The Project Gutenberg EBook of La guerra injusta, by Armando Palacio Valds

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Title: La guerra injusta

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: March 13, 2013 [EBook #42323]

Language: Spanish

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LA GUERRA INJUSTA




Armando PALACIO VALDS
de la Academia Espaola




La
Guerra Injusta

Cartas de un Espaol

BLOUD & GAY
EDITORES
BARCELONE PARIS
35, Calle del Bruch 3, Rue Garancire
1917
Tous droits rservs




La Decisin de la Francia


La direccin de El Imparcial me ha confiado la honrosa tarea de estudiar
el espritu francs en estos, para l, tan crticos momentos. Por
honrosa que ella sea, no la hubiera aceptado si otros motivos que no
fuesen del orden moral se ofreciesen ante mis ojos. Soy viejo, mi salud
vacilante; el ruido de la Prensa me ha atemorizado siempre. Por qu
pasar del silencio al estruendo, por qu abandonar el oscuro rincn
donde desde hace muchos aos hablo en voz baja con aquellos espritus
afines al mo, esparcidos por el mbito del mundo, sin que la
muchedumbre se entere?

Por qu? Porque la voz de mi conciencia, esa voz que en todo hombre se
va haciendo ms poderosa con los aos, me lo insina con vivas
instancias. Cuando tantos millones de seres humanos viven actualmente en
Europa, entre sangre los unos, otros entre lgrimas, hay derecho 
invocar el temor, la enfermedad  la vejez? Dejemos murmurar  la vil
materia; no es hora de atender  sus rebeldas. Ces la hora de las
chanzas y los regalos; hay que mirar cara  cara  la brbara realidad y
llevar una mano piadosa  las heridas.

Aqu estoy, pues, y lo primero que me cumple hacer es una declaracin
que debo  mi sinceridad y al respeto de los lectores. No soy un neutral
en el sangriento conflicto que hoy aflige  la Humanidad; no lo he sido
jams en disputa alguna que hayan presenciado mis ojos. Pude haberme
equivocado; pero siempre me coloqu resueltamente al lado del que, en mi
sentir, tena de su parte la razn y la justicia. Por eso, al estallar
la presente guerra, me inclin del lado de la Francia; porque pens, y
sigo pensando, que la razn y la justicia se encuentran de su parte.

En las largas, interminables horas de tren para llegar  esta gran
ciudad, antes tan feliz, hoy tan desgraciada, tuve tiempo  hacer un
minucioso examen de conciencia. Me he preguntado con lealtad si en mi
actitud favorable  los aliados ha podido influir algn motivo que no
fuese absolutamente puro. Sera la simpata personal? No siento
excesiva preferencia por ningn pas, porque estoy ntimamente
persuadido de que los hombres son iguales en todas partes. No existen,
en Europa por lo menos, razas superiores e inferiores; no hay ms que
hombres de buena y de mala voluntad. Con los primeros est mi corazn,
lo mismo que alienten en los vergeles de Italia que en las estepas de
Rusia. Sera el inters? Ninguno tengo en que triunfen unos u otros.
Sera la gratitud? La debo por igual  los dos beligerantes, pues de
los dos he recibido pruebas inmerecidas de aprecio. Sera, por ventura,
alguna preocupacin poltica? Aqu ya existe motivo para detenerse.
Efectivamente; en orden  la poltica, admiro  Inglaterra como  ningn
otro pas del mundo. Es aquel donde el hombre ms respecta al hombre;
por lo tanto, el que puede llamarse sin jactancia ms civilizado. Pero
Rusia, en cambio, es el ms atrasado: no haba, pues, motivo para una
declarada preferencia.

Persuadido de que la ma en estos momentos se funda sobre la justicia, 
lo que yo entiendo por justicia, quedo tranquilo y tomo la pluma para
defenderla.

Y, ahora, perdneseme que haga una pregunta. Todos los germanfilos 
francfilos que en nuestra Espaa residen, han descendido as al fondo
de su conciencia y se han preguntado sinceramente en qu motivos fundan
su inclinacin? Mis observaciones no me permiten afirmarlo. Unos se
declaran partidarios de Alemania porque son autoritarios y ponen sobre
todas las cosas de este mundo la disciplina social; otros de la Francia
porque es una Repblica y suponen que hay ms libertad; muchos marinos
son amigos de los aliados porque admiran la flota inglesa; muchos
militares quedan extasiados ante los mtodos de guerra de la Alemania.
Algunos cndidos catlicos gritan viva Alemania! porque estn ciertos
de que as que el Kaiser aniquile  la Francia su ocupacin ms urgente
ser colocar al Sumo Pontfice en su trono temporal y restablecer la
Inquisicin; muchos socialistas, cndidos tambin, gritan viva Francia!
porque suponen que detrs de su triunfo no se har esperar el reparto de
la propiedad. En general, los violentos, los colricos, estn con los
germanos; los pacficos, los mansos (bienaventurados los mansos!), se
inclinan  los aliados.

Aadid  stos los escpticos, los frvolos, los caprichosos, aquellos
que se declaran por unos  por otros como en la Plaza de Toros se toma
parte por uno  por otro espada y en el Hipdromo por uno  otro
caballo.

Y, sin embargo, merece la pena de que examinemos con seriedad y rectitud
este litigio. La sangre de nuestros hermanos corre  torrentes. Somos,
por ventura, los espaoles tranquilos espectadores sentados en el
coliseo para presenciar una fiesta de gladiadores? Consiste nuestra
tarea en certificar cul es el que ha dado mejores golpes  ha cado con
ms gracia? No; nuestra carne sangra cuando sangra la de nuestros
hermanos; nuestras lgrimas corren con las que ellos vierten. Unos somos
ante la justicia divina. Pidmosle que nos ilumine y no nos deje caer en
el error, para que ella no nos pida algn da estrecha cuenta de nuestra
injusticia.

Jams olvidar la tarde del 2 de agosto de 1914. Me hallaba veraneando
en un perdido rincn de las Landas francesas y me ocupaba en contemplar
 un obrero que construa un gallinero en el jardn de mi casa, ayudado
de un nio hijo suyo. Eran las cuatro de la tarde. El sol nadaba por el
espacio difano; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; los pjaros
marinos revoloteaban sobre nuestras cabezas. Departamos amigablemente.
De pronto, el obrero suspende su trabajo, levanta la cabeza y exclama
inmutado:

--Monsieur, la campana!

Atend un momento y escuch, en efecto, el taido lejano de la campana
de la iglesia.

--Ser  fuego?

--No; no es  fuego--repuso con voz sorda, bajando de nuevo la cabeza y
prosiguiendo su tarea.

Al cabo de algunos minutos la alz de nuevo, con el rostro plido.

--Monsieur, el caon!

Atend otra vez; pero no logr percibirlo. No era extrao, porque nos
hallbamos  22 kilmetros de Bayona.

--No oigo nada.

--Has odo t?--pregunt  su hijo.

--S, lo he odo--respondi el nio, ms plido aun que su padre.

De pronto, all  lo lejos, se escucha el redoble del tambor. Me sent
conmovido hasta lo ms profundo de mi ser. El tambor, s, cuyo redoble
se acercaba siniestro, fatdico, rompiendo el silencio inocente de la
campia!

Y en aquel momento acudieron  mi imaginacin los recuerdos de la
historia primitiva de la Humanidad. Vea al clan vecino ms numeroso y
ms guerrero arrojarse de improviso sobre el clan ms dbil, apoderarse
de sus ganados, violar  sus mujeres, degollar  sus hombres. Ah
estn, ah estn los feroces enemigos! Entonces tambin resonara por
los campos el grito de alarma; entonces tambin los hombres quedaran
plidos y las mujeres, apretaran  sus hijos contra el pecho.

Comprend que una gran nacin corra peligro de muerte. La patria de
Pascal y de Racine, de Bossuet, de Rousseau, de Balzac, de Musset y de
Vctor Hugo iba  ser, humillada, tal vez aniquilada para siempre. No
era una guerra romntica, como la de Napolen, la que se preparaba, en
que un genio ambicioso arrojaba  puntapis de sus tronos  unos cuantos
ridculos dspotas que tenan  la Europa bajo su frula; en que un
ejrcito incomparable corra detrs de l ebrio de gloria, pero no de
riquezas. La que ahora se avecinaba era una tragedia srdida, el rumor
de un pueblo que viene rugiendo de codicia  apoderarse del fruto del
trabajo de su vecino. Pocos meses antes los peridicos alemanes
anunciaban que en la prxima guerra exigiran de indemnizacin  la
Francia cuarenta mil millones de francos.

Sal precipitadamente de mi casa y salv casi  la carrera el kilmetro
que me separaba del burgo. Los habitantes todos se hablaban unos  otros
sin ruido y con imponente calma.

Al atravesar por medio de un grupo de mujeres me clavaron una mirada
recelosa y hostil. Ms all, al cruzar cerca de otro lo mismo. Yo era el
extranjero que penetra curioso  indiferente en medio de una familia
afligida. Pobres mujeres! Si supieseis que mi corazn en aquellos
instantes se hallaba tan contristado como el vuestro!

Tropec con un grupo de conocidos, que apartaron de m los ojos
fingiendo no verme. Entonces yo, herido y apenado por aquella
hostilidad, me dirig resueltamente  ellos.

--Seores, soy un extranjero; pero no puede serme indiferente la
desgracia que en este momento pesa sobre vosotros. Estoy enteramente
cierto de que no querais la guerra, de que nadie pensaba siquiera en
ella.

Aunque llorabais, como es justo, la prdida de vuestra Alsacia y Lorena,
no esperabais recobrarlas ms que por medios diplomticos.

Se os ataca indignamente. La razn y la justicia estn de vuestro lado.
Por lo tanto,  vuestro lado estoy y quisiera poder probroslo de otro
modo ms eficaz que con palabras.

Silenciosamente me estrecharon todos la mano. Uno dijo al cabo, con
grave acento:

--Basta de humillaciones. Concluyamos de una vez.

Y los dems repitieron, uno tras otro:

--Es preciso concluir, es preciso concluir!

Me separ de ellos y me volv, siguiendo la carretera al borde de la
ra. Sentado en una lancha, arreglando unas redes, vi  un joven
pescador con quien yo sola departir.

--Has odo?--le pregunt, apuntando al sitio donde sonaba el tambor.

--S; he odo. Es preciso concluir--me respondi secamente sin levantar
la cabeza.

Segu caminando por la carretera y vi llegar hacia m una jovencita que
sola ir por mi casa  vender pescado.

--Ya ves lo que ocurre--le dije--. Tienes miedo?

--S, seor; tengo miedo porque mis dos hermanos deben marchar
inmediatamente... pero es necesario concluir, monsieur, es necesario
concluir.

Llegu hasta la playa y me sent delante de un humilde caf que all
hay. En una mesa prxima un viejo militar retirado deca  sus amigos:

--Vale ms ser destrudo de una vez que humillado  cada instante. Es
preciso concluir.

--Es preciso concluir!--repitieron  coro sus amigos.

Al cabo de dos aos entro de nuevo en Francia, llego  Pars, y la misma
inquebrantable resolucin, expresada en la misma forma, suena por todas
partes en mis odos. Es necesario concluir! S; la guerra no terminar
hasta que se disipe la negra pesadilla que atormentaba  la nacin
francesa. O  la tumba,   la libertad. El clan vecino no se arrojar
ya sobre ellos mientras estn vivos.

Cun distinto, sin embargo, el timbre de las voces! Las voces cantan,
las voces ren, las voces juegan. Un rayo de sol ha cado sobre la
Francia. Ya no se bajan los ojos; ya se levanta la frente; las miradas
se clavan brillantes en nuestro rostro. Un amigo, al abrazarme en la
estacin, me dijo al odo alegremente:

--Seguros!

--Ya no tiene usted miedo de que aparezca Lohengrin en el horizonte?

--Si aparece, vendr ya slo con su cisne.

Pero de este optimismo francs hablar en mi prximo artculo.




El optimismo Francs


El optimismo est  la moda. Tambin hay en la Filosofa faldas cortas y
largas y cuellos de pajarita. Por todas partes nos rompen los odos
gritndonos: Sed optimistas! De Amrica llegan, encerradas en
primorosos libros, estas voces regeneradoras. Los modernos psiclogos
americanos no se cansan de repetirnos la misma cancin, un poco montona
 veces para nuestros odos latinos. Uno de ellos, muy distinguido,
Waldo Trine, en uno de sus recientes libros truena con mucha elocuencia
contra el hasto y el miedo,  los que llama _dos negros mellizos_. Al
atraer  nosotros--dice--por el miedo las mismas cosas que nos causan
temor, atraemos tambin todas cuantas condiciones contribuyen  mantener
el miedo en nuestro nimo.

En efecto, yo tambin s por experiencia que el miedo es cosa
desagradable y que el optimismo es mucho ms estomacal. No he hallado
jams, sin embargo, medio intelectual de extirpar el miedo. Lo nico que
logr convencerme alguna vez fu ver cerca  la pareja de la Guardia
civil.

Si para ser optimista bastase querer serlo me parece que no habra una
sola persona en el mundo que no lo fuese. Pues esto es precisamente lo
que pretenden los llamados filsofos de la voluntad: Sed optimistas;
basta quererlo!

No basta quererlo, no. Para un tenor es fcil dar el do de pecho, y para
un boxeador un gran puetazo; pero  los dems nos es imposible. Por eso
William James, el ms notable y perspicaz de todos ellos, en su famoso
libro _The varieties of religious experience_, divide  los hombres en
dos categoras: los que, para ser felices, les basta nacer una vez, y
los que, por haber nacido desgraciados, necesitan nacer dos veces. _Once
born and twice born_. Los primeros son los optimistas, los que lo ven
todo de color de rosa. El mundo est gobernado por fuerzas benvolas que
se encargan de arreglar las cosas del modo ms dichoso posible. El sol
les encanta; la lluvia les parece admirable; si se rompen una pierna lo
consideran como un acontecimiento feliz, porque pudieron haberse roto
las dos. A estos optimistas de nacimiento se oponen los temperamentos
pesimistas, los posedos de una irremediable tristeza. Para ellos no hay
acontecimiento, por afortunado que parezca, que al cabo no cambie de
naturaleza y se transforme en desgraciado; en toda alegra ven un
probable desengao; en toda flor, el gusano; en toda opulencia, la
bancarrota inminente.

Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y
con frecuencia ms atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que
el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y
apetecer. Esos seres que William James llama nacidos una vez son los
inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo.
En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe
que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de
aquel modo que los psiclogos americanos exaltan.

No seamos ilusos. La vida es spera; la realidad, odiosa. El hambre, el
tifus, el cncer, la guerra, son huspedes con los que hay que contar.
Quin nos hubiera dicho hace tres aos que la Europa civilizada, iba 
convertirse en un rebao de tigres y chacales? Si los nacidos una vez
de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos  tanto
peor. Para m los verdaderos hombres son los nacidos dos veces; esto
es, aquellos que se dan cuenta de su situacin sobre la Tierra, de su
origen y de su destino inmortal. El primero es el hombre viejo de San
Pablo, en quien dominan todava los instintos animales, que vive dormido
en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el hombre nuevo
que ha abierto sus ojos  la luz; el hombre espiritual, que se alza
sobre su vestidura carnal como la crislida deja el saquillo que le
serva de crcel para transformarse en mariposa. La melancola--deca
el padre Lacordaire--es inseparable de todo espritu que va lejos y de
todo corazn que es profundo, y no tiene ms que dos remedios: la muerte
o Dios. Bendita sea, pues, la melancola, que nos revela nuestra
condicin de hombres. Qudese atrs en buena hora esa alegra
inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad.

       *       *       *       *       *

Hace algunos meses public en la _Revue des Deux Mondes_ el doctor
Emmanuel Labat un artculo titulado: Nuestro optimismo. Es muy digno
de leerse: est perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor
lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria  la
suya. El doctor Labat es un discpulo de la moderna escuela psicolgica;
particularmente William James ha ejercido sobre l una influencia
decisiva. Pero el doctor Labat es mdico y como tal no vacila en traer,
cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las
enseanzas un poco nebulosas y pantesticas de la escuela, y las
transforma cuando le acomoda en francamente materialistas.

Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operacin
del espritu que razona, sino que viene de ms lejos, de una fuente ms
profunda y ms ntima. El optimismo--dice--es el instinto de vida, el
horror de la muerte, la alegra, el orgullo y la voluntad de vivir.

Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener
horror  la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservacin es un
abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene
miedo alguno  la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es
necesario morir. Era optimista el mrtir cristiano que marchaba cantando
al suplicio porque saba que le esperaba una dicha inmortal,  el
musulmn que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un
coro de bellas huries,  el chino que se deja alegremente matar en
Amrica porque est seguro de resucitar en su patria. No lo es el que
guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por ms
esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos.

Pues de este instinto de vida , como antes se deca, de este instinto
de conservacin hace derivar el doctor Labat el presente optimismo
francs. Supone que el francs es optimista por naturaleza, y que este
optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en
un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurastnicos como en
cualquier otro pas; quiz ms. Y se comprende bien. El francs en
general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla.
Pues bien; en la estadstica de la neurastenia el primer lugar lo ocupan
los hombres de negocios. Adems el francs posee un aguzado espritu de
crtica, y un crtico no es optimista jams.

Por lo dems, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la
guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisin, la
inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse
optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron  las
proximidades de Pars not bastante depresin y abatimiento, que en nada
alter, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolucin.

