The Project Gutenberg EBook of La vida en los campos, by Giovanni Verga

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Title: La vida en los campos
       novelas cortas

Author: Giovanni Verga

Translator: C. Rivas Cherif

Release Date: October 24, 2012 [EBook #41161]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VIDA EN LOS CAMPOS ***




Produced by William G. Spahr




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Transcriber's Note: For textual clarity of the introduction, only
titles and emphasized words are in italics.



                         COLECCIN UNIVERSAL

                           GIOVANNI VERGA



                        La vida en los campos
                           novelas cortas



                      La traduccin del italiano
                  ha sido hecha por C. Rivas Cherif.


                               CALPE

                            MADRID, 1920



       "Tipogrfica Renovacin" (C.A.), Larra, 6 y 8 -- MADRID.







Nacido en Catania en 1840, Giovanni Verga es en la literatura de
la _Nueva Italia_ genuino representante de la brava Sicilia en que
vi la luz. Sus primeras obras, infludas del sentimentalismo francs,
en que mora el gnero romntico, muestran ya, sin embargo, uno de
los caracteres netos de la personalidad de su autor: la lucha contra
el medio ambiente en que viven sus criaturas de ficcin. Pero slo
cuando, apartndose decidido de toda transfusin autobiogrfica,
acepta con entusiasmo la frmula _verista_ del realismo triunfante en
Francia, y con sujecin a ella presenta, en cuadros de un vigor y
una pincelada inusitadas a la sazn, el alma de su pueblo, adquiere
relieve y prestigio singulares el nombre de Giovanni Verga. Data
su primer cuento "siciliano" _Nedda_, includo luego en la coleccin
que hoy traducimos, de 1874. De diez aos despus es su clebre
_Cavalleria rusticana_, popularizada en Italia en su forma escnica,
muy posterior, y que ha corrido el mundo entero en la adaptacin
musical del compositor Mascagni.

Tienen estas narraciones breves, de concepcin casi dramtica, todos
los precios y demritos propios de la escuela realista en que Verga
profesa, con entusiasmos de nefito a veces, segn puede verse en
la curiossima dedicatoria a su contemporneo el novelista Salvador
Farina, con que comienza _L'amante di Gramigna_, aqu includo.

Figura asimismo en esta serie de _LA VIDA EN LOS CAMPOS_ un boceto,
_Fantasticheria_, en que el autor esboza en cuatro pinceladas el paisaje
y las figuras que un ao ms tarde, en 1881, se convirtieron en la
novela _I Malavoglia_, traducida por nosotros para este coleccin con el
ttulo de _Los Malasangre_[1]. _La lupa_, segundo cuento de los que hoy
ofrecemos, fu asimismo convertido en drama ms tarde.

[1] Coleccin Universal, nmeros 134, 135, 136 y 137.





                        LA VIDA EN LOS CAMPOS



                               INDICE

          Los rsticos caballeros ("Cavalleria rusticana")

          "La loba"

          Nedda

          Capricho (Fantastichera)

          Jeli el pastor

          "Malpelo" (Rosso Malpelo)

          La querida del "Abrojo" (L' amante di Gramigna)

          Guerra de Santos

          "Pucherete" (Pentolaccia)




                       LOS RSTICOS CABALLEROS
                       (Cavalleria rusticana.)


Turiddu Macca, el hijo de la "se" Anuncia, al volver de servir al rey,
pavonebase todos los domingos en la plaza, con su uniforme de tirador
y su gorro rojo, que pareca "talmente" el hombre de la buenaventura
cuando saca la jaula de los canarios. A las mozas banseles tras l
los ojos, segn entraban en misa, recatadas bajo la mantilla, y los
chiquillos revoloteaban como moscas a su alrededor. Haba trado
hasta una pipa con el rey a caballo, que pareca de verdad, y encenda
los fsforos en la trasera de los pantalones, levantando la pierna
como si diese un puntapi. Mas, con todo, Lola la del seor Angel no
se dejaba ver ni en misa ni en el balcn: que se haba tomado los
dichos con uno de Licodia que era carretero, y tena en la cuadra
cuatro machos del Sortino. Cuando Turiddu lo supo, en el primer pronto,
santo diablo!, quera sacarle las tripas al de Licodia; pero no lo
hizo, y se desahog yendo a cantar bajo la ventana de la bella cuantas
canciones de desdenes saba.

-- Es que no tiene nada que hacer Turiddu, el de la "sea" Anuncia
-- decan los vecinos --, que se pasa las noches cantando como un
gorrin solitario?

Al cabo, top con Lola, que volva del viaje a la Virgen de los
Peligros, y que al verle ni palideci ni se puso colorada, cual si
nada hubiera pasado.

-- Ojos que te ven!-- le dijo.

-- Hola, compadre Turiddu; ya me haban dicho que habas vuelto a
primeros de mes.

-- A m me han dicho otras cosas! -- respondi --. Es verdad que te
casas con el compadre Alfio el carretero?

-- Si es la voluntad de Dios...! -- contest Lola, juntando sobre
la barbilla las dos puntas del pauelo.

-- La voluntad de Dios la haces con el tira y afloja que te conviene!
Y la voluntad de Dios ha sido que yo tena que venir de tan lejos
para encontrarme con tan buenas noticias, Lola!

El pobrecillo intentaba an drselas de valiente; pero la voz casi le
faltaba e iba tras de la moza contonendose, bailndole de hombro a
hombro la borla del gorro. A ella, en conciencia, le dola verle con
una cara tan larga; pero no tena nimos para lisonjearle con buenas
palabras.

-- Oye, compadre Turiddu -- le dijo, al fin --, djame alcanzar a mis
compaeras. Qu diran en el pueblo si me vieran contigo!...

-- Es verdad -- respondi Turiddu --. Ahora que te casas con el
compadre Alfio, que tiene cuatro machos en la cuadra, no hay que dar
que hablar a la gente. Mi madre, la pobre, ha tenido que vender
nuestra mula baya y el majuelillo de la carretera mientras yo era
soldado. Pas el tiempo en que Berta hilaba, y t ya no te acuerdas de
cuando hablbamos por la ventana del corral ni de cuando me regalaste
el pauelo aqul, antes de marcharme, que Dios sabe las lgrimas que
llor en l, al irme tan lejos, tan lejos, que se perda hasta el
nombre de nuestro pueblo. Ahora, adis, Lola; hagamos cuenta que no
hay ms que decir, y que si te he visto, no me acuerdo.

La Lola se cas con el carretero, y los domingos se pona en el
corredor, con las manos en el vientre, para ensear todos los anillos
de oro que le haba regalado su marido. Turiddu segua paseando una
y otra vez por la calleja, con su pipa en la boca y las manos en los
bolsillos, con aire indiferente y guindole a las mozas; pero roale
por dentro el que el marido de Lola tuviese todo aquel oro y el que
ella fingiese no verle cuando pasaba.

-- Se la voy a hacer en sus mismos ojos a esa perra! -- murmuraba.

Frente por frente al compadre Alfio viva el seor Cols, el viador,
rico como un cerdo segn decan, el cual tena una hija. Turiddu tanto
dijo y tanto hizo, que intim con el seor Cols, y comenz a andar
por la casa y a decirle palabritas dulces a la muchacha.

-- Por qu no le dices todas esas cosas tan bonitas a la Lola? --
contestaba Santa.

-- La Lola es una seorona! La Lola se ha casado con un rey!

-- Yo no merezco reyes...

-- T vales por cien Lolas, y conozco yo a uno que no mirara a la
Lola ni al santo de su nombre cuando ests t, porque la Lola no
sirve ni para descalzarte. Qu va a servir!

-- La zorra que no poda alcanzar las uvas...

-- Dijo: qu guapa ests, rica ma!

-- Quietas las manos, compadre Turiddu!

-- Tienes miedo de que te coma?

-- Ni a ti ni a tu Dios tengo miedo!

-- Ya sabemos que tu madre era de Licodia! Tienes sangre de pelea!
Uy, te comera con los ojos!

-- Cmeme con los ojos, si quieres, que no me hars migas; pero
mientras, carga con este haz.

-- Por ti cargara yo con la casa entera!

Ella, por no ponerse colorada, le tir un leo que tena a mano, y no
le di por milagro.

-- Vamos, despacha, que la charla no gavilla sarmientos.

-- Si fuera rico, Santa, buscara una mujer como t.

-- Yo no me casar con un rey, como la Lola; pero tengo mi dote para
cuando el Seor me mande novio.

-- Ya sabemos que eres rica, ya lo sabemos!

-- Pues si lo sabes, despacha, que est para llegar mi padre y no
quiero yo que me encuentre en el corral.

El padre empezaba a torcer el gesto; pero la muchacha no se daba por
enterada, porque la borla del gorro del tirador le haba hecho
cosquillas en el corazn y le bailaba continuamente ante los ojos.
Como el padre puso a Turiddu en la puerta, la hija le abri la
ventana, y todas las noches estaba de charla con l, que no se hablaba
de otra cosa en la vecindad.

-- Estoy loco por ti, y hasta el sueo pierdo y el apetito.

-- Chchara.

-- Quisiera ser el hijo de Victor Manuel para casarme contigo!

-- Chchara.

-- Por la Virgen, que como pan te comera!

-- Chchara.

-- Por mi honra te lo juro!

-- Ay madre ma!

Lola, que lo oa todo, palideciendo y ruborizndose, escondida tras
el tiesto de albahaca, un da llam a Turiddu.

-- Vaya, compadre Turiddu! Es que ya no se saluda a los amigos?

-- Ay! -- suspir el mozo --. Dichoso el que puede saludarte!

-- Pues si tal intencin tienes, ya sabes donde vivo!... -- respondi
Lola.

Turiddu volvi a verla con tanta frecuencia, que Santa se enter y le
di con la ventana en los hocicos. Los vecinos le sealaban con una
sonrisa o con un movimiento de cabeza cuando pasaba el tirador. El
marido de Lola andaba por las feries con sus mulas.

-- El domingo quiero ir a confesarme, que esta noche he soado con
uvas negras! -- dijo Lola.

-- Djalo, djalo! -- suplicaba Turiddu.

-- No, que como se acerca la Pascua, mi marido querra saber por qu
no me confieso.

-- Ay! -- murmuraba Santa, la del seor Cols, esperando turno de
rodillas ante el confesonario, donde Lola estaba haciendo la colada
de sus pecados--. Por mi alma, que no quiero mandarte a Roma en
penitencia!

El compadre Alfio volvi con sus mulas, cargado de dineros, y trajo a
su mujer un vestido nuevo, muy majo, para las fiestas.

-- Haces bien en traerle regalos -- le dijo su vecina Santa --,
porque mientras ests fuera, tu mujer te adorna la casa!

El compadre Alfio era uno de esos carreteros que llevan la montera a
la oreja, y al or hablar de su mujer de aquel modo mud de color,
como si le hubiesen dado una pualada.

-- Santo diablo! -- exclam --. Como no hayas visto bien, no os dejo
ni ojos para llorar a ti y a toda tu parentela!

-- No acostumbro llorar yo! -- respondi Santa --; ni siquiera he
llorado al ver con estos ojos entrar a Turiddu, el de la "sea"
Anuncia, en casa de tu mujer...

-- Est bien -- respondi el compadre Alfio --; muchas gracias.

Turiddu, ahora que haba vuelto ya el marido, no rondaba de da por
la calleja, y distraa el tedio en la taberna con los amigos. La
vspera de Pascua tenan sobre la mesa un plato de salchicha, cuando
entrando en esto el compadre Alfio, con slo ver el modo que tuvo de
mirarle, comprendi Turiddu que haba ido a arreglar cuentas, y dej
el tenador en el plato.

-- Tienes algo que mandar, compadre Alfio? -- le dijo.

-- Nada, compadre Turiddu, sino que hace ya tiempo que no te veo y
quera hablarte de lo que sabes.

Turiddu, al pronto, le haba ofrecido una copa; pero el compadre Alfio
la rehus con la mano. Entonces Turiddu se levant y le dijo:

-- Pues aqu me tienes, compadre Alfio.

El carretero le ech los brazos al cuello.

-- Si quieres ir maana a las chumberas de la Canziria, podremos
hablar de nuestro asunto compadre.

-- Esprame en la carretera, al salir el sol, e iremos juntos.

Con estas palabras se dieron el beso de desafo, y Turiddu le mordi
la oreja al carretero, hacindole as promesa solemne de no faltar.

Los amigos, abandonando la salchicha, acompaaron silenciosos a
Turiddu hasta su casa. La "se" Anuncia, la pobrecilla, esperbale
hasta tarde todas las noches.

-- Madre -- le dijo Turiddu --, se acuerda cuando me fu al servicio,
que crea usted que ya no iba a volver? Deme un beso muy fuerte como
entonces, porque maana temprano tengo que irme muy lejos.

Antes de ser de da cogi la faca, que haba escondido en el heno
cuando se march soldado, y se puso en camino hacia las chumberas de
la Canziria.

-- Jess Mara! Adnde vas tan furioso? -- lloriqueaba la Lola a
punto de salir su marido.

-- Voy ah cerca-- respondi el compadre Alfio --; pero mejor te sera
que no volviese nunca.

Lola, en camisa, rezaba a los pies de la cama, llevndose a los labios
el rosario que le haba trado fray Bernardino de los Santos Lugares,
cuantas avemaras poda.

-- Compadre Alfio -- comenz Turiddu luego que hubieron hecho un buen
trecho del camino l y su compaero, que iba callado y con la montera
sobre los ojos --, como hay Dios que se que no tengo corazn y que me
dejara matar. Pero antes de salir he visto a mi vieja, que se ha
levantado para verme marchar, que el pretexto de arreglar el gallinero,
como si se lo diera el corazn, y, como hay Dios, que te matar como
perro por no hacer llorar a mi viejecica.

-- Eso est muy bien -- respondi el compadre Alfio quitndose el
farseto --; as pincharemos con fuerza los dos.

Ambos eran buenos esgrimidores. Turiddu tir el primer golpe y alcanz
al otro en un brazo; al repetir, tir a la ingle.

-- Ah, compadre Turiddu! Es que de veras quieres matarme?

-- Si, ya te lo he dicho; acabo de ver a mi vieja en el gallinero, y
me parece tenerla continuamente delante.

-- Pues abre bien los ojos! -- le grit el compadre Alfio --, porque
vas a ir bien servido!

Segn estaba en guardia, agachado, para contener la herida que le
dola, y arrastrando casi el codo por el suelo, agarr un puado de
tierra y se lo ech a los ojos al adversario.

-- Ah! -- grit Turiddu, cegado --, soy muerto!

Intentaba salvarse dando saltos desesperados hacia atrs; pero el
compadre Alfio le alcanz con otro golpe en el estmago y otro en el
cuello.

-- Y tres! Este, por haberme adornado la casa! Ahora, tu madre
dejar en paz las gallinas.

Turiddu se tambale un poco entre las chumberas y cay luego como una
piedra. La sangre le borbotaba espumando en la garganta, y no pudo
proferir ni un "Ay mi madre!".








                              "LA LOBA"


Era alta, delgada; tena, eso s, un seno firme y vigoroso, de
morena -- aunque ya no era joven --, plida como si tuviera siempre
la malaria, y en aquella palidez, unos ojos as de grandes y unos
labios frescos y rojos que te coman.

En el pueblo la llamaban "La Loba" porque nunca ni con nada se
saciaba. Las mujeres se santiguaban al verla pasar sola como un
perro, con aquel andar errante y desconfiado de loba hambrienta;
robaba hijos y maridos en un abrir y cerrar de ojos, con sus labios
colorados y se los llevaba tras de sus faldas, con aquella mirada
de Satans, aunque estuviesen ante el altar de Santa Agripina. Por
fortuna, "La Loba" no iba nunca a la iglesia, ni por Pascua ni por la
Navidad, ni a or misa, ni a confesarse. El padre Angel de Santa Mara
de Jess, un verdadero siervo de Dios, haba perdido el alma por ella.

La pobre Marica, muchacha buena y lista, lloraba a hurtadillas,
porque, hija de "La Loba", nadie la quera por mujer, a pesar de tener
su ropita en la cmoda y sus cuatros terrones como cualquier otra moza
del pueblo.

Un buen da, "La Loba" se enamor de un guapo mozo que haba vuelto
del servicio y que segaba el heno con ella en los prados del notario;
pero lo que se dice enamorarse, sentir que le ardan las carnes bajo
el fustn del corpio y tener al mirrle a los ojos la sed de las
clidas tardes de junio, en medio del llano. Pero l segua segando
tranquilamente, atento al la gavilla, y le deca:

-- Qu tiene, "se" Pina?

En los campos inmensos, donde slo se oa el canto de los grillos,
cuando caa el sol a plomo, "La Loba" gavillaba manojo tras manojo y
haz tras haz, sin cansarse jams, sin enderezar un momento al cuerpo,
sin acercar los labios a la botella, con tal de estar siempre
pisndole los talones a Nanni que, segaba y segaba, y preguntbale de
cuando en cuando:

-- Qu quiere, "se" Pina?

Una noche se lo dijo, mientras los hombres dormitaban en la era
cansados de la larga jornada, y vagaban los perros por el campo vasto
y negro.

-- Te quiero... a ti, que eres guapo como un sol y dulce como la
miel! Te quiero a ti!

-- Y yo quiero a tu hija, que es mocita -- respondi Nanni riendo.

"La Loba" llevse las manos a la cabeza, rascse las sienes sin decir
palabra y, marchndose luego, ya no volvi ms por la era. Pero en
octubre se encontr de nuevo con Nanni, segn hacan el aceite, porque
trabajaba junto a su casa, y el chirrido de la prensa no le dejaba
dormir en toda la noche.

-- Coge el saco de las aceitunas -- le dijo a su hija -- y ven
conmigo.

Nanni empujaba con la pala las aceitunas bajo la muela, y gritbale
"oh" a la mula para que no se parase.

-- Quieres a mi hija Marica? -- le pregunt la "se" Pina.

-- Qu le da usted a su hija Marica? -- respondi Nanni --. Tiene lo
de su padre, y a ms le doy mi casa; a m me basta con que me des un
rincn de la cocina donde tender un jergn.

-- Si es as, para Navidad hablaremos -- dijo Nanni.

Nanni estaba todo untado y sucio del aceite y de las aceitunas puestas
a fermentar, y Marica no le quera en modo alguno; pero su madre la
agarr por los pelos, delante del hogar, y le dijo, apretando los
dientes:

-- Si no te casas con l, te mato!

"La Loba" pareca enferma, y deca la gente que el diablo cuando se
hace viejo se mete a fraile. Ya no iba de aqu para all; ya no se
pona a la puerta con aquellos ojos de endemoniada. Su yerno, cuando
ella se le plantaba delante con aquellos ojos, echbase a rer, y
sacaba el escapulario de la Virgen para persignarse. Marica estbase
en casa amamantando a sus hijos, y su madre andaba por los campos
trabajando con los hombres, como un hombre enteramente, escardando,
cavando, conduciendo el ganado, podando las cepas, ya soplase el
gregal, ya levante de enero o siroco de agosto, cuando los machos
agachaban la cabeza y los hombres dorman de bruces al resguardo de
la pared a tramontana. "En esa hora entre vspero y nona, en que no
anda hembra bona", la se Pina era la nica alma viviente a quien se
vea errar por el campo, sobre los guijarros abrasados de los
senderos, entre los secos rastrojos de los campos inmensos, que se
perdan en el caliginoso ambiente, lejos, muy lejos, hacia el Etna
neblinoso, donde el cielo pesaba sobre el horizonte.

-- Despierta -- dijole "La Loba" a Nanni, que dorma en la cuneta,
junto al seto polvoriento, con la cabeza entre los brazos --.
Despierta, que te he trado el vino para que refresques el gaote.

Nanni abri los ojos lacrimosos, entre dormido y despierto, y se
la encontr derecha, plida, prepotente el pecho, los ojos negros como
el carbn, y extendi a tientas las manos.

-- No; "no anda hembra bona entre vspero y nona"! -- sollozaba
Nanni, escondiendo la cara en la hierba seca de la cuneta y arandose
los pelos -- Vete, vete; no vuelvas ms a la era!

Y se march "La Loba", en efecto, anudndose otra vez las hermosas
trenzas, fija la mirada ante sus pasos en los clidos rastrojos, con
los ojos negros como el carbn.

Pero volvi varias veces a la era, y Nanni no le dijo nada. Antes
bien: cuando tardaba en ir a esa hora, entre vspero y nona, base
a esperarla a lo alto de la senda blanca y desierta, con el sudor en
la frente, y despus se llevaba las manos a la cabeza y repetale
siempre:

-- Vete, vete, y no vuelvas ms a la hora!

Marica lloraba da y noche, y plantbase ante su madre, ardindole los
ojos de lgrimas, como una lobezna a su vez, siempre que la vea
volver del campo plida y muda.

-- Mala madre! -- le deca --. Mala madre!

-- Calla!

-- Ladrona, ladrona!

-- Calla!

-- Ir a decrselo al brigadier!

-- Ve!

Y fu de veras, con sus hijos en brazos, sin miedo, sin verter una
lgrima, como una loca, porque ahora tambin ella quera a aquel
marido que le haban dado a la fuerza, untado y sucio de las aceitunas
puestas a fermentar.

El brigadier mand llamar a Nanni, y le amenaz incluso con el
presidio y la horca. Nanni se di a llorar y a tirarse de los pelos.
No neg nada! No intent disculparse!

-- Es la tentacin -- deca --; es la tentacin del infierno!

Y se arroj a los pies del brigadier, suplicandole que le mandase a
presidio.

-- Por caridad, seor brigadier, squeme de este infierno! Que me
matan! Que me maten en la crcel; pero que no la vea nunca ms!

-- No! -- respondile, por el contrario, "La Loba" al brigadier --.
Yo me reserv un rincn de la cocina donde dormir cuando les di mi
casa en dote. La casa es ma. No quiero marcharme!

Poco despus, a Nanni le atiz una coz el macho, y estuvo a la muerte;
pero el prroco se neg a darle el Seor si "La Loba" no sala de la
casa. "La Loba" se march, y su yerno entonces pudo prepararse a irse
tambin como buen cristiano, y confes y comulg con tales muestras de
arrepentimiento y de contricin, que todos los vecinos y curiosos
lloraban junto al lecho del moribundo. Mejor habrale sido morirse
aquel da, antes de que el diablo volviese a tentarlo y a metrsele en
alma y cuerpo cuando estuvo curado.

-- Djame! -- decale a "La Loba" --. Por caridad, djame en paz!
He visto con estos ojos a la muerte! La pobre Marica est
desesperada. Ya lo sabe todo el pueblo! Cuando no te veo es mejor
para ti y para mi...

Habra querido sacarse los ojos para no ver los de "La Loba", que
cuando se clavaban en los suyos hacinle perder el alma y el cuerpo.
No saba qu hacer para librarse del embrujamiento. Pag misas a las
nimas del Purgatorio; fu a pedirles ayuda al prroco y al brigadier.
Por Pascua se confes y se arrastr pblicamente, lamiendo los
guijarros del sagrado, delante de la iglesia, en penitencia, y luego,
como "La Loba" volviese a tentarlo:

-- Oye -- le dijo --; no vuelvas a buscarme a la era, porque si
vuelves, como hay Dios que te mato.

-- Mtame -- respondi "La Loba" --, no me importa; pero sin ti no
quiero estar.

Como la divis de lejos, en medio de los verdes sembrados, dej de
cavar la via y fu a arrancar el hacha del olmo. "La Loba" le vi
acercarse, plido, con ojos extraviados, con el hacha brillando al
slo, y no se ech atrs un solo paso; no baj los ojos; sigui
andando a su encuentro, llenas las manos de manojos de rojas amapolas,
comindoselo con sus ojos negros.

-- Ah, maldita sea tu alma! -- balbuci Nanni.








                               NEDDA


El hogar domstico era siempre a mis ojos una figura retrica, buena
para encuadrar los afectos ms dulces y serenos, como el rayo de
luna para besar las rubias cabelleras; pero me sonrea al or que el
fuego de la chimenea es casi un amigo. Parecame, en verdad, un amigo
harto necesario, a las veces fastidioso y desptico, que poco a poco
quisiera atarnos de pies y manos y arrastrarnos a su antro humoso
para besarnos a la manera de Judas. No se me alcanzaba el pasatiempo
de atizar al fuego, ni la voluptuosidad de sentirse inundado por el
resplandor de la llama; no comprenda el lenguaje del leo crepitando
desdeoso o rezongando en llamaradas; no tena acostumbrados los ojos
a los caprichosos dibujos de las chispas, corriendo como lucirnagas
sobre los ennegrecidos tizones a las fantsticas formas que al
carbonizarse asume la lea, a las mil gradaciones de claroscuro de la
llama azul y roja, que ora lame tmida o acaricia graciosamente, ora
se eleva con orgullosa petulancia. Cuando me inici en los misterios
de las tenazas y el fuelle, me enamor con grandes transportes de la
voluptuosa ociosidad de la chimenea. Abandono pues, mi cuerpo sobre
la butaca, junto al fuego, como dejara un traje, encomendando a la
llama el cuidado de hacer que mi sangre circule ms clida y que mi
corazn lata con ms fuerza, y a las chispas fugitivas que revolotean
como mariposas enamoradas el que mantengan abiertos mis ojos, y
hagan al par errar caprichosamente mis pensamientos. El espectculo
del propio pensamiento revoloteando vagamente en nuestro derredor, o
abandonndonos para correr lejos, e infundir, sin que nos demos
cuenta, soplos de dulzura y amargura en el corazn, tiene
indefinibles atractivos. Con el cigarro medio apagado, entornados los
ojos, las tenazas escapndose de los flojos dedos, vemos venir de
lejos una parte de nosotros mismos y recorrer distancias vertiginosas;
parcenos que pasen por nuestros nervios corrientes de atmsferas
desconocidas; probamos, sonrientes, sin mover un dedo ni dar un paso,
el efecto de mil sensaciones que nos haran encanecer y surcaran de
arrugas nuestra frente.

Y en una de esas peregrinaciones vagabundas del espritu, la llama,
que se elevaba acaso sobrado cerca, me hizo ver de nuevo otra llama
gigantesca, que haba visto arder en el hogar inmenso de la hacienda
del Pino, en las faldas del Etna. Llova, y el viento bramaba
encolerizado; las veinte o treinta mujeres que recogan la aceituna
de la finca hacan humear sus faldas mojadas de la lluvia, ante el
fuego; las alegres, las que tenan cuartos en el bolso, o estaban
enamoradas, cantaban; las otras charlaban de la cosecha de aceituna,
que haba sido mala, de las bodas de la parroquia, o de la lluvia que
les robaba el pan de la boca. La vieja mayorala hilaba, aunque no
fuese ms que porque el candil colgado de la campana del hogar no
ardiese en balde; el perrazo color de lobo alargaba el hocico sobre
las patas hacia el fuego, enderezando las orejas a cada gemido del
viento. Luego, en tanto que herva la sopa, el mayoral se puso a tocar
un aire montas, que se iban los pies tras l, y las mozas empezaron
a saltar sobre el inseguro pavimento de la vasta cocina humeante,
en tanto el perro rezongaba con miedo de que le pisaran el rabo.
Revoloteaban las faldas alegremente, y las habas bailaban a su vez
en la olla, murmurando entre la espuma que haca surgir la llama.
Cuando las mozas se cansaron, llegle el turno a las coplas.

