The Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.2,
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Title: La voz de la conseja, t.2

Authors: Bernardo Morales San Martn
         Diego San Jos
         Concha Espina
         Wenceslao Fernndez-Flrez
         Jos Ortega Munilla
         Vicente Blasco Ibez
         Felipe Trigo.
         Jos Echegaray
         Alvarez Quintero
         Alvaro Retana
         Gutirrez Gamero
         Antonio de Hoyos y Vinent

Editor: Emilio Carrre

Release Date: October 18, 2012 [EBook #41106]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (nota del transcriptor)




_La Voz de la Conseja_

[Illustration: LA VOZ DE LA CONSEJA]




_La Voz
de la Conseja_

_Seleccin
de las mejores novelas breves y cuentos de
los ms esclarecidos literatos_.

_Recopilacin hecha_

por

Emilio Carrre

_Firmas del tomo segundo_

_Bernardo Morales San Martin.--Diego San Jos
Concha Espina.--W. Fernndez-Flrez.--J. Ortega
Munilla.--V. Blasco Ibez.--F. Trigo.
Jos Echegaray.--Alvarez Quintero (S. y J.).--Alvaro
Retana.--Gutirrez Gamero.--Antonio de
Hoyos y Vinent_.

_V. H. SANZ CALLEJA_

_Editores e Impresores_

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

Derechos reservados de reproduccin
y traduccin en todos los pases.




INDICE


BERNARDO MORALES SAN MARTN

_Olor de santidad_ 17

(Cuento premiado por el Crculo de Bellas Artes.)

DIEGO SAN JOS

_As muri el conde_ 55

CONCHA ESPINA

_El rabin_ 135

W. FERNNDEZ-FLREZ

_La fra mano del misterio_ 149

J. ORTEGA MUNILLA

_Tremielga_ 167

V. BLASCO IBEZ

_Noche servia_ 181

FELIPE TRIGO

_Pruebas de amor_ 193

JOS ECHEGARAY

_Los anteojos de color_ 203

ALVAREZ QUINTERO (S. y J.)

_Vida nueva_ 215

ALVARO RETANA

_El disfraz_ 225

GUTIRREZ GAMERO

_El rasgo de Paizosa_ 249

A. DE HOYOS Y VINENT

_Eucarista_ 263




OLOR DE SANTIDAD

Cuento premiado por el Crculo de Bellas Artes.

(B. MORALES SAN MARTN)


I

La del alba sera cuando don Rodrigo Pacheco sali de Tordesillas,
mustio y cabizbajo, caballero en su mula y camino de Valladolid.

Un buen trozo del camino que de Salamanca a Valladolid conduce llevaba
recorrido la cabalgadura, cuando el noble caballero, que alegraba sus
ojos tristes contemplando a la indecisa luz del amanecer la corriente
del ro, de verdor recamada, par en seco a la mula, torn la seoril
testa hacia el altozano sobre el que se levantaba la murada villa, en la
margen derecha del impetuoso Duero, y qued un momento pensativo.

La gtica crestera de San Antoln y de Santa Clara; las torres y
cpulas de San Miguel, de San Juan, Santiago, San Pedro y Santa Mara, y
los torreones de las cuatro puertas de la villa, recortbanse sobre el
cielo limpio y crdeno de aquel amanecer estival, evocando en el alma
del buen Pacheco toda su historia y toda la tragedia de su martirio.

De sbito, irguise sobre los estribos, abandon las riendas, y
tendiendo los brazos hacia la villa, que comenzaba a desperezarse,
sorprendida en su sueo por los suaves besos de las brisas serranas,
exclam el de Pacheco, con voz apocalptica:

--Toda mujer propia tiene algo de Xantipa! Leonor de Alderete! Dios
te perdone como te perdono yo!

Y espoleando a la reflexiva cabalgadura, que quiz senta como propio el
dolor de su amo, exclam airado:

--Arre, mula!

Di un salto la sorprendida bestia y tom un galope ligero que hizo
afirmarse al caballero en sus estribos.

Alto ya el sol, perdido en el horizonte el casero tordesillesco y casi
a la vista de Simancas, an no se haba borrado la expresin de dulce y
resignada melancola del rostro del buen caballero, ltimo vstago de la
ilustre estirpe de los Pachecos...


II

Don Rodrigo era un santo.

Desde muy nio mostr su aficin a jugar con altarcitos, a predicar
sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo
dulcemente acordado que procuraba el nio tener el son de las diversas
campanitas.

Conforme iba creciendo el mozo, afirmbase en l ms y ms su vocacin
religiosa, y contra la voluntad de su padre--que para ms altos destinos
reservaba a su hijo, por la firme amistad que le una con su deudo don
Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,--no hubo
ms remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar
Teologa y Cnones.

Para el precoz hidalguete no haba ms mundo que el que divisaba yendo
de Tordesillas a Salamanca, ni ms ciencia que la contenida en los
enfticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la _Ubrriman
civitatis_, como llam en una bula el pontfice Alejandro IV a la famosa
Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos,
transparentaba la mstica ambicin del heredero de los Pachecos y
Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a l le
reservaba el Criador en la tierra.

--Oh! Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le
oan antao decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de
Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los
Pachecos! Lograr luego un beneficio, despus una canonja, quiz un
obispado... y si la magnanimidad divina lo consenta, seguramente el
capelo cardenalicio! Oh, Dios mo! Perdona mi ambicin, que slo en tu
santo y ejemplar servicio emplear los dones que te dignes
concederme!--gema el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en
los libros de los telogos Gonzlez de Segovia, Soto, Gallo, Salmern, y
de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustn, y otras lumbreras del
Concilio trentino...

Pero Dios, en su infinita sabidura, lo dispuso de otro modo, y todo el
castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un
invierno, cruelsimo para las gentes y los campos tordesillescos, llam
el Seor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la seora doa Mara, no
resignndose a vivir sola en el inmenso casern de los Pachecos, retuvo
en l al joven canonista.

Resignse ste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la
Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de
interrumpir sus estudios para ayudar a doa Mara en el gobierno de su
casa y hacienda y en la direccin de cierto litigio en que la testaruda
dama vena empeada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de
Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gtica capilla
de San Antoln y a ciertas donaciones de sus antepasados, que
usufructuaban indebidamente los nombrados deudos.

La infatigable pleitesa puso en movimiento cmulo tal de jueces,
escribanos, letrados y hasta telogos, que embarullaron a maravilla el
litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello
misericordia. Cierto telogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso
una transaccin honrosa, que cierta feliz circunstancia ayud a imponer
y acatar como tabla salvadora.

--Lo mo, mo, y lo tuyo de entrambos!--deca doa Mara a los
Alderetes.--Y arguy el telogo:

--_Quod homines, tot sententiae! Consensus omnium fecit legem! Cur
tam varie?_--Y replicaba doa Mara, sin dar su brazo a torcer, en buen
castellano:

--Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que
la teje!

Pero el telogo, terco tambin, tron en griego, para mayor claridad:

--_Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!_

Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y seora la
mxima del gran Iscrates, ambos humillaron la cabeza.

Poco tiempo despus... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San
Antoln de Tordesillas, unanse en santa coyunda Leonor de Alderete,
hija nica de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, nico vstago de los
Pachecos.

Solamente Dios, la seora doa Mara y el culto telogo casamentero
supieron lo que cost vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la
terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindi a los
Alderetes, venci la mstica resistencia del hijo de su amor, que gema
al recibir la santa bendicin, unida su diestra a la de la hermossima
Leonor de Alderete:

--_Una salus victis, nullam sperare salutem!_--y fueron las ltimas
palabras con las que se desvaneci el fracasado telogo, para dar paso
al flamante marido.


III

Pero don Rodrigo no era feliz.

Doa Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de
Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo--nico
hombre que se acerc a ella,--sinti por l una avasalladora pasin. La
llama de amor sin nombre que tantos aos contena en su pecho, de
doncella casta, pero afectiva, estall devoradora, porque Rodrigo
Pacheco, por su figura y por su carcter, era el galn soado, el
Amadis de sus ensueos... Boda que comenz siendo forzado acomodo, fu a
poco tierno idilio que uni dos almas con la ms pura, pero tambin
arrebatadora, de las pasiones.

Llevbale cinco aos doa Leonor a Rodrigo... y quizs por ello fu
maestra que inici al joven en los honestos deliquios amorosos de su
idlica unin. Pero, aunque dama de esplndido cuerpo y hermoso rostro,
altivo continente y distinguido ademn--conjunto sin par en
Tordesillas--di en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las
guedejas de su apuesto marido.

Este, que fuera del amor a Dios, no senta otro afecto que el de su
esposa, padeca martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y
honrado, la esplndida dama dudaba de su pureza y pona en tela de
juicio su probada honradez.

Veinte aos llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo
hubiera bendecido su unin concedindoles el bien de los hijos, cuando
un atardecer recibi el apocado seor de Pacheco, por un propio, una
misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitndole a ir a
Valladolid el prximo 19 de Julio, da en que hara su entrada en la
ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Aada el valido que
convena al servicio de la monarqua catlica que don Rodrigo Pacheco
fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazn, y le esperaba
en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle
instrucciones oportunas sobre la poltica que convena al duque se
observara en Tordesillas y villas comarcanas.

Y all fu Troya!

--A Valladolid... vuestra merced?--y rea nerviosa e irnica la celosa
doa Leonor. Y de sbito exclam, abriendo el torbellino de sus celos:

--S! Te conozco, fementido caballero! Ir a Valladolid es un ultraje
a la fe jurada a mi amor nico!

--Leonor! _Mulier qu sola cogitat, male cogitat_--replic don Rodrigo,
acordndose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y aorados
tiempos de Salamanca.

--_Nihil impossibile!_--arguy la dama, que tambin era, aunque celosa,
muy leda.--Si vuestra merced va a Valladolid... ser para caer en el
pecado!...

--Leonor!!

--Lo teme mi corazn enamorado! Te ests ya refocilando con la ms
impura de las liviandades!

--Xantipa!!, digo, Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios
confunda!

--Yo! Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? Jams! All
no pueden ir ms que los lascivos y perjuros como t!

--Doa Leonor! Por los clavos de Cristo Nuestro Seor!--y don Rodrigo
alz los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los
esposos, mostraba sus carnes flcidas y amarillentas de martirio--y mir
al Crucificado como los mrtires del Coloseo la imagen espantosa de la
muerte en su trgica agona... cayendo de rodillas, como si realmente
fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no haba gozado an.

Vindole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la
divina escultura, sali la dama, cerrando de golpe la puerta de la
cmara y vociferando descompuesta:

--Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! Miserable!

Con un sollozo respondi el caballero, evocando su vida de telogo in
partibus, tendiendo sus manos al impasible Cristo:

--Perdnala, Seor! No sabe lo que se dice! Los celos han
transformado a mi seora doa Leonor en... la propia Xantipa, en la
verdugo de Scrates, que resucita en Tordesillas!


IV

La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su
cumplimiento. Adems, haba de estar toda su vida supeditado a las
faldas? Su madre, la inflexible doa Mara, impidi que fuera clrigo,
matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, haba de
impedir su esposa--otra tozuda Alderete!--que siguiera una carrera
poltica honrosa, comenzada por una corregidura, y Dios y el duque de
Lerma sabran dnde poda acabar?

Y el dbil y ocioso caballero mand ensillar su mejor mula y sali para
Valladolid, dejando a doa Leonor convulsionada como una demonaca y
vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores:

--Se va y le pierdo para siempre al miserable! No subir ms a mi
tlamo si duerme una sola noche en Valladolid! Toda el agua del Jordn
no bastar para purificar al impuro!--Y se retorca como una poseda,
rodeada de mayordomos, dueas, doncellas y mozas de cntaro... mientras
el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la
mole del histrico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible
polilla roa con saa toda nuestra leyenda de oro; y poco despus
columbraba el casero de la futura corte de las Espaas, extendido sobre
verde prado y recortado sobre una lejana de suaves lomas y sinuosos
cerros castellanos.

Y el futuro corregidor de Tordesillas entr, sonriente y magnfico,
caballero en su mula, en la noble y real Villa de Ulid.


V

Era el da 19 de Julio de 1600.

La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en
corte de los Felipes, nunca despleg tal aparato y dignidad en las
ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus
calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos. El joven rey
demor su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el ao
siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad.

Pasados aquellos primeros das de gala regia y festejos populares, don
Rodrigo pudo ver al poderoso valido.

El duque le recibi y agasaj conforme a los altos merecimientos del
caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularsima
estima los Sandovales, y le entreg el real despacho de corregidor de
Tordesillas.

--Tengo en alta estimacin vuestras dotes, que, acrisoladas por el
ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harn pasar a la corte
en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores
leales...--dijo el duque, abrazando cariosamente a don Rodrigo.

Antes de despedirse, rogle el duque al corregidor que visitara en su
nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus
achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien poda consultar don
Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante
corregidura, aunque, a decir verdad, ms que a sus futuros gobernados,
tema el pobre corregidor a la celosa corregidora.

Y sin esperar a ms--porque al da siguiente, y tras ocho de ausencia,
quera retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,--all se
fu con su alta misin don Rodrigo Pacheco, el fracasado telogo,
convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de
Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.


VI

Dijranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado
recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correra,
como su Tordesillas de su alma.

Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente
con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y
plazuelas, que siempre le traan al mesmo lugar, sin dar nunca con el
casern de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.

Ms de tres veces se encontr en la plazuela del Ochavo, evocndole, en
aquella hora entre misteriosa y potica del atardecer, la tragedia del
famoso condestable, cuyo libro singular _Claras y virtuosas mujeres_,
haba ledo con delectacin en Salamanca. Otras dos sali a la Plaza
Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en
que pereci el hereje doctor Agustn Cazalla y sus secuaces en ejemplar
auto de fe. No supo cuntas veces pas junto al casern de Rivadavia,
donde naci el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la
luna en plido creciente. Volvi pies atrs y not que por tercera vez
pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...

--La calle de Teresa Gil y junto al arco gtico que se levanta en la
iglesia de religiosas de Portacoeli--habale dicho el duque...--y, por
fin, top con el famoso arco y con las casas de Diego Snchez, morada
de su deudo don Gutierre.

Levant el pesado aldabn de hierro, que representaba un dragn
mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres
golpes recios y rotundos.

Tard a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrise, por
fin, una celosa que sobre la puerta caa, y una voz argentina y juvenil
pregunt con timidez:

--Quin va... a estas horas?

--La paz de Dios!--respondi don Rodrigo con voz entera.--Vive aqu
don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas
a visitarle--agreg don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un
aventurero de los que aquellos das de regios festejos pululaban en
Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosa,
pregunt otra voz como arrullo de trtola:

--Cmo se nombra el caballero?

--Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...

--Esperad, esperad, caballero... aqu es! Van a franquearos la
puerta...

Poco despus descorranse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo
de faz serfica franqueaba el pesado portn al caballero. A mitad de la
amplia escalera, una duea, envuelta en negras tocas, alumbraba con
enorme veln.

--Pasad, pasad, seor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don
Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan
delicado anda, que no sabemos si podr recibirle esta noche... Sus
hijas, mis seoras doa Celia y doa Violante nos lo dirn.

Y tras subir, precedido por la duea y seguido a respetuosa distancia
por el beatfico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don
Gutierre.

Deslumbrado qued el tordesillesco corregidor al contemplar la
magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de
los cortinajes que la mansin de su deudo le mostraba.

Pasaron por una cmara en la que arda una lamparilla de plata ante un
crucifijo que a don Rodrigo le pareci excesivamente lvido y chorreado
de sangre... Persignronse mayordomo y duea; imitles el caballero e
introdujronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras
avisaban a sus seoras, las hijas de don Gutierre.

No se hicieron aguardar stas...

Eran dos damas de peregrina hermosura, jvenes, ataviadas como princesas
y enjoyadas como reinas. Acabaran de llegar de algn festejo regio y
no habran tenido tiempo de destocarse...--pens don Rodrigo.

Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de
husped tan ilustre, las dos nias sentronse a ambos lados del
caballero cuarentn, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como
si esperara rdenes.

Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche
no poda verle don Rodrigo, sera al siguiente--dijeron las discretas
nias.

El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participles su
nombramiento de corregidor y la necesidad que tena de partir al rayar
el alba a Tordesillas.

--Todo puede concertarse--objet la mayor de las nias,--si tan urgente
es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptis un puesto en nuestra
mesa, descansis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es
cuando despierta el seor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte
cuando guste a su querida Tordesillas.

--Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan
atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...

--Vlgame Dios! Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra
seora, seor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas
de mesn! No faltaba ms!--dijo la ms joven de las nias de don
Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qu
don Rodrigo le llegaban al alma.

--Lo que nos duele--arrull la mayor--es que durante estos das os
hayis hospedado all. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros
asuntos os traigan a Valladolid.

--Ya no podis salir de aqu! Sois nuestro husped, porque no queremos
exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habamos
dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro ms ilustre deudo, el
seor corregidor de Tordesillas!--exclam, expansiva y jovial, la que
pareca ms ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y
cndido y claro mirar atraan al seor de Pacheco con electiva afinidad.

Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa;
tan dbil de voluntad como corts y agradecido por instinto, el
caballero accedi al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas
parientes y qued muy suyo y muy obligado tambin, segn dijo.
Adems de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su
entrevista con este seor y su salida a Tordesillas... se estaba tan
bien en aquella casa y estrado!, experimentaba tan agradable sensacin
de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos,
alhajada con vargueos y contadores, cornucopias y espejos, cuadros
religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar
toda aquella magnificencia a su severo casern de Tordesillas o quedarse
en aquel de Valladolid toda la vida!

Sali el mayordomo de la faz serfica y entr y sali varias veces la
duea con grandes reverencias, hasta que el primero anunci que la cena
estaba servida.

Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo
manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal
italiano y brillaba la loza talaverea. Sirviles el mayordomo suculenta
cena, regada prudentemente con los ilustres vinos de Esquivias, que
don Gutierre prefera a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era
frugal, su cortesa no saba negarse a los insistentes ofrecimientos de
sus dos comensales y comi y bebi un poco ms de lo que acostumbraba su
templanza.

--Carne de pluma quita del rostro la arruga, mi seor don
Rodrigo--deca la mayor de las hijas de don Gutierre, sirvindole una
pechuga de capn ricamente aliada.

-El vino como rey y el agua como buey--exclamaba riendo la menor de
las doncellas, llenndole la tallada copa de un vino rojo como el rub y
de suave aroma.

Durante la cena, como antes en el palique del estrado, not don Rodrigo
que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que
a gloria trascenda y la misma gloria pareca prometer. Vaho tan suave y
sutil no lo percibi jams don Rodrigo. Su esposa, doa Leonor, no usaba
perfumes ni afeites, que era pecado usar, y deca que el nico perfume
grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura deba
ofrecerse como Dios la di... Pero segua embargando los sentidos del
caballero aquel perfume delicioso, producindole sutilsima e inefable
embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectacin primero, con ansia
despus. No era el olor del mbar, ni de la algalia, ni tena nada del
almizcle, nicos que conoca el seor de Pacheco. Ms bien pareca el
aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para
embriagar al caballero...

Terminada la cena, rezaron una breve oracin de gracias, pasaron al
estrado un momento, y las damas despidironse de su husped con
graciosas reverencias, retirndose a sus habitaciones, acompaadas de su
duea.

El mayordomo precedi al caballero hasta la cmara que le destinaron,
despidindose de l muy humildemente.

--Buenas y muy santas noches tenga el seor don Rodrigo!

Rendido por el desacostumbrado trajn de aquellos das, embriagado
levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilsimo
y sensual perfume de las damas, el seor corregidor de Tordesillas, que
deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendise en el mullido lecho y
sopl la luz.

Pero invencible asombro le despabil en seguida. La cama en que
descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume
sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre.
Y el malogrado telogo salmanticense quiso abandonar el lecho...

Pero... no sera oo escrpulo de monja llamar a la servidumbre y
alborotar la sosegada mansin con el pretexto de rehusar tan rico lecho,
que indudablemente le haba cedido alguna de las hijas del doliente
husped por una delicadsima galantera mujeril que antes deba
agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un
villano?

Y qued entregado a sutiles razonamientos escolsticos, bajo las
finsimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar
levantarse ni poder conciliar el sueo...; pero consolndose en su
martirio si, por dicha, la cama en que yaca perteneca a la menor de
las hijas de don Gutierre.


VII

En el seno de las tinieblas vea el seor de Pacheco la figura,
castamente ideal, de doa Celia, la menor de las nias, en opuesta
visin a la ms esplndida y sensual de doa Violante, la hermana
mayor... Ni una sola vez acudi a su magn el recuerdo de la figura de
su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doa Celia, la
nia gentil, tornaba a embargar su nimo y sus sentidos anegados en el
vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le
distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y stos
algaraba.

Don Rodrigo incorporse, tent sus ropas, empu su espada y aguard.

Las voces se apagaron de pronto; pero el odo del caballero percibi en
el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera
paso a alguien. Suave rumor de pasos que a l se acercaban, confirm sus
sospechas. No caba duda, alguien haba entrado en la estancia.

Pronto fu la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavsimo y
enervador, cada vez ms penetrante, cada vez ms cercano, envolvale
como ola de ter, sumindole en un mar de confusiones, cuando el tibio
aliento de una boca roz su rostro, y la caricia de unos brazos
desnudos, blandos y mansos, oprimi su cuello robusto, al mismo tiempo
que una voz argentina, pero angustiada, gema en su odo:

--Acorredme, caballero! Protegedme o muerta soy!

Don Rodrigo qued suspenso...

Solt la espada, de improviso, y con ambas manos cogi los trmulos
brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello.

Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sinti estremecerse,
muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofro. Las
dulcsimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sinti sobre
su pecho la presin de suavsimas turgencias que excitaban
dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba
su alma pura.

La voz argentina arrull a su odo:

--No os movis, caballero! Doa Celia soy, que viene a deciros que no
salgis de esta habitacin, pues corris peligro de muerte!

--Permitidme, seora, que...--y el sofocado caballero no saba qu
decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que
le opriman como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.

--No os movis, por Jess Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de
mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cmara...

--Qu decs, seora?--interrumpi el cndido corregidor.

--S, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el
honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su
galn el balcn de su camarn...

--Es posible tal infamia?

--S, caballero, s!--y copioso llanto ba las acaloradas mejillas del
caballero. Doa Celia lloraba! Y sigui:--Esta noche, que parti
conmigo su lecho, pues este en que descansis es el mo, no respet mi
inocencia y tampoco recatse de recibir al seductor... Qu vergenza!
Hu al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quera
matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi
mal aconsejada hermana!

--Vive Dios que no ser sin que un Pacheco venda cara su vida!

-Por el Nazareno! No gritis! Mi inocencia vino a advertiros el
peligro; pero mi previsin cerr todas las puertas que separan esta
cmara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las
primeras horas del alba, con el galn salteador de honras se ir todo
peligroso riesgo para vuestra merced...

--Pero entretanto... seora...?--y el buen don Rodrigo no saba cmo
librarse de los brazos, que ms parecan acariciarle que demandar
amparo.

-Ah! Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso
ultrajar tambin aquel brbaro atropellador de doncellas y agraviador de
ancianos!... Protegedme, seor! Tengo miedo de salir de este
aposento!...--y con sus desnudos brazos teja el pavor ms apretada
cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuce con
extraas angustias:

-Nada temis... nia, estando aqu yo... junto a vos. Llegarn a
vuestro precioso cuerpo por encima del cadver de don Rodrigo Pacheco!

--Gracias, gracias... mi noble deudo!...--y la medrosa nia se
estrechaba ms y ms contra el caballero, besando a obscuras sus manos,
sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y clida,
mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada
efusin, abrazaba tambin a la nia, creyendo proteger con sus nervudos
brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.

