The Project Gutenberg EBook of Escuela de Humorismo, by Guillermo Daz-Caneja

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Title: Escuela de Humorismo
       Novelas.--Cuentos

Author: Guillermo Daz-Caneja

Release Date: November 30, 2013 [EBook #44309]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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  Nota del Transcriptor:


  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




  Guillermo Daz-Caneja




          Escuela
        de humorismo

      Novelas.--Cuentos.




  MADRID
  Imprenta de Ricardo F. de Rojas.
  _Torija, 5.--Telfono 316._

  1913




     Es propiedad.




  A los

  Excmos. Sres. Marqus de Ibarra y Marqus de Laurencn.


  Con el mayor cario tiene el honor de dedicarles esta modesta
  produccin.

     _El Autor._




Prlogo del autor


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo: eso dije al
empezar este libro. Que sea lo que Dios quiera!--pens al concluirlo.

Siempre he considerado un acto de soberbia, un atrevimiento enorme, la
publicacin de todo _primer libro_; pero considero que ese atrevimiento
llega  su colmo al tratarse de este mo.

Los que hoy son y valen, al publicar nuevas y mejores obras, han
demostrado que la publicacin de su _primer libro_, ni fu acto de
soberbia, ni atrevimiento inaudito: fu la consecuencia lgica de sus
grandes dotes literarias.

Yo, toda vez que mi anterior labor es demasiado modesta, no s si con el
tiempo podr justificar la publicacin de mi _primer libro_. Dios lo
haga!

Al decidirme  publicarlo, lo hago declarando de la manera ms solemne
que es el peor de cuantos se han escrito, y que su autor es el ltimo de
cuantos tomaron la pluma como intrprete de sus ideas.

De cosas cortas lo compuse, pensando que para probar tu paciencia, caro
lector, ellas se bastan.

Si tu bondad es tanta que te permite leerlo; si tu paciencia no se agota
antes de terminarlo, y si, en caso de hacerlo, sientes por su lectura
alguna complacencia, ella me recompensar de las dudas y zozobras que me
embargan; mas si sus pginas no lograron interesarte ni un solo momento,
s indulgente con el que las compuso... Despus de todo, un libro ms,
_qu importa al mundo?_




Escuela de humorismo


El Jefe del Negociado 2.--el departamento no hace al caso--, sentado
ante la mesa de su despacho, concluy, sin duda, el estudio de unos
documentos que tena delante, por cuanto, colocndolos todos juntos,
unos sobre otros, dej caer sobre ellos,  modo de pisapapel, su gruesa
mano derecha; recostse en el silln que le serva de asiento,
contemporneo de Isabel II, como todos los dems muebles que haba en el
despacho, y medit breves instantes; despus, inclinando la cabeza hacia
la puertecilla, siempre abierta, que pona en comunicacin su despacho
con el que ocupaban los oficiales, formul la siguiente pregunta, con
recia voz de bajo profundo:

--Quin tiene las _tripas_ de Antonio Rodrguez?

Los oficiales, al oir la voz del Jefe, suspendieron su tarea y se
miraron unos  otros.

--Qu ha dicho?--pregunt en voz baja el ms joven de ellos, llamado
Gutirrez,  su compaero Martnez, que estaba sentado ante una mesa
frontera  la suya.

--Pregunta por las _tripas_ de no s quin--respondi el interpelado.

Como quiera que el Jefe no obtuviese respuesta  su pregunta, apareci
en la puertecilla de comunicacin, con los antes citados papeles,
formulndola de nuevo:

--He preguntado, que quin tiene las _tripas_ de Antonio Rodrguez.

--T, Pepe, no las tienes?

--No, hombre, no; yo qu voy  tener!

--A que resulta que no las tiene nadie--refunfua el Jefe.

--Yo no las tengo--vuelve repetir Pepe--; se las di  Jacinto hace cinco
das... T, Jacinto, t las tienes.

--Ah! s, es verdad--replic el llamado Jacinto--; aqu las tengo, en
el cajn.

--Vamos... vamos--dice el Jefe, malhumorado por la tardanza en encontrar
las susodichas _tripas_--. En qu estar usted pensando... En escribir
algn cuentecito de esos que le ponen  uno la carne de gallina!... Ni
s cmo le admiten ninguno!

Un coro de carcajadas sigui  las palabras del Jefe. Jacinto,
abochornado y corrido, buscaba en los cajones de la mesa los malditos
documentos que constituan las _tripas_ del expediente de Antonio
Rodrguez.

--Tome usted--dijo el Jefe, echando los papeles que tena en la mano,
sobre la mesa de Jacinto--. Csale usted la _cabeza_ y la nota, y
tngalo listo para bajarlo luego  la firma. Pero tenga usted cuidado,
no vaya  coser algn cuentecito de esos tan distrados, entre las
_tripas_.

Nueva explosin de risa, que fu en aumento al salir el Jefe, y que se
prolong largo rato, aumentando el azoramiento de Jacinto. Al fin, ste,
queriendo disimular, hubo de decir:

--Qu barbaridad!... A ver si es que nos vamos  reir todos!

De tal modo di  entender con la entonacin de sus palabras lo corrido
que se hallaba, que las risas llegaron  su colmo.

Jacinto, de un humor rematado, doblaba los documentos que, por fin,
haba encontrado, en forma adecuada para ser cosidos con el expediente.

Cuando la hilaridad di lugar  las palabras, dijo Gutirrez:

--No te enfades, Jacinto...

--No te enfades!--murmur ste--. Os creeris que voy  servir de mono.

--Pero si es que el Jefe tiene razn; si es que escribes cada cosa que
le pones  cualquiera los pelos de punta.

--Pues no las leas!

Nuevas carcajadas estallaron en el Negociado.

--Si escribieras cosas cmicas, veras cmo ganabas ms.

--Para escribir cosas cmicas estoy yo! Es que t te figuras que con
6.000 reales de sueldo, mujer y tres hijos, se pueden escribir cosas
cmicas?

--Anda se...--dice Pepe terciando en el dilogo--. Lo menos te has
figurado t que los dems no tenemos familia... Bueno!

--Yo no te digo que tengas familia  que dejes de tenerla; lo que yo te
digo es que cuando se llega  casa y se ve lo que se ve... no se puede
tener humor de escribir cosas cmicas.

--Toma... toma...! Y me quieres decir  m qu adelantas con ponerte
fnebre? A mal tiempo, buena cara! Que te hace falta una cosa y no la
puedes comprar? Pues te pasas sin ella!

--Eso... eso...--grita Gutirrez.--Mira,  m me haca falta haber
comprado una cajetilla cuando he venido esta maana...

--Y  m tambin me haba hecho falta que la hubieras comprado--aadi
vivamente Martnez--; as no te hubieras fumado los pocos pitillos que
me quedaban.

--No te apures, hombre, no te apures por eso... Oye, t, Pepe... echa un
pitillo, que ste no tiene... y yo no he podido comprar...

--Oye, t--contesta Pepe, remedando el tonillo de Gutirrez--: cuando 
uno le hace falta una cosa... y no la puede comprar, ya sabes lo que
acabo de decir: se pasa uno sin ella.

--Bueno, Pepito; pero antes se cuenta con los amigos... como t.

--S, eh? Pues desde este momento puedes romper las amistades.

--Vamos, no seas as, Pepe... Si ya sabemos que t eres un hormiguita
que te llega el tabaco hasta fin de mes... Danos uno que sea gordo, y
haremos dos. Me parece que no podemos hacer ms...!

--Toma... ah tienes--dijo Pepe, tirando dos pitillos por el aire--;
pero despdete, eh? despdete.

Los dems protestan airadamente, y Pepe no tiene ms remedio que echar
una ronda; lo cual le pone de un humor de todos los demonios.

--Lo que es maana, como no os fumis los mangos de pluma...

--Calla, burgus; no gruas.

Jacinto, sin despegar los labios, y contento porque el giro de la
conversacin se hubiera desviado de su persona, daba fin al cosido del
expediente.

--Verdaderamente, y yo lo declaro as,--dijo Montalbo, el oficial de ms
categora del Negociado, que no haba despegado los labios hasta la
fecha--, es deprimente para nosotros y es vergonzoso para el Estado, que
unos funcionarios pblicos, como nosotros, no tengamos para fumar el da
26 de mes; porque yo, sin rubor lo manifiesto, tampoco tengo tabaco.

--No tendrs tabaco, pero bien chupas--agrega Pepe, que tiene clavada en
el corazn la ronda de pitillos.

--Es vergonzoso que no tengamos para fumar.

--Para fumar... eh?--mascull Jacinto...

--Cllate t, Jacinto, y no nos amargues la vida--vocifera Gutirrez.

--Sigue, sigue, Montalbo--exclama Martnez.

--Deca que es deprimente para nosotros y para el Estado...

Se oyen murmullos de aprobacin.

--El Estado os va  dar chocolate en la oficina--interrumpe Pepe con un
tonillo socarrn que promueve un diluvio de protestas:

--Que se calle.

--Eso, cllate t, Pepe.

--Bien se conoce que t te ganas otro sueldo por las tardes.

--Y por qu no os las buscis vosotros tambin?

Gutirrez, ponindose en pie y dando un puetazo sobre la mesa, increpa
 su compaero:

--Ya nos las buscamos; pero no nos las encontramos!

--Muy bien--ruge Martnez estrechando la mano de Gutirrez.

--Que hable Montalbo--se atreve  decir Bermdez, que, tmido como una
alondra, no habla nunca, y se limita  formar coro con los dems.

--Yo, seores, pondra remedio  todo esto de una manera muy
sencilla--perora Montalbo con voz reposada.

--Que lo ponga!

--S seor, que lo ponga--dicen Gutirrez y Martnez,  la vez.

--Pues s seor que lo pondra... si me dejaran. Me queris  m decir
para qu nos deja el Estado las tardes libres?

--Para que nos las busquemos. No has odo  Pepe?--contesta Gutirrez.

--O para que tengamos tiempo de elegir la forma mejor de suicidio--aade
su compaero.

--Pues yo hara una cosa muy sencilla:

En este Negociado somos seis empleados no es verdad? Pues yo dejara
tres, los hara venir por maana y tarde, y les dara doble sueldo...
eh?... Qu tal?

--Muy bien--contestan todos.

--Bueno; pero t seras de los tres que se fueran eh?--pregunta
Gutirrez.

El Jefe, entrando en su despacho por la puertecilla particular, que daba
 un pasillo, puso trmino  la pintoresca conversacin que sostenan
los oficiales, y ya no se escuch en el despacho de stos ms que el
rasguear de las plumas sobre el papel.

Gutirrez y Martnez fueron los nicos que siguieron hablando, en voz
baja, pues sabido era que no podan callar en toda la maana.

El sol, filtrndose penosamente por los no muy limpios cristales de dos
ventanas que  un estrecho y negro patio tena el Negociado, pugnaba
intilmente por llevar un poco de luz y de alegra al interior de
aquella lbrega y pequea habitacin.

Cada empleado tena junto  su mesa un viejo perchero con dos
colgadores: en el inferior colgaban las capas  gabanes; en el superior,
los sombreros. Aquellas prendas, en su mayora viejas, colgando
escurridas y lacias, daban la triste sensacin de cuerpos all
ajusticiados.

Jacinto, que hora es ya de que fijemos su personalidad, era un muchacho
de veinticinco aos, hijo de unos labradores ni mal ni bien acomodados,
de la provincia de Cceres.

Don Lesmes, el intrpido D. Lesmes, el representante de la instruccin
en el pueblo, tom  su cargo al muchacho, en sus tempranos aos, y,
tras de las primeras letras, ensele la instruccin primaria; dndose
el caso estupendo de que el chico, cuando la termin, saba escribir con
ortografa y era propietario de una letra muy decentita. Terminada la
primera enseanza, entr el cura en funciones; porque  todas luces se
vea que Jacinto iba para algo ms que para labrador.

Empez, pues, la enseanza del latn, que corri por cuenta del cura,
encargndose Don Lesmes de la Geografa y de la Historia de Espaa. Era
el muchacho listo y despabilado, y pronto lleg al fondo de aquellos dos
pozos de ciencia que se llamaban cura y maestro. Y qu hacer entonces
con un muchacho que no se haba encallecido las manos con la mancera del
arado; que dominaba el latn mejor que el cura; que se saba de corrido
todos los ros de la tierra, con ser tantos; que conoca los puertos de
todas las naciones mejor que las casas del pueblo donde haba chicas
guapas? Qu hacer con una criatura que, con slo diez y seis aos,
conoca  fondo quin fu Carlos V y quin Felipe II; que saba que 
Enrique I lo mat una teja que cay de un tejado... y que  Carlos IV se
la pegaba su mujer... como si fuera un Carlos cualquiera sin numerar?
Pues como quiera que el mandarlo  Madrid para que estudiara ms era un
dolor--con lo que ya tena en la cabeza!--, y cmo, adems, este gasto
fuera demasiado grande para que pudiera resistirlo el presupuesto de la
casa, se acord que lo que hacerse deba era proporcionarle un destino
en la corte. El cuerpo electoral, en masa, que ya saba lo que Jacinto
vala, tom  su cargo lo del destino; y el destino se consigui, porque
el diputado no tuvo ms remedio que escoger entre el destino para
Jacinto,  no volver  salir diputado por aquella circunscripcin; y
fcil es comprender que no hay diputado que opte por lo segundo.

Fu, pues, Jacinto  Madrid con un destino, para empezar, de 1.500
pesetas en Gobernacin.

A Jacinto, al principio, le pareci este sueldo una fortuna; mas poco
tard en comprender que aquellos veintids duros y medio que le daban
todos los meses, no servan para otra cosa que para pasar apuros y
privaciones; apuros y privaciones que se iban remediando con alguna
cosilla que, de cuando en cuando, le mandaban los padres.

El joven oficinista,  quien no agradaba que los padres tuvieran que
hacer aquellos pequeos desembolsos, pens en encontrar un remedio para
sus apuros, y, al fin, di con l: resolvi casarse.

Muchsimas veces haba odo decir que en la vida ordenada y tranquila
del matrimonio se gasta mucho menos que en el desarreglo de la
soltera.

No le pareca  l muy lgico esto; pero tanto y tanto oa repetir que
con lo que gasta un hombre soltero vive una familia, que decidi
constituirla. A los padres les pareci de perlas el proyecto, por
aquello de que un muchacho solo, en Madrid, est expuesto  muchos
peligros.

Jacinto, hecho ya un seorito, ni pens siquiera en alguna honrada
muchacha de su pueblo, donde ms de una haba que le habra convenido;
tampoco pens en que no estara de ms que la que eligiera por esposa en
Madrid, llevara alguna cosilla al matrimonio; as es que, guindose slo
de sus sentimientos, se cas con Claudia, bonita muchacha que posea
bellas cualidades en muy alto grado, pero nada ms; lo cual, que si no
es poco, ni mucho menos, no es lo bastante para que un matrimonio salga
adelante.

Al principio todo fu bien, porque el matrimonio viva con la mayor
economa; y, aunque bien vean que no podan extralimitarse en lo ms
mnimo, eran felices con su cario.

Vino un chico, que antes viene esto en el matrimonio que cinco mil
duros, y la alegra ms grande llen aquel modesto hogar; un chico no
era ninguno, y cumpla el ardiente deseo de los padres. Pero es el caso
que detrs vino el segundo... y dos ya son uno; y vino luego el tercero
y con ste ya empez  cambiar el aspecto de la casa: empezaron los
apuros y las privaciones en el ms alto grado.

La pobre Claudia no poda hacer ms milagros que los que haca con los
veintids duros y medio.

Jacinto, cada da se volva ms taciturno.

Es que tu mujer no ser arreglada--le decan los compaeros casados de
la oficina--. Y l pensaba: Mi mujer no ser arreglada, pero lo que es
_arreglada_, vaya si la est la pobre.--Pero no, no era eso. Qu
desarreglo poda haber con aquella miserable paga? Lo que suceda es que
la infeliz seora no poda, no tena poder para hacer el milagro de los
panes y los peces.

Se trat primero, para ver de salirle al encuentro  la mala situacin
que se presentaba, de conseguir un ascenso para Jacinto; pero el
diputado puso pies en pared y agarrndose al escalafn, dijo que no era
posible saltar por encima de tanta gente. Se pens despus en hallar una
segunda colocacin; pero... s... s...! buenas estaban las segundas
colocaciones! Jacinto recurri al ltimo extremo, al que recurre la
inmensa mayora de los espaoles, siquiera los resultados sean nulos en
la mayora de los casos: escribi un cuentecito para un peridico; y, si
bien no puede decirse que estaba mal escrito, s puede decirse que lo
public... gratis. No obstante, algunos ms escribi, que consigui
publicar y hasta cobrar; pero esto era tan de tarde en tarde, que nada
pudo mejorar la situacin de la familia.

Jacinto lleg  preocuparse seriamente de la existencia de aquellos tres
angelitos, que cada da le iba pareciendo ms problemtica. Su nimo
empez  ensombrecerse y su persona tom el aspecto tristn y retrado
con que le hemos conocido.

Sus cuentos llegaron  ser verdaderamente espeluznantes.


II

Cuando Jacinto sali de la oficina, iba pensando en las palabras de sus
compaeros. Que escriba artculos cmicos! Pero, es posible escribir
artculos cmicos llevando una tragedia por dentro? Ser yo una
excepcin de la regla? Estar yo preocupado sin motivo? Porque la
verdad es que  mis compaeros no debe sobrarles, y, sin embargo, ellos
ren, estn contentos y, al parecer, son felices. Gutirrez tiene mujer
y dos chicos; tiene el mismo sueldo que yo, y, que se sepa, los padres
de ella, ya que l no los tiene, no le ayudan con nada. No obstante
esto, difcil es encontrar un ser ms alegre. Ser que no le preocupen
las estrecheces de su casa? No; lo que es, ya lo han dicho bien claro: 
mal tiempo, buena cara. Y tienen razn, qu caramba! Qu se adelanta
con ponerse fnebre? Nada!

El buen Jacinto, caminando hacia su casa, se haca todas estas
reflexiones para convencerse  s mismo de que sus compaeros tenan
razn.

S; es preciso estar alegre--se deca argumentndose an--; es preciso
reir: la risa es al alma, lo que la ropa al cuerpo: hay que presentarse
de un modo agradable, aunque por dentro se vaya hecho una lstima. A la
gente alegre todo el mundo la busca y en todas partes es bien recibida.

De tal manera se argument Jacinto, para convencerse de lo infundado de
sus tristezas, que casi empez  sentirse contento.

Que escribiera artculos cmicos? Pues s seor que los escribira! Y
no iba  tardar mucho: aquella misma tarde, en cuanto almorzara, se
pona  escribir el primero. Que no tena asunto?... De sobra! Con que
contara lo que pasaba en su casa, figurando que suceda en casa de un
Fulano cualquiera, haba veinte artculos. Slo con relatar que una vez
se le ocurri pesar  sus tres hijos juntos, y se encontr con que entre
los tres reunan 16 kilos de peso, haba para hartarse de reir.

Pues, y si contaba las batallas campales que los chicos sostenan con
el gato para quitarle los cinco cntimos de cordilla? Pobrecillos!...

Aquel pobre gato cuyo espinazo era un serrucho--_tal era su
gordura_--con el que se poda serrar toda la madera del mundo, era una
verdadera ruina en la casa, con sus cinco cntimos diarios de gasto;
porque, sobras en los platos... Dios las diera!

Diversas veces haba querido Claudia regalrselo  la portera; pero
hablarse de esto y tirarse los tres chicos al suelo, berreando como
desesperados, todo era uno.

En vano les deca su madre que el animalito estara ms distrado en la
portera, por aquello de que podra asomarse  la calle  ver la gente.

Todo razonamiento era intil. Adems, que, quin les negaba aquel gusto
 los pobres nenes? Era tan raro poderles dar alguno!

De tal peso fueron las razones que Jacinto se di, que cuando lleg  su
casa iba tan alegre, que ni l mismo se conoca. Cuando Claudia abri la
puerta y le vi con aquel semblante tan placentero, qued muy
sorprendida.

--Qu te pasa, que vienes tan contento?

--Que estoy muy alegre. No lo ves?

--S; s que lo veo... Pero por qu ests tan alegre?

--Porque ese, y no otro, es el estado natural del hombre; porque as es
como se debe estar siempre: alegre, contento, satisfecho de la vida y de
haber nacido. T tambin debes estar contenta.

--No, por Dios; no me pidas que yo est contenta!

--Por qu no?

--Porque has de saber que, ya que era poco lo que tenamos encima,
Luisito se ha puesto muy malito esta maana,  poco de irte t  la
oficina.

--Qu tiene?--pregunt Jacinto, sobresaltado.

--No lo s--respondi Claudia, dejando correr las lgrimas, que, segn
brotaban, iba enjugando con la punta de su delantalito.

--Pues yo s lo s: lo que tiene Luisito es un empacho de tristeza.

Y Jacinto, al decir esto, tir para la alcoba donde estaba el nio. Los
dos mayorcitos haban ido ya al colegio.

--Qu es eso, hombre?...--pregunt Jacinto al nio, acariciando su
rubia cabecita.

El nio, revolvindose en su camita, contest con un monoslabo que daba
bien claro  entender las pocas ganas que tena de conversacin.

--He mandado  la portera que vaya  casa del mdico y que le diga que
venga cuanto antes--suspir Claudia.

--Has hecho muy bien.

--S; pero ya ves, ahora ese gasto...

--No te apures, mujer: los mdicos son unas bellas personas que esperan
todo lo que se quiera para cobrar. Ah! si se pudiera avisar que
trajeran un jamn, con la misma facilidad con que se avisa al mdico...

Claudia, en medio de sus lloriqueos, no pudo menos de echarse  reir al
oir  su marido.

--Qu has hecho para ponerte de tan buen humor?

--Nada, hija ma, nada: argumentarme, darme razones para convencerme de
que el estado de funerario ambulante no me llevaba  ningn lado bueno;
y tantas, y tan buenas, me las he dado, que me convenc, y aqu me
tienes... T debes hacer igual, te lo repito.

--Cmo quieres que me ponga contenta, hombre, viendo lo que pasa!

--Qu pasa?... Nada!

--Te parece poco este gasto del mdico, siendo as que el mes que viene
quera yo ver de arreglrmelas para comprarles botitas  Paquito y 
Carlos, porque los pobrecitos casi van descalzos?

--Pues se les compran: ya te he dicho que los mdicos aguardan mucho...

--Y la botica?

--La botica?... La botica... Pues mira, en ltimo caso, si no se pueden
comprar el mes que viene... no se compran! Se las vas  comprar con
ponerte triste?

La campanilla de la escalera, al sonar, impidi oir la respuesta de
Claudia; sta, precipitadamente, pensando, con razn, que quien llamaba
era el mdico, corri  abrir la puerta.

El doctor era, en efecto. Entr en la alcoba del nio, seguido de los
padres, y tras de algunas preguntas  stos, reconoci al enfermito
detenidamente. Cuando hubo terminado el reconocimiento, salieron  la
habitacin contigua.

--No hay que alarmarse, pero hay que tener mucho cuidado: el nio no
tiene nada y tiene mucho--dijo el galeno.--El nio necesita una buena
alimentacin: mucha leche, caldos de gallina y yemas de huevo para
fortalecerle; despus, este verano,  Santander, al Sardinero un par de
meses, y... chico nuevo. Si me permite, voy  poner una receta y adems
el nombre de un reconstituyente que nos ayude un poco...

El mdico tom asiento ante la mesa de Jacinto; ste y Claudia se
miraban mientras el doctor escriba. Lo que haba dicho aquel hombre les
haba paralizado la lengua.

Extendida que fu la frmula, el doctor se despidi, advirtiendo que el
tratamiento deba empezar en seguida; que l volvera al da siguiente.

Cuando el doctor sali, Jacinto y Claudia, junto  la misma puerta de la
escalera, quedaron mirndose sin hablar un buen rato.

--Leche... caldos... huevos... un reconstituyente...

--Y este verano al Sardinero!--dijo Jacinto, continuando la relacin
empezada por su esposa.

--Todava ests alegre, Jacinto?

ste, que al oir al mdico haba sentido que toda su alegra se le iba
por los talones, al oir  Claudia, y al verla prxima  desfallecer, se
rehizo, pensando que era preciso disimular para darla alientos, y dijo:

--S, s; todava estoy alegre... y lo estar. Por qu no? Al nio se
le dar leche, caldos, huevos... y reconstituyente; todo lo que sea
necesario...

--Pero con qu, Jacinto, con qu?

--Con qu? No lo s, pero se le dar. Comeremos patatas, pan... duro;
no comeremos! Mis padres, tal vez puedan hacer algo para ayudarnos...

--Y mientras llega ese socorro... si llega? Ya has odo que el
tratamiento ha de empezar en seguida.

--Ahora mismo. Trae dinero, que voy  la botica; y de paso le dir  la
portera que suba para que te traiga lo que necesites.

--Dinero!!--murmur Claudia.

Jacinto, al oir  su mujer, sinti que la espalda se le quedaba como el
hielo, y que los pelos se le ponan de punta.

--No tienes?--pregunt conteniendo la angustia que senta.

--A duras penas quedar para los cuatro das que faltan del mes.

Jacinto qued con la cabeza inclinada sobre el pecho. No pensaba en su
hijo, no pensaba en aquel grave contratiempo de no tener dinero: pensaba
en lo que le haban dicho sus compaeros; pareca que los estaba
oyendo:--Escribe artculos cmicos, hombre; escribe artculos cmicos.

Cuando volvi  la realidad, Claudia no no estaba all; pero poco tard
en volver con un estuche en la mano.

--Toma, Jacinto--dijo con la voz velada por la ms honda emocin.

--Qu es eso?

--Toma!--volvi  repetir Claudia, cubrindose la cara con el
delantalillo.

--Tu pulsera de pedida!--exclam Jacinto cogiendo el estuche y
abrindolo.

--Qu le vamos  hacer; es la nica alhaja que tenemos para empear.
Llvala al Monte de Piedad; all llevan pocos rditos y estar mejor
guardada.

Jacinto guard el estuche en un bolsillo de su americana; acercse 
Claudia, y rodendola con los brazos, la estrech fuertemente contra su
pecho y estamp un beso en su frente.

--Anda, no te detengas, Jacinto, que el nio espera.


III

Apenas Jacinto se vi en la calle, solt un formidable resoplido que
ensanch su corazn.

Enfil la calle de Fuencarral,  paso ligero; metise por la de
Jacometrezo, atraves la plaza del Callao y, por el postigo de San
Martn, desemboc en la plaza de las Descalzas.

Al llegar all, su paso, antes rpido, se hizo tan lento, que frente 
la estatua de Piquer se detuvo. Di otro resoplido, semejante al
anterior, y quedse mirando al ilustre fundador del piadoso
establecimiento.

--Francisco Piquer, yo te saludo--dijo Jacinto descubrindose--.
Perdona que no lo haya hecho antes; pero mejor que yo sabes t, que
nadie se acuerda de Santa Brbara hasta que truena. Aqu, donde todo el
mundo conoce el nombre de Soriano, de Lerroux y otros, sin olvidar 
Melquiades lvarez, son pocos los que conocen el tuyo. En qu piensas,
en qu meditas, ilustre bienhechor de los madrileos? Es que el
escultor que te retrat te di esa actitud queriendo representar que
meditas tu grande obra,  es que pens en simbolizar as la actitud de
media humanidad? No lo s; pero vive Dios! que el tal acert. Con el
dedo en la frente nos pasamos la vida la inmensa mayora de los
mortales; pero nada sacamos en limpio, y raro es el que no tiene que
acudir  lo que t sacaste de la tuya. T pensaste en los desvalidos, y
stos, aunque no piensan en ti para nada, ni saben cmo te llamas,
acuden  recibir de tu obra el modesto prstamo que, momentneamente,
enjuga sus lgrimas: con esto les basta. Pero es lo que t dirs: Qu
me importa que ellos no sepan cmo me llamo yo, si yo s cmo se llaman
ellos? Doscientas veces habr pasado por aqu, y otras tantas he
cometido la ingratitud de no fijarme en ti; lo cual no debe extraarte,
porque en este mundo, bien sabes que nadie se fija ms que en aquel que
puede servir de algo; y yo, dicho sea con franqueza, no cre que nunca
necesitara de ti para nada. Hoy me encuentro con que me haces falta, y
aqu me tienes confesando mi error. Pero no creas que llego hasta ti
acongojado y abatido, como otros, no; vengo  pedirte unas pesetillas
por esta pulsera, que me cost muchas privaciones poder comprar; pero
vengo contento, alegre y con la esperanza de podrtelas devolver pronto.
T crees que esto es motivo para entristecerme? Qui, hombre, qui!
Mira t lo triste que yo estar, cuando en este momento estoy hilvanando
un artculo cmico... que ya vers... ya vers. Adems, has de saber que
tu obra caer pronto en ruinas; lo que tarden en llegar al Poder
Soriano, Lerroux y otros... sin olvidar  Melquiades lvarez, que nos
tienen prometido formalmente hacer de Espaa y de los espaoles, el
smbolo de la felicidad.

A ti, Pontejos--dijo Jacinto, volvindose hacia la estatua del
marqus,--ni te saludo, ni nada tengo que decirte, porque nunca te
necesitar para nada.

Jacinto, pensando que tal vez estaba llamando la atencin, interrumpi
su monlogo, diciendo:

--Vamos, hijo mo, vamos; los malos tragos, pasarlos pronto, y adems,
que en casa te estn esperando.

Y como si esta ltima reflexin diera nuevos bros  su decada
voluntad, avanz resueltamente hacia el benfico establecimiento.

Cuando lleg frente  la ventanilla del tasador, Jacinto, al pronto, se
qued como petrificado; despus se puso sumamente encendido.

Qu le haba sucedido ante aquella ventanilla, tras de la cual, un
hombre alto y delgado, de mirar fro  indiferente, esperaba  que le
alargaran la alhaja en cuestin?

Aquel hombre alto y delgado era un empleado de la misma oficina de
Jacinto, Negociado 4.; uno de los que _se las buscaban_ con otro empleo
que, por ser por la tarde, era compatible con el del Estado.

Saludronse rpidamente, pues el otro,  fuerza de acostumbrado  tales
encuentros, era prudente; y tras del frotar en la piedra con la pulsera,
de tal manera que  Jacinto le pareca que le estaban frotando con lija
en el corazn, y tras de probar con el cido la nobleza del metal, el de
al lado de all de la ventanilla formul la frase sacramental:

--Cuarenta pesetas.

--Bueno... si... est bien--respondi Jacinto, que estaba deseando
largarse de all cuanto antes.

--Qu nombre...?

--Nombre? Jacinto sinti que su cara se pona como la lumbre.--El caso
es que la pulsera es de una vecina que est enferma... y..., pero
pngalo usted al mo...

--Es igual--replic el otro llenando un taln, con el que Jacinto tuvo
que ir recorriendo ventanillas, que concluyeron de dar al traste con la
poca serenidad que le quedaba.

Cuando se vi en la calle con aquellas 40 pesetas que tantas angustias
le costaron, di un tercer resoplido, que dej chiquititos  los dos
anteriores.

Renegando de su suerte y de aquel maldito encuentro, dirigise
precipitadamente, por la calle del Arenal,  la Puerta del Sol; entr en
un botica y compr lo recetado por el mdico; despus, en un Cuatro
Caminos, por Fuencarral, fu  su casa.

Aquella noche, Jacinto oblig  su esposa  que se acostara, y l qued
velando  Luisn, para suministrarle la cucharada recetada, cada dos
horas, combinada con la leche y los caldos.

