The Project Gutenberg EBook of La maja desnuda, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La maja desnuda

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: June 24, 2013 [EBook #43030]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MAJA DESNUDA ***




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   Nota del transcriptor: La ortografa del original fue conservada.




                            LA MAJA DESNUDA


                       OBRAS DE V. BLASCO IBEZ

=En el pas del arte= (Tres meses en Italia).

=Cuentos valencianos.=

=La Condenada= (cuentos).

=Arroz y tartana= (novela).

=Flor de Mayo= (novela).

=La Barraca= (novela).

=Entre naranjos= (novela).

=Snnica la cortesana= (novela).

=Caas y barro= (novela).

=La Catedral= (novela).

=El Intruso= (novela).

=La Bodega= (novela).

=La Horda= (novela).

=La voluntad de vivir= (novela).

EN PREPARACIN: =Sangre y arena= (novela).


                       OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


TERRES MAUDITES (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

FLEUR DE MAI (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

BOUE ET ROSEAUX (Traduccin de Maurice Bixio), Pars.

CONTES ESPAGNOLS (Traduccin de M. Menetrier), Pars.

DANS L'OMBRE DE LA CATHDRALE (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

TERRAS MALDITAS (Traduccin de Napoleo Toscano), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

A CATHEDRAL (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

SCHILFUND SCHLAMM (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

DIE NACKTE MAJA (Traduccin de Walter Hochherz), Berln.

WAAR ORANJEROOMEN BLOEIEN (Traduccin del Dr. A. A. Fokker), Amsterdam.

DE VLOEK (Traduccin del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

CHALUPA (Traduccin de G. Pikart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traduccin de Emilio Suardi), Miln.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traduccin de Johanne Allen), La Haya.

Otras traducciones pendientes de publicacin en Inglaterra y Rusia.





                         VICENTE BLASCO IBEZ

                            LA MAJA DESNUDA

                               --NOVELA--

                                 16.000

                    [Illustration: ARTE y LIBERTAD]

                    F. SEMPERE Y COMPAA, EDITORES

                Calle del Palomar, 10 Olmo, 4 (Sucursal)
                            VALENCIA MADRID

        Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.--VALENCIA




                            LA MAJA DESNUDA




PRIMERA PARTE




I


Eran las once de la maana cuando Mariano Renovales lleg al Museo del
Prado. Algunos aos iban transcurridos sin que el famoso pintor entrase
en l. No le atraan los muertos: muy interesantes, muy dignos de
respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba
por nuevos caminos y no era alli donde l poda estudiar,  la falsa luz
de las claraboyas, viendo la realidad  travs de otros temperamentos.
Un pedazo de mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada,
una cabeza _expresiva_, le atraan ms que aquel palacio de amplias
escalinatas, blancas columnas y estatuas de bronce y alabastro, solemne
panten del arte, donde titubeaban los nefitos, en la ms estril de
las confusiones, sin saber qu camino seguir.

El maestro Renovales detvose unos instantes al pie de la escalinata.
Contemplaba con cierta emocin--como se contempla despus de larga
ausencia los lugares de la juventud--la hondonada que da acceso al
palacio, con sus declives de csped fresco, adornados  trechos por
dbiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua iglesia de
los Jernimos, de gtica mampostera, marcaba sobre el espacio azul sus
torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro
servia de fondo  la blanca masa del Casn. Renovales pens en los
frescos de Giordano que adornaban sus techos interiores. Despus se fij
en un edificio de muros rojos y portada de piedra que cerraba el espacio
pretenciosamente, en primer trmino, al borde de la pendiente verdosa.
Pu! La Academia! Y el gesto despreciativo del artista encerr en una
misma repugnancia la Academia de la Lengua y las dems Academias; la
pintura, la literatura, todas las manifestaciones del pensamiento,
amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad de momia, en los vendajes
de la tradicin, las reglas y el respeto  los precedentes.

Una rfaga de viento helado agit las haldas de su gabn, sus barbas
luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes asomaban
los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que haba ido
disminuyndose con prudentes recortes, conforme ascenda el maestro,
adquiriendo fama y dinero.

Renovales sinti fro en la hondonada hmeda. Era un da claro y glacial
de los que tanto abundan en el invierno de Madrid. Luca el sol; el
cielo estaba azul; pero de la sierra, cubierta de nieve, llegaba un
viento helado que endureca la tierra, dndola una fragilidad de
cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar, brillaba
todava la escarcha del amanecer como una capa de 'azcar.' En las
alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones
invernales, iban y venan con un trotecito infantil, agitando su mustio
plumaje.

La escalinata del Museo recordaba al maestro su adolescencia. Aquellos
peldaos los haba subido muchas veces  los diez y seis aos, con el
estmago desfallecido por la ruin comida de la casa de huspedes.
Cuntas maanas pasadas en aquel casern, copiando  Velzquez! Estos
lugares traan  su memoria las esperanzas muertas, un cmulo de
ilusiones que ahora le hacan sonreir: recuerdos de hambre y de
humillantes regateos al ganar su primer dinero con la venta de copias.
Su faz adusta de gigante, su entrecejo que intimidaba  discpulos y
admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre. Recordaba sus entradas
en el Museo con paso tardo, su miedo  separarse del caballete para que
no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se doblaban,
dejando al descubierto los pies.

Pas el vestbulo y abri la primera cancela de cristales. Cesaron
instantneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de los
carruajes por el Prado, el campaneo de los tranvas, el sordo arrastre
de las carretas, la chillera de los grupos infantiles que correteaban
por los desmontes. Abri la segunda cancela, y su cara, entumecida por
el fri, sinti la caricia de una atmsfera tibia, cargada del
inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquiran
esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la
cancela al cerrarse, retumbaba como un caonazo, pasando de sala en sala
al travs de los recios cortinajes. Las bocas de calefaccin humeaban su
invisible hlito tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar,
hablaban en tono bajo instintivamente, cual si estuvieran en una
catedral: ponan un gesto compungido de recogimiento, como si les
intimidasen los miles de lienzos alineados en las paredes, los bustos
enormes que adornaban el crculo de la rotonda y el promedio del saln
central.

Al ver  Renovales los dos porteros de largo levitn, hicieron un
movimiento para ponerse de pie. No saban quin era; pero ciertamente
era _alguien_. Aquella cara la haban visto muchas veces, tal vez en los
papeles pblicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba en su
mente  las glorias de la popularidad,  los altos honores reservados 
los personajes. De pronto le reconocieron. Haca tantos aos que no le
vean por all! Y los dos empleados, con la gorra de galn de oro en la
mano y una sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. Buenos
das, don Mariano. Deseaba algo de ellos el seor de Renovales?
Quera que llamasen al seor director?... Era una obsequiosidad
pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su
palacio  un soberano extranjero, reconocindolo al travs de su
incgnito.

Renovales se libr de ellos con gesto brusco y pase una rpida mirada
por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda, que recordaban las
guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y chambergo
plumeado dirigiendo la batalla con un bastn corto, como si dirigiesen
una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con
banderas al frente de aspas rojas  azules; bosques de picas surgiendo
del humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros 
infructuosos que fueron como las ltimas boqueadas de una Espaa de
influencia europea. Levant un pesado cortinaje y entr en el enorme
saln central, viendo,  la luz mate y discreta de las claraboyas, las
personas que estaban en ltimo trmino como diminutas figurillas.

El artista sigui adelante en lnea recta. Apenas se fijaba en los
cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podan decirle. Sus ojos
buscaban  las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad.
Pareca que formaban parte de la casa y no se haban movido de all en
muchos aos: padres bondadosos con un grupo de nios ante las rodillas
explicndoles el _argumento_ de los cuadros; una profesora con varias
alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo  una orden superior,
pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un seor que
acompaaba  dos curas y hablaba  gritos para demostrar que era
inteligente y se hallaba all como en su casa; varias extranjeras con el
velo recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo,
consultando el catlogo, todas con cierto aire de familia, con idnticos
gestos de admiracin y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar 
Renovales si seran las mismas que haba visto antes, la ltima vez que
estuvo en el Museo.

Al pasar, saludaba mentalmente  los grandes maestros.  un lado, las
figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso  azulado,
esbeltas y ondulantes; ms all las cabezas rugosas y negruzcas de
Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que
admiraba Renovales, proponindose no imitarlos en nada. Despus, entre
la barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y
mesas de mrmol sostenidas por leones dorados, tropez con los
caballetes de varios copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas
Artes  seoritas de pobre aspecto, con tacones gastados y sombreros de
reblandecido contorno, que copiaban cuadros de Murillo. Iban marcndose
sobre el lienzo el azul del manto virginal  las carnes con mantecosos
bullones de los nios rizados que juguetean con el Divino Cordero. Eran
encargos de personas piadosas; _gnero_ de fcil salida para conventos y
oratorios. El humo de los ciros, la ptina de los aos, la discreta
penumbra de la devocin, apagaran los colores, y algn da los ojos
llorosos por la splica, veran moverse con vida misteriosa las
celestiales figuras sobre su fondo negruzco, implorando de ellas
prodigios sobrenaturales.

El maestro se dirigi  la sala de Velzquez. All trabajaba su amigo
Tekli. Su visita al Museo no tena otro objeto que ver la copia que el
pintor hngaro estaba haciendo del cuadro de las _Meninas_.

El da anterior, al anunciarle en su lujoso estudio la visita de este
extranjero, qued por largo rato indeciso, contemplando el nombre
impreso en la tarjeta. Tekli!... Y de pronto record  un amigo de
veinte aos antes, cuando l viva en Roma; un hngaro bonachn que le
admiraba sinceramente y supla su falta de genio con una tenacidad
taciturna para el trabajo, semejante  la de la bestia de labor.

Renovales vi con gusto sus ojillos azules, hundidos bajo unas cejas
ralas y sedosas; su mandbula saliente en forma de pala, que le daba
gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo, encorvado 
impulsos de la emocin, extendiendo unos brazos huesosos, largos como
tentculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.

--_Oh, maestro! Caro maestro!_

Se haba refugiado en el profesorado, como todos los pintores faltos de
fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el surco. Renovales
vi al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una mota; en
la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes, que
parecian reflejar todo el estudio. Hasta luca en una solapa el botn
multicolor de una condecoracin misteriosa. El fieltro que tena en la
mano, de una blancura de merengue, era lo nico que desentonaba en este
aspecto de funcionario pblico. Renovales le cogi las manos con sincero
entusiasmo. El famoso Tekli! Cunto se alegraba de verle! Qu tiempos
los de Roma!... Y con una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el
relato de sus triunfos. Era profesor de Buda-Pest; haca ahorros todos
los aos para ir  estudiar  algn museo clebre de Europa. Por fin,
haba podido venir  Espaa, cumpliendo sus deseos de muchos aos.

--_Oh, Velasqus! Quel maestrone, caro Mariano!..._

Y echando atrs la cabeza, pona los ojos en blanco, agitaba con
expresin voluptuosa su mandbula saliente cubierta de pelos rubios,
como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su pas.

Haca un mes que estaba en Madrid trabajando todas las maanas en el
Museo. Casi tena terminada su copia de las _Meninas_. No habla ido
antes  ver  su _caro Mariano_ porque deseaba ensearle este trabajo.
Vendra  verle una maana en el Prado? Le dara esta prueba de
amistad?... Renovales intent resistirse. Qu le importaba  l una
copia? Pero haba tal expresin de humilde splica en los ojillos del
hngaro, le envolva en tantos elogios por sus grandes triunfos,
detallando el gran xito que haba alcanzado su cuadro _Hombre al
agua!_ en la ltima Exposicin de Buda-Pest, que el maestro prometi ir
al Museo.

Y  los pocos das, una maana en que excus su asistencia un seor al
que estaba pintando el retrato, Renovales se acord de la promesa 
Tekli y fu al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma impresin
de empequeecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver  la
Universidad donde pas su juventud.

Al verse en la sala de Velzquez, sintise asaltado por un respeto
religioso. All estaba un pintor: el pintor por antonomasia. Todas sus
teoras irreverentes de odio  los muertos se quedaron ms all de la
puerta. El encanto de estos lienzos, que no haba visto en algunos aos,
surga de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba
despertando sus remordimientos. Permaneci largo rato inmvil, pasando
sus ojos de un lado  otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del
inmortal, mientras en torno de l comenzaba  sonar un zumbido de
curiosidad.

--Renovales!... Est aqu Renovales!

La noticia haba partido de la puerta, extendindose por todo el Museo,
llegando  la sala de Velzquez, detrs de sus pasos. Los grupos de
curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar  aquel hombretn
ensimismado, que no pareca darse cuenta de la curiosidad que le
rodeaba. Las seoras, yendo de un lienzo  otro, seguan con el rabillo
del ojo al artista clebre, cuyo retrato haban visto tantas veces. Le
encontraban ms feo, ms _ordinario_ que en los grabados de los
peridicos. Pareca imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y
pintase tan bien  las mujeres. Algunos jovencillos aproximbanse para
mirarle de cerca, fingiendo contemplar los mismos cuadros que el
maestro. Le detallaban con la vista, fijndose en sus particularidades
exteriores, con ese deseo de imitacin entusiasta de los aprendices. Uno
se propona copiar su lazo de corbata y sus greas alborotadas, con la
quimrica esperanza de que esto les diese nueva inteligencia para la
pintura. Otros se plaan mentalmente de ser imberbes, por no poder
ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.

ste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tard en darse
cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jvenes copistas
parecan pegarse ms  sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la
nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que l
estaba  sus espaldas, estremecindose  cada paso que sonaba sobre el
entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada
por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que
murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decan los ojos, al
fijarse distrados en los lienzos, para despus mirarle  l.

--Es Renovales... El pintor Renovales.

El maestro mir un buen rato al ms antiguo de los copistas: un viejo
decrpito y casi ciego, con anteojos gruesos y cncavos, que le daban el
aspecto de un monstruo marino, y temblndole las manos con
estremecimiento senil. Renovales le conoca. Veinticinco aos antes,
cuando l estudiaba en el Museo, le haba visto en el mismo sitio,
copiando siempre _Los borrachos_. Aunque cegase por completo, aunque el
cuadro se perdiese, podra l rehacerlo  tientas. En aquellos tiempos
se haban hablado muchas veces, pero ni remotamente poda imaginarse el
pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se deca, era el mismo
muchachuelo que en ms de una ocasin le haba pedido prestado un
pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento,
momificado por la eterna imitacin. Renovales pens en la bondad del
rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante
medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y crey ver  la
vieja compaera,  los hijos casados, los nietos, toda una familia
sostenida por la mano trmula del anciano.

Alguien desliz en su odo la noticia que agitaba el Museo, y el
copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separ la
moribunda vista de su trabajo.

Conque estaba all Renovales, el famoso Renovales! Iba por fin 
conocer al prodigio!...

El maestro vi fijos en l sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con
un fulgor irnico tras los gruesos cristales. Farsantuelo! Ya haba
odo l hablar de aquel estudio con honores de palacio que tena detrs
del Retiro. Lo que  Renovales le sobraba lo haba quitado  muchos como
l que, faltos de proteccin, se haban quedado en el camino. Se haca
pagar por un lienzo miles de duros, y Velzquez trabajaba por tres
pesetas al da, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo
mentira; _modernismos_, audacias de una juventud falta de escrpulos,
ignorancia de los bobos que creen  los peridicos. Lo nico bueno
estaba all. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apag
en su mirada la irnica protesta y volvi  su milsima copia de _Los
borrachos_.

Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de l, entr en la
pequea sala que guarda el cuadro de las _Meninas_. All estaba Tekli,
junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitacin,
sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrs para
dejar en libertad los latidos de su frente, contrada por el tenaz
empeo de la exactitud.

Al ver  Renovales se levant con apresuramiento, dejando su paleta
sobre el pedazo de hule que defenda el entarimado de las manchas de
pintura. Amable maestro! Cmo agradeca esta visita! Y le mostraba su
copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la
milagrosa realidad del original. Renovales asenta con la cabeza;
admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abra sus
surcos siempre iguales, con una rigidez geomtrica, sin el ms leve
descuido, sin el menor intento de originalidad.

--_Ti piace?_--preguntaba ansioso, mirndole  los ojos para adivinar
su pensamiento.--_E vero?_ _E vero?_--repeta con la incertidumbre del
nio que presiente un engao.

Y sbitamente tranquilizado por las muestras de aprobacin de Renovales,
cada vez ms extremadas para disfrazar su indiferencia, el hngaro le
cogi ambas manos, llevndoselas al pecho.

--_Sono contento, maestro... Sono contento._

No quera soltar  Renovales. Ya que haba tenido la magnanimidad de
venir  conocer su obra, no poda dejarle marchar. Almorzaran juntos en
el hotel donde l viva. Destaparan un frasco de _Chiantti_ para
recordar su vida de Roma; hablaran de la alegre bohemia de la juventud,
de aquellos compaeros de diversas nacionalidades que se reunan en el
caf del _Greco_; unos muertos ya, los dems esparcidos por Europa y
Amrica; los menos llegados  la celebridad, la mayora vegetando en
las escuelas de su pas, soando con un cuadro definitivo y triunfador,
antes del cual llegara la muerte.

Renovales sintise vencido por la insistencia del hngaro, el cual le
coga las manos con expresin dramtica, como si fuese  morir por su
negativa. Vaya por el _Chiantti!_ Almorzaran juntos, y mientras Tekli
daba unos retoques  su obra, l le aguardara paseando por el Museo,
renovando sus recuerdos.

Al volver  la sala de Velzquez haba disminudo la concurrencia,
quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor
sinti de nuevo la influencia del gran maestro. Admir su prodigioso
arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histrica que
pareca emanar de toda su obra. Infeliz don Diego! Haba nacido en el
perodo ms melanclico de nuestra historia. Su sano realismo era para
haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el
destino le depar un perodo en el que las mujeres parecan tortugas
asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los
hombres tenan una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal
lavadas cabezas sobre ttricas ropillas. Haba pintado lo que haba
visto: el miedo y la hipocresa reflejbanse en los ojos de aquel mundo.
La alegra forzada de una nacin moribunda, que necesitaba para
distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelbase en los bufones,
los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don
Diego. El humor hipocondraco de una monarqua enferma de cuerpo y con
el alma agarrotada por el terror del infierno, viva en todas aquellas
obras maestras, que inspiraban admiracin y tristeza al mismo tiempo.
Lstima de tesoros artsticos derrochados en inmortalizar un perodo
que, sin Velzquez, hubiera cado en el olvido ms profundo!

Renovales pensaba tambin en el hombre, comparando con cierto
remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca
de los maestros modernos. Oh, la munificencia de los reyes, su
proteccin  los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo
volviendo la vista atrs!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su
sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que slo cobraba muy de
tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y
barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de domstico
regio, que le obligaba  aceptar el cargo de perito de materiales de
albailera para mejorar un tanto su situacin; en las bajezas y
humillaciones de sus ltimos aos para alcanzar la cruz de Santiago,
negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase
dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de
criado del rey, como si ese ttulo fuese superior  la gloria del
artista... Dichosos tiempos del presente; bendita revolucin de la vida
moderna, que dignifica al artista colocndolo bajo la proteccin del
pblico, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza
y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...

Renovales sali  la galera central buscando otra de sus admiraciones.
Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros.  un lado los
retratos de los reyes de la decadencia borbnica; cabezas de monarcas 
de prncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de mujer,
rostros exanges, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos
grandes pintores haban coincidido en su existencia con la ruina moral
de dos dinastas. En el saln del gran don Diego, los reyes delgados,
huesosos, rubios, de elegancia monacal y blancura linftica, con la
mandbula saliente y una expresin en los ojos de duda y temor por la
salvacin de sus almas. Aqu los monarcas obesos, entorpecidos por la
grasa; la nariz enorme y pesada, con un fatal estiramiento, como si
tirase del cerebro por misteriosa relacin, paralizando sus funciones;
el labio inferior grueso y cado con inercia sensual; los ojos, de una
calma bovina, reflejando en su tranquila luz la indiferencia para todo
lo que no tocase directamente  su egosmo. Los Austrias, nerviosos,
inquietos por una fiebre de locura, sin saber adnde ir, cabalgando
sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las nevadas
crestas del Guadarrama, tristes, fras y cristalizadas como el alma
nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre
sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento que la cacera del da
siguiente  la intriga domstica que trae revuelta  la familia, ciegos
para las tormentas que truenan ms all de los Pirineos. Los unos
rodeados de un mundo de imbciles con cara brutal, de leguleyos
sombros, de infantas de rostro aniado y faldas huecas de virgen de
altar: los otros llevando, como comparsera alegre y desenfadada, un
populacho vestido de alegres colores, envuelto en la capa de grana  la
mantilla de blonda, coronado por la peineta  la masculina redecilla,
raza que en las meriendas del Canal  en grotescas diversiones incubaba,
sin saberlo, su herosmo. El latigazo de la invasin la sacaba de su
infancia de siglos. El mismo gran artista que haba retratado durante
muchos aos la inocente inconsciencia de este pueblo de majos y majas,
vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba despus atacando
navaja en mano, con simiesca agilidad,  los mamelucos; haciendo caer
bajo sus tajos  estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas,
 muriendo con teatral fiereza  la luz de un fanal, en las ttricas
soledades de la Moncloa, fusilado por los invasores.

Renovales admiraba el ambiente trgico de este lienzo que tena ante sus
ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyndolos en los fusiles;
eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza annima; y frente  ellos
elevbase el montn de carne palpitante y sangrienta; los muertos, con
los jirones de carne arrancados por las balas, mostrando rojizos
agujeros; los vivos, con los brazos en cruz, retando  los matadores en
una lengua que no podan entender,  cubrindose el rostro con las
manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles del
plomo. Era todo un pueblo que mora para renacer. Y junto  este cuadro
de horror y herosmo vease cabalgar, en otro cercano, al Lenidas de
Zaragoza,  Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de
chispero dentro del uniforme de capitn general, teniendo en su apostura
cierto aspecto de caudillo de la plebe, sosteniendo en una mano
enguantada de ante el corvo sable y en la otra las riendas de su
caballejo corto y panzudo.

Renovales pens que el arte es como la luz, que toma el color y el
brillo de los objetos que toca. Goya haba pasado por un perodo
tempestuoso, haba asistido  la resurreccin del alma popular, y su
pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se
buscaba en los lienzos de aquel otro genio amarrado  la monotona de
una existencia palaciega, sin otros incidentes que las noticias de
guerras lejanas, faltas de entusiasmo, y cuyas victorias, tardas 
intiles, tenan la frialdad de la duda.

Volvi el pintor la espalda  las damas goyescas, de boca recogida como
un capullo de rosa, vestidas de blanca batista y con la cabellera
peinada en forma de turbante, para concentrar su atencin en una figura
desnuda que pareca dejar en la sombra los lienzos cercanos, con el
esplendor luminoso de sus carnes. La contempl de cerca largo rato,
inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su
sombrero. Despus fu alejndose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta
que, al fin, acab por sentarse en una banqueta, siempre frente al
cuadro, con los ojos fijos en l.

--La maja de Goya!... La maja desnuda!...

Hablaba en voz alta, sin percatarse de ello, como si sus palabras fuesen
una explosin inevitable de los pensamientos que se agolpaban en su
frente y parecan pasar y repasar tras el cristal de sus ojos. Sus
expresiones admirativas eran en diversos tonos, marcando una escala
descendente de recuerdos.

El pintor contempl con delectacin aquel cuerpo desnudo, graciosamente
frgil, luminoso, como si en su interior ardiese la llama de la vida,
transparentada por las carnes de ncar. Los pechos firmes, audazmente
abiertos en ngulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en sus
vrtices los cerrados botones de un rosa plido. Una musgosa sombra
apenas perceptible entenebreca el misterio sexual: la luz trazaba una
mancha brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volva 
extenderse el discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos
dedos, sonrosados  infantiles.

Era la mujer pequea, graciosa y picante; la Venus espaola, sin ms
carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su armazn gil y
esbelto. Los ojos ambarinos de malicioso fuego desconcertaban con su
fijo mirar; la boca tena en sus graciosas alillas el revuelo de una
sonrisa eterna: en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa
mostraba la transparencia y el fulgor hmedo de esas conchas que abren
los colores de sus entraas en el profundo misterio del mar.

--La maja de Goya!... La maja desnuda!...

Ya no deca estas palabras en voz alta, pero las repetan su pensamiento
y su mirada: su sonrisa era como un eco de ellas.

Renovales no estaba solo. De vez en cuando se interponan entre sus ojos
y el cuadro grupos de curiosos que pasaban y repasaban hablando 
gritos. Un trote de pesados pies conmova el pavimento de madera. Era
medioda, y los albailes de las obras cercanas aprovechaban la hora del
descanso para explorar aquellos salones, como si fuesen un mundo nuevo,
aspirando satisfechos el tibio aire de la calefaccin. Dejaban al andar
huellas de yeso en el entarimado; se llamaban unos  otros para
participarse su admiracin ante un cuadro; mostraban impaciencia por
abarcarlo todo de un golpe; se extasiaban contemplando los guerreros de
luminosa armadura  los uniformes complicados de otras pocas. Los ms
listos servan de gua  sus compaeros, arrendolos con impacienca.
Ya haban estado all el da anterior. Adentro! Aun les quedaba mucho
que ver! Y corran hacia las salas interiores con la anhelante
curiosidad del que pisa tierra nueva y aguarda que lo asombroso surja
ante sus pasos.

Entre este galope de la admiracin sencilla pasaban tambin algunos
grupos de seoras espaolas. Todas hacan lo mismo ante la obra de Goya,
como si estuvieran aleccionadas previamente. Iban de un cuadro  otro,
comentando las modas de los tiempos pasados, sintiendo cierta nostalgia
por las faldas de madroos y las amplias mantillas con alta peineta. De
pronto ponanse serias, apretaban los labios y emprendan un paso vivo
hacia el fondo de la galera. Las avisaba el instinto. Sus inquietos
ojos sentanse heridos en el rabillo por la lejana desnudez: parecan
husmear  la famosa maja antes de verla y seguan adelante erguidas, con
el gesto severo, lo mismo que cuando las molestaba en la calle un
requiebro audaz, pasando frente al cuadro sin volver la cara, sin querer
ver los lienzos inmediatos, no detenindose hasta la vecina sala de
Murillo.

Era el odio al desnudo, la cristiana y secular abominacin de la
Naturaleza y la verdad, que se pona en pie instintivamente, protestando
de que se tolerasen tales horrores en un edificio pblico, poblado de
santos, reyes y ascetas.

Renovales adoraba aquel lienzo con entusiasmo devoto, colocndolo aparte
de las dems obras. Era la primera manifestacin del arte libre de
escrpulos, limpio de preocupaciones, que exista en nuestra historia.
Tres siglos de pintura; varias generaciones de nombres gloriosos,
sucedindose con portentosa fecundidad, y hasta Goya no haba osado el
pincel espaol trazar las formas del cuerpo femenil, la divina desnudez
que, en todos los pueblos, haba sido la primera inspiracin del arte
naciente! Renovales recordaba otro desnudo, la Venus, de Velzquez,
guardada en extraas tierras. Pero aquella obra no haba sido
espontnea: era un encargo del monarca que, al mismo tiempo que pagaba
esplndidamente  los extranjeros sus cuadros de desnudo, quiso tener un
lienzo semejante de su pintor de cmara.

La presin religiosa haba entenebrecido el arte durante siglos. La
humana belleza asustaba  los grandes artistas, que pintaban con la cruz
en el pecho y el rosario en la espada. Los cuerpos ocultbanse bajo el
sayal de pesados y rgidos pliegues  el grotesco miriaque palaciego,
sin que el pintor osara adivinar lo que exista debajo de ellos, mirando
al modelo como el devoto contempla el manto hueco de la Virgen, no
sabiendo si encierra un cuerpo  tres barrotes, sostenes de la cabeza.
La alegra de la vida era un pecado; la desnudez, obra de Dios, una
abominacin. En vano brillaba sobre la tierra espaola un sol ms
hermoso que el de Venecia; intilmente se quebraba la luz sobre la
tierra con mayor brillo que en Flandes; el arte espaol era obscuro,
era seco, era _sobrio_, aun despus de haber conocido las obras del
Ticiano. El Renacimiento, que en el resto del mundo adoraba el desnudo
como la obra definitiva de la Naturaleza, cubrase aqu con la capucha
del fraile  los harapos del mendigo. Los paisajes luminosos eran
obscuros y ttricos al pasar al lienzo; el pas del sol apareca bajo el
pincel con un cielo gris y la tierra de un verde fnebre; las cabezas
eran de una gravedad monacal. El artista pona en sus cuadros, no lo que
le rodeaba, sino lo que llevaba dentro, un pedazo de su alma; y su alma
estaba agarrotada por el miedo  los peligros de la vida presente y los
tormentos de la futura; era negra, con la negrura de la tristeza, como
si se hubiese tiznado en el holln de las hogueras de la Fe.

Aquella mujer desnuda, con la cabeza rizosa sobre sus brazos cruzados,
mostrando en tranquilo abandono la leve vegetacin de sus axilas, era el
despertar de un arte que haba vivido aislado. El cuerpo ligero, que
apenas descansaba sobre el verde divn y las almohadas de finos encajes,
pareca prximo  elevarse en el aire, con el potente impulso de la
resurreccin.

Renovales pensaba en los dos maestros, igualmente grandes, y sin
embargo, tan distintos. El uno tena la imponente majestad de los
monumentos famosos; reposado, correcto, fro, llenando el horizonte de
la historia con su mole colosal, envejeciendo gloriosamente sin que los
siglos abriesen la menor grieta en sus muros de mrmol. Por todos lados
la misma fachada noble, ordenada, tranquila, sin fantasas de capricho.
Era la razn, slida, equilibrada, ajena  los entusiasmos y los
desmayos, sin apresuramientos ni fiebres. El otro era grande como una
montaa, con el desorden bizarro de la Naturaleza, cubierto de tortuosas
desigualdades. Por un lado el peascal bravo y rido; ms all la
caada cubierta de matorrales floridos; abajo el jardn con perfumes y
pjaros; en la cumbre la corona de nubarrones que truenan y
relampaguean. Era la imaginacin en carrera desenfrenada, con altos
jadeantes y nuevos escapes, la frente en lo infinito y los pies sin
separarse de la tierra.

La vida de don Diego caba en dos lneas. Haba pintado. Esta era toda
su biografa. Jams en sus viajes por Espaa  Italia sinti otra
curiosidad que la de ver nuevos cuadros. En la corte del rey poeta haba
vegetado entre galanteos y mascaradas, tranquilo como un monje de la
pintura, siempre de pie ante el lienzo y el modelo, hoy un bufn, maana
una infantita, sin otras aspiraciones que las de ascender de categora
entre los domsticos reales y coserse una cruz de pao rojo en el negro
justillo. Era una alma excelsa encerrada en un cuerpo flemtico que
jams le atorment con deseos nerviosos ni alter la calma de su trabajo
con pasionales vehemencias. Al morir l, mora tambin,  la semana
siguiente, la buena doa Juana, su esposa, buscndose los dos, como si
no pudiesen permanecer separados despus de su luenga peregrinacin por
el mundo, plcida y sin incidentes.

Goya haba vivido. Su existencia era la del artista gran seor: una
agitada novela llena de misterios amorosos. Los discpulos, al
entreabrir las cortinas de su estudio, vean la seda de unas faldas
regias sobre las rodillas del maestro. Las lindas duquesas de la poca
acudan  que las pintarrajease las mejillas aquel aragons fuerte, de
spera y varonil galantera, riendo como locas de estos retoques
ntimos. Al contemplar sobre revuelta cama una divina desnudez,
trasladaba al lienzo sus formas, por impulso irresistible, por imperiosa
necesidad de reproducir la belleza, y la leyenda que flotaba en torno
del pintor espaol iba colgando un nombre ilustre  todas las beldades
que inmortalizaba su pincel.

Pintar sin miedo y sin preocupaciones, extasiarse reproduciendo sobre el
lienzo la jugosa desnudez, el hmedo mbar de la carne femenil con sus
plidos rosas de caracola marina, era el deseo y la envidia de
Renovales: vivir como el famoso don Francisco, cual pjaro libre, de
plumaje inquieto y luminoso, en medio de la monotona del humano corral;
ser, por las pasiones, por el desenfado y por los gustos, distinto de la
mayora de los hombres, ya que se diferenciaba de ellos por su modo de
apreciar la vida.

Pero ay! su existencia era igual  la de don Diego: llana, montona,
tirada  cordel. Pintaba, pero no viva; le alababan sus obras por la
exactitud con que cautivaba el natural, por el brillo de la luz, el
color indefinible del aire y el exterior de las cosas; pero algo le
faltaba, algo que se revolva en su interior y en vano pugnaba por
saltar las bardas vulgares de la existencia diaria.

El recuerdo de la novelesca vida de Goya le haca pensar en su propia
vida. Le llamaban maestro; comprbanle  buen precio todo lo que
pintaba, especialmente si era con arreglo al gusto ajeno y contra su
voluntad de artista; gozaba una existencia tranquila, llena de
comodidades; tena all, en su estudio, con honores de palacio, cuya
fachada reproducan los peridicos ilustrados, una esposa que crea en
su genio y una hija que casi era una mujer, y haca tartamudear de
emocin  la tropa de discpulos ntimos. De su pasada bohemia, slo
restaban en l los fieltros abollados, las barbas luengas, la alborotada
cabellera y cierto descuido en el vestir; pero cuando lo exiga su
posicin de _gloria nacional_, sacaba del ropero un frac con la solapa
cubierta de condecoraciones, y haca su figura en las fiestas oficiales.
Tena miles de duros en el Banco. En el estudio, paleta en mano,
conferenciaba con su agente, discutiendo la clase de papel que deba
adquirir con sus ganancias del ao. Su nombre no despertaba extraeza ni
repulsin en la alta sociedad, donde era de moda que las seoras fuesen
retratadas por l.

Haba provocado en otro tiempo escndalos y protestas por sus audacias
de color y su modo revolucionario de ver la Naturaleza, pero no llevaba
sobre su nombre el menor atentado  las conveniencias que hay que
guardar con el pblico. Sus mujeres eran hembras del pueblo, pintorescas
y repugnantes; no haba mostrado en sus lienzos otras carnes que la
sudorosa del labriego  la mantecosa del nio. Era el maestro honrado
que cultiva su prodigiosa habilidad con la misma calma con que otros
cuidan sus negocios.

Qu faltaba en su existencia?... Ay!... Renovales sonrea
irnicamente. Acuda de golpe  su memoria toda su vida en tumultuoso
agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez ms su mirada en aquella mujer
de luminosa blancura, semejante  un nfora de ncar, con los brazos en
torno de la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos
puestos en l, como si le conociera muchos aos, y repeta mentalmente,
con expresin de amargura y desaliento:

--La maja de Goya!... La maja desnuda!...




II


Al recordar Mariano Renovales los primeros aos de su vida, su
sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores, evocaba
un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la
tierra comenzaba  entenebrecerse con la penumbra del crepsculo,
cantaba el hierro  gema en el suplicio del yunque, haciendo temblar
las paredes de la casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano
jugueteaba, tendido en el suelo, junto  los pies de una mujer plida,
enfermiza, de ojos graves y profundos, la cual dejaba con frecuencia su
costura para besar al pequeo con repentina vehemencia, como si temiese
no verle ms.

Aquellos martillos incansables, que haban acompaado el nacimiento de
Mariano, le hacan saltar de la cama apenas apuntaba el da y bajar  la
fragua para calentarse junto al incandescente fogn. Su padre, un
cclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un lado  otro
revolviendo hierros, manejando limas, dando rdenes  sus ayudantes con
fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el estrpito del martilleo.
Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre el yunque, y el
hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros luminosos, se
esparca en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de la
fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban  morir, apagadas y
negras, en el holln de los rincones.

--Cuidado, pequeo--deca el padre abarcando su cabeza tierna de pelos
finos y ensortijados con una de sus manazas.

El chiquitn sentase atrado por los colores del hierro ardiente, hasta
el punto de que, con la inconsciencia de la niez, intentaba algunas
veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el suelo como
estrellas cadas.

Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y ms all de la puerta negra
de holln vea Mariano extenderse, cuesta abajo, en el torrente de luz
solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras geomtricas por
lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos de lamos
orlando el tortuoso cristal de un ro, y enfrente las montaas cubiertas
hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras de
un pueblo, y de ste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que
mantenan la herrera: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces,
palas y horquillas necesitadas de compostura.

El incesante golpear de los martillos pareca conmover al pequeo,
infundindole una fiebre de actividad, arrancndolo de sus juegos
infantiles.  los ocho aos agarrbase  la cuerda del fuelle y tiraba
de ella, extasindose en la contemplacin del charro de chispas que
arrancaba la corriente de aire  los encendidos carbones. El buen
cclope mostrbase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte
como todos los de su familia, con unos puos que imponan respeto  los
chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, dbil y
enferma, slo tena su predisposicin al silencio y al aislamiento,
permaneciendo horas enteras, cuando se amortiguaba en l la fiebre de
actividad, en muda contemplacin de los campos, del cielo  de los
arroyos que bajaban saltando sobre guijas para confundirse con el ro en
lo ms hondo del valle.

El pequeo aborreca la escuela, mostrando un santo horror  las letras.
Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir una palabra.
En cambio su padre y las dems gentes de la fragua admirbanse de la
facilidad con que saba reproducir los objetos por medio de un dibujo
sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural.
Llevaba siempre los bolsillos llenos de carbones y no vea una pared 
una piedra de cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en
ella una copia de los objetos que heran sus ojos por alguna
particularidad saliente. Los muros exteriores de la herrera estaban
ennegrecidos por los dibujos de Marianillo. Trotaban  lo largo de las
paredes, con el hocico contrado y la cola enroscada, los cerdos de San
Antn, que vagaban por el pueblo mantenidos por la caridad pblica para
ser rifados en la fiesta del santo, y en medio de esta procesin panzuda
destacbanse los perfiles del herrero y de todos los obreros de la
fragua, con una inscripcin al pie para que no surgiesen dudas sobre su
identidad.

--Ven, mujer--gritaba el herrero  su enfermiza cnyuge, al descubrir un
nuevo dibujo.--Ven  ver lo que ha hecho nuestro hijo. Demonio de
muchacho!...

Y  impulsos de este entusiasmo, no se lamentaba ya de que Marianillo
abandonase la escuela y huyera del fuelle de la fragua, dedicando todo
el da  corretear por el valle  por el pueblo, con el carbn en la
mano, cubriendo de lineas negras las peas del monte y las paredes de
las casas, con gran desesperacin de las vecinas. En la taberna de la
plaza Mayor haba trazado las cabezas de los ms asiduos parroquianos, y
el tabernero las enseaba con orgullo, no permitiendo que tocasen  la
pared por miedo  que desaparecieran. Esta obra era un motivo de vanidad
para el herrero, cuando en los domingos, despus de la misa, entraba 
beber un vaso con los amigos. En la pared de la rectora haba trazado
una Virgen, ante la cual detenanse con hondos suspiros las devotas ms
viejas del pueblo.

El herrero, con un rubor de satisfaccin, admita todos los elogios que
tributaban al pequeo, como si le correspondiesen  l en su mayor
parte. De dnde haba salido aquel prodigio, siendo tan brbaros todos
los de la familia? Y mova la cabeza afirmativamente cuando los notables
del pueblo le hablaban de hacer algo por el chico. Ciertamente, l no
saba qu hacer, pero tenan razn; su Marianillo no estaba destinado 
golpear el hierro lo mismo que su padre. Poda ser un personaje tan
grande como don Rafael, un seor que pintaba santos y santas en la
capital de la provincia y era maestro de los pintores, en un gran
casern lleno de cuadros, all en la ciudad. Durante el verano vena con
su familia  vivir en una quinta del valle.

Este don Rafael era un varn imponente por su gravedad; un santo cargado
de hijos, que llevaba la levita como si fuese un hbito y hablaba con
melifluidad de fraile  travs de las barbas canas que invadan su
rostro enjuto y sonrosado. En la iglesia del pueblo guardaban un cuadro
portentoso pintado por l: una Pursima, cuyos colores dulces, de un
brillo acaramelado, hacan temblar de emocin las piernas de los
devotos. Adems, los ojos de la imagen tenan la milagrosa
particularidad de mirar de frente  los que la contemplaban,
siguindoles aunque cambiasen de lugar. Un verdadero prodigio. Pareca
imposible que esta obra sobrenatural la hubiese hecho aquel buen seor,
que durante el verano suba todas las maanas  oir su misa en el
pueblo. Un ingls haba querido comprar el cuadro por lo que pesase de
oro. Nadie haba visto al ingls, pero todos sonrean sarcsticamente al
comentar la proposicin. En seguida soltaban ellos el cuadro! Que
rabiasen los herejes con todos sus millones! La Pursima seguira en su
capilla para envidia del mundo entero, y especialmente de los
pueblecillos cercanos.

Cuando el prroco fu  visitar  don Rafael para hablarle del hijo del
herrero, el grande hombre estaba ya enterado de sus habilidades. Haba
visto en el pueblo sus dibujos; el muchacho tena cierta disposicin, y
era lstima no guiarle por buen camino. Despus fueron las visitas del
herrero y su hijo, temblorosos los dos al verse en el granero de la
quinta, que el gran pintor haba convertido en estudio; al contemplar de
cerca los botes de color, la paleta aceitosa, los pinceles y aquellos
lienzos de un suave azul, sobre el que comenzaban  marcarse los rosados
mofletes de los querubines y la cara en xtasis de la Madre de Dios.

Al terminar el verano, el buen herrero se decidi  seguir los consejos
de don Rafael. Ya que ste era tan bueno que quera ayudar al chico, por
l no iba  malograrse su buena fortuna. La herrera daba para vivir.
Todo consista en trabajar unos aos ms, en sostenerse, hasta el fin de
su existencia, junto al yunque, sin ayuda ni sucesor. Su hijo haba
nacido para personaje, y era grave pecado cortarle el camino
despreciando la ayuda del buen protector.

Llor la madre, cada vez ms dbil y enfermiza, como si el viaje  la
capital de la provincia fuese al otro extremo del mundo.

--Adis, hijo. Ya no te ver ms.

Y efectivamente, Mariano vi por ltima vez aquel rostro exange, de
grandes ojos sin expresin, casi borrado ahora de su memoria, como una
mancha blanquecina, en la cual no lograba,  pesar de todos sus
esfuerzos, restablecer el contorno de las facciones.

En la ciudad cambi radicalmente su vida. Entonces comprendi qu era lo
que buscaban sus manos al mover el carbn sobre las paredes
enjalbegadas. El arte se revel por primera vez  sus ojos en las tardes
silenciosas pasadas en un antiguo convento, donde estaba el museo
provincial, mientras su maestro don Rafael discuta con otros caballeros
en la sala de profesores  firmaba papelotes en la secretara.

Mariano vivi en casa de su protector, siendo  la vez su criado y su
discpulo. Llevaba cartas al seor den y  algunos cannigos amigos del
maestro, que le acompaaban en sus paseos  hacan tertulia en su
estudio. Ms de una vez visit los locutorios de algunos conventos,
dando recados de don Rafael, al travs de las tupidas rejas,  ciertas
sombras blancas y negras que, atradas por su juventud rolliza de
muchacho del campo y enteradas de que pretenda ser pintor, le abrumaban
con las preguntas de una curiosidad excitada por el encierro. Acababan
por regalarle, al travs del torno, rosquillas, limoncitos confitados 
alguna otra muestra de la repostera monjil, y le despedan con sanos
consejos de sus voces tenues y suaves tamizadas por el hierro de las
rejas.

--Que seas bueno, Marianito! Estudia, reza. S buen cristiano; el Seor
te proteger, y tal vez llegues  pintar como don Rafael, que es de los
primeros del mundo.

Cmo rea el artista recordando aquella sencillez infantil, que le
haca ver en su maestro el pintor ms asombroso de la tierra!... Por las
maanas, al asistir  las clases de la Escuela de Bellas Artes, se
indignaba contra sus compaeros, chiquillira irrespetuosa, educada en
la calle, hijos de menestrales, que apenas volva la espalda el
profesor, se bombardeaban con las migas del pan destinado  borrar los
dibujos y execraban  don Rafael llamndole _beato_ y _jesuta_.

Las tardes las pasaba Mariano en el estudio, al lado del maestro. Qu
emocin la primera vez que ste le puso la paleta en la mano y le
permiti copiar, en un lienzo viejo, un San Juan infante que haba
terminado para una comunidad!... Mientras el muchacho, con el rostro
contrado por enrgica mueca, se esforzaba en imitar la obra del
maestro, oa los buenos consejos que le daba ste, sin apartarse del
lienzo sobre el que haca correr su serfico pincel.

La pintura deba ser religiosa. Los primeros cuadros del mundo haban
sido inspirados por la religin; fuera de ella, la vida slo ofreca vil
materialismo, repugnantes pecados. La pintura deba ser ideal, hermosa;
representar siempre imgenes bonitas; reproducir las cosas como deban
ser y no como eran, y sobre todo, mirar  lo alto, al cielo, pues all
est la verdadera vida, no en esta tierra, valle de lgrimas. Mariano
deba modificar sus instintos, se lo aconsejaba l, que era su maestro;
deba perder su aficin  dibujar cosas groseras, las gentes tal como
las vea, los animales en toda su brutal materialidad, los paisajes en
la misma forma que los contemplaban sus ojos.

Haba que tener idealismo. Muchos pintores fueron casi santos; as
nicamente les era posible reflejar la celeste belleza en los rostros de
sus madonas. Y el pobre Mariano esforzbase por ser _ideal_, por atrapar
un pequeo andrajo de aquella serenidad beatfica y dulce que rodeaba 
su maestro.

Poco  poco fu conociendo los procedimientos de que se vala don Rafael
para realizar aquellas obras maestras que arrancaban gritos de
admiracin  su tertulia de cannigos y  las seoras ricas que le
encargaban imgenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Pursimas,
que lentamente invadan las iglesias y conventos de la provincia,
levantbase temprano y volva al estudio despus de confesar y comulgar.
Senta con esto una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad
de la obra llegaba el desaliento, volva  acudir  esta medicina de su
inspiracin.

El artista, adems, debe ser puro. l haba hecho voto de castidad,
pasados los cincuenta aos; con algn retraso, ciertamente, pero no era
por no haber conocido antes este medio seguro de llegar  un perfecto
idealismo de pintor celestial. Su esposa, una seora envejecida por
innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras
del maestro, no era ya ms que la compaera que le daba la respuesta al
rezar por la noche rosarios y trisagios. Tena varias hijas que pesaban
sobre su conciencia como un bochornoso recuerdo de vergonzosos
materialismos; pero unas eran monjas profesas y otras iban camino de
serlo, agrandndose la idealidad del artista conforme desaparecan de la
casa estos testimonio de su impureza  iban  ocultarse en los
conventos, donde sostenan el prestigio artstico del padre.

Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una Pursima, que era siempre
la misma, como si la pintase con trepa. Entonces hablaba misteriosamente
 su discpulo:

--Marianito: avisa maana  los _seores_ que no vengan. Tenemos modelo.

Y cerrado el estudio  los sacerdotes y dems amigos respetables,
llegaba Rodrguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla
bajo el recio bigote de pas salientes y una mano en la empuadura del
sable. Expulsado de la guardia civil por borracho y cruel, al verse sin
ocupacin, no se sabe por qu extraa iniciativa, se dedic  modelo de
pintor. El devoto artista, que le tena cierto miedo, acosado por sus
continuas peticiones, le haba alcanzado este empleo de guardia
municipal, y Rodrguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar
su agradecimiento de mastn, golpeando los hombros del maestro con sus
manazas y echndole  la cara su resuello de nicotina y alcohol.

--Don Rafael! Usted es mi padre! Al que le toque  usted, le corto
esto, aquello y lo de ms all.

Y el mstico artista, satisfecho interiormente de esta proteccin,
ruborizbase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel
bruto que llamaba por sus nombres  las cosas ocultas que deseaba
cortar.

Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba  Mariano el pesado chafarote
y, como hombre que sabe su obligacin, sacaba del fondo de un arca una
tnica de lana blanca y un guiapo azul en forma de manto, colocando
ambas prendas sobre su cuerpo con la maestra de la costumbre.

Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentacin de
reir. Eran misterios del arte; sorpresas que slo estaban reservadas 
los que, como l, tenan la suerte de vivir en la intimidad de un gran
maestro.

--Estamos, Rodrguez?--preguntaba impaciente don Rafael.

Y Rodrguez, erguido dentro de su bata de bao, con el andrajo azul
pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al
techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El
maestro slo necesitaba el modelo para los paos de la imagen, para
estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no deba revelar el ms
leve indcio de humanas redondeces. Jams haba pasado por su
imaginacin la posibilidad de copiar  una mujer. Era caer en el
materialismo, glorificar la carne, llamar  la tentacin. Con Rodrguez
bastaba: haba que ser idealista.

El modelo segua en su mstica actitud, con el cuerpo perdido en los
innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo
de sta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza
grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y
carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar  lo alto ni
separar sus manazas juntas en ademn de adoracin.

Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el
discpulo, Rodrguez lanzaba algunos mugidos que poco  poco tomaban
forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazaas
de su poca heroica, cuando era guardia civil y poda darle un mal
golpe  cualquiera pagando despus con un papel. La Pursima se
enardeca con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor
de voluptuosidad homicida; se descomponan los rebuscados pliegues: sus
ojos veteados de sangre ya no miraban  lo alto, y hablaba con voz
bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte ms
sensible que caan al suelo enroscndose de dolor, de fusilamientos de
presos que despus se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve 
esta autobiografa declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras
de interjecciones que tan pronto aludan  las partes ms intimas del
organismo humano, como faltaban  todo respeto  los primeros personajes
de la corte celestial.

--Rodrguez! Rodrguez!--exclamaba horrorizado el maestro.

-- la orden, don Rafael!

Y la Pursima, despus de pasarse la colilla de un lado  otro de la
boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por
debajo de la tnica los pantalones con franja roja, y perda su mirada
en lo alto, sonriendo con xtasis, como si contemplase en el techo todas
sus heroicidades, de las que se senta orgulloso.

Mariano desesperbase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa
que aquello que vea, y su pincel, despus de reproducir la vestidura
blanca y azul, detenase vacilante en la cabeza, llamando en vano el
auxilio de la imaginacin. Era la cartula grotesca de Rodrguez la que
surga del lienzo, despus de vanos esfuerzos.

Y el discpulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael,
aquella cabeza plida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito 
inexpresivo de belleza infantil que sustitua en el cuadro  la feroz
testa del municipal.

Este escamoteo le pareca al joven la muestra ms asombrosa del arte.
Cundo llegara l  la fcil prestidigitacin de su maestro!

Con el tiempo fu marcndose an ms esta diferencia entre don Rafael y
su discpulo. En la escuela le rodeaban los compaeros, reconociendo su
superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del
maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al
lado de aquel pintasantos. Don Rafael miraba con asombro lo que haca
Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados
que, segn l, respiraban la brutalidad de la vida.

Su tertulia de graves seores comenzaba  reconocer cierto mrito en el
discpulo.

--No llegar nunca  la altura de usted, don Rafael--decan.--Carece de
uncin, no tiene idealismo, no pintar una buena imagen, pero como
pintor mundano ir lejos.

El maestro, que amaba al muchacho por su carcter subordinado y su
pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino.
Con slo imitarle tena la fortuna hecha. l morira sin sucesor y su
estudio y su fama seran para l. No tena ms que ver como poco  poco,
cual una buena hormiga del Seor, haba ido crendose con el pincel una
fortunita.  fuerza de idealismo tena su quinta all en el pueblo y un
sinnmero de campos, cuyos arrendatarios venan  visitarle en el
estudio, entablando ante las poticas imgenes interminables discusiones
sobre el pago y cuanta de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por
culpa de la impiedad de la poca; no poda pagar tan generosamente como
en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su
pureza era asunto de tres das... Mas el joven Renovales torca el gesto
dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.

--No puedo, maestro. Soy un imbcil; no s inventar. Slo pinto lo que
veo.

Y cuando comenz  ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural,
se entreg con furia  este estudio, como si la carne le produjese la
ms fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterr, sorprendiendo en
los rincones de su casa bocetos que reproducan vergonzosas desnudeces
con toda su realidad. Adems, producanle cierto malestar los adelantos
del discpulo; vea en su pintura un vigor que l no haba tenido nunca.
Hasta notaba cierta defeccin en su tertulia de admiradores. Los buenos
cannigos admiraban, como siempre, sus vrgenes; pero algunos de ellos
se hacan retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.

Un da abord  su discpulo con resolucin.

--Ya sabes que te quiero como  un hijo, Marianito; pero  mi lado
pierdes el tiempo. Nada te puedo ensear. Tu sitio est en otra parte.
He pensado que podas irte  Madrid. All estn los de tu cuerda.

Su madre haba muerto; su padre segua en la fragua, y al verle llegar
con unos cuantos duros, producto de los retratos que haba hecho,
apreci esta cantidad como una fortuna. Parecale imposible que hubiera
quien diese dinero  cambio de colorines. Una carta de don Rafael le
convenci. Ya que aquel seor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese 
Madrid, l deba conformarse.

-- Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre est viejo
y no siempre podr ayudarte.

 los diez y seis aos cay Renovales en Madrid, y vindose solo, sin
ms gua que su voluntad, se entreg con furia al trabajo. Pas las
maanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros
de Velzquez. Crey que hasta entonces haba vivido ciego. Adems,
trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compaeros, y por las
noches pintaba acuarelas. Con la venta de stas y de algunas copias, iba
rellenando los vacos que dejaba en su subsistencia la corta pensin
enviada por el padre.

Recordaba con nostalgia estos aos de estrechez, de verdadera miseria:
las noches de fro en el msero camastro; las comidas irritantes, de
misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las
discusiones en un rincn de un caf, bajo las miradas hostiles de los
camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias
mesas para tomar en junto tres cafs y muchas botellas de agua...

La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio,
qu hartazgo de ilusiones, qu banquete esplendoroso de esperanzas!
Cada da un nuevo descubrimiento. Renovales corra como un potro salvaje
por los dominios del arte, viendo abrirse ante l nuevos horizontes, y
su galope levantaba un estruendo de escndalo que equivala  prematura
celebridad. Los viejos decan de l que era el nico muchacho que se
traa algo; sus compaeros afirmaban que era un pintorazo, y en su
afn iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los
maestros consagrados y antiguos, miserables burgueses del arte, sobre
cuyas calvas crean necesario escupir su bilis, afirmando de este modo
la superioridad de la nueva generacin.

Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensin en Roma,
equivalieron  una revolucin. La juventud, que slo juraba por l y le
tena por glorioso capitn, se agit amenazante con el temor de que los
viejos sacrificasen  su dolo.

Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensin,
hubo banquetes en su honor, sueltos en los peridicos, se public su
retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un
viaje  Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del
incienso que tributaban  su hijo.

En Roma esperaba  Renovales una cruel decepcin. Sus compatriotas le
recibieron con cierta frialdad. Los jvenes le miraban como  un rival,
aguardando sus prximas obras con la esperanza de una cada; los
antiguos, que vivan lejos de la patria, le examinaron con malvola
curiosidad. Conque aquel mocetn era el hijo del herrero, que tanto
ruido meta entre los ignorantes de all!... Madrid no era Roma. Ahora
veran ellos lo que aquel _genio_ saba hacer.

Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma.
Contestaba encogindose de hombros  los que con aviesa intencin le
preguntaban por sus cuadros. l haba ido all, no  pintar, sino 
estudiar: para esto le mantena el Estado. Y pas ms de medio ao
dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba,
carbn en mano, las obras clebres. Las cajas de colores permanecan sin
abrir en un rincn de su estudio.

Al poco tiempo abomin de la gran ciudad, por la vida que en ella
llevaban los artistas. Para qu las pensiones? Se estudiaba all menos
que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los
comerciantes de pintura establecan all su negocio, atrados por la
gran aglomeracin de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y
desconocidos, sentan la tentacin del dinero, se dejaban envolver en
las dulzuras de la vida cmoda, produciendo obras para la venta,
pintando cuadros con arreglo  las indicaciones de unos judos alemanes
que recorran los estudios marcando los gneros y tamaos que eran de
moda, para esparcirlos por Europa y Amrica.

Renovales, al visitar los estudios, slo vea cuadros de _gnero_; unas
veces seores de casacn, otras moros andrajosos  campesinos de
Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadsimas, para las cuales
empleaban como modelos un maniqu  las familias de _chocharos_, que se
alquilaban todas las maanas en la plaza de Espaa, junto  la
escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y
grandes aros en las orejas, con falda verde, corpio negro y la toca
blanca arrollada sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre,
con abarcas, pellico de lanas y un sombrero apuntado, con espiral de
cintas, sobre su nevada cabeza de Padre Eterno. Los artistas apreciaban
entre ellos sus mritos por los miles de liras recolectadas durante el
ao: hablaban con respeto de los maestros ilustres, que cobraban una
fortuna  los millonarios de Pars  de Chicago por cuadritos de
caballete que nadie vea. Renovales mostrbase indignado. Este arte era
casi igual al de su primitivo maestro, aunque _mundano_, como hubiese
dicho don Rafael. Y para esto los enviaban  Roma!...

Mal mirado por los compatriotas  causa de su carcter brusco, de su
lenguaje rudo y de la probidad, que le haca negarse  todo encargo de
los mercaderes de pintura, busc el trato de los artistas de otros
pases. En la juventud cosmopolita de pintores acuartelada en Roma,
pronto fu popular Renovales.

Su energa, su exceso de vida, hacan de l un simptico y alegre
compaero, cuando se presentaba en los estudios de la va Babuino  en
las chocolateras y cafs del Corso, donde se reunan, por afinidades
amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.

Mariano,  los veinte aos, era un mocetn atltico, digno retoo de
aquel hombre que bata el hierro, desde el amanecer hasta la noche, en
un rincn de Espaa. Un da un joven ingls, amigo suyo, ley en su
honor una pgina de Ruskin. Las artes plsticas son esencialmente
atlticas. Un enfermo, un semiparaltico, poda ser un gran poeta, un
clebre msico; pero para ser Miguel ngel  el Ticiano se necesitaba,
no slo un alma privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci
parta una herradura entre sus manos; los escultores del Renacimiento
labraban inmensos bloques de mrmol  impulsos de sus brazos de titn, 
mordan con sus buriles el duro bronce; los grandes pintores eran muchas
veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacan moverse enormes masas...
Renovales escuch pensativo las palabras del gran esteticista ingls. l
tambin era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.