-- Nedda, Nedda la cantarina! -- exclamaron varias --. Dnde se ha
escondido la cantarina?

-- Aqu estoy -- respondi brevemente una voz desde el ms obscuro
rincn, donde estaba acurrucada una moza sobre un haz de lea.

-- Qu haces ah?

-- Nada.

-- Por qu no has bailado?

-- Porque estoy cansada.

-- Cntanos uno de tus cantares.

-- No, no quiero cantar.

-- Qu tienes?

-- Nada.

-- Tiene que su madre se est muriendo -- respondi uno de sus
compaeras, como si hubiese dicho que le dolan las muelas.

La moza, que tena la barba en las rodillas, mir a la que haba
hablado, con sus ojazos negros, brillantes, pero secos e impasibles,
y volvi a bajarlos sin decir palabra, fijos en sus pies desnudos.

Entonces, dos o tres volvironse hacia ella, mientras las otras se
desbandaban charlando todos a la vez como urracas, festejando el rico
cebo, y le dijeron:

-- Si es as, por qu has dejado a tu madre?

-- Por encontrar trabajo.

-- De dnde eres?

-- De Viagrande; pero vivo en Ravanusa.

Una de las burlonas, la hija del mayoral, que estaba para casarse por
Pascua con el tercer hijo del seor Jacobo, y que tena una linda
crucecita de oro al cuello, le dijo, volvindole la espalda:

-- No est lejos! Un pjaro te traera la mala noticia!

Nedda le lanz una mirada semejante a la que el perro acurrucado junto
al fuego lanzaba a los zuecos que amenazbanle el rabo.

-- No; el to Juan habra venido a llamarme! -- exclam como
respondindose a s misma.

-- Quin es el to Juan?

-- El to Juan de Ravanusa; todos le llaman as.

-- Mejor habra sido que el to Juan de prestase algo, y no dejar a
tu madre -- dijo otra.

-- El to Juan no es rico, y ya le debemos diez liras. Y el mdico?
Y las medicinas? Y el pan de cada da? Ay, se dice muy
pronto! -- aadi Nedda moviendo la cabeza y dejando escapar por
primera vez una entonacin ms dolorosa en su voz ruda, casi
salvaje -- Pero el ver desde la puerta ponerse el sol, pensando que
no hay pan en la alacena, ni aceite en el candil, ni trabajo para el
da siguiente, es una cosa muy amarga cuando se tiene a una pobre
vieja enferma, sobre aquel camastro!

Y mova la cabeza despus de hablar sin mirar a nadie, con los ojos
secos, que delataban un dolor inconsciente, cual no saban expresar
los ms habituados a las lgrimas.

-- Las escudillas, muchachas! -- grit la mayorala, destapando la
olla con aire triunfal.

Todas se agolparon en torno al hogar, donde la mayorala distribua con
paciente parsimonia el potaje de habas. Nedda esperaba la ltima, con
su escudilla bajo el brazo. Al cabo, hubo sitio para ella tambin, y
la llama la ilumin por entero.

Era una muchacha morena mseramente vestida; tena esa timidez y
tosquedad que dan la soledad y la miseria. Tal vez habra sido guapa
si los trabajos y fatigas no hubiesen alterado en ella, no ya las
nobles facciones de la mujer, pero incluso la figura humana. Eran sus
cabellos negros, espesos, ensortijados, anudados apenas con un
cordelillo; tena unos dientes blancos como el marfil, y cierta
grosera simpata de facciones que haca atrayente su sonrisa. Sus ojos
eran negros, grandes, baados en azulado flido, que habraselos
envidiado una reina a aquella pobre muchacha acurrucada en el ltimo
escaln de la escala humana, a no estar ensombrecidos por la timidez
de la miseria o a no haber parecido estpidos por una triste y continua
resignacin. Sus miembros, aplastados por enormes pesos o desarrollado
violentamente por penosos esfuerzos, eran toscos sin ser robustos.
Haca de pen cuando no tena con qu transportar piedras en los
terrenos en roturacin; llevaba encargos a la ciudad por cuenta ajena
o se empleaba en los trabajos ms duros, estimados en aquellos lugares
como inferiores a la dignidad humana. La vendimia, la siega, la
recoleccin de la aceituna eran para ella fiestas, das de holgorio,
un pasatiempo ms que un trabajo. Bien es verdad que sacaba apenas
la mitad de un buen jornal veraniego de pen, que le daba sus sesenta
y cinco cntimos!, los harapos que llevaba por vestido, haciendo
grotesca lo que hubiera debido ser belleza femenina. La imaginacin
ms despierta no hubiera podido figurarse que aquellas manos obligadas
a un spero trabajo cotidiano, a raspar entre el hielo o en la tierra
ardiente, o en cambrones y grietas; que aquellos pies acostumbrados a
andar desnudos sobre la nieve o por las rocas abrasadas de sol, a
herirse en los espinos y a encallecerse en las piedras, hubieran
podido ser bellos. Nadie era capaz de decir los aos que tena aquella
humana criatura; la miseria le haba agobiado desde nia con todos los
trabajos que deforman y endurecen el cuerpo, el alma y la inteligencia.
Tal haba sucedido con su madre, con su abuela, y tal hubiera pasado
con su hija. De sus hermanos en Eva bastaba que tuviese lo poco que
necesitaba para entender sus rdenes y prestarlos los ms humildes y
duros servicios.

Nedda alarg su escudilla, y la mayorala le ech cuanto de habas
quedaban en la olla, que no era mucho.

-- Por qu vienes siempre la ltima? No sabes que los ltimos no
tienen ms que sobras? -- le dijo a manera de compensacin la mayorala.

La pobre muchacha baj los ojos sobre el caldo negro que humeaba en su
escudilla, como si mereciese el reproche, y se fu despacito, para que
no se vertiese el contenido.

-- Yo te dara de buena gana de las mas -- djole a Nedda una de
sus compaeras, que tena mejor corazn--; pero si maana sigue
lloviendo..., la verdad!, no querra, adems de perder el jornal,
comerme todo mi pan.

-- Yo no tengo ese miedo! -- respondi Nedda con triste sonrisa.

-- Por qu?

-- Porque no tengo pan... Lo poco que tena se lo he dejado juntamente
con unos pocos cuartos a mi madre.

-- Y vives slo con la sopa?

-- S; estoy acostumbrada -- respondi Nedda simplemente.

-- Maldito tiempo, que nos roba el jornal! -- imprec otra.

-- Toma, toma de mi escudilla.

-- No tengo ms hambre -- respondi la cantarina torpemente, a modo
de gracias.

-- T, que maldices la lluvia de Dios, es que no comes pan tampoco?
-- djole la mayorala a la que haba imprecado contra el mal
tiempo --. Qu, no sabes que lluvia de otoo quiere decir buen ao?

Un murmullo general aprob estas palabras.

-- S; pero entre tanto son ya tres buenos medios jornales que su
marido nos quitar de la cuenta de la semana.

Otro murmullo de aprobacin.

-- Has trabajado, por un casual, estos tres medios das para que se
te paguen? -- respondi triunfalmente la vieja.

-- Es verdad; es verdad! -- respondieron las dems, con ese
sentimiento instintivo de justicia de las masas, aun cuando semejante
justicia perjudique a los individuos.

La mayorala enton el rosario; siguironse las avemaras con su
montono sonsonete, acompaadas de tal cual bostezo; despus de la
letana se rez por los vivos y por los muertos, y entonces los ojos
de la pobre Nedda llenronse de lgrimas y se olvid de responder
"amn".

-- Qu es eso de no contestar "amn"? -- le dijo la vieja en tono
severo.

-- Pensaba en mi pobre madre, que est tan lejos -- balbuci Nedda
tmidamente.

Luego, la mayorala di las _santas noches_, tom el candil y se march.
Aqu y all, por la cocina o en torno al fuego se improvisaron las
yacijas en forma pintoresca. Las ltimas llamas arrojaron vacilantes
claroscuros sobre los diversos grupos. Era una buena hacienda aqulla,
y el amo no ahorraba, como tantos otros, habas para la sopa, lea para
el hogar ni paja para las yacijas. Las mujeres dorman en la cocina,
y los hombres, en el henar. Donde el amo es avaro, o pequea la
hacienda, hombres y mujeres duermen revueltos, como mejor pueden, en
la cuadra o en otra parte, sobre la paja o sobre unos trapos; los
hijos, junto a los padres, y cuando el padre es rico y tiene una manta
de su propiedad, la extiende sobre su familia; el que tiene fro se
pega al vecino, mete los pies en la ceniza caliente o se tapa con
paja, ingenindose como puede, luego de un da de trabajo, para
empezar otro da de trabajo; el sueo es profundo, igual que un
dspota benfico, y la moralidad del amo no desdea sino el trabajo
de la muchacha que, prxima a ser madre, no pudiese cumplir las diez
horas.

Antes de ser de da salieron las ms madrugadoras a ver qu tiempo
haca, y la puerta, que giraba a cada momento sobre sus goznes,
lanzaba rfagas de lluvia y viento fro sobre los que, ateridos,
dorman an. A los primeros albores, el mayoral fu a abrir la puerta
para despertar a los perezosos; que no es justo defraudar al patrn
un minuto de las diez horas de jornal, porque para eso paga su buena
tarja, y a veces tres carlinos (sesenta y cinco cntimos!) a ms de
la sopa.

Llueve!, era la palabra fastidiosa que corra de boca en boca con
acento de mal humor. La Nedda, apoyada en la puerta, miraba tristemente
los gruesos nubarrones color de plomo, que arrojaban sobre ella las
lvidas tintas del crepsculo. El da era fro y neblinoso; las hojas
secas se desprendan, arrastrndose por entre las ramas, y revoloteaban
un momento antes de caer en la tierra fangosa; el arroyuelo se
empantanaba en un charco, donde se revolcaban voluptuosamente los
cerdos; las vacas asomaban el negro hocico a travs de la cancela que
cerraba el establo, y miraban la lluvia que caa de sus ojos
melanclicos; los pjaros, acurrucados bajo las tejas del alero, piaban
lastimeramente.

-- Otro da perdido! -- murmur una de las muchachas, hincndole
el diente a un pan negro.

-- Las nubes se separan del mar all abajo -- dijo Nedda extendiendo
el brazo --; hacia medioda tal vez cambie el tiempo.

-- Pero el tunante del mayoral no nos pagar ms que un tercio del
jornal.

-- Eso saldremos ganando.

-- S; pero y el pan que nos comemos?

-- Y el dao que tendr el amo de las aceitunas que se estropean y
las que se pierdan en el barro?

-- Es verdad -- dijo otra.

-- Pues prueba a coger ni una sola de las aceitunas que se habrn
perdido dentro de media hora, para comrtelas con tu pan seco, y vers
lo que te da de ms el amo.

-- Claro, porque las aceitunas no son nuestras!

-- Pero tampoco son de la tierra que se las come!

-- La tierra es del amo! -- respondi Nedda, con lgica triunfante y
ojillos expresivos.

-- Eso tambin es verdad -- contest otra que no saba qu responder.

-- Yo, por mi, preferira que siguiese lloviendo todo el da, antes
que pasarme la tarde a gatas, metida en el barro, en este tiempo, por
tres o cuatro cuartos.

-- A ti no te hace nada tres o cuatro cuartos! -- dijo Nedda
tristemente.

La noche del sbado, cuando lleg la hora de ajustar las cuentas de la
semana, ante la mesa del mayoral, llena de papelotes y montones de
dinero, a los hombres ms alborotados pagseles primero, despus a
las mujeres ms resueltas, por ltimo, y peor, a las tmidas e dbiles.
Cuando el mayoral le hizo su cuenta, Nedda vino a saber, que, quitando
los dos das y medio de forzado reposo, le quedaban cuarenta cuartos.

La pobre muchacha no os abrir la boca. Unicamente los ojos se le
llenaron de lgrimas.

-- Qujate adems, llorona! -- grit el mayoral, que gritaba siempre,
como mayoral concienzudo que defiende los cuartos del amo --. Despus
que te pago como a las otras, a pesar de que eres ms pobre y ms
pequea que las dems, y de que te pago un jornal como ningn amo
paga en toda la tierra de Pedara, Nicolosi y Trecastagni, tres carlinos
y la sopa!

-- Si no me quejo... -- dijo tmidamente Nedda, guardndose los pocos
cuartos que el mayoral, para aumentar su valor, haba contado uno por
uno --. La culpa ha sido del mal tiempo, que me ha quitado la mitad
de lo que habra podido sacar.

-- Pues enfdate con Dios! -- dijo el mayoral speramente.

-- Con Dios, no... conmigo, que soy tan pobre.

-- Pgale entera su semana a esa pobre muchacha -- dijo al mayoral
el hijo del amo, que asista a la recoleccin de la aceituna --.
Total son muy pocos cuartos de diferencia.

-- No se le debe dar ms que lo que es justo.

-- Pero si te lo digo yo!

-- Todos los propietarios de alrededor nos haran la guerra a usted
y a m si "hicisemos esas novedades".

-- Tienes razn! -- respondi el hijo del amo, que era un rico
propietario y tena muchos vecinos.

Nedda recogi los pocos harapos que eran suyos y dijo adis a la
compaa.

-- Te vas a Ravanusa a estas horas? -- le dijeron algunas.

-- Mi madre est mala!

-- No tienes miedo?

-- S; tengo miedo por los cuartos que llevo en el bolsillo; pero mi
madre est mala, y como ya no tengo que trabajar aqu, me parece que
no podra dormir si me quedase una noche ms.

-- Quieres que te acompae? -- le dijo en son de burla el zagal.

-- Voy con Dios y la Virgen -- contest simplemente la pobre muchacha,
emprendiendo el camino con la cabeza baja.

El sol se haba puesto tiempo haca, y las sombras ascendan
rpidamente hacia la cima de la montaa. Nedda andaba ligera, y cuando
las tinieblas se hicieron profundas, empez a cantar como un pjaro
asustado. A cada diez pasos volvase aterrorizada, y cuando una piedra
removida por la lluvia resbalaba de una tapia abajo, o el viento le
salpicaba la cara a modo de pedrisco con la lluvia recogida en las
hojas de los rboles, se detena temblorosa como una cabra perdida.
Un buho la segua de rbol en rbol, con su canto lastimero, y ella,
contenta de la compaa, le haca el reclamo para que el pjaro no se
cansase de seguirla. Cuando pasaba ante una capillita, junto a la
puerta de alguna hacienda, se detena un instante en la vereda para
rezar a toda prisa un avemara, con cuidado de que no se le echase
encima, desde la tapia, el perro guardin, que ladraba furiosamente;
luego segua ms apresurada, volvindose dos o tres veces a mirar el
farolillo que arda en homenaje a la santa, alumbrando al propio
tiempo al mayoral, cuando volva tarde del campo. Aquel farolillo le
daba nimos y le haca rezar por su pobre madre. De cuando en cuando
un doloroso pensamiento le encoga el corazn con sbito ahogo, y
entonces echaba a correr, cantaba en voz alta para aturdirse, o
pensaba en los alegres das de la vendimia, o en las noches de verano,
cuando con la luna ms hermosa del mundo se volva del llano saltando
tras la cornamusa que sonaba alegremente; mas su pensamiento corra
siempre hasta la msera yacija de su enferma. Tropez en una esquirla,
de lava cortante como una navaja de afeitar, y se hiri un pie; la
obscuridad era tan densa, que en las revueltas del sendero la pobre
muchacha dbase muchas veces contra una tapia o un seto, y empezaba
a perder nimos y a no saber dnde se encontraba. De pronto, oy el
reloj de Punta, que daba las nueve, tan cerca, que le pareca como
si las campanadas cayesen sobre su cabeza. Nedda sonri como si un
amigo la hubiese llamado por su nombre en medio de una muchedumbre de
extranjeros.

Tom alegremente el camino del pueblo, cantando a todo voz su cancin,
apretando en la mano, dentro del bolsillo del delantal, sus cuarenta
cuartos.

Al pasar por delante de la botica, vi al boticario y al notario, que,
muy abrigados, jugaban a las cartas. Un poco ms all encontr al pobre
loco de Punta, que recorra la calle de un lado a otro, metidas las
manos en los bolsillos, canturreando el cantar que desde hace veinte
aos le acompaa en las noches de invierno y en los mediodas
caniculares. Cuando lleg a los primeros rboles de la recta avenida
de Ravanusa, top con una yunta de bueyes, que iban rumiando
tranquilamente, con lento paso.

-- Oh, Nedda! -- grit una voz conocida.

-- Eres t, Janu?

-- S; yo soy; con los bueyes del amo.

-- De dnde vienes? -- pregunt Nedda sin detenerse.

-- Vengo de la Plana. He pasado por tu caso. Tu madre te est
esperando.

-- Cmo est mi madre?

-- Lo mismo.

-- Que Dios te bendiga! -- exclam la muchacha, como si hubiese
tenido peores noticias, y empez a correr de nuevo.

-- Adis, Nedda! -- le grit Janu.

-- Adis -- balbuci de lejos Nedda.

Le pareci que las estrellas brillaban como soles; que los rboles,
uno por uno, extendan las ramas para protegerla, y que los guijarros
del camino le acariciaban pies doloridos.

Al da siguiente, que era domingo, hubo la visita que el mdico
conceda a sus enfermos pobres el da que no poda consagrarse a sus
haciendas. Una visita triste, en verdad, porque el bueno del doctor
no estaba acostumbrado a gastar cumplidos con sus clientes, y en la
casucha de Nedda no haba antecmara ni amigos a quienes anunciar el
verdadero estado de la enferma.

El mismo da se sigui una triste funcin; fueran el cura con roquete,
el sacristn con los Santos Oleos, y dos o tres comadres murmurando
no s qu rezos. La campanilla del sacristn difunda su agudo sonido
por los campos, y los carreteros, al orla, paraban sus mulas en medio
del camino y se quitaban la gorra. Cuando Nedda la oy por la
pedregosa senda, tir de la colcha toda rota de la enferma, para que
no se viese que no tena sbanas, y puso su mejor delantal blanco
sobre el cojo velador, afianzado con dos ladrillos. Luego, en tanto el
cura cumpla su deber, se arrodill a la puerta, balbuciendo
maquinalmente unas oraciones, mirando como entre sueos aquella piedra
ante el umbral en que su viejecica sola calentarse al sol de marzo,
y escuchando distradamente los slitos ruidos de la vecindad y el
vaivn de toda aquella gente, que haca sus menesteres sin angustias
ni penas. El cura se march, y el sacristn esper en vano a la puerta
a que le dieron la acostumbrada limosna para los pobres.

El to Juan vi ya muy tarde aquella noche a Nedda corriendo por el
camino de Punta.

-- Eh! Adnde vas a estas horas?

-- Voy por una medicina que ha mandado el mdico.

El to Juan era econmico y grun.

-- Ms medicinas -- murmur --, despus de haber mandado la medicina
de la uncin! Como que sos van a medias con el boticario para
chuparles la sangre a los pobres. Oye lo que te digo, Nedda, ahrrate
esos cuartos y ve a estarte con tu vieja.

-- Quin sabe si le har bien! -- respondi tristemente la muchacha,
bajando los ojos y apretando el paso.

El to Juan contest con un gruido. Luego le grit:

-- Eh, t, cantarina!

-- Qu quiere usted?

-- Yo ir a la botica. Ir ms de prisa que t, no lo dudes. Entre
tanto, no dejars sola a tu madre.

A la muchacha se le saltaron las lgrimas.

-- Que Dios le bendiga! -- le dijo, y quiso ponerle el dinero en la
mano.

-- Los cuartos me los dars luego -- respondi speramente el to Juan,
y se di a andar con las piernas de sus veinte aos.

La muchacha volvi a su casa y le dijo a su madre:

-- Ha ido el to Juan -- y lo dijo, cual no sola, con voz dulce.

La moribunda oy el sonido de los cuartos que Nedda dejaba sobre el
velador, y la interrog con los ojos.

-- Me ha dicho que despus se los dar -- respondi la muchacha.

-- Que Dios le pague su caridad! -- murmur la enferma --. As no te
quedars sin un cntimo.

-- Ay, madre!

-- Cunto le debemos al to Juan?

-- Diez liras. Pero no tenga miedo, madre; yo trabajar!

La vieja la mir largo rato, semiapagada ya la vista, y despus la
abraz sin decir palabra. Al da siguiente fueran los enterradores,
el sacristn y las comadres. Cuando Nedda hubo colocado a la muerta
en el atad, con sus mejores ropas, le puso entre las manos un clavel
florecido dentro de un puchero roto, y el ms lindo mechn de sus
cabellos; le di a los sepultureros los pocos cuartos que le quedaban
para que la llevasen con modo y no zarandeasen demasiado a la muerta
por la pedregosa senda del cementerio; luego arregl el camastro y
la casa, coloc sobre el vasar el ltimo vaso de medicina, y fu a
sentarse en el umbral de la puerta, mirando el cielo.

Un pardillo, el friolero pajarillo de noviembre, se puso a cantar
entre la lea seca que coronaba la tapia frontera y la puerta, y
saltando entre los espinos y el rastrojo, la miraba con maliciosos
ojillos, cual si quisiera decirle algo. Nedda pens que su madre le
haba odo cantar el da antes. En el huerto de al lado haba unas
aceitunas por el suelo, y las urracas iban a picotearlas; ella las
haba espantado a pedradas para que la moribunda no oyese su fnebre
graznido; ahora las mir impasible, y no se movi, y cuando por el
camino prximo pasaron los vendedores de altramuces, el vinatero o
las carreteros, hablando a gritos para sobrepujar el ruido de los
carros y de las sonajas de las mulas, se deca: "Ese es Fulano;
aqul es Mengano." Al sonar el Avemara y encenderse la primera
estrella de la tarde, record que ya no tena que ir a Punta por la
medicina; y a medida que los ruidos fueran perdindose en el camino
y cayendo las tinieblas sobre el huerto, pens que ya no tena
necesidad de encender la luz.

El to Juan se la encontr de pie, ante la puerta. Se haba levantado
al or pasos por la senda, porque ya no esperaba a nadie.

-- Qu haces aqu! -- le pregunt el to Juan.

Ella se encogi de hombros y no contest.

El viejo se sent a su lado, en el umbral, y no dijo ms.

-- To Juan -- dijo la muchacha, luego de largo silencio --; ahora
ya no tengo a nadie y puedo ir lejos a buscar trabajo; me ir a la
Roccella, donde aun dura la recoleccin de la aceituna, y a la vuelta
le devolver los dineros que nos prest.

-- Yo no he venido a pedirte tus dineros! -- le respondi, ofendido,
el to Juan.

La muchacha no habl ms, y entrambos se quedaron callados, oyendo
cantar al buho. Nedda pens que tal vez era el de dos noches antes,
y sinti que se le apretaba el corazn.

-- Tienes trabajo? -- pregunt al cabo el to Juan.

-- No; pero ya encontrar algn alma caritativa que me lo d.

-- He odo decir que en Aci Catena pagan a las mujeres, por empaquetar
la naranja, a razn de una lira diaria, sin sopa, y he pensado en
seguida en ti; ya has hecho ese oficio en mayo pasado y debes estar
prctica en ello. Quieres ir?

-- Ojal!

-- Sera menester que maana, con el alba, estuvieras en el jardn
del Mirlo, en la revuelta del atajo que va a Santa Ana.

-- Puedo marchar esta noche. Mi pobre madre no ha querido costarme
muchos das de descanso.

-- Sabes el camino?

-- S; ya preguntar.

-- Pregntale al mesonero de la carretera de Valverde, pasado el
castaar, a la izquierda del camino. Pregunta por el seor Vinivannu,
y dile que vas de mi parte.

-- As lo har -- dijo la pobre muchacha.

-- He pensado que no tendras pan para la semana -- dijo el to Juan,
sacando un pan moreno del fondo de su bolsillo y dejndolo sobre el
velador.

Nedda se ruboriz, como si fuese ella la que haca tan buena accin.
Luego de un instante continu:

-- Si el seor cura dijese maana la misa por mi madre, yo le hara
dos das de trabajo cuando coja las habas.

-- Ya he mandado decir la misa -- respondi el to Juan.

-- Ay, la pobre muerta rogar tambin por usted! -- murmur la
muchacha con gruesos lagrimones en los ojos.

Al cabo, cuando el to Juan se march y oy perderse a lo lejos el
rumor de sus pesados pasos, cerr la puerta y encendi la luz.
Entonces le pareci que estaba sola en el mundo, y tuvo miedo de
dormir en aquel pobre camastro en que sola acostarse junto a su madre.

Las mozas del pueblo murmuraron de ella por haber ido a trabajar al
da siguiente de la muerte de su vieja y por no haberse puesto de
negro; el seor cura la rega mucho cuando el domingo la vi a la
puerta de su casa cosindose el delantal que haba mandado teir,
nico y pobre luto, y tom argumento de ello para predicar en la
iglesia contra la mala costumbre de no observar las fiestas y los
domingos. La pobre muchacha, para que le fuese perdonado tan gran
pecado, fu a trabajar dos das a las tierras del cura, a fin de que
dijese la misa por su muerta el primer lunes del mes; y los domingos,
cuando las mozas vestidas de fiesta se apartaban de ella en el banco
y se rean, y los mozos, al salir de la iglesia, le decan groseros
piropos, se arrebujaba en su mantilla todo rota y apresuraba el paso,
bajando los ojos, sin que un mal pensamiento turbase la serenidad de
su rezo, o se deca a s misma, a modo de merecido reproche: "Soy tan
pobre!"; o tambin, mirndose los brazos: "Bendito sea el Seor que
me los ha dado!", y segua andando tan sonriente.

Una noche -- haba apagado poco haca la luz --, oy en el sendero una
voz que cantaba hasta desgaitarse, con la melanclica cadencia
oriental de las canciones campesinas:

"Ya falta poco pa que te vea, nia del alma..."

-- Es Janu! -- dijo en voz baja, saltndole el corazn dentro del
pecho como un pjaro espantado, y escondi la cabeza entre las
sbanas.

Al da siguiente, cuando abri la ventana, vi a Janu con su traje
nuevo de fustn, en cuyos bolsillos quera meter a la fuerza sus
manazas morenas y encallecidas en el trabajo, asomando coquetonamente
de la escarcela del farseto un flamante pauelo de seda; Janu estaba
tomando el sol de abril, apoyado en la tapia del huerto.

-- Janu! -- dijo ella como si nada supiese.

-- Se te saluda! -- exclam el mozo con su mejor sonrisa.

-- Qu haces ah?

-- Vengo de la Plana.

La muchacha sonri y mir a las alondras que saltaban an por el verde
en la temprana hora matinal.

-- Has vuelto con las alondras.

-- Las alondras van adonde encuentran mijo, y yo, adonde hay pan.

-- Cmo, qu dices?

-- El amo me ha echado.

-- Por qu?

-- Porque haba cogido las fiebres y no poda trabajar ms que tres
das por semana.

-- Ya se ve! Pobre Janu!

-- Maldita Plana! -- imprec Juan, extendiendo el brazo hacia la
llanura.

-- Sabes que mi madre?... -- dijo Nedda.

-- Me lo ha dicho el to Juan.