A la luz de un mal quinqu, pues en la casa no haba luz elctrica, que
entonces costaba un ojo de la cara, porque las Compaas no se haban
decidido  darla _perdiendo dinero_, Jacinto prepar las cuartillas y
se dispuso  escribir su primer artculo cmico.

_La ocasin era la ms propicia_: la quietud de la noche, el silencio,
slo interrumpido por el dbil toser de alguno de los nios; la triste y
amarillenta luz del quinqu, todo, en fin, era adecuado para poner el
nimo de Jacinto _en condiciones_; y as debi ser, sin duda, por cuanto
la pluma del pobre oficinista rasgueaba febrilmente, sin detenerse ni un
instante, sobre el papel.

Cuando por la maana tempranito se levant Claudia, lo encontr dormido,
de bruces, sobre las cuartillas; despus de dar la ltima cucharada al
nio, el sueo y el cansancio haban rendido al infeliz.

Claudia, rodeando amorosamente con sus brazos el cuello de su marido, le
di un apasionado beso, que le hizo despertar sobresaltado.

--Acustate un poco; hasta la hora de la oficina puedes dormir tres
horas--dijo Claudia con ternura.

--Por qu no mandas recado de que no puedes ir?

--No, no; para qu faltar; esta tarde dormir otro poco... Ah! pero no
creas que le ha faltado nada al pequen  sus horas...

--Ya lo s--respondi Claudia, sonriendo tristemente.

--No has dormido?

Claudia respondi con un signo negativo de cabeza, y se fu hacia la
cocina para preparar el desayuno  Jacinto y  los nios; ella, sin que
Jacinto lo supiera, haca ya tiempo que no lo tomaba, para poder as
aumentar las raciones de los dems.

Al levantarse Jacinto, quedaron  la vista las cuartillas; el artculo
estaba terminado; sobre el satinado del papel veanse pequeos
circulitos opacos...


IV

A los quince das fu publicado el artculo que Jacinto escribiera en su
primera noche de escritor cmico.

Cuando Martnez termin de leerlo, en alta voz para que todos los
compaeros, incluso el Jefe, lo oyeran, el autor recibi una ovacin en
toda regla.

El Jefe, arrellanado en un silln, mova convulsivamente su enorme
vientre  impulso de la risa.

--Eso, hombre, eso...--deca, entrecortadamente, mirando 
Jacinto.--ste,  su vez, con una gran tristeza reflejada en el
semblante, miraba  todos y estaba como asustado ante aquella explosin
de risa que haba causado su artculo.

--Quin te ha cambiado chico?--dijo Pepe.

--Si me lo dicen, no lo creo--agreg Gutirrez.

--Hay que ver qu gracia tiene eso del encuentro con el compaero al ir
 empear la alhaja--refunfua el Jefe entre grandes carcajadas.

--Y que eso es verdad, eh? Eso le sucede  cualquiera.

--Y lo de los chicos disputndole la cordilla al gato?

Jacinto senta ganas de pegar, de morder  todos aquellos que se rean
de sus desdichas, bien que no supieran que eran suyas; senta una gran
angustia que le ahogaba y ganas de llorar... de llorar mucho... Nunca
hubiera credo que en la desgracia se pudiera aprender el difcil arte
de hacer reir  los dems. l, que nunca haba podido escribir nada
cmico en sus tiempos de relativa felicidad, lo haba escrito cuando la
amargura ms grande laceraba su corazn.

Cuando sali de la oficina, le pareca que no llegaba nunca  su casa;
le tardaba el momento de verse en ella, de verse entre los suyos, entre
aquellos nenes queridos y aquella dulce compaera, que no se rea de sus
tristezas, sino que las comparta.


V

Pasaron das. Luisito no mejoraba gran cosa. Las cuarenta pesetas que
dieron por la pulsera se acabaron; se acabaron las cincuenta que
mandaron los padres de Jacinto, junto con una cariosa carta, en la que
decan que, en cuanto el chico estuviera en condiciones, lo enviasen al
pueblo; acabronse, en fin, tantas cosas, que no pareca sino que haba
sonado la hora del Juicio final para aquella casa.

Jacinto senta que le faltaba el valor para soportar _aquello_. Pens
escribir algn otro artculo; pero esto era tan lento y produca tan
poco, que no poda resolver nada por el momento.

A tal punto lleg aquel estado, que un da ya no tuvo ms remedio que
aceptar por bueno el nico camino que se abra ante sus ojos: empe la
paga; total... nada: firmar mil pesetas por cuatrocientas,  intereses
_mdicos_, eso s.

Aquella operacin, al pronto, di un respiro en la casa: se atendi con
mayor holgura  Luisn, y se compraron algunas cosas indispensables.

Sin embargo, poco dur este comps de espera; y como enfermedad que
remite para volver luego con ms mpetu, as volvieron los ahogos, con
nuevas fuerzas y nuevos bros,  la casa, pues,  las escaseces ya
habituales en ella, hubo que aadir la que originaba el tener que pagar
aquellos _mdicos_ intereses, que restaban la quinta parte de la paga.

Jacinto lleg  dudar de lo divino y  sentir desprecio por lo humano;
su corazn, en el que la desgracia clavaba sus garras despiadadamente,
empezaba  manar sangre.

Por primera vez pens que no deba haberse casado; que deba haber hecho
lo que tantos otros que, despreciando los juicios de una sociedad que le
da  un hombre veintids duros y medio para que constituya un hogar,
buscan por otros caminos, que ella llama inmorales, la satisfaccin de
justos anhelos.

Jacinto, que no fumaba para no gastar; Jacinto, que jams se permita la
inocente distraccin de ir una noche al caf  pasar un rato con los
amigos, porque comprenda que aquellos dos reales hacan falta en su
casa; Jacinto, que considerbase feliz con el amor de los suyos, sinti
ganas de reir ante aquella avalancha que se le vena encima, ante la
visin de aquella inhumana sociedad, creadora de muchos males y de pocos
bienes, que caa sobre l aplastndole despiadadamente.

El Destino, considerando que Jacinto estaba ya bastante entrenado en el
sufrimiento, apret bruscamente el tornillo: Luisn empeor tan rpida 
inesperadamente, que el mdico lleg  temer un desenlace funesto, si no
se le sacaba de Madrid lo antes posible.

Jacinto sinti agotarse sus energas y desvanecerse los restos de su
entereza. El agua le llegaba al cuello y experiment verdadero terror al
pensar que la salvacin se haca imposible. La situacin era de
verdadero apuro: su paga, empeada; la casa, dos meses sin pagar; la
tienda, no muy al corriente... y una falta absoluta de recursos, y, lo
que era peor, de medios para arbitrarlos. Aquello era horrible!

La pobre Claudia, imagen viviente y resignada del dolor, sufra en
silencio, para no aumentar la pesadumbre de su esposo, y buscaba los
rincones para desahogar su angustiado corazn, llorando sin que la
vieran.

Los hermanitos de Luisn, amedrentados por el triste ambiente que
reinaba en la casa, iban y venan por ella como almas en pena, sin
atreverse  jugar, y si acaso lo hacan, en su adorable inocencia,
metanse en el ltimo rincn de la casa para que no les rieran.

Era preciso sacar  Luisito de Madrid! Y cmo hacer esto? Cmo
realizar aquel milagro indispensable? No obstante, era preciso,
absolutamente preciso el realizarlo.

Jacinto envejeci en un da, un ao. No tena amigos  quienes pedir una
cantidad como la que se precisaba; el prestamista se neg rotundamente 
ampliar el prstamo, porque la parte legal descontable no daba margen
para ello. A quin recurrir? A los padres? Pero no era un crimen, un
verdadero crimen, pedir  los pobres viejos lo que no tenan para ellos
mismos? Y, sin embargo, qu otro remedio quedaba?

Jacinto, loco de dolor, desesperado... cogi la pluma y escribi;
escribi una carta que era el llamamiento supremo de un sentenciado 
muerte, de un agonizante.

Seis das horribles transcurrieron hasta que se recibi la contestacin
Al fin lleg! Los padres de Jacinto respondan--qu padre no
responder!--al supremo llamamiento de su hijo con un supremo
sacrificio: la respuesta era un pliego de valores; el pliego contena el
importe de una tierrecita, mal vendida, por la precipitacin, y una
carta llena de trazos toscos y temblorosos, faltos de ortografa, pero
llenos de amor y de ternura.

Veniros con el chico inmediatamente, deca la carta en uno de sus ms
torcidos renglones, que  Jacinto y  Claudia les pareci ser escalera
que conduca  la gloria.

Jacinto sinti oprimrsele el corazn al leer aquella carta que rebosaba
amor; Claudia murmur palabras que nadie oy,  no ser Dios, por ir  l
dirigidas, y llor, llor mucho arrodillada ante la cuna de su hijo.

Al da siguiente, Claudia y sus tres hijos salieron para el pueblo de
los abuelos. Jacinto qued solo y con muy limitados recursos; pero esto
era lo de menos, lo principal era que el chiquitn se salvara.

Lleg la primera carta de Claudia. Para comprender la ansiedad con que
Jacinto ley aquella carta, es preciso haber tenido un beb en trance de
muerte; yo, por lo menos, renuncio  describirla.

Las noticias no eran malas: el nene, al parecer, con el cambio de aires,
se haba reanimado algo; el mdico del pueblo no desesperaba de
salvarle.

Despus de estas noticias, qu poda importarle  Jacinto el pasarse la
mitad de los das sin comer para ir _estirando_ los recursos que le
haban quedado? Nada! Aquel da fu para l un verdadero da de fiesta,
y el principal festejo, la contestacin  la carta de Claudia. Qu de
palabras cariosas para todos; qu de besos para los chicos; qu
prrafo para que lo leyera Luisn... que no saba leer!; qu de consejos
 Claudia para que no se dejara dominar por las pesadumbres; qu de
conceptos para convencerla de que no se preocupara por l, que _nada le
faltaba_, si no era ellos.

La alegra que Jacinto experiment con la lectura de aquella carta, y el
descubierto en que se hallaba con su estmago, incitronle  darse
aquella noche un _banquete_; as, pues,  cosa de las ocho, metise en
el caf de Levante, donde es fama que los dan grandes, y pidi un
_beefteack_ con patatas. Jacinto, que haca ya mucho tiempo que no se
vea _con una cosa semejante_ ante sus ojos, devor, ms bien que comi,
aquella vianda; que no hay nada que excite tanto el apetito como la
alegra.

Aquella noche se meti en la cama, dispuesto  dormir  pierna suelta;
no quera pensar, no quera sufrir, era preciso dar descanso al
espritu, dando de mano  las preocupaciones, aun cuando no fuera ms
que por unas horas.

Claudia sigui dando noticias diariamente del nio; noticias que, si no
avanzaban en el sentido optimista, tampoco retrocedan al atroz
pesimismo de los ltimos das de permanencia en Madrid. Jacinto
contestaba cada dos  tres das... _por mor de la franquicia_.

La esperanza lleg  germinar en el corazn del oficinista; mas, cuando
sta echaba races ms hondas, una bomba vino  estallar sobre el
cerebro del pobre Jacinto, haciendo saltar los sesos, destrozando el
corazn y desgarrando las carnes: la carta de aquel da, de Claudia, era
una verdadera bomba.

Luisito se muere, Jacinto mo, el nene se nos va  todo escape--deca
Claudia demostrando su dolor en lo tembloroso de su escritura.--El nene
se nos va...--decan aquellos renglones, que parecan sollozar. Jacinto
necesit leerlos veinte veces para convencerse de que lo escrito por
Claudia quera decir eso... El nene se muere... el nene se nos va.

Esta carta, recibida por Jacinto en la oficina, caus en todos los
compaeros honda impresin.

--Vyase usted hoy mismo--dijo el Jefe--, y no se preocupe de la vuelta;
tmese los das que necesite.

El permiso ya estaba; pero y el dinero para el viaje? Jacinto, como una
exhalacin, dirigise en busca del habilitado; ste, enterado de lo que
le ocurra  Jacinto, se apresur  facilitarle lo que peda: diez
duros. El compaerismo es uno de los pocos instrumentos que, en el
humano concierto, suele dar notas dulces y afinadas.

Cuando el angustiado Jacinto lleg al pueblo, era tarde: el nene se
haba ido ya. El pobrecito haba volado al cielo sin poder ver 
papa, por el que haba clamado incesantemente en sus ltimos momentos;
su cuerpecito inmvil, rgido, plido como la cera, estaba all,
encerrado en la cajita blanca, esperando los ltimos besos de _papa_; su
almita, que haba salido de este mundo sin odios ni rencores, moraba ya
en las regiones donde _los unos se aman  los otros_...


VI

El tren corra con una velocidad espantosa;  lo menos, as lo crea
Jacinto, en su deseo de no llegar nunca  Madrid. El matrimonio, con los
dos nios, ocupaba un modesto departamento de tercera, el cual le
ofreca la nica comodidad que poda ofrecer un cajn de madera: iban
solos. Merced  esta dichosa casualidad, se haban podido instalar
desahogadamente. Los dos chiquitines, echados en opuesto sentido,
ocupaban uno de los bancos, que el amor maternal haba procurado
mullirles con algunas ropas; pero no eran ellos mozos que repararan en
ciertas pequeeces y dorman  pierna suelta, cubiertos ambos con una
misma manta.

Claudia, en uno de los extremos del banco opuesto, reclinaba la cabeza
en la pared del coche, cuya dureza soportaba, merced  le blandura que
le proporcionaba su esplndida cabellera. Jacinto, en el otro extremo,
daba vueltas y ms vueltas en su magn al pavoroso problema que ya
llevaba planteado  Madrid.

Dentro de cinco das cobrara su paga; pero ella vendra  sus manos
mermada con el quinto del prestamista y los diez duros adelantados
graciosamente por el habilitado. Con el resto, si es que resto poda
llamarse  lo que quedaba, haba que atender  un sinfn de necesidades.
Qu dira el casero, viendo que transcurra un mes ms sin pagarle?
Jacinto sudaba copiosamente al pensar en este captulo...

Para qu se empearon sus padres en que estudiara, en que fuera
seorito? Por qu no le dejaron en el pueblo, entregado  las faenas
del campo, como su padre? Qu adelantaba l con saber, si ello no le
serva ms que para sufrir?

Llegaron  Madrid, llegaron  la silenciosa morada; corrieron los chicos
en busca de sus juguetes, de sus cajas, de sus gorros de papel, de sus
palitroques con cuerdas que hacan las veces de ltigos, y sus alegres
vocecillas ahuyentaron las sombras, el silencio que reinaba en ella. Ya
no se les rea porque jugaran; al contrario, los padres deseaban sus
gritos, sus voces, sus carreras por el pasillo, sus lloriqueos, porque
as les pareca ms risuea la vida.

Descansaron aquel da sin contratiempo alguno; pero al siguiente, no
bien se hubo levantado Jacinto para ir  la oficina, la portera cay
sobre ellos como maza de plomo que les machacara los crneos.

El administrador haba estado, dejndole encargado que, cuando
regresaran, les advirtiera que de no pagar, por lo menos, un mes de los
atrasados, se procedera al desahucio.

Jacinto sinti que el cielo se les desplomaba encima y le aplastaba.

La portera, una buena mujer que quera mucho  Claudia y  los nios,
viendo  Jacinto tan apurado, se permiti darle un consejo.

--El seorito--dijo--debe ir  ver al propietario y hablar con l; tiene
mejor corazn que el administrador, y quiz consiga un mes de plazo.

Jacinto asi el consejo como tabla salvadora, y fuse  la oficina,
resuelto  ponerlo en prctica al salir de ella.

El recibimiento que le hicieron en la oficina fu por todo extremo
carioso.

Pepe dijo que el chico _ya no tena remedio y que, por lo tanto, haba
que conformarse_:  mal tiempo, buena cara.

Las horas transcurrieron para Jacinto lenta y penosamente, oyendo
aquellas frases de ritual. Quin les dira  sus compaeros que l,
Jacinto, tena que cometer la felona de olvidar al chiquitn para
pensar en el enojoso asunto que tena que ventilar al salir de all?

Lleg, por fin, el momento de abandonar aquel lbrego Negociado, y
Jacinto,  todo escape, sintiendo que el estmago se le suba  la
garganta, como el da que fu  empear la pulsera, se encamin  casa
del propietario.

Una doncellita de ojos alegres y vivarachos le introdujo en el despacho,
dicindole que esperara... Terrible espera!

Unos segundos despus, un caballero anciano, de rostro sonriente,
penetr en la habitacin.

A las primeras palabras de Jacinto diciendo quin era, el rostro del
caballero se estir cuarta y media, adquiriendo una seriedad pavorosa.

l no poda hacer nada en el asunto; su administrador era el encargado
de todo lo concerniente  las casas. Comprenda la crtica situacin en
que se hallaba Jacinto; pero _eran tantos los que se hallaban en
igualdad de circunstancias_... que, sintindolo mucho, no poda demorar
ni un solo da el desahucio... Eran dos meses ya! Por aquel camino
ira derechito  la ruina,  verse en el mismo estado en que se hallaba
Jacinto, y eso...!

Intiles fueron los ruegos y las splicas del pobre oficinista, que ya
vea  su mujer y  sus hijos en la calle...

Lentamente, limpindose el sudor que brotaba copiosamente de su frente,
baj Jacinto las escaleras. En la puerta de la calle, detvose unos
momentos; mir para arriba, para abajo,  las casas de enfrente, como si
se hallara en una ciudad desconocida, y, por fin, tom calle arriba con
paso reposado, cual hombre feliz que pasea sus ocios.

La espantosa crisis nerviosa que interiormente sacuda al infeliz dur
algunos instantes; despus, su organismo, falto ya de energas, sufri
un aplanamiento enorme; los nervios, que llegaron al mximum de tensin,
amenazando romperse, aflojaron poco  poco, dejando que se apoderara del
cuerpo un enervamiento, una laxitud semejante al crepsculo del sueo.

Jacinto, al llegar al final de la calle, se volvi  mirar la casa de
donde haba salido, como si quisiera fotografiarla en su memoria;
despus reanud su marcha, hablando consigo mismo.

--En verdad que hace falta cinismo--decase--para venir  pedirle 
este pobre hombre que me esperara un mes... Pobrecillo! Pedirle  un
infeliz que no tiene ms que ocho casas una cosa as... es una infamia.
Comprendo que al que no tiene ms que una, se le pida que espere, porque
no va  dar la casualidad que los cuatro inquilinos que tenga se vean en
tan triste situacin; pero no  un hombre que tiene ocho casas y ochenta
inquilinos... Si  todos les da por no pagar..., lo que l dice: la
ruina! Pobre!--Suspendi Jacinto un momento su humorstico monlogo,
para que no le oyeran unos que junto  l pasaron, y despus lo reanud
as:

--Ah, Luisito, hijo mo: en verdad te digo que ahora pienso que has
hecho bien en morirte! Qu desgracia tan grande para ti, si hubieras
llegado  ser hombre... y  tener ocho casas...! Y qu desgracia tan
horrible que hubieras tenido inquilinos como tu padre, que no puede
pagar...! Me estremezco de horror al pensar que hubieras llegado 
tener ocho casas..., porque tu corazn hubiera tenido que llegar 
endurecerse como una piedra! El Seor te ha demostrado su particular
afecto no dejndote llegar  ser hombre, y llevndote consigo.
Intercede, hijo mo, con l, por tus hermanitos y por tu pobre madre,
porque yo... yo no s ya lo que podr hacer por ellos!

Cuando Jacinto entr en su casa y Claudia supo lo ocurrido, hubo de
exclamar, con angustiado acento:

--Dios mo... qu poca caridad!

--Poca?--replic Jacinto.--Poca, no: mucha, pero mal entendida.

--Qu haremos, Jacinto, qu haremos!

--Nada, hija ma, nada; no apurarse, sobre todo;  mal tiempo buena
cara, como dice mi compaero Pepe.

Claudia movi la cabeza en son de duda y fuse hacia la alcoba.

Jacinto, recorriendo el pasillo de una punta  otra hablaba en alta voz,
gesticulando  la vez, como si discutiera con alguien.

--Esto no es posible tomarlo en serio; no es posible dejarse llevar de
la desesperacin... porque no es posible... no es posible! Esto que me
pasa,  fuerza de ser terrible, es cmico, s seor, esto es cmico.

De pronto, dndose una sonora palmada en la coronilla, exclam:

--Ya me haba yo olvidado de los sabios consejos de mis compaeros--:
escribe artculos cmicos. Ya no me acordaba de la buena acogida que
tuvo el primero. Esta misma noche escribo el segundo... Y que no estoy
yo en punto de caramelo para escribir artculos cmicos!

Y sigui paseando mientras hilvanaba su segundo artculo cmico.

Claudia, entretanto, arrodillada junto al lecho, con las manos cruzadas,
imploraba  una imagen de Jess, colocada  la cabecera.

El Seor pareca contemplarla dulcemente y escuchar sus quejas.

Caridad... caridad--parecan decirla sus amorosos ojos--; harto s yo,
pobre mujer, que el amor y la caridad que prediqu, no se practica por
mis ms fieles devotos.

_Amaos los unos  los otros_--dije--, y no parece sino que todos ponen
especial empeo en destruirse. Les di una Ley para que se gobernaran, y
ellos, creyndola insuficiente, no dejan de promulgarlas  cientos, sin
que logren otra cosa que entorpecer la existencia. Puse en la tierra
todo lo necesario y lo superfluo para que el hombre viviera,
obtenindolo con su trabajo, y he aqu que medio gnero humano perece
por falta de lo ms indispensable. Cun grande es mi dolor al ver cmo
deshonra mi obra el ser ms noble que yo cre. Muchos son los que me
aman, muchos los que me adoran y reverencian; mas pocos sern los que,
cuando la trompeta llame  Juicio, puedan presentarse sin temor ante el
Supremo Juez.

Cuando Jacinto entr en la alcoba donde se hallaba Claudia, sta lloraba
con gran congoja. Jacinto se apresur  levantarla del suelo y 
prodigarla palabras llenas de dulces consuelos.

--Todo se arreglar, Claudia; ten confianza en que todo se
arreglar--deca el valeroso oficinista.

Aquella noche, como en otra de antao, Jacinto escribi su segundo
artculo cmico, que, en realidad, fu su primer artculo humorstico;
un artculo humorstico de primer orden; al menos, as lo juzg el
pblico, dispensndole una acogida entusiasta.

Persever el humorista con nuevos artculos, que fueron igualmente bien
acogidos. Sigui riendo, fustigando  muchos de los primeros actores de
la humana comedia, cuyos elevados puestos haban alcanzado sin que se
supiera qu escala moral  material les haba servido para lograrlo, y
elogiando la labor y las grandes cualidades de muchos modestos
racionistas y partiquinos. La sociedad que, como algunas hembras, ms
ama  quien ms la pega, lleg  convertir  Jacinto en su escritor
favorito.

La suerte, queriendo sin duda reirse de Jacinto y demostrarle que nadie
ms humorista que ella, hizo que sus artculos fueran solicitados y
casi... casi, bien pagados. El oficinista pudo llevar un relativo
bienestar  su casa. Cuntas veces pens el pobre humorista que aquella
holgura no haba llegado  tiempo de salvar al pobre Luisn! Pero... no
sera el nene el que le mandaba aquel dinero que entonces ganaba, para
que sus hermanitos se libraran de perecer de hambre como haba perecido
l?

Pobre Luisn! Lo que no pudo mandarle nunca  su padre fu el vomitivo
que le hiciera arrojar del corazn la materia que lo haba asqueado para
siempre...




Lo que le faltaba al to


Un buen trecho llevaban andado por la mal llamada carretera to y
sobrina, sin que se les oyera el metal de la voz, cuando ella, preciosa
morena de diez y ocho aos, colgndose con ambas manos de uno de los
brazos del to, dijo as, con tono zalamero:

--Oye, to...

--Qu quieres, sobrina?

--Quisiera hablarte de una cosa...

--Pues habla! Quin te lo impide?

--Es que... vers... es una cosa un poco seria... Por qu pones esa
cara de risa?... Es que yo no te puedo hablar de cosas serias?

--S, chiquilla... por qu no? Tus diez y ocho aos no son muy 
propsito que digamos para tener cosas serias de que tratar; pero valga,
en cambio, que,  pesar de ser tan joven, eres muchacha de talento, y,
por lo tanto... quin sabe las cosas serias que se te pueden ocurrir en
tus pocos aos!

Y al mismo tiempo que as hablaba, Don Sebastin, que ste era el nombre
del to, miraba amorosamente  su sobrina, acaricindola las manos
suavemente.

--Gracias, to, por tus alabanzas.

--No hay de qu, Clotilde. En el corazn, sales  tu difunto padre, mi
pobre hermano, que en gloria est.

--Vamos, quieres dejarte ya de floreos?

--Carcter alegre, sano juicio, gran bondad de corazn, tacto exquisito
para tratar  las gentes...

--Me vas  dejar hablar? s  no?

--Habla todo lo que quieras; ya sabes que yo no hago ms que todo lo que
t quieres.

--Todo lo que yo quiero, no; no seas embustero, to. Si t hicieras lo
que yo quiero, no estaras siempre tan tristn; la ta y t no estarais
siempre como estis, en perpetuo desacuerdo; no pensara el uno negro
cuando el otro piensa blanco. Qu mayor felicidad que estar en buena
armona y pensar del mismo modo que la persona con quien hemos de vivir
siempre?

--Tienes razn, hija ma! Qu mayor felicidad que la de ver pensar y
sentir igual que nosotros  la persona que ha de vivir  nuestro lado
toda la vida?

No pas inadvertido para Clotilde el cambio de lugar de las personas en
el mismo pensamiento; pero nada dijo.

Callaron un momento ambos interlocutores. El afable semblante de D.
Sebastin, cuyo pelo y bigote entrecanos dejaban sospechar que su edad
podra ser como de unos cuarenta aos, pareci ensombrecerse
ligeramente. Clotilde mirbale disimuladamente y pudo observar aquel
pequeo cambio en el semblante de su to.

La carretera, que en aquel lugar era casi calle, por tener bastantes
edificaciones en ambos lados, hallbase en aquel momento bastante
animada. Un tranva elctrico circulaba por el lado derecho, llenando de
polvo  los peatones y poniendo en comunicacin  Madrid con aquella
barriada que, como todas las de la capital, era fea, sucia y
polvorienta. En los solares donde aun no se haban edificado hotelitos,
haba campos de trigo y de cebada, segados ya y que ostentaban el
amarillento rastrojo.

--T no eres feliz, to; algo te falta para serlo, que yo no s lo que
es--dijo Clotilde adelantando un poco la cara para mirar  D. Sebastin.

--Por qu no he de serlo, chiquilla? Tenemos salud, tenemos un mediano
pasar; tu ta... es buena...

--S; pero t siempre ests pensativo, siempre con tus libros, con tu
jardn...; casi nunca hablas, como no se te hable...

--Qu quieres: cada cual tiene su modo de ser... Pero no se trata ahora
de m. Volvamos al punto de partida de nuestra conversacin; arranquemos
del momento mismo en que decas que tenas que hablarme de...

--De una cosa muy seria--aadi Clotilde dando prueba de su tacto al no
insistir sobre una conversacin que bien se vea que no era del agrado
de D. Sebastin.

--Pues mira, nia; si tan serio es lo que que tienes que
decirme--respondi el to recobrando su tono jovial--, espera que
lleguemos al recodito aquel de la carretera y nos sentaremos para no
caerme del susto.

Rieron to y sobrina, no sin que sta protestara del tono zumbn
empleado por l, y llegado que hubieron al sitio indicado, tomaron
asiento en el borde de la cuneta.

Quitse el to su sombrero de paja, y pas el pauelo por su frente para
limpiar el sudor que la empaaba. El mes de Julio tocaba  su fin. La
tarde declinaba; el sol haba traspuesto el horizonte, dejando ver
solamente su rojo resplandor; una ligersima brisa arrancaba  las
flores de los diminutos jardines sus preciados perfumes.

Don Sebastin esper  que pasara un automvil con su ruido trepidante,
y despus exclam:

--Venga de ah. Vamos,  qu aguardas?

--Es que...--replic Clotilde ponindose algo colorada.

--Sea lo que sea, habla.

--Pero me prometes tomarlo en serio?--Y como viera que su to la miraba
con cierta sorpresa, aadi vivamente:--No; si ya s que t me quieres
mucho, tito; que todo lo que yo digo y hago, aunque sea lo peor del
mundo, para ti es lo mejor; pero...

--Vamos, chiquita, dme lo que sea,  vas  ponerme en cuidado--dijo D.
Sebastin tomando entre sus manos una de Clotilde y revelando en su
semblante alguna inquietud.--Qu cosa tan seria es esa que tienes que
decirme?

--Que tengo novio--exclam Clotilde bajando la vista y ponindose roja
como una amapola.

Don Sebastin, abriendo desmesuradamente los ojos, solt una sonora
carcajada.

--Ves como te res?--dijo Clotilde con infantil enfado.

--Y qu quieres que haga, si lo que t llamas una cosa muy seria es la
cosa ms divertida del mundo... y la ms lgica?

--Es que no he concludo todava!

--Que no has concludo!--dijo D. Sebastin suspendiendo la risa.

--No.

--Pues qu falta?

--Lo principal: que mi novio quiere hablaros; quiere que formalicemos
las relaciones... y que nos casemos muy pronto.

--Mira t... mira t; eso ya es ms serio!

--Eh?... Por qu no te res ahora?

--Pero, desde cundo tienes t novio?

--Pronto har ocho meses.

--Ocho meses y tu ta no se haba enterado?

--No; porque yo no quera que se enterara nadie hasta saber yo misma si
mi novio era digno de llegar  serlo oficialmente.

--Ahora s que te digo que eres una chica de verdadero talento; tener
novio ocho meses y no saberlo tu ta... porque me lo dices t lo creo!
Bueno, y por qu no se lo dices  ella todo eso?

--Por nada... Es que como tiene ese modo de ser y esos prontos as,
tan... pues he preferido decrtelo  ti.

--Eso; y que si hay voces... me las gane yo... verdad?

--No, no; no es por eso; es que... vamos!, yo no s cmo decirte, to;
es que contigo tengo ms confianza... Como t eres tan bueno para m!

Sonri cariosamente D. Sebastin al oir  su sobrina,  la que adoraba
como un padre.

--Y despus de todo, por qu ha de haber voces? No es lo ms natural
que t te cases, como se casan todas las muchachas que valen lo que t y
menos tambin?

--Cllate, to, cllate, que yo no valgo nada.

--Bien, bien. Pero ahora, cuntame, dame detalles, dme quin es l, qu
hace l, de dnde viene tu conocimiento con l...

--Te lo voy  contar todo.

--Si te parece, emprenderemos el regreso; ya es casi de noche, y por el
camino me lo puedes ir contando, eh?

--S, s; no sea que la ta se enfade porque tardamos.

Y en animado coloquio, to y sobrina emprendieron el regreso hacia la
casa, no muy distante del lugar en que se hallaban.

Clotilde haba conocido  Felipe, que este era el nombre del novio, una
tarde que fueron al teatro. l la sigui hasta casa; al da siguiente
volvi y la tir una carta, cuando la vi en el jardn; ella le contest
poniendo reparos; l volvi  insistir, no dejando de ir una sola tarde;
ante tal constancia, ella acept, en principio, las relaciones. No la
pesaba haberlo hecho. Felipe no haba faltado ni una sola vez,  pesar
de la distancia y de lo molesto del camino; condicin mucho ms de
apreciar por cuanto Felipe, que era comisionista, no paraba de andar en
todo el da, y terminaba, como se suele decir, reventado. El muchacho
era una joya: trabajador hasta un extremo verdaderamente exagerado, si
es que en esto cabe exageracin; de un carcter apacible y bondadoso, no
se enfadaba ms que cuando otro comisionista llegaba antes que l  un
comercio y le quitaba alguna _nota_; esto s, esto le sacaba de quicio
completamente. Tena un amor por su profesin que rayaba en locura.
Cuando llegaba, al atardecer,  ver  Clotilde por la verja del jardn,
no saba hablar ms que de las operaciones que haba hecho en el da y
de las que pensaba hacer en el siguiente. Donde haba una peseta que
ganar, all caa Felipe como una bomba; y mal tenan que ponerse las
cosas para que aquella peseta no pasara  su bolsillo. En fin, Felipe
era un muchacho que poda hacer feliz  cualquier mujer.