Pero acaeci la batalla de la Marne, y el espritu francs se exalt de
pronto, y rein por algn tiempo un optimismo candoroso: se crey en la
victoria inmediata; hasta se pens en la conquista de Alemania y la
entrada en Berln. Pasaron los meses, no obstante, y se vino  entender
que no deba esperarse esta clase de victoria. El francs es razonador
por excelencia. En otros pases el hombre quiz ostente cualidades ms
altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando
se toca  su vanidad nacional, en que suelen traspasar los lmites de la
razn. Pero saben volver  ellos prontamente y acomodarse con asombrosa
facilidad  las cirunstancias.

Todava se pens, no obstante, por muchos que les sera posible romper
las lneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el
enemigo. Al pueblo en que yo habitaba lleg en el ltimo Septiembre, con
licencia por cinco das, un sargento. Es un grande amigo mo, notario de
profesin, soldado por temperamento, hombre enrgico y valeroso.

--Cundo rompen ustedes la lnea?--le pregunt, sonriendo.

--Cuando queramos--me respondi tranquilamente.

--Lo dice usted de veras?

--S, seor; no aguardamos ms que la orden para hacerlo.

Efectivamente,  los pocos das lleg la orden, y ya se sabe lo que
acaeci. A costa de enormes sacrificios, de una cantidad prodigiosa de
sangre, se avanz tres  cuatro kilmetros. A los alemanes les est
sucediendo lo mismo en los actuales momentos, con menos fortuna todava.

Ahora el optimismo ha cambiado de rumbo. Para saber lo que es calcular
hay que venir  Francia. Un amigo me demostr hace pocos das con el
lpiz en la mano que los Imperios centrales poseen tales y cules
medios de defensa, tantos y cuntos recursos metlicos, que pueden
resistir hasta tal poca y que transcurrido este plazo deben sucumbir.
Consideran  Alemania como una plaza sitiada; no ser tomada por asalto,
pero caer rendida por hambre. Tienen ciega y absoluta confianza en la
victoria.

       *       *       *       *       *

Pero esto no es optimismo, dir el doctor Labat. Se trata aqu de un
clculo, de la resolucin de un problema; nada tiene que ver en ello el
instinto vital. Sin embargo, este es para m el verdadero y legtimo
optimismo, porque procede de la razn. Aquel otro fisiolgico que viene
del fondo mismo de nuestra naturaleza animal podr endulzar la vida
muchas veces o hacerla ms llevadera; pero es en extremo peligroso.
Todos mis lectores, si vuelven la vista atrs y recuerdan la historia de
sus amigos y conocidos, hallarn alguna gran catstrofe o, por lo menos,
una serie de contratiempos originados por este ciego optimismo
instintivo.

Los franceses se dedican  la hora presente  hacer clculos. No dicen,
sin embargo, lo que se lee en el fondo de sus ojos. El clculo mejor es
que cuentan con sus manos y su cabeza. As como el primer marino del
mundo es el ingls, el mejor soldado es el francs. No asombrarse de
ello: cien aos le separan apenas de aquellos otros que recorrieron
vencedores toda Europa. En cien aos no se borran las huellas de la
herencia. Por donde han pasado los padres pueden pasar los hijos--deca
Alfredo Musset.

No hablemos del valor. Rusos, alemanes, franceses, blgaros, todos se
han batido por igual. Pero hay otras cualidades de capital importancia
para el soldado: la astucia, la alegra, la habilidad manual, la
improvisacin. En todas ellas se ha distinguido siempre la raza de los
galos desde los tiempos de Julio Csar. El galo es el hombre de los
recursos. Mirad  un francs alquilar una casa estropeada, medio
derruida, representando la imagen de la desolacin. Volved  los pocos
meses y quedaris asombrados viendo un nido confortable, rodeado de
flores. Cocina, jardn, pinturas, terraza; todo lo ha improvisado.

Un vecino mo necesitaba un garage y llam  un albail, que se lo
construy rpidamente y  la perfeccin. Poco despus este albail qued
sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brind  desempear
este oficio. Efectivamente, lo desempe con tal acierto e inteligencia,
que nos dej maravillados. Ms tarde mi vecino se qued sin cocinera. El
albail entr en la cocina y result un cocinero admirable.

--No despida usted, por Dios,  la nodriza--le dije  mi amigo--,
porque estoy viendo  ese hombre dar el pecho  su nio!

De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga
como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fan casi todo 
sus mquinas; pero la mejor mquina de todas es el hombre. Cuando hay
talento la fuerza ms pequea se convierte en formidable. Los alemanes
son superiores en nmero, en preparacin, en mquinas de guerra; pero
los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre
fra. Los alemanes tienen ms y mayores caones; pero los artilleros
franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con ms habilidad.
Aqullos poseen esplndidas cocinas porttiles; pero stos, con ms
pobres hornillas, comen mejor.

Joffre es la encarnacin actual de este espritu galo de astucia, valor,
prudencia y alegra. El fu quien salv  la Francia en un momento
supremo con su tctica admirable; es l quien, paciente y enrgico,
espera que el fruto madure para sacudir el rbol; l es el hombre
piadoso  quien los soldados llaman pap Joffre, porque economiza la
sangre de sus hijos. Loor  este galo insigne, que fu el baluarte
elegido por la Providencia para salvar la civilizacin latina y la
independencia de los pueblos dbiles! El da en que su estatua se alce
en una de las plazas de Pars iremos todos, no  clavar sobre ella un
clavo como en la de Hindenburg, sino  coronarla de flores.

No se parece  los generales alemanes. Estos, no slo han copiado
fielmente la tctica de Napolen, sino tambin sus procedimientos
despiadados.--Seor, seor--le deca  ste el general Junott--, es
imposible apoderarse de aquella batera austraca; un fuego infernal
barre  nuestros hombres.--Adelante!--responda Napolen.

--Seor, que cada regimiento que avanza es
sacrificado.--Adelante!--repeta Bonaparte.

No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo
alemn con sus actuales directores polticos y militares. El alemn es
un pueblo dotado de slidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz,
laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de
espritu crtico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha
subido la _raza_  la cabeza y han podido decir y cometer muchos
disparates. Nadie, sin embargo, dejar de admirar sus altas cualidades,
slo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos
de parientes que pronto se van  resolver de un modo  de otro.

Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresin es que Mauricio
Barrs les haya llamado _raza asquerosa_. En Francia todos los hombres
de sentido comn reprobaron este ultraje, y no faltaron voces
autorizadas en la Prensa que se alzaron contra l.

Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que
el instinto de vida (vuelta al instinto de vida!) justifica estas
atrocidades; que l ha consultado el asunto con los heridos de su
hospital y que todos estaban unnimes en asegurar que Mauricio Barrs
tena razn, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo Toma, cochino!
Revienta, asqueroso!, la bayoneta penetra unas pulgadas ms en el
cuerpo del enemigo.

Confieso que tales quirrgicas razones no me han convencido. Mi
pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando
el general francs, al acercarse el enemigo, se descubre y
grita--Seores ingleses, tirad los primeros!--Quiz parezca hoy esto
quijotesco; pero entre el _tirad los primeros_ de aquel general y el
_toma, cochino_, de Barrs no vacilo en preferir los primeros. Se puede
asegurar que el que dice tirad los primeros jams, jams volver la
espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que
grita toma, cochino!

Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros
quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergenza,
donde se aconseja  los soldados que ensucien sus labios para infundirse
valor, y  los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer
bombas por la noche sobre la cuna de los nios.




Meditacin sobre el conflicto


Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni
la retrica, ms asfixiante an, con que germanos y germanfilos exaltan
su moralidad lograrn sofocar  la rebelde verdad.

Esta verdad es que la guerra monstruosa  que asistimos atnitos los
humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una
nacin europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente 
todas las dems.

Como es un hecho que salta  la vista y no hay posibilidad de negarlo,
los que entre nosotros los espaoles simpatizan con esta nacin invocan
para justificar su simpata los agravios que en tiempos ms  menos
remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fbula invocaba
tambin para comerse el cordero los agravios que le haba inferido su
padre.

En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los
pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos.
Si Berln estuviese en Burdeos  Lisboa, seguramente hubiramos andado 
porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses.
Austria y Alemania, que no slo son vecinas sino hermanas, han luchado
entre s hasta nuestros mismos das.

Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se
argumenta en forma muy diversa segn los casos.

Contra Inglaterra se emplea el argumento crematstico. Inglaterra posee
colonias riqusimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo,
mientras Alemania, nacin altamente civilizada, tan merecedora como ella
por lo menos cuenta con muy pocas. Por qu?

Los que formulan con indignacin esta pregunta, hombres ricos muchos de
ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra
Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y
comunistas:--Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos
y nosotros pobres. Por qu? Soltad, ladrones, soltad esas tierras que
detentis injustamente!

Este argumento tendra valor en el caso de que Inglaterra fuese una
nacin sin capacidad para colonizar. Seran ms felices sus colonias si
se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntdselo  ellas.

Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nacin que ha
decretado la separacin de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de
su seno  las rdenes religiosas merece un castigo ejemplar.

Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo  los que no
tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es catlica y
actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario pblico,
sostiene el culto catlico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha
hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convencin, de los
asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. Por qu se la hace
ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical?

Se olvida  se quiere olvidar que en esa Francia impa el pensamiento
cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo,
que existe all,  la hora presente, no slo un grupo de filsofos
espiritualistas con Boutroux  la cabeza que libra en el terreno del
pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la
Alemania, los Wundt, los Hckel y los Ostwald, sino tambin una falanje
de eminentes apologistas catlicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos
libros sirven de consuelo  todos los creyentes de Europa. Se olvida que
algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia
y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos
reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de catlicos.

Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. Pobres rusos! No tienen
caones de precisin, no tienen ferrocarriles estratgicos ni gases
asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir all
para ensearles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor.

Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de
fusiles, como aseguran los peridicos alemanes, se baten desde hace un
ao con todo el ejrcito austriaco y ms de un tercio del alemn.

Por ltimo contra Blgica se usa un argumento sanchopancesco. A esta
Blgica, quin la ha metido en tan descabellada aventura? Cmo se
atrevi  hacer frente al coloso alemn? No sabe que es de prudentes
mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera
dejado pasar buenamente  los ejrcitos del kaiser, no sufrira tanta
calamidad y habra recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y
quin sabe? quiz al final de la guerra se encontrara con el regalito
de una provincia francesa.

Esto es lo que se escucha ac. All en Alemania se desdean las razones:
penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De
all no viene ms que una palabra: Queremos! Y  este _queremos_
responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la
voluntad sobre la razn:--Puesto que vosotros queris, nosotros
queremos tambin.

Es un caso de disgregacin mental en que el psiquismo inferior, el
centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razn y se
entrega pasivamente  todos los caprichos del hipnotizador. Los
hipnotizadores del pueblo alemn son los magnates de la poltica y del
ejrcito prusianos secundados por la cobarda de algunos intelectuales.
Ellos son los que le han impuesto no slo la guerra sino la ferocidad en
la guerra. Les han dicho:--Guardaos de vuestro corazn como de un
enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres;
asfixiad nios, no perdais medio alguno de aterrar  nuestros enemigos.
Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia
que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les
dicen:--Sacrificad  los prisioneros los sacrificarn.

Semejante estado de miseria moral infunde ms compasin que odio. Son
hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse  ellos sino  sus
magnetizadores.

Pero  quin enviaremos la cuenta de la dispersin que se ha operado en
los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre
nosotros sujetos que as que se les insina la idea de que los teutones
no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en
fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les
va por su lado y gritan que ellos haran eso y mataran ms sacerdotes
an y se los comeran con salsa trtara.

Hasta he odo, estremecido,  algunas seoras acoger con satisfaccin la
noticia del hundimiento del _Lusitania_ y las hazaas de los zepelines.

Aterrador es el hundimiento del _Lusitania_, pero es ms aterrador
todava este naufragio del alma femenina...

Como todo lo que araa un instante la corteza del menguado planeta que
habitamos, esta guerra pasar tambin. La espesa nube que cubre hoy toda
la Europa se disolver al cabo en la atmsfera azul. La madre tierra
beber la sangre, tragar los huesos y en su seno fecundo la vida
inmortal proseguir su trabajo misterioso. Las praderas volvern 
esmaltarse de flores, los rboles agitarn otra vez dulcemente sus copas
al soplo de la brisa de la tarde, los pjaros de Dios con suaves trinos
bendecirn la llegada de la aurora.

Y de todo esto que quedar? Una gran vergenza y un gran remordimiento.

Un gran remordimiento, s.

Llegar un da, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autmatas
asesinos de mujeres y nios, saldrn de su estupor hipntico y
horrorizados de s mismos caern de rodillas delante de sus hijos y les
pedirn perdn de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante
sus ojos infantiles el honor del gnero humano, de haber querido
arrancarles del corazn aquello por lo que solamente el hombre puede
vivir y debe morir.




La Estrategia de Napolen


Ayer pas el da en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo
reposarse del ruido de la metrpoli y gozar unos instantes del sosiego y
la frescura de los campos. Lo es ms aun para el espritu huir de la
realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas ms
dolorosos, cuando se contemplan de lejos y estn ya sepultados en el
abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es
otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representacin, nunca hace
dao.

En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habit. Es una
plcida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la
guadaa. As y todo recorr sus bosques y praderas con respeto, evocando
la figura del Rey Sol, que tanto se placa en aquellos lugares. Su amor
excesivo  Marly fu occasin para que uno de sus cortesanos le dijese
en un arrebato de adulacin que la lluvia de Marly no mojaba. Luis
XIV tena el esfago ancho, pero no pudo tragar este bocado.

La Malmaison fu para mi un desengao. El palacio est cerrado desde el
comienzo de la guerra. Guardas y _ciceroni_ han ido  combatir. Hube de
reducirme  largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor
de Austerlitz.

Luis XIV y Napolen. Dos monstruos de orgullo y egosmo. Saint-Simon ha
analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el
egosmo del segundo. Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan
egosta como Napolen y un limpiabotas ms orgulloso que Luis XIV.

Es mi humilde opinin que si tomsemos en la calle  cualquier
transente y le infundisemos el valor y la inteligencia de Bonaparte
sera un nuevo Napolen: por el egosmo no quedara. Y si le dotsemos
del poder de Luis XIV sera otro Luis XIV; tampoco quedara por el
orgullo. Egosmo y orgullo son congnitos en nuestra naturaleza, y los
que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos
caer de rodillas.

Cuntos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa
figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrs de cada macizo
de flores. Aqu fu dichosa; aqu, despus, la ms infeliz de las
mujeres; aqu rindi el ltimo suspiro aquella dulce y simptica
criatura, vctima del egosmo implacable de su marido. Todos los
idilios, en este mundo miserable, terminan con lgrimas.

Surgen en mi memoria los dramticos das en que Bonaparte llega  Pars
con la secreta decisin de repudiar  su esposa. Principia por mostrarse
con ella ms fro y ceremonioso; cierra despus la comunicacin entre
sus habitaciones; por ltimo se lo hace saber por medio de diplomticos
emisarios.

Qu pasara por el corazn de aquella noble criatura al averiguar que
su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le haba dado el
trono ms alto de la tierra, iba  romper el tierno y sagrado vnculo
que los una y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por
seguro que en aquellos das se firm en el cielo la sentencia de
Napolen. Ay del que maltrata  un nio  estruja el corazn de una
mujer! Los ngeles no tardan en tomar venganza de l.

Alguien pensar que esto es una bobera. Quin sabe, no obstante, si en
la balanza divina una lgrima pesar ms que un Imperio! El mundo no es
otra cosa que el smbolo de una realidad ms alta. Una palabra vertida
por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido  la Creacin.
Caballos, batallas, caones, son nada; los Imperios, sombras; las
estrellas, apariencias; la gloria, un sueo. Pero la palabra de un
hombre bueno queda para la eternidad.

No todos los millares de seres que Bonaparte sacrific  su ambicin
depondrn contra l en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y
vidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, l tambin expona la suya
 cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno.
Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzar la Emperatriz
Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus
derechos y Bonaparte quedar irremediablemente condenado.

Napolen era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos
provee de garras adecuadas. Se dej empujar por la ley de ascensin que
impera en esta vida, por lo que hoy se llama voluntad de poder.

Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un
automvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los
antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napolen crea en ella
ciegamente. La poltica, he aqu la fatalidad, deca  Goethe en la
breve entrevista que con l tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase,
expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los ms
grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el
valor, ni la prudencia, pueden nada contra l. Tan slo hay un ser en el
mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen  Santa Teresa   San
Vicente de Pal de la fatalidad, y se echaran  reir.

El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han
tenido. Alejandro, Csar, estaban ya muy lejos; su estrategia no serva
para el mundo moderno. Lleg Bonaparte y lo encontr todo preparado:
hombres como los romanos, posedos de su grandeza y un exceso de sangre
en las venas; plvora y fusiles.

He estudiado con cario la historia de este gran seductor de la juventud
y no he podido ver en ella los magnos propsitos que se le atribuyen y
que l quiz se atribuyese engandose  s mismo: la resurreccin del
podero romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado
percibir ms que un gran _amateur_, un hombre enamorado de la espada,
como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma.
Cincelaba, pintaba y esculpa en el campo de batalla. La guerra no era
para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y
por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdi.

El culto de Napolen, como el de Budha, no ech profundas races en el
suelo donde haba nacido. Algo tambin parecido acaeci  nuestra
religin cristiana, que germin y se propag, no en Oriente, sino en
Occidente. En Francia, muertos  dispersos los veteranos que le
siguieron en sus romnticas expediciones, comenz la hostilidad. De
todos los puntos, no slo de los altos sitiales conservadores, sino de
la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales,
partieron dardos que fueron  clavarse en la estatua del gran hombre. No
eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas
envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en
Francia, el menosprecio se hizo an ms ostensible. De este menosprecio
la expresin ms aguda fu el libro de Taine Orgenes de la Francia
contempornea. Aqu el hroe maravilloso queda reducido  un aventurero
afortunado,  un _condottiere_ sin sentido moral, sin grandeza ni
poesa.

Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napolen, se refugi
en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no
brillan por la originalidad. No es pueblo de invencin, sino de
adaptacin, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos
modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos 
una singular perfeccin. Los ingleses y franceses tienen ms genio
inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja.

Si hemos de conceder  algn pueblo sobre la tierra la palma de la
invencin, es al ingls. Son inventores, no solamente de mtodos y
ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida,
en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer
su manera de vivir y hasta sus caprichos ms extravagantes al mundo
entero. Esto se debe al respeto que all ha inspirado siempre la
iniciativa individual. En Francia tambin existe una natural aptitud que
no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los
entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un
francs puede hacer las veces de otro.

Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la
sacan de la disciplina y la paciencia. Tcito deca de los germanos:
Capaces slo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para
trabajos continuos. El gran Tcito no ha dado aqu en el blanco; la
paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemn me
deca hace algunos aos que los nios espaoles se hallan por lo comn
mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algn tiempo stos
les vencen por la constancia del esfuerzo.

No es maravilla, pues, que as como han perfeccionado el vapor, la
electricidad y la aviacin, hayan progresado asombrosamente en el arte
de la guerra. Para estudiarlo acudieron  la ms pura y abundosa fuente,
 la estrategia napolenica. Bonaparte fu en este orden el maestro ms
grande que ha existido y tal vez exista jams. La guerra no tena para
l secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetracin,
de resolucin y, sobre todo, de sentido comn, que lo hacan invencible.

Porque la gran estrategia ha sido y ser siempre cuestin de sentido
comn, y no puede evolucionar. El mariscal alemn Schlieffer, jefe del
Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas,
librada por el cartagins Anbal, ha sido el modelo  el ideal de todas
las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por
un ejrcito es y ser siempre el envolvimiento del enemigo.

Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratgicos alemanes se
dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napolenicas. Es
incalculable el nmero de libros y artculos de revista que sobre este
tema han visto all la luz pblica, la serie de conferencias que se han
pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los
ms recnditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de
1870 han aplicado con feliz xito el sistema de convergencia 
concentracin de fuerzas que Napolen emple en sus primeras campaas,
sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las
circunstancias, no han podido desarrollar en grande este mtodo; pero en
cambio, apelan al mismo que Napolen hubo de apelar en la campaa de
1813.

La situacin de los ejrcitos alemanes en los presentes momentos es casi
exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte.
Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el ncleo ms
escogido y fuerte de su ejrcito en el centro de Alemania, cerca de
Dresde. Tena en el Norte un ejrcito llamado de Berln para oponerse al
de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia,
para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al
Sur, para combatir  los austriacos y prusianos mandados por el mariscal
Schwarzenberg. Su tctica consista en movimientos de vaivn, en lo que
ahora se llama _juego de lanzadera_. Aada repentinamente sus fuerzas 
las de uno de los ejrcitos de la perifera, y despus  otro, segn le
convena. La tctica de los aliados se limitaba  retirarse cuando el
Emperador acuda  un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro.

Este movimiento de vaivn, este _juego de lanzadera_ es el que ejecutan
actualmente los germanos con medios desmesuradamente ms eficaces,
trasladando sus fuerzas de Oriente  Occidente, y viceversa. Napolen
ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas  pie, mientras ahora
se utilizan las lneas frreas. Napolen los diriga por s mismo,
mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del
general en jefe, se encarga de dirigirlos.

Los aliados consiguieron al fin estrechar crculo y reducir  Bonaparte
 librar la batalla de Leipzig, donde fu derrotado y por milagro pudo
salvar su ejrcito y trasladar el teatro de la guerra  Francia.
Lograrn los aliados de ahora estrechar el crculo alemn y obligarles
 aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir.
La Inglaterra as lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra
Alemania el mismo plan y sistema que emple tenazmente para hacer
sucumbir  Napolen.

Pero si los alemanes lograrn vencer en esta guerra (caso ya imposible),
los franceses tendran la satisfaccin y el disgusto  la vez de ser
vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llev  la
victoria.




Los socialistas franceses


No hay hombre con el corazn en su sitio que no se haya sentido alguna
vez socialista. Al bajar  una mina; al tropezar, saliendo del teatro,
con el bulto de un mendigo, helado por el fro y el hambre, estalla la
cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que
todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno
movedizo y falso.

Y sin embargo, hay sujetos que as que escuchan la palabra socialismo
ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos
guturales y algunos derraman abundantes lgrimas. Bombas que revientan
sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras
manos, ms negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones;
blasfemias; todo surge en temerosa visin delante de sus ojos
aterrados.

No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no
significa en el fondo otra cosa que el deseo y propsito de organizar la
sociedad de un modo ms justo. Este deseo y propsito son perfectamente
legtimos. O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado  la
perfeccin?

Pero si  este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El
odio es el ms eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto
este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y,
desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparicin en nuestros das
acompaado de tan funesta deidad.

Un _leader_ del socialismo espaol, con quien tropec hace aos en una
fonda, me deca: Desengese usted; este asunto se resolver como todos
los otros de este mundo: por la fuerza. Yo le respond: Est usted en
un error, amigo mo; este asunto, como todos los otros de este mundo, se
resolver por el amor.

Y el tiempo ha empezado ya  darme la razn. Quin puede imaginar  la
hora presente que triunfe una revolucin popular disponiendo la
burguesa de mercenarios con mausers, caones de tiro rpido y
ametralladoras?

S; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la
razn, es el que se encargar de resolver este problema, limando poco 
poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos;
pero la sociedad tampoco. La orilla est lejos; pero est ms cerca de
lo que hace algn tiempo pensbamos.

El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmacin
sorprender y causar pena  algunos de nuestros germanfilos que no
pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisin,
disciplina. Y tienen razn, despus de todo; las masas socialistas estn
mucho ms disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son
mucho ms peligrosas. Esta disciplina matar la otra.

En Francia el socialismo ha sido siempre ms terico que prctico. Hubo
diversas clases de soadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los
_comunistas_. Los otros atacaron la familia: fueron los _fourieristas_,
los del famoso falansterio. Otros, la religin: fueron los
_sansimonianos_. Ninguno de estos soadores, sin embargo, logr
arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en Pars una
manifestacin de 300.000 hombres, como la que se efectu en Berln hace
algunos aos.

Si vens  Francia y recorris las provincias os sorprender conocer el
personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso
jardn cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un
soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas,
elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas  la
terraza. A quin pertenece esta finca?--preguntis--. A monsieur
F...--os responden--; jefe aqu del partido socialista. Entris 
consultar con un mdico famoso. Os abre la puerta un criado de librea;
la casa est puesta con lujo excepcional; antes de pasar  su gabinete
podis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una
familia numerosa tomando el t. Este doctor es el clebre B..., director
y propietario de una revista socialista. Entris en una iglesia  oir
misa, y al salir tropezis con un caballero que espera  su seora.
Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se
acerca  l sonriente, le pasa el libro, se cuelga  su brazo y ambos se
alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista
por el departamento.

Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy
peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la
religin. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

Pero los nuestros son ponzoosos en grado extremo!--oigo exclamar 
algn conservador furioso--; Y me recuerda los viles asesinatos de
Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y
depredaciones de otros sitios.

Tiene razn; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el
carecer de camisa no ayuda mucho  la moralidad. Si es que el pobre
puede ser honrado--deca Cervantes--. La honradez es un producto caro
y, en general, slo est al alcance de las personas de posicin
desahogada. El privilegio ms envidiable de los ricos es que pueden
proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado  mis odos que alguno de los jefes actuales del
socialismo espaol tiene camisas de noche y de vestir, y no slo
camisas, sino tambin fincas urbanas, y que es un despiadado casero que
enva  sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes 
la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los
filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y
esparcida, sin duda, por algn malvolo reaccionario.

En todo caso, debiramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas
urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de Espaa, mejor que
mejor. El da en que los socialistas espaoles tengan jardines
enverjados y lleven  sus seoras  misa, los burgueses no tienen ya que
temblar por sus ttulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los pases han aadido  su bandera en los
tiempos modernos un lema seductor: Abajo la guerra!, Fraternidad
universal. Est perfectamente. Yo me sent cautivado desde el primer
momento por este grito que responde  la aspiracin vehemente de todo
espritu cristiano.

Fraternidad universal. Qu hermosa palabra! Pero esperando esta
fraternidad tan dilatada, no podran los buenos socialistas hacer uso
de otra, ms restringida? Porque todos los das vemos que cuando se
declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un
desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta all pidiendo
trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre l con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpata al
ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de
las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se
deca: Paz, entre los Prncipes cristianos. No debiera suprimirse la
frase, porque los Prncipes cristianos han sido los principales
causantes de esta guerra. Todos, hasta los ms recalcitrantes burgueses,
volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las
tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes
armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el nico rayo de luz
que percibimos vena del socialismo. La diplomacia--nos decamos--es
impotente, est desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas
de trabajadores se encargarn de oponer una barrera  las ambiciones y
soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos,
quin marchar  la batalla?

Amarga ha sido la decepcin. No dejaron caer el fusil; al contrario, se
apresuraron todos  empuarlo y  servirse de l con la misma
inconsciencia que los soldados mercenarios.

Ha sido cobarda? Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra 
las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No s; pero es bien
lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha trado
consigo, la ms triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas
con uno le expres, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de
tristeza ante el espectculo que en esta guerra haban dado al mundo sus
correligionarios.

--Vala la pena--le dije--de que ustedes estuvieran tantos aos
predicando la paz y la fraternidad internacional, oponindose
sistemticamente  los armamentos, para que terminasen siendo tan
feroces guerreros como los dems?

He aqu los trminos en que respondi  mi interpelacin:

Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos
bien duros. Cuando se grita fuego! en una casa, los ms estoicos saltan
de la cama, y cuando se grita ladrones!, el mayor santo echa mano al
cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo  su lado un enemigo que
acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer
descuido, es un verdadero crimen. S; nosotros los socialistas franceses
hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente
nuestra sangre. Nos hemos opuesto  los gastos militares; hemos
maltratado  nuestros bravos y previsores generales, pensando que all
abajo nuestros hermanos haran lo mismo. Algo hacan; pero ahora vemos
que todo era comedia, que en el fondo eran cmplices de los tiranos y lo
mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y
arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las
humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legtima defensa. No
os defendisteis vosotros con bro en Zaragoza y Gerona cuando nosotros
invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabais bien que
no llevbamos propsito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era
bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo
reconozco, en el territorio de otras naciones; fu un movimiento de
vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra Repblica haba
sido atacada por ellas. Pero los franceses llevbamos algo que daros.
Llevbamos en el orden poltico los sagrados derechos del hombre,
desconocidos y hollados entonces en Europa; llevbamos en el orden civil
un Cdigo que todos despus habis copiado. Ibamos  sustituir un
rgimen desptico por otro liberal,  cambiar simplemente un rey por
otro. Despus de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de
Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no ramos unos
bandidos es que los hombres ms eminentes que entonces poseais se
pusieron de nuestra parte, los Moratn, los Silvela, los Melndez
Valds, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeci lo mismo.
Goethe, el ms alto espritu que la Alemania ha tenido hasta ahora,
fu injuriado en su pas por suponrsele amigo nuestro.

Pero Alemania, qu es lo que trae de nuevo y de bueno  la Europa? Ni
tiene ms inspirados poetas, ni ms profundos filsofos, ni sus leyes
son ms sabias, ni sus costumbres ms puras. Tiene algunos hombres de
ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en
Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los ms sorprendentes inventos
modernos no se deben  ellos, sino  Edison y Marconi. En vez de un
rgimen ms liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos
son los que han impuesto  toda Europa esa moderna esclavitud que se
llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto 
la generosa iniciativa del Zar Nicols II proponiendo el desarme. Ellos
son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los
que mantenan la alarma y la zozobra en todo el mundo. Qu les debemos
pues, en resumen? Un poco ms de qumica y mucho menos sentido moral.

Dejo  mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones
que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.




Franceses y Espaoles


Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un
equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar
de las relaciones entre franceses y espaoles en los actuales momentos
sin herir  los unos   los otros es empresa que debiera hacerme
retroceder por lo peligrosa. _Callad! Desconfiad! Los odos enemigos
os escuchan!_, se lee hoy en Pars por todas partes: en las estaciones
de los ferrocarriles, en los tranvas, en los cafs, en los comercios.
No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda
tirante poseo un balancn, del cual me he servido siempre con buen
xito. Este balancn se llama _sinceridad_.

Pero el citado esparcido letrerito se presta  algunas consideraciones.
Desde luego hace ostensible que el carcter francs es expansivo. En
Berln no har falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos
se hallasen en guerra (que no se hallarn) con alguna otra potencia
europea, tampoco.

Tena yo un amigo de esta regin con el cual tropec en la calle despus
de larga ausencia.

--Cundo ha llegado usted?--le pregunt.

--Hace tres das--me respondi.

Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, aadi:

--Y algo ms.

Maestros como ste hacen falta, por lo visto, en Francia.

Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es
manifiesto que en Espaa no son todos amigos y admiradores de la
Francia. Antiguos resentimientos, cleras, despechos; esto es lo que
sale  la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.

Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en
estrecho comercio con una persona, las pequeas molestias,
desatenciones, injusticias, que nuestro congnito egosmo arrastra
consigo, se van depositando lentamente en lo que los psiclogos llaman
conciencia subliminal. La educacin, el amor  la tranquilidad, la
pereza, tambin retienen prisioneros todos aquellos elementos de
discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento
imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con
los ojos inyectados.

Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta
ahora de ganar nuestra simpata. La Prensa particularmente no ha
vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en ms de una
ocasin. Cuando el actual presidente de la Repblica nos hizo el honor
de visitarnos, algunos de los periodistas que con l vinieron no
estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus
correspondencias le con estupefaccin que las calles de Madrid eran
lbregas. Es sencillamente ridculo, porque en todas las capitales de
Europea hay calles ms lbregas que en Madrid. Un francs me dijo en
cierta ocasin que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.

Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que
maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen  producir el
efecto de una pualada. Son pocas las personas de sangre fra capaces de
asignar  las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de
Spinosa, que dice: Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree
haberle dado ningn motivo de odio, le odia  su vez.

Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa
supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se
convertira aquella mansin en un campo de Agramante. Cuando uno es
bastante estpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas
reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.

Por lo dems, no creo que si tuvisemos cerca  los alemanes fueran ms
piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes aos vino 
visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nacin;
todo le interesaba, todo le conmova; recorra los pueblecitos de la
provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y
aprenda unas canciones brbaras, que repeta de un mondo que me haca
estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de
que aquella admiracin por Espaa no era de buena ley. Un da vino l
mismo  confirmarlas.

--Ayer--me dijo--he tropezado con un amigo y compaero de Leipzig que
desde hace unos das est en Espaa. El pobre hombre se queja de todo,
se queja de los ferrocarriles espaoles, se queja de los hoteles, de
los servicios pblicos, del correo, del pavimento de las calles, de la
Polica, del alumbrado... Yo le he dicho:--Hombre, eres un tonto. A
Espaa no se viene  buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni
Polica, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.

Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista
nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en
Mequinez.

Aparte de estas antipatas dispersas, engendradas por el despecho,
existen en nuestra nacin poderosos elementos que en la presente
contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin
temor  equivocarse, que de los tres estamentos, clero, _milicia y
estado llano_, slo el ltimo simpatiza con los aliados. Los dos
primeros, ms o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los
Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su
actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es
lgico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta
inclinado hacia l. Si en vez de los explosivos y los lquidos
inflammables predominase en Alemania el dulce de almbar, y la fbrica
Krupp, en vez de caones, fabricase mantecadas, todos los confiteros
espaoles seran germanofilos.

No encuentro tan justificada la actitud del primero. De dnde  de qu
procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia
los alemanes?

--No es el amor por los alemanes lo que les impulsa--me deca un
amigo--. Es el odio hacia los franceses.

--Imposible!--le respond--. En la doctrina cristiana la palabra odio
no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado est obligado 
proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida.
Adems, es posible odiar  una persona   una docena de ellas; pero
monstruoso y absurdo, aborrecer  cuarenta millones de seres humanos.

Hablando con la sinceridad que he prometido, dir que me inclino  creer
en la existencia de alguna revelacin slo conocida de religiosos y
sacerdotes y oculta para la mayora de nosotros. Es ms que probable que
alguna monja, en uno  otro convento de Espaa, haya tenido una visin
celestial como las de Santa Teresa o su discpula la beata Marina de
Escobar, en que Nuestro Seor le revelase que debiramos colocarnos
resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo
vituperable que no se haga pblica,  fin de que no vivamos en pecado
mortal los fieles cristianos que en Espaa hemos tomado parte por los
aliados.

Comprendo, no obstante, que ciertos catlicos se hayan dejado extraviar
por la ley de asociacin en los sentimientos de que tambin habla
Spinosa. Cuando una persona  cosa nos ha causado una impresin
desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona  cosa nos la
produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva  todos los
franceses la aversin que les han inspirado unos pocos.

El sectarismo haba llegado  hacerse odioso en Francia. Era un
terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda
en su memoria el gnero humano la imagen espantosa. No se cortaban
cabezas, pero s carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con
desastrosas consecuencias para las vctimas y sus familias. El Poder
central, como en tiempo de Robespierre, tena delatores en todos los
pueblos de la Repblica. A las oficinas del ministerio del Interior y de
la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era
una Inquisicin invertida. Haba una lista de las personas que
confesaban y comulgaban; otra de las que asistan solamente  misa los
domingos; otra, por fin, de los que acompaaban  sus seoras hasta la
iglesia y se quedaban  la puerta. No es verdad que esto hace reir?
Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto
instinto de lo cmico, hayan podido sufrir tamaas ridiculeces.

Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la
cobarda social, como en todas las pocas y en todos lo pases se
registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la
nacin, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino
por la cesanta y la postergacin. Tiene esto algo de sorprendente?
Figurmonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra Espaa se
hallaba entre las garras de una minora grosera y anrquica, cuando se
ponan restricciones al culto catlico, cuando se insultaba en la calle
 sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferan
blasfemias repugnantes; figurmonos que existiese  nuestro lado una
nacin timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio
mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; no clamaramos
inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con
respecto  Espaa, en este caso  la hora presente.

Con razn  sin ella se halla aqu esparcida la opinin de que los
espaoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta
irritacin se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos
espaoles, lo mismo seoras que caballeros, se me quejan de que en
ciertos sitios se les recibe con descortesa; que en los comercios donde
realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras
desagradables. Yo les respondo: Seoras y caballeros, no debe
sorprenderles mucho que esto suceda. Es fcil olvidarse de que el amor
no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de
desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los dems se
ponen  ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo
tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el
odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos  su amo, que
no se ha movido de casa. Mi padre tena un perro que no poda entrar en
cierto casero cuando bamos de paseo, y se vea obligado  volverse por
tener all un enemigo formidable de su misma raza. Aconteci que el
dueo de este perro vino un da  visitarnos; el nuestro, con gran
sorpresa de todos, porque era muy pacfico, se arroj sobre l
furiosamente y cost gran trabajo impedir que le despedazase. As es el
mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aqu los vidrios
que all, en Madrid, rompen los germanfilos.

Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me
acompaan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera
molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes
con irreprochable correccin. Acaso sea todo aprensin y bobera de
estos buenos espaoles.

Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto
desconcertarnos. Qu significa el vulgo? Lo que nos importa aqu y en
todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse
clase intelectual. Pars es algunos millares de personas, y Madrid
algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus
sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de
un lado o de otro al ms ligero soplo; lo que hoy ama maana lo
aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio.
Recuerdo que cuando vine por primera vez  Pars, hace ms de veinte
aos, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por
italiano  fin de evitarme molestias. Hoy me convendra afectar el
acento toscano  napolitano.

Los intelectuales franceses estn de nuestra parte han recibido con
gratitud el manifiesto que el ao anterior les han enviado los nuestros;
saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos
aprecian  veces ms de lo justo. En un estudio sobre la literatura
espaola publicado recientemente por el sabio catedrtico de la Sorbona
Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: De todas las
literaturas extranjeras, la espaola es quiz la que ha ejercido en
Francia la accin ms profunda y continua. Es falso, pues, que nos
desprecien los nicos capaces de apreciar y despreciar. Y como stos
son, en definitiva, los que guan la opinin y dirigen el mundo, debemos
estar seguros de la amistad de la Francia.





El ahorro francs


Francia tiene un gato; es necesario quitrselo, deca el Prncipe de
Bismarck  sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los
discpulos de hoy quisieron repetir la hazaa. Pero los franceses han
guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que
aqullos pongan la mano sobre su lomo.

Pobre animalito! Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sera triste
que los brbaros se apoderasen de l. Seguro que con su piel haran
correas de fusiles y con sus mantecas engrasaran las llaves de los
caones.

No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algn
oscuro rincn uno de estos felinos, pequeo o grande. Conoc  un
funcionario del Municipio que mantena  su esposa, su suegra y dos
hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. As y todo, me confes
que separaba 15 todos los meses para su gato. El da en que no pudiese
darle siquiera unos cntimos de cordilla, el francs se morira de
ictericia.

El Shah de Persia declaraba hace aos  un periodista que lo que ms le
admiraba en Francia era el ahorro.

Yo creo que si hubiera visto  una estanquerita que vive en la rue de
Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.

De todos modos, no ofrece duda que tiene en este pas una importancia
capital y que  l se debe el grado inaudito de prosperidad material 
que haba llegado. Es incalculable el nmero de Sociedades que aqu se
encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y
vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento
aquella famosa Tutelar, de dolorosa memoria para muchos espaoles. La
estanquerita de la calle de Clichy nos deca ayer  un joven profesor de
la Sorbona y  mi que mediante una pequea cantidad que impona todos
los meses en la caja de dos de estas Sociedades tena la seguridad de
disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.

--Pero es que tendr usted el mal gusto de envejecer?--le pregunt el
joven profesor.

La estanquerita se ech  reir, ignoro si porque le hizo gracia la
salida de mi amigo  por ensear unos lindos dientes sevillanos.

El ahorro francs no es srdido ni repugnante; es prudente, metdico,
sabio. Un francs no se priva jams de lo necesario y se autoriza todos
aquellos goces compatibles con l. Entre nosotros se dan casi siempre
los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana  ha
ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero
poseyendo millones.

Los tena un viejo soltern que exista hace aos en mi pueblo. Para su
regalo haba adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera,
Rioja, Manzanilla, Jerez; todo aejo y exquisito. Por lo menos eso se
deca entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente
todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando
y le era pesado engullirlas, bajaba  la cueva antes de cenar, tomaba
una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato.
El que se coma las patatas--deca--se bebe la botella de Jerez. En
efecto; se coma las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba
con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo  la cueva
para colocarla en su sitio, repitindose la misma escena al da
siguiente.

Aqu se bebera la botella de Jerez as que hubiera apartado lo bastante
para comprar otra.

Es una pasin el ahorro en Francia; pero es una pasin discreta,
reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los
franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeo
empleado toma los domingos su caa de pescar, despus que ha almorzado,
y se va al ro. En la apariencia es un recreo; l as lo manifiesta.
Pero los vecinos saben  qu atenerse. Monsieur F*** va por la cena,
dicen para s. Nadie sonre, no obstante, ni menos se autoriza la ms
ligera broma.

En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en
nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacfico, corts,
insinuante; alguna vez tambin poeta melanclico. Pero tocad el asunto
del dinero; inmediatamente asomar  sus ojos la tragedia.

Cualquiera que  Pars venga en este momento y no conozca el carcter
francs quedar estupefacto. La gente re, canta, se divierte como si
se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera
 torrentes  pocos pasos de aqu. En los rostros no se pinta zozobra ni
tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera
un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de
la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas
por coquetera. Mucho se engaara el que juzgase por estos signos el
espritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el pas ms
prudente y sensato de la tierra. El francs suena los cascabeles para
disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su
demencia.

Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no
la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el
mundo. Si los franceses lo son un poco ms que los otros, el caso no
tiene excesiva importancia. Pero s la tiene enorme la frialdad que
tanta cordura ha engendrado. Entris en el seno de una familia y
observis con sorpresa que los hijos, as que comienzan  ganar dinero,
lo colocan en las Cajas de Ahorro y slo dan  sus padres lo que gastan
en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que
tiene ms de un hijo se le mira con cierta compasin despreciativa. Le
dije en cierta ocasin  una seora que dirige una tienda de bisutera:

--Uno de sus sobrinos ha venido hoy  visitarme. No saba que tuviese
siete hermanos.

La comerciante frunci el entrecejo y exclam con amargura:

--Qu quiere usted, caballero! Campesinos! Salvajes!

En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee
500.000 francos se cree en el caso de no saludar  otro que slo posee
300.000 y ste  su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. Cmo
contrasta esta ridcula actitud con la cordialidad y modestia que se
observa generalmente en los ricos espaoles!

En sus relaciones con los menesterosos se observa tambin cierta
frialdad: los socorren, pero sin emocin. Nuestra ilustre compatriota
doa. Concepcin Arenal puso como lema  una de sus obras las siguientes
palabras: La Beneficencia enva al enfermo una camilla; la filantropa
se acerca  l; la caridad le da la mano. Los franceses hasta ahora se
contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que
reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora
que la nuestra, aunque ms cordial, no poda comparrsele. Si no tena
calor el corazn lo tena la cocina, y esto es ya mucho.

Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropec con un ciego
que peda limosna tocando el violn. Entabl conversacin con l y me
inform de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que haba
perdido la vista  consecuencia de una explosin de gris. Cuando le
ocurri este percance alguien le dijo que en Pars existan mdicos
especialistas que seguramente curaran su ceguera. Como posea algunos
ahorros, aqu se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse.
Qued ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los
ltimos francos los emple en comprar un violn y aprender  rascarlo.
Durante doce aos recorri, mendigando, de un cabo  otro la Francia.
Cuando estall la guerra se le hizo salir, como  todos los dems
mendigos extranjeros. As que conoc su historia me puse  hablar con
entusiasmo de este pas, que tanto admiro; de su organizacin tan
perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribucin de sus
riquezas. El ciego me replic, suspirando:

--S, seor, s; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como
usted no estara ahora hablando con un mendigo como yo.

Lbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchsimas
almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el
honor de ser amigo de algunos. Lo nico que afirmo es que aqu la
importancia del dinero haba llegado  hacerse incompatible con la
importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora
por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendan por
igual fervoroso culto.

En septiembre del ao pasado vino con licencia de cuatro das, como
todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre,
peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se haba batido
valerosamente all, en las trincheras. Se le haba citado en los
peridicos regionales por una hazaa admirable. Pues bien; qu suponen
ustedes que hizo aquel guerrero que slo traa cuatro das de licencia?
Inmediatamente abri las puertas de su establecimiento, cerradas desde
haca ms de un ao; se puso en mangas de camisa y comenz  afeitar 
sus parroquianos.

Yo entr en la peluquera cuando haca la barba  M. Despretis, el
propietario ms rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente
la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas
en que haba tomado parte.

--Los obuses nos barran materialmente. Filas enteras caan y los
cadveres se amontonaban delante de nosotros, cerrndonos el paso.
Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzbamos siempre, y en cuanto
nos pusimos en contacto con los boches, nuestras bayonetas hicieron
una carnicera espantosa: cortaban, rajaban, se hundan en el vientre de
aquellos cochinos...

--Nom de Dieu! Monsieur Pierre, me ha hecho usted dao!--exclam
monsieur Despretis, abriendo los brazos y echndose hacia atrs
vivamente.

Monsieur Pierre retrocedi asustado y contempl con espanto una gotita
de sangre en las cndidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso plido
y balbuci algunas palabras incoherentes.

Por qu se turba y empalidece aquel hroe  la vista de una gotita de
sangre cuando tanta haba visto verterse y l mismo haba derramado?
Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraa palpitante,
sino que corra de su bolsillo.

Ahora no puedo menos de preguntarme: Este espritu de economa es una
virtud? Sera profanar tal nombre el llamarlo as. Cuando un hombre se
priva de algn goce con el fin de atender  la necesidad de sus
semejantes  ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte
de lo que gana para proporcionarse ms placeres en lo porvenir le
llamamos interesado.

Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una
rabotada del Destino las echa  rodar en un instante. Cuando aqul llama
con siniestros golpes  nuestra puerta de poco nos valen nuestros
cuartos de bao y nuestro chocolate. Una pequea dosis de fe y de
energa nos ser de mayor utilidad.

Tal ha sucedido con la nacin francesa. El golpe ha sido rudo porque
ruda haba sido la infraccin. Pero el genio francs no haba naufragado
todava: extravi el rumbo, pero no se fu  pique. Sintise aturdido
unos instantes, pero inmediatamente reaccion vivo y poderoso. Cien
generaciones de hroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son
estos soldados de aquellos otros intrpidos, generosos, que pasearon sus
gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus
palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algn
beso  las lindas muchachas que cruzaban por la calle.

Ahora se habrn convencido de que hacer muchos clculos es bueno; pero
es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente til;
pero es ms til llenar el corazn. Vivir con sobriedad y mesura, no
complicar la vida, hacerla fcil para todos, rendir, sobre todo, culto
al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto
de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si
nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducir suavemente 
puerto seguro.




Las mujeres y la guerra


Paseando hace ya bastantes aos por el bosque de Bologne con un espaol
recin llegado como yo  Pars, acertamos  ver una linda pareja de
jvenes que hacia nosotros vena graciosamente abrazada. Cruzaron 
nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al
parecer, de que les visemos de aquel modo enlazados. Mi compaero se
escandaliz profundamente porque vena dispuesto  escandalizarse.

En Madrid es proverbial la corrupcin de Pars. En Madrid todas las
cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el
otro, y as sucesivamente.

Dice un amigo mo, muy inclinado  la paradoja, que en Espaa existen
240 personas que piensan por s mismas. Las dems piensan por cuenta del
vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la
clase ms numerosa.

Esta cuchufleta no est desprovista por completo de verosimilitud. Los
espaoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando
nos lanzamos  navegar por el ocano de las ideas nos tornamos encogidos
marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen  cada
uno que se atreva  tener opinin propia que perdonan fcilmente  todo
el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En
ello ven una garanta de la fuerza y progreso de su nacin. Pues en
Espaa acaece lo contrario. Aqu se mira con malos ojos  cualquiera que
diga  ejecute una cosa no dicha  ejecutada antes por otro. Alemania
es, segn dicen, el pas de los uniformes; Espaa, igual; pero lo
llevamos dentro.

Volviendo  mi compaero de paseo dir que rugi de indignacin y
exclam:

--Qu desvergenza, qu cinismo! Hay que venir  Pars para ver estas
cosas!

--No hay que hacer un viaje tan largo--le respond--. Se conoce que no
pasea usted por las avenidas del Retiro.

La capital de Francia, en lo que  las relaciones de los dos sexos se
refiere, no est ms corrompida que Londres, Berln y Nueva York.
Tngase presente que en Pars exista antes de la guerra una poblacin
flotante mucho ms numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los
alegres compadres de Europa y Amrica se daban aqu cita para
divertirse.

Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los
franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han
deshonrado  los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallar
de cincuenta aos  esta parte otra cosa que las ruindades y picardas
cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la
nica musa de los autores modernos; el adulterio, su nico argumento. De
tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro
nombre merecen las producciones que ven  diario la luz en Pars)
pensar que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con
pudor.

Es una infame calumnia. Saliendo de Pars hallaris en todas las
provincias de Francia las mismas costumbres que en Espaa. Yo, que desde
hace tiempo habito parte del ao en una de ellas, no he observado aqu
mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las
damas francesas miran de travs y con menosprecio  la mujer
divorciada, lo mismo que sucedera en una provincia espaola. Por otra
parte, no habra divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?

Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podra perdonrsele
un suplemento de coquetera. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia,
la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propsito de hacerse
amable. La decantada cortesa francesa no reside en los franceses (y que
me perdonen los buenos amigos que aqu tengo), sino en las francesas.

El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste  su
influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posicin social, sin
ricos trajes, sin slida instruccin, sabe, no obstante, arreglrselas
para fascinar primero y sujetar despus  cuantos  ella se acercan. Si
leis la correspondencia de Voltaire os causar asombro la inmensa
variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tena  su disposicin
para lisonjear  sus corresponsales. Pues todas las francesas son
pequeos Voltaires. Cuando penetris en un crculo de damas francesas
estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio
pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os
dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro,
porque sals de aquella reunin haciendo la rueda como un pavo real.

Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto ms
envejece, ms amable se hace. As como las inglesas, al decir de
viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa
concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es
cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fcil
sostenerse contra una joven: imposible resistir  una vieja.

Das pasados espero la llegada de un tranva. Ignoro que hay que
arrancar un papelito, con un nmero, de cierta columna donde estn
fijados. Una seora de pelo gris observa mi descuido y me dice:

--Monsieur, vaya usted  tomar su nmero, porque de otro modo no
conseguir entrar en el coche.

Otro da entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio
donde haba estado arrodillado mi gabn. Cuando ya estoy cerca de la
puerta, siento detrs de m una respiracin jadeante y oigo una voz que
me dice:

--Monsieur, tome usted su gabn que ha olvidado.

Era una dama tambin de cabellos blancos. Cmo es posible dejar de
adorar  estas buenas viejas francesas?

Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en Espaa
provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el
mismo ingenio, la misma cortesa, la misma distincin de modales. En una
aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodn  unas pobres
labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada
trocase el percal de sus vestidos por seda y el msero violn que las
acompaaba por una orquesta, se creera uno entre princesas. Vamos
paseando y omos detrs la voz de algunas personas que se saludan con
frases ceremoniosas y entablan una conversacin en que se cambian finos
conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domsticas que han tropezado con
un obrero de los tranvas. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa
entre dos mujeres que vinieron  las manos, sin abandonar por completo
toda cortesa.

--Oh, madame!--gritaba, una dando  la otra un araazo.

--Oh, mademoiselle!--gritaba la otra respondiendo con un estirn de
pelos.

Vengamos ahora  la poltica. En Francia casi todos los hombres son
republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas
seoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina,
por los Prncipes e Infantes, con tanto inters y afecto, que revelan
sentimientos monrquicos acendrados. Es un inters vivsimo el que
sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de
nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su
curiosidad porque no soy cortesano ni voy jams  Palacio. Ellas se
obstinan, quieren sacar de m algn pormenor atractivo, alguna noticia 
ancdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una
historia que las enternece.

Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser ms admirable. Las
he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con ms
dignidad aun.

Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de m en
denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las
mujeres no descienden  la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas
ordinariamente, permanecan graves y silenciosas; pero en sus ojos, en
todo su cuerpo, se lea la inquebrantable decisin de ayudar  sus
esposos y hermanos hasta morir.

Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de
agresin y de conquista. Para marchar necesita ir acompaada de la
justicia. Pero cuando la siente  su lado entonces es ms intrpida que
el hombre. Acordaos, espaoles, de aquel baluarte de Gerona defendido
por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: Ni damos ni queremos
cuartel!

Una vez convencidas las francesas de que su patria haba sido atacada
injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los
maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus
hombros, la pesada carga del cultivo, aqu, en Pars, desempean con
igual xito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que
ya preocupa  stos. Un obrero me deca, no ha mucho, con cierta
inquietud y amargura:

--Vea usted, seor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son
los cobradores de los tranvas, los mozos de caf, los dependientes de
los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fbricas, hasta en
las de municiones... Qu va  pasar cuando la guerra termine? Los
hombres hallarn ocupados sus puestos y ser difcil que puedan
recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un
hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de
establecimientos comerciales preferirn que ellas sigan. Ser un grave
conflicto, puede usted creerme.

S lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: Cul es la causa
original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si
hablsemos con toda claridad, pudiramos decir sus vicios. La mujer no
necesita alcohol ni tabaco; es ms sobria en la alimentacin; no exige
placeres costosos. La nica manera de resolver el problema ser que los
hombres se hagan ms sobrios y morigerados y puedan vivir con igual
salario. Con esto ganaran ellos mismos, su nacin y la raza entera.

Millares de jvenes en brillante posicin abandonaron el regalo de su
hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras
permanecieron en los hospitales creados hasta en los ms apartados
rincones del territorio para recibir  los heridos; otras, en fin,
recorren el pas haciendo todo lo que humanamente es posible para
arbitrar recursos.

Fu testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan
 cuidar  los heridos,  curar sus llagas,  velar su sueo; hacen
mucho ms. Como saben que la alegra es el medicamento ms eficaz que se
conoce, capaz por s slo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan
en proporcionrsela  sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un
piano, y si les es posible, un cinematgrafo. Segn las circunstancias y
el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales,
representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de
prestidigitacin y, sobre todo, ren y charlan y los tienen embelesados.

Intil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude  estos
recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo.
Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre
aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino
flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van 
convalecer  la sacrista de la parroquia; otros se marchan al frente,
prometiendo  sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.

Hace pocos das visit el famoso colegio Rollin, soberbio edificio,
transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpticas
enfermeras le pregunt:

--Son ustedes aqu todas voluntarias?

--Hay algunas profesionales; pero las ms somos voluntarias.

Ella fu la que me cont la siguiente tristsima ancdota:

Existe en Pars un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El
hijo de este comerciante qued,  consecuencia de uno de los combates,
_sin piernas y ciego_. De stos hay varios. Cuando su padre fu  verle
por primera vez al hospital, el hijo le pregunt:

--Padre, me quieres todava?

--Infinitamente ms que antes, hijo mo.

--Pues voy  pedirte un favor.

--Cuanto t quieras. Hasta mi ltimo franco est  tu disposicin.

--Mtame.

--Qu es lo que estas diciendo?

--S, mtame; dame un veneno; nadie lo sabr.

Que cada cual se represente lo que habr experimentado aquel padre.




Autores y libros


Despus de los polticos, los literatos somos lo peor en cada pas. La
poltica es la regin del inters y la vanidad; el arte solamente de la
vanidad. Un artista prescindir sin inconveniente del almuerzo si os
dignis elogiar sus obras: en el caso de que hablis mal de las de sus
colegas prescindir tambin de la cena. Un poltico necesita adems
champagne y buenos cigarros. Tratndose no obstante de adulacin tiene
el estmago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y
asista  ciertas tertulias de polticos he visto  ms de uno engullir
con fruicin verdaderos platos de taberna.

Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si
los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan
alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se
juzgan dignos de ser celebrados.

Entre los grandes literatos, segn dicen, el francs es el ms
puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es as, porque no tengo el honor
de tratar  ninguno. Pero en Espaa exista hace aos un famoso poeta 
quien preguntaba en cierta ocasin uno de sus jvenes admiradores:

--Dgame, usted, don M..., quin es ms grande poeta, Shakespeare 
usted?

--Te dir--respondi el poeta espaol gravemente, dispuesto  esclarecer
el asunto.

No imagino que Vctor Hugo hubiese ido ms all.

De todos modos yo perdono  los literatos su impertinencia. Y si el
lector quiere perdonarlos tambin fcilmente, no tiene ms que hacer lo
que yo: vivir alejado de ellos.

Un amigo mo, gran aficionado  los toros, me deca: Me encantan las
corridas; pero detesto  los toreros. Si yo fuese un dspota como
Calgula, una vez terminada la fiesta los encerrara en la crcel y no
los dejara salir hasta la siguiente. De igual manera encerremos  los
autores en la crcel de sus libros y no los saquemos sino en los
momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en Pars,
hace ya muchos aos, pertenecan al nmero de los vivos Zola, Daudet,
Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiracin que me
inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relacin con
ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las
tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron
con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su
orgullo[1].

[Nota 1: Despus de publicado este artculo en _El Imparcial_ he
tenido ocasin de conocer personalmente  algunos eminentes escritores
franceses que han sido para mi mucho ms corteses y amables aun que
Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que  ellos se refiere
cuanto acabo de decir.]

Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se
disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe
realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aqu la ms
alta aristocracia social, y sin ser precedidos de lctores y fasces el
pblico les abre paso y les saluda con respeto. Pero en Espaa no existe
ni nunca ha existido, aunque supongo que existir con el tiempo, porque
no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo ms rstico de Europa.
Cuando recuerdo aquellos desdichados y famlicos literatos nuestros del
siglo XVIII, que pasaron su vida injurindose, sin que el pblico
advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al
mismo tiempo.

Aqu, no slo se disputan la gloria, pero tambin el dinero. Porque la
literatura vale dinero, aunque no tanto como por ah se dice. Las
ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que
obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la
hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se
hacen esfuerzos increbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan 
veces hasta los ltimos extravos de lo ridculo. Un poeta anuncia en
los peridicos que el gallo que le inspir su comedia se ha vendido en
cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que
tal da de tal mes,  las cuatro en punto de la tarde, morir de muerte
natural en su propio lecho. Unos sonren y se encogen de hombros al leer
estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se
persigue.

La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que
Alejandro Dumas (hijo) deca de su padre: Mi padre es tan glorioso,
que se disfrazara con gusto de lacayo y se sentara en la trasera del
coche con tal de que el pblico pensase que iba dentro. Un joven
periodista me iniciaba estos das en el arte de adquirirla, en los
secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar 
cabo para bloquear y rendir  la opinin.

--Un artculo de M. D... cuesta tres mil francos--me deca--. Uno de M.
L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale ms que dos mil, porque
su peridico tiene menos circulacin.

--Pero esos crticos deben vivir en la opulencia!--exclam yo con
asombro.

--Esos crticos no perciben un cntimo de ese dinero.

--Cmo! Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado
en el peridico?

--Nada de eso. Si la vendieran perderan enteramente su crdito. No
tienen otra obligacin que escribir acerca del libro que el director les
presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de l, bueno o
malo.

--De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos
francos porque le, llamen tonto en un peridico?

--As es--replic mi joven interlocutor--, porque aqu vale ms ser un
tonto conocido que un genio ignorado.

Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados
directores y propietarios de peridicos espaoles que dejan el paso
libre en las columnas de sus diarios  toda clase de adjetivos
arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.

Por estos datos podr el lector inferir la enorme significacin que aqu
tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prcer que el
plebeyo, las damas y los caballeros. El nmero de libreras es
asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La
seorita del comercio donde compris galletas  corbatas os hablar de
las ltimas producciones literarias con acierto y sagacidad
sorprendentes, y  veces tratar de nuestra literatura misma con mayor
conocimiento de ella que algunos millonarios espaoles. Despus de la
guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les
faltar dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido
continuar publicando obras espaolas, aunque nosotros no tengamos que
soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da 
luz algunos volmenes en lengua francesa.

Por eso, porque los literatos franceses estn acostumbrados  que se les
mime y festeje en demasa,  que se conozcan por todo el mundo y se
transmitan  los ltimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus
estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar
algunas simplezas. La guerra ha sido ocasin para que se profieriesen
bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble
francs, que despus de la guerra de la Vende entra en su casa con el
cuerpo y el alma transidos de dolor por el egosmo de algunos de sus
compaeros, se limita  decir con magnnima sencillez: Todos los
barones no han cumplido con su deber. De igual modo podemos decir
ahora: Todos los escritores no han conservado su dignidad. Se han
escrito y publicado muchas ridculas fanfarronadas, amenazas, frases de
mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emocin y slo
para fijar las miradas del pblico. Esta es la plaga de la literatura
francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad,
para convertirse en lacayos de la opinin. Les llevamos sobre este
punto los que en Espaa cultivamos las letras una ventaja envidiable.
Que escribamos tuerto  derecho, como ngeles  demonios sabemos de
antemano que el gran pblico no se cuidar de nosotros; trabajamos para
unas docenas de aficionados; somos libres como el bho de Minerva.

Oh, sacra libertad; jams pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he
sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes
libros que entregu al pblico; pero confieso que nunca los sent ms
tiernos que all en mis aos juveniles cuando bajaba la escalera de un
eminente poltico despus de haber estado algunas horas en su tertulia.
Dios mo!--exclamaba, levantando mis ojos--. De qu vale la gloria y
el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? Pobre
grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un
esclavo como t de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy  sentarme en
un banco de Recoletos   comer un beefsteak al caf Habanero, y no me
perseguir, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.

Los escritores franceses ponen demasiado el odo  los rumores de la
calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden
pasarse sin mimos, como los nios. Necesitaran una escuela ms ruda
para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros das,
el buen sentido, que es el fondo del espritu galo, se impuso. Hace
mucho tiempo que se han desterrado de los peridicos las frases de mal
gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.

Me hallaba uno de estos das sobre la terraza de la iglesia del Sagrado
Corazn, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora
de la melancola. El panorama que mis ojos descubran es nico en el
mundo. La gran Lutecia extenda la techumbre de sus moradas hasta los
ltimos confines del horizonte. El Sol, ocultndose unas veces detrs de
las nubes, otras asomndose repentinamente, jugaba con ella, bandola
de luz y oscurecindola alternativamente. All una neblina azulada daba
la impresin de una paz idlica; aqu una nube negra inspiraba tristeza
y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Invlidos, el
Panten, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Seora, evocaban en mi
espritu los hechos ms salientes de la historia antigua y moderna.

En aquel momento sent como nunca la importancia de esta gran ciudad.
Vctor Hugo ha dicho: Pars es el cerebro del mundo. No lo creo: es
una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enftico.
Pars no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas
partes hay cerebros. Pars es la mano del mundo. Los hombres sobre este
planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no slo por la
distancia fsica, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano
que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos
en nuestra soledad.

Grande y noble destino el de Francia! Aqu venimos todos  lavarnos de
nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las
fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y
groseras de que est plagado el mundo. La Francia entera parece un gran
saln y Pars la seora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener
en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los
alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedaran uncidos al yugo
amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo
fueron al de Atenas.

La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeeces
de los hombres. Cuando entran en Pars, los reyes ms dspotas se
convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de
buena sociedad. Todo el mundo se arregla aqu la barba y se quita las
botas de montar. Los pieles rojas de Amrica os pedirn perdn cuando
pasan delante de vosotros.

Alguien me dir que estas son apariencias y que lo que importa es poseer
elevada inteligencia y recto corazn. Convenido; pero la cortesa es un
antdoto contra el egosmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se
llega  los sentimientos, dicen los modernos psiclogos. Pascal tomaba
agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que
necesita todos los frenos de la educacin para no mostrar su lacera.

Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es,
adems, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos
lujos: Inglaterra posee una literatura ms rica; Alemania, una filosofa
ms alta; Italia, un arte ms esplndido. Sin embargo, tomada en
conjunto, Francia es la nacin que sobresale. Su literatura en el siglo
XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon,
Mme de Svign, Molire, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los
ms grandes de otros pases. En el siglo XVIII hay colosos como
Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux,
Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo
han alentado aqu hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Vctor
Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de stos
algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nacin puede
ostentar.

Y si pasamos  la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus
aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han
sido y continan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal,
Laplace, D'Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampre,
Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los
presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine,
Brown-Sequard lo pregonan igualmente.

No hay en estos ltimos aos un sabio naturalista que pueda compararse 
Pasteur, ni un matemtico  Enrique Poincar, fallecido recientemente,
ni metafsico  Bergson, vivo aun para gloria de su nacin. En los
momentos actuales trabajan aqu brillantemente sabios como Le Dantec,
Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le
Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.

Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan
vida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armnico que
realizan aqu, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los
sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo
menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazn se
me aprieta y una ola de amargura llega  mi garganta y quiere ahogarme.

Ese pueblo espaol se me representa como un hombre bien dotado, de
fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera
que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese all y le sacudiese
rudamente y le gritase al odo: Despierta, despierta! No escuchas el
canto de la alondra? No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la
tierra? La obra es larga. Apresrate! La Humanidad espera todava mucho
de quien ha engendrado  Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien
no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continas durmiendo,
el polvo formar costra sobre ti, los ratones y las araas treparn
encima y los carneros imprimirn su pezua sobre tu rostro.

Quiz el dormido despierte, quiz se restregue los ojos y despus de
vacilar le responda: Para qu! Y se vuelva del otro lado para seguir
durmiendo.

Acaso tenga razn. Qu es lo que vera al ponerse en pie? Campos
desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando rdenes, la
injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas
estpidas, una poltica mezquina envenenando las inteligencias ms altas
y los ms nobles caracteres...

Duerme, pueblo espaol, duerme! Vale ms vivir dormido que despierto y
desesperado.




El Krishna de las trincheras


La repeticin es la ley de la vida. Se repiten los hechos y tambin los
pensamientos. Lo que pensaron nuestros ms antiguos progenitores cuando
comenzaron  pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.

En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la
Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un
estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofa del
Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en
el Prtico; los hombres ms grandes de la antigedad le rindieron culto.
Y en nuestros mismos das, cuando la fe cristiana no endulza nuestra
amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta  los
sucesos y entregando su pensamiento al orculo de la fatalidad.

De todos los orculos fatalistas el ms famoso y el que ms
profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del
Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los
ejrcitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente
al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los
tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban.
Krishna, encarnacin humana del dios Wishn, consiente en servir de
cochero al tercer hijo de Pand, su discpulo y favorito Ardjuna. Este,
 la vista de todos aquellos hombres que van  degollarse, se siente
cogido por una desesperada melancola. Contemplando esta muchedumbre de
amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va  reunir, siente
que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel
arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer
sobre el pescante de su carro, plido, acobardado, el alma transida de
dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quin es y comienza 
doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carcter
insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe
inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es ms que
la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si
fuese un vestido. Morir  matar es cosa en absoluto indiferente, etc.,
etc.

All en las trincheras de la Champagne se repiti esta escena, no entre
dioses, sino entre dos pobres soldados de infantera. He aqu cmo lleg
 mi noticia:

No hace muchos das entr en un caf del boulevard de los Italianos con
un amigo. Antes de sentarnos divis ste en el fondo  uno de sus
conocidos, y se apresur  ir  saludarle. Observ que aquel sujeto
tena  su lado dos muletas, y desde luego coleg que era un invlido de
la guerra. Mi amigo me hizo una sea de que me acercase, me present 
l; y nos sentamos  su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto,
de fisonoma abierta y bondadosa. Le haban cortado una pierna haca
pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y
disfrutaba, al parecer, de una brillante posicin social.

La conversacin rod, como es natural, sobre la guerra. Monsieur
Gardiel, que as se llamaba aquel simptico joven, nos entretuvo largo
rato describindonos la vida de las trincheras, contndonos alguna de
sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en
los peridicos, yo le escuchaba con inters. Lo vulgar se hace
interesante cuando est narrado con ingenuidad por la persona misma que
lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla sali
repentinamente de lo ordinario y me caus profunda sensacin. Lo contar
en breves palabras.

Entre los soldados de la compaa  la cual yo perteneca--nos
dijo--haba un muchacho que se distingua por lo feo. La Naturaleza se
haba excedido  s misma en este joven. Pienso que era el hombre ms
feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros la Merode, en recuerdo de
una belleza que son mucho hace aos. Lo moral responda bastante bien 
lo fsico. Callado, brusco, indiferente  lo que pasaba  su alrededor,
se haba captado la antipata de todos nosotros. Lo que ms repela en
l era su sonrisa; una sonrisa sardnica, maligna, que no se le caa de
los labios. Le hubiramos visto destrozado por una granada sin pesar
alguno.

Este joven, que se llamaba Tabourin, era, segn me dijeron, profesor en
un colegio de Lyon. Su vocacin cientfica se revelaba  nosotros
claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecan
para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que
llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo haba
hecho ms antiptico aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando
nos oa quejarnos de la humedad, del hambre  de algn dolor, sus ojos
atravesados parecan brillar con una mirada ms sarcstica. El jams
profera una queja.

Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno
imaginados por la mente calenturienta de algn devoto histrico no
daran una idea de lo que aquello fu durante unos das. Tanta sangre
habamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de
dolor haban llegado  nuestros odos, que yo conclu por hallarme en un
estado de estupor difcil de describir.

Una noche, tendido en el fondo de la trinchera,  pesar de hallarme
fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oa la respiracin
de mis pobres compaeros, pensaba en lo que nos aguardaba  la maana
siguiente, quiz aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en
la ma y me senta triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la
guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me senta
fuertemente agitado y no poda menos de suspirar de vez en cuando.

--No puedes dormir, verdad?--murmur una voz en mi odo. Era la de
Tabourin.

