The Project Gutenberg EBook of Sonata de esto, by Ramn del Valle-Incln

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Title: Sonata de esto
       memorias del marqus de Bradomn

Author: Ramn del Valle-Incln

Release Date: March 28, 2013 [EBook #42424]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE ESTO ***




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           [imagen no disponible: COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON]

              PERLADO, PAEZ Y COMPAA, EDITORES.--MADRID




                              OPERA OMNIA

                            SONATA DE ESTIO

                    MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

                                 VOL VI




                            SONATA DE ESTIO

                    MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

                 LAS PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

                              OPERA OMNIA

                                 VOL VI

                             [imagen no disponible]




                                MEMORIAS

                                  DEL

                          MARQVS DE BRADOMIN




QUERA OLVIDAR unos amores desgraciados, y pens
recorrer el mundo en romntica peregrinacion. An suspiro al
recordarlo! Aquella mujer tiene en la historia de mi vida un recuerdo
galante, cruel y glorioso, como lo tienen en la historia de los pueblos
Thais la de Grecia, y Ninon la de Francia, esas dos cortesanas menos
bellas que su destino. Acaso el nico destino que merece ser envidiado!
Yo hubirale tenido igual, y quiz ms grande, de haber nacido mujer:
Entonces lograra lo que jams pude lograr.  las mujeres para ser
felices les basta con no tener escrpulos, y probablemente, no los
hubiera tenido esa quimrica Marquesa de Bradomn. Dios mediante, hara
como las gentiles marquesas de mi tiempo que ahora se confiesan todos
los viernes, despus de haber pecado todos los das. Por cierto que
algunas se han arrepentido todava bellas y tentadoras, olvidando que
basta un punto de contricin al sentir cercana la vejez.

Por aquellos das de peregrinacin sentimental era yo joven y algo
poeta, con ninguna experiencia y harta novelera en la cabeza. Crea
de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de
escepticismos, dbame buena prisa  gozar de la existencia. Aunque
no lo confesase, y acaso sin saberlo, era feliz, con esa felicidad
indefinible que da el poder amar  todas las mujeres. Sin ser un
donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada, pero de amor
juvenil y bullente, de pasin equilibrada y sangunea. Los decadentismos
de la generacin nueva no los he sentido jams, Todava hoy, despus de
haber pecado tanto, tengo las maanas triunfantes, y no puedo menos de
sonreir recordando que hubo una poca lejana donde llor por muerto  mi
corazn: Muerto de celos, de rabia y de amor.

Decidido  correr tierras, al principio dud sin saber  dnde dirigir
mis pasos: Despus, dejndome llevar de un impulso romntico, fu 
Mxico. Yo senta levantarse en mi alma, como un canto homrico, la
tradicin aventurera de todo mi linaje. Uno de mis antepasados, Gonzalo
de Sandoval, haba fundado en aquellas tierras el Reino de la Nueva
Galicia, otro haba sido Inquisidor General, y todava el Marqus de
Bradomn conservaba all los restos de un mayorazgo, deshecho entre
legajos de un pleito. Sin meditarlo ms, resolv atravesar los mares. Me
atraa la leyenda mexicana con sus viejas dinastas y sus dioses crueles.

Embarqu en Londres, donde viva emigrado desde la traicin de Vergara,
 hice el viaje  vela en aquella fragata La Dalila que despus
naufrag en las costas de Yucatn. Como un aventurero de otros tiempos,
iba  perderme en la vastedad del viejo Imperio Azteca, imperio de
historia desconocida, sepultada para siempre con las momias de sus
reyes, entre restos ciclpeos que hablan de civilizaciones, de cultos,
de razas que fueron y slo tienen par en ese misterioso cuanto remoto
Oriente.

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AUN CUANDO toda la navegacin tuvimos tiempo de bonanza,
como yo iba herido de mal de amores, apenas sala de mi camarote ni
hablaba con nadie. Cierto que viajaba para olvidar, pero hallaba tan
novelescas mis cuitas, que no me resolva  ponerlas en olvido. En
todo me ayudaba aquello de ser inglesa la fragata y componerse el
pasaje de herejes y mercaderes. Ojos perjuros y barbas de azafrn!
La raza sajona es la ms despreciable de la tierra. Yo contemplando
sus pugilatos grotescos y pueriles sobre la cubierta de la fragata, he
sentido un nuevo matiz de la vergenza: La vergenza zoolgica.

Cun diferente haba sido mi primer viaje  bordo de un navo genovs,
que conduca viajeros de todas las partes del mundo! Recuerdo que al
tercer da ya tuteaba  un prncipe napolitano, y no hubo entonces
damisela mareada  cuya plida y despeinada frente no sirviese mi mano
de reclinatorio. rame divertido entrar en los corros que se formaban
sobre cubierta  la sombra de grandes toldos de lona, y aqu chapurrear
el italiano con los mercaderes griegos de rojo fez y fino bigote negro,
y all encender el cigarro en la pipa de los misioneros armenios. Haba
gente de toda laya: Tahures que parecan diplomticos, cantantes
con los dedos cubiertos de sortijas, abates barbilindos que dejaban
un rastro de almizcle, y generales americanos, y toreros espaoles,
y judos rusos, y grandes seores ingleses. Una farndula extica y
pintoresca que con su algaraba causaba vrtigo y mareo. Era por los
mares de Oriente, con rumbo  Jafa. Yo iba como peregrino  Tierra Santa.

El amanecer de las selvas tropicales, cuando sus macacos aulladores
y sus verdes bandadas de guacamayos saludan al sol, me ha recordado
muchas veces los tres puentes del navo genovs, con su feria bablica
de tipos, de trajes y de lenguas, pero ms, mucho ms me lo recordaron
las horas untadas de opio que constituan la vida  bordo de La
Dalila. Por todas partes asomaban rostros pecosos y bermejos, cabellos
azafranados y ojos perjuros. Herejes y mercaderes en el puente, herejes
y mercaderes en la cmara. Cualquiera tendra para desesperarse! Yo,
sin embargo, lo llevaba con paciencia. Mi corazn estaba muerto, tan
muerto, que no digo la trompeta del Juicio, ni siquiera unas castauelas
le resucitaran. Desde que el cuitado diera las boqueadas, yo pareca
otro hombre: Habame vestido de luto, y en presencia de las mujeres, 
poco lindos que tuviesen los ojos, adoptaba una actitud lgubre de poeta
sepulturero y doliente. En la soledad del camarote edificaba mi espritu
con largas reflexiones, considerando cun pocos hombres tienen la suerte
de llorar una infidelidad que hubiera cantado el divino Petrarca.

Por no ver aquella taifa luterana, apenas asomaba sobre cubierta.
Solamente cuando el sol declinaba iba  sentarme en la popa, y all,
libre de importunos, pasbame las horas viendo borrarse la estela de
la fragata. El mar de las Antillas, con su trmulo seno de esmeralda
donde penetraba la vista, me atraa, me fascinaba, como fascinan los
ojos verdes y traicioneros de las hadas que habitan palacios de cristal
en el fondo de los lagos. Pensaba siempre en mi primer viaje. All,
muy lejos, en la lontananza azul donde se disipan las horas felices,
perciba como en esbozo fantstico las viejas placenteras. El lamento
informe y sinfnico de las olas despertaba en m un mundo de recuerdos:
Perfiles desvanecidos, ecos de risas, murmullo de lenguas extranjeras,
y los aplausos y el aleteo de los abanicos mezclndose  las notas
de la tirolesa que en la cmara de los espejos cantaba Lil. Era una
resurreccin de sensaciones, una esfumacin deliciosa del pasado, algo
etreo, brillante, cubierto de polvo de oro, como esas reminiscencias
que los sueos nos dan  veces de la vida.




Nuestra primera escala en aguas de Mxico, fu San Juan
de Tuxtlan. Recuerdo que era media maana cuando bajo un sol abrasador
que resecaba las maderas y derreta la brea, dimos fondo en aquellas
aguas de bruida plata. Los barqueros indios, verdosos como antiguos
bronces, asaltan la fragata por ambos costados, y del fondo de sus
canoas sacan exticas mercancas: Cocos esculpidos, abanicos de palma y
bastones de carey, que muestran sonriendo como mendigos  los pasajeros
que se apoyan sobre la borda. Cuando levanto los ojos hasta los peascos
de la ribera, que asoman la tostada cabeza entre las olas, distingo
grupos de muchachos desnudos que se arrojan desde ellos y nadan grandes
distancias, hablndose  medida que se separan y lanzando gritos.
Algunos descansan sentados en las rocas, con los pies en el agua: Otros
se encaraman para secarse al sol, que los ilumina de soslayo, grciles y
desnudos, como figuras de un friso del Parthenn.

Por huir del enojo que me causaba la vida  bordo, decidme 
desembarcar. No olvidar nunca las tres horas mortales que dur el
pasaje desde la fragata  la playa. Aletargado por el calor, voy todo
este tiempo echado en el fondo de la canoa de un negro africano que
mueve los remos con lentitud desesperante.  travs de los prpados
entornados vea erguirse y doblarse sobre m, guardando el mareante
comps de la bogada, aquella figura de carbn, que unas veces me
sonre con sus abultados labios de gigante, y otras silba esos aires
cargados de religioso sopor, una msica compuesta solamente de tres
notas tristes, con que los magnetizadores de algunas tribus salvajes
adormecen  las grandes culebras. As deba ser el viaje infernal de los
antiguos en la barca de Carn: Sol abrasador, horizontes blanquecinos y
calcinados, mar en calma sin brisas ni murmullos, y en el aire todo el
calor de las fraguas de Vulcano.

Cuando arribamos  la playa, se levantaba una fresca ventolina, y el
mar, que momentos antes semejaba de plomo, empezaba  rizarse. La
Dalila no tardara en levar anclas para aprovechar el viento que
llegaba tras largos das de calma. Solamente me quedaban algunas horas
para recorrer aquel villaje indio. De mi paseo por las calles arenosas
de San Juan de Tuxtlan conservo una impresin somnolente y confusa,
parecida  la que deja un libro de grabados hojeado perezosamente
en la hamaca durante el bochorno de la siesta. Hasta me parece que
cerrando los ojos, el recuerdo se aviva y cobra relieve. Vuelvo 
sentir la angustia de la sed y el polvo: Atiendo el despacioso ir y
venir de aquellos indios ensabanados como fantasmas, oigo la voz melosa
de aquellas criollas ataviadas con graciosa ingenuidad de estatuas
clsicas, el cabello suelto, los hombros desnudos, velados apenas por
rebocillo de transparente seda.

Aun  riesgo de que la fragata se hiciese al mar, busqu un caballo y
me aventur hasta las ruinas de Tequil. Un indio adolescente me sirvi
de gua. El calor era insoportable. Casi siempre al galope, recorr
extensas llanuras de Tierra Caliente, plantos que no acaban nunca,
de henequen y caa dulce. En la lnea del horizonte se perfilaban
las colinas de configuracin volcnica revestidas de maleza espesa y
verdinegra. En la llanura los chaparros tendan sus ramas, formando una
 modo de sombrilla gigantesca, y sentados en rueda, algunos indios
devoraban la miserable racin de tamales.

Nosotros seguamos una senda roja y polvorienta. El gua, casi desnudo,
corra delante de mi caballo. Sin hacer alto una sola vez, llegamos
 Tequil. En aquellas ruinas de palacios, de pirmides y de templos
gigantes, donde crecen polvorientos sicomoros y anidan verdes reptiles,
he visto por vez primera una singular mujer,  quien sus criados indios,
casi estoy por decir sus siervos, llamaban dulcemente la Nia Chole.
Me pareci la Salamb de aquellos palacios. Vena de camino hacia San
Juan de Tuxtlan y descansaba  la sombra de una pirmide, entre el
cortejo de sus servidores. Era una belleza bronceada, extica, con esa
gracia extraa y ondulante de las razas nmadas, una figura hiertica y
serpentina, cuya contemplacin evocaba el recuerdo de aquellas princesas
hijas del sol, que en los poemas indios resplandecen con el doble
encanto sacerdotal y voluptuoso. Vesta como las criollas yucatecas,
albo hipil recamado con sedas de colores, vestidura indgena semejante 
una tunicela antigua, y zagalejo andaluz, que en aquellas tierras ayer
espaolas, llaman todava con el castizo y jacaresco nombre de fustn.
El negro cabello caale suelto, el hipil jugaba sobre el clsico seno.
Por desgracia, yo solamente poda verla el rostro aquellas raras veces
que hacia m lo tornaba, y la Nia Chole tena esas bellas actitudes
de dolo, esa quietud esttica y sagrada de la raza maya, raza tan
antigua, tan noble, tan misteriosa, que parece haber emigrado del fondo
de la Asiria. Pero  cambio del rostro, desquitbame en aquello que no
alcanzaba  velar el rebocillo, admirando como se mereca la torntil
morbidez de los hombros y el contorno del cuello. Vlgame Dios! Me
pareca que de aquel cuerpo bruido por el ardiente sol de Mxico se
exhalaban lnguidos efluvios, y que yo los aspiraba, los beba, que me
embriagaba con ellos...

Un criado indio trae del diestro el palafrn de aquella Salamb, que
le habla en su vieja lengua y cabalga sonriendo. Entonces, al verla de
frente, el corazn me di un vuelco. Tena la misma sonrisa de Lil.
Aquella Lil, no s si amada, si aborrecida!




DESCANS en un boho levantado en medio de las ruinas, y
adormec en la hamaca colgada de un cedro gigantesco que daba sombra 
la puerta. El campo se hunda lentamente en el silencio amoroso y lleno
de suspiros de un atardecer ardiente. La brisa aromada y fecunda de los
crepsculos tropicales oreaba mi frente. La campia toda se estremeca
cual si acercarse sintiese la hora de sus nupcias, y exhalaba de sus
entraas vrgenes un vaho caliente de negra enamorada, potente y deseosa.

Adormecido por el ajetreo, el calor y el polvo, so como un rabe que
imaginase haber traspasado los umbrales del Paraso. Necesitar decir
que las siete hures con que me regal el Profeta eran siete criollas
vestidas de fustn  hipil, y que todas tenan la sonrisa de Lil y el
mirar de la Nia Chole? Verdaderamente, aquella Salamb de los palacios
de Tequil empezaba  preocuparme demasiado. Lo advert con terror,
porque estaba seguro de concluir enamorndome locamente de sus lindos
ojos si tena la desgracia de volver  verlos. Afortunadamente, las
mujeres que as tan de sbito nos cautivan suelen no aparecerse ms que
una vez en la vida. Pasan como sombras, envueltas en el misterio de un
crepsculo ideal. Si volviesen  pasar, quiz desvanecerase el encanto.
Y  qu volver, si una mirada suya basta  comunicarnos todas las
secretas melancolas del amor!

Oh romnticos devaneos, pobres hijos del ideal, nacidos durante algunas
horas de viaje! Quin lleg  viejo y no ha sentido estremecerse
el corazn bajo la caricia de vuestra ala blanca? Yo guardo en el
alma tantos de estos amores! Aun hoy, con la cabeza llena de canas,
viejo prematuro, no puedo recordar sin melancola un rostro de mujer,
entrevisto cierta madrugada entre Urbino y Roma, cuando yo estaba en
la Guardia Noble de Su Santidad: Es una figura de ensueo plida y
suspirante, que flota en lo pasado y esparce sobre todos mis recuerdos
juveniles el perfume ideal de esas flores secas que entre cartas y
rizos, guardan los enamorados, y en el fondo de algn cofrecillo parecen
exhalar el cndido secreto de los primeros amores.

Los ojos de la Nia Chole haban removido en mi alma tan lejanas
memorias, tenues como fantasmas, blancas como baadas por luz de luna.
Aquella sonrisa, evocadora de la sonrisa de Lil, haba encendido en
mi sangre tumultuosos deseos y en mi espritu ansia vaga de amor.
Rejuvenecido y feliz, con cierta felicidad melanclica, suspiraba por
los amores ya vividos, al mismo tiempo que me embriagaba con el perfume
de aquellas rosas abrileas que tornaban  engalanar el viejo tronco. El
corazn, tanto tiempo muerto, senta con la ola de savia juvenil que lo
inundaba nuevamente, la nostalgia de viejas sensaciones: Sumergase en
la niebla del pasado y saboreaba el placer de los recuerdos, ese placer
de moribundo que am mucho y en formas muy diversas. Ay, era delicioso
aquel estremecimiento que la imaginacin excitada comunicaba  los
nervios!...

Y en tanto, la noche detenda por la gran llanura su sombra llena de
promesas apasionadas, y los pjaros de largas alas volaban de las
ruinas. Di algunos pasos, y con voces que repiti el eco milenario de
aquellos palacios, llam al indio que me serva de gua. Con el overo
ya embridado asom tras un dolo gigantesco esculpido en piedra roja.
Cabalgu y partimos. El horizonte relampagueaba. Un vago olor marino,
olor de algas y brea, mezclbase por veces al mareante de la campia,
y all, muy lejos, en el fondo oscuro del Oriente, se divisaba el
resplandor rojizo de la selva que arda. La naturaleza, lujuriosa y
salvaje, an palpitante del calor de la tarde, semejaba dormir el sueo
profundo y jadeante de una fiera fecundada. En aquellas tinieblas
pobladas de susurros nupciales y de moscas de luz que danzan entre las
altas yerbas, raudas y quimricas, me pareca respirar una esencia
suave, deliciosa, divina: La esencia que la madurez del Esto vierte en
el cliz de las flores y en los corazones.




YA METIDA LA NOCHE llegamos  San Juan de Tuxtlan.
Descabalgu y arrojando al gua las riendas del caballo, por una calle
solitaria baj solo  la playa. Al darme en el rostro la brisa del mar,
avizorme pensando si la fragata habra zarpado. En estas dudas iba,
cuando percibo  mi espalda blando rumor de pisadas descalzas. Un indio
ensabanado se me acerca:

--No tiene mi amito cosita que me ordenar?

