Project Gutenberg's La alegra del capitn Ribot, by Armando Palacio Valds

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Title: La alegra del capitn Ribot

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: May 17, 2013 [EBook #42727]
[Last updated: June 2, 2013]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LA ALEGRIA

DEL

CAPITN RIBOT




OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO

=El Seorito Octavio=, un tomo.

=Marta y Mara=, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

=El idilio de un enfermo=, un tomo. Traducida al francs y al tcheque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y tcheque. Edicin espaola con
notas y vocabulario en ingls.

=Jos=, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

=Riverita=, un tomo. Traducida al francs.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

=El cuarto Poder=, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

=La Hermana San Sulpicio=, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

=La Espuma=, un tomo. Traducida al ingls.

=La Fe=, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

=El Maestrante=, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

=El origen del pensamiento=, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

=Los majos de Cdiz=, un tomo. Traducida al holands.

=La alegra del Capitn Ribot=, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en
ingls.

=Tristn o el pesimismo=, un tomo. Traducida al ingls.

=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
espaoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.

=Papeles del Doctor Anglico=, un tomo. Traducidos al alemn.

=Aos de juventud del Doctor Anglico=, un tomo.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XII

LA ALEGRA

DEL

CAPITN RIBOT

[Illustration: colophon]

MADRID

Librera general de Victoriano Surez

PRECIADOS, NMERO 48

1920

Es propiedad del autor.
Queda hecho el depsito
que marca la ley.

Imp. Fantoches, Cardenal Cisneros, 47. Telf. J. 923

[imagen: una barra decorativa]




I


En Mlaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he
comido en ms de una ocasin primorosamente aliados. Pero nada tienen
que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde
suelo hacer escala con los que guisa una seora Ramona en cierta tienda
de vinos y comidas llamada _El Cometa_, situada en el muelle de Gijn.
Por eso cuando esta inteligentsima mujer averigua que el _Urano_ ha
entrado en el puerto, ya est preparando sus cacerolas para recibirme.
Suelo ir solo por la noche, como un ser egosta y voluptuoso que soy; me
ponen la mesa en un rincn de la trastienda, y all, a mis anchas, gozo
placeres inefables y he pillado ms de una indigestin.

Arrib el 9 de febrero, a las once de la maana, y, como siempre, com
poco, preparndome con saludable abstinencia para la solemnidad de la
noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un brbaro
marinero, al trasladar un farol, lo rompi, cay la mecha encendida
sobre una pipa de petrleo, se prendi fuego, acudimos a atajarlo, y con
no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se
quem la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta.
En fin, la avera nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este
fu el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la seora
Ramona, como tuve a bien comunicrselo por medio del grumete,
advirtindole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma
noche.

Eran las diez, poco ms o menos. Contento y sigiloso baj la escala del
_Urano_, salt en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo
atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguan
los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Slo la
silueta de los carabineros de ronda o la de algn paseante melanclico
se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que
los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la
ola de luz que sala de las dos puertas de _El Cometa_. Con el ansia de
una mariposa me dirig a ellas. En la tienda slo haba tres o cuatro
parroquianos; los dems haban ido saliendo, unos espontneamente, otros
por las intimaciones cada vez ms perentorias de la seora Ramona, que
cerraba indefectiblemente a las diez y media.

Mi aparicin fu saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qu
raro y misterioso cosquilleo produca en sus nervios mi presencia; pero
puedo jurar que jams me vi despus de una ausencia ms o menos larga
sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa,
que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus
mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos,
yo agradeca profundamente aquella carcajada y tambin los accesos de
tos, considerndolos como prenda de inalterable amistad y de que poda
contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi
deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir
estrepitosamente, hasta que la se Ramona se sosegase. Y lo cumpl
religiosamente.

--Ay, qu bien me salieron ayer, D. Julin!

--Y hoy por qu no?

--Porque ayer era ayer y hoy es hoy.

Ante esa razn invencible me puse serio y dej escapar un suspiro. La
se Ramona cay de nuevo en un espasmo de risa, seguido del
correspondiente ataque de tos asmtica. Una vez que logr salir de l,
termin de lavar el vaso que tena entre las manos y dijo a los tres o
cuatro marineros que charlaban en un rincn:

--Ea! despejar, que voy a echar la llave.

Uno de ellos se atrevi a responder:

--Agurdese un momento, se Ramona. Saldremos cuando ese seor.

La tabernera frunci el entrecejo y profiri con acento solemne:

--Este seor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa
preparada.

Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicacin y
comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse
en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiracin y
se retiraron dando las buenas noches.

--Pues s, don Julin, s--exclam la se Ramona, cuyo rostro se dilat
nuevamente--; los de ayer levantaban la lengua en vilo.

Mi fisonoma debi de expresar la ms profunda desesperacin.

--Y los de hoy, no levantarn nada?--pregunt con acento afligido.

--Hoy... hoy... Usted lo ver.

Y alz su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un
pilago de dudas.

Mientras daba los ltimos toques a su obra, prepar adecuadamente el
estmago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las ltimas
graves palabras que acababa de oir.

Estaran o no tan sazonados, picantes y aromticos como mi imaginacin
me los representaba?

Pero cuando me sent a la mesa, cuando los vi delante y sent en la
nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inund mi cerebro
disipando el negro fantasma de la duda. Palpit mi corazn con
inexplicable dulzura y comprend que los dioses me tenan an reservados
algunos instantes de dicha en este mundo.

La se Ramona adivin la emocin que embargaba mi alma y sonri con
maternal benevolencia.

--Qu es eso, se Ramona?--exclam quedando inmvil con el tenedor en
el aire--, Ha odo usted?

--S, seor; un grito.

--Han dicho socorro!

--En el muelle.

--Otro grito!

Solt el tenedor y me lanc a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando
abr sonaron en mis odos lamentos desgarradores.

--Mi madre!... Socorro!... Por Dios!... Se ahoga!

Baj en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percib la
figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba
aquellos gritos lastimeros.

Comprend lo que pasaba, y corriendo a ella pregunt:

--Quin ha cado?

--Mi madre!... Slvela usted!... Slvela usted!

--Dnde?

--Aqu.

Y me ense el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el
muelle.

Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve nimo,
no obstante, y me lanc, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando
quedar asido de un cable. Me dej caer despus a la cubierta, y tomando
el primer cabo con que tropec lo amarr apresuradamente a la obra
muerta y me deslic por l hasta el agua. Felizmente la mujer an no se
haba sumergido, gracias a la ropa. Me acerqu a ella y le ech mano a
lo primero que hall, que fu la cabeza, y se la arranqu. Esto es, me
qued con una peluca en la mano. Volv a agarrarla, y esta vez lo hice
por un brazo. Tir de ella hasta acercarla al casco del barco. Slo
entonces se me ocurri que era imposible salvarla sin auxilio de otra
persona. Cmo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por
fortuna, a los gritos que la hija haba dado y a los que yo di tambin
despert la tripulacin del patache, compuesta de cuatro marineros, y
nos izaron fcilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos
transportarla al muelle, y de all a la botica ms prxima, donde, al
fin, recobr el conocimiento.

Mientras el farmacutico la atenda, su hija, plida y silenciosa, se
inclinaba sobre ella con el rostro baado en lgrimas. Era una joven de
buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto
de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vesta
con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se
trataba de dos personas distinguidas de la poblacin. Pero un curioso de
los que haban acudido a la botica me dijo al odo que eran dos seoras
forasteras, y que slo haca algunos das que se hallaban en Gijn.

Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de
consideracin, sintiendo que el fro del bao me penetraba y me haca
temblar, di las buenas noches para retirarme.

La joven alz la cabeza, se dirigi a m vivamente y, apretndome las
manos con fuerza y clavando en los mos sus ojos hmedos, balbuci con
emocin:

--Gracias, gracias, caballero! Nunca olvidar!...

Le di a entender que aquel servicio nada vala, que cualquiera hubiera
hecho otro tanto, porque en realidad as lo pensaba. El nico sacrificio
real que haba hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije,
como es natural.

Cuando llegu al vapor y baj a mi camarote me sent tan mal que
barrunt un catarro fuerte, si no una pulmona. Pero me di prontamente
una friccin enrgica con aguardiente de caa y me arrop tan bien en la
cama, que al da siguiente despert como si tal cosa, sano y gil y de
un humor excelente.

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II


Luego que me vest, y despus de cumplir con los ordinarios quehaceres
de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban
nuestras averas, me acord de la seora que haba estado a punto de
ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acord fu de su
hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con
la vaga esperanza de tornar a verlos salt a tierra y encamin mis pasos
a la botica.

El farmacutico me inform de que alojaban en la fonda de la _Iberia_.
Fu a preguntar por su salud.

--Es necesario que les pase recado?--me pregunt la camarera.

Bien lo hubiera deseado, pero no me atrev. Le manifest que no haba
necesidad, si poda informarme de cmo haban pasado la noche, a lo cual
me respondi que D. Amparo (la vieja) haba descansado regularmente, y
que el mdico, que acababa de salir, no la haba encontrado tan mal como
pensaba. D. Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dej mi tarjeta y
baj las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle
la camarera me llam y, hacindome subir de nuevo, me hizo presente que
las seoras deseaban verme.

Doa Cristina sali al pasillo a mi encuentro. Vesta un elegante traje
de maana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias
aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta tambin.
Brillaron sus ojos con alegra y me tendi su mano de un modo cordial.

--Buenos das, capitn. Por qu evita usted que le demos las gracias?
Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no
toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan
aturdida que no acert a hacerlo. Pero ms vale que usted haya venido...
y eso que la cartita no estaba del todo mal--aadi sonriendo--. Aunque
ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser ms elocuentes por
escrito que de palabra.

Me hizo pasar a una salita donde haba una alcoba cuyas puertas
vidrieras estaban cerradas.

--Mam--dijo en voz alta--, aqu tienes a tu salvador, el capitn del
_Urano_.

O un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y
entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogu con la
vista a su hija.

--Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.

Respond en voz alta que no haba corrido peligro alguno; pero aunque
as fuera, no haba hecho ms que cumplir con mi deber.

De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.

--Me manda que le d a usted una cucharada de azahar.

--Cmo!... Para qu?--exclam sorprendido.

--Es que supone que an estar usted asustado--manifest riendo D.
Cristina--. Mam lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que
lo va a tomar y quedar extraordinariamente satisfecha.

Sin salir de mi sorpresa hice lo que doa Cristina me orden y pude oir
inmediatamente un murmullo aprobador.

Acabo de drsela, mam--dijo aqulla, hacindome un guio malicioso--.
Puedes estar tranquila.

--Muchas gracias, seora. Creo que me probar bien, porque me senta un
poco nervioso--grit yo.

Doa Cristina me apret la mano pugnando por no reir y me dijo en voz
baja:

--Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.

Vuelta a los ruidos extraos, ininteligibles.

--Pregunta si ha telegrafiado usted a su seora, y le aconseja que no lo
haga para evitarle un disgusto.

--No tengo seora. Estoy soltero.

--Entonces a su mam--tuvo la bondad de interpretar D. Cristina.

--Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.

Doa Amparo, por lo que pude entender, se mostr sorprendida y
disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin prdida de
tiempo, tomase estado. Tambin debi aadir que un hombre como yo estaba
destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qu cualidades de
marido pudo observar en m aquella seora, como no fuese las de saltar y
deslizarme bien por los cables. De todos modos, respond que no deseaba
otra cosa; pero que no se me haba presentado ocasin hasta entonces. Mi
vida de marino, hoy en un sitio, maana en otro; la timidez de que
adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso tambin el no
haber hallado an una mujer que de veras me interesase, haban impedido
realizarlo.

Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D. Cristina, que me
sonrean.

Un pensamiento dulce y solapado se desliz entonces en mi cerebro.

--Dejemos ese tema, mam. Cada cual hace lo que ms le conviene; y si el
capitn no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.

--En efecto--dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante--; no me ha
apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el da
menos pensado.

--Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa
muy guapa y media docena de nios gordos y vivarachos y traviesos.

--Amn!--exclam.

La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantneamente.
Me senta tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos aos
que la tratase. Me invit a sentarme en el sof, y lo hizo tambin para
dejar que su madre descansase, pues no le convena hablar, segn la
opinin del mdico.

Pedle informes ms exactos acerca de su salud y me dijo que haba
sufrido una rozadura y contusin en la espalda, a las cuales el mdico
no di importancia. Tambin se haba logrado evitar los efectos nocivos
del enfriamiento. Lo nico verdaderamente temible era el susto. Su mam
era muy nerviosa; padeca del corazn, y nadie poda prever el resultado
de aquella terrible emocin. Hice lo posible por desvanecer sus temores,
y, empeada la conversacin, le pregunt si eran asturianas, a sabiendas
de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo
revelaba su acento.

--No, seor; somos valencianas.

--Cmo? Valencianas!--exclam--. Pues si somos casi paisanos! Yo he
nacido en Alicante.

Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible
por mi parte, y juzgo que tambin por la suya. Me enter de que slo
haca nueve das que se hallaban en Gijn, adonde haban venido para
visitar a una monja hermana de su mam. Haca bastantes aos que
formaran ese proyecto, y nunca lo haban realizado por lo largo y
molesto del viaje. Al fin lo haban decidido, y no en buen hora, pues
falt poco para dejar all la vida. El pas les haba gustado, aunque
les pareca bastante triste al lado del suyo.

--Oh, Valencia!--exclam entonces con fuego--. Yo, que visit las ms
apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas
diversas, nada hall jams comparable a ella. All el sol no se levanta
sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andaluca: su
luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no
aterra como aqu, y es ms azul, y su espuma ms blanca y ms ligera.
All los pjaros cantan con gorjeos ms dulces y variados; all la brisa
acaricia por la noche como por el da; all las frutas azucaradas, que
en otras partes slo se sazonan con el calor del verano, las gustamos
todo el ao; all no slo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra
misma exhala un aroma delicado. All la vida no es tristeza ni fatiga.
Todo es suave, todo sereno y armnico. Y esta tranquilidad de la
Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.

La de D. Cristina, que era la ms suave y profunda que jams haba
visto, brill con cierta alegra maliciosa.

--Quin dira al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un
poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted
versos en los peridicos.

--Oh, no!--exclam riendo--. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos
ni prosa; pero dispnseme usted que le diga que los ojos de usted me han
trado a la memoria una porcin de cosas hermosas, todas valencianas...
y se me subi la poesa a la cabeza.

Doa Cristina pareci quedar un momento suspensa; me mir con ms
curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversacin me pregunt,
con amabilidad:

--Y el vapor que usted manda hace la carrera de Amrica?

--Slo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a
Hamburgo.

--De modo que est usted aqu de escala por muchos das?

--Los que necesite para arreglar ciertas averas que un pequeo incendio
nos ha causado anteayer.

A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en
Gijn.

--Pues tenamos pensado irnos pasado maana y detenernos algunos das en
Madrid, donde deba de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza
dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se
haya tranquilizado por completo y el mdico lo permita, nos pondremos en
camino.

Debo confesarlo, aunque parezca ridculo: aquel "mi marido" caus en m
una sensacin extraa de fro y abatimiento que apenas logr disimular.
Cmo, diablos, no se me haba ocurrido que aquella joven poda ser
casada? Lo ignoro todava. Y dado caso que as fuera, por qu tal
noticia me haba producido tan spera impresin tratndose de una
persona que acababa de conocer? Tampoco lo s. Estoy tentado a pensar
que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galn se
inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba
inflamado, por lo menos ya tena el fuego a bordo.

La razn se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprend lo absurdo y
ridculo de mi sensacin, y tranquilizndome le pregunt con naturalidad
y afectuoso inters por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Mart y
era uno de los socios de la casa armadora _Castell y Mart_, cuyos
vapores hacan la carrera de Liverpool. Adems tena otros negocios,
porque era hombre activo y emprendedor. Slo haca dos aos que estaban
casados.

--Y no tienen ustedes familia?

--Hasta ahora no--respondi, levemente ruborizada.

Me enter adems de que ambos eran naturales de Valencia y all
habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante
el verano, en una casa de placer que tenan en el Cabaal.

Yo conoca algunos de los vapores de la casa _Castell y Mart_. Le hice
presente mi satisfaccin en ponerme a las rdenes de la seora de uno de
los armadores.

Hablamos poco ms tiempo. Estaba triste y senta deseos de irme.
Efectulo al cabo, no sin mantener otro dilogo con D. Amparo, a
puertas cerradas y con intrprete. Pronto se disip aquella infundada y
hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos
y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el da no dej de
ofrecrseme a la imaginacin repetidas veces la figura de D. Cristina.
Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis
amigos solan decirme en otro tiempo que para gustarme a m una mujer
era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen
razn. La nica novia que tuve era una tsica confirmada, y se muri
consentido ya y preparado nuestro matrimonio.

Al da siguiente me cre en el deber de ir, como el anterior, al hotel y
preguntar por la salud de las seoras forasteras. D. Cristina me hizo
pasar nuevamente y me recibi con mayor cordialidad an, llevndose el
dedo a los labios e invitndome a hablar en falsete como ella haca. Su
mam estaba durmiendo. Nos sentamos en el sof y charlamos bajito y
alegremente. D. Amparo estaba bien, no tena ms que mimos.

--Adems (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de
hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.

--Ah, la peluca! S, me acuerdo que...

--S, acurdese usted de que se la arranc, mala persona--exclam
riendo.

--Seora, yo no poda calcular... Vaya un susto! Pens que le haba
arrancado la cabeza de cuajo.

Remos bastante, esforzndonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me
dijo con naturalidad, que agradec mucho:

--Tengo mucho apetito, capitn, y voy a almorzar. Quiere usted
acompaarme?

Le di las gracias y me excus; pero como no pude afirmarle que haba
almorzado, di por resuelto en un instante que almorzara con ella, y
sali a dar las rdenes oportunas. Yo me sent alegrsimo, y si digo
entusiasmado no dir mentira. Mientras la camarera nos pona la mesa en
el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo ms y ms nuestra
confianza. Durante el almuerzo us conmigo una franqueza tan atenta y
servicial que concluy de seducirme. Por sus propias manos me parta el
pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me haca falta
cubierto o plato, sin aguardar a la domstica, ella misma se levantaba
con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.

Yo le contaba burlando la grave ocupacin en que me haba sorprendido
con sus gritos la noche del percance. Rea ella de todo corazn, y me
prometa resarcirme cuando fuese a Valencia, guisndome una paella con
todas las reglas del arte.

--No es que tenga la loca presuncin de hacerle olvidar los callos de la
seora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.

--Cmo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material
y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de
callos y caracoles, soy hombre espiritual, potico y hasta un si es no
es lnguido.

Se burlaba ella, colmndome el plato de un modo escandaloso e
invitndome a que no disimulase mi verdadera condicin y comiese lo
mismo que si ella no estuviera presente.

--No piense usted en que soy una dama. Figrese que est almorzando con
un compaero..., con el piloto, por ejemplo.

--No tengo bastante imaginacin para eso. El piloto es bizco y le faltan
dos dientes.

Aquella charla ntima y alegre me embriagaba ms que el _burdeos_ que
sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban ms que el vino y la
charla. Aunque hablbamos en falsete y reamos a la sordina, alguna vez
se me escapaba una nota discrepante. Doa Cristina se llevaba el dedo a
los labios.

--Silencio, capitn, o le pongo de patitas en el corredor y se queda
usted a medio almorzar.

Me invit a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su
curiosidad, narrndole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de
los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los
dems hombres.

--Yo adoro el mar...; pero el mar de mi pas sobre todo. Este me da
miedo y tristeza. Si viera usted cuntos ratos paso a la ventana de
nuestra alquera del Cabaal contemplndole!

--Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres--manifest,
demasiado alegre ya.

--Lo creo--respondi ella riendo--. Oh! las hay muy hermosas. Tengo una
primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. Qu ojos los de
aquella nia!

--Sern ms hermosos que los suyos?--pregunt osadamente.

--Oh! los mos no valen nada--contest ruborizndose.

--Que no valen nada?--exclam con arrebato--. Pues si no los hay tan
preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos all tan lindos!...
Si parecen dos luceros del cielo!... Si son un sueo feliz del cual
jams quisiera uno despertar!

Se puso repentinamente seria. Guard silencio unos instantes sin
levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no
exenta de severidad:

--Habr usted comido medianamente, verdad? A bordo se suele comer mejor
que en los hoteles.

Guard a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije despus de
un momento:

--Perdneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza.
No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intencin. La ma no
ha sido decir algo impertinente...

Se dulcific en seguida, y proseguimos nuestra pltica con la misma
cordialidad mientras dbamos fin al almuerzo.

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III


Me fu al barco en peor estado que el da anterior. Aquella seora me
estaba preocupando ms de lo necesario para mi reposo y buen humor.
Volv por la tarde y volv al da siguiente. Su figura interesante, sus
ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban
penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos
tales, empezaron agradndome sus ojos, y no tard en encantarme su voz;
luego sus manos finas de alabastro; poco despus el vello suave que
adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeos lunares que tena en
la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra lleg a hacerme
feliz cierta manera defectuosa que tena de pronunciar las _erres_.

Estos y otros descubrimientos de anloga importancia no podan llevarse
a efecto, claro est, sin la atencin debida, lo cual, en vez de
lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me reciba siempre con
alegra, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que,
a pesar de la jovialidad y animacin de su charla, se descubra en el
fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le
dirigiera algn piropo como el de marras. Comprendindolo as, no tena,
sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla ms de lo
justo.

Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la prob D. Amparo con el
mayor sigilo; hallla imperfecta; volvi a manos del artfice; se le
dieron algunos toques sin que el pblico ni las autoridades se
enterasen; y despus de varios ensayos igualmente reservados surgi la
buena seora, fresca y juvenil, como si jams mis manos pecadoras
hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a
pesar de la peluca, de los aos y la obesidad, D. Amparo no las haba
perdido por completo.

Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la
villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acept. Cuando ya
estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risuea
y esplndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegra me
empujaba a mostrarme con D. Cristina sobrado obsequioso y almibarado.
Senta comezn de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba
pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de
mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajndome con cualquier
pregunta indiferente cuando me adverta cercano a soltarle un piropo, o
dejndome con su mam para echar a correr delante, o esforzndose en
hacer hablar a sta. No me desanim por ello. Fu tan tonto o tan
indiscreto que, a pesar de estas claras seales, todava persist en
buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario.
Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Crea de
buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legtimos; porque los
espaoles desde la ms remota antigedad nos hemos arrogado el derecho
de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias.
Mas ella deba de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no
se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora
que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en
mi alma como en un libro abierto.

Sucedi que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando
las muchas y hermosas casas de campo que por all se parecen, acert a
decir D. Cristina:

--Nuestra alquera del Cabaal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi
marido no est contento; tiene ganas de algo mejor.

Impremeditadamente repuse:

--Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendra
ganas de nada.

Qued suspensa la seora, volvi su rostro hacia la ventanilla del coche
para mirar el camino y murmur en tonillo irnico:

--Pues seor, bien; tengamos paciencia.

Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me
pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos
minutos sent en el rostro la impresin de dos ladrillos calientes. No
supe qu decir, y queriendo escapar a la vergenza me volv hacia la
otra portezuela y qued en contemplacin exttica del paisaje. D.
Amparo, que en nada haba reparado, dijo contestando a la ltima
observacin de su hija:

--Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantstico.

--Por qu fantstico?--exclam Cristina volvindose como si la hubieran
pinchado--. Porque apetece lo mejor, lo ms hermoso y aspira con su
esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita ms bien de tener gusto y
voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansan la
perfeccin, que ven siempre un ms all y que ponen los medios para
acercarse a l, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni
ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existiran tampoco. Los
holgazanes, los gandules o los pobres de espritu se burlan de sus
pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora
de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle
porque no quieren confesar su necedad. Adems, t sabes bien que Emilio,
aunque fantstico, jams ha tenido la fantasa de pensar en s mismo;
que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegra y bienestar a
su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora
ha sido un constante sacrificio por los dems.

Doa Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sinti sobrecogida de un
modo extrao. Qued estupefacto vindola tartamudear, hacer pucheros,
ponerse encendida y dejarse caer hacia atrs como acometida de un
sncope.

--Yo!... Puedes creer?... Mi hijo!

Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdi la nocin del mundo
externo. Para infundrsela nuevamente fu necesario que su hija le
frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el
frasco de las sales voltiles. Cuando al cabo abri los ojos brot de
ellos un raudal de lgrimas, que se derramaron por sus mejillas y
cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo tambin toc a mi
gabn. Doa Cristina, en presencia de este sntoma, abri de nuevo el
saquito de piel que llevaba a prevencin y donde pude ver alojados
bastantes frascos; sac uno de ellos, luego un terrn de azcar, verti
sobre l algunas gotas del lquido y se lo meti en la boca a su mam,
quien fu recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dnde se
hallaba y entre qu gente.

Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprend que nada
era ms adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase
la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hall un modo decoroso
de evitarlo chupando el puo del bastn y poniendo los ojos en blanco.
Doa Cristina no quiso reparar en estas seales trgicas; pero de tal
modo penetraron en el corazn de su mam, que me apret las manos
convulsivamente, murmurando con extravo:

--Ribot!... Ribot!... Ribot!

Tem que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresur a
tomar el frasco de sales y metrselo por la nariz.

El resto del camino se pas, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo
hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontera y se
perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente
de aquellos que eran ms del agrado de D. Cristina. Al cabo logr ver
su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegra de
siempre. Y todava, arrastrada de su humor, lleg a embromar con gracia
a su mam.

--Sabe usted, Ribot? Mam no se desmaya sino cuando est en familia o
entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpata que usted le
inspira ha sido lo que acaba de hacer.

--Cristina! Cristina!--exclam D. Amparo entre risuea y enfadada.

--Has de ser franca, mam... Si Ribot no te inspirase confianza, te
hubieras atrevido a desmayarte en su presencia?

Doa Amparo concluy por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos
despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al da
siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid.

No poda dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia all
empopado y a todo pao. Por qu haba logrado impresionarme tan
profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por
su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza
que haba adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas
y delgadas, con grandes ojos negros, que tropec en mi vida, no hubiera
tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero haba en sta un atractivo
especial, al menos para m, que consista en una mezcla singular de
alegra y gravedad, de dulzura y rudeza, de osada y timidez que
alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.

A la hora sealada me present al da siguiente en el hotel. D.
Cristina estaba de humor alegrsimo y me hizo saber que almorzaramos
solos, porque su mam no haba dormido bien aquella noche y estaba
descansando. Esto me llen de egosta satisfaccin, y ms observando el
genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvi un
aperitivo, burlndose graciosamente de m.

--Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir
un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estmago.

Yo segua la broma.

--Estoy desesperado. Es ridculo tener tan abierto el apetito, lo
comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise
ocultarlo me sali mal el clculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy
linda y espiritual, a la cual pretend hacer un poco la corte. No hall
medio mejor de inspirarle algn inters que mostrar falta absoluta de
apetito, acompaada, como es consiguiente, de languidez y de potica
melancola. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi
alimentacin consista en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y
mucho caf. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me haca
servir copitas de jerez con bizcochos. Claro est que me quedaba con un
hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba
entusiasmada; me profesaba ya una estimacin profunda y sincera y
despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servan alimentos
ms nutritivos. Pero ay! lleg un momento en que, bajando al comedor de
improviso, me sorprendi engullendo una lonja de tocino fro... Y todo
concluy entre nosotros. No volvi a dirigirme la palabra.

--Ha hecho bien--manifest D. Cristina riendo--. Es ms vergonzosa la
hipocresa que el apetito.

Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborreca tanto la
hipocresa me propona usar de toda franqueza.

--Eso es! Completamente franco!...--y me sirvi una racin inmensa de
tortilla.

Seguimos charlando y riendo lo ms bajito que podamos; pero D.
Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de
alimento, superiores en verdad a mis jugos gstricos. Quera
rechazarlas, pero no lo permita.

--Sea usted franco, capitn! Me ha prometido usted ser completamente
franco.

--Seora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosera.

--Yo no lo llamo. Adelante! Adelante!

Mas de pronto, echndose un poco hacia atrs en la silla y adoptando un
tono solemne, manifest:

--Capitn, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la
vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a m
tambin. Quiero pagarle de una vez su vida y la ma.

Abr los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras
significaban. Doa Cristina se levant de la silla, y dirigindose a la
puerta la abri de par en par. Y apareci la camarera con una fuente de
callos entre las manos.

--Callos!--exclam.

--Guisados por la seora Ramona--profiri D. Cristina gravemente.

La broma me puso de mejor humor an. Cun poco dur, sin embargo, aquel
estado de embriagadora alegra! Al llegar los postres me dijo con
naturalidad:

--Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos maana. Mi marido debe de
llegar pasado a buscarnos.

--S?--exclam con la expresin de un hombre a quien hacen hablar
mientras le aplican una ducha.

--Aunque el viaje es un poco incmodo para venir y marcharse en seguida,
dice que como mam todava no se habr repuesto por completo del susto
no quiere que viajemos solas.

Al decir esto sac la carta del bolsillo y se puso a repasarla.

--Me encarga tambin que le d un milln de gracias y celebra tener
ocasin de drselas en persona.

Yo vea la carta del revs, pero as y todo pude leer al final un
adis, alma ma que aument mi tristeza.

Manifest, no obstante, mi satisfaccin de conocer en breve plazo al Sr.
Mart, pero necesit algn esfuerzo para ello. Como la melancola se iba
apoderando de m y D. Cristina tardara poco en advertirlo, no hall
medio mejor de combatirla que beber ms _cognac_ de lo justo detrs del
caf. Esto me produjo una excitacin que semejaba alegra sin serlo.
Habl por los codos y deb de expresar muchas cosas ridculas y algunas
inconvenientes, aunque no me acuerdo. D. Cristina sonrea con
benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella
para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:

--Ahora ya es usted demasiado franco, capitn. Le relevo a usted de su
palabra.

--Soy esclavo de ella, seora, aunque me costase la vida--repuse
riendo--. Pero no beber ms. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto
como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo--prosegu mirndola
con osada a los ojos--, cosas que embriagan ms que el _cognac_ y todas
las bebidas espirituosas...

Doa Cristina baj la vista y su tersa frente se arrug. Pero volviendo
al instante a sonreir dijo alegremente:

--Pues no se embriague usted de ningn modo. Aborrezco a los borrachos.

No quise seguir el consejo; y si es cierto que beb poco ms, en cambio
me hart de mirar a la interesante seora. Continu charlando como un
sacamuelas, y en medio de la charla intent deslizar ms de un
requiebro; pero D. Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes
de madurar.

Me haba levantado de la silla y ella tambin. Estbamos al lado del
balcn contemplando el trajn y movimiento del muelle. Yo, con su
permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba
mucho ms qu el trajn del muelle, advert que se le caa un
peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.

--Si yo fuera este peinecillo me hallara muy bien en mi sitio. No
tratara de escaparme.

Y osadamente, sin darme cuenta de lo que haca, llev mi mano a su
cabeza y le clav de nuevo la peineta.

Se puso roja como una cereza, baj los ojos, estuvo algunos instantes
suspensa; y al fin, encarndose conmigo altivamente, profiri con voz
alterada:

--Caballero, no s qu motivos pude haberle dado a usted para que se
tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da
derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...

Se me disip como por ensalmo la media borrachera que tena. Qued
aturdido y avergonzado como jams lo estuve en mi vida ni pienso estarlo
ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella
no lleg a oirlas. Volvi la espalda con desprecio y entr en su alcoba.

Al cabo de un instante cruz por mi mente una idea que no dejaba de
tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en
aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atencin a la luz
de una crtica razonada y seria, la puse inmediatamente en prctica
tomando el sombrero y alejndome sin levantar polvo.

Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra
porcin de parajes de la villa, la vergenza no se me quit en todo el
da. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo
indecible. Los amigos sonrean y mascullaban las palabras _Martel tres
estrellas_, _Jamaica_, _Ans del Mono_ y otras, que sonaban a marcas de
licores; pero yo saba a qu atenerme y esto aumentaba mi malestar.
Todava al da siguiente, despus de lavarme y frotarme enrgicamente
con jabn, me pareci advertir algunas migajitas adheridas a la piel.

Por supuesto, hice cuanto me fu posible por no acordarme ya de D.
Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo consegu durante
aquel da. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un 
de mi litera, me tir de los pis, me agarr de los pelos, me di de
bofetadas y ms tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se
inclin suavemente y roz con sus labios mis mejillas.

Al despertar me asalt una idea luminosa. Debiendo llegar Mart aquel
da, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estacin:
primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por m y esto
originase alguna turbacin a su esposa; tercero, porque a D. Amparo le
sorprendera que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar
traslucir el desabrimiento que entre nosotros se haba suscitado;
quinto... No s lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que
exista y que era algo parecido al deseo rabioso que yo senta de volver
a ver a D. Cristina.