De tal modo elogi Clotilde  su novio, que D. Sebastin hubo de
exclamar:

--De modo que t crees que Felipe tiene todas las condiciones
necesarias para hacerte feliz?

--Yo creo que s. Y  ti qu te parece de lo que te he dicho?

--A m... no me parece mal; pero has de tener en cuenta que yo no soy el
que se ha de casar con l.

Las palabras de D. Sebastin fueron recibidas por Clotilde con grandes
risas.

--Hija ma--continu diciendo D. Sebastin--, tanto los hombres como las
mujeres, desde jovencillos, empezamos  crear, all en nuestra
imaginacin, en nuestra alma  en nuestro corazn, que esto,  punto
fijo, no se sabe dnde se forma, un modelo de parte contraria, con
arreglo  nuestros gustos y deseos, y del cual decimos: _es mi tipo_.

--Cierto!

--T, sin duda alguna, tendrs tambin tu modelo creado; si tu novio se
ajusta  l, no debes dudar en casarte.

--Y si no se ajusta?

--En ese caso, t sabrs lo que le falta.

--Pero es que encontrar el modelo completo, debe ser muy difcil; todos
tendremos que hacer alguna concesin, to.

--S, sin duda alguna, porque, por regla general, el tipo que nosotros
imaginamos, como tontos, es de lo ms perfecto que puede darse; y sabido
es que lo perfecto no existe. Hay, pues, que hacer concesiones; pero hay
que ver cules sean stas, porque las concesiones son siempre
peligrosas. T piensa bien si las que tengas que hacer en obsequio de tu
novio no han de ir en detrimento de tu dicha, porque yo, en calidad de
to, , mejor an, de padre tuyo, slo puedo pedirle que sea bueno,
honrado y trabajador; y estas condiciones, segn t, las tiene.

La noche se echaba encima por momentos, y to y sobrina, sin suspender
el coloquio, hubieron de apresurar el paso para no incurrir en las iras
de la ta, llegando tarde  cenar.


II

--Ests oyendo, Micaela?

--Qu... seora?

--Qu! No ests oyendo que dan las ocho?

--Lo dice usted por los seoritos? Ya deben estar al llegar.

--Asmate, mujer, asmate, que me estoy consumiendo la sangre.

Asomse Micaela, como la seora la mandaba,  la ventana de la cocina,
que daba  la carretera.

--Vienen?

--No veo  nadie, seora.

--No, si estarn tan tranquilos. Mi marido, como hoy no se ha podido
sentar bajo la acacia, segn costumbre, para ver ponerse el Sol, estar
sentado en cualquier parte viendo salir las estrellas; y la pnfila de
su sobrina, mientras tanto, estar haciendo el programa de las _latas_
que van  tocar esta noche. Pero qu haces ah soplando y consumiendo
la lumbre?

--Seorita, estoy calentando el aceite para freir la carne.

--Cmo quieres freir la carne sin que estn aqu? Buena andara la
cocina como te dejaran  ti sola...! Y buena andara mi paciencia, si
Dios no me la aumentara  diario!

--Ver usted como no tardan ni cinco minutos. Bueno es el seor para no
sentarse  la mesa  su hora!

--S: cuando est en casa, muchas prisas y mucha puntualidad...; pero
cuando no... Y luego tiene una mal genio... y no deja vivir  nadie...!
Arrima ese puchero  la lumbre, mujer; no se te ocurre nada... Ay, qu
cabezas ms descansadas...! As ya se puede llegar  viejo, ya...!
Adele agua: no ves que se ha consumido ya la mitad  fuerza de estar
cuece que te cuece?

--Si por eso lo apart, seorita.

El repiqueteo de la campanilla de la puerta del hotel cort el dilogo
que sostenan ama y criada.

--Ya estn ah... Lo ve usted, seorita?

--S..., s... Pero echa la carne en la sartn y sopla, mujer, sopla;
parece que te ests muriendo.

Que son la campanilla de la puerta del hotel hemos dicho, y lo
mantenemos, porque hotel era la vivienda que albergaba  D. Sebastin y
familia. Situado en las afueras de Madrid, en una de esas barriadas que
llegan  formar verdaderos pueblos, con todos los inconvenientes de
estos y sin ninguna de las ventajas de la capital,  cuyas puertas se
hallan, no era ni mejor ni peor que otros que le rodeaban.

Se compona de dos pisos, con tres huecos por fachada; tres de stas, ya
que la cuarta daba  la carretera, estaban rodeadas por una regular
extensin de terreno, en la que abundaban los rboles, de ya respetable
ancianidad, que demostraban haber sido aquel hotel de los primeros que
se construyeron en la barriada. Aquel terreno, que por la distribucin
de los rboles daba bien claro  entender que en sus tiempos fu todo, 
la mayor parte, jardn, se hallaba  la sazn dividido en dos partes, de
las cuales, la ms pequea, que formaba cuesta, era la destinada 
jardn; la otra era un inmenso corral.

Habitaban el citado hotel, D. Sebastin y su seora, Doa Andrea,  la
que hemos visto en la cocina, en calidad de propietarios; Clotilde, la
sobrina, en calidad de hija, que no era menor el cario que sus tos la
tenan, y Micaela, en calidad de criada. Como seres irracionales
moraban, en distintas partes del hotel: _Minn_, en calidad de gato,
que, listo tena que ser el ratn que  l se la diera; la _Careta_ y la
_Nia_, en calidad de cabras,  cuyo cargo corra el proveer de leche 
los habitantes racionales de la casa; y un nmero de gallinas que
oscilaba entre 50  60, en calidad de buenas ponedoras, que por algo
unas eran castellanas negras, y otras, cordobesas de pura raza.

Cuando la diosa fortuna en forma de herencia, puso aquel hotel, con ms
unos ocho  diez mil duros, en manos del matrimonio, ste, reunido en
sesin permanente, acord por mayora de votos el inmediato traslado de
residencia.

Es verdad que D. Sebastin tendra que tomarse la molestia de ir desde
tan lejos  la oficina, y que esto traera consigo el gasto del tranva;
pero bien echadas las cuentas, y mujer era Doa Andrea capaz de
echrselas al mismsimo lucero del alba, resultaba que, descontada la
molestia de los diarios viajes, ni el gasto del tranva, ni algunos
otros que tambin le seguan, alcanzaba  los 15 duros que pagaban de
casa; luego el traslado era conveniente.

No era muy grande la cantidad que se ahorraban; pero unida sta al nuevo
ingreso que habra con la renta del capital en efectivo, heredado, vena
 formar un total que llevaba el bienestar  la casa de D. Sebastin.

Comprendindolo as, ste, espritu poco apegado  la corteza terrestre
y muy dado  vagar por las regiones imaginarias, pens en realizar
alguno de sus ensueos.

Propuso D. Sebastin que del dinero heredado, y puesto que no tenan
hijos--Clotilde aun viva con su padre--, se separara una cantidad
prudencial, cuatro  cinco mil pesetas, y que se emplearan en hacer un
viajecito para ver alguna de las muchas cosas que hay que ver en el
mundo. Un viajecito  Pars, bajar luego  Italia, ver algo de Suiza.
Hacindolo con economa, 5.000 pesetas podan dar mucho de s. Era muy
triste morirse sin haber visto ms que Madrid, Soria, Cadalso de los
Vidrios y Carabanchel Bajo.

Ante semejante proposicin, Doa Andrea puso el grito en el cielo y
afirm rotundamente que ella no se mova de Madrid por nada del mundo.

Qu era lo que haba que ver en todos aquellos sitios? Nada. En
Francia, en Italia y Suiza, no poda haber ni ms ni menos que en todas
partes: casas, gentes, tierra, rboles, montaas... Y qu? Eso vala
la pena de gastarse 1.000 duros, de ir  pases donde ni le entienden 
uno, ni se les entiende  ellos? Vala la pena de ir  padecer
molestias y contratiempos, pudiendo estar tan ricamente en su casa por
muchsimo menos dinero? Ni ella hara _el primo_, ni consentira que su
marido lo hiciera.

Intiles fueron todas las reflexiones que D. Sebastin pudo hacerla;
intiles cuantos argumentos le sugiri su imaginacin para convencerla.

En vano se esforz D. Sebastin en hacerla ver que si la Naturaleza es
una, no en todas partes se muestra igual; que si en todos los pases hay
hombres y mujeres, no todos tienen los mismos usos y costumbres; que sus
caracteres varan mucho de unos pases  otros y que, efecto de esta
diversidad de idiosincrasias, son las diferentes obras que ellos han
realizado y realizan: todo fu predicar en desierto. Doa Andrea no hizo
ms concesin que la de ir  Gijn en el prximo verano,  pasar quince
das. A esta concesin respondi D. Sebastin que para ir  Gijn, ms
vala no ir  ninguna parte.

Resolvise, pues, que en vista de que no se iba  ningn lado, lo
conveniente era que se hicieran cuanto antes algunas obrillas de menor
cuanta que el hotel necesitaba, para trasladarse en seguida y pasar ya
el verano en la nueva morada.

Don Sebastin, que slo aparentemente haba renunciado  sus proyectados
viajes, iba todas las tardes, despus de almorzar,  inspeccionar las
obras y  meter prisa  los operarios, que, si  sus ojos trabajaban con
mucha lentitud,  los de Doa Andrea no hacan nada; tal era el deseo
que ambos cnyuges tenan de hacer su traslado; y era la tal prisa,
porque cada uno tena sus proyectos, como pronto veremos.

Terminaron las obras, que bien saba Dios que no estaban en consonancia
con el tiempo invertido!, segn Doa Andrea, y lleg el momento solemne
de despedir la antigua casa. Aquel da, Doa Andrea no caba en s de
gozo. No ver ms al casero!

Cuando D. Sebastin se puso el gabn y el sombrero para ir  cumplir tan
importante misin, haba que oir  Doa Andrea:--Le dices que nos vamos
 nuestro hotel; que ahora puede subir el piso todo lo que le d la
gana, y no blanquearle la cocina ni al mismsimo Jesucristo que lo
alquile; y que me alegrar que no le paguen los que vengan, y que
traigan 20 chicos y perro.

Don Sebastin tuvo que dar su palabra de honor de que todas esas cosas y
otras muchas le dira al to aqul, que porque tena una casucha de mala
muerte, se crea el duque de Medinaceli.

Verificado el traslado, surgieron algunos disgustillos, motivo de los
ocultos pensamientos en el matrimonio.

Juraba y perjuraba Doa Andrea que el jardn era una _lata_, palabra
sta muy usual en ella.

Haca falta mucha agua, y no la haba; haca falta mucho trabajo, si
quera tenerlo regularmente, y no era cosa de pagar un jardinero.

Aseguraba D. Sebastin que su mujer tena ms razn que un santo; pero
que era una cosa fuera de duda, que las flores son tan necesarias  la
vida como el comer, y que, en lo que respecta al trabajo, l hara de
jardinero.

Replicaba Doa Andrea que las flores eran muy bonitas para que se las
cuidaran  uno y no tener que hacer ms que olerlas, y que, por lo
tanto, era muchsimo mejor dejar aquel terreno para las gallinas y las
cabras que se haban de comprar. Contestaba Don Sebastin que l no se
opona  lo de las gallinas y las cabras; muy al contrario; que  nadie
ms que  l le gustaban los huevos frescos y la leche pura, aunque la
prefera de vacas; pero que por nada del mundo, ya que haba conseguido
su sueo dorado de tener jardn, consentira que ste se destruyera. Al
fin, y tras de una lucha encarnizada, vnose  un acuerdo: hacer una
divisin con tela metlica. Hzose as, pero pronto empez D. Sebastin
 sufrir y  renegar de su mala estrella: las gallinas, incitadas por
el verdor de las plantas, saltaban la divisin y se daban opparos
banquetes con las flores, tan amorosamente cuidadas.

Ante sus enrgicas protestas, Doa Andrea deca que ella no lo poda
remediar. Se procedi  una corta general de alas, y as pudo remediarse
en gran parte el mal. No obstante, D. Sebastin, que tambin profesaba
gran cario  los bichos, los cuidaba y procuraba obsequiarlos de cuando
en cuando, dndoles un banquete de verde.

Otro disgusto surgi con la instalacin del despacho de D. Sebastin; la
eleccin de habitacin di lugar  otra batalla; pero al fin triunf el
esposo, escogiendo una que daba al Medioda y que Doa Andrea quera
destinar  cuarto de plancha. El despacho que tena el hotel daba al
norte, y D. Sebastin no quera fros ni tristezas. Instalse, pues, en
la pieza citada y compr grandes estantes para sus libros, que
produjeron una serie de palabras admirativas de Doa Andrea,
interminable.

--Pero si t no tienes libros para un estante y compras tres? Pero qu
vas  hacer con esos armatostes? Pero para qu quieres esos estorbos?

--Para libros--replicaba calmosamente D. Sebastin.

--Si no los tienes!

--No tengo todos los que quisiera, porque no los he podido comprar; pero
ahora los comprar.

--En librotes te vas  gastar el dinero!

--En mi dinero nadie tiene que meterse!

Don Sebastin tena una cantidad mensual para sus gastos; cantidad que
ahora,  mayores ingresos, sera tambin mayor.

Parecan ya deslindados los campos, y normalizada la vida en el hotel,
cuando hete aqu, que una maana que Doa Andrea se ocupaba en mudar el
agua  las gallinas, llaman  la puerta del jardn y se presenta una
mujer preguntando si vendan huevos.

Doa Andrea quedse algo sorprendida con la pregunta.

--Quin le ha dicho  usted que viniera aqu  ver si vendamos huevos?

--Nadie, seora, no se moleste usted por eso; es que yo me dedico 
comprar por todos estos sitios huevos frescos para venderlos en Madrid.
Mire usted; estas cuatro docenas que llevo en esta cesta, las he
comprado en aquel hotel _encarnao_ que ve usted all. Y la mujer
sealaba con la mano uno no muy distante.

--De modo--dijo Doa Andrea, como quien echa sus cuentas--, que en
estos hoteles venden huevos?

--S, seorita; en casi todos.

--Y  cmo los paga usted?

--A seis reales...

--A... seis... reales--dijo Doa Andrea, como hablando consigo
misma.--Vuelva usted maana y le podr dar dos docenas.

Y volvi la mujer al da siguiente; y aquella noche Doa Andrea ech sus
cuentas..., y  los dos das, D. Sebastin se llev el disgusto nmero
uno: Doa Andrea reclam para s la mitad del jardn, haciendo de su
peticin cuestin de gabinete: era una locura tener todo aquel terreno
para recreo de los ojos, cuando se poda sacar una utilidad de l: Doa
Andrea quera triplicar el nmero de gallinas, y, adems, necesitaba
terreno para sembrar trigo, y que saliera mucho ms barato el pienso de
aquellos animales.

Don Sebastin puso el grito en el cielo; pero, al fin, como buen esposo,
que vaya si lo era, tuvo que ceder, porque no dejaba de comprender que
la peticin de su esposa era lo ms razonable del mundo: peda la mitad
nada ms; era justo cederla.

Pobres plantas las que cayeron... D. Sebastin pas casi una enfermedad.

Un ao llevaba el matrimonio en aquella nueva vida, cuando la orfandad
de Clotilde, sobrina carnal de D. Sebastin, la trajo  vivir con ellos
como una hija.

Clotilde, muchacha de claro talento y despierta imaginacin, vino  ser
la bendicin de Dios en aquella casa. Ella saba ser la prosaica mujer
de su casa para con su ta; ella saba acompaar  su to en los viajes
_areos_ que ste haca con el pensamiento. Con maestra admirable, ella
saba dirimir las cuestiones que, por asuntos sin importancia, surgan
entre el matrimonio, y con tal maa lo haca, que ella se las arreglaba
de modo que, sin dar la razn  ninguno, la daba  los dos; con lo que 
los tos se les caa la baba.

Por el da acompaaba  la ta en las tareas de la casa, ayudaba 
cuidar las gallinas, cosa, planchaba y, en fin, haca por tres; por las
noches, gustaba de que su to la hablara de lo que decan los libros, de
otros pases y de otras gentes; gustbala bucear por sus pginas y
pronto les fu tomando aficin. Una noche se decidi  coger una novela,
y hall ser _Gloria_, del insigne Galds. Sus padres nunca la haban
dejado leer novelas, y slo haba podido leer algunos folletines del
peridico. Aquella primera novela de la biblioteca de su to, que ley,
produjo en ella hondsima impresin.

Pianista notable, muchas noches hacan msica, tocando obras escogidas y
trozos de pera... D. Sebastin se crey transportado al sptimo cielo
con esta nueva expansin  sus sentimientos. Tener libros para leer;
tener una pianista en casa que pudiera hacerle oir los trozos de msica
deseados; tener un jardn!... No era aquello una aproximacin  la
felicidad? Una aproximacin era; pero nada ms!

La entrada del to y de la sobrina en casa fu amenizada por Doa Andrea
con un chaparrn de dicterios. Como quiera que el crepitar de la carne
en la sartn ahogara un tanto su voz, Doa Andrea hablaba  voz en
grito; cosa, por otra parte, no muy de extraar en ella, porque defecto
suyo sealadsimo, era el creer que siempre hablaba con sordos.

Don Sebastin y Clotilde dejaron que Doa Andrea se despachara  su
gusto, sin rechistar, medio nico para que se callara pronto, y
sentronse  la mesa, tras de un concienzudo cepillado de sus vestidos,
y un minucioso lavatorio de manos.

El comedor, sito en la planta baja, abra sus dos ventanas sobre el
jardn, y por ellas penetraba el aroma de las flores que tantos
sinsabores costaran  D. Sebastin. Certsimo era que, al mismo tiempo
que el perfume de las flores, colbanse sin pedir permiso los mosquitos,
que, repartindose por la casa, iban  parar  las alcobas en espera de
los inocentes durmientes,  los que se coman vivos; pero todo no se
poda compaginar, y sabido es que todo tiene su pro y su contra.

--Qu bien huele!--dijo Clotilde aspirando con fuerza el ambiente.

Sonri triunfalmente D. Sebastin; Doa Andrea tosi dos  tres veces, y
mir  su sobrina como diciendo: Es lo nico que le hace falta  tu
to: que le ponderen su obra.

--Y,  propsito, ta: maana es domingo.

--Y qu...

--Que maana es el primer concierto,  iremos.

--En seguida me cogis  m para el primer concierto...  para la
primera _lata_, como quieras... Si quieres ir, te vas con tu to, que
tambin le gusta mucho la msica sabia!

--Pero, mujer--dijo D. Sebastin--; es posible que nunca le tomes el
gusto  la buena msica?

--No se lo tomo, no; lo sabes ya desde hace tiempo.

--No, pues sin ti no vamos, ta.

--Iremos  la Comedia--dijo D. Sebastin.

--O al Espaol, to.

--Al cuerno, s que os podis ir--dijo Doa Andrea, tragndose entero un
pedazo de carne, para poder hablar antes--. Vais buscando unos sitios
para distraerse... que, ya... ya!

--En el Espaol ponen _Doa Perfecta_, mujer.

--Y en la Comedia, _Rosas de otoo_, ta.

--Bueno, pues me alegro mucho. Yo me aburro con esas cosas, ea. Cunto
ms vale una zarzuelita de esas que tienen tanta gracia y una msica tan
bonita?

--Preciosa!--dijo D. Sebastin con tono enftico.

--No, si  ti, no siendo obras de esas en que la dama, cuando se despide
del galn, se lleva las manos al corazn, se estremece, como si tuviera
fro, y se queda un cuarto de hora mirando al techo, sin hablar, ya
sabemos que no te gustan.

Don Sebastin rea bonachonamente al oir  su mujer.

--S, s, rete;  ti, como tambin te gusta pasarte las horas muertas
mirando al cielo, pues... encantado!

--Claro! T crees que se puede mirar al cielo sin sentir admiracin
por ese sublime espectculo que por las noches se ofrece  nuestra
vista?

--Qu hay en ese infinito? Qu hay ms all?

--Lo que  ti no te importa! Qu quieres que haya sino el Cielo?
Herejote! Eso es lo que te queda de tus tiempos de periodista: ideas
raras y endemoniadas! Qu hubiera sido de ti, si yo no te hubiera
obligado  volver al buen camino!

Don Sebastin di un profundo suspiro.

--S, suspira, suspira...

--Pero el to ha sido periodista?--pregunt Clotilde con
curiosidad.--No haba odo hablar nunca de eso.

--S, hija, s: ha sido periodista... y perda el tiempo lastimosamente
haciendo versos  la Luna, al Sol y  todas las estrellas, y por eso sin
duda ahora le gusta tanto mirar  los astros.

--Y por qu no has seguido, to?

--T tambin? No sigui, porque yo le puse por condicin que lo dejara
y se ocupara en algo prctico. Gracias  m consigui un destino, por
medio del director del peridico, y ah le tienes hoy, hecho un hombre
con catorce mil realitos de sueldo.

Prolongse la conversacin, mientras duraba la cena, asegurando Clotilde
que el to tena que hacerle  ella unos versos, y prometiendo Doa
Andrea que, como volviera  ver unos versos, se divorciaba.

Don Sebastin, sintiendo tal vez la nostalgia de un pasado que hacan
revivir en l con aquella conversacin, sonrea dulcemente y coma sin
terciar en ella ms que con algn monoslabo.

Agotado ya el asunto, y llegados  los postres, Clotilde miraba  su to
con cierta impaciencia, como dicindole: Qu haces, to? A qu
aguardas?

Don Sebastin, mojando unos coscurros de pan en vino, contestaba por el
mismo procedimiento  su sobrina, dicindola: Espera, mujer, espera que
me coma este pan; ahora voy, no tengas prisa.

Don Sebastin buscaba en su magn el exordio con que haba de empezar su
discurso, porque la cuestin era empezar; despus haba que dejar pasar
el nublado, y, por fin, Doa Andrea vendra  razones.

Trazas llevaba D. Sebastin de no cumplir lo que con la vista le haba
dicho  Clotilde; pero, al fin, viendo que su mujer se dispona  dejar
la mesa, rompi  hablar.

No fu nublado, sino tormenta la que to y sobrina tuvieron que aguantar
cuando Doa Andrea se hubo enterado del asunto.

Ella era en la casa el ltimo mono, la ltima que se enteraba de
todo... Es claro: como ella no era ms que _ta consorte_, mal poda
Clotilde contarle  ella primero las cosas! Pues, ya saba ella que su
opinin no servira de nada, y que el consultarla no era ms que
cuestin de pura frmula; pero, valiera por lo que... valiera, ella no
daba su consentimiento y declaraba que era un proyecto digno de cabezas
tan destornilladas como la del uno y la del otro, el pensar en casorios
teniendo Clotilde tan pocos aos.

Doa Andrea, exaltndose cada vez ms, concluy por decir que ella no se
hara cmplice de la desgracia de Clotilde, y al decir esto se le
cayeron un par de lagrimones sobre la mesa.

Forzoso es aclarar que aquella actitud desabrida y destemplada de Doa
Andrea, tena su verdadera causa en el entraable afecto que senta por
Clotilde. Jams se le haba ocurrido pensar que la muchacha era lgico
que pudiera casarse, como ella lo haba hecho, y la noticia de que un
novio formal estaba  la puerta con los papeles en la mano, fu para
ella una descarga elctrica que puso en la mayor rebelin todos sus
nervios.

Preciso fu que Clotilde, con mil besos y abrazos y otras tantas
caricias y moneras, la hiciera ver que no menos cario que  su to la
profesaba  ella; y no menta al decirlo; preciso fu que D. Sebastin
agotara toda su elocuencia para hacerla comprender que aquello era lo
ms natural del mundo y que deban esperarlo; aunque l, ciertamente que
no hubiera esperado nunca que hubiera un valiente capaz de ir tan lejos
para ver  la novia. Despus de un mrito como ste, sera cruel negar
la entrada en casa al muchacho.

Doa Andrea, ya ms tranquila, se enter de las bellas cualidades que
adornaban  Felipe, y su condicin de hombre trabajador hasta la
ponderacin, acab por granjearle su buena voluntad.

Qued, pues, convenido que Clotilde hara al da siguiente la
presentacin de su novio, y que, todos juntos, iran al teatro por la
tarde; D. Sebastin tomara las localidades en Apolo; no hubo ms
remedio que acceder, en cuanto al teatro, que fu designado por Doa
Andrea.

Aquella noche no se hizo msica; D. Sebastin se agarr  un libro,
ponindose  leer sobre la mesa del comedor; Clotilde se puso  trabajar
en una labor, y Doa Andrea se fu  la cocina  tomar la cuenta  la
Micaela.

A buen seguro que si alguien le preguntara  D. Sebastin lo que lea,
no se lo pudiera decir, porque l mismo no lo saba; la idea de que
Clotilde se casara, habale causado tanta  ms impresin que  su
mujer, aunque no lo manifestara. Aquella chiquilla adorable era la nica
con quien poda expansionar su espritu... y aquella chiquilla iba 
pasar  poder de un hombre, que la querra para l solo, que se la
llevara...

En el comedor no se oa ni el ms leve ruido; en la cocina, Doa Andrea
protestaba con voz destemplada de la cuenta que pona Micaela, que,
aquel da, se haba propuesto dejar pequeito al Gran Capitn.

Clotilde, de cuando en cuando, miraba  su to, y en sus divinos ojos,
de color verde, brillaba un chispazo de cario infinito que dulcemente
le enviaba envuelto en una sonrisa; despus volva  inclinarse sobre la
labor; y, cosa rara, Clotilde, tan alegre momentos antes, sintise poco
 poco envuelta por una sombra de tristeza que la oprima el corazn.
Separarse de los tos.


III

Los preparativos de la boda empezaron pronto y se llevaron  cabo con la
mayor rapidez posible. Doa Andrea y Clotilde se pasaban las maanas
trabajando y las tardes las invertan en _ir  Madrid_ para hacer
compras.

Felipe meta ms prisa que un dolor de tripas y no haba modo de
oponerse  sus deseos de que la boda se realizara en seguida.

Doa Andrea haba llegado, en tan corto tiempo,  tomarle tal cario,
que no vea ms que por sus ojos. Felipe, por otra parte, no se haba
descuidado en hacer lo posible por granjerselo, y al conocer el
espritu mercantil de su futura ta, habala tomado tambin gran
afecto.

Un da, Felipe trat de la cuestin de buscar casa, para irla
amueblando, y aqu fu Troya; ni D. Sebastin ni Doa Andrea se
resignaban  separarse de Clotilde... Vaya un conflicto!... Felipe
deca que aquello _le coga_ muy lejos; D. Sebastin alegaba que si
antes poda ir, despus de casado poda hacerlo igual; Doa Andrea dijo
que ni  tirones se separaba de Clotilde. Felipe se resista; la ta
aseguraba que era una locura ir  pagar casa, cuando tenan all
habitaciones de sobra. Al fin, tanto hablaron y discutieron, que, con la
intervencin de Clotilde, Felipe accedi  vivir en el hotel, con lo
que, no solamente consigui su propsito de ahorrarse la casa... y otras
muchas cosas, segn ya tena pensado para sus adentros, sino que aun
apareci como un gran favor que tuvieron que agradecerle.

Lleg el da fijado para la boda, y sta se realiz en la iglesia de
aquella barriada...

Felipe no caba en s de gozo; Clotilde estaba radiante de hermosura...
y los tos rebosaban de satisfaccin; aunque cualquiera que hubiera
observado  D. Sebastin, hubiera notado, en el fondo de aquella gran
alegra, una gran tristeza.

--Te quedas sin msica; pero pronto volveremos y te desquitars--dijo
Clotilde, abrazando y besando amorosamente  su to.

--Que Dios te haga feliz, es lo que yo deseo--respondi ste.

--Lo ser, to, lo ser.

D. Sebastin sonri de un modo particular, como diciendo: quin sabe.
Clotilde, llamada por unas amiguitas, no pudo ver el gesto hecho por su
to.

Aquella misma tarde salieron los recin casados para Toledo, ciudad
donde empezaba el viaje de novios, que deba terminar en un pueblecillo
de la provincia de Soria, donde resida una ta de Felipe, para que sta
conociera  Clotilde.

Al da siguiente lleg un telegrama anunciando la feliz llegada  la
imperial ciudad; al otro, una carta muy corta, en la que Clotilde se
limitaba  decir que estaban buenos, que se acordaba mucho de ellos y
que era muy feliz al lado de Felipe; un diluvio de besos y san se acab.

Intil es decir que los tos se apresuraron  contestar, diciendo miles
de simplezas... y haciendo cientos de intiles recomendaciones.

Cinco das despus lleg la segunda carta; sta era ms extensa que la
primera... como que tena dos pliegos!... lo cual llen de jbilo 
los buenos tos, que sintieron humedecerse sus ojos de lgrimas. La
carta se ley con toda solemnidad en el despacho de D. Sebastin.

El primer prrafo, invertalo Clotilde en pedir  sus tos que la
perdonasen por su anterior, tan corta; pero no haba tenido tiempo de
ms, porque se iba el correo, y no haba querido dejarles sin noticias.
Concludo este exordio, entraba de lleno en sus expansiones infantiles.
Una cosa que por lo visto le interesaba mucho saber, era si haba
llovido por all. En Toledo haban cado dos chaparrones fenomenales!
Pero ni aun con el agua haban dejado de corretear. Estaba encantada de
las maravillas que all vea. Y pensar que estando tan cerca de Madrid,
no las haba visto antes! No se lo perdonaba!

Al llegar  este prrafo, D. Sebastin dejaba caer, como quien dice, las
palabras que lea, una  una. Doa Andrea demostr su impaciencia por la
lentitud que empleaba D. Sebastin en la lectura.

Lo que le haba causado un poco de desilusin  Clotilde, era la
campana, la clebre campana de Toledo. No era tan grande como ella se
haba figurado, por lo que decan; no caba un escuadrn debajo; pero,
vamos, era una seora campana. Ella no se cansaba de ver aquellas cosas
una y otra vez, y se rea mucho con Felipe, el que aseguraba que si le
dejaran, tiraba todo _aquello_ y hacia una ciudad  la moderna, de
primera.

Por las noches, sobre todo, senta un placer inexplicable en andar por
aquellas calles tan estrechas y tan torcidas... Cunta poesa!... Qu
dulce evocacin de tiempos que pasaron para no volver! Por las tardes,
cuando bajaban hacia la estacin del ferrocarril, contemplando el Tajo,
y pasaban junto al castillo, pareca que iban  salir los moros y los
iban  coger prisioneros. Una noche lo so as; y so que  ella la
vendan  un Sultn, y que  Felipe lo compraron para llevar cubas de
agua. Cunto se rean!...

Felipe deca que estaba loca. Loca estaba, s; pero loca de contento.
Qu bonito deba de ser viajar mucho y ver muchas cosas!... De Toledo
saldran dentro de tres das, pues Felipe deca que aquello era
aburridsimo y que, adems, no podan perder mucho tiempo, porque la
estacin avanzaba y no poda desperdiciar la poca mejor para sus
comisiones. Conclua la carta con un chaparrn de besos y una cantidad
incalculable de abrazos. Al final, Felipe escriba tambin unas cuantas
lneas cariosas.

