Project Gutenberg's El Mulato Plcido o El Poeta Mrtir, by Joaqun Lemoine

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: El Mulato Plcido o El Poeta Mrtir

Author: Joaqun Lemoine

Release Date: November 28, 2013 [EBook #44305]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MULATO PLCIDO O EL POETA ***




Produced by Carlos Coln and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
produced from scanned images of public domain material
from the Google Print project.)










  Nota del Transcriptor:


  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  La mayora de las preguntas y exclamaciones en el texto original
  fueron imprimidas sin el primer signo de interrogacin y exclamacin
  respectivamente. Estos signos fueron aadidos.




  EL MULATO PLCIDO

  O EL

  POETA MRTIR


  NOVELA HISTRICA ORIJINAL

  DE

  JOAQUN LEMOINE.



  SANTIAGO:
  IMPRENTA DE LA LIBRERIA DEL MERCURIO
  de A. y M. Echeverria.--MORAND, 38.

  1875




AL DISTINGUIDO LITERATO

SEOR BENJAMN VICUA MACKENNA.


   ESTIMADO SEOR:

Me permito dedicar a Vd. este modesto ensayo literario, fruto de dos
veladas veraniegas, en testimonio de aprecio, respeto i consideracion.

     =El Autor.=




  EL MULATO PLCIDO

  O

  EL POETA MRTIR




INTRODUCCION.


Es imposible que un corazon jven deje de amar la libertad bajo todas
sus formas. Por eso amamos nosotros la causa santa de la independencia
de las repblicas de Amrica.

Pero debemos confesar, en obsequio de la verdad, que entre el pabellon
de las banderas americanas que simbolizan la libertad i la nacionalidad
de esas repblicas, ninguna ha despertado mas nuestro inters, desde que
ramos nios, que la bandera cubana, por lo mismo que la hemos visto,
con tristeza, flamear en manos de una nacion cautiva, que lucha herica
por romper sus cadenas.

H aqu por qu, en una ocasion solemne deciamos, entre otras cosas, lo
siguiente:

"Miembros de la misma familia que la nuestra, los bizarros hermanos de
Plcido, tienen las mismas propensiones i el mismo derecho al desarrollo
de la libertad; i si causas estraas les han impedido asistir al
prspero festin del progreso poltico, la ljica de la fraternidad nos
obliga a reservarles su asiento, o mas bien, a contribuir para que
lleguen a l. La independencia i el dogma de la soberana popular, bases
de la teora social de todos los estados americanos, no puede
ursurprsele a la isla batalladora de Cuba, sin herir su conciencia
ntima i seguir un rumbo contrario a la corriente incontrastable del
progreso humano."

"Sin embargo, el atrasado espritu del espaol moderno, que parece haber
heredado todos los vicios sin poseer las virtudes del antiguo i
caballeresco hidalgo, se empea en consumar en aras de la civilizacion,
el menguado sacrificio de la perla de las Antillas, agraviando a la faz
de la Amrica, la humanidad entera."

"La revolucion de Cuba es una sombria trajedia que se desenvuelve ante
la fria espectacion de un mundo estico, i en la que, mientras el bravo
isleo cruza su espada con el enemigo i quema sus cartuchos en el mas
completo aislamiento, el gabinete de Washington, de lo alto de la
Casa-Blanca, i los pueblos vecinos desde el fondo del golfo de Mjico,
contemplan impasibles ese siniestro espectculo, como si se tratase de
las cambiantes luces de los _fuegos de Bengala_, al mismo tiempo que las
diferentes secciones del continente de Bolvar i San Martin, miran a la
isla que est jugando sus destinos, con la serenidad del que divisa una
roca atlntica batida por la tempestad!.."

"Ahora bien, hubo en esa trajedia sombria, de que acabamos de hablar, un
personaje que descollaba, en la escena, llevando en su corazon el
ardiente sol los de trpicos; un personaje que hasta ahora se le
contempla aun al travs de la distancia, i envuelto por las brumas del
tiempo que pas. I se le contempla erguida la cabeza, de pi sobre
aquella roca batida por la tempestad, llevando en los pis las cadenas
del esclavo, en la mano la lira del poeta i en la frente la guirnalda
del hroe. Ese hombre, es _el mulato Plcido o el poeta mrtir_!"

Su tipo, desde luego, es un tipo raro.--Su vida, de suyo, es una
romntica leyenda. Nosotros hemos rastreado la huella luminosa de esa
vida para hacer de Plcido el protagonista del romance que hoi ofrecemos
al pblico, no sin pedirle nuestros perdones, i reclamar su
induljencia.




EL POETA MRTIR.




I


Matanzas es la segunda ciudad comercial de Cuba; la digna rival de la
Habana en riqueza i hermosura. _Yucayo_, es decir, ciudad indjena, era
el nombre primitivo de la que ahora se llama San Crlos, Alczar de
Matanzas.

Aseguran algunos tradicionistas que el nombre de Matanzas se deriva del
nombre de su potico rio _Yumur_, que significa _yo muero_. Otros
afirman que fu debido a un bautismo de sangre que leg ese nombre a la
ciudad islea, es decir, a una carnicera horrible que hicieron los
espaoles, despues de una obstinada persecucion, con ciertos indios
prfugos, i a la represalia semejante que stos hicieron pesar sobre sus
perseguidores, asesinndolos traidoramente en sus propias _canoas_.




II


A la entrada de la anchurosa i abrigada baha de Matanzas, bajo ese
cielo puro i azul de los trpicos, en medio de esa atmsfera perfumada
por una vejetacion secular, baada por la blanca luz de la luna i vista
al travs de la arboleda que la rodea i cuya sombra tiembla sobre la faz
movible i azul de las ondas del ocano, se descubre la ciudad del mismo
nombre.

A los 32, 2' i 30" de lonjitud i 75 i 15' de latitud i sobre un
terreno plano i elevado que est a diez varas de altura sobre el nivel
del mar, con su aspecto irregular, con sus frondosos bosques de
manglares, palmeras, ceibas, pltanos, caas i cafetales que cubren las
hondonadas pantanosas de sus profundos valles, como ocanos de
vejetacion, se estiende la mencionada ciudad, en la costa Norte de la
isla i al Este de la Habana, de la que se encuentra a 20 leguas de
distancia.

Los poetizados rios, San Juan i Yumur, que abrazan cariosamente la
poblacion por uno i otro costado, acarician a su vez con sus tranquilas
ondas las mrjenes risueas de esos bosques.

Desde la baha, lo primero que descubre la vista es el castillo de San
Severino, situado a la mano derecha, entrando al puerto. De en medio de
la rojiza techumbre de las casas, cuyas paredes blanquean medio ocultas
por las ramas, se alzan tambien el fuerte Morrillo i la bateria de
Cajigal. Aqu el viejo torreon, detras el apartado campanario; mas all
la ciudad de los muertos, rodeada de ceibas, de cipreses i olivos,
envuelta en el silencio i la soledad, que se dibuja hcia los estramuros
de la ciudad de los vivos, con la cual contrasta por el ruido, la
ajitacion i el movimiento que se nota en sus calles anchas, rectas i sin
empedrado.

Divdese la poblacion en doce cuarteles. De entre ellos los barrios de
Pueblo Nuevo i Yumur tienen la particularidad de estar ligados por
slidos, rsticos e inmensos puentes de madera.

Rodeada de bosques, respirando el ambiente caluroso del dia, o la
atmsfera entibiada por el aliento perfumado de la noche, llevando en la
frente una guirnalda de laureles, en la mano el estandarte de la
democracia i en los pis las cadenas de la esclavitud, dirase que
Matanzas es una vrjen que muellemente tendida sobre la ribera del mar,
acariciada por las olas, suea con melanclica voluptuosidad en la
ausencia de los padres que la enjendraron i que se llaman la Gloria i la
Libertad.

Apesar del aspecto de antigedad que se nota en la ciudad de Matanzas,
en la que domina el aejo gusto arquitectnico espaol, aqu i all se
levanta de vez en cuando alguna casa de construccion moderna i de
risuea apariencia, como una que otra persona de vestidura elegante en
medio de una multitud harapienta i desaliada.




III


En el barrio de Yumur i en la estremidad de la calle de N.... se
ostentaba una casa apartada, que resaltaba de las demas por su belleza i
contrastaba con ellas por la orijinalidad de su aspecto. De madera en su
mayor parte, de forma circular, con cornizas talladas caprichosamente,
rodeada de ojivas i ventanas cubiertas de vidrios de vivos i variados
colores. Cuando por la noche, las luces la iluminaban por dentro,
parecia, vista de lejos, un farol encendido. Una galeria de arcos
oblongos, sostenidos por torneados i delgadsimos pilares, circundaba la
casa. Al pi, i en torno de esta arquera, estendase una grada de
piedra blanquecina, imitacion de mrmol. Pequea, blanca en sus paredes
i su techumbre, i rodeada de jardines, esa casa semejaba a una blanca
paloma posada sobre un campo florido. Frente al frontispicio i a ambos
costados de una elegante pila de bronce oscuro, que arrojaba variados
juegos de agua, se alzaban dos esttuas de mrmol, que representaban la
Poesa i la Msica, i al rededor de cada una de las esttuas, varios
faroles suspendidos sobre delgadas columnatas de hierro.

A la espalda de la casa estendase un huerto poblado de frondosos
rboles i dividido por una calle recta i central formada por dos hileras
de naranjos, limoneros, i guayabos. Hcia el fondo de esa calle angosta,
i prolongada abovedada a trechos por el follaje de las palmeras,
divisbase la faz trasparente i azulada de un lago cuyas lijeras ondas
se bordaban con las flores marchitas i las hojas secas o amarillentas de
las parras i las higueras que se inclinaban en torno de ese lago,
besndole con sus ramas i brindndole su compaa, los despojos de su
follaje i su sombra. Una pequea gndola flotaba errante i al capricho
del viento sobre los pliegues cristalinos de la superficie del lago:
tres remos gastados i descoloridos se cruzaban en su fondo. A uno i otro
lado del lago i a corta distancia de l, descollaban solitarios dos
cenadores, cubiertos por fuera de tupidas madreselvas i campanillas,
cuyas flores adornaban las cortinas de vejetacion que se descolgaban, en
forma irregular, sobre la entrada de esos que semejaban verdes i
floridos torreones, como para encubrir esos recintos romnticos que
parecian el asilo de los secretos i las delicias del amor. El verde
musgo alfonbraba sus alrededores. En su interior no habia mas que un
banco formado de troncos de rboles i una mesa de madera blanca sobre la
que se levantaba un bcaro de arcilla que contenia flores artificiales.

Contra el tronco de dos rboles inmediatos a los cenadores estaban
amarradas con hilos de camo una cruz de madera i una seca rama de
palma bendita, que daba a ese paraiso en miniatura cierto vago aspecto
de relijiosidad i misticismo.




IV


Delante de los jardines que se estendian frente a la fachada de la casa,
habia en vez de los muros que ordinariamente dan a la calle una
laboreada i alta verja de hierro, adornada con ramas i hojas de bronce
dorado; por entre sus rejas subian enredndose pasionarias i jazmines.

El ambiente perfumado del huerto i de los jardines de esa casa
romntica se exhalaba fuera de ella; la voz chillona de los loros, el
caprichoso concierto de los canarios, confundido a veces con las
armonias del piano i los sones del violin, detenian a menudo a todo el
que transitaba por esa calle, especialmente en las dulces i albas noches
de verano, alumbradas por el fulgor de la luna.

Quienes moraban en ese encantador i potico retiro? Era una familia de
artistas que habia reunido lo bello bajo todas sus formas para rodearse
i simbolizar con l las delicias del hogar domstico?

A la verdad, no era fcil saberlo.

En las noches de luna vease dibujarse en el fondo de los jardines de
esa casa, una mujer de hechicera belleza, deslumbrando a quien la
contemplaba al pasar, embellecida, melancolizada con los blancos
fulgores del astro de la noche que armonizaban con el color de su tez de
alabastro plido. Envuelta, como en una bruma, en el prestijio de lo
apartado, cubierta con el velo de lo desconocido que inspira un poder
irresistible en las cosas, adquiria su belleza un mjico atractivo.

Cuando se la divisaba al travs de las rejas de la calle vagando errante
i pensativa, como la sombra de la tristeza entre las sombras de los
rboles que se alzaban en el patio; recojiendo con sus aristocrticas
manos de marfil, las flores de los jardines para formar con ellas
pequeos ramilletes; regando con cario i casi con ternura fraternal, el
arbusto, la enredadera i la flor; acariciando con delicadeza un macetero
que contenia _la corona del poeta_; descansando por fin de su dulce
tarea de jardinera sobre una silleta de hierro debajo del follaje de una
palmera, hubirase creido que esa mujer no era sino el ideal de la
fantasia del que la contemplaba.

Era tal la area suavidad de sus pisadas que parecian no alcanzar ni a
imprimir la huella de sus pis sobre el verde csped i el hmedo musgo
que tapizaba su camino; tal la dulce vaguedad de sus facciones; tal la
indecision de su mirada dirijida hcia el cielo i perdida en el espacio;
tal el misterio indescriptible de sus pupilas azules cuya luz parecia el
ltimo reflejo de la antorcha lejana que alumbra temblando el fondo
sombrio de una prision, que el ojo que contemplaba a esa mujer se
sentia herido, como la pupila que pasa rpidamente de la oscuridad a la
luz.

Era de estatura mediana, de formas delgadas, de rostro ovalado, de
cabello rubio, cuyas ondas caian a lo largo de su talle jentil, como una
lluvia de oro, lo mismo que sobre su graciosa i pequea frente, a manera
de cortinas doradas.

No era una belleza de estos tiempos! El artista habria creido divisar
en ella una esttua griega; el creyente una mujer bblica; el poeta un
njel enviado del cielo!




V


Los dias festivos, con el primer rayo del sol i el primer repique de las
campanas de la parroquia, que llamaban a misa mayor, salia esa nia de
su casa, vestida de negro, como un njel enlutado, con la frente i la
mirada inclinadas por el pudor, cubierta su cabeza con el manto, con un
libro de oraciones en la mano i un rosario de cuentas blancas que
colgaba del puo de la otra, tomaba camino de la Iglesia.

Su madre, que era una hermosa mujer en la que comenzaba a declinar la
juventud, iba a su lado. Su hermanito, nio de ocho a diez aos de edad,
mui parecido a ella, iba a su otro costado, asido de su mano. Su padre,
un hombre, algo encorvado ya con el peso de los aos, de cabello escaso
i encanecido, de barba blanca que contrastaba con la oscuridad de sus
ojos, rodeados de negras pestaas, caminaba a paso lento detras de su
esposa i de sus hijos, formando un grupo encantador que parecia un coro
de njeles dirijindose por el camino que conduce del hogar al templo.
Un instante despues salia a la puerta de su casa la nia rubia, la de la
trensas de oro, con una cestilla llena de panes en la mano que
distribuia entre los pobres. Su hermanito que brincaba jugando a su
alrededor, le arrebataba sonriendo los panes de la cestilla, con un aire
de inocente traicion i le ayudaba a distribuirlos entre los mendigos,
que despues de recibir su limosna dirijian a la nia una mirada de
humilde gratitud; i se retiraban uno a uno hacindole una venia de
respetuosa despedida.




VI


Berta, que as se llamaba la nia, leia una maana a "Rafael" de
Lamartine, en un pequeo retrete que le servia de costurero i de
escritorio; i Raquel, su madre, junto a una ventana i delante de una
mquina de coser, bordaba una papelera de esterilla con hebras de seda,
dibujaba con ellas las iniciales del nombre de su esposo, i escuchaba
atenta i conmovida la lectura de su hija.

Un alfombrado verde que armonizaba por su color con las cenefas del
empapelado, las cortinas i el tapiz de los muebles; una mesa central
ovalada; un escritorio mui laboreado de madera de nogal que hacia juego
con un pequeo estante de libros que se alzaba sobre la mesa i sostenido
por la muralla; un divan que cruzaba uno de los ngulos de la
habitacion; un confidente colocado con estudiado descuido al costado
derecho de la puerta de entrada; algunos cuadros al leo pintados en
lminas de metal i con marcos dorados; algunos libros abiertos,
esparcidos aqu i all, como el _Werther_ de Goethe, _Pablo_ i
_Virjinia_ de Saint-Pierre, _Atala_ i los _Mrtires_ de Chateaubriand
estaban desparramados ya sobre una mesa, sobre un divan o sobre una
mquina de costura.

Berta hojeaba, con la mano trmula de emocion, las pjinas de ese libro
platnico, sobre las que hai un soplo constante de armonia, de ternura i
de amor; esa leyenda romntica que podria llamarse el libro de los
jvenes i de las nias, impresionaba de tal manera a Berta que parecia
cortarle a ratos la respiracion, encender sus descoloridas mejillas i
abrillantar sus lnguidos ojos, cuya mirada besaba de entusiasmo el
libro que tenia abierto, delante de s i entre sus blancas i pequeas
manos.

Cuando lleg a un prrafo en que decia lo siguiente, la voz de Berta se
puso trmula i la palidez de su castsimo rostro tornse en rosa
encendida:

"Algunas veces Julia lloraba de repente con una estraa tristeza. Estas
lgrimas provenian de verme condenado por aquella muerte, siempre oculta
i constantemente presente a nuestros ojos, a no tener delante de los
mios mas que ese fantasma de felicidad que se evaporara en el momento
que quisiese estrecharlo contra mi corazon. Oraba, se acusaba de haberme
inspirado una pasion que jams podria hacerme feliz.--Oh! Yo quisiera
morir, morir pronto, morir jven i amada, me decia Julia.--S, morir;
puesto que no puedo ser a la vez mas que el objeto o la ilusion amarga
del amor i de la felicidad para contigo. Tu delirio i tu suplicio
reunidos! Esta es la mas divina de las felicidades i el mas cruel de
los castigos, confundidos en un mismo delirio! Ojal que el amor me
mate i que t me sobrevivas para amar segun tu naturaleza i segun tu
corazon! Yo seria menos desgraciada muriendo, de lo que soi, conociendo
que vivo a espensas de tu dolor!...."

Con estas ltimas palabras cay el libro de Lamartine sobre las faldas
de Berta, inclin sta la cabeza i una lgrima tierna tembl en los
prpados de sus ojos i se desliz surcando sus mejillas hasta caer sobre
esa pjina apasionada i palpitante.

--Oh! madre mia! esclam en seguida: la muerte o la desesperacion son
los nicos caminos de un amor imposible, i sobre todo, cuando se anida
en el ardiente corazon de un jven i lo que es mas, de un jven poeta!
Si Rafael no hubiera sido poeta no habria amado tanto! Si su amor por
Julia no hubiera sido un amor imposible, habria sido un amor triste pero
no desesperante.

--En efecto, si la realizacion de ese amor no hubiera sido imposible, no
habria sido tan grande, hija mia, repuso la madre, sonriendo con esa
frialdad de los aos, al ver con aire de sincera estraeza las juveniles
impresiones de su hija.

--De todos modos, si yo no quisiera ser Julia, menos querria ser Rafael,
porque a juzgar por lo poco que he leido en mi vida, las pasiones de los
hombres son mas vehementes i menos pasajeras que las pasiones de las
mujeres i porque ante todo, el poeta parece un ser condenado al
sufrimiento i predestinado a la desgracia. I como dice, mam, aquel
autor espaol que leamos una tarde en el cenador del jardin:


         El poeta en su mision
       Sobre la tierra que habita
       Es una planta maldita
       Con frutos de bendicion.


--Por eso, mi querida Berta, no aspires a ser ni Rafael, ni Julia i
contntate con ser la hija tierna i amorosa que concentra en su amor
filial todos los perfumes de su alma sensible, todos los latidos de su
impresionable corazon.

--Tiene usted razon, madre, dijo Berta, precipitndose a colgarse del
cuello materno: tiene usted razon! usted ser siempre el nico objeto
de mi cario. Hizo resonar un beso en la frente de su madre i agreg:

--Yo la amo a usted tanto como Rafael a Julia. Para qu aspirar a un
nuevo amor, si el que a usted le profeso me hace feliz, si constituye la
delicia de mi vida? I si he de decirle la verdad, hai en el fondo de mi
alma un sentimiento vago e indefinible que me inspira cierto miedo al
amor: me parece que huira de l si lo encontrase en mi camino.

En ese momento la entrada de un perro negro i hermoso anunci la llegada
de Manfredo, padre de Berta. Mientras el perro se tendia a los pis de
sta, batiendo la cola i restregando la frente en los pliegues de su
vestido, como para acariciarla, lleg Manfredo de la calle i pis el
umbral de la habitacion, en que permanecian abrazadas madre e hija.




VII


Taciturno i pensativo traspas Manfredo el umbral de la puerta, i al
descubrir con sorpresa aquel tiernsimo cuadro domstico; a la hija
llorosa en los brazos de la madre i con la frente inclinada sobre su
hombro, se demud de sbito i se apresur a preguntar a su esposa:

--Algo de desagradable ha ocurrido durante mi ausencia?

Berta i Raquel callaron.

Manfredo reiter la misma pregunta, con cierta involuntaria ajitacion, i
agreg:

--No contaba, por cierto, con que al volver al seno de mi familia, para
buscar en l el dulce consuelo de mis contrariedades i sufrimientos,
fuera para encontrar a mi hija llorosa i aflijida.

--No es nada, contest Raquel. La esquisita sensibilidad de Berta le ha
arrancado lgrimas de conmocion al leer las pjinas de _Rafael_.

--Ojal todos los motivos de sufrimiento fueran como ese. Yo acabo de
tener uno mayor, hija mia. He recibido hace poco una carta de la Habana
que me hace temer, i con sobrada razon, por el mal estado de mis
negocios. Un ajente mio en esa ciudad, ha fugado, quin sabe a dnde,
llevndose una gran cantidad de caf, cascarilla i ail, que le habia
enviado para que remitiese a Espaa. Me dicen que su situacion comercial
era dificil, i ha querido probablemente usurparme el honrado fruto de mi
trabajo i del sudor de mi frente, esponiendo a dejar en la miseria a mi
pobre familia.

--Dios remediar tus sufrimientos, contest Raquel, no sin procurar
disimular a su esposo la impresion que le hacia tan funesta nueva. Dios
los remediar, i har que el estafador caiga a manos de la justicia, i
que el fruto de su indignidad, que es tambien el fruto de tus desvelos i
de tus trabajos, vuelva a tus manos.

--I lo peor es que no hai remedio!... dijo Manfredo, interrumpiendo a
su esposa.

--No te aflijas, Manfredo. Ni yo ni nuestra hija tenemos ese apego al
lujo de la jente vulgar: son buenos sentimientos, i no seda i encajes
los que estan gravados en nuestros corazones. Yo, como t recuerdas, fu
hija de la desgracia; viv largo tiempo del producto de mis trabajos i
eso me ha aleccionado i ddome resignacion bastante para sobrellevar la
mediania i aun la carencia de la fortuna.

Manfredo, con la frente inclinada i el semblante sombrio, se paseaba
silencioso de un estremo a otro de la habitacion.

--I sobre todo, Manfredo, agreg Raquel, sabes que tengo algo bueno que
comunicarte?

--Que?

--Como a las nueve de la maana, ha estado aqu una costurera que t
conoces i que viene con frecuencia a arreglar nuestros vestidos. Me ha
hecho, pues, esa mujer una valiosa oferta que la espero con impaciencia,
que bien vale la pena de que devuelva el contento i la calma a nuestros
nimos i la sonrisa a nuestros labios. Me ha ofrecido venir
probablemente a esta misma hora trayndome un mulatito, de 18 aos de
edad, poco mas o menos, para que nos sirva de camarero.

--En verdad.... continuaba Raquel, pero fu interrumpida, por el sonido
repetido de una campanilla de timbre sonoro que reson en el interior de
la casa.

El ruido de esa campanilla era la seal que indicaba la hora del
almuerzo.

Son las diez i cuarto, dijo Manfredo, sacando nuevamente su reloj del
bolsillo del chaleco; los sirvientes han tardado en llamarnos a la mesa,
algo mas que lo de costumbre.




VIII


Padre e hija, con mas Albertito, dejaron el costurero i se dirijieron al
comedor, atravesando el salon de recibo que estaba inmediato, i
sucesivamente las alcobas de Manfredo i de Raquel i una parte de uno de
los corredores. Manfredo colocse a la cabecera de la mesa, Raquel en su
costado derecho; Berta tom asiento a su lado izquierdo, despues de
colocar junto a s a Albertito, levantndole de los codos para sentarlo,
como acostumbraba hacerlo, i acomodndole la servilleta en el pecho i el
cubierto en la mano.

El comedor estaba situado en el fondo de la casa; estendanse delante de
l los floridos jardines del patio i por detras el huerto con sus
jigantescos rboles que sobresalian de los muros. A uno i otro costado
de la puerta de entrada habia hileras de ventanas resguardadas por
sobresalientes barandas de hierro, i cubiertas por trasparentes
celosas. La brisa embalsamada del huerto i de los jardines penetraba
por ellas, empapada de rosa i de jazmin. El gorjeo de las aves,
confundido con las melodas de un piano cilndrico de cuerda, que solo
se oia durante la mesa, hacian deliciosa esa hora apostlica del hogar
domstico.

Manfredo hacia el gasto principal de una conversacion jovial i a veces
picante, i sonreia de felicidad al verse tan apaciblemente rodeado de su
esposa i de esos dos carsimos frutos de su amor. El disgusto de su
familia con motivo de la carta que le anunciaba el quebranto de su
fortuna habase ya disipado en esos momentos felices, Manfredo se sentia
tan contento, que en un instante de entusiasmo levant la copa,
invitando a su mujer a tomar a la salud de su hija, en cuya belleza
peregrina se deleitaba a ratos con cierta inocente i mal disimulada
satisfaccion, que revelaban de sobra la indiscreta espresion de sus ojos
i la sonrisa que invadia su rostro.

Algunos floreros de porcelana blanca que contenian grandes ramos
formados de las rojas flores de la ceiba, adornaban la mesa. Frente a la
entrada se mostraba la chimenea, en medio de dos ventanas, i a ambos
lados de sta, se alzaban desde el suelo dos inmensos bcaros de mrmol
llenos de ramas de palma. Sobre la chimenea habia un reloj de mesa, en
cuya parte superior dominaba el busto de Shakspeare, con una corona de
laureles en una mano i una lira en la otra.