Los apetitos de su juventud no iban ms all de la varonil embriaguez de
la fuerza y el movimiento. Atrado por la abundancia de modelos que
ofreca Roma, desnudaba en su estudio  una _chochara_, dibujando con
delectacin las formas de su cuerpo. Rea, con su carcajada ruidosa de
gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las
mujerzuelas que le salan al paso por la noche al volver solo  la
Academia de Espaa, pero una vez terminado el trabajo y vestida...  la
calle! Tena la castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero slo
para copiar sus lneas. Le produca vergenza el roce animal, el
encuentro al azar, sin amor, sin atraccin, con la interna reserva de
dos seres que no se conocen y se examinan recelosos. Lo que l deseaba
era estudiar, y las mujeres slo sirven de estorbo en las grandes
empresas. El sobrante de su energa consumalo en ejercicios atlticos.
Despus de una de sus hazaas de forzudo, que entusiasmaban  los
compaeros, mostrbase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un
bao. Haca esgrima con los pintores franceses de la Villa Mdicis;
aprenda  boxear con ingleses y americanos; organizaba con los artistas
alemanes ciertas excursiones  un bosque cercano  Roma, de las que se
hablaba durante varios das en los cafs del Corso. Beba un sinnmero
de vasos con sus compaeros en honor del _Kaisser_, al que no conoca,
ni maldito lo que le importaba su salud; entonaba con vozarrn
estruendoso el tradicional _Gaudeamus igitur_, y acababa por coger del
talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba
por la selva hasta dejarlas sobre el csped, como si fuesen plumas.
Despus sonrea satisfecho de la admiracin de aquellos buenos germanos,
muchos de ellos enclenques  miopes, que lo comparaban con Sigfrido y
dems hroes de recios msculos de su mitologa belicosa.

En Carnaval, al organizar los espaoles una cabalgata del _Quijote_, se
encarg de representar al caballero Pentapoln, el del arremangado
brazo, y en el Corso hubo aplausos y gritos de admiracin para el
enorme y duro biceps que mostraba el andante paladn, erguido sobre su
caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los artistas en
procesin, al travs de la ciudad, hasta el barrio de los judos, para
comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya
preparacin era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de
la _carciofolatta_, llevando el estandarte, iniciando los cnticos
alternados con gritos de toda clase de animales, y sus compaeros
marchaban tras l, audaces y provocadores, bajo la proteccin de tan
fuerte caudillo. Con Mariano no haba miedo. Contaban de l que en las
callejuelas del Transtvere haba dado una paliza de muerte  dos
matones del barrio, despus de quitarles sus puales.

De pronto el atleta se encerr en la Academia y no baj  la ciudad.
Durante algunos das se habl de l en las reuniones de artistas. Estaba
pintando; aproximbase una Exposicin que iba  verificarse en Madrid y
quera llevar  ella un cuadro que justificase su pensin. Tena cerrada
para todos la puerta de su estudio; no admita comentarios ni consejos;
el lienzo ira tal como l lo concibiese. Los compaeros le olvidaron
pronto y Renovales acab su obra en la soledad, saliendo con ella para
su patria.

Fu un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que haba de
conducirle  la celebridad. Se acordaba ahora con vergenza, con
remordimiento, del estrpito glorioso que levant su cuadro _La victoria
de Pava_. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el
resto de la Exposicin. Y como en aquellos das el gobierno se mantena
firme, y las Cortes estaban cerradas, y no haba cogida de importancia
en ninguna plaza de toros, los diarios,  falta de ms viva actualidad,
lanzronse en ruda competencia  reproducir el cuadro,  hablar de l,
publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes
y pequeos, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando
con una lgrima de emocin al pobre anciano que all, en su aldea,
machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.

De un salto pas Renovales de la obscuridad  una luz de apoteosis. Los
viejos encargados de juzgarle mostrbanse benvolos, con cierta
conmiseracin bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales haba
visto mundo y volva  las buenas tradiciones, siendo un pintor como los
dems. Su cuadro tenia trozos que parecan de Velzquez, fragmentos
dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo haba en l,
menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal
mrito, lo que atraa el general aplauso y le conquist una primera
medalla.

Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no
compraba jams un cuadro ni una estatua, pero sentaba  su mesa  los
pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer
barato y cierta distincin de dama ilustre, quiso conocer  Renovales.
ste venci la adustez de su carcter, que le tena alejado del trato
social. Por qu no haba de conocer el gran mundo? l iba adonde fuese
otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la
duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los
acadmicos, visit otros salones y fu durante algunas semanas objeto de
la atencin de este mundo, un tanto escandalizado por sus _salidas de
tono_, pero satisfecho de la timidez que le sobrecoga despus de sus
audacias. Los jvenes le apreciaban porque tiraba  la espada como un
San Jorge. Aunque pintor  hijo de un herrero, era toda una persona
decente. Las damas le atraan con sus ms amables sonrisas, esperando
que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya
lo haba hecho con la duquesa.

En esta poca de gran vida, siempre de frac,  partir de las siete de la
tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer
bonitas y discutan con el artista gravemente el traje que deban
ponerse para servir de modelo, fu cuando Renovales conoci  su esposa
Josefina.

La primera vez que la vi entre tantas damas de arrogante apostura y
estrepitosa presencia, sintise atrado hacia ella por la fuerza del
contraste. Le impresion el encogimiento, la modestia, la
insignificancia de la jovencita. Era pequea, su rostro no ofreca otra
hermosura que la de la juventud, su cuerpo tena la gracia de la
fragilidad. Aquella criatura estaba all, lo mismo que l, por cierta
condescendencia de los dems: pareca ocupar un sitio prestado y se
encoga en l como temerosa de llamar la atencin. Siempre la vea
Renovales con el mismo traje de _soire_, algo envejecido, con ese
aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para
seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenan
cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economas, los
esfuerzos caseros que haba exigido su adquisicin. Se tuteaba con todas
las jvenes que hacan en los salones una entrada triunfal, levantando
elogios y envidias con sus nuevas _toilettes_; la mam, una seora
majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza  las
damas ms linajudas; pero  pesar de esta intimidad, notbase en torno
de la madre y la hija el vaco de un afecto algo desdeoso, en el que
entraba por mucho la conmiseracin. Eran pobres. El padre haba sido un
diplomtico de cierto nombre, que al morir no dej  su esposa otros
recursos que la pensin de su viudedad. Dos hijos estaban en el
extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus
sueldos y las exigencias de su posicin. La madre y la hija vivan en
Madrid, aferradas  la sociedad en que haban nacido, temblando de
abandonarla, como si esto equivaliese  una degradacin, permaneciendo
de da en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada
opulencia, haciendo inauditas economas para poder codearse por la noche
dignamente con los que haban sido sus iguales.

Ciertos parientes de doa Emilia, que era la mam, contribuan  su
sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestndola el sobrante
de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una plida apariencia de
bienestar.

Unos les cedan su coche en ciertos das para que diesen una vuelta por
la Castellana y el Retiro, saludando  las amigas al cruzarse los
carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran
de turno brillante. Su conmiseracin tampoco se olvidaba de ellas al
extender las invitaciones para comidas de fiesta onomstica, ts de la
tarde, etc. No hay que olvidar  las de Torrealta, pobrecitas!... Y
al da siguiente los cronistas de salones inscriban en la lista de los
asistentes  la fiesta  la bella seorita de Torrealta y su
distinguida madre, la viuda del ilustre diplomtico de imperecedero
recuerdo, y doa Emilia, olvidando su situacin, creyndose en los
mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro,
acosando con su tuteo y sus confidencias  las grandes seoras, cuyas
doncellas eran ms ricas y coman mejor que ella y su hija. Si algn
seor viejo se refugiaba  su lado, la diplomtica intentaba anonadarlo
con la majestad de sus recuerdos. Cuando estbamos de embajadores en
Stockolmo... Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...

La hija, con cierto instinto de muchacha tmida, pareca darse cuenta
mejor de la situacin. Permaneca sentada entre las seoras mayores,
osando, slo de tarde en tarde, aproximarse  las otras jvenes que
haban sido sus compaeras de colegio y ahora la trataban con
superioridad, viendo en ella algo as como una seorita de compaa
elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba
por su timidez. Deba bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las
otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los
repitiesen hacindola una fama de ingeniosa. Pareca imposible que con
su educacin fuese tan insignificante. La hija de un grande hombre que
apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban crculo en
torno de l! Una muchacha educada en el _Sagrado Corazn_ de Pars,
que hablaba el ingls, su poquito de alemn y se pasaba el da leyendo,
cuando no tena que limpiar unos guantes  reformar un vestido!... Era
que no deseaba casarse?... Tan bien se encontraba en aquel piso
tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...

Josefina sonrea tristemente. Casarse! Jams lo lograra en este mundo
que frecuentaban. Todos conocan su pobreza. Los jvenes corran en los
salones detrs de las fortunas al seguir  las mujeres. Si alguno se
acercaba  ella atrado por su plida belleza, era para deslizarla en el
odo vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban,
noviazgos sin compromiso, relaciones ntimas con una prudencia traducida
del ingls, _flirts_ que no dejaban rastro, corrupciones gratas  las
vrgenes que quieren seguir sindolo despus de conocer todas las
aberraciones del roce carnal.

Renovales no se di cuenta de cmo se inici su amistad con Josefina.
Tal vez fu el contraste entre l y aquella mujercita que apenas le
llegaba al hombro y pareca tener quince aos cuando haba cumplido los
veinte. Su voz dulce, con un ceceo dbil, le acariciaba los odos. Rea
pensando en la posibilidad de dar un abrazo  aquel cuerpo gracioso y
frgil: la hara aicos entre sus manos de luchador, como si fuese una
mueca de cera. Buscbala Mariano en los salones que solan frecuentar
la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto  sta,
sintindose invadido por una fraternal confianza, un deseo de
comunicrselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas,
como si fuese un compaero de estudio. Ella le oa, mirndole con sus
ojos pardos que parecan sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento,
sin entenderle muchas veces, sintindose acariciada por la exuberancia
de aquel carcter que pareca desbordarse en olas de fuego. Era un
hombre distinto de todos los que ella haba conocido.

Al verles en esta intimidad, no se sabe quin, tal vez alguna amiga de
Josefina, por burlarse de ella, lanz la noticia. El pintor y la de
Torrealta eran novios. Entonces fu cuando los interesados se dieron
cuenta de que se amaban, sin habrselo dicho. Por algo ms que por
amistad pasaba Renovales ciertas maanas por la calle de Josefina,
mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su
fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un
corredor, Renovales la cogi una mano y se la llev  la boca con tanto
temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tena miedo 
su rudeza, sentase avergonzado de su vigor, crea que iba  hacer dao
 aquella criatura tan fina, tan dbil. Ella poda haberse librado de
esta audacia con el ms leve movimiento; pero abandon su mano al mismo
tiempo que inclinaba la cabeza y rompa  llorar.

--Qu bueno es usted, Mariano!...

Senta un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada
de veras, por un hombre de cierta celebridad que hua de las mujeres
felices para buscarla  ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros
de cario que haban ido amontonndose en el aislamiento de su vida de
humillacin desbordbanse. Ay, cmo se senta capaz de amar al que la
amase, sacndola de esta existencia de parasitismo, elevndola por su
fuerza y su cario al nivel de las que la despreciaban!...

La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su
hija, tuvo un movimiento de indignacin. El hijo del herrero! El
ilustre diplomtico de imperecedera memoria!... Pero como s esta
protesta de su orgullo le abriese los ojos, pens en los aos que
llevaba paseando su hija de saln en saln sin que nadie se aproximase 
ella. Buenos estaban los hombres! Pens tambin en que un pintor
clebre era un personaje; record los artculos que haban dedicado 
Renovales por su ltimo cuadro, y sobre todo, lo ms conmovedor para
ella fu el conocer de odas las grandes fortunas que amasaban los
artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados
por un lienzo que poda llevarse debajo del brazo. Por qu no haba de
ser Renovales de estos afortunados?...

Comenz  importunar con sus consultas  los innumerables parientes. La
nia no tena padre y ellos deban hacer sus veces. Unos la contestaban
con indiferencia. El pintor!... pchs! no est mal, dando  entender
con su desvo, que lo mismo les parecera si se casaba con un guardia de
consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobacin.
Renovales? Un artista de gran porvenir. Qu ms podis desear! Debes
agradecer que se haya fijado en tu hija. Pero el consejo que ms la
decidi fu el de su ilustre primo el marqus de Tarfe, un personaje al
que veneraba, como si fuese el primer hombre del pas, sin duda por su
carcter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos aos ocupaba
la cartera de Estado.

--Me parece muy bien--dijo el prcer  toda prisa, pues le esperaban en
el Senado.--Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos
modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno.
Proteger  esos chicos: me gusta la boda. El arte uniendo su prestigio
al de los apellidos histricos! La sangre popular que asciende por sus
mritos  confundirse con la de la antigua nobleza!...

Y el marqus de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida,
decidi, con estas imgenes de orador senatorial y con las promesas de
su proteccin, el nimo de la altiva viuda. Ella fu la que habl 
Renovales, excusando una penosa explicacin  la timidez que senta el
artista en este mundo que no era el suyo.

--Lo s todo, Marianito, y me parece bien.

Pero ella no gustaba de noviazgos largos. Cundo pensaba casarse?
Renovales lo deseaba con ms vehemencia an que la madre. Josefina era
para l una mujer distinta de las dems hembras, que apenas si conmovan
su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvase en una fiebre, en
un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella mueca encantadora. Adems,
senta halagado su orgullo por esta unin. Su novia era pobre, no
llevaba al matrimonio ms que unos cuantos trapos, pero perteneca  una
familia de prceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos.
Podan pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes
innumerables, que no hacan gran caso de Josefina y su madre, pero iban
 ser su familia dentro de poco. Qu pensara el seor Antn,
machacando el hierro all en las afueras de su pueblo! Qu diran los
envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con
las _chocharas_ que les servan de modelo, para despus casarse con
ellas por miedo  la daga del venerable calabrs, empeado en dar  su
nieto un padre legtimo!

Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras
variantes, las mismas frases del marqus de Tarfe: El arte unindose
con la nobleza. Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba
partir con Josefina para Roma. Tenia hechos all todos los preparativos
para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le
haba dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para
el Senado, hechos por encargo del que iba  ser su ilustre pariente.

Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le haba alquilado una habitacin
en la va Margutta, amueblndola con arreglo  sus indicaciones de
artista. Doa Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que
pasaba  prestar servicio en el ministerio de Estado.  los novios les
estorba todo, hasta la madre. Y doa Emilia se limpiaba una lgrima
invisible con la punta del guante. Adems, no le gustaba volver  los
pases donde haba sido _alguien_: prefera quedarse en Madrid: aqu al
menos la conocan.

La boda fu un acontecimiento. No falt ningn individuo de la inmensa
familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre
viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.

El seor Antn lleg dos das antes, vestido de nuevo, con calzn corto
y ancho sombrero de felpa, mirando azorado  aquellas gentes que le
contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en
presencia de las dos mujeres, llamaba  su nuera seorita, con respeto
de campesino.

--No, pap; llmeme usted hija. Hbleme de t.

Pero  pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que
senta l, vindola mirar  su hijo con amorosa expresin, no osaba
permitirse el tuteo y haca los mayores esfuerzos para evitar ese
peligro, hablndola siempre en tercera persona.

Doa Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le
causaba mayor emocin. Llambala siempre seora marquesa, pues en su
sencillez no poda admitir que aquella seora no fuese marquesa cuando
menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre,
reconoca que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le haca
tolerar la nota ridcula de su calzn corto.

En la capilla del palacio del marqus de Tarfe, despus de mirar con
azoramiento desde la puerta todo aquel seoro que se reuna para la
boda de su hijo, el viejo rompi  llorar.

--Ya puedo morirme, rediez! Ya puedo morirme!

Y repeta su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como
si la felicidad, despus de una vida de trabajo, fuese en l precursora
inevitable de la muerte.

Los novios emprendieron su viaje el mismo da. El seor Antn bes en la
frente por primera vez  su nuera, mojndola de lgrimas, y regres al
pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo
nada que esperar.

Renovales y su mujer llegaron  Roma despus de varios altos en el
camino. Su corta estancia en varias ciudades de la _Costa Azul_, los
das pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo
de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable
vulgaridad al verse en su casita de Roma. All comenzaba su verdadera
luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscrecin, lejos
de la promiscuidad de los hoteles.

Josefina, habituada  una existencia de ocultas privaciones,  la
miseria de aquel tercer piso, en el que vivan como acampadas ella y su
madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admir la
coquetona gracia, la elegante pequeez de aquella habitacin de la va
Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal
Pepe Cotoner, pintor que apenas coga los pinceles y dedicaba todos sus
entusiasmos artsticos  la admiracin de Renovales, haba hecho bien
las cosas.

Josefina palmote con alegra infantil al ver el cuarto de dormir,
admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas
incrustaciones de ncar y bano; un lujo de prncipe que el pintor
acabara de pagar  plazos.

Ah! La primera noche de su estancia en Roma! Cmo la recordaba
Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa,
estremecase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros
antes de ocultarlos bajo las finas sbanas, mostrndose con el abandono
de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y
carnosos, movan los dedos de carmn como si llamasen  Renovales.

ste, de pie junto al lecho, contemplbala grave, con las cejas
fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quera verla,
admirarla: an no la conoca, despus de aquellas noches pasadas en los
hoteles, oyendo voces extraas al otro lado de los tabiques.

No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de
artista. Sus ojos sentan hambre de su belleza.

Ella resistase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada
por esta exigencia, que la hera en sus preocupaciones ms ntimas.

--No seas loco, Marianito. Acustate; no digas tonteras.

Pero l, cada vez ms aferrado  su deseo, insista tenazmente. Deba
despreciar sus escrpulos de burguesa; el arte se rea de tales pudores;
la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para
vivir oculta, despreciada y maldita.

l no quera pintarla; no se atreva  pedir tanto; pero verla s, verla
y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoracin.

Y sus manazas, contenidas por el miedo  hacerla dao, tiraban
suavemente de los dbiles brazos que se cruzaban sobre el pecho,
intentando oponerse  estos avances. Ella rea: Loco extravagante; que
me haces cosquillas... que me haces dao. Pero poco  poco, vencida
por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoracin de su
cuerpo, acab por entregarse, por dejarse manejar como una nia, con
suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya
resistencia.

El cuerpo, libre de velos, mostr su blancura nacarada. Josefina cerr
los ojos como si quisiera huir de la vergenza de su desnudez. Sobre la
ntida sbana destacbanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas
redondeces, embriagando los ojos del artista.

La cara de Josefina no era gran cosa: pero el cuerpo!... Si l,
venciendo sus escrpulos, pudiese pintarlo algn da!...

Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibicin,
la mujercita dobl los brazos, colocndolos bajo su cabeza, y arque el
torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.

Renovales se arrodill junto  la cama en un transporte de admiracin,
con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que
la suya se estremeciese.

--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fra y
reposada como una diosa, y t eres una mujer. Pareces... qu es lo que
pareces?... S; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia
delicada, con su seductora pequeez... Eres la maja desnuda!




III


La vida de Renovales fu otra. Enamorado de su mujer, temiendo que sta
notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en
aquella viuda de Torrealta, que poda quejarse de que la hija del
ilustre diplomtico, de imperecedero recuerdo, no era feliz, por haber
descendido  unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener
con el pincel las comodidades de que haba rodeado  Josefina.

l, que tanto haba despreciado el arte _industrial_, la pintura por
dinero  que se entregaban sus camaradas, imit  stos, pero con la
vehemencia que pona en todas sus empresas. En ciertos estudios levant
gritos de protesta este competidor incansable que abarataba
escandalosamente los precios. Haba vendido su pincel, por un ao,  uno
de aquellos mercaderes judos que exportaban pintura al extranjero; 
tanto la pieza, y con prohibicin absoluta de pintar para otro
comerciante. Renovales trabajaba de la maana  la noche, cambiando de
asuntos cuando as lo exiga aquel que llamaba su empresario. Basta de
_chocharos_: ahora moros. Despus los moros perdan su valor en el
mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los
pastorcillos sonrosados  lo Wateau  las damas de cabello empolvado,
embarcndose en una gndola de oro al son de ctaras. Para refrescar el
surtido, intercalaba una escena de sacrista con gran alarde de casullas
bordadas  incensarios dorados,  alguna bacanal, imitando de memoria y
sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de mbar del Ticiano.
Cuando se acababa el catlogo, los _chocharos_ volvan  estar de moda,
y otra vez  empezar. El pintor, con su extraordinaria facilidad de
ejecucin, produca dos  tres cuadritos por semana. El empresario, para
animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo la marcha
de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte  tanto el palmo y
la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos nimos.

La ltima bacanal pintada por Renovales estaba en un _bar_ elegante de
Nueva York. Su procesin de los Abruzos la tenan en uno de los
castillos ms nobles de Rusia. Otro cuadro, representando una danza de
marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de violetas, lo
guardaba en Francfort un barn judo y banquero... El mercader se
frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba
creciendo gracias  l, que no parara hasta crearle una reputacin
universal. Ya le escriban sus corresponsales pidiendo que slo enviase
obras del _signore Renovales_, pues eran las que se movan mejor en el
mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco de su
amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porqueras. Si el arte
fuera esto, preferira picar piedra en una carretera.

Pero sus rebeliones contra este envilecimiento, del pincel desaparecan
al ver  su Josefina en aquella casa, cuyo adorno mejoraba,
convirtindola en un estuche digno de su amor. Ella sentase dichosa en
su vivienda, con carruaje de lujo todas las tardes y completa libertad
para vestirse y adornarse. Nada faltaba  la esposa de Renovales: hasta
tena  sus rdenes, como consultor y fiel mandadero, al buen Cotoner,
que pasaba la noche en el cuartucho que le serva de estudio en un
barrio popular y el resto del da junto al joven matrimonio. Ella era la
duea del dinero: nunca haba visto tantos billetes juntos. Cuando
Renovales le entregaba el mazo de liras que le haba dado su empresario,
ella deca alegremente: Dinero, dinerito!, y corra  ocultarlo, con
un mohn gracioso de duea de casa hacendosa y econmica... para sacarlo
al da siguiente y desparramarlo con infantil inconsciencia. Qu gran
cosa era la pintura! Su ilustre padre ( pesar de cuanto dijese mam) no
haba ganado nunca tanto dinero yendo por el mundo, de cotilln en
cotilln, representando  sus reyes.

Mientras Renovales estaba en el estudio, ella haba paseado por el
Pincio, saludando desde su land  las innumerables embajadoras
residentes en Roma,  ciertas viajeras aristocrticas de paso en la gran
ciudad, que le haban sido presentadas en algn saln, y  toda la nube
de agregados diplomticos que vivan en torno de una corte doble: la del
Vaticano y la del Quirinal.

El pintor vease introducido por su mujer en un mundo protocolario de la
ms estirada elegancia. La sobrina del marqus de Tarfe, eterno ministro
de Estado, era recibida con los brazos abiertos por la alta sociedad
romana, la ms diplomtica de Europa. No haba fiesta en las dos
embajadas de Espaa  la que no concurriese el ilustre pintor Renovales
con su elegante esposa, y por irradiacin, estas invitaciones habanse
extendido  las embajadas de otros pases. Pocas eran las noches sin
fiesta. Al ser dobles los centros diplomticos, unos acreditados cerca
del rey de Italia y otros afectos al Vaticano, menudeaban las
recepciones y saraos, en este mundo aparte, que se encontraba todas las
noches, bastndose  s propio para su solaz.

Cuando Renovales llegaba  su casa al anochecer, cansado del trabajo, ya
le esperaba Josefina  medio vestir y el famoso Cotoner le ayudaba 
ponerse el traje de ceremonia.

--La cruz!--exclamaba Josefina al verle con el frac puesto.--Pero
hombre, cmo te olvidas de la cruz? Ya sabes que all todos llevan
algo.

Cotoner iba en busca de las insignias de una gran cruz que el gobierno
espaol haba dado  Renovales por su cuadro, y el artista, con la
pechera cortada por la banda y un redondel brillante en el frac, parta
con su mujer para pasar la noche entre diplomticos, ilustres viajeros y
sobrinos de cardenales.

Los otros pintores rabiaban de envidia al enterarse de la frecuencia con
que visitaban su estudio los embajadores de Espaa, el cnsul y ciertos
personajes allegados al Vaticano. Negaban su talento, atribuyendo estas
distinciones  la posicin de Josefina. Le llamaban cortesano y
adulador, suponiendo que se haba casado para hacer carrera. Uno de sus
visitantes ms asiduos era el padre Recovero, procurador de cierta orden
frailuna poderosa en Espaa; una especie de embajador con capucha que
gozaba de grandes influencias cerca del Papa. Cuando no iba por el
estudio de Renovales, ste tena la certeza de que se hallaba en su
casa, cumpliendo algn encargo de Josefina, la cual mostrbase orgullosa
de su amistad con este fraile influyente, jovial y de pretenciosa
elegancia, bajo su hbito burdo. La esposa de Renovales siempre tena
asuntos que encargarle; las amigas de Madrid no la dejaban parar con sus
incesantes peticiones.

La viuda de Torrealta contribua  esto, hablando  sus conocimientos de
la alta posicin que ocupaba su nia en Roma. Marianito, segn ella,
ganaba millones; Josefina pasaba por gran amiga del Papa; su casa estaba
llena de cardenales, y si el Sumo Pontfice no iba  visitarla, era
porque el pobrecito viva en el Vaticano. Y la esposa del pintor siempre
tena que enviar  Madrid algn rosario pasado por la tumba de San
Pedro,  reliquias extradas de las Catacumbas. Daba prisa al padre
Recovero para que solucionase difciles dispensas de casamiento, y se
interesaba por otras peticiones de ciertas seoras devotas, amigas de su
madre. Las grandes fiestas de la Iglesia romana la entusiasmaban por su
inters teatral, y agradeca mucho al campechano fraile que se acordase
de ella, reservndole una buena localidad. No haba recepcin de
peregrinos en San Pedro, con marcha triunfal del Papa, llevado en andas
entre abanicos de plumas,  la que no asistiese Josefina. Otras veces el
buen padre la anunciaba con misterio que al da siguiente cantaba
Pallestri, el famoso castrado de la capilla papal, y la espaola
madrugaba, dejando acostado  su marido, para oir la voz dulcsima del
eunuco pontificio, cuyo rostro imberbe figuraba en los escaparates de
las tiendas entre los retratos de las bailarinas y los tenores de moda.

Renovales rea con bondad de las innumerables ocupaciones y ftiles
entretenimientos de su esposa. Pobrecilla; deba pasar la vida
alegremente: para eso trabajaba l. Bastante senta no poder acompaarla
ms que en sus diversiones nocturnas. Durante el da confibala  su
fiel Cotoner, que iba con ella como un rodrign, llevndola los paquetes
cuando sala  compras, llenando las funciones de administrador de la
casa y en ciertas ocasiones de cocinero.

Renovales lo haba conocido al llegar  Roma. Era su mejor amigo. Mayor
que l en diez aos, mostraba Cotoner por el joven artista una adoracin
de discpulo y un afecto de hermano mayor. Toda Roma le conoca, riendo
de sus pinturas (cuando pintaba, de tarde en tarde) y apreciando su
carcter servicial, que dignificaba en cierto modo una existencia de
parsito. Pequeo, regordete, calvo, con las orejas algo despegadas y
una fealdad de fauno alegre y bondadoso, el _signore_ Cotoner, al llegar
el verano, encontraba siempre un refugio en el castillo de algn
cardenal, en la campia romana. Durante el invierno veasele en el
Corso, como una figura popular, envuelto en su macferln verdoso, que
agitaba las mangas con aleteo de murcilago. Haba comenzado en su pas
como paisajista, pero quiso pintar figuras, igualarse  los maestros, y
cay en Roma acompaando al obispo de su tierra, que le consideraba una
gloria de campanario. Ya no se movi de la gran ciudad. Sus progresos
fueron notables. Conoca los nombres y las historias de todos los
artistas; nadie poda medirse con l en punto  saber el modo de vivir
en Roma con economa y dnde se encontraban las cosas ms baratas. No
pasaba un espaol por la gran ciudad que l no lo visitase. Los hijos
de los pintores clebres le miraban como una especie de ama seca, pues 
todos los haba adormecido en sus brazos. El gran triunfo de su vida era
haber figurado de Sancho Panza en la cabalgata del _Quijote_. Siempre
pintaba el mismo cuadro, retratos del Papa en tres diversos tamaos,
amontonndolos en el cuartucho que le servia de estudio y dormitorio.
Los cardenales amigos,  los que visitaba con frecuencia, compadecanse
del _povero signor_ Cotoner, y le compraban por unas cuantas liras un
retrato del Pontfice, de horrible fealdad, regalndolo  una iglesia de
aldea, donde la obra produca admiracin por venir de Roma y ser nada
menos que de un pintor amigo de Su Eminencia.

Estas compras eran un rayo de alegra para Cotoner, que llegaba al
estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa modestia.

--He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el grande: el de dos metros.

Y con sbita confianza en su talento, hablaba del porvenir. Otros
deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; l era ms modesto. Se
daba por contento con adivinar quin sera Papa cuando muriese el
actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna
anticipacin. Qu triunfo lanzar la mercanca al da siguiente del
Conclave! Una verdadera fortuna! Y conocedor de todos los cardenales,
pasaba revista en su memoria al Sacro Colegio, con una tenacidad de
jugador de lotera, dudando entre la media docena que aspiraban  la
tiara.

Viva como un parsito entre los altos personajes de la Iglesia, pero
era indiferente en religin, cual si el trato con aqullos le hubiesen
arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros
seores rojos, le infundan respeto porque eran ricos y servan
indirectamente  su msera industria de retratos. Toda su admiracin era
para Renovales. En los estudios de los otros artistas acoga las bromas
mortificantes con su sonrisa plcida de eterno agradador; pero que no
hablasen mal de Mariano, que no discutiesen su talento. Para l,
Renovales slo poda producir obras maestras, y en su ciega admiracin,
llegaba  extasiarse ingenuamente ante los cuadros de caballete que
pintaba para su empresario.

Algunas veces Josefina presentbase de improviso en el estudio de su
marido, charlando con l mientras pintaba, alabando los lienzos que eran
de asunto bonito. Prefera en estas visitas encontrarle solo, pintando
de fantasa, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniqu.
Senta cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales
convencerla de su necesidad. l tena talento para pintar cosas hermosas
sin apelar al auxilio de aquellos tos ordinarios, y sobre todo, de las
mujeres, unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba,
que le parecan temibles en la soledad y el silencio del estudio.
Renovales rea. Qu disparate! Celosilla! Como si l, con la paleta
en la mano, fuese capaz de otros pensamientos que los de su arte!...

Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el estudio, vio sobre la
tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas pieles, mostrando
las redondeces de su torso, de un color amarillento. La esposa apret
los labios y fingi no verla, oyendo con aire distrado  Renovales, que
explicaba esta innovacin. Estaba pintando una bacanal y le era
imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no
poda hacerse de _memoria_. La modelo, tranquila ante el pintor,
sintise avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama
elegante, y luego de arrebujarse en las pieles, se ocult tras un
biombo, vistindose con apresuramiento.

Renovales se seren al volver  su casa, viendo que su mujer le reciba
con la efusin de siempre, como si hubiera olvidado su disgusto de la
tarde. Ri oyendo al famoso Cotoner; fueron despus de la comida  un
teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la
sorpresa en el estudio. Comenzaba  dormirse cuando le alarm un suspiro
doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto  l.

Al dar luz vi  Josefina con los puos en los ojos, derramando
lgrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia, moviendo
los pies con una rabieta de nia, que apelotonaba las ropas de la cama
echando abajo el rico edredn.

--No quiero! No quiero!--gema con acento de protesta.

El pintor haba saltado de la cama, lleno de inquietud, yendo de un lado
 otro sin saber qu hacer, intentando apartar sus manos de sus ojos,
cediendo,  pesar de su fuerza,  los movimientos de Josefina para
desasirse.

--Pero qu tienes? Qu es lo que no quieres?... Qu te pasa?

Y ella segua gimoteando, revolvindose en el lecho, agitando sus pies
con furia nerviosa.

--Djame! No te quiero... No me toques... No lo consiento, no seor; no
lo consiento. Me ir... me ir con mi madre.

Renovales, asustado por esta furia de la mujercita siempre dulce, no
saba qu hacer para calmarla. Corra en camisa por el dormitorio y la
inmediata pieza del tocador, mostrando sus msculos de atleta: la
ofreca agua, llegando, en su aturdimiento,  echar mano de los frascos
de esencias, como si pudieran servirle de calmantes, y acab por
arrodillarse, intentando besar las manecitas crispadas que le
rechazaban, enredndose en su barba y su cabellera.

--Djame... Te digo que me dejes. Veo que no me quieres. Me ir...

El pintor sinti asombro y miedo por esta nerviosidad de su muequita
adorada: no se atreva  tocarla por el temor  hacerla dao... Apenas
saliese el sol abandonara aquella casa para siempre! Su marido no la
quera; ella no tena otro cario que el de mam. El pintor la pona en
ridculo... Y todas estas quejas incoherentes, sin explicar el motivo de
su enfado, se prolongaron mucho tiempo, hasta que el artista columbr la
causa. Era la modelo... la mujer desnuda? S, esto era; ella no
consenta en un estudio, que era como su casa, que se mostrasen las
mujerzuelas impdicamente  los ojos de su marido. Y al protestar contra
tales abominaciones, sus dedos crispados rasgaban el pecho de la camisa,
enseando los ocultos encantos que tanto entusiasmaban  Renovales.

El pintor, fatigado por esta escena, enervado por los gritos y lloros de
su esposa, no pudo resistir su risa al conocer el motivo del disgusto.

--Ah! Conque todo es por la modelo?... Descansa, hija: no entrar
ninguna mujer en el estudio.

Y prometi cuanto quiso Josefina, para acabar pronto. Al caer de nuevo
en la obscuridad, todava suspir ella; pero ahora lo haca entre los
fuertes brazos del marido, con la cabeza apoyada en su pecho, hablando
con un ceceo de nia afligida que justifica su pasada rabieta. Nada le
costaba  Mariano darla ese gusto. Ella le quera mucho, mucho! y aun
le querra ms si respetaba sus preocupaciones. Poda llamarla burguesa,
alma vulgar; pero as quera ser, como haba sido siempre. Adems, qu
necesidad tena de pintar hembras desnudas? No saba hacer otras
cosas? Le aconsejaba que pintase nios, con pellico y abarcas, tocando
la gaita, rizados y mofletudos como el nio Jess; viejas campesinas de
rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba; figuras de
_carcter_; pero nada de mujeres jvenes, eh?; nada de bellezas
desnudas. Renovales deca que si  todo, apretando aquel cuerpo
adorable, todava estremecido y vibrante por la pasada furia. Los dos se
buscaban con cierta ansiedad, ganosos de olvidar lo ocurrido, y la noche
acab dulcemente para Renovales, en las efusiones de la reconciliacin.

Al llegar el verano alquilaron en Castel-Gandolfo un _villino_. Cotoner
haba marchado  Tvoli  la cola del cortejo de un cardenal, y el
matrimonio vivi en el campo, sin otra compaa que la de un par de
domsticas y un criado que cuidaba de los trebejos artsticos del seor.

Josefina vivi contenta en este aislamiento, lejos de Roma, hablando con
su marido  todas horas, libre de aquella inquietud que la acometa
cuando l trabajaba en su estudio. Durante un mes permaneci Renovales
en plcida vagancia. Pareca olvidado de su arte: las cajas de colores,
los caballetes, todo el bagaje artstico trado de Roma, estaba
empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardn. Emprenda por las
tardes largos paseos con Josefina, volviendo al cerrar la noche
lentamente hacia su casa cogidos del talle, contemplando la faja de oro
mortecino del crepsculo, animando el silencio de la campia con el
canturreo de alguna de las romanzas apasionadas y dulzonas que llegaban
de Npoles. Al verse solos, en la intimidad de una vida sin ocupaciones
ni amistades, renaca el entusiasmo amoroso de los primeros das de su
casamiento. Pero el demonio de la pintura no tard en batir sobre l
sus alas invisibles, de las que pareca desprenderse un irresistible
encantamiento. Se aburra en las horas de fuerte sol; bostezaba en su
silla de junco, fumando pipa tras pipa, sin saber de qu hablar.
Josefina, por su parte, combata el tedio leyendo alguna de las novelas
inglesas, de abrumadora moralidad y costumbres aristocrticas,  las que
haba tomado gran aficin en sus tiempos de colegiala.

Renovales volvi  trabajar. Su criado sac  luz los trastos
artsticos, y el pintor cogi la paleta con un entusiasmo de
principiante. Pintaba para l con un fervor religioso, como si
pretendiera purificarse de aquel ao de vil sumisin  los encargos de
un mercader.

Estudi directamente la Naturaleza; pint rincones adorables del
paisaje, cabezas tostadas y antipticas que respiraban la brutalidad
egosta del campesino. Pero esta labor artstica no pareca
satisfacerle. Su vida de mayor intimidad con Josefina excitaba en l
misteriosos anhelos, que apenas se atreva  formular. Por las maanas,
cuando su mujer, fresca y sonrosada por una ablucin general,
mostrbase ante l casi desnuda, la contemplaba con ojos vidos.

--Ay! Si t quisieras!... Si no tuvieses esas manas!...

Y sus exclamaciones la hacan sonreir, halagada su vanidad femenil por
esta adoracin. Renovales se lamentaba de que su talento de artista
tuviera que ir en busca de cosas bellas, cuando la obra suprema y
definitiva estaba junto  l. La hablaba de Rubens, el maestro gran
seor, que rodeaba  Elena Froment de un lujo de princesa, y de sta,
que no senta reparo en despojar de velos su fresca belleza mitolgica
para servir de modelo al marido. Renovales elogiaba  la dama flamenca.
Los artistas formaban una familia aparte; la moral y los prejuicios
vulgares eran para los otros. Ellos vivan acogidos al fuero de la
Belleza, teniendo por natural lo que las gentes miraban como pecado...

Josefina protestaba con una indignacin cmica de los deseos de su
marido, pero se dejaba admirar. Cada vez eran mayores sus abandonos. Por
las maanas, al levantarse, permaneca ms tiempo desnuda, prolongando
las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de ella
elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. Esto es Rubens puro; esto
es el color del Ticiano...  ver, nena, levanta los brazos... as. Ay;
eres la maja, la majita de Goya!... Y ella se prestaba  sus manejos
con graciosos mohines, como si paladease el gesto de adoracin y
contrariedad que pona su esposo al poseerla como hembra y no poseerla
como modelo.

Una tarde de viento abrasador que esparca en su soplo la asfixia de la
campia romana, Josefina cedi. Estaban en su habitacin con las
vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas
un remedio al terrible siroco. No quera ver  su marido con aquella
cara triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se haba
aferrado  aquel capricho, no osaba contrariarle. Poda pintarla, pero
slo un estudio; nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su
carne sobre el lienzo, rompera ste... y como si nada hubiese hecho.

El pintor dijo  todo que si, deseando verse cuanto antes, pincel en
mano, ante la codiciada desnudez. Tres das trabaj con una fiebre loca,
los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su
retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya  su
desnudez, permaneca tendida, olvidando su situacin, con ese impudor
femenil que slo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por
el calor, dormase mientras su marido segua pintando.

Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo menos de admirarla.
Qu talento tienes! Pero realmente soy yo as... tan bonita? Mariano
mostrbase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal vez en toda
su existencia no hallara otro momento como este, de prodigiosa
intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente inspiracin. Ella segua
admirndose en el lienzo, lo mismo que ciertas maanas se contemplaba en
el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila inmodestia las
diversas partes de su hermosura, fijndose especialmente en el vientre
recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos,
orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza
de su cuerpo, no se fijaba en la cara, que pareca sin valor, perdida en
suaves veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostr cierta
decepcin.

--Se me parece muy poco! No es mi cara!...

El artista sonrea. No era ella; haba procurado desfigurar su rostro;
su rostro nada ms. Era una mscara, una concesin  las conveniencias
sociales. As nadie la reconocera, y su obra, su grande obra, podra
salir  luz reclamando la admiracin del mundo.

--Porque esto no vamos  romperlo--continu Renovales con cierto temblor
en la voz.--Sera un crimen. En mi vida volver  hacer nada igual. No
lo romperemos, verdad, nena?

La nena permaneci silenciosa un buen rato, con la vista fija en el
cuadro. Los vidos ojos de Renovales vieron poco  poco subir una nube
por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor
crey que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad.
Josefina palideca: dos lgrimas resbalaban suavemente junto  su
naricita, dilatada por la opresin del pecho; otras dos ocupaban el
lugar de aqullas, para caer tambin, y despus otras y otras.

--No quiero!... No quiero!

Era la misma voz ronca, nerviosa, desptica, que le haba espeluznado de
inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma. La mujercita
miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de ncar desde
el fondo del lienzo. Pareca sentir el espanto de la sonmbula, que
despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos
y vidos de su desnudez, y en su terror no sabe qu hacer ni por dnde
huir. Cmo haba podido prestarse ella  tal escndalo?

--No quiero--gritaba iracunda.--Rmpelo, Mariano; rmpelo.

Pero Mariano tambin pareca prximo  llorar. Romperlo! Quin poda
exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella; nadie la
reconocera. Por qu privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su
mujer no le escuch. Se revolcaba en el suelo con las mismas
contorsiones y gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos
hasta contraerlas en forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de
una oveja moribunda, y su boca, torcida por doloroso mohn, segua
gritando entre ronquidos:

--No quiero... no quiero. Rmpelo.

Se quejaba de su suerte con una furia que hera  Renovales. Ella, una
seorita, sometida  este envilecimiento, como si fuese una mujerzuela
nocturna! Si lo hubiese sabido!... Cmo iba  figurarse que su esposo
la propondra cosas tan abominables!...

Renovales, ofendido por estos insultos, por los latigazos que descargaba
aquella voz aguda y silbante sobre su talento de artista, abandonaba 
su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puos cerrados iba de
un extremo  otro de la habitacin, mirando al techo, mascullando todos
los juramentos, tanto espaoles como italianos, que eran de uso
corriente en su estudio.

De pronto qued inmvil, clavado en el suelo por el espanto y la
sorpresa. Josefina, desnuda an, haba saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uas ray de arriba 
abajo el lienzo, mezclando los colores todava tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Despus cogi el cuchillete de la caja
de colores y _raas_... el lienzo exhal un largusimo quejido, se
parti bajo el impulso de aquel brazo blanco, que pareca azulear con el
espeluznamiento de la clera.

l no se movi. Tuvo un momento de indignacin, quiso avanzar sobre
ella, pero cay en infantil anonadamiento, deseando llorar, refugiarse
en un rincn, esconder su cabeza dbil y quejumbrosa. Ella, ciega por la
clera, segua ensandose en el cuadro, enredando los pies en la
madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo, yendo de un lado 
otro con su presa como una bestia furiosa. El artista haba apoyado la
frente en la pared, agitado su pecho atltico por cobardes gemidos. Al
dolor paternal por la obra perdida, unase la amargura de la decepcin.
Por primera vez adivinaba lo que iba  ser de su existencia. Qu error
el suyo al casarse con aquella seorita que admiraba su arte como una
carrera, como un medio de ganar dinero, y pretenda moldearle  l en
las preocupaciones y escrpulos del mundo en que haba nacido! La amaba
 pesar de esto, y estaba seguro de que ella no le quera menos; pero
ay! tal vez hubiera sido mejor permanecer solo, libre para su arte, y
en el caso de serle necesaria una compaera, buscar una Maritornes
hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual de la bella
bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro.

Transcurrieron tres das, sin que el pintor y su mujer se hablasen
apenas. Mirbanse  hurtadillas, anonadados y vencidos por la tormenta
domstica. Pero la soledad en que vivan, la necesidad de permanecer
juntos, les hizo buscarse. Ella fu la primera que habl, como si la
infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantn que iba
por los rincones enfurruado como un enfermo. Le envolvi en sus brazos,
bes su frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una dbil
sonrisa. Quin le quera  l? Su Josefina. Su _maja... desnuda_. Pero
lo de desnuda haba acabado para siempre. Jams deba acordarse de estas
proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas.
Qu diran sus numerosos amigos? En el mundo existan muchas cosas
bonitas que pintar.  vivir los dos querindose mucho, sin que l la
diese disgustos con sus manas inconvenientes. Lo del desnudo era una
aficin vergonzosa de sus tiempos de bohemio.

Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer, hizo las paces, se
esforz por olvidar su obra y sonri con la resignacin del esclavo que
ama la cadena porque le asegura la paz y la vida.

Al llegar el otoo volvieron  Roma. Renovales reanud los trabajos para
su contratista, pero ste,  los pocos meses, pareca descontento. No
era que el _signor_ Mariano decayese, eso no; pero sus corresponsales se
quejaban de cierta monotona en los sujetos de sus obras. El mercader le
aconsejaba que viajase; poda vivir una temporada en la Umbra, pintando
campesinos en paisajes ascticos y viejas iglesias. Poda, y esto era lo
mejor, trasladarse  Venecia. Qu grandes cosas hara el _signor_
Mariano en aquellos canales! Y as naci en el artista el propsito de
abandonar Roma.

Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de recepciones  diario, en
las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba  aburrirla.
Desvanecido el encanto de la primera impresin, Josefina not que las
grandes seoras la trataban con una condescendencia penosa, como si
hubiese descendido de su rango al unirse con un artista. Adems, la
gente joven de las embajadas, los _agregados_ de diversas razas, rubios
unos, morenos otros, que buscaban consuelo  su celibato sin salir del
mundo de la diplomacia, tenan con ella atrevimientos lamentables al dar
las vueltas de un vals  seguir la figura de un cotilln, como si la
considerasen conquista fcil vindola casada con un artista que no poda
lucir en los salones un mal uniforme. La hacan en ingls  en alemn
cnicas declaraciones, y ella tena que contenerse, sonriendo y
mordindose los labios,  corta distancia de Renovales, que no entenda
una palabra y se mostraba satisfecho de las atenciones de que era objeto
su mujer por parte de una juventud elegante, cuyas maneras l intentaba
copiar.

El viaje qued resuelto.  Venecia! El amigo Cotoner se despidi de
ellos: senta abandonarles, pero su puesto estaba en Roma. Justamente el
Papa andaba malucho en aquellos das, y el pintor, con la esperanza de
la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaos, esforzndose
por adivinar quin sera el sucesor.

Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba siempre con dulce
nostalgia en su vida veneciana. Fu el periodo mejor de su existencia.
La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro,
temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyug desde el primer
momento, hacindole olvidar su amor apasionado  la forma humana. Se
calm durante algn tiempo su entusiasmo por el desnudo. Ador los
viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes 
inmviles, el alma de un pasado majestuoso, que pareca respirar en la
solemne vetustez de la ciudad muerta y eternamente sonriente.

Vivieron en el palacio Foscarini, un casern de paredes rojas y
ventanales de blanca piedra, que daba  una callejuela acutica
inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansin de mercaderes,
navegantes y conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas
pocas haban ostentado en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El
espritu moderno, utilitario  irreverente, haba convertido el palacio
en casa de vecindad, partiendo los dorados salones con feos tabiques;
estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas del patio seorial;
llenando de ropas puestas  secar las galeras de mrmol, al que daban
los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y reemplazando con
baldosines los desgarrones del rico mosaico.

Renovales y su mujer ocupaban la habitacin ms inmediata al Gran Canal.
Por las maanas, Josefina vea desde un mirador la rpida y silenciosa
llegada de la gndola de su marido. El gondolero, habituado al servicio
de los artistas, llamaba  gritos al _signor pittore_, y Renovales
bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcacin
por los tortuosos y estrechos canales, moviendo  un lado y otro el
peine plateado de su proa, como s husmease el camino. Las maanas de
plcido silencio, en las dormidas aguas de una callejuela, entre dos
altos palacios de audaces aleros, que conservaban la superficie del
canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido en uno
de los encorvados extremos de su embarcacin, y Renovales, sentado junto
 la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo gnero que
su empresario de Roma acoga con grandes extremos de entusiasmo. Su
ligereza de pincel le haca producir estas obras con la misma facilidad
que si fuesen copias mecnicas. En el ddalo acutico de Venecia tena
un apartado canal, al que llamaba su finca, por el dinero que le
produca. Haba pintado un sinnmero de veces sus aguas muertas y
silenciosas, que en todo el da no sufran otro roce ondulatorio que el
de su gndola; dos viejos palacios con las persianas rotas, las puertas
cubiertas de la costra de los aos, las escalinatas rodas por el verdor
de la humedad y en el fondo un pequeo arco de luz, un puente de mrmol
y por debajo de l la vida, el movimiento, el sol de un canal ancho y
transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas bajo el
pincel de Renovales; poda pintarla con los ojos cerrados, y la
iniciativa mercantil del judo de Roma la esparca por todo el mundo.

La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en gndola
hasta los paseos del Lido, y sentados en la playa de fina arena,
contemplaban el oleaje colrico del Adritico libre, que extenda hasta
el horizonte sus saltadoras espumas, como un rebao de nveos vellones
avanzando en el mpetu del pnico.

Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos, bajo las arcadas de
sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo,  los ltimos
rayos del sol, el oro plido de la baslica, en cuyas paredes y cpulas
parecan haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua
Repblica.

Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba con cierta calma, como
si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento seorial. El
augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece  las
grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo,
ni gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mrmol blanco,
era un inmenso saln por donde circulaban los transeuntes como en una
visita. Los msicos de Venecia agrupbanse en el centro, con sus
bicornios rematados por negros y ondulantes plumeros. Los rugidos del
wagneriano metal, galopando en la loca cabalgada de las Walkyrias,
hacan estremecer las columnatas de mrmol y parecan dar vida  los
cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos se encabritaban
sobre el vaco con mudo relincho.

Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcanse en juguetonas
espirales, levemente asustadas por la msica, para posar su lluvia de
alas sobre las mesas de un caf. Remontbanse luego hasta ennegrecer los
aleros de los palacios y caan  continuacin como un manto de metlicos
reflejos sobre las bandas de inglesas, de velos verdes y redondos
sombreros, que las llamaban ofrecindolas trigo.

Josefina, con anhelos de nia, separbase de su marido para comprar un
cucurucho de grano, y derramndolo sobre sus enguantadas manecitas, se
dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posbanse aleteantes, como
cimeras fantsticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban  sus
hombros, alinendose en los tendidos brazos; agarrbanse desesperados 
sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros ms
audaces, como si estuvieran posedos de humana malicia, araaban su
pecho, tendan el pico, pugnando por acariciar, al travs del velo, su
fresca boca entreabierta. Ella rea, estremecida por el cosquilleo de la
animada nube que rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo
tambin, y con la seguridad de no ser entendido ms que por ella, le
gritaba en espaol:

--Pero qu hermosa ests!... Te pintara! Si no fuese por la gente,
te daba un beso!...

Venecia fu el escenario de sus mejores tiempos. Ella viva tranquila
mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los rincones de la
ciudad. Le vea ausentarse sin que ningn pensamiento penoso turbara su
plcida calma. Esto era pintura, y no los encierros de Roma con mujeres
desvergonzadas que no teman quedarse en cueros. Querale con nueva
pasin, le meca en una perpetua caricia. Entonces fu cuando naci su
hija, nico fruto de su matrimonio.

La majestuosa doa Emilia, al enterarse de que iba  ser abuela, no pudo
permanecer en Madrid. Su pobre Josefina, en pas extranjero, sin otros
cuidados que los de su marido, un buen muchacho que, segn decan, tenia
talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!...  expensas
del yerno hizo su viaje  Venecia, y all permaneci algunos meses
echando pestes contra esta ciudad,  la que no haba llegado nunca en
sus correras diplomticas. La ilustre seora slo consideraba
habitables las capitales que tenan corte. Pchs... Venecia! Una
poblacin cursi que slo gustaba  los fabricantes de romanzas y los
ilustradores de abanicos, y donde no haba ms que cnsules!  ella le
placa Roma con el Papa y sus reyes. Adems, le mareaba ir en gndola y
se quejaba de incesante reuma, echando la culpa  la humedad de las
lagunas.

Renovales, que temblaba por la vida de Josefina, creyendo que su
naturaleza endeble y delicada no podra resistir el accidente de la
maternidad, prorrumpi en una alegra ruidosa al recibir en sus brazos 
la pequea y contemplar  la madre, que reclinaba como muerta su cabeza
en la almohada. La blancura de sta se confunda con la de su rostro. Su
primera mirada fu para ella, para las facciones plidas y desencajadas
por la reciente crisis, que iban serenndose con el descanso.
Pobrecita! Cmo haba sufrido! Pero al salir de puntillas del
dormitorio para no turbar el sueo abrumador que se apoderaba de la
enferma despus de dos das crueles, entregse  la admiracin del
pedazo de carne que, envuelto en finos lienzos, descansaba sobre los
enormes y flcidos muslos de la abuela. Ah, el adorable boceto!
Contempl su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de pelo,
buscando algo suyo en este oleaje de carne, todava removida y sin
formas determinadas. l no entenda de esto; era la primer criatura que
vea nacer. Mam,  quin se parece?

Doa Emilia se asombraba de su ceguera.  quin haba de parecerse? 
l, slo  l. Era grande, enorme; pocas criaturas haba visto como
aquella. Pareca imposible que viviese su pobre hija despus de echar al
mundo _aquello_. Por falta de salud no haba que quejarse; tena los
colores de una lugarea.

--Es una Renovales; es tuya, y bien tuya, Mariano. Nosotros somos de
otra clase.

Y Renovales, sin fijarse en las palabras de mam, slo vi que su hija
era semejante  l, extasindose en la contemplacin de su robustez,
alabando  gritos aquella salud de la que hablaba la abuela con un
acento de decepcin.

En vano l y doa Emilia quisieron disuadir  Josefina de su propsito
de dar el pecho  la pequea. La mujercita,  pesar de su debilidad, que
la mantena inmvil en la cama, llor y grit casi lo mismo que en las
crisis que tanto haban asustado  Renovales.

--No quiero--dijo con aquella tenacidad que tan terrible la haca.--No
quiero para mi hija leche extranjera. La criar yo... su madre.

Y hubo que entregrsela, dejar que la pequea se agarrase con una
voracidad de ogro  aquellos pechos, hinchados ahora por la maternidad,
y tantas veces admirados por el pintor en su virginal recogimiento.

Cuando Josefina pareci repuesta, su madre, dando por terminada su
misin, regres  Madrid. Se aburra en aquella ciudad silenciosa: de
noche crea estar muerta al no escuchar desde su cama ruido alguno. La
daba miedo esta calma de cementerio, rasgada de tarde en tarde por el
grito de los gondoleros. No tena amigas, no _brillaba_; no era nadie en
aquella charca, ni nadie la conoca. Recordaba  todas horas  sus
ilustres amigas de Madrid, donde ella se crea un personaje
insustituible. Tena clavada en el alma la modestia del bautismo de su
nieta,  pesar de que  sta la pusieron su nombre. Un cortejo pobre que
caba en dos gndolas: ella, que era la madrina, con el padrino, un
viejo pintor veneciano amigo de Renovales, y adems, ste y dos
artistas, uno francs y otro espaol. No haba asistido al bautizo el
patriarca de Venecia, ni siquiera un obispo. (Ella que conoca tantos
en su pas!) Un simple cura, con rapidez lamentable, haba bastado para
cristianizar  la nieta del famoso diplomtico en una iglesia pequea, 
la cada de la tarde. Se march, repitiendo una vez ms que su Josefina
se estaba matando, que era una locura, con su salud delicada, dar el
pecho  la nia, lamentndose de que no la imitase  ella, que haba
confiado siempre sus hijos  lactancias extraas.

Josefina llor mucho al separarse de mam, mientras Renovales la
despeda con mal disimulado gozo. Buen viaje!  duras penas poda
aguantar  aquella seora, que se crea en perpetua postergacin viendo
cmo trabajaba su yerno por sostener el bienestar de su hija. nicamente
estaba de acuerdo con ella al regaar dulcemente  Josefina por su
tenacidad en dar el pecho  la pequea. Pobre maja desnuda! La
gentileza de su cuerpo de capullo borrbase con el amplio florecimiento
de la maternidad. Sus piernas, dilatadas por la hinchazn del embarazo,
haban perdido sus antiguas lneas; sus pechos, ms fuertes y abultados
ahora, ya no tenan su esbeltez de magnolia cerrada.

Pareca ms robusta, pero la amplitud de su cuerpo iba acompaada de
enmica flacidez. El marido, viendo cmo perda su gentileza, la amaba
ms con tierna compasin. Pobrecita! Cun buena era! Se estaba
sacrificando por su hija!...

Cuando sta tena un ao, ocurri la gran crisis de la vida de
Renovales. Ganoso de darse un bao de arte, de saber lo que ocurra
fuera de aquella mazmorra en que estaba encerrado pintando  tanto la
pieza, dej  Josefina en Venecia  hizo un corto viaje  Pars para ver
su famoso Saln. Volvi de all transfigurado, con nueva fiebre de
trabajo y una resolucin de transformar su existencia, que caus en su
mujer asombro y miedo. Iba  romper con su empresario; no se envilecera
ms en aquella pintura falsa, aunque tuviese que pedir limosna. En el
mundo se hacan grandes cosas, y l sentase con nimos para ser un
innovador, siguiendo el camino de aquellos pintores modernos que tan
profundamente le impresionaban.

Aborreca ahora la vieja Italia, adonde iban  estudiar los artistas,
protegidos por gobiernos ignorantes.

En realidad, lo que encontraban en ella era un mercado de seductoras
demandas, acostumbrndose al encargo,  la vida muelle y sin iniciativas
de la ganancia fcil. Quera trasladarse  Pars. Pero Josefina, que
acoga en silencio las ilusiones de Renovales, incomprensibles en gran
parte para ella, modific con sus consejos esta resolucin. Ella tambin
quera salir de Venecia. La ciudad le pareca triste durante el
invierno, con sus interminables lluvias, que dejaban resbaladizos los
puentes  intransitables las callejuelas de mrmol. Decididos ya 
levantar el campo, por qu no regresar  Madrid? Mam estaba enferma,
se lamentaba en todas las cartas de vivir lejos de su hija. Josefina
deseaba verla, presintiendo su muerte. Renovales reflexion; tambin l
deseaba volver  Espaa. Senta la nostalgia del pas; pens en el gran
alboroto que levantara all, ensayando sus nuevos procedimientos en
medio de la general rutina. Le tentaba el deseo de escandalizar  la
gente acadmica que le haba aceptado por sus anteriores abdicaciones.

El matrimonio volvi  Madrid con su pequea Milita,  la que llamaban
as familiarmente, abreviando el diminutivo de Emilia. Renovales llevaba
por todo capital unos cuantos miles de liras, ahorros de Josefina y
producto de la venta de una parte de los muebles que adornaban las salas
destartaladas del palacio Foscarini.

