The Project Gutenberg EBook of Flor de mayo, by Vicente Blasco Ibez

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Title: Flor de mayo

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: December 31, 2012 [EBook #41746]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[Illustration: Bookcover]



FLOR DE MAYO


OBRAS DEL AUTOR

CUENTOS VALENCIANOS.

LA CONDENADA (cuentos).

EN EL PAS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

SNNICA LA CORTESANA (novela).

CAAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).

LOS ARGONAUTAS (novela).


=EN PREPARACIN=

LA CIUDAD DE LA ESPERANZA (novela).

LA TIERRA DE TODOS (novela).

LOS MURMULLOS DE LA SELVA (novela).

ES PROPIEDAD--Reservados todos los derechos de reproduccin, traduccin
y adaptacin.--Copyright 1914, by Blasco Ibez.




V. BLASCO IBEZ

FLOR DE MAYO

(NOVELA)

[Illustration]

PROMETEO

SOCIEDAD EDITORIAL

Germanas, F S.--VALENCIA


OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR


TERRES MAUDITES (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

FLEUR DE MAI (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

BOUE ET ROSEAUX (Traduccin de Maurice Bixio), Pars.

CONTES ESPAGNOLS (Traduccin de G. Menetrier), Pars.

DANS L'OMBRE DE LA CATHDRALE (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

TERRAS MALDITAS (Traduccin de Napoleo Toscano), Lisboa.

A CATHEDRAL (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.

DIE KATHEDRALE (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

FLOR DE MAYO (Traduccin de Josy Priems), Zurich.

ERDFLUCH (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

SCHILFUND SCHLAMM (Traduccin de Wilhelm Thal), Berln.

DER EINDRINGLING (Traduccin de J. Brout), Berln.

DE VLOEK (Traduccin del doctor A. A. Fokker), Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traduccin del Dr. A. A. Fokker), Amsterdn.

CHALUPA (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

MARN CHLOUBA (Traduccin de A. Pikhart), Praga.

AH, IL PANE!... (Traduccin de F. Gelormini), Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traduccin de Johanne Allen), Copenhague.

VINNYI SKLAD (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

BODEGA (Traduccin de K. G.), Petersburgo.

PROKLIATAC POLE (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

SOBOR (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

DUOYOY VISTREL (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGNENAIA (Traduccin de M. Watson), Petersburgo.

ARNES SANGLANTES (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

LA HORDE (Traduccin de G. Hrelle), Pars.

A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traduccin de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.

O INTRUSO (Traduccin de Carvalho), Lisboa.

L'INTRUS (Traduccin de Rene Lafont), Pars.

A ADEGA (Traduccin de E. Sousa Costa), Lisboa-Ro Janeiro.

SUR LES ORANGERS (Traduccin de G. Menetrier), Pars.

LES MORTS COMMANDENT (Traduccin de Berta Delaunay), Pars.

SONNICA (Traduccin de Frances Douglas), Nueva York.

THE BLOOD OF THE ARENA (Traduccin de Frances Douglas), Chicago.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL (Traduccin de W. A. Guillespie),
Londres-Nueva York.

BLOOD AND SAND (Traduccin de W. A. Guillespie), Londres.

OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBEZ (en ruso). Edicin en 16 volmenes con
un retrato del autor (Traduccin de Taitiana Herzenstein y otros),
Moscou.




FLOR DE MAYO


I

Al amanecer ces la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas
luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la
accidentada lnea de tejados comenzaba  dibujarse sobre el fondo
ceniciento del espacio.

Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de
las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban
despus de saludar con perezoso _bn da!_  las parejas de agentes
encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.

 lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el
silencio los silbidos de los primeros trenes que salan de Valencia. En
los campanarios, los esquilones llamaban  la misa del alba, unos con
una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de nio, y
repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su
estridente entonacin de diana guerrera.

En las calles desiertas y mojadas, despertaban extraas sonoridades los
pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapbase,
al travs de las rendijas, la respiracin de todo un pueblo en las
ltimas delicias de un sueo tranquilo.

Aclarbase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgndose una
por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las
encrucijadas, hasta en los ltimos rincones, una claridad gris y fra,
que sacaba de la sombra los plidos contornos de la ciudad; y como un
esfumado paisaje de linterna mgica con el foco de luz fija lentamente
en sus perfiles, aparecan las fachadas mojadas por el aguacero, los
tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las ltimas gotas
y los rboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas,
sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.

La fbrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo
de toda la noche. Los gasmetros caan con desmayo entre sus frreos
tirantes como estmagos fatigados por la nocturna indigestin, y la
colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus ltimas bocanadas
negras y densas, que se esparcan por el espacio con caprichoso
serpenteo, cual un borrn resbalando sobre una hoja de papel gris.

Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para
librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los
vidrios del fielato, los escribientes recin llegados mostraban sus
soolientas cabezas.

Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el
regateo y agriada por la miseria, que por un cntimo soltaba la
compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar  sus
puestos del mercado sostena un sinnmero de rias con los
representantes de los impuestos.

Ya haban pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras
y las vacas de leche con su melanclico cencerreo. Slo faltaban las
pescaderas, el rebao revuelto, sucio y pingajoso que ensordeca con sus
gritos  impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura
salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.

Llegaron cuando ya era de da, y la luz cruda y azulada de una maana de
invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris
del espacio.

Oase, cada vez ms prximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra
fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por
horribles jamelgos, que parecan sostenerse por los tirones de riendas
de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas
arrollado hasta los ojos.

Eran negros atades, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y
despanzurrados  merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y
tremendos rasguos, por donde asomaba el armazn de caas; pegotes de
pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado
con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del
invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba,
como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.

En la parte anterior lucan, como adorno coquetn, unas cortinillas de
rojo desteido, y por la abertura trasera mostrbanse revueltas con los
cestos las seoras de la Pescadera, arrebujadas en sus mantones de
cuadros, con el pauelo apretado  las sienes, apelotonadas unas con
otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que
alteraba el estmago.

As iban adelantando las tartanas en perezosa fila, cabeceando,
inclinadas  un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta que
de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la
violencia de un enfermo fatigado que muda de posicin.

Detuvironse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos
zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio taln, y faldas
recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros
arabescos.

Alinebanse ante la bscula los cestones de caa, cubiertos con hmedos
trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave
bermelln de los salmonetes y los largos y sutiles tentculos de las
langostas, estremecidas por el estertor de la agona. Al lado de las
cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la
postrera contraccin, con fauces circulares desmesuradamente abiertas,
mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una
bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, cadas en el suelo
como un trapo de fregar hmedo y viscoso.

La bscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos
mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados,
descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que pareca
esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y
aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los
papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban
llegando  pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el
grupo; la lnea de banastas extendase hasta cerca del puente. Los
empleados enfadbanse ante la insolente algaraba de aquellas malas
pcoras que les aturdan todas las maanas.

Hablbanse  gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable
repertorio de interjecciones que nicamente se adquiere en un muelle de
Levante. Al verse juntas recrudecanse los sentimientos del da
anterior, la cuestin sostenida al amanecer en la playa; contestbanse
los insultos con soeces ademanes; acompabanse las palabras con
cadenciosas palmadas en los muslos  enarbolando las manos con expresin
amenazante; y  lo mejor, estos furores trocbanse en risas, semejantes
al cloquear de todo un gallinero, si  alguna se le ocurra una frase
capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.

Enardecalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la bscula;
llovan insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordan la lengua;
y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompaamiento de
amigables risas, envibanse  tocar lo otro y lo de ms all, barajando
con inocente tranquilidad las blasfemias ms monstruosas con los
distintivos del sexo.

En este hervidero de risotadas  insultos, la que llamaba la atencin
era Dolores la _del Retor_, una buena moza mejor vestida que las otras,
que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con
los brazos atrs, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un dolo
satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo
cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias
rojas.

Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una
aureola en torno de la pequea frente; ojos verdes que tenan la obscura
transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejbase
la luz, haciendo brillar un crculo de puntos dorados.

Rea como una loca, entreabriendo sus mandbulas poderosas de muchacha
de slida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban
al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que pareca
iluminar la cara con plida claridad de marfil.

Guardbanla consideraciones como  moza de buenos puos  insolencia
agresiva. Influa adems en tal respeto el ser mujer de Pascualo _el
Retor_, un buenazo que la obedeca en todo y no chistaba dentro de casa;
pero que fuera, en el mar, saba ganarse la vida mejor que otros, y
tena, segn opinin general, un _gato_ enorme de duros oculto en los
pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas
afortunadas.

Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba
desvergonzada, y miserable de la Pescadera, y apretaba los labios con
satisfaccin cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pauelos de
Argel  los refajos de Gibraltar regalados por _el Retor_.

nicamente tratbase de igual  igual con cierta ta suya, la _agela
Picores_, una veterana de la Pescadera, enorme, hinchada y bigotuda
como una ballena, que haca cuarenta aos tena aterrados  los
alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las
palabrotas de su boca hundida, centro al que convergan como rayos todas
las arrugas de su cara.

--_Recristo!_ _cunt acabeu?_--grit Dolores con los brazos en
jarras, dirigindose  los panaderos.

Y stos, que ya retiraban de la bscula su ltimo saco, contestaban con
soeces bromas  las mujeres que, con las manos cruzadas bajo el
delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto
grotesco.

Comenz el peso del pescado; surgieron las rias de todos los das sobre
 cul le tocaba ir delante. Amenazbanse sin llegar nunca  las manos;
la _ta Picores_ intervena con su vozarrn cascado, que disparaba los
insultos como caonazos; pero Dolores no atenda y dejaba pasar su
turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas barandas vease
avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras, encorvada
bajo el peso de las cestas.

La buena moza rea con expresin diablica, y cuando aquella mujer
estuvo cerca del fielato, rompi en una carcajada insolente, tocando en
un brazo  la _agela Picores_.

Mrela, ta! Siempre llegaba tarde! Claro! con aquella pachorra!...
Cualquier da iba  carsele lo que llevaba bajo del delantal.

La mujer palideci, y con ademn de cansancio dej en el suelo las
pesadas cestas. Miraba  Dolores con expresin de odio, como si  su
vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de
arriba abajo con ojos iracundos.

Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz, aspirando con fuerza, como
si tomara rap. Poda sentarse. Deba estar cansada y chorreando por la
caminata.

Estos insultos  media voz irritaron  la rezagada... Sentarse?
Habrse visto desvergonzada? Ella no poda gastar tartana, pero iba 
pie con remuchsima honra; no era como otras que engaaban al marido,
dndose buena vida.

Por quin deca eso?... Por ella?... Y la insolente pescadera, con los
hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira, avanz algunos pasos.
Pero all estaba la ta para intervenir, agarrndola con sus arrugadas
manazas.

Acababan de pesar sus cestas. Ella no quera los ni escndalos.  la
tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadera
aguardaban los pescadores. Mirad que les estaba bien, siendo cuadas!

Y empujando  Dolores con el blanducho vientre, la condujo  su tartana,
donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.

La buena moza se dejaba conducir como una nia, pero le temblaban los
labios, y al mover el destartalado carromato, lanz la ltima amenaza:

--_T, Rosario, ya se vorem_.

Verse? Cuando ella quisiera. No tardaran mucho. Y Rosario, mujercita
flaca y nerviosa, temblaba tambin de ira; sus pobres brazos levantaron
como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la haban abrumado,
arrojndolos con fuerza sobre la bscula.

Comenzaba el da en la ciudad. Pasaban los tranvas repletos de
madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos
por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino
desfilaban  la conquista del pan los rebaos de obreros, todava
adormecidos, camino de las fbricas, con el saquito del almuerzo  la
espalda y la colilla en la boca.

Rasgbase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el
sol haca su aparicin triunfal como deslumbrante custodia, casi  ras
del suelo, convirtiendo en oro lquido los charcos de lluvia y
reflejndose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.

En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso
ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban
el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo
las vacas de leche; abranse las puertas de las tiendas, empavesndose
con multicolores muestras, y en su interior sonaba el spero roce de las
escobas arrojando  la calle nubes de polvo, que adquira una
transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.

Cuando las tartanas llegaron  la Pescadera, acudieron solcitas las
viejas mandaderas  descargar las cestas, ayudando  bajar con servil
respeto  las que su miseria haca considerar como seoras.

Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantn, por las puertas
angostas, obscuras como rastrillos de crcel: bocas ftidas que
exhalaban el hmedo tufo de la Pescadera.

Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los toldos de cinc, que
todava goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban las vendedoras
sus cestas en las mesas de mrmol, alineando los peces sobre un lecho de
verdes espadaas. Las enormes rodajas de los grandes pescados mostraban
su carne sanguinolenta; sala de los toneles el _gnero_ del da
anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas
flcidas, y la sardina amontonbase en democrtica confusin junto al
orgulloso salmonete y  la langosta de obscura tnica, que agitaba sus
tentculos como si diese bendiciones.

Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del mercadillo: mujeres
vestidas de igual modo que las del Cabaal, pero de aspecto ms msero,
de rostro ms repulsivo.

Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de un pueblo extrao y
degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y negras como
atades, entre espesos caares, en chozas hundidas en los pantanos, y
que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de
la miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el
extrao fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre
ambiente del mar, sino al tufo del lgamo de las acequias, al barro
infecto de la laguna que al moverse despide la muerte.

Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que palpitaban como seres
vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de las anguilas
contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscndose por la blancuzca
tripa  irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto  ellas caan
inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de
insufrible hedor, con extraos reflejos metlicos, semejantes  los de
esas frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus
entraas.

Entre estas mseras mujeres existan tambin categoras, y algunas ms
infelices sentbanse en el suelo hmedo y resbaladizo, entre las filas
de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que estaban ensartadas las
ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como bailarinas
desnudas.

La Pescadera entraba en movimiento. Comenzaba la afluencia de los
compradores, y entre las vendedoras cruzbanse seas misteriosas, gritos
de un _cal_ especial que avisaban la llegada de los alguaciles y hacan
desaparecer con rapidez de prestidigitacin, bajo los delantales y
zagalejos, las libras cortas de peso.

Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el plateado vientre de los
pescados; caan las hediondas entraas bajo los mostradores, y los
perros vagabundos, despus de husmearlas, lanzaban un gruido de asco,
huyendo hacia los inmediatos prticos, donde estaban los puestos de los
carniceros.

Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la
misma tartana  ante la bscula del fielato, mirbanse desde sus mesas
con hostilidad, cruzando provocativas ojeadas cada vez que se
arrebataban un parroquiano.

Una atmsfera de lucha, de ruda competencia, se extenda por el lbrego
mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus baldosas.
Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias
balanzas por atraer compradores, invitndoles con palabras cariosas,
con ofrecimientos maternales. Y momentos despus, las bocas melosas
convertanse con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la
inmundicia del lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompaamiento
de insolentes carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva
solidaridad para insultar al comprador.

La _ta Picores_ mostrbase majestuosa en la alta poltrona, con su
blanducha obesidad de ballena vieja, contrayendo el arrugado y velloso
hocico y mudando de postura para sentir mejor la tibia caricia del
braserillo, que hasta muy entrado el verano tena entre los pies, lujo
necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta los
huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazn
eterna pareca martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos
hurgaban en los sobacos, se deslizaban bajo el pauelo, hundindose en
la maraa gris, y tan pronto haca temblar con sus tremendos rascuones
el enorme vientre que caa sobre las rodillas cual amplio delantal,
como con un impudor asombroso remangbase la complicada faldamenta de
refajos para pellizcarse en las hinchadas pantorrillas.

Tena de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer
nuevos compradores, pero gozaba diablicamente cuando torciendo el ceo
poda escupir alguna terrible palabrota  las seoras regaonas que
acompaaban  sus criadas al mercado.

Su vozarrn cascado era siempre el que deca la ltima palabra en las
disputas de la Pescadera, y todas rean sus chistes horripilantes, las
sentencias de filosofa desvergonzada que pronunciaba con aplomo de
orculo.

Frente  ella venda su sobrina Dolores, arremangados los hermosos
brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza,
mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona  todos los
parroquianos, buenos burgueses que hacan la compra por s mismos y
acudan con el limpio capazo ribeteado de rojo, atrados por la gracia
de la buena moza.

Separada de la _ta Picores_ por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en
arreglar su pescado de modo que el ms fresco quedase  la vista. Las
dos cuadas se miraban frente  frente. Torcan el gesto afectando
desprecio; volvanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para
cruzarse con expresin iracunda.

Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo,
cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se
atrajo  un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.

Poda sufrirse aquello? Miren la mala piel!  una mujer honrada le
quitaba sus ms antiguos parroquianos. Ladrona, ms que ladrona!

Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespbase como
un gallo flaco, con las huesudas mejillas lvidas de rabia y los ojos
brillantes de fiebre.

Y la otra?... Haba que verla hacindose la reina, sorbiendo viento por
su nariz corta y graciosa... Quin era la ladrona? Ella?... No haba
para irritarse tanto, hija ma. All todas se conocan; la gente saba
quin era cada una.

La Pescadera se animaba. Las vendedoras comunicbanse su entusiasmo con
maliciosos guios, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus
pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonrean
complacidos por el espectculo; un alguacil que acababa de entrar en el
mercadillo, escurrase prudentemente como hombre experto, y la _ta
Picores_ miraba  lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que
no tena trmino.

--S; una ladrona--continuaba Rosario--. Bien pblico era. Tena la
mana de quitarle todo lo suyo. Se lo poda probar. En la Pescadera le
robaba los parroquianos, y all en el Cabaal le robaba otra cosa...
otra cosa; ya lo entenda ella... Como si la gran mala piel no tuviese
bastante con su _Retor_, un _lanudo_ ms ciego que un topo, incapaz de
saber dnde tena la frente!

Pero este vmito de insultos no consegua desvanecer la calma desdeosa
de Dolores. Vea cmo apretaban todos los labios para contener la risa
que les causaban las alusiones  ella y  su marido, y por lo mismo se
mostraba serena, no queriendo divertir  la Pescadera.

--_Calla, loca!_--deca con acento despreciativo--. _Calla,
envechosa!_

Pero Rosario replicaba.

Envidiosa ella? Y de quin? De una _tirada_ que tena la peor fama en
el Cabaal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada, incapaz de
quitarle  ninguna su hombre.

Y  continuacin la desdeosa respuesta de Dolores. Qu has de quitar
t?... Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para eso, hija
ma.

Y as segua el tiroteo de insultos; Rosario, cada vez ms lvida,
enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en jarras,
soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.

Una fiebre belicosa invada el mercadillo. Habanse formado grupos en
las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las mesas sus
bustos de furias desgreadas, chasqueando las lenguas como si azuzasen
perros, celebrando con carcajadas las cnicas respuestas de Dolores y
golpeando las balanzas con las pesas para acompaar con un metlico
_retintn_ la rociada de insultos.

La buena moza apel  su supremo argumento de desprecio.

--_Mira!_... _parla en ste!_

Y volvindose de espaldas con vigorosa rabotada, dise un golpe en las
soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme masa de robusta
carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.

Aquello tuvo un xito loco. Las pescaderas caan en sus asientos,
sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los puestos
cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para
aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras,
admiraban aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.

Pero su triunfo dur poco. Al volver el sonriente rostro recibi en los
ojos y las narices dos puados de sardinas que le arroj Rosario, ciega
de furor...  ella tal insulto? Que saliera aquel pendn; quera verle
la cara.

Y Dolores se ech fuera de su puesto, remangndose aun ms los brazos,
con los ojos moteados por el extrao fulgor de sus puntos de oro.

All iba la otra: con la cabeza baja, mascullando las ms atroces
palabrotas; temblando de pies  cabeza por la rabia y atropellando 
cuantos intentaron detenerla.

Se agarraron en medio del pasadizo hmedo y pegajoso, entre las dos
filas de mesas.

La mujercita nerviosa y dbil choc con mpetu contra la buena moza sin
lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el msculo; la ira
azotando  la fuerza, sin causarla la menor emocin.

Dolores esper  pie firme, acogiendo  su rival con una lluvia de
bofetadas que enrojecieron lvidamente las enjutas mejillas de Rosario;
pero de pronto lanz un alarido, llevndose ambas manos  una oreja.

Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre... Ah, la grandsima
perra! La haba desgarrado la oreja tirando de uno de aquellos
pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadera entera.

Era este un modo digno de reir? No resultaba propio de quien tiene el
alma atravesada? En la galera estaban muchas con menos motivo!

Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrndose la oreja con graciosa
expresin de nia dolorida.

El choque slo haba durado unos segundos.

Dos manotadas de la _ta Picores_ bastaron para separar  las feroces
combatientes; y mientras la vieja increpaba  Rosario, plida y asustada
por lo que haba hecho, un grupo de pescaderas consolaba  Dolores y la
contenan, pues la gallarda moza, al sentir los agudos pinchazos del
desgarrado lbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.

Por encima del gento asomaban los kepis de los municipales, pugnando
por abrirse paso... La vieja dio rdenes. Todas  sus puestos, y
_mutis_. No era cosa de dar gusto  aquellos vagos para que las
fastidiasen con citaciones y juicios. All no haba pasado nada.

Dolores vi su cabeza cubierta con un pauelo de seda que le tapaba la
ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas con cmica
gravedad, pregonando el pescado  todo pulmn, y los municipales fueron
de puesto en puesto entre la algaraba infernal sin merecer otra
respuesta que airadas palabras.

Qu buscaban all? En otra parte estaba su ocupacin. All nada haba
ocurrido. Siempre acudan donde no les llamaban.

Y tuvieron que salir de la Pescadera con las orejas gachas, perseguidos
por el vozarrn cascado de la _ta Picores_, indignada ante la
oficiosidad de tales mequetrefes y por el irnico retintn de las
balanzas, que parecan darles una cencerrada.

Se restableci la calma. Las pescaderas slo pensaron en atraer
compradores. Rosario qued erguida en su asiento, con los brazos
cruzados, la mirada torcida  inmvil, sin preocuparse de vender, como
una esfinge irritada, marcndose cada vez ms en sus mejillas las
huellas violceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores,
volvindole la espalda, hacia esfuerzos para contener las lgrimas que
le arrancaba el dolor.

La _ta Picores_ mostrbase preocupada; hablaba en voz alta, como si
sostuviera un dilogo con los yertos pescados que tena delante... Pero
iban  estar as las grandsimas arrastradas toda su vida? Siempre
mtame  te matar?... Y todo por cuestin de hombres... Animales! Como
si no los hubiera de sobra en este mundo. Ella deba evitarlo; vaya si
lo evitara. Y si se resistan, las emprendera  bofetadas, pues le
sobraban agallas para ello.

A las once se zamp el almuerzo que le trajo la mandadera: un rollo de
pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despach en unos cuantos
bocados, y despus, limpindose con el mugriento delantal la profunda
estrella de arrugas, relucientes de grasa, fu  plantarse ante la mesa
de su sobrina, sermonendola agriamente.

_Aquello_ se haba de arreglar. No le gustaba que la familia fuese en
lenguas, dando que rer  toda la Pescadera. Se haba de arreglar!
Entiendes? Ella tena empeo, y cuando ella se empeaba en algo, se
haca por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir  bofetadas
con medio mundo. Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no vala
nada comparado con lo que ocurrira si ella se echaba el alma atrs.

--No, no--gimoteaba Dolores, cerrando los puos y moviendo la cabeza con
enrgica negativa.

Cmo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, haba de acabar una
enemistad tan escandalosa. Eran cuadas, y lo que haba ocurrido no
resultaba irremediable... Que le haba desgarrado la oreja? Anda, hija
ma, que buenas bofetadas la haba largado ella antes. Vyase lo uno por
lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho _mutis_ y  obedecer  la ta.

Y de all pas  la mesa de Rosario,  la que habl aun ms fuerte. Era
una fiera de mala baba, s seor; una perra rabiosa. Y que no le
replicara ni la mirase con tanta clera, porque le tirara una libra 
la cabeza. Ya era sabido cmo las gastaba ella, y adems, para haber
sido amiga de su madre, la tena muy poco respeto. _Aquello_ haba de
acabar. Lo deca ella, y basta. All estaba la pobre Dolores llorando de
dolor. Era aquella manera de reir? Le pareca decente estirar as las
orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reir se proceda con ms
nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. All estaba ella, que
haba ido  la grea con todas las de su poca. La que ms poda le
remangaba los zagalejos  la otra, y all... en lo blando, zurra que te
zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y
despus, tan amigas,  jurar la paz en la chocolatera. As procedan
las personas decentes, y as sera ahora, porque ella lo deca... Que
no? Que Dolores le quitaba el marido?... Cordones con el marido! No
pareca sino que su sobrina era la que iba  buscarle.

Los hombres son los que buscan; y si ella quera tener seguro el suyo,
que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se
quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, recordones! y
sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le
queden ganas de buscar nada en la del vecino. Ay qu chicas las de
ahora! Y qu poco saben! En la piel de Rosario deba estar ella, y ya
vera si su hombre cumpla la obligacin... Nada; lo dicho. La cosa se
arreglara. Ella y la otra tenan que obedecerla y respetarla,  de lo
contrario...

Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cario, la _ta Picores_
volvi  su puesto  continuar la venta.

Aqul da termin pronto. La gente deseaba pescado, y  medioda
comenzaron  vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles
entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros 
recoger cuvanos y banastas, apilndolos en las traseras de sus
desvencijados carromatos.

La _ta Picores_ se arreglaba el mantn de cuadros en medio de la
Pescadera, rodeada de algunas amigachas de su poca, fieles compaeras
que le ayudaban  pagar  escote al tartanero.

Haba que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la
tartana todas las cestas, fu  las mesas de las dos rivales, sacndolas
 pellizcos y  empujones.

Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja,
estaban una junto  otra con la cabeza baja, como avergonzadas y
pesarosas por el contacto, pero sin atreverse  chistar.

--_Espramos_ _en la chocolatera_--orden la vieja al tartanero.

Y el respetable grupo de mantones  cuadros y faldas de insufrible tufo
sali de la Pescadera, conmoviendo las losas con su rudo chancleteo.

Iban una tras otra  la desfilada por la plaza del Mercado, donde se
estaban realizando las ltimas ventas. La _ta Picores_ al frente,
abriendo paso  empujones; detrs sus viejas amigas, de hocico arrugado
y ojos amarillentos; Rosario, que como haba venido  pie iba cargada
con sus cestas vacas, y Dolores, que  pesar de su dolorida oreja
sonrea por costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro
moreno asomando bajo el pauelo de pita.

Tomaron posesin de la chocolatera, como antiguas parroquianas, dejando
sobre las mesitas de mrmol las cestas de Rosario, que apestaban,
mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato que
sala de la cocina inmediata.

La _ta Picores_ bufaba de satisfaccin al verse en la fresca sala que
constitua su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran
tan conocidos: el zcalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de
blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas;
en la puerta las heladoras, inmviles, con la panza enfundada en corcho
y puntiaguda caperuza de metal; ms adentro el mostrador, con sus dos
urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras l la
duea dormitando, moviendo perezosamente la caa con su cabellera de
rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.

Qu iban  tomar? Lo de siempre!... eso no se pregunta. Jcara de 
onza por barba y vaso de refresco.

Con este eran cuatro chocolates los que haba engullido la _ta Picores_
en la maana; pero su estmago y el de sus amigas estaban  prueba del
Caracas falsificado, que sorban con sibartico placer. Haba cosa
mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de
las viejas contraanse con expresin ansiosa, aspirando el humillo
azulado que exhalaban las blancas jcaras.

Salan los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en
las bocas desdentadas, mientras que las dos jvenes apenas si coman,
permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.

Pero como ya la jcara de la _ta Picores_ estaba casi vaca, intervino
su vozarrn en el penoso silencio.

Pero qu tontas eran! Aun les duraba el disgusto? Haba que reconocer
que las pescaderas de ahora eran muy diferentes  las de antes. Qu
morros se ponan! Qu rencores se guardaban! Ni que fuesen seoritas!
Antes la gente tena mejor corazn. Y si no, vamos  ver: no se haba
tirado ella del moo con todas las de su edad que estaban presentes?
(Aqu un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De
seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontraran tal vez
ms abajo de la espalda la seal de algn taconazo traidor; y sin
embargo, tan amigas, tan dispuestas  hacerse un favor,  remediarse en
una desgracia. Y as debe ser la gente, recordones! Todas tenemos un
pronto, pero despus que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de
buen corazn. Las rabietas se dejan  la puerta de la chocolatera, y
aqu dentro buenas amigas. Lo que deca su madre y se ha dicho siempre
en la Pescadera. Los pesares no han de pasar de la garganta.

_Pesar, d' as no has de pasar._ _Chocolate, bollet y gt de quinset._

Y aunque el vaso no fuera de _quinset_, por no ser an poca de helados,
todas las viejas, aprobando la filosofa de su compaera, se sorbieron
los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfaccin con
ruidosos eructos.

Pero la _ta Picores_ iba indignndose ante la silenciosa reserva de las
dos rivales. Qu! Iban  estarse as toda la vida? Es que sus
palabras no valan nada?  ver: Rosario, que era la ms culpable.

Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su
mantn, mascull algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con
lentitud:

Yo... _si esta me promet_... _ferli mala cara_...

Dolores salt inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.

Hacer mala cara! Era ella acaso algn coco, algn _butni_ para
asustar  las personas? Adems, Tonet, el dichoso marido de la otra, era
hermano de su hombre, y  un cuado no se le puede cerrar la puerta ni
recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no
tena ganas de ruidos; ella quera vivir en santa paz y no le gustaba
tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran los, mentiras de la gente
que no sabe cmo _enguerrar_  los buenos matrimonios. Que ella haba
sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... y qu? Era la
primera vez que ocurra esto? Y qu otro motivo haba para que la
_armasen_ tales calumnias?... Lo volva  repetir: quera paz y
tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometa que si alguna
confianza se tomaba con Tonet, como  cuado que era, no volvera 
repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.

La _ta Picores_ estaba radiante. As le gustaban  ella las personas.
Buen corazn ante todo. Qu! estaba contenta Rosario? No era
bastante? Ahora un abrazo y todo se acab.

Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuadas se
abrazaron sin levantarse de las sillas.

La ta, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura
que las mujeres riesen por un hombre. Lo que ella deca. No haba de
sobra hombres en el mundo? Eso es lo que queran los muy granujas; que
riesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.

La mujer deba tener _agallas_, s seor; muchas _agallas_. Ser como
ella, que cuando su difunto le haca una, saba traerlo al orden, y
hasta si era preciso, obligarle  que le pidiese perdn.

Adems, buenos eran ellos para tenerles celos. Para qu mayor infierno?
Saba una siempre dnde pasaba las horas el marido al salir de casa?
No; por lo mismo era una tontera enrabietarse por sus pilladas y no
darse buena vida. Cuanto ms fiera es una, ms la quieren. Lo que haca
ella con el difunto cuando sospechaba algo. Fuera de la cama; y donde
has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de
mimos ni _cucamonas_; as la respetan  una.

Dolores, seria y estirada, contraa los labios como si contuviera la
risa que le escarabajeaba en el paladar.

Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la _ta Picores_.
Viva honradamente con su marido y tena derecho  que Tonet la imitara.
No le gustaban los ni enredos.

La vieja la interrumpi. Todo aquello eran msicas, _hipocresas_ que la
daban asco. Haba que tomar  los hombres tal como eran. Verdad,
chicas?...

Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.

La _ta Picores_ continu. Todos los hombres eran unos bestias, que
cuanto ms mal los trata una, mejor la siguen como perros. Adems, la
que quisiera tener seguro  su hombre, que lo atase  una pata de la
cama con las cintas de las enaguas... Y no deca ms.

El tartanero haba asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y
manifestaba su prisa con un gran acompaamiento de interjecciones contra
aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.

--_Agurdat, cara de palleta!_--grit la ronca vieja--. _Qu no te
paguem?_...

Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendi su brazo
majestuosamente. All no pagaba nadie, recordones! La fiesta era cosa
suya. Haba que celebrar la reconciliacin de las chicas.

Ponindose en pie, se arremang falda y zagalejo, buscando sobre las
enaguas una gran bolsa ceida  la cintura, de la que fue sacando unas
tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y
por fin un puado de calderilla, que arroj sobre la mesa.

Algunos minutos pas contando y recontando las piezas pegajosas,
saturadas de olor de marisco, y por fin dej el montoncito sobre el
mrmol, saliendo de la chocolatera cuando ya todas las amigachas se
haban encaramado en la vieja tartana.

Rosario, con sus cestas vacas, estaba en la acera, frente  Dolores,
mirndose las dos y sin saber qu decirse.

La _ta Picores_ la invit  subir en la tartana. Se apretaran un poco
y la llevaran hasta casa.... Que no? Bueno, pues ya saba lo dicho:
mucha paz y tranquilidad.

--_Adis_, _Rosario_--dijo Dolores sonriendo graciosamente--. _Ya saps
que som amigues_.

Y saludndola con amistoso ademn, subi seguida de su ta, inclinndose
quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.

Se alej el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de
hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, qued inmvil en
la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de
una reconciliacin con su rival.


II

Haban pasado muchos aos, y sin embargo, unos por referencia y otros
como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabaal de lo
ocurrido un martes de Cuaresma.

El da fu de los ms hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un
espejo, sin la ms ligera ondulacin, reflejando el inquieto tringulo
de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.

Vendase el pescado como una bendicin de Dios. La demanda era mucha en
el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al
cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y
deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al
Cabaal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.

 medioda cambi el tiempo. Sopl el viento de Levante, tan terrible en
el golfo de Valencia; el mar se riz levemente; avanz el huracn,
arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lvido, y un montn
de nubes corrironse desde el horizonte, cubriendo al sol.

En la playa fu grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las
pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las
que dejan rastro en los hogares de los pescadores.

Alborotbanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el
viento corran por la playa sin saber dnde ir, dando espantosos
alaridos y encomendndose  todos los santos de su devocin, mientras
que los hombres, plidos, ceudos, chupando sus cigarrillos y ponindose
al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte,
cada vez ms obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes
del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la
avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales
comenzaban  romperse las primeras moles de agua, cubrindolos de
hirvientes espumarajos.

La suerte de tantos padres  quienes la tempestad habra sorprendido
ganndose el pan, haca temblar  la gente de la playa; y  cada mugido
del viento, todos, bambolendose sobre la arena, pensaban en los
robustos mstiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo
momento se hacan trizas.

 media tarde en el horizonte, cada vez ms obscuro, comenz a marcarse
una lnea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se
remontaban como desaparecan.

Llegaban como rebao asustado y en dispersin, dando tumbos sobre las
lvidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que pareca
divertirse arrancndolas en cada papirotazo una vela, un trozo de
mstil  el timn, hasta que levantando una montaa de agua verdosa,
coga de travs  la desmantelada barca y se la sorba.

La ltima y ms terrible lucha fu  la entrada del puerto. En las
barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies 
cabeza, reciban los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como
resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella
noche dej memoria en el Cabaal.

Grupos de mujeres desmelenadas, frenticas de dolor, roncas de gritar
sus aclamaciones al cielo, corran por el muelle de Levante, expuestas 
ser devoradas por las olas que escalaban los peascos, mojadas por el
polvo de amarga agua que escupa la furiosa marea, y miraban ansiosas el
horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible
agona de las ltimas barcas.

Faltaban muchas  llegar. Dnde estaran? Ay Dios!... qu felices
eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando  sus maridos 
hijos, mientras los otros, ms infortunados, corran dentro de un atad
al travs de la noche, saltando de ola en ola, rodando  lo ms hondo de
hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas
tablas y sobre la cabeza la lvida montaa de agua prxima 
desplomarse!

Llovi durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en
el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantn, en
cuclillas sobre el barro negruzco del carbn de piedra, rezando  gritos
para ser odas mejor por los sordos de arriba,  interrumpiendo algunas
veces su oracin para tirarse de los revueltos pelos, lanzando  lo
alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias
de la Pescadera.

Hermoso amanecer! El sol asom su hipcrita cara tras la tranquila
lnea del mar, matizada  trechos por las espumas de la noche anterior;
extendi sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados  inquietos,
embellecindolo todo; all no haba pasado nada; y lo primero que
doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fu el casco destrozado de un
bergantn noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena,
mostrando  flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y
los palos rotos tremolando todava jirones de velas.

Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los
suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas,
los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos
negros que pululaba en la playa, desaparecan como tragados por la
arena.

Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por
los caminos de la huerta de Ruzafa deslizbanse arrastradas las hermosas
maderas del Norte, que haban de convertirse en techumbres de nuevas
barracas.

Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballeras como
legtimos poseedores del botn, sin pensar que tal vez estaba salpicado
con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban  sus espaldas
tendidos sobre la arena.

En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros
ms curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadveres tendidos
entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos,
mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura
femenil, mientras sus ojos azules, turbios  inmviles, miraban al cielo
con misteriosa expresin.

El naufragio del bergantn noruego fu lo ms notable de la tempestad.
Los peridicos hablaron de la catstrofe. Acudi la gente de Valencia
como en romera para ver de lejos el buque nufrago hundido hasta la
borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras,
acogiendo con gestos de extraeza las lamentaciones de aquellas mujeres
que no vean volver  los suyos.

La desgracia no era tan grande como en un principio se crey. Al
serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas,  las que se
tena por perdidas.

Habanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Ganda  en
Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de
alegra, exclamaciones de gozo, votos de gracias  todos los santos
encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la
subsistencia.

Una sla no volvi: la barca del to Pascualo, un vividor de los ms
tenaces que se conocan en el Cabaal, siempre rabiando por conquistar
la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran
marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orn,  las que
llamaba con familiaridad la _csta d'afra_, como si se tratase de la
acera de enfrente.

Su mujer, Tona, pas ms de una semana esperndole en el puerto, siempre
con un arrapiezo al pecho y otro ms talludo y gordinfln agarrado a sus
faldas. Esperaba  su Pascual, y  cada nuevo informe que la daban,
prorrumpa en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando  gritos 
Mara Santsima.

Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponan el
gesto fosco. Haban visto la barca corriendo el temporal frente al cabo
de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta
alguno crea haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa,
que la cogi de lado, no pudiendo asegurar si reapareci  fu engullida
por el agua.

Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos,
tan pronto desesperada como animndose con extraa esperanza, hasta que
por fin,  los doce das, una escampava que costeaba persiguiendo el
contrabando, condujo  la playa la barca del to Pascualo con la quilla
al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando
lgu-bremente como gigantesco atad y rodeada de un enjambre de
extraos peces, pequeos monstruos que parecan atrados por un cebo que
husmeaban  travs de las quebrantadas tablas.

Sacaron la barca  la orilla. El mstil estaba roto  ras de la
cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar
 ella para acabar de vaciarla  fuerza de cubos, sus pies hundidos
entre las cuerdas y cestones que aun estaban all revueltos, tropezaron
con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era
un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de
la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme
prximo  estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo
el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa,
erizbanse sobre el cadver, comunicndole espeluznantes
estremecimientos.

Era el to Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpi en
lamentos, sin atreverse  tocar la masa repugnante. Algn golpe de mar
le haba arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y
all se qued con la cabeza destrozada, sirvindole de tumba el armazn
de tablas, ilusin de toda su vida, que representaba treinta aos de
economas amasadas ochavo sobre ochavo.

Las comadres del Cabaal prorrumpan en lamentos al ver cmo dejaba el
mar  los hombres que tenan el valor de explotarlo, y con sus alaridos
de plaidera acompaaron al cementerio la caja que contena el cadver
rodo y aplastado.

Durante una semana se habl mucho del to Pascualo; despus la gente
slo se acord de l al ver  su viuda, siempre suspirando, con un
arrapiezo de la mano y otro al pecho.

Algo ms que la prdida del marido lloraba la pobre Tona. Vea acercarse
la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta  la
misma pobreza acostumbrada  privaciones; la carencia de hogar, la
necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo  el
mohoso mendrugo.

Cuando aun estaba reciente su desgracia encontr proteccin; y las
limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla
durante tres  cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fu
la viuda del nufrago, sino una pobre ms que importunaba  todos con
lamentaciones pedigeas, y al fin vi cerrarse muchas puertas y
volverse con desvo caras amigas que siempre haban tenido para ella
cariosas sonrisas.

Pero no era mujer para amilanarse ante el desvo general. Ea! ya haba
llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena
madre que tiene magnficos puos y dos bocas que la piden pan.

No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde muri su
marido, y que puesta en seco se pudra sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajndose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.