IX


Son en ese momento en un corredor inmediato una campanilla cuyo resorte
fu tocado en la puerta de la calle. Manfredo al oirla toc tambien un
timbre que tenia junto a su asiento para llamar a los sirvientes. I al
presentarse inmediatamente uno de ellos, le dijo:

--V al jardin del patio i divisa desde all quien ha tocado el tirador
de la campanilla. Si es algun amigo introdcelo aqu, i si es alguna
persona desconocida condcela al salon suplicndola que aguarde i
avisndole qu estoi en mesa.

El sirviente cumpli la rden del patron, i volvi poco despues, de
carrera, jadeando i lleno de un alborozo indisimulable, dijo sonriendo
de alegria:

--Seor, es una mujer que pregunta por la seora.

--I quin es ella?

--La costurera Carolina.

--Pero qu de ah? Porqu tanta ajitacion? repuso Manfredo.

--Es, seor, que no viene sola....

--Pero, vamos! Quin la acompaa?

--Viene, seor, con el mulatito que le ofreci a la seora. I
acercndose a Berta, que estaba distraida atendiendo a su hermanito, la
dijo al oido:

--Seorita Berta, ha llegado el mulatito Gabriel.

--Dnde est? esclam ella entusiasmada.

--Est afuera.

--Mam! mam!, Gabriel ha llegado! Voi a conocerle, dijo palmoteando
las manos de alegria, e incorporndose en su asiento para ir en su
alcance. Pero el padre la detuvo, dicindola.

--Tranquilzate, nia, i no te muevas de tu asiento! Ya he ordenado que
lo introduzcan aqu: ya vendr.

--Pero qu importa que Berta vaya tambien a traerlo? replic la madre.

--Es que con esas exajeraciones i alharacas ensoberbecen a los
sirvientes, i despues se quejan de la misma soberbia que les han
inspirado.

Oyse ruido de pasos en el corredor: todas las miradas principiaron a
fijarse en la puerta.

Berta se ajitaba intranquila en su asiento. Alberto palmoteaba la mesa i
proferia palabras de jbilo infantil.

Solo Raquel permanecia con una impasibilidad imperturbable, que no
revelaba impresion alguna, aunque fijndose bien en su fisonomia se
traslucia en su alma una melanclica indiferencia.




X


El momento deseado lleg por fin.

Un mulato adolescente pisaba con cierto aire modesto i arrogante a la
vez, el umbral de la puerta del comedor, seguido de la consabida
costurera que le acompaaba con esa risuea complacencia que se anticipa
a veces a un xito feliz.

De una estatura que parecia anticiparse a su edad, espigado, de cara
casi redonda, frente preada i lijeramente espaciosa, de negros, grandes
i chispeantes ojos, mejillas algo abultadas en las que se revelaban la
salud i la lozana, labios encendidos i pronunciados cuya sonrisa
mostraba las curvas de su dentadura tan blanca como un teclado de concha
de perla en miniatura, de cabello tan crespo i menudo como el de un
negro. Tenia tambien en su aspecto cierto erguimiento natural que
parecia la emanacion involuntaria i sincera de un amor propio bien
entendido i cierta, elegante flexibilidad en su porte i sus maneras que
contrastaba con su aspecto i su color. La dulzura de su espresion, que
parecia traslucir la bondad de su carcter se armonizaba con la seriedad
de su continente, que anunciaba la madurez casi prematura de su juicio i
de su intelijencia. En el movimiento de sus labios prontos a desplegarse
a la primera impresion, en el fuego de sus rasgados ojos sobre cuyas
negras pupilas parecia arder la chispa del talento, en su ceo al
parecer casi siempre contraido por la fuerza del pensamiento, se
revelaba, a primera vista, que el rayo de luz que iluminaba su
intelijencia, reflejbase tambien sobre su rostro oscuro pero simptico.

Apenas el mulato se present en la puerta del comedor, todos los ojos
llenos de curiosidad se volvieron i se fijaron en l. Todos, pues ya
habian acabado de comer, se levantaron de la mesa con mas o menos
precipitacion i rodearon a Gabriel. Este, despues de hacer una vnia
profunda i respetuosa, permaneci de pi en direccion a la puerta.

Manfredo i Berta le colmaron de preguntas, i como a todas contestase con
monoslabos, golpendole Manfredo la espalda, i sonriendo con jovialidad
le dijo:

--Vaya que eres un hombre de pocas palabras; la concision de tus
respuestas te hace adecuado para ministro de Estado.

Gabriel al oir estas palabras, inclin lijeramente la cabeza como para
ocultar una sonrisa picarezca.

Alberto, el nio mimado de la casa, brincaba de alegria, palmoteaba, i
dando gritos de jbilo infantil, al verse con un nuevo compaero, abraz
de la cintura a Gabriel i sin desclavarle los ojos le decia:

--Ya tengo con quien corretear en el huerto! Mira, tu jugars conmigo
al volantin; yo te regalar los juguetes que me di mi pap en premio de
la buena leccion de lectura que le d a mi madre.

Gabriel miraba, sonreia i acariciaba al nio en silencio.

Raquel entretanto contemplaba fijamente i con la frente algo inclinada
al mulato husped. Habia cierta vaguedad sombria en el semblante de esa
mujer, cierta espresion de tristeza en su mirada, en su actitud, i hasta
en la posicion de su mano sobre la que descansaba su sien con una
especie de melanclico abandono.

--Pero, en fin, prorrumpi nuevamente Manfredo, dirijindose a Gabriel,
cul es tu oficio? cul ha sido tu ocupacion hasta ahora? quienes te
conocen a t que puedan recomendarte por tu buena conducta? Cul es tu
familia? Tienes padres? Las recomendaciones que hace de t Carolina,
son en verdad mui satisfactorias, pero, con todo, es preciso que te
oigamos a t mismo, porque nadie mejor que tu puede darnos cuenta exacta
de tu vida, de tu conducta, de tu oficio (si lo tienes) i sobre todo, de
tu nacimiento, porque las condiciones de un hombre, en cualquiera esfera
a que pertenezca tienen su orjen por punto de partida.

Gabriel, dirijiendo una significativa mirada a Manfredo, le contest:

--Para todo, seor hace Ud. tanto gasto de desconfianza?

--Qu respuesta tan oportuna! murmur volviendo el rostro Raquel.

--Ah! yo no te creo uno de esos aventureros errantes, sin asilo fijo,
que no son tiles para nada, i lo que es mas, que no saben de dnde
vienen ni a donde van en el camino de la vida; pero tu ves que es
natural que antes de introducir a una persona en el seno de una familia,
se cerciore uno de todo lo que se relaciona a su respecto. I tanto para
mostrarte que soi franco contigo, como por inspirarte confianza, te dir
que te esperbamos favorablemente predispuestos, i que noto desde luego
que has causado una buena impresion en los de mi familia. I si tu
proceder como lo espero, es ajustado, tendrs en mi esposa i en m, algo
mas que los _seores_ que no presentan a sus sirvientes i esclavos sino
un ceo airado, conforme a la desptica educacion espaola.--Ademas,
Gabriel, satisfaremos tus necesidades; haremos las veces de tus padres,
i vivirs bajo el ala de nuestra proteccion i cario.

Despues, Manfredo, como indicando que habia acabado de hablar, se sent
sobre un mullido sillon de balance i comenz a mecerse en silencio
fijando con atencion la vista en Gabriel.

Este a su turno baj la cabeza i los ojos, pas la mano por la frente,
mas de una vez, como para reprimir su emocion, i call.... Call para
no proferir una palabra mas? Call por que su conciencia se sentia
abrumada al peso de las interpelaciones de Manfredo, o por que se
ruborizaba, tal vez, de no tener que contestar satisfactoriamente?

N; rompi su largo silencio con la voz tan trmula de emocion que
parecia anudrsele en la garganta, i dijo:

--Ah!, seor, me ha arrastrado Ud. por las mas violentas i opuestas
emociones. Sus palabras han hecho vagar mi corazon entre la humillacion
i la complacencia, entre el temor i la desconfianza, entre el dolor i la
felicidad. Detrs del primer impulso de simpatia con que Uds., me
favorecian vinieron las sospechas i las desconfianzas de mi persona. I a
la verdad, seor, que no s qu contestar a las diferentes preguntas que
me hace Ud., ni s tampoco por cual comenzar.

--Mas calma Gabriel; si tomas el peso de mis palabras vers que todo lo
que te he dicho est en sus cabales i que no hai en ellas nada de
irregular.

--Seor, no crea usted que he perdido el sociego: voi a probrselo.

--Como?

--Contestando con serenidad a todas sus preguntas.

--Te oir con gusto.

--Bien seor; me preguntaba usted por mi oficio. Mi oficio, seor, es el
humilde oficio de peinetero. Apesar de mi poca edad he adquirido una
destreza tal en la fabricacion de peines i peinetas de carei, que
muchsimas seoritas de Matanzas, prefieren las mias a la de cualquier
otro artesano. I puedo asegurarle con lejtimo orgullo, que h adquirido
ya alguna celebridad en mi oficio.

--I te encuentro razon para estar contento de ello, dijo Manfredo,
interrumpindole.

--En verdad, seor; por que aun que esa humilde celebridad del artesano
no tiene el noble lucimiento de una profesion cientfica, o la
brillantez aristocrtica de la carrera literaria, puesto que es debida
a simple destreza de manos que el hombre mas imbcil puede adquirir con
un poco de paciencia i asiduidad, sin embargo, asegura a lo menos el
sustento diario. La mayor parte, seor, de las personas que van al
taller del que soi oficial, preguntan con marcada preferencia por las
peinetas fabricadas por Gabriel.

--I de donde te viene tanta celebridad?

--La razon es sencilla seor.

--Cul? Por que por buenas que sean las peinetas que t haces, t
comprendes que no pueden igualar a las estranjeras.

--Es verdad, seor: pero el patron de mi taller vendia mas baratas las
mias que las estranjeras, i ademas contribuy para que yo adquiriera lo
que los artesanos llamamos _parroquianos_, el que yo distribuia mis
peines i peinetas por todas las casas, lo que no hacia nadie.

--En efecto, Gabriel, era esa una ventaja considerable.

--I ademas, seor, puedo agregar, en obsequio de la verdad, que tuve la
suerte de ser simptico a mis _parroquianos_, a tal punto que not mas
de una vez que habia casas en las que preferian mis peinetas a otras de
igual precio i superior calidad, en fuerza de la simpatia que yo
inspiraba.

--I en donde estaba tu taller?

--Mi taller, seor, est en la esquina de la plaza, cerca de la botica
alemana.

--Ah! ya recuerdo haber visto all una peineteria. I si mi memoria no
me engaa, creo alguna vez haberte divisado al pasar por ah.

--No seria raro, seor.

Rafael, Berta, Albertito i la costurera Carolina escuchaban entre tanto
atentos el dilogo de Manfredo i Gabriel.

--Ya usted comprender, seor, agreg Gabriel, que no faltan personas
que me conozcan. De entre ellas podria indicarle cuantas guste para que
me recomienden ante usted. En cuanto a mi honradez, me humilla seor,
sobre manera, que el que ha sido siempre escrupulosamente severo con
ella, tenga, sin embargo, necesidad de probarla.

Yo creo, seor, que el trabajo que santifica al hombre, un nombre oscuro
pero sin mancilla i el pan que se lleva a los labios cuando ha sido
amasado con el sudor de la frente, responden de la honradez de una
persona.

--Pero si tu oficio aseguraba tu subsistencia i tenias cario por l
como se trasluce al travez de tus propias palabras, por que lo
abandonas a trueque del servicio domstico, cuyos salarios son tan
mezquinos en este pas, en donde el rico esplota el trabajo del pobre? I
aun cuando esos salarios fuesen grandes, podrian nunca igualar a las
ganancias que te proporcionabas probablemente siendo ya un acreditado
artesano?

--Ah! seor, cualquiera que escuchara sus reflecciones las creeria
incontestables a primera vista, i sobre todo sin oirme. Pero no es as,
el avaro artesano, en cuyo taller trabajaba yo, esplotaba de tal modo mi
trabajo, que solo me dejaba de las utilidades tan escassima parte, que
apenas si alcanzaba a satisfacer mis necesidades i las de una pobre
anciana que vivia a mis espensas en los ltimos dias de su vida.

--Pero Gabriel, no contaste con el porvenir?

--El porvenir!.... esclam desconsolado Gabriel.

--I a la verdad, me parece que debiste haberlo tomado en cuenta, porque
mas tarde habrias podido poner un taller, ser su jefe, i ganar mucho, i
quiz llegar a enriquecer.

--Para poner, seor un taller propio, habria necesitado un capital o una
proteccion que no tenia. El trabajar como dependiente, en el taller
ajeno, no es sino para verse esplotado en beneficio de otros.

--Pero esos, a mi ver, no eran inconvenientes insuperables, Gabriel.

--Usted, seor, no me conoce aun. I el abandono de mi oficio ha sido un
tributo a la independencia de mi carcter. Ademas, mientras otros
quieren el dinero, yo lo miro con el mas profundo desprecio. Jams he
llevado impreso en mi corazon ese pedazo de vil metal que los hombres
adoran. Prefiero mil veces las delicias de las dulces afecciones
domsticas, de las que me he visto siempre desheredado, el aprecio
ntimo de una persona querida o los encantos del hogar, a una montaa de
oro. Prefiero una mirada cariosa, una caricia sincera, un seno donde
reclinar la cabeza, a todas las fortunas del mundo. Yo desde mui nio
sabia que la jeneralidad de los hombres no piensan ni sienten como yo a
este respecto; pero me inspira un goce indefinible la idea de ser una
escepcion entre ellos. Por otra parte, seor, yo sentia mortificado mi
amor propio al tener que tocar, a la manera de los mendigos, las puertas
de los opulentos, para ofrecerles, como quien pide una ddiva, el fruto
de mi trabajo honrado. Si la fortuna hubiera podido conducirme a una
digna posicion social, la habria mirado como un don inapreciable para
m, como el ala de mis mas nobles aspiraciones. Ah! pero eso era
imposible, De qu me habria servido, seor, tener una fortuna si todos
hubieran dicho: Gabriel de la Concepcion Valds, el mulato, el bastardo,
el artesano?

--Bastardo? esclam Manfredo.

--H ah por qu, seor, continu Gabriel, prefiero vivir, sepultado en
el fondo de un hogar domstico, olvidado de los conocidos de antes e
ignorado de todos. Al menos, no habria humillacion en ese olvido, no lo
habria en servir a mis seores, porque el cario recproco me ligaria
con ellos i me elevaria a su altura.

--Bastardo! te he oido decir con sorpresa, mi querido Gabriel.--Eres
bastardo?

--Bastardo... dicen que soi, seor. Yo no conozco mi orjen. Mi pasado
est lleno de vacio i oscuridad. Yo soi el fruto que ignora de que rbol
se ha desprendido. No recuerdo haberme mecido en el regazo maternal.
Oh! qu entraas debi tener esa madre, si es que fu abandonado por
ella!.... Es imposible que esa mujer sea feliz, pero Dios quiera que lo
sea, porque yo, aun sin conocerla, la amo i la perdono!..

Call i permaneci un momento con la frente inclinada....

Raquel contemplaba atnita ese cuadro tan triste i tan recargado de
sombras: como una nube en el cielo, cruz otra sombra por sobre su
frente. Una gruesa i silenciosa lgrima surc su mejilla, talvez,
despues de otras lgrimas que en el curso de esa escena palpitante de
dolor, de sinceridad i de ternura pasaron desapercibidas....

Qued tan conmovido Gabriel, que parecian paralizrseles todos los
resortes del alma, al contemplar la lgrima de esa mujer que cay a su
vista como un rayo sin tempestad. Aproximse a ella con la mirada
apasionada i chispeante i la dijo:

--Oh! seora, usted es la mujer mas buena que he conocido en el mundo.
Mis desgracias han hecho eco en su corazon, mis lgrimas han arrancado
otras lgrimas de sus ojos! Si yo pensaba antes de ahora en ser su
camarero, de hoi mas, ser su esclavo, pero un esclavo voluntario!

Raquel fij en el jven mulato una mirada tristsima, balbuce una
palabra que, por el ademan, se inferia que era una palabra de
agradecimiento, i profundamente impresionada baj los ojos.

Gabriel a su turno la mir en silencio.

Manfredo fij entonces en Raquel otra mirada penetrante i acudiendo a su
lado la dijo con ternura:

--Qu tienes, esposa mia? Por qu lloras?

--Nada, nada; contest Raquel, con los ojos llorosos i el semblante
risueo. Es tan triste la historia del infortunado Gabriel, es tan
simptica la desgracia i l sabe contar la suya con tanto sentimiento!

--Pero, vamos! repuso Manfredo: este es ya un diluvio de llanto. I a la
verdad, a qu hacer tanto gasto de sentimiento? Hai tanto porqu llorar
i sufrir en este valle de lgrimas.

En ese momento el reloj de mesa que oscilaba sobre la chimenea, di las
dos de la tarde.

--Vaya que ha sido larga la sobremesa, agreg Manfredo. Yo tengo algunos
asuntos que arreglar, i distraido con lo ocurrido, sin sentirlo he
perdido el tiempo. Raquel, la dijo en seguida; hz que los sirvientas i
nuestros hijos, hagan reconocer a Gabriel la casa i el huerto, para que
los conozca.

I diciendo esto tom su sombrero, palme risueo el hombro de su esposa,
en seal de despedida i parti.




XI


Raquel se levant de su asiento i haciendo una seal con los ojos a la
costurera Carolina, que se hallaba presente, sali con ella como
abrumada por un secreto pesar, i ambas se dirijieron al salon. Sentse
la primera sobre un sof, reclinndose en un cojin. La otra tom asiento
en uno de los sillones que estaban colocados en las estremidades del
sof i comenzaron a hablar en voz baja i al parecer de una manera
confidencial.

Al mismo tiempo Berta apoyada de codos en la baranda de una de las
ventanas del comedor que daban al huerto, Gabriel i Alberto a su lado,
contemplaban desde all el horizonte del cielo cubierto de cenicientas
nubes, que descendian revistiendo como con una mortaja las cumbres de
las montaas lejanas: la opaca luz de un dia nublado: la espesura del
huerto que blandamente mecida por la fresca i balsmica brisa, dejaba
ver, all en su fondo los pedazos del lago que correspondian a los
claros de la arboleda que se abrian o cerraban alternativamente con el
vaiven del follaje, semejante al flujo i reflujo de las olas de un mar
verdoso: la alondra que volando rizaba con su alas vibrantes la faz del
lago: los pjaros canoros que saltaban de rama en rama; el movimiento
de las errantes golondrinas que se agrupaban debajo de las cornizas de
las ventanas de las que pendian sus nidos: el ladrido del perro amarrado
en uno de los rincones del huerto: los jilgueros i canarios que se
ajitaban gorjeando dentro de sus jaulas, colgadas aqu i all en las
copas de los rboles.

Berta entonces dirijindose a Gabriel le dijo:

--Quieres que despues de conocer las habitaciones bajemos al huerto?

--Con mucho gusto, seorita, le contest.

--Es preciso que te orientes en la casa i que la conozcas desde luego.

--Tiene usted razon, seorita, contest Gabriel, con cierta tristeza que
armonizaba i aumentada talvez con la tristeza de la naturaleza.

--Vamos entonces, dijo Berta. I salieron los dos, seguidos de Albertito
que brincando con travesura seguia a su hermana jugando con los lazos
rosados que ceian su cintura i que caian a lo largo de su vestido de
muselina blanca.

Atravesaron una parte del corredor, entraron al costurero, detenindose
poco en l i pasaron al salon de recibo en el que encontraron a Raquel
conversando an con la costurera Carolina.

En el ngulo del salon correspondiente al en que estaba el piano habia
una pequesima mesa circular llena de pequeos floreros i adornos de
bronce i porcelana, sobresaliendo de en medio de ellos un retrato grande
de Raquel, con sus ojos tan inflamables i sombrios que parecian dos
estrellas nubladas; con su negra i ondulante cabellera que cubre sus
hombros como un manto lleno de pliegues i con su graciosa i pequea
frente entreoculta por los bucles naturales de su cabello; con su tipo
romano.

Gabriel se detuvo como paralizado delante de ese retrato, i despues de
devorarlo con una mirada chispeante, murmur:

--Que hermosa mujer! Hgame el bien seorita Berta de decirme quin
hizo este retrato de su mam?

--Un fotgrafo que tiene su tienda en la calle de la Compaa, cerca de
la plaza de armas.

--Ah! ya caigo en cuenta. He oido decir que es el mejor fotgrafo de
Mantanzas, i que no hai ni en la Habana ninguno que merezca compararse
con l.

--As he oido tambien.

Con estas ltimas palabras recorrieron sucesivamente las alcobas de
Manfredo, i de Raquel, que estaban una en seguida de otra; i bajando por
una plataforma escalonada se dirijieron al huerto. Atravesando a lo
largo de la calle central de rboles, llegaron a la orilla del lago,
contemplaron a su borde las hojas secas que flotaban en la superficie
del lago, las sombras de los rboles que temblaban sobre sus ondas
azules, no sin sostener una conversacion animada.

A momentos blanqueaban los ojos del jven mulato al fijarlos en Berta,
con cierta mal disimulada impresion.

En ese momento una nube de mariposas se posaron sobre las flores de uno
de los jardines, i apenas Berta las divis, vamos Gabriel a cojerlas?
esclam, rebozando de alegria, i sosteniendo con una mano un rozon mal
prendido de su peinado i recojiendo con la otra los difanos pliegues de
su vestido, acudi corriendo por entre las tortuosas sendas de rosas i
jazmines en pos de las mariposas. Casi todas volaron, espantadas, a los
jardines inmediatos, i solo una qued cautiva entre sus dedos de marfil.

Gabriel aparentemente impasible qued de pi en el mismo lugar,
siguiendo con la vista a esa encantadora nia, que parecia una vestal
haciendo las veces de jardinera.

Berta regres de prisa, ajitando las manos, a juntarse con Gabriel, i le
dijo:

--Ya ves lo que tiene el no ser neglijente como t. Si ustedes los
hombres necesitan armas para cazar, a nosotras las mujeres nos bastan
las manos. Si t hubieras ido conmigo en persecusion de las mariposas
talvez habrias esclavisado otra mas.

--Es que yo desde mui nio he odiado la esclavitud, seorita Berta. Es
por eso que me aflije hasta la esclavitud de las mariposas, que deben
ser tan libres como el hombre, pero no como el hombre cubano; porque
Cuba es ya el nico asilo de la esclavitud. Yo daria mi sangre por
borrarla de nuestro suelo. I la libertad, por desgracia, es an
considerada por los cubanos, como una bella quimera, como uno de esos
sueos dorados que probablemente ha tenido usted, seorita, i en los que
ha visto flotar las flores del huerto, i las estrellas del cielo.

--Tienes razon, Gabriel. Pobre mariposita! A nosotros en su lugar no
nos gustaria que nos cortaran el vuelo i la libertad; no es cierto?
dijo, i arroj ese voltil i matizado animalito que aleteando cruz los
aires.

--Gabriel, vamos ahora a los cenadores.

--Vamos, seorita.

Acto contnuo se dirijieron a uno de ellos, i entraron a l. Berta se
sent en un asiento rstico de madera i Gabriel qued de pi a su lado.

--Pero hasta ahora nada me has dicho Gabriel de la impresion que te ha
causado la casa i el huerto. No ha sido buena?

--Tan buena impresion me ha hecho, seorita, esta hermosa mansion, que
temo no poder espresarla, i por eso prefiero callar; por que las
palabras nunca se elevan a la altura de las grandes impresiones. Se me
figura que he nacido a una vida nueva desde que me encuentro en medio de
las delicias de este hogar, respirando sus perfumes i abrigndome a su
sombra. Me parece haber sido introducido a un pequeo paraiso habitado
por njeles.

--Cuanto me alegro Gabriel que ests tan contento! Ojal sigas en
adelante tan complacido como hasta aqu!

--En medio de esta familia que respira alegria, bondad i una ternura tan
espontnea seria un pecado seorita el descontento i la tristeza.

--Pero t no cuentas Gabriel con que suele haber en la vida causas
ajenas a la voluntad i a lo que nos rodea que enturvian la felicidad; o
que a veces la misma felicidad es la sombra de la desgracia.

--Cuanta razon tiene Usted, seorita! Acaso sin darse cuenta del
alcance de sus propias palabras ha hablado Usted, con la madurez de la
esperiencia i me ha abismado en un mundo de tristes ideas en que suele
caer mi alma, constantemente vctima de ntimos sufrimientos.

--La verdad Gabriel es que de esperiencia poco hemos de saber t i yo,
porque somos jvenes. A nuestra edad es preciso sonreirse cuando el
pesar nos muestra su ceo airado. Trnate alegre, i djate de palabras
graves. All cuando los golpes del destino nos hieran en el camino de la
vida, entonces nos preocuparemos de ellos. Mira! sabes lo que se me
figura la esperiencia?

--Qu?

Unas de esas brujas o viejas de aspecto repugnante que nos representan
en la niez, con el nombre de duendes o hechiceras.

Gabriel sonri en silencio.

--Vamos Gabriel a ver si ha llegado mi pap, dijo la hermosa nia, i
regresaron ambos a la casa llenos de animacion i jovialidad.




XII


En efecto, Manfredo recien llegado i conversaba con su esposa en
presencia de Carolina, que estaba mui contenta por que acababa de
recibir de Raquel un regalo, para ella valioso, en retribucion de sus
buenos oficios.

Berta i Gabriel entraron en ese momento.

--Salud pap; Como le ha ido hoi en sus negocios?

--Menos bien de lo que yo creia hija mia.

--Gabriel ha quedado maravillado al pasear el huerto, agreg la nia.

--Me alegro infinito, porque buenas horas tendr que pasear en l,
contestle el padre.

--Gabriel aproximndose a Manfredo con aire respetuoso i el sombrero en
la mano, le dijo:

--Seor, yo no podr venir a establecerme en su casa, antes de dos o
tres dias, por que necesito entretanto, hacer ciertos arreglos.

--Pero Gabriel, repuso Raquel, si no es mas que para traer las cosas de
tu pe tenencia, Carolina puede encargarse de ello.

--Gracias, seora, tengo otros quehaceres en los que nadie podria
reemplazarme.

--Pero cules son Gabriel? insisti Raquel.

--Seora... iba a proferir el jven mulato, pero Manfredo le interrumpi
diciendo:

--Raquel, no seas exijente. I volviendo el rostro a Gabriel, agreg:

--Bien est, quedas licenciado por ese tiempo.

--Pero que la ausencia no se prolongue, Gabriel, esclam Raquel.

--Naturalmente, dijo Berta; si te demoras Gabriel te recibiremos mui
griamente, i te prohibir pasear en el huerto.

