--Porque ese marido, el prncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa,
no habia tal prncipe.

--Pues quin era ese hombre?

--Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un
nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el
fausto con que Angiolina se presentaba en la crte como princesa.

--Ah! sois un hombre extraordinario!

--Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado
ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general
vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la
vanidad.--Angiolina se habia acostumbrado  ser la reina de las damas de
la crte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era
necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de
la crte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se present en
Madrid la sultana Amina,  doa Esperanza,  la hermosa duquesita, como
dieron en llamarla...

--La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre
las altivas, observ Cisneros.

--Decs bien: esa fatal mujer  cuya influencia debo la amargura que
tengo en el corazon.--A poco de presentarse en la crte la sultana, not
con terror que Angiolina la envidiaba.--Nadie sabe hasta donde puede
llevar la envidia  una mujer, y yo lo tem todo.--En efecto, Angiolina
not que la sultana estaba enamorada; busc el hombre de su amor, le
encontr, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida
del hombre  quien amaba la sultana, pretendi robrselo... la vanidad y
la envidia llevaron  Angiolina respecto al marqus, al mismo punto 
que  mi me llev mi venganza respecto  Angiolina: se enamor
perdidamente del marqus de la Guardia. Pues bien, quin es la causa de
que Angiolina haya contraido ese empeo?

--Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana,
Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqus.

--No la conoceis: el marqus la habia galanteado: y por lo mismo que el
marqus estaba reputado entre las damas de la crte por un hombre
irresistible, su vanidad hubiera defendido de l  Angiolina.

--Quin sabe?

--Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La
causa de haber ido la sultana  la crte, la ambicion del emir de los
monfes. Necesitaba, pues, no atrevindome  saciar mi corage en
Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan
matar. Mi rabia se volvi al emir y  su hija. El rey don Felipe, supo
que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfes: la crte
supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del
marqus de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cay  mis
pies baado en sangre, y la Inquisicion se apoder de l: librronle del
Santo Oficio sus monfes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe
que acabar de hacer pedazos su corazon, que le exterminar, se lo dar
yo aqu, en las Alpujarras, en medio de su ejrcito: golpe terrible, del
cual se encargaran tales manos, que Satans escribir mi venganza entre
las mas terribles que halla producido el odio humano.

Laurenti, call, apoy la cabeza entre sus manos, y qued profundamente
pensativo: Cisneros le miraba con terror.

--Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de
algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.

--Conmigo! y qu he de hacer yo?

--Ya habeis oido que doa Elvira de Cspedes, viuda de don Diego de
Crdoba y de Vlor, est en Cdiar. Lo habeis oido de boca del mismo
emir de los monfes.

--Y bien?

--El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.

--Y bien?

--Es necesario que vayais  verla.

--Y con qu pretexto?

--Por ejemplo: vos conoceis  Aben-Humeya.

--Mucho: como que el tal est tambien enamorado de Angiolina, y trav
amistad conmigo para aproximarse  ella por mi medio.

--Pues bien, presentaos  doa Elvira, y decidla: que habiendo escapado
su hijo de Granada, y sabindose que los moriscos piensan sublevarse,
acuds  ella para que por su mediacion, os admita su hijo  su
servicio.

--Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.

--Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se
cogeran tantas cosas, contribuyendo vos  ello, que el rey de Espaa os
perdonar por lo de marras, y os dar cuanto querrais.

--Pero Angiolina...

--No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa ser otra de
las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener  Angiolina,
os importa abriros un camino para volver  la crte: vos fuera de Madrid
vivs como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues,
enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una
doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convens.

--Qu diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo:
har cuanto querais.

--Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin
embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.

--Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado
despus de Dios, mi buen aliento.

--Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta
tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cdiar. Con
que si teneis sueo, que bien podr ser, segun lo que habeis trasnochado
y andado por cerros, dormid, que yo os llamar cuando sea hora.

Cisneros que comprendi que aquel terrible y misterioso Godinez, que se
habia convertido en su seor, no tenia mas ganas de hablar, y
sintindose por otra parte cansado, se meti en el alhami  alcoba que
Laurenti le habia dicho era su aposento y se acost, y  poco se durmi.

Laurenti, cuando le oy roncar, se levant, fu  un rincn donde tenia
su maleta, la abri, sac de ella una cartera, y volviendo  sentarse
junto  la mesa, sac de la cartera unos papeles y se puso  meditar
sobre ellos con profunda y terrible atencion.




CAPITULO XIX.

     El exmen de doctrina cristiana.


A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano,
acompaado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco,
de algunos clrigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de
Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cdiar, entr en la
iglesia.

Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales
y los alguaciles de la Inquisicion.

Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entr en la
iglesia, una campana empez  taer un toque lento y acompasado.

Aquel toque llev el terror  los odos de todos los moriscos, porque
aquel toque era la voz que les llamaba  la iglesia para ser examinados
de doctrina cristiana.

Cuando resonaba la campana taendo de aquel modo, todos los moriscos
tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir  la iglesia,
sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho  los mismos
enfermos.

Apenas empez el toque, de todas las casas de la villa empez  salir
gente que se encamin  la iglesia.

Bien pronto esta se encontr llena de una multitud vestida en su mayor
parte con el pintoresco trage rabe, notndose solo que las mujeres no
llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.

No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y
espontnea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era
un pueblo que iba all llamado por una campana inexorable que parecia
decirles con su lgubre son:--El que no acuda ser condenado:--todos
estaban de pi, apilados hcia el fondo de la iglesia, vista desde el
presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que  los
pis del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo 
su derecha al beneficiado Juan de Ribera,  su izquierda el sacristn
Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una
manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrs de su silla, los
clrigos de la iglesia, el guardian y los _padres graves_ del convento
de San Francisco, y por ltimo, los familiares y alguaciles del Santo
Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato,  derecha 
izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la
fe con las alabardas al hombro.

En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicrculo
demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas
arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Crdoba y de Vlor;
Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Toms el Ansar, y
algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y
moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena
fe.

Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas
cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los
moriscos que estaban de pi al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes,
no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.

Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante s al
inquisidor Molina de Medrano, palideci y se cubri instintivamente el
semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una
mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en
que Molina la habia conocido el ao anterior, en razon  las actuaciones
del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon 
pasar Angiolina en la crte por esposa del prncipe Lorenzini Maffei, 
quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfes
al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo
tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar  la
princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del
inquisidor, que crey haber encontrado un precioso hilo, que podia
llevarle  una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan
mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimul sin embargo
Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar
miedo, que afrontar con valor aquella situacin, descubri de nuevo el
rostro, y acercndose  doa Isabel, la dijo con recato:

--Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he
venido  parar  vuestra casa.

Doa Isabel mir con turbacion  Angiolina.

Molina de Medrano se apercibi de todo esto.

Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con
su mirada de buho  los moriscos que tenia ante s, se levant, y con
voz tonante y acento enrgico y duro, les manifest el objeto de su
visita: que su magestad el catlico rey de las Espaas, y el Santo
Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la
tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y
sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su
magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio 
todo aquello; que estaba decidido  obrar con un vigor saludable, y que
iba  examinarlos en el acto de doctrina cristiana.

[imagen: Mariblanca.]

Despues de esto, se volvi  maese Barbillo que continuaba con su papel
en ristre, y le dijo.

--Id llamando  los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el
mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los
nios de siete aos.

Maese Barbillo, se cal las antiparras, arroj una mirada sobre el
papel, y dijo:

--Doa Isabel de Crdoba y de Vlor, viuda de Miguel Lopez!

Levantse doa Isabel de donde estaba arrodillada, y se acerc
tranquila, pero plida, al inquisidor.

--Sois vos esa doa Isabel  quien ha llamado el sacristan? dijo Molina
con voz spera.

--Yo soy, contest doa Isabel.

--Cunto tiempo hace que os habeis bautizado?

--El tiempo que cuento de vida.

--Ah! sois cristiana desde la cuna?

--Lo es mi familia desde la conquista de Granada.

--Lstima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con
Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de
Vlor.

--Soy su tia, hermana de su padre.

--Y sabeis que don Fernando de Vlor anda huido?

--S que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por
resultas de ellas, ha desaparecido.

--Conoceis los misterios de la Religion Catlica Apostlica Romana?

--Oh! si seor, y los adoro.

--Qu teneis que decir de esta mujer? pregunt el inquisidor
volvindose con una ruda grosera al beneficiado.

--Esa seora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad
cristiana.

--De modo que no hay necesidad de examinarla?

--Vuestra seora puede hacerlo si gusta, y yo me alegrar mucho, porque
conozca vuestra seoria  una excelente cristiana.

[imagen: El inquisidor Molina de Medrano.]

--Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.

Doa Isabl fu  sentarse en un escao.

--Seguid, dijo el inquisidor  Barbillo.

--Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez,
difunto, y de doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

Adelant Aben-Aboo.

--Soy cristiano desde que nac, como mi madre, dijo con impaciencia el
jven, s la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy
bueno y leal vasallo de su magestad.

--Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.

--Preguntad cuanto querais.

--Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volvindose
 Juan de Ribera.

--Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.

--Est instruido?

--Si seor.

--Da escndalos?

--No seor.

--Cumple las pragmticas de su magestad?

--Si seor.

--Y respeta su justicia?

--Nunca ha sido preso ni aun reprendido.

--Sois primo hermano de don Fernando de Vlor! le dijo con voz tonante
el inquisidor.

--Su primo soy, contest Aben-Aboo.

--Y sabeis donde para vuestro primo?

--Mi primo vive en Vlor, y yo en Cdiar. Apenas nos tratamos.

--Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.

Aben-Aboo, fu  sentarse junto  su madre.

--Seguid, dijo el inquisidor  Barbillo.

--Doa Anglica, forastera, que vive en casa de doa Isabel de Crdoba y
de Vlor, su parienta.

Adelant Angiolina, y pos una mirada serena y altiva en el inquisidor.

--Ah! ah! hnos aqu otra vez frente  frente, seora princesa, dijo
con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver 
ver  vuecencia tan lejos de la crte y entre tales parientes.

--Yo no tengo aqu ningun pariente, contest con altivez Angiolina; aqu
no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...

--Ah! ha muerto el seor prncipe?

--Si seor: mi salud requeria el aire de las montaas, y lo repito, como
soy viuda y jven, al venir  parar casa de mi buena amiga doa Isabel,
convinimos en que pasaria por su parienta.

--Es extrao que os hayais venido  tomar los aires en una tierra por
donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con
su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo,
el seor marqus de la Guardia.

--Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con
altivez Angiolina.

--Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo
mismo, tened la dignacion de esperar, seora,  que yo concluya la
importante comision que traigo. Seguid, aadi el inquisidor, mientras
Angiolina se retiraba al escao donde estaban sentados doa Isabel y
Aben-Aboo.

--Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija
de Melik el Ferih.

Adelant Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de
montaesa alpujarrea.

--Mariblanca es mi ama desde que se bautiz, dijo el beneficiado, y
cuando digo que es mi ama, aado que es buena cristiana y buena
doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.

--Y cunto tiempo hace que se bautiz esta... doncella?

--Hace diez aos.

--Y qu edad teneis, moza?

--Veinticinco aos, seor.

--Es decir, exclam severamente Molina de Medrano, que tomsteis por
ama, una doncella morisca de quince aos, garrida y hermosa?

--Estaba abandonada... su padre la habia abandonado.

--Debsteis evitar el tenerla en vuestra casa.

--Hcelo por caridad.

--Idos  vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad
ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta
ahora.

Mariblanca salud al inquisidor, sali, y dijo al pasar, al capitan
Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.

--Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.

--Esa muchacha est loca por m, dijo el capitan, acaricindose el
vigote.

Entre tanto, Barbillo habia llamado  Toms el Ansari, morisco
bautizado.

Adelant humildemente el anciano.

Examinle minuciosamente Molina de Medrano, pidi informes de l al
beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas
costumbres, le pidi por su familia.

--Estoy solo en el mundo, seor, contest el xeque; mi esposa muri, mis
hijos han muerto, y dos nietos pequeuelos que me quedaban, han sido
llevados  Castilla para criarlos en los hospicios del rey.

--Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos catlicos, y ha
mirado por el alma de vuestros nietos.

--Dios se lo pague  su magestad, seor, contest el Ansari.

Y se retir.

--Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.

Adelant una hermossima mujer, muy jven, como de veinte aos, vestida
con el trage morisco, y llevando de la mano un nio como de ocho aos, y
una nia como de siete, igualmente vestidos  la morisca.

--Cmo os atreveis  presentaros asi en la iglesia, y delante de m?
dijo el inquisidor  la pobre joven que temblaba.

--Ah, seor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos
castellanos.

--Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro
y arracadas de plata?

--Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.

--Y esos nios?

--Son mis hijos.

--Vuestros hijos!

--Si seor, soy casada.

--Casada! pero qu edad teneis?

--Veinte aos.

--Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?

--Oh! si seor!

--Pero  qu edad se casan estas gentes? exclam escandalizado el
inquisidor.

--Las castellanos pueden casarse  los doce aos, seor, observ la
morisca.

Irritse el inquisidor.

--Hablad cuando os pregunten, dijo.

La morisca baj los ojos, y call.

--Vive vuestro marido?

--Si seor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.

--Y por qu no ha venido  la iglesia?

--Est gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia
nombrado.

--Que vayan al momento por l cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno
de la villa para que los guie.

--Pero no ois, seor, que mi pobre Adel est enfermo de peligro?

Irritse mas con esta rplica Molina de Medrano, y grit lleno de
clera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:

--Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrn aqu:
es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los
muertos pudieran oir y contestar,  los muertos sacaria yo de la tumba,
cuanto mas  los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.

--Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le
volvern, exclam desesperada Malicatulzarah.

--Id ministros, id, exclam en el colmo de su clera el inquisidor:
traedme ac ese descreido. Y t, t la de _vuestro Dios y vuestro rey_,
como si no fuesen tambien tu Dios y tu seor, mira como me contestas,
porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa
religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de t en
nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.

La jven no temblaba: tenia fija una mirada lcida, altiva, terrible, en
Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo
hambriento.

--Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrs enseado 
rezar: di el padre nuestro muchacho.

--No lo s, contest el nio, estrechndose contra el zagalejo de su
madre.

--Ah! no sabes el padre nuestro! no sabrs tampoco cuntas son las
personas de la Santsima Trinidad!

--Le ille Allah! contest el nio en rabe con voz sonora.

--Qu quiere decir este muchacho? exclam el inquisidor.

--No hay otro Dios, que Dios el Altsimo y Unico y Mahoma su profeta!
dijo una voz dbil desde el centro de la multitud, pero que  pesar de
su debilidad, reson clara y distinta en el templo.

Molina de Medrano se puso de pi, y grit:

--Quin es el blasfemo...?

--Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contest adelantando
apoyado en un viejo, un hombre como de treinta aos, demacrado, plido,
vacilante, y  todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah
corri  l, seguida de sus hijos, y ayud al anciano  llevar al jven
hasta el presbiterio.

Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo
decrpito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos
pequeuelos asombrados y temblando por lo que veian.

--Tus alguaciles han ido  buscarme, dijo, pero yo estaba all entre mis
hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un
lobo, y vengo  que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga
renegar  mi esposa del Dios de nuestros abuelos.

--Es decir que te confiesas moro.

--Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios
Altsimo y Unico.

--Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena
dirigindose al beneficiado.

--Si seor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos,
contest todo trmulo el beneficiado.

--Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante:
ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de
miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: 
nosotros  vosotros.

--Morireis como mueren los herejes contumaces, grit Molina de Medrano.
Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la crcel.

--Y mis hijos! exclam con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo
que los alguaciles la arrebataban sus pequeuelos.

--Quien no es cristiano no tiene hijos, grit Molina de Medrano: estos
nios son hijos del rey.

Malicatulzarah palideci, un destello terrible, un destello de sangre
luci en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanz al
inquisidor, y le estrech el cuello con entrambas manos.

Era la leona que defendia sus cachorros.

Pero instantneamente la infeliz lanz un grito agudsimo, solt el
cuello de Medrano y cay de espaldas exclamando:

--Vengadme, hermanos, vengadme!

Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el
costado izquierdo en el momento en que se arroj sobre el inquisidor.

La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia
salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba 
gritos: lloraban los nios, el viejo levantaba las manos y los ojos al
cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que
la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron
por la puerta de la iglesia.

Solo quedaron all Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al
inquisidor, doa Isabel y Angiolina, plidas como la muerte; Toms el
Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los
soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado,  aquel hombre
y aquellos nios que se retorcian sobre el cadver de su esposa y de su
madre, y el viejo morisco detrs de este grupo pidiendo justicia al
cielo por la sangre que corria  sus pis.

--Llevaos esa gente... llevosla, exclam Medrano, el templo est
impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aqu.

Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel
sitio sali.

Doa Isabel corri  aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari
se interpusieron.

--Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos  vuestra casa
seoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.

Doa Isabel sali llorando seguida de Angiolina que iba profundamente
preocupada.

El Ansari y Aben-Aboo las seguian.

--Oh! y cunto tarda la noche, dijo el Ansari!

--Juro  Dios beber la sangre de ese clrigo! dijo con la voz ronca y
trmula Aben-Aboo.




CAPITULO XX.

     De cmo fue el casamiento del marqus de la Guardia.


Hacia tres dias que el marqus de la Guardia se impacientaba  causa de
la situacion en que se veia colocado.

Veamos en la situacion en que se encontraba el marqus.

Esta se reducia  estar encerrado en una casa desconocida para l, no
ver  otra persona viviente que  su criado Peralvillo que le servia, y
 un esclavo negro que le procuraba alimentos.

La casa en que se encontraba el marqus estaba construida  la morisca,
bellamente amueblada, y con cuantas comodidades se conocian en aquellos
tiempos.

En esta casa ocupaba el marqus un recibimiento, una cmara y un retrete
con alcoba y mirador  un jardin.

En este retrete habia ademas una chimenea siempre provista de fuego.

El jardin, que se veia desde el mirador, era muy bello,  debia serlo
cuando sus rboles estuviesen verdes y no despojados como entonces por
el invierno, y cuando la nieve y la escarcha no cubriesen su cesped.

Sobre las tapias, que estaban revestidas por espalderas de jazmines
silvestres, solo se veia  lo lejos la cumbre de una montaa distante, y
sobre aquella cumbre una atalaya.

Mas all se veia una estrecha lnea azul oscura.

Era el horizonte del Mediterrneo.

Tres dias antes, esto es, el martes siguiente al domingo en que bebi en
casa del Hardon el vino aquel que le adormeci, despert don Juan con la
cabeza un tanto pesada, y vi con admiracion suya  su lado 
Peralvillo, que tenia los ojos hinchados como de haber dormido mucho.

--Que es esto, Peralvillo? dijo don Juan incorporndose en el lecho en
que se encontraba vestido: nos hemos mudado?

--Sin duda, seor: dijo restregndose los ojos Peralvillo, que tenia
todas las trazas de un lacayo de capa y espada de aquellos tiempos: pero
yo no conozco al dueo, ni s cunto pagamos por la casa.

--Pero dnde estamos?

--Eso mismo os pregunto yo seor: dnde diablos nos han traido?

--Cmo traido! pues qu, no hemos venido nosotros?

--Indudablemente: puesto que estamos aqu, hemos venido, pero no por
nuestro pi: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo...

--Y qu has recordado?

--Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira  punto de
oscurecer un domingo, me he encontrado  un sargento amigo mio--A dnde
vais, seor Peralvillo, me ha dicho?--Voy  entretener el ocio por esas
calles, le he contestado.--Lo mismo ando yo, me ha dicho...

--Pero qu tiene que ver el sargento y tu conversacion con l, con lo
que nos sucede? dijo impaciente el marqus.

--Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convid  ir  la
taberna, para dar tiempo  que volviesen del jubileo dos beatas amigas
suyas.

--Ah! te llev  una taberna!

--Si seor, comimos, bebimos... yo not que el vino tenia cierto
sabor... y despues no not nada.... porque me dorm.

--Como yo! dijo el marqus.

--Pues ved ah que no entiendo para qu diablos hayan de habernos
aletargado.

--Pero en fin, hace mucho tiempo que has despertado t?

--Har una hora: hallme en un colchon  los pis de otra cama mas alta;
primero nada record; despues fu recordando; me levant y os v en la
cama dormido: os mov para despertaros, pero bah! estabais como un
tronco: llam... y como si hubiramos estado en un desierto: examin
nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso
s, y hall sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos.

--Una carta! exclam el marqus: dame, dame!

Peralvillo sali y entr de nuevo en la alcoba con la carta.

El marqus rompi la nema, abri la carta y Peralvillo, que observaba el
semblante de su amo para ver el efecto que en l producia la carta, le
vi palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y
exclamar:

--Es de ella, de ella!

--Pero quin es ella, seor, quin es ella? acaso el duende negro de
la calle de San Miguel que nos trae de cabeza?

--Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contest el
marqus.

--Es verdad, seor, pero la situacion en que nos encontramos...

El marqus no contest: se habia acercado  una vidriera y estaba
absorto en la lectura de la carta.

Peralvillo se call, y se puso  pasear por la cmara con las manos
atrs.

H aqu lo que el marqus leia:

Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al
fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha
robado de Granada, valindose del medio de aletargarte: yo te escrib
para que fueras  la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe
donde ests. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me
veas. Nada te faltar. Tu criado estar contigo para servirte. Un
esclavo de mi padre te proveer de cuanto quieras; pero nada preguntes 
ese esclavo, porque nada te contestar. Quien tanto confa en t que ya
se llama tu esposa.--Esperanza de Crdenas.

Luego por bajo se leia:

Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque
quisiera olvidarte no podria.

El marqus ley diez veces esta carta, la guard y volvi  sacarla
otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de
dar paseos, el jven se dirigi  l.

--Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana.

--Y yo tambien, seor. Pero en esta casa no he visto la cocina.

--No importa, llama.

--Es que ya he llamado, y nadie me ha respondido. Mucho ser que el
duende negro no nos haya encantado, seor.

El marqus aplic un puntapi  Peralvillo.

Mirle este dolorosamente y sali de la cmara, se dirigi  la puerta
de la antecmara y dijo:

--Ah de casa! Mi seor, que es un seor muy impaciente, y que trata de
una manera dolorosa  sus criados cuando tiene hambre, pide de almorzar.

Oyronse pasos tras de la puerta, luego una llave en la cerradura de
esta, abrise y apareci un negro atltico, que hizo retroceder dos
pasos  Peralvillo.

--Se va  servir al momento al seor, dijo el negro en buen castellano,
y desapareci volviendo  cerrar la puerta.

--Parceme, seor, que estamos metidos en una mala aventura, dijo
Peralvillo: no me gusta nada ese tizon de dos pis que acaba de
hablarnos.

--Tienes el defecto de ser el hablador mas incorregible del mundo,
Peralvillo, dijo el marqus que preocupado con su pensamiento, queria
quedarse  solas con l, y devorar su alegra.

Peralvillo comprendi la situacion en que se encontraba su amo y se
call.

Poco despues acudi  la puerta de la antecmara donde habia sonado la
llave, y vi que el negro entraba trayendo por s solo una enorme mesa,
cubierta y servida.

--Os ayudar amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba  todo trance
hacerse un conocimiento.

--No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cmara.

Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se
ocultaba tras la puerta de la antecmara, que habia quedado abierta,
pero al encaminarse  ella, se cerr.

--Vamos, dijo Peralvillo volvindose: cartas que no se sabe quien las ha
traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que
se cierran por s mismas: decididamente estamos encantados.

Cuando entr en la cmara, el marqus, que siguiendo las instrucciones
que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola
palabra, se sentaba  la mesa.

--Ponme vino, y trnchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqus.

Peralvillo se quit los puos, se levant las bocamangas, y se puso 
trinchar las perdices.

--Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: sois vos el
cocinero, amigo? aadi volvindose al negro.

Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

--Pues podiais servir en las cocinas de su magestad,  quien por
noticias de un galopin  quien yo conocia, s que gustan mucho las
perdices asadas con aceite.

Una mirada del marqus hizo callar  Peralvillo, que puso delante de su
amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvi vino en
una enorme copa de oro.

Despues, y no atrevindose  hablar por temor al marqus, se puso 
contemplar el servicio.

--Cspita! dijo para s: del ramillete de su magestad no saldria una
mesa mejor servida: todo esto es regio: y de dnde diablos han sacado
esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes
reales.

--Otro plato, Peralvillo, dijo el marqus.

--Qu quereis? carne, cecina  pescado?

--Dame de ese salmon.

Sirvi Peralvillo.

Poco despues el marqus se levant de la mesa.

--Yo os aconsejara seor, que comieseis de estos mariscos, de estas
ensaladas y de estas confituras.

--Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el
marqus conociendo la intencion de su lacayo: come y djame en paz.

--Pero dnde he de comer, seor?

--En esa mesa.

--Pero...

--No hay otra.

El negro adelant y se acerc  Peralvillo.

--Fuera teneis vos mesa servida.

--Ah! exclam Peralvillo estremecindose, porque esperaba encontrar
fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido 
gozar del excelente almuerzo del marqus.

Sali, pero en la pequea mesa que encontr en la antecmara, solo vi
un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos.

--Pero y la comida! exclam plido Peralvillo.

--Tomad de aqu lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de
superioridad.

Volvi la cabeza Peralvillo y encontr tras si al negro que habia traido
consigo la mesa del marqus.

--Ah! esto es distinto, dijo: mi amo est desganado pero yo no lo
estoy... estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de
truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente.
Hemos concluido, camarada.

--Cuando vuestro seor necesite algo llamad, dijo el negro.

--Se llamar, amigo.

--Y en cuanto  vos no seais curioso, porque os pudiera pesar.

--Y decidme, durar mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca
llena.

--No lo s.

--Y mientras estemos aqui, comeremos del mismo modo?

--Probablemente.

--Y cules son las horas de comer en esta casa?

--Las que vuestro seor quiera.

--Bien, pero y si mi seor no tiene ganas de comer?...

--Pedid vos.

--Y si...

--Sois el lacayo mas hablador del mundo.

--Lo que no quita para que seamos buenos amigos.

--Yo no os conozco.

--Pues conozcmonos. Hay doncellas en esta casa? no me pesaria conocer
 las doncellas.

--Quedad con Dios; dijo el esclavo abriendo la puerta.

--Vaya con Dios vuesamerced, contest empinndose una botella
Peralvillo.

       *       *       *       *       *

Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por
entretenimiento, y fastidindose mas de lo que hubieran querido, pasaron
amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre,
hasta el medio dia del viernes veinticuatro.

Apunto que el sol sealaba el medio dia natural en un cuadrante, situado
en el mirador que daba sobre el jardin, apareci de improviso en la
cmara el esclavo negro, y present al marqus inclinndose
profundamente, una carta en una bandeja de oro.

Tom el marqus la carta, la abri, y vi con suma sorpresa, que era de
su tio don Csar de Arvalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia
noticias.

La carta era brevsima.

Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo
muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempear con vos.
Seguid al dador de esta y me vereis.--Vuestro tio.--Don Csar de
Arvalo.

--En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqus al esclavo.

--Y yo tengo rden de guiar al seor  donde le esperan, contest el
esclavo.

--Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo.

--Vos no, repuso el esclavo, y sali precedindo al marqus, despues de
lo cual cerr la puerta.

Peralvillo se qued durante algun tiempo mirando aquella puerta con
desesperacion, y luego se entr en la cmara, tom de un rincn, donde
solia ocultarlas, una botella, se la empin, y despues fu  tenderse de
una manera herica en la cama de su amo.

Este entre tanto, guiado por el esclavo, habia llegado  otra cmara 
cuya puerta le sali al encuentro un hombre que se arroj entre sus
brazos.

Era su tio.

Despues de los primeros apretones, el marqus dijo  don Csar:

--Qu significa esto?

--Cmo! no sabeis lo que esto significa?

--No por cierto, mi buen tio, porque esperaba no volveros  ver tan
pronto.

--Creo que te casas.

--Eso sospecho.

--Cmo! pues no lo sabes de cierto?

--Hace tres dias que he tenido el primer indicio.

--Indicio no mas?

--Nada mas, tio.

--Pues te casas de veras, sobrino: digo,  no ser que no quieras
casarte, en lo que harias ciertamente muy mal.

--Si es con doa Esperanza de Crdenas, me caso.

--Pues con quin habia de ser, sino con su excelencia la hermosa
duquesa de la Jarilla?

--Ved tio, que el rey confisc ese titulo.

--Si, pero le ha devuelto  la duquesa.

--Pero y el proceso contra su padre?

--El emir de los monfes es una cosa, y su hija la duquesa de la
Jarilla, es otra. Qu culpa tiene la duquesa, de que su padre sea
enemigo del rey, y le haya provocado y se le haya ido de entre las
manos?

--Si; pero ya sabeis que en el mundo en que vivimos pagan justos por
pecadores: y al menos el ttulo y la grandeza del duque...

--Es que el padre de doa Esperanza era duque viudo: que tu presunta
esposa, estaba en posesion de su ttulo y de su grandeza: que se han
hecho muchas informaciones y muchas probanzas, se ha gastado mucho
dinero, y el Consejo de su Magestad, ha declarado: primero: que doa
Esperanza de Crdenas, es descendiente legtima de los duques de la
Jarilla; segundo: que es cristiana desde su nacimiento, y muy piadosa, y
muy honrada, y muy pura; tercero: que si bien su padre es rebelde y moro
y traidor al rey, su hija no le ha ayudado en sus conspiraciones, ni ha
alentado los amores del difunto prncipe don Carlos,  quien
continuamente ha rechazado; cuarto: que por lo mismo no puede
imponrsela pena alguna, debindosela, por lo tanto, restituir sus
bienes y preeminencias como grande de Espaa, exigindola, sin embargo,
juramento de fidelidad al rey. Por ltimo, y en atencion  las rebeldas
de su padre, se la ha declarado mayor de edad, librndola de toda
tutela; se la ha puesto en posesion de su ttulo, su grandeza y sus
bienes, y se la ha concedido licencia para casarse... con mi amado
sobrino, el seor marqus de la Guardia, capitan de infantera de los
ejrcitos de su Magestad, y el mayor loco, que despues de m he conocido
ni espero conocer.

--Pero tio, esas noticias son tales, que no debeis ofenderos, si dudo de
que os encontreis en completo uso de razon.

--Carta canta, dijo don Csar, yendo  una maleta que estaba sobre la
mesa, y sacando de ella un promontorio de papeles: y  los desconfiados
como vos, no hay cosa como darles con la prueba en las narices.

Y desatando el legajo, sac de l un pliego de papel sellado, moreno,
granugiento, escrito con letra gorda, y autorizado al fin, por la firma
de tres escribanos de cmara, y el sello de la Chancilleria de
Valladolid.

Devor el marqus el contenido de aquel pliego: era la restitucion hecha
por el rey  la excelentsima duquesa de la Jarilla, grande de Espaa,
de su ttulo y grandeza, y todos sus bienes que le habian sido
confiscados.

--Y ahora crees, sobrino, dijo don Csar?

--Creo tio; pero me parece que sueo.

--Lee este otro documento, aadi don Csar, dando al marqus un segundo
pliego, autorizado del mismo modo que el primero.

El rey declaraba en l mayor de edad,  la duquesa de la Jarilla, y
aprovaba su casamiento con el marqus de la Guardia, indultando 
entrambos de la pena en que habian incurrido, por haberse casado sin su
licencia en la villa de Ytor en las Alpujarras, el dia 30 de setiembre
de 1567.

--Pero tio, dijo el marqus con asombro, aqu se me d por casado desde
hace mas de un ao, y vos solo me habeis dicho que se nos concedia
licencia para casarnos.

--Tanto da: yo decia que te se daba licencia, porque me consta que no te
has casado: pero cuando hay mucho dinero para hacer probanzas falsas...

--Pero quien ha andado en eso...? el emir no puede haber sido, porque
hace mas de un ao que vive de incgnito fuera de la crte.

--Ah! en eso hemos andado el abuelo de la duquesa y yo.

--El abuelo de la duquesa! pues no le conozco!

--Cmo! no conoces al abuelo materno de la duquesa, rey del desierto
de Mjico, cristiano, vasallo de su magestad, y el hombre mas rico de
Espaa?

--Pues no le conozco, tio.

--Bien puede ser:  los enamorados, generalmente les basta con conocer 
la mujer que les enamora. Pero eso no quita, que  los muchos y buenos
doblones del megicano se deba el buen resultado de vuestro negocio:
porque desengate, sobrino: aunque el rey es demasiado caballero, y
altivo, y celoso de su autoridad para doblegarse por todo el oro del
mundo, sus consejeros, los que andan  su lado, no piensan del mismo
modo: ttulo de Castilla, del Consejo de su magestad, ha habido, que ha
desempeado sus rentas con lo que le ha producido este negocio, y oidor
que por la primera vez se ha visto dueo de una razonable cantidad de
oro. Y lo que es mas extrao; la Inquisicion, la tremenda Inquisicion,
ha cedido por la gracia del dinero.

--Pero qu tenia que ver la Inquisicion...?

--Ah es nada! La Inquisicion, que habia preso al emir de los monfes,
 quien no pudo quemar, por la sencilla razon de que el emir se les fu
como una anguila de entre las manos, le ha seguido _la vareta_, como
dicen los curiales, le ha sentenciado en rebeldia, le ha quemado en
esttua, ha declarado infames  sus hijos hasta la cuarta generacion, y
les ha sentenciado  llevar de por vida, el Sambenito; porque la
Inquisicion como sabes muy bien...

--Si, lleva su castigo  los hijos y  los nietos de los que sentencia.

--Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito  tu esposa, y la
declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar
una vajilla de oro y mas de diez alhajas riqusimas al inquisidor
general, don Fernando Valds, que estaba terriblemente irritado, y con
razon, contra los monfes. Como que hicieron con su venerable persona
una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre
seor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar  los inquisidores
de la Suprema... todo esto invirtiendo un tesoro.

--Oh! y cuntos sacrificios!

--De que t eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho  tu
mujer.

--Pero tio, si yo la adoro.

--Milagro!

--Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. Ah!
os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa
felicidad ser amargada.

--Amargada! y por qu?

--Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy
humilde cuna.

--Bah! sobrino, t ests loco: como parece mejor una bellsima rosa, 
la luz de la luna,   los rayos del sol? en un tiesto miserable,  en
un magnfico jarron de oro?

--Si, pero podr creer que me caso...

--Por inters! bah! tus rentas son considerables, sobrino.

--Mis rentas! si estan empeadas hasta el cuello, segun me dijsteis
vos hace mas de un ao en una carta dentro de la cual, me envisteis la
provision de la compaa que mando!

--Es mucha verdad: pero tambien lo es, que los usureros que cobraban tus
rentas, me vinieron  ver uno trs otro, me dieron muchas y rendidas
gracias por haberles pagado...

--Pero les pagsteis vos?

--Yo! de dnde ni cmo? Los sacos y las buenas presas, han andado por
el cielo en el poco tiempo que he estado en los Paises Bajos, y aunque
hubiramos entrado en Gante,  saco mano, no hubiera tenido con mi parte
ni la centsima de la cantidad que se necesitaba para el tal desempeo.

--Con que es decir...?

--Que las escrituras de todas tus haciendas estan all desempeadas.

El marqus que era noble, generoso y altivo, alz los ojos al cielo, y
suspir con impaciencia y pena.

--Como ha de ser! dijo: ella es primero.

--Y aun hay mas. Tu esposa,  mas de sus riquezas propias que son
inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por
parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas.

Torn  lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan.

--T ests loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto
vale se casa contigo...

--Se casa tal vez por cubrir su honor... y yo necesito su alma, su alma
entera.

--Bien, muy bien: pero eso pasar y quedar lo positivo: esto es, la
inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de
su ttulo que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan 
ser maravillosas. Dentro de un ao me lo dirs si es que vuelvo por
Espaa.

--Pues qu os vais!

--Sin duda debo parecer peligroso  los que te casan, cuando me apartan
de tu lado.

--Pero cmo!

--Soy oidor de la real Audiencia del Per, dijo con hueca gravedad don
Csar.

--Y eso...?

--Tambien me lo han procurado los que te casan con tu mujer.

--Ah! ah!

--Tengo rden ademas de llevarme  tu lacayo Peralvillo.

--Llevoslo en buen hora, cada dia se va haciendo mas hablador.

--Ahora bien, y sin saber como, h aqu que he terminado mi comision.

--Pero qu comision era esa?

--Darte parte de lo que suceda, entregarte tus bienes; que ah estan
con tu ejecutoria en esas escrituras, preparndote, en fin, para que
nada de esto tuviese que decirte el padre de tu mujer.

--Cmo! est aqu el emir de los monfes?

--Si.

--Pero en donde estamos?

--Ni mas ni menos que en el rion de las Alpujarras, cerca de la villa
de Ytor, en una heredad del seor don Alonso de Fuensalida.

--Ah! el emir contina disfrazado!

--Si, pero aunque el padre de tu mujer est encubierto, es necesario
evitar que te presentes  l con ese trage de ronda. Ah en mi maleta
traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que
manos  la obra: voy  servirte de ayuda de cmara: y qu mucho? casi
casi, eres un especie de rey.

--Rey! murmur el marqus mientras su tio le desnudaba, recordando la
frase que en otra ocasion le dijo Yaye: si habeis de casaros con mi
hija, todo se reducir  haceros rey.

--En qu piensas sobrino? dijo don Csar? encajndole al mismo tiempo
una camisa de Cambray.

--Pienso en que el padre de doa Esperanza ha cambiado mucho de
intenciones.

--Porque te da su hija!

--Si.

--Bah! ama  su hija, y las mujeres son capaces... estrate mas las
calzas, sobrino, y mira que grana... es de la mas rica: el jubon...
sencillo... pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la
daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un
gran personaje, moro  cristiano, lo que importa poco, no debe
impacientrsele: maldita arruga: sultate el segundo herrete, sobrino:
vamos, ya est bien: ola!

Apareci el esclavo negro.

--Id, y decid  vuestro seor, le dijo don Csar, que dentro de un
momento va  tener la honra de saludarle el seor marqus de la Guardia.

El esclavo sali, y tras l, don Csar y el marqus: atravesaron algunas
habitaciones y se detuvieron en una antecmara, donde les indic el
esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido,
volvi y dijo al marqus:

--Mi noble seor, espera al seor marqus de la Guardia.

--Hasta luego, sobrino, dijo don Csar, estrechando fuertemente la mano
del marqus.

--Ah! no s lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entr por la puerta
cuyo tapiz tenia levantado el esclavo.

Encontrse en una cmara magnfica. En ella con el mismo trage con que
se habia presentado aquella maana al beneficiado de Cdiar, se paseaba
Yaye profundamente pensativo.

Al sentir los pasos del marqus, se detuvo, se volvi  l, y le mir
con una grave benevolencia.

--Ah! sois vos, dijo: bien venido seais.

--Ah seor! dijo el marqus: disimulad mi turbacion porque...

--Sentaos, marqus, dijo Yaye con una perfecta y fcil cortesana:
sentaos, y hablemos un momento.

Sentronse en un estrado, y Yaye asi las manos del jven.

--Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo?

--No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trmula el marqus.

--Ni ella puede vivir sin vos. El Altsimo lo quiere, y no mereceria yo
su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de
todas las dificultades que se oponian  este casamiento, y que ya estan
vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto.

Don Juan comprendi que Yaye se referia  la muerte de su padre, y baj
los ojos.

--A pesar de ese terrible secreto, seor, comprendo que debsteis tener
poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrsteis y... no
hablemos mas de ello... yo no puedo aborreceros; no puedo... no... sois
padre de Esperanza... que me perdone Dios...!

--Tuve razon: pero decs bien... olvidemos... vos por Esperanza... yo...
cmo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija!

Yaye se enjug una lgrima.

--Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo:
el momento de la guerra contra Espaa.

--Pero por qu no os reducis  la obediencia del rey?...

--No hablemos de eso... Felipe y yo somos enemigos  muerte. Por lo
mismo no debemos fiar en la devolucion de sus ttulos y de su rango  mi
hija. Felipe es un lobo: le debo un hijo, y temo que si ha accedido al
dictmen de su Consejo, haciendo justicia  nuestra Esperanza, es solo
para tenderla un lazo, para apoderarse de ella, para cobrarse del hijo
que le he muerto. No, no debeis permanecer en Espaa. En las aguas de
Motril os espera un bergantin fletado por m que os llevar  Venecia, 
Francia,  cualquier Estado de Europa. No entreis en los dominios del
rey de Espaa mientras don Felipe viva.

--Pero separar de vos  vuestra hija...!

--Dios lo quiere. Dejadme, dejadme luchar con mi destino, que es
terrible; yo no puedo exponer  mi hija. No quiero tampoco perderos.
Permaneciendo aqu,  tendriais que haceros monf y lidiar contra
Espaa,  servir  Felipe y volver las armas contra el pecho de vuestra
esposa y de vuestra hija. No, no; vais  casaros, y despues... vuestra
compaa est en Ytor; entregadla al teniente Velorado y tomad
testimonio de ello, para que el rey no pueda llamaros nunca desertor; ya
teneis su licencia para dejar la compaa: despues, escoltado por mis
monfes ireis  Motril donde os embarcareis, vos, mi hija y mi nieta:
con vos ir para serviros el mas noble, el mas bravo, el mas fiel de mis
wales: el noble Harum el Geniz, y permanecer con vosotros si asi lo
quereis. Ha visto nacer  Esperanza y la ama casi tanto como yo.

--Ser lo que querais, seor, dijo el marqus que estaba aturdido.

--Bien, puesto que estamos enteramente de acuerdo, id, abrid aquella
puerta, atravesad un corredor y encontrareis  vuestra esposa y 
vuestra hija.

Zumbaron los oidos al marqus, se nublaron sus ojos, se levant como un
brio, y dominado por su emocion, y sin decir una sola palabra  Yaye,
corri  la puerta que este le habia indicado.

Poco despues se oyeron dos gritos de suprema alegra, uno como de
hombre, otro de mujer; besos y sollozos.

--Oh! era preciso, dijo el emir: Amina no puede amar ni ser amada de
otro modo.

Y sigui pasendose  lo largo de la cmara.




CAPITULO XXI.

     Continuacion del anterior.


Anunciaron  Yaye que acababa de llegar  la heredad el beneficiado y el
sacristan de Cdiar.

Yaye mand introducir al momento  Juan de Ribera.

--Oh, qu dia! qu dia tan aciago, exclam el beneficiado apenas vi 
Yaye.

--Pues qu sucede? contest el emir.

--Sucede... vamos... no s cmo he podido escapar para cumpliros mi
promesa... sucede que el Santo Oficio ha venido  la villa.

--Ya lo s.. vos mismo me lo dijsteis.

--Es verdad... pero tengo la cabeza trastornada.... qu escndalo y qu
dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue 
ver tales cosas...

--Ah! la muerte de esa morisca... de esa Malicatulzarah..!

--La sabais...!

--Ytor est cerca de Cdiar.

--Pero no sabreis...!

--Si, si; s y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba
enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeuelos
hurfanos estan amparados.

--Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad!
Cuando digo que sois un santo!

--No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la
blandura.

--Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas.

--Ya veis si yo he convertido gente.

--Dios os da la gracia.

--No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido 
visitar  Cdiar..... Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad.

--Es un tanto duro el seor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso
s... figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido
reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado
impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he
venido mas tarde y os he hecho esperar... pero en cambio se ha labado el
templo de su impureza, gracias  las mplias facultades que trae el
seor Molina de Medrano y podr celebrarse en l la Pascua... de otro
modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias.

--Gracias  Dios! asi tendremos misa del gallo.

--A la que me alegrara mucho que asistieseis: celebrar el seor
inquisidor Medrano: yo ser dicono y el licenciado Arias subdicono:
tendremos villancicos en que cantar con su hermosa voz... una dama que
vos apreciais mucho, y otra seora que ha venido  su casa...

--Doa Isabel de Vlor, y la otra?

--Una gran seora.

--La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.

--Con vuestra noble hija.

--Conoceis vos  mi hija?

--No seor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.

--Mi hija no est aqu en estos momentos.

--Qu desgracia!.. pero en fin, os tendremos  vos.

--Indudablemente: pero vamos  lo que importa.

--Si,  la conversion del Ferih de los Berchules.

--Pues no tenemos el gusto de bautizar  ese descreido.

--Cmo! por qu?

--Porque mientras yo fu  veros, el tal bandido se ha escapado.

--Cmo! pues no estaba herido, y herido de peligro?

--Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha
escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.

--Oh! sintolo en el alma! un miembro podrido que contina separado
del cuerpo de los fieles!

--Y aun por algo mas debeis sentirlo, seor beneficiado, porque segun
creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre
de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.

--Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo
sabeis todo.

--No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes
gentes que se informan de todo?

--Ah! dijo el beneficiado que empezaba  sentir algun recelo.

--Por eso, porque lo s todo, vuestra venida,  pesar de la fuga del
Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin
casar  una mora y  un cristiano, padres de la no bautizada.

--Y por qu no bautizar tambien  la madre?

--Por la sencilla razon de que, desde que naci la madre es cristiana.

--Ah! una morisca!

--Algo mas que una morisca: una sultana.

--No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba
viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta
entonces  Yaye.

--Pues es muy fcil de comprender: la dama  quien vais  casar es hija
del emir de los Monfes: en una palabra, es mi hija.

--Vos!.. exclam el beneficiado y no pudo continuar.

Anudsele la voz en la garganta; se puso plido como un cadver, tembl,
se anonad; qued tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su
terrible virtud y sus sierpes ponzoosas se hubiese presentado ante su
vista.

--Qu os espanta! no sois vos el que con tanta crueldad habeis
martirizado  los pobres moriscos? no sois vos el que habeis arrebatado
los hijos  sus madres y los habeis enviado  los hospicios del rey?
Habeis tenido valor suficiente para remitir las splicas desesperadas,
las lgrimas, los gritos de angustia de las desdichadas  quienes
arrebatabais los hijos de sus entraas, y os falta delante de m que
ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi
palabra!

Tranquilizse un tanto el eclesistico.

--Pero quin habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado...

--Que yo el don Alonso de Fuensalida  quien conociais, era el mayor
cristiano del mundo...

--Vuestras obras... vuestra caridad...

--Si, es cierto: mi caridad hcia los mios, me ha obligado  presentarme
ante vos encubierto con un nombre castellano,  captarme vuestra
voluntad con donaciones hechas  vuestra iglesia,  fingirme
catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los
infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto
de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los
moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cdiar lo he hecho
tambien en las dems villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de
esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais
entre monfes, nada os acontecer: por muy cruel y fantico que seais,
aunque mereciseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os
necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de
Espaa.

--Y para qu me necesitais, seor? dijo el beneficiado no bien repuesto
 pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratndole con tanto
respeto cuanto era su miedo.

--Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar  mi hija y
bautizar  mi nieta.

--Estoy dispuesto  obedeceros, seor.

--Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.

--Si seor.

--Sabe ese hombre  lo que venis?

--Le he dicho que se trataba de bautizar...

--Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandar  uno de los mios
que se meta en cama...

--Pero...

--Y qu os importa  vos pronunciar algunas palabras y verter una poca
de agua sobre la cabeza de un hombre?

--Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no
se trata de un herido.

--Descuidad que la farsa se har bien. Ahora vamos  otra cosa. Es
necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.

--No os comprendo bien.

--Vais  comprender al momento.

Yaye sac de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles
doblados, y los present  Juan de Rivera.

Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en
30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la
firma del beneficiado.

--Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden
constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aqu tienen?

--Descuidad: el libro de la parroquia desaparecer sin que os puedan
hacer cargo. Ya comprendereis que tratndose de mi hija y de mi nieta,
tengo un gran inters en que estas partidas no aparezcan falsas;  vos
os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de
una manera digna de m.

Y Yaye abri un cajon de su mesa, y sac de l uno trs otro,
veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de 
ocho cada uno.

--Si, si, es verdad: sois el mismo generoso seor de siempre, pero
encuentro una dificultad.

--Cul?

--De quin es hija la dama que se va  casar?

--Es hija mia.

--Aqu dice: la excelentsima seora doa Esperanza de Crdenas, duquesa
de la Jarilla, grande de Espaa, hija del excelentsimo seor don Juan
de Andrade, duque viudo de la Jarilla.

--Es que yo soy ese.

--Pero no sois entonces el emir de los monfes?

--Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor
Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa,
quin es el duque viudo de la Jarilla: l me conoce bien.

--Ah!

--Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo
tarde, y teneis que volver antes de la noche  Cdiar.

Juan de Ribera firm.

Yaye guard de nuevo las dos partidas, y dijo:

--Vamos y terminemos. Casareis  mi hija, bautizareis  mi nieta, y
despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de
Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.

--Vamos  donde querais, seor.

Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.

Pas una hora, y maese Barbillo fue llamado.

Atraves la cmara acompaado de un lacayo y desapareci por otra
puerta.

Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.

--Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto
intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cmara: pero creo que ese
buen Ferih no est tan gravemente herido como dicen. Eh? qu decs
vos?

--Digo, contest el lacayo, que no era otra cosa que un monf, mirando
fijamente  Barbillo, que jams me entrometo en las cosas de mi seor.

Y salieron por otra puerta.

Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cmara Yaye y el
beneficiado.

--Ya que habeis casado  mi hija, y bautizado  mi nieta, le dijo Yaye,
cuidad de que nadie sepa lo que aqu ha sucedido. Mi hija debe aparecer
casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha
asistido  la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo
habreis dicho... y entonces...

--Oh! descuidad, descuidad, seor, contest todo humilde el
beneficiado.

--Y no os atrevais  nada cuando os veais libre y seguro en Cdiar,
porque podria pesaros.

--Y cmo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras,  faltar 
la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?

--Y aun fuera de ellas. Mis monfes estan en todas partes. Oid: en una
ocasion, herido gravemente, ca en poder del Santo Oficio. La
Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no
pudo. Mis monfes me sacaron de la crcel del Santo Oficio. Y esto
sucedi en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor
general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.

--Pero me prometeis, seor, que ningun peligro corro? los moriscos
estan inquietos... esta maana...

--Si; esta maana se ha cometido un horrible crmen en vuestra
iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podr
suceder.... para mas adelante, ya os habr procurado yo una buena
prebenda.

--Una prebenda! vos!

--Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de
bandidos, como vosotros decs... sereis obispo.

--Ah, seor! exclam el beneficiado, arrojndose casi  los pis de
Yaye.

--Pero para que yo os favorezca, ser necesario que os hagais merecedor
de mis favores.

--Descuidad, callar, os servir, ser vuestro esclavo.

--Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y
es necesario que llegueis  Cdiar antes de la noche. Algunos de mis
criados os acompaaran hasta la entrada del pueblo, id.

El beneficiado se dirigi  la puerta.

--Se os olvida eso, dijo Yaye, sealndole el dinero que estaba sobre la
mesa.

El beneficiado, con vergenza, no de recibir el dinero, sino por la
manera con que lo recibia, guard el oro en sus bolsillos.

Despues sali con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor
distincion y amistad.

Poco despues, Yaye entr de nuevo en la cmara.

--Ha sido necesario, dijo, confiar  ese miserable, para que no hable
una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad
escapase, podria llevarlo  oidos tales, que perjudicasen  mi hija!...
Mi hija! puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho
por Amina?

Yaye se pas la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse
de ella una horrible pesadilla.

--Cmplase la voluntad de Dios! exclam.

Y luego dirigindose  una puerta, la abri y llam.

--Suleiman!

Presentse el mismo monf jven que habia burlado un ao antes en Madrid
al inquisidor general.

--Qu me mandais, magnfico seor? dijo.

--Has mirado bien  ese clrigo? le pregunt.

--Le conocera aunque pasasen muchos aos, y le viese entre mil.

--Y al que le acompaaba?

--Si seor.

--Es necesario que esos dos hombres mueran.

--Morirn, seor.

--Vete, y di  mi wazir Harum, que le espero.

Fuse Suleiman, y  poco entr Harum.

Yaye se encerr con l.




CAPITULO XXII.

     Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar.


Aquella misma tarde, un jven con un trage sumamente pintoresco, y con
una escopeta al hombro, atravesaba por el spero desfiladero de una
montaa prxima  Cdiar.

El trage de este jven, consistia en un gorro  bonete de granada, una
chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de
plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la
chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la
chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por
abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana
bordados.

Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de
balas de hierro, y la otra de plvora: en el cinto dos largos pedreales
 pistoletes, y un pual; pendiente del cinto con dos cordones de seda,
un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado 
anchas franjas negras y blancas.

Este jven era Aben-Aboo.

Con su bello trage morisco, su fisonoma se habia completado: era el
infante de Granada, brabo y valiente, con el sello caracterstico de su
raza fijo en el semblante, y la expresion sombra y amenazadora del
oprimido, que tras largos aos de paciencia, se levanta ante su opresor.

Era  punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y
despejado, empezaba  cargarse de oscuras nubes hcia el Norte, y all
entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno  lo
lejos: frias rfagas de viento pasaban silbando entre los brazos
desnudos de las encinas y las peladas rocas,  las que se veia acudir
las guilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.

Aben-Aboo sigui andando  gran paso.

El nublado sigui avanzando con extraada rapidez, y al fin, al ponerse
el sol, un tupido toldo de densas nubes cubri las montaas.

Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.

Aben-Aboo entonces parti  la carrera.

Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de
atravesar una rambla para llegar al trmino de su viaje, comprendern
por qu Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos,
corria.

A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia
de algunos minutos para que en aquel quebradsimo terreno, las
innumerables vias de las vertientes de las montaas, conduzcan  la
rambla que viene  ser un punto de reunion, un pequeo arroyo, y que
juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible nmero una
corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un
hombre.

Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio
invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso,
atronador, que se extiende de monte  monte, que arrastra rboles y aun
rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber
terminado la lluvia que lo produce, que va  aumentar alguno de los
traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la
rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difcil encontrar reses
muertas y aun cadveres humanos.

Por eso corria Aben-Aboo.

La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero
con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un
furioso aguacero.

Saltaba el jven como un gamo de roca en roca, y al fin vi una ancha
abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un
plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.

Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol,
ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los
Ciegos.

Entre estas dos altsimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en
otro albornoz rayado, que al saltar junto  l Aben-Aboo, desde una
brea, retrocedi un paso y prepar su escopeta, exclamando con acento
enrgico:

--Prate! la seal!

--Granada y los monfes! contest Aben-Aboo.

--Ah! eres t sobrino? dijo el que esperaba, y dej caer el embozo de
su albornoz.

Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.

--Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.

--Estan mas abajo.

--Est con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.

--No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de
veinte de los mios.

--No son monfes!

