The Project Gutenberg EBook of La ta Tula, by Miguel De Unamuno

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Title: La ta Tula
       Novela

Author: Miguel De Unamuno

Release Date: December 5, 2013 [EBook #44358]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA TA TULA ***




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  Nota del Transcriptor:


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  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




  MIGUEL DE UNAMUNO


       LA TIA TULA

         (NOVELA)


  RENACIMIENTO
  SAN MARCOS, 42
  MADRID
  1921




     ES PROPIEDAD


     Copyright 1921 by Miguel de Unamuno.


     Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Telf. 14-30.--Madrid.




_PROLOGO_

(_QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS_)


TENA _uno (hermano) casi de mi edad, que era el que yo ms quera,
aunque a todos tena gran amor y ellos a m; juntbamonos entrambos a
leer vidas de santos... Espantbanos mucho el decir en lo que leamos
que pena y gloria eran para siempre. Acaecanos estar muchos ratos
tratando desto, y gustbamos de decir muchas veces para siempre,
siempre, siempre. En pronunciar esto mucho rato era el Seor servido, me
quedase en esta niez imprimido el camino de la verdad. De que vi que
era imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenbamos ser ermitaos,
y en una huerta que haba en casa procurbamos, como podamos, hacer
ermitas poniendo unas pedrecillas, que luego se nos caan, y ans no
hallbamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone
devocin ver cmo me daba Dios tan presto lo que yo perd por mi
culpa._

       *       *       *       *       *

_Acurdome que cuando muri mi madre qued yo de edad de doce aos,
poco menos; como yo comenc a entender lo que haba perdido, afligida
fume a una imagen de Nuestra Seora y supliquela fuese mi madre con
muchas lgrimas. Parceme que aunque se hizo con simpleza, que me ha
valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto
me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a s._

     _(Del captulo I de la Vida de la Santa Madre Teresa de Jess, que
     escribi ella misma por mandado de su confesor.)_

_Sea (Dios) alabado por siempre, que tanta merced ha hecho a vuestra
merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho descanso. Sea
mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para m pensar que le tiene.
A la seora doa Mara beso siempre las manos muchas veces; aqu tiene
una capellana y muchas. Harto quisiramos poderla gozar; mas si haba
de ser con los trabajos que por ac hay, ms quiero que tenga all
sosiego, que verla ac padecer._

     (_De una carta que desde Avila, a 15 de diciembre de 1581, dirigi
     la Santa Madre, y Ta, Teresa de Jess, a su sobrino don Lorenzo de
     Cepeda, que estaba en Indias, en el Per, donde se cas con doa
     Mara de Hinojosa, que es la seora doa Mara de que se habla en
     ella_)

_En el captulo II de la misma susomentada Vida, dice la Santa Madre
Teresa de Jess que era moza aficionada a leer libros de
caballeras--los suyos lo son, a lo divino--y en uno de los sonetos, de
nuestro Rosario de ellos, la hemos llamado_

       _Quijotesa_
  _a lo divino, que dej asentada_
  _nuestra Espaa inmoral, cuya es la empresa:_
  _slo existe lo eterno; Dios o nada!_

_Lo que acaso alguien crea que diferencia a Santa Teresa de Don Quijote,
es que ste, el Caballero--y to, to de su inmortal sobrina--se puso en
ridculo y fu el ludibrio y juguete de padres y madres, de znganos y
de reinas; pero es que Santa Teresa escap al ridculo? Es que no se
burlaron de ella? Es que no se estima hoy por muchos quijotesco, o sea
ridculo, su instituto, y aventurera, de caballera andante, su obra y
su vida?_

_No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue y va
a leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la Santa espaola.
No, nada de esto! Ni pensbamos en Teresa de Jess al emprenderlo y
desarrollarlo; ni en Don Quijote. Ha sido despus de haberlo terminado,
cuando aun para nuestro nimo, que lo concibi, result una novedad este
parangn, cuando hemos descubierto las races de este relato novelesco.
Nos fu oculto su ms hondo sentido al emprenderlo. No hemos visto sino
despus, al hacer sobre l examen de conciencia de autor, sus races
teresianas y quijotescas. Que son una misma raz._

_Es acaso ste un libro de caballeras? Como el lector quiera
tomarlo... Tal vez a alguno pueda parecerle una novela agiogrfica, de
vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo._

_No se nos ocurri a nosotros, sino que fu cosa de un amigo, francs
por ms seas, el notar que la inspiracin--perdn!--de nuestra
nivola_ Niebla _era de la misma raz que la de_ La vida es sueo, _de
Caldern. Mas en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir,
despus de concluda esta novela que tienes a la vista, lector, sus
races quijotescas y teresianas. Lo que no quiere decir claro est! que
lo que aqu se cuenta no haya podido pasar fuera de Espaa._

       *       *       *       *       *

_Antes de terminar este Prlogo queremos hacer otra observacin, que le
podr parecer a alguien quizs sutileza de lingista y fillogo, y no lo
es sino de psicologa. Aunque es la psicologa algo ms que lingstica
y filologa?_

_La observacin es que as como tenemos la palabra_ paternal _y_
paternidad, _que derivan de_ pater, _padre, y_ maternal _y_ maternidad,
_de_ mater, _madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo
maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extrao que junto a_
fraternal _y_ fraternidad, _de_ frater, _hermano, no tengamos_ sororal
_y_ sororidad, _de_ soror, _hermana. En latn hay_ sororius, a, um, _lo
de la hermana, y el verbo_ sororiare, _crecer por igual y juntamente._

_Se nos dir que la_ sororidad _equivaldra a la_ fraternidad, _mas no
lo creemos as. Como si en latn tuviese la hija un apelativo de raz
distinta que el de hijo, valdra la pena de distinguir entre las dos
filialidades._

Sororidad _fu la de la admirable Antgona, esta santa del paganismo
helnico, la hija de Edipo, que sufri martirio por amor a su hermano
Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la
conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo
de la inmortalidad, no son las que forjan los dspotas y tiranos de la
tierra, como era Creonte._

_Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina Antgona
de haber faltado a la ley, al mandato regio, rindiendo servicio fnebre
a su hermano, el fratricida, hay entre aqullos este duelo de palabras:_

A.--_No es nada feo honrar a los de la misma entraa..._

Cr.--_No era de tu sangre tambin el que muri contra l?_

A.--_De la misma, por madre y padre..._

Cr.--_Y cmo rindes a ste un honor impo?_

A.--_No dira eso el muerto..._

Cr.--_Pero es que le honras igual que al impo..._

A.--_No muri su siervo, sino su hermano..._

Cr.--_Asolando esta tierra, y el otro defendindola..._

A.--_El otro mundo, sin embargo, gusta de igualdad ante la ley..._

Cr.--_Cmo ha de ser igual para el vil que para el noble?_

A.--_Quin sabe si estas mximas son santas all abajo..._

     (_Antgona_, versos 511-521.)

       *       *       *       *       *

_Es que acaso lo que a Antgona le permiti descubrir esa ley eterna,
apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su to,
como una anarquista, no fu el que era, por terrible decreto del Hado,
hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que haba ejercido
oficio de_ sororidad _tambin._

_El acto_ sororio _de Antgona dando tierra al cadver insepulto de su
hermano y librndolo as del furor regio de su to Creonte, parecile a
ste un acto de anarquista. No hay mal mayor que el de la
anarqua!--declaraba el tirano--._ (Antgona, _verso 672_.)
_Anarqua? Civilizacin?_

_Antgona, la anarquista segn su to, el tirano Creonte, modelo de
virilidad, pero no de humanidad; Antgona, hermana de su padre Edipo y,
por lo tanto, ta de su hermano Polinices, representa acaso la
domesticidad religiosa, la religin domstica, la del hogar, frente a la
civilidad poltica y tirnica, a la tirana civil, y acaso tambin la
domesticacin frente a la civilizacin. Aunque es posible civilizarse
sin haberse domesticado antes? Caben civilidad y civilizacin donde no
tienen como cimientos domesticidad y domesticacin?_

_Hablamos de_ patrias _y sobre ellas de_ fraternidad _universal, pero no
es una sutileza lingstica el sostener que no pueden prosperar sino
sobre_ matrias _y_ sororidad. _Y habr barbarie de guerras devastadoras,
y otros estragos, mientras sean los znganos, que revolotean en torno de
la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que
rijan las colmenas._

_Guerras? El primer acto guerrero fu, segn lo que llamamos Historia
Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Can. Fu
una muerte fraternal, entre hermanos, el primer acto de fraternidad. Y
dice el Gnesis que fu Can, el fratricida, el que primero edific una
ciudad, a la que llam del nombre de su hijo--habido en una
hermana--Henoc._ (_Gn. IV, 17._) _Y en aquella ciudad,_ polis, _debi
empezar la vida civil, poltica, la civilidad y la civilizacin. Obra,
como se ve, del fratricida. Y cuando, siglos ms tarde, nuestro Lucano,
espaol, llam a las guerras entre Csar y Pompeyo_ plusquam civilia,
_ms que civiles--lo dice en el primer verso de su_ Pharsalia--_quiere
decir_ fraternales. _Las guerras ms que civiles son las fraternales._

_Aristteles le llam al hombre_ zoon politicon, _esto es, animal civil
o ciudadano--no poltico, que esto es no traducir--animal que tiende a
vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra
por cimientos, y se es el hombre y, sobre todo, el varn. Animal civil,
urbano, fraternal y... fratricida. Pero ese animal civil, no ha de
depurarse por accin domstica? Y el hogar, el verdadero hogar, no ha
de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al
azar de los caminos? Y Antgona acompa a su padre, ciego y errante,
por los senderos del desierto, hasta que desapareci en Colono. Pobre
civilidad fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!..._

_Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano en
mano de hermanas, de tas. O de esposas de espritu, castsimas, como
aquella Abisag, la sunamita de que se nos habla en el captulo I del
libro I de los Reyes, aquella doncella que le llevaron al viejo rey
David, ya cercano a su muerte, para que le mantuviese en la puesta de su
vida, abrigndole y calentndole en la cama mientras dorma. Y Abisag le
sacrific su maternidad, permaneci virgen por l--pues David no la
conoci--y fu causa de que ms luego Salomn, el hijo del pecado de
David con la adltera Betsab, hiciese matar a Adonas, su hermanastro,
hijo de David y de Hagit, porque pretendi para mujer a Abisag, la
ltima reina con David, pensando as heredar a ste su reino._

_Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar todo
un libro que no ser precisamente una novela. Ni una_ nivola.

_Y ahora el lector que ha ledo este prlogo--que no es necesario para
inteligencia en lo que sigue--puede pasar a hacer conocimiento con la
ta Tula, que si supo de Santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni
de Antgona la griega ni de Abisag la israelita._

_En mi novela_ Abel Snchez _intent escarbar en ciertos stanos y
escondrijos del corazn, en ciertas catacumbas del alma, adonde no
gustan descender los ms de los mortales. Creen que en esas catacumbas
hay muertos, a los que lo mejor es no visitar, y esos muertos, sin
embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Can. Y aqu, en esta novela,
he intentado escarbar en otros stanos y escondrijos. Y como no ha
faltado quien me haya dicho que aquello era inhumano, no faltar quien
me lo diga, aunque en otro sentido, de esto. Aquello pareci a alguien
inhumano por viril, por fraternal; esto lo parecer acaso por femenil,
por sororio. Sin que quepa negar que el varn hereda femenidad de su
madre y la mujer virilidad de su padre. O es que el zngano no tiene
algo de abeja y la abeja algo de zngano? O hay, si se quiere,_ abejos
_y_ znganas.

_Y nada ms, que no debo hacer una novela sobre otra novela._

     _En Salamanca, ciudad, en el da de los Desposorios de Nuestra
     Seora del ao de gracia milsimo novecentsimo y vigsimo._




I


ERA a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre sala de casa con
ella, a quien cean aquellas ansiosas miradas que les enderezaba
Ramiro. O por lo menos, as lo crean ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse
el uno al otro.

Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas
siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la
hermosura esplndida y algn tanto provocativa de Rosa, flor de carne
que se abra a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba
de primera vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces
de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se haban fijado en ellos
y los que a la par les ponan raya. Hubo quien al verlas pasar prepar
algn chicoleo un poco ms subido de tono; mas tuvo que contenerse al
tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban
mudamente de seriedad. Con esta pareja no se juega, pareca decir con
sus miradas silenciosas.

Y bien miradas y de cerca an despertaba ms Gertrudis el ansia de goce.
Mientras su hermana Rosa abra esplndidamente a todo viento y toda luz
la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en
que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas.

Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no crey ver
ms que a Rosa, y a Rosa se dirigi desde luego.

--Sabes que me ha escrito--le dijo sta a su hermana.

--S, vi la carta.

--Cmo? que la viste? es que me espas?

--Poda dejar de haberla visto? No, yo no espo nunca, ya lo sabes, y
has dicho eso no ms que por decirlo...

--Tienes razn, Tula, perdnamelo.

--S, una vez ms, porque t eres as. Yo no espo, pero tampoco oculto
nunca nada. Vi la carta.

--Ya lo s; ya lo s...

--He visto la carta y la esperaba.

--Y bien, qu te parece de Ramiro?

--No le conozco.

--Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a
una de l.

--A m, s.

--Pero lo que se ve, lo que est a la vista...

--Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.

--Es que no tienes ojos en la cara?

--Acaso no los tenga as...; ya sabes que soy corta de vista.

--Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.

--As parece.

--Y simptico.

--Con que te lo sea a ti, basta.

--Pero es que crees que le he dicho ya que s?

--S que se lo dirs al cabo, y basta.

--No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco...

--Para qu?

--Hay que hacerse valer.

--As no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea.

--De modo que t...

--A m no se me ha dirigido.

--Y si se hubiera dirigido a ti?

--No sirve preguntar cosas sin sustancia.

--Pero t, si a ti se te dirige, qu le habras contestado?

--Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simptico, y por
eso me habra puesto a estudiarle...

--Y entretanto si iba a otra...

--Es lo ms probable.

--Pues as, hija, ya puedes prepararte...

--S, a ser ta.

--Cmo ta?

--Ta de tus hijos, Rosa.

--Eh, qu cosas tienes!--y se le quebr la voz.

--Vamos, Rosita, no te pongas as, y perdname--le dijo dndole un beso.

--Pero si vuelves...

--No, no volver!

--Y bien, qu le digo?

--Dile que s!

--Pero pensar que soy demasiado fcil...

--Entonces dile que no!

--Pero es que...

--S, que te parece un guapo mozo y simptico. Dile, pues, que s y no
andes con ms coqueteras, que eso es feo. Dile que s. Despus de todo,
no es fcil que se te presente mejor partido. Ramiro est muy bien, es
hijo solo...

--Yo no he hablado de eso.

--Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.

--Y no dirn, Tula, que tengo ganas de novio?

--Y dirn bien.

--Otra vez, Tula?

--Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. Para qu
si no te hizo Dios tan guapa?

--Guasitas no!

--Ya sabes que yo no me guaseo. Parzcanos bien o mal, nuestra carrera
es el matrimonio o el convento; t no tienes vocacin de monja; Dios te
hizo para el mundo y el hogar... vamos, para madre de familia... No vas
a quedarte a vestir imgenes. Dile, pues, que s.

--Y t?

--Cmo yo?

--Que t, luego...

--A m djame.

Al da siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman
relaciones amorosas Rosa y Ramiro.

Lo que empez a cuajar la soledad de Gertrudis.

Vivan las dos hermanas, hurfanas de padre y madre desde muy nias, con
un to materno, sacerdote, que no las mantena, pues ellas disfrutaban
de un pequeo patrimonio que les permita sostenerse en la holgura de la
modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa,
dejndolas, por lo dems, a la gua de su buen natural. Los buenos
consejos eran consejos de libros, los mismos que le servan a don
Primitivo para formar sus escasos sermones.

Adems--se deca a s mismo con muy buen acierto don Primitivo--para
qu me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos ntimos? Lo mejor
es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos.
Aunque... abrirles? Bah! bien abiertos los tienen, sobre todo las
mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y
los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. Y
luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella no me atrevo...
no me atrevo... Tiene unas preguntas la mocita! Y cuando me mira tan
seria, tan seria... con esos ojazos tristes--los de mi hermana, los de
mi madre, Dios las tenga en su santa gloria!--Esos ojazos de luto que
se le meten a uno en el corazn...! Muy serios, s, pero rindose con el
rabillo. Parecen decirme: no diga usted ms bobadas, to! El demonio
de la chiquilla! Todava me acuerdo el da en que se empe en ir, con
su hermana, a oirme aquel sermoncete; el rato que pas, Jess Santo!
Todo se me volva apartar mis ojos de ella por no cortarme; pero nada,
ella tirando de los mos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa
madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
Jams pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tena
dicho que no fuesen a oirme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin
decrmelo, y se pona detrs de la columna, donde yo no le viera, y
luego no me deca nada de mi sermn. Y lo mismo haca mi hermana. Pero
yo s lo que sta pensaba, aunque tan cristiana, lo s. Bobadas de
hombres! Y lo mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no,
delante de ella predicar? Yo? Darle consejos? Una vez se le escap lo
de _bobadas de hombres!_ y no dirigindose a m, no, pero yo le
entiendo...

El pobre seor senta un profundsimo respeto, mezclado de admiracin,
por su sobrina Gertrudis. Tena el sentimiento de que la sabidura iba
en su linaje por va femenina, que su madre haba sido la providencia
inteligente de la casa en que se cri, que su hermana lo haba sido en
la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba
para proteccin y gua con su hermana. Pero qu hermosa la ha hecho
Dios, Dios sea alabado--se deca--; esta chica o hace un gran
matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en
la cara.

Y un da fu Gertrudis la que, despus que Rosa se levant de la mesa
fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su to, le
dijo:

--Tengo que decirle a usted, to, una cosa muy grave.

--Muy grave..., muy grave...--y el pobre seor se azar, creyendo
observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su sobrina se
rean maliciosamente.

--S, muy grave.

--Bueno, pues desembucha, hija, que aqu estamos los dos para tomar un
consejo.

--El caso es que Rosa tiene ya novio.

--Y no es ms que eso?

--Pero novio formal, eh?, to.

--Vamos, s, para que yo los case.

--Naturalmente!

--Y a ti, qu te parece de l?

--Aun no ha preguntado usted quin es...

--Y qu ms da, si yo apenas conozco a nadie? A ti qu te parece de l,
contesta.

--Pues tampoco yo le conozco.

--Pero no sabes quin es, t?

--S, s cmo se llama y de qu familia es y...

--Basta! Qu te parece?

--Que es un buen partido para Rosa y que se querrn.

--Pero es que no se quieren ya?

--Pero cree usted, to, que pueden empezar querindose?

--Pues as dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo...

--Son decires, to.

--As ser; basta que t lo digas.

--Ramiro..., Ramiro Cuadrado...

--Pero es el hijo de doa Venancia, la viuda? Acabramos! No hay ms
que hablar.

