The Project Gutenberg EBook of La voz de Espaa contra todos sus enemigos, by
Jos Mara Avils

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Title: La voz de Espaa contra todos sus enemigos

Author: Jos Mara Avils

Release Date: August 5, 2012 [EBook #40420]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE ESPAA ***




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En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en el
texto. (nota del transcriptor)





LA
VOZ DE ESPAA
CONTRA
TODOS SUS ENEMIGOS
POR
UN PATRIOTA

[imagen decorativa]

SEVILLA

Imp. de EL MERCANTIL, San Eloy 16.
1899.




_ LA MARINA

    Y AL EJRCITO ESPAOL:_


_Todas las deficiencias y fraudes, errores y debilidades que pueden
acumularse sobre una nacin, haban cado sobre Espaa en los ltimos
lustros, y el conflicto con los Estados-Unidos no ha hecho ms que poner
de relieve tanta miseria y podredumbre._

_Ya hasta los ciegos han visto que en nuestra patria existen muchas
instituciones y personalidades intiles y perniciosas, y otras que es
necesario restablecer y dignificar, si hemos de levantarnos de la
humillante postracin en que nos hallamos._

_Por menguados sabios y sectarios de la peor estofa se ha hecho creer 
la mayora del noble pueblo espaol, que lo pasado era la esclavitud y
la ignominia; lo presente la libertad, la honra y la paz, y lo futuro el
mayor engrandecimiento y la gloria de Espaa; y cuando al montono
arrullo de esta falsa cantinela poltica se haba dormido la nacin
espaola, la despert de su engaoso sueo el estampido de los caones
enemigos._

_Dnde estn nuestras escuadras? Qu ha sido de nuestras ricas y
hermosas colonias? Qu ha hecho el Gobierno de los inmensos tesoros de
que ha dispuesto? Cmo ha sacrificado la sangre de nuestra juventud?_

_Nadie contesta satisfactoriamente  estas dolorosas exclamaciones de
tantos espaoles afligidos y arruinados._

_Los agentes de la Revolucin, que por mote especial se llam la
gloriosa, y sus cmplices despus, han enmudecido para no confesar sus
culpas,  impuesto el silencio  la tribuna y  la prensa para que no
les acusen de autores de las prdidas y de la deshonra que ha sufrido
Espaa._

_No obstante los bajos deseos de esos polticos sin fe y sin
patriotismo, se han publicado ya notables opsculos y artculos sobre la
DEFENSA DE LA MARINA, APUNTES EN DEFENSA DEL HONOR DEL EJRCITO, LIJERA
CRTICA DE NUESTRAS CAMPAAS NAVALES, etc.; y en todos ellos se
demuestra tcnicamente que el Ejrcito y la Marina han cumplido con su
deber hasta de un modo herico; y que los polticos son los causantes de
nuestros desastres  infortunios._

_Nosotros, amantes de las glorias espaolas y de nuestro Ejrcito y
Marina, las defenderemos tambin en el curso de este trabajo; pero
incompetentes para seguir el mismo mtodo, alegaremos, en primer
trmino, razones del orden moral, histrico y jurdico,  fin de que se
conozca mejor el origen de todas nuestras terribles calamidades y el
remedio posible y oportuno que nos resta._

_Segn la prctica del sistema que nos ha conducido  tan espantosa
decadencia, no se puede exigir  los Gobiernos responsables ms
responsabilidad que la de su caida ignominiosa; y es necesario que todos
pensemos en lo que ha de sustituir  lo presente._

_Los llamados  regenerar  Espaa no han de ser polticos de oficio, ni
volterianos en la fe; y como el Ejrcito y la Marina no pertenecen 
ningn partido poltico, y en ocasiones solemnes han hecho sus jefes y
soldados pblica manifestacin de su fe catlica, y por cumplir sus
deberes han perdido sus vidas tantos valientes y otros han sacrificado
hasta sus prestigios personales; por todo esto es lcito considerarlos
como entre los llamados  regenerar  esta nacin desventurada._

_La disciplina militar, de la que tan brillantes pruebas ha dado el
Ejrcito y la Marina, aplicada en proporcin y forma conveniente  la
futura poltica, ser importante elemento de restauracin social._

_Esta esperanza patritica justifica en cierto modo el honor que tenemos
AL DEDICAR AL EJRCITO Y  LA MARINA este humilde trabajo: mas  ella se
une un recuerdo de otros tiempos y una conviccin de actualidad._

_Entre las proezas histricas del Ejrcito y de la Marina, lemos en
nuestra juventud LA VINDICACIN DE LA ARMADA ESPAOLA en el que llamaron
los poetas GLORIOSO DESASTRE DE TRAFALGAR; desde entonces no hemos
olvidado los nombres inmortales de Gravina, Churruca, Galiano, Alcedo,
Moya y Castaos, y nunca se ha extinguido nuestra admiracin  esos
valientes y el amor  la Marina y al Ejrcito; por esta causa, al
renovarse parecidos desastres  igual heroismo, queremos vindicar 
nuestra Marina y al Ejrcito de injustas acusaciones, y dedicarles el
testimonio de nuestra leal consideracin._

_Cumpliendo este deber de justicia y de patriotismo, nos embarga el
temor de que nuestros esfuerzos no correspondan  la grandeza del fin
propuesto y  lo que exigen las necesidades actuales; y sentimos con
toda ingenuidad que otros ms competentes  ilustrados no hayan
acometido este laborioso empeo en el orden preciso, para que resultara
mejor defendida la causa de la verdad, de la justicia y de la patria,
que es la causa de todos los buenos espaoles y de lo porvenir de
Espaa._

_Llenos de confianza, esperamos que el Ejrcito y la Marina se dignarn
aceptar esta dedicatoria respetuosa de un espaol que desea servir  su
patria con la bravura y la fidelidad con que le han defendido y servido
tantos mrtires de su deber, en la guerra ms incua y torpe que ha
presenciado nuestro siglo._

El Autor.




ADVERTENCIA


La mayor parte de los sombros y dolorosos cuadros que forman este
pequeo libro, fueron escritos bajo la impresin de los acontecimientos
que en ellos se refieren y comentan.

Habiendo perdido algunos esa novedad que dan  los sucesos los
accidentes y las convulsiones de la lucha, cuando todava se oyen los
lamentos de los moribundos y la resonancia de los desastres y de la
victoria, dudamos si sera conveniente su publicacin,  aumentar con
los originales el legajo de los escritos en que solemos guardar los
recuerdos y las observaciones de la experiencia.

En medio de esta duda nos hemos preguntado.

Para determinar el origen y las causas inmediatas de tantos males como
aflijen  Espaa, y resolver las graves cuestiones que actualmente la
agitan, hace falta nuestro trabajo?

Creemos que no: y si fuera til un nuevo escrito sobre hechos y
problemas tan importantes, no nos consideramos llamados  darlo  luz,
ya por nuestra insuficiencia, ya porque no alcanzara xito alguno
favorable.

Tienen los hombres y las sociedades  la vista la suprema direccin de
la Iglesia Catlica; tienen los principios de la moral, de la justicia y
del derecho; tienen abundantes lecciones en la historia contempornea y
en los sucesos actuales; y si no quieren someterse  las enseanzas
infalibles de la Iglesia, ni poner en prctica las reglas seguras de la
moral, aplicadas  la justicia,  el derecho y  la poltica, ni tomar
de lo presente y de lo pasado lecciones para lo porvenir, quin podr
encausar el torrente de las pasiones humanas, desbordado por la
Revolucin? Y quin someter  el yugo de la verdad y de las leyes
justas  los hombres, que por sistema las rechazan, sin temor  nuevas y
tremendas calamidades?

Y si no se quiere oir la voz poderosa y autorizada que viene de las
alturas, qu atencin se prestar  la dbil y privada que se levanta
enmedio de la multitud?

Estas consideraciones han pesado tanto en nuestro nimo, que nos
hicieron desistir una vez ms de la publicacin de estos apuntes.

Ha sido preciso que, observando un da y otro da el rumbo que lleva en
nuestra patria la poltica, viramos claramente, _que no tienen remedio
los males de Espaa_, sino hay en ella un cambio radical en los
principios, en los procedimientos y en la orientacin de la poltica y
de los polticos; para demostrar esta verdad con los hechos pasados que
nos han trado al estado presente, publicamos nuestros juicios  este
fin dirigidos.

Despus de nuestros grandes infortunios, es general el deseo que tienen
manifestado los espaoles de que Espaa sea regenerada: hasta los
gobiernos han hecho sus _nuevos programas_ de la regeneracin.

Pero es preciso conocer que ni Silvela, ni Sagasta, ni ste ni el otro
partido, con sus falsos principios, gastados procedimientos y
aspiraciones insensatas, _quieren, ni pueden, regenerar  Espaa_.

Los causantes de nuestra decadencia manifiestan grande inters en que se
olviden sus culpas y las prdidas que hemos sufrido y no se depuren las
responsabilidades; y por lo mismo ha de ser mayor nuestro empeo para
presentarlas al pblico en forma de juicio moral y de defensa de los ms
sagrados intereses de la nacin.

Al hacerlo, sin prejuicios ni odio contra las personas y las
instituciones dignas, creemos cumplir un deber de conciencia y de
patriotismo, y _nos hacemos eco de las desgracias y de las necesidades
de nuestra amada Espaa_.




I

     La voz de Espaa.--Los ideales.--Carcter del pueblo espaol y su
     degeneracin.--Idem del americano, deducido de su breve
     historia.--Elogios que se han tributado  los Estados-Unidos.--La
     venta de Cuba.--La guerra popular y Mac-Kinley conquistador.


Ofendida en su honor, menospreciada en su autoridad soberana, en sus
derechos atropellada, calumniada en su ejrcito y hecha el ludibrio de
las naciones por las fciles victorias de sus enemigos y el injusto
despojo de sus colonias, la noble y valerosa Espaa, herida, pero no
muerta, se levanta de la postracin y del cieno en que la han sumergido
las faltas de sus hijos y la codicia de sus adversarios y eleva su voz
contra todos sus enemigos exteriores  interiores.

_Voz de indignacin_ por las provocaciones, calumnias  injurias de los
Estados-Unidos, que fingindole amistad y respeto  su soberana en las
colonias, se han manifestado despus sus mayores enemigos.