La carta de Clotilde se ley cien veces aquel da. Doa Andrea di
doscientas vueltas por las habitaciones de _los chicos_, para ver si
faltaba algo.

El otoo se present fro y desapacible, y D. Sebastin tuvo que
abandonar el _campo_, como l llamaba al jardn, y retirarse  cuarteles
de invierno.

Nuevas cartas llegaron de Clotilde, que fueron ledas y reledas con
tanto amor y alegra como la anterior. Pero la que produjo un jbilo
delirante, la que caus una verdadera revolucin en el hotel, fu la que
recibieron anunciando su salida para Madrid.

Doa Andrea se pas haciendo _pucheros_ todo el da de tal manera, que
su cara pareca fuente con dos caos.

--Pero, hija ma--decale su marido--, no lloraste cuando se fueron, y
lloras ahora, cuando vienen?

A lo que Doa Andrea responda:

--Qu quieres, yo soy as!

As era, efectivamente: un poco rara, y un mucho esclava de sus nervios,
que casi constantemente estaban en abierta rebelin con todos los
centros habidos y por haber.


IV

El invierno se col de rondn, llevando consigo una cantidad horrorosa
de catarros y pulmonas.

Los rboles mostraban ya sus desnudas y esquelticas ramas; las plantas
haban enmudecido y no daban flor. Llova mucho, y los moradores del
hotel habanse confinado en las habitaciones. La vida en l haba
recobrado su marcha acostumbrada, salvo las modificaciones introducidas
por Felipe, que no eran pocas.

Felipe, que no pensaba ms que en sus comisiones, sala por la maana,
tempranito, en el segundo  tercer tranva, y, con mucha frecuencia, no
regresaba hasta la noche; cenaba, contando  todos las _notas_ que haba
hecho durante el da, y se acostaba con el bocado en la boca. Ah...! El
no poda acompaar al to y  Clotilde en sus reanudadas sesiones
musicales; tena que madrugar. Con mucha frecuencia tenan stas que
suspenderse, porque el ruido del piano no le dejaba dormir. En su apoyo
vena Doa Andrea:

Pobrecillo, con tanto como trabajaba, era un crimen no dejarle dormir.
Y con los madrugones que se daba el infeliz! Es verdad que D.
Sebastin tambin madrugaba; pero vaya una diferencia! D. Sebastin
llegaba  la oficina, se sentaba, tomaba caf, fumaba, charlaba con los
compaeros... y pare usted de contar; en cambio, el pobre Felipe tena
que trotar por las calles ms que penco de coche de alquiler, y recibir
ms sofiones que novio en desgracia. Cmo no haba de molestarle el
piano, y ms que el piano, las _latas_ que tocaba Clotilde? Aquel
pron... porrorn... porrorn... pon pon... del Lohengrin... del
Tannhausser y del Parsifal, le quitaban el sueo  un lirn!
Resignbanse Clotilde y su to, y entregbanse, l,  los libros; ella,
 las labores, que alternaba con la lectura.

Pasaron los meses. Felipe, apoyado siempre por la ta, volvase cada vez
ms desptico, comercialmente hablando, y Clotilde slo escuchaba de l
la diaria relacin de las _notas_  pedidos de las casas de comercio.

Clotilde, sin dejar de estar alegre, pareca no ser la misma: su alegra
era reposada, grave; no era aquella bulliciosa alegra que tena de
soltera. D. Sebastin, nico en la casa que haba observado aquel
cambio, como haba observado el modo de conducirse Felipe con su
esposa, dise  pensar en las causas de aquella transformacin.

No tard mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y
Clotilde haban escrito  Pars y pronto se recibira el aviso de la
llegada del beb. D. Sebastin sinti una alegra loca... Tanto como 
l le gustaban los nios! Ellos haban tenido dos, pero los dos se los
haba llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitn rubio como el oro,
porque seguramente sera rubio, correr y trotar por el jardn. Oh! pero
ya se guardara muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras 
todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los
rboles, porque saban muy bien que nadie les hara dao.

Esper, pues, D. Sebastin con verdadera impaciencia la feliz noticia;
pero pasaban los das, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la
noticia no llegaba.

Un da, no pudiendo resistir ms, llam  su esposa, y hacindola
observar lo que l haba notado en Clotilde, le pregunt:

--No te ha dicho nada Clotilde de si...?

--Nada!--replic Doa Andrea.

Y cuando D. Sebastin qued solo, hubo de refunfuar entre
dientes:--Claro, hombre, claro: si  un marido con tanta nota y tanto
pedido..., no le puede quedar tiempo para nada!

Volvi la primavera, y con ella la sublime explosin de vida y alegra
de la Naturaleza.

En todos los hotelitos colindantes se not el arribo de la estacin.
Este plantaba claveles; aqul, gerneos; el otro de ms ac, que tena
un trocito de huerta, haca sus siembras de hortalizas; aparecieron los
pajarillos cantando alegremente; mostrbase ms perezoso el sol para
acostarse y ms diligente para madrugar; arrinconronse estufas y
braseros, y dironse  conocer los que ocultaban su rostro entre subidos
cuellos y liadas bufandas; volvi, en fin, el alegre vivir de la
primavera.

Don Sebastin resucit tambin. Con qu alegra vea revivir su muerto
jardn! La savia, trepando por los troncos y encaramndose por las
ramas, haca brotar en stas innumerables puntitos verdes, que habran
de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgan
de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro;
acaricibalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo
temblorosas el primer rayo de sol, cual pdicas vrgenes que reciben en
los labios el primer beso de amor; abranse lentamente, como temerosas
de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que,
rendidas  las caricias del ardoroso amante, ofrecanse  l en toda su
lozana, entregbanse sin rebozo  sus besos de fuego que haban de
matarlas.

Clotilde ayudaba, siempre que poda,  su to en aquellas tan agradables
faenas.

Felipe segua en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre
que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa ms
provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado,  la sombra
de un rbol, en un silln de mimbres  en un banco rstico.

Valientes chifladuras, valientes tonteras las que decan _Heine_ y
todos aquellos otros tontos por el estilo. l comenz  leerlo y tuvo
que dejarlo ms que de prisa. Que se gastara el dinero en comprar
aquellas paparruchas! Si el to quisiera, podra dedicarse con l al
comercio, y ganara ms--deca.

Sonrea el to, y con la intervencin de Clotilde, se pona fin  tan
enojoso tema:

--El to no tiene carcter para eso, Felipe; adems, el to tiene lo
bastante para vivir, y no ambiciona ms: el dinero no es precisamente
la felicidad.--Que no ambicionaba ms? Valiente tontera!

Felipe no comprenda que nadie pudiera decir: ya tengo bastante
Cristo!... Con el dinero que haba en el mundo!

Los das que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa
que suceda contadas veces, no por eso estaba ocioso: metase corral
adentro, en compaa de Doa Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos
en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en
cuenta los informes de la ta, rara era la vez que entraba en el corral
que no salieran dos  tres de aquellos ovparos sentenciados  muerte.

Intil era que Clotilde y su to pusieran el grito en el cielo,
intercediendo por aquellos animalitos: no haba apelacin posible contra
los _mortferos_ decretos de Felipe.

--Seor, para llegar  formar un buen corral--deca ste--, la seleccin
es lo primero.

--Claro!--apoyaba Doa Andrea.

--Las gallinas para qu son? Para que pongan huevos  para comrselas;
no es eso?

--Naturalmente!--deca Doa Andrea.--No van  ser para adorno.

--Pobrecitas!--gema Clotilde.

--Qu sensibleras ms tontas!--replicaba desdeosamente Felipe.

--Pero, para qu se quiere tanto huevo?--alegaba D. Sebastin.

--Para venderlos--contestaba Doa Andrea.

--Pero, seor, eso es convertir esta casa en una huevera, y dar lugar 
que  ti te llamen Doa Andrea _la huevera_, y  m D. Sebastin _el
huevero_.

--T dame pan... y llmame tonto.

--Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir.

--Por mucho trigo nunca es mal ao.

Ante este modo de razonar, D. Sebastin tena que callar... por no
hablar.

Y sea por la seleccin que Felipe haca  porque las gallinas llegaron 
sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que lleg da en
que stas formaron cola para ir  depositar el huevo en los ponederos;
con lo cual Doa Andrea lleg  venderlos por cientos, con harta
satisfaccin suya y desesperacin de D. Sebastin.


V

Una tarde, era ya la hora del crepsculo, hallbase D. Sebastin en el
jardn, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las
infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando
Clotilde, avanzando lentamente por el jardn, lleg hasta donde su to
estaba.

Tan absorto se hallaba ste en la contemplacin del grandioso
espectculo que se ofreca  su vista, que no se di cuenta de la
presencia de su sobrina.

--To--dijo sta con dulce voz.

--Clotilde!

--Te molesto si me siento aqu,  tu lado?

--Qu disparate, hija ma!--dijo D. Sebastin corrindose un poco en el
banco que le serva de asiento para dejar ms espacio  Clotilde.--Pero,
qu tienes? T has llorado!

--No, no... no he llorado!

--Cmo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos?

--Es que... Bueno, s, he llorado; pero por nada, por una tontera.
Vers: estaba yo en mi habitacin concluyendo de coser unas cosillas,
cuando sin saber por qu, empec  ponerme triste, muy triste... una
cosa sin fundamento!

Como ya apenas se vea, dej la labor y me asom  la ventana para que
me diera un poco el aire. Yo no s lo que sent: el potico crepsculo
que se ofreca  mis ojos, el religioso recogimiento que  estas horas
parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el da se aleja
de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle  ver, me
impresionaron vivamente; sent una angustia grande aqu, en el pecho, y
ganas, muchas ganas de llorar... Ya ves qu cosa tan tonta!

--Tus tristezas se resolvieron en llanto.

--Pero si yo no he estado triste nunca.

--Pobrecilla!--replic D. Sebastin sonriendo bondadosamente.--Hace
tiempo que lo ests sin darte cuenta... Dnde est tu alegra de otros
tiempos!... Dnde las risas con que  todos nos alegrabas!

--Es verdad que hace algn tiempo...

--Algunos meses.

--Bueno, s; hace meses que siento as como un malestar... una
ansiedad... un _no s qu_...

--Un _no s qu_: eso, eso es lo que se siente.

--Al principio pens que la causa sera el que yo...

--S; yo tambin cre que la causa sera el que t... Pero no era eso.

--No, no era eso--dijo Clotilde con un leve suspiro.

--La causa era otra.

--Otra!...

--La causa de todo eso era, y sigue siendo, el empacho que tienes de
_notas_, de pedidos de camisetas, de calcetines... y dems gneros de
punto.

--To...

--No, no te sorprendas... Si lo tengo yo, y no soy la mujer de tu
marido!!

--Felipe es bueno--dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de conviccin
de su to.

--Quin lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar
ms que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no
pens,  lo que se ve, en hallar la dulce compaera que sabe dar
consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los
desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al
representante de una fbrica  al encargado de un almacn  quien
comunicar _notas_ y ms _notas_, pedidos y ms pedidos.

Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene
aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de
abrigo al mismsimo _Preste Juan_, porque le sobran; pero tampoco es
para que llegue al extremo de suponer que tu nica aspiracin en este
mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales.

Call breves momentos D. Sebastin, y Clotilde di un nuevo suspiro.

--Pobre nia!--continu diciendo aqul.--T, tan buena, tan cariosa;
t, cuyo corazn rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de
comunicacin espiritual con el ser amado, te ves privada de dar
expansin  esos bellos sentimientos que, acumulndose en tu pecho, te
ahogan, te oprimen y te hacen sentir un _no s qu_... Ah!... Eres un
bello libro de poesas que tu marido no se ha ocupado en hojear
siquiera... Psch!... As es la vida!... En cambio, otros buscan con
afn, aunque no sea ms que una sola poesa, una sola... y nada!,
prosa, hija ma, prosa  todas horas.

Un silencio prolongado rein entre ambos.

--Qu dulce bienestar se siente aqu, to--dijo al fin Clotilde.

--La Naturaleza es manantial inagotable de poesa;  l acudimos todos
los que no tenemos _fuente_ en casa. Hoy acudes por primera vez  ese
manantial para mitigar tu sed, y  l seguirs acudiendo. Hoy vienes
junto  m; maana, cuando yo falte, seguirs viniendo t sola!

La luz del da habase extinguido por completo;  lo lejos se vea el
resplandor del alumbrado de Madrid.

--T aun puedes esperar--continu Don Sebastin.--Sois jvenes, y tal
vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que
su opinin es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se
debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que l llegue  ser
dueo de todas, y entonces quiz piense que se olvid de leerte...
Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer!

--Pobre to: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz
completamente.

--No slo de pan vive el hombre, Clotilde...!

--Ni la mujer, to...!

--Caro te ha costado el saberlo, pobrecita ma. Recuerdas lo que te
deca la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones 
_nuestro tipo_; pero hay que ver cules sean stas: las concesiones son
muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo tambin las
hice  _mi tipo_, creyendo que sera capaz de despertar sentimientos que
supona dormidos... pero... s... s...! Quin es capaz de despertar
lo que no duerme, ni cmo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo
malo; lo malo es que no hay derecho  quejarse: ellos son buenos, tal
vez mejor que nosotros, puesto que son ms humanos; toman la vida como
es, sin preocuparse de reformarla, y as nos la dan.

--Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesa en la vida...

La campanilla de la puerta del jardn anunci que alguien abra sta
violentamente; pero ni el to ni la sobrina repararon en ello: tan
abstrados se hallaban.

De aquel arrobamiento vino  sacarles la voz mal entonada de Doa
Andrea, que lleg hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo  hablar
de pronto, les propin un susto morrocotudo.

--Qu...? Ya estis viendo salir las estrellas? Hay alguna nueva, 
son las mismas?

Al volver en s los dos soadores, hubieron de sentir, primero, dolor
producido al chocar en su cada con la dura corteza terrestre, despus,
risa al oir  Doa Andrea.

--Tu marido dice que vayas, que dnde diablos has metido la carta que
recibi ayer de _Masnou y Compaa_, que no la encuentra.

Clotilde, al oir que Felipe haba venido, cay en la cuenta de que, por
primera vez, no haba salido  esperarle  la puerta del jardn. Qu le
dira? Le reprochara en su falta? Clotilde sinti una gran alegra al
pensar que as sucediera.

La Luna iluminaba por completo el jardn. Clotilde se dirigi hacia el
hotel, mientras D. Sebastin y su esposa quedaban discutiendo; por el
camino, Clotilde fu cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que
pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subi las
escaleras que conducan al piso principal, y compitiendo el color rojo
de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entr en la
habitacin en que se hallaba Felipe.

ste, muy sofocado, revolva en un mueble papeles y cartas. Al ver 
Clotilde, prorrumpi en exclamaciones que denotaban claramente su
enfado.

--Dnde est la carta de Masnou, vamos  ver: dnde est, que no la
encuentro!

Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara
en la imaginacin, acercse al mueble en que Felipe revolva, y abriendo
un cajoncito, sac la carta y se la entreg.

--Ya poda yo volverme loco buscando--gru Felipe cogiendo bruscamente
la carta que le alargaba Clotilde, y sentndose ante su mesa.--Quin
iba  suponer que la habas puesto en un sitio donde no se ponen nunca!

Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo
interior de la americana, empez  leer y  tomar apuntes.

Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. As
permaneci algunos instantes.

Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo  su esposa:

--Qu haces ah? Dle  la ta que  ver si cenamos pronto, que tengo
que madrugar maana y quiero acostarme en seguida.

Y dicho esto, volvi  reanudar su interrumpida tarea.

Clotilde nada respondi; llev el ramo de rosas  su rostro, aspir con
deleite su aroma y, lentamente, sali de la habitacin dejando caer de
sus ojos amargas lgrimas, que fueron  perderse en los clices de
aquellas flores...




Los pescadores


Despuntaba el da cuando Pedro lleg frente  la casa de Julia. Acercse
 una de las dos ventanas que daban  la carretera y escuch
atentamente; despus llam con repetidos golpes de los nudillos. Como
nadie respondiera, volvi  escuchar y volvi  llamar, esta vez, ms
fuerte y con mejor fortuna: una voz fresca y juvenil respondi desde
dentro con un--ya voy--dicho en tono un tanto desabrido.

Pedro, metindose las manos en los bolsillos del pantaln, empez 
pasear, con la cabeza baja, por delante de la casa.

Era Pedro un guapo mozo, pescador, como su padre, con quien viva; alto,
robusto, ancho de hombros, de entre los cuales sala un recio cuello
delator de no pocas fuerzas.

Mirando su rostro, que aunque curtido por el sol y el aire del mar, bien
claramente deca no ser ms de diez y ocho  diez y nueve aos los que
tena, sentase una viva simpata por aquel muchacho. Los ojos, grandes
y azules, tenan un mirar noble y sincero, incapaz de expresar nada que
fuera contrario al sentir de su dueo; nariz recta y afilada, boca
grande, labios finos y pmulos un poco pronunciados; espesas cejas,
abundante y rizada cabellera de color castao muy obscuro, que,
desbordndose por debajo de la boina, encasquetada en la coronilla,
serva de juguete al fuerte norte que reinaba. No tena pelo de barba,
lo cual le daba una expresin un poco aniada, y el bigote apenas se
revelaba por una ligersima sombra que aun no haba hecho necesaria la
intervencin del barbero.

Vesta pantaln y blusilla de lienzo; los pies los llevaba descalzos;
las mangas de la blusa, remangadas hasta el codo, dejaban ver las de una
camiseta  rayas azules y blancas, que tambin asomaba por el pecho.

Muy contrariado pareca el mozo,  juzgar por la actitud meditabunda con
que paseaba. Detvose haciendo intencin de repetir la llamada, cuando
la llave, chirriando en la cerradura, anunci  Pedro que la puerta se
abra. Julia, hermosa aldeana, arrogante moza que apenas haca un mes
cumpliera los diez y siete aos, apareci en ella pugnando por
ahuyentar de sus ojos el perezoso sueo, que heroicamente se defenda
para seguir acurrucado bajo aquellos prpados que durante la noche le
cobijaran.

--Buenos das!--dijo Pedro.

--Buenos!...--respondi la muchacha en medio de un bostezo que dej ver
su blanca dentadura.

Retir con ambas manos algunos rizos de su hermoso pelo negro que
acariciaban la tersa frente, y, dando un nuevo bostezo, retirse al
interior de la casa, diciendo con tono seco:

--Ahora vuelvo!

--Bueno!--replic Pedro, reanudando su paseo.

Dos aos hara para San Juan que Julia y Pedro tenan relaciones. Nada,
hasta entonces, haba turbado la paz de aqullas; porque si es cierto
que Julia, con su carcter altanero daba lugar  frecuentes
disgustillos, Pedro saba perdonarlos y suavizar las querellas. Pero he
aqu que en aquellos ltimos tiempos habase metido el diablo por medio,
y esta vez Pedro, por ms que haca, no encontraba forma de dar al
olvido ni de disculpar las cosas que estaban pasando, y que muy pronto
sabremos.

Julia, en vida de su madre, que del padre nada podemos decir, por
desconocerlo, como lo desconocan en la aldea, iba con ella al mercado
de la ciudad, que de all  poco ms de una legua se encuentra,  vender
leche, manteca y huevos; despus, cuando la madre muri, sigui ella
sola con el comercio, no por voluntad, sino porque era el nico medio de
ganar el sustento; medio que  Julia le pareca harto incmodo y
molesto.

El rpido desarrollo de su exuberante hermosura hizo que, desde muy
nia--catorce aos tena cuando muri la madre--se viera asediada y
pretendida por todos los muchachos, en su mayora pescadores, de la
aldea. Tampoco en la ciudad faltaban pretendientes  la bella aldeana; y
bien fuera esto, bien que en su predispuesto temperamento germinara
demasiado pronto el envanecimiento, ello es que  todos rechazaba,
desdeosa  indiferente. Tan slo Pedro, al cabo de mucho penar, y de
repartir muchos golpes para quitar rivales de en medio, consigui ser
recibido con buena cara; y esto hay quien dice que fu, no porque Julia
pensara que aqul llenaba por completo sus deseos y ambiciones, sino por
dejar con tres palmos de narices  todas las mozas que en la aldea se
pirraban por l; que pescador ms bueno, ms guapo, honrado y
trabajador, no le haba en cien leguas  la redonda de _Rodaleda_, que
as se llama la aldea donde nos hallamos.

Decir que Pedro quera  Julia, sera no dar idea de la intensidad de su
cario; Pedro la idolatraba, senta por ella una verdadera adoracin, y
su solo deseo era casarse cuanto antes; pero ella siempre daba largas al
asunto diciendo que haba tiempo.

No tan gustoso como el muchacho era su padre en aquel matrimonio; mas
viendo  su hijo tan enamorado, si al principio le hizo algunas
observaciones, pronto dej de sermonear, pensando que lo que fuera ello
haba de ser.

Pedro, siempre que el trabajo de la pesca, que haca con su padre, se lo
permita, iba  buscar  Julia para acompaarla al mercado; si no poda
hacerlo, sala  esperarla al regreso; y, en fin, cuando ni una ni otra
cosa era posible, aguantaba marea hasta el anochecer.

Mostrbase l siempre carioso y solcito con ella; Julia, por el
contrario, casi siempre apareca indiferente  estas atenciones. Pedro,
no obstante, no se quejaba, y si alguna vez ella se mostraba algo
cariosa, crea haber alcanzado el reino de los cielos.

Sali Julia de la casa llevando en sus manos un cntaro de barro y una
cesta, objetos ambos que dej sobre una gran piedra rectangular que,
adosada  la fachada de la casa, haca las veces de asiento.

Pedro cogi el cntaro y lo puso sobre el hombro; Julia, despus de
cerrar la puerta con llave, se puso el cesto en la cabeza, sujetndolo
con una mano para que el fuerte viento que reinaba no lo derribase.

Operacin muy acostumbrada deba ser esta en ellos, por cuanto su
ejecucin no di lugar  discusin alguna. Emprendieron la marcha.
Julia, desnuda de pie y pierna, caminaba rpidamente con paso menudito;
el viento agitaba su falda de percal, cindola unas veces sobre los
muslos, levantndola otras lo necesario para que se pudieran ver las
soberbias pantorrillas de la muchacha. Completbase el traje de Julia
con una chambrilla blanca, y, cruzada sobre el pecho, modelando los
turgentes senos, una paoleta de vivos colores que enlazaba sus puntas
sobre la cintura, en la espalda. El pelo, de un negro brillante, con
reflejos acerados, caa peinado en dos grandes trenzas que unan sus
extremos por una ancha cinta negra.

En su rpido caminar, la pareja iba adelantando  unos y  otros que, ya
solos, ya en grupos de dos  tres, se dirigan tambin al mercado; sta,
para vender lo que en la aldea sobraba; aqul, para comprar lo que no
haba. Aqu encontraban una que, cantando, se acompaaba en su camino;
ms all, un grupo alegre y contento, del que salan francas risas y
frases intencionadas. Julia y Pedro saludaban  todos al pasar.

--Vaya con Dios, Julia y la _compaa_--dijo una fornida moza, que
llevaba sobre la cabeza un cesto con algunas gallinas, cuyas cabecitas
asomaban espantadas.

--Vas al mercado, Pepa?--pregunt Julia por decir algo.

--Voy  vender media docena de gallinas que ya se van haciendo viejas.

--A ver si tienes suerte y las vendes todas--aadi Pedro.

--Quieres venir con nosotros?--interrog Julia sin detener su rpido
andar.

--Gracias. Bien acompaados vais los dos, sin necesidad de estorbos.

--No, mujer; por eso no lo hagas...

--Vosotros vais ms de prisa.

--Pues hasta luego, Pepa.

--Id con Dios.

Sigui la pareja su marcha, y pronto dejaron  Pepilla muy atrs.

--S que se figurara la Pepa que nos iba  estorbar la
conversacin--dijo al fin Julia con tono irnico.

--No ser por falta de asunto para sostenerla--contest Pedro.

--Pues habla, hombre; mira que es malo dejar que las cosas se pudran en
el cuerpo.

--Peor es,  veces, hablar de ellas.

--No sern muy buenas.

--Tampoco sern malas, cuando se da lugar  que las haya.

--Vamos, hombre; habla ya de una vez...; aunque de memoria me s el
asunto que, desde ayer, te est recomiendo.

--Mira cmo lo sabes!

--Cmo no he de saberlo, si desde ayer tienes una cara que parece un
libro abierto?

--Porque no soy como otros que ocultan lo que sienten.

--Eso no lo dirs por m.

--Bien sabes que t eres la nica persona que me trae con cuidado en
este mundo.

--Y en qu te fundas para pensar de m de ese modo?

--En que dices que me quieres y no es cierto!

--Que no es cierto? Pues quin me iba  obligar  decrtelo, si ello
no fuera mi voluntad? Si yo no te quisiera, por qu ibas  estar ahora
 mi lado?

--Bah!... Tambin estn  tu lado otros...

--Volvemos?

--Ya lo creo que volvemos!

--Pues s que es tormento!

--Tormento, el que t me ests dando, Julia.

--El que t te proporcionas por cosas que no tienen fundamento.

--Que no tienen fundamento!

--Ninguno!

--De modo que no tiene fundamento el que ese seor que antes pasaba
todas las tardes en el automvil, sin detenerse, de poco tiempo  esta
parte se haya parado tres veces frente  tu casa... para verte y para
hablarte?

--Eso lo dices t!

--Eso lo dice todo el mundo en la aldea!

--En la aldea no se pierde la ocasin de hablar mal del primero que se
presenta.

--Difcil es hablar mal de nadie, cuando no hay algn motivo, por
pequeo que sea.

Al oir esto, Julia, parndose en seco y encarndose fieramente con
Pedro, exclam:

--Y cul es el motivo que he dado yo, si puede saberse?... Me lo
quieres decir?

--Yo no digo que t hayas dado motivo; pero s digo que t ves esas
detenciones con agrado, que si as no fuera... ya sabras evitarlas!

--Yo? Ni  m me preocupan esas visitas, ni yo tengo por qu
evitarlas... ni s cmo podra hacerlo.--Y al decir esto, Julia reanud
la marcha.

--Tampoco yo puedo decirte cmo; pero s puedo decirte que si t
quisieras, te sera muy fcil evitar esa casualidad de que, siempre que
pasa, ests en casa.

--Demasiado sabes que no salgo casi nunca de ella; y, despus de todo,
no creo que ese seor sea el _coco_, para que yo tenga miedo de que me
coma. Pararon all el primer da, porque necesitaban agua; me la
pidieron y yo se la di. Despus, las otras dos  tres veces, sabiendo
que yo venda leche, par para pedirme un vaso; se lo di y me lo pag de
modo que con media docena de vasos que vendiera diarios  ese precio, no
necesitara darme esta caminata para ir al mercado. Tengo yo la culpa
de esto? Voy  negarme  vender una cosa que es mi comercio?

--Porque t quieres!

--Porque yo quiero!--replic Julia con tono zumbn.

--Ni ms ni menos; que si por ti no fuera, ya estaramos casados hace
mucho tiempo.

--Ya sali el casorio! Y qu hacemos con eso?

--Que t no tengas que pensar en otra cosa que en tu marido.

--Y que donde dos lo pasan malamente, seamos tres para empeorarlo.

--Julia!... A ti nada ha de faltarte!

La muchacha, comprendiendo que sus palabras haban sido demasiado
crueles, trat de suavizarlas, y dulcificando un tanto el tono acre y
destemplado que empleara, dijo:

--No he querido yo decir que me vaya  faltar lo ms indispensable; pero
si porque  m no me falte, ha de faltarle  los dems, es lo mismo.

--Y quin te dice que vaya  faltarnos  los dems? A mi madre nunca le
falt lo necesario; y eso que entonces mi padre era solo  ganarlo.

--Siempre conformndose con lo indispensable--murmur Julia entre
dientes, de modo que Pedro no pudo entenderla.

--Qu dices?--pregunt ste.

--Nada, nada; no digo nada, hombre, no digo nada... Que estoy muy
cansada es lo que digo!

--Como que ya estamos llegando. Ven, vamos  sentarnos en aquellas
piedras; no quiero separarme an de ti; siento deseos de hablarte, y,
sobre todo, de que me hables, Julia; de oirte, de escucharte...

--Se nos har tarde.

--No. Sin darnos cuenta, hemos trado un paso tan rpido, que
seguramente habremos ganado ms de quince minutos. Mira: el Sol aparece
ahora por la cima del monte _Padruco_, y otros das ya est ms de una
cuarta por encima de l. Ven, Julia, vamos  sentarnos un poquito.

Julia, no atrevindose  contrariar  Pedro, dejse llevar por l y
fueron  sentarse en unas grandes piedras que, algo distantes del camino
y prximas al mar, bajo unos rboles estaban.

Desde all vieron pasar, poco  poco,  todos los que en el camino
haban dejado atrs. Pepilla, dndoles una voz, hubo de decirles con
semblante risueo:--Eh!... Veis cmo no por mucho correr se llega
antes?--Y dando una alegre carcajada, sigui adelante.

Pedro, sin hacer caso de nadie, hablaba  Julia.

El viento haba calmado, y la maana se anunciaba tranquila y apacible.
El mar,  pocos metros de distancia, saltaba blandamente sobre las rocas
formando blancas cascadas de espuma y humedeciendo el ambiente. El Sol,
lentamente, con temor, como chico que jugando al escondite asmase tras
de una esquina, apareca por detrs de la cima del monte _Padruco_, que
separa  _Rodaleda_ del _valle de Santa Feliciana_, y que forma el
ltimo eslabn de la cadena de montaas que cubre aquella regin.

Pedro hablaba cada vez ms apasionadamente; Julia, con la mirada perdida
en el espacio, como si contemplara un _algo_ muy lejano que su
imaginacin forjara, pareca no prestar atencin  lo que Pedro le
deca.

--Tengo ya ahorrado lo que necesitamos para casarnos y an ms. Por qu
retrasar nuestra felicidad?--deca Pedro.

--Porque es cosa que debe pensarse mucho.

--Que debe pensarse? Para qu dudar en coger la dicha, cuando slo
depende de nuestra voluntad? No, Julia de mi alma, no esperemos ms; no
hagas que ahonde en mi corazn la espina que llevo clavada en l, al
pensar que no me quieres.

--Pues si esas espinas se te clavan ahora, no son de temer las que se
te puedan clavar luego?

--Luego?--exclam Pedro con asombro.--Y por qu se me ha de clavar
ninguna, siendo ya mi mujer? Si te casas conmigo,  quin vas  querer
sino  m?

--Tampoco quiero  nadie ahora ms que  ti..., y sin embargo...

--Ahora an eres libre para que yo pueda perderte, y la idea de que
alguien pueda robarme tu cario me enloquece hasta el punto de hacerme
pensar que el que lo lograra no gozara mucho tiempo de su robo.

Y tal entonacin de fiereza di Pedro  sus palabras, que Julia,
asustada, hubo de exclamar:

--Ay! Por Dios, Pedro, no pongas esa cara ni hables de ese modo..., que
no viene  cuento.

--Es que t no sabes lo que te quiero, Julia; es que t no sabes que por
ti ni vivo ni sosiego.

--Pues vaya un modo de querer... Por Dios!

--Si vieras, Julia, qu deseos tengo de verte all, en nuestra casita,
en aquella que mi madre llen de felicidad y de alegra, mientras vivi;
en aquella que ahora permanece triste y silenciosa, comunicndonos  mi
padre y  m su tristeza y su silencio! Ven, Julia, ven all,  nuestra
casa,  la que alberg el amor de mis padres y que dar albergue al
nuestro; ven  ocupar el puesto que dej vaco mi madre,  ser el
consuelo de mi padre y mi alegra.