Tona tena un plan. Donde estaba la barca poda plantear su industria.
La tumba del padre servira de sustento para ella y los hijos.

Un primo hermano del difunto Pascual, el to Mariano, soltern que iba
para rico y pareca tener algn cario  los dos sobrinos, fue, a pesar
de su avaricia, el que ayud  la viuda en los primeros gastos.

Un costado de la barca fu aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeo mostrador. En el fondo de la barca colocronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fu sustituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lbrego tabuco;  proa y popa, con los tablones sobrantes, formronse
dos agujeros  modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los nios, y sobre la puerta extendise un tinglado de caas, bajo el
cual mostrbanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.

La fnebre barca convirtise en cafetn de la playa, cerca de la casa
donde estn los toros para el arrastre de las embarcaciones, en el punto
en que se descarga el pescado y es mayor la afluencia de gente.

Las comadres del Cabaal estaban asombradas. Tona era el mismo demonio.
Miren qu bien saba ganarse la vida! Toneles y botellas se vaciaban
que era una bendicin de Dios; los pescadores sorban all sus copas sin
necesidad de atravesar toda la playa para ir  las tabernas del Cabaal,
y bajo el tinglado, en las cojas mesillas, echaban sus partidas de
_truque y flor_, esperando la hora de hacerse  la mar y amenizando el
juego con sendos tragos de caa que Tona reciba directamente de la
misma Cuba, segn su formal juramento.

La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando saltando de ola en ola
arrastraba las redes, jams haba producido tanto al to Pascual como
ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la viuda.

Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones que iba
experimentando la original instalacin. Los agujeros de los dos
camarotes cubranse con vistosas cortinas de sarga; y cuando stas se
levantaban, veanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre
el mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la
barca, pintada de blanco, haba perdido el fnebre aspecto de tumba que
recordaba la catstrofe, y junto  sus costados iban extendindose
cercas de caas, conforme aumentaba la prosperidad del establecimiento.
Corran con gracioso contoneo sobre la ardiente arena ms de veinte
gallinas, capitaneadas por un gallo matn y vocinglero que se las tena
tiesas con todos los perros vagabundos que correteaban la playa; al
travs de los caizos oase el gruido de un cerdo atacado del asma de
la obesidad, y frente al mostrador, bajo el sombrajo, flameaban  todas
horas dos fogones, donde las _paellas_ de arroz burbujeaban su caldo
substancioso o el pescado chirriaba, dorndose entre el azulado vapor
del aceite frito. Haba all prosperidad y abundancia. No era para
hacerse ricos, pero se viva bien. La Tona sonrea con satisfaccin
pensando que nada deba y viendo el techo empavesado de morcillas secas,
sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y algn jamn espolvoreado
con pimiento rojo: los tonelitos llenos de lquido, las botellas,
escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de
diversos tamaos colgadas de la pared, prontas  chillar sobre el fogn
con su cavidad repleta de cosas substanciosas.

Y pensar que haba pasado hambre en los primeros meses de su viudez!
Por eso, harta y satisfecha, repeta ahora tantas veces la misma
afirmacin. Por ms que digan, Dios no desampara  las buenas personas.

La abundancia y la falta de cuidados la rejuvenecieron. Engordaba dentro
de su barca con cierto lustre de carnicera ahita; siempre  cubierto del
sol y la humedad, no tena el color seco y tostado de las que esperaban
en la orilla de la playa, y se presentaba tras el mostrador luciendo
sobre la voluminosa pechuga una coleccin interminable de pauelos de
_tomate y huevo_, complicados arabescos rojos y amarillos tejidos en la
slida seda.

Permitase lujos de decorado. En el fondo de su tienda, sobre las
maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una coleccin de cromos
baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos
pauelos; y los pescadores, mientras beban bajo el sombrajo, miraban
por encima del mostrador la _Cacera del len_, _La muerte del justo y
la del pecador_, _La escala de la vida_, media docena de santos, entre
los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el gordo
representando al que fa y al que vende al contado, con la consabida
leyenda: _Hoy no se fa aqu, maana s_.

Haba para estar satisfecho viendo cmo se criaba la familia sin grandes
privaciones. La tienda siempre adelante, y poco  poco se llenaba de
duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre
el piso de tablas y el grueso colchn.

Algunas veces no poda contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su
fortuna, sala hasta la orilla de la playa. Desde all contemplaba con
ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre,
la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que
asomaba entre la aglomeracin de cercas y caares sus dos puntas de
deslumbrante blancura, como embarcacin fantstica que, arrastrada por
un huracn, hubiese ido  caer en el corral de una granja.

No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dorma poco, levantbase
al amanecer, y muchas veces,  media noche, aporreaban la puerta de la
barca y haba que levantarse para servir  los pescadores recin
llegados  la playa, que descargaban su pescado y tenan que hacerse 
la mar antes del alba.

Estas francachelas nocturnas eran las ms productivas y las que mayor
cuidado inspiraban  la tabernera. Conoca bien  aquella gente, que
despus de pasar una semana sobre las olas, quera en las pocas horas de
holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.

Abalanzbanse al vino como mosquitos; los viejos quedbanse dormitando
sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los
jvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del
mar, miraban  la _si_ Tona de modo tal, que ella torca el gesto con
enfado y se preparaba  rechazar los brutales carios de aquellos
tritones de camiseta rayada.

Nunca haba valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos
negros, que parecan aclarar su rostro moreno y lustroso, y ms que todo
la ligereza de ropas con que en verano serva  los nocturnos
parroquianos, hacanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la
proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban  ver  la _si_
Tona.

Pero ella era una hembra brava que saba tratarlos. Jams se renda; las
proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los
pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias
patadas, que ms de una vez hicieron rodar por la arena  un mocetn
tieso y fuerte como el mstil de su barca.

Ella no quera los como muchas otras, ni permita que le faltasen en
tanto as. Adems, era madre, los dos chicos dorman  poca distancia,
separados de ella por un tabique de tablas, al travs del cual oa sus
poderosos ronquidos, y slo estaba para pensar en mantener  la familia.

El porvenir de sus chicos comenzaba  preocuparla. Se haban criado en
la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza
de las barcas en seco  correteando por la orilla en busca de conchas y
caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las
gruesas capas de algas.

El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo,
carilleno; tena cierto aire de seminarista bien alimentado, y los
pescadores le llamaron _el Retor_, apodo que haba de conservar toda su
vida.

Tena ocho aos ms que su hermano Antonio, un muchacho enjuto, nervioso
y dominante, cuyos ojos eran iguales  los de Tona.

Pascualet fue una verdadera madre para su hermano. Mientras la _si_
Tona atenda  la taberna en los primeros tiempos, que fueron los ms
penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el hermanito como niera
cuidadosa, y jugaba con los pilletes de la playa, sin abandonar nunca
al arrapiezo rabioso y pataleante que le martirizaba la espalda y le
pelaba el cogote con sus pellizcos.

Por la noche, en el camarote estrecho de la barca-taberna, para Tonet
era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se apelotonaba en un rincn
para dejar espacio  aquel diablejo que,  pesar de su debilidad, le
trataba como un dspota.

Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje, que en los das de
marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el viento del
invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones,
dormanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches
despertbanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta
de tierra; oan las palabrotas que su madre profera en momentos de
indignacin, el sonoro choque de alguna bofetada, y ms de una vez el
tabique de su camarote conmovase con el sordo golpe de un cuerpo falto
de equilibrio; pero volvan  dormirse, posedos por una ignorancia
inocente, libre de sospechas y alarmas.

La _si_ Tona tena injustas debilidades tratndose de sus hijos. Al
principio de su viudez, cuando por las coches les vea dormir en el
angosto camarote, con las cabecitas juntas, rozando tal vez la misma
madera en que se haba aplastado el crneo de su padre, senta profunda
emocin y lloraba como si fuera  perderlos dentro del fnebre armazn
de tablas, como ya haba perdido  su Pascual. Pero cuando lleg la
abundancia y el tiempo fu borrando el recuerdo de la catstrofe, la
_si_ Tona comenz  mostrar predileccin por su Tonet, criatura de
gracia felina, que trataba  todos con sequedad  imperio, pero que
tena para su madre carios de gatito travieso.

La viuda entusiasmbase por su Tonet, vagabundo de la playa, que  los
siete aos pasaba casi todo el da fuera de la barcaza, correteando con
la granujera y volviendo al anochecer con las ropas rotas y agua y
arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar
 su hermano, pasaba el da en la taberna limpiando vasos, sirviendo 
los parroquianos, dando de comer  las gallinas y al cerdo y vigilando
con grave atencin las sartenes que chirriaban en los fogones de la
cocina.

Cuando su madre, soolienta tras el mostrador en las horas de sol, se
fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta sorpresa. Crea
ver a su marido tal como ella le conoci en la infancia cuando era
grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente,
su cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire
de sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante
todos como _hombre de bien_.

En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tmido, pero una verdadera
fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cario loco por
la mar, madre fecunda de los hombres valientes que saben pedirla el
sustento.

 los trece aos ya no poda conformarse  seguir en la taberna. Dbalo
 entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo
incoherentes, que era lo nico que poda salir de su dura mollera. l no
haba nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cmoda; eso
para su hermano, que no mostraba gran aficin al trabajo. l era fuerte,
le gustaba el mar y quera ser pescador como su padre.

La _si_ Tona se asustaba al orle, y en su memoria resucitaba la
horrible catstrofe del da de Cuaresma. Pero el chico era testarudo.
Aquellas desgracias no pasaban todos los das, y ya que tena vocacin,
deba seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se
lo haba dicho el _to Borrasca_, un viejo patrn de barcas, gran amigo
del _to Pascualo_.

Por fin la madre cedi cuando iba a comenzar la temporada de la pesca
del _bu_, y Pascualet se enganch con el _to Borrasca_ como grumete 
_gato de barca_, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos
los _cabets_,  sea el pescado menudo que saliese en las redes,
camarones, caballitos de mar, etc.

El aprendizaje comenz bien. Hasta entonces le haban vestido con la
ropa vieja de su padre, pero la _si_ Tona quiso que entrase con cierta
dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron
al Grao  un bazar del puerto, donde vendan ropas hechas para los
marineros. Pascualet record durante muchos aos la tal tienda, que le
pareca el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los
chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas
de aguas, prendas todas que slo usaban los patrones, y sali orgulloso
con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas,
tiesas, speras y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de
lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una
barretina roja para calrsela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra
de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestan a su medida; ya
no tendra que luchar con las chaquetas de su padre, que en los das de
viento se hinchaban como velas, hacindole correr por la playa ms
aprisa que quera. De zapatos no haba que hablar. l no recordaba haber
metido jams en tal tormento sus giles pies.

No se equivocaba el muchacho al decir que haba nacido para el mar. En
la barca del _to Borrasca_ se encontraba mucho mejor que en la otra
encallada en la arena, junto  la cual grua el cerdo y cacareaban las
gallinas. Trabajaba mucho, y adems de su pitanza perciba algunos
puntapis del viejo patrn, carioso en tierra, pero que una vez sobre
su barca no respetaba ni  su mismo padre. Trepaba al mstil  poner el
farol  arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba  tirar
de las redes cuando llegaba el momento de _chorrar_; baldeaba la
cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba
el fogn, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para
que no se quejara la gente de  bordo. Pero como compensacin  estos
trabajos, cuntas satisfacciones! Al terminar el patrn y los suyos la
comida que l y otro _gato_ de la barca presenciaban inmviles y
respetuosos, dejbanles las sobras a los chicos, y los dos sentbanse a
proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo.
Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el
fondo, entonces entraba la rebaadura mendrugo en mano, hasta que el
metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.

Despus vena el huroneo en busca del vino que la tripulacin haba
dejado olvidado en el fondo del porrn de lata; y los _gatos_, si no
haba trabajo, tendanse como unos prncipes en la proa, con la camisa
fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de
la barca y las cosquillas de la brisa.

Tabaco no faltaba, y el _to Borrasca_ dbase  todos los demonios
viendo con qu rapidez desapareca de los bolsillos de su chaquetn unas
veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, segn la
calidad del ltimo alijo hecho en el Cabaal.

Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba 
tierra, su madre le vea ms robusto, ms recocido por el sol y tan
bondadosote como siempre,  pesar de su continuo roce con los _gatos_ de
barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar
echaban  las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como
ellos.

Las rpidas apariciones en la taberna eran lo nico que haca  la
_si_ Tona acordarse de su hijo mayor.

La tabernera mostrbase preocupada. Pasaba los das enteros en su
barcaza, sola, como si no tuviese hijos. _El Retor_ estaba en el mar
ganndose su parte de _cabets_, para despus, en los das de fiesta,
llegar muy ufano  entregar  su madre tres  cuatro pesetas, que eran
el jornal de la semana, y el otro, el pequeo, aquel Tonet de piel de
diablo, haba salido un bohemio incorregible, que slo volva a casa
acosado por el hambre.

Juntbase con la pillera de la playa, un tropel de chicuelos que no
saban ms de sus padres que los perros vagabundos que les acompaaban
en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano
zambullase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo
enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le
arrojaban los paseantes. Presentbase por la noche en la taberna con el
pantaln roto y la cara araada; su madre le haba sorprendido varias
veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde
tuvo que ponerse el mantn  ir  la capitana del puerto para pedir con
lgrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitara el
feo vicio de araar en el interior de las cajas de azcar depositadas en
el muelle.

Era una alhaja el tal Tonet. Dios mo!  quin se pareca? Era una
vergenza que de padres tan honrados saliese un muchacho as; un pillete
que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando
por cerca de los vapores que venan de Escocia, aguardando un descuido
de los descargadores para echar  correr con un bacalao bajo del brazo.
Un hijo as iba  ser su castigo. Doce aos  la espalda y sin aficin
al trabajo ni el menor respeto  su madre,  pesar de los rabos de
escoba que le haba roto en las costillas.

Y la _si_ Tona haca confidente de sus desdichas  Martnez, un
carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y
pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con
el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el lmite del mar, con el
odo atento  las eternas lamentaciones de la tabernera.

El tal Martnez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que
llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba
al hablar el rubio bigote con expresin _distinguida_.

La _si_ Tona le admiraba. Las personas que son _finas_ no lo pueden
ocultar;  la legua se las conoce.

Y adems, qu gracia en el lenguaje! qu trminos tan escogidos
gastaba! Bien se conoca que era hombre ledo. Como que haba estudiado
muchos aos en el Seminario de su provincia; y si ahora se vea as era
porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, haba reido con su
familia, sentando plaza, para venir al fin  meterse en carabineros.

La tabernera oale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de
andaluz sin gracia; y cuando tena que hablarle, empleaba en justa
reciprocidad un castellano grotesco  ininteligible, que hubiese hecho
rer en el mismo Cabaal.

--Mire ost, sior Martines: mi chico me tiene loca con todas esas
burrs que hase. Lo que yo li digo: Te hase falta algo, condenat? Pues
entonses por qu te ajuntas con esa pillera pollosa? Ost, sior
Martines, que tiene tanta labia, hgali miedo. Dgali que se lo llevar
 Valensia para meterlo en la crsel si no es buen chico.

Y el _sior Martines_ prometa hacerle miedo al travieso pillete, y
hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos
por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de
aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.

Estos pequeos servicios introducan  Martnez en la vida de familia,
hacindole intimar cada vez ms con la _si_ Tona. All le guisaban la
comida; all pasaba casi todo el da, y ms de una vez la tabernera se
prest gustosa  zurcirle la ropa blanca y  pegarle botones en prendas
interiores.

Pobre _sior Martines_! Qu sera de un joven tan fino sin una persona
como ella? Ira roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente,
no poda consentirlo una persona de buen corazn.

En las tardes del verano, cuando el sol caa de lleno sobre la desierta
playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del
sombrajo de caas ocurra siempre la misma escena. Martnez, sentado en
un taburete de esparto, cerca del mostrador, lea  su autor favorito,
Prez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas rodas,
que haban corrido toda la costa, pasando de unos carabineros  otros.

La _si_ Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban
el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba
Martnez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofa moral
que la conmova.

Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo  tientas, sin saber lo que
haca, contemplaba fijamente  Martnez, dedicando media hora  su fino
y rubio bigote y no menos tiempo  apreciar cmo tena la nariz  con
qu exquisito gusto se abra la raya, aplanando en ambos lados el dorado
cabello.

Algunas veces, al volver la pgina, levantaba Martnez la cabeza, y
sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en l, ruborizbase y
segua leyendo.

La tabernera reprendase despus por tales contemplaciones. Pero qu
era aquello?... En la vida se le haba ocurrido, viviendo su Pascual,
mirarle detenidamente para apreciar cmo tena la cara. Y ahora se
estaba ella como una boba horas y ms horas comprometindose con una
contemplacin de la que no poda librarse. Qu dira la gente al
saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... Claro!...
Era tan fino y tan guapo!... Hablaba tan bien!...

Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se
acordaba con exactitud, pero deba estar en los treinta y siete o cosa
as; y l no pasaba de los veinticuatro... Pero qu demonio! aunque le
llevase algunos aos, ella no estaba mal; encontrbase bien conservada,
y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la
importunaba. Adems, aquel pensamiento no sera ningn disparate, ya que
la gente se adelantaba suponindolo; y lo mismo los carabineros amigos
de Martnez que las pescaderas que iban  la playa, daban  entender sus
maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.

Al fin ocurri lo que todos esperaban. La _si_ Tona, para aturdirse,
arga a sus escrpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie
mejor que Martnez; y la valerosa amazona, que aporreaba  los rudos
pescadores  la menor audacia, se entreg voluntariamente, teniendo que
vencer la cortedad de aquel muchachote tmido. De ella parti la
iniciativa, y Martnez se dej arrastrar con su sumisin de hombre
superior que, pensando en cosas ms altas, permite que en los asuntos
terrenales le manejen como un autmata.

El suceso se hizo pblico. La misma _si_ Tona no se enojaba de ello;
antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tena amo. Cuando
la llamaba al Cabaal alguna ocupacin, dejaba la taberna al cuidado de
Martnez, que, como en tiempos pasados, segua sentado bajo el sombrajo
mirando al mar con el fusil entre las rodillas.

Hasta los dos chicos parecan enterados de la novedad, _El Retor_, al
bajar  tierra, miraba  hurtadillas  su madre con cierto asombro y
mostrbase tmido y vergonzoso en presencia del mocetn rubio y
uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro
muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso
haba sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los
pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones
del carabinero, contestbale con muecas y se alejaba dando saltos y
haciendo cabriolas sobre la arena, como en seal de desprecio.

Aquella temporada fu para Tona una luna de miel en plena madurez de su
vida. Parecale ahora su matrimonio con Pascual una montona
servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosin de
cario propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta
pasin, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente.
Y qu?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacan peor que ella, y
la que hablase sera por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.

Martnez, siempre con su aire de soador, dejbase mimar y acariciar
como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus
compaeros y superiores, pues poda disponer del cajn de la taberna y
hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba
en el costado al tenderse en el colchn del camarote.

Por evitarse tal vez esta molestia, se di prisa  vaciarla, sin que la
_si_ Tona protestase. No haba de ser su marido? Pues suyo era aquel
dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no deba quejarse.

Pero cuatro  cinco meses despus lleg un da en que la Tona se puso
seria.

Martnez, _sior Martines_, baje usted de esa nebulosa altura en que
vive su pensamiento. Dgnese escuchar  la Tona. No la oye usted? Que
es preciso arreglar la situacin. Que las cosas no pueden quedar as.
Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos
hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo:
Esta es mi obra.

Y Martnez contest bueno!  todo, aunque torciendo el gesto
dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo
de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido,
para soar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras
muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.

Pedira los papeles para el casamiento, pero tendran que esperar,
porque Huelva est lejos.

Y Tona esper, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra
remota, que por su cuenta deba estar en los alrededores de Cuba 
Filipinas.

Pero el tiempo pasaba y la cosa iba hacindose urgente.

Martnez, _sior Martines_, que slo faltan dos meses; que  la Tona le
es imposible ocultar por ms tiempo lo que viene, y la gente se va
enterando. Qu dirn los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero
Martnez protestaba. No era suya la culpa. Bien vea ella las muchas
cartas que escriba para activar el envo de los papeles.

Por fin, un da el carabinero declar que iba  emprender el viaje  su
tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tena ya el
permiso de sus jefes.

Muy bien: aquella resolucin le gustaba  la _si_ Tona. Y para ayuda
del viaje le entreg toda la plata que tena en el cajn del mostrador,
lo pein por ltima vez, llor un poco y hasta la vista! Buen viaje!

La pobre Tona ya no vi ms al _sior Martines_. Entre los carabineros
que pasaban la playa no falt una buena alma que tuvo el gusto de
decirla la verdad.

No haba tal viaje  Huelva. Las cartas que escriba Martnez iban 
Madrid, pidiendo que lo trasladasen  un punto lejano, pues los aires de
Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo haban trasladado  la
comandancia de la Corua.

La _si_ Tona crey volverse loca. Ladrn, ms que ladrn! Miren el
mosquita muerta!... Fese usted de esas personas de mucha labia.
Pagarle as  ella...  ella, que le hubiese dado hasta el ltimo
cntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan
amorosamente como si fuese su madre!

Pero toda la desesperacin de la pobre mujer no impidi que saliese 
luz lo que tan urgente haca el matrimonio; y  los pocos meses la
_si_ Tona despachaba copas tras el mostrador, enseando su pecho
voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezn una nia blanca,
enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que pareca una bola
de oro.


III

Pasaron los aos sin que sufriese la menor alteracin en su montona
vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.

_El Retor_ era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el
peligro. De _gato_ haba ascendido  ser el tripulante de ms confianza
en la barca del _to Borrasca_, y cada mes sola entregar  su madre
cuatro  cinco duros de ahorros para que los guardase.

Tonet no haca carrera. Entre l y su madre habase entablado una lucha:
Tona buscndole oficios, y l abandonndolos  los pocos das. Fu una
semana aprendiz de zapatero; naveg poco ms de dos meses con el _to
Borrasca_ en calidad de _gato_, pero el patrn se cans de pegarle, sin
conseguir que le obedeciese; despus intent hacerse tonelero, que era
el ms seguro de los oficios, pero el maestro le ech  la calle, y por
fin  los diez y siete aos se meti en una _clla_ del puerto,
cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.

Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa  los ojos de
la _si_ Tona, cuando sta le contemplaba en los das de fiesta (que
eran los ms para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato
sobre el rostro moreno, en el que comenzaba  apuntar el bigote; la
chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceida sobre la camiseta de franela  cuadros negros y verdes.

Daba gloria ser madre de un mozo as. Iba  ser otro pillo como aquel
Martnez de infausta memoria; pero ms _salao_, ms audaz y travieso, y
de ello daban fe las chicas del Cabaal, que se lo disputaban por novio.

Tona regocijbase al saber el aprecio en que tenan  su hijo, y estaba
enterada de todas sus aventuras. Lstima que le _tirase_ tanto el
maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su
hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.

Una tarde de domingo, en la taberna de _Las buenas costumbres_, ttulo
terriblemente irnico, se tir los vasos  la cabeza con los de una
_clla_ de cargadores que trabajaban ms barato, y cuando entraron los
carabineros  poner paz, pillronle faca en mano persiguiendo por entre
las mesas  los contrarios.

Ms de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa
capitular; las lgrimas de la _si_ Tona y las influencias del to
Mariano, que era muidor en las elecciones, consiguieron sacarle 
flote; pero tanto le corrigi el arresto, que en la misma noche de su
libertad sac otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses
que, despus de beber con l, intentaron boxearle.

Era el gallito del Cabaal. Faena poca; pero una verdadera fiera para
resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentndose
en la de su madre en semanas enteras.

Tena su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos
ola  matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales
relaciones. No quera una princesa para su Tonet, pero la hija de
_Paella_ el tartanero le pareca poca cosa. La tal Dolores era descarada
como una mona; muy guapa, s seor, pero capaz de comerse  la pobre
suegra que tuviese que aguantarla.

Era natural que fuese as. Se haba criado sin madre, al lado del _to
Paella_, un borrachn que daba traspis al amanecer cuando enganchaba la
tartana y  quien el vino tena consumido, engordndole nicamente la
nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.

Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tena en
Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco ingls se
ofreca como un sinvergenza  los marineros para llevarles  sitios de
confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos _matines_, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza,
conducindolas con sus amigos  los merenderos de la playa, donde se
corran juergas hasta el amanecer, mientras que l, alejado, sin
abandonar el ltigo ni el porrn de vino, se emborrachaba, mirando
paternalmente  las que llamaba su ganado.

Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablbala con los mismos
trminos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz senta la
necesidad de contarlo todo, y la pequea Dolores, encogida, lejos de los
agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en
ellos una expresin de curiosidad malsana, oa el brutal soliloquio del
_to Paella_, que se relataba  s mismo todas las porqueras  infamias
presenciadas durante el da.

Y as fu crindose Dolores. Vaya, que lo que aquella chica
ignorase!... Por eso Tona no la poda admitir como nuera. Si no se haba
perdido ahora que comenzaba  ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun as, la muchacha tambin daba sus
escndalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el
amo. Coma con ella, aprovechndose de que el tartanero no volva hasta
muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en
los bolsillos del _to Paella_ para dar dinero al novio, lo que haca
lanzar al borracho un vmito interminable de injurias contra la falsa
amistad, creyendo que en los momentos de alcohlica turbacin le
robaban las pesetas sus compinches de taberna.

Era un secuestro en regla el que haca aquella chica, y Tonet,
lentamente, una pieza hoy y otra maana, fu trasladando toda su ropa
desde la taberna de la playa  la casa del tartanero.

La _si_ Tona se quedaba sola. _El Retor_ estaba siempre en el mar
persiguiendo la peseta, como l deca, unas veces pescando y otras
enganchndose como marinero en algn lad de los que iban por sal 
Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas  metido en casa del _to Paella_,
y ella aviejndose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra
compaa que aquella chicuela rubia,  la que quera de un modo raro,
con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martnez.
Ojal se lo haya llevado el demonio!...

Decididamente Dios slo protega  temporadas  las personas buenas. Los
tiempos presentes no eran ya los de la primera poca de su viudez.

Otras barcas viejas varadas en la playa haban sido convertidas en
tabernas; los pescadores tenan donde escoger, y adems ella envejeca y
la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrndola.

Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos
parroquianos, slo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona ms
de una vez contempl de lejos su blanca barcaza, considerando
melanclicamente el fogn apagado, la cerca casi derribada, tras la cual
no grua el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.

Pas el tiempo para ella con lenta monotona, sumida en una estpida
somnolencia, de la que la sacaban nicamente las diabluras de Tonet  la
contemplacin de un retrato del _sior Martines_, puesto de uniforme,
que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento
cruel, como para recordarse la debilidad pasada.

La pequea Roseta, la chicuela cada en la barca por obra y gracia del
pillo carabinero, apenas si mereca la atencin de su madre. Cribase
como una bestiezuela brava. Por la noche Tona haba de ir en su busca
para encerrarla en la barca, despus de darla una terrible zurra, y
durante el da presentbase cuando la aguijoneaba el hambre.

Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que haba de
arrastrar la pobre Tona.

Huraa y amiga de la soledad, tendase en la arena mojada, cogiendo
conchas y caracoles  amontonando algas.  veces pasaba horas enteras
con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmvil vaguedad de
hipntica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras,  haca ondear el viejo refajo, que
dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura
deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol haba suplido la
falta de medias tostando la piel con un color rojo.

All se estaba horas y ms horas con el vientre hundido en la arena
mojada, que ceda bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadsima
capa de agua que avanzaba y retroceda sobre el reluciente suelo con las
ondulaciones caprichosas del moar.

Era una bohemia incorregible. Lo que deca Tona: _De tal palo_, _tal
astilla_. Tambin el granuja de su padre se pasaba las horas muertas
embobado ante el horizonte, como si soara despierto y sin servir para
otra cosa.

Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada.
Criatura ms desmaada y perezosa!... En la taberna rompa vasos y
platos al intentar limpiarlos; quembase el pescado en la sartn si ella
cuidaba del fogn, y al fin su madre tena que dejarla corretear por la
playa  que fuese  la _costura_ del Cabaal.  temporadas dominbala un
deseo loco de aprender, y se escapaba, exponindose  una paliza, para
ir en busca de la maestra; pero poco despus hua de la escuela, cuando
su madre mostrbase conforme en que asistiera  ella.

En verano nicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro unase  su afn
de correteo sin objeto, y cargada con un cntaro tan grande como ella,
iba vaso en mano por la playa de los baos  pasaba audazmente por entre
los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando  todas partes
con sus ojazos soadores, agitando la maraa de rubios pelos y gritando
con su voz dbil: _Al aigua fresqueta!_ sacada de la fuente del Gas.

Unas veces con esto y otras con el cesto de caa lleno de galletas, que
pregonaba con tono melanclico: _Salaes y dolses!_ Roseta consegua
entregar  su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un
poco el gesto fosco de Tona,  la que los malos negocios iban haciendo
egosta.

Y as creci Roseta; siempre en hurao aislamiento, acogiendo con
serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando  Tonet, que nunca
se haba fijado en ella; sonriendo algunas veces al _Retor_, que cuando
bajaba  tierra sola tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y
despreciando  la pillera de la playa, de la cual alejbase con un
airecillo de reina orgullosa.

Tona acab por no ocuparse de la chiquilla,  pesar de ser la nica
compaera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno pareca
estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupacin.

Aquella perdida habase propuesto robarle toda su familia. Ya no se
contentaba con Tonet, y ste llevaba  casa de Dolores  su hermano _el
Retor_, el cual, al saltar  tierra, pasaba como rpida exhalacin por
la tabernilla de la playa, yendo  descansar en casa del tartanero,
donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.

Pero en realidad lo que incomodaba  Tona ms que la influencia que
Dolores ejerca sobre sus hijos, era que vea desvanecerse un plan que
acariciaba haca mucho tiempo.

Tena pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.

Como guapa, no poda compararse con la endemoniada hija del tartanero;
pero la _si_ Tona se haca lenguas de su bondad (la condicin de los
seres insignificantes) y se callaba lo ms importante,  sea que
Rosario, la muchacha en quien haba puesto los ojos, era hurfana; sus
padres haban tenido en el Cabaal una tiendecita, de la que se surta
la tabernera, y ahora, despus de su muerte, le quedaba  la hija casi
una fortuna; lo menos tres  cuatro mil duros.

Y cmo quera  Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del
Cabaal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y
pasaba las tardes en la playa gozndose en hablar con la _si_ Tona,
tan slo porque era la madre del gallito bravo que traa revuelta toda
la poblacin.

Pero del muchacho no poda esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores,
con tener sobre l tan absoluto podero, lograba domarlo cuando le
soplaba la racha de las locuras, y  lo mejor desapareca semanas
enteras, sabindose despus, por referencias, que haba estado en
Valencia durmiendo de da en alguna casa del barrio de Pescadores,
emborrachndose de noche, aporreando  sus embrutecidas compaeras de
hospedaje y gastndose en orgas de pirata hambriento lo que ganaba en
alguna timba de calderilla.

En una de esas escapatorias fu cuando come ti el gran disparate, que
cost  su madre un mes de llantos  innumerables alaridos. Tonet, con
otros amigotes, sent plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de
la vida del Cabaal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.

Y lleg el da en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la
blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidi de
Dolores y de su madre para ir  Cartagena, donde estaba el buque  que
iba destinado.

Anda con Dios! Mucho le quera la _si_ Tona, pero al fin poda
descansar. Por quien ms lo senta era por la pobre Rosario, que,
siempre calladita y humilde, iba  coser en la playa en compaa de
Roseta y preguntaba con emocionada timidez  la _si_ Tona si haba
recibido carta del marinero.

As pas el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos
los viajes y estaciones que haca la _Villa de Madrid_, fragata en la
que iba Tonet como marinero de primera.

Qu emocin cuando caa sobre el mostrador de hmedos tablones el
estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de
pan, con su complicada direccin en letras gruesas: _Para la siora
Tona la del cafetn_, _junto  la casa dels bus_!

Un perfume raro, extico, que hablaba  los sentidos de vegetaciones
desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y
cielos de fuego, pareca salir de las groseras envol turas de papel; y
las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soaban con
pases desconocidos, viendo con la imaginacin los negros de la Habana,
los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de Amrica.

Qu chico aquel! Cunto tendra que contar cuando volviese! Tal vez
haba sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; as
sentara la cabeza. Y la _si_ Tona, poseda de nuevo por aquella
preferencia que la haca idolatrar  su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido  la rgida
disciplina de  bordo, mientras que el otro, _el Retor_, el que ella
tena por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en
el gremio de la pesca.

Iba siempre  partir con el dueo de su barca; tena sus secretos con el
to Mariano, aquel personaje al que recurra Tona en todos sus apuros.
En fin, que ganaba dinero, y la _si_ Tona se daba  todos los demonios
viendo que no traa un cuarto  casa y apenas si por ceremonia iba 
sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.

En otra parte le guardaban los ahorros; y dnde haba de ser? en casa
de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les haba dado  sus
hijos _polvos seguidores_, pues corran  ella como perros sumisos.

All estaba metido _el Retor_, como si en casa del tartanero se le
perdiera algo al gran babieca. No saba que Dolores era para el otro?
No vea las cartas de Tonet y las contestaciones que ella haca
escribir  algn vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas
de su madre, all permaneca, usurpando poco  poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tena
con l las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le
guardaba los ahorros, cosa que no le ocurra con el otro despilfarrador.

Un da muri el _to Paella_. Lo trajeron  casa destrozado por las
ruedas de su tartana. La borrachera le haba hecho caer de su asiento, y
muri como hombre consecuente, agarrado al ltigo, que no abandonaba ni
para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana
llena de parroquianas pintarrajeadas,  las que l llamaba su ganado.

 Dolores no le quedaba otro arrimo que su _ta Picores_ la pescadera,
protectora poco envidiable, pues haca el bien  bofetadas.

Y entonces,  los dos aos de estar ausente Tonet, fu cuando circul la
gran noticia. Dolores y _el Retor_ se casaban. Gran Dios! Qu ruido
produjo la noticia en el Cabaal! La gente deca que era ella la que se
haba declarado al novio, aadiendo otros detalles ms fuertes que
hacan rer.

 Tona haba que oirla. Aquella _siora_ de la herradura se haba
empeado en meterse en la familia,  iba  conseguirlo. Ya saba lo que
se haca la muy tunanta. Un marido bobalicn que se matase trabajando
era lo que le convena. Ah ladrona! Cmo haba sabido coger el nico
de la familia que ganaba dinero!

Pero la reflexin egosta hizo callar poco despus  la _si_ Tona.
Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situacin y favoreca sus
planes. Tonet se casara con Rosario. Y aunque  regaadientes, se dign
asistir  la boda y llamar _filla mehua_ al hermoso culebrn, que tan
fcilmente dejaba  unos para tomar  otros.

 todos preocupaba lo que dira Tonet al saber la noticia. Bonito genio
tena el marinero! Y por esto la sorpresa fu general al saberse que
haba contestado dndolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y
los viajes le haban cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural
que Dolores se casase, ya que le faltaba _arrimo_. Adems--como l
deca--, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su
hermano, que era un buen muchacho.

Y tan razonable como en sus cartas se mostr el marinero cuando, con la
licencia en el bolsillo y el saco del equipaje  cuestas, se present en
el Cabaal, asombrando  todos con su gallardo porte y el rumbo con que
gastaba el puado de pesetas que le haban entregado como alcances del
servicio.

Salud  Dolores como una buena hermana. Qu demonio! De lo pasado no
haba que acordarse. l tambin haba hecho de las suyas en sus viajes.
Y no se preocup gran cosa de ella ni del _Retor_, atento  gozar el
aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.

Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas  en
el suelo, frente  la puerta de la antigua casa de _Paella_, donde ahora
viva _el Retor_, oyendo con arrobamiento al marinero la descripcin de
extraos pases, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor
asombro de los papanatas que le admiraban.

Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo,  con
sus antiguos compaeros en la descarga, Tonet apareca ante las
muchachas del Cabaal como un aristcrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y
bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas  la frente
asomando bajo la gorra de seda.

La _si_ Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconoca que era tan pillo
como antes, pero saba vivir mejor, y bien se conoca que le haba
aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda
disciplina militar haba pulido su exterior de burdas asperezas: si
beba no se emborrachaba; segua echndola de guapo, aunque sin llegar 
ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido,
sino satisfacer sus egosmos de vividor.

Por esto acogi benvolamente todas las proposiciones de su madre.
Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; adems, tena un
capitalito que poda hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y
esto era lo que l deseaba.

Un hombre, despus de servir en la marina real, no poda dignamente
cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.

Y con gran alegra de la _si_ Tona, se cas con Rosario. Todo iba
bien. Qu hermosa pareja! Ella, pequeita, tmida, sumisa, creyendo en
l  ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo
la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de
su mujer; dispensando proteccin  todos y dndose la vida de un
prohombre, en el caf tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas
botas impermeables en los das de lluvia.

Dolores le vea sin mostrar la menor emocin. nicamente en sus ojos de
soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de
misteriosos deseos.

Pas un ao de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la
msera tiendecita donde naci Rosario, escapbase locamente por entre
los dedos de Tonet; pero lleg el momento de verle el fondo al saco,
como deca la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de
su hijo.

Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las
palizas en casa de Tonet. Ella se agarr  la cesta del pescado, como lo
hacan todas las vecinas. De su fama de rica descendi  la vida
embrutecedora y fatigosa de pescadera de las ms pobres. Levantbase
poco despus de media noche; esperaba en la playa con los pies en los
charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantn, que muchas veces
ondeaba con el viento de tempestad; iba  pie  Valencia, abrumada por
el peso de las banastas; volva por la tarde  su casa desfallecida por
el hambre y el cansancio, pero se tena por feliz si poda mantener al
seor en su antiguo boato y evitarle toda humillacin que se tradujera
en maldiciones y alborotos.

Para que Tonet pasase la noche en el caf, en la tertulia de maquinistas
de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas maanas en la Pescadera su
hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas
entrepanadas que vea sobre las mesas de sus compaeras.

Lo importante era que nada faltase al dolo, pronto siempre  enfadarse
y  maldecir la perra suerte de su casamiento, y  la pobre mujercita,
cada vez ms flaca y derrotada, le parecan insignificantes todas sus
miserias, siempre que al seor no le faltase la peseta para el caf y el
domin, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas
para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella
envejeca antes de los treinta aos, pero poda lucir como propiedad
exclusiva el mejor mozo del Cabaal.

El infortunio les aproximaba al _Retor_, al otro matrimonio que suba y
suba por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza
abajo.

Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada ms natural, y
por esto Rosario, aunque  regaadientes, iba  casa de Dolores y
consenta que Tonet reanudase una amistad ntima con su cuada. Esto la
atormentaba, pero no haba que reir: se disgustaba _el Retor_, y l era
el que muchas semanas mantena al matrimonio cuando no haba pescado
para vender  el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algn duro
interviniendo en los pequeos negocios propios de los puertos de mar.

Pero lleg el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansronse
de fingir.

Despus de cuatro aos de matrimonio, Dolores result encinta. _El
Retor_ sonrea como un bendito al dar  todo el mundo la fausta noticia,
y las vecinas alegrbanse tambin, pero de un modo maligno. Era pura
sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardo con
la poca en que Tonet mostr mayor apego  la casa de su hermano,
pasando en ella ms tiempo que en el caf.

Las dos cuadas rieron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres;
entre ellas marcse eterna divisin, y en adelante slo visit Tonet la
casa del _Retor_, lo que indignaba  Rosario, haciendo que las rias
conyugales terminasen siempre con brbaras palizas.

Y de este modo transcurri el tiempo. Rosario, afirmando que el
chiquillo de Dolores tena la misma cara de Tonet; ste siempre 
remolque de su hermano mayor, que senta por l la debilidad de otros
tiempos, y  pesar de su espritu econmico se dejaba saquear por aquel
vago; y la hermosa hija del _to Paella_ burlbase de su cuada la
_tsica_, la _pava_, gozndose en insultar su pobreza, su vida
trabajosa, y haciendo alarde del podero que tena sobre Tonet, el cual,
como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.

Un hlito de perpetua guerra, de burlona insolencia, pareca ir desde la
antigua casa del _to Paella_, restaurada y embellecida,  la barraca
miserable de techo desvencijado donde Rosario se haba refugiado
empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la ms santa de las
intenciones, se encargaban de circular las insolencias  insultos,
llevando y trayendo recados.