--No--respond secamente.

--Ests triste?

--S--respond con la misma sequedad.

--Quieres un poco de ter que aun me queda en el frasco?

Me sorprendi la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el
aspecto repulsivo del sujeto. Rehus el ofrecimiento; pero no pude menos
de agradecerlo y le dije:

--No estoy triste por lo que pueda ocurrirme maana; lo mejor tal vez
sera que me matase una bala  una bayoneta. Lo que me contrista es ver
 estos pobres compaeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que
aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las
lgrimas que vierten y vertern.

Guard silencio unos instantes, y al cabo profiri suavemente, acercando
su boca  mi odo:

--La sangre es nada; las lgrimas son menos aun. Qu importa morir! Yo
creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran
Naturaleza. Qu seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra!
La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima
no se extingue con cada uno de nosotros: marcha  encender otro fuego.
Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en
el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo
cae y todo renace. Slo el gran poder de la Naturaleza no se extingue
jams, slo l es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo
nico que existe realmente: nosotros no somos ms que apariencias,
imgenes del gran cinematgrafo. Por qu nos horroriza la destruccin?
Esta no es ms que aparente tambin. No ves las hormigas? Enfiladas
atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transente
aplasta un centenar de ellas; las dems prosiguen impasibles su tarea
sin dar importancia al suceso. Por qu la concedemos nosotros tan
grande  la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que
nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jams el Destino
nos podr privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las
cosas reside en nosotros como en todos los dems seres. No hay vaco en
el Universo. Los lmites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida
son imaginarios... Consulate, amigo mo; la muerte no es una puerta de
horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora
sombra  otra ms clara. Sometmonos alegremente  la voluntad de la
Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que
nos emancipa de la insufrible tirana de la vida.

No me consol, naturalmente; pero desde entonces guard respeto  aquel
compaero, que era muy otro de lo que yo y todos los dems nos habamos
figurado.

Termin la gran ofensiva: nuestra compaa haba perdido casi la mitad
de sus hombres; yo haba salido milagrosamente ileso y lo mismo
Tabourin. Volvimos  la vida montona y sucia de las trincheras, que
recordarn con asco cuantos la hayan sufrido. Trat de estrechar un poco
ms mi relacin con Tabourin, porque despus de aquellas graves palabras
que le haba odo me pareca que haba nobleza en su alma. Pero mis
atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fra e
irnica. Hua de nosotros como siempre; hablaba poqusimo y en un tono
casi siempre despectivo, que le hacan cada da ms antiptico  los
compaeros y odioso  los jefes.

Tabourin pasaba sus ratos de ocio  la caza de lepidpteros, estudiando
con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de
sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas
nocturnas, pero se le reprendi speramente y tuvo que reducirse  las
diurnas y crepusculares. Al principio nos reamos de esta aficin; pero
conclumos por respetarla, convencindonos de que era un hombre de
ciencia, acaso un gran entomlogo.

Un da tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno
ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultndonos
unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante
espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con
sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El
teniente, estupefacto, pues no haba sonado un tiro, se detuvo, orden 
dos soldados volver los pasos atrs y buscarlo. Al poco rato volvieron
sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro
reconocimiento, pues nos hallbamos materialmente entre las filas del
enemigo. De pronto, al trasponer una pequea quebrabura del terreno,
percibimos debajo de nosotros  dos soldados que hablaban animadamente.
Un soldado era alemn, el otro francs. Al divisarnos el alemn se di 
la fuga. El teniente, pensando lgicamente que se trataba de un
peligroso espa, orden que hicisemos fuego,  sabiendas de ser
descubiertos. El alemn cay  los pocos pasos acribillado por nuestras
balas.

Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanz sobre
Tabourin empuando el revlver:

--Maldito perro! Miserable! Traidor!

Tabourin dej caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abri los
brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmtica y sardnica
contraa sus labios.

Recibi el tiro en medio del pecho. Cay de bruces con los brazos
abiertos todava, como si fuese  besar aquella tierra que tanto amaba.

Fuimos descubiertos; se nos persigui de cerca; perdimos tres hombres;
yo fu herido tambin, pero logr arrastrarme hasta nuestras trincheras,
donde fu recogido por los mos.

Algunos das despus--aadi el amable invlido sonriendo--mi pobre
pierna se fu  pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la
ambulancia, y yo me vine  Pars  pudrir  ustedes y  otros con mis
aventuras militares.

--Est usted persuadido de que Tabourin era un traidor?--pregunt yo
impresionado por aquel relato.

--Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinin es que el soldado
alemn era un sabio entomlogo como l, y que ambos se haban encontrado
persiguiendo una mariposa y se hallaban abstrados charlando de su
ciencia.





Los dos ideales


La Europa no atraves un momento ms crtico despus de la cada del
Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de
comerciantes: no sabe que lo que est en litigio es el concepto del
Estado y el concepto mismo de la vida.

Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en
otros tiempos por el pantesmo idealista, cayendo despus en el
pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente
anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios;
pero entindase que es un dios alemn con un Estado Mayor infalible y
caones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando
los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.

La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de
acuerdo con el pensamiento de su ltimo filsofo, Federico Nietzsche.
Los buenos son los fuertes y los malos los dbiles. No hay ms que un
instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra
fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una
invencin humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por
nuestra imaginacin. No hay ms que una realidad natural, la vida. El
individuo sano y fuerte que ama la vida es el nico digno de vivir. El
que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor  la vida
es un degenerado.

No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal  cual
pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles,
aparecen en muchos de los libros que all se publican de algunos aos 
esta parte. Lase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales
han pretendido excusar la invasin de la Blgica y la destruccin de sus
ciudades y se vern latir dentro de l.

El concepto del Estado germano responde  este concepto de la vida. As
como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de
aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez ms exuberante, as la
totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar  la vida del
Estado para que esta sea cada vez ms fuerte y dominadora. Resucita la
idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir
unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha
disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre
 la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo ms
alto y esplndido de la humanidad.

No se engaen los germanfilos espaoles: Se quejan de las heridas que
alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas
entre hermanos. Pero el desprecio alemn es mucho ms sincero y por lo
mismo ms humillante. La Alemania contempla  nuestra Espaa con la fra
indiferencia con que el naturalista estudia  un insecto.

Sin embargo, no cometer la injusticia de suponer que todos los alemanes
participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que
abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan
esparcidas en su pas, y sobre todo que sus directores, tanto los
hombres de accin como los intelectuales, secreta  manifiestamente las
honran y las aprueban.

Estamos acostumbrados  ver la Alemania en su poca gloriosa de fines
del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles
sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nacin acuden  nuestra
memoria los nombres de Goethe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de
Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos
aquella sociedad reducida y eminente que tanto semej  la de Atenas.
Mas, ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy
notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafsicos
inspirados. La ciencia parece subordinada  la industria, la filosofa 
la gloria militar.

Recuerdo que poco despus de su resonante victoria sobre Francia, siendo
yo casi un nio, visit con mi padre una gran fbrica espaola donde
haba algunos ingenieros alemanes. Despus de comer y hallndonos de
sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable
filsofo amigo de Goethe) se puso  enumerar con orgullosa
satisfaccin los productos que su pas fabricaba y exportaba  las dems
naciones. Cuando termin su larga lista hizo una pausa y aadi
sonriendo:--Y por fin exportamos la filosofa.

Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran  sus grandes
filsofos ms que como ruinas venerables propias para excitar la
curiosidad del extranjero?

Los alemanes no creen en sus filsofos como los japoneses no creen en
sus dolos. Los ensean sonrientes  los turistas, los exportan al
extranjero como nosotros los espaoles exportamos los _cantaores
flamencos_.

Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, ms retrasados sin duda en la
evolucin biolgica, todava no hemos alcanzado la serenidad olmpica
que caracteriza actualmente  los germanos. Su emperador no se siente
conmovido por los millares de hombres que todos los das enva  la
muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la
sangre  torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancola, el
Kaiser semejante  Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote
oloroso y sonre  nuestra pueril debilidad. Sus olmpicos generales han
averiguado que la guerra es una necesidad biolgica y el nico medio de
que la raza de los efmeros no degenere.

Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben
buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre
nosotros hasta los incrdulos son cristianos, porque no hay quien dude
de que la caridad es la ms alta de las virtudes. Nosotros pensamos que
el respeto  los dbiles, la piedad y compasin no son sentimientos
debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente
degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano,
esos tres monstruos vergenza del gnero humano, fueron excelentes
personas antes de subir al trono.

En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecera,
porque las puertas del infierno jams prevalecern contra l pero
sufrira un eclipse.

Para sostener su hegemona necesitara Alemania y Austria, no slo
continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por
la fuerza que las dems naciones se armasen. Los trescientos millones
restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los
trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la
Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores
mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron
las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron
una conjura asombrosa, casi increble, y en un da determinado
degollaron  las pequeas guarniciones de soldados que los mongoles
sostenan en todas las ciudades del imperio.

A nosotros no nos quedara este recurso, porque, cmo hallar en Europa
el disimulo y el sigilo necesarios para tamaa conspiracin?

Apartemos de la imaginacin estas visiones apocalpticas que jams han
de tener realidad. Pensemos ms bien que Alemania con la copiosa sangria
y el ayuno regenerador  que se halla sometida recobrar la razn y
volver  ser por dicha suya la nacin tranquila de filsofos poetas y
msicos que tanto hemos admirado siempre.




El dolo cientfico


Aquella vieja historia, que aprendimos en la niez, de un pueblo
caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el smbolo
representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.

No recordis cuntas veces aquel pueblo, desprendindose del nico
verdadero Dios, volvi la espalda  su caudillo y se dej caer en los
brazos de una inmunda idolatra? Seguid los pasos del gnero humano al
travs de la Historia y veris repetido constantemente el mismo triste
acto de deslealtad. El fanatismo, la supersticin, la idolatra nos
acechan siempre en nuestra peregrinacin y nos tienden lazos que no
podemos evitar.

La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los ms funestos en
que ha cado nuestra pobre Humanidad.

Los admirbamos, s; admirbamos  esos sabios que nos hablaban de las
molculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos
contaban sus secretos ms ntimos y nos dejaban entrever con palabras
falaces, como la serpiente del Paraso, que se hallaba cercano el da en
que sera nuestra toda la ciencia del bien y del mal.

Quin se acuerda de Dios! Quin habla de la inmortalidad! Abrid
cualquier libro germano de los ltimos tiempos, y en medio de sus
anlisis minuciosos consagrados  cualquier especialidad de la ciencia
os sorprender un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos
sabios llaman degradacin teolgica, una llamarada de odio contra la
supersticin testa.

No existe ms que una divinidad: la Verdad cientfica. Si en vez de
rendirle culto y adoracin corremos  postrarnos ante los altares del
vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la
eterna condenacin intelectual. El magnfico edificio de las ciencias
fsicas debe sustituir al ruinoso casern de la teologa. Todas nuestras
creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse
de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea
evidente para nuestra razn es pecar abiertamente contra ella. La fe en
Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la
justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda
inmoralidad.

El viejo Haekel, el sabio ms famoso de la Alemania moderna, nos invita
 adorar el ter csmico. De l sale todo,  l vuelve todo. Postrmonos
de rodillas y cantemos: Santo, Santo inmortal!

Por qu reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las
cebollas? Dentro de una cebolla se efectan admirables y misteriosas
operaciones qumicas que repiten las del ter csmico. Mejor dicho, el
ter impalpable, indivisible, se encuentra all presente todo l.

Parece que  los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos
indignan los lmites. Es necesario apurarlo todo, y si no es as no
estamos contentos. Qu fu la escolstica sino una embriaguez producida
por la lgica? Qu fu la revolucin francesa sino una embriaguez
igualitaria? Qu fu el romanticismo ms que una embriaguez
sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera cientfica.

Hay que buscar la tcnica; ante todo, la tcnica. Las matemticas puras
nos dan la tcnica de la medida: la Fsica, la tcnica de las mquinas;
la Qumica, las prodigiosas transformaciones de la industria. El
conocimiento cientfico de las costumbres nos dar una moral cientfica.
La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral tcnica.

De esta borrachera tcnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin
embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han
demostrado que tienen peor el vino que todos los dems.

Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformacin
del carcter. Un hombre taciturno, dscolo, suele convertirse, cuando ha
ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y
afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de
lgrimas y baba. Por el contrario, los sujetos ms tmidos e inofensivos
as que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, ensean
los puos y desafan  todo el mundo.

Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido
siempre un pas belicoso, bajo el influjo de la embriaguez cientfica se
ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y
bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que haca derramar
lgrimas de ternura  la sensible madame Stael, se ha transformado en
una nacin agresiva y provocadora.

Esta radical transformacin me trae  la memoria el caso de un
condiscpulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros aos un
muchacho aplicadsimo, formal, pacfico, modelo de estudiantes. Evitaba
con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros venamos  las
manos se le vea ponerse serio y apartarse lo ms posible del teatro de
la lucha.

Pues bien; cierto da, minutos antes de entrar en clase, el peor que
tenamos en ella, un chico turbulento y dscolo,  quien todos temamos,
comenz  burlarse de l con la mayor ferocidad. Y no slo le prodig
los sarcasmos ms soeces, sino que lleg  propasarse  vas de hecho
derribndole el sombrero cada vez que se lo pona. Nosotros
presencibamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, segn el
corazn de cada cual. El pobre chico, silencioso y plido, recoga su
sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro
no se lo consenta, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin
le vimos ponerse tan plido que daba miedo, y repentinamente se arroj
sobre su agresor con mpetu irresistible, le volc en tierra, se mont
luego sobre l y le aplic tantos y tan buenos puetazos en el rostro
que no tardamos en verlo ensangrentado.

A los pocos das de realizada esta hazaa, sin motivo aparente, desafi
 otro de los ms pendencieros y le venci igualmente. Desde entonces
aquel muchacho, tan dcil y simptico, sin dejar de aplicarse al
estudio, se convirti en un insufrible bravucn de quien todos huamos.

Algo semejante les ha ocurrido  esos sabios con gafas de la Alemania.
No hay nada ms repulsivo que un pacfico transformado en matn de la
noche  la maana.

No hace muchos das se produjo cierta alarma en esta tranquila regin.
Corri por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso vena
atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero
evadido. Comenz  funcionar el telfono entre estas aldeas. Por fin, de
una de las ms prximas se notific su paso, y un grupo de vecinos,
sali de aqu con nimo de detenerle. As acaeci punto por punto.

El fugitivo era, en efecto, un oficial alemn, vena en mangas de
camisa, gastaba gafas (cmo no?) y tena una fina cabeza inteligente.

Se dej detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al
Ayuntamiento y all fuimos  verle muchos, empujados por la curiosidad.
Hablaba correctamente el francs y bastante bien el espaol. Le
dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados  buscar,
y nos respondi con la fra altivez y el tono de superioridad tan
frecuente hoy entre los germanos. Porque stos han llegado  persuadirse
de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido comn, ms que
en Alemania. Uno de los seores que all se encontraban se atrevi 
entrar con l en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El
prisionero no titube en decirnos que la victoria de Alemania era
cierta, y con ella ganara mucho el gnero humano.

--En qu se funda usted para suponer esto ltimo?--le pregunt yo,
picado de curiosidad.

--Me fundo--respondi--en que Alemania es el nico pas organizado
actualmente. En los dems existen elementos de cultura muy valiosos, es
cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor
parte de las veces permanecen estriles. Lo mismo en la guerra que en la
paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una
cohesin, una disciplina que slo la preponderancia de Alemania es capaz
de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua 
intelectual, ni dar de ellas la explicacin verdaderamente cientfica,
porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados,
subjetivos, producto de la iniciativa individual que slo engendran
resultados superficiales.

--Esos esfuerzos aislados--le repliqu--han producido, sin embargo, toda
la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro
planeta. Ni Platn, ni Aristteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni
Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra frrea organizacin para
arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. Qu significa esa
disciplina cientfica? Por ventura quieren ustedes poner uniforme  los
sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera
puesto  realizar sus experiencias  toque de corneta  que Anatole
France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante
general de la regin.

Chispearon de clera los ojos del prisionero, como si le hubieran
pinchado, y en trminos no muy corteses me di  entender que yo no
estaba autorizado para contradecirle, mucho menos siendo espaol.

Sigui platicando con los otros seores, que no lograron irritar sus
nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse  los
alemanes las crueldades que haban cometido en Blgica y en el norte de
Francia, le replic con sonrisa sarcstica:

--Ese reproche indica que no existe todava en Francia un espritu
verdaderamente cientfico. Para determinar el bien y el mal de las cosas
es necessario huir de los conceptos _ priori_ y comprender que todo,
absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La
disciplina cientfica nos obliga  pensar que slo una sistematizacin
de los hechos nos dar la verdad exacta, nunca las especulaciones de la
imaginacin individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para
nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos
inflexiblemente. La guerra ms cruel es necesariamente la ms corta.

--Me alegro muchsimo--exclam yo--de no ser hombre de ciencia! Es
preferible morir en una crasa ignorancia  llevar la conciencia cargada
con actos de crueldad. Los aqu presentes somos cristianos, y en cada
uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros  bueyes
que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el ms grande
filsofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente
que jams debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin.

--Son sutilezas de filsofos, antiguallas metafsicas, en las cuales
ningn espritu positivo puede ya creer--replic sin dejar de sonreir--.
Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como
los trminos de un teorema, y tienen una explicacin satisfactoria
porque es cientfica.

--Quiere usted decir qu son asesinatos cientficos?

Me dirigi una larga mirada de ira y desprecio y me volvi la espalda.