Nada, nada...

El indio hace seal de alejarse:

--Ni precisa que le gue, nio?

--No preciso nada.

Sombro y musitando, embzase mejor en la sbana que le sirve de clmide
y se va. Yo sigo adelante camino de la playa. De pronto la voz mansa
y humilde del indio llega nuevamente  mi odo. Vuelvo la cabeza y
le descubro  pocos pasos. Vena  la carrera y cantaba los gozos de
Nuestra Seora de Guadalupe. Me di alcance y murmur emparejndose:

--De verdad, nio, si se pierde no sabr salir de los mdanos...

El hombre empieza  cansarme, y me resuelvo  no contestarle. Esto, sin
duda, le anima, porque sigue acosndome buen rato de camino. Calla un
momento y luego, en tono misterioso, aade:

--No quiere que le lleve junto  una chinita, mi jefe?... Una tapatia
de quince aos que vive aqu merito. Andele, nio, ver bailar el
jarabe. Todava no hace un mes que la perdi el amo del ranchito de
Huaxila: Nio Nacho, no sabe?

De pronto se interrumpe, y con un salto de salvaje plntaseme delante
en nimo y actitud de cerrarme el paso: Encorvado, el sombrero en una
mano  guisa de broquel, la otra echada fieramente atrs, armada de una
faca ancha y reluciente. Confieso que me sobrecog. El paraje era 
propsito para tal linaje de asechanzas: Mdanos pantanosos cercados de
negros charcos donde se reflejaba la luna, y all lejos una barraca de
siniestro aspecto, con los resquicios iluminados por la luz de dentro.
Quiz me dejo robar entonces si llega  ser menos corts el ladrn y me
habla torvo y amenazante, jurando arrancarme las entraas y prometiendo
beberse toda mi sangre. Pero en vez de la intimacin breve  imperiosa
que esperaba, le escucho murmurar con su eterna voz de esclavo:

--No se llegue, mi amito, que puede clavarse...

Oirle y recobrarme fu obra de un instante. El indio ya se recoga, como
un gato monts, dispuesto  saltar sobre m. Parecime sentir en la
medula el fro del acero: Tuve horror  morir apualado, y de pronto me
sent fuerte y valeroso. Con ligero estremecimiento en la voz, grit al
truhn adelantando un paso, apercibido  resistirle:

--Andando  te dejo seco!

El indio no se movi. Su voz de siervo parecime llena de irona:

--No se arrugue, valedor!... Si quiere pasar, ah merito, sobre esa
piedra, arre la plata. Andele, luego, luego.

Otra vez volv  tener miedo de aquella faca reluciente. Sin embargo,
murmur resuelto:

--Ahora vamos  verlo, bandido!

No llevaba armas, pero en las ruinas de Tequil  un indio que venda
pieles de jaguar, haba tenido el capricho de comprarle su bordn que
me encant por la rareza de las labores. An lo conservo: Parece el
cetro de un rey negro, tan oriental, y al mismo tiempo tan ingenua y
primitiva, es la fantasa con que est labrado. Me afirm los quevedos,
requer el palo, y con gentil comps de pies, como dira un bravo de ha
dos siglos, adelant hacia el ladrn, que di un paso procurando herirme
de soslayo. Por ventura ma, la luna dbale de lleno y advert el ataque
en sazn de evitarlo. Recuerdo confusamente que intent un desarme con
amago  la cabeza y golpe al brazo, y que el indio lo evit jugndome la
luz con destreza de salvaje. Despus no s. Slo conservo una impresin
angustiosa como de pesadilla. El mdano iluminado por la luna; la arena
negra y movediza donde se entierran los pies; el brazo que se cansa;
la vista que se turba; el indio que desaparece, vuelve, me acosa, se
encorva y salta con furia fantstica de gato embrujado; y cuando el
palo va  desprenderse de mi mano, un bulto que huye y el brillo de la
faca que pasa sobre mi cabeza y queda temblando como vbora de plata
clavada en el rbol negro y retorcido de una cruz hecha de dos troncos
chamuscados... Quedme un momento azorado y sin darme cuenta cabal del
suceso. Como  travs de niebla muy espesa, vi abrirse sigilosamente
la puerta de la barraca y salir dos hombres  catear la playa. Recel
algn encuentro como el pasado y tom  buen paso camino del mar. Llegu
 punto que largaba un bote de la fragata, donde iba el segundo de 
bordo. Gritle, y mand virar para recogerme.




LLEGADO que fu  la fragata, recogme  mi camarote, y
como estuviese muy fatigado, me acost en seguida. Ctate que no bien
apago la luz empiezan  removerse las vboras mal dormidas del deseo
que desde todo el da llevaba enroscadas al corazn, apercibidas 
morderle. Al mismo tiempo sentame invadido por una gran melancola,
llena de confusin y de misterio. La melancola del sexo, germen de
la gran tristeza humana. El recuerdo de la Nia Chole perseguame
con mariposeo ingrvido y terco. Su belleza ndica, y aquel encanto
sacerdotal, aquella gracia serpentina, y el mirar sibilino, y las
caderas ondulosas, la sonrisa inquietante, los pies de nia, los hombros
desnudos, todo cuanto la mente adivinaba, cuanto los ojos vieran,
todo, todo era hoguera voraz en que mi carne arda. Me figuraba que
las formas juveniles y gloriosas de aquella Venus de bronce florecan
entre cfiros, y que veladas primero se entreabran turgentes, frescas,
lujuriosas, fragantes como rosas de Alejandra en los jardines de Tierra
Caliente. Y era tal el poder sugestivo del recuerdo, que en algunos
momentos cre respirar el perfume voluptuoso que al andar esparca su
falda, con ondulaciones suaves.

Poco  poco cerrme los ojos la fatiga, y el arrullo montono y regular
del agua acab de sumirme en un sueo amoroso, febril  inquieto,
representacin y smbolo de mi vida. Despertme al amanecer con los
nervios vibrantes, cual si hubiese pasado la noche en un invernadero,
entre plantas exticas, de aromas raros, afroditas y penetrantes. Sobre
mi cabeza sonaban voces confusas y blando pataleo de pies descalzos,
todo ello acompaado de mucho chapoteo y trajn. Empezaba la faena del
baldeo. Me levant y sub al puente. Heme ya respirando la ventolina que
huele  brea y algas. En aquella hora el calor es deleitante. Percbense
en el aire estremecimientos voluptuosos: El horizonte re bajo un
hermoso sol.

Envuelto en el rosado vapor que la claridad del alba extenda sobre
el mar azul, adelantaba un esquife. Era tan esbelto, ligero y blanco,
que la clsica comparacin con la gaviota y con el cisne venale de
perlas. En las bancas traa hasta seis remeros. Bajo un palio de lona,
levantado  popa, se guareca del sol una figura vestida de blanco.
Cuando el esquife toc la escalera de la fragata ya estaba yo all, en
confusa espera de no s qu gran ventura. Una mujer viene sentada al
timn. El toldo solamente me deja ver el borde de la falda y los pies
de reina calzados con chapines de raso blanco, pero mi alma la adivina.
Es ella, la Salamb de los palacios de Tequil!... S, era ella, ms
gentil que nunca, velada apenas en el rebocillo de seda. Hela en pie
sobre la banca, apoyada en los hercleos hombros de un marinero negro.
El labio abultado y rojo de la criolla sonre con la gracia inquietante
de una egipcia, de una turania. Sus ojos, envueltos en la sombra de las
pestaas, tienen algo de misterioso, de quimrico y lejano, algo que
hace recordar las antiguas y nobles razas que en remotas edades fundaron
grandes imperios en los pases del sol... El esquife cabecea al costado
de la fragata. La criolla, entre asustada y divertida, se agarra  los
crespos cabellos del gigante, que impensadamente la toma al vuelo y se
lanza con ella  la escala. Los dos ren envueltos en un salsero que
les moja la cara. Ya sobre cubierta, el coloso negro la deja sola y se
aparta secreteando con el contramaestre.

Yo gano la cmara por donde necesariamente han de pasar. Nunca el
corazn me ha latido con ms violencia. Recuerdo perfectamente que
estaba desierta y un poco oscura. Las luces del amanecer cabrilleaban en
los cristales. Pasa un momento. Oigo voces y gorjeos: Un rayo de sol ms
juguetn, ms vivo, ms alegre, ilumina la cmara, y en el fondo de los
espejos se refleja la imagen de la Nia Chole.




FU AQUL uno de esos largos das de mar encalmados
y bochornosos que navegando  vela no tienen fin. Slo de tiempo en
tiempo alguna rfaga clida pasaba entre las jarcias y haca flamear el
velamen. Yo andaba avizorado y errabundo, con la esperanza de que la
Nia Chole se dejase ver sobre cubierta algn momento. Vana esperanza.
La Nia Chole permaneci retirada en su camarote, y acaso por esto las
horas me parecieron, como nunca, llenas de tedio. Desengaado de aquella
sonrisa que yo haba visto y amado en otros labios, fu  sentarme en la
popa.

Sobre el dormido cristal de esmeralda, la fragata dejaba una estela de
bullentes rizos. Sin saber cmo resurgi en mi memoria cierta cancin
americana que Nieves Agar, la amiga querida de mi madre, me enseaba
hace muchos aos, all en tiempos cuando yo era rubio como un tesoro
y sola dormirme en el regazo de las seoras que iban de tertulia al
Palacio de Bradomn. Esta aficin  dormir en un regazo femenino la
conservo todava. Pobre Nieves Agar, cuntas veces me has mecido en tus
rodillas al comps de aquel danzn que cuenta la historia de una criolla
ms bella que Atala, dormida en hamaca de seda,  la sombra de los
cocoteros! Tal vez la historia de otra Nia Chole!

Ensoador y melanclico permanec toda la tarde sentado  la sombra del
foque, que caa lacio sobre mi cabeza. Solamente al declinar el sol se
levant una ventolina, y la fragata, con todo su velamen desplegado,
pudo doblar la Isla de Sacrificios y dar fondo en aguas de Veracruz.
Cautiva el alma de religiosa emocin, contempl la abrasada playa
donde desembarcaron antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los
aventureros espaoles, hijos de Alarico el brbaro y de Tarik el moro.
Vi la ciudad que fundaron, y  la que dieron abolengo de valenta,
espejarse en el mar quieto y de plomo como si mirase fascinada la ruta
que trajeron los hombres blancos:  un lado, sobre desierto islote
de granito, baa sus pies en las olas el Castillo de Ula, sombra
romntica que evoca un pasado feudal que all no hubo, y  lo lejos la
cordillera del Orizaba, blanca como la cabeza de un abuelo, dibjase
con indecisin fantstica sobre un cielo clsico, de lmpido y profundo
azul. Record lecturas casi olvidadas que, nio an, me haban hecho
soar con aquella tierra hija del sol: Narraciones medio histricas,
medio novelescas, en que siempre se dibujaban hombres de tez cobriza,
tristes y silenciosos, como cumple  los hroes vencidos, y selvas
vrgenes, pobladas de pjaros de brillante plumaje, y mujeres como
la Nia Chole, ardientes y morenas, smbolo de la pasin que dijo un
cuitado poeta de estos tiempos.

Como no es posible renunciar  la patria, yo, espaol y caballero,
senta el corazn henchido de entusiasmo y poblada de visiones
gloriosas la mente, y la memoria llena de recuerdos histricos. La
imaginacin exaltada me finga al aventurero extremeo poniendo fuego
 sus naves, y  sus hombres esparcidos por la arena, atisbndole de
travs, los mostachos enhiestos al antiguo uso marcial, y sombros
los rostros varoniles, curtidos y con ptina, como las figuras de los
cuadros muy viejos. Yo iba  desembarcar en aquella playa sagrada,
siguiendo los impulsos de una vida errante, y al perderme, quiz para
siempre, en la vastedad del viejo Imperio Azteca, senta levantarse en
mi alma de aventurero, de hidalgo y de cristiano, el rumor augusto de la
Historia.

Apenas anclamos sale en tropel de la ribera una gentil flotilla,
compuesta de esquifes y canoas. Desde muy lejos se oye el son
montono del remo. Centenares de cabezas asoman sobre la borda de la
fragata, y abigarrada muchedumbre hormiguea, se agita y se desata en
el entrepuente. Hablase  gritos el espaol, el ingls, el chino. Los
pasajeros hacen seas  los barqueros indios para que se aproximen:
Ajustan, disputan, regatean, y al cabo, como rosario que se desgrana,
van cayendo en el fondo de las canoas que rodean la escalera y esperan
ya con los remos armados. La flotilla se dispersa. Todava  larga
distancia vese una diminuta figura moverse agitando los brazos, y se
oyen sus voces, que destaca y agranda la quietud solemne de aquellas
regiones abrasadas. Ni una sola cabeza se ha vuelto hacia la fragata
para mandarle un adis de despedida. All van, sin otro deseo que
tocar cuanto antes la orilla. Son los conquistadores del oro. La noche
se avecina. En esta hora del crepsculo, el deseo ardiente que la Nia
Chole me produce se aquilata y purifica, hasta convertirse en ansia vaga
de amor ideal y potico. Todo oscurece lentamente: Gime la brisa, riela
la luna, el cielo azul turqu se torna negro, de un negro solemne donde
las estrellas adquieren una limpidez profunda. Es la noche americana de
los poetas.




ACABABA de bajar  mi camarote, y hallbame tendido en
la litera fumando una pipa, y quiz soando con la Nia Chole, cuando
se abre la puerta y veo aparecer  Julio Csar, un rapazuelo mulato que
me haba regalado en Jamaica cierto aventurero portugus que, andando
el tiempo, lleg  general en la Repblica Dominicana. Julio Csar se
detiene en la puerta, bajo el pabelln que forman las cortinas:

--Mi amito!  bordo viene un moreno que mata los tiburones en el agua
con el trinchete. Suba, mi amito, no se dilate!...

Y desaparece velozmente, como esos etopes carceleros de princesas en
los castillos encantados. Yo, espoleado por la curiosidad, salgo tras
l. Heme en el puente que ilumina la plcida claridad del plenilunio.
Un negro colosal, con el traje de tela chorreando agua, se sacude
como un gorila, en medio del corro que  su rededor han formado los
pasajeros, y sonre mostrando sus blancos dientes de animal familiar. 
pocos pasos dos marineros encorvados sobre la borda de estribor, halan
un tiburn medio degollado, que se balancea fuera del agua, al costado
de la fragata. Mas he ah que de pronto rompe el cable, y el tiburn
desaparece en medio de un remolino de espumas. El negrazo musita
apretando los labios elefancacos:

--Pendejos!

Y se va, dejando como un rastro en la cubierta del navo las huellas
hmedas de sus pies descalzos. Una voz femenina le grita desde lejos:

--Che, moreno!...

--Voy, horita!... No me dilato.

La forma de una mujer blanquea sobre negro fondo en la puerta de la
cmara. No hay duda, es ella! Pero cmo no la he adivinado? Qu
hacas t, corazn, que no me anunciabas su presencia? Oh, con cunto
gusto hubirate entonces puesto bajo sus lindos pies para castigo! El
marinero se acerca:

--Manda alguna cosa la Nia Chole?

--Quiero verte matar un tiburn.

El negro sonre con esa sonrisa blanca de los salvajes, y pronuncia
lentamente, sin apartar los ojos de las olas que argenta la luna:

--No puede ser, mi amita: Se ha juntado una punta de tiburones, sabe?

--Y tienes miedo?

--Qu va!... Aunque fcilmente, como la sazn est peligrosa... Vea su
merced no ms...

La Nia Chole no le dej concluir:

--Cunto te han dado esos seores?

--Veinte tostones: Dos centenes, sabe?

Oy la respuesta el contramaestre, que pasaba ordenando una maniobra, y
con esa concisin dura y franca de los marinos curtidos, sin apartar el
pito de los labios ni volver la cabeza, apuntle:

--Cuatro monedas y no seas guaje!...

El negro pareci dudar. Asomse al barandal de estribor y observ un
instante el fondo del mar donde temblaban amortiguadas las estrellas.
Veanse cruzar argentados y fantsticos peces que dejaban tras s estela
de fosforescentes chispas y desaparecan confundidos con los rieles de
la luna: En la zona de sombra que sobre el azul de las olas proyectaba
el costado de la fragata, esbozbase la informe mancha de una cuadrilla
de tiburones. El marinero se apart reflexionando. Todava volvise una
 dos veces  mirar las dormidas olas, como penetrado de la queja que
lanzaban en el silencio de la noche. Pic un cigarro con las uas, y se
acerc:

--Cuatro centenes, le apetece  mi amita?

La Nia Chole, con ese desdn patricio que las criollas opulentas
sienten por los negros, volvi  l su hermosa cabeza de reina india, y
en tono tal, que las palabras parecan dormirse cargadas de tedio en el
borde de los labios, murmur:

--Acabars?... Sean los cuatro centenes!...

Los labios hidrpicos del negro esbozaron una sonrisa de ogro avaro y
sensual: Seguidamente despojse de la blusa, desenvain el cuchillo que
llevaba en la cintura y como un perro de Terranova tomle entre los
dientes y se encaram sobre la borda. El agua del mar reluca an en
aquel torso desnudo que pareca de barnizado bano. Inclinse el negrazo
sondando con los ojos el abismo: Luego, cuando los tiburones salieron
 la superficie, le vi erguirse negro y mitolgico sobre el barandal
que iluminaba la luna, y con los brazos extendidos echarse de cabeza
y desaparecer buceando. Tripulacin y pasajeros, cuantos se hallaban
sobre cubierta, agolpronse  la borda. Sumironse los tiburones en
busca del negro, y todas las miradas quedaron fijas en un remolino
que no tuvo tiempo  borrarse, porque casi incontinenti una mancha de
espumas rojas colore el mar, y en medio de los hurras de la marinera
y el vigoroso aplaudir de las manos coloradotas y plebeyas de los
mercaderes sali  flote la testa chata y lanuda del marinero que nadaba
ayudndose de un solo brazo, mientras con el otro sostena entre aguas
un tiburn degollado por la garganta, donde traa clavado el cuchillo.
Tratse en tropel de izar al negro: Arrojronse cuerdas, ya para el
caso prevenidas, y cuando levantaba medio cuerpo fuera del agua rasg
el aire un alarido horrible, y le vimos abrir los brazos y desaparecer
sorbido por los tiburones. Yo permaneca an sobrecogido cuando son 
mi espalda una voz que deca:

--Quiere hacerme sitio, seor?

