The Project Gutenberg EBook of Abel Snchez, by Miguel De Unamuno

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Title: Abel Snchez
       Una Historia de Pasin

Author: Miguel De Unamuno

Release Date: December 25, 2013 [EBook #44512]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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  ABEL SNCHEZ


  UNA HISTORIA DE PASIN

  IMP. JOS POVEDA.--PRNCIPE, 24.--MADRID




       ABEL SNCHEZ

  UNA HISTORIA DE PASIN

           POR
    MIGUEL DE UNAMUNO


  [Ilustracin]


  RENACIMIENTO
  SAN MARCOS, 42
  MADRID
  1917




ABEL SNCHEZ

UNA HISTORIA DE PASIN


Al morir Joaqun Monegro encontrse entre sus papeles una especie de
Memoria de la sombra pasin que le hubo devorado en vida. Entremzclase
en este relato fragmentos tomados de esa confesin--as lo rotul--, y
que vienen a ser al modo de comentario que se haca Joaqun a s mismo
de su propia dolencia. Esos fragmentos van entrecomillados. La
=Confesin= iba dirigida a su hija.




I


No recordaban Abel Snchez y Joaqun Monegro desde cundo se conocan.
Eran conocidos desde antes de la niez, desde la primera infancia, pues
ya sus sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aun ellos no
saban hablar. Aprendi cada uno de ellos a conocerse conociendo al
otro. Y as vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento casi,
ms bien hermanos de crianza.

En sus paseos, en sus juegos, en sus otras amistades comunes, pareca
dominar e iniciarlo todo Joaqun, el ms voluntarioso; pero era Abel
quien, pareciendo ceder, haca la suya siempre. Y es que le importaba
ms no obedecer que mandar. Casi nunca rean. Por m como t
quieras...! le deca Abel a Joaqun, y ste se exasperaba a las veces
porque con aquel como t quieras...! esquivaba las disputas.

--Nunca me dices que no!--exclamaba Joaqun.

--Y para qu?--responda el otro.

--Bueno, este no quiere que vayamos al Pinar--dijo una vez aquel cuando
varios compaeros se disponan a un paseo.

--Yo? pues no he de quererlo...!--exclam Abel.--S, hombre, s; como t
quieras. Vamos all!

--No, como yo quiera, no! Ya te he dicho otras veces que no! Como yo
quiera no! T no quieres ir!

--Que s, hombre...

--Pues entonces no lo quiero yo...

--Ni yo tampoco...

--Eso no vale--grit ya Joaqun.--O con l o conmigo!

Y todos se fueron con Abel, dejndole a Joaqun solo.

Al comentar ste en sus _Confesiones_ tal suceso de la infancia,
escriba: Ya desde entonces era l simptico, no saba por qu, y
antiptico yo, sin que se me alcanzara mejor la causa de ello, y me
dejaban solo. Desde nio me aislaron mis amigos.

Durante los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaqun era
el empolln, el que iba a la caza de los premios, el primero en las
aulas y el primero Abel fuera de ellas, en el patio del Instituto, en la
calle, en el campo, en los novillos, entre los compaeros. Abel era el
que haca reir con sus gracias y, sobre todo, obtena triunfos de
aplauso por las caricaturas que de los catedrticos haca. Joaqun es
mucho ms aplicado, pero Abel es ms listo... si se pusiera a
estudiar... Y este juicio comn de los compaeros, sabido por Joaqun,
no haca sino envenenarle el corazn. Lleg a sentir la tentacin de
descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro campo, pero
dicindose: bah! qu saben ellos... sigui fiel a su propio natural.
Adems, por ms que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no
lo consegua. Sus chistes no eran redos y pasaba por ser
fundamentalmente serio. T eres fnebre--sola decirle Federico
Cuadrado--tus chistes son chistes de duelo.

Concluyeron ambos el bachillerato. Abel se dedic a ser artista
siguiendo el estudio de la pintura y Joaqun se matricul en la Facultad
de Medicina. Veanse con frecuencia y hablaba cada uno al otro de los
progresos que en sus respectivos estudios hacan, empendose Joaqun en
probarle a Abel que la Medicina era tambin un arte y hasta un arte
bella, en que caba inspiracin potica. Otras veces, en cambio, daba en
menospreciar las bellas artes, enervadoras del espritu, exaltando la
ciencia, que es la que eleva, fortifica y ensancha el espritu con la
verdad.

--Pero es que la Medicina tampoco es ciencia--le deca Abel.--No es sino
un arte, una prctica derivada de ciencias.

--Es que yo no he de dedicarme al oficio de curar enfermos--replicaba
Joaqun.

--Oficio muy honrado y muy til...--aada el otro.

--S, pero no para m. Ser todo lo honrado y todo lo til que quieras,
pero detesto esa honradez y esa utilidad. Para otros el hacer dinero
tomando el pulso, mirando la lengua y recetando cualquier cosa. Yo
aspiro a ms.

--A ms?

--S, yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la
investigacin cientfica. La gloria mdica es de los que descubrieron el
secreto de alguna enfermedad y no de los que aplicaron el descubrimiento
con mayor o menor fortuna.

--Me gusta verte as, tan idealista.

--Pues qu, crees que slo vosotros, los artistas, los pintores, sois
con la gloria?

--Hombre, nadie te ha dicho que yo suee con tal cosa...

--Que no? pues por qu, si no, te has dedicado a pintar?

--Porque si se acierta es oficio que promete...

--Que promete?

--Vamos, s, que da dinero.

--A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco desde que nacimos casi. A
m no me la das. Te conozco.

--Y he pretendido nunca engaarte?

--No, pero t engaas sin pretenderlo. Con ese aire de no importarte
nada, de tomar la vida en juego, de drsete un comino de todo, eres un
terrible ambicioso...

--Ambicioso yo?

--S, ambicioso de gloria, de fama, de renombre... Lo fuiste siempre, de
nacimiento. Slo que solapadamente.

--Pero ven ac, Joaqun, y dime: te disput nunca tus premios? no fuiste
t siempre el primero en clase? el chico que promete?

--S, pero el gallito, el nio mimado de los compaeros t...

--Y qu iba yo a hacerle...?

--Me querrs hacer creer que no buscabas esa especie de popularidad...?

--Haberla buscado t...

--Yo? yo? Desprecio a la masa!

--Bueno, bueno, djame de esas tonteras y crate de ellas. Mejor ser
que me hables otra vez de tu novia.

--Novia?

--Bueno, de esa tu primita que quieres que lo sea.

Porque Joaqun estaba queriendo forzar el corazn de su prima Helena y
haba puesto en su empeo amoroso todo el ahinco de su nimo
reconcentrado y suspicaz. Y sus desahogos, los inevitables y saludables
desahogos de enamorado en lucha, eran con su amigo Abel.

Y lo que Helena le haca sufrir!

--Cada vez la entiendo menos--sola decirle a Abel.--Esa muchacha es
para m una esfinge...

--Ya sabes lo que deca Oscar Wilde, o quien fuese, que toda mujer es
una esfinge sin secreto.

--Pues Helena parece tenerlo. Debe de querer a otro, aunque ste no lo
sepa. Estoy seguro de que quiere a otro.

--Y por qu?

--De otro modo no me explico su actitud conmigo...

--Es decir, que porque no quiere quererte a ti... quererte para novio,
que como primo s te querr...

--No te burles!

--Bueno, pues porque no quiere quererte para novio, o ms claro, para
marido, tiene que estar enamorada de otro? Bonita lgica!

--Yo me entiendo!

--S, y tambin yo te entiendo.

--T?

--No pretendes ser quien mejor me conoce? Qu mucho, pues, que yo
pretenda conocerte? Nos conocimos a un tiempo.

--Te digo que esa mujer me trae loco y me har perder la paciencia. Est
jugando conmigo. Si me hubiera dicho desde un principio que no, bien
estaba, pero tenerme as, diciendo que lo ver, que lo pensar... Esas
cosas no se piensan... coqueta!

--Es que te est estudiando.

--Estudindome a m? Ella? Qu tengo yo que estudiar? Qu puede ella
estudiar?

--Joaqun, Joaqun, te ests rebajando y la ests rebajando...! O crees
que no ms verte y oirte y saber que la quieres y ya deba rendrsete?

--S, siempre he sido antiptico...

--Vamos, hombre, no te pongas as...

--Es que esa mujer est jugando conmigo! Es que no es noble jugar as
con un hombre como yo, franco, leal, abierto... Pero si vieras qu
hermosa est! Y cuanto ms fra y ms desdeosa se pone ms hermosa. Hay
veces que no s si la quiero o la aborrezco ms...! Quieres que te
presente a ella...?

--Hombre, si t...

--Bueno; os presentar.

--Y si ella quiere...

--Qu?

--Le har un retrato.

--Hombre, s!

Mas aquella noche durmi Joaqun mal rumiando lo del retrato, pensando
en que Abel Snchez, el simptico sin proponrselo, el mimado del favor
ajeno, iba a retratarle a Helena.

Qu saldra de all? Encontrara tambin Helena, como sus compaeros de
ellos, ms simptico a Abel? Pens negarse a la presentacin, mas como
ya se la haba prometido.




II


--Qu tal te pareci mi prima?--le preguntaba Joaqun a Abel al da
siguiente de habrsela presentado y propuesto a ella, a Helena, lo del
retrato, que acoji alborozada de satisfaccin.

--Hombre, quieres la verdad?

--La verdad siempre, Abel; si nos dijramos siempre la verdad, toda la
verdad, esto sera el paraso.

--S, y si se la dijera cada cual a s mismo...

--Bueno, pues la verdad!

--La verdad es que tu prima y futura novia, acaso esposa, Helena, me
parece una pava real... es decir, un pavo real hembra... ya me
entiendes...

--S, te entiendo.

--Como no s expresarme bien ms que con el pincel...

--Y vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo la rueda
acaso, con su cola llena de ojos, su cabecita...

--Para modelo, excelente! Excelente, chico! Qu ojos! Qu boca! Esa boca
carnosa y a la vez fruncida... esos ojos que no miran... Qu cuello! Y
sobre todo qu color de tez! Si no te incomodas...

--Incomodarme yo?

--Te dir que tiene un color como de india brava, o mejor, de fiera
indmita. Hay algo, en el mejor sentido, de pantera en ella. Y todo ello
framente.

--Y tan framente!

--Nada, chico, que espero hacerte un retrato estupendo.

--A m? Ser a ella?

--No, el retrato ser para ti, aunque de ella.

--No, eso no, el retrato ser para ella!

--Bien, para los dos. Quin sabe... Acaso con l os una.

--Vamos, s, que de retratista pasas a...

--A lo que quieras, Joaqun, a celestino, con tal de que dejes de sufrir
as. Me duele verte de esa manera.

Empezaron las sesiones de pintura, reunindose los tres. Helena se
posaba en su asiento solemne y fra, henchida de desdn, como una diosa
llevada por el destino. Puedo hablar?, pregunt al primer da, y Abel
le contest: S, puede usted hablar y moverse; para m es mejor que
hable y se mueva, porque as vive la fisonoma... Esto no es fotografa,
y adems no la quiero hecha estatua... Y ella hablaba, hablaba, pero
movindose poco y estudiando la postura. Qu hablaba? Ellos no lo
saban. Porque uno y otro no hacan sino devorarla con los ojos; la
vean, no la oan hablar.

Y ella hablaba, hablaba, por creer de buena educacin no estarse
callada, y hablaba zahiriendo a Joaqun cuanto poda.

--Qu tal vas de clientela, primito?--le preguntaba.

--Tanto te importa eso?...

--Pues no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme...!
Figrate...

--No, no me figuro.

--Interesndote t tanto como por m te interesas, no cumplo con menos
que con interesarme yo por ti. Y adems, quin sabe...

--Quin sabe, qu?

--Bueno, dejen eso--interrumpa Abel;--no hacen sino regaar.

--Es lo natural--deca Helena--entre parientes... Y adems, dicen que
as se empieza.

--Se empieza, qu?--pregunt Joaqun.

--Eso t lo sabrs, primo, que t has empezado.

--Lo que voy a hacer es acabar!

--Hay varios modos de acabar, primo.

--Y varios de empezar.

--Sin duda. Qu, me descompongo con este floreteo, Abel?

--No, no, todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da ms
expresin a la mirada y al gesto. Pero...

A los dos das tutebanse ya Abel y Helena; lo haba querido as
Joaqun. Quien al tercer da falt a una sesin.

--A ver, a ver cmo va eso--dijo Helena levantndose para ir a ver el
retrato.

--Qu te parece?

--Yo no entiendo, y adems no soy quien mejor puede saber si se me
parece o no.

--Qu? No tienes espejo? No te has mirado a l?

--S, pero...

--Pero qu...

--Qu s yo...

--No te encuentras bastante guapa en este espejo?

--No seas aduln.

--Bien, se lo preguntaremos a Joaqun.

--No me hables de l, por favor. Qu pelma!

--Pues de l he de hablarte.

--Entonces me marcho...

--No, y oye. Est muy mal lo que ests haciendo con ese chico.

--Ah! Pero ahora vienes a abogar por l? Es esto del retrato un
achaque.

--Mira, Helena, no est bien que ests as, jugando con tu primo. El es
algo, vamos, algo...

--S, insoportable!

--No, l es reconcentrado, altivo por dentro, terco, lleno de s mismo,
pero es bueno, honrado a carta cabal, inteligente, le espera un
brillante porvenir en su carrera, te quiere con delirio...

--Y si a pesar de todo eso no le quiero yo?

--Pues debes entonces desengaarle.

--Y poco que le he desengaado! Estoy harta de decirle que me parece un
buen chico, pero que por eso, porque me parece un buen chico, un
excelente primo--y no quiero hacer un chiste,--por eso no le quiero para
novio con lo que luego viene.

--Pues l dice...

--Si l te ha dicho otra cosa, no te ha dicho la verdad, Abel. Es que
voy a despedirle y prohibirle que me hable siendo como es mi primo?
Primo! Qu gracia!

--No te burles as.

--Si es que no puedo...

--Y l sospecha ms, y es que se empea en creer que puesto que no
quieres quererle a l, ests en secreto enamorada de otro...

--Eso te ha dicho?

--S, eso me ha dicho.

Helena se mordi los labios, se ruboriz y call un momento.

--S, eso me ha dicho--repiti Abel, descansando la diestra sobre el
tiento que apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena, como
queriendo adivinar el sentido de algn rasgo de su cara.

--Pues si se empea...

-Qu...?

--Que acabar por conseguir que me enamore de algn otro...

Aquella tarde no pint ya ms Abel. Y salieron novios.




III


El xito del retrato de Helena por Abel fu clamoroso. Siempre haba
alguien contemplndolo frente al escaparate en que fu expuesto. Ya
tenemos un gran pintor ms, decan. Y ella, Helena, procuraba pasar
junto al lugar en que su retrato se expona para oir los comentarios y
pasebase por las calles de la ciudad como un inmortal retrato viviente,
como una obra de arte haciendo la rueda. No haba acaso nacido para eso?

Joaqun apenas dorma.

--Est peor que nunca--le dijo a Abel.--Ahora es cuando juega conmigo.
Me va a matar!

--Naturalmente! Se siente ya belleza profesional...

--S, la has inmortalizado! Otra Joconda!

--Pero t, como mdico, puedes alargarle la vida...

--O acortrsela.

--No te pongas as, trgico.

--Y qu voy a hacer, Abel, qu voy a hacer...?

--Tener paciencia...

--Adems, me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo de
que la creo enamorada de otro...

--Fu por hacer tu causa...

--Por hacer mi causa... Abel, Abel, t ests de acuerdo con ella...
vosotros me engais...

--Engaarte? En qu? Te ha prometido algo?

--Y a ti?

--Es tu novia acaso?

--Y es ya la tuya?

Callse Abel, mudndosele la color.

--Lo ves?--exclam Joaqun, balbuciente y tembloroso.--Lo ves?

--El qu?

--Y lo negars ahora? Tendrs cara para negrmelo?

--Pues bien, Joaqun, somos amigos de antes de conocernos, casi
hermanos...

--Y al hermano, pualada trapera, no es eso?

--No te sulfures as; ten paciencia...

--Paciencia? Y qu es mi vida sino continua paciencia, continuo
padecer?... T el simptico, t el festejado, t el vencedor, t el
artista... Y yo...

Lgrimas que le reventaron en los ojos cortronle la palabra.

--Y qu iba a hacer, Joaqun, qu queras que hiciese...?

--No haberla solicitado, pues que la quera yo...!

--Pero si ha sido ella, Joaqun, si ha sido ella...

--Claro, a ti, al artista, al afortunado, al favorito de la fortuna, a
ti son ellas las que te solicitan. Ya la tienes, pues...

--Me tiene ella, te digo.

--S, ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda...
Sers su pintor... La pintars en todas posturas y en todas formas, a
todas las luces, vestida y sin vestir...

--Joaqun!

--Y as la inmortalizars. Vivir tanto como tus cuadros vivan. Es
decir, vivir, no! Porque Helena no vive; durar. Durar como el mrmol,
de que es. Porque es de piedra, fra y dura, fra y dura como t. Montn
de carne...!

--No te sulfures, te he dicho.

--Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de sulfurarme! Esto es
una infamia, una canallada!

Sintise abatido y call, como si le faltaran palabras para la violencia
de su pasin.

--Pero ven ac, hombre--le dijo Abel con su voz ms dulce, que era la
ms terrible--y reflexiona. Iba yo a hacer que te quisiese si ella no
quiere quererte? Para novio no le eres...

--S, no soy simptico a nadie; nac condenado.

--Te juro, Joaqun...

--No jures!

--Te juro que si en m slo consistiese, Helena sera tu novia, y maana
tu mujer. Si pudiese cedrtela...

--Me la venderas por un plato de lentejas, no es eso?

--No, vendrtela no! Te la cedera gratis y gozara en veros felices,
pero...

--S, que ella no me quiere y te quiere a ti, no es eso?

--Eso es!

--Que me rechaza a m, que la buscaba, y te busca a ti, que la
rechazabas.

--Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido.

--Qu manera de darte postn! Me das asco!

--Postn?

--S, ser as, seducido, es ms que ser seductor. Pobre vctima! Se
pelean por ti las mujeres...

--No me saques de quicio, Joaqun...

--A ti? Sacarte a ti de quicio? Te digo que esto es una canallada, una
infamia, un crimen... Hemos acabado para siempre!

Y luego, cambiando de tono, con lgrimas insondables en la voz:

--Ten compasin de m, Abel, ten compasin. Ve que todos me miran de
reojo, ve que todos son obstculos para m... T eres joven, afortunado,
mimado, te sobran mujeres... Djame a Helena, mira que no sabr
dirigirme a otra... Djame a Helena...

--Pero si ya te la dejo...

--Haz que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por ella,
que sin ella no vivir...

--No la conoces...

--S, os conozco! Pero, por Dios... Jrame que no has de casarte con
ella...

--Y quin ha hablado de casamiento?

--Ah, entonces es por darme celos nada ms? S, ella no es ms que una
coqueta... peor que una coqueta, una...

--Cllate!--rugi Abel.

Y fu tal el rugido, que Joaqun se qued callado, mirndole.

--Es imposible, Joaqun; contigo no se puede! Eres imposible!

Y Abel marchse.

Pas una noche horrible--dej escrito en su _Confesin_
Joaqun--volvindome a un lado y otro en la cama, mordiendo a ratos la
almohada, levantndome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A
ratos me amodorraba en sueos acerbos. Pensaba matarles y urda
mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba
componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba dilogos
con ellos. Parecame que Helena haba querido afrentarme y nada ms, que
haba enamorado a Abel por menosprecio a m, pero que no poda, montn
de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba ms que nunca y con ms
furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella
noche me so poseyndola y junto al cuerpo fro e inerte de Abel. Fu
una tempestad de malos deseos, de cleras, de apetitos sucios, de rabia.
Con el da y el cansancio de tanto sufrir volvime la reflexin,
comprend que no tena derecho alguno a Helena, pero empec a odiar a
Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio,
abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recndito de las entraas de mi alma.
Odio? Aun no quera darle su nombre, ni quera reconocer que nac,
predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nac al
infierno de mi vida.




IV


--Helena--le deca Abel,--eso de Joaqun me quita el sueo...!

--El qu?

--Cuando le diga que vamos a casarnos no s lo que va a ser. Y eso que
parece ya tranquilo y como si se resignase a nuestras relaciones...

--S, bonito es l para resignarse!

--La verdad es que esto no estuvo del todo bien.

--Qu? Tambin t? Es que vamos a ser las mujeres como bestias, que se
dan y prestan y alquilan y venden?

--No, pero...