No sent por ello escozor alguno. Lo nico que sentira en este mundo es
que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.

De esta conversacin, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he
sacado la conviccin de que los aliados nada adelantarn arrancando 
estos hombres sus caones si no les arrancan antes sus ideas.




La religin de Francia


La irreligin de la Francia es el tpico que ms se beneficia hoy por
sus enemigos. Un fraile  quien yo daba cuenta en Espaa del gran
movimiento religioso que aqu se ha operado con motivo de la guerra me
deca:

--S; se acuerdan de Santa Brbara cuando truena.

--Por ventura en Espaa se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo
est azul?--le respond--Porque yo observo que la gran mayora de ellos
no piensa en el otro mundo sino cuando va  despedirse de este, cuando
las mujeres de su casa  de la vecindad le meten un sacerdote en la
alcoba y le dicen con ms o menos circunloquios:

--Preprate, que vas  morir.

--Oh! en Espaa se llenan los templos de gente que es cosa para alabar
 Dios.

--S, de mujeres. Cuando voy por la maana  la iglesia advierto que
slo un hombre se acerca  tomar la comunin por cada treinta o cuarenta
mujeres. Parece como si los espaoles encomendsemos  la mujer el
negociado de la religin, como le tenemos encomendada la cocina y el
planchado de la ropa.

Verdad que lleva  cabo aquella tarea con una diligencia y perfeccin
que no suele poner en sta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que
muchas seoras acuden al templo  todas horas del da. He llegado 
imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que
constantemente necesita ser adulado. Corren  la novena y  las Cuarenta
Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban  ir al dner du
roi y al coucher du roi. Hay seora que va  comulgar con tres o
cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida
alguno en casa, se acerca temblorosa  la sagrada mesa temiendo que
Nuestro Seor se enoje porque no se presenta con todas sus
condecoraciones.

Pero los espritus que toman en serio la religin observan con dolor que
la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos
costumbre de achacarlo  la corrupcin de los tiempos; pero no es as.
Hay muchas personas sinceras que se extasan hablando del fervor de los
tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se
inclinaban  lo Eterno eran muy contadas. Haba ms devocin aparente,
ms hipocresa; pero eran muchos ms los que amaban la tierra que el
cielo.

       *       *       *       *       *

En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y
cristianos, lo mismo antes que despus de Jesucristo. Los primeros son
los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen
que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata nicamente de un
concepto de la vida. Pagano y bien pagano era Csar Borgia, aunque
cardenal de la Iglesia catlica, y lo eran sus malvados secuaces y toda
la Corte del Pontfice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron
cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con
sus damas y con las de la Princesa de Squilache, segn cuenta sta en
carta sacada  luz recientemente por nuestro sabio compatriota el
marqus de Laurencin. Cristianos fueron Scrates, Lenidas, Rgulo,
Sneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mrtires ignorados de
la antigedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que
olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: Siendo Cristo la verdad y
la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no
crea en Cristo, muere por Cristo.

Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida,
transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe.
En cuanto se abre una pequea puerta en nuestro corazn la religin se
precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el
golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma
Lucrecia Borgia que he mentado haca vida ejemplar en Ferrara los
ltimos aos de su vida, llevaba siempre cilicio y muri en la opinin
de santa.

Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido
menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazn se curan mucho
ms fcilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el
enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las
que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los
actos,  lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo
que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados 
nuestras ideas, y nuestra alma baja  sube  medida que se levanta  se
abate nuestro estado mental.

Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la
conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad
Media que deben inculcarse con fuego y martillo.

       *       *       *       *       *

Tal es la situacin que en este terreno ocupa la Francia con respecto 
Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en
anteriores artculos: tenan, hasta cierto punto, el corazn extraviado.
Los alemanes son filsofos, tienen el cerebro corrompido.

La religin no ha desaparecido de Francia por haber expulsado  las
Ordenes religiosas, como no desapareci de Espaa cuando nuestro
catlico Rey Carlos III expuls, con mayor crueldad aun,  la Compaa
de Jess, cuando nuestro Gobierno ms tarde decret la exclaustracin de
todos los frailes y el populacho penetr en los conventos y degoll 
muchos de ellos.

Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaris
exactamente reproducido el tipo de la religiosidad espaola. Porque el
catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de
unificar  los hombres, de imprimirles su sello, hacindolos  todos
semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas
procesiones; las mismas Cofradas, las mismas fiestas profanas unidas 
las religiosas. Los nios van al catecismo, las jvenes asisten  las
procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de Mara, las
viejas van indefectiblemente por las tardes  los Oficios. La primera
comunin de los nios se celebra aqu con una alegra y pompa que no he
presenciado jams en Espaa: acuden de lejanas comarcas los parientes
para ese da feliz, como sucede en Espaa cuando hay una boda; la casa
se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta
siquiera el tipo clsico de la beata para tormento de confesores y
alivio de sacristanes.

Por qu, pues, ese odio de muerte  la nacin francesa? Qu locura es
la que ha acometido  muchos catlicos y  no pocos sacerdotes? A uno
de aqullos le he odo pronunciar la siguiente frase: Si en la presente
guerra triunfase Francia dudara de la existencia de Dios.

Es esto cristiano? Es siquiera humano?

En Espaa se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no est muy
difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Adems,
hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado
fuerte para nuestros estmagos latinos. Por eso se desconoce su estado
mental  la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de
atencin la historia de su filosofa en los tiempos modernos aprender
que la religin de la Alemania intelectual de un siglo  esta parte no
es el cristianismo, sino el pantesmo. El pantesmo no puede fundar la
moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es ms que un puente
para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho
tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este
materialismo ha venido la teora del superhombre y supernacin, que es
la dominante hoy.

Pero se me dir: los intelectuales no son el pas. Grave error. Los
intelectuales son siempre la nacin presente o futura. Las ideas nacen
en las cimas, como los arroyos; mas poco  poco descienden por la falda
de la montaa hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente
por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos
empapados de ellas. Casi nadie lee  Platn, y, sin embargo, hasta el
ms rstico aldeano est hoy impregnado de platonismo. De la misma
suerte el pueblo en Alemania no lee  Kant; pero su _atesmo modesto_,
como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son
hegelianos sin haber ledo  Hegel, porque poetas, dramaturgos,
novelistas, crticos y periodistas se han encargado de servirle con
apetitosos guisos el plato del fatalismo pantesta.

Por ventura en Alemania no existe ya la fe? S; hay mucha fe... en la
qumica. Dios se ha transformado en maquinaria, carbn y electricidad.
No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer
sufrir. Seamos poderosos, trituremos  nuestros vecinos, impongamos
nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrar
dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.

Algunos catlicos espaoles se enternecen leyendo  cada paso en las
proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son vctimas de
una admirable falsificacin. Ese Dios ha sido tambin extrado del
carbn, como otros muchos productos, sorprendentes.

Pero el verdadero, el legtimo Dios tiene una experiencia infinita en
estos asuntos psicolgicos y no se deja engaar por las marcas de
fabricacin alemanas. Ve en la etiqueta made in Germania y rechaza el
artculo, aunque reconociendo que est bien presentado.

       *       *       *       *       *

El espritu galo no es pantesta. Por lo menos, no lo es desde la fecha
remota en que el cristianismo mat al druidismo en los bosques de la
Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea
para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escpticos,
Montaignes en miniatura; hay muchos ms Rabelais apasionados de la carne
y el vino; pero no se hallar en toda la Repblica un Federico
Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.

La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en
el alma de cada hombre como en cada pas. No hay que dar  esta
fluctuacin demasiada importancia; depende de la imperfeccin misma de
nuestra naturaleza y es preciso resignarse  ella. Los rboles se visten
de hojas y quedan desnudos alternativamente. Quin dira que despus
del escptico siglo XVIII haba de venir el espiritualista XIX? Despus
de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine,
Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchsima importancia es la
sustitucin de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en
Alemania.

Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros
realizamos hace ochenta aos, de suprimir las Ordenes religiosas.

No hablemos de la separacin de la Iglesia y del Estado. Son muchos los
catlicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del
Estado y prefieren la independencia absoluta  un protectorado enfadoso
e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.

No ofrece duda que su expulsin ha sido un acto arbitrario y
escandaloso. La Repblica francesa, al prohibir las Congregaciones,
perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad,
niega, por lo tanto, su propia existencia. No tiene por lema _libertad,
igualdad, fraternidad_?

Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto  esas expulsadas
Congregaciones. Han mirado siempre al fondo de su conciencia? La han
examinado escrupulosamente? No han encontrado all dentro ningn odio 
las instituciones republicanas? No han conspirado contra ellas alguna
que otra vez?

Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de
pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no
puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentacin y la
Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da
sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con
largueza de aquello que pedimos.

Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las
instituciones republicanas, la Repblica no hubiera puesto la mano sobre
ellas. Si quieres que las mujeres te sigan--deca nuestro Quevedo--,
echa  andar delante de ellas. Por qu no aceptar lealmente  la
Repblica? No lo haba hecho el Pontfice Len XIII, de inolvidable
memoria? Marchar delante de los hombres. He aqu el secreto para
guiarlos.

       *       *       *       *       *

El francs no es un impo nato, como por ignorancia unos, otros con
fines srdidos, propalan en Espaa. Los franceses guardan en el alma,
como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religin
como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las
prcticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con
ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no
hubiera dolor la religin no existira.

Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequea iglesia de
aldea. All acudan pobres mujeres enlutadas llevando de la mano  sus
hijos, enlutados tambin. Con paso vacilante las seguan algunos
ancianos de rostro plido y triste mirada. Y en el silencio augusto del
templo, mientras los corazones se dirigan al Altsimo pidiendo
misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me remova las
entraas. Hoy en Pars la multitud elegante, que en otro tiempo corra 
los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San
Germn, en la Trinidad, en Nuestra Seora de las Victorias me ha costado
trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que all
encontraris; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devocin
aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta
muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la
Virgen pidiendo el alivio de sus penas podr llamarse cristiano, pero
est bien lejos de merecer este nombre.

Y all en el frente, en la lnea de fuego?

Ah! all en el frente se repiten las escenas del tiempo de las
Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compaa de
soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan
con horrsono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje
de la mar. Ya avanza la infantera alemana en apretadas filas, llevando
delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Son la hora de
lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan,
las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se
alza con autoridad la voz de un pobre soldado:

--Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se
arrepienta de sus pecados. Voy  daros la absolucin.

Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el
brazo y los absuelve.

--Jams podr olvidar este instante--me deca el herido que me lo
relataba.

--Tiene usted razn en no olvidarlo--le respond. Un instante como ese
ennoblece toda la vida.

En otra ocasin, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de
la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar
con l para conducirlo  la ambulancia.

--No te ocupes de m--le dice el soldado--. Estoy herido de muerte. Slo
quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en
la primera ocasin que tengas recibas por m la sagrada comunin, ya que
 la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir  mi
Dios.

El compaero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es
un joven rico y disipado que desde hace aos vive apartado de la
religin. Al fin le dice.

--Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte se favor.
Dios me ha tocado en el corazn. Quiz dentro de un instante una bala me
mate  m tambin. Voy  confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.

Y, en efecto, aquel joven escptico confiesa all mismo sus pecados, y
su compaero, moribundo, le da la absolucin.

Que cuadro! Parece arrancado  la _Leyenda de oro_ y estampado en uno
de esos cdices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha
dibujado  la pluma.

Despojmonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto
con nuestra religin; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que
cuando llegue para nosotros tambin el da de prueba sepamos mostrar la
misma fe y el mismo valor.




Y Despus?


Y de esta guerra increble, que jams se ha visto ni se volver  ver
sobre la tierra, qu es lo que quedar? Esos arroyos de sangre,
filtrndose en la tierra, fecundaran su seno? Secaran, por lo
contrario, las races de las flores y nuestro planeta ser para siempre
un recinto siniestro de dolor y de espanto?

No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden
de lo creado y que es de necesidad peridicamente para aliviar los
excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he credo en la
utilidad del mal; nunca he credo tampoco que procediese de Dios.
Nuestra Libertad, que es nuestra perfeccin y nuestra imperfeccin  la
vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el
mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.

Pero imaginar que el Espritu de Verdad y de Justicia que gobierna el
mundo se va  cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro
bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.

Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinacin por la tierra
obstculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos
abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de
flores.

La guerra presente, que es un mal, engendrar algunos bienes. No
hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para
otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen
para hacer sitio  otros ms perfectos.

No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la
existencia y que est justificado el predominio de los ms fuertes. Este
es el lenguaje de la impiedad que yo no s balbucear. Pensemos ms bien
que el hombre no est hecho para la guerra sino para la paz, porque no
es una continuacin del animal, sino un salto fuera de l. Estamos
compuestos de tomos brutos; pero no somos un tomo bruto. Si alguna vez
dentro de nosotros ruge el len y grazna el buitre no nos inquietemos,
porque estn enjaulados.

Las naciones, como los individuos, sufren accesos peridicos de clera.
La clera la han definido los fisilogos una locura breve. Esta locura
deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el
equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la mquina
corporal.

Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de
estas fiebres mortferas nunca dejamos de experimentar confusin y
vergenza. Esta vergenza es el reconocimiento de nuestro ser
espiritual, es la voz de lo Alto que nos seala nuestro destino.
Corremos  la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta  la
llave.

As est sucediendo con las naciones europeas. Detrs de esta rabiosa
clera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrn das de
laxitud y reflexin y una gran vergenza se apoderar de ellas.
Descontentas de s mismas cerrarn los ojos y meditarn largo tiempo.
Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va  dar un
salto prodigioso.

Pero las comarcas devastadas?--Volvern la poblarse: el chirrido de la
carreta y el canto suave del campesino sonarn otra vez donde ahora
retumba el can y los gritos de batalla.--Y tantos miles de pobres
seres mutilados?--Pensarn resignados que han entregado sus pies y sus
manos  la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la
tienen encadenada para siempre.--Y tanta lgrima, tanta sangre como se
ha vertido?--Las lgrimas son el riego de las almas; para crecer
necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redencin.

La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la
salva. Viva adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo
en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y
sabia reinaba en las ciudades y se propagaba  los campos. Cuando esto
sucede, cuando adulamos  nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos
abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que
hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre 
hombre se haban aflojado; cada cual miraba  su vientre: te respeto
para que me respetes y nada ms.

Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Polica. Las salas
de las Delegaciones y Prefecturas estn demasiado fras para ella. Los
hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fu
necesaria esta gran catstrofe para que los franceses dieran unos pasos
atrs y rectificasen la direccin de su marcha. Cuando la desgracia
entra en una casa, los hermanos, que vivan apartados, que apenas se
vean, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la
infancia. La fraternidad, que mucho se haba debilitado en Francia en
los ltimos aos, florece de nuevo y exhala delicados perfumes.
Sealemos este acontecimiento como el ms feliz de lo que la terrible
inundacin dejar en pos de s.

Otra buena partida para su haber ser el culto  la austeridad, de que
empiezan ya  dar claras muestras. Los franceses nunca han sido
vividores disipados; pero s lo han sido ordenados. Quiero decir que se
han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con clculo.
Ahora renuncian  ellos con admirable resolucin. El da de la paz los
veris desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la
guerra, para volver  su antigua prosperidad, como las hormigas de un
hormiguero cuando ste ha sido indignamente pisoteado por un hombre 
una bestia.

La poltica se sanear igualmente. S; era necesario sanear la poltica.
Cuando hace dos aos una mujer, prevalida de la alta posicin poltica
de su marido, asesin alevosamente  un publicista distinguido, y esta
mujer fu absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido
moral exclamaron en Europa:--Esto se descompone!--Todos vimos ya
revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la
gangrena con el bistur y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados
por la Providencia para hacerlo. Se encargaron tambin de batir las
cataratas  esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la
tolerancia.--Cmo tardan los brbaros en llegar! Que hace
Atila?--exclamaba un da Ernesto Hello, contemplando la corrupcin del
segundo Imperio.--Y Atila vino, en efecto, poco despus. Ha llegado
tambin ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la
Repblica francesa no hace honor  su lema libertad, igualdad
fraternidad, para qu existe?

La Providencia divina tiene mucho ms que hacer en Alemania. El gran
pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado
de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.

El Rey Nabucodonosor comi heno, como el buey,  causa de su soberbia.
No caemos todos en cuatro patas as que se nos sube el humo  la
cabeza?

De dnde les vino este orgullo? El origen principal est en los excesos
de su industrialismo. Ver cmo juegan con los tomos y los escamotean y
transforman los gases en slidos y arrastran las fuerzas naturales 
todos los usos, es cosa al parecer que hincha  los hombres de un modo
extraordinario. Los alemanes haban llegado en este orden  mayor
adelantamiento que los dems pases y quedaron llenos de s mismos y
empezaron  mirar con desprecio  los que no saban fabricar pan de
madera, y  creerse el pueblo elegido por Dios.

Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faran convirtieron
las varas en serpientes, la de Aarn se las trag  todas. Para mucha
gente este es el fin y el compendio de toda la civilizacin: las
retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de
emocin y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los
alemanes hacen ejecutar  la materia bruta. Yo les respondo: Aunque les
viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de
hojaldre siempre admirara ms un dilogo de Platn y un drama de
Shakespeare.

Los alemanes eran ms admirables cuando en Weimar, una de sus pequeas
ciudades, se reunan  la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder,
Wieland Kotzebue, msicos inspirados, grandes pintores, arquitectos,
sabios, actores, que ahora con sus caones y zeppelines. No hay que
decir esto al vulgo que slo se postra ante las obras tangibles. Como
si el mundo moral no precediese al material y lo invisible  lo visible!