Al mismo tiempo alguien toc suavemente mi hombro. Volv la cabeza y
hallme con la Nia Chole. Vagaba cual siempre, por su labio inquietante
sonrisa, y abra y cerraba velozmente una de sus manos, en cuya palma vi
lucir varias monedas de oro. Rogme con cierto misterio que la dejase
sitio, y doblndose sobre la borda las arroj lo ms lejos que pudo. En
seguida volvise  m con gentil escorzo de todo el busto:

--Ya tiene para el flete de Carn!...

Yo deba estar ms plido que la muerte, pero como ella fijaba en m
sus hermosos ojos y sonrea, vencime el encanto de los sentidos, y mis
labios an trmulos, pagaron aquella sonrisa de reina antigua con la
sonrisa del esclavo, que aprueba cuanto hace su seor. La crueldad de
la criolla me horrorizaba y me atraa: Nunca como entonces me pareciera
tentadora y bella. Del mar oscuro y misterioso suban murmullos y
aromas: La blanca luna les prestaba no s qu rara voluptuosidad. La
trgica muerte de aquel coloso negro, el mudo espanto que se pintaba
an en todos los rostros, un violn que lloraba en la cmara, todo en
aquella noche, bajo aquella luna, era para m objeto de voluptuosidad
depravada y sutil...

Alejse la Nia Chole con ese andar rtmico y ondulante que recuerda al
tigre, y al desaparecer, una duda cruel me mordi el corazn. Hasta
entonces no haba reparado que  mi lado estaba un adolescente bello y
rubio, que record haber visto al desembarcar en la playa de Tuxtlan.
Sera para l la sonrisa de aquella boca, en donde pareca dormir el
enigma de algn antiguo culto licencioso, cruel y diablico?

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CON LAS PRIMERAS luces del alba desembarqu en Veracruz.
Tuve miedo de aquella sonrisa de Lil, que ahora se me apareca en
boca de otra mujer. Tuve miedo de aquellos labios, los labios de Lil,
frescos, rojos, fragantes como las cerezas de nuestro huerto, que
tanto gustaba de ofrecerme en ellos. Si el pobre corazn es liberal, y
di hospedaje al amor ms de una y de dos veces, y gust sus contadas
alegras, y padeci sus innumerables tristezas, no pueden menos de
causarle temblores, miradas y sonrisas cuando los ojos y los labios que
las prodigan son como los de la Nia Chole. Yo he temblado entonces,
y temblara hoy, que la nieve de tantos inviernos cay sin deshelarse
sobre mi cabeza!

Ya otras veces haba sentido ese mismo terror de amar, pero llegado el
trance de poner tierra por medio, siempre me haban faltado los nimos
como  una romntica damisela. Flaquezas del corazn mimado toda la
vida por mi ternura, y toda la vida dndome sinsabores! Hoy tengo por
experiencia averiguado que nicamente los grandes santos y los grandes
pecadores, poseen la virtud necesaria para huir las tentaciones del
amor. Yo confieso humildemente que slo en aquella ocasin pude dejar
de ofrecerle el nido de mi pecho al sentir el roce de sus alas. Tal vez
por eso el destino tom  empeo probar el temple de mi alma!

Cuando arribbamos  la playa en un esquife de la fragata, otro esquife
empavesado con banderas y gallardetes, acababa de varar en ella, y mis
ojos adivinaron  la Nia Chole en aquella mujer blanca y velada que
desde la proa salt  la orilla. Sin duda estaba escrito que yo haba de
ser tentado y vencido. Hay mrtires con quienes el diablo se divierte
robndoles la palma, y desgraciadamente, yo he sido uno de esos toda la
vida. Pas por el mundo como un santo cado de su altar y descalabrado.
Por fortuna, algunas veces pude hallar manos blancas y piadosas que
vendasen mi corazn herido. Hoy, al contemplar las viejas cicatrices y
recordar cmo fu vencido, casi me consuelo. En una Historia de Espaa,
donde lea siendo nio, aprend que lo mismo da triunfar que hacer
gloriosa la derrota.

Al desembarcar en Veracruz, mi alma se llen de sentimientos heroicos.
Yo cruc ante la Nia Chole orgulloso y soberbio como un conquistador
antiguo. All en sus tiempos mi antepasado Gonzalo de Sandoval, que
fund en Mxico el reino de la Nueva Galicia, no habr mostrado mayor
desvo ante las princesas aztecas sus prisioneras, y sin duda la Nia
Chole era como aquellas princesas que sentan el amor al ser ultrajadas
y vencidas, porque me miraron largamente sus ojos y la sonrisa ms bella
de su boca fu para m. La deshojaron los labios como las esclavas
deshojaban las rosas al paso triunfal de los vencedores. Yo, sin
embargo, supe permanecer desdeoso.

Por aquella playa de dorada arena subimos  la par, la Nia Chole entre
un cortejo de criados indios, yo precedido de mi esclavo negro. Casi
rozando nuestras cabezas, volaban torpes bandadas de feos y negros
pajarracos. Era un continuado y asustadizo batir de alas que pasaban
oscureciendo el sol. Yo las senta en el rostro como fieros abanicazos.
Tan presto iban rastreando como se remontaban en la claridad azul.
Aquellas largas y sombras bandadas cernanse en la altura con revuelo
quimrico, y al caer sobre las blancas azoteas moriscas las ennegrecan,
y al posarse en los cocoteros del arenal desgajaban las palmas. Parecan
aves de las ruinas con su cabeza leprosa, y sus alas flequeadas, y su
plumaje de luto, de un negro miserable, sin brillo ni tornasoles. Haba
cientos, haba miles. Un esquiln tocaba  misa de alba en la iglesia de
los Dominicos que estaba al paso, y la Nia Chole entr con el cortejo
de sus criados. Todava desde la puerta me envi una sonrisa. Pero lo
que acab de prendarme fue aquella muestra de piedad!

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EN LA VILLA Rica de la Veracruz fu mi alojamiento un
venerable parador que acordaba el tiempo feliz de los virreyes. Yo
esperaba detenerme all pocas horas. Quera reunir una escolta aquel
mismo da y ponerme en camino para las tierras que haban constituido mi
mayorazgo. Por entonces slo con buena guardia de escopeteros era dado
aventurarse en los caminos mexicanos, donde seoreaban cuadrillas de
bandoleros: Aquellos plateados tan famosos por su fiera bravura y su
lujoso arreo! Eran los tiempos de Adriano Cullar y Juan de Guzmn.

De pronto, en el patio lleno de sol apareci la Nia Chole con su
squito de criados. Majestuosa y altiva se acercaba con lentitud, dando
rdenes  un caballerango que escuchaba con los ojos bajos y responda
en lengua yucateca, esa vieja lengua que tiene la dulzura del italiano
y la ingenuidad pintoresca de los idiomas primitivos. Al verme hizo
una gentil cortesa, y por su mandato corrieron  buscarme tres indias
nbiles que parecan sus azafatas. Hablaban alternativamente como
novicias que han aprendido una letana, y recitan aquello que mejor
saben. Hablaban lentas y humildes, sin levantar la mirada:

--Es la Nia que nos enva, seor...

--Nos enva para decirle...

--Perdone vos, para rogarle, seor...

--Como ha sabido la Nia que vos, seor, junta una escolta, y ella
tambin tiene de hacer camino.

--Mucho camino, seor!

--Hartas leguas, seor!

--Ms de dos das, seor!

Segu  las azafatas. La Nia Chole me recibi agitando las manos:

--Oh! Perdone el enojo.

Su voz era queda, salmodiada y dulce, voz de sacerdotisa y de princesa.
Yo, despus de haberla contemplado intensamente, me inclin. Viejas
artes de enamorar, aprendidas en el viejo Ovidio! La Nia Chole
prosigui:

--En este mero instante acabo de saber que junta usted una escolta para
ponerse en viaje. Si hicisemos la misma jornada podramos reunir la
gente. Yo voy  Necoxtla.

Haciendo una cortesa versallesca y suspirando, respond:

--Necoxtla, est seguramente en mi camino.

La Nia Chole interrog curiosa:

--Va usted muy lejos? Acaso  Nueva Sigenza?

--Voy  los llanos de Tixul, que ignoro dnde estn. Una herencia del
tiempo de los virreyes, entre Grijalba y Tlacotalpan.

La Nia Chole me mir con sorpresa:

--Qu dice, seor? Es diferente nuestra ruta. Grijalba est en la
costa, y hubirale sido mejor continuar embarcado.

Me inclin de nuevo con rendimiento:

--Necoxtla est en mi camino.

Ella sonri desdeosa:

--Pero no reuniremos nuestras gentes.

--Por qu?

--Porque no debe ser. Le ruego, seor, que siga su camino. Yo seguir el
mo.

--Es uno mismo el de los dos. Tengo el propsito de secuestrarla  usted
apenas nos hallemos en despoblado.

Los ojos de la Nia Chole, tan esquivos antes, se cubrieron con una
amable claridad:

--Diga, son locos todos los espaoles?

Yo repuse con arrogancia:

--Los espaoles nos dividimos en dos grandes bandos: Uno, el Marqus de
Bradomn, y el otro todos los dems.

La Nia Chole me mir risuea:

--Cunta jactancia, seor!

En aquel momento el caballerango vino  decirle que haban ensillado,
y que la gente estaba dispuesta  ponerse en camino si tal era su
voluntad. Al oirle, la Nia Chole me mir intensamente, seria y muda.
Despus volvindose al criado, le interrog:

--Qu caballo me habis dispuesto?

--Aquel alazano, Nia. Vale all.

--El alazano rodado?

--Qu va, Nia! El otro alazano del belfo blanco que bebe en el agua.
Vea qu linda estampa. Tiene un paso que se traga los caminos, y la
boca una seda. Lleva sobre el borrn la cantarilla de una ranchera, y
galopando no la derrama.

--Dnde haremos parada?

--En el convento de San Juan de Tegusco.

--Llegaremos de noche?

--Llegaremos al levantarse la luna.

--Pues advierte  la gente de montar luego, luego.

El caballerango obedeci. La Nia Chole me pareci que apenas poda
disimular una sonrisa:

--Seor, mal se ver para seguirme, porque parto en el mero instante.

--Yo tambin.

--Pero acaso tiene dispuesta su gente?

--Como yo est dispuesto, basta.

Vea que camino  reunirme con mi marido y no quiera balearse con l.
Pregunte y le dirn quin es el general Diego Bermdez.

Oyndola, sonre desdeosamente. Tornaba en esto el caballerango, y
quedse  distancia esperando silencioso y humilde. La Nia Chole le
llam:

--Llega, clzame la espuela.

Ya obedeca, cuando yo arranqu de sus manos el espoln de plata 
hinqu la rodilla ante la Nia Chole, que sonriendo me mostr su lindo
pie prisionero en chapn de seda. Con las manos trmulas le calc el
espoln. Mi noble amigo Barbey D'Aurevilly hubiera dicho de aquel pie
que era hecho para pisar un zcalo de Pharos. Yo no dije nada, pero lo
bes con tan apasionado rendimiento, que la Nia Chole exclam risuea:

--Seor, detngase en los umbrales.

Y dej caer la falda, que con dedos de ninfa sostena levemente alzada.
Seguida de sus azafatas cruz como una reina ofendida el anchuroso
patio sombreado por toldos de lona, que bajo la luz adquiran tenue
tinte dorado de marinas velas. Los cnifes zumbaban en torno de un
surtidor que gallardeaba al sol su airn de plata, y llova en menudas
irisadas gotas sobre el tazn de alabastro. En medio de aquel ambiente
encendido, bajo aquel cielo azul donde la palmera abre su rumoroso
parasol, la fresca msica del agua me recordaba de un modo sensacional
y remoto las fatigas del desierto y el deleitoso sestear en los oasis.
De tiempo en tiempo un jinete entraba en el patio: Los mercenarios
que deban darnos escolta  travs de los arenales de Tierra Caliente
empezaban  juntarse. Pronto estuvieron reunidas las dos huestes: Una y
otra se componan de gente marcial y silenciosa: Antiguos salteadores
que fatigados de la vida aventurera, y despechados del botn incierto,
preferan servir  quien mejor les pagaba, sin que ninguna empresa
les arredrase: Su lealtad era legendaria. Ya estaba ensillado mi
caballo con las pistolas en el arzn, y  la grupa las vistosas y
moriscas alforjas donde iba el vitico para la jornada, cuando la Nia
Chole reapareci en el patio. Al verla me acerqu sonriendo, y ella
fingindose enojada, bati el suelo con su lindo pie.

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MONTAMOS, y en tropel atravesamos la ciudad. Ya fuera
de sus puertas hicimos un alto para contarnos. Despus di comienzo la
jornada fatigosa y larga. Aqu y all, en el fondo de las dunas y en la
falda de arenosas colinas, se alzaban algunos jacales que entre vallados
de enormes cactus asomaban sus agudas techumbres de camo gris medio
podrido. Mujeres de tez cobriza y mirar dulce salan  los umbrales,
 indiferentes y silenciosas nos vean pasar. La actitud de aquellas
figuras broncneas revelaba esa tristeza transmitida, vetusta, de las
razas vencidas. Su rostro era humilde, con dientes muy blancos y grandes
ojos negros, selvticos, indolentes y velados. Parecan nacidas para
vivir eternamente en los aduares y descansar al pie de las palmeras y de
los ahuehuetles.

Ya puesto el sol divisamos una aldea india. Estaba todava muy lejana
y se apareca envuelta en luz azulada y en silencio de paz. Rebaos
polvorientos y dispersos adelantaban por un camino de tierra roja
abierto entre maizales gigantes. El campanario de la iglesia, con su
enorme nido de zopilotes, descollaba sobre las techumbres de palma.
Aquella aldea silenciosa y humilde, dormida en el fondo de un valle,
me hizo recordar las remotas aldeas abandonadas al acercarse los
aventureros espaoles. Ya estaban cerradas todas las puertas y suba de
los hogares un humo tenue y blanco que se disipaba en la claridad del
crepsculo como salutacin patriarcal.

Nos detuvimos  la entrada y pedimos hospedaje en un antiguo priorato de
Comendadoras Santiaguistas.  los golpes que un espolique descarg en
la puerta, una cabeza con tocas asom en la reja y hubo largo coloquio.
Nosotros, an bastante lejos, bamos al paso de nuestros caballos,
abandonadas las riendas y distrados en pltica galante. Cuando llegamos
la monja se retiraba de la reja: Poco despus las pesadas puertas de
cedro se abran lentamente, y una monja donada toda blanca en su hbito,
apareci en el umbral:

--Pasen, hermanos, si quieren reposar en esta santa casa.

Nunca las Comendadoras Santiaguistas negaban hospitalidad.  todo
caminante que la demandase deba serle concedida. As estaba dispuesto
por los estatutos de la fundadora Doa Beatriz de Zayas, favorita y dama
de un virrey. El escudo nobiliario de la fundadora todava campeaba
sobre el arco de la puerta. La hermana donada nos gui  travs de un
claustro sombreado por oscuros naranjos. All era el cementerio de las
Comendadoras. Sobre los sepulcros, donde quedaban borrosos epitafios,
nuestros pasos resonaron. Una fuente lloraba montona y triste. Empezaba
la noche, y las moscas de luz danzaban entre el negro follaje de los
naranjos. Cruzamos el claustro y nos detuvimos ante una puerta forrada
de cuero y claveteada de bronce. La hermana abri. El manojo de llaves
que colgaba de su cintura produjo un largo son y qued mecindose. La
donada cruz las manos sobre el escapulario, y pegndose al muro nos
dej paso al mismo tiempo que murmuraba gangosa:

--Esta es la hospedera, hermanos.

Era la hospedera una estancia fresca, con ventanas de mohosa y labrada
reja, que caan sobre el jardn. En uno de los testeros campeaba el
retrato de la fundadora, que ostentaba larga leyenda al pie, y en el
otro un altar con paos de cndido lino. La mortecina claridad apenas
dejaba entrever los cuadros de un Va-Crucis que se desenvolva en torno
del muro. La hermana donada lleg sigilosa  demandarme qu camino haca
y cul era mi nombre. Yo, en voz queda y devota, como ella me haba
interrogado, respond:

--Soy el Marqus de Bradomn, hermana, y mi ruta acaba en esta santa
casa.

La donada murmur con tmida curiosidad:

--Si desea ver  la Madre Abadesa, le llevar recado. Siempre tendr
que tener un poco de paciencia, pues ahora la Madre Abadesa se halla
platicando con el seor Obispo de Colima, que lleg antier.

--Tendr paciencia, hermana. Ver  la Madre Abadesa cuando sea ocasin.

--El Seor la conoce ya?

--No, hermana. Llego  esta santa casa para cumplir un voto.

En aquel momento se acercaba la Nia Chole, y la monja, mirndola
complacida, murmur:

--La Seora mi Marquesa tambin?

La Nia Chole cambi conmigo una mirada burlona que me pareci de
alegres desposorios. Los dos respondimos  un tiempo:

--Tambin, hermana, tambin.

--Pues ahora mismo prevengo  la Madre Abadesa. Tendr mucho contento
cuando sepa que han llegado personas de tanto linaje: Ella tambin es
muy espaola.