_Voz de dolor_ por la guerra injusta que le declararon cuando se estaba
desangrando en medio de las insurrecciones parricidas por ellos
alentadas; y de mayor dolor por las imprevisiones y torpezas de su
Gobierno en defenderla de sus prfidos enemigos.

_Voz de desolacin_ por las inmensas prdidas que ha sufrido en su
honra, en el sacrificio de sus hijos, en sus bienes y en su territorio.

_Voz de afliccin_ por la ingratitud y los crmenes de tantos espaoles
que han sido desleales y por la falta de energa y de abnegacin en sus
gobernantes.

_Voz de queja_ por el abandono en que la han dejado las naciones
civilizadas y por los auxilios prestados  sus enemigos.

_Voz de justicia_ contra todos los que contribuyeron  su abatimiento
moral y  su material runa.

_Voz de esperanza_ por la que abriga en el amor de sus buenos hijos,
deseosos de su regeneracin.

_Voz de temores_ por la falta de patriotismo que ve en muchos de sus
ciudadanos que,  no sienten sus tribulaciones,  sacrifican todos los
intereses nacionales para continuar gozando de las ventajas del poder, 
de una falsa libertad.........

Quin no oye en medio del silencio que han producido los desastres y
las runas de la ltima guerra, estas voces de nuestra afligida patria?

No basta, empero, oirlas: es ahora un deber sagrado de todos los
espaoles el estudiar estas palabras, tan sentidas como elocuentes, tan
dolorosas como llenas de grandes enseanzas para lo porvenir.

       *       *       *       *       *

Los filsofos proclaman sus ideales, y los polticos que no son
filsofos tienen por un deber aplicar  la sociedad aquellos ideales que
consideran ms tiles y prcticos: en el ideal de la belleza inspiran
sus obras los artistas, y en el de la virtud los que desean ser justos,
y todos los hombres persiguen en la vida algn ideal  con l suean.

Lo ideal es la forma de la inteligencia, la aspiracin del corazn
humano, la vida de la razn, la atmsfera superior que envuelve el
universo.

Pero no todos los ideales son verdaderos: unos representan los delirios
de las pasiones humanas, otros el espejismo de la felicidad, y no faltan
ideales para los ms absurdos sistemas. La edad de oro cantada por los
poetas ofrece mentidos ideales  los utopistas, y los progresos de la
civilizacin y de las ciencias sin Dios dan atrevidas alas  el
pensamiento del hombre y lo elevan hasta las regiones de lo infinito
para precipitarlo despus en los abismos de la idea hegeliana  de lo
absoluto de Schelling.

El ideal verdadero fu revelado  los hombres desde el principio de los
tiempos: se manifiesta en nuestra conciencia, lo conocemos por la
tradicin y por la fe, lo realizan los justos y tiene su ms excelente
expresin en las verdades catlicas. Fuera de l no hay ideales
sublimes, y los que en el mismo no se concentran no pueden ser bellos,
ni justos, ni laudables.

Cuando la mente humana contempla ese ideal, sintetizado en el Evangelio,
enseado por la Iglesia y viviente en el espritu cristiano, reconoce
que tiene su origen en Dios, principio de toda verdad y de justicia
eterna y fuente de todas las ideas que engrandecen y dignifican  los
hombres.

Las leyes de la afinidad unen las partes del mundo fsico; las de la
gravitacin sostienen los globos en el espacio y las del equilibrio
impiden que el orden universal sea perturbado; y todas estas leyes son
manifestaciones de las ideas creadoras existentes en la mente divina.

Y de un modo semejante, todo lo que hay de necesario, de estable, de
hermoso y de sublime en el orden moral, est encadenado y depende de ese
ideal supremo que contiene la verdadera religin, la autoridad legtima,
sanciona el deber, armoniza la libertad humana con los preceptos divinos
y las leyes naturales y positivas, seala el camino  el progreso y
perfecciona la civilizacin: y todas las naciones y gentes que no
inspiran en ese admirable ideal su legislacin, su derecho y sus
costumbres, ni pueden formar un pueblo equilibrado, ni ser justas, ni en
verdad, libres, ni humanitarias.

       *       *       *       *       *

En toda la redondez de la tierra y en todos los siglos no se ha visto
una nacin como Espaa que se haya inspirado mejor en el ideal de la
justicia, del derecho, de la moral y de la religin: por eso sus guerras
fueron justas y legtimas sus conquistas; sus caudillos fueron
religiosos y caballeros, como sus magnates; y sus reyes se llamaron
catlicos; y  tanta altura se elevaron las leyes del honor y de la
humanidad entre nuestros antepasados, que los plebeyos parecan
hidalgos, y stos como los ms nobles caballeros.

Nunca Espaa fu agresora, y cuando fenicios y cartagineses, romanos y
sarracenos invadieron sus comarcas, brotaban de su suelo guerreros
valerosos como Indibil, Viriato y Sartorio, que por su heroismo en
defender sus hogares, infundieron temor  las legiones romanas y
emularon las hecatombes de Sagunto y de Numancia.

Los brbaros del Norte no pudieron dominar en Espaa sino hacindose
espaoles; y sepultado su imperio en las funestas aguas del Guadalete,
el indmito valor de los iberos levant en Covadonga el estandarte de la
reconquista, que al cabo de ocho siglos lleg triunfante  las almenas
de Granada.

Si las armas victoriosas de Espaa llegan hasta el Oriente, entran en
Orn, vencen en Pava y San Quintn y combaten en Flandes, siempre la
causa de la religin, de la justicia, del derecho y de la humanidad, es
la que las mueve y las gua.

Espaa no ha hecho guerras de conquistas para dominar  los pueblos y
enriquecerse con sus tesoros; y sin duda, por la alteza de su espritu y
de su generosidad, la Providencia le seal nuevos derroteros en los
mares y la hizo Seora de dos mundos.

Como apstoles, ms que como guerreros, fueron  Amrica los espaoles.

Isabel I no vendi sus alhajas para conquistar un nuevo mundo, ni Coln
gui sus carabelas por el _Ocano tenebroso_ para avasallar  los
indios, sino para descubrir tierras remotas en donde fuera extendido el
reinado de Jesucristo.

Si luego Hernn Corts, Francisco Pizarro y Vasco-Nez de Balboa
conquistan el imperio de los Incas y de los Astecas, fu principalmente
para desterrar de ellos la idolatra y los sacrificios humanos y plantar
el rbol de la cruz all donde se adoraba al sol.

Antes de someter por las armas al emperador de Mjico, procur Hernn
Corts convertirlo  la verdadera fe y le hablaba de la religin
cristiana como un misionero; y lo mismo hicieron todos los grandes
capitanes donde entraban con sus estandartes: pero ms que  ellos se
debi la conquista y la sumisin de Amrica  los religiosos
predicadores del Evangelio que, con su celo y caridad para con los
pobres indios, hicieron amable la dominacin espaola y la religin que
los libraba de su ignorancia y de sus vicios y los protega y defenda
de todos sus enemigos.

No se debe inculpar  Espaa el pandillaje y los desmanes que cometieron
en Amrica los aventureros que todo lo explotan en provecho propio: lo
que hay que atribuirle es la gloria de haber civilizado al continente
americano, llevando  l su religin y sus costumbres y el espritu de
sus sabias leyes, representado en el inmortal Cdigo de las Indias.

La solicitud de los monarcas espaoles por el bien de sus nuevos
sbditos; las limitaciones puestas  los abusos de sus virreyes y
gobernadores mediante los juicios de residencia; los establecimientos de
enseanza y de caridad que por todas partes se fundaban, y la grande
influencia que los Obispos y misioneros ejercan por su religin y por
sus virtudes entre los indgenas, todo esto contribuy para que en poco
tiempo las colonias y las muchas ciudades fundadas por los espaoles se
igualaran  la Metrpoli, y en ellas floreciera la cultura y la
civilizacin de Espaa,  la sazn la primera de Europa y del universo.

Se puede afirmar, que as como ninguna nacin ha tenido ms colonias que
Espaa, tampoco ninguna las ha regido y gobernado con ms justicia y
equidad, llevando  ellas su mismo espritu, elevacin de ideas y
sentimientos por el sistema maternal de la asimilacin y no por el de la
explotacin mercantil, como lo hacen otras naciones.

       *       *       *       *       *

Mucho se ha hablado en estos ltimos tiempos de la decadencia de Espaa
y de las causas que la han producido hasta llegar  la presente runa y
humillacin.

Cada uno juzga acerca de ella segn el criterio de la escuela  de los
partidos en que, por desgracia, se encuentra dividida nuestra patria.

Para unos, la decadencia de Espaa se debe  el absolutismo de los
reyes,  la expulsin de los judos y de los moriscos y  la
intolerancia y al fanatismo: para otros, las causas fueron las guerras
de religin y el empeo en sostener la soberana en extensos
territorios, gastando la nacin en las colonias y en la guerra de los
Pases Bajos las fuerzas y los capitales que debi emplear en la
agricultura y en la industria de la pennsula: y para algunos, que se
fijan en otras causas ms prximas, han sido los indolentes reinados de
Felipe IV y de Carlos IV y el poder arbitrario de sus favoritos el conde
duque de Olivares y el prncipe de la Paz, juntamente con el atraso
intelectual y comercial en que qued Espaa el siglo pasado y las
vacilaciones de Fernando VII al principio del actual y la prdida de
nuestras posesiones en el continente americano.

Los secuaces de estas opiniones parece que olvidan de propsito el
infausto reinado de Carlos III y la influencia que en l tuvieron los
Grimaldi, Esquilache con el masonizante conde de Aranda, brazo de la
expulsin de los jesutas, que priv  la juventud de sus mejores
maestros; y olvidan  los Moinos y Campomanes, que completaron la obra
del famoso Conde, como legulellos enciclopedistas.

Nadie puede negar que con el llamado absolutismo de algunos de nuestros
reyes, sin judos y sin moriscos, con la santa Inquisicin y reyes
indolentes  ineptos favoritos, sin grande industria, ni comercio,
Espaa no dej de ser una nacin de primer orden, importante y
respetada, hasta contar con ella las dems naciones para humillar al
Coloso de este siglo.

En la guerra de la Independencia di Espaa todava  el mundo pruebas
de su carcter, de su poder y de lo que es capaz un pueblo unido por los
sentimientos de la fe y del patriotismo.

No tena un gobierno fuerte y prudente al ser abandonada por su rey
dbil, pero entonces existan todava las clases sociales y el pueblo
espaol, existan el valor y el carcter nacional y la fe y el
patriotismo de nuestros gloriosos tiempos, y salimos victoriosos de tan
grande empresa.