--Ya me seria penoso prolongar mi ausencia de ustedes, dijo Gabriel, i
se despidi cortesmente de todos los de la familia i parti en compaa
de Carolina.




XIII


Durante los pocos dias de la ausencia de Gabriel, se le destin un
pequeo aposento, inmediato a la entrada de la casa. Una estera de paja,
un catre, dos sillas, un labatorio i una mesa, todo de madera blanca,
constituian lo principal de su ajuar.

Raquel, despues de revisar esa habitacion compr personalmente otros
tiles accesorios, que cuando los vi Manfredo, los encontr demasiado
lujosos para el aposento de un ayuda de cmara. Ella se opuso a las
objeciones de su esposo. Este insisti en ellas, i se trab, con tal
motivo, una de tantas contrariedades domsticas, que pasan aun por el
cielo mas puro de un hogar, como nubarrones de verano.

Pasaron pocos dias en efecto i Gabriel regres a la casa i fu
nuevamente recibido con igual estimacion, pero con mas confianza que
antes. Tan luego como Berta i Alberto sintieron sus pasos salieron al
corredor, a su encuentro. Preguntronle cmo le habia ido en esos dias i
le dirijieron palabras joviales.

Berta le cont en seguida que ya estaba preparado su cuarto.

--Vamos a ver Gabriel el pequeo nido que te hemos preparado?

--Donde est seorita?

--Ya lo vers, le dijo, i se encaminaron a l. Cuando llegaron a su
umbral encontraron a Raquel colocando en el muro i a la cabecera de su
cama un cuadro mstico: era el arcnjel san Gabriel.

El jven mulato al sorprender la solicitud de la seora se detuvo en el
dintel de la puerta, fijando en ella una mirada de gratitud. Se ofreci
para ayudarla, pero ella habia concluido ya su tarea.

--Seora, la dijo, su bondad me avergenza. Yo sabr corresponderle con
la exactitud en el cumplimiento de mis deberes, con mi adhesion i mi
fidelidad. Pero ya que es usted tan bondadosa conmigo voi a pedirle me
conceda los tiles que me son mas necesarios.

--Cules son Gabriel?

--Una hamaca i recado de escribir.

Momentos despues tenia Gabriel en su habitacion ambas cosas. Guard en
un cajon de la mesa el recado de escribir i clav la hamaca por ambos
estremos, diagonalmente en el cuarto.

En ese momento tocaban a la puerta de la casa. Era Carolina que iba a
preguntar si Gabriel habia llegado ya.

Poco despues Gabriel se mecia tendido en su hamaca como para ensayar las
horas que se prometia pasar en ella. I Carolina conversaba con los de la
casa en el costurero.

Manfredo dirijindose a ella, djole, entre otras cosas, en el curso de
la conversacion.

--Sabes, Carolina, que todos los de mi familia han llegado a cobrarle
cario sincero i casi tierno a Gabriel?

--Mucho me complazco, seor, contest la costurera, porque lo creo digno
de ese cario; i la mayor prueba de que lo merece es que tan pronto ha
sabido inspirarlo. I usted comprende, seor, que lo demas es obra del
tiempo.

--Es as, contest Manfredo. Pero por lo mismo queramos asegurarnos de
su consecuencia i lealtad. Porque t debes saber lo sensible que hace el
perder a una persona ya querida. Por esa razon deseara que me ds
alguna luz mas sobre la ndole, los antecedentes, el carcter i las
costumbres de Gabriel, para no violentarlo con exijencias contrarias a
ellas.

--Yo conozco, seor, a Gabriel ntimamente con motivo de ser un amigo
decidido de mi marido, con quien trabaja en el mismo taller. Ambos
tienen el mismo oficio, i se buscaban antes con frecuencia. Gabriel,
seor, es de un carcter dulce, uno de esos corazones bondadosos de todo
bien, de ningun mal capaz. I para que usted se persuada de ello, bsteme
decirle, que una parte de las utilidades de su trabajo la destinaba para
los pobres.

--Qu bien, pap! esclam Berta. Los domingos me ayudar a distribuir
el pan a los pobres.

--Es tambien, seor, prosigui Carolina, de un carcter vehemente i casi
arrebatado. Es capaz de arriesgar la vida por vengar una injuria, por
reparar una injusticia, cualquiera que haya sido su vctima, a pesar de
esa indolencia aparente que parece que le dominara. Mui exacto en el
cumplimiento de sus deberes, tiene sin embargo, algunos inconvenientes.
Es a veces exajerado en su amor propio, por lo mismo que v que su color
lo rebaja. No se le puede hacer un insulto mayor que llamarle mulato o
bastardo: se encoleriza de tal modo que parece perdiera la razon. En
cambio tiene la sensibilidad del nio i la ternura de la mujer. Mas de
una vez le he visto enjugar lgrimas al verme llorar. Hai, seor, un no
s qu de misterioso i vago en el fondo del alma de Gabriel. Hai dias,
por ejemplo, que amanece con el nimo tan nublado, como las lluviosas
maanas de Matanzas, i tanto o mas sombrio que su propio rostro. Se
encierra entonces en su cuarto, como una noche de dolor, i queda a veces
uno o mas dias sin salir de l. Su nico anhelo en tal situacion, es
sepultarse en la soledad; parece que quisiera huir de s i hasta de las
paredes de su cuarto, cuando pasa con dolorosa i violenta alternativa
del arrebato, al desfallecimiento del dolor; i de ste a los arranques
de indecible ternura por todo lo que le rodea. Yo recuerdo que una vez
que estaba esplintico, mi marido i yo le atisvbamos por el ojo de la
llave de su cuarto, en el que hacia veinte i cuatro horas que estaba
encerrado, i le vimos golpear el suelo con los pis, pasearse desatinado
a lo largo de ese cuarto, tenderse despues sobre un banco i ocultando su
frente entre sus manos llorar a lgrima viva i sollozar sin descanso, i
alzar a ratos los ojos al cielo, como implorando de l.

--I a qu atribuyes, Carolina, tan raras turbaciones en el carcter
ordinariamente tranquilo i apasible de Gabriel? dijo Manfredo.

--Muchas veces he pensado, seor, en eso, i a la verdad que no me las s
esplicar. Me he perdido en un mar de conjeturas, por aliviar su
situacion. Unas veces he supuesto que sea simple efecto nervioso que
hace mas mella por su corazon sensible i por su naturaleza tan ardiente
como el sol de Cuba; otras veces que es un hombre soberbio a quien
humilla su raza i su condicion: o bien, que guarda algun dolor secreto
que amarga en ntimo silencio su existencia.

--Raro carcter, en verdad, repuso Manfredo.

--Pero en tales casos, seor, lo mejor es respetar su soledad i su
dolor, porque es imposible consolarle. I tan imposible, que una vez que
mi marido i yo entramos en su habitacion para enjugar sus lgrimas i
consolar sus dolores, nos pidi permiso i nos dej solos en ella.
Segumosle a hurtadillas una tarde tan nublada como su alma. Su mirada
estaba triste, su rostro plido i la frente inclinada. Caminaba por las
calles, como quien no se d cuenta de lo que le pasa, i con un aire de
melanclica distraccion lleg, a paso lento, hasta los estramuros de la
ciudad; se detuvo all largo rato con los brazos cruzados i la vista
fija en el cielo. Accionaba a ratos: parecia que hablaba consigo mismo:
contraia el ceo, haciendo al parecer, un esfuerzo violento, para
recojer su espritu i penetrar en l, como quien orilla espantado el
abismo, resuelto, sin embargo, a arrojarse a su fondo.

--Pero no fu eso todo, prosigui Carolina. Sigui su marcha paso a paso
hasta llegar a la ribera de un bosque. Penetr a l, en momentos que ya
comenzaba a cerrar la noche. Sentse a la sombra del bosque sobre el
tronco de un rbol caido, i qued largo rato apoyado de codos sobre sus
propios muslos i la frente oculta entre las manos. Parecia, seor, la
sombra del dolor. I en efecto, como una sombra melanclica se deslizaba
por entre los rboles del bosque, vagando errante i al parecer, sin
sentido. Poco despues regres a su casa; i al dia siguiente le vimos
como si nada hubiera pasado por l. Solo se le notaba cierta palidez que
emanaba probablemente del desvelo i de la vijilia.

--Pero dme, Carolina, nada te dijo de la causa de sus sufrimientos?
interrog Berta.

--Nada seorita. Como tiene de costumbre, guard un profundo silencio
sobre lo ocurrido.

--Pobre Gabriel! repiti Berta. Con el negro dolor que lo devoraba, con
su color oscuro i a la sombra de ese bosque en que t le pintas, se me
presenta a la imajinacion como la imjen de la noche.

--Otra ocasion, agreg Carolina, notndole tambien algo triste, le
ofrec en mi casa un vaso de vino, por que el licor suele adormecer las
emociones del espritu. I me contest con profunda amargura:

--Gracias Carolina! ya he bebido mis lgrimas, i eso me basta.

--Pobre jven! dijo Manfredo, es digno de compasion.

--I estar ahora en su cuarto? pregunt Raquel.

--Si mam, repuso Berta. Acabo de pasar por la puerta de su aposento i
le he visto mecindose en su hamaca.

--Me parece que es ya del caso comunicarle cules sern sus tareas i la
distribucion de ellas, agreg Manfredo.

--Tienes razon; i l desear tambien saberlas, desde luego, repuso
Raquel.

--Manfredo le hizo llamar.

A poco rato se present Gabriel, dicindole:

--Seor, estoi a sus rdenes.

--Mira Gabriel, prorrumpi Manfredo; he creido necesario ponerte al
corriente de tus quehaceres en la casa, indicarte tus obligaciones i
preguntarte sobre los derechos que exijas.

--Yo lo deseaba tambien, seor.

--Bien; t por la maana cuidars de que los jardineros hayan regado los
jardines, limpiado las esttuas, aseado los corredores, las sendas del
huerto, i formado los ramos de flores con que se adorna la mesa del
comedor. Cuidars tambien de que el esclavo Estevan despierte a
Albertito i le aliste todo lo que necesita diariamente para ir a la
escuela.

Despues de que nosotros nos hyamos levantado de mesa, prosigui
Manfredo, podrs sentarte en ella.--Una vez que hayas concluido de comer
recorrers todas las habitaciones para ver si estn bien desempolvadas.
Te recomiendo tambien que el cochero no se descuide en lavar el coche
diariamente, i cuidar con esmero los caballos.

En el resto del dia, continu Manfredo, podrs ocuparte de lo que
quieras, cuidando solo de que uno de los sirvientes le lleve sus _once_
a Alberto. Por lo demas, revisar la mesa a la hora de la comida o del t
por la noche, i otras muchas pequeeces, por el estilo, te las irn
indicando nuestras costumbres, tu previcion, el tiempo i tu buena
voluntad.

Lo nico que no debo olvidar advertirte, dijo en seguida Manfredo, es
que como viene todos los dias el seor Altieri a dar lecciones de piano
a mi hija, ests listo, para cuando llegue en comunicrselo a ella, e
introducirlo al salon.--Lo mismo te recomiendo si viene alguna visita,
lo cual ser rarsimo, por que mi familia vive completamente alejada de
la sociedad, i en un casi completo aislamiento. I eso es tan cierto que
son poqusimas las personas a quienes conocemos en Matanzas.

--I por qu, seor, ese alejamiento de la jente, cuando la sociedad es
uno de los goces mas agradables, i sobre todo para personas educadas,
ricas i cultas como ustedes? Ademas, seor, una nia tan llena de
prendas i adornos como la seorita Berta, bien merecia, seor, que la
luciera usted en la sociedad. Su intelijencia, su belleza, la esquisita
delicadeza de sus maneras i de su carcter, el poseer con tanta
perfeccion el frances, el sentimiento que sabe imprimir a la msica,
cuando las notas del piano parece que tiemblan bajo sus dedos al son de
sus propias impresiones, la harian desempear un papel mui distinguido
en la sociedad de Matanzas, en donde, segun infiero, seor, no hai
muchas seoritas de tanto mrito como ella.

--Quin te cont todo lo que sabia mi hija? cmo lo supiste tan
pronto?

--La seora Raquel, me dijo algo. I yo la o hace poco tocar el piano.
Me estra que tuviera tanta ejecucion i tanto buen gusto, una nia de
su edad.

--En cuanto a tus anteriores reflecciones, respecto a nuestro sistema de
vida, tienes razon en apariencia. En mi deseo vehemente de
proporcionarle a mi hija un porvenir prspero i feliz, un porvenir que
est a la altura de su mrito i de mi cario paternal, mucho he pensado
en todo lo que me acabas de decir; pero t no sabes talvez que aqu se
mira de reojo a las familias espaolas i que hai muchas i mui mezquinas
rivalidades entre las familias espaolas i las matanceras.--Ademas,
continu Manfredo, ser franco contigo, porque te considero ya un
miembro de mi familia....

--I con razon seor, dijo Gabriel, casi interrumpiendo a Manfredo.

--Pues bien, mi esposa en su primera juventud fu artista....

--Artista!.... esclam Gabriel, con cierto aire de disimulada sorpresa.

--Si, Gabriel; fu cmica. I tu no ignoras que en todas las sociedades
del mundo, no se d a los cmicos una mano amiga para introducirlos a
los estrados decentes, bien quistos, i, sobre todo, alumbrados por una
luz aristocrtica. Hai esa sombra en el pasado de mi familia que
oscurece su porvenir; i por eso prefiero yo ser buscado a buscar a las
personas, i especialmente a aquellas que blasonan de alta alcurnia. Yo
s bien que la virtud, la educacion i el mrito, reemplazan en cierto
modo lo que ha negado el lustre, casual de la cuna i del nacimiento;
pero no sucede lo mismo con los demas. I si bien la altesa de los
antecedentes de familia influye, en cierto modo, en la nobleza del
proceder i de las acciones, en cambio, no es eso tanto que la modestia
de la cuna empae i oscuresca por completo el brillo del verdadero
mrito, que se adquiere con una educacion esmerada, cualquiera que sea
el rol que se desempee en la sociedad.

Brillaron los ojos de Gabriel al escuchar estas palabras, i prorrumpi
de esta manera, con entusiasmo incontenible:

--Yo pienso, seor, como usted, i voi mas all en mis ideas a ese
respecto. Desdearia dar la mano a un blanco mui lleno de nfulas i
pretensiones infundadas i ridculas, pero que sin embargo, como hai
muchos, pisoteara su honor i su delicadeza, que a un pardo modesto i
oscuro, que no tiene mas pecado que la fatalidad de su color, mas mancha
que su raza, de esa raza que vale tanto como cualquiera otra: a un
pardo, seor, en cuyo seno latiera un noble corazon, i en cuya
intelijencia ardiera esa chispa celeste que se llama el talento, i que
es el don mas precioso que Dios concediera al hombre.

Ademas seor, continu Gabriel, la fortuna es el dolo que adoran las
sociedades modernas, el oro reemplaza a todo. I aun el talento, la
belleza i la virtud pasan gachas i abatidas delante de ese rei altivo. I
con usted seor, ha sido prdiga la suerte en concederle ese elemento de
felicidad, segun entiendo. No es verdad, seor?

--S, Gabriel, es as. Pero, entre tanto, contina.

--Bien, seor; una mujer colmada de virtudes i adornos i un hombre
lleno de mrito, tiene hoi en dia, menos abierto el paso, que uno de
esos marranos endinerados de frac i guante, que es el tipo de los
_dandyes_ de nuestras sociedades! Qu ser entonces si a la fortuna se
asocia el mrito, como sucede en su familia?

--N, Gabriel, no llegan las cosas, a ese respecto, al estremo exajerado
que tu supones. Tu las ves al travs de un lente de aumento. Yo he
visto, aun en las sociedades mas metalisadas, predominar el mrito sobre
la fortuna. He visto mil veces doblegarse al rico ante la lejtima
altivez del talento. He visto al opulento comerciante, al rico
propietario, pisar con respeto los umbrales de la casa del abogado
novel, del jven literato, i estrecharle la mano con cierta timidez que
revela la conciencia de su inferioridad.

He notado en los salones llamar i merecer stos todas las
consideraciones, i aquellos, hacer un papel plido, silencioso i
desairado.

Raquel i Berta escuchaban sorprendidas la conversacion de Gabriel, al
ver tanta cultura en las palabras de ese modesto mulato i tanta claridad
en su intelijencia.

--En cuanto a tu salario, Gabriel, dijo Manfredo, ser el mismo en que
convinimos el otro dia.

--No hai cuestion, seor, a ese respecto: eso, o lo que a Ud. le parezca
mejor. Voi s a suplicarle mas bien seor, que durante los primeros dias
me permita Ud. asistir una o dos horas a mi taller, para cumplir mi
contrato con mi antiguo jefe.

--Hazlo cuando i cuantas veces quieras; que por mi no tendrs
inconveniente alguno.

--Gracias, seor.

--Te pregunt, Gabriel, por tu vida pasada, por tus padres, por tu
familia, i casi nada alcanzaste a contarme de ella, por que cortamos
nuestra conversacion, a causa de haber tenido yo que salir entonces a la
calle. Lo recuerdas?

--Si, seor. I en verdad preferiria no hablarle de mi pasado, por evitar
en mi memoria penosos recuerdos, que me entristecen sobremanera.

--Sobreponte a ellos, Gabriel, i breme tu corazon.

Gabriel call un momento i exalando un prolongado suspiro, prorrumpi en
seguida:

--Mi historia es mui corta seor. Probablemente abr los ojos a la vida
en el mismo rancho en que pas mi niez.

Hai en uno de los estramuros de esta ciudad, continu Gabriel, una
humilde casilla, en una calle desierta, tortuosa i apartada. No tenia
sino dos habitaciones de muros ruinosos i sin blanquear i de techo
pajizo. Tienen una puerta que d a la calle, otra interior que conduce a
un patio tan pequeo como mi frente: las hojas de esas puertas son de
madera blanca.--Dos mesas antiguas mui talladas, i pintadas de verde i
con aristas doradas: dos catres de madera a uno i otro costado de la
entrada; un banco rstico; unas pocas sillas enormes, azules i tapizadas
de cuero; un candelabro de loza ordinaria ocupado con una vela de sebo:
algunos santos pintados al leo con colorido chocante, en lienzos
quebrajados i empolvados: un crucifijo a la cabecera de una de las
camas; he ah, seor, mi morada, durante los primeros aos de mi vida.

--Dos lechos te he oido decir: con quien vivias all?

Supongo que a la edad que tendrias entonces, no vivirias solo.

--No, seor.

--De quien era esa casa?

--Voi a continuar, seor. Esa modesta mansion, nido de mis primeros
sufrimientos, cuna carsima de mi infancia, fu tambien la tumba de una
persona querida, de una mujer.. Bajo el ala de su cario abrigu mi
cuello infantil; mas esa ala se pleg un dia.

--Pero Gabriel, habla! Nombra personas! S mas esplcito!

--Bien, seor, dijo, i enjug una lgrima que tembl largo rato en sus
largas i retorcidas pestaas. Esa mujer era una anciana de ochenta aos
de edad, una infeliz negra, una pobre ciega, una esclava; era mi abuela
paterna.

Cuando yo era tan nio aun, que todavia no podia trabajar para ganar el
pan de todos los dias i solo podia ayudar a esa anciana en pedirlo a
Dios con el primer rayo de la maana, arrodillado al pi de su lecho, en
el que descansaba de sus fatigas i dolencias, mendigaba ella por calles
i plazas la ddiva del que encontraba al paso, o tocaba a las puertas
del acaudalado para pedir una limosna en nombre de Dios, i no recibir, a
veces, mas respuesta que el que le dieran con las puertas! Cuando esa
ddiva caia a sus manos tenia la costumbre de besarla de gratitud,
correr a casa para satisfacer mis necesidades, enjugar mi llanto cuando
yo lloraba de hambre, i pedir al cielo, junto conmigo, por su
benefactor.

Me tenia tanto cario que jams quiso que la acompaara en su vagabunda
mendicidad. Mientras ella salia me quedaba yo en casa. El nico guia de
la anciana ciega era un pequeo perrito que la dirijia amarrado del
cuello por el estremo de un cordon que lo asa a dos manos por el otro
estremo.

Cuando alguna vez, al regresar a mi indigente morada, oia el ladrido del
perrito, se me abria el corazon, acudia a la puerta en alcance de la
mendiga i con la anciosa sonrisa de mis ojos i de mi fisonomia le
preguntaba:

--Hai pan hoi dia?

Apenas su planta tocaba el umbral i sus manos trmulas, estendidas e
indecisas, empujaban la puerta del rancho, parecia que querian palpar
con anciosa indesicion, los obstculos de su trncito, o buscar la
manecita de su nieto, para imprimir un beso en su frente, esclamando:

--Gabriel! Gabriel?.. I yo corria a avalanzarme de su cuello, a
recibir sus abrazos, las caricias con que me colmaba, los besos con que
cubria mi rostro.

Ai!, seor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando
recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se
dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con
indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando
encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien
cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le
pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le
preguntaba con acento lastimero:

--"Por qu lloras, abuelita?.."

Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al
cielo esclamando:

--"Oh, madre! de qu fueron tus entraas cuando abandonstes a tu
hijo?"

--Mui buena debi ser, Gabriel, esa anciana.

--Mui buena, seor; i sobre todo mui caritativa.

--Caritativa sin embargo de ser pobre?

--Si seor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, seor, que para mi
la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, seor, los ricos
cuntas i cuan amargas lgrimas enjugan con ceder a los pobres los
mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opparos
banquetes: si supieran que una ddiva a tiempo puede salvar la pureza de
una vrjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez
mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo,
haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el
viento asota!: si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el
camino del crmen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices
mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si
supieran que con esa ddiva enjugan la lgrima del hurfano desamparado,
de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, oh!
entonces sabrian tambien que esa lgrima convertida en perla, la
presenta a Dios, en copa de oro, el njel de la caridad; oh, entonces,
seor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que
estendindose delante de l, le intercepta el paso dicindole: _una
limosna por amor de Dios!_

--Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama
siempre el sufrimiento i simpatiza con l todo el que ha sido educado en
la escuela de la desgracia.

--Eso es tan cierto, seor, que recuerdo que un dia que pasaba por su
calle, v a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la
puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareci percibir el aroma de
las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrir a
esta nia de bendiciones i de felicidad." I no me enga al percibir
desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproxim a esta casa he
visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez
besar la mano que me condujo a sus umbrales.

--Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en t mas i mas nobles
sentimientos. Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un
jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que
la lectura de una romntica leyenda.

--Una maana, seor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una
tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melanclica impresion
de un sueo angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba
todavia. Me restregu los ojos para disipar el sueo i.... estaban
hmedos: probablemente dorm llorando! Me incorpor en mi lecho para
saludar como de costumbre, a mi anciana compaera, i la dije:

Buenos dias abuelita! I me contest con el silencio. Repet el mismo
saludo, i me di la misma respuesta.

Sobresaltado i lleno de temor salt de mi cama, acud a la suya, i....
su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana
durmiendo el sueo eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de
soar.

El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la
cama: la plida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los
rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese
lecho de muerte.

Mi nica idea fu entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin
saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la
calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el
cadver.

Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la
parroquia. Entr a ella como un loco, llenndola con mis alaridos i mis
lgrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa
despues de preguntarme por qu lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus
umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abri los ojos, i murmur
levemente:

--Gabriel?

--Yo soi! le contest: aqu est el cura de la parroquia. Hizo entonces
una seal, para que el sacerdote la ausiliara.

Tom al cura de una mano, empapndola con mis lgrimas, i lo conduje a
la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmur las
oraciones de la agona. Desprendi un crucifijo que estaba clavado en la
pared a la cabecera del lecho, apliclo a los labios de la moribunda:
ella lo bes comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie,
empa con su ltimo aliento la imjen de Dios; pleg los labios; me
diriji una mirada como signo de la ltima despedida, i cerr los ojos,
i los cerr.... para no abrirlos jams!

Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la
tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo
sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lgrima i
una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un nio al borde de su
sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de
los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que
evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo
que el destino cruel me arrebataba.

Volv, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareci sentir
en l, el rumor de las alas del njel de la muerte que se batian sobre
mi cabeza, i encontr tan desamparada la morada de mi infancia, como una
cuna vacia, como una jaula desierta. No pens entonces sino en levantar
el vuelo para dejarla.

--Oh! Gabriel, esclam Manfredo; jams habia sentido mas desgarrado mi
corazon que al oir tu triste historia; mas de una lgrima me ha costado,
i hasta de los poros de las rocas brotarian lgrimas, si las rocas
pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!

Gabriel inclin la cabeza i derramando un raudal de lgrimas, esclam:

--Yo creia, seor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me
consuelo en ver que no es as. Tengo lgrimas siquiera!

--Ests, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como
el hombre que se aproxima al trmino natural de su existencia.
Hurfano!....

--Hurfano?.... Tal vez no, seor. Pues quiz soi un ser abandonado de
los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero
esa idea es mas desesperante para m porque tal vez mientras mi madre
vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no
tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era
un pobre mulato.

Desvelado, plido i ojeroso estaba un dia mecindome en la hamaca,
revolcndome en mis lgrimas, sin tener a dnde volver los ojos, i
buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la
muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jams
me habia sonreido la suerte. I Dios volvi a m sus ojos....

A la tnue luz del crepsculo de la tarde un hombre llegaba a mis
umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para m. Me
llam por mi nombre. Sal despavorido, i me encontr, seor, con el cura
de la parroquia, que asisti a mi abuela en sus ltimos instantes.

La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!

Despues de saludarme cariosamente, de estrecharme entre sus brazos, i
de colmarme de beneficios me dijo:

--Quiz, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana
moribunda me encomend tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese
ltimo encargo i cario por t, vengo a decirte que tienes abiertas las
puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agreg en
seguida, en actitud de partir.

--Bes lloroso de gratitud la mano del sacerdote.

Poco despues vivia yo en su piadosa compaa.




XIV


La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continu Gabriel)
la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carcter me
captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba
sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su
carcter, le acompaaba con paciencia en la mayor parte de sus prcticas
relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.

Por la maana ayudbale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados
ambos junto a ella elevbamos al son de los primeros trinos de las aves
nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompaaba a la iglesia i
le ayudaba a decir su misa diaria.

--Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso
Manfredo.

--En verdad, seor; me parecia que andaba impregnado del olor de los
cirios que encendia i apagaba todas las maanas, del incienso que
quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo
que amoldarme a todo.

--Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.

--En efecto, seor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un
hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio
que podia hacerme.

--Cul?