--Pero qu?

--Que fu l quien me present a ti, para que te hiciera el retrato, y
me aprovech...

--Y bien aprovechado! Estaba yo acaso comprometida con l? Y aunque lo
hubiese estado! Cada cual va a lo suyo.

--S, pero...

--Qu? Te pesa? Pues por m... Aunque si t me dejases ahora, ahora que
estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas
a pedir un da de estos, no por eso buscara a Joaqun, no! Menos que
nunca! Me sobraran pretendientes, as, como los dedos de las manos--y
levantaba sus dos largas manos, de ahusados dedos, aquellas manos que
con tanto amor pintara Abel, y sacuda los dedos, como si revolotearan.

Abel le coji las dos manos en las recias suyas, se las llev a la boca
y las bes alargadamente. Y luego en la boca...

--Estate quieto, Abel!

--Tienes razn, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en
lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaqun...

--Pobre? No es ms que un envidioso!

--Pero hay envidias, Helena...

--Que se fastidie!

Y despus de una pausa llena de un negro silencio:

--Por supuesto, le convidaremos a la boda...

--Helena!

--Y qu mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo, a l debemos el
habernos conocido. Y si no le convidas t, le convidar yo. Que no va?
Mejor! Que va? Mejor que mejor!




V


Al anunciar Abel a Joaqun su casamiento, ste dijo:

--As tena que ser. Tal para cual.

--Pero bien comprendes...

--S, lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo comprendo,
est bien, que seis felices... Yo no lo podr ser ya...

--Pero, Joaqun, por Dios, por lo que ms quieras...

--Basta y no hablemos ms de ello. Haz feliz a Helena y que ella te haga
feliz... Os he perdonado ya...

--De veras?

--S, de veras. Quiero perdonaros. Me buscar mi vida.

--Entonces me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre...

--Y en el de ella, eh?

--S, en el de ella tambin.

--Lo comprendo. Ir a realzar vuestra dicha. Ir.

Como regalo de boda mand Joaqun a Abel un par de magnficas pistolas
damasquinadas, como para un artista.

--Son para que te pegues un tiro cuando te canses de m--le dijo Helena
a su futuro marido.

--Qu cosas tienes, mujer!

--Quin sabe sus intenciones... Se pasa la vida tramndolas...

En los das que siguieron a aquel en que me dijo que se
casaban--escribi en su _Confesin_ Joaqun--sent como si el alma toda
se me helase. Y el hielo me apretaba el corazn. Eran como llamas de
hielo. Me costaba respirar. El odio a Helena, y sobre todo, a Abel,
porque era odio, odio fro cuyas races me llenaban el nimo, se me
haba empedernido. No era una mala planta, era un tmpano que se me
haba clavado en el alma; era, ms bien, mi alma toda congelada en
aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo vea todo a su travs con
una claridad perfecta. Me daba acabada cuenta de que razn, lo que se
llama razn, eran ellos los que la tenan; que yo no poda alegar
derecho alguno sobre ella; que no se debe ni se puede forzar el afecto
de una mujer, que, pues se queran, deban unirse. Pero senta tambin
confusamente que fu yo quien les llev, no slo a conocerse, sino a
quererse, que fu por desprecio a m por lo que se entendieron, que en
la resolucin de Helena entraba por mucho el hacerme rabiar y sufrir, el
darme dentera, el rebajarme a Abel, y en la de ste el soberano egosmo
que nunca le dej sentir el sufrimiento ajeno. Ingenuamente,
sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros. Los dems
ramos para l, a lo sumo, modelos para sus cuadros. No saba ni odiar;
tan lleno de s viva.

Fu a la boda con el alma escarchada de odio, el corazn garapiado en
hielo agrio pero sobrecojido de un mortal terror, temiendo que al oir
el _s_ de ellos, el hielo se me resquebrajara y hendido el corazn
quedase all muerto o imbcil. Fu a ella como quien va a la muerte. Y
lo que me ocurri fu ms mortal que la muerte misma; fu peor, mucho
peor que morirse. Ojal me hubiese entonces muerto all.

Ella estaba hermossima. Cuando me salud sent que una espada de
hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazn, junto a la cual aun era
tibio el mo, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su
compasin. _Gracias!_ me dijo, y entend: _Pobre Joaqun!_ El, Abel, l
ni s si me vi. Comprendo tu sacrificio--me dijo, por no callarse.
No, no hay tal--le repliqu;--te dije que vendra y vengo; ya ves que
soy razonable; no poda faltar a mi amigo de siempre, a mi... hermano.
Debi de parecerle interesante mi actitud, aunque poco pictrica. Yo era
all el convidado de piedra.

Al acercarse el momento fatal, yo contaba los segundos. Dentro de
poco--me deca--ha terminado para m todo! Creo que se me par el
corazn. O claros y distintos los dos _ss_, el de l y el de ella.
Ella me mir al pronunciarlo. Y qued ms fro que antes, sin un
sobresalto, sin una palpitacin, como si nada que me tocase hubiese
odo. Y ello me llen de un infernal terror a m mismo. Me sent peor
que un monstruo, me sent como si no existiera, como si no fuese nada
ms que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegu a palparme la
carne, a pellizcrmela, a tomarme el pulso. Pero estoy vivo? Yo soy
yo?--me dije.

No quiero recordar todo lo que sucedi aquel da. Se despidieron de m
y furonse a su viaje de luna de miel. Yo me hund en mis libros, en mi
estudio, en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental
que me di aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento en m
mismo de que no hay alma, movironme a buscar en el estudio, no ya
consuelo--consuelo, ni lo necesitaba ni lo quera,--sino apoyo para una
ambicin inmensa. Tena que aplastar con la fama de mi nombre la fama,
ya incipiente, de Abel; mis descubrimientos cientficos, obra de arte,
de verdadera poesa, tenan que hacer sombra a sus cuadros. Tena que
llegar a comprender un da Helena que era yo, el mdico, el antiptico,
quien habra de darle aureola de gloria, y no l, no el pintor. Me hund
en el estudio. Hasta llegu a creer que los olvidara! Quise hacer de la
ciencia un narctico y a la vez un estimulante!




VI


Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cay
Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaqun a que le viese y le
asistiese.

--Estoy muy intranquila, Joaqun--le dijo Helena;--anoche no ha hecho
sino delirar, y en el delirio no haca sino llamarte.

Examin Joaqun con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando
ojos a ojos a su prima, le dijo:

--La cosa es grave, pero creo que le salvar. Yo soy quien no tiene
salvacin ya.

--S, slvamelo!--exclam ella.--Y ya sabes...

--S, lo s todo!--y se sali.

Helena se fu al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente,
que le arda, y se puso a temblar. Joaqun, Joaqun--deliraba
Abel,--perdnanos, perdname!

--Calla--le dijo casi al odo Helena,--calla; ha venido a verte y dice
que te curar, que te sanar... Dice que te calles...

--Que me curar...?--aadi maquinalmente el enfermo.

Joaqun lleg a su casa tambin febril, pero con una especie de fiebre
de hielo. Y si se muriera...! pensaba. Echse vestido sobre la cama y
se puso a imaginar escenas de lo que acaecera si Abel se muriese: el
luto de Helena, sus entrevistas con la viuda, el remordimiento de sta,
el descubrimiento por parte de ella de quin era l, Joaqun, y de cmo,
con qu violencia necesitaba el desquite y la necesitaba a ella, y cmo
caa al fin ella en sus brazos y reconoca que lo otro, la traicin, no
haba sido sino una pesadilla, un mal sueo de coqueta, que siempre le
haba querido a l, a Joaqun y no a otro. Pero no se morir!, se dijo
luego. No dejar yo que se muera, no debo dejarlo, est comprometido
mi honor, y luego... necesito que viva!

Y al decirse este: necesito que viva!, temblbale toda el alma, como
tiembla el follaje de una encina a la sacudida del huracn.

Fueron unos das atroces aquellos de la enfermedad de Abel--escriba en
su _Confesin_ el otro--unos das de tortura increble. Estaba en mi
mano dejarle morir, aun ms, hacerle morir sin que nadie lo sospechase,
sin que de ello quedase rastro alguno. He conocido en mi prctica
profesional casos de extraas muertes misteriosas que he podido ver
luego iluminadas al trgico fulgor de sucesos posteriores, una nueva
boda de la viuda y otros as. Luch entonces como no he luchado nunca
conmigo mismo, con este hediondo dragn que me ha envenenado y
entenebrecido la vida. Estaba all comprometido mi honor de mdico, mi
honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razn.
Comprend que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro
de la demencia haciendo sombra a mi corazn. Y venc. Salv a Abel de la
muerte. Nunca he estado ms feliz, ms acertado. El exceso de mi
infelicidad me hizo estar felicsimo de acierto.

--Ya est fuera de todo cuidado tu... marido--le dijo un da Joaqun a
Helena.

--Gracias, Joaqun, gracias--y le coji la mano, que l se la dej entre
las suyas;--no sabes cunto te debemos...

--Ni vosotros sabis cunto os debo...

--Por Dios, no seas as... ahora que tanto te debemos, no volvamos a
eso...

--No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. Esta enfermedad de Abel me ha
enseado mucho, pero mucho...

--Ah, le tomas como a un caso?

--No, Helena, no; el caso soy yo!

--Pues no te entiendo.

--Ni yo del todo. Y te digo que estos das luchando por salvar a tu
marido...

--Di a Abel!

--Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado con su enfermedad la ma
y vuestra felicidad y he decidido... casarme!

--Ah, pero tienes novia?

--No, no la tengo an, pero la buscar. Necesito un hogar. Buscar
mujer. O crees t, Helena, que no encontrar una mujer que me quiera?

--Pues no la has de encontrar, hombre, pues no la has de encontrar...!

--Una mujer que me quiera, digo.

--S, te he entendido, una mujer que te quiera, s!

--Porque como partido...

--S, sin duda eres un buen partido... joven, no pobre, con una buena
carrera, empezando a tener fama, bueno...

--Bueno... s, y antiptico, no es eso?

--No, hombre, no; t no eres antiptico!

--Ay, Helena, Helena, dnde encontrar una mujer...

--Que te quiera?

--No, sino que no me engae, que me diga la verdad, que no se burle de
m, Helena, que no se burle de m...! Que se case conmigo por
desesperacin, porque yo la mantenga, pero que me lo diga...

--Bien has dicho que ests enfermo, Joaqun. Csate!

--Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?

--No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.

--Y querr yo a mi mujer? Podr quererla, dime?

--Hombre, pues no faltaba ms...

--Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser
querido; lo peor es no poder querer.

--Eso dice don Mateo, el prroco, del demonio, que no puede querer.

--Y el demonio anda por la tierra, Helena.

--Cllate y no me digas esas cosas.

--Es peor que me las diga a m mismo.

--Pues cllate!




VII


Dedicse Joaqun, para salvarse, requiriendo amparo a su pasin, a
buscar mujer, los brazos maternales de una esposa en que defenderse de
aquel odio que senta, un regazo en que esconder la cabeza, como un nio
que siente terror al coco, para no ver los ojos infernales del dragn de
hielo.

Aquella pobre Antonia!

Antonia haba nacido para madre; era todo ternura, todo compasin.
Adivin en Joaqun, con divino instinto, un enfermo, un invlido del
alma, un poseso, y sin saber de qu, enamorse de su desgracia. Senta
un misterioso atractivo en las palabras fras y cortantes de aquel
mdico que no crea en la virtud ajena.

Antonia era la hija nica de una viuda a que asista Joaqun.

--Cree usted que saldr de sta?--le preguntaba a l.

--Lo veo difcil, muy difcil. Est la pobre muy trabajada, muy acabada;
ha debido de sufrir mucho... su corazn est muy dbil...

--Slvemela usted, don Joaqun, slvemela usted, por Dios! Si pudiera,
dara mi vida por la suya!

--No, eso no se puede. Y, adems, quin sabe? La vida de usted, Antonia,
ha de hacer ms falta que la suya...

--La ma? Para qu? Para quin?

--Quin sabe...!

Lleg la muerte de la pobre viuda.

--No ha podido ser, Antonia--dijo Joaqun.--La ciencia es impotente!

--S, Dios lo ha querido!

--Dios?

--Ah--y los ojos baados en lgrimas de Antonia clavaron su mirada en
los de Joaqun, enjutos y acerados.--Pero usted no cree en Dios?

--Yo...? No lo s...!

A la pobre hurfana la compuncin de piedad que entonces sinti por el
mdico aquel le hizo olvidar un momento la muerte de su madre.

--Y si yo no creyera en l, qu hara ahora?

--La vida todo lo puede, Antonia.

--Puede ms la muerte! Y ahora... tan sola... sin nadie...

--Eso s, la soledad es terrible. Pero usted tiene el recuerdo de su
santa madre, el vivir para encomendarla a Dios... Hay otra soledad mucho
ms terrible!

--Cual?

--La de aquel a quien todos menosprecian, de quien todos se burlan... la
del que no encuentra quien le diga la verdad...

--Y qu verdad quiere usted que se le diga?

--Me la dir usted, ahora, aqu, sobre el cuerpo aun tibio de su madre?
Jura usted decrmela?

--S, se la dir.

--Bien, yo soy antiptico, no es as?

--No, no es as!

--La verdad, Antonia...

--No, no es as!

--Pues qu soy...?

--Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre...

Derritisele a Joaqun el hielo y asomronsele unas lgrimas a los ojos.
Y volvi a temblar hasta las races del alma.

Poco despus Joaqun y la hurfana formalizaban sus relaciones,
dispuestos a casarse luego que pasase el ao de luto de ella.

Pobre mi mujercita!--escriba, aos despus, Joaqun en su
_Confesin_--empeada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia
que sin duda yo deba de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo di a
entender, pero poda no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando le
descubr la lepra de mi alma, la gangrena de mis odios? Se cas conmigo
como se habra casado con un leproso, no me cabe duda de ello, por
divina piedad, por espritu de abnegacin y de sacrificio cristianos,
para salvar mi alma y as salvar la suya, por herosmo de santidad. Y
fu una santa! Pero no me cur de Helena; no me cur de Abel! Su
santidad fu para m un remordimiento ms.

Su mansedumbre me irritaba. Haba veces en que, Dios me perdone!, la
habra querido mala, colrica, despreciativa.




VIII


En tanto la gloria artstica de Abel segua creciendo y confirmndose.
Era ya uno de los pintores de ms nombrada de la nacin toda, y su
renombre empezaba a traspasar las fronteras. Y esa fama creciente era
como una granizada desoladora en el alma de Joaqun. S, es un pintor
muy cientfico; domina la tcnica; sabe mucho, mucho; es
habilsimo--deca de su amigo, con palabras que silbaban. Era un modo
de fingir exaltarle deprimindole.

Porque l, Joaqun, presuma ser un artista, un verdadero poeta en su
profesin, un clnico genial, creador, intuitivo, y segua soando con
dejar su clientela para dedicarse a la ciencia pura, a la patologa
terica, a la investigacin. Pero ganaba tanto...!

No era, sin embargo, la ganancia--dice en su _Confesin_ pstuma--lo
que ms me impeda dedicarme a la investigacin cientfica. Tirbame a
sta por un lado el deseo de adquirir fama y renombre, de hacerme una
gran reputacin cientfica y asombrar con ella la artstica de Abel, de
castigar as a Helena, de vengarme de ellos, de ellos y de todos los
dems, y aqu encadenaba los ms locos de mis ensueos, mas por otra
parte, esa misma pasin fangosa, el exceso de mi despecho y mi odio me
quitaban serenidad de espritu. No, no tena el nimo para el estudio,
que lo requiere limpio y tranquilo. La clientela me distraa.

La clientela me distraa, pero a las veces temblaba pensando que el
estado de distraccin en que mi pasin me tena preso me impidiera
prestar el debido cuidado a las dolencias de mis pobres enfermos.

Ocurrime un caso que me sacudi las entraas. Asista a una pobre
seora, enferma de algn riesgo, pero no caso desesperado, a la que l
haba hecho un retrato, un retrato magnfico, uno de sus mejores
retratos, de los que han quedado como definitivos de entre los que ha
pintado, y aquel retrato era lo primero que se me vena a los ojos y al
odio as que entraba en la casa de la enferma. Estaba viva en el
retrato, ms viva que en el lecho la de carne y hueso sufrientes. Y el
retrato pareca decirme: Mira, l me ha dado vida para siempre; a ver
si t me alargas esta otra de aqu abajo. Y junto a la pobre enferma,
auscultndola, tomndole el pulso, no vea sino a la otra, a la
retratada. Estuve torpe, torpsimo, y la pobre enferma se me muri; la
dej morir ms bien, por mi torpeza, por mi criminal distraccin. Sent
horror de m mismo, de mi miseria.

A los pocos das de muerta la seora aquella, tuve que ir a su casa, a
ver all otro enfermo, y entr dispuesto a no mirar al retrato. Pero era
intil, porque era l, el retrato el que me miraba aunque yo no le
mirase y me atraa la mirada. Al despedirme me acompa hasta la puerta
el viudo. Nos detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado por una
fuerza irresistible y fatal, exclam:

--Magnfico retrato! Es de lo mejor que ha hecho Abel!

--S--me contest el viudo,--es el mayor consuelo que me queda. Me paso
largas horas contemplndola. Parece como que me habla.

--S, s--aad,--este Abel es un artista estupendo!

Y al salir me deca: Yo la dej morir y l la resucita!

Sufra Joaqun mucho cada vez que se le moran algunos de sus enfermos,
sobre todo los nios, pero la muerte de otros le tena sin grave
cuidado. Para qu querr vivir...?--decase de algunos.--Hasta le hara
un favor dejndole morir...

Sus facultades de observador psiclogo habansele aguzado con su pasin
de nimo y adivinaba al punto las ms ocultas laceras morales.
Percatbase en seguida, bajo el embuste de las convenciones, de que
maridos prevean sin pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres
y qu mujeres ansiaban verse libres de sus maridos, acaso para tomar
otros de antemano escojidos ya. Cuando al ao de la muerte de su cliente
Alvarez, la viuda se cas con Menndez, amigo ntimo del difunto,
Joaqun se dijo: S que fu rara aquella muerte... Ahora me la
explico... La humanidad es lo ms cochino que hay, y la tal seora, dama
caritativa, una de las seoras de lo ms honrado...!

--Doctor--le deca una vez uno de sus enfermos--mteme usted, por Dios,
mteme usted sin decirme nada, que ya no puedo ms... Deme algo que me
haga dormir para siempre...

Y por qu no haba de hacer lo que este hombre quiere?--se deca
Joaqun--si no vive ms que para sufrir? Me da pena! Cochino mundo!

Y eran sus enfermos para l no pocas veces espejos.

Un da le lleg una pobre mujer de la vecindad, gastada por los aos y
los trabajos, cuyo marido, en los veinticinco aos de matrimonio, se
haba enredado con una pobre aventurera. Iba a contarle sus cuitas la
mujer desdeada.

--Ay, don Joaqun--le deca,--usted, que dicen que sabe tanto, a ver si
me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le
ha dado esa pelona.

--Pero qu bebedizo, mujer de Dios?

--Se va a ir a vivir con ella, dejndome a m, al cabo de veinticinco
aos...

--Ms extrao es que la hubiese dejado de recin casados, cuando usted
era joven y acaso...

--Ah, no, seor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornndole el
seso, porque si no, no podra ser... no podra ser...

--Bebedizo... bebedizo...--murmur Joaqun.

--S, don Joaqun, s, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un
remedio para l.

--Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un
agua que los rejuveneciese...

Y cuando la pobre mujer se fu desolada, Joaqun se deca: Pero no se
mirar al espejo esta desdichada? No ver el estrago de los aos de
rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a
envidias... Que no encuentran trabajo...? Envidias! Que les sale algo
mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias
es un envidioso. Y no lo seremos todos? No me habrn dado un bebedizo?

Durante unos das apenas pens ms que en el bebedizo. Y acab
dicindose: Es el pecado original!




IX


Casse Joaqun con Antonia buscando en ella un amparo, y la pobre
adivin desde luego su menester, el oficio que haca en el corazn de su
marido y cmo le era un escudo y un posible consuelo. Tomaba por marido
a un enfermo, acaso a un invlido incurable, del alma; su misin era la
de una enfermera. Y le acept llena de compasin, llena de amor a la
desgracia de quien as una su vida a la de ella.

Senta Antonia que entre ella y su Joaqun haba como un muro invisible,
una cristalina y trasparente muralla de hielo. Aquel hombre no poda ser
de su mujer, porque no era de s mismo, dueo de s, sino a la vez un
enajenado y un posedo. En los ms ntimos trasportes del trato
conyugal, una invisible sombra fatdica se interpona entre ellos. Los
besos de su marido parecanle besos robados, cuando no de rabia.