El tren correo llegaba por la tarde. Tena, pues, tiempo sobrado para
medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero despus
de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer
infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazn, el
arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho,
a la estacin.

Al poner el pie en el andn atisb a mis seoras hablando con un
empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomticas
con que al cielo le plugo favorecerme, cruc por delante de ellas a paso
lento y profundamente absorto en la contemplacin de unos montones de
remolacha.

--Ribot...! Ribot!

Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego
al Norte, despus al Noroeste, y as sucesivamente a todos los puntos
de la rosa nutica, hasta que, despus de muchos ensayos infructuosos,
logro dar con el sitio de donde parta la voz.

--Oh, seoras!

Me acerqu rebosando de sorpresa y estrech la mano de D. Amparo. Fu a
hacer lo mismo con Cristina y... no haba dicho antes que esta dama
tena la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me
pareci que haba nacido en el Senegal.

Le pregunt por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me
respondi, volviendo su mirada a otro lado:

--Cmo ha sido eso, Ribot? En todo el da de ayer no ha parecido por
casa, y hoy tampoco.

Me excus con mis ocupaciones. D. Amparo no quiso aceptar la disculpa y
me reprendi cariosamente. Aquella seora se mostraba conmigo cada vez
ms afectuosa y amable. Mientras hablbamos, D. Cristina no despeg los
labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atreva a mirarla de frente;
pero la observaba con el rabillo del ojo y adverta que su rostro, en
vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todava ms.
Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.

Doa Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la
conversacin. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba
pesando atrozmente el haber venido, y senta impulsos de marcharme con
cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Mart. Mas antes de que
pudiera resolverme son la trompeta del guarda-agujas anunciado que el
tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesa.

Penetr el tren en la estacin, y entre el buen nmero de cabezas que
venan asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D. Cristina
descubrieron la de su marido.

--Emilio!--grit con alegra.

--Cristina!--respondi l lo mismo.

Y sin aguardar a que el tren parase por completo, salt al suelo y la
abraz y la bes con efusin. Pero ella, ruborizada como una colegiala,
sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zaf bruscamente de sus brazos.

--Siempre la misma!--exclam l riendo a carcajadas, mientras tenda la
mano a su suegra.

Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tom la cabeza como un
nio y le bes repetidas veces, preguntndole con afanoso inters por el
viaje, y l a ella por su salud.

Mientras hablaban, yo me mantena respetuosamente alejado del grupo. Mas
he aqu que a los pocos instantes D. Cristina vuelve los ojos hacia m
y me dirige una sonrisa afectuosa, hacindome al mismo tiempo sea con
la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me caus tal
gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresin. Me apresur a
obedecer.

--El salvador de mam!--dijo con un poco de nfasis, presentndome a su
marido.

Este me estrech las manos cariosamente, repitindome infinitas
gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta aos, alto, delgado, de
rostro plido y ojos negros, con barba negra tambin, sedosa y
abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero dbil y
enfermizo, al menos en la apariencia.

--Gracias a su arrojo--prosigui la dama--no lloramos hoy una desgracia.

--Seora!--exclam--. El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo hara
cualquier marinero que por all cruzase.

Pero ella, sin atenderme, relat el lance con todos sus pormenores,
realzando exageradamente mi conducta.

Este panegrico en su boca, despus de lo que haba ocurrido, me caus
ms vergenza que alegra. Sent remordimientos, y lo que en un
principio me pareci solamente leve imprudencia se me represent ahora
como una falta de delicadeza.

Regresamos a la villa y los dej a la puerta del hotel sin querer
subir, a pesar de las instancias de Mart. En aquellos primeros momentos
la presencia de un extrao tena que ser molesta. Pero convine con l en
que tomaramos caf juntos por la noche en el _Suizo_. Abrigaba la
esperanza de que traera a su seora, pues a sta le gustaba dar un
paseo despus de la comida.

No se verific tal esperanza. Mart se present solo, manifestando que
su mujer se senta fatigada y con jaqueca. Pens que era un pretexto y
me caus tristeza. Quiz disipado el primer instante de alegra efusiva,
habra vuelto la desconfianza y el rencor a su corazn.

Antes de una hora Mart y yo ramos excelentes amigos. Me pareci hombre
simptico, de genio abierto, carioso, alegre y un poco cndido. Los
cien negocios que tena entre manos no le dejaban vagar para fijarse
mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversacin de uno a otro
asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energa. Yo le
dejaba hablar observndole con una curiosidad intensa. Lo que ms
impreso me qued de l en aquella primera conversacin fu cierto modo
de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrs a modo de
peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que
juzgaba importante. Este ademn, que en otro quiz pareciera ridculo,
resultaba en l gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar
claramente los sentimientos que Mart me inspiraba entonces. Eran una
mezcla indefinible de simpata y repulsin, de curiosidad y recelo que
slo podr explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situacin
anloga a la ma.

El _Urano_ deba zarpar al da siguiente en la marea de la tarde. Por la
maana me present en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Mart
y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no
se present. Estaba encerrada en su alcoba arreglndose, a lo que pude
entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al
contrario, se despidi tan apresuradamente que pareca temerlo.

--Adis, Ribot--grit desde adentro--. Dispnseme que no salga: es
imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le
repito un milln de gracias. No olvidaremos jams lo que usted ha hecho.
Buen viaje.

Mart quiso que almorzara con ellos; pero tena mucho que hacer y
rehus. Adems, lo confieso, me senta tan melanclico que deseaba verme
en la calle. Tanto l como doa Amparo me hicieron mil amables
ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se
detena all siempre ocho o diez das, hiciese una escapatoria a
Valencia. Lo mismo l que su esposa tendran gran placer en hospedarme
en su casa. Vime necesitado a prometrselo, pero con el designio formado
de no cumplir la promesa. Haba siempre dificultad en dejar el barco;
pero sobre todo la frialdad hostil que adverta en doa Cristina no me
alentaba a ello.

Por la tarde se present a bordo para apretarme otra vez la mano antes
de marchar. Me inst de nuevo calurosamente para que no dejase de
hacerle una visita. Volv a prometrselo con la reserva mental ya
indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar
prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.

[imagen: una barra decorativa]




IV


Slo cuando me hall sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme
cuenta de la impresin que en mi espritu haba causado la esposa de
Mart. Cuntas horas haba pasado de aquel modo en la soledad del
ocano entregado a mis pensamientos! Pocas veces haban sido tristes. Mi
vida, despus de la profunda pena que la muerte de la novia de que he
hablado me hizo experimentar, se haba deslizado generalmente tranquila,
si no feliz.

Nac en Alicante, hijo de padre marino. Mostr en la segunda enseanza
aficin al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado  mdico;
todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz
prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de
mi temperamento un poco soador y fantstico prefer justamente esta
carrera. Cedi mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado
en el fondo por el aprecio que haca de su profesin: me hice piloto en
corto tiempo: navegu en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo
fallecido la nica hermana que tena y quedando mi madre demasiado sola,
me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de
seorito ocioso.  nadie sorprendi eso. Como se deca que mi padre
haba reunido un razonable caudal, me exima de buen grado de la dura
ley del trabajo.

Pocos aos despus me enamor. Concertse mi matrimonio, y se hubiera
llevado a efecto si Matilde, que as se llamaba mi futura, no hubiera
enfermado. Se esper a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y
hermosa nia se muri. Fu tan violento el dolor que experiment que se
temi por mi salud y hasta por mi razn. Mis padres no hallaron medio
ms adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acept con
indiferencia. De nuevo navegu como segundo en un vapor de la misma
compaa en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses ste
qued paraltico del reuma y mientras se curaba los armadores me
confiaron interinamente el mando del _Urano_. Desgraciadamente mi padre
no pudo ejercerlo de nuevo: arrastr algn tiempo una existencia penosa
y al cabo falleci. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesin y
viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me haba acostumbrado de tal
modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, maana
en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A
bordo, pues, de mi vapor, al cual haba tomado gran cario, cumpl los
treinta y seis aos. Muri mi madre y poco despus se efectu el lance
que acabo de relatar.

Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entend que D. Cristina se
haba apoderado demasiado de l. Su imagen flotaba ante m como un
sueo. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos
negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala
contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdn,
la ternura reprimida que haba mostrado a su marido, todo tenda a
idealizarla. Pero ms que nada, lo confieso, contribua a ello mi propio
temperamento y la soledad en que el marino pasa lo ms del tiempo.
Despus de la muerte de Matilde, no haba vuelto a ocuparse mi corazn
con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos das, bureos en
los diferentes puntos de escala. As haba llegado a ver las primeras
canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romntico, aunque dormido
en el fondo del corazn, no haba muerto. Las aventuras truhanescas, las
zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacan revivir.
Nunca me senta ms pensativo y melanclico que despus de una de estas
noches de orga. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla
con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro
del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y
filsofos, me tornaba la paz y la alegra. La lectura fu siempre el
recurso supremo de mi vida, el blsamo ms eficaz para mitigar sus
inquietudes.

La aventura de D. Cristina me trasportaba en plena idealidad, me haca
respirar el ambiente en que me hallaba ms sano y feliz. As que detena
complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera
acarrearme ningn disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en
cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la
retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasa,
la haca vivir colocndola en situaciones diversas, la haca hablar y
reir y enojarse y llorar, dotndola de mil cualidades amables. Y
abrazado a este fantasma pasaba algunos das dichoso. Hasta que llegaba
a un puerto y se disipaba o era sustitudo por otro.

Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doa
Cristina no haba cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres
hermosas. La impresin que de ella me qued era mucho ms honda; haba
agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representrmela a mi
gusto, la vea como se me ofreciera en la realidad. Y volva a sentir la
vergenza y la tristeza que me haba hecho experimentar. Por otra parte,
su estado de casada privaba a mis sueos de la amable inocencia que
otras veces tenan, los tea de un matiz sombro poco gustoso para la
conciencia.

Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente.
Procur distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana
y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y an ms, a mis prosaicas
ocupaciones, no tard en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de
vuelta de Hamburgo, cuando dobl el cabo de San Antonio y se extendi
ante mi vista aquella campia de suavidad incomparable que Valencia
recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de
esmeralda, la imagen de doa Cristina se me ofreci de nuevo ms ideal,
ms seductora que antes; se apoder de mi imaginacin para no dejarla ya
ms.

No s cmo fu, pero al da siguiente de llegar a Barcelona, arreglados
apresuradamente los negocios ms precisos, confi el barco al segundo y
me met en el tren de Valencia. Llegu al oscurecer, me aloj en un buen
hotel, com, me vest de limpio y acical con ms pulcritud que lo haba
hecho en mi vida y sal a la calle en busca de la casa de Mart.

Slo entonces me di cuenta de la tontera que haba hecho. Saba bien
que Mart me recibira con los brazos abiertos, y aun agradecera mi
visita; pero qu pensara de ella su esposa? No recelara que era
interesada y se pondra en guardia? La idea de que pudiera sospechar que
quera hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijn me
abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama
y partir al da siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en
Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de
nuevo. Un instante, tan slo un instante, para grabar su imagen ms
profundamente en mi espritu y despus partir y soar con ella toda la
vida.

Caminando a paso lento llegu a la plaza de la Reina, sitio el ms
cntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente
tibio, los balcones abiertos; delante de los cafs, los parroquianos
sentados al aire libre. Y pensar que dejaba all en Hamburgo a los
pobres alemanes tiritando an de fro! Sentme debajo del toldo del
_caf del Siglo_, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa
de Mart terminasen de cenar. Cuando calcul que ya era tiempo entr por
la calle del Mar, que cerca de all desemboca. Segula entre turbado y
alegre, y me detuve delante del nmero que Mart me haba indicado. Era
una de las casas ms suntuosas de la calle, elegante, de moderna
construccin, con elevado piso principal y un tico de buen gusto
encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido
por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por
l se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.--Ser
ella quien lo toca?--me pregunt con emocin--. Goc algunos instantes
de aquella msica y me acerqu al fin a la puerta. El portero llam a un
criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un
asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tard en presentarse
Mart. Qu grito de sorpresa! Qu abrazo cordial me di! Luego,
llevndome por un corredor y hablndome en falsete para no privar de la
sorpresa a su esposa, me empuj hacia la puerta de un gabinete donde
haba gente.

--Cristina, ah tienes una mala persona.

Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvi la cabeza: su
mirada se encontr con la ma. Apartla instantneamente y se volvi de
nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy
triste o espantable. Pero, dominndose, casi al mismo tiempo, se levant
y, avanzando hacia m con sonrisa forzada, me tendi la mano dicindome:

--Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....

Yo tena el corazn apretado y no pude menos de responderle con cierto
despecho:

--No la agradezca usted. Ha sido casual. Tena un asunto que evacuar en
Valencia y por eso me hallo aqu.

Mart me abraz de nuevo riendo.

--Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. As se debe hablar.
Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engaan y slo sirven
para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted
aqu y que su visita nos causa un vivo placer.

Luego, volvindose a los circunstantes, aadi, no sin cierto nfasis:

--Seores, les presento al capitn del _Urano_. No tengo ms que decir!

Se acerc a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel
rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos
al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca penda una pipa enorme
atiborrada de tabaco. Vesta con elegancia, aunque poca curiosidad.

--Mi hermano poltico Sabas.

Lleg despus otro sujeto de la edad de Mart, poco ms o menos, ms
alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar
firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vesta igualmente a
la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del
otro.

--Mi ntimo amigo y socio D. Enrique Castell.

stos eran los nicos hombres que all haba. En seguida me llev
delante de D. Amparo, que haca _crochet_ sentada en un silloncito de
raso encarnado; despus me present a la seora de su cuado, una
mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada
en un divn tena sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado
estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete aos, cuyo rostro de
correccin admirable, suave y nacarado ofreca la misma expresin de
tmida inocencia que las vrgenes de Murillo. Era hija de una seora de
cabello blanco, nariz aguilea, fisonoma severa e imponente que estaba
sentada al lado de una mesilla dorada, con un peridico en las manos.
Mart me la present como su ta Clara, prima hermana de su madre
poltica.

Toda esta sociedad me acogi con extremada benevolencia, y muy
particularmente doa Amparo, que con los ojos rasados de lgrimas me
estrech ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que
el exceso de la emocin la oblig a soltarlas para llevarse el pauelo a
los ojos. En los primeros momentos la conversacin vers sobre el
percance de aquella seora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me
avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que haban
originado el suceso. El cuado de Mart, con voz cavernosa y velada, tal
vez por el abuso del tabaco, censur agriamente la conducta de las
autoridades de Gijn, que no tenan alumbrado de un modo conveniente el
muelle. Respond yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la
misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo pblico,
sino a la carga y descarga de las mercancas. Insisti l manifestando
que de hecho en todas las ciudades martimas los muelles constituyen un
sitio de esparcimiento. Repliqu yo que en ese caso los paseantes deban
de atenerse a las consecuencias. Mart vino a cortar la disputa
preguntndome en qu hotel haba dejado mi maleta para enviar por ella.
En vano quise oponerme. Observ que mi negativa le molestaba, y al cabo
consent en ello tanto ms cuanto que toda la familia se uni a l para
rogrmelo.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distrada, hablando
al mismo tiempo con su cuada. Vesta una elegante bata suelta de color
rojo, al travs de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta.
Siempre que poda la miraba con intensa atencin. Y como lo advirtiese,
se mostraba inquieta, nerviosa y pona empeo en que su mirada no
tropezase con la ma.

Mart sali a dar las rdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y
socio, que haba guardado silencio, reclinado con negligencia en la
butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis
viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que
los buques de nuestros armadores se dedicaban. La pltica adquiri todo
el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o ms que
yo de tales asuntos; haba viajado mucho, conoca dos o tres lenguas a
la perfeccin y de sus viajes no slo haba sacado tiles conocimientos
para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias
etnogrficas, histricas y artsticas que yo estaba lejos de poseer.
Era un hombre realmente instrudo, pero no pude menos de notar que le
placa demasiado exhibir su ilustracin, que redondeaba con esmero los
perodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesa, no
ocultaba el poco aprecio que haca de las opiniones de los dems. En
suma, aquel buen seor no me fu simptico, aunque reconociese las
estimables cualidades de que estaba adornado. Tena una voz clara,
pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le
permita lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.

Entr Mart de nuevo, y su ta Clara, sin abandonar el peridico, le
interpel:

--Vamos a ver, Emilio, cmo han quedado los aceites? No es cierto que
han subido esta semana veinte cntimos?

--S, ta, tengo entendido que han subido y que subirn ms an.

--No poda menos!--exclam en tono triunfal--. Se lo he anunciado a
Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen
gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve ms
all de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que
muy pronto daramos quiebra.

La voz de aquella seora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se
ergua con tanta altivez al hablar, su nariz aguilea se hinchaba y sus
ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se crea
uno transportado a los tiempos heroicos de la repblica romana.
Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser ms severa y majestuosa.

Mart tosi evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a
su ta y no ofender tampoco a su to.

--Y qu me dices de la baja del cacao?--prosigui con el acento heroico
que si hubiese preguntado a un cnsul por una legin sorprendida y
deshecha por los galos.

Mart se content con alzar los hombros.

--An tena valor para negarme que estaba herido de muerte--aadi con
creciente altivez--. Slo a un hombre de criterio estrecho,
completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo
ocultar. As que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de _guayaquil_
me dije: Alto! Este grano est de baja.

--Sin embargo, el to Diego suele saber dnde le aprieta el zapato--se
atrevi a manifestar Mart.

--Ya lo creo! Detrs de un mostrador despachando queso y bacalao por
cuarterones no tendra precio. Pero como negociante es un desdichado, y
slo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos
podido llegar donde nos hallamos.

En aquel momento apareci en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez
plida, ojos pequeos y calvo, el cual salud con acento marcadamente
gallego.

--Buenas noches nos d Dios.

--Hola, to Diego!... Adis, Retamoso!...

Doa Clara, cogida infraganti, convirti de nuevo los ojos al peridico,
sin perder por eso un tomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto
no haba odo nada, fu dando la mano a los circunstantes, bes a su
hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:

--No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace dao a los ojos.

Doa Clara no le hizo caso. Retamoso, volvindose a los circunstantes,
profiri con profunda conviccin:

--No puede estar ociosa jams... Isabelita, hija ma, ruega a tu mam
que no lea. Ya sabes que le hace mucho dao... Cuando no lee, echa
cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacn a tomar notas; cuando
no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en ingls
con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No s
cmo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...

A D. Clara debi parecerle sospechoso el panegrico porque, en vez de
agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.

--No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra
forma que las mujeres de tu pas. Si all siguen hilando todava al lado
del fuego, en el resto del mundo desempean un papel algo ms lcido.
Aqu est un marino--aadi sealndome--que ha viajado mucho y puede
certificarlo.

Yo me inclin murmurando algunas frases de cortesa.

--Pues as y todo no me prohibirs que admire tu talento--sigui
Retamoso en tono exageradamente adulador.--No lo sabe todo el mundo en
Valencia? Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?...
Cuntas mujeres hay que se han educado como t y no son capaces, sin
embargo, de hacer en un mes lo que t haces en un da!

--Diga usted, Ribot--manifest D. Clara dirigindose a m, como si no
oyese a su marido, el cual prosigui murmurando frases lisonjeras,
abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la
admiracin de que estaba posedo,--en tanto puerto como usted ha
visitado no ha encontrado mujeres con tanta o ms aptitud que los
hombres para los negocios?

--Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas,
guindolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios
idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le
confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones
industriales o inclinada a la poltica y los negocios se me figura una
princesa que por gusto vendiese fsforos y peridicos por las calles.

--Cmo es eso?--exclam D. Clara irguiendo su cabeza romana.--De modo
que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal
domstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? La mujer debe,
por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar,
sin instruirse?

--Que se instruya si quiere--repliqu yo;--pero, en mi sentir, la mujer
no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...

--Eso! eso!--interrumpi Retamoso con entusiasmo.--Esa ha sido siempre
mi opinin... Isabelita--aadi dirigindose a su hija,--no te he dicho
mil veces que tu mam lo sabe todo antes de haberlo aprendido?

Por los labios de Mart vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levant
del taburete donde se hallaba sentada y sali de la habitacin.

--No entiendo lo que usted quiere decir--manifest D. Clara con cierta
acritud.

--Las mujeres saben hacernos felices, hacindose felices a s mismas
Qu otra sabidura puede igualar a sta en la tierra? Los trabajos de
los hombres, las llamadas conquistas de la civilizacin tienden a
realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin
esfuerzo, hacer ms soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo,
como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y
benvolos, guarda en su corazn el secreto de los destinos de la
humanidad, y trasmitindolos por herencia y educacin a sus hijos
contribuye de un modo ms seguro que nosotros al progreso.

--Eso es ms galante que exacto--interrumpi Castell con su firmeza
impertinente--. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha
contribudo siquiera a l. Estudie usted la historia de las ciencias,
las artes y las industrias, y no hallar un solo descubrimiento til que
se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente
que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los
altos intereses de la civilizacin. La mujer no es la depositaria del
progreso; es nicamente depositaria de la forma y, como a tal, slo
deben exigrsele dos cosas: la salud y la belleza.

--Tendra usted razn--repliqu--si la nica fase del progreso fuese la
de los descubrimientos tiles. Pero hay otra a mi entender ms
importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el
verdadero fin del mundo.

Castell sonri y sin mirarme dijo en voz baja:

--Con ste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al
mundo.--Y elevando la voz aadi:--He tratado a muchos hombres en la
vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo
su fin especial. Para los clrigos es el triunfo de la Iglesia; para los
demcratas, la libertad poltica; para los msicos, la msica, y para
los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta
con existir, rindose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le
va pisando.

Hizo una pausa y se reclin ms cmodamente en la butaca. Me sent
picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeoso con
que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energa, pero Castell anud
su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de
razonamientos encadenados con lgica y expresados en forma elegante y
precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudicin, su ingenio
penetrante, y sobre todo, la claridad y gallarda de su palabra. Jams
vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del
Diccionario acudan a la lengua para expresar fcil y armnicamente su
pensamiento.

Sus teoras me parecieron extraas y tristes. El mundo llevaba su fin en
su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales
en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el gnero humano
se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sera un
deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen
las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las ms
altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo
que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su
naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelacin
divina, no es ms que una invencin destinada a satisfacer tal o cual
instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar
victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero
deshilvanada, como hecha ms para entretenerme que para instruirme. Por
otra parte, no habiendo cultivado jams la expresin, porque mi
profesin no lo exiga, tropezaba con grandes dificultades para emitir
los pensamientos.

Mart vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusin.

--A que no saben ustedes cul es el destino de la mujer para mi cuado
Sabas?

Todos le miramos, incluso el interesado.

--Pegar botones.

--No s por qu dices eso--murmur aqul de mal humor echando mano a la
pipa.

--Que por qu lo digo? No hay en la Pennsula un hombre a quien le
caigan ms botones que a ti. Todava no se ha dado el caso de haber ido
a tu casa y no hallar a Matilde cosindote alguno.

Sabas mascull algunas palabras ininteligibles.

--Que lo diga ella--aadi Mart.

--S; se le caen bastantes--dijo la regordeta dama riendo.

Pero su marido le dirigi una mirada severa y se puso colorada.

--Se le caen como a todo el mundo--interrumpi D. Amparo desde su
silloncito de raso encarnado--. Los botones no son eternos, y creo que
mi hijo no ha de ir hecho un Adn por no dar a los dems la molestia de
que le cosan los botones.

Dijo estas palabras con emocin, como si acabasen de acusar a su hijo de
un delito.

--Aunque se le cayesen ms que a todo el mundo la cosa tiene poca
importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con
nosotros--repuso Mart.

--Me pongo triste porque parece que todos tenis empeo en echar sobre
mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El da que se
muera su madre no tendr quien le defienda...

Profiri estas palabras con ms emocin an. Quise advertir con asombro
que haca pucheros para llorar.

--Pero mam!--exclam su yerno.

--Pero mam!--exclam su nuera.

Ambos se mostraban pesarosos y consternados.

--Tal vez sea pasin de madre, hijos mos--sigui D. Amparo pugnando por
no llorar--; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el
mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente
cuando cualquiera me los seala y mucho ms cuando es una persona de la
familia... Me vienen a la imaginacin unas ideas tan tristes! Se me
figura que no os queris... Creedme que morira ahora mismo contenta si
supiese que os queris unos a otros tanto como yo os quiero...

El exceso de la emocin la impidi proseguir. Dej caer la labor sobre
el regazo, apoy la frente en una mano y quiso sufrir un medio
desvanecimiento. Su hija poltica se apresur a llevarle el frasco de
las sales y se lo di a oler. Mart tambin acudi con solicitud
filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshacindose en
excusas. Gracias a sus palabras cariosas, a mi entender, ms que al
frasco de las sales, la sensible madre recobr todos sus sentidos. En
cuanto los tuvo completos bes tiernamente en la frente a su nuera y
apret la mano de Mart, pidindoles perdn por haberles disgustado.

Aunque conociese ya un poco el carcter y las manas de D. Amparo, no
dej de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas
concedieron atencin al incidente y continuaron hablando entre s como
si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazn, fumaba
tranquilamente su pipa.

As que hubo serenado a su suegra, Mart me invit a salir con l del
gabinete para mostrarme la habitacin que me haban destinado. Era
lujosa y elegante, excesivamente lujosa para m, que toda la vida la
haba pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta
vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi
cama bajo la inspeccin de la seora. Al entrar, sin ser odos, sta
aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sbanas. Nuestros
pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido
_infraganti_ de un delito, se turb, dej la tarea y dijo a la doncella
con acento malhumorado:

--Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.

Iba a salir, pero su marido la detuvo tomndole una mano.

--Has dado orden para que traigan caf fro y _cognac_?

--S, s, Regina queda encargada de todo--respondi con alguna
impaciencia, tirando de la mano y marchndose.

Yo sabore aquella vergenza con mal disimulado regocijo. Salimos de
nuevo al corredor y dije a Mart por hablar y tambin por curiosidad:

--Parece que D. Amparo se ha disgustado un poco.

--Ha visto usted!--exclam riendo del modo franco y cordial que le
caracterizaba--. Cualquier cosa la altera. Es ms buena la pobre!... Yo
la quiero como si fuese mi madre. Todo su afn es que nos amemos. Es tan
sensible que la ms mnima seal de indiferencia, el menor descuido la
hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos
todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figrese usted que yo he
tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un da
se me olvida por casualidad, la pobre seora no duerme pensando si
estar enojado con ella, si me habr ofendido sin saberlo, y por la
maana me echa unas miradas tmidas, angustiosas, que yo no entiendo;
hasta que mi mujer me explica el enigma, me ro y voy a desagraviarla.

Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y
despidindose. Castell me tendi su mano linda, ensortijada, con el
desembarazo fro de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido,
etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D. Clara,
majestuosa y severa, me di las buenas noches sin mentar a Jpiter ni a
Plux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendi.
Retamoso aprovech un momento de confusin para decirme medio en
gallego:

--Puede que usted tenga razn, seor de Ribot, y que las mujeres no
sirvan para los negocios. Pero la ma es una excepcin, sabe?... Oh!
Una maravilla! Ya tendr usted ocasin de convencerse, Una verdadera
maravilla! Phs!...

Y arqueaba las cejas y pona los ojos en blanco, como si tuviera delante
de s el Himalaya o las pirmides de Egipto.

Cristina los despeda en lo alto de la escalera con la gravedad amable
que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tena ojos ms que
para ella. D. Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su
nuera, a doa Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le di un
beso a Castell, creo que fu ms por vergenza que por falta de ganas.

Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco ms la
velada supliqu a Cristina que tocase al piano algn trozo de pera.
Mstrose complaciente y, sin responderme, se sent en el taburete,
tecle ligeramente un momento y comenz a cantar a media voz la serenata
del _Don Juan_ de Mozart. Como no le conoca esta habilidad, mi sorpresa
fu grande, pero mayor an mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a
la par, de contralto. La msica de los grandes maestros tiene el
privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra
alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un
acento escapado del cielo. Goc algunos minutos una dicha imposible de
explicar. Mi ser se transformaba, se engrandeca, temblaba de amor y de
alegra. Cuando las ltimas notas del gracioso acompaamiento se
extinguieron, qued sumido en xtasis delicioso, sin darme cuenta de
dnde me hallaba.

Mart me sac de l bruscamente.

--Vaya, vaya, a descansar. El capitn se est durmiendo.

Nos levantamos todos. D. Amparo se retir a su habitacin, no sin que
Mart le besase antes la mano, hacindome al mismo tiempo un guio
malicioso.

--Si usted necesita algo--me dijo Cristina--no tiene ms que sonar el
timbre.

Y sin darme la mano me dese una buena noche. Mart me acompa hasta el
cuarto y se despidi bromeando afectuosamente.

--Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitn,
mandar traer un pedazo y lo quemaremos.

Cuando me hall slo, todas las impresiones de la noche se desprendieron
de mi corazn como pjaros prisioneros y comenzaron a revolotear en
torno confusamente. Por qu estaba all? Qu pretenda? En qu iba a
parar aquello? La acogida cariosa de esta noble familia me conmova; la
franqueza cordial de Mart me llenaba de confusin y vergenza; pero la
figura gentil de Cristina se alzaba delante de m adorable,
deslumbradora, borrando todo lo dems. La idea de estar tan prximo a
ella cuando ya me haba resignado a no verla ms me inundaba de
felicidad.--En qu parara aquello?--volva a repetirme.--Al fin me
dorm besando el embozo de la sbana, que sus manos haban tocado.

[imagen: una barra decorativa]




V


Acostumbrado a madrugar, me levant primero que nadie en la casa y sal
a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces haba estado en ella y
siempre me impresion gratamente la animacin sin ruido enfadoso de sus
calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. Cun distintas, no
obstante, haban sido aquellas impresiones de la sensacin que ahora
experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir
por las calles; abranse los balcones y algunos rostros blancos,
nacarados, ornados de magnficos ojos rabes, se asomaban por detrs de
las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado
de los aromas de sus claveles y aleles, de sus malvarrosas y jacintos;
el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa.
Valencia despertaba y sonrea a su huerta de flores, a su mar y a su
cielo incomparables. Aquella situacin privilegiada me hizo pensar en la
Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos,
inteligentes de sus habitantes, me apeteca repetirles las famosas
palabras de Eurpides a sus compatriotas: Oh hijos amados de los
dioses bienhechores! Vosotros recogis en vuestra patria sagrada y jams
conquistada la gloriosa sabidura como fruto de vuestro suelo, y
marchis perpetuamente con dulce satisfaccin en el ter radioso de
vuestro cielo.

Dudo, sin embargo, que ningn griego o valenciano haya estado jams tan
contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la
vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar
a casa experiment el disgusto de no ver a Cristina. Mart y yo nos
desayunamos solos en el comedor y supe de l que su esposa ya lo haba
hecho y se hallaba en su cuarto. Qu hombre tan alegre y carioso aquel
Mart! Lo mismo que si fusemos amigos de toda la vida comenz a
hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran
innumerables: tranvas, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de
calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se
necesitaba, no slo enorme capital, sino una actividad sobrehumana.
Mart pareca poseerla. A la sazn, adems del trfico de los vapores,
que casi marchaba por s mismo y le robaba poco tiempo, tena en
explotacin unas minas de calamina en Vizcaya, en construccin algunas
carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en
Murcia. En esto ltimo haba consumido ya un caudal sin obtener grandes
resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,--me
dijo riendo--pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de
un modo rpido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante,
porque pona toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresin confusa y vehemente con la de su amigo y socio
Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de l, y Mart se
deshizo en elogios de su persona. No haba, al parecer, en el mundo
hombre ms instrudo, ni ingenioso, ni recto. Todo lo saba; las
ciencias no tenan secretos para l; el planeta no guardaba rincn que
l no hubiera explorado. Era peritsimo adems en materia de artes
plsticas y posea una coleccin de cuadros antiguos, adquiridos en sus
viajes, famosa en Espaa y en el extranjero.

--Pero... Castell es un terico, sabe usted?--concluy por decirme
guiando un ojo--. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos
tan amigos desde la infancia. A l le ha dado siempre por estudiar el
fondo y la razn de las cosas, por la filosofa, por la esttica. Yo no
entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente prctico... Y
si usted no lo achacase a jactancia, me atrevera a decir que en Espaa
hacen ms falta los hombres tiles que los filsofos. No le parece que
hay pltora de telogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la
altura de los dems pases de Europa es necesario pensar en abrir vas
de comunicacin, construir puertos, montar industrias, explotar minas.
En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de
nuestro pas, y si no hago ms--aadi riendo--, crea usted que no es
por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

--Y Castell es socio de usted en esas empresas?--le pregunt.