Julia, emocionada por las tiernas y cariosas palabras de su novio,
haba inclinado la cabeza sobre el pecho.

Pedro rode con un brazo la cintura de su novia y la estrech contra su
pecho con amor.

--No me respondes nada?--deca acercando su cara  la de ella y
acaricindola apasionadamente las manos que cruzadas sobre la falda
tena.

--Qu quieres que te responda, Pedro; ya ir, ya ser tuya..., ya te lo
he dicho mil veces; pero qu falta hace precipitarse?

--Pero me quieres?... Verdad que me quieres mucho?

--Qu tonto!... Cuntas veces quieres que te lo diga?

--Muchas, Julia querida, muchas; porque cuando te lo oigo, yo no puedo
decirte qu es lo que siento, pero me dan ganas de reir, de bailar...

--Qu chiquillo eres! Pero vmonos ya, que lo menos hemos estado aqu
una hora, y voy  llegar tarde  casa de las parroquianas.

--Espera un momento.

--Para qu?

--Para una cosa.

Y Pedro, risueo, contento, alegre como un nio, sac con gran misterio
un pequeo envoltorio del bolsillo del pantaln.

--Qu es eso?--pregunt Julia con curiosidad.

--Una cosa que tengo para ti hace varios das.

--Hace varios das? Y por qu no me la has dado antes?

--Porque... porque...

--Porque ya estars convencido que eres un solemne tonto! Qu es?

--Mira--dijo Pedro con aire de triunfo, desenvolviendo lentamente el
paquetito.

--Un collar de corales!--exclam la bella aldeana dando palmadas con
infantil alegra.

--De corales, eso; de corales finos; los mejores que pude encontrar, que
por algo eran para ti. Hace tiempo que tena metido en la cabeza que su
color rojo haba de sentar muy bien sobre la blancura de tu cuello, y el
otro da los compr.

--Trae... trae ac que me lo ponga.

--No; te lo he de poner yo.

--T no sabes.

--Que no? Vulvete un poco.

Julia volvise de espaldas  Pedro y con ambas manos retir la paoleta,
dejando al descubierto la blanca nuca. Pedro, pasando con una mano el
collar por delante de Julia, lo abroch, ajustando el torneado cuello;
al mismo tiempo, temblando de emocin y con sumo cuidado para que ella
no lo advirtiese, se inclin, conteniendo la respiracin, y di un beso
en aquellas divinas carnes.

Julia, estremecindose, se levant rpidamente dando un ligero grito:
era el primer beso que su novio se haba atrevido  darla.

Rojo, como los corales del collar, se puso el muchacho, quedando sin
atreverse  levantar la vista hasta Julia, de la que esperaba algn duro
reproche; pero sta nada dijo. Despus de un breve silencio cogi la
cestita, exclamando con alegre tono:

--Vamos, Pedro, vmonos ya!

Pedro, al ver que Julia no le rea por su atrevimiento, levantse
alegremente, psose el cntaro de leche al hombro y empez  caminar
junto  su novia.

Al llegar  la ciudad despidironse en el sitio acostumbrado. Pedro
entreg el cantarillo  Julia, y sta se fu  recorrer las casas de los
clientes, quedando en reunirse en el mercado, donde Julia iba  vender
los restos de su mercancas, cuando los haba, lo cual no sola suceder.

Pedro, alegre, feliz, sintiendo an en sus labios el clido contacto de
la carne de Julia, la vi marchar, dicindola adis con la mano.

Cualquiera que hubiese estado  mal con su pellejo, no tena ms que
haberse puesto delante de Pedro y haberle dicho: Julia no te quiere.
Que Julia no le quera! Poda habrselo dicho ms claro? Poda
haberle dado una prueba mayor de su cario? Ella, que siempre se haba
mostrado esquiva y despegada; ella, que nunca le haba consentido la
menor confianza, no se haba incomodado, no haba protestado al sentirse
besar... Qu ms prueba de cario? Es verdad que cuando ella hubiera
querido protestar, ya no habra tenido remedio; pero, de todos modos,
poda haberse enfadado, poda haber afeado la conducta traidora de su
novio, y no lo haba hecho; luego seal era esto de que no le haba
desagradado el atrevimiento de Pedro.

Bendito collar, que haba dado lugar  la realizacin de aquel deseo,
por tanto tiempo anhelado... Si lo hubiera sabido, cunto tiempo no
hara ya que lo llevara ella puesto? Y no uno, sino veinte; que si por
collares era, por eso no haba de quedar; ahorrado tena l para poder
estarse besando  Julia una semana entera; y esto siendo pescador, que
si fuera banquero, de brillantes como puos los comprara l para
ponerlos en aquella garganta que... vamos!... no saba con qu
compararla, porque l no haba estudiado ni saba de esas cosas; pero
que apostaba la cabeza  que no haba otra ms bonita ni ms blanca. Es
que se poda pensar que el collar fuera la causa de la mansedumbre de
Julia en aquel feliz momento? Ni Pedro lo pensaba, ni quisiera Dios que
 nadie se le ocurriera suponerlo; que haca falta ser todo lo mal
pensado del mundo para poder suponer que por l no recibiera con
disgusto el beso. Madre de Dios! Pues si tal contento y tanto
desasosiego le haba producido aquel beso, qu no sera cuando se le
diera en la boca, en aquellos labios ms rojos que los corales?

Todo esto, y mucho ms, iba dicindose Pedro mientras se diriga hacia
la tienda en que haba de comprar los menesteres de pesca que su padre
le encargara el da antes.

Gran sorpresa caus al mercader la actitud alegre y feliz de Pedro; pero
cuando su asombro lleg al paroxismo, fu cuando vi que no regateaba y,
sobre todo, que encontraba los artculos buenos, cosa inusitada en
Pedro, que todo lo encontraba malo, no porque lo fuera, sino porque as
procuraba sacarlo ms barato.

Aquel da no slo lo encontraba todo de superior calidad, sino que lleg
 interesarse por la marcha del negocio, deseando que ste subiera como
la espuma; porque qu menos mereca aquel honrado tendero que se pasaba
la vida detrs del mostrador, trabajando sin descanso para mal vivir,
sin disfrutar de la vida, sin tener novia--seguramente que no la
tena--y sin saber lo que eran la alegra y la felicidad?

Sali por fin de la tienda, y  pocos pasos, un pobre tullido que por
piernas tena un cajn con cuatro ruedas, le pidi limosna con voz
quejumbrosa y lastimera.

Pedro ech mano al bolsillo, y sacando una perra se la di, lamentando
no ser rico para socorrerle con ms largueza... Parece mentira,
habiendo gentes tan ricas!... Qu corazones ms duros! Y cunto tiempo
llevaba as?... Veinte aos?... Qu atrocidad! Veinte aos en un
cajn!... Y tena familia?... Claro!... El ser pobre y carecer de
piernas no tena nada que ver para tener familia! Ya... ya...
pobrecillo!... No era necesario que le contara sus desdichas, para
hacerse cargo de ellas... Cunto senta no poderlas remediar! Si fuera
banquero en vez de pescador, al mismo tiempo que compraba un collar de
brillantes para Julia, le comprara  l un silloncito con ruedas, para
que fuera cmodamente  pasear.

Pedro, ya que aquello no era posible, sac otra moneda, se la di, y
desendole muchos corazones blandos que se compadecieran de su
desgracia, se alej con paso rpido.

Apenas se haba separado del pobre, cuando tropezse con un marinero, el
cual nunca  casi nunca haba cruzado ms palabras con l que algn
adis, Fulano, dicho con el tono de indiferencia propio de un
conocimiento que no llega  la categora de amistad. Verle y pararle,
todo fu uno. Cmo van los negocios?... Y quieres refrescar? No?...
Bueno, pues adis, chico; que te conserves tan bueno.

Y Pedro sigui su camino sin poder explicarse que las gentes puedan
pasar unas junto  otras sin saludarse siquiera, por el solo hecho de
que no se conocen... Qu falta hace conocerse para saludarse, para
abrazarse... para decirse unos  otros si son felices?

A poca distancia suya acert  pasar una parejita muy acaramelada. Mira
se qu tonto--pens Pedro--; lo menos se ha figurado que su novia es
guapa... Qu sabr se lo que es una mujer bonita!

As divagando, Pedro lleg hasta el faro del puerto, que era el paseo
que se daba siempre que acompaaba  Julia, para entretener el tiempo y
dar lugar  que fuera la hora de ir  recogerla.

Aquel da, al llegar, descendi saltando por las rocas hasta una algo
elevada, prxima al mar, y se sent en ella.

Pedro, encariado con el mar como si fuera una segunda novia,
contemplbalo con arrobamiento, sonrea al ver su obstinada terquedad de
combatir  la tierra como  eterna enemiga, que le mantena encerrado
dentro de sus lmites. El mar, como si quisiera demostrar  Pedro la
alegra que le causaba el verlo, arrojaba hasta l sus espumas, que le
mojaban. Largo rato pasaba all Pedro otros das, que no menos de dos
horas tardaba Julia en despachar  sus parroquianas; pero aqul, la
impaciencia hacale tomar por horas los minutos que pasaban, y pronto
emprendi el regreso; ni siquiera fij su atencin en una airosa y fina
goleta que con las cangrejas de sus dos palos desplegadas, enfilaba la
entrada del puerto. En aquellos momentos Pedro no poda fijarse ms que
en la imagen querida de Julia, que por todas partes se le representaba:
reflejada en las aguas, en el ambiente, dibujada por las sombras de los
rboles, de las hojas, que los rayos del Sol siluetaban en el suelo. El
canto de los pajarillos, Julia deca; Julia, murmuraba el viento, y
Julia, susurraba el mar; Julia, en fin, deca la Naturaleza toda, que
luca aquel da sus ms bellas galas en honor de la bella aldeana.

Un rayo no hubiera cruzado el espacio con ms rapidez que Pedro
desanduvo lo andado.

Lleg al punto de cita, jadeante, sin aliento y, claro est, la
muchacha no solamente no haba llegado, sino que an tardara un buen
rato, si es que el reloj de una tienda en que Pedro mir la hora,
marchaba bien, cosa que  l le pareci muy dudosa.

Pedro empez  pasear las calles mirando los escaparates de las tiendas,
leyendo los letreros de las mismas y sacando mentalmente de ellos las
letras que formaban el nombre de su novia; metise por el muelle, volvi
 la poblacin, pas veinte veces por el lugar de la cita y, al fin, vi
 Julia que con el cantarillo y el cesto se diriga airosa y
gallardamente hacia el mencionado lugar. El corazn del pescador di dos
 tres volteretas en el pecho.

--Cre que no venas nunca--dijo el muchacho haciendo un verdadero
esfuerzo para despegar los labios.

--He tardado?

--No; pero es que los minutos hoy me han parecido siglos, siglos
interminables que he pasado sin verte.

Nada digno de mencin ocurri en el regreso  Rodaleda, si no es la
alegra creciente de Pedro al verse nuevamente al lado de ella, y un
cierto azoramiento, algo as como inquietud y sobresalto, en Julia.
Esto, bien se echaba de ver al primer golpe de vista; pero no se
hallaba el enamorado pescador en condiciones de ver nada que pudiera ir
en detrimento de su novia.

Poco,  nada, hablaron por el camino; pero,  juicio de Pedro, esto era
lgico: si l senta todava la vergenza de su atrevimiento, qu no le
pasara  ella? No obstante, no sera muy aventurado afirmar que el
pensamiento de Julia hallbase muy distante de aquel acontecimiento. Su
mirada dirigase constantemente hacia el mar, por el que vagaba con
ensueos ignorados.

Despidironse frente  la casa de Julia, situada  la entrada de la
aldea entre la carretera y el mar, y Pedro se fu  la suya dando saltos
y cabriolas como un chiquillo; actitud que produjo no poco contento  su
padre, el seor Jaime, que desde haca tiempo siempre le vea triste y
taciturno.

Sentronse  comer padre  hijo; durante la comida, Pedro habl sin dar
tregua ni descanso  la lengua.--Haba que ir pensando en agrandar la
casa y en arreglarla un poquillo, porque la boda sera ya pronto, muy
pronto; slo era cuestin de un par de meses el que Julia estuviera
all, entre ellos. Ahora que el to Roque, el albail, no tena nada
que hacer, era cosa de aprovechar la ocasin para poner la casa blanca
como una paloma que se hubiera posado en lo alto del acantilado en que
aqulla se hallaba situada.

Coma el padre lentamente, pensando para sus adentros sabe Dios qu
cosas, y dejaba decir  su hijo, asintiendo  todo, gozoso de verle tan
alegre y satisfecho.

Aquel da fu para Pedro un da nico en su vida; jams, en sus pocos
aos, haba pasado otro mejor ni ms risueo.

Bien hemos hecho en decir que este da fu nico en la vida del pobre
Pedro; porque es lo cierto que desde el siguiente empez para l una era
de pesares y tormentos, que acab para siempre con su breve alegra.

Al da siguiente le falt tiempo al hijo de la Pepona para irle con el
cuento  Pedro. El hijo de la Pepona, que aunque haba cumplido los once
aos apenas representaba siete, segn lo encogido y raqutico que
estaba, era el encargado de dar al pescador las malas noticias.

El pilluelo, dedicado  vagar todo el da por la aldea, sin ocupacin de
ningn gnero, enterbase de todo lo que pasaba en ella, y era sabedor
de lo que le ocurra  todo bicho viviente. Su madre, dedicada unas
veces  lavar ropa, otras  llevar pesadas cargas al mercado de la
ciudad, otras, en fin,  pedir limosna, no poda ocuparse gran cosa de
l, y, atendiendo al aspecto enfermizo del mucho, mandbale  la
carretera  implorar la caridad de los que pasaran; pero Pascualn, que
este era el nombre del chico, no se tomaba esta molestia y agradbale
ms enterarse de todo lo que no le importaba; por eso estaba tan al
corriente de los asuntos de Pedro.

El asunto de aquel da era un asunto que se repeta por cuarta  quinta
vez: el automvil haba estado parado frente  la casa de Julia; el
seor se haba apeado y haba estado sentado en la piedra aquella que
estaba junto  la casa, hablando con la muchacha y bebiendo un vaso de
leche.

Lo peor de todo esto es que ello suceda siempre cuando Pedro, con su
padre, estaba en la mar... Pareca que alguien le avisaba al maldito
seorn aquel!

Aquella situacin no poda continuar, y Pedro, resuelto  que terminara,
se encamin  casa de su novia. Se haca indispensable que ella fijara
una fecha definitiva para la boda,  Pedro no responda de tirarse de
cabeza al mar, ya que no lograba echarle la vista encima al bandido que
vena  turbar su felicidad.

Resistise la muchacha cuanto pudo  la pretensin de Pedro; di
evasivas que bien  las claras demostraban la batalla que se libraba en
su alma; pero Pedro estaba ciego. Por ltimo, vindose ya acorralada por
la insistencia de su novio y no queriendo, al parecer, dar respuesta
alguna categrica, en aquel da, qued acordado que al siguiente, cuando
Pedro regresara de la pesca, resolvera en definitiva.

Inquieto y nervioso durmi Pedro aquella noche; la bella aldeana no peg
los ojos ni un solo momento.

Lleg el nuevo da... y lleg el momento en que padre  hijo regresaran
de la pesca. Pedro, no bien puso el pie en tierra, dirigise
precipitadamente  casa de Julia. A pocos pasos de distancia, y sentado
en el suelo, vi  Pascualn que con un dedo haca exploraciones en las
narices. Pedro no pudo reprimir el gesto de desagrado que provocara en
l la vista de aquel chiquillo que siempre le anunciaba malas nuevas.

Lleg  la casa; la puerta estaba abierta; acercse  ella y con voz
apagada llam:--Julia... Julia...--Nadie le respondi.--Julia...
Julia!--volvi  llamar con voz ms recia. Por respuesta obtuvo el
mismo anterior silencio. Pedro sinti que el corazn se le paralizaba y
que la sangre, al huir de l, se le suba  la cabeza.

De pronto,  sus espaldas, sinti el rezongar de una voz gangosa que le
hizo girar rpidamente sobre los talones. Pascual, metindose en la boca
el mismo dedo con que momentos antes hiciera atrevidas exploraciones en
las narices, se hallaba en pie  poca distancia de Pedro.

--Qu dices, muchacho?--pregunt el marinero, sintiendo deseos
irresistibles de lanzar  Pascual por los aires, con un formidable
puntapi.

--Que Julia no est en casa--replic el muchacho sin sacar el dedo de la
boca.

--Qu has dicho?--volvi  preguntar Pedro, con voz que aterroriz al
pilluelo.

--Que no est...--repiti ste, dando algunos pasos atrs.

--Que no est? Has dicho que no est?

--S--contest Pascual, que, al ver la actitud de Pedro, empezaba 
lamentar para sus adentros el haberse metido donde no le llamaban.

--Ven aqu, hombre, ven aqu--dijo Pedro, al ver que Pascualn segua
reculando disimuladamente--; ven aqu y no tengas miedo, que no te como.

Tranquilizse con esto un poco el chiquillo, y, aunque tmidamente,
avanz hacia Pedro.

--Dme: ha salido  comprar algo?

--Yo no s...

--No iba sola?

--No, seor.

--Pues con quin iba?

--Con el seor _ese_ del automvil.

--Eh!!--rugi Pedro.

Pascual, al oir el grito de Pedro, peg un salto que hubiera envidiado
el ms consumado mico, y se dispuso  echar  correr; pero no pudo pasar
del ademn, porque las garras de Pedro cayeron sobre l y se lo llevaron
por el aire  la piedra que serva de asiento; una vez all, vise
prisionero entre las piernas de Pedro,  imposibilitado de intentar
nuevamente la evasin.

--Toma una perra... y no te asustes; me vas  contar todo lo que ha
pasado; pero sin que se te olvide ni el ms mnimo detalle: si as lo
haces, te dar otra perra; de lo contrario, haz cuenta de que te tiro de
cabeza al mar, para que no vuelvas  envenenar  nadie con tus
historias.

El chico, cobrando algunos nimos con el aliciente de la otra perra, y
limpindose los mocos con el nico pauelo que tena, que era la manga
de su camisilla, sucia y rota, dijo que s con la cabeza.

--Vamos  ver: hace mucho tiempo que sali Julia?

--S. Vino el seor _ese_ en el automvil, se sentaron aqu y estuvieron
hablando; despus, l la abraz...

--Y ella?... ella...?

--Ella no quera que la abrazara.

--Y despus? Vamos, hombre; acaba ya de una vez...

--Despus, l la llev al automvil...

--Ella, Julia, iba contenta?

--No quera, deca que no...

--Y luego...

--El automvil ech  correr.

--Por qu lado, por qu lado de la carretera?

--Por all--dijo el muchacho sealando con la mano.

--Hacia Madrid!

--Yo no s...

--Y qu ms, qu ms... No les oiste hablar nada?

--No. Yo estaba all--dijo el chico sealando un sitio algo distante.

--Ira de Dios!--exclam Pedro, soltando al muchacho y levantando los
puos en alto.

Pascual, al verse suelto, peg un brinco, y sin aguardar  que le dieran
la perra prometida, ech  correr como alma que lleva el diablo, sin
parar hasta la tienda de comestibles que haba en la aldea, en la que,
con la primera perra que le diera Pedro, se compr higos, que era el
manjar de su predileccin.

Pedro, ni se di cuenta de la desaparicin de Pascual. Sentado en la
piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la cara hundida entre
las manos, lloraba como un chico; verta lgrimas gordas como puos,
como los brillantes de los collares que l hubiera comprado  Julia, si
en vez de pescador hubiera sido banquero.

Se ha ido--gema el infeliz--; mas qu representa esta ausencia? Se
march para no volver  se ausent momentneamente? Esta puerta abierta
lo mismo puede decir lo uno que lo otro; que si no piensa volver nunca,
poco debe importarle la suerte que corra su hogar, al dejarlo as 
merced de las gentes. Ah!, pero esto es suponer un disparate. No haba
dicho bien claro Pascual que ella no quera subir al automvil? Qu
ms prueba de que Julia haba sido llevada  la fuerza, con engaos,
poco menos que robada? Cmo, si no, iba  dejar as su casa, la casa
donde naciera?

Todos estos razonamientos se haca Pedro, encaminados  demostrar que
Julia era una vctima y no una culpable.

Cmo poder suponer culpable  una mujer que el da antes le prometa
fijar en aquel en que se hallaban la fecha de su matrimonio? Cmo
suponer en ella tamaa infamia como sera la de ofrecer lo que no estaba
en su nimo cumplir? No habra subido al automvil alucinada por la
idea de dar cumplimiento  su harto conocido deseo _de saber cmo se
iba_ en un coche de aquellos?

Claro que, aunque esta fuera la causa de la ausencia de Julia, de nada
poda servir para disculpar su conducta, y que no por ello vea Pedro
aclararse los negros nubarrones de su alma; pero como buen enamorado,
senta algn consuelo al pensar que todo poda quedar reducido  una
ligereza,  una imprudencia, que no tena disculpa; pero al fin y al
cabo,  una imprudencia, y no  otra falta mucho ms grave.

Lo cierto y seguro es que lo ocurrido creaba una situacin dificilsima
entre Julia y Pedro; porque ni l estaba dispuesto  perdonar, ni su
padre consentira ya jams en aquella boda.--Pero qu es lo ocurrido,
Dios mo, qu es lo ocurrido, si yo no lo s, ni lo sabe nadie?--deca
quitndose y ponindose la boina y enmaraando su ensortijado cabello.
Nuevamente volvi  hundir la cara entre las manos, como si quisiera
recoger las ideas. Largo rato permaneci en aquella actitud. Por fin,
levantndose, se acerc lentamente  la puerta de la casa y, tras de
alguna vacilacin, penetr en ella.

La casuca componase de dos estancias: Pedro no haba pasado nunca de la
primera.

Sobre una mesa de pino vi el cantarillo y la cestita en que Julia
llevaba sus mercancas al mercado. Sin poderse contener, sintindose
dominado por un furor repentino, asi el cntaro con ambas manos y con
gran violencia lo estrell contra el suelo. Cuando aquel ataque de ira
se hubo calmado, Pedro, sintiendo honda emocin, mir hacia la segunda
estancia, oculta por una cortina de percal rameado.

Con religioso respeto se acerc  aquella cortina, que apart con mano
temblorosa, y, por primera vez, pudo contemplar el dormitorio de Julia.
En aquella habitacin, como en la primera, todo era pobrsimo; pero todo
estaba limpio y aseado, revelndose hasta en los detalles ms mnimos,
no slo la mano de una mujer, sino la de una mujer pulcra y atildada
hasta la exageracin.

Una pequea cama de hierro, con colcha de percal rameado, como la
cortina;  los pies, y colgadas de una percha de madera, algunas ropas;
debajo, un viejo y antiguo bal, y en un rincn un lavabo de hierro con
jofaina de hojadelata; esto y una silla con asiento de enea constitua
todo el ajuar de la alcoba. Despus de breves momentos de xtasis ante
aquellos objetos, para Pedro los ms ricos y bellos del mundo, fij su
atencin en un hilillo rojo que se destacaba sobre la nvea blancura de
la almohada; se acerc y lo tom en sus manos; era su collar, el collar
de corales que das antes regalara  Julia. Su primer impulso fu
hacerlo aicos, pisotearlo, hacerlo polvo; pens despus llevrselo...;
por ltimo, resolvi dejarlo nuevamente donde lo hallara.

El pobre Pedro sentase desfallecer, la angustia suba poco  poco del
corazn  la garganta y all formaba un nudo que le ahogaba. No pudiendo
resistir ms sali, lentamente de aquella habitacin  la primera;
cogi la llave de la puerta de la casa, que sobre la mesa de pino
estaba, y sali cerrando con dos vueltas. Si vuelve--pens--, no podr
entrar y...

Andando muy despacio, con la cabeza baja y las manos cruzadas  la
espalda, encaminse hacia su casa, situada al otro extremo de la aldea.
Aun buscaba la explicacin menos grave  tan desdichado suceso!

Cuando lleg  su casa, el seor Jaime no estaba en ella; mir al
fondeadero en que anclaban  la _Carlota_, la lancha que tenan para la
pesca, y lo vi que, sentado en uno de los bancos, se ocupaba en
_achicarla_.

Una vez terminada la operacin, el viejo marinero encaramse de pea en
pea hasta llegar  lo alto del acantilado. Al ver  su hijo en tan
triste estado, sinti gran inquietud; pero cuando supo lo ocurrido, se
limit  mover la cabeza como si quisiera decir: Si no era eso, una
cosa parecida era lo que yo me estaba esperando hace tiempo. Despus
procur por todos los medios hacer entrar en razn  Pedro; pero todo
fu intil: Pedro estaba desesperado.

Sentronse  cenar, y la cena qued intacta; ni el uno ni el otro
pudieron atravesar bocado.

Era el seor Jaime de pequea estatura y muy enjuto de cuerpo. Haba
cumplido los sesenta y seis; pero los llevaba tan bien, que apenas
representaba cincuenta. Su cara, de la cual era fiel reflejo la de
Pedro, respiraba simpata; usaba sotabarba, que, al igual del pelo,
haba ya encanecido por completo. Vesta pantaln de pao obscuro,
camisa de rayas blancas y negras, desabrochada, y una faja azul que le
daba mltiples vueltas  la cintura.

A los veintitrs aos se haba casado con Carlota, chica buena, como
pocas, que le di un hijo todos los aos; hijo que, por desgracia, Dios
se encargaba de quitrselo al siguiente del nacimiento, causando la
desesperacin de los padres, que, al fin, y despus de mucho rogarlo,
lograron conservar el ltimo, que fu Pedro. Al cumplir ste los siete
aos, muri la madre.

El seor Jaime no vivi desde entonces ms que para el chiquitn, y ni
siquiera le pas por la imaginacin la idea de darle madrastra.

Cuando el nio fu mayorcito, y despus que hubo aprendido  leer y
escribir en la escuela, lo asoci  su trabajo; desde aquel da fueron
siempre juntos  la pesca, con gran alegra del padre, que slo se
senta feliz al lado de su pequeo Pedrn.

Pedro, por su parte, no tena ms amigos que su padre, y corresponda 
su cario con otro no menos grande. Solamente Julia haba logrado
hacerse hueco en el corazn del muchacho, y esto haba sido en mal hora,
segn deca el seor Jaime, porque nunca haba visto l en aquella
muchacha las condiciones que hubiera querido para la que fuera mujer de
su hijo; pero tan enamorado vi al chico, que, al fin, hubo de ceder,
pensando que ello haba de ser  gusto de Pedro, que era el que se
casara, y no de l.

Tan encariado lo vi con ella, que lleg el momento en que l mismo
crey haberla tomado cario.

Lo ocurrido vino  demostrar al pobre viejo que no se haba equivocado
en su juicio sobre la muchacha; y si no fuera por lo mucho que vea
sufrir  Pedro,  buen seguro que se alegrara de lo ocurrido; que esto,
al fin y al cabo, era dejarlo en libertad.

Aquella noche, Pedro se obstin en volver  casa de Julia, por si sta
haba regresado.

Intiles fueron las razones que le di su padre:

--Si hubiese vuelto, al ver su casa cerrada,  quien iba  recurrir
primeramente, si no era  l?

Todo fu en balde, y el seor Jaime, no queriendo dejar solo  su hijo,
se empe en acompaarle.

Nada vieron al llegar; la casa estaba cerrada como la dejara Pedro;
envuelta en la negrura de una noche sin luna, la tristeza que causaba
era inmensa; ningn ruido se oa,  no ser el sordo murmullo del mar;
nadie haba en aquellos contornos.

Tristes y apesadumbrados regresaron padre  hijo  su casa, y previas
nuevas recomendaciones y cariosos consejos del viejo, echronse en sus
respectivos camastros, no sin que antes el seor Jaime, quitara
disimuladamente la llave de la puerta y la metiera debajo del suyo.


II

Un mes haba pasado desde que Julia desapareci de la aldea.

El seor Jaime, sentado en un banquillo ante el hogar, cuidaba de unas
patatas que en l se guisaban. Al quedar viudo tom para s el cargo de
cocinero, y con l sigui en lo sucesivo.

Pedro, sentado en un montn de cuerdas, con los brazos cruzados sobre el
pecho, pareca abstrado en sus pensamientos.

El seor Jaime, tan pronto atizaba la lumbre, como revolva las patatas
 se quedaba mirando  su hijo.

Slo se oa en la habitacin el gorgoteo de la cazuela.

Aquella casuca en que padre  hijo vivan, fu construda por los
abuelos de ste. Estaba sola, en el borde de la costa, sobre un alto
acantilado; en su mayora, haba sido construda con vigas y tablas,
siendo la cal y el ladrillo los elementos que en menos cantidad haban
entrado en su construccin.

Se compona de tres habitaciones: la primera, donde se hallaban en aquel
momento, serva de cocina, comedor y portal, todo  un tiempo; las otras
dos, que juntas ocupaban un espacio de terreno igual al de la primera,
la una serva de dormitorio; la otra fu dedicada  servir de almacn.

Lo prolongado de su vida, la dbil construccin y los vendavales y
tormentas que en aquella altura sufriera con harta frecuencia, desde
largos aos, la tenan algo deteriorada; pero  palacio sabales  sus
moradores.

No era de los ms pequeos el temporal que en aquella ocasin se deba
disponer  resistir,  juzgar por la fuerza del viento, lo encrespada
que la mar se iba poniendo y lo ennegrecido que por los nubarrones se
hallaba el cielo. Aquella tormenta que se echaba encima por momentos,
era la primera de aquel otoo; el verano haba terminado  poco de
ausentarse Julia.

Decamos que el seor Jaime se ocupaba alternativamente en mirar 
Pedro, en revolver las patatas y atizar la lumbre; pero ms justos
hubiramos sido diciendo que no quitaba la vista de su hijo, pues que
las dos ltimas operaciones hacalas sin dejar de mirarle.

De tal manera le dola al pobre viejo verle de aquel modo, que, algunas
veces, su rostro bondadoso se contraa de ira, y sus ojos miraban  un
punto imaginario, como si amenazaran  un ser invisible.

No pudiendo aguantar ms, el viejo rompi el silencio:

--De veras te digo, Pedro, que en la vida podas pensar cosa mejor que
la que ahora ests pensando... si es que piensas en olvidar ... esa
mujer.

--Olvidarla?--contest Pedro como si volviera de un sueo.--Vamos,
padre, no diga usted eso!

--Pues... coles!... qu quieres que diga?--mascull el seor Jaime
quitando con un brusco movimiento la tapa de metal de la cazuela.--Es
que quieres pasarte la vida as?

Y al mismo tiempo peg un fuerte porrazo con la susodicha tapadera en la
piedra del hogar,  la par que retiraba la cara para huir la nube de
vapor que sala de la cazuela.

--No puedo olvidarla, padre; qu quiere usted que haga?

--No puedes olvidarla porque no quieres, porque no te lo propones;
probaras  ello y ya veras si lo conseguas.

--Me lo he propuesto, padre, me lo he propuesto muchas veces y no he
podido conseguirlo; est muy metida en el corazn...

--Voluntad... voluntad... y voluntad!--El seor Jaime, cogiendo una
cuchara de palo, se puso  revolver el guiso, que cada vez despeda
mejor olorcillo.--Todo es cuestin de voluntad, creme  m, Pedro. A
estas horas, mientras t te ests haciendo los sesos agua,  fuerza de
pensar en ella,  buen seguro que la chica estar divirtindose de lo
lindo.

--Padre!...

--Pero es posible que sigas creyendo que  Julia se la llevaron  la
fuerza? Es posible que en un mes que llevas de cavilar, ms que si
fueras para sabio, no te hayan venido razones  la cabeza que te
demuestren lo contrario?

--No, padre..., no!