Algo nuevo debe haber entrado en Espaa, cuando despus de lo que nos
haba hecho grandes  invencibles, se ha ido perdiendo todo.

ltimamente no nos quedaba ms que el patrimonio de nuestra legendaria
historia, el valor y el honor proverbiales, que se comprometieron y se
han eclipsado en la ltima guerra.

Adornaban el carcter de la nacin espaola, la hidalgua castellana, la
tenacidad de los aragoneses, el ingenio cataln, la constancia
valenciana, el entusiasmo andaluz, la audacia extremea, la
caballerosidad manchega, la fidelidad de los gallegos, la lealtad de los
asturianos, la nobleza de los vascongados, la fortaleza de los navarros,
es decir, todas las virtudes cvicas elevadas por la fe y por el valor
de todos al herosmo que haba hecho del pueblo espaol, un pueblo
catlico, noble, invencible, porque obedeca  los supremos ideales de
la religin, y  las leyes de la justicia y del honor.

Con la invasin de las doctrinas revolucionarias  impas ha perdido
Espaa su espritu nacional; y con la propagacin de la secta masnica y
de los errores del liberalismo, se han desterrado la mayor parte de las
virtudes pblicas y privadas, que eran nuestra gloria; y el carcter
espaol ha degenerado tan notablemente en el siglo actual, que ya es
completa nuestra decadencia.

Cuando tenamos el espritu, las virtudes y el carcter nacional, nunca
nos falt la fuerza para vencer  nuestros enemigos.

Ahora, un pueblo de mercaderes, incuo y egoista, nos ha envuelto con
su astucia y con su fuerza abrumadora y medios nefandos nos ha vencido.

Espaa no poda sufrir mayor humillacin que la de caer  los pies del
pueblo americano, ni ste, en su codicioso orgullo, ha podido tener
satisfaccin ms completa que la de despojar  nuestra patria de sus
ricas colonias, injuriar sus blasones y marchitar los laureles de su
historia.

       *       *       *       *       *

Para conocer la verdad de estas aseveraciones, conviene tener  la vista
un resumen de la pequea historia de los Estados-Unidos, que nos dar
una idea de sus tendencias, de su espritu y de su carcter nacional.

Los espaoles haban ya prodigado por muchos aos su sangre, su valor,
su ilustracin y su caridad en Amrica para convertirla  la religin,
civilizarla y someterla  la soberana de Espaa; cuando llegaron al
Norte los primeros emigrantes de Inglaterra que, como los de otras
naciones, iban en busca de las riquezas del Nuevo Mundo.

Conocida la fertilidad de aquellos inmensos territorios, Jacobo I, di
en 1606 en cartas patentes  la Compaa de Londres, la parte meridional
y la septentrional  la de Plymouth: estas Compaas fueron el plantel
de las colonias inglesas, y fu desde el principio la ms importante la
formada por los Padres Peregrinos de Nueva Inglaterra, clebres
puritanos que salieron de su patria en el buque _Flor de Mayo_.

Bien se ve que,  la formacin de dichas colonias, presidi el espritu
de lucro y el de la fantica hereja del puritanismo.

En su creciente desarrollo, despus de siglo y medio, se vieron
detenidas por las colonias francesas del valle de Misisip; las
combatieron con las armas y se apoderaron de ellas.

Como Inglaterra haba ayudado  sus colonias en la guerra contra las de
Francia, para resarcirse de los gastos hechos, vot en 1764 la ley del
papel sellado, que introduca restricciones en el comercio con las
colonias. La de Virginia se neg  pagar un impuesto que no haba
aprobado. Y desde entonces, secundada por las dems colonias, empez la
lucha con la Metrpoli, _sta por cobrar y las otras por no pagar_.

En vano Inglaterra transform el impuesto ponindolo sobre el te, el
papel, el cristal y otras mercancas, que importaban sus colonias; stas
no quisieron admitir los barcos en sus puertos,  arrojaban al mar las
cajas de te y los dems artculos.

Con este motivo la guerra de la emancipacin se declar formalmente en
1775 con el combate de Lexington, la batalla de Barken-hille y el asedio
de Quebec, que tuvieron que levantar los americanos por la muerte de
Montgomery.

Entonces Toms Payne, con su folleto titulado _El Buen sentido_, reanim
el espritu de las colonias para sostener la lucha que, con el auxilio
de los franceses mandados por Lafayet, les di la emancipacin completa
en 1783.

Washington fu el alma principal en los combates y despus en la
organizacin federal de las colonias emancipadas,  las que dot de una
Constitucin prudente y slida, que le ha dado ms fama que sus
victorias y por la cual hace ms de un siglo se rigen los
Estados-Unidos.

La historia propia de stos, podemos decir que empieza con la
emancipacin de las trece colonias inglesas, que se erigieron en otros
tantos Estados,  los cuales se han unido  anexionado despus otros
treinta, que con los anteriores forman al presente la gran Repblica.

Muchas de estas agregaciones no se han hecho sin violencia y sin notoria
injusticia.

Con la guerra de 1813 se extendieron por las posesiones inglesas del
Oriente; y si Espaa les cedi la Luisiana, le fu arrebatada gran parte
de la Florida, cuando el ao 1810 invadieron los americanos las ciudades
de San Marcos y Pansacola, quedndose despus con toda la pennsula por
el tratado de 1819, que los hizo dueos por el Medioda hasta el mar de
las Antillas.

Por el Norte, muchas tribus de los pieles rojas han pagado con su vida
el delito de haber nacido en territorio ambicionado por vecinos
poderosos.

Y Mjico, ya teniendo que cederles la California, ya sufriendo el
despojo de las provincias de Texas, ha contribudo por el Occidente  el
engrandecimiento de los Estados-Unidos, que dueos al fin del Alaska y
de otros territorios por compras y conquistas, se enseorean entre los
dos ocanos y los hielos de la baha de Hudson y de las templadas brisas
del golfo mejicano.

Y no satisfechos con tantas adquisiciones, rapias y exterminios de
tribus realizados, se propusieron arrojar  Espaa enteramente de
Amrica, por ella descubierta y en gran parte civilizada.

Con lo dicho basta para que se comprenda que los Estados-Unidos
conservan su carcter de origen y que forman un pueblo de mercaderes y
negociantes, sin otras aspiraciones que las del vil inters; y aunque
las cubran con la mscara de los sentimientos humanitarios, de la
libertad, de la justicia y de la moral, no son ms que impulsos del
engrandecimiento propio, de una codicia insaciable y de la ms
desenfrenada ambicin.

En los Estados-Unidos todo se mueve por el resorte del inters: la
misma clebre guerra de secesin no tuvo otro origen; y vencidos los
intereses del Sur por los del Norte con la libertad de los esclavos, el
presidente vencedor Abrahan Lincoln fu asesinado una noche al salir del
teatro. Sus enemigos no le perdonaron el quebranto que les haba hecho
sufrir en sus negocios.

Con una historia de ayer, sin literatura nacional, ni ciencia
especulativa, ni moral verdadera, los amantes de estos estudios, se
dedican  escribir la historia de Europa, como Prescott, de nuestra
literatura, como Thignoc,   combatir la moral en la religin, como
Drapper.

Toda la grandeza de los Estados-Unidos tiene un aspecto material: sus
adelantos son mecnicos y sus ciencias favoritas las naturales; y como
no se nutren de ideas verdaderas, han comenzado  degenerar en medio de
tanta prosperidad, apartndose del espritu y de la letra de su
Constitucin y de los lmites que la doctrina de la libertad y del
respeto  la independencia de los pueblos les tena prescritos.

       *       *       *       *       *

El observador atento  imparcial, que se fija en los verdaderos
intereses de la justicia y de la humanidad, no ve en la breve historia
de los americanos del Norte, hechos notables dignos de alabanza.

Por qu, pues, se han hecho y repetido tantos elogios de los
Estados-Unidos?

Por ventura han descubierto otro Nuevo Mundo,  trado  la
civilizacin elementos nuevos, que libren  los hombres de las miserias
de esta vida y los hagan mejores?

Nada de esto han realizado: y sus inventos, con ser tan prodigiosos, no
pueden compararse con los que ya posea Europa; y por cierto que no se
les elogia porque hayan perfeccionado algunos  hecho ms til
aplicacin de otros.

Lo diremos en tres palabras:  los Estados-Unidos se les han tributado
tantas alabanzas, porque nuestro siglo ama al becerro de oro, acepta con
facilidad servil las opiniones corrientes y aborrece la religin
positiva.

Como poseen inmensos y frtiles territorios, bosques vrgenes, minas
abundantes y rios navegables, no es extrao que con el trabajo, la
industria y el comercio, se hayan enriquecido, y sus grandes capitales
llaman la atencin de los pobres del Viejo Mundo. Muchos aman  los
Estados-Unidos por la sola razn de que son riqusimos.

Otros los admiran porque han odo celebrar la amplia libertad de que
gozan all los ciudadanos, no slo en la emisin de sus opiniones, sino
en el ejercicio de su soberana; y en particular encomian el respeto y
la obediencia que todos tienen  las leyes y  la polica.

Antes de que mediara el presente siglo, muy pocos conocan en Europa la
vida, las costumbres, la libertad y la legislacin de los
Estados-Unidos; pero dos emigrados franceses vivieron all algunos aos,
y no lo pasaran muy mal, cuando al regresar  Francia escribieron sus
obras elogiando al pueblo que haban abandonado.

M. Renato Laboulaye escribi su _Historia de los Estados americanos_, y
M. Enrique de Tocqueville las suyas de la _Democracia en Amrica_ y del
_Sistema penitenciario de los Estados-Unidos_.

Si inspir estas obras el amor  la verdad,  el deseo de propagar en
Francia la democracia, cuando se avecinaba la Revolucin de Julio, no es
fcil averiguarlo; lo cierto es que alabaron los franceses  los
americanos, y esto bast para que se extendiera la opinin favorable, y
para que nuestros Roque Barcia, P y Castelar, pusieran por cima de las
nubes  la gran Repblica, querindonos hacer  todos federales y
felices con la democracia.

Ms adelante veremos el valor que tienen esos sistemas practicados por
los americanos. Los hechos son ms elocuentes que las palabras, y sobre
todo, los ltimos acontecimientos condenan en los Estados-Unidos lo que
hubiera laudable en sus leyes y costumbres.