En un momento, durante el cual la intensa emocin dej paso a la sutil
clarividencia, murmur el caballero paternalmente:

--Bien, bien... seora; pero me parece que vens un poco ligera de
ropa...--al notar que tena entre sus brazos una escultura que no vesta
sino la sutilsima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad
respondi desmadejadamente:

--Hu del lecho precipitada al asaltar aquel gaviln nuestro camarn...
y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!

-Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro
propio. Yo me vestir a tientas... y velar vuestro sueo...--dijo don
Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileos brazos que
le cean amorosos.

-Oh! No, por Dios, caballero! Tendr miedo sin vos! Morir de
pavura! No os apartis de m! No me dejis! Venid, caballero... y
descansad a mi lado! Nada temis... sosegaos! Vuestra hidalgua y mi
inocencia nos protegen!--y con suavsima presin dejse caer blandamente
la nia, arrastrando en su cada al caballero sobre la regia cama de
torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobij
con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...


VIII

El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos
emplomados cristales piaban alegremente los pjaros en el cercano y
umbro jardn... y don Rodrigo Pacheco despert del nico sueo de su
vida que haba tenido sabrosa realidad.

Y encontrse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que
sus brazos robustos cobijaban an la dormida estatua de doa Celia,
desceida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del da
todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a
los encandilados ojos del ex canonista.

Este qued lvido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le
acusaba en pleno da del pecado cometido en las negruras de la noche...
La ms horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el
delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa
tordesillesca, por aadidura, haba incurrido con aquella preciosa nia
que, confiada en la hidalgua del caballero, dorma an sin recelo en
sus brazos!

--_Nihil impossibile sub sole!_--gimi aterrado el caballero, y por
primera vez la imagen de su esposa surgi ante sus ojos como la musa de
la propia tragedia, arrojndole al rostro la sentencia con que le
despidi al salir don Rodrigo hacia Valladolid: _Nihil impossibile!_

--Y qu hacer?... Cmo huir?... Cmo dejar a la tmida paloma que
dorma en sus brazos? Cmo presentarse ante don Gutierre, el caballero
que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? Cmo
escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habale
hecho caer al cuarentn corregidor? Buena justicia administrara quien
comenzaba vilipendindola! Qu diran su conciencia y su rostro a la
seora corregidora al llegar a ella?--Y al evocar otra vez en aquel
trance la arrogante y severa figura de su duea y seora doa Leonor de
Alderete, como irritada Themis, desasise don Rodrigo de los ebrneos
brazos que le aprisionaban an rendidos en sueo de amor; vistise
apresuradamente, cise la espada, ech sobre sus hombros la negra capa
de seda valenciana... y despus de dejar caer una ltima, compasiva y
desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre,
abri quedamente la puerta, huyendo de su vctima, de su crimen y de s
mismo.

Sali a un pasillo; estaba solitario. Cruz la habitacin donde una
lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo
monstruoso; no haba nadie. Vi abierta una puerta fronteriza por la que
entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigi a ella. Era la
puerta de la escalera!

Baj por sta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zagun estaba
entornada... Duea, mayordomo, y acaso don Gutierre, estaran en misa
en la vecina iglesia de las religiosas de Portacoeli? Todo pareca
preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vi en la
calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un
remordimiento dolorossimo.

Sin tornar los ojos al casern de don Gutierre, y ya orientado por la
luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, lleg presto a su posada,
mand ensillar su mula y pidi la cuenta al husped.

Este sonrea socarrn e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su
escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero,
denunciadoras de una noche toledana, o, ms legtimamente,
vallisoletana. Ech mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el
atolondrado caballero--que ni la mirada acusadora del posadero poda
resistir,--y qued sin habla, aterrado.

Su bolsa estaba vaca! Le haban robado ms de cien ducados de oro que
meti en ella!... Pero, dnde? Y su pensamiento se torn
instintivamente a la casa de don Gutierre, y sbita revelacin
presentle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser
actor principal. Pregunt al posadero: dile seas y seales...; sonri
el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le
haban dado posada de amor una noche inolvidable no era ni mucho
menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque s fronteriza a ella.

Puso en manos del husped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un
maraved, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, sali al
galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sera siempre el de sus
pecados...


IX

Abstrado por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no not hasta cerca
de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba
las ropas y el cuerpo clsicamente modelado de la cndida paloma
vallisoletana, le acompaaba como rastro de su pecado, dejando una
estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fu lo
que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. Las ropas, los
cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sr todo del buen
Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana
lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado!

Doa Leonor no minti! Ella era una santa y l un lascivo run y
empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad
acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podra olvidarse
quiz; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y
continuas penitencias... Pero, y aquel maldito y penetrante perfume que
le acompaaba como una acusacin, como la mejor y ms terrible prueba de
su liviandad y de su adulterio? Porque doa Leonor, que no usaba
perfumes!, preguntara, inquirira, no podra explicar por qu aquel
vaho cortesano le acompaaba y trascenda hasta Tordesillas, y la
furiosa Xantipa le arrancara los ojos y las entraas al seor
corregidor.

Lleg a Simancas. Apese en el mesn del Toledano; pidi un aposento,
agua y jabn; encerrse; lavse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y
aquellas barbas con que le retrat su deudo el sevillano Pacheco, y
sali de all, donde harto le conocan y estimaban, despus de airear un
buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcn del aposento.
Remozado y contento sali a lomos de su mula, libre, al parecer, de
graves cuidados.


X

Apenas dej atrs el casero de Simancas, torn a percibir, cada vez ms
penetrante, aquel diablico perfume que debi de haber aliado maese
Satans en sus filtros y redomas demonacas, y la vil cortesana en cuyos
brazos durmi el caballero, infiltrle hasta las entretelas de su alma.
Y cmo entrar en Tordesillas?

Ya columbraba la crestera de San Antoln, la cpula de Santa Mara, los
torreones del palacio donde llor durante media centuria su viudez la
triste reina de Aragn y Castilla doa Juana--llamada la Loca por
insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de
amor, como ya entenda don Rodrigo,--cuando ste apese en un recodo del
camino, sombreado por espesos rboles. At las riendas de su cabalgadura
a uno de aqullos y contempl la ondulante corriente del Duero, en cuyas
aguas tantas veces se ba siendo nio.

Un audaz pensamiento asalt al atribulado Pacheco.

Agazapado entre unos matojos, despojse de sus ropas, que dej sobre
aqullos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros
vivos lanzse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano
se arrojara a las ondas purificadoras del Jordn, murmurando en
remembranza de sus felices tiempos de telogo: _Vestigia nulla
retrorsum!_

El Duero, algo crecido, traa impetuosa corriente, en la que don Rodrigo
di varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y
cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano
y delatador...

Distrado, perdi pie, la corriente le arrastr; di una voltereta
desesperada; logr subir a flote y asirse a una rama en un recodo del
ro. Tir de ella para subir; cedi la dbil rama, y el cuerpo del
desdichado caballero se lo sorbi el Duero impetuoso... llevndole
inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de
cuyos tajamares qued detenido como miserable despojo del pecado.

       *       *       *       *       *

Doa Leonor recibi el cuerpo exnime de su esposo con grandes e ntimos
transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada
seora:

--Me han asesinado a mi dueo y seor! Justicia, justicia!

Las ropas abandonadas en la margen del ro, la bolsa vaca y la falta de
la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a
sospechar que don Rodrigo fu robado y arrojado al ro para que no
pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada
y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no
poda suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida sta. Y
entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acerc a la verdad.

Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado
alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traa.

Don Rodrigo recibi cristiana sepultura en San Antoln; doa Leonor
encerr para siempre su dolor en su casern, atenazndola el
remordimiento de haber martirizado con su pasin de celos infundados a
aquel santo varn que Dios le concedi por marido. Y como ella, toda
Tordesillas llor al varn ejemplar, dos veces santo, por su martirio de
casado y por su muerte trgica.

Ya sexagenaria doa Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo
para trasladarle al alabastrino sarcfago que hbiles artfices
italianos construyeron para guardar los restos mortales del seor de
Pacheco y de la seora doa Leonor, cuando le fuera llegada su santa
hora.

Asisti al solemne acto doa Leonor, acompaada del clero, servidumbre y
mucha gente del pueblo, que an amaba la memoria del caballero.

Abrise el atad y fu como si se abriesen las puertas de la gloria.
Suavsimo, embriagador e inefable perfume invadi las bvedas de San
Antoln, asombrando a todos los circunstantes.

De dnde vena aquel fragante olor, que por primera vez en su vida
perciban los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos
del fenecido caballero? Y qu otro olor poda ser aquel si no era el
olor de santidad en que muri indefectiblemente don Rodrigo Pacheco,
por sus muchas virtudes y su muerte de martirio? pensaron los buenos
tordesillescos, y clam el pueblo a una voz:

--Don Rodrigo muri en olor de santidad! Don Rodrigo muri en olor de
santidad! All estaba aquel perfume suavsimo que su alma santa dej en
sus huesos, proclamndolo! All estaba la esposa del buen caballero,
dando fe de ello con sus lgrimas de sincero arrepentimiento!

Y es fama que cuando alguien afirma todava que don Rodrigo Pacheco
muri en olor de santidad, unos huesos se estremecen en el fondo del
alabastrino sarcfago, recordando una inmortal noche de amor en
Valladolid!




ASI MURI EL CONDE

(DIEGO SAN JOS)

BREVE PREMBULO


Ha ms de cinco aos que vine a la Corte al olor de un beneficio en la
catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en
todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por
contundentes y apretadas cartas de la gente ms notable de la metrpoli
del Ebro, aun no consegu otra cosa que agotar los recursos, pero no la
paciencia (que desta necesarsima virtud fu el Seor servido de darme
muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las
_Losas_ del Alczar y aun muchas de las dependencias que estn situadas
en la parte baja, donde tantos anhelos como los mos se estrellan o
estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la
imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de
la ilusin satisfecha.

Son estas dichas _Losas_ la ms concurrida plaza del mundo, donde se
venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las
cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala
ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amaan y dan vida.

Qu s yo el cmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por
all, subir como la espuma y despearse como el agua, en estos cinco
aos!

En lo que mi pretensin vena de camino pens entretenerme escribiendo
cada da un pliego de las cosas que all viera u oyera, y vean aqu
vuesas mercedes cmo al cabo heme encontrado con una croniquilla un
tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los ms famosos y
cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas.

En tal manera acostumbraban a suceder all cada da las nuevas, que si
todas hubiera de relatarlas tal y como las presenci o llegaron
hinchadas a mis odos, habra menester de todo el estanque del Retiro
trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de
papel.

Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura
de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que
tienen los seores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros
delante a fin de que les abran paso, que si no, no furales posible
echar un pie tras otro.

Tanto que pedir hay en Espaa!

Y son tan pocos los das en que el Rey puede dar!

Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cmo est la villa, toda
de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey
carroa!

Pero volviendo a lo mo, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra
un mucho gallarda de la mejor forma espaola (que aun no se me ha pegado
esta procesal al uso, la cual entiendo que slo se emplea para las
causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero
aqu entresacar no ms de una, que es aquella que trajo la muerte de don
Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos
reinos y los de Npoles.

Sea as, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), all te
va lo que hasta m lleg.




PARTE PRIMERA




CAPITULO PRIMERO

EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA
DE DON JUAN DE TASSIS


Este afn angustioso de las pretensiones, no tendr fruto muy abundante,
y bien comprndese que as sea, pues que tantas ramas se chupan la
savia, que no es mucho que se queden sin florecer.

El pedir y pretender est tan dejado de la mano de Dios, que en verdad
que va a ser necesario dejar el oficio.

Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no
como nuestra ansiedad y nuestra fantasa empanse en presentrnoslas,
qu va a hacer S. M. si todo anda como l no quisiera y ya es mucho
milagro que haya faltado para l, y no piensen que esta triste desdicha
anduvo muy lejos?

No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de
palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan
los perniles y los tocinos en tan grande y crecido nmero que haya
necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que
vnganse a tierra, sino que telaraas, polvo y holln tienen por
colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa ms si
no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de
reales.

Aun carbn no envan los carboneros de Palencia y ha de guisarse con
lea, y sta porque es cortada y trada de las posesiones del Real
Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. ms de queso
y fruta.

Djome ayer un pinche de cocina, con ms cara de hambre que la cuaresma,
que dos meses y medio cmplense agora de que no se den en palacio las
raciones que tenase por costumbre, y ans anda toda la servidumbre,
esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurreccin
de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el da de San
Francisco pusieron en la mesa de la Seora Infanta un capn que ella
tristemente enfurecida mand levantar porque heda a perros muertos.

Sigui aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas
rebanadillas como torrijas, pero no vena solo ni mal acompaado, que
traa sobre s, como animal fenecido que era de muchos das, todas las
moscas palaciegas. La justa indignacin de la infelice subi a la
cumbre, y levantndose fuse a llorar a su aposento, por no dar con todo
por una ventana.

Su yantar de aquel da no fu ms de un mendruguillo de pan remojado en
negro y espeso vino de Arganda.

En palacio no se comer, y estarn las personas de la real familia con
las tripas juntas y los tristes ojos como querindose esconder en el
cogote por vergenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los
impuestos crecen sobremanera, como el jabn en el agua.

Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de
Espaa, de que dentro de quince das se doblar el importe del papel
sellado.

No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que
muriendo presto, acabe del todo.

Si los seores ministros y consejeros no se cortan las uas, no ha de
tardarse mucho el da en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la
Salve los sbados, acudir cada da a la sopa de los conventos.

No siendo para caceras u otras diversiones, en que slo el Seor Rey se
emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas
dijrase que salen de algn antro subterrneo que custodian los enanos
guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en
las consejas.

Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullicin no solamente a
las palaciegas _Losas_, sino a todos los mentideros de la Corte,
cuntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el ao de
1611, hallbase en tierra de Italia, no holgndose, sino muy al servicio
de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos
ilustres prceres del Parnaso que acompaaran al opulento duque de
Osuna, la intelectualidad hispana.

Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que
a ser actor, en muy grandes cosas.

Cominzase ahora precisamente la intriga de zapa para derribar de su
alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con
mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no
han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia,
ms slidas torres habemos visto caer.

Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino,
sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta
codicia y desgobierno en instituciones que son una representacin
terrena de su poder y su grandeza.

Pues, cmo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la
justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y
allegados del favorito naden en oro y argentera?

A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los
derechos y sisas ms que cobra su excelencia.

Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria.

Pero el pueblo parece bobo: grue cuando siente los aguijones del
hambre, y luego que le engaifan un poco, saca de no se sabe dnde y
regala a sus esquilmadores las minas del Per.

El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de
Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los
piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario,
sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables
sabandijas del Reino.

Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo
Caldern; pnganle donde haya, que de tomarlo ya har cuenta.

Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce.

Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo
de la stira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se
lo aumentar, y ya que no remedios ni satisfacciones, dar a la villa
que reir.

Al fin, esto es cosa que l hace con notable desenfado, y aunque todo el
mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que
perder tanto como la vida, no est de ms que estos gatos
gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde
los lomos de vez en cuando.

       *       *       *       *       *

Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios,
que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del
segundo Filipo alcanzara, haba empezado a debilitarse merced a las
negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecan la Espaa.

El duque de Lerma no atenda a otra cosa ms de su enriquecimiento y el
bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el
cobre, procur lo primero acomodar a los parientes que haba
necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer despus y desta
manera guardarse de compartir con ellos las pinges rentas de su
ministerio.

As, mientras el ablico, intil y fantico monarca empleaba el tiempo
en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito
despilfarraba en su tren y aposentamiento harto ms lujo que el nieto de
Carlos I.

Poca aprensin y menos respeto de su nombre tena, pues que su
encumbramiento y riqueza haban por pedestal la codicia y el logro.

Para despistar un tanto la atencin del pueblo, que comenzaba a darse
cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgronse bandos y
pragmticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de
casa, y as cargronse pesados tributos sobre la indumentaria, la
vajilla y el mobiliario.

De esto veanse, naturalmente, libres el Duque y sus satlites.

La pobreza de la nacin, con ser ya abundante, vise ms grave en
apariencia, pues aquellos que podan, ocultaban notablemente su
bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos
cortesanos ladrones con hbitos honrados hacan en las desvencijadas
arcas del Tesoro.




CAPITULO II

COMINZANSE DE NUEVO LAS STIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS
PRCERES


A fe que viene el hombre ms maldiciente e ingenioso que se fu. En los
pocos das que lleva, ha hchose cargo de toda la mala marcha de las
cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con
muy pocas ganas de encontrrsele con salud, que todos hacen votos porque
se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.

De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he
de dar algunas, porque se vea hasta dnde llegan el desenfado y la
desaprensin deste hombre.

Apenas supo que el de Lerma, luego que acogise a capelo, porque vi que
le falsean notablemente las alfombras del Alczar y le est la cabeza
poco segura sobre los hombros, fuse a su casa de Valladolid, desazonle
a letras. Frente de las cuales marcha aquesta con nfulas de seora
capitana.

      _El mayor ladrn del mundo,_
    _por no morir ahorcado,_
    _se visti de colorado._

           *       *

      A aquel que todo robaba
    con las armas del favor,
    le han entendido la flor.
    Y aquel que atemorizaba,
    temblando est de temor;
    que como se ve acusar
    y el caso es tan sin segundo,
    teme que le han de ahorcar;
    y en aqueso ha de parar
    _el mayor ladrn del mundo_.

           *       *

      La lisonja que volaba
    derrib al Rey al abismo,
    y aquel que el mundo usurpaba,
    idolatrando en s mismo,
    en aqueste extremo acaba;
    y vindose acongojado
    con tan enormes delitos,
    se ha recogido a sagrado,
    pidiendo la Iglesia a gritos
    _por no morir ahorcado_.

      Mas no es bueno defender
    quien la Iglesia profan,
    pues se la vimos vender,
    ni la Iglesia ha de valer
    que durmi como cordero.
    Ni ha de valerle sagrado
    ni el roquete arzobispal,
    que al fin morir ahorcado
    aunque como cardenal
    _se visti de colorado_.

           *       *

Pues ah va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al
retortero:

      Ya ha despertado el Len
    que durmi como cordero,
    se asust todo ladrn.
    El primero es Caldern[1],
    que dicen ha de volar
    con Josefat de Tobar[2]
    Rab, por las uas, Caco
    y otro no menos bellaco
    compaero en el hurtar.

           *       *

      Tambin Perico de Tapia,
    que de miedo huele mal,
    con su mujer doa Rapia,
    toda gardua prosapia
    y el Seor doctor Bonal[3]
    recela esposas y grillos;
    de medrosos, amarillos
    andan ladrones a pares;
    que en tan modernos solares
    se menean los ladrillos.

           *       *

      _Salazarillo_[4] sucede
    en oficio a Caldern,
    porque no falte ladrn
    que estas privanzas herede;
    pues el villano no puede
    negarnos que fu primero
    como su padre, pechero,
    y que por mudar de estado
    un sambenito ha borrado
    para hacerse caballero.

           *       *

    El burgals y el _bulero_[5],
    si lo que ven han credo,
    pueden de lo sucedido
    inferir lo venidero.

    Ya no pasa doctor huero,
    basta que en tiempo pasado
    tuvieron tan buen estado
    desde el principio hasta el fin,
    que al que nunca vi latn
    le daban un obispado.

[1] Don Rodrigo, Marqus de Siete Iglesias.

[2] Don Jorge de Tobar.

[3] Oidor del Real Consejo.

[4] Secretario de Estado que antes lo haba sido del Duque de Uceda.

[5] El _burgals_ don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de
Castilla y Arzobispo de Burgos. El _bulero_, el Patriarca de las Indias,
don Diego de Guzmn.




CAPITULO III

TODOS CONTRA EL CONDE


Malas nubes previnense para las maledicencias del seor don Juan, que
como contra todos cierra su pluma, todos estn contra l y por ser
hartos as en el nmero como en la causa que les aqueja, de temer es que
le puedan y den con l donde no encuentre manera de salir triunfador.

A la postre esto acontece a los maldicientes por ms gracia e ingenio
que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijn terminan por darse la
muerte a s propios.

Y ms en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y stiras,
que de a cien leguas advirtese que no las dicta el noble afn de
corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.

Quisiera yo (que no s por qu tngole buena ley a este Condesillo) que
hubiera un alma hermana que hicirale conocer la mala senda porque
camina y guirale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hllase
medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tinelo por
condicin, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.

Y lo ms notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el
ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil
manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual aprndese y
refuta los aguijonazos contra el prjimo y cllase los suyos.

Aunque bien es decir que, como proplanse en guisa de inviolables
secretos, tardan algunos das en caer en odos del satirizado.

Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usa emplea,
sino con dichos que tienen ms pesadumbre que pimienta, y con amenazas y
promesas pendencieras.

No falta quien cree que la mejor respuesta y ms clara satisfaccin est
en los filos de un acero, y ste no manejado cara a cara y por una mano
noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufin ajustado, el
cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.

Y ya parece que habr pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego
de Salazar, hzose la primera intentona, slo que el seor don Juan,
aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como
llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya
a los que le queran agujerear el cuero, con tanta saa y seguramente
que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.

Diz tambin que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de
las stiras saudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien
menos hace, un amor postergado, que fu en tiempos voraz y terrible
llama que pareca no dar lugar a consumacin en todos los siglos de los
siglos.

No s yo, a decir verdad, qu pueda haber de verosmil o no en esto, que
s poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las _Losas_,
lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi
puesto.

Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque
pudiera valerme cara la indiscrecin), que despechada por las mudanzas
del seor don Juan, no es quien menos procura su perdicin.

Ello parece que viene de antao, no es cosa que el de la venda ama
ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tena bien
hecho, y diz que la honra de la tal quedse apuntada en el galante
libro de las aventuras de S. E.

Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!

Qujase sta de que quien fu suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio
ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por
embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya
ella haba cdula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo
que tan mal saba, y don Juan, por repudia no consinti.

Vean en qu desalmado soneto, pasando el otro da junto a la casa donde
habitara la pcora, echla en cara el oficio:

     Aqu vivi la _Chencha_, aquella joya por las hechuras _Caca_;
     este aposento fu tmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor
     fu buena boya.

     Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja
     al viento! Esta trampa invent su atrevimiento para jugar al hombre
     con tramoya.

     Desde aquella ventana, la insolenciade sus cabellos afrent al
     Oriente,y en sta fu su vista una estocada.

     Mas, oh crel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a
     un pretendiente y la clebre _Chencha_ est casada.

Y claro es que, con tal saetazo, a ms de por la ira del condal despego,
est la tal que arde como yesca.

Y sta de los celos s que tngolo yo por la peor causa, que no hay en
el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De
m s decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con
cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, hara
examen de conciencia y acto de contricin.

Pero, qu se le da a l destas cosas, si es hombre tan entero y echado
adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona
determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?

Puede darse ms elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que
aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Crdoba, el cual es
chismorrera nueva que hoy sali a la plaza, y esto a pesar de la
prohibicin que diz que tuvo de ir all?

     Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres
     mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para
     ser caballos.

     Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de
     alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros,
     pocos gallos.

     Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la
     repare, un vulgo necio y un Gngora discreto.

     Un San Pablo entre muchos _Sambenitos_ esto en Crdoba hall,
     quien ms hallare pngaselo a la cola a este soneto.

Mucho ser que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo
piense a hacerle stiras y coloquios al mismo Satans.

Pedro Verger, el alguacil de corte, pnese de todos los colores del arco
iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese
como est en su nima, no viviera el Conde de aqu a una hora.

Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razn en aquellas cosas que le
sealan de su mujer, y calla por no traer ms gente con la protesta.

Los hijos de Jorge de Tobar tambin andan rondando su venganza, y a fe
que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo,
que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece
moquero de acatarrado.

Yo, en lo que a m respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si
diere con algn procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de
mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra l
como pudiera, mager que fuese a pualadas si el caso apretado no diese
lugar a las razones.

A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que
nadie le mira bien.




CAPITULO IV

CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE


No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios
es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de
ropas de unos bonos que esotroda reparti en las _Losas_ la marquesa
del Valle, cuando sali para su destierro condenada por no s qu
acerbas injusticias metidas por malas artes en los nimos de las reales
personas.

Las ropas eran todas prendas para seglar, y as es que, no valindome
por mi condicin de clrigo, las vend, y como ellas eran harto
razonables, no me las pagaron mal del todo.

El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y
ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fu un auto
sacramental, que dicen _No es humano quien no cree, o el ms fiero
centurin y justicia del cielo_, cuya obra dbese a uno de los ms
ilustres ingenios de la Corte.

El concurso del pblico fu tan asaz y numeroso, que al salir del Corral
del Prncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fu
asfixiado un pobre celador entre las apreturas.

Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una
menina de la Seora Reina, que llamaban doa Mara de Velasco, y que
siendo ayuda de cmara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir
que de clico, aunque ms bien puede decirse que por glotona.

Tan ancho era su estmago, y por ende tan bestial la manera que usaba
para llenarle, que comase al da cuatro pollos de leche, aderezados de
diferentes maneras, quedndole an muy buen lugar para acomodar ms
lastre.

Cen anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han trado de
Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y
substancias, y no dej otras sobras que los huesos, los cuales por
demasiado duros no poda hincarles el diente y pasallos a la antecmara
del estercolero.

A media noche comenz a sentir el empacho, mas presto fu tan de veras
la cosa, que no tena otro alivio que la Extremauncin, y aun sta, por
muy presto que se quiso traer, no lleg a tiempo y se fu sin ella, con
que vino a morir lo mesmo que vivi, como un animal.

Diz que tena hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados
tres das, luego de su muerte.

Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados
que solanle atormentar.

Diz tambin que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazn al
tmulo donde reposa su marido.

Vlame Dios, y cmo es cierto que es la seora Muerte la mejor rasera y
arregladora de desconciertos!

Aquestos dos, que en el mundo andaban a la grea y tirndose a matar,
ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.

Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!

De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle
Mayor, cuando trajronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos
de hombres, que de una tabernilla salanse acuchillndose.

Tan ciegos venan, que de no andar yo listo, cayeran sobre m, y aun
me regalaran con algn tajo!

Otros cuantos de su ralea banles a la zaga, y los muy descomulgados, en
lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzbanles como a perros,
apostando por cada uno.

A la postre todo fin con que el uno, ms diestro y ms fiera que el
otro, envile dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despach
del mundo sin que dijera Dios, valedme!

Di a correr, mas por pura casualidad, hallronse tres o cuatro
corchetes (y fu la casualidad dicha que salan de otra taberna) y
cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron.

Llevbanle por la Puerta del Sol a la Crcel de Corte, cuando al llegar
esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde
de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les
serva, y poniendo mano a las negras, quitronle de las garras
alguacilescas.

Ahora andan a ver de arreglar la osada, que aun siendo quienes son, no
pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca.

Diz que para el jueves preprase comedia en el Prncipe para mujeres
solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque
quepan ms.

Dcese que l acudir con la Reina desde las celosas, y que tienen
repletas ms de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor
de la fiesta por patio y cazuela.

Vlgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas
nieras y no le ha para solucionar mi pleito, que, segn ayer me dijo
el secretario del Consejo, no ms que de su real firma habr tres
mortales aos que est dependiendo!

Tambin la querella contra el de Villamediana parece que no va como l
quisiera, y se est preparando en secreto la mejor forma de desterrarle
nuevamente.




CAPITULO V

EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA


Este da 15 de Noviembre de 1618, he de sealarle en el memorial de mi
vida, porque he tenido una muy grande satisfaccin, y aunque cierto es
que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que
tngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.

Por el amplio y soleado patio de las _Losas_ procuraba yo matar esta
maana la crudeza de la estacin, haciendo camarada con otro pedigeo
cleriguillo de Murcia, y hablbamos de las nuevas corrientes, y
lamentbamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia
nosotros llegaban otros dos sacerdotes.

El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.

En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlbase
despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas
aspas de la cruz de San Juan de Jerusaln.

El otro, algo ms bajo de estatura, iba ms descuidado, as en la
indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran
grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales
espejuelos; impetuoso tena el hablar, nerviosos los ademanes.

As de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros
cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas,
fume para el ms viejo, y parndome delante, hablle en este modo:

--Vuesa reverencia, padre mo, me perdone si por acaso le ofendo, pero
tan aficionado suyo soy, que no querra salir de la Corte, y pienso que
va para muy largo, sin la bendicin del ingenio ms grande que tiene
Espaa.

--Hermano--respondime el tal con faz risuea y noble,--yo no soy ms de
un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendicin no ms se le antoja,
tngala luego, pero a cambio de la suya.

--Venga como quisiredes--repliqule,--que la bendicin de Lope de Vega
bien vale cuanto se pida.

Arrodillme con toda humildad, hizo la seal de la cruz sobre mi nevada
cabeza, y apenas hbeme signado psose l en guisa de penitente y dile
la ma.

A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocion, si el
mismo Felipe III hubirase arrodillado ante m en el Santo Tribunal de
la Penitencia.

Besle la mano, ofrecime su casa, que dijo que era en la calle de
Francos, dijo al otro sacerdote: Guiad, amigo Sols, a la secretara de
don Antonio; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un
corredor...

Adviertan si no es poco para un espaol parlotear mano a mano con el
ilustre autor de la Dorotea.

El cleriguillo huertano, que sacndole de su misa y de su olla no tena
entendederas para ms, preguntbame despus si aquel _compadre_ era
alguna dignidad de la Iglesia, y djele el nombre ilustre, viva reliquia
del Parnaso Espaol, y quedse tan llano como si le dijese Juan de las
Vias, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y ms insigne
componedor de comedias que haba en el mundo, comenz a decir:

--Ta, ta!, qutese de ah, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla
con las cosas santas, que cuando esa mana bellaca encarna en uno de
nosotros, no entiendo sino que los demonios metironsele en el cuerpo y
echronle a perder. En la Iglesia haba de haber ms severidad y no
consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones,
que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los seores curas
como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciranme nada ms que por
un da primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santsima
Virgen que arreglara esto.

No dile tiempo a rodar ms por la cuesta de las necedades, porque a
este tiempo tornaban los seores curas, con el caballero que iban a
buscar, que hall no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de
Mendoza, muy afecto al Prncipe de Asturias.

Todos al paso del Fnix se descubran, menos el clerizonte murciano, que
se encasquet la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono
contra los poetas tonsurados...

       *       *       *       *       *

Anoche, a poco ms de las once, hallbase el de Villamediana en su casa
de la calle Mayor, que no haca mucho que llegara, cuando fule
anunciada por su ayuda de cmara una visita urgentsima que no admita
demora de ningn gnero.

Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mand que pasase luego
quien quisiera que fuese.

Qued en pie para recibir visita de tanto cumplido.

Hzose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar
impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del seor don Juan, y
apareci en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis
de Paredes, y segn cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar
el siguiente coloquio:

DON LUIS

Seor don Juan, Dios os guarde.

DON JUAN

Seor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar
asiento, y decidme en qu puedo serviros.

DON LUIS

Harto me pesa, seor y amigo, y bien saben el Santo del da y el ngel
de mi guarda, que diera aos de mi vida por excusar este momento.

DON JUAN

Tan apretado es?

DON LUIS

Desagradable nada ms, a lo menos por ahora y para m.

DON JUAN

Vens, pues, a prenderme.

DON LUIS

En nombre de S. M.

DON JUAN

Pues aqu me tenis; haced de m como tengis orden. Pero antes quisiera
saber la causa que pudo motivar esta resolucin.

DON LUIS

Creo que la crudeza de vuestras stiras; pero, vamos, abajo espera mi
coche, y quizs en el camino pueda hablaros con ms claridad que aqu.

DON JUAN

Pero...

DON LUIS

Cumplo rdenes superiores.

DON JUAN

Permitidme al menos....

DON LUIS

Qu...?

DON JUAN

Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa.

DON LUIS

Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas
no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo
dems, no pasis cuidado, que veris a vuestra esposa y se os llevar la
impedimenta que os haga falta y tengis por costumbre.

DON JUAN

Esto es lo que os mandan hacer conmigo?

DON LUIS

En nombre del Rey.

DON JUAN

Pues hgase la Real voluntad.

       *       *       *       *       *

Tom don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara
sobre el respaldo de un silln, calse el chapeo, calzse los ambarinos
guantes, y

--Cuando gustis--dijo a su aprehensor, disponindose a salir; mas ste,
sin moverse del sitio en que hallbase, como si hubiranle clavado al
suelo, preguntle:

--Mas, no llevis espada?

--Pesia m!--replic el Conde.--Os burlis?

--Dios me libre.

--No me llevis preso?

--S, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como
amigos vamos, si queris, podis llevarla.

Sin replicar ms el de Tassis tom el primoroso estoque que de continuo
llevaba, y le prendi en el tahal.

Un viejo criado fu descorriendo tapices y abriendo puertas por donde
cruzaban rpidos y silenciosos el justicia y el preso.

--Os aguardo, seor?--pregunt humildemente el fmulo.

--No--respondi grave don Luis de Paredes.

--Mas si la seora Condesa pregunta que dnde fusteis, qu le podr
responder?

--Que sali por orden de S. M.

--Preguntar que a dnde hubo de ir a tales horas--replic impertinente
el criado, ms curioso que interesado, y volvindose brusco S. E., que
si no se aparta el preguntn hubiera tenido que sentir, respondile:

--Al infierno, imbcil!

Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado
por dos troncos de mulas.

Escoltbale un piquete de guardias de la lancilla...

Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde di orden de partida.

En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada mquina sonaban
sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillera.

       *       *       *       *       *

Y diz quien presume de haberlo odo, y fu el cochero (que por esto no
es bien que estn los pescantes donde estn, que no se pierde palabra y
as no puede haber cosa secreta entre los seores), que as como se
alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el seor don Luis:

--Aqu acaba mi misin con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino
desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Crdoba y
otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido
con pena de la vida. Vuecelencia ver si entra en sus clculos obedecer
o no. Dos parejas de lanzas djole por escolta hasta Sigenza; yo con
las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le d suerte,
salud y paciencia para sufrir estas cosas.

Muy afectuoso despidile don Juan, y montando don Luis en uno de los
caballos que traan los soldados a la mano, partieron el camino...




PARTE SEGUNDA




CAPITULO PRIMERO

EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY


Agora s que veo tan perdida mi causa como lo fu aquella armada
invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.

En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que
se esperaba la vida de S. M.

Con esto cambiaron prceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi
pretensin quedar sin efecto, aunque bien pudiera el Seor disponer un
milagro haciendo que en este revuelo viniera algn alma justiciera que
no me dejara de la mano.

De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca,
ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San
Isidro, que bien se ve que a Dios no convena que se obrara prodigio
alguno, que viendo en qu descuidadas manos estaba Espaa, sin duda que
pens: Mejor se est sin Rey.

Y qu bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y
hecho una inmunda pestilencia, dijo vindole tan mozo y tan dbil:

--Y como temo que me le han de gobernar... que as ha sido.

Todo el tiempo que asent en el trono no fu ms que escarnio, juego y
mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e
intrigante P. Aliaga.

Por cierto que ahora cuntanse cosas infamemente peregrinas del
penltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo
desnaturalizado.

Su padre el Cardenal parece que haba pensado en l para descansar de
las trapaceras de su ministerio, y llevle a palacio; pero el
aprovechado vstago entrse de tal manera y tan presto en el nima del
monarca, que no tard en desbancar al padre y hacelle la contra, y se
dice que ms de dos veces y en la misma regia cmara hubieron de
sostener violentsimas escenas el padre y el hijo, en las que falt
poco para que dieran el monstruoso espectculo de venir a las manos.

Al fin venci el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y sali
desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.

Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo
soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montn
ms de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase
este mundo pecador, y mand que le llevasen una lista de todos cuantos
padecan pena de destierro.

Hzose como mandaba, y el mismo Uceda escribi los nombres de todos,
entre los que, por indicacin del P. Aliaga, puso el de su progenitor.

Presentles al Rey.

Este pidi una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba
el rengln, dando as a entender que perdonaba al que fuese.

Pero he aqu que no haba llegado a la mitad, cuando acometile un
desmayo y cay de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada
la piadosa obra. As es que los que estaban sin tachadura interpretse
falsamente que no haban merecido la gracia del monarca; el ltimo
nombre de todos era el del duque de Lerma.

Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con
un padre, que aunque ste hiciere todo gnero de bellaqueras contra un
hijo (caso que en esta ocasin dbase muy al contrario) jams haba de
germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y
as es en esta ocasin), como maldecir de su sangre y por ende no
tenerse como bien nacido.

Diz que maana trasladarn el cuerpo del Rey al panten de El Escorial,
y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que
sosiegue dentro del Alczar.

Valindome de la amistad que hice con un secretario de sala, sub este
medioda a ver el cadver y rogar a Dios porque le d eterno descanso,
aunque si tanto da en descansar all en el cielo como ac en la tierra,
no pienso que haya justo ms reposado en toda la corte celestial.

Tinenle puesto en la capilla, sobre un rico tmulo, al que bien pudiera
aplicarse el magnfico soneto de Miguel de Cervantes.

Por la altura en que est no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma
un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que
sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.

Todo el templo est cuajado de paos negros, y solamente alumbrado por
los blandones que rodean el tmulo, los cuales estn embutidos en
maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.

Velan continuamente los monteros de Espinosa.

       *       *       *       *       *

Fu hoy el entierro de S. M. No hay para qu me canse en asentar aqu
cmo y en qu manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que
notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito
tan importante captulo para la historia deste reinado.

Diz que el nuevo soberano es ms activo y emprendedor que su padre.

Espranse dl grandes iniciativas que redunden en beneficio y
prosperidad para la nacin.

Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiracin,
que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los
espaoles que nos lleve la trampa.

Diez y seis aos cuenta el joven prncipe, y desde ha seis est unido en
matrimonio con la princesa doa Isabel de Borbn, hija del Cuarto
Enrique de Francia y de su segunda esposa Mara de Mdicis.

Cierto que la nueva reina es la ms peregrina hermosura de la Corte
espaola.

Dios la bendiga!, que bien vale nacin tan hidalga, soberana tan
magnfica.

Dcese que con el cambio de Rey alzarse mucho la mano con la gente
patricia que cay en desgracia durante el otro reinado, y tambin se
asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el
cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se
desplomen.

Parece que la gran fuerza que les est minando llmase don Melchor
Gaspar y Baltasar Nez de Gusmn, y es Conde Duque de Olivares.




CAPITULO II

COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA


Vlame Dios! y cmo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo
de donde no hay harina todo es mohina.

Ms de dos meses ha tendome tullido en cama un desalmado rema, del que
an no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere
bien. Aun menos malo que el posadero fu hombre caritativo y mirando la
desgracia que tan saudamente cirnese sobre m, no consinti que me
sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo peda.

--Aqu se estar, padre--me dijo,--y no se desespere y tenga paciencia,
que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra,
todo se arreglar. Yo s que su paternidad es hombre de conciencia, y no
he de abandonarle, que yo tambin he pasado muy negras jornadas en la
vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.

Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta
accin.

En lo posible, pagule ensendole las letras a un muchachico muy
despabilado que tena, y tal inters puso el diablejo del rapaz, que ya
lee mejor que un escribano.

Parece que en este poco de tiempo han acontecido ms cosas que otras
veces en el transcurso de un siglo.

Como consign en el papel anterior, abrironse las puertas del destierro
para algunos perseguidos, pero no cerrronse de nuevo, sino que
continuaron de par en par hasta que de ac salieron otros a ocupar los
puestos que aqullos dejaban.

Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la
amnista de la coronacin, el almirante de Aragn, el marqus de Velada,
don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.

Parece que el duque Cardenal, ans como supo que estaba la puerta franca
corra hacia aqu con el ansia de entrarse de rondn, y si pudiese a
tornar a coger la sartn por el mango; pero a lo que se ve no est el de
Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenrsele, y
apenas se enter del viaje, gan la voluntad del Rey y envile a Su
Ilustrsima, que ya estaba a ms de mitad de camino, al oidor del
Consejo Real don Alonso de Cabrera, con rdenes de que se retirase a
Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.

Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdi toda esperanza de
volver a ser quien fu, como procuraba.

Todos los dems han entrado con los mismos honores que disfrutaban
cuando se partieron.

Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido
nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.

Su ingenio tico, parece que es muy bien recibido de las augustas
personas, y entre el monarca y l han cruzdose muy donosas
composiciones, que es fama que tambin al nuevo Rey entindesele muy
lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de
poetas que un Consejo de Estado.

Ahora que el tal usa vese en alto y tan por los suelos a los que tres
aos atrs estaban por las nubes, dijrase que maneja la enconada stira
con ms crueldad y acierto de la que haba por costumbre. Como no ve ya
en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle.

Cada infelice que sale de los lmites de la Corte por la desgracia del
Rey, lleva como cdula o pasaporte la consiguiente diatriba del seor
don Juan.

Es de leer la que dicen que asest al derrumbado duque de Uceda cuando
sala para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de l:

      El Anti-Pablo, a mi ver,
    fund, si bien no s cmo,
    en humo lo mayordomo
    y el viento lo sumiller.
    Hoy polvo, Nabuco ayer;
    ved lo que en el mundo pasa!
    pero a ninguno traspasa
    ver en tan msero paso,
    al que de nadie hizo caso
    y de todos _hizo casa_.

En esto parceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren
los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber cado en
desgracia, y arrastrar su humillacin ante las mismas gentes que antes
fueron testigos o vctimas de su despotismo.

Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamacin del nuevo
soberano, y que en su panegrico y encumbramiento ha empleado don Juan
tan diestramente la pola, cual sabe hacer uso della en los vejmenes.

Por qu no le tocar Dios en el corazn y se arrepentir de tan
terribles burlas? Dems que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que
es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie haba de
sealar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir
antes los suyos.

A la postre, a los 21 de Octubre, inaugurse el captulo de justicia de
este reinado con la muerte en patbulo de don Rodrigo Caldern.
(Lamentable suceso, que tampoco presenci y dello me huelgo.)

Diz que ha muerto muy distinto de como vivi, y en todo arrepentido de
su pasado.

No s por qu me parece que este proceso, ms que la primera justicia
del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre,
para hacelle caer dentro de las leyes, hsele achacado la muerte de
aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometi, pues
si slo ahorrrasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones
de los fondos del Estado, dganme si no haba de estar la mayor parte de
los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisin
perpetua.

No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se
dedican a la vida contemplativa.

Cmo acordarase el infelice marqus de Siete Iglesias, yendo para el
cadalso, de que ya le profetiz Villamediana tan mal fin aquella tarde
que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la
Guardia espaola, don Fernando Verdugo!

    Pendencia con verdugo, y en la plaza?
    Mala seal, por cierto, te amenaza.




CAPITULO III

DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DILOGO QUE CIERTA MAANA TUVIERON DOS
ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RPIDAMENTE
HACIA SU LAMENTABLE FIN


No habr dos das que hube necesidad de avistarme con un secretario del
nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del
marqus del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que
mi pretensin, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste
un regular avance.

Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretara de cmara, y a
fe que no hube ocasin para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme
del asiento que tom al entrar, vine a tener conocimiento de muy
transcendentales sucesos.

La sala es sombra y espaciosa; da a un patio, y como toda ella est
profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el seor duque de
Alba trajo de Flandes, no puede entrar all la luz con todo esplendor.

No dijrase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres
campias no haban querido tener reflejo en sus lagos y habanse vuelto
a Espaa escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices.

De hacia un ngulo del aposento oase este coloquio, sostenido por dos
hombres:

--Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningn
gnero. Y crame vuesamerced, que aunque en lo que atae a la Reina no
haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasin para acabar con
Tassis, jams lo podremos conseguir. Ahora est muy metido en Palacio...

--Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones.

--Y bien quisto del Rey...

-Ser por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse.

--Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaet con tanta saa como
en el otro reinado hzolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna.

--Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie.

-Llegado a odos del Rey, aunque slo sea por cortar la murmuracin, no
tardar en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de
Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Npoles.

--Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con l no hay vida
tranquila.

--Ni honra segura.

--Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que
quieren escuchrselo...

--Ya s, es doa Francisca de Tabora.

--Dama de la Reina.

--Justamente.

--Pero no s yo hasta qu punto, y en lo que a S. M. atae, puedan
tomarse esas afirmaciones.

--Por qu?

--Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su
ltimo destierro era la Tabora su amante?

--Esas tenemos?

--Y cuando ahora lleg a la corte nuestro hombre, sin duda que parecile
que los aos transcurridos haban rescado encantos a la esplndida doa
Francisca, y desembarazse un tanto bellacamente de aquel querer, que,
durante la ausencia, haba sostenido la dama con tanto fuero como antes
de separarse.

       *       *       *       *       *

He aqu pues, que desprendidos de las explcitas y secretas
declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden
desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la
mencionada doa Francisca de Tabora.

Y a lo que parece, la ofendida dama no tena en contarlo el pao de
lgrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio.




CAPITULO IV

EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE
HAYA ACONTECIDO


En achaques del corazn ya es sabido, porque es como ley fatal de la
vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello rdense
y amaan los ms extraos idilios y amancebamientos que es dado
imaginar.

Y as parece que aconteci en este caso, la gentilsima hermosura de la
hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de
Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor,
padre de la humanidad, los ha llamado a su reino.

Sin embargo, parece que la soberana, ms prudente o ms calculadora,
dndose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no
arriesga su honorabilidad, y slo parece que compromete su corazn.

Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas
las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando
los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra
reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.

Muchos das ha que doa Isabel anda recelosa, temiendo que las osadas
del Conde caigan, sino en el Rey (porque ste, muy bien entretenido
fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y ms que a nada
a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves
sucesos que lamentar.

Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio...

Y hubo un da en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella
sola en el coche, don Juan, que servala de caballerizo, estuvo tan
imprudente, que desde luego pens en poner trmino a situacin tan
difcil y comprometida.

--Apenas lleguemos a palacio--le dijo--habemos de hablar; id haciendo
cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la ltima
vez. En la galera de la antecmara que da a la Vega, os estar
esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardis mucho...

Asinti el Conde con una ligera inclinacin, y parando el caballo en
firme, al mismo tiempo que haca lo mismo la carroza, pues haban
entrado en el zagun del Alczar, salt a tierra y acudi a rendir los
honores debidos a sus dos veces reina...

Apenas entr la soberana en su cmara, pidi quedarse sola.

Las damas retirronse extraadas, pues aquella hora sola S. M.
emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.

Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los
mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que
andaban por los platnicos campos de Cupido, y, an ms all, por los
verdes v aun escabrosos de su madre Venus.

No era cosa que le asustara ni dirale motivos para ruborizarse como una
novicia, el saber que tal doa fulana, que pasaba por la virtud ms
incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o
estotro grave consejero.

En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya slo
acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrpulo alguno, sino que luego
de sabidas procurbase presenciarlas, para comparar la distancia que
haba de lo vivo a lo pintado.

Dems que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio
destas cosas.

Y como digo, aquella tarde no quiso sesin de picarda.