Ella no dijo ms, y mir al huertecillo del otro lado de la tapia.
Humeaban los guijarros hmedos; las gotas de roco relucan sobre cada
brizna de hierba; los almendros en flor susurraban levemente, y dejaban
caer sobre el tejadillo de la casa sus flores blancas y rosadas que
embalsamaban el aire; un gorrin, petulante y temeroso a un tiempo,
piaba estrepitosamente, amenazando a su manera a Janu, que con su
rostro desconfiado pareca acechar el nido, del que asomaban entre las
tejas algunas pajas indiscretas. La campana de la iglesia llamaba a
misa.

-- Qu gusto que da or "nuestra" campana! -- exclam Janu.

-- Esta noche he conocido tu voz -- dijo Nedda ponindose colorada
y hurgando con una horquilla la tierra del tiesto en que tena sus
flores.

El se volvi y encendi la pipa como hacen los hombres.

-- Adis, me voy a misa! -- dijo bruscamente Nedda, echndose atrs
luego de largo silencio.

-- Toma, te he trado esto de la ciudad -- le dijo el mozo desatando
su pauelo de seda.

-- Ay, qu bonito! Pero esto no es para m!

-- Por qu? Si no te cuesta nada! -- respondi el mozo con lgica
campesina.

Ella se puso colorada, como si tanto gasto le hubiera dado cabal idea
de los clidos sentimientos del mozo; se lanz, sonriente, una mirada
entre acariciadora y salvaje, y cuando oy los recios zapatones de l
sobre los guijarros del sendero, se asom para acompaarle con los
ojos, segn iban andando.

En misa, las mozas del lugar pudieron ver el precioso pauelo de Nedda,
con aquellas rosas estampadas que daban ganas de comrselas, sobre las
que el sol, brillando a travs de los vidrios de la iglesia, reflejaba
sus ms alegres rayos. Cuando pas junto a Janu, que estaba al lado,
junto al primer ciprs del atrio, apoyado de espaldas al muro, fumando
su pipa, sinti un gran calor en el rostro y que el corazn le lata
en el pecho con violencia, y ech a andar ligera. El mozo la sigui,
silbando, vindola cmo andaba de prisa, sin volver la cabeza, con su
traje nuevo de fustn que haca pesados y elegantes pliegues, sus
zapatos y su mantilla flamante. La pobre hormiga, ahora que su madre,
ya en el cielo, no era una carga para ella, haba logrado hacerse un
poco de ropa con su trabajo. Entre tantas miserias como tiene el
pobre, hay al menos el alivio que traen consigo las prdidas ms
dolorosas!

Nedda oa tras de s, con grande placer o miedo -- no saba cul de las
dos cosas -- los pesados pasos del mozo, y vea sobre el polvo blancuzco
de la carretera, recta e inundada de sol, otra sombra que de cuando en
cuando se apartaba de la suya. De pronto, cuando estuvo a la vista de
su casucha, se di a correr como una cervatilla asustada. Janu la
alcanz, ella se apoy en el umbral, toda ruborizada y sonriente, y
le puso la mano en el hombro.

-- Eh, t!

El se apart con galantera un tanto rstica.

-- Cunto te ha costado el pauelo? -- pregunt Nedda quitndoselo
de la cabeza, para extenderlo al sol y contemplarlo gozosa.

-- Cinco liras -- respondi Janu un poco amoscado.

Ella sonri sin mirarle; dobl con mucho cuidado el pauelo, fijndose
en la seal que haban dejado los pliegues, y se puso a canturrear
una cancioncilla que no se le vena a la boca de mucho tiempo atrs.

El puchero roto sobre la barandilla abundaba en capullos de claveles.

-- Qu lstima -- dijo Nedda -- que no los haya abiertos! -- y
cortando el capullo ms hermoso, se lo di.

-- Qu quieres que haga con l, si no est abierto? -- dijo l sin
comprenderla, y lo tir.

Ella volvi la cara.

-- Y ahora, dnde vas a ir a trabajar? -- le pregunt luego de un
momento.

El levant la cabeza:

-- Donde vayas t maana!

-- Ir a Bongiardo.

-- Trabajo encontrar; lo que hace falta es que no me vuelvan las
fiebres.

-- Para eso es menester no estarse al sereno por las noches, cantando
al pie de las puertas -- djole ella muy colorada, apoyndose en el
quicio con cierta coquetera.

-- Si t no quieres, no lo har ms.

Ella le di un capirotazo y escap adentro.

-- Oh, Janu! -- llam desde la calzada el to Juan.

-- Voy! -- grit Janu; y a la Nedda --: Si me llevas contigo,
tambin ir yo a Bongiardo.

-- Hijo mo -- le dijo el to Juan cuando estuvo en la calzada -- la
Nedda no tiene ya a nadie, y t eres un buen muchacho; pero no est
bien que vayis juntos. Entiendes?

-- Entiendo, to Juan; pero, si Dios quiere, despus de la siega,
cuando haya apartado los pocos cuartos que hacen falta, no estar mal
que vayamos juntos.

Nedda, que haba odo detrs de la tapia, se puso colorada, aunque
nadie la vea.

Al da siguiente, antes de amanecer, cuando se asom a la puerta para
salir, se encontr a Janu con su hatillo colgado del bastn.

-- Adnde vas? -- le pregunt.

-- Tambin voy a Bongiardo a buscar trabajo.

Los pajarillos, despiertos a las voces matutinas, comenzaron a piar
dentro del nido. Janu colg de su bastn asimismo el hatillo de Nedda,
y echaron a andar con paso ligero, mientras el cielo se tea en el
horizonte con las primeras llamas del da y el vientecillo se
agudizaba.

En Bongiardo haba trabajo para todo el que lo quisiera. El precio del
vino haba subido, y un rico propietario roturaba un gran trecho de
cercados para plantar viedos. Los cercados daban 1.200 liras al ao
de altramuces y aceite; plantados de viedo, daran en cinco aos doce
o trece mil liras, con slo emplear diez o doce mil; la corta de los
olivos cubrira la mitad de los gastos. Era, como se ve, una
especulacin excelente, y el propietario pagaba de buen grado un gran
jornal a los trabajadores empleados en la roturacin: treinta cuartos
a los hombres y veinte a las mujeres, sin sopa; cierto que el trabajo
era un tanto cansado y que se dejaban en l incluso los harapos que
constituan todo el traje de los das de trabajo; pero Nedda no estaba
acostumbraba a ganar veinte cuartos diarios.

El mayoral se percat de que Janu, al llenar las esportillas de
piedra, dejaba siempre las ms ligera para Nedda, y le amenaz con
echarle. El pobre diablo, para no perder el pan, tuvo que contentarse
con descender de treinta a veinte cuartos.

Lo malo era que aquellas tierras casi incultas no tena gaana, y
hombres y mujeres tenan que dormir todos revueltos en una cabaa sin
puertas, de suerte que las noches eran ms bien fras. Janu deca
siempre que tena calor, y dbale a Nedda su chaqueta de fustn, para
que se tapase bien. El domingo, toda la brigada se puso en camino
en distintas direcciones.

Janu y Nedda haban tomado por el atajo e iban atravesando el castaar,
charlando, riendo, cantando a ratos y haciendo sonar los cuartos en
los bolsillos. Calentaba el sol como en junio; los lejanos prados
empezaban a amarillear; las sombras de los rboles tenan algo de
festivo, y la hierba que all creca estaba an verde y fresca.

Hacia medioda sentronse en la hierba, para comer su pan moreno
y sus blancas cebollas. Janu tena tambin vino, buen vino de Mascal,
que ofreca a Nedda con largueza, y la pobre muchacha, que no estaba
hecha a ello, senta la lengua spera y que le pesaba la cabeza. De
trecho en trecho se miraban y se rean sin saber por qu.

-- Si fusemos marido y mujer, podramos comer y beber juntos todos
los das -- dijo Janu con la boca llena.

Nedda baj los ojos, porque l la miraba de cierta manera.

Reinaba el profundo silencio del medioda; las ms pequeas hojas
estaban inmviles; las sombras eran escasas; difundido en el aire,
haba una calma, un sopor, un zumbido de insectos que pesaba
voluptuosamente sobre los prpados. De pronto, una rfaga de aire
fresco que vena del mar hizo susurrar las ms altas copas de los
castaos.

-- El ao ser bueno para pobres y ricos -- dijo Janu --, y si Dios
quiere, para la siega apartar... y si t me quieres!... -- y le
ofreci la botella.

-- No, no quiero beber ms -- dijo ella, rojas las mejillas.

-- Por qu te pones colorada? -- dijo l rindose.

-- No te lo quiero decir.

-- Porque has bebido?

-- No!

-- Porque me quieres?

Ella le di un puetazo en el hombro y se ech a rer tambin.

Oyse de lejos el rebuzno de un asno que ola la hierba fresca.

-- Sabes por qu rebuznan los burros? -- pregunt Janu.

-- Dilo t que lo sabes.

-- S que lo s; rebuznan porque estn enamorados -- djole l con
risa grosera; y la mir fijamente.

La muchacha baj los ojos, como si viese llamas en ellos, y le pareci
como si todo el vino que haba bebido se le subiese a la cabeza, y
todo el ardor de aquel cielo de metal le penetrase en las venas.

-- Vmonos! -- exclam entristecida, moviendo la cabeza, que le
pesaba.

-- Qu tienes?

-- No lo s, pero vmonos.

-- Me quieres?

Nedda baj la cabeza.

-- Quieres ser mi mujer?

Ella le mir serenamente y estrech entre las suyas, morenas, las
callosas manos de l; pero se puso de rodillas, que le temblaban para
levantarse. El la detuvo por el vestido, como extraviado, balbuciendo
palabras sin sentido, sin saber lo que se haca.

Cuando se oy cantar al gallo en una haciendo prxima, Nedda se
levant sobresaltada y mir en derredor suyo, espantada.

-- Vmonos! Vmonos! -- dijo toda colorada y con prisa.

Segn estaba para volver la esquina de su casita, se detuvo un momento
temblorosa, como si temiera encontrar a su viejecica a la puerta,
desierta seis meses haca.

Lleg la Pascua, la gaya fiesta de los campos con sus gigantescas
hogueras, sus alegres procesiones por entre los verdes prados, bajo
los rboles cargados de flores, vestida de gala la iglesia,
enguirnaldadas las puertas de las casas y las mozas con sus trajes
nuevos de verano. A Nedda visele alejarse del confesionario llorando,
y no compareci entre las muchachas arrodilladas ante el coro en espera
de comunin. Desde aquel da ninguna moza honrada le dirigi la
palabra, y cuando iba a misa no encontraba sitio en el banco de
siempre, y le era menester estarse todo el tiempo de rodillas; si la
vean llorar, pensaban quin sabe en qu pecados, y le volvan
horrorizadas la espalda, y los que le daban trabajo aprovechbanse de
ello para rebajarle el jornal.

Nedda esperaba a su novio, que haba ido a segar a la Plana para
reunir los cuartos necesarios para poner la casa y pagar al seor
cura.

Una noche, segn estaba hilando, oy que se paraba al cabo del sendero
un carro de bueyes, y vi aparecer antes su ojos a Janu, plido y
demudado.

-- Qu tienes? -- le dijo.

-- He estado malo. Me han vuelto a dar las fiebres all abajo, en esa
maldita Plana; he perdido ms de una semana de trabajo y me he comido
los pocos cuartos que haba reunido.

Ella entrse a toda prisa, descosi el jergn y quiso darle los
pequeos ahorros que haba atado en el fondo de una media.

-- No -- dijo l --. Maana ir a Mascalucia, a la poda de los olivos,
y no necesitar ya nada. Despus del la poda nos casaremos.

Hzole esta promesa tristemente, apoyado en el quicio de la puerta,
con el pauelo alrededor de la cabeza y mirndola con ojos relucientes.

-- T tienes fiebre! -- le dijo Nedda.

-- S, pero ahora que estoy aqu ya, se me quitar; de todos modos,
no me da ms que cada tres das.

Ella le miraba sin hablar, y el corazn se le encoga al verle tan
plido y enflaquecido.

-- Y podrs tenerte en las ramas altas? -- le pregunt.

-- Dios proveer! -- respondi Janu --. Adis, no puedo hacer esperar
al carretero que me ha hecho un lugar en su carro desde la Plana hasta
aqu. Hasta la vista!

Y no se mova. Cuando el cabo se march, ella le acompa hasta la
carretera, y le vi alejarse, sin una lgrima, aunque le pareca que
le vea irse para siempre; el corazn se le encogi nuevamente, como
una esponja no exprimida bastante; nada ms; l la llam despidindose
desde la revuelta del camino.

Tres das despus oy un gran murmullo por aquel mismo lado. Se
asom a la tapia y vi, en medio de un corro de campesinos y comadres,
a Janu tendido sobre una escalera de mano, plido como un trapo lavado,
vendada la cabeza con un pauelo todo lleno de sangre. Por la va
dolorosa, antes de llegar a su casa, l tenindola por la mano, le
cont cmo, con la debilidad de las fiebres, se haba cado desde lo
alto de un rbol, hirindose de aquel modo.

-- Te lo deca el corazn! -- murmur con triste sonrisa.

Ella le escuchaba con sus grandes ojos muy abiertos, plida como l,
y cogida de su mano. Al da siguiente se muri.

Entonces Nedda, sintiendo que se mova en su seno algo que el muerto
le dejaba en triste recuerdo, corri a la iglesia a rogar por l a la
Virgen Santa. En el atrio se encontr al cura, que saba su vergenza,
escondi el rostro en la mantilla y se volvi atrs, acobardada.

Ahora, cuando buscaba trabajo se le rean en la cara, no por
escarnecer a la doncella culpable, sino porque la pobre madre no poda
trabajar como antes. Luego de las primeras negativas y de las primeras
risas, no os buscar ms, y se encerr en su casa, como herido
pajarillo que se refugia en su nido. Los pocos cuartos reunidos en la
media furonse uno tras otro, y despus de los cuartos, el vestido
nuevo y el pauelo de seda. El to Juan las socorra lo poco que
poda, con esa caridad indulgente y reparadora, sin la cual la moral
del cura es injusta y estril, y as impidi que se muriera de hambre.
La muchacha di a luz una nia raqutica y dbil; cuando le dijeron
que no era varn, llor como haba llorado la noche en que se cerr
la puerta de su casa, luego de haber salido el fretro, y se encontr
sin su madre; pero no quiso que la echasen al torno.

-- Pobre hija! Que empiece a sufrir lo ms tarde posible! -- dijo.

Las comadres la llamaban desvergonzada porque no haba sido hipcrita,
porque no era desnaturalizada. La pobre nia le faltaba la leche, pues
que a su madre le faltaba el pan. Se desnutri rpidamente, y en vano
Nedda intent exprimir en aquellos diminutos labios hambrientos la
sangre de su seno. Una noche de invierno, al anochecer, en tanto la
nieve caa sobre el tejado, y el viento golpeaba la puerta mal
cerrada, la pobre nia, fra, lvida, contradas las manecitas, fij
sus ojos vidriados en los ardientes de la madre, di una sacudida y
no se movi ms.

Nedda la zarande, la apret contra su seno con mpetu salvaje,
intent calentarla con su aliento y sus besos y cuando se convenci
de que estaba muerta, la dej sobre la cama en que haba dormido su
madre, y se arrodill ante ella, secos y extraviados los ojos, fuera
de las rbitas.

-- Dichosas vosotras que estis muertas! -- exclam --. Bendita
seas, Virgen Santa, que me has quitado a mi hija para que no sufra
como yo!








                              CAPRICHO
                          (Fantasticheria)


Una vez, al pasar el tren por Aci-Trezza dijiste, asomndote a la
ventanilla del vagn: "Quisiera que estuvisemos un mes aqu!"

Volvimos, y pasamos no un mes sino cuarenta y ocho horas. Los
campesinos, que tanto abran los ojos al ver tus grandes bales,
crean que ibas a quedarte all dos aos. A la maana del tercer da,
cansada de ver eternamente aquel verde y aquel azul, y de contar los
carros que pasaban por el camino, estabas en la estacin, y
jugueteando impaciente con la cedenilla de tu frasco de olor,
alargabas el cuello por divisar un tren que no llegaba nunca. En
aquellas cuarenta y ocho horas hicimos todo lo que se puede hacer en
Aci-Trezza: paseamos por el polvo de la carretera y trepamos a las
rocas; con el pretexto de aprender a remar, te hiciste bajo el guante
unas ampollitas que robaban los besos; pasamos en el mar una noche lo
ms romntica, echando las redes como para hacer algo que a los
barqueros les pudiera parecer merecedor de pescar una reuma, y el alba
nos sorprendi en lo alto del acantilado, un alba modesta y plida,
que aun me parece estar viendo, estriada de amplios reflejos violeta,
sobre un mar verde profundo, como una caricia sobre aquel grupito de
casuchas que dorman acurrucadas a la orilla, mientras en lo alto del
promontorio destacbase tu figulina en el cielo transparente y lmpido,
con las sabias lneas, obra de tu modista, y el perfil elegante y fino,
obra tuya. Llevabas un vestidito gris que pareca hecho aposta para
entonar con los colores del alba. Lindo cuadro en verdad! Y bien se
adivinaba que t lo sabas, segn la manera de modelar a tu cuerpo el
chal y el modo con que sonreas con tus ojazos muy abiertos y cansados
ante el extrao espectculo, al que se aada lo extrao tambin de
estar t presente. Qu pasaba entonces por tu cabecita frente al
naciente sol? Le preguntaste acaso en qu hemisferio te encontrara de
all a un mes? Dijiste tan slo ingenuamente: "No comprendo cmo se
puede vivir aqu todo la vida."

Y, sin embargo, ya ves: la cosa es ms fcil de lo que parece. Basta,
primero, con no poseer 100.000 liras de renta y en compensacin,
pasar toda clase de trabajo entre aquellos peascos gigantescos
encuadrados en el azul que te hacan palmotear de admiracin. Con eso
poco basta para que aquellos pobres diablos que nos esperaban
dormitando en la barca encuentran entre aquellas casuchas desquiciadas
y pintorescas, que vistas de lejos parecan a su vez mareadas, todo lo
que te afanas en buscar en Pars, en Niza y en Npoles.

Es cosa singular; mas tal vez mejor que as suceda para ti y para
todos los que son como t. Aquel montn de casuchas est habitado
por pescadores, "gente de mar" dicen ellos, como otros diran "gente
de toga", que tienen el pellejo ms duro que el pan que comen -- cuando
lo comen --; pues el mar no es siempre tan amable como cuando besaba
tus guantes... En los das negros, en que rezonga y bufa, es menester
contentarse con mirarlo desde la orilla, mano sobre mano o tumbado a
la larga, que es mucho mejor postura para el que no ha almorzado. En
esos das hay mucha gente a la puerta de la taberna; pero suenan pocos
cuartos sobre la hojalata del mostrador, y los chiquillos que pululan
por el pueblo, como si la miseria los engordara, chillan y se araan
cual si tuvieran el diablo en el cuerpo.

De cuando en cuando, el tifus, el clera, el mal ao o la borrasca dan
un buen barrido en aquel rebullicio, que, a la verdad, parece que no
debiera desear cosa mejor que ser barrido y desaparecer; y con todo,
vuelve a rebullir en el mismo sitio, no s decirte cmo ni por qu.

No te has entretenido nunca, despus de una lluvia de otoo, en
desbaratar un ejrcito de hormigas, trazando al descuido el nombre
de tu ltima pareja en un baile, en la arena del paseo? Alguna de
aquellas pobres bestiezuelas se habr quedado pegada a la contera de
tu paraguas, retorcindose en espasmos; pero todas las dems, luego de
cinco minutos de pnico y de vaivn, habrn vuelto a aferrarse
desesperadamente a su tostado montecillo. T no volveras, ni yo
tampoco; mas para poder comprender semejante terquedad, heroica en
algunos aspectos, es menester hacernos pequeos tambin nosotros,
limitar todo el horizonte entre dos peascos y mirar al microscopio las
pequeas causas por que laten los corazones pequeos. Quieres mirar
por esta lente, t que miras la vida por el otro lado del anteojo?
El espectculo te parecer extrao, y tal vez por eso te divierta.

Hemos sido muy amigos, te acuerdas? Y me has pedido que te dedique
esta pgina. Para qu? _A quoi bon?_, como t dices. Qu puede valer
lo que yo escribo para quien te conoce? Y para quien no te conoce, qu
significas? El caso es que me he acordado de tu capricho un da que he
vuelto a ver a aquella pobre mujer a quien solas dar limosna con
pretexto de comprarle las naranjas que tena puestas en fila en un
banquillo ante su puerta. Ya no existe el banquillo; han cortado el
nspero del corral, y la casa tiene una ventana nueva. Unicamente la
mujer no haba cambiado, estaba un poco ms all tendiendo la mano a
los carreteros, acurrucada sobre el montn de piedras que cierren el
paso al antiguo "Puesto" de la guardia nacional; y yo, segn iba con
mi cigarro en la boca, pens que tambin ella, en su pobreza, te haba
visto pasar blanca y magnfica.

No te enfades por haberme acordado de ti de tal suerte y con tal
motivo. A ms de los gratos recuerdos que me dejaste, tengo otros
cien, vagos, confusos, dispares, recogidos aqu y all, no s dnde
-- acaso algunos son recuerdos de sueos tenidos con los ojos
abiertos --, y en el revoltio que hacan en mi memoria, al pasar yo
por aquella calleja donde han transcurrido tantas cosas placenteras
y dolorosas, la mantilla de aquella mujeruca temblorosa, acurrucada,
pona una nota triste y me haca pensar en ti, en todo satisfecha,
incluso de la adulacin que ofrece a tus pies el peridico de modas,
citndote, frecuentemente a la cabeza de la crnica elegante, y en el
deseo de ver tu nombre en las pginas de un libro.

Cuando escriba el libro, acaso t ya no pienses en ello; entre tanto,
mi recuerdo, en todos sentidos tan lejos de ti, embriagado de fiestas
y flores, te har el efecto de una brisa deliciosa en medio de las
ardientes veladas de tu eterno carnaval. El da que vuelvas all, si
es que vuelves, y nos sentemos otra vez el uno junto al otro a rodar
pedruscos con el pie y fantasas con el pensamiento, hablaremos tal
vez de las embriagueces que la vida ofrece en otras partes. Puedes
tambin imaginar que mi pensamiento se ha acogido a aquel ignorado
rincn del mundo porque en l se ha posado tu pie -- por apartar mis
ojos del brillo que por doquier te sigue, sea de gemas o de fiebre --,
o porque te he buscado intilmente por todos los lugares que la moda
hace placenteros. Ve, pues, que aqu, como en el teatro, siempre
ests en el mejor sitio!

Te acuerdas del viejecillo timonel de nuestra barca? Le debes ese
tributo de agradecimiento porque ha evitado diez veces lo menos que
se te mojaran tus lindas medias azules. El pobre diablo ha muerto en
el hospital, en un gran sala blanca, entre blancas sbanas, comiendo
pan blanco, servido por las blancas manos de las hermanas de la
Caridad, que no tenan ms defecto que el de no comprender los mseros
males que el pobrecillo balbuca en su semibrbaro dialecto.

Pero, de haber deseado algo, l habra querido morir en aquel rincn
obscuro, junto al fuego, donde tantos aos haba sido su cama, "bajo
las tejas", tanto que, cuando se lo llevaron, lloraba quejndose
mansamente, como hacen los viejos.

Haba vivido siempre entre aquellas cuatro piedras, frente a aquel mar
hermoso y traidor, con el que tuvo que luchar da tras da, para sacar
con que pasar la vida y no dejar en l el pellejo; y, con todo, en los
momentos en que tomaba el sol tranquilamente, acurrucado en la barca,
con las rodillas entre los brazos, no habra vuelto la cara para
mirarte, y habras buscado en vano en aquellos ojos atnitos el
reflejo de tu belleza, como cuando tantas frentes altivas se inclinan
a tu paso en los esplndidos salones y te miras en los ojos envidiosos
de tus mejores amigas.

La vida es rica, como ves, en su inexhausta variedad, y puedes, por lo
tanto, sin escrpulos, gozar a tu manera de la parte de riqueza que te
ha correspondido.

Aquella muchacha, por ejemplo, que asomaba la cabeza tras el tiesto de
albahaca, cuando el rumor de tu vestido revolucionaba la calleja, si
vea en la ventana de enfrente otro rostro para ella conocidsimo,
sonrea, como si tambin ella estuviera vestida de seda. Quin sabe
cun pobres glorias soaba apoyada en la barandilla, tras la albahaca
olorosa, fija la vista en aquella otra casa enguirnaldada con
sarmientos de vid! La risa de sus ojos no habra acabado en lgrimas
amargas, all en la ciudad, lejos de las piedras que la haban visto
nacer, y que la conocan, si su abuelo no se hubiese muerto en el
hospital, si su padre no se hubiese ahogado, ni toda su familia se
hubiera dispersado a un golpe de viento funesto, arrastrando a uno de
sus hermanos hasta la crcel de Pantelleria.

Mejor suerte les cupo a los que se murieron en la batalla de Lissa
el uno, el mayor, aquel que pareca un David de cobre, erguido,
guadaa en mano, e iluminado bruscamente por la llama de la yedra.
Alto y robusto, encendase en brasas cuando le miraste a la cara con
tus ojos ardientes; muri como buen marinero, sobre la verga del
trinquete, firme en la cuerda, agitando la gorra y saludando por
ltima vez a la bandera, con su viril y salvaje grito de isleo; el
otro, aquel hombre que en el islote no se atreva a tocarte el pie
para librarlo del lazo tendido a los conejos, y en el que te habas
prendido de aturdida que eres, se perdi una fosca noche de invierno,
solo, entre las olas desencadenadas separada su barca de la playa,
donde le esperaban los suyos corriendo como locos de un lado a otro,
en sesenta millas de tinieblas y tempestad. T no habras podido
imaginarte el desesperado y ttrico valor de que era capaz para luchar
contra muerte tal el hombre que se atemorizaba ante la obra maestra
de tu zapatero.

Mejor para los que se han muerto y no "comen el pan del rey", como
el pobrecillo que est en la crcel, ni ese otro pan que come su
hermana; ni andar como la mujer de las naranjas, viviendo de la gracia
de Dios, una gracia harto exigua en Aci-Trezza.

Esos, al menos, no han ya menester nada! As lo dijo tambin el chico
de la tabernera la ltima vez que fu al hospital a preguntar por el
viejo y llevarle a hurtadillas esos caracoles estofados, que son tan
buenos de chupar para quien ya no tiene dientes, y hall la cama vaca,
con la colcha extendida y muy limpia, hasta que husmeando por el patio
di con una puerta toda llena de pedazos de papel, y atisb por el ojo
de la cerradura una sala muy grande y sonora, y fra en verano, y el
extremo de una mesa de mrmol, sobre la cual haba una sbana densa y
rgida.

Y pensando que aqullos al menos ya no haban menester nada, se puso a
chupar uno por uno, por pasar el tiempo, los caracoles que ya no
servan.

Apretando contra tu pecho el manguito de zorro azul, te acordars con
gusto de haberle dado cien liras al pobre viejo.