--No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y
braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo nmero aumento con
todo hombre  proporcion que se me viene  las manos.

--Y sabe el emir que vos teneis esa gente?

--Si lo sabe yo no se lo he dicho.

--Y entonces quien paga  esa gente?

--Los moriscos de Granada y de la Vega.

--Ah! y cuntos son?

--Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos
particulares.

--Y para qu habeis traido con vos esos veinte hombres?

--Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen
encima por fortuna nuestra, y sabrs para lo que he traido conmigo  esa
gente.

Y Aben-Jahuar tom  buen paso hcia las quebraduras del frente seguido
de Aben-Aboo.

Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un spero repecho, y
penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se
encontraron en un terreno extremadamente brabo, oculto bajo el saliente
de una roca.

--Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, sealando una alta
roca que se veia  lo lejos hcia el Sur, al pi de una montaa.

--Si por cierto.

--Ves al pi de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa?

--S.

--Y alcanzas  percibir  la poca luz que tenemos, lo que pasa delante
de aquella casa?

--Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas,
seis caballos y algunas acmilas que estan cargando con maletas y
cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la
tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche
encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de
que arrecie el peligro.

--Bah! en aquella casa hay cristianos y monfes.

--Cristianos y monfes!

--Si por cierto: voy  decirte el nombre de los cristianos: primeramente
la excelentsima seora duquesa de la Jarilla, doa Esperanza de
Crdenas,  sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.

--La sultana Amina! exclam estremecindose Aben-Aboo.

--Djame que contine mi lista de cristianos: el antes solamente marqus
de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la
sultana, don Juan Coloma.

--Ah! mi amigo el marqus! exclam con un sarcasmo amenazador el
jven.

--Ademas, doa Estrella Coloma y Crdenas, hija de los excelentsimos
duques de la Jarilla.

--Su hija!

--Item: la nodriza de doa Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano,
abuelo de doa Esperanza, y bisabuelo de doa Estrella; don Csar de
Arvalo, tio del marqus de la Guardia,  mejor dicho del duque de la
Jarilla, y por ltimo Peralvillo, lacayo del duque.

--Y sin duda all estar tambien...

--S, voy  decirte los monfes que estan en esa casa: primero el
magnfico emir de los monfes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su
wazir, Suleiman, su wal, y como hasta cincuenta monfes.

--Pero  dnde es ese viaje?

--No s tanto; solo s que podr suceder muy bien si tienes valor que
hagamos un buen negocio.

--Tio... jugamos el todo por el todo.

--Y  qu nos habamos de haber puesto estos vestidos berberiscos
nosotros y nuestra gente,  qu traer antifaces rojos sino para no ser
conocidos. Sgueme sobrino, y confia en m y en el diablo que nos dar
buena suerte.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breas adelante, descendieron 
unas speras quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar grit
tnuemente como un cuclillo.

En el acto respondi otro grito semejante, y otro y otro.

--Ah estan, dijo Aben-Jahuar.

--Quin?

--Los mios.

--Pues os juro que hubiera pasado junto  ellos sin notarlos, dijo
Aben-Aboo.

--Eso prueba, cuando han podido engaarte  t, que eres astuto y
experimentado como el monf mas viejo, que engaaran tambien  los
monfes. Ahora, ocultmonos tambien nosotros, y guardemos el mas
profundo silencio.

Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.

Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho
desfiladero, y en l una senda escabrosa.

El desfiladero estaba desierto.

Nadie tampoco hubiera sospechado que junto  l habia gente oculta.

Pas algun tiempo; empez al fin  llover con mas fuerza, y en el
momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de
cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres
que hablaban descuidadamente.

--Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia
arrecia, y mucho ser que podamos pasar la rambla de los Ciegos.

--Las mulas no pueden marchar mas deprisa, seor, contest otra voz: nos
vemos obligados  llevar las literas una detrs de la otra.

--Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.

De repente se oy un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue
creciendo y aumentndose hasta oirse perfectamente el bramido de las
aguas que corrian  alguna distancia.

En aquel punto la lluvia caia  torrentes.

--La avenida en la rambla de los Ciegos! grit una voz.

--Pues volved, volved atrs; grit con energa la voz que antes habia
mandado; dentro de poco tendremos por aqu otra avenida.

Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando son un
tiro: luego otro y otro, sucediendo  esto el rumor de un reido
combate.

Veamos lo que era aquello.

Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales
al lado de un pendiente desfiladero:  uno de sus lados se habian
ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.

Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche
habia cerrado anticipadamente  causa de la tempestad, se veia de tiempo
en tiempo  la clara luz de los relmpagos.

Componian esta caravana cuatro monfes; tras ellos tres literas, cada
una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrs, y
cada una de estas mulas por un monf. Luego  caballo, el marqus de la
Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don Csar de Arvalo, Peralvillo y
Harum-el-Geniz: ltimamente como hasta cuarenta monfes.

En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban
escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos
que hemos dicho, y  poco se trab un combate cuerpo  cuerpo entre los
de Aben-Jahuar, y los del emir.

Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina
y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en rabe
de los monfes que guiaban las literas.

Uno de los relmpagos ilumin la escena.

--Ah! exclam con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: son
corsarios berberiscos!

La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy
buen efecto.

De repente el pavor se apoder de todos.

No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos:
algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por
la parte alta se dej oir un ronco mugido.

--La avenida! la avenida! gritaron todos.

Y se arrojaron fuera del desfiladero.

No tard mucho en dejarse ver el torrente que pas brillando entre la
oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya
carrera fuera velocsima.

A la luz de los relmpagos vieron Harum, el marqus, y todos los demas,
que los que creian berberiscos se perdian entre las breas al otro lado
del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.

Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.

Faltaban los monfes que precedian  las literas; los que las conducian
y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas
en las literas.

Al ver esto el marqus de la Guardia, que era valiente hasta la
temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arroj con su
caballo  la avenida, pretendiendo atravesarla.

Un grito de horror sali de todas las bocas.

El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.

--Pronto, pronto,  buscar el puente del salto del Gamo, grit Harum:
salvemos  la sultana: la sultana antes que todo.

--Es que, dijo un monf viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.

--Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable:
estamos encerrados, seores, aadi con desesperacion; estamos
encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: que se
haga la voluntad de Dios!

       *       *       *       *       *

--Dios  el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar 
Aben-Aboo, entrando con l en Cdiar, en el meson del Cojo, cubiertos
con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo
aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera
quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen
 bien librar hasta maana de la prision en que los han puesto las
aguas.

--Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo
semblante tenia una expresion ferozmente sombra.

--Y qu importa? ya no es un obstculo  nuestros proyectos la hija del
emir.

Y al decir estas palabras se entr con su sobrino en el aposento en que
se habian encontrado aquella maana.

Poco despues un hombre llam recatadamente  la puerta, le abrieron y
entr. Era el emir.




CAPITULO XXIII.

     Cmo trataba Yaye  sus parientes.


Tendi  un tiempo las manos  Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrech
con fuerza.

[imagen: El licenciado Juan de Ribera.]

--Oh! dijo sentndose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion
decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con
vosotros la guerra al cristiano.

--Qu habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar
con las muestras del mas solcito inters.

--S, esta tarde se la he entregado  su marido. Era para m un
obstculo inseparable; la acompaa su abuelo, y va bien escoltada. Es
verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidindoles
pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de
detencion; remontaran la montaa y llegaran maana  Motril, donde en
una galeota mia se trasladaran  Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy
alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo
apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.

Se levant Aben-Aboo y sali.

--Tengo que hablarte primo, de un asunto,  por mejor decir de dos
asuntos importantsimos para los dos. No he querido decrtelo delante de
nuestro sobrino.

--Tan de repente has pensado ese asunto?

--Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he
encontrado otro hombre. Pienso abdicar...

--Abdicar... y en qiun?

--Aben-Aboo es muy brabo y los monfes le aman...

--Cmo!

--Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me
despedir,  ir  esperarte  la salida de la villa por la Caba-honda.

--Ir.

Aben-Aboo entr en aquel momento y  la primer mirada comprendi que
habia pasado algo grave entre sus dos tios.

Sin embargo comprendi tambien que debia disimular.

--Conqu mi prima, dijo, se va  Venecia? Y yo que contaba al menos
con verla!

--Y qu habiamos de hacer aqu con ella una vez empeada la guerra? No,
no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y
triunfamos tiempo tendremos de verla.

El Cojo entr entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el
apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su
causa, que devoraban un psimo gigote y algunas aves, acompaadas de una
liebre que por casualidad tenia cabeza.

Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija,
alegre mocetona de veinte y cuatro aos, la cena pas con una
conversacion indiferente.

[imagen: El capitan Diego de Herrera.]

--Qu diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de
navidad?, dijo el emir.

--Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne
como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.

--Vamos seor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced,
contest la muchacha.

--Cundo digo yo que esta Pascuala acabar por arruinarme! dijo el
Cojo.

--Pues qu hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.

--Bah! con esa cara de hereje que pone  los huspedes... no hay
ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.

--Es que los tales huspedes quieren  veces, que las camas sean tan
completas... dijo la muchacha.

--Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no seor; sino porque
la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres
maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo
que no impide que esta seora se pase las noches de claro en claro
pelando la pava con l.

--Y qu tiene eso de malo?

Y asi mientras dur la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero
estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una
muestra.

Acabada la cena, el emir se despidi de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.

--Que est tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jven
apenas se qued solo con su tio.

--Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han
ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.

--Y  dnde ir ahora?

--Es muy posible que vaya  ver  tu madre.

Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su
hermana doa Isabel.

--A buscar  mi madre en una noche como esta?

--Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi
hermana.

--Pero la tenacidad de _ese hombre_, cuando mi madre...

--Y qu quieres? asi son todos los enamorados.

--Pues juro  Dios...!

Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivin el resto del juramento:
Aben-Aboo se habia puesto de pi, y se arreglaba la capa y el talabarte.

--Mira lo que haces, sobrino, exclam profundamente Aben-Jahuar: el emir
es poderoso, y est acostumbrado  satisfacer sus empeos: prudencia,
sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia
y tantos sacrificios nos ha costado.

--Tan prudente ser, dijo Aben-Aboo, que dar ocasion  que otros
aprendan en mi prudencia.

Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua,
cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, sali.

--Ah! dijo Aben-Jahuar: quiere abdicar en Aben-Aboo! si ese insensato
llega  ser emir de los monfes, todo est perdido para m! los monfes
conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian  ciegas, y correrian
tras l, aunque los llevase  arrojarse de cabeza  un volcan. Pero
aunque sois astuto y feroz, seor sobrino, yo os llevo la delantera, y
nos veremos, vive Dios, nos veremos!vos, el emir y yo...! Ah! ah! yo
os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad
os espante.

Despues llam, pag la cuenta que le ajust el Cojo por los dedos, y se
fu  encontrar al emir.

Hallle en la parte baja del pueblo junto  las tapias.

--Empezaba  impacientarme, le dijo.

--He tenido que engaar  Aben-Aboo para separarme de l.

--Y sospecha algo?

--Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.

--Poco tardar en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar
nosotros, y ponernos de acuerdo.

--Pues qu estamos discordes?

--Si; y este es un mal presagio.

--Y en qu consiste esa discordancia?

--En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran
la causa de nuestra ruina.

--Y nada dices de tu propia ambicion?

--Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en
todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no
soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus
fuerzas: soy un vencido que se rinde.

--Un vencido!...

--S vencido por su suerte.

--Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.

--No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejrcito, mis tesoros,
mi espada. Quereis mas?

--Pero esa abdicacion...

--Es necesaria. Aben-Aboo est descontento: Aben-Humeya le mira con
recelo: seor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien 
Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiar en Aben-Aboo. Por el contrario,
siendo Aben-Aboo emir de los monfes, se encontraran igualmente
poderosos...

--Aben-Aboo pesar sobre Aben-Humeya.

--Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos:
nosotros que tenemos una poderosa influencia, t sobre los moriscos, yo
sobre los monfes: nosotros que podemos enlazarnos  ellos por sagrados
vnculos.

--Cmo!

--Tu amas  tu cuada doa Elvira, dijo Yaye.

--Es verdad, contest con voz cavernosa Aben-Jahuar.

--Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperacin, 
tu hermana doa Isabel.

--Por qu no la amaste del mismo modo hace veintids aos? entonces
Aben-Aboo sera tu hijo...

--Ah! exclam Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente:
estoy irrevocablemente decidido  lo que te he propuesto.

--No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo  la abdicacion
en Aben-Aboo: por lo dems, ni mi hermana se casar contigo, ni conmigo
mi cuada doa Elvira; ademas, y seamos francos... doa Elvira te ama,
Yaye.

--Oh! quin te ha dicho eso?

--No crees que los zelos son muy perspicaces?

--Los zelos mienten,  por mejor decir, los zelos se engaan. Doa
Elvira no ama  nadie,  nadie mas que  su hijo: por eso, encontrando
solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo,
pretende inhabilitarme, apoderarse de m, matarme, en una palabra; Doa
Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de
asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor
fingido, con un empeo tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo...
que me caso con tu hermana, doa Elvira se casar contigo, para
contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doa
Elvira solo ama  su hijo Aben-Humeya.

Quedse profundamente pensativo Aben-Jahuar.

--Y qu hemos de hacer? dijo.

--Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?

--Y t ests seguro de que doa Elvira querr casarse conmigo?

--S, en el momento en que yo me case con tu hermana doa Isabel.

--Pero es necesario empezar  obrar al momento.

--Es necesario que vayamos  casa de tu hermana.

--Ah!

--T hablars  Aben-Aboo; le participars mi resolucion, y le
preparars para que desde esta noche empiece  obrar como corresponde 
su nuevo estado: yo entre tanto hablar  tu hermana.

--Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como
yo espero sacar de Aben-Aboo.

Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encamin con Yaye  la
atalaya donde vivia Aben-Aboo.




CAPITULO XXIV.

     De cmo se encontraron reunidas de una manera extraa, personas que
     se creian muy separadas.


En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una
estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y
adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea
encendida, habia dos mujeres.

Era la una doa Isabel de Crdoba y de Vlor: la otra Angiolina
Visconti.

Doa Isabel, si bien contaba ya cuarenta aos, estaba en el esplendor de
su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada,
esmaltada, por decirlo as, de la jven, de la adolescente casi, sino
en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de
vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con
temor  al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la
mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las
arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se
apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la
frente,  por mejor decir, la ensanchan: doa Isabel no tenia ya la
belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante
hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de
sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro
y virginal; doa Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia
perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado,
de una vida robada  la felicidad, habia impreso, fijado sobre su
semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente
y resignado, y esta expresion daba  su hermossimo semblante,  su
ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo as, casi divino:
doa Isabel era  los cuarenta aos, una de esas mujeres que hacen
bendecir  Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de
competencias de todo gnero, que absorven completamente la vida y el
alma de un hombre.

Sin embargo, en los veintidos aos que habian pasado desde la muerte de
Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de
Yaye.

En qu podia consistir esto, tratndose de una mujer tan hermosa y tan
pura?

Consistia en que en Cdiar no la conocia nadie mas que los parientes
prximos de su hijo, su confesor y un escaso nmero de mujeres.

Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doa Isabel no salia
de su casa sino para ir  misa (eso todos los dias), y en esta sola
ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia
apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese
perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.

Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba
libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como
hemos dicho los parientes, y estos viejos unos,  casados los otros, y
algunas mujeres.

La hermosura pues, de doa Isabel, solo se conocia de fama.

Pero lo repetimos: era esta tal, que  pesar de ser hermossima
Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como
vulgarizada, al lado de doa Isabel.

Encontrbanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en
escena, en esa disposicion de nimo en que se piensa mucho y se habla
muy poco.

Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto 
la otra, era tirante y difcil: vivian juntas y apenas se conocian: al
llevar Aben-Aboo  Angiolina de Granada, habia dicho  su madre:

--Esta dama es una noble viuda  quien amo, y que se encuentra sola en
el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su
casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni
para ella ni para m: he contado, pues, con que vos la servireis de
madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.

Doa Isabel tendi la mano  la aventurera que su hijo la presentaba, la
admiti en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y
nada la pregunt ni nada la dijo Angiolina.

La dulzura y la virtud, y la magnfica belleza de doa Isabel, empezaron
 dominar  la veneciana, que se sinti arrastrada hcia ella. Angiolina
por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su
empeo por el marqus de la Guardia, empezaba tambien  hacerse lugar en
el corazon de doa Isabel.

Esta no sabia quin era: pero aquella maana en el exmen, delante de la
Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.

Doa Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el
inquisidor habia tratado  Angiolina como una conocida antigua, ni la
turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor.
Cuando doa Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia  la memoria la
terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda
su aguda pasion, y entonces los ojos de doa Isabel se llenaban de
lgrimas, y su corazn se levantaba  Dios rogando por aquellos
desventurados.

Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doa Isabel.

El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo
esperaba; el haber visto aquella maana desde la atalaya entre las
breas y  lo lejos  Laurenti y  Cisneros, y el recuerdo de la
sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa
 Angiolina.

Dieron las nimas, y doa Isabel las rez.

Contestla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas
palabras.

--Cmo zumba el viento en la chimenea, dijo doa Isabel arreglando los
tizones.

--Todo es hoy lgubre, contest Angiolina.

--Y mi hijo? dnde estar mi Diego? aadi doa Isabel: otras noches
ha venido mas temprano.

--Aqu estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo  la puerta.

Y el jven adelant, se quit la gorra, la capa y el talabarte, y se
sent delante del fuego entre las dos mujeres.

--No es prudente andar  deshora por la calle cuando tenemos el pueblo
lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doa
Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso...

--Pues ved ah, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien
veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.

Palideci doa Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo
y no contest.

Angiolina mir de una manera profunda al jven.

Su semblante estaba terriblemente contraido, ceudo.

--Supongo, dijo doa Isabel, que nos acompaars  la misa del gallo.

--Cabalmente he venido  deciros que no ireis.

--Que no iremos? exclam doa Isabel: y por qu?

--Porque no debeis ir.

--Que no debemos ir! explcate por Dios, Diego.

--Ha llegado la hora, replic el jven.

--La hora de qu?

--Esta maana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.

--Ah! exclamaron las dos mujeres.

--Esta noche se verter en la misma iglesia sangre de infames.

--Pero t no la verters, Diego, hijo mio; exclam toda asustada doa
Isabel: el crmen ageno no autoriza el crmen propio; t te hars ageno
 esos crmenes.

--Crmenes llamais  la venganza de un pueblo oprimido?

--Dios toma  su cargo las lgrimas y la sangre de los que sufren.

--No queremos esperar tanto.

--Pero no meditas que una vez dado un paso...

--Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo dar el primero sin
vacilar.

--No, t no dars ninguno.

--He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beber, madre.

--Pero te perders, y perders  los tuyos.

--Temeis que alguien perezca en esa lucha, seora? dijo con acento de
reconvencion Aben-Aboo.

--Temo que perezcas t, contest con dignidad doa Isabel que habia
comprendido la intencion de su hijo.

--Y no temeis por nadie mas?

--Temo por todos, por todos, Diego, lo entiendes?

--Yo creia que antes que por m temblabais por...

--Por quin? pregunt con tal altivez doa Isabel que Aben-Aboo  su
despecho se vi obligado  bajar los ojos.

En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba  hacerse
difcil, se abri la puerta y apareci en ella Al, el esclavo de
Aben-Aboo.

--Seora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro
caballero, desea veros.

--D  mi tio, contest Aben-Aboo, que pase  mi habitacion.

--No, no, dijo doa Isabel: dle que entre aqu.

El esclavo sali.

--Acaso mi tio me busca  m, no  vos, seora.

--Tu tio, dijo  la puerta Aben-Jahuar, os busca  todos; pasad, primo,
pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.

Y adelantaba llevando de la mano  Yaye que temblaba como un nio.

Todos se pusieron de pi.

Aben-Aboo mir con recelo  su tio: doa Isabel fij una mirada atnita,
vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso
sumamente plida.

--Qu es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho...

--Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.

--Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas;
seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre
gravsimos asuntos.

--Aben-Aboo vacil un momento, y luego dijo:

--Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi
madre, tio don Juan: oid vos seora  ese mi tio que se queda con vos,
como yo voy  oir  este con quien me voy.

Y sali con Aben-Jahuar.

--Permitidme, dijo Angiolina; vais  hablar de graves negocios y...

--No, no; quedaos doa Anglica, dijo con precipitacion doa Isabel.

--La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento
natural, dulce, casi carioso, dice bien; tenemos que tratar gravsimos
asuntos, prima, y necesitamos tratarlos  solas. Venid, princesa, venid
y perdonadme, pero graves razones me disculpan.

--Oh! siempre estais para m perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la
mano de Yaye se dej conducir  una puerta inmediata.

Doa Isabel habia quedado de pi y temblando junto  la chimenea.

Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lcida, ardiente, medrosa,
enamorada.

Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.

Yaye cerr las dos puertas de la habitacion.

--Oh, no! exclam doa Isabel; pueden venir, encontrar las puertas
cerradas.

--Nadie vendr, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi
nombre  nuestro hijo.

--Ah! exclam doa Isabel cubrindose el rostro con las manos.

Yaye se acerc y apart las manos del rostro de doa Isabel.

Esta le mir frente  frente.

Sus ojos parecian absorver  Yaye.

--Oh Dios mio! mas hermosa que hace veinte y dos aos!

Doa Isabel baj los ojos y call.

--Veinte y dos aos sin vernos! continu Yaye: veinte y dos aos
amndonos de una manera desesperada!

--Ah! no, no, yo no! exclam doa Isabel.

--Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan
entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.

Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron,
aquellas dos bocas se besaron.

Doa Isabel exhal un grito ahogado, se retir bruscamente de Yaye, se
desasi de l y le dijo trmula y conmovida:

--Vete.

--Que me vaya!

--Si, vete: vete y djame con mi pobre amor sin esperanza, resignado,
sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano,
Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante
m misma; no me hagas que me avergence ante Dios; vete, Yaye, vete:
sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confes mi
amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ah; vete, Yaye, y djame en
mi triste paz.

--Los dos somos viudos, dijo Yaye.

--Pluguiera  Dios que no lo fusemos, repuso doa Isabel.

Ennegrecise el semblante del emir.

--Habr yo vivido soando? dijo.

--S, contest doa Isabel; toda tu vida ha sido un sueo, y un sueo
horrible.

--Pero es que quiero despertar de ese sueo: es que quiero olvidar lo
que por m ha pasado: es que quiero volver  la vida, renacer
transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo
claramente que Dios aparta de m su mano y maldice todas mis obras:
ser tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que
continuamente ha alumbrado mi existencia? ser que trs tantos aos de
esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar  t,  t  quien he
buscado en vano,  t  quien adoro y  quien me amparo perdida ya la
esperanza de todo?

--Y la patria  quien me sacrificaste, Yaye?

--La patria! la patria! exclam con sordo acento el emir; no hay
esperanza para la patria como no la hay para m!

--Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doa Isabel, ha sido
mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos  la rebelion, en
vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo
del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por
vosotros, los que queriais ser  costa suya; se han rebelado una y cien
veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles
 fuerza, de indmitos, y solo han conseguido venir al punto de un
rompimiento fatal: esta maana, oh Dios mio! esta maana he visto
morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del seor
manchado de sangre y... te he acusado Yaye!

--Isabel! exclam el emir.

--S; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. Acurdate!

--Isabel! repiti Yaye.

--Qu has hecho de tus hijos, emir de los monfes? exclam con acento
solemne y doloroso doa Isabel.

--Oh! calla! calla! exclam Yaye con terror: y luego aadi con voz
sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.

--Oh! si! exclam doa Isabel: malditos de Dios porque son hijos del
adulterio.

--Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueo horrible: que
necesito tu amor para ahogar en l mis recuerdos... mis
remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos
crueles... y t... t eres la primera causa de esos remordimientos.

--Yo...!

--Si, t, porque t fuiste mi primera vctima.

A esta confesion tan franca, tan espontnea, la generosa doa Isabel no
supo qu contestar.

--Cuando yo te conoc, continu Yaye, alentado por el silencio de doa
Isabel; cuando yo te conoc, abria mis alas al viento de la vida, volaba
de frente, al sol, le miraba cara  cara, y en vez de deslumbrarme, me
parecia el sol pequeo. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no
se ha cerrado la dolorosa herida que abri en mi alma nuestra
separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste
suya, pudo calmar la desesperada amargura que sinti mi alma al verte su
esposa. Yo te necesitaba para llegar  mis sueos de gloria, como la
nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio.
Durante veintidos aos he estado pensando continuamente en t;
llorndote  mis solas,  entregado al furor por no poseerte: durante
veintidos aos, me has esquivado, te has apartado de m, y yo que
siempre he estado  tu alrededor, no me he valido de los mil medios con
que contaba para apoderarme de t, porque no podia decirte: soy tuyo,
enteramente tuyo: t eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra:
t lo eres todo para m, noble y pura mujer engrandecida por el
martirio.

Doa Isabel miraba fascinada  Yaye: podia decirse que su magnfica
hermosura se habia transfigurado.

Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.

La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon,
y miraba de hito en hito  Yaye.

Y un amor inmenso, sin reserva, apareci en su rostro en una explosion
de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubl de nuevo
bajo su plida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apag bajo dos
brillantes lgrimas, y oprimindose el pecho sobre el corazon, exclam:

--Ya es tarde!

Yaye se estremeci.

Aquella terrible frase ya es tarde! hacia mucho tiempo que se
presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.

--Tarde! tarde aun para arrepentirse!

--Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan,
exclam dolorosamente doa Isabel. Qu v  suceder en Cdiar esta
noche?

Yaye se estremeci.

--Es necesario vengar  nuestro pueblo, dijo con voz ronca.

--Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran
de crmenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le
destrozas como madre. Qu v  ser de nuestro hijo, Yaye?

Y arrebatada por su pasion de madre, doa Isabel levant la voz mas de
lo que hubiera debido.

--Oh! silencio! silencio, imprudente! exclam el emir palideciendo de
una manera mortal: cuando yo entr aqu estaba contigo una mujer
terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al
vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.

Y Yaye tom una buja y sali  una habitacion inmediata.

--Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo  entrar; he cerrado
las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos
decidamos pronto: tu hermano no podr entretener por mucho tiempo 
nuestro hijo: escchame Isabel, y escchame como quien v  salvar  
perder irremisiblemente  una criatura: estoy cansado de la vida: la
fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar  mi
pueblo ser intil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu
hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la
corona: se levantan  un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos
para los otros: esto acabar mal: Selin II que podria ser para nosotros
una poderosa ayuda, est demasiado entretenido con los venecianos, y
nada har por el momento: Felipe II sujeta  Flandes con el seversimo
gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en
Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter
la rebelda en Italia: todo nos sale mal. Desde hace ao y medio, Dios
se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo ser el ltimo emir,
que nuestros hijos seran los ltimos moros de Espaa.

--Hace veintidos aos, pensaba yo del mismo modo: veia  pesar de mi
juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de Espaa era una
lucha insensata: veia con dolor  mis hermanos empeados en esa
lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo
Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque
sufro demasiado. A qu has venido con mi hermano, amparndote de l?

--He venido  decirte: s mi esposa.

--Y para qu se ha llevado mi hermano  nuestro hijo?

--Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.

--T herencia!

--S; yo abdico en l mi dignidad de emir de los monfes.

--Dios mio! mi hijo rey de tus bandidos!

--Mis bandidos le haran mejor de lo que l seria sin ellos.

--Pero... en vez de evitar...

--Yo no puedo evitar nada. Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso,
Isabel.

--Oh Dios mio!

--Y no podrs acusarme de que yo he excitado su ambicion.

--Oh no!

--Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha
alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada;
ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace ao y medio  las
Alpujarras  mi hija Esperanza.

--Ah! pobre nia! exclam doa Isabel.

--La fatalidad  mi ambicion,  Satans, han determinado su destino.
Esperanza cay entre los brazos de un castellano, y fue necesario
ocultar su deshonra. Mi alczar subterrneo la ahogaba: entonces y
mientras le construia un pequeo palacio en Ytor, Esperanza sali 
respirar el aire libre por las noches y por las maanas.

--Ah! la Dama blanca de la montaa!

--Quin fue el primero que pronunci este nombre? La fatalidad sin
duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas
incitante. La Dama blanca de la montaa! la hermossima Dama blanca! y
como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendi este nombre
por todas las Alpujarras: le llev  los oidos de todos los moriscos, y
acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron
escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla;
de ella... de su hermana...

--Oh! que horror!

--Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se
convirti en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.

--Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa
recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. T has
condenado  tu amor y  tu familia: t has hecho maldito  todo lo que
has tocado con tu mano.

--Mi culpa ha sido haber amado  mi patria y habrselo sacrificado
todo... mi culpa ha sido...

--Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la
felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has
querido salvar  tu pueblo y le has perdido.

--Sea como quiera ya es tarde para volver atrs: vale mas morir
luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora,
minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos
engaemos, en el punto en que yo las encontr... la lucha la guerra, han
sido y son la nica, la ltima esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo
ha tenido la desgracia de nacer de t...

--Ah! exclam doa Isabel!

--Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido,
fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Vlor que corre por sus
venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer...

--Me acusas! es decir que yo no deb casarme.....

--Acaso no: y si tu no te hubieras casado...

--Mi desesperacion al verme abandonada...

--Tu venganza!

--Ah Dios mio!...

--Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qu
acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa:
Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, t lo sabes bien Isabel, no
existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por
m, seria un caballero...

--Y qu no lo es?

Movi dolorosamente la cabeza Yaye.

--Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame.

--Le juzgas con demasiada ligereza.

--A qu ha traido esa comedianta de Granada! sabes t quien es esa
comediante?

--Solo s que es una ilustre dama viuda...

--Tu hijo afrenta  su madre permitiendo que se la engae, que se la
escarnezca: esa mujer es enemiga  muerte de mi hija, enemiga mia:
Aben-Aboo, unindose  ella, se conjura contra m que le he colmado de
beneficios; acaso se apresta  ser el brazo de exterminio de esa mujer.

--No, no! Dios no lo permitir!

--Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos
malditos de Dios.

--Has venido  acabarme de rasgar el corazon?

--Solo un medio de salvacion nos queda.

--Cul?

--S mi esposa...

--Y siendo yo tu esposa...

--Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabr quien es su padre.

--Otro sacrificio..!

--Te lo pido por nuestro hijo...

--Pero si es ambicioso..!

--Crele yo del amor de su hermana, que ya sabr buscarle en Africa un
reino donde mande  su placer.

--Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye.

--Ni amor tampoco.

--Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escrib hace veintidos
aos: te amar siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo
te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi
deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos
se levanta una sombra maldita.

--Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel
Lopez?

--Ah, no! no! ya lo s: ya s que eres inocente de aquel crmen: pero
escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus
recuerdos, y tu entre ellos te levantas dicindome siempre yo te amo: te
miro enamorado, anhelante, sufriendo por m; y cuando voy  arrojarme en
tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo
te amaba me dice: y tu amor me cost la vida: un hijo de otro lleva mi
nombre: yo me vengar en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye
te ama, le amas t, pero yo espritu condenado vago en derredor de
vosotros envidioso de vuestra felicidad..... oh! yo estoy loca, Yaye!
todo lo que pasa  mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me
estremece; creo que solo estoy segura  los pis del altar,  donde no
se atreven  perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.

--Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pi de ese altar arrodillmonos
ante l, y levantmonos con las manos asidas, esposos.

--Y cmo vendrias t ante el altar del Dios de los cristianos?

--Isabel, creers en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor
me ha convertido?

Doa Isabel lanz un grito de alegra.

--Convertido t?

--Mira:

Y Yaye se abri el jubon, y mostr  doa Isabel el relicario con la
imgen de la Vrgen, que ella le habia dado veintidos aos antes,
pendiente de su cuello.

--Pero este relicario qued en poder de mi cuada doa Elvira, dijo
alentando apenas doa Isabel.

--Es verdad, pero yo se lo hice robar. No sabes que mis monfes entran
en todas partes?

--Y la santa imgen de la Vrgen... oh Dios mio!.. y mi amor..! no me
engaes por Dios, Yaye!

--Mi hija Esperanza  quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien
como t; el padre de doa Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del
desierto de Mjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una
familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.

Doa Isabel mir de una manera vaga, ansiosa, insensata  Yaye, y
poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:

--Jrame que no mientes, Yaye: jramelo!

--Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contest Yaye.

--Cristiano! cristiano! exclam estremecida de placer doa Isabel:
pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que t
quieras que sea... oh Dios mi! Dios mio! al fin has tenido compasin
de m!

Y doa Isabel se arroj entre los brazos de Yaye, le estrech en ellos,
y rompi  llorar.

Yaye lloraba de placer.

--Serenmonos dijo: retirando suavemente  doa Isabel, y sentndola en
un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre
encerrados.

--S, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro
hijo.....

Y doa Isabel se detuvo.

--Para curarle de su ambicion, es necesario darle  probar algunos
amargos desengaos: yo abdico en l: pero mi nombre y mi espada quedan
al frente de los monfes....

--Con que esa guerra es inevitable!

--Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.

--Oh miserables! exclam con fiereza doa Isabel.

--Crees que los castellanos no son unos infames,  quienes si
pudiramos deberiamos exterminar?

--Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.

--Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos
exterminar  todos los verdugos, pero gran parte de ellos caern bajo
nuestra espada... y.... quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia,
el Dios misericordioso  quien adoro, me demostrar que me ha perdonado
por tu amor, si me concede el triunfo...

--Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo...
pero ahora... ahora que levantas tu corazon  Dios, ahora que solo
desnudas tu espada para defender al dbil y al oprimido, ahora Yaye,
siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levntate, valiente
mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia  esos miserables
asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levntate con la espada de
Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...

--Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no est cerrada,
dijo Yaye.

En efecto, se oian pasos precipitados.

Levantse el tapiz y apareci Aben-Aboo, adelant, se detuvo, y fij una
mirada indescribible en Yaye y en su madre.

Tras l venia Aben-Jahuar.

--Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, seor? dijo el jven con la
voz ronca.

--Y qu os ha dicho mi buen primo?

--Me ha dicho que mi madre y vos...

--Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo  nuestro
pariente Sidy Yaye.

--Y os casais con l?

--Me caso.

--Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfes?

--S, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de
vuestro primo Aben-Humeya.

--Es decir que vais  ser mi padre...?

--Si.

--Que levantar vuestra bandera contra los castellanos?

--Si.

--Yo habia creido que todo esto era un sueo terrible, dijo con voz casi
sepulcral Aben-Aboo.

--Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en t de
mi corona! dijo con extraeza Yaye.

--Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jven
sealando con una mirada hosca al morisco.

--No lo ha sabido hasta esta noche.

--Madre, dijo el jven acercndose  doa Isabel y asindola una mano;
que Dios os haga feliz; seor, aadi asiendo otra mano de Yaye, os juro
que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais.

--T sers sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.

--Lo ser, seor.

--Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre
y yo nos retiraremos  una vida oscura y pacfica.

--A donde quiera que vayais, all ir con vosotros el corazon de vuestro
hijo.

--Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de
Espaa con su esposo; una mujer digna del amor de un hroe, me da con su
amor la paz de mi alma, y t valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te
aprestas  un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el
noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya
ver con placer, que ya entre l y su valiente primo no existe motivo de
rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagmonos,
pues, dignos de l, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel:
aadi volvindose  ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda
lo que suceda, nada temais. Pero aadi en voz tan baja que solo doa
Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.

--Pero... murmur doa Isabel.

--Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego aadi alto: mi
valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan.
Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo
que os he encargado.

--Adios, seor, dijo doa Isabel: adios hermano, adios hijo mio.

Y al pronunciar estas ltimas palabras, se arroj sollozando en los
brazos de Aben-Aboo.

--Oh madre mia! madre mia! exclam el jven, rogad  Dios!

Pronunci con tal acento Aben-Aboo sus ltimas palabras, que doa
Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeci.

Poco despues estaba sola, pensativa, plida y llorosa al lado de la
chimenea: una mujer de pi, inmvil en una puerta, la observaba.

Era Angiolina.

--Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! con que t no has tenido otro
esposo que el emir! murmuraba la veneciana. Ah! ah! mi venganza se va
haciendo cada dia mas horrible!

Y dos gruesas lgrimas surcaron las mejllas de aquella mujer singular.




CAPITULO XXV.

     De qu modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.


Cdiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.

Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la
nica luz dudosa y fantstica que determinaba de una manera vaga las
formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.

Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo
 lo largo de las tapias, en direccion  la montaa.

Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio
profundo.

La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el dbil reflejo de
la nieve.

En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz,  excepcion
de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de
un balcon.

Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.

Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda
algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba
que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del
prroco.

Mariblanca, maese Barbillo y el nio de coro, estaban atareados en la
cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que
el beneficiado por temor  respeto  la Inquisicion, se habia propuesto
obsequiar con una excelente cena de navidad al seor ministro de la
Suprema, Molina de Medrano.

Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion
de nimo, iban de ac para all evitando tropezarse, no se miraban y se
mostraban silenciosos y ceudos.

Pero  primera vista se notaba que el ceo y el disgusto de Mariblanca,
nada tenia que ver con maese Barbillo,  quien trataba con una
indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.

El aspecto sombro de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de
maese Barbillo.

Solo el nio de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al
uno ya  la otra, sin obtener por contestacion mas que monoslabos.

Sin embargo, una observacion del nio de coro vino  dar lugar al
dilogo siguiente:

--Sabeis seora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha
pasado? dijo el nio de coro.

--Y qu pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo?
dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.

--No andan mozos por las calles, respondi el nio.

--Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.

--El ao pasado nevaba mas y el fro no podia resistirse, y acurdese
vuesamerced, seora ama;  estas horas todo era cuadrillas de mozos, y
habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.

--Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cdiar
un cementerio.

--Qu entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca:
si esta noche no rondan ni cantan, ser porque no quieran,  por que
tienen miedo  frio, y sobre todo, qu se os da?

--Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, Mara; dijo maese
Barbillo.

--Pudiera ser, contest Mariblanca.

--Y tanto como que puede ser: y  propsito, ya que se os sacan algunas
palabras del cuerpo: qu diablos haciais en la caada de San Juan esta
tarde?

--Yo! contest con precipitacion Mariblanca.

--No me querais negar que habeis ido  la caada de San Juan: os he
visto yo al pasar por el camino cuando iba  Ytor con el seor
beneficiado.

--Quin ha trado los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.

--Es verdad que en la caada de San Juan hay muy buenos berros; pero
tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantdad
no pequea.

--Os engaais; lo que yo he traido son setas.

--Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder
arrojeis al albaal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis
guisado.

--No la servir  nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese
guiso de setas y truchas le he hecho yo para m.

--Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy
creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis
morir envenenada.

--Yo! tan desesperada creeis que est!

--No lo digo por tanto... pero h aqu que son las once... Cristovalillo
anda vete  vestir al seor beneficiado, que dentro de poco tendremos
que ir  la iglesia  la misa del gallo.

Cristovalillo mir picarescamente al sacristan y al ama, y sali
cantando un villancico.

Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tom otro talante y se
encar con Mariblanca.

--Por qu estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.

--Qu no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.

--Creo que yo tengo derecho  preguntaros.

--Vos! y quin os le ha dado?

--Tenemos tratado casarnos.

--Se tratan tantas cosas que no se cumplen!

--Seora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.

--Qu os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?

--Ah! ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo
penar.

--Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con
vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...

--Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...

--Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra,
Barbillo: solo he querido  un hombre; solo he sido de un hombre, y es
disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo
entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me
fastidieis mas.

--Pero me habeis prometido?...

--Porque no me atosigueis continuamente.

--Es decir que no sereis mi mujer?...

--Yo!... ni de vos ni de nadie.

--Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijrais
que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego
de Herrera.

--Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el
capitan.

--Que os casais!

--Si por cierto: por toda una eternidad.

--Ah! ah! con un miserable que os insult!...

--Seor Barbillo, dijo  la puerta de la cocina el nio de coro.

--Qu diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva
interrupcion.

--No soy yo quien quiere, sino el seor beneficiado. Me ha dicho que
vayamos  la iglesia.

--Pero si acaban de dar las once!

--No importa: como oficia el seor inquisidor...

Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y
empez  quitarse su mandil de cocinero.

--Y vos no ireis  la misa del gallo? dijo  Mariblanca.

--Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.

--Es verdad: como tenemos convidados...

--Seor Barbillo, dijo otra vez el nio de coro: que el seor
beneficiado y el seor inquisidor van ya camino de la iglesia.

--Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.

--Ciertamente, porque yo creo que vendreis  cenar...

--Despues...

--Despues de la cena?

--S.

--Tengo un convidado...

--El capitan?...

--Cierto: le espero... para pelar la pava...

Barbillo lanz una mirada de tigre  Mariblanca, y sali.

La jven qued sola en la cocina.

Esper  que pasase algun tiempo, y luego tom una buja, la encendi y
sali al zaguan.

No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al
inquisidor.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave.

--Ah! ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy 
encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis  entrar, yo os
lo juro.

Y ech los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y  mas de esto
la atranc.

Luego recorri la casa. Nadie habia en ella.

Entonces baj al huerto, apag la luz, se acerc  la tapia y cant un
villancico de Navidad.

Se oy fuera un silbido y Mariblanca call.

Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vi trepar  un hombre por
la tapia y saltar al huerto.

Mariblanca se estremeci, adelant hcia el bulto y exclam:

--Padre! eres t?

--Yo soy, dijo una voz ronca.

--Ven, ven conmigo, le dijo asindole de una mano.

Y condujo  su padre  un sotechado, abri una puerta y le introdujo en
una habitacion oscura.

--Espera aqu, le dijo.

--Qu aposento es este? dijo la misma ronca voz.

--Es el mio. Espera, voy por luz.

Mariblanca sali y poco tiempo despues volvi con dos bujas que puso
sobre una mesa.

Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos
personas.

--Me has convidado  cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que l
era, mirando de una manera profundamente amenazadora  la jven.

El Ferih llevaba el trage caracterstico de los monfes  iba
completamente armado.

--Te he convidado para que conozcas  tu hija.

--T deshonraste  tu familia.

--Me ceg el amor de un hombre.

--T renegaste del Dios Altsimo y Unico.

--Por salvar la honra de mi familia.

--T huiste de mi casa.

--Cre haber matado al infame que se burl de m.

--Has sido manceba de un clrigo.

--Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser
honrada, ni ha dejado de ser mora. T vers, padre, t vers, cmo
satisface tu honra tu hija.

Movi fatdicamente la cabeza el Ferih.

--Si no quedas satisfecho, padre, mtame.... pero espera.... espera....
y vers que tu hija es digna de t.

--Pero qu prueba puedes darme...?

--Estoy esperando de un momento  otro al capitan Diego de Herrera.

--Para cenar con l....

--S, para cenar con l. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclam
con voz lgubre Mariblanca.

--Y quieres que yo asista  tu cita?

--Escndete.

--Esconderme....

--S, escndete en mi alcoba y espera.

Y la jven llev tras las cortinas de su alcoba  su padre que la sigui
fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de
Mariblanca.

La jven sali entonces al huerto.

Durante algunos instantes el aposento permaneci desierto; al fin, se
abri la puerta y apareci Mariblanca llevando de la mano al capitan
Herrera.

Este venia casi brio y se arroj cansado sobre una silla.

Mariblanca sali y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.

--Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de
tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos
estado bebiendo de lo lindo mi cuado Ocampo, el alfrez de la compaa
y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes 
descansar como dos buenos casados: no s, no s cmo he podido trepar
por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. Vive Dios y
qu hermosa est la muchacha!.... Sabes, Mariblanca, que me se va
quitando la borrachera?

--Sabeis, seor mio, que  mi no me gustan los hombres borrachos? dijo
sonriendo dulcemente Mariblanca.

--Ira de Dios!  fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo
Dios, no me acordaba de t, y sino te veo... bah! no hubiera vuelto 
acordarme... pero asi que te v... ven y dame un abrazo Alida.

--No he de acercarme  t, mientras estes de ese modo.

--Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma...
como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas
acostumbrando  esto.

--Diego, comiendo se quita la embriaguez.

Y Mariblanca servia un plato al capitan.

--Comiendo, eh! pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y
tengo apetito. Ah! ah! ahora el seor beneficiado estar en la iglesia
bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.

El capitan comia con apetito.

Mariblanca se sirvi del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo  la
boca se puso plida y se estremeci; sin embargo comi.

--Qu felices vamos  ser Diego! dijo Mariblanca: oh! que felices!
vamos  estar eternamente juntos!

--Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jven
y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un
modo...

--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.

--No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras
mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... diablo! no parece
sino que sabes cuando vamos  morir.

Mariblanca solt una carcajada que hel la sangre al capitan.

Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcstica, tan llena de
crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.

--Tienes una manera muy singular de reir, nia, dijo el capitan.

--Es verdad, cuando te conoc reia de otro modo. Es verdad que entonces
era feliz y confiada... despues... han pasado diez aos, diez aos de
vergenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta
convertirse en esa risa de odio y de venganza.

Y solt otra carcajada mas terrible.

El capitan se levant: Mariblanca se levant tambien.

--Qu significa esto? exclam: qu burlas son estas, Alida?

--Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no
confio mucho en el pual que ya me enga una vez, y te hiero de una
manera mas segura, capitan Herrera.

--Vamos, t estas loca Alida, dijo el capitan sentndose de nuevo: con
todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga
malo. Dejmonos de nieras, sigamos nuestra cena, y hablemos como
buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.

--Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.

--Qu viaje?

--El que vamos  hacer juntos dentro de un momento  la eternidad.

--Un viaje  la eternidad! exclam el Ferih saliendo de repente de
detrs de las cortinas de la alcoba.

--Un monf! exclam el capitan.

--Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y solt otra
carcajada.

--Pero ese manjar que has comido... estas plida, lvida..... hija mia,
exclam el Ferih que al fin era padre.

--Eran truchas, con hongos venenosos de las humbras de la caada de San
Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.

--Ah! infame ramera! exclam el capitan que aun conservaba sus
fuerzas, lanzndose sobre Mariblanca.

Pero el Ferih le asi del cuello y ciego de furor, le di de pualadas.

El capitan cuando le solt el Ferih, cay desplomado debajo de la mesa.

--Mata ahora  tu hija, padre! exclam Alida, repitiendo otra horrible
carcajada.

--Oh! matarte! matarte, hija mia! no, no! yo te perdono: yo quiero
que vivas: yo durante mi destierro de Espaa no te he olvidado un solo
dia: yo no me hubiera atrevido  matarte.

--Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra
vez... he visto al miserable... le amo... y l... l no me amaba... solo
pretendia volver  burlarme...

--Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...

--Para qu?... para que la justicia encuentre aqui al capitan
asesinado?

--Oh! Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas plida...

--Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....

--Est en la montaa, exclam con desesperacion el Ferih.

Y luego aadi con un acento de resolucion suprema.

--Pero no importa... no... yo te salvar.

Y asiendo de su hija, la carg sobre sus hombros; sali al huerto, busc
el postigo, dej por un momento  Alida en tierra, violent el postigo
con sus fuerzas de toro y di  correr con ella, por las desiertas
calles hcia la salida de la villa.

En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga,
tocaban  la misa del gallo las campanas de la iglesia.

--Es de noche, decia Alida dejndose conducir, y con voz ya bastante
dbil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.

El Ferih rugia.

--La nieve cubre la montaa... no encontrareis la yerba, repetia con voz
mas dbil Alida.

El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.

--La muela del Hermitao donde se encuentra la yerba est lejos, y habr
muerto antes de que llegues.

El Ferih corria y lloraba.

De repente Alida se retorci entre sus brazos y di un horrible grito.

El Ferih sinti un estremecimiento de horror.

--Padre! padre! exclam Alida llorando: mtame, porque padezco
horriblemente.

El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.

Estaba en el campo  la salida del pueblo, y se habia parado bajo el
saliente de una roca.

El horror, la fatiga, le obligaron  descansar un momento; se sent y al
poner la mano sobre el suelo se estremeci de alegra.

Habia creido tocar la yerba salvadora.

Arranc algunos tallos y los mordi.

Entonces lanz una exclamacion indescribible.

--La bendita yerba de San Juan! exclam.

--Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.

--Tarde hija mia! tarde! Dios nos favorece! toma: la yerba de San
Juan te salvar.

--Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: vngame padre... un
cristiano me ha asesinado.

El Ferih pretendi introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba
salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el
dolor: cuando arostrndolo todo el Ferih logr abrir con su pual los
dientes de Alida, la cabeza de esta cay desplomada.

Ya todo era intil: la infeliz habia muerto.

En aquel momento repicaron  _gloria_ las campanas de la iglesia de la
villa.

El monf que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se
alz rgido y trmulo.

No di un solo grito, no derram una sola lgrima, pero exclam de una
manera terrible:

--Los cristianos! siempre los cristianos! ayer mi honra! hoy su vida!
Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!

Y se llev  la boca una bocina y la toc, haciendo retumbar las breas.

Y luego de brea en brea se oyeron  la redonda bocina de bocina, y
aquella seal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en crculo y
 la carrera sobre Cdiar los monfes.

Las campanas seguian repicando  gloria.




CAPITULO XXVI.

     De cmo fue para la villa de Cdiar y para otras muchas en las
     Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.


Apenas los monfes en un nmero considerable habian cargado sobre la
villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.

Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, 
juzgar por las apariencias.

--Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro:
las campanas de la villa han dado sin saberlo la seal  las bocinas de
los monfes. La jornada va  ser caliente, con que preparaos, seor
Cisneros.

--Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy
poco lo que pueda suceder. Pero qu diablos vamos  hacer en la villa?

--Ya veremos: aproximmonos entre tanto y esperemos una ocasion
favorable, yo os avisar. Hasta entonces andad y callad.

Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se
perdieron en un barranco.

Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban
la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.

El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas
luces brillaban en l.

El rgano trocando las graves notas de la msica sagrada, por las
ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armona, unido
 las voces de los nios de coro, y  las de algunas mujeres  quienes
por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor
Medrano.

Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pi de las
gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas
enhiestas, dos  cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una
respetable guarda de soldados de la compaa de Diego de Herrera,
mandada por un sargento.

Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en
Cdiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo
de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto
sin recelo ciertas seales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y
el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las
poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y
confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion
celebraba su misa tranquilo.

El corregidor por su parte, habia acudido  la iglesia rodeado de
alguaciles armados, con nimo de rondar por la villa asi que concluyese
la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia  sus conocidos sin
respeto al lugar en que se encontraba:

--No os extrae la falta de mi cuado, porque se ha ido  soplarle el
ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras est entretenido en la
iglesia.

Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los
villancicos, la misa tocaba  su fin, y el pueblo parecia tranquilo.

De repente se oy  lo lejos una campana que tocaba apresuradamente 
rebato.

Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron
en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en
la iglesia gritando:

--Cerrad las puertas! cerrad las puertas, y  las armas! Los monfes
estan en la villa!

Sucedi  estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa:
los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los dems y las
mujeres corrian sin saber  donde, y los moriscos que habia en la
iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban
aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el
licenciado Arias.

Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los
disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los
cristianos se oia gritar  los moriscos que empezaban  herir en la
multitud y abrirse paso hasta el altar:

--Le ille Allah!

Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se
batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de
Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo
escapaban por la puerta de la sacrista.

Pero al entrar en ella el inquisidor se sinti cogido y al volverse vi
dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.

--Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he
jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.

Y arrastraba hcia la iglesia al inquisidor.

Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar  conocer que si la
crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un
tanto de la noble virtud que ha ceido una aureola  la frente de los
mrtires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo
tanto de dignidad.

Asi es que rompi  llorar y  pedir piedad  gritos.

Pedir piedad  Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar,
suavidad  la zarza, agua  una roca.

Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hcia la iglesia con un gozo
feroz.

Cuando Aben-Aboo asom  la puerta de la sacrista, el espectculo que
presentaba el templo era terrible.

El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por
tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud
horrible por los monfes.

Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados,
y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo gnero de excesos
cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus
hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.

Herian, los monfes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de
furor.

--No mateis  las mujeres, decia un monf, cuyos ojos irradiaban una
mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de
su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado 
nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota  gota la sangre de
los castellanos; gota  gota como ellos han bebido la de nuestros
padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el
combate, sino como matan los clrigos en la Inquisicion. Ah! ah! ah!

Y aquel hombre que blandia con furia un largo pual ensangrentado, solt
una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.

Aquel hombre era Melik-el-Ferih.

El padre de Mariblanca.

       *       *       *       *       *

El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al
llegar  este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos;
porque lo que el autor va  contaros, no es el aborto monstruoso de una
imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion
brutal de un despotismo sombro y cruel, ejercida sobre los moriscos del
reino de Granada en un espacio de setenta y seis aos: durante ellos,
los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de
que disponia  su antojo el feroz conquistador: cuantas rapias pueden
inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden
inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los
moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y
del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las
leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero
segura en la gran masa del pueblo espaol; no se habia cuidado de
aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la poltica, y
para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia
siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido  destruirlos:
Espaa, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes
beneficios que debia  la civilizacion de los rabes y de sus
descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era
originaria de rabes; si se habia suavizado la gtica rudeza de sus
costumbres,  su contacto contnuo con los rabes lo debia: si su
agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido
transformados en frtiles campias por los canales de riego, aquellos
canales los habian abierto los rabes: si sus mdicos, si sus letrados
sabian algo, aquellos mdicos, aquellos letrados habian ido  beber la
ciencia  las escuelas de Crdoba,  la habian encontrado en los libros
que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas:
el espritu civilizador del pueblo rabe, se habia infiltrado de una
manera profunda en el pueblo espaol: de ellos habia tomado este, en el
lenguaje un nmero incalculable de voces, en sus cdigos gran nmero de
leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y
administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y
de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la
dominacion de los rabes en Espaa, el gefe de las fuerzas martimas de
los solariegos, de los espaoles indgenas, se llamaba almirante;
alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el
encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus
trages, sus armas, tomaron su bello carcter oriental que las distingue
de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados
contemporneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un
testimonio irrefragable de la influencia de los rabes sobre los
solariegos, el misal mozrabe: ellos, con sus rdenes religiosas de los
rabits y los morabithos, dieron la norma de las rdenes
religioso-militares, y hasta en las diversiones pblicas nos legaron las
justas, las caas, la lidia de toros: en poesa, en msica, nos dieron
su carcter y sus instrumentos: la buena poesa espaola de nuestros
tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperblica de la
poesa rabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer;
el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseas de
honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al
triunfo, no son las guilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos
heredado de los romanos el estandarte, copia del lbaro; pero la
bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son
una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiadas taifas
de los sectarios del Profeta.

Pero  qu esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun
tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los rabes?