Cuando Rosario, roja de indignacin y con los ojos llorosos, necesitaba
desahogo y consuelo, iba  la playa,  la barcaza-taberna, que adquira
un color sombro y pareca envejecer como su duea. All la oan
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresin de desconsuelo, la
_si_ Tona y Roseta, las cuales,  pesar de su ntimo parentesco,
vivian con huraa hostilidad, no coincidiendo ms que en su
despreciativo odio  los hombres. La barca que les serva de madriguera
era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurra entre
las dos familias.

Los hombres! Vaya una gentuza! La _si_ Tona lo afirmaba, mirando de
soslayo el retrato del carabinero, que pareca presidir la taberna.
Todos eran unos granujas, que no valan ni el cordel para ahorcarlos. Y
Roseta, con sus ojazos verde mar, lmpidos y serenos de virgen que todo
lo sabe y est curada de espanto, murmuraba con expresin soadora:

--_Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia_.


IV

Aunque el da era de invierno, picaba tanto el sol, que _el Retor_ y
Tonet estaban en la playa, agazapados  la sombra de un lad viejo
encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al
mar.

Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor
de la playa. Vaya un da hermoso! Parecales imposible que estuviesen
en vsperas de Semana Santa, poca de los aguaceros y de los repentinos
temporales.

El cielo, inundado de luz, tena un tinte blanquecino; como copos de
espuma cados al azar, bogaban por l algunos jirones de vapor plateado,
y de la arena caldeada sala un vaho hmedo que envolva los objetos
lejanos, haciendo temblar sus contornos.

La playa estaba en reposo. La casa _dels bus_, donde rumiaban en sus
establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su
cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre
las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla
una ciudad nmada con calles y encrucijadas; algo semejante  un
campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco
servan de trincheras.

Los mstiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus
puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzbanse
las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de
palos; bajo las gruesas velas cadas en las cubiertas, rebulla toda una
poblacin anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada
hasta las orejas, repasando las redes  atizando el fogn, en el que
burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena
descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco  azul, como panzas
de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.

Reinaba en esta poblacin improvisada, tal vez deshecha  la noche para
esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte,
el orden y la simetra de una ciudad moderna tirada  cordel.

En primera fila, junto  las olas que se adelgazaban como lminas de
cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeas, las
que pescan al _volant_, pequeos y airosos esquifes, que parecan la
vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrs, parejas del
_bu_ con idntica altura  iguales colores.

En la ltima fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos,
con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguos las
carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de
plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona 
la vejez.

Ondeaban izadas en los mstiles las redes rojizas puestas  secar, las
camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de
este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando crculos, como si
estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante
en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos 
hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del medioda.

_El Retor_ hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey
manso sobre el mar y la costa.

Segua con la vista las puntiagudas velas que corran por la lnea
verdosa del horizonte como alas de palomas que beban all lejos, y
despus miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de
masas verdes y blancos caseros: las colinas del Puig, enormes
tumefacciones de la playa baja que invada el mar en sus ratos de
clera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre
la larga montaa de un suave color de caramelo, y desde all, tierra
adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de
rojo granito que, con sus crestas inmviles, pareca lamer el cielo.

Ya estaban en el buen tiempo. _El Retor_ era quien lo afirmaba, y
sabido era en el Cabaal que en estas cuestiones haba heredado el
acierto de su patrn, el _to Borrasca_. Aun quedaban para la prxima
semana algunas tormentas, pero seran poca cosa: haba que dar gracias 
Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podran
ganarse el pan sin miedo.

Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y
sumindose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre
el lento susurro del agua tranquila, destacbase la voz lejana de una
muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una cancin de
montona cadencia; sonaba lentamente el _oh_... _oh, isa!_ de unos
cuantos muchachos que tiraban de un pesado mstil al comps de la
soolienta exclamacin; gritaban como pjaros desde las cubiertas de las
barcas las mujeres desgreadas, llamando  comer  los _gatos_, que
estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados
mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los rudos
absorbanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que
envolva sonidos y objetos en una vaguedad fantstica.

Tonet miraba  su hermano con expresin interrogante, esperando que su
calma cachazuda acabase de formular todo el plan.

Por fin habl _el Retor_. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar
el dinero lentamente, y quera dar un golpe como lo haban hecho otros.
En el mar est el pan para todos; slo que unos lo cogen negro y  costa
de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del ms sabroso si
tienen pecho para exponerse. Le entenda Tonet?

Y sin esperar contestacin psose en pie y fu hasta la proa de la vieja
barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.

Nadie. La playa estaba desierta. No se vea una sola persona en la
extensin de arena donde en verano se plantan las _barraquetes_ para los
baistas de Valencia.  lo ltimo vease el puerto erizado de mstiles
con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y
gras que parecan horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante
como un muro ciclpeo de rojos bloques aglomerados al azar por una
trepidacin del terreno; amontonbanse en el fondo los edificios del
Grao, las grandes casas donde estn los almacenes, los consignatarios,
los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto,
y despus, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos
en lnea recta el Cabaal, el Caamelar, el _Cap de Fransa_, una masa
prolongada de construcciones de mil colores, que decrecan conforme se
alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas
torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas
barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.

No temiendo espionajes, _el Retor_ volvi  sentarse al lado de su
hermano.

Su mujer le haba metido el proyecto en la cabeza, y l, despus de
pensarlo mucho, haba acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un
viaje  la _csta d'afra_,  Argel; como quien dice  la pared de
enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorran como
pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre
quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de
_alguilla_ y _Flor de Mayo_... _Rediel!_ ese era el negocio; mil veces
lo haba hecho su pobre padre. Qu le pareca?

Y el honradote Retor, incapaz de faltar  lo que le previniese el
alguacil del pueblo  el cabo de mar, rease como un bendito al pensar
en aquel alijo de tabaco que haca tiempo le danzaba en la cabeza, y le
pareca ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen
hijo de la costa, recordando las hazaas de sus mayores, consideraba el
contrabando como la profesin ms natural y honrada para un hombre
aburrido de la pesca.

 Tonet le pareca bien. Ya haba hecho l dos viajes de tal clase,
enganchndose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el
muelle y el to Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado
en las obras del puerto, no tena inconveniente en seguir  su hermano.

Este redondeaba el plan. Tena lo ms importante: barca propia, la
_Garbosa_. Y como Tonet lanzase una exclamacin de asombro, _el Retor_
entr en detalles. Ya saba l que la tal barca estaba casi
despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada
hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una
guitarra vieja; pero no le haban engaado: treinta duros di por ella;
compr la lea y nada ms; pero aun sobraba para hombres que conocan el
mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.

Adems--y guiaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una
barca as se tena la ventaja de perder poco si el guardacostas les
echaba la zarpa.

Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencase _el Retor_
de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrrsele ni remotamente que
expona su vida.

Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la
tripulacin. Ahora slo necesitaba hablarle al to Mariano, que tena
buenos conocimientos en Argel, de la poca en que haca el negocio.

Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir
inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba
siendo su to.

 tales horas deba estar fumando su pipa en el caf de _Carabina_, y
all fueron los dos hermanos.

Al pasar por cerca de la casa _dels bus_ miraron la barcaza-taberna,
cada vez ms negra y abandonada, y saludaron con un _adis, mare!_ el
rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pauelo
blanco semejante  toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta
sobre el mostrador.

Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas
inmediatas  la poblacin; cantaban las ranas en los charcos
confundiendo su montono _rac-rac_ con la susurrante calma de la playa,
y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas
sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas
despidiendo reflejos metlicos.

 la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo
sus inquietas posaderas, lavaban la ropa  fregaban los platos en un
agua infecta que discurra sobre fango negruzco cargado de mortales
emanaciones. Los calafates agitbanse mazo en mano en torno de un
esqueleto de madera nueva, que pareca de lejos la osamenta de un
monstruo prehistrico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas
de camo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando
entre sus giles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable
torno.

Llegaron al Cabaal, al barrio llamado de las Barracas, donde se
albergaba la gente pobre sometida por la miseria  la servidumbre del
mar.

Las calles aparecan tan rectas y regulares como desiguales eran los
edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban  capricho,
segn la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con
profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos
hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas  los
transeuntes, y vean unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se
secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.

Las barracas blancas aparecan entre casas modernas de pisos altos,
pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores,
como si sus dueos no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la
lnea de flotacin. Sobre algunas puertas haba adornos de talla
semejantes  los mascarones de proa, y en toda la edificacin se notaba
el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de
perfiles que daba  las casas el aspecto de buques en seco.

Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban
plantados fuertes mstiles con garrucha, como signo de que all vivan
los dueos de las parejas del _bu_. En lo alto del mstil se secaban
los artefactos de pesca ms delicados, ondeando con la majestad de un
pabelln consular. _El Retor_ miraba estos palitroques con cierta
envidia. Cundo querra el Santo Cristo del Grao que l le pudiese
plantar  su Dolores un palo as frente  la puerta?

Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabaal, donde veranea la
gente de Valencia. Las alqueras bajas, de panzudas rejas verdes,
estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutan los pasos
con la sonoridad de una poblacin abandonada; los copudos pltanos
languidecan en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches
del esto con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres
pianos. Slo se vea de vez en cuando algn vecino del pueblo, que con
la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca,
marchaba perezosamente hacia los cafs, nicos lugares que conservaban
animacin y vida.

El de _Carabina_ estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta vease una
aglomeracin de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda
negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del domin, y  pesar del
aire libre, percibase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.

Bien conoca Tonet aquel sitio, donde haba triunfado como hombre
generoso en la primera poca de su matrimonio. All estaba el to
Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y
otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeosa
superioridad al _to Gri_, un viejo carpintero de ribera que durante
veinte aos iba al caf todas las tardes  deletrear el peridico desde
el ttulo  la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los
das de holganza le oan hasta el anochecer.

--_Se abre_... _la sisin_. _El sior Segasta pide la palabra_.

Y se interrumpa para decir al que estaba ms cerca:

--_Veus? Este Segasta es un pillo!_

Y sin ms aclaraciones afirmbase las gafas y volva  deletrear por
debajo del blanco y chamuscado bigote:

--_Siores: contestando  lo que ayer dijo_...

Pero antes de llegar  quin era el que dijo, dejaba el peridico para
mirar con superioridad  su embobado auditorio, afirmando con energa:

--_Este es un embustero!_

_El Retor_, que haba pasado tardes enteras admirando la sabidura de
aquel hombre, no se fij en l, atento y sumiso para su to, que se
dign quitarse la pipa de los labios para saludarles con un _hola_,
_chiquets!_ permitindoles sentarse en las sillas que reservaba  sus
ilustres amigos.

Tonet volvi la espalda para mirar  los jugadores de la mesa inmediata,
que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y
algunas veces sonde con sus ojos el interior del caf, lleno de humo,
buscando tras el mostrador, bajo los cromos martimos,  la hija de
_Carabina_, aliciente principal del establecimiento.

El seor Mariano (a) _el Callao_ (aunque todos se guardaban de darle en
su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta,  pesar de lo
cual se mantena fuerte y bien plantado, cobrizo, con las crneas de
color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en
toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro
cuartos.

Llambanle _el Callao_ porque cada da hablaba una docena de veces de
aquella jornada gloriosa,  la que haba asistido de joven como marinero
de primera  bordo de la _Numancia_. Mentaba  cada paso  Mndez Nez,
 quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del
hroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo
ocurrido en el Pacfico, imitando el estrpito de las andanadas del
glorioso navo: _Bum! brurrrum!_

Fuera de esto, era un pjaro de cuenta. Haba hecho el contrabando en la
feliz poca en que todos eran ciegos, desde la comandancia al ltimo
carabinero; todava, si se presentaba ocasin, entraba  la parte en
algn alijo; su principal industria era hacer obras de caridad,
prestando  los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento
mensual, lo que le vala la adhesin forzosa de un rebao miserable que,
despus de despojado, haca cuanto l le mandaba en las luchas polticas
del pueblo.

Sus sobrinos le vean con amiracin tratarse de t por t con todos los
alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir 
Valencia en comisin de prohombres para hablar con el gobernador.

Avaro y cruel, saba dar  tiempo una peseta; se familiarizaba con los
pescadores, y sus sobrinos, que no le deban ms que la esperanza de
heredar algo el da en que muriese, tenanle por el hombre ms
respetable y bondadoso de toda la poblacin,  pesar de que muy contadas
veces haban entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde
viva sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes,
que le tuteaba y se permita, al decir de la gente, una intimidad tan
peligrosa como era saber dnde guardaba encerrado su _gato_ el seor
Mariano.

Oa ste  su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido,
Hombre... hombre! No era malo el propsito. As le gustaba  l la
gente, trabajadora y atrevida.

Y aprovechando la ocasin para halagar su propia vanidad de ignorante
enriquecido, comenz  hablar de su juventud, cuando acababa de llegar
del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como
sus abuelos, habase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para
favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquera del
estanco.

Gracias  sus _agallas_ y  Dios, que no le haba abandonado, tena con
qu pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba
recta  su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados
por oficialetes recin salidos de la escuadra de instruccin, con muchos
humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de _los moscas_,
y no haba quien parase la mano para recibir una docena de onzas 
cambio de ser ciego por una hora.

El mes pasado haban cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que
venan de Marsella con cargamento de telas; haba que ir con cuidado; la
gente estaba pervertida... abundaban los msicos de oreja... Pero
estaba l decidido? pues adelante; no sera su to quien le quitase la
idea, tanto ms cuanto que le gustaba ver que los de la familia se
cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera
ido  su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo
 pescar.

Qu necesitaba de l? Poda hablar sin cuidado. All tena un padre
para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un cntimo; le repugnaba aquel
excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer;
pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No poda remediarlo; _le
tiraba_ la aficin al fardo prohibido.

Y como _el Retor_ expusiera tmidamente sus pretensiones, balbuceando,
como si creyera pedir demasiado, el to le ataj con resolucin.

Ya que tena barca, lo dems corra de su cuenta. Escribira  sus
amigos del _entrept_ de Argel, le daran un buen cargamento ponindolo
 su cuenta, y si era listo y llegaba  echarlo en tierra, le ayudara 
venderlo.

--_Grasies_, _to_--murmuraba _el Retor_ saltndosele las lgrimas--.
_Qu b es vost!_...

Bueno; menos palabras. Para eso estaba l en la familia. Adems, se
acordaba mucho del pobre to Pascual. Lstima de hombre! Un marinero
de tantas agallas!... Ah! y  propsito. De las ganancias del alijo le
dara el treinta por ciento, y lo dems para l. Porque ya era sabido.
La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y _el
Retor_, todava conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con
sendas cabezadas.

Quedaron en silencio. Tonet segua de espaldas mirando  los jugadores,
indiferente para aquella conversacin que los dos hombres sostenan con
la vista fija y sin menear apenas los labios.

Y cundo iba  ser el viaje? En seguida? Lo preguntaba para escribir 
los del _entrept_.

Pero _el Retor_ no poda salir hasta el sbado de Gloria. Bien quera l
que fuese antes, pero la obligacin es lo primero, y el viernes tena
que salir con su hermano en la procesin del Entierro al frente de la
_clla_ de los judos. No as se abandona un puesto que vena ocupando
la familia haca no s cuntos aos, con gran envidia de muchas gentes.
El traje de sayn era de su padre.

El to Mariano,  quien se tena en el pueblo por incrdulo, porque
jams daba  ganar al cura una peseta, mova la cabeza con grave
expresin. Haca bien su sobrino: para todo hay tiempo. _El Retor_ y su
hermano pusironse en pie al ver que se aproximaban los amigos del to.
Quedaban en que l ayudara. Ya se avistara de nuevo con su sobrino
para ultimar el asunto. Queran tomar algo?... No haban comido an?

--Bueno; _pues  dinar y hasta la vista_, _chiquets_.

Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera,
volviendo al barrio de las Barracas.

--_Qu t'ha dit el to?_--pregunt Tonet con indiferencia.

Pero al ver que su hermano mova la cabeza afirmativamente, se alegr.
De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien.  ver si su hermano se
haca rico y  l le alcanzaba algo para pasar bien el verano.

El bondadoso _Retor_ se conmovi ante los buenos deseos de su hermano y
alegre por la conferencia con el to, senta deseos de abrazar  Tonet.

Aquel diablo de muchacho tena buen corazn. Haba que reconocer que le
quera mucho  l y tambin  su Dolores y  Pascualet.

Lstima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel
escndalo en la Pescadera, del cual slo vagas noticias haban llegado
hasta l.


V

Tronaba en las calles del Cabaal,  pesar de que el da amaneci
sereno.

La gente echbase de la cama aturdida por el ruido sordo  incesante,
igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreadas,
con los ojos turbios y ligeras de ropas, salan  las puertas para ver 
la azulada luz del alba cmo pasaban los fieros judos, autores de tanto
estrpito, golpeando los parches de sus destemplados y fnebres
atabales.

Los ms grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si,
barajndose el almanaque, Carnaval hubiese cado en Viernes Santo.

La chavalera del pueblo echbase  la calle disfrazada con los extraos
trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la
procesin del Encuentro.

Vease  lo lejos, como pelotn de negras cucarachas, los encapuchados,
_las vestas_, con la aguda y enorme caperuza de astrlogo  juez
inquisitorial, el antifaz de pao arrollado sobre la frente, una larga
varilla de bano en la mano, y cada sobre el brazo la larga cola del
fnebre ropn. Algunos, como suprema coquetera, llevaban enaguas de
deslumbrante blancura, rizadas y encaonadas, y asomando por bajo de
ellas los recogidos pantalones y las botas con elsticos, dentro de las
cuales el enorme pie, acostumbrado  ensancharse con libertad sobre la
arena, sufra indecibles angustias.

Pasaban despus los judos, fieros mamarrachos que parecan arrancados
de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media
con ropera pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo
conoce con el nombre vago y acomodaticio de _traje de guerrero_;
tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la tnica de
un _apache_; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo
y los miembros ceidos por un tejido grueso de algodn que modestamente
imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el
despropsito, con las fnebres _vestas_ y los imponentes judos, pasaban
los _granaderos de la Virgen_, buenos mozos, con enormes mitras
semejantes  las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme
negro adornado con galones de plata que parecan arrancados de algn
atad.

Era caso de reir ante tan extraas cataduras; pero  ver quin era el
guapo que se atreva  ello ante el fervor profesional que se notaba en
todos los rostros atezados y graves. Adems, no tan impunemente puede
uno reirse de los cuerpos armados; y judos y granaderos, para la
custodia de Jess crucificado  de su madre, llevaban desenvainadas
todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente;
desde el enorme sable de caballera hasta el espadn de msico mayor.

Corran tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes;
madres, hermanas y amigas admirbanles desde las puertas, lanzando un
_Reina y siora, qu guapos van!_ y la mascarada piadosa serva para
recordar  la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora
Jess y su madre iban  encontrarse en mitad de la calle de San Antonio,
casi  la puerta de la taberna del to _Chulla_.

Conforme avanzaba el da y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes
rosados y calientes de la maana, aumentaba en las calles el ronquido
estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales
marchas de las msicas, como si un ejrcito invadiese el Cabaal.

Las _cllas_ se haban reunido, y en filas de  cuatro marchaban tiesos,
solemnes y admirados como vencedores. Iban  la casa de sus capitanes
para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fnebres
estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los
horripilantes atributos de la Pasin.

_El Retor_ era por herencia capitn de los judos, y todava de noche
salt de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcn
durante el resto del ao y considerado por toda la familia como el
tesoro de la casa.

Vlgale Dios y qu angustias pasaba el pobre _Retor_, cada ao ms
rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodn!

Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandebale
tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del malln
las cortas piernas y el vientre de su _Retor_, mientras que Pascualet,
sentado en la cama, miraba con asombro  su padre, como si no le
reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el
terrible sable de caballera que al menor movimiento chocaba contra los
muebles y rincones, produciendo un estrpito de mil diablos.

Por fin termin el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de
acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresin de la malla,
apelotonbanse, y las piernas del judo parecan plagadas de tumores;
apretbale el vientre el maldito calzn hasta hacerle palidecer; la
celada, por exceso de engrase, le caa sobre el rostro, lastimndole la
nariz; pero la dignidad ante todo! y tirando del sablote  imitando con
voz sonora el redoble del tambor, psose  dar majestuosas zancadas por
la habitacin, como si su hijo fuese un prncipe  quien haca guardia.

Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado 
otro como un oso enjaulado. Tentbanla  la risa las piernas tortuosas;
pero no; mejor estaba vestido as que cuando volva a casa por la noche
con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el
cansancio.

Ya llegaban; oase la msica de los judos que venan por su bandera.
Dolores se visti apresuradamente, mientras el capitn sala  la
frontera de sus dominios a recibir el ejrcito.

Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrn agitaba los
pies, el cuerpo y la cabeza con rtmico contoneo, sin moverse del sitio,
mientras Tonet y dos ms, con gravedad imperturbable, suban al balcn
por el estandarte.

Dolores vi  su cuado en la escalera, y fu en ella instantneo,
fulminante el instinto de comparacin. Pareca todo un militar, un
general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No;
Tonet no tena las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,
ajustadas, elegantes, como aquellos seores tan simpticos llamados don
Juan Tenorio, el rey don Pedro  Enrique Lagardere, que tanto la haban
conmovido recitando quintillas  dando estocadas en la escena del teatro
de la Marina.

Ya iban todas las _cllas_ camino de la iglesia, con la msica al
frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de
un tropel de brillantes insectos arrastrndose con incesante contoneo.

Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos
procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su
guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jess, desmelenado y
sudoroso, con la tnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el
peso de la cruz, cado sobre los peascos de corcho pintado que cubran
la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de l, para que
no se escapara, los inhumanos judos que, para mayor _carcter_, ponan
un gesto feroz de pocos amigos, y las _vestas_, con el capuchn calado y
la cola arrastrando sobre los charcos, tan ttricas, tan sombras, que
los chicuelos rompan a llorar, refugindose en los zagalejos de la
madre.

Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos
desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en
medio de la chusma armada y feroz, nias talluditas con los carrillos
cargados de colorete, vestidas de odaliscas de pera cmica, con un
cantarillo al brazo para demostrar que eran la bblica _Samaritana_, en
las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a prstamo por sus
madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias
rayadas.

Pero estos pequeos detalles no abran paso a la impiedad.

--_Sior!_... _Ay Sior, Deu meu!_--murmuraban con acento angustiado
las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jess en poder de
la pillera excolmugada.

Entre los espectadores veanse caras plidas y ojerosas, bocas
sonrientes, gente alegre que, despus de una noche tormentosa, haba
venido de Valencia para rer un poco; y cuando se burlaban demasiado
fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algn soldado de Pilatos
que agitaba el espadn amenazante, rugiendo con santa indignacin:

--_Morrals!_... _Morrals! Veniu  burlarse?_

 burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabaal!... Seor!
de Valencia haban de ser para atreverse a tanto.

La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la
calle de San Antonio, frente  los azulejos que marcaban con extraas
figuras las estaciones del Calvario. All se aglomeraban, empujndose
por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas,
agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pauelo sobre
los ojos.

Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y
rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en
lugar preferente la procesin.

La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. Le haban visto?...
Judo tan bien portado no se encontraba en toda la procesin. Y  la
infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todava le escocan
las bofetadas con que el brutal Tonet haba acompaado al amanecer la
empresa de su acicalamiento.

Sinti sobre su pecho el rudo encontrn de un cuerpo macizo y poderoso
que se colocaba ante ella, empujndola por conquistar su puesto. Mir y
habra mayor atrevimiento! era Dolores, su cuada, con Pascualet de la
mano, que se ahogaba en aquella aglomeracin. La buena moza tena el
aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeoso labio inferior al
mirar  la gente. Ah, la _arrastrada!_... Y cmo la respetaban y
mimaban todos  pesar de su orgullo!

Las dos cuadas, con gran desesperacin de la _ta Picores_, seguan
mirndose hostilmente. Su reconciliacin en la horchatera del Mercado
haba sido una tregua, y nicamente, como memoria de tantas promesas de
amistad, saludbanse framente, pero con una expresin en los ojos que
haca presentir nuevas explosiones.

Rosario, aturdida por el mpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se
limit  contestar  la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. La
muy desvergonzada! Venir con tanto aire  tirar  las gentes del sitio
en que estaban! Qu humos!... Dejad paso  la reina! Bien se saba
quin era cada una. Las personas sin educacin se dan  conocer al
momento.

Y la mujercilla dbil y plida iba colorendose como si la embriagaran
sus propias palabras. Rean sus amigas guiando los ojos para animarla y
comenzaba  girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores
con la expresin de una leona que oye zumbar un moscardn  sus
espaldas, cuando la procesin desemboc en la calle por una travesa
inmediata, y una ondulacin de curiosidad agit  la muchedumbre.

Avanzaban en opuesta direccin las dos procesiones, moderando su paso,
detenindose, calculando la distancia para llegar  la vez al lugar del
encuentro.

La morada tnica de Jess centelleaba con los primeros rayos de sol por
encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz
erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la
Virgen, contonendose al comps del paso de sus portadores, vestida de
negro terciopelo y cubierta con una gasa fnebre, al travs de la cual
brillaban sobre el rostro de cera las lgrimas, para las cuales llevaba
sin duda en las inmviles manos un pauelo rizado y encaonado.

Ella era la que atraa la atencin de las mujeres. Muchas lloraban.
_Ay, reina y soberana!_ Aquel encuentro parta el alma. Ver una madre
 su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparacin fuese mala)
que si ellas encontraran  sus chicos, tan buenos y honradotes, camino
del presidio.

Y las pescaderas seguan gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no
les impeda fijarse en si llevaba algn adorno ms que el ao anterior.

Lleg el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus
destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos;
callaron las fnebres msicas; quedronse las dos imgenes inmviles
frente  frente y son una vocecita quejumbrosa cantando con montono
ritmo unas cancioncillas, en las que se describa lo conmovedor del
encuentro.

La gente oa embobada al _to Grancha_, un viejo _velluter_ que todos
los aos vena de Valencia  cantar por entusiasmo piadoso en aquella
fiesta. Qu voz! Sus quejidos partan el corazn, y por esto, cuando
los bebedores de la inmediata taberna de _Chulla_ rean demasiado
fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y
los devotos clamaban indignados:

--_Calleu_... _recordons!_

Subieron y bajaron las imgenes, lo que equivala para la gente 
dolorosos y desesperados saludos que se dirigan la madre y el hijo; y
mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el _to
Grancha_, Dolores no quitaba los ojos del judo esbelto y arrogante que
contrastaba con su capitn patizambo.

Poda estar de espaldas  Rosario, pero sta la vea,  ms bien
adivinaba dnde iban sus ojos. Pero han visto ustedes? Ni que se lo
quisiera comer. Qu desvergenza! Y eso en presencia de su marido; qu
sera cuando Tonet iba  su casa con excusa de jugar con el sobrino y la
encontraba sola!

Y mientras las dos procesiones se unan volviendo juntas  la iglesia,
la celosa  inquieta mujercilla segua rugiendo  media voz amenazas 
insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de
la hermosa nuca erizada de rizados pelos.

Dolores se volvi, dando una soberbia rabotada. Pero era  ella  quien
deca tantas cosas? Cundo iba a dejarla en paz? No podra mirar donde
le diese la gana?

Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacbanse sobre la
pupila de hermoso verde mar.

S; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se
coma los hombres con los ojos.

Dolores rea con desprecio. Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una
prenda. Ella tena su hombre y no poda acabrselo. Eso otras que
estaban medio locas. _Piensa el ladrn que todos_, etc.... Ella
nicamente se dedicaba  romperles los morros  las insultadoras.

--_Mare!_, _mare!_--gritaba Pascualet lloriqueando, agarrndose  las
faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se
arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban
 sta por los flacos y nerviosos brazos.

--_Qu es as?_ _Sempre lo mateix?_--bram un vozarrn cascado.

Y la enorme mole de la _ta Picores_ se interpuso entre las
combatientes.

Ella lo arreglara todo. Saba cmo se manejaba  aquellas locas. _T
Dolores_... _ casa_. _Y t, mala llengua, que no t'oixca_.

Y  fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.

Seor, qu gente! Hasta en un da santo, en viernes, y durante la
procesin del Encuentro, armaban escndalo las condenadas. Seor mil
veces! Qu chicas las de ahora!

Y viendo la fiera vieja que todava se insultaban de lejos, las amenaz
con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar
por las amigas.

El escndalo trascendi al poco rato por todo el Cabaal.

En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. ste, antes de despojarse del
traje de judo, di una paliza  su mujer para que se curara de celos.

_El Retor_ habl de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la
malla  fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la
saludable expansin.

Su cuada estaba loca: lo declaraba con la mayor lstima. Y aunque su
hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no poda
menos de compadecerlo al verle unido  una mujer intratable como un
puerco espn.

Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba l
 cerrarle las puertas  su hermano Tonet, y menos ahora, que si le
ayudaba la suerte, tendra ocasin de hacerlo todo un hombre. Dolores,
plida an por la reciente emocin, aprobaba todas sus palabras con
movimientos de cabeza.

En fin, que con tratarse poco  nada con aquella loca, todo quedaba
arreglado.

Y ahora al negocio.

Al da siguiente, cuando las campanas comenzaban  voltear el toque de
gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos
aporreaban las puertas con garrotes, la _Garbosa_, aquella ruina del
mar, aparejada como una barca pescadora, extenda su gran vela latina,
blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabaal;
contonebase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que
oculta su vetustez, marchando en busca de la ltima conquista.


VI

Muy entrada la noche navegaba la _Garbosa_ en aguas del cabo de San
Antonio.

Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos
reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las
aguas.

Destacbase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y
bruida por las tempestades, y detrs, tierra adentro, erguase con
ascensin interminable el sombro Mong como un borrn sobre la
inmensidad azul.

El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un
cclope acechando  los navegantes.

Era flojo el viento de la costa, y la _Garbosa_ haba pasado todo el da
en atravesar el golfo. Ahora tena ante su proa el mar libre: estaban en
la entrada del verdadero camino de Argel.

_El Retor_, sentado en la popa, junto  la caa del timn, miraba la
obscura masa del cabo como orientndose, y al mismo tiempo examinaba un
viejo comps de su to, sobre cuyo empaado vidrio proyectbase la luz
del farolillo que iluminaba el barco.

Tonet, sentado junto  l, ayudbale con su experiencia. De todos los de
 bordo, l era el nico que haba estado en Argel.

El camino era fcil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, caa
al Sudeste! y no haba ms que dejar  la _Garbosa_ que siguiese su
camino si el viento era bueno.

_El Retor_ se agarr con ambas manos  la caa del timn; vir la barca,
exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje
que la meca de lado comenz  acometerla por la proa, obligndola  dar
lentos cabeceos, en los que herva la espuma, brillando en la
obscuridad, y el faro vise por la popa, confundindose su inquieta faja
rojiza con el rebullir de la estela.

Ahora  dormir.

Tonet se tendi al pie del mstil con un rollo de cuerdas por almohada y
cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estara en el timn hasta
media noche, y despus le relevara l hasta la madrugada.

_El Retor_ era el nico que velaba  bordo de la _Garbosa_.  pesar del
rumor del oleaje, oa los ronquidos de la tripulacin, dormida casi 
sus pies.

l, que en el mar viva siempre libre de cuidados y arrojaba las redes
hasta en mal tiempo, no poda dominar cierta inquietud al hallarse solo.
Los temores de la propiedad comenzaban  dominarle. El negocio por
cuenta propia hacale miedoso. Cmo saldra de aquella aventura?
Resistira la _Garbosa_ si se les echaba encima el mal tiempo? Le
pillaran cuando volviese cargado hacia Espaa?

Y con una atencin de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo
enfermo, atenda  los crujidos dolorosos de la vieja _Garbosa_ como si
los quejidos se los arrancase  l el dolor, y miraba  lo alto,  la
punta de la vela, gigantesca sbana cncava que, vista desde abajo,
pareca rasgar con su punta el cielo, aquella bveda de raso apolillado,
por cuyos innumerables agujeros escapbase con vivo parpadeo el
resplandor de lo infinito.

Pas la noche con tranquilidad, y el da amaneci entre nubecillas
rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.

Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias
rfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruida, inmvil y
azulada como espejo veneciano.

La tierra habase perdido de vista.  babor, disfuminadas en el
horizonte como vapores del amanecer, marcbanse vagamente dos manchas de
color de rosa, Tonet las sealaba  sus compaeros. Aqullo era Ibiza.

La _Garbosa_ avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto
anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos lmites, como puntos indecisos,
marcbanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.

Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las
aguas: la vela penda muchas veces inmvil del mstil, barriendo la
cubierta con su orla.

Desde la cubierta de la _Garbosa_ alcanzaba la vista las hondas
profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca
reflejbanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con
nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de
estao; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines,
sacando  flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de
polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que
se hundan en el misterio de las aguas despus de algunos instantes de
vida atmosfrica; y todos los seres extraos, de figuras fantsticas, de
colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fnebres
otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y
cuerpo reducido  de pequea cabeza  hinchado vientre, bullan y se
agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos
esquifes mitolgicos  los que daban escolta las divinidades del mar.

Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El
_gato_ de la barca vigilaba el fogn de proa, donde burbujeaba la olla
del medioda, y _el Retor_, paseando por la estrecha popa y mirando al
horizonte, se daba  todos los demonios ante la calma. La _Garbosa_,
aunque no estaba inmvil, pareca enclavada siempre en el mismo sitio.

 lo lejos vease un pailebot con las velas cadas, apresado por la
calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta  de Suez. Pasaban
por la lnea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha
chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la lnea de flotacin;
_trigueros_ que venan del Mar Negro  iban hacia el Estrecho, llevando
en sus entraas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.

El sol llegaba  su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas,
burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldebase la atmsfera como
si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la _Garbosa_ ardan
las viejas tablas crepitando con ruido de lea vieja.

La comida estaba  punto, y patrn y marineros sentronse al pie del
mstil  la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo
plato.

Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma
bochornosa; rodaba sin cesar el porrn de mano en mano para refrescar
las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar
que revoloteaban  ras del agua como si temiesen cruzar la atmsfera
caliginosa.

Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movan
perezosamente, como si estuvieran borrachos ms de sol que de vino.

Iban  dormir en la _zorra_ de aquel carro viejo, y uno tras otro
deslizronse en la cala de la barca, tumbndose sobre las maderas que
rezumaban, quejndose al menor vaivn.

Pas la tarde y la noche sin ningn incidente. Al amanecer refresc el
viento, y la _Garbosa_, como un caballo viejo de buena casta que siente
la espuela, comenz  encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.

Al medioda marcronse en el lmite del mar algunas manchas de humo, y
poco despus todos los tripulantes de la _Garbosa_ vieron salir
pausadamente tras la verde faja del horizonte mstiles como campanarios,
con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes
pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que
avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando
una sola pieza  disgregndose hasta ocupar todo el horizonte; rebao de
leviatanes que conmovan las aguas agitndolas con sus ocultas aletas.

Era la escuadra francesa del Mediterrneo que marchaba haciendo
evoluciones. Ya se aproximaban  Argel. Todos la contemplaban con
asombro y temor. Recristo y qu cosas tan grandes hacen los hombres! El
ms pequeo de tales barcos, el caonero blanco que empavesado de
banderas y bolas negras iba por entre los grandes navos haciendo
seales como un cabo que vigila la formacin, no necesitaba ms que
rozar la barca para convertirla en smola. Y no se diga nada de las
vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres.
Adnde iran  parar ellos si  los tales animalotes se les ocurra
estornudar?...

Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el
respeto del raterillo que viese desfilar un batalln de guardia civil.

Se alejaron los acorazados, borrndose al poco rato en el horizonte, sin
dejar ms rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el
inmenso azul.

 media tarde comenz  marcarse vagamente una sombra que pareca el
arqueado lomo de un cetceo. Ya tenan la tierra  la vista. Tonet
recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la
_Mala Dna_. A babor estaba Argel.

La brisa refrescaba cada vez ms; la vela, hinchada, describa una
atrevida curva sobre el inclinado mstil; la proa hundase y se
levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubra
de espumarajos, y toda la _Garbosa_, crujiente y conmovida, avanzaba
veloz, como esas bestias dbiles que se esfuerzan al percibir la cuadra
y el descanso.

Caa la tarde, y en los flancos de la _Mala Dna_, esfumados por la
distancia, banse marcando nuevas tierras, montaas bajas con manchas
blancas de caseros. La barca navegaba cada vez ms veloz, como si la
atrajera la tierra, y sta se alejaba como esos pases de los cuentos de
hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.

La _Garbosa_ inclinbase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba 
estribor el cabo y segua de cerca la costa, saltando por encima del
pequeo oleaje, que la haca danzar alegremente.

Sobre el cielo de un hermoso azul turqu destacbase la dentellada
crestera de la costa; vena de tierra un aliento clido, como de
misteriosa habitacin cargada de extrao perfume, y surga de la tierra
la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y
delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del
Profeta y corona la cpula de los minaretes. Aquello era estar en
frica.

Percibase desde la _Garbosa_ el choque del oleaje sobre los
acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereos, los gritos de los
moros del campo; y  lo lejos, al trmino de la montaosa lnea, donde
el mar pareca precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta,
brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.

All estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se
multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de
lucirnagas; clasificbanse en diverso brillo  intensidad; las haba 
centenares, en lnea serpenteando, como si bordeasen un camino de la
costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeo promontorio,
apareci la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.

 excepcin de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados
contemplando el espectculo. Recristo! Deba hacerse el viaje slo por
ver aquello! Podan ir al infierno el Grao y su puerto.

Estaban en una gran baha de aguas sombras  inmviles, en cuyo fondo
abrase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrs,
la ciudad, escalonndose colina arriba, blanca hasta en las sombras de
la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna
fiesta con esplndida iluminacin. Vaya un derroche de gas! En las
aguas del puerto culebreaban las lneas rojas, como si en el fondo se
divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las
linternas rojas en el bosque de mstiles, unos escuetos con la sobriedad
de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre
los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacbanse con
resplandor de incendio las fachadas de los cafs cantantes, las grandes
tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces
carruajillos con toldos de lienzo blanco.

Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa
de la noche, las musiquillas de los cafs, el toque de retreta de los
cuarteles, el rumor del gento en las calles, los gritos de los boteros
rabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiracin de una
ciudad comercial y extica, que, despus de cometer durante el da las
mayores felonas por conquistar el franco, se entrega al placer al
llegar la noche con el apetito excitado.

_El Retor_, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba
las instrucciones de su to, y mientras la tripulacin recoga la vela
para que darse al pairo, l prenda fuego  un calabrote embreado y
agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultndola por tres veces
tras una lona que sostena el _gato_ de la barca.

Esto lo repiti un sinnmero de veces, mirando fijamente la parte ms
obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguan con
curiosidad tales seales. Por fin vise brillar en tierra una luz roja.
Los del _entrept_ contestaban: no tardara  llegar el cargamento.

_El Retor_ explicaba  los suyos las ventajas de este sistema. No
convena cargar dentro del puerto. El to Mariano saba por experiencia
que all haban muchos _moscas_ prontos  telegrafiar  Espaa el nombre
y la matrcula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor
era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer
hacerse  la vela antes de que nadie se enterara, llegar  la costa de
Valencia sin avisos de ninguna clase, y adivina quin te di!

Y el bondadoso pescador se rea de su propia malicia, aunque mirando
interiormente  su experto to, que le haba dado tan buenos consejos.

Mientras el patrn esperaba la llegada de la carga mirando el punto de
la sombra costa donde haba brillado la luz, Tonet y los marineros,
sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban
codiciosos la iluminada ciudad.

Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia all, y relataba 
sus embobados compaeros las alegres correras por Argel. Les designaba
las fachadas con grandes rtulos de gas, por cuyas ardientes ventanas
escapbase una msica chillona y confuso rumor de avispero. Eran los
cafs cantantes. Caballeros, cunto se haba divertido all! Y el
_gato_ de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja  oreja,
brillndole los ojuelos de muchacho vicioso, crea ver las cantatrices
casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el
tablado moviendo  comps las caderas y el vientre.

Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada
hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el
_Boulevard de la Repblica_, con sus grandes cafs, donde iban los
seores oficiales  tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los
morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judos de tnica de
seda sucia y vistosa. Detrs estaban otras calles, tambin con arcos y
hermosas tiendas; la _plaza del Caballo_ con la mezquita principal, un
gran casern blanco, donde entraban los bobos descalzos y recin lavados
 hacerle cortesas al zancarrn de Mahoma, mientras que arriba, en lo
ltimo de la torrecilla que se vea desde la barca, un to con turbante
pateaba y gritaba  ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las
calles madamas muy bien vestidas que olan  gloria, andando como
patitos y diciendo _mersi_  cada chicoleo; soldados con gorro de
datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales caba la familia;
gente de todos los pases, lo mejorcito de cada casa, que haba ido all
huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la
acera, donde se serva la absenta  vasos.

Tonet lo haba visto todo y lo describa  los suyos con manoteos y
guios, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacan
prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.

Y la ciudad alta donde vivan los moros? _Redeu!_ Aquello s que era
notable. Se acordaban del callejn junto al mercado del Grao? Aquel en
que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,
comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre
cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de
inmundicia bajando por los escalones del empedrado.

Haba que tomar fuerza en todos los cafetines del trnsito para subir
tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos
en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos dicindose Dios sabe qu
cosas en su jerga de perros.

All se viva como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal ao.
El que tuviera buen estmago y no le importara ver comer el alcuzcuz 
puados con las manos despus de acariciarse los pies, por un real se
zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como
los de Pascua, y aun poda tomar caf en una tacita como un cascarn,
tendido sobre la tarima de cualquier cafetn moruno, y hasta dormirse al
son de una flauta y dos panderos.

Haba tambin sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio comn,
que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uas
teidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas
de los establecimientos de baos que sonrean como perros ofreciendo
frotaros con sus manazas, y otras _rediel!_... otras que eran las
seoras, con la cara tapada de tal modo, que slo se vea la nariz y un
ojo, con sus anchos calzones bambolendose al andar y enseando por bajo
del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de
platera, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y
medias lunas.

Y qu ojos, chiquillos! Qu curvas! Aun se acordaba l de una negrota
rica, con la que tropez en un callejn de all arriba. Como l era
as... no pudo remediarlo; la pellizc por la espalda en los
zaragelles, que parecan hinchados y estaban duros como la piedra; la
negra chill como una rata, cayeron sobre l tos y ms tos, todos feos
y con enormes trancas; l y sus dos amigotes tiraron de la faca
marinera, y aquello se acab cuando subieron los zuavos y se los
llevaron al _violn_, de donde los sac el cnsul despus de dos das de
encierro.

Los marineros le oan ansiosos, admirando su superioridad, y mientras
rean comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirndose los
pies con expresin de hombre cansado:

--_Ay!_... _Entonses tena yo ms humor_.

El patrn di un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una
luz roja agrandbase por momentos y oase un sordo chapoteo, como si
nadase un perrazo con direccin  la barca.

Era el vaporcito del _entrept_. Salt  la cubierta de la _Garbosa_ un
buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma hbrido de los
puertos africanos, mezcla de italiano, francs, griego y cataln, di
cuenta al _Retor_ de su comisin.

Haban recibido  tiempo el aviso de _mosi_ Mariano, de Valencia; les
esperaban desde la noche anterior; haban visto la seal y all estaba
el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las
autoridades francesas hacan la vista gorda, convena en tales negocios
despachar pronto.

--_A la faena!_--grit el Retor  su gente--. _Crrega  bordo_.

Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el
montn de la carga, comenzaron  pasar  la barca los gruesos fardos
envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.

Las dos embarcaciones estaban amarradas una  otra, y el transbordo de
la carga se haca con facilidad. La abierta escotilla engullase los
fardos, y la _Garbosa_, conforme avanzaba la operacin, iba hundindose,
lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la
excesiva carga.

El mocetn rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca.
Pero era posible que aquel atad resistiera tanto? Y _el Retor_
contestaba golpendose el pecho como para darse una conviccin que
comenzaba  faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le
ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de
all  dos noches en la playa del Cabaal.

La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja
cubierta, colocndose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos
y que no cayesen al mar.

--_Buona sorte, patrn_--chapurre el rubio quitndose su gorrilla y
estrechando con fuerza la mano del _Retor_.

Se alej el vaporcillo; la _Garbosa_ extendi su vela, y comenz 
correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminacin cada vez menos
brillante.

Al _Retor_ se le encoga el corazn viendo marchar su barca. Ay! Que
Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo!
Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta
la borda, cabeceando torpemente y elevndose con tal lentitud sobre las
olas, que stas,  pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si
estuviera corriendo un temporal.

Tonet, ajeno  los cuidados que inspiraba la propiedad, se rea de la
barca, que, segn l, pareca un torpedero navegando con la cubierta 
flor de agua.

Cuando amaneci, el cabo de la _Mala Dna_ vease por la popa como una
vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.

La carga, hecha con tanta rapidez frente  Argel y en la sombra de la
noche, la recordaba _el Retor_ como si fuese un sueo, ahora que se vea
de nuevo en medio del Mediterrneo, sin tierras  la vista. Pero para no
dudar, all estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulacin
fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre
_Garbosa_, que navegaba torpemente como una tortuga.

Lo nico que tranquilizaba al _Retor_ era el tiempo. Buen viento y mar
bella; aun as,  la barca le vendra justo el llegar  Valencia. Ahora
comprenda el patrn su temeridad al acometer el negocio con tal zapato.
Y  pesar de que no conoca el verdadero miedo, pens algunas veces en
su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso,
lo que no impidi que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido
como un salivazo de las olas.

La barca naveg sin novedad hasta el amanecer del da siguiente. El
cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie
del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, as
como el Mong, cuya cumbre apareca suspendida en el espacio con la base
cortada por dos fajas de nubes.

La _Garbosa_, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la
ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rpidamente.

El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrn, que deba aguantar
hasta la noche para hacer el alijo.

De pronto psose en pie de un salto y abandon la caa del timn.
Fijbase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo...
_Futro!_ No se equivocaba; bien conoca aquella embarcacin. Era una
escampava de Valencia que pareca al acecho costeando frente al cabo.
Algn _mosca_ haba hecho de las suyas en el Cabaal, diciendo que la
_Garbosa_ haba salido  algo ms que  pescar.

Tonet tambin adivinaba la clase de la embarcacin, y miraba  su
hermano con inquietud.

Aun era tiempo;  tomar mar. Y la _Garbosa_, inclinando un poco su proa,
se alej del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favoreca en
esta maniobra, y la _Garbosa_ navegaba con gran rapidez hundiendo
muchas veces bajo las olas su abrumado casco.

La escampava al poco rato imitaba la maniobra, dndola caza. Aquella
barca era mejor y ms ligera, pero la distancia entre las dos resultaba
considerable, y _el Retor_ pensaba huir, huir siempre, aunque fuese 
dar en el mismsimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las
aguas  la guitarra vieja con todo su cargamento.

La persecucin dur hasta medioda, cuando estaban indudablemente  la
altura de Valencia. Pero all la escampava vir, dirigindose  tierra.

_El Retor_ adivin los propsitos de sus perseguidores. El tiempo no era
muy seguro, y la escampava prefera esperarle costeando, con el
convencimiento de que ms pronto  ms tarde ira la _Garbosa_ hacia
tierra para echar sus fardos.

Puesto que les conceda tal respiro, muchas gracias. Ahora  buscar un
refugio, hijos mos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar
en un zapato como la _Garbosa_.  las Columbretas, refugio de los
hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del
comercio!

Y  las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y
lvidas tumefacciones que hacan danzar locamente  la cansada
_Garbosa_, sta, guiada por la roja luz del faro, entr en la Columbreta
Mayor, crter apagado y rodo por las olas; herradura de altas rocas,
que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de
los fareros, y en cuyo seno brese una pequea baha de agua tranquila
siempre que no sopla el Levante.

La isla es un muralln encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una
alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito rodo por el
ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde
ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto  los esqueletos
de los pescados que las olas arrojan  prodigiosa altura en los das de
tempestad. Ms all, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable
distancia, estn las Columbretas menores; la _Foradada_, surgiendo de
las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes
rectos, colosales  inabordables como los dedos de un coloso
prehistrico sepultado en las misteriosas profundidades.

La _Garbosa_ qued anclada en la baha. Nadie baj  verla. Los fareros
estaban acostumbrados  las misteriosas visitas de gentes que se
refugiaban en el solitario archipilago con el deseo de que no se
fijaran en ellos.

Los de la barca vean en el avanzado promontorio las luces de las
habitaciones del faro. El viento les traa algunas veces gritos humanos,
pero hacan tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que,
refugiadas en los peascos, geman lastimeramente como nios  quienes
estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera
escarpada, muga el mar alborotado, y su oleaje, corriendo  lo largo
del promontorio, amortigubase entrando en la obscura baha con violenta
ondulacin.

Al amanecer, Pascual salt  tierra, y por la tortuosa escalera de
peldaos cortados en la roca lleg  la altura, mirando la vasta
extensin comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la
cerrazn del tiempo.

No se vea ni una vela; pero _el Retor_ estaba intranquilo, temiendo que
sus perseguidores vinieran  buscarle en aquel lugar tan conocido como
refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrn iba en aumento. Presenta que ms  menos pronto
la escampava vendra  buscarle en las Columbretas, pero  pesar de su
audacia tema hacerse  la mar con su barca vieja. La vida era lo de
menos; pero y el cargamento en que iba su fortuna?

El egosmo de la propiedad aceler su determinacin.  la mar, aunque
el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible  que los
ladrones guardacostas se hicieran dueos de lo que no era suyo.

Y despus que la tripulacin engull su olla, aparej la _Garbosa_ y
sali de la isla tan misteriosamente como haba entrado, sin saludar 
nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros,
agrupadas en la plazoleta frente  la torre.

Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la _Garbosa_ tan pronto se
encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba
de cabeza en las profundas y sombras hendiduras, en cuyo fondo agitaban
los remolinos sus giratorios centros, que parecan los traidores ojos
del abismo. Nubes de agua pulverizada alzbanse de las bordas  cada
choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas
resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulacin, agachada y
atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de
cabeza  pies.

Hasta Tonet estaba plido y apretaba los dientes. En otra barca...
bueno; pero en aqulla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas _el Retor_ no atenda razones. Diablo de panzudo! y cmo se creca
en el peligro! Su ancha cara de cura sonrea  los golpes de mar ms
furiosos; estaba rojo, apopltico, como si acabase de levantarse de la
mesa de la taberna despus de alegre alboroque, y sus manazas no
abandonaban la pesada caa ni se agitaba su corpachn con los terribles
vaivenes que estremecan la barca de proa  popa, hacindola lanzar un
estertor de agona.

Se rea el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le vala
all en el Cabaal.

Aquello no era nada, _recordons!_ No haba que apurarse. Y si la
zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, cmo haba de
ser! All se vea  los hombres y no haciendo el majo en las
tabernas... Atencin con esa que viene!... _Brrum!_ Ya pas. Si
llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y  cerrar los ojos. De
todos modos el infierno est en este mundo, y all arriba ni se come ni
se trabaja. Adems, aunque se llegue  viejo, nadie escapa; y para
morir, vale ms que se lo coman  uno los marrajos y tiburones, que son
gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estircol.
Atencin, que viene otra!...

Y _el Retor_ hablaba  sus compaeros soltando todo el caudal filosfico
adquirido en su aprendizaje con el _to Borrasca_. Pero el nico que le
oa era el _gato_, el muchachuelo que, plido y verdosillo por la
emocin, permaneca en pie agarrado al mstil, mirando  todas partes,
como si no quisiera perder nada del espectculo.

Cerraba la noche. La _Garbosa_ navegaba  media vela, dando espantosas
cabezadas y sin luz alguna, como barco  quien importa ms pasar
desapercibido que evitar un choque.

Una hora despus vi el patrn una luz cercana que saltaba sobre las
olas. Era una barca navegando en opuesta direccin.

_El Retor_ no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto
reconoci  la escampava que, cansada de costear, en un arranque de
audacia iba  las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar 
los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se di el gusto de
soltar el timn y con sus manazas hizo dos  tres acciones indecentes,
en seal de alegre desprecio. Tomad, para el viaje!

 la una de la madrugada vieron los de  bordo el faro de la iglesia del
Rosario.

Tenan enfrente el Cabaal. La noche era  propsito para un alijo.
Pero les esperaran?

_El Retor_, conforme se aproximaban  tierra, perda su asombrosa
serenidad. Demasiado conoca l aquella costa. Permanecer all
aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el
viento,  estrellarse contra la escollera de Levante   encallar frente
 Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya haca rato que por
ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de
fardos. Si segua algunas horas ms en el mar, los golpes la iran
desmenuzando, hasta hacerla astillas.

Haba que ir  tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la
_Garbosa_ march recta, empujada ms por las olas que por el viento,
hacia la obscura playa.

Un punto luminoso brill por tres veces, y el patrn y Tonet dieron un
grito de felicidad.

All estaba el to; les aguardaba. Aquella era la seal. Haba encendido
tres fsforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una
manta tendida  sus espaldas para ser vista nicamente desde el mar.

La _Garbosa_ extendi toda su vela. Aquello era una locura. Volaba,
sacando tan pronto la quilla al viento como hundindose en las olas;
marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y
encabritndose por otro; crecan espantosamente los mugidos del mar,
hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vise la playa con
un enjambre de negras siluetas, y son un golpe seco, terrible. La barca
se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompi la
vela y el agua invadi con terrible fuerza la cubierta, derribando
hombres y arrebatando fardos.

Acababan de encallar  pocos metros de tierra.

Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzse al asalto de
la barca, y sin decir palabra  los aturdidos marineros, apoderse de
los fardos, que comenzaron  pasar de mano en mano por la sombra cadena
de brazos tendida hasta la playa.

--_To, to!_--grit _el Retor_ lanzndose al agua, que no le pas del
pecho.

--_Presente_--contest una voz desde la playa--. _Mutis y  la faena_.

Era un espectculo extrao: una pesadilla.

El mar mugiendo en la densa lobreguez, los caares de la playa
doblndose  impulsos del vendaval como cabelleras de colosos
enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y
una legin de sombros demonios agitndose mudos  incansables, sacando
fardos de la barca, que se deshaca por instantes, pescndolos en las
espumosas aguas para enviarlos como pelotas  la playa, donde
desaparecan cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al
calmar por momentos el vendaval, oase el chirriar de carros que se
alejaban. _ El Retor_ vi  su to Mariano que iba de una parte  otra
con sus enormes botas de agua, la voz enrgica  imperiosa y un revlver
en la mano.

No haba cuidado; los carabineros del puesto ms prximo estaban
_untados_ y vigilaban para avisar si llegaba el jefe.  los que no haba
que perder de vista era  la tropa silenciosa que haca la descarga,
gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo,
y crea aquello de _quien roba  un ladrn_, etc. No; pues de l no se
reiran, _redeu!_ al primero que escondiera un fardo, le pegaba un
tiro.

La descarga fu como un sueo. Cuando _el Retor_ comenz  reponerse de
la impresin sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras,
se alejaba ya el ltimo carro. Los cargadores desaparecieron sin decir
palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.

Ni un solo fardo se haba perdido: hasta los del fondo de la cala haban
sido extrados de entre las rotas costillas de la barca hundida en la
arena.

Tonet y los dems tripulantes se alejaban tambin cargados con la vela y
lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al _gato_ lo pescaron
cuando estaba  punto de ahogarse; haba cado de la barca en el momento
de encallar.

_El Retor_, al verse solo con su to, lo abraz. Ay, to Mariano! Por
fin lo poda decir. Haba pasado muy malos ratos, pero gracias  Dios
todo estaba terminado. Ya arreglaran cuentas. Se haba portado como un
hombre, verdad? Ahora se iba  dormir con su Dolores, que bien ganado
lo tena.

Y se fu con su to hacia el lejano Cabaal, sin echar una ltima mirada
 la infeliz _Garbosa_, que se quedaba all pataleando, prisionera de la
arena, recibiendo en su pecho los puetazos del mar, sintiendo  cada
empujn que se le desencuadernaba el cuerpo y sala flotando un pedazo
de sus entraas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga
vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino,
cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.


VII

El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el to
Mariano entreg al _Retor_ pocos das despus.

Algo ms gan el marido de Dolores: el aprecio de su to, que le
consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su
parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se haba
enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena
jugada. La escampava fu all  riesgo de anegarse y no encontr nada.

_El Retor_ estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del
_alijo_, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban
escondidos donde l y Dolores saban, formaban una bonita suma, con la
que un hombre honrado poda meterse en _algo_.

Y este _algo_, ya se saba, estaba en el mar, pues l no tena el
carcter de su to para explotar en tierra y descansado la miseria de la
pobre gente.

El contrabando no haba que pensar. Era bueno para una vez; como el
juego, que siempre ayuda al principiante. No haba que tentar al diablo:
para un hombre como l, lo mejor era la pesca, pero con medios propios,
sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor
parte.

Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba
agitndose entre sbanas y molestando  su Dolores,  la que no dejaba
de consultar, decidi invertir su capital en una barca; pero no una
barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se
daban  la vela frente  la casa _del bus_.

Ya era hora, _rediel!_ No le veran ms como marinero ni patrn
alquilado; sera amo de barca, y como distintivo de su rango plantara 
la puerta de su casa el mstil ms alto que encontrase para secar en la
punta sus redes.

Seores, spanlo todos: _el Retor_ hace una barca; Dolores la guapa, si
va  la Pescadera ahora que es rica, vender el pescado propio. Y las
vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la
acequia del Gas acercbanse  los tinglados de los calafates para
contemplar con cierta envidia al _Retor_ que, mascullando el cigarro, se
estaba el da entero vigilando  los carpinteros que aserraban y
cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes,
otros encorvados y finos, para la nueva embarcacin.

La faena se haca con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no
haba prisa. Lo nico que deseaba Pascualo es que su barca fuese la
mejor del Cabaal.

Y mientras l se dedicaba en cuerpo y alma  la construccin de la
barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte
que le corresponda del alijo, y que el bueno del _Retor_ procuraba
hacer lo mayor posible.

En la vieja barraca donde se albergaban l y Rosario con todo su
miserable acompaamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se
notaba la menor abundancia despus de la afortunada aventura. La infeliz
mujer segua cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir 
Valencia, y muchas veces  Torrente  Btera, siempre  pie, para mayor
economa; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasbase
los das en su agujero, sin ms compaa que el fastidio y la miseria.
Pero su Tonet estaba ms buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un
puado de duros en el bolsillo y metido siempre en el caf, si es que no
iba  Valencia con sus amigotes  arriesgar unas cuantas pesetas en las
timbas de _cuartos_   alborotar en el barrio de Pescadores.  pesar de
esto, cuando vea  su to, por no perder el derecho de la importunidad,
le recordaba aquel emplello en las obras del puerto que persegua en su
poca de penuria.

Babase complacido en la abundancia momentnea que le volva  los
felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisin, con
ligereza cnica que le haca adorable para las mujeres, no pensaba en
que tendra fin lo que su hermano le haba dado, pequea cantidad cuyo
trmino iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas
del juego.

 altas horas de la noche llegaba  su barraca para acostarse, ceudo y
jurando entre dientes, dispuesto  contestar con bofetadas la menor
protesta de Rosario. sta pasaba sin verle dos  tres das muchas veces,
pero no as en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedndose
en la cocina si _el Retor_ estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con
la cabeza baja y ademn sumiso las acusaciones de su cuada por su mala
conducta.

Si en una de stas entraba _el Retor_, celebraba mucho el buen sentido
de su mujer. S seor; Dolores le deca todo aquello porque le quera
bien, porque era una mujer honrada y no poda consentir que su cuado
fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachn, ante las
reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para
aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... Ira de Dios!

Conforme se acababa el dinero de Tonet, se meta ste cada vez ms en
casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que
la gente no tuviese motivo de murmuracin, acompaaba algunos das  su
hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formacin del enorme
esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus
gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban
incesantemente.

As fu llegando el verano.

El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el
resto del ao, presentaba la animacin de un campamento. El calor
empujaba  toda la ciudad  aquel arenal, del que surga una verdadera
ciudad de _quita y pon_. Las _barraquetas_ de los baistas, con sus
muros de lienzo pintado y sus techumbres de caa, formaban en correcta
fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores,
rotuladas con extravagantes ttulos, y ostentando, adems, en el
vrtice, monigotes, miriaques, barcos, muestras grotescas que
distinguan el establecimiento para evitar errores. Detrs, en previsin
del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estmago,
esparcanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y
terrazas, todo frgil, como decoracin de teatro, supliendo lo endeble
de su construccin y lo misterioso de su cocina con pomposos ttulos:
_Restaurant de Pars, Fonda del buen gusto_; y entre estos pedantes de
la gastronoma veraniega, los bodegones indgenas con su sombrajo de
esteras, las mesas cojas con porrn en el centro y el fogn al aire
libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rtulos de
regocijada ortografa: _El Nap, Salvaor y Neleta_, y ofrecan como plato
del da desde San Juan  Septiembre, los caracoles en salsa.

Y por entre esta poblacin improvisada, que se desvaneca como humo con
las primeras borrascas del otoo, pasaban los tranvas y ferrocarriles
pitando antes de aplastar; corran las tartanas desplegando como
banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente
hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se
confundan los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos,
el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castauelas y el agrio
ganguear de los acordeones,  cuyo son bailaban los de tufos y blusa
blanca, gente apreciable que, despus de tomar un bao interno, y no de
agua, volva  Valencia dispuesta  andar  navajazos   dar dos
bofetadas al primer municipal.

Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasin
alegre, sin mezclarse en ella. Que se divirtiera la gente! Aquella
temporada era como una vaca gruesa que ordeaba el Cabaal para el resto
del ao.

 principios de Agosto lleg por fin el da en que la barca del _Retor_
pudo darse por terminada. Vaya una joya! Su patrn hablaba de ella como
un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que
se haba encontrado; el mstil recto, terso, sin una mala grieta; el
casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una
proa tan fina, que era _talmente_ una navaja de afeitar; pintado de
negro charolado y brillante como un zapato de seor, y el vientre
blanco, deslumbrante, ni ms ni menos que una anguila: lo que era.

Ya no faltaba ms que el cordaje, las redes y dems artefactos; pero
para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes
del 15 la barca estara completa y podra presentarse tan hermosa como
una novia que va  casarse vestida de nuevo de cabeza  pies.

Esto lo deca _el Retor_ una noche, sentado en el corro que se formaba 
la puerta de su casa.

Haba convidado  cenar  su madre y  su hermana Roseta; Dolores estaba
al lado de l, y un poco ms all, con la silleta de cuerda apoyada en
el tronco de un olivo y mirando la luna  travs del empolvado ramaje
con cierta expresin de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.

Sobre la acera,  pocos pasos, chirriaba la enorme sartn cargada de
pescado sobre un picudo fogn de barro; correteaban los chicuelos de la
vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo  los perros, y en todas las
puertas formbanse corrillos buscando la escasa brisa que vena del mar.
_Redeu!_ Cmo estaran asndose en Valencia!

La _si_ Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella
deca. De la obesidad bien conservada haba pasado bruscamente  la
vejez, y  la luz cruda y azulada de la luna vease su cabeza escasa de
pelos, en la que stos, tirantes y grises, formaban como un sutil
enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las
mejillas flcidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se
haba hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las
abotagadas carnosidades que pretendan sepultarlos. Aquella decadencia
era por los disgustos. Lo que los hombres la haban hecho rabiar! Y
aludiendo con esto  su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.

Adems, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una
miseria, y la chica, su Roseta, haba tenido que meterse en la fbrica
de Tabacos, y todas las maanas, con la cestita al brazo, emprenda el
camino de Valencia, formando en las bandas de caras jvenes, graciosas y
procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban 
estornudar encerradas en el ambiente cargado de rap de la antigua
Aduana.

Y qu chica se haba hecho la tal Roseta! Bien puesto tena el nombre:
su madre la contemplaba muchas veces  hurtadillas, recordando en ella
la gallarda del _sior Martines_.

Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir  la fbrica en las
maanas de invierno, mirbala al pie del olivo con la rubia cabellera
alborotada, los ojos inmviles y aquella tez blanca que resista al sol
y  la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al travs del
cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro
de la muchacha.

Roseta paseaba de Dolores  Tonet sus ojazos fijos y melanclicos de
Virgen que todo lo sabe. Al oir  Pascual que elogiaba  su hermano,
cada vez ms apartado de la vida alegre y aficionado  meterse en
aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no
encontraba en la suya, la hermanastra sonri sarcsticamente.

Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decan. El que no era un pillo
como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborreca, y
causaba la admiracin de todo el Cabaal, rechazando  los que la
proponan noviazgos. No quera nada con los hombres. Y en su memoria
retoaban todas las maldiciones que haba odo  su madre en los
momentos de desesperacin, cuando apostrofaba en la soledad de su
barcaza.

En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartn,
punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de
chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo
asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con montona
tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:

_La lluna, la pruna_ _vestida de dl_...

 ver si callaban! Lo mandaba Tonet,  quien le dola la cabeza. Pero
que si quieres!...

_sa mare la crida_ _son pare no vl_.

Y los perros vagabundos unanse al himno infantil extravagante en honor
 Diana, envindola sus ms fieros ladridos.

_El Retor_ segua hablando de su barca. Nada faltaba para el da 15;
hasta el cura estaba apalabrado para ir  media tarde  echarla la
bendicin. Pero algo faltaba, _futro!_... y no haberlo pensado!
Faltaba el nombre. Cmo iba  llamarse la barca?

Tan inesperado problema conmovi el corro, y hasta Tonet dej en el
suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.

Ya tena l el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino
del Rey se lo haban sugerido. Se llamara _Escupehierro_. Eh! qu
tal?

Por _el Retor_ no haba inconveniente. El pacfico panzudo gallardebase
con fiereza al pensar que su barca iba  llamarse _Escupehierro_, y la
vea ya surcando en el mar con la arrogancia enftica de un falucho
portugus.

Pero las mujeres protestaban. Vaya un nombre! Cmo se reiran en el
Cabaal! Y qu hierro iba  escupir una barca pescadora? Lo mejor era
la proposicin de la _si_ Tona: que se llamase _Ligera_, como la otra
en que pereci el to Pascualo y haba servido de refugio  toda la
familia.

Protesta general. Un ttulo as forzosamente haba de tener mala sombra.
La suerte de la otra lo demostraba.

El de Dolores era mejor: _La rosa del mar..._ Qu bonito! Qu gusto
tena para todo su mujer! Pero _el Retor_ recordaba que haba otra con
el mismo ttulo. Era lstima!...

Y Roseta, que haba callado, haciendo un mohn de disgusto  cada
ttulo, solt el suyo. Deba llamarse _Flor de Mayo_. Aquella misma
noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de
las que adornaban las libras de tabaco Flor de Mayo que venan de
Gibraltar. La seduca el ttulo tan bonito, formando una aureola de
colores sobre la marca, que era una seorita vestida como una bailarina,
con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo
de flores que parecan rbanos.

_El Retor_ se entusiasmaba. S; _recristo!_ aquello estaba puesto en
razn. La barca se llamara _Flor de Mayo_, como el tabaco que fabrican
en Gibraltar. Era de justicia; la barca se haca principalmente con el
dinero del alijo, y ste se compona en su mayor parte de aquellos
paquetes con la alegre seorita. Tena razn su hermana; _Flor de Mayo_,
nada ms que _Flor de Mayo_.

Todos se entusiasmaban con el ttulo; lo encontraban dulce y bonito; sus
rudas imaginaciones agitbanse con un estremecimiento de poesa. Le
encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo
nombre era el de la histrica barca que, llevando hacia las costas
americanas el perseguido xodo de los puritanos ingleses, presenci la
gestacin de la mayor repblica del mundo.

_El Retor_ estaba radiante. Qu talento tena Roseta!  cenar,
caballeros!... y  los postres se brindara por _Flor de Mayo_.

Y Pascualet, al ver que la sartn del pescado se entraba en la casa con
toda la familia, abandon el orfen de gente menuda, con lo que termin
el montono concierto de _la lluna, la pruna_.

Con la facilidad de transmisin de los pueblos pequeos, pronto supo
todo el Cabaal que la barca se llamaba _Flor de Mayo_, y cuando en la
vspera de la bendicin la arrastraron hasta la orilla, frente  la
_casa del bus_, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior,
pintado con hermoso azul, su dulce ttulo.

Al da siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas pareca estar
en domingo. Fiestas como aquella se vean pocas. Era padrino de la barca
nada menos que el seor Mariano _el Callao_, un ricachn que, aunque del
puo prieto, en obsequio  su sobrino estaba dispuesto  derrochar un
dineral. En la playa iban  rodar los confites y  circular las copas
como una bendicin de Dios.

_El Retor_ saba hacer bien las cosas. Haba ido  la iglesia para
escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulacin  don Santiago
el cura. El prroco lo acogi con una sonrisa de las que se guardan para
los buenos parroquianos. Qu! Ya era la hora? Pues que llamasen al
sacristn para que preparara el calderillo y el hisopo. l se arreglaba
en un momento; cuestin de calarse el roquete y nada ms.

Pascual protest indignado. Qu era aquello de roquete? Capa, y la
mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; adems,
l estaba all para pagar lo que fuese.

Don Santiago sonri. Bueno; la capa no corresponda, pero lo hara por
l, que era un buen cristiano y saba quedar bien con las personas.

Y salieron de la casa rectoral; el sacristn delante con el hisopo y el
sagrado cuenco, y detrs, escoltado por el patrn y sus marineros, don
Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantndose con la otra,
para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate,
con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre
la deshilachada trama el relleno del realce.

Acudan  bandadas los chiquillos  restregar la mocosa nariz en aquella
mano santa, que  cada instante haba de soltar la capa. Las mujeres
saludaban sonrientes al _pae capell_, hombre campechano, tolerante, con
sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse  las costumbres de su
_ganado_, y que muchas veces vease detenido en medio de la calle por
alguna pescadera de las que encargaban misas, pidindole que bendijera
las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la
pillasen con las pesas cortas.

Al salir  la playa la comitiva, comenzaron  voltear las campanas,
confundiendo su parloteo juguetn con los murmullos de las olas. La
gente corra por la playa para llegar  tiempo y ver toda la ceremonia,
y all lejos, en un espacio libre de barcas, alzbase sobre la arena la
_Flor de Mayo_, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante,
charolada, baada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre
el espacio azul el mstil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo
tope agitbase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de
gramneas y flores de trapo que haban de quedar all hasta que el
viento de los temporales fuese arrebatndolas.

_El Retor_ y sus hombres abran paso al cura entre el gento que se
apelotonaba en torno de la barca. Frente  la popa estaban los padrinos;
la _si_ Tona con mantilla y falda nueva, y el seor Mariano, puesto de
sombrero y bastn, hecho un caballero, ni ms ni menos que cuando iba 
Valencia para hablar con el gobernador.

Toda la familia ofreca un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista.
Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pauelo de seda de
vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavonendose en
la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante cada sobre una
oreja y atusndose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura
expuesto  la admiracin de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta,
su Rosario, que en gracia  la solemnidad haba hecho las paces con
Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y _el Retor_, deslumbrante,
hecho un ingls, con un traje de rica lana azul que le haba trado de
Glsgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda
que usaba por primera vez en su vida--una cadena de _doubl_ tamaa como
un cable de su barca.

Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba
por que no empujase la muchedumbre al capelln y los padrinos.  ver,
seores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Despus
sera el jaleo.

Y para dar ejemplo  la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se
quit la gorra, mientras el capelln, no menos sudoroso bajo su pesada
capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de _Propitiare Domini
supplicationibus nostis et benedic navem istam_, etc.

Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban  ambos lados
del cura; el sacristn espiaba  ste, pronto  contestar _amn!_ 
todo, y la multitud calmbase y quedaba suspensa, con la cabeza
descubierta, esperando algo extraordinario.

Don Santiago conoca bien  su pblico. Lea la sencilla oracin con
gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el
silencio general, y _el Retor_,  quien la emocin converta en un pobre
mentecato, mova la cabeza  cada frase, como si estuviera empapndose
de lo que el cura deca en latn  su _Flor de Mayo_.

Lo nico que pudo pillar fu lo de _Arcam Noe ambulantem in diluvio_, y
se infl de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada
con la embarcacin ms famosa de la cristiandad, y con esto quedaba l
mano  mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el
mundo.

La _si_ Tona se llevaba el pauelo  los ojos, apretndolos para
impedir que saltasen las lgrimas.

Terminada la oracin, el cura empu el hisopo:

--_Asperges_...

Y envi  la popa de la barca un polvo de agua que resbal en menudas
gotas por las pintadas tablas. Despus, siempre seguido por el _amn_
del sacristn y precedido por el patrn, que abra paso, di la vuelta
en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.

_El Retor_ no poda creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba
bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; vamos, don
Santiago, un esfuerzo; ya saba que l quedaba bien! Y el cura,
sonriendo ante la actitud suplicante del patrn, se aproxim  la
escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenz  ascender con su
incmoda capa que, baada por el sol de la tarde, pareca de lejos el
caparazn de un insecto trepador y brillante.

Termin la bendicin. Se retir el cura sin otro acompaamiento que su
monago, y arremolinse la multitud en torno de la barca como si fuese 
entrar al asalto.

Buena se iba  armar! Toda la pillera del Cabaal estaba all, ronca,
desgreada, increpando  los padrinos con su chillona cantura.

_Armeles, confits_...

El seor Mariano sonrea omnipotente desde la cubierta. Ahora veran lo
que era bueno. Una onza de oro se haba gastado para quedar bien con su
sobrino. Y se agach, metiendo las manos en los cestos que tena entre
las piernas. All va! Y el primer metrallazo de confites, duros como
balas, cay sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena
disputndose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas
 mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de
pillos de playa.

Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando  los amigotes con aire
protector, como si fuese l quien pagara. La caa blanca medase 
jarros, y todos acudan  beber; los carabineros, fusil al brazo, los
viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos,
vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre
los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un
cuchillo tan grande como ellos.

Arriba estaba la juerga. La cubierta de _Flor de Mayo_ resonaba con
alegre taconeo como el entarimado de un saln de baile; un vaho de
taberna esparcase en torno de la barca, y Dolores, atrada por la
alegra de los de arriba, se encaram por la escalera, increpando en
cada peldao  los grumetillos que se agazapaban con la malsana
intencin de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.

La mujer del _Retor_ estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre,
rodeada de un ambiente de voraz admiracin, pisando fuerte las tablas
que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres,
y especialmente por su cuada Rosario, que deba estar murindose de
envidia.

Pascual no abandonaba  su madre. En aquel da solemne para l y tantas
veces ansiado, senta como un recrudecimiento de su cario filial, y se
olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de
confites en la barca, para no pensar ms que en la _si_ Tona.

--_Amo de barca!_... _Amo de barca!_

Y abrazaba  la vieja, besndola los ojos abotagados, que lloraban
tambin.

Algo renaca en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca
evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y
de los largos aos de viudez y aborrecimiento  los hombres, resucitaba
el to Pascual joven y vigoroso, tal como le conoci al casarse, y
lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.

--_Fill meu!, fill meu!_--gema abrazando al _Retor_, en quien vea
una asombrosa resurreccin de su padre.

l era la honra de la familia; quien le haca recobrar su perdida
importancia  fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque senta
remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que mereca.
Ahora se desbordaba su cario; senta prisa de amarle mucho, y tema...
s seor, tema que su Pascualet, su pobre _Retor_, tuviese igual suerte
que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el
llanto, miraba la vieja tabernilla que se vea desde all: la barcaza
que guardaba en sus entraas la espantosa tragedia de un mrtir del
trabajo.

El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel atad
que, falto de parroquianos, iba hacindose cada vez ms ttrico y
negruzco, impresionaba  Tona, y hasta crea ver ya  _Flor de Mayo_
rota y tumbada, como vi un da la otra llevando en su seno  su pobre
marido.

No; ella no se alegraba. La haca dao la algazara de la gente. Era
burlarse del mar, de aquel hipcrita que ahora susurraba marrulleramente
como un gato traidor, pero que se vengara apenas _Flor de Mayo_ se
confiase  l.

Senta miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase
tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; tambin
lo era su padre y se burlaba de las olas. Ay! se lo deca el corazn.
El mar se la tena jurada  la familia y se tragara la nueva barca
como destroz la otra.

No, _recristo!_ eso no. _El Retor_ protestaba indignado. Vaya una
conversacin oportuna en un da tan alegre! Todo eran escrpulos de
vieja; remordimientos que la acometan por no haberse acordado en tantos
aos de su primer marido. Lo que deba hacer era encenderle un cirio
bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba _en pena_. Afuera
tristezas!  l que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se
enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres
honrados y mantena  la pobreza.  ver, una copa, Tonet. Que siguiera
la broma; haba que bautizar bien  _Flor de Mayo_.

Bebi, mientras su madre segua gimoteando con la mirada fija en la
trgica barcaza que sirvi de cuna  sus hijos. _El Retor_ psose serio.

Pero no iba  callar? En un da como aquel acordarse de que el mar
tiene malas bromas! Y qu? Si no quera verle en peligro, haberlo
criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo
que venga. Ellos nacan all; no vean ms sustento que el mar; se
agarraban  sus pechos para siempre y haba que tomar buenamente lo que
diesen: el agrio de la tempestad  lo dulce de las grandes pescas.
Alguien tena que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba
 l, y mar adentro se ira como lo estaba haciendo desde chico.
_Rediel, agela!_... _calle ya!_... Que viva _Flor de Mayo!_ Otra
copa, caballeros. Un da es un da. l pagaba, y le daran disgusto los
que estaban all si no los recogan a media noche roncando sobre la
arena como si _talmente_ fuesen unos cerdos.


VIII

Volva Pascual  su casa despus de pasar la tarde en Valencia, y al
llegar  la Glorieta detvose frente al palacio de la Aduana.

Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestera del enorme
casern, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en
los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III babase
en el ambiente azul y difano, saturada de luz tibia, y por los
enrejados balcones escapbase un rumor de colmena laboriosa, gritos,
canciones ahogadas y el ruido metlico de las tijeras, cogidas y
abandonadas  cada instante.

Por el ancho portaln comenzaban a salir como rebao revoltoso las
operarias de los primeros talleres; una invasin de rameada indiana,
brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apndice, y
menudos e incesantes pasos de gorrin. Era un confuso vocero de
llamamientos y desvergenzas, extendindose ante la puerta, en el
espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban
algunos aguaduchos.

_El Retor_ qued parado en la acera de la Glorieta, entre los
vendedores de peridicos. Atraale la algazara de las cigarreras, aquel
rebao revoltoso que, con sus blancos pauelos avanzados sobre la
frente, tena un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impdicas que
con sus negros ojos medan  los hombres de pies  cabeza como si los
desnudaran con la desdeosa mirada.

_El Retor_ vi  Roseta que, apartndose de un grupo, fu en busca de
l. Sus compaeras esperaban  otras de diferente taller, que tardaran
algunos minutos en salir. Iba l  casa? Bueno; haran el camino
juntos:  ella no le gustaba esperar.

Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; l, pesado, como
marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la
misma lnea que aquel diablo de chica que no saba andar ms que de
prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera
de regatas.

Su hermano quera descansarla llevndola la cesta. Muchas gracias; pero
estaba tan acostumbrada  sentirla en su brazo, que sin ella no saba
moverse.

El patrn, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de
aquella _Flor de Mayo_, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su
Pascualet.

Al da siguiente comenzaba la pesca del _bu_ y salan todas las barcas.
Ahora se vera de lo que era capaz la suya. Barca ms hermosa!... El
da anterior la haban arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en
el puerto confundida con las dems. Pero qu diferencia, chica! Llamaba
la atencin, lo mismo que una seorita de Valencia metida entre las
zaparrastrosas de la playa.

Haba estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de
mar, y apostaba un duro  que todos los ricachos del Cabaal, los amos
que se coman lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban
una barca tan maja como la suya.

Pero como todo tiene trmino,  pesar de los entusiasmos del _Retor_, se
agot el captulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al
horno de Figuetes callaba ya, oyendo  Roseta, que se lamentaba de las
perreras de las maestras de la fbrica.

Abusaban de una y hasta daban motivo para que  la salida se las
agarrara del moo. Y menos mal que ella y su madre podan pasar con poca
cosa; pero ay de otras infelices! otras que haban de trabajar como
negras para mantener  un marido vago y  las polladas de chiquillos que
esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.