Y la hermana donada, haciendo una profunda reverencia, se alej moviendo
leve rumor de hbitos y de sandalias. Tras ella salieron los criados,
y la Nia Chole qued sola conmigo. Yo bes su mano, y ella, con una
sonrisa de extraa crueldad, murmur:

--Tngase por muerto si llega  saber algo de esta burla el general
Diego Bermdez!

La Nia Chole lleg ante el altar, y cubrindose la cabeza con el
rebocillo se arrodill. Sus siervos, agrupados en la puerta de la
hospedera, la imitaron, santigundose en medio de un piadoso murmullo.
La Nia Chole alz la voz, rezando en accin de gracias por nuestra
venturosa jornada. Los siervos respondan  coro. Yo, como caballero
santiaguista, rec mis oraciones dispensado de arrodillarme por el fuero
que tenemos de cannigos agustinos.

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ENTRARON primero dos legas, que traan una gran bandeja
de plata cargada de refrescos y confituras, y luego entr la Madre
Abadesa, flotante el blanco hbito, que ostentaba la roja cruz de
Santiago. Detvose en la puerta, y con leve sonrisa, al par amable y
soberana, salud en latn:

--Deo gratias!

Nosotros respondimos en romance:

-- Dios sean dadas!

La Madre Abadesa tena hermoso aspecto de infanzona: Era blanca y rubia,
de buen donaire y de gran cortesana. Sus palabras de bienvenida fueron
stas:

--Yo tambin soy espaola, nacida en Viana del Prior. Cuando nia, he
conocido  un caballero muy anciano que llevaba el ttulo de Marqus de
Bradomn. Era un santo!

Yo repuse sin orgullo:

--Adems de un santo, era mi abuelo.

La Madre Abadesa sonri benvola, y despus suspir:

--Habr muerto hace muchos aos?

--Muchos!

--Dios le tenga en Gloria. Le recuerdo muy bien. Tena corrido mucho
mundo, y hasta creo que haba estado aqu, en Mxico.

--Aqu hizo la guerra cuando la sublevacin del cura Hidalgo.

--Es verdad!... Es verdad! Aunque muy nia, me acuerdo de haberle odo
contar... Era gran amigo de mi casa. Yo pertenezco  los Andrade de Cela.

--Los Andrades de Cela! Un antiguo mayorazgo!

--Desapareci  la muerte de mi padre. Qu destino el de las nobles
casas, y qu tiempos tan ingratos los nuestros! En todas partes
gobiernan los enemigos de la religin y de las tradiciones, aqu lo
mismo que en Espaa.

La Madre Abadesa suspir levantando los ojos y cruzando las manos:
As termin su pltica conmigo. Despus acercse  la Nia Chole con
la sonrisa amable y soberana de una hija de reyes retirada  la vida
contemplativa:

--Sin duda la Marquesa es mexicana?

La Nia Chole inclin los ojos ponindose encendida:

--S, Madre Abadesa.

--Pero de origen espaol?

--S, Madre Abadesa.

Como la Nia Chole vacilaba al responder, y sus mejillas se tean de
rosa, yo intervine ayudndola galante. En honor suyo invent toda una
leyenda de amor, caballeresca y romntica, como aquellas que entonces
se escriban. La Madre Abadesa conmovise tanto, que durante mi relato
vi temblar en sus pestaas dos lgrimas grandes y cristalinas. Yo, de
tiempo en tiempo, miraba  la Nia Chole y esperaba cambiar con ella una
sonrisa, pero mis ojos nunca hallaban los suyos. Escuchaba inmvil, con
rara ansiedad. Yo mismo me maravillaba al ver cmo flua de mis labios
aquel enredo de comedia antigua. Estuve tan inspirado, que de pronto
la Nia Chole sepult el rostro entre las manos, sollozando con amargo
duelo. La Madre Abadesa, muy conmovida, le ore la frente dndole aire
con el santo escapulario de su hbito, mientras yo,  viva fuerza le
tena sujetas las manos. Poco  poco tranquilizse, y la Madre Abadesa
nos llev al jardn, para que respirando la brisa nocturna, acabase de
serenarse la Marquesa. All nos dej solos, porque tena que asistir al
coro para rezar los maitines.

El jardn estaba amurallado como una ciudadela. Era vasto y sombro,
lleno de susurros y de aromas. Los rboles de las avenidas juntaban tan
estrechamente sus ramas, que slo con grandes espacios veamos algunos
follajes argentados por la luna. Caminamos en silencio. La Marquesa
suspirante, yo pensativo, sin acertar  consolarla. Entre los rboles
divisamos un paraje raso con oscuros arrayanes bordeados por blancas y
tortuosas sendas: La luna derramaba sobre ellas su luz lejana  ideal
como un milagro. La Marquesa se detuvo. Dos legas estaban sentadas al
pie de una fuente rodeada de laureles enanos, que tienen la virtud
de alejar el rayo. No se saba si las dos legas rezaban  se decan
secretos del convento, porque el murmullo de sus voces se confunda
con el murmullo del agua. Estaban llenando sus nforas. Al acercarnos
saludaron cristianamente:

--Ave Mara Pursima!

--Sin pecado concebida!

Yo quise beber de la fuente, y ellas me lo impidieron con grandes gritos:

--Seor! Qu hace, seor?

Me detuve un poco inmutado:

--Es venenosa esta agua?

--Santgese, seor. Es agua bendita, y solamente la Comunidad tiene
bula para beberla. Bula del Santo Padre, venida de Roma. Es agua santa
del Nio Jess!

Y las dos legas, hablando  coro, mostrbanme el angelote desnudo, que
enredador y tronera verta el agua en el tazn de alabastro por su
menuda y cndida virilidad. Me dijeron que era el Nio Jess. Oyendo
esto, la Marquesa santiguse devotamente. Yo asegur  las legas que
tambin tena bula para beber las aguas del Nio Jess. Ellas me
miraron mostrando gran respeto, y disputronse ofrecerme sus nforas,
pero yo prefer saciar mi sed aplicando los labios al santo surtidor de
donde el agua manaba. Me acometi tal tentacin de risa, que por poco
me ahogo. La Nia Chole, que no poda creer la historia de mi bula, me
record en voz baja que Dios castiga siempre el sacrilegio.

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DESPUS de los maitines vino  buscarnos una monja y nos
condujo al refectorio donde estaba dispuesta la colacin. Hablaba con
las manos juntas: Era vieja y gangosa. Nosotros la seguimos, pero al
pisar los umbrales del convento la Nia Chole se detuvo vacilante:

--Hermana, yo guardo el da ayunando, y no puedo entrar en el refectorio
para hacer colacin.

Al mismo tiempo sus ojos de reina india imploraban mi ayuda: Se la
otorgu liberal. Comprend que la Nia Chole tema ser conocida de
algn caminante, pues todos los que llegaban al convento se reunan 
son de campana para hacer colacin. La monja edificada por aquel ayuno,
interrog solcita:

--Qu desea mi seora?

--Retirarme  descansar, hermana.

--Pues cuando le plazca, mi seora. Sin duda traen muy larga jornada?

--Desde Veracruz.

--Cierto que sentir grande fatiga la pobrecita.

Hablando de esta suerte nos hizo cruzar un largo corredor. Por las
ventanas entraba la luz blanca de la luna. En aquella santa paz el
acompasado son de mis espuelas despertaba un eco sacrlego y marcial, y
como amedrentadas por l, la monja y la Marquesa caminaban ante m con
leve y devoto rumor. La monja abri una puerta de antigua tracera, y
apartndose  un lado murmur:

--Pase mi seora: Yo nada me retardo. Guo al Seor Marqus al
refectorio, y torno  servirla luego, luego.

La Marquesa entr sin mirarme. La monja cerr la puerta y alejse como
una sombra llamndome con vago ademn. Guime hasta el refectorio, y
saludando ms gangosa que nunca, se alej. Entr, y cuando mis ojos
buscaban un sitial vaco en torno de la mesa, alzse el capelln del
convento, y vino  decirme con gran cortesana que mi puesto estaba 
la cabecera. El capelln era un fraile dominico, humanista y poeta,
que haba vivido muchos aos desterrado de Mxico por el Arzobispo, y
privado de licencias para confesar y decir misa. Todo ello por una falsa
delacin. Esta historia me la contaba en tanto me serva. Al terminar,
me habl as:

--Ya sabe el Seor Marqus de Bradomn la vida y milagros de Fray Lope
Castellar. Si necesita un capelln para su casa, crame que con sumo
gusto dejar  estas santas seoras. Aun cuando sea para cruzar los
mares, mi Seor Marqus.

--Ya tengo capellanes en Espaa.

--Perdone entonces. Pues para servirle aqu, en este Mxico de mis
pecados, donde en un santiamn dejan sin vida  un cristiano. Crame,
quien pueda pagarse un capelln, debe hacerlo, aun cuando slo sea para
tener  mano quien le absuelva en trance de muerte.

Haba terminado la colacin, y entre el sordo y largo rumor producido
por los sitiales, todos nos pusimos en pie para rezar una oracin de
gracias compuesta por la piadosa fundadora Doa Beatriz de Zayas. Las
legas comenzaron  levantar los manteles, y la Madre Abadesa entr
sonriendo benvolamente:

--El Seor Marqus, prefiere que se disponga otra celda para su
descanso?

El rubor que asom en las mejillas de la Madre Abadesa me hizo
comprender, y sin dominar una sonrisa respond:

--Har compaa  la Marquesa, que es muy medrosa, si lo consienten los
estatutos de esta santa casa.

La Madre Abadesa me interrumpi:

--Los estatutos de esta santa casa no pueden ir en contra de la
Religin.

Sent un vago sobresalto. La Madre Abadesa inclin los ojos, y
permaneciendo con ellos bajos, dijo pausada y doctoral:

--Para Nuestro Seor Jesucristo merecen igual amor las criaturas que
junta con santo lazo su voluntad, que aquellas apartadas de la vida
mundana, tambin por su Gracia... Yo no soy como el fariseo que se crea
mejor que los dems, Seor Marqus.

La Madre Abadesa, con su hbito blanco, estaba muy bella, y como me
pareca una gran dama, capaz de comprender la vida y el amor, sent
la tentacin de pedirle que me acogiese en su celda, pero fu slo
la tentacin. Acercse con una lmpara encendida aquella monja vieja
y gangosa que me haba acompaado al refectorio, y la Madre Abadesa,
despus de haberle encomendado que me guiase, se despidi. Confieso que
sent una vaga tristeza vindola alejarse por el corredor, flotante el
noble hbito que blanqueaba en las tinieblas. Volvindome  la monja,
que esperaba inmvil con la lmpara, le pregunt:

--Debe besrsele la mano  la Madre Abadesa?

La monja, echndose la toca sobre la frente, respondi:

--Aqu solamente se la besamos al Seor Obispo, cuando se digna
visitarnos.

Y con leve rumor de sandalias comenz  caminar delante de m,
alumbrndome hasta la puerta de la celda nupcial. Una celda espaciosa
y perfumada de albahaca, con una reja abierta sobre el jardn, donde
el argentado azul de la noche tropical destacaba negras y confusas las
copas de los cedros. El canto igual y montono de un grillo rompa
el silencio. Yo cerr la puerta de la celda con llaves y cerrojos, y
andando sin ruido, fu  entreabrir el blanco mosquitero con que se
velaba pudoroso y monjil, el nico lecho que haba en la estancia.

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LA NIA CHOLE reposaba con sueo cndido y feliz: En sus
labios an vagaba dormido un rezo. Yo me inclin para besarlos: Era mi
primer beso de esposo. La Nia Chole se despert sofocando un grito:

--Qu hace usted aqu, seor?

Yo repuse entre galante y paternal:

--Reina y seora, velar tu sueo.

La Nia Chole no acertaba  comprender cmo yo poda hallarme en su
celda, y tuve que recordarle mis derechos conyugales, reconocidos por
la Madre Abadesa. Ante aquel gentil recuerdo se mostr llena de enojo.
Clavndome los ojos repeta:

--Oh!... Qu terrible venganza tomar el general Diego Bermdez!...

Y ciega de clera porque al oirla sonrea, me puso en la faz sus manos
de princesa india, manos cubiertas de anillos, enanas y morenas, que
yo hice prisioneras. Sin dejar de mirarla, se las oprim hasta que
lanz un grito, y despus dominando mi despecho, se las bes. Ella,
sollozante, dejse caer sobre las almohadas: Yo, sin intentar consolarla
me alej. Senta un fiero desdeo lleno de injurias altaneras, y para
disimular el temblor de mis labios que deban estar lvidos, sonrea.
Largo tiempo permanec apoyado en la reja, contemplando el jardn
susurrante y oscuro. El grillo cantaba, y era su canto un ritmo remoto y
primitivo. De tarde en tarde llegaba hasta m algn sollozo de la Nia
Chole, tan apagado y tenue, que el corazn siempre dispuesto  perdonar,
se conmova. De pronto, en el silencio de la noche, una campana del
convento comenz  doblar. La Nia Chole me llam temblorosa:

--Seor, no conoce la seal de agona?

Y al mismo tiempo se santigu devotamente. Sin desplegar los labios me
acerqu  su lecho, y qued mirndola grave y triste. Ella, con la voz
asustada, murmur:

--Una monja se halla moribunda!

Yo entonces tomando sus manos entre las mas, le dije amorosamente:

--Y esto te causa miedo?

--Oh!... Quin ser? Ahora entrega su alma  Dios Nuestro Seor. Ser
alguna novicia?

Sonriendo diablicamente, le dije:

--Acaso sea yo!...

--Cmo, seor?

--Estar  las puertas del convento el general Diego Bermdez.

--No!... No!...

Y oprimindome las manos, comenz  llorar. Yo quise enjugar sus
lgrimas con mis labios, y ella echando la cabeza sobre las almohadas,
suplic:

--Por favor!... Por favor!...

Velada y queda desfalleca su voz. Qued mirndome, temblorosos los
prpados y entreabierta la rosa de su boca. La campana segua sonando
lenta y triste. En el jardn susurraban los follajes, y la brisa que
haca flamear el blanco y rizado mosquitero, nos traa aromas. Ces
el toque de agona, y juzgando propicio el instante, bes  la Nia
Chole. Ella pareca consentir, cuando de pronto en medio del silencio,
la campana dobl  muerto. La Nia Chole di un grito y se estrech 
mi pecho: Palpitante de miedo, se refugiaba en mis brazos. Mis manos,
distradas y paternales, comenzaron  desflorar sus senos. Ella,
suspirando, entorn los ojos, y celebramos nuestras bodas con siete
copiosos sacrificios que ofrecimos  los dioses como el triunfo de la
vida.

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COMENZABAN los pjaros  cantar en los rboles del
jardn, saludando al sol, cuando nosotros, ya dispuestos para la jornada
de aquel da, nos asomamos  la reja. Las albahacas, hmedas de roco,
daban una fragancia intensa, casi desusada, que tena como una evocacin
de serrallo morisco y de verbenas. La Nia Chole reclin sobre mi hombro
la cabeza, suspir dbilmente, y sus ojos, sus hermosos ojos de mirar
hipntico y sagrado, me acariciaron romnticos. Yo entonces le dije:

--Nia, ests triste?

--Estoy triste porque debemos separarnos. La ms leve sospecha nos
podra costar la vida.

Pas amorosamente mis dedos entre la seda de sus cabellos, y respond
con arrogancia:

--No temas: Yo sabr imponer silencio  tus criados.

--Son indios, seor... Aqu prometeran de rodillas, y all, apenas su
amo les mirase con los ojos fieros, todo se lo diran... Debemos darnos
un adis!

Yo bes sus manos apasionado y rendido:

--Nia, no digas eso!... Volveremos  Veracruz. La Dalila quiz
permanezca en el puerto: Nos embarcaremos para Grijalba: Iremos 
escondernos en mi Hacienda de Tixul.

La Nia Chole me acarici con una mirada larga, indefinible. Aquellos
ojos de reina india eran lnguidos y brillantes: Me pareci que  la vez
reprochaban y consentan. Cruz el rebocillo sobre el pecho y murmur
ponindose encendida:

--Mi historia es muy triste!

Y para que no pudiese quedarme duda, asomaron dos lgrimas en sus ojos.
Yo cre adivinar, y le dije con generosa galantera:

--No intentes contrmela: Las historias tristes me recuerdan la ma.

Ella solloz:

--Hay en mi vida algo imperdonable.

--Los hombres como yo todo lo perdonan.

Al oirme escondi el rostro entre las manos:

--He cometido el ms abominable de los pecados: Un pecado del que slo
puede absolverme Nuestro Santo Padre.

Vindola tan afligida, acarici su cabeza reclinndola sobre mi pecho, y
le dije:

--Nia, cuenta con mi valimiento en el Vaticano. Yo he sido capitn en
la Guardia Noble. Si quieres, iremos  Roma en peregrinacin, y nos
echaremos  los pies de Gregorio XVI.

--Ir yo sola... Mi pecado es mo nada ms.

--Por amor y por galantera, yo debo cometer uno igual... Acaso ya lo
habr cometido!

La Nia Chole levant hacia m los ojos llenos de lgrimas, y suplic:

--No digas eso... Es imposible!

Sonre incrdulamente, y ella, arrancndose de mis brazos, huy al
fondo de la celda. Desde all, clavndome una mirada fiera y llorosa,
grit:

--Si fuese verdad, te aborrecera... Yo era una pobre criatura inocente
cuando fu vctima de aquel amor maldito.

Volvi  cubrirse el rostro con las manos, y en el mismo instante yo
adivin su pecado. Era el magnfico pecado de las tragedias antiguas. La
Nia Chole estaba maldita como Mirra y como Salom. Acerqume lleno de
indulgencia, le descubr la cara hmeda de llanto, y puse en sus labios
un beso de noble perdn. Despus en voz baja y dulce, le dije:

--Todo lo s. El general Diego Bermdez es tu padre.

Ella gimi con rabia:

--Ojal no lo fuese! Cuando vino de la emigracin, yo tena doce aos
y apenas le recordaba...

--No le recuerdes ahora tampoco.