--No; no estamos asociados ms que en la lnea de vapores... Es un
hombre a quien marean los nmeros. Es rico y quiere disfrutar
tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando
hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza
en m.

--Parece que esa inclinacin a los negocios es de familia. Su ta Clara
tambin participa del mismo temperamento--le dije para satisfacer la
curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

--Mi ta Clara es una mujer notabilsima... un gran talento... Pero
creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien
los ha hecho ricos, es su marido... Oh, el to Diego se pierde de
vista! No hay comerciante ms hbil ni con ms trastienda en toda la
costa de Levante. Lo que a l se le pierda crea usted que no me bajara
a cogerlo.

--Pues, segn me ha dado a entender l mismo, parece que es su seora
quien le ilumina en los casos difciles, quien realmente lleva el timn
de los negocios.

--S, s--respondi Mart sonriendo, un poco cortado--. No dudo que mi
ta Clara le d algn buen consejo; pero no los necesita... En Valencia
le tienen por socarrn... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce
usted a los gallegos...

Tosi para disimular su embarazo y procur cambiar de conversacin. Ya
haba podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Slo
se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo haca con tal fuego,
que pareca gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad
que lo haca cada vez ms estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dej ir a las
suyas y sal de nuevo a la calle. No tard en tropezar con Sabas en una
de las ms concurridas. Me pareci ms tostado an y ms negro que por
la noche. Me salud con gravedad y cortesa y, despus de dar algunas
vueltas juntos, me inst a acompaarle a su casa, pues necesitaba
mudarse de ropa. Me sorprendi esta necesidad, pues no le vea mojado ni
sucio. Ms adelante pude averiguar que tena por costumbre cambiar de
traje tres o cuatro veces cada da, siguiendo la pragmtica de la
elegancia cortesana.

Mientras caminbamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su
cuado, me enter de que posea una coleccin de bastones y otra de
pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades ms
dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradec mucho,
se brind a mostrrmerlas. Habitaba una casa pequea y agradable. Sali
a abrirnos su seora, a quien dijo, lacnicamente:

--Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedi a abrir los armarios
donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y
los exhiba con un placer y un orgullo que me llen an ms de asombro
que su nmero y variedad.

--Vea usted este _palasan_; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido
cuarenta y tres; pero fu necesario quitarle uno, porque era demasiado
largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotndolo.
Huela usted... Este es de carey... Esta es una caa blanca legtima. Me
la trajo el capitn de uno de los vapores de mi cuado...

Se entreabri la puerta del gabinete y apareci una cabecita rubia.

--Pap, mam no nos deja venir a darte un beso.

--Hace bien; ahora estamos ocupados--respondi con solemnidad el padre,
despidiendo al nio con un gesto.

Pero yo haba acudido a la puerta y bes con placer aquella cabecita
rubia. Era un nio precioso de seis o siete aos. Detrs de l vena
otro ms pequeo, rubio tambin, y cerrando la marcha una nia como de
tres a cuatro aos, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados.
No haba visto nunca criaturas ms hermosas. A todos los acarici con
efusin, y muy especialmente a la nia, cuyos ojos aterciopelados eran
una maravilla. Pero ellos se mostraban tmidos y, sin atender a mis
preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de ste expresaba
severidad y disgusto. Pareca ofendido de que yo hallase ms notable la
coleccin de sus nios que la de los bastones. Los bes por compromiso,
y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo speramente:

--Por qu les has dejado entrar estando ocupado?

--Se escaparon mientras fu a sacarte una camisa--respondi ella
humildemente.

Y empujando a los chicos los ech fuera de la habitacin. Despus se
sent esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluy al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil
ponderaciones de su coleccin, lo que agradeci profundamente. Pidime
despus licencia para vestirse delante de m. Su esposa comenz a
maniobrar como el ms consumado y tambin el ms abatido ayuda de
cmara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arroj al suelo para
abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y
acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones
y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de
su existencia. De vez en cuando diriga alguna breve represin a su
humillada esposa:

--No aprietes tanto... Menos barniz y ms cepillo a las botas... Di a
la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero
esta corbata, treme una de plastrn.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botn en el chaleco qued mudo
de estupor.

Clav en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

--No s cmo se me pas--balbuci ella--. Lo ech de menos al limpiar la
ropa... Lo dej apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la
cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvid.

--Nada, nada, no he dicho nada. Qu importa un botn ms o
menos?--profiri l con sonrisa sarcstica.

--Ya comprenders que una distraccin la tiene cualquiera.

--Si no he dicho nada, mujer! Quin te hace cargo alguno? Un botn...
Un botn... Qu significa un botn comparado con un ratito de charla
agradable con la planchadora?

--Pero, hombre, por Dios; no seas as!--profiri ella con angustia.

--Te he dicho algo?--grit l entonces con furia.

Matilde call y se puso a pegar el botn.

--Cmo he de ser, di?--sigui l con igual furor.

La esposa no levant la cabeza.

Sabas, entonces, dej escapar varios resoplidos, entreverados de
palabras incoherentes y acompaados de un aspero crujir de dientes que
la sonrisa sarcstica que contraa sus labios haca an ms lgubre y
temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consigui pronto serenar su espritu. Encerr
los vientos, aplac las olas y me dijo, amablemente:

--Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a
Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ngel.

Call un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma,
y, al fin, respond que tendra placer en dar testimonio de su
habilidad.

Matilde concluy de pegar el botn. Al levantar la cabeza pude observar
en sus ojos algunas lgrimas.

Sabas di la seal de marcha; pero antes envi a su seora en busca de
los guantes, del bastn, del pauelo; se hizo impregnar de esencia con
un perfumador y dar la ltima cepilladura a las botas y algunos toques
de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa,
arreglndole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y
regordetas. Se le haba pasado el disgusto. Pareca alegrsima y miraba
y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando l, para
despedirse, le tom la barba entre los dedos con ademn indiferente y
protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresin de triunfo que
pareca transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres nios, que quisieron
lanzarse a su padre para besarle; pero ste les detuvo con gesto
amenazador:

--No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tena miedo alguno a ser manchado, los bes con placer,
queriendo indemnizarles de aquel disgusto. Vano empeo! Se dejaban
acariciar por m indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y
despegadsimo pap.

Matilde nos despidi desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco
ojos ms que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no
se le vea bien a causa de la levita, baj precipitadamente a
levantrselo, y aprovech la ocasin para darle algunos otros toquecitos
con los dedos al bigote.

Eran las once de la maana. Las calles rebosaban de gente. El sol
brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirbase un ambiente
perfumado, acusando que nos hallbamos en la ciudad de las flores. A
cada paso tropezbamos con domsticas, llevando entre las manos grandes
ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los
amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y
sencillo que el envo de ellas equivale a un saludo. Al contemplar
aquella profusin de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que
alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme:
Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede
hacerse todos los das!

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer;
pero Sabas se crey en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y
entramos en un caf de la plaza de la Reina.

Mientras paladebamos una copa de _vermouth_, Sabas se mostr locuaz y
expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablme de su familia y
amigos. Observ pronto que posea un temperamento analtico de primer
orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las
personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cariosa, de intencin recta y
noble...; pero tena un carcter demasiado adusto, se complaca en
llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesa, careca de
flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en
fin, aunque bondadosa en el fondo, no se haca amar. Bien hubiera
querido protestar contra tal absurda afirmacin. Precisamente su
carcter tmido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco
salvaje, eran las cualidades que ms me haban enamorado. Me abstuve, no
obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cuado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en
los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las
personas. Todo el mundo le engaaba y le explotaba. Luego, de un
temperamento tan verstil que apenas emprenda cualquier negocio con
gran fuego ya estaba cansado de l y pensando en otro. Esta
circunstancia le haba hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se
haba metido no podan contarse: algunas de ellas seran muy
beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las
primeras dificultades, se abata y las abandonaba. Slo haba mostrado
constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos.
Cunto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto
negocio! El nico que realmente le haba salido bien era el de los
vapores, y se no lo haba emprendido l, lo haba heredado de su
padre.

Su amigo Castell posea muchos conocimientos, se expresaba
admirablemente y era inmensamente rico... pero no tena pizca de
corazn. Jams haba profesado cario a nadie. Emilio se equivocaba de
medio a medio pensando que le pagaba la adoracin apasionada, fervorosa
que por l senta. "Pero no hay que tocarle este punto porque reira
usted con l, como yo he reido varias veces. En cuanto salga en la
conversacin el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los
ojos en blanco y caer en xtasis, como si apareciese una divinidad del
Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuado, se da tono con ella
y la aprovecha. Por lo dems, el da que necesite de l ya ver qu caso
le hace".

--Pues Mart me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios
cuando lo necesitaba--apunt yo.

--S, s--contest riendo sarcsticamente--, no dudo que le facilitar
dinero; pero todos sabemos en Valencia cmo pararn estas liberalidades.

No quise hacer ms preguntas. Eran interioridades de familia que no se
deban sonsacar. Sabas prosigui:

--Adems es un hombre vicioso, inmoral. Est enredado hace aos con una
mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstculo para
que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se
le han conocido ya tres, una de ellas griega, hermosa mujer! Las tiene
una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve.
Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un
escndalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez
millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los cannigos
y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

--Tambin me han dicho que son ricos sus tos los seores de Retamoso.

--Oh, no! Esa es una fortuna mucho ms modesta que se cuenta por miles
de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, sabe
usted? peseta a peseta detrs de un mostrador primero y luego de un
escritorio.

--Su ta Clara, al parecer, es una seora de mucho entendimiento para
los negocios.

Sabas solt una carcajada.

--Mi ta Clara es una imbcil! No ha servido en toda su vida ms que
para hablar en ingls con las institutrices y pasear su nariz borbnica
por la Glorieta y la Alameda. Pero mi to Diego es el gallego ms fino
que ha nacido en este siglo. Se re de su mujer y es capaz de reirse de
su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene,
como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que
para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se
ha conocido ni pienso se conocer en mucho tiempo hombre ms avispado.

Prosigui de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su
familia con crtica implacable, pero sensata, graciosa tambin a veces.
Pas despus a hablar de su ciudad natal, y hall igualmente finas y
atinadas sus observaciones acerca del carcter de los valencianos, de
sus costumbres, de la poltica y la administracin que regan en la
provincia. Confieso que me haba equivocado. Lo tom a primera vista por
un currutaco, un joven evaporado y frvolo. Resultaba ser hombre de buen
entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el
anlisis y bastante severo.

Salimos del caf, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las
calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino
tambin, el aspecto de la gran ciudad mediterrnea ejerca sobre m una
seduccin particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas,
donde se encuentran comercios de gran lujo, el nmero crecido de
vetustas casas de piedra de artstica fachada pertenecientes a las
nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus
_Torres de Serranos_, entre cuyas almenas se cree an percibir la
silueta del caballero; sus puentes de sillera; la Lonja, cuyo saln, de
excepcional grandeza y hermosura, cobij a los negociantes ms opulentos
de Espaa; el bullicioso mercado al aire libre prximo a ella, todo
manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta
capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.

Ped a mi compaero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en
penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando
paso por el medio, se vea una muchedumbre de mujeres de rostro plido y
ojos negros exhibiendo su mercanca: claveles, azucenas, rosas, lirios,
malvarrosas y jazmines. La animacin era grande en aquel pequeo
recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos,
plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el
gnero, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los
caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas
para su construccin. Hasta las humildes criadas y menestralas se
acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puado de
flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una nfima moneda de
cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus
rudas tareas. Con qu entusiasmo las iban contemplando aquellas
_filletas_! Con qu placer aspiraban su fragancia!

Al pasar por delante de los puestos observ que la mayor parte de las
vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigan sonrisas
amables y le preguntaban si no tena algn encargo que hacerles.

--Es usted popular en el mercado--le dije, riendo.

--Soy un buen parroquiano nada ms--me respondi con modestia.

Y ponindome despus la mano sobre el hombro, me empuj hacia una de las
puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos
situamos.

--Este es punto estratgico--me dijo--; ver usted cuntos talles
salados desfilan en cinco minutos por aqu.

En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, despus de hacer
sus compras o encargos, salan por sta; cruzaban a nuestro lado,
rozndonos con su vestido. Para todas tena un requiebro, una palabrilla
amable mi compaero. Bastantes de ellas le conocan y le saludaban;
algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso
tiroteo a sus frases galantes. Me sorprenda la desenvoltura con que
aquel hombre, siendo casado y sabindolo todo el mundo, requebraba a
las mujeres, y an ms, que stas aceptasen sus galanteras sin reserva.

Muchos rostros hermosos he visto en los diversos pases donde mi vida
errante me ha llevado; pero nunca en tal profusin, tan finos, tan
delicados, de una trasparencia de palo, de una pureza tan exquisita
como ahora. Luego, qu ojos! El alma volaba tras de su negrura y
misterio ansiando anegarse en un sueo feliz. Ojos dulces, voluptuosos,
impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.

Por entre las cabezas de la muchedumbre lleg hasta m el relmpago de
una mirada. Era ella, s, era ella! Aunque quedase oculta entre la
gente, yo saba que era ella y que se acercaba. Mi corazn comenz a
latir con violencia. A los pocos instantes apareci. Vesta traje de
seda negro con mantilla: en una mano traa el libro de misa y el rosario
anudado a la mueca en forma de brazalete; en la otra, un puado de
claveles. Vena con su prima Isabelita y acompaadas ambas de Castell.
No puedo explicar la impresin que me caus este hombre en aquel
momento. El corazn se me apret como a la vista de un peligro y la vaga
antipata que por la noche me haba inspirado se transform sbito en
odio. La violencia con que naci en m este sentimiento me sorprendi;
pero no quise confesarme la causa. Trat de refrenarlo y me esforc
cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.

Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos
felicitaron por el buen sitio que habamos elegido.

--Qu no sabr este pcaro tratndose de galanteo!--manifest la hija
de Retamoso dndole un golpecito en el hombro con su libro.

Y luego que hubo soltado la frase se ruboriz como una amapola.

--Vaya, prima--respondi Sabas--, ya sabes que por lo menos a t no te
he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te ests poniendo tan linda
de algn tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.

Isabelita se ruboriz an ms, cosa que pareca imposible. Sabas
insisti en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto,
Cristina se haca la distrada mirando a un lado y a otro: yo adivinaba
que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fij en ella y le dijo:

--Hermanita, a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el
ojal?

--Por qu no?--repuso ella.

Y entregando el libro a su prima, escogi el ms hermoso y grande y se
lo coloc donde peda.

Por impulso irreflexivo y con una osada que haba perdido ya con
aquella mujer dije entonces:

--Y para los dems no hay nada?

--Quiere usted?--me pregunt alargndome uno sin mirarme.

--No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal--repuse con
firmeza.

Qued un instante suspensa; hizo despus algunos movimientos que
revelaban su indecisin; por ltimo, tom al azar otro clavel y
precipitadamente me lo puso tambin. Cre advertir (ignoro si fu
ilusin) que sus manos temblaban al hacerlo. Oh Dios, con qu placer
las hubiera besado!

--Y yo no entro en turno?--dijo entonces Castell inclinndose con
amable sonrisa.

--Ea, basta ya de clavelitos!--replic ella con mal humor saliendo por
la puerta.

--He llegado tarde--murmur el banquero algo confuso.

--Quiere usted uno mo?--le pregunt tmidamente Isabelita.

--Oh, con placer infinito!

Y se inclin rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la nia le
prenda el clavel en la levita. No obstante, comprend que estaba
despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparej con ella, marchando
detrs Sabas, Castell y yo. Pero no habamos andado muchos pasos cuando
aqul detuvo a una linda menestrala y se qued dicindole chicoleos.
Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tena trazas
de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

--Este cuado de Martn--dije a mi compaero--me parece un muchacho de
entendimiento despejado.

--Es un crtico--respondi Castell lacnicamente.

--Cmo un crtico?--pregunt yo sorprendido.

--S; est dotado admirablemente para ver el lado dbil y el fuerte de
las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los
laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven
siempre de dentro afuera; jams se le ocurri aplicarlas a su propio
ser. As que derrochando anlisis, censuras, consejos muy justos y
atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco
o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio
en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus
hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuado.

--Buen panegrico!--exclam riendo.

--El mismo que usted oir a todas las personas razonables de la
poblacin. Esto no obsta para que sea un hombre simptico, popular y
generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiramos
llamar vicios pblicos, sino privados.

Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Mart muy
cerca de la hora de comer. Los seores haban convidado, en honor mo, a
los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell,
a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce
de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y an ms el
misterioso flido que me comunicaba su proximidad me tuvieron
embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y
galante con ella, apenas haca ni deca cosa ordenada: mojaba el mantel
al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las
aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no
puedo ocultarlo. Ella se mostraba corts y un poco ms expansiva, me
daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros.
Mas he aqu que cuando ms alegre estaba veo que Castell fija la mirada
en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fra e irnica que
le caracterizaba:

--Capitn, quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

--Mil pesetas!--exclam Mart levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turb de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido
cometiendo un crimen. No supe ms que sonreir estpidamente y exclam:

--Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina haba erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

--Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una seora.

--Ah, se lo has regalado t!--Y volvindose a Castell:--Pero, Enrique,
quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado
a m, aunque soy su marido, no te lo dara por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clav en su esposa una intensa mirada de cario. La
inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debi de
llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmur con acento
concentrado:

--Por eso _t_ eres _t_!

Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

--De sobra s--manifest Castell con la misma indiferencia--que hay
cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero.
Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas trmino de
comparacin y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y
hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

--Pues yo no lo encuentro tan remoto--dijo Sabas--. Me parece que el
dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten.
Aqu tiene usted otro clavel mejor que se: me lo ha regalado una
seora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparent enfadarse.

--Eres un grosero, un gan!... Matilde, hazme el favor de arrancarle
el clavel a ese puerco, que desde aqu no puedo.

Sabas se lo tap con las manos.

--Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos
pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

--Aqu estn--dijo Castell sacndolas del bolsillo y ponindolas sobre
la mesa.

--Ah va--repuso Sabas quitndose el clavel y entregndoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observ que a
Cristina le hizo mal efecto. Insult a su hermano con verdadera rabia y
jur que en su vida le dara otra flor.

Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraa turbacin que
las palabras de Castell me haban causado. Conclumos de comer
alegremente; pero Cristina no volvi a mostrarse risuea ni expansiva
como antes.

Dos horas despus tom el tren para Barcelona, donde mi presencia se
haca indispensable. Fueron a despedirme a la estacin Mart y Sabas.
Aqul me hizo prometer una visita ms larga.

--Despus del viaje pendiente--le respond--tengo pensado solicitar de
la Compaa permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro;
mes y medio prximamente. Entonces vendr desde Alicante a pasar ocho o
quince das con ustedes.

--Veremos si es usted hombre de palabra--replic apretndome la mano
cariosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.

[imagen: una barra decorativa]




VI


Ignoro qu relacin tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la
experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aqulla alguna
virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme
a mis sentimientos ms vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy
hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones
gigantescas y en poco tiempo me derriba. As sucedi que, proponindome
en Valencia no hacer ms caso de invitaciones halageas ni volver a
ponerme en mi vida delante de doa Cristina, y continuando en esta
plausible determinacin todo el tiempo que permanec en Barcelona, tan
pronto como me hall a flote se desvaneci como el humo, me pareci un
verdadero absurdo.

Ello fu que desde Hamburgo escrib a la casa armadora solicitando
permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para
arreglar asuntos de familia. Mientras dur el que estaba efectuando no
pude pensar ms que en la esposa de Mart. Ni aun en sueos la dejaba mi
mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis odos, como
si tuviese en mi cerebro un fongrafo encargado de repetirlas, y estaban
clavados en mi corazn todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante
de Valencia, de regreso, la alegra de pensar que pronto iba a gozar de
la vista de mi dolo se mezclaba a un sentimiento de vergenza y
remordimiento. Tema su recibimiento desdeoso... y tema tambin el
afectuoso y cordial de su marido.

Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia
alborotada. Despus de pasar seis das en Alicante me traslad a
Valencia con un amigo que la suerte me depar para excusarme de ir a
casa de Mart. No fu directamente a ver a ste, sino que quise dejarlo
para ms tarde, y sal a dar un paseo por las calles. Pero al caminar
por una de las ms principales vi a tres seoras cerca del escaparate de
una tienda de modas, y en seguida advert que una de ellas era Cristina
y las otras dos doa Amparo y doa Clara. Me acerqu a ellas por detrs
saludndolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como
si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente
algunos pasos. Mi estupor fu grande y la sorpresa de aquellas seoras
tampoco fu pequea. Comprendiendo inmediatamente lo extrao de su
conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada
amabilidad. Explic el grito y la huda manifestando que haca algunos
minutos les haba pedido limosna un pobre de mala catadura y que en
aquel momento, sin saber cmo, se le haba figurado que el mendigo las
segua y vena a atacarlas. Doa Amparo y doa Clara se dieron por
satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que
se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle
algn antiespasmdico. Cristina se neg a ello. Yo saba mejor a que
atenerme y, porque lo saba, me entristec.

Mart me acogi con viva alegra; quiso luego enojarse porque no iba a
hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve
firme, y no me pes. Sabas tambin se manifest complacido vindome. Yo
no pude menos de saludarle con sentimiento de compasin viendo en su
rostro las huellas cada vez ms ostensibles de sus constantes trabajos
al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fu la
adquisicin de una boquilla toda de mbar con sus iniciales grabadas, de
la cual estaba tan orgulloso que pareca dar por bien empleados los
afanes y desvelos que le haba costado. La impresin que mi llegada
produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesa ceremoniosa,
glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la
actitud ligeramente desdeosa que con todo el mundo adoptaba me pareci
que conmigo se acentuaba un poco ms. Tal vez fuese aprensin; pero un
secreto instinto me deca que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba
en igual moneda.

Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no
suelen estar bellas en tal situacin ms que para sus maridos, yo la
hallaba cada vez ms bella y ms interesante: prueba inequvoca de la
profundidad del afecto que haba logrado inspirarme. Su recelo y su
inquietud respecto a m iban en aumento, y este recelo era causa de que
en ocasiones faltase a la cortesa. Desde luego se notaba que pona
empeo en no mirarme; pero la misma afectacin con que lo ejecutaba
poda demostrar que alguna agitacin reinaba en su alma y que yo no le
era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusin entonces.

Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Mart y mi secreto deseo
me empujaban a permanecer casi todo el da all, a comer y a pasear con
ellos. Me era imposible disimular el amor que senta. A riesgo de ser
notado (no por Mart, que era la inocencia personificada, sino por los
otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba
ocasin le haca ver lo que pasaba en mi alma. Si le caa cualquier
objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una
mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba
de cualquier molestia, le propona en seguida todos los remedios
imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concerna un inters
vivo y ansioso que me sala del corazn. Reciba ella estas atenciones
con semblante grave, a veces hurao; pero yo comprenda que no dejaba de
advertir ni la ms leve, y esto me bastaba.

A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco
a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se
apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos
desaires mudos me causaban dolorosa impresin. Pero estaban compensados
por otros goces, fantsticos quiz, pero que no dejaban de ser por eso
delicados. Cuando estbamos sentados a la mesa, aunque pona como he
dicho gran empeo en no mirarme cara a cara, no poda menos de
distraerse, y sus ojos venan alguna que otra vez a chocar con los mos.
Cuando esto suceda, crea notar que su rostro se coloreaba levemente.

El amor no sofocaba por completo mi instinto de observacin; quiero
decir que amaba a la esposa de Mart y la estudiaba al mismo tiempo.
Pronto vine a comprender que, adems de aquella mezcla rara y graciosa
de desenfado y timidez, de ruidosa alegra y gravedad ceuda, exista en
ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente
guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier
manifestacin de ternura le causaba vergenza. Prefera pasar por dura y
fra antes de consentir que leyeran en su alma. Al revs de su mam, que
slo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el
mundo, jams haca una caricia a las personas de su familia, y evitaba
cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo,
cuando se pona un poco acaramelado, reciba su correspondiente sofin,
que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la queran
entraablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza
graciosa, complacindose a veces en mortificarla un poco.

Por razn de este carcter, cualquier expresin de afecto en su boca
tena valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distrados o
fingir que no se adverta. Si se reparaba en ella y se le haca
entender, asunto perdido: volva repentinamente a su brusquedad,
cortando la gratitud con alguna frase irnica o desdeosa. Tena tambin
un poco desarrollado el espritu de contradiccin, esto es, sola llevar
la contraria a los dems, pero no por orgullo ni por mal humor, como
pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada
en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con
vehemencia. Y con esto caso extrao! jams hall una criatura cuya
fisonoma expresase mejor los movimientos y emociones del espritu,
hasta los ms leves matices del pensamiento. El que la dominase por el
momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que
aspiraba a guardarlo, sala por sus ojos, por los pliegues de su rostro,
por todos sus ademanes y movimientos.

Mart se mostraba cada da ms franco y carioso conmigo. Esto, como
puede adivinarse, slo a un villano poda alentar en su empresa.  m,
que no me tengo por tal, me embarazaba y entristeca. Fuimos
inseparables desde el primer momento. No slo comamos o tambamos caf
juntos, sino que muchas veces exiga que le acompaase a evacuar sus
negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que
diese mi opinin. Por ltimo, a los cinco o seis das de mi permanencia
en Valencia me propuso alegremente que nos tutesemos, y sin aguardar mi
respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovi.
Sent mezcla de orgullo y humillacin, de placer y pena: pensaba que la
confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me
alejaba cada vez ms de ella moralmente. Tuve ocasin de comprobarlo
pocas horas despus. Cuando fuimos a casa, aunque por vergenza hice lo
posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de
tratarnos, Mart lo hizo patente en seguida. Cristina alz la cabeza
sorprendida, nos mir a ambos un instante, baj de nuevo los ojos y cre
sorprender en ellos una sombra expresin de disgusto. Lo que pas por
su alma bien lo adivin.

Mart me invit al da siguiente a visitar su finca del Cabaal, donde
tena que dar algunas rdenes para el arreglo del jardn y la casa.
Solan instalarse all desde Mayo (mes que a la sazn corra); pero este
ao, a causa del prpero suceso que se aguardaba, tendra que dilatarse
el traslado. Le rogu que hiciramos el camino a pie y a campo traviesa,
a fin de contemplar las alqueras y jardines que hay entre la ciudad y
el mar. Accedi de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos
despacio hacia all.

Mi compaero no cerr la boca desde que salimos de casa. La explicacin
de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel
delicioso campo tapizado de flores donde las blancas _barracas_ parecen
palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo
puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y
algarrobos, se extiende un cultivo simtrico de flores y legumbres,
grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, aleles, mezclados con
otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus
caminitos bien trazados hermosos nios de tez morena que permanecan un
instante inmviles mirndonos con sus ojos negros y profundos. El padre,
encorvado sobre la tierra, tambin levantaba la cabeza a nuestro paso y
nos saludaba grave y silenciosamente llevndose la mano al tosco
sombrero de paja.

Mart no vea esto ni vea siquiera el camino que bamos pisando.

--Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no slo
espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituir una
renta para m y mis herederos, o sale mal, y entonces se perder en
apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendr a mi
disposicin un personal inteligente, diestro y hbil en esta clase de
trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalizacin de
un ro en la provincia de Almera, donde existen grandes terrenos
aprovechables y falta agua para los riegos y vas de comunicacin. Es un
proyecto que me da vueltas hace aos en la cabeza. Bien sabes t el
tiempo y el dinero que cuesta en Espaa crear un personal apto para
cualquier negocio de stos. No solamente faltan directores, capataces,
destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos
tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendr a
mis rdenes ese personal.

--Me parece bien la idea--respond distrado en la contemplacin de la
hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

--Ya lo creo que lo es!--exclam Mart con nfasis.--Pero estas ideas,
amigo Ribot--aadi alegremente pasndome el brazo por encima de los
hombros,--slo vienen despus de algunos aos de experiencia... y a
veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido
prctico y la vocacin de los negocios.

--S; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

--Tan cierto es eso, que ah tienes a mi cuado Sabas. Hice esfuerzos
sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algn sentido, y no
consegu ms que estrellarme. Cuantos asuntos le confi, a pesar de
llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos
fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle
absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no deba de ser muy cruel para el
cuado, y aun me vino a la imaginacin que acaso l lo hubiera provocado
como ciertos nios viciosos provocan los de su aya; pero guard para mi
estas otras observaciones.

--Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal;
cabeza privilegiada, erudicin inmensa, conocimiento profundo de las
ciencias y las artes, hasta de las mecnicas... Pero llega el momento de
la aplicacin, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo
es obstculos, vacilaciones, escrpulos. Se desanima antes de comenzar y
abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no
basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la
emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que
tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos bamos aproximando al Cabaal. Dibujabanse ya las
orillas del mar que extenda su gran mancha azul bajo un sol
esplendoroso. Caminbamos envueltos en su luz respirando un ambiente
perfumado. La alegra de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro
de Tiziano, las escenas idlicas que aqu y all tropezbamos,
penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al travs de
esta alegra, de este amable sosiego, Mart, con su hermosa cabellera
ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me pareca un hombre tan
positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la
izquierda. All a lo lejos se pareca una casita blanca entre rboles
que Mart me dijo ser su alquera. En el camino vi un cercado singular
cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simtricas e
iguales. Pareca en ruinas, y al travs de sus grandes brechas distingu
algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el
suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

--Qu es esto?--pregunt sorprendido.

Mart tosi antes de responder, sac un poco los puos de la camisa y
profiri con gesto entre desabrido y vergonzoso:

--Nada... una fbrica de piedra artificial.

--Pero, al parecer, no funciona.

--No.

--A quin pertenece?

--Es ma.

--Ah!

Me call porque comprend en su actitud que el asunto le mortificaba.
Seguimos algunos pasos ms sin que se dignase echar siquiera una mirada
a su fbrica abandonada; pero volvindose de pronto exclam:

--No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo
ese cercado est construdo con productos de la fbrica. Toma en peso
una piedra y reconcela.

La tom, en efecto, la examin y vi que en la apariencia al menos tena
todas las condiciones de resistencia necesarias. As me complac en
manifestrselo. Mart me explic la quiebra de la fbrica por la
caresta de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos
atrs haba dejado de ser industrial para convertirse en agrcola;
faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco haba llenado
cumplidamente su destino. La elevacin de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con
la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fbrica.
As que, para no desazonarle ms mostr el mayor desprecio posible por
toda aquella maquinaria enmohecida y segu adelante sin concederle una
pizca ms de atencin.

Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una
puerta enverjada y atravesamos un lindo jardn para llegar a la casa.
sta era de construccin modesta, pero bastante espaciosa y decorada en
su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estacin de verano,
sencillo y elegante. Pero lo que despert mi entusiasmo fu el extenso
parque que tena detrs, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a
la cual se sala por una puerta tambin de hierro. Antiguamente haba
sido una finca productiva. El padre de Mart primero y luego ste la
haban transformado en vasto jardn. Los caminos anchos y enarenados,
orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de
rboles frutales. Aqu un bosquecillo de laureles y en el centro de l
una mesa de piedra rodeada de sillas; all una gruta tapizada de jazmn
y madreselva; ms lejos un macizo de caas o de cipreses, y en el centro
una estatua de mrmol blanco. Y como fondo para esta decoracin, la
lnea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas
desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolva la
huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por
los blancos caminos de arena, hacan resplandecer la casa enjalbegada,
penetraban en los bosquecillos de ciprs y laurel, iluminaban la faz de
mrmol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los rboles
como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por
encima de la tapia los palos de los pequeos barcos de pesca con su
sencilla jarcia y se extenda el pueblo del Cabaal, mezcla rara y
pintoresca de chozas de pescadores y de aristocrticas mansiones donde
veranean los prceres de la ciudad. Ms lejos, el Grao y los mstiles
elevados de sus vapores.

Mart me fu mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni
orgullo. Los negocios pretritos y futuros le embargaban y no saba
salir de ellos. Slo al llegar a un rincn cerca de la playa pareci
distraerse algunos instantes para ensearme un pabelloncito de estilo
griego que encajaba admirablemente en aquella risuea decoracin. Por
dentro estaba adornado con muebles tallados trados de Italia, estatuas
y jarrones.

Tena una pequea terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta
grabado un nombre que me caus leve estremecimiento.

--La construccin de este pabelln fu cosa de mi mujer. Por eso hice
poner su nombre sobre la puerta.