El progreso que se cifra tan slo en utilizar las fuerzas de la
Naturaleza para nuestro regalo es un fantstico progreso. Si el hombre
no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su
provecho, se emplearn en su destruccin. Y es lo que ha acontecido
ahora. Cundo terminar esta grosera supersticin del industrialismo!
Platn, Epicteto, Sfocles, Cicern, eran hombres bien civilizados y se
alumbraban con aceite. El apstol San Pablo no era un salvaje, aunque
desconociese el bicarbonato de soda. El corazn del hombre siempre ser
ms interesante que la Naturaleza. El actor nos importa ms que los
bastidores y bambalinas de que est rodeado.

Por la derrota de su soberbia volver  ser grande la Alemania. Cuando
nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y
vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es
cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia,
que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que
rectifiquemos el camino.

Es intil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del
patriotismo. Este se compone de una centsima de amor y noventa y nueve
de orgullo. As como por la ley divina y humana tenemos derecho 
defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para
defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el
patriotismo no es ms que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso 
un alemn por pertenecer  una gran nacin sea ms grande, ni ms sabio,
ni ms feliz que un holands  un suizo. La grandeza de un hombre no se
mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que
descubren sus ojos. Un mendigo ingls es como un mendigo espaol, y un
sabio lo mismo.

Los alemanes haban llegado  un grado inaudito de prosperidad
industrial y comercial. Ignoro si por eso haba all ms hombres felices
que en los dems pases. De todos modos, en medio de su prosperidad la
serpiente aduladora les sopl al odo que deban comer el fruto
prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillacin.
Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no
lo son: profundo error. Maana se encontrarn arrojados de su paraso
(si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han
hecho mucho dao  los dems; pero este pensamiento puede hacer feliz 
ningn hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irn 
buscar de nuevo su cielo, no en la fbrica Krupp, sino donde siempre lo
han tenido: en la moderacin, en la sobriedad, en la tranquila vida de
familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.

       *       *       *       *       *

Y para Inglaterra, qu consecuencias tendr la presente guerra?

Ninguna. Los dardos ms acerados se embotan en la piel del elefante.
Abrir su gran Libro mayor; apuntar en el Debe los hombres y los
barcos perdidos; en el Haber, algunas colonias alemanas conquistadas,
y lo cerrar despus y saldr  paseo con el paraguas bajo el brazo.

Es una singular nacin Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que le
en mi adolescencia, cierto francs obsequioso, para adular al capitn
del barco en donde iba, que era ingls, le deca: Admiro tanto 
Inglaterra, que si no fuese francs querra ser ingls. El capitn,
dando un chupetn  su pipa, respondi tranquilamente: Pues yo, si no
fuese ingls, querra ser ingls. A cuntos en Europa les pasa lo
mismo!

Admiro su literatura, su poltica, sus costumbres, sus juegos, su
originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de
agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres
libres. Todos los dems, comparados con ellos, somos esclavos. Cuntas
veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en
Espaa, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la
intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros
rusos, me tengo dicho: Prohibid, atropellad, maltratad: mientras
exista Inglaterra no desaparecer la libertad del mundo! All iremos en
ltimo extremo  refugiarnos los que no hemos nacido serviles!

Se moteja el orgullo britnico. Sin embargo, dondequiera que hay una
cosa digna de admiracin all est un ingls admirndola. Su orgullo
significa la confianza en s mismos; esto no inspira aversin, sino
respeto. Cuando estall la guerra se crea unnimemente en Europa, y los
alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas
colonias de Inglaterra se alzaran para sacudir su dominio. Acaeci todo
lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrpoli como en
su propio corazn y se aprestaron  enviarla todos sus recursos.

No se ha meditado bastante sobre este hecho, nico en la historia de la
humanidad. Qu conducta amable y generosa es necesario seguir para que
aquellos que se hallan bajo nuestro seoro nos amen lo bastante para no
romper el yugo cuando la ocasin se presenta! Que en tiempos pretritos
han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de
otras naciones. Para qu hablar de lo que est sepultado en los abismos
del tiempo? La historia del gnero humano es la historia de la fiera
humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos  los
otros.

Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional
experimentaron algunos dolorosos reveses debidos  la pericia y valor
de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que ms dao
les hizo fu, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien;
cierto da, en un cinematgrafo, apareci repentinamente su retrato. Un
aplauso unnime estall en la sala acogiendo la efigie de su heroico
enemigo. Pensemos en lo que sucedera en cualquier otro pas de Europa
en caso semejante. Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso
podero se destruya! Los ngeles sostienen sobre sus alas los poderes
justos!

El contacto ms intimo con Francia e Inglaterra, pases libres, har 
Rusia ms libre. En este pas se da el caso inaudito de que un dspota
imponga la libertad  su pueblo. Vosotros los filsofos--deca Catalina
II  Diderot, que la empujaba con vehemencia  las reformas--escribs
sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero
nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho ms
susceptible. El buen Zar Nicols II tiene ocasin ahora de comprobar la
sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido
reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado:
Vivan las cadenas! y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente
 ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer
tabla rasa de la tradicin. Con tanto demonio desatado no es fcil salir
del infierno.

Italia ganar  Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante
todava por la Italia irredenta, podr descansar tranquila en su
sepulcro. Blgica restaar presto sus heridas. Turqua entregar al
cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balknicos seguirn
tirndose pellizcos  la sordina hasta que Europa, como un maestro
severo, llevndose el dedo  los labios y ensendoles la vara, les
imponga reposo.

Vendr el desarme? S; yo espero que vendr el desarme. La enfermedad
ha hecho crisis. O muere  se salva el enfermo:  descendemos de nuevo 
los antros profundos de la animalidad  asomamos la cabeza sobre las
nubes. El animal toma su punto de apoyo en la planta--dice nuestro
husped reciente Enrique Bergson--; el hombre cabalga sobre la
animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un
inmenso ejrcito que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y
detrs de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las
resistencias y de franquear muchos obstculos, hasta la muerte quiz.

El obstculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el ms alto que
se le ha presentado en su larga carrera. El trampoln est delante. Si
retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del
animal; seguir imperando, como en el fondo del ocano, la ley del ms
fuerte. El estado de guerra se perpetuar en nuestro planeta; el odio
establecer definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera
rugir de nuevo por la boca de los caones. Si lo salta, caer en el
blando regazo de la ley de Cristo, adquirir para siempre conciencia de
s misma y proseguir gloriosamente su camino hacia los altos destinos
que la Providencia la tiene reservado.

FIN




INDICE


La decisin de la Francia, 5

El optimismo Francs, 15

Meditacin sobre el conflicto, 31

La Estrategia de Napolen, 41

Los socialistas franceses, 55

Franceses y Espaoles, 69

El ahorro francs, 83

Las mujeres y la guerra, 99

Autores y libros, 111

El Krishna de las trincheras, 127

Los dos ideales, 141

El dolo cientfico, 151

La religin de Francia, 165

Y despus?, 183

PARIS

IMPRIMERIE ARTISTIQUE LUX

131, boulevard Saint-Michel.

       *       *       *       *       *

Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrnico:

ciendo=> siendo {pg 115}

ha atemoridazo=> ha atemoridazo {pg 5}

con lo aos=> con los aos {pg 5}

se encuantran=> se encuentran {pg 6}

Plaza de Torros=> Plaza de Toros {pg 8}

uno  otro raballo=> uno  otro caballo {pg 9}

ha dado mejores polpes=> ha dado mejores golpes {pg 9}

all  los lejos=> all  lo lejos {pg 10}

Ah stan=> Ah estn {pg 11}

Napolon=> Napolen {pg 11, 44, 45, 46, 51}

mas que por medios diplomticos=> ms que por medios diplomticos {pg
12}

El optimismo Frances=> El optimismo Francs {pg 17, 199}

est  la moda=> est  la moda {pg 17}

gritndonos=> gritndonos {pg 17}

nuestro nimo=> nuestro nimo {pg 17}

mucho ms estomacal. No he hallado jams=> mucho ms estomacal. No he
hallado jams {pg 18}

es fcil dar=> es fcil dar {pg 18}

todo esptiru=> todo espritu {pg 20}

atrs en buen hora=> atrs en buena hora {pg 20}

diamentralmente contraria=> diametralmente contraria {pg 21}

pantsticas=> pantesticas {pg 21}

esta enimente facultativo=> este eminente facultativo {pg 21}

ms=> ms {pg 21, 43, 46, 47, 53, 67}

otro pis=> otro pas {pg 22}

las cicunstancias=> las cirunstancias {pg 23}

jardin=> jardn {pg 26}

mquinas de guerra=> mquinas de guerra {pg 27}

cocinas porttiles=> cocinas porttiles {pg 27}

s l quien=> es l quien {pg 28}

es impossible=> es imposible {pg 28}

hoy esto qujotesco=> hoy esto quijotesco {pg 30}

de vergenza=> de verguenza {pg 30}

Berlin=> Berln {pg 34}

ejercitos del kaiser=> ejrcitos del kaiser {pg 37}

les insinua=> les insina {pg 38}

del corazon=> del corazn {pg 39}

todavia este naufragio=> todava este naufragio {pg 39}

All n Alemania=> All en Alemania {pg 37}

Asi y todo recorri=> As y todo recorr {pg 43}

comiengo de la guerra=> comienzo de la guerra {pg 44}

vencedos de Austerlitz=> vencedor de Austerlitz {pg 44}

libran de tal poder libran de tal podre {pg 44}

egoismo del segundo=> egosmo del segundo {pg 44}

egosmo no quedaria=> egosmo no quedara {pg 44}

dotsemos=> dotsemos {pg 44}

tampoco quedaria=> tampoco quedara {pg 44}

Luis XIV seria otro=> Luis XIV sera otro {pg 44}

cualquier transeunte=> cualquier transente {pg 44}

aqui=> aqu {pg 45, 89, 121, 170}

dias=> das {pg 45, 185}

le habia dado=> le haba dado {pg 45}

tomar veganza=> tomar venganza {pg 45}

ambiciosos y avidos=> ambiciosos y vidos {pg 46}

propositos que=> propsitos que {pg 47}

decia  Goethe en=> deca  Goethe en {pg 47}

engaandose  s mismo=> engandose  s mismo {pg 47}

Origenes de la Francia contempornea=> Orgenes de la Francia
contempornea {pg 48}

pueblo sobre las=> pueblo sobre la {pg 49}

peron que al cabo=> pero que al cabo {pg 50}

estrategia napolonica=> estrategia napolenica {pg 51}

lo hacian invencible=> lo hacan invencible {pg 50}

por un ejercito=> por un ejrcito {pg 51}

Su tctica consista=> Su tctica consista {pg 52}

lograran vencer=> lograrn vencer {pg 53}

Entrais  consultar=> Entris  consultar {pg 60}

tropezis con=> tropezis con {pg 60}

Tiene razon=> Tiene razn {pg 61}

el espectculo=> el espectculo {pg 64}

oponindose sistemticamente=> oponindose sistemticamente {pg 64}

vuestros movimietnos para=> vuestros movimientos para {pg 64}

los franceses llevbamos=> los franceses llevbamos {pg 64}

entonces posais=> entonces poseais {pg 66}

todo le mundo=> todo el mundo {pg 67}

lementables equivocaciones=> lamentables equivocaciones {pg 71}

los francess=> los franceses {pg 76}

se quadaban  la puerta=> se quedaban  la puerta {pg 78}

Figurmenos que=> Figurmonos que {pg 78}

ms produnfa=> ms profunda {pg 81}

El ahorro frances=> El ahorro francs {pg 85}

facilitar le ahorro=> facilitar el ahorro {pg 86}

como si fuerza=> como si fuera {pg 89}

por coquetara=> por coquetera {pg 89}

Mucho se engaaria=> Mucho se engaara {pg 89}

La comercianta=> La comerciante {pg 90}

Enabl conversacin=> Entabl conversacin {pg 91}

pais=> pas {pg 91, 145, 146}

Libreme Dios=> Lbreme Dios {pg 92}

haba ba tido=> haba batido {pg 92}

sea montonaban=> se amontonaban {pg 93}

se hundian en=> se hundan en {pg 93}

echandose hacia atrs=> echndose hacia atrs {pg 93}

Paro el genio francs=> Pero el genio francs {pg 94}

extravi le rumbo=> extravi el rumbo {pg 94}

no est desprovista=> no est desprovista {pg 100}

impossible resistir=> imposible resistir {pg 103}

voy jamas=> voy jams {pg 105}

dejara calir=> dejara salir {pg 114}

esfuerzos increibles=> esfuerzos increbles {pg 116}

coche son tal=> coche con tal {pg 117}

perderian enteramente=> perderan enteramente {pg 117}

El numero de libreras=> El nmero de libreras {pg 118}

nuestra literarura misma=> nuestra literatura misma {pg 118}

como el buho de Minerva=> como el bho de Minerva {pg 120}

baandola de luz=> bandola de luz {pg 121}

entran en Paris=> entran en Pars {pg 122}

cortesia es un andidoto=> cortesa es un antidoto {pg 123}

Entonces es cuando Krishna la revela=> Entonces es cuando Krishna le
revela {pg 130}

habiamos visto=> habamos visto {pg 133}

Estas triste?=> Ests triste? {pg 134}

divis este=> divis ste {pg 131}

vez sera que me me matase=> vez sera que me matase {pg 134}

mas=> ms {muchas instancias}

quedrabura del terreno=> quebrabura del terreno {pg 137}

despues=> despus {muchas instancias}

por el panteismo=> por el pantesmo {pg 143}

un dios aleman=> un dios alemn {pg 143}

La moral es una invencion=> La moral es una invencin {pg 144}

nuestra imaginacion=> nuestra imaginacin {pg 144}

invasion de la Blgica y la destruccion=> invasin de la Blgica y la
destruccin {pg 144}

asi la totalidad=> as la totalidad {pg 144}

desprecio aleman=> desprecio alemn {pg 145}

la fria indiferencia=> la fra indiferencia {pg 145}

los hombres de accion=> los hombres de accin {pg 145}

esta nacion=> esta nacin {pg 146}

Existen sbios muy notables=> Existen sabios muy notables {pg 146}

la filosofia=> la filosofa {pg 146}

habia algunos=> haba algunos {pg 146}

filosfo=> filsofo {pg 146}

hallandonos=> hallndonos {pg 146}

orgullosa satisfaccion=> orgullosa satisfaccin {pg 146}

las demas naciones=> las dems naciones {pg 146}

la filosofia=> la filosofa {pg 146}

filsfo amigo=> filsofo amigo {pg 146}

Los emean sonrientes  los turistas=> Los ensean sonrientes  los
turistas {pg 147}

sonrie  nuestra pueril debilidad sonre  nuestra pueril debilidad {pg
147}

sus idolos=> sus dolos {pg 147}

evolucion biolgica, todavia=> evolucin biolgica, todava {pg 147}

los dis envia=> los das enva {pg 147}

inmensa melancolia, el Kaiser cemejante=> inmensa melancola, el Kaiser
semejante {pg 147}

latinos seguimo pensando=> latinos seguimos pensando {pg 147}

pidad y compasion=> piedad y compasin {pg 148}

Neron y Domiciano=> Nern y Domiciano {pg 148}

no pereceria=> no perecera {pg 148}

jamas prevaleceran contra l pero sufriria=> jams prevalecern contra
l pero sufrira {pg 148}

su hegemonia necesitaria=> su hegemona necesitara {pg 148}

increible, y en un dia=> increble, y en un da {pg 148}

no solo continuar=> no slo continuar {pg 148}

no pereceria=> no perecera {pg 148}

nos quedaria=> nos quedara {pg 149}

tamaa conspiracion=> tamaa conspiracin {pg 149}

la maginacion=> la imaginacin {pg 149}

que jamas han de tener realidad=> que jams han de tener realidad {pg
149}

la razon=> la razn {pg 149}

de filosfos=> de filsofos {pg 149}

en que seria=> en que sera {pg 154}

cientifica=> cientfica {pg 156}

se acerca => se acerca  {pg 166}

se extasian=> se extasan {pg 167}

la antiguedad=> la antigedad {pg 168}

facilmente=> fcilmente {pg 168}

alegria=> alegra {pg 170}

lee  Platon=> lee  Platn {pg 172}

el legitimo Dios el legtimo Dios {pg 173}

arboles=> rboles {pg 174}

le respondi=> le respond {pg 178}

confuso y avergozado=> confuso y avergonzado {pg 178}

confiesa alli=> confiesa all {pg 179}

filtrandose=> filtrndose {pg 183}

guerra increible=> guerra increble {pg 183}

las raices=> las races {pg 183}

periodicamente=> peridicamente {pg 183}

he creido tampoco=> he credo tampoco {pg 183}

creido en la utilidad=> credo en la utilidad {pg 183}

confusion y vergenza.=> confusin y vergenza. {pg 185}

rabiosa colera=> rabiosa clera {pg 185}

Vivia adormecida=> Viva adormecida {pg 186}

al alma ne le bastan=> al alma no le bastan {pg 186}

que vivian apartados=> que vivan apartados {pg 187}

alta prosicin poltica=> alta posicin poltica {pg 188}

exclamaba un dia=> exclamaba un da {pg 188}

el bicarbonato de sosa=> el bicarbonato de soda {pg 190}

en la metropoli=> en la metrpoli {pg 194}

nuestro seorio=> nuestro seoro {pg 194}

Los angeles=> Los ngeles {pg 195}

con vehemancia=> con vehemencia {pg 196}

escribis sobre el papel=> escribs sobre el papel {pg 195}

como hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaa
conspiracion=> cmo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios
para tamaa conspiracin {pg 149}









End of Project Gutenberg's La guerra injusta, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GUERRA INJUSTA ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

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