La Nia Chole, conmovida de gratitud y de amor, ocult la cabeza en mi
hombro:

--Eres muy generoso!

Mis labios temblaron ardientes sobre su oreja fresca, nacarada y suave
como concha de perlas:

--Nia, volveremos  Veracruz.

--No...

--Acaso temes mi abandono? No comprendes que soy tu esclavo para toda
la vida?

--Toda la vida!... Sera tan corta la de los dos...

--Por qu?

--Porque nos matara... Lo ha jurado!...

--Todo ser que no cumpla el juramento.

--Lo cumplira.

Y ahogada por los sollozos se enlaz  mi cuello. Sus ojos llenos de
lgrimas, quedaron fijos en los mos como queriendo leer en ellos. Yo
fingindome deslumbrado por aquella mirada, los cerr. Ella suspir:

--Quieres llevarme contigo sin saber toda mi historia?

--Ya la s.

--No.

--T me contars lo que falta cuando dejemos de querernos, si llega ese
da.

--Todo, todo debes saberlo ahora, aun cuando estoy segura de tu
desprecio... Eres el nico hombre  quien he querido, te lo juro, el
nico... Y, sin embargo, por huir de mi padre, he tenido un amante que
muri asesinado.

Call sollozante. Yo, tembloroso de pasin, la bes en los ojos, y la
bes en los labios. Aquellos labios sangrientos, aquellos ojos sombros
tan bellos como su historia!...

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LAS CAMPANAS del convento tocaron  misa, y la Nia
Chole quiso oirla antes de comenzar la jornada. Fu una larga misa de
difuntos. Ofici Fray Lope Castellar, y en descargo de mis pecados,
yo serv de aclito. Las Comendadoras cantaban en el coro los Salmos
Penitenciales, y sus figuras blancas y seoriles, arrastrando los
luengos hbitos, iban y venan en torno del facistol que sostena
abierto el misal de rojas letras. En el fondo de la iglesia, sobre
negro pao rodeado de cirios, estaba el fretro de una monja. Tena las
manos en cruz, y envuelto  los dedos amoratados el rosario. Un pauelo
blanco le sujetaba la barbeta y mantena cerrada la boca, que se suma
como una boca sin dientes: Los prpados permanecan entreabiertos,
rgidos, azulencos: Las sienes parecan prolongarse inmensamente bajo la
toca. Estaba amortajada en su hbito, y la fimbra se doblaba sobre los
pies descalzos, amarillos como la cera...

Al terminarse los responsos, cuando Fray Lope Castellar se volva para
bendecir  los fieles, alzronse en tropel algunos mercenarios de mi
escolta, apostados en la puerta durante la misa, y como gerifaltes
cayeron sobre el prebisterio, aprisionando  un mancebo arrodillado,
que se revolvi bravamente al sentir sobre sus hombros tantas manos, y
luch encorvado y rugiente, hasta que, vencido por el nmero, cay sobre
las gradas. Las monjas, dando alaridos, huyeron del coro. Fray Lope
Castellar adelantse estrechando el cliz sobre el pecho:

--Qu hacis, mal nacidos?

Y el mancebo, que jadeaba derribado en tierra, grit:

--Fray Lope!... No se vende as al amigo!

--Ni tal sospeches, Guzmn!

Y entonces aquel hombre hizo como el jabal herido y acosado que se
sacude los alanos: De pronto le vi erguido en pie, revolverse entre
el tropel que le sujetaba, libertar los brazos y atravesar la iglesia
corriendo. Lleg  la puerta, y encontrndola cerrada, se revolvi
con denuedo. De un golpe arranc la cadena que serva para tocar las
campanas, y armado con ella hizo defensa. Yo, admirando como se mereca
tanto valor y tanto bro, saqu las pistolas y me puse de su lado:

--Alto ah!...

Los hombres de la escolta quedaron indecisos, y en aquel momento, Fray
Lope, que permaneca en el presbiterio, abri la puerta de la sacrista,
que rechin largamente. El mancebo, haciendo con la cadena un terrible
molinete, pas sobre el fretro de la monja, rompi la hilera de cirios
y gan aquella salida. Los otros le persiguieron dando gritos, pero la
puerta se cerr de golpe ante ellos, y volvironse contra m, alzando
los brazos con amenazador despecho. Yo, apoyado en la reja del coro,
dej que se acercasen, y dispar mis dos pistolas. Abrise el grupo
repentinamente silencioso, y cayeron dos hombres. La Nia Chole se
levant trgica y bella:

--Quietos!... Quietos!...

Aquellos mercenarios no la oyeron. Con encarnizado vocero vinironse
para m, amenazndome con sus pistolas. Una lluvia de balas se aplast
en la reja del coro. Yo, milagrosamente ileso, puse mano al machete:

--Atrs!... Atrs, canalla!

La Nia Chole se interpuso, gritando con angustia:

--Si respetis su vida, he de daros harta plata!

Un viejo que  guisa de capitn estaba delante, volvi hacia ella los
ojos fieros y encendidos. Sus barbas chivas temblaban de clera:

--Nia, la cabeza de Juan Guzmn est pregonada.

--Ya lo s.

--Si le hubisemos entregado vivo, tendramos cien onzas.

--Las tendris.

Hubo otra rfaga de voces violentas y apasionadas. El viejo mercenario
alz los brazos imponiendo silencio:

--Dejad  la gente que platique!

Y con la barba siempre temblona, volvise  nosotros:

--Los compaeros ah tendidos como perros, no valen ninguna cosa?

--La Nia Chole murmur con afn:

--S!... Qu quieres?

--Eso ha de tratarse con despacio.

--Bueno...

--Es menester otra prenda que la palabra.

La Nia Chole arrancse los anillos, que parecan dar un aspecto sagrado
 sus manos de princesa, y llena de altivez se los arroj:

--Repartid eso y dejadnos.

Entre aquellos hombres hubo un murmullo de indecisin, y lentamente se
alejaron por la nave de la iglesia. En el presbiterio detuvironse 
deliberar. La Nia Chole apoy sus manos sobre mis hombros y me mir en
el fondo de los ojos:

--Oh!... Qu espaol tan loco! Un len en pie!...

Respond con una vaga sonrisa. Yo experimentaba la ms violenta angustia
en presencia de aquellos dos hombres cados en medio de la iglesia,
el uno sobre el otro. Lentamente se iba formando en torno de ellos
un gran charco de sangre que corra por las junturas de las losas.
Sentase el borboteo de las heridas, y el estertor del que estaba cado
debajo. De tiempo en tiempo se agitaba y mova una mano lvida, con
estremecimientos nerviosos.

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FRAY LOPE CASTELLAR nos esperaba en la sacrista leyendo
el breviario. Sobre labrado arcn estaban las vestiduras plegadas con
piadoso esmero. La sacrista era triste, con una ventana alta y enrejada
oscurecida por las ramas de un cedro. Fray Lope, al vernos llegar,
alzse del escao:

--Muertos les he credo! Ha sido un milagro!... Sintense: Es menester
que esta dama cobre nimos. Van  probar el vino con que celebra la
misa Su Ilustrsima, cuando se digna visitarnos. Un vino de Espaa.
Famoso, famoso!... Ya lo dice el adagio indiano: Vino, mujer y bretaa,
de Espaa.

Hablando de esta suerte, acercse  una grande y lustrosa alacena, y la
abri de par en par. Sac de lo ms hondo un pegajoso cangiln, y le
oli con regalo:

--Ahora vern qu nctar. Este humilde fraile celebra su misa con un
licor menos delicado. Sin embargo, todo es sangre de Nuestro Seor
Jesucristo.

Llen con mano temblona un vaso de plata, y presentselo  la Nia
Chole, que lo recibi en silencio, y, en silencio tambin, me lo pas 
m. Fray Lope, en aquel momento, colmaba otro vaso igual:

--Qu hace mi seora! Si el noble Marqus tiene aqu...

La Nia Chole sonri con languidez:

--Le acompaa usted, Fray Lope!

Fray Lope ri sonoramente: Sentse sobre el arcn, y dej el vaso  su
lado:

--El noble Marqus me permitir una pregunta: De qu conoce  Juan de
Guzmn?

--No le conozco!...

--Y cmo le defendi tan bravamente?

--Una fantasa que me vino en aquel momento.

Fray Lope movi la tonsurada cabeza, y apur un sorbo del vaso que tena
 su diestra:

--Una fantasa! Una fantasa!... Juan de Guzmn es mi amigo, y, sin
embargo, yo jams hubiera osado tanto.

La Nia Chole murmur con altivo desdn:

--No todos los hombres son iguales...

Yo, agradecido al buen vino que Fray Lope me escanciaba, intervine
cortesano:

--Ms valor hace falta para cantar misa!

Fray Lope me mir con ojos burlones:

--Eso no se llama valor: Es la Gracia...

Hablando as, alzamos los vasos y  un tiempo les dimos fin. Fray Lope
torn  llenarlos:

--Y el noble Marqus hasta ignorar quin es Juan de Guzmn?

--Ayer, cuando juntaba mi escolta en Veracruz, o por primera vez su
nombre... Creo que es un famoso capitn de bandidos.

--Famoso! Tiene la cabeza pregonada.

--Conseguir ponerse en salvo?

Fray Lope junt las manos y entorn los prpados gravemente:

--Y quin sabe, mi seor!...

--Cmo se arriesg  entrar en la iglesia?

--Es muy piadoso... Adems tiene por madrina  la Madre Abadesa.

En aquel momento alzse la tapa del arcn, y un hombre que all estaba
oculto asom la cabeza. Era Juan de Guzmn. Fray Lope corri  la puerta
y ech los cerrojos. Juan de Guzmn salt en medio de la sacrista, y
con los ojos hmedos y brillantes quiso besarme las manos. Yo le tend
los brazos. Fray Lope volvi  nuestro lado, y con la voz temblorosa y
colrica murmur:

--Quien ama el peligro perece en l!

Juan de Guzmn sonri desdeosamente:

--Todos hemos de morir, Fray Lope!...

--Bajen siquiera la voz.

Avizorado miraba alternativamente  la puerta y  la gran reja de
la sacrista. Seguimos su prudente consejo, y mientras nosotros
platicbamos retirados en un extremo de la sacrista, en el otro rezaba
medrosamente la Nia Chole.

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JUAN DE GUZMN tena la cabeza pregonada, aquella
magnfica cabeza de aventurero espaol. En el siglo XVI hubiera
conquistado su Real Ejecutoria de Hidalgua peleando bajo las banderas
de Hernn Corts, y acaso entonces nos dejase una hermosa memoria aquel
capitn de bandoleros con aliento caballeresco, porque haba nacido para
ilustrar su nombre en las Indias saqueando ciudades, violando princesas
y esclavizando emperadores. Viejo y cansado, cubierto de cicatrices
y de gloria, tornarase  su tierra llevando en buenas doblas de oro
el botn conquistado acaso en Otumba, acaso en Mangor. Las batallas
gloriosas de alto y sonoro nombre! Levantara una torre, fundara
un mayorazgo con licencia del Seor Rey, y al morir tendra noble
enterramiento en la iglesia de algn monasterio. La piedra de armas
y un largo epitafio, recordaran las hazaas del caballero, y muchos
aos despus, su estatua de piedra, dormida bajo el arco sepulcral, an
servira  las madres para asustar  sus hijos pequeos.

Yo confieso mi admiracin por aquella noble abadesa que haba sabido
ser su madrina sin dejar de ser una santa.  m seguramente hubirame
tentado el diablo, porque el capitn de los plateados tena el gesto
dominador y galn, con que aparecen en los retratos antiguos los
capitanes del Renacimiento: Era hermoso como un bastardo de Csar
Borgia. Cuentan, que al igual de aquel prncipe, mat siempre sin saa,
con frialdad, como matan los hombres que desprecian la vida, y que, sin
duda por eso, no miran como un crimen dar la muerte. Sus sangrientas
hazaas son las hazaas que en otro tiempo hicieron florecer las
epopeyas. Hoy slo de tarde en tarde alcanzan tan alta soberana, porque
las almas son cada vez menos ardientes, menos impetuosas, menos fuertes.
Es triste ver cmo los hermanos espirituales de aquellos aventureros
de Indias no hallan ya otro destino en la vida que el bandolerismo
caballeresco!

Aquel capitn de los plateados tambin tena una leyenda de amores.
Era tan famoso por su fiera bravura como por su galn arreo. Seoreaba
en los caminos y en las ventas: Con valeroso alarde se mostraba solo,
caracoleando el caballo y levantada sobre la frente el ala del chambergo
entoquillado de oro. El zarape blanco envolvale flotante como alquicel
morisco. Era hermoso, con hermosura varonil y fiera. Tena las nias
de los ojos pequeas, tenaces y brillantes, el corvar de la nariz
soberbio, las mejillas nobles y atezadas, los mostachos enhiestos, la
barba de negra seda. En la llama de su mirar vibraba el alma de los
grandes capitanes, gallarda y de travs como los gavilanes de la espada.
Desgraciadamente, ya quedan pocas almas as.

Qu hermoso destino el de ese Juan de Guzmn, si al final de sus das
se hubiese arrepentido y retirado en la paz de un monasterio para hacer
penitencia, como San Francisco de Sena!

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SIN OTRA ESCOLTA que algunos fieles caballerangos,
nos tornamos  Veracruz. La Dalila continuaba anclada bajo el
Castillo de Ulua, y la divisamos desde larga distancia, cuando nuestros
caballos fatigados, sedientos, suban la falda arenosa de una colina.
Sin hacer alto atravesamos la ciudad y nos dirigimos  la playa para
embarcar inmediatamente. Poco despus la fragata hacase  la vela por
aprovechar el viento que corra  lo lejos, rizando un mar verde como
mar de ensueo. Apenas flame la lona, cuando la Nia Chole despeinada y
plida con la angustia del mareo, fu  reclinarse sobre la borda.

El capitn, con sombrero de palma y traje blanco, se paseaba en la
toldilla: Algunos marineros dormitaban echados  la banda de estribor,
que el aparejo dejaba en sombra, y dos jarochos que haban embarcado
en San Juan de Tuxtlan jugaban al parar sentados bajo un toldo de lona
levantado  popa. Eran padre  hijo. Los dos flacos y cetrinos: El viejo
con grandes barbas de chivo, y el mozo todava imberbe. Se querellaban 
cada jugada, y el que perda amenazaba de muerte al ganancioso. Contaba
cada cual su dinero, y musitando airada y torvamente lo embolsaba. Por
un instante los naipes quedaban esparcidos sobre el zarape puesto entre
los jugadores. Despus el viejo recogalos lentamente y comenzaba 
barajar de nuevo. El mozo, siempre de mal talante, sacaba de la cintura
su bolsa de cuero recamada de oro, y la volcaba sobre el zarape. El
juego prosegua como antes.

Llegume  ellos y estuve vindoles. El viejo, que en aquel momento
tena la baraja, me invit cortsmente y mand levantar al mozo para que
yo tuviese sitio  la sombra. No me hice rogar. Tom asiento entre los
dos jarochos, cont diez doblones fernandinos y los puse  la primera
carta que sali. Gan, y aquello me hizo proseguir jugando, aunque desde
el primer momento tuve al viejo por un redomado tahur. Su mano atezada
y enjuta, que haca recordar la garra del milano, tiraba los naipes
lentamente. El mozo permaneca silencioso y sombro, miraba al viejo de
soslayo, y jugaba siempre las cartas que jugaba yo. Como el viejo perda
sin impacientarse, sospech que abrigaba el propsito de robarme, y me
previne. Sin embargo, continu ganando.

Ya puesto el sol asomaron sobre cubierta algunos pasajeros. El viejo
jarocho comenz  tener corro, y creci su ganancia. Entre los jugadores
estaba aquel adolescente taciturno y bello que en otra ocasin me haba
disputado una sonrisa de la Nia Chole. Apenas nuestras miradas se
cruzaron comenc  perder. Tal vez haya sido supersticin, pero es lo
cierto que yo tuve el presentimiento. El adolescente tampoco ganaba:
Visto con espacio, parecime misterioso y extrao: Era gigantesco, de
ojos azules y rubio ceo, de mejillas bermejas y frente muy blanca:
Peinbase como los antiguos nazarenos, y al mirar entornaba los prpados
con arrobo casi mstico. De pronto le vi alargar ambos brazos y detener
al jarocho, que haba vuelto la baraja y comenzaba  tirar. Medit un
instante, y luego, lento y tardo, murmur:

--Me arriesgo con todo. Copo!

El mozo, sin apartar los ojos del viejo, exclam:

--Padre, copa!

--Lo he odo, pendejo. Ve contando ese dinero.

Volvi la baraja y comenz  tirar. Todas las miradas quedaron inmviles
sobre la mano del jarocho. Tiraba lentamente. Era una mano sdica
que haca doloroso el placer y lo prolongaba. De pronto se levant un
murmullo:

--La sota! La sota!

Aquella era la carta del bello adolescente. El jarocho se incorpor,
soltando la baraja con despecho:

--Hijo, ve pagando...

Y echndose el zarape sobre los hombros, se alej. El corro se deshizo
entre murmullos y comentos:

--Ha ganado setecientos doblones!

--Ms de mil!

Instintivamente volv la cabeza, y mis ojos descubrieron  la Nia
Chole. All estaba, reclinada en la borda: Apartbase lnguidamente los
rizos que, deshechos por el viento marino, se le metan en los ojos, y
sonrea al bello y blondo adolescente. Experiment tan vivo impulso
de celos y de clera, que me sent palidecer. Si hubiera tenido en las
pupilas el poder del basilisco, all se quedan hechos polvo. No lo
tena, y la Nia Chole pudo seguir profanando aquella sonrisa de reina
antigua!...

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CUANDO se encendieron las luces de  bordo, yo
continuaba en el puente, y la Nia Chole vino  colgarse de mi brazo,
rozndose como una gata zalamera y traidora. Sin mostrarme celoso, supe
mostrarme altivo, y ella se detuvo, clavndome los ojos con tmido
reproche. Despus mir en torno, y alzndose en la punta de los pies me
bes celerosa:

--Ests triste?