--A Ramiro, to, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar
enamorado de ella...

--Y lo estar, Tulilla, lo estar...

--Eso digo yo, to, que lo estar. Porque como es hombre de vergenza y
de palabra, acabar por cobrar cario a aquella con la que se ha
comprometido ya. No le creo hombre de volver atrs.

--Y ella?

--Quin? Mi hermana? A ella le pasar lo mismo.

--Sabes ms que San Agustn, hija.

--Esto no se aprende, to.

--Pues que se casen, los bendigo y sanseacab!

--O sanseempez! Pero hay que casarlos y pronto. Antes que l se
vuelva...

--Pero temes t que l pueda volverse...

--Yo siempre temo de los hombres, to.

--Y de las mujeres no?

--Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin nimo de ofender
al sexo... fuerte, no se dice as?, le digo que la constancia, que la
fortaleza est ms bien de parte nuestra...

--Si todas fueran como t, chiquilla, lo creera as, pero...

--Pero qu?

--Que t eres excepcional, Tulilla!

--Le he odo a usted ms de una vez, to, que las excepciones confirman
la regla...

--Vamos, que me aturdes... Pues bien, los casaremos, no sea que se
vuelva l... o ella...

Por los ojos de Gertrudis pas como la sombra de una nube de borrasca, y
si se hubiera podido oir el silencio habrase odo que en las bvedas de
los stanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va
perdindose a lo lejos aquello de o ella...




II


PERO qu le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones
formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? Qu
dilaciones y qu frialdades eran aqullas?

--Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que
est siempre distrado y como si estuviese pensando en otra cosa--o en
otra persona, quin sabe!--o temiendo que alguien nos vaya a sorprender
de pronto. Y cuando le tiro algn avance y le hablo, as como quien no
quiere la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como
que no oye y como si estuviera atendiendo a otra...

--Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Hblale como quien
la quiere.

--Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!

--Pues que lo piense! No es acaso as?

--Pero crees t, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?

--Le quieres?

--Eso nada tiene que ver...

--Le quieres, di?

--Pues mira...

--Pues mira, no! le quieres? s o no!

Rosa baj la frente con los ojos, arrebolse toda y llorndole la voz
tartamude:

--Tienes unas cosas, Tula; pareces un confesor!

Gertrudis tom la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la
frente, le clav los ojos en los ojos y le dijo:

--Vivimos solas, hermana...

--Y el to?

--Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El
pobre to es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y
al cabo hombre.

--Pero confiesa...

--Acaso por eso sabe menos. Adems, se le olvida. Y as debe ser.
Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte
aqu, pero confesarte a ti misma. Le quieres? repito.

La pobre Rosa se ech a llorar.

--Le quieres?--son la voz implacable.

Y Rosa lleg a fingirse que aquella pregunta, en una voz pastosa y
solemne y que pareca venir de las lontananzas de la vida comn de la
pureza, era su propia voz, era acaso la de su madre comn.

--S, creo que le querr... mucho... mucho...--exclam en voz baja y
sollozando.

--S, le querrs mucho y l te querr ms an!

--Y cmo lo sabes?

--Yo s que te querr.

--Entonces, por qu est distrado? por qu rehuye el que abordemos lo
del casorio?

--Yo le hablar de eso, Rosa, djalo de mi cuenta!

--T?

--Yo, s! Tiene algo de extrao?

--Pero...

--A m no puede cohibirme el temor que a ti te cohibe.

--Pero dir que rabio por casarme.

--No, no dir eso! Dir, si quiere, que es a m a quien me conviene que
t te cases para facilitar as el que se me pretenda o para quedarme a
mandar aqu sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates. Dir
lo que quiera, pero yo me las arreglar.

Rosa cay en brazos de su hermana, que le dijo al odo:

--Y luego, tienes que quererle mucho, eh?

--Y por qu me dices t eso, Tula?

--Porque es tu deber.

Y al otro da, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontrse con la
otra, con la hermana. Demudsele el semblante y se le vi vacilar. La
seriedad de aquellos serenos ojazos de luto le concentr la sangre toda
en el corazn.

--Y Rosa?--pregunt sin oirse.

--Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte.

--T?--dijo con labios que le temblaban.

-S, yo!

--Grave te pones, chica!--y se esforz en reirse.

--Nac con esa gravedad encima, dicen. El to asegura que la hered de
mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo s, ni me
importa. Lo que s s es que me gustan las cosas sencillas y derechas y
sin engao.

--Por qu lo dices, Tula?

--Y por qu rehuyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana? Vamos,
dmelo, por qu?

El pobre mozo inclin la frente arrebolada de vergenza. Sentase herido
por un golpe inesperado.

--T le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.

--Tula!

--Nada de Tula! T te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu
mujer y madre de tus hijos...

--Pero qu de prisa vas...!--y volvi a esforzarse a reirse.

--Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.

--La vida es corta! y lo dice a los veintids aos!

--Ms corta an. Pues bien, piensas casarte con Rosa, s o no?

--Pues qu duda cabe!--y al decirlo le temblaba el cuerpo todo.

--Pues si piensas casarte con ella, por qu diferirlo as?

--Somos an jvenes...

--Mejor!

--Tenemos que probarnos...

--Qu, qu es eso? qu es eso de probaros? Crees que la conocers
mejor dentro de un ao? Peor, mucho peor...

--Y si luego...

--No pensaste en eso al pedir la entrada aqu!

--Pero, Tula...

--Nada de Tula! La quieres, s o no?

--Puedes dudarlo, Tula?

--Te he dicho que nada de Tula! La quieres?

--Claro que la quiero!

--Pues la querrs ms todava. Ser una buena mujer para ti. Haris un
buen matrimonio.

--Y con tu consejo...

--Nada de consejo. Yo har una buena ta, y basta!

Ramiro pareci luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase
algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolucin, exclam:

--Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad!

--No tienes que decirme ms verdad--le ataj severamente--; me has dicho
que quieres a Rosa y que ests resuelto a casarte con ella; todo lo
dems de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os
casis.

--Pero hay cosas...

--No, no hay cosas que no se deba decir a la mujer...

--Pero, Tula!

--Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no
la quieres, ests de ms en esta casa.

Estas palabras le brotaron de los labios fros y mientras se le paraba
el corazn. Sigui a ellas un silencio de hielo, y durante l la sangre,
antes represada y ahora suelta, le encendi la cara a la hermana. Y
entonces, en el silencio agorero, poda orsele el galope trepidante del
corazn.

Al siguiente da se fijaba el de la boda.




III


DON Primitivo autoriz y bendijo la boda de Ramiro con Rosa. Y nadie
estuvo en ella ms alegre que lo estuvo Gertrudis. A tal punto, que su
alegra sorprendi a cuantos la conocan, sin que faltara quien creyese
que tena muy poco de natural.

Furonse a su casa los recin casados, y Rosa reclamaba a ella de
continuo la presencia de su hermana. Gertrudis le replicaba que a los
novios les convena soledad.

--Pero si es al contrario, hija, si nunca he sentido ms tu falta; ahora
es cuando comprendo lo que te quera.

Y ponase a abrazarla y besuquearla.

--S, s--le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente--; vuestra
felicidad necesita de testigos; se os acrecienta la dicha sabiendo que
otros se dan cuenta de ella.

Ibase, pues, de cuando en cuando a hacerles compaa; a comer con ellos
alguna vez. Su hermana le haca las ms ostentosas demostraciones de
cario, y luego a su marido, que, por su parte, apareca como
avergonzado ante su cuada.

--Mira--lleg a decirle una vez Gertrudis a su hermana ante aquellas
seales--, no te pongas as, tan babosa. No parece sino que has
inventado lo del matrimonio.

Un da vi un perrito en la casa.

--Y esto qu es?

--Un perro, chica, no lo ves?

--Y cmo ha venido?

--Lo encontr ah, en la calle, abandonado y medio muerto, me di
lstima, le traje, le di de comer, le cur y aqu le tengo--y lo
acariciaba en su regazo y le daba besos en el hocico.

--Pues mira, Rosa, me parece que debes regalar el perrito, porque el que
le mates me parece una crueldad.

--Regalarle? Y por qu? Mira, Tit--y al decirlo apechugaba contra su
seno al animalito--, me dicen que te eche. Adnde irs t, pobrecito?

--Vamos, vamos, no seas chiquilla y no lo tomes as. A que tu marido es
de mi opinin?

--Claro, en cuanto se lo digas! Como t eres la sabia...

--Djate de esas cosas y deja al perro.

--Pero qu? Crees que tendr Ramiro celos?

--Nunca cre, Rosa, que el matrimonio pudiese entontecer as.

Cuando lleg Ramiro y se enter de la pequea disputa por lo del perro,
no se atrevi a dar la razn ni a la una ni a la otra, declarando que la
cosa no tena importancia.

--No, nada la tiene y lo tiene todo, segn--dijo Gertrudis--. Pero en
eso hay algo de chiquillada, y an ms. Sers capaz, Rosa, de haberte
trado aquella pepona que guardas desde que nos dieron dos, una a ti y a
m otra, siendo nias, y sers capaz de haberla puesto ocupando su
silla...

--Exacto; all est, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una
silla de respeto. La quieres ver?

--As es--asinti Ramiro.

--Bueno, ya la quitars de all...

--Quia, hija, la guardar...

--S, para juguete de tus hijas...

--Qu cosas se te ocurren, Tula...!--y se arrebol.

--No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro.

--Y t--exclam Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria que
le molestaba--no tienes tambin tu pepona? La has dado, o deshecho
acaso?

--No--respondile resueltamente su hermana--, pero la tengo guardada.

--Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca...!

--Es que Gertrudis la guarda para s sola--dijo Ramiro sin saber lo que
deca.

--Dios sabe para qu la guardo. Es un talismn de mi niez.

El que iba poco, poqusimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno
de don Primitivo. El onceno no estorbar--deca.

Corran los das, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se haba
propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero sta vena a
buscarla en cuanto pasaba un par de das sin que se viesen. Pero qu,
ests mala, chica? O te sigue estorbando el perro? Porque si es as,
mira, le echar. Por qu me dejas as, sola?

--Sola, Rosa? Sola? Y tu marido?

--Pero l se tiene que ir a sus asuntos...

--O los inventa...

--Qu, es que crees que me deja aposta? Es que sabes algo? Dilo,
Tula, por lo que ms quieras, por nuestra madre dmelo!

--No, es que os aburrs de vuestra felicidad y de vuestra soledad. Ya le
echars el perro o si no te darn antojos, y ser peor.

--No digas esas cosas.

--Te darn antojos--replic con ms firmeza.

Y cuando al fin fu un da a decirle que haba regalado el perrito,
Gertrudis, sonriendo gravemente y acaricindola como a una nia, le
pregunt al odo: Por miedo a los antojos, eh? Y al oir en respuesta
un susurrado s! abraz a su hermana con una efusin de que sta no
la crea capaz.

--Ahora va de veras, Rosa; ahora no os aburriris de la felicidad ni de
la soledad y tendr varios asuntos tu marido. Esto era lo que os
faltaba...

--Y acaso lo que te faltaba... no es as, hermanita?

--Y a ti quin te ha dicho eso?

--Mira, aunque soy tan tonta, como he vivido siempre contigo...

--Bueno, djate de bromas!

Y desde entonces empez Gertrudis a frecuentar ms la casa de su
hermana.




IV


EN el parto de Rosa, que fu dursimo, nadie estuvo ms serena y
valerosa que Gertrudis. Creerase que era una veterana en asistir a
trances tales. Lleg a haber peligro de muerte para la madre o la cra
que hubiera de salir, y el mdico lleg a hablar de sacrsela viva o
muerta.

--Muerta?--exclam Gertrudis--; eso s que no!

--Pero no ve usted--exclam el mdico--que aunque se muera el cro
queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo
mismo?

Pas rpidamente por el magn de Gertrudis replicarle que quedaban otras
madres, pero se contuvo e insisti:

--Muerta, no!, nunca! Y hay, adems, que salvar un alma.

La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida
al combate, di a luz un nio.

Recojilo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa
lo lav y envolvi en sus paales.

--Es usted comadrona de nacimiento--le dijo el mdico.

Tom la criaturita y se la llev a su padre, que en un rincn, aterrado
y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su
mujer.

--Aqu tienes tu primer hijo, Ramiro; mrale qu hermoso!

Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no
vi sino los ojazos de su cuada, que irradiaban una luz nueva, ms
negra pero ms brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo
de carne que le presentaban como su hijo roz su mejilla, encendida, con
la de Gertrudis.

--Ahora--le dijo tranquilamente sta--ve a dar las gracias a tu mujer, a
pedirle perdn y a animarla.

--A pedirle perdn?

--S, a pedirle perdn.

--Y por qu?

--Yo me entiendo y ella te entender. Y en cuanto a ste--y al decirlo
apretbalo contra su seno palpitante--corre ya de mi cuenta, y o poco he
de poder o har de l un hombre.

La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro. Y del fondo de su alma
salale una voz diciendo: Cul es la madre?

Poco despus pona Gertrudis cuidadosamente el nio al lado de la madre,
que pareca dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve. Pero
Rosa entreabri los ojos y se encontr con los de su hermana. Al ver a
sta una corriente de nimo recorri el cuerpo todo victorioso de la
nueva madre.

--Tula!--gimi.

--Aqu estoy, Rosa, aqu estar. Ahora descansa. Cuando sea le das de
mamar a este cro para que se calle. De todo lo dems no te preocupes.

--Cre morirme, Tula. Aun ahora me parece que sueo muerta. Y me daba
tanta pena de Ramiro...

--Cllate. El mdico ha dicho que no hables mucho. El pobre Ramiro
estaba ms muerto que t. Ahora, nimo, y a otra!

La enferma sonri tristemente.

--Este se llamar Ramiro, como su padre--decret luego Gertrudis en
pequeo consejo de familia--y la otra, porque la siguiente ser nia,
Gertrudis como yo.

--Pero ya ests pensando en otra--exclam don Primitivo--y tu pobre
hermana de por poco se queda en el trance?

--Y qu hacer?--replic ella--; para qu se han casado si no? No es
as, Ramiro?--y le clav los ojos.

--Ahora lo que importa es que se reponga--dijo el marido sobrecojindose
bajo aquella mirada.

--Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.

--Bien dice el mdico, sobrina, que parece como si hubieras nacido
comadrona.

--Toda mujer nace madre, to.

Y lo dijo con tan ntima solemnidad casera, que Ramiro se sinti presa
de un indefinible desasosiego y de un extrao remordimiento. Querr yo
a mi mujer como se merece?--se deca.

--Y ahora, Ramiro--le dijo su cuada--ya puedes decir que tienes mujer.

Y a partir de entonces no falt Gertrudis un solo da de casa de su
hermana. Ella era quien desnudaba y vesta y cuidaba al nio hasta que
su madre pudiera hacerlo.

La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redonde ms. A la vez
extrem sus ternuras para con su marido y aun lleg a culparle de que se
le mostraba esquivo.

--Tem por tu vida--le dijo su marido--y estaba aterrado. Aterrado y
desesperado y lleno de remordimiento.

--Remordimiento, por qu?

--Si llegas a morirte me pego un tiro!

--Quia! a qu? Cosas de hombres, que dira Tula. Pero eso ya pas y
ya s lo que es.

--Y no has quedado escarmentada, Rosa?

--Escarmentada?--y cojiendo a su marido, echndole los brazos al
cuello, apechugndole fuertemente a s, le dijo al odo con un aliento
que se lo quemaba:--A otra, Ramiro, a otra! Ahora s que te quiero! Y
aunque me mates!

Gertrudis en tanto arrollaba al nio, celosa de que no se
percatase--inocente!--de los ardores de sus padres.

Era como una preocupacin en la ta la de ir sustrayendo al nio, ya
desde su ms tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las ms
leves y remotas seales, el amor de que haba brotado. Colgle al cuello
desde luego una medalla de la Santsima Virgen, de la Virgen Madre, con
su Nio en brazos.

Con frecuencia, cuando vea que su hermana, la madre, se impacientaba en
acallar al nio o al envolverlo en sus paales, le deca:

--Dmelo, Rosa, dmelo, y vete a entretener a tu marido...

--Pero, Tula...

--S, t tienes que atender a los dos y yo slo a ste.

--Tienes, Tula, una manera de decir las cosas...

--No seas nia, ea, que eres ya toda una seora mam. Y da gracias a
Dios que podamos as repartirnos el trabajo.

--Tula... Tula...

--Ramiro... Ramiro... Rosa.

La madre se amoscaba, pero iba a su marido.

Y as pasaba el tiempo y lleg otra cra, una nia.




V


A poco de nacer la nia encontraron un da muerto al bueno de don
Primitivo. Gertrudis le amortaj despus de haberle lavado--quera que
fuese limpio a la tumba--con el mismo esmero con que haba envuelto en
paales a sus sobrinos recin nacidos. Y a solas en el cuarto con el
cuerpo del buen anciano, le llor como no se creyera capaz de hacerlo.
Nunca habra credo que le quisiese tanto--se dijo--; era un bendito;
de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; era tan
sencillo!

--Fu nuestro padre--le dijo a su hermana--y jams le omos una palabra
ms alta que otra.

--Claro!--exclam Rosa--; como que siempre nos dej hacer nuestra
santsima voluntad.

--Porque saba, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra
voluntad. Fu nuestro padre; l nos educ. Y para educarnos le bast la
trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara...

--Es verdad, s--dijo Rosa con los ojos henchidos de lgrimas--, como
sencillo no he conocido otro.

--Nos habra sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar ms
limpio que ste.

--Qu quieres decir con eso, Tula?

--El nos llen la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra,
con el culto de la Santsima Virgen Madre y con el culto tambin de
nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. Te acuerdas
cuando por las noches nos haca rezar el rosario, cmo le cambiaba la
voz al llegar a aquel padrenuestro y avemara por el eterno descanso del
alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre,
nuestra abuela, a las que no conocimos? En aquel rosario nos daba madre
y en aquel rosario te ense a serlo.

--Y a ti, Tula, a ti!--exclam entre sollozos Rosa.

--A m?

--A ti, s, a ti! Quin, si no, es la verdadera madre de mis hijos?

--Deja ahora eso. Y ah le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que
las pobres beatas lloraban algunas veces al oirle predicar sin percibir
ni una sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo
de serenidad amorosa. Y ahora, Rosa, el rosario!

Arrodillronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su to y
rezaron el mismo rosario que con l haban rezado durante tantos aos,
con dos padrenuestros y avemaras por el eterno descanso de las almas de
su madre y de la del que yaca all muerto, a que aadieron otro
padrenuestro y otra avemara por el alma del recin bienaventurado. Y
las lenguas de manso y dulce fuego de los dos cirios que ardan a un
lado y otro del cadver, haciendo brillar su frente, tan blanca como la
cera de ellos, parecan, vibrando al comps del rezo, acompaar en sus
oraciones a las dos hermanas. Una paz entraable irradiaba de aquella
muerte. Levantronse del suelo las dos hermanas, la pareja; besaron,
primero Gertrudis y Rosa despus, la frente crea del anciano y
abrazronse luego con los ojos ya enjutos.