Joaqun evitaba hablar de su prima Helena delante de su mujer, y sta,
que se percat de ello al punto, no haca sino sacarla a colacin a cada
paso en sus conversaciones.

Esto en un principio, que ms adelante evit mentarla.

Llamronle un da a Joaqun a casa de Abel, como a mdico, y se enter
de que Helena llevaba ya en sus entraas fruto de su marido, mientras
que su mujer, Antonia, no ofreca an muestra alguna de ello. Y al pobre
le asalt una tentacin vergonzosa, de que se senta abochornado, y era
la de un diablo que le deca: Ves? Hasta es ms hombre que t! El, el
que con su arte resucita e inmortaliza a los que t dejas morir por tu
torpeza, l tendr pronto un hijo, traer un nuevo viviente, una obra
suya de carne y sangre y hueso al mundo, mientras t... T acaso no
seas capaz de ello... Es ms hombre que t!

Entr mustio y sombro en el puerto de su hogar.

--Vienes de casa de Abel, no?--le pregunt su mujer.

--S. En qu lo has conocido?

--En tu cara. Esa casa es tu tormento. No debas ir a ella...

--Y qu voy a hacer?

--Excusarte! Lo primero es tu salud y tu tranquilidad...

--Aprensiones tuyas...

--No, Joaqun, no quieras ocultrmelo...--y no pudo continuar, porque
las lgrimas le ahogaron la voz.

Sentse la pobre Antonia. Los sollozos se le arrancaban de cuajo.

--Pero qu te pasa, mujer, qu es eso...?

--Dime t lo que a ti te pasa, Joaqun, confamelo todo, confisate
conmigo...

--No tengo nada de que acusarme...

--Vamos, me dirs la verdad, Joaqun, la verdad?

El hombre vacil un momento, pareciendo luchar con un enemigo
invisible, con el diablo de su guarda, y con voz arrancada de una
resolucin sbita, desesperada, grit casi:

--S, te dir la verdad, toda la verdad!

--T quieres a Helena; t ests enamorado todava de Helena.

--No, no lo estoy! no lo estoy! lo estuve; pero no lo estoy ya, no!

--Pues entonces?...

--Entonces, qu?

--A qu esa tortura en que vives? Porque esa casa, la casa de Helena, es
la fuente de tu malhumor, esa casa es la que no te deja vivir en paz, es
Helena...

--Helena no! Es Abel!

--Tienes celos de Abel?

--S, tengo celos de Abel; le odio, le odio, le odio--y cerraba la boca
y los puos al decirlo, pronuncindolo entre dientes.

--Tienes celos de Abel... luego quieres a Helena.

--No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendra celos de este
otro. No, no quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real
esa, a la belleza profesional, a la modelo del pintor de moda, a la
querida de Abel...

--Por Dios, Joaqun, por Dios...!

--S, a su querida... legtima. O es que crees que la bendicin de un
cura cambia un arrimo en matrimonio?

--Mira, Joaqun, que estamos casados como ellos...

--Como ellos no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por
rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para
burlarse de m; ellos se casaron contra m.

Y el pobre hombre rompi en unos sollozos que le ahogaban el pecho,
cortndole el respiro. Se crea morir.

--Antonia... Antonia...--suspir con un hilito de voz apagada.

--Pobre hijo mo!--exclam ella abrazndole.

Y le tom en su regazo como a un nio enfermo, acaricindole. Y le
deca:

--Clmate, mi Joaqun, clmate... Estoy aqu yo, tu mujer, toda tuya y
slo tuya. Y ahora que s del todo tu secreto, soy ms tuya que antes y
te quiero ms que nunca... Olvdalos... desprcialos... Habra sido
peor que una mujer as te hubiese querido...

--S, pero l, Antonia, l...

--Olvdale!

--No puedo olvidarle... me persigue... su fama, su gloria me sigue a
todas partes...

--Trabaja t y tendrs fama y gloria, porque no vales menos que l. Deja
la clientela, que no la necesitamos, vmonos de aqu a Renada, a la casa
que fu de mis padres, y all dedcate a lo que ms te guste, a la
ciencia, a hacer descubrimientos de esos y que se hable de ti... yo te
ayudar en lo que pueda... yo har que no te distraigan... y sers ms
que l...

--No puedo, Antonia, no puedo; sus xitos me quitan el sueo y no me
dejaran trabajar en paz... la visin de sus cuadros maravillosos se
pondra entre mis ojos y el microscopio y no me dejara ver lo que otros
no han visto an por l... No puedo... no puedo...

Y bajando la voz como un nio, casi balbuciendo como atontado por la
cada en la sima de su abyeccin, solloz diciendo:

--Y van a tener un hijo, Antonia...

--Tambin nosotros lo tendremos--le suspir ella al odo, envolvindolo
en un beso--no me lo negar la Santsima Virgen a quien se lo pido todos
los das... Y el agua bendita de Lourdes...

--Tambin t crees en bebedizos, Antonia?

--Creo en Dios!

--Creo en Dios--se repiti Joaqun al verse slo; slo con el otro--;
y qu es creer en Dios? Dnde est Dios? Tendr que buscarle!




X


Cuando Abel tuvo su hijo--escriba en su _Confesin_ Joaqun--sent que
el odio se me enconaba. Me haba invitado a asistir a Helena al parto,
pero me excus con que yo no asista a partos, lo que era cierto y con
que no sabra conservar toda la sangre fra, mi sangre arrecida ms
bien, ante mi prima si se viera en peligro. Pero mi diablo me insinu la
feroz tentacin de ir a asistirla y de ahogar a hurtadillas al nio.
Venc a la asquerosa idea.

Aquel nuevo triunfo de Abel, del hombre, no ya del artista--el nio era
una hermosura, una obra maestra de salud y de vigor, un angelito
decan--me apret aun ms a mi Antonia, de quien esperaba el mo.
Quera, necesitaba que la pobre vctima de mi ciego odio--pues la
vctima era mi mujer ms que yo--fuese madre de hijos mos, de carne de
mi carne, de entraas de mis entraas torturadas por el demonio. Sera
la madre de mis hijos y por ellos superiora a las madres de los hijos de
otros. Ella, la pobre, me haba preferido a m, al antiptico, al
despreciado, al afrentado; ella haba tomado lo que otra desech con
desdn y burla. Y hasta me hablaba bien de ellos!

El hijo de Abel, Abeln, pues le pusieron el nombre mismo de su padre y
como para que continuara su linaje y la gloria de l, el hijo de Abel;
que habra de ser andando el tiempo instrumento de mi desquite, era una
maravilla de nio. Y yo necesitaba tener uno as, ms hermoso an que
l.




XI


--Y qu preparas ahora?--le pregunt a Abel Joaqun un da en que,
habiendo ido a ver al nio, se encontraron en el cuarto de estudio de
aqul.

--Pues ahora voy a pintar un cuadro de Historia, o mejor, de Antiguo
Testamento, y me estoy documentando...

--Cmo? Buscando modelos de aquella poca?

--No, leyendo la Biblia y comentarios a ella.

--Bien digo yo, que t eres un pintor cientfico...

--Y t un mdico artista, no es eso?

--Peor que un pintor cientfico... literato! Cuida de no hacer con el
pincel literatura!

--Gracias por el consejo.

--Y cul va a ser el asunto de tu cuadro?

--La muerte de Abel por Can, el primer fratricidio.

Joaqun palideci an ms, y mirando fijamente a su primer amigo, le
pregunt a media voz:

--Y cmo se te ha ocurrido eso?

--Muy sencillo--contest Abel sin haberse percatado del nimo de su
amigo;--es la sugestin del nombre. Como me llamo Abel... Dos estudios
de desnudo...

--S, desnudo del cuerpo...

--Y aun del alma...

--Pero piensas pintar sus almas?

--Claro est! El alma de Can, de la envidia, y el alma de Abel...

--Alma de qu?

--En eso estoy ahora. No acierto a dar con la expresin, con el alma de
Abel. Porque quiero pintarle antes de morir, derribado en tierra y
herido de muerte por su hermano. Aqu tengo el Gnesis y el _Can_ de
lord Byron; lo conoces?

--No, no conozco el _Can_ de lord Byron. Y qu has sacado de la Biblia?

--Poca cosa... Vers--y tomando un libro, ley: y conoci Adn a su
mujer Eva, la cual concibi y pari a Can y dijo: He adquirido varn
por Jehov. Y despus pari a su hermano Abel y fu Abel pastor de
ovejas, y Can fu labrador de la tierra. Y aconteci, andando el
tiempo, que Can trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehov y
Abel trajo de los primognitos de sus ovejas y de su grosura. Y mir
Jehov con agrado a Abel y a su ofrenda, mas no mir propicio a Can y a
la ofrenda suya...

--Y eso, por qu?--interrumpi Joaqun. Por qu mir Dios con agrado la
ofrenda de Abel y con desdn la de Can?

--No lo explica aqu...

--Y no te lo has preguntado t antes de ponerte a pintar tu cuadro?

--An no... Acaso porque Dios vea ya en Can el futuro matador de su
hermano... al envidioso...

--Entonces es que le haba hecho envidioso, es que le haba dado un
bebedizo. Sigue leyendo.

--Y ensase Can en gran manera y decay su semblante. Y entonces
Jehov dijo a Can: Por qu te has ensaado? y por qu se ha demudado tu
rostro? Si bien hicieres, no sers ensalzado? y si no hicieres bien el
pecado est a tu puerta. Ah est que te desea, pero t le dominars...

--Y le venci el pecado--interrumpi Joaqun--porque Dios le haba
dejado de su mano. Sigue!

--Y habl Can a su hermano Abel, y aconteci que estando ellos en el
campo, Can se levant contra su hermano Abel y le mat. Y Jehov dijo a
Can...

--Basta! No leas ms. No me interesa lo que Jehov dijo a Can luego que
la cosa no tena ya remedio.

Apoy Joaqun los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano,
y clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber
de qu alarmado, le dijo:

--No has odo nunca una especie de broma que gastan con los nios que
aprenden de memoria la Historia sagrada cuando les preguntan: Quin
mat a Can?

--No!

--Pues s, les preguntan eso y los nios, confundindose, suelen decir:
su hermano Abel!

--No saba eso.

--Pues ahora lo sabes. Y dime, t que vas a pintar esa escena bblica...
y tan bblica! no se te ha ocurrido pensar que si Can no mata a Abel
habra sido ste el que habra acabado matando a su hermano?

--Y cmo se te puede ocurrir eso?

--Las ovejas de Abel eran aceptas a Dios, y Abel, el pastor, hallaba
gracia a los ojos del Seor, pero los frutos de la tierra de Can, del
labrador, no gustaban a Dios ni tena para l gracia Can. El agraciado,
el favorito de Dios era Abel... el desgraciado Can...

--Y qu culpa tena Abel de eso?

--Ah, pero t crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos,
no tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una
vergenza, que lo es todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por
propios mritos, de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentacin de
ella. Porque no me cabe duda de que Abel restregara a los hocicos de
Can su gracia, le azuzara con el humo de sus ovejas sacrificadas a
Dios. Los que se creen justos suelen ser unos arrogantes que van a
deprimir a los otros con la ostentacin de su justicia. Ya dijo quien lo
dijera que no hay canalla mayor que las personas honradas...

--Y t sabes--le pregunt Abel sobrecojido por la gravedad de la
conversacin--qu Abel se jactara de su gracia?

--No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni
pidi al Seor gracia tambin para l. Y s ms, y es que los abelitas
han inventado el infierno para los cainitas porque si no su gloria les
resultara inspida. Su goce est en ver, libres de padecimiento,
padecer a los otros...

--Ay, Joaqun, Joaqun, qu malo ests!

--S, nadie es mdico de s mismo. Y ahora, dame ese Can de lord Byron,
que quiero leerlo.

--Tmalo!

--Y dime, no te inspira tu mujer algo para ese cuadro? no te da alguna
idea?

--Mi mujer? En esta tragedia no hubo mujer.

--En toda tragedia la hay, Abel.

--Sera acaso Eva...

--Acaso... La que les di la misma leche; el bebedizo...




XII


Ley Joaqun el _Can_ de lord Byron. Y en su _Confesin_ escriba ms
tarde:

Fu terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sent la
necesidad de desahogarme y tom unas notas que an conservo y las tengo
ahora aqu, presentes. Pero fu slo por desahogarme? No; fu con el
propsito de aprovecharlas algn da pensando que podran servirme de
materiales para una obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos
espectculo de nuestras ms ntimas y asquerosas dolencias. Me figuro
que habr quien desee tener un tumor pestfero como no le ha tenido
antes ninguno para hombrearse con l. Esta misma _Confesin_ no es algo
ms que un desahogo?

He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. Pero me librara?
No! Vale ms darse en espectculo que consumirse. Y al fin y al cabo no
es ms que espectculo la vida.

La lectura del _Can_ de lord Byron me entr hasta lo ms ntimo. Con
que razn culpaba Can a sus padres de que hubieran cojido de los frutos
del rbol de la ciencia en vez de cojer de la del rbol de la vida! A
m, por lo menos, la ciencia no ha hecho ms que exacerbarme la herida.

Ojal nunca hubiera vivido!--digo con aquel Can. Por qu me hicieron?
Por qu he de vivir? Y lo que no me explico es cmo Can no se decidi
por el suicidio. Habra sido el ms noble comienzo de la historia
humana. Pero por qu no se suicidaron Adn y Eva despus de la cada y
antes de haber dado hijos? Ah, es que entonces Jehov habra hecho otros
iguales y otro Can y otro Abel. No se repetir esta misma tragedia en
otros mundos, all por las estrellas? Acaso la tragedia tiene otras
representaciones, sin que baste el extremo de la tierra. Pero fu
extremo?

Cuando le cmo Luzbel le declaraba a Can cmo era ste, Can,
inmortal, es cuando empec con terror a pensar si yo tambin ser
inmortal y si ser inmortal en m mi odio. Tendr alma--me dije
entonces--ser este mi odio alma? y llegu a pensar que no podra ser
de otro modo, que no puede ser funcin de un cuerpo un odio as. Lo que
no haba encontrado con el escalpelo en otros lo encontr en m. Un
organismo corruptible no poda odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a
ser Dios, y yo desde muy nio, no aspir a anular a los dems? Y cmo
poda ser yo tan desgraciado si no me hizo tal el creador de la
desgracia?

Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba a l, al
otro, hacer sus cuadros; pero a m? a m me costaba mucho diagnosticar
las dolencias de mis enfermos.

Quejbase Can de que Adah, su propia querida Adah, su mujer y hermana,
no comprendiera el espritu que a l le abrumaba. Pero s, s, mi Adah,
mi pobre Adah comprenda mi espritu. Es que era cristiana. Mas tampoco
yo encontr algo que conmigo simpatizara.

Hasta que le y rele el _Can_ byroniano, yo, que tantos hombres haba
visto agonizar y morir, no pens en la muerte, no la descubr. Y
entonces pens si al morir me morira con mi odio, si se morira conmigo
o si me sobrevivira; pens si el odio sobrevive a los odiadores, si es
algo sustancial y que se trasmite, si es el alma, la esencia misma del
alma. Y empec a creer en el Infierno y que la muerte es un ser, es el
Demonio, es el Odio hecho persona, es el Dios del alma. Todo lo que mi
ciencia no me ense me enseaba el terrible poema de aquel gran odiador
que fu lord Byron.

Mi Adah tambin me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba,
cuando no poda trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. No vayas
con ese Espritu!--me gritaba mi Adn. Pobre Antonia! Y me peda
tambin que le salvara de aquel Espritu. Mi pobre Adn no lleg a
odiarlos como los odiaba yo. Pero llegu yo a querer de veras a mi
Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla me habra salvado. Era
para m otro instrumento de venganza. Querala para madre de un hijo o
de una hija que me vengaran. Aunque pens, necio de m, que una vez
padre se me curara aquello. Mas acaso no me cas sino para hacer
odiosos como yo, para trasmitir mi odio, para inmortalizarlo.

Se me qued grabada en el alma como con fuego aquella escena de Can y
Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a travs de mi pecado y
la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio
inmortal era mi alma. Ese odio pens que debi de haber precedido a mi
nacimiento y que sobrevivira a mi muerte. Y me sobrecoj de espanto al
pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. Y yo
que tanto me haba redo de la creencia en l! Era el Infierno!

Cuando le cmo Adah habl a Can de su hijo, de Enoc, pens en el
hijo, o en la hija que habra de tener; pens en ti, hija ma, mi
redencin y mi consuelo; pens en que t vendras a salvarme un da. Y
al leer lo que aquel Can deca a su hijo dormido e inocente, que no
saba que estaba desnudo, pens si no haba sido en m un crimen
engendrarte, pobre hija ma! Me perdonars haberte hecho? Y al leer lo
que Adah deca a su Can, record mis aos de paraso, cuando aun no iba
a cazar premios, cuando no soaba en superar a todos los dems. No, hija
ma, no; no ofrec mis estudios a Dios con corazn puro, no busqu la
verdad y el saber, sino que busqu los premios y la fama y ser ms que
l.

El, Abel, amaba su arte y lo cultivaba con pureza de intencin y no
trat nunca de imponrseme. No, no fu l quien me la quit, no! Y yo
llegu a pensar en derribar el altar de Abel, loco de m! Y es que no
haba pensado ms que en m.

El relato de la muerte de Abel tal y como aquel terrible poeta del
demonio nos le expone, me ceg. Al leerlo sent que se me iban las cosas
y hasta creo que sufr un mareo. Y desde aquel da, gracias al impo
Byron, empec a creer.




XIII


Le di Antonia a Joaqun una hija. Una hija--se dijo--y l un hijo!
Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empez a
querer a su hija con toda la fuerza de su pasin y por ella a la madre.
Ser mi vengadora--se dijo primero, sin saber de qu habra de
vengarle, y luego: Ser mi purificadora.

Empec a escribir esto--dej escrito en su _Confesin_--ms tarde para
mi hija, para que ella, despus de yo muerto, pudiese conocer a su pobre
padre y compadecerle y quererle. Mirndola dormir en la cuna, soando su
inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tena yo que
purificarme de mi pasin, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decid
hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y all, sobre la
inocencia de su sueo, jur libertarme de mi infernal cadena. Tena que
ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.

Y sucedi que habiendo Abel Snchez acabado su cuadro, lo llev a una
Exposicin, donde obtuvo un aplauso general y fu admirado como
estupenda obra maestra, y se le di la medalla de honor.

Joaqun iba a la sala de la Exposicin a contemplar el cuadro y a mirar
en l, como si mirase en un espejo, al Can de la pintura y a espiar en
los ojos de las gentes si le miraban a l, despus de haber mirado al
otro.

Torturbame la sospecha--escribi en su _Confesin_--de que Abel
hubiese pensado en m al pintar su Can, de que hubiese descubierto
todas las insondables negruras de la conversacin que con l mantuve en
su casa cuando me anunci su propsito de pintarlo y cuando me ley los
pasajes del Gnesis, y yo me olvid tanto de l y pens tanto en m
mismo, que puse al desnudo mi alma enferma. Pero no! No haba en el Can
de Abel el menor parecido conmigo, no pens en m al pintarlo, es decir,
no me despreci, no lo pint desdendome, ni Helena debi de decirle
nada de m. Les bastaba con saborear el futuro triunfo, el que
esperaban. Ni siquiera pensaban en m!

Y esta idea de que ni siquiera pensasen en m, de que no me odiaran,
torturbame aun ms que lo otro. Ser odiado por l con un odio como el
que yo le tena, era algo y poda haber sido mi salvacin.

Y fu ms all, o entr ms dentro de s Joaqun, y fu que lanz la
idea de dar un banquete a Abel para celebrar su triunfo y que l, su
amigo de siempre, su amigo de antes de conocerse, le ofrecera el
banquete.

Joaqun gozaba de cierta fama de orador. En la Academia de Medicina y
Ciencias era el que dominaba a los dems con su palabra cortante y fra,
precisa y sarcstica de ordinario. Sus discursos solan ser chorros de
agua fra sobre los entusiasmos de los principiantes, acres lecciones de
escepticismo pesimista. Su tesis ordinaria que nada se saba de cierto
en Medicina, que todo era hiptesis y un continuo tejer y destejer, que
lo ms seguro era la desconfianza. Por esto, al saberse que era l,
Joaqun, quien ofrecera el banquete, echronse los ms a esperar
alborozados un discurso de doble filo, una diseccin despiadada, bajo
apariencias de elogio, de la pintura cientfica y documentada, o bien un
encomio sarcstico de ella. Y un regocijo malvolo corra por los
corazones de todos los que haban odo alguna vez hablar a Joaqun del
arte de Abel. Apercibironle a ste del peligro.