--Me ense a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la
aritmtica, la gramtica i la jeografia. I me daba sus lecciones con
tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el
estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus
conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con
frecuencia. Pero cuando vi que mi amor a los libros absorvia por
completo mi tiempo i me hacia descuidar las prcticas relijiosas que me
habia impuesto, comenz a combatir mi desicion por el estudio que era mi
nica satisfaccion. Entregbame mis testos a horas determinadas, con
escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa
restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas.
Veame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.

Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia
desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrec mis
servicios por todas partes, toqu a todas las puertas, brindando mis
fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acud a implorar la
jenerosidad de la amistad, i la amistad me di las espaldas. Presentme
entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a
Ud. otra vez, i me acept en l. I con el escassimo fruto de mi
trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.

El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion,
quiz exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las
tareas piadosas, me determin ciertas horas para que fuera todo los dias
a trabajar a mi taller. As lo hacia yo apesar de mi invensible avercion
al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.

As pasaron los dias i los aos.

El tema favorito de mi conversacion entre mis compaeros de taller, era
la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son
montono de nuestras herramientas lamentbamos, la servidumbre de esa
raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.

Cundo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los
pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del ltigo que
desangra sus espaldas? Cundo dejarn de besar humillados la misma mano
que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los
blancos e hijos de un mismo Dios?

I ciertamente no es seor lastimera la suerte de esa raza degradada?
continu Gabriel.

--Tan creo que es as, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como t,
sin embargo de ser espaol. Me ha contristado siempre que, mis paisanos,
los hijos de la metrpoli, esploten el fruto del sudor de la frente del
negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su
sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre
choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza
aventadas al viento.

--Es que usted seor es un hombre jeneroso, antes que espaol. I anca
el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.

--Pero en fin, Gabriel, contina la narracion de tu pasado, que ya te he
asegurado cunto me interesa.

--Bueno, seor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me
encontr en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una
de las mil casas de juego que plagan, como una peste este pas, porque
parecian estar algo brios; pues usted debe saber, seor, cuanto se
entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas
repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la
moral i la salud.

--Pero bien qu result del encuentro?

--Esos hombres seor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con
lgrimas en los ojos de no saber quines eran mis padres; de no haber
recibido jams una caricia maternal; de ignorar qu entraas me dieron a
luz, qu seno aliment mi infancia con su sustento propio.

Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin
embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la
calle detuvironse en actitud insultante i me gritaron diciendo:


     "All v un bastardo"!


Ese dicterio penetr a mi alma, como la fria hoja de un pual; el eco de
ese grito humillante reson en el fondo de mi corazon i resuena hasta
ahora en mis oidos.

Mi primer mpetu fu lanzarme sobre mis agresores, que para herirme
escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avanc algunos pasos
hcia ellos, brio de clera i de exaltacion, pero record que estaba
solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya
hombres. Pens entonces que podian abusar de la superioridad del nmero
i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los
impulsos de mi carcter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor
propio herido en lo mas ntimo; i resolv contarle a mi protector el
agravio que me habia sido inferido para que l lo reparara. Acud al
efecto a su casa, i me present a l plido, demudado i trmulo. Quise
referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia
que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la
palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi
alma. Balbuce por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la
voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que
batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la
palabra.

--Pardiez! que tu exaltacion subi de punto!

--Por cierto, seor.

--I qu result por fin?

--El cura contemplaba atnito mi turbacion. Despues de un momento en que
qued silencioso i paralizado me hizo una seal con las manos que
parecia decirme: habla! qu te pasa? El breviario que leia en esos
momentos, sentado en una mullida butaca, cay de sus manos i rod
entreabierto a sus pis. Psose por fin de pi i me dijo:

--Por Dios Gabriel! qu desgracia te ha sucedido? qu te tiene en ese
estado de desatentada turbacion?

--Pobre cura! Que gratuito fu el mal rato que le diste Gabriel!
esclam Manfredo.

--En seguida, seor, prosigui Gabriel, se me aproxim el cura, i
estrechando una de mis manos entre las suyas volvi a decirme:

--Habla Gabriel! mira que aqu estoi yo para aliviar tus amarguras,
para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente
la tranquilidad, le contest:

--No se alarme, seor; no es nada que importe una trascendental
desgracia, pero s una injuria que exije reparacion. Contle entonces
calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.

El viejo cura por toda respuesta me mir fijamente i sonriendo con
irona, me di una palmada en el hombro i me volvi la espalda para
tomar nuevamente su asiento. Al travs de la indiferencia que mostr por
mi indignacion me pareci, en esos momentos, notar en ese bendito
sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la
butaca i dndose una palmada en la frente esclam un momento despues:

--Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos,
esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como
el tuyo.

--Jams me imajin, seor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho
de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo l sin
embargo en su sonrisa agreg:

--No seas nio Gabriel!

--As ser siempre nio seor cura; i ojal que de ese modo ni los
viejos dejaran de serlo. Todo, menos el aprecio de s mismo puede
envejecer en el hombre! le contest.

Con el ceo algo adusto i un aire un tanto contrariado por mi
impertinente tenacidad me dijo:

--Todo, menos la falta de cordura, es tolerable en una persona que
tiene sentido comun!

Subia de punto mi exaltacion i en tono casi enftico, le dije:

--Yo quiero, i necesito saber, seor cura, si Ud. vengar esa ofensa por
m.

--Venganza Gabriel? Que mal viene esa palabra en los labios de un
hombre cristiano como t!

La venganza es la rastrera satisfaccion de las almas pequeas: el Mrtir
Divino, ese tipo de humildad, nos ensea a presentar una mejilla a quien
nos ha herido en la otra.

--Bien, seor cura, aparte de que yo no soi capaz de presentar ninguna,
por que ni soi mrtir, ni soi divino, no comprendo cmo una persona
brinde estimacion a otra i se niegue a desagraviar su honra. Por no
desagradar a Ud. no quise hacerme justicia por mi mismo: i harto me
pesa.

Esa fu, seor don Manfredo, mi ltima contestacion. I con una fria
vnia me desped del cura que silencioso i azorado me seguia con la
vista. Sal de su casa i jams volv a ella.

Entonces me v nuevamente, seor, a merced del primer viento que soplara
i arrojado por la ola de mi destino. Pas mucho tiempo errante, sin
asilo fijo, huyendo de los hombres porque perd la f en ellos, i
deseando huir de m mismo por que perd la tranquilidad i la alegria de
mi corazon. La mayor parte del dia la pasaba en el taller, en el que
ganaba apenas lo necesario para mi subsistencia, i las noches
jeneralmente en casa de un artesano, compaero mio que es el esposo de
Carolina. Esa ha sido, seor, mi vida por largo tiempo, hasta el dia en
que Carolina, en fuerza de su cario por m de haber compartido de mis
sufrimientos i oido lamentarme amargamente de verme tan solo i tan
abandonado en el mundo, tuvo la feliz idea de ofrecer mis servicios en
casa de Ud. Probablemente la mano de Dios condujo los pasos de esa mujer
aqu que es el hogar de la felicidad, por que se respira en l la
virtud, el amor i la caridad, que son la felicidad del hogar; yo nunca
dejar de bendecir, seor, la hora i el dia en que la suerte me trajo a
participar de ella.

--Me pidi Ud. seor, que le refiriese mi historia: he ah mi historia.
Talvez lo he cansado con ella entrando en detalles que solo para m
pueden tener inters....

--Mui lejos de eso Gabriel; te he oido con un agrado paternal; pues
apesar de que recien comienzas la senda de la vida, has dejado ya
algunas fibras del corazon en las zarzas de tu camino.

--As es seor.

--I como yo, Gabriel, soi un hombre que ha sufrido mucho, comprendo i
compadezco a los que sufren por que los dolores humanos tienen eco en el
corazon que los ha esperimentado; por que la desgracia para quien sabe
apreciarla tiene un atractivo mas poderoso que la felicidad i porque yo
querria siempre consolar, llorando si es posible, a los que lloran.

Gabriel, como cansado de sufrir i de recordar sus sufrimientos, inclin
la cabeza i call.




XV


Profunda fu la impresion con que Raquel escuch esa larga conversacion
entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aqul volvi el
rostro a su esposa la encontr plida con la cabeza melanclicamente
reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada
cargada de dolor.

Manfredo al verla as, se levant de su asiento, se aproxim a ella i
ponindole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:

--Qu tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada
constantemente por una tristeza indefinible; yo no s como ni por qu
sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partcipe de
ellos al compaero de tu existencia. Me he hecho, por ventura, indigno
de tu confianza?

--Mui lejos de eso, Manfredo: lo que t supones en m el efecto de un
sufrimiento ntimo, no es sino a veces un malestar fsico.

--Te sientes enferma, Raquel?

--S, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al
pecho que llega a empalidecerme.

Manfredo la levant de su asiento, le di el brazo, i conducindola a su
alcoba, la reclin cariosamente sobre su lecho, abrigle los pis con
una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i
alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retir
para dejarla reposar tranquilamente.

Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre
el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los prpados como
esforzndose para reprimir con ellos un torrente de lgrimas oculto.

Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de
ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domsticas i sus piadosas
devociones: Berta al estudio de la msica, al bordado, a la lectura i al
cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al
cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobrronle a
ste un cario tal, como si estuvieran ligados a l no solo por la
comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I l lejos de engrerse
pagaba con usura, cario por cario. Jams se acostaba por la noche sin
que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las
luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban
entregados al silencio, la oscuridad i el sueo. Los sirvientes le
tenian una respetuosa estimacion.




XVI


Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que
se reunia un crculo de amigos. All, hasta las altas horas de la noche
o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus
veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que
salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la
maana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban
tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a
deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones
del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que
desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.

Jams Gabriel dej de esperar en pi a Manfredo, a la hora de sus
llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz
en su habitacion i acompaarlo mientras se acostaba. Intil fu que
Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.

Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios
de tempestad, i en que acompaado de su esposa i de su hija tomaba el
rico caf habanero, en uno de los cenadores del huerto, se present un
sirviente. Manfredo al verlo sali precipitadamente a su encuentro,
recibi con cautela la carta que le fu imposible ocultar de las miradas
de su esposa. La desgarr con impaciente lijereza de manos, busc la
firma. Dej caer una mirada vida sobre esa hoja de papel, que, apesar
suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad
del corazon, i devolvindola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:

--Dile que est bien i que personalmente la contestar.

Volvi en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano
trmula no pudo sostener la tasa de caf i dejndola sobre la mesa, dijo
a su esposa:

--Me siento mal de salud, i como la tarde est tan descompuesta voi a
recojerme. I en efecto, se diriji a su aposento i se encerr en l.

Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian
con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier
protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la
causa de lo ocurrido.

--Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudrie
la verdad de lo que le pasa a mi pap.

--Hace bien, seorita, de confiar en m cuando es Ud. quien me lo pide.

Un momento despues consigui, no sin alguna dificultad, introducirse
Gabriel al cuarto de Manfredo. Este mir con sorpresa al jven mulato
que invadia su retiro, i el mulato a su vez fij en Manfredo una mirada
de avidsima curiosidad.

--Se ocurre algo Gabriel? le dijo pasendose a lo largo de su aposento,
mohino i desazonado.

--No seor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre
continjente de mi cario i de mi humilde compaia, para ver si en alguna
manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.

--Gracias Gabriel.

--Talvez Ud. se sonreir, seor, de mi pretension? pero el corazon me
arrastra a su lado, i Ud. me perdonar.

--Gracias otra vez, hijo mio; djame darte este ttulo por que bien lo
mereces.

--Pero bien, seor, i qu sucede? por qu se deja Ud. doblegar del
sufrimiento?

--Promteme Gabriel guardar el secreto i....

--Intil es su encargo, seor: jams me haria yo indigno de su
confianza.

--Pues bien, le esa carta.

--Gabriel la abri impaciente i comenz, de este modo su lectura, en voz
alta:

--"Me veo, seor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo
de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."

--Qu leo! Pero seor, dijo Gabriel Cmo, cundo ha contraido Ud. una
deuda tan fuerte? i prosigui la lectura, sin recibir respuesta ninguna.
"Entre personas de honor una deuda contrada sobre el tapete de una mesa
de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del
negociante, en una transaccion comercial."

--Dios Santo... dinero perdido al juego! Treinta mil pesos! esclam
Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrs.

--Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el ndice a
los labios.

--Yo tembl, seor, de que sufriera Ud. un golpe de este jnero, desde
que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto
como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.

--Comprendo Gabriel tu inters i te lo agradezco en el alma.

--Ya v Ud. seor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria
ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es
imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones
del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, seor, qu seria
de su pobre familia sin la sombra del padre? quin enjugara las
lgrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la
orfandad?

Manfredo al son de esas palabras se estremeci i cay sobre un sillon,
porque sinti sobre s todo el peso de su desgracia.

--Perdn, seor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.

Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneci con el
rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel
dicindole:

--Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me sealan el camino del
deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergenza, i, sobre todo,
evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.

--Pues bien, seor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco
en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la
vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de
su esposa, en nombre de la seorita Berta, en nombre de Dios, si es
posible, dijo Gabriel, enjugando una lgrima.

--Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contest
Manfredo, profundamente conmovido.

--Quiero, seor, que me prometa usted que no ir mas a esa casa de
juego.

--Jams!

--Ojal, seor, Dios lo quiera!

--Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilsimo
corazon, ponindose de pi i estrechando entre sus brazos al jven
mulato. I agreg en seguida: te prometo que jams mi planta pisar los
umbrales de esa casa...

Cruji a la sazon la hoja de la puerta; oyse un lijero ruido, semejante
al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acerc a Gabriel
i le dijo al oido:

--Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del
contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia
el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto
negocio.

Aproximse en seguida a paso largo i cauteloso hcia la puerta, la abri
de improviso i sorprendi a su esposa i su hija que con el oido puesto
en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se
sobrecojieron; Manfredo di un paso atrs, i, despues de un instante de
vacilacion, rog a su esposa que lo dejara solo.

Raquel, en compaia de su hija, se retir sollozando. Manfredo
volvindose a Gabriel le dijo:

--Djame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor.
Gabriel sali dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejse caer
nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya
comprimiendo las sienes entrambas manos, ya ponindose de pi para
sentarse nuevamente.

Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las
consoladoras caricias de su hija, le decia a sta:

--Ya comprendes, Berta, en que consisti aquel fraude del comerciante
habanero de que no hace mucho se quejaba tu pap? Oh! a este andar
quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!

--Pero qu remedia usted con desesperarse? no ha oido usted que mi
pap le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?

--Ah! me hablas de Gabriel! Que bueno es Gabriel! no es verdad
Berta?

--As es mam; tiene por nosotros un inters i un cario indecible.

--Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple
camarero. Ah! yo no cre jams que un solo corazon pudiese encerrar
tanto de noble i bueno.

--Ciertamente, mam, Gabriel es nuestro njel consolador.

Raquel se diriji a su alcoba en compaia de su hija i se reclin sobre
un divan esclamando:

--Yo disimul mi dolor a Manfredo, por otra prdida semejante i eso le
ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. Ah! los hombres son
mui crueles!

Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su
afliccion, pero en ese momento se oy bullicio, ruido de pasos, voces en
el aposento de Manfredo....

--Mam, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren,
sino del lamento i del dolor comun....

El ruido aument....

Berta estremecida de temor, sinti en su corazon el golpe de un
presentimiento infeliz e incorporndose al lado de su madre esclam
turvada:

--Mam, mi padre est entregado a la soledad; algo sucede con l; voi a
verle.

--V hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es
porque tiemblo me diga que no ha sido una prdida parcial de nuestra
fortuna, sino una bancarrota completa. V, i disimulndole tu dolor,
consuela el suyo.

Berta sali de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oy en l
un sollozo: apresur sus pasos, i al pisar sus umbrales descubri a su
padre con el rostro lvido, el cabello lijeramente desgreado, embozado
en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud
estraa i siniestra.

Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible
presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahog en la
garganta, se esforz para dar un paso, i le fu imposible. A paso lento
i con mirada escudriadora se aproxim por fin a su padre, sin que l se
apercibiera de ello, sino cuando sinti sobre su espalda el brazo de su
hija. Todo fu verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho.
Ella a su vez cay a los pis de su padre plida i desfallecida. Iba a
estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con
sus lgrimas, cuando una carta enlutada cay a su lado: inclinse de
improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso
impedrselo, pero sinti latir en sus entraas su amor de padre, i dando
un paso atrs i comprimiendo la cabeza entre las manos esclam:

--Mi Berta! mi adorada hija! tu amor.... ah! tu amor me ha
salvado!...

--Salvado? de qu, padre mio?...

--Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lgrimas,
fu tambien empapada con las mias. Era la carta de despedida de un
suicida! i el suicida... iba a ser yo, Berta mia!...

--Suicida!... esclam Berta dando un alarido desgarrador, i cay
desmayada a los pis de su padre.

Desolada i jadeante acudi Raquel al cuarto de su esposo; precipitose
sobre su hija; cay de rodillas a su lado; la levant entre sus brazos
llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, djole a
Manfredo:

--Qu has hecho con mi hija?

--Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.

--I entonces?...

--Ha descubierto el trmino a que pudo haberme conducido mi situacion, i
eso es todo.

En ese momento entr Gabriel, nervioso, plido i profundamente
emosionado, diciendo:

--Qu hai seor? Seora, qu sucede? En qu puedo ayudar a usted? Las
lgrimas temblaban en sus negras pestaas, i surcaban sus morenas
mejillas, como el rocio de la noche.

--Aydame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos
consiguieron alzar del suelo su cuerpo exnime i tenderlo sobre el lecho
de Manfredo.

Gabriel qued de pi a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos
i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.

--Llamar a un mdico seor? pregunt mas de una vez, con un acento
triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta
exal un suspiro profundo i entrecortado.

Gabriel, entonces, di un paso indeciso i al parecer involuntario para
contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magntico
sobre su corazon.

Berta abri los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres,
pase una vaga i melanclica mirada a su alrededor i despues de llevar
la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueo
negro que se v, se incorpor en su lecho echando el brazo al cuello a
la madre, que permanecia sentada a su lado.

Gabriel, sombrio i mudo se retir.

--Por Dios Manfredo, prorrumpi Raquel, que es del porvenir de nuestra
familia?... Dme....

--Mam! mam! balbuce Berta, basta de funestos recuerdos! Al verme
tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por m:
pues bien, si es as, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...

--Silencio Berta! dijo Manfredo. Para tu madre vale mas la fortuna que
la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!

--No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no est ya
del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino
precursores de los que vendrn despues.

--Raquel, en nombre de Dios te juro que no ser as! cnsate de
torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me
ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a
mis hijos sin padre.

--Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipit hcia su esposo
i le dijo:

--Manfredo, perdname que un dolor lejtimo pero irreflexivo me haya
arrastrado hasta la imprudencia.

Manfredo sin proferir una sola palabra estrech fuertemente la mano de
su esposa, i Berta se inclin para buscar con sus labios las manos
entrelazadas de sus padres.

--Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo
deseas, conozcas la situacion. Lo hemos perdido todo!..

--Todo?....

--No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la
casa.

--I el fundo?

--Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.

--Ah! a la sombra de esos bosques discurri la infancia de mi hija! I
la quinta, Manfredo?

--Tengo que venderla para pagar mi ltima deuda.

--I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la
casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan
de una familia?

--No Raquel; el honor de un hombre est sobre todo. I aunque as no
fuese, se me maniat por completo, obligndome a firmar un documento,
ah, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta
a la memoria, como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!




XVII


La escaces reemplaz a la abundancia, la modestia al confortable de la
vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion domstica, en medio
de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores
humanos.

Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en
consolar al otro. Manfredo se consagr al trabajo cotidiano para
asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado
de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa.
Pasaban en fin una mediania tranquila, una pobreza feliz! La
satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias
del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de
la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la
felicidad propia.

Oh! la desgracia es la redentora del hombre! La adversidad es una
nodriza adusta que contrae el ceo, pero que purifica a sus favoritos
arrullndoles en su regazo!

Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de
una desventura cualquiera.

La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su
padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa
negra, para tomar el aire libre i balsmico del huerto. Pero Gabriel con
la mirada inquieta i el aire ajitado sali a su encuentro i la dijo:

--Seorita, se siente ya mejor?

--S Gabriel; gracias!

--Yo estaba tan impresionado con el accidente que le di a Vd. que fu a
llamar al mdico temeroso de que Vd. se empeorra.

--Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.

--No seor, fu mi temor el que me mand.

--En fin, Gabriel, tu te encargars de despedir al mdico cuando venga,
agreg Manfredo, i continu su paso. Pero Gabriel volvi a detenerlo
rebozando de zozobra, i le dijo:

--Quiz, seor, no sea tan intil la venida del mdico...

--Porqu?......

--Por que el niito Alberto no se siente bien, seor.

--Que tiene Donde est? contest Manfredo sobresaltado.

--Lo tenia mecindose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente
comenz a quejarse: observ i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada
la frente....

--Basta, Gabriel, donde est mi hijo? le interrumpi Manfredo, al mismo
tiempo que Berta di un ai! de espanto. I padre e hija acudieron
precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia
delirando el nio.

--El padre le puso la mano en la frente: Berta le tom una de las
manecitas: Raquel que no tard en apercibirse de lo ocurrido se se
aproximaba inclinndose al lecho de su hijo, se retiraba de l en busca
de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i
contemplarle llorando.

A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el mdico.

Raquel al divisarlo, sali despavorida a su encuentro i juntando las
manos sobre el pecho, le dijo angustiada:

--Seor, mi hijo se muere! promtame volverle a la vida!..

--Tranquilcese, seora, contest el doctor con risuea indiferencia, i
guiado por Berta, sigui su paso.

Cuando el doctor examinaba al nio, deliraba ste, respiraba con
violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.

El mdico qued taciturno i callado. Las miradas de todos le devoraban
como queriendo arrebatarle el pensamiento. Oh! que silenciosa
anciedad!

Pobre familia! Verla contar las largas horas de la noche suministrando
las prescripciones del mdico, sin esperanza, i con fundados temores
por la vida del pobre Alberto!

Manfredo se paseaba desazonado; Berta lloraba como un nio, Raquel se
desesperaba como una loca. El aturdimiento era la espresion del dolor.

Gabriel como el njel bienhechor de la esperanza prodigaba sus consuelos
a la familia i sus cuidados al enfermo. Solcito como un hermano, sereno
como un hombre maduro, sufrido como la madre que v vacio el lecho de su
hijo que acaba de morir, Gabriel lo hacia todo, lo prevea todo, no sin
enjugar, de vez en cuando, una lgrima furtiva. Con el rostro
melanclico i lijeramente adormecido por el insomnio, con los brazos
cruzados sobre el pecho, mudo, de pi e inmvil, a la cabecera del
enfermo parecia a ratos, ese jven mulato, la esttua del dolor.

Iba a clarear una risuea maana de verano: la fiebre declinaba
notablemente en el paciente. La luz del sol invadia sonriendo esa
alcoba, i la confianza en la salud del pobre nio, luz de la felicidad,
invadia tambien el nimo de la familia. Pocas horas mas i su mejoria era
rpida; despues su vida estaba fuera de peligro.

Era ya imposible que un hombre estrao por su sangre, su color i su raza
a una familia se encarnase mas, sin embargo, en su vida ntima i
domstica, que Gabriel en la familia de Manfredo. La simpatia que es la
precursora del cario, el cario recproco, la gratitud que se reanuda
en los momento de infortunio, la comunidad del sufrimiento, las lgrimas
del mulato i de sus seores que corrian mezcladas en su mismo arrollo,
todo, todo vincul los corazones de aqul i de stos.

Poco despues Alberto jugueteaba en la enramada del huerto, asido de la
mano de Gabriel.

Las canas nevaron por completo las sienes de Manfredo; Berta di un
antiguo adios a la adolescencia, i Gabriel un antiguo saludo a la
juventud. Espiraba el ao de 1843.




XVIII


Pasaron as los aos unos en pos de otros. Poco de qu gozar i mucho por
qu sufrir, lleg a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin
embargo, sus sonrisas como sus lgrimas encubrian bastante las paredes
de ese apartado hogar.

Presentse a la sazon un hombre, portador de una carta.

En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonri
al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo
tiempo. Pas la carta rpidamente de mano en mano: lleg a la del padre
a quien era rotulada i ley en la direccion, esta palabra: _urjente_.

Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. N,
ser de mi hermano, agregaba Raquel. N mam, yo creo que es carta que
a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.

--N Alberto, Gabriel no tiene madre.

--I bien! ninguno puede imajinarse de quin es la carta? dijo
Manfredo, ajitando risueo el papel en la mano.

--De quin? contestaron todos a una voz.

--De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclam Manfredo, rebosando
de alegria. I agreg: anuncia su prxima venida.

--Arturo viene! Llega Arturo? Cundo? Lea la carta! esclamaban todos
al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas all el mulato
cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de
la carta que decia literalmente as:


     Querido tio:

  En pocos dias ms debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis
  sueos dorados. Puedo decir que estoi con el pi en la playa. Oh!
  querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conocer la
  vrjen Amrica, gozo mucho mas al pensar que estrechar en mis brazos
  a Ud., a su esposa i a la bellsima Berta, cuyo retrato tuve el gusto
  de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. Qu bella, qu
  encantadora debe ser mi prima!

  Un tiernsimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.

  No concluir, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante
  mi corta permanencia en Cuba.--Su amante sobrino,

     ARTURO DE BILBAO.


Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fu leida mil
veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no
poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los nicos temas de
la conversacion.

Pocos dias despues presentbase en la casa un gallardo mancebo, de alta
i delicada estatura, de grandes i melanclicos ojos, de barba negra i
aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente plida,
con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el
pecho i un chal terciado sobre el hombro.

Gabriel sali a su encuentro.

--Es esta la casa de don Manfredo?

--S, seor, repuso Gabriel, i parti precipitadamente a anunciar al
recien llegado.

Un momento despues vease el bien-venido rodeado por todos los de la
casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo
del cario.

El recien llegado era Arturo de Bilbao.

Berta desde el primer momento qued vislumbrada con la belleza del
primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.

Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de
la hermosura de Berta. En fin, la vi i la am.

El simptico husped fu conducido al salon. Todas las miradas se
fijaban en l.

--No te esperbamos aun Arturo, prorrumpi Manfredo.

--Es estrao, querido tio, cuando cuid de anunciarme a Uds. con
anticipacion.

--No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.

Vieron la carta i result haber llegado atrasada.

--Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomend a
un amigo mio, i probablemente se tard en despacharla.

--Qu tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? pregunt Berta a su primo.

--Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el
hombre propone i Dios dispone. Nada estrao seria que molestara a Uds.
prolongando mi residencia en Matanzas.

--Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojal
tuviramos siempre esa clase de molestias.

--Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra
tocadora.

--Todo lo contrario Arturo.

--Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.

Mientras sta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de msica
nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de
cielo entre el papel de msica i el teclado del piano, sentia las
miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a
cada momento.

Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se
inflamaba su alma improvisando, por decirlo as, un sentimiento que mas
natural habria sido que fuera obra del tiempo.

Berta sali del salon, i al regresar a l dijo a su primo:

--Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. ser indulgente sino la
encuentra cmoda.

--Bastra, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.

--Gracias por la galanteria. Le gustan las flores Arturo?

--Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:

--He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.

--Mil Gracias; es Ud. mui amable.

--I los versos le agradan?

--Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer
la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.

--Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su
velador "El paraiso perdido" de Milton. Conoce Ud. esa obra?

--S, la le en mi adolescencia.

En estas i otras, entre la cena, la msica i la conversacion, lleg la
hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus
aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de
amabilidad.

Arturo cerr las puertas de su alcoba i abri las de su corazon. Su
sueo no fu tranquilo. Pasese a lo largo de su cuarto hasta las altas
horas de la noche; coji mas de una vez el ramillete de jazmines que se
ostentaban en un pequeo florero; lo contempl entre sus manos,
absorvi mil veces su perfume i lo volvi a colocar.

Eran las dos de la maana i estaba en pi. Paseaba un momento, dejbase
caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las
utilidades de sus ltimos negocios. Qu de sueos dorados! qu de
castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de
improviso al rayo de la mirada de una mujer.




XIX


Pas la noche. La aurora tmida sonrosaba el horizonte. El canto
repetido del gallo, las campanas que tocaban a misa mayor, i el ladrido
desapacible del perro, marcaban el alborear del dia.

Arturo que con un sueo intranquilo, como una pesadilla, comenzaba
recien a reemplasar la ausencia del sueo de la noche, abri i restreg
los prpados; i todo fu percibir el albo rayo de la maana que filtraba
por las rendijas de su ventana i ponerse de pi para hacer, rpidamente,
su esplndida _toilete_.

--Si Berta dormir aun? pensaba, peinando el cabello, alizando la barba
i enlazando el roson de la corbata.

Un instante despues salia de su habitacion con su andar pausado, i con
su aire aristocrtico pasebase a lo largo del corredor inmediato
preguntndose al parecer a cada instante? si Berta dormir aun......?

No, Berta no dormia; soaba s, pero soaba despierta; soaba con el
porvenir... El primer rayo de amor acababa de caer sobre su vrjen
corazon, como cae el primer rayo de sol sobre la flor que se entreabre.

--Pensar en m?.... Ah! soi jven, bello, rico i aristocrtico! Por
qu no alcanzar su mano? murmuraba levemente, recorriendo con sus
miradas en torno suyo.

Berta, entre tanto, acababa de encontrar sobre la ventana de su cuarto,
que daba a la calle, un tesoro de amor, la reliquia del corazon de un
hombre que para colocarla ah se recat tmidamente entre las sombras de
la noche i del misterio..

Cual era esa reliquia? Los siguientes versos i la siguiente carta
firmadas con el seudnimo de _Plcido_ i entreocultos dentro de un
ramillete de flores.

La carta decia literalmente as:


     Berta:

  En vano he luchado por ahogar en lo mas ntimo los latidos de mi
  corazon, que ansia por hablarte. Pero imposible Berta! te amo, i en
  mi delirio te mando esas flores; que en ese alfabeto perfumado
  descifres las espresiones salidas del amor.

  En mi silencio pens arrojar rota mi lira, musa querida de mis castos
  amores, pero una secreta esperanza la hace sonar ahora.

  Oh! Si yo supiera que esas humildes flores fuesen la almohada de tus
  celestes ensueos o se refrescasen en la dorada enredadera de tus
  cabellos! si yo supiera que la meloda de esos versos pasaban
  murmurando por tus labios o recalando tu oido i te recordran a tu
  incgnito cantor i desconocido amante, me reconciliaria con la
  felicidad!

  Maana resguardado por el silencio i la oscuridad de la alta noche, al
  sonar esta misma hora, a la luz del mismo rayo de la luna, pasar,
  hermosa Berta, por el pi de esta ventana para ver si encuentro en
  ella la forma de una esperanza que d la vida a mi alma o el desengao
  que ser, te lo juro, la muerte de un corazon!

    Dulce tirana de mi existencia
  A quien el alma toda rend,
  Oye los ayes que por t vierto,
  I los suspiros que doi por t:
  Mas no insensible mi triste acento
  Escuchar quieras por mas rigor,
  No seas ingrata con quien te adora,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Yo v tus ojos mas relucientes
  Que el esplendente sol tropical,
  I son tus labios i breves dientes
  Ntido ncar, fino coral.
  Qued cautivo de tus virtudes,
  I de tus gracias i tu candor,
  No seas ingrata con quien te ama,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Cmo pudiera dejar de amarte?
  Si por t el fuego de amor sent?
  Si no me canso de contemplarte?
  Si me es gustoso morir por t?
  I a tantos ruegos te muestras dura?
  No te condueles de mi dolor?
  No seas ingrata con quien te adora,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Ni el soplo fiero de muerte airada
  Estingue el Etna de mi pasion,
  Estos acentos que oyes mi Berta,
  Nacen del fondo del corazon:
  Cuanto mas tardes en ser mi amada
  Mas se acrecienta mi fino ardor.
  No seas ingrata con quien te ama,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    El Ser Supremo que el orbe rije
  La llama inflama que yo encend;
  Luego Dios mismo mi afecto aprueba
  Cuando me inspira pasion por t.
  Virtud, dulzura, gracia i belleza
  Quin las resiste? dnde hai valor?
  Ten de mis males piedad, bien mio,
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

    Si un rosal miro, tu eres la rosa
  Mas elegante que encuentro all;
  Si sueo i canto, si rio i lloro,
  Todo, tirana lo hago por t.
  I tanto anhelo no tiene premio?
  Cuando se calma tanto rigor?
  Quieres mi muerte? no seas ingrata!
  _Paga mi Berta, paga mi amor_.

     PLCIDO.


Berta, perdi el sociego: levantbase la primera oleada de las pasiones
en el tranquilo lago de su alma. Sentirse amada por primera vez!
Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i
los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su
alma al travs de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecale
descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.

--El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza
fu tan prdiga con l en concederle las dotes del talento, debe haberlo
sido tambien en darle los dones de la belleza. Ah! ya me imajino ver en
su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro
griego.

Todo esto proferia Berta en palabras entrecortadas por la emocion o
interrumpidas con la lectura de cualquiera de esas estrofas, o con la
risuea contemplacion de cualquiera de esas flores. Qu de poesia
encontraba en las unas, qu de misterio halagador en las otras! Leia,
releia i volvia a leer esos inspirados acentos. Aproximse mas de una
vez a la ventana de su cuarto para contemplar al tnue rayo de la
maana, esa hoja de papel, que iba a ser talvez la primera pjina de la
historia de su corazon. Guard esas prendas en una cajita de bano,
pero las sac nuevamente, como si sintiera al apartarlas de sus ojos un
pesar tan delicado como su alma. Las guard otra vez, i al volver el
rostro descubri con sorpresa a Gabriel que, con los ojos que le
blanqueaban nadando en una sonrisa ntima, la seguia con la vista
atentamente. El mulato seren de improviso su semblante i la dijo:

--Seorita Berta, los esclavos sirvieron ya el t.

--Voi Gabriel; i Arturo se levant ya?

--Est, hace rato, sentado en un sof del corredor.

--_Madruga mucho!_ dijo Berta con picarezca sonrisa, i sali de su
habitacion. Apenas Arturo la divis se aproxim a ella con cortesa i la
salud con afabilidad. Desde el momento en que se estrecharon la mano
Arturo trat a la vez de disimular el sentimiento que alboreaba en su
corazon i de leer el de Berta. Le ser indiferente? ser capaz de
comprender el sentimiento que sabe inspirar? ser feliz o desgraciado?
he ah las ideas que torturaban su imajinacion.

--Cmo ha pasado Ud. la noche? la dijo. I Ud. Arturo? repuso Berta a
esa pregunta.

--Yo Berta?....se limit a decir sacudiendo lijera i melanclicamente
la cabeza, i esforzndose en sumerjir su mirada desde los ojos hasta el
alma de Berta como el rayo de luz que invade por las grietas un templo
oscuro. Pero los ojos de esa mujer no decian nada, nada dejaban ver esos
prticos bellos del templo de su corazon. Arrebataba entretanto los
pensamientos de Arturo, porque la mujer arrebata siempre los
pensamientos de un hombre, cuando esos pensamientos le pertenecen.

Ambos hacian unos tras otros proyectos para pasarla con entretenimiento.
La msica, la lectura, los paseos nocturnos por los bellsimos
alrededores de Matanzas, hacian parte principal de sus proyectos. Arturo
mas reanimado alcanz a Berta algunas flores dicindola:

--Las reconoce Ud.?

--S Arturo; son las que dej a Ud. anoche a la cabecera de su cama. I
tan fcil le es a Ud. deshacerse de ellas?

--N, dijo Arturo, estendiendo ruborizado la mano para recobrarlas.
Pero Berta se neg a devolvrselas aplicndolas a los labios como para
encubrir una picarezca sonrisa.

--Es Ud. mui cruel, querida prima, esclam Arturo, no sin consolarse a
la idea de que con esas flores adornara Berta su suelta cabellera. Pero
un momento despues caian adornando el suelo esas flores, distraidamente
deshojadas. I con ellas la flor de la esperanza se deshojaba tambien!

La mirada aflictiva de Arturo sigui hasta el suelo a esas flores.

--Gracias, Berta, la dijo.

--Gracias por qu?....

Arturo sin contestarle una palabra sealle con el ndice las
desparjadas flores.

--Un momento de distraccion, Arturo! Disclpeme.

Distraccion!.... no la hubo para entregar su alma a las nocturnas
flores de la ventana i guardarlas al son de los latidos de su corazon,
como quien guarda un tesoro.

Pero el corazon humano se aferra a la esperanza, como el nufrago a su
tabla de salvacion.

Qu importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el
prestijio de la fortuna lo puede todo? he ah el sentimiento que
combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.

--Berta, la dijo, simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?

--El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales,
Arturo.

A la sazon se aproxim Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les
aguardaban en el comedor. I encaminronse all, Berta apoyada del brazo
de Arturo. Tom ste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones
i del aprecio de todos los de la casa.

--I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad,
dijo Manfredo.

--S, seor, contest Arturo, mi padre siempre bueno.

--I trabaja an?

--N seor; para los negocios como para las letras mi padre est ya en
cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada
rato con las de Berta.

--Lo que son las cosas! esclam Manfredo sacudiendo la cabeza i
restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien
ayer v a Arturo nio, en su traje de seminarista, mortificando a su
padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compaia de sus
condiscpulos.

--As es seor; el tiempo tiene alas. Tambien a m me parece ver an a
Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos
de su cabellera, como la v en Madrid.

--Pero tambien recordars, Arturo, que entonces tu prima no prometia
ser tan fea? agreg Raquel.

--Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareci
bellsimo, veo ahora que mi prima desde confiar sus gracias al papel.

--Gracias por la lisonja, balbuce Berta inclinando la frente.

--Lisonja Berta? repuso Arturo.

--Lisonja! agreg la nia; i el rubor hizo bajar sus prpados i a tal
punto invadi su rostro, que el alabastro plido de su ctis tornse
rpidamente en porcelana sonrosada.

Un momento despues pasebase Arturo en compaia de Manfredo a lo largo
de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de
Espaa, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario
en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La
conversacion pareci animarse: detenanse a momentos i accionaban con
calor.

En stas i otras pas ese dia. Nuevamente Arturo cont las largas horas
de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvi a
encontrar a la maana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de
flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i
probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el
reinado de un bello dia. Ramilletes de flores! auroras del corazon i de
los sentimientos de una mujer!

Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se
apag; pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo
encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su
corazon; casta reliquia del primer amor!

Cuando el corazon siente el augurio de la felicidad i cuando est al
abrir sus puertas al amor, su husped querido, rebozando en dulces
presentimientos tiene sus largas vijilias; i aunque el sr en cuyo seno
palpita, duerma como la materia, sus golpes repetidos consiguen
despertarle. Qu amante desde sus balcones no ha contemplado la noche
que huye detras de los montes? Cul no ha visto la guiada luminosa del
lucero como un ojo carioso?

Berta dormia su sueo inocente. El corazon la despert. Dej su blanco
lecho como una nube revuelta. Un momento vag indecisa al lado de ese
lecho.

Abri i cerr precipitadamente la portezuela de la ventana, su seno
palpitaba como la onda que se ajita. La ansiedad del amor embellecia a
esa mujer!

Alz por fin las flores, que ocultaban dentro de s la prometida carta i
al contemplarlas risuea, parecia la esttua con que simbolizan la
primavera.

Su dedo impaciente rasg la carta como una pleca de ncar i desliz su
vida mirada sobre esta pjina del sentimiento:

--Ser amada sin saber quin es mi amante! sentir la insinuacion del
amor sin saber a quin se entregar el corazon! se decia Berta, al leer
i releer ajitada esta pjina del poeta.


     "Mi amada Berta:

  Cuanto mas agoniza la esperanza a los embates de la duda, v muriendo
  mi corazon, nico pero rico tesoro que te brindo.

  Avanzar algo con ofrecrtelo? Oh! si tu ventana llegara a ser el
  lejtimo altar en que te tributara las ofrendas de mi cario! Pero un
  ntimo presentimiento me dice que no encontrar tu contestacion a mi
  carta anterior. Dios quiera que me engae! Dulces engaos, yo lo
  deseara siempre!

     PLCIDO."


Pobre Berta! la bala del cazador no hiere al ave, como esos billetes de
amor su tierno corazon. Iba a retirarse de la ventana casi aturdida, con
la cabellera que parecia que el aliento del sueo habia desparpajado
sobre sus sienes, cuando sinti un leve ruido.. Era tal vez la briza
que jugueteaba? El ruido aument. Tenia miedo.. Aproxim el oido a la
ventana i persibi el eco vago de un suspiro.. Di un paso atrs
estremecida de espanto; qued inmvil, paralizada i volvi a
aproximarse. Resolvi por fin entreabrir la puerta, es decir, razgar el
velo..

Un hombre con el sombrero calado hasta los ojos i embozado en una larga
capa permanecia con el alma suspensa i el oido atento junto a la reja de
la ventana.




XX


Ambos a dos se conmovieron notablemente.

--Berta?.. le dijo el embozado.

Berta call. Pero la misma mujer que habria rechazado la mas leve
insinuacion amorosa de cualquier hombre, permanecia de pi, si bien
trmula i vacilante, delante del desconocido, que se habia rodeado de
todos los misterios del abismo.. Pero los abismos del amor, como todo
abismo, producen a la vez la atraccion i el vrtigo a quien los
contempla de cerca.

--Berta, djame siquiera conocer el eco de tu voz, agreg el
desconocido.

Ella call......

--Berta rompe por Dios! tu silencio mortl, diame si no me amas. El
amor i el odio son la vida; la indiferencia es la muerte.

--Plcido?.. balbuce Berta.

Habla! habla! la contest el poeta, apoyando la gacha frente sobre
las rejas. Dme, dme que me amas!

--I qu podr decirte?... Si en t no hai la franqueza de descubrirse
cmo me exijes la confianza de entregarte mi corazon? Ah, vete!

--Irme!... irme alejado por t!...

--Pueden descubrirnos.

--Bien; dme con las puertas si acaso quieres, pero arrjame una
esperanza, dia claro del alma!....

--Esperanza! murmur Berta. Esperanza, a t que viniendo en pos del
dia del alma, me buscas como la noche del misterio?

--Vengo a ofrecerte no mi nombre, sino mi corazon, el corazon de un
poeta!

--Poeta! esclam Berta, entonces exajeras tus sentimientos.

--Bendita exajeracion!

--Pero en fin si me amas, Plcido, no me pongas en peligro de que nos
vean, esponindote a que no nos volvamos a ver.

--I nos veremos maana?

--No lo s.

--Adios!.... murmur Berta, con la barba que le temblaba de emocion.

--Adios! contest el desconocido; i la luz del sol de la maana invadi
a torrentes; la niebla del cielo se disip; la naturaleza parecia
sonreir ante la felicidad de esos amantes.




XXI


Mantvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia
talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora
de la mesa permaneci taciturna i silenciosa. Intil fu esforzarse por
devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorsticas
que no le hacian ni siquiera sonreir.

Durante la sobremesa contle Manfredo a Arturo el malsimo estado de su
fortuna. Este le escuch con sentimiento i sorpresa, i a su turno cont
con oportunidad e intencion que era dueo de una fortuna colosal i
refiri la manera cmo la habia adquirido. Raquel no desprendi entre
tanto una mirada vida i curiosa de Arturo.

Berta a paso lento i aire distraido retirse nuevamente a su alcoba.
Arturo prosigui la conversacion con sus tios sobre los elementos de
felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de
sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era
parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con
marcado inters.

Un momento despues, preparbanse Manfredo i Arturo para salir a pasear.
Aqul le dijo a ste: I Berta? deseara despedirme de ella.

Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ah, dijo, i se
dirijieron a ella.

Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plcido i el brazo
apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde
bajo el ala la cabeza soolienta. Verla tendida al travs de las blancas
cortinas de su lecho, parecia un njel mas bien que una mujer. El velo
del pudor la cubria de tal manera, que si el njel de su guarda la
hubiera contemplado as desde el cielo, habria descendido sonriendo a la
cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso
talvez un casto beso sobre su frente pura.

Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detvose en el dintel
de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su
semblante animado parecia decir: qu hermosa est! Gravse en su
corazon, con caracteres indelebles, la imjen de esa mujer, i su
recuerdo brillaba incesante en su mirada.

Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i
pas estrilmente algunos dias en ese afan.

A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno
de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del
huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:

--Yo no comprendo Berta cmo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i
ruidosa.

--Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.

--I si el caso llegara le seria indiferente?

--Indiferente, repuso Berta, indiferente... talvez n Arturo; pero
intil s.

--Intil?

--S.

--I por qu? no es libre su corazon?

--Jams ha dejado de serlo.

--I entonces?

--Ni dejar de serlo nunca; porque no me gustaria verlo esclavo apesar
de haber nacido en el pas de la esclavitud.

--Todo v al revs, querida prima; pues yo soi esclavo apesar de no
haber nacido en el pas de la esclavitud.

--Esclavo?

--S, esclavo de un sentimiento, contest Arturo hondamente
impresionado.

Berta a su vez se sorprendi.

--Calla Ud. Berta?

--Callar siempre Arturo.

--Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.

Presentse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i
afrontndose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzndola el papel.

--He aqu el diario de hoi que su merced me pidi.

Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando
el papel djole a Arturo.

--Lemoslo Arturo?

Arturo estaba tan melanclicamente abismado en s mismo, que no oy u
oy a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero
movimiento afirmativo de cabeza.

Berta que seguia hojeando el peridico, con instantnea sorpresa retir
el papel de la vista, esclamando: versos! deben ser mui bonitos!
versos de Plcido! Lemoslos Arturo?

--Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia
de los celos, i espiando la mirada de Berta.

--No s quien sea repuso ruborizada, i ley con acento de curiosa
inquietud la siguiente composicion:


     EL JURAMENTO.

    A la sombra de un rbol empinado
  Que est de un ancho valle a la salida,
  Hai una fuente que a beber convida
  De su liquido puro i arjentado:
  All fu yo por mi deber llamado
  I haciendo altar la tierra endurecida
  Ante el sagrado cdigo de vida,
  Estendidas mis manos he jurado:
  Ser enemigo eterno del tirano,
  Manchar si me es posible mis vestidos,
  Con su execrable sangre, por mi mano
  Derramarla con golpes repetidos;
  I morir a las manos de un verdugo,
  Si es necesario por romper el yugo!

     PLCIDO.


Una sonrisa de complacencia incontenible inund el rostro de Berta e
irradi rpidamente su mirada.

--Por lo visto no son pocos los que dian la esclavitud: Plcido se me
parece en eso.

--Sin embargo hai cierta esclavitud cuya emancipacion no la deseara yo.

El corazon de esa mujer latia con violencia, temblaba talvez, al son de
un recuerdo, al descubrir que el patriota autor de esos versos era
tambien el amante apasionado que depositaba en su ventana las nocturnas
ofrendas de su cario. Oh! que corazon tan noble i grande! se decia
interiormente. En el altar de la patria jura morir por ella, i en el
altar de mi corazon, jura morir por m! Oh! este hombre sabe amar, como
tan solo aman los poetas, como aman tan solo los valientes.

--Que lindos versos, Arturo, no es verdad?.. dijo, i antes de ser
contestada presentsele Gabriel diciendo: seorita Berta, la espera su
mam.

--Ya vamos Gabriel.

Gabriel se retir.

Nada que merezca recordarse aconteci en esos ltimos dias. Manfredo
sigui haciendo conocer a Arturo los lugares pblicos i los bellos
alrededores de Matanzas. Notbase, sin embargo que entre el tio i el
sobrino acrecia cierta recproca intimidad inspirada por un recproco
inters. Arturo amaba tan locamente a Berta, que inflamaban lejos de
enfriar su corazon los reveses de su indiferencia: Manfredo a su vez
veia en Arturo el hombre acaudalado, culto i aristocrtico, el llamado
en fin a hacer la ventura de su hija. Arturo le revel al padre su
pasion por la hija, i Manfredo estaba resuelto a cualquier sacrificio a
costa de verificar ese enlace, tanto mas ventajoso, cuanto que su
situacion era penosa i Arturo era un caballero cumplido, un hombre
prdigo i opulento que podria salvarlo de ella.




XXII.


Pero la ventana de Berta con sus flores i sus versos eran el teatro de
un amor, i el patbulo de otro. I qu importa! Manfredo jams
consentir en el enlace de su hija con otro que no sea Arturo. Qu
importa? No importar cuando Berta a su vez ya tiene entregado su
corazon al desconocido amante i no tendr ni voluntad ni fuerzas para
desligarse de l? cuando vive adorando los recuerdos de ese hombre i
los mira a toda hora como los carissimos pedazos de su corazon?

Alumbraba la luz de un nuevo dia, i con l la luz de una nueva esperanza
para el poeta, de una nueva ilusion para Berta. Como tenia ya de
costumbre, aproximose al alba a su ventana querida i la encontr
adornada otra vez con un nuevo homenaje de cario.

Un precioso ramillete de flores de caf contenia dentro de s estos
versos mas preciosos aun.


    Prendado estoi de una hermosa
  Por quien la vida dar
  Si me acoje cariosa;
  Por que es cndida i hermosa
  _Como la flor del caf_.

    Son sus ojos refuljentes,
  Grana en sus labios se v
  I son sus menudos dientes
  Blancos, parejos, lucientes,
  _Como la flor del caf_.

    Una sola vez la habl
  I la dije: Me amas Berta?
  I mas cantares te har,
  Que perlas la aurora vierta
  _Sobre la flor del caf_.

    Ser fino i constante juro,
  De cumplirlo estoi seguro,
  Hasta morir te amar;
  Porque mi pecho es tan puro
  _Como la flor del caf_.

    Ella contest al momento:
  --De un poeta el juramento
  Nunca en la vida creer,
  Porque se v con el viento,
  _Como la flor del caf_.

    Cuando sus almas fogosas
  Ofrecen eterna f,
  Nos llaman ninfas i diosas,
  Mas fragantes que las rosas
  _I las flores del caf_.

    Mas cuando ya han conseguido
  Cual cfiro que embebido,
  En el valle del Temp,
  Plega sus alas dormido
  _Sobre la flor del caf_.

    Entonces abandonada
  En soledad desgraciada
  Dejan la que amante fu,
  Como en el polvo agostada
  _Yace la flor del caf_.

    Yo repuse: Tanta queja
  Suspende, Berta, porqu
  Tambien la mujer se deja
  Picar de cualquier abeja
  _Como la flor del caf_.

    Quireme paloma mia,
  I hasta el postrimero dia
  No dudes que fiel ser;
  Tu sers mi poesia
  _I yo tu flor del caf_.

    "A tu vista cantar,
  I lucir el arrebol
  Que a mis dulces trovas d
  Como a los rayos del sol
  _Brilla la flor del caf_".

    Suspir con emocion,
  Mirme, call i se fu;
  I desde tal ocacion
  Siempre sobre el corazon
  _Traigo la flor del caf_.

     PLCIDO.


--Acababa Berta de leer estos versos casi jadeante de emocion, cuando
sinti ruido de pasos...... Versos i flores los ocult en el seno para
no ser descubierta. Era su padre.

--Que haces hija mia? te noto algo ajitada Que tienes? la dijo..sin
desprenderle los ojos.

--Nada.

--Nada?

--Es que me siento algo indispuesta.

--Que tienes?

--Tengo alguna opresion en el corazon.

Manfredo se aproxim a su hija, ci con el brazo su cintura i
estampando un beso en su frente tbia aun con el calor del lecho que
abandonaba recien, la dijo:

--Tenemos mucho que hablar, hija mia. Se trata de tu
felicidad.--Condjola despues a una otomana i sentndose en ella al lado
de su hija, con sus manos entrelazadas en las suyas, comenz a
insinuarle el amor que le profesaba Arturo i las ventajas que le ofrecia
ese amor.

Berta inclin la frente, i guard silencio:

--Contradecirias la voluntad de tus padres mi Berta?

--I mis padres contradecirian la mia? sacrificarian mi corazon a un
hombre que no amo?

Manfredo como movido por un resorte se puso de pi i notablemente
sorprendido la dijo: Qu! amas a otro?

--N, pap; pero no amo a nadie. I el amor es i no la fortuna la base de
la felicidad.

--Pero llegars a querer a Arturo!

--No nace de las reflecciones el amor.

--N, Berta, es el nico hombre que te conviene. Fjate que si eres
hermosa, ya tus padres se ven sin la fortuna de antes, i tu madre es
solo la cmica de Canarias. Tendrs por consiguiente partidos mas
ventajosos que este? Ah! pinsalo bien. No seas nia: mas tarde cuando
ya no haya remedio, cuando Arturo se hubiere regresado a Espaa,
entonces conoceras recien tu error i el porvenir te dir: ya es
tarde!......

--Padre, todo hombre que me ame de veras olvidar que mi madre era una
mujer de bastidores.