Los principios fueron difciles.  los pocos meses de su permanencia en
Madrid muri doa Emilia. Su entierro no correspondi  las ilusiones
que siempre se haba forjado la ilustre viuda. Apenas si asistieron  l
dos docenas de sus innumerables y famosos parientes. Pobre seora, si
hubiese presenciado esta pstuma decepcin!... Renovales casi se alegr
del suceso. Con l rompase el nico lazo que les una al gran mundo. l
y Josefina vivieron en un piso cuarto de la calle de Alcal, cercano 
la Plaza de Toros, con una gran terraza que el artista convirti en
estudio. Su existencia fu modesta, recogida, humilde: ni amigos ni
fiestas. Ella pasaba los das cuidando de su hija y de la casa, sin otra
ayuda que la de una torpe domstica de exigua retribucin. Muchas veces,
cuando ms activa se mostraba, caa en profundo desaliento, quejndose
de extraas y variables enfermedades.

Mariano apenas trabajaba en su casa: pintaba al aire libre, aborreca la
luz convencional del estudio, la estrechez de su ambiente. Recorra los
alrededores de Madrid y las provincias cercanas, buscando los tipos
toscos  ingenuos, cuyas caras parecan transpirar la antigua alma
espaola. Suba al Guadarrama en pleno invierno, permaneciendo como un
explorador nico en los campos de nieve, para trasladar al lienzo los
pinos seculares, retorcidos y negros bajo sus gorros de heladas vedijas.

Al verificarse la Exposicin estall el nombre de Renovales como un
caonazo, esparciendo sus ecos por las cumbres del entusiasmo y las
sombras oquedades de la opinin. No present un cuadro enorme y con
_argumento_ como en su primer triunfo. Eran lienzos pequeos, estudios
confiados al azar de un buen encuentro, pedazos de Naturaleza, hombres y
paisajes reproducidos con una verdad asombrosa y brutal que
escandalizaba al pblico.

Los padres graves de la pintura retorcanse, como si recibiesen una
bofetada, ante estos hierros que parecan llamear entre los otros
cuadros apagados y plomizos. Reconocan que Renovales era un pintor,
pero sin imaginacin, sin inventiva, sin otro mrito que el de trasladar
al lienzo aquello que contemplaban sus ojos. Los jvenes se agrupaban en
torno del nuevo maestro: hubo disputas interminables, apasionadas
discusiones, odios de muerte, aleteando sobre esta batalla el nombre de
Renovales, fijo casi  diario en las columnas de los peridicos, hasta
el punto de que le faltaba poco para ser tan clebre como un matador de
toros  un orador del Congreso.

Seis aos dur esta lucha, levantndose una tormenta de insultos y de
aplausos cada vez que Renovales lanzaba al pblico una obra suya; y
mientras tanto, el maestro, tan llevado y trado, viva en la estrechez,
teniendo que pintar  escondidas acuarelas del antiguo estilo, para
enviarlas con gran secreto  su mercader de Roma. Pero todos los
combates tienen trmino. El pblico acab por aceptar como indiscutible
un nombre que  diario saltaba ante sus ojos; los enemigos, quebrantados
por el refuerzo inconsciente de la opinin, mostrronse cansados, y el
maestro, como todos los innovadores, una vez pasado el primer xito del
escndalo, comenz  limitar su audacia, recortando y dulcificando su
primitiva brutalidad. El temido pintor psose de moda. El xito fcil 
instantneo conseguido al principio de su carrera, volvi 
reproducirse, pero ahora ms slido y definitivo, como una conquista
realizada por caminos speros y difciles, riendo un combate  cada
paso.

El dinero, paje veleidoso, volvi  l, sosteniendo el manto de la
gloria. Vendi cuadros  precios nunca conocidos en Espaa, y las cifras
se hincharon fabulosamente al ser repetidas por sus admiradores. Ciertos
millonarios de Amrica, con el asombro de que un pintor espaol fuese
mencionado en el extranjero y reprodujesen sus obras las primeras
revistas de Europa, compraron los lienzos de Renovales como objetos de
gran lujo.

El maestro, amargado por las estrecheces de su perodo de lucha, sinti
de pronto un ansia de dinero, una codicia dominadora que nunca le haban
conocido sus amigos. Su mujer pareca cada vez ms enferma; su hija
creca y l deseaba para su Milita la educacin y el lujo de una
princesa. Las tenia ahora en un hotel de mediano aspecto, pero deseaba
para ellas algo mejor. El instinto prctico, que todos le reconocan
cuando no le cegaba una preocupacin artstica, se esforz por hacer del
pincel un instrumento de grandes ganancias.

El cuadro estaba condenado  desaparecer, segn deca el maestro. Las
habitaciones modernas, pequeas y de sobrio decorado, no permiten los
grandes lienzos de los salones de otras pocas, cuyos muros desnudos
haba que adornar. Adems, los gabinetes de ahora, semejantes  piezas
de muecas, slo podan resistir cuadros bonitos, de amanerada
hermosura. Las escenas arrancadas  la verdad se despegaban de este
fondo. Slo quedaba, pues, el retrato para ganar dinero, y Renovales
olvid sus glorias de innovador, para conquistar por todos los medios un
renombre de retratista entre la gente elevada. Pint  los individuos de
sangre regia en toda suerte de actitudes, sin perdonar ninguna de sus
ocupaciones importantes:  pie y  caballo, con plumas de general 
manta parda de cazador; matando pichones  corriendo en automvil.
Traslad al lienzo las ms linajudas bellezas, modificando
insensiblemente, con hbil malicia, las ajaduras del tiempo;
endureciendo con el pincel las flcidas carnes; sosteniendo la pesadez
de prpados y mejillas, desplomados por el cansancio y el envenenamiento
de los afeites. Despus de estos xitos cortesanos, los ricos
consideraron un retrato de Renovales como imprescindible adorno de su
saln. Iban en busca de l porque su firma costaba miles de duros:
poseer un lienzo suyo era un testimonio de opulencia, tan preciso cual
un automvil de la mejor marca.

Renovales fu rico, como puede llegar  serlo un pintor. Entonces
construy lo que los envidiosos llamaban su panten: un hotel
soberbio, tras las verjas del Retiro.

Sinti el deseo vehemente de fabricarse un nido  su gusto  imagen,
como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el
caparazn que les sirve de vivienda y defensa. Despert en l esa ansia
de ostentacin, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cmica que
duerme en el pensamiento de todo artista. Primero so con una
reproduccin del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que
servan de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo
tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pjaros de
plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exticos
que servan de modelos al gran pintor en su afn de copiar la Naturaleza
con toda su magnificencia.

Pero el madrileo solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco,
limitado por una msera valla y con la sequedad propia de Castilla, le
hizo abandonar este ensueo. Ya que no era posible el alarde rubensesco,
se refugiara en el clasicismo, y levant en el fondo de un pequeo
jardn una especie de templo griego que haba de servir de vivienda y
estudio. Sobre el frontn triangular alzbanse tres trpodes  modo de
flameros, que daban  la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero
el maestro, para evitar toda equivocacin  los que se detenan al otro
lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de
laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de
ingenua modestia, una breve inscripcin, en letras de oro, de regular
tamao: Renovales. Ni ms ni menos que una tienda. Dentro, en dos
estudios donde nadie pintaba, y que precedan al verdadero estudio de
trabajo, exhibanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos
con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de
armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas
cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de
telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueos
abiertos brillando con el oro plido de su cajonera.

Equivalan estos estudios, donde nadie estudiaba,  los salones de
espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la
consulta;  las antesalas de cuero sombro y venerables cuadros del
jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo
de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios,
grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se
desprende de la ptina de los siglos, sufran la preparacin necesaria
para admitir los enormes precios que les peda el maestro.

Renovales _haba llegado_ y poda descansar tranquilamente, segn decan
sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carcter,
agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cleras.

Bastaba para enfurecerle el ms leve ataque de un enemigo
insignificante. Los discpulos crean que era esto efecto de los aos.
Las luchas le haban envejecido hasta el punto de que con sus grandes
barbas y su espalda un poco arqueada, pareca diez aos ms viejo.

En este templo blanco, sobre cuyo frontn flameaba su nombre con oro de
gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia  en el
buhardilln cercano  la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus
primeros tiempos de matrimonio slo quedaba una lejana sombra. La _maja
desnuda_ de las dulces noches de Roma y Venecia, no era ms que un
recuerdo. Al volver  Espaa se haba evaporado la falsa robustez de su
maternidad.

Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretase en interna
combustin el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con
graciosas ondulaciones. Comenzaba  marcar el esqueleto sus agudas
aristas y obscuras oquedades bajo la piel plida y flcida. Pobre _maja
desnuda_! El marido la compadeca, atribuyendo su decadencia  las
luchas y preocupaciones que haban sufrido al establecerse en Madrid.

Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionndola el soado
bienestar. Su enfermedad tena un origen moral: era neurastenia, honda
tristeza. La pobre sufra, indudablemente, al verse en aquel Madrid,
donde haba vivido con relativa brillantez, condenada  una existencia
de pobre, habitando una casa msera, luchando con la escasez de dinero y
teniendo que ocuparse en las ms vulgares faenas. Se quejaba de
extraos dolores; sus piernas perdan toda fuerza; se desplomaba sobre
una silla, permaneciendo inmvil horas y ms horas, llorando sin saber
por qu. Digera mal; durante semanas enteras repela su estmago todo
alimento. Por las noches agitbase en la cama sin poder dormir, y apenas
apuntaba el da ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de
duende, revolvindolo todo, buscando querella  la criada, al marido, 
ella misma, hasta que, de pronto, caa en el anonadamiento desde lo alto
de su excitacin,  iniciaba el primer llanto.

Estas crisis domsticas quebrantaban el nimo del pintor, pero las
acoga con paciencia.  su antiguo amor unase ahora una dulce
conmiseracin vindola tan dbil, sin otros restos de su antigua belleza
que los ojos, hundidos en sus azuladas rbitas, brillantes con el
misterioso fuego de la fiebre. Pobrecilla! La miseria la haba puesto
as. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su
suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general.
Renovales haba vencido, pero dejando  sus espaldas  la mujer amada,
cada en la lucha por ser ms dbil.

Admiraba, adems, su abnegacin maternal. El vigor que  ella le faltaba
lo tena Milita, aquella criatura que llamaba la atencin por su
robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y
avasallador haba absorbido toda la vida de la madre.

Cuando el artista fu rico  instal su familia en el nuevo hotel,
crey que Josefina iba  resucitar. Los mdicos confiaban en un rpido
cambio. El primer da que pasearon los dos por los salones y estudios de
la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los
ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogi del talle  la dbil
mueca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las
recias barbas.

Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella tambin el
dinero que aun le quedaba y el que seguira ganando. Ella era la seora,
la duea absoluta; poda gastar cuanto quisiera, all estaba l para
hacer frente  todo. Poda distinguirse por su lujo, tener carruajes,
dar envidia  sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un
pintor famoso, mucho ms que otras que haban pescado con el matrimonio
una corona condal... Estaba contenta?

Ella deca que s, moviendo la cabeza dbilmente, y hasta se empin
sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que
pareca arrullarla  travs de las nubes de pelos; pero su gesto era
triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no
existiese alegra mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.

 los pocos das, pasada la primera impresin del cambio de vida,
volvieron  repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas
veces haban conmovido anteriores viviendas.

Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos,
llorando, sin querer explicarle la causa de sus lgrimas. Cuando
intentaba cogerla entre sus brazos, acaricindola como  una nia, la
mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria.

--Djame--gritaba, fijando en l unos ojos hostiles.--No me toques...
Vete.

Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano  Milita, que,
habituada  las crisis de su madre y sostenida por su egosmo de
muchacha fuerte, no haca gran caso de ella y segua jugando con sus
innumerables muecas.

--No s, papato; debe estar llorando arriba--contestaba con
naturalidad.

Y en algn rincn del piso alto, en el dormitorio, junto  la cama, 
entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en
el suelo, la mandbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared,
como si contemplase algo invisible y misterioso que slo ella poda ver.
Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresin
de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permaneca
inmvil, fra, insensible  sus caricias, como si fuese un extrao, como
si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.

--Quiero morir--deca con voz grave y concentrada.--No hago falta en el
mundo: quiero descansar.

Esta resignacin fnebre convertase poco despus en furiosa
acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cmo se iniciaba el
conflicto. La ms insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo
silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba  hablar
con acento agresivo, dando  sus palabras la cortante frialdad de una
navaja. Censuraba al pintor por lo que haca y lo que no haca, por sus
costumbres ms insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto,
extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al
mundo entero, prorrumpa en denuestos contra las distinguidas personas
que formaban la clientela del marido, proporcionndole enormes
ganancias. Poda estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes:
ellos, unos seores despreciables, malas personas, ladrones casi todos.
Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le haba contado
muchas historias.  ellas aun las conoca mejor; casi todas haban sido
sus compaeras de colegio  sus amigas. Se haban casado para poner en
ridculo  sus maridos; todas tenan historia; eran perdidas peores que
las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con
toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor
da se plantaba ella en el estudio y las echaba  la calle para que las
retratasen en otra parte.

--Por Dios, Josefina!--murmuraba angustiado Renovales.--No digas esas
cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables as. La
nia nos oye.

Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpa en llanto y Renovales
tenia que abandonar la mesa para acompaarla  la cama, donde se tenda
gritando por centsima vez su deseo de morir.

Esta vida le era an ms intolerable por su fidelidad conyugal, por
aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantena slidamente
adherido  su esposa.

Por las tardes,  ltima hora, se reunan en su estudio varios amigos,
entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que haba trasladado su
residencia  Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepsculo que iba
penetrando por la enorme vidriera, sentanse inclinados  las
confidencias amistosas, Renovales haca siempre la misma declaracin:

--De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me cas no
conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.

Y el hombretn ergua su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las
barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de
sus buenas fortunas en amor.

Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas  se examinaban
retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su
aprobacin:

--Muy hermosa! Muy bonita... para pintarla!

Sus entusiasmos por la belleza no iban ms all de los lmites del arte.
Slo exista una mujer en el mundo, la suya; las dems eran modelos.

l, que llevaba en su pensamiento una orga de carne y adoraba la
desnudez con uncin religiosa, guardaba todos sus homenajes de hombre
para la mujer legtima, cada vez ms enferma, ms triste, esperando con
paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las
incesantes tormentas.

Los mdicos, confesndose inhbiles para curar este desarreglo nervioso
que consuma el organismo de la esposa, confiaban en un cambio
inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto serva
para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuan el trastorno de sus
nervios al parto y la lactancia, que haban quebrantado su dbil salud;
sospechaban adems la existencia de alguna causa desconocida, que
mantena  la enferma en interminable excitacin.

Renovales, que estudiaba  su mujer con el anhelo de recobrar la paz
domstica, adivin de pronto la verdadera causa de su enfermedad.

Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia catorce aos y vesta de
largo, atrayendo las miradas de los hombres con su belleza sana y
fuerte.

--Cualquier da se nos la llevan--deca riendo el maestro.

Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo conjeturas sobre su
futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz reconcentrada,
reveladora de invencible tenacidad:

--Se casar con quien quiera... menos con un pintor. Antes prefiero
verla muerta.

Renovales adivin entonces la verdadera enfermedad de su mujer. Eran
celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la tristeza de
verse enferma. Estaba segura de su esposo; conoca sus afirmaciones de
fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos
artsticos en presencia de ella, no ocultaba su adoracin  la belleza,
su culto religioso  la forma. Aunque callase, ella penetraba en su
pensamiento; lea en l este fervor que databa de la juventud y haba
ido aumentndose con los aos. Al contemplar las estatuas de soberana
desnudez que adornaban los estudios, al pasar sus ojos por los lbums y
cartones, donde la luz de la carne brillaba con resplandor divino entre
las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente con su cuerpo
enflaquecido por la enfermedad.

Los ojos de Renovales, que parecan beber con adoracin los brazos de
armoniosas lneas, los pechos torneados y firmes como copas de
alabastro, las caderas de voluptuosa cada, las gargantas de
aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos
que contemplaban por la noche su tronco dbil, surcado por la saliente
escalinata de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes 
voluptuosos, colgantes como harapos: sus brazos, en los que la debilidad
moteaba la piel con manchas amarillas; sus piernas, cuya delgadez
esqueltica slo estaba interrumpida por el abultamiento saliente de las
rtulas. Msera de ella!... Aquel hombre no poda amarla. Su fidelidad
era compasin, tal vez rutina, virtud inconsciente. Nunca se creera
amada. Con otro hombre aun era posible esta ilusin, pero l era un
artista; adoraba de da la belleza, para tropezar por la noche con la
fealdad del agotamiento, con la miseria fsica.

La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento,
devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no
encontraban nada real en que apoyarse.

Senta una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia
insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo
para arrastrarlo en su cada.

Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez
crea amarla; tal vez se aproximaba  ella de buena fe; pero lea en su
pensamiento y encontraba en l  la irresistible enemiga,  la rival que
la anonadaba con su belleza. Y esto no tena remedio. Estaba unida  un
hombre que sera fiel, mientras viviese,  la religin de lo hermoso,
sin apostatar jams de ella. Ay! Cmo se acordaba de aquellos das en
que defenda del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si
ahora volviesen  ella la juventud y la belleza, arrojara impdicamente
todas las envolturas, se plantara en medio del estudio con la
arrogancia de una bacante, gritando:

--Pinta; hrtate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna
querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara;
que tenga mi mismo cuerpo.

Era una inmensa desgracia vivir unida  un artista. Jams casara  su
hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el
demonio de la forma, slo podan vivir tranquilos y felices con una
compaera eternamente joven, eternamente bella.

La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba
rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces,
imaginaba cuadros que no se atreva  pintar por miedo  ella. Con su
penetracin de enferma pareca leer estos anhelos en la frente de su
esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado
de otra mujer, enloquecido por una pasin sexual. De este viaje, fuera
de los lmites del matrimonio, podra volver, fatigado y humilde,
pidindola perdn; pero del otro, no volvera nunca.

Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendi con ternura la curacin
moral de su mujer. Evit hablar en presencia de ella de sus adoraciones
artsticas; encontr terribles defectos  las damas hermosas que le
buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina;
la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas
con sutil habilidad.

Ella sonrea, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para
las ms estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.

--Eres t--deca Renovales:--tu misma cara, tu gracia, tu distincin.
Aun creo que te he hecho menos hermosa.

Segua sonriendo, pero de pronto su mirada endurecase, apretaba los
labios y la sombra se remontaba poco  poco por su rostro.

Clavaba sus ojos en los del pintor como si registrase su pensamiento.

Todo mentira. Su marido la halagaba, crea amarla, pero slo su carne
permaneca fiel. La enemiga invencible, la eterna amante, era seora de
su pensamiento.

Atenazada por esta infidelidad mental y por la rabia que la produca su
impotencia, iba formndose en su sistema nervioso una de aquellas
tempestades que estallaban en lluvias de lgrimas y truenos de insultos
y recriminaciones.

La vida del maestro Renovales era un infierno, cuando posea ya la
gloria y la riqueza, con las que haba soado tantos aos, cifrando en
ellas su felicidad.




IV


Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvi  su casa
despus del almuerzo con el hngaro.

Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vi  dos
mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro,
parecan disponerse  salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se
arroj  su cuello con los brazos abiertos.

--Pap, papato, te hemos esperado hasta cerca de las dos. Has
almorzado bien?...

Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa
en las barbas canas del maestro.

Renovales sonrea bondadosamente bajo este chaparrn de caricias. Ah,
su Milita! Era la nica alegra de aquella vivienda triste y ostentosa
como un panten. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio
agresivo que la enferma pareca esparcir en torno de l. Contempl  su
hija, adoptando un cmico aire de galn!

--Muy bonita, s, seor; est usted muy bonita hoy. Es usted un
verdadero Rubens, seorita; un Rubens en moreno. Y adnde vamos 
lucir el garbo?...

Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y
sonrosado, en el cual delatbase la crisis de la juventud con cierta
delgadez pasajera, producto de un rpido crecimiento, y un crculo
profundo en torno de los ojos. Su mirada hmeda y misteriosa era la de
una mujer que empieza  enterarse de su significacin en la vida. Vesta
con cierta elegancia extica: su traje tena un aire varonil; su corbata
y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rgida de sus
movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacn, con la soltura
violenta de sus piernas, que al marchar abran las faldas como un
comps, ms atentas  la rapidez y al taconeo fuerte que  la gracia del
paso. El maestro admiraba su belleza saludable. Qu magnfico
ejemplar!... Con ella no se extinguira la raza. Era l, toda l: de
haber nacido hembra, sera semejante  su Milita.

sta segua hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre,
fijos en el maestro sus ojos, que tenan un temblor de oro lquido.

Iba  su paseo diario con _Miss_; una marcha de dos horas por la
Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante,
dando de paso una leccin peripattica de ingls. Slo entonces volvi
Renovales la vista para saludar  _Miss_, una mujer obesa, con la cara
roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tena el brillo
amarillento de las fichas de un domin. En el estudio, Renovales y sus
amigos rean muchas veces del aspecto de _Miss_ y de sus manas; de su
peluca roja puesta sobre el crneo con el mismo descuido que un
sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que
fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caan en sus
manos; de su inapetencia crnica, que la haca nutrirse con cerveza,
tenindola en perpetua turbacin, que se manifestaba en exageradas
reverencias.

Su gordura fofa de bebedora, mostrbase alarmada por la proximidad de
este paseo, que era su tormento diario, esforzndose dolorosamente por
seguir las zancadas de la seorita. Al ver que el pintor la miraba,
psose an ms roja  hizo tres grandes reverencias.

--Oh, mster Renovales! Oh, sir!...

Y no le llam lord, porque el maestro, despus de saludarla con un
movimiento de cabeza, se olvid de ella, volviendo  hablar con su hija.

Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. Conque
haba bebido _Chiantti_? Ah, egosta! Con tanto que le gustaba 
ella!... Haba hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba
Cotoner en casa, y mam le haba obligado  quedarse para no almorzar
solas. El viejo amigo se haba metido en la cocina, preparando uno de
aquellos platos cuyo guiso haba aprendido en sus tiempos de paisajista.
Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida
al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y
cabaas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente  esta
habilidad.

Haban almorzado muy bien. Mam haba redo con las gracias de Cotoner,
que siempre estaba alegre; pero  los postres, cuando lleg Soldevilla,
el discpulo predilecto de Renovales, se haba sentido mal,
desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lgrimas, su pecho
angustiado por los sollozos.

--Estar arriba--dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya 
estas crisis.--Adis, papato; un beso. En el estudio tienes  Cotoner y
 Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.

Y despus de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del
maestro, la joven sali seguida de _Miss_, que bufaba prematuramente
pensando en el fatigoso paseo.

Renovales qued inmvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de
cario en que le envolva su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba 
su madre, pero su afecto resultaba fro comparado con la pasin
vehemente que senta por l, esa predileccin vaga  instintiva que las
hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoracin
que ha de inspirarles despus el hombre amado.

Pens un momento en buscar  Josefina para consolarla, pero tras corta
reflexin desisti de este propsito. No sera nada; su hija estaba
tranquila; un _arrechucho_, como los de costumbre. Subiendo se expona 
una escena terrible que le amargase la tarde, quitndole los deseos de
trabajar, desvaneciendo aquella alegra juvenil que llevaba en el alma
despus de su almuerzo con Tekli.

Se dirigi al ltimo estudio, el nico que mereca este nombre, pues era
donde l trabajaba, y vi  Cotoner sentado en un silln conventual, con
el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos
apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en
libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara
roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su
digestin en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa.

Cotoner estaba viejo; tena el bigote blanco y la cabeza calva, pero su
cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la
placidez del clibe casto que slo ama la buena mesa y aprecia la
somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.

Se haba cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas
vivan ms aos que los patriarcas bblicos; los retratos al cromo del
Pontfice le hacan una competencia ruinosa. Adems, estaba viejo y los
pintores jvenes que llegaban  Roma no le conocan; eran gentes tristes
que le miraban como  un bufn, y slo abandonaban su seriedad para
burlarse de l. Su tiempo haba pasado. El eco de los triunfos de
Mariano all en la _tierra_ haba tirado de l, decidindole 
trasladarse  Madrid. Lo mismo se viva en todas partes. Tambin en
Madrid tena amigos. Y haba continuado aqu su vida de Roma, sin ningn
esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad
de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le
impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo.

Haba vuelto  los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua
admiracin de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanas de
Madrid formaban semicrculo ante su caballete, dicindose que aquel
seor, que llevaba en la solapa el botn multicolor de sus diversas
condecoraciones pontificales, deba ser un pjaro gordo, alguno de los
grandes pintores de que hablaban los peridicos. Renovales le haba
alcanzado dos menciones honorficas en la Exposicin, y tras esta
victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se
tendi en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la
misin de su existencia.

La vida en Madrid no se le presentaba ms difcil que en Roma. Dorma en
casa de un sacerdote, al que haba conocido en Italia, acompandolo en
sus correras por las oficinas pontificales. Este capelln, que estaba
empleado en los escritorios de la Rota, tenia  gran honor el hospedar
al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y
creyndole en correspondencia con el mismo Papa.

Haban convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clrigo no
mostraba prisa en cobrarla: ya le encargara algn cuadro para unas
monjas de las que era confesor.

La comida ofreca an menos dificultades para Cotoner. Tena repartidos
los das de la semana entre varias familias ricas, de ferviente
religiosidad,  las que haba conocido en Roma durante las grandes
peregrinaciones espaolas. Eran mineros opulentos de Bilbao;
propietarios agrcolas de Andaluca; viejas marquesas que pensaban mucho
en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta,  las que daban un
tono severo con la ptina de la devocin.

El pintor sentase bien agarrado  este pequeo mundo, grave, religioso
y que coma bien. Era para todos el buen Cotoner. Las seoras sonrean
agradecidas cuando las obsequiaba con algn rosario  otro objeto de
devocin trado de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna dispensa
del Vaticano, las ofreca escribir  su amigo el cardenal. Los
maridos, contentos de tener un artista en casa  tan poca costa, le
consultaban el plano de una capilla nueva, el diseo de un altar, y en
sus fiestas onomsticas reciban con gesto protector algn regalo de
Cotoner; una _manchita_, un paisaje sobre tabla, que exiga muchas veces
explicaciones previas para conocer su significacin. En las comidas era
la alegra de esta gente de sanos principios y mesuradas palabras,
relatando originalidades de los monseores y eminencias que haba
conocido en Roma. Estos chistes los aceptaban con cierta uncin, por
escabrosos que fuesen, viniendo de tan respetables personajes.

Cuando por enfermedad  viaje se rompa el orden de las invitaciones y
Cotoner careca de convite, se quedaba  comer en casa de Renovales, sin
previa invitacin. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero l no
acept. Amaba mucho  toda la familia: Milita jugaba con l como si
fuese un perro viejo; Josefina le tena cierto afecto, porque le
recordaba con su presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, 
pesar de esto, mostraba cierto miedo, adivinando las tormentas que
ennegrecan la vida del maestro. Prefera su existencia libre,  la que
se adaptaba con una ductilidad de parsito. Al final de las comidas
escuchaba, con movimientos de aprobacin, las graves plticas de
sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una hora despus
bromeaba impamente en cualquier caf con pintores, cmicos y
periodistas. Conoca  todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un
artista, para tutearle y jurar que le quera y admiraba con toda su
alma. Al entrar Renovales en el estudio, sacudi su torpeza digestiva y
estir las cortas piernas para tocar el suelo y salir del silln.

--Te han contado, Mariano?... Un plato magnifico! Les he hecho un
gazpacho de pastor... Se han chupado los dedos!

Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como si concentrase en esta
habilidad todos sus mritos. Despus, mientras Renovales entregaba el
sombrero y el gabn al criado que le segua, Cotoner, con una curiosidad
de amigo ntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la existencia
de su dolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.

Renovales se tendi en un divn, profundo como un nicho, entre dos
bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar de Tekli,
recordaron  sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades,
que veinte aos antes marchaban con la frente alta, siguiendo como
hipnotizados la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de
luchador, incapaz de hipocritas modestias, declaraba que l era el nico
que haba llegado. El pobre Tekli era un profesor: su copia de Velzquez
resultaba un trabajo paciente de bestia artstica.

--T lo crees?--pregunt Cotoner con gesto de duda.--Tan mal lo
hace?...

Procuraba por egosmo no hablar contra nadie; dudaba del mal; crea
ciegamente en el elogio, conservando de este modo su reputacin de
bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida. La
imagen del hngaro estaba fija en su memoria, hacindole pensar en una
serie de almuerzos, antes de que aqul abandonase Madrid.

--Buenas tardes, maestro.

Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el faldn de la
americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de terciopelo
granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura del
cuello rgido y ntido, sala de detrs de un biombo. Su delgadez y lo
exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes
rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si
quisieran confundirse con los bands de su peinado, lacios y desmayados
sobre la frente. Este Soldevilla era el discpulo favorito de Renovales,
su debilidad, segn deca Cotoner. El maestro haba reido grandes
batallas por alcanzarle la pensin en Roma; despus le haba premiado en
varias exposiciones.

Le miraba como si fuese su hijo, atrado tal vez por el contraste entre
su rudeza y la debilidad de aquel _dandy_ de la pintura, siempre
correcto, siempre amable, que consultaba para todo  su maestro, aunque
despus no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba mal de los
compaeros de arte, lo haca con una suavidad venenosa, con una finura
mujeril. Renovales rea de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le
haca coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en l
la ms leve mota de polvo; deba dormir en una rinconera. Ah, los
pintores del da! Los dos artistas viejos recordaban el desarreglo de
su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes
sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los
dems mortales, formando un mundo aparte. Sentanse malhumorados, como
en presencia de una abdicacin, ante los pintores de la ltima hornada,
correctos, prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de
los ociosos, con un aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que
manejaban el pincel.

Soldevilla,  continuacin de su saludo, aturdi al maestro con un
desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de
Alberca.

--Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que
est  medio hacer.

Este elogio conmovi  Renovales. Se levant para apartar de un empujn
el biombo, y arrastr un caballete que sostena un gran lienzo, hasta
colocarlo frente  la luz que penetraba por el ventanal de cristales.

Sobre un fondo gris erguase, con la majestad de la belleza habituada 
la admiracin, una dama vestida de blanco. El _esprit_ de plumas y
brillantes pareca temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el
pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montculos entre las
blondas del escote; las manos, enguantadas hasta ms arriba del codo,
sostenan una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso
color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, prxima 
caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de
carbn sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, pareca
mirar  los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fros, pero de
una falsa frialdad, delatando, detrs de su pupila, apasionamientos
ocultos, un volcn muerto que resucitaba  sus horas.

Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que
pareca sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la
higiene y las comodidades de su elevada posicin. Los extremos de sus
ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.

Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto,
comentando su belleza tranquilamente, sintindose  cubierto de toda
tentacin.

--Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... Ha sido una gran
mujer!

Renovales pareci ofendido por este comentario.

--Lo es--dijo con cierta hostilidad.--Lo es todava.

Cotoner no era capaz de discutir con su dolo y se apresur 
rectificarse:

--Es una buena moza; muy guapa, s, seor, y muy elegante. Dicen tambin
que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir  los que la adoran.
Poquito se habr divertido esta seora!...

Renovales volvi  encresparse como si le hiriesen estas palabras.

--Bah! mentiras, calumnias--dijo con voz fosca:--invenciones de ciertos
seoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.

Cotoner volvi  deshacerse en explicaciones. l no saba nada: lo haba
odo decir. Las seoras en cuya casa coma, hablaban mal de la de
Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el
silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la
conversacin, se encar con Soldevilla.

--Y t, no pintas? Siempre te veo por aqu  la hora de trabajar.

Sonrea con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba
ruborizndose. Trabajaba mucho, pero todos los das senta la necesidad
de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.

Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella poca, la
mejor de su vida, en que aprenda junto al gran pintor, en otro estudio
menos lujoso que ste.

--Y Milita? la has visto?--prosigui Renovales con sonrisa bonachona,
en la que haba una punta de malicia.--No te ha tomado hoy el pelo por
esa nueva corbata que quita la vista?

Soldevilla tambin sonri. Haba estado en el comedor con doa Josefina
y Milita, y sta se haba burlado de l como siempre. Pero era sin
malicia: ya saba el maestro que Milita y l se trataban como hermanos.

Ms de una vez, cuando ella era pequea y l un chicuelo, la haba
servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando  la espalda
aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus
manecitas.

--Es muy mona--interrumpi Cotoner.--Es la muchacha ms graciosa y ms
buena que conozco.

--Y el simpar Lpez de Sosa?--pregunt el maestro otra vez con tono de
malicia.--No ha venido hoy ese _chauffeur_ que nos vuelve locos con sus
automviles?

Desapareci la sonrisa de Soldevilla. Psose plido y brillaron sus ojos
con verdoso fulgor. No; no haba visto  ese caballero. Segn decan las
seoras, andaba muy ocupado en la reparacin de un automvil que se le
haba roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo
de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas
alusiones, se despidi del maestro. Iba  trabajar; aun podan
aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedic nuevos elogios
al retrato de la condesa.

Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en
la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su divn,
contemplaba el retrato.

--Ha de venir hoy?--pregunt Cotoner sealando al lienzo.

Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy  otro da; con esta mujer era
imposible un trabajo serio.

La esperaba aquella tarde, pero no le causara extraeza que faltase 
la sesin. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos das seguidos.
Tena muchas ocupaciones: presida sociedades para la enseanza y la
emancipacin de la mujer; proyectaba festivales y tmbolas; una
actividad de seora aburrida, un aturdimiento de pjaro loco que la
haca querer estar en todas partes  un mismo tiempo, sin voluntad para
marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De
pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de
entusiasmo.

--Qu mujer, Pepe!--exclam.--Qu mujer para pintarla!...

Sus ojos parecan desnudar  la beldad que se ergua en el lienzo con
toda su prosopopeya aristocrtica. Intentaban penetrar el misterio de
aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas
formas que apenas se marcaban con suave bulto al travs del vestido. 
esta reconstruccin mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque
de los amorosos globos que parecan temblar con dureza elstica en el
filo del escote, separados por una lnea de suave penumbra.

--Eso mismo le he dicho  tu mujer--afirm el bohemio con sencillez.--Si
t pintas seoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se
te ocurra ver en ellas ms que una modelo.

--Ah! Conque mi mujer te ha hablado de esto!...

Cotoner se apresur  tranquilizarle, temiendo ver turbada su digestin.
Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su enfermedad, todo lo
vea negro.

Haba aludido durante el almuerzo  la de Alberca y su retrato. No
pareca quererla,  pesar de ser su compaera de colegio. Le ocurra lo
que  las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba
miedo. Pero l la haba tranquilizado, acabando por arrancarla una risa
dbil. No haba que hablar ms de esto.

Pero Renovales no participaba del optimismo de su amigo. Adivinaba el
estado de nimo de su mujer; comprenda ahora el motivo que la haba
hecho huir de la mesa, refugindose arriba para llorar y desearse la
muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su
estudio... Pero esta impresin triste no fu muy duradera en el pintor;
estaba habituado  las susceptibilidades de su esposa. Adems, se
tranquiliz pensando en su fidelidad conyugal. Tena limpia la
conciencia, y Josefina poda creer lo que quisiera. Sera una injusticia
ms, y l estaba resignado  sufrir su esclavitud sin quejarse.

Para distraerse comenz  hablar de pintura. Le animaba el recuerdo de
su conversacin con Tekli, el cual vena de correr Europa, y estaba
enterado de lo que pensaban y pintaban los ms famosos maestros.

--Yo me hago viejo, Cotoner. Crees que no lo conozco? No, no protestes;
ya s que no soy viejo: cuarenta y tres aos. Quiero decir que me he
encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada nuevo;
siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi
fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.

Y el pintor, con el egosmo de los grandes artistas, que siempre se
creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria, lamentbase de la
servidumbre que le impona su buena suerte. Ganar dinero! Qu terrible
cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido comn, los
artistas de talento estaran mantenidos por el Estado, el cual proveera
generosamente  todas sus necesidades y caprichos. No habra que
preocuparse de la vida. Pinte usted lo que quiera y como le d la
gana. Entonces se haran grandes cosas y adelantara el arte con pasos
de gigante, no teniendo que envilecerse en una adulacin  la vulgaridad
pblica y  la ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor
clebre, haba que ganar mucho dinero, y ste slo se consegua con los
retratos, abriendo tienda, pintando al primero que se presenta, sin
derecho  escoger. Maldita pintura! En el escritor era mrito la
pobreza; representaba virtud  integridad. Pero el pintor haba de ser
rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre de sus
cuadros iba unido  la idea de miles de duros. Al hablar de su trabajo
se deca siempre gana tanto, y para sostener esta riqueza, compaera
indispensable de la gloria, haba que pintar  destajo, halagando  la
vulgaridad que paga.

Renovales se mova con nerviosa excitacin en torno del retrato. Algunas
veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era tolerable al pintar
mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por el interno
resplandor de la inteligencia. Pero y los polticos vulgares; los ricos
con aspecto de mozos de cordel; las seoras hinchadas y de cara muerta
que haba tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor  la
verdad y copiaba el modelo tal como lo vea, proporcionbase un enemigo
ms, que pagaba refunfuando  iba por todas partes diciendo que
Renovales no era tan grande como le crean. Para evitar esto pintaba
mintiendo, valindose de los procedimientos empleados por otros artistas
mediocres, y esta bajeza atormentaba su conciencia como un despojo que
haca sufrir  sus inferiores, dignos de respeto por lo mismo que
estaban menos dotados que l para la produccin artstica.

--Adems, esto no es la pintura, toda la pintura. Nos creemos artistas
porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es ms que una parte
del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado. Hablamos de l
con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de adoracin,
pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es
talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes. Hay que envolver bien
el cuerpo, del que huimos como de un peligro...

Ces en sus paseos agitados, detenindose ante el retrato, fijando en l
su mirada.

--Figrate, Pepe--dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia
la puerta, con aquel eterno miedo  ser odo por su esposa en estos
entusiasmos artsticos.--Figrate... si esta mujer se desnudase; si yo
pudiera pintarla tal como es seguramente...

Cotoner rompi  reir con una expresin de fraile malicioso.

--Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querr. Tengo la
certeza de que se negara  desnudarse, y eso que debe haberlo hecho
delante de ms de uno.

Renovales agit sus brazos y levant los ojos con expresin de protesta.

--Y por qu no quieren?... Qu rutina! Qu vulgaridad!

En su egosmo de artista, imaginbase creado el mundo sin otro objeto
que el de mantener  los pintores y al resto de la humanidad que deba
servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible.
Ay! dnde encontrar ahora las beldades griegas, plcidas modelos de
los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por
el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y
diminutas de Goya? La hermosura se haba eclipsado para siempre tras
los velos de la hipocresa y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy
por un amante, maana por otro; entregaban  los innumerables galanes
algo ms que la exhibicin de sus formas, y sin embargo, enrojecan
recordando  las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no
vacilaban en someter  la pblica admiracin la obra perfecta de Dios,
la castidad del desnudo.

Renovales volvi  tenderse en el divn, y desde su penumbra habl
confidencialmente  Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia
la puerta como si temiese ser odo.

Haca tiempo que soaba con una obra maestra. La tena completa en su
imaginacin, hasta en sus menores detalles. Veala, cerrando los ojos,
tal como haba de ser, si es que llegaba  pintarla. Era Frin, la
famosa beldad de Atenas, mostrndose desnuda  los peregrinos
aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia
marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la
intervencin divina para el alivio de sus males: paralticos de miembros
retorcidos, leprosos de repugnante hinchazn, hidrpicos grotescos;
plidas mujeres con las entraas rodas por las enfermedades del sexo;
ancianos trmulos; jvenes desfigurados por las anomalas de un
nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contradas por muecas
horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas
informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada,
los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla
 Frin, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los
peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo,
que, sobre el fondo de las tostadas montaas, destaca sus columnatas de
mrmol; y la hermosa, conmovida por esta procesin del dolor, quiere
alegrar su tristeza, lanzar en sus mseros surcos un puado de salud y
belleza, y se arranca los velos, hacindoles la regia limosna de su
desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del
vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del
mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los
hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envan
estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la
nuca de mbar  los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y
brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana
desnudez, en lneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor
del iris. Y los peregrinos, cados de rodillas, en el xtasis de la
admiracin, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la
Belleza y la eterna Salud salen  su encuentro.

Renovales se incorporaba cogiendo un brazo  Cotoner al describir su
futuro cuadro, y el amigo asenta gravemente, impresionado por el
relato.

--Muy hermoso!.. Sublime, Marianito!

Pero el maestro volva  caer en el desaliento despus de esta rfaga de
entusiasmo.

Aquella obra era muy difcil. Tendra que ir  instalarse en la orilla
del Mediterrneo, en una playa solitaria de Valencia  Catalua; tendra
que levantar un barracn en el mismo lmite donde el agua muere en la
arena con brillante espejismo, y all llevar mujeres tras mujeres, cien
si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y
del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soada Frin.

--Muy difcil--murmuraba Renovales.--Te digo que es muy difcil. Hay
tantos inconvenientes con que luchar!...

Cotoner inclin su cabeza con expresin confidencial.

--Y adems, est la maestra--dijo en voz queda, mirando  la puerta con
cierto miedo.--Me parece que Josefina no aceptar con mucho gusto ese
cuadro y su gran baraja de modelos.

El maestro baj la cabeza.

--Si supieras, Pepe! Si vieses mi vida diaria!...

--Lo s todo--se apresur  decir Cotoner.--Mejor dicho, lo adivino. No
me cuentes nada.

Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo,
haba mucho de egosmo, el deseo de no perturbar su plcida calma con
dolores ajenos que slo le inspiraban un lejano inters.

Renovales habl tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el
artista deba ser soltero  casado. Otros, dbiles y de indeciso
carcter, necesitaban el apoyo de la compaera, el ambiente de la
familia.

Recordaba con fruicin los primeros meses de su matrimonio; pero ste le
haba pesado despus como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba
para vivir de la dulce compaa de la mujer, pero con intermitencias,
sin la crcel interminable de la vida comn. Los artistas como l deban
ser libres; estaba seguro de ello.

--Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como t, dueo de mi tiempo y
de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dir mi gente al verme
pintar esto  aquello, qu grandes cosas llevara hechas!

El viejo fracasado iba  decir algo cuando se abri la puerta del
estudio y entr el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes
mejillas rubicundas y voz atiplada que, segn deca Cotoner, tena el
aire de un mandadero de monjas.

--La seora condesa.

Cotoner abandon de un salto su silln. Estos modelos no gustaban de ver
gente en el estudio. Por dnde escapaba?... Renovales le ayud  buscar
su sombrero, su abrigo, su bastn, que haba dejado con su habitual
abandono en diversos rincones del estudio.

El maestro le empuj por una puerta que daba al jardn. Despus, al
quedar solo, corri  colocarse ante un viejo espejo veneciano,
contemplndose un instante en su luna azulada y profunda, alisndose con
los dedos la crespa y encanecida cabellera.




V


Entr con gran estrpito de blondas y sedas, acompaado su menudo paso
por el _fru-fru_ de las ropas interiores, esparciendo un perfume de
variadas esencias, semejante  la respiracin de extico jardn.

--Buenas tardes, _mon cher matre_.

Mirndole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de
oro, adquira el mbar gris de sus ojos, al travs de los vidrios, una
fijeza insolente, un gesto extrao, con algo de caricia y burla al mismo
tiempo.

Deba perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atencin,
pero era la mujer ms ocupada de Madrid. Las cosas que haba hecho
despus del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de
la Liga Feminista; conferencia con el carpintero y el maestro de obras
(unos tos ordinarios que se la coman con los ojos), encargados de
levantar las tribunas para el gran festival  beneficio de las obreras
abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un seor
algo verde,  pesar de su gravedad, que la reciba con aires de galn
rococo, besndole la mano como en un minueto.

--Hemos perdido la tarde, verdad, _matre_? Apenas queda sol para
trabajar. Adems, no he trado la doncella para que me ayude.

Sealaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que serva de
tocador y vestuario  las modelos, y donde ella guardaba el traje de
_soire_ y el manto de color de fuego con que la retrataba.

Renovales, despus de mirar furtivamente  la entrada del estudio, tom
un aire de arrogancia, de galantera fanfarrona, como en los tiempos de
su juventud romana, libre y ruidosa.

--Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le servir de
doncella.

La condesa prorrumpi en una risa ruidosa, echando el busto atrs,
mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de
alegra.

--Ay, qu gracia! Y qu atrevido se nos hace el maestro!... Usted no
entiende de esas cosas, Renovales. Usted slo sabe pintar: no tiene
prctica...

Y en su acento finamente irnico, haba algo de compasin para el
artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos
conocan. Esto pareci ofenderle, y habl  la condesa con gran
brusquedad, mientras coga la paleta y preparaba los colores. No era
preciso que cambiase de traje; empleara la poca luz que quedaba
trabajando en su cabeza.

Concha se quit el sombrero, y despus, ante el mismo espejo veneciano
en que se haba mirado el pintor, comenz  retocarse el peinado. Sus
brazos arquebanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales
contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente
su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglndose el
pelo, con los ojos fijos en la reproduccin de sus ojos, sin que nada la
distrajese de esta operacin importante.

Aquel rubio luminoso y audaz deba ser teido. El pintor estaba seguro
de ello, pero no por esto le pareca menos hermoso. Tambin iban teidas
de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.

La condesa se sent en un silln  corta distancia del caballete.
Sentase fatigada, y ya que slo haba de pintar su rostro, no tendra
la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los das de gran
sesin. Renovales contestaba con monoslabos y encogimientos de hombros.
Bien estaba as: para lo que iban  hacer!... Una tarde perdida. Se
limitara  trabajar en el pelo y la frente; poda descansar mirando
adonde quisiera.

El maestro, por su parte, tampoco senta deseos de trabajar. Le
perturbaba una clera sorda; estaba irritado por el acento irnico de la
condesa, la cual vea en l un hombre aparte, un ser raro, incapaz de
hacer lo que aquellos seoritos imbciles que formaban su corte, y
muchos de los cuales, segn la pblica murmuracin, eran sus amantes.
Extraa mujer, provocativa y fra! Senta deseos de caer sobre ella, en
su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo
desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil
superioridad.

De todas las seoras que llevaba retratadas, ninguna haba turbado como
sta su calma de artista. Sentase atrado por su gracia loca, por su
ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono
compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarsimo,
que por raro capricho de la Naturaleza posea el don de pintar bien.

Renovales la devolva este desprecio insultndola en su pensamiento. Era
cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razn hablaban de ella.
Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada,
vena de una entrevista  solas con alguno de aquellos jovenzuelos que
rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.

Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicndole las
tristezas que deca sentir y permitindose ciertas confianzas, como si
la uniese  l una amistad antigua, para que al instante el maestro
cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada 
vivir en el vano ambiente aristocrtico. Todas las murmuraciones sobre
ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Deba ser la compaera de
un hombre superior, de un artista.

Renovales conoca su historia; se envaneca de las confidencias
amistosas que haba tenido con l. Era hija nica de un gran seor,
jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes ms
retrgrados del reinado de Isabel II. Se haba educado en el mismo
colegio que Josefina, y  pesar de ser cuatro aos mayor, guardaba un
vivo recuerdo de su bulliciosa compaera. Para mala y traviesa,
Conchita Salazar; era un demonio. As oy su nombre Renovales por
primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia  Madrid el artista y su
mujer, se enteraron de que haba cambiado su apellido por el de condesa
de Alberca, casndose con un seor que poda ser su padre.

Era un antiguo cortesano que cumpla con gran escrupulosidad las
obligaciones de grande de Espaa, celoso de su servidumbre cerca de los
reyes. Su ambicin era llegar  poseer todas las condecoraciones de
Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se haca retratar cubierto de
bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales
rdenes militares. Su esposa rea al verle pequeo, calvo y solemne, con
altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en
su corto muslo un casco de blancos plumajes.

Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y
su mujer, los peridicos llevaban hasta la misera casa del artista los
ecos de los triunfos de la bella condesa de Alberca. No haba relato
de fiesta aristocrtica en que no figurase su nombre en primera lnea.
Adems, la llamaban ilustrada, hacindose lenguas de su cultura
literaria, de la educacin clsica que deba  su ilustre padre, ya
difunto. Y con estas noticias pblicas, llegaban hasta el artista, en
las alas susurrantes de la madrilea murmuracin, otras que suponan 
la condesa de Alberca consolndose alegremente del error cometido al
casarse con un viejo.

En Palacio la haban puesto en entredicho por esta fama. El marido
figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los das se
presentaba ocasin de lucir su cargamento de honorable bisutera; pero
ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la
haba odo afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas
alhajas en las orejas y el pecho, que ella se rea de su mundo, que
estaba en el secreto... que era anarquista! Y oyndola rea, como rean
todos los hombres de lo que llamaban las _cosas_ de la de Alberca.

Cuando triunf Renovales, volviendo como maestro ilustre  aquellos
salones, por los que haba, pasado en su primera juventud, sinti la
atraccin de la condesa que, en su calidad de gran dama intelectual,
tena empeo en rodearse de hombres clebres. Josefina no le acompa en
esta vuelta al mundo. Sentase enferma; la fatigaba el roce con las
mismas gentes y en los mismos sitios; careca de fuerzas hasta para
emprender los viajes que le recomendaban los mdicos.

La condesa amarr al pintor  su squito, mostrndose ofendida cuando
dejaba de presentarse en su casa las tardes en que reciba  sus amigos.
Qu ingratitud con una admiradora tan ferviente! Tanto que la placa 
ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! El pintor
Renovales: el famoso maestro.

En una de estas tardes de recepcin, el conde abord al pintor, con su
gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.

--Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en
todo. Usted dir cundo puede comenzar. Ella teme proponrselo y me ha
dado el encargo. Ya s lo que usted lleva  otros por su trabajo.
Pntela usted bien... que quede contenta...

Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del
gran seor, aadi, como si le hiciese una nueva merced:

--Si queda usted bien en lo de Concha, me pintar despus  m. Slo
aguardo el _Gran Crisantemo_ del Japn. En Estado me dicen que llegarn
los ttulos un da de estos.

Renovales comenz el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por
culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus
ocupaciones. Muchos das el artista no daba una sola pincelada: pasaban
las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio,
mientras ella, en su incesante verbosidad, burlbase de las amigas y
relataba sus defectos secretos, sus costumbres ms ntimas, sus amoros
misteriosos, con cierta fruicin, como si todas las mujeres fuesen sus
enemigos. En mitad de una de estas confidencias detenase para decir con
gesto pudoroso y entonacin irnica:

--Pero estar escandalizando  usted, Mariano!... Usted que es un buen
marido, un padre de familia, un varn virtuoso!...

Renovales senta entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de l; lo
consideraba un hombre distinto de los dems, una especie de fraile de la
pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la ataj una vez
brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:

--Pues de usted tambin hablan, Concha. Tambin dicen... cosas poco
gratas para el conde.

Esperaba un estallido de indignacin, una protesta, y lo que reson en
el silencio del estudio fu una risa alegre, desenfrenada, que se
prolong largo rato, cortndose varias veces para volver  comenzar.
Despus se mostr melanclica, con esa tristeza dulce de las mujeres no
comprendidas. Era muy desgraciada, Mariano.  l se lo poda revelar
todo, porque era un buen amigo. Se haba casado siendo una nia: una
terrible equivocacin. En el mundo exista algo ms que el
deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona
de conde que haba perturbado su cerebro de colegiala.

--Tenemos derecho  un poco de amor; y si no es amor,  un poco de
alegra. No lo cree usted, Mariano?

Vaya si lo crea!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando  Concha con
ojos alarmantes, que sta acab por reir de su ingenuidad, amenazndole
con una mano.

--Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se
lo cuento todo.

Renovales irritbase contra este pensamiento de pjaro, siempre
inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto  l
comunicndole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorndole con
sus aleteos burlones.

Algunas veces presentbase agresiva, molestando al artista desde sus
primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.

Permanecieron largo rato silenciosos; pintando l con aire distrado,
contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un silln, en la
dulce calma de la inmovilidad.

Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco
 poco se enfrasc en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del
pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas
el conventual silencio del estudio.

El pintor le oy el relato de sus trabajos como presidenta de la Liga
Feminista, de las grandes cosas que se propona hacer en la santa
empresa de la emancipacin de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afn
de ridiculizar  todas las mujeres, burlbase donosamente de sus
colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras
amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de
pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecan
colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su
suerte, que se enorgulleca de tenerla por directora y  cada dos
palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de condesa para
halagarse  s mismas con el honor de esta amistad.  la de Alberca la
diverta mucho su squito de admiradoras; rea de sus intransigencias y
propsitos.

--S; ya s lo que es eso--dijo Renovales rompiendo su largo
mutismo.--Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que
odian.

La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus
aclitas. Como las ms de ellas eran feas, abominaban de la hermosura
femenil como un signo de debilidad. Queran la mujer del porvenir sin
caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los
trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la
reproduccin. Guerra  la grasa femenil!...

--Qu horror! No le parece  usted, Mariano?--continuaba ella.--La
mujer, lisa y escueta por delante y por detrs, con el pelo cortado y
las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas!
Y  esto llaman emancipacin!... Buenos son ustedes:  los pocos das
de vernos en esa facha, nos dirigiran  bofetadas.

No; ella no era de stas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero
aumentando an ms sus encantos y seducciones. Si las quitaban la
hermosura, qu quedara de ellas? La quera igual al hombre en
inteligencia, pero superior  l por la magia de su belleza.

--Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta...
por qu he de negarlo?

--Lo s, Concha; lo s--dijo el pintor con aviesa intencin.

--Qu ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensaan en m,
porque no soy hipcrita ni tengo  todas horas un gesto grave.

Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres
de fama problemtica, habl una vez ms de su triste situacin. Al conde
ya lo conoca Renovales: un buen seor algo manitico, que slo pensaba
en sus baratijas honorficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su
bienestar, pero no era nada para ella. Faltbale lo ms importante: el
corazn... el amor.

Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho
sonreir  otro que no fuese Renovales.

--En esta situacin--deca con voz lenta y la mirada perdida,--no es
extrao que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo
soy muy desgraciada, Mariano; yo no s lo que es amor; yo no he amado
nunca.

Ay! Ella hubiese sido dichosa unindose  un hombre superior. Ser la
compaera de un gran artista, de un sabio, habra hecho su felicidad.
Los hombres que la rodeaban en los salones eran ms jvenes, ms fuertes
que el pobre conde, pero mentalmente an valan menos que l. No era
ninguna virtud, lo reconoca; con un amigo como el pintor no osaba
mentir. Haba tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que
pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas sala siempre
con una impresin de desencanto y disgusto. Saba que el amor era una
realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.

Renovales haba cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz
del sol. Los vidrios tenan una opacidad de tono violceo. El crepsculo
invada el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas
mortecinas, aqu una punta de marco, ms all el oro viejo de un
estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el ncar de
una vitrina.

Sentse el pintor cerca de la condesa, sumindose en aquella atmsfera
de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.

l tambin era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de
buena fe en la melanclica desesperacin de la dama. Faltaba algo en su
vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha
un gesto de asombro, se golpe el pecho enrgicamente.

S, solo. Adivinaba lo que ella iba  decirle. Tena  su mujer, tena 
su hija... De Milita no quera hablar: la adoraba; era su alegra. Al
sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensacin de dulce
reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero l aun era joven
para contentarse con estas alegras del amor paternal. Deseaba algo ms,
y no poda encontrarlo en la compaera de su vida, siempre enferma, con
los nervios en perpetua crisis. Adems, no le comprenda; no le
comprendera nunca: era una carga que abrumaba su talento.

Su unin slo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las
penalidades que haban soportado juntos. Tambin l haba sufrido un
engao tomando por amor lo que slo era un impulso de la afinidad
juvenil. l necesitaba una verdadera pasin; vivir en contacto con un
alma gemela de la suya; amar  una mujer superior que le comprendiese y
le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones
burguesas  las exigencias del arte.

Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban
al recibir de frente la luz del ventanal.

Pero Renovales se vi cortado por una risa irnica, cruel, al mismo
tiempo que la condesa echaba atrs su silln como huyendo del artista,
que lentamente se inclinaba hacia ella.

--Que se resbala usted, Mariano! Que le veo venir! Un poco ms, y me
suelta usted su declaracin... Seor, qu hombres! Es imposible hablar
con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al
momento hablen de amor. Si le dejo  usted, antes de un minuto me dice
que soy su ideal... que me adora.

Renovales, que se haba apartado de ella recobrando su severidad,
sintise herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:

--Y si fuese cierto?... Y si yo la amase?...

Volvi  sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono
que pareca araar el pecho del artista.

--Lo que yo esperaba! La consabida declaracin! Con esta va la tercera
que me hacen hoy. Pero es que no se puede hablar con un hombre ms que
de amor?...

Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el
lugar donde lo haba dejado.

--Me voy, _cher matre_. Es peligroso quedarse aqu. Procurar venir ms
pronto y que no nos sorprenda el crepsculo. Es la hora traidora: el
momento de las grandes tonteras.

El pintor se opuso  su marcha. Aun no haba llegado su coche; poda
esperar unos instantes ms. La prometi permanecer tranquilo; no
hablarla, ya que esto la disgustaba.

La condesa se qued, pero no quiso sentarse en el silln. Di algunos
pasos por el estudio y acab por abrir la tapa de un armnium colocado
cerca del ventanal.

--Vamos  hacer un poco de msica; esto nos tranquilizar. Usted,
Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse.  ver si es usted buen
chico...

Posronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el
_Largo religioso_, de Haendel, grave, mstico, soador, se extendi
dulcemente por el estudio. La meloda esparcase por la nave, envuelta
ya en la penumbra; filtrbase entre los tapices, prolongando su alado
susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un rgano
tocado por invisibles manos, en una catedral desierta,  la hora
misteriosa del anochecer.

Concha sentase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la
superficial y caprichosa sensibilidad que le haca ser considerada, por
sus amigos, como una gran artista. La msica la enterneca; haca
esfuerzos para que no saltasen lgrimas sus ojos, sin saber por qu.

De pronto ces de tocar y volvi la cabeza con inquietud. El pintor
estaba detrs de ella; crey sentir en su nuca el soplo de su
respiracin. Quiso protestar, colocarle  distancia con una de sus risas
crueles, pero no pudo.

--Mariano--murmur,-- su asiento:  ser buen muchacho y obediente.
Mire usted que me enfado!

Pero permaneci inmvil, despus de haber dado media vuelta en su
taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el
teclado.

Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posicin; l de pie,
contemplando su rostro, que no era ya ms que una mancha blanca en la
creciente penumbra.

La vidriera destacbase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del
jardn cortbanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la
profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa
respiracin de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la
sombra.

Los dos parecan cautivados por el misterio de la hora, como si la
muerte del da anestesiase su pensamiento. Sentanse mecidos en un
ensueo vago y dulce.

Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.

--Mariano, aljese usted--dijo con voz lenta, como si le costase un gran
esfuerzo.--Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un bao...
un gran bao que me penetra hasta el alma. Pero esto no est bien.
Encienda usted, maestro. Luz, luz! Esto no es correcto.

Mariano no la escuchaba. Se haba inclinado sobre ella, cogindola una
mano, fra, insensible, como si no se diese cuenta de la presin de la
suya. Despus, en un arranque sbito la bes, y falt poco para que la
mordiese.