--No.

--Entonces, ests enojado conmigo?

--No.

--S tal.

Nos hallbamos solos en el puente, y la Nia Chole se colg de mis
hombros suspirante y quejumbrosa:

--Ya no me quieres! Ahora qu ser de m!... Me morir!... Me
matar!...

Y sus hermosos ojos, llenos de lgrimas, se volvieron hacia el mar,
donde rielaba la luna. Yo permanec silencioso, aun cuando estaba
profundamente conmovido. Ya ceda al deseo de consolarla, cuando
apareci sobre cubierta el blondo y taciturno adolescente. La Nia
Chole, un poco turbada, se enjug las lgrimas. Creo que la expresin
de mis ojos le di espanto, porque sus manos temblaban. Al cabo de un
momento, con voz apasionada y contrita, murmur  mi odo:

--Perdname!

Yo repuse vagamente:

--Que te perdone dices?

--S.

--No tengo nada que perdonarte.

Ella se sonri, todava con los ojos hmedos:

--Para qu me lo niegas? Ests enojado conmigo porque antes he mirado 
se... Como no le conoces, me explico tus celos.

Call, y en su boca muda y sangrienta vi aparecer la sonrisa de un
enigma perverso. El blondo adolescente conversaba en voz baja con un
grumete mulato. Se apartaron lentamente y fueron  reclinarse en la
borda. Yo pregunt, dominado por una clera violenta:

--Quin es?

--Un prncipe ruso.

--Est enamorado de ti?

--No.

--Dos veces le sonreste...

La Nia Chole exclam con picaresca alegra:

--Y tres tambin, y cuatro... Pero seguramente tus sonrisas le conmueven
ms que las mas... Mrale!

El hermoso, el blondo, el gigantesco adolescente, segua hablando con
el mulato, y reclinado en la borda estrechbale por la cintura. El otro
rea alegremente: Era uno de esos grumetes que parecen aculatados en
largas navegaciones trasatlnticas por regiones de sol. Estaba casi
desnudo, y con aquella coloracin caliente de terracota tambin era
hermoso. La Nia Chole apart los ojos con altivo desdn:

--Te convences de que no poda inspirarte celos?

Yo, libre de tan cruel incertidumbre, sonre:

--T debas tenerlos...

La Nia Chole se mir en mis ojos, orgullosa y feliz:

--Yo tampoco. T eres un hombre.

--Nia, t olvidas que puede sacrificarse  Hebe y  Ganimedes.

--No entiendo lo que quieres decirme.

--Mejor es as!...

Y repentinamente entristecido, inclin la cabeza sobre el pecho. No
quise ver ms, y medit, porque tengo amado  los clsicos casi tanto
como  las mujeres. Es la educacin recibida en el Seminario de Nobles.
Leyendo  ese amable Petronio, he suspirado ms de una vez lamentando
que los siglos hayan hecho un pecado desconocido de las divinas fiestas
voluptuosas. Hoy, solamente en el sagrado misterio vagan las sombras
de algunos escogidos que hacen renacer el tiempo antiguo de griegos y
romanos, cuando los efebos coronados de rosas sacrifican en los altares
de Afrodita. Felices y aborrecidas sombras: Me llaman y no puedo
seguirlas!

Aquel bello pecado, regalo de los dioses y tentacin de los poetas, es
para m un fruto hermtico. El cielo, siempre enemigo, dispuso que slo
las rosas de Venus floreciesen en mi alma, y  medida que envejezco,
eso me desconsuela ms. Presiento que debe ser grato, cuando la vida
declina, poder penetrar en el jardn de los amores perversos.  m,
desgraciadamente, ni aun me queda la esperanza. Sobre mi alma ha pasado
el aliento de Satans encendiendo todos los pecados: Sobre mi alma
ha pasado el suspiro del Arcngel encendiendo todas las virtudes. He
padecido todos los dolores, he gustado todas las alegras: He apagado
mi sed en todas las fuentes, he reposado mi cabeza en el polvo de todos
los caminos: Un tiempo fu amado de las mujeres, sus voces me eran
familiares: Slo dos cosas han permanecido siempre arcanas para m: El
amor de los efebos y la msica de ese teutn que llaman Wagner.

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PERMANECIMOS toda la noche sobre cubierta. La fragata
daba bordos en busca del viento, que pareca correr  lo lejos, all
donde el mar fosforeca. Por la banda de babor comenz  esfumarse la
costa, unas veces plana y otras ondulada en colinas. As navegamos mucho
tiempo. Las estrellas haban palidecido lentamente, y el azul del cielo
iba tornndose casi blanco. Dos marineros subidos  la cofa de mesana,
cantaban relingando el aparejo. Son el pito del contramaestre, orz la
fragata y el velamen flame indeciso. En aquel momento hacamos proa 
la costa. Poco despus las banderas tremolaron en los masteleros alegres
y vistosas: La fragata daba vista  Grijalba, y rayaba el sol.

En aquella hora el calor era deleitante, fresca la ventolina, y con olor
de brea y algas. Percibase en el aire estremecimientos voluptuosos.
Rea el horizonte bajo un hermoso sol. Rfagas venidas de las selvas
vrgenes, tibias y acariciadoras como aliento de mujeres ardientes,
jugaban en las jarcias, y penetraba y enlanguideca el alma el perfume
que se alzaba del oleaje casi muerto. Dijrase que el dilatado Golfo
Mexicano senta en sus verdosas profundidades la pereza de aquel
amanecer cargado de plenes misteriosos y fecundos, como si fuese el
serrallo del Universo.  la sombra del foque, y con ayuda de un catalejo
marino, contempl la ciudad  mi talante. Grijalba, vista desde el mar,
recuerda esos paisajes de casero inverosmil, que dibujan los nios
precoces: Es blanca, azul, encarnada, de todos los colores del iris.
Una ciudad que sonre, como criolla vestida con trapos de primavera que
sumerge la punta de los piececillos lindos en la orilla del puerto. Algo
extraa resulta, con sus azoteas enchapadas de brillantes azulejos y
sus lejanas lmpidas, donde la palmera recorta su gallarda silueta que
parece hablar del desierto remoto, y de caravanas fatigadas que sestean
 la sombra propicia.

Espesos bosques de gigantescos rboles rodean la ensenada, y entre
la masa incierta del follaje sobresalen los penachos de las palmeras
reales. Un ro silencioso y dormido, de aguas blanquecinas como la
leche, abre profunda herida en el bosque, y se derrama en holganza por
la playa que llena de islas. Aquellas aguas nubladas de blanco, donde no
se espeja el cielo, arrastraban un rbol desarraigado, y en las ramas
medio sumergidas revoloteaban algunos pjaros de quimrico y legendario
plumaje. Detrs, descenda la canoa de un indio que remaba sentado en la
proa. Volaban los celajes al soplo de las brisas, y bajo los rayos del
sol naciente, aquella ensenada de color verde esmeralda rielaba llena de
gracia, como un mar divino y antiguo habitado por sirenas y tritones.

Cun bellos se me aparecen todava esos lejanos pases tropicales!
Quien una vez los ha visto, no los olvidar jams. Aquella calma azul
del mar y del cielo, aquel sol que ciega y quema, aquella brisa cargada
con todos los aromas de Tierra Caliente, como ciertas queridas muy
amadas, dejan en la carne, en los sentidos, en el alma, reminiscencias
tan voluptuosas, que el deseo de hacerlas revivir slo se apaga en la
vejez. Mi pensamiento rejuvenece hoy recordando la inmensa extensin
plateada de ese Golfo Mexicano, que no he vuelto  cruzar. Por mi
memoria desfilan las torres de Veracruz, los bosques de Campeche, las
arenas de Yucatn, los palacios de Palenque, las palmeras de Tuxtlan y
Laguna... Y siempre, siempre unido al recuerdo de aquel hermoso pas
lejano, el recuerdo de la Nia Chole, tal como la vi por vez primera
entre el cortejo de sus servidores, descansando  la sombra de una
pirmide, suelto el cabello y vestido el blanco hipil de las antiguas
sacerdotisas mayas!...

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APENAS DESEMBARCAMOS, una turba negruzca y lastimera
nos cerc pidiendo limosna. Casi acosados, llegamos al parador, que
era conventual y vetusto, con gran soportal de piedra, donde unas
viejas caducas se peinaban. En aquel parador volv  encontrarme con
los jugadores jarochos que venan  bordo de la fragata. Descubrles
retirados hacia el fondo del patio, cercanos  una puerta ancha y baja
por donde  cada momento entraban y salan caballerangos, charros y
mozos de espuela. Tambin all los dos jarochos jugaban al parar, y se
movan querella. Me reconocieron desde lejos, y se alzaron saludndome
con muestras de gran cortesa. Luego el viejo entreg los naipes al
mozo, y vnose para m, haciendo profundas zalemas:

--Aqu estamos para servirle, seor. Si le place saber  dnde llega una
buena voluntad, mande no ms, seor.

Y despus de abrazarme con tal bro que me alz del suelo, usanza
mexicana que muestra amor y majeza, el viejo jarocho continu:

--Si quiere tentar la suerte, ya sabe su merced dnde toparnos. Aqu
demoramos. Cundo se camina, mi Seor Marqus?

--Maana al amanecer, si esta misma noche no puedo hacerlo.

El viejo acaricise las barbas, y sonri picaresco y ladino:

--Siempre nos veremos antes. Hemos de saber hasta dnde hay verdad en
aquello que dicen: Albur de viajero, pronto y certero.

Yo contest rindome:

--Lo sabremos. Esas profundas sentencias no deben permanecer dudosas.

El jarocho hizo un grave ademn en muestra de asentimiento:

--Ya veo que mi Seor Marqus tiene por devocin cumplimentarlas. Hace
bien. Solamente por eso mereca ser Arzobispo de Mxico.

De nuevo sonri picaresco. Sin decir palabra esper  que pasasen dos
indios caballerangos, y cuando ya no podan oirle, prosigui en voz
baja y misteriosa:

--Una cosa me falta por decirle. Ponemos para comienzo quinientas onzas,
y quedan ms de mil para reponer si vienen malas. Plata de un compadre,
seor. Otra vez platicaremos con ms espacio. Mire cmo se impacienta
aquel mans. Un potro sin rendaje, seor. Eso me enoja... Vaya, nos
vemos!...

Y se alej haciendo fieras seas al mozo para calmar su impaciencia.
Tendise  la sombra, y tomando los naipes comenz  barajar. Presto
tuvo corro de jugadores. Los caballerangos, los boyeros, los mozos de
espuela, cada vez que entraban y salan parbanse  jugar una carta. Dos
jinetes que asomaron encorvados bajo la puerta, refrenaron un momento
sus cabalgaduras, y desde lo alto de las sillas arrojaron las bolsas.
El mozo las alz sopesndolas, y el viejo le interrog con la mirada:
Fu la respuesta un gesto ambiguo: Entonces el viejo le habl impaciente:

--Deja quedas las bolsas, mans. Tiempo hay de contar.

En el mismo momento sali la carta. Ganaba el jarocho, y los jinetes se
alejaron: El mozo volc sobre el zarape las bolsas, y empez  contar.
Creca el corro de jugadores. Llegaban los charros haciendo sonar las
pesadas y suntuosas espuelas, derribados gallardamente sobre las cejas
aquellos jaranos castoreos entoquillados de plata, fanfarrones y
marciales. Llegaban los indios ensabanados como fantasmas, humildes y
silenciosos, apagando el rumor de sus pisadas. Llegaban otros jarochos
armados como infantes, las pistolas en la cinta y el machete en bordado
tahal. De tarde en tarde, atravesaba el patio lleno de sol algn lpero
con su gallo de pelea: Una figura astuta y maleante, de ojos burlones
y de lacia grea, de boca cnica y de manos escuetas y negruzcas, que
tanto son de ladrn como de mendigo. Huroneaba en el corro, arriesgaba
un msero tostn, y rezongando truhaneras se alejaba.

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YO ANSIABA verme  solas con la Nia Chole. La noche
de nuestras bodas en el convento se me apareca ya muy lejana, con el
encanto de un sueo que se recuerda siempre y nunca se precisa. Desde
entonces habamos vivido en forzosa castidad, y mis ojos, que an lo
ignoraban todo, tenan envidia de mis manos que todo lo saban...

En aquel vetusto parador gust las mayores venturas amorosas, urdidas
con el hilo dorado de la fantasa. Quise primero que la Nia Chole se
destrenzase el cabello, y vestido el blanco hipil me hablase en su vieja
lengua, como una princesa prisionera  un capitn conquistador. Ella
obedeci sonriendo. Yo la tena en mis brazos, y las palabras ms bellas
y musicales las besaba, sin comprenderlas, sobre sus labios. Despus
fu nuestro numen Pedro Aretino, y como oraciones, pude recitar en
italiano siete sonetos gloria del Renacimiento: Uno distinto para cada
sacrificio. El ltimo lo repet dos veces: Era aquel divino soneto que
evoca la figura de un centauro, sin cuerpo de corcel y con dos cabezas.
Despus nos dormimos.

La Nia Chole se levant al amanecer y abri los balcones. En la alcoba
penetr un rayo de sol tan juguetn, tan vivo, tan alegre, que al
verse en el espejo se deshizo en carcajadas de oro. El sinsonte agitse
dentro de su jaula y prorrumpi en gorjeos: La Nia Chole tambin
gorje el estribillo de una cancin fresca como la maana. Estaba muy
bella arrebujada en aquella tnica de seda, que envolva en una celeste
diafanidad su cuerpo de diosa. Me miraba guiando los ojos y entre
borboteos de risas y canciones besaba los jazmines que se retorcan  la
reja. Con el cabello destrenzndose sobre los hombros desnudos, con su
boca riente y su carne morena, la Nia Chole era una tentacin. Tena
despertares de aurora alegres y triunfantes. De pronto se volvi hacia
m con un mohn delicioso:

--Arriba, perezoso!... Arriba!

Al mismo tiempo salpicbame  la cara el agua de rosas que por la noche
dejara en el balcn  serenar:

--Arriba!... Arriba!...

Me ech de la hamaca. Vindome ya en pie, huy velozmente alborotando
la casa con sus trinos. Saltaba de una cancin  otra, como el sinsonte
los travesaos de la jaula, con gentil aturdimiento, con gozo infantil
porque el da era azul, porque el rayo del sol rea all en el fondo
encantado del espejo. Bajo los balcones resonaba la voz del caballerango
que se daba prisa  embridar nuestros caballos. Las persianas cadas
temblaban al soplo de matinales auras, y el jazmn de la reja, por
aromarlas, sacuda su caperuza de campanillas. La Nia Chole volvi
 entrar. Yo la vi en la luna del tocador, acercarse sobre la punta
de sus chapines de raso, con un picaresco reir de los labios y de los
dientes. Alborozada me grit al odo:

--Vanidoso! Para quin te acicalas?

--Para ti, Nia!

--De veras?

Mirbame con los ojos entornados, y hunda los dedos entre mis cabellos,
arremolinndomelos. Luego rea locamente y me alargaba un espoln de
oro para que se lo calzase en aquel pie de reina, que no pude menos
de besar. Salimos al patio, donde el indio esperaba con los caballos
del diestro: Montamos y partimos. Las cumbres azules de los montes
se vestan de luz bajo un sol dorado y triunfal. Volaba la brisa en
desiguales rfagas, hmedas y agrestes como aliento de arroyos y
yerbazales. El alba tena largos estremecimientos de rubia y sensual
desposada. Las copas de los cedros, iluminadas por el sol naciente, eran
altar donde bandadas de pjaros se casaban, besndose los picos. La Nia
Chole, tan pronto pona su caballo  galope como le dejaba mordisquear
en los jarales.

Durante todo el camino no dejamos de cruzarnos con alegres cabalgatas
de criollos y mulatos: Desfilaban entre nubes de polvo, al trote de
gallardos potros, enjaezados  la usanza mexicana con sillas recamadas
de oro y gualdrapas bordadas, deslumbrantes como capas pluviales.
Sonaban los bocados y las espuelas, restallaban los ltigos, y la
cabalgata pasaba veloz  travs de la campia. El sol arrancaba 
los arneses blondos resplandores y destellaba fugaz en los machetes
pendientes de los arzones. Haban comenzado las ferias, aquellas
famosas ferias de Grijalba, que se juntaban y hacan en la ciudad y
en los bohos, en las praderas verdes y en los caminos polvorientos,
todo ello al acaso, sin ms concierto que el deparado por la ventura.
Nosotros refrenamos los caballos que relinchaban y sacudan las crines.
La Nia Chole me miraba sonriendo, y me alargaba la mano para correr
unidos, sin separarnos.

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SALIENDO de un bosque de palmeras, dimos vista  una
tablada tumultuosa, impaciente con su ondular de hombres y cabalgaduras.
El eco retozn de los cencerros acompaaba las apuestas y decires
chalanescos, y la llanura pareca jadear ante aquel marcial y fanfarrn
estrpito de trotes y de colleras, de fustas y de bocados. Desde
que entramos en aquel campo, monstruosa turba de lisiados nos cerc
clamorante: Ciegos y tullidos, enanos y lazarados nos acosaban, nos
perseguan, rodando bajo las patas de los caballos, corriendo  rastras
por el camino, entre aullidos y oraciones, con las llagas llenas de
polvo, con las canillas echadas  la espalda, secas, desmedradas,
horribles. Se enracimaban golpendose en los hombros, arrancndose los
chapeos, gateando la moneda que les arrojbamos al paso.