--Te engaas Berta, habla por t la inesperiencia. Aun las sociedades
mas despreocupadas del mundo rinden su tributo a los antecedentes de
familia.

--I que Arturo sea rico que quiere decir pap? voi yo a ligarme con su
fortuna o con l?

La discucion se trab cada vez mas calurosa. Raquel que entr en ese
momento, terci tambien en ella sosteniendo enrjicamente la opinion de
su esposo.

Berta enjug algunas lgrimas silenciosas.

Las flores del caf perfumaban su seno i su corazon. Al parecer todo era
intil para obligarla a ceder. Vencer la obediencia filial o el amor
por su romntico poeta?

--Bien, hija mia, dijo Manfredo, en tono paternal i terminante, estoi
comprometido a participar a Arturo el resultado de nuestra entrevista, i
como yo ante todo debo velar por tu porvenir i por proporcionarte una
suerte digna de t i del cario que como padre te profeso, te aseguro
que no le dar a Arturo una respuesta negativa.

Berta seguia llorando en silencio. Raquel lloraba con ella, pero sin
desistir de la tenacidad de sus propsitos. Manfredo se paseaba por
delante de su hija interrumpiendo el silencio con reflecciones aisladas,
con consejos srios. Qu contestas? la dijo a su hija mas de una vez,
sin recibir de ella mas respuesta que sus calladas lgrimas.

--Bien, Berta, agreg despues, voi a decirle a Arturo que tu mano es
suya.

--Que mi mano sea suya, padre mio, le contest pero mi corazon no lo
ser jams.

--Hija mia, tu no sabes que el tiempo hace lo que no puede la voluntad.
Yo s que llegars a amarlo.

--Dios lo quiera! agreg Raquel. Nosotros hija mia, no queremos sino tu
felicidad.

--Mi felicidad!.... murmur Berta, sonriendo con amargura i llorando
sin consuelo.

--S, hija mia, tu ventura, i nada mas, le contestaron sus padres.

--Mi felicidad!.. repiti Berta sacudiendo lijeramente la cabeza. Mi
felicidad!... volvi a decir por ltima vez.

Sali Raquel en ese momento del cuarto de su hija con direccion al de
Arturo; pero la detuvo en el corredor uno de los esclavos negros
dicindola:

--Vengo a avisar a su merced que el camarero est enfermo; no ha salido
hoi de su habitacion.

--Qu tiene? contest Raquel profundamente sorprendida.

--No lo s, seora, agreg el negro.

Raquel recibi la noticia como si se tratara de la enfermedad no del
camarero, sino de un miembro de su familia, i acudi casi corriendo al
cuarto de Gabriel. Estaba cerrado. Desde afuera escuch Raquel algo como
un quejido, algo como un lamento. Aproximse a la puerta i percibi
ruido de papeles, i estas palabras sueltas i significativas:

--Bastardo, mulato i pobre! si mi cuna no hubiera sido una pobre
hamaca, i mi hogar un rancho...... Oh! seria feliz!..

Raquel sin poder ya contenerse empuj la puerta, entr casi
sorpresivamente i encontr a Gabriel escribiendo delante de una pequea
mesa, cubierta de infinidad de papeles, cartas i herramientas. Se sent
ella junto a la mesa, i l se puso de pi, en seal de respeto.

--Sintate, Gabriel; le dijo. Yo vengo a enjugar tus lgrimas. I en
efecto gruesas lgrimas temblaban en los ojos de aquel como brillantes
sobre un esmalte negro.

--Gracias, seora, mia, contest Gabriel.

--Pero s franco! qu tienes? Yo te prometo, si tienes confianza
conmigo, satisfacer tus deseos cualesquiera que sean i ahorrar tus
lgrimas aunque sea a costa de un sacrificio. Por qu llorar?

--Por nada, seora; lloro sin motivo; lloro solo por que tengo lgrimas
que llorar.....

--No te aflijas, mi querido Gabriel, le dijo ella, con tierno i
conmovido acento i posando su blanca mano sobre el hombro de Gabriel.
Este, enternecido probablemente con el cario de su seora lanz un
sollozo incontenible i contuvo otro. Encoji lijeramente los hombros,
agach la cabeza i enjug una nueva lgrima.

--I sabes Gabriel que no debes estar triste, que tengo una buena
noticia que darte?

Gabriel levant la cabeza con los ojos que le blanqueaban diciendo:
Cul mi seora?

--Que es ya mui probable el matrimonio de mi hija.

--I con quin, seora?

--Con Arturo.

--Me alegro!.. Dios quiera que sea feliz.

--Ya vez que estamos de plcemes, i que bien vale la pena de olvidar por
ello aflicciones de poca monta.

--As es seora; yo me alegro en el alma.

--As lo comprendia, porque s cuanto cario tienes por todos nosotros.

--I don Arturo la quiere mucho?

--Mucho!

--I la seorita a l?

--Tambien: yo creo que sern felices.

--Bien, mi seora, tengo el sentimiento de comunicarle que debo hacer un
viaje a Trinidad.

--Cuando?

--Mui pronto.

--Pero has hecho ya en la temporada pasada dos viajes a Trinidad, i
ahora anuncias uno nuevo.

--As es seora; pero este ltimo ser tambien por pocos dias.

--Pero qu llamas pocos?

--Quince o veinte dias, probablemente.

--Ah! Manfredo estoi segura que se aflijir mucho por tu ausencia, por
corta que sea, lo mismo que Berta. I yo mas que ellos, porque te dir la
verdad, el recojimiento en que vives, la afliccion que te domina, las
cartas que constantemente he sabido que recibes, todo, todo, me indica
que talvez no vuelvas i que quieres dejarnos. Su semblante palidecia al
decirlo.

--Ah! no, seora....

Sintise en ese momento algo como los pasos de quien se aproximaba.

Raquel sali precipitadamente, diciendo:

--Es mejor, Gabriel, que no nos vean. Detvose en la puerta, i viendo
que no habia nadie, volvi a entrar. Gabriel no comprendi tan temerosa
como estraa precaucion.

--Pero, Gabriel, supongo que no te irs sin comprometerte conmigo a que
regresars mui pronto.

--Como n, seora.

--I tampoco ser antes del cumple-aos de Berta.

--Ya que Ud. me lo ordena....

El viaje de Gabriel, no sin bastante sentimiento ocupaba a todos los de
la casa. Quin le preguntaba cuando se iba, quin el tiempo que duraria
su ausencia, quin casi le rogaba que regresara pronto.......

Lleg el dia, fausto para la familia, del cumple-aos de Berta. Todos le
rindieron las ofrendas de su cario. Manfredo le abraz cariosamente el
cuello con una cadenilla del que pendia un medallon que contenia su
propio retrato; Raquel le obsequi un anillo que conservaba desde la
primera juventud como prenda de amistad; Arturo por medio de Manfredo
hizo llegar a sus manos una valiosa diadema de brillantes. Gabriel hacia
muchos dias a que permanecia encerrado en su cuarto. Veasele todos los
dias recibir i escribir cartas desde ese modesto retiro, en el que de
dia como de noche se oia el ruido incesante de una herramienta.

Ese dia fu pues Gabriel el primero que entr por la maana mientras
sta se arreglaba delante de un tocador. No se apercibi ella que hacia
largo rato a que Gabriel estaba de pi i callado a sus espaldas sin
desprenderle una larga i melanclica mirada.

--Seorita, la dijo por fin con un acento en el que vibraban la emocion
i la timidez. I al volver el rostro con curiosa sorpresa encontr la
mano indecisa i estendida del camarero que le alcanzaba una cajita
dicindole:

--Aceptaria Ud., seorita, este recuerdo antes de mi partida?

Abri ella la caja risuea, i precipitadamente sac una preciosa
peineta de carey dorado, i en su presencia sostuvo con ella las bucles
de su cabello, dicindole:--I no es verdad que es obra de tus manos?

--Ellas se distrajeron, seorita, en este humilde labor.

--Ah! ya me esplico el ruido de una herramienta que se dejaba sentir a
toda hora en tu cuarto. I... dme, cundo te vas Gabriel?

--Maana, dijo, i dobl melanclicamente la cabeza.

--Pero volvers pronto? Bien sabes cuanto te estraaremos todos.

Gabriel, sin contestar, levant la frente abrumada; despleg lijeramente
los labios como para proferir una palabra que no podia articular i fij
los ojos atentamente en un canario que entreoculto como en una nube
aleteaba gorjeando entre los pliegues de las cortinas del lecho.

--I esa avecilla, seorita, es el recuerdo de hoi de alguna amiga suya?
No la habia visto yo.

Berta, despues de un vacilante silencio, en tono entrecortado
respondi:

--N Gabriel, es un canarito prfugo que ha venido a visitarme.

--Manda Ud., seorita, que lo pongan en una jaula?

--Hazlo; mui bien!..

Este coji entre el hueco de sus manos el dorado pajarillo, i lo solt
dentro de una jaula para que cantara sus prisiones.

--Recuerdas, Gabriel?, dijo ella entonces, recuerdas que el primer dia
que viniste a casa te negaste a cojer las mariposas del huerto,
dolindote de cautivarlas? Ya ves la crueldad con que aprisionas ahora
mi canario.

--Es cierto, seorita, que ambos tienen cielo i alas para volar; pero
mientras muere la peregrina mariposa entre los dedos sin dejar mas
huella que el polvo de oro de sus alas, el canario aprisionado mata sus
penas cantando.

Poco despues la peineta de carey pasaba de mano en mano. Todos
ensalzaban su primor i admiraban la curiosidad de su obrero. Pero, qu
peineta de carey! qu diadema de brillantes! La una, era el recuerdo
insignificante de un pobre camarero; la otra, la prenda indiferente de
un hombre que nada decia al corazon. El canto del canario que la
despert fu la mas dulce serenata con que un amador haya podido
arrullar los rosados ensueos de quien causa sus desvelos. Esa msica no
aprendida embriagaba su memoria i vibraba en su corazon. Lindo canario
que habia arrojado por los hierros de la ventana la mano de aquel
apasionado cantor que se allegaba hasta ellos para dejar estas escritas
endechas!:


    "Surca los aires pajarillo raro,
  I de mi Berta ante la faz desciende,
  Mientras por cielo, tierra i mar se estiende
  La eterna lumbre del inmenso faro.
  Dla que en su natal al mundo caro,
  Mi f su llama sacrosanta enciende,
  Entre cliz de ncar, que suspende
  Corintio pedestal de mrmol Paro.
  Cubro aquel seno con tus alas de oro
  Donde oculto el amor placer respira,
  Abre tu pico de coral sonoro;
  Cuntala el gozo que su edad me inspira,
  I entrega para siempre a la que adoro
  Mi corazon, mis versos i mi lira.

     PLCIDO."




XXIII


Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia
preparaba sus maletas para partir.

Arturo hablaba ntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en
silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento.
Detrs, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa
pareja prxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la
vista la perspectiva del porvenir.

Presentse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una
sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos hmedos revelaban
lgrimas recien enjugadas i lgrimas reprimidas. Sus apagados adioses
resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba.
Su sangre indmita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron
tambien. Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jams ningun
corazon sufri tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo
habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida,
como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo,
todo, parecia decir adios.

Berta abri su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le
recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada;
pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i
desentraan los secretos del alma. Es tan intelijente el corazon!
Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible?
A no dudarlo!

Gabriel sali. Un ademan de jentileza fu su muda despedida. Cuando
lleg al umbral de la puerta se par de improviso como detenido por una
mano misteriosa; volvi el rostro, i como luchando con ella precipit su
paso i lanz al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde
la tierra: qu culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste hurfano i pobre
por qu me desheredas de la felicidad?.... Avanz algunos pasos i
detenindose de nuevo frente a la casa la contempl llorando i esclam
con quebrantado acento:

--Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido
adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de t!...
Adios, santuario del pasado!

--Tan jven i tan desgraciado! dijo, trag sus lgrimas i parti por
fin.

Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos
en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento,
sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian
tanto i tan respetuoso cario.

Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i
silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba
las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que
envolvia la poblacion.

Gabriel tom el primer coche de posta que encontr a su paso. Se embarc
en l, i al comenzar a partir jimi salvajemente. El cochero al oir su
voz se volvi dicindole: me habla Ud.?

--N, contina! le contest.

El coche se perdi de vista.

La niebla del olvido no oscureci por cierto el grato recuerdo de
Gabriel.

Berta era un carcter fcil a abrirse a las primeras impresiones, un
espritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita
sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i
robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento.
Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espritu que
inflamarse, como sucedi i como sucede siempre. Porque es cosa
averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es
innato en la naturaleza i contemporneo de la vida; viene con ella.
Pasar por lo mas ntimo de un ser desapercibido para los demas, como
pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio;
vivir ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar;
permanecer oculto como el nio dormido silenciosamente bajo sus paales
en el hueco de la cuna; dormir como duermen en las cuerdas de un laud
un mundo de silenciosas armonias; pero no dejar de existir jams. El
ave se posar en el bosque; vendr el buzo a recojer esa perla; el nio
se ajitar gritando en su cuna; las cuerdas sonarn; el corazon
palpitar de amor!

Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i habria amado una
sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariosamente sobre su
corazon! Pero desgraciadamente intil fu que regara con sus secretas
lgrimas las flores i los versos del trovador incgnito, smbolos de ese
recuerdo. Relijioso pero vano recuerdo!

Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la
dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese
feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero s de renunciar
a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carcter no tuvo
valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cario filial. Berta
cedi.

Pero no es eso todo. Fu vencida en la lucha con sus padres, lo ser
tambien en la lucha consigo misma? He aqu la cuestion. Podrn decir
sus labios lo contrario de lo que siente su alma? Podr siquiera su
semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un
alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma
delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las
torturas: la de sacrificar el corazon al inters, el amor a la
conveniencia, la felicidad al deber.

Un abatimiento profundo se apoder de su alma. Sus ojos estaban
constantemente hmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas
del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma.
Lloraba su espritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo,
a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato
viviente de sus padres.

El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trmula mano la argolla de
compromiso de matrimonio. Aniversario de infortunio para la una i de
felicidad para el otro!

La melancola de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya
indisimulable. Su salud comenz a declinar. En vano sus padres le
prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la
perspectiva de un porvenir esplndido i la regalaba con la promesa de
los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los
paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto
que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un
recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.

Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se
encarg de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller
de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i
los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los
padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el nico tema
de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. Poco
importaba el corazon de la hija!

Arturo que jams atribuy la tristeza de Berta sino al dolor anticipado
que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion
al ver aproximarse el soado dia de ceir la corona de la felicidad
domstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su
prometida la palma del martirio del corazon.

I con razon, a las luchas domsticas sobrevivi la lucha del espritu!

Con un aire de placentera lijereza presentse Arturo cierto dia en el
cuarto de Berta que permanecia plida i melanclicamente reclinada sobre
un divan. Sentse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras
de cario, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se
inclin lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le di las
gracias, exal un largo suspiro, dej caer sobre el cofre de esas donas
una mirada i una lgrima.... Esa lgrima era un poema!

Arturo que crey ver en ella una lgrima de felicidad la diriji una
mirada triunfante, se incorpor de sbito i estrechando la mano de su
amada la dijo entusiasmado:

--Mi adorada Berta, jams olvidar, se lo juro, ese testimonio de su
ternura. Esa lgrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas
joyas!

Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lgrima le
contest, con profunda amargura: Gracias Arturo!..

El cofre de alhajas no sirvi sino para recordarle la cajita de bano
que atesoraba los recuerdos del poeta.

Ella sin embargo desde que se sinti ligada a Arturo, trat de matar
esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procur en lo posible inmolar el
pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba
de tener ermticamente cerrada la puerta de la ventana.

Ni la luz de la maana ni las flores del sentimiento penetraban ya por
ella.

La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! Horrible trance!

Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de
ellos? N. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del
calor de sus miradas, del riego de sus lgrimas, de su presencia en las
horas del reposo i en los momentos de soledad.

En sus sueos sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar
consigo los ltimos resplandores del dia. Soaba con el hijo de la
aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueo i quedaba la
realidad. Al sueo de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueos.
Despertaba sobresaltada i se decia: Habr venido hoi? Cunto le
amargar mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia;
morir de amor por m? Tendr valor para no darle mi ltimo consuelo i
mi postrer adios? Pero no, Dios mio! Abrir nuevamente a mi corazon las
puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del
deber!

Lnguida i melanclica dej un dia su lecho, el lecho de las muertas
esperanzas, i a paso lento i tmido se aproxim a su ventana querida, la
contempl largo rato con una tristeza que parecia conmover las
profundidades mas ntimas de su naturaleza.

Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, lito de la
soolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lgrima se
retir del precipicio... se diriji nuevamente a su lecho, se tendi en
l, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como
el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, llor con
amargura i sin consuelo. Llor en silencio; pero sus recuerdos gritaban
desesperados en su corazon!

Incorporse en su lecho repentinamente. Su rostro recobr la placidez i
su mirada el destello que parecia comunicarle un golpe feliz del
corazon. I no ser el mismo Arturo el cantor de las rejas? se dijo
despejando las rubias guedejas que cubrian su frente. Comenc a recibir
las flores i los versos despues de su llegada de Espaa. A ser otro no
se habria disfrazado la maana de nuestra nica entrevista. Un
desconocido habria procurado mas bien hacerse conocer. Solo a Arturo le
correspondia el papel de incgnito, para no perder un solo medio i una
sola ocasion de tender las redes a mi cario. Acaba l de leer una
novela en que un amante a fin de poner a prueba el corazon de su querida
se le presenta enmascarado en alta noche, finjiendo ser su rival.
Talvez ha hecho l otro tanto? Ah! si as fuera yo amaria a Arturo
locamente, por que el eco sonoro de esa voz, esas palabras ardientes,
esos inspirados versos, el recuerdo de esas flores cojidas al borde de
un abismo de misterio, han cautivado mi alma como al canario en su
jaula.

Plcido ser el mismo Arturo...? A no dudarlo!

El 30 de julio de 1844 fu el dia sealado para el enlace de Berta.




XXIV


La poltica toca a las puertas del hogar.

Al magnnimo i heroico don Jernimo Valds le sucedi provisoriamente en
el mando de la isla don Javier de Ulloa, que se hallaba en la Habana de
Comandante Jeneral de Marina hasta la llegada del Teniente Jeneral don
Leopoldo O'Donell. Este hombre en el que se despert una avaricia
febril, comerciaba ya ostencible ya clandestinamente con la _trata_
(comercio de negros) de los esclavos cubanos i con el contrabando de
negros africanos, cuya inmigracion aument tan considerablemente, que
los buques mercantes llegaban a las costas de la isla colmados de esa
mercaderia de carne i libertad humana, cotizada a _una onza por cabeza_,
i que a su vez colmaba de oro las arcas voraces de O'Donell.

El gobierno ingls pidi la ejecucion del tratado de 1817 i, con ella,
la abolicion de la _trata_. El gobierno espaol di una lei de pura
forma, de aparente abolicion, ocultando entre los aparatos de la intriga
individual, la accion oficial. I cuando en Cuba se supo que el
parlamento ingls discutia un proyecto de lei contra la _trata_, cuando
el Consul ingls Trumbull hizo srias reclamaciones en el mismo
sentido, centuplicse la actividad comercial de O'Donell que envi
centenares de buques a las costas del frica para la importacion de ese
negro i nefando comercio.

Los blancos ardian con el temor de que la sabrosa presa se les
arrebatara de las garras. Los negros ardian de despecho i de indignacion
por desacirse de ellas. La atmsfera poltica estaba inflamable, i el
suelo movedizo. Una chispa encendera la hoguera. El sordo rumor de la
rebelion, como el rumor de un cataclismo, aterrorizaba a los espaoles i
ensoberbecia a los esclavos. El blanco i el negro se miraban de reojo.
El hombre libre miraba con miedo i de soslayo las cadenas del esclavo.
Ya en este, ya en aquel _Injenio_ se amotinaban los negros
tumultuosamente. Los esclavos se fugaban de la casa de sus amos, los
asesinaban a veces i se manumitian de hecho. Habia en los campos una
verdadera inundacion negrera. La inundacion se desbordaba. La crnica
del crmen se escribia con sangre. Pero la _mano de hierro_ de la
autoridad metropolitana tambien se empapaba en sangre. Este negro
rebelde era colgado de los pis en una viga; aquel negro prfugo
desollado a azotes en la plaza pblica; este otro fusilado por un jesto
o por una mirada. El negro habria envidiado aun la condicion del perro.
En la noche se desataban las cadenas del perro; las del esclavo n.

La hoguera del incendio alumbra en alta noche la oscuridad de la campia
qu sucede? es la choza de un negro que ha sido entregada a las llamas,
a las llamas en cuyo torno se alzan los clamores que se oyen desde
lejos, de la madre i de los hijos, mientras el padre pide en su dolor
que lo ultimen para evitar con su muerte el suplicio que le tortura el
cuerpo, en su dolor por el recuerdo de sus pequeos hijos que le tortura
el alma. Desolacion i muerte por donde quiera!

Los negros entretanto se asilaron en los bosques de Trinidad, como nubes
de tempestad, para ir a despertar al Jenio de la Libertad que dormia a
su sombra.

O'Donell sin embargo contemplaba risueo la sedicion que se fermentaba i
que estaba prxima a estallar. Ella le daria ocasion de saciar su sed de
pantera desplegando el terror i el terror le captaria el aprecio del
gobierno peninsular i justificaria su incuo enriquecimiento, a costa de
las arcas fiscales i de la libertad humana. Revolvia el rio para pezcar
i lo revolvia en sangre.

Bajo la bveda estrellada del cielo i a la sombra de las ceibas i las
palmeras di la negrera su primer grito de independencia. (1844). Era el
grito de un pueblo atribulado que lleg hasta el cielo.




XXV


Volvamos al seno de la familia de Manfredo. En el aislamiento en que
ella vivia tenia cierta aparente indiferencia por los sucesos polticos
que se desarrollaban a su alrededor. Familia honrada i buena tenia
bastante simpatia por la debilidad, compasion por la desgracia de un
pueblo vctima i, sobre todo, bastante cario por Cuba, su patria
adoptiva, para desear su emancipacion i su felicidad; familia espaola a
su vez sentia tambien que su patria nativa perdiera el valioso
patrimonio de la colonia cubana. A Espaa le debia la cuna, a Cuba le
deberia la tumba. En suelo espaol yacian las cenizas de sus abuelos;
en tierra cubana descansarn sus propios restos i los de sus hijos. Veia
en la Espaa el prestijio del recuerdo, i en Cuba el halago de la
esperanza. Esta lucha de afecciones contrarias tenia que enjendrar una
vacilacion ntima que podria traducirse por indiferencia. I sobre todo,
habia algo que absorvia i acongojaba la memoria de la familia i la
entristecia sobre manera. Era el recuerdo de Gabriel. No saber nada de
l; presentrseles ese recuerdo a la luz del incendio poltico; conocer
su carcter impetuoso; quererlo tanto! Gabriel era la preocupacion
constante de la familia i el tenaz torcedor de Raquel. Lloraba sin
consuelo al acordarse del camarero i aun los esclavos de la casa
lloraban tambien.

Pero casi siempre el dolor i el consuelo se dan la mano.--Ocupbanse
cierto dia en observar un retrato en lienzo de Raquel que acababa de
entregarle un artista notable i Raquel, Berta i Arturo examinaban los
perfiles, la luz, el colorido i las sombras. Aplaudian el conjunto i
tachaban los detalles.

Quin encontraba el labio menos plegado que el orijinal; quin la mirada
menos espresiva; quin notaba la pureza de tal faccion, la semejanza de
tal otra, la propiedad del claro-oscuro.

A la sazon lleg el bendito cartero, con una carta de Gabriel escrita a
Manfredo i que fu leida con el mas vivo inters.

Hla aqu:


     "Seor de todo mi respeto i aprecio:

  "He pensado seor en todos ustedes tanto como los he estraado; i a
  dar gusto a mi corazon estaria ahora en Matanzas en compaia de
  ustedes si la horrible situacion poltica de Trinidad no me lo hubiera
  impedido. En verdad es horrible seor! Mas de dos mil negros se han
  refujiado en los bosques proclamando su emancipacion, i a medida que
  ellos se desbordan suben de punto las exaciones oficiales. El mar
  embravecido es menos ajitado i ruidoso que la negrera en el seno de
  los bosques. Cada negro en el furor de su impotencia parece un tigre
  enjaulado.

  "Yo comprendo seor que depositar en Ud. un secreto es lo mismo que
  abismarlo; i no creo por consiguiente indiscreto noticiarle de cuanto
  llegue a mis oidos, por reservado que sea. No le garantizo la verdad
  de mis referencias porque no me consta; pero en nombre de Dios i de la
  Libertad le ruego en todo caso que me guarde el secreto. Anoche estuve
  ocacionalmente en un _Injenio_ i algunos negros que estaban amotinados
  all, brios de licor i de exaltacion, me contaron que el centro de
  accion era un complot negrero, un complot secreto. Que el primer dia
  que se reunieron los complotados juraron de rodillas i a la sombra de
  los manglares _vencer o morir_.

  "Un pardo amigo mio me cont tambien que en su bandera tienen escrita
  esta divisa: "Igualdad ante la lei e instruccion para la raza oscura."
  Que tres hombres humildsimos por su condicion i por su oficio
  encabezaban la rebelion: el labrador Pimienta, el dentista Dodge i
  otro artesano cuyo nombre supuesto si mal no recuerdo es Plcido.
  Segun entiendo este ltimo maneja el timon de la conspiracion. Ignoro
  si es pardo o blanco; pero lo cierto es que sus versos son un clarin
  de guerra que inspiran a todos admiracion, i a los negros un frentico
  entusiasmo. Impresos o manuscritos en hojas sueltas de papel circulan
  de mano en mano, como las valiosas monedas con las que ha de
  rescatarse la libertad............


Le fu imposible a Manfredo continuar la lectura, a pesar del ahinco con
que leia la carta i de la ansiedad con que se le escuchaba. Berta que
estaba apoyada con las manos entrelazadas en el hombro de su padre,
inclin la frente sobre las manos i las ba con sus lgrimas. Manfredo
volvi el rostro sorprendido, como interpelando con la mirada las
lgrimas de su hija.