--Y ahora--le dijo Gertrudis a su hermana al odo--a querer mucho a tu
marido, a hacerle dichoso y... a darnos muchos hijos!

--Y ahora--le respondi Rosa--te vendrs a vivir con nosotros, por
supuesto.

--No, eso no!--exclam sbitamente la otra.

--Cmo que no? Y lo dices de un modo...

--S, s, hermana; perdname la viveza, perdnamela, me la perdonas?--e
hizo mencin, ante el cadver, de volver a arrodillarse.

--Vaya, no te pongas as, Tula, que no es para tanto. Tienes unos
prontos...

--Es verdad, pero me los perdonas, no es verdad, Rosa?, me los
perdonas.

--Eso ni se pregunta. Pero te vendrs con nosotros...

--No insistas, Rosa, no insistas...

--Qu? No te vendrs? Dejars a tus sobrinos, ms bien tus hijos
casi...

--Pero si no los he dejado un da...

--Te vendrs?

--Lo pensar, Rosa, lo pensar...

--Bueno, pues no insisto.

Pero a los pocos das insisti, y Gertrudis se defenda.

--No, no; no quiero estorbaros...

--Estorbarnos? qu dices, Tula?

--Los casados casa quieren.

--Y no puede ser la tuya tambin?

--No, no; aunque t no lo creas, yo os quitara libertad. No es as,
Ramiro?

--No... no veo...--balbuce el marido confuso, como casi siempre le
ocurra, ante la inesperada interpelacin de su cuada.

--S, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y
ms un matrimonio joven como vosotros y en plena produccin, necesita
estar solo. Yo, la ta, vendr a mis horas a ir enseando a vuestros
hijos todo aquello en que no podis ocuparos.

Y all segua yendo, a las veces desde muy temprano, encontrndose con
el nio ya levantado, pero no as sus padres. Cuando digo que hago yo
aqu falta--se deca.




VI


VENA ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su
fecundidad. Vamos a cargarnos de hijos--deca. A lo que su hermana:
Pues para qu os habis casado?

El embarazo fu molestsimo para la madre y tena que descuidar ms que
antes a sus otros hijos, que as quedaban al cuidado de su ta,
encantada de que se los dejasen. Y hasta consigui llevrselos ms de un
da a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde viva con la vieja
criada que fu de don Primitivo, y donde los retena. Y los pequeuelos
se apegaban con ciego cario a aquella mujer severa y grave.

Ramiro, malhumorado antes en los ltimos meses de los embarazos de su
mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba ms.

--Qu pesado y molesto es esto!--deca.

--Para ti?--le preguntaba su cuada sin levantar los ojos del sobrino o
sobrina que de seguro tena en el regazo.

--Para m, s. Vivo en perpetuo sobresalto, temindolo todo.

--Bah! no ser al fin nada. La Naturaleza es sabia.

--Pero tantas veces va el cntaro a la fuente...

--Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades!

Ramiro se sobrecoja al oirse llamar hijo por su cuada, que rehua
darle su nombre, mientras l en cambio se complaca en llamarla por el
familiar Tula.

--Qu bien has hecho en no casarte, Tula!

--De veras?--y levantando los ojos se los clav en los suyos.

--De veras, s. Todo son trabajos y aun peligros...

--Y sabes t acaso si no me he de casar todava?

--Claro. Lo que es por la edad!

--Pues por qu ha de quedar?

--Como no te veo con aficin a ello...

--Aficin a casarse? Qu es eso?

--Bueno; es que...

--Es que no me ves buscar novio, no es eso?

--No, no es eso.

--S, eso es.

--Si t los aceptaras, de seguro que no te habrn faltado...

--Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que
esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser
elegida.

--Qu es eso de que estis hablando?--dijo Rosa acercndose y dejndose
caer abatida en un silln.

--Nada, discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del
matrimonio.

--No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabis de eso.
Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros.

--Pero, mujer!

--Anda, ven, sostnme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme.
Adis, Tula. Ah te los dejo.

Acercse a ella su marido; le tom del brazo con sus dos manos y se
incorpor y levant trabajosamente; luego, tendindole un brazo por el
hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en ste con ella y
cojindole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fu
lentamente, as apoyada en l y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada
uno de sus sobrinos en sus rodillas, se qued mirando la marcha
trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su
rodrign. Llenronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto,
serenamente graves, gravemente serenos, de lgrimas, y apretando a su
seno a los dos pequeos, apret sus mejillas a cada una de las de ellos.
Y el pequeito, Ramirn, al ver llorar a su ta, a tita Tula, se ech a
llorar tambin.

--Vamos, no llores; vamos a jugar.

De este tercer parto qued quebrantadsima Rosa.

--Tengo malos presentimientos, Tula.

--No hagas caso de ageros.

--No es agero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin
sangre.

--Ella volver.

--Por de pronto ya no puedo criar este nio. Y eso de las amas, Tula,
eso me aterra!

Y as era, en verdad. En pocos das cambiaron tres. El padre estaba
furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaa.

--Esto se va!--pronunci un da el mdico.

Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraos
remordimientos y de furias sbitas. Una tarde lleg a decir a su cuada:

--Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la
cabeza que tiene que morirse y es claro! as se morir. Por qu no le
animas y le convences a que viva?

--Eso t, hijo, t, su marido. Si t no le infundes apetito de vivir,
quin va a infundrselo? Porque s, no es lo peor lo dbil y exange
que est; lo peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los
chicos la cansan pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del ama.

Y era que la pobre Rosa viva como en sueos, en un constante mareo,
vindolo todo como a travs de una niebla.

Una tarde llam a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un
hilito de voz febril, le dijo cojindole la mano:

--Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ah te dejo mis hijos,
los pedazos de mi corazn, y ah te dejo a Ramiro, que es como otro
hijo. Creme que es otro nio, un nio grande y antojadizo, pero bueno,
ms bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ah te los
dejo, Tula.

--Descuida, Rosa; conozco mis deberes.

--Deberes... deberes...

--S, s mis amores. A tus hijos no les faltar madre mientras yo viva.

--Gracias, Tula, gracias. Eso quera de ti.

--Pues no lo dudes.

--Es decir que mis hijos, los mos, los pedazos de mi corazn no
tendrn madrastra!

--Qu quieres decir con eso, Rosa?

--Que como Ramiro volver a pensar en casarse... es lo natural... tan
joven... y yo s que no podr vivir sin mujer, lo s... pues que...

--Qu quieres decir?

--Que sers t su mujer, Tula.

--Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni
por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casar con tu marido si t
le faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltar madre...

--No, t me has dicho que no tendrn madrastra.

--Pues bien, s, no tendrn madrastra!

--Y eso no puede ser sino casndote t con mi Ramiro, y mira, no tengo
celos, no. Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso...

--Y por qu ha de volver a casarse?

--Ay, Tula, t no conoces a los hombres! T no conoces a mi marido...

--No, no le conozco.

--Pues yo s!

--Quin sabe...

La pobre enferma se desvaneci.

Poco despus llamaba a su marido. Y al salir ste del cuarto iba
desencajado y plido como un cadver.

La Muerte afilaba su guadaa en la piedra angular del hogar de Rosa y
Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas,
destilando, haba que andar a la busca de una nueva ama de cra para el
pequeito, que iba rindindose tambin de hambre. Y Gertrudis, dejando
que su hermana se adormeciese en la cuna de una agona lenta, no haca
sino agitarse en busca de un seno prvido para su sobrinito. Procuraba
irle engaando el hambre, sostenindole a bibern.

--Y esa ama?

--Hasta maana no podr venir, seorita!

--Mira, Tula--empez Ramiro.

--Djame! Djame! Vete al lado de tu mujer, que se muere de un
momento a otro; vete, que all es tu puesto, y djame con el nio!

--Pero, Tula...

--Djame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida
en tus brazos; vete! Djame!

Ramiro se fu. Gertrudis tom a su sobrinito, que no haca sino gemir;
encerrse con l en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de
sus pechos de doncella que arrebolado todo l le retemblaba como con
fiebre, le retemblaba por los latidos del corazn--era el derecho--,
puso el botn de ese pecho en la flor sonrosada plida de la boca del
pequeuelo. Y ste gema ms estrujando entre sus plidos labios el
conmovido pezn seco.

--Un milagro, Virgen Santsima--gema Gertrudis con los ojos velados por
las lgrimas--; un milagro, y nadie lo sabr, nadie.

Y apretaba como una loca al nio a su seno.

Oy pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metise el pecho, lo
cubri, se enjug los ojos y sali a abrir. Era Ramiro, que le dijo:

--Ya acab!

--Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de stos.

--A cuidar? T... t... porque sin ti...

--Bueno, ahora a criarlos te digo.




VII


AHORA, ahora que se haba quedado viudo era cuando Ramiro senta todo lo
que sin l siquiera sospecharlo haba querido a Rosa, su mujer. Uno de
sus consuelos, el mayor, era recojerse en aquella alcoba en que tanto
haban vivido amndose y repasar su vida de matrimonio.

Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento
reposo, en que Rosa pareca como que le hurtaba el fondo del alma
siempre, y como si por acaso no la tuviese o hacindole pensar que no la
conocera hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de
recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma.
Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cmo la presencia de
Gertrudis, la ta Tula de sus hijos, le contena y desasosegaba, cmo
ante ella no se atreva a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre
novios, sino a medir sus palabras.

Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas
de miel; Rosa iba abrindole el espritu, pero era ste tan sencillo,
tan trasparente, que cay en la cuenta Ramiro de que no le haba velado
ni recatado nada. Porque su mujer viva con el corazn en la mano y
extendida sta en gesto de oferta y con las entraas espirituales al
aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven
las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espritu
de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol
de que aqul era el manantial cerrado.

Lleg, por fin, una maana en que se le desprendieron a Ramiro las
escamas de la vista, y purificada sta vi claro con el corazn. Rosa no
era una hermosura cual l se la haba credo y antojado, sino una figura
vulgar, pero con todo el ms dulce encanto de la vulgaridad recojida y
mansa; era como el pan de cada da, como el pan casero y cotidiano y no
un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada que sembraba paz, su
sonrisa, su aire de vida, eran encarnacin de un nimo sedante,
sosegado y domstico. Tena su pobre mujer algo de planta en la
silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con
los ojos y derramarla luego convertida en paz; tena algo de planta en
aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento
tras momento, chupaba jugos de las entraas de la vida comn ordinaria y
en la dulce naturalidad con que abra sus perfumadas corolas.

Qu de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la
persegua l por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como
botn besos largos y apretados, boca a boca; aquel cojerle la cara con
ambas manos y estarse en silencio mirndole al alma por los ojos y,
sobre todo, cuando apoyaba el odo sobre el pecho de ella cindole con
los brazos el talle, y escuchndole la marcha tranquila del corazn le
deca: Calla, djale que hable!

Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos
de luto a que se asomaba un espritu embozado, pareca decirles: Sois
unos chiquillos que cuando no os veo estis jugando a marido y mujer; no
es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se
instituy para casar, dar gracia a los casados y que cren hijos para el
cielo.

Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pas
un mes y otro y algunos ms, y al no notar seal ni indicio de que
hubiese fructificado aquel amor, tendra razn--decase
entonces--Gertrudis? Sera verdad que no estaban sino jugando a marido
y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto
de la bendicin del amor justo? Pero lo que ms le molestaba entonces,
recordbalo bien ahora, era lo que pensaran los dems, pues acaso
hubiese quien le creyera a l, por eso de no haber podido hacer hijos,
menos hombre que otros. Por qu no haba de hacer l, y mejor, lo que
cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Herale en su amor
propio; habra querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses
justos y cabales de haberse ellos casado. Adems, eso de tener hijos o
no tenerlos deba de depender--decase entonces--de la mayor o menor
fuerza de cario que los casados se tengan, aunque los hay
enamoradsimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por
conveniencias de fortuna y ventura, que se carguen de cros. Pero--y
esto s que lo recordaba bien ahora--pero para explicrselo haba
fraguado su teora, y era que hay un amor aparente y conciente, de
cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y
otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los
mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos,
amor fecundo siempre. No querra l lo bastante a Rosa o no le querra
lo bastante Rosa a l? Y recordaba ahora cmo haba tratado de descifrar
el misterio mientras la envolva en besos, a solas, en el silencio y
oscuro de la noche y susurrndola una y otra vez al odo en letana un
rosario de: me quieres, me quieres, Rosa?, mientras a ella se la
escapaban ses desfallecidos. Aquello fu una locura, una necia locura,
de la que se avergonzaba apenas vea entrar a Gertrudis derramando
serena seriedad en torno, y de aquello le cur la sazn del amor cuando
le fu anunciado el hijo. Fu un trasporte loco... haba vencido! Y
entonces fu cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.

El amor, s. Amor? Amor dicen? Qu saben de l todos esos escritores
amatorios, que no amorosos, que de l hablan y quieren excitarlo en
quien los lee? Qu saben de l los galeotos de las letras? Amor? No
amor, sino mejor cario. Eso de amor--decase Ramiro ahora--sabe a
libro; slo en el teatro y en las novelas se oye el _yo te amo_; en la
vida de carne y sangre y hueso el entraable _te quiero!_ y el ms
entraable an callrselo. Amor? No, ni cario siquiera, sino algo sin
nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los ms
de los cantores amatorios saben de amor lo que de oracin los
masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oracin
no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio
apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo
todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios. Oracin ha de ser
el comer y el beber y el pasearse y el jugar y el leer y el escribir y
el conversar y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo
y mudo hgase tu voluntad! y un incesante venga a nos el tu reino!
no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. As oy
de la oracin una vez Ramiro a un santo varn religioso que pasaba por
maestro de ella, y as lo aplic l al amor luego. Pues el que profesara
a su mujer y a ella le apegaba vea bien ahora en que ella se le fu,
que se le lleg a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo
haba respirado en las mil naderas y frioleras del vivir domstico, que
le fu como el aire que se respira y al que no se le siente sino en
momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogbase
Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el podero
del amor pasado y vivido.

Al principio de su matrimonio fu, s, el imperio del deseo; no poda
juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y
empezara a martillarle el corazn, pero era porque la otra no era an de
veras y por entero suya tambin; pero luego, cuando pona su mano sobre
la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto,
tan tranquilo se quedaba; mas tambin si se la hubiesen cortado habrale
dolido como si se la cortaran a l. No sinti acaso en sus entraas los
dolores de los partos de su Rosa?

Cuando la vi gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando
comprendi cmo es el amor ms fuerte que la vida y que la muerte, y
domina la discordia de stas; cmo el amor hace morirse a la vida y
vivir la muerte; cmo l viva ahora la muerte de su Rosa y se mora en
su propia vida. Luego, al ver al nio dormido y sereno, con los labios
en flor entreabiertos vi al amor hecho carne que vive. Y all, sobre la
cuna, contemplando a su fruto, traa a s a la madre, y mientras el nio
sonrea en sueos palpitando sus labios, besaba l a Rosa en la corola
de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le deca
mostrndole dos dedos de la mano: Otra vez, dos, dos...! Y ella:
No, no, ya no ms, uno y no ms! Y se rea. Y l: Dos, dos, me ha
entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, nio y
nia! Y cuando ella volvi a quedarse encinta, a cada paso y tropezn,
l: Qu cargado viene eso! Qu granazn! Me voy a salir con la ma;
por lo menos, dos! Uno, el ltimo, y basta!, replicaba ella riendo.
Y vino el segundo, la nia, Tulita, y luego que sali con vida, cuando
descansaba la madre, la bes larga y apretadamente en la boca, como en
premio, dicindose: bien has trabajado, pobrecilla!; mientras Rosa,
vencedora de la muerte y de la vida, sonrea con los domsticos ojos
apacibles.

Y muri!; aunque pareciese mentira, se muri. Vino la tarde terrible
del combate ltimo. All estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la
pobrecita nia que desfalleca de hambre se lo permiti, sirviendo
medicinas intiles, componiendo la cama, animando a la enferma,
encorazonando a todos. Tendida en el lecho que haba sido campo de donde
brotaron tres vidas, lleg a faltarle el habla y las fuerzas, y cojida
de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirbale como
el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano
promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la
lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos,
desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y pareca aquella
mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse
para nunca ms volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la
vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo,
decan: T, t que eres mi vida, t que conmigo has trado al mundo
nuevos mortales, t que me has sacado tres vidas, t, mi hombre, dime,
esto qu es? Fu una tarde abismtica. En momentos de tregua, teniendo
Rosa entre sus manos, hmedas y febriles, las manos temblorosas de
Ramiro, clavados en los ojos de ste sus ojos henchidos de cansancio de
vida, sonrea tristemente, volvindolos luego al nio, que dorma all
cerca, en su cunita, y deca con los ojos, y alguna vez con un hilito de
voz: No despertarle, no!, que duerma, pobrecillo!, que duerma... que
duerma hasta hartarse, que duerma! Llegle por ltimo el supremo
trance, el del trnsito, y fu como si en el brocal de las eternas
tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a l, a su hombre,
que vacilaba sintindose arrastrado. Quera abrirse con las uas la
garganta la pobre, mirbale despavorida, pidindole con los ojos aire;
luego, con ellos le sond el fondo del alma, y soltando su mano cay en
la cama donde haba concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los
dos; Ramiro, aturdido, con el corazn acorchado, sumergido como en un
sueo sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dorma el
nio. Gertrudis fu quien, viniendo con la pequeita al pecho, cerr
luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese despus a cubrir
y arropar mejor al nio dormido y a trasladarle en un beso la tibieza
que con otro recoji de la vida que an tenda sus ltimos jirones sobre
la frente de la rendida madre.

Pero, muri acaso Rosa? Se muri de veras? Poda haberse muerto
viviendo l, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se
dorma solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, senta
a su lado el ritmo de su respiracin, su calor tibio, aunque con una
congojosa sensacin de vaco. Y tenda la mano, recorriendo con ella la
otra mitad de la cama, apretndola algunas veces. Y era lo peor que,
cuando recojindose se pona a meditar en ella, no se le ocurrieran sino
cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cario de vida, y le
escoca que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su
espritu, no se le cuajara ms que en abstractas lucubraciones. El dolor
se le espiritualizaba, vale decir que se le intelectualizaba, y slo
cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de
todo esto sacbale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: Pap!
Ya estaba, pues, all, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma
vocecita: Mam! Y la de Gertrudis, gravemente dulce, responda:
Hijo!

No, Rosa, su Rosa, no se haba muerto, no era posible que se le hubiese
muerto; la mujer estaba all, tan viva como antes, y derramando vida en
torno; la mujer no poda morir.




VIII


GERTRUDIS, que se haba instalado en casa de su hermana desde que sta
di por ltima vez a luz y durante su enfermedad ltima, le dijo un da
a su cuado:

--Mira, voy a levantar mi casa.