Licenci a todas.

Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos,
llegronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los
despach arrojndoles a los pies no s que golosinas, con que habanle
regalado las seoras monjas.

Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispsose a esperar.

Y mientras esperaba contempl la solemne puesta del sol, all por las
cumbres del Guadarrama.

As, mansamente, con aquel plcido sosiego, ansiaba ella que pusirase
el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz
gergica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin
sufrir otra mudanza que la rpida visin de las cosas que se reflejan en
la mansedumbre de sus fuentes escondidas...

Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a
escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.

Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar
la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche
haban de salir para el virrey de Npoles.

Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no
haba medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misin
y pona el pie en el primer peldao de la escalera de _Damas_, cuando
topse con doa Francisca de Tabora, que vena hecha una fiera encelada.

Parle en firme, y le llen de insultos e improperios.

Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las splicas.

Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era l, y
ella mostrbase esquiva y zaharea; pero al fin cay, y todo fu ventura
y alegra y erticos poemas del Amor.

--S que vais donde ella est--plaa, entre lgrimas y amenazas la
infelice dama;--s que ella os espera, s que los dos sois infames, que
los dos sois perjuros. A m no puedes engaarme, porque os he
sorprendido, ms de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los
laberintos destas galeras, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora
das un paso ms hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de
trompetas y tambores harlo publicar como un edicto.

Disculpbase Villamediana, y esforzbase por convencerla con la mentira,
y hasta lleg a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...

Al fin, con un empelln violento, pudo apartarla; pero la triste sufri
tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si
este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.

       *       *       *       *       *

Doa Isabel continuaba mirando cmo el sol se dorma.

Detrs della sinti el leve rumor de unos pasos que apenas queran tocar
el suelo.

Doa Isabel senta sobre su divina nuca el hlito del que llegaba.

No quiso volver la cabeza.

Unas manos juguetonas posronse amorosamente sobre los ojos.

Doa Isabel exclam, entre enojosa y adorma:

--No es la ocasin a propsito para burlas. Estos quieto, Conde.

Las manos cedieron.

La reina mir al galn.

Y el galn era el rey.

--Qu Conde esperbais?--pregunt con una calma terrible, en la que
agazapbanse todas las violencias.

Y doa Isabel respondi, maestramente, envolviendo su faz en una plcida
sonrisa:

--Al de Barcelona. No sois vos, Conde de Barcelona?




CAPITULO V

LA JORNADA DE ARANJUEZ.--LA GLORIA DE NIQUEA, COMEDIA QUE DON JUAN DE
TASSIS COMPUSO ALEVOSAMENTE PARA FESTEJAR EL CUMPLEAOS DEL REY.--UNA
PIEDRA MS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE L MISMO IBA CONSTRUYNDOSE


Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya
quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su
estrado del Agosto.

Madrid arde, y an no entr del todo el mes de Mayo.

Vive Cristo!, qu bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no
pareca sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo
doa Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de
Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para
el caso por el Conde, hbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues
la tal pieza alegrica haba de representarse en el Retiro.

Pero ahora parece que Mayo di licencia para todo, y echada para all la
Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.

La comedia es de grande apariencia y espectculo, y parece que ha de ser
la mejor presentada de cuantas van hasta el da, pues ha de hacerse con
un artificio nuevo, construdo exprofeso por el ingenioso capitn Julio
Fontana, superintendente de las fortificaciones de Npoles durante el
tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.

La reina est muy consentida en que este festival llegue a celebrarse
con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y
ella misma lo dispone y dirige como el ms experto y examinado autor de
comedias.

No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la
ms alta nobleza, y no entrar en ella ms hombre que el bufn Miguelico
Soplillo.

La misma doa Isabel tomar parte (aunque su papel no tiene palabra ni
recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.

Las damas estn tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que
parecen comediantes formales, segn lo mal que hablan las unas de las
otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.

Don Juan, que ha encontrado esta ocasin para estar cerca de su
imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el da
ensayando la aparicin de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasin a mil impertinencias, y todo ha de
venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su
estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las
aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escndalo.

Desta comedia, _La gloria de Niquea_, suele decir:

--Es la primera y la nica que ha salido de mi pluma; pero acaso ella
sea la que me d la inmortalidad.

Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doa
Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse,
alguien ha odo decir a S. M., en tono de amoroso reproche:

-Que me lastimis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han
de darnos que sentir.

Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas
sonren. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe
billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige
escenas de unas comedias suyas, que le estn escribiendo Villaizn y
Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atsase el boscaje que luce por
bigotes, y se re.

Vlez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histrica, en
que han de moverse todos estos personajes.

       *       *       *       *       *

Lleg, al fin, la ansiada tarde de la comedia.

Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emocin, que para otra
cosa no tenase vida, si no era para conllevar el jbilo.

Aun los negocios de Estado suspndense hasta que pase la fiebre
escnica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un
secretario, dicindole:

--Mire, seor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse
maana, y es asunto de muy grande urgencia.

Y responder el secretario, como si le pincharan en lo ms sensible del
honor:

--Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos dira
quin es Calleja. Pensis que se est un hombre para nieras de firmas
con este desasosiego?

       *       *       *       *       *

Poco ms eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardn que dicen
de la Isla comenzse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.

Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendanse por la
incivilidad del verso culterano; solazbase muy bien el nutrido ateneo.

Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el
lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiracin, como nunca
vista, que a todos tena con el alma en los ojos.

Ya haba pisado las tablas doa Francisca Tabora, quien para mayor
tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya
doa Mara de Guzmn, lindsima hija de los condes de Olivares, en faz
de Diana cazadora, haba recitado muy donosamente su parte, y la hermosa
y etipica azafata de la Reina haba cantado con su prodigiosa voz aquel
romance, que es el mejor fragmento lrico de toda la obra:

      Yo soy, en opaco bulto
    y en obscura confusin,
    con manto de estrellas, noche
    negra, imagen del temor.

      Soy cmplice tenebroso
    de cuantos hurtos Amor
    no fa de las auroras
    y esconde a la luz del sol.

      Amadis, duerme seguro;
    duerme, que en sueo no
    puedes temer los peligros
    desta encantada ilusin.

cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenz a arder
toda la escena, y no qued cosa en pie.

La confusin fu grandsima, y nadie miraba a ms que ponerse en salvo,
sin cuidarse, grandes ni pequeos, de auxiliar a sus reyes.

Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas
iniciado el fuego visela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que
acudi a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho
despus, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada.
Y puede que al receloso no dejrale de asistir razn.

       *       *       *       *       *

Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincn apartado del jardn,
Villamediana y un paje sostenan este dilogo:

--Olvidaste la leccin?

--No, seor.

--Bien; ya s que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes
ni otro despus, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la
tela. Ya sabes cmo pago y ya sabes cmo castigo.

Oyronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve dilogo
qued all.

       *       *       *       *       *

Y cuando la confusin era ms grande, que nadie se vea ni se entenda,
por los ms espesos senderos del jardn corra un caballero con una dama
en los brazos.

--El fuego de mi corazn, que no otro alguno, es quien incendi el
teatro--deca el galn;--y como pavesa divina vos trajo a m; dos veces
reina: de mi vida y de mi patria.

--Ay, Conde! Que nos habemos perdido--deca ella.--Pobres de nosotros.

--Pobres, no; felices, porque nos amamos.

Cerca sonaron voces de

--Aqu est la Reina!

Y ms chillonas que todas, las del bufn Miguelillo, que deca:

--La salv Villamediana!




CAPITULO VI

DESPUS DE LA QUEMA


Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenz a correr
por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y ms
intensidad dijrase que haba a raz de acontecer la desdicha.

La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, difana, su belleza
esplndida, sin sombra alguna de preocupacin; y en lo que al Rey hace,
ms taciturno y sombro sola estar que acostumbraba su devoto abuelo.

No as el de Olivares, a quien la satisfaccin pareca salrsele por los
poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparbale y
otras que l saba muirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de
sus egostas aspiraciones.

Dijrase que a don Juan de Tassis habale embestido el amarillento mal
de la ictericia, que diz que es la flor de la melancola.

No se le vean ms de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes
solase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustitudo el desmayo y
lacitud del sauce.

No dejaba da sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear
con los cortesanos, y nicamente acompabale, alguna que otra maana,
el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Gngora.

Vindoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era
el Conde nima en pena que hubiere sacado el insigne clrigo, y como
cosa maravillosa traala a presentar ante Sus Majestades.

Con mucho calor comentbase en todo el Alczar, desde los aposentos de
los mozos hasta las regias antecmaras, que volviera el de Tassis a la
regia mansin, y no falt quien recordara que, por harto menos que lo de
Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.

En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el
meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la
manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helnico.

Bajaba una maana el Rey a tomar el coche que haba de conducirle al
Pardo, donde tena determinado distraer el mal humor con el noble
ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el saln de reinos salile al
paso doa Francisca de Tabora, quien, arrodillndose delante y con voz
muy alterada, ya por la emocin, ya por el despecho, dicen que le dijo:

--Seor, deme Vuestra Majestad las manos para besrselas, y mire que
quiero que me d su licencia para apartarme del servicio de la seora
Reina. Nuestro Seor me niega la salud, y ms que para servir, quieren
mis achaques que est para que me sirvan.

No hizo aprecio el monarca, y djola que dejara aquello para tratarlo
en otra ocasin, porque en aquella no haba lugar.

Luego encontrronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la
escena que tuvieron ms tir hacia la calle que hacia los estrados
cortesanos.

Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo haca honor a su apellido, no
tard en irle con el cuento al seor don Juan; y el tal, que en este
asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo ms del da
buscando a doa Francisca para castigarla por el desacato, como a moza
de rompe y rasga.

Al fin parece que acallronle los consejos de don Luis de Gngora, y los
peligros que columbraba, de llegar al escndalo, y slo con la promesa
de unas stiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.




CAPITULO VII

AQUELLA FIESTA DE TOROS...


Ya parece que van apoltronndose fijamente en sus empleos los nuevos
seores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.

Algo adelant en mi pretensin, que hoy estuve en la secretara de la
maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que
firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, ser una la de mi
arcedianato. Si ello es como dnmelo por servido (que achacan el no
estarme ya disfrutando dl a incuria de los anteriores gobernantes), a
fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.

Bien va de fiestas este ao de 1622, y seguramente que quien ms han de
holgarse con l son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus
vidas y alteza de sus virtudes asintanse a la diestra de Dios Padre.

Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jess, y
parece que ms que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo
Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos das de
servilleta prendida, pues va a drseles ya, en definitiva, la cdula de
Santidad.

Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.

Parceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de da en da
ms arraigos en Espaa, pues hsela tomado tanto el gusto, que ya ms de
una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la
plebe para presenciarlas.

Yo de m s decir que es cosa que me agrada sobremanera.

Aquel donossimo juego de mpetu y destreza entre el bruto y el hombre,
vive Dios que enciende los nimos y acucia la sangre adormida!

Es de los ms bravos caballeros que yo he visto, don Cristbal de
Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien
en una destas fiestas agravi tan cnicamente el dicho Conde, al verle
entrar todo galn y enjoyecido:

      Qu galano entra Verger
    con cintillo de diamantes,
    diamantes que fueron antes
    de amantes de su mujer.

Digan si puede insultarse ms bellacamente a un cristiano!

Notable, ciertamente, fu la fiesta; y mucho regocij, tanto a hidalgos
como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.

Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los
amplios balcones de la Panadera presenciaban el lucido festejo.

Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un
murmullo de simpata entre los miles de espectadores.

Todos, al llegar bajo el balcn real, hacan la pleitesa de rigor, e
iban luego a ocupar su puesto en la liza.

Lleg, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumi en s
todas las simpatas de la gente.

Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglfico de su emblema.

Nadie le comprenda.

Traa bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazn, unos reales
de plata.

Sobre ellos, escrita iba esta divisa:

    _Son mis amores._

Entre la gente palaciega haba muy empeado inters en descifrar qu
quiera decir ello.

En el mismo balcn que ocupaban los monarcas abrise polmica entre doa
Antonia de Acua, doa Mara de Guzmn y el bufn don Miguelico.

Doa Isabel escuchbalos mal de su agrado, y la vida diera porque se
quedaran mudos.

El Rey no atenda sino el bullicio de fuera.

El Conde Duque le llam la atencin para que atendiera el coloquio, que
era muy pintoresco.

A la postre, acable Soplillo diciendo:

--Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y
transparente como el sol que nos alumbra. No son reales los timbres de
su emblema?

--S--respondieron las damas.

--Y encima, como abrazndolos--replic el histrioncillo,--no lleva
escrito Son mis amores?

Y las damas tornaron a afirmar.

--Pues ms cristalino, ni el agua destilada. Mis amores son reales.--Y
el muy bellaco lo deca silabeando las palabras, como muchacho que
comienza a andar por las pginas de la cartilla.

La Reina qued como muerta.

El Rey ataraz al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero
da, y rugi ms que dijo:

--Pues yo se los har cuartos...

       *       *       *       *       *

Tan bravamente parece que se port en la lidia el alcurniado y
maldiciente poeta, que para l fueron los lauros y vtores de la plebe y
la nobleza.

El Rey no hizo demostracin alguna, ni en favor ni en contra.

Diz que uno de los rejonazos que asest el Conde fu tan bizarro, que el
toro cay redondo sin rastro alguno de vida.

Doa Isabel no fu duea de s misma, y advirtiendo que se desarrugara
el ceo de su augusto esposo, exclam:

--Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.

A que respondi Don Felipe, apartndose del balcn (con lo que dise la
corrida por terminada):

--Pica bien, pero muy alto.




CAPITULO VIII

DE CMO HAY GENTE PARA TODO


Dejemos aqu nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos
cuantos prrafos en los diarios avisos del clrigo pretendiente (aunque
ms justo fuera decir que pretendi, pues ya su paciencia y necesidad
tuvieron premio, y logr el arcedianato que tan justamente peda).

Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves lneas a
su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qu emplear el tiempo,
no anota y comenta con el celo que hasta aqu tuvo por norma.

       *       *       *       *       *

Ha dos o tres das que no viene por las _Losas_, y por ende ni pide ni
importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en
Flandes y en Italia.

A decir verdad, tena ms trazas de rufin que de soldado.

De toda su estampa vease que era hombre capaz de cualquier hazaa, como
sta no tuviere la nobleza por norma.

Traa no s qu cartas para el almirante don Fadrique Enrquez, y
siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos.
No logr ser recibido por el dicho magnate, y al fin una maana (que a
todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consigui ver al Conde
Duque, y de entonces ac no ha vuelto por las _Losas_ en guisa de
pedigeo, sino que derecho iba al despacho de S. E. el seor don
Gaspar.

Ignacio Mndez le decan.

La ltima vez que se le vi sala a la par de Olivares, y alguien dice
que al punto de despedir a ste junto al estribo del coche, oyle estas
palabras:

--Descuide Vuecelencia, que destos das no pasa, y si hasta aqu no pudo
ser, fu porque no hubo lugar. Ahora yo fo que s, y todos quedaremos
algo ms que satisfechos. No habr medio de que hable. Pero miren que yo
voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en
la Corte...




CAPITULO ULTIMO

Y AS MURI EL CONDE


Y al fin plgole al trgico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan
justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el
aciago da del eterno crepsculo del seor don Juan de Tassis Peralta,
Conde de Villamediana.

Aunque grande era la enemiga que S. E. tena en la Corte, no dej un
solo da de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya
su cada era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera
cada de muerte criminal.

Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese
destierro, como otras veces aconteciera.

El de Olivares no daba opinin alguna sobre tal asunto si algn
indiscreto le preguntaba, y lo ms que parece que lleg a decir (y no
era poco), fu que destas tormentas haba frecuentemente en los
palacios, y en algunas caan exhalaciones que llevaban la muerte, pero
que eran accidentes que nadie poda evitar.

Aquella maana del 21 de Agosto de 1622 entr el Conde a la hora que
tena marcada de costumbre, ms agudo y decidor que nunca.

An era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don
Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestin de
amores sac deste valle de lgrimas su deudo don Diego Enrquez la noche
del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.

--De amores dicen que muri--habl Villamediana en el primer corro que
hall a mano;--buena enfermedad es, y Dios me acabe della.

Prosigui luego la charla.

Los alfilerazos personales y polticos entretenan notablemente a un
grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto
sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones,
cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.

De todo habl; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y
contraste de la moneda, de la flota de Indias recin llegada a Cdiz, de
la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presuncin del de
Osuna, y de todo hizo tiras.

Pas don Baltasar de Ziga, confesor del Rey y to del Privado, y
llamndole a una parte djole en voz tan queda que dejara de orse:

--Tngase y mire lo que habla y cmo habla, que tiene peligro de la
vida.

Juiciosa advertencia que fu acogida por don Juan con una nueva y ms
afilada burla, que hiri muy gravemente la suspicacia del prcer
religioso.

Sali a poco un gentilhombre y di razn de que Su Majestad haca punto
en las audiencias por aquella maana, con lo que todos abandonamos la
regia antecmara.

       *       *       *       *       *

A ltima hora de la tarde volvi el Conde a Palacio.

Traa inusitada cohorte de criados, aparato que en l no era costumbre,
pues la ms compaa con quien sola vrsele era algn allegado o deudo
o con el racionero de la catedral de Crdoba don Luis de Gngora.

Sin duda que vena a algn asunto de su alto cargo, pues que estuvo un
breve rato en la secretara del Consejo de Castilla y all dej unos
pliegos que portaba.

Cuando sali, era a tiempo de que tornaban los Reyes.

Llegbase para cumplimentarles, pero el Rey cruz ante l como si no le
hubiese reparado.

La Reina inclin ligeramente la cabeza y tambin pas sin mirarle.

No fu ajeno el real desvo a los ojos de los dems cortesanos, pero a
la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por
saltarles al rostro.

Llegse a donde estaba su ntimo camarada don Luis de Haro, camarero de
la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazn,
y hablaron con esta brevedad:

--Don Luis, finsteis por hoy vuestro menester?

--Hasta maana a las once, disponed de m.

--Me place.

--Me necesitis?

--Habemos de hablar; ello, si es que cosa ms urgente no os lo veda.

--Si la hubiere, necesitndome vos dejrala para despus. Pasemos, si
gustis, a mi aposento.

--Tengo el coche en la puerta, subamos a l. Y mientras nos lleva hacia
el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo,
charlaremos.

--Melancolas?... Ay, seor don Juan! Por qu no olvidis este asunto
y atenazis el corazn? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo
aconsejo.

--Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su dao hablaremos en el
coche. Este casern se me cae encima, y pluguiera a Dios...

--Andad, andad, don Juan, que nos miran.

Y saliendo a buen paso, en el zagun hallaron el coche del Conde.

Subieron a l y muy despaciosamente ech el cochero hacia la calle
Mayor.

Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde
prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrpito de
piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas
mulas que le arrastraban.

Pasada la Platera, un hombre sali de los soportales y haciendo una
sea al cochero para que detuviera la marcha, acercse hacia la parte en
que iba el de Tassis y rogle que se apeara, pues que tena que darle un
recado importante que no consenta testigos.

Sin recelo alguno alzse don Juan de su asiento, pero no bien haba
puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para
defenderse, sac una ballestilla y asestle tal golpe en el pecho, que
all mesmo vaci la vida del noble y aventurero poeta.

Diz que tan bestial fu la embestida, que arrebatndole el arma la
manga y carne del brazo hasta los huesos, penetr el pecho y el corazn
y fu a salir a las espaldas.

A la voz triste que di el Conde, atropellado del dolor, acudi don
Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el
asesino, entendiendo que primero era ste cuidado que el del moribundo;
pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucndosele las piernas con
el cuerpo de don Juan, cay sobre l.

Consigui levantarse y di tras el criminal, pero todo fu intil; las
sombras de la noche, que ya haba cerrado del todo, y dos embozados que
resguardbanle, hicieron intil este cuidado.

Entretanto la vida de Tassis quedaba hecha regueros de sangre.

Llevronle al zagun de su casa, que estaba casi frontera de donde vino
a encontrar fin tan desdichado.

Del asesino nada se supo; por frmula solamente abrise una indagatoria,
pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor...

       *       *       *       *       *

La historia ntima de aquel reinado conserva el nombre de un guarda
mayor de la Casa de Campo.

De l decan malas lenguas (y puede que hubieran razn, que pocas veces
nacen las hablillas sin algn fundamento), que era el brazo siniestro
del Rey Don Felipe IV de Austria, porque vengbale los agravios
secretos...

       *       *       *       *       *

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala
muerte del Conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel,
pero tanto empeo tuvo l en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los ms que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir,
fueron quienes trajronle a este trmino desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del inters que
mostr la villa toda y de los epigramas y elegas de los ms notables
ingenios, ninguno prevaleci; slo qued como artculo de fe,

    que el matador fu Bellido
    y _el impulso soberano_...




EL RABION

(CONCHA ESPINA)


--Martn!

--oraa!...

--Habr crecida?

--Habrla, que desnev en la sierra y bajan las calceras triscando de
agua, reventonas y desmelenadas como qu...

--Pasarn las vacas al bosque?

--Pasan tan perenes.

--Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el ro es muy traidor.

--A m no me la da el ro, madre.

El muchacho acab de soltar las reses y las arre, bizarro, por una
cambera pedregosa que bajaba la ribera.

Haba madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la
nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, luee y
fantstico, a la luz cegadora de la maana. Ya la vspera qued el valle
limpio de nieve, que, slo guarecida en oquedades del quebrado terreno,
pona algunas blancas pinceladas en los caminos.

El ganado, preso en la _corte_ durante muchos das de recio temporal,
andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la querencia del
pasto tierno y fragante, mantillo lozano del ansar ribereo.

Martn iba gozoso, ufanndose al lado de sus vacas, resnadas y lucias,
las ms aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con marchamo de
raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras. Llegando al
pedriscal del ro, unos pescadores comentaron ponderativos la arrogancia
del animal, mientras el muchacho, palmotendola carioso, repiti con
orgullo:

--Arre, _Pinta!_

--Cundo geda, t?--preguntaron ellos.

--Pronto; en llenando esta luna, porque ya est cumplida...

Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el
deshielo, y los pescadores le dijeron a Martn lo mismo que su madre le
haba dicho:

--Cuidado al retorno, que la nieve de all arriba va por la posta.

El nio sonri jactancioso:

--Ya lo s, ya.

Y trep a un ribazo desde cuya punta se tenda un tabln sobre el ro,
comunicando con el ansar a guisa de puente. A la mitad del tabln
oscilante, el muchacho se detuvo a dominar con una mirada avara de
belleza la majestad del cuadro montas; la corriente, hinchada y
soberbia, ruga una trgica cancin devastadora, y el bosque,
verdegueante con los brotes gloriosos de la primavera, daba al paisaje
una nota serena de confianza y de dulzura tendiendo su csped suave
hacia las espumas bravas y meciendo sobre el rabin furioso los rboles
floridos. Lejano, en la opuesta orilla del bosque, el ro haca brillar
al sol otro de sus brazos que aprisionaba el vergel.

Quiso Martn ocultarse a s mismo el desvanecimiento que le causaba
aquella visin maravillosa y terrible de la riada, y burln, sonriente,
murmur cerrando los ojos ante las aguas mareantes:

--Uf!... cmo rutien!...

Luego, de un salto, gan la otra ribera, en uno de cuyos alisos
estribaba el colgante puentecillo, conocido por el puente del alisal.
Entonces el nio, un poco trmulo, volvi la cara hacia el ro, le
escupi, retador, con aire de mofa, y aun le increp:

--Rutie, rutie, fachendoso!...

Despus, internse en el bosque, al encuentro de sus vacas.