--Os equivocis--les dijo Abel.--Conozco a Joaqun y no le creo capaz de
eso. S algo de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido artstico
y dir cosas que valga la pena de oirlas. Y ahora quiero hacerle un
retrato...

--Un retrato?

--S, vosotros no le conocis como yo. Es un alma de fuego,
tormentosa...

--Hombre ms fro...

--Por fuera. Y en todo caso dicen que el fuego quema. Es una figura que
ni a posta...

Y este juicio de Abel lleg a odos del juzgado, de Joaqun, y le sumi
ms en sus cavilaciones. Qu pensar en realidad de m?, se
deca.--Ser cierto que me tiene as, por un alma de fuego, tormentosa?
Ser cierto que me reconoce vctima del capricho de la suerte?

Lleg en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fu que,
recibida en su casa una criada que haba servido en la de Abel, la
requiri de ambiguas familiaridades aun sin comprometerse, no ms que
para inquirir de ella lo que en la otra casa hubiera odo decir de l.

--Pero, vamos, dime, es que no les oste nunca nada de m?

--Nada, seorito, nada.

--Pero no hablaban alguna vez de m?

--Como hablar, s, creo que s, pero no decan nada.

--Nada, nunca nada?

--Yo no les oa hablar. En la mesa, mientras yo les serva, hablaban
poco y cosas de esas de que se habla en la mesa. De los cuadros de
l...

--Lo comprendo. Pero nada, nunca nada de m?

--No me acuerdo.

Y al separarse de la criada sinti Joaqun entraada aversin a s
mismo. Me estoy idiotizando--se dijo.--Qu pensar de m esta
muchacha! Y tanto le acongoj esto que hizo que con un pretexto
cualquiera se le despachase a aquella criada. Y si ahora va--se dijo
luego--y vuelve a servir a Abel y le cuenta esto? Por lo que estuvo a
punto de pedir a su mujer que volviera a llamarla. Mas no se atrevi. E
iba siempre temblando de encontrarla por la calle.




XIV


Lleg el da del banquete. Joaqun no durmi la noche de la vspera.

--Voy a la batalla, Antonia--le dijo a su mujer al salir de casa.

--Que Dios te ilumine y te gue, Joaqun.

--Quiero ver a la nia, a la pobre Joaquinita...

--S, ven, mrala... est dormida...

--Pobrecilla! No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia,
que sabr arrancrmelo. Me lo arrancar, lo estrangular y lo echar a
los pies de Abel. Le dara un beso si no fuese que temo despertarla...

---No, no! Bsala!

Inclinse el padre y bes a la nia dormida, que sonri al sentirse
besada en sueos.

--Ves, Joaqun, tambin ella te bendice.

--Adis, mujer!--Y le di un beso largo, muy largo.

Ella se fu a rezar ante la imagen de la Virgen.

Corra una maliciosa expectacin por debajo de las conversaciones
mantenidas durante el banquete. Joaqun, sentado a la derecha de Abel, e
intensamente plido, apenas coma ni hablaba. Abel mismo empez a temer
algo.

A los postres se oyeron siseos, empez a cuajar el silencio, y alguien
dijo: Que hable! Levantse Joaqun. Su voz empez temblona y sorda,
pero pronto se aclar y vibraba con un acento nuevo. No se oa ms que
su voz, que llenaba el silencio. El asombro era general. Jams se haba
pronunciado un elogio ms frvido, ms encendido, ms lleno de
admiracin y de cario a la obra y a su autor. Sintieron muchos
asomrseles las lgrimas cuando Joaqun evoc aquellos das de su comn
infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soaban lo que habran de ser.

Nadie le ha conocido ms adentro que yo--deca;--creo conocerte mejor
que me conozco a m mismo, ms puramente, porque de nosotros mismos no
vemos en nuestras entraas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en
otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la
admiracin. El ha hecho en su arte lo que yo habra querido hacer en el
mo, y por eso es uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi
trabajo y es un consuelo de la gloria que no he podido adquirir. El es
nuestro, de todos, l es mo sobre todo, y yo, gozando su obra, la hago
tan ma como l la hizo suya crendola. Y me consuelo de verme sujeto a
mi mediana...

Su voz lloraba a las veces. El pblico estaba subyugado, vislumbrando
oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.

Y ved la figura de Can--deca Joaqun dejando gotear las ardientes
palabras,--del trgico Can, del labrador errante, del primero que
fund ciudades, del padre de la industria, de la envidia y de la vida
civil, vedla! Ved con qu cario, con qu compasin, con qu amor al
desgraciado est pintada. Pobre Can! Nuestro Abel Snchez admira a Can
como Milton admiraba a Satn, est enamorado de su Can como Milton lo
estuvo de su Satn, porque admirar es amar y amar es compadecer. Nuestro
Abel ha sentido toda la miseria, toda la desgracia inmerecida del que
mat al primer Abel, del que trajo, segn la leyenda bblica, la muerte
al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la culpa de Can, porque hubo
culpa, y compadecerle y amarle... Este cuadro es un acto de amor!

Cuando acab Joaqun de hablar medi un silencio espeso, hasta que
estall una salva de aplausos. Levantse entonces Abel y, plido,
convulso, tartamudeante, con lgrimas en los ojos, le dijo a su amigo:

--Joaqun, lo que acabas de decir vale ms, mucho ms que mi cuadro, ms
que todos los cuadros que he pintado, ms que todos los que pintar...
Eso, eso es una obra de arte y de corazn. Yo no saba lo que he hecho
hasta que te he odo. T y no yo has hecho mi cuadro, t!

Y abrazronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos
aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le
dijo a Joaqun su demonio: Si pudieses ahora ahogarle en tus
brazos...!

--Estupendo!--decan.--Qu orador! Qu discurso! Quin poda haber
esperado esto? Lstima que no se haya trado taqugrafos!

--Esto es prodigioso--deca uno.--No espero volver a oir cosa igual.

--A m--aada otro--me corran escalofros al oirlo.

--Pero mrale, mrale qu plido est!

Y as era. Joaqun, sintindose, despus de su victoria, vencido, senta
hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel
discurso fu un xito como no lo haba tenido, como no volvera a
tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para
adquirir en ella gloria con que oscurecer la de su amigo en la pintura.

--Has visto cmo lloraba Abel?--deca uno al salir.

--Es que este discurso de Joaqun vale por todos los cuadros del otro.
El discurso ha hecho el cuadro. Habr que llamarle el cuadro del
discurso. Quita el discurso y qu queda del cuadro? Nada! A pesar del
primer premio.

Cuando Joaqun lleg a casa, Antonia sali a abrirle la puerta y a
abrazarle:

--Ya lo s, ya me lo han dicho. As, as! Vales ms que l, mucho ms
que l; que sepa que si su cuadro vale ser por tu discurso.

--Es verdad, Antonia, es verdad, pero...

--Pero qu? Todava...

--Todava, s. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio,
me deca mientras nos abrazbamos...

--No, no me las digas, cllate!

--Pues tpame la boca.

Y ella se la tap con un beso largo, clido, hmedo, mientras se le
nublaban de lgrimas los ojos.

--A ver si as me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes.

--S, para quedarme con l, no es eso?--y procuraba reirse la pobre.

--S, srbemelo, que a ti no puede hacerte dao, que en ti se morir, se
ahogar en tu sangre como en agua bendita...

Y cuando Abel se encontr en su casa, a solas con su Helena, sta le
dijo:

--Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaqun. Ha tenido que
tragar tu triunfo... ha tenido que tragarte...!

--No hables as, mujer, que no le has odo.

--Como si le hubiese odo,

--Le sala del corazn. Me ha conmovido. Te digo que ni yo s lo que he
pintado hasta que no le he odo a l explicrnoslo.

--No te fes... no te fes de l... cuando tanto le ha elogiado, por
algo ser...

--Y no puede haber dicho lo que senta?

---T sabes que est muerto de envidia de ti...

--Cllate.

--Muerto, s, muertito de envidia de ti...

--Cllate, cllate, mujer, cllate!

--No, no son celos, porque l ya no me quiere, si es que me quiso... es
envidia... envidia...

--Cllate! Cllate!--rugi Abel.

--Bueno, me callo, pero t vers...

--Ya he visto y he odo y me basta. Cllate, digo!




XV


Pero no, no! Aquel acto heroico no le cur al pobre Joaqun.

Empec a sentir remordimiento--escribi en su _Confesin_--de haber
dicho lo que dije, de no haber dejado estallar mi mala pasin para as
librarme de ella, de no haber acabado con l artsticamente, denunciando
los engaos y falsos efectismos de su arte, sus imitaciones, su tcnica
fra y calculada, su falta de emocin; de no haber matado su gloria. Y
as me habra librado de lo otro, diciendo la verdad, reduciendo su
prestigio a su verdadera tasa. Acaso Can, el bblico, el que mat al
otro Abel, empez a querer a ste luego que le vi muerto. Y entonces
fu cuando empec a creer: de los efectos de aquel discurso provino mi
conversin.

Lo que Joaqun llamaba as en su _Confesin_ fu que Antonia, su mujer,
que le vi no curado, que le temi acaso incurable, fu inducindole a
que buscase armas en la religin de sus padres, en la de ella, en la que
haba de ser de su hija, en la oracin.

--T lo que debes hacer es ir a confesarte...

--Pero, mujer, si hace aos que no voy a la iglesia...

--Por lo mismo.

--Pero si no creo en esas cosas...

--Eso creers t, pero a m me ha explicado el padre cmo vosotros, los
hombres de ciencia, creis no creer, pero creis. Yo s que las cosas
que te ense tu madre, las que yo ensear a nuestra hija...

--Bueno, bueno, djame!

--No, no te dejar. Vete a confesarte, te lo ruego.

--Y qu dirn los que conocen mis ideas?

--Ah, es eso? Son respetos humanos?

Mas la cosa empez a hacer mella en el corazn de Joaqun y se pregunt
si realmente no crea y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podra
curarle. Y empez a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras,
como en son de desafo a los que conocan sus ideas irreligiosas, y
acab yendo a un confesor. Y una vez en el confesonario se le desat el
alma.

--Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no
querer creer como quiero creer, le matara...

--Pero eso, hijo mo, eso no es odio; eso es ms bien envidia.

--Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.

--Pero debe cambiarlo en noble emulacin, en deseo de hacer en su
profesin y sirviendo a Dios, lo mejor que pueda...

--No puedo, no puedo, no puedo trabajar. Su gloria no me deja.

--Hay que hacer un esfuerzo... para eso el hombre es libre...

--No creo en el libre albedro, padre. Soy mdico.

--Pero...

--Qu hice yo para que Dios me hiciese as, rencoroso, envidioso, malo?
Qu mala sangre me leg mi padre?

--Hijo mo... hijo mo...

--No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no
es libre. No, no lo soy! Ser libre es creer serlo!

--Es usted malo porque desconfa de Dios.

--El desconfiar de Dios es maldad, padre?

--No quiero decir eso, sino que la mala pasin de usted proviene de que
desconfa de Dios...

--El desconfiar de Dios es maldad? Vuelvo a preguntrselo.

--S, es maldad.

--Luego desconfo de Dios porque me hizo malo, como a Can le hizo malo.
Dios me hizo desconfiado...

--Le hizo libre.

--S, libre de ser malo.

--Y de ser bueno!

--Por qu nac, padre?

--Pregunte ms bien que para qu naci...




XVI


Abel haba pintado una Virgen con el nio en brazos, que no era sino un
retrato de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo xito,
fu reproducido, y ante una esplndida fotografa de l rezaba Joaqun a
la Virgen Santsima, dicindole: Protgeme! Slvame!

Pero mientras as rezaba, susurrndose en voz baja y como para oirse,
quera acallar otra voz ms honda, que brotndole de las entraas le
deca: As se muera! As te la deje libre!

--Con que te has hecho ahora reaccionario?--le dijo un da Abel a
Joaqun.

--Yo?

--S, me han dicho que te has dado a la iglesia y que oyes misa diaria,
y como nunca has credo ni en Dios ni en el Diablo, y no es cosa de
convertirse as, sin ms ni menos, pues que te has hecho reaccionario!

--Y a ti qu?

--No, si no te pido cuentas; pero... crees de veras?

--Necesito creer.

--Eso es otra cosa. Pero crees?

--Ya te he dicho que necesito creer, y no me preguntes ms.

--Pues a m con el arte me basta; el arte es mi religin.

--Pues has pintado Vrgenes...

--S, a Helena.

--Que no lo es precisamente.

--Para m como si lo fuese. Es la madre de mi hijo...

--Nada ms?

--Y toda madre es virgen en cuanto es madre.

--Ya ests haciendo teologa!

--No s, pero aborrezco el reaccionarismo y la gazmoera. Todo eso me
parece que no nace sino de la envidia, y me extraa en ti, que te creo
muy capaz de distinguirte del vulgo, de los mediocres, me extraa que te
pongas ese uniforme.

--A ver, a ver, Abel, explcate!

---Es muy claro. Los espritus vulgares, ramplones, no consiguen
distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan, les
quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de municin, para
que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religin
que en arte, es la envidia, no te quepa duda. Si a todos se nos deja
vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un atavo que llame la
atencin y pone de realce su natural elegancia, y si es hombre hace que
las mujeres le admiren, y se enamoren de l mientras otro, naturalmente
rampln y vulgar, no logra sino ponerse en ridculo buscando vestirse a
su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los envidiosos,
han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como muecos,
que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengate,
Joaqun: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impas, no son sino
las que no se les ocurre a los pobres de ingenio rutinario, a los que no
tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y s slo sentido
comn y vulgaridad. Lo que ms odian es la imaginacin y porque no la
tienen.

--Y aunque as sea--exclam Joaqun,--es que esos que llaman los
vulgares, los ramplones, los mediocres, no tienen derecho a defenderse?

--Otra vez defendiste en mi casa, te acuerdas?, a Can, al envidioso, y
luego, en aquel inolvidable discurso que me morir leyndotelo, en aquel
discurso a que debo lo ms de mi reputacin, nos enseaste, me enseaste
a m al menos, el alma de Can. Pero Can no era ningn vulgar, ningn
rampln, ningn mediocre...

--Pero fu el padre de los envidiosos...

--S, pero de otra envidia, no de la de esa gente... La envidia de Can
era algo grande; la del fantico inquisidor es lo ms pequeo que hay. Y
me choca verte entre ellos...

Pero este hombre--se deca Joaqun al separarse de Abel--es que lee en
m? Aunque no, parece no darse cuenta de lo que me pasa. Habla y piensa
como pinta, sin saber lo que dice y lo que pinta. Es un inconsciente,
aunque yo me empee en ver en l un tcnico reflexivo...




XVII


Enterse Joaqun de que Abel andaba enredado con una antigua modelo, y
esto le corrobor en su aprensin de que no se haba casado con Helena
por amor. Se casaron--decase--por humillarme. Y luego se aada: Ni
ella, ni Helena le quiere, ni puede quererle... ella no quiere a nadie,
es incapaz de cario, no es ms que un hermoso estuche de vanidad... Por
vanidad, y por desdn a m, se cas, y por vanidad o por capricho es
capaz de faltar a su marido... Y hasta con el mismo a quien no quiso
para marido... Surgale a la vez de entre pavesas una brasa que crea
apagada al hielo de su odio, y era su antiguo amor a Helena. Segua,
s, a pesar de todo, enamorado de la pava real, de la coqueta, de la
modelo de su marido. Antonia le era muy superior, sin duda, pero la otra
era la otra. Y luego, la venganza... es tan dulce la venganza! Tan tibia
para un corazn helado!

A los pocos das fu a casa de Abel, acechando la hora en que ste se
hallara fuera de ella. Encontr a Helena sola con el nio, a aquella
Helena, a cuya imagen divinizada haba en vano pedido proteccin y
salvacin.

--Ya me ha dicho Abel--le dijo su prima--que ahora te ha dado por la
iglesia. Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de
Antonia?

--Pues?

--Porque los hombres solis haceros beatos o a rastras de la mujer o
escapando de ella...

--Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.

--S, eh?

--S, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo
ms, y es que no slo rezo en la iglesia...

--Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa.

--Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me
salve.

--Me parece muy bien.

--Y sabes ante qu imagen pido eso?

--Si t no me lo dices...

--Ante la que pint tu marido...

Helena volvi la cara de pronto, enrojecida, al nio que dorma en un
rincn del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcert. Mas
reponindose dijo:

--Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaqun, que tu nueva
devocin no es ms que una farsa y algo peor...

--Te juro, Helena...

--El segundo: no jurar su santo nombre en vano.

--Pues te juro, Helena, que mi conversin fu verdadera, es decir que he
querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasin que me
devora...

--S, conozco tu pasin.

--No, no la conoces!

--La conozco. No puedes sufrir a Abel.

--Pero por qu no puedo sufrirle?

--Eso t lo sabrs. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me
le presentases.

--Falso!... Falso!

--Verdad! Verdad!

--Y por qu no he de poder sufrirle?

--Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... No tienes t
clientela? No ganas con ella?

--Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. No me
basta con eso! Yo querra haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo
en mi ciencia, haber unido mi nombre a algn descubrimiento
cientfico...

--Pues ponte a ello, que talento no te falta.

--Ponerme a ello... ponerme a ello... Habrame puesto a ello, s,
Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...

--Y por qu no a los de Antonia?

--No hablemos de ella!

--Ah, pero has venido a esto? Has espiado el que mi Abel--y recalc el
_mi_--estuviese fuera para venir a esto?

--Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace de ti tu Abel!

--Qu? Tambin delator, acusique, sopln?

--Tu Abel tiene otros modelos que t.

--Y qu?--exclam Helena, irguindose.--Y qu si las tiene? Seal de que
sabe ganarlas! O es que tambin de eso le tienes envidia? Es que no
tienes ms remedio que contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque l ha
sabido buscarse otra vienes t aqu hoy a buscarte otra tambin? Y
vienes as, con chismes de estos? No te da vergenza, Joaqun? Qutate,
qutate de ah, que me da bascas slo el verte.

--Por Dios, Helena, que me ests matando... que me ests matando!

--Anda, vete, vete a la iglesia, hipcrita, envidioso; vete a que tu
mujer te cure, que ests muy malo.

--Helena, Helena, que t sola puedes curarme! Por cuanto ms quieras,
Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!

--Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mo?

--A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es
incapaz de quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con
un cario como no puedes soar.

Helena se levant, fu al nio y despertndolo, cojilo en brazos, y
volviendo a Joaqun le dijo: Vete! Es ste, el hijo de Abel, quien te
echa de su casa; vete!




XVIII


Joaqun empeor. La ira al conocer que se haba desnudado el alma ante
Helena, y el despecho por la manera como sta le rechaz, en que vi
claro que le despreciaba, acab de enconarle el nimo. Mas se domin
buscando en su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombrecisele
aun ms su vida de hogar; se le agri el humor.

Tena entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oir misa
diaria y se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre, encerrada
en su cuarto haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos
en el suelo, y responda a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo
gangosa. Joaqun no poda resistirla y la regaaba con cualquier
pretexto. Tiene razn el seor, sola decirle ella.

--Cmo que tengo razn?--exclam una vez, ya perdida la paciencia, l,
el amo.--No, ahora no tengo razn!

--Bueno, seor, no se enfade, no la tendr.

--Y nada ms?

--No le entiendo, seor.

--Cmo que no me entiendes, gazmoa, hipcrita? Por qu no te defiendes?
Por qu, no me replicas? Por qu no te rebelas?

--Rebelarme yo? Dios y la Santsima Virgen me defiendan de ello, seor.

--Pero quieres ms--intervino Antonia--sino que reconozca sus faltas?

--No, no las reconoce. Est llena de soberbia!

--De soberbia yo, seor?

--Lo ves? Es la hipcrita soberbia de no reconocerla. Es que est
haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es
que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la
virtud de la paciencia. Y a mi costa, no! No, no y no! A mi costa, no!
A m no se me toma de instrumento para hacer mritos para el cielo. Eso
es hipocresa!

La criadita lloraba, rezando entre dientes.

--Pero y si es verdad, Joaqun--dijo Antonia--que realmente es
humilde... Por qu va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habras
irritado an ms.

--No! Es una canallada tomar las flaquezas del prjimo como medio para
ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea
persona... y no criada...

--Entonces, Joaqun, te irritara ms.

--No, lo que ms me irrita son esas pretensiones a mayor perfeccin.

--Se equivoca usted, seor--dijo la criada, sin levantar los ojos del
suelo;--yo no me creo mejor que nadie.