Basta pisar el territorio espaol para encontrar las profundas huellas
del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa,
la campia, muestran por do quier en Espaa la forma del pueblo rabe:
su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas,
conservan aun vivo entre nosotros el espritu de aquel pueblo, que pas,
como un meteoro, con el rpido vuelo de la conquista, desde el Yemen
basta los Pirineos, dejando por do quiera las seales indelebles de su
paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la
sangre espaola es sangre rabe; en una palabra, que si fueron nuestros
abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo
fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por
Tarik y por Muza.

Quereis conocer una mujer tpicamente rabe? Id  Andaluca y 
Valencia.

Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de
su indolente y magnifica hermosura?

[imagen: Degello de los cristianos en Cdiar.]

Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Ocano desde
Huelva  Gibraltar, el del Mediterrneo desde Gibraltar  Valencia:
mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus
costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza
 la mujer de la raza de Oriente importada  Espaa por los rabes.

Oid la poesa de ese pueblo.

Encontrareis el romance rabe con toda su sntesis, con toda su
expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor,  de
esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos,
improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la
desesperacion  por el deseo.

Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompaados por
ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas
de vivos colores; su corpio de pana negra ceido  un talle,  una
espalda,  un pecho y  unos brazos incomparables; ved ese pauelo de
mil colores que apenas cubre una magnfica cabellera, y se anuda
ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno
 deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros  garzos despiden
relmpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando  los ojos en su
guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad  ese
jven moreno que baila con ella, con su pauelo en la cabeza, su chupa
 su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchsimos zaragelles,  su
ajustado calzon, su media y su alpargata,  su botin labrado y su zapato
blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo,  el extremo de
las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo
de la chaqueta: oid el repique de las castauelas, las palmas de las
gentes del corro, acompaando  la guitarra,  la copla, al baile; mirad
el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante
cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis
afirmar que casi habeis visto una zambra rabe.

Tan fuertes raices habia echado en el suelo espaol ese pueblo, de tal
manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido,
que la nica diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran
dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad  los rabes de Espaa
el Koram y dadles la Biblia,  quitad la Biblia  los solariegos y dadle
el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo
maravilloso.

[imagen:--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.]

Dcese que los rabes espaoles tenian mucho del carcter de los
solariegos.

Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que
habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho  ellos.

Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una poltica tolerante,
amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de
los tratados, hubiera sido bastante para refundir  los moriscos, sin
violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo espaol.

Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista
hubiesen sido tolerantes  ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.

Desde el ltimo tercio del siglo XV el estado poltico de Espaa habia
variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza
robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado 
hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta
nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano,  sea
las universidades como llamaban  la muchedumbre en Aragon,  las
comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba
anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta
nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano
con sus fueros populares y su bravio espritu de independencia:
rebelabanse de una parte los nobles por el mas ftil protesto contra la
corona; negaba  esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en
las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real
pareciese atentar, aunque remota y levsimamente  los fueros y
libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con
mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que
hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se
vi obligado para ser rey  repartir en mercedes el patrimonio de la
corona: Enrique III lleg hasta el punto de no tener un dia que comer;
don Juan el II se vi obligado  pedir  su favorito dinero para comprar
su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos,
humillarse, deshonrarse, deshonrar  su esposa, desheredar  su hija,
sin librarse por eso de ser destituido  insultado en esttua por la
faccion rebelde, y de ver proclamado rey  su hermano el infante don
Alonso.

La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia  la nobleza: esta
habia escarnecido el poder real durante centenares de aos, y habia
pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado
 tal punto la ambicion, la rapia y la corrupcion de los nobles, que
era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian
dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados  s propios para
que se destruyesen.

Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon,
comprendi que era llegado el momento de destruir de una manera radical
y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado
astuto y poltico, para exponer  un fracaso sus proyectos de
restauracion del poder real, obrando de una manera violenta,
impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y
procurarse sus medios de combate, y contemporiz: necesitaba destruir al
alto clero y  la alta nobleza, y busc  los enemigos de aquellos dos
poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le di al
famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fantico ermitao del
Castaar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia
de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible  la cual
se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemtico y feroz al
cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente
reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras
estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.

Fernando V vi en l un ariete y le aprovech, le elev gradualmente
hasta ponerle  la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le
apoy con todo el poder que le daban las circunstancias y con los
elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.

Fray Hernando de Talavera, y fray Toms de Torquemada, fueron dos
instrumentos poderossimos que el bajo clero di  los Reyes Catlicos,
y en cuanto al estado llano, le di en la Santa Hermandad un ejrcito
que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.

Alarmada esta, represent contra la organizacion de la Santa Hermandad,
 pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios,
pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado
incorporando  la corona los maestrazgos de las rdenes militares,
levantando ejrcitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al
fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual,
despues de amansada la nobleza  la que se habia arrancado sus banderas,
esto es: sus ejrcitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus
castillos que fueron desmantelados, deba contener al pueblo.

La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes
Catlicos: habiase apoyado la corona para vencer  la alta nobleza y al
alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dndola zelos
aun el poder popular, que le habia ayudado  su triunfo, se ali
estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los
nicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la
Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa,
tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llen de
hogueras las plazas pblicas, de vctimas los calabozos, de horror la
historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la
libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo ntimo
de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado  los intereses del
trono y del altar y todo empequeecido, como debia serlo, para dar
fuerza  aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse
con los mismos elementos que les eran contrarios.

Cuando aconteci la conquista de Granada, se habia operado ya la
maravillosa transformacion poltica de Espaa: el gran cardenal don
Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban
organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos aos antes
podian llamarse pequeos reyes, servian  sueldo bajo el estandarte
real: tres aos despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de
Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y
ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina,
arzobispo de Granada, y el sombro, el terrible dominico fray Toms de
Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido
reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon
habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas espaolas
amenazaban  la Europa.

En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito
homenaje  los Reyes Catlicos: esto es, se habian confesado sus
vasallos.

La tirana y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba 
predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente
el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las brbaras
leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de
otra, y el elemento militar por ltimo, empezaron  pesar sobre la
antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las
libertades pblicas que no podian ser compatibles con la autoridad real
tal cual se queria que esta autoridad fuese.

El primer acto de intolerancia de los Reyes Catlicos, fue la expulsion
de los judos.

Treinta mil familias industriosas salieron de Espaa  consecuencia de
aquella medida hija del fanatismo religioso.

Dado este golpe  los judos se repar en los moriscos.

El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de
la fe en Espaa, encontr que era una cosa muy dura que los vencidos
siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto
nacional, en el uso de sus trages y en la prctica de sus costumbres.

Empezronse  violar las capitulaciones de la conquista de una manera
curva, casustica: encontrse que habia entre los moriscos una clase de
gente llamada _elches_, esto es, descendientes de cristianos que en otro
tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.

A estos se les mand convertirse.

No obedeciendo, se empez  ejercer con ellos la fuerza.

El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una
insurreccion.

Esta insurreccion di pretexto para extender  los moriscos las
prescripciones que se habian hecho  los _elches_.

Entonces empez el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.

El aspecto amenazador de los moriscos, oblig  los reyes  que enviasen
all  Cisneros.

Partise este de Alcal de Henares, donde se encontraba erigiendo su
colegio, que despues fue Universidad, y lleg  Granada donde se
encontraban los Reyes Catlicos; la primera providencia del grande
hombre fue quemar cuantos manuscritos rabes le vinieron  las manos,
destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con
las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en
gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los
rabes espaoles.

Empezronse  seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y
tenaz: en vez de apelarse  la mansedumbre evanglica se apel al
terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con
un fraile fantico, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la
vctima pedia  voces el bautismo.

Crecia con esto el descontento, huian  centenares de las poblaciones
los moriscos y se iban  la montaa hacindose monfes, y entregndose,
irritados por la tirana de los vencedores,  los mas graves excesos
contra los cristianos.

La lucha era sorda, sostenida: habanse bautizado todos los moriscos de
Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien
ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en
secreto.

Si iban  misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban
facultados  imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.

Si confesaban, jams decian la verdad.

Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en
sus casas, hacian las abluciones y se consagraban  la oracion  puerta
cerrada.

Del mismo modo y tambien  puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta
prescritos por el rito catlico.

Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua
caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los
circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas,
y les ponian el imprescindible sobrenombre rabe.

Cuando se casaba una doncella, al volver  su casa, la quitaban los
vestidos castellanos con que se habia visto obligada  ir  la iglesia,
la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y
banquetes segun sus costumbres.

Solo aprendian la doctrina catlica los que tenian necesidad de casarse,
porque para ello sufrian un exmen prvio, y aun muchos se disculpaban
con no saber la lengua.

Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran
vctimas, recibian  los monfes, y aun  los turcos y piratas
berberiscos en sus alqueras y les avisaban de cundo podian sorprender
recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos  matarlos.

Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro
contnuo, unian su voz  las declamaciones de los frailes, y el trono y
la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y
destruirlos si necesario fuese.

Entonces se promulg el famoso edicto del emperador don Carlos, de que
dimos cuenta  nuestros lectores en el principio de este libro.

Vironse los pobres vencidos atacados  un tiempo en su industria, en
sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados
vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en
aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo  los
que los ofendan y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad
de tres aos, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer
con ellos.

Haciseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para
oprimirlos; se les obligaba  tener las casas abiertas; se les exigian
tributos onerosos; se prendia  las mujeres que iban por la calle con
los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban  los
hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque
los clrigos mandaban  nombre de Dios, y Felipe II era tan sombra y
fanticamente cruel como los clrigos.

No se pens ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte
considerable de la poblacion de Espaa, ni en que por su industria y sus
riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pblica.

Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo
olvidaban  trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona
que no fuese catlica; mana lamentable, fanatismo ignorante que han
dado al trono y al clero espaol de aquel tiempo y aun de los tiempos
subsiguientes, un carcter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha
costado  Espaa torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion,
que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza,
comprometindonos en guerras desastrosas, colocndonos  retaguardia de
las dems naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza
del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero
omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la
Inquisicion.

El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras  los que se atrevian
 rebelarse contra su despotismo, destrozaban  Espaa: el terror hacia
callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo
tan libre otros dias, vino  ser la troje hollada por los dos fatales
elementos reunidos.

Uniase  esto una magistratura inmoral, un ejrcito compuesto de
aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba  los pis de la
Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo
sufria en silencio,  que, por mejor decir, por resultado de su
degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.

En los tiempos de la dominacion austriaca, un espaol, en siendo esclavo
sumiso, y catlico fantico, era cuanto podia ser: un leal vasallo del
rey, y un hijo obediente de la Iglesia.

La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del
pas: se vieron marcadas con el sello realista monstico, que se
imprimia en todo, y apenas dieron  conocer alguno que otro rasgo tmido
de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados
escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un
gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la
poca los hacia mezquinos: los mataba.

En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos
V, se ve, no la poltica, no la sagacidad, sino la tenacidad y la
ignorancia: Felipe II desangr y debilit la nacion en empresas
descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que
pudo traer fatalsimos resultados, no solo para Espaa, sino tambien
para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el
punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.

La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso
llevarse  cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta
trascendencia, como que refirindose  ella en el principio de su
historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor
contemporneo, y tanto, como que tom personalmente parte en aquella
guerra:

Verse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa,
mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto dur tuvo atentos,
y no sin esperanza, los nimos de prncipes amigos y enemigos lejos y
cerca.

Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se
encontraba Espaa al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las
siguientes lneas:

... Los Estados de Flandes, desasosegados por el prncipe de Orange,
eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las
fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la
disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen
para mayores empresas; todava lo que se temia de parte de Inglaterra, y
las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de prncipes
de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser
la rebelion de Flandes por _causas de religion_ comunes con los
franceses, ingleses y alemanes, y _por quejas de tributos y gravezas
comunes con todos los que son vasallos_, aunque sean livianas y ellos
bien tratados.

Por las citas anteriores, se v que en aquellos tiempos habia quien veia
claro, y que solo el rey y los clrigos estaban ciegos por su fatal
locura religiosa.

Y esta ceguedad, esta monomana feroz por exterminar todo lo que no era
catlico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta
 la discusion y  la libertad, hacen comprender hasta qu punto serian
vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble
despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella clera sagrada, por
decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso _sic
voleo sic jubeo_ del tirano.

Y esta ferocidad, esta carencia total de miras polticas, ya que no de
sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion
de los moriscos, porque cuando llega  un limite dado la miseria humana,
la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza
produce horribles catstrofes,  vueltas de sublimes rasgos de heroismo.

Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas
intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los
ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando
las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer
castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las splicas
humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato
cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo,
prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado,
dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza  la
pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza,
se entrega respecto  sus enemigos  las mismas crueldades,  los mismos
horrores,  los mismos crmenes de que ha sido vctima.

Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen
siempre en prctica la tremenda ley del _Talion_.

Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario
meditar  sangre fria las causas que la han motivado.

Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros
lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que
vamos  continuar relatndoles.

No los inventamos: nicamente los ordenamos y los trascribimos con la
historia  la vista, apoyndonos en su testimonio.




CAPITULO XXVII.

     Contina el asunto interrumpido en el anterior.


La iglesia de la villa de Cdiar, era teatro de una orga de sangre.

Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada
muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella
catstrofe, estaba brio de sangre y sediento de venganza.

Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la
sacrista al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de
Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rgidos ornamentos
pontificales.

Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo  la viva luz de las cien velas que
aun ardian en el tabernculo, salt del monton de cadveres en que habia
subido, y se lanz hcia el presbiterio, pero antes de llegar  l
tropez en un muerto y cay.

Al levantarse vi ante s una mujer plida, de rodillas, mirndole de
una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus
ropas,  una criatura.

Aquella mujer para salvar  su hija se habia acurrucado entre los
muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto  ella el monf.

Melik-el-Ferih contempl  la madre y  la hija con una mirada tal, en
que habia tan feroz, tan cruel alegra, que la pobre madre se
estremeci.

--No la mateis! grit: no mateis  mi hija: mi hija no os ha hecho
ningun dao.

--Y qu dao habia hecho mi hija  los cristianos? grit el Ferih
mezclando  sus palabras una carcajada insensata.

--Ah! teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de
vuestra hija, no mateis  la mia.

--Por la vida de mi hija! exclam el Ferih.

Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus rbitas.

La infeliz madre di un grito horrible.

El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la
habia abierto de una sola pualada: despues habia arrojado aquel
miserable despojo palpitante  los pis de la madre, y de un salto se
habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.

--No le mates! no le mates! exclam Aben-Aboo: una pualada es poco
castigo para este infame lobo: no le mates, Ferih!

--Matarle! no por cierto... ya vers... ya vers... la noche es
nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos  divertirnos
mucho...

El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba  ser l el
protagonista, despeg la carne de los huesos del inquisidor.

El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del
presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.

--Sintate ah, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por
qu quejarte te vamos  adorar, faqu de los cristianos: vamos sube: no
quieres ser rey?

--No puedo subir, soy viejo; exclam llorando el inquisidor: tened
compasion de mi.

--Ah! no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: chamelo ac,
Ferih, aadi desde el altar  donde habia subido de un salto.

El Ferih asi por la cintura al inquisidor y le levant: Aben-Aboo le
asi por el cuello le puso sobre el altar y le sent rudamente en el
sillon.

Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vi ni sinti
mas que un terror pnico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero
cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba,
pero de una manera exclusivamente orgnica.

--No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su
trono.

Y volvindose hcia el fondo de la iglesia donde continuaban el degello
y las crueldades, toc por tres veces la bocina.

Ces la matanza y un numeroso grupo de monfes adelant hasta el
presbiterio, y se pusieron  reir y  sealar con ademanes grotescos al
inquisidor.

--Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved  este respetable seor
encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni
menos que como los dolos que han querido que adoremos: pero este trono
es todava poco resplandeciente.

--Es verdad, si, es verdad.

--Aumentemos el resplandor de su trono.

--Pongamos fuego al altar.

Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.

--Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: no veis que tanto resplandor puede
parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creer
indigno? es necesario que se vea obligado  recibir nuestros homenajes.
Buscad cuerdas, y sino las hallreis, vengan las de vuestras ballestas.

--Dice bien.

--Asegurmosle en su trono.

--Que no pueda escapar.

--Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.

--Como no pudo escapar mi padre,  quien vi revolverse como una
sabandija por entre las llamas.

--Ni mi madre  quien quemaron porque decian que era bruja.

--Allah Ahbar! (Dios es grande).

--Allah Galib! (Dios es vencedor).

--Allah Rahman! (Dios es misericordioso).

Y sin saber de donde, salieron  plaza cordeles, y en medio de un
tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue
fuertemente atado  la silla, y la silla no menos fuertemente atada 
las columnas del tabernculo.

Volvieron  avanzar los implacables monfes con las antorchas.

--Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed ac  cuantos cristianos
encontreis.

Extendironse los monfes por la iglesia, y  poco volvieron trayendo 
empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y nios.

--Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ah veo  mi buen amigo Lope
Gutierrez, corregidor de la villa. Eh? que te parece de esto?

El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte,
rompi  llorar.

--Yo no os he hecho ningun dao, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el
rey.

--Y te mandaba el rey, dijo una morisca jven y hermosa, saliendo de
entre la multitud, que para obligar  una mujer  ser tuya, la
amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos  sus hermanos?

--Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.

--Me conoces? exclam la morisca arrancando una antorcha  un monf,
acercndola  su semblante, y acercndose al mismo tiempo al corregidor
Lope Gutierrez, que retrocedi.

La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de
una bacante.

--Me conoces al fin Lope Gutierrez? repiti la morisca; t me
deshonraste, y no bast mi sumision  tus deseos: poco tiempo despus 
pretexto de que eran monfes ahorcaste  mi padre, y echaste  galeras 
mis hermanos.

--Ah! no! no! exclam el corregidor.

--Ese miserable me abofete  pretexto de que no me habia quitado el
sombrero en su presencia, ech  galeras  mi hijo porque tom la
defensa de su anciano padre, mi pobre esposa muri al verse separada en
su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido  la indigencia: mis
bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: vengadme,
hermanos!

--Ese miserable mat  mi amante porque no quise ser su manceba.

--Ese hombre deshonr  mi hija.

--Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderndose de l, y
sacndole arrastrando de la iglesia.

--H aqu un buen exmen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo
volvindose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad  esas buenas
muchachas que despachen  su gusto al seor corregidor: no lo querais
todo para vosotros. Quin es aquel que se esconde detrs de esotro que
est tan cabizbajo?

--El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser
desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.

--Ah! con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que
fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? y vos
maese Truchuela el alguacil que prendia con perro  los moriscos?...

Rompieron  dar alaridos los dos acusados.

--Colgad de los pis  esos dos perros, dijo Aben-Aboo.

No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfes
asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la
verja de una capilla.

Los miserables gritaban de una manera horrorosa.

--Ponedles mordazas, grit uno.

Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.

--Qu mujer es aquella exclam el Ferih que est detrs de aquellos dos
soldados castellanos?

--Yo soy doa Mara de Cceres, dijo aquella mujer que era bastante
hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hcia el presbiterio.

--Quin tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia
constituido en nico juez de un tribunal ejecutivo.

Nadie contest.

--Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de m, contest con acento sereno
doa Mara.

--Y por qu lloris? creeis que los moros somos tan infames como los
castellanos? creeis que nosotros sentenciamos  los inocentes solo por
el placer de verter sangre?

--Lloro, dijo doa Mara, porque he visto muchas desdichas.

--Qu pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que
volvan de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.

--De qu teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.

--Acusarla! por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!

--Es caritativa.

--Es buena.

--Ha dotado  muchas doncellas.

--Ha remediado muchas desdichas.

--Es la madre de los infelices.

--Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.

--Y qu condicin es esa?

--Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altsimo y
nico.

--Qu reniegue de Jesucristo! exclam con horror doa Mara.

El Ferih que desde que habia empezado este dilogo habia templado su
ballesta y armado en ella una jara, se ech de repente la ballesta al
rostro, y exclam disparndola sobre doa Mara:

--Mi hija tambien era inocente y ha muerto.

Doa Mara cay sin exhalar un gemido.

--Oh! qu has hecho? exclam horrorizado  pesar de su ferocidad
Aben-Aboo.

--Estamos perdiendo el tiempo, grit el Ferih: yo he sido encargado por
el emir de hacer justicia en la villa de Cdiar... ea mis valientes!
acabad con esos perros... y t clrigo, tostador de criaturas de Dios,
aadi volvindose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo,
muere como debes morir.

Y tomando una antorcha de manos de un monf, se encamin al altar.

--Detente, Ferih! exclam una voz poderosa, terrible, llena de
autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.

El Ferih qued inmvil en el lugar en que se encontraba cuando reson
aquella voz: los monfes que habian empezado de nuevo la matanza, se
detuvieron tambien.

Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la
conquista, con corona en la cabeza  insignias de califa, adelant
evitando pisar los cadveres, pero sin poder evitar teir sus pis de
sangre.

Detrs de l ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las
armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de
monfes.

Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

--Qu es lo que estais haciendo? exclam: es esto lo que yo te he
mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer  un caballero
Aben-Aboo?

Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levant un sordo
murmullo entre los monfes que estaban en la iglesia  la llegada del
emir.

--Quin se atreve  murmurar, cuando su seor habla? exclam con voz
tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: hay
alguno que se atreva  levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo,
cuando habla su emir?

Nadie contest: nadie se movi.

--Qu es lo que miro en rededor mio? exclam creciendo en su clera
Yaye: mi vista solo encuentra cadveres!

--Cadveres de castellanos, seor, contest humildemente Aben-Aboo.

--Pero entre esos cadveres hay viejos, nios y mujeres: doncellas que
han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los
nios de pecho. Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de
los castellanos? Pensais acaso que porque este es un lugar de
idolatria, no est presente en l el Dios altsimo y nico?

--Seor! murmur Aben-Aboo.

--Basta! exclam Yaye: los que se precian de valientes no se
ensangrientan en los dbiles: los que se precian de justos no sacrifican
inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer  Dios,  Dios
que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con
la sangre de los dbiles.

--Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas
humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.

--Los crmenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos:
repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos
obedecer. Qu te habia ordenado yo Ferih?

Melik no contest.

--Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...

--Degella y mata, me dijiste.

--Si, pero degella y mata  los clrigos,  los ministros de justicia,
y  los soldados: pero s justo y clemente con los que no han cometido
otro delito que no ser moros como nosotros.

--Qu estas hablando de justicia y de clemencia, emir,  quien como yo
ha visto su hija deshonrada;  quien la ha visto morir  consecuencia de
las infamias de los castellanos;  quien la ha mirado espirar, gritando
de dolor entre sus brazos y pidindole venganza? Mi hija! mi pobre
Alida queda all muerta entre las breas, y me pides templanza  mi, 
quien despedazan la rabia y el dolor!

Y el Ferih rompi  llorar como una mujer.

Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se
oyeron los gemidos de los que espiraban  consecuencia de sus heridas.

--Desatad ese clrigo que est en el altar, dijo el emir.

Pareci reanimarse  estas palabras Molina de Medrano.

--Ved, seor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que caus esta
maana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved
seor que es un lobo sediento de sangre.

--Ese hombre debe morir, y morir, pero no de la manera horrible, cruel
con que ellos matan  sus vctimas.

El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba  los pis de
Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atona.

--Yo os conozco... seor... yo os conozco... tartamude.

Y se asi  las ropas talares de Yaye.

Yaye se inclin.

--T eres Molina de Mediano...

--Si, si, pero yo obedecia al rey...

--Obedecias  un tirano...

--Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me
mateis... cautivadme... vendedme... llevadme  Africa... pero no me
mateis.

--T has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram,
de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia  nombre de ese mismo
Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la
justicia mueran con valor: pero t  mas de asesino eres cobarde.

--Perdon! seor, perdon!

--Arrancadle de mi y matadle; matadle  hierro y pronto... necesitamos
salir de aqu.

--Piedad! grit Medrano al sentirse asido por una turba de monfes.

Fue su ltima palabra: rasgado su pecho  un tiempo por veinte puales
manchaba de sangre su vestidura pontifical.

--Acabad con esos soldados, dijo el emir.

Seis soldados que habian sido apresados por los monfes fueron inmolados
en pocos segundos.

--Ahora soltad esa gente menuda.

--Nos mataran los que estan fuera seor, dijo un viejo.

--Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento
de la villa: asimismo llevareis  esas casas las mujeres, los viejos y
los nios que encontreis.

Algunos monfes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna
habian escapado con vida de la iglesia.

--Rematad  esos desdichados que penan, aadi Yaye.

Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con
Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un
silencio pavoroso.

Los monfes que se agrupaban inmviles tras el estandarte rojo del emir,
llenando la iglesia, parecian fantasmas.

Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran inters.

El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar,
inmvil, insensible  todo.

Al fin Yaye se separ de Aben-Aboo, y dirigi la voz  los monfes.

--Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el
rostro del tirano rey de Espaa: hemos arrojado  sus ojos la sangre
infame de sus jueces, de sus clrigos, y de sus soldados: ya no hay
medio de retroceder: los ejrcitos del rey de Espaa vendrn sobre
nosotros, pero vendrn tarde, porque el alguacil mayor del reino, el
valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios
nos alienta y nos guia: pero no irritemos  Dios cometiendo actos de
crueldad y de barbarie semejantes  los que acaban de cometerse: si
apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros  la
victoria, no vertais mas sangre dbil, no cometais mas crmenes, porque
yo nunca desnudar mi espada para ponerme al frente de infames ni de
asesinos.

--Viva el emir! gritaron  una voz los monfes.

--Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe
mandaros.

Levantse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.

--Los moriscos de Granada han elegido un rey.

--Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los
monfes.

--Yo soy emir de las Alpujarras, nicamente, dijo Yaye: los granadinos
han elegido legtimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio.
Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.

Pronunci con tal acento estas palabras Yaye, que los monfes viendo en
ellas un mandato gritaron:

--Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!

--Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaa! exclam una voz 
las puertas de la iglesia; oyse precipitado ruido de espuelas, y
adelant y abraz  Yaye un jven sencillamente vestido  la morisca.

Aquel jven era Aben-Humeya.

Tras l seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido  la usanza
mora, lleg junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclin
profundamente.

Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.

--Y tu hermana? le dijo rpidamente y en voz baja Yaye.

--Est en seguridad en un cortijo de la montaa.

--Oh! gracias hermano, gracias! Y volvindose  los monfes continu
en voz alta asiendo de la mano  Aben-Aboo, que era el nico que vestia
 la castellana: Conoceis  este caballero?

--Si, si, gritaron todos.

--Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, aadieron algunos.

--Es mi pariente, aadi Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartir
con l vuestro gobierno: obedecedle como  m mismo: es mi compaero:
aclamadle.

--Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontneamente los monfes.

--Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi
pariente tambien, es el wal de los wales[25] de Granada y de las
Alpujarras.

--Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfes.

--Lo que  vosotros os he hecho saber en persona, se har saber  las
dems taifas por sus xeques. La guerra empieza! constancia y valor y
triunfaremos.

--Viva el emir!

--Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un
profundo disgusto la espontnea aclamacion de los monfes  su primo
Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno ser, que nos preparemos  un
prximo y sangriento combate.

--Pues qu sucede? dijo con gran calma Yaye.

--La compaa de infanteria espaola que estaba en Ytor, viene sobre
Cdiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene
 su frente, bramando de corage, el valiente marqus de la Guardia.

--El marqus de la Guardia! no! es imposible!

--Si es posible  no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto
oid.

Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por
aquel socorro los cristianos que se habian refugiado  la torre de
Cdiar empezaron  tocar de nuevo  rebato.

Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la
iglesia: los monfes los siguieron  la carrera.

La iglesia qued silenciosa, poblada solo de cadveres, iluminada y
resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante
de l un bulto brillante  trozos, rojo en otros.

Aquel bulto era el cadver de Molina de Medrano,  quien cubrian aun los
ornamentos pontificiales.

Por una coincidencia terrible aquel cadver ocupaba el mismo lugar donde
habia caido muerta Malicatulzarah.




CAPITULO XXVIII.

     Continan las escenas de sangre.


En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cdiar habia
dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por
temor acaso de ser escuchados desde las casas.

Oanse desde all las campanas de la iglesia parroquial y del convento
de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada,
 rebato, y se oian  lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes,
alaridos, voces confusas.

Alguna vez un hombre pasaba en huda por la calleja, sin reparar en los
dos hombres que estaban como cosidos  un entresijo de ella, y poco
despues de haber pasado el que huia, en la parte baja,  la salida de la
villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo
estaba cercado.

A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja
estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus
casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz.

Aquel era el silencio del miedo, porque  no dudarlo, los habitantes de
aquellas casas, como todos los de Cdiar, velaban.

De repente se sinti abrirse silenciosamente una ventana, y desde su
fondo oscuro cay  la calle un objeto pesado que produjo un ruido
opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta.

La ventana volvi  cerrarse, y volvi el silencio.

--Qu es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.

--Parceme que teneis miedo, seor Cisneros, dijo el otro hombre.

--No tengo miedo, pero me repugna lo que est sucediendo; Dios me
perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado  la calle.

--Es sin duda el cadver de algun soldado de los de la compaa de Diego
de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: pero qu
os importa eso? No hemos venido  Cdiar ciertamente  divertirnos.

--Pero qu hacemos aqu,  estas horas y en tales circunstancias, seor
Godinez?

--No habeis venido  ver esta noche, como tenamos concertado,  doa
Elvira de Cspedes?

--S.

--No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais 
ampararos de ella?

--S.

--No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos
un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?

--Si.

--Y no habeis venido  buscarme?

--Ciertamente.

--Ahora bien, la entrada de los monfes nos ha hecho ampararnos de lo
apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfes estan all
dentro, y por lo que se v, bien entretenidos, podemos y debemos ir 
casa de doa Elvira.

--Es que yo no he estado nunca en Cdiar: valme de las seas que me
dsteis, pregunt por la calle donde vive doa Elvira, y hall la casa
por su mirador de madera y el farol de su imgen... pero ahora estoy
seguro de no dar con la calle.

--Pues la tenemos bien cerca.

--Ah!

--Si, aqu  la vuelta. Venid conmigo.

--Pero no os?

--Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar  rebato en al convento
de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se
oyen descargas de arcabucera.

--Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas.

--No, no; solo dispara asi la infantera espaola; son descargas
cerradas.

--Pero qu infantera es esa? La compaa de Diego de Herrera ha sido
degollada.

--Pero estaba en Ytor la compaa del marqus de la Guardia.

--Pero en Ytor habran entrado los monfes como en Cdiar, y habran
degollado  los soldados.

--Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engao, que
tenemos cerca infantera espaola, mucha y valiente. Esto nos favorece.

--Qu nos favorece?

--Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad
mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aqu que estamos en
la calle de doa Elvira.

--Creo que os engaais. No veo el farol.

--Queriais que los monfes dejasen ardiendo una luz debajo de una
imgen? Llamad.

--Dnde?

--Estamos  la puerta de doa Elvira.

--Ah! esta es la casa?

--Esta es.

Cisneros busc el llamador de la puerta, y di tres golpes.

Vise poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde
adentro:

--Quin sois?

--Vuestra seora me espera, contest el comediante.

--Sois el hidalgo que vino esta noche?

--Yo soy.

--Vens solo?

--No, viene conmigo un amigo.

--Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y
mas sonora.

Abrise la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.

--Y  tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, seora, que
tenemos el combate ya en la calle.

La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda
puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.

Entre tanto el fuego de la mosquetera redoblaba, oase entre l el
crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro
grito de un hombre herido.

Veamos lo que pasaba en la villa.

Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos
de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de
San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que
habian tocado  rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de
la iglesia, ltimo refugio  donde aquellos desdichados se habian
acogido, se habian visto obligados  rendirse; mas ceido que el Ferih 
las rdenes del emir, el wali que mandaba  los monfes que habian
asaltado el convento, dej libres  las mujeres,  los nios y  los
viejos que  l se habian refugiado y solo degoll  los frailes y  los
hombres robustos.

Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los
vasos sagrados y los ornamentos y fueron  depositarlos en la plaza.

En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfes, y
otra se fu  combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados
el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados,
vecinos y mujeres.

Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una
agona horrible: oian  sus pis los gemidos de los que eran asesinados
en la iglesia, veian recorrer las calles monfes con antorchas,
penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando  un
tiempo por las ventanas los cadveres y los objetos robados: veian
ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el
notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar  rebato.

Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al
principio solo habian taido la campana mayor; despues asociaron  ella
otra campana: por ltimo, hasta los esquilones se pusieron en
movimiento.

--Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de
angustia el beneficiado.

--Si seor, contestaba repicando  dos manos Barbillo.

--No pueden subir?

--No seor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los
ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los
esquilones...

--Nos pondran fuego, exclam llorando de terror el beneficiado.

Barbillo sigui repicando.

--Qu habr sido de la pobre Mariblanca? aadi Juan de Ribera.

Barbillo solt un bufido, y apret con entrambas manos las cuerdas de
ambos badajos.

--Ay seor beneficiado, exclam una pobre mujer! Mire vuesamerced;
mire por all: por la parte de Ytor se ven antorchas!

--Y son soldados del rey, exclam un muchacho.

--Soldados del rey has dicho, hijo? exclam Juan de Ribera,
avalanzndose al arco de campana que miraba  Ytor.

--Yo no veo mas que las luces.

--Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de
los soldados, dijo una jven. Oh, Dios mio! vendran  socorrernos.

--Es la compaa del seor marqus de la Guardia, exclam con alegra
Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos.

--Muy alegre os habeis puesto, maese.

--Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqus de la Guardia un
leon, y el teniente Belorado un toro, y el alfrez Cordavias un lobo!
ah, seores monfes, parceme que vais  dar con la horma de vuestro
zapato!

--Pero vendran aqu?

--Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho.

--Pero no estarian en Ytor, porque si hubieran estado all no hubieran
podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado.

--Habran subido  la sierra y habran pasado por el puerto.

--Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos,
exclam con desaliento el beneficiado.

--Pero calla! exclam Barbillo, han apagado las antorchas; encima los
tenemos. Ah valientes!

Y se tir con el furor del miedo  las campanas.

En aquel momento una jara que penetr por el arco se le clav en la
frente y cay de espaldas.

Levantse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre.

Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y
otra siguieron entrando por los arcos.

Toda aquella pobre gente se arrodill.

Solo sigui tocando  rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en
movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.

Pero de improviso un nuevo incidente vino  centuplicar su terror.

Un humo espeso y acre empez  penetrar por los arcos de las campanas.

Los monfes habian puesto fuego  la torre.

Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana
seguia tocando apresuradamente  rebato.

All en los extremos de la villa y en el centro ardan tambien algunas
casas de cristianos.

No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucera.

Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el
Ferih, salieron de la iglesia con los monfes.

Al salir  la plaza desembocaba en ella  la carrera una manga de
arcabucera, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz
de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.

Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero
jven, con el rostro plido y la mirada chispeante  iracunda, que
apenas vi  los monfes mand hacer fuego con voz ronca  sus soldados.

Aquel caballero era el marqus de la Guardia.

Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se
vi un relmpago y se escuch una detonacion uniforme: algunos monfes
cayeron por tierra:  la descarga de la mosquetera espaola contest
una descarga de la ballestera de la montaa.

Algunos soldados cayeron tambien.

Una segunda descarga de los soldados diezm de nuevo  los monfes.

--Es el marqus de la Guardia! exclam con rabia Aben-Aboo.

--El marqus de la Guardia! exclam con terror el emir. Qu es esto,
Dios mio?

--Hierro en mano y  degello, grit con voz tonante Aben-Aboo  los
monfes, lanzndose el primero alfanje en mano sobre los soldados.

--Ah! dijo el marqus de la Guardia con una alegra insensata,
horrible: te me vienes  las manos, asesino!  m, camaradas! los
arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas:  ellos!
Santiago y cierra Espaa!

Pero de repente los monfes se detuvieron cortados: por otra avenida de
la plaza habia aparecido el teniente Cristval de Belorado, y los barria
enfilndolos con las descargas de sus arcabuceros.

Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro
punto y los heria por la espalda.

Los monfes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por
una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando  que los
siguiesen  Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.

--A dnde va vuestra seora? exclam el teniente Cristval de
Belorado, atravesndole al marqus de la Guardia que se habia puesto en
seguimiento de los monfes.

--Huyen!

--No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados
por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros  centenares.
A cubrir las calles! grit inmediatamente el viejo soldado.

--Es verdad! dijo suspirando el marqus: mandad barrear las calles:
primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los
muebles y colchones que encontreis en las casas: tenemos bastante
plvora?

--Nos hemos traido cargadas cuatro acmilas.

--Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola
qu haceis, alfrez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo;
haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y
rematad  esos perros monfes. Ah! primero es nuestra obligacion como
cristianos y caballeros.

Y se puso  pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una
distraccion espantosa, murmurando monoslabos y lanzando de tiempo en
tiempo un horroroso juramento.

En un momento las calles que daban  la plaza estuvieron cubiertas y
barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los
cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos,
salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compaa de
Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgndose con una
cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido
muertos  heridos en la sorpresa de la plaza.

--Pero dnde est el seor beneficiado? decian algunas mujeres que
habian salido de la torre.

--El beneficiado! dijo uno de los de la compaia de Diego de Herrera:
no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha
quedado en la torre.

--Cmo! el beneficiado de Cdiar! exclam el marqus de la Guardia;
el que me cas esta tarde!... Ah! Diez hombres conmigo!

Pero cuando llegaron al pi de la torre, les detuvo un espectculo
horrible.

La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos
de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba  la
plaza, un hombre asido  una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba
gritos, pero no descendia; estaba aferrado  la cuerda con el terror de
la muerte.

En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.

Aquel hombre no les oia.

Visele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin,
quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura
dando vueltas.

--Es el beneficiado! gritaron las mujeres.

--Est muerto! dijo un soldado.

El marqus de la Guardia se separ de aquel lugar, y se puso  pasear de
nuevo  lo largo de la plaza.

Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las
avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles
que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre,
podian rendir los monfes  los castellanos, y era de esperar que el
capitan general enviase pronto socorro.

Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el
incendio de la iglesia, se esper en vano la acometida de los monfes:
el mas profundo silencio reinaba en la villa.

--Qu hacemos aqu? dijo el marqus de la Guardia, volvindose
bruscamente  Cristval de Belorado: nos vamos  quedar esperando al
Mesas? los enemigos se han marchado.

--Los moros son mala gente, seor marqus, dijo Belorado: callan, pero
no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usa de su
fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa.
Como estamos, estamos bien.

--Os digo que los moros se han retirado.

--Como guste usa, pero.

--Seor Cristval de Belorado! Sereis acaso vos el capitan de la
compaa, y estar yo acaso faltando  mi obligacion disputando con vos?

Callse el teniente.

--Tomad veinte hombres y reconoced.

El marqus volvi la espalda al teniente y sigui paseando.

--El capitan est loco, dijo Belorado, y su locura nos va  costar el
pellejo; pero qu hemos de hacer? lo manda; desobedecer  cumplir mal
su mandato, seria una cobarda: Hola sargento Aponte! escoged veinte
hombres, y conmigo.

--A dnde vamos, seor Cristval de Belorado? dijo el sargento.

--Eh! y qu os importa  vos? Teneis miedo?

El sargento se call ante el teniente, como el teniente se habia callado
ante el capitan.

--Ah, de la primera escuadra! grit.

Formronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el
sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envi 
los diez restantes  sus puestos, y fij una mirada terrible en los
veinte hombres que se habian quedado.

Algunos de ellos murmuraban.

--Eh! Qu dices t, Gil Perez? y t Pedro Donoso? y t, Chirlo del
diablo? eh! teneis miedo, vergantes? silencio y firmes!  voto !...

Y la solt redondo, arrimando al mismo tiempo  los soldados algunos
golpes con el asta de su alabarda.

El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente,
como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del
capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba  medida que
descendia.

Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia
dado fondo en ellos.

El sargento di parte  Belorado de que la gente estaba dispuesta, y
Belorado se adelant hcia ellos, y les dijo apoyado en su pica:

--Muchachos: vamos  hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto
quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance
es apretadillo y se os ha buscado para l,  vosotros, que por valientes
marchbais en la vanguardia de la compana: cuerpo de Dios! todos
habeis estado en Flandes, y ya sabeis  lo que sabe el hierro: voto
... que el que se me vuelva atrs un paso, se encuentra con la punta de
mi pica! Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados,
y... fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de
que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id
adonde yo vaya... y en marcha, hijos, en marcha.

Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres sali por el claro
de una barricada.

--Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van 
quedar tendidos  oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias,
que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compaa.

--Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador:  nosotros nos habia
relevado la compaa de Diego de Herrera, estbamos en Yator y de l no
debiamos de habernos movido: el marqus parece dominado por algo
terrible: vamos, no lo comprendo: y  qu enviar  Belorado con esa
gente?

--Yo no s, yo no s lo que le pasa al marqus, amigo Macas: todos le
creiamos en Granada, cuando he aqu que se presenta en la posada de
Belorado... yo estaba con l, y con dos buenas mozas.--Que se vayan esas
mujeres, dijo el marqus.

Por mas que nos extraase esta salida tan descorts, porque al fin, si
l es ttulo de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal
manera que nos caus espanto: venia con la cabeza descubierta, con el
semblante desencajado: mojado de pis  cabeza; mas que mojado, cubierto
de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas
por los ojos. Ves que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo:
cuando salieron las mujeres dijo  Belorado.--Dadme vestidos y vos
Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y  la
plaza con la gente.

Yo sal: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la
compaa, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza
limpia al lado del teniente, y no habeis reparado? trae sobre la coraza
una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya.

--Si, si; ya lo he visto, y no s  qu vienen esas galas: sobre todo
cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fcil encontrar un
arcabuzazo que un galanteo.

--Yo tampoco lo entiendo: ni s si el capitan ha cumplido con su
obligacion abandonando  Ytor y trayndonos  Cdiar, con tres leguas
en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.

--En Ytor debe de haber habido tambien jarana.

--Esto se estaba esperando de un momento  otro, y creo, Dios me
perdone, que tenemos faena para algun tiempo.

--Creeis que esto sea una guerra?

--Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han
disparado en esta guerra los arcabuces.

--Bah! Diego de Herrera!...

--En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compaa: sin armas,
con todas las seas de haber sido sorprendidos: juraria  que esos
perros los han degollado en sus mismas casas.

--Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.

--Qu?

--Ya sabeis que Cristval de Belorado es hombre capaz de meterse en el
infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha
parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la
villa y reconocido en regla y como Dios manda.

--Y qu encontrais de extrao en eso?

--Que no se oye un solo arcabuzazo.

--Eso no quiere decir mas sino que  los monfes les gusta mas el campo
que las calles, y que han cercado la villa.

--Belorado ha tenido ya tempo para salir de la villa y habr salido: 
lo menos habr mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos
hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cdiar.

--Vayan con Dios:  enemigo que huye...

--Alfrez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.

Se ech el alfrez la bandera al hombro, y se dirigi al capitan.

--Dejad una escuadra de guardia y con la dems gente reconoced los
muertos que hay en la iglesia y en la plaza.

El alfrez obedeci.

--Es extraa la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al
aposentador. No parece sino que est seguro de que los monfes se han
retirado.

--Pues no lo entiendo, dijo Macas.

--Ni yo tampoco. Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra
escuadra en la plaza!

--Muy bien, mi alfrez.

--Poned en cada bocacalle un centinela.

--Muy bien.

--Y decid  los sargentos de las otras tres escuadras que formen la
gente.

El resto de la compaa, que no habia ido  reconocer ni quedaba de
guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los
cadveres.

La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas
ardiendo.

La iglesia exhalaba un insoportable olor  sangre fresca.

Los soldados revolvian los cadveres y los amontonaban.

Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las
orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma
que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa  un solo muerto.

Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el
horror que naturalmente inspiran cadveres despedazados.

Eran dignos membros de aquella famosa infantera espaola compuesta de
vagos y aventureros,  la cual para que tomasen una plaza al asalto, no
habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de
las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el
castillo  la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de
exterminio.

Encontrronse mas de cien cadveres, entre ellos el corregidor, algunos
alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos nios, y
como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de
Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo.

Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y
en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los
monfes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del
beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido 
pualadas bajo una mesa servida.

Los primeros soldados que entraron all, al ver los manjares los
devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas
preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas
convulsiones.

Al amanecer volvi de su reconocimiento el teniente Cristval de
Belorado.

--Seor marqus, dijo: los monfes se han retirado enteramente.

--Ya lo sabia yo, dijo el marqus de la Guardia: ahora, aadi, que ya
es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia:
haced que los dems que hayan quedado recojan los muertos y los
entierren, y aposentad la compaia.

Dicho esto, el marqus fue  aposentarse en la vecina casa de Juan de
Ribera, escribi un largo parte al capitan general de Granada, y le
envi con un correo.




CAPITULO XXIX.

     De lo que aconteci aquella misma noche en Granada.


Farax-Aben-Farax, con seis mil monfes, habia emprendido aquella tarde,
cumpliendo la rden del emir, su marcha sobre Granada.

Pero estaban tan difciles los pasos de la sierra, que para llegar  la
media noche se vi obligado  elegir los mas prcticos en el terreno,
los mas hbiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tom 
buen paso el camino de la ciudad.

Pero no lleg tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media
noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir  las iglesias
 oir la misa del gallo, y volver tranquilamente  sus casas.

Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevendos y todo lo tenian
preparado, no se atrevieron  moverse por s solos, porque,
amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfes.

Por otra parte la tardanza de estos empezaba  desanimarlos.

Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido
de Orgiva y de las alqueras de la Vega, y ni un solo emisario de estos
se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian
esperar ocultos en un caaveral dos mil hombres, y tambien faltaron:
estos hombres mandados por los wales de la montaa el Partal y el Nacoz
debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde 
Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar
y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos
travesaos de madera podan subir  un tiempo tres hombres: la longitud
de estas escalas se habia hecho con arreglo  la altura de los muros,
cuyas medidas habia dado un morisco albail llamado maese Francisco
Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes 
la primera seal.

Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente:

Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristval, San
Gregorio el Alto y San Nicols debia acudir  la puerta de Frex-el-Leux,
 de Fajalanza con un estandarte de damasco carmes con lunares de plata
y flecos de oro: Diego Niquel, el mozo, con las gentes de San Salvador,
Santa Isabel de los Abades y San Lus, y una bandera de tafetan
amarillo,  la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de
San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una
bandera de damasco azul turquesado,  la puerta de Guadix.

Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar  cuchillo 
los cristianos que vivian en el Albaicn, y, dejando une guardia en
aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo
tiempo la fortaleza de la Alhambra.

Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por
fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de
Elvira, entrar por ella, matando  los cristianos que encontrasen,
forzar la crcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en
ella.

Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba,
dando por la calle de la Calderera en la crcel de la ciudad, poniendo
libertad  los moriscos, y yendo despues  las casas del arzobispo y
procurando prenderle  matarle.

Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro,
acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don
Pedro de Deza, yendo despues  reunirse todos  la plaza de Bibarrambla
donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin,
del partido de Orgiva y de la Vega.

La ciudad debia ser entregada al degello, al saqueo y al incendio.

Tenase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no
hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conoca su plan, ni se sabia
el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser,  pesar de que
en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho.

El marqus de Mondjar don Iigo Lopez de Mendoza, habia escrito al
consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido
hasta tal punto, que si los moriscos llegan  poner en prctica su plan
concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada
la Noche Buena de 1568.

Todo consisti en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax
Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar
el tiempo, crey que le bastaba presentarse en el Albaicin con los
trescientos monfes que llevaba, y tanto anduvo, que  pesar del
temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra,
lleg  Granada  la una de la noche, y tomando de los molinos que estan
junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, lleg 
un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy
algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado
por cima de la puerta de Guadix, entr por lo alto del barrio de
Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfes de guardia en
el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados
y tocas blancas para parecer turcos, se fu  la casa que tenia en
Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llam  los
principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento.

[imagen: Harum-el-Geniz.]

--Qu es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro
tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas
metidas en sus casas. Qu es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha
levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados 
incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y
acobardados.

Disculpronse los llamados con que nadie les habia acudido.

--Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo
Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos.
Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los
primeros el ejemplo, no mostrndoos cobardes y dbiles. Que para esto he
venido yo.

--Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perders:
nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que
nos han faltado son los monfes.

--Cmo! exclam irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi
familia y mi hacienda, y darme  la sierra, solo por la libertad de la
patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais
favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese
otra salvacion que la guerra,  como si despues de lo que hemos hecho
esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo
pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con
los que tengo, har que el Albaicin se levante  perezcais todos los que
estais en l.

Y rugiendo en clera se sali de su casa antes del amanecer, llevando
los trescientos monfes en dos cuadrillas, y por la calle de
Raab-Albayda se encamin  la plazuela que est delante de la colegiata
del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis  ocho
soldados.

Cuando llegaron  la plazuela los monfes que iban delante, se
detuvieron  esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado
que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sinti el
ruido de los pasos de los monfes que subian por Raab-Albayda, creyendo
que era la ronda del corregidor, se fu hcia los monfes con la mano
puesta en la espada y echndola de valiente y cuando estaba cerca de
ellos les di el quin vive?

La contestacion de los monfes fue disparar sobre l las ballestas que
llevaban armadas, hirindole en un muslo.

El soldado di  huir hcia el lugar donde sus compaeros dormian
descuidadamente alrededor de una hoguera, y empez  dar gritos y 
llamar al arma.

Los monfes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueo, no
pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos,
llevando consigo otros dos heridos.

Siguironlos los monfes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza
de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los
Jesuitas: llamaron  insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y
no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de
madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.

La otra cuadrilla de monfes, capitaneada por el wal Nacoz, tom desde
la plazuela del Salvador  la derecha, lleg  la Plaza Larga, derrib
la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado
Diego de Madrid, y no habindole encontrado dentro, le robaron 
hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego
pasaron el portillo de San Nicols, situado junto  la puerta mas
antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo  la plazuela de la iglesia,
desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran
parte de la ciudad, empezaron  tocar la zambra con sus dulzainas y
atabalejos, y  decir  grandes voces:

--No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que
quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho  sus
personas y ley, vnganse  juntar con estas banderas, porque el rey de
Argel y el Xerife,  quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado
toda esta gente, y la que nos est aguardando all arriba. Ea, ea,
venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los
moros est levantada[26].

Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no
sucedi: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano
Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un
solo morisco sali  la calle.

Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban
apresuradamente  rebato, y empezaba  extenderse este toque  las
torres de las dems parroquias.

Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que
no llegaba el grueso de los monfes, se decidi  abandonar la ciudad.

Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los
Panaderos, se abri una ventana y apareci un viejo.

--Cuantos sois? pregunt  Farax.

--Seis mil contest, el alguacil mayor del reino.

--Vens pocos y vens tarde; exclam el viejo con desprecio, y cerr la
ventana.

Salise ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia
penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso
probar el ltimo recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar
desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, grit
con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los
moriscos del Albaicin:

--Perros! traidores! cobardes! que nos habeis engaado y no cumplis
lo prometido! quedaos en paz! pero yo os juro que si vuelvo ser para
degollaros lo mismo que  los cristianos!

Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipit con sus
trescientos monfes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro
tom el camino del lugar de Cenes.

Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos
del Albaicin se hubiesen levantado  la voz de Farax,  si hubiesen
llegado los restantes monfes, que  causa de la nieve no pudieron
atravesar la sierra.




CAPITULO XXX.

     Complemento del anterior.


Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador,
donde como dijimos estaban de guardia, fueron  avisar  Bartolom de
Santa Mara, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de
rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando 
grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que
creyendo que fuese burla, se asomaban  las ventanas gritndoles que
callasen, y creyndolos borrachos. Otros vecinos, salieron  medio
vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo
qu hacer ni adonde ir.

Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos  las casas
de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza,
aunque de una manera confusa  incompleta, porque el miedo que antes no
les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo
avisar al corregidor y al marqus de Mondjar, y mand al Albaicin al
alguacil Santa Mara, para que se enterase bien del hecho y volviese 
noticirselo. Entre tanto el soldado que fue  avisar al marqus de
Mondjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que
no quisieron abrir, hasta que lo mand el conde de Tendilla que andaba
rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las
voces de los monfes en el Albaicin.

El soldado le inform de todo, y el conde de Tendilla le llev al
aposento de su padre el marqus de Mondjar, que no queria creer lo que
le decian, hasta que afirmndole su hijo que habia escuchado
instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto
hombres vestidos y tocados como turcos, salt del lecho, se arm y mand
que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.

Pero se encontr con que solo tenia ciento cincuenta infantes y
cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo,
cuanto mas para sacarla de l. Tanto mas no sabindose el nmero de los
enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian
tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente
bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso
de sus calles favorecia  los moriscos para la defensa.

Resolvise por eso  no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y
habiendo sabido que el alguacil que fu  reconocer el Albaicin no habia
encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mand
que las campanas cesasen de tocar  rebato y que subiesen algunas rondas
para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto,
saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.

El corregidor por su parte apenas recibi el primer aviso, mont 
caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fu 
situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillera,
donde recogi la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y all estuvo
quieto hasta que amaneci, temeroso que el lance siguiese mas adelante.

Habian encontrado los que fueron  reconocer el Albaicin el portillo
abierto por los monfes, y junto  l las herramientas de que se habian
servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqus
de Mondjar dej la Alhambra y baj  la Plaza Nueva con don Alonso de
Crdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de
Mendoza, reunindosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y
Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se
encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y
gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese
ser.

En aquellos momentos un traginero dijo al marqus de Mondjar, que habia
encontrado  los monfes caminando con dos banderas tendidas por detrs
del cerro del Sol hcia el lugar de Casa Gallinas.

Alborotronse con estas noticias los que estaban con el capitan general,
y quisieron marchar tras los monfes. Pero el marqus de Mondjar no lo
consinti  causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y
de no saberse el nmero de los enemigos.

Limitse  enviar un escudero suyo con alguna gente  reconocerlos, y l
con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su
guardia, subi al Albaicin; atraves por medio de l sin encontrar una
sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus
casas temerosos de ser robados: y llegando  la plazuela del Salvador,
pregunt  algunos cristianos que se encontraban en ella, por qu no se
veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado 
sus casas.

Entonces mand  Jorge de Baeza que llamase  los principales de ellos y
venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que
habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqus
les respondi: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al
llamamiento de los monfes, continuasen en su lealtad, y que contasen
con su amparo.