Quedan los chiquillos que te escoltaban como chacales y asediaban las
naranjas; siguen revoloteando en torno a la mendiga, levantndole las
sayas, como si tuviese pan escondido, atrapando tronchos de coliflor,
cscaras de naranja y puntas de cigarro, todo lo que se tira, en fin,
pero que aun debe tener algn valor, puesto que hay gente que de ello
vive; vive tan bien, que aquellos desharrapadillos, gordos y
hambrientos, crecern entre el barro y el polvo de los caminos, y,
fuertes y robustos como su padre y su abuelo, poblarn Aci-Trezza de
otros tantos pilluelos; pasarn la vida alegremente, echando las
muelas todo el tiempo que pueden, como el abuelo, sin desear ms,
rogando a Dios tan slo que les permita cerrar los ojos donde los
abrieron, en manos del mdico del pueblo, que llega todos los das en
su borriquillo, como Jess, para ayudar a la buena gente que se va.

-- El ideal de la ostra! -- dirs t --. El ideal de la ostra
precisamente, y no tenemos ms motivo para encontrarlo ridculo que
el no haber nacido ostras a nuestra vez.

Por lo dems, el tenaz aferramiento de esa pobre gente al peasco en
que la fortuna los ha dejado caer, mientras sembraba prncipes aqu y
duquesas all, esa valiente resignacin a una vida trabajosa, esa
religin de la familia, que se refleja en el oficio, en la casa, en
las piedras que las circundan, me parecen -- al menos en este cuarto
de hora -- cosas muy serias y respetables.

Me parece que las inquietudes del pensamiento vagabundo se
adormeceran dulcemente en la serena paz de aquellos sentimientos
suaves y simples, que se sucedan inalterados, en calma, de generacin
en generacin. Me parece que podra verte pasar al trote de tus
caballos, con el alegre tintineo de sus cascabeles, y saludarte tan
tranquilo.

Acaso porque he intentado ser demasiado en el torbellino que te rodea
y te sigue, me ha parecido ahora leer una necesidad fatal en las
tenaces afecciones de los dbiles, en el instinto que tienen los
pequeos de estrecharse unos con otros para resistir a las tempestades
de la vida, y he intentado descifrar el drama modesto e ignorado que
ha destrozado a los plebeyos actores que juntos conocimos. Un drama
que tal vez algn da te contar, y cuyo nudo me parece que ha de
consistir en esto: que cuando uno de aquellos seres, ms dbil, ms
incauto, o ms egosta que los otros, quiso separarse de los suyos
por deseo de lo ignorado, o por curiosidad de conocer el mundo, pez
voraz se lo trag, y con l a los suyos. Vers que bajo ese aspecto no
le falta inters al drama. Para las ostras, el argumento ms
interesante debe ser el que trata de las insidias del cmbaro, o del
cuchillo del buzo que las arranca de la roca.








                            JELI EL PASTOR


Jeli, el guardin de caballos, tena trece aos cuando conoci a don
Alfonso, el seorito; pero era tan pequeo, que no alcanzaba a la
panza de la "Blanca", la vieja yegua que llevaba la esquila de la
piara. Veasele siempre de aqu para all, por montes y llanos, donde
pastaba su ganado, derecho e inmvil sobre algn teso o sentado en
una piedra. Su amigo don Alfonso, cuando estaba de veraneo, iba a
buscarle todos los das de Dios a Tebidi, y partan los buenos bocados
del amito, el pan de maz del pastorcito y la fruta robada al vecino.
Al principio, Jeli trataba de "excelencia" al seorito, como es uso en
Sicilia; pero luego que se hubieron zurrado de lo lindo, su amistad se
estableci slidamente. Jeli enseaba a su amigo a trepar hasta los
nidos de pegas, en las copas de los nogales, ms altas que el
campanario de Licodia; a cazar un pjaro al vuelo de una pedrada o a
montarse de un salto a pelo en las yeguas sin domar an, agarrando por
la crin a la primera que se pona a tiro, sin asustarse de los
relinchos de clera de los potros salvajes ni de sus saltos
desesperados. Ah, qu escapatorias por los campos segados, con las
crines al viento! Los buenos das de abril, cuando el aire
encrespaba en ondas la hierba verde, y las yeguas relinchaban en los
pastizales! Los claros mediodas estivales, en que el campo blancuzco
callaba bajo el cielo fosco, y los saltamontes brincaban entre los
surcos, como si los rastrojos se incendiasen! El limpio cielo de
invierno, a travs de las desnudas ramas de los almendros, que se
estremecan al soplo del cierzo, y el sendero que resonaba helado
bajo los cascos de los caballos, y las alondras que cantaban en lo
alto buscando el calor y el azul. Las hermosas noches de verano, en
que suban poco a poco, como la niebla, el buen olor del heno, en que
se hundan los codos; el melanclico zumbido de los insectos
nocturnos, y aquellas dos notas de la flauta de caa de Jeli, las
mismas siempre -- iuh, iuh, iuh! --, que hacan pensar en las cosas
lejanas, en la fiesta de San Juan, en la Nochebuena, en el alba de la
jira campestre, en todos los acontecimientos ya pasados, que a lo
lejos parecen tristes y hacen mirar a lo alto, hmedos los ojos, como
si todas las estrellas que van encendindose en el cielo lloviesen en
el corazn y le inundasen.

Jeli no tena semejantes melancolas; estbase sentado en un ribazo,
hinchados los carrillos, dado a tocar y ms tocar -- iuh, iuh,
iuh! --. Luego reuna la piara a fuerza de gritos y pedradas y la
empujaba a la cuadra, ms all del Cerro de La Cruz.

Suba anhelante la cuesta del otro lado del valle, y gritbale a veces
a su amigo Alfonso:

"Llama al perro; eh!, llama al perro!" O tambin: "Trale una piedra
al _zaino_, que est antojado y va parndose a cada paso en las matas
del valle." O: "Maana llvame una aguja gruesa, de las de la "se"
Li."

Saba hacer toda clase de labores de aguja, y llevaba consigo un lo
de trapos para remendarse los calzones y las mangas del jubn; saba
tejer asimismo trencillas de crin de caballo, y l mismo se lavaba
tambin con creta del valle el pauelo que se pona al cuello cuando
tena fro. En suma: con tal de tener su zurrn, no tena necesidad
de nadie en el mundo, aunque estuviera en los bosques de Resendone
o perdido en lo ltimo de la llanada de Caltagirono. La "se" La
sola decir:

-- Ah tenis a Jeli el pastor; como ha estado siempre slo por el
campo, cual si le hubieran parido sus yeguas, sabe manejrselas.

Por lo dems, es muy verdad que Jeli no tena necesidad de nadie; pero
todos los de la hacienda habran hecho de buen grado cualquier cosa
por l, porque era un chico servicial y siempre haba que ir a pedirle
algo. La "se" La le coca el pan por amor del prjimo, y l se lo
pagaba con preciosos castillos de mimbre para los huevos, mesas de
caa y otras cosillas.

-- Hagamos lo que sus animales -- deca la "se" La --, que se
rascen el pescuezo por turno.

En Tebidi todos le conocan desde pequeo, cuando aun no se le vea
entre las colas de los caballos, segn pastaban en el llano del
literero, y a sus ojos puede decirse que haba crecido, aunque nadie
le viese nunca, andando, como andaba, de una parte a otra con su
ganado. "Haba cado del cielo, y la tierra lo haba recogido", que
dice el proverbio, como los que no tienen casa ni padres. Su madre
estaba sirviendo en Vizzini, y no le vea ms que una vez al ao,
cuando iba l con los potros a la feria de San Juan, y el da que se
muri fueron a llamarlo, tal que un sbado, por la noche, y el lunes
ya haba vuelto Jeli a la piara; de suerte que no perdi ni un da;
pero volvi tan desolado el pobre chico, que los potros se le
escapaban a veces por los sembrados.

-- Eh, Jeli! -- gritbale entonces el seor Agripino desde la era --.
Es que quieres probar el vergajo de las fiestas, hijo de perra?

Jeli se echaba a correr tras los potros desmandados y los llevaba poco
a poco hacia el monte. Pero ante los ojos tena siempre a su madre,
con la cabeza envuelta en aquel pauelo blanco, sin hablar ya.

Su padre estaba de vaquero en Ragoleti, pasado Licodia, "donde se
respiraba la malaria", segn decan los campesinos de los alrededores;
pero en los terrenos pantanosos, los pastos son buenos y las vacas no
cogen las fiebres. Jeli, pues, estbase en el campo todo el ao, bien
en Donferrante, ya en los cercados de La Encomienda o en el valle del
Tacitano, y los cazadores o los caminantes que tomaban los atajos
veanlo siempre de aqu para all, como perro sin amo. No lo pasaba
mal, porque estaba acostumbrado a ir con los caballos, que andaban paso
al paso delante de l buscando el trbol, y con los pjaros, que
revoloteaban en bandadas a su alrededor, en tanto el sol haca su lento
viaje, hasta que se alargaban las sombras, deshacindose luego; tena
tiempo para ver amontonarse las nubes poco a poco, figurando montes y
valles; saba cmo sopla el viento cuando hay temporal y de qu color
son las nubes cuando est para nevar. Cada uno tena su aspecto y
significacin, y haba siempre cosas que ver y que or a todo hora del
da. As, cuando al anochecer, el pastor se pona a tocar en su flauta
de saco, la yegua negra se acercaba, masticando trbol, y se quedaba
mirndole fijamente, con grandes ojos pensativos.

Donde nicamente le daba melancola era en las desiertas landas de
Passanitello, donde no hay un arbusto ni una mata, y en los meses de
calor no vuela un pjaro. Los caballos reunanse en coro, con la
cabeza baja, para hacerse sombra los unos a los otros, y en los largos
das de la trilla llova aquella gran luz silenciosa, siempre igual y
agobiante, durante diez y seis horas.

Pero donde el pasto era abundante y los caballos estaban a gusto, el
muchacho se ocupaba en cualquier otra cosa; haca jaulas de caa para
grillos, pipas incrustadas y cestillos de junco con cuatro asas; saba
levantar un cobijo cuando la tramontana empujaba hacia el valle las
largas hileras de cuervos, o cuando las cigarras batan las alas al
sol que abrasaba los rastrojos; asaba las bellotas del encinar en las
brasas de los sarmientos de zumaque, que parecale comer tostadillas, o
coca las grandes rebanadas de pan cuando empezaba a tener la barba del
moho, pues que cuando estaba en Passanitello durante el invierno los
caminos se ponan tan malos que, a las veces, transcurran quince das
sin que por ellos pasara alma viviente.

Don Alfonso, que estaba pegado a las faldas de su madre, envidiaba a su
amigo Jeli el zurrn en que llevaba todo su menaje, el pan, las
cebollas, la botellita de vino, el pauelo para el fro, el lo de
trapos con el hilo y las agujas gruesas, la cajita de hojalata con la
yesca y el pedernal; le envidiaba tambin la soberbia yegua "Pa", el
animal aquel de los rizos enhiestos en la frente, que tena tan malos
ojos e hinchaba las narices como un mastn receloso cuando alguien
quera montarla. De Jeli, por el contrario, se dejaba montar y rascar
las orejas, que le gustaba mucho, y se estaba quieta a escuchar lo que
le deca.

-- Deja a la "Pa" -- le recomendaba Jeli --. No es mala; pero no te
conoce.

Luego que Scordu, el recovero, se llev la yegua calabresa que haba
comprado por San Juan, para que se la tuviesen con el ganado hasta
la vendimia, el potro zaino, una vez hurfano, no se daba paz y
correteaba monte arriba con largos y lamentosos relinchos, al viento
las crines. Jeli corra tras l, llamndolo con fuertes gritos, y el
potro se detena a escuchar, tenso el pescuezo y erguidas las orejas,
acaricindose los flancos con la cola. "Como le han quitado la madre,
no sabe lo que le pasa -- observaba el pastor --. Hay que estarle a
la mira, porque sera capaz de tirarse precipicio abajo. Tambin yo
cuando se me muri mi madre andaba a ciegas."

Cuando el potro comenz de nuevo a oliscar el trbol y a darle unas
cuantas dentelladas de mala gana, repeta: "Mira, poco a poco empieza
a olvidrsele. Pero tambin a l le vendern. Los caballos nacen para
que se los venda, como los corderos para el matadero y las nubes para
traer la lluvia. Slo los pjaros no tienen ms que hacer que cantar y
volar todo el da."

No se le ocurran las ideas rpidamente y una tras otra, porque rara
vez haba tenido con quien hablar, y por eso no tena prisa de
sacrselas de la cabeza, donde estaba acostumbrado a que surgieran
poco a poco, como las yemas de los rboles bajo el sol. "Tambin los
pjaros -- aadi -- tienen que buscarse el cebo, y cuando la nieve
cubre la tierra se mueren."

Luego reflexion un momento. "T eres como los pjaros; pero cuando
llega el invierno te puedes estar al fuego sin hacer nada."

Don Alfonso contestaba que tambin l tena que ir a aprender al
colegio. Jeli entonces abra mucho los ojos y se haca todo odos si
el seorito se pona a leer, mirando al libro y a l con ojos
desconfiados, y permaneciendo atento, con ese ligero temblor de
prpados que indica la intensidad de atencin en los animales que ms
se acercan al hombre. Le gustaban los versos, que le acariciaban el
odo con la armona de una cancin incomprensible, y a veces frunca
las cejas, sacaba la barbilla y pareca como si en su interior se
estuviera forjando un grave pensamiento; entonces deca que s con la
cabeza, sonriendo burlonamente, y se rascaba la cabeza. Cuando luego
el seorito ponase a escribir, para hacer ver todas las cosas que
saba, Jeli se habra estado mirndolo horas enteras, y de pronto
dejaba escapar una mirada de desconfianza. No poda comprender que
se pudiesen repetir en el papel las palabras que l haba dicho o que
haba dicho don Alfonso, y aun cosas que no haba pronunciado su boca;
tanto, que acababa por echarse atrs, incrdulo, con maliciosa sonrisa.

Toda idea nueva que llamaba a su cabeza queriendo entrar dbale que
sospechar, y pareca como si la oliscase con la misma salvaje
desconfianza que su yegua "Pa". Pero no se maravillaba de nada; si le
hubieran dicho que en la ciudad los caballos van en coche, se habra
quedado impasible, con esa mscara de indiferencia oriental que
constituye la dignidad del campesino siciliano. Pareca atrincherarse
instintivamente en su ignorancia, como si fuese la fuerza de su
pobreza. Siempre que le faltaban argumentos repeta: "Yo no s nada.
Yo soy pobre", con una sonrisa obstinada que quera ser maliciosa.

Haba pedido a su amigo Alfonso que le escribiera el nombre de Mara
en un pedazo de papel que haba encontrado quin sabe dnde, porque
recoga cuanto vea por el suelo y lo haba puesto en el lo de los
trapos. Un da, luego de estar un rato callado, mirando muy pensativo
de una parte a otra, dijo serio, serio:

-- Yo tengo mi novia.

Alfonso, aunque saba leer, abri los ojos desmesuradamente.

-- S -- repiti Jeli --; Mara, la hija del seor Agripino, que estaba
aqu, y que ahora est en Marineo, en ese casero tan grande del llano
que se ve desde el teso del Literero, all arriba.

-- Conque... te casas?

-- S; cuando sea mayor y tenga seis onzas de salario al ao. Mara no
sabe nada todava.

-- Por qu no se lo has dicho?

Jeli movi la cabeza y se di a reflexionar. Luego desat el lo y
desdobl el papel que haba hecho que le escribiera.

-- Es verdad que aqu dice Mara; lo ha ledo don Jesualdo, el guarda,
y fray Cols, cuando baj en busca de las habas. Uno que sepa
escribir -- observ luego -- es como uno que conservase bien las
palabras en la caja del eslabn y pudiese llevarlas en el bolsillo y
mandarlas aqu y all.

-- Qu vas a hacer ahora con ese pedazo de papel, t que no sabes
leer? -- le pregunt Alfonso.

Jeli se encogi de hombros; pero continu doblando cuidadosamente su
papel escrito en el envoltorio de los trapos.

Haba conocido a la Mara cuando nia, que bien se pegaron al
encontrarse en el valle, cogiendo moras en las zarzas. La chiquilla,
que saba que "aquello era cosa suya", agarr a Jeli por el pescuezo,
como un ladrn. Se dieron sus buenas puadas, por turno riguroso, como
hace el tonelero con los aros de los toneles, y cuando se cansaron,
calmronse poco a poco, segn se tenan agarrados.

-- T quin eres? -- le pregunt Mara.

Y al ver que Jeli, ms salvaje, no deca quin era:

-- Yo soy Mara, la hija del seor Agripino, que es el campero de todos
estos campos.

Jeli entonces solt la presa sin decir nada, y la chica se puso a
recoger las moras que se le haban cado por el suelo, mirando de
reojo de cuando en cuando a su adversario con curiosidad.

-- Del otro lado del puentecillo, en el seto del huerto, hay muchas
moras muy gordas -- aadi la pequea -- y se las comen las gallinas.

Jeli, en tanto, se alejaba paso a paso, y Mara, luego que le sigui
con los ojos hasta que se perdi en el encinar, volvi las espaldas a
su vez y fuese corriendo a casa.

Pero desde aquel da empezaron a domesticarse. Mara iba a hilar estopa
al parapeto del puentecillo, y Jeli empujaba el ganado poco a poco
haca las faldas del Cerro del Bandido. Al principio quedbase
apartado de ella, revolotendole alrededor, mirndola de lejos con
aire desconfiado, y poco a poco iba acercndosele con paso cauteloso
de perro acostumbrado a las pedradas. Cuando al cabo se encontraban
juntos, permanecan horas enteras sin abrir la boca; Jeli, observando
atentamente el intrincado trabajo de media que habale mandado hacer
su madre a Mara, o vindole ella a l incrustar caprichosos zigzag en
las varas de almendro. Luego banse cada cual por su lado sin decirse
palabra, y la nia, cuando llegaba a la vista de su casa, se echaba a
correr, levantndosele las sayas sobre las coloradas piernezuelas.

Por el tiempo de los higos chumbos, furonse a la espesura del
matorral, a comer higos todo el santo da. Vagabundeaban juntos bajo
los nogales seculares, y Jeli vareaba las nueces, que llovan como
granizo; la nia se daba a recoger con gritos de jbilo cuantas poda,
y luego escapaba a toda prisa, cogindose las dos puntas del delantal
y tambalendose como una viejecilla.

En todo el invierno Mara no se atrevi a asomar la nariz con aquel
fro tan grande. A veces, al anochecer, vease el humo de las fogatas
de zumaque, que Jeli haca en el Llano del Literero o en el Cerro de
la Abundancia, para no quedarse aterido, igual que los abejarucos que
encontraba por las maanas detrs de una piedra, o al reparo de su
surco. Tambin a los caballos les gustaba menear un poco la cola en
torno al fuego, y se le apretaban unos con otros para calentarse.

Con el marzo volvieron las alondras al llano, los pjaros al tejado,
las hojas y los nidos a los setos, y Mara volvi a andar en compaa
de Jeli sobre la blanda hierba, entre las matas en flor, bajo los
rboles todava desnudos que empezaban a pintarse de verde. Jeli se
meta entre los espinos como un sabueso para coger los nidos de
mirlos, que le miraban espantados con sus ojillos de pimienta; los dos
nios llevaban muchas veces entre la camisa conejitos desencamados,
casi pelados an, mas ya con largas e inquietas orejas, correteaban
por los campos tras la piara de los caballos, entraban en los
rastrojos tras los segadores, paso a paso, con el ganado, detenindose
cada vez que una yegua se paraba a arrancar un matojo. Por la noche,
al llegar al puentecillo, se marchaban cada cual por su lado sin
decirse adis.

As pasaron todo el verano. Entre tanto, el sol empezaba a ponerse
tras el cerro de la Cruz, y los pardillos iban siguindole hacia la
montaa segn obscureca, por entre las chumberas. Ya no se oan
grillos ni cigarras y a aquella hora difundase por el aire como una
gran melancola.

Por entonces lleg a la cabaa de Jeli su padre, el vaquero, que haba
cogido la malaria en Ragoleti, y ni aun tenerse sobre el burro que le
llevaba poda. Jeli encendi el fuego a toda prisa y corri "a las
casas" a buscar algn huevo de gallina.

-- Extiende un poco de paja junto al fuego -- le dijo su padre --, que
siento que me vuelve la fiebre.

El calofro de la calentura era tan grande, que el compadre Menu,
sepultado bajo su gran tabardo, la albarda del asno y el zurrn de
Jeli, temblaba como las hojas en noviembre ante la hoguera de
sarmientos, que le haca una cara blanca como la de un muerto. Los
hombres de la hacienda iban a preguntarle:

-- Cmo va, compadre Menu?

El pobrecillo no responda ms que con un quejido como el de un
perrillo nuevo.

-- Es malaria de la que mata como un escopetazo -- decan los amigos
calentndose las manos al fuego.

Llamaron asimismo al mdico; pero eran dinero despilfarrados, porque
la enfermedad era tan clara que un nio sabra curarla; ya si la
fiebre no era de las que matan de todos modos, con el sulfato se
curaba en seguida. El compadre Menu se gast un ojo de la cara en
sulfato, pero era lo mismo que echarlo al pozo.

-- Toma un buen cocimiento de "eucalitus", que no cuesta nada --
sugera el seor Agripino --; y si tampoco sirve como el sulfato,
por lo menos no te arruinas gastando.

Tomaba el cocimiento de eucalipto, y la fiebre le volva con ms
fuerza. Jeli asista a su padre lo mejor que saba. Todos las maanas,
antes de salir con los potros, le dejaba el cocimiento preparado en
la gamella, el haz de sarmientos a mano, los huevos en la ceniza
caliente, y volva temprano a la noche, con la lea, la botella de
vino y algn pedazo de carne de carnero que haba ido a comprar a
Licodia. El pobre muchacho hacalo todo con garbo, como una buena ama
de casa, y su padre, segn le segua con cansados ojos en sus
quehaceres por la cabaa, sonrea de cuando en cuando, pensando que
el chico sabra salir adelante cuando se quedara solo.

Los das en que remita la fiebre algunas horas, el compadre Menu se
levantaba todo descompuesto, con el pauelo atado a la cabeza, y se
pona a la puerta a esperar a Jeli mientras calentaba el sol. Cuando
Jeli dejaba caer junto a la puerta el haz de lea y pona sobre la
mesa la botella y los huevos, le deca:

-- Pon a hervir el "eucalitus" para esta noche.

O tambin:

-- Ten en cuenta para cuando yo te falte que el oro de tu madre lo
tiene a recaudo la ta Agueda.

Y Jeli deca que s con la cabeza.

-- Es intil -- repeta el seor Agripino cada vez que volva a ver al
compadre Menu con la fiebre --. Tiene ya la sangre apestada.

El compadre Menu escuchaba sin parpadear, con la cara ms blanca que
el pauelo que llevaba a la cabeza.

Ya no se levantaba. Jeli se echaba a llorar cuando no tena fuerzas
para ayudarle a volverse de un lado; poco a poco, el compadre Menu
acab por no hablar tampoco. Las ltimas palabras que le dijo a su
chico fueron stas:

-- Cuando me muera, ve al amo de las vacas, a Ragoleti, y que te d
las tus onzas y los doce tmulos de trigo que me debe de mayo ac.

-- No -- respondi Jeli -- son dos onzas y quince tan slo, porque ha
dejado usted las vacas hace ms de un mes y hay que hacer la cuenta
justa con el amo.

-- Es verdad! -- afirm el compadre Menu, entornando los ojos.

-- Ahora s que estoy en el mundo lo mismo que un potro perdido, que
se lo pueden comer los lobos -- pens Jeli cuando se llevaron a su
padre al cementerio de Licodia.

Mara fu tambin a casa del muerto, con esa inquieta curiosidad que
despiertan las cosas espantosas.

-- Mira cmo me he quedado! -- le dijo Jeli.

La nia se ech atrs asustada, por miedo a que quisiera hacerle
entrar en la casa donde haba estado el muerto.

Jeli fu a recoger el dinero de su padre y se march con el ganado a
Passanitello, donde ya estaba alta la hierba en el terreno en barbecho
y el pasto era abundante; as que los potros estuvieron all pastando
mucho tiempo, Jeli, en tanto, se haba hecho muy mayor, y tambin Mara
deba haber crecido, pensaba l muchas veces segn tocaba la flauta;
luego, cuando volvi a Tebidi, despus de tanto tiempo, llevando
delante de l, poco a poco, las yeguas por los resbaladizos senderos
de la Fuente del to Cosme, iba buscando con los ojos el puentecillo
del valle, la casa del valle del Tacitano, y el tejado de _las casas
grandes_, sobre el que revoloteaban siempre las palomas. Pero por
entonces el amo ya haba despedido al seor Agripino, y toda la
familia de Mara estaba desalojando. Jeli se encontr a la muchacha
muy crecida y guapetona, a la puerta del corral, viendo cmo cargaban
su ropa en la carreta. Ahora la habitacin vaca pareca ms obscura
y ahumada que de costumbre. La mesa, la cama, la cmoda, las estampas
de la Virgen y San Juan, incluso los clavos para colgar las calabazas
de las semillas, haban dejado seal en las paredes donde estuvieron
tantos aos.

-- Nos vamos -- le dijo Mara al ver que miraba --. Nos vamos a
Marineo, donde est ese casero tan grande, en el llano.

Jeli se di a ayudar al seor Agripino y a la "se" La a cargar la
carreta, y cuando ya no hubo nada que sacar de la habitacin, fu a
sentarse con Mara en el parapeto del abrevadero.

-- Tampoco las casas -- le dijo luego que la vi cargar la ltima
cesta en la carreta --, tampoco las casas, cuando se saca lo que
tienen dentro, parecen las mismas.

-- En Marineo -- respondi Mara -- tendremos un cuarto ms bonito,
dice mi madre, y tan grande como el almacn del queso.

-- Cuando te marchas no quiero volver ms por aqu: que me parecer
que ha vuelto el invierno al ver esa puerta cerrada.

-- En Marineo encontraremos otra gente, a Pudda, "la Roja", y a la
hija del campero; nos divertiremos; por la siega irn ms de ochenta
segadores con su cornamusa, bailaremos en la era.

El seor Agripino y su mujer haban echado a andar con la carreta;
Mara corra tras ellos muy contenta, llevando la cesta con los
pichones. Jeli quiso acompaarla hasta el puentecillo, y cuando ya
estaba para desaparecer en el valle, la llam:

-- Mara, Mara!

-- Qu quieres? -- dijo Mara.

No saba lo que quera.

-- Y t, qu vas a hacer ahora aqu slo? -- le pregunt entonces la
muchacha.

-- Yo me quedo con los potros.

Mara se fu dando brincos, y l se qued all quieto en tanto pudo or
el ruido de la carreta, bambalendose sobre las piedras. El sol tocaba
las altas rocas del Cerro de la Cruz; las grises cabelleras de los
olivos se esfumaban en el crepsculo, y en la lejana del campo no se
oa ms que la esguila de la "Blanca" en el silencio inmenso.