La condesa pareci despertar y se irgui altiva, ofendida.

--Es una niera, Mariano. Es un abuso.

Pero en seguida ri, con su risa cruel, como si sintiera lstima ante la
confusin que mostraba Renovales viendo su enfado.

--Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada.
Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fu un amargo castigo para el artista, que
consideraba su beso como una toma de posesin.

La condesa sigui buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla
irritada:

--Luz, haga usted luz! Pero dnde est la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el
tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos
elctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los
marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los
muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

--Buenas noches--dijo del lado de la puerta una voz melosa.

--Josefina!...

La condesa corri hacia ella, abrazndola con gran efusin, besando sus
mejillas rojizas y descarnadas.

--Qu  obscuras estabais!--prosigui Josefina con una sonrisa que
conoca bien Renovales.

Concha la aturdi con el chaparrn de su palabrera. El ilustre maestro
se haba negado  encender; le gustaba el crepsculo; cosas de artista!
Haban hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la
llegada del coche. Y deca esto besando  la mujercita, separndose un
poco para contemplarla ms  su gusto, repitiendo con vehemencia:

--Pero qu guapa ests hoy! Te encuentro mejor que hace tres das.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba  la
puerta. Se lo haba dicho el criado cuando ella bajaba atrada por el
eco lejano del armnium.

La condesa mostr prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnmero de
cosas que deba hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su
casa. Josefina la ayud  colocarse el sombrero y el velo, y todava, 
travs de ste, la di la condesa varios besos de despedida.

--Adis, _ma chere_. Adis, _mignone_. Te acuerdas del colegio? Ay,
cun felices ramos all!... Adis, _matre_.

Todava se detuvo en la puerta para besar una vez ms  Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclam en un tono quejumbroso de
vctima que desea ser compadecida:

--Te envidio, _cherie_. T, al menos, eres feliz: has encontrado un
marido que te adora... Maestro, cudela usted mucho: mmela para que se
ponga buena y guapa... Cudela usted,  reiremos.




VI


Renovales acab de leer en la cama, segn su costumbre los peridicos de
la noche, y antes de apagar la luz mir  su mujer.

Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vi sus ojos
desmesuradamente abiertos, fijos en l con una tenacidad hostil, y los
rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por
entre las blondas de la gorra de noche.

--No duermes?--pregunt el pintor con una entonacin cariosa, en la
que haba algo de inquietud.

--No.

Y tras este monoslabo duro, di una vuelta en la cama, volvindole la
espalda.

Qued Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto
por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sbana,
tendido  corta distancia de l y que evitaba todo roce, achicndose con
manifiesta repulsin.

Pobrecilla! El bueno de Renovales sentase atenaceado por un doloroso
remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz que se haba
despertado iracunda  implacable, destrozndolo con las dentelladas del
desprecio. No significaban gran cosa los sucesos de aquella tarde: un
momento de abandono, una debilidad. Seguramente que la condesa ya no se
acordaba de ello, y l, por su parte, tena el propsito de no
reincidir.

Bonita situacin para un padre de familia, para un hombre que haba ya
pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas, ponerse
melanclico  la hora del crepsculo, besando una mano blanca, con
posturas de trovador apasionado! Vive Dios! Cmo se hubieran redo los
amigos al verle en esta actitud!... Haba que limpiarse de este
_romanticismo_ que le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre deba
seguir su destino, aceptando la vida tal como se presentaba. l haba
nacido para virtuoso; deba conformarse con la relativa paz de su vida
domstica; aceptar sus escasas dulzuras como una compensacin de los
tormentos morales que le haca sufrir la enfermedad de su compaera. Se
contentara con las fiestas de su pensamiento; con aquellos atracones
ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su
imaginacin. Mantendra su carne en una fidelidad matrimonial que
equivala  perpetua privacin. Pobre Josefina! Su remordimiento, por
un instante de debilidad que l consideraba como un crimen, impulsbale
 aproximarse  su compaera de lecho, cual si buscase en su calor y su
contacto un mudo perdn.

El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alej al sentir su roce; se
apeloton, como esos moluscos tmidos que se achican y ocultan al ms
leve tocamiento... Estaba despierta. No se oa su respiracin; pareca
muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos
abiertos, su ceo contrado, y senta el pavor del que presiente un
peligro en el misterio de la sombra.

Renovales tambin permaneci inmvil, evitando un nuevo encuentro con
este cuerpo que le repela mudamente. La firmeza de su arrepentimiento
le proporcionaba cierto consuelo. Jams volvera  olvidarse de su
mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.

Desechara para siempre estos anhelos de juventud, esta audacia, esta
hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte estaba echada;
seguira siendo el de siempre. Pintara retratos y todo lo que le
encomendasen; dara gusto al pblico, ganara ms dinero; procurara
amoldar su arte  las exigencias celosas de su mujer para que viviese
tranquila; se burlara de ese fantasma de la ambicin humana que llaman
gloria. La gloria! Una lotera sin ms probabilidades de suerte que
los gustos de las gentes que aun estaban por nacer! Quin conoca las
aficiones artsticas del porvenir? Tal vez apreciase como bueno lo que
l produca ahora  disgusto; tal vez reira con desprecio de lo que l
deseaba pintar. Lo nico importante era vivir tranquilo, los ms aos
que pudiese, rodeado de dulce paz. Su hija se casara. Tal vez fuese su
marido el amado discpulo, aquel Soldevilla, tan modosito, tan corts,
que andaba loco tras la revoltosa Milita. Y si no era ste, sera Lpez
de Sosa, un mentecato enamorado de sus automviles, que gustaba ms 
Josefina que el discpulo, por no haber incurrido en el pecado de
mostrar talento y dedicarse  la pintura. Tendra nietos, le blanqueara
la barba, ofrecera la majestad de un Padre Eterno, y Josefina, cuidada
por l, reanimada por un ambiente de cario, llegara tambin  la
vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los
aos, que anula los desarreglos del sexo.

El pintor sentase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se
ira del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida,
pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias
pasionales.

Mecido por estas ilusiones, el artista fu sumindose en el sueo. Vea
en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas
sonrosadas y cabellera de plata:  su lado una viejecita vivaracha, sana
y graciosa, peinada con bands de brillante nieve, y en torno de ellos
un corro de nios, muchos nios, unos urgndose las narices, otros
revolcndose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos;
los mayores, lpiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria
pareja, y todos gritando  coro con un llamamiento de ternura:
Abuelitos ricos! Abuelitos monos!...

En su imaginacin adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no
vea las figuras, pero el grito carioso segua sonando en sus odos
cada vez ms lejano.

Despus volva  crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja,
un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la
garganta el cuchillo del sacrificador.

El artista, aterrado por este gemido, crey que un animal obscuro, un
monstruo de la noche, se agitaba junto  l, rozndolo con sus antenas,
empujndole con las huesosas puntas de sus articulaciones.

Despertse, y turbio an su cerebro por las nieblas del sueo, lo
primero que sinti fu un estremecimiento de miedo y sorpresa,
extendindose de su nuca  sus pies. El monstruo invisible estaba junto
 l, moribundo, pataleante, hirindole con las angulosidades de su
cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agnico.

Renovales,  impulsos del miedo, despert por completo. Aquel lamento
era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber
penosamente el aire.

Cruji la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lmpara
mostr  la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos
miembros contrados dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos,
mates y con un estrabismo de agona; la boca llorosa, goteando por sus
comisuras una espumilla de rabia.

El marido, aturdido por este despertar, intent cogerla en sus brazos,
oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.

--Dja... me--rugi ella con voz entrecortada.--Suelta... Te
aborrezco...

Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba  l, clavando
los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales,
insensible  este apretn, que no haca gran mella en su cuello
atltico, murmuraba con triste bondad:

--Aprieta!... No temas hacerme dao. Desahgate!

Sus manos, cansadas de oprimir intilmente aquella carne musculosa,
abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun dur un buen rato la
crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte,
sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el
incesante gotear del doble hilo lacrimoso.

Renovales haba saltado de la cama, yendo por la habitacin, en su
grotesco atavo de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que
buscaba, murmurando palabras cariosas para tranquilizar  su esposa.

sta interrumpa sus gemidos, pugnando por introducir cada slaba 
travs del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El
pintor se detuvo  oirla, asombrado de las palabras soeces que se
deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su
alma, sacase  flote las groseras  impurezas odas en la calle y
depositadas en el fondo de su memoria.

--La ta... _tal_! (Y aqu soltaba la palabra clsica, con naturalidad,
como si toda su vida hubiese hablado as.) La sinvergenza! La...

Y segua lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al
marido, por salir de aquella boca.

--Pero de quin hablas? Qu persona es esa?

Ella, como si slo aguardase estas preguntas, se incorpor en la cama,
psose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirndole fijamente,
moviendo sobre el frgil cuello su cabeza, en torno de la cual se
arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.

--De quin ha de ser? De la de Alberca... De ese grandsimo plumero!
Hazte de nuevas! T no sabes nada! Pobrecito!

Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tom una actitud arrogante,
fortalecido por sus propsitos de enmienda y por la certeza de que deca
verdad. Se llev la mano al corazn en actitud teatral, echando atrs su
melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los
espejos del dormitorio.

--Josefina, te juro por lo ms que amo en el mundo, que no es cierto lo
que supones. Nada tengo que ver con Concha. Por nuestra hija te lo
juro!

La mujercita se irrit an ms.

--No jures, no mientas... no nombres  mi hija. Embustero! Hipcrita!
Todos sois iguales.

La crea una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurra en torno de ella.
l era un libertino, un mal esposo: lo haba conocido  los pocos meses
de matrimonio; un bohemio sin otra educacin que las perversas tertulias
de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid:
por algo se rean en todas partes del conde... Mariano y Concha se
entendan; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, 
obscuras en el estudio.

--Es tu querida--deca con fra clera.--Vamos, hombre, confisalo;
repite todas esas desvergenzas del derecho al amor y el derecho  la
alegra de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias
hipcritas para justificar el desprecio  la familia, al matrimonio... 
todo. Ten el valor de tus actos.

Pero Renovales, aturdido por esta palabrera feroz, que caa sobre l
como una lluvia de latigazos, slo saba repetir, con la mano en el
corazn y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:

--Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.

Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus
brazos  Josefina, creyendo calmarla, ahora que pareca menos furiosa y
el llanto cortaba sus airadas palabras.

Trabajo intil. El frgil cuerpo escurrase entre sus manos,
repelindolas con una sensacin de horror y repugnancia.

--Djame; no me toques. Me das asco.

Se engaaba su marido si crea que ella era enemiga de Concha. Bah!
Conoca bien  las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus
juramentos de inocencia) que no exista nada entre los dos. Pero sera
por ella, que estaba harta de adoradores, y  impulsos de una antigua
amistad no quera amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que
haba resistido y no l.

--Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu
frente. Eres fiel por cobarda, por falta de ocasin. Pero el
pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.

Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente,
soltando de una vez todas las observaciones que haba hecho, pesando sus
actos y palabras con la sutileza de una imaginacin enferma.

Echbale en cara la expresin de arrobamiento de sus ojos cuando vea 
las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los
elogios  la garganta de una,  los hombros de otra: la uncin casi
religiosa con que examinaba las fotografas y los grabados representando
beldades desnudas, pintadas por otros artistas,  los que l pretenda
seguir en sus impulsos de libertinaje.

--Si yo te dejase! Si yo desapareciese!... Tu estudio sera un burdel;
no podra entrar en l una persona decente; siempre tendras al fresco
alguna mujer, copiando sus vergenzas.

Y en el temblor de su voz irritada revelbase la ira, la amarga
decepcin de presenciar  todas horas este culto de la belleza, este
elogio continuo  la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente,
envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria
fsica, y que cada uno de estos entusiasmos la hera como un reproche,
marcando un abismo entre su triste condicin y el ideal que llenaba la
mente de su esposo.

--Crees que no s lo que piensas?... Me ro de tu fidelidad. Mentira!
Hipocresa! As como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si
pudieses, si tuvieras valor, correras tras esas bestias de hermosas
carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti ms que
grosera y materialidad. La forma! La carne! Y  esto llaman
artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos
hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita 
comer en los merenderos y la adoran no conociendo  otra.

Renovales comenzaba  sentirse irritado por este ataque, que ya no se
basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el
Santo Oficio. Le haba espiado  todas horas; siempre atenta y
observadora, recoga sus menores palabras y gestos; penetraba en su
pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus
entusiasmos.

--Calla, Josefina... Eso es indigno. No podr pensar, no podr
producir... Me espas y persigues hasta en mi arte.

Ella levantaba los hombros con desprecio. Su arte! Se burlaba de l.

Y volva  insultar  la pintura, arrepintindose de haber unido su
suerte  la de un artista. Los hombres como l no deban casarse con
mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino
era permanecer solos,  agregarse  hembras sin escrpulo, enamoradas de
su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de
su desnudez.

--Yo te he querido, sabes?--deca framente.--Te he querido, pero ya no
te quiero. Para qu? S que aunque me lo jures de rodillas, nunca me
sers fiel. Estars cosido  mis faldas y tu pensamiento ir lejos, muy
lejos, acariciando esas vergenzas que adoras. Tienes un serrallo en la
cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de
mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de m; todas
hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones...
Djame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.

Y viendo que el artista no obedeca su mandato, ella misma di vuelta 
la llave, oyndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al
arrebujarse en las ropas del lecho.

Renovales qued en densa sombra, y  tientas busc la cama, acostndose
tambin. Ya no suplicaba; permaneca mudo, irritado. Habase desvanecido
la tierna compasin que le haca soportar las agresivas nerviosidades de
su mujer. Qu ms quera de l?... Hasta donde iba  llegar?...
Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre
sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad,
buscando un alivio en los fogosos extravos de su imaginacin... y aun
esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma,
penetraba ella en l, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando
el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de
ilusiones, en los que entretena sus horas de soledad. Hasta  su
cerebro llegaba esta persecucin! No podan sufrirse con paciencia los
celos de aquella mujer, amargada por la prdida de su frescura juvenil.

Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gema convulsivamente,
agitando las ropas con el estertor de su pecho.

La clera haca insensible y duro al marido.

--Gime, pobrecita!--pensaba con cierta fruicin.--Llora hasta
deshacerte; no ser yo quien te diga una palabra.

Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los
lamentos. Se burlaban de ella! Viva en perpetuo ridculo!... Los
amigos que escuchaban al ilustre maestro, las seoras que visitaban su
estudio, cmo reiran al oirle sus arrebatados elogios  la belleza
ante su mujer enferma y arruinada! Qu era ella en aquella casa,
panten espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que
cuidaba del bienestar del artista. Y el seor crea cumplir todos los
deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero
maltratndola con sus palabras, que la hacan objeto de ludibrio. Si
viviese su madre!... Si sus hermanos no fuesen unos egostas, que
rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida,
dejando sin contestacin sus cartas llenas de quejas y tenindola por
loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!

Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos  la frente con gesto
de desesperacin, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.

--Su madre!--pensaba.--Bien est la insufrible seora para siempre en
su agujero. Sus hermanos! Unos sinvergenzas que siempre que pueden me
piden algo... Seor! Paciencia para sufrir  esta mujer; resignacin y
calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!

La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su
impasibilidad. Bah! Una mujer... una enferma! Todos en el mundo
arrastran su cruz, y la suya era Josefina.

Pero sta, como si adivinase los pensamientos de su compaero de lecho,
ces de llorar y le habl con voz lenta, en la que temblaba una irona
cruel:

--De la de Alberca no esperes nada--dijo de pronto con femenil
incoherencia.--Te advierto que tiene los adoradores por docenas:
juventud y elegancia, que para las mujeres es algo ms que el talento.

--Y  mi qu?--rugi en la obscuridad la voz de Renovales, con una
explosin de clera.

--Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted 
sufrir un fracaso. Ests muy viejo, buen hombre; los aos pasan... Tan
viejo y tan feo que, si te hubiese conocido as, no sera tu mujer 
pesar de toda tu gloria.

Despus de este golpe, satisfecha y tranquila, ces de llorar y pareci
dormirse.

El maestro permaneci inmvil, tendido de espaldas, con la cabeza
apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la
obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotacin,
formando anillos inflamados y flotantes. La clera haba sacudido sus
nervios; la pualada final no le dejaba dormir. Sentase inquieto,
desvelado por este cruel desgarrn en su amor propio. Crea tener en su
cama,  corta distancia de l,  su mayor enemigo. Odiaba este
cuerpecillo ruin que casi poda tocar con un ligero movimiento, como si
encerrase la bilis de todos los adversarios con los que haba chocado en
su vida.

Viejo! Despreciable! Inferior  aquellos seoritos que pululaban en
torno de la de Alberca; l, un hombre conocido por toda Europa y en cuya
presencia palidecan emocionadas, mirndole con ojos de adoracin, todas
las seoritas que pintan abanicos y acuarelas de pjaros y flores!...

--Ya te lo dir ms adelante, pobre mujer--pensaba, mientras una risa
feroz deslizbase invisible en la sombra.--Ya vers si la gloria es algo
y si me encuentran tan viejo como t crees.

Con una alegra de adolescente recordaba la escena del crepsculo, el
beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de
resistencia y de agrado que le abra el camino para ir ms adelante.
Saboreaba estos recuerdos con la fruicin de la venganza.

Despus, su cuerpo, al moverse, tropez con el de Josefina, que pareca
dormir, y experiment cierta repulsin, como si rozase un animal hostil.

Era su enemigo: haba torcido y desorientado su vida de artista y
entristeca su vida de hombre. Crease ahora capaz de haber producido
las obras ms asombrosas, de no conocer  aquella mujercita que
gravitaba sobre l con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la
fiscalizacin de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de
seorita bien educada, cerrbanle el paso, hacindole salir de su
camino. Sus cleras, sus crisis nerviosas le desorientaban,
achicndolo, robndole fuerzas para el trabajo. Y siempre habra de
vivir as?... Pens con horror en los largos aos que aun quedaban
delante de l; en el camino que le ofreca la vida, montono,
polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando
trabajosamente, falto de entusiasmos y bros, tirando de la cadena del
deber,  cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso,
siempre injusto, con la egosta crueldad del enfermo, espindolo con
ojos inquisitoriales  las horas en que se repliega el pensamiento, 
las horas en que surge el sueo, violando su descuido, forzando su
inmovilidad, robndole sus ideas ms intimas para despus pasrselas
ante los ojos con insolencia de ladrn triunfante. Y esto haba de ser
toda su vida!... Cristo! No; mejor era morir.

Entonces surgi en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de
lgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo
el escalofro de la estupefaccin y la sorpresa:

--Si se muriese!...

Por qu no?... Siempre enferma, siempre triste, pareca obscurecer su
pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de ttrica
agitacin. l tenia derecho  la libertad,  romper la cadena, porque
era el ms fuerte. Haba pasado la vida deseando la gloria, y la gloria
era un engao si no proporcionaba ms que el fro respeto de las gentes,
si no poda cambiarse por algo ms positivo. Aun le quedaban muchos
aos de existencia intensa; aun poda regodearse con un atracn colosal
de placeres; aun poda vivir como ciertos artistas que l admiraba,
ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.

--Ay! Si se muriese!...

Recordaba ciertos libros que haba ledo, en los cuales otros personajes
imaginarios deseaban tambin la muerte ajena para satisfacer con ms
amplitud sus apetitos y pasiones.

De pronto crey despertar, salir de un mal sueo, arrancarse con honda
emocin de una pesadilla aterradora. Pobre Josefina!... Le horrorizaba
su pensamiento: senta el fnebre deseo abrasar su conciencia, como un
hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo
que le haca volver hacia su compaera, eso no; la guardaba rencor. Pero
pensaba en sus aos de sacrificio; en las privaciones que haba sufrido
al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta,
en los dolores de su maternidad, en el sustento que haba dado  su
hija, aquella Milita que pareca haber robado todo el vigor de su cuerpo
y tal vez era causa de su decadencia. Qu horror, desear su muerte!...
Que viviera! l lo sufrira todo con la paciencia del deber. Morir
ella? Nunca; antes deseaba morir l.

Pero en vano pugn el artista por olvidar su pensamiento. El deseo
atroz, monstruoso, una vez despertado, se resista, negndose 
retroceder,  ocultarse,  morir en las tortuosidades cerebrales de
donde haba surgido. En vano se arrepenta de esta perversidad y se
avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Pareca
que dentro de l haba surgido una segunda persona, rebelde  sus
mandatos, ajena  su conciencia, insensible y dura  los escrpulos
compasivos, y esta personalidad, este dominio, segua cantando en su
oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades
de la vida:

--Si se muriese!... eh, maestro?... Si se muriese!...




SEGUNDA PARTE




I


Al llegar la primavera, Lpez de Sosa, el intrpido _sportman_, segn
le llamaba Cotoner, presentbase todas las tardes en el hotel de
Renovales.

Fuera de la verja quedaba el automvil de cuarenta caballos, su ltima
adquisicin, de la que hablaba con orgullo; un vehculo enorme,
charolado de verde, que avanzaba y retroceda bajo la mano del
_chauffeur_, mientras el dueo cruzaba el jardn de la casa del pintor.

Renovales le vea entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra
de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un
marino  de un explorador.

--Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las seoras.

Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabn gris, cubriendo su
cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el
largo velo azul. Tras ella apareca la madre, vestida del mismo modo,
pequea  insignificante al lado de aquella muchacha que pareca
abrumarla con su salud y su gallarda.

Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las
piernas; una repentina debilidad la haca algunas veces permanecer en un
silln das enteros. Refractaria  todo movimiento, le gustaba correr
inmvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando  puntos
lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de
su casa.

--Divertirse mucho--deca el pintor con cierta alegra al quedar solo,
completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de l la
hostilidad conyugal.-- usted se las confo, Rafaelito; nada de locuras,
eh?

Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que
alguien pudiese dudar de su pericia. Con l no haba cuidado.

--Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos ms
que al Pardo.

El pintor se excusaba; tena mucho que hacer. Estaba enterado de lo que
era aquello y no le placa ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el
espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campia esfumada
por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefera
contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva
del que estudia. Adems era refractario  lo que no fuese de su tiempo;
iba para viejo, y estas novedades estupendas no _le iban_.

--Adis, pap.

Milita, levantndose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales,
mostrando al sonreir su dentadura ntida. Despus de este beso vena el
otro, ceremonioso, fro, cambiado con la indiferencia de la costumbre,
sin ms novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar
todo contacto intimo.

Salan los tres, apoyndose la madre en el brazo de Rafaelito, con
cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con
una palidez que no animaba el ms leve arrebol de la circulacin de la
sangre.

Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegra de un
muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba  gritos,
complacindose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras
naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprenda entonando con
impdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que haba
aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le
haca coro, aplaudiendo al final estas picardas de estudio.

Tekli, el hngaro, que algunas tardes les acompaaba, haba partido para
su pas con su copia de _Las Meninas_, despus de llevarse las manos de
Renovales varias veces al corazn, con grandes extremos afectuosos,
llamndole _maestrone_. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba
en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibase en el saln de
la ilustre dama, recibiendo la adoracin de su tertulia de admiradores.

Algunas tardes, despus que las seoras abandonaban el estudio y se
alejaba el sordo rodar del automvil con grandes mugidos de bocina, el
maestro y su amigo hablaban de Lpez de Sosa. Un buen muchacho, algo
tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su
viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto
parecido con el emperador alemn, y al sentarse tena buen cuidado de
exhibir sus manos, ponindolas en evidencia sobre las rodillas, para que
apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos
fuertes, con una ingenua satisfaccin de cavador. Su conversacin giraba
siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas
pavonebase como si perteneciese  otra raza, hablando de sus hazaas de
esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba
sin el ms leve esfuerzo, de las sillas que poda saltar sin rozarlas
siquiera. Muchas veces interrumpa  los dos pintores cuando elogiaban 
los grandes maestros del arte, para comunicarles el ltimo triunfo de
cualquier automovilista clebre en la conquista de la disputada copa.
Saba de memoria los nombres de todos los campeones europeos que haban
alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando
pichones, dndose patadas  manejando hierros.

Renovales le haba visto entrar en su estudio una tarde, trmulo de
emocin, con los ojos brillantes, mostrndole un telegrama.

--Don Mariano, ya tengo un _Mercedes_. Me avisan su envo.

El pintor hizo un gesto de ignorancia. Quin era aquel sujeto que
llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonri con lstima.

--La mejor marca; _Mercedes_, superior  _Panard_; eso todo el mundo lo
sabe. Fabricacin alemana; unos sesenta mil francos. No habr otro en
Madrid.

--Pues que sea en hora buena.

Y el artista, despus de encogerse de hombros, sigui pintando.

Lpez de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le
haba dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso
jams), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales
superfluidades), sin otro placer que los _sports_, que fortalecen el
cuerpo. Tena una cochera para l solo, donde albergaba los carruajes de
tiro y los automviles, mostrndolos  los amigos con una satisfaccin
de artista. Era su museo. Adems, posea varios troncos de caballos,
pues las aficiones modernas no le hacan olvidar sus antiguos gustos, y
tomaba tan  pechos sus mritos de automovilista como sus pasadas
glorias de cochero. De tarde en tarde, en los das de gran corrida de
toros,  cuando se celebraban en el Hipdromo carreras sensacionales,
alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y
cascabeles, que parecan pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y
la riqueza de su dueo.

Enorgullecase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un
amorcillo, dedicada por entero al _sport_ y la ostentacin. Sus rentas
eran inferiores  los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage,
los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una
parte de su capital. Pero Lpez de Sosa mantenase impvido en este
principio de ruina, que no pasaba inadvertido para l, muchacho juicioso
y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada
de su juventud; ya limitara sus gastos cuando se casase. Dedicado por
las noches  la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba
antes sus clsicos (peridicos de _sport_, catlogos de automviles,
etc.), todos los meses haca nuevas adquisiciones en el extranjero,
girando miles y miles de francos y lamentndose como un hombre serio de
la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la
torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del pas.
Cada automvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la
frontera. Y despus de esto aun pedan los polticos progreso y
regeneracin!...

Haba sido educado por los padres de la Compaa en la Universidad de
Deusto y tena su ttulo de abogado. Mas no por esto era devoto. l era
liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresas. Haba
dicho adis para siempre  los buenos padres, as que muri el suyo, que
era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber
sido sus maestros y reconoca en ellos unos grandes sabios. Pero la vida
moderna era otra cosa; l lea con entera libertad; lea mucho, tena en
su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas
francesas. Adquira todos los volmenes que llegaban de Pars, con una
hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto
de relatar las costumbres griegas, romanas  egipcias, se encontraban un
sinnmero de buenas mozas en pelota  efebos al natural, sin otros
adornos de civilizacin que las cintas y gorros que cubran sus cabezas.

Peda libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para
l en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los
primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Pea, los
viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban
en los peridicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la
canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las
ciudades; repugnante y antiptica en los caminos; la que insultaba con
toda la grosera de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando
un chicuelo vena  colocarse bajo las ruedas del automvil con la
maligna intencin de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto  una
persona decente,  cuando alguna blusa blanca, hacindose la sorda  los
llamamientos de la bocina, no quera apartarse y se senta alcanzada...
como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior  las
mquinas que cuestan muchos miles de francos. Qu hacer de un pueblo
tan ignorante y ordinario! Y aun hablaban algunos miserables de
derechos y revoluciones!...

Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, mantenindolo
presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba  Lpez de Sosa con
cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.

--Cuntas corbatas tiene usted ahora, Rafael?

Unas setecientas: las haba contado recientemente. Y avergonzado de no
poseer todava el ansiado millar, hablaba de surtirse en su prximo
viaje  Londres, cuando se disputaran la copa los primeros
automovilistas britnicos. Sus botas las reciba de Pars, pero las
fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba  Eduardo de
Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se pona uno
ms all de ocho  diez veces; la ropa blanca pasaba  poder de su ayuda
de cmara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se haca
por ao ocho levitas, que envejecan muchas veces sin llegar al estreno:
las tena de varios colores, con arreglo  las circunstancias y  las
horas en que deba usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro
mate, sombro y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que
representaban desafos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que
vesta cuando algn amigo le buscaba en la Pea para que le asistiese y
representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.

Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger
las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total,
que inverta unos cinco mil duros por ao en sus trajes, y deca con
sencillez  los dos artistas:

--Qu menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...

Lpez de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo despus de
haberle pintado ste su retrato.  pesar de sus automviles, de sus
trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban
ttulos nobiliarios, no consegua echar races en lo que l llamaba gran
mundo. Saba que  sus espaldas le designaban con el apodo de Bonito en
escabeche, aludiendo  las fabricaciones paternas, y que las seoritas
que le tenan por amigo rebelbanse ante la idea de casarse con el
Chico de las conservas, que era otro de sus falsos nombres. La amistad
de Renovales fu para l un motivo de orgullo.

Haba solicitado que hiciese su retrato, pagndolo sin regateo, para
que figurase en la Exposicin; una manera de distinguirse como
cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de
alguna celebridad pintados por el artista. Despus intim con el
maestro, hablando en todas partes de su amigo Renovales con cierta
llaneza, como si fuese un camarada que no poda vivir sin l. Esto le
realzaba mucho ante sus conocimientos. Adems, senta una admiracin
ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el
relato de sus azaas de esgrimidor, abandon los pinceles, y descolgando
unas espadas viejas, tir con l varios asaltos. Vaya con don Mariano!
Y cmo se traa sus cositas aprendidas all en Roma!...

Frecuentando el hotel del artista, acab por sentirse impulsado hacia
Milita: vi en ella la mujer deseada para su matrimonio.  falta de ms
sonoros ttulos, ser yerno de Renovales era algo. Adems, el pintor
gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le
quedaban por delante muchos aos de trabajo para acrecentar esta
fortuna, que haba de ser para su hija.

Lpez de Sosa comenz  hacer la corte  Milita apelando  sus grandes
medios; presentndose cada da con distinto traje, llegando todas las
tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automviles.
El elegante muchacho conquist la tolerancia de la madre, lo que no era
poco. Un marido as convena  su hija. Nada de pintores! Y el pobre
Soldevilla en vano arboraba las ms vistosas corbatas y exhiba
escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la
seora del maestro, que le tena antes cierto afecto maternal y le
tuteaba por haberle conocido casi un nio, acogale ahora framente,
como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.

sta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo
pareca importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compaero de
su infancia, maltratndole unas veces con sus bromas, atrayndolo otras
con efusivas intimidades, como en la poca que jugaban juntos, y al
mismo tiempo elogiaba la elegancia de Lpez de Sosa, rea con l y hasta
recelaba Soldevilla que se escriban cartas como si ya fuesen novios.

Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes 
indecisos en torno de ella  los dos muchachos. Era temible; un chico
con faldas, ms varonil que sus dos adoradores.

--La conozco, Pepe--deca  Cotoner.--Hay que dejarla hacer su voluntad.
El da que se decida por uno  por otro, habr que casarla en seguida.
No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y  gusto, es capaz de
escaparse con el novio.

El padre justificaba esta impaciencia de Milita. Pobrecilla! Para lo
que vea en su casa! La madre siempre enferma, azorndola con sus
llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el
estudio, y por toda compaa la antiptica _Miss._ Haba que dar
gracias  Lpez de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un
tanto calmada de estas carreras vertiginosas.

Prefera Renovales  su discpulo. Era casi su hijo, haba reido
grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo
le tena por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto
nombre, alardeaba de independencia, elogiando  espaldas del maestro
todo lo que ste crea vituperable. Pero aun as, le agradaba la idea de
que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores;
la sangre de Renovales perpetundose en una dinasta de artistas que
llenase la historia con resplandores gloriosos.

--Pero ay, Pepe! Me temo que la nia se ir con el otro. Al fin,
mujer! Las hembras slo aprecian lo que se ve; la gallarda, la
juventud.

Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en
algo muy distinto de lo que deca.

Despus examinaba los mritos de Lpez de Sosa, como si ya se hubiese
introducido en la familia.

--Un buen muchacho, verdad, Pepe?... Algo imbcil para nosotros;
incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona...
pero no es de nuestra promocin.

Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y
con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida,
invadindolo todo. Qu gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas 
una pelota enorme, mazazos  caballo, carreras locas en automvil: desde
los reyes al ltimo retoo de burgus, todos se lanzaban  esta vida de
goces infantiles, como si la misin del hombre slo consistiera en
endurecer los msculos, sudar  interesarse en las peripecias de un
juego. La actividad hua del cerebro, para localizarse en los tentculos
del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permaneca en barbecho;
envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres
parecan plantarse para siempre en los catorce aos; no iban ms all,
satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos
de aquellos mocetones eran vrgenes  casi vrgenes,  la edad en que en
otros tiempos se estaba de vuelta, con el hasto del amor. Ocupados en
correr, sin direccin ni objeto, no tenan tiempo ni calma para pensar
en la hembra. El amor iba  declararse en huelga, no pudiendo resistir
la competencia de los _sports_. Los jvenes vivan aparte, ellos entre
ellos, encontrando en el esfuerzo atltico una satisfaccin que les
dejaba ahitos y sin curiosidad para los dems placeres de la vida. Eran
nios grandes, de puos fuertes: podan luchar con un toro y vean con
timidez la aproximacin de una mujer. Toda la savia de su vida se
escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia pareca haberse
aglomerado en sus manos, dejando vaco el crneo. Adonde iba la gente
nueva?... Tal vez  formar otra humanidad ms sana, ms fuerte, sin
amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso
de la reproduccin. Tal vez este culto  la fuerza, esta vida continua
de hombres entre hombres, desnudndose en la promiscuidad de los
ejercicios, admirando el msculo hinchado y la vigorosidad saliente, se
desviara en repugnante aberracin, y todo ello parase en resucitar los
tiempos clsicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la
mujer, se envilecan imitando sus pasividades.

--Nosotros ramos de otro modo, eh, Pepe?--deca Renovales guiando un
ojo con expresin maliciosa.--De muchachos cuidbamos menos el cuerpo,
pero le dbamos mayores satisfacciones. No ramos tan puros, pero nos
preocupaba algo ms alto que el automvil  la copa de honor: tenamos
_ideales_.

Volva despus  hablar de aquel seorito que pretenda introducirse en
su familia, y se burlaba de su mentalidad.

--Si Milita se decide por l, yo no me opongo. Lo que importa en estos
casos es entenderse. l es un buen chico; casi podra ir al matrimonio
con flores de azahar. Pero no s si pasada la impresin de la novedad
volver  entregarse  sus aficiones y la pobre Milita sentir celos de
esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.

Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despeda al
modelo, si es que lo tena, y abandonaba los pinceles, saliendo del
estudio. Al volver presentbase con sombrero y gabn.

--Pepe, vamos  dar una vuelta.

Cotoner saba hasta dnde llegaba esta vuelta.

Seguan la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcal, caminando
lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales
volvanse  sus espaldas para sealar al maestro. Ese ms alto es
Renovales, el pintor.  los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con
nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le segua con gesto
malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar  la Cibeles ya saba el
viejo pintor que se aproximaban al trmino del paseo.

--Hasta maana, Pepe; me voy por aqu. Tengo que ver  la condesa.

Un da no se limit  esta concisa despedida. Despus de alejarse
algunos pasos volvi hacia su compaero, para hablarle con cierta
vacilacin:

--Oye: si Josefina te pregunta adnde voy, no digas nada... Ya s que
eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme
explicaciones. Las dos no se llevan bien... Cosas de mujeres!




II


Al principio de la primavera, cuando Madrid crea de buena fe haber
entrado en la buena estacin y los impacientes sacaban  luz sus
sombreros veraniegos, volvi inesperadamente el invierno con un
retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sbana de
nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los
que apuntaban las hojas de la vegetacin primaveral y se esparcan las
primeras flores.

La chimenea volvi  encenderse en el saln de la de Alberca, buscando
su calor todos los seores que formaban su tertulia los das en que la
ilustre condesa se _quedaba en casa_, no teniendo reunin que presidir
ni visitas que hacer.

Renovales, al llegar una tarde, habl con entusiasmo del aspecto que
ofreca la Moncloa cubierta de nieve. Vena de all; un hermoso
espectculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por
el blanco sudario, cuando comenzaba  crujir con el primer hervor de la
savia. Lstima que la mana fotogrfica poblase el bosque de tantos
buenos seores, que iban de una parte  otra con sus maquinillas,
ensuciando la pureza de la nieve!

La condesa mostr una curiosidad infantil. Quera ver aquello: ira al
da siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del prximo
cambio del tiempo. Al otro da saldra el sol, se derretiran las
nieves; esas tormentas inesperadas tenan la inestabilidad caprichosa
del clima de Madrid.

--No importa--dijo Concha con tenacidad.--Se me ha metido en la cabeza
ir  la Moncloa. Hace aos que no la veo. Con esta vida tan ocupada!...

Ira  ver el deshielo por la maana... Por la maana no. Se levantaba
tarde, y haba de recibir  todas aquellas seoras del feminismo que
venan  consultarla. Por la tarde: ira despus del almuerzo. Lstima
que el maestro Renovales trabajase  esa hora y no pudiera acompaarla!
l que saba ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de
artista, y la haba hablado muchas veces de la puesta del sol vista
desde el palacete de la Moncloa; un espectculo casi igual al que se
contempla en Roma desde el Pincio  la cada de la tarde!... El pintor
sonri galantemente. Procurara estar al da siguiente en la Moncloa; ya
se encontraran.

La condesa pareci alarmarse de pronto por esta promesa y lanz una
mirada al doctor Monteverde. Pero sufri una decepcin, en su deseo de
verse tachada de ligera  infiel, al notar que aqul permaneca
indiferente.

Dichoso doctor! Y cmo le odiaba el maestro Renovales! Era un
jovenzuelo hermoso y frgil como una figulina de porcelana; un conjunto
de bellezas extremadas hasta el punto de dar  su rostro una exageracin
caricaturesca. El pelo, partido en dos bands sobre la plida frente,
negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una
suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmes
del lacrimal sobre el ntido marfil de las crneas; unos verdaderos ojos
de odalisca: los labios rojos, enseando su color de sangre por entre la
celosa del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la
dentadura con un brillo tembln semejante al del ncar. Concha le miraba
con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en l,
consultndole con la mirada, lamentando internamente su falta de
despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por l en todos los
caprichos de su carcter veleidoso.

Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los ms
atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.

Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una ctedra
de Madrid para hacer oposiciones  ella. La condesa de Alberca le tena
bajo su alta proteccin, hablando con entusiasma de Monteverde  todos
los seores graves que ejercan influencia en la vida universitaria.
Prorrumpa en los ms desaforados elogios del doctor en presencia de
Renovales. Era un sabio, y  ella la entusiasmaba que toda su sabidura
no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un
ngel.

--Para dentadura bonita la de Monteverde--deca mirndolo en plena
tertulia al travs de sus impertinentes.

Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas, interrumpa la
conversacin, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:

--Pero han reparado ustedes en las manos del doctor? Ms finas que las
mas! Parecen manos de dama.

El pintor se indignaba ante estas demostraciones de Concha, que muchas
veces eran en presencia de su marido.

Le asombraba la calma del hombre de las condecoraciones. Pero aquel
seor estaba ciego? Y el conde, con una bondad paternal, deca siempre
lo mismo:

--Esta Concha! qu franquezas tiene! No haga usted caso, amigo
Monteverde. Son cosas de mi mujer, niadas.

El doctor sonrea, halagado por este ambiente de adoracin de que le
rodeaba la condesa.

Haba escrito un libro sobre el origen natural de los organismos
animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa seora. El pintor
contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de
msica, ni de versos, ni de artes plsticas, que antes eran la
preocupacin de su inteligencia de pjaro, atrada por todo lo que
brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos  insignificantes
juguetes que slo podan divertir la infancia de la humanidad. Los
tiempos cambiaban; haba que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella
era la protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales
encontraba sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las
hojas sin cortar, manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la
falta de comprensin, despus de una primera acometividad de curiosidad.

Sus tertulianos, casi todos seores viejos, atrados por la hermosura de
la condesa y enamorados de ella sin esperanza, sonrean oyndola hablar
de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenan un nombre en la
poltica se admiraban ingenuamente. Cuntas cosas saba aquella mujer!
Muchas las ignoraban ellos. Los otros seores, mdicos de fama,
catedrticos, gentes de estudio, que haca tiempo no estudiaban,
aprobaban tambin con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del
todo mal. Y ella, llevndose los lentes  los ojos de vez en cuando para
paladear la belleza de su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca
del protoplasma, de la reproduccin de las clulas, del canibalismo de
los _fagocitos_, de los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de
los mamferos _discoplacentarios_ y del _Pithecanthropus_, tratando los
misterios de la vida con amistosa confianza, repitiendo sus extraos
nombres cientficos, como si fueran los de personas de la buena sociedad
que hubiesen comido con ella la noche anterior.

El lindo Monteverde estaba, segn ella, por encima de todos los sabios
de fama universal.

Los libros de stos, con admirarlos tanto el doctor, la daban jaqueca 
ella, que intilmente quera apoderarse del misterio de sus renglones.
En cambio haba ledo un sinnmero de veces el libro de Monteverde,
mgica obra cuya adquisicin recomendaba  todas sus amigas, las cuales,
en materia de lectura, no iban ms all de las novelas de los peridicos
de modas.

--Es un sabio--dijo la condesa una tarde al hablar  solas con
Renovales.--Empieza ahora, pero yo le empujar y llegar  ser un genio.
Tiene un talento inmenso. Si usted hubiese ledo su libro!... Conoce
usted  Darwin? Verdad que no? Pues es ms que Darwin; mucho ms.

--Lo creo--dijo el pintor.--Ese Monteverde es hermoso como un beb y
Darwin era un to feo.

La condesa dud entre ponerse seria  reir, y acab por amenazarle con
sus impertinentes.

--Calle usted, mala persona. Al fin, pintor! Usted no puede comprender
las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el
estudio.

Con qu dolor rea el maestro de tanta pureza y fraternidad! l vea
claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar
sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo haba sido un
msico, durante cierta poca en que la condesa no hablaba ms que de
Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes
un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitacin, matando
los inocentes bueyes despus de saludar con ojos amorosos  la de
Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla
blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi
pblicos. No haba ms que ver el encarnizamiento con que le
despedazaban los seores de la tertulia, afirmando que era un necio y su
libro un traje de Arlequn, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados,
con la audacia del ignorante. Tambin  stos les morda la envidia,
estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel
jovenzuelo que les arrebataba el dolo, adorado con una devocin
contemplativa que reanimaba su senectud.

Renovales indignbase contra s mismo. En vano quera vencer  la
costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la
condesa.

--Ya no vuelvo ms--se deca con rabia al verse en su estudio.--Bonito
papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbciles 
un do de amor... Valiente punto la tal condesa!

Pero al da siguiente volva, pensando con cierta esperanza en la
pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeoso con que
reciba las adoraciones de su amante. Ya se cansara Concha de esta
mueca con bigotes, volviendo los ojos  l, que era un hombre.

El pintor se daba cuenta de la transformacin de su carcter. Era otro y
haca esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio.
Reconoca mentalmente que estaba enamorado, con la satisfaccin del
hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoamiento de
una segunda vida. Se haba sentido impulsado hacia Concha por el deseo
de romper el tedio de su existencia, de imitar  los otros, de gustar la
acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las
murallas severas  imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada
vez ms cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le
exasperaba, aumentando su deseo. No saba ciertamente qu era lo que
senta; tal vez una atraccin material y con ella el enconamiento del
amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas
de la virtud en las que se haba mantenido con orgullo salvaje, creyendo
que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su
gloria, y que slo tendra que extender los brazos para que corrieran 
l.

Sentase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su
cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel nio
bonito de la ciencia que pareca enloquecer  la condesa. Ay las
mujeres! Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiracin
ante la celebridad!... Todo mentira! Slo adoran el talento bien
presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...

 impulsos de su carcter tenaz, Renovales tom  empeo el vencer esta
resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena con su mujer en
la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeosas, que le
anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era
un nuevo espolazo que le haca seguir en este camino.

Concha le alejaba y le atraa al mismo tiempo. Era indudable que el amor
del maestro halagaba su vanidad. Rease de sus declaraciones
apasionadas, tomndolas  broma, contestndolas siempre en el mismo
tono. Formalidad, maestro! Eso no le est bien  usted. Usted es un
grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los
muchachos. Pero cuando l, enfurruado por la fina burla, se juraba
mentalmente no volver, ella pareca adivinarlo y se mostraba cariosa,
atrayndolo con un inters que haca presagiar al pintor la proximidad
de su triunfo.

Si l callaba ofendido, ella era la que hablaba de amor, de pasiones
eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la armona de
los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa pltica, hasta que el
maestro, con sbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor,
para verse acogido por aquella sonrisa bondadosa  irnica  la vez,
que pareca tratarle como  un nio grande falto de juicio.

Y as viva el maestro, fluctuando entre la esperanza y la
desesperacin, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre incapaz
de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio.
Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse  solas con
ella; inventaba pretextos para ir  su casa en horas extraordinarias,
cuando no estaban los de la tertulia, y palideca de coraje al
tropezarse con el lindo doctor, y notar en torno de l esa sensacin de
vaco y malestar que envuelve al importuno en su presentacin
inesperada.

La vaga esperanza de encontrar  la condesa en la Moncloa, de pasear con
ella toda una tarde, libre de aquel crculo de seores insufribles que
la rodeaban con su babosa adoracin, le tuvo inquieto toda la noche y la
maana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor.
Ira? No sera aquella promesa ms que un capricho prontamente
olvidado?... Envi una carta  un ex-ministro, al que estaba retratando,
para que aquella tarde no viniese al estudio, y despus del almuerzo
mont en un coche de alquiler, exigiendo al cochero que arrease al
caballo, que le llevara volando, como si temiese llegar tarde.

Saba que aun faltaban horas para que ella acudiese, si es que acuda;
pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba al artista. Crea,
sin saber por qu, que llegando con anticipacin aceleraba la presencia
de la condesa.

Ech pie  tierra en la plazoleta, frente al pequeo palacio de la
Moncloa. El carruaje se alej hacia Madrid, cuesta arriba, por una
avenida que ocultaba su trmino tras una bveda lejana de ramaje seco.

Renovales pase solo por la plazoleta. Brillaba el sol en un pedazo de
cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares adonde no
alcanzaban sus rayos, sentase fro. Corra el agua al pie de los
rboles, despus de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los
troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque pareca llorar
de gozo bajo la caricia del sol, que deshaca los ltimos restos de su
blanca mortaja.

El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada  su propio poder,
rodeaba al artista. Los pinos se movan en largas rfagas, poblando el
espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permaneca en la
sombra glacial de los rboles. Arriba, sobre el frontn del palacete,
buscando el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en
espiral unas cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de
los bustos clsicos ennegrecidos por la intemperie. Despus, cansadas de
volar, se abatan sobre los balcones de herraje oxidado, aadiendo un
adorno blanco y palpitante, un festn de plumas y susurros al viejo
edificio. En medio de la plazoleta, un cisne de mrmol, con el cuello
violentamente tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro,
cuyo murmullo pareca aumentar la impresin de fro glacial que se
senta en la sombra.

Renovales comenz  pasear, aplastando en los sitios sombros la
escarcha helada que cruja bajo sus pies. Se asom al balaustre circular
de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la celosa del
negro ramaje, en el que comenzaban  apuntar los primeros brotes, vi la
cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas
de la nieve, que se confundan con las masas de nubes. Ms ac, los
montes del Pardo marcaban sus obscuras cspides, negras de pinos, y  la
izquierda extendan las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las
que comenzaba  verdear, con tonos amarillentos, la vegetacin
primaveral.

 sus pies esparcanse los campos de la Moncloa, los jardincillos de
arcaica construccin, la arboleda de los Viveros orlando el curso del
ro. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el sol
en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el
follaje de los bosques, todo pareca lavado y brillante despus de la
reciente mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde
el negro al amarillo, sonrea al sentir el contacto del sol tras el
refresco de la nieve.  lo lejos, rasgando el espacio con la enorme
sonoridad de las tardes tranquilas, retumbaban continuos disparos de
escopeta. Cazaban en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los
troncos y las verdes sbanas de las praderas, brillaba el agua herida
por el sol; trozos de estanque, fragmentos de canal, charcas formadas
por el deshielo, como filos temblones y luminosos de espadas gigantescas
perdidas en la hierba.

Renovales apenas mir el paisaje; no le deca nada aquella tarde. Otras
eran sus preocupaciones. Vi descender por la avenida una berlina
elegante y abandon el mirador para salir  su encuentro. Ella que
llegaba!... Pero la berlina pas junto  l sin detenerse, con lento y
majestuoso rodar, y vi al travs de sus vidrios una seora vieja,
envuelta en pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su
cabeza, temblorosa de senectud, al comps de la marcha. Se alej el
carruaje hacia la pequea iglesia inmediata al palacio y el pintor
volvi  quedar solo.

Ay! No vendra. Comenzaba  decirle el corazn que su espera era
intil.

Unas nias, con los zapatos rotos y flotantes sobre el cuello sus lacias
melenillas dadas de aceite, comenzaron  correr por la plazoleta.
Renovales no vi de dnde haban salido. Tal vez eran las hijas del
guardin del palacete.

Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta pendiente del hombro y
la bocina al costado. Ms all se aproximaba un hombre vestido de negro
con aspecto de domstico, escoltado por dos perros enormes, dos daneses
majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta dignidad,
prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que meta miedo.
Carruaje no se vea ninguno. Vive Dios!...

Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra, acab por sacar el
pequeo lbum que llevaba siempre con l. Dibujaba las figuras de las
nias en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para que la
espera fuese menos larga. Una tras otra dibuj todas las nias; despus
las sorprendi en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrs
del palacio, descendiendo hacia el Cao Gordo. Renovales, falto de
distraccin, abandon su banco y di varios paseos, golpeando el suelo
ruidosamente. Tena los pies helados; el fro y la espera le ponan de
un humor terrible. Despus fu  colocarse en otro banco, cerca del
criado vestido de negro, que tena  los dos perros junto  sus
rodillas. Estaban inmviles sobre sus patas traseras, descansando con la
dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises, de
inteligente parpadeo,  aquel seor que los contemplaba atentamente y
despus mova su lpiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El
pintor dibuj los dos perros en diversas posturas, entregndose  este
trabajo con tal entusiasmo, que lleg  olvidar el motivo que le haba
llevado all. Ah, las adorables bestias! Renovales amaba los animales
en los que la hermosura va unida  la fuerza. De vivir solo, entregado
 sus gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.

Se fu el criado con sus perros y volvi el artista  quedar solo.
Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad,
perdindose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Despus un
grupo de seminaristas, dejando detrs de ellos, con el revoloteo de las
sotanas, ese hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el
perfume de los cuarteles y los conventos... Y la condesa sin llegar!

El pintor fu de nuevo  acodarse en el balaustre del mirador. Slo
esperara media hora ms. Declinaba la tarde; el sol aun se mantena
alto, pero de vez en cuando se entenebreca el paisaje. Las nubes,
contenidas en los rediles del horizonte, haban quedado en libertad y
rodaban por el campo del cielo tomando fantsticas formas, trotando
vidas en tumultuosa dispersin, como si quisieran tragarse la bola de
fuego que resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.

De pronto Renovales sinti en su espalda algo as como un choque, en el
sitio del corazn. Nadie le haba tocado; era un aviso de sus nervios,
que parecan ms excitados, ms fieros, desde haca algn tiempo. Ella
estaba cerca, llegaba, tena la certeza. Y al volverse la vi, muy lejos
an, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de
piel, las manos en un pequeo manguito y el velillo sobre los ojos. Su
alta y elegante silueta marcbase sobre la tierra amarillenta, al pasar
de un tronco  otro. Un carruaje, el suyo, volvase cuesta arriba para
esperarla tal vez en lo alto, junto  la escuela de Agricultura.

Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le tendi su manecita
enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se dirigieron
conversando hacia el mirador.

--Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me
acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pens
en el maestro. Tena la seguridad de encontrarle aqu y he venido para
que se me quite el mal humor.

Al travs del velo vi Renovales sus ojos, que brillaban con cierta
hostilidad, su linda boca contrada en las comisuras por un pliegue
rabioso.

Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la clera que hinchaba su
pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su saln,
donde todo le era familiar.

Haba ido  ver al presidente para recomendarle _su asunto_; un deseo
del conde, de cuya realizacin penda su felicidad. El pobre Paco (era
su marido) soaba con el Toisn de Oro. Slo esto le faltaba para
coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de
su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milmetro de su
tronco sin este revestimiento glorioso. El Toisn de Oro y luego
morir!... Por qu no haban de dar gusto  Paco, un hombre tan bueno,
incapaz de hacer dao  una mosca? Qu les costaba concederle este
juguete, hacindole feliz?...

--Ya no hay amigos, Mariano--deca la condesa con amargura.--Ese
presidente es un tonto que olvida  sus antiguas amistades al verse jefe
del gobierno. Yo, que le he conocido suspirando cerca de m como un
tenor de zarzuela, hacindome el amor (s,  usted se lo digo) y
queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!...
Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los
ojos en blanco, querida Concha, hermosa Concha y otras frases de
merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario
viejo. Total, que no puede ser lo del Toisn; que l lo siente mucho,
pero en Palacio no quieren.

Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba,
dirigi sus ojos iracundos  las obscuras lomas de la Casa de Campo,
donde seguan sonando disparos.

--Despus dicen si una piensa de este modo  del otro! Yo soy
anarquista, me oye usted, Mariano? Cada vez me siento ms
revolucionaria. No se ra usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco,
que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. Mujer, piensa en lo que
somos. Debemos estar bien con la casa grande. Pero yo me sublevo;
conozco el personal: un atajo de indecentes. Por qu no ha de tener mi
Paco el Toisn, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me
da rabia este pas tan cobarde y tan mansurrn. Deba repetirse aqu el
93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y
la posicin, hara hoy algo sonado. Echara una bomba... Una bomba, no;
cogera un revlver y...

--Fuego!--dijo el pintor con voz enrgica al mismo tiempo que rompa 
reir.

Concha se hizo atrs con un gesto de enfado.

--Nada de bromas, maestro. Mire usted que me voy! Mire usted que le
pego!... Esto es ms serio de lo que usted cree. Para bromitas est la
tarde!

Pero desmintiendo con su carcter variable la gravedad que pretenda dar
 sus palabras, la condesa sonri levemente, como si le acariciase un
buen recuerdo.

--No todo han sido fracasos--dijo tras una larga pausa.--Yo no me voy
con las manos vacas. El presidente, que no me quiere tener por enemiga,
me ha ofrecido una compensacin, ya que lo del _borrego_ es imposible.
Un acta de diputado en la primera eleccin parcial que se anuncie.

Los ojos de Renovales abrironse con asombro.

--Y para qu quiere usted eso, criatura?  quin va  drsela?

-- quin!--remed Concha con grotesca expresin de asombro.-- quin!
 quin ha de ser, grandsimo tonto!... No va  ser  usted, que no
entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para
Monteverde, para el doctor, que har grandes cosas.

La carcajada sonora del artista retumb en el silencio de la plazoleta.

--Darwin diputado de la mayora! Darwin diciendo s y no!...

Y tras estas exclamaciones continu sus risotadas de cmico asombro.

--Rase usted, feo; abra ms esa bocaza; mueva sus barbas de apstol.
Qu gracioso est usted! Y qu tiene eso de particular?... Pero no se
ra usted ms. Mire usted que me pone nerviosa! Mire usted que me voy
si contina as!...

Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tard en olvidar sus
preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtena toda impresin
en su cerebro de pjaro. Mir en torno de ella con ojos desdeosos,
deseando mortificar al pintor. Y era aquello lo que tanto entusiasmaba
 Renovales? No haba ms?...

Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo  los viejos jardines
escalonados detrs del palacio. Bajaron entre pendientes cubiertas de
musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los peldaos.

El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los
troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi
invisibles bajo la hierba. En algunas umbras aun quedaban, como vedijas
de blanca lana, montones de nieve, resistindose  la general
licuefaccin. Sonaba el chillido estridente de los pjaros, como el
araazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las
escalinatas, los basamentos de piedra roda y negruzca recordaban las
invisibles estatuas y los jarrones que haban sostenido. Los pequeos
jardines, recortados en formas geomtricas, extendan en cada meseta las
grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el
agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas,  desplomndose
en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su
interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo,
susurrante, glacial, aumentando la fra impresin de aquel paisaje, en
el que el sol pareca una pincelada roja sin calor.

Pasaron bajo arcos de verdura, entre rboles enormes y moribundos,
cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando
los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y
amarillas. Los senderos estaban limitados  un lado por las cuestas, en
cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, vindose aparecer de vez en
cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca
de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rstica de troncos
pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo,
extendanse los obscuros parterres con su melanclica soledad y sus
chorros que lloraban da y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las
zarzas de apretado tejido, esparcanse de rbol en rbol por las
laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de
finsimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba
la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo
de fajas de oro y barras de sombra.

El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el nico rincn
para artistas que poda hallarse en Madrid. All haba trabajado el gran
don Francisco. Pareca que, tras una revuelta del sendero, iban 
tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceo
malhumorado ante alguna duquesa gentil que le serva de modelo.

Los trajes modernos parecan desentonar en este fondo. Renovales
declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca
empolvada, medias de seda y marchar junto  una falda escurrida, con el
talle bajo los pechos.

La condesa sonri escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran
curiosidad: no estaba mal aquel paseo: crea verlo por primera vez l.
Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.

El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un saln, y en cuanto 
rboles, le gustaban ms los de las decoraciones del teatro Real con
acompaamiento de msica.

--Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la
dejan sola y entregada  s misma, es muy ordinaria.

Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque  ras de tierra, con
pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El
agua, engrosada por la filtracin de las nieves, desbordbase fuera del
marco de piedra, extendindose en delgada sbana, para rodar cuesta
abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abri
la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos hmedos, tomndola
una mano para guiarla, y ella le sigui, riendo de este obstculo y
recogindose las faldas.

Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conserv agarrada
aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al travs del guante.
Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero
con una lejana expresin de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro
pareca indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cmo empezar.

--Siempre igual?--pregunt con voz dbil.--No hay un poco de caridad?

La condesa prorrumpi en una carcajada sonora.

--Ya sali; me lo esperaba; por eso me resista  venir. En el carruaje
me he dicho varias veces: Hija ma, haces mal en ir  la Moncloa; te
vas  aburrir; te espera la declaracin nmero mil.

Luego adopt un tono de cmica indignacin.

--Pero maestro, es que no puede hablarse con usted de otra cosa? Es
que las mujeres estamos condenadas  no poder tratar  un hombre sin que
se crea obligado  lanzarnos una declaracin?

Renovales protest. Poda decir esto  cualquier otro,  l no, pues
estaba enamorado. Lo juraba; se lo dira de rodillas para que lo
creyese; enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente,
llevndose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.

--S; conozco la cancin; es intil que la repita; me la s de memoria.
Un volcn en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...
Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad...
Maestro, por Dios! no se ponga usted cursi. Un hombre como usted
diciendo esas cosas!...