Desde all, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre
hermosos caminos de rboles. Tropezamos antes de llegar con una
montaita artificial y sobre ella un castillete. En torno haba un
pequeo estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente
levadizo y ascendimos por un sendero estrechsimo entre setos de boj y
naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La
senda, a pesar de sus engaosas revueltas, poda medirse por varas y aun
por pulgadas. Sobre la puerta del castillete haba grabado otro nombre
que tambin me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.

--La idea de la montaita rusa y del castillo fu obra de mi amigo
Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le
conviene--aadi riendo.

 m el equvoco me hizo mucha menos gracia. Quiz tendra parte en ello
la antipata, cada vez ms pronunciada, que el sujeto me inspiraba.
Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde all se
descubra admirablemente, no solamente el parque, que ya no pareca tan
vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y
gran extensin de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el
azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bveda de cristal
el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre
las olas un ro de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus
interminables maizales, brillaban las pequeas barracas blancas
descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Ms all Valencia,
el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montaas, que en
aquella hora aparecan teidas de malva, de lila y violeta.

--Qu es aquel barracn?--pregunt herido desagradablemente por la
vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines
del parque.

--Nada... aquello ha sido un conato de fbrica de cerveza--respondi
secamente Mart.

Y de nuevo apareci surcada su frente por la arruga de marras.

--Pero, no has llegado a fabricarla?

--S, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua.
El maestro que hice venir de Inglaterra no me desenga a tiempo y me
oblig a gastar bastante intilmente.

Tosi sin gana, se estir los puos de la camisa, meti los dedos por su
cabellera y baj precipitadamente la escalerilla del castillo seguido
por m. Haba en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que
expresaban alegra que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan
infantil, que yo me senta cada vez ms atrado hacia l. Me pareca que
le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya prximo a trasponer las
lejanas montaas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la
huerta, sus campos de maz, sus jardines y frutales. Era la hora de
dejar el trabajo, y los huertanos, con el tpico pauelo liado a la
cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de
pmpanos de su parra. Los nios se suban sobre sus rodillas y bailaban
sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.

[imagen: una barra decorativa]




VII


Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en
el comedor y la mesa puesta. Isabelita coma con sus primos y Retamoso y
doa Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell
tambin coman all. Nos recibieron con alegra, y todos, exceptuando
por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresin
que me haba causado la alquera. Mostrme entusiasmado, no tanto por
cortesa como porque en realidad lo estaba. Describ con calor su
encantadora situacin, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la
elegancia del pabelln _Cristina_ (creo que en este punto insist
demasiado) y termin diciendo que no tendra inconveniente en vivir all
toda la vida.

--En el pabelln Cristina?--pregunt con sonrisa irnica Castell.

--Por qu no?--respond con tono resuelto echando una rpida mirada, a
la esposa de Mart. sta pareca hallarse distrada en aquel momento. Yo
adivin, sin embargo, que no perda una palabra de mi discurso.

--Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo
tambin vivira as de buen grado, pero a condicin de que me cuidase la
mano elegida por m.

Y al decir esto tambin mir con el rabillo del ojo hacia Cristina, que
tena el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

--Pues yo, como no soy tan sibarita...--repliqu riendo--, no pongo
condicin alguna.

Mart di algunas palmaditas cariosas en la espalda de su amigo.

--Como si no te conociramos todos, viejo calavera! Viviras a gusto
quince das y al cabo de ellos te sentiras harto de jaula, de alpiste y
de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protest de este juicio manifestando que la veleidad en el amor
no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante
necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las ntimas
aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras ms
prosaicas aunque ms positivas tambin, que se adapte exactamente a
nuestro individuo fsico y moral.

--Yo no he hallado como t--concluy diciendo atrevidamente--, entre
tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas
de las cuales son inconscientes quiz, pero no menos efectivas. Si
cuando _t o antes que t_ (recalc de un modo particular estas
palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera
galante se habra detenido hace ya tiempo y no tendras razn para
llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero
dirigi varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la
sospecha que conceb casi en el punto en que por primera vez tuve
ocasin de hablarle, es a saber, que aquel seor galanteaba a la esposa
de su ntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fu
deplorable. Sent odio hacia mi rival, le apellid en mi interior falso
amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la
conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho ms
apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Sigui la pltica, y Castell tuvo ocasin de decir a Cristina, sin que
nadie ms que ella lo entendiese, cuanto le pareci. Su palabra
flexible responda admirablemente a todos los movimientos, revueltas y
saltos que le placa imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en
su visible distraccin y en la nube de inquietud que oscureca su rostro
cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell deca y que no era de
su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la
fiera expresin de sus ojos, me pareci ms adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acerc a Castell, y, haciendo
ademn de hablarle al odo, pero en realidad bastante alto para que lo
oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:

--Seor de Castell, tiene usted razn como un santo. La cuestin es el
aciertu... el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para
elegir compaera, qu hubiera sido de este pobre hombre? Qu prenda!
eh? qu tesoro! Silenciu! Gurdeme el secreto: a estas horas no
tendra dos pesetas. Silenciu! Ps! ps!

Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiracin y contento
reprimido, se alej arrastrando los pies. Su cara mitad, que haba odo
perfectamente, le dirigi una mirada oblicua donde no resplandeca la
gratitud y, arrugando su nariz aguilea, nos di las buenas noches con
imponente severidad.

Nos hallbamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa.
Mart, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclam,
bromeando:

--Ya anduvieron aqu las patitas de mi rata. Verdad, Cristina?

sta sonri en seal de asentimiento.

--Me extraara que dejases de pellizcarme el pan algn da!

Entonces yo, a una vuelta que di Mart para hablar con Castell, me
acerqu disimuladamente a la mesa, tom un pedazo de pan por el sitio en
que Cristina lo haba pellizcado y lo com con inexplicable placer. No
se le escap a ella esto, y observ una ligera turbacin en su rostro.

--Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!--exclam con graciosa
mueca de enfado.

Obedec, humildemente, y me sent en el sitio de costumbre. La comida
fu alegre. Mart estaba locuaz y risueo. Como si no se hubiese hecho
cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Caabal,
las describi con el entusiasmo que yo le haba comunicado en nuestro
paseo. Termin proponiendo que fusemos all por las tardes a merendar,
ya que las circunstancias impedan trasladarse por completo. Es intil
decir el gozo con que escuch esta proposicin. Cristina tambin la
acogi con alegra y lo mismo el resto de los comensales. Sabas
manifest, con su gravedad habitual, que, quiz, no podra ir todos los
das.

--No; contigo ya sabemos que no debemos contar. Cmo has de dejar
abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del caf del
Siglo?--manifest su hermana riendo.

--No es eso, hija ma!--exclam picado el elegante--. Ya sabes que no
soy muy sensible a los recreos campestres.

--S, s; ya s que ests por los urbanos y que no respiras bien sino en
una atmsfera de humo de tabaco.

Doa Amparo acudi, como siempre, al socorro de su hijo.

--Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre
le han hecho dao al estmago.

--Qu le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!--exclam con
afectada amargura el crtico.

--Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a ltima hora en
el Crculo, con manzanilla y _champagne_.

Mart intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que
doa Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en
materia de goces tena sus preferencias y era insensato tratar de
imponer los nuestros a los dems. "Todo el mundo tiene derecho a ser
feliz a su manera", dijo Federico de Prusia; y si Sabas se senta ms
feliz bajo techado que a cielo descubierto, no haba motivo para
incomodarse.

--Lo que s le ruego--concluy diciendo--es que, ya que l no sea de la
partida, permita a Matilde y a los nios venir con nosotros.

Sabas accedi generosamente a este ruego y pareci todo conflicto
conjurado; pero Cristina, que todava deseaba hacerle rabiar un poco,
dijo sonriendo malignamente:

--Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones
que coser...

--Cristina! Cristina!--exclam Mart, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alz los hombros
con aparente desprecio, pero qued el resto de la noche amoscado.

Sin su compaa honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los nios,
hicimos al da siguiente y en los sucesivos nuestra excursin al
Cabaal. Nos trasportaban all poco despus de almorzar las galeritas de
Mart y de Castell y nos traan a la ciudad al ponerse el sol. Todo este
tiempo lo pasbamos charlando en la terraza del pabelln, mientras las
damas bordaban o cosan; o paseando por los senderos del parque, donde
tambin jugbamos como nios al volante y al aro. Algunas veces salamos
de la finca y recorramos el pueblecito y bajbamos a la playa,
entretenindonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras
nos dirigamos a la huerta y visitbamos algunas barracas,
principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Mart, a quien
perteneca la labranza de que viva. All descansbamos a menudo, y su
mujer nos regalaba con altramuces y _cacahuets_ o nos serva algn
refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor
decir, su preparacin. Para que nos interesase era menester que se
aderezase y comiese al aire libre. Trasportbamos la cocinilla de
alcohol y el resto de los brtulos a algn lejano y sombro paraje del
parque. Las damas se ponan un delantal, los caballeros nos quedbamos
en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o caf, otras
friendo el pescado que acabbamos de comprar en la playa, pasbamos una
hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunin me encomendaba la tarea de
guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos,
me vea rodeado de mis marmitones y _marmitonas_, a quien despticamente
comunicaba rdenes precisas, quin lo creera!, alguna vez llegaba a
olvidarme de que estaba enamorado.

Y, sin embargo, lo estaba cada vez ms, no hay que dudarlo. Ni cuando
deca a Cristina en tono imperioso: Trigame usted la sal, ni cuando
la reprenda speramente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba
por la imaginacin que pudiera existir bajo el sol criatura ms
perfecta. En el campo desapareca la gravedad ceuda que a menudo
observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso,
inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluan
continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal
que las sazonaba.

Yo no poda apartar los ojos de ella. La oa y la contemplaba como un
idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar
agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabelln, nos
mostr un dedal que se haba comprado. Todos lo examinaron, y yo despus
que todos tambin lo hice, retenindolo con disimulo. Pas un largo
rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a
merendar, al cruzar por delante de m me dijo sin mirarme:

--Ponga usted el dedal en aquel cestito.

No vala con ella ser astuto y solapado: todo lo vea, todo lo adverta.

Otra tarde en que su cuada Matilde tocaba el piano y ella estaba en
pie volvindole las hojas del libro, me acerqu silenciosamente por
detrs. Y fingiendo hallarme arrobado por la msica y atentsimo a las
corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el
finsimo vello en que su cabellera negra vena a morir y perderse como
una meloda que se extingue _pianissimo_. Pues bien, como si tuviera la
facultad de ver detrs de s, llev la mano al cuello del vestido y lo
alz con ademn de impaciencia. Era una advertencia y una reprensin.

Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceo con que
sola mirarme, yo me senta feliz a su lado. Y era porque en estos
desaires y en la severidad de su rostro no trasluca desprecio alguno a
mi persona ni deseo de mortificarme. Proceda todo de un noble aunque
exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cario que
profesaba a su marido, del cual a cada momento tena pruebas bien
claras. Ni aun en esto se desmenta la exquisita delicadeza de sus
sentimientos. En vez de mostrarse con l rendida y mimosa, como en su
caso hubieran hecho tantas otras, hua en mi presencia de hacerle
caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que l se las hiciese. A
veces se quejaba l, riendo, de tanta severidad, pero ella permaneca
inflexible.

De su espritu de justicia y de la estimacin que le inspiraba me di
ms de un testimonio, aunque siempre tcitos. Haba ido una maana a su
casa. No estaban en el comedor ms que ella y su madre. Se le ocurri
llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticip al criado:
fu al aparador, tom una copa y una bandeja y me dispona a escanciar
el agua y servirla cuando me interrumpi secamente:

--No; deje usted; ya no tengo sed: fu slo un capricho.

Qued acortado y an ms triste que acortado. Abrevi la visita y me
retir. Por la tarde me qued en la fonda y no fu al Cabaal como de
costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar,
lo hice con semblante grave y procur no mirarla. Pero bien observ que
ella me miraba y aun quise advertir que lo haca con expresin humilde.
A los pocos momentos se acerc a m y me dirigi la palabra con
inusitada amabilidad y procur desagraviarme. Yo me mantuve rgido.
Entonces ella, con sonrisa graciosa que jams podr olvidar, dijo en voz
alta:

--Ribot, hgame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y
echarme un poco de agua.

Se la serv riendo. Ella tambin ri un poco antes de beberla y mi
rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.

Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al
Cabaal. Alguna rara vez mandaba solamente su _galerita_ o su
_familiar_. Ya no poda dudar de que festejaba a Cristina y tambin de
que haba advertido el amor que yo senta por ella. Pero dada su
inconmensurable altura, deba parecerle yo un rival poco temible, porque
no pude notar en l ningn cambio. Segua tratndome con la misma
refinada cortesa, no exenta de proteccin y tambin por qu no
decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasin la
extenda Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no
habra error en afirmar que trascenda de nuestro planeta para
difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba
ms que a s mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos
invitaba a emitir nuestra opinin, nos haca hablar con la complacencia
que se tiene en oir a los nios y sonrea dulcemente escuchando un rato
nuestra charla insustancial y nuestros pequeos disparates. Era un
verdadero examen de segunda enseanza. Cuando se dignaba escudriar mis
escasos conocimientos, no poda menos de imaginar que yo era un
microscpico insecto que por casualidad haba cado en su mano y a
quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.

Todos le escuchaban con gran deferencia. Mart se manifestaba siempre
orgulloso de poseer tal amigo y crea de buena fe que ni en Espaa ni en
los pases extranjeros exista un hombre (en terreno terico, por
supuesto, porque en el prctico ya se sabe, all estaba Mart) que
pudiera comparrsele; pero an con ms recogimiento que l le escuchaba
Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atencin ms
completa, una actitud ms sumisa y devota que la de esta nia de perfil
angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado,
se entornaba hacia l y permaneca inmvil como en xtasis; sus ojos
inocentes no pestaeaban.

La que menos placer senta escuchando las disertaciones del opulento
negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo,
no tard en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le
interesaba. Se distraa a menudo, y en cuanto encontraba pretexto
plausible para levantarse de la silla lo haca. Necesitar decir que
esta falta de veneracin hacia un representante de la ciencia nada la
hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.

Adems notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su
esposo y que nunca los contrariaba cuando ste los expona con su
franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia
cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo.
As que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer
pomposamente el elogio de Mart, de su vista clara, de su decisin y
actividad, el semblante de Cristina se descompona; perdan sus mejillas
el poco color rosado que tenan, arrugbase su frente y los hermosos
ojos adquiran extraa fijeza. Generalmente no poda resistir hasta el
fin. Levantbase y sala de la habitacin de un modo brusco. El bueno de
Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no poda advertirlo.

Qu alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La
casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que an ms le elev a mis
ojos. Con la confianza que desde el primer da me haba otorgado penetr
en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra
sollozaba (por variar) en un silln, mientras l, de espaldas a la
entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvi
rpidamente y empuj la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco
ms grave y pensativo que de ordinario; pero la expresin bondadosa de
su rostro no haba desaparecido. Me salud haciendo un esfuerzo para
aparecer jovial, y, volvindose luego a su suegra y ponindole una mano
sobre el hombro, le dijo cariosamente:

--Vamos, mam; no hay que apurarse. Todo quedar arreglado esta tarde.
Vyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.

--Gracias! Gracias!--murmuraba la sensible seora sin dejar de llorar y
moquear.

Al cabo recobr, en parte al menos, la energa vital y sali de la
estancia, no sin darme a m un fuerte y convulsivo apretn de manos y
tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. ste sacudi la
cabeza y dijo sonriendo:

--Pobre mujer!

Yo le dirig una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con
palabras la pregunta. Mart se encogi de hombros y murmur:

--Ps! Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre seora y
le proporciona muchos disgustos.

Como advert que no deseaba entrar en ms explicaciones, me guard de
pedrselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante despus entr
Cristina en el despacho, no de buen talante, y le pregunt:

--Mam te ha pedido dinero, verdad?

--No, hija ma--respondi Mart ruborizndose un poco.

--No me lo niegues, Emilio. Lo s todo desde esta maana.

--Bien; y aunque as fuese, qu? La cosa no es para que esa frentecita
se arrugue tanto--replic l tocndola cariosamente con el dedo.

Cristina permaneci silenciosa y pensativa unos instantes.

--Ya sabes--dijo al cabo con firmeza--que yo jams me he opuesto a tus
esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, an
ms deba agradarme tratndose de un hermano. Pero me he preguntado
muchas veces: Esta generosidad de Emilio traer en realidad buenas
consecuencias? No alentar a mi hermano a continuar la misma vida
perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podra mimrsele sin
tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vera l la manera
de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene
hijos, y temo que stos paguen las consecuencias de tu generosidad y de
las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre...
Adems--aadi bajando ms la voz y temblando un poco--, hoy no tenemos
grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...

--Ya lo creo que podemos!--exclam Mart soltando la carcajada--. Me
parece que la primera no tardar muchos das en llegar.

Las mejillas de Cristina se enrojecieron sbitamente. Emilio, cambiando
de tono, se acerc a ella y, pasndole el brazo cariosamente por encima
de los hombros, le dijo:

--Tienes razn en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien
veces ms sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedrmelo me
hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas...
Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes
la impresin que esto me produce.

Cristina levant hacia l sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud;
temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su
emocin, sali precipitadamente de la estancia.

--Probrecilla!--exclam Mart, riendo otra vez--. Tiene mucha razn.
Sabas es un majadero.

--Ha jugado, verdad?--pregunt yo animado por la confianza que me
otorgaban.

--Mejor sera decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. Es as
el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.

--Bajo su palabra... y bajo tu garanta--apunt yo.

--Es posible..., pero qu se va a hacer! No es suya toda la culpa.
Tiene una madre demasiado blanda.

--Y un cuado demasiado bueno--pens.

Mart me pas el brazo por detrs de la espalda, y en esta forma nos
encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doa Amparo.
All estaban ambas; aqulla, seria, cejijunta; sta, completamente
repuesta de sus emociones. No tard en llegar Matilde, que almorzaba con
ellos. La observ triste y como avergonzada. Poco despus entraron dos
seoras, visita de confianza, y la conversacin se anim, aclarndose la
atmsfera pesada que reinaba en el gabinete.

Cristina sali un momento para alguno de sus quehaceres domsticos, y
not que dejaba olvidado el pauelo sobre la silla. Entonces, con el
disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fu acercando a ella,
me sent como por distraccin, me apoder, sin que nadie lo advirtiese,
de aquel precioso objeto y lo sepult en mi bolsillo. Inmediatamente me
levant y volv al lugar que ocupaba antes. Cristina apareci en seguida
y advert que diriga la vista a todos sitios en busca del pauelo;
luego me clav una mirada, y creo firmemente que adivin en mi actitud
que yo lo guardaba. Entonces, no atrevindose a preguntar por l en voz
alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar
porque me lo ceda, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la
estancia.

--Dnde estar mi pauelo?

Nadie ms que yo poda advertirlo, porque todos estaban distrados con
la conversacin. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo
su labor en silencio.

Iban a almorzar. Me march a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su
invitacin. Tena vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa
conquista: porque la consider tal en mi loca presuncin despus de lo
que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurndome bien de
que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la
llave, saqu el pauelo del bolsillo y me entregu a una serie de
locuras que an hoy recordndolas me hacen ruborizar. Aspir su perfume
con embriaguez, lo bes infinitas veces, lo coloqu sobre mi corazn
jurando serle fiel eternamente, lo guard junto con los retratos de mis
padres, lo saqu otra vez para besarlo y otra vez lo guard. En fin,
llev a cabo todos los desatinos imaginables, ms propios en verdad de
un estudiantillo de retrica que del capitn de un vapor de tres mil
toneladas.

[imagen: una barra decorativa]




VIII


Por la tarde fu con la familia al Cabaal, como de costumbre. Mart no
nos acompa por tener que evacuar cierto asunto (sera el de las cinco
mil pesetas que perdi su cuado?) De todos modos fu lo bastante
egosta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas
que permanecimos en la alquera, observ en la actitud y en los ademanes
de Cristina algo que haca temblar mi corazn de gozo y esperanza. No
puedo explicar por qu, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra
me senta inundado de una felicidad celeste; pero as fu. Pasamos toda
la tarde en el pabelln. Las damas trabajaban en su costura o bordado;
yo lea o haca que lea. Cristina, acometida de extraa languidez, no
se levant de su silla como a menudo sola hacer. Mientras los dems
rean y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceo
alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginacin me sugiri
la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la
vergenza que le inspiraban. Nos fumos luego a tomar chocolate a la
casa, y mientras lo hicimos observ en ella la misma seriedad resignada
y tierna; expresin que pocas veces reflejaba su rostro movible. Pareca
embargada por suave enternecimiento no exento de vergenza y melancola.
En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la
claridad: as me lo deca el corazn. Durante aquella tarde memorable
fu tan feliz como deben serlo los ngeles en el Paraso o el autor de
un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba
y la dama joven.

Despus de comer en mi hotel fu a tomar caf al Siglo con objeto de
pasar luego un rato en casa de Mart. Encontr al penetrante Sabas con
su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes
arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me salud con la
mano, de lejos, y poco despus, vindome solo, se apart del grupo y
vino a reunirse conmigo.

Estaba de humor jovial y no pareca poco ni mucho meditabundo ni
avergonzado por su calaverada del da anterior. Hablamos de nuestras
diarias excursiones al Cabaal y se las describ como muy animadas y
deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprend por su
gesto ms que por sus palabras que miraba todo aquello como nieras
indignas de un hombre serio y maduro como l. Por lo que pude
entenderle, Valencia guardaba placeres de ms subido precio, otros
encantos, y era lstima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cules
eran; pero, dado lo que ya saba, puedo suponer que deban relacionarse
directa o indirectamente con la _ruleta_.

--Ha visto usted la famosa fbrica de piedra?--me pregunt de pronto
con grave entonacin, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.

--S, la he visto.

--Buen negocio! Y la no menos celebrrima manufactura de cerveza?

-Tambin.

--Mejor negocio an! verdad?

Y all en las profundidades de su garganta son una carcajada que no
lleg a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo
estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le
respond en trminos vagos que los negocios salan buenos unos y otros
malos y que el resultado, ms que de la inteligencia y la actividad de
quien los emprenda, sola depender de circunstancias fortuitas.

--Eso rezar con otros, no con mi cuado--respondi con gravedad
sarcstica--. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es
un genio prctico, esencialmente prctico.

--A m me parece un hombre muy inteligente--manifest con cierto
embarazo.

--Nada, nada; no rebajo un pice. Es un genio prctico, y su amigo
Castell un genio terico.

--En cuanto a se ya podamos hablar un poco--repliqu sonriendo para
desviar el escalpelo hacia aquel antiptico sujeto.

--Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los nicos genios que
tenemos en Valencia.

Yo no saba qu hacer ni decir. Aquel tono sarcstico me molestaba
extraordinariamente. Sabas debi de advertirlo, porque, cambindolo al
cabo por otro ms serio, se puso a hacer, como de costumbre, un anlisis
escrupuloso y razonadsimo de la conducta de su cuado. Era de ver y
admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que
aquel hombre hablaba de los dems, la penetracin con que descubra los
mviles recnditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus
argumentos, los vaticinios tristsimos que formulaba. El caso es que yo
no poda menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero
como ya le conoca, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo
escuchndole. Trat de llevarle la contraria; pero viendo que esto no
serva ms que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus
juicios, en cuanto tom caf y fum un cigarro me desped de l.

--De todos modos--le dije apretndole la mano--, no cabe duda que Emilio
es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.

--Convenido--respondi l devolvindome el apretn--; pero confiese
usted que no le vendra mal un poco de sentido comn.

Sal del caf colrico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado
a la cara a aquel zngano lo que haba sabido casualmente por la maana.
Me dirig con lento paso hacia la casa de Mart; pero en el camino mis
pensamientos tomaron una direccin sobrado melanclica. Me invada de
tal modo cierto malestar moral, que ya por la maana haba comenzado a
punzarme mezclndose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve nimo para
subir las escaleras, y desde el portal me volv al hotel y me acost.

Noche memorable aquella para m! Tan pronto como apagu la luz
comprend que iba a tardar mucho en conciliar el sueo. Una turba de
pensamientos corra desbocada por mi cerebro, agitndolo,
martirizndolo. La imagen graciosa de Cristina vena en el centro de
ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano
repeta mi fantasa la escena del pauelo y aquel adorado semblante
enternecido y confuso cuya vista me haba hecho feliz todo el da. En
vano evocaba la dicha celeste que en plazo ms o menos breve iba a
descender sobre m. Fuese ilusin o realidad, yo pensaba que la
naranjita comenzaba a amarillear y responda ya con leve temblor a las
continuas sacudidas que mi mano daba al rbol. Quiz no tardara en caer
en mi regazo. Pero deba confesarlo; este porvenir halageo no me
dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este
poder, tambin lo tendra para cerrar mis prpados, y no lo haca. Mis
ojos estaban cada vez ms abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando
la pona sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extrao desasosiego
que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extrao
dolor, cuyos primeros leves alfilerazos haba sentido durante el da, me
clavaba ahora las uas de un modo intolerable.

Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre
sea realmente feliz es menester que est contento de s mismo, y yo no
lo estaba. Otra imagen melanclica, dolorosa, vena siempre detrs de la
de Cristina en la procesin interminable de mis pensamientos, turbando
la dicha que yo entrevea. Era la de Mart. Pobre Emilio! Tan bueno,
tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le
arruinara sin escrpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su
fraternal amigo le venda; su cuado, a quien colmaba de beneficios, se
burlaba de l pblicamente. No tena a su lado ms corazn amante y fiel
que el de su esposa. Y yo, un advenedizo, a quien haba concedido tan
franca y cariosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatrselo! Esta
idea oprima mi corazn, me haca desgraciado. En vano me esforzaba por
representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el
goce intenso de la pasin, la alegra del triunfo. En vano trataba de
amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de
otros. En mis odos sonaba siempre una voz severa asegurndome que,
conseguido mi objeto, sera infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacan
dar vueltas y vueltas entre las sbanas, con los ojos cada vez ms
abiertos.

Trascurran las horas y sonaban lentas, sonoras, melanclicas en el
reloj de la catedral. Quera con empeo cerrar los ojos y dormirme;
pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los
prpados. Al fin me incorpor bruscamente en la cama, encend la luz, me
vest, me puse a pasear por la habitacin. Y cuando hube caminado algn
tiempo, penetrando en los asilos ms secretos de mi corazn, comprend
lo que era necesario hacer. Apel al cloral, al ms seguro cloral, al
que jams ha dejado de darme resultado en noches como sta de insomnio y
conflicto. Renunci de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los
goces del amor y a los halagos del amor propio. Entr armado de ltigo
en mi espritu y arroj de l esa voluntad prfida que tan pocos
placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me cost, porque
huyendo de m se esconda por todos los rincones, me obligaba a
perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logr
echarla de veras y qued en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como
quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torn a
desnudarme, ca en el lecho, y el dios alado hijo del Sueo y de la
Noche me trasport en sus brazos al misterioso palacio de su padre.

Cuando despert el sol esparca ya desde lo alto del firmamento sus
rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vest fu derecho a casa de
Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos
doa Amparo, Isabelita y doa Clara, una modista y una domstica. La
primera pregunta que me dirigieron fu por qu no haba ido la noche
anterior. Me disculp con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba
cerca del balcn, no levant la suya, pero observ en su rostro la misma
expresin soadora, de suave enternecimiento. As que me puse a hablar
con los dems tambin not que me dirigi alguna rpida y tmida mirada.

Aprovech un momento en que estaban todos distrados y me acerqu a
ella. Saqu su pauelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los
tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algn
secreto, le dije:

--Ayer guard distradamente un pauelo de usted pensando que era el
mo. Hasta que llegu a casa no observ la equivocacin. Aqu lo tiene
usted.

Levant la cabeza; me dirigi una intensa mirada de sorpresa; tise su
rostro de vivo carmn; cogi con mano temblorosa el pauelo que yo le
tenda y de nuevo humill su frente al bastidor.

Despus de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo
derecho a reirme de Csar, de Alejandro, de Epaminondas y en general de
todos los hroes de la antigedad pagana. Por lo menos yo vivo en la
ntima persuasin (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a
mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera
devuelto el pauelo.

Volv de nuevo al grupo y segu charlando con animacin, quiz con
demasiada animacin. Mi alma estaba profundamente turbada y debo
declarar, ya que estas memorias son una franca confesin, que, aunque
orgulloso de mi herosmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce
contento que al decir de los moralistas acompaa siempre a las buenas
acciones.

Almorc con ellos, fuimos despus al Cabaal y se pas la tarde con la
misma alegra de otras veces. Pero la ma era aparente. Cuando me
cansaba de disimular o me distraa, seguro estoy de que deba de mostrar
una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupacin.
Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar
en ello. Por la noche loado sea Dios! tuve ocasin de soltar la llave a
los pensamientos que embargaban mi espritu y desahogarme un poco.

Sucedi que Mart haba sacado de su librera las obras de Larra y nos
ley por pasar el rato uno de sus artculos ms deliciosos, titulado _El
castellano viejo_. Todos remos y celebramos el donaire y el ingenio de
aquel gran escritor satrico. Con este motivo hablamos de su vida y de
su trgico fin en lo ms florido de la juventud, pues an no contaba
veintiocho aos cuando abandon voluntariamente este mundo.

--Y por qu se mat?--pregunt Matilde.

--Por lo que suelen matarse los hombres--respondi Mart--, por una
mujer.

--Ya lo creo! Cuando no se matan por dinero!--exclam la joven
haciendo un mohn de enfado.

--Esos son los que no han perdido por completo la razn; pero hay muchos
ms de los primeros--replic aqul riendo.

--Muchas gracias. Y era casada o soltera la interesada?

--Casada. Se dice que mantena relaciones ilcitas con ella estando el
marido ausente, que ste anunci su regreso y que ella entonces,
arrepentida o temerosa, le signific su resolucin de cortar aquellos
comprometidos amores. El dolor de Larra fu tan vivo que, no pudiendo
sufrirlo, se di un tiro.

--Pues ella ha hecho muy bien y l ha sido un tonto en quitarse la vida
teniendo tan pocos aos y habiendo en el mundo tantas mujeres en que
escoger para casarse.

--Era casado ya--replic Mart.

--Era casado?--exclamaron a un tiempo y con indignacin las mujeres.

--Y con varios hijos.

--Entonces que le ahorquen...! Que le degellen...! Que echen a la
basura a ese pillo...! Vaya un chasco!

El furor de las damas nos di que reir. No falt quien hizo observar que
ella tambin era casada y que este detalle no pareca haberles irritado
tanto.

--Porque las mujeres son unas criaturas dbiles... Porque las mujeres no
van a buscar a los hombres... Porque se las engaa con palabritas de
miel... Porque se excita su compasin fingindose locos y desesperados.

--Tienen ustedes razn--dije yo entonces para calmarlas--; el que
resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya,
que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de
que hablbamos, mi opinin es que Larra di ms pruebas de egosmo
suicidndose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a
esa mujer, habra respetado su arrepentimiento, la habra considerado
por l ms digna de adoracin y habra encontrado en su propio corazn y
en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al
quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un
espaol insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su
querida por las cualidades amables con que el cielo la haba favorecido;
lo que amaba en ella era su propio placer.

Las seoras aprobaron con alegra mis palabras. Esto excit la
susceptibilidad sapientsima de Castell: o tal vez cediendo nicamente
al constante anhelo de instruir a sus semejantes, crey indispensable el
echarse hacia atrs en la silla y apuntndome con su dedo meique
resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofa.

Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos
psicolgicos, biolgicos y sociolgicos: todo para venir a parar a
aquello de que "el hombre est encadenado fatalmente a sus propias
sensaciones", que "no existe otro motivo verdadero ms que el placer",
que "el mundo es una batalla sin tregua", que "la lucha es condicin
imprescindible para la conservacin y sostenimiento de la gran mquina
del universo", etc.

--Sin ella, amigo Ribot--termin diciendo--, volveramos al seno de la
materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la nica
garanta de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusin, intenta
suprimir el antagonismo de los seres ataca la raz misma de la
existencia y pretende violar la ms sagrada de sus leyes.

--Oh, s!--exclam yo con exaltacin--. Ser un loco, pero declaro que
sentira placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme
una maana con nimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de
mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto
fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devocin
infatigable: el ms grande se merienda religiosamente al ms pequeo.
Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la
gran mquina del universo no sufrir avera. Pero, lo confieso
ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los
cuales los animales acuticos nos llevan ventaja a los terrestres.
Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he
preguntado: "Ser posible que los hombres estemos obligados eternamente
a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de m? No
llegar un da en que renunciemos de buena voluntad a ella? En que la
compasin prepondere sobre el inters, y el dolor que causemos no slo a
un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga
irresistible?"