Era Martn un lindo zagal, gil y firme, hacendoso y resuelto;
pastoreaba con frecuencia los ganados que su padre llevaba en aparcera,
que eran el ejemplo y la admiracin de los ganaderos del contorno. Del
monte y del llano, Martn conoca como nadie los fciles caminos; los
ricos pastos y las fuentes limpias para regalo de sus vacas. El pastor
saba que sobre la existencia prspera de aquellos animales constitua
la familia su bienestar, y viviendo ya el nio con el desasosiego de la
pobreza encima del tierno corazn, guardaba para sus bestias una
vigilante solicitud, un inters profundo, en cuyo fondo apuntaban,
acaso, el orgullo del ganadero en ciernes y la codicia del campesino.
Pero inseguros estos sentimientos en los once aos de Martn,
aparecanse en aquella almita sana cubiertos de simptica aficin hacia
los animales, muy propia de una buena ndole y de una generosa voluntad.

       *       *       *       *       *

Aplicadas haban pastado las muy golosas, y en cada cabeceo codicioso
mecieron las esquilas en la serenidad del bosque una nota musical,
mientras Martn sonrea, halagado por aquel manso tintineo que era la
marcha real de su realeza pastoril; sentado en un tronco muerto, iba
entreteniendo la tarde en la menuda fabricacin de unos pitos, que
obtena ahuecando, paciente, tallos nuevos de sauce, cortados sin
nudos. Para conseguir el desprendimiento de la corteza jugosa, era
necesario,--segn cdigo de infantiles juegos montaeses--acompaar el
metdico golpeteo encima del pito, con la cantinela: _Suda, suda,
cscara ruda; tira coces una mula; si ms sudara, ms chiflara_...

Martn haba repetido infinitas veces este conjuro milagrero, y tena ya
en la alforjita que fu portadora de su frugal pitanza una buena
coleccin de silbatos sonoros. Mir al sol y calcul que seran las
cinco. Las vacas estaban llenas y refociladas; rumiaban tendidas en
gustoso abandono, babeando soolientas sobre las margaritas, gentiles
heraldos de la primavera en los campos de la montaa.

Al mediar el da, haba saltado el Sur, ya iniciado desde el amanecer en
hlitos tibios, que slo el brego puede levantar en los das primerizos
de Marzo; iba creciendo el temeroso vocear del ro y llegaba al fondo
del ansar, apagado en un runruneo solemne. Martn pens volverse a la
aldea; al paso perezoso del ganado tardara una hora lo menos; el tiempo
justo para no llegar de noche.

Se levant el muchacho y su vocecilla aguda rompi el sosiego de la
tarde, arrullada por el ro.

--Vamos... _Princesa_, _Galana_, arre...; arriba, _Pinta_...; _Lora_,
vamos...!

Hubo un rpido jadear de carne, con sendas sacudidas de collaradas y
sonoro repique de campanillas; y los seis animales se pusieron en marcha
delante del zagal.

Al cuarto de hora de camino, Martn empez a inquietarse; el ro bramaba
como una fiera, mucho ms que por la maana. Y cuando el muchacho se fu
libertando de la espesura intrincada del ansar, vi con terror que no
quedaba en las altas cimas de la cordillera ni un solo cendal blanco de
la reciente nevisca; la hoguera del sol y los revuelos del brego
realizaron el prodigio.

--Ir el ro echando pestes--decase Martn;--habr llegado punto menos
que al puentecillo, y tal vez el ganado tema vadear...

Impaciente, arre vivo y apret el paso; y a poco, alcanz a ver el
desbordamiento de las aguas en los linderos del bosque. Di una corrida
para asegurarse de si estaba firme su puente salvador... estaba!
Respir tranquilo... Ahora todo consista en que las reses vadearan tan
campantes como de costumbre. Las incit: estaban un poco indecisas;
volvan hacia el muchacho sus cabezas nobles, en cuyos ojazos mortecinos
pareca brillar una chispa de incertidumbre... Hubo unos mugidos
interrogantes.

Ansioso el nio, las excit ms y ms, y de pronto, una entr resuelta,
ro adelante; las otras la siguieron, mansas y seguras, menos la _Pinta_
que, rezagada siempre, no haba dado un paso.

Martn la arre, acaricindola:

--Anda, tonta, tontona!...

La vaca no se mova.

El zagal, imperioso, la empuj; pero ella muga, obstinada y resistente,
hasta que, sacudiendo su corpazo macizo, con brusco soniqueo de
campanillas, di media vuelta alrededor del muchacho y se lanz a correr
hacia el bosque.

Quedse Martn consternado y atnito. Pero no tuvo ni un momento de
vacilacin: su deber era salvar a la _Pinta_ de la riada formidable que,
sin tardar mucho, inundara por completo el ansar mecido entre los dos
brazos del coloso.

Las otras cinco vacas, dciles a la costumbre de aquella ruta, acababan
de vadear el ro con denuedo, y Martn, hostigndolas desde la orilla
con gritos y ademanes, las vi andar lentamente camino de la aldea.
Entonces corri en busca de la compaera descarriada, la mejor de su
rebao, aquella en que la familia toda se miraba como en un espejo.

Sonaba el tintineo meldico de la esquila, con placidez de gloga, en la
espesura del bosque soero; y, guiado por aquel son, el nio hall a la
bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el ro
derramaba en el ansar. Le amarr el pastor al collar una cuerda que
desci de la cintura y, rindola, muy incomodado, la oblig a tornar a
la senda conveniente.

La _Pinta_ no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su
insubordinacin, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que
responda a las amonestaciones severas de Martn.

--No ves, bruta--decale, afligido y razonable,--que estamos, como
quien dice, en una nsula?... No ves que todo esto se va a volver un
mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta
duros?... Pues tendra que ver que no quisieras pasar!... Sera esa
ms gorda que otro tanto!...

La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquiln daban una
nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habase encalmado el
viento; dorma, sin duda, en algn enorme repliegue de las montaas
azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado
de nubes rojas.

El bravo corazoncillo de Martn golpeaba fuerte cada vez que el nio
pensaba en el puente liviano del alisal.

Haba ensanchado el ro atrozmente sus mrgenes en el tiempo que el
zagal perdiera con la fuga de la _Pinta_; ahora, el vado espumoso y
borbollante no remansaba.

Angustiado el nio, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del
agua, amarr la vaca a un rbol y trep a cerciorarse del estado del
puente.

Pero el puente... haba desaparecido!

Martn, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del
estupor, delante de aquella catstrofe irremediable y espantosa. Un velo
de lgrimas cay sobre sus ojos cndidos: Qu hacer?... Sinti una
necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero
la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron
en un pnico mudo, aniquilador. Alz maquinalmente la mirada al cielo, y
la sbita esperanza de un milagro acarici su alma con un roce suave,
como de beso; si viniera un ngel a colocar otra vez el puente en su
sitio!... Y ensay el pastor unas vagas oraciones, repartidas,
confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio.

Pero el ngel no vena; el ro segua creciendo, y la noche cay,
impvida y serena, encima de aquella desventura!

Asindose entonces a la nica posibilidad de salvacin, Martn se lleg
hasta la _Pinta_, la desamarr y, acaricindola mucho, mucho, con las
manitas temblorosas, la ech un delirante discurso, rogndola que
vadease el ro y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones,
segn le hablaba, se subi a sus lomos, asiendo siempre la soga con que
la haba apresado.

Martn empez a creer en la realizacin del prodigio, porque la bestia,
sumisa y complaciente, entr sin vacilar en el agua, llevndole encima.
Y lleg a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror.

Hundase el animal en el ro espumoso y rugiente, y resbalaba y muga,
en el paroxismo del espanto, mientras que el nio, abrazndose a la
recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trmulas
palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la _Pinta_.

La tonante voz del ro empapaba aquella humilde vocecilla de cristal,
cuando el alma candorosa del pastor sinti otra vez el beso del milagro.
Dominando el estrpito de la riada, unas voces le llamaban con
insistencia: haba gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus
padres, sus vecinos...

Martn se crey salvado. Alz la frente en las tinieblas con un
movimiento de alegra loca, y al soltarse del brazo que daba a la
_Pinta_, un golpe de agua le ech a rodar en las espumas del rabin.

Todava, por un instante, tuvo Martn asida una tenue esperanza de
vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tena atada al
collar. La corriente, de una brbara fuerza, tiraba del nio hacia
abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia
brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de l hacia la orilla... Pero,
poda ms el rabin, que ya iba arrastrando al animal detrs del nio!

Entonces l, bravo y generoso en aquel instante supremo, solt la
cuerda, y dijo con una voz ronca y extraa:

--Arre, _Pinta!_

An grit: madre! Abri los brazos, abri los ojos, abri la boca,
crey que todo el ro se le entraba por ella, turbio y amargo; sinti
cmo el vocero de la corriente, que todo el da le estuvo persiguiendo,
le meta ahora por los odos una estridente carcajada, fra y burlona,
como una amenaza que se cumple; y vi, por fin, cmo temblaba en el
cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabin se
le trag en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y
humildad...

La _Pinta_, duea de la codiciada margen, miraba con ojos atnitos y
mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que,
habiendo recibido en mitad del corazn la postrera palabra de Martn, en
trgica respuesta, contestaba a grito herido:

--All voy, all voy!...

Y corra la infeliz, ribera abajo, a la par del ro, hundindose en los
yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima
de su dolor...




LA FRIA MANO DEL MISTERIO

FERNNDEZ-FLREZ


Despus del casamiento, mi mujer me arrastr rpidamente hasta el coche.
A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubran las tumbas
de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto,
delgadsimo, de corva nariz; tena los ojos redondos; su mujer era
enjuta tambin, enlutada, triste. No hablaron; sacudan sus manos como
manojos de races. Apenas haba amanecido y la lmpara del altar se vea
en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llova.
Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alz las ventanillas y se
acerc a m, temblando, con una inquieta mirada de temor.

Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede
decir cmo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar
largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espritu enfermo, muy
enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujeras, y
ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba
abierta en mi alma, por la que ellas venan. Creo estar en pecado
mortal. Rezaba y rezaba y el Espritu Malo rea tras de m. Una vez, en
la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del
conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacas. Otra
vez, tambin despus del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario
y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil
atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba
para or los pecados de las devotas. Cuando me cas, Osvina me quiso
explicar estos misterios. Ella saba hablar con los espritus; la haba
enseado su padre. En la sala grande y pobre de su casern, alguna noche
haba visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos
brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las
tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el crculo de luz
que el quinqu proyectaba en el techo, y yo hua, amedrentado.

Y Osvina me lo haba dicho todo. Haban evocado una vez el espritu de
su primer novio, aquel que muri una noche de tempestad, en las aguas
alborotadas de la ra, cuando se obstin en cruzar l solo de margen a
margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y march
l en la dorna, jurando por Dios que habra de llegar junto a Osvina.
Muri. Dos das despus la corriente arrastr a flor de agua su cadver.
Sobre el vientre hinchado y deforme se haba posado un cuervo, triste y
quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas.

Desde la evocacin, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A
veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpa ella bruscamente
y miraba hacia atrs con sus ojos tambin redondos y grandes, como si
hubiese odo pasos a su espalda. En ms de una ocasin intent referirme
el trance extrao de aquella entrevista de ultratumba, y siempre call,
angustiada por un temor agudo... Yo bien s que no deb casarme con
ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraan como una tentacin.
En sueos los vea, solos, separados del rostro, brillando sobre un
fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre.

       *       *       *       *       *

Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una
calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros haba ennegrecido la
lluvia. La duea de la fonda nos recibi alzando sus cortos brazos. Era
anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, haba sido
criada en casa de Osvina. Nos precedi hasta una habitacin; hizo
acomodar nuestras maletas. Luego, inmvil en el umbral, con las manos
cruzadas sobre el vientre, observ:

--Qu guapa est mi joven seora!... Tantos aos pasados sin verla!

Despus se doli de su vejez, se doli de su suerte:

--No hay en la casa ms que don Amaro el mdico, y su esposa. Son malos
tiempos, son muy malos tiempos, mi joven seora!...

Avanz para ayudarla a cambiar sus ropas; nos gui despus al comedor.
Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tena abundante
pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeos, de agudo mirar,
amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una nia
an, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro haba una enorme
serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de
gestos; sus ojos eran como los ojos de una mueca, que miran sin ver. No
la he visto jams reir, ni llorar, ni emocionarse. El veln de tres
brazos que alumbraba la mesa haca lucir sus rubios cabellos con el
mismo tono suave de la miel. Coma con movimientos reposados e iguales,
como obedeciendo a un oculto aparato de relojera que la rigiese.
Sentada frente a m, sent durante la cena el peso constante de su
mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El mdico pareca
no advertirlo. Al terminar, se alz, cogi del brazo a su mujer y
salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en
sus movimientos... el doctor hablaba a su odo algunas palabras
confusas.

Aun le omos charlar despus, ya en nuestra habitacin, contigua a la de
ellos. Al travs del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente;
pareca al principio cariosa, despus, semejaba rogar. Se oy slo la
voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los
rincones de la casa vetusta pareci brotar la melancola. Nuestra
lmpara alumbraba dbilmente; el pabelln del lecho arrojaba a la pared
su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callbamos, presa de una
vaga inquietud. Se senta un leve zumbar: quizs el de la sangre en los
odos; quizs el de los espritus que vuelan en la noche; quizs era,
tan slo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen tambin su
vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va
quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del
techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida
formada de muchas partculas de vida. En las casas antiguas, por las que
han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa
vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos
ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espritus de
los nios, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de
donde vienen, la advierten con mayor claridad: as sienten en las
habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar
solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro
sr misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso
vehemente de huir. Oh, s: podis creer en el espritu de las casas,
que a veces es trgico, que a veces es sonriente y protector!... El que
supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios
durante la noche, conocera muchos secretos tenebrosos.

Y nosotros sentimos despertar la vida del casern: pasos imperceptibles,
que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como
de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el
trotecillo de un ratn... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo
invisible. Osvina, plida, fra, miraba hacia los rincones obscuros;
qu adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo mir sus grandes ojos
redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el
rostro enjuto y el puntiagudo mentn y la corva nariz de su padre,
inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se pos una vez
sobre el cadver del novio muerto en la ra lejana.

       *       *       *       *       *

Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural,
yo podra enloqueceros con el relato de aquellos das angustiosos
pasados en el casern, mientras fuera caa implacablemente la lluvia. El
cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras
ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las
grgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en
una nusea continua. Mi mujer, enovillada en el divn, ms plida que
nunca, ms transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio
desesperante y tenaz. Haba sentido vagar por la estancia el espritu
del novio muerto, hosco y vengativo, y se adverta sobrecogida por un
pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el
pabelln carmes, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces
Osvina huy, acongojada:

--En esta cama alguien muri sin confesin--me dijo.

Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pas en el
divn. Dorma? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos
extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca,
hipnticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban
otros ojos tambin; cuando me incorpor para abarcar la escena, volvi a
orse el gemido del lecho. Entonces ella dej caer sus manos, y una
sombra huy de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del
padre... A veces, la oa hablar confusamente, como si soase. En una
ocasin me despert una hora sonando en el reloj de la catedral; abr
los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del veln, y las alas
fingan en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra
hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimi
ella en el divn, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la
mariposa ardi en la llama. Hubo una sbita claridad, y todo qued
nuevamente encalmado.

       *       *       *       *       *

Quin rea as en el casern?... Oh! Es seguro que jams entre
aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada
aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fra, sutil,
inquietante. Una vocecita atiplada grit:

--Eh, buena ama, vieja ama, eh!... An no os ha pedido posada el
diablo?

Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio.

Aquella tarde conocimos al nuevo husped. Era un hombre chiquito y
gordo, gil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto,
charlatn. Tena millares de arrugas junto a los ojos minsculos y su
boca se abra, para reir, en toda la extensin de las mejillas. Saltaba,
ms que andar. Habamos comenzado la cena cuando l sali con estrpito
de su cuarto y lleg a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la
mujer del doctor. Pero bot en la silla, apenas sentado, para gritar:

--Eh, vieja, vieja!... Por qu habis puesto hoy el veln de tres
brazos?...

Y se precipit a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una
antorcha. La posadera acudi con otra luz ms. Entonces l suspir
satisfecho y arroj la quemada servilleta.

--Es--dijo mirndonos--que los velones de tres brazos atraen los
espritus.

Osvina lo mir a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo grit:

--A mi vecina no le molestan los espritus.

Y rompi a reir escandalosamente, echndose hacia atrs en su asiento,
mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.

Elena no contest. Como siempre, tena fijos en m sus ojos serenos. Ni
aun se movi un solo msculo en su rostro. Don Amaro, lvido, ms
encrespados los grises cabellos, arroj el tenedor sobre la mesa,
gruendo:

--Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...

Cogi a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de
risa. Luego continu devorando, como si repentinamente se hubiese
olvidado de todo. Cuando calm su apetito, me mir fijamente:

--Oh!--hizo, con un gesto de alegre sorpresa.--Samuel, mi admirable
Samuel! No conoce usted a los amigos?

--Seor--protest--no soy Samuel. Me llamo Hctor; no le he visto a
usted en toda mi vida.

El ri:

--Eh! No me ha visto?... Dice que no me ha visto?... El viejo judo
Samuel, que tena su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. Ji,
ji!...

Tuvo otro largo acceso de risa, y tosi. Entonces asi la copa de agua y
la acerc a sus labios; pero el agua se desparram por el mantel,
totalmente, como si un mbolo la impeliese. El hombrecillo torn a posar
la copa vaca, con un gesto melanclico:

--Siempre me ocurre as!...

Y apur el vino, con un ademn resignado.

Despus de cenar, nos sigui a nuestra alcoba y se sent en el divn, a
mi lado.

--Y bien--dijo.--Para qu fingir? Cada cual vive la vida que tiene,
como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo
amigo.

Encendi su pipa.

--Ya hace cien aos, eh?...

Fum unos largos minutos.

--Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. Recuerda usted a Swart?...
Qu bien beba la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el
espritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la
inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de
pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de m.
El pobre Juliano muri un da en que haba bebido ms cerveza que nunca
y durmi sobre la nieve. Despus vino, obediente al pacto, a traerme el
secreto. Pero los espritus se han indignado contra l. Ahora quieren
matarme.

Volvi a envolverse en humo y volvi a reir.

--Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por
la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrpito me
produca insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.

Baj la voz para contarme:

--Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espritus se
precipitan en ella. No conoce usted ese amor a su vieja crcel, que los
lleva a entrar en los crneos muertos y vacos?... En el fondo de una
calavera hay siempre algunos espritus detenidos. Por eso infunden a las
gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la
puerta, duermo confiado.

--Es una ratonera!--agreg.--Una buena ratonera!...

Y, feliz por habrsele ocurrido la comparacin, volvi a reir con su
risa aguda que atravesaba todos los muros.

Luego di dos brincos sobre los muelles del divn y march a acostarse,
sin decir adis.

Yo no le detuve. En aquel instante, como un relmpago vivsimo, advert
la visin de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras
un mostrador, en una covacha sombra, en una calleja de Stettin...
Record haber conocido a aquel hombre pequeo y grueso como un barril
de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huy a
saltitos, como el compaero de Juliano Swart.

       *       *       *       *       *

Mi mujer languideca. Aquella tarde haba hablado de que era precisa una
separacin. En las sombras de los rincones vea siempre el espectro del
novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseda de
un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volva a callar.

Llova; llova siempre. Junt mi frente a los cristales y vi cmo los
monstruos de las grgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al
final de la galera advert de pronto la blanca figura de Elena, que me
miraba. Entonces tuve como un enternecimiento sbito, como un ansia de
amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tena en su
espritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Salud
tristemente. Ella sigui mirando, sin contestar. Qu serena paz la de
sus ojos!... Me acerqu a ella con lentitud. Comenc a hablar:

--Usted es feliz, seora: usted es feliz!...

No respondi. Yo abr mi corazn angustiado y narr todas mis cuitas:

--Osvina no me quiere.

Me invada la paz de su mirada; de pronto me asalt un pensamiento, que
fu la ltima llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. Me
amara Elena? Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo
sent el suave e iscrono susurro de su aliento. Era hermosa como una
visin de cuento de hadas. Mi ternura creci. Arrojme a sus plantas y
romp en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:

--Oh, Elena, Elena!... Yo soy muy infeliz!...

Ella se dejaba acariciar, inmvil, quizs petrificada en compasin.
Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano,
con aquella su fijeza constante. Bes sus dedos afilados. Entonces son
la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrs de m, jubiloso:

--Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! Ah,
ah!...

Me ergu, entre azorado y colrico. Elena no se alter. Murmur con
saa:

--Quin le autoriza a usted para insultar a una dama?...

Sigui riendo aun. Un mis manos en torno a su cuello, en un impulso de
ira.

--Eh!--gru, desasindose--eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo
no he insultado a la dama de tus amores. Esta seora no se ofende
jams.

Despus se empin para decirme al odo:

--Elena no tiene alma.

Vi mi gesto y ri otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresin,
pareca ajena al momento, como sumida en su distraccin habitual.

--Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a
morirse. El doctor logr salvar la materia, restaurar vsceras, ligar
tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo.
Pero concluy tarde su faena, y el alma se haba escapado ya. Je,
je!... Tiene un gran talento don Amaro, pero no podr encontrar el alma
de su Elena!...

Oyronse unos golpes secos sobre la madera del piso.

--Es la calavera, que salta--explic.--Est llena de espritus.

Y continu:

--El doctor se cas con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase.
Elena no siente ms que el hambre, la sed, el sueo, la fatiga... Es
una hermosa mueca mecnica!...

Los golpes volvieron a orse en la estancia vecina. El hombrecillo
suspir:

--Est demasiado llena la calavera. Tendr que vaciarla. Eh! Por qu
no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habr de contarlo nunca;
nadie se habr de enterar, ni aun ella misma.

Y le hizo gracia la idea y torn a sus explosiones de alegra. Son
entonces un golpe mayor y pas un instante de silencio.

De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el
hombrecillo haba palidecido tambin. Hizo girar sus pequeos ojos
metlicos y se puso lvido:

--Han escapado, voto a...!

Sali. Yo le segu. Sobre el divn, Osvina, pendiente la negra
cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepsculo se haban
reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresndola. Vi
asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de
desolacin... Hu... En el pasillo tropec con los trozos de la rota
calavera; sal a la calle... Corra, corra... El hombrecillo gordo
brincaba tras de m, moviendo gilmente sus cortas piernas.

Corra... soplaba... A veces oa su voz angustiosa que suplicaba:

--Eh, viejo Samuel: espera por m!... No me abandones, viejo!...

Pero yo saba que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corra sin
contestar, seca la boca, erizado el cabello...




TREMIELGA

(ORTEGA MUNILLA)


A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo ms alto del
cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estbamos el maestro
Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos
Evangelista que el da anterior haban hecho surgir de la pared nuestros
pinceles. Qu artistas ramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi
pincel con un rayo de sol, porque, como ste, haca brotar flores
dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente,
sino por sentirlo, deca de la paleta de aquel venerable viejo que era
una sonrisa del arco iris.

--Echa ms oro ah--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del
amarillo rey.

--Cundo acabamos nuestra obra?--le pregunt a tiempo que cumpla sus
rdenes.

--Maana... Cuarenta aos encerrado en esta catedral! Qu larga fecha!
Aqu entr de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los
franceses... Aqu me enamor de mi Pepilla Alderete... Aqu conoc a
aquel desventurado Tremielga!...

--Aqu me conoci usted a m, seor mo, que yo soy alguien--exclam
festivamente.

Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorstica
salida.