Espaa ha tenido mejor sistema penitenciario que los norteamericanos;
era el preventivo que nunca permita el lynchamiento que ellos
practican.

Y para acabar estas consideraciones, slo diremos: que con razn alaban
los impos, los masones y muchos liberales  los Estados-Unidos, porque
all, como el Estado no tiene religin,  se contenta con la natural, se
pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores
barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible
censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los
amigos de la _conciencia libre_.

Despus de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasin
de nuestros enemigos, veremos si queda en Espaa un hombre de buen
sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos
 los Estados-Unidos.

Completaremos este cuadro con algunos datos histricos relacionados con
la guerra que empez por arrebatarnos la isla de Cuba.

       *       *       *       *       *

Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para
conseguir, mediante compra, la anexin de Cuba  los Estados-Unidos. Los
presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha haban ponderado
la conveniencia de esa adquisicin.

M. Adams prevea bien la dificultad de la anexin por medios violentos,
y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas 
impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba  Espaa, ofreci 
nuestro gobierno un emprstito importante, hipotecando las rentas de la
isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasin de
apoderarse de la hipoteca.

Los clculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los
polticos _yanquis_ desistieron de su propsito, sino que esperaron la
oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.

Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las
naciones de Europa sufran tremendas convulsiones revolucionarias, y el
embate del huracn azotaba  Espaa, entonces el ministro norteamericano
en Madrid, M. Saunders, recibi el encargo de reiterar las proposiciones
de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.

M. Saunders, que conoca bien la diferencia que hay entre un _yanqui_ y
un espaol, no se atrevi  cumplir el encargo, y fu preciso que
Buchanan le amenazara con la destitucin para insinuarse al general
Narvez, que era presidente del Consejo.

El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos
datos, supo reprimir la impetuosidad de su carcter, y  pretexto de que
l no entenda de estas cosas, envi  M. Saunders al marqus de Pidal,
ministro de Estado.

En la primera entrevista se mostr muy diplomtico, pero en la segunda
crey que poda arrojar la careta diplomtica y contest al embajador de
los Estados-Unidos:

No me es permitido oir hablar de este asunto: hndase Cuba en el
Ocano: cbranla las olas antes de cederla  otra potencia!

En 1853 reanudse la interrumpida gestin por otro ministro del gobierno
americano, M. Soul, que era un francs naturalizado, y aunque de algn
talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fu muy desairado en
Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas
contra los altivos espaoles.

En 25 de Abril de 1854 recibi plenos poderes del presidente para
negociar con el gobierno de S. M. catlica la cesin de la isla de Cuba
 los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.

En momento ms intempestivo no podan haberse otorgado semejantes
poderes. El desairado embajador crey llegada la hora de intimidar 
Espaa con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado,
M. Marcy: que era necesario recurrir  la fuerza para obligar al
Gobierno de Madrid  entrar en negociaciones.

Ms cautos y conocedores del carcter espaol, el presidente y el
ministro de Estado, insistieron en que slo por el camino de la
moderacin y de la prudencia se podra llegar al trmino apetecido.

Mucho despus, el presidente Jonson, en su mensaje del ao 1867, dijo:
Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias
Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los
estados del continente, incluso el nuestro; convengo tambin con ellos
en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la
gravitacin poltica.

Y Cleveland, en el mensaje del 96, deca: Se ha sugerido al gobierno la
idea de que los Estados-Unidos podran comprar la isla: sta sera digna
de consideracin si se encontrase Espaa dispuesta  discutir este
punto.

El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debi ver las cosas y los
ltimos gobiernos espaoles del mismo modo, cuando se volvi  hablar
de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debi pensar con
los suyos: _que era ms breve el tomarla de cualquier modo_.

Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de
Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron _sesenta
y tres expediciones filibusteras_ para fomentar y sostener las
insurrecciones, tan ruinosas y mortferas para la isla, como para
Espaa.

Y ltimamente, el Sindicato de la misma ciudad, bajo los auspicios de
Mac-Kinley, hizo los postreros esfuerzos para asegurar por medio de la
guerra sus capitales con la adquisicin de la garanta que se les haba
ofrecido.

       *       *       *       *       *

Espaa ha sido vctima de una especulacin comercial? Era legtima la
constante aspiracin de los Estados-Unidos por adquirir la isla de Cuba?
Cmo se hace popular una guerra injusta en una nacin de 75 millones de
almas?

Importa mucho estudiar y conocer estos fenmenos de los pueblos libres.

Sin duda, Espaa ha sido vctima de algo ms de lo que supone un negocio
mercantil.

No ha sabido, ni por ltimo ha podido contrariar la ambicin de los
Estados-Unidos: tantas eran sus culpas que el honor nacional no poda ya
cubrir con su gloriosa bandera.

La guerra lleg  hacerse tan popular en la gran Repblica, que
Mac-Kinley, para llegar  la presidencia y sostenerse en ella, tena que
desplegar el pendn de la conquista.

El hombre de negocios, el autor del _bill de Aduanas_, el pacfico
ciudadano, se ha visto en la necesidad de emular las hazaas de
Alejandro, de Csar y de Napolen, y sin salir de su casa blanca de
Washington, contraer mritos suficientes para que le llame la historia:
Mac-Kinley el conquistador.

[imagen decorativa]




II

     Voz de indignacin...--Importancia de la guerra para Espaa y para
     los Estados-Unidos.--Causas de la guerra.--El pueblo espaol y su
     gobierno.--Los primeros desaciertos.--Cobarda monumental.--Duelo 
     primera sangre.--Ellos y nosotros.


Las afrentas y las calumnias, al par que las injusticias y los
atropellos, no causan el mismo efecto cuando se hacen  un pueblo
ignorante y brbaro, que cuando se dirigen  una nacin ilustrada y
noble, que sabe estimar su honra. Por este motivo fu tan grande la
indignacin que sinti Espaa al verse insultada y provocada al fin por
la incalificable agresin de la gran Repblica americana.

       *       *       *       *       *

Es preciso recordar algunos antecedentes para conocer en toda su
extensin la importancia que tena este conflicto, tanto para Espaa,
como para los Estados-Unidos, y por ampliacin para las dems naciones 
causa de su aspecto internacional y de la lucha de ideas, sentimientos 
intereses que representaba.

La mayor parte de este siglo la han empleado los hombres polticos de
Espaa en combatirse, ya con obras, ya con palabras, aceptando unos las
teoras modernas y las instituciones liberales, y defendiendo otros las
tradiciones, la fe y la verdadera libertad del pueblo espaol; y cuando
los primeros, dueos del gobierno por ms de sesenta aos, sin haber
tenido la suerte de engrandecer  la nacin con sus trabajos polticos,
ni de pacificarla con sus nuevas Constituciones, haban proclamado el
presupuesto de la paz para consagrarse  el fomento de los intereses y 
la prosperidad de la nacin, se encontraron con insurrecciones nuevas,
que todas las reformas liberales si no las provocaron, no pudieron
evitarlas.

Al gobierno liberal, autor de los mayores daos que venan arruinando 
nuestra patria, y heredero de todas las debilidades y corrupciones de
sus antepasados, le quedaba el ltimo recurso  que apelar, y cuando
nuevamente pretendi el poder, despus de lanzar  los cuatro vientos su
nuevo programa, lo puso en prctica, repitiendo: _la autonoma es la
paz_.

Y la autonoma concedida  Cuba y  Puerto Rico, fu la chispa que
aument el fuego de la insurreccin y el deseo de la independencia en la
isla de Cuba  hizo ms difcil la solucin del problema, que tenan en
sus manos los Estados-Unidos.

 la altura en que se encontraba la cuestin cubana, apoyada
pblicamente por nuestros enemigos, el resolverla por medio de un
expediente decoroso, salvando los intereses de Espaa, hubiera sido el
mayor triunfo para el Gobierno y la ms grande victoria que hubiese
hecho olvidar todos sus desaciertos y faltas pasadas.

Con el gobierno liberal quedaran salvados los procedimientos liberales,
las intenciones de sus ms ilustres representantes y hasta el rgimen en
lo que no tiene de falso y pernicioso; por esta razn entraaba tanta
importancia la guerra para nosotros: as es, que los gobernantes han
perdido en ella el poco prestigio que les quedaba; y juntamente con el
territorio acabaron de perder el crdito ficticio de sus doctrinas,
dejando por el suelo el sistema que ha trado sobre la nacin tantas
calamidades.

Era para ellos cuestin de honra y de vida, y la vida y la honra la han
perdido deplorablemente.

Para los Estados-Unidos tena tambin la guerra una grande importancia.

Desde su emancipacin han sido vecinales sus luchas; mas ahora, deseosos
de adquirir mayor influencia en el mundo, se propusieron arrebatar 
Espaa sus colonias, entrando en desigual batalla con una nacin
europea, sin consideracin  su buena amistad, ni  los ttulos
legtimos de posesin, ni al derecho internacional.

Los Estados-Unidos queran poner su civilizacin  la altura de la
civilizacin de Europa en lo tocante al derecho de la fuerza, como el
primero de los derechos, segn la frase de un clebre estadista: _le
premier droit le force_, y lo han conseguido haciendo sus brbaras 
injustas conquistas con el consentimiento de las primeras potencias del
mundo; y as han logrado entrar de lleno en el concierto de la
civilizacin moderna, usando del derecho de la fuerza, contra la fuerza
del derecho.

Si por un caso raro de la adversa fortuna hubieran fracasado en sus
ambiciosos proyectos, por lo pronto reinara entre ellos la mayor
confusin, y la culta Europa no contara con el _leal concurso_ de la
gran Repblica americana, para las clebres conferencias de la paz en La
Haya.

Por la grande preparacin que hicieron para la guerra y los medios que
emplearon tomando por aliados  los mismos insurrectos, hasta celebrar
con ellos convenios oficiales, que por cierto no pensaban cumplir, como
el celebrado con Aguinaldo por el consul americano de Singapoore, y
despus con Dewey, se puede comprender la importancia que daban los
Estados-Unidos  la guerra que iban  hacer  Espaa. El gobierno de un
pueblo tan grande no llegara  infamarse ni  recurrir  cierta clase
de tratos, sino mediando para l intereses de valor extraordinario.

Y cules eran estos intereses, que movieron  una nacin civilizada 
declarar  otra una guerra injusta, inhumana y hasta cruel, por las
circunstancias en que la ltima se hallaba?