--No, eh? Pues yo s! Y el que no se crea mejor que otro, es un
mentecato. T te creers la ms pecadora de las mujeres, es eso? Anda,
responde!

--Esas cosas no se preguntan, seor.

--Anda, responde, que tambin San Luis Gonzaga dicen que se crea el
ms pecador de los hombres; responde: te crees, s o no, la ms pecadora
de las mujeres?

--Los pecados de las otras no van a mi cuenta, seor.

--Idiota, ms que idiota. Vete de ah!

--Dios le perdone, como yo le perdono, seor.

--De qu? Ven y dmelo, de qu? De qu me tiene que perdonar Dios? Anda,
dilo.

--Bueno, seora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.

--Por ah debiste empezar--concluy Joaqun.

Y luego, a solas con su mujer, le deca:

--Y no ir diciendo esta gatita muerta que estoy loco? No lo estoy
acaso, Antonia? Dime, estoy loco, s o no?

--Por Dios, Joaqun, no te pongas as...

--S, s creo estar loco... Encirrame. Esto va a acabar conmigo.

--Acaba t con ello.




XIX


Concentr entonces todo su ahinco en su hija, en criarla y educarla, en
mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.

--Mira--sola decirle a su mujer,--es una suerte que sea sola, que no
hayamos tenido ms.

--No te habra gustado un hijo?

--No, no, es mejor hija, es ms fcil aislarla del mundo indecente.
Adems, si hubisemos tenido dos, habran nacido envidias entre ellos...

--O no!

--O s. No se puede repartir el cario igualmente entre varios: lo que
se le da al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para l y slo
para l. No, no, no quisiera verme en el caso de Dios...

--Y cul es ese caso?

--El de tener tantos hijos. No dicen que somos todos hijos de Dios?

--No digas esas cosas, Joaqun...

--Unos estn sanos para que otros estn enfermos... Hay que ver el
reparto de las enfermedades...

No quera que su hija tratase con nadie. La llev una maestra particular
a casa, y l mismo, en ratos de ocio, le enseaba algo.

La pobre Joaquina adivin en su padre a un paciente mientras reciba de
l una concepcin ttrica del mundo y de la vida.

--Te digo--le deca Joaqun a su mujer--que es mejor, mucho mejor que
tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cario...

--Dicen que cuanto ms se reparte crece ms...

--No creas as. Te acuerdas de aquel pobre Ramrez, el procurador? Su
padre tena dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se
coma sino sota, caballo y rey, cocido, pero no principio; slo el
padre, Ramrez padre, tomaba principio, del cual daba alguna vez a uno
de los hijos y a una de las hijas, pero nunca a los otros. Cuando
repicaban gordo, en das sealados, haba dos principios para todos y
otro adems para l, para el amo de la casa, que en algo haba de
distinguirse. Hay que conservar la jerarqua. Y a la noche, al recojerse
a dormir Ramrez padre daba siempre un beso a uno de los hijos y a una
de las hijas, pero no a los otros dos.

--Qu horror! Y por qu?

--Qu s yo... Le pareceran ms guapos los preferidos...

--Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor...

--Es que le ha llegado la ltima, seis aos despus de la anterior y
cuando andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso
le llama la intrusa.

--Qu horrores, Dios mo!

--As es la vida, Antonia, un semillero de horrores. Y bendigamos a
Dios el no tener que repartir nuestro cario.

--Cllate!

--Cllome!

Y le hizo callar.




XX


El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su padre sola dar a Joaqun
noticias de la marcha de sus estudios. Habl Joaqun algunas veces con
el muchacho mismo y le cobr algn afecto; tan insignificante le
pareci.

--Y cmo le dedicas a mdico y no a pintor?--le pregunt a su amigo.

--No le dedico yo, se dedica l. No siente vocacin alguna por el
arte...

--Claro, y para estudiar Medicina no hace falta vocacin...

--No he dicho eso. T siempre tan mal pensado. Y no slo no siente
vocacin por la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se detiene a ver
lo que pinto ni se informa de ello.

--Es mejor as acaso...

--Por qu?

--Porque si se hubiera dedicado a la pintura, o lo haca mejor que t, o
peor. Si peor, eso de ser Abel Snchez, hijo, al que llamaran Abel
Snchez el Malo o Snchez el Malo o Abel el Malo, no est bien ni l lo
sufrira...

--Y si fuera mejor que yo?

--Entonces seras t quien no lo sufrira.

--Piensa el ladrn que todos son de su condicin.

--S, venme ahora a m, a m, con esas pamemas. Un artista no soporta la
gloria de otro, y menos si es su propio hijo o su hermano. Antes la de
un extrao. Eso de que uno de su sangre le supere... eso no! Cmo
explicarlo? Haces bien en dedicarle a la Medicina.

--Adems, as ganar ms.

--Pero quieres hacerme creer que no ganas mucho con la pintura?

--Bah, algo.

--Y adems, gloria.

--Gloria? Para lo que dura...

--Menos dura el dinero.

--Pero es ms slido.

--No seas farsante, Abel, no finjas despreciar la gloria.

--Te aseguro que lo que hoy me preocupa es dejar una fortuna a mi hijo.

--Le dejars un nombre.

--Los nombres no se cotizan.

--El tuyo, s!

--Mi firma, pero es... Snchez! Y menos mal si no le da por firmar Abel
S. Puig!--que le hagan marqus de Casa Snchez. Y luego el Abel quita la
malicia al Snchez. Abel Snchez suena bien.




XXI


Huyendo de s mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro,
de Abel, en su espritu, la triste conciencia enferma que se le
presentaba, empez a frecuentar una pea del Casino. Aquella
conversacin ligera le servira como de narctico, o ms bien se
embriagara con ella. No hay quien se entrega a la bebida para ahogar
una pasin devastadora en ella, para derretir en vino un amor frustrado?
Pues l se entregara a la conversacin casinera, a oirla ms que a
tomar parte muy activa en ella, para ahogar tambin su pasin. Slo que
el remedio, fu peor que la enfermedad.

Iba siempre decidido a contenerse, a reir y bromear, a murmurar como por
juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida,
bondadoso como un escptico de profesin, atento a lo de que comprender
es perdonar, y sin dejar traslucir el cncer que le devoraba la
voluntad. Pero el mal le sala por la boca, en las palabras, cuando
menos lo esperaba, y perciban todos en ellas el hedor del mal. Y volva
a casa irritado contra s mismo, reprochndose su cobarda y el poco
dominio sobre s y decidido a no volver ms a la pea del Casino.
No--se deca--no vuelvo, no debo volver; esto me empeora, me agrava;
aquel mbito es deletreo; no se respira all ms que malas pasiones
retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad. Santa
soledad!

Y volva.

Volva por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jams lograba
estar solo, sino que siempre all el otro. El otro! Lleg a sorprenderse
en dilogo con l, tramando lo que el otro le deca. Y el otro, en estos
dilogos solitarios, en estos monlogos dialogados, le deca cosas
indiferentes o gratas, no le mostraba ningn rencor. Por qu no me
odia, Dios mo!--lleg a decirse.--Por qu no me odia?

Y se sorprendi un da a s mismo a punto de pedir a Dios, en infame
oracin diablica, que infiltrase en el alma de Abel odio a l, a
Joaqun. Y otra vez: Ah, si me envidiase... si me envidiase...! Y a
esta idea, que como fulgor lvido cruz por las tinieblas de su espritu
de amargura, sinti un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo
temblar hasta los tutanos del alma, escalofriados. Ser envidiado...!
Ser envidiado...!

Mas no es esto--se dijo luego--que me odio, que me envidio a m
mismo...? Fuese a la puerta, la cerr con llave, mir a todos lados, y
al verse solo arrodillse murmurando con lgrimas de las que escaldan en
la voz: Seor, Seor. T me dijiste: ama a tu prjimo como a ti mismo!
Y yo no amo al prjimo, no puedo amarle, porque no me amo, no s amarme,
no puedo amarme a m mismo. Qu has hecho de m, Seor!

Fu luego a cojer la Biblia y la abri por donde dice: Y Jehov dijo a
Can: dnde est Abel tu hermano? Cerr lentamente el libro,
murmurando: Y dnde estoy yo? Oy entonces ruido fuera y se apresur a
abrir la puerta. Pap, papato!, exclam su hija al entrar. Aquella
voz fresca pareci volverle a la luz. Bes a la muchacha y rozndole el
odo con la boca le dijo bajo, muy bajito, para que no lo oyera nadie:
Reza por tu padre, hija ma!

--Padre! Padre!--gimi la muchacha, echndole los brazos al cuello.

Ocult la cabeza en el hombro de la hija y rompi a llorar.

--Qu te pasa, pap, ests enfermo?

--S, estoy enfermo. Pero no quieras saber ms.




XXII


Y volvi al Casino. Era intil resistirlo. Cada da se inventaba a s
mismo un pretexto para ir all. Y el molino de la pea segua moliendo.

All estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oa que alguien
elogiaba a otro preguntaba: Contra quin va ese elogio?

--Porque a m--deca con su vocecita fra y cortante--no me la dan con
queso; cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se
trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no
se le elogia con mala intencin, por ensaarse en l... Nadie elogia con
buena intencin.

--Hombre--le replicaba Len Gmez, que se gozaba en dar cuerda al cnico
Cuadrado--ah tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha odo todava
hablar mal de otro...

--Bueno--intercalaba un diputado provincial,--es que don Leovigildo es
un poltico y los polticos deben estar a bien con todo el mundo. Qu
dices Federico?

--Digo que don Leovigildo se morir sin haber hablado mal ni pensado
bien de nadie. El no dar acaso ni el ms lijero empujoncito para que
otro caiga, ni aunque no se lo vean, porque no slo teme al cdigo
penal, sino tambin al infierno; pero si el otro se cae y se rompe la
crisma, se alegrar hasta los tutanos. Y para gozarse en la rotura de
la crisma del otro, ser el primero que ir a condolerse de su desgracia
y darle el psame.

--Yo no s cmo se puede vivir sintiendo as--dijo Joaqun.

--Sintiendo cmo?--le arguy al punto Federico.--Como siente don
Leovigildo, como siento yo o como sientes t?

--De m nadie ha hablado!--Y esto lo dijo con acre displicencia.

--Pero hablo yo, hijo mo, porque aqu todos nos conocemos...

Joaqun se sinti palidecer. Le llegaba como un pual de hielo hasta las
entraas de la voluntad aquel _hijo mo!_ que prodigaba Federico, su
demonio de la guarda, cuando echaba la garra sobre alguien.

--No s por qu le tienes esa tirria a don Leovigildo--aadi Joaqun,
arrepintindose de haberlo dicho apenas lo dijera, pues sinti que
estaba atizando la mala lumbre.

--Tirria? Tirria yo? Y a don Leovigildo?

--S, no s qu mal te ha hecho...

--En primer lugar, hijo mo, no hace falta que le hayan hecho a uno mal
alguno para tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, es fcil
inventar ese mal, es decir, figurarse uno que se lo han hecho... Y yo no
le tengo a don Leovigildo ms tirria que a otro cualquiera. Es un hombre
y basta. Y un hombre honrado!

--Como t eres un misntropo profesional...--empez el diputado
provincial.

--El hombre es el bicho ms podrido y ms indecente, ya os lo he dicho
cien veces. Y el hombre honrado es el peor de los hombres.

--Anda, anda, qu dices a eso t, que hablabas el otro da del poltico
honrado, refirindote a don Leovigildo?--le dijo Len Gmez al diputado.

--Poltico honrado!--salt Federico.--Eso s que no!

--Y por qu?--preguntaron tres a coro.

--Que por qu? Porque lo ha dicho l mismo. Porque tuvo en un discurso
la avilantez de llamarse a s mismo honrado. No es honrado declararse
tal. Dice el Evangelio que Cristo Nuestro Seor...

--No mientes a Cristo, te lo suplico!--le interrumpi Joaqun.

--Qu? Te duele tambin Cristo, hijo mo?

Hubo un breve silencio, oscuro y fro.

--Dijo Cristo Nuestro Seor--recalc Federico--que no le llamaran bueno,
que bueno era slo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a
llamarse a s mismos honrados!

--Es que honrado no es precisamente bueno--intercal don Vicente, el
magistrado.

--Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. Y gracias a Dios que le oigo a
un magistrado alguna sentencia razonable y justa!

--De modo--dijo Joaqun--que uno no debe confesarse honrado. Y pillo?

--No hace falta.

--Lo que quiere el seor Cuadrado--dijo don Vicente, el magistrado--es
que los hombres se confiesen bellacos y sigan sindolo; no es eso?

--Bravo!--exclam el diputado provincial.

--Le dir a usted, hijo mo--contest Federico, pensando la
respuesta.--Usted debe saber cul es la excelencia del sacramento de la
confesin en nuestra sapientsima Madre Iglesia...

--Alguna otra barbaridad--interrumpi el magistrado.

--Barbaridad, no, sino muy sabia institucin. La confesin sirve para
pecar ms tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su
pecado. No es as, Joaqun?

--Hombre, si uno no se arrepiente...

--S, hijo mo, s, si uno se arrepiente, pero vuelve a pecar y vuelve a
arrepentirse y sabe cuando peca que se arrepentir y sabe cuando se
arrepiente que volver a pecar, y acaba por pecar y arrepentirse a la
vez; no es as?

--El hombre es un misterio--dijo Len Gmez.

--Hombre, no digas sandeces!--le replic Federico.

--Sandez, por qu?

--Toda sentencia filosfica, as, todo axioma, toda proposicin general
y solemne, enunciada aforsticamente, es una sandez.

--Y la filosofa, entonces?

--No hay ms filosofa que sta, la que hacemos aqu...

--S, desollar al prjimo.

--Exacto. Nunca est mejor que desollado.

Al levantarse la tertulia, Federico se acerc a Joaqun a preguntarle si
se iba a su casa, pues gustara de acompaarle un rato, y al decirle
ste que no, que iba a hacer una visita all, al lado, aqul le dijo:

--S, te comprendo; eso de la visita es un achaque. Lo que t quieres
es verte solo. Lo comprendo.

--Y por qu lo comprendes?

--Nunca se est mejor que solo. Pero cuando te pese la soledad, acude a
m. Nadie te distraer mejor de tus penas.

--Y las tuyas?--le espet Joaqun.

--Bah! Quin piensa en eso...!

Y se separaron.




XXIII


Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado, aragons, padre de
cinco hijos y que se ganaba la vida como poda, de escribiente y a lo
que saliera. El pobre acuda con frecuencia a conocidos y amigos, si es
que un hombre as los tiene, pidindoles con mil pretextos que le
anticiparan dos o tres duros. Y lo que era ms triste, mandaba a alguno
de sus hijos, y alguna vez a su mujer, a las casas de los conocidos con
cartitas de peticin. Joaqun le haba socorrido algunas veces, sobre
todo cuando le llamaba a que viese, como mdico, a personas de su
familia. Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre hombre.
Adivinaba en l una vctima de la maldad humana.

Preguntle una vez por l a Abel.

--S, le conozco--le dijo ste,--y hasta le tuve algn tiempo empleado.
Pero es un haragn, un vago. Con el pretexto de que tiene que ahogar sus
penas, no deja de ir ningn da al caf, aunque en su casa no se
encienda la cocina. Y no le faltar su cajetilla de cigarros. Tiene que
convertir sus pesares en humo.

--Eso no es decir nada, Abel. Habra que ver el caso por dentro...

--Mira, djate de garambainas. Y por lo que no paso es por la mentira
esa de pedirme prestado y lo de se lo devolver en cuanto pueda... Que
pida limosna y al avo. Es ms claro y ms noble. La ltima vez me pidi
tres duros adelantados y le di tres pesetas, pero dicindole: Y sin
devolucin! Es un haragn!

--Y qu culpa tiene l...!

--Vamos, s, ya sali aquello, qu culpa tiene...

--Pues claro! De quin son las culpas?

--Bueno, mira, dejmonos de esas cosas. Y si quieres socorrerle,
socrrele, que yo no me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que si me
vuelve a pedir, le dar.

--Eso ya lo saba yo, porque en el fondo t...

--No nos metamos al fondo. Soy pintor y no pinto los fondos de las
personas. Es ms, estoy convencido de que todo hombre lleva fuera todo
lo que tiene dentro.

--Vamos, s, que para ti un hombre no es ms que un modelo...

--Te parece poco? Y para ti un enfermo. Porque t eres el que les andas
mirando y auscultando a los hombres por dentro...

--Mediano oficio...

--Por qu?

--Porque acostumbrado uno a mirar a los dems por dentro, da en ponerse
a mirarse a s mismo, a auscultarse.

--Ve ah mi ventaja. Yo con mirarme al espejo tengo bastante...

--Y te has mirado de veras alguna vez?

--Naturalmente! Pues no sabes que me he hecho un autorretrato?

--Que ser una obra maestra...

--Hombre, no est del todo mal... Y t, te has registrado por dentro
bien?

       *       *       *       *       *

Al da siguiente de esta conversacin Joaqun sali del Casino con
Federico para preguntarle si conoca a aquel pobre hombre que andaba as
pidiendo de manera vergonzante. Y dime la verdad, eh, que estamos
solos; nada de tus ferocidades.

--Pues mira, ese es un pobre diablo que deba estar en la crcel, donde
por lo menos comera mejor que come y vivira ms tranquilo.

--Pues qu ha hecho?

--No, no ha hecho nada; debi hacer, y por eso digo que debera estar en
la crcel.

--Y qu es lo que debi haber hecho?

--Matar a su hermano.

--Ya empiezas!

--Te lo explicar. Ese pobre hombre es, como sabes, aragons y all en
su tierra an subsiste la absoluta libertad de testar. Tuvo la desgracia
de nacer el primero a su padre, de ser el mayorazgo y luego tuvo la
desgracia de enamorarse de una muchacha pobre, guapa y honrada, segn
pareca. El padre se opuso con todas sus fuerzas a esas relaciones
amenazndole con desheredarle si llegaba a casarse con ella. Y l, ciego
de amor, comprometi primero gravemente a la muchacha, pensando
convencer as al padre, y acaso por casarse con ella y por salir de
casa. Y sigui en el pueblo, trabajando como poda en casa de sus
suegros, y esperando convencer y ablandar a su padre. Y ste, buen
aragons, tesa que tesa. Y muri desheredndole al pobre diablo y
dejando su hacienda al hijo segundo; una hacienda regular. Y muertos
poco despus los suegros del hoy aqu sablista, acudi ste a su hermano
pidindole amparo y trabajo, y su hermano se los neg, y por no matarle,
que es lo que le peda el coraje, se ha venido ac a vivir de limosna y
del sable. Esta es la historia, como ves, muy edificante.

--Y tan edificante!

--Si le hubiera matado a su hermano, a esa especie de Jacob, mal, muy
mal, y no habindole matado mal, muy mal tambin...

--Acaso peor.

--No digas eso, Federico.

--S, porque no slo vive miserable y vergonzosamente, del sable, sino
que vive odiando a su hermano.

--Y si le hubiera matado?

--Entonces se le habra curado el odio, y hoy, arrepentido de su crimen,
querra su memoria. La accin libra del mal sentimiento, y es el mal
sentimiento el que envenena el alma. Cremelo, Joaqun, que lo s muy
bien.

Mirle Joaqun a la mirada fijamente y le espet un:

--Y t?

--Yo? No quieras saber, hijo mo, lo que no te importa. Bstete saber
que todo mi cinismo es defensivo. Yo no soy hijo del que todos vosotros
tenis por mi padre; yo soy hijo adulterino y a nadie odio en este mundo
ms que a mi propio padre, al natural, que ha sido el verdugo del otro,
del que por vileza y cobarda me di su nombre, este indecente nombre
que llevo.

--Pero padre no es el que engendra; es el que cra...

--Es que ese, el que creis que me ha criado, no me ha criado sino que
me destet con el veneno del odio que guarda al otro, al que me hizo y
le oblig a casarse con mi madre.




XXIV


Concluy la carrera el hijo de Abel, Abeln, y acudi su padre, a su
amigo, por si quera tomarle de ayudante para que a su lado practicase.
Lo acept Joaqun.

Le admit--escriba ms tarde en su _Confesin_, dedicada a su
hija--por una extraa mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a su
padre, de afecto al muchacho, que me pareca entonces una mediana y por
un deseo de libertarme as de mi mala pasin a la vez que, por ms
debajo de mi alma, mi demonio me deca que con el fracaso del hijo me
vengara del encumbramiento del padre. Quera por un lado, con el cario
al hijo, redimirme del odio al padre, y por otro lado me regodeaba
esperando que si Abel Snchez triunf en la pintura, otro Abel Snchez
de su sangre marrara en la Medicina. Nunca pude figurarme entonces cun
hondo cario cobrara luego al hijo del que me amargaba y entenebreca
la vida del corazn.