No se ri el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza
que haca temblar sus barbas de plata; no me mir afable como sola con
aquellos ojos castaos plidos. Quedse pensativo y mudo, con el pincel
alzado, la frente contrada por las mil arrugas de su vejez y las
piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y
al dar en la noble faz del decrpito artista, tiendo su blusa azul de
los colores naranjados rosa de los vidrios, prestbale mucha semejanza
con uno de aquellos personajes bblicos que, evocados por nosotros,
haban venido a habitar las crujas del templo, los dorados camarines,
el trascoro y la sacrista.

--T eres un nio y no te fijas an en las cosas graves; pero aun siendo
as, como es, he de contarte una historia que puede serte til--me dijo,
despus de un rato de silencio, slo interrumpido por el metlico chocar
de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, pona en un
altar.--Te acuerdas t, muchacho, de mi amigo Tremielga?

--Y cmo si me acuerdo!--contest, sin dejar de esgrimir el pincel
sobre la cabeza de San Marcos.

Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con
sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada
persona, que pareca un aguilucho desplumado...

--Pues bien; ese aguilucho desplumado fu grande amigo mo; pero no
amigo de esos que se unen hoy y se separan maana, como bolas de billar
cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia,
compaero de escuela, discpulo de Ansualdo, voluntario del mismo
regimiento cuando lo del ao 9, prisionero de la misma jornada...
pariente del alma, porque tambin tiene el alma sus primazgos y
relaciones de afinidad.

-Por ejemplo--dije yo--, aqu me tiene usted a m que soy, por el alma,
hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.

--Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ngel, pero un ngel
rebelde, con un amor propio ms grande que el mundo, con un talento
enorme y dislocado... Porque un da le reprendi el maestro Ansualdo
delante de Pepilla, rompi el caballete y tir los pedazos a la calle...
Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qu...
Tena yo diez y nueve aos, y no s qu tristeza romntica se apoder
de m. Era el mes de Mayo. Qu noches ms hermosas las de aquel mes de
Mayo! Qu reja la de Pepilla! Qu macetas de rosas las que haba en
ella! Y qu ojos los que fulguraban detrs del follaje de las macetas,
atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendme
la graciosa cara de mi Pepilla; prendme su cinturita de palma
valenciana; prendme la dulce cantura de su voz; prendme el enano pie
que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cbica, como
diciendo: Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo
este alczar de hermosura!... Y me enamor locamente de Pepilla... Ms
de cinco veces pint su retrato, entre rosales una, otra con el traje
italiano que tenamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla;
pero jams acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave
sombra que haba debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y
aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparca la risa en su
rostro.

Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos
abrasbamos. Una atmsfera de luz y calor nos envolva. Un aroma que an
no han podido extraer los qumicos de ninguna materia olorosa,
embalsamaba nuestras almas!... Un da en que pintaba el dcimo retrato
de mi novia, sent que me descargaban en la espalda un golpe, y, al
volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la
mano y agitndole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de
siniestro fuego escapbase por sus ojos, me dijo:

--Qu miserable eres! Qu sortilegio empleas para arrebatarme los
asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo
mismo que yo ide. Dirase que yo pienso por ti y que t pintas por m.
Ah, ladrn del arte! As crece tu nombre!

--Ests loco, Tremielga?

--Motivo haba... De dnde sacaste la invencin de ese lienzo que
pintas ahora? Dnde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el
pincel; trale o yo ser quien le arranque de tu traidora mano. Esa
Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala
de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiracin, y esa mano que
adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado
bajo los creadores esfuerzos de mi mente. Esa Venus es ma!

No le hice caso. Pens que, segn costumbre adquirida ltimamente por
l, se habra embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en
Espaa como la aficin a la lectura. Dejle, pues, disputar y me march
del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su
conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedan una reserva y una
indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas poda encubrir con
frmulas urbanas reticencias de odio que me heran profundamente,
clavndoseme en el alma como pas de zarza.

--Tremielga te tiene envidia!--me decan las gentes.

Pero yo me negaba a creerlo. Envidia Tremielga, cuando su talento es
tan grande! Envidia a m, que me honrara siendo el autor del ms malo
de sus bocetos! Envidia quien posee aquel lpiz con el que se apodera
de las lneas de las cosas, hurtndoles las proporciones mismas de la
realidad! Era imposible!

Otra vez me dijeron:

--Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero
mucho.

Aquello era otra cosa. Yo no poda dudar del talento de Tremielga, pero
poda dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposicin. Trat
de convencerme, y adquir el convencimiento que vino a rasgar mi alma
con sus uas horribles. Imagnate, Leoncillo querido, que al ir a
acariciar el perro que te sirvi de compaa durante tu vida toda,
hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, smbolo de
la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fra de una vbora.
Pues eso me sucedi a m al ver que mi amigo, mi hermano, me engaaba.

Una noche sala yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla.
Nunca lucieron ms aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos
arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio ms dulce
y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por
Pepilla corra, corra cantndome con su voz montona mil himnos de
amor. Oh, noche divina! Fu la primera que en mis labios besaron
aquellos prpados que parecan hojas de rosa puestas por un hada all
para ocultar dos tesoros de diamantes. An se estremece dulcemente mi
alma con tal recuerdo y tiembla mi corazn en su crcel de huesos como
pjaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral pareca burlarse
de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que meda el
tiempo; las ventanas gticas de este viejo edificio contemplbannos cual
ojos envidiosos, y a veces yo crea ver dibujarse y palpitar en su
rbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras,
sealando el hueco de las ojivas; e imaginaba--necio de m!--ver en
aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me desped de
Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba ech a
correr. Cul no sera mi asombro al hallarme detrs de la primera
esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!

--Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puos y acercando su cara a
la ma con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que
yo so ha pasado a ser tuya ilegtimamente... Oye, Lucio, yo pensaba
matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestira luto y estara ms
bonita, ms interesante con el traje negro, con la palidez del dolor,
con la honda fiereza que haba de despertar en su espiritillo
voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque
aqu la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de
mis pulmones, reducindolos a pavesas... Crees t que es sangre lo que
bulle por estas venas?--y sealaba con su tembloroso dedo ndice los
gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las
vetas de xido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino plvora lquida...
T pintas mejor que yo, eres ms amado que yo; me quitaste los laureles
de la frente y el anillo nupcial del dedo. Maldigo Dios, tu pincel y tu
alma!

Y se alej.

Qu cosa ms atroz es causar dao al prjimo! Cuando se hace sin
voluntad experimntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo
sentira pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y
de cuya hormiga se supiera que tena razn, esperanza, porvenir! Yo
haba aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y
en su postrer pataleo me daba compasin el mirarla cmo iba echando
fuera los ltimos alientos y las ltimas ilusiones!...

Se fu a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la
luna; en su corazn unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de
paja atados en haz de dolor. All vivi doce aos, y cuando vino de
nuevo, ramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus
amigos y casi tus parientes. Vena como t le conociste. Era, segn has
dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea
desproporcin distribudos; pero al encontrarme un da en la calle, se
irgui sbitamente, y durante un minuto volv a ver en Tremielga a aquel
muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del
presente, satisfecho del pasado.

--Ah, Lucio, Lucio!--exclam.--Despdete de tu fama, pintorcillo. Esta
idea no me la quitars. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa
magnfica. Quieres saber dnde la conceb? Pues fu en Pirmansen, junto
a un ro negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas mir salir una
musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. Te
compadezco!

Aquel mismo da me contaron que Tremielga haba ido a ver al obispo,
Mecenas inteligente y prdigo de los pintores, para pedirle que le
concediera un saln de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro
famoso que estaba terminando. Supe tambin que haba dicho Tremielga en
la plaza:

--Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola
vez su primaca. Qu asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay all
luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se
pasean sobre el campo como gasas fnebres del ngel de las batallas;
fieros rostros de soldados en los que brilla el jbilo de la victoria y
humildes caras de vencidos que piden proteccin. Se hablar en el mundo
de mi obra, y dirn al pasar junto a la tumba de Tremielga: Aqu
duerme el genio!

El obispo le otorg lo que peda. Instalse el cuadro en un aposento
espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. All estaba
el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de
su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tom asiento en su
estadal y nos bendijo, tir Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba
su obra. Cay al suelo el teln y miramos todos. Pero, no bien puso sus
ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa salt
de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron:

--_El cuadro de las lanzas_, de Velzquez!

S, Leoncillo. El pobre Tremielga haba compuesto como original lo que
Velzquez hizo tantos aos antes, y confundiendo en su alma la memoria y
la fantasa, lo que aqulla le pint como recuerdo, reputla l creacin
de sta.

Haba cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda
nube, y en tal confusin psicolgica creerase hallar una alegora cruel
de la negra pasin que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.

Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... Por qu abres tanto los
ojos? No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se
pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este
andamio al mundo... En el mundo hallars espritus fundidos en el tropel
de Tremielga, y ellos te ensearn la moraleja de mi historia. Aadir,
para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamacin solt una
feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino,
dijo:--Otro ladrn de mi pensamiento! Lucio me rob aquella _Venus_!
Ese... Velzquez, me ha robado la _Rendicin de Breda_!




NOCHE SERVIA

(BLASCO IBEZ)


Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros
de Pars. Media hora antes cafs y restaurantes han echado igualmente su
pblico a la calle.

Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se
desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectculos. Los
faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fnebre, rpidamente
absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor
sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche slo tena
estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en
cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de mbar.

Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor
francs, dos capitanes servios y yo. Adnde ir en este Pars obscuro,
que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla
del _bar_ de cierto hotel elegante, que contina abierto para los
huspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren
trasnochar se deslizan en l como si fuesen de la casa. Es un secreto
que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan
unos das en Pars.

Entramos cautelosamente en el saln profusamente iluminado. El trnsito
es brusco de la calle obscura a este _hall_ que parece el interior de un
enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de
ampollas elctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos
aos atrs. Mujeres elegantes y pintadas, champn, violines que gimen
las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las
romanzas desgarradoras. Es un espectculo de antes de la guerra. Pero en
la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres
llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos,
servios--y estos uniformes son polvorientos y sombros. Los violines los
tocan unos militares britnicos que contestan con sonrisa de brillante
marfil a los aplausos y aclamaciones del pblico. Sustituyen a los
antiguos zngaros de casaca roja. Las mujeres sealan a uno de ellos,
repitindose el nombre del padre, lord clebre por su nobleza y sus
millones. Gocemos locamente, hermanos, que maana hemos de morir. Y
todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de
la diosa Plida, beben la existencia a grandes tragos, ren, copean,
cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una
noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la
tempestad.

       *       *       *       *       *

Los dos servios son jvenes y parecen satisfechos de que las aventuras
de su patria los hayan arrastrado hasta Pars, ciudad de ensueo que
tantas veces ocup su pensamiento en la brbara monotona de una
guarnicin del interior.

Ambos saben contar, habilidad no ordinaria en un pas donde casi todos
son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia
feudataria de los turcos, qued asombrado de la importancia de la poesa
en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocan el
abecedario, emplearon el verso para guardar ms estrechamente las ideas
en su memoria. Los _guzleros_ fueron los historiadores nacionales y
todos prolongaron la _Iliada_ servia, improvisando nuevos cantos.

Mientras beben champn los dos capitanes, evocan las miserias de su
retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el fro; las batallas
en la nieve, uno contra diez; el xodo de las multitudes, personas y
animales en pavorosa confusin, al mismo tiempo que a la cola de la
columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos
que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres
con el vientre abierto viendo en su agona una espiral de cuervos que
vidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin ms apoyo
que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su
calvario a travs de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso,
desafiando al destino, como un monarca shakespiriano.

Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos,
esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguilea, un verdadero pico
de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que
tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa
una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el
artista, tal como lo vean las seoritas sentimentales de hace
cuarenta aos, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y
audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.

Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que
recitan las remotas hazaas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que
peleaba con las _Wilas_, vampiros de los bosques, armados de una
serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un
_bar_ de Pars han vivido hace unas semanas la existencia brbara e
implacable de la humanidad en su ms cruel infancia.

El amigo francs se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su
relato para lanzar ojeadas a una mesa prxima. Le interesan, sin duda,
dos pupilas circundadas de negro que se fijan en l, entre el ala de un
gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de una boa blanca. Al fin,
con irresistible atraccin, se traslada de nuestra mesa a la otra. Poco
despus desaparece, y con l se borran el sombrero y la boa.

Me veo a solas con el capitn ms joven, que es el que menos ha hablado.
Bebe; mira el reloj que est sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me
examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia
grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la
memoria con gravitacin de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.

--Fu a esta misma hora--dice sin prembulo, saltando del pensamiento a
la palabra para continuar un monlogo mudo.--Hoy hace cuatro meses.

Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de
nieve, las montaas blancas de las que emergen hayas y pinos,
sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo tambin
las ruinas de un casero, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia
de una divisin servia que se retira hacia la costa del Adritico.

Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que
fu una compaa y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han
adherido campesinos embrutecidos por la persecucin y la desgracia, que
se mueven como autmatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres
que aullan arrastrando rosarios de pequeuelos; otras mujeres, morenas,
altas y huesudas, que callan con trgico silencio, e inclinndose sobre
los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con
la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las
profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el
ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche.

Al amanecer ser el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quin es el
enemigo que se va amasando en la sombra. Alemanes, austriacos,
blgaros, turcos?... Son tantos contra ellos!

--Debamos retroceder--contina el servio,--abandonando lo que nos
estorbase. Necesitbamos ganar la montaa antes de que viniese el da.

Los largos cordones de mujeres, nios y viejos, se haban sumido ya en
la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Slo quedaban
en la aldea los hombres tiles que hacan fuego al amparo de los
escombros. Una parte de ellos emprendi a su vez la retirada. De pronto
el capitn sufri la angustia de un mal recuerdo: Los heridos! Qu
hacer de ellos?... En un granero de techo agujereado, tendidos en la
paja, haba ms de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor
o revolvindose entre lamentos. Eran heridos de los das anteriores que
haban logrado arrastrarse hasta all; heridos de la misma noche que
restaaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres
alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitn entr en este
refugio que ola a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y
alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban
alguna energa se agitaron bajo la luz humosa del nico farol. Cesaron
los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos
moribundos pudiesen temer algo ms grave que la muerte.

Al or que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos
intentaron un movimiento para incorporarse; pero los ms volvieron a
caer.

Un coro de splicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fu hasta el
capitn y los soldados que le seguan...

--Hermanos, no nos dejis!... Hermanos, por Jess!

Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su
suerte con resignacin. Pero caer en manos de los adversarios? Quedar
a merced del blgaro o el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos
completaron lo que las bocas no se atrevan a proferir. Ser servio
equivale a una maldicin cuando se cae prisionero. Muchos que estaban
prximos a morir temblaban ante la idea de perder su libertad.

La venganza balknica es algo ms temible que la muerte.

Hermano! Hermano! El capitn, adivinando los deseos ocultos en estas
splicas, evitaba el mirarles. Lo queris?, pregunt varias veces. Y
todos movan la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso su abandono,
no deba alejarse dejando a sus espaldas un servio con vida.

No habra suplicado l lo mismo al verse en igual situacin?...

La retirada, con sus dificultades de aprovisionamientos, haca escasear
las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.

El capitn desenvain el sable. Algunos soldados haban empezado ya el
trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmaada,
ruidosa; cuchilladas a ciegas, agonas interminables, arroyos de sangre.
Todos los heridos se arrastraban hacia el capitn, atrados por su
categora, que representaba un honor, admirados de su hbil prontitud.

--A m, hermano!... A m!

Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hera con la punta en el
cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.

--_Tac!_... _Tac!_...--marcaba el capitn, evocando ante m esta
escena de horror.

Acudan arrastrndose sobre manos y pies; surgan como larvas de las
sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. El haba
intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le
llenaban de lgrimas; pero este desfallecimiento slo serva para herir
torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. Serenidad!
Mano fuerte y corazn duro!... _Tac_..., _tac_...

--Hermano, a m!... A m!

Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de
que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Haban aprendido
instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el
cuello en tensin ofreciese la arteria rgida y visible a la picadura
mortal. Hermano, a m! Y expeliendo un cao de sangre se recostaban
sobre los otros cuerpos que iban vacindose lo mismo que odres rojos.

       *       *       *       *       *

El _bar_ empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con
galones, dejando detrs de ellas una estela de perfumes y polvos de
arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus ltimos lamentos entre
risas de alegra infantil.

El servio tiene en la mano un pequeo cuchillo sucio de crema, y con el
gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidar nunca, sigue
golpeando maquinalmente la mesa... _Tac!_... _Tac!_...




PRUEBAS DE AMOR

(FELIPE TRIGO)


Mi amigo Csar es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque
tiene talento y buena fortuna, y es el ms desdichado de los hombres.

Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y
la alegra, el amor y la amistad. Su corazn sensible, hasta lo
infinito, se deja tocar por las ms pequeas cosas; pero el eco
levantado en el corazn, plcido o triste, grande o fugaz, es entregado
inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes,
lo deja destrozado.

Llorando ante el cadver de su padre, pensaba si en su afliccin extrema
no habra algo de hipocresa consigo mismo. Y ces de llorar. Pero en
seguida le pareci fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y
llor, llamndose miserable.

Estren una comedia. Y cuando el pblico lo aclamaba, se encontr a s
propio desmedidamente fcil de halagar por los aplausos. Para evitarlos,
se neg a salir a escena por segunda vez, se larg a su casa, se meti
en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal
determinacin tuvo mucho ms de vanidosa que el haber seguido recibiendo
los aplausos.

Cuando saluda a un personaje aljase meditando si en el saludo no puso
algn servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro da, lo esquiva.

Vive solo, hurao, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las
ilusiones.

Es un loco, sin duda.

       *       *       *       *       *

Recuerdo que har tres aos lo encontr una tarde en el Retiro, sentado
de espaldas a la gente, con la silla recostada en un rbol y entretenido
en mirar el desfile de los coches. Me sent con l y no hablamos. De
pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el
paseo de la Reina, cruz junto a nosotros una victoria, en cuyo interior
iban dos mujeres, saludando a Csar.

Una, lindsima, elegante, joven.

--Ves aqulla?--me dijo sealndola, cuando ya no pudo vernos.--La
adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. Verdad que
es divina?... Tiene alma de artista. Despus de la presentacin, no he
vuelto ms que dos das a su casa. Oh, si yo pudiera llevarla a la ma,
hacerla mi mujer!... Creme. El ideal es esa Aurora Rub; pero es hija
de un hombre muy rico.

En seguida me cont que Aurora haba estado con l atentsima, quizs
ms que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quera
cada vez ms, teniendo en cuenta la alta posicin de aquella familia, no
se atrevera a intentar nada. Yo hcele notar a mi amigo que teniendo l
una carrera brillante y un nombre literario conocidsimo en Madrid,
deban tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos
cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se haban
fijado en Csar con mimosera singular, la nia estaba de su parte.
Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y, ya
de noche, en la Puerta del Sol, dej a Csar con sus vacilaciones
eternas y eternas dudas y desconfianzas.

       *       *       *       *       *

En Marzo volv a verle en una platea del Espaol, con Aurora y su
familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con
el abanico de seda, sin importarles un pito la representacin. Y
despus, durante todo el verano siguiente, le encontr siempre
acompandola en los teatros, en los paseos, enamoradsimos ambos, segn
las muestras.

Tena ganas de hablar con Csar para darle mi enhorabuena, y una tarde
que yo estaba en la Moncloa, adonde fu de puro aburrimiento, le hall
sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las
piedrecillas del suelo con la contera del bastn.

--Te felicito--le dije.

--Por qu? Por quin?... Por Aurora? No, no; todo lo contrario.

--No es tu novia?

--S.

--No la quieres?

--Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable, sin
par; y por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se
me antoje; pero...

--Pero, qu?

--Pero... no me da la gana!

Dijo esto con dureza extraa, como imposicin hecha por su voluntad a su
invencible deseo.

--No quiero. No me da la gana de casarme--repiti, enfadado.

Yo me re. El se calm luego.

--Mira, t--me dijo,--la quiero tanto, que yo necesito a toda costa
saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que
me adora como una loca, que me adora por m mismo, no por la vanidad de
mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra:
necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su
orgullo, su porvenir y su honra.

--Ests chiflado.

--Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que
si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el
honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente,
devolverlos; pero quin sabe si entregarlos hechos jirones a la
publicidad, para ver si la adoracin resiste a todo, hasta al martirio y
a la deshonra!

--Pero, hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.

--Tan formal, que hace cuatro das que no la veo. La he jurado que la
amar siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.

--Y ella?

--Lucha la infeliz. Mira; al fin esta tarde me llama. S, s, empiezo a
creer que me idolatra; que podremos casarnos... despus.

       *       *       *       *       *

Al cabo de medio ao, he vuelto ayer a tropezarme con Csar. Estaba en
un caf y lea, completamente absorto, una carta de renglones cruzados.

Aurora est en Santander.

--Oye--me dijo Csar, tras de contarme muchas cosas.--Es horrible mi
situacin. Yo, que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su
amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de
confianzas dulcsimas, y pienso, a pesar mo, que aunque as deben de
ser las que dicta el corazn de una mujer enamorada, as pueden ser
tambin las que dirige el miedo de una pobre nia a quien le guarda el
tesoro de su honra.

--Que entreg por amor.

--Y que puede obligarla a mentir en el olvido! Oh, si as fuera, si
ella me hubiese olvidado, cunto me estara ofendiendo al creer que yo
no sera capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra
escondida felicidad, que no tienen valor para m de prendas de venganza
contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la nica mujer que he
querido y querr con toda mi alma, aun ante la confesin de su olvido...
Y si me ama--continu Csar, exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cmo,
Dios mo, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar
una mujer... y no son bastantes!

       *       *       *       *       *

Yo dej a Csar por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y
enamorada nia que as se ha hecho la esclava de un loco.

Porque no me cabe duda que Csar tiene una locura no estudiada en los
libros todava.




LOS ANTEOJOS DE COLOR

(J. ECHEGARAY)


I

Don Trinidad de Aguirre ha muerto.

Esta noticia acaso no sorprenda a mis lectores, porque los lectores ya
no se sorprenden de nada; pero deba sorprenderles.

Deba sorprenderles por varias razones. En primer lugar, porque ninguno
de ellos habr conocido al difunto, cuando todava no era difunto. En
segundo lugar, porque el suceso ha venido sobre todos nosotros con la
rapidez del rayo, sin preparacin de ningn gnero, sin un mal aviso de
los peridicos, sin una papeleta de defuncin siquiera: se nos dice que
don Trinidad ha muerto, y no sabamos que este don Trinidad existiese. Y
en tercer lugar, porque la muerte de este seor ha sido de todo punto
injustificada.

Con las entradas _en_ y salidas _de_ este mundo de lgrimas, sucede como
con las entradas y salidas de los dramas: las hay que estn ms o menos
justificadas, y las hay que no estn justificadas de ninguna manera.

El _mutis_, digmoslo as, de don Trinidad, ha sido, pues, inesperado e
injustificado.

Don Trinidad era joven, era rico, tena figura simptica, talento
natural, mucha ilustracin, estaba para casarse con una chica preciosa
y, sobre todo, goz de una salud perfecta, hasta el momento de morirse,
que esto no le sucede a todo el mundo.

Hay alguien que en estas condiciones se muera? Yo creo que no.

Pues, sin embargo, don Trinidad de Aguirre ha muerto.

Hace dos aos viaj por Alemania; all se estuvo unos meses y volvi del
viaje como se fu: tan joven, tan rico, tan simptico, tan alegre y tan
sano.

Pero en el mes de Noviembre del 96 tuvo un pequeo ataque a la vista.

Poca cosa, casi nada, enfermedad que no lo era, y que no tena de serio
ms que el nombre, que no s cul fuese.