El nombre de Plcido habia atravesado el alma de Berta como la fria hoja
de un pual. Tenia el mismo nombre que el tributario de las flores de su
ventana; era tambien poeta. Es indudable que el conspirador era el
amante, i talvez el amante sea vctima de la rebelion. Jur morir si
cosechaba un desengao lejos de recojer una esperanza de amor; h ah
las ideas que nublaban el pensamiento i angustiaban el corazon de esa
mujer. El grito de su conciencia atribulada le decia: "si muere, tu
eres culpable de su muerte!..." I sin embargo, el dia de sus bodas se
aproximaba ya. Martirio horrible!.. Amar a un hombre i tener que
encadenarse a otro! ser ya tarde para entregar el alma a quien supo
aduearse de ella! Saber que estaba lejos! Imajinrselo envuelto en
los horrores de la guerra! Cuntos combates ocultos se trababan en las
profundidades de ese corazon!

Raquel a su turno doblegada de dolor lloraba sin consuelo, alzando a
cada momento los ojos con una mirada que parecia una plegaria i
murmurando a cada instante: pobre Gabriel!

Arturo ciego de lo ocurrido i vendado por su prxima felicidad, se
limitaba a prodigar sus consuelos a la madre i a la hija.--Manfredo
paralizado al principio, se redujo a repetir con cierta impaciente
gravedad: temen Uds. por la suerte de Gabriel? lloran por l? I a
qu, Dios santo, anticipar esos temores?

Continu la lectura:


  "......Todo el mundo lo compara seor, a ese poeta i conspirador
  Plcido con el mulato Ogier, primera vctima de la sublevacion de
  Hait.

  "El tribunal dicen que est mui dividido, porque, aun en ese nido de
  panteras, hai seres humanos, cuyas manos tiemblan de dar sentencias
  sangrientas contra la inocencia i la justicia. Se han dictado sin
  embargo _tres mil sentencias_ contra individuos de color. Pero ante la
  injusticia aun los verdugos vacilan. Hai tan poca imparcialidad i
  legalidad contra los conspirados, que algunos fiscales han sido
  castigados por la autoridad; dos han fugado i dos se han
  suicidado.--El mismo secretario del tribunal, don Pedro Zalazar ha
  sido condenado a presidio.

  "Estremece la naturaleza tanto horror. Dios nos asista! Que tantos
  torrentes de sangre no sean estriles! H ah seor los votos del
  desvalido camarero de su casa que v el martirio de su patria, como el
  ave desalada que a pesar de sus violentos impulsos no puede alzar el
  vuelo, i que solo vive suspirando en el aislamiento i el silencio por
  la ausencia en que est de Ud. i de su querida familia.

  "Desespero, seor, por volver a su lado i a la vez me llora sangre el
  corazon al ver escarnecida esta vrjen de la que hemos nacido i en
  cuyo seno vivimos.

  "Quin estuviera en Matanzas! me digo algunas veces; quin fuera
  Pimienta! quin fuera Plcido! me digo otras. Pero no, mi seor,
  vencer el contajio del entusiasmo patritico i resignado en lo
  posible, regresar al seno de su familia, tan pronto como disminuyan a
  lo menos los peligros de un viaje, en medio de este torvellino
  revolucionario.

  "Que no se aflijan por mi ni la seora Raquel ni la seorita Berta, i
  que, lo mismo que Ud. seor, cuenten siempre con el cario respetuoso
  de su humilde servidor i camarero.

     GABRIEL DE LA CONCEPCION VALDS.

     _Trinidad, julio 10 de 1844._"


Ayes i suspiros interrumpieron mas de una vez la lectura; i cuando ella
concluy, Raquel i Berta derramaban un diluvio de lgrimas. Arturo
agot en vano todos los recursos del consuelo, i Manfredo los de la
refleccion.

--A qu atormentarse tanto? agreg el primero por la suerte de un
hombre al que si bien quieren mucho, no les toca de cerca!

--Era tan bueno! repuso Raquel, ocultando el semblante lloroso
entrambas manos.

--I le queremos tanto! agreg Berta. Como no hemos de llorar por l
cuando hace tantos aos a que le conocemos! cuando ha vivido en casa
cobrndonos tanto cario!

--Pero Berta, fjese que se trata de un simple camarero i no de un
hermano, dijo Arturo.

Raquel le contest con cierta desazon: Eso n, Arturo; porque puede uno
llorar por la muerte del perro de la casa. I Gabriel era el compaero de
nuestros sufrimientos i el partcipe de nuestras alegrias.

--Si es as....

--Ah! no le estrae Arturo tanto llanto i dolor, agreg Manfredo. Mi
hija es de las que borra con sus lgrimas las pjinas de una novela. Yo
la he sorprendido muchas veces con un libro abierto sobre las faldas i
el rostro mas contristado i lloroso que el de una Magdalena. No es
cierto, hija mia?

--Bueno es el sentimentalismo, pero no cuando se hace una enfermedad,
contest Arturo.

--Esa enfermedad la contajian las novelas i los versos. I mi hija es
tan aficionada a ellos!

--Es que el corazon no se manda pap.

--I en verdad que ya habia notado la desicion de mi prima a la poesia.
Linda aficion! Toda mujer de corazon es aficionada a lo bello. I la
poesia dice tanto al corazon! Quiere decir que tenemos que leer muchos
versos, Berta. No es verdad? dijo Arturo aproximndose a ella con
ternura i delicadeza. All en Madrid, cuando respiremos en un mismo
hogar, pasaremos bellos dias de campo leyendo versos.

Berta lloraba sin contestar.

--Aquel poeta cuyos versos leimos no h mucho tiempo, aquella tarde en
el huerto, no era tambien Plcido?

--S Arturo.

--I ser el mismo?

--No lo s; dijo, i parecia que sus labios exalaban una queja mas bien
que una palabra.




XXVI


Fcil es comprender la ansiosa impaciencia con que Arturo esperaba el 30
de julio. Verse ese dia en los brazos de Berta; reclinar sobre su pecho
la frente de esa mujer; ser el primero i el ltimo que estamparia en sus
vrjenes labios el sculo ardiente de su amor; confundir el calor de sus
manos entrelazadas, de sus miradas confundidas i de sus _dos_ corazones
convertidos en _uno_, era la mas risuea esperanza colmando la
felicidad!

Ayudaba personalmente a los tapiceros a arreglar la alcoba nupcial. Cada
dia le agregaba un nuevo adorno. Mrmoles, espejos, tapices de brocado i
terciopelo, cortinas de seda, adornos bronceados, brillaban por todas
partes, i en el centro un tlamo de nogal dorado, cubierto como por una
nube encarnada de rojas colgaduras. Cunto sonreian sus ojos i
palpitaba su corazon al contemplarlo! Cuntas imjenes doradas cruzaban
acariciando su imajinacion enardecida con el calor de la esperanza! Si
la felicidad que se realiza es mas dulce, la felicidad que se espera es
mas seductora. La primera, tiene la sombra de la realidad; la segunda,
la sonrosada luz de la imajinacion.




XXVII.


En la tarde del 20 de julio de ese mismo ao, estaban todos los de la
casa reunidos en el salon principal. Berta tarareando en el piano una de
aquellas saladas _habaneras_ que tienen todo el sabor nacional i
refunden en s tan admirablemente, la alegria mas risuea i el mas
quejumbroso sentimiento. Arturo hojeaba con cierto embelezo el papel de
msica estendido en el atril del piano; Manfredo i Raquel conversaban al
parecer apasiblemente en un sof inmediato.

Si el pasado se reproduce por el recuerdo, el porvenir se anticipa a
veces con la imajinacion i el deseo hasta rozarse con el presente,
especialmente en la vida de las ideas i del sentimiento. I as como dos
viejos esposos hacen renacer _sus tiempos_, como los llaman,
encarnndolos en sus recuerdos, avanzan los novios hcia la felicidad
que v a llegar, la miran con los ojos del alma i se anticipan a gozar
de la delicia de sus intimidades. Ven el sol al travs de la aurora. Se
miran entre s como los esposos del dia siguiente.

Arturo veia ya en Berta no solo la prometida de su corazon, sino la
compaera vinculada a su existencia. La acariciaba con su mirada
mientras ella exalaba en el canto de una _habanera_ los ecos dulcsimos
de su voz que resonaban como una lluvia de cuentas que cayeran sobre el
cristal.

As adormecia esa mujer con el hechizo de su belleza i encantaba con la
majia de sus gracias i de su voz, esas horas tan dulces para Arturo que
las veia deslizarse como la corriente cuyo curso se encamina sobre
flores a la felicidad. Pero, quin ha interpelado el lecho del reposo?
quin ha sorprendido en el silencio de la velada la lgrima furtiva?
quin ha visto la ilusoria quimera, el fantasma de la realidad, la
vision de la congoja cruzando en tropel por la soledad de aquella
vijilia alumbrada con el resplandor de la fantasia..?

Mientras se derrama a torrentes la luz de la apariencia engaosa en
torno de una vida, se encuentra el alma humana en un completo eclipse!
Mientras el rostro de Berta resplandecia a veces como la maana de un
bello dia, las profundidades de su corazon encerraban una noche
perdurable....! Suele ser la sonrisa la mscara del dolor!

Son repentinamente la campanilla de la puerta. Manfredo iba a salir,
pero Arturo se le anticip con lijereza, dicindole: no se moleste tio,
ir yo a ver quin es, i sali precipitadamente.

Un hombre de humilde aspecto, algo encorvado por la edad, con el
sombrero lijeramente abollado, un gruezo baston bajo el brazo i un rollo
de papeles en la mano se paseaba a lo largo de la reja de la calle.--Era
una de esas _ejecuciones con levita_ que vomitan los tribunales, que se
llaman procuradores i que todo el mundo mira como a pjaros de mal
agero.

Convers un momento con Arturo, i ste a las primeras palabras que
cambi con aquel llev la mano a la frente dando un paso atrs i
quedando despues indesiso i pensativo. Iba a regresar al salon para
participarle a Manfredo disimuladamente lo ocurrido. Pero a la sazon se
aproxim ste a la puerta i Arturo le llam hacindole una seal con la
mano. Manfredo que lo comprendi todo, acudi a su encuentro con el
rostro mas sombrio que el de la muerte. I en efecto, llevaba la muerte
en el alma! Empese entre los tres una conversacion ajitada. Intil fu
que Arturo, en actitud amenazante, pusiera la mano sobre el hombro del
siniestro recien-llegado para imponerle silencio. Levant este la voz i
puso en alarma la familia que sali i se apercibi del misterioso
asunto, de la sentencia de muerte contra su fortuna, escrita en esa hoja
de papel que traia en la mano ese verdugo de la tranquilidad.

Manfredo habia perdido al juego el ltimo resto de su fortuna. Tiempo
hacia que sus acreedores, los amigos de la vsqera, le ejecutaban sin
conmiseracion; i era llegado el caso de pagar su deuda, de grado o por
fuerza. La casa, en cuyo valor no tenia sino una parte, debia ser
rematada en subasta pblica. Las deudas exedian a su haber. Su familia
debia quedar literalmente en la calle, en brazos de la miseria. Los
propsitos mas siniestros cruzaron por su mente, como pas Verther por
la cabeza de Goethe. El supremo remedio de la suprema debilidad; el
nico crmen que no d lugar a arrepentimiento fu su nica esperanza.

Temeroso de empaar el lustre de su familia ante el pretendiente de la
mano de su hija sepult el secreto en el sijilo mas profundo. A haberlo
traslucido habria comprometido talvez el porvenir de su hija. Porque
bien podia un hombre opulento, soberbio i caballerezco como Arturo,
verse obligado aun a destiempo a renunciar a la pasion mas encarnizada,
siendo inspirada por la hija de la cmica i el jugador. Porque el amor
pasa i la deshonra queda, porque el decoro se sobrepone aun al delirio
del amor.

Padres e hijos estaban entregados en brazos de la desesperacion mas
completa. Cada uno llevaba un pual atravezado en el alma. Manfredo el
torcedor del remordimiento. La madre la imjen de Gabriel; la hija el
melanclico recuerdo de Plcido i el suplicio de su enlace con Arturo.

El njel de la adversidad batia sus alas sobre ese hogar! las batia
pero las plegaba a la vez.

Arturo despues de desplegar la ternura mas esquisita por Berta i el
cario mas solcito por Manfredo, llam a ste a su habitacion. Largo
rato conversaron encerrados en l. Berta i Raquel esperaban ansiosas el
desenlace de aquella escena. El temor inmotivado i la esperanza vaga
luchaban en sus conjeturas. Detrs de la ansiedad vino el sociego.

Arturo, bajo su palabra de honor, se comprometi con Manfredo a pagar su
ltima deuda, rescatar el valor completo de la casa i asignar a su
familia una pension mensual, tan luego como recibiera una libranza de
Espaa. Acordaron tambien, para el entretanto, pedir un plazo a los
acreedores, obligndose a pagarles el inters corriente.

Un abrazo ferviente i lgrimas de gratitud coronaron la entrevista.

Una vez recobrada de ese modo la estabilidad de la familia, Arturo i
Berta partirian para Espaa seis meses despues de su matrimonio,
llevando consigo a Alberto para que se educase en los mejores colejios
de Madrid.

La gratitud que es el mas noble de los sentimientos inspiraba o hacia,
en cierto modo, las veces de la fatalidad del amor en el corazon de
Berta. I comenz a vacilar su sentimiento como la pndola de un reloj,
entre el pasado i el presente, entre la esperanza que se realiza i el
recuerdo que se aleja, entre el ideal que se v i la ventura que llega.

Habia sin embargo en _el interior_ de su existencia ntima un vacio que
no se reemplaza, la vaguedad de un deseo que no se robustece pero que no
se olvida, una sombra que no oscurece i una luz que no alumbra i cuya
espresion podria decirse que era una sonrisa amarga o una lgrima
risuea...! Triste alegria!

El corazon se presenta a veces velado ante la conciencia. I si sta
interpelase sus latidos, no sabria darle cuenta de ellos, como el ojo
del ciego que est abierto pero que no tiene mirada. Pobre corazon si
se descorre el velo..! Pobre ciego si llega a ver..!

Pero sea de eso lo que fuere. Era ya el 23 de julio i el sol del 30 de
ese mismo mes debia alumbrar la alianza nupcial de Arturo. Ojal que
ese sol lleno de felicidad no se pusiera jams!

Ese mismo dia recibi Manfredo la siguiente carta de Gabriel:


     "Mi respetado i querido seor:

  Sin embargo de que ignoro si mi noticiosa carta anterior lleg a su
  poder, tengo el gusto de saludar a Ud. i besar su mano con mis
  recuerdos, lo mismo la de su esposa i de su hija.

  La delacion soplada al oido de las autoridades ha conjurado, seor, la
  rebelion. Ha sido sorprendida en alta noche la casa de uno de los
  complotados (don Jorje Lopez) que era el teatro principal de las
  conspiraciones.--De ese modo se ha cortado de un golpe el nudo de las
  maquinaciones. Por todas partes se levanta un cadalso i se dicta una
  sentencia de muerte. Las puertas de los presidios tragan reos a
  centenares. Infinidad de personas distinguidas han sido pasadas por
  las armas, las mas veces por meras sospechas de conspiracion, como los
  seores Jos de la Cruz Caballero, Domingo Delmonte i Felix Manuel
  Tanco; lo mismo que los cabecillas Pimienta i Dogde. Dicen que
  _Plcido_ ha fugado.

  Varios reos, i entre ellos el mencionado don Jorje Lopez, deben ser
  conducidos a Matanzas i juzgados all.

  As los designios de la Providencia mas poderosos que los
  concilibulos de los hombres han hecho caer en tierra la bandera de la
  libertad que flameaba por primera vez en las manos del pueblo. A su
  sombra se han reatado las cadenas de la servidumbre i los hroes han
  muerto sonriendo, porque han muerto por la patria. Que la tierra les
  sea lijera! que la bendicion de Dios sea la almohada de su eterno
  sueo!

  Pronto tendr el placer de abrazar a Ud. aunque mui de paso, su adicto
  servidor i camarero.

     GABRIEL DE LA CONCEPCION VALDS".


El mulato cartero al presentar esta correspondencia lloraba amargamente.
Manfredo al recibirla le pregunt en tono insinuante i compasivo: qu
tienes?, por qu lloras?--Qu ha de ser seor! que no ha sabido su
merced que ha fracasado la revolucion i que se ha derramado tanta sangre
entre los hombres de color? dijo, i al retirarse lloraba todavia.

Cun hondas i contrarias impresiones produjo la lectura de esa carta!
Lgrimas de dolor por la suerte infortunada de los revolucionarios,
lgrimas de alegria por haber salvado Gabriel de los horrores de la
revuelta! Raquel juntaba las manos sobre el seno bendiciendo al cielo
por la suerte feliz del camarero. Manfredo comprimiendo la frente
entrambas manos llegaba hasta a renegar de su patria al lamentarse por
la suerte desgraciada de los vencidos i la ferocidad de los vencedores.
"Plcido dicen que ha fugado" decia la carta, i esa frase cay al
corazon de Berta como la gota de agua al desierto abrasado.

--Ya v Ud. seora, como el tiempo ha desmentido tan pronto sus temores,
dijo Arturo.

--Bendito sea Dios que as haya sido!

--I as tenia que ser; porque en su carta anterior asegura que no tenia
intencion de rolarse en la poltica. I porque al travs de esa carta se
trasluce un carcter pusilnime i apocado, i un cario por Uds. que se
sobrepone a todo.

--Es que Ud. Arturo no conoce a Gabriel ntimamente. Tiene al contrario
un carcter impetuoso i arrebatado.

--Pero en todo caso, seora, eran lgrimas i sentimientos mui
malgastados los de Ud. i su hija.

--Qu quiere Ud., es tan simptico Gabriel..! nos quiere tanto! l
tiene cario hasta por las plantas del huerto, i a su vez le quieren a
l hasta los perros de la casa, dijo Raquel i el tinte del rubor pareci
asomar a su rostro.....

Raquel despues de muchas conversaciones del mismo tema i por el mismo
estilo, orden a los esclavos que asearan el cuarto de Gabriel, que
desempolvaran sus muebles i sacudieran su hamaca. I no contenta talvez
con dar i hacer cumplir sus rdenes, fu personalmente a revisar la
pequea habitacion del camarero, como en aquel tiempo en que se instal
por primera vez en la casa. Un alborozo mal disimulado animaba sus
palabras, sus acciones, su rostro i su mirada....

No sabria decirse si es mas dbil la mujer para recibir impresiones o
para ocultarlas. Piensan muchos i dicen todos que su talento se
despliega cuando est al servicio de la mentira; pero piensan i dicen
mal. La mujer miente con las palabras, engaa con las promesas, pero su
mirada es mas indiscreta, su faz trasparenta mejor el sonrosado del
rubor, su voz es mas suceptible de apagarse al grito de la conciencia,
su aliento mas dbil para cortarse con la impresion que alhaga o que
acongoja, tanto mas espansiva, cuanto mas ntima. Calla a veces.... i
qu importa su silencio? No est su rostro al capricho de sus
impresiones, como las caras de esas pantallas trasparentes que cambian
con el juego i los matices de la luz que las alumbra? Raquel a su pesar,
trasparentaba su alegria.




XXVIII


Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a
abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el
bullicio de las calles, empezaban a decir adios.

Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio.
Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadver querido, al de un
msico tierno. Llanto lejtimo! le amaba tanto! Sus dulces armonias la
arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.

El muerto era aquel canario que la visit el dia de su natalicio, i el
ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente
a su lecho. Cun silencioso estaba su aposento, antes lleno de la
meloda del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de
ese naranjado pajarillo! Cun vacia estaba el alma i la memoria de
Berta, sin su dulce compaero! Ya no se ocultar en los pliegues de las
colgaduras de su lecho; ya no revolotear cantando; ya no se posar en
su hombro; ya no regalar su sueo i la despertar por las maanas con
sus tiernas serenatas! Aun los canarios saben querer! Quin no
comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su
dueo i ajita las temblorosas alas sobre su seno?

Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el
corazon.

Ese ensueo rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dej su
aposento como la luz deja el dia i dirijise a la puerta con la mirada
tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.

Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cntico
con alas, de ese cntico para siempre apagado i de esas alas plegadas
para siempre!....

De pi sobre el dintel, cruz melanclicamente los brazos sobre el pecho
e inclin su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.




XXIX


El sol se ocultaba detras de las montaas como un rei destronado i su
manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la plida i
vacilante luz del crepsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las
nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua
humedecian el polvo. Es que el sol se despedia para negar su luz a una
catstrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba
el cielo!....

Una encubierta i misteriosa mujer llam a la puerta de la calle. Raquel
sali precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta.
La encubierta con aire siniestro se aproxim a Raquel, balbuce dos
palabras a su oido i cuid de taparse bien el rostro, como si los
pliegues de su manto ocultaran un crmen.....

Raquel di un grito i un paso atrs, como herida por una pualada
traidora.

La mujer desapareci.....

Raquel un momento despues estaba exnime en los brazos de su hija, que
permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los
corredores. Mezclaron sus lgrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en
s, se ech a los pis de su hija, reclinando la frente sobre su regazo
i ahogada en llanto.

La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a
su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera,
aturdia con sus gritos i baaba con sus lgrimas a su hija.--Por fin
haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, salt como un leon
herido i parse con el pi trmulo i asiendo a Berta de la mano, con
aire de suprema resolucion, acudi como una loca a la calle.

Flaqueronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoy
la frente en la reja de una casa, cerr los ojos i jimi de dolor....

Levantse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que reson
en su corazon. Al oirla sigui su camino i tom esa direccion.

--Madre del alma! qu tienes? la dijo su hija.

--Hija mia! sgueme, por Dios! repuso i prosigui corriendo.

Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la
turva frentica. Encaminronse por la calle respectiva que conduce a la
crcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una
esquina afrontronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya
algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus
lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de
esas oleadas humanas, como nufragos que envuelve la tormenta. Esa
oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la
crcel, cambi de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de
improviso un nuevo cauce. Dirijise hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El
silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la crcel. Solo
dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la
puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que
llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra.
Era el carcelero.

--Seora, profiri ste, ya no hai remedio!....

Apoyse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i
anegada en lgrimas esclam: Perd toda esperanza!.... I cay sobre un
poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El
carcelero conmovido se aproxim a ella i le prodig sus cuidados. Pobre
mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues
se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las
precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Mircoles
26 de Julio.




XXX


Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la
conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.

Veamos lo que pas en esas cuarenta i ocho horas.

Acto contnuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de
la crcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el
centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus
sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de
ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos
papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir vease sobre el
tapete de la mesa.

Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados,
interrogados i sentenciados retirronse a paso lento, plidos,
taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simptico jven de 28 aos de
edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya
frente alumbraba la aurola del martirio confundida entre los laureles
del jnio, arrastr con serenidad sus esplndidas cadenas. Su ademan
revelaba la modesta altivez de su carcter. Sus laureles parecian quemar
su sien. Melanclico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i
tom asiento en el banco del acusado.

Cuando el fiscal comenz el interrogatorio contest majistralmente, pero
derram una lgrima que parecia esprimir toda la amargura de su
infortunio. Su acento tenia la entereza del hroe, i su lgrima, la
ternura de una lgrima de Romeo....

--Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpi el fiscal.

--No considero, seor, un delito amparar la querida patria i defender
la libertad, repuso el reo.

--Pero en fin confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades
delegadas por S. M. la reina de la metrpoli?

--S, seor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra
la tirana espaola i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco
que ser algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por
que...

Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceo i toc despticamente
la campanilla, esclamando:

--Al rden!......

--Al deber!.... contest el reo, irguiendo la cabeza i ponindose de
pi sbitamente.

Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclam: es intil
proseguir; el reo est confeso!

--E insultado el honorable tribunal, i con l la majestad real! repuso
otro de ellos.

El fiscal toc nuevamente la campanilla, esclamando: cuarto intermedio!
Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ngulos del
calabozo, menos el fiscal que permaneci en el suyo, tom la pluma
lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con
calor. Cul levantaba la voz, cul dejaba oir palabras autoritarias,
cul accionaba con desenfadada exaltacion, cul posaba la mano sobre el
hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus
puestos, i el fiscal con el ndice de una mano perdido entre las pjinas
de un cdigo entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra,
ley en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra
todos los reos i consignada en clusulas sangrientas. Los jueces la
escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una
impasibilidad imperturbable, permanecia de pi con la mirada levantada
como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba
lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga
sonrisa.

El jurado se suspendi. Los reos fueron conducidos a sus respectivos
calabozos. El _reo altivo_ (llammosle as) fu encerrado en el suyo.
Oase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido,
o el ruido de sus pasos.

El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproxim el oido al
ojo de la llave i no alcanz a oir sino esta palabra terrible:
_Condenado a muerte_!....

_Condenado a muerte_!.... repiti mas de una vez, se tendi sobre su
cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueo eterno. Plido como la
cera, helado como la muerte, indeciso como un sonmbulo, incorporse en
su lecho, sentse sobre el borde d la cama, i arroj con lastimero
acento palabras melanclicas i aisladas que vertian sus labios
semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la
demente Ofelia. Era el estravo del loco? Era la suprema desesperacion
del condenado? Era el desvaro del sonmbulo o el delirio de la agona?
N! Era el ltimo delirio del amante i el ltimo ensueo del patriota!

--Pobre Cuba....se ha nublado la estrella!.. ya veo el
cadalzo!..adios amada mia!.. mi muerte i la esclavitud..!
adios!....condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente
entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para
estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lgrima
inconciente i sombria.

Anuncise el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuaba i
toc a la puerta de su ventana previnindole que saliera.

Despert. Se incorpor en su cama i pase una mirada vaga i siniestra a
su alrededor. Despertar por primera vez en medio de las paredes de un
calabozo! Qu horror!.. Restreg los ojos como para disipar un sueo i
volvi a escudriar con la mirada. No hai remedio! Era una espantosa
realidad! Parecanle epitafios las inscripciones que otros presos
dejaron en los muros; urnas fnebres las ventanas; un sepulcro su cama;
un sepulturero el carcelero. Tenia tan oprimido el corazon que
parecile despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba!
Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo
ser. Morir!.. Morir tan jven!..

Aproximse a la ventana; fij los ojos en la multitud que se
arremolinaba a sus pis; en el esplndido panorama de la naturaleza que
se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la
niebla que embolvia la atmsfera, el cierzo que la disipaba, el
horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian
como un ocano verdoso. Envi al cielo una mirada precursora de s
mismo. Cuando divis junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don
Antonio Solis, esclam desconsolado:

--"Esto ya est concluido: nos llevan a morir!...."

Sali del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compaero
de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le
brind sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas
para encadenarle las manos, volvi el rostro a sus compaeros i con un
acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:

--"Seores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"

Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de
su infortunio. Al notar que la trmula mano de un soldado dej caer las
esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de
indignacion esclam:

--"Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"

Cuando vi que don Santiago Piamonte derramaba una lgrima i le
contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes
improvisados versos:


  "Abran del corazon las anchas venas, Corra mi sangre a consolar tus
  penas!..."