Mara, apenas se vi en Marineo entre gente nueva y en las faenas de la
vendimia, se olvid en l; pero Jeli pensaba siempre en ella, porque
no tena otra cosa que hacer en los largos das que se pasaba
contemplando la cola de sus caballos. Ahora ya no tena motivo para
bajar al valle, del otro lado del puentecillo, y nadie le vea en la
hacienda. As, ignor mucho tiempo que Mara tena novio, porque bajo
el puentecillo haba pasado mucha agua. No volvi a ver a la muchacha
hasta el da de la fiesta de San Juan, segn fu a la feria a vender
unos potros; una fiesta que se le troc en veneno y le quit el pan de
la boca por un accidente que le ocurri a uno de los potros del amo;
Dios nos libre.

El da de la feria, el mayoral esperaba los potros desde el amanecer,
andando de un lado a otro, con sus polainas relucientes, por detrs
de las grupas de los caballos y las mulas, puestos en fila a un lado
y a otro de la carretera. La feria estaba ya para acabar, y Jeli no
asomaba an con el ganado por el recodo que haca la carretera. En las
empinadas cuestas del Calvario y del Molino de viento quedaba an tal
cual rebao de ovejas apretadas en corro, con el hocico en tierra y los
ojos cerrados, y tal cual pareja de bueyes de pelo largo, de esos que
se venden para pagar la renta de las tierras, esperando inmviles bajo
el sol ardoroso. Abajo, en el valle, la campana de San Juan tocaba a
misa mayor, acompaada del largo estampido de los morteretes.

El campo de la feria pareca exaltar en un gritero que se prolongaba
entre los tenderetes de los vendedores alineados en la Cuesta de los
Gallos, descenda por las calles del pueblo y pareca regresar del
valle donde estaba la iglesia.

-- Viva San Juan!

-- Santo diablo! -- gritaba el mayoral --. Ese maldito Jeli me va a
hacer perder la feria.

Las ovejas levantaban el hocico atnito y se daban a balar todos a
una, y los bueyes andaban lentamente, mirando en derredor con sus
grandes ojos.

El mayoral estaba tan enfadado porque aquel da haba que pagar el
arrendamiento de los Cercados grandes, "cuando San Juan llegase bajo
el olmo" deca el contrato, y para completar la cantidad se haba
contado con la venta de los potros. Entre tanto, potros, caballos y
mulas haba cuantas el Seor hizo, todos limpios y relucientes,
adornados de trenzas, lazos y cascabeles, que sacudan para espantar
el fastidio, volviendo la cabeza a todo el que pasaba, como si
esperasen un alma caritativa que quisiera compararlos.

-- Se habr tumbado a dormir el muy ladrn! -- segua gritando el
mayoral --, y me deja colgados los potros...

Jeli, por el contrario, haba andado durante toda la noche para que
los potros llegasen frescos a la feria y cogiesen un buen sitio al
llegar, y al pisar el Llano del Cuervo, an no se haban puesto los
_tres reyes_ que brillaban sobre el monte Arturo con los brazos en
cruz. Por el camino pasaban de continuo carros y gentes a caballo que
iban a la fiesta; por eso el mozo tena los ojos bien abiertos, para
que los potros no se espantaran con el inslito trajn y fueran todos
juntos a lo largo de la cuneta, tras de la "Blanca", que caminaba
derecha y tranquila con su cencerro al cuello. De cuando en cuando,
como el camino corra por lo alto del monte, se oa all abajo la
campana de San Juan, que hasta el obscuro silencio del campo llegaba
la fiesta, y por todo el camino, a los lejos, lleno de gente a pie o
a caballo que iba a Vizzini, se oa gritar: "Viva San Juan!", y los
cohetes ascendan derechos y relucientes tras los montes de la
Canzinia, como las estrellas que llueven en agosto.

-- Es como la Nochebuena! -- bale diciendo Jeli al muchacho que le
ayudaba a conducir la piara --, que en todas las haciendas se hace
fiesta y luminaria y por todo el campo se ven hogueras.

El muchacho dormitaba, arrastrando muy despacio una pierna tras otra,
y no responda nada. Pero Jeli, a quien aquella campana le haca
hervir la sangre, no poda estar callado, como si aquellos cohetes que
rasgaban la obscuridad, callados y relucientes tras el monte, le
salieran a l del alma.

-- Mara habr ido tambin a la fiesta de San Juan -- deca --, porque
va todos los aos.

Y sin preocuparse de que Alfio, el muchacho, no responda nada:

-- No sabes! Ahora Mara es as de alta, que est ms crecida que la
madre que la ha parido, y cuando la volv a ver no me pareci la misma
con quien iba a coger higos chumbos y a varear las nueces.

Y se di a cantar en alta voz cuantas canciones saba.

-- Alfio! Te duermes? -- le grit cuando hubo concludo --. Mira
que la "Blanca" va siempre tras de ti!

-- No, no me duermo! -- respondi Alfio con voz ronca.

-- Ves cmo nos mira el lucero all, sobre Granvilla, como si
disparasen cohetes tambin en Santa Dominica? Ya poco falta para que
rompa el alba; pero llegaremos a la feria a tiempo de encontrar un
buen sitio. Ya vers, "Morito", cmo tendrs cabezada nueva, con tus
jaeces colorados para la feria! Y t tambin, "Estrellado"!

As bales, pues, hablando a los potros para que se serenasen oyendo
su voz en la obscuridad. Pero le dola que el "Estrellado" y el
"Morito" fueran a ser vendidos en la feria.

-- Cuando estn vendidos se irn con el amo nuevo, y ya no se los
ver en la piara, como ha pasado con Mara luego que se march a
Marineo.

-- Su padre est muy bien en Marineo; que cuando fu a verlos me
pusieron delante pan, vino, queso y toda la gracia de Dios, porque l
es casi el mayoral, y tiene las llaves de todo, y si hubiese querido,
yo me habra comido toda la hacienda. Mara no me conoca casi de tanto
tiempo que haca que no me haba visto, y se puso a gritar: "Anda!
Mire quin est aqu! Jeli, el guardin de los caballos, el de
Tebidi!" Es como cuando uno vuelve de lejos, que slo con ver el pico
de un monte reconoce en seguida la tierra donde ha nacido. La "se"
La no quera que le llamase de t a su hija, ahora que ya se ha hecho
grande, porque la gente que no sabe nada murmura luego. Mara se rea,
y "din" que acababa de cocer el pan, segn estaba de colorada. Y
pona la mesa y extenda el mantel, que no pareca la misma.

-- Y qu... te acuerdas de Tebidi? -- le pregunt, apenas la "se"
La sali para sacar vino fresco del barril.

-- S; s que me acuerdo -- me dijo ella --. En Tebidi haba una
campana y un campanario que pareca el asa de un salero, se tocaba
desde el atrio, y haba tambin dos gatos de piedra, que hacan la
guardia de la puerta del jardn.

Yo senta dentro de m todas aquellas cosas segn me las iba diciendo.
Mara me miraba de pies a cabeza, con unos ojos as, y tornaba a
decirme: "Cunto has crecido!" Y se ech a rer y me di un pescozn.

De esta manera perdi el pan Jeli, el guardin de los caballos, porque
precisamente en aquel momento, sobreviniendo de improviso un coche,
que no se haba odo antes, segn suba la cuesta paso a paso, se puso
al trote al llegar al llano, con gran estrpito del ltigo y
cascabeles, como si lo llevase el diablo. Los potros, espantados, se
desbandaron en un relmpago, que pareca aquello un terremoto, y
fueron menester no pocos gritos, llamadas y "oh, oh!" de Jeli y del
muchacho antes de que se recogieran en torno a la "Blanca", que
trotaba tambin sin rumbo, con su cencerro al cuello. Apenas cont
Jeli sus caballos, se percat de que faltaba el "Estrellado", y se
llev las manos a la cabeza, porque por all el camino corra a lo
largo del barranco, y en las barranco fu donde el "Estrellado" se
rompi las patas, un potro que vala doce onzas como doce ngeles del
paraso. Llorando y gritando llamaba Jeli al potro, que no se le vea
por parte alguna: "Oh! Oh! Oh!" El "Estrellado" respondi, por
fin, desde el fondo del barranco con un doloros relincho, como si
hubiese tenido el don del habla el pobre animal...

-- Ay, madre ma! -- gritaban Jeli y el muchacho --. Ay qu
desgracia, madre ma!

Los caminantes que iban a la fiesta y oan llorar de aquel modo en la
obscuridad, les preguntaban qu se les haba perdido, y luego, cuando
saban de lo que se trataban, seguan su camino.

El "Estrellado" permaneca inmvil donde se haba cado, con las patas
en alto, y mientras Jeli bale tocando por todas partes, llorando y
hablndole, cual si hubiese podido entenderle, el pobre animal
levantaba la cabeza trabajosamente y la volva hacia l, con un
aliento roto por el espasmo.

-- Qu se le habr roto? -- lloriqueaba Jeli, desesperado de no poder
ver nada por la mucha obscuridad; y el potro, inerte como una piedra,
dejaba caer la cabeza pesadamente. Alfio, que se haba quedado en el
camino al cuidado de la piara, tranquilizndose antes que el otro,
sac el pan del zurrn. El cielo se haba puesto blancuzco, y los
de alrededor parecan despuntar uno por uno, altos y negros. Desde la
revuelta de la carretera se empezaba a divisar el pueblo, con su monte
Calvario, y el del Molino de viento estampado en el amanecer, umbros
an, sembrados de las blancas manchas de los rebaos; y, como los
bueyes que pastaban en lo alto del monte, en el azul iban de un lado a
otro, pareca como si el contorno del monte se animase y hormigueara
de vida. La campana no se oa ya desde el fondo del barranco; los
caminantes eran cada vez ms raros, y los pocos que pasaban tenan
prisa por llegar a la feria. El pobre Jeli no saba a qu santo
volverse en aquella soledad; el mismo Alfio, por s solo, de nada
poda servirle; por eso ste mordisqueaba tranquilamente su pedazo de
pan.

Al cabo vise venir a caballo al mayoral, que desde lejos gritaba y
blasfemaba al ver los caballos parados en el camino; tanto, que Alfio,
asustado, se di a correr monte arriba. Jeli no se movi de junto al
"Estrellado". El mayoral dej la mula en el camino y baj al barranco
a su vez, intentando ayudar al potro a levantarse tirndole de la
cola.

-- Djelo estar! -- deca Jeli todo plido, como si hubiese sido l
quien se hubiese roto las pierna --. Djalo estar! No ve que el
pobre animal no se puede mover!

El "Estrellado", en efecto, a cada movimiento y a cada esfuerzo que le
obligaban a hacer, daba un ronquido que pareca un cristiano. El
mayoral se desahogaba dndole puntapis y pescozones a Jeli, clamando
contra los ngeles y santos del cielo. Alfio, en tanto, ya ms
tranquilo, haba vuelto al camino para no dejar a los caballos sin
guarda, e intentaba disculparse diciendo:

-- Yo no tengo la culpa. Yo iba delante con la "Blanca".

-- Aqu ya no hay nada que hacer -- dijo al cabo el mayoral, luego que
se persuadi de que todo era tiempo perdido --. Aqu ya no se
aprovecha ms que el pellejo, que es bueno.

Jeli se ech a temblar como una hoja cuando vi al mayoral ir a sacar
la escopeta de las alforjas de la mula.

-- Qutate de ah, holgazn! -- le grit el mayoral --. Qu no s
cmo no te tumbo junto a ese potro que vala bastante ms que t con
todo el puerco bautismo que te ech el ladrn del cura!

El "Estrellado", no pudindose mover, volva la cabeza con ojos
espantosos, como si todo lo hubiese entendido, y el pelo se le rizaba
en ondas a lo largo de las costillas; pareca como si por debajo le
corriera un estremecimiento. As, pues, el mayoral mat all mismo al
"Estrellado", para sacar al menos la piel, y el ruido sordo que hizo
en la carne viva el tiro a boca de jarro le sinti Jeli dentro de s.

-- Ahora, si quieres seguir mi consejo -- le dijo el mayoral --, ya
puedes no presentarte al amo a que te pague lo que te debe, porque te
lo pagar en moneda amarga.

El mayoral se march con Alfio, con los dems potros, que, sin volver
siquiera adonde quedaba el "Estrellado", iban arrancando la hierba del
ribazo. El "Estrellado" se qued solo en el barranco esperando que
fuesen a despellejarlo, con los ojos espantados an y las cuatro patas
estiradas; feliz al cabo, que no pensaba ms. Jeli, que haba visto la
sangre fra con que el mayoral apunt y dispar mientras el pobre
animal volva la cabeza penosamente, cual si tuviera sentido, dej de
llorar y se qued mirando al "Estrellado", sentado en una piedra,
hasta que llegaron los hombres que iban por la piel.

Ahora ya poda irse de paseo, a divertirse o estarse en la plaza todo
el da, viendo a los seorones en el casino, como mejor le pareciera,
que ya no tena pan ni techo, y era menester buscarse un amo, si es
que alguno le quera despus de la desgracia del "Estrellado".

As son las cosas del mundo: mientras Jeli andaba buscando un amo, con
el zurrn a cuestas y cayada en mano, la banda tocaba en la plaza
alegremente, con sus sombreros de plumas, en medio de una muchedumbre
de gorras blancas, espesas como moscas, y los seorones estaban tan
divertidos sentados en el casino. Toda la gente andaba vestida de
fiesta, como el ganado de la feria, y en un rincn de la plaza haba
una mujer con falda corta y medias color de carne, que pareca llevar
las piernas desnudas, tocando el tambor ante una tela pintada, donde
se vea una carnicera de cristianos corriendo la sangre a raudales;
y entre la gente que estaba all mirando con la boca abierta, vi al
seor Cols, que conoca a Jeli de cuando estaba en Passanitello, y
le dijo que el amo se lo encontrara l, porque el compadre Isidoro
Macca buscaba un guardin para sus cerdos.

-- Pero no digas nada de lo del "Estrellado"! -- le recomend el
seor Cols --. Una desgracia a cualquiera le pasa; pero es mejor no
hablar de ello.

Fueron, pues, a buscar al compadre Macca, que estaba en el baile, y
mientras el seor Cols entr con la embajada, Jeli esper en la
calle, en medio de la gente que estaba en la puerta. En la sala haba
una porcin de gentes que saltaban y se divertan, todas sofocadas,
haciendo un gran ruido de pisadas sobre el pavimento, que ni aun el
"ron-ron" del contrabajo se oa, y apenas acababa una tocata, que
costaba un grano, levantaban el dedo para indicar que queran otra,
y el del contrabajo haca una cruz con carbn en la pared para llevar
la cuenta y empezaba otra vez.

-- Esos gasten sin pensar -- deca Jeli -- y no estn apurados como
yo por falta de un amo, cuando tanto sudan y se afanan por gusto,
como si estuvieron a jornal.

El seor Cols regres diciendo que el compadre Macca no tena
necesidad de nadie. Entonces Jeli volvi las espaldas y se march
cabizbajo.

Mara viva hacia San Antonio, donde las casas trepan por el monte,
frente al valle de la Canziria, todo verde de chumberas, y al fondo
las ruedas de los molinos que espumaban en el torrente; pero Jeli no
tuvo valor para ir hacia aquellos sitios ahora que ni aun para guardar
puercos le queran; y vagando por entre la gente, que le empujaba de
un lado a otro sin preocuparse de l, le pareca estar ms solo que
antao con los potros en las landas de Passanitello, y senta ganas de
llorar. Por ltimo, el seor Agripino se lo encontr en la plaza,
segn iba de aqu para all con los brazos colgando, viendo la fiesta,
y empez a gritarle: "Jeli, Jeli!", y se lo llev a su casa. Mara,
muy compuesta, con unos pendientes que le daban en las mejillas,
estaba a la puerta mano sobre mano, cargadas ambas de anillos,
esperando que anocheciese para ir a ver los fuegos.

-- Oh! -- dijo Mara -- Tambin t has venido para la fiesta de
San Juan?

Jeli no se atreva a entrar, es verdad, porque estaba mal vestido;
pero el seor Agripino le empuj dicindole que no se vean por
primera vez y que ya se saba que haba ido a la feria con los potros
del amo. La "se" La le sirvi un buen vaso de vino, y despus se lo
llevaron a ver la luminaria con las comadres y los vecinos.

Al llegar a la plaza, Jeli se qued con la boca abierta de la
maravilla; era toda un mar de fuego, como cuando se incendian los
rastrojos, por los muchos cohetes que los devotos disparaban ante el
santo, que se regodeaba con ellos desde la embocadura del Rosario,
negro, negro, bajo el dosel de plata. Los devotos iban y venan por
entre las llamas como diablos, y haba incluso mujer desceida,
despeinada, con los ojos fuera de las rbitas, encendiendo cohetes a
su vez, y un cura con la sotana al viento y destocado, que pareca un
posedo de tanta devocin como tena.

-- Ese es el hijo del seor Neri, el mayoral de la Salonia, y lleva
gastadas ms de diez liras de cohetes -- deca la "se" La,
sealando a un mozo que andaba dando vueltas por la plaza con dos
cohetes a la vez en cada mano, como dos velas; que todas las mujeres
se lo coman con los ojos, y le gritaban:

-- Viva San Juan!

-- Su padre es rico y posee ms de veinte cabezas de ganado -- aadi
el seor Agripino.

Mara saba adems que haba llevado el estandarte grande en la
procesin, y que lo sostena derecho como un huso, tan fuerte y
robusto era el mozo.

El hijo del seor Neri pareca como si oyese todo aquello y encendiese
los cohetes por la Mara, haciendo la rueda delante de ella; tanto que,
despus de los fuegos, los acompa y los llev al baile y al
cosmorama, donde se vea el antiguo y el nuevo mundo, pagando l,
claro est, incluso por Jeli, que iba detrs de la comitiva como perro
sin dueo, a ver bailar al hijo del seor Neri con la Mara, que daba
vueltas y se acurrucaba como paloma enamorada, teniendo colgada con
garbo una punta del delantal. El hijo del seor Neri saltaba como un
potro; tanto que la "se" La lloraba de gusto, y el seor Agripino
deca con la cabeza que s, que iba bien la cosa.

Cuando al cabo se cansaron, fueron de aqu para all por "el paseo",
arrastrados por la gente como por una riada, viendo los transparentes
iluminados, donde cortbanle la cabeza a San Juan, que a los
mismsimos turcos diera compasin, y el santo pataleaba como un
corderillo bajo la segur. All cerca estaba la banda, que tocaba bajo
un gran paraguas de madera todo iluminado, y en la plaza haba tan
apretada muchedumbre que nunca se vieron tantos cristianos en una
feria.

Mara iba del brazo del hijo del seor Neri, como una seorita, y le
hablaba al odo y se rean, que ya se vea que se divertan mucho.
Jeli no poda ms del cansancio, y se qued dormido sentado en la
acera, hasta que le despertaron los primeros petardos de los fuegos
artificiales. Mara, siempre junto al hijo del seor Neri, apoyaba
ambas manos cruzadas en su hombro, y a la luz de los fuegos pareca,
ora blanca, ora roja. Cuando escaparon cielo arriba los ltimos
cohetes en haz, el hijo del seor Neri se volvi hacia ella, que
estaba muy plida, y le di un beso.

Jeli no dijo nada; pero en aquel punto se le troc en veneno toda
la fiesta que hasta entonces haba tenido, y torn a pensar en sus
desgracias, que se le haban olvidado, y en que se haba quedado sin
amo y no saba qu hacer ni adnde ir, y que no tena pan ni cobijo;
en fin, que era mejor tirarse al barranco, como el "Estrellado", al
que se coman los perros en aquel momento.

Entre tanto, la gente a su alrededor estaba alegre. Mara saltaba con
las compaeras y cantaba por la callejuela pedregosa segn volvan a
su casa.

-- Buenas noches! Buenas noches! -- decanse las compaeras, a
medida que se iban dejando unas con otras.

Mara daba las buenas noches como si cantara, tal contento tena en la
voz, y el hijo del seor Neri pareca entontecido sido enteramente, y
como si no quisiera dejarla, mientras el seor Agripino y la "se"
La disputaban al abrir la puerta de la casa. Nadie se ocupaba de
Jeli; slo el seor Agripino se acord de l, y le pregunt:

-- Y ahora, adnde vas a ir?

-- No lo s -- dijo Jeli.

-- Maana ven a buscarme y te ayudar en encontrar colocacin. Por
esta noche vuelve a la plaza donde hemos estado oyendo la banda; ya
encontrars sitio en algn banco; que lo que es a dormir al sereno
debes estar hecho.

S que estaba hecho; pero lo que le daba ms pena era que Mara no le
dijese nada y le dejase a la puerta de aquella manera, como a un
mendigo; tanto que se lo dijo al da siguiente, apenas pudo verla a
solas un momento en su casa.

-- Ay, Mara, cmo te olvidas de los amigos!

-- Eres t, Jeli? -- dijo Mara --. No, no me olvid de ti. Pero
estaba tan cansada despus de los fuegos!

-- Es que quieres al menos al hijo del seor Neri? -- le pregunt
dndole vueltas al cayado entre los dedos.

-- Qu ests diciendo! -- respondi bruscamente la Mara --. Mi
madre est ah y lo oye todo!

El seor Agripino le encontr colocacin como ovejero en la Salonia,
donde era mayoral el seor Neri; pero como Jeli estaba poco prctico
en el oficio, tuvo que contentarse con un salario asaz escaso.

Ahora atenda a sus ovejas y a aprender cmo se hace el queso, el
requesn, la cuajada y todo fruto pastoril; pero en las charlas que
se traan por la noche en el corral entre los dems pastores y
labriegos, mientras las mujeres pelaban las judas del potaje, si se
hablaba del hijo del seor Neri, que se casaba con Mara la del seor
Agripino, Jeli no deca nada, y ni aun a abrir la boca se atreva.
Cierta vez que el campero le aludi dicindole que Mara ya no quera
nada con l, despus de haber dicho todo el mundo que seran marido y
mujer, Jeli, que cuidaba de la olla en que herva la leche, respondi
escurriendo el cuajo poco a poco:

-- Es que Mara ha crecido y se ha puesto tan guapa, que parece una
seora.

Pero como era paciente y trabajador, presto aprendi el oficio, como
si en l hubiera nacido, y como estaba hecho a andar con el ganado,
quera a sus ovejas, y as el "mal" no haca tantos estragos en la
Salonia, y el rebao prosperaba que era un gusto para el seor Neri
siempre que iba a la hacienda; tanto que, por ao nuevo, se sirvi
inducir al patrn a que aumentase el salario a Jeli, de suerte que
vino a ganar casi lo mismo que cuando eran guardin de caballos.
Eran dineros bien gastados, que Jeli no se preocupaba de contar las
leguas buscando el mejor pasto para sus reses, y cuando las ovejas
paran o estaban malas, las llevaba a pastar en las alforjas del
borrico, y cargaba a cuestas con los corderos, que le balaban en la
cara, con el hocico fuera del saco, lamindole las orejas. En la
nevada famosa de la noche de Santa Luca, cayeron cuatro palmos de
nieve en el "lago muerto" de la Salonia y en todos los alrededores,
durante leguas y leguas, que no se vea otra cosa por el campo cuando
abri el da. Aquella vez habra sido la ruina del seor Neri, como
fu la de tantos otros, a no haberse levantado Jeli tres o cuatro
veces durante la noche a espantar las ovejas en el redil para que los
pobres animales se sacudieran la nieve de encima y no se quedaron
sepultados como muchos de los rebaos vecinos, segn cont el seor
Agripino cuando fu a echar un vistazo a un campillo de habas que
tena en la Salonia. Por cierto que dijo tambin que de aquella
historia de la boda del hijo del seor Neri con su hija Mara no era
verdad nada; que Mara tena otra cosa en el pensamiento.

-- Si decan que se casaba para Navidad! -- dijo Jeli.

-- No es verdad nada de eso: no se casaba nadie; todo charlas de
gentes envidiosas que se meten en los negocios ajenos! -- respondi
el seor Agripino.

Pero el campero, que saba la verdad, porque lo haba odo contar en
la plaza cuando iba al pueblo, cont la cosa tal y como era,
despus que se march el seor Agripino; ya no se casaban porque el
hijo del seor Neri haba sabido que Mara, la del seor Agripino, se
entenda con don Alfonso, el seorito, que conoca a Mara de pequea,
y el seor Neri haba dicho que quera que su hijo fuese honrado,
como su padre, y que no quera ms cuernos en casa que los de sus
bueyes.

Jeli estaba presente all tambin, sentado en corro con los dems
para almorzar, y en aquel momento cortando el pan en rebanadas. No
dijo nada; pero se le qued el apetito por todo el da siguiente.

Segn conduca las ovejas, torn a pensar en Mara cuando era nia, y
estaban juntos todo el da, y iban al valle del Tacitano y al Cerro
de la Cruz, y ella le miraba, con la barbilla respingada, segn iba a
coger nidos a la copa de los rboles, y pensaba tambin en don
Alfonso, que iba a buscarle desde la quinta vecina y se tumbaban de
bruces en la hierba a hurgar con una pajita los nidos de grillos.
Recordaba todas estas cosas horas y horas, sentado en un ribazo,
cogindose las rodillas con las manos; los altos nogales de Tebidi,
los espesos matorrales de los valles, las vertientes de los montes,
verdes de zumaques, y los olivos grises, que se esfumaban en la niebla
del valle; los techos rojos del casero y el campanario, "que pareca
el asa de un salero" entre los naranjos del jardn. Aqu el campo
extendase ante sus ojos, pelado, desierto, manchado de la hierba
abrasada, humeante, silencioso en el horizonte lejano.

En primavera, apenas las vainas de las habas empezaban a doblar la
cabeza, Mara fu a la Salonia con su padre, su madre, el muchacho y
el borrico, para recogerlas, y todos juntos durmieron en la hacienda
los dos o tres das que dur la recoleccin. As que Jeli vea a la
muchacha de da y de noche, y muchas veces sentbase junto a las
teleras del redil y hablaban un rato, mientras el muchacho contaba
las ovejas.

-- Me parece estar en Tebidi -- deca Mara --, como cuando ramos
chicos y estbamos en el puentecillo del sendero.

Jeli se acordaba tambin de todo, aunque nada dijese, porque haba
sido siempre un muchacho juicioso y de pocas palabras.

Acababa la recoleccin, la vspera de la marcha, Mara fu a despedirse
del muchacho, a punto que estaba haciendo el requesn y recoga el
suero con el cazo.

-- Vengo a decirte adis -- djole ella --, porque maana nos volvemos
a Vizzini.

-- Qu tal la cosecha de habas?

-- Malamente... la hierba tora se las ha comido todas este ao.

-- Eso depende de que ha llovido poco -- dijo Jeli --. Figrate, hemos
tenido que matar las corderas porque no tenan pasto... En toda la
Salonia no han nacido tres dedos de hierba.

-- Pero a ti eso poco te importa, que buen ao o malo, tu salario lo
tienes siempre.

-- S, es verdad; pero me da lstima entregar los pobres animales al
cortador.

-- Te acuerdas cuando viniste por la fiesta de San Juan, que te
habas quedado sin amo?

-- S que me acuerdo.

-- Mi padre fu quien te acomod aqu con el seor Neri.

-- Y t, por qu no te has casado con el hijo del seor Neri?

-- Porque no era la voluntad de Dios. Mi padre ha tenido mala
suerte -- continu a poco --. Desde que nos marchamos de Marineo, todo
nos ha salido mal. Las habas, la siembra, el pedazo de via que
tenamos. Adems, mi hermano se ha ido soldado y se nos ha muerto una
mula que vala cuarenta onzas.