Pareca imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres
ganas de broma. Y siempre grave, con ademn pudoroso, la virgen rubia 
inabordable, criada entre la pillera de la playa, cont  su hermano
una historia escabrosa, empleando los trminos ms crudos, como mujer
que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras
ms duras parecan resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro
alguno. Tratbase de una compaera de taller, una mala piel que ahora no
poda trabajar por tener un brazo roto. Era  consecuencia de una paliza
del marido, que la haba pillado con uno de sus muchos amigos. Qu
escndalo! Y aquella _pa_ tena cuatro hijos!

_El Retor_ sonrea con ferocidad. Un brazo roto! _Redeu!_ no estaba
mal, pero le pareca poco. Duro con las malas hembras. Deba ser una
pena insufrible vivir con una mujer as. Cuntas gracias tenan que dar
 Dios los que como l gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi
tranquila!

S; l era dichoso y poda dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto,
envolvale en una mirada de compasiva irona; sus palabras tenan una
vibracin sardnica demasiado sutil para ser apreciada por _el Retor_.

Este pareca transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer
 quien no conoca y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba.
Es que le enfurecan tales perreras. Porque eso de que un hombre se
mate trabajando para dar pan  la mujer y  los hijos, y cuando vuelva 
casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para
hacer una barbaridad, yendo  presidio para toda la vida. Y lo que deca
l: quin tiene la culpa, seores? Pues las mujeres, las maldecidas
mujeres, que estn en el mundo para que los hombres se pierdan y nada
ms... Pero arrepentido, rectificbase, haciendo una excepcin en favor
de su Dolores y de Roseta.

De poco le serva la aclaracin, pues su hermana, al ver iniciado el
tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su
dulce voz vibraba con tonillo irritado. Los hombres! Vaya una gente!
ellos eran los culpables de todo. Lo que decan su madre y ella: el que
no era pillo resultaba imbcil. Ellos, solamente ellos tenan la culpa
de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban  tentarlas; poda
ella asegurarlo, pues  ser tonta y creer  ciertos hombres, estara
Dios sabe cmo. De casadas, si se hacan malas, tambin era por culpa de
los hombres que,  por pillos las irritaban, arrastrndolas  la
imitacin,  por tontos nada vean y no aplicaban  tiempo el remedio.
No tena ms que mirar  Tonet. No le sobraba razn  Rosario para
hacerse una perdida, aunque nada ms fuese que por vengarse de las
perreras de su marido?... Y de los otros no quera presentar ejemplos.
En el Cabaal se conocan demasiados maridos que tenan la culpa de que
sus mujeres fuesen como eran.

 irreflexiblemente mir de tal modo al _Retor_, que ste,  pesar de su
rudeza, pareci entender, lanzando  su hermana una ojeada interrogante.
Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protest
dulcemente de lo que deca su hermana. Bah! Era ms lo que hablaba la
gente que la verdad. En el pueblo tenan mala lengua. Trataban los
asuntos de familia con la mayor ligereza: hacan tema de risa la
fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes ms
atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba
de ser una broma dicha sin intencin de ofender. Falta de educacin,
como aseguraba muy bien don Santiago el cura.

l mismo, si fuera  hacer caso, no tena razn para ofenderse? No se
haban atrevido  hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores,
gastndole bromas a l en la playa? Y con quin, seores!... Con quin
dirs t!... Pues haba para asombrarse; con Tonet, con su hermano;
vamos, que era para reirse! Creer que  l, con una mujer tan buena,
le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba 
Dolores con el mismo respeto que  una madre!

Y _el Retor_, aunque algo molestado por las murmuraciones, se rea al
recordarlas con la misma expresin de desprecio y de fe que un labriego
 quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.

Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba  su hermano
con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de
aquella risa. No haba duda: era natural. Aquel zopenco estaba  prueba
de sospechas.

Por esto se irrit ella,  instintivamente, sin darse cuenta del dao
que causaba, solt lo que pareca escarabajearle en la lengua. Lo
dicho: todos los hombres eran unos pillos  unos brutos. Y con la
mirada pareca sealar  su hermano, incluyndolo en la ltima
categora.

Por fin adivin aquel hombre rudo. Quin era el bruto? l? Saba
acaso Roseta algo?...  ver: que hablase... y clarito.

Estaban entonces en mitad del camino, junto  la cruz, y se detuvieron
por algunos instantes. _El Retor_ estaba plido y se morda uno de sus
dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uas rodas.

 ver: poda hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Vea en su hermano
algo que no la gustaba. Tema haber ido demasiado lejos; su conciencia
de buena muchacha protestaba y arrepentase ante la palidez y el duro
gesto de aquel rostro siempre bondadoso.

No; ella no saba nada: las murmuraciones del pueblo y nada ms. Pero lo
que deba hacer para que la gente no hablase, era obligar  Tonet  que
visitara su casa lo menos posible.

_El Retor_ la oa encorvado sobre la fuente cercana  la cruz,
engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresin
hubiese encendido una hoguera en su estmago.

Emprendi de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugndola con sus
callosas manos. No; l no procedera nunca feamente con su Tonet. Qu
culpa tena el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada?
Cerrarle la puerta sera perderle; justamente, si su mala cabeza se iba
sentando un poco, lo deba  los buenos consejos de Dolores; de aquella
pobrecita  la que muchos odiaban por envidia, nada ms que por envidia.

Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras
con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas  Roseta.

Que hablasen hasta cansarse! Mientras l estuviera tranquilo, se rea
de los dems. Tonet era para l un hijo. Se acordaba como si hubiese
ocurrido ayer de cuando le serva de niera y se acostaba con l en el
camarote de la barcaza, hacindose un ovillo para dejarle la mayor parte
de la colchoneta. Qu! unas cosas as, tan fcilmente pueden
olvidarse?

Se olvidan las buenas pocas; se borra fcilmente el recuerdo de los
amigotes con los que se bebe y se re en la taberna; pero cuando se pasa
hambre, _redeu!_ no se olvida por nada del mundo al compaero de
miseria. Pobre Tonet! se haba propuesto sacar  flote  aquel perdido,
digno de lstima, y no parara hasta verle hecho un hombre de pro. Qu
se haban figurado?... l era un animal, pero tena un corazn que no le
caba dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.

Ms de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra.
Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversacin; Pascual,
con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y
cerrando los puos como si le acometiera un mal pensamiento.

Haban llegado al Grao y atravesaban sus calles con direccin al
Cabaal.

_El Retor_ habl por fin, mostrando necesidad de desahogar su
pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se
notaba en las contracciones de su frente.

En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho slo fuese una
broma de la gente. Porque si algn da resultara verdad, _recristo!_ 
l no le conoca nadie en el pueblo. Se tena miedo  s mismo en
ciertos momentos. Era hombre de paz y hua las cuestiones; muchas veces
perda su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba  pasar por
majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su
mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con
_aquello_, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampava, de
plantarse junto al mstil faca en mano, y all matar, matar siempre,
hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto
 Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el
aire de seora que tan bien le sentaba, haba pensado, por qu no
decirlo! haba pensado en que alguien se la poda quitar, y entonces
_redeu!_ entonces senta deseos de apretarla el gaznate y salir por las
calles mordiendo como un perro rabioso. S; eso es lo que l era; un
perro mansote, que si llegaba  rabiar acabara con el mundo  tendran
que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad,
adquirida y sostenida  fuerza de trabajos.

Pascual manoteaba mirando fijamente  Roseta, como si sta fuese la que
iba  robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si
despertara y se not en l el disgusto del que en un momento de
excitacin teme haber dicho demasiado.

Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podan separarse. Ella hacia
la barcaza de la playa y _espresions  la mare!_ l iba  su casa.

Hasta bien entrada la noche le dur al _Retor_ la impresin del
encuentro. Pero cuando fueron  verle para tomar rdenes los tripulantes
de _Flor de Mayo_, todo lo haba olvidado, todo.

All estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experiment la ms
leve emocin. Esto resultaba la prueba ms clara de que todo era
mentira. Su corazn estaba mudo; luego nada haba.

Todo lo olvid para hablar de la salida del da siguiente. La _Flor de
Mayo_ formara pareja con una barca que haba alquilado. Que Dios le
diese buena suerte, y no tardara en construir otra embarcacin como
_Flor de Mayo_.

En la tripulacin figuraba un marinero, al que _el Retor_ oa como un
vetusto orculo: el _to Batiste_, el pescador ms viejo de todo el
Cabaal; setenta aos de vida de mar, encerrados en un armazn de
pergamino curtido, que salan por la negra boca oliendo  tabaco malo,
en forma de consejos prcticos y de martimas profecas. Lo haba
enganchado el patrn, no por lo que pudiera ayudar  la maniobra con sus
dbiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tena de la costa.

Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran
plaza sin bache y agujero que no conociera el _to Batiste_. Ah! si l
pudiera convertirse en un _esparrell_, nadara por abajo, sabiendo
siempre dnde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros,
leala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.

Sentado sobre la cubierta de la barca, pareca sentir todas las
ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada saba si
estaban sobre los profundos algares, sobre el _Fanch_  sobre las
colinas misteriosas llamadas los _Pedrusquets_, que evitaban los
pescadores por miedo  que se enroscasen las redes y se hicieran trizas.
Saba pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre
los _Muralls de Confit_, la _Barreta de Casaret_ y _Rca de Espica_;
arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras
puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando
nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se vea  cuatro
pasos de la barca y la luz de los faroles la sorba sin rastro alguno la
lobreguez de las aguas, bastbale gustar con la lengua el fango de las
redes para decir con matemtica certeza el sitio donde estaba. Demonio
de hombre! pareca que sus setenta aos se los haba pasado abajo en
compaa de los salmonetes y de los pulpos.

Aparte de esto, saba muchas cosas no menos tiles; por ejemplo, que el
que sala  pescar el da de las Almas, corra el peligro de sacar algn
muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los aos el da de
la fiesta  llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no poda ahogarse
nunca.

Por eso l se conservaba bien  pesar de sus setenta aos, y eso que
nunca se haba separado del mar.  los diez aos tena callos en el
sobaco,  fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del _bolich_; y no
slo haba sido pescador: tena su docena de viajes  la Habana, pero no
como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de
camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlntico como un pueblo,
sino  bordo de faluchos de la matrcula, barcos ms valientes que
Barcel, que iban  Cuba con vino y traan azcar, mandados por patrones
venerables, envueltos en su rangln, y con sombrero de copa; y antes se
acababa el mundo que faltaba  bordo la lamparilla encendida ante el
Cristo del Grao y el rosario  la puesta del sol.

Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el _to Batiste_,
moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable,
hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompaando sus
palabras con juramentos de castillo de proa y _me caso_ en esto y en lo
de ms all.

_El Retor_ le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo  su antiguo
maestro el _to Borrasca_, y oyndole pensaba en su padre. La dems
gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reanse del
viejo y le enfurecan asegurndole que ya no estaba para navegar y que
el cura le reservaba la plaza de sacristn.

_Chentla!_ Ya veran quin era l cuando saliesen al mar; aun les
llamara cobardes en ms de una ocasin.

Al da siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento.
Por la noche se hacan  la mar las barcas del _bu_, llevando los
hombres  la pura conquista del pan.

Todos los aos se repeta la emigracin viril, pero  pesar de esto las
ms de las mujeres mostrbanse impresionadas pensando en los muchos
meses de sobresalto  inquietud que haban de sufrir hasta la primavera.

Los patrones mostrbanse atareados por los ltimos preparativos. Iban al
puerto para examinar sus embarcaciones, hacan funcionar las garruchas,
correr las maromas, suban y bajaban las velas, tocaban el fondo de la
cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y
hacan repasar las redes. Despus llevaban los papeles  las oficinas
para que aquellos seores tan orgullosos y malhumorados se dignasen
despacharlos.

Cuando _el Retor_ fu  comer  medioda, encontr en la cocina de su
casa  la _si_ Tona, que lloraba hablando con Dolores.

La vieja sostena sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vi  su
hijo, le increp con ira.

Vamos  ver: aquello era una mala cosa; pareca imposible que fuese
padre. Le haban dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la _Flor
de Mayo_ para hacer el aprendizaje de _gato_. Estaba bien aquello? Una
criatura de ocho aos que aun deba estar mamando,  cuando ms jugando
en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres,  pasar
fatigas y quin sabe si algo peor.

Ella se opona, s seor; el chico no deba conformarse con aquel
martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le haba ocurrido
tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevara el chico para
impedir semejante crimen. Pascualet! tu abuela te llama!

Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela
amarilla, descalzo, para mayor _carcter_, con una faja que se le
enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada
como un globo, pavonebase imitando el aire desgarbado del _to Batiste_
y haca muecas  su abuela en venganza de la ofensa que le infera
rogando por l.

No ira  jugar ms  la playa; que se guardase la abuela sus meriendas;
l era hombre y quera ir al mar como segundo _gato_ de la _Flor de
Mayo_.

Sus padres se rean con las insolencias del muchacho. Demonio de chico!
_El Retor_ se lo hubiera comido  besos.

La abuela lloraba como si le viera ya prximo  la muerte. Pero el padre
se indign. Quera callar? Cualquiera creera que mataban al chico.
Qu tena aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como haban
ido su padre y todos sus abuelos. Deseaba la _agela_ que fuese un
vago? l le quera valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es
donde est la vida. Si cuando l muriera poda dejarle _un buen pasar_,
mejor que mejor. El chico no expondra su vida navegando, pero sabiendo
lo que es una barca, no podran engaarle. Una desgracia  cualquiera le
ocurre, y porque su padre, el to Pascual, haba acabado como todos
saban, ya se figuraba su madre que todos los pescadores haban de morir
ahogados. Vamos... calle, calle y no haga reir!

Pero la _si_ Tona no poda callar. Estaban todos endemoniados. El
maldito mar les atraa para acabar con la familia. Ella no descansaba.
Si contase los espantosos sueos que tena por la noche! Ya sufra
mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted
bastante, el nieto tambin. Vamos, que aquello no poda sufrirse; lo
hacan por matarla  pesares; y si no fuera por lo mucho que les quera,
no deba mirarles ms  la cara.

_El Retor_, indiferente  los lamentos de su madre, sentbase  la mesa
ante la cazuela humeante. Escrpulos de vieja.  comer, Pascualet!

Su padre haba de hacerle el mejor marinero del Cabaal. Y para extremar
sus bromas, quiso saber qu traa su madre en aquel envoltorio.

Volvi  llorar la _si_ Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no
la dejaba dormir; haba reunido la noche anterior todos sus ahorros,
bien poca cosa, y quera hacer un regalo  su hijo: un chaleco
salvavidas que por mediacin de una amiga haba comprado al maquinista
de un vapor ingls.

Y sac  luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se
plegaba con gran flexibilidad. _El Retor_ la contemplaba sonriendo. Bien
estaba aquello; lo que inventaban los hombres! algo haba odo de tales
chalecos, y se alegraba de tener uno, por ms que l nadaba como un atn
y no necesitaba adornos.

Pero entusiasmado como un nio ante el regalo, abandon la comida y se
prob el chaleco, rindose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto
de una foca, hacindole respirar angustiosamente.

Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero morira de
sofocacin. Lo metera en la barca. Y arroj la coraza al suelo,
apoderndose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embuti en el
salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga
dentro del caparazn.

Al terminar la comida lleg Tonet. Traa una mano entrapajada. Era un
golpe que haba recibido aquella maana; y lo deca de un modo, que su
hermano no quiso preguntar ms ni le sorprendi la extraa mirada de
Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna ria que habra tenido en
la taberna.

Con una mano intil, para nada serva en la barca. Deba quedarse en
tierra, y ya lo tomara su hermano  bordo de all  dos das, pues
pensaba no tardar ms en la primer salida si la pesca era buena.

Mientras hablaba _el Retor_ con gran tranquilidad, lamentndose de que
su hermano no fuese  bordo de la _Flor de Mayo_, Tonet y su cuada
bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.

 media tarde comenzaron los preparativos para la salida del _bu_.

Ms de un centenar de barcas formadas en doble fila frente  los
muelles, inclinaban los mstiles como un escuadrn de lanzas que saluda,
moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeas
embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las
numerosas armadas de Aragn, las flotas de barquichuelos con las que
Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentbanse
en grupos con el hatillo  la espalda y el aire resuelto, como las
bandas de almogvares llegaron  la playa de Salou para ir en
embarcaciones iguales  peores  la conquista de Mallorca. Tena aquel
embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que
forzosamente haca recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de
Aragn, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andaluca que
se destacaba sobre el clsico y risueo cielo de la Grecia.

Todo el pueblo acuda al puerto; las mujeres y los nios corran por los
muelles buscando en la confusin de mstiles, cuerdas y cascos
incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la
emigracin anual  los desiertos del mar; la cada en perpetuo peligro
para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se
dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de
muerte  los audaces argonautas.

Y por las pendientes tablas que unan las barcas con el muelle, pasaban
pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el msero
rebao que nace y muere en la playa sin conocer ms mundo que la
extensin azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada  muerte,
para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel,
puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos  se
conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en
apetitosa salsa. El hambre iba  lanzarse en el peligro para satisfacer
 la opulencia.

Comenzaba  caer la tarde. Los ltimos mosquitos del verano, enormes,
hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando
como un chisporroteo de oro; el mar se extenda tranquilo fuera del
puerto hasta juntarse con el horizonte, y all en la lnea divisoria
destacbase como una vaga nube la cumbre del Mong, cual una isla
flotante.

Continuaba el embarque. La aglomeracin de barcas tragbase hombres y
ms hombres; las mujeres hablaban con animacin del tiempo de la pesca,
que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual
podra haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corran
desolados por el muelle, descalzos y apestando  brea, para hacer los
ltimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el
tonelillo del vino.

Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: ms de mil
hombres. Slo faltaba para partir que los seores de las oficinas
acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles
se impacientaba como ante un espectculo que se retarda.

Haba en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo
inmemorial, todo el pueblo acuda  la salida del _bu_ para insultar 
los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzbanse entre
las barcas y las escolleras cuando aqullas salan del puerto; todo  la
buena de Dios, sin mala intencin, porque as lo marcaba la costumbre y
porque tena gracia decirles algo  los... _lanudos_ que se iban
tranquilos  pescar dejando solas  sus mujeres.

Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se
preparaban con anticipacin, metiendo en sus barcas capazos de guijarros
para contestar las insultantes despedidas  pedrada limpia.

Era una diversin brutal, propia de las playas levantinas, donde las
bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del
marido y la fidelidad de la mujer.

Cerr la noche. Inflambase como una guirnalda de fuego el rosario de
faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz
sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques
brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas.
Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacndose los objetos
como manchas negras. El puerto, el casero y los buques parecan
dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.

Ya salan, ya salan!... Izbanse las velas, que en la lobreguez
transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespn
 sutiles alas de grandes mariposas negras.

La pillera haba ocupado lo ms saliente de las escolleras para saludar
 los que partan. Cristo! y cmo iban  divertirse! Haba que
agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.

Ya sala la primer pareja; mansamente, con poco viento an, cabeceando
las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la
obscuridad se reconoca a las _parejas_ y  los que iban en ellas.

--_Adis!_--gritaban las mujeres de los tripulantes--. _Bn viache!_

Pero la pillera haba roto ya en espantoso e infamante vocero. Vaya
unas lengecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban 
espaldas de ellos rean como locas, celebrando las ocurrencias. Era un
carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.

_Lanudos!_ ms que _lanudos!_ Iban  pescar tan tranquilos, dejando
solas sus mujeres. Ya se encargara el cura de acompaarlas. _Muuu!
muuu!_...

 imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gento que,
por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos 
los hombres que marchaban  trabajar y tal vez  morir por el sustento
de sus familias. Pero stos, siguiendo la sarcstica broma, echaban mano
 los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando
con los peascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujera.

Era un aquelarre, una aglomeracin de escandalosos duendes que bullan
en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas
por la estrecha garganta de la drsena.

Cuando las voces, ya roncas, enmudecan cansadas de berrear, la
provocacin parta de las mismas barcas. Molestbales  los pescadores
que saliese su _pareja_ en silencio, y parta de ella alguna voz de
marinero socarrn preguntando mansamente:

--_Che! qu no dieu algo?_

Vaya si le decan, y recrudecase otra vez el eterno grito de _lanudos_,
confundindose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes,
misteriosa seal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y
navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras
embarcaciones que seguan el mismo rumbo.

Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo  las pedradas, casi
confundida con la turba vociferante. Sus amigas se haban quedado atrs
por temor  un guijarro y ella estaba all sola: sola no, porque un
hombre se aproximaba lentamente, con fingida distraccin, hasta quedar
casi pegado  sus espaldas.

Era Tonet. La soberbia moza senta en el cuello la respiracin de su
cuado, y los rizados pelillos de la nuca erizbanse con su aliento
abrasador. Volva ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de
Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la
muda adoracin.

Senta deslizarse por su talle una mano ansiosa y gil, la misma mano
entrapajada que, segn declaraba Tonet horas antes, no poda mover sin
terrible dolor.

Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenan una noche de
libertad: ya no seran entrevistas rpidas con zozobra y peligro.
Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra ms... hasta
que volvieran _el Retor_ y su hijo. Tonet iba  acostarse en la cama de
su hermano, como si fuese el amo de casa.

Y este placer criminal, este adulterio, al que se una la traicin al
hermano, causbales escalofros de horrible voluptuosidad; les haca
estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremeca con vibraciones
puramente animales, como si lo infame de la pasin aumentase la
intensidad del placer.

Un grito de la chicallera les sac de su somnolencia amorosa.

--_El Retor! Ah va el Retor! Esta es Flor de Mayo!_

Y vive Cristo, que fu buena la que se arm! Para el pobre Pascualo
estaba reservado lo ms fuerte de la fiesta.

Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en
tierra y el mujero que odiaba  Dolores, unan sus voces al ronco
gritar de la pillera.

_Lanudo!_ Cuando volviera  tierra habra que acercarse a l capa en
mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia,
como quien sabe que no da golpes en vago. Con aqul no era broma: le
decan la verdad y nada ms.

Tonet se estremeca temiendo alguna indiscrecin de los brbaros, pero
Dolores, impdica y audaz, rease de veras, como si le hiciera mucha
gracia la rociada de insultos que reciba su panzudo. Oh! Era legtima
hija del _to Paella_.

La _Flor de Mayo_ atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de
su popa sali la alegre voz del patrn, satisfecho de las ovaciones que
mereca.

--_Che! Digau ms! Digau ms!_

Aquella provocacin irrit  la muchedumbre. Que dijeran ms? Pues all
va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, son una voz que contest 
la provocacin de un modo que hizo estremecer  los amantes.

 ver si callaba el muy _lanudo_.  pescar sin cuidado. Tonet ya se
quedaba con Dolores para consolarla.

_El Retor_ solt el timn y se puso en pie de un salto.

--_Morrals!_--rugi--; _cochinos!_...

No; aquello no estaba bien. Bromitas  l, todas las que quisieran; pero
eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.


IX

Aquel ao protega Dios  los pobres.

As lo decan las pobres mujeres del Cabaal, agrupndose por la tarde
en la playa, dos das despus de la salida de las barcas.

Volvan las parejas del _bu_ rpidamente, viento en popa, y la rgida
lnea del horizonte apareca dentellada por las innumerables aletas que
se aproximaban  pares como palomas unidas por una cinta  flor de agua.

Hasta las ms viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada.
Seor! si pareca que el pescado estaba all dentro, en grandes masas,
esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas,
aliviando la miseria de los pescadores!...

Sobre la arena de la playa, agitado todava, dentro de los cestones de
caa, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como
palpitantes ptalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermelln
con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos,
moviendo su maraa de patas, apelotonndose y enroscndose en la
agona; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las
rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los
langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel ao por su
cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentculos con
desesperacin y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos
de ncar.

Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y
balanceantes  pocos metros de la orilla.

 cada _pareja_ agolpbase la multitud en el lmite de las olas,
arremolinbanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las
cabelleras de Medusa, gritando, increpndose, discutiendo para quin
sera el pescado. Arrojbanse de las barcas los _gatos_ con agua  la
cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y
los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco  poco
del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y
las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.

Poblbase como si fuese un pedazo de tierra el espacio de mar entre la
orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el cntaro al hombro,
enviados por la tripulacin que, cansada del lquido recalentado y sucio
de los toneles, anhelaba el agua fresca de la _fnt de Gas_; las
chicuelas de la playa, remangndose impdicamente las haraposas
faldillas, hundan en el mar las piernas de chocolate para ir 
curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas
que haban de aguardar en seco el da siguiente, entraban olas adentro
los bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y
blancos, enormes como mastodontes, movindose con pesada majestad y
agitando su enorme papada con la soberana altivez de un senador romano.

Estas yuntas, que hundan la arena bajo sus pezuas y de un tirn
arrastraban las barcas ms grandes, guibalas _Chepa_, un chicuelo
enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo mismo
poda tener quince aos que treinta, enfundado en un chubasquero
amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que
la piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto,
marcaba el contorno y los ligamentos de sus huesos.

En torno de las barcas que arrastradas surgan lentamente del mar,
agitbase un apretado crculo de pillera haraposa y greuda, sacando
medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones que
escoltan las barcas mitolgicas, pidiendo con roncos gritos que les
echasen un puado de _cabets_.

En la playa organizbase un mercado, donde  fuerza de gritos, manoteos
 insultos, se realizaban las ventas.

Las amas de barca regateaban y rean detrs de sus repletas banastas
con todo el rebao vociferante que haba de revender el pescado al da
siguiente en Valencia, y cuando llegaba el ajuste por arrobas
recrudecanse los insultos, discutiendo si haban de entrar las piezas
gordas  la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos cuantos
guijarros enormes servan de balanza y pesas, y nunca faltaba algn
chico del pueblo de la clase de _ledos_ que se prestaba  ser
secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas.

Rodaban empujados por el pie del comprador los repletos capazos,
contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza que caa,
_evaporbase_ como tragada por la arena; y los buenos burgueses que
venan de Valencia para admirar el pescado fresco, sentanse empujados,
pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba,
mudaba de sitio  la llegada de una nueva barca.

Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos aos, al comprar en la
playa el pescado como una simple vendedora, haba deseado ser ama de
barca, poder reir  imponerse al msero y escandaloso rebao. Por fin
se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con
su graciosa nariz, erguase entre los cestones recin desembarcados,
mientras que Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas.

Casi encallada en la mar baja, esperaba cabeceando _Flor de Mayo_  que
los bueyes la sacasen  la playa.

_El Retor_ ayudaba  los marineros  plegar la vela, y se detena
algunas veces para mirar  su mujer cmo se peleaba con las compradoras
y marcaba los precios que el cuado tena que registrar. Miradla;
pareca una reina! Y el pobre hombre sentase satisfecho al pensar que
su Dolores deba todo aquello  l,  nadie ms que  l.

En la proa ergua su hijo Pascualet la desmedrada  inmvil figurilla,
como si fuese el mascarn de la barca, hecho un lobo de mar, descalzo y
sucio, con la camisa fuera del calzn, los faldones revoloteando al
viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatulla de
barro cocido. Y frente  la barca lo admiraban un buen golpe de
infelices rateros de la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu
salvaje, rojos, con la ptina que da  los cuerpos el aire del mar y los
miembros enjutos, delatando la pobreza nutritiva de la salazn. Pero
qu suerte tena _el Retor!_ Traa la barca atestada de langostinos, que
 dos pesetas libra... tira! tira! Y los miserables abran la boca y
entornaban los ojos como si viesen un deslumbrante oleaje de pesetas.

_Chepa_ lleg con su pareja de poderosas bestias, y la _Flor de Mayo_,
chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenz  salir
 tierra.

_El Retor_ haba abandonado su barca y estaba frente  Dolores,
sonriendo como un bendito ante su delantal recogido  hinchado por los
enormes puados de plata que parecan romper la tela. Vaya una
jornada! Con pocas as podan redondearse. Y la suerte tal vez se
repitiera, pues el viejo que llevaba  bordo adivinaba los sitios donde
estaba la mejor pesca.

Pero se interrumpi en su entusiasmo para mirarle las manos  su
hermano. Los trapos haban desaparecido. Ya estaba bueno, eh? Se
alegraba mucho: as podra embarcarse en la segunda expedicin y ya
vera lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas
con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Haba que aprovechar la
fortuna.

Dolores, viendo terminada la venta, pregunt  su marido si ira  casa.
El patrn no poda decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente
de la tripulacin era capaz de irse  la taberna as que volviese la
espalda, y la embarcacin no poda quedar sola en la playa, donde
pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tena
ocupacin, y si  las nueve de la noche no estaba en casa, poda ella
acostarse.

En cuanto  Tonet, que marchara  despedirse de su Rosario y  coger el
hatillo; pero antes del amanecer, all en la playa, pues no quera
esperar.

Dolores cambi una rpida ojeada con su cuado y despus se despidi de
su marido, intentando llevarse  Pascualet. No; el muchacho quera
quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo
que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso
contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeecindose.

Tonet permaneci en la playa hasta el anochecer, hablando con el _to
Batiste_ y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de
pescado. Se fu cuando el grumete comenzaba  preparar la cena  bordo
de la _Flor de Mayo_.

Pascual, al quedar solo, comenz  pasear por la playa con las manos
metidas en la faja, oyendo el _fru-fru_ de sus calzones impermeables,
que producan un roce de pergamino seco.

La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban
las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras
de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcndose en ciertos
momentos con dbil fosforescencia, muga dulcemente, y  lo lejos salan
de la lbrega playa ladridos de perros y alguna voz de nio entonando
una cancin amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigan
al Cabaal.

_El Retor_ miraba la dbil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en
el horizonte tras la lnea de lejanos tejados por donde se haba
ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como l deca con su
experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro.

Pero esto le preocup poco, pensando nicamente en sus negocios y en su
dicha. No poda quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer,
ganancias para construir antes de un ao otra barca que formase
_pareja_ con _Flor de Mayo_ y un hijo digno de l, que mostraba gran
aficin al mar y sera con el tiempo el mejor patrn del Cabaal.
Vamos, hombre! que poda tenerse por el ms feliz de los mortales, y
esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tena
ms de una docena y un pedazo de pan para la vejez.

Pascual, animado por la contemplacin de su dicha, avivaba su torpe
paso, restregndose las manos alegremente, cuando vi  poca distancia
una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga
tal vez que ira por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de
la pesca. Vlgame Dios, cunta miseria hay en el mundo! Y como al
sentirse feliz quera hacer partcipe de su dicha  todo el mundo, busc
la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con
mezcla de calderilla.

--_Pascualo_--murmur la mujer con voz dulce y tmida--. _Eres
Pascualo?_

Cristo! qu chasco!... Si era Rosario, su cuada! Vena en busca de
su marido? Pues perda el viaje; deba estar ya en casa esperndola para
cenar.

Pero el alegre patrn qued perplejo al saber que no buscaba  Tonet.
Qu haca all entonces? Quera hablar con l? Esta pretensin le
extraaba. Trataba poco  la mujer de Tonet, y no comprenda para qu
podra necesitarle. Pero en fin, poda hablar.

Se cruz de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro
_gato_ danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras
de aquella sombra que permaneca con la cabeza baja, como si se sintiera
poseda de invencible timidez.

Vamos, ya poda hablar: l la escuchaba.

Rosario, como quien desea acabar pronto dicindolo todo de un golpe,
irgui su cabeza con energa y clav sus ojos en los del _Retor_,
brillndole con misteriosa fosforescencia.

Lo que tena que decirle era que se interesaba por la dignidad de la
familia; que ya no poda sufrir ms, y que ella y _el Retor_ estaban
haciendo reir  todo el Cabaal.

 ver: quin haca reir?... l?... y por qu se divertan  su
costa?... l no crea dar motivo para que se burlaran como si fuese una
mona.

--_Pascualo_--dijo Rosario con lentitud, pero con energa, como quien se
resuelve  todo--, _Pascualo... Dolores t'engaa._

Quin!... su mujer le engaaba!... Cristo, esto s que era bueno!

Y como un buey que recibe un mazazo, inclin su cabezota por algunos
instantes. Pero pronto sobrevino la reaccin. Haba en aquel hombre fe
suficiente para resistir golpes mayores.

--_Mentira!... mentira! Vesten, embustera._

Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habra
asustado al ver la cara del _Retor_. Pataleaba como si de la arena
hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; mova sus brazos con
expresin amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si
se ahogasen en el acceso de rabia.

Ah, mala piel! Crea ella que no la conocan?... Envidia, y nada ms
que envidia... Odiaba  Dolores y menta para perderla... No le bastaba
con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar 
Dolores, que era una santa?... S seor, una santa, y ya quisiera ella
llegarle  la suela del zapato.

--_Vesten!_--_ruga_--; _vesten  te mate!_

Pero  pesar de las amenazas con que acompaaba su exigencia de que se
fuera, Rosario permaneca inmvil, como si resuelta  todo no le
intimidaran las amenazas del Retor.

--_S_; _t'engaa, Pascualo_--deca con su desesperante lentitud--.
_T'engaa, y es en Tonet_.

_Recordons!_ Tambin meta  su pobre hermano en la danza? La
indignacin le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor
slo saba repetir:

--_Vesten, Rosario; vesten  te mate!_

Pero lo deca de un modo terrible, cogiendo  su cuada por las muecas,
apretndola con furia, empujndola de un modo tan amenazador, que la
pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenz  alejarse.

Haba ido all para hacerle un favor, para que no se rieran ms las
gentes de l; pero ya que lo quera, poda seguir siendo un _bendito_.

--_Bruto_... _llanut!_

Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huy
Rosario, quedando _el Retor_ inmvil, con los brazos cruzados.

Oh, qu mala piel! Cun infeliz era su hermano con una mujer as!

Sentase satisfecho por su arranque de indignacin. Buenas cosas se
haba odo la envidiosa: poda volver otra vez con mentiras.

Y paseaba por la arena, que humedecan las olas, sintiendo alguna vez el
agua en sus gruesos zapatones.

Daba bufidos de satisfaccin recordando la energa con que haba
procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo
que creca por momentos y le apretaba la garganta, causndole mortal
angustia.

Y por qu no haba de ser verdad lo que deca Rosario?...

Tonet haba sido novio de Dolores; por el hermano conoci l  su mujer;
se vean con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba
gran inters por su cuado... Cristo! Y l sin sospechar nada, sin
adivinar su deshonra... Cmo se habra redo la gente!

Y pateaba con furia, cerrando los puos y profiriendo juramentos
espantosos, de los que guardaba para los das de borrasca.

Pero no; no era posible. Cmo gozara la mala lengua si le viese  l
con su rabieta de muchacho crdulo! Y en resumen: qu le haba dicho?
Nada; la misma broma con que varias veces le haban molestado en la
playa; slo que los pescadores se permitan la injuriosa suposicin para
enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales
calumnias con la venenosa intencin de poner en discordia al matrimonio.
Pero todo eran mentiras. Faltarle  l Dolores? No era posible: una
mujer tan buena, y adems con un hijo, con Pascualet, al que quera
tanto!...

No poda ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que
le oprima, _el Retor_ paseaba aceleradamente y deca con voz tan
alterada por la emocin, que  l mismo le pareca que era de otro:

--_Mentira; tot mentira_.

Esto le tranquilizaba. Con tales palabras alivibase, como si
convenciera al mar,  las sombras,  las barcas que haban presenciado
la calumniosa afirmacin de Rosario; pero ay! dentro llevaba el
enemigo; y mientras la lengua repeta _mentira!_, los odos le
zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las ltimas palabras de su
cuada: _Bruto!_... _llanut!_

No, recristo! todo antes que eso. Al pensar que podan ser ciertas las
palabras de Rosario, senta el ansia de destruccin de que habl 
Roseta das antes en el camino del Grao, y vea  Tonet y  Dolores y
hasta  su hijo, como si fuesen terribles enemigos.

Y por qu no haba de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para
vengarse de Dolores, poda calumniarla por el pueblo, pero ir
directamente  su esposo, supona la desesperacin de la que se cree
engaada.

Ahora se senta arrepentido de haber contestado tan brutalmente  su
cuada. Debi oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su
terrible certeza era preferible  la inquietud.

--_Pare!_... _pare!_--gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de
la _Flor de Mayo_.

Era Pascualet, llamando  su padre para cenar. l no cenaba. Quin
pensaba en cenar con aquella impresin que anudaba su garganta y le
oprima el estmago?

El patrn se aproxim  la barca, hablando  su gente con tono seco 
imperioso. Podan cenar; l iba al pueblo, y si no volva, que durmiesen
hasta el amanecer, hora de la salida.

Pascual se alej sin mirar  su hijo, y como un fantasma atraves
aquella playa negra, en lnea recta, tropezando algunas veces con las
barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que
formaba el oleaje en los das de tempestad.

Ahora se senta mejor. Qu calma gozaba al ir en busca de Rosario! Ya
no senta el terrible zumbido en que iban envueltos los ltimos
insultos de su cuada; ya no se agitaba su pensamiento producindole
agudas punzadas en el cerebro. Su crneo pareca hueco, no sufra dentro
del pecho pesadez alguna, sentase con una ligereza asombrosa, como si
caminase  saltos, sin tocar apenas el suelo, y nicamente continuaba el
obstculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre en la
lengua, como si estuviera tragando agua del mar.

Iba  saberlo todo, todo. Qu amargo placer! _Recristo!_ Jams hubiera
sospechado que una noche tena que correr casi como un loco hacia la
barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles,
como si le avergonzara la presencia de gentes.

Ay! Qu bien le haba sabido clavar el pual aquella Rosario; qu
misterioso poder tenan sus palabras y qu demonio insaciable y furioso
haban despertado dentro de l!...

Entr casi corriendo en una calle de mseros pescadores que desembocaba
en la playa, con sus olivos enanos, orlando las aceras ribazos de tierra
apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas barracas con cercas de
tablas viejas.

Empuj con tanta rudeza la puerta de la vivienda de su hermano, que la
madera fu  gemir, chocando contra la pared interior.  la luz rojiza
de un candil vi  Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza
entre las manos. Su aire de desolacin ajustbase bien con el interior
msero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que dos
estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.

La barraca, como decan las vecinas, ola  hambre y  palizas.

Rosario, al oir el estrpito, levant la cabeza, y viendo al _Retor_ que
obstrua con su figura cuadrada el hueco de la puerta, sonri con
expresin amarga:

--_Ah! Eres t!_...

Le esperaba. Estaba segura de que vendra. Poda pasar: no le guardaba
rencor por lo de momentos antes en la playa. Ay!  todos les ocurra lo
mismo. La primera vez que  ella le hablaron mal de su marido no lo
quiso creer, no quiso oir  la mujer que la revelaba sus infidelidades,
ri con ella, y despus... despus fu en busca de la vecina  pedirle
por Dios que hablase, como vena l ahora despus que en la playa casi
la haba pegado.

As son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia
ante lo que creen mentira; despus el maldito deseo de saber, aunque las
noticias desgarren las entraas.

Ay, Pascualo!... Cun desgraciados eran los dos!

Y Pascual, que haba entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de
pie ante su cuada con los brazos cruzados, mirndola con expresin
hostil. Al verla, despertbase en l el odio instintivo contra el que
mata las propias ilusiones.

--_Parla_... _parla!_--deca el Retor con voz fosca, como si le
molestaran las palabras intiles de su cuada--. _Digues la veritat!_

El infeliz quera saber la verdad, toda la verdad; mostrbase amenazante
por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que
los segundos fuesen siglos para no llegar nunca  oir las revelaciones
de Rosario.

Pero sta hablaba ya... Tena fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba
 hacerle mucho dao, pero slo le peda que no la odiase. Ella tambin
sufra, y si hablaba era porque no poda resistir ms; porque odiaba 
Tonet y  su infame cuada; porque Pascualo la inspiraba la tierna
conmiseracin de los compaeros de infortunio.

Dolores le engaaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones
databan de antiguo; comenzaron  los pocos meses de haberse casado ella
con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo haba
apetecido, y por Dolores cometi l la primera infidelidad despus de su
boda.

--_Prbes_... _vinguen prbes!_--ruga el patrn con los ojos
amarillentos que parecan herir  su cuada.

sta sonrea con expresin de lstima. Pruebas? que fuera  pedirlas 
todo el pueblo, que haca ms de un ao comentaba alegremente las
relaciones. No se enfadara? quera oir toda la verdad? Pues bien;
hasta los _gatos_ y los marineros jvenes cuando hablaban en la playa de
algn marido engaado, decan como exageracin que era ms lanudo que
el Retor.