Y as, entre aquel cortejo de hampones, llegamos al jacal de un negro
que era liberto. El paso de las cabalgaduras y el pedigeo rezo de los
mendigos trjole  la puerta antes que descabalgsemos: Al vernos corri
ahuyentando con el rebenque la astrosa turba, y vino  tener el estribo
de la Nia Chole, besndola las manos con tantas muestras de humildad
y contento cual si fuese una princesa la que llegaba.  las voces del
negro acudi toda la prole. El liberto hallbase casado con una andaluza
que haba sido doncella de la Nia Chole. La mujer levant los brazos al
encontrarse con nosotros:

--Virgen de mi alma! Los amitos!

Y tomando de la mano  la Nia Chole, hzola entrar en el jacal.

--Que no me la retueste el sol, reina ma, pioncico de oro, que viene
 honrar mi pobreza!

El negro sonrea, mirndonos con sus ojos de res enferma: Ojos de una
mansedumbre verdaderamente animal. Nos hicieron sentar, y ellos quedaron
en pie. Se miraron, y hablando  un tiempo empezaron el relato de la
misma historia:

--Un jarocho tena dos potricas blancas. Cosa ms linda! Blancas como
palomas. Sabe? Qu pintura para la volanta de la Nia!

Y aqu fu donde la Nia Chole no quiso oir ms:

--Yo deseo verlas! Deseo que me las compres!

Habase puesto en pie, y se echaba el rebocillo apresuradamente:

--Vamos! Vamos!

La andaluza rea maliciosamente:

--Cmo se conoce que su merced no le satisface ningn antojico!

Dej de sonreir, y aadi cual si todo estuviese ya resuelto:

--El amito va con mi hombre. Para la Nia est muy calurosa la sazn.

Entonces el negro abri la puerta, y la Nia Chole me empuj con mimos
y arrumacos muy gentiles. Sal acompaado del antiguo esclavo, que, al
verse fuera, empez por suspirar y concluy salmodiando el viejo cuento
de sus tristezas. Caminaba  mi lado con la cabeza baja, siguindome
como un perro entre la multitud, interrumpindose y tornando  empezar,
siempre zongueando cuitas de paria y de celoso:

--Ella toda la vida con hombres, amito! Una perdicin!... Y no es con
blancos, nio! Ay, amito, no es con blancos!...  la gran chiva se le
da todo por los morenos. Dgame no ms que sinvergenzada, nio!...

Su voz era lastimera, resignada, llena de penas: Verdadera voz de
siervo. No le dola el engao por la afrenta de hacerle cornudo, sino
por la baja eleccin que la andaluza haca: Era celoso intermitente,
como ocurre con la gente cortesana que medra de sus mujeres. El Duque
de Saint Simn le hubiera loado en sus Memorias, con aquel delicado y
filosfico juicio que muestra hablando de Espaa, cuando se desvanece en
un xtasis, ante el contenido moral de estas dos palabras tan castizas:
Cornudo Consentido.

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DE UN CABO al otro recorrimos la feria. Sobre el lindar
del bosque,  la sombra de los cocoteros, la gente criolla beba y
cantaba con ruidoso jaleo de ols y palmadas. Rea el vino en las copas,
y la guitarra espaola, sultana de la fiesta, lloraba sus celos moriscos
y sus amores con la blanca luna de la Alpujarra. El largo lamento de
las guajiras expiraba deshecho entre las herraduras de los caballos.
Los asiticos, mercaderes chinos y japoneses, pasaban estrujados en
el ardiente torbellino de la feria, siempre lacios, siempre mustios,
sin que un estremecimiento alegre recorriese su trenza. Amarillentos
como figuras de cera, arrastraban sus chinelas entre el negro gento,
pregonando con femeniles voces abanicos de sndalo y bastones de carey.
Recorrimos la feria sin dar vista por parte alguna  las tales jacas
blancas. Ya nos tornbamos, cuando me sent detenido por el brazo.
Era la Nia Chole: Estaba muy plida, y aun cuando procuraba sonreir,
temblaban sus labios, y adivin una gran turbacin en sus ojos: Puso
ambas manos en mis hombros y exclam con fingida alegra:

--Oye, no quiero verte enfadado.

Colgndose de mi brazo, aadi:

--Me aburra, y he salido...  espaldas del jacal hay un reidero de
gallos. No sabes? Estuve all, he jugado y he perdido!

Interrumpise volviendo la cabeza con gracioso movimiento, y me indic
al blondo, al gigantesco adolescente, que se descoyunt saludando:

--Este caballero tiene la honra de ser mi acreedor.

Aquellas extravagancias producan siempre en mi nimo un despecho sordo
y celoso, tal, que pronunci con altivez:

--Qu ha perdido esta seora?

Habame figurado que el jugador rehusara galantemente cobrar su deuda,
y quera obligarle con mi actitud fra y desdeosa. El bello adolescente
sonri con la mayor cortesa:

--Antes de apostar, esta seora me advirti que no tena dinero.
Entonces convinimos que cada beso suyo vala cien tostones: Tres besos
ha jugado y los tres ha perdido.

Yo me sent palidecer. Pero cul no sera mi asombro al ver que la Nia
Chole, retorcindose las manos, plida, casi trgica, se adelantaba
exclamando:

--Yo pagar! Yo pagar!

La detuve con un gesto, y enfrentndome con el hermoso adolescente, le
grit restallando las palabras como latigazos:

--Esta mujer es ma, y su deuda tambin.

Y me alej, arrastrando  la Nia Chole. Anduvimos algn tiempo en
silencio: De pronto, ella, oprimindome el brazo, murmur en voz muy
queda:

--Oh, qu gran seor eres!

Yo no contest. La Nia Chole empez  llorar en silencio, apoy la
cabeza en mi hombro, y exclam con un sollozo de pasin infinita:

--Dios mo! Qu no hara yo por ti!...

Sentadas  las puertas de los jacales, indias andrajosas, adornadas
con amuletos y sartas de corales, vendan pltanos y cocos. Eran
viejas de treinta aos, arrugadas y caducas, con esa fealdad quimrica
de los dolos. Su espalda lustrosa brillaba al sol, sus senos negros
y colgantes recordaban las orgas de las brujas y de los trasgos.
Acurrucadas al borde del camino, como si tiritasen bajo aquel sol
ardiente, medio desnudas, desgreadas, arrojando maldiciones sobre la
multitud, parecan sibilas de algn antiguo culto lbrico y sangriento.
Sus cros, tiznados y esbeltos como diablos, acechaban por los
resquicios de las barracas, y, huroneando, se metan bajo los toldos de
lona, donde tocaban organillos dislocados. Mulatas y jarochos ejecutaban
aquellas extraas danzas voluptuosas que los esclavos trajeron del
frica, y el zagalejo de colores vivos flameaba en los quiebros y
mudanzas de los bailes sagrados con que  la sombra patriarcal del
baobad eran sacrificados los cautivos.

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LLEGAMOS al jacal. Yo ceudo y de mal talante, me arroj
sobre la hamaca, y con grandes voces mand  los caballerangos que
ensillasen para partir inmediatamente. La sombra negruzca de un indio
asom en la puerta:

--Seor, el ruano que montaba la Nia tiene desenclavada una
herradura... Se la enclavo, seor?

Me incorpor en la hamaca con tal violencia, que el indio retrocedi
asustado. Volviendo  tenderme le grit:

--Date prisa, con mil demonios, Cuactemocn!

La Nia Chole me mir plida y suplicante:

--No grites. Si supieses cmo me asustas!...

Yo cerr los ojos sin contestar, y hubo un largo silencio en el interior
oscuro y caluroso del jacal. El negro iba y vena con tcitas pisadas,
regando el suelo alfombrado de yerba. Fuera se oa el piafar de los
caballos, y las voces de los indios, que al embridarlos les hablaban.
En el hueco luminoso de la puerta, las moscas del ganado zumbaban su
montona cancin estival. La Nia Chole se levant y vino  mi lado.
Silenciosa y suspirante me acarici la frente con dedos de hada: Despus
me dijo:

--Oh!... Seras capaz de matarme si el ruso fuese un hombre?

--No...

--De matarlo  l?

--Tampoco.

--No haras nada?

--Nada.

--Es que me desprecias?

--Es que no eres la Marquesa de Bradomn.

Qued un momento indecisa, con los labios trmulos. Yo cerr los ojos
y esper sus lgrimas, sus quejas, sus denuestos, pero la Nia Chole
guard silencio, y continu acariciando mis cabellos como una esclava
sumisa. Al cabo, sus dedos de hada borraron mi ceo y me sent dispuesto
 perdonar. Yo saba que el pecado de la Nia Chole era el eterno
pecado femenino, y mi alma enamorada no poda menos de inclinarse  la
indulgencia. Sin duda la Nia Chole era curiosa y perversa como aquella
mujer de Lot convertida en estatua de sal. Pero al cabo de los siglos,
tambin la justicia divina se muestra mucho ms clemente que antao,
con las mujeres de los hombres. Sin darme cuenta ca en la tentacin
de admirar como una gloria linajuda, aquel remoto abolengo envuelto en
una leyenda bblica. Era indudable que el alto Cielo perdonaba  la
Nia Chole, y juzgu que no poda menos de hacer lo mismo el Marqus de
Bradomn. Libre el corazn de todo rencor, abr los ojos bajo el suave
cosquilleo de aquellos dedos invisibles, y murmur sonriente:

--Nia, no s qu bebedizo me has dado que todo lo olvido...

Ella repuso, al mismo tiempo que sus mejillas se tean de rosa:

--Es porque no soy la Marquesa de Bradomn.

Y call, tal vez esperando una disculpa amante, pero yo prefer guardar
silencio, y juzgu que era bastante desagravio besar su mano. Ella la
retir esquiva, y en un silencio lento, sus hermosos ojos de princesa
oriental se arrasaron de lgrimas. Felizmente no rodaban an por sus
mejillas, cuando el indio reapareci en la puerta trayendo nuestros
caballos del diestro, y pude salir del jacal como si nada de aquel dolor
hubiese visto. Cuando la Nia Chole asom en la puerta, ya pareca
serena. Le tuve el estribo para que montase, y un instante despus, con
alegre y trotante fanfarria, atravesamos el real.

Un jinete cruz por delante de nosotros caracoleando su caballo, y
me pareci que la Nia Chole palideca al verle, y se tapaba con el
rebocillo. Yo simul no advertirlo, y nada dije, huyendo de mostrarme
celoso. Despus, cuando salamos al rojo y polvoriento camino, divis
otros jinetes apostados lejos, en lo alto de una loma: Y como si
all estuviesen en espera nuestra, bajaron al galope cuando pasamos
faldendola. Apenas lo advert me detuve, y mand detener  mi gente. El
que vena al frente del otro bando daba fieras voces y corra con las
espuelas puestas en los ijares. La Nia Chole, al reconocerle, lanz un
grito y se arroj  tierra, implorando perdn con los brazos abiertos:

--Vuelven  verte mis ojos!... Mtame, aqu me tienes! Mi rey! Mi
rey querido!...

El jinete levant de manos su caballo con amenazador continente, y
quiso venir sobre m. La Nia Chole lo estorb asindose  las riendas
desolada y trgica:

--Su vida, no! Su vida, no!

Al ver aquella postrera muestra de amor me sent conmovido. Yo estaba
 la cabeza de mi gente, que pareca temerosa, y el jinete, alzado en
los estribos, la cont con sus ojos fieros, que acabaron lanzndome una
mirada sauda. Jurara que tambin tuvo miedo: Sin desplegar los labios
alz el ltigo sobre la Nia Chole, y le cruz el rostro. Ella todava
gimi:

--Mi rey!... Mi rey querido!...

El jinete se dobl sobre el arzn donde asomaban las pistolas, y rudo
y fiero la alz del suelo asentndola en la silla. Despus, como un
raptor de los tiempos heroicos, huy lanzndome terribles denuestos.
Plido y mudo vi cmo se la llevaba: Hubiera podido rescatarla, y, sin
embargo, no lo hice. Yo haba sido otras veces un gran pecador, pero
entonces al adivinar quin era aquel hombre, sentame arrepentido.
La Nia Chole por hija y por esposa, perteneca al fiero mexicano,
y mi corazn se humillaba resignado acatando aquellas dos sagradas
potestades. Desengaado para siempre del amor y del mundo, hinqu las
espuelas al caballo y galop hacia los llanos solitarios del Tixul,
seguido de mi gente que se hablaba en voz baja comentando el suceso.
Todos aquellos indios hubieran seguido de buen grado al raptor de la
Nia Chole. Parecan fascinados como ella, por el ltigo del general
Diego Bermdez. Yo senta una fiera y dolorosa altivez al dominarme.
Mis enemigos, los que osan acusarme de todos los crmenes, no podrn
acusarme de haber reido por una mujer. Nunca como entonces he sido fiel
 mi divisa: Despreciar  los dems y no amarse  s mismo.

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ENCORVADOS bajo aquel sol ardiente, abandonadas las
riendas sobre el cuello de los caballos, silenciosos, fatigados y
sedientos, cruzbamos la arenosa sabana, viendo eternamente en la
lejana el lago del Tixul, que ondulaba con movimiento perezoso y
fresco, mojando la cabellera de los mimbrales que se reflejaban en el
fondo de los remansos encantados... Atravesbamos las grandes dunas,
parajes yermos sin brisas ni murmullos. Sobre la arena caliente se
paseaban los lagartos con caduca y temblona beatitud de faquires
centenarios, y el sol caa implacable requemando la tierra estril que
pareca sufrir el castigo de algn oscuro crimen geolgico. Nuestros
caballos, extenuados por jornada tan penosa, alargaban el cuello, que
se bajaba y se tenda en un vaivn de sopor y de cansancio: Con los
ijares flcidos y ensangrentados, adelantaban trabajosamente enterrando
los cascos en la arena negra y movediza. Durante horas y horas, los
ojos se fatigaban contemplando un horizonte blanquecino y calcinado. La
angustia del mareo pesaba en los prpados, que se cerraban con modorra
para abrirse despus de un instante sobre las mismas lejanas muertas y
olvidadas...

Hicimos un largo da de cabalgada  travs de negros arenales, y tal
era mi fatiga y tal mi adormecimiento, que para espolear el caballo
necesitaba hacer nimos. Apenas si poda tenerme sobre la montura.
Como en una expiacin dantesca, vea  lo lejos el verdeante lago del
Tixul, donde esperaba hacer un alto. Era ya mediada la tarde, y los
rayos del sol dejaban en las aguas una estela de oro cual si acabase de
surcarlas el bajel de las hadas... An nos hallbamos  larga distancia,
cuando advertimos el almizclado olor de los cocodrilos aletargados
fuera del agua, en la playa cenagosa. La inquietud de mi caballo, que
temblaba levantando las orejas y sacudiendo la crin, me hizo enderezar
en la silla, afirmarme y recobrar las riendas que llevaba sueltas
sobre el borrn. Como la proximidad de los caimanes le asustaba y el
miedo dbale bros para retroceder piafante, hube de castigarle con
la espuela, y le puse al galope. Toda la escolta me sigui. Cuando
estuvimos cerca, los cocodrilos entraron perezosamente en el agua.
Nosotros bajamos en tropel hasta la playa. Algunos pjaros de largas
alas, que hacan nido en la junquera, levantaron el vuelo asustados
por la zalagarda de los criados, que entraban en el agua cabalgando,
metindose hasta ms arriba de la cincha. En la otra orilla un cocodrilo
permaneci aletargado sobre la cinaga con las fauces abiertas, con los
ojos vueltos hacia el sol, inmvil, monstruoso, indiferente como una
divinidad antigua.

Vino presuroso mi caballerango  tenerme el estribo, pero yo rehus
apearme. Haba cambiado de propsito, y quera vadear el Tixul sin
darle descanso  las cabalgaduras, pues ya la noche se nos echaba
encima. Atentos  mi deseo los indios que venan en la escolta,
magnficos jinetes todos ellos, metironse resueltamente lago adelante:
Con sus picas de boyeros tentaban el vado. Grandes y extraas flores
temblaban sobre el terso cristal entre verdosas y repugnantes algas.
Los jinetes, silenciosos y casi desnudos, avanzaban al paso con suma
cautela: Era un tropel de negros centauros.  lo lejos cruzaban por
delante de los caballos islas flotantes de gigantescas nnfeas, y
vivaces lagartos saltaban de unas en otras como duendes enredadores y
burlescos. Aquellas islas floridas se deslizaban bajo alegre palio de
mariposas, como en un lago de ensueo, lenta, lentamente, casi ocultas
por el revoloteo de las alas blancas y azules bordadas de oro. El lago
del Tixul pareca uno de esos jardines como slo existen en los cuentos.
Cuando yo era nio me adormecan refirindome la historia de un jardn
as... Tambin estaba sobre un lago, una hechicera lo habitaba y en las
flores prfidas y quimricas, rubias princesas y rubios prncipes tenan
encantamento!...

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YA EL TROPEL de centauros nadaba por el centro del
Tixul, cuando un cocodrilo que en la otra orilla pareca sumido en
xtasis, entr lentamente en el agua y desapareci... No quise hacer
ms larga espera en la playa, y halagando el cuello de mi caballo, le
fu metiendo en la laguna paso  paso. Cuando tuvo el agua  la cincha
comenz  nadar, y casi al mismo tiempo me reconoc cercado por un copo
fantstico de ojos redondos, amarillentos, nebulosos, que aparecan
solos  flor de agua... Aquellos ojos me miraban, estaban fijos en
m!... Confieso que en tal momento sent el fro y el estremecimiento
del miedo. El sol hallbase en el ocaso, y como yo lo llevaba de frente,
me hera y casi me cegaba, de suerte que para esquivarle rame forzoso
contemplar las mudas ondas del Tixul, aun cuando me daba vrtigo aquel
poder de los caimanes para no dejar fuera del agua ms que los ojos de
monstruos, ojos sin prpados, que unas veces giran en todos sentidos
y otras se fijan con una mirada estacionaria... Hasta que el caballo
volvi  cobrar tierra bajo el casco, lanzndose seguro hacia la orilla,
no respir sin zozobra. Mi gente esperaba tendida  lo largo, corriendo
y caracoleando. Nos reunimos y continuamos la ruta  travs de los
negros arenales.