El corazn de Ramiro se puso al galope.

--S--aadi ella--, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de
los chicos. No se le puede, adems, dejar aqu sola a esa buena pcora
del ama.

--Dios te lo pague, Tula.

--Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.

--Y qu ms da?

--Yo lo s.

--Mira, Gertrudis...

--Bueno, voy a ver qu hace el ama.

A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeito
delante del padre de ste, y le regaaba por el poco recato y mucha
desenvoltura con que se desabrochaba el seno.

--Si no hace falta que ensees eso as; en el nio es en quien hay que
ver si tienes o no leche abundante.

Ramiro sufra y Gertrudis le senta sufrir.

--Pobre Rosa!--deca de continuo.

--Ahora los pobres son los nios y es en ellos en quienes hay que
pensar...

--No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me
pesa; las hay que las paso en vela.

--Sal despus de cenar, como salas de casado ltimamente, y no vuelvas
a casa hasta que sientas sueo. Hay que acostarse con sueo.

--Pero es que siento un vaco...

--Vaco teniendo hijos?

--Pero ella es insustituble...

--As lo creo... Aunque vosotros los hombres...

--No cre que la quera tanto...

--As nos pasa de continuo. As me pas con mi to y as me ha pasado
con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo
que la quera. Lo s ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y
es que queremos a los muertos en los vivos...

--Y no acaso a los vivos en los muertos...?

--No sutilicemos.

Y por las maanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuada a la
alcoba y abra de par en par las hojas del balcn dicindose: para que
se vaya el olor a hombre. Y evitaba luego encontrarse a solas con su
cuado, para lo cual llevaba siempre algn nio delante.

Sentada en la butaca en que sola sentarse la difunta, contemplaba los
juegos de los pequeuelos.

--Es que yo soy chico y t no eres ms que chica--oy que le deca un
da, con su voz de trapo, Ramirn a su hermanita.

--Ramirn, Ramirn--le dijo la ta--, qu es eso? Ya empiezas a ser
bruto, a ser hombre?

Un da lleg Ramiro, llam a su cuada y le dijo:

--He sorprendido tu secreto, Gertrudis.

--Qu secreto?

--Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.

--Pues bien, s, es cierto; se empe, me hostig, no me dejaba en paz y
acab por darme lstima.

--Y tan oculto que lo tenais...

--Para qu declararlo?

--Y s ms.

--Qu es lo que sabes?

--Que le has despedido.

--Tambin es cierto.

--Me ha enseado l mismo tu carta.

--Cmo? No le crea capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: hombre al
fin!

Ramiro, en efecto, haba visto una carta de su cuada a Ricardo, que
deca as:

Mi querido Ricardo: No sabes bien qu das tan malos estoy pasando
desde que muri la pobre Rosa. Estos ltimos han sido terribles y no he
cesado de pedir a la Virgen Santsima y a su Hijo que me diesen fuerzas
para ver claro en mi porvenir. No sabes bien con cunta pena te lo digo,
pero no pueden continuar nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi
hermana me sigue rogando desde el otro mundo que no abandone a sus
hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que
cuidar, no debo ya casarme. Perdname, Ricardo, perdnamelo, por Dios, y
mira bien por qu lo hago. Me cuesta mucha pena porque s que habra
llegado a quererte y, sobre todo, porque s lo que me quieres y lo que
sufrirs con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero t que
eres bueno, comprenders mis deberes y los motivos de mi resolucin y
encontrars otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que te
pueda hacer ms feliz que yo habra podido hacerte. Adis, Ricardo, que
seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que nunca, nunca te
olvidar

     GERTRUDIS.

       *       *       *       *       *

--Y ahora--aadi Ramiro--, a pesar de esto Ricardo quiere verte.

--Es que yo me oculto acaso?

--No, pero...

--Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa.

--Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...

--Nuestra, s, y de nuestros hijos...

--Si t quisieras...

--No hablemos de eso!--y se levant.

Al siguiente da se le present Ricardo.

--Pero, por Dios, Tula.

--No hablemos ms de eso, Ricardo, que es cosa hecha.

--Pero, por Dios--y se le quebr la voz.

--S hombre, Ricardo, s fuerte!

--Pero es que ya tienen padre...

--No basta; no tienen madre... es decir, s la tienen.

--Puede l volver a casarse.

--Volverse a casar l? En ese caso los nios se irn conmigo. Le
promet a su madre, en su lecho de muerte, que no tendran madrastra.

--Y si llegases a serlo t, Tula?

--Cmo yo?

--S, t; casndote con l, con Ramiro.

--Eso nunca!

--Pues yo slo as me lo explico.

--Eso nunca, te he dicho; no me expondra a que unos mos, es decir, de
mi vientre, pudiesen mermarme el cario que a sos tengo. Y ms hijos,
ms? Eso nunca. Bastan stos para bien criarlos.

--Pues a nadie le convencers, Tula, de que no te has venido a vivir
aqu por eso.

--Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que
yo te lo diga.

Se separaron para siempre.

--Y qu?--le pregunt luego Ramiro.

--Que hemos acabado; no poda ser de otro modo.

--Y que has quedado libre...

--Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.

--Gertrudis... Gertrudis--y su voz temblaba a splica.

--Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los
hijos de Rosa...

--Y tuyos... no dices as?

--Y mos, s!

--Pero si t quisieras...

--No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con
otro menos.

--Menos?--y se le abri el pecho.

--S, menos.

--Y cmo no fuiste monja?

--No me gusta que me manden.

--Es que en el convento en que entrases seras t la abadesa, la
superiora.

--Menos me gusta mandar. Ramirn?

El nio acudi al reclamo. Y cojindole su ta le dijo: vamos a jugar
al escondite, rico!

--Pero Tula...

--Te he dicho--y para decirle esto se le acerc, teniendo cojido de la
mano al nio, y se lo dijo al odo--que no me llames Tula, y menos
delante de los nios. Ellos s, pero t no. Y ten respeto a los
pequeos.

--En qu les falto al respeto?

--En dejar as al descubierto delante de ellos tus instintos...

--Pero si no comprenden...

--Los nios lo comprenden todo; ms que nosotros. Y no olvidan nada. Y
si ahora no lo comprende, lo comprender maana. Cada cosa de estas que
ve u oye un nio es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da
fruto. Y basta!




IX


Y empez una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel
hogar. Ella defendase con los nios, a los que siempre procuraba tener
presentes, y le excitaba a l a que saliese a distraerse. El, por su
parte, extremaba sus caricias a los hijos y no haca sino hablarles de
su madre, de su pobre madre. Coja a la nia y all, delante de la ta,
se la devoraba a besos.

--No tanto, hombre, no tanto, que as no haces sino molestar a la pobre
criatura. Y eso, permteme que te lo diga, no es natural. Bien est que
hagas que me llamen ta y no mam, pero no tanto; reprtate.

--Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?

--S, hijo, s; pero lo primero es educarlos bien.

--Y as?

--Hartndoles de besos y de golosinas se les hace dbiles. Y mira que
los nios adivinan...

--Y qu culpa tengo yo...

--Pero es que puede haber para unos nios, hombre de Dios, un hogar
mejor que ste? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es
un hogar limpio, castsimo, por todos cuyos rincones pueden andar a
todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un
hogar sin misterios. Quieres ms?

Pero l buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo
que decir en la mesa:

--No me mires as, que los nios ven.

Por las noches sola hacerles rezar por mam Rosa, por mamita, para que
Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, despus de este rezo y
hallndose presente el padre, aadi:

--Ahora, hijos mos, un padrenuestro y avemara por pap tambin.

--Pero pap no se ha muerto, mam Tula.

--No importa, porque se puede morir...

--Eso, tambin t.

--Es verdad; otro padrenuestro y avemara por m entonces.

Y cuando los nios se hubieron acostado, volvindose a su cuado le dijo
secamente:

--Esto no puede ser as. Si sigues sin reportarte tendr que marcharme
de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.

--Pero es que...

--Lo dicho; no quiero que ensucies as, ni con miradas, esta casa tan
pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acurdate de
Rosa.

--Pero de qu crees que somos los hombres?

--De carne y muy brutos.

--Y t, no te has mirado nunca?

--Qu es eso?--y se le demud el rostro sereno.

--Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, tienes
derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? Es justo que me
reproches y ests llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus
ojos, con el son de tu voz, con el imn de tu cuerpo lleno de alma, pero
de un alma llena de cuerpo?

Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le
tocaba a rebato el corazn.

--Quin tiene la culpa de esto?, dime.

--Tienes razn, Ramiro, y si me fuese, los nios piaran por m, porque
me quieren...

--Ms que a m--dijo tristemente el padre.

--Es que yo no les besuqueo como t ni les sobo, y cuando les beso,
ellos sienten que mis besos son ms puros, que son para ellos solos...

--Y bien, quin tiene la culpa de esto?, repito.

--Bueno, pues. Espera un ao, esperemos un ao; djame un ao de plazo
para que vea claro en m, para que veas claro en ti mismo, para que te
convenzas...

--Un ao... un ao...

--Te parece mucho?

--Y luego, cuando se acabe?

--Entonces... veremos...

--Veremos... veremos...

--Yo no prometo ms.

--Y si en este ao...

--Qu? Si en este ao haces alguna tontera...

--A qu llamas hacer una tontera?

--A enamorarte de otra y volverte a casar.

--Eso... nunca!

--Qu pronto lo dijiste...

--Eso... nunca!

--Bah! juramentos de hombres...

--Y si as fuese, quin tendr la culpa?

--Culpa?

--S, la culpa!

--Eso slo querra decir...

--Qu?

--Que no le quisiste, que no le quieres a tu Rosa como ella te quiso a
ti, como ella te habra querido de haber sido ella la viuda...

--No, eso querra decir otra cosa, que no es...

--Bueno, basta. Ramirn!, ven ac, Ramirn! Anda, corre.

Y as se aplac aquella lucha.

Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos.

No quiso que a la nia se le ocupase demasiado en aprender costura y
cosas as. Labores de su sexo?--deca--, no, nada de labores de su
sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no
vestirlos.

Un da que Ramirn solt una expresin soez que haba aprendido en la
calle y su padre iba a reprenderle, interrumpile Gertrudis, dicindole
bajo: No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha odo; debe de haber
un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aqu.

Una vez que oy decir de una que se quedaba soltera que quedaba para
vestir santos, agreg: o para vestir almas de nios!

--Tulita es mi novia--dijo una vez Ramirn.

--No digas tonteras; Tulita es tu hermana.

--Y no puede ser novia y hermana?

--No.

--Y qu es ser hermana?

--Ser hermana? Ser hermana es...

--Vivir en la misma casa--acab la nia.

Un da lleg la nia llorando y mostrando un dedo en que le haba picado
una abeja. Lo primero que se le ocurri a la ta fu ver si con su boca,
chupndoselo, poda extraerle el veneno como haba ledo que se hace con
el de ciertas culebras. Luego declararon los nios, y se les uni el
padre, que no dejaran viva a ninguna de las abejas que venan al
jardn, que las perseguiran a muerte.

--No, eso s que no--exclam Gertrudis--; a las abejas no las toca
nadie.

--Por qu? Por la miel?--pregunt Ramiro.

--No las toca nadie, he dicho.

--Pero si no son madres, Gertrudis.

--Lo s, lo s bien. He ledo en uno de esos libros tuyos lo que son las
abejas, lo he ledo. S lo que son las abejas estas, las que pican y
hacen la miel; s lo que es la reina y s tambin lo que son los
znganos.

--Los znganos somos nosotros, los hombres.

--Claro est!

--Pues mira, voy a meterme en poltica; me van a presentar candidato a
diputado provincial.

--De veras?--pregunt Gertrudis, sin poder disimular su alegra.

--Tanto te place?

--Todo lo que te distraiga.

--Faltan once meses, Gertrudis...

--Para qu?, para la eleccin?

--Para la eleccin, s!




X


Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba
desencadenando una brava galerna. Su cabeza rea con su corazn, y
ambos, corazn y cabeza, rean en ella con algo ms ahincado, ms
entraado, ms ntimo, con algo que era como el tutano de los huesos de
su espritu.

A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, coja al hijo de ste y
de Rosa, a Ramirn, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno
virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se
quedaba contemplando el retrato de la que fu, de la que era todava su
hermana y como interrogndole si haba querido, de veras, que ella, que
Gertrudis, le sucediese en Ramiro. S, me dijo que yo habra de llegar
a ser la mujer de su hombre, su otra mujer--se deca--, pero no pudo
querer eso, no, no pudo quererlo... yo en su caso, al menos, no lo
habra querido, no podra haberlo querido... de otra? no, de otra no!
ni despus de mi muerte... ni de mi hermana... de otra no! no se puede
ser ms que de una... No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre
l, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su
sombra... no pudo querer eso. Porque cuando l estuviese a mi lado,
arrimado a m, carne a carne, quin me dice que no estuviese pensando
en ella? Yo no sera sino el recuerdo... algo peor que el recuerdo de
la otra! No, lo que me pidi es que impida que sus hijos tengan
madrasta. Y lo impedir! Y casndome con Ramiro, entregndole mi
cuerpo, y no slo mi alma, no lo impedira... Porque entonces s que
sera madrasta. Y ms si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi
sangre... Y esto de los hijos de la carne haca palpitar de sagrado
terror el tutano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda
maternidad, pero maternidad de espritu.

Y encerrbase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de
una imagen de la Santsima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba:
el fruto de tu vientre...

Una vez que tena apretado a su seno a Ramirn, ste le dijo:

--Por qu lloras, mamita?--pues habale enseado a llamarla as.

--Si no lloro...

--S, lloras...

--Pero es que me ves llorar...?

--No, pero te siento que lloras... Ests llorando...

--Es que me acuerdo de tu madre...

--Pues no dices que lo eres t...?

--S, pero de la otra, de mam Rosa.

--Ah, s, la que se muri... la de pap...

--S, la de pap!

--Y por qu pap nos dice que no te llamemos mam, sino ta, tita
Tula, y t nos dices que te llamemos mam y no ta, no tita Tula...?

--Pero es que pap os dice eso?

--S, nos ha dicho que todava no eres nuestra mam, que todava no eres
ms que nuestra ta...

--Todava?

--S, nos ha dicho que todava no eres nuestra mam, pero que lo
sers... S, que vas a ser nuestra mam cuando pasen unos meses...

Entonces sera vuestra madrasta--pens Gertrudis, pero no se atrevi a
desnudar este pensamiento pecaminoso ante el nio.

--Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mo...

Y cuando luego lleg Ramiro, el padre, le llam aparte y severamente le
dijo:

--No andes dicindole al nio esas cosas. No le digas que yo no soy
todava ms que su ta, la ta Tula, y que ser su mam. Eso es
corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si
lo haces por influir con l sobre m, si lo haces por moverme...

--Me dijiste que te tomabas un plazo...

--Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu
hijo, un papel de...

--Bueno, calla!

--Las palabras no me asustan, pero lo callar. Y t piensa en Rosa,
recuerda a Rosa, tu primer... amor!

--Tula!

--Basta. Y no busques madrasta para tus hijos, que tienen madre.




XI


ESTO necesita campo--se dijo Gertrudis, e indic a Ramiro la
conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito
costero que tuviese montaa, dominando al mar y por ste dominada. Busc
un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar
compaeros de tresillo, pues tampoco le quera obligado a la continua
compaa de los suyos. Era un gnero de soledad a que Gertrudis tema.

All todos los das salan de paseo, por la montaa, dando vista al mar,
entre madroales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres nios:
Ramirn, Rosita y Elvira. Jams, ni aun all donde no los conocan--es
decir, all menos--se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con
su cuado, solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido
en tierra, junto al sendero, ofreca, a modo de banco rstico, asiento,
sentbanse en l ellos dos, cara al mar, mientras los nios jugaban all
cerca, lo ms cerca posible. Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran
en el suelo, sobre la yerba montaesa, Gertrudis le contest: No, en
el suelo, no! yo no me siento en el suelo, sobre la tierra, y menos
junto a ti y ante los nios... Pero si el suelo est limpio... si hay
yerba... Te he dicho que no me siento as! No, la postura no es
cmoda... Peor que incmoda!

Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en
cuanto el hombre deslizaba la conversacin a senderos de lo por pacto
tcito ya vedado de hablar entre ellos, la ta tena en la boca un
Ramirn! o Rosita! o Elvira! Le hablaba ella del mar y eran sus
palabras, que le llegaban a l envueltas en el rumor no lejano de las
olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma. Gertrudis
estaba brizando la pasin de Ramiro para adormecrsela. No le miraba
casi nunca entonces, miraba al mar; pero en l, en el mar, vea
reflejada por misterioso modo la mirada del hombre. El mar pursimo les
una las miradas y las almas.

Otras veces banse al bosque, a un castaar, y all tena ella que
vigilarle, vigilarse y vigilar a los nios con ms cuidado. Y tambin
all encontr el tronco derribado que le sirviese de asiento.

Quera atemperarle a una vida de familia pursima y campesina, hacer que
se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo
fuera al grillo, para dormir sin ensueos, que le despertase el canto
del gallo y el trajineo de los campesinos y los marineros.

Por las maanas bajaban a una pequea playa, donde se reuna la pequea
colonia veraniega. Los nios, descalzos, entretenanse, despus del
bao, en desviar con los pies el curso de un pequeo arroyuelo vagabundo
e indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se uni alguna
vez a este juego de los nios.

Pero Gertrudis empez a temer. Se haba equivocado en sus precauciones.
Ramiro hua del tresillo con sus compaeros de colonia veraniega y
pareca espiar ms que nunca la ocasin de hallarse a solas con su
cuada. La casita que habitaban tena ms de tienda de gitanos
trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer no la
pasin, el deseo de Ramiro, pareca como si se lo excitase ms, y ella
misma, Gertrudis, empez a sentirse desasosegada. La vida se les ofreca
ms al desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la
montaa. Y luego haba los animales domsticos, los que cra el hombre,
con los que era mayor all la convivencia. Gertrudis sufra al ver la
atencin con que los pequeos, sus sobrinos, seguan los juegos del
avero. No, el campo no renda una leccin de pureza. Lo puro all era
hundir la mirada en el mar. Y aun el mar... La brisa marina les llegaba
como un aguijn.

--Mira qu hermosura!--exclam Gertrudis una tarde, al ocaso, en que
estaban sentados frente al mar.

Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surga de las olas como
una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.

--Por qu le habrn cantado tanto a la luna los poetas?--dijo
Ramiro;--por qu ser la luz romntica y de los enamorados?

--No lo s, pero se me ocurre que es la nica tierra, porque es una
tierra... que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella... es lo
inaccesible... El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de baarnos en su
luz, pero sabemos que es inhabitable, que en l nos quemaramos,
mientras que en la luna creemos que se podra vivir y en paz y
crepsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero
sentimos que no se puede llegar a ella... Es lo intangible...