--Sueos nada ms! No es usted el primero que se ha mecido en esa
quimera.

--Soemos, pues, entonces!--profer con arranque lrico de que no me
supona capaz--. Soemos que esa triste realidad no es ms que una
apariencia, una horrible pesadilla de la cual quiz el espritu humano
despertar algn da. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un
mundo mgico y camine dentro de l acompaado del amor, de la amistad,
de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida.
Porque la vida, seor Castell, por equilibrada y fisiolgica que sea,
cuando la imaginacin no se encarga de embellecerla, es cosa inspida y
triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra,
a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aqu mi voz no pudo
menos de alterarse), no tratar prfidamente de arrancarla al cario de
su marido para conquistar el placer, no la alegra. Tampoco me abrasar
el cerebro aterrando sin piedad a los mos. Tratar ms bien de sacar
partido de mi pobre imaginacin, como el gran Petrarca lo sac de la
suya divina; la amar; guardar su imagen en el fondo del corazn; la
rendir culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro
amor, adquirir elevacin y nobleza.

Desde el comienzo de nuestra conversacin haba sentido los ojos de
Cristina posados sobre m. Ahora la vi volverse con presteza hacia el
piano para ocultar su emocin. Doa Clara, Matilde, Isabelita,
aplaudieron. Emilio, riendo, me ech los brazos al cuello.

--Qu calor! Qu entusiasmo, capitn! Yo soy un hombre esencialmente
prctico y no puedo menos de dar la razn a Enrique; pero de todos
modos, t dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es ms raro,
sabes decirlas muy bien.

As era la verdad, pese a mi modestia. Fu la primera y nica vez en mi
vida que me sent orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del
Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendra inconveniente
en dar en este Centro una conferencia sobre _el porvenir de la raza
latina_ u otro tema ms amplio todava.

[imagen: una barra decorativa]




IX


Desde aquel da su actitud conmigo vari notablemente. Se mostr menos
desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a
cara; cuando yo entraba no se pona repentinamente seria como antes.
Poco a poco su franqueza fu aumentando, hacindose cordial y, en los
lmites de su temperamento reservado, afectuosa tambin. Su delicadsimo
pudor le impeda recompensar con palabras las que yo haba pronunciado
en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a
entender que estaba satisfecha de m.

Una tarde se hablaba de ciertos objetos que haba comprado y que se le
olvidaron en la tienda. Mart quera enviar por ellos a un criado. Ella
entonces dice con aparente indiferencia:

--Ribot, no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues
hgame el favor de recoger ese encargo y trarmelo esta noche.

Inundme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregu lo recogi con
ms indiferencia an.

--Gracias--dijo secamente, sin mirarme.

No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sent
tranquilo y dichoso.

Pero al da siguiente de este pequeo y grato suceso el hado adverso me
prepar el susto ms grave que experiment en mi vida de peligros y
azares. Ni cuando encall en el Ro de la Plata, ni cuando los golpes de
mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de
la Mancha, sent de tal suerte encogido el corazn. La encargada de
proporcionarme tan cruel desazn fu doa Amparo. Nos hallbamos en el
gabinete de costura esta seora, Cristina y yo. Mientras ellas
trabajaban yo hojeaba un lbum de retratos donde estaban los de toda la
familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doa Amparo me informaba
de quines eran los originales. Cristina permaneca silenciosa.

--Quin es esta chiquilla tan simptica?--pregunt contemplando el
retrato de una nia de diez o doce aos--. Vaya unos ojos hermosos!

--No la conoce usted?... Es Cristina.

--h!--exclam sorprendido. Y mirando hacia sta observ que se haba
puesto encarnada.

--Estaba an en el colegio. Verdad que era muy guapa?

--Ya lo creo--respond tmidamente.

--Mam, no digas ridiculeces. Si parezco un pajarito
desplumado!--exclam la interesada riendo.

--Como un pajarito?--profiri su madre con indignacin--. Estabas
remonsima. Desde entonces no has hecho ms que perder. Ya daras algo
por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.

--Seora--murmur algo confuso--, indudablemente era muy bonita en
aquella poca...; pero creo que ahora vale ms.

Cristina se puso ms colorada an, baj la cabeza y qued silenciosa y
grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atrev a contradecirla
ya abiertamente: slo emita monoslabos o frases de dudosa
interpretacin. Al cabo dejamos esa conversacin, para m peligrosa, y
poco despus avisaron que estaba la peinadora y Cristina se march a sus
habitaciones.

Segu hojeando el lbum y doa Amparo moviendo la aguja de marfil con
la que teja su labor de encaje. Guardbamos silencio; pero tres o
cuatro veces que levant los ojos observ que me miraba con insistencia
molesta. Al cabo pude notar que suspenda su tarea, sin duda para
mirarme ms a su gusto.

--Ribot--pronunci en voz baja.

Me cre con derecho a hacerme el sordo.

--Ps! Ribot.

--Qu deca usted, seora?--respond fingiendo salir de una gran
distraccin.

--Mreme usted a la cara.

--Cmo?... No entiendo.

--Que me mire usted a la cara.

Como no estaba haciendo otra cosa, aquella peticin sera una
redundancia absurda si no fuese, ms que esto, en extremo inquietadora.

--Ahora, acerque un poco la silla.

La nueva exigencia me pareci muchsimo ms inquietadora. Me apresur,
sin embargo, a cumplir sus rdenes arrastrando la silla con chirrido de
mal agero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien
contrario al que me corresponda en aquel instante, esper lo que
tuviera a bien decirme. Doa Amparo me mir sonriente y despus de larga
contemplacin dijo:

--Ribot, usted est enamorado de mi hija Cristina.

Primero plido, luego encarnado, despus otra vez amarillo, verde,
azul... En fin, pienso que mi cara fu un arco iris por espacio de
algunos segundos.

Seora!... Yo!... Cmo puede usted suponer?... En mi vida he
pensado!... Qu idea!...

Doa Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitacin, se asust y
se puso tambin plida. Cmo me vera, que ech mano inmediatamente a su
frasco de sales, me agarr con una mano la cabeza y con la otra me lo
puso en las narices. Para sales estaba yo en tal instante! Apart como
pude de m aquel cliz, le d las gracias y con diccin oscura y lengua
balbuciente disculp mi emocin por la sorpresa natural... La acusacin
era tan grave que a la verdad...

Doa Amparo sonri con benevolencia, sin duda para calmarme, y no
consinti que hablsemos otra palabra si no tomaba una perlita de ter
para fortalecer los espritus. La tragu, no sin dificultad, porque la
garganta se me haba apretado hasta el punto de que apenas poda
respirar. Luego, para aplacar la justa indignacin de aquella seora,
volv a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposicin tan
monstruosa.

--Yo enamorado!... Cmo era posible que tuviese la osada, la
avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie
poda tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen
de respeto y admiracin... Menos yo que nadie, amigo de Mart, un hombre
tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me haba dado de inmerecida
estimacin, etc., etc.

--Todo eso est muy bien, Ribot--manifest doa Amparo mientras aspiraba
con ansia por la nariz las sales de su frasquito--. Pero eso no impide
que usted est chalao, loco perdido por mi hija.

--Se equivoca usted, seora... Le aseguro a usted...

--Vamos, confiselo usted--me dijo ponindome una mano sobre el hombro y
mirndome con semblante risueo y malicioso--. Aqu no hay nadie que nos
pueda oir.

--Seora, por Dios!

--Confiselo usted, tunante! Confiselo usted!

Y me di un tironcito suave y carioso a la barba.

Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.

--Quedar entre los dos el secreto. Usted est enamorado de Cristina
como lo est Castell hace tiempo...

--En cuanto a se...--dije yo viendo el postigo abierto para escapar.

--Ese es un tuno mucho ms largo, y entre los dos, francamente, le
prefiero a usted.

Qued estupefacto. Qu es lo que prefera aquella seora? Por qu me
hablaba de aquel modo? Adnde iba a parar?

--Verdad que Cristina es muy guapa?--prosigui con la misma ligereza--.
Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extrao que usted se
haya enamorado... Por supuesto, no le habr dicho nada...

--Seora!....

--No, no se lo diga usted. Es una criatura bonsima, virtuosa, incapaz
de faltar a su marido... Adems, Emilio no tiene igual, tan carioso!
tan leal! tan esplndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que
a un hijo. No consentira por nada en el mundo que tuviese el ms
pequeo disgusto.

--Por mi causa no lo tendr, descuide usted--me aventur a decir.

--Eso le honra a usted, Ribot--replic apretndome la mano--. Es usted
muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell--aadi sonriendo
dulcemente--. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. Es
tan bueno! Le encuentro siempre tan carioso conmigo! Luego, qu culpa
tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que est muy mal es decir
cositas al odo a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que sern
tonteras... que es guapa, que tiene los ojos as y el pelo de otra
manera... Pero no est bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera
tendra un disgusto... Usted, Ribot, es mucho ms respetuoso. No se
propasa a mirarla ms que a hurtadillas... Pero qu ojos la echa! Vamos
a ver, pcaro, se ha enamorado usted en Gijn o aqu?

--Por favor, seora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va
usted a dispensarme si me retiro.

--Qu reservado es, Ribot! As, as me gusta. Los hombres de pocas
palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no deba de ser
tan tmido. Ya sabe el cario que le profeso. brame su corazn, que yo
har lo posible por consolarle. Con quin mejor que conmigo puede
desahogar su pecho?

--Mil gracias, seora... Permtame usted que me vaya... Siento que ahora
no podra decir nada razonable.

--Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot--manifest doa Amparo
apretndome con efusin una mano entre las dos suyas--. Es usted como
yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. Quiere usted otra
perlita de ter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver
a nadie sufrir. Aqu me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno,
de dar si fuera preciso la vida por l, vindole a usted padecer por mi
hija se me saltan las lgrimas... lloro como una tonta.

En efecto, doa Amparo no se calumniaba en este momento.

--Francamente, Ribot--prosigui con arranque.--Si fuese posible que
Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma ira a
interceder por usted.

--Gracias, gracias--murmur apretndole la mano antes de desasirme.

--Crame, usted, le quiero como a un hijo y hara cualquier cosa
porque...

Aqu la voz se le anud en la garganta y yo aprovech tan preciosa
oportunidad para retirarme con paso trgico por el foro.

Sal en un estado de confusin indescriptible. Me senta colrico,
irritadsimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento
levantaba el velo a los secretos ms peligrosos, a las ms profundas
intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbcil, grosera,
mala madre. Mi clera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la
alcahuetera, de haber nacido para _Celestina_. Sin embargo, poco a poco
me fu calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doa Amparo era
rematadamente tonta: de esto no caba duda; pero no una mala mujer.
Todas aquellas atrocidades que haba soltado dependan, en primer
trmino, de su falta de criterio; despus, de su temperamento
irresistiblemente mimoso. Era un corazn que se deshaca como la
manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como
los nios y los perros, y como ellos tambin, no estableca diferencia
entre las manos que la prodigaban caricias.

Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espritu
sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si
la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversacin, caera
muerta de vergenza.

Encontr a aqulla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio,
que empezaba a organizar y poner en vas de hecho su famoso proyecto de
canalizacin en la provincia de Almera, estaba de excelente humor.
Sospech que Castell le haba facilitado al cabo algunos elementos.
Charlaba como un descosido y embromaba cariosamente a su amigo sobre su
escepticismo terico, su apata para los negocios. Si l poseyese los
medios de que dispona Castell, pronto sera el hombre ms rico de
Espaa, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos
a la nacin. Cuando entr desvi hacia m el torrente de sus bromitas,
amenazndome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego
se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato
acontecimiento de familia que todos esperbamos, partira para Almera,
a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sac del armario
una porcin de carpetas y me exhibi los planos, explicndolos,
comentndolos, esforzndose en infundirme el mismo entusiasmo que a l
le animaba.

Yo le prestaba religiosa atencin, pero slo en apariencia. Lo cierto es
que por encima de los papeles no perda de vista los movimientos de
Castell, que haban comenzado a hacrseme sospechosos. Le vi maniobrar
hbilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del
balcn, hojeaba un libro.

Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aqulla
tena entre las manos, observ que aproximaba su mejilla a la de ella
casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el
movimiento de sus labios, comprend que le diriga algunas palabras en
voz baja. Separ la dama bruscamente la cabeza y trat de alejarse; pero
oh sorpresa! Castell la retuvo, cogindola por la mueca. Al mismo
tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una
carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio.
Mi corazn saltaba dentro del pecho. Tema que Mart volviera la cabeza
y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podr
comprenderse, sino por evitar un gran escndalo y un disgusto cruel a
mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvi Cristina
los ojos hacia nosotros con expresin de espanto; y no logrando
desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella
lucha se prolongaba unos segundos ms, se decidi a tomar la carta, que
estruj ocultndola entre sus dedos. Luego se acerc plida y sonriente
a nosotros y se puso a mirar tambin los planos, esforzndose en
aparecer indiferente. Pero su rostro no perda la intensa palidez de que
se haba cubierto, y todo su cuerpo temblaba.

En cuanto a Castell, jams he visto una actitud ms tranquila, ms
indiferente, sin afectacin de ninguna clase. Qued un instante inmvil,
con las manos en los bolsillos, mirando por el balcn a la calle. Luego
se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando diriga una
rpida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversin
que me inspiraba no pude menos de admirar su increble osada,
envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza
inquebrantable que aquel hombre tena en s mismo. No he conocido otro
para quien los dems seres creados representasen menos.

Yo no perda de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio
cerr al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas
explicaciones. Despus, levantndose de la silla y cogindome del brazo,
detuvo a Castell en su paseo.

--Quieras o no, al fin entrars en este negocio--le dijo siguiendo la
broma.

--Ya sabes que yo no sirvo, Emilio--repuso el otro con sonrisa tranquila
y protectora.

--Para trabajar no, ya lo s. Pero como dolo chino me puedes prestar un
gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por ms que
slo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el
puesto ms visible, en la presidencia del Consejo de Administracin.
Nadie te exigir que trabajes. Te daremos una butaca cmoda y dormirs a
ratos, y a ratos echars bendiciones.

Cristina se haba quedado cerca de la mesa. En pie y con expresin
altiva dirigi a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre
que arrugaba, lo rasg tranquilamente, lo hizo trozos menudsimos, que
arroj en el cesto de los papeles rotos.

[imagen: una barra decorativa]




X


Nuestro paseo aquella tarde se dirigi hacia la barraca de _Tonet_,
donde se nos tena preparado un refrigerio. Este _Tonet_, verdadero moro
por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su
silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina.
Siempre que se nos ocurra ir a visitarle nos reciba con la gravedad y
cortesa de un seor feudal. Sin despegar los labios apenas,
entendindose por signos con su mujer y sus hijos, nos haca sacar
sillas debajo del emparrado, y poco despus sola servirnos higos,
dtiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba
provista su alacena. Cuando se le haba prevenido, como en la ocasin
presente, nos ofreca helados riqusimos de vainilla y avellana. Era un
hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero
gustaba de ver alegres a los dems. Los domingos, y tambin muchas
tardes, cuando terminaba temprano su faena, sola sentarse delante de la
barraca y haca sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo haca para
su regalo; aquello era un reclamo nada ms. Poco a poco iban acudiendo a
la suya todas las mocitas de las barracas prximas y se improvisaba un
baile. Su hijo mayor, un nio de catorce aos, tocaba el tamboril, y era
casi tan grave y silencioso como l. Ambos pasaban horas enteras, uno
soplando, el otro redoblando, serios, melanclicos, con los ojos fijos
en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su
msica promova.

Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparej conmigo segn
bamos caminando al travs de los altos maizales, ya prximos a espigar.
El primer asunto que propuso a mi consideracin, chupando de la pipa y
escupiendo a intervalos regulares, fu de ndole esencialmente crtica.
Por qu su cuado se obstinaba en sostener balda aquella finca que
tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la poda hacer
productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposicin
fu examinado separadamente por un mtodo rigurosamente matemtico.
Para ello formul en primer lugar algunas definiciones claras, precisas,
luminosas: Qu es una finca de recreo. Qu es una finca productiva.
Qu es una finca mixta de regalo y de utilidad. Despus de esto
estableci algunos axiomas tan profundos como incontrastables: Todo lo
que es productivo debe producir. Para conseguir un fin deben aplicarse
los medios. El hombre no est aislado en el mundo y debe pensar en su
familia. La vanidad no debe influir en los actos humanos.
Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y
corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lgica invencible, a
la prueba de la proposicin enunciada, a la cual puso el corolario
siguiente: Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo
tiempo un grandsimo botarate. Satisfecho, y con razn, de su mtodo,
de su intuicin y de la lgica con que el Supremo Hacedor haba tenido a
bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con
celeridad vertiginosa.

La segunda cuestin que aquella tarde atac su espritu lcido me
concerna directamente.

--Vamos a ver, Ribot, usted no ha pensado en casarse?--me pregunt
despus de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavndome una
mirada escrutadora.

Confieso que me sent turbado. Comprend que las profundidades de mi
alma iban pronto a ser sondadas y tembl viendo que aquel crtico
trascendente se dispona a ensayar sobre m su escalpelo.

--Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es
incompatible con los placeres de la familia.

--Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posicin
independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y
disfrutar de una vida confortable--replic con la gravedad y aplomo que
imprima a todas las manifestaciones que salan de su boca.

Cmo saba que yo haba alcanzado posicin independiente? Slo por una
maravillosa intuicin, puesto que a nadie haba dado cuenta del estado
de mis negocios. Admir en el fondo del corazn aquella penetracin
inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de m mismo mucho
ms de lo que saba.

Sabas medit algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa,
sus mejillas se hundan de un modo sobrenatural. La fuerza con que
extraan el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se
tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones
influa de manera anloga en la secrecin de las glndulas salivales.

--Por qu no se casa usted con mi prima Isabelita?--me dijo
sbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los
hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.

Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo
empalidec temiendo que hubiera odo aquellas gravsimas palabras, y
asustado y confuso murmur unas cuantas poco coherentes.

--S--prosigui el crtico--; mi prima es una chica muy linda, muy
modesta y adems le admira a usted extraordinariamente.

--Me admira?--exclam estupefacto--. Y por qu me admira?--aad
cndidamente.

Sabas dej escapar una sonora carcajada que provoc en sus bronquios una
crisis de tos seguida de evacuacin copiosa de nicotina.

--Eso se lo dir ella cuando estn ustedes solos y mano a mano.

--No me ha entendido usted--repliqu yo picado--. Quiero decir que no
reconozco en m mrito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a
Isabelita, siempre he credo que toda su admiracin la consagraba a
Castell.

--No tendra nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de
pesetas es un ser admirable. Pero esa admiracin, en este caso, no puede
engendrar ningn resultado prctico. Castell sostiene una mujer
pblicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena
familia puede pensar en l. Con usted el caso es distinto: es posible
llegar rpidamente a una solucin satisfactoria, y mi opinin es que
debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta.
Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa
economa de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de
soltarlo, hija nica y heredera universal de todo el dinero de su padre.
Y mi to Retamoso posee ms de lo que la gente se figura. Quin supo
jams el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras l viva no
ver usted una moneda de cinco cntimos; pero a usted qu le importa?
En los primeros aos de matrimonio se sostendr usted bien con el
capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga ms
apetecibles ciertas comodidades, vendr la herencia de su suegro a
llenarlas, proporcionndole a usted un alegrn...

Otra porcin de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y
diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he
visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia,
afinar la puntera y extraer la quinta esencia de las relaciones
humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto,
embargado por la nueva perspectiva que se ofreca a mis ojos, tuve, sin
embargo, bastante libertad de espritu para admirar la dialctica de su
discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de
giros, de distinciones y sutilezas lgicas; el perfecto encadenamiento
de sus razonamientos. El mundo sensible, pens, no tiene secretos para
este hombre, y el mecanismo de su razn funciona con una exactitud de
cronmetro.

Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el
refrigerio que nos tenan preparado, Emilio, que estaba cerca, me
pregunt en voz baja:

--Conque ests decidido a irte pasado maana?

--No hay ms remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.

--Qu lstima!--exclam con acento melanclico; y ponindome una mano
cariosamente sobre el hombro aadi:--Sabes, pcaro, que nos bamos
acostumbrando a ti?

Me sent conmovido por aquellas palabras, y ms an por la nube de
tristeza que oscureca su rostro alegre y simptico. Guard silencio. l
hizo lo mismo, echndose hacia atrs en la silla y permaneciendo,
contra su temperamento, pensativo y melanclico. Al cabo volvi a
decirme casi al odo:

--Si siguieses mi consejo renunciaras a la vida de marino, que, digas
lo que quieras, es un poco aventurera, y te casaras como una persona
formal. Vas a estar solo siempre? No piensas en la vejez y en lo
triste que es pasar los ltimos aos de la vida en poder de manos
mercenarias, sin nios que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga
en ella el orden y el bienestar?

--Soy viejo ya--respond sonriendo, pero triste en el fondo del alma--.
Tengo treinta y seis aos.

--Es buena edad para el hombre. Adems, por el aspecto y por tu fuerza y
agilidad eres un muchacho... Yo conozco--aadi echando una mirada
maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita--una nia de diez y ocho
abriles que se casara contigo con preferencia a todos los pollastres de
la ciudad.

--Bah!... Esa nia se reira si le propusieras un hombre que le dobla
la edad.

--No lo creas. Puesto que ya sabes quin es, te dir en confianza que
Isabelita te admira.

--Pero hombre!...

--Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.

La cosa era grave. Aquella admiracin inopinada me causaba inquietud y
vergenza. No poda contemplar mi rostro al espejo porque no haba all
ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rpida
ojeada a mis pies, nada pequeos ni primorosamente calzados, y me era
imposible adivinar la naturaleza y la extensin de mis encantos.

Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razn o sin
ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las
aceitunas preguntndole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco
despus de haber llegado a mi noticia que haba fascinado a la nia de
Retamoso. Pinch ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo
rostro se cubri de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera
pinchado mi corazn. No estoy seguro, pero se me figura que poco despus
de acaecido esto, le serv una rajita de salchichn. El mismo rubor
inund su frente con el embutido que con las aceitunas. La repeticin
consecutiva de este fenmeno fisiolgico introdujo la alarma en mi
espritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal
modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no par
de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le
ofrec aquella tarde, ninguna purga podra corregir los excesos de mi
galantera, y aquel ser angelical habra desplegado sus alas al cielo
vctima de una indigestin.

Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacil en
sentarme a su lado para comunicarle que tena unos ojos extraordinarios,
indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y
unas manos pequeas, torneadas, suaves... y tambin indescriptibles. El
conocimiento de estos datos le caus profunda sorpresa, a juzgar por el
gesto de incredulidad que apareci en su semblante. Me dijo que s, que
podan muy bien describirse, y que slo un pcaro marino acostumbrado a
engaar mujeres por todo el litoral poda hallar imposible semejante
empresa. Dicho esto, se puso ms encarnada que una cereza. La
conversacin se prolong largo rato en dulce y ameno discreteo, como si
representsemos una comedia de capa y espada, y mientras dur, el flujo
y reflujo de la sangre fu constante en el rostro de Isabelita. Yo me
exced a m mismo, como dicen los revisteros de peridicos de los malos
cmicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozn y perfectamente tonto.
Nuestra charla llam la atencin de los dems, y pude observar que nos
miraban con curiosidad y se dirigan unos a otros guios maliciosos.

No sabiendo ya qu otra simpleza ejecutar, supliqu a _Tonet_ que sacase
la dulzaina, y propuse a la reunin que bailsemos. Aceptaron con gusto,
y, riendo mucho (sera de m?), fueron emparejndose. Yo invit, claro
est, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido,
y no tard en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que ramos
objeto de su contemplacin atenta. No por eso se calm mi turbulencia.
Todava segu brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los
presentes, que nos miraban con ojos risueos. Slo el silencioso _Tonet_
y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melanclicos, como si
quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la
existencia.

Cristina, que hasta entonces haba estado seria y en cuya frente
fruncida podan observarse las huellas que haba dejado la escena de la
maana, se anim de pronto. Su alegra fu tan ruidosa que caus la
admiracin de todos. Haca aos que no se la haba visto as. Doa
Amparo declaraba que desde nia, en que su desenfado y travesura le
haban causado ms de un sobresalto, no haba vuelto a alborotarse de
aquel modo. Nos jaleaba, nos aplauda, nos tiraba chufas y almendras y
hasta nos manifest deseos de bailar tambin. Emilio y su madre se lo
impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no
cesaba de soltar bromitas y donaires que hacan estallar de risa a la
reunin. Tena ingenio vivo y adems dejaba escapar sus palabras con una
brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me
pareci un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no par mientes en
ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible
mantenerse en los lmites de la prudencia.

--Est muy bien eso--me dijo Sabas al odo cuando me hube sentado--.
Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinese usted con mi to.
Hblele usted de la subida del cacao.

Yo me re, pero no hice caso. Segu haciendo la corte a Isabelita con el
beneplcito de todo el mundo. Me equivoco: doa Clara diriga de vez en
cuando hacia nosotros sus ojos con un poco ms de severidad que la que
ordinariamente expresaban, y frunca su nariz borbnica mientras tomaba
a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sera aprensin, pero se me
figura que le o murmurar dos o tres veces la palabra _shocking_. Nada
tendra de extrao, porque esta ilustre matrona en los casos difciles
prefera las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que s puedo
asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer ms de
un kilo de cacahuetes, y que esta operacin, aunque vulgar en s misma,
no le hizo perder un tomo de su majestad.

Lleg por fin la hora de regresar a la alquera y tomar el coche para
restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender
la marcha Cristina se sinti indispuesta. La vi ponerse plida y
llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazn. Las sales
voltiles de doa Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el
agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompaaban a
todas partes a esta nerviosa seora. Suplic que la dejasen un momento
sola con la esposa de _Tonet_, que le sirvi una taza de tila. Un cuarto
de hora despus sali de la barraca tranquila, pero con los ojos
enrojecidos. La crisis nerviosa se haba resuelto en lgrimas.

Ya el sol haba desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al travs
de los campos de maz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis
mpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que haba
brotado en mi espritu con la supuesta admiracin de Isabelita, qued
silencioso y triste. Camin un trecho en compaa de sta y de Matilde
haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y
temiendo que se notase mi humor, me qued con disimulo atrs para
caminar solo. Estaba descontento de m mismo. El galanteo de aquella
tarde me pareca una traicin hecha a mis sentimientos, al amor dulce y
delicado que guardaba en el fondo del corazn como un tesoro. No pude
menos de pensar con disgusto que haba descendido a la ms
insignificante vulgaridad. Tem con razn que Cristina, cuyo afecto y
estimacin me pareca haber ganado por mi conducta, me despreciase desde
la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.

Desde que se sinti indispuesta no haba vuelto a mirarme ni me dirigi
la palabra. La casualidad hizo que no tuviese ms remedio que hacerlo.
Porque habindosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse
a recuperarlo, yo me apresur con presteza. Cuando torn con l me
aguardaba un poco apartada del resto de la compaa.

--Gracias--me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trat
de reunirse a los dems.

Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creer si le digo
que aquel semblante hosco me caus alegra indecible.

--Esccheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle--le dije con
voz no bien segura.

--Usted dir--replic mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en
un tono glacial que, por la razn de antes, me infundi calor y no fro.

--Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habr usted
observado que esta tarde estuve un poco ms expresivo con su prima
Isabelita, como si tratase de obsequiarla.

--No he observado nada--respondi con mayor sequedad an.

--Pues as es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la
gran diferencia de aos que entre nosotros existe, ha sido nicamente
porque Isabelita me admira.

Me mir estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.

--Al menos eso es lo que me han dicho categricamente tanto su hermano
Sabas como Emilio.

--Qu tontos!--exclam con leve sonrisa, comprendiendo mi intencin--.
Son capaces de poner en ridculo a cualquiera. Afortunadamente, usted es
hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, buena
quedara mi pobre prima!

--Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para
conquistar su voluntad, y antes de ir ms adelante quisiera obtener la
aprobacin de usted.

--Mi aprobacin!--exclam turbada y con voz sorda--. Para qu necesita
usted mi aprobacin, ni qu tengo yo que partir en este asunto? Pdala
usted a sus padres.

--Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya s que no
tiene ningn inters directo en este asunto; pero se trata de su prima,
a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de m, a quien
inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted
puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena
amistad, se lo pido como un favor al cual quedara agradecido por los
das de la vida.

Guard silencio largo rato. Caminbamos emparejados entre los altos
maces, que hacan an ms tenue la escasa claridad del crepsculo. Yo
la observaba con el rabillo del ojo y me pareca advertir en su rostro
leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se
extenda; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningn
sonido. Al cabo profiri con voz temblorosa:

--Me alegro mucho de que usted haya hecho su eleccin al fin. Los
hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un
temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazn delicado
de una mujer. Isabel es muy nia; poco puedo decirle de su carcter.
Usted se encargar de formarlo. Pero s puede asegurarse que sabr
cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa,
econmica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se
manifiesta: es muy linda tambin.

--Olvida usted una que me la hace ms preciosa y apetecible.

--Cul?

--La de ser prima de usted.

Su hermoso rostro se oscureci, fruncise su frente y respondi con
acento de severidad:

--Si usted no estimara a mi prima por s misma, si la tomara como un
juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sera an peor,
para seguir alimentndolas en secreto en perjuicio suyo, cometera usted
un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en
ella, que la deje tranquila.

Pronunciadas estas palabras aviv el paso y se reuni a los dems,
dejndome solo.

Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba
demasiado melanclico y emboscado en serias meditaciones para seguir
haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situ
en el pescante, y al llegar hice valer tambin el pretexto para no subir
a casa de Mart y retirarme al hotel.

A las ocho de la maana me despert la voz gozosa de Emilio, que entr
en mi cuarto como un huracn, abriendo las ventanas y sentndose sobre
mi cama.

--Ya no te vas maana, capitn--exclam riendo y tirndome de la barba
para concluir de despertarme.

--Pues?--respond mirndole con asombro.

--Porque maana vas a ser padrino de una nia ms hermosa que la
estrella de la maana.

--Cmo...? Cristina...?

--S; Cristina se sinti indispuesta en cuanto nos dejsteis solos.
Pensamos que se repeta el accidente de la tarde; pero ella, que deba
saber a qu atenerse, nos pidi que avissemos a la mujer que tena ya
hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avis al mdico; pero
no le consinti entrar en el cuarto. Con la mujer se arregl la pobre...
Qu valor! Qu sufrimiento, capitn!... Ni un grito, ni una queja
siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidindole por Dios que
chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los
temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan
escapar un lamento... A las dos de la madrugada sali mi valiente mujer
de su cuidado, hacindome padre de la chica ms linda, ms salada y de
ms talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que ver, porque
todava no lo ha visto.

Alzse de la cama, di unas cuantas vueltas por la estancia, volvi a
sentarse, se levant de nuevo y ejecut una porcin de maniobras que
demostraban la agitacin placentera de su espritu. Yo me senta tambin
profundamente impresionado y le felicit con palabras calurosas. Cuando
hubo una pausa le pregunt:

--De modo que me concedes el honor de ser su padrino?

--Tendra gran placer en ello, s t aceptas... A la verdad, yo haba
pensado primeramente en Castell... No te ofenders por ello verdad...?
Enrique es, ms que amigo, un hermano mo... La cosa era natural... Pero
te dir en secreto que Cristina se opone. Escrpulos religiosos,
sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con
demasiada franqueza, las seoras no pueden perdonrselo... Todo depende
de que no es un hombre prctico... Podra muy bien tener todas las ideas
que quisiera, si las guardase un poco ms cuando estuviera entre
mujeres... Luego yo me ro mucho de sus ideas materialistas...
Materialista Enrique, cuando no hay hombre ms bondadoso en el
mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustracin
pasmosa, Enrique es un nio, sabes? un corazn de oro!

Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacuda su negra
cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo
tiempo.

--Y Cristina qu dice de la sustitucin?

--En cuanto pronunci tu nombre se alegr mucho.

Yo me sent alegre tambin al escucharlo. Me vest apresuradamente y
march a conocer el nuevo astro. Al da siguiente fuimos a la iglesia y
cumpl mis deberes con emocin, rebosando de orgullo. Al otro tom el
tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles,
y a m mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis
reales en Valencia.

[imagen: una barra decorativa]




XI


Persistiendo en este propsito ech mis clculos mientras dur el viaje.
Y hallando que, si no era rico, poda vivir cmodamente con el caudal
que posea, en cuanto regres a Barcelona ped mi retiro a la casa
armadora.