Se puso el sol entre presagios de tormenta. El terral soplaba con furia,
removiendo y aventando las arenas, como si quisiese tomar posesin de
aquel pramo inmenso todo el da letargado por el calor. Espoleamos
los caballos y corrimos contra el viento y el polvo. Ante nosotros se
extendan las dunas en la indecisin del crepsculo desolado y triste,
agitado por las rfagas apocalpticas de un cicln. Casi rasando la
tierra pasaban bandadas de buitres con revoloteo tardo, fatigado 
incierto. Cerr la noche y  lo lejos vimos llamear muchas hogueras.
De tiempo en tiempo un relmpago rasgaba el horizonte y las dunas
aparecan solitarias y lvidas. Empezaron  caer gruesas gotas de agua.
Los caballos sacudan las orejas y temblaban como calenturientos.
Las hogueras, atormentadas por el huracn, se agitaban de improviso 
menguaban hasta desaparecer. Los relmpagos, cada vez ms frecuentes,
dejaban en los ojos la visin temblorosa y fugaz del paraje inhospito.
Nuestros caballos con las crines al viento, lanzaban relinchos de
espanto y procuraban orientarse, buscndose en la oscuridad de la
noche bajo el aguacero. La luz catica de los relmpagos, daba  la
yerma vastedad el aspecto de esos parajes quimricos de las leyendas
penitentes: Desiertos de cenizas y arenales sin fin que rodean el
Infierno.

Guindonos por las hogueras, llegamos  un gran raso de yerba donde
cabeceaban, sacudidos por el viento, algunos cocoteros desgreados,
enanos y salvajes. El aguacero haba cesado repentinamente y la
tormenta pareca ya muy lejana. Dos  tres perros salieron ladrando 
nuestro encuentro, y en la lejana otros ladridos respondieron  los
suyos. Vimos en torno de la lumbre agitarse y vagar figuras de mal
agero: Rostros negros y dientes blancos que las llamas iluminaban. Nos
hallbamos en un campo de jarochos, mitad bandoleros y mitad pastores,
que conducan numerosos rebaos  las ferias de Grijalba.

Al vernos llegar galopando en tropel, de todas partes acudan hombres
negros y canes famlicos: Los hombres tenan la esbeltez que da el
desierto y actitudes de reyes brbaros magnficas, sanguinarias... En el
cielo la luna, enlutada como viuda ideal, dejaba caer la tenue sonrisa
de su luz sobre la ruda y aulladora tribu.  veces entre el vigilante
ladrido de los canes y el spero vocear del pastoreo errante, percibase
el estremecimiento de las ovejas, y llegaban hasta nosotros rfagas
de establo, campesinas y robustas como un aliento de vida primitiva.
Sonaban las esquilas con ingrvido campanilleo, ardan en las fogatas
haces de olorosos rastrojos, y el humo suba blanco, feliz y cargado de
aromas, como el humo de los rsticos y patriarcales sacrificios.

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YO VEIA DANZAR entre las lenguas de la llama una
sombra femenil indecisa y desnuda: La vea, aun cerrando los ojos, con
la fuerza quimrica y angustiosa que tienen los sueos de la fiebre.
Cuitado de m! Era una de esas visiones msticas y carnales con que el
diablo tentaba en otro tiempo  los santos ermitaos: Yo crea haber
roto para siempre las redes amorosas del pecado, y el Cielo castigaba
tanta arrogancia dejndome en abandono. Aquella mujer desnuda, velada
por las llamas, era la Nia Chole. Tena su sonrisa y su mirar. Mi alma
empezaba  cubrirse de tristeza y  suspirar romnticamente. La carne
flaca se estremeca de celos y de clera. Todo en m clamaba por la
Nia Chole. Estaba arrepentido de no haber dado muerte al incestuoso
raptor, y el pensamiento de buscarle  travs de la tierra mexicana se
haca doloroso: Era una culebra enroscada al corazn, que me morda y
me envenenaba. Para libertarme de aquel suplicio, llam al indio que
llevaba de gua. Acudi tiritando:

--Qu mandaba, seor?

--Vamos  ponernos en camino.

--Mala es la sazn, seor. Corren ahora muchas torrenteras.

Yo tuve un momento de duda:

--Qu distancia hay  la Hacienda de Tixul?

--Dos horas de camino, seor.

Me incorpor violentamente:

--Que ensillen.

Y esper calentndome ante el fuego, mientras el gua llevaba la orden y
se pona la gente en traza de partir. Mi sombra bailaba con la llama de
las hogueras, y alargbase fantstica sobre la tierra negra. Yo senta
dentro de m la sensacin de un misterio pavoroso y siniestro. Quiz iba
 mudar de propsito cuando un tropel de indios acudi con mi caballo.
 la luz de la hoguera ajustaron las cinchas y repararon las bridas. El
gua, silencioso y humilde, vino  tomar el diestro. Mont y partimos.

Caminamos largo tiempo por un terreno onduloso, entre cactus gigantescos
que sacudidos por el viento, imitaban rumor de torrentes. De tiempo en
tiempo la luna rasgaba los trgicos nubarrones,  iluminaba nuestra
marcha derramando tibia claridad. Delante de mi caballo volaba, con
silencioso vuelo, un pjaro nocturno: Se posaba  corta distancia, y al
acercarme agitaba las negras alas  iba  posarse ms lejos, lanzando un
graznido plaidero, que era su canto. Mi gua, supersticioso como todos
los indios, crea entender en aquel grito la palabra judo, y cuando oa
esta ofensa que el pjaro le lanzaba siempre al abrir las sombras alas,
replicaba gravemente:

--Cristiano, y muy cristiano!

Yo le interrogu:

--Qu pjaro es ese?...

--El tapa-caminos, seor.

De esta suerte llegamos  mis dominios. La casa, mandada edificar por
un virrey, tena el aspecto seorial y campesino que tienen en Espaa
las casas de los hidalgos. Un tropel de jinetes estaba delante de la
puerta.  juzgar por su atavo, eran plateados. Formaban rueda, y las
calabazas llenas de caf, corran de mano en mano. Los chambergos
bordados brillaban  la luz de la luna. En mitad del camino estaba
apostado un jinete: Era viejo y avellanado: Tena los ojos fieros y una
mano cercenada. Al acercarnos nos grit:

--Tnganse all!

Yo respond de mal talante, enderezndome en la silla:

--Soy el Marqus de Bradomn.

El viejo parti al galope y reunise con los que apuraban las calabazas
de caf ante la puerta. Yo distingu claramente  la luz de la luna,
cmo se volvan los unos  los otros, y cmo se hablaban tomando
consejo, y cmo despus recobraban las riendas y se partan. Cuando yo
llegu, la puerta estaba franca y an se oa el galope de sus caballos.
El mayordomo que esperaba en el umbral, adelantse  recibirme, y
tomando el caballo del rendaje tornse hacia la casa, gritando:

--Sacad ac un candil!... Alumbrad la escalera!...

En lo alto de la ventana asom la forma negra de una vieja con un veln
encendido:

--Alabado sea Dios que le trujo con bien por medio de tantos peligros!

Y para alumbrarnos mejor, encorvbase fuera de la ventana y alargaba su
brazo negro, que temblaba con el veln. Entramos en el zagun, y casi al
mismo tiempo reapareca la vieja en lo alto de la escalera:

--Alabado sea Dios, y cmo se le conoce la mucha nobleza y generosidad
de su sangre!

La vieja nos gui hasta una sala enjalbegada, que tena todas las
ventanas abiertas. Dej el veln sobre una mesa de torneados pies, y se
alej:

--Alabado sea Dios, y qu juventud ms galana!

Me sent, y el mayordomo quedse  distancia contemplndome. Era un
antiguo soldado de Don Carlos, emigrado despus de la traicin de
Vergara. Sus ojos negros y hundidos tenan un brillo de lgrimas. Yo le
tend la mano con familiar afecto:

--Sintate, Brin... Qu tropa era esa?

--Plateados, seor.

--Son amigos tuyos?

--Y buenos amigos!... Aqu hay que vivir como viva en sus cortijos de
Andaluca mi seora la Condesa de Barbazn, abuela de vuecencia. Jos
Mara la respetaba como  una reina, porque tena en mi seora su mejor
madrina...

--Y estos cuatreros mexicanos tienen el garbo de los andaluces?

Brin baj la voz para responder:

--Saben robar... No les impone el matar... Tienen discurso... Y con todo
no llegan  los ladrones de la Andaluca. Les falta la gracia, que es al
modo de la sal en la vianda. Y no son los de la Andaluca ms guapos en
el arreo! No es el arreo!...

En aquel momento entr la vieja  decir que estaba dispuesta la
colacin. Yo me puse de pie, y ella tom la luz de encima de la mesa
para alumbrarme el camino.

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ME ACOST rendido, pero el recuerdo de la Nia Chole
tvome desvelado hasta cerca del amanecer. Eran vanos todos mis
esfuerzos por ahuyentarle: Revoloteaba en mi memoria, surga entre la
niebla de mis pensamientos, ingrvido, funambulesco, torturador. Muchas
veces, en el vago trnsito de la vigilia al sueo, me despert con
sobresalto. Al cabo, vencido por la fatiga, ca en un sopor febril,
poblado de pesadillas. De pronto abr los ojos en la oscuridad. Con
gran sorpresa ma hallbame completamente despierto. Quise conciliar
otra vez el sueo, pero no pude conseguirlo. Un perro comenz  ladrar
debajo de mi ventana, y entonces record vagamente haber escuchado sus
ladridos momentos antes, mientras dorma. Agitado por el desvelo me
incorpor en las almohadas. La luz de la luna esclareca el fondo de
la estancia, porque yo haba dejado abiertas las ventanas  causa del
calor. Me pareci oir voces apagadas de gente que vagaba por el huerto.
El perro haba enmudecido, las voces se desvanecan. De nuevo qued todo
en silencio, y en medio del silencio o el galope de un caballo que
se alejaba. Me levant para cerrar la ventana. La cancela del huerto
estaba abierta, y sent nacer una sospecha, aun cuando el camino rojo,
iluminado por la luna, vease desierto entre los susurrantes maizales.
Permanec algn tiempo en atalaya. Aquellos campos parecan muertos bajo
la luz blanca de la luna: Slo reinaba sobre ellos el viento murmurador.
Sintiendo que el sueo me volva, cerr la ventana. Sacudido por largo
estremecimiento me acost. Apenas haba cerrado los ojos cuando el
eco apagado de algunos escopetazos me sobresalt: Lejanos silbidos
eran contestados por otros: Volva  oirse el galope de un caballo.
Iba  levantarme cuando qued todo en silencio. Despus al cabo de
mucho tiempo, resonaron en el huerto sordos golpes de azada, como si
estuviesen cavando una cueva. Deba ser cerca del amanecer, y me dorm.
Cuando el mayordomo entr  despertarme, dudaba si haba soado: Sin
embargo le interrogu:

--Qu batalla habis dado esta noche?

El mayordomo inclin la cabeza tristemente:

--Esta noche han matado al valedor ms valedor de Mxico!

--Quin le mat?

--Una bala, seor.

--Una bala, de quin?

--Pues de algn hijo de mala madre.

--Ha salido mal el golpe de los plateados?

--Mal, seor.

--T llevabas parte?

El mayordomo levant hasta m los ojos ardientes:

--Yo, jams, seor.

La fiera arrogancia con que llev su mano al corazn, me hizo sonreir,
porque el viejo soldado de Don Carlos, con su atezada estampa y el
chambergo arremangado sobre la frente, y los ojos sombros, y el machete
al costado, lo mismo pareca un hidalgo que un bandolero. Qued un
momento caviloso, y luego, manoseando la barba, me dijo:

--Spalo vuecencia: Si tengo amistad con los plateados, es porque espero
valerme de ellos... Son gente brava y me ayudarn... Desde que llegu
 esta tierra tengo un pensamiento. Spalo vuecencia: Quiero hacer
emperador  Don Carlos V.

El viejo soldado se enjug una lgrima. Yo qued mirndole fijamente:

--Y cmo le daremos un Imperio, Brin?

Las pupilas del mayordomo brillaron enfoscadas bajo las cejas grises:

--Se lo daremos, seor... Y despus la corona de Espaa.

Volv  preguntarle con una punta de burla:

--Pero ese Imperio cmo se lo daremos?

--Volvindole estas Indias. Ms difcil cosa fu ganarlas en los tiempos
antiguos de Hernn Corts. Yo tengo el libro de esa Historia. Ya lo
habr ledo vuecencia?

Los ojos del mayordomo estaban llenos de lgrimas. Un rudo temblor que
no poda dominar agitaba su barba berberisca. Se asom  la ventana, y
mirando hacia el camino guard silencio. Despus suspir:

--Esta noche hemos perdido al hombre que ms poda ayudarnos!  la
sombra de aquel cedro est enterrado.

--Quin era?

--El capitn de los plateados, que hall aqu vuecencia.

--Y sus hombres han muerto tambin?

--Se dispersaron. Entr en ellos el pnico. Haban secuestrado  una
linda criolla, que tiene harta plata, y la dejaron desmayada en medio
del camino. Yo, compadecido, la traje hasta aqu. Si quiere verla
vuecencia!

--Es linda de veras?

--Como una santa.

Me levant, y precedido de Brin, sal. La criolla estaba en el huerto
tendida en una hamaca colgada de dos rboles. Algunos pequeuelos
indios, casi desnudos, se disputaban mecerla. La criolla tena el
pauelo sobre los ojos y suspiraba. Al sentir nuestros pasos volvi
lnguidamente la cabeza y lanz un grito:

--Mi rey!... Mi rey querido!...

Sin desplegar los labios le tend los brazos. Yo he credo siempre que
en achaques de amor todo se cifra en aquella mxima divina que nos manda
olvidar las injurias.

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FELIZ y caprichosa me morda las manos mandndome estar
quieto. No quera que yo la tocase. Ella sola, lenta, muy lentamente,
desabroch los botones de su corpio y destrenz el cabello ante el
espejo, donde se contempl sonriendo. Pareca olvidada de m. Cuando se
hall desnuda torn  sonreir y  contemplarse. Semejante  una princesa
oriental, ungise con esencias. Despus envuelta en seda y encajes,
tendise en la hamaca y esper: Los prpados entornados y palpitantes,
la boca siempre sonriente, con aquella sonrisa que un poeta de hoy
hubiera llamado estrofa alada de nieve y rosas. Yo, aun cuando parezca
extrao, no me acerqu. Gustaba la divina voluptuosidad de verla, y con
la ciencia profunda, exquisita y sdica de un decadente, quera retardar
todas las otras, gozarlas una  una, en la quietud sagrada de aquella
noche. Por el balcn abierto se alcanzaba  ver el cielo de un azul
profundo, apenas argentado por la luna. El cfiro nocturno traa del
jardn aromas y susurros: El mensaje romntico que le daban las rosas al
deshojarse. El recogimiento era amoroso y tentador. Oscilaba la luz de
las bujas, y las sombras danzaban sobre los muros. All en el fondo
tenebroso del corredor, el reloj de cuco, que acordaba el tiempo de los
virreyes, di las doce. Poco despus cant un gallo. Era la hora nupcial
y augusta de la media noche. La Nia Chole murmur  mi odo:

--Dime si hay nada tan dulce como esta reconciliacin nuestra!

No contest y puse mi boca en la suya queriendo as sellarla, porque el
silencio es arca santa del placer. Pero la Nia Chole tena la costumbre
de hablar en los trances supremos, y despus de un momento suspir:

--Tienes que perdonarme. Si hubisemos estado siempre juntos, ahora no
gozaramos as. Tienes que perdonarme.

Aun cuando el pobre corazn sangraba un poco, yo la perdon! Mis labios
buscaron nuevamente aquellos labios crueles. Fuerza, sin embargo,
es confesar que no he sido un hroe, como pudiera creerse. Aquellas
palabras tenan el encanto apasionado y perverso que tienen esas bocas
rampantes de voluptuosidad, que cuando besan muerden. Sofocada entre mis
brazos, murmur con desmayo:

--Nunca nos hemos querido as! Nunca! Nunca!...

La gran llama de la pasin, envolvindonos toda temblorosa en su lengua
dorada, nos haca invulnerables al cansancio, y nos daba la noble
resistencia que los dioses tienen para el placer. Al contacto de la
carne, florecan los besos en un mayo de amores. Rosas de Alejandra,
yo las deshojaba sobre sus labios! Nardos de Judea, yo los deshojaba
sobre sus senos! Y la Nia Chole se estremeca en delicioso xtasis,
y sus manos adquiran la divina torpeza de las manos de una virgen.
Pobre Nia Chole, despus de haber pecado tanto, an no saba que
el supremo deleite slo se encuentra tras los abandonos crueles, en
las reconciliaciones cobardes.  m me estaba reservada la gloria de
enserselo. Yo, que en el fondo de aquellos ojos crea ver siempre el
enigma oscuro de su traicin, no poda ignorar cunto cuesta acercarse
 los altares de Venus Turbulenta. Desde entonces compadezco  los
desgraciados que engaados por una mujer, se consumen sin volver 
besarla. Para ellos ser eternamente un misterio la exaltacin gloriosa
de la carne.

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                     ACABSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
                        EN LA IMPRENTA HELNICA
                          DE MADRID  XXX DAS
                            DEL MES DE JUNIO
                               DE MCMXIII
                                  AOS

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                              JOSEPH MOJA

                                ORNAVIT

       *       *       *       *       *

Errores corregidos por el transcriptor del texto electrnico:

gloriosas de aquela=> gloriosas de aquella {pg 44}

los aventuros espaoles=> los aventureros espaoles {pg 51}

la Nia tie=> la Nia tiene {pg 189}

si mirase facisnada=> si mirase fascinada {pg 51}





End of Project Gutenberg's Sonata de esto, by Ramn del Valle-Incln

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     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
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provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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