--Y siempre nos da la misma cara... esa cara tan triste y tan seria...
es decir, siempre no! porque la va velando poco a poco y la oscurece
del todo y otras veces parece una hoz...

--S--y al decirlo pareca como que Gertrudis segua sus propios
pensamientos sin oir los de su compaero, aunque no era as--; siempre
ensea la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cmo ser
por el otro lado... cul ser su otra cara...

--Y eso aade a su misterio...

--Puede ser... puede ser... Me explico que alguien anhele llegar a la
luna... lo imposible!... para ver cmo es por el otro lado... para
conocer y explorar su otra cara...

--La oscura...

--La oscura? Me parece que no! Ahora que esta que vemos est iluminada
la otra estar a oscuras, pero o yo s poco de estas cosas o cuando esta
cara se oscurece del todo, en luna nueva, est en luz por el otro, es
luna llena de la otra parte...

--Para quin?

--Cmo para quin...?

--S, que cuando el otro lado alumbra para quin?

--Para el cielo, y basta. O es que a la luna la hizo Dios no ms que
para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? O para que
hablemos estas tonteras?

--Pues bien, mira, Tula...

--Rosita!

Y no le dej comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna.

Cuando ella habl de volver ya a la ciudad apresurse l a aceptarlo.
Aquella temporada en el campo, entre la montaa y el mar, haba sido
estril para sus propsitos. Me he equivocado--se deca tambin l--;
aqu est ms segura que all, que en casa; aqu parece embozarse en la
montaa, en el bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aqu es
tan intangible como la luna, y entretanto este aire de salina filtrado
por entre rayos de sol enciende la sangre... y ella me parece aqu fuera
de su mbito y como si temiese algo; vive alerta y dirase que no
duerme... Y ella a su vez se deca: No, la pureza no es del campo, la
pureza es de celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla
entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse;
la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aqu la tierra, sobre
que casi se acuestan, las une y los animales son otras tantas serpientes
del paraso... a la ciudad, a la ciudad!

En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en l su celda. Y all
adormecera mejor a su cuado. Oh, si pudiese decir de l--pensaba--lo
que Santa Teresa en una carta--Gertrudis lea mucho a Santa
Teresa--deca de su cuado don Juan de Ovalle, marido de doa Juana de
Ahumada: El es de condicin en cosas muy aniado... Cmo le
aniara?




XII


AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidi llevar su congoja al
padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta
mujer haba rehudo siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus
normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las
haba formado ella con lo que oa a su alrededor y con lo que lea, pero
las interpretaba a su modo. Su pobre to, don Primitivo, el sacerdote
ingenuo que las haba criado a las dos hermanas y les ense el
catecismo de la doctrina cristiana explicado segn _el Mazo_, sinti
siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la
que admiraba. Si te hicieses monja--sola decirle--llegaras a ser otra
Santa Teresa... Qu cosas se te ocurren, hija... Y otras veces: Me
parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a hereja; hum! No lo
s... no lo s... porque no es posible que te inspire herejas el ngel
de tu guarda, pero eso me suena as como a... qu s yo... Y ella le
contestaba riendo: S, to, son tonteras que se me ocurren, y ya que
dice usted que huele a hereja no lo volver a pensar. Pero quin pone
barreras al pensamiento?

Gertrudis se sinti siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran,
porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una
hurfana cargada de hijos. Ella sera el bculo de todos los que la
rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese
firme en su sendero, si su corazn empezaba a bambolear y enflaquecer,
quin la sostendra a ella? quin sera su bculo? Porque ella, tan
henchida del sentimiento, de la pasin mejor, de la maternidad, no
senta la filialidad. No es esto orgullo?--se preguntaba.

No pudo al fin con esta soledad y decidi llevar a su confesor, al padre
Alvarez, su congoja. Y le cont la declaracin y proposicin de Ramiro,
y hasta lo que les haba dicho a los nios de que no le llamasen a ella
todava madre, y las razones que tena para mantener la pureza de aquel
hogar y cmo no quera entregarse a hombre alguno, sino reservarse para
mejor consagrarse a los hijos de Rosa.

--Pero lo de su cuado lo encuentro muy natural--arguy el buen padre de
almas.

--Es que no se trata ahora de mi cuado, padre, sino de m; y no creo
que haya acudido a usted tambin en busca de alianza...

--No, no, hija, no!

--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que
ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...

--Yo lo nico que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuado,
viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y ms natural, y hasta
santo, que busque otra madre para sus hijos...

--Otra? Ya la tiene!

--S; pero... y si sta se va...

--Irme? Yo? Estoy tan obligada a esos nios como estara su madre de
carne y sangre si viviese...

--Y luego eso da que hablar...

--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...

--Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examnese y mire
si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de
desafiar la opinin pblica...

--Y si as fuese, qu?

--Que eso s que es pecaminoso. Y despus de todo, la cuestin es
otra...

--Cul es la cuestin?

--La cuestin es si usted le quiere o no. Esta es la cuestin. Le
quiere usted, s o no?

--Para marido... no!

--Pero le rechaza?

--Rechazarle... no!

--Si cuando se dirigi a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a
usted...

--Padre! Padre!--y su voz gema.

--S, por ah hay que verlo...

--Padre; que eso no es pecado...!

--Pero ahora se trata de direccin espiritual, de tomar consejo... Y s,
es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aqu unos viejos celos...

--Padre!

--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado an...

--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero
como a un hermano, como a un ms que hermano, como al padre de mis
hijos, porque stos, sus hijos, lo son mos de lo ms dentro mo, de
todo mi corazn; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el
sitio que ocup mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles
madrasta a mis hijos...

--Madrasta?

--S, madrastra. Si yo me caso con l, con el padre de los hijos de mi
corazn, les dar madrasta a stos, y ms si llego a tener hijos de
carne y de sangre con l. Esto, ahora ya... nunca!

--Ahora ya...

--S, ahora que ya tengo a los de mi corazn... mis hijos...

--Pero piense en l, en su cuado, en su situacin...

--Que piense...?

--S! Y no tiene compasin de l?

--S que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo
mo.

--Le ayuda... le sostiene...

--S, le ayudo y le sostengo a ser padre...

--A ser padre... a ser padre... Pero l es un hombre...

--Y yo una mujer!

--Es dbil...

--Soy yo fuerte?

--Ms de lo debido.

--Ms de lo debido? Y lo de la mujer fuerte?

--Es que esa fortaleza, hija ma, puede alguna vez ser dureza, ser
crueldad. Y es dura con l, muy dura. Que no le quiere como a marido?
Y qu importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas
veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasin, por no
dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...

--Pero si no le dejo solo...

--S, s, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique
ms claro...

--S, s que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No est solo.
Quien est sola soy yo! Sola... sola... siempre sola...

--Pero ya sabe aquello de ms vale casarse que abrasarse...

--Pero si no me abraso...

--No se queja de su soledad?

--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre,
alude. No, no es esa. No me abraso...

--Y si se abrasa l...?

--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos...

--Bueno, pero ya me entiende...

--Demasiado.

--Y por si no, le dir ms claro an que su cuado corre peligro, y que
si cae en l, le cabr culpa...

--A m?

--Claro est!

--No lo veo tan claro... Como no soy hombre...

--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuado era el de
tener hijos con l, no es as?

--S, as es. Si tuviramos hijos llegara yo a ser, quieras o no,
madrasta de los que me dej mi hermana...

--Pero el matrimonio no se instituy slo para hacer hijos...

--Para casar y dar gracia a los casados y que cren hijos para el
cielo.

--Dar gracia a los casados... Lo entiende?

--Apenas...

--Que vivan en gracia, libres de pecado...

--Ahora lo entiendo menos...

--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.

--Cmo? Qu es eso? Qu?

--Pero por qu se pone as...? Por qu se altera...?

--Qu es el remedio contra la sensualidad? El matrimonio o la mujer?

--Los dos... La mujer... y... y el hombre.

--Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.
Qu es eso de considerarme remedio? Y remedio... contra eso! No, me
estimo en ms...

--Pero si es que...

--No, ya no sirve. Yo, si l no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me
habra casado con l para tenerlos... para tenerlos de l... pero,
remedio? Y a eso? Yo remedio? No!

--Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...

--A m? Antes? Cuando nos conoci? No hablemos ya ms, padre, que no
podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo s
la de usted ni usted sabe la ma.

Y dicho esto, se levant de junto al confesonario. Le costaba andar: tan
doloridas le haban quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez
le dolan las articulaciones del alma y senta su soledad ms hondamente
que nunca. No, no me entiende--se deca--, no me entiende; hombre al
fin! Pero me entiendo yo misma? Es que me entiendo? Le quiero o no le
quiero? No es soberbia esto? No es la triste pasin solitaria del
armio que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a
su compaero...? No lo s... no lo s...




XIII


Y de pronto observ Gertrudis que su cuado era otro hombre, que celaba
algn secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que sala mucho de
casa. Pero aquellas ms largas ausencias del hogar no le engaaron. El
secreto estaba en l, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logr
sorprender miradas de conocimiento ntimo entre Ramiro y la criada de
servicio.

Era Manuela una hospiciana de diez y nueve aos, enfermiza y plida, de
un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas
palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber
por qu temblaba, llambale seora. Ramiro quiso hacer que le llamase
seorita.

--No, llmame as, seora; nada de seorita...

En general pareca como que la criada le temiera, como avergonzada o
amedrentada en su presencia. Y a los nios los evitaba y apenas si les
diriga la palabra. Ellos, por su parte, sentan una indiferencia,
rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de
ella, por ciertas sus maneras de hablar, lo que la pona de grana. Lo
extrao es--pensaba Gertrudis--que a pesar de todo no quiera irse...
tiene algo de gata esta mozuela. Hasta que se percat de lo que podra
haber escondido.

Un da logr sorprender a la pobre muchacha cuando sala del cuarto de
Ramiro, del seorito--porque a ste s que le llamaba as--toda
encendida y jadeante. Cruzronse las miradas y la criada rindi la suya.
Pero lleg otro en que el nio, Ramirn, se fu a su ta y le dijo:

--Dime, mam Tula, es Manuela tambin hermana nuestra?

--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.

--S, pero como nosotros, los que vivimos juntos...

--No, porque aunque vive aqu sta no es su casa...

--Y cul es su casa?

--Su casa? No lo quieras saber. Y por qu preguntas eso?

--Porque le he visto a pap que la estaba besando...

Aquella noche, luego que hubieron acostado a los nios, dijo Gertrudis a
Ramiro:

--Tenemos que hablar.

--Pero si aun faltan ocho meses...

--Ocho meses?

--No hace cuatro que me diste un ao de plazo?

--No se trata de eso, hombre, sino de algo ms serio.

A Ramiro se le par el corazn y se puso plido.

--Ms serio?

--Ms serio, s. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata
de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que ests abusando.

--Y si as fuese, quin tiene la culpa de eso?

--Y an lo preguntas? An querrs tambin culparme de ello?

--Claro que s!

--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del ao; no hay plazo
ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora s que me voy, y, diga lo
que dijere la ley, me llevar a los nios conmigo, es decir, se irn
conmigo.

--Pero ests loca, Gertrudis?

--Quien est loco eres t.

--Pero qu queras...

--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.

Siguise un congojoso silencio.

--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. Adnde se va? Al
Hospicio otra vez?

--A servir a otra casa.

--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompi a
llorar.

--Pobre hombre!--murmur ella ponindole la mano sobre la suya--. Me
das pena.

--Ahora, eh?, ahora?

--S; me das lstima... Estoy ya dispuesta a todo...

--Gertrudis! Tula!

--Pero has dicho que no la puedes echar...

--Es verdad; no la puedo echar--y volvi a abatirse.

--Qu, pues?, que no va sola?

--No, no ir sola.

--Los ocho meses del plazo, eh?

--Estoy perdido, Tula, estoy perdido.

--No, la que est perdida es ella, la hurfana, la hospiciana, la sin
amparo.

--Es verdad, es verdad...

--Pero no te aflijas as, Ramiro, que la cosa tiene fcil remedio...

--Remedio? Y fcil?--y se atrevi a mirarle a la cara.

--S; casarte con ella.

Un rayo que le hubiese herido no le habra dejado ms deshecho que esas
palabras sencillas.

--Que me case! Que me case con la criada! Que me case con una
hospiciana? Y me lo dices t!...

--Y quin si no haba de decrtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus
hijos.

--Que les d madrasta?

--No, eso no!, que aqu estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que
des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre tambin.
Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo,
tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo.

--Pero Gertrudis...

--Csate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. S--y su voz, serena
y pastosa, reson como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi
boca que te cases con la hospiciana. Manuela!

--Seora!--se oy como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada
junto al fogn, en la cocina, haba estado oyndolo todo, no se movi de
su sitio. Volvi a llamarla, y despus de otro Seora!, tampoco se
movi.

--Ven ac, o ir a traerte.

--Por Dios!--suplic Ramiro.

La muchacha apareci cubrindose la llorosa cara con las manos.

--Descubre la cara y mranos.

--No, seora, no!

--S, mranos. Aqu tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdn por lo
que de ti ha hecho.

--Perdn, yo, seora, y a usted...

--No, te pide perdn y se casar contigo.

--Pero seora!--clam Manuela a la vez que Ramiro clamaba: Pero
Gertrudis!

--Lo he dicho, se casar contigo: as lo quiere Rosa. No es posible
dejarte as. Porque t ests ya... no es eso?

--Creo que s, seora, pero yo...

--No llores as ni hagas juramentos; s que no es tuya la culpa...

--Pero se podra arreglar...

--Bien sabe aqu Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en
abandonarla... Yo le colocara...

--S, seora, s; yo me contento...

--No, t no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aqu
Ramiro no puede contentarse con eso. T te has criado en el Hospicio,
no es eso?

--S, seora.

--Pues tu hijo no se criar en l. Tiene derecho a tener padre, a su
padre, y le tendr. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y djanos.

Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:

--Me parece que no dudars ni un momento...

--Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!

--La locura, peor que locura, la infamia, sera lo que pensabas.

--Consltalo siquiera con el padre Alvarez.

--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.

--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos...

--A sus hijos? Y tuyos!

--Bueno, s, a nuestros hijos...

--Y no les dar madrasta. De ellos, de los nuestros, seguir siendo yo
la madre, pero del de sa...

--Nadie le quitar de ser madre...

--S, t si no te casas con ella. Eso no ser ser madre...

--Pues ella...

--Y qu? Porque ella no ha conocido a la suya pretendes t que no lo
sea como es debido?

--Pero fjate en que esta chica...

--T eres quien debi fijarse...

--Es una locura... una locura...

--La locura ha sido antes. Y ahora pinsalo, que si no haces lo que
debes el escndalo le dar yo. Lo sabr todo el mundo.

--Gertrudis!

--Csate con ella, y se acab.




XIV


UNA profunda tristeza hencha aquel hogar despus del matrimonio de
Ramiro con la hospiciana. Y sta pareca an ms que antes la criada, la
sirvienta, y ms que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzbase
sta ms que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los
nios, y que stos se percataran lo menos posible de aquella convivencia
ntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeos el
caso.

Pero, cmo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a
comer con los de casa? Porque esto exigi Gertrudis.

--Por Dios, seora--suplicaba la Manuela--, no me avergence as... mire
que me avergenza... Hacerme que me siente a la mesa con los seores, y
sobre todo con los nios... y que hable de t al seorito... eso nunca!

--Hblale como quieras, pero es menester que los nios, a los que tanto
temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no
podrn ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataris
mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.

La preez de Manuela fu, en tanto, molestsima. Su fragilsima fbrica
de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le
recomendaba que ocultase a los nios lo anormal de su estado.

Ramiro viva sumido en una resignada desesperacin y ms entregado que
nunca al albedro de Gertrudis.

--S, s, bien lo comprendo ahora--deca--, no ha habido ms remedio,
pero...

--Te pesa?--le preguntaba Gertrudis.

--De haberme casado, no! De haber tenido que volverme a casar, s!

--Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; pecho a la vida!

--Ah, si t hubieras querido, Tula!

--Te di un ao de plazo; has sabido guardarlo?

--Y si lo hubiese guardado como t queras, al fin de l qu, dime?
Porque no me prometiste nada.

--Aunque te hubiese prometido algo habra sido igual. No, habra sido
peor an. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el
haberte slo pedido una dilacin para nuestro enlace, habra sido peor.

--Pero si hubiese guardado la tregua como t queras que la guardase,
dime: qu habras hecho?

--No lo s.

--Que no lo sabes... Tula... que no lo sabes...

--No, no lo s; te digo que no lo s.

--Pero tus sentimientos...

--Piensa ahora en tu mujer, que no s si podr soportar el trance en que
la pusiste. Es tan endeble la pobrecilla! Y est tan llena de miedo.
Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.

Y cuando lleg el peligroso parto repiti Gertrudis las abnegaciones que
en los partos de su hermana tuviera, y recoji al nio, una criatura
menguada y debilsima, y fu quien lo enmantill y quien se lo present
a su padre.

--Aqu le tienes, hombre, aqu le tienes.

--Pobre criatura!--exclam Ramiro sintiendo que se le derretan de
lstima las entraas a la vista de aquel mezquino rollo de carne
viviente y sufriente.

--Pues es tu hijo, un hijo ms... Es un hijo ms que nos llega.

--Nos llega? Tambin a ti?

--S, tambin a m; no he de ser madrasta para l, yo que hago que no lo
tengan los otros.

Y as fu que no hizo distincin entre uno y otros.

--Eres una santa, Gertrudis--le deca Ramiro--, pero una santa que ha
hecho pecadores.

--No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos,
santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.

--Mi mujer!...

--Tu mujer, s; la madre de tu hijo. Por qu le tratas con ese carioso
despego y como a una carga?

--Y qu quieres que haga, que me enamore de ella?

--Pero no lo estabas cuando la sedujiste?

--De quin? De ella?

--Ya lo s, ya s que no; pero lo merece la pobre...

--Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!

--No, hombre, no; es ms, es mucho ms de lo que t te crees. Aun no la
has conocido.

--Si es una esclava...

--Puede ser, pero debes libertarla... La pobre est asustada... naci
asustada... Te aprovechaste de su susto...

--No s, no s cmo fu aquello...

--As sois los hombres; no sabis lo que hacis ni pensis en ello.
Hacis las cosas sin pensarlas...

--Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas...

--Por qu lo dices?

--No, nada, por nada...

--T crees sin duda que yo no hago ms que pensar?

--No, no he dicho que crea eso...

--S, t crees que yo no soy ms que pensamiento.




XV


DE nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallbase preada.
Y Ramiro muy malhumorado con ello.

--Como si uno no tuviese bastante con los otros...--deca.

--Y yo qu quieres que le haga!--exclamaba la vctima.

--Despus de todo, t lo has querido as--conclua Gertrudis.

Y luego, aparte, volva a reprenderle por el trato de compasivo despego
que daba a su mujer. La cual soportaba esta preez an peor que la otra.

--Me temo por la pobre muchacha--vaticin don Juan, el mdico, un viudo
que menudeaba sus visitas.