El conocimiento de las verdaderas causas de la guerra, nos manifestar
la clase de intereses que perseguan los Estados-Unidos.

       *       *       *       *       *

Es comn sentencia de los filsofos, la de que slo llegan  el
conocimiento verdadero de las cosas, los que estudian y conocen bien sus
causas.

Vamos, pues, nosotros  exponer las causas de la guerra
hispano-americana y as podremos dar razn de sus lamentables
resultados.

 juzgar por los efectos, han debido concurrir motivos poderosos para
que se realizaran sucesos tan notables.

Pero juzgando por lo que  nuestra consideracin se ha presentado, vemos
que no existan esos _casus belli_, que de ordinario promueven las
guerras entre las naciones.

Espaa nada haba pedido, ni nada haba negado  los Estados-Unidos, y
stos la trataban como nacin amiga hasta la vspera de intimarle la
evacuacin de Cuba.

Dnde se encontraban las causas jurdicas de la guerra? En ninguna
parte, porque no existan.

Mas como el hecho horroroso se ha verificado, hay que referirlo  otras
causas, que son las causas morales.

Los sentimientos humanitarios y de amor  la justicia,  la libertad y 
la independencia de los pueblos, que luchan por ser libres, alegados por
los _yanquis_ para declararse primero  favor de los cubanos 
intervenir despus para librarlos del dominio de Espaa, se han visto
que no eran ms que pretextos y no mviles verdaderos.

Los Estados-Unidos amaban  Cuba, no  los cubanos. En ese deseo de
poseer la isla, que dejamos consignado en el prrafo de _la venta de
Cuba_, es en donde tenemos que reconocer la causa principal de la pasada
guerra, por parte de los norteamericanos.

En la historia de las guerras hechas por los anglosajones, se conocen
unas con el nombre de _guerras del te y del algodn_;  las que hay que
aadir ahora _la del azcar_.

Tenemos informes y datos suficientes para hacer esta afirmacin.

Los Estados-Unidos no producen ms que 900.000 toneladas de azcar y
necesitan 2.000.000 para su consumo. No queran, ya que son tan
poderosos, ser por ms tiempo tributarios de Espaa por los derechos del
azcar, del tabaco, ni por los del caf de Puerto Rico.

Aunque esto es verdad, no debemos admitirlo como causa exclusiva del
conflicto. Las causas morales son como los fenmenos meteorolgicos, en
los cuales entran varios elementos, que se desarrollan y producen
funestos resultados cuando en su marcha no hallan obstculos
disolventes.

Si Espaa hubiera podido contrarrestar la accin de los Estados-Unidos,
la guerra no estalla.

Pero nos vean cada ao ms dbiles y degenerados, y por esto, ciegos
por la ambicin y la codicia, se lanzaron como el guila hambrienta
sobre el indefenso cordero.

Mucho importa  nuestro propsito y nos ser fcil demostrar, que las
causas morales de la guerra han sido: _nuestra degeneracin, la
degeneracin de los Estados-Unidos y la de Europa; tres degeneraciones
que tienen un mismo origen_.

Al lector que juzga por lo enunciado ms que por la demostracin de la
verdad, creemos verlo sorprendido ante estas afirmaciones categricas y
generales.

Bien puede asegurarse, dir, que Espaa se encuentra degenerada; pero
decir lo mismo de Europa, y sobre todo, de los Estados-Unidos, si no es
un juicio errneo, tiene mucho de paradgico  de intencin odiosa.

Veamos quien est en lo cierto.

Degenera un hombre, una familia y una nacin, cuando se apartan de las
leyes y de la conducta que les dieron el ascendiente que tenan, el
poder y la prosperidad que gozaban, como se debilitan los organismos
vivientes al alimentarse de substancias extraas.

 los principios de la libertad y de la independencia,  las leyes del
trabajo y de la industria, y  las artes pacficas  inventos tiles,
han debido los norteamericanos su principal crecimiento, el desarrollo
de los capitales y la unin legal que disfrutaban viviendo en la
abundancia y con las grandes comodidades de una civilizacin y de un
progreso notables, ms por lo material que por lo moral y justo.

Ahora, sin que nadie pretendiera estrechar los lmites de sus fronteras,
ni impedir su comercio, ni turbar la paz interior de sus Estados,
construyeron buques, no para su legtima defensa, ni para llevar los
productos de su industria y de sus feraces campias  otras regiones,
sino para extender su podero por todas partes.

Han querido aumentar sus riquezas monopolizando los productos de otros
pases, que han robado  su legtimo dueo: al derecho de la libertad
unen el de la fuerza y el de la conquista: han dedicado sus buques  la
piratera, y sus ciudadanos libres sern en adelante mercenarios del
imperialismo.

Este es el principio de la degeneracin de un pueblo, que pasaba por
modelo de las naciones civilizadas.

No con razones propias  inventadas confirmaremos nuestros juicios, sino
con los testimonios de un honorable norteamericano, publicados en el
_Atlante Journal_.

M. Dupout Guerry, ha juzgado la conducta del gobierno y del pueblo
americano, y empieza por calificar la guerra con Espaa como _el crmen
del siglo_.

No disculpa las faltas cometidas por los espaoles en las colonias, y
dice: que los Estados-Unidos, con ms rpidos y efectivos
procedimientos, han llevado  cabo el robo, el asesinato y el incendio,
en incomparablemente mayor escala.

En cuanto  las causas de la guerra, afirma: que los americanos tenan
inters en que el conflicto no acabara por las vas pacficas. El mgico
resorte de tan diablico invento, no era otro que la sed de lucro y el
ansia de dominar. Cuba es rica y fcil presa. Nuestro gobierno que es un
_fragil mandatario_, tena que proporcionar destino  el ejrcito de
desocupados,  la carne atrasada,  los patriticos negociantes y
derramar beneficios en forma de comisiones y grados  toda la caterva de
talentos ignorados, tanto civiles, como militares, que no habiendo
podido entrar en el reparto consiguiente  un cambio de administracin,
hacen casi imprescindible una guerra que les ponga en el caso de ofrecer
sus servicios al pas y de que el gobierno aproveche sus aptitudes y
salve sus compromisos.

Las causas apuntadas, contina diciendo M. Guerry, no son las nicas
responsables.

Para desgracia de la paz, hay cierto eclesiasticismo en este pas
distinto del existente en Espaa y en Cuba. Hoy, como en los tiempos de
Adisson, profesamos la religin del odio y no bastante la del amor. La
ocasin presentada al protestantismo para atacar al catolicismo en uno
de sus baluartes, era ciertamente extraordinaria, sino _providencial_, y
por tanto, no deba desperdiciarse. Tentacin era sta demasiado fuerte
para los ministros de las sectas, por lo que unieron sus voces al
universal clamoreo por _la guerra  todo trance_, sin reparar en medios
ni pretextos.

Para tan laudable fin se inaugur una poltica de difamacin contra
Espaa, acompaada de las ms efusivas expresiones de admiracin por los
insurrectos de Cuba, y de amenazas de reconocimiento de beligerancia y
de intervencin por parte de los demagogos de ambas Cmaras y de la
prensa _jingo_, todo lo cual encontraba eco fiel en las columnas de la
prensa protestante y en la voz de sus ministros. Qu resultaba de todo
esto? Que Espaa se atemorizaba, la insurreccin cobraba nuevos vuelos y
la guerra civil, con toda su secuela de horrores, se prolongaba de
hecho, cuando n de propsito.

Sin impedir el filibusterismo,  pesar de la amplitud de nuestros
medios, antes bien, bajo la mscara de amistosa visita, el gobierno
enva el _Maine_  la Habana, intimidando as  una parte y animando 
la otra. Acaece la destruccin del acorazado y la prdida de la mayor
parte de su dotacin, y el partido de la guerra echa toda la
responsabilidad de la catstrofe encima (cmo no?) de Espaa. La
humanidad se estremece  la noticia del suceso.

En vano Espaa, ansiosa de paz y temerosa de las consecuencias de una
ruptura, paralizada de terror por tan malaventurada ocurrencia, propone
una investigacin mixta, el arbitraje, cualquier cosa, en fin, que el
inters de la humanidad y la justicia puede sugerir. Pero en los
Estados-Unidos prevalecen otros sentimientos y el partido de la guerra
ve con satisfaccin el pretexto que buscaba.  la proposicin de
arbitraje se responde con el nombramiento de una comisin investigadora,
escogida de antemano para que condene, y sin embargo, esa comisin no se
atreve  condenar por falta de pruebas. Gran desencanto y no poco
embarazo causa tal decisin. Pero se impone la guerra, con causa  sin
ella, y ya que Espaa no se resuelve  declararla, forzoso es que lo
hagamos nosotros mismos, pues la misma ausencia de motivo por nuestra
parte hace la idea de la paz ms intolerable.

La codicia, la ambicin de mando, la hipocresa religiosa, siempre  la
altura de las circunstancias, saben colocarse por encima de las naciones
en el terreno de la humanidad, de la civilizacin y del Cristianismo,
obligan  una nacin  ir contra su voluntad y sin fuerzas para medirse
con tan formidable adversario. Nuestro caballeroso y cristiano
presidente concede  su dbil y temerosa hermana la reina regente, como
l cristiana, tres das para evacuar por completo la isla,  pesar de
que bien saba ser cosa imposible de ejecutar, y por el crmen de dar 
nuestro representante sus pasaportes antes de que empiecen las
hostilidades, para que su retiro de Espaa sea menos peligroso,
precipita la guerra antes del perodo por l designado.

El nico y declarado objeto de la guerra era, por nuestra parte, la
pacificacin, liberacin  independencia de Cuba, tan cercana 
nuestras playas. Despus de todo, este objeto poda haberse alcanzado
ms fcil y prontamente, con ms lgica y menos gastos de sangre y de
dinero. El plan era sencillsimo: concentrar en la isla y sus aguas
nuestros ejrcitos y escuadras. Pero no. El primer golpe en defensa de
Cuba, de la humanidad, de la civilizacin y del Cristianismo, haca
imperiosa la destruccin de la escuadra de Montojo y la matanza de sus
hombres, que no estaban en aguas cubanas ni americanas, sino en Manila,
en los antpodas respecto de Cuba y del centro de nuestro gobierno.
Despus de Dewey toca el turno  Sampson, quien, no hallando flotas que
combatir, bombardea  San Juan de Puerto Rico, pues el entusiasmo por
la humanidad es irresistible. Viene luego la gloriosa conquista de
Guam, cuya guarnicin y habitantes no saben que hay guerra en
existencia, y tomando el bombardeo por saludo amistoso, se excusan de no
poder contestar por falta de plvora.