Y as fu que Joaqun y el hijo de Abel sintironse atrados el uno al
otro. Era Abeln rpido de comprensin y se interesaba por las
enseanzas de Joaqun, a quien empez llamando maestro. Este su maestro
se propuso hacer de l un buen mdico y confiarle el tesoro de su
experiencia clnica. Le guiar--se deca--a descubrir las cosas que
esta maldita inquietud de mi nimo me ha impedido descubrir a m.

--Maestro,--le pregunt un da Abeln,--por qu no recoje usted todas
esas observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha
enseado y escribe un libro? Sera interesantsimo y de mucha enseanza.
Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria sagacidad cientfica.

--Pues mira, hijo--(que as sola llamarle) respondi--yo no puedo, no
puedo... No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad,
no s qu...

--Todo sera ponerse a ello...

--S, hijo, s, todo sera ponerse a ello, pero cuantas veces lo he
pensado no he llegado a decidirme. Ponerme a escribir un libro... y en
Espaa... y sobre Medicina...! No vale la pena. Caera en el vaco...

--No, el de usted, no, maestro, se lo respondo.

--Lo que yo deba haber hecho es lo que t has de hacer, dejar esta
insoportable clientela y dedicarte a la investigacin pura, a la
verdadera ciencia, a la fisiologa, a la histologa, a la patologa y no
a los enfermos de pago. T que tienes alguna fortuna, pues los cuadros
de tu padre han debido drsela, dedcate a eso.

--Acaso tenga usted razn, maestro; pero ello no quita para que usted
deba publicar sus memorias de clnico.

--Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo te doy mis notas todas, te las
amplo de palabra, te digo cuanto me preguntes y publica t el libro. Te
parece?

--De perlas, maestro. Ya vengo apuntando desde que le ayudo todo lo que
le oigo y todo lo que a su lado aprendo.

--Muy bien, hijo, muy bien!--y le abraz conmovido.

Y luego se deca Joaqun: Este, ste ser mi obra! Mo y no de su
padre. Acabar venerndome y comprendiendo que yo valgo mucho ms que su
padre y que hay en mi prctica de la Medicina mucha ms arte que en la
pintura de su padre. Y al cabo se lo quitar, s, se lo quitar! El me
quit a Helena, yo les quitar el hijo. Que ser mo, y quin sabe?...
acaso concluya renegando de su padre, cuando le conozca y sepa lo que me
hizo.




XXV


--Pero dime--le pregunt un da Joaqun a su discpulo--cmo se te
ocurri estudiar Medicina?

--No lo s...

--Porque lo natural es que hubieses sentido inclinacin a la pintura.
Los muchachos se sienten llamados a la profesin de sus padres; es el
espritu de imitacin... el ambiente...

--Nunca me ha interesado la pintura, maestro.

--Lo s, lo s por tu padre, hijo.

--Y la de mi padre menos.

--Hombre, hombre, y cmo as?

--No la siento y no s si la siente l...

--Eso es ms grande. A ver, explcate.

--Estamos solos; nadie nos oye; usted, maestro, es como si fuese mi
segundo padre... segundo... Bueno. Adems usted es el ms antiguo amigo
suyo, le he odo decir que de siempre, de toda la vida, de antes de
tener uso de razn, que son como hermanos...

--S, s, as es; Abel y yo somos como hermanos... Sigue.

--Pues bien, quiero abrirle hoy mi corazn, maestro.

--bremelo. Lo que me digas caer en l como en el vaco, nadie lo
sabr!

--Pues s, dudo que mi padre sienta la pintura ni nada. Pinta como una
mquina, es un don natural, pero sentir?

--Siempre he credo eso.

--Pues fu usted, maestro, quien, segn dicen; hizo la mayor fama de mi
padre con aquel famoso discurso de que an se habla...

--Y qu iba yo a decir?

--Algo as me pasa. Pero mi padre no siente ni la pintura ni nada. Es de
corcho, maestro, de corcho.

--No tanto, hijo.

--S, de corcho. No vive ms que para su gloria. Todo eso de que la
desprecia es farsa, farsa, farsa. No busca ms que el aplauso. Y es un
egosta, un perfecto egosta. No quiere a nadie.

--Hombre, a nadie...

--A nadie, maestro, a nadie! Ni s cmo se cas con mi madre. Dudo que
fuera por amor.

Joaqun palideci.

--S--prosigui el hijo--que ha tenido enredos y los con algunas
modelos, pero eso no es ms que capricho y algo de jactancia. No quiere
a nadie.

--Pero me parece que no eres t quien debieras...

--A m nunca me ha hecho caso. A m me ha mantenido, ha pagado mi
educacin y mis estudios, no me ha escatimado ni me escatima su dinero,
pero yo apenas si existo para l. Cuando alguna vez le he preguntado
algo, de historia del arte, de tcnica, de la pintura o de sus viajes o
de otra cosa, me ha dicho: Djame, djame en paz y una vez lleg a
decirme: aprndelo, como lo he aprendido yo! ah tienes los libros.
Qu diferencia con usted, maestro!

--Sera que no lo saba, hijo. Porque mira, los padres quedan a las
veces mal con sus hijos por no confesarse ms ignorantes o ms torpes
que ellos.

--No era eso. Y hay algo peor.

--Peor? A ver!

--Peor, s. Jams me ha reprendido, haya hecho yo lo que hiciera. No
soy, no he sido nunca un calavera, un disoluto, pero todos los jvenes
tenemos nuestras cadas, nuestros tropiezos. Pues bien, jams los ha
inquirido y si por acaso los saba nada me ha dicho.

--Eso es respeto a tu personalidad, confianza en ti... Es acaso la
manera ms generosa y noble de educar a un hijo, es fiarse...

--No, no es nada de eso, maestro. Es sencillamente indiferencia.

--No, no, no exageres, no es eso... Qu te iba a decir que t no te lo
dijeras? Un padre no puede ser un juez...

--Pero s un compaero, un consejero, un amigo o un maestro como usted.

--Pero hay cosas que el pudor impide se traten entre padres e hijos.

--Es natural que usted, su mayor y ms antiguo amigo, su casi hermano,
le defienda aunque...

--Aunque qu?

--Puedo decirlo todo?

--S, dilo todo!

--Pues bien, de usted no le he odo nunca hablar sino muy bien,
demasiado bien, pero...

--Pero qu?

--Que habla demasiado bien de usted.

--Qu es eso de demasiado?

--Que antes de conocerle yo a usted, maestro, le crea otro.

--Explcate.

--Para mi padre es usted una especie de personaje trgico, de nimo
torturado, de hondas pasiones. Si se pudiera pintar el alma de
Joaqun! suele decir. Habla de un modo como si mediase entre usted y l
algn secreto...

--Aprensiones tuyas...

--No, no lo son.

--Y tu madre?

--Mi madre...




XXVI


--Mira, Joaqun--le dijo un da Antonia a su marido,--me parece que el
mejor da nuestra hija se nos va o nos la llevan...

--Joaquina? Y a dnde?

--Al convento!

--Imposible!

--No, sino muy posible. T distrado con tus cosas y ahora con ese hijo
de Abel al que pareces haber prohijado... cualquiera dira que le
quieres ms que a tu hija...

--Es que trato de salvarle, de redimirle de los suyos...

--No; de lo que tratas es de vengarte. Qu vengativo eres! Ni olvidas ni
perdonas! Temo que Dios te va a castigar, va a castigarnos...

--Ah, y es por eso por lo que Joaquina se quiere ir al convento?

--Yo no he dicho eso.

--Pero lo digo yo y es lo mismo. Se va acaso por celos de Abeln? Es que
teme que le llegue a querer ms que a ella? Pues si es por eso...

--Por eso no.

--Entonces?

--Qu s yo...! Dice que tiene vocacin, que es adonde Dios la llama...

--Dios... Dios... ser su confesor. Quin es?

--El padre Echevarra.

--El que me confesaba a m?

--El mismo!

Quedse Joaqun mustio y cabizbajo, y al da siguiente, llamando a solas
a su mujer, le dijo:

--Creo haber penetrado en los motivos que empujan a Joaquina al
claustro, o mejor, en los motivos por que le induce el padre Echevarra
a que entre en l. T recuerdas cmo busqu refugio y socorro en la
iglesia contra esta maldita obsesin que me embarga el nimo todo,
contra este despecho que con los aos se hace ms viejo, es decir, ms
duro y ms terco, y cmo, despus de los mayores esfuerzos, no pude
lograrlo? No, no me di remedio el padre Echevarra, no pudo drmelo.
Para este mal no hay ms que un remedio, uno slo.

Callse un momento como esperando una pregunta de su mujer, y como ella
callara, prosigui dicindole:

--Para ese mal no hay ms remedio que la muerte. Quin sabe... Acaso
nac con l y con l morir. Pues bien, ese padrecito que no pudo
remediarme ni reducirme empuja ahora, sin duda, a mi hija, a tu hija, a
nuestra hija, al convento, para que en l ruegue por m, para que se
sacrifique salvndome...

--Pero si no es sacrificio... si dice que es su vocacin...

--Mentira, Antonia; te digo que eso es mentira. Las ms de las que van
monjas o van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, pero descansada, a
sestear msticamente o van huyendo de casa, y nuestra hija huye de casa,
huye de nosotros...

--Ser de ti...

--S, huye de m! Me ha adivinado!

--Y ahora que le has cobrado ese apego a ese...

--Quieres decirme que huye de l?

--No sino de tu nuevo capricho...

--Capricho? capricho? capricho dices? Yo ser todo menos caprichoso,
Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, lo entiendes?

--S, demasiado en serio--agreg la mujer llorando.

--Vamos, no llores as, Antonia, mi santa, mi ngel bueno, y perdname
si he dicho algo...

--No es peor lo que dices, sino lo que callas.

--Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos deje;
que si se va al convento, me mata, s, me mata, porque me mata! Que se
quede... que yo har lo que ella quiera... que si quiere que le despache
a Abeln, le despachar...

--Me acuerdo cuando decas que te alegrabas de que no tuviramos ms que
una hija, porque as no tenamos que repartir el cario...

--Pero si no lo reparto!

--Algo peor entonces...

--S, Antonia, esa hija quiere sacrificarse por m, y no sabe que si se
va al convento me deja desesperado. Su convento es esta casa!




XXVII


Dos das despus encerrbase en el gabinete Joaqun con su mujer y su
hija.

--Pap, Dios lo quiere!--exclam resueltamente y mirndole cara a cara
su hija Joaquina.

--Pues, no! No es Dios quien lo quiere, sino el padrecito ese--replic
l.--Qu sabes t, mocosuela, lo que quiere Dios? Cundo te has
comunicado con l?

--Comulgo cada semana, pap.

--Y se te antojan revelaciones de Dios los desvanecimientos que te suben
del estmago en ayunas.

--Peores son los del corazn en ayunas.

--No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere Dios, no puede quererlo, te
digo que no lo puede querer!

--Yo no s lo que Dios quiere, y t, padre, sabes lo que no puede
querer, eh? De cosas del cuerpo sabrs mucho, pero de cosas de Dios, del
alma...

--Del alma, eh? Con que t crees que no s del alma?

--Acaso lo que mejor te sera no saber.

--Me acusas?

--No, eres t, pap, quien se acusa a s mismo.

--Lo ves, Antonia, lo ves, no te lo deca?

--Y qu te deca, mam?

--Nada, hija ma, nada; aprensiones, cavilaciones de tu padre...

--Pues bueno--exclam Joaqun como quien se decide,--t vas al convento
para salvarme, no es eso?

--Acaso no andes lejos de la verdad.

--Y salvarme de qu?

--No lo s bien.

--Lo sabr yo...! De qu? de quin?

--De quin, padre, de quin? Pues del demonio o de ti mismo.

--Y t qu sabes?

--Por Dios, Joaqun, por Dios--suplic la madre con lgrimas en la voz,
llena de miedo ante la mirada y el tono de su marido.

--Djanos, mujer, djanos, djanos a ella y a m. Esto no te toca!

--Pues no ha de tocarme? Pero si es mi hija...

--La ma! Djanos, ella es una Monegro, yo soy un Monegro; djanos. T
no entiendes, t no puedes entender estas cosas...

--Padre, si trata as a madre delante mo, me voy. No llores, mam.

--Pero t crees, hija ma...?

--Lo que yo creo y s es que soy tan hija suya como tuya.

--Tanto?

--Acaso ms.

--No digis esas cosas, por Dios--exclam la madre llorando--si no me
voy...

--Sera lo mejor--aadi la hija.--A solas nos veramos mejor las caras,
digo, las almas, nosotros, los Monegros.

La madre bes a la hija y se sali.

--Y bueno--dijo framente el padre, as que se vi a solas con su
hija,--para salvarme de qu o de quin te vas al convento?

--Pues bien, padre, no s de quin, no s de qu, pero hay que salvarte.
Yo no s lo que anda por dentro de esta casa, entre t y mi madre, no s
lo que anda dentro de ti, pero es algo malo...

--Eso te lo ha dicho el padrecito ese?

--No, no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decrmelo; no me
lo ha dicho nadie, sino que lo he respirado desde que nac. Aqu, en
esta casa, se vive como en tinieblas espirituales!

--Bah, esas son cosas que has ledo en tus libros...

--Como t has ledo otras en los tuyos. O es que crees que slo los
libros que hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos con
esas lminas feas, son los que ensean la verdad?

--Y bien, esas tinieblas espirituales que dices, qu son?

--T lo sabrs mejor que yo, pap; pero no me niegues que aqu pasa
algo, que aqu hay, como si fuese una niebla oscura, una tristeza que se
mete por todas partes, que t no ests contento nunca, que sufres, que
es como si llevases a cuestas una culpa grande...

--S, el pecado original--dijo Joaqun con sorna.

--Ese, ese!--exclam la hija.--Ese, del que no te has sanado!

--Pues me bautizaron...!

--No importa.

--Y como remedio para esto vas a meterte monja, no es eso? Pues lo
primero era averiguar qu es ello, a qu se debe todo esto...

--Dios me libre, pap, de tal cosa. Nada de querer juzgaros.

--Pero de condenarme, s, no es eso?

--Condenarte?

--S, condenarme; eso de irte as es condenarme...

--Y si me fuese con un marido? Si te dejara por un hombre...?

--Segn el hombre.

Hubo un breve silencio.

--Pues s, hija ma--reanud Joaqun,--yo no estoy bien, yo sufro, sufro
casi toda mi vida; hay mucho de verdad en lo que has adivinado; pero con
tu resolucin de meterte monja me acabas de matar, exacerbas y enconas
mis males. Ten compasin de tu padre, de tu pobre padre...

--Es por compasin...

--No, es por egosmo. T huyes; me ves sufrir y huyes. Es el egosmo, es
el despego, es el desamor lo que te lleva al claustro. Figrate que yo
tuviese una enfermedad pegajosa y larga, una lepra, me dejaras yendo al
convento a rogar por Dios que me sanara? Vamos, contesta, me dejaras?

--No, no te dejara, pues soy tu nica hija.

--Pues haz cuenta que soy un leproso. Qudate a cuidarme. Me pondr bajo
tu cuidado, har lo que me mandes.

--Si es as...

Levantse el padre, y mirando a su hija a travs de lgrimas, abrazla,
y tenindola as, en sus brazos, con voz de susurro, le dijo al odo:

--Quieres curarme, hija ma?

--S, pap.

--Pues bien, csate con Abeln.

--Eh?--exclam Joaquina, separndose de su padre y mirndole cara a
cara.

--Qu? Qu te sorprende?--balbuci el padre, sorprendido a su vez.

--Casarme? Yo? Con Abeln? Con el hijo de tu enemigo?

--Quin te ha dicho eso?

--Tu silencio de aos.

--Pues por eso, por ser el hijo del que llamas mi enemigo.

--Yo no s lo que hay entre vosotros, no quiero saberlo, pero al verte
ltimamente cmo te aficionabas a su hijo, me di miedo... tem... no s
lo que tem. Ese tu cario a Abeln me pareca monstruoso, algo
infernal...

--Pues no, hija, no! Buscaba en l redencin. Y creme, si logras
traerle a mi casa, si le haces mi hijo, ser como si sale al fin el sol
en mi alma...

--Pero pretendes t, t, mi padre, que yo le solicite, le busque?

--No digo eso.

--Pues entonces?

--Y si l...

--Ah, pero lo tenais ya tramado entre los dos y sin contar conmigo?

--No, lo tena pensado yo, yo, tu padre, tu pobre padre, yo...

--Me das pena, padre.

--Tambin yo me doy pena. Y ahora todo corre de mi cuenta. No pensabas
sacrificarte por m?

--Pues bien, s, me sacrificar por ti. Dispn de m!

Fu el padre a besarla, y ella, desasindosele, exclam:

--No, ahora no! Cuando lo merezcas. O es que quieres que tambin yo te
haga callar con besos?

--Dnde has aprendido eso, hija?

--Las paredes oyen, pap.

--Y acusan!




XXVIII


--Quin fuera usted, don Joaqun--decale un da a ste aquel pobre
desheredado aragons, el padre de los cinco hijos, luego que le hubo
sacado algn dinero.

--Querer ser yo! No lo comprendo!

--Pues s, lo dara todo por poder ser usted, don Joaqun.

--Y qu es eso todo que dara usted?

--Todo lo que puedo dar, todo lo que tengo.

--Y qu es ello?

--La vida!

--La vida por ser yo!--y a s mismo se aadi Joaqun: Pues yo la
dara por poder ser otro!

--S, la vida por ser usted.

--He ah una cosa que no comprendo bien, amigo mo; no comprendo que
nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera
comprendo que nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de
ser el que se es.

--Sin duda.

--Y eso es dejar de existir.

--Sin duda.

--Pero no para ser otro...

--Sin duda.

--Entonces...

--Quiero decir, don Joaqun, que de buena gana dejara de ser, o dicho
ms claro, me pegara un tiro o me echara al ro si supiera que los
mos, los que me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme,
habran de encontrar un padre en usted. No comprende usted ahora?

--S que lo comprendo. De modo que...

--Que maldito el apego que tengo a la vida y que de buena gana me
separara de m mismo y matara para siempre mis recuerdos si no fuese
por los mos. Aunque tambin me retiene otra cosa.

--Qu?

--El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompaen ms
all de la muerte. Quin fuera usted, don Joaqun!

--Y si a m me retuvieran en la vida, amigo mo, motivos como los de
usted?

--Bah, usted es rico.

--Rico... rico...

--Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada.
Mujer, hija, una buena clientela, reputacin... qu ms quiere usted? A
usted no le deshered su padre; a usted no le ech de su casa su hermano
a pedir... A usted no le han obligado a hacerse un mendigo! Quin fuera
usted, D. Joaqun!

Y al quedarse luego ste solo se deca: Quin fuera yo! Ese hombre me
envidia! me envidia! Y yo quin quiero ser?




XXIX


Pocos das despus Abeln y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo.
Y en su _Confesin_, dedicada a su hija, escriba algo despus Joaqun:

No es posible, hija ma, que te explique cmo llev a Abel, tu marido
de hoy, a que te solicitase por novia pidindote relaciones. Tuve que
darle a entender que t estabas enamorada de l o que por lo menos te
gustara que de ti se enamorase sin descubrir lo ms mnimo de aquella
nuestra conversacin a solas, luego que tu madre me hizo saber como
queras entrar por mi causa en un convento. Vea en ello mi salvacin.
Slo uniendo tu suerte a la suerte del hijo nico de quien me ha
envenenado la fuente de la vida, slo mezclando as nuestras sangres
esperaba poder salvarme.

Pensaba que acaso un da tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo,
sus nietos, al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra
dentro, con el odio en s mismos. Pero no es acaso el odio a s mismo, a
la propia sangre, el nico remedio contra el odio a los dems? La
escritura dice que en el seno de Rebeca se peleaban ya Esa y Jacob.
Quin sabe si un da no concebirs t dos mellizos, el uno con mi sangre
y el otro con la suya, y se pelearn y se odiarn ya desde tu seno y
antes de salir al aire y a la conciencia! Porque esta es la tragedia
humana y todo hombre es, como Job, hijo de contradiccin.

Y he temblado al pensar que acaso os junt, no para unir, sino para
separar an ms vuestras sangres, para perpetuar un odio. Perdname!
Deliro.

Pero no son slo nuestras sangres, la de l y la ma; es tambin la de
ella, la de Helena. La sangre de Helena! Esto es lo que ms me turba;
esa sangre que le florece en las mejillas, en la frente, en los labios,
que le hace marco a la mirada, esa sangre que me ceg desde su carne!