-- Ya lo s -- contest Jeli --, la mula baya.

-- Ahora que lo hemos perdido todo, quin quieres que se case
conmigo?

Mara desmenuzaba un vstago de endrina segn hablaba, con la barbilla
hundida en el seno y los ojos bajos, rozando sin darse cuenta con el
codo el de Jeli. Pero Jeli, con los ojos en el suelo, a su vez no
contestaba nada; de suerte que ella continu:

-- En Tebidi decan que seramos marido y mujer, te acuerdas?

-- S -- dijo Jeli, y dej el cucharn en el borde de la
mantequera --. Pero yo soy un pobre pastor y no puedo pretender a la
hija de un propietario como eres t.

Mara se qued un tanto callada, y luego dijo:

-- Si t me quieres, yo por m me caso contigo de buena gana.

-- De veras?

-- S, de verdad.

-- Mi padre dice que t ya sabes tu oficio y que no eres de los que
te gastas el salario, sino que de un cuarto haces dos, y no comes para
no consumir tu pan; de suerte que llegars a tener ovejas tambin t,
y te hars rico.

-- Si es as -- concluy Jeli --, tambin yo me caso contigo de buena
gana.

-- Bueno... -- le dijo Mara una vez que se hubo hecho la obscuridad y
furonse callando las ovejas poco a poco --, si quieres un beso, te
lo doy, puesto que vamos a ser marido y mujer.

Jeli lo recibi muy a gusto, y no sabiendo qu decir, aadi:

-- Yo siempre te he querido; hasta cuando quisiste dejarme por el hijo
del seor Neri...

Pero no tuvo valor para decirle lo dems.

-- Lo ves? Estbamos destinados el uno para el otro! -- concluy
Mara.

El seor Agripino consinti, en efecto, y la "se" La hizo a toda
prisa un jubn nuevo y un par de calzones de velludo para el yerno.
Mara estaba fresca como una rosa; con aquella mantilla blanca pareca
el cordero pascual, y aquel collar de mbar le haca ms blanco el
cuello; de suerte que Jeli, cuando iba a su lado por las calles,
andaba muy tieso, vestido de pao y de velludo nuevo, y no se atreva
a sonarse con el pauelo de seda rojo para no hacerse notar; pero los
vecinos y cuantos saban la historia de don Alfonso se le rean en las
narices. Cuando Mara di el _s quiero_ y el cura se la entreg por
mujer con una gran bendicin, Jeli se la llev a su casa, y le pareci
como si le hubiesen dado todo el oro de la Virgen y todas las tierras
que con sus ojos haba visto.

-- Ahora que somos marido y mujer -- le dijo una vez llegados a casa,
sentado frente a ella y hacindose muy pequeo --, ahora que somos
marido y mujer, puedo decirte que no me parece verdad que me
quieras..., cuando habras tenido tantos otros mejores que yo...,
tan guapa como eres...

El pobre no saba decirle otra cosa, y no caba en el traje nuevo del
contento de tener a Mara en su casa, arreglando y tocndolo todo, en
su papel de ama. No encontraba momento para abrir la puerta y volverse
a la Salonia; cuando lleg el lunes, tardaba de modo inslito en
cargar las alforjas sobre la albarda del burro, el tabardo y el
paraguas de hule.

-- Debas venir a la Salonia t tambin! -- le dijo a su mujer, que
habasele quedado mirando desde el umbral --. Debas venir conmigo.

Pero ella, echndose a rer le respondi que no haba nacido para
pastora y que no tena nada que hacer en la Salonia.

En efecto: Mara no haba nacido para pastora, no estaba acostumbrada
a la tramontana de enero, cuando las manos se hielan sobre el cayado
y parece como si se le fueran a caer a uno las uas; a los furiosos
aguaceros en que le entra a uno el agua hasta los huesos; al polvo
sofocante de los caminos, cuando las ovejas caminan bajo el sol
ardiente; a la yacija dura, al pan mohoso, a los largos das
silenciosos y solitarios, en que por el campo abrasado no se ve a lo
lejos, sino rara vez, algn campesino negro del sol, que lleva por
delante su borriquillo, por la carretera blanca y interminable. Al
menos, Jeli saba que Mara estaba tan a gusto entre sbanas, hilando
ante el fuego, en corro con las vecinas, tomando el sol en el
arriate, mientras l volva del campo cansado y sediento o empapado en
agua, cuando el viento empujaba la nieve hasta dentro de la casa y
apagaba el fuego de zumaques. Todos los meses iba Mara a cobrar el
salario a casa del amo, y no le faltaban huevos en el gallinero,
aceite en la lmpara ni vino en la botella. Dos veces al mes iba Jeli
a verla, y ella le esperaba en el balcn, huso en mano; luego, cuando
haba atado el burro en la cuadra, quitndole la albarda y echando la
cebada en el pesebre, y colocada la lea bajo el cobertizo del corral
o lo que traa a la cocina, Mara le ayudaba a colgar el tabardo de
un clavo, a quitarse las perneras mojadas ante el hogar, y le serva
el vino, mientras el potaje herva alegremente y ella preparaba la
mesa poco a poco, previsora, como buena ama de casa, al mismo tiempo
que le hablaba de esto y de lo de ms all, de la clueca, que haba
puesto a empollar; de la tela que tena en el telar, del ternero que
estaban criando, sin olvidar ninguno de los quehaceres de la casa; de
suerte que Jeli se senta tan a gusto como un Papa.

Pero la noche de Santa Brbara volvi a una hora inslita, cuando
todas las luces estaban apagadas en la calleja y el reloj de la ciudad
daba la media noche. Una noche de lobos; y el lobo precisamente
habasele entrado en casa, mientras l estaba al agua y al viento, por
mor del salario y de la yegua del amo, que estaba mala y era menester
que la viera luego el herrador. Golpe y sacudi la puerta, llamando
a Mara con grandes voces, mientras le caa encima el agua del alero y
le chorreaba por los tobillos. Al cabo, fu su mujer a abrirle y
empez a regaarle, como si hubiese sido ella la que hubiera
correteado por los campos con aquel temporal, con una cara, que le
pregunt:

-- Qu pasa? Qu tienes?

-- Tengo, que me has asustado! Te parece hora de cristianos sta?
Maana estar mala!...

-- Ve a acostarte, yo encender el fuego.

-- No, es menester que vaya por la lea.

-- Yo ir.

-- Que no te digo!

Cuando Mara volvi con la lea en los brazos, Jeli le dijo:

-- Por qu has abierto la puerta del corral? Es que no haba lea
en la cocina?

-- No, he ido por ella al cobertizo.

Ella se dej besar framente, y volvi la cabeza a otro lado.

-- Su mujer le deja en remojo a la puerta -- decan los
vecinos -- cuando est en casa el tordo!

Pero Jeli no saba que era cornudo, ni los dems se lo decan, porque
nada le importaba, que ya se haba casado con dao, despus que el
hijo del seor Neri la haba plantado al saber la historia de don
Alfonso. Jeli, por el contrario, viva feliz y contento con tal
vituperio, y hasta engordaba como un cerdo, "que dientes y cuernos
duelen al apuntar, mas luego sirven para comer".

Al cabo, el zagal del ganado se lo dijo en su cara, cierta vez que
se pusieron a malas, a cuenta de unos quesos mordidos.

-- Como don Alfonso se entiende con tu mujer, te crees que eres su
cuado, que te has puesto ms orgulloso que un rey de corona con los
cuernos que llevas.

El mayoral y el campero creyeron que iba a correr la sangre; pero
Jeli se call, como si no fuese con l, con una cara de tonto que los
cuernos le sentaban bien de verdad.

Acercbase la Pascua, y el mayoral enviaba a todos los hombres de la
hacienda a confesarse con la esperanza de que con el temor de Dios
ya no robasen ms. Jeli fu tambin, y al salir de la iglesia busc
al muchacho con quien haba tenido aquellas palabras, y le ech los
brazos al cuello, dicindole:

-- El confesor me ha dicho que te perdone; pero yo no estoy enfadado
contigo por aquellas habladuras, y si no vuelves a morder el queso,
a m no me importa nada de lo que me dijiste rabioso.

Desde aquel momento, le llamaron de mote "Cuernos de oro", y el
remoquete quedsele, y a todos los suyos, aun despus de haberse
lavado los cuernos con sangre.

La Mara haba ido a confesarse a su vez, y volva de la iglesia muy
envuelta en su mantilla, con los ojos bajos, como una Magdalena.
Jeli, que la esperaba taciturno en el arriate, segn la vi venir de
quella manera, que bien se vea que traa el Seor consigo, la miraba
muy plido, de pies a cabeza, como si la viese por primera vez o le
hubiesen cambiado a su Mara, y ni a levantar los ojos hasta ella se
atreva, mientras desdoblaba el mantel y pona las escudillas sobre la
mesa, tan tranquila y compuesta como de costumbre. Luego de pensarlo
un poco, le pregunt muy framente:

-- Es verdad que te entiendes con don Alfonso?

Mara fij en l sus lmpidos y hermosos ojos, y se hizo el signo de la
cruz.

-- Por qu quieres hacerme pecar en este da? exclam.

-- No, no quiero creerlo todava!... Porque don Alfonso y yo
estbamos siempre juntos cuando chicos, y no pasaba da sin que
fuese a Tebidi... lo mismo que dos hermanos... Adems, l es rico,
que tiene los dineros a paletadas, y si quisiera mujer, se casara,
que no le faltara pan que comer.

Mara, por el contrario, base calentando, y empez a regaarle con
tan malos modos que l ya no levantaba la nariz del plato.

Al cabo, para que la gracia de Dios que estaban comiendo no se les
volviese veneno, Mara cambi de conversacin y le pregunt si haba
pensado en azadonar aquel poco de lino que haban sembrado en el
habar.

-- S -- respondi Jeli --, y se dar bien el lino.

-- Si es as -- dijo Mara --, este invierno te har dos camisas
nuevas para que no tengas fro.

Jeli, en suma, no comprenda lo que quera decir cornudo ni qu eran
celos; todo lo nuevo entrbale difcilmente en la cabeza, y esto era
tan gordo que le costaba un trabajo de todos los demonios que le
entrara, mxime cuando vea ante s a su Mara, tan guapa, tan blanca,
tan compuesta, la misma a quien haba l querido y en quien haba
pensado tanto tiempo, tantos aos, desde chico, que el da que le
dijeron que se iba a casar con otro no tuvo fuerzas para comer ni
beber. Y aun pensando en don Alfonso, no poda creer en una bribonada
semejante, que le pareca estar vindole an con aquellos ojos
francos y aquella boca risuea con que iba a llevarle dulces y pan
blanco a Tebidi haca tantos aos -- una accin tan negra! --, y que
aun no habindole vuelto a ver, porque l era un pobre pastor y se
pasaba todo el ao en el campo, se le haba quedado metido en el
corazn. Pero la primera vez que por desgracia volvi a ver a don
Alfonso ya hecho un hombre, Jeli sinti como un vuelco en el corazn.
Cmo haba crecido y qu buen mozo era! Con aquella cadena de oro
sobre el chaleco, aquella chaqueta de velludo y aquella barba
repeinada que pareca de oro tambin! Nada orgulloso adems, que le
di una palmada en el hombro y le llam por su nombre. Haba ido con
el amo de la hacienda, juntamente con una partida de amigos, a hacer
una excursin en el tiempo del esquileo de las ovejas; y haba
llegado Mara de improviso, con el pretexto de que estaba encinta y
tena antojo de requesn fresco.

Era un da hermoso y clido en los campos rubios con los setos en flor
y las largas hileras verdes de las vias. Las ovejas brincaban y
balaban del contento al sentirse despojadas de toda aquella lana, y en
la cocina, las mujeres hacan un buen fuego para cocer las muchas
cosas que el amo haba llevado para el almuerzo. Los seores, en
tanto, esperaban a la sombra de los algarrobos, mandaban tocar
tamboriles y cornamusas y bailaban quienes tenan ganas con las
mujeres de la hacienda. Jeli, segn esquilaba las ovejas, senta como
si dentro de s, sin saber por qu, le royera una espina, un clavo
agudo, una fina tijera que le trabajaba poco a poco peor que un
veneno.

El amo haba mandado que se sacrificasen dos cabritos, el castrado de
un ao, unos pollos y un pavo. En suma: quera hacer la cosa en grande,
sin ahorros, para hacerles los honores a sus amigos; y mientras todos
aquellos animales se retorcan en el dolor, y balaban los cabritos al
filo del cuchillo, Jeli senta que le temblaban las piernas, y de vez
en cuando le pareca como si la lana que iba esquilando y la hierba en
que brincaban las ovejas se encendieran en sangre.

-- No vayas! -- le dijo a Mara cuando don Alfonso la llam para que
fuese a bailar con los dems --. No vayas, Mara!

-- Por qu?

-- No quiero que vayas! No vayas!

-- Oyes cmo me llaman?

El no dijo ms. Se qued mudo como un muerto, encorvado, como estaba
esquilando las ovejas. Mara se encogi de hombros y se fu a bailar.
Estaba colorada y alegre, con sus ojos negros que parecan dos
estrellas, vindosele al rer los dientes blancos, relucindole sobre
mejillas y pecho el oro de sus cabellos, lo mismo que la Virgen
"talmente". Jeli se irgui de pronto, empuando las largas tijeras,
tan plido como su padre el vaquero cuando temblaba con la fiebre
junto al fuego en la cabaa. Vi que don Alfonso, con su barba rizada,
su chaqueta de velludo y su cadenilla de oro sobre el chaleco, tomaba
a Mara de la mano y la invitaba a bailar; le vi que alargaba el
brazo, como para estrecharla contra su pecho, y que ella le dejaba
hacer; entonces, perdonadle, Seor, ya no vi ms y le degoll de un
solo tajo, lo mismo que a un cabrito.

Despus, segn le llevaban ante el juez, atado, rendido, sin que
hubiese osado oponer la menor resistencia:

-- Que! -- deca --, tampoco tena que matarlo?... Si me haba
quitado mi Mara!








                              "MALPELO"

                           (Rosso Malpelo.)


"Malpelo" se llamaba as porque tena el pelo rojo, y tena el pelo
rojo porque era un chicuelo granujilla y malo que prometa ser un
perfecto bribn. De suerte que todos en la mina de arena roja le
llamaban "Malpelo"; e incluso su madre, con orle llamar siempre de
aquella manera, casi haba olvidado su nombre de pila.

Por lo dems, slo se le vea el sbado por la noche cuando volva a
casa con los pocos cuartos de la semana; y, dado su _mal pelo_, era
de temer asimismo que sustrajera algunos; en la duda, por no errar,
la hermana mayor le tomaba la cuenta a pescozones.

Pero el amo de la mina confirm que los cuartos no eran ms; y, en
conciencia, eran demasiados para "Malpelo", un chicuelo a quien nadie
quera delante de su vista, que todo el mundo hua como un perro
rooso, acaricindole con un puntapi cuando se les pona a tiro.

Era en verdad feo, torvo, quisquilloso y salvaje. A medioda,
mientras todos lo dems obreros de la mina coman en corro su potaje
y tenan su poco de recreo, l iba a acurrucarse con su cestillo
entre las piernas, a roer su poco de pan moreno, como los animales
sus semejantes; y cada cual le deca lo suyo, motejndole y tirndole
piedras, hasta que el capataz le mandaba al trabajo con un puntapi.
El engordaba con los golpes y se dejaba cargar mejor que el burro
romero, sin osar quejarse. Siempre iba andrajoso y sucio de arena
roja: que su hermana se haba tomado los dichos y tena otras cosas
en que pensar que en lavarlo los domingos. Esto, no obstante, era ms
conocido que la ruda por todo Monserrato y la Carvana, tanto, que a
la mina donde trabajaban la llamaban la mina de "Malpelo", cosa que
al amo le molestaba un poco. En suma: le tenan por caridad y porque
maese Misciu, su padre, en aquella mina haba muerto.

Haba muerto, porque un sbado quiso terminar un trabajo a destajo
de un pilastrn dejado anteriormente para sostn del abovedado, y
que, una vez que ya no serva, habalo calculado el amo a ojo en 35 
40 carros de arena. Maese Misciu cavaba, por el contrario, desde
haca tres das, y aun le quedaba para la maana del lunes. Fu un
mal negocio; y slo un tonto como maese Misciu se dejaba engaar por
el amo de aquella manera; por eso le llamaban maese Misciu el
"Bestia", y era el burro de carga de toda la mina. El pobre diablo
dejaba que dijeran, y se contentaba con buscarse el pan con sus
brazos, en vez de emplearlos en pelearse con los compaeros.
"Malpelo" pona una cara como si aquellas cosas cayeran sobre sus
espaldas, y tan pequeo como era y todo, tena unos ojos que los
dems decan:

-- Anda, que t no te morirs en la cama como tu padre.

Pero su padre tampoco muri en su cama, pese a ser una buena bestia.
El to Mommu el "Patojo" haba dicho que aquel pilastrn no lo
quitaba l ni por veinte onzas: tan peligroso era; pero, por otra
parte, todo son peligros en las minas, y si se va a hacer caso de
todas las tonteras que se dicen, mejor es meterse a abogado.

As, pues, el sbado por la noche, maese Misciu picaba an su
pilastrn cuando ya el Avemara haba sonado haca un rato y todos
sus compaeros, encendiendo la pipa, se haban marchado, dicindole
que se divirtiera rascando la arena por darle gusto al amo, y
recomendndole que no hiciera _la muerte del ratn_. Como estaba
acostumbrado a las burlas, no haca caso, y slo responda con el
ah, ah!, de sus buenos golpes de zapa, en tanto murmuraba: "Este
por el pan! Este por el vino! Este por las sayas de la Anuncia!",
haciendo as el destajista la cuenta de cmo gastara los dineros de
su contrata.

Fuera de la mina, el cielo hormigueaba de estrellas, y all arriba,
la lamparilla humeaba, girando como una devanadera. El grueso
pilastrn rojo, despanzurrado a golpes de zapa, se retorca y arqueaba
como si tuviese dolor de tripas y dijese uy! a su vez. "Malpelo"
andaban limpiando el suelo, y pona sobre seguro el pico, el saco
vaco y la botella del vino. El padre, que le quera al pobrecillo
decale: "Echate a un lado", o "Ten cuidado!". "Mira si caen de
arriba pedruscos o arena roja, y escapa." De pronto, puf!, "Malpelo",
que se haba vuelto para colocar de nuevo las herramientas en la
esportilla, oy un estruendo sordo, como el que hace la arena traidora
cuando se despanzurra toda de una vez, y se apag la luz.

El ingeniero que diriga los trabajos de la mina estaba en el teatro
aquella noche, y no habra cambiado su butaca por un trono cuando
fueron a buscarlo a cuenta del padre de "Malpelo", que haba hecho la
_muerte del ratn_. Todas las mujerucas de Monserrato chillaban y se
golpeaban el pecho anunciando la gran desgracia que haba cado a la
comadre Santa, la nica, pobrecilla, que no deca nada,
castaetendole los dientes tan slo como si tuviera la terciana. El
ingeniero, cuando le dijeron el cmo y cundo, que la desgracia haba
sucedido haca cerca de tres horas, y que Misciu el "Bestia" deba
haber llegado al otro mundo, fu, por descargar la conciencia, con
escalas y cuerdas a hacer el agujero en la arena. Pero si, si,
cuarenta carros! El "Patojo" dijo que para descombrar el subterrneo
lo menos era menester una semana. Haba cado una montaa de arena,
fina y bien quemada por la lava, que se poda empastar con las manos,
y necesitaba el doble de cal. Haba para llenar carros y carros
semanas enteras. Ah! Si que hizo negocio maese "Bestia"!

Nadie se cuidaba del muchacho, que, arandose la cara, chillaba
como un animal.

-- Toma! -- dijo alguien al cabo --. Si es "Malpelo"! De dnde
habr salido ste ahora?

-- Si est "Malpelo", no escapa con bien...

"Malpelo" no contestaba nada, no lloraba siquiera; cavaba con las uas
en la arena, dentro del agujero; la suerte, que nadie le haba visto,
y cuando se acercaron con la luz, tena una cara tan descompuesta,
unos ojos tan vidriados y echaba una espuma por la boca, que daba
miedo; se le haban arrancado las uas y le colgaban de las manos
ensangrentadas. Cuando quisieron sacarle de all, fu una cosa seria;
porque, no pudiendo araar ya, morda como un perro, y tuvieron que
agarrarlo de los pelos para sacarlo a viva fuerza.

Volvi, sin embargo, a la mina luego de algunos das, cuando su madre,
lloriqueando, le llev de la mano, porque, a veces, el pan que se come
no se puede buscar donde se quiere. Luego, ya no quiso alejarse de
aquella galera, y cavaba encarnizadamente, como si cada esportilla
de arena se la quitara del pecho a su padre. Muchas veces, segn
cavaba, se detena bruscamente, con la zapa en alto, torvo el rostro
y extraviados los ojos, y pareca escuchar algo que el diablo le
surrase al odo, a travs de la montaa de arena cada. Aquellos das
estaba ms triste, y era peor que de costumbre, tanto que casi no
coma, y tiraba el pan al perro, como si no fuese _gracia de Dios_.
El pero le quera, porque los perros no miran sino la mano que le da
el pan y los golpes. Pero el burro, pobre animal, derrengado y
macilento, soportaba todo el desahogo de la maldad de "Malpelo"; le
pegaba sin piedad, con el mango de la zapa, y murmuraba:

-- As reventars antes!

Despus de la muerte de su padre pareca haberle entrado el diablo en
el cuerpo, y trabajaba igual que esos bfalos feroces atados por un
anillo de hierro a las narices. Sabiendo que era de _mal pelo_,
procuraba ser lo peor posible; y si suceda una desgracia, ya que un
obrero perdiera las herramientas, que un burro se rompiera una pata
o que se hundiera un trozo de galera, se saba siempre que haba
sido l; y en efecto: l cargaba con los golpes sin protestar, igual
que hacen los burros, que enarcan el lomo y siguen con su tema. Con
los dems chicos era lo que se dice cruel, y pareca como si quisiera
vengar en los dbiles todo el mal que se imaginaba que los dems le
haban hecho a l y a su padre. A la verdad, experimentaba un extrao
deleite en recordar uno por uno los malos tratos que haban hecho
pasar a su padre y el modo como le haban dejado reventar; y cuando
estaba solo, murmuraba: "Tambin conmigo hacen lo mismo! A mi padre
le llamaban "Bestia" porque no haca lo que yo!" Y cierta vez que
pasaba el amo, acompandole con una mirada torva: "Ha sido l! Por
treinta y cinco tarjas!" Y otra, a espaldas del "Patojo": "Tambin
ste! Tambin ste se rea, que yo le o aquella noche!"

Por un refinamiento de maldad, pareca haber tomado bajo su proteccin
a un pobre chico que de poco tiempo atrs trabajaba en la mina, y que,
por efecto de una cada desde un puente, se haba dislocado el fmur y
no poda hacer de pen. El pobrecillo, cuando llevaba su esportilla
de arena a cuestas, renqueaba de un modo que le haban puesto de mote
el "Rana"; pero trabajando bajo tierra, rana y todo, se ganaba su pan.
"Malpelo", a cuanto decan, le daba tambin del suyo para darse el
gusto de tiranizarlo.

En efecto: le atormentaba de mil maneras; le pegaba sin motivo, sin
misericordia; y si el "Rana" no se defenda, le pegaba ms fuerte,
con mayor encarnizamiento, dicindole:

-- Mira que eres bestia! Si no tienes valor para defenderte de m,
que no te quiero mal, quiere decirse que te dejaras pisotear de todo
el mundo!

Y si el "Rana" se limpiaba la sangre que echaba por la boca y narices:

-- A ver si as, cuando te escueza el dolor de los porrazos, aprendes
a darlos t.

Cuando vea un burro cargado por la spera subida del subterrneo,
hincando los cascos, agobiado por el peso, anhelante, muerta la
mirada, le pegaba sin misericordia con el mango de la zapa, y los
golpes sonaban secos sobre las canillas y las costillas. A veces, el
animal se doblaba a los golpes; pero exhausto de fuerzas, no poda
dar un paso y se caa sobre las rodillas; haba uno tantas veces
cado, que tena dos mataduras en los manos. "Malpelo" sola decirle
al "Rana":

-- Al burro se le pega porque l no puede pegar; que si pudiera, nos
pisoteara y nos arrancara la cara a mordiscos.

O tambin:

-- Si tienes que dar moquetes, da todo lo fuerte que puedas; que as
los dems tendrn miedo y esos menos caern sobre ti.

Con el pico y el azadn trabajaba con tal encarnizamiento, que pareca
que la tena tomada con la arena, dando una y otra vez, apretando los
dientes, con los mismos ah, ah! de su padre.

-- La arena es traidora -- decale al "Rana" en voz baja --; se parece
a todos esos que, si eres ms flojo, te pisan la cabeza, y si eres ms
fuerte o ests con muchos, como el "Patojo", se dejan vencer. Mi padre
no daba a nadie ms que a la arena; por eso le llamaron "Bestia", y la
arena se lo comi a traicin, porque era ms fuerte que l.

Siempre que le tocaba al "Rana" un trabajo harto pesado, y el chico
lloriqueaba como una mujerzuela, "Malpelo" le daba un empujn y le
regaaba: "Calla, pulga!" Y si el "Rana" no cejaba, le echaba una
mano, dicindole con cierto orgullo: "Djame; yo soy ms fuerte que
t!" O le daba su media cebolla y l se contentaba con comer el pan
seco, encogindose de hombros y aadiendo: "Yo estoy acostumbrado".

Estaba acostumbrado a todo: a los pescozones, a los puntapis, a los
golpes de mango de azada, de cincha de albarda, a verse injuriado y
escarnecido por doquier, a dormir sobre las piedras, rompindose los
brazos y los riones en catorce horas seguidas de trabajo; incluso a
ayunar estaba acostumbrado cuando el amo le castigaba quitndole el
pan y el potaje. Deca que la racin de golpes nunca se la haba
quitado el amo, pero que los golpes no cuestan nada. No se quejaba,
sin embargo, y se vengaba a hurtadillas, a traicin, en uno de
aquellos inventos verdaderamente endiablados; por eso caanle encima
todos las castigos aunque l no fuera el culpable. Como si no haba
sido, era muy capaz de serlo, no se justificaba nunca; por lo dems,
habra sido intil. Algunas veces, cuando el "Rana" todo asustado le
conjuraba, llorando, a que dijese la verdad y se disculpase, repeta:

-- Y para qu? Yo soy de _mal pelo_!

Y nadie pudo nunca decir si aquel agachar la cabeza y encorvar la
espalda era efecto de fiero orgullo o de desesperada resignacin, que
no se saba tampoco si era salvaje o tmido. Lo cierto era que ni aun
su madre haba probado nunca una caricia suya, y que, por lo tanto, no
se las haca ella tampoco.