No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasin
embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusin y el tumulto. El amor
apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la nia
de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cmoda y tranquila que todo
hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de
la conciencia que discutan mi derecho a obtenerlo en aquellas
circunstancias, gritaban simultneamente dentro de ella. Pero haba un
sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tena ms fuerza que los
dems: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su
intimidad y no perder de vista jams su rostro hechicero. Nada pensaba
hacer contra la paz de su corazn y el honor de su marido, pero sera
dichoso con slo gozar de su presencia toda la vida.

En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tom el tren de
Valencia a los dos meses prximamente de haber salido de ella. Al cruzar
por una estacin del trayecto cre percibir en la ventanilla de un tren
que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de l una cabeza rubia de
mujer, que no era la de Matilde.

--Sabas! Sabas!--grit.

Cuando me percibi saludme afectuosamente con la mano. La seora que
estaba a su lado tambin agit la suya sonriendo con mucha expresin, no
s por qu, pues no la conoca. Qued perplejo: me asalt la duda de si
me habra equivocado. Sera realmente Matilde? No tard en averiguarlo.

Llegu a Valencia antes de oscurecer. Despus de dejar los brtulos en
la fonda alquil un coche para dirigirme al Cabaal, donde saba que
Mart se haba instalado ya. Ansiaba consultar con l mis planes. Al
aproximarme a la alquera sent latir el corazn con violencia. Esto
sublev nuevamente mis sentimientos honrados. Estamos en esas?--me
dije con despecho--. Tratas de contraer un vnculo sagrado, de entregar
tu corazn a una nia inocente y no puedes reprimir tus impulsos
libertinos? Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu
confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espritu de pensamientos
traidores?

La familia estaba reunida en el comedor. Observ inmediatamente en los
semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenan todos una cara
larga y aun consternada que me inquiet sobremanera. Sin embargo, Mart
me abraz con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegra sincera por
mi llegada. Fu dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin
reflexionar:

--Conque est usted viuda? He visto a su marido en una estacin. No le
he podido hablar, pero nos hemos saludado.

Acabando de pronunciar estas palabras qued estupefacto viendo que se
echaba a llorar perdidamente.

Y apretndome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le
rompan el pecho, me dijo:

--Gracias, Ribot!... Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la
dama joven.

--He visto a su lado una seora rubia, pero no pensaba...--balbuc
desconcertado.

--S, s; la dama joven--profiri sin dejar de sollozar.

--Dispnseme usted; como ha sido tan rpido mi paso no pude reparar...
pero s me parece que era joven.

--Qu haba de ser joven, si tiene ms de treinta aos!--exclam con
furor--. Ms pintada y retocada que una mueca de bazar!... Haba que
verla por las maanas en el balcn!

Mart vino en mi auxilio, dicindome en voz baja:

--Era la dama joven de la compaa que acta en el teatro.

--Ah!

Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las
visitas de psame. No se oan en la estancia ms que los sollozos cada
vez ms vivos de la ultrajada esposa. La situacin era molesta y
angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doa Amparo tuvo la feliz
idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento
de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro.
Abrironse varios frascos de tapn esmerilado. Esparcise por el comedor
un olor penetrante de botica. Lgrimas, abrazos, suspiros, besos. Al
cabo se restableci el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.

Yo quise perder el mo con el olor del ter; pero antes de que esto
sucediera Mart me sac de la habitacin y me llev a su despacho.

--Has visto qu contratiempo!--exclam sacudiendo la cabeza con
profundo disgusto.

--Pero cmo ha sido eso?

--Nada, que la otra noche gan tres o cuatro mil pesetas en el juego y
se las va a gastar alegremente con una cmica.

--Qu locura!... Pero volver...

--Ya lo creo que volver... En cuanto se le concluya el dinero, como la
otra vez.

--Otra vez?

--S, hace tres aos por este tiempo se march con una amazona del
circo... Pero entonces llevaba ms dinero que ahora.

No quise insistir preguntando ms pormenores porque observ que Mart se
iba poniendo nervioso. No hay nada ms triste que la tristeza de un
hombre alegre. Para distraerle cambi de conversacin, hablndole de m
y de los proyectos que traa. Inmediatamente su fisonoma se dilat y
una sonrisa bondadosa retoz por sus labios.

--Bravo, capitn! Al fin vas a ser nuestro--exclam abrazndome hasta
asfixiarme.

Hablamos del asunto y lo examinamos con atencin. Al cabo convinimos en
que, supuesta mi edad y carcter, no deba conducirme como un cadete,
sino con toda formalidad. Despus de logrado el s de Isabelita, cosa
que le pareca a Mart resuelta ya, era necesario, antes de proseguir
nuestras relaciones, visitar a sus paps y hacerles sabedores de ellas.
Este paso me captara su estimacin y marchara sobre seguro. Me anim,
me abraz repetidas veces llamndome primo y me prometi ayudarme en
cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.

Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con
los graves y abatidos que all haba. Doa Amparo conservaba en los ojos
las huellas de la inundacin pasada. Matilde no hay que decir cmo
estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos,
me acogi con el mismo rubor, pero sin grandes seales de regocijo, lo
que yo achaqu al disgusto de su familia. Castell, como siempre,
displicente y fro. Cristina... No puedo explicar cmo hall a Cristina.
Me pareci ms plida que de ordinario y distrada. Haba en sus ojos
una extraa tristeza que me impresion dolorosamente. Imagin en seguida
que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no poda ser otro
que el infame galanteo de Castell. Quiz ste habra estrechado el
cerco. Tal vez... Oh, qu idea!

Tan slo vi sus ojos brillantes de alegra al entrar la nodriza con mi
ahijada en brazos. Era un hermoso botn de rosa, fresco, suave, delicado
y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Mart
hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el
convencimiento a nuestro espritu no hall medio ms adecuado que
entregarse a una serie de representaciones mmicas, algunas de las
cuales obtuvieron xito sorprendente. Principi entonando con voz de
sochantre un canto de iglesia. La nia no tard en hacer pucheritos y
romper a llorar. Cant despus unas seguidillas, y la chica se alegr y
brinc, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con
cuatro pataditas. Ladr, may, hizo el gallo, y al instante pudimos
comprobar que la pequea no careca de nociones zoolgicas y tena idea
de las clasificaciones introducidas en el reino animal.

Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la
impresin que sus notables experiencias haban logrado causar en la
asamblea, Mart crey procedente arrancar la nia de brazos de la
nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta.
Acaso imaginaba por este medio de concentracin vigorizar an ms sus
facultades psquicas. Pero no consigui ms que ponerla negra. La
criatura, no familiarizada con el nuevo mtodo, lo rechaz a grandes
gritos con toda la indignacin de su alma. Cristina se apoder de ella,
hizo lo posible por acallarla y la entreg de nuevo a la nodriza, que
fu la que realmente supo llevar la calma a su corazn ultrajado.

Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me
llevara en el suyo. Quise oponerme, porque la compaa de este
caballero iba siendo cada vez menos grata para m; mas no fu posible.
Emilio, con su impetuosidad caracterstica y su poco conocimiento de los
hombres, di orden al cochero de retirarse.

Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo di por resuelto que
aquello era lo natural y que deba de cuchichear toda la noche con ella.
Por eso no dej de hacerlo. Acaso habindoles preguntado si deba
oprimirle suavemente el pie con el mo y acariciarle una mano por debajo
de la mesa, alguno expresara su opinin contraria y se suscitara una
discusin ms o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la
mayora se decidira por ello, no vacil en anticipar la ejecucin de
sus acuerdos.

A las diez y veinte de la noche se convino en un rincn del comedor
donde la nia de Retamoso y yo charlbamos con independencia: primero,
que ella era la nica mujer que poda hacerme feliz sobre la tierra;
segundo, que yo, por mi carcter franco y simptico, por mis
sentimientos honrados y por cierto nosequ que tena en la voz, era
digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, qued
resuelto que al da siguiente dara cuenta de este acuerdo a los seores
de Retamoso. Eran las diez y veinticnco.

Poco ms se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a
retirarse a las once y me pregunt cortsmente si deseaba hacer lo
mismo. Ced, como era justo, pues la familia deseara descansar, y nos
trasladamos a la ciudad. Mientras dur el viaje tuve ocasin de
convencerme una vez ms de que slo por un error de la naturaleza yo
tena pelos en la cara, y que en vez del sombrero deba cobijar mis
pensamientos infantiles una slida chichonera. Aquel buen seor,
penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restableca con el
pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al
alcance de mi razn inexperta; bostezaba unas veces, otras sonrea
perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si
efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible slo para
l. Pero como estaba arraigada en m la graciosa mana de considerarme
un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritacin
que nunca y jur en mis adentros no volver ms en su coche, aunque
tuviese que hacer el viaje a pie.

Al otro da, revestido solemnemente de una levita que haba hecho el
viaje a Amrica once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me person
en casa de los seores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del
Mercado, no lejos de la Lonja, y era ms slida que bella, de moderna
construccin: un slo piso, fachada exigua y lisa de sillera con tres
grandes puertas y tres pequeos balcones de hierro. Pero era ms
espaciosa de lo que prometa su fachada. Sus almacenes, que ocupaban
toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los
salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y
alcohol, cajas de azcar y cacao los llenaban, formando estrechos y
revueltos desfiladeros. Al travs de ellos, medio sofocado por el aroma
nada grato que despedan estos productos ultramarinos, y precedido de un
dependiente con la pluma detrs de la oreja, llegu hasta el fondo,
donde haba otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca
de una de ellas se alzaba un pequeo enverjado de pino pintado de verde;
en el centro de l una mesa sencilla con gran pupitre, y detrs de la
mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo
bordado. Era el propio seor de Retamoso.

--Seor de Ribot! Tanto bueno por ac!--exclam, apresurndose a salir
de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevndose otras tantas
veces la mano al gorro--. A qu debemos el honor?

--Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras--respond echando una
mirada significativa al dependiente, que, comprendindome, desapareci
en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.

La fisonoma del seor Retamoso experiment un cambio prodigioso. A la
alegra que se esparci por ella sucedi repentinamente una tristeza
profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los
rayos del calor y la vida, qued mustio, abatido, seco, el que momentos
antes todo era regocijo y expansin.

--Bueno; soy con usted al momento--murmur introducindose de nuevo en
la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que all haba y
sepultando la llave en el bolsillo del pantaln.

Hecho esto sali, y, encarndose conmigo, me dijo de modo glacial:

--Estoy a sus rdenes.

"Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero"--me dije,
sorprendido de aquel cambio.

--El caso que me trae a visitarle--manifest con vacilacin--es un poco
delicado... Es posible que usted sepa...

--No s nada--profiri en tono resuelto, atajndome.

--Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...

--No he sospechado nada--volvi a manifestar con ms sequedad an.

Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:

--Es igual. Lo sabr usted ahora. Se trata de cierta corriente de
simpata establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpata
pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de
originar una relacin amorosa, antes que suceda me he credo en el deber
de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni
los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la
amistad que me liga a Mart, en cuya casa he tenido el honor de conocer
a su nia, y la estimacin inmerecida con que tanto su seora como usted
me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.

La faz redonda del to Diego adquiri su primera expresin. La nube que
interceptaba los rayos de la alegra se haba corrido.

--Oh seor de Ribot! Qu me cuenta? Yo no s nada... Yo no me entero
de nada... Yo soy un pobre hombre... Por qu no se dirige a mi mujer,
que le entender mucho mejor y sabr lo que debe responderle?--exclam
sonriente y melifluo, llevndose la mano al gorro bordado y alzando la
pierna hacia atrs para mejor hacer la reverencia.

--A los dos pensaba dirigirme.

--Oh seor de Ribot! Para qu? Venga, venga conmigo... Yo le llevar
al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no s nada de esos
toques; pero hay en casa quien sabe ms que Merln... Cuidado, seor de
Ribot... mucho cuidado! Tngase bien sobre los estribos. Mire que para
entenderse con mi seora se necesita mucha cabeza...

Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos
hasta el piso principal. Una vez arriba me estrech fuertemente la mano
entre las suyas y me recomend en voz de falsete que mirase bien lo que
hablaba delante de su seora y que no me desconcertase en su presencia,
que l me ayudara en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese
mucho, porque tambin l se senta cohibido delante de doa Clara.

--Es una mujer profunda, seor de Ribot. Con esto est dicho todo.

Sin soltarme me llev hasta la puerta de un gabinete, di dos
golpecitos en ella con los nudillos y se oy la voz de doa Clara que
dijo:

--Adelante.

Retamoso volvi a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos
en la estancia.

Se hallaba doa Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de
ordinario, sentada en un silln de cuero con un libro entre las manos.
Al vernos quit de su nariz aguilea los lentes con armadura de oro y
los dej colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal.
Tendime la mano, clavndome al mismo tiempo una mirada tan imponente
que, a pesar del valor que su esposo me haba infundido, no pude menos
de estremecerme. Despus alz su figura trgica de la silla y fu a
sentarse en el centro de un sof de damasco verde, invitndonos con un
gesto para que hicisemos lo mismo en cada una de las butacas que haba
a los lados. Acatamos sus rdenes, y Retamoso no hall recurso ms
precioso para preparar la sesin que frotarse en silencio las rodillas
con la palma de las manos, mirndome al mismo tiempo con tristeza y
zozobra.

--Seor de Ribot--dijo al cabo--, le ruego que manifieste a mi seora lo
que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.

--Se trata, seora--dije con voz temblorosa--, de un asunto delicado que
deseaba someter a la aprobacin de ustedes. Si me tomo la libertad de
hablarles de l es nicamente para que en ningn caso pueda decirse que
he faltado al respeto y la consideracin que ustedes me inspiran...
Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...

--Lo s--interrumpi gravemente doa Clara.

Qued un momento suspenso y prosegu:

--Isabelita, por sus prendas de carcter, por su inocencia y por la
modestia de que est adornada, merece no slo el afecto, sino la
admiracin de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme
al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sent atrado
hacia ella. Tuve el atrevimiento de drselo a entender y me hago la
ilusin de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros
no existe ningn lazo, sino tan slo una sencilla inclinacin...

--Lo s--volvi a decir con la misma gravedad doa Clara.

Yo me sent an ms cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas
encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:

--Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora
entre nosotros, y no poda ser de otro modo, porque yo jams me
propasara a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero
tampoco es repentina esta inclinacin. Cuando embarqu hace dos meses
para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolucin de estrechar
esta naciente amistad y...

--Lo s--dijo otra vez doa Clara con ms severidad, si fuera posible.

Qued mudo y confuso, renunciando a ms desenvolvimientos, que, por la
sobrenatural penetracin de aquella seora, resultaban intiles. Pero no
pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes
formaban: l no saba nada; ella lo saba todo.

Retamoso me haca guios maliciosos dndome a entender que aquello
estaba previsto y que no haba por qu sorprenderse. Doa Clara, al cabo
de un rato de silencio, irgui an ms su erguida cabeza, y, sacudiendo
la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profiri:

--Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversacin en
ingls. Lo grave y lo delicado del asunto as lo exige.

Yo profeso y he profesado siempre una gran admiracin por la lengua y la
literatura de la Gran Bretaa. En la taquilla de libros de mi camarote
viajan constantemente el _Don Juan_, de Byron; el _Tom Jones_, de
Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta
admiracin, nunca he supuesto que fuese el nico idioma en que pudieran
tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir
este rasgo filolgico ni discutir la preferencia que la severa mam de
Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus
hermanas, y me apresur a ceder a su invitacin. Con esto, la sorpresa,
la alegra y las muecas de admiracin de Retamoso subieron de punto. Se
llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abra disparatadamente
los ojos, y algunas veces, cuando doa Clara no poda verle por hallarse
vuelta hacia m, elevaba las manos al cielo, murmurando
imperceptiblemente.

--Qu mujer! qu mujer!

Doa Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de
este culto idoltrico, me hizo saber en un ingls enftico y gutural que
nada de cuanto yo haba dicho, hecho ni pensado se le haba ocultado, y
que estaba al tanto igualmente de cuanto haba dicho, hecho y pensado su
hija Isabel. Esta declaracin infundi en mi espritu un sentimiento de
pequeez y limitacin que concluy de anonadarme. En la imposibilidad,
pues, de suministrar algn dato desconocido ni emitir una sola idea
digna de la grandeza intelectual de aquella seora, tom el partido de
callarme, sometiendo de antemano mi dbil razn a la suya.

Despus de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que
despliega la bandera al zarpar del puerto, y despus de encajar sobre
ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doa Clara
tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una nia: yo
era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista
irrefutables, doa Clara dedujo de ellas lgicamente que era necesario
mucho cuidado. Una nia no sabe generalmente lo que quiere; pero un
hombre tiene obligacin de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto
imprescindible cerciorarse de lo que yo quera.

--Seor de Ribot--interrumpi en este punto Retamoso--, tendra usted
la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi seora?

As lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expres ruidosamente su
entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energa:

--Eso! eso! Justo! Eso! Eso! Justo! Eso!

Doa Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos
_justos_ y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me someti acto
continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido,
contest claramente a sus preguntas y tuve la satisfaccin de observar
ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo.
Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda
investigacin que acerca de mi conducta haba llevado a cabo, doa Clara
declar al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una
esfera armilar que gira sobre su eje, que yo era una persona decente,
cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravo he dudado
jams.

Cada una de las fases de esta investigacin fu sucesiva y fielmente
interpretada por m en lengua castellana para conocimiento del seor
Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobacin calurosa y
fueron saludadas con una salva de _esos!_ y _justos!_

Doa Clara di por terminada la entrevista alzndose del sof, y con la
misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fra me hizo saber que
"all tena mi casa y que tendra sumo gusto en recibirme siempre que
quisiera venir a ella". Dicho esto, por medio de una hbil y
sorprendente maniobra de su nariz dej caer los lentes y me entreg la
mano, que yo toqu con la mayor veneracin.

--Permtame usted, seor de Ribot. Un momento... un momento nada
ms!--exclam Retamoso, que a nuestro ejemplo tambin se haba
levantado--. Yo no tengo los conocimientos que mi seora ni estoy
instrudo en los idiomas extranjeros. As que no he podido enterarme
bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted
simpatizaba con Isabelita...

Estamos en esas? dije para mis adentros mirndole con sorpresa e
inquietud. En cuanto a doa Clara, le clav una mirada capaz de hacerle
polvo.

--S, seor--respond al cabo secamente.

--Dispnseme usted, seor de Ribot... Yo soy un poco tardo de
comprensin y ms en estos asuntos tan finos... Tambin creo entender
(perdneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para
dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdneme, por Dios, si
no s expresarme como ustedes...

--S, seor; deseaba la autorizacin de ustedes antes de estrechar mis
relaciones con Isabelita.

--Perfectamente! Eso!... Veo que no me haba equivocado. Pues bien, mi
seor, yo estoy conforme con todo lo que doa Clara le ha dicho, y si le
hubiese dicho ms, con ms estara conforme todava. Ya conoce usted mi
opinin, seor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un
consejo acertado sobre todos los negocios, para qu calentarse la
cabeza discurriendo?... Solamente yo deseara que en ste no hubiese
compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso.
Si ms adelante a usted, seor de Ribot, le conviene ese compromiso y a
nosotros nos conviene tambin, entonces ya podremos hablar de otro
modo... digo, ya mi seora le hablar de otro modo, porque yo ni pincho
ni corto; bien lo habr usted comprendido, mi seor.

Lo que comprend perfectamente era que aquel gallego socarrn, antes de
soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de
fortuna. Me dej engaar, sin embargo, en la apariencia. Acept lo que
me propuso, manifestndole que mi visita no era oficial, sino un simple
paso de atencin y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su
libertad como yo conservara la ma.

--Eso! Justo!... justo!... Nada de compromiso.

Doa Clara, en tanto que hablbamos, se haba mantenido inmvil y rgida
mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan
solemne y desdeosa al mismo tiempo que nada podra dar idea de su
grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrpolis, si
hubiramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigedad
pagana llegase intacta hasta nuestros das. As permaneci hasta que yo,
dirigindome a la escalera, desaparec de su horizonte visible.
Retamoso baj conmigo, me llev hasta el portal, se quit el gorro, di
mil zapatetas, me estrech ambas manos con inexplicable ternura y me
dijo al odo al despedirme:

--Por supuesto, seor de Ribot, todo esto sin compromiso no le parece?
Mi opinin es que no debe de haber compromiso.

No ri poco el bueno de Mart cuando le cont los pormenores de aquella
entrevista. Me felicit calurosamente, y arrastrado de su fantasa
optimista traz en un instante veinte planes, a cual ms risueo, sobre
mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran
riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la lnea de vapores, cuya
alta inspeccin se me confiara. Tambin tendra una parte en el negocio
de los pozos artesianos cuando stos empezasen a dar agua. En cuanto a
la canalizacin del ro, me manifest con grande y sincera tristeza que
le era imposible darme por ahora ninguna accin. Le respond que no se
apesadumbrase: tratara de vivir sin ella. Mi resignacin le conmovi
tanto que concluy por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera:

--Tendra un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna
participacin en este negocio, que ser el mayor que se haya hecho en
Espaa hasta ahora.

Cristina, a quien comunic acto continuo lo ocurrido, se mostr conmigo
ms afectuosa y expansiva que de ordinario. Observ, no obstante, en su
rostro una expresin melanclica que en vano trataba de ocultar. Haca
esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraa y
sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo
ensimismamiento.

Cen con ellos. Nos sentamos a la mesa, adems del matrimonio y su mam,
Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus nios, los cuales nos
divertan extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos
enrojecidos, sonrea tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que
aquellas criaturas me inspiraban. No falt quien apunt, creo que fu
doa Amparo, que yo iba a ser un padre cariossimo, lo cual caus a
Isabelita una verdadera sofocacin de rubor. Estos accesos se repitieron
varias veces durante la cena, porque Mart tuvo a bien sazonarla con
alusiones ms o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre
todo, cuando hizo destapar una botella de _champagne_ y alzando la copa
brind por que el capitn Ribot se mantuviese sobre las anclas en
Valencia toda la vida, las mejillas de su prima no prendieron fuego a
la casa porque, afortunadamente, nadie arrim a ellas algn material
combustible.

Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardn quise
ofrecer el brazo a Cristina. Senta vivo deseo de hablar con ella, de
sondar su alma, que me pareca turbada. Antes de buscar refugio en otro
puerto, ya que la fatalidad haba hecho que el de ella estuviera cerrado
por m, deba saber que acataba los designios de Dios; pero jams, jams
olvidara aquel sueo de amor. As era la verdad. Aunque haca esfuerzos
heroicos por alejarlo, representndome otras escenas, otros goces, otros
deberes, volva tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi
conciencia.

Ya haba apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercndose a
nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:

--No habamos quedado en que esta noche sera yo su caballero?

Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no
bastaba a templar la sonrisa fra que vagaba por sus labios.

Cristina le respondi con otra tmida, y apresurndose a soltar mi brazo
para tomar el suyo, articul con voz alterada:

--Gracias, Ribot. Enrique me lo haba ofrecido antes...

Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del
vestbulo les di en el rostro, pude observar que Castell le hablaba
con ademn colrico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se
disculpaba con la mayor humildad.

Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorri de pronto.
Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluy al
corazn. Sent un vrtigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al
pasamano para no caer.

[imagen: una barra decorativa]




XII


Juro que en la turbacin que experiment no entr para nada el despecho.
Mi orgullo no se resinti por esta preferencia. Tan slo sent una
tristeza mortal, como si la ltima ilusin que me ligaba a la vida se
escapase volando. Es ms: el amor profundo que me inspiraba ni se apag
ni merm siquiera. Debilitse, es cierto, el respeto, la idolatra; pero
creci, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su
pedestal y se transformaba en mujer. Perda en majestad, pero ganaba en
encanto.

En los das sucesivos observ que se acentuaba en su rostro aquella
expresin humilde que tanto me haba sorprendido. Con esto me figur que
se daba cuenta de su cada y me peda perdn. En vez de mostrarme
desabrido hice cuanto fu posible por que me viese ms respetuoso y ms
amable que antes. Ella lo agradeci; a cada instante me ofreca
testimonios de su amistad cariosa. Su corazn era noble: si haba cado
en la vergenza, deba achacarse a la fatalidad de las circunstancias,
no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces.

Y Mart? Pobre Emilio! Cada vez que le vea me senta ms atrado por
su bondad e inocencia. Le observaba un poco decado de cuerpo, pero
alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde pasebamos solos por la
orilla del mar. Como ni l ni yo somos de humor melanclico, nuestra
conversacin saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las
ancdotas que se nos ocurran. Una de las que yo le relat le hizo ms
gracia de lo que mereca. Tanto ri, que al cabo le vi ponerse plido,
llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un
vmito de sangre. Le auxili como pude, le llev a una fuente prxima,
donde bebi agua y se lav. Yo estaba mucho ms impresionado que l.
Apenas poda hablar. Le anim, sin embargo, manifestndole que aquello
no tena importancia y citndole numerosos casos de amigos a quienes
haba pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo
serenado sonri.

--Tienes razn; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los
pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jams he tosido. Me
cuidar un poco ms y el verano que viene ir por precaucin a
Panticosa... Pero es necesario ocultrselo a Cristina... Ya sabes cmo
son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el
cario que me tiene le hara temblar... Capaz es, por su afn de
curarme, de descubrrselo a Cristina.

Los ojos, a pesar mo, se me rasaron de lgrimas. Al observarlo pareci
sorprendido; qued un instante suspenso, y soltando despus una
carcajada me abraz, exclamando:

--Eres muy original, capitn!... Hay que quererte a la fuerza... Pero
confiesa que si no tuviese un temperamento tan prctico y no estuviese
acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me haras entrar en
aprensin... Afortunadamente, s a qu atenerme respecto a las fuerzas
de mi organismo...

--Mi emocin ha sido producida por la sorpresa--me apresur a decir para
enmendarlo--. Adems, no me siento bien estos das: tengo los nervios
alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos
cuando t, al parecer, eres un hombre robusto...

--Robustsimo! No tengo ms que el estmago un poco dbil y de vez en
cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si
as no fuese, cmo podra soportar el inmenso trabajo que pesa sobre
mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?

--Desde luego. Eso no ofrece duda... Y no has sentido hasta hora
ninguna alteracin o malestar en los pulmones?

Mart di dos pasos atrs, me mir fijamente, y ahuecando un poco la
voz profiri secamente:

--Mis pulmones son los de un atleta.

--De veras?

--Los de un gladiador--rectific sacudiendo su cabellera con gesto de
inquebrantable conviccin.

Acto seguido se lanz en un panegrico de su aparato respiratorio, tan
entusiasta y caluroso, que no lo hara ms elocuente si fuese
comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio.
Yo le felicit con el mismo entusiasmo por hallarse en posesin de un
ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no par hasta darse
puetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el
aria final de _Luca_. Quin osara dudar en adelante de sus vsceras?

Llegamos a casa, l de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de
tanto claro testimonio, no poda desechar ciertas aprensiones. Al verle,
cuando el camino se estrechaba, marchar delante de m, sus hombros
estrechos, su cuello largo y orejas cadas no me traan a la memoria la
figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olmpicos.
Me asombraba que unos pulmones tan magnficos como l deca hubiesen
buscado tan pobre alojamiento.

Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y
misterio. Aunque corran los ltimos das de Septiembre, las flores
abiertas exhalaban su perfume en esta regin afortunada; los rboles
ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el
csped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas
voluptuosos, romnticos, de las violetas, de las rosas, de los
heliotropos, venan de la huerta que nos rodeaba otros soplos ms densos
de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los
efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del
maz.

Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su
madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los nios de sta correteaban por
el jardn, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz
madre los contemplaba con sonrisa melanclica. Castell estaba sentado
al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por
detrs de un macizo de caas indias. Ella clav una mirada en su marido,
despus en m, y baj instantneamente los ojos con expresin seria y
reflexiva. Pero volvi a alzarlos y escrut con inters la fisonoma de
Emilio, mientras ste, sintindose observado, charlaba y rea con
exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercndose a l,
profiri:

--Ests plido, Emilio. Te sientes mal?

--Yo? Qu idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido
riendo toda la tarde. El capitn posee un repertorio de cuentos
deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no
todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.

No se di por satisfecha; pero volvi a sentarse, aunque sin quitarle
los ojos de encima. Castell haca esfuerzos por atraer su atencin
hablndole al odo. La conducta de aquel hombre me pareca el colmo del
cinismo.

Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya
estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando bamos a sentarnos a
ella entr el criado y, llamando aparte a Mart, le entreg una carta
con cierto misterio. Abrila al instante y no pudo reprimir un
movimiento de asombro. Guardla en seguida, y pidiendo permiso por
algunos minutos tom el sombrero y sali. Nuestra curiosidad estaba
excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era
visible, pregunt al muchacho:

--Quin le ha entregado a usted esa carta?

--Un caballero.

--Aguardaba contestacin?

--No, seora. Deseaba hablar con el seorito y se qued detrs de la
puerta grande esperndole.

Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aument
extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en
satisfacerla. Mart se present a los pocos minutos y, depositando el
sombrero en una silla, pregunt jocosamente:

--A que no saben ustedes a quin voy a tener el honor de presentarles?

Todos le miramos con impaciencia.

--Un caballero cuyo nombre comienza con _ese_.

--Sabas!--exclam Matilde.

Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademn violento, baj a
sus nios de las sillas donde se haban acomodado y, empujndolos
rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.

Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tard
en trasponer la puerta que comunicaba con el jardn, y en pos de ella su
interesante propietario. Un grito de doa Amparo. Un abrazo convulsivo
despus. Lgrimas en abundancia.

Sabas, en brazos todava de su madre, pase una mirada vaga y afligida
por el mbito del comedor.

--Matilde!... Mis hijos!...--gimi de un modo dramtico.

--Todos te abandonan menos tu madre!--respondi doa Amparo con acento
no menos pattico.

Sabas reclin la cabeza sobre el pecho maternal como vctima resignada.
Con esto doa Amparo le apret an con ms fuerza, dispuesta a dar su
sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendi al cabo, se arregl
la corbata y nos tendi la mano gravemente, en la actitud digna y serena
de un general que acaba de capitular despus de una resistencia heroica.
Fu a saludar a Cristina, pero sta volvi la espalda y sali de la
estancia. Entonces sacudi su cabeza de modo sentimental y nos dirigi
una mirada dulce y expresiva. Despus elev sus ojos al cielo pidiendo
la justicia que en la tierra se le negaba.

Lo que me caus verdadero asombro fu que su rostro vena terriblemente
atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre
todo en la nariz. Ms que de una escapatoria romntica con la dama joven
por el principado de Catalua, pareca llegar de una expedicin
cientfica y civilizadora a travs del Africa central.

Doa Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se
serenase. No haba necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la
vez, en aquella ocasin tan crtica, nos impresion profundamente. Sin
embargo, despus que hubo bebido el agua, profiri con firmeza
asombrosa:

--Necesito ver a Matilde.

Y uniendo la accin a las palabras se dirigi, lleno de majestad, hacia
la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le
seguimos todos, porque nos sentamos fascinados por su ademn noble y
severo.

La inquietud se apoder de nuestro espritu pensando en la escena
dramtica que iba a desarrollarse. Sabas abri dos o tres puertas
consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaque su
denodado corazn. Sin proferir una palabra subi al piso principal.
Nosotros le seguimos ansiosos.

Matilde estaba en su habitacin y con ella Cristina. Al ver a su marido
dej escapar un grito de indignacin y se lanz a otra puerta para huir
de nuevo. Cristina trat de retenerla.

--Djame!--grit con rabia--. No quiero verle.

--Matilde, por Dios!--exclam Cristina abrazndose a ella.

--Dejadme! Dejadme...! Entre los dos todo ha concludo!

Entonces el prfugo, de pie en medio de la estancia, sinti que las
fuerzas le abandonaban. Se llev la mano a la frente con abatimiento, se
doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrs, justamente los
necesarios para acercarse al sof, cay en l atacado de un sncope.
Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fu la ltima. Al
contrario, trmula y afligida, ella fu quien le roci las sienes con
agua y le desabroch el chaleco y la camisa para impedir la sofocacin,
repitiendo con expresin delirante:

--Sabas! Sabas mo...! Perdname!

Mientras tanto doa Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente,
diversos productos qumicos de naturaleza voltil y excitante. Los dems
procurbamos coadyuvar a la obra medicinal con ms o menos modestia,
trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire
con un abanico al desmayado. La nica que permaneca inactiva y no
pareca dispuesta a prestar ningn socorro higinico a su hermano era
Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraa severidad. No
dudo que esta actitud le parecera a cualquier otro cruel y
desnaturalizada. A m no, porque el amor profundo, insensato que aquella
mujer me inspiraba, me haca encontrar todos sus actos justos y dignos,
todos sus gestos adorables.

Al fin Sabas sali del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas
veces lo haba hecho su mam antes que l:

--Dnde estoy?

--Con tu esposa!