Y queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu santa
madre. Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre es la redentora.
Slo la sangre de tu madre, Joaquina, puede salvar a tus hijos, a
nuestros nietos. Esa es la sangre sin mancha que puede redimirlos.

Y que no vea nunca ella, Antonia, esta _Confesin_; que no la vea. Que
se vaya de este mundo, si me sobrevive, sin haber ms que vislumbrado
nuestro misterio de iniquidad.

Los novios comprendironse muy pronto y se cobraron cario. En ntimas
conversaciones conocironse sendas vctimas de sus hogares, de dos
mbitos tristes, de frvola impasibilidad el uno, de helada pasin
oculta el otro. Buscaron su apoyo en Antonia, en la madre de ella.
Tenan que encender un hogar, un verdadero hogar, un nido de amor
sereno que vive de s mismo, que no espa los otros amores, un castillo
de soledad amorosa, y unir en l a las dos desgraciadas familias. Le
haran ver a Abel, al pintor, que la vida ntima del hogar es la
sustancia imperecedera de que no es sino resplandor, cuando no sombra,
el arte; a Helena, que la juventud perpetua est en el alma que sabe
hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la familia; a
Joaqun, que nuestro nombre se pierde con nuestra sangre, pero para
recobrarse en los nombres y en las sangres de los que las mezclan a los
nuestros; a Antonia no le tenan que hacerle ver nada, porque era una
mujer nacida para vivir y revivir en la dulzura de la costumbre.

Joaqun senta renacerse. Hablaba con emocin de cario de su antiguo
amigo, de Abel, y lleg a confesar que fu una fortuna que le quitase
toda esperanza respecto a Helena.

--Pues bien--le deca una vez a solas a su hija;--ahora que todo parece
tomar otro cauce, te lo dir. Yo quera a Helena, o por lo menos crea
quererla y la solicit sin conseguir nada de ella. Porque, eso s, la
verdad, jams me di la menor esperanza. Y entonces le present a Abel,
al que ser tu suegro... tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo
que tom yo por un menosprecio, una ofensa... Qu derecho tena yo a
ella?

--Es verdad eso, pero as sois los hombres.

--Tienes razn, hija ma, tienes razn. He vivido como loco, rumiando
esa que estimaba una ofensa, una traicin...

--Nada ms, pap?

--Cmo nada ms?

--No haba ms que eso, nada ms?

--Que yo sepa... no!

Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia adentro y no
lograba contener al corazn.

--Ahora os casaris--continu--y viviris conmigo, s, viviris conmigo,
y har de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran mdico, un artista de la
Medicina, todo un artista, que pueda igualar siquiera la gloria de su
padre.

--Y l escribir, pap, tu obra, pues as me lo ha dicho.

--S, la que yo no he podido escribir...

--Me ha dicho que en tu carrera, en la prctica de la Medicina, tienes
cosas geniales y que has hecho, descubrimientos...

--Aduladores!

--No, as me ha dicho. Y que como no se te conoce, y al no conocerte no
se te estima en todo lo que vales, que quiere escribir ese libro para
darte a conocer.

--A buena hora...

--Nunca es tarde si la dicha es buena.

--Ay, hija ma, si en vez de haberme somormujado en esto de la
clientela, en esta maldita prctica de la profesin que ni deja respirar
libre ni aprender... si en vez de eso me hubiese dedicado a la ciencia
pura, a la investigacin...! Eso que ha descubierto el doctor Alvarez y
Garca y por lo que tanto le bombean, lo habra descubierto antes yo,
yo, tu padre, yo lo habra descubierto, pues estuve a punto de ello.
Pero esto de ponerse a trabajar para ganarse la vida...

--Sin embargo, no necesitbamos de ello.

--S, pero... Y adems, qu s yo... Mas todo eso ha pasado y ahora
comienza vida nueva. Ahora voy a dejar la clientela...

--De veras?

--S, voy a dejrsela al que va a ser tu marido, bajo mi alta
inspeccin, por supuesto. Lo guiar, y yo a mis cosas! Y viviremos todos
juntos, y ser otra vida... otra vida... Empezar a vivir; ser otro...
otro... otro...

--Ay, pap, qu gusto! Cmo me alegra oirte hablar as. Al cabo!

--Qu te alegra oirme decir que ser otro?

La hija le mir a los ojos al oir el tono de lo que haba debajo de su
voz.

--Te alegra oirme decir que ser otro?--volvi a preguntar el padre.

--S, pap, me alegra!

--Es decir que el otro, que el otro, el que soy, te parece mal?

--Y a ti, pap?--le pregunt a su vez, resueltamente, la hija.

--Tpame la boca!--gimi l.

Y se la tap con un beso.




XXX


--Ya te figurars a lo que vengo--le dijo Abel a Joaqun apenas se
encontraron a solas en el despacho de ste.

--S, lo s. Tu hijo me ha anunciado tu visita.

--Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. Y no sabes bien cunto me alegro!
Es como deba acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te
quiere ya como a padre, no slo como a maestro. Estoy por decir que te
quiere ms que a m...

--Hombre... no... no... no digas as.

--Y qu? Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, Joaqun, si
entre nosotros haba algo...

--No sigas por ah, Abel, te lo ruego, no sigas...

--Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo
va a serlo tuyo y ma tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta,
tenemos que ser absolutamente sinceros.

--No, no, de ningn modo, y si hablas de ella, me voy!

--Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidar nunca, tu discurso
aquel cuando lo del cuadro.

--Tampoco quiero que hables de eso.

--Pues de qu?

--Nada de lo pasado, nada! Hablemos slo del porvenir...

--Pues si t y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, de que vamos
a hablar? Si nosotros no tenemos ya ms que pasado!

--No digas eso!--casi grit Joaqun.

--Nosotros ya no podemos vivir ms que de recuerdos!

--Cllate, Abel, cllate!

--Y si te he de decir la verdad, vale ms vivir de recuerdos que de
esperanzas. Al fin, ellos fueron y de stas no se sabe si sern.

--No, no, recuerdos, no!

--En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.

--Eso s!

--De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos...

--l tendr en ti un maestro y un padre...

--S, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que
ya la he preparado para eso. Le ayudar en los casos graves.

--Gracias, gracias.

--Eso adems de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirn conmigo.

--Eso me ha dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa;
el casado, casa quiere.

--No, no puedo separarme de mi hija.

--Y nosotros de nuestro hijo, s, eh?

--Ms separados que estis de l... Un hombre apenas vive en casa; una
mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija.

--Sea. Ya ves si soy complaciente.

--Y ms que esta casa ser la vuestra, la tuya, la de Helena...

--Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.

Despus de una larga entrevista en que convinieron todo lo ataedero al
establecimiento de sus hijos, al ir a separarse Abel, mirndole a
Joaqun a los ojos, con mirada franca, le tendi la mano, y sacando la
voz de las entraas de su comn infancia le dijo: Joaqun!
Asomronsele a ste las lgrimas a los ojos al cojer aquella mano.

--No te haba visto llorar desde que fuimos nios, Joaqun.

--No volveremos a serlo, Abel.

--S, y es lo peor.

Se separaron.




XXXI


Con el casamiento de su hija pareci entrar el sol, un sol de ocaso de
otoo, en el hogar antes fro de Joaqun, y ste empezar a vivir de
veras. Fu dejndole al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en
consulta, en los casos graves y repitiendo que era bajo su direccin
como aqul ejerca.

Abeln, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tutendole
ya, y con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la
obra en que se recoja la ciencia mdica del doctor Joaqun Monegro, y
con un acento de veneracin admirativa que el mismo Joaqun no habra
podido darle. Era mejor, s--pensaba ste--era mucho mejor que
escribiese otro aquella obra, como fu Platn quien expuso la doctrina
socrtica. No era l mismo quien poda, con toda libertad de nimo y
sin que ello pareciese no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para violentar
el aplauso de la posteridad, que se estimaba no conseguible; no era l
quien poda exaltar su saber y su pericia. Reservaba su actividad
literaria para otros empeos.

Fu entonces, en efecto, cuando empez a escribir su _Confesin_, que
as la llamaba, dedicada a su hija y para que sta la abriese luego que
l hubiese muerto, y que era el relato de su lucha ntima con la pasin
que fu su vida, con aquel demonio con quien pele casi desde el albor
de su mente duea de s hasta entonces, hasta cuando lo escriba. Esta
confesin se deca dirigida a su hija, pero tan penetrado estaba l del
profundo valor trgico de su vida de pasin y de la pasin de su vida,
que acariciaba la esperanza de que un da su hija o sus nietos la dieran
al mundo, para que ste se sobrecojiera de admiracin y de espanto ante
aquel hroe de la angustia tenebrosa que pas sin que le conocieran en
todo su fondo los que con l convivieron. Porque Joaqun se crea un
espritu de excepcin, y como tal torturado y ms capaz de dolor que los
otros, un alma sealada al nacer por Dios con la seal de los grandes
predestinados.

Mi vida, hija ma--escriba en la _Confesin_,--ha sido un arder
continuo, pero no la habra cambiado por la de otro. He odiado como
nadie, como ningn otro ha sabido odiar, pero es que he sentido ms que
los otros la suprema injusticia de los carios del mundo y de los
favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres
de tu marido no fu humano ni noble; fu infame, pero fu peor, mucho
peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontr desde que, nio
an y lleno de confianza, busqu el apoyo y el amor de mis semejantes.
Por qu me rechazaban? Por qu me acojan framente y como obligados a
ello? Por qu preferan al lijero, al inconstante, al egosta? Todos,
todos me amargaron la vida. Y comprend que el mundo es naturalmente
injusto y que yo no haba nacido entre los mos. Esta fu mi desgracia,
no haber nacido entre los mos. La baja mezquindad, la vil ramplonera
de los que me rodeaban, me perdi.

Y a la vez que escriba esta _Confesin_, preparaba, por si sta
marrase, otra obra que sera la puerta de entrada de su nombre en el
panten de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. Titularase
_Memorias de un mdico viejo_ y sera la mies del saber de mundo, de
pasiones, de vida, de tristezas y alegras, hasta de crmenes ocultos,
que haba cosechado de la prctica de su profesin de mdico. Un espejo
de la vida, pero de las entraas, y de las ms negras, de sta; una
bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de
filosofa acibarada a la vez. All pondra toda su alma sin hablar de s
mismo; all, para desnudar las almas de los otros, desnudara la suya;
all se vengara del mundo vil en que haba tenido que vivir. Y las
gentes, al verse as, al desnudo, admiraran primero y quedaran
agradecidas despus al que las desnud. Y all, cambiando los nombres a
guisa de ficcin, hara el retrato que para siempre habra de quedar de
Abel y de Helena. Y su retrato valdra por todos los que Abel pintara. Y
se regodeaba a solas pensando que si l acertaba aquel retrato literario
de Abel Snchez, le habra de inmortalizar a ste ms que todos sus
propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir
llegasen a descubrir, bajo el dbil velo de la ficcin, al personaje
histrico. S, Abel, s--se deca Joaqun a s mismo--la mayor
coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo
nico que has luchado, por lo nico que te preocupa, por lo que me
despreciaste siempre o, aun peor, no hiciste caso de m, la mayor
coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no
son tus cuadros, no! sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal
y como eres. Y acertar, acertar, porque te conozco, porque te he
sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre m. Te pondr para siempre
en el rollo, y no sers Abel Snchez, no, sino el nombre que yo te d.
Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros, dirn las gentes:
Ah, s, el de Joaqun Monegro! Porque sers de este modo mo, mo, y
vivirs lo que mi obra viva, y tu nombre ir por los suelos, por el
fango, a rastras del mo, como van arrastrados por el Dante los que
coloc en el Infierno. Y sers la cifra del envidioso.

Del envidioso! Pues Joaqun di en creer que toda la pasin que bajo su
aparente impasibilidad de egosta animaba a Abel, era la envidia, la
envidia de l, a Joaqun, que por envidia le arrebatara de mozo el
afecto de los compaeros, que por envidia le quit a Helena. Y cmo,
entonces, se dej quitar el hijo? Ah--se deca Joaqun,--es que l no
se cuida de su hijo, sino de su nombre, de su fama, no cree que vivir
en las vidas de sus descendientes de carne, sino en las de los que
admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor quedarse con su
gloria. Pero yo le desnudar!

Inquietbale la edad a que emprenda la composicin de esas _Memorias_,
entrado ya en los cincuenta y cinco aos, pero, no haba acaso empezado
Cervantes su _Quijote_ a los cincuenta y siete de su edad? Y se di a
averiguar qu obras maestras escribieron sus autores despus de haber
pasado la edad suya. Y a la par se senta fuerte, dueo de su mente
toda, rico de experiencia, maduro de juicio y con su pasin, fermentada
en tantos aos, contenida pero bullente.

Ahora, para cumplir su obra, se contendra. Pobre Abel! La que le
esperaba...! Y empez a sentir desprecio y compasin hacia l. Mirbale
como a un modelo y como a una vctima, y le observaba y le estudiaba. No
mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.

--Debe de andar muy ocupado tu padre--deca Joaqun a su yerno;--apenas
parece por aqu. Tendr alguna queja? Le habremos ofendido yo, Antonia o
mi hija en algo? Lo sentira...

--No, no, pap--as le llamaba ya Abeln,--no es nada de eso. En casa
tampoco paraba. No te dije que no le importa nada ms que sus cosas? Y
sus cosas son las de su arte y qu s yo...

--No, hijo, no, exageras... algo ms habr...

--No, no hay ms.

Y Joaqun insista para oir la misma versin.

--Y Abel, cmo no viene?--le preguntaba a Helena.

--Bah, l es as con todos!--responda sta.

Ella, Helena, s sola ir a casa de su nuera.




XXXII


--Pero dime--le deca un da Joaqun a su yerno--cmo no se le ocurri a
tu padre nunca inclinarte a la pintura?

--No me ha gustado nunca...

--No importa; pareca lo natural que l quisiera iniciarte en su arte...

--Pues, no, sino que antes ms bien le molestaba que yo me interesase en
l. Jams me anim a que cuando nio hiciera lo que es natural en nios,
figuras y dibujos.

--Es raro... es raro...--murmuraba Joaqun.--Pero...

Abel senta desasosiego al ver la expresin del rostro de su suegro, el
lvido fulgor de sus ojos. Sentase que algo le escarabajeaba dentro,
algo doloroso y que deseaba echar fuera; algn veneno sin duda. Siguise
a esas ltimas palabras un silencio cargado de acre amargura. Y lo
rompi Joaqun diciendo:

--No me explico que no quisiese dedicarte a pintor...

--No, no quera que fuese lo que l...

Siguise otro silencio, que volvi a romper, como con pesar, Joaqun,
exclamando como quien se decide a una confesin:

--Pues s, lo comprendo!

Abel tembl, sin saber a punto cierto por qu, al oir el tono y timbre
con que su suegro pronunci esas palabras.

--Pues...?--interrog el yerno.

--No... nada...--Y el otro pareci recojerse en s.

--Dmelo!--suplic el yerno, que por ruego de Joaqun ya le tuteaba como
a padre amigo--amigo y cmplice!--aunque temblaba de oir lo que peda
que se le dijese.

--No; no, no quiero que digas luego...

--Pues eso es peor, padre, que decrmelo, sea lo que fuere. Adems, que
creo adivinarlo...

--Qu?--pregunt el suegro, atravesndole los ojos con la mirada.

--Que acaso temiese que yo con el tiempo eclipsara su gloria...

--S--aadi con reconcentrada voz Joaqun,--s, eso! Abel Snchez hijo,
o Abel Snchez el Joven! Y que luego se le recordase a l como tu padre
y no a ti como a su hijo. Es tragedia que se ha visto ms de una vez
dentro de las familias... Eso de que un hijo haga sombra a su padre...

--Pero eso es...--dijo el yerno, por decir algo.

--Eso es envidia, hijo, nada ms que envidia.

--Envidia de un hijo...! Y un padre!

--S, y la ms natural. La envidia no puede ser entre personas que no se
conocen apenas. No se envidia al de otras tierras ni al de otros
tiempos. No se envidia al forastero, sino los del mismo pueblo entre s;
no al de ms edad, al de otra generacin, sino al contemporneo, al
camarada. Y la mayor envidia entre hermanos. Por algo es la leyenda de
Can y Abel... Los celos ms terribles, tenlo por seguro, han de ser los
de uno que cree que su hermano pone ojos en su mujer, en la cuada... Y
entre padres e hijos...

--Pero y la diferencia de edad en este caso?

--No importa! Eso de que nos llegue a oscurecer aquel a quien hicimos...

--Y del maestro al discpulo?--pregunt Abel.

Joaqun se call, clav un momento su vista en el suelo, bajo el que
adivinaba la tierra, y luego aadi, como hablando con ella, con la
tierra:

--Decididamente, la envidia es una forma de parentesco.

Y luego:

--Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, hijo, como si no lo hubiese
dicho. Lo has odo?

--No!

--Cmo que no?...

--Que no he odo lo que antes dijiste.

--Ojal no lo hubiese odo yo tampoco!--y la voz le lloraba.




XXXIII


Sola ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un
poco de gusto ms fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses
sin distincin, para corregir--as lo crea ella--los defectos de la
educacin de la pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una
soberbia sin fundamento y por aquella pobre madre que haba tenido que
cargar con el hombre que otra desde. Y cada da dictaba alguna leccin
de buen tono y de escojidas maneras.

--Bien, como quieras!--sola decirle Antonia.

Y Joaquina, aunque recomindose, resignbase. Pero dispuesta a
rebelarse un da. Y si no lo hizo fu por los ruegos de su marido.

--Como usted quiera, seora--le dijo una vez y recalcando el _usted_,
que no haban logrado lo dejase al hablarle;--yo no entiendo de esas
cosas ni me importa. En todo eso se har su gusto...

--Pero si no es mi gusto, hija, si es...

--Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un mdico, que es sta, y
cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el
hijo, de criarle, s lo que he de hacer, pero ahora, en estas cosas que
llama usted de gusto, de distincin, me someto a quien se ha formado en
casa de un artista.

--Pero no te pongas as, chicuela...

--No, si no me pongo. Es que siempre nos est usted echando en cara que
si esto no se hace as, que si se hace as. Despus de todo no vamos a
dar saraos ni ts danzantes.

--No s de dnde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, s,
fingido, lo repito, fingido...

--Pero si yo no he dicho nada, seora...

--Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias
sociales. Aviados estaramos sin ellas...! No se podra vivir!

Como a Joaquina le haban recomendado su padre y su marido que se
pasease, que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que
vendra, y como ellos no podan siempre acompaarla, y Antonia no
gustaba de salir de casa, escoltbala Helena, su suegra. Y se complaca
en ello, en llevarla al lado como a una hermana menor, pues por tal la
tomaban los que no las conocan, en hacerle sombra con su esplndida
hermosura casi intacta por los aos. A su lado su nuera se borraba a los
ojos precipitados de los transeuntes. El encanto de Joaquina era para
paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena se ataviaba para
barrer las miradas de los distrados. Me quedo con la madre!--oy que
una vez deca un mocetn, a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le
oy que llamaba _hija_ a Joaquina, y respir ms fuerte, humedecindose
con la punta de la lengua los labios.

--Mira, hija--sola decirle a Joaquina,--haz lo ms por disimular tu
estado, es muy feo eso de que se conozca que una muchacha est
encinta... es as como una petulancia...

--Lo que yo hago, madre, es andar cmoda y no cuidarme de lo que crean o
no crean... Aunque estoy en lo que los cursis llaman estado interesante,
no me hago la tal como otras se habrn hecho y se hacen. No me preocupo
de esas cosas.

--Pues hay que preocuparse; se vive en el mundo.

--Y qu ms da que lo conozcan...? O es que no le gusta a usted, madre,
que sepan que va para abuela?--aadi con sorna.

Helena se escoca al oir la palabra odiosa: abuela, pero se contuvo.

--Pues mira, lo que es por edad...--dijo, picada.

--S, por edad poda usted ser madre de nuevo--repuso la nuera,
hirindola en lo vivo.

--Claro, claro...--dijo Helena, sofocada y sorprendida, inerme por el
brusco ataque.--Pero eso de que se te queden mirando...

--No; est tranquila, pues a usted es ms bien a la que miran. Se
acuerdan de aquel magnfico retrato, de aquella obra de arte...

--Pues yo en tu caso...--empez la suegra.

--Usted en mi caso, madre, y si pudiese acompaarme en mi estado mismo,
entonces?

--Mira, nia, si sigues as nos volvemos en seguida y no vuelvo a salir
contigo ni a pisar tu casa... es decir, la de tu padre.

--La ma, seora, la ma, y la de mi marido y la de usted...!