Los sbados por la noche, apenas llegaba a su casa, con aquella cara
sembrada de pecas y de arena roja y aquellos harapos que le colgaban
por todas partes, su hermana agarraba el mango de la escoba al verle
aparecer de aquella catadura, que hara echar a correr a su galn si
vea con qu gente iba a emparentar; la madre siempre estaba en casa
de sta o aquella vecina, y l base, por lo tanto, a acurrucarse en
su jergn como un perro enfermo. Por eso los domingos, cuando todos
los dems chicos del pueblo se ponan la camisa limpia para ir a misa
o para retozar en el corral, no haba mejor fiesta para l que andar
errante por los caminos de los huertos a cazar lagartijas u otros
pobres bichos que nada le haban hecho, o a agujerear los setos de
chumberas. Adems, las burlas y pedradas de los otros chicos no le
gustaban.

La viuda de maese Misciu estaba desesperada con aquel hijo
desharrapado, y el chico iba como esos perros que, a fuerza de darles
golpes y pedradas unos y otros, acaban metiendo el rabo entre las
piernas y escapando apenas ven un ser viviente, hasta que se queden
hambrientos, pelados y salvajes como lobos. Al menos, bajo tierra,
en la mina de arena, feo, andrajoso y sucio como era, no se burlaban
ya de l, y pareca hecho para el oficio, incluso por el color del
pelo y aquellos ojos del gato, guiados si vean el sol. As estn
los burros que trabajan en las minas aos y aos sin salir nunca, y
en los subterrneos donde el pozo de entrada est a pico, se los baja
con cuerdas y all se quedan mientras viven. Son burros viejos, es
verdad, comprados por doce y trece liras, cuando los van a llevar al
pellejero a que los cuelgue; pero para el trabajo que all abajo han
de hacer son todava buenos; y "Malpelo", ciertamente, no vala ms;
si sala de la mina los sbados por la noche, era porque tena manos
para trepar por la cuerda y tena que ir a llevarle a su madre el
jornal de la semana.

Ciertamente que habra preferido ser pen como el "Rana", y trabajar
cantando en los puentes, arriba, al azul del cielo, dndole el sol en
las espaldas; o de carretero, como el compadre Gaspar, que iba a
recoger la arena de la mina tambalendose somnoliento sobre las varas
del carro, con su pipa en la boca, y andaba todo el da por los
caminos; y mejor an habra querido ser labrador, para pasarse la
vida en los campos verdes, bajo los espesos algarrobos y el mar azul
all a lo lejos, y sobre su cabeza, el canto de los pjaros. Pero era
aqul el oficio de su padre, y en aquel oficio haba nacido l. Y
pensando en todas estas cosas, contbale al "Rana" lo del pilastrn
que se le haba cado encima a su padre, y dbale arena fina y
quemada al carretero que iba a cargar con su pipa en la boca,
tambalendose sobre las varas, y le deca que cuando acabasen de
cavar encontraran el cadver de su padre, que deba de tener unos
calzones de fustn casi nuevos. El "Rana" tena miedo, pero l no.
Pensaba que haba estado siempre all, desde chico, viendo aquel
agujero negro que se ahondaba bajo tierra, adonde su padre sola
conducirlo de la mano. Entonces tenda los brazos a derecha y
izquierda y describa cmo se extenda bajo sus pies, hasta el
infinito, el intrincado laberinto de galeras por aqu y por all,
hasta donde se vea la jara negra y desolada, sucia de retamas
carbonizadas, y cmo habanse quedado all tantos hombres aplastados
o perdidos en la obscuridad, que ha tantos aos andan y andan sin
poder descubrir la espiral del pozo por donde han entrado y sin or
los gritos desesperados de sus hijos, que los buscan intilmente.

Pero cierta vez que llenando uno de las esportillas se descubri una
bota de maese Misciu, tomle tal temblor que tuvieron que sacarle al
aire libre con las cuerdas, como a un burro que estuviese para estirar
la pata. No se pudieron encontrar, sin embargo, ni los pantalones,
casi nuevos, ni los restos de maese Misciu, si bien los prcticos
afirmaron que aquel deba ser el lugar preciso donde se le cay
encima el pilastrn; un obrero, nuevo en el oficio, observ curioso
cun caprichosa era la arena que haba desbaratado al "Bestia",
tirando las botas por un lado y los pies por otro.

Desde que se encontr la bota, tomle a "Malpelo" tal miedo a ver
aparecer entre la arena roja el pie desnudo de su padre, que no quiso
volver a dar ni un solo azadonazo, aunque le dieran a l con la zapa
en la cabeza. Se fu a trabajar a otra parte de la galera y no quiso
volver ya por aquel sitio. Dos o tres das despus descubrieron, en
efecto, el cadver de maese Misciu, con los pantalones puestos y
tumbado boca abajo, que pareca embalsamado. El to Mommu observ que
haba debido padecer mucho para acabar, porque el pilastrn se le
haba cado encima y le haba enterrado vivo; aun ahora se poda ver
que maese "Bestia" haba intentado salvarse cavando en la arena,
porque tena las manos laceradas y las uas rotas.

-- Lo mismo que su hijo "Malpelo" -- repeta el "Patojo" --: l
cavaba aqu, mientras su hijo cavaba arriba.

Pero nada le dijeron al muchacho, porque saban cun malo y vengativo
era.

El carretero se llev el cadver de maese Misciu del mismo modo que
cargaba la arena sobrante y los huesos muertos, que esta vez, adems
del hedor del cadver, se trataba de un compaero, _carne bautizada_.
La viuda achic los pantalones y la camisa y se los arregl a
"Malpelo", que se vi vestido casi de nuevo por primera vez. Slo las
botas fueran guardadas para cuando creciese, porque no se poda
achicarlas y el novio de su hermana no quiso las botas del muerto.

"Malpelo" alisaba sobre sus piernas aquellos pantalones de fustn casi
nuevos, y le parecan suaves dulces como las manos de su padre, que,
aunque rudas y callosas, solan acariciarle los cabellos. Las botas
las tena colgadas de un clavo sobre el jergn, cual si fuesen las
pantuflas del Papa; y los domingos las coga, les daba lustre y se las
probaba; luego las pona en el suelo, una junto a otra, y se quedaba
mirndolas, de codos sobre las rodillas y la barba en las manos, horas
enteras, revolviendo quin sabe qu pensamientos en aquel caletre.

"Malpelo" tena unas ideas muy extraas! Como haba heredado tambin
el pico y la zapa, los utilizaba, aunque eran harto pesados para su
edad, y cuando le preguntaban si quera venderlos, que se los pagaran
como nuevos, contestaba que no. Su padre les haba puesto el mango tan
liso y reluciente con sus manos, l no habra podido hacerse otros ms
lisos y relucientes que aqullos, ni aun trabajando doscientos aos.

Por entonces se muri, a fuerza de aos y de trabajo, el burro
"romero", y el carretero fu a tirarlo lejos en la jara.

-- As se hace -- murmuraba "Malpelo" --; lo que no sirve, se tira.

Iba a ver a carroa del "romero" en el fondo del barranco, y llevaba
tambin a la fuerza al "Rana", que no quera ir; "Malpelo" le deca
que en este mundo hay que acostumbrarse a ver frente a frente todo,
lo feo y lo bonito, y miraba con vida curiosidad de chiquillo los
perros que corran de todas las haciendas de los alrededores a
disputarse las carnes del "romero". Los canes escapaban aullando
cuando aparecan los chicos, y vagaban gaendo por los ribazos de
enfrente; pero "Malpelo" no dejaba que el "Rana" los espantase a
pedradas.

-- Ves aquella perra negra -- le deca -- que no tiene miedo de tus
pedradas? No tiene miedo porque tiene ms hambre que los otros. Mira
las costillas del "romero"! Ahora ya no sufre.

El burro "romero" estaba tan tranquilo, con las cuatro patas
estiradas, y dejaba que los perros se divirtieran vacindole las
cuencas de los ojos y descarnndole sus huesos blancos; los dientes
que le desgarraban las entraas no le hacan estremecerse como cuando
le acariciaban las ancas a badilazos para darle un poco de fuerza para
subir el spero sendero. "As anda el mundo!" Tambin el "romero" ha
sufrido sus golpes de zapa y sus mataduras. Tambin l, cuando se
doblaba al peso o le faltaba el aliento para seguir andando, pona
unos ojos, mientras le pegaban, como si dijera: "No ms! No ms!"
Pero ahora le coman los ojos los perros, y l se re de los golpes y
de las mataduras con esa boca descarnada y toda dientes. Pero si no
hubiese nacido, mejor le habra sido.

La jara extendase melanclica y desierta, hasta donde alcanzaba la
vista, subiendo y bajando en picos y barrancos, negra y rugosa, sin
un grillo que trinara ni un pjaro que cantase con ella. No se oa
nada, ni los golpes de pico de los que trabajaban bajo tierra. Y
"Malpelo" repeta siempre que por debajo la tierra estaba toda hueca
de galeras por doquier, hacia el monte y hacia el valle; tanto que,
una vez, un minero entr de joven y sali con el pelo blanco, y otro,
a quien se le apag la luz, se estuvo gritando socorro aos y aos.

"Slo oy sus propios gritos", deca, y a esta idea, aunque tena el
corazn ms duro que la jara, temblaba.

"El amo me mandas lejos muchas veces, a donde los dems tienen miedo
de ir. Pero yo soy "Malpelo", y si no vuelvo, nadie me buscar."

En las hermosas noches de verano, cuando relucan las estrellas sobre
la jara tambin, y el campo estaba todo negro como la lava, "Malpelo",
cansado de la larga jornada de trabajo, se tumbaba sobre el saco, cara
al cielo, a gozar de aquella quietud y aquella alta luminaria; por eso
odiaba las noches de luna, en que el mar hormiguea de chispas y el
campo se dibuja aqu y all vagamente -- porque entonces la jara
parece ms rida y desolada.

"Para nosotros, que estamos hecho a vivir bajo tierra -- pensaba
"Malpelo" --, deba estar obscuro siempre por todas partes."

La lechuza graznaba sobre la jara, vagando de aqu para all; l
pensaba:

"Tambin la lechuza siente a los muertos que estn bajo tierra, y se
desespera porque no los encuentra."

El "Rana" tena miedo de las lechuzas y de los murcilagos; pero
"Malpelo" le regaaba, porque el que est obligado a vivir solo no
debe tener miedo de nada, y ni el burro romero tena miedo de los
perros que lo mondaban, ahora que sus carnes no sentan va el dolor
de los mordiscos.

-- T estabas hecho a trabajar en los tejados como los gatos -- le
deca --, y entonces era otra cosa. Pero ahora que te toca vivir bajo
tierra como los ratones, no hay que tener miedo de topos ni
murcilagos, que son ratones viejos con alas y estn muy a gusto en
compaa de los muertos.

El "Rana", por el contrario, experimentaba un gran placer en
explicarle lo que hacan las estrellas all arriba, y le contaba que
all arriba estaba el paraso donde van los muertos que han sido
buenos y no han dado disgustos a sus padres. "Quin te lo ha dicho?"
-- preguntaba "Malpelo" --, y el "Rana" responda que se lo haba
dicho su madre.

Entonces, "Malpelo" se rascaba la cabeza, y sonriendo, le haca un
guio de chiquillo malicioso que est al cabo de la calle.

-- Tu madre te dice eso porque en vez de pantalones debieras llevar
sayas.

Y despus de haber reflexionado un tanto:

-- Mi padre era bueno y no le haca dao a nadie; tanto que le
llamaban "Bestia". Por eso est enterrado y han encontrado las
herramientas, las botas y estos pantalones que llevo puestos.

De all a poco, el "Rana", que enflaqueca de tiempo atrs,
enferm de suerte que por la noche lo sacaban de la mina en el burro,
tumbado entre las aguaderas, temblando de fiebre como un pollo mojado.
Un obrero dijo que aquel muchacho _no hara los huesos duros en el
oficio_, y que para trabajar en una mina sin dejar el pellejo haba
que nacer en ella. "Malpelo", entonces, sentase orgulloso de haber
nacido all y de seguir tan fuerte y tan sano en aquel ambiente
meftico y con todos aquellos trabajos. Cargaba con el "Rana" a
cuestas y le daba nimos a su manera, regandole y pegndole. Pero
una vez, al pegarle en la espalda, al "Rana" le di un vmito de
sangre; entonces, "Malpelo", espantado, se afan en buscarle en la
nariz y dentro de la boca lo que le haba hecho, jurando que no poda
haberle hecho tanto dao tal como le haba pegado; y para
demostrrselo se daba de puadas en el pecho y en los riones con
una piedra. Es ms: un obrero all presente le descarg un puntapi,
que reson como en un tambor, y "Malpelo" no se movi, y slo, luego
que el obrero se fu, aadi:

-- Lo ves? No me ha hecho nada! Y te juro que ha pegado ms fuerte
que yo!

Entre tanto, el "Rana" no se curaba y segua escupiendo sangre y
teniendo fiebre todos los das. Entonces "Malpelo" cogi unos cuartos
del jornal de la semana para comprarle vino y potaje caliente, y le
di sus pantalones casi nuevos, que le abrigaban ms. Pero el "Rana"
tosa continuamente y algunas veces pareca ahogarse; luego, por la
noche, no haba manera de vencer el temblor de la fiebre, ni con
sacos, ni tapndole con paja, ni ponindole junto al fuego. "Malpelo"
se estaba callado e inmvil, inclinado sobre l, con las manos en las
rodillas, mirndole fijamente con los ojos muy abiertos, como si
quisiera retratarlo, y cuando le oa quejarse en voz baja y le vea
aquella cara jadeante y aquellos ojos apagados, lo mismo que los del
burro "romero" cuando respiraba anhelante bajo la carga al subir el
sendero, murmuraba:

-- Mejor es que te mueras pronto! Si tienes que sufrir de este modo,
mejor es que te mueras!

El amo deca que "Malpelo" era capaz de aplastarle la cabeza al chico,
y que haba que vigilarlo.

Al cabo, un lunes, el "Rana" ya no fu a la mina, y el amo se frot
las manos, porque en el estado a que se vea reducido serva ms de
estorbo que de otra cosa. "Malpelo" se enter de donde viva y el
sbado fu a verle. El pobre "Rana" estaba ms con un pie en el otro
mundo que en ste; su madre lloraba y se desesperaba, como si su hijo
fuese de esos que ganen diez liras a la semana.

"Malpelo" no poda comprender tal y preguntle al "Rana" por qu
gritaba su madre de aquella manera, siendo as que haca dos meses
que no ganaba ni lo que coma. Pero el pobre "Rana" no le haca caso;
pareca contar las vigas del techo. Entonces "Malpelo" se di a pensar
que tal vez la madre del "Rana" chillase de aquella manera porque su
hijo siempre haba sido dbil y enfermizo, y lo haba tenido como a
esos mamoncillos que no se destetan nunca. El, por el contrario,
estaba fuerte y sano, tena _mal pelo_, y su madre nunca haba llorado
por l, porque no haba tenido nunca miedo a perderlo.

Poco despus dijeron en la mina que el "Rana" se haba muerto, y
pens que la corneja graznaba por l por las noches, y volvi a ver
los huesos mondados del "romero" en el barranco donde sola ir con el
"Rana". Ahora ya no quedaban del "romero" sino los huesos
desparramados, y lo mismo sucedera con el "Rana". Su madre se secara
los ojos, que tambin la madre de "Malpelo" se los haba secado luego
de muerto maese Misciu, y ahora se haba casado otra vez, e base a
vivir a Cifali con su hija la casada, y haban cerrado la casa. De
ahora en adelante, si le pagaban, a ellos nada les importaba, y a l
tampoco, que cuando estuviese como el "romero" o como el "Rana", ya
no sentra nada.

Por entonces fu a trabajar a la mina uno a quien nunca se le haba
visto por all y que se estaba escondido lo ms que poda. Los otros
obreros decan que se haba escapado de la crcel y que si le cogan
volveran a encerrarle aos y aos. "Malpelo" supo entonces que la
crcel era un sitio donde metan a los ladrones y bribones como l y
los tenan siempre encerrados all dentro con guardias de vista.

Desde aquel momento experiment una malsana curiosidad por aquel
hombre que haba probado la crcel y se haba escapado de ella. Luego
de unas cuantas semanas, el fugitivo declar redondamente que estaba
cansado de aquella vida de topo, y que prefera estar en la galera
toda la vida; que el presidio, en comparacin de aquella, era un
paraso, y que a l se volvera por su pie.

-- Entonces, por qu todos los que trabajan en la mina no hacen que
les metan en la crcel? -- pregunt "Malpelo".

-- Porque no tenemos _mal pelo_ como t -- respondi el "Patojo" --.
Pero descuida, que t irs y all dejars los huesos!

Por el contrario, "Malpelo" dej sus huesos en la mina, lo mismo que
su padre, pero de diferente manera. Cierta vez haba que explorar un
paso de comunicacin con el pozo grande de la izquierda, haca el
valle, y si la cosa resultaba bien, se economizaba la mitad de la mano
de obra en la excavacin de arena. Pero, de todas suertes, haba el
peligro de perderse y no volver nunca ms. As pues, ningn padre de
familia quera aventurarse, ni habra consentido que se arriesgase
a ello ninguno de su sangre por todo el oro del mundo.

"Malpelo" no tena ni siquiera quien cobrarse todo el oro del mundo
por su pellejo, aunque su pellejo hubiese valido tanto; as que
pensaron en l. Al echar a andar se acord del minero perdido aos y
aos, y que aun camina en la obscuridad clamando socorro sin que
nadie pueda orlo. Pero no dijo nada. De qu le habra servido?
Cogi las herramientas de su padre, el pico, la zapa, la linterna, el
saco del pan, la botella del vino, y se march; nunca ms se volvi
a saber nada de l.

As se perdieron incluso los huesos de "Malpelo", y los chicos de la
mina bajan la voz cuando hablan de l en el subterrneo: que tienen
miedo de verle aparecer ante ellos con su pelo rojo y sus ojillos
grises.








                       LA QUERIDA DEL "ABROJO"

                       (L' amante di Gramigna.)


                                                 _A Salvador Farina_.


Querido Farina: He aqu no un cuento, sino un esbozo de cuento. Al
menos tendr el mrito de ser brevsimo e histrico -- un documento
humano, como ahora se dice --, que tal vez te interese a ti y a todos
los que estudian en el gran libro del corazn. Te lo referir tal
como lo he recogido por los senderos campesinos, con las mismas
sencillas y pintorescas palabras sobre poco ms o menos de la
referencia popular, y t preferirs ciertamente encontrarte frente
a frente con el hecho desnudo y escueto, sin buscarlo entre lneas
del libro, a travs de la lente del escritor. El simple hecho humano
har pensar siempre; tendr siempre esa realidad de lo _sucedido_, de
las lgrimas verdaderas, de las calenturas y sensaciones que han
tomado carne. El misterioso proceso en que se acuerdan, se entrelazan,
maduran y se desenvuelven las pasiones en su camino subterrneo, en
su ir y venir, que parecen a veces contradictorios, constituir por
mucho tiempo an el poderoso atractivo del fenmeno psicolgico que
forma el argumento de un cuento, y que el moderno anlisis se esfuerza
en estudiar con cientfico escrpulo. De lo que hoy te refiero te dir
nicamente el punto de partida y el punto de llegada; a ti te bastar,
y espero que algn da baste para todo el mundo.

Nosotros rehacemos el proceso artstico a que debemos tantos momentos
gloriosos, con diferente mtodo ms minucioso y ms ntimo.
Sacrificamos de grado el efecto de la catstrofe, al desarrollo
lgico, necesario, de las pasiones y los hechos a la catstrofe, menos
imprevista de esta suerte, tal vez menos dramtica, ms no menos
fatal. Somos ms modestos, si no ms humildes; pero la exposicin de
este enlace obscuro entre causas y efectos no ser ciertamente menos
til al arte del porvenir. Se llegar nunca a tal perfeccionamiento
en el estudio de las pasiones que sea intil proseguir el estudio del
hombre interior? La ciencia del corazn humano, que ser fruto del
arte nuevo, desarrollar de tal modo y tan generalmente todas las
virtudes de la imaginacin, que en el porvenir las nicas novelas que
se escriban sean simples _sucesos?_

Cuando la afinidad y cohesin entre cada parte de la novela sea tan
completa que el proceso de su creacin quede en el misterio, como el
desenvolvimiento de las pasiones humanas, y la armona de sus formas
tan perfecta, tan evidente la sinceridad de sus realidad, su modo y
razn de existir tan necesarios, que la mano del artista quede
absolutamente invisible, entonces tendr el sello del suceso real, la
obra de arte parecer que _se han creado por s misma_, haber madurado
y surgido espontneamente, como un hecho natural, sin conservar ningn
punto de contacto con sus actos, sin mancha alguna del pecado
original.



Hace ya algunos aos, all por el Limeto, andaban a caza de un
bandido, cierto "Abrojo", si no yerro el nombre, maldito como la
hierba que lo lleva, quien de punta a punta de la provincia habra
dejado tras de s el terror de su fama. Carabineros y soldados,
incluso de caballera, seguanle dos meses haca, sin haber logrado
echarle mano; iba solo, pero vala por diez, y la mala planta
amenazaba multiplicarse. Por aadidura, se acercaba el tiempo de la
siega, abandonada la cosecha en manos de Dios, que los propietarios
no se arriesgaban a salir del pueblo por miedo al "Abrojo", de suerte
que las quejas eran generales. El prefecto mand llamar a todos
aquellos seores de la comisara, carabineros y gentes de la compaa
de armas, y hete luego en movimiento patrullas y escuadrillas por
todos los barrancos y detrs de cada tapia; iban batindole como a
una fiera por toda la provincia, de da, de noche, a pie, a caballo,
con el telgrafo. Pero el "Abrojo" se les escurra de entre las manos
y contestaba a escopetazos si le pisaban demasiado los zancajos. En
los campos, en los pueblos, por las haciendas, bajo los emparrados de
las tabernas, en los lugares de reunin, no se hablaba sino de l,
del "Abrojo", de aquella caza encarnizada y aquella desesperada fuga.
Los caballos de los carabineros reventaban de cansancio; los de la
compaa de armas se tiraban rendidos en el suelo, por las cuadras;
las patrullas dorman de pie; slo el "Abrojo" no se cansaba nunca,
ni nunca dorma, luchando siempre, trepando por los precipicios,
arrastrndose entre las mieses, corriendo agazapado en la espesura de
las chumberas, gateando como un lobo por los lechos secos de los
torrentes. En doscientas millas de la redonda corra la leyenda de
sus gestas, de su valor, de su fuerza, de aquella desesperada lucha
de l solo contra mil, cansado, hambriento, abrasado por la sed, en
la inmensa y achicharrada llanura, bajo el sol de junio.

Pepa, una de las chicas ms guapas de Licodia, iba a casarse por
entonces con el compadre Finu, "Vela de sebo", que tena sus buenas
tierras y una mula baya en la cuadra, y era un mozo grandote y
hermoso como el sol, que llevaba el estandarte de Santa Margarita
como si fuese un pilastrn, sin doblarse al peso.

La madre de Pepa lloraba del contento por la mucha suerte que le
haba tocado a su hija, y se pasaba las horas colocando y revolviendo
en el bal el ajuar de la novia, de ropa blanca "bordada como el de
una reina", pendientes que le llegaban a los hombros y anillos de oro
para los diez dedos de la mano; tena cuanto oro pudiera tener Santa
Margarita, y por Santa Margarita justamente se iban a casar, que caa
en junio, despus de la siega del heno. "Vela de sebo", al volver
todas las noches del campo, dejaba la mula a la puerta de la Pepa e
iba a decirle que los sembrados eran un encanto, si el "Abrojo" no
les pegaba fuego, y que las trojes no bastaran para todo el grano
de la cosecha; que se le hacan mil aos lo que tardaba en llevarse
a su mujer a casa, a la grupa de la mula baya. Pero Pepa, un buen
da, le dijo:

-- Deja en paz a tu mula, porque yo no quiero casarme.

Figrate el baturrillo! La vieja se tiraba de los pelos, y "Vela de
sebo" se qued con la boca abierta.

Por s o por no, a Pepa se le haba calentado la cabeza por el
"Abrojo", sin conocerlo siquiera. Aqul s que era un hombre! "T
qu sabes? Dnde le has visto?" Nada. Pepa ni siquiera responda,
con la cabeza baja, la cara dura, sin piedad para su madre, que
estaba como loca y con los cabellos grises al viento pareca una
bruja.

-- Ay! Qu demonio ha venido a hechizarme la hija!

Los comadres, que haban envidiado a Pepa el sembrado prspero, la
mula baya y el buen mozo que llevaba el estandarte de Santa Margarita
sin doblarse al peso, decan toda clase de historias sobre si el
"Abrojo" iba a buscar a la muchacha por la noche a la cocina, y que
lo haban visto escondido debajo de la cama. La pobre madre tena
encendida una lmpara a las nimas del purgatorio, e incluso el cura
haba ido a la casa de la Pepa a tocarle el corazn con la estola
para espantar a aquel diablo del "Abrojo" que se haba apoderado de
ella.

Pero ella segua diciendo que ni aun de vista conoca al tal
cristiano; pero que pensaba siempre en l, que lo vea en sueos por
la noche, y a la maana se levantaba con los labios ardientes, como
l sedienta.

La vieja entonces la encerr en casa para que no volviese a or
hablar del "Abrojo", y tap todas las rendijas con estampas de
santos. Pepa escuchaba lo que decan en la calle, detrs de las
estampas benditas, y se pona plida y colorada como si el diablo le
soplase todo el infierno en la cara.

Al cabo, oy que haban descubierto al "Abrojo" en las chumberas de
Palagonia.

-- Dos horas ha estado haciendo fuego! -- decan --. Hay un
carabinero muerto y ms de tres de la compaa de armas heridos. Pero
le han disparado tal granizada de fusilara, que esta vez han
encontrado un lago de sangre donde ha estado.

Una noche, Pepa se santigu ante la cabecera de la vieja y huy por
la ventana.

El "Abrojo" estaba en las chumberas de Palagonia -- no haban podido
atraparle en aquella madriguera de conejos -- herido, ensangrentado,
plido por el hambre de dos das, abrasado por la fiebre y con la
carabina cargada.

Cuando la vi llegar resuelta, por entre los espesos matorrales, a la
fosca claridad del amanecer, pens un momento si disparar o no.

-- Qu quieres? -- le pregunt --. Qu vienes a hacer aqu?

Ella no respondi, mirndole fijamente.

-- Vete! -- dijo l --. Vete, y que Cristo te ayude!

-- Ahora ya no puedo volver a casa -- contest  --; el camino est
lleno de soldados.

-- Qu me importa! Vete!

Y la apunt con la carabina. Como no se mova, el bandido, espantado,
se fu a ella mostrndole los puos:

-- Pero ests loca... o eres... una espa?

-- No! -- dijo ella --. No!

-- Bueno, si es as, ve a buscarme una botella de agua al torrente.

Pepa fu sin decir nada, y cuando el "Abrojo" oy los tiros, se
sonri y dijo entre s:

-- Esos eran para m.

Pero poco despus vi volver a la muchacha, con la botella en la
mano, herida y ensangrentada. Se abalanz sobre ella, sediento, y
luego que bebi hasta faltarle el resuello, le dijo al fin:

-- Quieres venir conmigo?

-- S -- dijo ella con la cabeza, vidamente --; s.

Y le sigui por montes y valles, hambrienta, medio desnuda, corriendo
muchas veces a buscarle una botella de agua y un mendrugo de pan con
riesgo de su vida. Se volva con las manos vacas, en medio de los
tiros, su querido, devorado por el hambre y la sed, le pegaba.