--Pues yo te digo y te repito, y no me pesa el decrtelo, aunque te haga
dao el oirlo--que lo que daa cura--, que ella se fu por su gusto. Es
que as como as se lleva  una persona  la fuerza y se la tiene oculta
un mes sin que nadie sepa de ella? Pues floja voz tiene una mujer para
gritar... cuando quiere que la oigan!

--Un seorn como ese tiene medios para todo, padre.

--Ya lo creo que tiene medios para todo; por eso se llev  Julia sin
necesidad de recurrir  la fuerza.

--Pero es que va usted  suponerla tan mala y tan perversa que se fuera
con un hombre al que no haca ms de quince  veinte das que conoca?

--Eso... que t supieras, que el tiempo que haca, ellos se lo sabran.
Pero, de todos modos, te parecen pocos quince  veinte das para
convencer  una mujer, cuando se sabe dar en el _quid?_ Bien pronto
dara el seor ese con los argumentos que en Julia haban de hacer
mella; no era muy difcil encontrarlos.

--Qu quiere usted decir, padre?

--Que Julia no haba pensado nunca en ser la mujer de un pescador.

--No era mi novia?

--Era tu novia porque saba muy bien que eres el mejor muchacho de la
aldea; te guard para ella, porque si no lograba cosa ms de su gusto,
t eras lo mejor de que aqu poda disponer; pero no porque te quisiera;
no haba ms que observar su modo de mirar, siempre  lo lejos...  lo
lejos, para comprender que no eras t el objeto de sus deseos.

--Que Julia no me quera?

--No. Julia no quera  nadie; se quera  s misma. An me parece
estarla viendo con aquel aire desdeoso que tena para todo el mundo; la
nia pareca una diosa.

--Y lo era, padre; por algo naci tan hermosa.

--No te lo niego. Pero no es lo malo que lo fuera, sino que lleg 
persuadirse de ello. Hermosa era tu madre, como hay pocas, y nunca la o
una palabra que no fuera en alabanza de la hermosura ajena, que nunca
repar en la suya propia; y con ella me cas sin tantos rodeos ni
circunloquios como Julia empleaba contigo; y fu feliz, y  no ser
porque  Dios le pareci bien el llevrselos, ms de diez hermanos
tendras ahora contigo. Bien es verdad que mujeres de la casta de tu
madre, de las que vienen al mundo para hacer la felicidad de aquellos
que las rodean, son tan difciles de hallar como aguja en un pajar; que
las ms son de la pasta de Julia; de las que se meten por los ojos de un
hombre para zambullirse en el corazn y hacer jigote con l; de las que
al risueo le vuelven triste, mudo al hablador, pobre al rico; de las
que, en fin, truecan y trastornan el mundo de tal manera, que todo lo
vuelven _patas arriba_; y stas, que, por ser tantas, son casi todas,
hablan ms que cotorras para decir que son unas esclavas..., y que no
hay hombre bueno..., y que quin hubiera nacido con pantalones, en vez
de con faldas! Hermosa era Julia; pero estaba demasiado ufana de su
hermosura, para que pudiera ser buena; que no hay bueno que de s mismo
se ufane ni envanezca. Bien saba ella que su cuerpo era gentil y
esbelto; que era pequea su cintura, redondas sus caderas y firme y no
escaso su pecho; bien saba ella que en su cara de virgen haba una
boca pequea con labios rojos como cerezas, por entre los cuales
asomaban sus dientes iguales, pequeitos y blancos; que tena unos ojos
grandes y una naricilla bien cortada y fina; que su pelo era negro y tan
largo, que las dos trenzas en que lo peinaba le llegaban casi al suelo.
No necesitaba ella que nadie le dijera que sus pies eran pequeos como
los de una nia, que bien le gustaba bajar  las rocas, para que el mar,
acaricindolos mansamente, les quitara la tierra que los manchaba,
dejndolos blancos como los copos de la nieve; y por eso que todo lo
dicho se lo saba ella de memoria, algn da hubo de pensar que era
mucha su hermosura para entregrsela  un pobre pescador.

--Pero qu supone usted, padre, qu supone usted?

--Que ese seorn acert  ofrecerla lo que ella haba soado, y con l
se fu sin tenerle que dar cuentas  nadie; porque, siendo sola en el
mundo, nadie tiene que se las tome.

--Y yo?

--T no eras ms que su novio.

--No bamos  casarnos?

--Tanto pensaba ella en casarse contigo, como yo en ser obispo.
Desengate y piensa que mientras t ests penando, ellos se estarn
divirtiendo.

--Porque usted no me ha dejado ir  Madrid!--replic Pedro apretando
los dientes.

--Ni te dejar... recoles!... Qu ibas  lograr all?

--Eso... yo me lo s!

--Tambin lo s yo; por eso no te dejo. Olvida, Pedro; haz caso de mis
consejos, que aunque las mujeres como tu madre sean en el mundo escasas,
alguna puede que quede todava, y tal vez no sea muy difcil encontrarla
para ti. Ah tienes  la Pepita, que es mujer de buena pasta, y es
limpia y hacendosa, sin que sea menester mentar lo de que es mujer
honrada. Ella cuida de la casa de sus padres, que son viejos, y de sus
hermanos, y an la ves que tiene tiempo para ir al mercado cuando hace
falta vender gallinas  pollos para allegar dineros con que atender 
las necesidades de la casa.

--Ya lo s, padre, ya lo s; mas para mi ya no hay mujer ninguna en la
tierra.

--Buena tontera! A los veinte aos se olvida todo bien pronto..., y
casndote con la Pepilla lo olvidaras mucho antes; conque nimo y 
ello. Trete t para ac  la Pepilla, y triganos ella despus un par
de chiquillos; que sea por la costumbre que de ellos tengo  sea por...
lo que sea, seguro estoy que mientras no vengan no saldr de esta casa
la tristeza que la habita desde que muri tu pobre madre.

Dispuesto pareca el seor Jaime  seguir dando consejos; pero abstvose
de hacerlo al ver el poco  ningn efecto que los anteriores haban
causado en Pedro, cuya actitud ms pareca de ausente que de presente.

Renunci, pues, el seor Jaime,  seguir predicando en desierto, y dando
la ltima vuelta  las patatas, que ya transcendan  guisadas, las
retir de la lumbre.

--Ponte la mesa, Pedro, que esto ya est, y el comer y el dormir es un
gran remedio para toda clase de males.

Sin replicar palabra psose Pedro  cumplir lo que su padre le haba
mandado; aunque bien saba Dios que para l no era de gran necesidad el
comer.

Pronto estuvo la mesa dispuesta, porque en ella, que no era mesa sino
banco, no haba que hacer otra cosa ms que poner ste en medio de la
habitacin, y en l la cazuela con ms una libreta, ni muy blanca ni
muy tierna; dos cucharas de madera, un cuchillo y un vaso de metal; en
el suelo, una botella con vino; por asientos, los dos extremos del
banco.

La cena comenz amenizada por los bramidos del huracn que iba en
aumento y que haca oscilar la luz del candil que alumbraba la
habitacin, metindose dentro por las muchas rendijas que tena la
casuca. Al pie del acantilado, el mar rompa sobre las rocas, escupiendo
sobre ellas espumarajos blancos. El cielo, negro, amenazador, empezaba 
desplomarse convertido en torrentes de agua; el trueno dej oir su
majestuoso y grandioso retumbar.

--Atranca bien la puerta, Pedro, y acostmonos--dijo el seor Jaime as
que hubieron acabado de cenar.

--Mal se nos pone para la pesca...

--Paciencia, hijo, y esperemos; por fortuna, no nos falta con qu.

Asegur Pedro la puerta con una fuerte tranca, mientras el seor Jaime
recorra las ventanas para ver si estaban bien cerradas, y despus ambos
se recogieron  la habitacin que les serva de dormitorio.

Acostados ya, el viejo, haciendo abanico de su boina, apag el candil
que haba colgado de un clavo. Un espantoso trueno reson en el espacio
con estridente y prolongado tableteo; al extinguirse ste, se oy la
sirena de un vapor que desesperadamente peda prctico para ganar el
vecino puerto de la capital.

--Muy apurado debe estar _se_--dijo el seor Jaime.

--Me parece que no van  poder darle prctico; tendr que poner proa 
la mar y capear el temporal hasta el amanecer--respondi Pedro.

--Dios los ayude.

El seor Jaime, catlico ferviente, como buen marinero, di principio 
sus oraciones acostumbradas por el alma de su mujer, _item_ ms las que
en da de tormenta rezaba por los que estaban en el mar.

Pedro, aunque buen cristiano, como su padre, haca tiempo que no rezaba
por nada ni por nadie; nada haba que pudiera apartar su pensamiento de
Julia, ni en su imaginacin caba otra idea que la de ir  Madrid.


III

El seor Jaime, con una mano empuaba la caa del timn y con la otra la
escota de la vela. Pedro, sentado  proa, de espaldas  su padre,
pareca sumido en hondas preocupaciones.

La _Carlota_ saltaba gallarda y airosamente sobre las pequeas olas que
salan  su encuentro. Ocho das haba permanecido anclada en su pequeo
puerto  causa del temporal, y, al salir nuevamente  la mar, pareca
querer demostrar su alegra en sus jugueteos con las olas. Su casco,
bien cuidado y pintado de blanco, se inclinaba coquetonamente  impulsos
del viento que cea su vela triangular. Amaneca dulce y soadoramente.

Nada hablaban en alta voz los dos pescadores; pero bien poda decirse
que en su interior ms hablaban que polticos en la oposicin.

--Diablo de muchacho--decase el padre--, qu fuerte le ha entrado. En
mis tiempos no nos enamorbamos as. Que una muchacha nos deca que no?
Pues  otra! Bien enamorado estuve yo de la Gabriela, y, sin embargo,
pues cuando me dej plantado por el _Bisojo_... pues... _na!_ Pas unos
das malos... despus vinieron los buenos, me declar  Carlota, me cas
con ella... y bendita sea la hora en que lo hice; que sta me sali
buena, y hay que ver cmo le sali la Gabriela al _Bisojo_... Pero anda,
que ahora, se enamora un muchacho de una mujer... y ya parece que no
hay otra en el mundo; cuando hay ms que pescados en la mar!

--Me parece que debemos dar fondo--dijo Pedro, interrumpiendo el
soliloquio de su padre.

El seor Jaime mir hacia tierra para orientarse, y despus hizo virar
la lancha y solt la escota de la vela. Pedro recogi sta sujetndola
con la misma escota al palo; despus arroj al agua un pesado pedazo de
hierro que, sujeto  un _cabo_, haca las veces de ancla.

El viejo, entretanto, sacaba de un cesto las _lias_ que haban de
servir para la pesca del calamar; una vez preparadas, se situaron cada
uno en una banda y empezaron la tarea que deba durar hasta el
anochecer.

--Parece que hoy se da bien--dijo al cabo de un rato el seor Jaime,
tirando rpidamente de su aparejo para que no se desengancharan del
anzuelo tres hermosos calamares que intilmente queran defenderse
soltando fuertes chorros de tinta.

--Bien hace falta, si hemos de llevar lo que el to Juan nos ha
encargado--replic Pedro, tirando  su vez de la lia.

La pesca, que, como el seor Jaime haba dicho, se di bien, continu
hasta las doce, sin que ni el uno ni el otro hablaran ms que lo
indispensable.

A las doce en punto se suspendi la pesca; recogironse los aparejos y
se dispuso el almuerzo.

Todos los esfuerzos que el padre hizo, durante aqul, para entrar en
conversacin con el hijo, fueron intiles. Pedro no responda ms que 
un tema, y precisamente ese tema era el que su padre no quera tocar de
ningn modo.

El pobre enamorado, desde haca das iba volvindose cada vez ms
taciturno y ms reservado. Mientras coma, sus ojos miraban hacia
tierra. No saba l,  punto fijo, hacia dnde caa Madrid; pero l
miraba hacia all, muy lejos, y seguramente que alguna vez sus miradas
pasaran sobre aquella maldita ciudad en la que se encontraba lo que l
ms quera en el mundo; porque es lo cierto que, aun vindose
traicionado, aun vindose insultado y ofendido como se vea, l segua
queriendo  Julia... Por qu no haba l de ir  Madrid? Por qu su
padre se obstinaba en no dejarle? No tena el dinero que con tanta
alegra y tantos afanes ahorrara para casarse? Qu mejor empleo poda
darle que en ir  Madrid, buscar  aquel hombre, arrancarle el corazn
y hacrselo aicos, como l lo haba hecho con el suyo?

Pedro miraba  su padre cuando aqul no le vea, y despus tornaba 
reconcentrarse en s mismo.

Concludo que fu el almuerzo, Pedro dijo  su padre:

--chese usted  dormir un poco, que yo seguir pescando.

--Echmonos los dos: el mar duerme tambin, y tiempo nos queda de sobra
para pescar lo que nos falta.

--Yo no tengo sueo, padre; chese usted.

--Bueno; pero no me dejes dormir mucho; ya sabes que no me gusta.

--No tenga usted cuidado, que yo le llamar.

El viejo tumbse boca arriba en el fondo de la lancha; psose la boina
sobre la cara, y,  los pocos momentos, un rumor sordo, que fu
aumentando hasta alcanzar la categora de formidable ronquido, anunci
que dorma como un lirn.

       *       *       *       *       *

Ms de dos horas haban pasado cuando el seor Jaime empez 
rebullir perezosamente. Llam  su hijo en forma que apenas se le
entenda y volvi  quedar inmvil unos segundos; despus
incorporse, como sobresaltado, y, restregndose los ojos, llam
nuevamente:--Pedro--dijo pensando que ste se hallaba detrs de
l.--Pedro--volvi  repetir. Y como Pedro no le contestara ni l
oyera ruido alguno  su espalda, volvise precipitadamente, quedando
plido como el marfil, por la emocin que sufri: Pedro no estaba en la
lancha!

--No est..., no est aqu!--dijo balbuciendo las palabras.--De
pronto, como si un sbito ataque de locura le acometiera, psose en pie
gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

--Pedro!... Pedro!... Pedro!--Nadie le contest. Los sollozos le
ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... de su
Pedrn!--Ah, maldita mujer... maldita, s!... Quin tena la culpa de
lo que suceda, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se
haba tirado al mar para matarse, como nico medio de olvidar  la
causante de sus desdichas... Y l que se haba echado  dormir tan
tranquilo!... Pero, Dios Santo!... Cmo suponer que Pedro abrigara
aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su
hijo se hubiera matado as... de aquella manera... estando junto  su
padre. El viejo recorri afanosamente con la vista todos los rincones de
la embarcacin buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que
aclarara sus dudas horribles. Una ronca exclamacin se escap de su
oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: all, hechas un
reguo, vi las ropas de Pedro. Un jbilo inmenso, una alegra delirante
hizo temblar al seor Jaime, como un azogado. Abalanzse sobre aquella
prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y
suspiros ahogados, las estrech centra su pecho, besndolas con loco
frenes.--Ya lo deca yo, ya lo deca... No se ha matado, no!... Si se
hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de
quitarse la ropa. El dejarla aqu es indicio de que quiso ponerse en
condiciones de poder nadar para llegar ... adnde, Dios, adnde? A
tierra, sin duda; pero con qu objeto? Qu idea ha podido sugerirle el
recuerdo de esa...? Habr querido poner en prctica su deseo de ir 
Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo?

Lo que sea, no es aqu donde he de averiguarlo; y si es esto ltimo,
como me figuro, quiz todava nada en direccin  tierra, y en ese
caso... pronto le alcanzar la _Carlota_.

El seor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sac de la cesta de
las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cort
el cabo de aqulla; luego hizo _virar_ la lancha con un remo y la
_Carlota_, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ci
el viento con la vela y hendi con su afilada proa las tranquilas aguas.

El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada
descubra. La distancia  tierra, poco ms de una milla, era poca cosa
para un nadador como Pedro, y no tena miedo de que le hubieran faltado
las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.--Sin duda--pens--que
se tirara al mar en cuanto yo me qued dormido... y, en ese caso, es
seguro que lleg  tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que
cogi sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del
ferrocarril.

Poco faltaba  la _Carlota_ para ganar la costa, cuando el seor Jaime
crey distinguir un objeto informe que se mova  impulsos del
agua.--Qu es aquello que se ve all, Jaime?--se dijo sintiendo que
el corazn le saltaba del pecho.--Aquello... aquello es... A ver:
orza... orza un poco, Jaime... As... Qu el diablo me lleve si aquello
que sube y baja en el agua no es...!

Y el pobre viejo, con voz que la alegra haca parecer desesperada,
empez  gritar:--Pedro!... Pedro!... S, s; es Pedro, es mi
Pedro...

La _Carlota_, con su rpido andar, acortaba por momentos la distancia
que la separaba del objeto que flotaba en las aguas.

El seor Jaime, abandonando el timn y la vela, salt por encima de los
bancos, hasta la proa de la lancha.

La _Carlota_, falta del impulso del viento, y slo con la velocidad
adquirida, lleg hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado,
era mecido por el agua, dndole suavemente con la roda, como si quisiera
acariciarlo.

El desdichado padre, al ver que aquel cadver era el de su hijo, el de
su Pedro... abri los brazos y, sin proferir ni una exclamacin, cay de
espaldas en la lancha.

La _Carlota_ sigui rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera
decirle que estaba all... que subiera  su bordo para reanudar la
marcha...


IV

Desde aquella terrible tarde en que,  hombros, haba subido  la casuca
 su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pas l solo velando
el cadver de su hijo; desde que, al da siguiente, le hubo dejado
enterrado junto  su madre, el seor Jaime no haba vuelto  entrar en
su casa,  la cual ya miraba como  panten de su felicidad. Aquella
noche espantosa, el pobre viejo crey volverse loco, y no aseguramos
nosotros que su razn quedara muy completa.

Tampoco volvi  embarcarse en la _Carlota_; la vela, los remos y el
timn fueron trasladados  la habitacin que haca las veces de almacn,
y ella fu amarrada en su pequeo puerto, al abrigo de unas elevadas
rocas.

Flaco, encorvado, perdidas por completo las energas, aniquilado, en
suma, pasaba la mayor parte del da en el pequeo cementerio del pueblo,
donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por
las noches dbase  vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le
renda, base hacia la casuca, se echaba junto  ella y desde all
contemplaba el mar, desde all miraba  la _Carlota_, que, amarrada,
pareca participar de las tristezas de su dueo. En el bolsillo guardaba
la llave de su morada; pero un da que quiso entrar en ella, crey
morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevi 
turbar el silencio de muerte que all dentro reinaba.

Gastadas las economas de Pedro en su entierro, el seor Jaime careca
de recursos; pero no por eso, al pronto, le falt lo indispensable: los
vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo,
desvivanse por atender al pobre viejo... Era tan desgraciado! La una
un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aqu le hacan entrar hoy
para que comiera caliente; all apartaban un poco de la cena, y Pepina,
la chica mayor de la casa, echaba hacia l acantilado en busca del seor
Jaime, para que se lo comiera. Pero poco  poco, y  medida que la
terrible impresin que caus la muerte de Pedro se fu borrando de la
memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos ms, otros
menos, todos tenan desgracias que contar; que haba que conformarse con
ellas, y que ya iba siendo hora de que el seor Jaime se conformara con
la suya: ni era el nico padre que haba perdido  su hijo, ni lo
sera. Tena casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la
gana; porque todo aquello de que se morira de pena all dentro y dems
cosas que deca, no eran ms que tonteras; todos tenan casas, y no
porque se muriera alguno de la familia se iban los dems  vivir al
campo. Tena una hermosa lancha, que poda vender, ya que l era
demasiado viejo para ir solo  pescar; porque todo aquello de no
quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo
que no podra desprenderse sin perder la vida, no eran ms que chocheces
de viejo. En el pueblo haba muchos que cuando vinieron mal dadas,
tuvieron que vender la lancha y todo lo que fu preciso para poder
subsistir, y por eso nadie se muri, que precisamente para no morirse es
para lo que la vendieron. Y, sobre todo, qu caramba!, ellos eran
pobres tambin y harto hacan con remediarse ellos mismos.

En medio de la indiferencia que por todo senta, en medio del estado de
idiotez en que el viejo cay, no dejaba de alcanzrsele que tenan
razn; as, pues, para acabar con las murmuraciones, decidi aceptar el
puesto que, para guardar las vacas, le ofreci el alcalde de la aldea,
contemporneo suyo y amigo de la niez. Despus de todo, qu ms poda
apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, ms nobles
que la mayora de las personas. Empez su nueva vida; el pescador
trocse en apacentador de vacas. Todas las maanas, al amanecer, base
hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar
del da. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento
del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca  ninguna
atencin prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con
frecuencia le ocurra que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el
ganado, cansado de esperar, se echaba  dormir en el campo. Ms de una
vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al
muchacho:

--Eh, seor Jaime!... Se ha quedado usted dormido  es que est usted
chocho?

Volva en s, sobresaltado, el seor Jaime; sonrea dulcemente, por toda
respuesta,  las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado
volva  casa, donde an haba de escuchar cosas ms desagradables.

Estas y otras causas dieron lugar  que el alcalde le tratara cada vez
ms spera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya
chiflado y no serva para nada. No recordaba, al hablar y al proceder
como lo haca, que ambos haban jugado juntos siendo nios; no recordaba
que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran
cario que se profesaban; por regla general, el corazn del hombre no se
acuerda nunca de cuando fu corazn de nio... Qu lstima!

Los pilluelos de la aldea le hacan burla y le tiraban piedras. l los
miraba sin enojo y sonrea, sonrea tiernamente al contemplarlos y no se
quejaba de las pedradas que reciba; l tambin haba tenido un nio, un
precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna
vez habra tirado tambin piedras contra algn pobre viejo. Pero no;
Pedro no haba tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre
ni l le haban permitido nunca tal desmn.

Un da, no pudiendo ya sobreponerse  la angustia que le dominaba, el
seor Jaime, despus que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado
unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como 
un idiota, salise sigilosamente de ella y se fu  los acantilados, al
lado de su querida casita, junto  la cual durmi. Qu consuelo sinti
junto  ella! Momentos hubo en que crey oir rechinar la puerta y que su
Carlota y su Pedro salan  buscarle tendiendo sus amorosos brazos para
aprisionarle en ellos. Pero todo fu un sueo! All abajo estaba la
lancha amarrada en su puertecito.

Al otro da, en toda la maana se movi del mismo sitio. Sentado en el
suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas
y apoyada en ellos la cabeza, el seor Jaime pareca madurar algn
proyecto, alguna resolucin extrema. Por la tarde visele por el campo
recogiendo florecillas silvestres, que, ms tarde, fu  depositar sobre
las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vi orar
fervorosamente; al anochecer volvi al acantilado.


V

Seran las doce de la noche, cuando el seor Jaime, con paso vacilante,
se acerc  su antigua morada. Con mano temblorosa busc la llave en uno
de los bolsillos de su derrotado pantaln, y no sin gran trabajo, la
introdujo en la cerradura, que resisti al primer intento; cedi, por
fin, al segundo, y la puerta se abri, no sin gran escndalo de sus
mohosos goznes.

Precipitse el anciano, ms bien por desfallecimiento de sus energas
que por mandato de la voluntad, en la primera habitacin, y dejndose
caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa  l y  su
hijo, prorrumpi en convulsivos sollozos.

Largo rato permaneci en aquel estado. Cuando el caudal de sus lgrimas
se hubo agotado, incorporse penosamente y con la vista recorri la
estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella haba: all
estaba todo, todo lo que haba sido testigo de su felicidad.

Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada reson en aquel
cuartucho.

El seor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus
perdidas energas, di  entender con su nueva actitud que alguna
resolucin inquebrantable le haba llevado all. En efecto: empez 
recoger todos cuantos muebles y objetos de madera haba en la casa y con
ellos form un montn junto  uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo
ellos puso la vela de la _Carlota_, y sobre ella arroj el alquitrn que
contena un pequeo cubo que en un rincn haba; recogi los remos y,
arrastrndolos por uno de sus extremos, los sac fuera de la casa;
descans unos momentos y despus los condujo, con no poco trabajo, hasta
la embarcacin.

Pobre _Carlota_! Despintada completamente, pareca haber envejecido
tanto como el amo. Al sentir que aqul volva  su bordo, mecise
suavemente en el agua, sintindose revivir. El seor Jaime sufri una
nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empez
una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca
desprendidos de las peas. Cuando el calado de la _Carlota_ hubo
aumentado,  juicio del seor Jaime, lo necesario, suspendi la
operacin y regres  la casuca. A lo lejos se sinti el reloj de la
iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...

Entr el viejo en la casa; pas una ltima mirada por su recinto; cogi
del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, busc en
sus bolsillos una mugrienta caja de fsforos, encendi uno y lo aplic 
la vela impregnada de alquitrn. Cuando vi que las llamas hacan presa
en los objetos amontonados encima, sali de la casa, cuya puerta cerr
con llave y descendi lo ms rpidamente que pudo hasta la _Carlota_.
Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esper.

El semblante fnebre, amarillo, del seor Jaime haba cambiado
completamente de expresin: sonrea y pareca el ser ms feliz de la
tierra; sus ojos haban recobrado el brillo y la viveza de la juventud,
y un ligero tinte sonrosado cubra sus mejillas.

Del interior de la casa empezaron  salir por sus muchas grietas y
rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco despus vise brillar en el
tejado un punto rojo.

--Ahora!--exclam el viejo. Con el cuchillo cort las amarras de la
lancha, y con un remo _finc_ con fuerza para sacar  la _Carlota_ de su
puertecito. Cuando sta sali al mar, el marinero coloc los remos en
los toletes y empez  bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en
la techumbre de la casa fuse bien pronto agrandando, hasta convertirse
en un penacho de llamas.

El seor Jaime, desde el banco en que remaba, vea cmo stas devoraban
el hogar en que naci.

Cuando por la intensidad del fuego comprendi que ya nada ni nadie
podra salvarla, el viejo marinero dej de remar; quit los remos y los
dej sobre los bancos. La _Carlota_, que navegaba perezosamente  causa
de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los
remos... ella, que siempre naveg rpida y gallarda con la vela!, se
detuvo casi instantneamente.

--Ahora nosotros, todos los que quedamos,  un tiempo--murmur el seor
Jaime.

Con un pedazo de cuerda at los remos fuertemente  uno de los bancos;
despus, con otra cuerda, at sus pies al palo de la lancha. Mir
nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas
empezaba  decrecer por falta de combustible, sac el cuchillo de la
faja, y, arrodillndose, empez  quitar madera de junto  la quilla,
con la afilada punta.

Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna  su paso.
All,  lo lejos, se vean las llamas que consuman los restos de la
casuca; algunos vecinos se movan junto  ella, como sombras proyectadas
por una linterna mgica.

El seor Jaime trabajaba con afn, y, por fin, el agua empez  penetrar
en la lancha: poco  poco, primero; ms rpidamente, despus.

El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruz las
manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclam con
voz entrecortada por los sollozos:--Al fin vamos  reunirnos de nuevo.

El agua, precipitndose por encima de las bordas de la _Carlota_, hundi
 sta rpidamente, ahogando las ltimas palabras del infeliz pescador.

Bajo las aguas sintise al desgraciado agitarse desesperadamente durante
unos segundos; despus... nada!... El agua recobr su alterada
tranquilidad...

El fuego habase ya extinguido... La luna, horrorizada, neg su luz al
terrible cuadro, ocultndose tras un negro nubarrn...

       *       *       *       *       *

Al amanecer, un vaporcito mercante pas por aquel lugar, revolviendo con
las paletas de su hlice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en
su seno al viejo pescador...


Eplogo.

Han pasado quince aos. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina
capital, que haba llegado  ser uno de los principales puntos de
veraneo, haba progresado de una manera notable.

El pueblo, en s, permaneca el mismo; que en esto sucede con los
pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los aos, otras
permanecen apegadas  _su tiempo_ y sus ranciedades; pero, en cambio,
toda la parte de la costa haba variado completamente de aspecto. La
carretera haba sido arreglada. A lo largo de sta se haban edificado
numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeos
muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y
automviles circulaban por aquel camino; un tranva elctrico corra por
el lado izquierdo, hasta el monte _Padruco_, en el que se haba
edificado un hermoso Hotel para viajeros y donde existan algunos
_restaurants_ para recreo de los veraneantes que concurran  ellos para
comer, disfrutando de un panorama bellsimo.

Un lujoso faetn, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba
por la carretera en direccin  Rodaleda. Ocupaban el pescante un seor
gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa
mujer que, al parecer, haba entrado ya en el otoo de la vida; detrs
de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces  los peatones que se
interponan ante el coche.

Al llegar  la entrada de Rodaleda, frente por frente  la casa que
habitara Julia, el seor detuvo violentamente los caballos. El lacayo,
saltando con ligereza al suelo, corri  sujetar de las riendas  los
fogosos animales.

Descendi el caballero trabajosamente, y di la mano  la seora para
que lo hiciera.

--Es aqu?--pregunt el acompaante de la seora.

--S!--replic ella, dirigindose rpidamente hacia la puerta de la
casa.

El seor, acercndose  los caballos, diles algunas palmadas en el
cuello, llamndolos al mismo tiempo por sus nombres; despus sigui  la
seora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.

Hallbase sta perpleja  indecisa ante la puerta cuando lleg l.

--Qu pasa?--pregunt.

--Que la puerta est cerrada!

--Bah!

Tante el caballero la resistencia que poda ofrecer aqulla, con un
empujn, y viendo que sta no poda ser mucha, le aplic una fuerte
patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abri de par en
par.

--Ya est abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes.
Mira que es gusto venir  recrearse en cosas viejas, feas... y
desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares
donde se han pasado miserias y privaciones.

--Hombre... es la casa donde nac!

--S, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la
actualidad con el techo hundido, cayndose de vieja... y llena de
alimaas.

--Pues no entres t!--dijo Julia algo contrariada.

--De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches
pronto.

Y el caballero volvi hacia el coche, mientras Julia, previo
remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua
morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cntaro;
el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y
derrengada mesa. Julia contempl los objetos de aquella estancia y acto
continuo penetr en la alcoba. El primer objeto en que se fij su vista
fu el collar que permaneca sobre la almohada tal y como Pedro lo haba
dejado. Lo cogi con mano temblorosa y estuvo mirndolo largo rato.

--Yo cre que lo haba perdido aquel da--dijo limpindolo con su fino
pauelo de batista.--Pobre Pedro!... Pobre nio!...--murmur con
emocin.

Julia, sintiendo su corazn angustiado, guard en el seno el collar y
sali  la primera habitacin; pase su mirada por ella nuevamente... y
en seguida traspuso la puerta de entrada.

--Vamos, has terminado?--dijo al verla salir el caballero, con tono de
aburrimiento.

--S, hombre, s; ya he terminado--respondi Julia maquinalmente y
absorbida, al parecer, por un pensamiento.

--Qu te ocurre ahora?

--Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no s cmo
podremos cerrarla.

El caballero prorrumpi en ruidosas carcajadas; cuando hubo redo  su
gusto, exclam:

--Ten cuidado no te vayan  robar.

--No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no
quiero dejarla  merced de nadie.

Nueva explosin de risa en el seor gordo. Julia, encendida como la
grana, mirbale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo
flaco, sucio y desarrapado, se acerc tmidamente, mirando fijamente 
Julia.

--Ahora que esto se est poniendo de moda y que se est construyendo
tanto por aqu, pronto harn desaparecer ese adefesio, para levantar en
su lugar alguna buena finca.

--Ese adefesio es mo, y nadie podr hacerlo desaparecer sin mi
consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo har
seguramente en este solar.