--Pero de dnde has sacado ese geniecillo, nia?

--Geniecillo? Ah, s, el genio es de otros!

--Miren, miren la mosquita muerta... la que se iba a ir monja antes de
que su padre le pescase a mi hijo...

--Le he dicho a usted ya, seora, que no vuelva a mentarme eso. Yo s lo
que me hice.

--Y mi hijo tambin.

--S, sabe tambin lo que se hizo, y no hablemos ms de ello.




XXXIV


Y vino al mundo el hijo de Abeln y de Joaquina, en quien se mezclaron
las sangres de Abel Snchez y de Joaqun Monegro.

La primer batalla fu la del nombre que haba de ponrsele; su madre
quera que Joaqun; Helena, que Abel, y Abel, su hijo Abeln y Antonia,
remitieron la decisin a Joaqun, que sera quien le diese nombre. Y fu
un combate en el alma de Monegro. Un acto tan sencillo como es dar
nombre a un hombre nuevo, tomaba para l tamao de algo agorero, de un
sortilegio fatdico. Era como si se decidiera el porvenir del nuevo
espritu.

Joaqun--se deca ste,--Joaqun, s, como yo, y luego ser Joaqun S.
Monegro y hasta borrar la ese, la ese a que se le reducir ese odioso
Snchez, y desaparecer su nombre, el de su hijo, y su linaje quedar
anegado en el mo... Pero no, es mejor que sea Abel Monegro. Abel S.
Monegro, y se redima as el Abel? Abel es su abuelo, pero Abel es
tambin su padre, mi yerno, mi hijo, que es ya mo, un Abel mo, que he
hecho yo. Y qu ms da que se llame Abel si l, el otro, su otro abuelo,
no ser Abel ni nadie le conocer por tal, sino ser como yo le llame en
las _Memorias_, con el nombre con que le marque en la frente con fuego?
Pero no...

Y, mientras, as dudaba, fu Abel Snchez, el pintor, quien decidi la
cuestin, diciendo:

--Que se llame Joaqun. Abel el abuelo, Abel el padre, Abel el hijo,
tres Abeles... son muchos! Adems, no me gusta, es nombre de vctima...

--Pues bien dejaste ponrselo a tu hijo--objet Helena.

--S, fu un empeo tuyo, y por no oponerme... Pero figrate que en vez
de haberse dedicado a mdico se dedica a pintor, pues... Abel Snchez
el Viejo y Abel Snchez el Joven...

--Y Abel Snchez no puede haber ms que uno--aadi Joaqun,
sotorrindose.

--Por m que haya ciento--replic aqul. Yo siempre he de ser yo.

--Y quin lo duda?--dijo su amigo.

--Nada, nada, que le llamen Joaqun, decidido!

--Y que no se dedique a la pintura, eh?

--Ni a la medicina!--concluy Abel, fingiendo seguir la fingida broma.

Y Joaqun se llam el nio.




XXXV


Tomaba al nio su abuela Antonia, que era quien le cuidaba, y
apechugndolo como para ampararlo y cual si presintiese alguna
desgracia, le deca: Duerme, hijo mo, duerme, que cuanto ms duermas,
mejor. As crecers sano y fuerte. Y luego tambin, mejor dormido que
despierto, sobre todo en esta casa. Qu va a ser de ti? Dios quiera que
no rian en ti tus dos sangres! Y dormido el nio, ella, tenindole en
brazos, rezaba y rezaba.

Y el nio creca a la par que la _Confesin_ y las _Memorias_ de su
abuelo de madre y que la fama de pintor de su abuelo de padre. Pues
nunca fu ms grande la reputacin de Abel que en este tiempo. El cual,
por su parte, pareca preocuparse muy poco de toda otra cosa que no
fuese su reputacin.

Una vez se fij ms intensamente en el nietecillo, y fu que al verle
una maana dormido exclam: Qu precioso apunte! Y tomando un lbum se
puso a hacer un bosquejo a lpiz del nio dormido.

---Qu lstima--exclam--no tener aqu mi paleta y mis colores! Ese
juego de la luz en la mejilla, que parece como de melocotn, es
encantador. Y el color del pelo! Si parecen rayos del sol los rizos!

--Y luego--le dijo Joaqun,--cmo le llamaras al cuadro? Inocencia?

--Eso de poner ttulos a los cuadros se queda para los literatos, como
para los mdicos el poner nombres a las enfermedades, aunque no se
curen.

--Y quin te ha dicho, Abel, que sea lo propio de la medicina curar las
enfermedades?

--Entonces, qu es?

--Conocerlas. El fin de la ciencia es conocer.

--Yo cre que conocer para curar. De qu nos servira haber probado del
fruto de la ciencia del bien y del mal si no era para librarnos de ste?

--Y el fin del arte, cul es? Cul es el fin de ese dibujo de nuestro
nieto que acabas de hacer?

--Eso tiene su fin en s. Es una cosa bonita y basta.

--Qu es lo bonito? Tu dibujo o nuestro nieto?

--Los dos!

--Acaso crees que tu dibujo es ms hermoso que l, que Joaquinito?

--Ya ests en las tuyas! Joaqun! Joaqun!

Y vino Antonia, la abuela, y coji al nio de la cuna y se lo llev como
para defenderlo de uno y de otro abuelo. Y le deca: Ay, hijo, hijito,
hijo mo, corderito de Dios, sol de la casa, angelito sin culpa, que no
te retraten, que no te curen! No seas modelo de pintor, no seas enfermo
de mdico... Djales, djales con su arte y con su ciencia y vente con
tu abuelita, t, vida, vida, vidita, vidita ma! T eres mi vida; t
eres nuestra vida; t eres el sol de esta casa. Yo te ensear a rezar
por tus abuelos y Dios te oir. Vente conmigo, vidita, vida, corderito
sin mancha, corderito de Dios! Y no quiso Antonia ver el apunte de
Abel.




XXXVI


Joaqun segua con su enfermiza ansiedad el crecimiento en cuerpo y en
espritu de su nieto Joaquinito. A quin sala? A quin se pareca? De
qu sangre era? Sobre todo cuando empez a balbucir.

Desasosegbale al abuelo que el otro abuelo, Abel, desde que tuvo el
nieto, frecuentaba la casa de su hijo y haca que le llevasen a la suya
el pequeuelo. Aquel grandsimo egosta--por tal le tenan su hijo y su
consuegro--pareca ablandarse de corazn y aun aniarse ante el nio.
Sola ir a hacerle dibujos, lo que encantaba a la criatura. _Abelito_,
santos!, le peda. Y Abel no se cansaba de dibujarle perros, gatos,
caballos, toros, figuras humanas. Ya le peda un jinete, ya dos chicos
haciendo cachetina, ya un nio corriendo de un perro que le sigue, y que
las escenas se repitiesen.

--En mi vida he trabajado con ms gusto--deca Abel;--esto, esto es arte
puro y lo dems... chanfaina!

--Puedes hacer un lbum de dibujos para los nios--le dijo Joaqun.

--No, as no tiene gracia, para los nios... no! Eso no sera arte
sino...

--Pedagoga--dijo Joaqun.

--Eso, s, sea lo que fuere, pero arte no. Esto es arte, esto; estos
dibujos que dentro de media hora romper nuestro nieto.

--Y si yo los guardase?--pregunt Joaqun.

--Guardarlos? Para qu?

--Para tu gloria. He odo de no s qu pintor de fama que se han
publicado los dibujos que les haca, para divertirlos, a sus hijos, y
que son de lo mejor de l.

--Yo no los hago para que los publiquen luego, entiendes? Y, en cuanto a
eso de la gloria, que es una de tus reticencias, Joaqun, sbete que no
se me da un comino de ella.

--Hipcrita! Si es lo nico que de veras te preocupa...

--Lo nico? Parece mentira que me lo digas ahora. Hoy lo que me preocupa
es este nio. Y ser un gran artista!

--Que herede tu genio, no?

--Y el tuyo!

El nio miraba sin comprender el duelo entre sus dos abuelos, pero
adivinando algo en sus actitudes.

--Qu le pasa a mi padre?--preguntaba a Joaqun su yerno--que est
chocho con el nieto, l que apenas nunca me hizo caso? Ni recuerdo que
siendo yo nio me hiciese esos dibujos...

--Es que vamos para viejos, hijo--le respondi Joaqun,--y la vejez
ensea mucho.

--Y hasta el otro da, a no s qu pregunta del nio, le vi llorar. Es
decir, le salieron las lgrimas. Las primeras que le he visto.

--Bah! Eso es cardaco!

--Cmo?

--Que tu padre est ya gastado por los aos y el trabajo y por el
esfuerzo de la inspiracin artstica y por las emociones; que tiene muy
mermadas las reservas del corazn y que el mejor da...

--Qu?

--Os da, es decir, nos da un susto. Y me alegro que haya llegado ocasin
de decrtelo, aunque ya pensaba en ello. Advirteselo a Helena, a tu
madre.

--S, l se queja de fatiga, de disnea, ser...?

--Eso es. Me ha hecho que le reconozca sin saberlo t y le he
reconocido. Necesita cuidado.

Y as era que en cuanto se encrudeca el tiempo Abel se quedaba en casa
y haca que le llevasen a ella al nieto, lo que amargaba para el da
todo al otro abuelo. Me lo est mimando--se deca Joaqun--, quiere
arrebatarme su cario; quiere ser el primero; quiere vengarse de lo de
su hijo. S, s, es por venganza, nada ms que por venganza. Quiere
quitarme este ltimo consuelo. Vuelve a ser l, l, l, que me quitaba
los amigos cuando ramos mozos.

Y en tanto Abel le repeta al nietecito que quisiera mucho al abuelito
Joaqun.

--Te quiero ms a ti--le dijo una vez el nieto.

--Pues no! No debes quererme a m ms; hay que querer a todos igual.
Primero a pap y mam y luego a los abuelos y a todos lo mismo. El
abuelito Joaqun es muy bueno, te quiere mucho, te compra juguetes...

--Tambin t me los compras...

--Te cuenta cuentos...

--Me gustan ms los dibujos que t me haces. Anda, pntame un toro y un
picador a caballo!




XXXVII


--Mira, Abel--le dijo solemnemente Joaqun, as que se encontraron
solos,--vengo a hablarte de una cosa grave, muy grave, de una cuestin
de vida o muerte.

--De mi enfermedad?

--No, pero si quieres de la ma.

--De la tuya?

--De la ma, s! Vengo a hablarte de nuestro nieto. Y para no andar con
rodeos es menester que te vayas, que te alejes, que nos pierdas de
vista; te lo ruego, te lo suplico...

--Yo? Pero ests loco, Joaqun? Y por qu?

--El nio te quiere a ti ms que a m. Esto es claro. Yo no s lo que
haces con l... no quiero saberlo...

--Le aojar o le dar algn bebedizo, sin duda...

--No lo s. Le haces esos dibujos, esos malditos dibujos, le entretienes
con las artes perversas de tu maldito arte...

--Ah, pero eso tambin es malo? T no ests bueno, Joaqun.

--Puede ser que no est bueno, pero eso no importa ya. No estoy en edad
de curarme. Y si estoy malo debes respetarme. Mira, Abel, que me
amargaste la juventud, que me has perseguido la vida toda...

--Yo?

--S, t, t.

--Pues lo ignoraba.

--No finjas. Me has despreciado siempre...

--Mira, si sigues as, me voy, porque me pones malo de verdad. Ya sabes
mejor que nadie, que no estoy para oir locuras de ese jaez. Vete a un
manicomio a que te curen o te cuiden y djanos en paz.

--Mira, Abel, que me quitaste, por humillarme, por rebajarme, a
Helena...

--Y no has tenido a Antonia...?

--No, no es por ella, no! Fu el desprecio, la afrenta, la burla.

--T no ests bueno, te lo repito, Joaqun, no ests bueno...

--Peor ests t.

--De salud del cuerpo, desde luego. S que no estoy para vivir mucho.

--Demasiado...

--Ah, pero me deseas la muerte?

--No, Abel, no, no digo eso--y tom Joaqun tono de quejumbrosa splica,
dicindole: Vete, vete de aqu, vete a vivir a otra parte, djame con
l... no me lo quites... por lo que te queda...

--Pues por lo que me queda, djame con l.

--No, que le envenenas con tus maas, que le desapegas de m, que le
enseas a despreciarme...

--Mentira, mentira y mentira! Jams me ha odo ni me oir nada en
desprestigio tuyo.

--S, pero basta con lo que le engatusas.

--Y crees t que por irme yo, por quitarme yo de en medio habra de
quererte? Si a ti, Joaqun, aunque uno se proponga no puede quererte...
Si rechazas a la gente....

--Lo ves, lo ves...

--Y si el nio no te quiere como t quieres ser querido, con exclusin
de los dems o ms que a ellos, es que presiente el peligro, es que
teme...

--Y qu teme?--pregunt Joaqun, palideciendo.

---El contagio de tu mala sangre.

Levantse entonces Joaqun, lvido, se fu a Abel y le puso las dos
manos, como dos garras, en el cuello, diciendo: Bandido!

Mas al punto las solt. Abel di un grito, llevndose las manos al
pecho, suspir un Me muero! y di el ltimo respiro. Joaqun se dijo:
El ataque de angina; ya no hay remedio; se acab!

En aquel momento oy la voz del nieto que llamaba: Abuelito! Abuelito!
Joaqun se volvi:

--A quin llamas? A qu abuelo llamas? A m?--Y como el nio callara
lleno de estupor ante el misterio que vea:--Vamos, d, a qu abuelo? A
m?

--No, al abuelito Abel.

--A Abel? Ah le tienes... muerto. Sabes lo que es eso? Muerto.

Despus de haber sostenido en la butaca en que muri el cuerpo de Abel,
se volvi Joaqun al nieto y con voz de otro mundo le dijo:

--Muerto, s! Y le he matado yo, yo, ha matado a Abel Can, tu abuelo
Can. Mtame ahora si quieres. Me quera robarte; quera quitarme tu
cario. Y me lo ha quitado. Pero l tuvo la culpa; l.

Y rompiendo a llorar, aadi:

--Me quera robarte a ti, a ti, al nico consuelo que le quedaba al
pobre Can! No le dejarn a Can nada? Ven ac, abrzame.

El nio huy sin comprender nada de aquello, como se huye de un loco.
Huy llamando a Helena: abuela, abuela!

--Le he matado, s--continu Joaqun solo;--pero l me estaba matando;
hace ms de cuarenta aos que me estaba matando. Me envenen los caminos
de la vida con su alegra y con sus triunfos. Quera robarme el
nieto...

Al oir pasos precipitados, volviendo Joaqun en s, volvise. Era
Helena, que entraba.

--Qu pasa... qu sucede... qu dice el nio...

--Que la enfermedad de tu marido ha tenido su fatal desenlace--dijo
Joaqun heladamente.

--Y t?

--Yo no he podido hacer nada. En esto se llega siempre tarde.

Helena le mir fijamente y le dijo:

--T... t has sido!

Luego se fu, plida y convulsa, pero sin perder su compostura, al
cuerpo de su marido.




XXXVIII


Pas un ao, en que Joaqun cay en una honda melancola. Abandon sus
_Memorias_, evitaba ver a todo el mundo, incluso a sus hijos. La muerte
de Abel haba aparecido el natural desenlace de su dolencia, conocida
por su hija, pero un espeso bochorno de misterio pesaba sobre la casa.
Helena encontr que el traje de luto la favoreca mucho y empez a
vender los cuadros que de su marido le quedaban. Pareca tener cierta
aversin al nieto. Al cual le haba nacido ya una hermanita.

Postrle, al fin, una oscura enfermedad en el lecho. Y sintindose
morir, llam un da a sus hijos, a su mujer, a Helena.

--Os dijo verdad el nio--empez diciendo,--yo le mat.

--No digas esas cosas, padre--suplic Abel, su yerno.

--No es hora de interrupciones ni de embustes. Yo le mat. O como si yo
le hubiera matado, pues muri en mis manos...

--Eso es otra cosa.

--Se me muri tenindole yo en mis manos, cojido del cuello. Aquello fu
como un sueo. Toda mi vida ha sido como un sueo. Por eso ha sido como
una de esas pesadillas dolorosas que nos caen encima poco antes de
despertar, al alba, entre el sueo y la vela. No he vivido ni dormido...
ojal! ni despierto. No me acuerdo ya de mis padres, no quiero acordarme
de ellos y confo en que ya muertos me hayan olvidado. Me olvidar
tambin Dios? Sera lo mejor acaso, el eterno olvido. Olvidadme, hijos
mos!

--Nunca!--exclam Abel, yendo a besarle la mano.

--Djala! Estuvo en el cuello de tu padre al morirse ste. Djala! Pero
no me dejis. Rogad por m.

--Padre, padre!--suplic la hija.

--Por qu he sido tan envidioso, tan malo? Qu hice para ser as? Qu
leche mam? Era un bebedizo de odio? Ha sido un bebedizo mi sangre? Por
qu nac en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser:
Odia a tu prjimo como a ti mismo. Porque he vivido odindome; porque
aqu todos vivimos odindonos. Pero... traed al nio.

--Padre!

--Traed al nio!

Y cuando el nio lleg le hizo acercarse:

--Me perdonas?--le pregunt.

--No hay de qu--dijo Abel.

--D que s, arrmate al abuelo--le dijo su madre.

--S!--susurr el nio.

--D claro, hijo mo, d si me perdonas.

--S.

--As, slo de ti, slo de ti, que no tienes todava uso de razn, de ti
que eres inocente, necesito perdn. Y no olvides a tu abuelo Abel, al
que te haca los dibujos. Le olvidars?

--No!

--No, no le olvides, hijo mo, no le olvides. Y t, Helena...

Helena, la vista en el suelo, callaba.

--Y t, Helena...

--Yo, Joaqun, te tengo hace tiempo perdonado.

--No te peda eso. Slo quiero verte junto a Antonia. Antonia...

La pobre mujer, henchidos de lgrimas los ojos, se ech sobre la cabeza
de su marido y como queriendo protegerla.

--T has sido aqu la vctima. No pudiste curarme, no pudiste hacerme
bueno...

--Pero si lo has sido, Joaqun... Has sufrido tanto!...

--S, la tisis del alma. Y no pudiste hacerme bueno porque no te he
querido.

--No digas eso!

--S, lo digo, lo tengo que decir, y lo digo aqu, delante de todos. No
te he querido. Si te hubiera querido me haba curado. No te he querido.
Y ahora me duele no haberte querido. Si pudiramos volver a empezar...

--Joaqun! Joaqun!--clamaba desde el destrozado corazn la pobre
mujer.--No digas esas cosas. Ten piedad de m; ten piedad de tus hijos,
de tu nieto que te oye, y que, aunque parece no entenderte, acaso
maana...

--Por eso lo digo, por piedad. No, no te he querido; no he querido
quererte. Si volvisemos a empezar! Ahora, ahora es cuando...

No le dej acabar su mujer, tapndole la moribunda con su boca y como si
quisiera recojer en el propio su ltimo aliento.

--Esto te salva, Joaqun.

--Salvarme? Y a qu llamas salvarse?

--Aun puedes vivir unos aos, si lo quieres.

--Para qu? Para llegar a viejo? A la verdadera vejez? No; la vejez, no!
La vejez egosta no es ms que una infancia en que hay conciencia de la
muerte. El viejo es un nio que sabe que ha de morir. No, no quiero
llegar a viejo. Reira con los nietos por celos, les odiara... No,
no... basta de odio! Pude quererte, deb quererte, que habra sido mi
salvacin, y no te quise.

Call. No quiso o no pudo proseguir. Bes a los suyos. Horas despus
renda su ltimo cansado respiro.




OBRAS DEL MISMO AUTOR

EDITADAS POR LA BIBLIOTECA

RENACIMIENTO


                                        Ptas.

  Por tierras de Portugal y Espaa       3,50

  Soliloquios y conversaciones           3,50

  Contra esto y aquello                  3,50

  Del sentimiento trgico de la vida     3,50

  Vida de Don Quijote y Sancho           4,00

  Niebla, _novela_                       3,50

  Recuerdos de niez y de mocedad        3,00

  Poesas                                3,00

  De mi pas                             2,00

  Rosario de sonetos lricos             3,00

  El espejo de la muerte, _novelas_      1,00

  Abel Snchez                           3,50


UNAMUNO Y GANIVET

  El porvenir de Espaa                  2,00





End of the Project Gutenberg EBook of Abel Snchez, by Miguel De Unamuno

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ABEL SNCHEZ ***

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including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation information page at www.gutenberg.org


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887.  Email
contact links and up to date contact information can be found at the
Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

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Literary Archive Foundation

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