No quedando escuadras que destruir, y en nuestro poder Cuba, Puerto
Rico, Guam, etc., nos disponemos  atacar  Espaa en su terreno. Y
gracias  que pidi la paz, no sin haber nosotros suspendido operaciones
en Cuba para dirigirnos  Puerto Rico  toda prisa, pues no haba tiempo
que perder.

Y nos glorificamos y damos gracia  la Providencia por haber vencido 
una nacin pequea, pobre en comparacin nuestra, cargada ya de
pesadsima deuda; sus ejrcitos mal equipados y dispersos, sus buques 
propsito para servir de blanco  los grandes acorazados de la poca,
sola y sin amigos en el momento supremo.

Mejor haramos en entregarnos al ayuno y abrir nuestros corazones  la
penitencia, por los espantosos crmenes cometidos y que estamos an
cometiendo contra Dios y la humanidad.

Si Bob Fitzsimons, en un acceso de furiosa embriaguez, descargase su
brazo contra el primer vecino pacfico que encontrase al paso y despus
de derribarle le limpiase los bolsillos, tanta ocasin tendra como
nosotros de ponderar su valenta y dar gracias  Dios por haber escapado
milagrosamente del peligro.

No hemos querido extractar esta segunda parte del escrito de M. Guerry,
por ser elocuentsimo y dar idea exacta del espritu de los
Estados-Unidos y de los intereses que han buscado por medio de la ms
injusta de las guerras; y aunque la cita resulta extensa, nos ahorra
consideraciones importantes para declarar toda la indignacin que
debemos sentir los espaoles contra un pueblo tan poderoso como
miserable, tan inhumano como hipcrita.

Y ya que un ciudadano protestante llama  sus compatriotas _asesinos_,
_incendiarios_ y _ladrones_, bien podemos nosotros, catlicos y
espaoles, lamentar los excesos de la civilizacin moderna y sentir que
nuestro riqusimo imperio colonial haya cado, por culpa de nuestros
gobiernos liberales, en las manos groseras de esos vndalos del siglo
XIX y por medio del mayor de los crmenes.

No cabe, pues, la menor duda, que por parte de los Estados-Unidos, la
nica y principal causa de la guerra ha sido la ms vulgar, brbara y
desapoderada ambicin; y por nuestra parte, el abatimiento en que nos
hallbamos y la negligencia de los gobiernos.

Espaa no quera la guerra con la gran Repblica americana, porque
estaba cansada de luchar consigo misma, y slo deseaba se sofocasen las
insurrecciones coloniales para reponer sus fuerzas y descansar de las
fatigas que le haban proporcionado tantas convulsiones polticas y
contiendas civiles.

Pero no pueden gobernar bien una nacin, ni librarla con sus prudentes
determinaciones de los peligros que la amenazan, aquellos hombres que se
han elevado  las esferas del poder por medio de los pronunciamientos,
de las intrigas polticas y de sus propias ambiciones.

Es el gobierno del Estado una funcin de conciencia muy noble y ardua
para que la puedan desempear debidamente esos hombres, en los cuales,
la sed de mandar slo es igual  su audacia, y sta es superior  sus
talentos por grandes que sean.

El sistema liberal y el rgimen de la opinin, que es su engendro
propio, no considera estas verdades, y as sobre el pavs de todas las
conveniencias y de los intereses sagrados de la patria, de la justicia,
de la moral y hasta de la religin, confiere el poder  los hombres que
seran buenos en sus profesiones, pero que como gobernantes no pueden
ser ms calamitosos para los pueblos que tienen que sufrirlos.

Ni el seor Cnovas del Castillo con sus energas personales, ni con sus
despreocupaciones el seor Sagasta, han hecho otra cosa que debilitar la
nacin, hacerla vctima del caciquismo y de la inmoralidad, y exponerla,
primero  las injurias del Norte de Amrica y despus  su ambiciosa
rapacidad.

Esos hombres que nos han empequeecido, esos estadistas que nos han
arruinado, esos polticos que no han sabido gobernar  Espaa, ni
conducir la nave del Estado por entre los escollos para librarla de un
inminente naufragio, ignoraban, sin duda, aquellas consideraciones
polticas del conde de Mirabeau: deca este revolucionario del siglo
pasado, que constando  un gobierno los malos propsitos de otro, sin
ms motivos, lo deba tener como enemigo y como si la guerra se hubiese
declarado.

Este pensamiento no tiene novedad alguna; es la antigua sentencia que
dice: _si vis pacen, para bellum_.

Nuestros imprevisores y falsos gobernantes han venido haciendo todo lo
contrario.

Como si hubieran conquistado al mundo y puesto en paz toda la tierra, y
ceido sus frentes con el laurel de victorias inmortales, no cuidaban
ms que de las cosas de la paz, de dar y de conceder todo lo que no
alterase la paz, como si no tuviramos enemigos antiguos y ejemplos
recientes de sus malos propsitos; como si todos los hombres se hubieran
convertido en corderos en la pennsula y en las colonias; como si las
malas doctrinas y sectas perversas no fomentaran las insurrecciones, y
como si los Estados-Unidos hubieran desistido de querer la posesin de
Cuba; as no venan pensando nuestros gobiernos en otra cosa sino en
vivir _pacficamente_ y en hacer la felicidad de Espaa con el turno
_pacfico_ en el poder; con estos mansos propsitos, orden el seor
Cnovas all por el ao de 1878, se hiciera el convenio de Zanjn, para
acabar con la insurreccin de Cuba, ya casi vencida; pero por dicho
convenio no se extinguieron los grmenes de las futuras, que quedaron
alentados con el precio y la forma de la pacificacin y con los honores
dispensados  los principales jefes.

Con idnticos propsitos concedi por aquella fecha  los Estados-Unidos
todas las ventajas comerciales, y algunas polticas que le pidieron en
Cuba, y pag todas las indemnizaciones exigidas.

Con el mismo fin de conseguir la paz, otorga muchos aos despus, el
propio seor Cnovas, las reformas que haba considerado inconvenientes
para la isla y paga la clebre indemnizacin Mora: y ya durante la
ltima insurreccin parece que no se propone otra cosa ms que evitar
rozamientos con los norteamericanos y no darles el menor pretexto para
una declaracin de guerra: por este motivo se siguen atendiendo todas
las reclamaciones que hacen, y  gusto de ellas se resuelven las
cuestiones de la _Alliance_, del _Competitor_ y del _Laureada_: y aunque
el gobierno espaol saba que continuaban saliendo de los puertos
americanos nuevas expediciones para Cuba, no presenta reclamacin alguna
al gobierno amigo, que las consenta, si no las autorizaba; y en cambio
da severas rdenes  los comandantes de los buques de guerra para que
_sean muy prudentes_ y no se repita el caso del crucero _Conde de
Venadito_.

Mientras que esto sucede en Cuba, tenemos la suerte de que un valeroso
caudillo apague en Filipinas la hoguera de la insurreccin que dej
encendida el general Blanco; pero como haban de venir para Espaa todas
las desgracias juntas, el afortunado vencedor de los tagalos fu
sustitudo por Primo de Rivera, que en vez de acabar de extinguir el
incendio y de aventar las cenizas, las cubri con el pacto de
_Biagnabat_, para que los traidores, reconocidos en l como jefe,
pudieran en adelante, con ms prestigio, encender otra hoguera ms
espantosa.

La paz de Filipinas se celebr oficialmente, sin regocijo pblico.

La nacin no poda alegrarse con la paz comprada por ir perdiendo toda
la confianza en los gobiernos que no le daban la paz verdadera.

Por entonces se oy en Zaragoza una voz anunciando que la autonoma era
la paz.

El asesinato cometido en Santa Agueda da  esa voz el poder de conceder
la autonoma  Cuba y de proporcionar la paz deseada; y all se mand al
general Blanco, y la paz ni se encontraba en la manigua, ni apareca en
las cumbres de las montaas, ni nadie la vea por los horizontes del
mar.

Pero, al par de todo, nada haba que temer: el marqus de Pea Plata
estaba ya en la Habana; Primo de Rivera en Manila; Sagasta en Madrid,
presidiendo el Consejo de Ministros y Moret era ministro de Ultramar; el
partido liberal manda, la masonera impera, la nacin calla, y la
prensa, que haba censurado acerbamente al general Blanco, nada dice.

Es verdad que no tenamos formidables escuadras cuando se van 
necesitar, porque los presupuestos extraordinarios destinados para
ellas, los gast en parte Beranger en compaa de otros ministros y con
aprobacin de Cnovas, y el resto lo hech al agua.

Despus de todo, estbamos mejor sin acorazados, sin fortificar los
puertos, sin artillar nuestras plazas de guerra y sin preparacin
alguna.

La paz no haba de alterarse: as lo deca Moret, lo declara
oficialmente el Gobierno, lo creen los ministros, como Bermejo, aunque
todos los espaoles, que no haban perdido el sentido comn ni el decoro
nacional, entienden, ven, temen y esperan otra cosa.

Nos hallbamos en el perodo ms crtico y veamos que los gobiernos de
Espaa cuidaban mucho de no dar pretexto alguno  los Estados-Unidos; y
contra todo lo que era de esperar del carcter espaol y de nuestra
historia, suframos toda clase de injurias, humillaciones y exigencias
fuera del derecho, de la justicia y de las leyes del honor, llegando
hasta consentir una especie de intervencin  favor de los
reconcentrados; y apesar de todo, el gobierno no puede evitar la guerra.

Fu sta un fenmeno sin causa proporcionada?

No: que como hemos visto, existan las causas morales de la misma: la
ambicin creciente de los norteamericanos por poseer  Cuba y nuestra
debilidad, mayor cada da para poderla defender.

Entre los Estados-Unidos y Espaa estaba Cuba: los primeros se iban
cansando de no hallar ocasin oportuna para apoderarse de ella; la
segunda la vena defendiendo con tenacidad  inmensos sacrificios;
porque sobre ella era su soberana legtima y representaba  la vez las
glorias pasadas. Si bajo la bandera espaola prospera la autonoma y
termina la insurreccin, ya se les quitaba  los Estados-Unidos el
pretexto para intervenir y se les haca ms remota la esperanza de
apoderarse de la isla.