El caballero, sin parar su atencin en el tono agresivo de Julia, se
encogi de hombros. Julia habase fijado en aquel jovenzuelo que, 
pocos pasos, estaba mirndola embelesado. Acercse  l; aquel rostro no
le era desconocido.

--Cmo se llama usted?--pregunt Julia al individuo en cuestin.

--Pascual--contest tmidamente el interrogado.

--El hijo de la Pepona?

El jovenzuelo contest que s con un movimiento de cabeza, sin dejar de
mirar  Julia ni un momento.

--No te acuerdas de m?--pregunt sta.

Movimiento de duda en el aludido.

--Soy Julia... Julia... No te acuerdas?

El muchacho asinti con otro movimiento de cabeza, pues el hablar
pareca habrsele bajado  los talones, y sigui mirando como si
estuviera hipnotizado.

Pens Julia un momento y luego, encarndose con Pascual, le dijo:

--Te voy  dar un encargo, lo cumplirs? S? Bueno, pues mira: toma
este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la
cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva
dentro de dos  tres das, me entiendes? No te pesar. He de hablar
contigo y has de contarme muchas cosas.

La voz del caballero reson malhumorada, diciendo:

--A este paso nos tendremos que volver  casa sin llegar al Padruco...
Vaya una tardecita!

Separse Julia de Pascual, despus de cambiar con l las ltimas
palabras, y corri hacia el hombre gordo.

--Qu impaciente eres, hijo mo!--dijo subiendo al carruaje.

--Y t qu pesada!--replic l ocupando su asiento en el pescante,
junto  Julia.--Y quin es ese personaje con el que te has mostrado tan
generosa?

--Ese personaje era hace quince aos un rapacillo--respondi Julia dando
un suspiro.

--Te vas  poner tierna ahora?

--Y por qu no? Recordando aquellos tiempos...

--Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas  contar la
historia del imbcil del pescador que se mat...

--T no te mataras, si yo te abandonara, verdad?

--No, por cierto!

--Porque t no me quieres como me quera aqul.

--No s si te quiero ms  menos; pero lo que si s, es que si todos los
que has querido y has abandonado...  te han abandonado, hasta _nuestros
das_... se hubieran matado, excuso decirte.

Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono
despectivo, sinti que la sangre se agolpaba en el corazn; sinti un
arrebato de ira que la impulsaba  insultarle; pero la dignidad,
maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisin  _los amos_,
durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.

Los ojos de Julia se llenaron de lgrimas, y al travs de ellas vi la
dulce imagen de Pedro.

El seor gordo volvi la cabeza para mirar  Julia, y al verla en
aquella actitud, exclam con tono agrio:

--Si vas  tomarlo por lo dramtico, ms vale que te tires al mar,
chiquilla.

Julia comprendi que se la avisaba de que no era aquella su misin; su
misin junto _al amo_ era la de sonreir y alegrarle la vida; si tena
penas, all ella con las que fueran; l no tena nada que ver con eso.

--Vas llamando la atencin... y la cosa no es muy agradable.

Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el
del seor gordo, fijbanse en Julia.

Esta, comprendindolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre s misma, y la
sonriente mscara, eterna careta de su vida, volvi  su rostro; trag
su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la haba
tratado, que tan brutalmente le haba recordado su esclavitud, y las
palabras alegres y cariosas volvieron  brotar de sus labios para
complacerle.

Para qu disgustarle, para qu romper la cadena, si detrs de aqul
tendra que venir otro que sera igual?

El seor gordo, para desfogar su disgusto, fustig fuertemente  los
caballos, que, no acostumbrados  un trato semejante, salieron al
galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda,
hacia el monte Padruco...




Juan Pacheco


La operacin fu laboriosa; pero al fin se consigui extraer la bala,
que haba penetrado en la parte superior del muslo derecho del soldado
Juan Pacheco, ms conocido por el sobrenombre de _Pelotn_ desde que,
por su larga permanencia en el de _los torpes_, haba llegado ste 
estar constitudo por l solamente.

Con sumo cuidado se le condujo desde la sala de operaciones del hospital
militar en que se hallaba,  una de las camas preparadas para recibir 
los heridos de la accin librada pocas horas antes.

Cuando los efectos del cloroformo se extinguieron, _Pelotn_,  causa de
los violentos dolores que senta en la herida, pues la bala haba
interesado el hueso, empez  quejarse con toda la fuerza de sus
pulmones, que era mucha, pues los tena capaces de dar cabida  un
cicln.

Al oir los quejidos del herido, una hermana que  prevencin haba
quedado junto al lecho, trat de consolarle amorosamente:

--Tenga paciencia, hermano, que otros han sufrido mucho ms... Qu sabe
usted lo que son dolores fuertes?--decale como supremo argumento.

Suspendi _Pelotn_ unos segundos sus lastimeros lamentos para mirar con
ojos extraviados  la hermana, como dando  entender que no le pareca
una razn muy convincente el que otros hubieran sufrido ms, para que l
no estuviera viendo las estrellas.

La fuerza del dolor y el estado de debilidad en que el herido se
encontraba, pronto le dejaron sumido en un estado grande de postracin.

Cuando _Pelotn_ abri los ojos nuevamente, el primer quejido de la
serie que se dispona  lanzar, qued contenido en sus labios por la
sorpresa que experiment.

Entre las muchas seoras que caritativa y generosamente desempeaban el
cargo de enfermeras en aquel hospital, haba una, llamada Doa Amparo,
que atraa la atencin de cuantos la vean, por su radiante hermosura.
Se poda apostar, sin miedo  perder, que no tena ms de veinticinco
aos. Morena, de ojos grandes y negros, como su pelo, que cubra, en
parte, con una cofia blanca como la nieve. Su semblante, algo aniado,
tena una expresin dulce y bondadosa, la sonrisa, un poco tristona,
jugueteaba continuamente en sus finos y rojos labios. Si hubiera sido
ms alta, habra parecido delgada; pero, dada su mediana estatura, sus
carnes estaban en lo justo para que las formas guardaran un admirable
concierto. Era el tono de su voz tan suave y persuasivo, que, cuando
suplicaba algo, era una orden para el que la oa. El aroma de todas las
flores de la tierra pareca encerrado en aquella mujer, y no haba all
herido alguno que no sintiera aliviarse sus sufrimientos cuando ella se
acercaba: tal era la mujer que _Pelotn_ vi ante s.

Doa Amparito, como la llamaban ms comnmente, enfriaba con la cuchara
el caldo de una taza que tena en la mano.

--Se siente usted ms aliviado?--pregunt  _Pelotn_.

Este, sintiendo que la lengua se le volva un estropajo, contest con un
movimiento afirmativo de cabeza.

--Pues  tomar ahora este caldito y  seguir descansando... verdad?

Y deca aquello de una manera, con un tonillo, que no haba ms remedio
que tomarse el caldo sin replicar.

Desde aquel momento, Doa Amparito vino  ser una obsesin para el pobre
soldado, y ste  convertirse en el punto negro de las hermanas de la
Caridad y de las dems enfermeras; todas temblaban cuando tenan que
acercarse  la cama de _Pelotn_ para algo.

El herido opona una resistencia heroica  tomar nada que no viniera de
manos de la bella enfermera. Qu culpa tena l de que los alimentos le
nutrieran ms... de que las medicinas le produjesen mejor efecto cuando
ella se las daba que cuando se las daban las otras?

Y no es que las dems seoras, como las hermanas, no fueran cariosas
con l... qu disparate!...; es que aqulla... aqulla tena un modo de
hacer las cosas que... vamos!... l no se lo saba explicar, pero
cuando ella se acercaba, con ella vena la salud, la vida, la alegra...
Si daba gusto sufrir para que _ella_ consolara con sus palabras llenas
de amor y de ternura! Es que tena l la culpa de tener fe en que con
sus cuidados se haba de poner bueno? Que las hermanas se enfadaban?
Que los mdicos le rean? Que ella misma le haba reprendido alguna
vez por su terquedad? Ella, hasta regaando, daba gusto oirla, y en
cuanto  los dems... los dems, que le presentaran el artculo de las
Ordenanzas en que se prohiba tener fe en una persona! Porque fe y nada
ms era lo que l senta por aquella seora tan guapa! Y decan que era
viuda de un capitn, muerto en la campaa aquella, y que por honrar la
memoria de su esposo se haba consagrado  cuidar  los heridos mientras
durara la guerra.

--Viuda!--decase _Pelotn_.--Qu cochino enemigo habr sido el que ha
matado al marido! Pobrecita!

Lleg para _Pelotn_ el terrible momento: haba quedado cojo; pero
estaba curado, dado de alta, con la licencia absoluta en el canuto y con
una cruz en el pecho.

       *       *       *       *       *

Mohino y cabizbajo sali Juan del hospital. No saba lo que le pasaba;
iba triste, y no saba por qu. Al abandonar el hospital le pareca
abandonar el lugar de toda alegra y de toda felicidad que pudiera haber
en la tierra. De todos se haba despedido, y aunque an le sonaba en los
odos el tono socarrn con que el mdico le haba dicho: Cudate,
_Pelotn_, que aunque ests curado... no ests bueno, lo que an le
pareca estar oyendo eran las palabras de ella:--Ya ha cumplido usted
con la patria; ahora  cumplir con los padres... y con la novia, porque
usted tendr novia.--Congrio, si tena novia!... La moza ms garrida
y ms guapa de _Cornejilla la Vieja_!... Y por cierto, que Dolores, que
as se llamaba, no deba estar muy satisfecha del novio, porque,  decir
verdad, las cartas que la haba escrito desde el hospital haban sido
bien cortas... y bien lacnicas.


II

Describir, qu digo describir!, dar idea, siquiera aproximada, del
entusiasmo con que fu recibido _Pelotn_ en _Cornejilla la Vieja_,
sera tarea punto menos que imposible. Chillando los chicos delante,
gritando los hombres detrs, y saludando con los pauelos, desde puertas
y ventanas, las mujeres, fu llevado en hombros hasta el Ayuntamiento,
donde fu agasajado y festejado por dems.

All, en el saln de sesiones, en medio de un gritero ensordecedor, el
Alcalde propuso que se diera  la plaza del pueblo el nombre de Juan
Pacheco; un concejal dijo que era mucho mejor asignarle una pensin;
otro, que hacer las dos cosas; por ltimo, se acord dejar el asunto
para la primera sesin.

En todo aquel da pudo Juan disponer cinco minutos de su persona; todos
le asediaban con preguntas y ms preguntas, y ms de cien veces tuvo que
repetir cmo haba recibido la herida.

Y por la noche en casa de Dolores? Si apenas pudo preguntarla:

--Hola!... Cmo ests, chica?

Nada;  contar de nuevo la accin, y  decir cmo haba luchado contra
dos... y cmo  los dos los haba hecho polvo; cosa que no le pareca de
mayor cuanta, porque es lo que deca l:

--El que uno sea torpe _pa_ aprender la instruccin no es razn _pa_ no
ser listo en dar lea antes que se la den  uno.

El caso es que _Pelotn_ segua siempre el relato hasta su salida del
hospital, y que, si bien era parco en lo que al hecho de armas se
refera, era de oir cmo se eternizaba hablando de Doa Amparito.

Contemplbale Dolores con ojos fijos, y oale sin rechistar. No pareca
muy contenta la moza, que digamos, y algn pesar oculto pareca
dominarla.

Los cinco  seis primeros das fueron de ajetreo continuo para el hroe:
hoy coma aqu, maana cenaba all... Y luego,  casa de la novia, 
repetir el hecho ante los padres y las visitas, y  entusiasmarse
hablando de la linda enfermera. Dolores, que en los das transcurridos
aun no haba escuchado de su novio ni una palabra cariosa, haca
puntilla, sin levantar cabeza en todo el rato.

Al sptimo da, el mozo decidi quitarse ya el uniforme y vestir, como
antao, el pantaln de pana y el chaquetn de pao burdo; lo cual que
fu como dar la seal para que empezara  decaer el entusiasmo pblico,
y para que el Ayuntamiento, que aun no se haba puesto de acuerdo,
cesara en las discusiones de que si haba de ser el nombre  la plaza,
la pensin,  las dos cosas  la vez.

Aquella noche hubo protestas por parte de los padres de la novia, porque
se haba quitado las prendas militares. Dolores, que pareca muy
nerviosa, nada dijo, y escuch por milsima vez los elogios que su novio
haca de aquella tan decantada Amparito.

A la hora de despedirse, y cuando le lleg el turno  ella, djole 
_Pelotn_, muy bajito:

--Juan, si quieres hacer el favor, espera junto  la reja de mi cuarto,
que he de hablarte sin que nadie nos oiga.

Algo le sorprendi al mozo el encargo; pero cumplile y esper donde se
le haba pedido.

Poco tard Dolores en salir  la ventana llevando un paquetito en las
manos. Al verla Juan, exclam:

--Ms impaciente me tenas, que el da que te esper aqu mismo _pa_ que
me dijeras que s... que me queras... Qu te sucede?

--Poca cosa--replic Dolores, con no poca sequedad--. Quera, en primer
lugar, darte este paquete.

Tom Juan el paquete que Dolores le alargaba, y examinando el contenido,
lanz una exclamacin:

--Congrio...! Estas son mis cartas!

--Y todos cuantos regalos tengo tuyos--aadi Dolores.

--Es que no tienes sitio _pa_ guardarlos?

--Lo he tenido, y lo tengo... pero no s si lo tendr en lo sucesivo.

--Qu _quis_ decir con eso?

--Que todo tiene su lmite, Juan, y que mi paciencia ha llegado al suyo;
que desde que has venido no sabes hablar ms que de tu bendita Doa
Amparo, sin que hayas encontrado ocasin de decirme: Dolores, cunto
he _penao_ porque no te vea. Que, sin saberlo, nos has enterado 
todos de que estabas _enamorao_ como un burro, que cada uno se enamora
como lo que es, de tu Doa Amparito, y que, como yo soy moza que tiene
derecho  que el hombre que se case con ella no piense ms que en su
mujer, pues se me ha ocurrido que t debes volverte  la guerra  que te
den otro tiro,  marcharte donde quieras... porque vamos! que t 
m... t  m no me cuentas ms lo que te ha pasado con ella!

Y la hermosa hembra, echando lumbre por la cara, cerr con fuerza la
ventana.

Juan, que pareca haberse quedado atontado con aquel discurso, quiso
impedirlo con la mano; pero slo consigui que medio le pillara un dedo.

Sacudi la mano con fuerza, y chupse despus el dedo para mitigar el
dolor que,  lo que parece, sirvi para devolverle el habla.

--Recongrio...!! Pues no se atreve  decir que estoy _enamorao_ de la
otra...? Lo que t tienes es que ests enrabiada porque ves que yo... y
que ella... y que t... Y que puedes esperar sentada, si piensas que yo
he de venir  rogarte...! A m con humos...!

Y _Pelotn_, recogiendo el paquete que haba dejado caer al suelo por la
fuerza del dolor del dedo, sali de all botando, y tan deprisa como le
permita su cojera.


III

Sentados  la sombra de un msero y solitario olivo, _Pelotn_ y
_Meleno_ descansaban de la labor del campo y daban fin de un menguado
almuerzo; mejor dicho, _Meleno_ era el que lo consuma casi por entero,
porque  la legua se vea que Juan no poda tragar bocado, segn lo
tristn y cariacontecido que se hallaba.

Su padre era el dueo de la nica tahona que haba en el pueblo, y l
alternaba el trabajo de la fabricacin del pan con la labranza de
algunas tierras que tenan, en las que sembraban trigo, que luego
empleaban en el negocio.

--Y nada ms te dijo?--pregunt _Meleno_, que as le llamaban por el
horror que tena  cortarse el pelo, engullendo un pedazo enorme de
tortilla.

--Nada ms!--suspir _Pelotn_.--Despus cerr la ventana con tanto
aire, que me cogi este dedo... y mira cmo tengo la ua: parece de
pez, por lo negra.

--Pues... sabes lo que te digo?--respondi _Meleno_.

--Qu?

--Que la Dolores no te ha _obsequiao_ con las calabazas por lo que me
has dicho.

--Por qu iba  ser, entonces?

--Porque ella sabe muy bien que es la moza ms hermosa del pueblo;
porque ella es muy presumidica... y razn tiene para serlo!..., y
porque se me est figurando que desde que te ha visto cojo se le ha ido
todo el amor por los talones.

--Congrio!... T has _dao_ en el clavo, _Meleno_!--dijo _Pelotn_
dando un berrido.--Mira que confundir el amor con el agradecimiento!...
Hay que ver!

--Se comprende que te hubieras _enamorao_, si hubieras sido capitn,
pongo por caso...

--_Siqui_ teniente; hombre, _siqui_ teniente!

--Pero siendo un triste _soldao_!

--Y pensar que en estas tierras que labramos ha de nacer el trigo con
que, en casa, he de amasar el pan que se ha de comer esa descastada!

--Y el burro de su marido; porque es de suponer que no la faltar con
quien casarse.

--Si fuera _pa_ la _otra_, _Meleno_, con qu gusto lo amasara... y con
qu gusto metera mi corazn dentro de una libreta _pa_ que _ella_ se lo
comiera!--dijo Juan soltando unos lagrimones.

--Eso es agradecimiento! Aqu quisiera yo ver  la Dolores,  ver si se
atreva  decir que estabas _enamorao_... Pero, en fin,  lo hecho,
pecho... y no pienses ms en ello!

_Pelotn_, sin replicar palabra, clav el arado en la tierra, empu las
riendas y la mancera y, arreando la yunta, empez de nuevo su trabajo
abriendo profundos surcos en el suelo, que iba regando con lgrimas...

       *       *       *       *       *

No obstante lo afirmado por _Meleno_, pas tiempo, y hay quien asegura
que Dolores sigue soltera, y no por falta de pretendientes...




Dolores

(Segunda parte de Juan Pacheco.)


Firme y decidido era el propsito que habamos hecho de no volver 
_Cornejilla la Vieja_ por nada de este mundo; pero tales y tan
alarmantes son las noticias que llegan hasta nosotros acerca de nuestro
antiguo amigo Juan Pacheco, que nos vemos obligados  quebrantar
nuestros propsitos, en gracia  la antigua y buena amistad que con l
nos une.

Desesperado, en efecto, anda el bueno de _Pelotn_. La noche que Dolores
le haba puesto de patitas en la calle, dndole aquellas tan grandes
calabazas, firmemente haba credo Juan que aquello no haba sido sino
hijo del orgullo y de la soberbia, del despecho que haba causado en la
moza el oir ponderar tanto las excelencias de aquella Doa Amparito, que
tan solcita y cariosamente le haba cuidado en el hospital; y por eso
Juan, tachando aquel acto de arbitrario y falto de toda razn y
fundamento, se haba ido  su casa chupndose el dedo que medio le haba
espachurrado con la ventana, y afirmando, con toda la entereza propia de
un varn ofendido, que no sera l quien diera su brazo  torcer, ni
fuera  doblar la cabeza en demanda de olvido y reconciliacin.

--Que ella haba tomado el rbano por las hojas, confundiendo la
gratitud con el amor? Bueno; pues mejor. S, estaba enamorado como un
animal, segn ella misma haba dicho. Todo lo que quisiera! Pero ir l
 doblar la cabeza... congrio!... eso s que no... Pues estara bueno!
Si eso pasaba de solteros, qu iba  suceder despus de casados? No,
no... y no! Mas no era ese el motivo por el que Dolores haba realizado
aquel acto,  todas luces injusto; eso no haba sido ms que un pretexto
como otro cualquiera; _Meleno_ se lo haba hecho ver bien claro: el
verdadero motivo era su cojera; esa, esa era la verdadera madre del
cordero, y no otra. Bien claro se vea que aquella arrogante moza, cuya
belleza era famosa, no slo en el pueblo, sino en todo el contorno,
tena  menos casarse con un cojo... Mala peste en ella y en todas las
mujeres guapas! Por el solo hecho de ser bonitas, ya creen que todo se
lo merecen.

Pero es el caso, que como en cosas de amor ms entereza suele mostrar la
mujer que el hombre, result que as como Dolores cada vez se mostraba
ms firme en su resolucin, Juan, por el contrario, cada da flaqueaba
ms en la suya; y fuera porque al no ver ya  la Doa Amparo, que ojos
que no ven, corazn que no siente, el recuerdo de ella y la impresin
que le causaron se fuera borrando poco  poco del corazn de Juan; fuera
porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde,  fuera porque, en
realidad, nunca haba dejado de querer  Dolores, es lo cierto que el
hombre empez  sentir unos desfallecimientos y desmayos que bien
pareca que la vida se le iba en ellos; que tan delante de los ojos
tena siempre la imagen de ella, que en todo el da vea otra cosa, y
que aquellos desmayos que senta, trocbanse  veces en raptos de furor
que le empujaban hacia casa de la moza para ver _con qu derecho_ le
haba dado aquellas calabazas. Tomaba, en efecto, el camino de la casa;
pero es el caso que siempre, al llegar, senta desfallecer su entereza y
se vea asaltado por mil dudas y vacilaciones. Veinte veces avanzaba y
otras tantas retroceda, hasta que, por ltimo, y renegando de todo lo
renegable, base  su casa y se pona  trabajar, asegurando que lo
menos que deban hacer con l era ahorcarlo, ya que no tena valor para
ponerse enfrente de Dolores.

El estado en que lleg  verse Juan, repercuti en el pueblo, y no falt
quien propusiera ir  ver  Dolores, para rogarla que volviera de su
acuerdo; porque lo cierto era que, desde que Juan estaba tan
desesperado, no haba Cristo que comprara un panecillo con el peso justo
ni con el cocido en su punto.

Recurrir al padre de Juan, dueo de la tahona, era cosa intil: aparte
del cario paternal que profesaba  su hijo, era tal la admiracin que
senta por l, desde que volvi de la guerra en calidad de hroe, que se
senta incapaz de reprender  aquel vstago que tanto lustre daba  la
dinasta de los Pachecos de _Cornejilla la Vieja_.

Se pens en acudir al Alcalde para que llamara al orden al panadero;
pero como quiera que aqul era carnicero, y tambin se quedaba en el
peso con lo que poda, result que su llamada al orden slo sirvi para
que el padre de Juan lo mandara  paseo; y como no haba ms panadera
en el pueblo que aqulla, el problema del pan lleg  convertirse en un
problema sin solucin.

Juan pasaba de los perodos de exaltacin  los de un decaimiento
profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos
ltimos, que  buen seguro que de ser l un poco ms decidido, ya
hubiera hecho un disparate gordo.

Siempre que poda, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero
de nada le serva, porque la chica le hua como si fuera el demonio.

Es que Dolores le haba dado calabazas efectivamente porque tuviera 
menos casarse con un cojo? No! Dolores segua queriendo  Juan lo mismo
que antes, ms quiz, porque tambin ella admiraba un poquitillo el
valor de que _Pelotn_ haba dado pruebas en la guerra; pero Dolores
estaba herida en lo vivo, desde que se di cuenta de que su novio estaba
enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doa Amparo; y no era ella
mujer que sufriera esto. Sufra tanto  ms que Juan; pero no se daba 
los arrebatos que ste: guardaba sus penas en el corazn, para ella
sola, y mostrbase afable y cariosa con las gentes; al revs que Juan,
que no haba guapo que se acercara  decirle una palabra.

No pas inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se
operaba en su ex novio, y que ste cada vez poda menos vivir sin ella;
pero guardbase muy bien de que l encontrara ocasin de hablarla: muy
segura tena que estar de que Juan haba vuelto  la realidad para
perdonarlo... aunque se estuviera muriendo por hacerlo. Que Juan
sufra mucho? Ms haba sufrido ella oyendo aquellos interminables
relatos de lo que le haba sucedido con aquella bendita seora!

Al fin, sucedi lo que tena que suceder, tratndose de una moza tan
hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se haban
abstenido de decirla nada, pensando que la ria con Juan sera cosa
pasajera, al ver que sta se prolongaba y que ello pareca cosa seria,
empezaron  cortejar  la moza.

Esquiva se mostr ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin,
hubo uno que se aventur  espetarla su declaracin.

Cuando esto lleg  odos de Juan, crey que se volva loco; pero cuando
crey rabiar, fu cuando supo que el atrevido haba sido _Meleno_... su
mejor amigo!

Saber esto, y echar  correr hacia una tierra en la que el _Meleno_ se
hallaba _binando_ tranquilamente, fu todo uno.

Cuando _Meleno_ se vi venir  Juan, en aquella actitud tan fiera,
tembl por sus narices, pues demasiado saba  lo que vena, y los puos
que tena. Pero, no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera,
puesto que haban reido?

No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fu
llegar Juan junto  _Meleno_, y que caer sobre ste una lluvia horrible
de puetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defenda
_Meleno_, que,  no ser por otro mozo del pueblo que  la sazn pasaba
por la carretera, muy prxima al lugar del suceso, seguramente que all
se pusiera el punto final  la historia de _Meleno_.

Trabajo, y no poco, le cost al otro mozo lograr separarlos; pero pudo
conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por
agotamiento de las de Juan,  fuerza de moler  su contrario.

Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres.

--Pero, hombre!... Parece mentira que dos amigos tan... amigos como
vosotros, hagis esto!--dijo el mozo, tercero en la refriega.

--Amigo yo de ese... charrn?--replic Juan despreciativamente,
lindose  la cintura la cada faja.

--Bueno. Se puede saber  qu ha venido esto?--pregunt _Meleno_,
arreglndose,  su vez, los desperfectos.

--_Demasiao_ sabes t  lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas
mejor, te voy  decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni t, ni
quien valga ms que t, le ha de decir _na_  la Dolores. Te has
_enterao_?

--Es que se va  hacer monja?

--Se har... lo que le d la gana; eso te tiene  ti sin _cuidao_. Lo
que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habr quien se
acerque  la Dolores _pa_ decirla buenos ojos tienes... Por stas!

Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos ndice y pulgar de la
mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que ms pareca besar en
fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios.

Ms gan Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta
entonces haba intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido,
cuando sinti que toda su entereza se vena  tierra, y que se le
deshaca la capa de hielo con que cubriera su corazn: ella conoca muy
bien  Juan, y, por lo tanto, saba muy bien que aquello no era
bravuconera, sino cario puro y de la mejor ley.

Decidi, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta
perdonarlo, como ya en su fuero interno lo haba hecho; pero antes se
propuso hacerle rabiar un poco, y  ello ajust desde entonces su
conducta.

Ya no hua las ocasiones de encontrarse con l; aunque procuraba no dar
lugar  que la hablara, porque saba que esto era lo que ms le
desesperaba.

La primera vez que se encontraron, que fu en la plaza, Dolores iba
acompaada de una amiga. Al ver  Juan, ambas cuchichearon un momento
entre risas contenidas, lo cual caus en aqul un azoramiento terrible.
Tentado estuvo de volver atrs para no cruzarse con ellas; pero
comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, sigui avanzando. Al
cruzarse con ellas, sinti decir  Dolores, en voz alta y bien
clara:--La verdad, chica, que hay hombres brutos.--Y  rengln
seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus odos, hacindole el
efecto de un escopetazo.

Juan, que al oir lo dicho por Dolores se haba quedado parado en seco,
pensando que aquello de bruto iba por l, al oir las risas de las dos
amigas, sali de estampa, ponindose colorado como un tomate.

--Congrio! Qu duda haba de que Dolores le haba llamado bruto, y de
que se iban riendo de l?

Pero esto era una seal de que Dolores no le quera, y si Dolores no le
quera, aquello era tambin seal de que l no poda vivir; porque esa
era la verdad: l no poda vivir ya sin Dolorcicas.

De tal manera se le meti corazn adentro la idea de que la moza no le
quera ni pizca, que el hombre cay en la melancola ms terrible; y
olvidndose del quehacer  que se diriga, ech carretera adelante,
deseoso de hallar algn sitio donde estar pudiera  solas con sus
ttricos pensamientos, sin ver ni hablar  nadie; que no hay nada que
haga tomar tanto asco  las gentes, como las desgracias amorosas.

Andando, andando, vino  dar con sus huesos en _Fuente Nueva_, lugar
algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres nicos rboles
que hay en el lugar, y que se mantienen  expensas de la humedad que
les presta la fuente que da nombre al sitio.

Sentse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos
rboles, y sacando un interminable pauelo de entre los pliegues de la
faja, lo pas repetidamente por sus hmedos ojos.

Despus que hubo llorado un buen rato, quedse mirando  la fuente, y
luego  los rboles. Cuando se hubo cansado de mirar  todas partes,
cuando hubo ablandado todas las piedras que por all haba con unos
suspiros que para s los hubiera querido D. Quijote en su poca de
penitencia, solt una serie de congrios interminable, y otra de
recongrios ms larga an; aadi despus que se haca la _tal_ en
_Meleno_ y que se iba  hacer la _cual_ en todo el pueblo; solt tres
bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cay en
honda meditacin.

Aquella situacin era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para
lograr esto, lo primero que haca falta era encontrar ocasin de hablar
con Dolores... y Juan crey haberla encontrado: Dolores se sentaba todas
las tardes  coser  la puerta de su casa; ira all, y quieras que no,
tendra que oirle.

Para no demorar tal resolucin, decidi ponerla en prctica al siguiente
da.

Lleg, aunque muy despacio para _Pelotn_, el da siguiente, y lleg la
tarde. Juan, contoneando la cojera ms de lo acostumbrado, y haciendo un
acopio de energas inverosmil, lleg hasta la puerta de la casa de su
tormento y qued parado en ella sin decir palabra.

Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la
criada, cosa tambin, sentada al lado del ama, y ambas charlaban.
Dolores, que inclinada sobre la costura vi la sombra de una persona que
se paraba en la puerta, levant la cabeza para ver quin era. Al ver 
Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida,  la par que fiera,
que traa, sinti grandes deseos de echarse  reir; pero se contuvo.
Quedse mirndole un momento, y despus, con el tono ms natural del
mundo, dijo  la Juana,  la par que ella lo haca:

--Recoge la costura, Juana, que vamos  tener visita.

--Que vamos  tener visita ha dicho usted?

--S, mujer. No sabes que en viendo  un cojo es visita segura?

Juan tosi dos veces seguidas; Dolores, con la mayor seriedad, metise
portal adelante con el cestillo de la labor. Juana, mirando  _Pelotn_
y no comprendiendo lo que pasaba, se encogi de hombros y sigui  su
ama.

Al ver cmo le dejaban plantado, Juan solt un congrio formidable; el
puo izquierdo lo llev  las narices, apretando en ellas como si
quisiera desgajarlas; con la mano derecha se ech la zarpa  la gorra, y
de tal modo comenz  tirar de ella, que una de dos:  soltaba la gorra,
 con ella se llevaba la cabeza.

Dolores, desde una puerta entornada, vea  Juan en aquella actitud
desesperada, y gozaba en ello; que sabido es lo que agrada  una mujer
ver sufrir por ella al hombre  quien quiere, y Dolores quera, y mucho,
 Juan.

Al fin ste dej de tirar de la gorra, no sin que sta hubiera dado de
s en forma que poda servir para cabeza mucho mayor, y dej quietas las
narices; tosi fuerte varias veces, subise la faja con ambas manos, y
soltando otro congrio, que hizo desternillarse de risa  Dolores, se
ausent de all, marcando la cojera de una manera espantosa.

Al da siguiente, cuando el pan se puso  la venta, hubo un motn en el
pueblo, porque panecillo haba que no llegaba  los cien gramos, ni
mucho menos, y es lo que decan las mujerucas:--Por qu no le dar la
locura por hacer los panecillos dobles?