--Cree usted que corre peligro?--le pregunt Gertrudis.

--Esta pobre chica est deshecha por dentro; es una tsica consumada y
consumida. Resistir, es lo ms probable, hasta dar a luz, pues la
Naturaleza, que es muy sabia...

--La Naturaleza no! La Santsima Virgen Madre, don Juan--le interrumpi
Gertrudis.

--Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer.
Pues, como deca, la Naturaleza o la Virgen, que para m es lo mismo...

--No, la Virgen es la Gracia...

--Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que
en estos casos la madre se defienda y resista hasta que d a luz al
nuevo ser. Ese inocente pequeuelo le sirve a la pobre madre futura como
escudo contra la muerte.

--Y luego?

--Luego? Que probablemente tendr usted que criar sola, sirvindose de
un ama de cra, por supuesto, un cro ms. Tiene ya cuatro; cargar con
cinco.

--Con todos los que Dios me mande.

--Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don
Ramiro volver a quedar libre--y mir fijamente con sus ojillos grises a
Gertrudis.

--Y dispuesto a casarse tercera vez--agreg sta hacindose la
desentendida.

--Eso sera ya heroico!

--Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no
tiene madera de hroe.

--Ah, doa Gertrudis, si yo pudiese hablar!

--Pues cllese usted!

--Me callo.

Le tom la mano, retenindosela un rato, y dndole con la otra suya unos
golpecitos aadi con un suspiro:

--Cada hombre es un mundo, Gertrudis.

--Y cada mujer, una luna, no es eso, don Juan?

--Cada mujer puede ser un cielo.

Este hombre me dedica un cortejeo platnico, se dijo Gertrudis.

Cuando en la casa teman por la pobre Manuela y todos los cuidados eran
para ella, cay de pronto en cama Ramiro, declarndosele desde luego
una pulmona. La pobre hospiciana quedse como atontada.

--Djame a m, Manuela--le dijo Gertrudis--; t cudate y cuida a lo que
llevas contigo. No te empees en atender a tu marido, que eso puede
agravarte.

--Pero yo debo...

--T debes cuidar de lo tuyo.

--Y mi marido, no es mo?

--No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que est por venir.

La enfermedad de Ramiro se agravaba.

--Temo complicaciones al corazn--sentenci don Juan--. Le tiene dbil;
claro, los pesares y disgustos!

--Pero se morir, don Juan?--pregunt henchida de angustia Gertrudis.

--Todo pudiera ser...

--Slvele, don Juan, slvele, como sea...

--Qu ms quisiera yo...

--Ah, qu desgracia! Qu desgracia!--y por primera vez se le vi a
aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.

--Es, en efecto, terrible--dijo el mdico en cuanto Gertrudis se
repuso--dejar as cuatro hijos, qu digo cuatro?, cinco se puede
decir, y esa pobre viuda tal como est!...

--Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo.
Qu desgracia! Qu desgracia!

Y el mdico se fu dicindose: Est visto; esta cuadita contaba con
volver a tenerle libre a su cuado. Cada persona es un mundo y algunas
varios mundos. Pero qu mujer! Es toda una mujer! Qu fortaleza! Qu
sagacidad! Y qu ojos! Qu cuerpo! Irradia fuego!

Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitindosele, habale dejado algo
ms tranquilo, llam a Gertrudis, le rog que cerrara la puerta de la
alcoba, y le dijo:

--Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazn no
quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero...

--No pienses en eso, Ramiro.

Pero ella tambin crea en aquella muerte.

--Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. T me casaste
con Rosa.

--Como no te decidas y dabas largas...

--Y sabes por qu?

--S, lo s, Ramiro.

--Al principio, al veros, al ver a la pareja, slo repar en Rosa; era a
quien se le vea de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros,
slo te vi a ti, pues eras la nica a quien desde cerca se vea. De
lejos te borraba ella; de cerca le borrabas t.

--No hables as de mi hermana, de la madre de tus hijos.

--No; la madre de mis hijos eres t, t, t.

--No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.

--A la que me juntar pronto, no es eso?

--Quin sabe...! Piensa en vivir, en tus hijos...

--A mis hijos les quedas t, su madre.

--Y en Manuela, en la pobre Manuela...

--Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal.

Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lgrimas.

--Tula!--gimi el enfermo, abriendo los brazos.

--S, Ramiro, s!--exclam ella cayendo en ellos y abrazndole.

Juntaron las bocas y as se estuvieron, sollozando.

--Me perdonas todo, Tula?

--No, Ramiro, no; eres t quien tienes que perdonarme.

--Yo?

--T! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido
una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te
dirigiste a mi hermana, yo hice lo que deb hacer. Adems, te lo
confieso, el hombre, todo hombre, hasta t, Ramiro, hasta t, me ha dado
miedo siempre; no he podido ver en l sino el bruto. Los nios, s; pero
el hombre... He hudo del hombre...

--Tienes razn, Tula.

--Pero ahora descansa, que estas emociones as pueden daarte.

Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arrop, le di un beso en
la frente como se le da a un nio--y un nio era entonces para ella--y
se fu. Mas al encontrarse sola se dijo: Y si se repone y cura? Si no
se muere? Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros?
Y la pobre Manuela? Tendr que marcharme! Y adnde? Y si Manuela se
muere y vuelve l a quedarse libre? Y fu a ver a Manuela, a la que
encontr postradsima.

Al siguiente da llev a los nios al lecho del padre, ya sacramentado y
moribundo; los levant uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fu,
apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja
que le di sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco
despus, cojido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: Adis,
mi Tula!, rindi el espritu con el ltimo huelgo Ramiro. Y ella, la
ta, vaci su corazn en sollozos de congoja sobre el cuerpo exnime del
padre de sus hijos, de su pobre Ramiro.




XVI


APENAS, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los
nios eran incapaces de darse cuenta de lo que haba pasado, y Manuela,
la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su nimo todos en
luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y
aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se quera morir.
Gertrudis provea a todo.

Cerr los ojos al muerto, no sin decirse: Me estar mirando
todava...? Le amortaj como lo haba hecho con su to, cubrindole con
un hbito sobre la ropa con que muri, y sin quitarle sta, y luego,
quebrantada por un largo cansancio, por fatiga de aos, junt un momento
su boca a la boca fra de Ramiro, y repas sus vidas, que era su vida.
Cuando el llanto de uno de los nios, del pequeito, del hijo de la
hospiciana, le hizo desprenderse del muerto e ir a cojer y acallar y
mimar al que viva.

Manuela iba hundindose.

--Yo, seora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me
cuesta la vida.

Y as fu. Di a luz una nia, pero se iba en sangre. La nia misma
naci envuelta en sangre. Y Gertrudis tuvo que vencer la repugnancia que
la sangre, sobre todo la negra y cuajada, le produca. Siempre le cost
una terrible brega consigo misma al vencer este asco. Cuando una vez,
poco antes de morir, su hermana Rosa tuvo un vmito, de ella Gertrudis
huy despavorida. Y no era miedo, no; era, sobre todo, asco.

Muri Manuela clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde vagaban
figuras de niebla sobre las sombras del Hospicio.

--Por tus hijos no pases cuidado--le haba dicho Gertrudis--, que yo he
de vivir hasta dejarlos colocados y que se puedan valer por s en el
mundo, y si no les dejar sus hermanos. Cuidar sobre todo de esta
ltima, pobrecilla!, la que te cuesta la vida. Yo ser su madre y su
padre.

--Gracias! Gracias! Gracias! Dios se lo pagar! Es una santa!

Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclin a ella, la bes en la
frente y le puso su mejilla a que se la besase. Y esas expresiones de
gratitud repetalas la hospiciana como quien recita una leccin
aprendida desde nia. Y muri como haba vivido, como una res sumisa y
paciente, ms bien como un enser.

Y fu esta muerte, tan natural, la que ms ahond en el nimo de
Gertrudis, que haba asistido a otras tres ya. En sta crey sentir
mejor el sentido del enigma. Ni la de su to, ni la de su hermana, ni la
de Ramiro horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el
centro de su alma. Era como si esta muerte confirmara las otras tres,
como si las iluminara a la vez.

En sus solitarias cavilaciones se deca: Los otros se murieron; a esta
la han matado...! la ha matado...! la hemos matado! No la he matado
yo ms que nadie? No la he trado yo a este trance? Pero es que la
pobre ha vivido? Es que pudo vivir? Es que naci acaso? Si fu
expsita, no ha sido _exposicin_ su muerte? No lo fu su casamiento?
No la hemos echado en el torno de la eternidad para que entre al
hospicio de la Gloria? No ser all hospiciana tambin? Y lo que ms
le acongojaba era el pensamiento tenaz que le persegua de lo que
sentira Rosa al recibirla al lado suyo, al lado de Ramiro, y conocerla
en el otro mundo. Su to, el buen sacerdote que les cri, cumpli su
misin en este mundo, protegi con su presencia la crianza de ellas; su
hermana Rosa logr su deseo y goz y dej los hijos que haba querido
tener; Ramiro... Ramiro? S, tambin Ramiro hizo su travesa, aunque a
remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y sufri, pero
con noble sufrir, y pec y purg su pecado; pero, y esta pobre que ni
sufri siquiera, que no pec, sino se pec en ella y muri hurfana!...
Hurfana tambin muri Eva..., pensaba Gertrudis. Y luego: No; tuvo
a Dios de padre! Y madre? Eva no conoci madre... As se explica el
pecado original!... Eva muri hurfana de humanidad! Y Eva le trajo el
recuerdo del relato del _Gnesis_, que haba ledo poco antes, y cmo el
Seor alent al hombre por la nariz soplo de vida, y se imagin que se
la quitase por manera anloga. Y luego se figuraba que a aquella pobre
hospiciana, cuyo sentido de vida no comprenda, le quit Dios la vida de
un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran
formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la
pobre muchacha, y sorbindole el aliento as.

Y ahora quedbase Gertrudis con sus cinco cras, y bregando, para la
ltima, con amas.

El mayor, Ramirn, era la viva imagen de su padre, en figura y en
gestos, y su ta proponase combatir en l desde entonces, desde
pequeo, aquellos rasgos e inclinaciones de aquel que, observando a
ste, haba visto que ms le perjudicaban. Tengo que estar alerta--se
deca Gertrudis--para cuando en l se despierte el hombre, el macho ms
bien, y educarle a que haga su eleccin con reposo y tiento. Lo malo
era que su salud no fuese del todo buena y su desarrollo difcil y hasta
doliente.

Y a todos haba que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto
a sus padres perdidos.

Y los pobres nios de la hospiciana? Esos tambin son mos--pensaba
Gertrudis--; tan mos como los otros, como los de mi hermana, ms mos
an. Porque stos son hijos de mi pecado. Del mo? No ms bien el de
l? No, de mi pecado! Son los hijos de mi pecado! S, de mi pecado!
Pobre chica! Y le preocupaba sobre todo la pequeita.




XVII


GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el mdico, que
menudeaba las visitas para los nios, y aun pretendi verla a ella como
enferma, cuando no saba que adoleciese de cosa alguna, le anunci un
da hallarse dispuesta a cambiar de mdico.

--Cmo as, Gertrudis?

--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer
que est entrando en la chochera de una vejez prematura, y para mdico
necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.

--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitir que le
hable claro.

--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo
ltimo que dir en esta casa.

--Quin sabe!...

--Diga.

--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los
nios.

--Pues vulvase usted a casar.

--A eso voy.

--Ah! Y busca usted consejo de m?

--Busco ms que consejo.

--Que le encuentre yo novia?

--Yo soy mdico, le digo, y no slo no tuve hijos de mi mujer, que era
viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, an le lloro al
pobrecillo!, sino que s, s positivamente, s con toda seguridad, que
no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por
eso, claro est, me sienta menos hombre que otro cualquiera; usted me
entiende, Gertrudis?

--Quisiera no entenderle a usted, don Juan.

--Para acabar, yo creo que a estos nios, a estos sobrinos de usted y a
los otros dos acaso...

--Son tan sobrinos para m como los otros, ms bien hijos.

--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no
les vendra mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta
regularmente rico.

--Y eso es todo?

--S, que yo creo que hasta necesitan padre.

--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que est en los cielos.

--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santsima, no
es eso?

--Usted lo ha dicho, don Juan, y por ltima vez en esta casa.

--De modo que...?

--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de
su incapacidad para tenerlos, le he entendido bien, don Juan?

--Perfectamente, y esto ltimo, por supuesto, quede entre los dos.

--No ser yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no
me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le ser
muy fcil y casndose, sino que me busca a m y me buscara aunque
estuviese sola y hubisemos de vivir solos y sin hijos; le he
entendido, don Juan? Me entiende usted?

--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casara con
usted, si usted lo quisiera, claro!, porque yo soy muy claro, muy
claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el
adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacndolos del Hospicio.
Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los nios y que
los necesita y los busca y los adora.

--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea
incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estril, y no vuelva a
poner los pies en esta casa.

--Por qu, Gertrudis?

--Por puerco!

Y as se despidieron para siempre.

Mas luego que le hubo as despachado entrle una desdeosa lstima, un
lastimero desdn de aquel hombre. No le he tratado con demasiada
dureza?--se deca--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus
miradas me heran ms que sus palabras, pero deb tratarle de otro modo.
El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que l busca, sino
otro, un remedio heroico y radical. Pero cuando supo que don Juan se
remediaba empez a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que
buscaba, aunque bien pronto di en otra sospecha que le sublev an ms
el corazn. Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le
cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le
prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor an! Cuando una
no es remedio es animal domstico y la mayor parte de las veces ambas
cosas a la vez! Estos hombres... O porquera o poltronera! Y an
dicen que el cristianismo redimi nuestra suerte, la de las mujeres! Y
al pensar esto, acordndose de su buen to, se santigu dicindole:
No, no lo volver a pensar...!

Pero quin enfrenaba a un pensamiento que morda en el fruto de la
ciencia del mal? El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena,
es religin de hombres--se deca Gertrudis--; masculinos el Padre, el
Hijo y el Espritu Santo...! Pero y la Madre? La religin de la Madre
est en: He aqu la criada del Seor; hgase en m segn tu palabra y
en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga
y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: Qu tengo
yo que ver contigo, mujer? An no ha venido mi hora. Qu tengo que
ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvi a santiguarse,
esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--as
crea ella--le susurr: Hombre al fin!




XVIII


CORRIERON unos aos apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar,
en el que de nada de bienestar se careca, una ntima luz espiritual de
serena calma. Apenas si haba que pensar en el da de maana. Y seguan
en l viviendo, con ms dulce imperio que cuando respirando llenaban con
sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que
fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo
hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. Mira que te est mirando tu
madre! o Mira que te ve tu padre! Eran sus dos ms frecuentes
amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidan el hogar
de los tres.

Los nios, sin embargo, banlos olvidando. Para ellos no existan sino
en las palabras de mam Tula, que as la llamaban todos. Los recuerdos
directos del mayorcito, de Ramirn, se iban perdiendo y fundiendo en los
recuerdos de lo que de ellos oa contar a su ta. Sus padres eran ya
para l una creacin de sta.

Lo que ms preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la
idea de una diferencia, de que haba dos madres, de que no eran sino
medio hermanos. Mas no poda evitarlo. Sufri en un principio la
tentacin de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella
misma, madres de todos ellos, pero vi la imposibilidad de mantener
mucho tiempo el equvoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en
ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentacin al punto.

Porque su amor a la verdad confundase en ella con su amor a la pureza.
Repugnbanle esas historietas corrientes con que se trata de engaar la
inocencia de los nios, como la de decirles que los traen a este mundo
desde Pars, donde los compran. Buena gana de gastar el dinero en
tonto!--haba dicho un nio que tena varios hermanos y a quien le
dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus
padres. Buena gana de gastar mentiras en balde--se deca Gertrudis;
aadindose: toda mentira es cuando menos en balde.

--Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mam fu
criada de la mam de mis hermanos.

As fu diciendo un da a casa el hijo de Manuela. Y la ta Tula, con su
voz ms seria y delante de todos, le contest:

--Aqu todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de una
misma madre, que soy yo.

--Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre?

--La tuvisteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabis. Y que no se
vuelva a hablar de eso!

Mas no lograba evitar el que se trasparentara que senta preferencias. Y
eran por el mayor, el primognito, Ramirn, al que engendr su padre
cuando an tuviera reciente en el corazn el cardenal del golpe que le
produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el
haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la
pequeuela, por Manolita, plido y frgil botoncito de rosa que haca
temer lo hiciese ajarse un fro o un ardor tempranos.

De Ramirn, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro
sibilante y diablico, que Gertrudis sola oir que brotaba de un rincn
de las entraas de su espritu--y al oirla se haca, santigundose, una
cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse
los odos ntimos de aqulla y de ste--de Ramirn decale ese tentador
susurro que acaso cuando le engendr su padre soaba ms en ella, en
Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la
hospiciana, se deca que sin su decisin de casar segunda vez a Ramiro,
sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la vctima
de l, a la pobre Manuela, no vivira el plido y frgil botoncito.

Y lo que le cost criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela
fu criado por sta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res,
y ayudada a la vez por su natural instinto, no intent siquiera
rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fu con el hombre,
fu con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro,
viendo la flaqueza de su pobre mujer, procur buscar nodriza a su hijo.
Y fu Gertrudis la que le oblig a casarse con aqulla, quien se plant
en firme en que haba de ser la madre misma quien criara al hijo. No
hay leche como la de la madre--repeta, y al redargir su cuado: S,
pero es tan dbil que corren peligro ella y el nio, y ste se criar
enclenque, replicaba implacable la soberana del hogar: Pretextos y
habladuras! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre
criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al nio, te repito que la mejor
leche es la de la madre, si no est envenenada. Y luego, bajando la
voz, agregaba: Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu mujer.
Y Ramiro tena que someterse. Y la querella termin un da en que a
nuevas instancias del hombre, que vi que su nueva mujer sufri un
vahido, para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar,
cojindole aparte, le dijo: Pero qu empeo, hombre! Cualquiera
creera que te estorba el hijo...

--Cmo que me estorba el hijo...? No lo comprendo...

--No lo comprendes? Pues yo s!

--Como no te expliques...

--Que me explique? Te acuerdas de lo de aquel brbaro de Pascualn, el
guarda de tu cortijo de Majadalaprieta?

--Qu? Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibi la
muerte de su hijo...?

--S.

--Y qu tiene que ver esto con aquello? Por Dios, Tula...

--Que a m aquello me lleg al fondo del alma, me hiri profundamente y
quise averiguar la raz del mal...

--Tu mana de siempre...

--S, ya me deca el pobre to que yo era como Eva, empeada en conocer
la ciencia del bien y del mal.

--Y averiguaste...?

--Que a aquel... hombre...

--Ibas a decir...?

--Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el nio para ms cmodamente
disponer de su mujer. Lo entiendes?

--Qu barbaridad!

Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dej que su Manuela criara
al nio mientras Gertrudis lo dispusiese as.