Mas se iban  eclipsar las glorias de Espaa y  derrumbar su imperio
colonial, y slo restaba una esperanza  los que teman estos grandes
males: la diplomacia poda impedir la injusta agresin que los
Estados-Unidos tenan ya anunciada y dispuesta contra Espaa.

Tratndose de evitar una cruenta lucha y un robo internacional, nada ms
justo y conveniente que la intervencin de las grandes potencias por
medio de sus diplomticos, representantes del derecho, del poder y de la
justicia de las naciones civilizadas.

En efecto: los diplomticos se mueven, toman en consideracin la
gravedad del asunto, reciben instrucciones de su gobierno y se reunen en
Washington los representantes de las grandes naciones de Europa; y
recibidos con las formalidades republicanas por Mac-Kinley en su
gabinete de la Casa Blanca, todos juntos, como buenos amigos, exponen
sus pareceres y al fin acuerdan:

Que veran con satisfaccin que los Estados-Unidos desistieran de mandar
 Espaa su _ultimatum_, porque no hallaban las razones de justicia ni
de derecho internacional, ni aun de conveniencia, por las cuales se
pudiera despojar  una nacin de parte de su territorio, sobre el cual
era legtima su soberana y que poda conservar en paz, si en el mismo
no se fomentaran las insurrecciones.

No conformndose con este parecer el representante de la Gran Bretaa,
todos retiraron sus notas y alegatos, manifestando que sus gobiernos se
declararan neutrales y dejaban en libertad al de Washington para que
ejecutara la redencin de Cuba, segn la _resolucin conjunta_ del
Congreso federal.

Qu decepcin tan amarga debieron sufrir todos los que haban puesto
alguna esperanza en la diplomacia europea!

Hace ms de dos siglos que sta no es lo que fu en los pasados; amiga
del derecho, defensora de la justicia y amparo de los dbiles contra las
arbitrariedades de los fuertes.

La diplomacia actual no es lo que fu cuando la Europa formaba la
cristiandad bajo la influencia y la direccin suprema del Romano
Pontfice: ahora no es ms que el rgano de los intereses materiales y
de las arbitrarias  injustas aspiraciones de las grandes potencias; en
sus congresos no se respeta la moral, la justicia no se conoce y el
derecho se mide por la fuerza que representa cada nacin y por los
intereses que pueden contrariar  favorecer.

Ante el imperio de la fuerza, en este siglo de la libertad, del progreso
y de la civilizacin, los dbiles han sido condenados  muerte
ignominiosa; el derecho de conquista reclama sus fueros y la guerra dar
la paz  el mundo cuando las grandes potencias se hayan destrozado  se
informen del espritu catlico, que ciegamente rechazaron.

Aunque muy desventurada, hoy ms que ayer, es Espaa una nacin noble y
generosa; la falta de sus hijos le han causado enormes daos; pero sus
enemigos nada tenan que temer de ella ni ha ofendido  sus adversarios;
y no obstante, es abandonada por las potencias en el ms grave
conflicto.

Y ciertamente, la nacin de la fe y del honor qu poda esperar de la
prfida Albin, del luterano imperio de Alemania, de la cismtica Rusia,
de la judaizante Austria, de la Francia masnica y del sacrlego reino
de Italia?

 las causas de la guerra que hemos reconocido, hay, por consiguiente,
que agregar la de la culpable indiferencia  complicidad de Europa; as,
pues, la guerra ms incua de este siglo se ha verificado por la codicia
insaciable de los Estados-Unidos, que no conocen _la justicia_; por la
degeneracin de Espaa, que se ha apartado de las vas de _la justicia_;
y por el absurdo egoismo de la culta Europa, que la mueve  obrar contra
_la justicia_.

       *       *       *       *       *

Si un gobierno no es la suma de todas las inteligencias de la nacin, y
de todos los sentimientos patriticos y de todos los intereses
legtimos, y no es moralmente superior  todos los sbditos, entonces es
una _autoridad nominal_ y el mayor enemigo del Estado; porque ocupa un
lugar preeminente que no corresponde  la ignorancia, ni al egoismo, ni
 la ambicin, y mucho menos  la impiedad y  las pasiones, que jams
se encumbran en un pueblo sin atraer sobre l todo gnero de
perturbaciones y de infortunios.

Es evidente que el pueblo espaol tiene ms espritu de sacrificio, ms
virtudes y ms inteligencia que sus gobernantes; por esta causa es ms
honda cada da la separacin que existe entre el gobierno y los
gobernados. stos conocen el engao de que son vctimas y dejan vacos
los comicios. No sienten la derrota de un Ministerio porque saben que
ser peor el siguiente. Vieron venir sobre Espaa toda clase de
adversidades y clamaron por el remedio que no se pona; y cuando se le
han pedido sus bienes y sus hijos los han dado generosamente  la
patria, mientras que  los gobiernos les importa poco que sucumba todo
por continuar en el poder.

Y no se diga que cada nacin tiene el gobierno que se merece; porque
Espaa, ni es digna de los gobiernos liberales que la han pervertido y
arruinado, ni los viene sufriendo, sino como una calamidad impuesta, que
cada ao se hace ms insoportable.

Mucho ha degenerado la nacin espaola, pero en gran manera se equivocan
los que la juzgan por sus gobiernos, sus cmplices y amigos polticos.

       *       *       *       *       *

Los peritos en una materia nunca deben equivocarse; y los arquitectos
que han trazado el plano de un edificio, si despus no saben darle la
solidez necesaria, dejan  otros la direccin de la obra; lo mismo debi
hacer el gobierno sagastino cuando se equivoc en el asunto tan
importante, como fu el de la paz, y no pudiendo consolidarla, debi al
momento entregar el poder en manos ms acertadas.

No estando preparado para la guerra, jams debi emprenderla; pues
gobierno desprevenido es siempre vencido: y si la pretensin de los
americanos hizo necesaria la guerra,  la fuerza debi, por lo menos,
oponerse un Ministerio de fuerza, ya que no la dictadura, como las
circunstancias lo exijan: y este fu el segundo desacierto que se
cometi por los polticos, ya fracasados en lo de la autonoma cubana,
dada sin oportunidad y sin necesidad verdadera.

El tercer desacierto, ms graves que los anteriores, fu el aceptar la
guerra, no con nimo de vencer, pero ni siquiera con el de la defensa
necesaria, sino que como despus se ha visto claro, el gobierno fu  la
guerra para llegar  la paz por cualquier camino. En este sentido,
Espaa fu entregada al poder de sus enemigos implacables, y no pudo
hacerse la paz contando siquiera con alguna condicin favorable, como la
de la resistencia posible que hubiera quebrantado las fuerzas del
enemigo.

       *       *       *       *       *

Los que atraviesan los mares llevando sus mercancas  pases lejanos,
fian sus vidas y sus intereses  la pericia y desvelo de los pilotos; y
stos, al emprender la navegacin, tienen  la vista no slo las rutas
generales y las cartas martimas, sino tambin las predicciones que
desde sus observatorios hacen los sabios naturalistas: y de igual modo
confan los pueblos sus intereses y su seguridad  los gobiernos que
dirigen la nave del Estado: y los gobernantes han de ser tan prcticos y
entendidos en el arte de la poltica y han de tener tan presente los
dictmenes de la ciencia y las enseanzas de la historia y de los
hechos, que puedan con seguridad evitar y salvar los escollos que en la
marcha de los negocios pblicos se presenten.

No hacindolo as,  son gobernantes torpes, que no han debido aceptar
nunca la responsabilidad del poder,  son unos vulgares ambiciosos, que
no tienen valor de declarar sus equivocaciones y de sacrificarlo todo al
bien y  la salvacin de la patria.

La nacin espaola, ms por las necesidades del momento, que por
expontnea voluntad, tuvo que poner su confianza en el gobierno que le
prometa la paz, evitando la guerra, al resolver el problema de Cuba.

Mermadas sus fuerzas, consumidos sus capitales y muriendo sus soldados
en lucha insidiosa y fratricida, el pueblo espaol anhelaba el trmino
de los sacrificios que estaba haciendo por el honor y la integridad de
la patria, y no quera la guerra con los Estados-Unidos, sino en cuanto
fuera la conclusin de todos los males que vena sufriendo.

El gobierno, no obstante las injurias, las notas y los mensajes de la
Repblica norteamericana, segua creyendo en su buena amistad; y
entonces fu cuando de improviso se present la guerra como una
tempestad formada por las densas nubes que se vean en los horizontes,
y que impelidas por los vientos huracanados llevan la desolacin y la
muerte  las comarcas que invaden.

No estaba Espaa colocada bajo los pararayos de las alianzas polticas,
ni tena de su parte la diplomacia europea, ni se hallaba protegida por
los diques de poderosas fortificaciones, ni dispuesta para luchar con
xito favorable contra un enemigo temible y alteramente preparado para
asegurar sus triunfos: en tan grave situacin, un gobierno, por poco
prudente y patritico que fuera, nunca debi dejarse sorprender, como
fu el nuestro sorprendido, ni aceptar una guerra que l slo saba los
grandes desastres que iba  traer sobre nuestra patria.

En la memoria de todos los espaoles quedarn impresos los tristes
recuerdos del ms grande de los desastres que ha sufrido nuestra patria,
y la historia imparcial consignar, que muchos de ellos se originaron
por el miedo monumental con que fu  la guerra el Gabinete de la paz,
presidido por el H.. Paz.

Tuvo miedo por lo grave del conflicto: tema, como mal padre,  sus
hijos los espaoles, y le falt valor para abandonar el poder: no falt
al Ministerio ms que el miedo suficiente para morirse de vergenza.

       *       *       *       *       *

Cuando se forme un verdadero juicio de los actos de nuestros ltimos
gobiernos, entonces admirarn y espantarn los desaciertos por ellos
cometidos, los tesoros dilapidados, las vidas intilmente sacrificadas;
entonces se pondrn de manifiesto las previsiones del almirante Cervera,
que en tiempo oportuno advirti al gobierno las deficiencias que haba
en los buques, la necesidad de estar preparados y de llevar un plan si
haban de salir para las Antillas y no exponerse  un desastre
inevitable; entonces se ver cun grande fu la disciplina de nuestros
marinos y el valor de los Comandantes de los buques, que conociendo que
iban  hacer un sacrificio intil y  dejar indefensa la pennsula,
cuando se les di la orden, all fueron  morir hericamente; entonces
se ha de conocer mejor lo que dijo el seor Silvela: que por parte del
gobierno la guerra no fu guerra, sino _un duelo  primera sangre_, para
salir del paso y salvar la vida de las instituciones; entonces se ver
cumplida la horrible sentencia de los liberales, que decan: _slvense
los principios, aunque se pierdan las colonias_.