II

Malamente pas aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fu meterse en la
cama que empezar  saltar en ella, como si el colchn estuviera sembrado
de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no haca ms que
agitar en su cerebro la idea que aquella tarde haba nacido en su
pensamiento: matarse. Qu poda esperar de Dolores despus de la burla
que haba hecho de su cojera? Nada! Pues si no poda esperar nada de
Dolores, l estaba de ms en la vida. Otras muchas cosas pens; pero 
todas renunci, por no encontrarlas viables; porque si en un principio
le pareci una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al
pueblo, luego pens que era una barbaridad, de la que poda resultar que
se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como
Dolores y _Meleno_.

Sera la una de la madrugada cuando, despus de mucho deliberar,
resolvi ser l solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo
resolver fu el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer
la hornada; pero esta idea se le coci  l en la mollera, mientras el
pan se coca en el horno: se quitara la vida segndose la garganta con
la navaja barbera que tena su padre para afeitarse. Pero cortarse el
cuello as, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera
el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontera. Ira  casa de
Dolores y se dara el tajo delante de la familia? Bah! No le dejaran!
Y cmo hacer?

Estas dudas vino  resolverlas, hacia las ocho de la maana, un amigote
de Juan: Dolores haba ido  _Cornejilla la Nueva_ haca un momento.

Dolores, en efecto, iba muchos das  comer con sus tos, labradores de
_Cornejilla la Nueva_, que distaba de la Vieja cosa de un kilmetro, y
regresaba por la tarde. Las dos _Cornejillas_ comunicaban por medio de
un camino vecinal, por el que no podan transitar carros,  causa de su
angostura; este camino, poco antes de _Cornejilla la Vieja_, se vea
cortado por un pequeo barranco de dos metros de ancho, que se salvaba
por medio de unos tablones que no tenan otra sujecin que su propio
peso, ni ms seguridad que la buena intencin de los caminantes; all
mismo resolvi _Pelotn_ hacer la barbaridad.

Cuando Dolores regresara, l, que estara esperando... zas!... se
rebanara el cuello y se dejara la cabeza colgando de un pedacillo de
carne, para que no hubiera duda en la identificacin.

Ya vera aquella mujer sin corazn quin era Juan Pacheco!

La impaciencia le tena de tal modo inquieto, que, no bien hizo que
coma, pues no era cosa de atracarse, segn su costumbre, estando
prximo  morir, cogi la navaja, se la meti en el bolsillo y... hala
para el barranco!... que desde aquel da sera clebre. Cuando lleg,
mir la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el
oficio de tartera quitndole la mquina, y vi que aun faltaban dos
horas largas para que Dolores regresara, segn la que tena por
costumbre. Cuntas veces la haba acompaado por aquel camino...
cuntas!

Dise Juan  meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la
guerra y despus de la guerra, sacando en consecuencia  qu extremos
llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba
framente, no dejaba de comprender que Dolores tena razn... hasta
cierto punto. Lo cierto es que cuando l vino de la guerra no hablaba de
otra cosa ms que de Doa Amparo, y, si es verdad que slo la gratitud
era la que mova su lengua, el caso es que l no se haba ocupado de
decirle  su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan
llenas de cario y de zozobra por el estado de su salud, que ella le
haba escrito, la verdad era que no estaba bien, y le pareca natural
que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las
mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar
enamorado de ella. Pero tambin aquel engao de citarle en la ventana,
haciendo que l creyera que sera porque ella se estaba muriendo por
decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales,
aquel modo de cerrar la ventana dndole con ella en las narices y medio
espachurrndole un dedo, que bien negra tuvo la ua das y ms das...
tampoco aquello estaba bien! Que haba dado lugar  ello? S, seor;
si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, congrio!, no estaba
bien.

Cuanto ms pensaba Juan, ms lo se haca con sus ideas, y  vuelta con
ellas, siempre vena  parar al mismo punto: Dolores tena razn.

Pero si tena razn, lo menos que poda, que deba hacer, antes de
largarse el tajo, era decrselo y aun pedirle perdn. Y quin era el
guapo que lo haca, si no haba un Dios que se acercara  hablarla? Ah!
Si l hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo
que haban llegado; que moza que  l le dejara hablar, era moza
perdida, segn las cosas que saba decirle.

La idea de hablarle antes de morir se aferr de tal modo  su
pensamiento, que ya no pens en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya
desesperaba de conseguirlo, se le ocurri un modo que consider como
infalible: quitara las tablas que servan de puente y, as, no pudiendo
pasar, no tendra ms remedio que detenerse y escucharle, bien que ello
fuera desde la otra orilla. Y si se volva para atrs? Congrio! Si
se volva para atrs, de un salto se pona al otro lado del barranco, la
coga de un brazo, y quieras que no, tendra que oirle!

En esto estaba Juan, cuando,  lo lejos, vi avanzar una mujer por el
camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso
_Pelotn_ manos  la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tena
l ms que sobradas, y as, cuando Dolores, que ella era, lleg al
barranco, se encontr con que no poda pasar.

Juan, hacindose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja
barbera, hacindose la ilusin de que, de un momento  otro, iba 
sentir  Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las
tablas en su sitio.

Dolores, que desde el primer momento comprendi lo que Juan haba hecho,
y por qu lo haba hecho, sinti una gran alegra y sonri al pensar en
el chasco que se iba  llevar el mozo, si estaba esperando  que ella le
pidiera que franqueara el paso. Juan, ms nervioso que una damisela, y
mirando de reojo  Dolores, sacaba astillas y ms astillas del
palitroque, de modo que pronto acabara con l, y no acabara con los
dedos por milagro.

Dolores, que se haba sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba,
por lo bajo, una cancin.

El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la ms despreciativa
que mujer alguna pudiera tomar para despreciar  un hombre, empez 
sudar y trasudar y  pensar que, en vista de que ella no deca nada,
deba decirlo de l... pero que no se le ocurra nada.

Y qu guapa estaba la condenada! Tambin tendra que ver eso de
matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel
pedazo de gloria! Recongrio!!

Y tal era la cara que Juan pona, que Dolores, que de hito en hito le
miraba, sinti ganas de reir y tuvo lstima del pobre Juan.

No llevaba traza de terminar aquella situacin, por cuanto Dolores no
tena intencin de despegar los labios, y  l no se le ocurra por
donde empezar. Tanto coraje le caus esto, que ello sirvi para
desatarle la lengua.

--Te vas  estar as hasta la noche?--dijo.

Volvi lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contest con la
mayor gravedad:

--No s que te pueda importar mucho el que me est  no me est; pero,
de todos modos, bien se comprende que aqu me tengo que estar hasta que
venga alguien que vuelva las tablas  su sitio y se pueda pasar.

--Y no estoy yo aqu para ponerlas?--replic Juan con creciente
coraje.

--Entonces, para qu te has tomado el trabajo de quitarlas?

--Y si no hubiera sido yo?

--No puede ser nadie ms que t, porque no hay otro en el pueblo que
tenga ms mala sangre.

--Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas  verlo--exclam Juan, que,
como se ve, perda en seguida los estribos--. Yo he sido el que ha
quitado las tablas, s, seor, yo he sido; pero no te creas que las he
quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan
mal corazn como el que t tienes, no es para que la mire nadie: las he
_quitao pa_ que no tengas ms remedio que ver de lo que es capaz Juan
Pacheco.

Levantse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver  Juan esgrimir la
navaja, y acercse al borde del barranco.

--Las he _quitao, pa_ que veas cmo, por tu culpa, me rebano ahora mismo
el pescuezo, y _pa_ que veas, de paso, si es mala la sangre que tengo.

--Pero para qu quieres matarte, pedazo de brbaro?--replic Dolores
muy azorada, al ver la fiera actitud de Juan.

--_Pa_ no verte!

--Pues tienes ms que no mirarme?

--No mirarte sabiendo que te puedo ver?

--Qu falta te hago yo para nada, si para ti no hay ms que una mujer
en el mundo?

--Eso, eso que t has dicho: una _na_ ms.

--Tu Amparito!

--No, congrio: mi Dolores! Y puesto que t ya no me quieres, ahora vas
 ver lo que hago.

Y al decir esto, con tanta furia se llev la navaja al cuello, que
Dolores, espantada, di un grito horrible y se tap la cara con las
manos.

Al oir el grito dado por Dolores, suspendi Juan la operacin del
degello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un
pequeo corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella
actitud. Descubri su cara temerosa Dolores, y, con enrgico acento,
dijo:

--Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo.

Lentamente baj el brazo Juan.

--Que tires eso, te digo!--volvi  repetir la moza.

Juan mir la navaja, mir despus  Dolores, y sintiendo sobre s el
influjo del mirar de ella, arroj violentamente la navaja al fondo del
barranco. Cuando Dolores le vi tirarla, dejse caer en el montoncillo
de tierra y rompi  llorar con gran desconsuelo.

Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco  su lado, fu
cosa de un segundo.

Sentse Juan junto  Dolores, rode su cintura con un brazo, y,
sacndola el pauelo, que asomaba en uno de los bolsillos del
delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas
lgrimas que se vertan por su culpa.

--Quita de ah, bruto; djame en paz--deca Dolores con entrecortado
acento, porque la accin de Juan habala conmovido muy de veras.

--Dolores... Dolorcicas--deca ste, hecho pura jalea--; no llores 
bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de
en medio; no llores, Dolorcicas, y, mrame ya una vez con aquel cario
con que me mirabas antes.

--Como te lo mereces tanto--contestaba la moza sorbindose las lgrimas.

--No me lo merezco, ni poco, ni mucho, ni _na_; pero t eres muy buena
para negarlo. Mira que t no sabes lo que he _penao_ por ti en este
tiempo.

--Por m,  por la otra?

--No me hables ms de la otra, que ni tan siquiera por casualidad me
acuerdo de ella.

--Mal hecho--respondi Dolores, ya ms serena.

--Congrio! Y por qu?

--Porque no debe olvidarse nunca el bien que se nos hace. Yo ni la he
olvidado, ni la olvidar.

--T?

--Cmo olvidar el cario con que te cuid y te atendi en el hospital?

--_Mi_ que eres buena! Pero, entonces, dejando  un _lao_ lo de mi
cojera, que ya me barruntaba yo que era una aagaza del cochino de
_Meleno_, no hiciste lo que hiciste por celos?

--Por celos? En tan poco te crees que me tengo yo!

--Tienes razn: ella, en su esfera, es un ngel; t, en la tuya, eres
otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas.

--Sabes el placer ms grande que yo tendra?

--Cul.

--Conocer  esa seora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos
besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie.

--No se los quitara nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy 
dar, tampoco te los quita  ti ni el mismsimo _Sursum corda_.

Y Juan, abrazndose  Dolores, como nufrago que se ahoga, busc su
fresca boca con afn; huale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon
algunos momentos y, al fin, sucumbi la muchacha, que vi ahogadas sus
risas por una lluvia de besos.

Hay que hacer constar aqu, que aquella era la primera vez que Dolores
consenta  Juan propasarse. Tanto le haba visto sufrir al pobrecillo,
que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento
Dolores advirti que en el cuello de Juan haba sangre; sobresaltse al
pronto, pero en seguida se convenci de que no era ms que un araazo.

--Merecido tenas que te hubiera dejado matarte--dijo cariosamente la
moza.

--Esta ser la seal de mi felicidad, Dolores de mi alma.

La noticia de la boda de Juan con Dolores corri por el pueblo como un
reguero de plvora; aqulla se celebr  los dos meses de lo ocurrido
junto al barranco. Ah! el pueblo recobr la tranquilidad, porque el pan
volvi  tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que ms de
una vez vi peligrar la vara.

Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan,
salimos de _Cornejilla la Vieja_ para no volver ms, con gran
satisfaccin nuestra; porque la verdad es que la mayora de los pueblos
de Espaa convidan bien poco  visitarlos.




Yo me caso con ella!


Muchas lgrimas le haba costado  la seora Rita su hijo Ramn; pero ya
no lloraba, ya no reprenda... ya no aconsejaba siquiera... Para qu?

Ni ella con su cario de madre, ni Benito, hermano de Ramn, con sus
reflexiones, haban conseguido traer  ste al buen camino. Todo era
intil! Ramn segua frecuentando la taberna y olvidando el trabajo.

--Por qu no vas  la fbrica?--decale Benito con tono
bondadoso.--Mira que con mi jornal solamente no podemos atender  las
necesidades de la casa.

--Yo no pido nada--responda Ramn secamente.

--No pides nada, es verdad; pero no es la primera vez que he tenido que
pagar deudas tuyas.

--Has hecho mal.

--Ya que madre y yo te seamos indiferentes, piensa, al menos, que ests
comprometido con la Ins; que en el pueblo se murmura que no te portas
con ella como un hombre de bien, y que es preciso que demuestres que lo
eres.

--Los del pueblo podan ocuparse en sus asuntos y dejar  los dems en
paz.

Y, por regla general, Ramn, dando media vuelta, se alejaba dejando  su
hermano con la palabra en la boca.

Estaba visto que no poda hacer carrera de su hermano, y que ni l ni su
madre podan contar con Ramn para nada.

Efectivamente: Ramn, dominado por sus ideas levantiscas y por su
holgazanera, sobre todo, no estaba dispuesto  escuchar razones ni 
seguir consejos.

Cuanto sufra el pobre Benito!, muchacho honrado, trabajador y formal
como pocos; amante de su madre y de su casa, como nadie. l no podra
casarse nunca; l no podra decirle  Rosa, aquella muchacha fornida y
fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias
caderas, que la quera con toda su alma. Cmo iba l  crearse nuevas
necesidades si apenas poda con las actuales? Cmo iba l  exponerse 
que ella no quisiera  su madre,  la buena seora Rita y...? A l s
que le quera, se lo deca con sus relucientes ojos siempre que se
encontraban; pero dice el refrn que el casado casa quiere, y... No;
l no abandonara nunca  su madre!

Ramn era el azote de todas aquellas personas  las que, por ley
natural, deba amar tanto.

Intilmente la madre de Ins aconsejaba  sta constantemente que dejara
 Ramn.

--No puedo, madre, no puedo--responda la muchacha invariablemente.--Yo
s que es malo, lo s... pero no puedo dejarlo.

Bien saba ella que iba  ser desgraciada, que lo era ya; pero el mal no
tena remedio.

--Si yo te quiero ahora ms que  nada en el mundo--la dijo Ramn un
da--, qu ser, Ins, si accedes  ser ma? Entonces yo ser como
vosotros queris que sea; trabajar y ahorrar para casarme en seguida,
porque no podr vivir sin tenerte  todas horas.

La pobre Ins, creyendo en la sinceridad de aquellas palabras, y
pensando que su sacrificio sera base de la redencin de su novio, fu
dbil y entregle su honor inmaculado. Y es lo cierto que, desde
entonces, la infeliz perdi todo el ascendiente que tena sobre Ramn y
que lleg  verse tratada brutalmente por aquel hombre.

No fu esto lo peor; lo peor fu que en el pueblo se empez  murmurar,
porque Ramn se fu de la lengua ms de lo debido, y bien pronto
comprendi la pobre muchacha que su falta era ya conocida de todos.

Ins senta su alma hacerse pedazos al pensar en su madre. Qu
sucedera cuando llegara el momento inevitable en que ella se
enterara... Nada...! Si hubiese tenido padre, otra cosa hubiera sido;
pero su madre... su madre no pudo hacer ms que llorar, llorar como
ella, sin tregua ni consuelo, sentirse morir de pena, y adorar  su hija
tanto ms cuanto ms desgraciada la vea.

Hubo conferencias con Ramn; splicas... ruegos... amenazas... Todo fu
intil! El se casara cuando quisiera!

Se suspendieron las recriminaciones para ver si por el camino de la
dulzura se consegua algo de aquel hombre sin conciencia; pero nada se
consigui, y Ramn fu, ms que nunca, el tirano de aquellos dos
hogares, sumidos en la ms negra desesperacin, por su culpa.

Un da sucedi lo que tena que suceder. El final de una partida de
_mus_, fu el principio de una batalla campal. Insultos,
imprecaciones... blasfemias... navajas, cuyas hojas brillan en el aire
como relmpagos... y un cuerpo que cae desplomado al suelo...

       *       *       *       *       *

Ms de un mes haba transcurrido desde el trgico fin de Ramn, y aun no
haban cesado los comentarios que de l se hacan, sobre todo, en lo
referente  la pobre Ins.

Por dondequiera que iba el bueno de Benito, siempre llegaban  sus odos
rumores de conversaciones, en las que su hermano no sala muy bien
librado.

Aquella situacin se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su
hermano la senta Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera l
quien la hubiera cometido.

Pasbase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostena
vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba;
discuta acaloradamente con su madre y sostena largusimas
conversaciones con Rosa, exponindola razones irrefutables para
convencerla de que deba perdonarle la traicin que bulla en su
cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramn y de la paz y
el sosiego de la pobre Ins. Y tanto y tanto breg con la una, y tan
elocuente se mostr con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que
nunca habl con ellas, sino consigo mismo, logr convencerlas, y Benito
pudo poner en prctica el proyecto que haca das le tena en aquel
estado tan lamentable.

Una tarde, plido y tembloroso, posedo de una grande emocin, tanto por
el acto que iba  realizar como por la incertidumbre del acogimiento que
pudiera tener, se present en el ancho portaln de la casa de Ins. La
imagen de Rosa se le present all nuevamente ms hermosa que nunca;
pero Benito dila las ltimas y ms poderosas razones que podan
servirle de justificante para su conducta, y aqulla, anegada en llanto,
desapareci para siempre.

Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosan cuando Benito
hizo su aparicin. Al verle la seora Juana, madre de Ins, exclam con
enojo:

--T aqu!

--Yo, seora Juana, yo mismo--respondi todo azorado Benito.

--Cre que no nos volveramos  ver ms.

--Seora Juana!...

--Madre--interrumpi Ins--, Benito es bueno... Por qu le habla usted
as al pobre?... Qu culpa tiene l!...

--Si l hubiera infludo lo necesario con su hermano...

--No diga usted eso, por lo que ms quiera, seora Juana!--exclam
Benito con fogosidad en l no acostumbrada.

--Madre!...

--Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. Cmo
quieres que te vea con calma viendo  mi hija? Cmo quieres que hable,
qu quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia?

Ins, levantndose con presteza, fuse hacia su madre, besndola y
acaricindola con ternura.

--Qu ser de mi pobre hija--continu la seora Juana entre sollozos--;
quin la amparar cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... Mi
pobre hija no tendr quien vele por ella; porque quin ha de casarse
ya?...

Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dndole ms vueltas 
su gorra que rueda de molino, exclam al oir  la madre de Ins:

--Yo!

Al escuchar aquella contestacin, quedaron ambas mujeres mudas y
perplejas.

--T?--dijo al fin la seora Juana.

--Yo, s; yo me caso con ella.

Miraba Ins  Benito, sin acertar  comprender sus palabras; sin duda
haba odo mal.

Benito, no queriendo dar lugar  que el habla se le cortase, continu
diciendo:

--A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Ins
recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo  mi
hermano en su sepultura. Si Ins quiere, ser mi esposa; es el nico
medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le caus.

Ins mir con asombro  Benito durante algunos instantes.

--T sers el padre del hijo de tu hermano?--pregunt despus,
ponindose ms plida que la cera.

--Yo, Ins; yo ser el padre de esa criatura que ha de venir al mundo;
yo ser tu marido y har cuanto est en mano para que seas feliz... si
t me aceptas.

Ins se acerc lentamente  Benito, y cogindole una de sus manos,
estamp en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lgrimas:

--Gracias, Benito!

Y despus, echando los brazos al cuello de su madre, la estrech
amorosamente contra su pecho.

Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sinti que una mano
misteriosa arrancaba de su corazn la imagen de Rosa, de aquella
muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de
pronunciado seno y recias caderas,  la que nunca se haba atrevido 
decir: Te quiero con toda mi alma!...




Ellas son ms tercas


--Cmete este caramelo, Andrs!--dijo Luca  su novio alargndole uno.

--Ya sabes que no me gustan--replic ste.

--Que te lo comas!

--Que no me lo como!

--Pues no me vuelvas  dirigir la palabra!

--No te la dirigir!

--Hemos terminado!

--Hemos concludo!

Luca y Andrs continuaron el paseo muy serios y sin volver  cruzar la
palabra.

Detrs de los novios,  cierta distancia, iban las respectivas mams,
hablando de _lo mal que est el servicio_; en ltimo trmino, los paps
discutan acerca de _lo mal que est esto_.

Ambas familias tenan estrecha amistad, desde muchos aos atrs, y puede
decirse que Luca y Andrs eran novios desde que tuvieron edad para
pensar en ello.

Engolfados en la conversacin los progenitores, no se enteraron de lo
ocurrido  la enamorada pareja, hasta que, terminado el paseo y llegado
el momento de despedirse, observaron la frialdad con que los muchachos
lo hacan.

--Ay... qu chicos estos!--dijeron las mams besuquendose en ambos
carrillos.

--Qu poca formalidad tenis!--agregaron los paps sentenciosamente.

Cualquiera hubiera supuesto que la ria no pasara adelante, y que ello
terminara en dulces y sabrosas paces; pero no fu as: el pcaro amor
propio, la terquedad de los muchachos convirti en montaa inaccesible
lo que slo era grano de arena.

Andrs dej de ir  ver  Luca; sta, muchas veces cogi la pluma para
escribir  su novio dicindole: Perdname y ven. Pero otras tantas la
volvi  dejar, pensando que tanta razn haba para que ella le pidiera
perdn  l, como l  ella: tan terco haba sido el uno como el otro.

Y de este modo iban dejando pasar el tiempo, y dando lugar  que la
situacin se hiciera por momentos ms tirante.

Andrs dbase  todos los diablos y muchas veces lleg hasta muy cerca
de la casa de Luca; pero otras tantas retrocedi, pensando que ella no
deba quererle mucho, por cuanto no intentaba hacer las paces por medio
de una cartita. Qu culpa tena l de que no le gustaran los caramelos?

Viendo que la cosa no se arreglaba, mediaron las mams, y llegaron 
tomar cartas en el asunto los paps. Era una verdadera tontera que
unos chicos que tanto se queran y que tan felices estaban llamados 
ser, rompieran las relaciones por un caramelo: esto era ridculo! Pero
ningn resultado satisfactorio obtuvieron los mediadores; y no solamente
no consiguieron nada, sino que la discordia acab por extenderse  ellos
mismos.

El padre de Andrs dijo que l no volva  decir una palabra ms sobre
el asunto; que hicieran lo que quisieran.

--Esa nia--deca--est demasiado consentida y mal educada; es
demasiado terca, y una mujer terca no puede hacer feliz  su marido...
Vaya con la mueca!

La madre de Luca concluy por asegurar que Andrs tena demasiados
humos, y que ella _no se rebajaba_ ms.

--Se habr figurado--deca  cuantos la queran oir--que no hay ms
hombre que l en el mundo y que Luca se va  quedar para vestir
imgenes. Total, porque tiene ocho mil reales de sueldo en el Banco de
Espaa, ya se cree que es el _rey del petrleo_. Pues que se quede en su
casa, que mi hija se est tan ricamente en la suya; y que tenga cuidado,
que puede que vaya  caer con alguna que en vez de caramelos le haga
comer morcilla... El demonio del niito...! Pues no faltaba ms!

Y las relaciones entre los padres fueron suspendindose poco  poco,
hasta romperse del todo.

Pero si los padres se conformaron con esto, los hijos, no. Luca
necesitaba _darle en la cabeza_  su ex novio, para ver si se le
ablandaba, y, para ello, acept las relaciones de un comerciante,
conocido de casa, que, si bien era cierto que tena muchos aos, tambin
lo era que tena mucho dinero.

No faltara algn alma caritativa que se lo contara  Andrs, y
seguramente que las condiciones del nuevo novio le haran rabiar ms.

As sucedi. En cuanto Andrs supo que Luca tena novio... y qu
novio...!, se declar  una muchacha que viva en el principal de su
misma casa, _para darle en las narices_  su ex novia.

A los seis meses de esto, y al levantarse una maana Andrs, para ir 
la oficina, la criada le entreg un paquetito que, momentos antes,
haban llevado para l. Desenvolvile, con no poca curiosidad, y, cul
no sera su sorpresa al encontrarse con una cajita de caramelos y una
cartulina plegada en tres dobleces, en la que Luca y su esposo le
participaban el efectuado enlace.

Averiguar  dnde fueron  parar los caramelos al salir por la ventana
del cuarto de Andrs, es cosa bien difcil.

A los tres meses, Andrs contraa matrimonio.


II

Dos aos pasaron. Andrs fu ascendido y trasladado  la ventanilla de
Caja, en el departamento de Cuentas corrientes.

Cuatro  cinco das llevara desempeando su nuevo cargo, cuando una
maana quedse como petrificado al ver aparecer  Luca ante la
ventanilla. Mirbala Andrs, sin hacer el menor ademn para coger el
_taln_ que aqulla le alargaba y que deba hacer efectivo.

Al fin, Luca, hubo de exclamar:

--Le ha dado  usted un aire?

Andrs, al oir que Luca le trataba de usted, pareci volver  la
realidad.

--Me ha dado una alegra muy grande al verla.

--S? Menos mal! De todos modos, no s  qu santo se alegra usted de
verme.

--Porque siempre alegra ver una cara bonita.

--Le advierto que yo he venido  cobrar y no  que me echen flores--dijo
Luca agitando el triangulito de papel con la mano.

--Contina usted con tan mal genio como antes?

--Contino con el que tengo desde que nac!

--Por muchos aos!

--Y usted que lo vea!

--Gracias!

--No hay de qu!

--Lo que parece mentira, es que su marido la deje sola siendo tan
bonita.

--Mi marido hace lo que le parece... y vuelvo  repetirle que se deje de
floreos... y que los guarde para su seora.

--Soy viudo, hace un ao!

--Ha enviudado usted?

--Acabo de decirlo!

--Lo creo: su pobre seora se morira como nico recurso, para no sufrir
 su marido.

--Mi seora muri al darme un hijo.

--Tiene usted un hijo?

--S.

--Pobre angelito, ms le vala haberse ido con su madre!

--Me est usted ofendiendo!

--Le hago justicia!

--Y usted... no tiene familia?--pregunt Andrs con cierto retintn.

--S, seor--replic Luca, ponindose encendida--: tengo padre, madre,
esposo, tos, primos... y dems parientes.

--Parece usted una esquela de defuncin.

--Para usted... como si fuera el cadver!

--Quiero decir que si no tiene usted hijos.

--Ah! No, seor.

--No me extraa; su marido debe estar para sopitas y buen vino.

Luca, que comprendi que cada vez perda ms terreno, replic con
cierta acritud:

--Mi marido estar para lo que sea; pero yo no estoy para darle  usted
conversacin; conque pgueme y ponga punto final.

--No sera mejor ponerlos suspensivos?

--No, seor: final... final; porque ya me guardar yo muy bien de volver
 cobrar nada.

Andrs, algo cortado por el tono seco empleado por Luca en sus ltimas
palabras, empez  contar billetes.

Cogi Luca el dinero que Andrs le alargaba, y con un buenos das muy
desabrido, se alej de la ventanilla, dejando  su antiguo novio triste
y pensativo.

Luca, en efecto, no volvi ms, defraudando las esperanzas de Andrs;
un dependiente fu el que, en lo sucesivo, se present  cobrar.


III

Cierta tarde que Andrs iba de paseo por la calle de Alcal, llevando de
la mano  su hijo Abelardito, que  la sazn contaba tres aos, al pasar
por frente  San Jos, quedse de pronto sin saber qu partido tomar:
Luca y su madre avanzaban en direccin suya, y se hallaban  muy poca
distancia; ambas vestan de luto.

Luca, al ver  Andrs sonri, y, tanto ella como su madre, siguieron
andando hasta llegar  l.

Saludlas Andrs con gran azoramiento.

Luca, sin dejar de sonreir ni de mirarle, dijo:

--Tienes un hijo bastante ms guapo que t.

Psose Andrs sumamente colorado, y quiso responder algo; pero no acert
 decir palabra.

Luca, cogiendo al nio en brazos, besle con apasionamiento.

--Rico, monn... Cmo te llamas?... Tu pap es muy feo, verdad?

Y al decir esto, juntaba su cara con la del nene y, siempre sonriente,
miraba al padre.

Por fin, quiso Dios que Andrs recobrara el habla, y hubo preguntas y
explicaciones por ambas partes. Luca haba enviudado haca poco ms de
un ao.

Como la conversacin no llevara trazas de terminar, Doa Luisa propuso
que Andrs las acompaara hasta su casa. Luca, cuando llegaron,
insisti en que subieran, para darle unas galletas al beb... Era tan
monn, tan salado... y tan chiquitn!...

       *       *       *       *       *

Doa Luisa, la madre de Luca, se llev al nio al comedor, y sta y
Andrs quedaron solos en la sala. Andrs miraba  Luca sin decir
palabra.

--Te has quedado mudo?--pregunt ella.

--Me he quedado asombrado al ver lo bonita que ests; eres una viudita
lindsima.

Luca se puso colorada.

--Me quieres todava un poquitillo, Luca?

--Y t  m?

--Con toda mi alma; ms que antes! Si t quisieras, aun podramos
remediar pasados errores... Quieres ser mi mujer?

Luca, cada vez ms colorada, y con voz algo velada por la emocin,
respondi:

--Eso depende de ti.

--De m?

--S.

--Pero t, me quieres?

--No he dejado de quererte nunca.

--No obstante, aquella maanita del Banco...

--Aquella maanita... yo era casada.

--Es verdad. Pero, entonces, no comprendo...

--Espera un momento.

Luca, al decir esto, se levant y dirigise precipitadamente hacia un
gabinete contiguo.

Hacase Andrs intilmente reflexiones acerca de cul poda ser la
causa que hiciera depender el matrimonio de l, cuando Luca reapareci
en la sala, ocultando en sus manos un pequesimo objeto.

Avanz resueltamente hacia Andrs, y, tomando asiento frente  l, dijo
as:

--Dices que si quiero ser tu mujer?

--S!--respondi el aludido, sin comprender en qu iba  parar aquello.

--Pues cmete esto--y Luca puso ante los ojos de Andrs el pequeo
objeto que ocultaba.

--Un caramelo!!--exclam Andrs.

--Un caramelo, no; es el mismo caramelo de aquel da--dijo Luca,
haciendo un delicioso mohn.

Andrs vacil un momento, mir  Luca, mir al caramelo... y, por
ltimo, tom ste, que se hallaba en un estado lastimoso, de manos de
Luca; le quit el papel, como Dios le di  entender, y echndoselo 
la boca, lo masc con fuerza y se trag los pedazos.

--Ests ya satisfecha?

--S! Ahora te pido que perdones mi terquedad; era una cuestin de amor
propio. Desde hoy mi voluntad ser la tuya, Andrs--dijo Luca,
levantndose y bajando la vista al suelo.

Andrs, levantndose tambin, se acerc  Luca,  la ex novia que
recobraba, y estrechla amorosamente contra su pecho,  tiempo que Doa
Luisa, con Abelardn, apareca en la puerta de la sala.




  Indice


                                               Pgs.

  DEDICATORIA                                      5

  PRLOGO DEL AUTOR                                7

  Escuela de humorismo                             9

  Lo que le faltaba al to                        57

  Los pescadores                                 109

  Juan Pacheco                                   187

  Dolores (Segunda parte de Juan Pacheco)      201

  Yo me caso con ella!                          227

  Ellas son ms tercas                           237




Obras del mismo autor.


Teatro.

=Un beneficio=, sainete (en colaboracin con D. Rafael de Santa Ana).


En preparacin.

=La Pecadora= (novela).





End of Project Gutenberg's Escuela de Humorismo, by Guillermo Daz-Caneja

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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation information page at www.gutenberg.org


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at 809
North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887.  Email
contact links and up to date contact information can be found at the
Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:  www.gutenberg.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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