Afectaron quedar muy contentos los moriscos, baj  la plaza Nueva el
capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvi dar sobre
los monfes, y salieron cuando los que habian salido  reconocerlos
trajeron noticia del camino que llevaban.

Los monfes seguian entre tanto su camino hcia la sierra y sin
detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron
 Cenes, donde se detuvieron  almorzar, y habiendo sido avisados que el
capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el
camino por la falda de Sierra Nevada hcia el lugar de Dilar.

El marqus de Mondjar tom por cima de Huetor hcia Dilar, y al llegar
al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron  los moros
que iban ya embrendose en la sierra.

Don Alonso de Crdenas apret las espuelas  su caballo, y seguido de
algunos ginetes, se puso en demanda de los monfes creyendo poder
alcanzarlos antes que se embreasen; pero se lo impidi una cuesta muy
agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir
y bajar, que los monfes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro
alto y muy spero que se levanta  la derecha del pueblo, y poniendo las
banderas en medio, empezaron  jugar sobre los del marqus las ballestas
y los arcabuces.

Mataron algunos soldados, pusironse en respeto  los dems, obligaron
al marqus de Mondjar  no pasar adelante, y luego tomaron lo spero de
la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqus de
Mondjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban
alborotada  Granada, y se entregaron respecto  los cristianos que
vivian en los pueblos del valle,  las mismas atrocidades que habian
ensangrentado  Cdiar.

El marqus mand tocar  recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando
vi que por su poco nmero se veia obligado  volver  la ciudad, tom
el camino de ella murmurando para su celada:

--Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni
hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perder.

En medio del camino le detuvo un soldado que traa para l una carta:
aquella carta era del marqus de la Guardia, en que le daba cuenta de
los terribles sucesos de Cdiar.




CAPITULO XXXI.

     De cmo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas
     enemiga.


Volvamos al marqus de la Guardia en el punto en que despues de haber
escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.

Era poco despues del amanecer.

El marqus estaba en un estado de exaltacion terrible.

Estaba loco.

Solo se le oia murmurar.

--Esperanza! Mi Esperanza! Mi hija!

Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada
ensangrentada y furiosa.

Abrise la puerta del aposento, y un soldado le entreg una carta.

Aquella carta decia:

--Caballero: ignoro por qu razon os he encontrado al frente de vuestra
compaa en Cdiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho 
que me satisfagais, y os mando que vengais  encontrarme, siguiendo al
hombre que os llevar esta carta.--El emir de los monfes.

--Dnde est el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqus,
guardndosela en el bolsillo.

--Espera en el zaguan, seor, contest el soldado.

--Hacedle entrar.

Entr un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente
vestido.

El marqus se qued solo con l.

--Sabes quin te envia? dijo el marqus.

Irguise el mendigo.

--Soy wali del poderoso emir de los monfes, contest: y me llamo
Suleiman.

--Y te atreves  decrmelo?

--Si: t eres tambien monf.

--Yo!

--Si, t: t eres monf, eres traidor.

El marqus ech mano  su espada.

--S, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del
marqus: eres monf, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres
traidor, porque ayudas  los cristianos.

--La sultana Amina! exclam con acento rugiente el marqus: sabes t
lo que ha sido de la sultana Amina! sabes si est muerta  viva... 
tal vez peor que muerta!

Palideci profundamente Suleiman, y asi con furor un brazo del marqus.

--Te habrs atrevido, perro cristiano?... exclam.

--Me la han robado, grit el marqus, lanzando de s  Suleiman, y con
ella me han robado  mi hija.

--Que te han robado  la sultana Amina! y quin, quin? grit
Suleiman, sin temor de ser oido: sabes t lo que har contigo el emir,
sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los
escuadrones del rey de Espaa?

--Dnde est Aben-Aboo?

--Aben-Aboo! el compaero en el mando del emir! exclam con extraeza
Suleiman, porque no sabia  dnde el marqus iba  parar.

--Llvame, llvame  donde est el emir! dijo el marqus:  l solo
dar cuenta de lo que ha sucedido; llvame  donde est el emir, y nada
temas.

--Yo nada temo, replic Suleiman, pero puesto que obedeces  nuestro
comun seor, sgueme.

Calse el marqus su morrion de hierro, envolvise en una capa que le
habian prestado, y sigui  Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tom todo el aspecto de un
mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, 
la montaa.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irgui de nuevo, y sigui
adelante  gran paso.

El marqus iba tras l.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado
aluvon, y al fin Suleiman empez  trepar por un sendero escarpado, 
cuyo fin se veia la entrada de una cueva.

Cuando llegaron  ella, el marqus vi que dentro se paseaba un hombre
enteramente vestido  la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir  Suleiman, se volvi: al ver tras l al marqus, se puso
totalmente plido, y con un ademan imperioso mand  Suleiman que se
retirase.

El monf descendi  la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

--Cmo te encuentro aqu, mi buen hijo! exclam el emir con un acento
doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su clera.

--Teneis razon, seor, dijo el marqus. Teneis razon en extraar que me
encuentre  vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunci de tal modo el marqus estas palabras, que la irritacion del
emir pas para dejar su lugar al espanto.

--Muerto! y por qu! y mi hija y tu esposa?

--No s qu ha sido de ellas, exclam con desesperacion el marqus.

--Habla! habla! acaba! no s por qu veo en tus palabras, en tus
miradas, los indicios de una gran desgracia.

--Me la han robado! exclam con acento rugiente el jven.

--Robado! pero quin! cmo!

--Quin! Diego Lopez Aben-Aboo, exclam el marqus: s, le reconoc, y
eso que solo le v  la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos
en m los ojos con una expresion infernal... y luego o su voz ronca que
gritaba: embreaos! embreaos con ella!... despues nos separ la mano
de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola
palabra.

El marqus le refiri de qu manera habian sido sorprendidos, y cmo
desesperado se arroj con su caballo  la corriente.

Despues continu:

--Yo deb perecer: la violencia de la avenida arrastraba  mi caballo:
veia pasar rpidamente  ambos costados mios las sombras informes de las
rocas: encontrme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y
me sent sumergir: pero tambien de repente me sent alzado y me encontr
sobre el tronco de un rbol que arrastraba la avenida. Por una
casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tend los brazos 
aquella roca, y encontr por casualidad las raices de un rbol: trep...
y me encontr salvo, pero me encontr solo... solo... qu habia sido
entre tanto de mi Esperanza?

El marqus inclin la cabeza desesperado.

--Mi hija...! robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente
el emir.

Y luego cerrando los puos, y levantando los ojos al cielo exclam:

--Oh! es mucho, mucho castigo! es demasiado! es horrible, seor!

Y luego volvindose al marqus, continu:

--Pero estas seguro?... seguro de todo punto?

--Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he
de beber la sangre de ese infame.

--Pero, exclam desconfiando aun en el emir, t te encontraste solo en
una roca en la montaa... en un terreno que no conoces, de noche... y
despues te he encontrado con tu compaa en Cdiar: tu compaa estaba
en Ytor.

--La avenida me habia echado cerca de Ytor.

--Pero cmo pudiste conocerlo, no siendo prctico en la tierra?

--Se escuchaba  lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian
algunas luces inmviles entre la oscuridad; yo me dirig adonde se
escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me
encontr en Ytor. Entonces busqu  mi teniente Cristval de Belorado,
y le mand reunir la gente, con la cual me encamin  Cdiar, adonde
llegu despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de
Cdiar, que tenia all  su madre, y no s por qu, estaba seguro de
encontrar en Cdiar  Aben-Aboo. Y no me enga. Por qu huyeron los
monfes?

--Huyeron!... porque yo no queria que t murieses; porque yo los mand
retirar: pero en estos momentos, en el punto en que t has salido de
Cdiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfes
habrn envestido de nuevo la villa, y no dejarn ni uno solo de tus
soldados vivos.

--Y para qu quiero yo vivir?

--Para qu? si es cierto lo que dices, por qu quieres morir y no
vengarte?

--Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeci: el hombre que habia robado  su hija, era su
hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el
marqus de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad  la justicia de Dios eran con l inexorables: l habia
matado al padre del marqus de la Guardia creyndole corruptor de su
esposa, y el hijo del difunto marqus habia seducido  su hija: su hija
habia enloquecido al prncipe don Carlos, le habia hecho traidor  su
padre, y Felipe II se habia visto obligado  prenderle,  procesarle y
acaso  matarle: Amina habia enloquecido tambien  Aben-Aboo, y le habia
hecho traidor  su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como
Felipe II, se veria obligado  matar  su hijo por el bien de su pueblo.
Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crmenes: el
incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban
que eran hermanos, y los dos hermanos amaban  su hermana y estaban
zelosos entre s.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba
el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un
remordimiento voraz le roia las entraas.

--Dnde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigindose al marqus.

--En un barranco, cuando caminbamos bien de prisa, porque segun decian,
teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

--Y estbais ya cerca de esa rambla?

--Si seor.

--Ah de abajo! grit el emir asomndose  la boca de la cueva.

Poco despues subi Suleiman.

--Que se reunan al momento cuarenta monfes, y mi caballo.

Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, 
quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqus.

--Sgueme, seor.

El marqus mir  Yaye.

--Sguele, sguele, hijo mio, dijo el emir: l te llevar  lugar
seguro.

El marqus sigui  Suleiman y Yaye sigui adelante con su gente,  gran
paso, salvando todo gnero de obstculos, por lo mas spero de la
montaa.

De repente los monfes que iban de descubierta, se detuvieron y se
encararon las ballestas que llevaban armadas.

--Quin va? grit el que iba mas adelante.

--Allah le ille Allah! grit una voz muy conocida del emir.

--Harum! exclam Yaye haciendo saltar hcia adelante su caballo, al
escuchar aquella voz.

--Ah, poderoso seor! exclam desesperado el wazir.

--Nuestra hija nos ha sido arrebatada, grit Calpuc.

--Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don Csar de Arvalo.

--Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los
recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua 
la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmont y se apart  un lado con Calpuc, Harum y don Csar.

--Con qu es verdad? dijo.

--Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. Pero quin te lo
ha dicho?

--Basta que yo lo sepa, dijo el emir.

--Y sabeis tambien, poderoso seor, quines han sido los ladrones?
Sabeis quin puede haberlos pagado?

--Qu! no habeis podido vosotros conocer  los robadores?

--Eran piratas berberiscos, dijo Harum.

--Corsarios berberiscos eran, repiti Calpuc.

--Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, aadi don
Csar de Arvalo.

--Pero no sabeis que los monfes que han ido  Granada con
Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes
colorados para hacer creer  los de Granada que habian venido 
ayudarnos los africanos?

--Ah! exclam como quien encuentra una difcil solucion Harum. Ya decia
yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando
sucedi la desgracia.

--Y qu importa? No pudiste conocer  ninguno de los robadores?

--No seor.

--Y por qu no los persegusteis?

--Nos lo impidi la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres
torrentes, dijo Harum.

--Y tan verdad es esto, dijo entristecido don Csar, que mi sobrino, que
se arroj  la corriente para perseguir  los infames, fue arrastrado
por las aguas sin que se sepa qu ha sido de l. Es necesario que
averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.

--Qu me hablais de vuestro sobrino, cundo he perdido  mi hija?
exclam Yaye; y luego volvindose  Harum dijo: es necesario batir en
derredor la montaa: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles
cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos
proteja Dios.

En vano el emir registr por aquella parte todos los barrancos,
quebraduras y escondrijos de la montaa: nada se encontr.

Yaye se volvi desesperado.

No le quedaba otro recurso que ir  encontrar frente  frente 
Aben-Aboo.

Cuando volvi  Cdiar encontr  los monfes al mando del Ferih
enteramente apoderados de la villa.

Su pronostico al marqus de la Guardia se habia cumplido.

Cercada por todas partes y abrumada por el nmero la valiente compaa
de arcabuceros, habia sucumbido toda,  excepcion del marqus de la
Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqus
habia enviado al capitan general de Granada.

La poblacion presentaba un aspecto horrible.

No se veia en las calles mas que sangre y cadveres; en la plaza estaba
amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido
incendiadas ardian aun.

La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion  Aben-Aboo,
estaban desiertas: doa Isabel de Vlor y Angiolina Visconti habian
desaparecido.

Cuando Yaye hizo buscar  doa Elvira de Cspedes no pudo darse con
ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los
monfes triunfantes.

Cuando Yaye pregunt por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le
dijeron que habian marchado  la taha de Jubiles.

Aben-Humeya habia marchado tambien  la taa de Vlor.

Yaye envi dos de sus wales con rden terminante de que se presentaran
Aben-Humeya y Aben-Aboo.

Pero Aben-Humeya contest con altivez que era rey de Granada y que no
obedecia  nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.

Yaye conoci que era llegada para l la hora de la expiacion.

Entre tanto don Csar de Arvalo esper en vano  que pareciese su
sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidi
del emir y se fu con Peralvillo  Granada, supo con horror que el
capitan general habia recibido una carta del marqus de la Guardia,
fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba
que con su compaia habia batdo los monfes y ocupado la villa de
Cdiar.

Todo el mundo, incluso don Csar de Arvalo, di por cosa cierta, cuando
se supo el degello de la compaa por los monfes, que el marqus de la
Guardia habia perecido vctima de su lealtad al rey.

Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en Espaa, se fu con
Peralvillo al Per donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real
audiencia.

Desde este momento don Csar y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si
se ahogaron en la travesa,  si don Csar se muri de viejo haciendo
injusticias  los peruanos.




CAPITULO XXXII.

     En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros
     personajes.


Qu habia sido de Angiolina Visconti y de doa Elvira de Cspedes?

Vamos  decirlo sin rodeos  nuestros lectores.

Aben-Aboo habia llevado  Angiolina  un casero de sus parientes en la
montaa donde no podia correr el menor peligro.

Doa Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engaada,
al subterrneo de la Princesa encantada.

Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se
embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos
obligados  desenredarlos y darles claridad,  dejar en suspenso la
explicacion de la causa de algunos; de este nmero, es la razon que tuvo
Laurenti para apoderarse de doa Elvira, y el por qu del consentimiento
de doa Elvira  seguirle.

En cuanto  doa Isabel de Crdoba y de Vlor ya hemos apuntado
anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaa.

El marqus de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de rden de
Yaye, al alczar subterrneo de los emires de los monfes.

En cuanto  Amina y su hija nada podemos decir por ahora  nuestros
lectores.

Digamos algo  cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevar
como por la mano al desenlace de los sucesos complicadsimos que vamos
relatando.

Lo que habia acontecido en la villa de Cdiar la noche del 24 de
diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las
Alpujarras.

Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfes,
habian acometido  los cristianos, matado  los que no pudieron escapar,
cautivando  las mujeres jvenes, incendiando, robando, martirizando con
una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha
sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su
venganza.

Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas
carniceras, ni nuestro carcter se presta  ello: en el relato de los
acontecimientos de Cdiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos
tenido afortunadamente necesidad de presentar nios crucificados, y
acaavereados, sacerdotes  quienes se arrancaba vivos el corazon;
hombres quemados  fuego lento; horrores inauditos, venganzas
monstruosas, que se llevaron  cabo en casi todos los lugares de la
Alpujarra, y que empaaron la causa defendida por los monfes, haciendo
de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.

Yaye veia desvanecerse sus sueos: comprendia al fin que solo habia sido
rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada,
mientras no se habia llegado  un rompimiento decisivo, pero desbordada
y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del
rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos
Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalgua de los
antiguos rabes, pero que eran impotentes para contener el mal.

Yaye conoci que en todo se habia engaado: pero cada uno de sus engaos
habia sido para l de una trascendencia terrible.

Yaye estaba desesperado.

A mas de sus desgracias domsticas, que eran bastantes para desgarrarle
el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los
peores auspicios posibles.

La justicia, la opinion pblica, la conciencia debian protestar y
protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de
violar, de matar, de robar.

Los horrores se sucedian sin intermision[27].

Inmediatamente despues del alzamiento de Cdiar se alz la taa de
Poqueira;  continuacion los quince lugares  alquerias de la taa de
Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles;
los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de
Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo
verificaron, como Cdiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.
de enero del siguiente ao de 1569, esto es: en el espacio de seis das
se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria,
Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena
y Almera y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y
parte de la Axarqua de Mlaga y de la provincia de Almera.

Un nmero considerable de cristianos asesinados, cuyo nmero no seria
exagerado determinndolo en diez mil, habian sido el terrible reto,
lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre
que estremeci  Espaa, y que hizo se fijasen en ella las miradas de
Europa; sombro relmpago de una insurreccion comprimida hacia mucho
tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su
horrorosa venganza.

Encontr esta rebelion al marqus de Mondjar sin gente y sin
pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfes sobre Granada
habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el
estandarte de Mahoma llega  tremolar sobre las torres de la Alhambra,
Espaa se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo
formidable: Africa entera se hubiera lanzado  los puertos espaoles
ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el
guerreador y terrible Seln II hubiera encontrado en Espaa su campo de
batalla contra la cristiandad.

Quin sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de
Felipe II, por lo antipoltico de su opresor fanatismo, por su ciega
confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el
reino de Granada, como en todo pas recien conquistado, se necesitaba un
gobierno justo y benvolo para atraer, un ejrcito respetable para
reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se
le excitaba  la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.

Asi es que el marqus de Mondjar no supo que hacer en los primeros
momentos; urgia ir  apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no
contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no
encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa,
esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al
parecer leales, porque no veian aun en los monfes bastante apoyo para
rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejrcito
turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la
ciudad, y atravesando  todo trance por medio de las rebeladas
Alpujarras, cubrir las costas.

En este conflicto el marqus de Mondjar apel  la antigua usanza de
Castilla, apellid guerra: hizo llamamiento de gente  las ciudades y
seores de Andalucia, con arreglo  la antigua obligacion de los
concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, busc
cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio
caudal y parte con la ayuda de los mas principales seores del reino de
Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa,
escribi  Felipe II, manifestndole lo grave del suceso, y pidindole
con urgencia capitanes, hombres y dinero.

Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias
que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas
aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de
la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veanse de
repente correr los vecinos sin saber  donde con los arcabuces
afianzados y las espadas desnudas; y volver  su casa despavoridos, solo
por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y
miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian  los
templos  rogar  Dios, y las principales seoras se acogieron  la
Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el nmero de las
familias que abandonaron  Granada: no se veian por todas partes mas que
casas vacias y tiendas cerradas: los clrigos y los frailes en
rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.

Las primeras que llegaron fueron las de Alcal y Loja: una compaa fu
por rden del marqus  Restabal, pueblo inmediato  las Alpujarras,
para poner en salvo  los cristianos viejos, sus familias y haciendas;
otras dos compaas se estacionaron en Durcal para impedir  los
enemigos el paso  la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una
bandera de infantera y una corneta de caballos fu  ponerse sobre el
puente de Tablate, lugar estrecho  la entrada de las Alpujarras.

El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqus de
Mondjar, escribi  don Luis Fajardo, marqus de los Velez, adelantado
en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena,
excitndole  que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos,
acometiese  los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de
Almera:  lo que se prest hidalgamente el marqus de los Velez,
levantando banderas y empezando  reunir gente.

La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el
capitan general, el presidente de la Chancillera y el corregidor de
Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.

Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso;
Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los
moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qu partido
tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfes, los moros
_gandules_ (entre monf y morisco) y los moriscos rebelados, se
entregaban  la matanza, al saqueo, al incendio y  toda clase de
licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos,
desprestigindola, hacindola odiosa. El mismo aspecto repugnante y
brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentr en la montaa, sin
poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la
ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de
presas y pirateras que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de
los moriscos, contestase  sus peticiones de socorro de una manera vaga,
y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su
religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa,
fuese con ellos mas esplcito.

Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas:
temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de Espaa, y aplaz
su socorro; limitse solo,  formar una alianza con el dey de Argel, y 
ayudar indirectamente  los moriscos, distrayendo las fuerzas martimas
de Espaa en una empresa contra Tnez y Biserta.

Si estaban divididos y empeados en una vieja rivalidad, el presidente
don Pedro de Deza y el capitan general don Iigo Lopez de Mendoza, no
estaban menos divididos los gefes de los moriscos.

Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los
monfes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra;
Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y
Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedndose solo
Aben-Aboo pudiese vencerle hacindole  su vez traicion y apoderndose
de todo.

De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos
conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio
empequeecindose  una guerra de montaa que podia durar mas  menos,
pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de
una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de
la otra.

Espaa tenia su poder y sus ejrcitos: los moriscos sus breas
inaccesibles, y su brabo y feroz espritu su independencia; pero Espaa
podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio  impedir que por
la agregacion de nuevos elementos se extendiese.

La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes
se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las
fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.

Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi
insuperables que tenia que vencer Espaa, distraida en otras empresas
para levantar enormes ejrcitos, ni los cristianos sabian las tambien
insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse
una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.

Desalentado Aben-Humeya, se sali un dia solo de Lanjaron, resuelto 
pasar  Africa abandonando la empresa, y no atrevindose ya en razon al
estado de las cosas  demandar perdon del rey de Espaa.

Encontrronle unos monfes atravesando un barranco,  pi triste,
cabizbajo, llevando el caballo del diestro.

Aquel encuentro fue para l decisivo; fue, puede decirse, una prision:
desde entonces Aben-Humeya,  pretexto de lealtad estuvo vigilado,
pusironle casa real  usanza de los antiguos reyes de Granada: le
casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio
Almanzora, y otra de Tabernas: procurronle un pequeo harem con las mas
bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares
entrados  sangre y fuego, y le obligaron  desnudar la espada y 
dirigir la guerra.

Dividi los moriscos y los monfes en dos ejrcitos: el uno ocup el
camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al
Levante de Almera, al Poniente de Salobrea y Almuecar, y al Norte de
Granada. El otro ejrcito adelant sobre Granada, ponindose sobre
Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate
dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compaas de Lorenzo
de Avila y de Gonzalo de Alcntara, que fueron socorridas por el marqus
de Mondjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia
puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las
Alpujarras al Laujar, barrio inmediato  Vlor el Alto, y all se
hicieron fuertes y sentaron sus reales.

En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el ao de
1569.




CAPITULO XXXIII.

     En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.


Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena
pblica, por decirlo asi.

La noche del 24 de diciembre del ao anterior, esto es, aquella terrible
noche en que la esterminadora venganza de los monfes habia caido sobre
Cdiar: en el momento en que el marqus de la Guardia al frente de sus
soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba  Aben-Aboo ansioso de
matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mand
retirar  los monfes, Aben-Jahuar al parar junto  la embocadura de una
oscura calleja habia asido  su sobrino de un brazo y le habia
arrastrado consigo.

--A dnde me llevis? dijo el jven.

--Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.

--Pero qu peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda,
para sacar  esos perros de la plaza.

--Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro
est entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfes.

--Nos har acaso traicion?

--No me entiendes. El emir no puede hacer traicion  los moros. El emir
matar hasta el ltimo de esos cristianos, pero ser cuando no est
entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.

--Ah!

--El emir llamar al duque, le robar, si es necesario, para salvarle, y
cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el
emir, eres hombre perdido.

--Ah!

--Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de
ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentneo de los disparos de
las escopetas de nuestros hombres, bast para que el marqus, que estaba
cerca de ti en el barranco, te reconociera.

--Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan
oscura...

--El duque...

--Me martirizais con llamar duque  ese hombre.

--Pues bien: el marqus de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en
l, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y
bien; t eras el que estabas turbado...

--Yo no soy cobarde.

--Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste
oir lo que yo oi; el marqus te llam por tu nombre y te apellid
infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le
arrastr; yo di la cosa por concluida... porque quin habia de pensar
que el marqus se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha
visto entre los soldados que combatian en Cdiar, y no ha mandado
retirar al verle sino para salvarle. Le salvar, lo sabr todo. Qu
piensas t responder al emir cuando te pregunte por Amina? puedes
entregarle su hija?

--Ah! exclam Aben-Aboo.

--Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que
no puedan dar con nosotros.

--Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

--Es que estaremos poco tiempo perdidos.

--No os entiendo; creeis que maana no me preguntar Yaye por su hija?

--Dentro de algun tiempo no podrs temerle.

--Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.

--Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.

--Que muera! pero no es tan fcil matarle.

--T le matars.

--Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.

--Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.

--Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.

--Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.

--Tio! tio! ved lo que decs.

--Yaye debi casarse con tu madre; el casarse con ella cost la vida 
tu padre.

--Harto lo s, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que
no s por qu, aborrece al emir.

--Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado 
Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre  quien
amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqus de la Guardia.

--Parece que Satans habla por vuestra boca. No sabeis que estoy
enamorado de esa mujer?

--Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqus de la
Guardia.

--Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compaero en
el mando? que los monfes me miran ya como su seor?

--Pues mejor, mucho mejor; los monfes no tienen necesidad ninguna de
saber que t has matado al emir, y cuando l haya muerto, t sers el
rey nico y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad,
puedes dar de travs con Aben-Humeya, y quedar nico rey de Granada.

--Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.

--Cuando se buscan coronas, los cadveres se pisan.

--Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato
de mi padre... pero quien le mat fue vuestro difunto hermano... por mas
que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase
parte alguna en aquel crmen. Vos, que en aquella ocasion acompabais
al verdadero asesino...

--Quin te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfes
fueron los que la mataron.

--Probadme que asesin  mi padre...

--Le matars, sobrino, le matars!... y para ello te ayudar tu madre.

--Mi madre! mi madre que tanto le ama!

--Te ayudar sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene
el dia.

--Pero dnde nos ocultaremos?

--Dnde? en el lugar donde muri tu padre.

--Ah! exclam Aben-Aboo.

En efecto, el dia se entraba por el Oriente  buen andar, y  buen andar
tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de
la montaa.




CAPITULO XXXIV.

     De cmo puede parecer feliz y aun serlo  medias un desgraciado.


En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.

Aben-Aboo no parecia.

Del mismo modo Angiolina Visconti, doa Elvira de Cspedes y Aben-Jahuar
habian desaparecido.

En vano Yaye apur cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su
paradero.

Los monfes no pudieron dar con ellos.

Entonces Yaye desesperado se volvi  buscar consuelo  la nica persona
que podia drselo:  doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese
feliz.

Para esto era preciso engaarla hasta cierto punto.

Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye
necesitaba hacer para que la felicidad de doa Isabel fuese una verdad,
era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Catlica con
ella.

Y la conversion de Yaye no era una mentira.

Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su
corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado  ese
caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en
Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no
pareciese  Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de
consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humaniz, y lav con su
sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hcia doa Isabel
influyese en l bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia
convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de
Mahoma, para levantar su espritu  Jess crucificado: Yaye era
cristiano de corazon.

Acaso tambien consisti en que del islamismo al cristianismo no hay mas
que un solo paso; creer en un misterio altamente potico: en la
maternidad de una vrgen.

Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia
comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion
cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente,
como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso
influy en l el pensamiento de que habia atribuido injustamente  la
religion mas dulce, mas caritativa, mas pacfica, las crueldades, la
intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian  los vicios y  los
errores de los hombres.

Yaye, como todo hombre dotado de un gran espritu y de una alta
inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no
se convirti al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia
convertirse.

Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos aos antes, acaso
hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su
conciencia de remordimientos.

Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que
empez la guerra, la vi vencida; desesperado hasta el ltimo punto,
busc su consuelo en la embriaguez: porque lo nico que podia ya
embriagarle era el amor de doa Isabel.

Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catstrofe de
Cdiar  su heredad de Ytor.

Un respetable nmero de monfes aseguraba de todo peligro al ltimo
tesoro de Yaye.

El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla
acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundsimo secreto acerca de
la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto  Aben-Aboo.

Porque si Yaye hubiera revelado  doa Isabel que su hijo se habia
apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo,
uno de estos dos horribles crmenes: el fratricidio  el incesto,
hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia
sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que
habia visto  Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando
el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo
oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos aos, cuando
habia desaparecido el luto de su corazon.

Yaye, pues, guard un profundo secreto acerca de aquellas horribles
desgracias: del mismo modo doa Isabel, sacada  tiempo de Cdiar, no
habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la
justicia de su causa los monfes: doa Isabel crea que se habia
empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que
rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponrselas de nuevo: doa
Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso
y ayuda al dbil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria
 los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doa
Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia  travs
de su virtud, de su caridad y de su amor.

Una noche entr Yaye en su heredad de Ytor.

Doa Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al
sentirle cerca doa Isabel, se levant de junto  la chimenea donde
estaba sentada, se arroj en sus brazos, le estrech palpitante de
pasion entre ellos, y le bes en la boca.

No extraen esto nuestros lectores, porque Yaye y doa Isabel eran
esposos.

El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfes,
habia venido con l  la heredad.

El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su
gratitud  Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, llor de
alegra: sin embargo, se inform minuciosamente de si Yaye conocia el
espritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando
estuvo seguro de ello, le bautiz: despues, cuando pidi que le casase
con doa Isabel, se inform asimismo de la cristiandad de ella, y al
fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados  los pis del
anciano sacerdote, Yaye y doa Isabel recibieron la bendicion de Dios, y
se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada
alianza.

Intil es creer que Yaye cuid de que el anciano sacerdote fuese puesto
fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfes.

Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia
bautizado, ni mucho menos casado con doa Isabel.

Sabian si que al hacer su compaero en el mando  Aben-Aboo, debia
casarse con su madre en un breve plazo.

La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se
encontraba doa Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba
deslumbrantemente vestido.

Doa Isabel por el momento no repar en ello, pero cuando se separ de
l y le mir, lanz un grito de nia, un grito de alegra y exclam:

--Oh! y qu hermoso y qu resplandeciente ests, rey mio!

--Oh! no ests t menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contest
sonriendo de una manera melanclica Yaye.

En efecto, Yaye y doa Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa
por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.

Doa Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje rabe: aquel
traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sndalo, y
dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doa Isabel
un cofrecillo de gata, y dentro de este cofrecillo una riqusima
diadema de oro, perlas, rubes, amatistas y diamantes y un collar de
gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un
broche en que campeaba un gruessimo brillante, rodeado de rubes:
aquellas perlas se parecian de tal modo  las que Calpuc habia vendido
en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen
provendo del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres
vueltas al magnfico cuello de doa Isabel, lo que significa que el
collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas
tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de
pedrera que relumbraban como soles; ltimamente, dos ajorcas 
brazaletes formados por tres filas de perlas compaeras de las del
collar, y con enormes y bellos broches de pedrera; una flor de gran
tamao de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada  servir de herrete
sobre el pecho,  la tnica interior de brocado blanco y encajes que
venia entre las ropas, y un ceidor maravilloso, en el que formando
arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el
riqusimo aderezo destinado por Yaye  su esposa.

Las ropas eran una tnica de brocado de seda y plata, formando
arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que
la caia hasta los pis, determinando por detrs una pequea cola
redonda: y esta tnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por
el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el
ceidor, riqusimos encajes de Flandes; sobre esta tnica un caftan de
brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo
sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y
sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de
plata salpicada de pequesimas violetas de oro.

No podia ser esta traje mas sencillo  pesar de su riqueza, ni una mujer
cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en
relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.

Doa Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado
casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su
hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas
reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con
delirio, acaso porque era la nica mujer de la familia, acaso porque
doa Isabel se hacia amar de todo el mundo:  pesar de sus ruinosos
dispendios, don Diego, no solo no habia tocado  las ricas joyas de
familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi
sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara,
esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente,
sino que habia aumentado cuanto habia podido el nmero de aquellas joyas
puramente rabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una
magnfica coleccion de costossimos trajes  su hermana. Doa Isabel
estaba, pues, acostumbrada  las galas y  las joyas; es mas, la
agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y
otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena,
desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su
casamiento con Miguel Lopez, y por la extraa fatalidad que la habia
arrojado casada y vrgen entre los brazos del hombre de su amor, habia
perdido la alegra de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos
aos, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca
blanca, y lo que es mas, por amor  su hijo, y para que nada le faltase,
habia vendido una  una y sin pena las admirables joyas de las sultanas
y damas sus abuelas, como las que debia  su hermano, y los ricos trajes
con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doa Isabel habia
vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su
hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando  solas con
su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible
felicidad que habia producido como una consecuencia maldita  Aben-Aboo,
rogando  Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al
cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.

Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doa
Isabel habia arrojado lejos de s con su traje de luto el luto de su
alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos
los perfumes de la felicidad, cuando recibi el rico canastillo de bodas
de Yaye, al que acompaaban dos esclavas para servirla de doncellas,
Doa Isabel, que habia vuelto  ser la nia, habia visto aquellas joyas
y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas
galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia
sonreido, y su conciencia ntima la habia dicho:

--Eres mas hermosa que hace veinte y dos aos: eres la alegra y la vida
de Yaye.

Y doa Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente 
su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su
hermosura, con la magnfica y pura frente ceida por la diadema de las
sultanas.

Si no alcanzais  soar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que
el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistble, al
describiros  doa Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellsimo
sueo: y como la vida es sueo....

Pero esto es muy vulgar. Os describiremos  Yaye.

Su traje era mas sencillo que el de doa Isabel, y pertenecia  la moda
de los tiempos medios de la dominacion rabe en Espaa: una pequea
corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona,
una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado zquierdo de la cabeza,
ondulaba sobre el pecho y venia  caer  su espalda pasando sobre el
hombro derecho: una tnica ceida de brocado verde con arabescos negros,
grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello
sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola
fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceida  la
cintura: una espada rabe con empuadura de oro cincelada en arabescos
con inscripciones cficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo:
unas calzas de seda ceidas,  grandes listas rojas y negras: unos
borcegues de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este
traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas
perdidas y forrada de armios.

Doa Isabel llevaba asido de la mano  Yaye hcia la chimenea.

--Oh! y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, no es verdad?

Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le
dominaba, cuando quera, acobardado por su destino, olvidarlo todo y
embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto
de doa Isabel.

--S, s, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura
 doa Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia
inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.

--Sintate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.

--Me dices eso de una manera demasiado sria, dijo palideciendo doa
Isabel.

--Nada temas, la dijo sonriendo melanclicamente Yaye.

Y asiendo un sillon, le uni al de doa Isabel; se sent en l y asi
las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.

--Por qu esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba  embriagarse
y  olvidarlo todo delante de ella. Acaso no tienes una gran confianza
en m?

--Despues de Dios en nadie confio tanto como en t, Yaye: pero desde que
puedo llamarme legtimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente
tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... oh! un
vago cuidado se ha apoderado de m: un recelo misterioso, que me he
apresurado  arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no s cmo hacerte
comprender cunto te amo: mira: lo que voy  decirte, es terrible, no
debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin
comparacion, ya lo creo.... te amo mas... que  mi hijo! que al hijo
de mis entraas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de
m, y te me ha dado, he comprendido que amaba  mi hijo, porque era hijo
tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando
durante mi viudez y mi luto, pasaba no s cunto tiempo bebiendo la
mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la
mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... oh! no sabes cunto me he
desesperado, cunto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cunto he
deseado llorando estrecharte contra mi corazon: oh! yo te he amado
siempre asi; desde el dia en que te v... desde el tiempo en que
pasbamos tan dulces maanas cada cual en su mirador no he olvidado
nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que 
pesar de los aos, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez,
mi corazon era siempre el corazon de una nia: cuando por un privilegio
sin duda, veia,--yo puedo y debo decrtelo todo, todo lo que pienso,
todo lo que siento,--veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y
que me hacia mas hermosa... oh! y cmo la modesta viuda, la que
siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que
siempre estaba plida, oh y cmo se contemplaba al espejo! y cmo se
coloraban sus mejillas, y cmo decia su corazon: gracias Dios mio,
porque me conservas hermosa para mi Yaye! haz Dios mio, que crea en t
para que yo pueda unirme  l! para que pueda mirarme en sus ojos como
me miro en este espejo!

Y al decir estas palabras doa Isabel, atrajo  sus labios las manos de
Yaye y las bes suspirando.

Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que 
doa Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.

Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion  su
semblante, tal lucidez  sus ojos, que doa Isabel abria toda su alma
para que la fecundase aquel amor.

--Y mira, aadi doa Isabel: si nos hubiramos casado entonces, yo
nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera
sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.

Estaba tan dominado Yaye, que no contest.

--Escucha, dijo doa Isabel inclinndose sobre su semblante, colorada de
un leve rubor y con el acento ligeramente trmulo: anoche, ya tarde,
dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba
dormir: la lmpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueo parecia
fatigoso, tu aliento ronco: yo vel tu sueo; yo hubiera querido leer 
travs de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba
enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueo que se habia apoderado
de t te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se pleg de una manera
terrible, tu semblante todo tom un aspecto de amenaza, tu boca una
expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas
articuladas, murmuraste: Amina! Aben-Aboo! yo me inclin sobre t, un
casi mis oidos  tus labios, y sent tu aliento que abrasaba, pero no oi
ni una palabra mas.

--Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela
en la montaa frente al cristiano, mientras yo duermo entre los brazos
de su madre!

--Porque yo lo soy todo para t, como t lo eres para m, exclam con
acento opaco y ardiente doa Isabel: porque olvidas entre mis brazos
como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas
horas robadas  la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre
nuestros hijos: no es verdad?... no es verdad que nos engaamos cuando
creemos que los amamos menos que  nosotros mismos?... cmo hemos de
amarlos menos? acaso no son ellos tu sangre? acaso mi hijo no es un
pedazo de mis entraas? Yaye! Yaye de mi alma! t, y tus hijos y yo...
no somos mas que un solo corazon...! no los olvidamos anegndonos en
nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!

--Es necesario romper  todo trance la situacion en que nos encontramos:
yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder...
ahora que te tengo  t, me encuentro cobarde: el combate me estremece:
se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de
matarme: Isabel! aadi gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que
eres para m: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado 
satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para m mas que
t: he vivido soando: he buscado lejos de t la vida, y solo he
encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo  vivir, la inflexible
fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto  todo: nada
puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del
libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto
revelarlo todo  nuestro hijo...

--Ah! dijo doa Isabel cubrindose el rostro con las manos.

--Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi
revelacion no llegue tarde, nuestro hijo est enamorado de su hermana.

Dona Isabel se puso de pi plida como un difunto.

--Y acaso tu hija le ama tambien?

--No, es peor que eso: le aborrece.

--Estamos malditos de Dios Yaye, exclam anonadada doa Isabel.

--No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se
horrorizar de su amor y le olvidar, le sustituir con otro... ademas,
yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasar
algun tiempo... y en ese tiempo te obligo  hacer un pequeo sacrificio.

--Ante todo jrame que ests seguro de que podemos salvar  nuestros
hijos.

--Lo estoy, contest Yaye.

--Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.

--El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de
mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente...

--Con quin?...

--Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.

--Casarte t!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe
consumarse, debe presentarse un testimonio  la crte... y yo... yo no
puedo permitir eso... t me has engaado de una manera infame.

Y doa Isabel se levant con la clera de una leona.

--Es que ese matrimonio est consumado, dijo Yaye sonriendo.

Los hermosos ojos de doa Isabel irradiaron en una expresion de agona,
de tal modo, que Yaye asustado se apresur  decir:

--Isabel! Isabel de mi alma! la sultana Howara eres t!

--Dios mio! y que horrible juego! exclam doa Isabel dejndose caer
sobre el sillon.

--Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que cio:  qu
habia yo de cermela sino porque el momento de mi union contigo delante
de los mios se aproxima?

--Pero yo no comprendo esto! ese nombre rabe...

--Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Crdoba, la esposa del califa
Abd-el-Rahman, el de la gran mujer  quien debi Abd-el-Rahman el trono
que le hizo grande.

--Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.

--Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.

--Me obligaran  confesar el islamismo?

--Todos te creen morisca.

--No tendr que pronunciar una palabra sola contra Dios?

--No: es muy sencillo... se supone que ya est todo hecho: entregadas
las arras concluido el contrato... todo se reducir  tu presentacion; y
 una fiesta de bodas.

--Ah! es decir que solo engaamos  los hombres?

--Y los engaamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que
esperar por nuestro hijo...

--Por nuestro hijo!...

--Si... necesito reducirle... convencerle  que nos siga. Los moriscos y
los monfes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos
bandidos.

--Oh! Dios mio!

--Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede
desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soando;
pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engaaremos:
despus nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos  la costa,
embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos  Francia   Venecia,
para vivir solo por nosotros mismos.

--Y tu ambicion?

--Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.

--Oh! Dios mio!

--Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa
la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es
necesario dar el ltimo paso hcia nuestra libertad.

Y Yaye se levant y asi  doa Isabel de la mano.

--Es decir que es esta noche?

--Si, dijo Yaye.

--Que nos esperan!

--Si.

--Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto;
pero no creia...

--Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse
ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la
esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y
que contribuyas  que no desconfien de nosotros.

--Pero este terrible convenio durar poco.

--Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro
destino.

Yaye llam  las esclavas, y las mand que trajesen un haike. Envolvise
en l doa Isabel  la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se
la viesen mas que sus magnficos ojos negros, y sin mostrar de su
hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso,
sali de la cmara.

Aquella cmara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas
oyse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres
acordes de la zambra.

Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin
aparecieron Yaye y doa Isabel de vuelta, como  su salida, en el haike,
que arroj de s doa Isabel.

--Oh! cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que
eras tan poderoso, Yaye mio.

--Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lgrimas dijo Yaye. Feliz
aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaa.

--Ha habido un momento, dijo doa Isabel quitndose por s misma su
diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que
llegaban uno tras otro  inclinarse delante de mi; en que aquellos
fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella msica
heredada de nuestros abuelos; aquellas lmparas que brillaban tan
numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas
esclavas que bailaban al comps de la zambra; aquel trono que tenia bajo
mis pis, me fascinaron, me lucieron sentir no se qu vanidad, no s qu
sentimiento de que aquello fuera un sueo. Porque eso ha sido un sueo,
no es verdad? Ya no volver  ponerme mas esa diadema: la vender y
dar su precio  los pobres: ya no volver  ponerme mas esta tnica
dorada y negra, emblema de la dignidad real: no es verdad Yaye? No es
verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas
castellanas?

Doa Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia
colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era
excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de
perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de
terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso
pi calzado aun con el borcegu morisco recamado de perlas, sobre el
dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnfico brazo desnudo,
la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada,
estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el
trage de relumbron de que se habia despojado.

Yaye se levant, se quit la corona, la arroj con desden sobre un
sillon, se desci la espada, arroj el ropon negro, se puso una loba de
terciopelo que cruz sobre su pecho, y se acerc  doa Isabel.

--Oh! vida de mi vida! la dijo: t eres toda la felicidad que existe
para m!




CAPITULO XXXV.

     El reverso de la medalla.


Era verdaderamente lstima que la fortuna no ayudase  Yaye.

Mientras l se embriagaba al lado de doa Isabel, el destino implacable,
seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.

Yaye se habia arrepentido tarde.

Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su
camino habian llegado  tal extremo que solo un milagro de Dios podia
deshacer sus fatales consecuencias.

Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado  la posesion
completa del amor de doa Isabel, de su eterno sueo, de su pasion viva,
sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la
ennegrecian.

Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba
Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el
amor de doa Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para
ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban
con una rapidez fatal para traerle de nuevo  la memoria  su hijo,
apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas
tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia  su pueblo
ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo
veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su
hija hasta la libertad de su patria.

Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, en qu estado se la
devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese
respetado, cmo hacer creer al marqus de la Guardia en aquel respeto?
Cmo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la
desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su
paz, su felicidad? Cmo evitar que el marqus vertiese  procurase
verter la sangre de Aben-Aboo ni cmo poda su mismo padre dispensarse
de castigarle?

Y viniendo  los moriscos cmo volver atrs despues de las horrorosas
desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crmenes cometidos
en las Alpujarras? Cmo seguir adelante, solos, abandonados de todos,
encerrados en las breas de las Alpujarras, rodeados por los ejrcitos
de Espaa, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?

[imagen: Venis pocos, y venis tarde.]

Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye,
habia corrido al remedio de aquellos males con una energa imponderable:
habia aterrado  los monfes, ahorcando  algunos de aquellos que se
habian mostrado mas infames en el degello de las Alpujarras: se puso 
su frente, los reorganiz, se dej ver de todos ellos indmito,
soberano, prepotente, con la espada desnuda y la clera y la amenaza en
los ojos. Les afe sus excesos, y promulg una ley por la cual se
prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar  los nios menores
de siete aos,  las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun  los
hombres que no hubiesen tomado las armas  que tomndolas no hubiesen
hecho resistencia,  que despus de hecha se hubieren entregado: en una
palabra, regulariz la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero
cuando ya habian sucumbido doce mil vctimas; cuando el horror de
aquella catstrofe zumbaba por Espaa, pidiendo venganza, y por Europa,
llamando gravemente la atencion de las crtes extranjeras: en cuanto 
sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se
habia tragado  Amina,  su hija y  Aben-Aboo: solo se habian
encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfes que
conducan las literas y los que las precedian, muertos  hierro, y las
dos doncellas que acompaaban  Amina en aquella ocasion, degolladas:
vestigios que no eran los mas  propsito para tranquilizar  Yaye
acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto  su hijo,
Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doa Elvira de Cspedes habian
asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en
la cabeza y la espada desnuda, avanzado  las posiciones del ejrcito de
Espaa, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombro, y receloso.

Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales wales de Yaye,
acompaados de cuadrillas compuestas de los monfes mas astutos y mas
prcticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaa,
buscaban por todas partes  los que se habian perdido, pero de una
manera intil.

Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia
descubierto, y mas desesperado cada dia despus de este aviso, iba 
buscar consuelo en el frenes de su amor por doa Isabel: de aquel amor
que le embriagaba.

[imagen: Rogad  Dios que os ampare, porque podreis morir aqui
sepultada.]

Antes de presentarse  ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre s
mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo,
como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su
esposa.

Doa Isabel le preguntaba por su hijo.

Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejrcito, que se
obtenian triunfos y que pronto podra, sin manchar su honra, dejando
encomendada la prosecucion de la guerra  buenos caudillos, abandonar 
Espaa  ir  gozar de su felicidad al extranjero.

Doa Isabel creia  Yaye, era feliz, le inundaba con todo el podero de
su magnifica hermosura, con toda la poesa de su alma, con toda su
pureza de nia, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia
soar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella;
algunas horas de felicidad suprema.

Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doa
Isabel, caia de repente de aquel cielo soado, al infierno de la
terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible
circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle.
Los sucesos ayudaban  la venganza de sus enemigos.

Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas,
porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el
absurdo.

A tal especie pertenecia el odio que profesaban  Yaye Laurenti y
Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una
mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqus de la Guardia, habian
herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos
personajes.

Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera
llevado  la crte con una intencion terrible  Amina, Amina no hubiera
excitado las pasiones de nadie.

Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se
hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las
rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doa Elvira: Yaye
meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su
nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por
ltimo en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud
acerca de su orgen, de su posicion y de los proyectos de su padre.

Ninguna historia como la de Yaye tan  propsito para probar la
influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que
Yaye habia hecho, era lgico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye
habia hecho se habia vuelto contra l amenazador y terrible.

Jven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco aos, no se atrevia 
volver la vista atrs, porque el pasado le obligaba  cerrar los ojos,
pretendia huir de su presente, y no se atrevia  mirar al porvenir.

Ni aun podia salvarse, huyendo con doa Isabel, la nica felicidad de su
vida,  continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la
situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.

Y qu peligro podia ser este?

Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles
desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la
expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crmenes.

La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo
desconfiaba, era ya una terrible amenaza.

Por qu se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? Por qu Aben-Humeya se
mostraba con l taciturno, reservado, sombro?

Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el
valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no
podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.

Por eso iba  buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas
las noches, al lado de su esposa.

Por eso doa Isabel habia sorprendido alguna vez su sueo fatigoso, su
suerte horrible.

Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores,  sus
crmenes.




CAPITULO XXXVI.

     En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.


Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos.

Dos de ellos los conocemos.

El otro nos es enteramente desconocido.

Si penetramos en el uno, en el subterrneo donde vivi en otro tiempo
Calpuc,  donde este tuvo herido  Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez
muri por ltimo de hambre, encontraremos  uno de nuestros perdidos
personajes.

A Amina.

La veremos sentada sobre un lecho, inmvil, teniendo sobre su regazo 
su pequea hija,  quien amamanta; y para besar la cual de una manera
delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.

Nada falta en el subterrneo que pueda hacer soportar la permanencia en
l de una persona: nada mas que aire y da.

Por lo dems se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha
sido posible, aquel antro.

Quin habia revelado  Aben-Aboo la existencia de aquel antro?

Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.

Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en
la Chancillera de Granada, la historia entera en que se contenia la
muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeo, el orgen de dona
Estrella de Crdenas, y dems sucesos que dejamos relatados en la
primera parte.

La justicia habia bajado al subterrneo, guiada por el mismo Calpuc;
pero despues aquel subterrneo habia quedado abandonado.

Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaa, y se habia
entrado  dormir en una cueva, encontr junto  s, al despertar, una
carta.

Aquella carta contenia las siguientes palabras:

Hace ya muchos dias que vagais  pi, acompaado de algunos hombres de
vuestra confianza, llevando con vos una dama y una nia, y evitando,
siempre con peligro, el encuentro de los monfes que os buscan. Esa
seora, demasiado delicada para andar con lluvia y con neve por breas
y vericuetos, ser causa de que una vez deis en las manos del emir, que
no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del
emir, y quiero ayudaros, indicndoos un lugar muy escondido, donde
podreis guardar  vuestra prisionera y quedar libre para vuestros
negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el
autor del annimo daba  Aben-Aboo las seas indudables, por las cuales
podia dar con el subterrneo). No desconfieis de quien os escribe,
concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto  preso
mientras dormiais, en vez de haber dejado junto  vos y sobre vuestra
ballesta, esta carta.

Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con
l los monfes que le buscaban, como ya habia estado  punto de suceder
alguna vez, busc el subterrneo por las seas que tan misteriosamente
le habian dado, y encerr en l  Amina y  su hija.

Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrs ni adelante.
Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel
laberinto, del cual el jven no encontraba la salida.

Sabia,  no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que l habia
sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia
colmado de beneficios, se ensangrentaria con l, si le habia  las
manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia
del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le
habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel
compromiso, y en vez de presentarse lealmente  Yaye, para manifestarle
la verdad de los hechos  implorar su perdon, le aconsej su miedo
deshacerse  todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo
inspiraba.

La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como
un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la
venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia
librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de
una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos
obstculos se oponian  su ambicion, y quedar solo, como seor soberano,
al frente de la rebelion de los moriscos.

Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buse,  mejor dicho,
aplaz el buscarla en Aben-Humeya.

Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en
la senda del crimen.

Sin embargo, y como  mujer, habia tratado y trataba con un profundo
respeto  Amina.

Consista esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba  Amina, porque
estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto
deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que
le quedaba le separaba de la jven: y tercero, en que, prescindiendo de
estos dos antecedentes, sabia que Amina jams podria ser para l mas que
una esclava violentada.

Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en
todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir.

Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterrneo 
cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra.

Unicamente un dia la dijo:

--Parto para una empresa aventurada, en la cual podr perecer: os dejo
provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad  Dios que os ampare,
porque podreis morir aqu sepultada.

Amina lanz un grito de terror, estrechando contra su corazon  su hija.

Cul podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?

Antes necesitamos revelar  nuestros lectores los otros dos lugares
donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.

El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterrneo de la
princesa encantada.

Si entramos en l una noche, encontraremos  dos personas muy conocidas
nuestras:  doa Elvira de Cspedes, viuda de don Diego de Crdoba y de
Vlor y  Aben-Jahuar, su cuado.

El lugar en que se encontraban no era aquel salon rabe en que ya hemos
entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeo retrete,  que
se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor
por donde era necesario pasar para llegar  la gran cmara.

Doa Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de
divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto  ella en un escabel  banquillo
de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de
una manera siniestra, y por ltimo, algunas astillas de madera en el
centro del pavimento roto, servian de calorfero.

Doa Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia
tomado un aspecto terrible: conocase que el disgusto contnuo, la ira
reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando
lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un
hermossimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armona con la
terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia  su cuado,
y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar
estaba fascinado: porque en la mirada de doa Elvira hcia l habia
amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soando.

--Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer  lo que mis oidos han
escuchado,  lo que ven mis ojos? Que t me amas y que me amas hace
mucho tiempo?

--Si, dijo doa Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus
sacrificios me han obligado. Y sabes por qu te he ocultado mi amor?

--Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar.

--Imposible! y por qu?

--Porque... creia que amabas  otro.

--A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doa Elvira.

--Si,  Yaye, contest con acento reconcentrado Aben-Jahuar.

--Qu poco conoces el corazon de las mujeres!

--Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos.

--Porque no queria comprometerte... porque esperaba  concluir para
siempre de una manera desembarazada.

--Concluir, qu?

--Concluir mi venganza.

--Contra Yaye?

--Contra Yaye.

--Venganza de amor?

--Venganza de odio.

--T has amado  Yaye!

--Yo no podia amar al asesino de mi marido.

--Ah!

--Yo no podia ni puedo amar al que es un obstculo para el
engrandecimiento de mi hijo.

--Consistir tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?

--No, de ningun modo: Isabel y Yaye! digno consorcio! la mujer
adltera unida al asesino de su marido!

--Dame una prueba indudable de que me amas.

--Y qu prueba? dijo doa Elvira infiltrando una candente mirada en los
ojos de Aben-Jahuar.

--S mi esposa.

--Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.

--Y cmo piensas vengarte? pregunt Aben-Jahuar.

--No lo s: hace mucho tiempo que Dios  el diablo protegen  ese
hombre: he gastado  manos llenas el oro para lograr que se apoderan de
l, y no he podido conseguirlo.

--En otro tiempo le tuviste en tu poder.

--Enfermo! h ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa  su
hija con ese marqus de la Guardia, hace su compaero en el gobierno de
los monfes al hijo de su amante, y todo viene  asegurarme su intencion
de que piensa robar  mi hijo la corona de Granada.

--Una sola palabra, Elvira.

--Cul?

--No has sido tu tambien adltera?

--Yo!

--No has sido amante de Yaye?

--Yo amante de ese miserable!

--Pronto me dars una prueba de si le amas  le aborreces.

--Una prueba!

--Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas  ser
vengada.

--Vengada! exclam doa Elvira, y palideci y se extremeci.

--Parceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible
Aben-Jahuar.

--Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia.

--Pues creo que esta noche quedars vengada.

--Esta noche! pero cmo?

--Qu te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir?

--Pero explcame!...

--Oh! oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida.

--Su vida! exclam doa Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento
que se habia propuesto: pues qu le vais  matar?

--Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, qu
ests muy ansiosa de su sangre?