--_Recordons!_--ruga Pascual cerrando los puos y pateando el suelo--.
_Rosario_... _mira lo que parles. Si no es veritat, te mate_.

Matarla!... Valiente caso haca ella de la vida! Era hacerla un favor
quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de
bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al seor y que no la
zurrase, para qu quera estar en el mundo?

--_Mira, Pascualo, mira_.

Y remangndose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que
envolva el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que
delataban la presin dolorosa de una mano como una tenaza. Y si fuese
aquello solo!... En todo el cuerpo poda ensear marcas iguales. Eran
caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con
Dolores. Aquella misma tarde le haba hecho lo del brazo, antes de ir 
la playa  reunirse con su cuada, ayudndola  la venta del pescado
como si fuese su marido... Cunto se habra burlado la gente del pobre
_Retor!_

Quera pruebas? Pruebas tena. Por qu no se haba embarcado Tonet en
la primera salida? Qu herida era la de la mano que slo dur hasta que
la _Flor de Mayo_ hubo salido del puerto? Al da siguiente le vieron
todos sin los engaosos trapos.

Pobre Pascual! Mientras l iba al mar,  dormir poco, sufriendo el
agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se
burlaba de l. Tonet se acostaba en su cama como un seor, caliente y
regalado, burlndose del hermano tonto. S; era verdad: poda
asegurarlo; mientras l haba estado en el mar, Tonet no haba dormido
en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se haba llevado
poco antes su hatillo de marinero, despidindose hasta la vuelta.

Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le crean pasando la noche en la
playa, y tal vez en aquel momento se preparaban  acostarse en la cmoda
cama del patrn.

--_Recristo!_--murmuraba _el Retor_ con acento doloroso, levantando la
cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitan que  un
hombre honrado le ocurrieran tales cosas.

Pero l no se entregaba fcilmente. Su carcter honrado y bondadoso
rebelbase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la
revelacin dolorosa, gritaba con expresin amenazante:

--_Mentira_... _mentira!_

Rosario enardecase. Mentira? Con hombres tan ciegos como l no valan
pruebas.  qu tanto gritar? Iba acaso  comrsela? Era un topo, s
seor; un topo digno de lstima que no vea ms all de sus narices.
Otro en su situacin ya habra adivinado desde mucho tiempo antes lo que
ocurra. Pero l... vaya una ceguera! Ni siquiera se haba fijado en su
hijo para reconocer su semejanza.

Esta s que fu pualada! _El Retor_,  pesar de la ptina bronceada
que haba dado  su tez el ambiente del mar, psose plido, con una
blancura lvida; vacil sobre sus robustas piernas como si la verdad le
zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.

Su hijo!... su Pascualet! Y  quin se pareca?  ver: que hablase
pronto la mala pcora. Su hijo era suyo, muy suyo.  l nicamente haba
de parecerse.

Pero de qu modo rea la maldita! Pareca un sarcstico demonio. Qu
terrible gracia le haca su paternal afirmacin!... Y oy aterrado las
explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo deba parecrsele como l
se semejaba  su padre, el difunto to Pascual. Y no era as, no.
Pascualet era igual  su to: los mismos ojos, la misma esbeltez,
idntico aire de _pinturero_. Ah, pobre _Retor!_ Ciego _lanudo!_ Que
se fijase bien y vera como su hijo era igual  Tonet en la poca que
viva en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un
pillete.

Ahora _el Retor_ ya no dud. Aquello lo crea  ojos cerrados. Pareca
que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor
claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que
vea al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el
otro: varias veces, contemplndolo, haba adivinado su instinto una vaga
semejanza con alguien que no poda definir.

Se llev las crispadas manos al pecho, como si fuese  desgarrarlo, 
sacar de l algo que quemaba, y despus se ech un fiero zarpazo  la
cabeza.

--_Recontracordons!_--gimote con una voz ronca que alarm  Rosario--.
_Santo Cristo del Grau!_...

Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomse con tanto
mpetu, que el suelo tembl con el choque de su pecho poderoso, y las
piernas se levantaron  impulsos de la cada.

Cuando _el Retor_ despert estaba tendido de espaldas y senta en las
mejillas un cosquilleo caliente, como si algn bichillo se escurriera
escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.

Llevse una mano penosamente  la dolorida cara, y  la luz del candil
la vi manchada de sangre. Las narices le dolan; comprendi que al
caer, su rostro haba chocado con el suelo, producindose una fuerte
hemorragia.

Rosario estaba arrodillada junto  l  intentaba limpiarle la cara con
un trapo hmedo.

_El Retor_, al ver el rostro despavorido de su cuada, record sus
revelaciones y lanz  Rosario una mirada de odio.

Que no le ayudase! Poda levantarse solo. La agradeca todo el mal que
le haba hecho. No; no eran necesarias excusas. Si l estaba muy
satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que
haba tenido la prdida de sangre, pues de lo contrario era posible que
se hubiera quedado muerto en el sitio, vctima de una congestin...
Ay, cmo sufra!... Pero tambin cmo se iba  divertir! Ya se cansaba
de ser bueno. De qu serva que un hombre fuese honrado y se quitara la
piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos
y las malas pcoras que estaban en el mundo para la perdicin de los
hombres de bien. Pero cmo iba  divertirse! Cmo se acordara el
Cabaal del _Retor_, del famoso _lanudo!_

Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrn
restregbase con el trapo el dolorido rostro, como s aquella frescura
le aliviase.

Avanzaba hacia la puerta con ademn resuelto y hundiendo sus manazas en
la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresin de terror,
como si acabara de despertarse en ella la loca pasin por Tonet y
temiese por su vida.

Deba detenerse; esperar. Quin sabe si todo eran mentiras, visiones de
ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.

Pero _el Retor_ sonrea de un modo lgubre. Que no hablase ms; estaba
convencido; se lo deca el corazn, y era bastante... El mismo temor de
Rosario le confirmaba en su creencia. Tena miedo por Tonet? Le
quera? Tambin l quera  su Dolores  pesar de todo. La llevaba en el
pecho; por ms que hiciera, no podra sacar de all dentro  la gran...
_punta_, y sin embargo, ya vera Rosario, ya vera todo el pueblo cmo
proceda Pascualo el _llanut_.

--No, _Pascualo_--suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas
manazas--. _Espera_.. _esta nit no_..._atre da_.

Oh! l lo adivinaba. Rosario saba que aquella noche estaba su marido
en su casa junto con Dolores. Pero poda tranquilizarse. Deca bien;
_aquella nit no_. Adems, haba olvidado la faca y no era cosa de matar
 bocados  la infame pareja... Paso libre! All se ahogaba!

Y apartando  Rosario de un vigoroso empelln, se ech  la calle.

Su primera sensacin al verse en la obscuridad fu de placer. Parecale
que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada
vez ms fresca.

No luca estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y  pesar de su
situacin, Pascual, con el instinto de marinero, examin el espacio y se
dijo que al da siguiente sera malo el tiempo.

Despus se olvid del mar y del prximo temporal y anduvo tiempo y ms
tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin
voluntad ni rumbo determinado, repercutindole los pasos dentro del
crneo, como si estuviera hueco.

Sentase tan insensible como poco antes, cuando yaca tendido sin
conocimiento en la barraca de Tonet. Dorma de pie, abrumado por el
dolor, pero su sueo era ambulante; y  pesar de la parlisis de sus
sentidos, las piernas movanse aceleradamente, sin que Pascual notase
que pasaba siempre por el mismo sitio.

Su nica sensacin era de amargo placer. Qu alegra poder caminar
amparado por las sombras, pasearse por unas calles que  la luz del sol
no tendra el valor de atravesar!

El silencio causbale la dulce sensacin que siente el fugitivo al verse
en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.

Vi  lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta
abierta; alguna taberna tal vez, y huy tembloroso, agitado, como si
acabase de encontrar un peligro.

Ay! Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergenza. El ms
insignificante grumetillo le hara huir.

Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan
pronto por las muertas calles de la poblacin como por la playa, que
tambin pareca intimidarle. _Recristo!_ Cmo se habran burlado de l
en los corrillos! Todas las barcas viejas deban estar en el secreto, y
cuando crujan era que celebraban  su modo la ceguera del patrn de la
_Flor de Mayo_.

Varias veces despert del sopor que inconscientemente le haca errar sin
descanso.

Una vez se encontr cerca de su barca y otra parado ante su casa y con
la mano tendida hacia el aldabn... Haba que huir de all; quera
sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fu poco  poco
sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.

No se entregaba; nunca! Sabran todos quin era l, pero esto no
impeda que encontrase ciertos motivos para disculpar  Dolores. Al fin
no desmenta su casta. Era legtima hija del _to Paella_, aquel
borrachn que tena por abonadas  las chicas del barrio de Pescadores,
y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia.
Qu haba aprendido de su padre? Cochinadas, nada ms que cochinadas, y
as haba salido ella. La culpa era de l, grandsimo bruto! casndose
con una mujer que forzosamente haba de resultar tal como era.

Ya lo deca su madre... La que mejor conoca  Dolores era la _si_
Tona, cuando se opona  que la hija de _Paella_ fuese su nuera. Dolores
era una mala mujer, pero l no poda chillar muy alto, pues resultaba
culpable por haberse casado con ella.

 quien odiaba era  Tonet... Deshonrar  un hermano! Cundo se haba
visto tal monstruosidad? Tena que arrancarle el alma.

Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza,
surga la protesta de la sangre. Oa la voz de Rosario dicindole como
amarga advertencia que Tonet era su hermano. Cundo se haba visto que
un hermano matase  otro? Can nicamente, aquel hombre perverso, del
que haba odo hablar con tanta indignacin al cura del Cabaal. Adems,
Tonet era culpable?... No; el culpable era l, nadie ms que l. Ahora
lo vea con claridad. Le haba quitado la novia al pobre Tonet; Dolores
y l se amaban antes de que _el Retor_ pensase en decir una palabra  la
hija de _Paella_; y haba sido una barbaridad, como todo lo suyo,
casarse con una mujer que era de su hermano.

Lo que ahora le afliga era forzoso que ocurriese. Qu culpa tenan los
dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, haba
resucitado la antigua pasin?

Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le
pareca evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vise en
la playa,  pocos pasos de la taberna de su madre.

La barcaza vieja y sombra, asomando entre las cercas de caas, evoc el
recuerdo del pasado. Vise pequeo, correteando por la playa, llevando
en brazos  su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus
caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista pareca traspasar las viejas
tablas de la barcaza y vea el angosto camarote, senta la tibia caricia
de la colcha que cubra amorosamente  los dos;  l cuidadoso y
solcito como una madre, y al otro,  su compaero de miseria, que
apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.

S; tena razn Rosario. Era su hermano; mejor an: era su hijo, pues
l, ms que la _si_ Tona, haba cuidado del encantador pillete,
plegndose  todas sus exigencias como esclavo carioso.

Y le haba de matar?... Dios mo!... Quin haba imaginado tal
monstruosidad? No; perdonara; por algo era cristiano y crea  ojos
cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.

La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia
completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada
rudeza, inclinndole al perdn.

Pascual sentase nacer  una vida nueva; hasta le pareca que era otro
quien pensaba por l. La desgracia aguzaba su inteligencia.

Dios era el nico que le vea en aquel momento:  l solo tena que dar
cuentas. Y qu le importa  Dios que una mujer engae  su marido?
Pequeeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo
importante era ser bueno y no contestar  la infidelidad con un nuevo
crimen.

_El Retor_ regres lentamente hacia el Cabaal. Experimentaba gran
alivio; la frescura del ambiente pareca haber penetrado en su ardoroso
interior. Sentase dbil. Desde por la maana no haba comido, y el
golpe en la cara le causaba una picazn molesta.

Sonaban  lo lejos relojes dando la hora... Las dos! Pareca imposible
la rapidez con que haba transcurrido el tiempo. Ms pesadas le
resultaran las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.

Al entrar en la calle oy una voz de nio que cantaba. Algn grumetillo
que iba hacia su barca. _El Retor_ le distingui en la obscuridad
pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lo de
redes. Aquel encuentro le trastorn rpidamente.

Dentro de l existan dos seres; ahora lo comprenda. El uno era el de
siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto  todos los
suyos; el otro la bestia que l presenta cuando pensaba en la
posibilidad de ser engaado, y que ante la traicin estremecase con el
delirio de la sangre.

En la obscuridad son una risotada fosca y estridente del _Retor_.
Quin hablaba de perdonar? Valiente paparrucha! Rease l del imbcil
que momentos antes se enterneca como un nio ante la barcaza de la
_si_ Tona. _Lanudo!_... Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas
de poltrn, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que
perdonase don Santiago y todos los que saban decir cosas tan bonitas...
l era un marinero, un hombre con ms colgantes que un toro pardo, y el
que se la haca, _redeu!_, se la pagaba, as se metiera en el vientre
de un tiburn. _Lanudo!_... Cobarde!

Y el patrn, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se
insultaba, dbase furiosos puetazos en el pecho, como si quisiera
castigar la bondad de su carcter.

Perdonar!... Aun podra hacerlo viviendo en un desierto; pero l viva
en un pueblo donde todos se conocan; dentro de pocas horas, as como
pasaba aquel chicuelo, iran por las calles centenares de personas que
al verle se tocaran con el codo, diciendo entre risas: _Ah va
Pascualo el llanut_; y eso no, Cristo! antes la muerte. No le haba
echado su madre al mundo para hacer rer  todo el Cabaal como si fuese
un mico. Matara  Tonet,  Dolores,  medio pueblo si se le pona
delante, y despus, venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho
para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor,
tambin lo aceptaba. Si haba de morir sobre la cubierta de su barca, lo
mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre
tablas... _Recristo!_ Ahora veran quin era l.

Y ech  correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como
si fuese  acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas,
guiado por el instinto, por el ansia de destruccin que le llevaba
rectamente hacia su casa.

Agarr la aldaba, y aquello fu un repiqueteo feroz  incesante que
conmovi la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso
gritar, insultar  los infames para que saliesen; escupirles las
tremendas amenazas que le bullan dentro del crneo, pero no pudo;
senta una parlisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese
concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabn, y en los
pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de
sus zapatos.

Aquello era poco: ms aun; para que rabiase el par de canallas. Y
agachndose, agarr de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo
arroj como una catapulta contra la puerta, que cruji dolorosamente,
conmoviendo toda la casa.

En el silencio que se hizo despus de este estrpito, _el Retor_ oy el
ruido de algunas ventanas que se abran cautelosamente. Quera venganza,
pero no que se rieran los vecinos.

Adivin lo ridculo de la situacin si le sorprendan golpeando la
puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las
nuevas burlas que caeran sobre l, huy y fu  refugiarse en la
esquina inmediata, donde qued agazapado.

Oyronse cuchicheos y risas por un rato, pero despus se cerraron las
ventanas y la calle qued otra vez en silencio.

_El Retor_, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado  las noches
lbregas, vea desde la esquina la puerta de su casa. All permanecera
si era preciso hasta que saliera el sol.

Esperaba  su hermano...  su hermano, no! Al canalla de Tonet; y
cuando saliera... Era lstima no tener la faca  mano, pero le matara
de cualquier modo; le apretara el gaznate  le machacara el crneo con
cualquier pedrusco de la calle. En cuanto  ella, entrara despus en su
casa y la abrira el vientre con el cuchillo de la cocina  hara otra
cosa semejante. Ya veramos! Puede que al pasar el tiempo se le
ocurriera otra barbaridad ms chistosa.

Y _el Retor_, agazapado en la esquina, entretenase en discurrir
tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte haba odo
relatar; las aplicaba todas  la infame pareja y hasta regodebase
mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos
viejos, tostndolos  los dos  fuego lento.

Qu fro haca!... Y qu mal iba sintindose el pobre _Retor!_ Pasada
la locura furiosa que le acometi al encontrarse con el grumete, senta
ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad
de la noche pareca penetrar hasta sus huesos, y el estmago le
atormentaba con dolorosos estremecimientos. Ay, Dios! No en balde se
sufren los pesares. Qu enfermo se senta!... Por esto tena que matar
 aquellos infames,  de lo contrario acabaran con l  fuerza de
disgustos.

Aquella misma noche haba conocido su desgracia, y ya se senta
envejecido, con el robusto corpachn dominado por extraa debilidad.

Las tres! Con qu lentitud pasaba el tiempo. Y segua all, inmvil,
sintiendo que la parlisis de sus miembros se apoderaba tambin de su
pensamiento.

Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y ms de una vez se
pregunt qu haca all. Toda su voluntad estaba concentrada en los
ojos, que no se apartaban ni un slo instante de la cerrada puerta.

Haca ya mucho rato que haban sonado las tres y media, cuando _el
Retor_ crey percibir un ligero chirrido y que se abra el postigo de su
casa. Un bulto se despeg de la obscura puerta, y por unos instantes
estuvo inmvil, como si mirase  ambos lados de la calle temiendo ser
espiado.

Volvi  percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrndose, al
mismo tiempo que _el Retor_, entumecido por la humedad, se incorporaba
trabajosamente.

Por fin, le llegaba su hora buena. Y corri hacia el bulto, pero ste
tena unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre di un salto
prodigioso y emprendi carrera. Los vecinos madrugadores oan desde la
cama la ruidosa persecucin, aquel galope furioso que haca temblar las
aceras de ladrillos.

Perseguanse jadeantes  impetuosos en la obscuridad. _El Retor_ se
guiaba por una mancha blanca, algo as como un hatillo que aquel hombre
llevaba en la espalda, pero  pesar de sus esfuerzos adivinaba que
perdera la pista, pues la distancia entre l y el perseguido aumentaba
rpidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la
borrasca, no para correr; entorpecale el entumecimiento de la humedad,
y adems, bien conoca que haba de habrselas con su hermano, famoso
desde pequeo por su agilidad y ligereza.

En una encrucijada le perdi de vista, como si se hubiera disuelto en la
sombra. Hurone por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin
encontrar el menor rastro. Buenas piernas tena el ladrn!

Abranse algunas puertas dando paso  los madrugadores que tenan
trabajo en la playa, y _el Retor_ huy, dominado por el terror que le
inspiraba la presencia de extraos.

Nada le quedaba ya que hacer. Haba perdido hasta la esperanza de
vengarse. Y se encamin  la playa, temblando de fro, sin voluntad, sin
fuerzas para pensar, resignado con su suerte.

Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena
brillaban como lucirnagas los rojos farolillos de la marinera que
acababa de despertar.

_El Retor_ vi la luz en la taberna de su madre; Roseta haba levantado
la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras ste,
arrebujada en su mantn, soolienta, con la aureola de rubios y
encrespados cabellos escapndose por bajo del pauelo de seda y la
naricilla roja por el fro del amanecer.

Esperaba  los primeros parroquianos y tena sobre el mostrador, pronta
 servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dorma an
en su camarote.

Cuando Pascual se di cuenta de lo que haca, ya estaba plantado ante el
mostrador... Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente
con sus ojos claros y sin expresin, que parecan registrarle hasta el
alma. _El Retor_ temblaba... Ah! aquella chiquilla... qu lista era!
Todo lo adivinaba, y por esto el patrn, para salir del paso, apel  la
brutalidad.

_Recordons!_ No haba odo? Quera una copa, y realmente la necesitaba
para echar lejos de s el fro mortal que le congelaba las entraas. l,
siempre tan sobrio, quera beber, emborracharse, anegar en aguardiente
su entorpecimiento de idiota que le dominaba.

Bebi... Otra! y otra despus! y mientras tragaba el aguardiente de un
sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en
l, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.

Qu bien se encontraba Pascual! Oh! aquello reanimaba. Parecale que
la fra atmsfera del amanecer se iba caldeando; senta un tibio
cosquilleo bajo la piel y casi se rea de la veloz persecucin por las
calles que tanto le haba fatigado.

Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer  todo el mundo,
comenzando por aquella chica, por su hermana, que segua mirndole. S;
lo proclamaba l muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los
dems unos cochinos, y l el primero. Ah, Roseta! Qu talento tena!
Qu _finura!_ Saba decir las cosas con _diplomacia;_ bien se acordaba
l de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban
disgustos de muerte y ponan  un hombre  dos dedos de la perdicin. Y
adems, qu talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos
unos pillos  unos imbciles: que pensase as por muchos aos. Ms vala
aborrecer  los hombres que no fingirles cario como otras, para despus
engaarlos y perderlos. Ay, Roseta! hija ma!... Cunto vala
aquella chica!

Y _el Retor_, enardecindose por momentos, braceaba y gritaba,
oyndosele desde lejos. Son un roce fuerte dentro del camarote de Tona,
y al travs de la gruesa cortina sali su ruda voz con inflexin
cariosa:

--_Eres t, Pascualo?_

S, era l, madre; iba  la barca  ver lo que se haca. No deba
levantarse an, pues el tiempo era malo.

Comenzaba  amanecer. En el horizonte, sobre la obscura faja del mar,
marcbase otra de luz dbil y lvida. El cielo estaba encapotado, y en
la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos, que se
marcaban como ligeras manchas.

_El Retor_ pidi otra copa: la ltima; y antes de alejarse pas su
callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.

Adis! Ya lo saba; ella era la nica mujer buena de todo el Cabaal.
Deba creerle  l, que era su hermano. Que no se casase nunca!

Cuando lleg cerca de la _Flor de Mayo_ silbando con indiferencia,
cualquiera lo hubiera credo alegre,  no ser por el extrao brillo de
sus ojos amarillentos, que parecan salirse del rostro, rubicundo por el
alcohol.

Sobre la cubierta de la barca, erguido con petulancia, como si quisiera
enterar  todo el mundo de que estaba all, mostrbase Tonet.  sus pies
vease el blanco hatillo, el mismo que saltaba sobre su espalda al
correr por las calles del Cabaal.

--_Bn da, Pascualo!_--grit al ver  su hermano, como si tuviera
prisa por hablarle y desvanecer las temerosas sospechas que senta.

Ah, ladrn!... Y qu desvergonzado era! Pero antes de que Pascual
pudiera contestarle, cuando comenzaba  sentirse invadido por la misma
fiebre de horas antes, vise rodeado por algunos compaeros.

Los patrones de las barcas celebraban consejo: se agrupaban sin quitar
la vista del horizonte.

El tiempo presentbase amenazador, resultaba temerario el salir. Era
lstima, porque el pescado se presentaba tan abundante, que poda
cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale ms que el
negocio.

Todos eran de la misma opinin. El tiempo se _ensuciaba;_ haba que
quedarse.

Pero Pascual protest. Quedarse? Eso que lo hiciera quien quisiera. l
 la mar iba. Aun no se haban conocido temporales bastante fuertes para
darle miedo. _El Retor_ deca esto con resolucin, como si le ofendieran
aquellos propsitos de quedarse. El que no tuviera... _agallas_ que no
saliera. All quera l ver hombres.

Y volvi la espalda sin atender razones. Quera huir de tierra, alejarse
de aquellos que le conocan y sabiendo su desgracia podan burlarse. A
la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: los de la _Flor
de Mayo!_ Todo el mundo  tierra!  poner los _parados_ para echar la
barca al agua.

Y la gente de  bordo, influda por la costumbre, obedeci al patrn. El
_to Batiste_ fu el nico en protestar con toda su autoridad de lobo
marino.

_Rediel!_ Aquello era una barbaridad. Dnde tena los ojos _el Retor?_
No vea acercarse el temporal?

_Mutis, agelo_. Aquello, cuando ms, reventara en agua; y al que est
acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco ms  menos.

Pero el viejo segua protestando. Reventara en agua  en viento, y si
ocurra esto ya podan rezar el ltimo padrenuestro los pescadores 
quienes pillase.

El patrn protest con una rudeza extraa en l, que trataba siempre con
respeto al viejo... _To Batiste_,  casa! Slo serva ya para
sacristn del Cabaal. l no quera carroas ni cobardes en su barca.

_Recontracordons!_... Cobarde l! Un hombre que haba ido en falucho
 la Habana y naufragado dos veces! _Redeu!_ (y que le perdonase el
pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte aos menos, por
aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirndole las tripas al
suelo.  la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo deca el
refrn: _Donde hay patrn no manda marinero_.

Y mascullando su indignacin, ayud  colocar las ltimas viguetas,
cuando la proa de _Flor de Mayo_ tocaba ya el agua.

Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que _el
Retor_ tena alquilada para formar pareja con la suya.

Al poco rato ambas embarcaciones balancebanse sobre las rompientes de
la playa  izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.

Los patrones agrupbanse en la playa perplejos y agitados, mirando con
codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados
comentarios.

Aquel _lanudo_ se haba vuelto loco. El muy ladrn iba  hacer su
negocio, y ellos, por cobardes, se quedaran con las manos en los
bolsillos.

Esta suposicin les irritaba, como si _el Retor_ fuese  apoderarse de
toda la pesca que haba en el mar. Los ms codiciosos y audaces se
decidieron. Ea! ellos eran tan hombres como el que ms y podan ir
donde fuese otro. Barcas al agua!

La resolucin fu contagiosa, y los boyeros no saban dnde acudir, pues
todos queran ser los primeros, como si se hubiera generalizado la
locura del _Retor_. Pareca que todos temiesen ver agotada la pesca de
un momento  otro.

Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver  sus hombres lanzarse
en tal aventura, y proferan maldiciones contra _el Retor_, un _lanudo_
que quera perder  toda la gente honrada del Cabaal.

La _si_ Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando
sobre el crneo, acababa de llegar  la orilla. Estando en la cama le
haban dicho la locura de su hijo y corra  evitarla. Pero las dos
barcas ya estaban muy lejos.

--_Pascualet!_--gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos--.
_Fill meu!_... _Torna_... _torna_.

Y al conocer que no podan oirla, tirbase de los escasos pelos y
prorrumpa en gemidos y aclamaciones.

Mara Santsima: su hijo iba  morir. Se lo deca el corazn. Ay, reina
y soberana! Todos moriran; sus dos hijos, su nieto: pareca que una
maldicin pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragara 
todos, como ya haba devorado  su pobre Pascual.

Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las dems le hacan
coro, los marineros, ceudos y sombros, empujados por el egosmo de la
existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores
peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas,
tendiendo las grandes velas.

Y poco despus, un enjambre de manchas blancas marcbase en la bruma de
aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si
las atrajera el imn de la fatalidad.


X

 las nueve navegaba la _Flor de Mayo_  la vista de Sagunto, en el
espacio libre que el _to Batiste_--con su aficin  guiarse ms por el
fondo del mar que por los accidentes de la costa--marcaba entre la _Roca
del Puig_ y el _Algar de Murviedro_.

Ninguna pareja se haba atrevido  ir tan lejos.

Por la parte de Valencia, y prolongndose hacia Cullera, marcbanse como
puntos blancos las otras barcas emparejadas.

El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la
lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del bano.
Rfagas largas y fras agitaban las velas, causando ruidosos
estremecimientos.

La _Flor de Mayo_ y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas
desplegadas, arrastrando la red del _bu_, que cada vez se haca ms
pesada y tirante.

_El Retor_ iba en su sitio de popa, empuando la caa del timn. Apenas
si miraba el mar: el instinto era quien mova su mano para enderezar la
marcha de la barca.

Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron pareca huir
de l. Cuando no miraba  su hermano, contemplaba  Pascualet, erguido
al pie del mstil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar
 aquel mar que en su segundo viaje comenzaba  mostrarse alborotado.

La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez ms violentas,
pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la
movediza cubierta con gran seguridad, expuestos  cada paso  caer al
agua.

_El Retor_ no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban
con expresin interrogante de uno  otro, como si mentalmente hiciese
una minuciosa comparacin.

Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba plido,  pesar de lo
bronceado de la tez; sus ojos tenan el enrojecimiento de la vigilia, y
apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de
ira que afluan  su lengua y que mascullaba sordamente.

No le haba engaado Rosario. Dnde tena antes los ojos, que no haba
visto la asombrosa semejanza? Cmo se habra redo de l la gente! Su
deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le
recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que l sirvi de
niera en la playa. Era el hijo de Tonet, no poda negarlo.

Y el patrn, conforme se convenca de su deshonra, arabase el pecho y
lanzaba miradas de odio al mar,  su barca y  los marineros, que 
hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la
causaba el mal tiempo.

Para qu quera ya trabajar? No mantendra ms  la perra que por tanto
tiempo le haba puesto en ridculo: adis ilusiones de crear un
porvenir  Pascualet, de hacerle el pescador ms rico del Cabaal! Era
acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el
mundo; morir y que pereciera con l toda su obra.

Odiaba ahora  su _Flor de Mayo_, la hija de madera,  la que hablaba
como si fuese un ser animado; deseaba su extincin, su inmediata
prdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que
acariciaba cuando estaba ocupado en su construccin. Si el mar hubiera
obedecido  sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar
 la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para
tragarla.

La red era cada vez ms pesada, y las barcas, arrastrando la enorme
pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.

De la barca vieja que formaba pareja con _Flor de Mayo_, preguntaban si
era llegado el momento de _chorrar_.

_El Retor_ sonri con amargura. Bueno, que _chorrasen_; lo mismo le
importaba ahora que despus. La tripulacin de _Flor de Mayo_ agarr el
cabo de la red que arrastraba la _pareja_ y comenz  tirar con gran
esfuerzo.

Tonet y los marineros,  pesar de lo ruda que era la faena y del mal
tiempo, mostrbanse alegres. Vaya una pesca!  quintales iba  salir el
pescado.

El _to Batiste_, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las
olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje
plomizo pareca condensarse, formando una masa de negruzco vapor.

Llamaba  Pascual para que prestase atencin; pero _el Retor_ tena
fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una
casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus
rostros resaltaba aun ms ante la mirada del patrn.

--_Pascualo_... _Pascualo_--grit el viejo pescador con voz algo
temblorosa--. _Ya est ah_.

Quin?... Quin haba de ser! La tempestad, la tormenta que desde el
amanecer estaba esperando el _to Batiste_.

La masa de sombras que se aproximaba agrandndose por momentos, se abri
con la luz crdena de un relmpago; despus son el trueno, como si todo
el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrpito.

Slo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con
hlito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante lleg.

La _Flor de Mayo_ tendise de costado sobre el agua, como si una mano
poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadi la
cubierta, y la gigantesca vela se extendi como una sbana sobre las
olas, aleteando, volviendo  caer como un pjaro moribundo.

Esta cada de lado, que iba  hacerles zozobrar, fu obra de un
instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la
tendida vela, la aplast sobre el agua, tumbando  la barca.

El _to Batiste_ y _el Retor_, arrastrndose por la cubierta, llegaron
hasta el mstil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.

Esta maniobra salv  la barca que, libre de la presin de la vela, se
enderez con un golpe de mar.

La _Flor de Mayo_, con el timn abandonado, giraba como una peonza en
las aguas bullentes, que se hinchaban con lvidas y arrolladoras
tumefacciones.

_El Retor_ corri  popa  agarrar la caa. La barca se mova con
dificultad. Arrastraba la pesadsima red que momentos antes haba
contribudo  su salvacin, sirviendo de contrapeso  la vela combatida
por el huracn.

El patrn vi  la otra barca de la _pareja_ sin aparejo, con el mstil
roto, alejarse, presentando la popa.

Los tripulantes haban cortado la red para no zozobrar con su peso y
huan hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba
enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto
se combaban y caan con ensordecedor estrpito, slo comparable al de
los truenos que rasgaban continuamente el espacio.

Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpeca la
maniobra y poner la proa hacia Valencia.

La cuerda de la red fu cortada, desapareci arrastrado por las olas el
peso que pareca apresar  la barca, y la _Flor de Mayo_ obedeci con
ms facilidad el timn.

_El Retor_ ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones.
Odo todo el mundo! Atencin  lo que l mandase y  obedecer con
prontitud.

La vela estaba cada sobre cubierta; la verga poda tocarse con las
manos, y  pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corra con
vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el
mstil cruja lastimeramente.

Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les coga de
lado uno de aquellos _clls_ de mar rectos, que se desplomaban como
murallas viejas, podan dar el adis  la vida.

El patrn, puesto de pie valientemente, sin soltar el timn, examinaba
todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la
cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le
permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.

Ahora! Y la _Flor de Mayo_ gir rpidamente, cambi el rumbo entre dos
montaas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la
maniobra, un golpe de mar casi recto la entr por la popa, la puso
vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elev hasta su
cima y la arroj por la espalda, dejndola balanceante y trmula en un
espacio relativamente tranquilo.

Los tripulantes, conmovidos an por el zarandeo colosal, seguan
absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.

Vironla inclinarse, formando como una bveda sombra esmeralda sobre la
otra barca, que hua desmantelada; se desplom estallando como una mina,
con hervor de espumas y nubes de agua que suban en columna. Cuando la
ola deshecha y anonadada desapareci para dejar espacio libre  otras
tan arrolladoras y ruidosas, los de la _Flor de Mayo_ slo vieron en los
bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cncavo de
un tonel.

--_Requiescat in pace_--murmur el _to Batiste_ santigundose y
hundiendo su barba en el pecho.

Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban
plidos, sombros,  instintivamente contestaron: _Amn_.

--_Pare! pare!_...--gritaba con terror Pascualet, mirando al patrn y
sealando la proa de la barca.

Momentos antes de virar estaba all el compaero de Pascualet, el otro
_gato_ de la barca. La ola monstruosa se lo haba llevado sin que lo
notaran los tripulantes.

En la _Flor de Mayo_ dominaba el terror y el asombro de los primeros
momentos de peligro.

El trance era supremo. Los truenos se sucedan sin interrupcin;
rasgbase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los
rayos, culebras de fuego que se suman en las aguas para apagar sus
entraas incandescentes; sobre el estrpito de las olas retumbaban los
truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillera, que el
eco repeta hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una
rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como
si quisiera desbordar el mar furioso, dndole nueva fuerza.

_El Retor_ se sobrepuso pronto al terror de los suyos.

Qu era aquello, _recordons?_ Pescadores del Cabaal y temblaban?
Pareca que se hubieran embarcado por primera vez. Acaso no conocan
las bromas del Levante? Aquello pasara; y si no pasaba, qu remediaban
con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya saban el dicho:
ms vala ser comido de _carranchs_ que no que les cantasen _els
capellans_. nimo, _recristo!_  atarse todo el mundo, que por el
momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los
golpes de mar.

El _to Batiste_ y los dos marineros se amarraron al mstil por la
cintura; Tonet at slidamente  su sobrino  una argolla de popa, y l,
viendo que su hermano por un alarde de serenidad segua sentado junto
al timn con el cuerpo libre, le imit, agazapndose tras la borda,
agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.

Reinaba un silencio fnebre  bordo de _Flor de Mayo_. La furiosa
marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta,
sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las
olas, sufran los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les
cortaban cruelmente la dura epidermis.

Cuando la ola los elevaba  prodigiosa altura y la barca quedaba con la
quilla al aire como si fuese  emprender prodigioso vuelo, vea _el
Retor_  lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas
del Cabaal navegando casi  palo seco, empujadas por el temporal hacia
el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el
mar corriendo la borrasca.

El marido de Dolores senta hondo remordimiento. Parecale que
despertaba despus de penoso sueo: la noche pasada en las calles del
Cabaal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque,
recordbalos ahora como vagas pesadillas.

Loco! miserable! Se avergonzaba de s mismo. Era ms criminal que los
que le haban hecho traicin. Si estaba cansado de la vida, poda
haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la
escollera de Levante. Pero con qu derecho su locura haba llevado  la
muerte  tanto padre honrado? Qu diran de l en el Cabaal, viendo
que por su culpa medio pueblo se haba arrojado en medio de la
tempestad?

Recordaba  los tripulantes de la vieja barca de su _pareja_ que haban
sido tragados por el mar casi  su vista; pensaba en las muchas
embarcaciones que seguramente habran perecido  aquellas horas y miraba
avergonzado  sus compaeros de tripulacin, amarrados, azotados por las
olas y lanzados en el peligro por obedecerle.

 su hermano y su hijo no quera mirarles: nada se perda con que
pereciesen; aun renaca en l la ferocidad de la venganza; pero y los
otros? y los dos marineros que tenan sus madres, viejas pescaderas 
las que mantenan? y aquel _to Batiste_, el amigo de su padre, salvado
milagrosamente de tantos peligros?

No; l no tena ningn derecho para arrastrarles  la muerte: era un
criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jvenes compaeros casi
tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que
las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de
mar que caan sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que
l tambin estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le
envolvan sin conmover su corpachn, que pareca incrustado en la popa,
y senta dentro del pecho una pena semejante  la de la noche anterior.

Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglara
sus asuntos de familia  se matara; ahora lo interesante era llegar al
puerto con toda su tripulacin. Bastante le pesaban sobre la conciencia
el pobre grumetillo que desapareci al virar y los que tripulaban la
otra barca de la pareja.

Y _el Retor_ pona toda su atencin en el gobierno de la _Flor de Mayo_.
El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se
presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del
puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecan.

 lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que
levantaba el oleaje, marcbase la escollera como el lomo de una ballena
encallada por el temporal. Ah! Si l consiguiera doblarla!...

Y cuando la barca, despus de quedar hundida en el agua, surga
remontndose  la cumbre de una ola, el patrn miraba ansiosamente la
aglomeracin de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullan
innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con
angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.

_El Retor_ temblaba al pensar en la prxima lucha. No se vea ninguna
barca. Muchas estaran ya en el puerto: las dems se habran perdido.

En su inquietud, senta la necesidad de fortalecerse, y habl al _to
Batiste_.

l que tan bien conoca el golfo, qu opinaba de aquello?

El viejo, como si despertase, mova tristemente la cabeza, y en su cara
de chivo viejo marcbase un gesto de valiente resignacin que le
embelleca. Todo tendra fin dentro de una hora; hombres y barca. La
entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba l, que en toda su
larga vida no haba visto otro Levante tan furioso.

Pero _el Retor_ se senta con nimo para todo. Si no podan entrar en el
puerto seguiran  lo largo corriendo el temporal.

El _to Batiste_ mova su cabeza con la misma expresin triste. Tampoco
poda ser. El temporal durara dos das por lo menos, y si la barca
resista el mar, no por esto iba  librarse de encallar en Cullera,  de
ir, cuanto ms,  hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Ms vala
intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor
all,  la vista de sus casas, en el mismo lugar donde haban perecido
muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.

Y el _to Batiste_, revolvindose en sus ligaduras, hurgbase el pecho
para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el
sudor, y que besaba con devocin.

Esto reanimaba  los dems. Cristo! Bueno estaba el tiempo para
beateras. Tonet se burlaba con risa fnebre, y los otros dos marineros
increpaban al viejo con las ms terribles maldiciones, como si el
peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperacin, que se
traduca en impiedades.

_El Retor_ levantaba los hombros con indiferencia. l era buen creyente;
el cura del Cabaal poda atestiguarlo, pero estaba seguro de que all
no haba ms Cristo milagroso que l, si la barca le obedeca y  la
entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timn.

Bien se adivinaba en la _Flor de Mayo_ la proximidad de la escollera. El
mar presentbase cada vez ms agitado; ya no eran las olas nicamente de
popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstculo de
piedra, acometa  la barca por la proa, formando las aguas espantosos
remolinos. Eran dos mangas las que haba de sufrir: la del temporal y la
del gigantesco escollo formado por los hombres.

La _Flor de Mayo_, crujiendo dolorosamente  pesar de su slida
construccin, apenas si obedeca al timonel  iba como una pelota
lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el
vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.

Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, despus de
pasar sobre ella las montaas de agua, volva  reaparecer flotando
valientemente.

El patrn se convenca de lo desesperado de la situacin. Estaban
cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante
corriendo el temporal, era ya imposible; haba que meterse en el puerto
 perecer en la entrada.

Distingua ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la
escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba  la barca su
gritero de terror.

_Recristo!_ Era muy triste morir  la vista de los amigos, oyendo casi
sus voces y sin poder recibir auxilio. Perra mar!... Chochino Levante!
Y _el Retor_, enfurecido, insultaba  las olas, y en su desesperacin
las escupa, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse
derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos.
Causaba vrtigos el zarandeo interminable, y el mstil lo mismo se
inclinaba  babor metiendo la verga en el agua, como caa sobre el
costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.

All va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lvida, traidora,
sin espuma y sin ruido, cay sobre la popa, cubriendo toda la barca,
barrindola con una manotada feroz.