Renovales qued aturdido por este remedo burln. Pero Concha, como si se
apiadara de l, se apresur  aadir en tono carioso:

--Qu necesidad tiene usted de enamorarme? Se imagina usted que le
apreciar menos si prescinde de esa obligacin que creen tener todos los
hombres que me rodean?... Yo le quiero  usted, maestro; necesito verle;
sentira mucho que risemos. Le quiero como  un amigo; el mejor de
todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un nio grandote; un
beb barbudo que no sabe ni pizca as del mundo, pero tiene mucho
talento, mucho!... Tena ganas de que nos visemos  solas un buen rato
para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no
quiero  nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la
inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... Pero no ponga
usted esa cartula triste! Algrese un poco! Suelte esa carcajada que
me alegra el alma, ilustre maestro!

Pero el maestro permaneca hosco, mirando al suelo, enredando con cierta
furia los dedos de su diestra en la maraa de sus barbas.

--Todo eso son mentiras, Concha--dijo rudamente.--La verdad es que usted
est enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.

La condesa sonri como si la halagase la brusquedad de estas palabras.

--Pues bien; s, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado
 ningn hombre.  nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye
de m, porque es usted mi amigo, porque con usted no s lo que me pasa,
que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere
mucho ms que l  m. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me
forjo ilusiones, Mariano. Treinta y seis aos! Slo  usted me atrevo 
confesar la edad. Todava estoy presentable; me defiendo bien; pero l
es mucho ms joven. Unos aos ms, y casi podra ser su madre...

Call un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su
amante y ella, pero luego aadi con repentina confianza:

--l tambin me quiere, lo reconozco. Soy para l la consejera, la
inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el
trabajo; que ser un grande hombre, gracias  m. Pero yo le quiero
ms, mucho ms; hay una desigualdad en nuestro cario casi tan grande
como en nuestras edades.

--Y por qu no me ama usted  m?--dijo el maestro con voz
lacrimosa.--Yo la adoro; se trocaran los papeles. Sera yo quien la
rodease de una idolatra eterna, y usted se dejara adorar, se dejara
acariciar como un dolo, vindome con la frente junto  sus pies.

Concha ri de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademn
apasionado y los ojos vehementes del artista.

--Y por qu no me ama usted?... Maestro, no sea usted nio! Esas
cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted
desea, porque no puede ser. Contntese con ser el primero de mis amigos.
Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con
Monteverde. S; le digo  usted cosas que nunca le dir  l...

--Pero lo otro!--exclam el pintor con rabia.--Lo que yo necesito; su
cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...

--Maestro, contngase--dijo ella con afectada pudibundez.--Que le
conozco! Que va usted  soltar esas indecencias que se le ocurren
siempre que desnuda con los ojos  una mujer!... Que me voy por no
oirle!...

Luego aadi con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al
vehemente maestro:

--Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las
consecuencias de mis actos... Mariano, mrese usted bien, fjese en lo
que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor da se le casa; la
perspectiva prxima de ser abuelo. Y aun piensa usted en locuras! Yo no
podra acceder  lo que usted me propone, aunque le amase... Qu
horror! Engaar  Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan
dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Slo se pueden
arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentira
con fuerzas para amarle  usted. Amigos, nada ms que amigos...

--Pues no lo seremos--exclam Renovales con impetuosidad.--Me alejar
para siempre de su casa; no la ver  usted ms; har lo imposible por
olvidarla. Es un suplicio insufrible. Vivir ms tranquilo no vindola.

--No se ir usted--dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su
fuerza.--Se quedar  mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo
tendr en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura,
maestro; ver usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende
ahora. Tendr para usted lo que no conocen los dems: intimidad,
confianza.

Y al decir esto pona en el brazo del pintor una de sus manecitas, se
apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que
luca algo enigmtico y misterioso.

El sonido de una bocina lleg hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba
el aire con sordo voltear de ruedas. Pas por abajo un automvil  toda
marcha, siguiendo la carretera. Renovales intent reconocer  los
muequillos que montaban este vehculo, empequeecido como un juguete
por la distancia. Tal vez fuese Lpez de Sosa el que guiaba y su mujer y
su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los
asientos.

La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin
verle, sin advertir que l estaba all, olvidado de todo, enamorado y
suplicante, le paraliz, con la emocin del remordimiento.

Permanecieron mucho rato inmviles, silenciosos, apoyados en la baranda
de troncos, mirando al travs de la columnata de rboles el sol
brillante, de un rojo de cereza, que descenda inflamando el horizonte
con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, vindolo prximo 
morir, le acometan con traidora voracidad.

Concha contemplaba la puesta del sol con el inters que ofrece un
espectculo visto muy de tarde en tarde.

--Mire usted, maestro, aquella nube enorme. Qu negra! Parece un
dragn... No; es un hipoptamo; fjese en sus patas redondas como
torres. Cmo trota! Se va  comer el sol. Que se lo come!... Ya se lo
trag!

Se ensombreca el paisaje. El sol haba desaparecido en el interior de
aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizbase de
plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su
vientre, dejando caer una lluvia de plidos rayos. Despus, abrasado por
esta digestin, desvanecase en humo, rasgbase en negras vedijas, y
otra vez apareca el rojo disco, baando de oro cielos y tierra,
poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.

Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto  la condesa,
aspiraba el perfume de sta, sintiendo el clido contacto y las durezas
salientes de un lado de su cuerpo.

--Volvamos, maestro--dijo ella con cierta inquietud.--Siento fro...
Adems, con un acompaante como usted, es imposible permanecer
tranquila.

Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el
peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en
su rostro plido y emocionado una prxima audacia, el avance brutal 
impetuoso.

En la plazoleta del Cao Gordo se cruzaron con una pareja que descenda
lentamente, muy pegados los dos, no atrevindose  enlazar sus brazos
todava, pero dispuestos  cogerse del talle apenas desaparecieran en el
prximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la
arrogancia de un galn de comedia antigua; ella, pequeita y plida, sin
otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantn y
caminaba con los ojos cndidos puestos en los de su compaero.

--Algn estudiante con su modista--dijo Renovales al dejarlos  su
espalda.--stos son ms felices que nosotros, Concha: su paseo ser ms
dulce.

--Nos hacemos viejos, maestro--dijo ella con una entonacin de falsa
tristeza, excluyndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad
sobre su acompaante.

Renovales se revolvi con los ltimos ardores de su protesta.

--Y por qu no he de ser yo tan feliz como ese chico? No tengo derecho
 ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida,
acostumbrada como est  tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el
pintor, el clebre maestro: me conocen en todo el mundo.

Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez ms por
la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de
luz, que deba cegar  las hembras hacindolas caer  sus pies. Y un
hombre como l tena que verse pospuesto por aquel doctorcillo
ridculo?...

La condesa sonrea con expresin de lstima. Sus ojos mostraban tambin
cierta conmiseracin. Tonto! Nio! Qu simplezas tenan los hombres
de talento!

--S; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad.
Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por
usted admiracin.

--Admiracin no, Concha: amor!... Ser uno de otro!... Amor completo...

Ella segua riendo.

--Ay, hijo! Amor!...

Sus ojos parecan hablarle irnicamente. No conoca  las mujeres. El
amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria
de su ceguera. Slo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.

--Seremos amigos, Mariano: amigos nada ms. Usted se acostumbrar
encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted _material_; parece
imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.

Y sigui hablndole desde lo alto de su conmiseracin, hasta que se
separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.

--Amigos, Mariano. Nada ms que amigos... pero de veras.

Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepsculo,
hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puos. Vindose
solo volva  renacer su clera  insultaba mentalmente  la condesa,
libre ya de la supeditacin amorosa que sufra en su presencia. Cmo se
diverta con l! Cmo reiran sus enemigos al verle sometido y sin
voluntad, en manos de aquella mujer que haba sido de tantos! El orgullo
le haca insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun 
costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeo de honor hacerla
suya, aunque slo fuese por una vez, y luego vengarse repelindola,
arrojndola  sus plantas, diciendo con gesto de soberano: Esto hago yo
con los que se me resisten.

Pero luego se di cuenta de su debilidad. Siempre sera vencido por
aquella hembra que le miraba framente, que era incapaz de perder su
calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo
pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban  ella,
y sinti la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su
cruz.

Estaba decidido. Huira de aquella mujer. No la vera ms.




III


Y no la vi; no la vi en dos das. Pero al tercero lleg  sus manos
una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que
tenia la virtud de estremecerle.

La condesa se quejaba de su ausencia con cariosos lamentos. Necesitaba
verle, tena que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que
el artista se apresur  ocultar, temiendo que su lectura hiciera
suponer lo que no era cierto an.

Renovales se mostr indignado.

--Ir  verla--se dijo, paseando por el estudio;--pero ser para decirla
cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va  jugar conmigo,
se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.

Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus
fieros propsitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba
con el arrullo de la ilusin:

--Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera:
va  ser tuya.

Y el artista corri ansioso  casa de la condesa. Nada. Se quej de su
ausencia con una tristeza mimosa. Ella que le quera tanto!...
Necesitaba verle; no poda permanecer tranquila creyendo que le guardaba
enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el
gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde
comenzaron  llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de
mudos adoradores, presentndose el ltimo Monteverde, con la calma del
que no teme peligro alguno.

El pintor sali de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una
mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada ms. Cada vez que
intentaba ir ms all, remontndose  lo largo del brazo, la hermosa
seora le contena con un gesto imperioso.

--Que me enfado, maestro, y no le recibo ms  solas!... Que falta
usted  lo convenido!

Renovales protestaba. Nada haban convenido, pero Concha lograba
calmarle instantneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su
hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan
simptica, interesndose por su salud y anunciando una prxima visita. Y
el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no
atrevindose  nuevos avances, hasta que se desvaneca la penosa
impresin.

Volvi Renovales  casa de la condesa, como siempre. Senta la necesidad
de verla; se haba acostumbrado  los vehementes elogios que aquella
boca haca de sus mritos de artista.

Algunas veces despertaba su carcter impetuoso de otros tiempos, y
senta el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer
le tena como embrujado: llambale para nada; pareca gozarse con
hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo
hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese
su esposo. Necesitaba confiar  alguien los incidentes de su vida
oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes  la
confesin. Poco  poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales,
relatando sin rubor los incidentes ms ntimos de aquellos encuentros,
que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del
conde, el cual pareca como atontado por su fracaso del Toisn: gozaban
un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.

-- usted se lo digo todo, Mariano. No s lo que me ocurre con usted. Le
quiero como  un hermano. Un hermano, no... ms bien, una amiga; una
amiga de confianza.

Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que
la gente crea; muy simptica, muy bonita, pero sin ningn escrpulo
moral. En cuanto  l, insultbase en el bizarro lenguaje de sus tiempos
de bohemio, comparndose con todos los animales cornudos que poda
recordar.

--No vuelvo ms. Es una vergenza. Bonito papel ests haciendo,
maestro!

Pero apenas se mantena ausente dos das, presentbase Mary, la doncella
francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada,  llegaba sta por
el correo interior, destacndose subversiva, escandalosa, entre los
otros sobres de la correspondencia del maestro.

--Esa mujer!--exclamaba Renovales apresurndose  ocultar el llamativo
billete.--Qu falta de prudencia!... El mejor da va  fijarse Josefina
en estas cartitas.

Cotoner, en su ciega admiracin al dolo que consideraba irresistible,
imaginbase  la de Alberca loca de amor tras el maestro, y mova la
cabeza tristemente.

--Esto acabar mal, Mariano. Debes romper con esa seora. La paz del
hogar! Te esperan muchos disgustos.

Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus
cortas ausencias. _Cher matre_, no he podido dormir esta noche
pensando en usted... y acababa firmando su admiradora y buena amiga
_Coquillerosse_, un nombre de guerra que haba adoptado para su
correspondencia con el artista.

Le escriba desordenadamente,  horas extraas, siguiendo los impulsos
de su imaginacin y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces
fechaba sus cartas  las tres de la madrugada: no poda dormir, saltaba
del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su
menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma
desesperante, hablndole del conde, de lo que decan sus amigas,
comunicndole las ltimas murmuraciones que circulaban contra los de la
casa grande, lamentndose de las frialdades de su doctor. En otras
ocasiones eran cuatro lineas lacnicas, desesperadas; un llamamiento
angustioso. Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto
urgentsimo.

Y el maestro, abandonando sus trabajos, corra  primera hora  casa de
la condesa, recibindole sta en la cama, en su dormitorio cargado de
perfumes, donde no haba entrado en muchos aos el hombre de las
condecoraciones.

Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles
acontecimientos, y Concha, agitndose entre las bordadas sbanas,
recogindose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su
gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pjaro, como
si el silencio nocturno produjese en ella una indigestin de palabras.
Se le haban ocurrido grandes ideas: haba pensado durante el sueo una
teora cientfica completamente original, que hara las delicias de
Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual mova su
cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca
tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.

Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto
festival de la Asociacin Feminista, la obra magna de su presidencia: y
sacando de entre las sbanas sus brazos ebrneos, con una tranquilidad
que trastornaba  Renovales, coga de la vecina mesa unos pliegos
garrapateados con lpiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quin era
el pintor ms grande del mundo, pues haba dejado un claro para llenarlo
con este nombre.

Despus de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba
en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al
llamamiento desesperado que haba hecho abandonar sus trabajos al
maestro. Eran siempre motivos de vida  muerte; compromisos, en los que
iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de
una seora extranjera deseosa de llevarse de Espaa algo del gran
maestro. Se lo haba pedido la interesada en una _soire_ diplomtica la
noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le
llamaba para pedirle una _manchita_, un apunte, cualquier cosa de las
que rodaban por los rincones de su estudio, para una tmbola benfica de
la Asociacin  beneficio de las pobres que haban perdido su virtud, y
 las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeo en redimir.

--No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacao. Son los
inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre
el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le
conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, mala persona!

Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lstima. Pero al sentir
el clido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca
carnosidad del brazo, se agitaba, defendindose entre risas y
estremecimientos.

--Djeme usted, Mariano. Que grito! Que llamo  Mary! Ya no le recibo
ms en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... Quietecito,
maestro,  se lo cuento todo  Josefina!

Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la
encontraba plida, con crculos amoratados en los ojos, como si hubiese
pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvan  saltar sus
lgrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de
Monteverde. Pasaba das enteros sin verla; rehua los encuentros con
ella. Ay, los sabios! Hasta haba llegado  decirla que las mujeres son
un estorbo para los estudios serios. Y ella loca por l, sumisa como
una sierva, aguantando las genialidades del seor, adorndole con ese
apasionamiento fogoso de la mujer que es ms vieja que su amante y se da
cuenta de su inferioridad!

--Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe
usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.

Pero el maestro, insensible  sus lgrimas, enfurecido por estas
confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su
estudio, y hablaba  la condesa con brutal confianza, como  una hembra
que ha revelado todos sus secretos y debilidades. Tapones! Y qu le
importaba  l todo eso? Para oir tales cosas le haba llamado?... Ella
se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba
sola en el mundo; era muy desgraciada. No tena ms amigo que el
maestro; era su padre, su hermano;  quin si no  l iba  relatar sus
penas? Y animndose con el silencio del pintor, el cual acababa por
conmoverse ante sus lgrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos.
Deba ver  Monteverde, soltarle un buen sermn, hablarle al alma para
que fuese bueno y no la hiciese sufrir. l le respetaba mucho; era uno
de sus ms grandes admiradores: tena ella la certeza de que bastaran
cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Deba
hacerle ver que no estaba sola; que tena quien la defendiese; que nadie
poda burlarse de ella impunemente.

Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del
lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su
exaltacin.

--Tapones! Esto me faltaba! El mejor da me pedir usted que le
cepille las botas. Pero est usted loca, criatura? Qu se ha figurado
usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Djeme
tranquilo.

Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. Ya
no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse  sus
deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y despus, ni
el ms pequeo sacrificio.

Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas
blancuras, ceuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le
haba conocido; se haba engaado contando con l. Y como Renovales,
confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con
arrogancia.

--Quiere usted  no quiero?  la una...  las dos...

S; hara lo que ella quisiera; vease tan bajo, que ya no le importaba
rodar un poco ms. Sermoneara al doctor, echndole en cara su torpeza
al despreciar tanta felicidad. (Esto lo deca l con toda su alma,
poniendo en su voz temblores de envidia.) Qu ms deseaba su hermosa
dspota? Poda pedir sin miedo. Si era necesario, retara al conde 
singular combate con todas sus condecoraciones y lo matara para que
ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.

--Guasn!--exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.--Es usted
simptico como nadie, pero muy malo. Acrquese usted, mala persona.

Y levantando con la manecita un mechn de su cabellera de sauce, le bes
en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en
el pintor. ste sinti que le temblaban las piernas; despus, sus brazos
intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que pareca
escurrirse dentro de sus finas envolturas.

--Que ha sido en la frente!--grit Concha en son de protesta.--Caricia
de hermanos, Mariano! Quieto!... Que me hace dao!... Que llamo!

Y llam, reconociendo de pronto su debilidad, vindose prxima  caer
vencida bajo el apretn loco y dominador. Son el estremecimiento
elctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se
abri la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y
rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita plida y sonriente estaba
acostumbrada  verlo todo,  adivinarlo todo, sin que se reflejase en
ella la ms leve impresin.

La condesa tendi su mano  Renovales con afectuosa tranquilidad, como
si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que
se marchase tan pronto:  la noche le vera en el Real.

Cuando el pintor aspir el viento de la calle y se code con la gente,
crey despertar de una pesadilla. Tena asco de s mismo. Te luces,
maestro. Su debilidad, que le haca plegarse  todas las exigencias de
la condesa, su vil aceptacin  servir de intermediario entre ella y el
amante, le daban ahora nuseas. Pero aun senta en la frente el roce
del beso; aun perciba aquel ambiente del dormitorio cargado de la
nocturna transpiracin de carne perfumada. El optimismo se apoder de su
pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque
desagradable, le llevara  la realizacin de su deseo.

Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer  Concha, que
deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco,
conversando con ella. Milita rea de este cambio en las costumbres de su
padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena
maana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la
eterna enfermedad de mam, ayudaba al maestro  ponerse el frac, y
adems le peinaba, arreglndole el lazo de la corbata entre mimos y
risas.

--Papato, te desconozco: ests hecho un calavern. Cundo me llevas
contigo?...

l se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesin;  los artistas
les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto  llevarla con l... otro
da. Por ahora necesitaba ir solo; tena que hablar con mucha gente en
el teatro.

Otra modificacin se verific en l, provocando los regocijados
comentarios de Milita. Pap se rejuveneca.

Cada semana sus cabellos perdan en longitud, bajo irreverentes
tijeretazos: su barba disminua, hasta el punto de no quedar ms que una
ligera vegetacin de aquel bosque enmaraado que le daba un aspecto
feroz. No quera confundirse por su aspecto con los dems; deba
conservar un poco de su exterior de _artista_, para que la gente no
pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de
este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y
elegante que rodeaba  la condesa.

Esta transformacin tampoco pas inadvertida para otros. Los alumnos de
Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraso del Real,  se
detenan en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de
seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabn
el ntido peto de su uniforme de fiesta. La cndida admiracin de los
muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete,
salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su
estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguan sus
ojos con expresin de envidia. Cmo se divierte el maestro! Y se
imaginaban  las grandes damas disputndoselo, creyendo de buena fe que
ninguna poda resistir  un hombre que pintaba tan bien.

Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras l, rugan en
sus conversaciones. Farsante, egosta! No estaba satisfecho de ganar
tanto dinero, y ahora haca el gomoso entre la aristocracia, para coger
ms retratos, para sacar  su firma todo lo que pudiese.

Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compaa 
las seoras, le vea partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza.
Mal: su Mariano se haba casado demasiado pronto. Lo que no haba hecho
en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo haca ahora,
prximo  la vejez. En muchas partes rean ya de l, adivinando su
pasin por la de Alberca, aquel amor sin resultados prcticos, que le
hacan convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador
bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse
de su cartula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con
lstima: le comparaban con Hrcules, vestido de mujer  hilando  los
pies de la bella seductora.

Haba contrado con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de
tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le pareca tonto y antiptico.
Encontraba en l algo de su amante, y le era grata por esto su compaa.
Experimentaba esa atraccin plcida y sin celos que inspira  ciertos
hombres el marido de su amante. Sentbanse juntos en los teatros,
paseaban en amigable conversacin, y el doctor iba muchas tardes al
estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad  las gentes, que
ya no saban con certeza quin era el amo de la de Alberca y quin el
aspirante, llegando  creer que por un mutuo acuerdo y turno pacfico,
vivan los tres en el mejor de los mundos.

Monteverde admiraba al maestro, y ste, por sus aos y la superioridad
de su renombre, tomaba sobre l una autoridad paternal. Le rea cuando
la condesa se mostraba quejosa de l.

--Las mujeres!--deca el doctor con gesto de cansancio.--Usted no sabe
lo que son, maestro; slo sirven de estorbo, para obstruirle  uno su
carrera. Usted ha triunfado porque no se dej dominar por ellas, porque
nadie le conoci nunca una querida, porque es usted un hombre admirable,
un varn fuerte.

Y el pobre varn fuerte contemplaba fijamente  Monteverde, dudando si
se burlaba. Senta tentaciones de aporrearlo, vindole despreciar lo
mismo que ansiaba l con vehemente deseo.

Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que
nunca se haba atrevido  decir al doctor.

-- usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. Sabe
usted lo que pienso? Que el doctor es algo as como mi marido y usted es
el amante de corazn... No se altere usted... no se mueva,  llamo. He
dicho de corazn. Le quiero  usted demasiado para pensar en esas
groseras que usted desea.

Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con
voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera araar al aire.
Eran los das terribles que alteraban toda la casa. Mary corra, con su
paso silencioso, de saln en saln, perseguida por el repiqueteo de los
timbres; el conde se escurra hacia la calle como un colegial medroso.
Concha se aburra, sentase cansada de todo, abominaba de su existencia.
Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:

--Squeme usted de aqu, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es
para matarse. Mi marido!... ese no se cuenta. Mis amigas!... unas
necias que me despellejan apenas las dejo. El doctor!... un
insubstancial, una veleta loca. Todos esos seores de mi tertulia, unos
imbciles. Maestro, tngame lstima! Llveme lejos de aqu. Usted debe
conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...

Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo
Madrid! En su nerviosa excitacin formulaba los ms locos proyectos.
Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantn y pauelo
 la cabeza, l con capa y sombrero gacho. Sera su chulo; ella imitara
el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharan juntitos,
como dos palomos de la noche,  los sitios ms malos; y beberan,
armaran camorra, l la defendera como un valiente,  iran  pasar la
noche en la prevencin.

El pintor mostrbase escandalizado. Qu locura! Pero ella insista en
sus deseos.

--Rase usted, maestro; abra esa bocaza... fesimo. Qu tiene de
particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de
artista, es un burgus, un alma tranquila incapaz de nada original para
distraerse.

Al acordarse de aquella pareja que haban visto una tarde en la Moncloa,
mostrbase melanclica y sentimental. Tambin le pareca bonito hacer
la griseta; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla
y un empleadillo; acabar la excursin en un merendero; y l la mecera
en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y
bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no
era ningn disparate, maestro. Placer ms sencillo... ms buclico!...

Lstima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que s haran, cuando
menos, era disfrazarse una maana y correr los barrios bajos; ir al
Rastro, como una pareja recin unida que desea poner casa: el socio y la
socia. En aquella parte de Madrid no los conocera nadie. Conformes,
maestro?...

Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al da siguiente Concha le reciba
con cierta turbacin, mordindose los labios, hasta que por fin
prorrumpa en carcajadas, recordando los disparates que le haba
propuesto.

--Cmo se reira usted de m!... Hay das en que estoy loca.

Renovales no ocultaba su asentimiento. S; estaba algo loca. Pero esta
locura, que le haca sufrir alternativas de esperanza y desesperacin,
atraale ms, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que
aquella otra que le persegua en su casa, lenta, implacable, silenciosa,
apartndose de l con invencible repugnancia, pero siguindole  todos
lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la
agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasin  remordimiento,
la ms leve intimidad.

Oh, la pesada  insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenan
que hablarse, y l, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos,
colmbala de atenciones, la rea dulcemente por su rebelda  los
consejos de los mdicos. Al principio hablaban stos de neurastenia:
ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El
maestro lamentbase de la pasiva resistencia que opona  todos los
mtodos curativos. Los segua durante algunos das, para despreciarlos
despus con impasible obstinacin. Ella estaba mejor que crean. Lo que
ella tena no lo curaban los mdicos.

Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caa
sobre ellos; una muralla de plomo pareca elevarse entre sus cuerpos. Ya
no tenan que mentir; se miraban frente  frente, con muda hostilidad.
Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba
modificar su existencia. Sus cuerpos no podan abandonar la cama comn;
encontraban en ella el molde de los aos. La rutina de su voluntad les
sujetaba  esta habitacin y  su mobiliario, con el recuerdo de los
tiempos felices de la juventud.

Renovales caa en el profundo sueo del hombre sano, fatigado por el
trabajo. Sus ltimos pensamientos eran para la condesa. La vea en esa
penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormase
pensando en lo que podra decirla al otro da, soaba conforme  su
deseo, vindola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su
desnudez, venciendo al mrmol de las estatuas ms famosas con la vida de
su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el
cuerpo de la compaera, pequeo, rgido, ardiente por el fuego de la
calentura  glacial con un fro de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba
la noche sin cerrar los ojos, pero no se mova, como si todo su vigor se
concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipntica en la
obscuridad. Pareca un cadver. Era el obstculo, el lastre de plomo, el
fantasma que aterraba  la otra cuando en ciertos instantes de
vacilacin se inclinaba hacia l, prxima  caer... Y el terrible deseo,
el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad,
anunciando que no haba muerto, que slo se haba ocultado en la
madriguera cerebral para surgir ms cruel, ms insolente.

--Por qu no?--arga el despiadado demonio, esparciendo en su
imaginacin el polvillo de oro de las ilusiones.

Amor, gloria, alegra, una existencia nueva de artista; el
rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo poda esperarlo si la muerte
piadosa vena  ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la
tristeza y la enfermedad.

Pero inmediatamente surga la protesta del horror. Aunque viva como un
incrdulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difciles
de su existencia le impulsaba  aclamarse  todos los poderes
sobrehumanos y maravillosos, como si stos tuvieran el deber ineludible
de acudir en su auxilio. Seor, quitadme este horrible pensamiento.
Alejad la mala tentacin. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.

Y al da siguiente, con la agitacin del remordimiento, iba en busca de
ciertos mdicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Pona
en movimiento la casa, organizando la curacin con arreglo  un vasto
plan, distribuyendo las medicinas por horas. Despus, tranquilo ya,
volva  su trabajo,  sus preocupaciones de artista,  sus anhelos de
hombre, sin acordarse de sus propsitos, creyendo salvada
definitivamente la vida de su mujer.

sta se present en su estudio una tarde despus del almuerzo, y el
pintor, al verla, sinti cierta inquietud. Haca mucho tiempo que
Josefina no entraba all  las horas en que l trabajaba.

No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar 
su marido, con voz lenta y humilde.  Renovales le daba miedo esta
sencillez.

--Mariano, vengo  hablarte de la nia.

Quera casarla. Algn da haba de ser, y cuanto antes mejor. Ella
morira pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver  su
hija bien colocada.

Renovales crey del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia
del que no est muy seguro de lo que dice. Tapones! Morirse! Y por
qu haba de morir? Ahora que estaba mejor que nunca! Lo nico que le
faltaba era atender las indicaciones de los mdicos.

--Morir pronto--repiti framente.--Morir y t quedars tranquilo.
Bien lo sabes.

El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignacin, pero
sus ojos se encontraron con la mirada fra de su mujer. Entonces se
limit  levantar los hombros con ademn resignado. No quera discutir;
necesitaba conservarse tranquilo. Tena que pintar; haba de salir, como
todas las tardes, para asuntos importantsimos.

--Est bien; contina. Milita se casa, y con quin?...

Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y
por su antiguo afecto al discpulo, se apresur  hablar de ste. Era
Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba 
Milita; haba que ver la tristeza del pobrecillo cuando sta le trataba
mal. Hara un excelente marido.

Josefina cort esta charla del esposo con voz fra y tajante:

--No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de
su madre.

Milita se casara con Lpez de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El
muchacho la haba hablado, y seguro de su aprobacin, dirigira su
demanda al padre.

--Pero ella le quiere? T crees, Josefina, que estas cosas pueden
arreglarse  tu gusto?

--Si le quiere; est conforme y desea casarse. Adems, es hija tuya; lo
mismo aceptara al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de
su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo
dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.

Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tena
con el marido, se llev una mano  los ojos, recogiendo las silenciosas
lgrimas.

Renovales apel  la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras,
invenciones de su cabeza enferma. Deba pensar en curarse y no en otra
cosa.  qu estas lgrimas! Quera casar  su hija con aquel seorito
de los automviles? Pues  ello. No quera? Pues que la chica se
quedase en casa.

Ella mandaba; nadie la pona obstculos. Que se celebrara la boda
cuanto antes! l era un cero y no haba por qu consultarle. Pero
tranquilidad, tapones!... Tena que trabajar; tena que salir. Y cuando
vi que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro
sitio, di un bafido de satisfaccin, contento de salir tn bien librado
de esta escena difcil.

Le pareca bien Lpez de Sosa. Excelente muchacho!... Y lo mismo
cualquier otro. l no dispona de tiempo para fijarse en tales cosas.
Sus preocupaciones eran distintas.

Acept al futuro yerno, y muchas noches se qued en casa para dar cierto
aire patriarcal  las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban
en un extremo del saln. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se
esforzaba por arrancar con sus palabras una plida sonrisa  la seora
del maestro, que permaneca en un rincn, trmula de fro. Renovales, en
traje de casa, lea los peridicos, acariciado por ese ambiente dulce de
hogar tranquilo. Si le viese la condesa!...

Una noche son en el saln el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita
de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa,
grandes seoras que no dejaran pasar su prximo matrimonio sin un
regalo magnifico.

--Concha no viene--dijo la joven.--Hace mucho tiempo que no la vemos por
aqu.

Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la
atmsfera. Cotoner canturre entre dientes, fingindose distrado: Lpez
de Sosa busc un cuaderno de msica sobre el piano, hablando de l para
desviar la conversacin. Tambin ste pareca enterado.

--No viene porque no debe venir--dijo Josefina desde su rincn.--Ya
procura tu padre verla todos los das para que no nos olvide.

Renovales levant la cabeza con expresin de protesta, como si le
despertasen de un plcido sueo. Los ojos de Josefina estaban fijos en
l, pero sin clera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio
con que le haba herido en aquella noche triste. Ya no dijo ms, pero el
maestro lea en aquellos ojos:

Es intil, buen hombre. Ests loco por ella, la sigues, pero ella es
para otros. La conozco bien... Todo lo s. Ay! Cmo ren las gentes de
ti! Cmo me ro yo!... Cmo te desprecio!




IV


 principios del verano se verific la boda de la hija de Renovales con
el elegante Lpez de Sosa. Los peridicos publicaron columnas enteras
hablando de este acontecimiento, por el cual, segn la expresin de
ciertos cronistas, se una la gloria y el esplendor del arte con el
prestigio de la aristocracia y la fortuna. Nadie se acordaba ya del
apodo de _Bonito en escabeche_.

El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tena ms que una hija y
deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y Espaa entera se
enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria
conquistada por su padre.

La lista de los regalos fu grande. Todas las amistades del maestro,
elegantes damas, prceres de la poltica, artistas famosos y hasta
personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio.
Haba para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron
convertidos en galeras de bazar, con interminables mesas cargadas de
objetos; una exposicin de telas y dijes, visitada por todas las amigas
de Milita, aun las ms lejanas y olvidadas, que venan  felicitarla
con palidez de envidia.

La condesa de Alberca envi tambin un regalo, enorme, estrepitoso, como
si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor
Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jams haba
visto  los novios ni le ligaba  la familia otra relacin que su
amistad con el maestro.

La boda se celebr en el hotel, habilitando para capilla uno de sus
estudios. Cotoner corri con todo lo referente  la ceremonia, muy
satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la
Iglesia.

Renovales se preocup del alio del altar, queriendo que se notase,
hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de
antiguos tapices coloc un viejo trptico, una cruz medioeval, todos los
objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y
limpios de polvo y telaraas iban  recobrar por unos instantes su
importancia religiosa.

Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre
maestro. Las quera Renovales en todas partes; las haba pedido 
Valencia y  Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendan por los
marcos de las puertas y las lneas de las cornisas: se amontonaban
formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se
balanceaban en paganas guirnaldas de una  otra columna de la fachada,
excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de
la verja; mujeres de mantn, muchachos con grandes cestas  la cabeza,
que permanecan embobados por la novedad, esperando que ocurriese en
aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los
criados que entraban atriles de msica y un par de contrabajos ocultos
en fundas charoladas.

De buena maana andaba Renovales de un lado  otro, con dos bandas sobre
la pechera y una constelacin de astros dorados y centelleantes,
cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner tambin se haba puesto las
insignias de sus varias rdenes pontificias. El maestro se contemplaba
con cierta satisfaccin en todos los espejos, admirando igualmente  su
amigo. Haba que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la veran
ms. Haca preguntas incesantemente  su compaero, para convencerse de
que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de
Renovales, diriga la orquesta. Se haban reunido todos los msicos
mejores de Madrid, profesores del Real en su mayora. El coro era bueno,
pero como voces notables slo haba podido echar mano de los artistas
que residan fijamente en la capital. La poca no era la mejor; los
teatros estaban cerrados...

Cotoner segua exponiendo sus trabajos.  las diez en punto llegara el
Nuncio, monseor Orlandi, gran amigo de l; un _barbin_, todava joven,
al que haba conocido en Roma de prelado domstico. Bastaron cuatro
palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar 
los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas,
satisfecho de salir de su insignificancia, iba de saln en saln,
disponindolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus rdenes.

En un estudio los msicos y las mesas para el _lunch_. Las otras naves
para los invitados. Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el
altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y
relicarios, de un oro mate y viejo que pareca tragarse la luz sin
devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubran
las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos
cuadros sin acabar, obras profanas que no podan tolerarse en el
ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El
suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas.
Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de
ms importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones
blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras
griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombras
de interminable respaldo; una bizarra confusin de almacn de
antigedades.

De pronto Cotoner di un paso atrs, como escandalizado. Qu
distraccin! Buena la habran hecho de no fijarse l!... En el fondo
del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera,
y recibiendo directamente la luz de sta, destacbase una mujer enorme,
blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el
saliente pecho. Era la Venus de Mdicis, una pieza soberbia de mrmol
que Renovales haba trado de Italia. La pagana belleza pareca
desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros
objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados  verla los dos
artistas, haban pasado varias veces junto  ella, sin reparar en su
desnudez, que pareca ms insolente y triunfadora al convertirse el
estudio en oratorio.

Cotoner rompi  reir.

--Qu escndalo si no la vemos!... Qu hubiesen dicho las seoras! Mi
amigo Orlandi creera que lo habas hecho t, con cierta intencin, pues
te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar 
esta dama.

Encontraron, despus de mucho buscar en el desorden de los estudios, una
tela india de algodn, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la
extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubrindola hasta los pies, y
all qued como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.

Iban llegando stos. Fuera del hotel, junto  la verja, sonaba el piafar
de los caballos y el estrpito de las portezuelas al cerrarse. Lejos
rodaban otros carruajes, con rumor cada vez ms prximo. En el vestbulo
sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de
un lado  otro recogiendo los abrigos y ponindoles nmeros como en los
teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa.
Cotoner diriga  la servidumbre de cara rasurada  luengas patillas,
vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonrea,
encorvndose con graciosas inclinaciones, saludando  las seoras que
llegaban con mantillas blancas  negras, estrechando las manos de los
hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.

El maestro sentase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta
ceremonia sus salones y estudios. Sonbanle en los odos, como una
msica acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos
al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigan por
su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfaccin de ver y ser
vistos que les acompaaba  los estrenos teatrales y  las funciones de
gran gala. Msica buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran
_lunch_ que parecan olfatear, y adems la certeza de ver su nombre
impreso al da siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algn
peridico de _monos_. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.

Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadindolo
todo, veanse algunos jvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus
mquinas fotogrficas. Tendran instantneas! Los que guardaban cierto
resquemor contra el artista, acordndose de lo caro que les haba
costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su
rapacidad. Era un maestro que viva como un gran seor... Y Renovales
iba de un lado  otro, estrechando manos, haciendo cortesas, hablando
con cierta incoherencia, no sabiendo adnde acudir. Durante un momento
que permaneci en el vestbulo, vi un trozo de jardn lleno de sol,
cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la
multitud admirada y risuea. Aspir el perfume de las rosas y de las
esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad
del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada
fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. Dios!
Y cmo haba subido!... Senta agradecimiento hacia aquella gente rica
y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzbase por que nada la
faltase y abrumaba  Cotoner con sus recomendaciones. ste se revolva
contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto
estaba dentro, cerca de los invitados. Deba dejarle  l, que saba sus
obligaciones. Y volviendo la espalda  Mariano, daba rdenes  los
criados y enseaba el camino  los que llegaban, bastndole una mirada
para reconocer su clase. Por aqu, seores.

Era un grupo de msicos, y lo encaminaba por un pasillo de la
servidumbre para que llegase  sus atriles sin mezclarse con los
invitados. Despus rea  una tropa de marmitones, que traan con
retraso las ltimas remesas del _lunch_, y avanzaban entre la
concurrencia levantando sobre las cabezas de las seoras los grandes
cestos de mimbres.

Cotoner abandon su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de
felpa, con borlas de oro, sobre una cara plida: despus una sotana de
seda con botones y fajn morados, flanqueada de otras dos, negras y
modestas.

--_Oh, monsignore! Monsignore Orlandi! Va bene? Va bene?_

Le bes la mano, arquendose con una gran reverencia, y despus de
enterarse de su salud con ansioso inters, como si no le hubiese visto
el da anterior, rompi la marcha, abrindole paso en los salones llenos
de gente.

--El Nuncio! El Nuncio de Su Santidad!

Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar
las potestades, cesaban de reir, de hablar con las seoras, y se
inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y plida,
una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo.
Ellas contemplaban un momento, con ojos hmedos,  monseor Orlandi, un
prelado distinguidsimo, un diplomtico de la Iglesia, un noble de la
vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo
negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.

Tena en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la
apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban vidas en su
mano, mientras l contemplaba con ojos enigmticos la fila de nucas
adorables inclinadas  su paso. Cotoner segua avanzando, abrindole
paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infunda su
ilustre amigo el _barbin_. Qu gran cosa la religin!...

Lo acompa hasta la sacrista, que era el cuarto donde se desnudaban y
vestan las modelos. Qued  la parte de fuera, discretamente; pero 
cada instante sala en su busca uno  otro de los familiares,
jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que
consideraban con cierto respeto al artista, creyndole un personaje.
Llamaban al _signore_ Cotoner, pidindole que les ayudase  buscar
ciertas cosas que monseor haba enviado el da antes, y el bohemio,
para evitarse nuevas reclamaciones, acab por entrar en el cuarto de las
modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.

En los salones se arremolin la concurrencia; cesaron las conversaciones
y una avalancha de gente, despus de agolparse ante una puerta, se abri
dejando paso.

Avanz la novia, apoyada en el brazo de un imponente seor, que era el
padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el
velo, blanco de ncar las flores. No haba en ella otro color vivo que
el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios.
Sonrea  un lado y  otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la
fiesta y de ser ella su principal objeto. Despus pasaba el novio, dando
el brazo  su nueva madre, la esposa del pintor, ms pequea que nunca,
encogida en su vestido de ceremonia, que le vena grande, aturdida por
este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.

Y el padre?... Renovales falt  la ceremoniosa entrada: estaba
ocupadsimo atendiendo  los invitados; le retena en un extremo del
saln una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se haba sentido
tocado en un hombro, y al volverse vi al solemne conde de Alberca
llevando del brazo  su esposa. El conde le haba felicitado por el
aspecto de sus estudios: todo muy artstico. La condesa le felicitaba
tambin, en tono zumbn, por la importancia que aquel suceso tena en su
vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adis  la juventud.

--Le arrinconan  usted, querido maestro. Pronto le van  llamar abuelo.

Rea gozndose en la turbacin y el rubor que le causaban estas palabras
compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar  la condesa, se
sinti arrastrado por Cotoner. Qu haca all? Los novios estaban en el
altar; Monseor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permaneca
vaco. Y Renovales pas media hora de tedio, siguiendo con mirada
distrada las ceremonias del prelado. Lejos, en el ltimo estudio,
rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarroll
una meloda de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de
habitacin en habitacin, en un ambiente cargado de perfume de rosas
ajadas.

Luego, una voz dulce, coreada por otras ms roncas, comenz  entonar
una plegaria que tena el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas.
Una emocin de pasajero sentimentalismo, pareci conmover  los
invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase 
Monseor, sentase enternecido por la msica, por el aspecto de aquella
muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prcer
romano saba ejecutar las ceremonias de su profesin. Mirando  Milita
tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo
de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lgrimas. Senta
la misma emocin que si se le casase una hija; l, que no haba tenido
ninguna!

Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de
las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en l,
con expresin burlona; otras los vea buscando  Monteverde en la masa
de seores que llenaba la puerta.

Hubo un momento en que el pintor atendi  la ceremonia. Cun larga
era!... La msica haba cesado; Monseor, de espaldas al altar, avanzaba
algunos pasos hacia los recin casados, extendiendo las manos, como si
fuese  hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano
comenz  sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante,
vacilando ante algunas palabras, suplindolas con otras de su idioma.
Expuso sus deberes  los cnyuges y se extendi, con cierta animacin
oratoria, al elogiar su origen. De l dijo poco: era un representante de
las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya
conoca sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama
universal: de un artista.

Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecase, como si elogiase su
propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida
transcurrida entre las esplndidas decoraciones semipaganas del
Vaticano. Despus de Dios, no hay nada como el arte... Y tras esta
afirmacin, con la que creaba  la novia una nobleza superior  la de
muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogi las virtudes de
sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad
cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, 
las puertas de la vejez, y que seguramente les acompaaran hasta la
muerte. El pintor baj la cabeza, temiendo encontrar las miradas
burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la
cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner crey del caso apoyar
con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.

Despus la orquesta toc ruidosamente la _Marcha nupcial_, de
Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrs, abalanzronse
las seoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas 
gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quin llegara
antes, apag el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal.
Monseor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigi
con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre
los grupos. La novia sonrea resignada, entre el crculo de brazos
femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caan sobre ella con
interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. Ya
no quedaba ms? Realmente estaba casada?...

Cotoner vi  Josefina abrindose paso, mirando con cierta impaciencia
entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de
sangre. Su instinto de arreglador le avis la proximidad de un peligro.

--Cjase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera  respirar. Esto est
imposible.

Tom su brazo, pero en vez de seguirle le arrastr entre las gentes que
se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, 
la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeci. Lo que l crea;
buscaba  la otra.

--Josefina... Josefina!....Que estamos en la boda de Milita!...

Pero su recomendacin fu intil. Concha, al ver  su antigua amiga,
corri  ella. Querida! Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro. Y
la bes ruidosamente, con grandes transportes de efusin. La mujercita
slo tuvo un intento de resistencia; pero se entreg, desalentada,
sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educacin.
Devolvi aquellos besos framente, con gesto de indiferencia. No odiaba
 Concha. Si su marido no iba  ella, ira  otra; la enemiga temible,
la verdadera, estaba dentro de l.

Los novios, cogidos del brazo, risueos y algo fatigados por la
vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo
seguidos de los acordes de la marcha triunfal.

Call la msica, y la gente asalt aquellas mesas cubiertas de botellas,
fiambres y dulces, tras las cuales corran azorados los criados, no
sabiendo cmo atender  tanta manga negra,  tanto brazo blanco, que
agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de ncar
cruzados sobre los manjares. Era un motn sonriente y bien educado, pero
que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los
codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados
por el hambre.

Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se
esparcan por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No haba
criados para tanto llamamiento: los jvenes, arrebatando las botellas de
Champagne, iban de un lado  otro sirviendo copas  las seoras. Con
discreta alegra se saqueaban las mesas. Cubranlas los domsticos
apresuradamente, y con no menos rapidez venan abajo las pirmides de
emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecan las botellas. Los
taponazos sonaban dobles  triples  un tiempo, con incesante tiroteo.

Renovales corra como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde
las mesas rodeadas de gente,  los rincones donde estaban sentadas
algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de duea; le haca ir y
venir con incesantes peticiones.

En uno de estos viajes tropez con Soldevilla, el amado discpulo. No le
haba visto en mucho tiempo. Pareca triste, pero se consolaba mirndose
el chaleco; una novedad que haba dado _golpe_ entre la gente joven; de
terciopelo negro, labrado  flores, y con botones de oro.

El maestro crey que deba consolarle: pobre muchacho! Por primera vez
le di  entender que estaba en el secreto.

--Yo quera otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser.  trabajar,
Soldevillita! nimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la
pintura.

Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvi al lado de la condesa.

 medioda termin la fiesta. Lpez de Sosa y su mujer volvieron 
presentarse en traje de viaje: l con un abrigo de piel de zorro, 
pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo
impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos
espesos, como una odalisca fugitiva.

 la puerta les esperaba la ltima adquisicin del novio: un vehculo de
ochenta caballos que haba comprado para su viaje de boda. Pasaran la
noche  algunos centenares de kilmetros, en el rin de Castilla la
Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca haba visitado.

Boda _modernista_, como deca Cotoner; la intimidad amorosa en plena
carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del _chauffeur_.
Al da siguiente pensaban salir  correr Europa. Llegaran hasta Berln;
tal vez fuesen ms lejos.

Lpez de Sosa reparti vigorosos apretones de manos, con la arrogancia
de un explorador, y sali para revisar su automvil antes de partir.
Milita se dej abrazar, llevndose en su envoltura de velos las lgrimas
de la madre.

--Adis! Adis, hija ma!...

Y se acab la boda.

Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareci
agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban
con extraeza, huraos y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su
silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba 
ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan
juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que
confundir los ms bajos menesteres de la vida.

Los dos pensaron, como remedio  este aislamiento que les infunda
miedo, en llevar  vivir con ellos  los recin casados. El hotel era
grande, tena espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce
tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus
cocheras, de su garage. Adems, dnde establecera l, sin escndalo
del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas
de toros y trajes ensangrentados de matadores clebres, que era la
admiracin de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos
extranjeros?...

Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareci que en un mes haban
envejecido muchos aos: encontraron su hotel ms enorme, ms desierto,
con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales
quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excus con
cierto temor. Comera con ellos; pasara gran parte del da en su casa;
eran su nica familia; pero l deseaba conservar su libertad; no poda
prescindir del trato con sus numerosas amistades.

Bien entrado el verano, el maestro indujo  su mujer  realizar el mismo
viaje de otros aos. Iran  una playa andaluza poco conocida; un
pueblecillo de pescadores en el que el artista haba pintado muchos de
sus cuadros. Se aburra en Madrid. La condesa de Alberca estaba en
Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se haba marchado tambin,
arrastrado por ella.

Hicieron el viaje, pero ste no dur ms de un mes. Apenas si el maestro
pudo llenar dos lienzos. Josefina sintise enferma. Al llegar  la
playa, su vida sufri una saludable reaccin. Se mostraba ms alegre;
permaneca horas enteras sentada en la arena, tostndose al sol, con una
impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con
ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un
semicrculo de gentes miserables. Pareca ms alegre, cantaba, sonrea
algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar;
pero de pronto haba cado sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo
se sinti paralizado otra vez por la debilidad. Cobr aversin  la
playa alegre,  la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de
ciertos enfermos  la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las
profundidades del lecho. Suspir por su triste casa de Madrid. All
estaba mejor; sentase ms fuerte, rodeada de recuerdos; se crea ms
segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Adems, ansiaba
ver  su hija. Renovales deba telegrafiar  su yerno. Ya haban corrido
bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver  Milita.

Regresaron  Madrid  fines de Septiembre, y poco despus se unieron 
ellos los recin casados, satisfechos de su excursin, y ms satisfechos
an de verse en tierra conocida. Lpez de Sosa haba sufrido conociendo
gentes ms poderosas que l, que le humillaban con el lujo de sus
trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen
su bienestar. Dolase de la falta de curiosidad de aquellos pases donde
nadie se preocupaba de ella.

Josefina pareci animarse con la presencia de su hija. sta llegaba
muchas tardes, ostentando su lujo, que aun pareca ms estrepitoso en
aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba 
su madre, pasendola en automvil por las inmediaciones de la capital,
corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que,
en un arranque de voluntad, venca la torpeza de su cuerpo, yendo  casa
de su hija (un piso principal de la calle de Olzaga) y admirando el
_confort_ moderno de que viva rodeada.

El maestro pareca aburrido. No tena retratos que pintar; le era
imposible hacer nada en Madrid, saturado an de la luz esplendente y los
intensos colores de la playa mediterrnea. Adems, le faltaba la
compaa de Cotoner, pues ste se haba ido  una pequea ciudad
castellana, de histrica ranciedad, donde reciba con cmica altivez los
honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y
asesinando con una restauracin infame varios cuadros de la catedral.

La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. sta, por
su parte, con gran abundancia epistolar, hacase presente todos los
das en la memoria del pintor. Le haba escrito al pueblecillo de la
costa y le escriba ahora  Madrid, queriendo saber cul era su vida,
interesndose por los ms insignificantes detalles, relatndole la suya
con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada
sobre una verdadera historia.

El pintor segua la existencia de Concha minuto por minuto, como si la
estuviese presenciando. Le hablaba de _Darwin_, ocultando bajo este
nombre  Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de
aquel aire de conmiseracin con que acoga su apasionamiento. Ay,
maestro, soy muy desgraciada! Otros das la carta era triunfal,
optimista: la condesa mostrbase radiante, y el pintor lea entre lneas
su satisfaccin, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas
audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se
lo contaba todo, con una confianza impdica y desesperante, como si
fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la ms leve emocin
ante estas confidencias.

En las ltimas cartas mostrbase Concha loca de alegra. El conde estaba
en San Sebastin para despedirse de sus reyes: una alta misin
diplomtica. Aunque no era de la _carrera_, le haban escogido como
representante de la ms solemne nobleza espaola, para llevar el Toisn
 un principillo de uno de los ms diminutos estados alemanes. El pobre
seor, ya que no alcanzaba la urea distincin, consolbase llevndola 
otros con gran pompa. Renovales presenta en todo esta la mano de la
condesa. Sus cartas irradiaban la alegra. Iba  quedarse sola con
_Darwin_, pues el noble seor estara ausente mucho tiempo. La vida
marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...

Renovales slo lea estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en l
una emocin intensa y duradera. Se haba acostumbrado  su situacin de
confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que
se libraba  l, comunicndole todos sus secretos. Su cuerpo era lo
nico que le quedaba por conocer; su vida interna la posea como ninguno
de sus amantes, y comenzaba  sentirse fatigado de esta posesin. La
distancia y la ausencia le infundan una fra serenidad. Al acabar la
lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. Est loca; qu me
importarn  m sus secretos?...

Transcurri una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los
peridicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba
en Alemania, con todo su cortejo, preparndose  colocar el noble
cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonrea
maliciosamente, sin emocin, sin envidia, al pensar en el silencio de la
condesa. Su soledad la haba trado, sin duda, grandes ocupaciones...

De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo ms inesperado.
Sala Renovales de su hotel,  la puesta del sol, para dar un paseo por
los altos del Hipdromo,  lo largo del Canalillo, contemplando Madrid
desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de
rojo dolmn, mandadero de una agencia, le tendi una carta. El pintor
hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro
renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el
exprs de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. Venga
usted... Corra... Noticias graves; voy  morir. Y el maestro corri,
aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sera
algo menos. Estaba acostumbrado  las exageraciones de la condesa.

La casa seorial de los Alberca tena la sonoridad, la penumbra y el
ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra
servidumbre que el portero. Junto  la escalera jugueteaban sus hijos,
como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la seora. Arriba,
los muebles estaban enfundados de gris; las lmparas con envoltorios de
tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo
una capa de polvo. Mary le abri la puerta, guindole al travs de los
salones obscuros, de ftida atmsfera, con los balcones cerrados, faltos
de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.

En un gabinete tropez con varias maletas, todava llenas, cadas y
olvidadas en la precipitacin de una llegada anormal.

Al trmino de esta peregrinacin, casi  tientas por la casa abandonada,
vi una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la nica
habitacin con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol
poniente. Concha estaba all, junto  la ventana, hundida en un silln,
con el ceo fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado
por la luz moribunda.

Al ver al pintor, psose de pie con un movimiento de resorte, extendi
los brazos y corri  l, como si la persiguiesen.

--Mariano! Maestro! Se fu!... Me abandona para siempre!...

Su voz era un alarido: se abrazaba  l, hundiendo su cabeza en uno de
sus hombros, mojndole la barba con las lgrimas que comenzaban  surgir
de sus ojos cayendo gota  gota.

Renovales,  impulsos de la sorpresa, la repeli dulcemente, y la hizo
volver al silln.

--Pero quin se ha ido? Quin es ese?... _Darwin?_

S; l. Todo haba acabado. La condesa apenas poda hablar; un hipo
doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo
pisoteado, revolvanse haciendo temblar su cuerpo. Haba huido en plena
dicha, cuando ella crea tenerle ms seguro, cuando gozaban de una
libertad que nunca haban conocido. El seor estaba cansado; la amaba
an--segn deca en una carta,--pero deseaba verse libre para continuar
sus estudios. Hua agradecido  sus bondades, ahto de tanto amor, para
ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando ms en
mujeres. As deca en los breves renglones que la haba enviado al
desaparecer. Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El
miserable se haba escapado con una _cocotte_, tras la cual se le iban
los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que
deba enloquecer  los hombres con misteriosas variedades del pecado.
Las personas decentes cansaban  aquel seorito! Deba tambin sentirse
ofendido porque no le alcanzaba la ctedra, porque no le haban hecho
diputado. Seor! Qu culpa tena ella de estos fracasos? No haba
hecho todo lo posible?...

--Ay, Mariano! Yo creo que voy  morir. Esto no es amor; ya no le
quiero: le detesto! Es rabia, indignacin, deseos de coger  ese
mequetrefe... ansias de ahogarle. Con tantas locuras que he hecho por
l!... Seor, dnde tena yo los ojos!

Al verse abandonada no haba sentado ms que un deseo: correr en busca
del buen amigo, del consejero, del _hermano_; ir  Madrid para ver 
Renovales y contrselo todo, todo!, impulsada por su necesidad de
confesarse con l, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo
la haca enrojecer.

No tena en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie 
excepcin del maestro: y con la misma precipitacin que si se viera
abandonada en medio del desierto y de la noche, haba corrido hacia l,
pidiendo calor y amparo.

Este anhelo de ser protegida, recrudecase en presencia del pintor.
Volva  ir  l, con los brazos abiertos, colgndose de su cuello,
gimiendo con un terror de histrica, como si se creyera rodeada de
peligros.

--Maestro: slo le tengo  usted. Mariano, usted es mi vida! No me
abandonar nunca? Ser siempre mi hermano?...

Renovales, aturdido por la precipitacin de esta escena, por el impulso
de aquella mujer que siempre le haba repelido, y ahora de pronto se
pegaba  l, no pudiendo sostenerse ms que cogida  su cuello,
intentaba desligarse de los brazos que le opriman.

Despus de la primera sorpresa persista en l cierta frialdad. Sentase
molestado por esta desesperacin orgullosa, que era obra del otro.

La deseada, la hembra del ensueo, venia  l, pareca abrirse con
histrico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo
que haca, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero l
se echaba atrs, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la accin,
dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no
voluntariamente, sino  impulsos del desengao y el abandono.

Concha se apretaba contra l, ansiosa de sentir la proteccin de su
cuerpo vigoroso.

--Maestro! amigo! Usted no me abandonar! Usted es bueno!...

Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besbale el musculoso cuello,
elevaba la mirada hmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se
vean: la habitacin estaba en misterioso crepsculo, con todos los
objetos sumidos en la indecisin de un ensueo: la hora peligrosa que
les haba atrado por vez primera en la soledad del estudio.

De pronto, ella se separ con repentino terror, huyendo del maestro,
refugindose en las sombras ms densas, perseguida por unas manos
vidas.

--No; eso no! Nos traer desgracias! Amigos... amigos nada ms, y por
siempre!

Su voz, al decir esto, era sincera, pero dbil, desfallecida; voz de
vctima que se resiste  intenta defenderse sin fuerzas. El pintor,
perdido en la sombra, sinti la bestial satisfaccin del guerrero
primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartbase de las
abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.

Cuando despert era de noche. La luz de los reverberos de la calle
entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.

El artista se estremeci con una impresin de fro, como si emergiese de
una onda, olorosa y susurrante, que le haba envuelto, no recordaba
cunto tiempo. Sentase dbil, anonadado, con la inquietud del nio
despus de una mala accin.

Concha se lamentaba junto  l. Qu locura! Todo haba sido contra su
voluntad: presenta grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero
abandono, que la haca permanecer inmvil en las ltimas dulzuras del
sacrificio.

Ella fu la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elev sobre
el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permaneca
avergonzado en la sombra.

--Al fin... haba de ser--dijo con firmeza.--Era un juego peligroso, y
no poda terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quera; que eras
t el nico  quien yo puedo querer.

Renovales estaba junto  ella. Sus dos figuras marcaron una silueta
nica sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujn supremo,
como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.

Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la
frente del artista... Le contempl con arrobamiento. Despus le bes
dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves
palabras.

--Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Ser tu esclava...
No me dejes nunca... Te buscara de rodillas... T no sabes cmo voy 
quererte... No te me escapars: t lo has querido... pintor de mis
entraas... feo adorable... gigantn... dolo mo.




V


Una tarde,  fines de Octubre, Renovales not en su amigo Cotoner cierta
inquietud.

El maestro bromeaba con l, hacindole relatar sus trabajos de
restaurador en el antiguo templo. Haba vuelto ms grueso, ms alegre,
con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se haba trado, segn deca
Renovales, toda la salud de los cannigos. La mesa del obispo, con sus
abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba
y la describa, elogiando  aquellos buenos seores que, como l, vivan
exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada
nutricin. El maestro rease imaginando la sencillez de los sacerdotes
que por las tardes, despus del coro, formaban grupo ante el andamio de
Cotoner, siguiendo con admiracin la labor de sus manos; el respeto de
los familiares y dems gente palaciega, pendiente de los labios de don
Jos, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los
cardenales y haba hecho sus estudios nada menos que en Roma.

Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso despus del
almuerzo, quiso saber cul era su preocupacin. Se haban quejado de
sus restauraciones? Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movi su
cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. No se
fijaba en ella?...