Y ahora se encontraba sta con que tena que criar a la pequeuela, a la
hija de la muerte, y que forzosamente haba de drsela a una madre de
alquiler, buscndole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba.
Horrorizbale porque tema que cualquier nodriza, y ms si era soltera,
pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su
posicin. Si es soltera--se deca--, malo! Hay que vigilarla para que
no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo
tambin, y peor an si dej al hijo propio para criar el ajeno. Porque
esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las
propias entraas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre,
a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en
las entraas maternales. Y as es como se vi desde un principio en
conflicto con las amas de cra de la pobre criatura, y teniendo que
cambiar de ellas cada cuatro das. No poder criarle ella misma! Hasta
que tuvo que acudir a la lactancia artificial.

Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesa, y por fin ms
profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fu un culto, un
sacrificio, casi un sacramento. El bibern, ese artefacto industrial,
lleg a ser para Gertrudis el smbolo y el instrumento de un rito
religioso. Limpiaba los botellines, coca los pisgos cada vez que los
haba empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado
y ansioso con que una sacerdotisa cumplira un sacrificio ritual. Cuando
pona el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, senta que
le palpitaba y se le encenda la propia mama. La pobre criatura posaba
alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que sostena el frasco.

Se acostaba con la nia, a la que daba calor con su cuerpo, y contra
ste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba
aqulla pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne,
enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la
virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida
materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los
ensueos que haban florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de
mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras y a solas las dos,
ponale a la criaturita uno de sus pechos estriles, pero henchidos de
sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre
l mientras chupaba el jugo de vida. Antojbasele que as una vaga y
dulce ilusin animara a la hurfana. Y era ella, Gertrudis, la que as
soaba. Qu? Ni ella misma lo saba bien.

Alguna vez la criaturita se vomit sobre aquella cama, limpia siempre
hasta entonces como una patena, y de pronto sinti Gertrudis la punzada
de la mancha. Su pasin morbosa por la pureza, de que proceda su culto
mstico a la limpieza, sufri entonces, y tuvo que esforzarse para
dominarse. Comprenda, s, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella
mancha era inocentsima, pero los cimientos de su espritu se conmovan
dolorosamente con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus
pechos pidindole perdn en silencio por aquella tentacin de su
pureza.




XIX


FUERA de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de
Manuela, cuidado que celaba una expiacin y un culto msticos, y sin
desatender a los otros y esforzndose por no mostrar preferencias a
favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de
Ramirn y segua su educacin paso a paso, vigilando todo lo que en l
pudiese recordar rasgos de su padre, a quien fsicamente se pareca
mucho. As sera a su edad--pensaba la ta y hasta busc y lleg a
encontrar entre los papeles de su cuado retratos de cuando ste era un
chicuelo y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque
quera hacer de ste lo que de aqul habra hecho a haberle conocido y
podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fu un mozuelo a quien se
le abran los caminos de la vida. Que no se equivoque como l--se
deca--, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la
voluntad antes de haberla asentado en su raz viva, en el amor perfecto
y bien alumbrado, a la luz que le sea propia. Porque ella crea que no
era al suelo, sino al cielo, a lo que haba que mirar antes de plantar
un retoo; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que
del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una
roca al solano dulce del medioda que no el que sobre un mantillo
vicioso y graso se alza a la umbra. La luz era la pureza.

Fu con Ramirn aprendiendo todo lo que l tena que aprender, pues le
tomaba a diario las lecciones. Y as satisfaca aquella ansia por saber
que desde nia le haba aquejado y que hizo que su to le comparase
alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendi con su sobrino y
para enserselas, pocas le interesaron ms que la geometra. Nunca lo
hubiese ella credo! Y es que en aquellas demostraciones de la
geometra, ciencia rida y fra al sentir de los ms, encontraba
Gertrudis un no saba qu de luminosidad y de pureza. Aos despus, ya
mayor Ramirn, y cuando el polvo que fu la carne de su ta reposaba
bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un da de
radiante primavera le explicaba cmo no puede haber ms que cinco y slo
cinco poliedros regulares; tres formados de tringulos: el tetraedro, de
cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de
cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentgonos: el dodecaedro, de
doce. Pero no ves qu claro?, me deca--contaba el sobrino--; no lo
ves?, slo cinco y no ms que cinco, ni uno menos, ni uno ms, qu
bonito! Y no puede ser de otro modo, tiene que ser as!, y al decirlo
me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanqusima, que ella
misma haba construdo, con sus santas manos, que eran prodigiosas para
toda labor, y pareca como si acabase de descubrir por s misma la ley
de los cinco poliedros regulares... pobre ta Tula! Y recuerdo que como
a uno de aquellos modelos geomtricos le cayera una mancha de grasa,
hizo otro porque deca que con la mancha no se vea bien la
demostracin. Para ella la geometra era luz y pureza.

En cambio huy de ensearle anatoma y fisiologa. Esas son
porqueras--deca--y en que nada se sabe de cierto ni de claro.

Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su
sobrino. Quera guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y
que fuese su amor primero el ltimo y el nico. Pero es que hay un
primer amor?, se preguntaba a s misma sin acertar a responderse.

Lo que ms tema era las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo
a toda luz, la tema. Para ella no haba ms soledad santa que la del
sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se qued sin su Hijo, el Sol
del Espritu. Que no se encierre en su cuarto--pensaba--, que no est
nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compaa; que no
lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se est mirando
grabados. No tema tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto,
a lo pintado. La muerte viene por lo muerto--pensaba.

Confesbase Gertrudis con el confesor de Ramirn, y era para, dirigiendo
al director del muchacho en la direccin de ste, ser ella la que de
veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba ms que de s
misma de su hijo mayor, como le llamaba. Pero es, seora, que usted
viene aqu a confesar sus pecados y no los de otros--le tuvo que decir
alguna vez el padre Alvarez, a lo que ella contest: Y si ese chico es
mi pecado...

Cuando una vez crey observar en el muchacho inclinaciones ascticas,
acaso msticas, acudi alarmada al padre Alvarez.

--Eso no puede ser, padre!

--Y si Dios le llamase por ese camino...

--No, no le llama por ah; lo s, lo s mejor que usted y desde luego
mejor que l mismo; eso es... la sensualidad que se le despierta...

--Pero, seora...

--S, anda triste, y la tristeza no es seal de vocacin religiosa. Y
remordimiento no puede ser! De qu...?

--Los juicios de Dios, seora...

--Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Qutele eso de la
cabeza. El ha nacido para padre y yo para abuela!

--Ya sali aquello!

--S, ya sali aquello!

--Y cmo le pesa a usted eso! Lbrese de ese peso... Me ha dicho cien
veces que haba ahogado ese mal pensamiento...

--No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos--porque son mis
hijos, mis verdaderos hijos--que ellos no lo sepan, que no lo sepan,
padre, que no lo adivinen...

--Clmese, seora, por Dios, clmese... y deseche esas aprensiones...
esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces... Sea la que
es... la ta Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos...; s,
admiramos...

--No, padre, no! Usted lo sabe! Por dentro soy otra...

--Pero hay que ocultarlo...

--S, hay que ocultarlo, s; pero hay das en que siento ganas de reunir
a sus hijos, a mis hijos...

--S, suyos, de usted!

--S, yo madre, como usted... padre!

--Deje eso, seora, deje eso...

--S, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una
equivocacin, un fracaso...

--Usted se calumnia, seora. Esa no es usted, usted es la otra... la que
todos conocemos... la ta Tula...

--Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi
hermana, otra vez con otra...

--Caer?

--Caer, s! Y fu por soberbia!

--No, fu por amor, por verdadero amor...

--Por amor propio, padre--y estall a llorar.




XX


LOGR sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascticas y se puso a
vigilarle, a espiar la aparicin del primer amor. Fjate bien, hijo--le
deca--y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no
debes dejarla...

--Pero, mam, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar...

--No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de hablo con
Fulana. Todo seriamente...

En rigor la ta Tula haba ya hecho, por su parte, su eleccin y se
propona ir llevando dulcemente a su Ramirn a aquella que le haba
escojido, a Caridad.

--Parece que te fijas en Carita--le dijo un da.

-Ps!

--Y ella en ti, si no me equivoco.

--Y t en los dos, a lo que parece...

--Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mo, cosa vuestra...

Pero les fu llevando el uno al otro, y consigui su propsito. Y luego
se propuso casarlos cuanto antes. Y que venga ac--deca--y viviremos
todos juntos, que hay sitio para todos... Una hija ms!

Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era
con sta con la que tena sus confidencias. Y era de quien trataba de
sonsacar lo ntimo de su sobrino.

Le oblig, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y
le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeita, de la mansa,
tranquila y medrosica Manolita.

--Mira, Caridad--le deca--, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es
lo ms inocente y lo ms quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi
obra...

--Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar
por la casa... Parece como que tuviera vergenza hasta de presentarse...

--S, s, es as... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no
estando arrimada a m, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como
perdida. Claro, como criada con bibern!

--El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero habla tan
poco...! Y luego no se la oye reir nunca...!

--Slo alguna vez cuando est a solas conmigo, porque entonces es otra
cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de
consolarla, y me dice: No te canses, mamita, que yo soy as... y
adems, no estoy triste...

--Pues lo parece...

--Lo parece, s, pero he llegado a creer que no lo est. Porque yo, yo
misma, qu te parezco, Carita, triste o alegre?

--Usted, ta...

--Qu es eso de usted y de ta?

--Bueno, t, mam, t... pues no s si eres triste o alegre, pero a m
me pareces alegre...

--Te parezco as? Pues basta!

--Por lo menos a m me alegras...

--Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los dems.

--Pero para alegrar a los dems hay que estar alegre una...

--O no...

--Cmo no?

--Nada alegra ms que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura
del follaje de un rbol, y el rayo de sol no est ni alegre ni triste, y
quin sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra
porque est limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe
alegrarte, porque a limpia...

--S, eso s! Y luego esos ojos que tiene, que parecen...

--Parecen dos estanques quietos entre verdura... Los he estado mirando
muchas veces y desde cerca. Y no s de dnde ha sacado esos ojos... No
son de su madre, que tena ojos de tsica, turbios de fiebre... ni son
los de su padre, que eran...

--Sabes de quin parecen esos ojos?

--De quin?--y Gertrudis temblaba al preguntarlo.

--Pues son tus ojos...!

--Puede ser... puede ser... No me los he mirado nunca de cerca ni puedo
vrmelos desde dentro, pero puede ser... puede ser... Al menos le he
enseado a mirar...




XXI


QU le pasaba a la pobre Gertrudis que se senta derretir por dentro?
Sin duda haba cumplido su misin en el mundo. Dejaba a su sobrino
mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta,
embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de l;
dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se senta
deshacer. Sufra frecuentes embaimientos, desmayos, y durante das
enteros lo vea todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y
soaba; soaba como nunca haba soado. Soaba lo que habra sido si
Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa dicindose que no
habran sido de otro modo las cosas. Pero ella haba pasado por el mundo
fuera del mundo. El padre Alvarez crea que la pobre Gertrudis
chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que
flaqueaba al peso mismo de su robustez. Y tena que defenderle de
aquellas sus viejas tentaciones.

Cuando un da se le acerc Caridad y, al odo, le dijo: Madre...!, al
notarle el rubor que le encenda el rostro, exclam: Qu? Ya? S,
ya!--susurr la muchacha. Ests segura? Segura; si no, no te lo
habra dicho! Y Gertrudis, en medio de su goce, sinti como si una
espada de hielo le atravesase por medio el corazn. Ya no tena qu
hacer en el mundo ms que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su
Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva. Ya
apenas se cuidaba ms que de Caridad, que era quien para ella llenaba la
casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre nia
lo senta; senta que el esperado iba relegndole en la sombra.

--Ven ac--le deca Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se
encontraban a solas, ocasin que acechaba--, ven ac, sintate aqu, a
mi lado... Qu, le sientes, hija ma, le sientes?

--Algunas veces...

--No llama? No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque
ah dentro, a oscuras... aunque est ello tan tibio, tan sosegado... No
da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir:
si tarda, no!, si me apresuro yo...

--Pero, madre, no diga esas cosas...

--_No digas_, hija! Pero me siento derretir... ya no soy para nada...
Veo todo como empaado... como en sueos... Si no lo supiera no podra
ahora decir si tu pelo es rubio o moreno...

Y le acariciaba lentamente la esplndida cabellera rubia. Y como si
viese con los dedos, aada: Rubia, rubia como el sol...

--Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica... Rosa...

--No, madre, sino Gertrudis... Tula, mam Tula.

--Tula... bueno...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y
chica...

--Por Dios, madre!

--Qu? Crees que no podras con eso? Te parece demasiado trabajo?

--Yo... no s... no s nada de eso, madre; pero...

--S, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos... un chico y una
chica que han estado abrazaditos cuando no saban nada del mundo, cuando
no saban ni que existan; que han estado abrazaditos al calorcito del
vientre materno... Algo as debe de ser el cielo...

--Qu cosas se te ocurren, mam Tula!

--No ves que me he pasado la vida soando...

Y en esto, mientras soaba as y como para guardar en su pecho este
ltimo ensueo y llevarlo como vitico al seno de la madre tierra, la
pobre Manolita cay gravemente enferma. Ah!, yo tengo la culpa--se
dijo Gertrudis--, yo que con esto de la parejita de mi ensueo me he
descuidado de esa pobre avecilla... Sin duda en un momento en que
necesitaba de mi arrimo ha debido de cojer algn fro... Y sinti que
le volvan las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despej la
cabeza, y se dispuso a cuidar a la enferma.

--Pero, madre--le deca Caridad--, djeme que le cuide yo, que le
cuidemos nosotras... entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.

--No; t no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla... T te
debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a
sta malogres lo otro... y en cuanto a Rosita y Elvira, s, son sus
hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y adems la
pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin m... Un simple vaso de
agua que yo le sirva le hace ms provecho que todo lo que los dems le
podis hacer. Yo sola s arreglarle la almohada de modo que no le duela
en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas...

--S, es verdad...

--Claro, yo la cri...! Y yo debo cuidarle.

Resucit. Volvile todo el luminoso y fuerte aplomo de sus das ms
heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y
cuando teniendo el vaso con la pcima medicinal que a las veces tena
que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos
firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce
recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la ta Tula
junto a la cama de la enferma y se estaba all, y sta no haca sino
mirarle en silencio.

--Me morir, mamita?--preguntaba la nia.

--Morirte? No, pobrecita alondra, no! T tienes que vivir...

--Mientras t vivas...

--Y despus... y despus...

--Despus... no... para qu...?

--Pero las muchachas deben vivir...

--Para qu...?

--Pues... para vivir... para casarse... para criar familia...

--Pues t no te casaste, mamita...

--No, yo no me cas; pero como si me hubiese casado... Y t tienes que
vivir para cuidar de tu hermano...

--Es verdad... de mi hermano... de mis hermanos...

--S, de todos ellos...

--Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada...

--Y quin dice eso, hija ma?

--No, no lo dicen... no lo dicen... pero lo piensan...

--Y cmo sabes t que lo piensan?

--Pues... porque lo s! Y adems, porque es verdad... porque yo no
sirvo para nada, y despus de que t te me mueras yo nada tengo que
hacer aqu... Si t te murieras me morira de fro...

--Vamos, vamos, arrpate bien y no digas esas cosas... Y voy a
arreglarte esa medicina...

Y fu a ocultar sus lgrimas y a echarse a los pies de su imagen de la
Virgen de la Soledad y a suplicarla: Mi vida por la suya, Madre, mi
vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y
quiere irse conmigo; quiere arrimarse a m, arropada por la tierra, all
abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no s qu calor... Mi
vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto
esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no
se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los mos, sobre esos ojos
sin mancha que le di yo... s, yo... Que no se muera... que no se
muera... Slvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de
venir...

Y se cumpli su ruego.

La pobre nia enferma fu recobrando vida; volvieron los colores de rosa
a sus mejillas; volvi a mirar la luz del sol dando en el verdor de los
rboles del jardincito de la casa, pero la ta Tula cay con una
broncopneumona cojida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces
fu sta la que sinti que brotaba en sus entraas un manadero de salud,
pues tena que cuidar a la que le haba dado vida.

Toda la casa vi con asombro la revelacin de aquella nia.

--Di a Manolita--deca Gertrudis a Caridad--que no se afane tanto, que
an estar dbil... T tampoco, por supuesto; t te debes a los tuyos,
ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Adems, como todo ha de ser
intil... Porque yo ya he cumplido...

--Pero, madre...

--Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste...

--Pero si se ha puesto tan fuerte... Jams hubiese credo...

--Y ella que se quera morir y crea morirse... Y yo tambin lo tem...
Porque la pobre me pareca tan dbil...! Claro, no conoci a su padre
que estaba ya herido de muerte cuando la engendr... y en cuanto a su
pobre madre, yo creo que siempre vivi medio muerta... Pero esa chica
ha resucitado!

--S, al verte en peligro ha resucitado!

--Claro, es mi hija!

--Ms?

--S, ms! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zagun de la
eternidad; si, ms. Ella y t!

--Ella y yo?

--S, ella y t! Y porque no tenis mi sangre. Ella y t. Ella tiene la
sangre de Ramiro, no la ma, pero la he hecho yo, es obra ma! Y a ti
yo te cas con mi hijo.

--Lo s...

--S, como le cas a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le
volv a casar con la madre de Manolita...

--Lo s... lo s...

--S que lo sabes, pero no todo...

--No, todo no...

--Ni yo tampoco... O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este
mundo sin saber muchas cosas... Porque hay cosas que el saberlas
mancha... Eso es el pecado original, y la Santsima Virgen Madre naci
sin mancha de pecado original...

--Pues yo he odo decir que lo saba todo...

--No, no lo saba todo; no conoca la ciencia del mal... que es
ciencia...

--Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica...

--Ms me perjudica cavilar, y si me callo cavilo... cavilo...




XXII


LA ta Tula no poda ya ms con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro
de l, como un pjaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con
el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las
nubes. No llegara a ver al nieto. Lo senta? All arriba, estando con
ellos--soaba--sabr cmo es, y si es nio o nia... o los dos... y lo
sabr mejor que aqu, pues desde all arriba se ve mejor y ms limpio lo
de aqu abajo.

La ltima fiebre tenala postrada en cama. Apenas si distingua a sus
sobrinos ms que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso
de aqulla, de Caridad, llegbale como el de una criatura cargada de
fruto y hasta le pareca oler a sazn de madurez. Y el de Manolita era
tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de
tierra. Cuando ella entra--se deca la ta--siento rumor de alas cadas
y quietas.

Quiso despedirse primero de sta, a solas, y aprovech un momento en que
vino a traerle la medicina. Sac el brazo de la cama, lo alarg como
para bendecirla, y ponindole la mano sobre la cabeza, que ella inclin
con los claros ojos empaados, le dijo:

--Qu, palomita sin hiel, quieres todava morirte...? La verdad!