--Si! pero!... pero quin le va  matar! exclam doa Elvira
descubriendo cada vez mas su amor hcia Yaye.

--No ha faltado quien diga  tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue
la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.

--Y mi hijo lo ha creido?...

--Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que
debe encontrar al emir solo y desarmado.

--Para matarle!

--Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.

--Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...

--Pues no le acusabas poco hace t misma?...

--Mentira! mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso,
irritado, pero no miserable: escchame por Dios hermano... porque es
necesario evitar un horrible crmen.

--Es decir, que amas  Yaye?

--Oh! Dios mio! si! exclam doa Elvira cubrindose el rostro con las
manos: le amo desesperadamente hace veintidos aos.

--Y por qu me engaabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando 
sus palabras un acento tristemente melanclico: por qu me decias que
querias vengarte de Yaye?

--Oh! yo no s! yo no s! yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le
he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado 
mis cartas: he querido apoderarme de l, y no he podido: al fin se ha
casado!... se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero
vengarme... pero ya te lo he dicho: no s como: porque yo no quiero
matarle...

--Le matar tu hijo.

Doa Elvira al escuchar esta terrible profeca lanz un grito de horror.

--Mi hijo! exclam: mi hijo! un parricidio!

--Un parricidio! exclam Aben-Jahuar levantndose: un parricidio has
dicho!

--Si, si: porque... mi hijo es hijo de Yaye!

Destell de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.

--Oh! exclam: oh! pues entonces es necesario... necesario de todo
punto evitar... yo no sabia... yo estaba engaado... y ese hombre... ese
hombre extrao que nos ha procurado este asilo... ese hombre  quien yo
esperaba...

--Pero yo quiero ir, volar junto  mi hijo: decirle: el hombre que
quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aqu...
Dios mio!  Dios mio! no oyes que es necesario que salgamos de
aqu?...

--Pero yo no s las salidas, dijo afectando desesperacin Aben-Jahuar.

--Llvame, llvame  detener  mi hijo! exclam doa Elvira arrojndose
 sus pis: logre yo impedir ese horroroso crmen... y te amar,
Fernando, te amar con toda mi alma... y ser tuya, y ser tu esclava.
No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?

--Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es l, aun
tenemos tiempo... si, si, l es... pero enjuga tus lgrimas,
tranquilzate... se acerca.

--Ya es hora! dijo acercndose  la puerta Laurenti.

       *       *       *       *       *

Debemos trasladarnos  otro lugar, al lugar que hemos dicho que no
conociamos, y donde encontraremos  Angiolina.

Todos los que hayan estado en Granada  en las Alpujarras, habran tenido
ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres
habitaciones.

Son estas, cuevas naturales,  las que se ha puesto una puerta, abierto
una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las
Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles
son barrancos, y  los que sirve de terrado el repecho de la montaa,
cubierta de higueras de Tnez y de pitas, entre las cuales se levanta el
humo de las chimeneas.

Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son
gitanos.

En una de estas negras viviendas, entr Aben-Aboo, la misma noche en que
tuvo lugar la escena anterior.

El jven iba solo, vestido  la berberisca y armado con un arcabuz.

Dentro de la cueva estaba una vieja calentndose junto  un fuego medio
extinguido, y asando castaas.

Cuando entr, el jven se dirigi  la vieja.

--Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo.

--Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado
solitario; solo he visto  lo lejos por la loma de la fuente pasar un
pastor de cabras.

--Y no se acerc?

--No.

--Qu hizo?

--Qu hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su bculo.

--Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que
pasen cerca  lejos de la cueva.

--Qu hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada.

--Nada! exclam con impaciencia Aben-Aboo.

--Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroo.

--Ah! un lazo para coger gorriones?

--Eso es.

--Y no volvi?

--No por cierto; aunque  poco de irse, cay un gorrion en el lazo: yo
esper algn tiempo  ver si volvia, y como no volvia, atraves el
barranco, llegu al madroo, cog el gorrin, me le traje, le as y me
le comi.

--Un lazo para coger gorriones! murmur Aben-Aboo.

Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo  la vieja:

--Vete.

--Que me vaya! y  dnde?

--Ya no haces falta aqu.

--Y quin cuidar de esa seora?

--Te digo que no haces ya falta, tu cueva est cerca: vete con tus
hijas.

--Y ya no me dareis mas dinero?

--Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando  la vieja
dos ducados mas.

--Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos
vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una
olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron  mi marido
y  mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan  los
pastores y  los monfes para que les den un pedazo de pan, porque
tienen hambre.

--Yo mandar que te den cuatro ducados todos los meses.

--Cuatro ducados! Dios es grande y misericordioso, y os recompensar,
seor!

--Bien, pero vete: necesito quedarme solo.

Aben-Aboo franque la puerta.

--Qu oscura y qu callada est la noche! dijo la vieja, asomando  la
puerta la cabeza: pero  bien que dentro de dos horas saldr la luna.
Que Dios os guarde, hermoso seor.

Y la vieja se rebuj la cabeza en un andrajo, sali de la cueva, y
pronto se perdi entre la oscuridad.

Aben-Aboo cerr entonces fuertemente la puerta.

--Un lazo para coger gorriones! repiti Aben-Aboo, tomando de un hueco
de la cueva una linterna, y encendindola con una astilla del fuego: esa
es la seal convenida: esta noche! esta noche al fin!

Aben-Aboo se estremeci, y permaneci inmvil con la linterna en la
mano.

--Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado
casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre
es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien
casado con ella, don Diego de Vlor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron
consigo  mi padre, y la justicia le encontr despues muerto de hambre y
herido en el mismo lugar donde tengo escondida  la sultana Amina: Dios
es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez 
ese demonio en quien parece confiar tanto doa Elvira, la madre de
Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto
que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me
convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la
princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procur: la princesa
est en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me
estremece.

Aben-Aboo di un paso hcia una oscura gruta de la cueva que conducia al
interior, y se detuvo otra vez irresoluto.

--Ser yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero
no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... pero
estar yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su
esclavo... sabe cunto la amo, que mi amor puede arrastrarme  una
violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha,
tranquila: solo me opone que mientras viva el marqus de la Guardia...
indudablemente el amor que ha tenido al marqus se ha convertido en
odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse.

Y Aben-Aboo penetr en aquel antro.

Lleg  un ngulo, arroll con el pi un monton de tascos de estopa,
removi despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto,
y apareci una trampa de madera.

Levant aquella trampa, baj unas escaleras abiertas  pico, y se
encontr en un pequeo espacio, donde habia una cama, una silla y una
mesa con una lmpara encendida.

Salile al encuentro una mujer vestida de negro.

Aquella mujer le abraz y le bes en la frente.

Aben-Aboo se estremeci porque aquella mujer era Angiolina Visconti.

--Oh!; cundo sereis mi esposa? exclam el jven.

--Cuando sea viuda, contest tranquilamente Angiolina.

--Viuda!

--Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que  un hombre, que le he
considerado mi esposo, y que mientras viva...

--El marqus ha muerto, dijo Aben-Aboo.

--Que ha muerto el marqus! dijo Angiolina con un acento reconcentrado,
comprimiendo y dominando la angustia que se apoder de su alma.

Aben-Aboo que la observaba profundamente, engaado por el violento
esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para s:

--Indudablemente la princesa, no ama ya al marqus: si le amara se
hubiera estremecido, se hubiera entregado  alguna demostracion de dolor
al saber su muerte.

Angiolina ley sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque
dijo con inters, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:

--Y dnde ha muerto el marqus?

--En Cdiar: la noche de Navidad; la compaa entera  cuyo frente se
encontraba ha sido exterminada.

--Ah! y le habeis matado vos?

--Afortunadamente no.

--Por qu decs afortunadamente?

--Porque no quisiera unirme  vos trayendo las manos manchadas con la
sangre de ese nombre  quien habia considerado como vuestro esposo.

--De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro
para huir con vos de Cdiar?

--Llevais por l luto?

--No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?

--Y esa muerte no os causa pesar?

--Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de
la de cualquier otro.

--Pero no os mostrais alegre.

--Yo no tengo mal corazon.

Era que Angiolina no tenia sobre s misma dominio bastante para llevar
su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del
marqus, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos
esfuerzos para que no saliesen  sus ojos las lgrimas,  sus labios los
gritos desesperados.

--Ser acaso que no creais que el marqus haya muerto? dijo el receloso
jven.

--S lo creo: porque segn lo que ha pasado en las Alpujarras, el
marqus que era muy noble y muy valiente ha debido morir.

--Ah! le elogiais!

--El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada
primero  desear vengarme de l, despus  despreciarle, no prueba que
cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para
probaros que os creo, voy  deciros una sola palabra: soy vuestra.

--Que sois mia! exclam Aben-Aboo, levantndose de la silla.

--Si, si, dijo Angiolina contenindole con un movimiento: despus de
algunos dias...

--Ah! dijo Aben-Aboo. Otro plazo!

--No despreciarais algun dia  una mujer que os abriese sus brazos,
caliente aun el cadver de su esposo?

--Esa extraa mana de llamar vuestro esposo al marqus...!

--Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.

--Cmo?

--Sabeis que soy enemiga del emir, porque de l vienen mis desgracias.
Si l hubiera guardado mas  su hija, no me hubiera visto ultrajada por
el marqus. Si mi esposo...

--De qu esposo hablais ahora...?

--Del prncipe Lorencini Maffei.

--Ah!

--Si, mi esposo no s por qu malhiri al emir en Madrid, y huy: desde
entonces qued abandonada, y me v obligada  ampararme de Cisneros.
Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir  vuestras
manos. Aborrezco al emir y  su hija, el odio que siento hcia ellos me
abrasa el corazon. Si exterminais al emir y  la sultana Amina... el dia
en que me digais: no existen, podis pisar su sepultura, aquel dia... me
arrojo en vuestros brazos.

Angiolina se estremeci horrorizada de s misma: sabia que Aben-Aboo era
hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su
padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor
causado por la noticia de la muerte del marqus, que Aben-Aboo la habia
dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqus no habia
muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio,
la arrastraba  todo.

Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.

Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se
tocaba  su corazon,  sus zelos,  su desesperacion por el marqus, se
habia reservado de dar  Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de
que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de
inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se
hubiera atrevido  afrontar el horroroso crmen de levantar el pual de
un hijo contra su padre.

Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqus, noticia dada con
tal maestra, que Angiolina crey en ella, enloqueci y lo arrostr
todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la
creacion.

--Otra condicion mas! exclam Aben-Aboo.

--Pero condicion que podeis satisfacer fcilmente.

--Matando al emir!

--Acaso no fue l la causa, y el cmplice de la muerte de vuestro
padre?

--Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba,
dijo Aben-Aboo.

--La prueba! queris la prueba? exclam Angiolina levantndose de
donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que
habia traido de Granada: os voy  dar la prueba, aadi abriendo con
mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de l unos papeles doblados que
entreg  Aben-Aboo.

Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de
Granada: en l constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de
Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Crdoba y
de Vlor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargndose,
contra el emir de los monfes, puesto que monfes habian sido los
asesinos visibles de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse
mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar
que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella
muerte; pero solo ley esta terrible frase: los monfes fueron los
asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfes estaba enamorado de
doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvi  Angiolina despues de
haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban
autorizados en forma.

--Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las
sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa
sereis mia maana.

Y sin decir una palabra mas, sali desencajado, frentico.

Cuando se qued sola Angiolina, lanz un largo grito de angustia, se
arroj de costado sobre el lecho y rompi  llorar por el marqus.

Aben-Aboo entre tanto corria frentico  travs de las breas, en medio
de las tinieblas de la noche.




CAPITULO XXXVII.

     En que se cuentan sucesos horribles.


Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto  una chimenea en su
alquera de Cdiar.

Doa Isabel sentada frente  l, indolente, magnfica, pero preocupada,
fijaba su vista distraida  travs de los cristales de una ventana, en
la luna que acababa de parecer sobre una montaa inmediata.

Yaye estaba tambien profundamente pensativo.

--Ser necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigindose  doa
Isabel.

--Romper por todo? exclam esta.

--Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar  nuestro hijo:
necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglar:
es un sacrificio, un sacrificio enorme: pero qu hacer?

--No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su
nacimiento?

--Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es
llegado: despues de esto...

--Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, ser
necesario que hagas otra revelacion  otro hijo tuyo.

Yaye se puso plido: hasta entonces doa Isabel ni una sola palabra le
habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de
Aben-Humeya: las ltimas palabras de doa Isabel, aunque tranquilas y
afectuosas, le aterraron.

--De otro hijo mio! exclam: acaso sabes?... acaso esa funesta mujer
te ha revelado?....

--No; mi cuada nada me ha dicho: pero no sabia yo que hace veinte y
dos aos, doa Elvira te tuvo en su poder? Acaso pudieron engaarse mis
ojos? como no pudo engaarse mi corazon, no pudieron engaarse mis
zelos; yo sabia que doa Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma,
con toda la vehemencia de un empeo contrariado. Mi hermano, despues de
haber quedado t en poder de doa Elvira por aquella sucesion terrible
de fatalidades, solo volvi para estar un momento al lado de su esposa y
ser preso por el Capitan general. Cuando naci Aben-Humeya, no pude
dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido
desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo
me confirm en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de
familia, pero en el estado  que han llegado las cosas, es necesario que
Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.

--Y crees que yo fui culpable, que yo acept por mi voluntad los amores
con doa Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.

--Doa Elvira era muy hermosa! contest tristemente doa Isabel.

--Doa Elvira abus de mi situacion: cuando doa Elvira me perteneci,
yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo
profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi
conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte
cuando poseia  doa Elvira. Oh! cun terrible, cun funesta es mi
historia!

--No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte,
ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es
necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos
estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado,
y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has
prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una
choza, al lado del mar, alimentndome de la pesca, tranquila,
descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alczares dorados,
la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del
imperio, en medio de los remordimientos de horribles crmenes y bajo el
peso de insoportables cuidados.

--Oh! si quisiera Dios!

--Ojal que Dios no est irritado contra nosotros!

Y doa Isabel se puso de pi.

--A dnde vas? la dijo Yaye.

--Ha salido la luna, contest doa Isabel.

--No te comprendo.

--Dentro de un momento me comprenders.

--Pero...

--Silencio... djame hacer.

--Te confieso que me espanta ese misterio.

--Ese misterio se esclarecer pronto; pero no me detengas, dentro de un
momento volver.

Doa Isabel sali, y Yaye qued entregado  una ansiedad indescribible,
 una curiosidad punzante y gravsima.

Doa Isabel entre tanto habia ido  una retirada habitacion de la
alquera, cuyas ventanas daban sobre un barranco.

Pero antes de decir lo que encontr doa Isabel en aquel aposento,
debemos poner en antecedentes  nuestros lectores.

Algunos dias antes, doa Isabel habia recibido por medio de un gitano,
mientras paseaba en el valle prximo  la alquera, una carta de su hijo
concebida en estos trminos:

Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced,
esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de
vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevar una escala que vos
podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais  vuestro
esposo.--Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.

Esta carta maravill  doa Isabel, porque no podia comprenderla: ella
creia que su hijo estaba al frente de los monfes avanzado contra
Granada.

Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en
que ella misma se encontraba, que guard un profundo silencio acerca de
la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que sali la luna,
fu  la ventana indicada por Aben-Aboo, la abri  hizo una ligera
seal; la contestaron con otra seal desde abajo, y doa Isabel ech el
cordon de que se habia provisto, sinti que abajo tiraban de l, tir 
su vez doa Isabel y trajo consigo una escala: la asegur al alfeizar,
se atirant, y poco despues entr por la ventana un hombre.

Aquel hombre era Aben-Aboo.

--Qu significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doa Isabel.

--Estamos solos, madre mia? dijo el jven mirando con recelo  su
alrededor.

--Si, solos estamos: el emir est en la montaa y no vendr hasta la
media noche.

--Tenemos entonces tiempo sobrado.

--Pero yo te creia lejos de aqu.

--No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?

--Y qu habia de decirme?

--Nada os ha dicho de m?

--No; solamente que te encontrabas mandando los monfes hcia el puente
de Tablate.

--Ah! no os ha dicho que yo le hago traicion?

--No... no... pero eso es verdad?

--No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos  todo
trance.

--Mi esposo est satisfecho de t.

--Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaa.

--Engaarme!

--Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo,
madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.

--Pero por qu huyes?

--Porque s que el emir me cree traidor, y me castigar. Vos sola, vos
sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en
escucharme. Si me escucha, yo me justificar: os lo aseguro, porque soy
inocente: pero quiero que me escuche aqu, aqu y  solas.

Doa Isabel, que amaba con delirio  su hijo, se afligi, llor, y le
prometi que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto
dividirlos y enemistarlos, seria castigado.

Doa Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.

Doa Isabel iba  cumplir su promesa.

Abri una ventana, arroj una piedrecilla al barranco, y se oy abajo
una palmada.

Doa Isabel ech un cordon, le retir, trayendo una escala, la asegur,
y  poco apareci un hombre en la ventana y salt dentro.

Era Aben-Aboo.

--Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.

--No; pero le he preparado; ahora le hablar; l tambien desea hablarte:
pero, qu plido ests Diego, qu desencajado: te ha sucedido alguna
desgracia, hijo mo?

--Es que tengo miedo, madre.

--Miedo! y de qu?

--Miedo del emir!

--Miedo de mi esposo! crees t que aunque fueses culpable, el emir
podra castigarte?

--Oh! madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.

--Quin?

--Mi tio don Fernando el Zaguer.

--Oh! siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas,
Diego, nada: no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te
ama...  t... porque... porque eres mi hijo?

--Madre, madre! decs eso de una manera!

--El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan  tu
madre, que te tocan  t: por terrible que te parezca lo que te revele
mi esposo... crelo, hijo mio, crelo: tu madre te dice que lo creas.

--Pero explicadme!

--No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicar.

--Una palabra: ese secreto pertenece  vos?

--Si.

--Y por qu no me lo revelais?

--No te digo que seria para m un horrible sacrificio?

--Me poneis en confusion, madre.

--Mi esposo te sacar de ella. Adios.

--Tardar mucho en venir, madre?

--Tardar un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.

Y doa Isabel, conmovida y trmula escap.

Aben-Aboo se qued solo.

--Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre muri  manos
de mi tio don Diego de Crdoba y de Vlor: pero es ya tarde; ya s  lo
que debo atenerme: se referir esa revelacion  Amina? Quin sube?
pero es preciso no perder el tiempo; ola! eh! primo! subid, y subid
pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomndose  la ventana.

Poco despues otro hombre entr en la habitacion.

Era Aben-Humeya.

--Est el emir en la alquera?

--Si, contest Aben-Aboo.

--Y has hablado  tu madre?

--Si.

--Y nada sospecha?

--Nada.

--De modo que podemos dar el golpe?

--Si, podremos vengar  nuestros padres.

--Oh! y qu horribles misterios, primo!

--Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caer sobre los
infames: l muerto: mi madre... no la matar, porque al fin me llev en
sus entraas; pero castigar en ella  la infame que se ha unido con el
asesino de su esposo, con el padre de su hijo.

--Si, si; con el asesino de mi padre.

--Despues, t, rey de Granada, yo, emir de los monfes...

--Una palabra, primo: sabes t del paradero de Amina?

--Yo no: la amas?...

--Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la
amistad del emir.

--Y yo lo mismo.

--Muerto el emir...

--Amina nada importa...

--Si la encontramos...

--Si la encontramos la jugaremos  los dados.

--La jugaremos...

--Y quien la gane....

--La encerrar en su haren.

--Convenido.

--Me parece que suenan pasos.

--Oh! si! debe ser el emir; escndete y est pronto: cuando yo me
abrace  l, hirele t por detrs.

--Esconderme y dnde?

--Aqu, tras de este tapiz. Pronto; ocltate.

Aben-Humeya se escondi.

En aquel momento se abri la puerta y apareci Yaye.

Se detuvo  alguna distancia de Aben-Aboo y le mir profundamente: el
jven temblaba.

--Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.

--Si, si seor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han
suscitado vuestra clera contra m.

--Creo que aqu no hay calumnia, sino error, dijo contenindose Yaye.
Pero necesito que me hables con verdad: me has injuriado de una manera
irreparable?

--No seor.

--Desdichado de t si no has respetado  Amina!

--Seor, dijo Aben-Aboo, ponindose letalmente plido.

--Si, desdichado de t... porque es necesario decrtelo de una vez...
Amina es tu hermana.

--Que Amina as mi hermana! exclam aturdido por aquel golpe imprevisto
Aben-Aboo.

--Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque t eres...
porque t eres mi hijo...

--Vuestro hijo! que yo soy vuestro hijo! exclam Aben-Aboo... pero
esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez.

--Tu padre soy yo: t naciste diez meses despues de la muerte de Miguel
Lopez.

--La prueba! la prueba! grit Aben-Aboo.

--No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo?

--Pero mi madre es vuestra esposa, exclam Aben-Aboo: mi madre tiene
inters... en hacerme pasar por vuestro hijo...

--Aben-Aboo, grit Yaye: te atrevers  dudar de m?

M padre muri asesinado y le asesinsteis vos.

--Yo?...

--Si, vos, emir de los monfes... y por vengar  mi padre yo he venido 
mataros...

--A matarme! exclam Yaye, cuya frente se cubri de sudor fro.

--Si,  mataros y os mato, exclam Aben-Aboo, y por un movimiento
rpido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abraz  l.

Y en aquel momento Aben-Humeya, salt como un tigre del lugar en donde
estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo,
le clav un pual por tres veces en un costado, gritando:

--Muere, asesino de mi padre! su hijo le venga en t!

--Misericordia de Dios! exclam cayendo Yaye: asesinado, y asesinado
por mis hijos!

Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterr 
los dos jvenes que se miraron plidos de espanto.

--Ah! que os perdone Dios! exclam Yaye cayendo; que os perdone Dios,
porque no habeis sabido lo que habeis hecho!

--Pero... exclam Aben-Aboo, inclinndose sobre el emir; sostendreis
aun  punto de muerte esta impostura?

--Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.

--Ser cierta esa horrible revelacion?...

--Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no
por m, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el
remordimiento de un parricidio.

En este momento un hombre apareci en la ventana y salt  la estancia.

Aquel hombre era Laurenti.

--Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo  Yaye por tierra
sobre un lago de sangre: es decir que los hijos han matado  su
padre?...

--Laurenti, exclam Yaye... t...

--Si: yo el bandido que se venga.

--Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jvenes.

--Si, y os traigo la prueba. Lee t esta carta de tu madre, Aben-Humeya;
la escribi hace veinte y dos aos; toma t esotra, Ahen-Aboo; tambien
hace veinte y dos aos que la escribi tu madre doa Isabel.

--Ah! las cartas! las terribles cartas que me robaron! exclam
espirando Yaye, mientras los jvenes devoraban las cartas en que sus
madres habian anunciado su nacimiento  Yaye.

--Si, si, te las rob yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la
Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aqu. Adios.

Y antes de que los dos jvenes pudieran detenerle, se precipit  la
ventana y se desliz por la escala.

--Oh! no hay duda, no hay duda, exclam con desesperacion Aben-Aboo,
es mi padre! Estoy maldito de Dios!

Y sin atreverse  mirar  Yaye huy, ganando la ventana y la escala.

Aben-Humeya qued inmvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de
leer la carta de doa Elvira.

Luego tieso, rjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se
acerc  Yaye, se inclin sobre l y le mir.

Yaye estaba muerto.

--Mi padre! dijo con voz ronca: mi padre! aadi, y se apret las
sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante,
como un ebrio, se acerc  la ventana, gan la escala y se desliz por
ella.

El cadver de Yaye qued sobre un lecho de sangre en la estancia, y 
los pis de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror
habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.




CAPITULO XXXVIII.

     En que empieza  desenlazarse nuestra historia, con la salida pera
     la eternidad de dos de sus principales personajes.


Entre tanto doa Isabel esperaba impaciente.

Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se
habia atrevido  escucharla.

Durante algun tiempo permaneci anonadada en un sillon junto  la
chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levant, fu  su
aposento, abri una puerta, entr en un pequeo retrete, se arrodill
delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso
 rezar.

Para doa Isabel aquella era una situacion suprema.

Su pudor de madre iba  verse herido por la horrible revelacion que Yaye
en aquellos momentos hacia sin duda  su hijo.

Un terror misterioso se habia apoderado de doa Isabel.

Se senta mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la
causa.

Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia
una desgracia; intuicion  augurio del cual no podemos darnos cuenta,
sino cuando la desgracia ha acontecido.

Dominaba en torno suyo un silencio profundsimo y aquel silencio la
asustaba.

Se distraia y solo rezaban sus labios.

Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se
habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.

Pas asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio,
aquella calma glacial.

De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquera,
luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cmara de doa
Isabel.

Esta se levant del reclinatorio y corri  su cmara.

En ella encontr  Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo
extraordinario.

--Qu sucede? dijo doa Isabel.

--Debe amenazarnos una gran desgracia, seora, dijo el leal monf.

--Una gran desgracia!

--Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuada
doa Elvira de Cspedes, acaban de llegar  la alquera y preguntan
anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.

--Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doa Isabel.

Aben-Jahuar y doa Elvira fueron introducidos.

Doa Elvira se avalanz plida  doa Isabel.

Hacia veinte y dos aos que aquellas dos mujeres no se veian: es mas,
que se aborrecian.

Doa Isabel mir con una expresion de gran extraeza  su cuada.

--Qu quereis en mi casa, seora? la dijo.

--Qu quiero! salvar  Yaye,  quien vos habeis perdido, contest doa
Elvira.

--Qu decis? exclam con un supremo desprecio doa Isabel.

--Dnde est Yaye? exclam con afan doa Elvira.

--Si, dnde est el emir? repitio Aben-Jahuar.

--Pero por qu me preguntais por l de ese modo?

--Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo
silencio con un ademan  doa Elvira.

--Est aqu, en su casa, dijo cada vez mas admirada doa Isabel.

--Ah! loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar.

--Est hablando de negocios de familia con mi hijo, aadi doa Isabel.

--Que est encerrado con tu hijo, hermana? exclam Aben-Jahuar,
palideciendo de nuevo: y hace mucho tiempo que han quedado solos?

--Cerca de una hora; pero no comprendo....

--Una hora! exclam aterrada doa Elvira.

--Ha tenido tiempo bastante para asesinarle.

--Para asesinarle! exclam doa Isabel: qu decis?

--Tu hijo cree  tu esposo asesino de su padre.

Doa Isabel no escuch mas: se precipit hacia la habitacion donde habia
dejado  Yaye y  su hijo, y Aben-Jahuar y doa Elvira la siguieron.

La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se
escuchaba hablar  nadie en aquella habitacion.

--Harum! Harum! grit fuera de s doa Isabel: echad esta puerta
abajo, echadla.

Acudieron Harum y algunos monfes y la puerta cay por tierra.

Un grito de horror se exhal de todas las bocas al ver el espectculo
que se present de repente  los ojos de todos.

Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre.

Todos quedaron inmvibles, aterrados; doa Isabel con el semblante
desencajado, con la mirada extraviada, di algunos pasos hcia el
cadver, luego se detuvo, vacil, lanz uno de esos horribles gritos que
solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda
extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendi los brazos y
cay de boca sobre el cadver, como un rbol  quien el hacha hiere por
el pi.

Doa Elvira habia quedado muda, inmvil, con la mirada terriblemente
fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadver
del esposo asesinado.

Aben-Jahuar, horrorizado de s mismo, miraba tambien, como petrificado,
aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia.

Harum blasfemaba, levantando el cadver de su seor, llorando, rugiendo,
amenazando  los cielos y  la tierra.

Los otros monfes habian levantando  doa Isabel que parecia muerta, y
la habian llevado  un divan.

De repente Harum, cierto ya, de que su seor no existia, le dej de
nuevo sobre la alfombra, y se volvi con la clera reconcentrada del
tigre  doa Elvira y  Aben-Jahuar.

--Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros
habeis venido  esta casa anunciando una desgracia, preguntando por
Aben-Aboo y por Aben-Humeya.

--Ellos! ellos! los malditos! ellos han sido! grit doa Elvira:
sus hijos! el hijo mio y el hijo de esa mujer!

Y doa Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lgrima,
adelant hcia el cadver:

--Yaye! exclam: t has sacrificado todo cuanto has tenido  tu
alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te
has despedazado  t propio, porque has caido bajo el pual de tus
hijos: has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia
desgracia! Que te perdone Dios!

Y aquella mujer cayo de rodillas, levant las manos al cielo, y luego se
cubri con ellas el rostro, y rompi  llorar.

--Idos! exclam Harum-el-Geniz, dirigindose  Aben-Jahuar: idos antes
que mi razon se extravie y no pueda responder de m mismo! idos y
llevaos  esa mujer!

--Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia
una hija.

--Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?

--La sultana Amina est en poder de Aben-Aboo.

--Pero dnde, dnde?

--En el mismo subterrneo donde muri de hambre Miguel Lopez.

--Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cmplice en el robo de la
sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su
pual y adelantando demudado hcia Aben-Jahuar.

Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.

Volvise, y vi tras s, plido como un cadver,  Calpuc, al rey del
desierto mejicano.

--Idos! idos! exclam Calpuc con voz conmovida.

--Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera  Dios que
nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina est en el
subterrneo donde vos tuvsteis  Miguel Lopez.

Y arrojando una ltima  indescribible mirada  Yaye, y asiendo de la
mano  su cuada, sali.

Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfes junto al cadver de Yaye
y doa Isabel desmayada.

--Aqu hay una escala, dijo uno de los monfes.

--Por aqu han huido los infames, grit Harum.

--Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monf.

Tomlas Calpuc, y las ley extremecindose; despues las quem  la luz
de la lmpara.

Calpuc parecia sereno, pero en lo plido de su semblante, y en lo
concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento
interno.

--Todo! todo cuanto he amado! exclam mirando  Yaye.

Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y
blasfemando.

--Juro al Dios Altsimo y Unico, desgraciado seor, no reposar hasta
vengarte! juro al Dios Altsimo y Unico, vengarte de tus asesinos! no
reposar hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!

--Si, pero es necesario salvar  la esposa y  la hija de tu seor: la
esposa est all, entre la vida y la muerte... la hija... yo ir delante
de vosotros  salvar  mi nieta.

       *       *       *       *       *

Yaye fue puesto en un lecho por los monfes que acompaaban  Harum, y
doa Isabel conducida  su aposento y entregada al cuidado de sus
doncellas.

Poco despues, armados y  gran paso, atravesaban la montaa cincuenta
monfes mandados por Harum y guiados por Calpuc.

       *       *       *       *       *

Entre tanto Aben-Jahuar y doa Elvira marchaban por un estrecho camino.

Doa Elvira lloraba.

Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.

Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo  doa
Elvira:

--No podemos permanecer en las Alpujarras; aqu todo es terrible para
nosotros.

--Oh! terrible, muy terrible! exclam doa Elvira.

--Debemos pasar  Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados
Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeados los monfes en la venganza del emir,
fracasar: no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?

--Haced de m lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contest
doa Elvira.

Y se dirigi  la venta en la que entr con Aben-Jahuar.

       *       *       *       *       *

Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompaado de Cisneros  la cueva
donde habia dejado Aben-Jahuar  Angiolina.

--Con que hemos concluido ya, seor Godinez? dijo el comediante.

--Si; si por cierto. Yo os dar tales papeles, que cuando os presenteis
con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo
volver  vuestro oficio, por toda Espaa, y permanecer cuanto querais en
la crte.

--Y esa mujer?

--La amais todavia?

--Os lo confieso.

--Pues renunciad  ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la
amo.

Llegaban en aquel punto  la cueva: en el barranco un hombre tenia dos
caballos del diestro.

--Esperad aqu, dijo Laurenti.

Y entr en la cueva.

Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena
de ansiedad algunas horas hacia, se levant anhelante creyendo que era
Aben-Aboo.

--Me habeis vengado ya? exclam.

--Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado  su padre.

Angiolina di un grito al reconocer  Laurenti.

--Y como nada tenemos que hacer aqu ya, dijo el bandido, nos volvemos 
Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis
manos, hermosa; primero he sido para t en los tiempos mas felices de mi
vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura;
despues tu salvador Bempo; luego  veces tu esposo el prncipe Lorenzini
Maffei,  veces Bempo tu esclavo: despus he sido Salvador Godinez,
autor de comediantes, y al cabo vengo  ser Laurenti el bandido,
Laurenti tu seor. Preprate para acompaarme mientras escribo una carta
para que ese pobre enamorado tuyo Andrs Cisneros pueda volver  la
crte.

Laurenti sac de su bolsillo un tintero de asta, le destornill, sac de
una cartera papel, y escribi una carta al arzobispo de Toledo,
recomendndole  Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey,
decia, contribuyendo  la muerte del emir de los monfes, el enemigo mas
respetable que tenia Espaa en las Alpujarras.

Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias.

Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerndose perdida, habia
meditado un atrevido proyecto: resuelta ya  lo que pensaba hacer,
compuso su semblante, se domin, y cuando Laurenti la mand que le
siguiese, se apoy sonriendo de su brazo.

--Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan
tranquila te muestras.

--Una traicion! dijo Angiolina: te engaas Laurenti... acaso no eres
tu mi esposo? acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? pues
qu causa puede haber para que yo me entristezca?

--Asi cantan las sirenas, pens para sus adentros Laurenti.

Y sigui hcia afuera llevando consigo  Angiolina.

Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercndose  Cisneros.

--Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y
una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad  caballo y adios.

--Y no nos volveremos  ver?

--Quien sabe? contest Laurenti.

--Adios, seora, adios, dijo Cisneros montando  caballo.

Angiolina no contest, y Cisneros se alej despechado.

Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero,  Angiolina, y
mont  caballo; di algunas monedas  quien habia tenido aquellos
caballos, y sigui el barranco adelante.

Por algn tiempo caminaron en silencio.

La noche era nebulosa, fria, spero el terreno y el caballo, aunque era
fuerte y gil, tropezaba con frecuencia.

--Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.

--Nada, absolutamente nada, contest Angiolina con la voz perfectamente
sonora.

--No te aterra estar en mi poder?

--No.

--No temes que yo sea para t un amante excesivamente desptico?

--No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha
acompaado durante diez aos, eras t, t el primer hombre de mi amor...

--De tu amor...!

--Si t hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras
sentenciado  aquella oscuridad misteriosa,  aquella prision,  aquella
violencia contnua...

--Me hubieras amado...!

--Yo te amaba y te aborrecia  un tiempo.

--No te comprendo.

--Miraba en t  un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero
he recordado siempre al amante.

--Para ultrajarle.

--No.

--Has sido querida del marqus de la Guardia.

--Me arroj en sus brazos un empeo de mujer.

--Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.

--Siempre mi empeo y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy
tranquila: he vuelto  tu poder, y no tiemblo, porque s que me amas
Laurenti, que enloqueces por m, que por m eres capaz de todo: porque
s que no ser tu esclava, sino tu seora.

--Ah!

--Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te
hace esclavo mio.

--Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis
mas repugnantes crmenes; mis crmenes mas horribles: esa hermana en
poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos...

Laurenti se estremeci: Angiolina se estremeci tambien.

A entrambos los habian llevado el amor y los zelos  crmenes
monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos,
implacable, severa: eran dos espritus condenados.

Pero en entrambos quedaba arraigado el grmen que los habia llevado 
aquellos crmenes.

Laurenti amaba con toda su alma  Angiolina, y por un fenmeno singular,
 aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia
aborrecido por ella.

Lo mismo acontecia  Angiolina; amaba, codiciaba al marqus, pero el
marqus habia herido su corazon y su vanidad, abandonndola,
desprecindola por Amina.

Angiolina creia muerto al marqus; le creia muerto por consecuencia de
los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra l una insaciable
sed de venganza.

--Oh! yo te matar! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoci
que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.

--Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si
t me amases, aun podria ser feliz.

--Y por qu no he de amarte? no has hecho por mi inmensos sacrificios?
no lo has sufrido todo? no me has visto acompaada por el marqus,
apoyada en su brazo, sonrindole enamorada?

--Ah! exclam Laurenti.

--Sin embargo, yo no amaba al marqus: estaba nicamente ofendida en mi
orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeo. Pero
cuando he sabido que el marqus ha muerto, no he llorado...

--Quin te ha dicho que ha muerto el marqus? exclam Laurenti,
disimulando su extraeza, porque sabia bien que el marqus vivia.

--Aben-Aboo! contest Angiolina.

--Has sabido que el marqus ha muerto, y no has vertido todo tu corazon
en lgrimas? si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!

--Eso debe probarte que no le amaba.

--Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.

--Y qu pruebas puedo darte para que me creas?

Laurenti se estremeci de conmocion, estrech convulsivamente la cintura
de la jven y la bes en el cuello.

Angiolina suspir, se volvi, y rode sus brazos al cuello de Laurenti.

--Yo te amo! le dijo suspirando.

Y le bes en la boca.

--Oh! tu amor! tu amor Angiolina! exclam el bandido no me engaas?

--No; yo te amar toda tu vida y aun despues de tu muerte.

--Oh! amado por t, mi vida ser muy corta, porque la felicidad me
matar!

--No, no te matar la felicidad, dijo Angiolina, apoderndose
rpidamente de la daga de Laurenti, y estrechndole con fuerza contra su
seno: te mato yo.

Laurenti di un grito: habia sentido una punzada agudsima en su costado
izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.

--Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres;
ladron infame.

Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y
la estrecha daga penetraba con lentitud.

De repente Laurenti abri los brazos, cay sobre la grupa del caballo, y
desde all al suelo.

Angiolina salt del caballo, y fu al sitio donde estaba Laurenti.

--Muerto! exclam reconocindole: le he atravesado el corazon!
miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! al fin me
veo libre de t! lbre y sola! Ya me he vengado de t, pero aun me
queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario
que Aben-Aboo muera tambien: y le matar; s, le matar, no s cmo,
pero el infierno le arrojar en mis manos.

Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del
odio y del miedo, le atraves las sienes con la daga, sirvindose para
hacer penetrar el arma, de una piedra  manera de martillo.

La daga qued atravesada en el crneo de Laurenti.

Angiolina registr los bolsillos del cadver, se apoder del dinero que
llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo  caballo, se alej,
exclamando con un gozo horrible.

--Oh! de esta vez estoy segura de no volverte  encontrar!

Y resuelta  todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dej al
caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.

Poco le importaba lo que pudera acontecerla; si encontraba cristianos,
les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfes, y si
eran monfes se declararia cautiva de Aben-Aboo.

El caballo caminaba  la ventura.

De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de
hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.

Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y
rodearon  Angiolina.

--Es una dama, exclamaron con asombro.

--S, una dama que huye de sus enemigos, exclam Angiolina.

--Ah! dijo un jven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa
Angiolina Visconti.

--Y vos sois don Fernando de Vlor.

--S, yo soy Aben-Humeya.

--Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis
verdugos, y os buscaba para que me amparseis, seor.

--Ah! hermosa princesa, en mala hora venis  ampararos de m: pero no
importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos
detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejrcito. Hasta
entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un
punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer
lleguemos al Laujar.

Aben-Humeya sigui  gran paso al frente de sus moriscos entre los
cuales sigui marchando el caballo de Angiolina,  mas bien del difunto
Laurenti.




CAPITULO XXXIX.

     De cmo se perdieron de nuevo Amina y el marqus.


Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfes,
marchaban  gran paso atravesando las Alpujarras en direccion  Orgiva.

Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.

El marqus de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alczar
subterrneo del emir.

El marqus caminaba entre Calpuc y Harum.

De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que
contestaba una imprecacion del marqus y una blasfemia de Harum.

--Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: muerto mi
seor, y muerto villanamente  traicion! muerto por esos dos
miserables!

[imagen: Muere, asesino de mi padre!]

El marqus juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar 
Aben-Aboo que le habia robado  su esposa y  su hija; pero el marqus
no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo
tanto Amina era hermana de ellos.

Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.

Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrs  los
monfes, que aunque iban  la carrera, no podian seguirlos.

De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba  los monfes:

--Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que rais?
no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos  libertar
 la sultana?

Los monfes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.

Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes 
incansables, no podian seguir  los caballos.

Estos les tomaron gran delantera.

A punto de amanecer, el caballo del marqus, mas fuerte,  mejor llevado
por su ginete, habia adelantado  los de Calpuc y Harum, y entraba en la
rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina
muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos aos
antes Yuzuf, padre de Yaye,  los monfes asesinos de Miguel Lopez.

Pasaba el marqus  la carrera junto  aquella viegsima encina, cuando
de repente se oy el galope de otro caballo, y apareci al fin, trayendo
sobre su lomo un hombre y una mujer.

Este caballo, conduciendo aquel grupo, pas como una exhalacion por
delante del marqus cortando la carrera  su caballo.

A la luz de la maana, el marqus crey reconocer en aquella mujer 
Amina, en aquel hombre  Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque
reconocido por Amina, la oy gritar:

--Slvame! slvame de este infame!

El marqus revolvi violentamente su caballo, exponindole  dar de
travs, y destrozndole en esta vuelta violenta; y se puso en
seguimiento de Aben-Aboo.

Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqus 
que estuviera mas descansado,  pesar de la desventaja de llevar sobre
s dos personas, sigui sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin
que el marqus pudiera por mas que castigaba y excitaba  su caballo,
hacerle disminuir aquella ventaja.

Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvi su caballo con la intencion
manifiesta de venir sobre el marqus y empear un combate.

Pero vi tras el marqus  otros dos ginetes  lo lejos, aunque no pudo
reconocerlos, y all, mas lejos aun, los monfes que entraban  la
carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.

--Flanquead! flanquead y cortadle la huida! grit Harum  los monfes:
flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!

Y los monfes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos
bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.

El marqus continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo
que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin
alcanzar ventaja.

El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su
carga.

De repente el caballo del marqus, se par jadeante: se extendi, tosi
fatigosamente, arroj un vmito de sangre y cay muerto.

Don Juan lanz una blasfemia, se desembaraz de los estribos, y sigui
corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.

De improviso lanz un grito de alegra.

El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.

Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian 
las espuelas y se negaban  correr.

Los monfes empezaban  aparecer sobre los flancos de la montaa y se
oian sus gritos de amenaza  Aben-Aboo.

Este se desembaraz tambien de los estribos, asi  Amina; carg con
ella y se embre.

Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo,  que  lo menos se veria
obligado  abandonar su presa.

De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que
habia logrado incorporarse al marqus, gritaba  los monfes, algunos de
los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:

--No tireis! no tireis! no veis que podeis herir  la sultana?

Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural,
seguia corriendo.

Oyse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.

Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la
Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por
casualidad Laurenti.

Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la
credulidad supersticiosa de los monfes: al llegar  cierto punto, Harum
se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno,
y los monfes que flanqueaban la montaa, se detuvieron tambien y
retrocedieron cuando reconocieron la hoya.

Solo el marqus, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete
amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban
ya  la roca  la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.

Aben-Aboo di la vuelta  la roca y penetr por la grieta, recorri los
primeros senos, y al llegar  un paraje se detuvo, dej en el suelo 
Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclin
sobre el suelo, levant una piedra, y descubri una mecha de yesca seca
y perfectamente preparada.

Aben-Aboo cogi aquella mecha entre la cazoleta del pedreal, y di
fuego: la mecha empez  arder; Aben-Aboo carg de nuevo con Amina y
continu descendiendo  la carrera, internndose rpidamente en el
subterrneo.

El marqus de la Guardia, aunque muy retrasado, penetr tambien en la
gruta espada en mano, siguiendo  Aben-Aboo.

Entre tanto los monfes detenidos por su terror supersticioso en la
frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso:
el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atraves  la carrera aquella
demarcacion fatal.

Excitado al fin Harum por su lealtad  sus seores, la pas tambien.

Pero ni un solo monf adelant.

Limitronse  rodear aquella demarcacion.

Calpuc adelantaba, Harum le seguia.

De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca
que representaba la Princesa encantada, vol lanzando  gran altura
enormes fragmentos, y solo qued en el lugar que ocupaba un monton de
escombros calcreos.

Calpuc y Harum se detuvieron plidos de espanto; y los monfes lanzaron
un alarido de terror.

Era imposible ya penetrar en el subterrneo: Aben-Aboo, Amina y el
marqus de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.

Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar
de la catstrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas,
impidindoles el paso, separndolos de Amina y del marqus, cayeron de
rodillas y oraron por ellos.

Pero de repente Harum se alz.

En su semblante plido se veia una expresion terrible de venganza, de
una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombros relmpagos de
muerte.

Como l, Calpuc se habia alzado rgido y terrible.

--De seguro, dijo volvindose  Harum, en esta terrible voladura, solo
ha perecido el marqus de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aqu sin
vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado  todo
evento. Las voladuras se efectan siempre para arriba: esto lo s yo muy
bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto
mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por
la cual se habr sin duda salvado  se salvar con Amina Aben-Aboo...
pero el pobre marqus...

--Acaso se haya salvado tambien, murmur con acento ronco Harum; seguia
ya de cerca  Aben-Aboo.

--Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido
abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta  mi nieta.
Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos  la ltima de nuestra
familia.

--Y  los que no podamos salvar, los vengaremos, exclam Harum
roncamente.

Y alejndose de la sima que habia abierto la explosion lleg con paso
lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido  pasar los
monfes.

Calpuc le seguia.

Harum hizo sonar su corneta.

Poco despues los quinientos monfes, con sus dos banderas, estaban
agrupados  su alrededor:

--Valientes! grit Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por
Aben-Aboo y Aben-Humeya.

--Venganza! gritaron  una voz todos los monfes como impulsados por un
mismo pensamiento.

--Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que
componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: 
vosotros toca vengarle y le vengareis. Hay alguno entre vosotros que no
quiera jurar enemistad  muerte  Aben-Aboo y Aben-Humeya?

Todos callaron.

--Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos
infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedar
libre.

Continu aquel elocuente silencio.

--Es decir que desde hoy todos somos hermanos? grit Harum.

--Si.

--Que todos nos obligamos  ayudarnos, defendernos y avisarnos?

--Si.

--Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os
llame?

--Si.

--En el nombre de Dios Altsimo y Unico! que ninguno de vosotros
olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!

--No! no! gritaron en coro los monfes.

--Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun  su padre el nombre de
los asesinos del emir.

--No! no!

--Ahora, valientes, separmonos: yo har de modo que todos, cualquiera
que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los
otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los dems  vuestros
apostaderos.

Harum extendi el brazo en un ademan de imperio, y los monfes se
disolvieron, encaminndose  distintos puntos.

Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.

--Ahora, dijo Calpuc,  mi antiguo subterrneo.

       *       *       *       *       *

Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el
subterrneo.

Antes de llegar  la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron
el llanto desesperado de una criatura.

Cuando llegaron  aquella habitacion, encontraron  la pequea hija de
Amina abandonada sobre el lecho.

Tomla Calpuc en sus brazos, la bes en la frente, y exclam llorando:

--Lo ltimo, lo ltimo acaso que me queda de todo cuanto he amado!




CONCLUSION.

LA VENGANZA DE LOS MONFIES.




CAPITULO XL.

     En qu estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos
     meses despues de los sucesos anteriores.


La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difcil y de resultado
mas dudoso.

El marqus de Mondjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.

Le faltaban hombres y dinero.

Ademas, entre l y el presidente de la Chancillera, se cruzaban
competencias de autoridad.

Las prudentes medidas que el marqus de Mondjar tomaba para mantener en
paz  los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las
severas  imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza
ejecutaba sobre los moriscos.

Los alguaciles y las guardas de la Chancillera, se permitian con ellos
toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos
pretextos, eran encarcelados.

La mayor parte huian  las Alpujarras.

La rebelion crecia.

Un dia y otro llegaban noticias terribles.

Ya era la de que en Guecija, los monfes, despues de haber acorralado en
la torre de su iglesia  una comunidad entera de frailes agustinos la
habian matado, echndoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el
techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido 
rodeado de plvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de
que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le
habian asaeteado; enterrando  otros eclesisticos hasta el cuello, y
dejndolos morir de frio y de hambre; ya de que  otros cristianos
habian mutilado los miembros y entregdolos  las mujeres para que con
almaradas los acabasen de matar; ya que  este  al otro corregidor,
alguacil, corchete,  miembro de justicia habian acaabereado,
apedreado, desollado  despeado; ya que  los hijos del alcaide de la
Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando,
crucificando,  hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y
reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de
monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jvenes entre ellos y
hechas sus mancebas, y destinadas  la mas dura servidumbre las monjas
viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo
punto infames, practicados por los monfes.

Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror 
Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos
atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la
ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de
Deza, y el capitan general, marqus de Mondjar.

Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian
delinquido, y protegia abiertamente  los moriscos de la ciudad, porque
decia:

--Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar  la lealtad al
rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfes en el Albaicin la
noche de Navidad: mantenindoles en su lealtad por medio de la blandura;
se conseguir que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la
guerra dudosa y la temen, se vengan  Granada  ponerse bajo el amparo
del rey, cuando si  los de la ciudad se les trata con rigor, huiran 
las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.

Pero en contra de las razones del marqus, el presidente decia.

--Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de
ac no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero
el dia en que por recibir ayuda de Berbera los rebeldes,  por otra
circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos
encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados
como enemigos ocultos y tratados con rigor.

No se sabia  cul de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto;
pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqus de
Mondjar; y que el marqus de Mondjar andaba contrario y enemistado con
el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillera en gran
manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqus, y que los
habitantes castellanos, acusaban pblicamente de blandura y de
parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese
el marqus de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien
decian tener mas confianza.

Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido  ayudar en la
empresa al marqus de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al
capitan general, ponindose los otros de parte del presidente y del
marqus de los Velez.

Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras;
habia dado ocasion  que el fuego cundiese  la tierra de Almera,  la
Axarquia de Mlaga y  la serrana de Ronda; habia enviado embajadores
al rey de Argel avisndole del buen punto en que se encontraba la
guerra, y pidindole socorro, y habia enviado  Africa  Hernando el
Habaqu  tomar turcos  sueldo, de los que andaban pirateando en el
Mediterrneo.

Entre tanto las gentes del rey de Espaa llevaban en las Alpujarras la
peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia;
Castil de Ferro fue tomado por los monfes; Orgiva habia sido entrada y
ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el
puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqus de
Mondejar, las hizo retroceder, vencindolas y obligando al capitan Diego
de Quesada que las mandaba  retirarse  Durcal.

Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.

El marqus de Mondejar se vi obligado, pues,  salir contra el enemigo,
dejando encomendado el gobierno de la ciudad  el presidente don Pedro
de Deza, y llevando por todo ejrcito ochocientos infantes, doscientos
caballos y algunos caballeros particulares.

Cuando llegaron encontraron cortado el puente.

Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y
quinientos hombres entre monfes y moriscos, armados parte con arcabuces
y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.

Parecian dispuestos  defender  todo trance aquella puerta de las
Alpujarras.

Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y
vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiados
escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba  los unos, excitaba  los
otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia  todas partes, y
obraba, en fin, como un valiente capitan.

El marqus de Mondejar por su parte, mand  la infantera forzar el
paso del puente; pero la infantera que acompaaba al marqus, reunida
de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue
rechazada por los monfes, que repasaron el puente cargando en tropel y
con recio alarido sobre las gentes del marqus.

Entonces Mondejar mand cargar  la caballera, pero  la primera
envestida empezaron  arremolinar algunas picas de su escuadron, y el
marqus, resuelto  todo, se vi obligado  envestir en persona, seguido
de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le
acompaaban.

Aconteci que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los
monfes se embarazaban unos  otros por el poco espacio, y presentaban
un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la
acometida del marqus y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados 
los barrancos laterales los primeros en que se encarniz la embestida, y
revueltos los de detrs, y siendo muy estrecho el paso del puente,
cayeron la mayor parte despeados al fondo del tajo, se retiraron los
dems, y alentada la gente del marqus, pas  la carrera y  la
deshilada por las tablas, apretando  los monfes y hacindoles
retirarse  la montaa, donde no podian perseguirlos los caballos.

El marqus pas adelante, puso alguna arcabucera en el castillo de
Lanjaron, que encontr abandonado, y acamp en una cumbre delante de los
enemigos.

Pero esta victoria, sealada  importantsima, porque quebraba el primer
mpetu de los monfes, debida al arrojo y  la sangre fra de Mondejar,
no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las
rencillas y las competencias del presidente de la Chancillera y la
rivalidad del marqus de los Velez.

De nada le sirvi tampoco el haber libertado  Orgiva, el haber
conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligndole 
concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin
bastimentos ni provisiones.

Culpbasele por el presidente Deza de haber causado con sus
contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus
triunfos, se atribuian al acaso mas que  la pericia, todo esto en
cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqus de los
Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus
deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su
valor y su pericia: se referia enfticamente cmo habia combatido una
gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cmo habia
tomado  Flix, villa de moriscos y saquedola y llevdola  sangre y
fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cmo por falta de vituallas,
se habia visto obligado  recogerse  Casar de Canjayar,  quien por
otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria
de que en l se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Catlico
fu sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en
el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en l se
refugiaron.

Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la
parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para
Mondejar ni para el marqus de los Velez, ni se decidia por el uno ni
por el otro.

Poltica incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que
dilataba la guerra y empequeecia la influencia del rey en las
Alpujarras.

Sin embargo, puso algun temor  los moriscos la toma de Poqueira,
Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables,
tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de
fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales
que fueron tomados por los cristianos.

Con estas ventajas crey el marqus de Mondejar tener ya vencida y 
punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el
centro de las Alpujarras, salt por otras partes  las Guajaras, que son
tres lugares pequeos al Poniente de las Alpujarras, situados entre
Almuecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va  parar al puerto de
la Herradura.

Los monfes ocuparon los dos peones que se llaman las Guajaras, uno
alto, de subida spera y dificil, y otro mas bajo y accesible.

Fortificronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, 
falta de tierra y ramas, y aumentado su nmero por tres mil moriscos de
los lugares vecinos, esperaron al marqus, que dejando con sobrada
impremeditacion  sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como
Ohaez y Vlor, carg sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la
rebelion audaz y provocadora.

Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision
del marqus de dejar  sus espaldas y  sus flancos lugares enemigos.

Acometidas las Guajaras, los monfes y los moriscos se defendieron con
el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantera don
Juan de Villaroel empe  una bandera de arcabuceros en el asalto
imprudente del peon mas difcil; cundi la imprudencia, y ya pasaban de
ochocientos infantes los que subian por lo mas spero del peon, sin que
el marqus de Mondjar pudiese contenerlos; alentado el capitan
Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para s
el honor de la jornada, desoyendo las rdenes del marqus, prosigui en
el asalto de una manera desvandada, dando ocasion  los monfes de que
le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras
derrumbadas desde el alto del peon.

De los moros, todos eran  arrojar: hombres, mujeres, viejos y nios.

Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor
parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desrden, saltaron
del peon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente
capitan Villaroel, que cay desalentado con la espada en la cinta,
acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar
los golpes de los alfanjes y yataganes.

Muri all tambien don Lus Ponce de Leon, que estando herido de muerte
y por tierra, le despe un criado suyo por salvarle; y asimismo
murieron el veedor de las compaas de Granada Juan de Ronquillo, y el
nico hijo del maestre de campo Hernando de Orua, que cay
ensangrentado  los pis de su mismo padre.

El marqus,  la vista de aquel estrago y de los enemigos que
embravecidos por el triunfo cargaban, prolongndose por la cumbre para
tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el
Zamar, envi  don Alonso de Crdenas con una manga de arcabucera  que
contuviese su mpetu.

Logrse, contenindose el impetu de los enemigos; lleg la noche, y el
marqus con su gente recogida y en ordenanza permaneci acampado delante
de los moros.

Al amanecer lleg al campo del marqus su retaguardia, compuesta de
cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.

Renovse de nuevo el asalto del peon por todas partes, y siendo el
combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos,
que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas  mansalva.

Visto por los monfes y los moriscos que se encontraban cercados, que el
campo del marqus habia vencido, que les faltaban municiones y vveres,
y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron
durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado,
salvndose los monfes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y
sacando las mujeres y nios que pudieron, pero quedando otro gran nmero
de los naturales en las Guajaras defendiendo el peon.

El marqus puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali
Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella,  quien habia tomado
en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo
por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya
salvacion se habia perdido, y enviado l mismo  Granada, donde le mand
atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqus de Mondjar.

Los horrores crecian.

Los desdichados que habian quedado cercados en el peon, gente floja,
mujeres, nios y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la
cumbre del peon despues de un ligero combate, y pasados todos los que
all se encontraron  cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni
sexo.

Cuando hoy se pasa por entre los peones de las Guajaras, los naturales
sealan algunas anchas rfagas de tierra roja, y pretenden que aquella
es la seal de la sangre vertida en aquella jornada.

Esta jornada fue de poco honor para Mondjar; habia triunfado si, pero
perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto
que aquella matanza de moriscos irrit mas que aterr  los
insurreccionados.

Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, 
hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el
marqus, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejrcitos
de Jerjes y los tesoros de Creso.

Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de
Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las
Alpujarras al marqus de los Velez, quitando este cargo al de Mondjar.

Este ltimo, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para
desmentirle se levantaban Ohaez y el marquesado del Zenete con nuevo
empeo y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se
alzaban otros, y los vencidos volvian  levantarse cuando el ejrcito
cristiano, yendo de ac para all, los desalojaba para ir  sujetar
nuevas insurrecciones.

Perseguase, buscbase  Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les
encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y
cometido todo gnero de excesos en los lugares  donde habian ido 
buscarlos.

Vlor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades
pueden llevar la guerra y el bandidaje  una poblacion; las mujeres y
los nios eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los
viejos.

Vease con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas,
desgreadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras
de la mano, atravesando las montaas, escoltadas por algunos monfes, en
fuga de los cristianos que se habian acercado  su poblacion.

Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos
encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se
ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban gnero de
ferocidad.

Otras veces, por el contrario, los monfes encontraban al revolver de un
desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados espaoles, cargados
con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando
consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el
botin, eran degollados, sin que los monfes tomasen uno solo preso, y 
veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.

Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se
veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase
parte en ella, enviando  las Alpujarras un formidable ejrcito.

Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Vlor por las gentes
del marqus, el rey mand  este que recogiese su gente  los lugares
fuertes y suspendiese todo gnero de hostilidades hasta recibir nuevas
rdenes.

Algo mas adelante el rey conoci que se necesitaba mas capitan para
aquella empresa, que el marqus de los Velez y el de Mondjar, y encarg
de ella  su hermano don Juan de Austria,  quien,  pesar de su
mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el
poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas rdenes estarian mas
obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.

Por otra parte, alentados los monfes y los moriscos por las ventajas
que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian
crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entr con mayor
autoridad en el gobierno; imit la manera de ordenar la gente y de
combatir de los cristianos, dividi su ejrcito en tercios, compaas y
escuadras; nombr para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles,
capitanes, alfreces y cabos; di  cada compaa una bandera, y como
estandarte suyo levant un guion rojo con las armas de Granada.

Dividi las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo
en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese  la defensa y al
mando de su demarcacion, y por ltimo, para su decoro y seguridad
personal, cre una guardia de cuatrocientos arcabuceros.

Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la
Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les
preparaba con la venida de don Juan de Austria.

El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron
algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la crcel
de la Chancillera por mandado del presidente Deza.

Culpbaseles, con razon  sin ella, de estar en tratos con los de las
Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al
incendio y al degello.

Aument el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el
dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas
prxima  la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian
seales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian
contestado con otras lumbres.

El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado
 don Gernimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba
al Albaicin, y al cuadrillero Bartolom de Santa Mara, que mandaba las
rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la crcel que
tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.

El alcaide reuni  algunos parientes y amigos suyos armados para que
custodiasen  los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una
casualidad vino  producir una catstrofe.

Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la
Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; 
este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.

La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este
cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada,
creyse en la ciudad que tocaba  rebato y se alborot Granada.

Alborotronse asimismo los presos de la crcel, tanto cristianos como
moros, y llegaron  tal punto que vinieron  las manos.

Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos
y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia,
unos con los travesaos de los grillos, otros con sus espadas y
arcabuces acometian  los moriscos.

El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del
palacio de la Audiencia, oy entre sueos el ruido del combate de la
crcel, se levant y mand  un soldado que fuera  ver qu era aquello.

El soldado volvi diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y
que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos;
que los unos decian viva Mahoma! y los otros, viva la fe de
Jesucristo!

Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mand que la
compaa de infantera que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase
la crcel, pero  este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad,
creyendo que se tocaba  arrebato, habian acudido armadas y entrado en
la crcel.

Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las
camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos  un tiempo apagaban
el fuego y pasaban  cuchillo  los moriscos entre torbellinos de humo.

Diez horas dur esta escena de sangre, y fueron muertos  hierro y fuego
ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando
ademas diez y siete heridos.

Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran nmero de
moriscos, aterrados, pasaron  las Alpujarras  aumentar la rebelion.

En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 parti don Juan de Austria
para Granada, desde Aranjuez,  donde habia ido  recibir instrucciones
del rey.

Acompabale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes lleg  la
villa de Iznalloz,  cinco leguas de Granada, en la que entr al
siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso
emperador don Carlos, y hermano del rey de Espaa.

Acompabale en la entrada el marqus de Mondejar que habia venido para
esto solo de las Alpujarras.

Salile  recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos
y armados  la morisca, y adelant al lugar de Albolote.

Fuera de las puertas de la ciudad, le recibi el presidente Deza con
cuatro oidores, y los alcaldes del crmen, y el corregidor con cuatro
veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del
cabildo, y muchos caballeros particulares.

Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, prximo  la ciudad por
la parte de la puerta Elvira, y all encontraron  don Juan de Austria.

En el llano del rio estaba formada la infantera en nmero de diez mil
hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces.

Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jven
alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa.

Al llegar  la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de
cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando
alaridos, y arrojndose  los pies de su caballo.

--Justicia, seor, justicia, gritaban en coro.

--Nosotras somos las viudas y las hurfanas de los que han matado
cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras.

--Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos,
de nuestros hijos, de nuestros parientes.

--Justicia, seor, y que no tengamos el dolor de ver  nuestros enemigos
perdonados.

Y siguieron con sus alaridos, con sus lgrimas y con sus aclamaciones de
venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneci, las
consol y las prometi cumplida venganza, todo con gran consentimiento
del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeo
fruncimiento de cejas del marqus de Mondjar, que veia claro  donde
iba encaminado todo aquello.

Entrado don Juan en la ciudad, no tard en presentrsele una diputacion
de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los
mas rcos y principales de ellos y un procurador general, el cual le
espet el siguiente discurso que tomamos  la letra del historiador
Mrmol:

Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver  vuestra
excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en
ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos
habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad,
diciendo ser autores del mal,  favorecedores de los malos; mas confian
en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren
sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean
rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el
levantamiento. Qujanse que son molestados por los ministros de las
cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban
sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los
superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican  vuestra
excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado,
proviniendo  lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra
en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros  sus labores. Bien
sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza  la ruin opinion,  la
acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren;
mas asegralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y
amparo ponen sus vidas, honras y haciendas.

A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contest con las palabras
siguientes:

El Rey, mi Seor, me mand venir  este reyno, por la quietud y
pacificacion de l; sed ciertos que todos los que hubiredes sido leales
al servicio de Dios, Nuestro Seor, y de Su Magestad, como decs, sereis
mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarn vuestras libertades y
franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de
equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido
tales, sern castigados con grandsimo rigor. Y en cuanto  los agravios
que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis
vuestros memoriales, que yo lo mandar ver y remediar luego, y quiroos
advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera
habriades hecho dao  vosotros mesmos.

Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don
Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba 
sus cabezas.

Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, lleg el duque
de Sesa, y con su presencia empez  tratarse del asunto de la
pacificacion en consejo.

Componase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del
arzobispo, del duque de Sesa, del marqus de Mondjar, de Luis Quijada,
y del presidente Deza, al cual se aadi algunos dias el licenciado
Bribiesca de Muatones, del consejo y cmara de Felipe II, al cual habia
enviado este exprofeso  Granada.

El marqus de Mondjar fue de opinion,  la que se adhirieron el
arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el dao poniendo
guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando 
los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y
Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase
esto, se le diesen al mismo marqus mil infantes y doscientos caballos,
con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria
los sembrados y quemaria  los moriscos todos los bastimentos que
tenian, reducindolos por hambre.

Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqus de Mondjar,
crey insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se
debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega  los
moriscos y deportarlos tierra adentro de Espaa, para que no pudiesen
ayudar  los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsej
ademas, que para aplacar  Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto
delito, se ejecutase un rigurossimo castigo en los alzados empezando
por las Albunuelas y siguiendo  las otras taas de las Alpujarras.

Pidi, en fin, como buen clrigo de aquellos tiempos, la deportacion, el
hierro y el fuego para los moriscos, y declar que solo de este modo
podria llegarse  la pacificacion absoluta y duradera del reino.

El marqus de Mondjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se
opuso con energa  tan violentas y sanguinarias medidas, como quien
sabia bien por haber sido muchos aos capitan general de Granada, que no
era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la
injustica con que hacia tantos aos se les venia tratando.

Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de
gente til y rica, exponindose  perder el fruto las de ricas
industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas 
propsito para reducir  gentes que excitadas por aejos y cada dia mas
duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar
y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas
encarnizada y duradera la guerra.

Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muatones, con la
autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugn la
deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques,
gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo
esta opinion mayora, se aprob, y no le qued al marqus otro recurso
que representar al rey, y enviar con la representacion  la crte  su
hijo el conde de Tendilla.

Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de l se
aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar  sus gentes, en
una palabra.

Conoci el consejo lo que en tiempo se perdia, y se di rden de seguir
la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas
que debian tomarse respecto  los moriscos.

Llamse de nuevo gentes de las ciudades, se atendi  la provision de
vveres y municiones, environse banderas de infantera de guarnicion 
las principales villas de las Alpujarras, y se recomend  sus capitanes
que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido
noticias de la llegada de galeotas de Berbera con gente, armas y
municiones para los moriscos.

En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes  los alcaides y
faqus que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que
inclinasen y decidiesen  sus amos  socorrerle. De Tetuan habian venido
 las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey
de Argel, Aluch-Al, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el
momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para
aquella empresa; por ltimo, el Xerife habia enviado  Aben-Humeya
algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido  ponerse
bajo sus banderas.

Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo
dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron  las poblaciones, y
se dedicaron  sus industrias y  las labranzas de sus campos.

Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos
eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se
decidiere por las medidas terribles.

Entre tanto seguia completndose el alzamiento de las Alpujarras, y
empezaba el de los lugares del rio Almanzora.

Al fin lleg la resolucion de Felipe II acerca de la suerte de los
moriscos.

La deportacion de los de Granada y del Albaicin habia sido decretada.




CAPITULO XLI.

     De lo que aconteci  los moriscos de Granada la vspera de San
     Juan de 1559.


Al amanecer, los tambores y los pfanos de las compaas de infantera
tocaron llamada  las gentes de guerra.

Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados.

Luego se pregon solemnemente un bando, por el cual se mandaba  todos
los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en
la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus
respectivas iglesias parroquiales.

No pudiendo resistir obedecieron.

Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qu iba 
hacerse con ellos.

Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas.

Preguntaron aterrados qu suerte iba  ser la suya y el presidente Deza
les ofreci cdulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los
tranquiliz fue la palabra que don Juan de Austria les empe en nombre
del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les
haria dao, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del
peligro en que se encontraban entre la gente de guerra.

Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella
noche presos en las iglesias guardados por algunas compaas de
infantera, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de
guerra en el campo del Triunfo, que est situado entre la puerta de
Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre,
salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre
ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque
de Sesa, el marqus de Mondjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el
licenciado Briviesca de Muatones, y fueron encerrados en el Hospital
Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hbito de
Santiago, y teniente de contador mayor, venido por rden del rey 
Granada, y con l algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de
ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrndose despues de
hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus
hogares.

No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible.

A pesar de cuanto se procur por don Juan de Austria y los del consejo,
que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar  los morscos de
las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro
de ser muertos  manos de la soldadesca todos los moriscos.

Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantera de
Sevilla, queriendo sealar su compaa de las otras, at en el asta de
una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que
le llevaba  la cabeza de la compaa: al sacar aquella compaa los
moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada,
creyeron que los llevaban  morir, y creyendo lo mismo las moriscas que
iban llorando tras ellos, empezaron  dar alaridos y  mesarse los
cabellos y  exclamar:

--Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al
degolladero! cunto mejor os fuera morir en las casas donde nacsteis!

En estos momentos, un soldado di un palo  un morisco jven, que
llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo
tir al soldado partindole una oreja; esto aconteci cerca de don Juan
de Austria: arrojronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco,
y all mismo le hicieron pedazos.

Revolvironse los soldados y los moriscos, empezaron  correr voces
entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los
segundos de que los iban  matar  todos, y fue necesaria la autoridad
de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqus de Mondjar,
para que no aconteciese una gran desdicha.

Apaciguse, pues,  los moriscos, se soseg  los soldados, se apart al
muerto, se retir al herido, y para que no se alborotase la ciudad y
matasen  los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria
mand  don Francisco de Sols y  Luis de Mrmol Carvajal, que mas
adelante histori la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen 
las puertas de la ciudad y no dejasen entrar  nadie dentro.

Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio
gtico de fines del siglo XV  principios del XVI, fundado por doa
Isabel la Catlica, para la curacion de toda clase de enfermedades y
expecialmente para recoger locos.

Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber
inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron
tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por
esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas.

A pesar de esta deportacion, no qued Granada enteramente limpia, como
se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las
alqueras de la Vega los nios menores de siete aos, y los viejos
mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y  mas de
esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la
ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de
igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos,
que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus
antepasados habian servido buena y fielmente  los prncipes cristianos
contra los reyes moros.

Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de
Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empez  notarse la falta
de los moriscos deportados; resintise el comercio, se enflaqueci la
industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes,
empezaron  verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia,
segun el dicho de los contemporneos, que habia caido una maldicion
sobre Granada.

Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido
un pronstico hecho en otro tiempo  los de Granada: este pronstico les
habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de
Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta
en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una
esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por
cumplido el pronstico, porque el dia de la deportacion bajaron por
aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerrseles como
sangre que cubri la cuesta y la piedra.

Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por
peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue
la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos  los moros: en las
crnicas rabes, se encuentra aquel hecho sealado con el nombre de
batalla de Hins al-Acab[28]: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en
Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser
deportados.

Dado este terrible paso de precaucion,  costa de la libertad, de la
vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pens en llevar
adelante la guerra de las Alpujarras  todo rigor.

Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro,
entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqus
de Mondjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis
Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del
Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio
Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente
clebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente,
con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le
habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto  los
cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los
moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban
tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como
si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo.

En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y
extendiendo la rebelion, temindose que esta cundiese  los reinos de
Valencia y Murcia donde habia un considerable nmero de moriscos, el rey
determin que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las
rdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqus de los
Velez.

En cuanto al marqus de Mondjar, para evitar entorpecimientos y
competencias, se le apart de Granada con el pretexto de que fuese  la
crte  informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de
Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar  los
moriscos, como quien habiendo sido tantos aos capitan general de
Granada, debia conocer bien  aquellas gentes.

Al saber que el marqus de Mondjar era llamado  la crte, el
licenciado Briviesca de Muatones, como prctico que era en cosas de
estado, dijo (era tuerto de un ojo): _que me saquen el otro si el
marqus torna de all mientras dure la guerra_.

En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada 
principios del mes de octubre de 1569.




CAPITULO XLII.

     De cmo empezaba Harum  vengar al emir.


Era una de esas terribles noches de tormenta que tan frecuentes son en
el otoo en las Alpujarras.

Llovia, relampagueaba, tronaba, zumbaba el viento entre las breas.

Las calles de Andarax estaban completamente desiertas.

En Andarax estaba Aben-Humeya con trescientos escopeteros de su guardia,
y mas descuidado de lo que debiera estarlo, acompaado siempre de dos
mujeres y entretenido en zambras y diversiones.

Una de estas mujeres era Angiolina Visconti.

Irritbale esta con su hermosura, le enloquecia, le entretenia con
promesas y entre tanto le vendia.

La otra mujer se llamaba Mara de Rojas, y era morisca.

Esta Mara de Rojas, prima de Diego Alguacil, uno de los moriscos mas
influyentes en las Alpujarras y en Granada, era sobrina de aquel Miguel
Rojas, padre de Isabel de Rojas, con quien ante la Iglesia Catlica se
habia casado Aben-Humeya.

Este, voluntarioso y tirano antes de haber asegurado  su cabeza la
corona, habia repudiado  su mujer, dejndola abandonada en Granada,
habia matado con extremada crueldad  los parientes de su esposa que se
atrevieron  pedirle cuenta de aquel abandono, y enamorndose de Mara
de Rojas, que era hermossima, se la arrebat  Diego Alguacil de quien
era amante, y se cas con ella  la usanza mora.

Aben-Humeya no comprendi que debia ser natural y precisamente su
enemigo una mujer  cuyo padre y hermanos habia muerto,  quien habia
arrebatado sus amores, y que aquella mujer debia pensar en vengarse;
crey que todo lo olvidaria una vez sultana de las Alpujarras, y la
arrastr  su tlamo: mat su alma como habia matado  sus parientes, y
se embriag con sus amores fingidos, porque Mara de Rojas no habia
olvidado nada, ni su padre extrangulado, ni sus hermanos degollados, ni
 Diego Alguacil, de cuyos brazos casi habia sido arrancada.

Fuese que el remordimiento de haber matado  su padre, fuese que la
confianza de su fortuna hubiesen embriagado  Aben-Humeya, nada temia, y
lo que era peor aun, se rodeaba de enemigos y provocaba el peligro.

Mara de Rojas, al ver un dia en la casa de Aben-Humeya  Angiolina
Visconti, apareciendo como un nuevo sol, al cual se volvian los
inconstantes amores de Aben-Humeya, no tuvo zelos, porque no puede
tenerlos quien no ama, pero alent esperanzas: comprendi que Angiolina
era tan desgraciada como ella, y que como ella ardia en sed de venganza
contra Aben-Humeya: no tardaron en comprenderse las dos mujeres, y al
comprenderse, hicieron de su venganza una causa comun, y se ayudaron
mutuamente, y se encubrieron la una  la otra.

Cuando Mara de Rojas necesitaba algunos momentos de libertad, Angiolina
entretenia  Aben-Humeya escuchando sus protestas de amor, alentndole,
dndole esperanzas. Cuando Angiolina necesitaba disponer de algun
tiempo, quien le entretena, no ya con esperanzas, sino con fingidos
zelos, era Mara de Rojas.

En qu invertian el tiempo que se procuraban la una  la otra estas dos
mujeres?

Al lado de Aben-Humeya, sirvindole con la mayor lealtad en las
apariencias, acompandole  todas partes, ponindose delante de l en
todos los peligros, habia tres personajes terribles: Aben-Aboo su
hermano, que  pesar de serlo, ambicionaba su corona, y tendia
asechanzas  su vida. Diego Alguacil, el primer amante de Mara de
Rojas, que se fingia el sbdito mas sumiso y mas leal del mundo, y
Harum-el-Geniz, el valiente caudillo de los monfes despues de la muerte
del infortunado Yaye, que afectaba ayudar  Aben-Humeya con todas sus
fuerzas.

El insensato jven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas
obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel
que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las rdenes de
los capitanes Al, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor
del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de
Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia
en el momento en que le acechaba de cerca la muerte.

Era, como dijimos al principio de este captulo, una fria, nublada y
tempestuosa noche de otoo.

Acababan de dar las doce en el rel de la villa.

A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja
del pueblo dos hombres.

El uno llevaba el ostentoso traje de wal de los wales  capitan
general de los monfes.

Era Harum-el-Geniz.

El otro llevaba un bello traje berberisco.

Era Aben-Aboo.

La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada nicamente por la
fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar.

Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta aos, con traje
morisco.

Este hombre era Diego Alguacil.

Al oir  los recien llegados se levant.

--Cunto habeis tardado! dijo.

--Los barrancos estan invadeables, respondi Harum-el-Geniz, y trayendo
tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho.

--Cunta gente traeis?

--Dos mil monfes.

--Ah! pues si traeis dos mil monfes  qu esperar? acaso no teneis
confianza en ellos?

--Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de
Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de
ella, dijo Aben-Aboo.

--Y habeis encontrado un medio?

--Excelente.

--Y qu medio es ese?

--Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Al.

--Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con l, no se atreveran
 tanto.

Sonri sesgadamente Aben-Aboo, y mir con una expresion de horrible
inteligencia  Harum.

--Los turcos, dijo, mataran  Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya
quiere matarlos  ellos.

--Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.

--Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.

--Si, bien: yo aborrezco  Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido
en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que
tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.

--Bah! dijo Aben-Aboo: t sers quien cause la muerte de mi buen primo.

--Cmo!

--Toma, contest Aben-Aboo dando una carta cerrada  Diego Alguacil.

--Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide
de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.

--Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada
Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha
sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que
nadie nos culpar de la muerte de Aben-Humeya.

--Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego
Alguacil, devolviendo la carta  Aben-Aboo.

--Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con
acento breve Harum-el-Geniz.

--Diego Alguacil la llevar, repuso Aben-Aboo.

--Y para qu he de llevarla yo?

--No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya?

--Oh! si! vengarme! vengarme de una manera terrible!

--Pues para eso es necesario que esta carta d en manos de l.

--Recelaran!

--Concluyamos, Diego Alguacil: podemos contar contigo,  no? dijo
Harum-el-Geniz.

--Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy
esperando.

--En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable
traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo:
como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la
sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando
 Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva,
y cuando llegues  ella, como sorprendindote de encontrar all gente,
pides un guia para llegar  Mecina de Bombaron con la carta de
Aben-Humeya  pretexto de haberte extraviado.

--Y nada mas?

--Nada mas.

--Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya?

--Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya est tan descuidado que todas
las noches se anda en zambras y fiestas.

--Es verdad; ese maldito est abandonado de la mano de Dios.

--Dios abandona siempre  los traidores y  los desleales; pero estamos
ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompaar por el
camino, y luego tomar por los atajos para llegar antes que t  la
muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva
donde me esperan los capitanes turcos.

Aben-Aboo se levant y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego
Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada.

--Que Dios os d buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron
fuera de la casa volvindose hcia la parte alta del pueblo.

--Cmo! te quedas t? dijo Diego Alguacil.

--Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas quin se ha
de quedar al frente de los dos mil monfes que cercan la villa para que
no pueda escapar Aben-Humeya?

--Dices bien. Adios.

--Adios, dijo Aben-Aboo.

--Adios, contest Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se
encaminaba  la plaza murmurando:

--Ah, mi noble y desgraciado seor! me he visto obligado  esperar
mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables
van  hacerse pedazos. Tus hijos! no podian ser tus hijos, no:
aquellas cartas mentan! si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera
hablado  esos corazones de tigre! y si eran tus hijos!... oh Dios
poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tie las manos en la
sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.

Y entrando  punto en la plaza Harum, se encamin hacia la iglesia
transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja,
lleg  un postigo oscuro de la tapia de un huerto.




CAPITULO XLIII.

     De cmo la princesa Angiolina Visconti volvia  ser un instrumento
     manejado por Harum.


Harum se detuvo junto  aquel postigo y escuch con la mayor atencion.

Nada se oia.

Una gran casa situada en el fondo del huerto y  la cual pertenecia,
estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lgubre.

Solo en una ventana morisca se veia luz  travs de su arco calado.

--Vela! dijo Harum: vela esperndome y Aben-Humeya no est en la casa:
esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. Miserable
mujer! su amor y su empeo por el marqus son acaso la causa de estas
desgracias. Acaso sin ella mi desventurado seor, hubiera podido dar el
golpe de muerte al rey don Felipe en su misma crte... pero aquella
funesta herida... aquella imprevista prision en el Santo Oficio...
Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de
desesperarse! miremos adelante...  la venganza: por el Dios Altsimo y
Unico, que ser cumplida y que te alcanzar en ella tu parte y una parte
horrible, infame italiana!

Y tras estos pensamientos, busc en el marco del postigo, hall el nudo
de una cuerda, tir, y el postigo se abri.

Harum adelant por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesle
en pocos instantes, lleg  una galera, busc en uno de les oscuros
extremos una puerta, encontr unas escaleras, las subi, y al fin de
ellas llam con recato  una puerta.

Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abri y
apareci una dama que por su traje parecia mora y mora riqusima, pero
no lo era.

Era Angiolina.

--Entrad, entrad amigo mio, dijo  Harum-el-Geniz: os esperaba con
ansia.

--Y Mara de Rojas? dijo con inters Harum.

--Antes de que veais  Mara necesito hablaros, dijo con ansiedad
Angiolina.

--Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversacin el menos
tiempo posible.

--Sentaos, dijo Angiolina, acercndo unos almohadones  su lado.

Harum se sent.

Oh! y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina,
asindole una mano.

Harum mir fijamente  la veneciana.

--Horrible, si, muy horrible, seora: Dios no puede perdonar  los que
han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi seor.

--Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he
tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia
hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.

Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que,  pesar
de hervir la clera en su corazon, su semblante permaneci impasible, y
ni el mas ligero extremecimiento agit la mano que Angiolina tenia en
prenda de amistad entre las suyas.

--Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido  su
hijo y  su esposo.

--Ah! infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegra por la desgracia
de Amina, como Harum habia devorado su odio.

--La misma sultana... quin sabe lo que ha sido de la sultana?

--Qu no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina.

--No.

--Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella.

--Y qu os importa ya la sultana Amina? no ha muerto el hombre que os
hacia enemigas?

--Creo que no, dijo con fijeza Angiolina.

--Desengaaos, seora; cuando yo os busqu la primera vez para que me
ayudseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqus
pereci en la voladura de un subterrneo cuando perseguia  Aben-Aboo
que se llevaba robada  su esposa.

--Y si yo os dijese que el marqus de la Guardia vive?

--Que vive el marqus de la Guardia? exclam con la expresion de la
mayor extraeza Harum. Seria necesario creer en un milagro.

--Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de m, que por
la muerte del marqus hubiera muerto de dolor.

--Pero eso es imposible: os aseguro,  fuer de buen creyente, que vi
perecer al marqus de la Guardia.

--Os engasteis: yo s que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis
tambien como yo que vive.

--Yo!

--Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su
existencia.

--Yo!

--Si, vos! os acordais de un dia en que vinisteis  ver al rey, que os
habia llamado?

Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya.

--Si, si, es verdad; hace seis meses.

--Cabalmente.

--Pues bien: con vos venia un moro encubierto.

--Ah! el moravito[29] de Africa! exclam con la mayor naturalidad
Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir
bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.

--Y quin mejor que el marqus pudiera haber hecho ese juramento?

--Insists en vano, seora, os equivocais.

--Y si yo os diese una prueba?

--Cul?

--Ese moro encubierto se qued en el patio, entre vuestros monfes.

--Es verdad.

--Yo le veia desde una celosa: sin saber por qu aquel moro me habia
llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se
veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante...

--Pudisteis equivocaros, seora.

--Dud un momento; pero mi corazon me decia que era l y quise salir de
dudas: entonces le llam en voz alta desde la celosa.

--Que le llamsteis?

--Si: le llam por su nombre: Don Juan! exclam: y entonces el moro
hizo un movimiento marcado: di algunos pasos hcia delante y mir con
inters al lugar donde habia reconocido mi voz.

--Esa es una prueba muy vaga.

--Es que tengo otras.

--Cuales?

--Una carta de Don Juan  su esposa.

--Ah! exclam Harum.

--Sabeis acaso que don Juan recibi una carta en la que se le
participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?

--Yo, seora... no recuerdo.

--Esperad: voy  ayudaros  recordar, dijo Angiolina sacando de su seno
dos papeles doblados.

Desdobl el uno y ley lo siguiente:

Seor marqus de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para
librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado
entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he
logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha
frecuencia me confi la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva
en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jven y
hermosa, se ha atrevido hoy  confiarse  m, me ha contado su historia
y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme  ello, porque esa
dama es vuestra esposa doa Esperanza de Crdenas, duquesa de la
Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque
Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero,
y habindome dicho doa Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os
buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum,
y le suplico que os busque y os la entregue: doa Esperanza no escribe,
porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una
contestacion pronta: ddsela por Dios, porque si tarda creer que habeis
muerto: vuestro servidor que os besa las manos.--Juan de Carreo.

--Vos debisteis recibir esta carta, Harum, aadi la italiana, y drsela
al marqus, porque  los ocho dias recib esta otra escrita del puo y
letra de don Juan: llena de ternezas  su esposa, avisndola de que
corria  salvarla...?

--Estais segura, seora, de que esta carta est escrita por el
marqus...

--Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las
cartas de amor que me escribia hace dos aos, cuando pretendia ser mi
amante y yo le desdeaba?

--De modo que...

--Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo.

--Amais al marqus  pesar de haberse casado con otra?

--Cabalmente por eso le amo mas.

--Ignorais que despues de muerto el emir de los monfes, yo soy el
padre de la sultana Amina?

--Padre que no sabe donde est su hija.

--Lo sabr, puesto que est en poder de Aben-Aboo.

--Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais.

--Ah! os creis con poder...

--Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben
Humeya me ama como ama  una mujer todo aquel que no ha logrado de ella
favor alguno...

--Todos os creen la amante favorecida del rey.

--Pues todos se engaan. Solo he sido de un hombre, y solo de l ser;
porque prefiero la muerte  ser de otro; pero concluyamos que el tiempo
se pasa. Habladme con verdad porque os voy  imponer condiciones.

--Veamos, dijo Harum.

--Qu gente habeis traido?

--Dos mil hombres.

--Cercan esos dos mil hombres la villa?

--S.

--Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion
Angiolina.

--Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de Mara de Rojas nos seria
imposible apoderarnos de l.

--Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la
resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros.

--Bien, bien, seora; vuestras condiciones.

--Viene con vuestra gente el marqus de la Guardia?

--S.

--Haced que yo le vea al momento.

--Que vos le veais! y para qu?

--Sabeis acaso hasta qu punto llega mi amor? sabeis si por acaso
desesperada quiero obligarle  que me ame  costa de un nuevo
sacrificio?

--Y s yo si pretendeis hacer una traicion?

--Sealadme un lugar donde yo pueda verle  solas rodeada de vuestras
gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto  ser
registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no
llevo pual ni nada que pueda daar al marqus.

--Y bien, si os concedo esa entrevista con el marqus, me entregareis 
Aben-Humeya?

--S: yo y Mara os entregaremos  ese hombre.

--Dnde?

--Aqu mismo: en su casa.

--Pues bien, llamad  Mara de Rojas.

--Pero me jurais...

--Os juro que inmediatamente vereis al marqus.

--Os creo Harum, os creo, como creo que llegar un dia en que me hareis
probar vuestra venganza. Pero vea yo por la ltima vez  don Juan, y
todo me importa poco: para qu quiero yo vivir? pero no hablemos de
esto. Voy  llamar  Mara de Rojas.

Y Angiolina se levant y desapareci tras una puerta.

--Oh! esta mujer! esta mujer! exclam Harum: su maldita pasion por
el marqus, nos ha sido funesta, funestsima! y sin embargo, al
herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato,
algo que me causa compasion! compasion  pesar de mi odio hcia ella.
Dios mio! Dios mio!

Harum compuso su semblante porque sinti los pasos de dos mujeres que se
acercaban.

Levantse el tapiz y apareci Angiolina seguida de otra mujer.

Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y plida; los
cabellos, las cejas, las pestaas y los ojos negros, los labios rojos;
el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la
mirada lnguida, la boca anhelante, el seno conmovido.

Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer
que ama.

--Y Diego Alguacil?

--Ha ido en busca de quien atacar  Aben-Humeya.

--Con qu ha llegado la hora?

--Si; si vosotras me ayudais.

--Te ayudaremos, dijo Mara de Rojas: es necesario concluir de una vez;
ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo
obligada  sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos
creo morir. Y... ser esta noche?.

--Si, esta noche.

--Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas 
Aben-Humeya para que no repare en mi falta.

--Aben-Humeya est en una zambra y vendr tarde, dijo Mara de Rojas. Yo
le entretendr si cuando vuelva no has vuelto t. Ademas, escucha,
Harum: ni t ni tus gentes entreis  matarle sino cuando veais una luz
detrs de la celosa que est sobre la puerta que da  la plaza. Ahora,
idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aqu esperando con impaciencia.

Angiolina se envolvi en un albornoz y sali con Harum, bajaron al
huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.

Llova  mares y relampagueaba.

Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre
los barrancos.




CAPITULO XLIV.

     De cmo los capitanes turcos sirvieron  Aben-Aboo  creyeron
     servirse  s mismos.


La muela del Aguila era una pequea montaa en direccion  Andarax.

Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque
spero atajaba el camino desde Andarax  Mecina de Bombaron.

Este sendero pasaba junto  la entrada de una enorme gruta.

En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera
de ramas de olivo.

Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres
atezados, de mirada vida, armados hasta los dientes, y revelando en su
trage tanto  los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al
pirata berberisco de los mares de Levante.

Estos tres hombres parecan estar impacientes  irritados.

--Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es dursima la fatiga:
el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudsimo
que vuela de cumbre en cumbre.

--Aluch-Al, nuestro seor, dijo otro de ellos dirigindose al que habia
hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado  esta empresa, Carcax; en
esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones;
por el Dios Altsimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota,
se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en
popa  los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.

--Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su
bandera, Al; por lo dems, Granada es el jardin del Profeta; pero con
Aben-Humeya... hace algunos das que solo recibimos reveses: en Vlor
hemos sido destrozados: en Cdiar hemos huido de brea en brea delante
de los cristianos, y si Aluch-Al, nuestro seor, no nos saca de aqu
perecemos en la lucha.

--Por Alah, Huscen! qu dirian de nosotros en Argel si dejsemos
abandonados  nuestros hermanos?

--No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no
arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un
insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento
  los placeres,  lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es
valiente, descontento  ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos
desvandados, desnudos, miserables,  perecen por la espada,  al rigor
del hambre.

--Aben-Aboo! exclam Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de
frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo...  prefiera tal vez
dormir en Andarax  arrostrar para venir  buscarnos, los rigores de una
noche tan fria.

--Quin se atreve  dudar de Aben-Aboo, y  llamarle indolente y
cobarde? dijo una voz robusta  la entrada de la cueva.

[imagen: Don Juan de Austria.]

Volvironse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron  un
moro que adelantaba en la cueva.

Era Aben-Aboo.

Los turcos se levantaron.

--Ah! es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Al.

--Por Allah! exclam con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda
fijeza  los turcos:  quin parece tarde? quin se atreve  blasonar
de valiente amancillando mi honra?

--Aben-Aboo! exclam el feroz Huscen.

--Yertos de frio, y murmurando como mujeres! nunca lo hubiera creido
de vosotros, capitanes!

--Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos
razones para quejarnos; desde que llegamos  las Alpujarras no hemos
visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeado alguna
empresa hemos sido vencidos  abandonados. Quin nos ha traido del
Africa  estas montaas para sufrir sonrojos y reveses? quin humilla
nuestro esfuerzo y nos obliga  ser testigos de tanto oprobio? Y
quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz
contra tanta vergenza?

--No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como
vosotros veo que el insensato Aben-Humeya,  es cobarde  aprecia en
poco su vida y su honra.

--Y quin le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que
cresteis que sacara al reino del yugo del cristiano y estableceria el
estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. Y qu ha hecho
ese miserable? entregarse al cio, gastar su vida en fiestas y en
zambras, empobrecer  los suyos para alentar sus vicios; y despues de
algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver  don Juan de
Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de brea en brea como la
res acosada por los perros, cuando resuenan  sus espaldas las trompas
castellanas.

--Y bien, exclam con arranque Al; qu nos importa que Granada sea
cristiana  no! si esta guerra concluye mal, los moros solo vern un
pedazo de menos en sus dominios: mas ay si un dia Africa se arroja
sobre Europa! hay si clava en su vieja frente el estandarte del
Profeta!

[imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.]

--Escrito est! exclam con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en
tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que
arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan
de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: idos! me causa rubor
vuestra cobarda idos! impacientes os esperan los vuestros  la orilla
del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.

--Si, nos iremos, grit Al, trmulo de clera; mas no ser sin herir
antes la cabeza de ese miserable que descansa entre dbiles mujeres.
Que tememos  don Juan de Austria! que huimos aterrados ante el
peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si t, Aben-Aboo, el mas bravo
de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al
Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las seales
sangrientas de nuestros pis.

--Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni
me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de
tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido  ayudaros y os
hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los
cristianos nuestras armas.

--Y porqu retroceder ahora? exclam Aben-Aboo.

--Mientras Aben-Humeya est en el trono, respondi Carcax; mientras
haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en
la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.

--Ni yo expondr otra vez mi estandarte  la vergenza, dijo Al.

--Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de
Aben-Humeya y dar la corona  quien valga mas que l;  un hombre como
Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?

--Yo! yo rey! exclam Aben-Aboo, disimulando su alegra. Qu dices
Huscen? sobre mis dbiles hombros quieres arrojar tan pesada carga?
No! no! matad en buen hora  Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que
yo: uno de vosotros por ejemplo.

--Aluch-Al nuestro seor, dijo Carcax, nos ha enviado  ayudaros, no 
ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas...
alguien se acerca... has traido  alguno contigo Aben-Aboo?

--He venido solo.

En aquel momento apareci en la entrada de la cueva un hombre.

Era Diego Alguacil.

Al ver  Aben-Aboo y  los turcos, adelant y les dirigi confiadamente
la palabra.

--Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaa y necesito
un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.

--De qu rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer  Diego
Alguacil.

--De que rey he de hablar?, contest el morisco, sino del alto el
grande Muley Aben-Humeya,  quien Dios ensalze...

--Cuadra muy mal tu comisin con tu torpeza, moro, dijo con recelo
Carcax.

--Tiene trazas de espa de los cristianos, dijo con acento de amenaza
Huscen.

--Esta carta responder por m, dijo Diego Alguacil sacando del seno la
que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.

--De Aben-Humeya, sultan de Andaluca al alcaide de Mecina de Bombaron,
dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de
manos de Diego Alguacil.

Aben-Aboo, mir recatadamente  los turcos con una mirada enrgicamente
significativa, con la que parecia decirles:

--Necesitamos apoderarnos de esa carta.

Y luego aadi volvindose  Diego Alguacil como si no le conociera:

--Ven conmigo: llevo el mismo camino que t y antes del alba habremos
llegado  Mecina de Bombaron.

Al adelant receloso.

--Descuida, le dijo rpidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni
dudo: y luego aadi alto: sgueme moro: hermanos mios, adios.

--Que Allah te guarde, contestaron los turcos.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.

--Sigmosles, dijo Huscen, y castiguemos  Aben-Aboo si nos hace
traicion.

--Deteneos, dijo Al: el estrecho sendero por donde caminan est sobre
el tajo.

--Y qu? dijo Huscen.

--Y qu? Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!

Como para confirmar las palabras de Al se escuch en aquel momento uno
de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte
sobre s.

--Habeis oido? dijo Huscen.

--Si, un grito de horror, de agona: sin duda ha caido el mensajero: es
la senda tan estrecha, y est tan resbaladiza con el hielo!...

En aquel momento Aben-Aboo apareci en la entrada de la cueva y adelant
hacia los turcos.

Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.

--Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.

--Ha resbalado...

--S...

--Ha caido...

--S; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al
torrente. Os juro que me ha causado horror.

--Y la carta? exclam con afan Carcax.

--Aqu est, dijo Aben-Aboo, entregndola  Al: llevadla, enviadla al
alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo  Andarax: esa desgracia me
ha horrorizado.

--Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Al.

--S; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido  servirle y
debeis obedecerle.

--Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo
Carcax.

--La muerte ensea mucho y acabo de verla, contest sentenciosamente
Aben-Aboo, y sali de la cueva y se alej.

Los turcos quedaron asombrados.

--O nos hace traicion  est loco, dijo Al.

--Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.

--S, veamos, porque recelo una traicin, aadi Huscen.

Al se inclin sobre la hoguera, abri la carta y la ley.

He aqu el contenido de aquella carta:

En el nombre de Dios Altsimo y misericordioso: el ensalzado, el
favorecido de Dios, gobernador de los moros de Espaa, Muley Aben-Humeya
al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y
prosperidades.--Sabrs alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los
turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de
ayuda nos sirven de escndalo y perjuicio, haciendo insultos y
deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas  los moros
de la tierra. Hcenlo como corsarios y ladrones que son, gente
aventurera y mala, agenos  todo respeto, sin temor  los hombres ni 
Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te
los enviar  Mecina de Bombaron maana: cuando llegaren, haz muestra de
festejarlos: ordena una zambra, dles de cenar y pon zumo de hagiz[30]
en los manjares; cuando estn aletargados, mtalos, que despus yo me
disculpar con el dey de Argel, manifestndole las causas que he tenido
para obrar asi.--Prosprete Dios y te d ventura.

Por bajo se leia en mal carcter africano la frase siguiente con que
acostumbraba  firmar Aben-Humeya: _Esto es verdad_, como si dijera:
esta carta es legtima.

El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en
el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.

--Y dudaremos aun? exclam el iracundo Carcax: Dudaremos despues de lo
que hemos leido?

--Dudar! exclam Al: necesito toda la sangre de ese perro infiel!

--Mil vidas que tuviera! exclam Huscen. Si vosotros esperais, yo no
espero ni un momento. Yo voy  buscar  los mios...

--Y yo...

--Y yo... contestaron Al y Carcax.

Y salieron de la cueva trmulos de corage, y en paso rpido se perdieron
entre las quebraduras.

Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral sali
una sombra informe, y se asom al borde del abismo.

--Ah del muerto! exclam.

--Quin va all? contest una voz desde abajo.

--Esprame, contest el de arriba.

Y se desliz por el borde de la cortadura.

Poco despues se detenia junto  otra sombra.

Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.

--Lo han creido, dijo Diego.

--Lo de tu muerte! pues no han de haberla creido, si yo hubiera
dudado? oh! qu grito tan lastimero!

--Y los turcos?

--All van hcia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los
monfes nos ayudan.

--Los monfes! exclam Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfo
de ellos.

--Desconfiar! y por qu?

--Huyen demasiado.

--Los tercios que ha traido don Juan de Austria...

--Son valientes es verdad: pero los monfes nunca han sido tan cobardes:
parece que  la primera arremetida huyen de intento.

--Oh! si eso fuera!

--Yo creo...

--Qu!

--Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen  vosotros
esa muerte.

--Y quienes somos nosotros?

--T y Aben-Humeya.

Se estremeci todo Aben-Aboo.

--Te engaas, te engaas, Diego, contest el jven procurando dominar lo
conmovido de su voz: los monfes no tienen razon para sospechar... no
pueden sospechar.

--All lo veremos, replic Diego Alguacil:  mas bien lo veran los que
se queden.

--Y t por qu no?

--Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que ser esta noche, recobro 
Mara,  la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con
ella  Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.

--Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?

--Los monfes te mataran como mataran  Aben-Humeya.

--Crees t que no sea tan fcil matar  los monfes como  los turcos?

--Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.

--Pues bien haz lo que quieras: en cuanto  m he tomado mi resolucion.
Ahora vamos  Andarax.

--Vamos, contest Aben-Aboo.

Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.




CAPITULO XLV.

     En que volvemos  encontrar al perdido marqus de la Guardia, y se
     sabe cmo escap del subterrneo de la princesa encantada, y la
     escena que tuvo con su antigua amante.


Entre tanto,  pesar de la lluvia y del frio, y  travs de breas y
despeaderos, habia seguido Angiolina  Harum-el-Geniz.

El monf se detuvo un momento, habl algunas palabras con otros monfes,
y l y Angiolina pasaron.

Anduvieron aun algun tiempo.

Al fin la italiana vi una luz entre la oscuridad.

--Est el marqus de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:

--Si; contest secamente Harum.

Llegaron  poco  una especie de venta situada al lado de uno de los
estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.

Al llegar  la puerta, Harum previno  Angiolina que se cubriese con su
velo, y asindola de la mano, la condujo  un pequeo aposento alto, 
travs de unas escaleras.

Al abrir su puerta, Harum desasi la mano de Angiolina.

--Dentro encontrareis al marqus de la Guardia, la dijo: fuera os
espero.

Angiolina entr con el corazon comprimido.

Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de
una venta, habia un hombre meditabundo  inmvil.

Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba
sentado en el lecho levant la cabeza, y mir  Angiolina.

Al verle la veneciana lanz un grito de horror, palideci, sus ojos se
llenaron de lgrimas y corri  aquel hombre, le abraz, y le mir con
ansiedad.

--Oh! Dios mio! exclam: me le vuelven muerto!

El marqus contest con una triste sonrisa.

Estaba plido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad
lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi
hundidos en los alvelos: la barba larga, el aspecto macilento: la
actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su
pecho una tos seca, aguda, terrible.

La mirada de Angiolina se extravi.

--Quin sois, seora? dijo con voz ronca el marqus de la Guardia.

--Qu! tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me
reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.

--Yo he escuchado vuestra voz, seora; la he escuchado no recuerdo
cundo ni dnde, dijo el marqus; pero recuerdo que ha sido en otros
dias mas felices.

Y el marqus la miraba con esa expresion de deseo del que quiere
reconocer  una persona.

--Pero que es esto? exclam Angiolina: qu te sucede don Juan? habrs
perdido acaso la razon?

--No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... oh! oh! ha
sido una cosa horrible.

--Pero... qu horrible cosa ha sido esa? dmela, dmela, y yo te
vengar.

--Vengarme! y por qu? Seria necesario que me vengrais en m mismo:
yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido
zelos.

--Y... quin es esa mujer que te ama y est zelosa? exclam con ansia
la jven.

--Ah! y qu te importa?... t no conoces  la princesa Angiolina
Visconti? una hermosa mujer que me sirvi para hacerme amar de otra.

--Ah! exclam Angiolina.

Y su exclamacion fue semejante  un rugido.

--Y dices t que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de t?

--Si; se ha vengado de una manera horrible.

--Pero no me conoces? no reconoces en m  esa Angiolina que solo ha
amado por t, que solo ha vivido por t, que solo por t ha odiado, que
solo por t ha teido sus manos en sangre, y ha llenado de
remordimientos su conciencia?

--No, t no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. Oh!
funesta mujer!

Un nuevo acceso de tos cort la palabra al marqus, y al retirar el
pauelo de su boca, Angiolina le vi manchado de sangre.

Hubo un momento de terrible silencio.

Don Juan contemplaba  Angiolina con una curiosidad cada vez mas
creciente.

Angiolina contemplaba  don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.

--Pero quin te ha puesto en ese horrible estado? exclam Angiolina.

--Ella, esa mujer, exclam el marqus.

--Pero qu mujer es esa?

--No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?

--No, no; ella no hubiera atentado  tu vida... ella hubiera muerto mil
veces antes que tocar  uno solo de tus cabellos:... ella, porque t
vivieses seria capaz de buscar  tu adorada Amina, de entregrtela, y de
morir despus.

--Amina! Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la
desgracia de su padre; ella la ha entregado  Aben-Aboo; ella me ha
asesinado.

--Oh! no! exclam con angustia Angiolina.

--Vos debis conocer  esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo
el marqus.

--Que si la conozco! Pluguiera  Dios que de tal modo me conocieses t,
exclam llorando Angiolina.

--Llorais! me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme
seora, y puesto que conoceis  esa malvada, puesto que ella me ama con
ese amor de Satans. Oid, oid, y contadla lo que vais  oir para que se
estremezca y tema la justicia de Dios!

El marqus se sent en el lecho, se reclin sobre las almohadas 
inclino la cabeza; Angiolina se arrodill  sus pies, y continu
llorando en silencio.

--Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me uni
 la nica mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para m; yo
cre que Dios me habia anticipado su gloria dndomela sobre la tierra,
representada por una mujer.

Tosi el marqus, y apareci en su pauelo una nueva mancha de sangre.

Angiolina anonadada, ocult su semblante sobre las rodillas del marqus.

Este continu.

--Era de noche; caminbamos hcia la costa: de repente nos sorprendieron
la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por
la corriente, milagrosamente salvado, viv para buscar  mi Esperanza...
y la encontr... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz
como el viento seguale mi caballo... rendidos entrambos animales por la
fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continu su fuga  pi
llevndola  ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia...
entrse en una caverna, y yo me entr tras l.--Sent sus pisadas 
travs de un oscuro laberinto, y le segu en las tinieblas.--De
repente... no s lo que aconteci.--Parecia que el mundo entero habia
caido sobre m, y luego no sent nada... nada...--Despues de no s
cuanto tiempo volv  la vida, pero  una vida horrible: parecame
sentir despedazadas mis entraas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban
como descoyuntados, y me rodeaban las mas lbregas tinieblas.--Me cre
en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logr
arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el
terror, redobl mis esfuerzos, y no s en cunto tiempo, pero largo,
lento, dbil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logr al fin volver 
ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqu  su
entrada, me v en la parte media de la vertiente de una montaa al borde
de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como  travs de
una niebla sangrienta un pequeo valle.--El vrtigo zumbaba en mi
cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueo, o un lejano ladrido
que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto  m.--Era un perro
guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un
pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de m, y
ellos avisaron  mi amigo Harum.--Y sabeis lo que me dijo Harum cuando
estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca  Aben-Aboo, cuando
os perdimos de vista: poco despus, y cuando nos acercbamos  la
caverna por donde habiais desaparecido, son una detonacion terrible; la
roca vol rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.

--Oh! qu horror!

--Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el
primer eslabon de la cadena de desgracias que  todos, inclusa ella
misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque
yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y
pluguiese  Dios viviese lo bastante para volver  ver  mi Esperanza y
 mi pobre hija.--Puesto que conoceis  Angiolina, puesto que acaso ella
os envia, contadla, seora, cmo me habeis encontrado: enfermo, loco...
si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado,
desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y
que yo la maldigo.

--Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdnala, perdnala, y extermnala
despues: pero maldecirla porque te ha amado...! porque te ama con toda
su alma..! esto es horrible, esto no puede ser!

--Quin sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais,
que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqus mirando
fijamente  la joven.

--Oh! no me conoce, no conoce  la mujer que por l lo ha perdido
todo; su honra, su conciencia, su alma! Y es verdad! estas ropas
moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que
rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...

Y Angiolina arroj el albornoz, se arranc la toca dej flotar sus
hermosos cabellos, y asi las manos del marqus, infiltr en sus ojos
una mirada lcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca
y rida  la contraida boca del marqus, estamp en ella un beso
candente, supremo, satnico.

El marqus di un grito, y como obedeciendo  la poderosa magia de
aquella mirada y de aquel beso, reconoci  Angiolina.

--Oh! si! t! eres t! exclam: pues bien miserable; has venido 
tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.

Y con un movimiento rpido  imprevisto, verdadero arranque de loco,
asi con sus dos manos la garganta de Angiolina, que di un grito
ahogado y cay de espaldas, mas por la dolorosa impresin de las
intenciones del marqus respecto  ella, que por la fuerza de sus manos,
demasiado dbiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.

En aquel momento se abri la puerta, y apareci Harum.

--Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para
convertirse en verdugo.

Y apart al marqus, que fu  sentarse en su lecho en la actitud de un
tigre replegado en s mismo; levant  Angiolina, la di su toca y su
albornoz en que ella se envolvi en silencio, y asindola de la mano la
sac de la habitacion.

--Oh! por qu no me habeis dejado morir  sus manos? dijo llorando
Angiolina.

--Porque le amo demasiado para permitir que tia sus manos en sangre, y
porque vos debeis vivir.

--Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no
vivir mucho. Y l? hablemos de l: yo no importo nada. Y l? creeis
que podr vivir, Harum?

--Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso,
puede hacer milagros, contest sentenciosamente.

--Oh! no me habiais engaado al decirme que el marqus habia muerto,
Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el
amor de la sultana Amina pudiese salvarle...

--Qu decs, seora!.. exclam con extraeza Harum.

--Qu! no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por l?.. mi
vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle
sentencindome  tormentos continuos, inauditos, insoportables, le
salvaria. Qu me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el
cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle  l?

--Ah! funesto amor! exclam aterrado Harum.

--Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclam con afan Angiolina.

--Sois capaz de sacrificaros?

--No os he dicho que soy capaz de todo por l?

--Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.

--Aunque no me amara, yo le obligaria  amarme.

--Obligad  Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.

--Lo har, contest sin vacilar Angiolina.

--Y averiguad, descubrid, dnde para la sultana... salvadle... salvad
acaso  ese pobre loco...

--Lo har... pero los medios!... los medios, ddmelos vos.

--Esta noche ir Aben-Aboo  matar  Aben-Humeya.

--Ah! me pondr  su paso... l estaba enamorado de m... salvar 
vuestra seora, Harum, si est en poder de Aben-Aboo, y si el amor de
doa Esperanza vuelve la razon y la salud al marqus, si son felices,
despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crmenes: su
amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y
rogad  Dios por ella.

--Vamos! vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien  mi
brazo, y volvmonos  Andarax. Se acerca la hora.

Poco tiempo despues Angiolina volvia  entrar en casa de Aben-Humeya, y
en la habitacion que habia abandonado  la llegada de Harum.