--Con tu madre!

--Que te adora!

--Que te idolatra!

Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a
la vez sobre sus narices despellejadas. Pase los ojos extraviados por
la estancia, mirndonos a todos como si no nos conociese, y fijndose al
cabo en su esposa grit con espanto:

--Matilde!... Matilde!... Matilde!...

Acto continuo se abraz a ella y cay en un ataque de risa convulsiva.
Las carcajadas de l, unidas a los sollozos de su esposa y a los
lamentos de doa Amparo, formaban conjunto aterrador que contristara el
corazn ms duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo
reconoce en esta clase de ataques, yo senta unas ganas atroces de reir.
Con mucho trabajo pude reprimirlas. Sal de la habitacin y baj de
nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los dems, quedando slo
arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos
despus estaban ellos tambin abajo. Cristina di orden de servir la
sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfaccin, que Sabas
coma con excelente apetito y se mostr, mientras dur la comida, tan
alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con
los ojos de puro cario, atenta enteramente a servirle.

Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar caf, y,
encendiendo un cigarro puro, pregunt a su cuado si poda disponer del
coche.

--Pero te vas?--le pregunt su esposa con sorpresa y disgusto.

--S, me voy a tomar caf al Siglo. No he visto todava a ningn
amigo..... Volver pronto.

Trat Matilde de retenerle con splicas siquiera aquella noche,
acaricindole las manos; pero no consigui ms que impacientarle.
Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambi de tono,
y abrazndola le dijo con acento carioso:

--Tonta! No me permites que celebre nuestra reconciliacin?

Con esto la enamorada esposa qued ya satisfecha y contenta, y ella
misma le puso el sombrero, le quit el polvo de las botas y le despidi
a la portezuela del coche.

Permanecimos de sobremesa algn tiempo. Emilio se fu a acostar,
manifestando que senta sueo: pienso que su vmito debi de alterarle
ms de lo que deca. Matilde subi a acostar a los nios. Quedamos
charlando en un rincn Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell,
mientras doa Amparo bordaba en el medio a la luz de la lmpara.

Aquella situacin me impresionaba tristemente. Parecamos dos parejas de
novios vigilados por la mam; y esto, por lo que se refera a Cristina y
Castell, no poda menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en
aquella mujer, que apenas poda creer lo que vea. Estaba distrado,
melanclico, y sostena difcilmente la conversacin con mi futura.

Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no saba si
iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba
con terror que despus de la cada de Cristina mi corazn mostraba ms
disgusto de entregarse a otra mujer.

Cuando baj Matilde despus de dejar a los nios en la cama, para salir
de aquella situacin no muy decente y esparcir un poco la tristeza que
me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se acept la
proposicin, y Cristina fu la primera en hacerlo, levantndose del
sof. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:

--No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.

Cristina volvi a sentarse a su lado.

--Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. Verdad, Matilde?--dije
sonriendo.

Esta e Isabelita me siguieron. Doa Amparo se qued con su hija y
Castell. Salimos por fin al jardn y de all entramos en la finca, cuyo
ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tena la frente ardorosa
y el corazn henchido de lgubres presentimientos.

[imagen: una barra decorativa]




XIII


El parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva:
era ms grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias
en medio del csped, figuraban caballeros envueltos en sus capas,
inmviles y amenazadores.

El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban;
los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso
lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma
emocin pareca que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazn.
Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancola
invencible que me oprima, no puedo menos de ser supersticioso.

Pero si la oscuridad infunda tristeza y un vago temor, los aromas,
unos suaves, otros penetrantes, que al travs de las hojas silenciosas
se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas
perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la
magnolia, bamos respirando, segn caminbamos, mil olores deliciosos.
Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume
lnguido, voluptuoso del heliotropo consigui dominar a los dems.
Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aqul era su aroma
predilecto. No quiso que pasramos de all, y nos oblig a sentarnos en
un banco rstico para darse un hartazgo, como ella deca. Mas lo grave
del caso fu que aquel perfume sutil de amor oriental no tard en
traerle a la memoria la imagen potica de su esposo. Y fascinada por
este recuerdo, nos entretuvo largo rato contndonos las particularidades
ms interesantes de su vida domstica: a qu hora se levantaba de la
cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limn que poco
despus introduca en su precioso organismo, cuntas tostadas tomaba en
el caf, los pitillos que fumaba, los paseos que haca por la casa y
hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y
purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza.

Como si sta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de
la admiracin que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave
claridad se esparci repentinamente por la alquera. Volvimos los ojos
hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmviles el disco de la
luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos
las hojas metlicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas,
las cimas de las caas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en
los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables.
Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se
alzaba serena por la bveda azul sembrada de oro.

Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le haca
recordar a Sabas, pens que era necesario prepararle la cama y nos
invit a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche
estaba deliciosa; se qued sola conmigo. No me atrev a representarle la
inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos
algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo
banco.

Sin embargo, no tard en encauzar la conversacin hacia nuestro
proyectado matrimonio. Me habl de su equipo. Le preocupaba enormemente
si haba de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres
de stas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba
distrado y caviloso y, sin darme cuenta de ello, responda de mala gana
y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atencin consigui fijarse
cuando la nia comenz a hablarme de nuestra casa, de los gastos que
ocasionara y de los medios con que contbamos para subvenir a ellos. Me
sorprendi la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos
econmicos. Estaba enterada no slo de lo concerniente al comercio de su
padre, sino tambin de los cambios, descuento de letras, cotizacin de
valores, etc. Por largo rato la o con pasmo discurrir acerca de las
probabilidades de alza de ciertos valores pblicos que su padre haba
comprado recientemente, de la amortizacin de otros que ya posea, de la
baja repentina de las acciones de la Compaa Arrendataria de Tabacos,
de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba.
Aquella erudicin financiera no me caus agradable impresin. Comprenda
la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para
regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi
temperamento nada prctico y ms an con la idea que me haba formado de
aquella criatura. Pareca caso maravilloso que palabras tan viejas
saliesen de labios tan juveniles.

No par aqu al cosa. De una en otra, y con extraa habilidad, lleg la
nia a averiguar exactamente mi capital. No tena por qu ocultarlo. A
la primer insinuacin se lo manifest con entera claridad: una casa,
pocas tierras y algunas acciones en la Compaa a cuyo servicio haba
estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita qued
pensativa un instante.

--No es mucho--dijo al cabo con cierta inflexin antiptica de voz, que
yo no le conoca.

Y despus de una pausa aadi con sonrisa forzada:

--Mi padre te crea mucho ms rico.

--Pues ya ves cmo se ha equivocado--respond con sonrisa ms forzada
an--. Casi siempre nos equivocamos respecto a los dems, unas veces
creyndolos ms ricos... otras creyndolos ms nobles.

Todo estaba dicho ya. Sent una repugnancia enorme, invencible, casi
pudiera llamarla asco. En un instante qued formada mi resolucin. Por
todos los tesoros de la tierra no me casara con aquel mercachifle de
perfil angelical.

Y, caso raro: despus de tomada esta resolucin no slo me sent
tranquilo, sino hasta feliz. Pareca que me haban quitado un gran peso
de encima. Con sorpresa de Isabel, que se haba quedado pensativa por
el tono de mis palabras, comenc a mostrarme alegrsimo y chancero como
nunca.

Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la
conversacin como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio
adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercndonos a
casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos
quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la
plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallbamos pudimos verlos bien,
pues la luz de la luna los ba enteramente. Observ en seguida que su
conversacin no era indiferente. l vena risueo, insinuante,
inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al odo. Cristina, plida,
la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir
a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por
delante de nosotros sin vernos. A l no le omos porque hablaba muy
bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros
odos.

--Todo es preferible ya...

Esta frase, pronunciada con rara energa, nos impresion vivamente.
Isabelita me sujet con mano crispada la mueca y se levant para
seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la ma no lo
estaba menos. Pero como yo saba a qu atenerme y me pareca indecoroso
entregarle aquel secreto, trat de impedirlo. Fu intil. La nia se
desprendi con viveza y los sigui. Hice lo mismo, con el fin de
llamarles de algn modo la atencin. Pero cuando acord en m ya no vi a
Isabelita. Avanc en la oscuridad, que all se espesaba, guiado
solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprend que
Castell y Cristina se haban detenido. Segu avanzando y not que
estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas
de laurel plantadas a pequea distancia y que en lo alto se
entrelazaban. Me acerqu con paso cauteloso. En la parte exterior estaba
Isabelita con el odo pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la
mano en la boca y me apret con la otra el brazo de tal manera que me
produjo dolor. Qued estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no
poda imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergenza,
call y me mantuve quieto.

--Quiz usted califique--deca Castell--mi paciencia de algunos aos,
mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de
simple capricho. Quiz suponga que est en ello interesado mi amor
propio ms que una pasin profunda, irresistible... No podr suponer
con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto
tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad ms que de la virtud?

--Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de m...

--Ya lo conoce usted--interrumpi Castell--. No puede ser ms lisonjero.
No he hallado jams mujer cuya belleza y cuyo carcter me parezcan ms
interesantes y dignos de admirarse.

O un ligero bufido de desprecio y tras de l estas palabras:

--Preferira que usted me admirase menos y me dejase vivir ms
tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He
consentido en salir con usted y hallarme aqu a estas horas de un modo
inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es ms cara
que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi
vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con
honor y tranquilidad.

Nadie podr imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por m en
aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que haba
llenado de fango la imagen de mi dolo, huan como negros fantasmas.
Volva a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era
su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendi a mi corazn.
Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emocin.

--Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algn
ser cuya felicidad me interese ms que la suya y no lo hallar.

--Es bien poco decir--replic Cristina con acento sarcstico.

--Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo,
verdad? Est usted en un error. Antes de haber quedado preso en las
redes de una pasin desgraciada viva en perpetua curiosidad. Las
ciudades, las montaas, el ocano y los arroyos, la sociedad, las artes,
los amores fciles, todo me arrastraba y me seduca. Hoy estos objetos
son a mis ojos imgenes del hasto. El odio estril, el desdn que
irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompaan a todas partes, me
envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han
secado menos una... Pero cuando sta resuena mi ser se estremece, mis
facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el
da penetra en mi espritu...

--Diga usted la noche... La noche, que necesita una conciencia oscura!

--La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor
Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las
ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo
conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le dira francamente
que menta. Ningn ratn se ha parado delante del queso; ningn hombre
delante de una mujer, por miedo a la conciencia.

--Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de
lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus
embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecucin, y
concluir... vaya si concluir!

--Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza
ms con ser terca que virtuosa.

--Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no
existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse
a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.

--Si no existiese en m ms que orgullo, cunto tiempo hace que hubiera
castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la
tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazn con un gesto,
envenenar el alma y llenarla de clera rabiosa con una mirada. Qu arte
tan perfecto! Qu habilidad exquisita para freir en parrilla a
cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y
adorable!... Estoy persuadido de que usted no est hecha para amar, sino
para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado
que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.

--Prefiero las injurias... Est bien. Si usted hubiera hecho siempre lo
mismo me habra evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es
absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de
mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuacin de
ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta
como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser
indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo
y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.

--Est as decretado?--pronunci l con entonacin burlona..

--S; est as decretado--respondi ella con acento colrico.

Hubo una pausa.

--Y no tiene usted miedo--profiri l al cabo con lentitud--que
acordndome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho
padecer, y desesperado de poder lograr jams de usted un poco de
compasin siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los
medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina ms
espantosa?

--No; no tengo miedo--replic ella con fiero orgullo.

--Hace usted bien: yo no me vengar aunque...

--Puede usted hacerlo cuando guste--interrumpi ella impetuosamente--.
Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo s; pero ama
mucho ms a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no slo
dara con gusto su fortuna, sino tambin su vida. Puede usted dejarnos
arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar
los dos. Pero cuando l se halle en una oficina desempeando el humilde
oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercar para llamarle marido
complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia
podr asomarse a los balcones y decir: Esa pobre mujer que veis ah con
una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda; pero
no dir, yo lo juro: Esa que ah va es una prostituta.

--Oh! Eso es muy fuerte!--exclam Castell.

--S, prostituta!--profiri ella recobrando la firmeza--. Porque es
igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.

--Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversacin un
giro demasiado romntico... La cesta al brazo... Pero si eso es un
folletn! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aqu
no hay ms que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma;
que por obtener su amor sera capaz de todos los sacrificios, incluso el
de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la
partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por
entregas de los que excitan la clera de las modistas.

--Concluyamos; yo no puedo estar ms aqu--dijo ella.--Al mismo tiempo
pude observar que se pona en pie.

--S, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejar de pretenderla,
no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin
embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen.
Alejado de usted esperar con paciencia la ocasin, y cuando llegue, de
nuevo me encontrar usted en su camino ofrecindole este pobre corazn
que usted ha ultrajado tanto.

--Est bien. Adis.

Castell tambin se haba puesto en pie. Ms por las palabras de Cristina
que porque realmente lo viese, comprend que trataba de sujetarla.

--Sulteme usted!

--Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece.
Djeme usted besar esos ojos incomparables.

--Sulteme usted!--repiti ella con energa y forcejeando.

--He renunciado a todo--dijo l con enrgico tono tambin, aunque
reprimiendo la voz--; pero le juro a usted que no renuncio a este beso
aunque me costase la vida.

--Sulteme usted, o grito!

--Grite usted cuanto quiera. Si usted est decidida a provocar un
escndalo y dar quiz la muerte a su marido por este beso, yo tambin lo
estoy.

En aquel momento penetr en la glorieta y le puse la mano sobre el
hombro.

--Qu es eso!... Quin va?--exclam dando un salto que le apart largo
trecho de Cristina.

--No hay que asustarse; soy yo.

--Y quin es usted?--replic sacando un revlver y apuntndome.

--Guarde usted esa arma para los ladrones o tngala prevenida para
cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la
honra y la dicha. Aqu no hay ladrones ni traidores.

--Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin
dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un
ltigo sera ms adecuado que un revlver--profiri con acento
sarcstico.

--Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasin ms oportuna. Nadie
se dedica aqu a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las
trae a los odos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas
para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado
la tristeza de penetrar en los rincones ms sucios y lbregos de la
conciencia humana.

--Miente usted!--exclam avanzando hacia m frentico.--Usted nos
estaba espiando. Qu habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted
que barrer tanta inmundicia de s mismo! Nos estaba usted espiando, lo
repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. Con qu derecho
sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta
familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?

--Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro--repliqu con
calma--. Por lo dems, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los
de las corrientes del Ocano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene
derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.

Entonces l, tomando quiz mi calma por cobarda, o por ventura ganoso
de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarr
con furia de la solapa y, sacudindome y metiendo su rostro amenazador
por el mo, me grit:

--S, seor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a
tolerarlo. Lo oye usted? S, seor, le he ofendido a usted, y qu? No
est usted an satisfecho con esta ofensa? Pues ah va otra...

En el aire cog su brazo. Le sujet el otro tambin y, bien agarrotado,
pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas
sacudidas y le encaj las espaldas entre el follaje de la glorieta.

Una voz son en mis odos.

--Djelo usted, Enrique, djelo usted! No exponga su vida por un
cualquiera.

Qued estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solt la presa y, volviendo
la cabeza, contempl delante de m la figura virginal de Isabelita. S,
ella era. S, ella haba proferido aquellas palabras.

--Muchas gracias--le dije sonriendo.

Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigi una mirada. Con el
semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tom por una
mano y le sac de la glorieta.

[imagen: una barra decorativa]




XIV


Cristina estaba sentada y tena el rostro oculto entre las manos. Me
acerqu a ella.

--Perdone usted que haya entrado aqu. No fu dueo de contenerme.

--Ha hecho usted bien; gracias--murmur sin cambiar de actitud.

Guardamos silencio. Alzndose bruscamente, exclam:

--Vmonos! vmonos!

Y sali de la glorieta y se dirigi precipitadamente hacia la casa. Yo
la segu; pero unindome a ella en seguida le hice presente la
conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteracin a Emilio.
No me respondi: cambi de direccin encaminando sus pasos por una calle
estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas consegua penetrar.
Marchaba delante de m con pie ligero. Pronto la perd de vista. Me
detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tom este
ltimo partido, por el temor que me asalt de que tropezase nuevamente
con Castell.

Apret el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabelln que
llevaba su nombre. Me acerqu y le aconsej que se reposara un momento
all.

El saln, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofreca en
aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales
de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros
pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de
mrmol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trgicas o
amenazadoras.

Cristina se dej caer en un sof y yo me sent a su lado. Permanecimos
silenciosos largo rato.

--Cuando por primera vez--dije al cabo--tuve el gusto de entrar en su
casa cre ver una imagen abreviada del paraso. Alegra, cordialidad,
dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira
respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que
amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes
la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. Le sorprender a
usted si le digo que entre el follaje de tantas alegras vi tambin
asomar la cabeza de la serpiente?

--No lo dudo--respondi ella en actitud pensativa, mirando al cielo por
los cristales.

--Si no la hubiera visto, me bastara observar ciertas seales de su
rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro
del alma. Qu feliz me hubiera usted hecho confindome sus inquietudes!
Soy un amigo reciente, lo s; pero el afecto que tanto usted como Emilio
me inspiran no puede ser ms sincero.

--Gracias, gracias, Ribot--murmur.--No era posible.

--No era posible, en efecto... Cmo haba de ser cuando no tuve acierto
para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso
que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza.
Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdn...

Como si estas palabras despertasen en su espritu alguna inquietud, se
alz del asiento, levant una cortina que se haba desprendido del
alzapaos, cerr el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.

--Por lo que he odo--le dije despus de una pausa--, Castell tiene
medio de hacerles a ustedes dao.

--Nuestra fortuna entera est en sus manos.

--Cmo!

--Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos
bien ruinosos.

--Y l se lo fu dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus
obsequios.

--Es posible... Sin embargo, Castell es ms comerciante an que
enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretenda, el negocio
seguira su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueo absoluto de
la empresa de vapores.

--Supongo que despus de las palabras que he podido oirle hace un
momento se abstendr de apoderarse de ella.

--No lo s.

--Qued unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma,
profiri con voz sorda:

--El da que Emilio y yo nos casamos fu a mi cuarto despus de la
ceremonia para mudarme de traje. Nos marchbamos a Madrid a pasar
algunos das. Cuando bajaba tropec con ese hombre en la escalera. Me
detuvo dirigindome algunas frases galantes y me pidi un ramito del
azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por
vergenza... por temor... Desde el primer momento me fu repulsivo. Ms
tarde, cuando estbamos en la estacin, al darme la mano para
despedirnos, me dijo casi al odo: Si algn da llega usted a cansarse,
acurdese de que tiene amigos que la admiran tanto o ms que l.

--Qu insolencia!

--No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco despus. La
amistad que les una era tan estrecha que me acobardaba el romperla.
Cuntas veces me he preguntado desde entonces s habr hecho bien o
mal!

--Y usted no le trataba antes ntimamente?

--S y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo all unos das y
bail con l en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a
Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me
declar su amor. Yo tom aquello por lo que era: un entretenimiento de
forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se march de
Denia y de Espaa y estuvo cerca de dos aos viajando. Cuando regres
estaba para casarme con Emilio: faltaban slo unos quince das para la
boda.

--La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y
dndole poder para causarle todava algunos disgustos.

No respondi. Quedse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en m
sus grandes ojos con inters:

--Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos ms que de mis
disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.

--Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme
desengaado a tiempo. Adems, siempre he sospechado que esa nia estaba
enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeasen en lo
contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco senta un amor muy
entraable.

--Entonces, por qu se casaba usted con ella?

--Porque... porque... no s por qu... es decir, s lo s y usted lo
sabe tambin; pero hay cosas que ni aun a m mismo las quiero confesar.

Estas palabras causaron en su rostro visible turbacin. Qued
repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su
frente aquella temida arruga de marras.

--No, Cristina, no--me apresur a decir con vehemencia--; le ruego que
no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He
sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he
cado tambin; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jams
la traicin hall abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades
brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a
ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que
no las utilizara para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que
las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y
aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.

El acento acalorado, la expresin sincera con que pronunci estas
palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de
asombro.

Su frente se desarrug y una dulce sonrisa se esparci por sus labios.

--S, ya vengo observando que es usted ms original de lo que en un
principio imagin. Vale ms as.

Y al decir esto me tendi graciosamente su mano, que yo estrech con
tanto respeto como efusin.

En aquel instante una sombra sali por detrs de nosotros y se plant
delante diciendo:

--Buenas noches.

Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.

--T aqu, Emilio? Cre que ya estabas acostado--dijo aqulla
recobrndose instantneamente.

--No, no me acost. Senta calor como vosotros y sal a dar una vuelta
por el jardn. O ruido de conversacin y entr.

A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos
en su actitud y su acento algo extrao que nos caus fuerte inquietud.

--La noche est muy hermosa--sigui, comenzando a pasear por la
habitacin con las manos en los bolsillos--. El mes de septiembre no le
ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco
de fresco. No tengo ningn deseo de irme a la cama.

Respond con algunas palabras insignificantes como stas. No hizo seal
de escucharlas. Sigui paseando en actitud meditabunda, y al cabo se
plant delante del balcn, de espaldas a nosotros, y qued inmvil
mirando por los cristales. Luego abri los bastidores y se quit el
sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.

Cristina le miraba sin pestaear. En sus ojos se iba pintando una
tristeza ansiosa.

Pareca consternada. Transcurrieron as algunos minutos en silencio. Al
cabo, como si no pudiese resistir ms tiempo aquel estado de tensin, se
levant vivamente y acercndose a su marido le dijo ponindole una mano
sobre el hombro:

--Vmonos ya a casa.

--Como t quieras--respondi l secamente.

Salimos del pabelln y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba.
Trat de emparejarme con Mart y trabar conversacin. Observ al
instante que rehua mi compaa, respondiendo con pocas y secas
palabras. Antes de llegar a casa tom el brazo de su esposa y apret el
paso dejndome atrs. Aquel mudo desaire me oprimi el corazn. Los
segu con tristeza, la cual fu cediendo el puesto a una sorda
irritacin al pensar con cunta injusticia me trataba. Y segn
caminbamos se afirm en mi espritu la idea de entrar con l en clara y
enrgica explicacin y descubrir lo que pasaba.

Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la _marquesina_ de cristales
que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor
vi las sombras de Castell, Isabelita y D. Amparo.

--Vaya--les dije con afectada indiferencia--, ustedes a la cama y yo a
la ciudad.

--No espera usted que mandemos enganchar el coche?--pregunt
tmidamente Cristina.

--No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta maana. Buenas
noches.

Fu a dar la mano a Emilio.

--No--me dijo con inusitada gravedad--; voy a acompaarte hasta la
puerta de la finca. Tambin me apetece dar un paseo.

Extend la mano a Cristina. Me la estrech por primera vez en su vida,
con singular energa, clavndome al mismo tiempo una mirada suplicante y
ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerr los ojos para
indicarle que poda fiar en m.

Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conduca a la puerta
de salida. Mart iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio
obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos,
prometindome ser fiel a la tcita promesa que haba hecho. En efecto,
al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profiri:

--Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad
exagerada. No slo los celos, que tanto atormentan, sino tambin el
miedo al ridculo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por
temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por
lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas
ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se
afianza con la gratitud.

--Tienes razn--respond--. Hasta ahora he procurado cumplir con esa
obligacin que todos los hombres tenemos, no slo con los amigos, como
dices, sino con el prjimo en general. Una fatal casualidad me acaba de
colocar en situacin que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu
honor. Entiende sin embargo, que Cristina...

--No hablemos de Cristina--interrumpi clavando sus ojos en los mos con
firmeza--. Todas las noches del ao, antes de dormirme, doy gracias a
Dios por haberme unido a ella. Esta noche ser lo mismo que las otras.

--Hablemos de m entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en
situacin de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro
con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sera de
una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de ndole tan delicada, que
una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la ms
pequea molestia. Si, como observo, t la has experimentado, estoy
resuelto a alejarme de aqu y no poner ms los pies en tu casa.

No respondi. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la
puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz
temblorosa:

--Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolucin. Quiz
me ponga en ridculo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que
acaba de pasar... pero qu quieres?... prefiero quedar en ridculo a
que se turbe en lo ms mnimo la tranquilidad que hasta ahora he
disfrutado.

--Te sobra razn: yo, en tu caso, hara lo mismo--respond--. Maana a
primera hora saldr de Valencia, y acaso no volvamos jams a vernos.
Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los ms
profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad ms de lo que te
figuras, estoy agradecido a tu cariosa hospitalidad y no me consolar
jams de haberte causado inconscientemente un pequeo disgusto. Si algn
da necesitases de m, para todo me ofrezco.

--Gracias, gracias, Ribot--murmur conmovido.

Tena una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra
sostena el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la
mano, y sin extenderle la ma sal al camino.

--Adis, Mart--le dije volviendo la cara--. Dios te haga tan feliz
como lo has sido hasta ahora!

--Adis, Ribot. Muchas gracias.

[imagen: una barra decorativa]




XV


La puerta se cerr. Al travs de sus rejas le vi alejarse y perderse
entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Qued
solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoder de m como
si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.

A paso lento comenc a apartarme de aquellos sitios tan gratos,
persuadido de que no volvera a pisarlos jams. En realidad, los ltimos
sucesos haban sido tan sbitos y atropellados que apenas poda darme
cuenta de ellos. Un momento haca representaba en aquella casa el papel
de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora sala de ella como
un extrao del cual se olvidara pronto hasta el nombre. Mas en medio
de aquella tristeza, en la noche triste que haba cado sobre mi
corazn, luca una estrella bien amable: era la mirada suplicante de
Cristina. En aquella casa quiz no se pronunciara ya mi nombre, pero
ella no podra olvidarlo jams. Esta idea me produjo extraordinario
consuelo. Segu caminando con ms firmeza, y cuando llegu a la esquina
del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contempl un instante con
melancola y acercndome a l lo bes repetidas veces. Luego me alej
apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.

La luna, en lo alto, baaba el campo de luz transformndolo en lago
dormido. La llanura se extenda delante de m bordada por las crestas de
las montaas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aqu y
all los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal,
mientras algunos cipreses se erguan solitarios, inmviles, alargando su
sombra sobre el camino. Detrs, el mar rielaba tranquilo tambin,
reverberando la luz de la luna.

La dulzura de aquella noche invada mi corazn y lo refrescaba. El
campo, cubierto an de flores y perfumado por los olores penetrantes de
los frutos maduros, adorma mis sentidos y calmaba la fiebre de mi
pensamiento. Avanc con paso ms ligero. Valencia en aquella hora
dorma ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban
lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel
protegiendo aquella ciudad afortunada.

Cuando me alej buen trecho de la alquera, quise reposarme un momento.
No tena deseos de entrar en la poblacin. Necesitaba coordinar mis
pensamientos y trazar algn plan de vida, ya que en un instante se
haban deshecho los que haba formado. Sentme en la piedra de un
tornaruedas, saqu un cigarro, lo encend y me puse a fumar con calma.
Corto rato haba estado all, cuando sent a lo lejos el rumor de un
carruaje que se acercaba. Al principio no supe si vena de Valencia o
del Cabaal. Cuando me convenc de que proceda de este ltimo punto,
sent extrao desasosiego y pens en ocultarme; pero volviendo
inmediatamente sobre mi pensamiento, me determin a quedarme. Pronto
divis los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como haba
temido.

Cuando estuvo prximo me plant en medio del camino y grit con acento
imperioso al cochero:

--Para!

ste hizo un movimiento de sorpresa, pero todava empuj los caballos
hasta tocar conmigo. Los cog de la rienda y les obligu a detenerse a
tiempo que, reconocindome el muchacho, dijo:

--Buenas noches, don Julin.

Castell haba sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqu
clav en m los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademn la mano al
bolsillo, exclam:

--Si es una agresin, cuidado!

--No; no es una agresin--repuse yo levantando la mano en seal de
paz--. Es que quiero hablar con usted.

--Enveme usted sus padrinos y con ellos me entender--dijo
orgullosamente.

--Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento--repliqu.

Me contempl atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis
intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abri la
portezuela y dijo framente:

--Entre usted.

Me coloque frente a l. El carruaje parti.

--Deseo saber--pronunci al cabo de un momento--si ha sido usted quien
avis a Mart de que Cristina y yo nos hallbamos solos en el pabelln.

Abri los ojos con no fingida sorpresa y respondi en tono malhumorado:

--No entiendo lo que usted me dice.

Comprend que era cierto, y suavizando mi acento prosegu:

--Despus que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y
entramos en el pabelln con objeto de que Cristina se repusiera un poco
antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quera presentarse a
su marido en tal disposicin. Al poco rato de estar all vino Mart
repentinamente; se ofendi, como es natural; tuvo conmigo una
explicacin y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver
jams.

--Nada s de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted
satisfaccin alguna, porque tenemos una cuestin pendiente que se ha de
ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Mart una
palabra de este asunto. Es usted dueo de creerme o no. Lo que no deja
de sorprenderme es que, despus de la explicacin que acaba de tener con
l, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de
siempre.

--Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.

--Ha dejado usted que le sospeche de traidor?--pregunt en el colmo de
la sorpresa.

--S, seor.

--Y por qu ha hecho usted eso?

--Por gusto.

Me ech una mirada hostil y recelosa, alz los hombros y guard
silencio. Yo lo romp al cabo de un momento:

--Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus
fisonomas. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo
estarlo yo ms. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi
corazn. Pero obtenerla por medio de una traicin, lejos de causarme
alegra, sera la mayor desgracia que podra ocurrirme sobre la tierra.
Nunca ms dormira tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero
lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas
lgrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la
abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quiz con el
tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima
de la cubierta de mi barco, ser ms feliz que usted. Las estrellas del
cielo brillando sobre mi cabeza me dirn: Algrate, porque has sido
bueno. El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco,
me dirn: Algrate, algrate!

La luz de la luna baaba su rostro. Vi cmo se dibujaba en l poco a
poco una sonrisa.

--Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el da menos
pensado le tragarn como una mosca; el viento les ayudar a consumar la
hazaa y las estrellas del cielo presenciarn el espectculo tan
serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad
sobre la tierra que poseer lo que se desea.

--Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?

Qued un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:

--Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.

--No hay bien ni mal entonces?

--En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y as
ser eternamente... Alguna vez habr usted visto un nido de golondrinas.
Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pan,
abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por
uno. Qu interesante! Qu espectculo tan tierno! verdad? Pero a los
mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina
para servir de cebo a sus hijuelos, les parecer tan tierno y tan
interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro
cautelosamente, abatirlo de una pualada, arrancarle del bolsillo el
dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. Qu
horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos
sitios. Por qu? Si usted fuese mosquito pasara por all zumbando
alegremente.

--Pero nosotros tenemos conciencia.

--La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted
se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla;
pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi
empresa sin ningn temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mo es
ms sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted
tiende a disminuirla... No ra usted ni se muestre tan sorprendido... El
remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense
usted que los hroes de Hornero y Esquilo no se detenan ante el
fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares
ms bellos y ms nobles de la humanidad.

--Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad--repliqu con
acento irnico--. Pero no sera mejor que lo hiciese por medio de su
propia mujer y no con la de otro?

--De otro!... de otro!--pronunci sordamente--. Una convencin como
todo lo dems.

Qued algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla.
Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos
azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.

--La virtuosa Draudpadi--comenz a decir lentamente sin apartar los ojos
del paisaje--, una de las heronas ms interesantes de la antigedad
india, posea cinco maridos, los hermanos Pndavas. Aquellos hroes
gozaban en comn de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros
vivisemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sera moral
y plausible, puesto que ofreceramos a una mujer dos nuevos protectores.
Por qu le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo?
El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.

--Que termine como quiera!--exclam con mpetu--. Ahora y siempre el
causar voluntariamente un dolor ser pecado.

--No sea usted nio, Ribot--repuso con suficiencia irritante--. No hay
ms que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la
naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como
el hombre. En la regin serena donde se aposenta la vida, la vida
eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El nico y supremo fin
del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.

No respond. Qued a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando
por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acert a ver las primeras
casas de los arrabales.

--Tenga usted la bondad de hacer parar--dije--. Me quedo aqu y maana
saldr de Valencia sin batirme con usted. Achquelo a cobarda si
quiere. Ser un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la
amistad que debo a Mart. No aspiro a ser un hroe de Hornero como
usted, ni sueo con saltar triunfante sobre los cadveres de mis
enemigos. Pare usted.

Me dirigi una larga mirada despreciativa y tir del cordn, diciendo
framente:

--No s si ser usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es
uno de tantos ilusos como viven engaados acerca de s mismos y del
mundo que les rodea.

El coche par. Abr la portezuela y salt a tierra.