Renovales levant los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la
diabetes, todas aquellas dolencias ya crnicas y de las que no quera
curarse, desobedeciendo  los mdicos. Estaba ms enflaquecida, pero sus
nervios parecan calmados; lloraba menos: mantenase en un mutismo
triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincn, mirando
ante ella, sin ver nada.

Cotoner volvi  mover la cabeza. No era extrao el optimismo de
Renovales.

--Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regres de mi viaje, eres
otro; no te conozco. Antes no podas vivir sin pintar, y ahora pasan
semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el
estudio, y de repente echas  correr, sales de casa y vas... adonde vas;
adonde s yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos
divertimos, maestro... Y  los dems que los parta un rayo! Pero,
hombre, baja de las nubes; fjate en lo que te rodea; ten un poco de
caridad.

Y el buen Cotoner lamentbase con vehemencia de la vida que llevaba el
maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de
las que regresaba distrado, con una dbil sonrisa en los labios y una
mirada vaga, como si saborease en interna contemplacin la fiesta de
recuerdos que traa en su memoria.

El viejo pintor mostrbase alarmado por la delgadez creciente de
Josefina: una consuncin feroz, que aun encontraba materias que destruir
en su organismo, rodo por varios aos de enfermedad. La pobre mujercita
tosa, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y
bruscas sacudidas, alarmaba  Cotoner.

--Deban verla los mdicos otra vez.

--Los mdicos!--exclamaba Renovales.--Y para qu? Toda una facultad ha
pasado por aqu, y como si nada. No obedece; se niega  todo, tal vez
por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: t no la
conoces. Ah, donde la ves tan dbil, tan poquita cosa, vivir ms que
t, ms que yo.

En su voz haba temblores de clera, como si le enfureciese el ambiente
urao de aquella casa, en la que no encontraba otra distraccin que los
gratos recuerdos que traa de fuera.

La insistencia de Cotoner acab por obligarle  llamar  un mdico amigo
suyo.

Josefina se irrit, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella
se senta fuerte. No era ms que un catarro; el invierno que llegaba. Y
en sus miradas al artista haba reproche  insulto, por esta atencin,
que consideraba una hipocresa.

Cuando despus de examinar  la enferma se trasladaron al estudio,
quedando frente  frente el pintor y el mdico, ste se mostr indeciso,
como si temiese formular sus ideas. Nada poda decir con certeza; era
fcil engaarse en aquel organismo pobre que slo se mantena por una
reserva vital extraordinaria... Despus apel al procedimiento evasivo
de su profesin. Convendra sacarla de Madrid... otros aires... otra
vida.

Renovales protest. Adnde ir, comenzado ya el invierno, cuando en
pleno verano haba querido ella volver  su casa! El mdico levant los
hombros y redact una receta, notndose en su gesto el deseo de escribir
algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explic
al marido varios sntomas, para que los observase en la enferma, y se
fu, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisin y
desaliento.

--Pchs! Quin sabe!... Tal vez! El organismo tiene reacciones
inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...

Estos consuelos enigmticos alarmaron  Renovales. Espiaba con disimulo
 su mujer, estudiando su tos, examinndola atentamente cuando ella no
le vea. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita,
el padre ocupaba la habitacin de sta. Haban roto la esclavitud del
lecho comn que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este
alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las maanas.

--Has pasado la noche bien? Quieres algo?

Los ojos de la mujer le acogan con una mirada de extraeza, de
hostilidad.

--Nada.

Y acompaaba este laconismo, revolvindose en el lecho, para dejarle 
su espalda con gesto despectivo.

El pintor acoga sus muestras de hostilidad con mansa resignacin. Era
su deber: tal vez poda morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no
le conmova, le dejaba fro, y se irritaba contra s mismo, como si
dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se
echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la
enferma, que slo le produca un pasajero remordimiento.

Una tarde, en casa de la de Alberca, despus de los audaces abandonos
con los que parecan desafiar la santa calma del prcer, vuelto ya del
viaje, el pintor habl tmidamente de su mujer.

--Vendr menos; no lo extraes. Josefina est muy enferma.

--Mucho?--pregunt Concha.

Y en la chispa que pas por su mirada, crey ver Renovales algo
conocido; un resplandor azul que haba danzado ante l en la obscuridad
de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.

--No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.

Senta la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia  la
enfermedad. Crea descargarse, con este engao voluntario, de la
inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera,
fingiendo ignorar, la importancia del dao causado.

--No es nada--deca  su hija, que, alarmada por el aspecto de mam,
vena  pasar con ella todas las noches.--Un constipado; ronquera de
invierno. Eso desaparecer as que llegue el buen tiempo.

Haca encender todas las chimeneas de la casa: una atmsfera de horno
esparcase por las habitaciones. Afirmaba  gritos, sin emocin alguna,
que su mujer slo sufra un resfriado, y al hablar con esta certeza, una
voz extraa pareca gritarle dentro del crneo: Mentira; se muere. Se
muere y t lo sabes.

Los sntomas de que le haba hablado el mdico, iban presentndose uno
tras otro, con fatdica regularidad, en un engranaje mortal. Al
principio slo not en ella una fiebre viva y continua, que pareca
aumentarse  la cada de la tarde, con profundos estremecimientos.
Despus observ sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos
que dejaban impresa en las sbanas la huella de su cuerpo. Y  este
cuerpo msero, cada vez ms frgil, ms esqueltico, como si el fuego de
la fiebre devorase hasta la ltima partcula de su grasa y sus msculos,
no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que tambin pareca
liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba  todas
horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la
dbil mujercita se incorporaba buscando dnde ocultar los residuos de la
erupcin dolorosa que conmova sus pulmones. Se quejaba de un continuo
dolor en la base del pecho. Su hija la haca comer,  costa de ruegos y
caricias, llevndola la cuchara  la boca como si fuese una nia; pero
la tos y la nusea cortaban la nutricin, espeliendo el alimento. Su
lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que pareca devorarle
las entraas.

As transcurri un mes. Renovales, en su afn optimista, esforzbase por
creer que la enfermedad no ira ms lejos.

--No se muere, Pepe--deca con tono enrgico, como dispuesto  pelearse
con el que se opusiera  esta afirmacin.--No se muere, doctor. No lo
cree usted as?

El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. Tal vez...
Es posible. Y como la enferma se negase con tenacidad  todo examen
interior, iba enterndose de los sntomas por las revelaciones de la
hija y el marido.

 pesar de su esqueltica delgadez, aumentaban de volumen algunas partes
de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecan extraa
particularidad: una, delgadsima, enjuta, marcando bajo la piel las
estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el ms leve
almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jams haba
tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus
serpenteados de intenso azul.

Renovales haca preguntas al doctor con gran ingenuidad. Qu opinaba de
estos sntomas? Y el mdico bajaba la cabeza. No saba; haba que
esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero despus, como animado
por repentina decisin, pretext el deseo de escribir una receta, para
hablar  solas con el marido en su estudio de trabajo.

--La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena
para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez
asunto de das, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no
conozco el remedio. Si usted quiere, busque  otros.

Se muere!... Renovales qued anonadado por la sorpresa, como si nunca
hubiese credo en la posibilidad de este final. Se muere!... Y despus
de la salida del mdico, que se alej con pas ms firme, como el que
acaba de librarse de un grave peso, el pintor repiti mentalmente estas
palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en
estpida insensibilidad. Se muere! Pero era que realmente poda morir
aquella mujercita, que tanto haba pesado sobre su vida y cuya debilidad
le inspiraba miedo?...

De pronto se vi paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:

--Se muere! Se muere!

Se lo deca  s mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de
dolor: pero su sensibilidad permaneca muda.

Josefina iba  morir; y l estaba sereno! Sinti deseos de llorar:
quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un
deber. Parpade, hinchando su pecho, conteniendo el aliento,
esforzndose por abarcar con la imaginacin esta desgracia; pero sus
ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su
pensamiento, duro y refractario, no se estremeci con ninguna imagen
dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba ms que
palabras, gestos y desordenados paseos: el interior segua insensible,
como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plcida
indiferencia.

Le atorment la vergenza de su monstruosidad. El mismo impulso que
obligaba  los ascetas  imponerse mortales castigos por los pecados de
su imaginacin, le arrastr  l, con la fuerza del remordimiento,  la
habitacin de la enferma. No saldra de all, arrostrara su desprecio
silencioso, la acompaara hasta el ltimo momento, olvidando el sueo y
el hambre. Senta la necesidad de purificarse, con algo noble y
generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.

Milita ya no pas las noches al cuidado de su madre y pudo volver  su
casa, con escasa satisfaccin del marido, que senta cierto placer con
este retorno inesperado  su existencia de soltero.

Renovales no dorma. Despus de media noche, cuando se marchaba Cotoner,
paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas;
rondaba cerca del dormitorio; entraba en l para ver  Josefina en su
lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en
un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequea, que apenas si las
ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un
nio. Despus el maestro pasaba el resto de la noche en un silln,
fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza
de la somnolencia.

Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su
crueldad: pareca hechizado por un poder misterioso, superior  sus
remordimientos. Olvidaba  la enferma; se preguntaba lo que hara Concha
 aquellas horas; la vea con la imaginacin, desnuda y en impdico
abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de
sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba  estos
ensueos, iba como por expiacin hasta la puerta de la enferma y
escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin
poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.

 los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho.
Su hija la sacaba de l sin ningn esfuerzo, con la misma ligereza que
si fuese una pluma, y permaneca en un silln, pequesima,
insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba
de frente ms que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada
como la hoja de un cuchillo.

Cotoner tena que reprimir sus lgrimas al verla.

--No queda nada de ella!--deca al alejarse.--Nadie la conocera!

Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte.  su
boca asomaba una espumilla blanca que pareca solidificarse en las
comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquiran una luz
extraa, como si viesen ms all de las personas y las cosas. Ay, estos
ojos! Qu estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...

Una tarde se fijaron en l, con la mirada intensa y tenaz que siempre le
haba aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvan
sus pensamientos.

Estaban solos; Milita se haba ido  su casa; Cotoner dormitaba en un
silln del estudio. La enferma pareca ms animada, con deseos de
hablar, contemplando con cierta lstima al marido, sentado junto  ella,
casi  sus pies.

Iba  morir; tena la certeza de su muerte. Y una postrera rebelin de
la vida que se resiste  extinguirse, el horror de la nada, hizo subir
las lgrimas  sus ojos.

Renovales protest con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre
gritos. Morir?... No haba que pensar en eso!... Vivira; aun le
quedaban muchos aos de existencia feliz.

Ella sonri como si le compadeciese. No admita el engao: sus ojos iban
ms all que los de l; adivinaba lo impalpable, lo invisible que
rondaba en torno de ella. Habl dbilmente, pero con esa inexplicable
solemnidad de la voz que emite sus ltimos sonidos, del alma que se
exterioriza por vez postrera.

--Morir, Mariano, ms pronto de lo que crees... ms tarde de lo que yo
deseo. Morir, y t quedars tranquilo.

l! l desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacan
ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la
misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con
rudo tirn.

--Josefina, no delires. Clmate; por Dios, no digas esos disparates!

Ella sonrea con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su msero
rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni
delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa
conmiseracin, con la piedad sobrehumana del que contempla el msero ro
de la vida, salindose de su corriente, tocando ya con el pie las
riberas de eterna sombra, de eterna paz.

--No quera irme sin decrtelo: muero sabindolo todo. No te muevas...
no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Ms de una vez
te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus
pensamientos... Hace aos me convenc de que todo haba acabado entre
nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos,
durmiendo juntos, ayudndonos por necesidad; pero yo me asomaba  tu
interior, miraba tu corazn... nada! ni un recuerdo, ni una chispa de
amor. He sido tu hembra, la buena compaera que cuida la casa y evita al
hombre las preocupaciones pequeas de la vida. Has trabajado mucho para
envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara
tranquilo. Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos;
casi todos. Yo no he podido; crea que la vida era otra cosa y no siento
irme... No te enfurezcas, no grites. T no tienes la culpa, pobre
Mariano... Fu un error el casarnos.

Se excusaba dulcemente, con una bondad que no pareca de este mundo,
pasando generosa sobre las crueldades y los egosmos de una vida que iba
 dejar. Hombres como l eran excepcionales; deban vivir solos, en una
existencia aparte, como los rboles grandes que absorben todo el jugo
del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus
races. Ella no tena la fuerza del aislamiento: era dbil; necesitaba
para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Deba
haberse unido  un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella,
sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor
la haba arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos
fciles y comunes que siguen los dems, y ella caa en mitad de la
marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompaado en esta
jornada superior  sus fuerzas.

Renovales agitbase en torno de ella con incesante protesta.

--Pero qu tonteras dices! Deliras! Yo te he querido siempre,
Josefina; te quiero...

Los ojos de ella tomaron una extraa dureza. El fulgor de la clera pas
por sus pupilas.

--Calla, no mientas. Conozco un montn de cartas que tienes en el
estudio, ocultas tras los volmenes de tu librera. Las he ledo una por
una; he ido siguiendo su llegada; conoc tu escondrijo cuando slo
guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti
cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...

Renovales sinti que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba
bajo sus pies. Qu asombrosa brujera!... Hasta las cartas,
cuidadosamente ocultas, las haba descubierto aquella mujer con su
instinto adivinatorio.

--Mentira!--grit enrgicamente para ocultar su turbacin.--Nada de
amor! Si las has ledo, t sabes lo que es tan bien como yo: pura
amistad; cartas de una amiga que est algo loca.

La enferma sonri con tristeza. Al principio era amistad, menos an que
esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba
jugueteando con un hombre clebre, infundindole los entusiasmos de un
adolescente. Conoca  la compaera de su infancia; tena la certeza de
que no pasara de ah; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en
plena imbecilidad amorosa. Pero despus haba ocurrido seguramente algo
extraordinario, algo que no se explicaba y que haba trastornado sus
previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.

--No lo niegues, es intil. Esta certeza es la que me mata. Lo adivin
al ver que te quedabas abstrado, con una sonrisa de felicidad, como si
saboreases tus pensamientos. Lo adivin en la alegra con que cantabas
por las maanas al despertar, en el perfume de que venas impregnado, y
que te segua por todas partes. No necesitaba encontrar ms cartas. Me
bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado,
que te acompaa siempre. T, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que
todo se quedaba ms all de la puerta, y el olor de ella te sigue, te
denuncia... Aun parece que lo percibo.

Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los
ojos, como si quisiera huir de las imgenes que este perfume evocaba en
ella. El marido persisti en sus protestas al convencerse de que no
posea otras pruebas de su infidelidad. Todo mentiras! Todo
delirios!...

--No, Mariano--murmur la enferma.--Ella est dentro de ti; te llena la
cabeza: desde aqu la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasas
disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que
eran tu devocin. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho
carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo
para m.

Call un momento y  sus ojos subieron las lgrimas otra vez, con el
recuerdo de los primeros aos de vida comn.

--Nadie te ha querido como yo, Mariano--dijo con nostlgica dulzura.--Te
miro ahora como si fueses un extrao, sin cario y sin odio. Y sin
embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase  su marido con
mayor apasionamiento!

--Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. Te
acuerdas?

Pero en su voz,  pesar de la emocin que pretenda darla, sonaba la
falsedad.

--No te esfuerces, Mariano, es intil; todo acab. Ni t me quieres, ni
queda en m nada de lo que fu...

En su rostro haba un gesto de extraeza, de asombro; pareca espantada
de su misma serenidad que le haca perdonar, de esta indiferencia final
para el hombre que tanto la haba hecho sufrir. En su imaginacin, vea
un jardn inmenso; flores que parecan inmortales, y se secaban y caan
al llegar el invierno. Despus su pensamiento segua ms all, por
encima de los fros de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra
vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las
ramas secas reverdecan con una segunda vegetacin.

--Quin sabe!--murmur la enferma con los ojos cerrados.--Tal vez,
despus que yo muera, te acordars de mi... Tal vez me quieras algo... y
me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te am. Lo
que se pierde es lo que se desea...

Call la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumi en aquel sopor
fatigoso, que para ella equivala al descanso. Renovales, despus de
esta conversacin, se vi en un estado de vil inferioridad ante su
mujer. Lo saba todo y le perdonaba. Haba seguido el curso de sus
amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los
recuerdos de la infidelidad, oliendo  todas horas el cuerpo de la otra
en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante
noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida
para los dems, pero que ella perciba con la agudeza de sus sentidos.
Y callaba! Y mora sin protesta! Y l no caa  sus pies, pidindola
perdn! Y permaneca insensible, sin una lgrima, sin un suspiro!

Tuvo miedo de verse  solas con ella. Milita volvi  quedarse en la
casa para cuidar  su madre. El maestro se refugiaba en su estudio;
quera olvidar, trabajando,  aquel cuerpo moribundo que se extingua
bajo el mismo techo.

Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y coga los pinceles, y
preparaba lienzos. No haca ms que embadurnar; le era imposible seguir
adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volva la cabeza
con inquietud, creyendo que Josefina iba  entrar de pronto,
continundose aquella entrevista en la que haba puesto al descubierto
su grandeza de alma y la ruindad de l. Necesitaba volver  sus
habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para
convencerse de que estaba all, cada vez ms exigua, escuchando  su
hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel  las obscuras
oquedades de sus huesos.

Su demacracin era espantosa: no encontraba lmites. Cuando pareca
haber llegado al ltimo extremo, todava sorprenda con nuevos
encogimientos, como si tras la desaparicin total de la carne fuese
liquidndose el msero esqueleto.

Algunas veces atormentbala el delirio, y su hija, conteniendo las
lgrimas, acoga con palabras de aprobacin los disparatados viajes que
proyectaba, sus propsitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en
un jardn, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores...
nada de pintores!

Aun vivi unos quince das. Renovales, con cruel egosmo, ansiaba
descansar, lamentndose de esta existencia anormal. Si haba de morir,
por qu no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad  todos
los de la casa!...

Ocurri el suceso una tarde,  la hora en que el maestro, tendido en un
divn de su estudio, relea las dulces quejas de una cartita perfumada.
Tantos das sin verle! Cmo segua la enferma? Reconoca que su deber
estaba all: la gente murmurara si la visitaba. Pero ay! era tan
penosa esta separacin!...

No pudo acabar de leer. Entr Milita en el estudio, con expresin
azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la
presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su
llegada.

Su voz tena bruscas sacudidas. Mam... estaba hablando con ella, la
halagaba con la esperanza de un prximo viaje... y de pronto un
ronquido... la cabeza inclinndose antes de caer sobre el hombro... un
momento... nada... lo mismo que un pajarito!

Renovales corri al dormitorio, tropezndose con su amigo Cotoner, que
sala del comedor, corriendo tambin. La vieron en un silln, encogida,
plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando
pingajo. Todo haba acabado.

Milita tuvo que coger  su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha
fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energa en el crtico
momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en
un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperacin
de artista, conservando an en su mano, distradamente, la carta de la
condesa.

--Valor, Mariano--deca el pobre Cotoner con voz cargada de
lgrimas.--Hay que ser hombres... Milita, lleva  tu padre al estudio...
Que no la vea...

El maestro se dej conducir por su hija, suspirando con fuertes
resoplidos, queriendo llorar, con intiles esfuerzos. Las lgrimas no
llegaban. Su atencin no poda concentrarse: la distraa una voz
interior, la voz de las grandes tentaciones.

Haba muerto y quedaba libre. Seguira su camino, ligero, dueo de s
mismo, sin fatigosa impedimenta.  l la vida con todos sus goces; el
amor sin miedos ni escrpulos; la gloria con sus dulces rditos!...

Iba  comenzar una segunda existencia.




TERCERA PARTE




I


Hasta principios del invierno siguiente, no volvi Renovales  Madrid.
La muerte de su mujer le dej estupefacto, como si dudase de su
realidad, como si sintiera extraeza al contemplarse solo y dueo de sus
acciones. Cotoner, vindole sin deseos de trabajar, tendido en los
divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soase despierto,
interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Adems,
le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el
hotel para visitar al ilustre maestro y  su querida Milita.

--Debes irte--aconsejaba el viejo artista.--Eres libre; lo mismo vivirs
en cualquier parte que aqu. Te conviene un viaje largo: eso te
distraer.

Y Renovales emprendi su viaje con la alegra de un estudiante, libre
por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueo de
sus actos, se crey el ser ms feliz de la tierra. Su hija tena  su
marido, formaba familia aparte; l se vea en grato aislamiento, sin
preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcsimos de
aquellas cartas interminables de Concha, que le salan al encuentro en
su viaje. Oh, libertad feliz!...

Vivi en Holanda, estudiando sus museos, que no conoca; despus, en un
capricho de pjaro errante, descendi  Italia, saboreando algunos meses
de vida fcil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores
debidos  un maestro clebre, en los mismos sitios donde haba luchado
pobre y desconocido. Luego se traslad  Pars, acabando por atraerle la
condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.

El estilo epistolar de Concha se haca ms apremiante; mostraba nuevas
exigencias al prolongarse el periodo de separacin. Deba volver; ya
haba viajado bastante. Ella se aburra no vindole; le amaba, no poda
vivir sin l. Adems, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del
conde, que, en su eterna ceguera, una sus splicas  las de su esposa,
rogndola que invitase al artista  pasar una temporada en su hotel de
Biarritz. El pobre maestro deba sentirse muy triste en su viudez, y el
prcer bondadoso tena empeo en consolar su soledad. En su casa le
distraeran; seran para l una nueva familia.

El pintor vivi gran parte del verano y todo el otoo en el ambiente
grato de aquel hogar, que pareca creado para l. La servidumbre le
respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La seora,
delirante por la larga ausencia, mostrbase tan audaz en sus arrebatos,
que el artista tena que contenerla, recomendando prudencia. El noble
conde de Alberca le rodeaba de una simptica conmiseracin. Pobre 
ilustre amigo! Verse privado de su compaera! Y el hombre de las
condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infunda
la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le
haca.

Al comenzar el invierno volvi Renovales  su hotel. Ni la ms leve
emocin experiment al verse en los tres grandes estudios, al recorrer
aquellas habitaciones que parecan ms heladas, ms grandes, ms
sonoras, ahora que no se conmovan con otros pasos que los suyos. Crey
que no haba transcurrido un ao. Todo estaba lo mismo, como si su
ausencia slo fuese de unos cuantos das. El amigo Cotoner haba cuidado
bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portera y
al antiguo domstico encargado de la limpieza de los estudios, nica
servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni
atmsferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo apareca
brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella
casa. El sol y el aire haban penetrado  raudales por las ventanas,
disolviendo aquella atmsfera de enfermedad que Renovales haba dejado
al irse, y en la que crea percibir el roce del invisible ropaje de la
Muerte.

Era una casa nueva, semejante en su forma  la que haba conocido antes,
pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recin construidos.

Fuera de su estudio, nada le recordaba  la esposa muerta. Evit entrar
en su dormitorio; no pregunt siquiera quin guardaba la llave. Durmi
en el cuarto que haba sido de su hija, en su camita de soltera, con la
satisfaccin de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de
seorial aspecto.

Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una
servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que
ahora le pareca enorme  intil. Miraba distrado un silln, cercano 
la chimenea, donde muchas veces se haba sentado la muerta. El asiento,
con los brazos abiertos, pareca esperar aquel cuerpecillo estremecido
por encogimientos de pjaro. Pero el pintor no senta emocin alguna. Ni
siquiera poda recordar fielmente en su imaginacin la cara de Josefina.
Haba sufrido tantas transformaciones!... La ltima, aquella mscara
esqueltica, era la que evocaba mejor; pero le repela, en su egosmo de
hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos
recuerdos.

No vea su imagen en ninguna parte de la casa. Pareca haberse evaporado
para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que
tantas veces haban servido de apoyo  su andar vacilante, en los pisos
que apenas si sentan el peso de sus dbiles pies. Nada: estaba bien
olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los
largos aos de unin, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto,
que le haca gustar con mayor placer su nueva existencia.

Sus primeros das, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos
goces. Despus del almuerzo se tenda en un divn del estudio,
contemplando las espirales azules de su cigarro. Libertad completa!
Solo en el mundo! La vida entera para l, sin preocupacin alguna, sin
miedos. Poda ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin
que una boca amarga turbase con reproches su plcida calma. Aquella
puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abrira ms
para dar paso al enemigo. Poda cerrarla aislndose del mundo; poda
abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escndalo, todo
cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas
en revuelta bacanal; extraas bayaderas de ojos negros y vientre
descubierto que danzasen con mrbido abandono sobre los tapices del
estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas
fiestas de imaginacin con que haba soado en sus tiempos de
servidumbre. l no saba ciertamente dnde encontrar todo esto, ni tena
gran empeo en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar
sin obstculo alguno.

Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle  la
accin, le mantena en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo,
sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitbase
furioso, lamentando sus cadenas. Las cosas que pintara l, de ser
libre! Los escndalos que provocara con sus audacias! Ay, si no
estuviese unido  una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su
arte con la misma correccin y dignidad que tena para las visitas 
para los gastos de la casa!...

Y ahora que la burguesa no exista, el artista quedaba en grata
somnolencia, contemplando los lienzos empezados un ao antes, mirando
como un enamorado tmido  su paleta abandonada, dicindose con una
falsa energa: De maana no pasa; maana empiezo.

Y al da siguiente llegaba medioda, y con l el almuerzo, antes de que
Renovales hubiese llegado  coger el pincel. Lea peridicos
extranjeros, revistas de arte, enterndose con curiosidad profesional de
lo que exponan y trabajaban los pintores famosos de Europa. Reciba la
visita de ciertos compaeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la
insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una
sequedad de artista ilustre que empieza  envejecer, y cree que con l
se extingue el talento y nadie vendr detrs de sus pasos. Luego le
embargaba la modorra de la digestin, lo mismo que  Cotoner, y senta
dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir
bien, tena riquezas de sobra. Su hija, que era su nica familia,
encontrara  su muerte ms de lo que esperaba. Haba trabajado
bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira
bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta
odiarse con impulsos de muerte. Qu necedad! Era mejor permanecer en
dulce calma, saboreando la alegra de la propia existencia,
embriagndose en los sencillos goces animales, sintindose vivir. Qu
importaban unos cuantos cuadros ms en aquellos enormes palacios llenos
de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una
sola pincelada como la dieron sus autores? Qu le importaba  la
humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer
las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mrmoles y granitos,
que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores,
que poda destruir una colilla de cigarro,  roer en unos cuantos aos
un soplo de viento, una gota de agua filtrndose por la pared?...

Pero este pesimismo desvanecase cuando alguien le llamaba ilustre
maestro,  as que vea su nombre en un peridico y un discpulo  un
admirador mostraba curiosidad por su trabajo.

Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la emocin sufrida. La
pobre Josefina!... Pero iba  trabajar mucho; se senta con nuevas
fuerzas para obras ms grandes que las ya conocidas. Y despus de estas
exclamaciones, le acometa un deseo loco de trabajo y enumeraba los
cuadros que llevaba en su pensamiento, insistiendo en su originalidad.
Eran problemas audaces de color, nuevos procedimientos tcnicos que se
le ocurran. Pero estos propsitos no rebasaban el lmite de la palabra;
no llegaban jams al pincel. Parecan rotos  enmohecidos los resortes
de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No sufra, no deseaba. La
muerta se haba llevado su fiebre de trabajo, su inquietud de artista,
dejndolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.

Por las tardes, cuando lograba arrancarse  la dulce torpeza,  la
ligera punta de embriaguez que le retena inmvil, iba  ver  su hija,
si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompaaba  su
marido en sus excursiones de automovilista. Despus acababa la tarde en
casa de la de Alberca, donde permaneca muchas veces hasta media noche.

Coma all casi todos los das. La servidumbre miraba  don Mariano con
respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la seora. El conde,
acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeo en verle como
su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que haba de hacerle
Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sera ms adelante,
cuando conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en
su catlogo de glorias. Y el artista senta cierto remordimiento al
escuchar las simplezas del buen seor, mientras su esposa, con una
audacia loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia l, como si
fuese  desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de
la mesa.

Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre Mariano con los
brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los criados. Le
pareca ms dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se dejaba
adorar con cierto orgullo. l, que al principio de esos amores era el
que suplicaba y persegua, encerrbase ahora en una pasividad superior,
aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.

Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se refugiaba para
sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden  los
maestros respetados. Dejaba para el da siguiente la obra nueva, la
magna obra que deba levantar nuevos voceros de admiracin en torno de
su nombre. Pintara su famoso cuadro de Frin en una playa, cuando
llegase el verano y pudiera huir  la costa solitaria, llevando con l 
la belleza perfecta que le servira de modelo. Tal vez convenciese  la
condesa. Quin sabe!... Sonrea con cierta satisfaccin, cada vez que
escuchaba de sus labios el elogio de sus bellas desnudeces. Pero
entretanto exiga el maestro que la gente se acordase de su nombre por
sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que haba
producido.

Irritbase contra los peridicos, que ensalzando  la gente joven, slo
se acordaban de l para citarle de paso, como una gloria consagrada,
como un seor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo del
Prado. Le agitaba esa clera sorda del cmico, que agoniza de envidia,
viendo la escena ocupada por otros.

Quera trabajar; iba  trabajar inmediatamente. Pero as como
transcurra el tiempo, senta una creciente pereza cerebral que le
imposibilitaba para la accin; un entorpecimiento de manos, que ocultaba
hasta  sus ms ntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad
de otros tiempos.

--Esto pasar--se deca con la confianza del que no duda en su talento.

En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba con los perros
inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre, y
blandos y pacficos si los rodea el bienestar. l necesitaba sus tiempos
de avidez  inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no dispona de la
paz del trabajo, y tras los disgustos conyugales acometa al lienzo como
si fuese un enemigo, lanzndole el color furiosamente, en bofetadas de
luz. Aun despus de ser rico y clebre, haba tenido algo que pedir.
Si yo tuviese tranquilidad! Si fuese dueo de mi tiempo! Si viviese
solo, sin familia, sin preocupaciones, como debe vivir el verdadero
artista! Y bien; se cumplan sus anhelos; nada tena que esperar, pero
senta una pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo
deseo, como si la clera y la inquietud fuesen para l un espolonazo
interno de la inspiracin.

Le atormentaba el hambre de celebridad; crea haber muerto obscuramente
al transcurrir los das sin que le nombrasen. Se imaginaba que la
juventud le volva la espalda para mirar en distinta direccin,
almacenndole entre los consagrados, admirando  otros maestros. Su
orgullo de artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la
inocencia de un principiante. l, que tanto se haba burlado del mrito
oficial y de los rediles de las Academias, se acord de pronto que haca
varios aos le haban elegido miembro de la de Bellas Artes despus de
uno de sus triunfos.

Cotoner mostr asombro al ver la importancia que daba de pronto  esta
distincin no solicitada, de la que se haba redo siempre.

--Eran bromas de joven--dijo el maestro con gravedad.--La vida no puede
tomarse siempre  risa. Hay que ser serios, Pepe; vamos para viejos, y
no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son respetables.

Adems, se acusaba de grosera. Aquellos dignos personajes,  los que
haba comparado muchas veces con toda clase de animales, extraaran que
transcurriesen los aos sin que l se preocupara de ocupar su sitio.
Haba que ir  la recepcin acadmica. Y Cotoner, por encarg suyo,
corri con todos los preparativos; desde llevar la noticia  aquellos
seores, para que fijasen la fecha de la artstica solemnidad, hasta
ocuparse del discurso del nuevo acadmico. Porque Renovales se enter
con cierto temor de que haba de leer un discurso... l, que
acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educacin de su
niez, coga la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas  la de
Alberca prefera representar con graciosas figuras sus frases de pasin,
 encerrarlas en letras!...

El viejo bohemio le sac del apuro. Conoca bien  su Madrid. Los
bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los
peridicos no tenan misterios para l. Renovales leera un discurso tan
magnfico como los de otros.

Y una tarde le llev al estudio  un tal Isidro Maltrana, joven
pequen, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia que
disgust en el primer momento  Renovales. Iba bien trajeado, pero con
las solapas sucias de ceniza y el cuello del gabn moteado de caspa. El
pintor not que ola  vino. Al principio le tribut pomposamente el
ttulo de maestro, pero  las pocas palabras ya le llamaba por su
apellido, con una llaneza desconcertante. Se mova en el estudio como si
fuese suyo, como si toda su vida la hubiese pasado en l, sin admirar
sus bellezas decorativas.

No tena inconveniente en encargarse del discurso. Era su especialidad.
Las recepciones acadmicas y los trabajos para los seores del Congreso
constituan su mejor finca. Comprenda que el maestro necesitase de l.
Un pintor!...

Y Renovales,  quien comenzaba  hacerse simptico el tal Maltrana, 
pesar de su osada, se irgui con la majestad de su renombre. Si se
tratase de hacer un cuadro para aquel acto, all estaba l. Pero un
discurso!...

--Convenidos: tendr usted el discurso--dijo Maltrana.--Es tarea fcil,
conozco la receta. Hablaremos de las sanas tradiciones; abominaremos de
ciertas audacias y novedades de la juventud inexperta, que estaban muy
en su lugar hace veinte aos, cuando usted comenzaba, pero que ahora son
extemporneas... Le parece  usted bien un palito al modernismo?

Renovales sonri, encantado de la llaneza con que hablaba este joven de
su prxima obra y movi una mano con significativo balanceo. Hombre!
As, as... Un justo medio estara bien.

--Comprendido, Renovales: halagar  los viejos y no reir con los
jvenes. Es usted un maestro de veras. Quedar usted contento.

Con una serenidad de tendero, antes de que el pintor hablase de la
retribucin, abord l este asunto. Eran dos mil reales; ya se lo haba
dicho  Cotoner. La tarifa pequea; la que haba fijado para las
personas que apreciaba.

--Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.

Y su voz se torn grave al decir esto; su rostro, feo y cnico, se
ennobleci un instante, reflejando las inquietudes del amor paternal.

--Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo que se presenta. Si
es preciso robar. Es lo nico que tengo en el mundo. La madre muri de
miseria en el hospital. Yo soaba con ser algo, pero un rorro no deja
pensar en tonteras. Entre la esperanza de ser clebre y la certeza de
comer... lo primero es comer.

Pero esta ternura del hombrecillo dur poco. Volvi  recobrar su gesto
audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su cinismo,
desengaado por la desgracia, poniendo precio  todos sus actos.
Quedaban convenidos en la cantidad: la recibira cuando entregase el
discurso.

--Y si usted lo imprime, como espero--dijo al irse,--yo me ocupar de
las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de usted; porque
soy su admirador.

Renovales pas varias semanas preocupado por su recepcin, como si fuese
el suceso ms importante de su vida. La condesa se interesaba igualmente
en los preparativos. Ella hara que fuese una solemnidad elegante; algo
parecido  las recepciones de la Academia Francesa, descritas en
peridicos y novelas. Asistiran todas sus amigas. El gran pintor leera
su discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo
de los abanicos y el rumor de las conversaciones. Un xito inmenso que
hara rabiar  muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en el
gran mundo.

Pocos das antes de la solemnidad, le entreg Cotoner un paquete de
papeles. Era una copia del discurso, en magnfica letra; ya estaba
pagado. Y Renovales, con instinto de cmico, deseoso de hacer buena
figura, pas una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el
cuaderno en una mano y acompaando con enrgicos ademanes de la otra los
prrafos ledos en alta voz. Tena talento aquel Maltranita descarado!
Era una obra que entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno  todo lo
que no fuese pintar; una serie de trompetazos gloriosos en los que se
mezclaban nombres, muchos nombres; admiraciones en retrico trmolo;
sntesis histricas tan redondas, tan completas, que no pareca sino que
la humanidad haba vivido desde el principio del mundo pensando en el
discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que ste les diese una
determinada interpretacin.

Senta el artista escalofros de sublimidad, repitiendo en elocuente
carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales le _sonaban_, no
sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores  de poetas trgicos.
Despus adquira cierto aplomo al encontrarse con Dante y Shakespeare. 
stos los conoca mejor; sabia que no haban pintado, pero que deban
figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar  los prrafos
sobre el arte moderno, le pareca tocar tierra firme sonriendo con
cierta superioridad. Maltranita no entenda gran cosa de esta materia;
apreciaciones superficiales de profano; pero escriba bien, muy bien; l
no lo hubiese hecho mejor... Y estudi su discurso, hasta el punto de
repetir muchos prrafos de memoria, preocupndose adems de la
pronunciacin de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los
amigos que consideraba de mayor cultura.

--Es por el buen parecer--deca con sencillez.--Es porque, aunque yo no
sea ms que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.

El da de la recepcin almorz mucho antes de medioda. Apenas toc los
platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia, que no haba visto
nunca.  su zozobra se una la molestia que experimentaba cada vez que
haba de atender al cuidado de su persona.

Los largos aos de existencia matrimonial le haban habituado  no
preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida. Si tena
que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la
madre  de la hija arreglaban hbiles y ligeras el adorno de su persona.
Aun en los momentos de mayor hostilidad, cuando l y Josefina apenas se
hablaban, notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente
directora de la casa, que le allanaba los obstculos, evitndole
vulgares inquietudes.

Cotoner estaba ausente; el criado haba ido  casa de la condesa para
entregarla unas invitaciones reclamadas  ltima hora para ciertas
amigas. Renovales se decidi  vestirse solo. Su yerno y su hija
vendran por l,  las dos. Lpez de Sosa tena empeo en llevarle hasta
la Academia en automvil, buscando, sin duda con esto, un pequeo rayo
de los esplendores de gloria oficial que iban  derramarse sobre su
suegro.

Renovales se visti, despus de bregar con las pequeas dificultades de
la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un nio, falto de los
auxilios de la madre. Cuando al fin se contempl con cierta satisfaccin
en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente anudada,
lanz un suspiro de descanso. Por fin!... Ahora las placas, la banda.
Dnde encontrara estos honorficos juguetes?... Desde la boda de
Milita no se los haba puesto: la pobre muerta los habra guardado.
Dnde encontrarlos? Y con precipitacin, temiendo que transcurriese el
tiempo y le sorprendiesen sus hijos sin haber terminado el adorno de su
persona, comenz  buscar, de habitacin en habitacin, sofocado,
jurando de impaciencia, con el atolondramiento de andar  ciegas sin
recordar nada preciso. Entr en el cuarto que serva de vestuario  su
esposa. Tal vez tuviese guardadas en l las condecoraciones. Abri con
nervioso tirn las puertas de los grandes armarios que cubran las
paredes... Ropas y ms ropas.

Al olor balsmico de las maderas, que haca pensar en la silenciosa
calma de los bosques, unase un perfume sutil y misterioso, perfume de
aos, de bellezas muertas, de recuerdos extinguidos; algo semejante  la
sensacin que dan al olfato las flores secas. Desprendase este olor de
las masas de telas colgadas; vestidos blancos, negros, rosa, azules, con
los colores apagados y discretos, los encajes mustios y amarillentos,
guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que haban
cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba all. Con cierta
preocupacin supersticiosa, haba almacenado los trajes de las diversas
pocas de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos,
arrojar una parte de su vida, un fragmento de su piel.

El pintor miraba algunos de estos trajes con la misma emocin que si
fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de pronto, con la
sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los buenos
tiempos de Roma; un traje completo azul, le haca ver con la imaginacin
la plaza de San Marcos y crea sentir el aleteo de los palomos y oir
como un zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes
sombros y pobres, del cruel perodo de lucha, colgaban en el fondo de
un armario, como hbitos de mortificacin y sacrificio. Un sombrero de
paja, alegre como un susurro de bosque estival, cargado de flores rojas,
de pmpanos, de cerezas, pareca sonreirle desde lo alto de un estante.
Ay, tambin lo conoca! Muchas veces se haba clavado en la frente su
filo dentado de paja, cuando  la puesta del sol, en los caminos de la
campia romana, se agachaba l, teniendo en un brazo el talle de su
mujercita, buscando su boca que se estremeca con dulce cosquilleo,
mientras  lo lejos, en la bruma azulada, sonaban las esquilas de los
rebaos y los lamentos musicales de los guardadores de bfalos.

Tambin le hablaba del pasado, evocando las muertas alegras, aquel
perfume juvenil, envejecido en su encierro, que sala  oleadas de los
armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando 
borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecan; una
embriaguez sutil penetraba en su olfato. Crea haber cado en un lago de
perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con l, como si
fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volva; el
incienso de los tiempos felices, ms dbil, ms sutil, con la nostalgia
de los aos muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la
sedosa y leve vegetacin puesta al descubierto por los brazos cruzados
bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor
nacarado de luna, que una noche, en Roma, le haba hecho suspirar con
admiracin:

--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de Goya... Eres la
maja desnuda.

Conteniendo su respiracin como un nadador, buceaba en la profundidad de
los armarios, tendiendo sus manos vidas, con el deseo de salir de all,
de volver cuanto antes  la superficie, al aire puro. Tropezaba con
cajas de cartn, paquetes de cintas y viejos encajes, sin encontrar lo
que buscaba; y cada vez que sus brazos trmulos agitaban las viejas
ropas, el oleaje de las faldas pareca, abofetearle con una bocanada de
este perfume muerto, indefinible, que aspiraba ms con su imaginacin
que con su olfato.

Quiso salir de all cuanto antes. Las condecoraciones no estaban en el
vestuario; tal vez las encontrase en el dormitorio. Y por primera vez,
luego de muerta su esposa, se atrevi  rodar la llave de la puerta. El
perfume del pasado pareca ir con l; se filtraba por todos los poros de
su cuerpo. Crea sentir el apretn de unos brazos lejanos  inmensos que
venan del infinito. Ya no tenia miedo  penetrar en el dormitorio.

Entr  tientas, buscando una de las ventanas. Cuando crujieron las
maderas y penetr de golpe la luz del sol, los ojos del pintor, despus
de violento parpadeo, vieron como una sonrisa suave y discreta, el
brillo de los muebles venecianos.

Hermoso dormitorio de artista! Despus de un ao de ausencia, el pintor
admiraba el gran armario, con sus tres lunas azules y profundas, como
slo saben fabricarlas los espejeros de Murano, y el bano de los
muebles, con menudas incrustaciones de ncar y luminosas piedrecitas;
una muestra del genio artstico de la antigua Venecia en contacto con
los pueblos de Oriente. Este mueblaje haba sido para Renovales una de
las grandes empresas de su juventud; un capricho de enamorado, ansioso
de tributar honores principescos  su compaera, que le haba impuesto
penosas economas durante varios aos.

El lujoso dormitorio les haba seguido  todas partes, sin abandonarlos,
ni aun en la poca de miseria. En los das malos, cuando l pintaba en
su buhardilln y Josefina cocinaba, faltbanles sillas, coman en el
mismo plato, Milita jugaba con muecas de andrajos; pero en la msera
alcoba, pintada de cal, amontonbanse intactos, con respeto sagrado,
aquellos muebles de Dogaresa rubia, como una esperanza en el porvenir,
como una promesa de tiempos mejores. Ella, la infeliz, con su fe de
mujer sencilla, los limpiaba, los adoraba, esperando la hora de las
mgicas transformaciones, para trasladarlos  un palacio.

El pintor pase su mirada por el dormitorio con cierta tranquilidad. No
encontr en l nada extraordinario; nada que le conmoviese. El prudente
Cotoner haba ocultado el silln donde muri Josefina.

La cama seorial, con sus dos fachadas monumentales de bano tallado y
mosaicos brillantes, ofreca un aspecto vulgar, teniendo en su seno los
colchones plegados en montn. Renovales ri del temor que le haba
detenido tantas veces ante la puerta cerrada. La muerte no haba dejado
rastro alguno. Nada recordaba all  Josefina. En el ambiente flotaba
ese olor pesado, ese sabor  polvo y humedad de todas las piezas
largamente cerradas.

Transcurra el tiempo, haba que buscar las condecoraciones, y
Renovales, familiarizado ya con la habitacin, abri el armario
esperando encontrarlas en l.

Tambin all la cerrada madera pareci esparcir, al abrirse, un perfume
semejante al de la otra pieza. Era ms tenue, ms vagoroso, ms lejano.

Renovales crey que era una ilusin de sus sentidos. Pero no; de las
profundidades del armario se desprenda como un humillo invisible,
envolvindole en su espiral acariciadora. All no haba ropas. Sus ojos
reconocieron inmediatamente en el fondo de una tabla los estuches que
tanto buscaba; pero no tendi hacia ellos las manos; permaneci inmvil,
abstrado en la contemplacin de mil objetos menudos que le recordaban 
Josefina.

Ella tambin estaba all; sala  su encuentro ms personal, ms viva,
que entre la balumba de sus viejas ropas. Sus guantes parecan conservar
el calor y el relieve de aquellas manos que en otros tiempos se haban
hundido acariciadoras en la cabellera del artista; sus cuellos le
recordaban aquella columnilla de tibio marfil, en la cual tenia l
lugares preferidos, sensibles rincones donde depositaba sus besos.

Sus manos lo removieron todo con dolorosa curiosidad. Un abanico viejo,
guardado cuidadosamente, pareci emocionarle,  pesar de su pobre
aspecto. Entre las roturas de sus pliegues marcbanse viejos colores;
una cabeza pintada por l, cuando su mujer no era ms que una amiga; un
obsequio  la seorita de Torrealta, que deseaba tener algo del joven
artista. En el fondo de un estuche brillaron con fulgor misterioso dos
enormes perlas rodeadas de brillantes. Un regalo de Miln; la primera
joya de verdadero valor que haba comprado  su mujer, al pasar por la
plaza del Duomo; toda una remesa de dinero de su empresario de Roma,
invertida en este rico juguete que haca ruborizar de placer  la
mujercita, mientras sus ojos se fijaban en l con intenso
agradecimiento.

Sus dedos vidos, revolviendo estuches, cintas, pauelos y guantes,
tropezaban con recuerdos  los que iba unida siempre su persona. Aquella
infeliz haba vivido para l, slo para l, como si su existencia no
fuese nada, como si nicamente tuviese significacin unida  la suya.
Encontraba guardadas con religioso cuidado, entre cintas y cartones,
fotografas de los lugares en que haba transcurrido su juventud; los
monumentos de Roma, las montaas de la antigua tierra pontificia, los
canales venecianos; vestigios del pasado que eran sin duda de gran valor
para ella, porque evocaban la imagen del marido. Y entre estos papeles
vi flores secas, aplastadas y frgiles; rosas soberbias  modestas
florecillas del campo; ridos hierbajos, recuerdos annimos, faltos de
significacin, pero cuya importancia presenta Renovales, sospechando
que recordaban algn momento feliz, completamente olvidado por l.

Los retratos del artista, en las diversas edades de su vida, surgan de
todos los rincones, enredados en cintas, sepultados bajo las pilas de
finos pauelos. Luego aparecieron varios paquetes de cartas, con la
tinta enrojecida por el tiempo, escritas en una letra que produjo cierta
inquietud al artista. La conoca; se asociaba vagamente  sus recuerdos,
como la cara de una persona cuyo nombre se resiste  la memoria. Ah,
imbcil!... Era su letra, la letra torpe y pesada de su juventud, que
slo tenia ligereza para el pincel. All estaba, en pliegos
amarillentos, toda la novela de su vida, sus esfuerzos intelectuales por
decir cosas bonitas, lo mismo que los hombres que escriben. Nada
faltaba: las cartas de los primeros tiempos de noviazgo, cuando despus
de verse y hablarse, aun sentan la necesidad de poner sobre el papel lo
que no osaban decirse los labios: otras con sello italiano, exuberantes
de fanfarrones juramentos de amor, ligeros billetes que la enviaba
cuando iba con otros artistas  pasar unos das en Naples   visitar
alguna ciudad muerta de las Marcas Pontificias. Luego las cartas de
Pars llegadas al viejo palacio veneciano, preguntando con inquietud por
la pequea, queriendo saber el curso de la lactancia, estremecindose de
pavor ante la posibilidad de las inevitables enfermedades de la niez.

No faltaba ni una; todas estaban all, guardadas como fetiches,
perfumadas de amor, aprisionadas en cintas, como blsamos y vendajes de
una vida momificada. Las de ella haban tenido distinta suerte: su amor
escrito se haba dispersado, perdindose en la nada: haban quedado
olvidadas en trajes viejos, se haban consumido en el fuego de chimeneas
de hotel, haban cado tal vez en manos extraas, provocando crueles
risas con su tierna ingenuidad. El no guardaba ms que unas cartas, las
de la otra; y al pensar en esto, sinti el remordimiento, la inmensa
vergenza de una mala accin.

Lea las primeras lneas de algunos de estos pliegos, con cierta
extraeza, como si fuesen de otro, admirando ingenuamente su acento
apasionado. Y aquello lo haba escrito l!... Cmo amaba entonces  su
Josefina!... Parecale imposible que este cario hubiese terminado tan
framente. Se extraaba de la indiferencia de los ltimos aos; no
recordaba ya los disgustos que haban agitado su vida comn; vea ahora
 su mujer tal como fu en su juventud, con rostro sereno, grave
sonrisa, y la admiracin en la mirada.

Sigui leyendo, pasando de una carta  otra con la vehemencia de una
lectura interesante. Admiraba su propia juventud, virtuosa en medio de
los arrebatos de pasin carnal; la castidad de su adhesin  la mujer, 
la nica,  la indiscutible. Senta ese gozo, impregnado de melancola,
de la vejez decrpita que contempla su retrato primaveral. Y l haba
sido as! Del fondo de su alma pareca surgir una voz grave, con tono de
reproche: S, as; cuando eras bueno; cuando eras honrado.

Se sumi en esta lectura sin darse cuenta del curso del tiempo. De
pronto sinti pasos en el cercano corredor, ruido de faldas, la voz de
su hija. Fuera del hotel bramaba una bocina; su arrogante yerno que le
avisaba para que se apresurase. Trmulo de miedo por ser sorprendido,
sac de los estuches las placas y las bandas y cerr precipitadamente el
armario.

La solemnidad acadmica fu casi un fracaso para Renovales. La condesa
le encontr muy interesante, en su palidez de emocin, constelado el
pecho de astros de pedrera, cortada la blanca pechera por varias lneas
de colorines. Pero apenas se levant en medio de la general curiosidad,
con el cuaderno en la mano, y comenz  leer los primeros prrafos, se
fu agrandando un murmullo, que acab casi por sofocar su voz. Lea
sordamente, con la precipitacin de un escolar que desea acabar pronto,
sin darse cuenta de lo que deca, en un rezo montono y fatigante.
Adis los sonoros ensayos en el estudio, la preparacin minuciosa de
ademanes teatrales! Su pensamiento pareca estar en otra parte, lejos,
muy lejos de esta solemnidad; sus ojos slo vean las letras. La
elegante concurrencia sali satisfecha de haberse reunido, vindose una
vez ms. Del discurso rean muchas bocas tras los abanicos de gasa, con
la satisfaccin de araar indirectamente  su buena amiga la de Alberca.

--Un horror, hija ma! Una lata insufrible!




II


Apenas despert al da siguiente, el maestro Renovales sinti un deseo
imperioso de aire libre, de luz, de espacios ilimitados, y sali del
hotel, no parando en su paseo, Castellana arriba, hasta llegar  los
desmontes vecinos al palacio de la Exposicin.

La noche anterior haba comido en casa de la de Alberca; un banquete
casi de ceremonia, en celebracin de su ingreso acadmico, con
asistencia de muchos de los graves seores que formaban la tertulia de
la condesa. sta se haba mostrado radiante de alegra, como si
festejase un triunfo suyo. El conde trataba con mayores respetos al
ilustre maestro, cual si acabase de dar el paso ms grande en su fama
artstica. Su respeto por todas las glorias decorativas le baca admirar
aquella medalla de acadmico, nica distincin que l no poda unir  su
carga de condecoraciones.

Renovales pas una mala noche. El Champagne de la condesa fu triste
para l. Haba vuelto  su casa con cierto temor, como si en ella le
esperase algo anormal que su inquietud no poda definir. Se despoj del
traje de ceremonia que le haba atormentado varias horas, y se meti en
la cama, extrandose del vago temor que le acompa hasta los umbrales
de su casa. Nada vea de extraordinario en torno de l; su cuarto
ofreca el mismo aspecto de todas las noches. Se durmi, vencido por el
cansancio, por la torpeza digestiva de aquel banquete extraordinario, y
no despert en toda la noche; pero su sueo fu cruel, interminable,
cortado por visiones que tal vez le haban hecho gemir.

Al despertarle, bien entrada la maana, los pasos de su criado que
andaba por el vecino cuarto de aseo, adivin en el revoltijo de sus
ropas, en el sudor fro de su frente, en el cansancio de su cuerpo, la
noche inquieta que haba pasado, entre nerviosos sobresaltos.

Su cerebro, entorpecido an por el sueo, no poda desembrollar los
recuerdos de la noche. Slo tena la certeza de que haba soado cosas
tristes, penosas: tal vez haba llorado. Lo nico que recordaba era un
rostro plido, asomando entre los negros velos de lo inconsciente, como
una imagen, alrededor de la cual giraban todos sus ensueos. No era
Josefina; su cara tena una expresin de criatura de otro mundo.

Pero as como se fu disipando su torpeza intelectual, mientras se
lavaba el pintor y se vesta, y el criado le ayudaba  meterse en el
gabn, pens, al reunir sus recuerdos con un esfuerzo, que bien pudiera
ser ella... S; ella era. Ahora recordaba que haba percibido en su
ensueo aquel perfume que le segua desde el da anterior, que le
acompa  la Academia, perturbando su lectura, y que haba ido con l
al banquete, corriendo entre sus ojos y los de Concha una bruma, al
travs de la cual la miraba sin verla.

El fresco de la maana despej su inteligencia. La vista del dilatado
espacio que se abarca desde las alturas de la Exposicin, pareci borrar
momentneamente sus recuerdos de la noche.

Soplaba un viento de la sierra en la meseta vecina al Hipdromo.
Renovales, al marchar contra el viento, senta en sus orejas un zumbido
de mar lejano. En el fondo, sobre las lomas con casitas rojas y lamos
invernales, escuetos como escobas, marcaba el Guadarrama su limpieza
luminosa sobre el espacio azul, su nevada crestera, sus enormes cimas
que parecan de sal. Al lado opuesto, apareca hundido en una grieta
profunda del terreno el caparazn de Madrid; los tejados negros, las
torrecillas puntiagudas, todo esfumado en una neblina que daba  los
edificios de ltimo trmino el vago azul de las montaas.

La meseta, cubierta de un verde ralo y miserable, con surcos duros y
petrificados, brillaba  trechos bajo la luz del sol. Los trozos de
azulejo, las vasijas rotas, los botes de conservas, lanzaban rayos de
luz, lo mismo que si fuesen materias preciosas, entre rosarios de negros
huevecillos, cados de los rebaos, como rastro de su paso.

Renovales contempl largo rato el palacio de la Exposicin por su parte
de atrs; los muros amarillos, con adornos de ladrillos rojos, que
apenas si asomaban sobre el borde de los desmontes; las techumbres
planas de zinc, con un brillo de lagos muertos; la cpula central,
enorme, hinchada, cortando el cielo con su panza negra, como un
aerostato prximo  elevarse. De una ala del gran palacio partan los
sones de varios clarines, prolongando sus notas en esa blica melopea
que acompaa el trote de los caballos, entre temblores del suelo y nubes
de polvo. Junto  una puerta temblaba el rayo de los sables, y se
reflejaba el sol sobre charolados tricornios.

El pintor sonrea. Haban levantado para ellos aquel palacio, y lo
ocupaba la Guardia civil. Una vez cada dos aos entraba all el Arte,
disputando el sitio  los caballos guardadores del orden. Las estatuas
se aposentaban en piezas que olan  cebada y  recios zapatos. Pero
esta anomala duraba poco; el intruso era expulsado as que realizaba su
simulacro de una cultura europea, y quedaba en el palacio de la
Exposicin lo verdadero, lo nacional; el tercio privilegiado, los
rocines de la santa autoridad que bajaban al galope  las calles de
Madrid, cuando se turbaba, de tarde en tarde, su santa paz de cloaca.

Mirando despus el maestro la negra cpula, recordaba los das de
exposicin; vea la juventud melenuda  inquieta, unas veces dulce y
aduladora, otras irritada  iconoclasta, venida de todas las ciudades
de Espaa, con el cuadro por delante y las mayores ambiciones en el
pensamiento. Sonrea pensando en los grandes disgustos y sinsabores que
haba sufrido bajo aquellos techos, cuando la revoltosa plebe del arte
le rodeaba, le acosaba admirndole, ms que por sus obras, por su
condicin de jurado influyente. l era quien daba los premios, en
opinin de aquella juventud que le segua con ojos de miedo y de
esperanza. La tarde del fallo corran los grupos  la noticia de la
llegada de Renovales: salan  su encuentro en las galeras; le
saludaban con exageradas muestras de respeto, poniendo los ojos tiernos
para recomendarse mudamente. Algunos marchaban delante de l fingiendo
no verle, hablando  gritos: Quin! Renovales? El primer pintor del
mundo. Despus de Velzquez, l... Y  la cada de la tarde, cuando se
colocaban en las columnas de la rotonda los dos papelotes, con la lista
de los premiados, el maestro se escurra prudentemente, huyendo de la
explosin final. El alma infantil que todo artista lleva dentro,
estallaba ingenuamente ante el fallo. Se acababan los fingimientos;
mostrbase cada cual segn su carcter. Unos se ocultaban entre dos
estatuas, encogidos, avergonzados, con los puos en los ojos, y lloraban
pensando en la vuelta al lejano hogar, en la larga miseria sufrida, sin
otra esperanza que aquella que acababa de desvanecerse. Otros se erguan
como gallos, rojas las orejas, plidos los labios, mirando con ojos
llameantes hacia la entrada del palacio, como si quisieran ver desde
all cierto hotel pretencioso, de fachada griega y rtulo de oro.
Granuja... Era una vergenza que la suerte de la juventud, que lleva
algo dentro, se confiase  un to agotado,  un farsante que no dejara
nada. Ay! De estos momentos haban nacido todas las contrariedades,
todas las molestias de la vida artstica del maestro. Cada vez que
llegaba  su conocimiento una censura injusta, una negativa brutal de
sus facultades, una carga al degello y sin piedad  lo largo de las
columnas de algn peridico obscuro, acordbase de la rotonda de la
Exposicin, de aquel bramar tempestuoso del populacho pictrico, en
torno de los dos papeles que contenan sus sentencias. Pensaba con
extraeza y conmiseracin en la ceguera de aquellos jvenes que
maldecan de la vida por un fracaso, y eran capaces de dar su salud, su
alegra vigorosa,  cambio de la triste gloria de un cuadro, menos
duradera aun que el frgil lienzo. Cada medalla era un grado en el
escalafn: medan la importancia de las recompensas, dndolas un
significado semejante al de los galones militares... Y l tambin haba
sido joven! Tambin haba amargado los mejores aos de su vida, en
estos combates de infusorios que se pelean dentro de una gota de agua,
creyendo conquistar un mundo inmenso!... Qu le importaran  la eterna
belleza las ambiciones de regimiento, las fiebres de escalafn de los
que intentaban ser sus intrpretes!