CAPITULO XLVI.

     De cmo fue la muerte de Aben-Humeya.


Los turcos habian llegado  Andarax con cuatrocientos de sus piratas;
pero contenidos por la lnea de los monfes, no habian podido pasar
adelante.

Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y
Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con
trescientos moriscos.

Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando
los monfes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria
hasta que Harum llegase.

--Con que es decir, que nada podemos hacer, ni  nada podemos
atrevernos sin los monfes? exclam el iracundo Al.

--El emir de los monfes, repuso Suleiman, es el rey, el nico rey de
las Alpujarras; sin los monfes no hubiera sido posible la guerra; el
dia en que los monfes cedan y se recojan  sus guaridas, los cristianos
se encontraran, como antes, dueos de las villas y lugares de las
Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado 
Andarax, y nadie entrar en l mientras no lo permita el emir de los
monfes.

--Y quin es el emir de los monfes? dijo con acento torbo Aben-Aboo:
acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar?

--Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replic
con voz ronca Suleiman; pero vive su hija.

--La sultana Amina!

--Si, la sultana de los monfes.

--Una mujer! y una mujer, cuyo paradero no se sabe!

--Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman.

--El marqus de la Guardia! un cristiano renegado! repiti Aben-Aboo.

--El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfes.

--Pero si la sultana Amina muriese...

--Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese  la
vida de la sultana! exclam con acento de amenaza Suleiman.

--Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra.

--Y bien, dijo Suleiman, dejndose arrastrar por las circunstancias, 
falta de la sultana Amina, tenemos  su hija la sultana Zoraya[31].

--Mal nombre la habeis puesto, porque la otra sultana Zoraya, hija como
esta de cristiano, y esposa de Muley Hacem, fue muy desgraciada.

--A qu es esa intil disputa? dijo una nueva voz terciando en la
conversacion: os he llamado y habeis venido; Aben-Humeya est descuidado
y ha llegado el momento de obrar.

Quien asi hablaba, era Harum, wal de los walies de los monfes, que
acaba de llegar.

--Es verdad, dijo el capitan turco Carcax: esta disputa es intil: si
los monfes teneis derecho  llamaros dueos de las Alpujarras, nosotros
que hemos venido de Africa  ayudaros, tenemos tambien derecho  que se
nos trate lealmente,  que se nos honre,  que se cumplan los pactos que
hemos establecido: en vez de esto se pretende destruirnos, se nos
acecha, y se nos manda matar: debemos, pues, vengarnos, y nos vengaremos
matando  Aben-Humeya.

--Aben-Humeya es rey de Granada, exclam Harum.

--Y pretenders acaso disuadirnos de nuestra venganza? exclam Al:
ignoras que tenemos la prueba de la traicion del rey contra nosotros?

--Aben-Humeya debe morir, exclam Farax-Aben-Farax, pero debe pensarse
en un nuevo rey.

--Y qu rey pensais que debemos elegir, caballeros? dijo Harum.

Sucedi un silencio solemne...

En medio de l, se alz la voz de Aben-Aboo.

--Concluyamos antes, dijo, con Aben-Humeya, que nos hace traicion, y
despues tendremos lugar de pensar en un nuevo rey.

El rey que ha de gobernarnos, dijo Farax-Aben-Farax, acaba de hablar.
Aben-Aboo ser nuestro rey.

--Si, si, que sea rey de Granada Aben-Aboo, exclamaron  una voz todos
los que all estaban congregados.

En aquel momento y antes de que Aben-Aboo pudiese contestar, se oy una
voz que hablaba con dificultad  causa del sobrealiento causado por la
fatiga de quien hablaba.

--Pronto, exclam, pronto capitanes, acudid: Aben-Humeya se nos escapa,
tiene preparados caballos en la puerta de su casa.

El hombre que hablaba asi, era Gironcillo de la Vega, alguacil mayor de
Granada por los moriscos.

La noticia de que Aben-Humeya intentaba escapar caus una gran sensacion
entre turcos, moriscos y monfes.

Especialmente los turcos expresaron su furor de una manera violenta.

--Aben-Humeya no puede escapar, dijo reposadamente Harum; la villa est
cercada por mis monfes.

--Es que tus monfes se han dividido, dijo Gironcillo: y  t nos haces
traicion  te la hacen los tuyos.

--Quien eso dice miente, exclam Harum fuera de s de clera: ni yo ni
mis monfes somos traidores; y en prueba de ello seguidme los que
querais.

Y Harum tir por un barranco arriba en direccion de la villa.

Inmediatamente le seguia Aben-Aboo.

Despues Gironcillo de la Vega, Suleiman, los tres capitanes turcos, y
como quinientos hombres entre turcos, moriscos y monfes.

Aquella gente caminaba en silencio sin pronunciar una sola palabra,
apagadas sus pisadas sobre la tierra empapada por la lluvia.

A pesar de la gente que tenia en el pueblo Aben-Humeya, ni un solo
hombre armado ni que se les opusiese, ni que diese aviso  hiciera
seal, encontraron los conspiradores, en su trnsito por la villa hasta
la plaza.

Cuando entraron en ella, Harum vi puesta una luz tras la celosa de un
agimez sobre la puerta.

Aquella luz, era la seal concertada entre l y Mara de Rojas.

Aquella luz era la seal de que Aben-Aboo estaba en su casa y de que
habia llegado la hora.

Harum, Aben-Aboo, los turcos, Gironcillo, Suleiman y sus gentes,
avanzaron en silencio hcia la casa.

En aquel momento son un tiro, disparado por uno de los moriscos que
daban la guardia  Aben-Humeya, y como si aquella detonacion hubiera
sido una seal de combate, todos se lanzaron con las armas enhiestas,
sobre la guardia, la arrollaron, rompieron las puertas y se precipitaron
en la casa.

       *       *       *       *       *

Poco antes habia entrado en ella Aben-Humeya.

Su paso era vacilante y sus miradas vagas.

Venia de una zambra, donde,  pesar del Koram que prohibia el uso de las
bebidas espirituosas, se habia embriagado.

Sin embargo no era su embriaguez tal, que le privase del uso de sus
sentidos, y cuando Mara de Rojas fue  encontrarle, sonrindole, la
dijo:

--Por qu me haces traicion?

A esta pregunta brusca, directa, imprevista, la jven se desconcert y
solo contest con embarazo:

--A nadie amo mas que  t, seor,  t que eres mi esposo: quien te
diga otra cosa te engaa y merece la muerte; porque ha calumniado  tu
esposa,  la sultana de Granada.

Aben-Humeya la rechaz de nuevo y le dijo con acento indolente:

--Ve, y cuntale eso  tu amante,  Diego Alguacil: pero apresrate 
contrselo, porque maana su cabeza no te podr oir.

--Algun enemigo de tu reposo, seor, dijo Mara de Rojas dominndose, ha
inventado esas mentiras.

--Oh! afortunadamente, repuso Aben-Aboo, reclinndose en su divan y ya
sooliento, he sido avisado  tiempo y he prevenido la traicion: al
principio crei de mas gravedad el peligro y mand ensillar dos
caballos... pero despues... me quedar tiempo para descabezar  los
traidores, y ayudado por los monfes que son valientes y leales, acabar
con todos mis enemigos. Ah! mi buen hermano Aben-Aboo, mi querido
hermano! quereis cobrar vuestra parte de aquel asesinato..! ah! ah!
como her al emir, os herir  vos mi buen hermano! quien mat  su
padre... puede muy bien... s... puede muy bien matar  su hermano!

--Tu hermano! tu padre! exclam asombrada Mara de Rojas, que conocia
el terrible crmen de los hijos de Yaye.

--Ah! estabas todava ah, dijo Aben-Humeya.

--Has hablado del asesinato de tu padre, y has llamado tu hermano 
Aben-Aboo.

--No era mi tio, el pariente mas poderoso que me quedaba, el emir de
los monfes? no debi haber sido mi padre?

--Ah! dijo Mara.

--Y no me vi obligado  matarlo para que l no me matase?

--Ah! repiti la jven.

--Y mi buen primo, el hijo de la hermana de mi padre, el alcaide de mis
alcaides, no debia tratarme como  un hermano?

--Ah! repiti por tercera vez Mara de Rojas.

--Pues! mi padre y mi hermano! mi corona destila sangre sobre mi
frente, y ese velo rojo me incita... quieren matarme... y yo los matar
 ellos, los matar y dormir tranquilo!

Aben-Humeya inclin la cabeza vencido por el sueo.

--Si, dijo Mara de Rojas con voz ronca: si son traidores debes
matarlos; enemigo muerto no daa: pero...

--Ah! estabas todava ah...? vete... vete y puesto que amas tanto 
Diego Alguacil, dle que su cabeza est mal segura. Ah! ah!

Inclin de nuevo la cabeza.

--Si, voy  avisarle, murmur la jven para s, y cuando le avise
veremos cul cabeza est menos segura sobre los hombros, si la suya  la
tuya.

Mara se encamin  la puerta y al llegar  ella, se encontr con
Angiolina.

--No le pierdas de vista, permanece junto  l, dijo Mara de Rojas: su
embriaguez no es bastante para hacerle perder el conocimiento.

Dijo estas palabras en voz tan baja y de una manera tan rpida Mara,
que Aben-Humeya no pudo percibir ni aun su murmullo.

Mara sali, y Angiolina magnfica  incitantemente vestida, adelantse
hcia el divan donde estaba reclinado Aben-Humeya.

Como si Angiolina hubiese lanzado delante de s una influencia mgica,
cuando estuvo  poca distancia de Aben-Humeya, este se incorpor sobre
el divan y la mir frente  frente.

La hermosura de Angiolina parecia como que habia dominado, como que
habia desvanecido su embriaguez.

--Ah! sois vos seora? la dijo:  qu debo la felicidad de vuestra
presencia?

--Habeis tardado y estaba inquieta, dijo Angiolina sentndose en el
divan, al lado del jven.

--Inquieta vos por m? permitidme que me maraville de tal mudanza;
hasta ahora he sido para vos la persona mas indiferente del mundo.

--Siempre he sido vuestra amiga, bien lo sabeis.

--Amiga! amiga! pero yo no quiero vuestra amistad, sino vuestro amor:
recordad: desde que os v representando en Granada, os importun con mis
ruegos: despues una feliz casualidad os trajo  mi lado, he seguido en
mis importunaciones... y vos...

--Ya os lo he dicho una y mil veces y os lo repito, soy vuestra amiga y
no puedo ser otra cosa.

--Pero esa fria amistad...

--Don Fernando, la amistad en la mujer es el prlogo del amor.

--Ved lo que decis, seora.

--Y bien... si yo os dijese que mi amistad hcia vos es interesada, algo
mas que amistad...

--Os preguntaria la razon de no concederme por completo vuestro amor.

--Recordad: yo no os he llamado jams Aben-Humeya, sino don Fernando.

--No os comprendo.

--Comprendedme, pues; yo no os quisiera ver moro.

--Ah! sois vasalla fidelsima del rey de Espaa!

--No, porque no soy espaola: por el contrario le aborrezco, porque es
el opresor de mi patria la hermosa Italia: pero si no soy espaola, soy
cristiana, don Fernando.

--Y pensais que yo no soy cristiano tambien, seora?

--Habeis renegado de Jesucristo por llamaros Muley Aben-Humeya[32].

--He renegado con los labios, pero no con el corazon.

--Sin embargo persistis en esa daosa apariencia.

--Acaso no persista mucho tiempo, seora.

--Pensais acogeros al perdon del rey de Espaa?

--No he dicho tanto: soy demasiado altivo para humillarme  las plantas
de aquel cuyos ministros mataron  mi padre; que di lugar  la
avilantez de los que sin respetar mi linaje, me arrancaron, 
pretendieron arrancarme de la cintura, la daga con que en uso de mis
privilegios habia entrado en su cabildo como regidor perpetuo: he
aceptado la corona que me dieron los moriscos para vengarme, y me he
vengado ya de todos mis enemigos: qudanme en verdad algunos, pero sus
cabezas rodaran muy pronto  mis pis. Entonces, no pedir yo perdon al
rey de Espaa, sino que apretar de tal modo la guerra que le obligar 
una avenencia honrosa, le obligar  que me conceda mis privilegios, mi
nobleza, mi rango de infante de Granada, con las tierras y seoros que
fueron de mis abuelos, y cuando esto suceda, declarar ante la iglesia
catlica, que jams he sido musulman, que dentro de mi corazon, y esta
es la verdad, he tenido levantado un altar al dios de mis padres, y que
si he alentado una sedicion de gentes desesperadas, ha sido porque yo
estaba desesperado tambien, porque se cometian conmigo degradantes
injustcias.

--Y bien, haced eso cuanto antes, don Fernando: salvaos: salvad si aun
es tiempo vuestro honor de caballero: acabad de una vez una guerra
intil, que no puede haceros rey, y que cuanto mas dure, mas desgraciada
har la condicion de los moriscos: aprovechad la primera ocasion de una
avenencia; haced proposiciones al rey de Espaa, y poned por primera
condicion para la paz, el perdon primero, y la tolerancia y el respeto 
los tratados para con los moriscos.

--Y bien mirado, seora, qu se os da  vos de que la guerra con el rey
de Espaa concluya  siga?  es que quereis meterme en una conversacion
de Estado para que no os hable de mi amor? Eso es imposible; porque
tenindoos delante, solo veo vuestra hermosura que me enloquece.

--Yo no puedo ser vuestra.

--Por que soy musulman,  lo parezco! qu extrao capricho!

--Aunque volveseis  vuestro antiguo estado; aunque os reconcilaseis
con la Iglesia, yo no seria vuestra.

--Ah! no querriais ser mi esposa?

--No, porque sois casado.

--Casado!

--Si; con Isabel de Rojas como cristiano; con Mara de Rojas como moro.

--Es decir, que de ningun modo sereis mia?

--No puedo serlo.

--Y si no podeis serlo,  qu habeis venido de tal modo engalanada, de
tal modo hermosa,  mi aposento en medio de la noche, y cuando por las
circunstancias en que me encuentro, estoy desesperado y dispuesto 
todo?

--He venido, contest sin alterarse Angiolina, porque s que antes que
todo sois caballero. He venido, porque han llegado  mis oidos, no s
qu rumores de traicion contra vos: porque soy vuestra amiga y quiero
guardaros el sueo.

--Y por qu no guardar mi sueo entre vuestros brazos?

--Por una razon suprema, contest con dignidad Angiolina.

--Y cul es esa suprema razon? dijo Aben-Humeya.

--Esa suprema razon consiste en que amo con toda mi alma  otro hombre,
y no quiero, no puedo, no debo ser de otro.

--Ah! amais  otro hombre, y me lo decis  m, que os adoro?

--Os digo la verdad.

--Pero esa verdad me ofende.

--No debe ofenderos.

--Y me empea.

--No debe empearos.

--Sabeis seora, que en el poco tiempo que llevo de reinar, me he
acostumbrado  que nadie resista  mi voluntad?

--Habeis hecho muy mal en acostumbraros  eso, porque  cada paso
encontrareis imposibles.

--Pues os juro que vos no sereis un imposible para m.

--No jureis don Fernando, no jureis, porque os exponeis  jurar en vano.

--Os creis con fuerzas para resistirme?

En aquel momento son un tiro fuera.

--Yo os amo y soy vuestra, exclam Angiolina arrojndose entre los
brazos de Aben-Humeya, abrazndole y sujetndole.

--Oh! qu es esto? exclam Aben-Humeya.

--Esto es que cedo al fin  vuestro amor.

--Esos golpes, ese ruido de armas! exclam Aben-Humeya luchando con
Angiolina.

--Quin piensa ahora mas que en mi amor? exclam con languidez la
italiana.

--Ah! miserable! exclam Aben-Humeya: t ests vendida  los
traidores!

Y haciendo un violento esfuerzo, logr desasirse de los brazos de
Angiolina y puso mano  su pual y le desnud.

Pero Angiolina le tenia asido fuertemente del brazo izquierdo, se lo
retorcia, y le tenia en una posicion violenta en que no podia volverse,
para herirla Aben-Humeya.

Pero aquella lucha no podia ser larga, porque Angiolina era una mujer y
sus fuerzas, por mas que se violentara, empezaban  faltarle.

Pero afortunadamente para ella, Mara de Rojas se precipit en la
habitacion, seguida de Aben-Aboo, de Harum el Geniz, de los tres
capitanes turcos, de Farax-Aben-Farax, de Diego Alguacil, de Gironcillo
de la Vega, y de una multitud de conjurados.

--Ah! teneis al miserable, al traidor, al asesino, exclam Mara de
Rojas, sealando  Aben-Humeya, que aun luchaba con Angiolina.

Aben-Aboo fue el primero que se arroj sobre l; tras Aben-Aboo los
otros, y Aben-Humeya fue desarmado.

La situacion era terrible, pero Aben-Humeya se puso  la altura de la
situacion.

Mir tranquilamente en torno suyo, enteramente desvanecida la
embriaguez, y dijo con acento sereno:

--Los que me avisaron de vuestra traicion no mintieron: h aqu que
sucede lo que yo habia previsto que sucederia...

--Tienes razon, dijo con mpetu el capitan turco Al: los que cometen
traiciones, deben temer que un dia su misma traicion se vuelva contra
ellos.

--Quin se atreve  hablar aqu de traicion? dijo Aben-Humeya: pero ya
lo veo: os tengo delante cometiendo una traicion, y os cuadra bien
llamar traidor al que venis  asesinar.

--El asesino debe ser asesinado, grit Mara de Rojas; esa es la
justicia de Dios.

--Por qu hablan las mujeres, antes que los hombres? dijo el turco
Carcax, se acostumbra esto en esta tierra?

--Cuando una mujer, dijo sin bajar de su tono solemne y trmulo Mara
de Rojas, ha visto asesinados  su padre,  sus parientes,  sus
hermanos; cuando ha sido separada del hombre  quien ama; cuando se ha
visto obligada  servir los horribles caprichos del que ha matado  su
familia y  su amor, esa mujer tiene derecho de acusar ante Dios y ante
los hombres al asesino. El asesino es ese, exclam sealando con un dedo
inflexible  Aben-Humeya, y yo os le he entregado; pero para que me
hagais justicia.

--Si es cierto, dijo con acento ronco Aben-Humeya, Mara de Rojas tiene
derecho  acusarme: yo me he ensangrentado en su familia, familia de
miserables traidores, y solo he cometido una falta: la de no
ensangrentarme tambien en ella.

Y solt una impia carcajada.

Todos callaron dominados por el acento febril, sarcstico, terrible de
Aben-Humeya.

--Y bien, no hay nadie que me acuse mas? aadi el jven.

--Si, grit Farax-Aben-Farax: yo te acuso de traidor  tu patria y de
hereje  tu Dios.

--Y sabes t cul es mi Dios? exclam con desprecio Aben-Humeya.

Ante esta audacia todos callaron.

--Mi Dios es el Dios de los cristianos, el Dios que confieso delante de
vosotros; el Dios cuya fe no ha faltado en el fondo de mi corazon.

--Y por qu has ceido la corona de un pueblo musulman? exclam con
indignacion Harum-el-Geniz.

--A t solo, te contestar, wali de los walies, dijo Aben-Humeya,  t
que eres el nico que tienes derecho  acusarme; pero si me juzgas  m
por qu no juzgas tambien  Aben-Aboo?

--Ignoro la causa por qu deba yo acusarte especialmente, y acusar 
Aben-Aboo, dijo reposadamente Harum.

--Pues qu, ignoras que Aben-Aboo y yo matamos  tu noble seor el emir
de los monfes?

--Mientes, exclam Aben-Aboo, que crea que solo Dios, su madre y
Aben-Humeya eran los conocedores de aquel crmen; mientes, miserable: yo
puedo probar que la noche que muri el emir, mi noble tio, yo estaba muy
lejos de Ytor, en cuyas inmediaciones pas aquella muerte.--Mientes,
repito; ests perdido y quieres perderme: y si no, presenta una prueba
bastante de que yo he tomado parte en la horrible muerte de mi tio y
seor.

--Es verdad, faltan sobre la tierra los testigos; unos han muerto, otros
estan lejos. Algunos que pudieran hablar, callan. Pero Dios lo sabe,
Dios arrojar sobre t la sangre del emir de los monfes, como la arroja
sobre mi cabeza, Dios castigar  los dos parricidas!

--Parricidas! son como un eco de horror entre los circunstantes.

--Qu os estremece? dijo Aben-Humeya: acaso no debiamos llamar nuestro
padre, al noble y poderoso emir nuestro pariente?

--Repito que ese hombre, al encontrarse perdido, arroja sobre mi cabeza,
para perderme, un crmen en que no he tenido parte.

--Es verdad, t no le hiriste.

--Lo ois! al cabo no se atreve  sostener su impostura.

--Pero le sujestaste entre tus brazos para que no pudiese defenderse
mientras yo le heria, dijo con una horrible calma Aben-Humeya.

Dominaba un silencio de horror en los circunstantes.

--La prueba! la prueba! grit fuera de s Aben-Aboo.

--Es intil, dijo con autoridad Harum-el-Geniz: ni Aben-Aboo, ni
Aben-Humeya han cometido ese asesinato.

--Ah! te importa acaso ocultar el nombre de los asesinos, wali de los
walies? dijo Aben-Humeya.

--No; pero yo me encontraba aquella noche en la alquera donde moraba mi
pobre seor, y s quin fue el asesino.

--Y quin fue? dijo con sarcasmo Aben-Humeya.

--Fue un emisario del rey de Espaa: un bandido italiano llamado
Laurenti, que se habia introducido entre nosotros.

Al escuchar el nombre de Laurenti, se estremecieron Aben-Humeya,
Aben-Aboo y Angiolina.

Harum tenia razon: el verdadero asesino del emir habia sido Laurenti,
puesto que l habia incitado  los jvenes  aquel asesinato.

--Fue ese miserable que acabo de nombraros: asi me lo revel baada en
llanto, la sultana Howara, la noble esposa del emir mi seor: la madre
de Aben-Aboo.

--Oh! mi madre! pobre madre mia! exclam Aben-Aboo.

--Yo, dijo Harum, jur vengar  mi seor con la muerte de su asesino; un
dia Laurenti fue encontrado en la montaa por los monfes, con una
pualada profunda en un costado, y con su propia daga clavada en la sien
izquierda.

Angiolina tembl y se puso mortalmente plida.

--Le mat yo, como se mata  un perro, aadi Harum, y del mismo modo
hubiera muerto  los otros asesinos del emir, si hubiera habido mas que
uno. Tengo la evidencia; mas: la prueba, de que ni Aben-Humeya ni
Aben-Aboo, han tenido parte en esa muerte.

--Oh! mi madre! mi pobre madre, dijo para si Aben-Aboo, ha cubierto
el delito horrible de su hijo! infeliz madre mia!

--No se trata, pues, de vengar la muerte del emir, dijo con acento
conmovido Harum: el emir est vengado. Aben-Aboo tiene razon;
Aben-Humeya lleva su maldad hasta el punto de acusarse de un delito que
no ha cometido, para que se le crea, para perder al noble, al valiente
Aben-Aboo, acusndole de complicidad en aquel crmen. Afortunadamente
estoy yo aqui, y soy un testimonio vivo al que prestareis entera fe,
caballeros: no es verdad, que no creeis que Aben-Aboo haya cometido tan
odioso crmen?

--No! no! no! exclamaron todos.

--Puedes engaar con tu autoridad  los hombres, wali de los walies,
pero no puedes engaar  Dios!

--Y aun insiste el miserable renegado! exclam con indignacion Harum:
pero tu resistencia es intil: no venimos aqu  castigarte como asesino
del emir de los monfes: no: venimos  juzgarte como traidor  tu
patria: ests en inteligencia con los cristianos.

--No os he dicho ya que soy cristiano? exclam con insolencia
Aben-Humeya.

--Qu mas quereis oir, caballeros? dijo Farax-Aben-Farax: el miserable
confiesa su crmen.

--Y por qu no los confiesa todos? exclam el turco Huscen.

--Teneis tambien vosotros de qu acusarme? dijo Aben-Humeya.

--Conoces esto? dijo Carcax adelantando fuera de s de furor y
mostrando  Aben-Humeya, la carta en que mandaba al alcaide de Medina de
Bombaron, matar alevosamente  los turcos.

Aben-Humeya tom la carta y la ley: cuando la hubo leido desapareci la
fria calma de su semblante, tembl no de miedo, sino de furor y exclam
arrugando entre sus manos la carta:

--Esta es una infamia horrible. Veo aqu tu mano Aben-Aboo, miserable,
que mataste al padre y matas al hermano: t has comprado  mi
secretario, Diego de Arcos, cuya es esta letra, y has fingido esta
carta.

--Estamos perdiendo el tiempo, dijo Carcax; este descreido lo negar
todo: no es justa su muerte, capitanes y caballeros?

--Si; si; debe morir, gritaron todos. Y como si aquella hubiese sido una
seal, el feroz Carcax se arroj sobre Aben-Humeya.

--A m, esclavos!  m! ha llegado la hora de la muerte! grit el
turco!:  mi, verdugos!

Y sofocaba entre tanto  Aben-Humeya  quien habia asido por la
garganta.

Dos africanos atezados habian aparecido y avanzaban hacia Aben-Humeya:
uno de ellos llevaba un cordon en la mano.

Los detalles de la muerte de Aben-Humeya son repugnantes; oigamos cmo
refiere esta catstrofe don Diego Hurtado de Mendoza, en su guerra de
Granada.

Ahogronle dos hombres: uno tirando de una parte y otro de otra de la
cuerda, que le cruzaron en la garganta; l mismo se di la vuelta como
le hiciesen menos mal; concert la ropa; cubrise el rostro.

El mismo historiador refiere en otro lugar:

Saqueronle la casa; repartironse las mujeres, dinero, ropa;
desarmaron y robaron la guardia; juntronse con los capitanes y
soldados, y... eligieron  Aben-Aboo por cabeza en pblico, segun lo
habian acordado en secreto.

La muerte de Aben-Humeya fue la seal de dispersion de los que la habian
decretado y ejecutado; los turcos se alejaron con su gente;
Farax-Aben-Farax, con sus moriscos y con su nuevo rey Aben-Aboo, que se
llev consigo  Angiolina; Diego Alguacil por su parte se uni de nuevo
 Mara de Rojas, y preveyendo que ninguna buena aventura podia
acontecerles en las Alpujarras, pasaron algunos dias despues  Africa,
donde se casaron.

Antes de separarse Harum y Angiolina tuvieron este breve dilogo:

--Por qu habeis atestiguado que Aben-Humeya y Aben Aboo, eran
inocentes de la muerte del emir?

--Necesito que Aben-Aboo confie en m, contest Harum.

--Y por qu no habeis muerto tambien  Aben-Aboo? dijo Angiolina,
acaso no teneis poder para ello?

--Se sabe dnde est la hija de mi seor? repuso Harum.

--Ah! teneis razon, exclam con amargura Angiolina.

--Acordaos seora, la dijo Harum, del estado en que habeis visto al
infeliz marqus de la Guardia: acordaos de lo que me habeis prometido:
Aben-Aboo os ama: fascinadle; emplead toda vuestra astucia, toda vuestra
inteligencia: averiguad el paradero de la sultana, y cuando le hayais
averiguado, cuando nos hayamos apoderado de ella, entonces... entonces
Aben-Aboo, sentir sobre su cabeza la venganza de los monfes.

--Os juro, os juro ayudaros, exclam Angiolina; pero ayudadme vos
tambien.

--Os ayudar, os lo juro, dijo Harum; pero silencio: Aben-Aboo se
acerca: salidle al encuentro y empezad  ser un demonio fascinador para
l.

Angiolina sali sonriendo al encuentro de Aben-Aboo, y Harum triste,
cabizbajo, preocupado, sali de Andarax, lleg  los primeros puestos de
los monfes y mand tocar  recoger.

Cuando todos estuvieron reunidos los llev  una rambla distante, y
puesto en medio de ellos les dijo:

--Nuestra venganza por el noble emir que hemos perdido, se ha cumplido
ya. Aben-Humeya ha muerto.

--Y Aben-Aboo? y Aben-Aboo? gritaron ac y all.

--Aben-Aboo no tardar mucho en caer tambien. Estoy satisfecho de
vosotros, hermanos. Nada tenemos que hacer aqu: marchad  vuestros
apostaderos y estad dispuestos  la primera seal.

Los monfes se dividieron en grupos y Harum, con una banda de ellos se
intern en la montaa.




CAPITULO XLVII.

     Resea de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su
     terminacion.


Puesto que ya hemos reseado el principio de aquella guerra, nos parece
oportuno para redondear nuestro libro, acabarla de dar  conocer, aunque
sumariamente,  nuestros lectores.

Aben-Aboo, fue coronado segn la usanza mora, y proclamado bajo el
nombre de Muley Abdal Aben-Aboo.

Pero esta jura y coronacion fue condicional por tres meses mientras
venia la confirmacion del ttulo de rey para l, del dey de Argel.

A este efecto envi  Africa Aben-Aboo  un morisco tintorero de
Granada, llamado Ben-Daud, con dinero y presentes para captarse la
voluntad del dey.

En poco tiempo envi Ben-Daud la aprobacion de Aluch-Al, pero,
previendo los resultados de la guerra, el buen emisario, obrando
prudentemente, se qued por all.

Recibida la aprobacion del dey se procedi formalmente  la coronacion,
ponindole en la mano derecha una espada desnuda, y en la izquierda un
estandarte, corona de oro en la cabeza y manto de prpura sobre los
hombros, y en esto le levantaron en alto por tres veces delante del
pueblo y otras tantas gritaron: _Dios ensalce al rey de la Andaluca y
de Granada, Abdal Aben-Aboo_!

Reconocironle por su seor todos los pueblos sublebados de las
Alpujarras, y todos los capitanes de moriscos, excepto Aben-Mequenum, y
Giron el Archidoni.

Nombr wal de los walies  capitan general,  Gernimo-el-Melek, y
nombr de su consejo, para tenerlos propicios,  los capitanes turcos
Carcax y Dalhy.

Otro capitan turco, el Caravax, pas  Africa por gente para reforzar
el ejrcito morisco; y Huscen fue enviado con el mismo objeto de obtener
gente y armas, con un presente de cautivos, al dey de Argel.

Cre una guardia de cuatro mil arcabuceros, parte de los cuales debian
estar constantemente junto  su persona, y parte rodeando su casa en
lnea avanzada, y el lugar en que residiese, y vigilar  los que
llegasen.

El miedo habia empezado  roer el corazon de Aben-Aboo, hasta el punto
de no creerse seguro sino rodeado de un pequeo ejrcito, escogido entre
las taifas de los capitanes que creia mas leales.

Uno de estos capitanes era Harum el Geniz, y la mayor parte de sus
arcabuceros monfes.

De modo que Aben-Aboo, sin saberlo, estaba en medio de sus enemigos y se
creia asegurado por ellos.

El primer hecho de Aben-Aboo despues de su proclamacion, fue proveer 
Castil de ferro, de armas, artillera y municiones, y  seguida siti la
villa de Orgiva,  cuyo socorro envi don Juan de Austria al duque de
Sesa.

Aben-Aboo entonces dividi en dos partes su gente, dej la una
continuando el cerco de Orgiva, y con la otra parte di sobre las gentes
del duque de Sesa, en un lugar que se llamaba entonces Calat-el-Hhajara,
(castillo de la pea) y hoy Acequia de las tres peas, y despues de
muchas escaramuzas, las venci matando algunos capitanes y como hasta
cuatrocientos soldados, y obligando al duque  ampararse de la noche
para recoger su gente y retirarse.

Por otra parte, el capitan Francisco de Medina, abandon la villa de
Orgiva  causa de faltarle municiones y vveres, y ensoberbecido con
estos triunfos Aben-Aboo, baj por Guejar y el Puntal de la Vega, rob
ganados, saque  incendi la villa de Medina y lleg con su ejrcito
compuesto de monfes, turcos y moriscos hasta media legua de Granada.

El duque de Sesa por desagravio, carg sobre la Abuuelas, las quem,
quem asimismo  Restaval, Belejy, Ddar y otros lugares, y torn 
Granada, donde don Juan de Austria se encontraba reformando la
infantera.

Era ya al mes de noviembre, y el invierno se presentaba recio.

Por aquel tiempo se alz la villa de Galera  una legua de Huesca, en
tierras de Baza, lugar fuertsimo en el paso de Cartagena al reino de
Granada, y no distante del de Valencia.

Defendian  Galera por rden de Aben-Aboo, cien arcabuceros turcos y
berberiscos,  las rdenes del Maleh, alcaide de aquel distrito:
levantse asimismo Orce, y todos los lugares del rio de Almanzora (de la
Victoria).

Crecia la insolencia de los rebeldes: Aben-Aboo, mostraba ser mas
diestro, mas inteligente, mas activo y mas afortunado que lo fue
Aben-Humeya; lleg hasta el punto de ponerse sobre la Silla del moro,
por la parte de los montes al Sur, amenazando la Alhambra y el barrio
del Realejo, aunque de all no pasaron ni hicieron demostracion alguna,
y llegando solo de noche, y retirndose de dia.

Crecia el desasosiego de la ciudad, dbanse guardias y rondas en la
puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los
Mrtires; se enviaban descubiertas  los lugares de Pinillos y Cenes,
cercanos  Gejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se
tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos  las
mismas puertas de la ciudad.

Entre tanto el marqus de los Velez, sitiaba  Galera, con poca
artillera, con poca gente y por lo tanto con poco provecho.

Escribi don Juan de Austria  Felipe II quejndose de que le hiciese
estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por
el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Gejar, y por otra parte por la
resistencia de Galera, que podia dar causa  que la rebelion se
extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mand
formar dos campos; uno  cargo de don Juan, que asistido por el marqus
de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la
guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que
debia quedar en las Alpujarras.

Don Juan de Austria march bien provisto y pertrechado contra Gejar 
23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantera,
seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es,
por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada  Gejar,
fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos;
Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don Garca
Manrique con el resto de la caballera, y en la retaguardia, con el
estandarte real, el resto de la infantera, la artillera y las
municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Sols.

Pero cuando lleg la expedicion  Gejar hallaron que los moriscos
habian abandonado el pueblo, retirndose  las Alpujarras. Solo se
encontraron en la trinchera diez  doce viejos que fueron degollados, ni
se vi de los enemigos mas que algunas mujeres y nios, y bagajes
cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y
ballesteros como en nmero de ciento, que disparaban, retirndose de
brea en brea, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas
muertes de una y otra parte; tomronse cautivos  los enemigos cuarenta
personas entre hombres y mujeres, matndoles otros tantos; de los
cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada,  quien,
siguiendo el alcance di una pedrada una morisca: entrse al lugar 
saco y degello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fcil, se
prepar  otra mas aventurada, marchando sobre Galera.

Corrido habia por toda Espaa la fama de la fortaleza de aquella villa,
la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se
encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para
aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era
mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las
ciudades nuevas gentes de  pi y de  caballo, y poblacion hubo en que
cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera.

Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se
daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra
de las Alpujarras.

Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los
mismos pueblos, y organizada toda esta gente, parti la mitad con el
duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de
Austria contra Galera.

Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Gejar, quiso dar
alguna muestra de s mismo, y envisti, aunque intilmente, de noche, 
Almuecar y  Salobrea; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la
decision con que era acometido, envi de nuevo emisarios  Argel  pedir
socorro.

Entre tanto el marqus de los Velez, perdiendo mas que ganando,
continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, vindose con frecuencia
obligado  retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de
mejores resultados.

En este lugar nos presenta la historia un dilogo notable que hemos de
mostrar, aunque no sea mas que porque da  conocer de lleno, el carcter
del marqus de los Velez.

Habiendo salido este  recibir  don Juan de Austria, el jven prncipe
abraz al viejo soldado y le dijo:

--Marqus ilustre: vuestra fama con mucha razon os engrandece, y
atribuyo  buena suerte, haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad
cierto que mi autoridad no acortar la vuestra, pues quiero que os
entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, hacindolo
yo mismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y
amparndome en todas ocasiones en vuestros consejos.

A cuyas benvolas palabras contest el marqus con las siguientes aunque
mesuradas, extraas:

--Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien
mas ganara de ser soldado de tan alto prncipe; mas si respondo  lo que
siempre profes, irme quiero  mi casa, pues no conviene  mi edad
anciana haber de ser cabo de escuadra.

Por lo que se ve, en 1570  cuyos principios sucedi esta conversacion,
los nobles castellanos aun no habian perdido los humos de la edad media;
aun se hombreaban con los reyes.

El marqus de los Velez lo hizo como lo dijo: dej la guerra y se march
mohino  su casa donde nadie podia disputarle la primaca.

Entre tanto y mientras el duque de Sesa acometiendo la empresa de las
Alpujarras, marchaba sobre Orgiva, don Juan de Austria se encaminaba
sobre Galera, resuelto ya definitivamente el sitio.

Empezaron las operaciones por la alcazaba alta: se la habia minado y al
volar la mina cay un lienzo de muralla con algunos moros que le
defendian; alborotronse algunos soldados y sin rden para ello,
embistieron por entre el humo y el polvo, y fueron tan rudamente
rechazados por los enemigos y tal la confusion y el desrden, que el
mismo don Juan arremeti en persona y tan de veras, que recibi un
balazo en el peto, que aunque no le caus dao, caus s una gran
impresion en cuantos de ello tuvieron noticia, especialmente en su ayo
Luis de Quijada, que no se separaba un momento de su persona, que le
amaba como un padre y que jams olvidaba, ni aun cuando por don Juan
ponia en peligro su vida, el encarecimiento con que le habia encomendado
la guarda de su hijo el gran emperador don Carlos.

Con gran trabajo pudo don Juan recoger la gente, que no escarmentada por
el mal suceso, pidi al otro dia que se la llevase al asalto; pero don
Juan viendo lo daoso que aquel asalto seria, mand hacer dos minas mas
y cuando estas volaron, empez  jugar la artillera y se renov el
asalto, si bien con mas rden, no menos sangriento, y despues de
horribles estragos se entr el castillo, y al fin fue tomada Galera.

Don Juan fue rigorossimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido
y la gente que habia costado, ya por poner miedo  los otros pueblos
levantados: entrla  cuchillo, arrasla, arla y la mand sembrar de
sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los
traidores.

Solo qued la pea, coronada de escombros humeantes, y la terrible
tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual
hizo Calderon su drama: el _Tuzani de las Alpujarras_.

En efecto, la toma de Galera, lugar fuertsimo y en el que tenian gran
confianza, aterr  los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar
al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran 
otra cosa que  escaramucear con su gente, lleg  Gejar y de all pas
 Vlor, donde se aloj.

Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvi sobre las Alpujarras
pretendiendo coger  Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y lleg 
vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron 
combatir, sin que nadie pudiera impedirlo,  los moros que encontraron
puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron
unindoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda
la gente de su hueste se movi contra la villa: y aunque vinieron en
socorro de Seron los moros de Tjola, la villa fue entrada al primer
embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro  cuchillo;
pero esta victoria cost muy cara, tanto por el gran nmero de
cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de
un balazo, muri entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada.

Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon
de las Alpujarras, reparti su campo y la gente vecinal que llevaba
consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen
provisiones al duque de Sesa, y parte  la falda de la Sierra Nevada y
al Puntal de la vega para que amenazasen  Granada: quedando l contra
el duque, estorvndole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros
de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados  mantenerse
con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de
Mlaga.

Lleg el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las
escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes,  de soldados que
pasaban desprevenidos por la montaa, no habia lance algo formal en que
no fuesen deshechos y rotos.

Cundia el desaliento.

Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba
por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida  Africa de los
turcos.

Hablbase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y
la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeos de
avenencia.

Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqus de la Fvara y
por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres,
entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en
ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de
vizcochos y la artillera que estaba en el castillo, mala y poca.

Seguanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaqu y
Felipe II, que se habia acercado  Sevilla y luego  Crdoba; para poder
proveer con mas oportunidad  la guerra, pasado el peligro y estando
apagado casi el incendio, se torn  Madrid, remitiendo para all, la
conclusion de las Crtes que poco antes habia convocado.

El mayor peligro quedaba en la Serrana de Ronda: parti para ella de
rden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con
cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sac de Ronda; en la
primera salida fue rechazado y obligado  volverse  la ciudad: los
moriscos de la Serrana, aconsejados por los que habian ido  ellos
huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del
Iztan: tomaron el mar  las espaldas para facilitar los socorros de
Berbera, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas
alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban  los labradores
cristianos, no como salteadores, sino como enemigos.

Esto empez  acontecer cuando Felipe II estaba todava en Sevilla, y
acudi de improviso al remedio, y envi  la Serrana  los duques de
Arcos y de Medina Sidonia.

El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serrana de
Ronda, pretendi reducir  los moriscos; pero estos estaban irritados;
mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir  la fuerza y
acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde aos antes muri
 manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas
esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Crdoba.

Encontraron all, segun referia Mendoza, Calaveras de hombres y huesos
de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado;
pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el
fuerte de los enemigos, cuyas seales parecian pocas y bajas y
aportilladas; iban los prcticos de la tierra sealando donde habian
caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cmo se
salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Urea y don
Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qu lugar y
dnde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peas; la herida que
el Ferih, cabeza de los moros, le di primero en la cabeza y despues en
el pecho, con que cay; las palabras que le dijo andando  brazos: _Yo
soy don Alonso de Aguilar_; las que el Ferih le respondi cuando le
heria: _T eres don Alonso_, mas _yo soy el Ferih de Benastepar_, y que
no fueron tan desdichadas las heridas que di don Alonso, como las que
recibi.... Mand el general hacer memoria por los muertos y rogaron los
soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si
rogaban por deudos  por extraos y esto les acrecent la ira y el deseo
de hallar gente contra quien tomar venganza.

Ocup el duque de Arcos el antiguo fuerte reparndole. Vino en este
tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon  los
moriscos: empezaron  presentarse algunos; pero sin armas y alegando que
los que quedaban alzados no se las dejaban traer.

Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que
por temor al castigo no queria reducirse, empez  excitarles de nuevo,
 decirles que se les engaaba, que cuando se hubiesen entregado serian
muertos,  sentenciados por toda su vida  galeras, esclavas sus
mujeres, vendidos sus hijos.

Tanto dijo y tanto alborot, que los de Sierra Bermeja se levantaron de
nuevo con mas furia que antes: mataron  los moriscos que trataban en el
avenimiento  impidieron por el terror que se sometiesen los que querian
hacerlo.

Redjoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y
terribles catstrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian
 las breas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el
marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serrana de Ronda,
estaban ocupados por el ejrcito vencedor y don Juan de Austria escribia
 su hermano el rey don Felipe que la salida de los moros de todo el
reino seria el postrero dia de octubre.

Quedaban, sin embargo, ac y all llamaradas del incendio: los
labradores cristianos que habian vuelto  sus haciendas, no se atrevian
 labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares
enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una
amenaza muda.

Aben-Aboo andaba de cerro en cerro, con un puado de parciales
llamndose todava rey.

Y qu habian hecho entre tanto los monfes?

Cejar los primeros en el combate, abandonar los lugares que se les
confiaban, ser traidores  los moriscos.

Y Harum-el-Geniz era quien acompaaba siempre  Aben-Aboo.

Por qu hacian traicion los monfes  sus hermanos?

[imagen:--Ah teneis al miserable, al traidor, al asesino!]

Porque necesitan vengar la muerte de su emir.

Porque no habian muerto  Aben-Aboo, como habian muerto  Aben-Humeya.

Porque ignoraban donde tenia escondida  la sultana Amina, Aben-Aboo.

La guerra habia acabado, Aben-Aboo andaba fugitivo, y sin embargo, ni
Angiolina Visconti, ni Harum, que acompaaba siempre  Aben-Aboo, habian
logrado descubrir el paradero de la sultana.




CAPITULO XLVIII.

     En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qu muerte
     muri Aben-Aboo.


El castillo de Vrchul, era, que hoy no es, un punto importante, situado
en medio de las Alpujarras. Rodeado de agrias cuestas, asentado como un
nido de guila sobre una roca, sin mas acceso que un tortuoso sendero,
abierto  pico en una pea, podia casi llamarse inespugnable.

A su pi ramblas profundas, montaas, colinas, formaban un verdadero
laberinto, extremadamente selvtico, y bravo, y  lo lejos, ya sobre
una cresta, ya en la vertiente de un valle, se veia algun lugarejo,
algun caserio, alguna choza. Al pi del castillo estaban sobre un
barranco sumamente agreste unas profundas cuevas que se llamaban de los
Vrchules, y donde, como en un ltimo refugio, se habian concentrado los
restos dispersos de los moriscos fugitivos y vencidos.

All, hambrienta, desnuda, miserable, aterrada, aquella multitud
infeliz, viejos sin hijos, hurfanos sin padres, esposas sin esposo,
cuantas miserias humanas pueden concebirse, se agrupaban cubiertas de
harapos, estremecidas de miedo, con los ojos fijos siempre en las
distantes avenidas temiendo ver asomar por ellas las banderas de los
crueles y sanguinarios soldados del rey don Felipe el II.

Pero entre estas gentes no habia un solo monf,  excepcion del wali de
los walies Harum, que no se apartaba sino por breves espacios de
Aben-Aboo.

Parecia que  los dems monfes los habia tragado la tierra.

Fuese porque reposasen en el triunfo, fuese porque creyesen intil una
persecucion de gente miserable y desvandada, ni  los alrededores del
castillo de Vrchul, ni en los lugares que desde su altura se divisaban,
aparecia un solo cristiano.

[imagen:--Esta es la justicia de Dios! exclam Harum; mueres
coma has matado!]

Pero tambien es cierto que estaba tan devastada aquella demarcacion, tan
cortados los caminos que  ella conducian, por los soldados del rey de
Espaa, que los pobres moriscos acorralados en aquellas breas no
encontraban para sustentarse mas que raices de rboles, yerbas y
reptiles.

De tiempo en tiempo Harum-el-Geniz solia aparecer entre aquellos
desgraciados, como una providencia de Dios, con algunos mulos cargados
de maiz, de trigo  de legumbres, que aquellos infelices devoraban en
pocos instantes.

Siempre que Harum llevaba uno de estos ineficaces consuelos, les decia:

--Amigos, esto ha costado sangre humana.

Y--Dios te bendiga, wali; exclamaban los mseros: Dios acoja en su
misericordia  los que han derramado su sangre por nosotros.

Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus
lgrimas y murmuraba:

--Estaba escrito! oh! si esos miserables no hubieran asesinado al
emir!

Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vrchul, acompaado
nicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su
antiguo esclavo africano Al, recelaba de todo, atalayaba por s mismo
los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves
como un alma en pena.

Habia enviado  algunos de sus parientes  Africa en demanda de nuevos
socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna
los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto
 someterse al perdon prometido por el rey  los moriscos que depusieran
las armas.

Rey en sueos, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre
tanto, le obligaban  buscar el olvido en la embriaguez.

Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma
que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontr entre
el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su
bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el
inters siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo
asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian
embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un
trono levantado en la cmara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando
en el solitario y silencioso castillo de Vrchul, se encontr una noche
y otra, velando receloso por s mismo, bajo un firmamento opaco,
reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz
de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda,
bajo la mirada de Dios, un frio de terror empez  circular por sus
huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombro;
vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian
en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su
cabeza: estremecile el zumbido del viento entre las almenas, creyendo
escuchar en l quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agona,
imprecaciones, amenazas. Parecale oir en un eco muy lejano, entre el
silencio, la voz del emir de los monfes, que exclamaba:

--Parricida! maldito seas!

Otra, la de Aben-Humeya, que rugia:

--Ay de t, fratricida!

Otra, la de su madre que exclamaba:

--Menguada fue la hora en que te conceb!

Otra, en fin, la de Amina, que llorando le decia:

--Qu has hecho de mi padre, asesino! qu has hecho de mi esposo y de
mi hija!

Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los
adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver
deslizarse delante de l como pretendiendo precederle, llevarle,  un
lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del
marqus de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqus de la
Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos.

Entonces, erizados los cabellos de espanto, plido, trmulo, cubierto de
un sudor frio, penetraba en la cmara, donde sufriendo un largo,
doloroso  intil martirio, dormitaba Angiolina y exclama:

--Vino! adorada de mi alma! dame vino! necesito embriagarme, dormir
entre tus brazos, olvidar! No oyes que quiero olvidar,  t tambien me
haces traicion?

Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de
vino un cliz que servia de copa  Aben-Aboo y se le servia.

Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo
no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de
Angiolina, que cumplia hericamente su palabra empeada 
Harum-el-Geniz, de procurar saber,  costa del ltimo de los sacrificios
que podian exigrsela, el paradero de Amina.

En vano habia apurado cuantos recursos encontr su astucia: en vano
habia tendido hbiles lazos  Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: 
Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina,  el recelo le hacia ser
prudente aun en sus momentos de embriaguez.

Al fin Angiolina se vi obligada  guardar silencio acerca de Amina 
consecuencia del siguiente dilogo que tuvo con Aben-Aboo.

--Qu te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer?

--Tengo un gran inters, dijo con acento profundo Angiolina.

--Un gran inters! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una
mirada friamente investigadora: Ah! s, es verdad! t amabas al
marqus de la Guardia, y acaso le amas aun,  pesar de que sabes por mi
boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado
la misma tierra que le sirve de sepultura.

--Y qu me importa el marqus de la Guardia? repuso Angiolina: acaso
no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? puede amar
una mujer como yo  un hombre que la pospone  otra? No, la sultana
Amina me interesa, no por el marqus  quien Dios perdone, como yo le he
perdonado, sino por t.

--Por m?

--Si ciertamente: no te amo yo?

--Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jven: criado en
la montaa, pensando siempre en la corona que estoy  punto de perder 
ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado  mi corazon. Pero te
v, y no s qu destino incomprensible, poderoso, arrastr mi alma y la
impuls  unirse  la tuya. Te tuve  mi lado, al lado de mi madre en
Cdiar: cre tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia
fuiste  dar en manos de Aben-Humeya, sent lo que nunca habia sentido
por una mujer: la rabia de los zelos: t acaso fuiste una de las causas
mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya.

--Pero t sabes que Aben-Humeya me am en vano....

--He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste
tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste  mi cuello, sabes lo
que sent...

--T te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres.

--Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu
mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jams las
incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. Pero sabes lo
que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclarecindola, como
pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me
decia:--Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que
ansas, son una serpiente que pretende ahogarte. Y cuando este
recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando
pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento
terrible pasa por mi cabeza.

--Y qu pensamiento es ese que te inspira tu delirio?

--El de ahogarte antes de que me ahogues t.

Sonri lnguidamente Angiolina y repuso:

--Ni yo te ahogar, porque te amo, ni el amor que sientes por m te
permitiria ahogarme. Oh! no! tus recelos pueden menos que tu amor. T,
si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me
llamars tu sultana, tu adorada sultana.

--Pero esa tenacidad en nombrarme  Amina....

--Tengo zelos!

--Zelos!

--Ella es una sultana poderosa.

Sonri sesgadamente Aben-Aboo.

--Y dnde estn los monfes? qu se han hecho esos valientes? pregunta
 Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y l te
contestar:--Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido 
la clemencia del rey de Espaa, los otros han pasado  Africa y los que
quedan aqu vagan sueltos por la montaa sin obedecer  capitan alguno?
La poderosa sultana! Dnde est su alcazar tan maravilloso de que nos
hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfes? Sueo, sueo
todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de
la montaa.

--Sueo! pretenders hacerme creer que la hija del emir, la sultana
Amina,  doa Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un
sueo?

--Como un sueo ha pasado, repuso Aben-Aboo.

--Que ha pasado!

--Si; ha muerto: ha muerto de hambre....

--De hambre!

--Si; yo.... por recelo de que los monfes me vendiesen.... porque yo
siempre he desconfiado de ellos, pretend tener en rehenes  la sultana
Amina, y la guard en una cueva.... no importa dnde. Yo mismo iba 
llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de
repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en
verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de
que yo volviera  apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada;
cuando fu en su busca la encontr muerta.

--Muerta!

--Si; muerta de hambre.

Angiolina call dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de
una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevi  dudar de
ella.

--Llname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo.

Angiolina le sirvi la copa de nuevo.

--Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba 
embriagarse, ser distinto, amada mia: no estaremos en este triste
castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos
veremos obligados  pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito
embriagarme para tener paciencia.

Angiolina present otra vez la copa  Aben-Aboo. Este acab de
embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia
visto Angiolina.

--Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy
segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez
respecto  m y  Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente
deshacernos de l. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqus
de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese
descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. Oh! Dios mio! Dios
mio! iluminadme!

Angiolina se sent en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoy su cabeza
pensativa en sus manos.

--Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus
habitaciones por una pequena puerta de hierro, que est al fin de una
galera. Luego cierra, y cuando vuelve, torna  cerrar y guarda
cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese...

Angiolina se inclin sobre Aben-Aboo y contempl su semblante con una
atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movi y no
despert: entonces cerr la puerta de la cmara, para evitar ser vista,
se acerc rpidamente  Aben-Aboo, palp sus ropas, y encontr bajo de
ellas una llave y una cartera.

Guard la llave y se acerc  la luz y abri temblando de impaciencia la
cartera.

Encontr dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban
escritas en rabe; pero entre ellas encontr una sola que estaba escrita
en castellano. Angiolina di un grito de alegra. Al pi de aquella
carta se leia como firma: Esperanza de Crdenas.

--Es de ella! exclam: pero esta carta no es una prueba de que vive:
esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos.

Y ley lo siguiente:

Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto
debeis  mi padre, no s lo que pensar de vos. El estado en que me
encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo
volverme loca. Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra
protegido por mi padre? Os engaais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de
Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me
vsteis, por qu no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y
no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la
libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alczar
subterrneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo
dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la
incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo,
la de mi hija. No s si han muerto  si viven, pues aunque vos me
asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro
esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. Y cmo lo sois si
vive Aben-Humeya, si vive mi padre? y si no viven, cmo han muerto?
Desesperada por no veros, he pedido  Al, que os suplique de mi parte
que vengais  verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le
he pedido que me traiga con qu escribiros, y lo ha hecho y os escribo.
Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada
os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo.
Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas:
si no habeis de devolverme  los mios, matadme: al menos descansar:
pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa,
soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible
conducta. Volvedme  los mios y nada temais porque los mios os
perdonaran.--De mi tumba  10 de marzo de 1571.--Esperanza de Crdenas.