El patrn recibi el golpe en la espalda y se dobl hasta juntar la
cabeza con los pies, pero sin soltar el timn ni moverse de aquellas
tablas, en las que pareca incrustado. Sintise sumergido por algunos
instantes, oy un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y
al surgir del agua sinti el roce de un objeto que, empujado por las
olas, iba de una parte  otra como un proyectil.

Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar haba roto sus amarras y
rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastndolo todo 
su paso.

Di un golpe  Pascualet en el rostro, ensangrentndole, y despus, como
un enorme martillo, cay sobre la base del mstil, donde estaban
amarrados el _to Batiste_ y los dos marineros.

Aquello fu tan rpido como espantoso. Son un grito horrible. _El
Retor_,  pesar de su nimo, se cubri los ojos con sus manazas.

El barril, como poderosa catapulta, haba cado de lleno sobre uno de
los marineros, el ms joven, aplastndole la cabeza; despus de su
crimen, la barrica, manchada de sangre, salt fuera de la barca como
criminal que huye, hundindose en la espuma.

La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual
arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro
marinero tenan que permanecer amarrados en contacto con el mutilado
cadver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca,
las rozaduras del mun espantoso que les rociaba de sangre.

El _to Batiste_ clamaba con desesperacin. Seor! que acabase pronto
aquel tormento nunca visto. Cundo se haba hecho sufrir  hombres
honrados una prueba semejante?

Su voz dbil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperacin sobre el
pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al _Retor_ rogndole
que abandonase el timn y no se esforzara en luchar contra lo imposible.
Su ltima hora haba llegado, y antes de prolongar tales angustias, era
preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, hacindose mil
pedazos.

Pero _el Retor_ no le escuchaba. El chasquido que oy  continuacin del
golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la
vista del mstil, que  pesar de su robustez se cimbreaba de un modo
alarmante.

En el tope agitbase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y
flores secas que el huracn iba arrebatando como seal de muerte.

Ni siquiera oa  Pascualet que, con el rostro desfigurado por una
mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catstrofe, gritaba con
voz que pareca un balido:

--_Pare!_... _Pare!_

Ah! su padre poco poda hacer. Evitar como poda los furiosos golpes,
meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese
pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.

La quebrantada _Flor de Mayo_ vise de pronto como en el fondo de una
sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombra agua, que
avanzaban en opuesta direccin  iban  chocar, pillando en medio la
barca.

Esta vez hasta el patrn di un grito de pavor. Fu instantneo el
choque. La barca vise envuelta en un torbellino de agua, di un crujido
horrible, como uno de los truenos secos que conmovan el espacio, y
cuando al fin sali  flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la
de un pontn; el mstil se haba roto  ras de las tablas, y palo y
vela, con los hombres amarrados, haban desaparecido.

_El Retor_ aun crey ver entre las espumas de una ola que se alejaba el
cadver mutilado, y junto  l la cabeza del _to Batiste_, mirando  lo
alto con expresin de asombro.

Ahora s que podan darse por perdidos.

La rotura del mstil la haban visto todos desde la escollera, y un
grito de horror proferido por centenares de bocas son cuando _Flor de
Mayo_ reapareca sobre las aguas desmantelada y  merced de las olas.

Todo el barrio de las Barracas estaba all sobre el muralln de rojos
pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento  la
lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que
escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo  la muchedumbre.

Al sonar los primeros truenos haban corrido todos cual rebao asustado
 la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar  los
parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto.
Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el
vendaval, que arremolinaba las faldas, oprima los vientres y zumbaba
cruelmente en los odos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas
de la lluvia por el ondeante mantn; los hombres, con chubasqueros y
botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco,
detenindose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la
escollera, caa en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que
pareca sudar la clera de la tempestad.

En el sitio ms avanzado, sobre las ltimas rocas donde bullan los
espumarajos y se rompan las olas, estaba Dolores, plida, desmelenada,
agarrndose  la _si_ Tona, que pareca prxima  la locura.

Su chico, su Pascualet, estaba all... y tambin los otros. Y se tiraban
del pelo, lanzando los ms atroces juramentos de la Pescadera, hasta
que de pronto, detenindose y cruzando las manos sobre el pecho,
hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios,
dirigindose  la Virgen del Rosario  al Santo Cristo del Grao, como si
estuvieran all junto  ellas.

La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujndose en el
mantn, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejndose
alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies 
cabeza. Arriba, en lo ms alto de la escollera, erguase soberbia, con
expresin amenazante, la enorme mole de la _ta Picores_. Temblaba de
ira su arrugada boca, amenazaba  las olas con el puo cerrado, y 
pesar de su grotesca figura, haba en ella cierta sublimidad, algo que
recordaba los apstrofes del trgico ingls.

--_Sorra!_--gritaba con su voz ronca, amenazando  la mar--. _Dna
habes de ser!_

Y la lluvia cayendo cada vez con ms fuerza, el vendaval bamboleando
como caas  los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas
por el agua del mar y la del cielo, pegndose  las carnes, chorreando,
haciendo toser  la gente, que se olvidaba de s misma mirando el rebao
de barcas que se aproximaban en tropel.

Qu de maldiciones contra _el Retor!_

Aquel _lanudo_ tena la culpa de todo: l era quien haba inducido 
tanto hombre de bien  lanzarse en el peligro. Ojal se lo tragase la
mar!

Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la
indignacin pblica.

Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera  iban
entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegra de las
familias que corran hacia el Grao para abrazar  los suyos.

Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminua la muchedumbre
en la punta de la farola.

La embocadura del puerto iba hacindose por momentos ms inabordable.
Tres barcas quedaban  la vista, y durante una hora tuvieron  toda la
muchedumbre con el corazn en un puo, luchando con la marejada feroz
que las empujaba sobre las piedras.

Entraron por fin: un suspiro de satisfaccin dilat los pechos, y
entonces fu cuando en el brumoso horizonte comenz  marcarse una
barca solitaria avanzando velozmente,  pesar de que navegaba casi 
palo seco.

Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para
presentar menos blanco  las voraces olas, se miraron con un gesto de
tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo
afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado
tarde.

Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoci al poco rato la barca,
que tan pronto pareca volar como se sumerga por algunos instantes. Era
la _Flor de Mayo_.

La madre y la mujer del _Retor_ gritaban como locas. Queran arrojarse
al mar; ir cuando menos hasta los peascos ms avanzados que asomaban
entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.

La conmiseracin popular, el afecto que la desgracia despierta en las
muchedumbres, rodeaba  las dos pobres mujeres.

Ya nadie maldeca al _Retor:_ todos se olvidaban de su temeridad
contagiosa y procuraban consolar  las dos mujeres con falsas
esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar,
evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.

La angustiosa situacin dur una hora: lo bastante para encanecer.
Cuando la _Flor de Mayo_ fu envuelta por las dos olas y reapareci sin
mstil, con la cubierta rasa, un alarido de horror son en la
muchedumbre. Estaban perdidos:  morir!

La barca ya no obedeca al timn. El mar la hizo emprender una carrera
loca hacia los peascos, y lo nico que consegua el patrn  costa de
muchos esfuerzos, fu que no presentara sus costados al oleaje.

Por una casualidad no choc contra las piedras. Un golpe de mar la elev
 tiempo y pas como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo
Pascualo como aparicin momentnea aquellos pedruscos, y sobre ellos
muchas caras amigas.

Qu angustia! Estar  la vista de ellos, poder oir su voz, y sin
embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera.
Iban rectamente hacia Nazaret,  perecer en el arenal donde tantos
barcos estaban enterrados.

Tonet, que pareca amodorrado por los golpes de mar, se reanim al pasar
frente  la escollera. Fu una visin de vida que ilumin su resignada
desesperacin.

No; l no quera morir, se defendera del mar y de la tempestad mientras
pudiese. Entre ahogarse de all  media hora en el arenal  despedazarse
en la escollera en un intento de salvacin, prefera esto. Por algo era
el mejor nadador del Cabaal.

Y  gatas, expuesto  ser arrastrado por las olas, lleg hasta una
escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundi en la cala.

_El Retor_ le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra.
Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes
perecera con el hermano traidor, y en cuanto  la que estaba en tierra,
que viviese. Haba acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora
conoca l el engao de la vida. La nica verdad era la muerte, que
nunca falta ni engaa. Y tambin era verdad la hipocresa feroz del mar,
que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga,
hacindoles creer en su eterna bondad, y despus, con un zarpazo hoy y
otro maana, los extermina de generacin en generacin.

Estas ideas se sucedan en l rpida y desordenadamente, como si la
proximidad de la muerte excitase su pensamiento.

Pero al ver que reapareca Tonet en la ruinosa cubierta, profiri una
exclamacin de sorpresa, incorporndose sobre las movedizas tablas. Su
hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la
_si_ Ton, que haba quedado olvidado en la cala.

Tonet no se inmut ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su
hermano... Que adnde iba? A lanzarse al mar. Haba llegado el momento
del slvese quien pueda! l no quera morir encerrado all como una
rata, quera mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.

_El Retor_ lanz un terrible juramento. No; su hermano no saldra de la
barca: no intentara salvarse, morira con l, y aun as no lo pagaba
todo.

Lo supremo de la situacin haca reaparecer en Tonet el matoncillo del
puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonrea feroz y
despreciativamente, mirando  su hermano.

En la actitud de los dos hombres haba algo que asustaba ms que la
tempestad.

--_Pare!_... _Pare!_--repiti el nio con voz dbil, agitndose en sus
ligaduras.

Entonces record _el Retor_ que el muchacho estaba all; y sombro,
silencioso, solt el timn. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de
un solo golpe cort las ligaduras del muchacho.

--_T... el chaleco!_--orden con voz seca  imperativa  su hermano.

Pero ste le contest con un ademn indecente,  intent introducir sus
brazos en el armazn de corcho.

Canalla! Pascual senta la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque
fuese con pocas y atropelladas palabras. Crea que aun estaba ciego? Lo
saba todo; l era quien en la noche anterior le haba perseguido por
las calles del Cabaal cuando sali de dormir con la... _pa_ que estaba
en tierra. Si no le mataba era porque iban  morir juntos.

Pero aquel chico, el que l llamaba antes su Pascualet, no era culpable
y no deba morir. Tal vez se ahogase; sera lo ms seguro; pero como 
nio inocente,  l le correspondan las probabilidades de salvacin.
Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del
engao y de la infamia. Aunque era tan canalla, deba acordarse de ser
padre. A obedecer,  lo mataba como un perro!

Pero Tonet sonrea de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez
no se engaase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia
era lo primero.

 intent vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuse sobre l su
hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida  cada instante
por el mar, son un pataleo de lucha y Tonet cay de espaldas.

Su hermano le haba hundido dos veces la faca en un costado. Por fin
satisfaca la fiebre de destruccin que le animaba desde la noche
anterior.

Sin saber casi lo que haca, enfard al muchacho en el salvavidas, y
como si fuera un saco de lastre, lo arroj por encima de la popa, viendo
cmo flotaba y desapareca tras la cresta de una ola.

Ahora  morir como todos los de la familia;  ser recogido en la playa
como un salivazo de las olas, como recogieron  su padre.

Todo haba pasado  bordo de la barca con gran rapidez.

La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, vea la _Flor de
Mayo_ saltando como un atad sobre las olas, sin direccin, cual un
juguete de la tempestad.

Los truenos sonaban cada vez ms lejanos: cesaba la lluvia, pero el
vendaval segua soplando furioso y el oleaje era cada vez ms fuerte.

Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el
drama qued ignorado. Pero distinguieron cmo _el Retor_ arrojaba por la
popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba
aproximndose  la escollera para estrellarse sobre las rocas.

Poco despus son el ltimo grito de angustia. _Flor de Mayo_ era cogida
de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la
quilla al aire, desapareciendo por fin.

Las mujeres santigubanse, mientras que otras rodeaban  Dolores y Tona,
sujetndolas para que no se arrojasen al mar.

Todos adivinaban qu era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el
chico; los marineros le distinguan envuelto en el salvavidas.

Iba  matarse contra los peascos. La madre y la abuela daban alaridos
pidiendo socorro sin saber  quin. No habra una buena alma que
salvase al muchacho?

Un mocetn de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote
que sostenan sus compaeros, se lanz violentamente en las rocas bajas,
en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas 
costa de fuerza y destreza.

Varias veces choc el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras,
arrebatndolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el
marinero pudo alcanzarlo cuando iba  golpear de nuevo con su dbil
cuerpecillo el muralln gigantesco.

Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera,
su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fros y desgarrados por
las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como
las extremidades de una tortuga.

La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos
se haban cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto  l, se
araaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando
fieramente  todas partes con sus ojos dorados.

Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.

--_Fill meu!_... _fill meu!_...

Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estril,
conmovase ante la locura de la maternidad herida y con honda
conmiseracin perdonaba  su rival.

Y en lo alto, dominndolos  todos, estaba la _ta Picores_, erguida y
soberbia como la venganza, indiferente  todos los dolores, con las
faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.

Ya no enseaba el puo al mar. Volvale la espalda con marcado
desprecio, pero amenazaba  alguien que estaba tierra adentro, al
Miguelete, que  lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de
tejados de la ciudad.

All estaba el enemigo, el verdadero autor de la catstrofe. Y el puo
de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre  la ciudad,
mientras su boca vomitaba injurias.

Que viniesen all todas las zorras que regateaban en la Pescadera!
Aun les pareca caro el pescado?...  duro deba costar la libra!

FIN

Valencia, 1895




CUENTOS VALENCIANOS




Cosas de hombres!...


Cuando Visentico, el hijo de la _si_ Serafina, volvi de Cuba, la
calle de Borrull psose en conmocin.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,
agrupbase la chavalera del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar
estupendas historias con credulidad asombrosa.

--En Matanzas tuve yo una mulatita que quera nos casramos lueguito...
lueguito. Tena millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta
_tierresita_.

Y esto era mentira. Seis aos haba permanecido fuera de Valencia, y
deca tener olvidado el valenciano,  pesar de lo mucho que le _tiraba
la tierresita_. Haba salido de all con lengua, y volva con un
merengue derretido,  travs del cual las palabras tomaban el tono
empalagoso de una flauta melanclica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba  la
crdula chavalera, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de
conversacin de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos
rojos, el bonete de cuartel, el pauelo de seda al cuello, la banda
dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el
bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habanse metido
en el corazn de todas las chavalas y lo hacan latir con un estrpito
slo comparable al _fru-fru_ de sus faldas de percal almidonadas en los
bajos hasta ser puro cartn.

La _si_ Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba _mam_.
Ella era la encargada de hacer saber  las vecinas las onzas de oro que
Visentico haba trado de all, y al nmero que marcaba, ya bastante
exagerado, la gente aada ceros sin remordimiento. Adems se hablaba
con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba,
y en el cual el Estado se comprometa  dar tanto y cuanto... cuando
mudase de fortuna.

No era extrao, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del
ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones,
trajese loca  Pepeta (a) _la buena mosa_, una vaca brava que por las
maanas revenda fruta en el Mercado y con su falda acorazada, pauelo
de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente,
pasaba la vida  la puerta de su casa, tan dispuesta  araarse con la
primera vecina, como  conmover toda la calle con alguno de sus
escndalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez ms
ntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja ms distinguida del
barrio, y adems, antes de que l se fuese  Cuba, ya se susurraba si
haba algo entre ellos.

Lo que ya no le pareca tan claro  la gente es lo que dira el _Menut_,
un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la
carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las
orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en
distintas ocasiones haba afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; slo una caprichosa como ella poda haber
aguantado dos aos los celos machacones y las exigencias tirnicas de un
granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era
capaz de deshacer la cara de un solo revs.

Y ahora iba  ocurrir algo. Vaya si ocurrira! Adivinbanlo los vecinos
slo con ver al _Menut_, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el
da vagando por la calle, tan pronto en el cafetn de _Panchabruta_,
como frente  la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada
de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre
seca.

Ya no reparta carneros  los cortantes de la ciudad; olvidaba su
carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar
aquel algo que le faltaba, slo saba beberse _guilas_ en el cafetn, 
ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresndose con la mirada
ms que con la lengua.

Pero ella estaba ya despierta. Dnde haba tenido los ojos?... Ahora le
pareca imposible que hubiese querido  aquel bruto, sucio y borrachn.
Qu abismo entre l y Visentico!... una figura de general, un chico muy
gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un
ngel, y que, en fin, si no tena millones y una mulata, ya se saba que
era por lo mucho que le _tiraba la tierresita_.

Indignbase al ver que aquel granujilla forrado en la mugre de la carne
muerta aun tena la pretensin de que continuase lo que slo haba sido
un capricho... una condescendencia compasiva... arre all! Cuando no
manifestase su cario con zarpadas y aprendiese  decirla: flor de
guayaba! y mulatita! como el otro, entonces podra ponerse en su
presencia.

La buena moza fu inflexible, acab por no escuchar, y desde entonces la
calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fu el _Menut_.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba  las familias en
medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas
sobre mesitas de zapatero, la gente vea pasar al celoso chiquillo
recatndose en la sombra, misterioso y fatdico como un traidor de
melodrama.

La aparicin terrorfica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,
lanzando miradas espeluznantes al coro que haca la corte  la buena
moza, y despus desvanecase por un escotilln, el cafetn donde el
_Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entraas  las rampantes
garras de las guilas amlicas.

Qu noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenan la acera por
escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acorden y ella
reciba honores de reina festejada.  su lado, la madre, una vieja
insignificante que no abra la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el da por el sol, reviva con los primeros
soplos de la noche.

Los lbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecan pintados en la
pared con almazarrn, dejbanlo todo en fresca penumbra; en las puertas
destacbanse las manchas blancas de la gente casi en paos menores;
chorreaban rtmicamente los balcones con el riego de las plantas; en
cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro
que pareca un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descenda
un soplo hmedo que reanimaba  la tierra, arrancndola suspiros de
vida.

En todas las puertas sonaban el acorden con su chillona melancola, la
guitarra con su rasgueo soador, el canto  coro desentonado y
estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de
aullidos, el estrpito de la lucha cuerpo  cuerpo, y los antipticos
perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el
silletazo de algn vecino de buena voluntad los pona en dispersin.

Despedazbanse en los corros enormes sandas; hundanse las bocas en
tajadas como medias lunas; pringbanse las caras con el rojo zumo;
extendanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al
fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumase en dulce
beatitud, escuchando, como anglicas melodas, los araazos de los
acordeones.

Y  esta hora de digestin lquida, al cantar el sereno las once y estar
los corrillos ms animados, era cuando  lo lejos la difusa luz de los
faroles marcaba algo que se aproximaba balancendose, trazando _zigzags_
como una barca sin timn, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pauelo de
hierbas en una mano, volva de la taberna. Saludaba  la reunin con
tres gruidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hunda por
fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo  los avaros caseros que,
para fastidiar  los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo pblico, en medio de la calle, acariciados
por la expansin de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y
Pepeta; l, dulzn y empalagoso, hablndole al odo; ella, grave,
estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida,
porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de
perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan  comprender que
una est chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto la pobre alma en pena  la puerta del cafetn, con la
garganta abrasada por el amlico y el corazn en un puo, oyendo de
cerca las bromitas de sus amigachos y  lo lejos las canciones del corro
de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotona abrumadora.

Pero qu cargantes eran los amigos del cafetn! Que Pepeta no le
quera ya? Bueno; dale expresiones... Que l era un chiquillo y le
faltaba esto y lo de ms all? Conforme; pero aun no haba muerto y
tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto  Pepeta y al _Cubano_
se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y l un
mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les
arreglara las cuentas...  ver, to _Panchabruta:_ otra guila de
petrleo refinado. De aquel que est en el rincn, en el temible tonel
que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la
puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del
cafetn, cargado del calor del gas y los vahos alcohlicos.

Ahora cantaban  coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rgida y fra como siempre, y la otra aguda y
mimosa, la del _Cubano_, que deca: _Vente conmigo_, con una intencin
que al Menut pareca araarle en el pecho. Conque _vente conmigo_,
eh?... Cristo! Aquella noche iba  arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanz fuera del cafetn, sin llamar la atencin de los bebedores,
acostumbrados  tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente  su sitio,  aquel corro
maldito que tantas noches haba sido su tormento.

--_T, Cubano, escolta_.

Movimiento de asombro, de estupefaccin. Call el organillo, ces el
coro y Pepeta levant fieramente la cabeza. Qu quera aquel pillete?
Haba por all algn borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba
estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

--Me paese... me paese que eso muchachillo se la va a cargar por torpe.

Y sali del corro,  pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se haba serenado. Podan estar tranquilos; ella lo aseguraba. No
llegara la sangre al ro. El _Menut_ era un chilln que no vala un
papel de fumar, y si se atreva  hacer pinitos, ya le limpiara los
mocos el otro. Vaya...  cantar. No deba turbarse la buena armona por
un bicho as.

Y la tertulia reanud su canto dbilmente, de mala gana, mirando todos
con el rabillo del ojo  los dos que estaban plantados en el arroyo,
frente  frente.

Que la que aqu es prima donna reina en mi casa ser... ... 

Pero al hacer una pausa, se oy la voz del _Menut_, que deca lentamente
con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

--_T eres un morral... s seor, un morral_.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cay el acorden al suelo,
lanzando un quejido; pero... qui! por pronto que acudieron ya era
tarde.

Se haban agarrado como gatos rabiosos, clavndose las uas en el
cuello, empujndose, resbalando en las cortezas de sanda y lanzando
sucias blasfemias.

Y el _Cubano_ de pronto se bambole para caer como un talego de ropa; en
aquel momento desvanecise la melosidad antillana, y el lenguaje de la
niez reapareci junto con la desgracia.

--_Ay mare mehua!... Mare mehua!_

Retorcase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,
agarrbase el vientre all donde haba sentido la fra hoja de la
navaja, comprimiendo instintivamente el brbaro rasgn, al que asomaban
los intestinos cortados, rezumando sangre  inmundicia.

Corra la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en
torno del cado; sonaban pitos  lo lejos; poblbanse instantneamente
los balcones, y en uno de ellos la _si_ Serafina en camisa,
desmelenada, sorprendida en su primer sueo por el grito de su hijo,
daba alaridos instintivamente, sin explicarse todava la inmensidad de
su desgracia.

Pepeta retorcase con epilpticas convulsiones entre los brazos de
varios vecinos; avanzaba sus uas de fiera enfurecida, y no pudiendo
llegar hasta el _Menut_, le escupa  la cara siempre los mismos
insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba  todo el
barrio: _Lladre!_... _Granuja!_

Y el autor de todo estaba all, sin huir, con su figurilla triste y
desmedrada, el cuello desollado por varios araazos, el brazo derecho
teido en sangre hasta el codo y la navaja cada  sus pies. Tan
tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al
sentir en sus hombros las manos de la polica, con una sonrisita que
plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Sali de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa
encima; la innoble cara llena de araazos, hablando con su escolta de
municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase  su
paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pas ante el cafetn, salud con altivez  sus amigotes, que
asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban
qu haba hecho.

--_Res; cses d'hmens_.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, sigui el camino de la
crcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la
prosopopeya de la estupidez satisfecha.




La apuesta del esparrell


La o una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto  una barca
vieja, sintiendo en los pies los ltimos estremecimientos de la inmensa
sbana de agua que espumeaba colrica bajo un cielo fro, ceniciento y
entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba  nuestras
espaldas, y  mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que pareca
bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echbase
la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de
un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de
sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Haba llovido fuerte all por las montaas de Teruel; el ro arrojaba en
el mar su agua arcillosa y fra, y todo el golfo tease de un amarillo
rabioso, que  lo lejos debilitbase hasta tomar tonos de rosa. La
estrecha faja verde que recortaba el lmite del horizonte delataba que
era un mar lo que pareca inundacin de tisana.

Y mientras mirbamos la rojiza extensin en cuyo lmite se marcaba como
ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret
tiraba de los _bolichones_  se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el xito de la pesca. Aquel era un buen da. Iban 
caer los _esparrellons_ como moscas.

Y eso que el _esparrell_ era el bicho ms ladino y malicioso que se
paseaba por el golfo.

Que no lo saba yo? Pues atencin, que para comprender cmo las gastaba
el tal animalito, iba  contarme un cuento, que indudablemente sera un
sucedido, pues de no ser as no se lo habra contado  l su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenz 
contarme el _sucedido_ con su seriedad de lobo de playa, en un
valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las
despobladas encas.

       *       *       *       *       *

Tambin aquel da haba crecido el ro, y cerca de la orilla resbalaba
el _bolich_ traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia
la arena seca  los incautos peces, atrados por la frescura del agua
dulce y sucia.

El _esparrell_ del cuento, panzudo, pequeito y vivaracho, un pilluelo
que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave
disgusto de su familia, acababa de ver caer  todos los suyos entre las
mallas de una red. Se salv l por ligereza, y como era un perdis y los
sentimientos de familia no estn muy arraigados en su especie, slo se
le ocurri huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si
quisiera decir:

--Slveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite
de la sartn.

Pero cerca de la entrada del puerto oy un poderoso ronquido que
conmova las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El _esparrell_ dejse caer en la lnea recta, y en una hondonada
abierta por las dragas en el fango, vi tumbado como un cannigo  un
_reig_ corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote
insolente y matn que cobraba el barato en todo el golfo y apenas mova
una agalla haca temblar  todo el escamado enjambre.

Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas
cargadas de calor y de luz, le placa la frescura y la semiobscuridad
del barro lquido que arrastraba el ro, y roncaba como si estuviera en
una alcoba con las cortinas corridas.

El _esparrell_ quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero
sus malas intenciones no iban ms all del deseo de divertirse  costa
ajena, y se limit  pasar y repasar por las jadeantes narices del
coloso, hacindole cosquillas con las finas pas de su cola.

Pero bueno era el _reig_ para inquietarse por tales caricias!  fuerza
de sufrir cosquillas ces de roncar y se incorpor un poco, moviendo su
poderosa cola, pero tumbse sobre el otro costado, y sigui bramando con
la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

--Animal!--le gritaba el pececillo junto  una agalla--, animal,
despirtate!

--Eh?--exclamaba el _reig_ entre dos ronquidos con su bronca voz de
borracho.

--Que te despiertes. Hay por ah un beln de mil demonios. La gente de
Nazaret ha roto hostilidades, y  miles se lleva prisioneros  los
nuestros.

--All vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

--Es que para ti tambin hay. Por arriba va la barca del _Toto_
explorando, y si ha odo tus ronquidos, ahora mismo tienes aqu el
_bolich_ de cuerdas, y maana ests en la Pescadera hecho cincuenta
cuartos.

--Cincuenta demonios!--ronc con furia el _reig_, y dando un furioso
coletazo abandon la cama de barro, ponindose en facha de escapar,
mientras al ladino _esparrell_ le temblaban todas las escamas con las
convulsiones de una risita aguda  insolente.

El _reig_ se amosc al ver que tomaban  broma su prudencia, y avanzando
el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la
semiobscuridad.

--Eres t, granuja? T acabars mal; y si no fuera porque me tacharan
de ingrato, lo que no corresponde  una persona de mi edad y mi peso,
ahora mismo te tragaba. Crees t, mocoso, que me dan miedo todos esos
pelambres que vienen  buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado
guapo para dejarme coger. Pregntale  ese _Toto_ de quien hablas
cuntas veces de una _morr_ le he roto el bolichn de cuerdas. Si
repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes
que hacer dao  un padre de familia prefiero huir  tiempo, y me va tan
ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido 
morir faltos de respiracin en la playa, yo escapo siempre, y aqu me
han de caer las escamas de puro viejo.

--Lo mismo soy yo--dijo con petulancia el pececillo--; los mos se han
dejado arrastrar, pero  m no me falta ligereza, y aqu estoy. Es gran
cosa el ser pequeo.

--Quita all, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con ms
fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujn
todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo di dos  tres
coletazos con la aviesa intencin de pillar desprevenido al
_esparrell_, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se ech  un lado oportunamente, amoscado por tan
villanas caricias.

--Fuerte s que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no
est bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en
cambio soy ms ligero: corro ms que t. Mira como tu cola no me
alcanza.

--T correr ms?... Jo! jo! jo!

Tan graciosa era la afirmacin del petulante pececillo, que el _reig_ se
revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como
ronquidos, hacan hervir el agua.

--Calla, condenado, que el _Toto_ debe andar por arriba!

La advertencia devolvi al _reig_ su seriedad, pero le cargaba que aquel
bicho insignificante sacara  colacin  cada momento el nombre del
pescador, y quiso vengarse.

--Que t corres ms?--dijo con su expresin de jaque testarudo--: eso
pronto se ver. Hagamos una apuesta:  ver quin llega antes al cabo de
San Antonio. Apostaremos... vaya! ya est. Si yo llego antes te dejars
comer en castigo  tu fanfarronera, y si quedo rezagado te proteger
siempre y ser tu siervo. Conviene, chiquitn?

Pobre _esparrell!_ Le temblaban todas las escamas al verse metido en
porfa con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento  de
all  unas horas, opt por lo ltimo.

--Conforme, grandulln--contest con risita forzada--; cuando quieras
empezaremos.

--Vmonos  las aguas verdes, que esto est turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos
que salen  tomar el fresco el _reig_ y el _esparrell_ llegaron al
sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda
lquida.

El gigante di unos cuantos coletazos alegres, ronc, haciendo hervir el
agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

--Mira, chiquitn; s que te quedars atrs, pero no pienses en huir,
porque te buscara por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto
como crees.

--Menos palabras, y al avo.

--Va ya, chiquillo?

--Cuando quieras.

--Pues va!

Caballeros y qu modo de correr! Aquel _reig_ era una tempestad. Al
primer coletazo sali como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un
estrpito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrell los
morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que haba
naufragado veinte aos antes, y estaba hundida en la arena como una
carroa carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su
vientre.

Pas adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo
 un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido
y un hervor que conmova todo el golfo.

Y el _esparrell?_ Pobrecito! quiso seguir  su corpulento enemigo;
pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulacin producida
por cada coletazo del _reig_ le haca perder camino, y  los pocos
minutos se senta rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzndose, lleg
hasta la cabeza del _reig_, y fijndose en las grandes agallas que se
abran y cerraban con movimiento automtico, hizo una graciosa evolucin
y se col por una de ellas.

No se estaba mal all. Viajar gratis  doble velocidad y acostadito en
aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

--Je! je! je!--rea socarronamente el pececillo sacando la cabeza por
la ventana de su guarida.

Y el _reig_ daba un salto, murmurando:

--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos,
corramos.

Y cada carcajada del _esparrell_ era como un espuelazo para el
pescadote.

Qu loca carrera! Aquella cola poderosa bata los profundos algares, y
en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos,
mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivan
misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salan
escapadas huyendo del brutal azote.

Despus de los algares las colinas sumergidas, aquellos peascales en
cuyas cuevas jugueteaban los peces recin nacidos, transparentes y
difanos como sombras.

Qu espantosa revolucin llevaba el _reig_  estos tranquilos lugares!

Le conocan bien por sus brutales majaderas, por sus caprichos de
matn, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que
tapizaban los peascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras,
como si quisieran gritar con angustia:

--Atencin, que llega ese loco.

Las almejas, gente tranquila que huye del rudo, al ver aproximarse el
torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegbanse medrosicas,
cerrando hermticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos
apelotonbanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus
haces de agudas bayonetas; los calamares sentan tal miedo, que se
envolvan en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las
piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trmula inquietud;
las lapas agarrbanse  la roca con ms fuerza que nunca; los
langostinos ocultaban su transparencia de ncar bajo el brillante fanal
de alguna caracola hueca; los salmonetes huan en bandadas,
esparcindose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y
en aquel mundo verdoso  inquieto, el paso veloz del enfurecido
animalote produca entre los torbellinos de la espuma un hervor de
carmn y plata, de escamas que despedan al huir fantsticos reflejos y
colas que se agitaban con la ansiedad del pnico.

Una rozadura del _reig_ bast para arrancarle dos patas  una langosta,
y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba  ser su
procurador, emprendi la marcha hacia las Columbretas, para pedir
justicia y venganza  algn tiburn de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atn
putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote,
gritando:

-- ese,  ese, que est loco!

Y decan verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita
risa del _esparrell_ la tena siempre en los odos, y el pobre animal
corra y corra espoleado por la vergenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron  marcarse las
masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas
cuevas, donde las seoras del golfo en estado interesante iban 
depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante _reig_, que no poda ya con su alma, lleg junto  las rocas
y dijo con angustioso ronquido:

--Ya llegu.

Pero la vocecilla cargante contest con timbre de falsete:

--Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se
pavoneaba ante el hocico del cansado _reig_, como si hubiera llegado
mucho antes.

El sencillo animalote no saba qu hacer. Sinti tentaciones de darle un
trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero
encorvndose se llev varias veces la cola entre los ojos y se rasc con
expresin reflexiva.

--Bueno--ronc por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es
palabra. Mocoso, manda lo que quieras: ser tu criado.

       *       *       *       *       *

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonrea y guiaba los ojos
maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tena
_intrnguilis_.

Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede ms el
listo y el astuto que el fuerte que todo lo fa al corazn y  la
acometividad. Que vale ms ser _esparrell_ pequeo y malicioso, que
_reig_ enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollndolo
todo slo se consigue ser vehculo del listo que se esconde en la agalla
para salir  tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresin de malicia y lstima, que me
ruboric, murmurando para adentro:

--Este to me conoce.




Noche de bodas


I

Fu aquel jueves para Benimaclet un verdadero da de fiesta.

No se tiene con frecuencia la satisfaccin de que un hijo del pueblo, un
arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la
cara sucia, se convierta, tras aos y estudios, en todo un seor cura;
por esto pocos fueron los que dejaron de asistir  la primera misa que
cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la _si_ Pascuala y
el to Nlo, conocido por el _Bollo_.

Desde la plaza inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmsfera
luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas
brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por
la que escapaba el vaho de la multitud, pareca un trozo de negro cielo,
en el que se destacaban como simtricas constelaciones los puntos
luminosos de los cirios.

Qu derroche de cera! Bien se conoca que era la madrina aquella seora
de Valencia de la que los _Bollos_ eran arrendatarios, la cual haba
costeado la carrera del chico.

En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen
cirios; las araas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos,
y al humo de la cera unase el perfume de las flores, que formaban
macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendan de
las lmparas en apretados manojos.

Era antigua la amistad entre la familia de los _Bollos_ y la _si_ Tona
y su hija, famosas floristas que tenan su puesto en el mercado de
Valencia, y nada ms natural que las dos mujeres hubiesen pasado 
cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar
dignamente la primera misa del hijo de la _si_ Pascuala.

Pareca que todas las flores de la vega haban huido para refugiarse
all, empujndose medrosicas hacia la bveda. El Sacramento asomaba
entre dos enormes pirmides de rosas y los santos y ngeles del altar
mayor aparecan hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de
ptalos y hojas que,  la luz de los cirios, mostraban todas las notas
de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguneo, hasta el suave
tono del ncar.

Aquella muchedumbre que estrujndose ola  lana burda y sudor de
salud, sentase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas
las dos horas de ceremonia.

Acostumbrados los ms de ellos  recoger como oro los nauseabundos
residuos de la ciudad,  revolver  cada instante en sus campos los
estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato
estremecase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas
emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, 
las que se una el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbbanse
con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les
causaba extraa embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave
melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con
acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor
gloria del hijo del _Bollo_.

La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un
palacio encantado que fuese suyo. As, entre msicas, flores  incienso,
deba estarse en el cielo, aunque un poco ms ancho y sudando menos.

Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que
estaba all arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas
vestiduras, movindose con solemnidad entre azuladas nubecillas y 
quien el predicador dedicaba sus ms tonantes perodos, era uno de los
suyos, uno ms que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer
concebir incesantemente  sus cansadas entraas.

Los ms, le haban tirado de la oreja por ser mayores; otros, haban
jugado con l  las chapas, y todos le haban visto ir  Valencia 
recoger estircol con el capazo  la espalda,  araar con la azada esos
pequeos campos de nuestra vega que dan el sustento  toda una familia.

Por esto su gloria era la de todos; no haba quien no creyese tener su
parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar,
en aquel mocetn fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la
invasin sarracena, que asomaba por entre nveos encajes sus manazas
nervudas y vellosas, ms acostumbradas  manejar la azada que  tocar
con delicadeza los servicios del altar.

Tambin l, en ciertos momentos, paseaba su mirada con expresin de
ternura por aquel apiado concurso. Sentado en silln de terciopelo,
entre sus dos diconos, viejos sacerdotes que le haban visto nacer, oa
conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del
sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con
aquel acto entraba  formar parte de la milicia de la Iglesia.

S; era l: aquel da se emancipaba de la esclavitud del terruo,
entraba en este mundo poderoso que no repara en orgenes; escala
accesible  todos, que se remonta desde el msero cura, hijo de
mendigos, al Vicario de Dios; tena ante su vista un porvenir inmenso,
y todo lo deba  sus protectores,  aquella buena seora obesa y
sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y 
su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario,
haba de llamar siempre el seorito.

Los peldaos del altar mayor, que le elevaban algunos palmos sobre la
muchedumbre, percibalos l en su futura vida como privilegio moral que
haba de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde
origen. Los ms generosos sentimientos le dominaban. Sera humilde,
aprovechara su elevacin para el bien; y envolva en una mirada de
inmenso cario  todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas
por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el to _Bollo_ y la _si_
Pascuala, que gimoteaban como unos nios con la nariz entre las manos, y
aquella Toneta, la florista, su compaera de infancia, excelente
muchacha que ergua con asombro la soberbia cabeza de beldad riffea,
como si no pudiera acostumbrarse  la idea de que Visantet, aquel mozo
al que trataba como un hermano, se haba convertido en grave sacerdote
con derecho  conocer sus pecadillos y  absolverla.

Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por la emocin, por la
felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, segua
la celebracin de la misa como un autmata, guiado muchas veces por sus
compaeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su
robusto cuerpo de atleta, y sostenido nicamente por el temor de que la
debilidad le hiciera incurrir en algn sacrilegio.

Como si se moviera en las nieblas de un sueo, realiz todas las partes
que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le
asombraba, verific aquella consumacin en la que tantas veces haba
pensado emocionado, y despus del _t-dum_, cay desvanecido en la
poltrona, cerrados los ojos y sintindose sofocado por aquella antigua
casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que
tantas veces haba mirado l siendo seminarista como el colmo de sus
ambiciones.

Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le
volvieron  la realidad.

La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepcin final, y
toda la compacta masa abalanzbase al altar mayor, queriendo ver de
cerca al nuevo cura.

La vida de superioridad y respetos comenzaba para l. La seora,  la
que haba servido tantas veces, besbale las manos con devocin y le
llamaba don Vicente, desendole muchas felicidades despus de sus
msticas bodas con la Iglesia.

El nuevo cura,  pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de
orgullo y cerr los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.

Algo spero y burdo oprimi sus manos. Eran las pobres zarpas del to
_Bollo_, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura vi
inundadas en lgrimas, contradas por conmovedora mueca, las cabezas
arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres, que le contemplaban con
la expresin del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna
ante ella creyndola de origen superior.

Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundan la
dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas
unidas agitbanse con rumor de besos y estertor de gemidos.

El impulso de la curiosa muchedumbre rompi el grupo conmovedor, y el
cura qued separado de los suyos, entregado por completo al pblico, que
se empujaba por alcanzar las sagradas manos.

Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos
sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevndose en los labios
agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.

Ahora si que, agobiado por la presin de aquella multitud que se
apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba 
desmayarse de veras el nuevo cura.

Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba
atrs la cabeza, recibi en su diestra una sensacin de frescura,
difundindose por el torrente de su sangre.

Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su
epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en l con forzada
gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la
compaera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.

Junto  ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta
terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compaero de
la niez, _Chimo el Moreno_, el gan ms bueno y ms bruto de todo
Benimaclet, protegiendo  la arrodillada muchacha con la gallarda
celosa de un sultn y mirando en torno con sus ojillos marroques, que
parecan decir:  ver quin es el guapo que se atreve  empujarla!


II

La comida di que hablar en el pueblo.

Seis onzas, segn clculo de las ms curiosas comadres, debi gastarse
la buena de doa Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus
arrendatarios.