--Si con ello consiguiera...

--Que yo no me muera, eh? No, no debes querer morirte... tienes a tu
hermano, a tus hermanos... Estuviste cerca de ello, pero me parece que
la prueba te cur de esas cosas... No es as? Dmelo como en confesin,
que voy a contrselo a los nuestros...

--S, ya no se me ocurren aquellas tonteras...

--Tonteras? No, no eran tonteras. Ah!, y ahora que dices eso de
tonteras, treme tu mueca, porque la guardas, no es as? Si, s que
la guardas... Treme aquella mueca, sabes? Quiero despedirme de ella
tambin y que se despida de m... Te acuerdas? Vamos, a que no te
acuerdas?

--S, madre, me acuerdo.

--De qu te acuerdas?

--De cuando se me cay en aquel patn de la huerta y Elvira me llamaba
tonta porque lloraba tanto y me deca que de nada sirve llorar...

--Eso... eso... y qu ms? Te acuerdas de ms?

--S, del cuento que nos contaste entonces...

--A ver, qu cuento?

--De la nia que se le cay la mueca en un pozo seco adonde no poda
bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y llor tanto
que se llen el pozo con sus lgrimas y sali flotando en ellas la
mueca...

--Y qu dijo Elvirita a eso? Qu dijo? Que no me acuerdo...

--S, s se acuerda, madre...

--Bueno, pues qu dijo?

--Dijo que la nia se quedara seca y muerta de haber llorado tanto...

--Y yo qu dije?

--Por Dios, madre...

--Bueno, no lo digas, pero no llores as, palomita, no llores as...
que por mucho que llores no se llenar con tus lgrimas el pozo en que
voy cayendo y no saldr flotando...

--Si pudiera ser...

--Ah, s! Si pudiera ser yo saldra a cojerte y llevarte conmigo...
Pero hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a
ti, sabes? a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto.

--Har todo lo que pueda...

--Y yo te ayudar desde arriba.

--Que no se enteren de que me he muerto...

--Te rezar, madre...

--A la Virgen, hija, a la Virgen...

--Te rezar, madre, todas las noches antes de acostarme...

--Bueno, no llores as...

--Pero si no lloro, no ves que no lloro?

--Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no est mal, pero t
no has visto cosas feas, no puedes verlas...

--Y si es caso, cerrando los ojos...

--No, no, as se ven cosas ms feas. Y pide por tu padre, por tu madre,
por m... No olvides a tu madre...

--Si no la olvido...

--Como no la conociste...

--S, la conozco!

--Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo.

--S, gracias a ti la conozco; a aqulla!

--Pobrecilla! Ella no haba conocido a la suya...

--Su madre fuiste t, lo s bien!

--Bueno, pero no llores...

--Si no lloro!--y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano
izquierda mientras con la otra temblorosa, sostena el vaso de la
medicina.

--Bueno, y ahora trae a la mueca, que quiero verla. Ah! Y all en un
rincn de aquella arquita ma que t sabes... ah est la llave... s,
sa, sa!... All donde nadie ha tocado ms que yo, y t alguna vez;
all, junto a aquellos retratos, sabes?, hay otra mueca... la ma...
la que yo tena siendo nia... mi primer cario... el primero?...
bueno! Tremela tambin... Pero que no se entere ninguna de sas, no
digan que son tonteras nuestras, porque las tontas somos nosotras...
Treme las dos muecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos
serias para despedirnos de los otros... Vete, que me viene un mal
pensamiento--y se santigu.

El mal pensamiento era que el susurro diablico all, en el fondo de las
entraas doloridas con el dolor de la partida, le deca: muecos
todos!




XXIII


LUEGO llam a todos, y Caridad entre ellos.

--Esto es, hijos mos, la ltima fiebre, el principio del fuego del
Purgatorio...

--Pero qu cosas dices, mam...

--S; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego... el
Infierno es de hielo y nada ms que de hielo. Se me est quemando la
carne... Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de
llegar... o a la que ha de llegar... o a los que han de llegar...

--Vamos, mam...

--Bueno, t, Cari, cllate y no nos vengas ahora con vergenza... Porque
yo querra contarles todo a los que me llaman... Vamos, no lloris
as... All estn... los tres...

--Pero no digas esas cosas...

--Ah, queris que os diga cosas de reir? Las tonteras ya nos las hemos
dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer
esto como se hace en los libros...

--Bueno, no hables tanto! El mdico ha dicho que no se te deje hablar
mucho.

--Ya ests ah t, Ramiro? El hombre! El mdico dices? Y qu sabe el
mdico? No le hagis caso... Y adems es mejor vivir una hora hablando
que dos das ms en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Adems,
as me distraigo y no pienso en mis cosas...

--Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en
tus cosas...

--Ah, ya ests ah t, Elvira, la juiciosa? Conque el padre Alvarez,
eh?... el del remedio... Y qu sabe el padre Alvarez? Otro mdico!
Otro hombre! Adems, yo no tengo cosas mas en que pensar... yo no
tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos... las
de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta... no he estado
nunca ni viva ni muerta... Qu? Qu dices t ah, Enriqun? Que estoy
delirando...

--No, no digo eso...

--S, has dicho eso, te lo he odo bien... se lo has dicho al odo a
Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas
de Manolita. Pues si deliro... qu?

--Que debes descansar...

--Descansar... descansar... tiempo me queda para descansar!

--Pero no te destapes as...

--Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo... y
l, el otro, Ramiro... S, son dos, l y ella, que estarn ahora
abrazaditos... al calorcito...

Callaron todos un momento. Y al oir la moribunda sollozos entrecortados
y contenidos, aadi:

--Bueno, hay que tener nimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que
hayis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengis que arrepentiros
de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que
queris se ha cado en una laguna de fango y aunque sea en un pozo
negro, en un albaal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros,
echaos a salvarle... que no se ahogue l all... o ahogaros juntos... en
el albaal... servidle de remedio... s, de remedio... que mors entre
lgamo y porquera? no importa... Y no podris ir a salvar al compaero
volando sobre el ras del albaal porque no tenemos alas... no, no
tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar... y hasta las alas
se mancharan con el fango que salpica el que se ahoga en l... No, no
tenemos alas... a lo ms de gallina... no somos ngeles... lo seremos en
la otra vida... donde no hay fango... ni sangre! Fango hay en el
Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia... fango que limpia,
s... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con
fango... s, con fango... Les queman con estircol ardiente... les lavan
con porquera... Es lo ltimo que os digo, no tengis miedo a la
podredumbre... Rogad por m, y que la Virgen me perdone.

Le di un desmayo. Al volver de l no coordinaba los pensamientos. Entr
luego en una agona dulce. Y se apag como se apaga una tarde de otoo
cuando las ltimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se
derriten en las aguas serenas de un remanso del ro en que se reflejan
los lamos--sanguneo su follaje tambin--que velan a sus orillas.




XXIV


MURI la ta Tula? No, sino que empez a vivir en la familia, e
irradiando de ella, con una nueva vida ms entraada y ms vivfica, con
la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos,
sus sobrinos, la Ta, no ms que la Ta, ni _madre_ ya ni _mam_, ni aun
ta Tula, sino slo la Ta. Fu este nombre de invocacin, de verdadera
invocacin religiosa, como el canonizamiento domstico de una santidad
de hogar. La misma Manolita, su ms hija y la ms heredera de su
espritu, la depositaria de su tradicin, no le llamaba sino la Ta.

Mantena la unidad y la unin de la familia, y si al morir ella
afloraron a vista de todos, hacindose patentes, divisiones intestinas
antes ocultas, alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fu
porque esas divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella cre.
Su espritu provoc tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la
unidad fundamental y culminante de la familia. La ta Tula era el
cimiento y la techumbre de aquel hogar.

Formronse en ste dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de
Rosa, aliada con Caridad, con su cuada y no con su hermano, no con
Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su
hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y
Manolita. Ramiro viva, o ms bien se dejaba vivir, atento a su hijo y
al porvenir que poda depararle otros y a sus negocios civiles, y
Manolita, atenta a mantener el culto de la Ta y la tradicin del hogar.

Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables
familias venideras. Desde la muerte de la Ta habase revelado. Guardaba
todo su saber, todo su espritu; las mismas frases recortadas y
aceradas, a las veces repeticin de las que oy a la otra, la misma
doctrina, el mismo estilo y hasta el mismo gesto. Otra
ta!--exclamaban sus hermanos, y no siempre llevndoselo a bien. Ella
guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella tena la llave de los
cajoncitos secretos de la que se fu en carne y sangre; ella guardaba,
con su mueca de cuando nia, la mueca de la niez de la Ta, y algunas
cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella era en
la familia quien saba los dichos y hechos de los antepasados dentro de
memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del
primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana--de
sta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones--, ella era la
historia domstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la
familia. Ella hered el alma de sta, espiritualizada en la Ta.

Herencia? Se trasmite por herencia en una colmena el espritu de las
abejas, la tradicin abejil, el arte de la melificacin y de la fbrica
del panal, la _abejidad_, y no se trasmite, sin embargo, por carne y por
jugos de ella. La carnalidad se perpeta por znganos y por reinas, y ni
los znganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar
panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabindolo, no pudieron
trasmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus cras. La tradicin
del arte de las abejas, de la fbrica del panal y el laboreo de la miel
y la cera, es, pues, colateral y no de trasmisin de carne, sino de
espritu, y dbese a las tas, a las abejas que ni fecundan huevecillos
ni los ponen. Y todo esto lo saba Manolita, a quien se lo haba
enseado la Ta, que desde muy joven par su atencin en la vida de las
abejas y la estudi y medit, y hasta so sobre ella. Y una de las
frases de ntimo sentido, casi esotrico, que aprendi Manolita de la
Ta y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy
al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: Cllate,
zngano! Y zngano tena para ella, como lo haba tenido para la Ta,
un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos
adivinaban.

La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le cost la vida
a Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aqul y de la
hospiciana, era muy estrecha. Queranse los hermanastros ms que
cualesquiera otros de los cinco entre s. Siempre andaban en cuchicheos
y en secreteos. Y esta a modo de conjura desasosegbale a Manolita. No
que le doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de
donde ella sali, tuviese ms apego a hermana nacida de otra madre, no;
senta que a ella no haba de apegrsele ninguno de sus hermanos y
complacase en ello. Pero aquel afecto ms que fraternal le era
repulsivo.

--Ya estoy deseando--les dijo una vez--que uno de vosotros se enamore;
que t, Enrique, te eches novia o que a sta, a ti, Elvira, te pretenda
alguno...

--Y para qu?--pregunt sta.

--Para que dejis de andar as, de bracete por la casa, y con
cuentecitos al odo y carantoas, arrumacos y lagoteras...

--Acaso entonces ms...--dijo Enrique.

--Y cmo as?

--Porque sta vendr a contarme los secretos de su novio, verdad,
Elvira?, y yo le contar, claro est!, los de mi novia...

--S, s...--exclam Elvira a punto de palmotear.

--Y os reiris uno y otro del otro novio y de la otra novia, no es
as?... qu bonito!

--Bueno, y qu dira a esto la Ta?--pregunt Elvira mirndole a
Manolita a los ojos.

--Dira que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos
chiquillos...

--Pues no repitas con la Ta--le arguy Enrique--aquello del Evangelio
de que hay que hacerse nio para entrar en el reino de los cielos...

--Nio, s! Chiquillo, no!

--Y en qu se le distingue al nio del chiquillo...?

--En qu? En la manera de jugar.

--Cmo juega el chiquillo?

--El chiquillo juega a persona mayor. Los nios no son, como los
mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ngeles. Recuerdo
haberle odo decir a la Ta que haba odo que hay lenguas en que el
nio no es ni masculino ni femenino, sino neutro...

--S--aadi Enrique--en alemn. Y la seorita es neutro...

--Pues esta seorita--dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teir
de una sonrisa estas palabras--no es neutra...

--Claro que no soy neutra; pues no faltaba ms...!

--Pero bueno, nada de chiquilladas!

--Chiquilladas, no; nieras, eso, no es eso?

--Eso es!

--Bueno, y en qu las conoceremos?

--Basta, que no quiero deciros ms. Para qu? Porque hay cosas que al
tratar de decirlas se ponen ms oscuras...

--Bien, bien, tita--exclam Elvira abrazndola y dndole un beso--, no
te enfades as... Verdad que no te enfadas, tita...?

--No; y menos porque me llames tita...

--Si lo haca sin intencin...

--Lo s; pero eso es lo peligroso. Porque la intencin viene despus...

Enrique le hizo una carantoa a su hermana completa y cojiendo a la
otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llev consigo.

Y Manolita, vindoles alejarse, qued dicindose: Chiquillos? En
efecto, chiquillos! Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho?
He hecho bien, Ta?--e invocaba mentalmente a la Ta.--La intencin
viene despus... No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles
una intencin que les falta? Pero, no, no! Que no jueguen as! Porque
estn jugando...! Y ojal les salga pronto el novio a ella y la novia a
l!




XXV


EL otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la
mujer de ste, Caridad, y aquella su cuada. Aunque en rigor era Rosita
la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus
suspicacias. Porque iba, por lo comn, a quejarse. Crease, o al menos
aparentaba creer, que era la desdeada y la no comprendida. Ponase
triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qu era lo que
tena, y como nadie se lo preguntaba sufra con ello. Y menos que los
otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se deca: Si tiene algo
de verdad y ms que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en
ella, ya reventar! Y la preocupada sufra con ello.

A su cuada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido;
complacase en acusar a ste, a Ramiro, de egosta. Y la mujer le oa
pacientemente y sin saber qu decirle.

--Yo no s, Manuela--le deca a sta Caridad, su cuada--qu hacer con
Rosa... Siempre me est viniendo con quejas de Ramiro: que si es un
orgulloso, que si un egosta, que si un distrado...

--Llvale la hebra y dile que s!

--Pero cmo? Voy a darle alas?

--No, sino a cortrselas.

--Pues no lo entiendo. Y adems, eso no es verdad; Ramiro no es as!...

--Lo s, lo s muy bien. S que Ramiro podr tener, como todo hombre,
sus defectos...

--Y como toda mujer.

--Claro, s! Pero los de l son defectos de hombre...

--De zngano, vamos!

--Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues
que te empeas, de zngano...

--Y los mos?

--Los tuyos, Caridad? Los tuyos... de reina!

--Muy bien! Ni la Ta...!

--Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es
orgulloso, ni es egosta, ni es distrado...

--Y entonces por qu voy a llevarle la hebra como dices?

--Porque eso ser llevarle la contraria. Lo s muy bien. La conozco.

Cierta maana, encontrndose las tres, Caridad, Manuela y Rosa, comenz
sta el ataque.

R.--Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito!

Nunca hablando con su cuada le llamaba a Ramiro mi hermano, sino
siempre: tu marido.

C.--Y qu mal hay en ello?

M.--Y t, Rosa, estabas a esas horas despierta...

R.--Me despert su llegada...

M.--S, eh?

C.--Pues a m apenas si me despert...

R.--Vaya una calma!

M.--Aqu Caridad duerme confiada y hace bien.

R.--Hace bien...? Hace bien...? No lo comprendo.

M.--Pues yo s. Pero t parece que te complaces en eso, que es un juego
muy peligroso y muy feo...

C.--Por Dios, Manuela!

R.--Djale, djale a la ta...

M.--Con el acento que ahora le pones la ta aqu eres ahora t...

R.--Yo? Yo la ta?

M.--S, t, t, Rosa. A qu viene querer provocar celos en tu hermana?

C.--Pero si Rosa no quiere hacerme celosa, Manuela...

M.--Yo s lo que me digo, Caridad.

R.--S, aqu ella sabe lo que se dice...

M.--Aqu sabemos todos lo que queremos decir y yo s, adems, lo que me
digo, me entiendes, Rosa?

R.--El estribillo de la Ta...

M.--Sea. Y te digo que seras capaz de aceptar el peor novio que se te
presente y casarte con l no ms que para provocarle a que te diese
celos, no a drselos t...

R.--Casarme yo? Yo casarme? Yo novio? Las ganas...!

M.--S, ya s que dices, aunque no s si lo piensas, que no te has de
casar, que t no quieres novio... Ya s que andas en si te vas o no a
meter monja...

C.--Y cmo lo has sabido, Manuela?

M.--Ah, pero vosotras creis que no me percato de vuestros secretos?
Precisamente por ser secretos...

R.--Bueno, y si pensara yo en meterme monja, qu? Qu mal hay en ello?
Qu mal hay en servir a Dios?

M.--En servir a Dios, no, no hay mal ninguno... Pero es que si t
entrases monja no sera por servir a Dios...

R.--No? Pues por qu?

M.--Por no servir a los hombres... ni a las mujeres...

C.--Pero por Dios, Manuela, qu cosas tienes...

R.--S, ella tiene sus cosas y yo las mas... Y quin te ha dicho,
hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres...?

M.--Sin duda, rezando por ellos...

R.--Pues claro est! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones...

M.--Pero me parece que t ms que a rezar no nos dejes caer en la
tentacin vas a no me dejes caer en la tentacin...

R.--S, que voy a que no me tienten...

M.--Pues no has venido ac a tentar a Caridad, tu hermana? O es que
crees que no era tentacin eso? No venas a hacerle caer en tentacin?

C.--No, Manuela, no vena a eso. Y adems sabe que no soy celosa, que no
lo ser, que no puedo serlo...

R.--Djale, djale, Caridad, djale a la abejita, que pique... que
pique...

M.--Duele, eh? Pues, hija, rascarse...

R.--_Hija_ ahora, eh?

M.--Y siempre, hermana.

R.--Y dime t, hermanita, la abejita, t no has pensado nunca en
meterte en un panal as, en una colmena...?

M.--Se puede hacer miel y cera en el mundo...

R.--Y picar...

M.--Y picar, exacto!

R.--Vamos, s, que t, como ta Tula, vas para ta...

M.--Yo no s para lo que voy, pero si siguiera el ejemplo de la Ta no
habra de ir por mal camino. O es que crees que marr ella el suyo? Es
que has olvidado sus enseanzas? Es que trat ella nunca de encismar a
los de casa? Es que habra ella nunca denunciado un acto de uno de sus
hermanos?

C.--Por Dios, Manuela, por la memoria de ta Tula, cllate ya... Y t,
Rosa, no llores as... vamos, levanta esa frente... no te tapes as la
cara con las manos... no llores as, hija, no llores as...

Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz
que pareca venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia
inmortal, le dijo:

--Perdname, hermana, me he excedido... pero tu conducta me ha herido
en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habra hecho la Ta
en este caso... perdnamelo!

Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de
su hermana, le dijo entre sollozos:

--Quien tiene que perdonarme eres t, hermana, t... Pero hermana...
no, sino madre... ni madre... Ta! Ta!

--Es la Ta, la ta Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y
guiarnos a todos!--concluy Manuela.





End of the Project Gutenberg EBook of La ta Tula, by Miguel De Unamuno

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