--Ah! exclam Angiolina, no ha muerto! no! ese miserable me ha
engaado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos  13: si,
no hay duda; durante estos tres dias, Al ha recibido de Aben-Aboo esta
llave y ha salido por la puerta de hierro de la galera: despues de
algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave  Aben-Aboo. Pretender
seducir  Al, es un delirio: sirve  su amo con cuerpo y alma. Pues
bien: esta llave est en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos.

Y Angiolina sali de la cmara, se aventur por un laberinto de
estrechos corredores, lleg al extremo de uno delante de una puerta de
hierro, y puso la llave en su cerradura.

La puerta se abri y Angiolina tornndola  cerrar, alumbrndose con la
lmpara que habia tomado de la cmara de Aben-Aboo, empez  descender
por una estrecha escalera de ojo.

Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un
hombre atltico, que se alumbraba con una linterna, lleg  la puerta y
la golpe furioso.

--Ah! exclam: estas malditas visiones que mi seor me ha metido en la
cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido
miedo, pero no: es ella, es doa Anglica; la he reconocido al volverse
para cerrar la puerta. El seor no puede haberla dado esa llave. Me
hubiera avisado.

Y Al parti desalado  la cmara de su seor.

--Ah! est borracho! aletargado! grit con rabia Al: yo tengo una
yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para
que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras
voy por ella; mientras esprimo su zumo... oh! y es preciso... preciso
de todo punto.

Al sali y permaneci fuera algun tiempo.

Cuando torn traia en la mano una copa: cogi la cabeza de Aben-Aboo,
le abri la boca y derram en ella parte del lquido que la copa
contenia, poco despues, y como por un efecto mgico, Aben-Aboo despert
y volvi en s de una manera completa.

--Oh! qu horrible dolor en las sienes! exclam.

--Os han embriagado seor, y ha sido preciso que yo me valga de unas
yerbas para haceros volver en vos.

--Y quin te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. Por qu no me
has dejado dormir?

--Una sola palabra, seor; dijo Al: habeis dado  doa Anglica la
llave de la puerta de las cuevas del castillo?

--No; dijo Aben-Aboo: t ests soando Al.

--Doa Anglica ha entrado hace media hora por esa puerta.

--Doa Anglica! exclam Aben-Aboo todo trmulo buscando la llave entre
sus ropas. Oh! me ha robado la llave. Esa mujer est zelosa de Amina.
Esa mujer es terrible: ser capaz de matarla y no nos conviene que la
sultana muera.

Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto  las
intenciones de Angiolina.

--Pronto, pronto, exclam lanzndose  la puerta.

Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta
en un toque particular.

Aquel toque se repiti tres veces.

--Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres:
es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera  la sultana,
abre antes  Abu-Amer: sepamos qu noticias nos trae: que esten
preparados los escopeteros que nos quedan.

Al sali deshalado.

Poco despues entr con un morisco viejo, pero robusto, enrgico, que le
dijo alentando apenas:

--Slvate, seor: slvate por las minas: te hacen traicion!

--Y quin me hace traicion?

--Harum-el-Geniz.

--Oh! imposible!

--Lo s: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos.

--Y qu has visto? qu has escuchado?

--Los monfes, todos los monfes sin faltar uno, cercan el castillo de
Vrchul.

--Ah! los monfes sin faltar uno! pero si los monfes estan vencidos,
fugitivos...

--Te engaas seor: son en tanto nmero, como cuando vivia el emir.

--T has soado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejrcito de diez
mil monfes.

--Pues todos estan all!

--Pero si su nmero se habia reducido  la tercera parte... si apenas
podian ayudarme.....

--Los monfes te han engaado, te han abandonado, te han hecho traicion;
han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante
del cristiano: recuerda seor: recuerda, creme y slvate.

--Pero por dnde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los
detengan?

--No lo s: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si
les falta la tierra:  estan en inteligencia con los cristianos...

--Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos...

--Las minas...

--Si los monfes vienen contra m, habran tomado las salidas.

--Acaso no las conozcan, seor.

--Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras.

--Probemos al menos, seor.

--No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena
y altiva al peligro... y luego yo no he sido jams cobarde... prefiero
morir como rey,  que me den caza como  un lobo, y me acorralen y me
maten villanamente. Al, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi
escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, aadi mientras
Al le vestia; aunque la puerta es fuerte, t eres mas fuerte que ella;
rmpela  hachazos; llvatela por las minas... la noche es oscura;
vndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, gil: procura
burlar  los monfes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribi
apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrars amigos mios;
enviala con uno de ellos  Harum-el-Geniz: v, haz lo que te he dicho.

--Y doa Anglica?

--Ah! doa Anglica! djala... no la toques: de seguro ella no ha
querido hacerme traicion, me ama. Pero v, v.....

--Y por qu no intentar salvaros, seor?

--Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye
se pierde. Ve Al, cumple con lo que te he encargado, y t Abu-Amer,
conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: sabes dnde est
Harum-el-Geniz?

--Si, en la cueva grande de los Vrchules.

--Pues  la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y sali de la cmara, y
luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros,
que fu toda la gente que pudo reunir.

La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del
viento.

Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo  Abu-Amer:

--Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho
de camino, y  nadie hemos encontrado.

--Mira seor  lo alto del barranco de los Vrchules: nada ves?

--Si, veo el resplandor de una luz.

--Y para qu crees que puedan estar velando en la cueva?

--Adelante, dijo Aben-Aboo.

Y siguieron hcia el barranco, pero apenas habian entrado en l cuando
se escuch una voz ronca que grit:

--Quin va?

--El rey de Granada, contest con voz serena Aben-Aboo.

--El rey de Granada! grit la misma voz ronca, como avisando  otras
gentes.

--Y quines sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse.

--Los monfes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al
frente de algunos adelantaba.

--Y quin eres t que me hablas?

--El wal Suleiman!

--Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.

--Perdona seor, pero tenemos rden de llevarte  nuestro wal de los
wales.

--Ah! con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve  prenderme? dijo con
sarcasmo Aben-Aboo.

--Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso
para la salud del reino, y nosotros obedecemos  Sidy Harum, porque es
wali de nuestros wales.

Aben-Aboo guard silencio y sigui hasta el pi de un sendero escarpado
que conducia  la cueva grande de los Vrchules; al llegar  aquel punto
mand  los escopeteros que se quedasen abajo, y subi acompaado solo
por Suleiman y por Abu-Amer.

Invirtieron un largo espacio en llegar  lo alto porque la senda era
spera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelant un
hombre.

Aquel hombre era Harum-el-Geniz.

En medio de la cueva quedaban de pi otros dos hombres, pero notbase
que estaban vestidos de castellanos,  pesar de que eran moriscos; el
uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zatahar.

No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa;
 su fondo se apiaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de
moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hlito
nauseabundo de miseria.

Al entrar Aben-Aboo, sali de entre aquella turba un sordo murmullo.

--Hme aqu! qu me quieres, Geniz? exclam con altivez Aben-Aboo:
qu significa lo que acontece? yo soy vuestro rey.

--Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires 
qu punto ha traido tu obstinacion  estos infelices que aqu estan
desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son
llegadas ya  tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de
salvacion.

--Y qu quereis?

--El presidente de la chancillera de Granada, don Pedro de Deza y el
capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el
rey de Espaa si nos reducimos.

--Y quin ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria
Aben-Aboo.

--Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos  la castellana.

--Ah! eres t, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: t en quien tanto
confiaba, y t tambien, el Zatahar, el grande amigo del nico hombre
que me queda leal, Abu-Amer.

--Te engaas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia
como nosotros para lo que venias.

--Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en
completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces
habia usado respecto  Aben-Aboo.

--Con que es decir que estoy abandonado de todos?

--No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo
queremos hacerte partcipe de la merced que nos concede el rey de
Espaa.

--Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil
monfes?

--Y qu tienen que ver los monfes con vosotros los moriscos? acaso
ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaa? acaso no la
tendran si quieren despues?

--Oh! si! los monfes me habeis hecho traicion!

--No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar
muri asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado:
uno de sus asesinos ha muerto: el otro morir tambien.

--Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror
Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: creeis que no podemos resistir
aun?

--Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la
guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillera les envia 
decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de Espaa, que
seran perdonados, y que se les dejar vivir libremente en donde quieran;
ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel.

Harum sac unos pliegos y los mostr  Aben-Aboo, que no pudo contenerse
por mas tiempo:

--Qu es esto Geniz? exclam con la voz trmula de clera; tal
traicion me tenias guardada? no me hables mas, ni te vea yo!

Y fu  tomar la salida de la cueva.

--No, no has de salir, exclam Harum; te he llamado porque aun quedaba
vivo el ltimo de los asesinos del emir.

Aben-Aboo sinti un terror pnico y quiso huir, pero el Zatahar,
Abu-Amer y Barredo se asieron  l y le detuvieron.

Entonces Harum le hiri, y al caer le di un terrible golpe con el mocho
de su escopeta.

--Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.

--Esta es la justicia de Dios! exclam Harum; mueres como has matado!

Aben-Aboo hizo un dbil esfuerzo pero cay, y poco despues era un
cadver.

--Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, maana presentaremos 
este traidor al Presidente, y os ser otorgado el perdon. Si nuestro
emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos
miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados 
acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. Que
se cumpla su voluntad!

Y como viese que algunos moriscos asian del cadver de Aben-Aboo, y se
dirigian al sendero de la cortadura les dijo:

--Para qu quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegar abajo
si le arrojais por ah.

Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una
pea alta que estaba  la entrada de la cueva.

Era ya enteramente de dia.

La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de
aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron  salir
de ella como espectros.

Harum sali tambien con Francisco de Barredo, el Zatahar, y Abu-Amer;
baj de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, sali  una ancha
rambla donde habia una cuadrilla de monfes.

--Tocad  recoger, dijo Harum  los trompeteros y atabaleros.

Poco despues se oy, no solo en la rambla, sino en las alturas, una
especie de toque de llamada, al cual empezaron  acudir  la rambla
taifas enteras, con sus estandartes.

Poco despues un pequeo ejrcito de diez mil hombres, se apiaba en la
rambla.

Harum mand traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una pea alta
para que le vieran todos los monfes.

--He ah al asesino de nuestro emir! grit Harum.

Una aclamacion atronadora sali de las cerradas filas de los monfes.

--He aqu  vuestro emir, grit Harum descubriendo el rostro de un moro
que estaba junto  l: he aqu al esposo de la sultana Amina.

--Viva el emir! gritaron en coro los monfes.

--Pero qu haceis? dijo el marqus de la Guardia: eso no puede ser.

--Consentid por ahora, dijo Harum.

Y volvindose  los monfes aadi:

--El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le
ofrecemos.

--Viva el emir! repitieron los monfes.

--Ahora, dijo Harum, nos resta salvar  la Sultana.

Un espontneo y bravo murmullo de asentimiento respondi  estas
palabras.

--Pero ser cierto que mi esposa est en el castillo del Vrchul?

--Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado  su esclavo Al que
la lleve  otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy
Harum. Ya, cuando yo dije  este que la Sultana estaba en el castillo
de Vrchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y
he oido.

En aquel momento un hombre apareci por uno de los flancos de los
monfes, y por el otro lado una mujer.

El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti.

--Quin de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia
una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba:

--Venid, Harum, venid, que se llevan  la Sultana: venid, marqus de la
Guardia, venid, que os roban  vuestra esposa.

Y Angiolina parti  correr por el mismo lugar por donde habia venido,
seguida del marqus de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba
fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez.

--Seguid, seguid, y flanquead la montaa, grit Harum  los monfes
ponindose tambien  la carrera tras Angiolina y el marqus, despus de
haber leido rpidamente la carta que le habia entregado el morisco.

Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado  Al, para que la enviase
 Harum.

Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi:

Mi seor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vrchul, 
encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro,
pues,  escribirte: tengo en mi poder  la sultana Amina, y ser la
seal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por t  mi
seor.--Al, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo.

Harum corria, y corrian los monfes, y corria Angiolina. y el marqus
excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto,
veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de
vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba.

Solo pronunciaba estas palabras.

--Esperanza! mi Esperanza!

Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaa, corria
tambien  poca distancia del marqus, y los monfes, abiertos en dos
largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban  buen paso por la
montaa, flanquendola, seguros de encerrar en un crculo al hombre que
se llevaba  la sultana.

El cadver de Aben-Aboo, qued solo en la rambla sobre la pea, con el
rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos
moriscos rodendole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmviles
con un silencio estpido.




CAPITULO XLIX.

     En que se cuenta lo que pas en las cuevas del castillo de Vrchul.


Cuando Angiolina, segun hemos dicho, se encontr despus de franquear la
puerta de hierro, en las escaleras de las cuevas, se desliz rpidamente
por ellas y al llegar  su fin encontr un callejn y al comedio de l,
 la izquierda, otra puerta de hierro cerrada simplemente con un
cerrojo.

Angiolina abri aquella puerta: la luz de la lmpara dej ver un espacio
pequeo, en el cual habia un lecho y algunos muebles, y en el lecho una
mujer dormida, pero vestida y cuidadosamente cubierta.

--Ella es! exclam estremecindose de zelos y de dolor Angiolina.

Y acerc la luz de la lmpara al semblante de Esperanza, que Esperanza
era en efecto.

--Oh! y est mas hermosa, mas hermosa que nunca; con su semblante
plido y flaco. Oh! Dios mio! y voy yo  arrojar  esta mujer entre
los brazos del hombre  quien amo?

Angiolina se detuvo.

--Pero primero es l: no le llevo una rival odiosa, le llevo su vida.
Haria esta mujer lo mismo que yo hago? Oh! si lo haria porque le ama,
y una mujer cuando ama lo sacrifica todo, hasta su alma  su amor.

Detvose de nuevo Angiolina.

--Y es necesario despertarla: es necesario salvarla: aprovechar el
tiempo: si Aben-Aboo despertara...! es preciso, preciso, debo tratarla
con dulzura... es necesario apurar de una manera completa el sacrificio.
Todo por l, Dios mio, todo por l.

Y moviendo dulcemente  la jven, dijo:

--Despertad, doa Esperanza.

Amina abri los ojos, los cerr deslumbrada por la luz, se incorpor en
el lecho y dijo con la voz soolienta aun, pero dulce y resignada.

--Quin sois?

--Miradme, y escusadme de pronunciar mi nombre, dijo Angiolina.

--Ah! la princesa! la comedianta! exclam Amina reconocindola por la
voz.

--La infeliz! dijo Angiolina con acento conmovido.

--La infeliz! repuso con sarcasmo Amina. Qu buscais aqu?

--Os busco  vos... y soy muy feliz en encontraros.

--Que me buscais! y para qu? dijo Amina.

--Para llevar con vos la vida  vuestro esposo.

--Pues qu? mi esposo!

--Est enfermo y loco.

--Enfermo y loco! exclam aterrada Amina.

--Si, y si vos no le volveis la salud y la razn, solo Dios podr
volvrselas.

--Pero... yo no puedo creeros, vos sois mi enemiga, vos me aborreceis;
yo os aborrezco...

--Y qu importa nuestro mutuo aborrecimiento cuando se trata de su vida
y de su felicidad? El os ama, vos lo sois para l todo, y yo... yo que
le amo quiero que sea feliz.

--No, vos no le amais tanto, dijo con un concentrado acento de zelos
Amina.

--Que no le amo! que no le amo! os digo yo acaso que no sereis capaz
del mas horrible de los sacrificios por l...! Casi soy capaz de amaros,
de llamaros mi hermana, por el amor que l os tiene.

--No me engaais? dijo Amina, asiendo bruscamente las manos de la
veneciana, y mirndola frente  frente.

--Y para qu he de engaaros? Acaso tengo yo alguna esperanza de que
pueda amarme don Juan? que sea l feliz al menos, ya que no puedo serlo
yo! sed tambien vos feliz con l, seora, y acordaos alguna vez de m:
acordaos de que me le debeis...

Angiolina se ech  llorar. Amina se desarm, se conmovi, confi en su
enemiga y no supo que decirla.

La veneciana se sec las lgrimas, y dijo  Amina:

--Ya sabeis el objeto que me ha traido aqu: seguidme: aprovechemos el
tiempo y no hablemos mas porque nuestra conversacion seria muy dolorosa.

--Una palabra no mas: despues de lo que haceis yo no puedo aborreceros:
aborrecereis vos  quien os tiende su mano?

--Perdonad, seora, pero nuestra situacion es enteramente distinta: ved
que necesito mucho valor para hacer lo que hago y que ese valor me
podria faltar. No hablemos ni una palabra mas acerca de ese asunto. Os
lo suplico, os lo ruego. Pero seguidme, seguidme, porque los momentos
son preciosos.

Y se dirigi decididamente  la puerta de aquella especie de mazmorra.

Amina la sigui en silencio.

Pero una vez fuera de aquel recinto, despues de haber recorrido la
citada mina en que se encontraban, se perdieron en un laberinto de
minas, enmaraado, oscuro, que al parecer no tenia salida.

Y pasaba el tiempo.

De repente se oyeron golpes terribles que retumbaban huecos en el
subterrneo, y se repetian, cada vez mas fuertes, cada vez mas
numerosos.

Era Al que forzaba con una hacha la puerta de hierro de la escalera que
conducia  las cuevas.

Angiolina lo comprendi.

--Ah! dijo, somos perdidas: Aben-Aboo ha vuelto en s, aunque no puedo
explicrmelo, de su embriaguez; sin duda ha notado la falta de la llave
y fuerza la puerta para perseguirnos; ya no suenan los golpes, lo que
quiere decir que la puerta ha sido forzada, pero suenan pisadas sordas,
Oh! Dios mio, y qu hacer?

--Seguid, seguid, dijo Amina: me parece que siento en el rostro el
viento fresco del campo, el viento puro de la madrugada.

Como para confirmar el dicho de Amina, una rfaga apag la luz de la
lmpara, y all al fondo de la mina se vi una leve claridad.

--Seguid, seguid, dijo Amina.

Las dos jvenes siguieron, pero de repente y  los pocos pasos
tropezaron con una puerta: sobre aquella puerta una reja circular dejaba
penetrar la primera luz del alba.

--Una puerta y cerrada! grit con desesperacion Angiolina.

--Y se escuchan cerca pisadas rpidas, pisadas de hombre, repuso Amina
con angustia.

--Si la llave con que he abierto la puerta de arriba sirviese para este
postigo... dijo la veneciana.

Y prob y lanz un grito de alegra: cedi la cerradura y la puerta se
abri.

Las dos jvenes se encontraron en el repecho de una colina.

--Oh! amanece! somos perdidas: y esta puerta no puede cerrarse por
fuera...

Y mientras Angiolina reconocia la puerta, abrise esta impulsada por una
fuerza ruda, y apareci un hombre que la mir con ansia  la dbil luz
del alba.

--Ah! no sois vos, grit: es esta... esta, s...

Y asi  Amina, y parti con ella  la carrera, llevndola sobre sus
hombros.

Angiolina los sigui algn tiempo sin perderlos de vista: pero el
esclavo era vigoroso, habia ganado una delantera inmensa  Angiolina, y
esta los perdi en la revuelta de un barranco.

Y sin embargo, sigui  la ventura, sin saber si acertaba  no,
aterrada, herida en el corazon, porque lo que la habia arrebatado el
esclavo, era la vida del marqus.

Y el dia esclarecia mas y mas, y empezaban  verse sobre las colinas al
Oriente las primeras rfagas rojas de la salida del sol.

De repente Angiolina, oy un ronco estruendo de trompetas y atabales muy
cerca, y se volvi hcia donde sonaba aquel estruendo.

Al volver un repecho, se encontr de repente delante de una taifa de
monfes que se ponia en movimiento obedeciendo el toque de llamada.

Al reparar en ellos Angiolina en vez de huir, se precipit hcia los que
estaban mas cerca y que al ver una mujer hermosa y jven, se detuvieron.

--Sois monfes? pregunt con afan Angiolina.

--S, monfes somos, la contestaron. Y t eres morisca?

--S. Est con vosotros Harum-el-Geniz?

--S. Es tu pariente?

--S. Dnde est?

--En aquella loma, en la rambla.

Angiolina corri, lleg y habl.

Ya lo hemos dicho.

Continuemos ahora el anterior captulo que interrumpimos.

Corria el marqus  la ventura como sostenido por la mano de Dios; le
seguian Angiolina, Harum y algunos monfes: los otros flanqueaban la
montaa.

--Guarda! guarda! all va por Gebel-el-Rabah! guarda!  l!  l!
 l!

En efecto, los monfes delanteros habian descubierto  Al, que al
verlos, se volvi, se detuvo un momento, y lanz una mirada terrible 
los que le perseguian.

De repente el marqus de la Guardia torci un repecho, y Al le vi, y
tras l nuevas gentes cuando menos lo esperaba.

El marqus lanz un grito de triunfo y desnud su espada.

Pero apenas la habia desnudado, cuando lanz otro grito horrible de
dolor, y cay en tierra.

Habia recibido en el pecho un ballestazo disparado por Al, que asi
inmediatamente  Amina, y se di  correr por una rambla abajo en
direccion  una roca tajada.

La intencion de Al era manifiesta: no pudiendo salvarse, porque le
perseguian por derecho y le flanqueaban, concibi el terrible proyecto
de arrojarse con Amina, antes que entregarla, por aquella cortadura.

Al ver caer al marqus, al adivinar la terrible resolucion de Al, Harum
se cubri de un sudor frio, y arrancando  uno de los monfes que
llevaba al lado su ballesta armada, exclam detenindose:

--Es aventurado: es terrible: pero es preciso.

Y encarndose la ballesta, apunt con lentitud y dispar.

El venablo parti silbando, y fu  clavarse en el crneo de Al, que
rod por tierra con Amina.

Amina estaba desmayada. Harum, que ignoraba si el marqus habia sido
herido de muerte  no cuando se alejaron, volvi al sitio donde estaba
el marqus.

Angiolina le miraba sentada en el suelo, con las manos cruzadas sobre
sus rodillas, y de tiempo en tiempo soltaba una carcajada.

Se habia vuelto loca!

Harum la hizo apartar de all, recogi al marqus que solo estaba herido
levemente, y se alej con sus monfes, dejando abandonado  Al, que
habia muerto mrtir de su fidelidad  su seor.

       *       *       *       *       *

Tres dias despues, repicaban todas las campanas de Granada.

Este repique general era en albricias de que se habia acabado la guerra
de las Alpujarras.

La prueba de que la guerra se habia acabado, adelantaba por el camino de
Armilla, cerca ya del puente de Genil, en direccion  la puerta del
Rastro.

Veamos en qu consistia esta prueba.

Gran multitud de gentes estaban  los lados del camino; hasta en los
rboles habia espectadores; detrs de una inmensa muchedumbre de gentes
de todas clases, edades y sexos, que servian, por decirlo asi, de
flanqueadores, venia Leonardo de Rotulo, alcaide del presidio de Cdiar,
con su medio arns de ginete, su banda de capitan, y caballero en su
rocin. A la izquierda del alcaide iba Francisco de Barredo, vestido  la
castellana, con una gorra de belludo, una loba de camelote y unas calzas
de grana atacadas y botas altas,  caballo tambien y sin armas:  la
derecha, igualmente caballero en un magnfico caballo andaluz, rodado
con arneses de guerra, iba Harum-el-Geniz, con el ostentoso traje de
wal de los wales de los monfes, y llevando en las manos el alfange y
la escopeta de Aben-Aboo.

Detrs iba el cadver de Aben-Aboo sobre un mulo, entablillado el
cuerpo bajo los vestidos, para que pudiese tenerse derecho como si
cabalgara vivo, y  los dos lados una taifa de monfes con las ballestas
al hombro, y llevando ya, en seal de vasallaje, y como soldados del
rey, las armas reales de Espaa sobre los pechos.

Luego seguian los moros que se habian acogido al perdon,  pi y 
caballo, con sus bagajes y sus mujeres y familias: los que llevaban
ballestas, quitadas las cuerdas: los que arcabuces y escopeta, las
llaves:  los lados, llevando  los moriscos entre filas, iba la
cuadrilla de infantera del capitan Luis de Arroyo, y en la retaguardia,
cerrando la marcha, con un estandarte de caballos, Gernimo de Oviedo,
comisario de la gente de guerra de los presidios de las Alpujarras.

Entraron en el rden que hemos marcado por la puerta del Rastro de la
ciudad, haciendo salva los arcabuceros, contestando la artillera de la
Alhambra, y entre los repiques de campanas y la alegra de los de
Granada, que se consideraban salvos con haberse acabado la guerra.

Llegaron hasta el palacio de la Chancillera, donde los recibi el duque
de Arcos, el presidente don Pedro de Deza y los dems del consejo, y los
caballeros y vecinos principales de Granada.

Leonardo Rotulo, Harum-el-Geniz, y Francisco Barredo, subieron  la
cmara donde el consejo estaba, y Harum entreg al presidente el alfange
y la escopeta de Aben-Aboo, y besndole las manos en representacin del
rey, le rindi justo homenaje  nombre de los moriscos de las
Alpujarras.

Dijronle los del consejo muchas lisonjeras palabras, hicironle muchas
preguntas  que Harum contest con dignidad, y luego, asegurando  los
moriscos perdonados el cumplimiento de lo que se les habia ofrecido,
mandaron arrastrar y hacer cuartos el cadver de Aben-Aboo, y poner su
cabeza en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que
sale al camino de las Alpujarras.

       *       *       *       *       *

--Oid, hermanos, decia poco despues escondido entre las breas de las
Alpujarras Harum  sus monfes: todo se ha perdido: alentar nuevas
esperanzas, seria una locura. Nos falt nuestro emir, y nos falt todo.
Le hemos vengado: las cabezas de los dos asesinos estn la una junto 
la otra en dos jaulas de hierro, sobre una puerta del muro de Granada.
Los de Africa y los de Turqua no nos socorreran. Yo os aconsejaria que
mas bien que quedaros aqu, passeis  Africa, y sirviseis al dey de
Argel  al rey de Marruecos. Qudese aqu quien quiera, pero har mal:
los buenos tiempos en que los monfes podian hacerse respetar han
pasado, y lentamente irian dando en las manos de los cuadrilleros, y de
ellas en la horca. Dios lo ha querido asi, hijos mios. Voy  daros en
nombre de nuestro desgraciado seor el ltimo oro: despues yo,
consagrndome  la sultana Amina, salgo de Espaa. Esta es la ltima vez
que nos vemos, valientes, y al decroslo se me escapan las lgrimas.
Dios lo ha querido! Cmplase su voluntad!

Los monfes se arremolinaron y todos, unos despues de otros, vinieron 
rendir su ltimo homenaje  su primer wal.

Harum di  cada uno parte del oro que contenia un enorme cofre de
hierro, abraz  los capitanes, les di sus ltimos consejos, y mont 
caballo y se separ de ellos.

Al trasmontar la cumbre de una loma, revolvi su caballo, y mir por
ltima vez  aquellos brabos soldados con quienes habia pasado la mayor
parte de su vida: extendi los brazos hacia ellos y dijo, llorando como
un nio, aunque por la distancia no le podian oir.

--Ah! no creia yo que habia de llegar un dia en que me separara de
vosotros para no volveros  ver, mis valientes monfes, hermanos mios!

Y los monfes, cuyos rostros estaban vueltos hcia l, como si le
hubieran comprendido, agitaron sus tocas en seal de despedida, y el eco
hizo retumbar un gemido inmenso, el gemido de diez mil bocas, en las
montaas circunvecinas.

En aquel momento se ponia el sol.

Harum revolvi desesperado su caballo y le lanz  toda carrera por el
camino de Cdiar exclamando:

--Estaba escrito!




EPILOGO.


I.

Pasaron tres meses.

Al cabo de ellos, en una hermosa maana de julio, salieron por la puerta
de la Mar de Almera, un caballero anciano, otro jven, pero plido y
hermoso, y al parecer debil, que se apoyaba en el brazo de una dama
hermossima, que le miraba  cada paso con suma solicitud.

Al lado de estos dos jvenes iba una doncella que llevaba en brazos una
nia como de dos  tres aos, tan hermosa como la dama.

Por ltimo, detrs iba una numerosa servidumbre.

Nos parece intil decir que aquellas personas eran Calpuc, el marqus de
la Guardia,  mejor dicho, el duque de la Jarilla, su esposa la noble y
hermosa duquesa doa Esperanza de Crdenas y su pequea hija.

Llegaron  la ribera, entraron en una lancha y se dirigieron en ella 
una enorme galera de dos bandas surta en el puerto.

Cuando saltaron  bordo, se quedaron mirando con inquietud  la playa.

--En qu consistir la tardanza de Harum? dijo Amina: sabe que  pesar
de que el rey disimula con nosotros, no estamos seguros, y que es
prudente apartarnos cuanto antes de Espaa.

--Hlo ah, hlo ah, dijo con la alegra de un nio el marqus de la
Guardia: mrale, Esperanza mia: pero es que no comprendo esa multitud de
acmilas que le siguen cargadas de toneles.

--Ah! ni yo tampoco, dijo Esperanza.

--Ni yo, aadi Calpuc.

--Pronto lo hemos de ver, dijo el marqus, porque embarca en lanchas los
toneles.

--Apostaria  que s lo que aquello es, dijo Calpuc.

--El tesoro de mi infeliz padre, dijo Esperanza conmovida: oh!
pluguiera  Dios que nos apartramos miserables de Espaa pero con l!

Cuando Harum puso  bordo los toneles, dijo  Esperanza:

--Poderosa sultana, todo lo que enriquecia el alczar de tus abuelos,
sus joyas, sus tesoros, va contigo.

--Y esa pobre mujer! dijo Esperanza casi al oido de Harum.

--Ah! la horrible veneciana! su locura es admirable;  mi despecho he
dejado casi un tesoro en manos de mi hermano Gonzalo para que cuide de
ella: Bah!  pesar de todo la tengo lstima: le amaba tanto! y le
cree muerto!

--Qu es eso? dijo el marqus.

--Nada: hablbamos de si Harum habia dejado algo  su familia para que
se consolase de su ausencia, dijo Esperanza enjugndose una lgrima.

Harum se volvi al patron que se paseaba sobre cubierta:

--Nostramo, le dijo:  zarpar: el viento es fresco: rumbo  las costas
de Francia y que Dios nos d buen pasaje.

Poco despues la galera, viento en popa, adelantaba gallardamente,
reclinada sobre un costado.


II.

Diez aos despues, la infeliz doa Isabel de Crdoba y de Vlor, mrtir
del amor, asesinado su esposo por su hijo, muerto su hijo por sus
parciales, muri en el convento de Santa Isabel la Real de Granada, 
donde se habia retirado, y el mismo dia en que una jven acompaada de
su madre, y de un caballero mas bien viejo que jven, preguntaban por
ella en la portera.

La enfermedad de doa Isabel era una consuncion lenta; se habia secado
en su corazon el raudal de las lgrimas; la sonrisa no aparecia jams en
su boca, y pasaba la mayor parte de su tiempo, arrodillada ante Dios en
el coro, inmvil y silenciosa como una esttua.

Desde que se habia retirado al claustro, nadie habia ido  preguntar por
ella, nicamente de mes  mes llegaba una carta de Francia; aquella
carta contenia cuatro cosas: consuelos delicados como pudieran suponerse
los de un ngel; la firma de Esperanza de Crdenas; la de
Harum-el-Geniz, y una libranza de cien ducados contra genoveses.

Doa Isabel besaba aquella carta, la metia con las anteriores en una
cartera, se ponia la cartera sobre el corazon, y entregaba la libranza 
la abadesa dicindola siempre:

--Dad  los pobres, seora, lo que despues de lo mas preciso para mi
sustento, sobre de esa cantidad.

Maravillse, pues, la madre tornera de que  los diez aos una voz de
dama, y de dama al parecer por lo mesurado y noble de sus palabras, muy
principal, preguntara por doa Isabel de Crdoba y de Vlor.

--Ah! seora, est enferma y acaso Dios la llamar hoy mismo.

La dama exhal un ligero grito.

--Ah! exclam: pues necesito verla, deseo verla! oh Dios mio!

--De modo que si furais una parienta suya inmediata!

--Soy hija de su difunto esposo! dijo con angustia la dama.

Mediaron mensajes, y al fin la superiora permiti que la dama y la nia
entrasen, pero no fue posible que entrase el caballero, que se qued,
renegando del que habia inventado la clausura, en la portera.

Las dos seoras entraron en una humilde celda: doa Isabel con los
hermosos ojos dilatados, flaca, blanca hasta lo difano, sonri
imperceptiblemente al ver  la dama y  la nia.

--Oh! bendito sea Dios, exclam, que me envia un ngel antes de morir!

--Madre mia! exclam Esperanza arrojndose sobre doa Isabel y
besndola.

La enferma pareci reanimarse, y por primera vez despues de diez aos,
brotaron lgrimas  sus ojos.

--Y t eres feliz, hija mia? la dijo.

--Oh! s! y seria mas feliz si os encontrase buena, si os pudiese
llevar conmigo. Mi esposo ha vuelto  Espaa, y  fuerza de oro ha
conseguido que se reconozcan nuestros ttulos... pero vos...

--Y qu importo yo..? djame ver  tu hija,  la nieta de mi Yaye...

Doa Esperanza se levant de sobre el rostro de doa Isabel, y asi  su
hija de la mano.

Al verla la enferma di un grito horrible:

--Oh! Dios mio! exclam, me traes en esa nia, cuando voy  morir, su
rostro y su mirada!

En efecto, la nieta se parecia enteramente al abuelo.

Doa Isabel no volvi  hablar, y muri aquella tarde entre los brazos
de Esperanza.

Esta sali llorando, la nia triste; y Harum, que era el caballero que
se habia quedado fuera, blasfemando.

Pero le quedaba  Harum que ser testigo de otra agona, aunque no le fue
tan dolorosa.

Un mes despues tom  caballo y solo el camino de las Alpujarras.

--Es un extrao capricho, decia para sus adentros, que la sultana Amina
(Harum cuando hablaba consigo mismo no daba otro nombre  la hija del
emir) se interese tanto por la suerte de esa mujer que la ha hecho
probar tantas desgracias, y que casi casi tiene la culpa de que no se
siente en un trono: como que si el emir no hubiera sido herido y preso
en la Inquisicion... Y qu necesidad tiene la sultana..? est mas
hermosa que nunca; el seor duque de la Jarilla, su muy adorado esposo,
ha echado fuera la ruinera, y la adora: Dios no los ha castigado con
hijos: la luz de mis ojos, la pequea Estrella no puede ser mas cndida
ni mas hermosa: pues seor, vngase vuesa merced  las Alpujarras, donde
necesariamente tengo que padecer, aunque no sea mas que por los
recuerdos,  saber de una loca castigada justamente por Dios. Vamos: si
yo no la amara tanto...

Atravesaba en aquellos momentos un desfiladero que conocia demasiado, y
detuvo su caballo, se puso las dos manos en la boca  manera de embudo,
y lanz un grito salvaje.

El eco le repiti  la redonda: pero nadie contest  aquel grito.

--No queda ni uno solo! exclam roncamente Harum: si uno solo quedase,
estaria precisamente aqu, en el lugar mas inaccesible, mas solitario,
mas seguro. En otro tiempo, cuando yo hacia esta seal, de detrs de
cada piedra sala un monf. Y pensar que yo paso ahora por aqu como un
forastero! Yo que he sido el rey de la montaa! Y ver que las rocas
estan en el mismo sitio, y que los monfes han pasado como sino hubieran
existido nunca! Ira de Dios!

Apret las espuelas  su caballo, y lleg aquella noche  Mecina de
Bombaron, y  casa de su hermano Gonzalo.

Despues de la charla natural de dos hermanos que no se han visto en diez
aos, Harum pregunt por doa Anglica.

--Pobre seora! dijo Gonzalo: y cunta compasion me causa  pesar de
todo!

--Contina en la locura..?

--Cada vez mas furiosa... pero Dios ha tenido compasion de ella...

--Cmo!

--El mdico dice que se muere.

--Perdnela Dios, dijo friamente Harum.

--Oh! ven, ven, hermano, y te juro que tendrs compasion de ella.

Y le llev  un aposento inmediato.

--Oh! lo de siempre, exclam, viendo un lecho vaco y revuelto; se ha
escapado  la montaa... y en el estado en que se encuentra... y de
noche... Gabriela! hija! dame mi loba y mi arcabuz, y suelta  la
ventora.

--Pero,  dnde vas Gonzalo?

--Dnde he de ir sino por ella! infeliz... ven conmigo, si quieres;
ven, y vers una cosa que te partir el corazn... yo no crei que
pudiese amar tanto una mujer.

--Amor maldito! dijo Harum siguiendo  su hermano.

Por el camino que hacian  gran paso, guiados por ventora, Gonzalo cont
 Harum cmo Angiolina tenia el capricho de vestirse de blanco; que al
contrario de otras locas se aliaba, se peinaba, cuidaba de s misma, y
que cuando la preguntaban las traviesas muchachas, si lo hacia para
enamorar  alguien, contestaba:

--Oh! si! cuando voy  verle las noches de luna, cuando me arrodillo
delante de la cruz, l se levanta detrs de ella, y me mira fijamente...
es mi amado, y es muy hermoso... yo quiero parecerle hermosa.

--Diablo! Diablo! dijo al oir esto Harum.

--Y es intil pretender que no vaya  la montaa: siempre inventa un
medio ingenioso para escaparse.

--Oh! si: pluguiera al Altsimo que no hubiera tenido tanto ingenio,
replic Harum.

--Y es preciso llevar para encontrarla la ventora por que unas veces va
al castillo de Vrchul, otras  la cueva, otras  Gebel-Rabah... pero
esta noche, segun el camino que lleva la ventora, ha ido  la sepultura.

--A qu sepultura?

--A la sepultura de su amante.

--Ah!

--Si; hay un lugar al pi de Gebel-Rabah, donde ha puesto una cruz
formada con ramas de pino, donde pretende que duerme su enamorado, cuya
sombra se levanta cuando ella llega.

--Dios la ha castigado en justicia!

--Ha sido demasiado castigo, Harum. Pero vamos llegando; mucho ser que
no la encontremos...

--Muerta!

--Bien pudiera ser! ya te he dicho que el mdico la habia sentenciado,
y estaba tan dbil...

En aquel momento ahull la perra.

--No te lo decia yo, dijo Gonzalo! y se precipit  un cercano repecho.

Harum le sigui.

De repente se levant una sombra blanca al rayo de la luna, corri hcia
ellos, y cay entre los brazos de Gonzalo el Geniz.

--Ah! socorredme! socorredme! exclam: yo no s dnde estoy! quin
me ha traido aqu? Sola, de noche, vestida de blanco, tendida sobre una
sepultura.

--Habeis venido  ver  vuestro amante como otras veces.

--A mi amante! exclam Angiolina y rompi  llorar.

--Oh! cuidado, Gonzalo, cuidado, dicen que los locos cuando lloran
recobran la razon.

--Los locos! los locos! exclam Angiolina. Conque he estado loca?
Quin sois vos? acercaos, no os veo.

--Soy Harum-el-Geniz.

--Ah! Dios mio! si es cierto, este lugar! aqu le v caer herido: mi
sacrificio fue intil... cundo sucedi eso...? cundo...? no me
acuerdo: me parece que acaba de suceder.

--Vuestro sacrificio no ha sido intil, seora, porque el marqus vive.

--Pero no vivir muriendo como yo! no es verdad?

--El marqus es muy feliz, dijo el rencoroso Harum, que no podia olvidar
los crmenes  que su amor habia llevado  Angiolina.

--Feliz, muy feliz! exclam con ansia de amor ella!

--Oh! si!

--Y ha recobrado la salud?

--Oh! si!

--Gracias, Dios mio! gracias! exclam Angiolina: t no has querido
que muera desesperada!

Y sus rodillas se doblaron, y Gonzalo se vi obligado  sostenerla.

--Decid....  la sultana.... que me perdone.... y  l....  l no le
digais nada.... si por milagro algun dia preguntase.... por m....
decidle que vivo....! y que.... soy feliz!

Angiolina no habl mas: algun tiempo despues muri.

Harum al verla plida, muerta, inmvil, exclam:

--Hermosa aun muerta! Era mucha, mucha mujer! Perdnela Dios!

--Ya no veran mas los pastores  la Dama blanca de la montaa, como
llamaban  doa Anglica.

--Ni  los monfes, replic suspirando Harum.

Y, sin embargo, si viajais por las Alpujarras sobre la escueta albarda
de un asno vigoroso; si alguna vez al amanecer se levanta la niebla
sobre los barrancos remedando figuras fantsticas, el arriero, que
probablemente ser oriundo de los moriscos, os preguntar sealndoos
las crestas envueltas por las brumas:

--Sabe V. lo que es aquello?

--Aquello es niebla, le respondereis.

--Niebla, eh! para mi abuela: aquella figura alta que anda tan
reposadamente es la Dama blanca de la montaa: y las otras figuras que
la siguen, los Monfes de las Alpujarras.

FIN.




NDICE

DE LOS CAPTULOS QUE CONTIENE ESTA OBRA.


PRIMERA PARTE.

LOS AMORES DE YAYE.

                                                                     Pg.

CAPTULO PRIMERO. El edicto del seor emperador.                       3

CAP. II. De cmo un hombre puede amar por
caridad  una mujer, de cmo  veces, puede
parecer la caridad amor.                                               6

CAP. III. De cmo puede haber reyes sin reino
conocido, y abdicaciones de las cuales no se
hace cargo la historia.                                               12

CAP. IV. Lo que eran los monfes.--Yuzuf
cuenta su historia  Yaye.                                            19

CAP. V. Del encuentro que tuvieron en el camino
antes de llegar  Granada nuestros caminantes.                        30

CAP. VI. En que se presentan nuevos  interesantes
personajes.                                                           33

CAP. VII. En que se relatan extraos  importantes
sucesos.                                                              43

CAP. VIII. El emir se ha perdido!                                    47

CAP. IX. En que se sabe lo que hicieron con
Miguel Lopez, don Diego y don Fernando de
Vlor.                                                                id.

CAP. X. Del resultado que tuvieron las investigaciones
de Arum.                                                              62

CAP. XI. Hasta adonde habia llegado doa Elvira,
arrastrada por su amor  Yaye.                                        66

CAP. XII. De cmo Dios premi la constancia de
Yaye.                                                                 68

CAP. XIII. De cmo la caridad era una virtud
peligrossima para el poderoso emir de los
monfes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar.                                     69

CAP. XIV. En que se sabe por qu habia dejado
su casa el capitan estropeado.                                        76

CAP. XV. De cmo el capitan Sedeo hizo traicion
 todo el mundo.                                                      90

CAP. XVI. La venganza de don Diego de Cordoba
y de Vlor.                                                           93

CAP. XVII. Cmo se encontraron el rey del desierto
y el capitan estropeado.                                              95

CAP. XVIII. Continuacion del anterior.                                98

CAP. XIX. De como la justicia fu  cerrar la
casa del capitan, dejndola enteramente deshabitada.                  99

CAP. XX. Estrella.                                                   100

CAP. XXI. Los Xeques del Albaicin.                                   104

CAP. XXII. Del tristsimo y horrible encuentro
que tuvo un caballero al entrar en Granada.                          106

CAP. XXIII. Los desfiladeros de Dar-al-Huet.                         109

CAP. XXIV. De cmo,  causa del levantamiento
del Albaicin, cometi Yaye su primera
infamia.                                                             111

CAP. XXV. Cmo encontr Yaye  su padre.                             115

CAP. XXVI. Procedimientos judiciales.                                116

CAP. XXVII. De cmo fue el casamiento de
Yaye.                                                                119


SEGUNDA PARTE.

EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.

CAPTULO PRIMERO. Tres notabilidades de la crte
del rey don Felipe.                                                  125

CAP. II. La hermosa duquesita se ha perdido!                        130

CAP. III. De cmo un nio puede ser el dedo
de Dios.                                                             131

CAP. IV. La fuerza de la mujer.                                      132

CAP. V. De cmo el marquesito di una prueba
de que estaba perdidamente enamorado
de Amina, pensando en casarse con ella.                              140

CAP. VI. Del medio que eligi el marquesito de
la Guardia para irritar el amor de Amina.                            142

CAP. VII. La una por la otra.                                        145

CAP. VIII. Zelos italianos.                                          149

CAP. IX. De la no menos extraa aventura que
sucedi al marquesito mientras rondaba  la
hermosa duquesita.                                                   152

CAP. X. Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.                  154

CAP. XI. Lo que puede el amor de una mujer.                          158

CAP. XII. Lo que hizo la princesa arrastrada por
sus zelos.                                                           161

CAP. XIII. De cmo la princesa y Cisneros, fueron
la dama y el galan de una escena de comedia.                         165

CAP. XIV. De cmo la princesa descubri que
era mas fcil su venganza que lo que habia
creido.                                                              166

CAP. XV. De cmo se conjuraba todo contra el
emir de los monfes.                                                 167

CAP. XVI. Continan las contrariedades del
emir.                                                                170

CAP. XVII. Quin era el prncipe Lorenzini
Maffei.                                                              173

CAP. XVIII. Complicaciones.                                          178

CAP. XIX. De cmo se vieron obligados  salir
de la crte algunos de nuestro personajes.                           183

CAP. XX. De cmo el rey don Felipe y la Inquisicion
se convencieron de que no podian
todo lo que querian.                                                 186

CAP. XXI. De lo que pas en un calabozo de la
Inquisicion de Madrid.                                               190

CAP. XXII. Que sirve de eplogo  esta segunda
parte.                                                               193


TERCERA PARTE.

LA REBELION.

CAPTULO PRIMERO. El castillo y la atalaya.                          194

CAP. II. El peregrino y el ermitao.                                 198

CAP. III. La recua, el carro y el ginete.                            200

CAP. IV. El corral del carbon.                                       205

CAP. V. De lo que vi y oy Diego Lopez en el
poco tiempo que estuvo en la hospedera del
Carbon.                                                              210

CAP. VI. En que contina un asunto suspendido
en el anterior.                                                      213

CAP. VII. De cmo hasta el fin del captulo no
pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca
de sus inquilinos.                                                   217

CAP. VIII. El panderete de las brujas.                               222

CAP. IX. De cmo por el amor se olvida la
amistad.                                                             227

CAP. X. En que se trata de lo que pas entre
la sultana Amina y Aben-Aboo.                                        233

CAP. XI. Alianza de sangre y lodo.                                   235

CAP. XII. De cmo fue la proclamacion de Aben-Humeya.                237

CAP. XIII. Cmo estaba gobernada la villa de
Cdiar.                                                              244

CAP. XIV. El licenciado Juan de Ribera.                              245

CAP. XV. Lo que iba  hacer  Cdiar Aben-Jahauar-el-Zaquer.         248

CAP. XVI. De qu manera servia  quien le pagaba,
maese Barbillo.                                                      251

CAP. XVII. El capitan Diego de Herrera.                              255

CAP. XVIII. El palacio encantado.                                    257

CAP. XIX. El exmen de doctrina cristiana.                           263

CAP. XX. De cmo fue el casamiento del marqus
de la Guardia.                                                       267

CAP. XXI. Continuacion del anterior.                                 271

CAP. XXII. Lo que hicieron contra el emir
Aben-Aboo y Aben-Jahuar.                                             274

CAP. XXIII. Como trataba Yaye  sus parientes.                       276

CAP. XXIV. De cmo se encontraron reunidas
de una manera extraa, personas que se
creian muy separadas.                                                278

CAP. XXV. De cmo satisfizo Mari-Blanca la
honra de su padre.                                                   283

CAP. XXVI. De cmo fue para la villa de Cdiar
y para otras muchas en las Alpujarras,
una noche muy mala la Noche-Buena
de 1568.                                                             286

CAP. XXVII. Contina el asunto interrumpido
en el anterior.                                                      292

CAP. XXVIII. Continan las escenas de sangre.                        295

CAP. XXIX. De lo que aconteci aquella misma
noche en Granada.                                                    299

CAP. XXX. Complemento del anterior.                                  301

CAP. XXXI. De cmo supo Yaye que su mala
estrella se le hacia cada vez mas enemiga.                           302

CAP. XXXII. En que se ve que se estrechan las
distancias entre nuestros personajes.                                305

CAP. XXXIII. En que el autor deja la historia
para tomar otra vez la novela.                                       307

CAP. XXXIV. De cmo puede parecer feliz y aun
serlo  medias un desgraciado.                                        id.

CAP. XXXV. El reverso de la medalla.                                 311

CAP. XXXVI. En que el autor descubre donde
estaban los que se habian perdido.                                   314

CAP. XXXVII. En que se cuentan sucesos horribles.                    318

CAP. XXXVIII. En que empieza  desenlazarse
nuestra historia, con la salida para la eternidad
de dos de sus principales personajes.                                320

CAP. XXXIX. De cmo se perdieron de nuevo
Amina y el marqus.                                                  334


CONCLUSION.

LA VENGANZA DE LOS MONFES.


CAP. XL. En qu estado se encontraba la guerra
de las Alpujarras algunos meses despues
de los sucesos anteriores.                                           326

CAP. XLI. De lo que aconteci  los moriscos
de Granada la vspera de San Juan de 1559.                           331

CAP. XLII. De cmo empezaba Harum  vengar
al emir.                                                             332

CAP. XLIII. De cmo la princesa Angiolina Visconti
volvia  ser un instrumento manejado
por Harum.                                                           333

CAP. XLIV. De cmo los capitanes turcos sirvieron
 Aben-Aboo  creyeron servirse  s
mismos.                                                              335

CAP. XLV. En que volvemos  encontrar al perdido
marqus de la Guardia, y se sabe cmo
escap del subterrneo de la princesa encantada,
y la escena que tuvo con su antigua
amante.                                                              339

CAP. XLVI. De cmo fue la muerte de Aben-Humeya.                     341

CAP. XLVII. Resea de la continuacion de la
guerra de las Alpujarras hasta su terminacion.                       345

CAP. XLVIII. En que se sabe entre otras muchas
cosas importantes, de qu muerte muri
Aben-Aboo.                                                           348

Cap. XLIX. En que se cuenta lo que pas en
las cuevas del castillo de Vrchul.                                  354

EPLOGO.                                                             356

FIN DEL INDICE.

       *       *       *       *       *

Notas:

[1] Este arzobispo era el cardenal don Fray Francisco Jimenez de
Cisneros.

[2] Llamaban los moros de Granada _Elches_  los descendentes de
cristianos renegados que habindose hecho moros vivian entre ellos.

[3] Despues de oscurecer.

[4] Ancianos, gefes de tribu.

[5] Como si en castellano dijramos monge.

[6] El mas alto de Sierra Nevada.

[7] Equivalente  gobernador,  capitan de gente de guerra.

[8] No hay otro Dios que Dios.

[9] Es una de las prescripciones del Koran, que los califas, reyes 
emires, no puedan casarse sino con doncellas.

[10] Este corral ocupaba poco mas  menos el mismo sitio que hoy ocupa
el teatro del Prncipe.

[11] En aquel tiempo aun no tenian los cardenales el tratamiento de
eminencia.

[12] Lucero de la maana: as llamaron los moros de Granada  doa
Isabel de Sols, que fue sultana por su casamiento con Muley-Hacem.

[13] La honesta.

[14] Fue la muerte del prncipe  24 de Julio de 1568.

[15] Alabanza  Dios.

[16] No hay otro Dios que Dios.

[17] De los morabitos  penitentes.

[18] Alguacil dicen ellos (los moros) al primer oficio despues de la
persona del rey, que tiene libre poder en la vida y muerte de los
hombres, sin consultarlo.--_Hurtado de Mendoza.--Guerra de
Granada.--Libro I._--Al fin entraron algunos de por medio, y los
concertaron de esta manera: que don Fernando de Vlor fuese el rey, y
Farax su alguacil mayor, que es el oficio mas preeminente entre los
moros cerca de la persona real.--_Marmol.--Rebelion de los
moriscos.--Libro IV.--Captulo VII._

[19] Abencerrages.

[20] Vase el discurso de Aben-Jahuar el Zaquer en Hurtado de Mendoza,
Guerra de Granada.--Libro I.

[21] Los moros llaman jofores  las profecas.

[22] Este largo nombre rabe quiere decir en castellano: rey servidor de
Dios el pequeo y el desdichadillo.

[23] Llambase en aquellos tiempos, y aun casi hasta nuestros dias,
palestrilla, el lugar donde se tiraba la espada blanca  negra. Este
lugar, que era siempre en las plazas publicas, estaba demarcado por
cuatro escaos, dentro de los cuales, en presencia de un maestro de
armas, se sacudian tajos y reveses todos los que querian, sin careta ni
otro objeto alguno defensivo, y sin mas precaucion que un boton puesto
en las puntas de las espadas y de las dagas.

[24] _Malicatu-'l-Zarah_, reina de las flores.

[25] Lo que equivale  nuestra denominacion de capitan general.

[26] Mrmol: historia de la rebelion y castigo de los moriscos de
Granada: libro IV, captulo IV.

[27] Lo primero que hicieron fue apellidar el nombre y secta de Mahoma,
declarando ser moros agenos de la santa fe catlica, que tantos aos
habia que profesaban ellos y sus padres y abuelos... Y  un mismo tiempo
sin respetar con divina ni humana, como enemigos de toda religion y
caridad, llenos de rabia cruel y diablica ira, robaron, quemaron, y
destruyeron las iglesias, despedazaron las venerables imgenes,
deshicieron los altares, y poniendo manos violentas en los sacerdotes de
Jesucristo, que les enseaban cosas de la fe, y administraban los
sacramentos, los llevaron por las calles y plazas desnudos y descalzos,
en pblico escarnio y afrenta. A unos asaetearon,  otros quemaron
vivos, y  muchos hicieron padecer diversos gneros de martirios. La
misma crueldad usaron con los cristianos legos que moraban en aquellos
lugares, sin respetar vecino  vecino, compadre  compadre, ni amigo 
amigo; y aunque algunos lo quisieron hacer no fueron parte para ello,
porque era tanta la ira de los malos, que matando cuantos les venan 
las manos, tampoco daban vida  quien se lo impedia. Robronles las
casas, y  los que se recogian en las torres y lugares fuertes, los
cercaron y rodearon con llamas de fuego, y quemando  muchos de ellos, 
todos los que se les rindieron  partido dieron igualmente la muerte, no
queriendo que quedase hombre cristiano vivo en toda la tierra que pasase
de diez aos arriba. Mrmol: historia de la rebelion y castigo de los
moriscos del reino de Granada: Lib. IV, cap. VIII.

[28] Cuesta de la Fortaleza.

[29] Ermitao.

[30] El jugo de esta yerba produce embriaguez y modorra.

[31] Lucero de la maana.

[32] Muley, corrupcion de Malek, significa rey.

[33] Sidy, significa seor.






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Manuel Fernndez y Gonzlez

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