--Adis, Castell--le dije sin darle la mano--. Siga usted hacia esa
regin feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra ms triste
pero ms honrada.

Alz los hombros sin responder y apartando de m los ojos con desdn
tir nuevamente del cordn. Luego se recost cmodamente. El carruaje
parti y yo comenc a caminar lentamente hacia mi casa. Dej la blanca
carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me
intern en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve
ante la casa de Cristina. En el balcn de su dormitorio haba una mata
de malvarrosa. Cerciorndome de que nadie me vea, trep hasta ella y
arranqu unas hojas. Fu al hotel, sub a mi cuarto y me dorm
dulcemente apretando estas hojas en la mano.

[imagen: una barra decorativa]




XVI


Otra vez a la mar. Trfago de puerto, ruido de carga y descarga,
quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Despus horas
dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los
rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueo de amor no dej peso en mi
alma. Al cabo de algunos meses slo quedaba una impresin tierna y
potica que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la
noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos vea centellear las
luces del Caabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz
baja la despedida de _El Grumete_:

      Si en la noche callada
    sientes el viento, etc.

Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lgrimas como los de
una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor
alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandon en esta vida.

Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se haba casado con
Isabelita Retamoso. Buen provecho! Ms adelante tuve noticia por el
mismo de que la Compaa de vapores se haba deshecho y que ambos socios
sostenan un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclam
con ntima alegra:

--Arruinado tal vez pero deshonrado, no!

Aquel amigo me mir con sorpresa, y me cost no poco trabajo evadir una
explicacin. En este gozo no entrara por algo el amor propio
satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y s que ni los santos
pueden prescindir enteramente del amor de s mismos. Por ltimo, al
regreso de Hamburgo en cierto viaje, hall en Barcelona una carta que me
esperaba haca algunos das. Era de Mart, aunque escrita por otra mano.
Me deca que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y
me invitaba con frases en extremo cariosas a que le hiciese una visita,
en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aluda tampoco
al desabrimiento que habamos tenido, quiz por no iniciar al amanuense
en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de
congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.

Inmediatamente tom el tren de Valencia. Entr en esta ciudad
anocheciendo, al ao y tres meses de haber salido. Me aloj en el hotel
que sola. Su husped me recibi con muestras de afecto y me enter, sin
que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y
Mart. Este se hallaba arruinado. Haba perdido la participacin que
tena en la lnea de vapores, con la cual se haba quedado su socio.
Conseguido esto, como an no quedase resarcido del capital prestado,
Castell traspas los restantes crditos. Los tenedores le subastaron
todas sus propiedades, incluso la del Cabaal y hasta la casa que
habitaba en la calle del Mar.

--Con todo eso--termin diciendo mi husped--, si al cabo don Emilio
gozase de salud, como es joven todava, muy trabajador y tiene gran
cabeza para los negocios, es fcil que se repusiera... Pero el pobre
est muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos
me dicen que su enfermedad es de muerte.

Aquellas palabras me causaron impresin dolorosa. Nos llamaron a comer;
pero aunque me sent a la mesa, apenas pude tomar alimento. Sal despus
con intencin de ir a casa de Mart, que habitaba en un cuarto
alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volv, temiendo
molestarle a aquella hora o causarle una emocin que le impidiese
descansar. Enderec los pasos al domicilio de su cuado Sabas, para que
ste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo ms conveniente. Me
recibi su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan
dulce, tan activa. Su marido idolatrado haba salido ya.

--Estar en casa de Emilio--dije como cosa natural.

--No lo creo--respondi vacilante--. Vaya usted al teatro... Acaso est
all... Como el mdico encontr hoy mejor a Emilio, dijo que iba a
celebrarlo.

Se ruboriz al pronunciar estas palabras. No mostr sorpresa para no
aumentar su confusin. Despus de besar a los nios, mis antiguos
amiguitos, me encamin al teatro indicado en busca de su elegante pap.

Cuando entr ya haba comenzado la representacin. Alc la cortina del
saln de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el mbito del
coliseo. No tard en divisarle all en una de las plateas del proscenio.
Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto
sagrado donde irradia sus destellos lo ms exquisito de las razas
superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la
muchedumbre, los jvenes que all se reunen hablan, disputan, fuman,
bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir
hacia la horda de esclavos que escucha pacficamente la representacin
desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo,
con la conciencia gozosa de su perfeccin y de su fuerza; hacen muecas a
los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando
hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima
del rebao de los desheredados.

Sabas perteneca a la casta de los dominadores, aunque su rostro no
ofreciese los rasgos fisionmicos que la caracterizan: ni la carne
blanda, ni la tez plida, ni los labios cados, signos de la vida
regalada.

Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofreca un
aspecto profundamente industrial. Nadie extraara que hubiese llegado
aquella misma noche de Madagascar o de Java, despus de enriquecerse en
una explotacin de cautchuc. As deba de sospecharlo la contralto de la
compaa (mucho ms opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la
tmida admiracin y el rubor con que acoga sus frases candentes cada
vez que las necesidades escnicas la obligaban a aproximarse a la
platea.

Me sent en una de las butacas de atrs y aguard a que bajasen el
teln. Confieso que ms que lo que ocurra en la escena me interes el
idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas,
apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente
oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto.
Esta, acometida de un temblor irresistible, haca esfuerzos por huir
aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba tambin hasta
en las escenas ms culminantes y, contra lo que exiga el papel, se
apartaba bruscamente del tenor en los dos amorosos para meter sus
espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y
tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el
grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle
cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs
enemigos.

Cuando termin el acto fu sin dilacin a la platea. Sabas me recibi
con la gravedad indiferente que es en todos los pases cultos
complemento dichoso de la elegancia. Expliqule sin prembulos mis
deseos. Acogilos con benignidad, y desdeando su conquista emprendida,
seguro como los hroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tom el
sombrero y salimos del teatro. Marchamos algn tiempo silenciosos.
Senta mi corazn oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual
observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero.
Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. S, lo
reconozco con vergenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me
preocupaba ms ella que ninguna otra cosa de este mundo.

Sabas se par de pronto, apart la pipa de los labios, y despus de
mirarme atentamente unos instantes profiri con solemnidad:

--Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuado han tenido al
fin el resultado que yo haba anunciado tantas veces.

--Pobre Emilio!--exclam.

--S, bien pobre!  la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.

Acerc de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza
motora sigui caminando.

--Lo peor de todo es que, segn me han dicho, su enfermedad es bien
grave.

No tuvo a bien responder a esta observacin. Al cabo de un rato separ
otra vez la pipa de la boca y qued inmvil.

--Le parece a usted, amigo Ribot--exclam con acento de indignacin--,
que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su
capital y a dejar a esta familia en la miseria?

Alc los hombros sin saber qu contestar, sospechando que Sabas se
inclua entre los miembros ms respetables de aquella familia arruinada.

Volvi a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en
comunicacin con la corriente elctrica, adquiri movimiento. No tard
en interrumpirlo sacando aqulla de la boca. Hizo rpidamente la
limpieza de la mquina escupiendo y prosigui:

--Comprendo perfectamente que un hombre clibe disponga como quiera de
sus recursos; que un da se levante de la cama de mal humor y arroje por
el balcn todo lo que tiene. Al cabo, nadie ms que l pagar las
consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el
mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en
especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me
parece una conducta, no solamente necia, sino tambin inmoral.

Ya no dud que Sabas inclua entre aquellos compromisos sagrados el de
seguir proporcionndole a l los medios de someter a su dominacin todas
las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano,
y por no decir algo impertinente determin callarme. En esta forma,
usando de la pipa como de un manipulador de mquina elctrica para
detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulacin
raudales de sabidura crtica, alcanzamos finalmente la casa en que
habitaba su cuado.

No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero s nueva y de aspecto
elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos.
Sali a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un
grito de sorpresa:

--Oh, don Julin!

--Silencio!--exclam llevando el dedo a los labios.

Y apoderndome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubr
en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibi ella tan
en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso
pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.

O la voz de Cristina.

--Qu es eso?

Y asom por el fondo del corredor. Al verme qued suspensa, pero
reprimindose al instante se dirigi con paso precipitado hacia m
tendindome ambas manos con ademn carioso.

--Oh, capitn! Mi pobre Emilio se muere!

Vi sus ojos nublados de lgrimas. Apret con efusin aquellas hermosas
manos que me tenda y murmur algunas palabras de duda. Quiz sus
temores fuesen exagerados. Emilio haba gozado siempre poca salud; pero
esta clase de temperamentos suelen durar muchos aos. Pregunt si poda
vrsele a aquella hora, y habindome respondido afirmativamente, me
dispuse a entrar. Cristina no me lo consinti sin prepararle antes.
Estaba muy nervioso y aquella emocin poda hacerle dao. Mientras iba a
cumplir este deber piadoso, Sabas aprovech la oportunidad para tenderme
su negra mano de colono asitico y despedirse con la expresin enrgica
y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que an estaba abierta,
le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la
desolacin y el llanto para la contralto.

--Que pase, que pase al momento!

Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todava vigorosa. Me
dirig precipitadamente hacia el sitio donde haba sonado y entr en una
estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia
de la decoracin del techo y las paredes. Estaba reclinado en una
butaca, con dos almohadones detrs de la espalda, vestido con elegante
traje de casa. La luz de un quinqu le hera de lleno el rostro, donde
podan observarse bien claras y bien aciagas las seales de la
tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, ms hermoso y ms
interesante que nunca lo haba visto. La barba ms crecida y los
cabellos tambin, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos
negros melanclicos, le daban un aspecto de _Nazareno_. Aquellos ojos
brillaron al verme con su expresin inocente y cordial. Se apoder de mi
mano, y estrechndola cariosamente entre las suyas, repiti en voz baja
varias veces:

--Capitn! capitn! capitn! Qu bueno eres!

Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.

--Cmo me encuentras? Muy mal, verdad?--pregunt al cabo de largo
silencio.

--Espera que te vea mejor--respond haciendo un esfuerzo sobre m para
ocultar la emocin que me dominaba.

Al mismo tiempo acerqu el quinqu a su rostro y fing que le examinaba
con gran atencin.

--Sabes lo que tienes t?--dije al cabo--_Morria!_

--Qu es eso?--pregunt abriendo mucho los ojos.

--Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad
que excede de cincuenta cntimos.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una
mirada de alegra exclam:

--El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.

Comprend que lo ms piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice
de tripas corazn y abr la llave de las payasadas, ya que no puedo
decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su
rostro se anim, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlbamos con
la misma alegra que si estuviese completamente sano y no hubiese
perdido un cntimo de su capital.

Cristina nos contemplaba con sonrisa melanclica. Sentase feliz viendo
a su marido animado, aunque entenda que no poda durar mucho tiempo.

En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente
nuestra charla. Se qued lvido, medio asfixiado, apretando la cabeza
entre las manos.

--El fro de la noche te hace dao, Emilio--dijo Cristina--. Es hora ya
de que te retires a descansar.

Alz la mano, haciendo con ella enrgicos signos de negacin. Cuando se
calm el acceso y pudo hablar, exclam:

--No me lo llevis todava! Me siento mucho mejor. El capitn es una
bocanada de oxgeno: me trae el aire puro del mar.

Permanec otra media hora ms por darle gusto. Al cabo me retir, no sin
haberle prometido volver al da siguiente por la maana. No quise entrar
a ofrecer mis respetos a doa Amparo. Tuve noticias por Sabas de que
haba tomado la resolucin, haca algunos das, de desmayarse en cuanto
vea la cara de cualquier amigo. Como la hora me pareca intempestiva
para la produccin de este fenmeno orgnico, lo difer para otra ms
adecuada.

Cristina sali a despedirme a la puerta.

--Cmo le encuentra usted?--pregunt clavando en m una mirada ansiosa.

--No le encuentro bien... pero todava hay hombre... Quin sabe! quin
sabe!

Nadie dejaba de saberlo. Ella tambin lo saba; pero buscaba la infeliz
algn medio de ocultrselo.

Me retir con la cabeza aturdida y con el corazn destrozado. Aquel
esfuerzo que haba hecho por aparecer jovial trastorn mis nervios y no
me dej dormir. Pobre Mart! Nunca me pareci tan bondadoso, tan
inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la ms
insignificante alusin al proceder traidor de su amigo Castell ni a la
manera inhumana con que le haba arruinado. Y en los das sucesivos, lo
mismo. Su alma no slo saba evitar la basura como los pies de las
damas elegantes, pero ni aun crea en ella.

Escrib a la casa armadora hacindola saber que por razones de salud me
quedaba aquel viaje en tierra y me constitu en acompaante y enfermero
de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de l. Cuando lo haca
observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a
quedarme. Cada da iba perdiendo fuerzas, le observaba ms demacrado y
cado. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponan
su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico.
Cristina le frotaba las sienes con ter. Pero en cuanto sala de ellas,
como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra
cuando menos lo esperaba sano y salvo, se pona locuaz y alegre y nos
aseguraba que muy pronto podra salir a la calle y encargarse de sus
negocios.

Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le haban podido arrancar la
mana de los proyectos y la aficin a las grandes empresas industriales.

--Si supieras, capitn, la idea que est bullendo hace das en mi
cerebro!--me deca una vez clavando en m sus ojos cndidos y sacudiendo
la melena--. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince
kilmetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el ro. Con
este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda
doscientos en la traccin, an me quedan ochocientos, que, bien
distribuidos, moveran casi todas las industrias de la ciudad y daran
luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economa
enorme, y para el dueo del salto resultara un negocio brillante.
Porque vers...

Aqu pidi papel, sac un lpiz y se puso a trazar nmeros con el mismo
ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran
mquina elctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de
Valencia, a ste tantos caballos, a aqul cuntos, como si la tuviese
almacenada en casa.

Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos
con ella cuanto haba que decir. En otro tiempo esta mana era un
peligro. Hoy poda servirle de consuelo. As que, en vez de
contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las
nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan
apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emocin y
sali precipitadamente de la estancia. Yo segu admirando calurosamente
su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegu a prometerle mi
pequeo capital para la empresa. Con esto su alegra subi de punto.
Pero cambiando repentinamente de expresin, apoderndose de una de mis
manos y mirndome con tristeza esclam:

--No, Ribot, no!.. Por ms que el negocio sea bien claro, yo tengo muy
mala suerte... No expondr tu capital.

--No hay exposicin--repliqu.--Te lo ceder de buen grado, porque me
parece que el negocio ofrece seguridad.

--Absoluta seguridad!--profiri con acento de conviccin inquebrantable
que en otra ocasin me hubiera hecho sonreir--. Pero no te dar
participacin en l hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.

Pobre Mart! l era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se
hundan, el crculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las
noches tosiendo y los das atormentado por dolores y disneas.

Con esto, los desmayos de doa Amparo eran cada vez ms frecuentes y
prolongados. Su sensibilidad se haba sobrexcitado de tal modo que el
aleteo de una mariposa le haca caer en convulsiones de las cuales no
poda recobrarse sin cubrir de besos y lgrimas previamente el rostro de
todos los presentes. A m, por ser el amigo ms constante, me toc la
mayor parte de estas inundaciones.

Sabas vena todas las maanas a las once, antes de dar el acostumbrado
paseo entre calles y tomar el _vermouth_. Si el mdico haba dicho que
el enfermo tena menos fiebre (y lo deca a menudo para infundirle
aliento), ya tenamos  nuestro elegante tan satisfecho que para
celebrarlo no poda menos de almorzar en el caf y marcharse luego de
jira con algunos amigos de ambos sexos.

Nos acercbamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal
se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado
constantemente en hacer clculos y trazar proyectos. Aun en medio de la
noche peda papel y garrapateaba cifras.

--La semana que viene creo que podr salir a la calle--me dijo una
maana--. No tengo nada ya. El dolor de los riones ha desaparecido, la
lengua est casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja
dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un
paseo largo.

Y para comprobar sus palabras se alz de la butaca y di algunos pasos
por la estancia.

--Voy al comedor--dijo abriendo la puerta--. Vers qu sorpresa doy a
Cristina!

Ech a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me qued mirndole desde la
puerta de su habitacin. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz
vacil un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cay
cuan largo era sobre el pavimento.

Han pasado algunos aos desde entonces y an no se me ha borrado del
alma la sonrisa melanclica y avergonzada que me dirigi al acercarme.

--Esto va mal, capitn!

Lo levant y lo transport en brazos a su butaca. Pesaba menos que un
nio. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia,
convencindole fcilmente de que aquella debilidad dependa slo de la
falta de alimento. En cuanto empezase a comer ms acudiran las fuerzas
rpidamente y daramos largos paseos por la huerta como antes.

Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase
ilusiones respecto al desenlace, todava observaba en ella cierta
ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme
inquietud. Pensaba, s, que la enfermedad era de muerte; mas por las
palabras que salan de su boca adverta yo que juzgaba el trmino fatal
muy lejano. Yo lo vea ms prximo.

Y an estaba ms cercano de lo que presuma. Al da siguiente de su
cada en el pasillo fu a verle entre diez y once de la maana. Contra
su costumbre, todava no se haba hecho vestir. Deca que se hallaba un
poco fatigado a causa de la tos. Yo le embrom achacndolo a pereza y me
sent a su lado. Charlamos de poltica y de los sucesos locales que
haba ledo en los peridicos. Le encontr, en efecto, ms fatigado y
con graves seales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso
mostrbase locuaz y contento como siempre. Al fin determin levantarse;
pero antes convinimos en que tomase una tcita de caldo con jerez, que
le dara fuerzas. Sali Cristina a prepararlo.

Pocos instantes despus el enfermo cay en un ataque de disnea de los
que a menudo le acometan. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y
comenc a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no
tardara en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qu, me senta ahora
ms turbado. El corazn me lata fuertemente viendo aquel rostro tan
plido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando
angustiosamente el aire. A medida que transcurran los segundos mi
zozobra aumentaba. El miedo se apoder de m y llev la mano al botn
del timbre. Pero en aquel instante Mart abri los ojos y sonri con
dulzura. Me tranquilic y le dije:

--nimo! Ya pas.

--Abre ese balcn. No veo bien--me respondi.

Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcn estaba abierto. Sin
embargo, hice ademn de complacerle; mas al tratar de apartarme se
apoder de una de mis manos:

--Ribot! Ribot!--grit clavando en m sus ojos desencajados--. No te
vayas...! Me muero...! No te vayas!

Se haba incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada
cambi de expresin repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobl la
cabeza como si estuviese descoyuntada y cay, pesadamente, hacia atrs.

El horror, la estupefaccin me dejaron un instante inmvil, clavado al
suelo. Pero volviendo sobre m tom su cabeza entre mis manos y,
apretndola contra el pecho, le grit, a mi vez:

--Mart! Amigo mo, hermano mo! No te vayas! En este mundo de
perfidia quedan muy pocos hombres como t.

Y bes aquella frente por donde no haba pasado jams la sombra de un
pensamiento vil.

En aquel instante una mano roz mi espalda. Me volv como si me hubiesen
pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y
una figura plida que se desplomaba.

[imagen: una barra decorativa]




XVII


Renuncio a expresar lo que ocurri en aquella casa al morir Emilio.
Todos le adoraban; para todos era un padre amantsimo dispuesto a
sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternacin de
Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no
obstante, algunos das, fu necesario pensar en negocios. Los de Mart
se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba
expuesta a caer en la miseria. El nico llamado a tomar la direccin de
ellos, por ser el pariente ms cercano, era Sabas; pero este hombre
profundo, para quien el corazn humano no tena repliegue alguno,
desdeaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un
dios, viva en perpetua alegra, alejado de los trabajos y zozobras que
afligen a los humanos. Fu necesario que yo empuase las riendas. Ped
licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con
ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salv. Al cabo de seis
meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y
escribanos, logr desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas,
an le quedaba a Cristina una corta renta con la cual poda vivir sin
lujo, pero decorosamente. Respir tranquilo y goc de mi triunfo como si
hubiera dado fin a una empresa gigantesca.

La gratitud de Cristina constitua para m la ms dulce recompensa. De
un modo grave y reservado, como haca ella todas las cosas, me la daba a
entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi
ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamndome to Ribot como si
la sangre nos uniese, resarca plenamente mis fatigas. Lo nico que me
apenaba era el observar con qu cuidado escrupuloso reduca Cristina los
gastos de su casa y la estrechez a que se someta. Yo la encontraba
exagerada: su renta la permita algn mayor desahogo; pero no me atrev
a representrselo. Por otra parte, comprend al cabo que aquella
economa no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando
quiz en acrecer por este medio la herencia de su nia. Ms tarde
averig, no sin cierta indignacin, que sus ahorros servan para
sostener la casa de su elegante hermano. ste segua aplicando el filo
de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegara
el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a
proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se
decidi, al fin, a ingresar de _croupier_ en el Crculo.

Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude
cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el
coche, ni los criados. Slo la alquera del Cabaal excitaba en ella un
recuerdo melanclico. Cuando la mentbamos sola quedarse triste y
pensativa. Era bien natural. Su pasin por el campo, por la vida libre y
tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que
aquella finca guardaba en su seno. All se haban deslizado las horas
ms felices de su existencia.

Despus de haber podido observarlo en diversas ocasiones naci en m
cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rpidamente el
balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, poda
sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En
cuanto me convenc de ello empec a ponerme nervioso. No pude sosegar
hasta que me traslad a Barcelona, donde resida el banquero a quien se
haba adjudicado la finca, y me puse al habla con l. El Cabaal se
haba subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprend que su
dueo se dara por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las
utilidades se invertan todas en los gastos que ocasionaba si se la
haba de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias
y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor
sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura tambin, hice donacin
de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el
corazn lleno de alegra me restitu a Valencia, donde antes de tomar
posesin de la alquera fu comprando o encargando los muebles
necesarios, semejantes en un todo a los que tena la casa. Me cost
algn trabajo, pero lo cumpl con gozo inexplicable. No hay para qu
decir que donde me esmer y puse los cinco sentidos fu en el gabinete
tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar
algunos de los muebles autnticos y los compr; otros los mand
contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi
disposicin me posesion de la finca, rogando a las personas que
intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el
secreto.

Se acercaba el cumpleaos de mi ahijada. Algunos das antes hice
trasladar los muebles a la alquera y me puse a ordenarlos en la misma
forma que antes tenan. Conoca tan bien la disposicin de aquella casa
que no me fu difcil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina
me ocup mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los
muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la
cama, todo fu restaurado o copiado con la posible exactitud.

El da del cumpleaos llev por la maana un lindo juguete a mi ahijada,
prometindole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invit a su
mam y a doa Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en
cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable.
Alquil un coche. El cochero, prevenido por m, despus de pasearnos
buen rato, nos condujo a las cercanas del Cabaal. All hice parar, y
les dije:

--Seoras, no s si habr cometido una tontera. Si es as, pido perdn
de antemano. Conociendo la pasin que Cristina ha tenido siempre por la
alquera del Cabaal, hice preparar all la merienda. Soy amigo de Puig,
su dueo, y cuando estuve en Barcelona me di permiso para entrar en
ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen
este paso si les parece inconveniente.

Doa Amparo lo hall muy bien y se alegr en el alma de visitar otra vez
aquella finca que tanto le placa. Pero haba que ver el semblante de
Cristina! Jams se me ofreci ms sombro ni contrado. Tuvo imperio,
sin embargo, sobre s misma para callar, y yo, aparentando no hacerme
cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.

El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huspedes
y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde haba hecho poner
la mesa. Antes de merendar les invit a dar un paseo por la alquera;
pero Cristina rehus vivamente alegando tener herido un pie. Como doa
Amparo no quiso dejarla sola, me fu con mi ahijada y la niera y nos
recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando
volvimos observ que Cristina tena los ojos enrojecidos y que su mam
se inclinaba con seales evidentes hacia el _no ser_.

De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comenc a
partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niera y el mozo
del hotel que los haba llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme
adivinar su disgusto, Cristina tom algunos, muy pocos bocados. Doa
Amparo tampoco comi mucho. Pero Julianita, la niera y yo supimos
cumplir con nuestro deber. Al terminar se destap una botella de
_champagne_. Entonces yo, ponindome en pie, levantando a mi ahijada con
un brazo y tomando en la otra una copa, exclam:

--A la salud de Julianita! A la salud de mi nia!

Acerqu primero la copa a su boquita de clavel, y despus beb el resto
de un trago.

--Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa.
Te regalo esta alquera, de la cual has sido despojada. Para ti la he
comprado hace unos das. Recbela, hija ma, con este tierno beso que
estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes das largos
y felices.

Cristina se alz de su asiento plida y trmula.

--Ribot!... No puede ser!--profiri con voz alterada.

--Ah estn la escritura de compra y la de donacin--respond
presentndole los documentos.

--Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!

--Tengo pocas necesidades y ningn pariente cercano. La ley me concede
la facultad de elegir heredero... Ya est elegido--aad poniendo la
mano sobre la rizada cabecita de m ahijada.

Qued inmvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo
sali de la glorieta sin despegar los labios y se encamin hacia la
casa. Yo la segu de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doa Amparo a
los cuidados de la niera y el mozo. Observ que aceleraba el paso.
Cuando lleg a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante,
bes la pared y entr.

Sent sus pasos al travs de las estancias, o sus exclamaciones de
alegra y llegu a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la
vista por l dej escapar un grito y cay de bruces y sollozando sobre
el lecho de madera blanca. Me acerqu y le dije:

--Este gabinete guarda todava entre sus paredes el perfume de una vida
santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y
que nada decan a sus dueos, al verse otra vez juntos se sienten
dichosos y le hablarn, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los
recuerdos. Me considero feliz al entregrselos, y ms feliz an de haber
trabajado muchos das para que llegase este momento.

Se alz del lecho y, tendindome una mano, me respondi con voz
temblorosa:

--Gracias, Ribot! Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un
amigo fiel. Dios le pagar el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo
pagrselo.

Me sent conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas
palabras.

--Cristina--repliqu--, acepto el dictado que usted noblemente me
otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su
honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con ms
diligencia an sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto
y contra mi voluntad podra ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo
que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el
respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis
esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento
que no hallar sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato...
Perdn, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... No podr esperar
que algn da me d otro nombre que el de amigo?

Qued grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sent
en una silla prxima a la mesilla de noche, apoy el codo en sta y la
cabeza en la mano, y as permaneci en actitud reflexiva. Yo dobl la
rodilla a su lado y esper.

--Levntese, Ribot--dijo posando en m una mirada triste y afectuosa--.
Me causa pena y vergenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los
ltimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por m su bienestar y
por mi hija su fortuna. El corazn me dice que a este hombre no puedo
negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero no piensa usted,
Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que
empaara la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las
circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos
que le han trado a esta tierra, los que usted ha sentido despus, sus
luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegras durante los
tres aos y medio que acaban de transcurrir...... Y dgame francamente
si no imagina que alguna vez la conciencia nos dira al odo que no
habamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que s; y como le
conozco a usted bien, s que bastara para turbar la serenidad de su
vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, no se
le ocurre que al vernos unidos podra nacer en el mundo una infame
sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?

Comprend la verdad que encerraban aquellas palabras y sent el corazn
oprimido. Acudi el llanto a mis ojos. Me tap la cara con las manos
para ocultarlo.

--Cmo! Llora usted, Ribot?--exclam acercando su cabeza a la ma--.
No, por Dios!... No llore usted, amigo mo... Yo no tengo derecho a
causarle la ms insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su
suerte, si usted quiere.

Hice signos negativos con la cabeza y respond:

--Djeme usted llorar un minuto. Esto pasar.

Corrieron mis lgrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observ que
tambin corran por sus mejillas. Me puse en pie y, secndome con el
pauelo, le dije sonriendo:

--Lo ve usted? Ya pas. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy
constantes.

Entonces me tom las manos, las apret con fuerza y, mirndome
fijamente, exclam:

--Y sin embargo, estoy persuadida de que no le hara a usted
desgraciado! Despus de mi marido, ningn hombre me ha inspirado una
estimacin y un afecto tan profundos.

--Esas nobles palabras--respond conmovido--no slo me dan fuerzas para
vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz,
Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sent
dichoso contemplando el brillo de las estrellas, por qu no he de serlo
ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme
usted verlos todos los das, y yo le prometo vivir siempre alegre y
tranquilo.

[imagen: una barra decorativa]




XVIII


Cumpli la promesa. Mis das corren desde entonces felices y serenos.
Fij mi residencia en Alicante; pero paso largusimas temporadas, casi
la mitad del ao, en Valencia. Y cuando aqu estoy, en casa de Cristina
me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno
deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una
nia encantadora de cinco aos, con tanta luz en los ojos como su madre.
En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se
cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo
que a cualquiera hara saltar las lgrimas... de placer.

En este momento escucho su voz en la escalera:

--To Ribot! To Ribot!

Mientras permanezco en Valencia, todas las maanas viene a buscarme al
hotel con su niera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por
las calles; entramos en las confiteras (Julianita las conoce todas
mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al
mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del
almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mam sale a
abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegra y alguna vez se humedecen
tambin de gratitud.

Nada ms apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia
estimacin, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve
cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazn: Ni la plida
envidia ni el negro tedio penetran tampoco en l. Y si, como he odo
repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido
de que he sabido drselo. Para m tiene un sabor delicado, exquisito.
Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.

Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendr que llamar dos
veces. Con pie firme y corazn tranquilo saldr a su encuentro y le
dir entregndole mi mano: He cumplido con mi deber y he vivido feliz.
A nadie he hecho dao. Ora me invites a un sueo dulce y eterno, ora a
una nueva encarnacin de la fuerza impalpable que me anima, nada temo.
Aqu me tienes.

Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la
vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcn abierto la siento y
la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la
huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas
me embriagan. Todo re, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso
desde mi balcn. Todo re, todo se agita, todo canta en el mundo mgico
que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia
mis sienes. Qu alegra en esta fresca maana de primavera! Los pjaros
entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los
rayos del sol.

Pero yo no cambiara por todas sus voces melodiosas la que ahora me
llama impaciente desde la escalera.

--To Ribot, que te espero!

--All voy, hija ma, all voy.

FIN

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor del texto electrnico:

ms lcido=> ms lucido {pg 63}

perdn por haberles disgutado=> perdn por haberles disgustado {pg 70}

me dijo rendo=> me dijo riendo {pg 77}

un cafe de la plaza=> un caf de la plaza {pg 86}

nanifest la hija=> manifest la hija {pg 94}

para qua sea=> para que sea {pg 97}

ademas de aquella=> adems de aquella {pg 106}

lenvantaba la cabeza=> levantaba la cabeza {pg 109}

imediatamente=> inmediatamente {pg 110}

fafricados de piedras=> fabricados de piedras {pg 112}

al travs de sus grades brechas=> al travs de sus grandes brechas {pg
112}

una fabrica=> una fbrica {pg 113}

jarmn y madreselva=> jazmn y madreselva {pg 114}

motaas=> montaas {pg 117}

dijo soriendo malignamente=> dijo sonriendo malignamente {pg 125}

que jamas podr olvidar=> que jams podr olvidar {pg 129}

y a un pienso=> y aun pienso {pg 130}

no le intereba=> no le interesaba {pg 131}

Tena vehemente deseos=> Tena vehementes deseos {pg 137}

Emili cerr al fin las=> Emilio cerr al fin las {pg 166}

ejecut nna porcin da maniobras=> ejecut una porcin de maniobras {pg
186}

la nia de brazos de la nobriza=> la nia de brazos de la nodriza {pg
195}

pudiera con el tiempo transformase en afecto=> pudiera con el tiempo
transformarse en afecto {pg 200}

qne manifieste=> que manifieste {pg 202}

preminente=> prominente {pg 206}

a nign amigo=> a ningn amigo {pg 226}

discurrrir acerca de=> discurrir acerca de {pg 232}

mis falcultades=> mis facultades {pg 237}

de alguuo que=> de alguno que {pg 237}

interrumpi ella inpetuosamente=> interrumpi ella impetuosamente {pg
240}

sera ms edecuado=> sera ms adecuado {pg 243}

pegunt tmidamente=> pregunt tmidamente {pg 253}

an varios como sus fisonomas. Por muy enmorado=> tan varios como sus
fisonomas. Por muy enamorado {pg 262}

La virtosa Draudpadi=> La virtuosa Draudpadi {pg 265}

axclam=> exclam {pg 280}

no poda recrobrarse=> no poda recobrarse {pg 284}

para infundilrle aliento=> para infundirle aliento {pg 285}

tenamos s nuestro elegante tan satisfecho=> tenamos  nuestro elegante
tan satisfecho {pg 285}

alegre y tanquilo=> alegre y tranquilo {pg 300}

tacita de caldo=> tcita de caldo {pg 287}






End of the Project Gutenberg EBook of La alegra del capitn Ribot, by 
Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT ***

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Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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