Regres el maestro  su casa. El paseo le haba hecho olvidar sus
inquietudes de la noche. Su cuerpo, debilitado por la vida muelle,
pareca agradecer este ejercicio con una violenta reaccin. Senta en
sus piernas un dulce hormigueo: la sangre zumbaba en sus sienes; pareca
derramarse por todo su cuerpo una oleada de calor. Estaba satisfecho de
su fuerza vital, y paladeaba el goce de todo organismo que se siente
funcionar con armnica regularidad.

Al atravesar su jardn, cantaba Renovales entre dientes. Sonri  la
portera que le haba abierto la verja y al perrillo feo y vigilante que
avanzaba con mujido carioso hasta lamer sus pantalones. Abri la
cancela de cristales, pasando del ruido exterior  un silencio profundo,
conventual. Sus pies se hundieron en las mullidas alfombras: no sonaban
otros ruidos que los misteriosos estremecimientos de los cuadros que
cubran las paredes hasta el techo, el crujir de invisibles carcomas en
los marcos, el leve aleteo de un soplo de aire en las telas. Todo cuanto
haba pintado el maestro, por estudio y por capricho, completo  sin
terminar, estaba colocado en el piso bajo, junto con cuadros  dibujos
de ciertos compaeros ilustres y de los discpulos predilectos. Milita
habase entretenido mucho tiempo, cuando soltera, en este decorado, que
se extenda hasta los pasillos de escasa luz.

Al dejar en el perchero su fieltro y su bastn, los ojos del maestro
fijronse en una acuarela cercana, como si sta le atrajese, con cierta
extraeza, entre los dems cuadros que la rodeaban. Le pareci raro
fijarse en ella de repente, despus de pasar tantas veces sin verla. No
estaba mal, pero tena timidez, revelaba inexperiencia. De quin sera
aquello? Tal vez de Soldevillita. Pero al aproximarse para verla mejor,
sonri... Si era suya! Ya haba llovido desde entonces!... Se esforz
por recordar cundo y dnde haba pintado aquello. Para ayudar  su
memoria, miraba fijamente esta cabeza de mujer, graciosa, de ojos vagos
y soadores, preguntndose quin pudo ser la modelo.

De pronto se entenebreci su gesto. El artista pareca confuso,
avergonzado. Qu disparate! Si era su mujer, la Josefina de los
primeros tiempos, cuando l la contemplaba con admiracin, gozando en
reproducir su rostro!

Ech sobre Milita la culpa de su torpeza y se propuso ordenar que
quitasen de all este estudio. Un retrato de su mujer no deba estar en
la antesala, junto al perchero.

Despus de almorzar di orden al criado para que descolgase el cuadro,
trasladndolo  uno de los salones. El servidor hizo un gesto de
extraeza.

--Hay tantos retratos de la seora!... El seor la ha pintado tantas
veces! La casa est llena...

Renovales remed el gesto del criado. Tantos! tantos! Si sabra l
cuntas veces la haba pintado!... Con sbita curiosidad, antes de
dirigirse al estudio, entr en un saln donde Josefina reciba sus
visitas. All, en el sitio de honor, conoca l un gran retrato de su
esposa, pintado en Roma: una linda mujer con mantilla de blonda, falda
negra de triple volante y en la breve mano el abanico de concha: un
verdadero Goya. Contempl un instante la graciosa cara, sombreada por el
negro de las blondas, y cuya palidez aristocrtica rasgaban unos ojos de
expresin oriental. Qu hermosa era Josefina en aquellos tiempos!...

Abri la ventana para ver mejor el retrato, y la luz se esparci por las
paredes de un rojo obscuro, haciendo brillar los marcos de otros cuadros
ms pequeos.

Entonces vi el pintor que el retrato goyesco no era el nico. Otras
Josefinas le acompaaban en esta soledad. Contempl con asombro la cara
de su esposa, que pareca surgir de todos los lados del saln. Pequeos
estudios de mujeres del pueblo  de seoras del siglo XVIII; acuarelas
de moras; damas griegas, con la rgida severidad de las figuras arcaicas
de Alma-Tadema; todo lo que estaba en el saln, todo lo que haba
pintado, era Josefina, tena su rostro  conservaba sus rasgos, con la
vaguedad de un recuerdo.

Pas  otro saln que estaba enfrente y tambin all le sali al
encuentro la cara de su mujer, pintada por l, entre otros cuadros de
amigos suyos.

Pero cundo haba hecho l todo aquello?... No se acordaba; senta
estraeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada inconscientemente.
Crea haber pasado la existencia entera pintando  Josefina...

Despus, en los pasillos de la casa, en todos los cuartos adornados con
pinturas, le sali al encuentro su mujer, bajo los aspectos ms
diversos, ceuda  sonriente, hermosa  con la expresin triste de la
enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbn, esbozos de su
cabeza en el ngulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada
que pareca seguirle, unas veces con melanclica dulzura, otras con
intensa expresin de reproche. Dnde tena los ojos? Haba vivido en
medio de todo esto sin verlo; haba pasado diariamente frente  Josefina
sin fijarse en ella. Su mujer resucitaba; en adelante sentarase  la
mesa, entrara en su lecho, paseara por su casa, siempre bajo la mirada
de unas pupilas que en otros tiempos le escudriaban hasta el alma.

La muerta no haba muerto; rodebale, resucitada por su mano. No poda
dar un paso sin que su rostro surgiese de todos lados: le saludaba en lo
alto de las puertas, pareca llamarle desde el fondo de las
habitaciones.

En sus tres estudios aun fu mayor la sorpresa. Toda su pintura ntima,
la que haca por estudiar, por impulso irresistible, sin ningn deseo de
venta, almacenbase all, y toda ella era un recuerdo de la muerta. Los
cuadros que deslumbraban  los visitantes, estaban abajo, al nivel de la
vista, en caballetes,  colgados de la pared, entre los muebles
suntuosos: arriba, hasta llegar al techo, alinebanse los estudios, los
recuerdos, los lienzos sin marco, como obras viejas y abandonadas, y en
esta amalgama de produccin, Renovales,  la primera ojeada, vi surgir
el enigmtico rostro.

Haba vivido sin levantar los ojos, familiarizado con todo lo que le
rodeaba, deslizndose su vista sin ver, sin fijarse en aquellas mujeres,
distintas de aspecto, pero iguales en expresin, que le vigilaban desde
lo alto. Y la condesa haba estado all varias tardes, buscando la
solitaria intimidad del estudio! Y la tela persa, sostenida por lanzas
ante el profundo divn, no les habra ocultado de aquellos ojos tristes
y fijos que parecan multiplicarse en la parte alta de las paredes!...

Para olvidar su remordimiento, se entretuvo en contar las telas que
reproducan la grcil figurilla de su mujer. Eran muchas; toda una vida
de artista. Se esforzaba por recordar cundo y dnde las haba pintado.
En los primeros tiempos de apasionamiento, senta la necesidad de
pintarla, por un impulso irresistible de trasladar al lienzo todo lo que
vea con delectacin, todo lo que amaba. Despus haba sido un deseo de
adularla, de mecerla en una mentira cariosa, de infundirle la certeza
de que era su nica adoracin de artista, copindola con vaga semejanza,
extendiendo sobre sus rasgos, algo ajados por la enfermedad, una suave
veladura de idealismo. l no poda vivir sin trabajar, y como muchos
pintores, haca servir de modelos  los que le rodeaban. Su hija se
haba llevado  su nueva casa un cargamento de pintura; todos los
cuadros, apuntes, acuarelas y tablitas que la representaban, desde los
tiempos en que jugaba con el gato, cubrindolo de trapos en forma de
paales, hasta que fu la arrogante joven, cortejada por Soldevilla y el
que ahora era su marido.

La madre se haba quedado all, surgiendo despus de muerta, en torno
del artista, con una profusin abrumadora. Todos los pequeos incidentes
de la vida haban servido  Renovales para hacer nuevos cuadros.
Recordaba sus entusiasmos de artista cada vez que la vea con un nuevo
vestido. Los colores la cambiaban; era una mujer nueva: as lo afirmaba
l con una vehemencia que la esposa tomaba por admiracin y no era ms
que ansia de modelo.

La existencia entera de Josefina haba sido fijada por la mano de su
esposo. En un lienzo apareca vestida de blanco, marchando por una
pradera, con la vaguedad potica de una Ofelia: en otro, con gran
sombrero empenachado y cubierta de joyas, mostraba el aplomo de una
burguesa, segura de su bienestar. Un cortinaje negro serva de fondo 
su busto descotado, que mostraba sobre la base de encajes el ligero
perfil de las clavculas y el arranque de unos pechos reducidos y
firmes como manzanas de amor: en otro lienzo tena los dbiles brazos
al descubierto, bajo las mangas recogidas; un delantal blanco la cubra
de los pechos  los pies: en su entrecejo haba una pequea arruga de
preocupacin, de cansancio, y en toda ella el abandono de los que no
disponen de tiempo para atender al adorno de su persona. Este ltimo era
el retrato de los das penosos, la imagen del ama de casa, animosa, sin
servidores, trabajando con sus manos delicadas en el buhardilln de las
tristezas, esforzndose por que nada faltase al artista, por que no
vinieran las pequeas contrariedades de la vida  distraerle de sus
esfuerzos supremos por abrirse paso.

Este retrato conmovi al artista con la melancola que inspiran los das
aciagos recordados en pleno bienestar. La gratitud  la animosa
compaera trajo consigo otra vez el remordimiento.

--Ay, Josefina!... Josefina!

Cuando lleg Cotoner, encontr al maestro tendido en un divn, boca
abajo, con la cabeza entre las manos, como si durmiese. Quiso reanimarle
hablndole de la solemnidad del da antes. Un gran xito: los peridicos
hablaban de l y de su discurso, reconociendo que era un gran escritor,
afirmando que poda alcanzar en la literatura tantos triunfos como en su
arte. No los haba ledo?...

Renovales contest con un gesto de cansancio. Los haba encontrado por
la maana, al salir, sobre una mesa del recibidor. Haba entrevisto su
retrato, rodeado de las compactas columnas del discurso, pero dejaba la
lectura de los elogios para ms tarde. Le inspiraban poco inters;
pensaba en otras cosas... estaba triste.

Y  las preguntas ansiosas de Cotoner, que crea en una enfermedad,
contest con voz queda:

--Estoy bien. Es melancola, aburrimiento de no hacer nada. Quiero
trabajar y no tengo fuerzas.

De pronto cort la palabra  su viejo amigo, mostrndole con un ademn
todos los retratos de Josefina, como si fuesen obras nuevas que acababa
de producir.

Cotoner se extra... Los conoca todos: haca aos que estaban all.
Qu novedad era aquella?...

El maestro le comunic su reciente sorpresa. Haba vivido junto  ellos
sin verlos: acababa de descubrirlos dos horas antes. Y Cotoner rea.

--T ests algo tocado, Mariano. Vives sin darte cuenta de lo que te
rodea. Por eso no te has enterado an del casamiento de Soldevilla con
una muchacha muy rica. El pobre chico est triste porque su maestro no
ha asistido  la boda.

Renovales encogi los hombros. Qu le importaban  l esas
tonteras?... Hubo una larga pausa, y el maestro, pensativo y triste,
levant de pronto la cabeza con un gesto de resolucin.

--Qu te parecen esos retratos, Pepe?--pregunt con ansiedad.--Es
ella? No me equivocara al hacerlos? No la vera de otro modo que como
fu?...

Cotoner rompi  reir. Realmente, el maestro estaba _tocado_. Vaya unas
preguntas! Aquellos retratos eran unas maravillas, como todo lo suyo.
Pero Renovales insisti, con la impaciencia de la duda. El parecido!...
Quera saber si aquellas Josefinas eran iguales  la muerta!

--Exactsimo--dijo el bohemio.--Pero hombre, si lo que ms asombra en
tus retratos es la fidelidad con que sorprendes la vida!

Afirmbalo con energa, pero una duda escarabajeaba en su interior. S;
era Josefina, pero con algo extraordinario, ideal. Sus facciones
parecan las mismas, pero llevaban una luz interna que las embelleca.
Era el defecto que haba encontrado siempre  estos retratos; pero se
call.

--Y ella--insisti el maestro,--era realmente hermosa? Qu te pareca
como mujer? Dmelo, Pepe... sin reparos. Es extrao; yo no recuerdo bien
cmo era.

Cotoner qued desconcertado por estas preguntas y respondi con cierto
embarazo. Vaya una ocurrencia! Josefina era muy buena, un ngel; l la
recordara siempre con agradecimiento. La haba llorado como si fuese
una madre, y eso que poda ser casi hija suya. Tena grandes delicadezas
y cuidados para el pobre bohemio.

--No es eso--interrumpi el maestro.--Yo pregunto si te pareca hermosa;
si lo era realmente.

--Hombre, s--dijo Cotoner con resolucin.--Era hermosa... ms bien
dicho, simptica. Al final pareca un poquillo estropeada. La
enfermedad!... En fin, un ngel.

Y el maestro, tranquilizado por estas palabras, qued en larga
contemplacin ante sus propias obras.

--S; era muy hermosa--dijo lentamente, sin apartar la vista de los
lienzos.--Ahora lo reconozco; ahora la veo mejor... Es extrao, Pepe;
parece como que encuentro hoy  Josefina, despus de un largo viaje. La
haba olvidado; ya no saba ciertamente cmo era su cara.

Hubo otra larga pausa, y de nuevo acometi el maestro  su amigo con una
pregunta ansiosa.

--Y quererme?... Crees t que me quera de veras? Que era por amor
por lo que se mostraba, algunas veces... tan rara?

Ahora s que no vacil Cotoner, como en las preguntas anteriores:

--Quererte!... Con delirio, Mariano! Como ningn hombre ha sido
querido en el mundo! Todo lo que hubiera entre vosotros, eran celillos,
exceso de afecto. Lo s mejor que nadie;  los buenos amigos que como yo
entran y salen en una casa, lo mismo que perros viejos, se les trata con
confianza, se les dicen cosas que no sabe el marido... Creme, Mariano;
nadie ms te querr as. Los berrinches eran nubes de las que pasan.
Tengo la certeza de que ya no te acuerdas de ellas. Lo que no pasaba era
lo otro; el amor que te tenia. Me consta: lo s de cierto; ya sabes que
ella me lo contaba todo, que era yo la nica persona  quien poda
tolerar en sus ltimos tiempos.

Renovales pareci agradecer con una mirada de alegra estas palabras de
su amigo.

Salieron  pasear  la cada de la tarde, marchando lentamente hacia el
centro de Madrid. Renovales hablaba de su juventud, de sus tiempos de
Roma. Rea recordando  Cotoner su famoso surtido de papas, acudan  su
memoria las graciosas farsas de los estudios, las fiestas ruidosas, y
despus,  su regreso, cuando ya era casado, las noches de amistosa
intimidad en aquel comedor pequeo y bonito de la va Margutta; la
llegada del bohemio y otros compaeros de arte, para tomar una taza de
t con el joven matrimonio; las discusiones  gritos sobre pintura, que
hacan protestar  los vecinos, mientras ella, su Josefina, todava con
el asombro de verse duea de una casa, sin su madre y rodeada de
hombres, sonrea  todos con timidez, encontrando graciosos 
interesantes  aquellos camaradas terrorficos, melenudos como
bandoleros, inocentes y quisquillosos como nios.

--Los buenos tiempos, Pepe!... La juventud, que slo apreciamos cuando
desaparece.

Andando siempre en lnea recta, sin saber adnde iban, enfrascados en su
conversacin y sus recuerdos, se vieron en la Puerta del Sol. Haba
cerrado la noche; brillaban los focos elctricos; los escaparates
arrojaban sobre las aceras sus manchas de luz.

Cotoner mir la hora en el reloj del Ministerio.

No iba aquella noche el maestro  casa de la de Alberca?...

Renovales pareci despertar. S; tena que ir, le esperaban... Pero no
iba. Su amigo le mir escandalizado, como si considerase, en su
conciencia de parsito, una falta gravsima el despreciar una comida.

El pintor mostrbase falto de fuerzas para pasar la noche entre Concha y
su marido. Pensaba en ella con cierta aversin; sentase capaz de
rechazar brutalmente los contactos audaces con que le persegua  todas
horas; de contrselo todo al marido en un arrebato de franqueza. Era una
vergenza, una traicin, aquella vida _ tres_ que la gran dama aceptaba
como el ms dichoso de los estados.

--Es insufrible--dijo para desvanecer la extraeza de su compaero.--No
se la puede aguantar; una lapa que no me suelta un instante.

Nunca haba hablado  Cotoner de sus amores con la de Alberca, pero ste
no necesitaba que le contasen las cosas; tcitamente se daba por
enterado.

--Pero es guapa, Mariano--dijo.--Una gran mujer! Ya sabes que la
admiro. Esa te poda servir para el cuadro griego.

El maestro tuvo una mirada de conmiseracin para su ignorancia. Senta
el deseo de vejarla, de herirla, justificando as su indiferencia.

--Fachada nada ms... cara y estatura.

 inclinndose hacia su amigo, le dijo en voz baja, gravemente, como si
revelase el secreto de un inmenso crimen:

--Tiene las rodillas en punta... Una verdadera estafa.

Cotoner dilat la boca con una risa de stiro y se agitaron sus orejas.
Era la alegra del hombre casto; la satisfaccin de conocer los ocultos
defectos de una belleza colocada fuera de su alcance.

El maestro no quiso separarse de su amigo. Le necesitaba; mirbale con
tierna simpata, viendo en l algo de la muerta. Nadie la haba conocido
como aquel compaero. En los momentos de tristeza, l era su confidente.
Cuando sus nervios la ponan como loca, las palabras de este hombre
sencillo terminaban sus crisis en un mar de lgrimas. Con quin poda
hablar mejor de ella?...

--Comeremos juntos, Pepe: iremos  los _Italanos_; un banquete romano,
_raviolis_, _picatta_, todo lo que quieras, y un frasco de _Chianti_ 
dos; cuantos puedas beber; y al final _Asti_ espumoso, mejor que el
Champagne. Te conviene, anciano?

Se agarraron del brazo, marcharon alta la frente, la sonrisa en los
labios, como dos pintorcillos jvenes, ansiosos de celebrar una venta
reciente con una comilona alivio de su miseria.

Renovales sumase en sus recuerdos para sacarlos  luz con palabra
atropellada. Haca memoria  Cotoner de cierta _trattoria_ en una
callejuela romana, ms all de la estatua de Pasquino, antes de llegar
al _Governo Vechio_; un fign de quietud eclesistica, dirigido por el
antiguo cocinero de un cardenal. Las perchas del establecimiento estaban
siempre ocupadas por sombreros de teja. Su alegra de artistas,
escandalizaba un tanto la grave parsimonia de los parroquianos:
sacerdotes de las oficinas pontificales  de paso en Roma para intrigar
ascensos; rbulas de mugrienta levita, que llegaban cargados de
papelotes del vecino Palacio de Justicia.

--Qu macarrones! Te acuerdas, Pepe? Y cmo le gustaban  la pobre
Josefina!

Llegaban de noche  la _trattoria_ en alegre banda; ella cogida  su
brazo, y en torno los buenos amigos que agrupaba la admiracin junto 
su naciente fama de pintor. Josefina adoraba los misterios culinarios,
los secretos tradicionales de la solemne mesa de los prncipes de la
Iglesia, que haban descendido  la calle, refugindose en aquella
salita con arcadas de bodegn. Sobre el blanco mantel temblaba la mancha
de mbar del vino de Orvieto, en ventrudas botellas de fino cuello; un
lquido dorado, espeso, de dulzura clerical; una bebida de pontfices
ancianos que descenda como fuego hasta el estmago, y ms de una vez s
haba remontado  cabezas cubiertas por la tiara.

En las noches de luna salan de all, con direccin al Coloseo para
contemplar la ruina colosal y monstruosa bajo un torrente de luz
azulada. Josefina, trmula de inquietud, se suma en los tneles
negros, avanzaba  tientas entre las piedras cadas, hasta verse en
pleno gradero, frente al silencioso redondel, que pareca encerrar el
cadver de todo un pueblo. Ella pensaba en las fieras horrendas que
haban pisado aquella arena, mirando en torno con inquietud. De pronto,
un espantoso rugido, y una bestia negra sala dando saltos de los
profundos vomitorios. Josefina se agarraba  su esposo, con chillido de
espanto, y todos rean. Era Simpson, un pintor norteamericano que
doblaba su larga osamenta, marchando  cuatro patas para atacar con
fieros alaridos  los compaeros.

--Te acuerdas, Pepe?--deca  cada instante Renovales.--Qu tiempos!
Qu alegra! Qu excelente compaera la pobrecita, antes de que la
entristeciese la enfermedad!...

Comieron, hablando de su juventud, mezclando en sus recuerdos la imagen
de la muerta. Despus pasearon por las calles basta media noche,
insistiendo Renovales en aquellos tiempos, recordando  su Josefina,
como si toda su existencia la hubiese pasado adorndola. Cotoner
sentase fatigado de esta conversacin y se despidi del maestro. Qu
nueva mana era aquella!... Muy interesante la pobre Josefina; pero toda
la noche la haban pasado sin hablar de otra cosa, como si en el mundo
slo existiese el recuerdo de la muerta.

Renovales march  su casa con cierta impaciencia; tom un carruaje para
llegar antes. Senta la misma impresin de inquietud que si le
aguardara alguien: le pareca aquel hotel presuntuoso, antes fro y
solitario, animado por un espritu que no poda definir, una alma amada
que lo llenaba todo, esparcindose como un perfume.

Al entrar, precedido por el domstico sooliento, su primera mirada fu
para la acuarela. Sonri; quiso dar las buenas noches  aquella cabeza
que fijaba sus ojos en l.

Igual sonrisa y el mismo saludo mental tuvo para todas las Josefinas que
salan  su encuentro, surgiendo de la sombra de las paredes al
encenderse las bombillas elctricas en salas y corredores. Ya no le
inspiraban inquietud estos rostros contemplados por la maana con
sorpresa y miedo. Ella le vea; ella adivinaba su pensamiento; ella le
perdonaba, seguramente. Haba sido siempre tan buena!...

Dud un instante en su camino, queriendo ir  los estudios, y encender
sus grandes focos elctricos. La vera de cuerpo entero, en toda su
gentileza; hablara con ella; la pedira perdn, en el profundo silencio
de aquellas naves... Pero el maestro se contuvo. Qu locuras se le
ocurran? Iba  perder el juicio?... Se pas la mano por la frente,
como si quisiera borrar de su pensamiento estos propsitos. Era sin duda
el _Asti_ quien le inspiraba tales extravagancias.  dormir!...

Al quedar  obscuras, tendido en la camita de su hija, se sinti
molesto. No podra dormir; estaba mal all... Sinti un deseo vehemente
de salir del cuarto, de refugiarse en el dormitorio abandonado, como si
slo en l pudiera encontrar descanso y sueo. Oh, la cama veneciana,
la cama de Dogaresa rubia, aquel mueble seorial que guardaba toda su
historia; donde ella haba gemido de amor; donde se haban dormido
tantas veces comunicndose  media voz sus deseos de gloria y de
riqueza; donde haba nacido su hija!....

Con la vehemencia que pona en todos sus caprichos, el maestro recobr
sus ropas, y quedamente, como si temiera ser odo por su criado, que
descansaba cerca, encaminse al dormitorio.

Rod la llave con precauciones de ratero y avanz de puntillas, bajo la
luz suave y discreta de color rosa, que derramaba un faroln antiguo,
desde el centro del techo. Tendi los colchones cuidadosamente sobre la
cama abandonada. Faltaban sbanas, almohadas, toda la ropa de dormir. La
habitacin, desierta tanto tiempo, estaba fra... Qu noche tan
agradable iba  pasar! Qu bien dormira all! Los almohadones de un
sof, bordados de oro con duro relieve, le sirvieron de cabecera. Se
envolvi en un gabn y se acost vestido, apagando la luz, con el deseo
de no ver la realidad, de soar, poblando la sombra con las dulces
mentiras de su imaginacin.

Sobre aquellos colchones haba dormido Josefina; sus blanduras conocan
el suave peso de su cuerpo. No la vea como en los ltimos tiempos,
enferma, demacrada, roda por la miseria fsica. Esta imagen dolorosa la
rechazaba su pensamiento, abrindose  las ilusiones bellas. La Josefina
que contemplaba, la que llevaba dentro, era la otra, la de los primeros
tiempos; y no como haba sido en realidad, sino como l la haba visto,
como la haba pintado.

Su memoria pasaba sobre una gran laguna de tiempo, obscura y tormentosa;
saltaba desde la actual nostalgia  los tiempos felices de la juventud.
Tampoco se acordaba de los aos de penoso cautiverio, cuando se debatan
los dos, huraos y agresivos, incapaces de continuar juntos la misma
senda... Eran insignificantes contratiempos de la vida. Slo pensaba en
la bondad sonriente, la generosidad y la sumisin de los tiempos de
amor. Con qu ternura haban vivido juntos, una parte de su existencia,
abrazados sobre aquel lecho que ahora slo conoca el aislamiento de su
cuerpo!...

El artista se estremeci de fro en la insuficiencia de sus envolturas.
En esta situacin anormal, las sensaciones exteriores evocaban sus
recuerdos; se asociaban  fragmentos del pasado, tirando de ellos, hasta
sacarlos  flote en la memoria. El fro le hizo pensar en las noches
lluviosas de Venecia, cuando el chaparrn caa horas y horas sobre
estrechas callejuelas y desiertos canales, en el profundo silencio de la
noche, en la mudez solemne de una ciudad sin caballos, sin ruedas, sin
otro ruido de vida que el chapoteo del agua solitaria en los escalones
de mrmol. Ellos estaban en aquella misma cama, bajo el caliente
edredn, rodeados de los muebles que adivinaba ahora en la sombra.

Por entre las maderas del calado ventanal penetraba el resplandor del
reverbero que iluminaba el vecino canalillo. Marcbase en el techo una
faja de luz y en ella temblaba el reflejo de las aguas muertas, con un
incesante cruzamiento de hilos de sombra. Ellos, estrechamente
abrazados, con los ojos en alto, contemplaban este juego de la luz y el
agua. Adivinaban el fro y la humedad en la calle lquida; saboreaban el
mutuo calor de sus cuerpos, el apretado contacto de su carne, el egosmo
de estar juntos, en la dulce voluptuosidad del bienestar fsico, sumidos
en el silencio, como si el mundo hubiese acabado, como si su dormitorio
fuese un clido oasis en medio del fro y la sombra.

Algunas veces sonaba un grito lgubre rasgando el silencio. _Aooo!_ Era
un gondolero que avisaba antes de doblar la esquina. Por la mancha de
luz que cabrilleaba en el techo, deslizbase una gondolta negra,
liliputiense, un juguete de sombra, en cuya popa se doblaba, dndole al
remo, un monigote del tamao de una mosca. Y los dos, pensando en los
que pasaban bajo la lluvia, perseguidos por las rfagas glaciales,
paladeaban una nueva voluptuosidad, y sus cuerpos se apretaban con ms
fuerza, bajo la suave caricia del edredn, y sus bocas se encontraban,
conmoviendo la calma de su nido con la insolencia ruidosa de la juventud
y el amor...

Renovales ya no senta fro. Revolvase inquieto sobre los colchones;
clavbanse en su rostro los bordados metlicos del almohadn; tenda sus
brazos en la obscuridad, y una queja cortaba el silencio, tenaz,
desesperada, un lamento de nio que exige lo imposible, que pide la
luna.

--Josefina! Josefina!




III


Una maana el maestro llam con gran urgencia  Cotoner, y ste se
present, mostrndose alarmado por los trminos del aviso.

--No es nada grave--dijo Renovales.--Necesito que me digas dnde fu
enterrada Josefina. Quiero verla.

Era un deseo que se haba formado lentamente en su pensamiento durante
varias noches; un capricho de las interminables horas de insomnio que
arrastraba en la obscuridad.

Haca ms de una semana que se haba trasladado al dormitorio grande,
escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que asombr  la
servidumbre, las sbanas ms usadas, las que evocaban con sus bordados
los antiguos recuerdos. No encontr en estos lienzos aquel perfume de
los armarios que tanto le perturbaba; pero algo haba en ellos, la
ilusin, la certeza de que su tejido haba rozado muchas veces la carne
querida.

Renovales, despus de exponer su deseo  Cotoner, sobriamente y con
gesto duro, crey necesario excusarse. Era vergonzoso que l no supiese
dnde estaba Josefina; que no hubiera ido an  visitarla. El dolor de
su muerte le haba dejado sin voluntad... despus, el largo viaje!...

--T corriste con todo, Pepe; t arreglaste el entierro. Dime dnde
est; llvame  verla.

No se haba preocupado hasta entonces de los restos de la muerta.
Recordaba el da del entierro, su dolor teatral, que le haba hecho
permanecer en un rincn del estudio, con la cara oculta entre las manos.
Los amigos ntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro,
vestidos de negro y con tristeza fnebre, le cogan una mano apretndola
con efusin. Valor, Mariano! nimo, maestro! Y fuera del hotel un
patear incesante de caballos; la verja negra de apretada muchedumbre;
los carruajes en doble fila hasta perderse de vista; los _reporters_
yendo de un grupo  otro, inscribiendo nombres.

Todo Madrid estaba all... Y se la haban llevado al lento paso de unos
caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la muerte, con blancas
pelucas y doradas cachiporras; y l no se haba acordado ms de ella, no
haba sentido la curiosidad de conocer el rincn fnebre, donde se
ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la
tierra, bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearan sobre
sus pobres huesos. Ah, malvado! Ah, miserable, por el ms afrentoso de
los olvidos!...

--Dime dnde est, Pepe... Llvame; quiero verla.

Suplicaba con la vehemencia del remordimiento: quera verla en seguida,
cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide  gritos la
absolucin.

Cotoner accedi  este viaje inmediato. Estaba en el cementerio de la
Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Slo iban  l los
que tenan tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo. Cotoner
haba querido enterrar  la pobre Josefina cerca de su madre, en el
mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al
malogrado genio de la diplomacia. Quiso que descansase entre los
suyos.

En el camino, Renovales sinti cierta angustia. Vea pasar con ojos de
sonmbulo, al travs de los vidrios del carruaje, las calles de la
poblacin: despus bajaban una rpida cuesta; jardines mal cuidados, en
los cuales, junto  los rboles, dormitaban vagabundos  se peinaban
mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios mseros con casuchas
de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de
cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmreos, ngeles
extendiendo las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces,
flameros montados sobre trpodes, y un cielo lmpido, de intenso azul,
que pareca reir con indiferencia sobrehumana de la emocin de aquella
hormiga que se apellidaba Renovales.

Iba  verla;  poner sus plantas en la misma tierra, ltima sbana de
su cuerpo;  aspirar un aire en el que subsista tal vez algo de aquel
calor, que era como la respiracin del alma de la muerta. Qu la
dira?...

Al entrar en el camposanto mir al guardin, un hombre feo, lgubre, con
una palidez amarillenta y grasosa de blandn. Aquel hombre viva 
todas horas cerca de Josefina!... Sinti un impulso de generosidad, de
agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su acompaante, para no
entregarle todo el dinero que llevaba encima.

Sus pasos resonaron en el profundo silencio. Sintironse rodeados de la
rumorosa calma de un jardn abandonado, en el que eran ms los kioscos y
las estatuas que los rboles. Anduvieron bajo ruinosas columnatas que
repercutan sus pasos con extrao eco; sobre losas que devolvan la
sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos
y obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento
de vida.

Los muertos que dorman all estaban bien muertos, sin la leve
resurreccin del recuerdo, en completo abandono, consumindose en la
podredumbre universal, annimos, separados por siempre de la vida, sin
que de la inmediata colmena de gentes viniese nadie  reanimar con
llantos y ofrendas la efmera personalidad que tuvieron, el nombre que
les rotul por un instante.

Las coronas pendan de las cruces, negras, deshilachadas, con un
hervidero de insectos en sus briznas. La vegetacin exuberante y
montona, libre del martirio de los pasos, se extenda por todas partes,
desuniendo con sus races las piedras de las tumbas, haciendo saltar los
peldaos de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su lenta
filtracin, producan desplomes del terreno. Algunas losas se
cuarteaban, dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor
de tierra mojada y estircol cocido.

Haba que andar con cierta precaucin, temiendo que el terreno sonoro y
hueco se abriese de pronto: haba que evitar repentinas depresiones, en
las cuales, junto  una lpida hundida de canto, con letras de plido
oro y nobiliarios escudos, asomaba un crneo pequeo, de dbil osamenta;
el armazn de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro
portal de sus rbitas un rosario de hormigas.

El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de una decepcin
inmensa, dudando de sus ms grandes entusiasmos. Y esto era la vida!...
Y as acababa la humana belleza! Para esto servira el receptculo de
hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y all ira  parar
con toda su soberbia!...

--Aqu es--dijo Cotoner.

Se haban metido entre unas filas de tumbas apretadas, rozando, al
pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y caan  su
contacto.

Era una sepultura sencilla, una especie de fretro de blanco mrmol,
que se elevaba unos dos palmos sobre el suelo, llevando en su parte
superior un alto remate, semejante  la cabecera de una cama, y
terminado por una cruz.

Renovales permaneci fro. All estaba Josefina!... Ley varias veces
la inscripcin, como si no pudiera convencerse. Era ella; las letras
reproducan su nombre, con una breve lamentacin del marido
inconsolable, que  l le pareci falta de sentido, artificial,
vergonzosa.

Haba venido pensando, con estremecimientos de inquietud, en el terrible
momento de descubrir el ltimo lecho de su Josefina. Sentirse cerca de
ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo! No podra
resistir este trance; llorara como un nio, caera de rodillas,
sollozando con angustia de muerte...

Y bien; ya estaba all: tena la tumba ante sus ojos, y sin embargo,
permanecan secos, miraban en torno, framente, con extraeza.

All estaba!... Lo crea por la afirmacin de su amigo, por aquel
rtulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le avisaba la
presencia de la muerta. Permaneca insensible, mirando con curiosidad 
las inmediatas sepulturas, sintindose en su interior un monstruoso
deseo de burla, no viendo en la muerte ms que su mueca sardnica de
bufn de la ltima hora.

 un lado, un seor que descansaba bajo el interminable catlogo de sus
ttulos y condecoraciones; una especie de conde de Alberca, que se
haba dormido en la solemnidad de su grandeza, esperando el trompetazo
del ngel para comparecer ante el Seor con todos sus pergaminos y
cruces. Al otro, un general que se pudra bajo un mrmol grabado de
caones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto  la
muerte. En qu burlesca promiscuidad haba venido  acostarse Josefina,
para dormir su ltimo sueo! Al travs de la tierra mezclbanse los
jugos de todos aquellos cuerpos, se unan y amalgamaban, con el
definitivo beso de la nada, sin haberse conocido durante la vida. Ellos
eran los ltimos dueos de su cuerpo, los eternos y definitivos amantes;
se la arrebataban en su presencia y para siempre, indiferentes  las
preocupaciones efmeras de los vivos. Ay la muerte! Que burlona atroz!
Qu cinismo fro el de la tierra!...

Senta disgusto, tristeza, asco, de la insignificancia humana... pero no
lloraba. Slo tena ojos para lo externo y lo material; para la forma,
preocupacin constante de su pensamiento. Al verse ante la tumba,
apreci nicamente su vulgar humildad, con cierta vergenza. Era su
mujer: la esposa de un gran artista.

Pens en los escultores ms clebres, todos amigos suyos: hablara con
ellos; labraran una sepultura imponente, con estatuas lacrimosas y
originales smbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un
sepulcro digno de la compaera de Renovales... Y nada ms; su
pensamiento no iba ms all; su imaginacin no poda traspasar la dureza
del mrmol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y
vacia: en el ambiente no haba nada que hablase al alma del pintor.

Permaneci insensible, sin que le turbase emocin alguna, sin dejar de
ver un solo instante la realidad. El cementerio era un lugar feo,
triste, repugnante, con su atmsfera de pudridero. Renovales crea
percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que
inclinaba el puntiagudo plumero de los cipreses, que mova las viejas
coronas y el ramaje de los rosales.

Mir con cierta hostilidad al silencioso Cotoner. ste tena la culpa de
su frialdad. Su presencia le cohiba, impidiendo toda efusin. Aunque
amigo, era un extrao; un obstculo entre l y la muerta. Se interpona
entre los dos, impidiendo aquel dilogo mudo de amor y perdn con el que
venia soando. Volvera sin su acompaante. Tal vez el cementerio fuese
distinto en la soledad.

Y volvi: volvi al da siguiente. El guardin le hizo un saludo amable,
adivinando un parroquiano de los que proporcionan ganancias.

El cementerio le pareci ms grande, ms imponente, en el silencio de
una maana tranquila y luminosa. No tena con quin hablar, no oa otro
ruido humano que el de sus propios pasos. Suba escalinatas, atravesaba
galeras, dejando tras l su indiferencia, pensando, con inquietud, que
cada vez se separaba ms de los vivos, que la puerta, con su empleado
srdido, estaba ya lejos, y que l era el nico viviente, el nico que
pensaba y poda sentir miedo, en aquella ciudad lgubre de miles y miles
de seres, envueltos en un misterio que les haca imponentes, entre los
ruidos sordos y extraos de ese ms all que espanta con su negrura de
abismo sin fondo.

Al llegar ante la tumba de Josefina, se quit el sombrero.

Nadie. Los rboles y los rosales se estremecan bajo el viento, hasta
perderse de vista en las encrucijadas de los panteones. Unos pjaros
piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida, rasgando el
susurro de la solitaria vegetacin, esparca cierta tranquilidad en el
espritu del pintor, borraba el miedo infantil que haba sentido antes
de llegar all, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.

Permaneci mucho tiempo inmvil, abstrado en la contemplacin de
aquella caja de mrmol, partida oblicuamente por la luz del sol; una
parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la
sombra. De pronto se estremeci, coma si despertase oyendo una voz... La
suya. Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar  gritos
su pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio
mortal.

--Josefina, soy yo... Me perdonas?...

Era una ansia infantil de oir la voz del ms all, derramando sobre su
alma un blsamo de perdn y olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar,
de empequeecerse, de que ella le escuchase, de que sonriera desde el
fondo de la nada, viendo la gran revolucin que se haba operado en su
espritu. Quera decirla--y se lo deca mudamente, con el lenguaje de la
emocin--que la amaba, que haba resucitado en su pensamiento, ahora que
la haba perdido para siempre, con un amor que no tuvo nunca pura ella
en su existencia terrenal. Sentase avergonzado de verse ante su tumba;
avergonzado de la desigualdad de su suerte.

Le peda perdn de vivir, de sentirse vigoroso y joven todava, de
amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la haba dejado partir
indiferente y fro, con el pensamiento en otra mujer, esperando su
muerte con el ms criminal de los anhelos. Miserable! Y l estaba en
pie! Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y
deshecha en las entraas de la eterna insaciable!...

Lloraba: lloraba, por fin, con esas lgrimas clidas y sinceras que
atraen el perdn. Era el llanto por tanto tiempo deseado. Ahora senta
que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que slo les
separaba una lmina de mrmol y alguna tierra. Vea con la imaginacin
sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre
eplogo de una vida, y los amaba, los adoraba con una pasin serena, por
encima de las miserias terrenales. Nada de lo que haba sido Josefina
poda causarle repugnancia ni horror. Si l pudiera abrir aquella caja
blanca! Si pudiera besar los ltimos escombros del cuerpo adorado,
llevrselos con l, para que le acompaasen en su peregrinacin, como
las divinidades domsticas dlos antiguos!... Ya no vea el cementerio;
no oa los pjaros ni el susurro de las ramas; crea vivir en una nube,
sin contemplar otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la
marmrea caja, ltimo lecho del adorado cuerpecillo...

Ella le perdonaba: su cuerpo surga ante l, tal como haba sido en su
juventud, como haba quedado en los lienzos pintada por su mano. Su
mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de amor.
Le pareca oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que rea,
admirando pequeas insignificancias, en la poca feliz. Era una
resurreccin; la imagen de la muerta estaba ante l, formada, sin duda,
por molculas invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por
algo de su esencia vital que an aleteaba en torno de los restos
materiales, con cierto retardo de dolorosa despedida, antes de emprender
la carrera  las profundidades de lo infinito.

Su llanto incesante segua derramndose en el silencio, con una
profusin de dulce desahogo: su voz, entrecortada por los suspiros,
haca callar  los pjaros infundindoles momentneo pavor. Josefina!
Josefina! Y el eco de estos lugares sonoros contestaba con rugidos
sordos y burlones, desde las lisas paredes de los mausoleos, desde el
trmino invisible de las columnatas.

El artista, con impulso irresistible, pas una pierna sobre las cadenas
enmohecidas que rodeaban la tumba. Sentirla ms cerca! Suprimir la
corta distancia que los separaba! Burlar  la muerte con un beso de amor
resucitado, de intenso agradecimiento por el perdn!...

El cuerpo enorme del maestro cubri la blanca caja, abarcndola en sus
brazos extendidos, como si quisiera desprenderla del suelo y llevrsela
con l. Sus labios buscaron ansiosos la parte ms alta de la losa.

Quiso adivinar el sitio que cubra el rostro de la muerta, y entre
rugidos de fiera herida, comenz  besarlo, moviendo su cabeza, como si
quisiera estrellarla contra el mrmol.

Una sensacin en los labios de piedra caldeada por el sol; un sabor de
polvo, inspido y repulsivo, se extendi por su boca. Renovales se
incorpor, se puso de pie, como si despertase, como si resurgiese de
pronto el cementerio, hasta entonces invisible. El lejano hedor de carne
chamuscada volvi  herir su olfato.

Ahora vea la tumba, como la haba visto el da anterior. Ya no lloraba.
La inmensa decepcin sec sus lgrimas, mientras en su interior senta
acrecentarse el ansia del llanto. Horrible despertar!... Josefina no
estaba all; en torno de l slo exista la nada. Era intil buscar el
pasado en el campo de la muerte. Los recuerdos no podan prender en
esta tierra fra, conmovida en sus entraas por el pulular del gusano,
por el hervor de la materia en putrefaccin. Ay, dnde vena  buscar
sus ilusiones! De qu estercolero hediondo quera hacer resurgir las
rosas de sus recuerdos!...

Vea con la imaginacin, tras aquel mrmol antiptico, el pequeo crneo
con su mueca burlona, los huesos frgiles envueltos en sus ltimos
andrajos de piel, y esta visin le dejaba fro, indiferente. Qu tena
l que ver con estas miserias? No; Josefina no estaba all. Haba muerto
de veras, y si alguna vez llegaba  verla no sera cerca de su tumba.

Lloraba otra vez, pero sin lgrimas exteriores, con un llanto que se
derramaba hacia adentro: lloraba la amargura de su soledad, el no poder
cambiar con ella un pensamiento. Tantas cosas que tena que decirla y
que le quemaban el alma!... Cmo la hablara, si una fuerza misteriosa
se la devolviese por un instante!... Implorara, su perdn; se arrojara
 sus pies, lamentando el error de su vida, el doloroso engao de haber
permanecido junto  ella, indiferente, acariciando falsas ilusiones que
encerraban el vaco, para rugir ahora en el tormento de lo irreparable,
con la sed de un amor loco que adoraba  la muerta despus de despreciar
 la viva. La jurara mil veces la verdad de esa adoracin pstuma, de
este deseo excitado por la muerte. Y luego, la acostara otra vez en su
lecho eterno y se alejara tranquilo, con la conciencia en paz, despus
de la delirante confesin.

Pero era imposible. El silencio entre ellos sera para siempre. Habra
de quedar por toda una eternidad con esta confesin en el pensamiento,
sin poder comunicrsela, sintiendo su pesadez abrumadora. Ella se haba
ido con el rencor y el desprecio en el alma, olvidando los primeros
tiempos de amor, y eternamente ignorara que stos haban tenido un
reverdecimiento despus de su muerte.

No poda echar una mirada atrs; ella no exista; ya no existira nunca.
Todo cuanto l hiciese y cuanto pensase, las noches de insomnio
llamndola con splica cariosa, las largas contemplaciones ante sus
imgenes, todo lo ignorara. Y cuando l muriese  su vez, el silencio y
el aislamiento entre ambos aun se hara ms grande. Las cosas que no
haba podido decirla se extinguiran con l, y los dos se desmenuzaran
en la tierra, extraos el uno al otro, prolongando en la eternidad su
error lamentable, sin poder aproximarse, sin poder verse, sin una
palabra salvadora, condenados  la nada, pavorosa y sin lmites, sobre
cuya dureza infinita resbalaban imperceptibles los deseos y los dolores
de las criaturas.

El artista infeliz se revolvi con la rabia de su impotencia. De qu
crueldad vivan rodeados? Qu burla sombra, feroz, implacable, era
aquella que los empujaba, unos hacia otros, para despus separarlos por
siempre, por siempre! sin que pudieran cambiar una mirada de perdn,
una palabra que rectificase sus errores y les permitiera reanudar su
eterno sueo, con nueva paz?...

La mentira; siempre el engao en torno del hombre, como una atmsfera
protectora que le preserva en su marcha, al travs del vaco de la vida.
Mentira aquella tumba con sus inscripciones: all no estaba ella; slo
encerraba unos despojos, iguales  todos, que nadie podra reconocer, ni
l mismo que tanto los haba amado.

Su desesperacin le hizo levantar los ojos al espaci, de luminosa
limpidez. Ah, el cielo! Mentira tambin! Aquel azul celestial, con sus
rayos dorados y sus juegos caprichosos de nubes, era una imperceptible
pelcula, una ilusin de los ojos. Ms all de la telaraa engaosa que
envolva la tierra, estaba el verdadero cielo, el espacio sin fin, y era
negro, de una lobreguez fatdica, con un chisporroteo de lgrimas
ardientes, de infinitos mundos, lamparillas de la eternidad en cuya
llama vivan otros enjambres de invisibles tomos: y el alma glacial,
ciega y cruel de la tenebrosa inmensidad, rea de sus pasiones y sus
anhelos, de las mentiras que fabricaban incesantemente para acorazar su
efmera existencia, queriendo prolongarla con la ilusin de un alma
inmortal.

Todo mentiras que la muerte se encargaba de desenmascarar, cortando la
marcha  los hombres en su dulce camino escalonado de ilusiones,
echndoles fuera de l, con la misma indiferencia que sus pies haban
aplastado y puesto en fuga los rosarios de hormigas que avanzaban entre
la hierba sembrada de huesos.

Renovales sinti la necesidad de huir. Qu haca all? Qu le
importaba el desolado vaco de aquel rincn de la tierra? Antes de
alejarse con la firme resolucin de no volver ms, busc en torno de la
tumba una flor, unas briznas de hierba, algo que le acompaase como
recuerdo. No; Josefina no estaba all, bien lo sabia l; pero sinti el
anhelo de los enamorados, ese apasionado respeto por las cosas que toc
alguna vez la mujer amada.

Despreci una mata de flores silvestres que creca abundosa en la parte
inferior de la tumba. Las quera de cerca de la cabeza, y cogi unos
pequeos botones blancos, inmediatos  la cruz, pensando que sus races
habran tocado tal vez el rostro de la muerta, que conservaran en los
ptalos algo de sus ojos, algo de su boca.

Volvi  casa desalentado, triste, con el vaco en el pensamiento y la
muerte en el alma.

Pero en la atmsfera clida de su vivienda, la amada muerta sali  su
encuentro; la vi junto  l, sonrindole desde el fondo de los marcos,
irguindose en los grandes lienzos. Renovales sinti en torno de su cara
un aliento clido, como si aquellas imgenes respirasen  la vez,
llenando la casa con la esencia de recuerdos que pareca flotar en el
ambiente. Todo le hablaba de ella; todo lo llenaba este indefinible
perfume del pasado. All arriba, en la fnebre loma, haba quedado la
msera envoltura, la corteza perecedera. No volvera ms. Para qu? La
senta  su alrededor: lo que de ella restaba en el mundo, conservbase
encerrado en la casa, como queda la fuerte esencia en el pomo roto y
abandonado... En la casa, no. La muerta estaba en l, la llevaba dentro,
la perciba en su interior, como esas almas errantes de las leyendas que
se refugian en un cuerpo ajeno, pugnando por compartir la morada con el
alma seora de la envoltura. No en vano haban vivido tantos aos de
existencia comn, unidos primero por el amor, luego por la costumbre.
Sus cuerpos haban dormido en ntimo contacto durante media vida,
tocndose de la frente  los pies, abandonndose  la inconsciencia del
sueo, mezclando sus sudores, cambiando por los abiertos poros ese calor
de las horas intimas que es como la respiracin del alma. La muerta se
haba llevado una parte de la vida del artista. En sus restos, que se
desmenuzaban en la soledad del cementerio, haba una parte del marido, y
ste,  su vez, senta algo extrao y misterioso que le encadenaba al
recuerdo, que le haca experimentar  todas horas el deseo de aquel
cuerpo, complemento del suyo, que se haba desvanecido ya en la nada.

Renovales se encerr en su hotel, con aire taciturno y gesto hosco, que
infundieron miedo al criado. Si se presentaba el seor Cotoner, deba
decirle que haba salido. Si llegaban cartas de la condesa, poda
dejarlas en un cacharro antiguo de la antesala, donde se amontonaban las
tarjetas intiles. Si era ella la que se presentaba, deba cerrarle la
puerta. No quera ver  nadie: deseaba pintar sin ningn gnero de
distraccin. La comida se la servira en el mismo estudio.

Y trabaj solo, sin modelo, con una tenacidad que le haca permanecer
derecho ante el lienzo, hasta que se desvaneca la luz. Algunas veces su
criado, al entrar al anochecer en el estudio, encontraba intacto el
almuerzo sobre una mesa. Por la noche, en la soledad del comedor, eran
los atracones mudos, el devorar silencioso y taciturno, por la imperiosa
necesidad animal, sin ver lo que coma, con los ojos perdidos en una
contemplacin lejana.

Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria que le impeda el
acceso al estudio, presentbase por la noche y en vano intentaba
animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del maestro
una luz anormal, un estrabismo de locura.

--Cmo va esa obra?...

Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la vera... ms adelante.

Su gesto de indiferencia repetase al oir que le hablaba de la condesa
de Alberca. Cotoner describa la alarma de aquella seora, su asombro
por la conducta del maestro. Le haba llamado para tener noticias de
Mariano, para lamentarse, con los ojos hmedos, de esta ausencia. Haba
estado dos veces en la puerta del hotel, sin poder entrar; se quejaba
del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que le escribiera, que
contestase  sus cartas, repletas de lamentos y ternuras, que ella no
sospechaba cerradas an y en profundo olvido, entre una nube de
amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento
de hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano.

--Vamos  ver  Milita--deca.--Esta noche no tiene teatro.

En su aislamiento, lo nico que le ligaba al mundo exterior, era el
ansia de ver  su hija, de hablarla, como si la amase con nuevo cario.
Era carne de su Josefina; haba vivido en sus entraas. Tena la salud y
el vigor de l, nada en su exterior recordaba  la otra; pero su sexo
ligbala estrechamente  la imagen adorada de la madre.

Oa  su Milita en un xtasis sonriente, agradeciendo el inters que
mostraba por su salud.

--Ests enfermo, papato? Te encuentro desmejorado. Tienes una mirada
que no me gusta... Trabajas mucho.

Pero l la tranquilizaba moviendo sus fuertes brazos, hinchando su pecho
vigoroso. Nunca se haba sentido mejor. Y se enteraba, con una
minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeos disgustos de su
existencia. Su marido pasaba el da con los amigos; ella se aburra en
casa, y slo encontraba entretenimiento en las visitas  en las
compras. Y  continuacin surga un lamento, siempre el mismo, que el
padre adivinaba desde las primeras palabras. Lpez de Sosa era un
egosta, un tacao para ella. Su vida de despilfarro, slo alcanzaba 
sus placeres y  su persona, pretendiendo hacer economas sobre los
gastos de su mujer. La quera,  pesar de esto. Milita no osaba negarlo:
ni amantes ni ligeras infidelidades; buena era ella para tolerarlas!
Pero slo encontraba dinero para sus caballos, para sus automviles;
hasta sospechaba que iba gustndole el juego, y su pobrecita mujer que
viviese desnuda, que llorase con interminable splica cada vez que la
presentaban una cuenta, alguna insignificancia de mil  dos mil pesetas.

El padre tena para ella generosidades de amante. Sentase capaz de
derramar  sus pies todo lo que haba amontonado en largos aos de
trabajo. Que viviese feliz, ya que amaba  su marido! Las inquietudes
de ella le hacan sonreir con desprecio. El dinero! La hija de
Josefina, triste por tales necesidades, teniendo l en su casa tantos
papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisicin haba
penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas
sala siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos
ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegra manosendolo
irrespetuosamente, como si fuese un nio.

--Papato, qu bueno eres!... Cunto te quiero!

Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompaado de Cotoner,
dijo  ste con cierto misterio:

--Ven por la maana. Te ensear _aqullo_. Aun est atrasado, pero
quiero que lo veas... Slo t. Nadie podr juzgar mejor.

Despus aadi con una satisfaccin de artista:

--Antes slo poda pintar lo que vea... Ahora soy otro. Me ha costado
mucho, mucho!... pero t juzgars.

Y haba en su voz la alegra de las dificultades vencidas, la
certidumbre de una grande obra.

Cotoner acudi al da siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad,
y entr en el estudio cerrado para todos.

--Mira!--dijo el maestro con ademn soberbio.

El amigo mir. Frente  la luz haba un lienzo en un caballete; un
lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y
sobre ste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisin
ante los diversos contornos de un mismo cuerpo.  un lado una mancha de
colores, que era lo que el maestro sealaba con su mano: una cabeza de
mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.

Cotoner qued absorto. Aquello lo haba pintado realmente el gran
artista? No vea la mano del maestro. Aunque l fuese un pintor
insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisin, el miedo, la
torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negndose  entrar en
el molde de la forma. Saltaba  la vista la inverosimilitud de los
rasgos, la rebuscada exageracin; los ojos enormes, monstruosos en su
grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez
luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas haba algo notable: una
mirada que vena de muy lejos, una luz extraordinaria que pareca
traspasar el lienzo.

--Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la
cabeza nada ms. Lo ms fcil! Despus vendr el cuerpo; una desnudez
divina, como nunca se haya visto. Y t solo la vers; slo t!

El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extraeza al pintor,
asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.

--Ya ves, sin modelo! Sin la realidad delante!--continu el
maestro.--No he tenido ms gua que _esos_: pero es el mejor, el
definitivo.

_Esos_ eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes,
colocados en caballetes  en sillas, formando un apretado crculo en
torno del lienzo empezado.

El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir ms tiempo, vencido
por la sorpresa:

--Ah! Pero es!... Pero... has querido pintar  Josefina!

Renovales se ech atrs con violenta sorpresa. Josefina, s; quin
haba de ser? Dnde tena los ojos? Y su mirada iracunda trastorn 
Cotoner.

ste volvi  contemplar la cabeza. S; era ella, con una belleza que
pareca de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese
 una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se
hubiesen extinguido los ltimos restos de la animalidad ancestral.
Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconoca sus
rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que vena de dentro y
cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraa.

--La reconoces por fin!--dijo el maestro, que segua ansiosamente la
impresin de su obra en los ojos del amigo.--Es ella? Di, no te parece
igual?

Cotoner minti con cierta conmiseracin. S, era ella; por fin la vea
bien. Ella, pero ms hermosa que en vida... Josefina nunca haba sido
as.

Ahora era Renovales el que mir con extraeza y lstima. Pobre Cotoner!
Infeliz fracasado, paria del arte, que no haba podido salir de la
muchedumbre annima y careca de otra sensibilidad que la del
estmago!... Qu saba l de aquellas cosas! Por qu consultarle!...

No haba reconocido  Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor
retrato; el ms exacto.

Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba slo con recogerse
en su pensamiento. Nadie poda conocerla mejor que l. Los dems la
tenan olvidada. As la vea... y as haba sido.




IV


La condesa de Alberca logr introducirse una tarde en el estudio del
maestro.

La vi llegar el criado, como otras veces, en un coche de alquiler,
atravesar el jardn, subir las escaleras del vestbulo y entrar en el
recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha ante ella
rectamente y sin vacilacin. Intent cerrarle el paso con respeto, yendo
de un lado  otro, salindola al encuentro cada vez que avanzaba
ladendose para burlar este obstculo. El seor trabajaba! El seor no
reciba! Era una orden severa y sin excepcin!... Pero ella sigui
adelante, con el ceo duro, una luz de fra clera en los ojos, una
resolucin manifiesta de abofetear al criado si era preciso, de pasar
por encima de su cuerpo.

--Vamos, buen hombre, aprtese usted.

Y su entonacin de gran seora, altiva  irritada, hizo temblar al pobre
sirviente, que no saba ya cmo oponerse  esta invasin de faldas
rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella seora
tropez con una mesa de mosaico italiano, en cuyo centro estaba el
antiguo jarrn. Su mirada descendi instintivamente, hasta el fondo de
la vasija.

Fu un instante nada ms, pero bast  su curiosidad femenil para
reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que asomaban las
puntas cerradas  mostraban los lomos intactos, entre el montn de
cartulinas. Esto ms!... Su palidez se hizo intensa, tom un tinte
verdoso, y con tal impulso sigui adelante la dama, que el criado no
pudo detenerla y qued  su espalda desalentado, confuso, temiendo la
clera del seor.

Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la madera del pavimento y
el roce de unas faldas rumorosas, se dirigi hacia la puerta, en el
mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresin teatral.

--Soy yo.

--Usted?... T?...

La turbacin, la sorpresa, el miedo  esta entrevista, hicieron
balbucear al maestro.

--Sintate--dijo con frialdad.

Se sent en un divn y el artista permaneci de pie ante ella.

Mirronse con cierta extraeza, como si no se reconociesen despus de
esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como si fuese de aos.

Renovales la miraba framente, sin que su cuerpo se estremeciera 
impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que necesitaba
librarse cuanto antes. Le extraaban su palidez verdosa, la boca
apretada por un mohn de disgusto, la mirada dura, de brillo
amarillento, la nariz que pareca encorvarse buscando el labio superior.
Estaba irritada, pero al fijar los ojos en l, perdieron stos su
dureza.

Su instinto de mujer se tranquiliz al contemplarle. Tambin l pareca
otro, en el abandono de su aislamiento; el pelo alborotado, la barba
enmaraada, revelando el descuido de la preocupacin, la idea fija y
absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona.

Se desvanecieron instantneamente sus celos, la cruel sospecha de
sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de artista.
Ella conoca los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que
siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los
cuidados de su adorno.