Se puso unos _anteojos de color_ para quitar fuerza a la luz, y se cur
en ocho das, quedndole los ojos tan hermosos, tan brillantes y tan
malagueos como siempre.

Pero cambi de carcter; cambi por completo.

Era alegre y hasta bromista; result triste.

Hablaba, no con exceso, pero s con amplia medida: result silencioso.

Su sonrisa era franca y espontnea: su sonrisa result amarga: las dos
comisuras de la boca se le cayeron con cada trgica, como si huyesen de
todo regocijo.

En suma, que don Trinidad se transform.

Para los amigos no tuvo ms que frases de desdn o rplicas punzantes,
y, naturalmente, se fu quedando sin amigos: desde entonces siempre fu
solo.

Antes se le vea en teatros, paseos y reuniones; despus no se le vi ni
era fcil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa,
tambin solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia
que hace ms inexplicable su muerte repentina.

Durante un mes no vi ms que a su novia, y como los anteojos de color
dan a la fisonoma cierto carcter ridculo, convierten la cara humana
en cara de lechuza, y l tena inters en que su amada le viese los ojos
siempre _al natural_, nunca se puso para mirarla los anteojos de color.

Pero un da, no se sabe por qu razn, se los puso: la chica le encontr
muy raro y se ech a reir. Pues se ofendi tanto don Trinidad, que,
despus de mirarla fijamente, di media vuelta, se fu a su casa y
rompi para siempre con Rosario.

Por cierto que a poco ms se muere del disgusto la pobre Rosario.

Algunos das despus se encontraron a don Trinidad muerto.

Estaba junto a la mesa de su despacho; haba escrito unas cuartillas,
los anteojos de color estaban rotos, hechos aicos; se sospech que los
haba roto de un puetazo, porque tena ensangrentado el puo.

Una particularidad llam mucho la atencin: todos los espejos de su
casa, y los haba magnficos, se encontraron rotos tambin.

De estos antecedentes se dedujo que don Trinidad se haba vuelto loco.

Y las cuartillas que dej escritas as lo confirmaron.

No se han encontrado todas; pero algunas que pudieron recogerse decan
as:


II

Le encontr en un coche de primera; yo iba solo, cuando entr el maldito
viejo. Qu chiquitn, qu arrugado, qu color de tierra el de su cara!

Era como una esponja humana, que se apret, se apret, se le sac todo
el jugo, y no qued ms que una masa rida a modo de estropajo.

Llevaba puestos unos anteojos de color. No eran verdes, ni azules, ni
amarillos, ni ahumados. Eran de un color extrao, mezcla turbia de
todos los colores: como la vida humana.

El viejecillo me miraba mucho y sonrea con sonrisa diablica. Si no
hubiera considerado que era un pobre carcamal, le abofeteo.

Como el viaje era largo y siempre fuimos solos, hubo tiempo para que
hablsemos largamente.

No! El viejo antiptico era todo un sabio!

Y estaba al tanto de la ciencia moderna y de los ltimos
descubrimientos.

Sobre todo, los rayos X le entusiasmaban. Pero sus entusiasmos concluan
por unas sonrisas que hacan dao. No s por qu, pero hacan dao.

Si el viaje dura ms, yo le estrangulo. Mejor hubiera sido.

Aqu faltaban algunas cuartillas.


III

Para algo han servido el choque y el descarrilamiento.

Ya voy solo. Pobre hombre, muri aplastado. Lo inverosmil!

Ahora que pienso en l, me da lstima; quizs fuese una buena persona.

Al morir me mir con cierta ternura: me alarg los _anteojos_ y me dijo:
Tome usted, tome usted; le declaro mi heredero.

Sus anteojos! Sus anteojos de color! Herencia infernal!

Bien muerto est el viejo!

Y aqu seguan imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperacin.

Decididamente don Trinidad estaba loco.

Venan despus unas cuantas cuartillas escritas en una letra
ininteligible.

Slo en las ltimas se entenda algo: frases sueltas; prrafos
descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un lquido amargo como
escollera dispersa por los embates del mar salobre.

A continuacin copiamos algunos fragmentos.

Deca uno de ellos:

Volv a Madrid: me olvid por completo de los infernales anteojos.

Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.

Das felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba
convencido de que la Naturaleza me haba trado al mundo para gozar.

Y yo procuraba complacer a la Naturaleza.

Ah! Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color!

Un da da aciago!, me sent mal de la vista: me acord de las
antiparras, me las puse y me fu a la calle.

Horrible! Horrible! Invencin admirable, prodigiosa, estupenda, pero
horrible!

Y deca otro prrafo:

Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca.

Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas,
la red nerviosa que por todas partes se extiende.

Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglficos de
aquellas microscpicas pirmides, que los ahumados cristales de mis
anteojos traducen al lenguaje vulgar.

Se ven los sentimientos: cmo se agitan, cmo se estremecen, cmo
circulan a modo de oleaje sutilsimo, hundindose unas veces, flotando
otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeo y tan grande.

Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla,
cayendo aqu, mal levantndose all, enredndose ms lejos en no s qu
red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a
rastras.

Todo, todo se ve! Qu admirable! Qu invencin tan prodigiosa!

Cunta miseria, cunta vanidad, cunta estupidez humana en ese libro
blanco y gris con red sanguinolenta!

No: realmente es un espectculo muy divertido ver un crneo por dentro.
Y alguna vez ya suelen verse relmpagos de luz; alguna idea hermosa,
algn sentimiento noble... pero ay qu pocos!

Divertido, muy divertido! Para m no hay secretos!

Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; slo se leen palabras
sueltas.

Desengao!... dolor!... buen amigo!... Quin lo pensara?... Y yo
que cre que ese hombre era un imbcil y un tunante!... Mal da!... Ni
uno!... Doloroso!... Muy doloroso!... Ay, Dios mo!... Dios mo!...

Al fin el pobre loco coordinaba algo ms sus ideas y haba prrafos
seguidos.

Esta observacin profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de
personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy
divertida.

Pero cuando se trata de seres a los cuales algn afecto nos liga, es
cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. Ah! El maldito
viejo! Por qu el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del
todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... Ay!
Los anteojos, los anteojos de color!

Y lo que ms me extraa es que nunca veo un crneo solo: siempre veo
dos, y son distintos.

Pero uno de ellos es el _mismo siempre_: vago, confuso, indeciso,
incompleto.

Por qu ser esto? Por qu sern dos?

Es un fenmeno que me confunde y que no puedo penetrar; pero siento no
s qu angustia intolerable!

Y aunque este segundo crneo no lo veo bien, veo que es muy ruin.

El egosmo es su nota dominante: yo!... yo!... eternamente yo!

No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no est
impregnada del _yo satnico_! Ya me repugna! Ya me da nuseas!

No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundi en un
lquido en cuyas gotas todas haba escrito el egosmo la palabra _yo_, y
que la masa blanducha se empap del miserable y montono flido!

Pero qu imagen es esa?

De dnde viene? A quin pertenece?

Aqu se encuentran muchas lneas tachadas.

Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lgrimas.

Y un prrafo final: claro, distinto, casi solemne, y fro, muy fro.

Ya lo s; ya s a quin perteneca aquel cerebro.

Ayer lo vi por duplicado.

Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asom a
un espejo.

Y me vi en l. Me vi dos veces.

Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo
era bueno.

Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la
parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el
espacio, apareca en imagen borrosa e incompleta.

Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros
hombres; y yo no quiero verme ya nunca ms.

Y en la ltima cuartilla haba unas gotas de sangre.

Fu la sangre que se hizo en la mano al romper de un puetazo los
anteojos de color.




VIDA NUEVA

(ALVAREZ QUINTERO)


La seora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, haba muerto de
ochenta y siete aos, nica enfermedad aceptable para morirse. Fu muy
llorada, no slo porque desapareca de entre los vivos, sino porque a su
paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo--el
seor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre _Cua_;--hijos,
presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva
innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y dems plaga de la
familia.

Tal se la quera en todo el pueblo, donde tambin dej huella imborrable
de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invencin, una para
curar los sabaones y otra para amasar pestios; tal se la quera, que
aun despus del novenario del fallecimiento, el seor Rafael, el
afligido _Cua_ y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequvocas
del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi
todas las noches a su casa a darles compaa. Aseguraba la malicia que a
lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba
de espaldas; pero de qu no se ha de sacar partido y se ha de hablar
mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acab el
aguardiente, _Cua_ se qued solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no
autoriza a creer a los murmuradores, sino a sealar, lamentndola, la
pcara casualidad.

Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del
difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es
absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas
prendas. As, pues, en casa del gran _Cua_ se hablaba de todos los
vecinos del pueblo que no estaban all--a excepcin de la muerta, que
tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;--se jugaba a la brisca y al
tute, se empinaba el codo un poquillo y, a ltima hora, se contaban
cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio seor Rafael tena
la mejor gracia del mundo.

Slo en una habitacin de la casa rendase a la seora Manolita callado
y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media
luz de un quinqu de petrleo, hacan calceta cuatro viejas. Hablar, no
hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algn carraspeo,
algn suspiro... Pero bien sabe Dios que la seora Manolita no se les
caa del pensamiento.

Y no haba nadie ms en aquel sosegado cuartito? S, por cierto: en un
rincn, borrados por la sombra, haba un hombre y una mujer charlando
sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y
suave, que no poda ser sino charla de enamorados. El estaba mal
embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantn de estambre. En
los ojos de los dos brillaba la alegra, el contento de vivir... Sobre
la falda de la mocita dorma un gato negro, pequen, del que sala un
rumor continuado y montono, que por all se llama hacer la ollita.
Otro gato, tal vez habra buscado la falda de una de las viejas por
hallarse ms cerca del brasero; pero ste era un gato de buen gusto, y
prefiri el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle.

Oigamos a los enamorados:

--Pens ust en aqueyo?

--No.

--Por qu?

--Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale.

--Me es igu. Sale?

--Miste: lo que tengo de responderle a ust, lo s desde er da que
estren ust la capa.

--Le gust?

--Me gustaron los embosos.

--Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de ust.

--Con mis labios no juega nadie, amigo.

--Pos a v si me contestan formales: cundo me saca ust der
purgatorio?

--As que pase er fro. Ya v ust si lo apresio.

--Es que disen que ao nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero
principi el ao que viene en la gloria bendita. Es des, que de su reja
de ust no me van a despeg ni con agua caliente.

--Est ust aviao! En Enero no _pelo yo la pava_.

--Por qu?

--Por m der relente.

--Yo ensender un puro, y ust se arrima a la candela.

-Me via a quem.

--Geno; pos lo dejaremos pa Febrero. Le paese a ust bien?

-No, se; en un mes loco vamos a empes una cosa tan seria?

--Segn eso... _la vamos a empes_. Ya est ust coga.

--Ay veremos.

--Qui des que si no es en Febrero, ser en Marso.

--En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y
espinacas los viernes?... No pu s.

--Caramba, nia, que va un trimestre de dificurtaes!

--Y qu le hasemos?

--Pero ya est entendo: ust a lo que tira es a d con las flores, pa
que to sean flores entre nosotros. Verd? Y que tengo yo unos claveles
disiplinaos, que ay por Abr eyos solitos van a escaparse de la maseta
pa rsele a ust ar moo!

--Si viera ust que he ledo en er Saragosano--porque yo s le--que en
er mes de Abr va a diluvi... Y yo no quiero que ust se moje en la
ventana!

--Pasiencia. Ha ledo ust si en Mayo habr s?

--En Mayo, s.

--Ole!

--No, no; pare ust er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones
menos en Mayo.

--Explique ust eso.

--Porque en Mayo se arregl mi hermana Esperansa con su novio, y le
sali vano.

--Y vi yo a pag eso?

--No lo pago yo?

--Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase ust.

--En Junio andar yo mu ocup con los esmenes de mi hermaniyo.

--Ah, s?

--Claro!

--Est bien, hombre, est bien! Es dec que medio ao tirao a la caye?
Y qu me cuenta ust de Julio? Un mes tan bonito!

--Me horrorisa la copla:

    Los amores de Julio
      son chaparrones.
    No hagas caso, muchacha,
      de esos amores.

--Por va e la coplita e Dios!

--Pos Agosto tambin tiene la suya. Oiga ust y quese ust helao:

    Los amores de Agosto
      yo no los quiero
    porque pasa er verano,
      viene el invierno.

--As no vamos a acab, nia! Antes que el invierno, yega el otoo!
Le gusta a ust Setiembre pa pel la pava conmigo?

--Sabe ust, que como a mi hermaniyo le van a d calabasas en Junio, en
Setiembre se me va a pod ahog a m con un pelo, hasta v si sale o no
sale.

--Camar! Y Ortubre?

--En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay hum pa n.

--Morena, que se nos va el ao! Tiene pa ust argn pero Noviembre?

--Muchos peros, no uno. Lo dise er refrn: Noviembre, mes de peros,
castaas y nueses. Y los peros, malo; pero las castaas, pe.

--Entonses, qu?... Disiembre y no hay ms!

--Disiembre! Fin de ao! Quin planta una maseta cuando se est
poniendo er s? Se aguarda a que amanesca otro da. Espere ust un
poquito... y ao nuevo, vida nueva. Ust lo ha dicho antes.

--Ahora estamos ah? Pos hgase ust cuenta de que esta conversasin
la hemos teno el ao pasao, y listos! Dentro de cuatro das le digo yo
a ust en su ventana esta copla, ya que s que le gustan:

    A la luna de Enero
      te he comparado,
    que es la luna ms clara
      de todo el ao.

Sigui el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia
cercana, se levant una de las viejas, di las buenas noches a las
otras, llam por seas a la muchacha, y juntas salieron de la
habitacin. Protest el mozo, acomodndose la capa sobre los hombros, y
calndose el sombrero de ala ancha, y protest el gato abriendo dos
palmos de boca. El gato se arrim al brasero, y el hombre sali tras la
mujer.

Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba
fra. El las segua de lejos. Tras mucho andar por las calles
desiertas, en las que slo hallaron un perro olfateando un montn de
escombros, y un borracho que las oblig a cambiar de acera, detuvironse
ante una casa bajita y pobre. All estaba la reja que deba ser testigo,
durante un ao, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar
frente a ella la mocita volvi la cara... Pareca un lucero.

Aquella noche soaron los amantes. El uno con el otro? No. Soaron con
la pobre seora Manolita, la difunta compaera del veterano _Cua_, que
desde el otro mundo les deca:

--Ah, tunantes! Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto
para arreglar sus cosas? Bien est, bien est!... No me enfado. Casi me
alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque--qu
demonio!--yo, a mis ochenta y tantos, no tena ms que hacer que
morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenan ms remedio que
quererse.

Y el cuento de aquel sueo en que danzaban la muerte y la vida, fu el
primer tema de la primera _pava_.




EL DISFRAZ

(ALVARO RETANA)


I

Realmente es lamentable esta obsesin, amigos mos--dijo el famoso
novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que
salan de su cigarro turco--; pero no puedo sustraerme a ella. Desde
hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible
angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son
intiles, y que cada hora siento ms cercano. Reconozco la insensatez de
mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro
ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la
noche en que _la vi_, hoy hace quince das, he perdido el reposo.
Parece que fu ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las
pruebas de mi libro prximo a publicarse, cuando un leve rumor como el
de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me oblig a volver
la cabeza. En la estancia no haba nadie; pero en la enorme luna que
ocupa casi todo el testero que yo tena a mis espaldas, distingu
claramente, plida entre los pliegues de su tnica negra, dejando
asomar nicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecan como
dos lucirnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos
descarnadas y amarillas, vida y sonriente entre los atavos de un
miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse
totalmente. Pesadilla arbitraria! No es cierto? LA MUERTE--una muerte
de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un
huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clsica
envoltura negra y mate--buscando un nuevo traje entre las percalinas de
colores de un establecimiento vulgarsimo, donde slo van horteras y
criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenticos en los das
de Carnaval! Casi me avergenza confesar que he sido vctima de tan
ridcula alucinacin! Sin embargo, aquella visin grotesca e infantil ha
sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de
inquietud; porque yo estoy seguro, segursimo, de que si la Muerte en
aquella ocasin recurra a un disfraz, era para venir en mi busca
disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no
pudiese evitarla ni burlarla.

Y el novelista dej de hablar, marcndose en su frente la arruga de un
invencible horror.

Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no
pudo contener un estremecimiento que le recorri de pies a cabeza, y el
famoso doctor americano James Grey, que tambin le escuchaba interesado,
puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que l depositase
la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la
mujer del escritor entre las sombras de aquel crepsculo de Octubre,
demasiado sombro, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.

--Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellara si intentase
dar idea de mi espantosa situacin--prosigui el joven novelista,
contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresin de una
serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos
redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro
inquietador, que sonrea ambiguo, mostrando una dentadura aguda y
reluciente como la de un lobo.--Dominado por la conviccin de que ELLA
me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A
cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a
hacerme su vctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposicin de
que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis
libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la ma. El
ruido de una hoja desprendindose de un rbol, me hace volverme
rpidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su
insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece,
porque no s si es SU voz llamndome atrevida; y si al cruzar de un lado
a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que
contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su
mano los que intentaron cogerme. Ms de una vez, de madrugada, he
despertado a Cecilia lleno de pnico, porque me ha parecido escuchar que
ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaa.
Esto es insoportable, amigos mos! La gloria y la fortuna me sonren;
amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser
feliz, y esta obsesin maldita se ha empeado en martirizarme? Por culpa
de ella mis nervios de hombre joven que an no ha mucho rebas los
treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a
producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y carioso, se torna
en agrio y desabrido...

Enrique Fontanar le dirigi una mirada llena de compasin dolorosa;
Cecilia levantse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la
encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge
impenetrable, y el mdico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de
mueco o de fantasma, que quera ser afectuosa e insinuante, pero haca
escalofriarse instintivamente a Fontanar, contest:

--Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se
ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde
que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta
que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta
extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la
vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relacin
continua; pero este esfuerzo de imaginacin tena que resentir su
cerebro en algn momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por
una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni
leer. Depure su alimentacin, que no ha de ser copiosa, y si no le es
posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de
Avila le sera muy conveniente.

--All debe hacer un fro atroz en esta poca--interrumpi Enrique.

--Eso no le hace--replic Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al
doctor.--Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, adems,
no bamos a salir de casa... Sitio ms reposado que aquel, no
encontraramos...

--El caso es que tengo tanto trabajo por entregar--afirm el
novelista--que no quisiera ausentarme todava de Madrid.

--Mira--dijo Cecilia, decidida--opino, con el doctor, que por encima de
tus compromisos editoriales est la salud. En la semana prxima nos
marchamos a Avila para que descanses hasta primero de ao, y vers como
esa neurastenia desaparece.

--Qu buena eres y cunto me quieres!--exclam el joven escritor,
abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le
recibi tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano,
aadi con aire triunfal:--Vamos, amigo mo, que ya hara usted algo por
tener una mujercita tan cariosa como la ma.

James Grey no respondi; pero contemplando aquella escena de bienestar y
dicha conyugal, aquella envidiable identificacin de marido y mujer, sus
pupilas metlicas relampaguearon con extrao fulgor, que no pas
inadvertido para Enrique Fontanar.

Cun desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano
Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamrica haca
un ao y al cual rodeaba una aureola de misterio que l mismo pareca
acentuar con la palidez de su rostro fro y duro, que apenas se contraa
al hablar, y ms que un rostro humano, pareca el de una estatua por su
hiertica inmovilidad!

James Grey era el verdadero tipo de hroe de Conn-Doyle. Aquella
silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceirse, remarcaba
la dureza de sus lneas! Aquel perfil de ave de rapia, agravado por la
mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! Aquella
boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre
dos grandes arrugas en forma de parntesis! Y luego, aquellas manos
rgidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un
reptil!

De James Grey se saba que era hijo de padre ingls y madre espaola,
que haba hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su
especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Haba
llegado a Espaa envuelto en el prestigio de curas maravillosas
realizadas en Francia, y se le atribuan facultades sobrenaturales. En
sus viajes por la India, haba adquirido conocimientos extraordinarios
que le permitan aparecer como un verdadero taumaturgo, y se deca que
en su clnica podan encontrarse los remedios a los casos ms
desesperados.

A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y
admirado por toda la alta sociedad madrilea. Le hacan admirables sus
curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmtica. Detrs
de aquellos ojos crueles, la gente crea adivinar el secreto de algn
drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconoca en l un ser
temible. Se admita su ciencia; pero se sospechaba que _alguna vez_
podra emplearla mal. Se admiraba al mdico; pero se rechazaba al
hombre.

Hizo ms alarmante la silueta de James Grey, la indiscrecin de un
criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasas
y variadas calumnias que, naturalmente, favorecan poco al doctor. Se
asegur que James Grey era un profesional del opio y que en su clnica
guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras
profundas y palideces macabras, como la que l exhiba, y flores no
menos peligrosas, que tenan la rara propiedad de nacarar con su perfume
la piel de las mujeres. Pero estas ltimas despedan aromas de muerte y,
por aspirarlos, varias doncellas del doctor haban perecido, envenenadas
de languidez.

Todo esto se deca en voz muy baja del mdico famoso, sin que nadie se
atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso
disminua su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante
una curacin casi milagrosa, la opinin se renda, concluyendo por
comprender que James Grey era una vctima de la maledicencia y de la
envidia.

--Le calumnian sus enemigos!--exclamaban algunos partidarios
suyos.--James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho
de sus rivales es quien intenta perjudicarle! James Grey es incapaz de
hacer dao a una mosca!...

Uno de sus ms grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento
ciegamente y una irresistible simpata le acercaba al hombre muy temido
y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar,
dirase que magnetizaba al escritor, esclavizndole con irrompible yugo.
La amistad entre el mdico y el novelista aumentaba de da en da, y
aquella prevencin de su mujer en el primer momento contra James Grey,
desapareca, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su
marido.

Quizs gran parte de la admiracin y simpata que el matrimonio
profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente.
Pero una atmsfera de espanto y de inters envuelve a las personas
culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores
fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer
estimaban al mdico; pero en su estimacin influa grandemente la
equvoca reputacin de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal
vez de su mismo crimen.

A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso
americano. Su presencia le produca un ligero escalofro, y nunca se
dejaba cautivar por aquella diablica sonrisa. Pero como la nica vez
que manifest a Luciano Avril el sentimiento de antipata y repulsin
que James Grey le inspiraba, el novelista se enoj muy seriamente y su
mujer le defendi con tenaz bizarra, no volvi a insistir, para evitar
una escena desagradable.

Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su
esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron
del matrimonio.

El novelista y su mujer los acompaaron hasta la puerta, y mientras
Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey,
complacido, murmuraba al odo de Cecilia:

--Afortunadamente, la cosa marcha bien.


II

Ocho das despus, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca
de las afueras de Avila, acompaados de James Grey, que haca un
sacrificio para atender a la curacin del novelista, cuya neurastenia
amenazaba destruirle seriamente.

Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancola
tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:

Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti
exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando
tan necesitado de consuelo.

No acierto a comprender cmo he podido estar una semana sin escribirte,
para narrarte mi inmensa desventura.

T recordars que siempre he sido muy dbil; desde la infancia se
adverta en m esta escasez de bros fsicos que me caracteriza, y an
no habrs olvidado aquellos das de colegio en que yo me acercaba a ti
deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me
protegiese contra las violencias de mis compaeros. Pues bien: contino
siendo el nio plido y medroso, de exaltada imaginacin de entonces;
solamente que despus de mi boda con Cecilia, y no s si a consecuencia
de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente ms nervioso
e impresionable.

Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me
aniquila! Adoro a mi mujer con frenes tan insensato, que quizs esto
contribuya tambin a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por s. Pero
no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan
hondamente y me producen un vrtigo tan embriagador, que quisiera
tenerla todo el da entre mis brazos. nicamente por ella me impongo
este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el
lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no
satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sera un infierno.

Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El pblico
hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboracin en las
grandes revistas se paga tan esplndidamente, que me permiten sostener a
mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para
adquirir esta finca, que ella llama pomposamente su castillo y tener
un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros
que hered de mi to y con los cuales cuento para fundar una gran casa
editorial dentro de un par de aos.

Podra considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo...
sospecho que muy pronto sobrevendr mi ruina corporal y espiritual si no
logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.

Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y
se propaga como lepra, que se instala en mi espritu creando absurdas
desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que
destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo
envenenado.

De qu tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y
abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que
nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia,
que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables.
Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi
despacho de Madrid, que cada vez est ms prxima e implacable, pues ha
hecho acto de presencia en el castillo.

Esta maana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me
desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que
no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y
audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni
conocer y que ha probado la eficacia de su guadaa segando la existencia
de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de
arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca,
rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.

Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco ms tranquilo,
porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando
airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta
el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan
solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.

No tengo ms esperanza que t, Enrique. Slvame! Es preciso que
vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien
contar mis penas y un compaero leal que en mis ratos de soledad me
ahuyente el miedo!

Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey,
llevndose al criado y al guarda para ir a prestar declaracin ante la
Polica. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos
para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he
sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que
tal vez ellos se entienden, habindose puesto de acuerdo para
desarrollar en m esta sobreexcitacin nerviosa que puede conducirme a
la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor
hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesin de mi pequea
fortuna, y pienso si ellos no estarn urdiendo algn plan siniestro para
anticiparme a los designios de la MUERTE.

No es verdad que esto es horrible? Desconfiar hasta de mi mujer, que
a todas horas me manifiesta un cario sincero, y de James Grey, cuya
solicitud cordial y cuyo noble inters aparecen visibles en cualquier
instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, qu
voy a hacer? Jurara que estoy sumido en un sueo sin fin, y que mi vida
es una eterna pesadilla de la que slo saldr para entrar en la tumba.

Oh, qu alegra cuando salga el sol de maana disipando estos terrores
y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de
pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...

--Qu haces, Luciano?--pregunt de improviso la voz argentina de
Cecilia.--Y luego, abrazndole efusivamente, con la dulce mirada de una
mujer que adora a su marido, aadi:

--Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...

--Escriba a Enrique Fontanar--explic el novelista abrazando con
ternura a su mujer.--No quisiera que me llamase ingrato--agreg,
cerrando la carta, despus de haberla firmado.

James Grey entr para contar al escritor la entrevista con el juez, y
Cecilia cogi la carta de su marido para hacerla llevar al correo al da
siguiente. Durante la cena, el doctor volvi a recomendar a Cecilia:

--No conviene que Luciano escriba un solo rengln!...


III

Cuatro das pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que
falleci, segn dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una
de las medicinas que para uso externo le recet James Grey, Luciano
Avril, despus de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a
las damas en el comedor, escriba en su gabinete nuevamente a Fontanar:

Tu silencio me agobia, queridsimo Enrique. Yo te esperaba aqu en
seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi
carta. O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?Ah,
ese s que es el ms intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me
exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razn
es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo
negro en mi cabeza.

No creas que estoy loco todava. Buena prueba de que an permanezco
cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado
de amar a Cecilia, que sera prueba evidente de mi falta de razn.

La sigo queriendo con amor absorbente y frentico, que me hace delirar
en sus brazos. Su vista me causa extraos desfallecimientos y junto a
ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece ms y cada
caricia de sus manos me torna ms febril. Mi vida ahora es un xtasis
sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.

Ayer deplor ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y
l contest que el fuego destruye, pero no crea, recomendndome un poco
de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra
sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benfica...

Me horrorizo acordndome de que te he escrito renglones poco favorables
para l. Cun injustos eran! Imposible hallar un amigo ms sincero y
carioso, ms atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que
conserve la poca que me resta! Nadie con ms dulzura que l me hara
reflexionar sobre la sinrazn de esta obsesin maldita. El toma la
MUERTE a broma y me cuenta en tono humorstico historias macabras para
familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme,
agudiza mi sufrimiento.

Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no
es slo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las
sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es tambin el vuelo de los
pjaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los
esqueletos de los rboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana
lo que me sobrecoge y me llena de pavor.

Si yo me atreviese, ahora mismo abandonara este castillo tan fnebre,
en que an parece vagar el perfume de la criada muerta, y marchara por
el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca
las doce en punto y est dejando escapar sus sones, que repercuten en mi
corazn como los de una campana funeral.

Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de
fuerzas para mirar ms all de la mesa donde se confunden las sombras
movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finsimo
de unas alas, y el corazn me late furiosamente, como si una mano
invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor fro me invade
todo el cuerpo y te dar una idea de lo mucho que tiemblo la indecisin
con que mi mano traza estos renglones.

Todo est en silencio; pero se me antoja que este silencio est lleno
de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos
cautelosos. Pasos de _alguien_ que avanza con sigilo como si temiera
alarmarme, sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque s
que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido
y horroroso atisbndome implacable.

Oh, Dios mo: me parece que _eso_ se acerca, se acerca! Un penetrante
olor a muerte ha corrompido la estancia y he odo chirriar la puerta...

Piedad, Dios mo, ELLA est aqu!..

Luciano Avril dej escapar la pluma de la mano, y lvido, espantado, se
levant, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con nimo de cerrar la puerta.

Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su
enfermedad nerviosa, el desdichado novelista perciba los ms ligeros
ruidos y sufri una convulsiva contraccin al or el tenue roce de unos
pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con direccin a su
alcoba. Luciano Avril sinti un gran fro en el cerebro, donde sus ideas
se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al or
claramente aquellos pasos vacilantes que hacan crujir la madera del
piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.

Se engaaban sus sentidos? Sera una alucinacin ms de las
innumerables padecidas? Inmvil y sin respirar apenas, el joven
escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparicin como un
condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se
aproximaron ms y l comprendi que _alguien_, inexorable, iba a
penetrar en la estancia, se lanz hacia la puerta tratando de cerrarla
con llave. Pero le detuvo con enrgico ademn un brazo verde y fro, que
le hizo retirarse con horror.

El cadver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada
y los brazos cados como un fantoche a quien hubieran aflojado los
hilos. Slo tenan movimiento sus pies--verdes como los brazos y la
cara--que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenan frente
a l para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras
con reflejos de acero y sonrisa diablica; la de una boca sin labios que
semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas
en forma de parntesis.

Anonadado por la impresin de un supremo espanto, Luciano Avril
experiment una violenta conmocin cerebral, cayendo al suelo como una
masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en
convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas
de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.

Durante un cuarto de hora, la extraa aparicin permaneci inmvil
frente al joven escritor, observando su agona: lividez cadavrica,
sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos
intermitentes, cada vez ms pausados, en el corazn, alternando
irregularmente con una respiracin anhelante. El acto reflejo haba sido
tan violento, que haba provocado una paralizacin casi total de la
circulacin; el corazn y las arterias se haban vaciado por completo, y
las venas se resistan a contener la sangre en ellas agolpada; de aqu
el enfriamiento muscular y la postracin mental. Nada de convulsiones;
nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e
irremediablemente ante el mudo fantasma, que pareca recrearse en la
contemplacin de su obra monstruosa.

Diez minutos transcurrieron todava, durante los cuales la extraa
aparicin continu inmvil, espiando con vida mirada los ltimos
esfuerzos de un alma que se resista a abandonar el cuerpo. Pasado un
cuarto de hora, el cadver verduzco habl para decir a la mujer del
novelista, que penetr en la alcoba, plida y nerviosa:

--Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.

Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un pao mojado
en agua, James Grey aadi:

--Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el
aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podr matrsele con
ms seguridad que con un pual, proporcionndole una emocin violenta...


IV

Aquella misma noche, Cecilia pona un telegrama a Enrique Fontanar:

Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer
repentinamente.

Y al ao siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con
James Grey y parta para Norteamrica.




EL RASGO DE PAIZOSA

(GUTIRREZ GAMERO)


Oiga usted, contada al menorete, seor don Tetimo, la historia de mis
desdichas, y por ellas vendr en conocimiento de la causa de mi
mal--dijo Paizosa, y prosigui de esta suerte:--Vine a la corte con ms
esperanzas que dineros, y pens que en ella encontrara fcil acomodo,
pues traa pocos aos, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la
aadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un
seorn de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado.
Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la
figura de aquel personaje cuya proteccin me era tan necesaria, porque
mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer
hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una
recomendacin de empuje. Envile la del Alcalde; me recibi entre dos
luces; djele mi empeo; me pidi muestra de mi letra; escrib cuatro
garambainas que me dict; le cay en gracia el carcter de mis rasgos y
salme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo
que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De all a poco recib una
credencial de las de cinco mil reales, y hteme funcionario pblico en
la Direccin de la Deuda, donde me aprend al dedillo todas las leyes,
ordenanzas, pragmticas y decretos que se han promulgado en Espaa desde
que Espaa debe dinero. Con esto fu ganando la voluntad de mis jefes,
que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tena mi memoria para
colocar en ella, como en una anaquelera se coloca el botamen, las
infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra
providente Administracin, echaron mano de mis conocimientos _tcnicos_,
y desde aquel punto y hora yo fu el encargado de las cosas difciles.
Mis compaeros, vindome siempre al yunque del trabajo, me echaron
encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de
emisin o pujos de arreglo en que yo no interviniese.

--A ver! que venga Paizosa y nos diga qu fecha lleva la ley
de...--exclamaba el segundo jefe de la Direccin.

--Oiga usted, Paizosa: esta noche, a las nueve en punto, aqu. El
diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los rena
para que maana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le
pagar a usted un caf y media tostada; enciende usted la chimenea, y
con toda calma hace usted la notita--me mandaba el oficial del
negociado.

--Seor de Paizosa! Sera usted tan amable que se sirviera resolverme
este endiablado expediente que no s por qu coyuntura meterle la
pluma?--me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recin
salido del aula.

Y as, entre unos y otros, me traan y me llevaban como si fuera un
zarandillo.

Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de
consolarme ante la firme persuasin de que yo era el hombre
indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada poda
hacerse que saliese a derechas.

Cuntas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus
autores de pega, se fabricaron en este caletre mo! Cuntas mejoras en
nuestra maravillosa Administracin se vendran a mi casa, si las tirara
la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron!
Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar
fuertes races en la Direccin y me procurase algn adelanto en mi
carrera; y si este segundo extremo de mi legtimo deseo no se realizaba
nunca, pues ascensos y prebendas caan siempre del lado de los ms
ignaros, consolbame con la creencia de que ningn Ministro se
atrevera a dejarme en la calle, porque al menor intento se habran de
levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director
general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan tiles
mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos.

De esta suerte se deslizaron diecisiete aos de mi existencia, sin otro
accidente que aquel tremendo batacazo que pegu por causa de unos
saeteros ojos que me atravesaron la autonoma. Y fu que en un baile de
verbena callejera conoc a cierta joven, modista de oficio, que con el
mirar slo parta las piedras, y que me llev blandamente al santo nudo,
regalndome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones.

Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro
que contiene mi prole, con ms la seora de Paizosa, fuera tanto como
contar las gotas que un invierno llueve. Pens que con los cinco mil
reales del empleo y los giles dedos de mi cara cnyuge, que se
despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriramos de hambre
tan ana; y por yerro de cuenta perd el sosiego, porque Flora, que tal
es el nombre de mi mujer, di en la flor de echar gente al mundo, con
que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis mritos
y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tena trazas
de llegar.

En cambio lleg la terrible catstrofe fraguada por un desalmado
Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeaba
en la mecnica de la Deuda pblica, y para satisfacer aspiraciones de no
s qu elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decret mi
cesanta, y con ella la ruina de una familia honrada.

Que al momento me dediqu a buscar recomendaciones capaces de ablandar
las berroqueas entraas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En
semejante tarea ocup mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en
mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis
pobres hijos, para quienes busqu en vano, pordioseando aqu y pidiendo
all, algo con qu comprarles el ms sencillo alimento, se enredaron mis
pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ngulo de la pared
y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medi espacio, y me hall con
una cartera de buen tamao, de esas que usan los cobradores de la Bolsa.
Tend entonces la vista por la calle, pues quizs no estuviese lejos el
que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por all se pareca,
psemela debajo del brazo, sub los ciento quince escalones que
conducen a mi vivienda, me met en la alcoba, cerr la puerta, abr el
cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y
rincones un montn de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra
otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil
pesetas. Una riqueza!

Lo primero que me vino a las mientes fu dar gracias a la divina
Providencia, que as premia al justo y limpio de corazn cuando en ella
confa, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una
batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cun sano
es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada
aventura, trmino de nuestros quebrantos y principio de la felicidad.
Pero al ir a poner por obra tan alegre decisin, paralizse mi cuerpo,
una llamarada de vergenza me subi al rostro, el recuerdo de mi
intachable fama me llam a la realidad del deber, y la idea de que el
dueo de la cartera quizs fuese un pobre, encargado de llevar y traer
valores, fu creciendo, creciendo en mi espritu, y ya vi en la crcel
al descuidado dependiente convicto de ladrn y condenado a presidio, y
deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente
tendra, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso dara la
existencia.

Jrole a usted, seor D. Tetimo, por la hora de mis postrimeras, que
aquella bellaca tentacin de quedarme con las ajenas pesetas dur muy
poco, no ms que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me
parecieron siglos, porque mientras coga el sombrero y me preparaba a
salir, o llorar con desgarradora pena al ms pequeo de los muchachos,
a mi pobre Esteban, un serafn del cielo, que protestaba a voces contra
el forzado ayuno. Lo que entonces sinti esta flaca naturaleza ma no se
puede expresar con palabras. Figrese usted que dentro del pecho se le
meten todos los carios de la humanidad y luego se le rompen en mil
pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dar
usted ligersima idea de mi sufrimiento.

Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahto de honradez, y, con
tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que
mi gente comiese aquel da. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron
mis energas yndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales
caan lagrimones como puos.

Que dnde fu? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario,
al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso.
Cumpl con mi deber y salme del despacho de Su Excelencia tranquilo
como un santo, cargado de elogios y lleno de plcemes, pues los
_reprters_ de los peridicos que van a ltima hora al Gobierno a
husmear noticias enterronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de
la luna.

Hizo la casualidad que, por la poca a que me voy refiriendo, hallbase
la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razn, sin
duda, a tal inopia de emociones, los peridicos de mayor circulacin
relataron el hecho, adornndolo con todo linaje de galas imaginativas,
gastando en mi pro _la mar_ de tinta, sacando a plaza mi penuria para
que ms resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: Rasgos como el de
Paizosa no necesitan comentarios, o bien: En medio de esta sociedad
escptica y egosta, un acto semejante refresca el alma; etctera,
etctera.

A qu cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de
Beneficencia, y otro pidi al Gobierno que, en adelante, se llamase
_calle de Paizosa_ la del Tribulete, donde vivo.

De poco me sirvieron los encomios, pues como _mi rasgo_ fu obra que
hice en pecado de duda, no me aprovech, y ni siquiera me holgu con el
premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me
remiti, con una tarjeta, el dueo de los cuartos, y que devolv
dignamente. Pues no faltaba ms sino que las tomase!

No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusin de que los
aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese
a mi puesto. No tena sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aqu
que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo
siguiente:

No sabemos por qu razn se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto
que no es ms que el cumplimiento de un deber. Tan bajo se halla el
nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria
y por fuera de los lmites de lo humano aquello que debe estar en la
conciencia de toda persona decente? Acaso no castiga el Cdigo penal a
los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueo? El
_desprendimiento_ (y lo subrayaba, Sr. D. Tetimo, lo subrayaba!) de
Paizosa no constituye, por fortuna, una excepcin de la regla, y como
ste podramos citar millones de ejemplos. Quin sabe si la cartera
contena, adems de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no
confesadas todava! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que
las encontr, pero no al que las extravi, el cual habr dado por bien
hallados los veinte si se haba despedido de los treinta...

Concibe usted infamia mayor? Ha visto usted en su vida nada que se
parezca a tan ruin villana? No la devor en silencio, sino que acud a
los mismos peridicos mis panegiristas; stos replicaron, el de la
embozada calumnia duplic la sospecha con frasecitas reticentes, y, por
si fueron ms o menos los infaustos billetes tentadores de mi
conciencia, se arm la gran polmica, a que puso fin aquel famoso crimen
cuyos detalles soliviantaron la opinin, distrayndola del _rasgo de
Paizosa_.

Quedse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a
dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se present una
maana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que,
sabedor de mis cuitas, acuda piadoso a compadecerlas. As que se enter
de ellas dime un fuerte abrazo y me prometi remedio inmediato.
Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; perteneca
al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposicin
tendra la credencial. Como que era coser y cantar!--Dios lo haga y
que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!--pens yo.

Creer usted que la adversa suerte se haba cansado de perseguirme?
Pues oiga, amado don Tetimo, lo ms gordo, lo ms tremendo, lo que puso
fin y punto a mi probada paciencia, lo que colm la medida de mi
desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su
Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remiti con otra suya, llena de
excusas y perdones.

Y Paizosa entreg a don Tetimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al
pie de la letra, deca as:

El Ministro de Hacienda.--Particular. Seor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi
querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la
reposicin de su recomendado, el Sr. Paizosa. Realmente los informes
que en la Direccin me han dado de este antiguo funcionario son
excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde
mediaron cien mil pesetas, y aquello _no qued claro_.

Y usted comprender que, siendo esta situacin tan escrupulosa en lo
que a la moralidad administrativa atae, no debemos echar mano de gente
cuya fama tenga el menor tilde.

Repitindole mi sentimiento, queda suyo afectsimo amigo q. s. m.
b.,--_Jos Snchez Pantalla_.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

NOTA IMPORTANTE.--Si entre los lectores de estas lneas se halla alguno
que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, srvase recomendarle
eficazmente a don Leandro Paizosa, que vive en la calle del Tribulete,
nmero 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su
misrrimo estado.




EUCARISTIA

(HOYOS Y VINENT)


Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la
maana de Mayo, baados en policroma fanfarria de luz con que el sol,
filtrndose al travs de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla.
En la iglesia, de ese risueo gtico todo blanco y oro, tpico de la
moderna devocin francesa, la Santa Virgen Mara fulguraba envuelta en
un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que
pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de
diamantes y zafiros, los herldicos gules, smbolo del amor y de la
alegra celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un
homenaje, y mientras sostena con una mano a un Jess mofletudo, recoga
con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la
imagen andrgina del franco prncipe Luis _el Santo_ alzaba hacia la
bveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En bcaros de
irisado vidrio, azucenas litrgicas erguan sus tallos y abran el
virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar
descenda como por la escala de Jacob, anglica procesin de
concertantes.

Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jess, oraban en espera de la
reconciliacin con que sus almas puras hallaranse dignas de recibir la
visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco
sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde an no
anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que
aleteaban en sus labios como cndidas palomas que, dejando el nido,
volaban hacia el trono de Dios.

Rubio, plido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jess; moreno, de
rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan--Murillo y Rafael--;
a la endeble elegancia de fin de raza del primero opona el segundo la
viril petulancia ingenua de sus doce aos. Y sus figuras eran trasunto
fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancola la de Jess; toda
resolucin, apasionamiento y valor, la de Juan.

Hurfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egosmo de sus tutores
en aquel colegio, Jess haba hallado su defensor en las luchas de
educandos en la adolescente energa de Juan, secundn de noble familia
provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les
una, y la vida deslizbase para ellos feliz, igual, montona, llena
por su cario que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del
encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jess la
hostilidad de sus compaeros, gracias a la victoriosa y audaz simpata
de Juan, benvolos a las travesuras de ste los maestros ante la
intercesin del primero. As, al volar del tiempo, lleg insensiblemente
el da deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.

Un dbil llamamiento del Padre sac a Jess de su devoto rezar y llevle
a los pies del confesonario; el negro manteo abrise como dos alas
inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada
de tabaco, posse en la urea guedeja, y la voz pastosa, tras breve
musitar de oraciones, comenz las preguntas de rbrica:

--A ver, hijo, si recuerdas algn otro pecadillo?... Piensa que Dios
Nuestro Seor, que muri por nosotros, te hace hoy la gran merced de
venir a ti.

Tras un instante, la voz pura neg:

--No, Padre.

--A ver--insisti el cura--; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna
falta de respeto.

--No recuerdo, Padre--torn a replicar.

El confesor se detuvo y mir al nio. La divina claridad que emanaba de
sus ojos, _ojos color de cielo_, irradiaba sobre el rostro cndido,
prestndole un aura de luz.

--Paps no tienes, verdad, hijo mo?

--No, Padre.

--Hermanitos?--interrog nuevamente.

--Tampoco.

Call el presbtero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que luca en el
rostro le impona respeto. Sin embargo, sigui:

-Amigos?... Algn amigo a quien quieres mucho?

Con espontaneidad entusiasta, y replic vivaz:

--S, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.

Los ojos, sagaces, grises, fros, cortantes como navajas, escudriaron
en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su
alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vacil. Serale
permitido sondear abismos que tal vez no existan? La pregunta infame
detvose en sus labios un instante, y, al fin, la formul velada.

El nio, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, deneg
enrgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no
sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella
cruz que borrara el pecado, pero no retornara el candor perdido.

Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De
lo alto de la bveda, el rgano dejaba caer sus notas graves,
armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del
Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de
sus rayos el recinto santo. Ante el eucarstico misterio, hasta una
docena de nios arrodillados, hacan ofrenda de sus vidas. Eran los
unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, plidos y
elegantes como infantes de legendario pas de ensueo. El oficiante,
revestido con fastuosa magnificencia, avanz hacia ellos, sosteniendo en
una mano el cliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra
la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces
litrgicas.

Juan y Jess haban dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados,
daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz haba hudo de sus
almas, y algo que no era santo conturbaba su espritu, porque hay
revelaciones que, a semejanza de ciertos trgicos males, con su contacto
mancillan una vida entera.

Acab la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueos,
con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.

Haba explosiones de maternal cario que estallaban en besos, mimos y
caricias. Los nios brincaban alegres en un florecer magnfico de
ensueos y sonrean confiados en el umbral de la vida. Slo Juan y Jess
yacan abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su
refugio. Jess, doliente, contemplaba el espectculo de la alegra
ajena. Juan, ms resuelto, le brind, en un gesto afectuosamente
fraternal, sus brazos.

Pero Jess, por primera vez, le rechaz, e incapaz de resistir ms,
refugise a llorar en un rincn.

       *       *       *       *       *

Typographical errors corrected by the etext transcriber:

Mulier quoe sola cogitat, male cogitat=> Mulier qu sola cogitat, male
cogitat {pg 26}

vociferendo descompuesta=> vociferando descompuesta {pg 27}

como si se abriese las puertas de la gloria=> como si se abriesen las
puertas de la gloria {pg 52}

como tengan eco en las _Losas_=> como no tengan eco en las _Losas_ {pg
73}

es hombre conciencia=> es hombre de conciencia {pg 97}

de lo que afirman=> de los que afirman {pg 113}

los milles de espectadores=> los miles de espectadores {pg 123}

trazas de rufan que de soldado=> trazas de rufin que de soldado {pg
126}

canturia de su voz=> cantura de su voz {pg 172}

lo que me inquietan=> lo que me inquieta {pg 244}






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electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
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liability to you for damages, costs and expenses, including legal
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
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opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
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with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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