Una noche en que haba luna y se oa ladrar a los perros, lejos, en
la llanura, el "Abrojo" se puso en pie de un brinco y le dijo:

-- T qudate aqu, o te mato, como hay Dios!

Ella se qued pegada a la roca, en el fondo del barranco; l, por el
contrario, sali corriendo entre las chumberas. Pero los otros, ms
avisados, le salan al encuentro precisamente por aquel lado.

-- Alto, alto!

Sonaron unos escopetazos. Pepa, que slo por l temblaba, le vi
llegar herido, arrastrndose apenas, andando a gatas para volver a
cargar la carabina.

-- Se acab! -- dijo --. Ahora me cogen -- y tena la boca llena de
espuma, y los ojos relucientes como de lobo.

Apenas cay sobre las ramas secas como un haz de lea, los de la
campaa de armas se le echaron encima todos a la vez.

Al da siguiente le pasearon por las calles del pueblo en un carro,
herido y sangriento. La gente se agolpaba en derredor para verle, y
tambin a su querida, maniatada como una ladrona, ella que tena
tanto oro como Santa Margarita!

La pobre madre de Pepa tuvo que vender todo la ropa blanca del ajuar,
los pendientes de oro y los anillos de los diez dedos, para pagar los
abogados de su hija y llevrsela de nuevo a casa enferma, deshonrada
y con el hijo del "Abrojo" a cuestas. En el pueblo nadie volvi a
verla. Estaba arrinconada en la cocina como una fiera, y slo sali
cuando su vieja se muri de pena y hubo que vender la casa.

Entonces, de noche, se march del pueblo, dejando su hijo en el
hospicio, sin mirar atrs siquiera, y se fu a la ciudad, donde le
haban dicho que estaba en el "Abrojo" en la crcel.

Rondaba en torno al ttrico edificio, mirando las rejas, buscando
dnde podra estar l, con los esbirros siguindole los pasos,
insultada y echada de todas partes. Al cabo, supo que su amante no
estaba all ya, que se lo haban llevado a Ultramar, maniatado y con
el hatillo a cuestas. Qu hacer? Se qued donde estaba, a buscarse
el pan haciendo algn servicio a los soldados y a los carceleros,
como si formase parte ella tambin de aquel gran edificio ttrico
y silencioso. Por los carabineros, que haban cogido al "Abrojo" en
la espesura de las chumberas, senta una especie de ternura
respetuosa, algo as como admiracin bruta de la fuerza, y estaba
siempre por el cuartel, barriendo las salas y limpiando polainas,
tanto que "el estropajo del cuartel" la llamaban. Slo cuando salan
para alguna expedicin arriesgada, y les vea cargar las amas, se
pona plida y pensaba en el "Abrojo".








                          GUERRA DE SANTOS


De pronto, segn iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo
su dosel, con los perros alrededor, un gran nmero de velas encendidas
en torno, la banda, la procesin y el cortejo de devotos, sucedi un
tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que
corran con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire,
mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de
palos, que caan como peras maduras en las propias barbas de San
Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros;
llevronse los huesos rotos al hospital, los ms levantiscos fueron
a dormir a la crcel, el santo volvi a la iglesia a la carrera, ms
que a paso de procesin, y la fiesta termin como las comedias de
fantoches.

Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel ao
los devotos de San Roque se haban gastado un ojo de la cara para
hacer las cosas en grande: fu la banda de la ciudad, se dispararon
ms de dos mil morteros, y haba incluso un estandarte nuevo, todo
recamado de oro, que pesaba ms de un quintal, segn decan, y que
en medio de la muchedumbre pareca un ascua de oro mismamente. Todo
lo cual atacbales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta
que a uno de ellos, al cabo, se le le acab la paciencia y se di a
gritar, plido de las bilis: "Viva San Pascual!". Entonces haban
empezado los palos.

Ciertamente que ir a gritar: "Viva San Pascual!" en las mismsimas
barbas de San Roque era lo que se dice una provocacin; es como que
le escupan a la puerta de uno, o como el que se divierte pellizcando
a la mujer que uno lleva del brazo. En esos casos no valen cristos ni
diablos, y se hace caso omiso del poco respeto que se tiene por los
dems santos, que, en fin de cuentas, todos son lo mismo. Si es en la
iglesia, salen danzando los bancos; si en la procesin, llueven
pedazos de cirios como murcilagos, y si en la mesa, vuelan las
escudillas.

-- Santo diablo! -- gritaba el compadre Nino, pisoteado y
maltrecho --. Quiero yo ver si hay alguien que todava tenga valor
para gritar: "Viva San Pascual!"

-- Yo! -- respondi furibundo Turi el tundidor, que iba a ser su
cuado, pero que estaba fuera de s por un puetazo que le haban
dado en la pelea, dejndole medio ciego.

-- Viva San Pascual hasta la muerte!

-- Por amor de Dios! Por amor de Dios! -- gritaba su hermana
Saridda, ponindose entre su hermano y su novio; que los tres haban
estado tan de acuerdo hasta aquel momento.

El compadre Nino, el novio, voceaba a modo de escarnio:

-- Viva mi paal! Viva san paal!

-- Toma! -- grit Turi echando espuma por la boca, y los ojos
hinchados y lvidos como una berenjena --. Toma! Por San Roque!
El del paal, toma!

As pues, dironse de puetazos, capaces de matar a un buey, hasta
que los amigos consiguieron separarlos a fuerza de empujones y
patadas. Saridda, enardecida a su vez, gritaba: "Viva San Pascual!",
y a poco si la emprenden los novios a bofetones, como si hubieran
sido ya marido y mujer. Que en tales ocasiones la emprenden padres
con hijos, y se separan las mujeres de sus maridos si, por desgracia,
una del barrio de San Pascual se ha casado con uno de San Roque.

-- No quiero volver a or hablar de ese cristiano! -- despotricaba
Saridda, muy puesta en jarras, ante las vecinas que le preguntaban
por qu se haba deshecho la boda --. Ni aunque me lo dieran vestido
de oro y plata, ya lo os!

-- Lo que es por m, Saridda puede presumir! -- deca por su parte el
compadre Nino, mientras le lavaban en la taberna la cara llena de
sangre --. En ese barrio de tundidores son todos una partida de
pobretes y de holgazanes. Cuando se me ocurri ir a buscar all la
novia deba estar borracho.

-- Ya que sucede esto -- haba concludo el alcalde -- y que no se
puede sacar un santo sin que haya palos, que es una verdadera
porquera, no quiero ms fiestas ni ms Cuarenta Horas; y al que
saque ni tampoco un cabo de vela, le meto de cabeza en la crcel.

El caso se haba empeorado, adems, porque el obispo de la dicesis
haba concedido el privilegio de llevar la muceta a los cannigos de
San Pascual, y los de San Roque, que tenan los curas su muceta, se
haban ido hasta Roma, inclusive, a armar la de todos los demonios a
los pies del Santo Padre, documentos en mano, papel sellado y todos
los requilorios; pero haba sido intil, porque sus adversarios del
barrio bajo, que todo el mundo se acordaba an de cuando no tenan
zapatos, se haban enriquecido como cerdos con la nueva industria del
curtido de pieles, y ya es sabido que en este mundo se compra o se
vende la justicia como el alma de Judas.

En San Pascual esperaban al delegado de monseor, que era un hombre de
pro, con dos hebillas de plata de media libra cada una en los zapatos,
y que iba a llevar muceta a los cannigos; por eso haban contratado
tambin ellos la banda para salir al encuentro del delegado tres millas
fuera del pueblo, y se deca que, por la noche, habra fuegos en la
plaza, con letreros de "Viva San Pascual!" en letras luminosas.

Los habitantes del barrio alto estaban, pues, muy excitados, y algunos
mondaban unas varas de peral y de cerezo gordas como tranca, y
murmuraban:

-- Puesto que ha de haber msica, hay que llevar la batuta!

El delegado del obispo corra gran peligro de salir con los huesos
rotos en su entrada triunfal. Pero el reverendo, ms avisado, dej
que le esperase la banda fuera del pueblo, y a pie, por los atajos,
lleg poquito a poco a casa del prroco y reuni a los cabecillas
de los dos partidos.

Cuando aquellos caballeros se encontraron frente a frente, con tanto
tiempo como llevaban de pelea, empezaron a mirarse con intencin de
arrancarse los ojos el uno al otro, y fu menester toda la autoridad
del reverendo, que se haba puesto en aquella solemnidad el ferreruelo
de pao nuevo, para que los helados y refrescos se sirvieran sin
tropiezos.

-- As me gusta! -- aprobaba el alcalde con la nariz dentro del vaso
--. Cuando me buscis para que haya paz, me encontris siempre.

El delegado dijo, en efecto, que l haba ido para la conciliacin con
el ramo de olivo en la boca, como la paloma de No, y pronunciando el
fervorn, distribua sonrisas y apretones de manos, dicindoles a
todos:

-- Los seores me harn el honor de pasar a la sacrista a tomar
chocolate el da de la fiesta.

-- Dejemos la fiesta -- dijo el vicepretor --, que si no habr nuevos
disgustos.

-- Habr disgustos si hay esa matonera de que uno no sea dueo de
hacer lo que le venga en gana con su dinero! -- exclam Bruno el
carretero.

-- Yo me lavo los manos. Las rdenes del Gobierno son precisas. Si
hacis la fiesta, yo mando llamar a los carabineros, porque quiero
que haya orden.

-- Del orden respondo yo -- sentenci el alcalde, dando con la
sombrilla en el suelo y echando una mirada en derredor.

-- Bravo! Como si no se supiese que quien te sopla a ti todo eso es
cuado Bruno -- replic el vicepretor.

-- Y t te opones por el pique de la prohibicin de la colada, que no
puedes echar abajo!

-- Seores mos, seores mos -- recomendaba el delegado --, as no
hacemos nada!

-- Haremos la revolucin! -- gritaba Bruno, con las manos en alto.

Por fortuna, el prroco haba puesto en salvo a toda prisa jcaras y
vasos, y el sacristn haba corrido a todo correr a licenciar a la
banda, que, sabiendo la llegada del delegado, acuda a darle la
bienvenida, soplando en cornetines y trombones.

-- As no se hace nada -- deca el delegado, y le molestaba asimismo
que, por lo que a l competa, las cosas estuvieran ya arregladas,
mientras perda el tiempo con el compadre Bruno y el vicepretor,
que se coman el uno al otro --. Qu es eso de la prohibicin de la
colada?

-- Las injusticias de siempre. Ahora no se puede desdoblar un pauelo
en la ventana sin que al punto le echen a usted la multa encima. La
mujer del vicepresidente, findose de que su marido tena cargo
oficial y de que hasta ahora haba habido siempre un poco de
consideracin para las autoridades, sola poner a secar en el
terradillo toda la colada de la semana..., ya se sabe... el poco de
gracia de Dios... Pero ahora, con la nueva ley, eso es pecado mortal,
y se prohiben incluso los perros, las gallinas y los dems animales,
que, con perdn, hacan hasta ahora la limpieza de las calles. A las
primeras lluvias, si Dios quiere, tendremos basura hasta los bigotes.

El delegado del obispo, para conciliar los nimos, estaba clavado en
el confesonario, como una lechuza, de la maana a la noche, y todas
las mujeres queran confesarse con l, que tena absolucin plenaria
para toda clase de pecados, como si fuese monseor en persona.

-- Padre -- le deca Saridda, con la nariz pegada al confesonario --,
el compadre Nino me hace pecar todos los domingos en la iglesia!

-- De qu manera, hija ma?

-- Ese cristiano iba a ser mi marido antes de que hubiera estos jaleos
en el pueblo; pero ahora que se ha deshecho la boda, se planta junto
al altar mayor para mirarme y rerse con sus amigos durante la misa.

Y cuando el reverendo intentaba tocarle en el corazn al compadre
Nino:

-- Si es ella la que vuelve las espaldas cuando me ve, como si fuese
yo un excomulgado -- responda el villano.

Por el contrario, al pasar la Saridda los domingos por la plaza,
finga estar y de charla con el brigadier o con cualquier otro pez
gordo, y ni siquiera se fijaba en ella. Saridda estaba ocupadsima en
reparar farolillos de papel, y los colocaba en fila delante de sus
narices, a todo lo largo de la barandilla, con el pretexto de
ponerlos a secar.

Cierta vez que se encontraron juntos en un bautizo, ni siquiera se
saludaron, como si nunca se hubieran visto, y lo que es ms, Saridda
se puso a coquetear con el padrino de la nia.

-- Vaya un padrino de guasa! -- deca Nino --. Cuando nace una
mujer, hasta las vigas del techo se quiebran!

Y Saridda, fingiendo hablar con la parturienta:

-- No hay mal que por bien no venga. A veces, cuando te crees que has
perdido un tesoro, tienes que darle las gracias a Dios y a San
Pascual. Que antes de conocer a una persona hay que comer mucha sal.

-- Di que s, que las desgracias hay que tomarlas como vienen; lo
peor es repudrirse la sangre por cosas que no valen la pena. A Papa
muerto, Papa puesto.

En la plaza sonaba el tambor de la "meta".

-- El alcalde dice que habr fiesta -- susurraba la gente.

-- Pleitear hasta la consumacin de los siglos; me quedar sin camisa
como el santo Job; pero lo que es esas cinco liras de multa no las
pago, aunque tenga que dejarlo dicho en el testamento.

-- Sangre perra! Pero qu fiesta quieren hacer, si este ao nos
vamos a morir todos de hambre? -- exclamaba Nino.

Desde el mes de marzo no llova una gota de agua, y los sembrados
amarillos, que se encendan como la yesca, "se moran de sed". Bruno
el carretero deca que apenas saliera San Pascual en procesin
llovera seguramente. Pero qu le importaba a l la lluvia, si era
carretero, ni a todos los tundidores de su partido?... En efecto:
sacaron a San Pascual en procesin a levante y a poniente, y le
asomaron al cerro para que bendijese el campo, en uno de esos das
ardorosos de mayo, todo anubarrado; uno de esos das en que los
labradores se tiran de los pelos a la vista de los campos
achicharrados, y las espigas doblen la cabeza como si se muriesen.

-- Maldito San Pascual! -- gritaba Nino, escupiendo y corriendo como
un loco por los sembrados --. Me has arrinado, San Pascual, ladrn!
No me has dejado ms que la hoz para segarme el cuello!

El barrio alto estaba desalado: era uno de esos aos largos en que el
hambre empieza en junio y las mujeres se estn a las puertas,
despeinadas, sin hacer nada, con mirada esttica. La Saridda, al or
que se venda en la plaza la mula del compadre Nino, para pagar el
arrendamiento de las tierras, que no le daban nada, sinti que de
pronto se le apagaba la clera, y mand a toda prisa a su hermano
Turi para ayudarle con los cuartos que tenan ahorrados.

Nino estaba en un rincn de la plaza, abstrados los ojos, y las manos
en los bolsillos, mientras le vendan la mula toda enjaezada y con
cabezn nuevo.

-- No quiero nada -- respondi torvo --. Gracias a Dios aun tengo
brazos! Buen santo San Pascual, eh?

Turi le volvi la espalda para no acabar mal, y se march. Pero la
verdad era que los nimos estaban exasperados, despus de haber sacado
en procesin a San Pascual a levante y a poniente, con tan buen
resultado. Lo peor era que muchos del barrio de San Roque se haban
dejado arrastrar a la procesin tambin, dndose golpes como burros y
con corona de espinas en la cabeza, por mor de los sembrados. Y ahora
se desahogaban en improperios, tanto que el delegado de monseor haba
tenido que volverse a pie y sin banda por donde haba ido.

El vicepretor, para vengarse del carretero, telegrafi que los nimos
estaban excitados y comprometido el orden pblico; as que un buen da
corri la noticia de que por la noche haban llegado los de la
compaa de armas y que todo el mundo poda verlos en la posada.

-- Han venido por el clera -- decan, sin embargo, otros --. En la
ciudad se muere la gente como moscas.

El boticario ech el cerrojo a la botica, y el mdico escap antes que
nadie, para que no acabaran con l.

-- No ser nada -- decan los pocos que seguan en el pueblo, por no
haber podido escapar al campo --. San Roque bendito guardar a su
pueblo! Y al primero que salga de noche le despellejamos!

Tambin los del barrio bajo corrieron descalzos a la iglesia de San
Roque. Pero de all a poco empezaron a menudear los colricos como
los goterones gordos que anuncian temporal; y decanse de ste que
era un cerdo, y que se haba muerto de un atracn de higos chumbos;
y del otro, que haba vuelto del campo de noche cerrada. En suma: que
haba entrado el clera, pese a los guardias, y en las propias barbas
de San Roque, no obstante haber soado una vieja, en olor de santidad,
que San Roque en persona le deca: "No tengis miedo del clera, que
yo estoy a la mira, y no soy como ese holgazn de San Pascual."

Nino y Turi no se haban vuelto a ver desde lo de la mula; pero apenas
el labrador supo que los dos hermanos estaban malos, corri a su casa,
y encontr a Saridda negra y desfigurada en el fondo del cuartucho,
junto a su hermano, que estaba mejor, pero que se tiraba de los pelos,
sin saber qu hacer.

-- Ay San Roque ladrn! -- se puso a gimotear Nino --. Esta s que
no me la esperaba!... Ay Saridda! Qu, no me conoces ya? Soy Nino,
el Nino de antao!

La Saridda le miraba con ojos hundidos, que era menester una linterna
para encontrrselos, y a Nino se le hacan dos fuentes los suyos. Ay
San Roque, esto es peor que lo que nos ha hecho San Pascual!

Pero la Saridda se cur y, segn estaba a la puerta, con la cabeza
envuelta en un pauelo, amarilla como la cera virgen, le deca:

-- San Roque ha hecho el milagro, y t tienes que venir tambin a
llevarle una vela para su fiesta.

Nino, con el corazn encogido, deca que s con la cabeza; pero entre
tanto le di a l el mal tambin, y estuvo a la muerte. Saridda
entonces se araaba la cara, y deca que se quera morir con l, y
que se cortara el pelo y lo echara a la caja, y nadie volvera a
verla en su vida.

-- No, no! -- responda Nino con rostro desfigurado --. A ti te
volver a crecer el pelo; pero quien no te ver ms ser yo luego de
muerto.

-- Vaya un milagro que te ha hecho San Roque! -- le deca Turi para
consolarle.

Y ambos a dos, ya convalecientes, segn tomaban el sol, apoyados en la
pared, se echaban en cara uno a otro su San Roque y su San Pascual.

Cierta vez pas Bruno, el carretero, que volva de fuera, ya acabado
el clera, y dijo:

-- Tenemos que hacer una gran fiesta para darle gracias a San Pascual,
por habernos salvado a todos los que aqu estamos. De ahora en
adelante no habr ni tiberios ni peleas, ya que se ha muerto el
vicepretor, dejando el pleito en el testamento.

-- S, haremos la fiesta por los muertos -- sugiri con mofa Nino.

-- Y t, ests vivo por San Roque acaso?

-- Queris acabar de una vez! -- interrumpi Saridda --. A ver si va
a ser menester otro clera para hacer las paces!








                             "PUCHERETE"

                            (Pentolaccia.)



Ahora le toca el turno a "Pucherete", un buen tipo tambin, que hace
su papel entre tantos animales como hay en la feria, y todo el que
pasa le dice algo. El mote se lo mereca en verdad, porque tena su
puchero lleno, gracias a Dios y a su mujer, y coma y beba a costa
del compadre don Liborio mejor que un rey.

Uno que nunca haya tenido el feo vicio de los celos y ha bajado
siempre la cabeza en santa paz, San Isidoro nos libre si le da luego
la ventolera de hacer una locura, bien empleado le est el ir a la
crcel.

Se haba empeado en casarse con la Vnera, sin tener sobre qu caerse
muerto, sin ms capital que sus brazos para ganarse el pan. Intil fu
que su madre, la pobre, le dijese:

-- Deja en paz a la Vnera, que no es para ti, que lleva la mantilla
levantada y ensea el pie cuando va por la calle.

Los viejos saben ms que nosotros, y por nuestro bien debemos
escucharlos.

Pero a l no se le apartaba del pensamiento aquel zapatito y aquellos
ojos ladrones que se salan de la mantilla en busca de marido; as,
pues, se cas con ella sin querer darse a razones, y su madre se
march de casa, despus de treinta aos de vivir en ella, porque
suegra y nuera son como perro y gato. La nuera tanto hizo y tanto
dijo con su boquita melosa, que la pobre vieja gruona tuvo que
dejarle el campo libre e ir a morirse en un tugurio; entre marido y
mujer haba peleas y cuestiones cada vez que era menester pagar la
mensualidad del tugurio aqul. Cuando al cabo la pobre vieja dejo de
penar, y l corri al or que le haban dado el Vitico, no pudo
recibir su bendicin ni escuchar las ltimas palabras de la moribunda,
que tena ya los labios sellados por la muerte y el rostro
desfigurado, yacente en el rincn de la casucha, ya anochecido, y
solamente conservaba vida en los ojos, con los que pareca querer
decirle tantas cosas.

Quien no respeta a sus padres, hace su desgracia y acaba malamente.

La pobre vieja se muri con el sentimiento de lo mala que le haba
salido la mujer de su hijo; Dios le haba concedido la gracia de
irse de este mundo llevndose al otro todo lo que tena dentro contra
la nuera, porque saba cunto le habra dolido a l. Apenas Vnera se
qued de ama de casa y empu las riendas, hizo tantas, que la gente
no llamaba a su marido sino con aquel mote, y cuando llegaba a sus
odos y se aventuraba a quejarse a su mujer, "T lo crees?", decale
ella. Y nada ms. El, tan contento como unas pascuas.

As era l, pobrecillo, y con ello no haca mal a nadie. Si lo hubiera
visto con sus propios ojos, dijera que no era verdad, por gracia de
Santa Luca bendita. De qu servira repudrirse la sangre? Era la
paz, la providencia en casa, la salud por aadidura, que el compadre
don Liborio era mdico tambin. Qu ms se poda desear, santo Dios?

Todo lo haca en comn con don Liborio: tena un cercado a medias,
tena una treintena de ovejas, puntos arrendaban pastos, y don
Liborio daba su palabra en garanta cuando iban al notario.
"Pucherete" le llevaba las primeras habas y los primeros guisantes,
le cortaba la lea para la cocina y le pisaba la uva en el lagar; a
l, en cambio, no le faltaba nada: trigo en la panera, vino en el
barril ni aceite en la orza; su mujer, blanca y colorada como una
manzana, luca zapatos nuevos y pauelos de seda; don Liborio no
cobraba sus visitas, e incluso le haba apadrinado un chico. En suma:
constituan una sola casa y le llamaba a don Liborio "seor compadre",
y trabajaba a conciencia. En ese aspecto no se le poda decir nada a
"Pucherete". Haca lo posible por que prosperase la comandita con el
seor compadre, que con ello obtena su mejor fruto, y todos estaban
contentos.

Ahora bien: acaeci que tan anglica paz se troc en un tiberio de
todos los demonios; de pronto, en un da tan slo, en un momento,
segn los otros labradores que araban el barbecho charlando a la
sombra a la hora de siesta, dieron por casualidad en hablar de l y
de su mujer, sin darse cuenta de que "Pucherete" se haba tumbado a
dormir detrs del seto y nadie le haba visto. Por eso sulese decir:
"Cuando comas, cierra la puerta, y cuando hables, mira en tu
derredor."

Esta vez parece como si el diablo le hubiera ido a hurgar a
"Pucherete" segn dorma, soplndole al odo los improperios que de
l decan y clavndoselos en el alma con un clavo.

-- Pues y ese cabra de "Pucherete" -- decan --, que se est
comiendo a don Liborio!

-- Que come y bebe en el barro! Y que engorda como un cerdo!

Qu sucedi? Qu le pas por las mientes a "Pucherete"? Se levant
de pronto, sin decir nada, y se ech a correr hacia el pueblo como
mordido por la tarntula, ciego de sus ojos, que hasta la hierba y
las piedras le parecan rojos de sangre. A la puerta de su casa se
encontr a don Liborio, que sala tranquilamente, hacindose aire con
el sombrero de paja.

-- Oiga, "seor compadre" -- le dijo --; si le veo otra vez en mi
casa, como hay Dios que se arma la fiesta!

Don Liborio se le qued mirando como si hablase en turco, y crey que
con aquel calor se le haban hecho los sesos agua, porque, en verdad,
no se poda imaginar que a "Pucherete" se le ocurriera ser celoso
luego de tanto de cerrar los ojos, y siendo, como era, de la mejor
pasta de maridos que poda haber en el mundo.

-- Qu tienes hoy, compadre? -- le dijo.

-- Tengo, que si le veo otra vez en mi casa, como hay Dios que se
arma la fiesta!

Don Liborio se encogi de hombros y se march riendo. El entr en su
casa todo descompuesto y repitile a su mujer:

-- Si veo aqu otra vez "al seor compadre", como hay Dios que se
arma la fiesta.

Vnera se puso en jarras y comenz a regaarle y a decirle
improperios. El se obstinaba en decir siempre que s con la cabeza,
pegado a la pared, como un buey que tiene la mosca y no quiere darse
a razones. Los chicos lloraban al ver aquella novedad. La mujer, al
cabo, cogi la tranca y le ech de casa para quitrsele de delante,
diciendo que ella era muy duea de hacer lo que le pareca bien.

"Pucherete" no poda trabajar en el barbecho: siempre pensaba en lo
mismo, y tena una cara de basilisco que no se le conoca. Un
sbado, antes de anochecer, clav la azada en el surco e se march
sin saldar la cuenta de la semana. Su mujer, al verle llegar sin los
cuartos, y por aadidura, dos horas antes de lo acostumbrado, torn
a insultarle, y quera mandarle a la plaza a comprar sardinas saladas,
porque tena una espina en la garganta. Pero l no quiso moverse de
all, con la nia entre las piernas, que la pobrecita no se atreva a
moverse, y lloriqueaba de miedo al ver la cara de su padre. Vnera,
aquella noche, tena el diablo en el cuerpo, y la gallina negra,
acurrucada en la escalera, no cesaba de cacarear, como cuando va a
suceder una desgracia.

Don Liborio sola ir despus de su visita, antes de jugar en el caf
su partida de tresillo; aquella noche, Vnera deca que quera que le
tomase el pulso, que todo el da haba sentido calentura por el mal
que tena en la garganta. "Pucherete" estaba callado y no se mova de
su sitio. Pero cuando se oy por la tranquila callejuela el paso
lento del doctor, que se llegaba poco a poco, cansado de la visita,
resoplando por el calor y dndo el aire con el sombrero de paja,
"Pucherete" cogi la tranca con que su mujer le echaba de casa cuando
estaba de sobra y se apost tras de la puerta. Por desgracia, Vnera
no se di cuenta de ello, segn haba ido en aquel momento a la
cocina a echar una brazada de lea bajo el caldero hirviendo. Apenas
don Liborio puso el pie en la habitacin, su compadre levant la
tranca y le di tal golpe en el cogote que le mat como a un buey,
sin que fuera menester mdico ni boticario.

As fu como acab "Pucherete" en presidio.



                                 FIN

















End of the Project Gutenberg EBook of La vida en los campos, by Giovanni Verga

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VIDA EN LOS CAMPOS ***

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