Volviendo el rostro demudado al calabozo del que acababa de salir,
esclam:

--Oh! quin ocupar ese calabozo despues que yo? Quien quiera que sea
lo encontrar lleno de mis lgrimas, de mis lamentos i del ruido de mis
pasos i mis cadenas; cualquiera que sea, ser menos desgraciado que yo!

Despues, besando las esposas que encadenaban sus manos dijo
consternado:--Basta de _cobardes lamentos_! Estos lazos atados en la
tierra solo se desatarn en el cielo: a ellos les deber el encontrarme
pronto en presencia de Dios!.. Ai!.. morir es la felicidad del
desgraciado!.. Vivir sin el njel de mi corazon.. es vivir muriendo!
Bendito sea el cadalzo para quien no ha conocido ni el rostro de los
autores de sus dias; para quien v en la madre-patria una vctima en
cuyo seno se inmola la libertad. Oh! estos momentos han sido mas
amargos que los diez aos de las prisiones de Silvio! Como cabe, Dios
mio, la eternidad en un minuto!....

Poco despues fueron conducidos los presos al hospital de Santa Isabel,
en donde estaba preparada las capilla. Un sacerdote, soldados armados,
carceleros con sus linternas encendidas a su alrededor, i un inmenso
jento a sus espaldas, he ah la comitiva que los acompaaba. Era alta
noche.




XXXI


Aquellas dos mujeres que dejamos junto al prtico de la crcel llegaban
jadeantes i desaladas a la puerta de la capilla.

Pero entremos a la capilla antes que ellas. Este reo, recojiendo
encorvado sus cadenas; aquel oyendo cabizbajo i taciturno las frvidas
palabras, los piadosos consuelos del confesor que fortalecian la
languidez de su espritu; el de mas all de rodillas al pi de un
crucifijo, con la frente inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho,
i a la amarillenta luz de los cirios que ardia temblando en torno de una
mesa cubierta de negro terlz, murmuraba ferviente esta plegaria
improvisada por l, en ese instante supremo:


    Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,
  A vos acudo en mi dolor vehemente;
  Estended vuestro brazo omnipotente,
  Rasgad de la calumnia el velo odioso,
  I arrancad este sello ignominioso
  Con que el mundo manchar quiere mi frente.

    Rei de los reyes, Dios de mis abuelos,
  Vos solo sois mi defensor, Dios mio:
  Todo lo puede quien al mar sombrio
  Olas i peces di, luz a los cielos,
  Fuego al sol, jiro al aire, al Norte hielos,
  Vida a las plantas, movimiento al rio.

    Todo lo podeis Vos, todo fenece
  O se reanima a vuestra voz sagrada:
  Fuera de vos, Seor, el todo es nada,
  Que la insondable eternidad perece;
  I aun esa misma nada os obedece,
  Pues de ella fu la humanidad creada.

    Yo no os puedo engaar, Dios de clemencia,
  I pues vuestra eternal sabiduria
  V al travs de mi cuerpo el alma mia
  Cual del aire a la clara trasparencia,
  Estorbad que humillada la inocencia
  Bata sus palmas la calumnia impia!

    Mas si cuadra a tu suma omnipotencia
  Que yo perezca cual malvado impio,
  I que los hombres mi cadver frio
  Ultrajen con maligna complacencia,
  Suene tu voz, i acabe mi existencia......!
  Cmplase en m tu voluntad, Dios mio!


Dieron las tres de la maana del dia viernes, 27 de julio. Las negras
alas de la tempestad comenzaban a ajitarse ruidosas en el firmamento. El
eco repetido del trueno bramaba en el espacio i parecia conmover la
naturaleza. El resplandor de uno que otro relmpago iluminaba la
inmensidad. Parecia enlutarse el universo ante un espectculo horrible!

Las dos mujeres que dejamos a la puerta, penetraron por fin al interior
del hospital. Apenas asomaron al umbral de la capilla i divisaron al reo
que oraba de rodillas, Raquel que era una de ellas, se precipit hacia
l como un rayo, dando un alarido hiriente i esclamando como una loca:
Gabriel?... mi querido Gabriel! Berta, que era la otra, la seguia
confundida i llorosa. Gabriel con los ojos que le relampagueaban volvi
el rostro i acudi a su vez a arrojarse a los pis de Raquel. Exalaba
ste un ronquido desapasible, erizbansele los cabellos i empalidecia
como una esttua de mrmol.

--Jams perd la esperanza de que este consuelo me visitara aun en este
ltimo asilo de mi desgracia, profiri el pobre mulato, ponindose de
pi, asido de las manos de su seora.

--El corazon, Gabriel, me ha arrastrado hasta aqu, repuso Raquel.

--Dios la bendiga, seora mia! I quin la notici de mi llegada?

--Carolina, esa mujer que por rden mia te introdujo al seno de mi
familia.

--Por rden suya!... dijo Gabriel atnito.

--Mi vida fu un suplicio no solo desde tu viaje a Trinidad sino desde
que v aquellas cartas que blanqueaban sobre la mesa de tu cuarto: algo
funesto me presentian.

--Oh! seora, que noble es el corazon! en efecto esas cartas eran los
hilos de la conspiracion que yo manejaba desde el humilde cuarto del
camarero. Ah! si hubiera sabido que en ellas escribia con mi propia
mano, mi sentencia de muerte!

--Invado, Gabriel, la capilla despues de haber tocado sin fruto las
puertas de tu calabozo, dijo Raquel ahogada en llanto, i agreg en
seguida: pero tu me has engaado! nos hiciste comprender que no te
habias envuelto en la revolucion; que estabas libre.

--Acostumbrado, seora, a ahogar mis lamentos i mis desgracias en lo mas
hondo del alma, acostumbrado a padecer en silencio, quise ahorrarles
siquiera algunos momentos de afliccion.

--Ah! i tu no comprendias que tu dolor era el mio?

--I a qu, seora, tener a nadie a espensas de mi dolor?

--Gabriel ... dijo ella entonces--Ah! Gabriel.... no comprendiste
jams que mi corazon te pertenecia?....

El pobre mulato recibi como un rayo esta revelacion i qued helado.
Baj la frente i call....

Berta interrumpi el silencio aproximndose a Gabriel como quien se
aferra a una esperanza que huye i dicindole--Pero Gabriel, en tu ltima
carta nos decias que te venias pronto, aunque mui de paso.

--I as es la verdad, seorita; _vine pronto, i de paso a la
eternidad!_....

Berta enjugaba sus lgrimas con sus dedos de marfil sonrosado, i Raquel
reclin la frente sobre el hombro de Gabriel, con el pecho inchado de
sollozos i dicindole a pausas: Sabe Gabriel... que debo ser para t...
el ser mas caro de la vida!....

--I as es, seora. Cmo olvidar que Ud. me hizo reconsiliarme con la
felicidad cuando la felicidad me di las espaldas, que cuando el hogar
me cerr sus puertas, Ud. me abri el suyo; que cuando me arroj la ola
del destino a merced de la miseria, me refuji en su piadoso cario?

--Cumpl solo con mi deber!

--Yo tambien seora, cumplo con el mio al agradecrselo a Ud. aun al
borde de la tumba. Aunque sin usted habria ya dejado de existir talvez
cuanto h un hurfano infortunado, i habria habido un mrtir menos entre
los mrtires. Porque mi vida....

--Gabriel, silencio, por Dios!

--Oh! seora... es imposible enmudecer la conciencia i ahogar el
corazon! Estoi seguro que si la autora de mis dias descansa el sueo
eterno, se estremecern sus cenizas al presentir el infortunio que
enjendr mi orfandad. I si ella me sobrevive, ir mi sombra
ensangrentada a turbar su sueo desde la cabecera de su lecho.

Raquel sin proferir una sola palabra cubri de lgrimas i besos las
manos del mulato.

Berta aproximndose a Gabriel i bajando la voz le dijo con cautela:
Gabriel, es cierto que Plcido ha fugado?

Levantando el rostro, comprimi la frente entre sus manos el consternado
Gabriel; se esforz por articular una palabra. Imposible! El corazon en
su pecho moria como la voz en su garganta. Empap en llanto sus cadenas;
i despues de una larga pausa esclam con voz entrecortada:

--No seorita; Plcido no ha fugado.... Plcido est preso... Plcido v
a morir... Plcido... soi yo!

Berta, estremecida, contrajo el ceo i di un paso atrs sin desprender
la atnita mirada de Gabriel. Este a su turno esperaba la ltima
sentencia contra su corazon, i despues de un momento de silencio
continu: Yo s que la raza ya que no el alma me hace indigno de Ud. Yo
s que mi color es la maldicion que Dios hizo caer sobre mi cuna; yo s
que maana mientras mi sangre i mis cenizas esten calientes aun, Ud. se
ligar a Arturo de Bilbao. Pero quiero tambien que Ud. sepa que subir
las gradas del cadalzo amndola, que amndola he vivido, que amndola
bajar a la tumba! I bien se puede abrir el corazon en el umbral de la
eternidad. All de rodillas la esperar mi sombra envuelta en su
sangriento sudario!

Berta estaba fria i plida como un cadver.

Raquel iba en ese momento a interponerse entre ambos, pero Berta al
palpar la amarga realidad de aquel amor ideal, al recordar al apasionado
poeta que vaciaba su alma de fuego entre los versos i las flores de la
ventana, al comprender que por ella habia buscado la muerte, despues de
algunos mpetus estriles de suprema indecicion, arranc de su dedo el
anillo de brillantes que simbolizaba su alianza nupcial con Arturo i lo
arroj a los pis de Gabriel, dicindole:

--Yo sin conocerte te am tambien locamente. I si tu no puedes
acompaarme en la felicidad, quiero acompaarte en la desgracia, mi
Gabriel de antes, mi Plcido de siempre!....

Gabriel entonces se arroj a los pis de su amada i posando la frente
sobre sus delicadas manos, iba a jurarle un amor de ultra-tumba, pero la
madre se interpuso nuevamente entre ellos dicindoles: Dios santo! a
qu jurar esa alianza, si la eternidad v a separarlos. El delirio del
amor, Gabriel querido, es impotente para ligar la vida i la muerte!
Sobre todo, hija mia, reprime el vrtigo que te domina, i acurdate que
ya no te perteneces!......

Berta plida i temblorosa como la luz que muere en el santuario, pareci
sentir all en el santuario del alma una vacilacion horrible, al son de
las palabras de su madre. Cay desmayada en los amantes brazos de
Plcido murmurando levemente: Dios ha puesto un abismo entre los
dos!....

--Si! el abismo de la tumba!... esclam Gabriel desesperado.

--I el abismo del deber!... agreg Raquel, con tembloroso acento.

Las turvas desveladas se ajitaban entre tanto en las puertas de la
capilla. Oyse repentinamente un ruido estrao i la algazara acreci. Un
jinete a galope tendido cortaba el aire ajitando un papel en la mano.

Cruz la multitud i tendi su caballo en la puerta del hospital
gritando: _Plcido est salvo!... Se ha conmutado su pena a cinco aos
de presidio!_ La noticia cundi rpidamente. La muchedumbre ebria de
alborozo, ajitaba los sombreros i saludaba con un coro de gritos la
redencion del mrtir, la salvacion de Plcido.

Que rpida mudanza! Tornse el dolor en alegria, las tinieblas en luz,
la capilla del condenado en un santuario de amor, i sus cadenas en lazos
de flores..... Eran los funerales convertidos en festin!

Cuando lleg a ste la noticia feliz, en el delirio de su frenes, iba a
estampar un beso de alianza i de amor sobre la frente de ese njel que
yacia exnime i moribunda en sus brazos. La llam por su nombre: fu en
vano. La meci para que volviera en s: todo fu intil. Ha
muerto?..... A qu besar entonces un cadver?... Ha perdido la vida
cuando Plcido la recobraba?

--Oh! si mi aliento pudiera ser el hlito de su vida! Si mis brazos
pudieran ser las cadenas que retuvieran su existencia! Si pudiera morir
por que ella viva! se decia alzando los ojos anegados en llanto. Volvia
a estrecharla mas fuertemente en sus brazos convulsos para palpar esa
realidad que confundia en s la mas dulce de las dichas i el mas amargo
de los martirios! Rendirse la esperanza de toda la vida doblegada sobre
su corazon i.... morir en sus brazos! Creia a ratos que ella no era
sino una forma de sus delirios, o una vision pasajera de su mente
febril. Su silencio lo abrumaba de dolor. Pero temia tambien su primera
palabra creyendo que con ella fuese a desvanecerse corno un fantasma de
felicidad, i la oprimia callado sobre su seno palpitante.

Ha huido su alma como la esencia de la flor?... Como la esencia de la
flor se ha disipado talvez?.. No. Una sonrisa divina ilumin su
semblante; sus azules ojos parecian reflejar los resplandores del
cielo; exal un largo suspiro, precursor talvez de un juramento de amor,
i de un amor feliz....

Pero a veces cae el hombre desde las puertas entreabiertas de un paraiso
de risuea felicidad, hasta un infierno de infortunio que se abre
devorador a sus pis. Entonces no hai en el alma sino veneno; no
profieren los labios sino blasfemias.... I si un rayo de la tempestad
dej en suspenso sobre los labios de Atala el primer sculo de amor, el
grito de una revelacion terrible lo alej para siempre de los labios de
Berta; pues Raquel, trmula, tambaleando, estremecida de horror como
quien v a salvar de las garras a una vctima, se precipit sobre ellos,
dicindoles:

--Es siempre este amor, un amor imposible!...., estrechando entre sus
manos la frente de Gabriel, i cubrindola de besos empapados de
lgrimas.

--Imposible!.. esclam ste con sarcstica sonrisa. Imposible!....
repiti con las pupilas que parecian saltar de sus rbitas. I
dirijindose a Raquel: Por qu imposible?.. Cinco aos de presidio!
cinco aos tienen alas cuando los alimenta la felicidad! cinco aos
pasan volando!--I volviendo el rostro a Berta:--Misteriosa adorada de
mi alma! maga querida de mis castos amores i de mis ntimos silencios!
no es verdad que mi prision ser un paraiso si encierra la
esperanza?.... no es cierto que hade aparecer por entre sus rejas la
aurora de mis dichas?.... que tu amor ha de dorar las cadenas del
prisionero? Oh! mi Berta, si las rejas de mis prisiones hicieran las
veces de la ventana de tu cuarto! La recuerdas?....

--S, Gabriel, all cautivaste mi alma!

--I bien, en otras maanas mas felices al travs de esas rejas pasarn
tus suspiros i mis versos, mis palabras i tus miradas, i en vez de _las
flores del caf_, las flores del corazon!

Berta como volviendo de un sueo profundo le contest:--Pero....
Gabriel.. mi padre nos separa.. Nuestra dicha....

Plcido entonces, interrumpindola encendido de pasion, balbuce a su
oido estos versos de fuego:


    --Amor no quiero como tu me amas;
  Sorda a mis ayes, insensible ruego!
  Quiero de mirtos adornar con ramas
  Un corazon que me idolatre ciego!
  Quiero abrazar una deidad de llamas!
  Quiero besar una mujer de fuego!


Al recitarlos, la luz de la inspiracion iluminaba su semblante i
abrillantaba su mirada, i el carmin del rubor, sonrosaba el rostro de
Berta.

Son entre tanto el momento de una revelacion arrancada al pasado.

--Con que es imposible mi amor?.... repiti por ltima vez.

--Si, hijo mio! contestle Raquel llorando i sacudiendo su suelta
cabellera; s Gabriel!... _Berta es tu hermana!_

--Oh! maldicion del cielo! dijo, cayendo de rodillas i levantando los
brazos al cielo. Hace un instante nos separaba el cadalzo, i... ahora
el tlamo materno! Caiga un rayo sobre la frente del desgraciado! Ayer
era yo el fruto del misterio i hoi el hijo del crmen! I el crmen de
haber nacido prefiriera mil veces espiarlo sobre las tablas del
patbulo. Oh madre mia, ven a m! quiero estrecharte contra mi
corazon. Reclinar por primera vez mi frente sobre el seno maternal.

--Cmo no sentiste, Gabriel, en mis entraas de madre el fuego de mi
amor? como no viste que mis lgrimas destilaban ese amor? Ni siquiera
mis miradas te revelaban el misterio?

--Oh! madre mia! a gritos me lo decia el corazon! dijo arrojndose a
sus brazos.

Son la hora suprema de otra revelacion del porvenir. El vago clamor de
una campana, como el taido de una campana fnebre, rasgaba el aire. La
multitud se ajitaba ruidosa. El viento que penetraba silvando por las
rejas de la capilla apag algunos de los cirios que ardian en torno de
un crucifijo. No se oia sino el rumor de las cadenas de los reos, de
esas cadenas que parecian estremecerse i cuyos eslabones misteriosos
parecian ligar momentaneamente la vida i la muerte. Los prisioneros,
esos solitarios melanclicos, esos proscritos del mundo, vagaban con el
alma preada de lobreguez en medio de la oscuridad de sus calabozos. I
esos amantes, a la luz de los relmpagos que en el interior de la
capilla se inflamaban como la intermitencia de un incendio, veian el
espectro de la muerte de pi sobre la nica sonrisa de su amor!..

En medio de la muchedumbre se alz una voz que dijo: _Es falsa la
conmutacion! Plcido v a morir!_ La voz se propag a los cuatro
vientos i penetr a la capilla del condenado i al fondo de su corazon
como una pualada aleve.

Imposible es pintar la desesperacion del hijo, del hermano i del amante
al partir para siempre..... Imposible es pintar a esa madre desolada que
se retorcia de dolor. Plcido con los ojos cerrados, la cabeza encorvada
i los dientes que le crujian como una fiera que enviste, revoloteaba
tambien en torno de la capilla, como un loco, como si el exaltar su
desesperacion remediara su desgracia.--Berta qued inmvil, de pi,
paralizada de dolor, como la mujer de Lot a quien petrific la maldicion
de Dios.--Raquel corria detras del hijo para detenerlo, como si con ello
detuviera su destino. "Hijo mio, ten compasion de m!" le dijo.--Volvi
ste el rostro detenindose repentinamente, como la demencia que
recobra de sbito un momento lcido: I bien seora le contest: dme el
nombre de mi padre; quiero llevarlo al cadalzo gravado en mi corazon,
como el ltimo recuerdo de mi vida! Ya que no tengo su amor, quiero
tener su nombre!

--Gabriel, me exijes un suplicio! dijo doblegndose de vergenza.

--Suplicio.....

--S, hijo mio! te ruego que me ahorres esa horrible revelacion, en
nombre de tu amor filial, dijo, i caia al suelo tan siniestra su mirada
como si reflejara el brillo de un pual homicida.

--En nombre de mi muerte te lo pido, contest Gabriel imperiosamente.
Quiero en presencia de Dios perdonar a ese padre desnaturalizado!

Despues de un momento de silencio queria ella desplegar los labios i....
enmudecia.

--Hijo del alma! profiri por fin, esa revelacion importa un negro i
estril baldon.

Era _negro_ en efecto.....

--Seora, repuso aquel, hai mas baldon en cometer un crmen que en
confesarlo! El nombre de mi padre?.... Un sollozo fu su nica
respuesta.

--Habla! habla! El nombre de mi padre?

Ocultando Raquel el rostro abochornado como herido por el remordimiento,
murmur levemente:

--_Un negro peluquero_....

En efecto, un negro peluquero di a beber a un esposo el mas amargo de
todos los venenos: la traicion; arrebat a una mujer su mas valioso
tesoro: la honra; i trajo al mundo a un desgraciado que debia sufrir el
mas supremo de los suplicios: la muerte. Por qu?... Por que "entre
rizo i rizo supo prender un corazon" como decia un brillante escritor
puertorriqueo.[1]

     [1] Eujenio Maria de Hostos.

Gabriel entonces restreg a dos manos el pecho como para desgarrarlo i
alzando los ojos, esclam:

--Silencio corazon!.....

Berta entretanto yacia tendida sobre el umbral de la capilla. Cay
exnime i helada.

Plcido parti. Encaminse al cadalzo, que estaba situado en la
esplanada del paseo de Versalles, parti en medio de dos hileras de
soldados, al son de los tambores, con la cabeza inclinada i los brazos
cruzados sobre el pecho. Un sacerdote murmura a su lado las oraciones de
la agona. El pueblo gritaba i sollozaba a la vez. El reo caminaba a
paso lento, recitando la plegaria que dijo en la capilla. La luz
instantnea de los relmpagos, alumbraba su rostro.

Cuando lleg al pi del cadalzo sac una hoja de papel empapada con sus
lgrimas que contenia estas palabras i estos versos, i la arroj a la
multitud.


     "Mi Berta:

  No te entregues al dolor: el llanto que te pido a mi memoria es que
  socorras como siempre a los pobres; i mi sombra estar esperndote
  desde el cielo digna de ser compaera de tu _Plcido_!"


     ADIOS A MI LIRA.

     (EN EL CALABOZO)

    Adios, mi lira! a Dios encomendada
  Quedas de hoi mas; adios! yo te bendigo!
  Por t serena el nima inspirada
  Desprecia la crueldad de hado enemigo.
  Los hombres te vern de hoi consagrada;
  _Dios_ i mi ltimo _adios_ quedan contigo:
  Que entre Dios i la tumba no se miente,
  Adios!...... voi a morir...... soi inocente!"


Inocente ante Dios i ante la conciencia humana, i culpable, en cuanto
puede serlo el que vierte su sangre en holocausto de la libertad.

El silencio pavoroso del vrtigo se apoder de la multitud. Tenia el reo
altiva la frente i resplandeciente la mirada. No se oia sino el ruido de
sus pisadas al hollar los escalones del cadalzo. Cuando subi a l, el
perfil de su figura grandiosa se dibujaba plida i arrogante a la vez al
travs de la rojiza i cambiante luz de los relmpagos, que alumbraban
tan sucesivos como si fuesen un relmpago continuado. De pi sobre el
cadalzo, la mirada perdida en el infinito i levantando el ndice de la
mano, dijo con plateada i serena voz:--"_Adios pueblo querido! A todos
pido perdon; rogad por mi!_ Hizo una pausa i continu: _A don Ramon
Gonzalez i a don Francisco Hernandez de Morejon, los emplazo para la
eternidad!_..

Subieron inmediatamente dos soldados al cadalzo, para amarrarlo al palo
que le servia de espaldar. Pero l se incorpor en su banco, les fij
una mirada altanera, i les dijo: "_Puedo asegurarles que siempre
mantendr_ _la cabeza erguida._" Los soldados, dominados por el imperio
del valor, mirronle con sorpresa, callaron, i bajaron los escalones,
para ir a juntarse con los demas soldados que estaban en linea i con las
armas preparadas al frente de la vctima.

Oyse en ese momento los alaridos de una infeliz mujer que se arrastraba
de rodillas en torno del cadalzo i se abrazaba de l. Era su madre. Sus
lamentos fueron ahogados por una descarga de fusilera que derrib al
hroe envuelto en su sangre. Cay tendido sobre el tablado del cadalzo.
La griteria de la muchedumbre, el eco de la descarga, el espectculo de
la vctima estremecia la naturaleza.

De en medio del charco de sangre que le rodeaba, a la rojiza luz del
fogonazo, en medio de la humareda de la descarga que flotaba en su torno
como una nube cenicienta, levant la frente cadavrica i con acento
patibulario i flebil esclam, sealando el herido pecho con la mano:
_Adios mundo! No hai perdon para m?..... Fuego aqu!_

Con una segunda descarga espir.

I Berta? Sigue tendida en el umbral de la prision? Hnse juntado
esas dos almas apasionadas sobre el umbral de la eternidad?... No.
Cuando se levant del umbral de la prision, las plidas facciones de su
rostro temblaban con una horrible contraccion histrica. _Plcido?_....
murmur levemente, como buscndolo con la mirada estraviada al rededor
de s. _Plcido?_.... repiti varias veces, i prorrumpi en una
interminable carcajada.

Estaba loca.

Nueva Ofelia! llorando i sonriendo vi caer las _flores incoloras_ de
su corona nupcial.

La sombra del cadalzo se proyectaba en el suelo: la sombra de Plcido
surcaba la inmensidad bajo el cielo de los trpicos, sobre la sombra de
las nubes e impelida por las frias brisas de la muerte.

La bandera de la Independencia de Cuba, ser su mortaja! El estandarte
de la Libertad, su cipres fnebre. I cuando la mano de la Democracia
desgarre los negros crespones que enlutan los altares de las libertades
cubanas, el recuerdo de Plcido brillar en ellos como la luz del
tabernculo.

Musa de fuego! nada pudo estinguirla. Cisne negro! como el cisne
muri cantando. Vctima inmaculada del corazon! Mrtir prematuro de la
independencia de tu patria! cunta mas sangre haya chorreado de los
laureles que ceian tu frente, sern mas inmarcescibles ante la
posteridad!

Nuevo Chernier! Plcido i Chernier, las dos obras mas simpticas de
Dios, ambos poetas, ambos vctimas, ambos murieron pulsando sus liras
sobre el patbulo, al siniestro resplandor de su martirio!

     FIN.




EPILOGO.


Qu podia tardar Arturo en saber los sucesos que acababan de
desarrollarse? Cay la noticia como un rayo de nieve que hel para
siempre su corazon, i que redujo a escombros el frjil castillo de sus
ilusiones i de su felicidad. Lleno su corazon de las calientes cenizas
del pasado; lleno del infortunio que cruz su camino en la vspera de su
felicidad, cruz a su vez los mares en direccion a Espaa, cargado de
riquezas i desengaos.

Sin embargo, como un postrer homenaje al pasado, como un ltimo tributo
a su amor, cumpli su oferta de llevar consigo a Alberto para encargarse
de su educacion. As vi Raquel coronado de prosperidad al hijo lejtimo
de su amor, i coronado de martirio al fruto criminal de su deslz.

La familia qued sumida en la miseria.





End of the Project Gutenberg EBook of El Mulato Plcido o El Poeta Mrtir, by 
Joaqun Lemoine

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MULATO PLCIDO O EL POETA ***

***** This file should be named 44305-8.txt or 44305-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/4/3/0/44305/

Produced by Carlos Coln and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
produced from scanned images of public domain material
from the Google Print project.)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License available with this file or online at
  www.gutenberg.org/license.


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation information page at www.gutenberg.org


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at 809
North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887.  Email
contact links and up to date contact information can be found at the
Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:  www.gutenberg.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For forty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