Era una satisfaccin ver en la casa ms grande del pueblo aquella mesa
interminable cubierta de cuanto Dios cra de bueno en el mundo, fuera
del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba
estaba en que al da siguiente saldra en letras de molde en los
papeles de Valencia.

En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las
blanduras exuberantes de los otros curas que haban tomado parte en la
ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre
sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lgrimas. En los lados de
la mesa algunos seores de la ciudad convidados por doa Ramona y los
amigos de la familia junto con lo ms _distinguido_ del pueblo,
labradores acomodados que, enardecidos por la digestin del vino y la
_paella_, hablaban del rey legtimo que est en Venecia y de lo
perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religin.

Era aquello un banquete de bodas. Corra el vino, se alegraba la gente y
sonrea la madrina con las bromas trasnochadas de sus compaeros de
mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el
alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas haca enrojecer de
satisfaccin  la bendita seora.

El nico que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su
gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginacin hua desbocada
por el pasado, recorriendo casi instantneamente la vida anterior.

La vista de todos los suyos, su elevacin en aquel mismo lugar donde
haba sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacan recordar la
poca en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba  recorrer los
caminos, capazo  la espalda, siguiendo  los carros para arrojarse
vidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las
bestias.

Aquella haba sido su peor poca, cuando tena que gemir y alborotar
horas enteras para que la pobre madre se decidiera  engaarle el hambre
nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con msera previsin.

La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba
al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos ms gratos.

Vease pequeo y haraposo en el huerto de la _si_ Tona, aquel hermoso
campo cercado de encaizadas en el que se cultivaban las flores como si
fuesen legumbres. Recordaba  Toneta greuda, tostada, traviesa como un
chico, hacindole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras,
y despus el rpido crecimiento y el cambio de suerte: ella  Valencia
todos los das con sus cestos de flores, y l al Seminario protegido por
doa Ramona, que, en vista de su aficin  la lectura y de cierta viveza
de ingenio, quera hacer un sacerdote de aquel retoo de la miseria
rural.

Luego venan los das mejores, cuyo recuerdo pareca perfumar dulcemente
todo su pasado.

Cmo amaba l  aquella buena hermana, que tantas veces le haba
fortalecido en los momentos de desaliento!

En invierno sala de su barraca casi al amanecer camino del Seminario.

Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y
clase haba de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan moreno con
algo ms, que, sin nutrirle, engaaba su hambre; y cruzado sobre el
pecho  guisa de bandolera, el enorme pauelo de hierbas envolviendo los
textos latinos y teolgicos que bailoteaban  su espalda como movible
joroba. As equipado pasaba por frente al huerto de la _si_ Tona,
aquella pequea alquera blanca con las ventanas azules, siempre en el
mismo momento que se abra su puerta para dar paso  Toneta, fresca,
recin lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos
enormes cestas en que yacan revueltas las flores mezclando la humedad
de sus ptalos.

Y juntos los dos, por atajos que ellos conocan, marchaban hacia
Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas
del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima pareca
encenderse antes de que llegasen  la tierra los primeros rayos del sol.

Qu hermosas maanas! El cura, cerrando los ojos, vea las obscuras
acequias con sus rumorosos caaverales; los campos con sus hortalizas,
que parecan sudar cubiertas del titilante roco; las sendas orladas de
brozas con sus tmidas ranas, que al ruido de pasos arrojbanse con
nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la
parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los
caminos desde los cuales se esparca por toda la huerta chirrido de
ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres
agachados, que  cada movimiento hacan brillar en el espacio el
culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con
cestas en la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente
y maternal _bn da!_  la linda pareja que formaban la florista
garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento
pareca escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que
iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.

El matinal viaje era un bao diario de fortaleza para el pobre
seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tena nimos para
sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba su
robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas
explicaciones en cuyo laberinto penetraba  cabezadas.

Separbanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su
madre; l  conquistar poco  poco el dominio de las ciencias
eclesisticas, en las cuales tena la certeza de que jams llegara 
ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de
Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los
albailes, que hundan sus cucharas en la humeante cazuela de medioda,
Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el
mercadillo de las flores, donde encontraba  Toneta atando los ltimos
ramos y  su madre ocupada en recontar la calderilla del da.

Tras estos agradables recuerdos, que constituan toda su juventud, vena
la separacin lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones haban
efectuado entre los dos. No en balde crecan en aos y no impunemente
someta l al estudio su inteligencia virgen y pasiva.

En la ltima parte de su carrera, comenz  sentir con vehemencia el
fervor profesional. Entusiasmbase pensando que iba  formar parte de
una institucin extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las
llaves del cielo y de las conciencias; le enardecan las glorias de la
Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la
influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era
ambicioso, no pensaba ir ms all de un modesto curato de misa y olla;
pero le satisfaca que el hijo de unos miserables perteneciese con el
tiempo  una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones se entreg
de lleno  la vocacin que iba  sacarle del subsuelo social.

Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet
funciones de sacristn, y lleg  ser hombre sin sentir apenas el
despertar de la virilidad en su vigorosa complexin.

Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le
causaban horror, tenindolas como tentaciones del _Malo_. La mujer era
para l un mal, necesario  imprescindible para el sostenimiento del
mundo; _la bestia impdica_ de que hablaban los Santos Padres.

La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba ante ella posedo de
repugnancia y sordo malestar, y slo se senta tranquilo y confiado en
presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la
luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su
contemplacin provocaba en el seminarista explosiones de indefinible
cario, y tambin participaba de ste aquella otra criatura terrenal y
grosera  la que l consideraba como hermana.

No era sacrilegio ni mundana pasin. Toneta resultaba para l una
hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompaaba desde su
infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusin, que en aquel
momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le pareca
que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificbase con
expresin celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada
y su pauelo de pjaros y flores convertase en cerleo manto, lo mismo
que en la otra, cuya belleza se ensalza con los ms dulces nombres que
ha producido idioma alguno...

Pero sinti  sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce
somnolencia.

Era la _si_ Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento
vena  hablar con el cura.

La buena mujer no poda conformarse con el nuevo estado del hijo de su
amiga. Como buena cristiana, saba el respeto que se debe  un
representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet
siempre sera Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no
podra menos que hablarle de t. l no se ofendera por eso, verdad?
Pues si lo haba conocido tan pequeo... si era ella quien lo haba
llevado de paales  la iglesia para que lo cristianasen, cmo iba 
hacerle tales pamplinas  un chico  quien consideraba como hijo? Aparte
de esta falta de respeto, ya saba que en casa se le quera de veras. Si
no vivieran el to _Bollo_ y la _si_ Tomasa, Toneta y ella eran
capaces de irse con l como amas de llaves: pero ay, hijo mo! no iba
el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por _Chimo
el Moreno_, un pedazo de bruto de quien nadie tena nada que decir,
mejorando lo presente; se queran casar en seguida, antes de San Juan si
era posible, y ella qu haba de hacer?... En casa faltaba un hombre,
el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de
unos pantalones, y como el _Moreno_ serva para el caso (siempre
mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se
casara.

Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su
aprobacin.

Bueno; pues  _eso_ se haba acercado ella...  qu?  decirle que
Toneta quera que fuese l quien la casase. Teniendo un capelln casi en
la familia, para qu ir  buscarlo fuera de casa?

El cura no dud; le pareca muy natural la pretensin. Estaba bien; los
casara.


III

El da en que se cas Toneta, fu de los peores para el nuevo adjunto de
la parroquia de Benimaclet.

Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojse en la
sacrista de sus sagradas vestiduras, plido y trmulo como si le
aquejase oculta dolencia.

El sacristn, ayudndole, hablaba del insufrible calor. Estaban en
Julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo
interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar haba pasado por
las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha y con su ambiente de
hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.

Pero bien saba el nuevo cura que no era el poniente lo que le
trastornaba. Buenas estaran tales delicadezas en l, acostumbrado 
todas las fatigas del campo!

Lo que senta era arrepentimiento de haber accedido  celebrar la boda
de Toneta. Cun poco se conoca! Ahora iba comprendiendo lo que se
ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niez.

l, sacerdote desligado de las miserias humanas, senta un sordo
malestar despus de bendecir la eterna unin de Toneta y Chimo;
experimentaba idntica impresin que si le acabasen de arrebatar algo
que era suyo.

Le pareca hallarse an en la capilla mirando casi  sus pies aquella
linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca haba visto tan
hermosa  Toneta, plida por la emocin y con un brillo extrao en los
ojos cada vez que miraba al _Moreno_, que estaba soberbio con su traje
nuevo y su _ringlot_ azul de larga esclavina.

Poda decirse que el cura acababa de ver por primera vez  Toneta. La
hermana ideal que en su imaginacin casi se confunda con la figura azul
que pisaba la luna, habase convertido de pronto en una mujer.

l, que jams haba descendido con su vista ms all de la fresca boca
siempre sonriente, y que miraba  Toneta como esas imgenes de lindo
rostro que bajo las vestiduras de oro slo guardan los tres puntales que
sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que
haba algo ms, y vea con los ojos de la imaginacin el terrible
enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la
carne, arma poderosa del _Malo_ con que abate las ms fuertes virtudes.

Odiaba al _Moreno_, su compaero de la niez. Era un buen muchacho, pero
no poda tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna
compaera de la florista. No deba consentirse, lo afirmaba l, que
estaba arrepentido de haber realizado la boda.

Pero inmediatamente sentase avergonzado por tales pensamientos, se
ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia
que se revolva en forma de murmuracin.

Hacale dao el contemplar la felicidad ajena, aquella explosin de amor
que vena preparndose, amor legtimo, pero que no por esto molestaba
menos al cura.

Se ira  casa. No quera presenciar por ms tiempo la alegra de la
boda; pero cuando sali de la sacrista, se encontr con la comitiva
nupcial que estaba esperndole, pues la _si_ Tona se opona  que se
hiciera nada sin la presencia de su Visantet.

Y por ms que resisti, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del
que tantos recuerdos guardaba; y entre las faldas rameadas y coloridas
como la primavera, los pauelos de seda brillantes y los reflejos
tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el
suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con
lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de
vida, fuesen los de un viejo achacoso.

Una vez en el huerto, qu de tormentos! qu cariosas solicitudes, que
le parecan crueles burlas! La _si_ Tona, en su alegra de madre,
ensebale todas las reformas hechas en la alquera con motivo del
matrimonio. Se enteraba Visantet? Aquel _estudi_ era el dormitorio de
los novios y aquella cama sera la del matrimonio, con su colcha de
azulada blancura y complicados arabescos, que  Toneta le haban costado
todo un invierno de trabajo.

Bien estaran all los novios. Qu blancura, eh? Y la inocente vieja
crea hacer una gracia obligando al cura  que tocase los mullidos
colchones y apreciase en todos sus detalles la rstica comodidad de
aquella habitacin, que  la noche haba de convertirse en caliente
nido.

Y despus seguan los tormentos, las intimidades fraternales, que
resultaban para l terribles latigazos: aquel bruto del _Moreno_ que no
se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre
lo que ocurrira por la noche, con comentarios tales, que las mujeres
chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban _prc!_ y
_animal!_ y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y
redondos brazos, se aproximaba  l rozando su sotana con la epidermis
fina y caliente, preguntndole qu pensaba de su casamiento y
acompaando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecan
registrarle hasta las entraas.

Ira de Dios! La gente le haca tanto caso como si fuese un muerto que
hablara; aquella mujer se atreva  tratarle con un descuido que no
osara con el gan ms bestia de los que all estaban; no era un
hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, crea que todos le
miraban con respetuosa compasin, y una llamarada de rabia enturbiaba su
vista.

Bien pagaba los honores de su clase, la elevacin sobre la miseria en
que naci. l, el ms respetado de la reunin, don Vicente, el gran
sacerdote, miraba con envidia  aquellos muchachotes cerriles con
alpargatas y en mangas de camisa.

Hubiera querido ser temido, como ellos,  los que no osaban aproximarse
mucho las mujeres por miedo  audaces pellizcos, y sobre todo no
inspirar lstima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos odos
resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.

Cada vez se senta ms molesto. Durante la comida estuvo al lado de los
novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante,
que pareca esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza
de la impunidad se revolva libremente y sin cuidado  empujar,  se
inclinaba sobre l y al decirle insignificantes palabras le envolva en
su clido aliento. Y despus aquel Chimo con su salvaje ingenuidad,
creyendo que tras la misa de por la maana todo era ya legtimo;
corrodo por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda
barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las
manos bajo la mesa, mientras miraba  lo alto con la expresin inocente
del que no ha roto un plato en su vida.

Aquello no poda seguir. Don Vicente se senta enfermo. Oleadas de
sangre caldeaban su rostro; parecale que el viento seco y ardoroso que
inflamaba la piel se haba introducido en sus venas, y su olfato
dilatbase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel
ambiente de pasin carnvora y brutal.

No quera ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y aptica
estupidez, y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesana
labriega cuidaba de tener siempre lleno.

Bebi mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de
despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez
ligera, algo semejante  la discreta alegra de sus meriendas de
seminarista, cuando  los postres l y sus compaeros, con la ms
absoluta confianza en el porvenir, soaban en ser papas  en eclipsar 
Bossuet; pero lo que lleg para l fu una jaqueca insufrible, que
doblaba su cabeza como si sobre ella gravitase enorme mole y que le
perforaba la frente con un tornillo sin fin.

Don Vicente estaba enfermo.

La misma _si_ Tona, reconocindolo, le permiti, con harto dolor, que
se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista
turbia y zumbndole los odos, se encamin  su casa, seguido de su
alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante ms en la boda.

No era nada; poda tranquilizarse. El maldito poniente y la agitacin
del da. No necesitaba ms que dormir.

Y cuando penetr en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el
pueblo desde su primera misa, tir el sombrero y el manteo, y sin
quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arroj de bruces con los
brazos extendidos en su blanca cama de clibe, extinguindose
inmediatamente los dbiles destellos de su razn y sumindose en la
lobreguez ms absoluta.


IV

Poblse la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles
chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sinti que caa y caa,
como s aquel desplome durase aos y fuese en una sima sin fondo, hasta
que por fin experiment en todo su ser un rudo choque, conmovindose de
pies  cabeza; y... despert en su cama, tendido sobre el vientre, tal
como se haba arrojado en ella.

Lo primero que el cura pens fu que haba pasado mucho tiempo.

Era de noche. Por la abierta ventana vease el cielo azul y difano,
moteado por la inquieta luz de las estrellas.

Don Vicente experiment la misma impresin de las damas de comedia que
al volver en s lanzan la sacramental pregunta: En dnde estoy?

Su cerebro sentase abrumado por la pesadez del sueo, discurra con
dificultad y tard en reconocer su cuarto y en recordar cmo haba
llegado hasta all.

De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la obscura vega, fu
recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y
con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de
que le rindiera el sueo.

Bien, don Vicente! Magnfica conducta para un sacerdote joven que
deba ser ejemplo de templanza! Se haba emborrachado; s, esta era la
palabra, y haba sido en presencia de los que casi eran sus feligreses.
Lo que ms le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron
 tal abuso.

Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus
sentidos parecan embotados, horrorizbase ante el peligro y protestaba
contra la pasin que pretenda hacer presa en su carne virgen. Qu
vergenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa
atmsfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente
tranquilo y virtuoso de los campos, y prximo, sin embargo,  caer en
los ms repugnantes pecados. No; l resistira  las seducciones del
_Malo_; acallara el espritu tentador que para mortificante prueba se
haba rebelado dentro de l; afortunadamente, la torpe embriaguez con su
sueo le haba devuelto la calma.

Oyronse  lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... Cunto
haba dormido! Por esto se senta ya sin sueo, dispuesto  emprender la
tarea diaria.

Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita,
vease la inmensa vega, que  la difusa luz de las estrellas marcaba sus
masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era
absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmsfera estaba caldeada,
y los ruidos de la noche parecan la jadeante respiracin de los
tostados campos.

Perfumes indefinibles haba en aquel ambiente que aspiraba con delicia
el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del
aire puro de los campos.

Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que
tantas veces haba visto  la luz del sol. Esta distraccin infantil
pareca volverle  los tranquilos goces de la niez, pero sus ojos
tropezaron con una dbil mancha blanca, en la que crea adivinar la
alquera de la _si_ Tona y... adis tranquilidad, propsitos de
fortaleza y de lucha!

Fu un rudo choque, una conmocin rpida; huyeron arrolladas la calma y
la placidez; desapareci el dulce embotamiento, despert la carne,
sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subi hasta sus
mejillas aquella llamarada que le haca pensar en el fuego del infierno.

Sinti en su imaginacin que se desgarraba denso velo, como si aun
estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y
ardiente contacto, al par que perciba la fragancia de la carne, cuyo
misterio acababa de revelrsele.

Y en aquel momento, oh _Malo_ tentador! el infeliz, mirando la obscura
vega, vea, no la blanca  indecisa alquera, sino el _estudi_ envuelto
en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto haba ensalzado
la _si_ Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad
y para l horrendo pecado, lo que jams haba de conocer y le atraa con
la irresistible fuerza de lo prohibido.

La maldita imaginacin pona junto  sus ojos las tibias suavidades, los
dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la
agitacin del infeliz iba en aumento, senta crecer dentro de s algo
animado por el espritu de la rebelin, la virilidad, que se vengaba de
tantos aos de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus
odos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese 
estallar  impulsos del deseo contenido y falto de escape.

Aquello era la tentacin en toda regla; pens en los santos eremitas, en
San Antonio tal como le haba visto en los cuadros, cubrindose los ojos
ante impdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos
repugnantes; pero all no haban espritus malignos por parte alguna: lo
nico real que acompaaba  las evocaciones de su imaginacin, era la
clida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.

Ellos all, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que
haba de guardar en profundo secreto los delirios de la ms grata de las
iniciaciones: l, solo, inaccesible  toda efusin, planta parsita en
un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tutano el
eterno fro de aquella cama de clibe.

De all lejos, de la blanca casita, pareca salir un soplo de fuego que
le envolva calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Crey que
la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le
excitaba, y huy de la ventana, movindose  ciegas en su lbrega
habitacin.

No haba calma para l. Tambin en aquella lobreguez la vea, creyendo
sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios
ardorosos aquel fresco beso que le haba despertado de su
desvanecimiento el da de la primera misa. La combustin interna segua,
y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensin de todo su ser
producale agudos dolores.

Aire! frescura! Y en el silencio de la lbrega habitacin son un
chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al
sentir la glacial caricia en su abrasada piel.

Lentamente volvi  la ventana, calmado por la fra inmersin. Un
sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se haba salvado, pero era
momentneamente: dentro de l llevaba el enemigo, el pecado que acechaba
pronto  dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecera al
da siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el
ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. Cun sombro vea el
porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glndula
que trabajaba incesantemente y que con slo la voluntad haba de anular,
vivir como un cadver en un mundo que desde el insecto al hombre rige
todos sus actos por el amor, parecale el mayor de los sacrificios.

La ambicin, el deseo de emanciparse de la miseria, le haba enterrado.
Cuando crea subir  envidiadas alturas, vease cayendo en lobregueces
de fondo desconocido.

Sus compaeros de pobreza, los que sufran hambre y doblaban la espalda
sobre el surco, eran ms felices que l, conocan aquel atractivo
misterio que acababa de revelrsele y que el deber le obligaba  ignorar
eternamente.

Bien pagaba su encumbramiento. Maldita idea la de aquella buena seora
que quiso hacer un sacerdote del mocetn fornido, que antes que
continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su pltora de vida!

Suba, s, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las
gentes entre las que naci, pero recordaba sus estudios clsicos, la
fbula del audaz Prometeo, y se vea amarrado para siempre  la roca
inconmovible de la fe jurada, indefenso  merced de la pasin carnal que
le devoraba las entraas.

Su firme devocin de campesino aterrbase ante la idea de ser un mal
sacerdote; el sexo, que haba despertado en l para siempre como
inacabable tormento, desvaneca toda esperanza de tranquilidad, y en
este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entreg al
desaliento,  inclinando su cabeza sobre el alfizar, cubrindose los
ojos con las manos, llor por los pecados que no haba cometido y por
aquel error que haba de acompaarle hasta la tumba.

Una hmeda sensacin de frescura le hizo volver en s.

Amaneca. Por la parte del mar rasgbase la noche marcando una faja de
luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada lnea de montaas
iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus ltimos parpadeos las
estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquera en alquera,
y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban
las cerradas ventanas anunciando la llegada del da.

Magnfico despertar! Tal vez  aquella hora Toneta, recogindose el
cabello y cubriendo pdicamente con el blanco lienzo los encantos que
solo un hombre haba de conocer, saltaba de la cama y abra el
ventanillo de su _estudi_ para que la aurora purificase el ambiente de
pasin y voluptuosidad.

El cura sali de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente
contrada por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas
en que la compaera de su infancia haba visto de cerca el amor, y l se
haba unido con la desesperacin, la ms fiel de las esposas.

Abajo, en la cocina, encontr  su madre que preparaba el desayuno, y la
pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el
cura le lanz al pasar.

Pase maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una
espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura,
igual  la que l llevaba  la espalda cuando nio.

Era el pasado que reapareca para echarle en cara su infidelidad.

No se haba emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tena
todo; que comiera, que se regodeara con la satisfaccin de ser
considerado como un ser superior.

Lo otro, lo desconocido, lo que le haca temblar con intensa emocin,
era para los infelices, para los que luchaban por la vida.

El cura gimi con desesperacin, sintiendo en torno de l el vaco y la
frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido
porteando el msero capazo, estara en tal instante arrebujado en
aquella blanda cama del _estudi_ nupcial, viendo cmo Toneta, al aire
sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa,
se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la
noche de bodas.

Y el pobre cura llor como un nio; llor hasta que el esquiln de la
iglesia con su gangueo de vieja comenz  llamarle  la misa primera.




Guapeza valenciana


I

Buenos parroquianos tuvo aquella maana el cafetn del _Cubano_. La flor
de la guapeza, los valientes ms valientes que campaban en Valencia por
sus propios mritos; todos cuantos vivan  estilo de caballero andante
por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las
timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban 
tiros  cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de
secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban all, bebiendo
 sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos
burgueses que van  sus negocios.

El dueo del cafetn les serva con solicitud de admirador entusiasta,
mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos
de la vecindad que asomaban curiosos  la puerta, sealando con el dedo
 los ms conocidos.

La baraja estaba completa. Vive Dios!, que era un verdadero
acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente,
 todos los guapos que das antes tenan alarmada la ciudad y cada dos
noches andaban  tiros por Pescadores  la calle de las Barcas, para
provecho de los peridicos noticieros, mayor trabajo de las casas de
Socorro y no menos fatiga de los policas, que echaban  correr  los
primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de
vivir  costa de un valor ms  menos reconocido.

All estaban todos. Los cinco hermanos _Bandullos_, una dinasta que al
mamar llevaba ya cuchillo, que se educ degollando reses en el Matadero
y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y
el prestigio de la familia fuese indiscutible. All _Pepet_, un valentn
rstico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y haba sido
extrado de la Ribera por un dueo de timba, para colocarlo frente  los
terribles _Bandullos_, que le molestaban con sus exigencias y continuos
tributos; y en torno de estas eminencias de la profesin, hasta una
docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida
penando por no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de
vigilancia en la puerta desde el medioda hasta el amanecer, por ganarse
tres pesetas, lobos que no haban hecho aun ms que morder  algn
seorito enclenque  asustar  los municipales, maestros de cuchillo que
posean golpes secretos  irresistibles,  pesar de lo cual haban
perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.

Aquello era una fiesta importantsima, digna de que la voceasen por la
noche los vendedores de _La Correspondencia_  falta de _el crimen de
hoy!_

Iban todos  comerse una _paella_ en el camino de Burjasot, para
solemnizar dignamente las paces entre los _Bandullos_ y Pepet.

Los hombres, cuanto ms hombres, ms serios para ganarse la vida.

Qu se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reir
batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los
listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia expuestos
 ir  presidio.

Valencia era grande y haba pan para todos. Pepet no se metera para
nada con la timba que tenan los _Bandullos_ y stos le dejaran con
mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras. Y en
cuanto  quines eran los valientes, si los unos  el otro, eso quedaba
en alto y no haba por qu mentarlo: todos eran valientes y se iban
rectos al bulto; la prueba estaba en que despus de un mes de buscarse,
de emprenderse  tiros  cuchillo en mano, entre sustos de los
transeuntes, corridas y cierres de puertas, no se haban hecho el ms
ligero rasguo.

Haba que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.

Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se lleg al arreglo.

Aquella buena armona alegraba el alma, y los satlites de ambos bandos
conmovanse en el cafetn del _Cubano_ al ver cmo los _Bandullos_
mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con
cierto aire monacal, distinguan  Pepet y le ofrecan copas y cigarros;
finezas  las que responda con gruidos de satisfaccin aquel gan
ribereo, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse
con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo 
ejecutar las rdenes del cacique. De su nuevo aspecto slo le causaba
satisfaccin la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes
culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producan infantil
alegra.

El nico que en la respetable reunin poda meter la pata era el menor
de los _Bandullos:_ un chiquillo fisgn  insultadorcillo que abusaba
del prestigio de la familia, sin ms historia ni mritos que romper el
capote  los municipales  patear el farolillo de algn sereno siempre
que se emborrachaba, hazaas que obligaban  sus poderosos hermanos 
echar mano de las influencias, pidiendo  este y al otro que tapasen
tales tonteras  cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

l era el nico que se haba opuesto  las paces con Pepet, y no
mostraba ahora, en un da de concordia y olvido, la buena crianza de sus
hermanos. Pero ya se encargaran stos de meter en cintura aquel bicho
ruin, que no vala una bofetada y quera perder  los hombres de mrito.

Salieron todos del cafetn formando grupo, por el centro del arroyo, con
aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con
sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las
esquinas.

Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo
les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo  cada instante,
con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se
llevaban las manos  las sienes, atusndose los bucles y torciendo el
morro con compasivo desprecio  todo cuanto les rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhiban
como gala el pie pequeo, usaban botas de tacn alto adornadas con
pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, as como los
pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias
musculosas  mseros armazones de piel y huesos en que los nervios
suplan  la robustez.

Los haba que empuaban escandalosos garrotes  barras de hierro
forradas de piel, golpeando con estrpito los adoquines, como si
quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos
endebles  no se apoyaban en nada, pues bastante compaa llevaban
sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del
quince, ms segura que el revlver.

Aquel desfile de guapos detvose en todos los cafetines del trnsito,
para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando  los
policas conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron
 la alquera del camino de Burjasot, donde la _paella_ burbujeaba ya
sobre los sarmientos, faltando slo que la echasen el arroz.

Cuando se sentaron  comer estaban medio borrachos, mas no por esto
perdieron su fnebre y despreciativa gravedad.


II

Eran gente de buenas tragaderas, y pronto sali  luz el fondo de la
sartn, vindose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo
abran en la masa de arroz, el meloso _socarraet_, el bocado ms
exquisito de la _paella_.

De vino, no digamos.  un lado estaba el pellejo, vaco, exange,
estremecindose con las convulsiones de la agona, y las rondas eran
interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro
contenido nadaban los trozos de limn, para hacer ms aromtico el
lquido.

 los postres, aquellas caras perdieron algo de su mscara feroz; se
rea y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestin y
lanzando poderosos regeldos.

Salan  conversacin todos los amigos que se hallaban ausentes por
voluntad  por fuerza; el to _Tripa_, que haba muerto hecho un santo
despus de una vida de trueno; los _Donsainers_, hudos  Buenos Aires
por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun
mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor
cuanta que estaba en San Agustn  San Miguel de los Reyes, inocentones
que se echaron  valientes sin contar antes con buenos protectores.

Cristo! Que era una lstima que hombres de tanto mrito hubieran muerto
 se hallaran pudriendo en la crcel  en el extranjero. Aqullos eran
valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayora unos muertos
de hambre,  quienes la miseria obliga  echrselas de guapos  falta de
valor para pegarse un tiro.

Esto lo deca el _Bandullo_ pequeo, aquel trastuelo, que se haba
propuesto alterar la reunin pinchando  Pepet, y  quien sus hermanos
lanzaban severas miradas por su imprudencia. Criatura ms
comprometedora! Con chicos no puede irse  ninguna parte.

Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tena mal vino y
pareca haber ido  la _paella_ por el slo gusto de insultar  Pepet.

Haba que ver su cara enjuta, de una palidez lvida, con aquel lunar
largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afn de
acometividad, el odio irreconciliable que luca en sus ojos y haca
latir las venas de su frente.

S seor; l no poda transigir con ciertos valientes que no tienen
corazn, sino estmago hambriento; _ruquerls_ que olan todava al
estircol de la cuadra en que haban nacido y venan  estorbar  las
personas decentes. Si otros queran callar, que callasen. l no; y no
pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era
mentira, cortndoles la cara y lo de ms all.

Por fortuna, estaban presentes los _Bandullos_ mayores, gente sesuda que
no gustaba de compromisos ms que cuando eran irremediables. Miraban 
Pepet, que estaba plido, mascando furiosamente su cigarro, y le decan
al odo, excusando la embriaguez del pequeo:

--_No fases cas: est bufat._

Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se creca ante
el silencio  insultaba sin miedo alguno.

Lo que l deca all lo repeta en todas partes. Haba muchos
embusteros. Valientes de _mata mrta_ como los melones malos. l conoca
un guapo que se crea una fiera porque le haban vestido de seor:
mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le
haca corrococos  Mara la _Borriquera_, la cordobesa que cantaba
flamenco en el caf de la Pea... Ya voy!... Ella se burlaba del muy
bruto: tena poco mrito para engaarla; la chica se reservaba para
hombres de vala, para valientes de verdad; l, por ejemplo, que estaba
cansado de acompaarla por las madrugadas cuando sala del caf.

Ahora s que no valieron las benvolas insinuaciones de los hermanos
mayores. Pepet estaba magnfico, puesto de pie, irguiendo su poderoso
corpachn, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y
extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.

Responda con palabras que la ira cortaba y haca temblar:

--_Aix es mentira... Mocs!_

Pero apenas haba terminado, un vaso de vino le fu recto  los ojos,
separndolo Pepet de una zarpada  hirindose el dorso de la mano con
los vidrios rotos.

Buena se arm entonces... Las mujeres de la alquera huyeron adentro
lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso salt de sus
silletas de cuerda, rascndose el cinto, y all sali  relucir un
verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos
como de carnicera, pistolas que se montaban con espeluznante ruido
metlico.

La reunin dividise instantneamente en dos bandos.  un lado los
_Bandullos_ cuchillo en mano, plidos por la emocin, pero torciendo el
morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevan 
emanciparse, y al otro, rodeando  Pepet, todos, absolutamente todos los
convidados, gente que haba sobrellevado con paciencia el despotismo de
la familia bandullesca y que ahora vea ocasin para emanciparse.

Mirronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los
otros empezaran.

Vaya, caballeros! La cosa no poda quedar as... All se haba
insultado  un hombre, y de hombre  hombre no va nada.

Al fin el reir es de hombres.

Era una lstima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se
sabe: hay que estar  todo. Dejar sitio y que se las arreglen los
hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros
por la superioridad del nmero, colocronse ante los _Bandullos_
mayores, cortndoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquella haba que demostrar la entraa de valiente.
Nada importaba que fuese su hermano. Haba insultado y deba probar sin
ayuda ajena que tena tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran intiles. Estaban frente  frente los dos
enemigos,  la puerta de la alquera, bajo aquella hermosa parra por
entre cuyos pmpanos se filtraban los rayos del sol dorando las
telaraas que envolvan las uvas.

El pequeo, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubrindose
el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de
la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de
Cuarte.

Todos callaban. Oase el zumbido de los moscardones en aquella tibia
atmsfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo
del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algn
carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus
campos.

Iba  correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana
curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reir.

El bicho maldito no se aquietaba y segua insultando.  ver! Que se
atracara aquel guapo y vera cun pronto le echaba la _tanda_ al suelo.

Y vaya si se atrac! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia
del len, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa,
encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una
catapulta.

De una zarpada se llev por delante tambaleando y desarmado al pequeo
_Bandullo_, y antes de que cayera al suelo le hundi el cuchillo en un
costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levant en el
aire.

Cay el chicuelo, llevndose ambas manos al costado,  la desgarrada
faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante 
un aplauso.

Buen pjaro era aquel Pepet! Cualquiera se meta con un bruto as.

Los _Bandullos_ lanzronse sobre su cado hermano, trmulos de coraje, y
hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperacin, como
dispuestos  cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando
para desagravio de la familia, que no poda consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Nstor de la
familia, cuyas indicaciones seguan todos ciegamente. Aun no se haba
acabado el mundo. Lo que l aconsejaba y siempre sala bien: paciencia y
mala intencin.

El pequeo, plido, casi exnime, echando sangre y ms sangre por entre
la faja, fu llevado por sus hermanos  la tartana, que aguardaba cerca
de la alquera desde que trajo por la maana todo el _arreglo_ de la
_paella_.

Arrea, tartanero!... Al Hospital! Donde van los hombres cuando estn
en desgracia.

Y la tartana se alej dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de
dolor.

Pepet limpi su cuchillo con hojas de ensalada que haba en el suelo, lo
lav en la acequia y volvi  guardarlo con tanto cario como si fuese
un hijo.

El ribereo haba crecido desmesuradamente  los ojos de todos aquellos
emancipados que le rodeaban, y de regreso  Valencia, por la polvorienta
carretera, se quitaban la palabra unos  otros para darle consejos.

 la polica no haba que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor
el silencio. El pequeo dira en el Hospital que no conoca  quien le
hiri, y si era tan ruin que intentara cantar, all estaran sus
hermanos para ensearle la obligacin.

 quien deba mirar de lejos era  los _Bandullos_ que quedaban sanos.
Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no
podan de frente, lo mismo les daba  traicin. Ojo, Pepet! Aquello no
lo perdonaran, ms que por el hermano, por el buen sentimiento de la
familia.

Pero al valentn ribereo aun le duraba la excitacin de la lucha y
sonrea despreciativamente. Al fin aquello tena que ocurrir. Haba
venido  Valencia para pegarles  los _Bandullos_; donde estaba l no
quera ms guapos: ya haba asegurado  uno; ahora que fuesen saliendo
los otros y  todos los arreglara.

Y como prueba de que no tena miedo, al pasar el puente de San Jos y
meterse todos en la ciudad, amenaz con un par de guantadas al que
intentara acompaarle.

Quera ir solo por ver si as le salan al paso aquellos enemigos.
Conque... largo y hasta la vista!

Qu hgados de hombre! Y la turba bravucona se disolvi, ansiosa de
relatar en cafetines y timbas la cada de los _Bandullos_, aadiendo con
aire de importancia que haban presenciado la terrible _gabinet_ de
aquel valentn que juraba el exterminio de la familia.

Bien deca el ribereo que no tena miedo ni le inquietaban los
_Bandullos_. No haba ms que verle  las once de la noche marchando por
la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba  la Pea,  or  su adorada novia la _Borriquera_.

Mala pcora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le
haba dicho antes de recibir el golpe,  ella le cortaba la cara, y
despus no dejaba botella ni ttere sano en todo el caf.

Aun le duraba la excitacin de la ria, aquella rabia destructora que le
dominaba despus de haber _hecho_ sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los
_Bandullos_, uno  uno  todos juntos. Se senta con nimos para de la
primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando son un disparo, y el
valentn sinti un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba
su vista y le zumbaban los odos.

Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevndose la mano al cinto, tir de su pistola del quince, pero antes
de que volviera la cara, son otro disparo y Pepet cay redondo.

Corra la gente, cerrbanse las puertas con estrpito, sonaban pitos y
ms pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por
parte alguna, y aprovechndose del pnico abandonaron los _Bandullos_ la
protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo,
al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

--_Ben mrt est._

Y para convencerse ms, se inclin uno de ellos sobre la cabeza del
muerto, guardndose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotin la gente en torno del cadver,
esperando la llegada del juzgado, vise  la luz de algunos fsforos la
cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y
vidriosos y junto  la sien derecha una desolladura roja que aun manaba
sangre.

Le haban cortado una oreja como  los toros muertos con arte.


III

El entierro fu una manifestacin.

Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba  terminar tan pronto
como muchos crean.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer trmino tras el
atad, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los
matones de segunda fila y los aspirantes  la clase: morralla del
Mercado y del Matadero que esperaba ocasin para revelarse, y haca sus
ensayos de guapeza yendo  pedir alguna peseta en los billares  timbas
de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las
orejas, haca apartarse  los transeuntes, pensando en el gran golpe que
se perda la guardia civil.

Qu magnfica redada poda echarse!

Pero no; haba que respetar el dolor sincero de aquella gente que
lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jams vista en
los entierros.

Era as como se mataba  los hombres? Cobardes!... _morrals!_... y
despus queran los _Bandullos_ pasar por bravos! Santo y bueno que le
hubiesen tirado el hgado al suelo riendo cara  cara, pues  esto
estn expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con
pistola para no acercarse mucho, era una canallada que mereca garrote.
Morir  manos de unos ruines un chico que tanto vala! Pareca
imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se
sublevara contra los _Bandullos_. Y lo de cortarle la oreja?
_Ambusteros_, ms que _ambusteros_. Eso est bien que se haga con uno 
quien se mata de frente; en casos as hay que guardar un recuerdo;
pero... vamos! cuando no hay de qu y slo tienen ciertas gentes motivo
para avergonzarse, irrita que se pongan moos. Y lo ms triste era que
muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los
_Bandullos_ camparan como nicos amos, y las personas decentes, que
eran los dems, tendran que juntarse para que les diesen las sobras y
poder comer. Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel len de la
Ribera que se haba propuesto acabar con los _Bandullos_!...

Los que ms irritados se mostraban eran los nefitos, los aprendices que
no haban estrenado la _tea_ que llevaban cruzada sobre los riones; los
que no tenan an categora para vivir de la tremenda, pero que sentan
por Pepet la misma adoracin de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendan meter miedo al mundo con slo un gesto,
lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los hmedos
terrones que caan sobre el atad.

Y un hombre as, ms bien plantado que el que par el sol, se lo haban
de comer la tierra y los gusanos?... _Retapones!_ aquello parta el
corazn.

La chavalera esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de
costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aqu
quedaba quien se acordaba de l.

Son un _glu-glu_ de lquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los
compaeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorfico culto,
vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que pareca
sudar la corrupcin de la vida.

Y cuando se form un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad
del valor malogrado tir de las _teas_ y uno por uno fueron trazando en
el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que
mascullaban terribles palabras mirando  lo alto, como si por el aire
fueran  llegar volando los odiados _Bandullos_.

Poda Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibiran las tornas...
si es que se empeaban en comrselo todo y no hacer parte  las personas
decentes. Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el
cementerio, los _Bandullos_ entraban en el Hospital, graves, estirados,
solemnes, como diplomticos en importante misin.

El pequeo sacaba por entre las sbanas su rostro exange, tan plido
como el lienzo, y nicamente en su mirada haba una chispa de vida al
preguntar con mudo gesto  sus hermanos.

Deba saber algo de lo de la noche anterior y quera convencerse.

S; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el ms sesudo de la
familia. El que atacase  los _Bandullos_ tena pena de la vida.
Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendra la espalda
bien cubierta. No le haban prometido venganza? Pues all estaba.

Y desliando un trozo de peridico, arroj sobre las sbanas un mun
asqueroso, cubierto de negros cogulos.

El pequeo lo alcanz sacando de entre las sbanas sus brazos
enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que senta en
las llagadas entraas al incorporarse.

--_La orella!... La orella d'eixe lladre!_

Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que di al
asqueroso cartlago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender
hasta dnde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la
oreja de Pepet para que no la devorase.




INDICE


                           Pgs.

Flor de Mayo (novela)         3

CUENTOS VALENCIANOS

Cosas de hombres!          249

La apuesta del esparrell 261

Noche de bodas              273

Guapeza valenciana          303

       *       *       *       *       *

errores corrigidos por el transcriptor:

admiracion=> admiracin {pg 153}

emjambre de moscas=> enjambre de moscas {pg 28}

las guesas capas de algas=> las gruesas capas de algas {pg 47}

iban prolongado los obsequios=> iban prolongando los obsequios {pg 139}

sobre un oreja=> sobre un oreja {pg 149}

hermoso traje=> hermoso traje {pg 150}

las evidiosas  Roseta=> las envidiosas  Roseta {pg 164}







End of Project Gutenberg's Flor de mayo, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FLOR DE MAYO ***

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