Con ojos de satisfaccin revisaba su abandono, fijndose en las ropas
sucias, en las manos descuidadas, en las uas largas manchadas de color,
en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido de la persona.
Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho tenaz de
laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba lo
que ella haba sospechado.

 pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como Concha iba dispuesta 
llorar y traa sus lgrimas preparadas, aguardando impacientes en el
borde de los prpados, se llev las manos  sus ojos, encogindose en un
extremo del divn, con gesto trgico. Era muy desgraciada; sufra mucho.
Haba pasado unas semanas horribles. Qu era aquello? Por qu
desaparecera sin una explicacin, sin una palabra, cuando ella le amaba
mas que nunca, cuando senta impulsos de abandonarlo todo, de dar un
escndalo enorme, viniendo  vivir con l para ser su compaera, su
esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir,
como si fuesen molestas peticiones de una limosna. Ella, que haba
pasado las noches en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y
haba en su acento un estremecimiento de despecho literario; la amargura
de que hubieran quedado en el misterio todas las cosas bonitas que
alineaba con sonrisa de satisfaccin, despus de largas reflexiones...
Los hombres! Su egosmo y su crueldad! Qu torpeza adorarles!

Segua en su llanto, y Renovales la miraba como si fuese otra mujer. Le
pareca ridcula en este dolor que trastornaba su rostro, que lo afeaba,
borrando su sonriente impasibilidad de hermosa mueca.

Intent excusarse, pero sin calor, sin deseos de convencer, para no
mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora de volver 
su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un
artista, un maestro de cierto nombre, que tena sus deberes con el
pblico. No era como aquellos seoritos que podan dedicarla el da
entero y pasar la existencia  sus pies, cual un paje enamorado.

--Hay que ser serios, Concha--aadi con una frialdad pedantesca.--La
vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no s cuntos das
que no salgo de aqu.

Ella se irgui irritada, apart las manos de sus ojos, le mir,
recriminndole. Menta; haba salido de su encierro, sin ocurrirsele
nunca llegar por un momento  su casa.

--Buenos das nada ms... Que yo te viese un instante, Mariano; el
tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo, de que sigues
querindome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo mi
polica, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la
gente no se fije en ti... Has estado por las maanas en el Museo del
Prado. Te han visto horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de
Goya; una mujer desnuda. Tu mana que vuelve otra vez, Mariano!... Y no
se te ha ocurrido venir  verme; no has contestado  mis cartas. El
seor se siente orgulloso, satisfecho de que le amen, y se deja adorar
como un dolo, seguro de que ms le querrn cuanto ms grosero sea...
Ay, los hombres! Los artistas!...

Gema, pero su voz ya no conservaba el tono de irritacin de los
primeros momentos. La certidumbre de que no haba de luchar con la
influencia de otra mujer, amansaba su orgullo, no dejando en ella ms
que una queja dulce de vctima que desea sacrificarse de nuevo.

--Pero sintate--exclam en medio de sus sollozos, indicndole un lugar
en el divn, junto  ella.--No ests de pie; parece que deseas que me
vaya...

El pintor se sent, pero con cierta timidez, huyendo el contacto de su
cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que, instintivamente,
iban  l y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su deseo de
llorar sobre uno de sus hombros, olvidndolo todo, desvaneciendo con una
sonrisa sus ltimas lgrimas. As haba ocurrido en otras ocasiones,
pero Renovales, conociendo el juego, se echaba atrs con cierta rudeza.
Aquello no deba comenzar otra vez; no poda repetirse, aunque l
quisiera. Haba que decir la verdad  toda costa; acabar para siempre;
echarse de los hombros el pesado fardo.

Habl con voz fosca, titubeando, la mirada en el suelo, sin atreverse 
levantar los ojos por miedo  los de Concha, que adivinaba fijos en l.

Haca muchos das que pensaba escribirla..El miedo  no consignar
claramente sus pensamientos!... Cierto pavor que le haca dejar la
carta para el da siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido;
celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta.

Deban hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir.
Era hora de dar fin  las locuras. Sera lo que Concha deseaba en otros
tiempos: amigos, buenos amigos. Ella era hermosa, tena an la frescura
de la juventud, pero el tiempo no transcurre en vano y l se senta
viejo: contemplaba la vida desde cierta altura, como se contemplan las
aguas de un ro, sin mojarse en ellas.

Concha le escuchaba con asombro, resistindose  comprender sus
palabras. Qu escrpulos eran stos?... Despus de ciertas
divagaciones, el pintor habl con un tono de remordimiento de su amigo
el conde de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su
conciencia se sublevaba ante la sencilla admiracin del grave seor. Era
una infamia este engao audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. l
no tena fuerzas para continuar: deban purificarse del pasado con una
buena amistad; decirse adis como amantes, sin rencor y sin antipata,
agradecidos mutuamente por la dicha pasada, llevndose, como muertos
queridos, los agradables recuerdos...

La risa de Concha, nerviosa, sardnica, insolente, cort la palabra del
artista. Su cruel jocosidad excitbase al pensar que era su marido el
pretexto de esta ruptura. Su marido!... Y volva  reir con carcajadas
que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de respeto
que inspiraba  su mujer, la costumbre de ajustar su vida  sus
caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre pudiera decir 
pensar. Su marido no exista para ella; jams le haba temido; nunca
haba pensado que pudiera servirle de obstculo, y el amante le hablaba
de l, presentndolo como una justificacin de su alejamiento!...

--Mi marido!--repeta entre los estremecimientos de su risa
cruel.--Pobrecillo! Djale quieto: l nada tiene que hacer entre
nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el
pensamiento. Yo no s las que son, pero las presiento, las veo desde
aqu. Si quisieras  otra!... Si quisieras  otra!

Pero se interrumpa en esta exclamacin sorda de amenaza. Le bastaba
mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no ola  amor;
todo en l revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni
deseos. Era tal vez un capricho de su imaginacin, una anormalidad de
desequilibrado, lo que le impulsaba  repelerla. Y animada por esta
creencia, se abandon, olvidando su enfado, hablndole en tono carioso,
acaricindole con un ardor en el que haba  la vez algo de madre y de
amante.

Renovales la vi pronto junto  l, enlazando los brazos  su cuello,
hundiendo las manos con delectacin en el revoltijo de su cabellera.

No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su corazn, su cuerpo,
toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan mal
corresponda  su cario, que la iba  envejecer con tantos
disgustos... Sbitamente enternecida, le besaba la frente, con una
expresin generosa y pura. Pobrecito! Trabajaba mucho! Todo lo que
tena era cansancio, trastorno, exceso de produccin. Haba que dejar
quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en
reposo aquella frente, siempre contrada por mviles arrugas, como un
cortinaje tras el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolucin, un
mundo invisible.

--Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para que callen y duerman
los duendes que tienes dentro.

Y besaba de nuevo la frente _bonita_, deleitndose en acariciar con sus
labios los surcos y prominencias de esta extensin irregular,
atormentada como un terreno volcnico.

Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo infantil, reson en
el silencio del estudio. Senta celos de la pintura, seora cruel,
exigente y antiptica, que pareca enloquecer  su pobre nene. El mejor
da, ilustre maestro, prenda fuego al estudio con todos sus cuadros. Se
esforzaba por atraerle  ella, por sentarlo en sus rodillas, mecindolo
como si fuese un nio.

-- ver, don Marianito: haga usted una risa  su Conchita. Rase usted,
granuja!... Rete  te pego!

l rea, pero con sonrisa forzada, intentando resistirse al carioso
manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en otros tiempos
eran su placer. Permaneca insensible  aquellas manos,  aquella boca,
al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo, sin despertar la ms leve
emocin. Y l haba amado  aquella mujer! Y por ella haba cometido
el crimen feroz  irreparable, que le hara arrastrar eternamente la
cadena del remordimiento!... Qu sorpresas las de la vida!...

La frialdad del pintor acab por comunicarse  la de Alberca. Pareci
despertar del ensueo en que ella misma se meca. Se apart del amante,
examinndolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba 
brillar de nuevo una chispa de orgullo.

--Di que me quieres! Dilo en seguida! lo necesito!

Pero en vano extremaba su ademn autoritario; en vano aproximaba sus
ojos  los de l, como si quisiera asomarse  su interior. El artista
sonrea dbilmente, murmuraba palabras evasivas, negbase  seguirla en
estas exigencias.

--Dilo  gritos; que yo lo oiga... Di que me quieres. Llmame Frin, lo
mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi cuerpo.

El nada dijo. Pareca avergonzado por el recuerdo; bajaba la cabeza para
no verla.

La condesa se levant con nervioso impulso. La clera la hizo plantarse
en medio del estudio, con las manos crispadas, el labio inferior
tembln, los ojos con un brillo verdoso. Senta deseos de destrozar
algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre
romper una nfora rabe, prxima,  abalanzarse sobre aquella cabeza
inclinada, clavando en ella sus uas. Miserable! Tanto que le haba
amado; tanto que le quera an, sintindose ligada  l por la vanidad y
la costumbre!...

--Di si me quieres!--grit.--Dilo de una vez!... si  no?...

Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso. Crey de nuevo en otro
amor, en una mujer que haba venido  ocupar su puesto. Pero quin era?
dnde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la cabeza,
extender la mirada por la prxima puerta, viendo el estudio inmediato, y
tras l, el ltimo, el verdadero taller donde trabajaba el maestro.
Avisada por misteriosa intuicin, ech  correr hacia aquella nave.
All!... Tal vez all! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Haba
salido de su desaliento al verla huir; la persegua con un
apresuramiento de terror. Concha presinti que iba  saber la verdad;
una verdad cruel, con toda la crudeza de un descubrimiento  plena luz.
Qued inmvil, con las cejas fruncidas por un gran esfuerzo mental, ante
aquel retrato que pareca reinar en el estudio, ocupando el mejor
caballete, en lugar preferente,  pesar del desierto gris de su lienzo.

El maestro vi en la cara de Concha la misma expresin de duda y
extraeza de su amigo Cotoner. Quin era aqulla?... Pero la vacilacin
fu ms breve: su orgullo de mujer aguzaba sus sentidos. Vi ms all
de aquella cabeza desconocida el coro de antiguos retratos que pareca
guardarla.

Ay! sus ojos de inmensa extraeza! la mirada de fro asombro que
clav en el pintor, examinndole de cabeza  pies!...

--Es Josefina?...

l inclin la frente, con muda respuesta. Pero le pareci una cobarda
su silencio; sinti la necesidad de gritar, en presencia de aquellos
lienzos, lo que afuera no haba osado decir. Era un deseo de halagar 
la muerta, de implorar su perdn, confesando su amor sin esperanza.

--S; es Josefina.

Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando  Concha como si
fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no pas
inadvertida para ella.

No se dijeron ms. La condesa no poda hablar. Su sorpresa rebasaba los
lmites de lo verosmil, de lo conocido.

Enamorado de su mujer... y despus de muerta! Encerrado como un
asceta, para pintarla con una hermosura que nunca haba tenido!... La
vida ofreca grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se haba
visto nunca.

Crey que caa y caa, empujada por el asombro, y al trmino de esta
cada se encontr otra, sin una queja, sin un estremecimiento de dolor,
parecindole extrao todo cuanto la rodeaba; la habitacin, el hombre,
los cuadros. Aquello iba ms all de sus sentimientos. Una hembra
sorprendida all, le hubiese hecho llorar, rugir de dolor, revolcarse en
el pavimento, amar an ms al maestro, con el atizamiento de los celos.
Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! Y adems de muerta...
su mujer!... El caso le pareci de una ridiculez sobrehumana: senta
deseos locos de reir. Pero no ri. Recordaba la mirada anormal que haba
sorprendido en el artista al entrar en el estudio; crea ver ahora en
sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor.

De pronto sinti miedo; miedo  la soledad sonora de aquella nave; miedo
al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la conociese, y
hacia el cual experimentaba Concha la misma extraeza.

Aun tuvo para l una mirada de conmiseracin, de esa ternura que siente
toda mujer ante la desgracia, aunque aflija  un desconocido. Pobre
Mariano! Todo haba acabado entre ellos. Evit el tuteo; le tendi los
dedos de su diestra enguantada, con un ademn de gran seora
inabordable. Haban pasado mucho tiempo en esta situacin, en la que
slo hablaban sus ojos.

--Adis, maestro; cuidarse!... No se moleste acompandome; conozco el
camino. Siga su trabajo: pinte mucho...

Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento
encerado, que ya no haban de pisar nunca. El revoloteo de su falda
esparci por ltima vez en el estudio su estela de perfumes.

Renovales respir con ms libertad al verse solo. Terminaba para siempre
el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba otro escozor que
la indecisin de la condesa ante el retrato. La haba reconocido antes
que Cotoner, pero tambin haba vacilado. Nadie se acordaba de la
muerta; slo l guardaba su imagen.

Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo amigo, recibi el
maestro otra visita. Su hija se present en el estudio, adivinndola
Renovales antes de que entrase, por el estrpito de alegra y de vida
exuberante que pareca marchar ante sus pasos.

Venia  verle; le haba prometido una visita desde muchos meses antes. Y
el padre sonri con indulgencia, recordando ciertas quejas de la ltima
entrevista. Nada ms vena por verle?...

Milita se hizo la distrada, examinando el estudio que no haba visitado
en mucho tiempo.

--Calla!--exclam.--Si es mam!

Miraba el retrato con cierto asombro, pero el artista se mostr
satisfecho de la prontitud con que la haba reconocido. Al fin, su
hija! El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vi la ojeada 
los otros retratos que haba guiado  la joven en su induccin.

--Te gusta? Es ella?--pregunt ansioso como un principiante.

Milita responda con cierta vaguedad. S, estaba bien; tal vez un poco
ms hermosa que haba sido. Ella no la conoci nunca as.

--Es verdad--dijo el maestro.--T no la viste en sus buenos tiempos.
Pero as era antes de que t nacieses. Tu pobre madre era muy hermosa.

Pero la hija no mostr gran emocin ante esta imagen. Le pareca
extraa. Por qu estaba la cabeza en un extremo del lienzo? Qu
pensaba aadir? Qu significaban aquellos trazos?... El maestro se
excus con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento  la hija,
sbitamente dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba an lo que
hara; tena que decidirse por un vestido que _encajase_ bien. Y en un
acceso de sbita ternura, se humedecieron sus ojos y bes  su hija.

--Te acuerdas mucho de ella, Milita?... Verdad que era muy buena?

La hija sintise contagiada por la tristeza del padre, pero fu un
momento nada ms. Su vigor, su salud, su alegra de vivir, repelan
pronto las impresiones tristes. S, muy buena; se acordaba de ella con
frecuencia... Tal vez deca verdad: pero estos recuerdos no eran
profundos ni dolorosos: la muerte le pareca una cosa sin sentido, un
incidente remoto y poco temible que no turbaba la serena calma de su
equilibrio fsico.

--Pobre mam!--aadi  guisa de oracin.--Para ella fu un consuelo
el marcharse. Siempre enferma, siempre triste! Con una vida as, ms
vale morir!...

Haba en sus palabras cierta amargura; el recuerdo de una juventud
compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en un
ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los
padres. Adems, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los
dbiles se vayan antes, y dejen el sitio  los fuertes. Era el egosmo
inconsciente y cruel de la salud. Renovales vea de pronto el alma de su
hija, por este desgarrn inesperado de su franqueza. La muerta los
conoca bien  los dos. Era suya, toda suya. l tambin posea este
egosmo del fuerte que le haba hecho aplastar la debilidad y la
delicadeza, puestas  su amparo.  la pobre Josefina slo le quedaba l,
arrepentido y en eterna adoracin. Para los dems, no haba pasado por
el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte.

Milita volvi la espalda al retrato. Se olvidaba de su madre y de la
obra de pap. Chifladuras de artista! Ella haba venido  otra cosa.

Se sent junto  l, casi lo mismo que horas antes se haba sentado otra
mujer. Acaricibale con su voz clida, que tomaba cierta entonacin de
arrullo felino. Pap, papato... era muy desgraciada... Vena  verle, 
contarle sus pesares.

--S; dinero--dijo el maestro algo molesto por la falta de emocin con
que hablaba de su madre.

--Dinero, papato, ya lo sabes; ya te lo dije el otro da. Pero no es
eso slo. Rafael... mi marido! esto es una vida imposible!

Y relataba las insignificantes contrariedades de su existencia. Para no
creerse en prematura viudez, tena que acompaar  su marido en el
automvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecan una
diversin y ahora le resultaban intolerables.

--Una vida de pen caminero, pap; siempre tragando polvo, contando
kilmetros.  m que me gusta tanto Madrid! que no puedo vivir fuera
de l!...

Se haba sentado en las rodillas de su padre, le hablaba con los ojos
puestos en los suyos, acaricindole la cabellera, tirndole de los
bigotes, con travesuras de nia... casi lo mismo que la otra.

--Adems, es rooso; por l ira como una cursi; todo le parece
demasiado... Papato, scame de este apuro; son dos mil pesetas nada
ms. Con esto me arreglo, y no te molestar con nuevos emprstitos...
Anda, papato dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no
incomodarte he aguardado hasta el ltimo momento.

Renovales se agitaba molestado por el peso de su hija; una soberbia moza
que caa sobre l con abandonos de nia. Irritbale su confianza filial.
Su perfume de mujer le haca recordar aquel otro que turbaba sus noches,
esparcindose por la soledad de las habitaciones. Pareca haber heredado
la carne de la muerta.

La rechaz con cierta rudeza, y ella tom esta repulsin por una
negativa  sus splicas. Se entristeci su cara, pusironse llorosos sus
ojos, y el padre se arrepinti de su brusquedad. Le extraaban sus
incesantes peticiones de dinero. Para qu lo quera?... Recordaba los
grandes regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y
alhajas que se haba exhibido all mismo, en los estudios. Qu le
faltaba  ella?... Pero Milita miraba  su padre con asombro. Haba
transcurrido ms de un ao desde entonces. Bien se vea que pap era un
ignorante en estos asuntos. Iba ella  usar los mismos vestidos, los
mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo largusimo,
interminable... de ms de doce meses? Qu horror! Qu cursilera! Y
aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron  asomar sus tiernas
lagrimitas, con gran inquietud del maestro...

Calma, Milita; no haba por qu llorar. Qu deseaba? dinero?... Al da
siguiente la enviara todo el que necesitase. Guardaba poco en casa;
tena que pedirlo al Banco... operaciones que ella no comprendera. Pero
Milita, alentada por su victoria, insisti en la peticin con una
tenacidad desesperante. La engaaba; no se acordara de ella al da
siguiente; conoca bien  su padre. Adems, necesitaba el dinero en
seguida; compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo  las
amigas por si se enteraban de sus deudas.

--Ahora mismo, papato. No seas malo; no te diviertas en hacerme
rabiar. Debes tener dinero: mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... 
ver, papato malo, djame que te registre, djame ver la cartera... No
digas que no; s que la llevas... s que la llevas!

Hunda sus manos en el pecho de su padre, desabrochando su chaquetn de
trabajo, cosquillendole audazmente por llegar al bolsillo interior.
Renovales se defenda con cierta flojedad. Tonta; perda el tiempo;
dnde estara la cartera?... l no la llevaba nunca en ese traje.

--Si est aqu, mentirosn!--grit con alegra la hija, persistiendo en
su registro.--La toco!... Ya la tengo!... Mrala.

Era cierto. El pintor no se acordaba de que la haba cogido por la
maana para pagar una cuenta, guardndola luego distradamente en su
chaquetn de pana.

Milita la abri con una avidez que hizo dao  su padre. Ay, aquellas
manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se tranquiliz pensando
en la fortuna que haba reunido, en los papeles de diversos colores que
guardaba en un mueble. Todo ello sera para su hija, y esto tal vez la
salvase del peligro  que la arrastraba su ansia de vivir entre las
vanidades y oropeles de la femenina esclavitud.

En un instante sus manos se apoderaron de un buen nmero de billetes de
diversos tamaos, formando un rollo que oprimi fuertemente entre sus
dedos.

Renovales protestaba.

--Suelta, Milita, no seas nia. Me dejas sin dinero. Maana te lo
enviar; deja eso ahora... Es un saqueo.

Ella le evitaba; se haba puesto de pie; mantenase  distancia,
elevando su mano por encima del sombrero para poner  salvo su botn.
Rea con grandes carcajadas de su travesura... Ni uno pensaba
devolverle! No saba cuntos eran; los contara en su casa; saldra del
paso por el momento, y al da siguiente le pedira lo que faltase.

El maestro acab por reir, sintindose contagiado por su regocijo.
Persegua  Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba con
grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y as
corretearon de uno  otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo
Milita en la ltima puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado
de blanco.

--Maana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira, papato, que esto es
muy serio. Adis; te espero maana.

Y desapareci, dejando en su padre algo de la alegra con que se haban
perseguido.

El crepsculo fu triste. Renovales permaneci sentado ante las imgenes
de su mujer, contemplando aquella cabeza disparatadamente hermosa, que 
l le pareca el ms fiel de los retratos. Su pensamiento fu
hundindose en la sombra que surga de los rincones, envolviendo los
lienzos. Slo temblaba en los vidrios una luz plida, brumosa, cortada
por las lineas negras de las ramas exteriores.

Solo... solo para siempre. Tena el cario de aquella muchachota que
acababa de irse, alegre, insensible  todo lo que no halagase su vanidad
juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesin de perro viejo de su
amigo Cotoner, que no poda vivir sin verle, pero era incapaz de
dedicarle su existencia por entero, y la comparta entre l y otras
amistades, celoso de conservar su libertad de bohemio.

Y esto era todo... Bien poca cosa.

Prximo  la vejez, contemplaba una luz cruda y rojiza que pareca
irritar sus ojos, el camino de desolacin, yermo y montono que le
aguardaba... y  su final, la muerte. La muerte! Nadie la ignoraba; era
la nica certeza; y sin embargo, transcurra la mayor parte de la vida
sin pensar nunca en ella, sin verla.

Era como una de esas epidemias, en pases lejanos, que devoran las
existencias  millones. Se habla de ella como de un hecho cierto, pero
sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. Est demasiado
lejos; tardar mucho en llegar.

Haba nombrado muchas veces  la muerte, pero con los labios, sin que su
pensamiento abarcase la significacin de la palabra, sintindose vivir
al mismo tiempo, aferrado  la existencia por las ilusiones y los
deseos.

La muerte estaba al final de la ruta: nadie poda evitar su encuentro,
pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos, los amores,
las crueles necesidades animales, distraan al hombre en su marcha hacia
ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ros de
tortuoso espejo, que entretenan al caminante, ocultndole el trmino
del paisaje, el lmite fatal, la negra garganta sin fondo  la que
conducan todos los caminos.

l estaba en las ltimas jornadas. El sendero de su existencia se haca
desolado y triste; la vegetacin se empequeeca; las grandes arboledas
trocbanse en lquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba hasta l un
hlito glacial del lbrego desfiladero; le vea en el fondo; marchaba
irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusin, con sus
alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedbanse atrs y
era imposible retroceder. En este camino nadie volva sobre sus pasos.

Haba gastado media vida luchando por la riqueza y por la gloria,
esperando cobrar alguna vez los rditos de sta con los placeres del
amor... Morir! Quin pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota
y sin sentido. Se crea provisto de una misin providencial: la muerte
no se atrevera con l, no llegara hasta que su trabajo estuviese
terminado. Le quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba
hecho ya, no existan para l deseos humanos. Todo lo tena... Ya no se
levantaban ante sus pasos torres quimricas que asaltar. En el
horizonte, limpio de obstculos, slo se presentaba la gran olvidada...
la muerte.

No quera verla; aun le quedaba una gran jornada en este camino que
puede crecer, prolongarse, segn las fuerzas del caminante, y sus
piernas eran vigorosas.

Pero ay! marchar, marchar aos y aos, con la vista fija en la lbrega
garganta, contemplndola siempre al trmino del horizonte, sin poder
arrancarse un instante  la certeza de que estaba all, era un martirio
sobrehumano, que le obligara  acelerar el paso,  correr para acabar
cuanto antes.

Nubes engaosas que encapotasen el horizonte, ocultando esta realidad
que amarga el pan, que entenebrece el nimo y hace maldecir la
inutilidad de haber nacido!... Mentirosos y gratos espejismos que hacen
surgir un paraso de los sombros yermos de la ltima jornada! Ilusin,
 m!...

Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el ltimo fantasma de
su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los delirios de
su imaginacin, deseando infundirla nueva vida con una parte de la suya.
Coga  puados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla
ms grande, muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el
horizonte como un cerro inmenso, que ocultase hasta el ltimo instante
el lbrego desfiladero trmino de la jornada.




V


La conducta del maestro Renovales fu motivo de extraeza, y hasta de
escndalo, para todos sus amigos.

La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en hacer saber  todos
que no la unan con el pintor otras relaciones que las de una amistad
cada vez ms glacial y ceremoniosa.

--Est loco--deca.--Es un hombre acabado. No queda de l ms que un
recuerdo de lo que fu.

Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignbase al oir ciertos
comentarios sobre el ilustre maestro.

--No bebe. Todo lo que dicen por ah, son mentiras: la eterna leyenda de
los hombres clebres...

l tenia su opinin sobre Mariano: conoca su deseo de una existencia
agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la juventud, con
un hambre de todos los misterios que crea ocultos en esta mala vida, de
la que haba odo hablar, sin atreverse hasta entonces  mezclarse en
ella.

Cotoner acoga con indulgencia las nuevas costumbres del maestro.
Infeliz!

--Ests poniendo en accin las aleluyas de El hombre malo--deca  su
amigo.--Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando deja de serlo,
cerca ya de la vejez. Te pones en ridculo, Mariano.

Pero  impulsos de su fidelidad, se dejaba arrastrar por el maestro en
su nueva existencia. Por fin haba accedido  vivir con l. Ocupaba, con
sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de Renovales,
rodendolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por l cierta
compasin. Era la historia de siempre: el que no la hace  la entrada,
la hace  la salida, y Renovales, despus de una existencia de seriedad
y trabajo, lanzbase  la vida desordenada, con aturdimiento de
adolescente, admirando los placeres vulgares, revistindolos de las
seducciones ms ilusorias.

Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas. Para qu le haba
llevado  vivir con l?... Le abandonaba das enteros; quera salir
solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El viejo
bohemio enterbase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos
de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portaln de la
Academia, le vean pasar por la acera de la calle de Alcal, embozado en
su capa, con un afectado misterio que atraa la atencin.

--Ah va Renovales. Ese es; el de la capa.

Y le seguan, con la curiosidad que inspira un nombre clebre, en sus
idas y venidas por la anchurosa calle, con revuelos de palomo
silencioso, como si esperase algo. Algunas veces, cansado sin duda de
estas evoluciones, se meta en un caf, y la curiosa admiracin le
segua, pegando los ojos  los cristales de los huecos. Le vean cado
en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la
copa que tena delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la beba de
golpe, pagaba y sala rpidamente, con la precipitacin del que ha
tragado un medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploracin,
con los ojos vidos, mirando por encima del embozo  todas las mujeres
que pasaban solas, volvindose para seguir la marcha de unos tacones
torcidos, el aleteo de unas enaguas morenas, con manchas de barro. Al
fin se alejaba con repentina resolucin; desapareca casi pegado  la
cola de alguna hembra, siempre del mismo aspecto. Los muchachos conocan
las preferencias del gran artista: mujercitas pequeas, dbiles,
enfermizas, de una gracia de flor mustia, con ojos grandes, mates y
dolorosos.

Una leyenda de extraa aberracin se iba formando en torno de l. Sus
enemigos la repetan en los estudios: la gran masa, que no puede
imaginarse  los hombres clebres con la misma vida que los dems, y los
quiere caprichosos, atormentados por hbitos de extraordinaria
monstruosidad, comenzaba  hablar con delectacin de las manas del
pintor Renovales.

En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de
apariencia burguesa esparcidos en las vas ms respetables,  los antros
hmedos y malolientes que arrojan por la noche sus gneros  la calle de
Peligros, circulaba la historia de cierto seor, provocando grandes
risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con apresuramiento el
almidonado estrpito de unas faldas pobres que marchaban ante l.
Atravesaba el lbrego portal con cierto miedo, suba la tortuosa
escalera que pareca oler  residuos de vida, apresuraba la aparicin de
las desnudeces con mano vida, como si le faltase el tiempo, como si
creyera morir antes de realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras
que soportaban con cierta inquietud su silencio febril y el hambre de
fiera que luca en sus ojos, sentan tentaciones de reir, vindole caer
desalentado en una silla, en contemplativo silencio, sin oir las
palabras brutales que lanzaban ellas asombradas de la situacin; sin
hacer caso de sus gestos  invitaciones, saliendo nicamente de este
estupor cuando fra y un tanto ofendida, intentaba la hembra recobrar
sus ropas. Ms, un momento ms. Casi siempre terminaba esta escena por
un gesto de disgusto: una amargura de decepcin. Otras veces los
maniques carnales crean ver en sus ojos una expresin dolorosa, como
si fuese  llorar. Hua despus apresuradamente, oculto en su capa, con
repentina vergenza, con el firme propsito de no volver, de resistirse
 aquel demonio de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no poda
ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de
desnudarlo.

 odos de Cotoner llegaban vagamente estas noticias. Mariano!
Mariano! l no osaba echarle en cara las vergenzas de su vida
nocturna: tema una explosin del violento, carcter del maestro; haba
que dirigirle con prudencia. Pero lo que ms provocaba las censuras del
viejo amigo, era la gente de que se rodeaba el artista.

El falso reverdecimiento de su vida le haca buscar la compaa de los
jvenes, y Cotoner se daba  todos los demonios, cuando  la salida de
los teatros le encontraba en un caf, rodeado de sus nuevos camaradas,
todos los cuales podan ser sus hijos. Eran en su mayora pintores,
gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin ms mrito que su
mala lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre clebre,
gozndose, con un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un
camarada, bromeando sobre sus debilidades. Ira de Dios!... Algunos ms
audaces, hasta le devolvan su tuteo de maestro, tratndole como  una
ruina gloriosa, permitindose comparaciones entre su pintura y la que
ellos haran cuando pudiesen. Mariano, el arte va ahora por otros
caminos.

--Pero no te da vergenza!--exclamaba Cotoner.--Pareces un maestro de
escuela rodeado de pequeos. Hay para pegarte. Un hombre como t,
aguantando las insolencias de esa gentecilla!

Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran muy simpticos; le
divertan; encontraba en ellos la alegra de la juventud. Iban juntos 
los teatros,  los _music-halls_: conocan mujeres, saban dnde se
ocultaban los buenos modelos: con ellos poda entrar en muchos sitios
adonde no se atreva  ir solo. Sus aos, su fealdad grave, pasaban
inadvertidos entre esta alegre juventud.

--Me sirven--deca con un guio de inocente malicia el pobre grande
hombre.--Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Adems, esto no
es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos chicos
son mis guas.

Y hablaba  continuacin de sus grandes proyectos artsticos; de aquel
cuadro de Frin, con su desnudo inmortal, que haba vuelto  surgir en
su pensamiento; de aquel retrato amado que segua en el mismo sitio sin
que el pincel pasase de la cabeza.

No trabajaba. Su antigua actividad, que haca de la pintura un elemento
preciso de su existencia, desbordbase ahora en palabras, en deseos de
verlo todo, para conocer nuevos aspectos de la vida.

Soldevilla, el discpulo predilecto, vease acosado por las preguntas
del maestro, cuando de tarde en tarde presentbase en su estudio.

--T debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: t has corrido mucho,
con esa cara de querubn... Me has de llevar contigo: me has de
presentar.

--Maestro!--exclamaba asombrado el joven.--Si aun no hace medio ao
que me he casado! Si no salgo de casa por la noche!... Qu bromas
tiene usted!

Renovales le responda con una mirada de desprecio. Un vividor el tal
Soldevilla! Ni juventud... ni alegra. Todo lo echaba en chalecos
multicolores y cuellos altos. Y qu hormiguita! Se haba casado con una
mujer rica, ya que no pudo atrapar  la hija del maestro. Adems, un
desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya
no poda sacar ms de l. Le despreciaba; lstima de proteccin que le
haba acarreado tantos disgustos!... No era un artista.

Y el maestro volvase con nuevo cario hacia sus compaeros nocturnos,
aquella juventud alegre, maldiciente y falta de respeto.  todos ellos
les reconoca talento.

La fama de esta vida extraordinaria llegaba hasta su hija con la
sonoridad enorme que adquiere todo lo que perjudica  un hombre famoso.

Milita frunca el ceo, haciendo esfuerzos por contener la risa que le
causaba lo extrao de este cambio. Su padre metido  calavera!

--Pap!... pap!--exclamaba con una entonacin cmica de reproche.

Y pap excusbase, como un muchachuelo travieso  hipcrita, aumentando
con su turbacin las ganas de reir de su hija.

Lpez de Sosa mostrbase indulgente con su ilustre suegro. Pobre
seor! Toda la vida trabajando y con una mujer enferma, muy buena, muy
simptica, pero que amargaba su vida! Bien haba hecho en morirse, y no
haca menos bien el artista en indemnizarse un poco del tiempo perdido.

Con esa masonera instintiva de los que llevan una existencia fcil y
placentera, el _sportman_ defenda  su suegro, lo apoyaba, le pareca
ms simptico, ms allegado  l, por sus nuevas costumbres. No siempre
haba de estar encerrado en su estudio, con aire irritado de profeta,
hablando de cosas que pocos entendan.

Se encontraban los dos hombres por la noche en las funciones de ltima
hora de los teatros, en la postrera seccin de los _music-halls_, cuando
las canciones y los temblores de las piernas en alto eran acompaados
por el pblico con una tempestad de berridos y patadas. Se saludaban:
preguntaba el padre por Milita, sonreanse con la simpata de buenos
compadres, y cada uno se reuna  su grupo: el yerno con sus compaeros
de crculo, en un palco, vistiendo todava el frac de las reuniones
respetables de que venan; el pintor en las butacas, con unos cuantos de
los jvenes melenudos que eran su escolta.

Renovales vea con cierta satisfaccin  Lpez de Sosa saludar  las
_cocottes_ ms elegantes y de mayor precio, sonreir  las _divettes_,
con la confianza de un buen amigo.

Aquel chico estaba admirablemente relacionado, y l acoga esto como un
honor indirecto para su personalidad de padre.

Cotoner se vea arrastrado muchas veces por el maestro fuera de su
rbita de graves y substanciosas comidas y tertulias entonadas, que
segua frecuentando para no perder unas amistades que eran su nico
capital.

--Esta noche vienes conmigo--le deca el maestro
misteriosamente.--Comeremos donde quieras y despus te ensear una
cosa... una cosa...

Y le llevaba  oir una pieza en un teatro, permaneciendo inquieto,
impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas en la escena.
Entonces daba con el codo  Cotoner, sumido en su asiento, con los ojos
muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de una
buena digestin.

--Mira... fjate; la tercera de la derecha, la pequeita... la que lleva
el mantn amarillo.

--La veo, y qu?--deca el amigo con voz agria por este rudo
llamamiento.

--Fjate bien;  quin se parece?  quin te recuerda?

Cotoner responda con un bufido de indiferencia.  su madre se
parecera. Qu le importaban  l tales semejanzas? Pero el asombro le
sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro
parecido con su mujer, indignndose contra l porque no lo reconoca.

--Pero, Mariano... dnde tienes los ojos?--exclamaba con no menos
acritud.--Qu tiene esa larguirucha, con cara de hambre, de la pobre
difunta?... T en ver un esprrago triste le plantas un nombre:
Josefina... y no hay ms que hablar.

Aunque Renovales se irritase en el primer momento, ante la ceguera de su
amigo, acababa al fin por convencerse. Se haba engaado, ya que Cotoner
no encontraba la semejanza. Deba acordarse de la muerta mejor que l;
la pasin no turbaba su recuerdo.

Pero  los pocos das asediaba otra vez  Cotoner con aire misterioso:
Una cosa... tengo que ensearte una cosa. Y dejando la compaa de
aquellos efebos alegres que irritaban  su viejo amigo, llevaba  ste 
un _music-hall_ y le enseaba otra hembra escandalosa, que levantaba la
seca pierna  mova el vientre, delatando bajo la mscara de colorete la
demacracin de la anemia.

--Y sta?--imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus
ojos.--No te parece que tiene algo? No te la recuerda?

El amigo estallaba en indignacin.

--T ests loco. En qu se parece aquella pobrecita, tan buena, tan
dulce, tan distinguida,  ese... perro sin vergenza?

Renovales, despus de varios fracasos, que le hacan dudar de la
fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar  su amigo. Apenas
intentaba llevarle  un nuevo espectculo, Cotoner se echaba atrs...

--Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; qutate esas ideas de la
cabeza. Si la gente se enterase, te creera trastornado.

Pero desafiando su clera, el maestro insisti una noche con gran
tenacidad para que le acompaase  ver  la Bella Fregolina, una
muchacha espaola, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y
cuyo nombre de guerra, en letras de  metro, ostentbase en las esquinas
de Madrid. Llevaba ms de dos semanas de contemplarla todas las noches.

--Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada ms. Te lo suplico... Creo
que ahora no dirs que me equivoco.

Cotoner cedi, vencido por el tono suplicante de su amigo. Aguardaron
mucho tiempo la presentacin de la Bella Fregolina, viendo bailes,
escuchando canciones con acompaamiento de mugidos del pblico. Aquella
maravilla se reservaba para lo ltimo. Por fin, con cierta solemnidad,
entre un murmullo de expectacin, preludi la orquesta una msica
conocida de todos los entusiastas de la _divette_, un rayo de luz
sonrosada cruz el pequeo escenario, y sali la Bella.

Era una muchacha pequea, esbelta, de una delgadez rayana en la
demacracin. Su cara, de cierta belleza dulce y melanclica, era lo ms
notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata,
que se abra en ancha campana, mostrbanse sus piernas de frgil
esbeltez, con la carne puramente necesaria para cubrir el hueso. Sobre
las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevbase con ligersima
protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las
clavculas. Lo primero que se vea de ella eran los ojos, unos ojos
lmpidos, grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde
pasaban las expresiones lividinosas, sin alterar su cndida superficie.
Se mova como una novicia, los brazos pegados al talle, los codos
salientes, encogida y ruborosa, y en esta posicin, iba cantando con voz
de falsete enormes obscenidades que contrastaban con su aparente
timidez. En esto estribaba su mrito, y el pblico acoga sus palabras
monstruosas con rugidos de jbilo, dndose por satisfecho con esto, sin
exigirla que levantase los pies  moviese el vientre, respetando su
rigidez hiertica.

El pintor al verla aparecer di con un codo  su amigo. No osaba hablar
esperando su opinin ansiosamente. Con el rabillo de un ojo le segua en
su examen.

El amigo se mostr clemente:

--S... tiene algo. Los ojos... la figura... el gesto: la recuerda; es
muy parecida... Pero esa mueca de mona que hace ahora! Esas
palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.

Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz y sin decoro, se
asemejase  la dulce muerta, subrayaba con admiracin irnica todas las
cnicas expresiones en que terminaban sus _couplets_.

--Muy bonito!... Muy distinguido!...

Pero Renovales, sordo  estas ironas, ensimismado en la contemplacin
de la Fregolina, segua empujndole y murmurando:

--Es ella, verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y adems, Pepe; esa
chica tiene cierto talento... tiene gracia.

Cotoner mova la cabeza irnicamente. S, mucha. Y al oir que Mariano,
una vez terminado el espectculo, mostraba deseos de quedarse  la otra
seccin y no se mova de su butaca, pens en abandonarle. Por fin se
qued, arrellanndose en el asiento, con el propsito de dormitar
arrullado por la msica y los berridos del pblico.

Una mano impaciente del maestro le sac de su dulce abstraccin.
Pepe... Pepe. Movi la cabeza y abri los ojos malhumorado. Qu le
ocurra? En la cara de Renovales vi una sonrisa melosa, traidora;
algn disparate que le quera proponer con la mayor dulzura.

--Se me ocurre que podramos entrar un momento en el escenario: la
veramos de cerca...

El amigo le contest con indignacin. Mariano se crea un pollo, no se
daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reira de ellos; tomara
el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...

Call Renovales, pero al poco rato volvi  sacar al amigo de su vaga
somnolencia.

--Podas entrar t solo, Pepe. T entiendes ms que yo de estas cosas;
eres ms atrevido. Podas decirla que deseo pintar su retrato. Ya ves,
un retrato con mi firma!...

Cotoner rompi  reir, admirando la simpleza de buen prncipe con que el
maestro le daba este encargo.

--Gracias, seor; muy honrado por tanta confianza, pero no voy...
Grandsimo tonto! Pero t crees que esa chicuela sabe quin es
Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...

El maestro se asombr con una simplicidad infantil.

--Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que lo que han dicho los
peridicos... que mis retratos... En fin, di que no quieres.

Y se call, ofendido de la negativa de su compaero y de que dudase de
que su gloria haba llegado hasta aquel rincn. La amistad abusa, con
inesperados desdenes, con grandes injusticias.

Al terminar el espectculo, el maestro sinti la necesidad de hacer
algo, de no irse sin enviar  la Bella Fregolina un testimonio de su
presencia. Compr  una vendedora de flores un cesto muy adornado, que
se llevaba  casa con la tristeza del mal negocio. Deba entregarlo
inmediatamente  la seorita... Fregolina.

--S,  la Pepita--dijo la mujer con aire de inteligencia, como si la
uniese  ella cierta intimidad.

--Y le dice usted que es del seor Renovales... de Renovales el pintor.

La mujer movi la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales.
Lo mismo que si le hubiese dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna
emocin tom los cinco duros que le daba el pintor.

--Cinco tiros!... Imbcil!--murmur el amigo perdiendo todo respeto al
maestro.

No se dej arrastrar ms el buen Cotoner. En vano le hablaba con
entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha, sintindose
impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un
vestido de rosa plido, casi semejante  ciertas ropas guardadas en los
armarios de su hotel. Apareca con un sombrero de flores y cerezas,
mucho ms grande, pero algo parecido  cierto sombrerillo de paja que
poda l encontrar entre la confusin de los viejos adornos de la
muerta. Ay! Cmo se acordaba de la pobre Josefina! Era un atizamiento
de recuerdos que se renovaba todas las noches.

Falto del auxilio de Cotoner, iba  ver  la Bella con algunos de los
jvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos hablaban de la
_divette_ con un desprecio respetuoso, como la zorra de la fbula
contemplaba las lejanas uvas, consolndose con su acidez. Alababan su
belleza, vista de lejos; era _lilial_ segn ellos; tena la santa
hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba valiosas
joyas, y segn sus noticias, tena poderosos amigos, todos aquellos
seoritos que ocupaban los palcos  ltima hora, vestidos de frac, y la
aguardaban  la salida para llevarla  cenar.

Renovales consumase de impaciencia, no encontrando el medio de
acercarse  ella. Todas las noches repeta su envo de canastillas de
flores, de grandes ramos. La _divette_ deba estar enterada de la
procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el
pblico  aquel seor feo y un tanto viejo, dignndose dedicarle una
sonrisa.

El maestro vi una noche  Lpez de Sosa saludar  la cupletista. Su
yerno poda ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con un impudor
de apasionado, le esper  la salida para implorar su auxilio.

Quera pintarla; era una modelo magnfica para cierta obra que llevaba
en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor, tartamudeando, pero el
yerno ri de su timidez, mostrndose dispuesto  protegerle.

--Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora est en decadencia.
Con esa cara de colegiala, si usted la viese en una juerga! Bebe como
un mosquito... Una fiera!

Pero luego, con expresin grave, expuso los inconvenientes. _Estaba_ con
un amigo suyo; un muchacho de provincias, ganoso de notoriedad, que
perda una parte de su fortuna en el juego del Casino, dejando
tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela, que le daba cierto
renombre. l la hablara; eran antiguos amigos; nada malo, eh, pap?...
No sera difcil convencerla. La tal Pepita tena predileccin por todo
lo raro; era algo... romntica. l le explicara quin era el gran
artista, encareciendo el honor de servirle de modelo.

--Por dinero no lo dejes--murmur el maestro con angustia.--Todo lo que
ella quiera. No temas mostrarte generoso.

Una maana Renovales llam  Cotoner para hablarle con grandes extremos
de alegra.

--Va  venir!... Va  venir esta misma tarde!

El viejo paisajista hizo un mohn de extraeza. Quin?

--La Bella Fregolina... Pepita. Me avisa mi yerno que la ha
convencido; vendr esta tarde  las tres. l mismo la acompaar.

Luego tuvo una mirada de desolacin para su taller de trabajo. Estaba
abandonado desde haca algn tiempo; haba que arreglarlo. Y el
domstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron
apresuradamente el aseo de la gran nave.

Los retratos de Josefina y el lienzo con slo su cabeza, fueron
amontonados en un rincn, cara  la pared, por las febriles manos del
maestro. Para qu aquellos fantasmas si iba  presentarse la
realidad?... En su lugar coloc un gran lienzo blanco, contemplando su
virgen superficie con ojos de esperanza. Las cosas que iba  hacer
aquella tarde! Qu fuerza senta para el trabajo!...

Al quedar solos los dos artistas, Renovales se mostr inquieto,
incontentable, parecindole siempre que faltaba algo para esta visita,
en la que pensaba con escalofros de inquietud. Flores; haba que traer
flores; llenar todos los vasos antiguos del estudio, crear un ambiente
de suave perfume.

Y Cotoner recorri el jardn con el criado, puso  saco la _serre_ y
volvi  entrar con una brazada de flores, obediente y sumiso como un
amigo fiel, pero con un reproche irnico en los ojos. Todo aquello por
la Bella Fregolina! El maestro estaba trastornado; haba vuelto de
golpe  la infancia. Con tal que esta visita le quitase su obsesin,
que era casi una locura!...

Despus pidi ms. Haba que preparar en una mesa del estudio dulces,
_Champagne_, todo lo mejor que encontrase Cotoner. ste habl de enviar
al criado, quejndose de los trabajos que le acarreaba la visita de
aquella muchacha, de la sonrisa cndida y las obscenidades enormes, con
los codos pegados al talle.

--No, Pepe--suplic el maestro.--Ve t; no quiero que el criado se
entere. Despus habla... mi hija le acosa con preguntas.

Cotoner se fu con gesto de resignacin, y al volver una hora despus,
vi  Renovales en el cuarto de los modelos poniendo en orden varias
ropas.

El viejo amigo aline sobre la mesa sus paquetes. Puso los dulces en
platos antiguos y sac las botellas de sus envolturas.

--El seor est servido--dijo con un respeto irnico.--Quiere algo ms
el seor?... Toda la familia est en revolucin por esa alta dama: tu
yerno te la trae; yo te sirvo de criado... slo falta que llames  tu
hija para que la ayude  desnudarse.

--Gracias, Pepe; muchas gracias--exclam el maestro con ingenua efusin,
sin sentirse molestado por sus burlas.

 la hora del almuerzo, Cotoner le vi entrar en el comedor, muy
peinado, muy acicalado, el bigote rizado  tenacilla, vistiendo su mejor
traje y con una rosa en la solapa. El bohemio ri con grandes
carcajadas. Aquello ms!... Estaba loco; se iban  burlar de l.

Apenas toc los platos. Despus pase slo por el estudio. Con qu
lentitud transcurra el tiempo!... Miraba  cada una de sus vueltas por
los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de
Sajonia, puesto sobre una mesa de mrmol de colores, reflejando su parte
trasera en un profundo espejo veneciano.

Ya eran las tres... El maestro se pregunt con inquietud si no vendra.
Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendra; haba pasado la
hora. Aquellas mujeres, que vivan rodeadas de compromisos y
exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...

De pronto oyo pasos y entr Cotoner.

--Ya est ah; ah la tienes... Salud, maestro... Divertirse! Me parece
que has abusado bastante de m y que no exigirs que me quede.

Se fu haciendo con las manos irnicos signos de despedida, y poco
despus Renovales oy la voz de Lpez de Sosa, aproximndose
lentamente, explicando  su acompaante aquellos cuadros, aquellos
muebles que cautivaban su atencin.

Entraron. La Bella Fregolina mostraba asombro en sus ojos; pareca
intimidada por el silencio majestuoso del estudio. Aquel hotel tan
grande, tan seorial, tan distinto de todos los que ella haba visto!...
Aquel lujo antiguo, slido, histrico, con sus muebles raros que la
infundan pavor!... Mir  Renovales con respeto. Le pareca ms
distinguido, ms aseorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en
las butacas de su teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran
personaje, distinto  cuantos hombres haba ella tratado.  esta
inquietud se una cierta admiracin. El dinero que tendra aquel
prjimo, viviendo con tal aparato!...

Renovales tambin la miraba emocionado, al tenerla tan cerca.

En el primer instante sinti cierta duda. Realmente se pareca  la
otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro; la capa de colorete
blanco, con lneas negras en los ojos, que se delataba al travs del
velo. La _otra_ no se pintaba. Pero al fijarse en sus ojos, surgi de
nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de stos, fu
reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.

La _divette_ examinaba los lienzos que cubran las paredes. Qu bonito!
Y todo aquello lo haca este seor?... Ella deseaba verse as,
arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro. De veras deseaba
pintarla? Y se ergua con vanidad, satisfecha de que la creyesen
hermosa, de gozar la emocin, hasta entonces no deseada, de ver
reproducida su imagen por un gran artista.

Lpez de Sosa excusbase con su suegro. Haban tardado por culpa de
ella. Con mujeres como sta nunca haba prisa. Se acostaba al amanecer:
la haba encontrado en la cama...

Luego se despidi, comprendiendo lo embarazosa que resultaba su
presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por sus
palabras y por el aspecto de la casa. Poda hacer de ella lo que
quisiese.

--Vaya, chica, ah te quedas. El seor es mi pap; ya te lo he dicho. 
ver si eres buena nia.

Y se fu, seguido de la risa forzada de los dos, que celebraron con una
alegra embarazosa esta recomendacin paternal.

Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro no saba qu decir.
Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emocin. Ella no se mostraba
menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan imponente,
con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella haba visto,
la intimidaba. Senta el vago temor que precede  una operacin
desconocida. La turbaban adems los ojos ardientes de aquel hombre,
fijos en ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los
labios, como si stos sintieran los tormentos de la sed...

Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada  estos momentos de
vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de dos
personas extraas. Conoca estas entrevistas, que empiezan con cierta
vacilacin y acaban en ruidosas intimidades.

Mir en torno de ella con una sonrisa de profesional, deseando terminar
cuanto antes la molesta situacin.

--Cuando usted quiera. Dnde me desnudo?

Renovales se estremeci al oir su voz, como si hubiese olvidado que
poda hablar aquella imagen. Le extra tambin la llaneza con que
ahorraba explicaciones.

Su yerno haca bien las cosas: la haba trado aleccionada, insensible 
toda sorpresa.

El maestro la condujo  la habitacin de los modelos y qued fuera,
prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qu, para no ver por la
puerta entreabierta. Transcurri un largo silencio, cortado por el suave
_fru-fru_ de las ropas cadas, por el clic metlico de botones y
corchetes. De pronto la voz de ella lleg hasta el maestro, ahogada,
lejana, con cierta timidez.

--Las medias, tambin?... Es preciso que me las quite?

Renovales conoca esta resistencia de todas las modelos al desnudarse
por vez primera. Lpez de Sosa, extremando su buen deseo de complacer 
pap, la haba hablado de prestar su cuerpo por entero, y ella se
desnudaba, sin pedir ms explicaciones, con la calma del deber aceptado,
creyendo que era absurda su presencia all para otra cosa que no fuese
esto.

El pintor sali de su mutismo; grit con inquietud. No deba quedarse
desnuda. En el cuarto tena lo necesario para vestirse. Y sin volver la
cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le mostraba 
ciegas lo que l haba dejado. All tena un vestido rosa, un sombrero,
zapatos, medias, una camisa...

Pepita protest al reconocer estas prendas, mostrando aversin  cubrir
sus carnes con ropas intimas, que parecan usadas y viejas.

--La camisa tambin? Tambin las medias?... No; con el vestido basta.

Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario todo: lo exiga su
pintura. El largo silencio de la muchacha, delat la conformidad con que
iba endosndose estas prendas antiguas, dominando su repugnancia.

Cuando sali del cuarto, sonrea con cierta lstima, como si se burlase
de ella misma. Renovales se hizo atrs, conmovido por su propia obra,
deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo que cuadros
y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de l.

Pobre Fregolina! Adorable mamarracho! Senta grandes ganas de reir,
pensando en la tempestad de berridos que estallara en su teatro al
verla aparecer en escena vestida de este modo, en las burlas de los
amigos si se presentase, en una de sus cenas, adornada con estas ropas
de veinte aos antes. Ella no haba conocido estas modas y le parecan
de una antigedad remota. El maestro se apoy emocionado en el respaldo
de un silln.

--Josefina! Josefina!

Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la del dulce verano de las
montaas romanas, con su traje de color rosa y aquel sombrero campestre
que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta. Aquellas modas,
de las que se rea ahora la juventud, eran para l las ms hermosas, las
ms artsticas que haba producido el gusto femenil, las que le
recordaban la primavera de su vida.

--Josefina! Josefina!

Permaneci mudo, pues estas exclamaciones nacan y moran en su
pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver desvanecida
esta aparicin de ensueo. Ella, sonriente, gozbase en el efecto que su
aparicin causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano
espejo, reconoca que en este raro adorno de su persona no estaba del
todo mal.

--Dnde me pongo? Sentada? Derecha?...

El maestro apenas lograba hablar: su voz era ronca, trabajosa. Poda
colocarse como quisiera... Y ella se sent en un silln, adoptando una
postura que consideraba elegantsima; la mejilla en una mano, las
piernas montadas una sobre otra, lo mismo que en el reservado de su
teatrillo, mostrando por debajo de la falda una media de color rosa, de
finos calados; la misma envoltura de seda que recordaba al pintor otra
pierna adorada.

Era ella! La tena ante sus ojos, corprea, con su perfume de carne
amada.

Por instinto, por costumbre, haba cogido su paleta y un pincel manchado
en negro, intentando trazar los contornos de aquella figura. Ah, mano
de viejo; mano torpe y temblorosa!... Adnde haban volado su felicidad
de otros tiempos, su dibujo, sus cualidades que asombraban? Realmente
haba pintado alguna vez? Era ciertamente el pintor Renovales?... Todo
lo haba olvidado de pronto. Su crneo pareca vaco, su mano
paraltica, el lienzo blanco le inspiraba el terror de lo desconocido...
l no saba pintar: l no poda pintar. Eran intiles sus esfuerzos. Su
pensamiento se haba apagado. Tal vez... otro da. Ahora le zumbaban los
odos, su rostro estaba plido y sus orejas rojas, violceas, como si
fuesen  manar sangre. Senta en su boca el tormento de una sed mortal.

La Bella Fregolina le vi arrojar la paleta y venir sobre ella, con un
gesto de fiera loca.

Pero no sinti miedo: conoca estos rostros trastornados. La brusca
acometida entraba sin duda en el programa; estaba prevista al ir all,
despus de su conversacin amistosa con el yerno... Aquel seor tan
grave, tan imponente, era igual  todos los hombres que ella conoca; le
agitaba la misma brutalidad.

Le vi llegar  ella con los brazos abiertos, estrecharla fuertemente,
caer  sus pies con un mugido ardoroso, sordo, como si se ahogase; y
ella, buena muchacha, misericordiosa, le anim, inclinando la cabeza,
ofreciendo los labios, con cierto mohn amoroso y automtico, que era la
herramienta de su profesin.

Este beso acab de trastornar al maestro.

--Josefina! Josefina!...

El perfume de los tiempos felices surga de las ropas, envolviendo aquel
cuerpo adorable. Era su vestido; era su carne! Iba  morir  sus pies,
con la asfixia del inmenso deseo que dilataba su cuerpo angustiosamente,
deseando estallar. Era ella: sus mismos ojos... Sus ojos! Y al levantar
la mirada para sumirse en sus dulces pupilas, para contemplarse en su
tembloroso espejo, vi unos ojos fros, que le examinaban entornados,
con una curiosidad profesional, paladeando irnicamente desde su altura
serena esta borrachera de la carne, esta locura que se arrastraba
gimoteando de deseo.

Renovales qued aturdido por la sorpresa, sinti que algo helado bajaba
por su espalda, paralizndole: se velaron sus ojos con una nube de
decepcin y desconsuelo.

Era realmente Josefina la que tenia entre sus brazos?... Era su cuerpo,
su perfume, sus ropas, su plida belleza de flor moribunda... Pero no;
no era ella. Aquellos ojos!... En vano le miraban de otro modo,
alarmados por esta sbita reaccin; en vano se dulcificaban tomando una
luz de ternura, con la habilidad de la costumbre. El engao era intil;
l vea ms all, penetraba por estas ventanas luminosas hasta lo ms
hondo, encontrando slo el vaco. El alma de la otra no estaba all.
Aquel perfume enloquecedor ya no le emocionaba; era una falsa esencia.
Slo tenia ante l una reproduccin del vaso adorado; pero el incienso,
el alma, perdidos para siempre.

Renovales, puesto de pie, caminaba hacia atrs, mirando  aquella mujer
con ojos de espanto, y acab por arrojarse en un divn, con la cara
entre las manos.

La muchacha, oyndole gemir, tuvo miedo, y corri haca el cuarto de los
modelos para quitarse aquellos adornos, para huir. Aquel seor deba
estar loco.

El maestro lloraba. Adis, juventud! Adis, deseo! Adis, ilusin,
sirena encantadora de la existencia que huyes para siempre! Intil
buscar; intil debatirse en la soledad de su vida. La muerte le tena
bien agarrado; era suyo y slo con ella podra resucitar su juventud.
Eran vanos estos simulacros. No encontrara otra que evocase el recuerdo
de la muerta, como esta mujer alquilada que haban envuelto sus
brazos... y sin embargo, no era ella!

En el instante supremo, al tocar la realidad, desvanecase aquel _algo_
indefinible que haba encerrado el cuerpo de su Josefina, de su maja
desnuda, adorada en las noches de juventud.

La decepcin inmensa, irreparable, extenda por su cuerpo la calma
glacial de la vejez.

Venid abajo, torreones de la ilusin! Derrumbaos, alczares engaosos,
construidos por el ansia de embellecer la jornada, de ocultar el
horizonte!... La ruta quedaba limpia, rida, desierta. En vano se
sentara al borde del camino, retardando la hora de reanudar la marcha;
en vano bajara la cabeza para no ver. Cuanto mayor fuese su descanso,
ms largo sera el tormento del miedo. Iba  contemplar  todas horas,
sin nubes y sin obstculos, el temido final de la ltima jornada; la
posada de donde no se vuelve; la garganta de voraces negruras... la
muerte.

FIN

Madrid, Febrero-Abril 1906.

       *       *       *       *       *

                              J. MICHELET

                                HISTORIA

                                 DE LA

                          REVOLUCIN FRANCESA

     Ilustrada con ms de 1.000 grabados reproduciendo escenas de la
     Revolucin, cuadros, estatuas, retratos, estampas, medallas,
     sellos, armas, trajes, caricaturas y modas de la poca.--Traducida
     por primera vez del francs.

                Traduccin y prlogo de V. Blasco Ibez

 _Tres gruesos volmenes encuadernados en tela,  10 pesetas volumen._







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Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
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1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

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electronic work, or any part of this electronic work, without
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1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
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request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
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- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
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     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
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     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
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     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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