En efecto: las colonias se han perdido, pero los principios no se han
salvado; porque el fracaso del liberalismo y de los gobiernos liberales
ha sido completo al dejar  Espaa desmembrada y arruinada.

       *       *       *       *       *

Cuando los americanos limpiaban los fondos de sus cruceros y acorazados
y tenan estacionada en Hong-Kong una fuerte escuadra, y disponan
numerosa flota auxiliar de trasatlnticos y trasportes de todas clases;
cuando alistaban sus regimientos de voluntarios y formaban sus
campamentos cerca de nuestras colonias; cuando tenan bien abastecido
sus depsitos de municiones de guerra y llenos de provisiones de boca
sus almacenes; cuando por medio de sus cnsules y emisarios se haban
informado de todos nuestros escasos medios de defensa y del abandono en
que se hallaban las fortificaciones de nuestras plazas ms importantes;
y cuando no slo de Cuba y de Puerto Rico, sino tambin de Filipinas
conocan el estado de sus puertos y las dbiles escuadras con que
podamos defenderlos, entonces el seducido y confiado pueblo espaol se
entreg por espacio de algunos das  los entusiasmos blicos, y
paseando nuestra bandera al comps de la _Marcha de Cdiz_ y haciendo
gala de sus colores, asista  las corridas de toros y  toda clase de
espectculos, que se convirtieron en patriticos; entonces con esos
derroches de patriotismo liberal y con llamar puercos  los americanos y
extender por todas partes las caricaturas del to Sam, y con criticar y
burlarse de la organizacin militar de los Estados-Unidos y de que sus
voluntarios hacan con palos el ejercicio por no tener fusiles; con
todos estos recursos y dosis de buen humor y aventurados juicios, que
hacan hasta los peridicos ms serios y de mayor circulacin, creyeron
muchos ilusos y algunos cuerdos que bamos  defendernos de los
_yanquis_ y  darles una tremenda zurra.

_Preparados y decididos ellos_, como hemos visto, y _nosotros como
estbamos_, con un _gobierno tan pacfico_ y que va  la guerra como el
ms cobarde de los reclutas, quin no haba de prever interminables
desgracias? Y en verdad, no hubo cordura en parte del pueblo, ni razn,
ni buen sentido, ni energa en el gobierno para elevarse  la altura de
las circunstancias y calcular: que un enemigo tan poderoso y bien
preparado,  pesar de todo lo que se deca para disculpar nuestra
imprevisin y vana confianza, no se puede rechazar ni vencer con msica
y pergaminos, ni con barcos de madera, ni con una administracin
corrompida, ni con generales masones, ni con ministros inhbiles 
imprudentes.

Espaa poda haber rechazado  los americanos, si se hubiera dispuesto
para la defensa, levantando fuertes donde era conveniente y construyendo
en tiempo oportuno los buques de combate necesarios; si hubiera ahorcado
 Sagasta cuando fu por sus delitos sentenciado  esta pena; si hubiera
puesto en presidio  Cnovas cuando public el manifiesto de
Manzanares, que produjo la sublevacin de Viclvaro; si hubiera
procesado  Moret y  todos sus cmplices en las malas artes de la
poltica; si hubiera residenciado  los generales, que con sus
negligencias y mala administracin dejaron en peligro el orden en las
colonias; si hubiera fusilado en sus das  todos los jefes y oficiales
del ejrcito que se pronunciaron; si hubiera proscrito la memoria de
Riego y dems traidores, en vez de permitir que se venga celebrando con
un himno que ha sido heraldo de todos los trastornos sociales; por
ltimo, Espaa se hubiera defendido de los _yanquis_ y conservado su
imperio colonial, habiendo ella permanecido fiel  su espritu
religioso,  sus leyes y  su carcter tradicional, y no habiendo
fomentado en su seno las libertades de perdicin, el espritu liberal y
el traidor masonismo, que por medio de los gobiernos degenerados 
impos y de sus cmplices venales y ambiciosos polticos, la tenan
privada de todas sus grandezas, de sus nobles energas y de su poder,
hasta ponerla en el peligro de los desastres y de las prdidas ms
espantosas.

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III

     Voz de dolor... La guerra y la democracia.--Los brbaros del
     Occidente y sus ideales.--Anarqua gubernamental.--El xodo de la
     escuadra.--Invocacin: primeras vctimas.--Ansiedades.--Preparando
     la catstrofe.--Santiago... y abajo Espaa.


Si existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia,
desprecio de su religin, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus
tesoros pblicos, conculcacin de la justicia y desapoderadas
ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los
ms cnicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecera que sobre l
cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta
la ms grande humillacin, para que recuperara el buen sentido y
reconociera sus culpables extravos, antes de llegar  ser despreciado
de sus hijos y de las dems naciones, y objeto de la indignacin divina.

Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es
el pueblo espaol, que acaba de ser vctima de las ms tremendas
desgracias y de las mayores expiaciones.

Slo en parbolas es posible dar  conocer bien las fuentes del dolor
que inundan de amargura el corazn de Espaa.

Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenan deliberados propsitos
de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares posea un rico noble
llamado D. Len Castilla. Mientras ste tuvo amigos poderosos y fieles
servidores, no se atrevieron los ladrones  penetrar en la hacienda de
su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fu el gran
propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados,
entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas
propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como
se despide  un husped intruso y molesto. No es posible ponderar el
dolor que sufri el noble propietario al verse desposedo de sus bienes
y tratado de un modo tan inhumano, pues slo conserv la vida no
resistiendo  los depredadores de sus bienes.

La democracia, que segn sus apstoles ha venido al mundo para acabar
con la tirana de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz
 todos los hombres, reconocindolos como hermanos, iguales y libres,
esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su
protagonista ha sido la nacin ms demcrata del universo: la Repblica
federal del norteamrica.

Es evidente que un pueblo sin religin y sin moral verdadera no puede
amar  los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad,
ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nacin son ms
desiguales las fortunas, ni hay ms esclavos del trabajo, ni menos
caridad cristiana que en los Estados-Unidos.

       *       *       *       *       *

Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envi el Seor
los profetas, y los apstoles para predicar  los hombres las verdades
del Evangelio: para edificar  los pueblos con el ejemplo de las
virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican,
permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.

Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual
Dios gobierna  los hombres y  las sociedades.

La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un
gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus
accidentes y terrible en sus consecuencias.

El gigante de la Amrica del Norte, armado para la guerra, se levanta,
avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacfico, por el
Atlntico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de Espaa en
aquellos mares.

No va como nuestro inmortal Quijote  enderezar entuertos ni  desfacer
agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.

       *       *       *       *       *

Entretanto todo es apresuramiento y confusin en las esferas
gubernamentales de Espaa. Quieren los Ministros hacer en veinte y
cuatro horas lo que no haban hecho en los veinte aos transcurridos
desde la paz del Zanjn.

Hacen venir del extranjero trenes de municiones, y gastan muchos
millones en comprar barcos para la guerra, y que no podan ir al
combate.

En vano los bautizan con los nombres de _Patriota_, de _Rpido_ y de
_Meteoro_; porque ni sirven para defender  la patria, ni son rpidos
en la navegacin, aunque sean meteoro en las manos de los agentes de
negocios.

Al fin se haca algo, y se improvisaban las defensas como los ministros,
y stos daban seales de actividad, formando nuevas escuadras que haban
de pasar y repasar el canal de Suez, como principio de una repatriacin
anticipada.

Como si la anarqua hubiera tomado asiento al lado del gobierno para
aconsejarle lo que era ms pernicioso  la patria, as no se daban
rdenes prudentes ni salvadoras, y todo se dirige por el patrn de las
primeras disposiciones dadas  los marinos del Atlntico.

       *       *       *       *       *

Damos un nombre bblico  la salida de la escuadra de las islas de Cabo
Verde, porque nos recuerda otra catstrofe en el mar.

Si el gobierno fu, segn las apariencias, sorprendido por la guerra, lo
fu mucho ms nuestra marina en su estado de preparacin, no en el nimo
de sus jefes.

Faltas gravsimas, que aqu no debemos mencionar, haban impedido  la
escuadra su preparacin, el abastecimiento y el encontrarse en lugar
oportuno para defenderse, sin muy graves inconvenientes, de las
poderosas escuadras de los Estados-Unidos.

Adems de esta circunstancia tan desfavorables, tena nuestra marina la
mayor de todas; cual era su gran inferioridad en el nmero de buques y
en el poder ofensivo y defensivo de los mismos; y no obstante los
informes, representaciones y telegramas dirigidos al gobierno, ste, tan
mal asesorado como peor infludo, sin concierto ni plan, ordena la
salida de la escuadra para el mar de las Antillas, donde ya la esperaban
las enemigas.

Creemos que en la historia de los ejrcitos y de la marina, no se ha
ofrecido otra ocasin en la que se pudiera justificar de algn modo la
desobediencia,  un pronunciamiento.

El que hizo la marina en Cdiz en Septiembre de 1868, y que di origen 
la Revolucin, nunca se ha justificado; pero el regreso de la escuadra
de Cabo Verde y su desobediencia  las rdenes del gobierno para salvar
los intereses generales que ste comprometa, mandndola  sufrir una
derrota inevitable, hubiera tenido su razn y justificacin debida:
primero entre las personas conocedoras del arte de la guerra, y despus
ante la nacin, cuando los resultados correspondieran  los motivos que
se haban tenido presentes, como los dej expuestos el inteligente y
prudente general Cervera: mas la marina, por medio de su digno jefe y de
los comandantes de los buques, haba prometido obedecer en todo, y
cumpli su palabra, evitando una confusin y un ejemplo funesto para el
porvenir de nuestra patria.

Si al fin del siglo, tanto el ejrcito como la marina, hubieran
desobedecido al gobierno, se podra decir ahora, que habamos acabado de
perder nuestra soberana en Amrica por la falta de los llamados 
defenderla; y entonces el rgimen liberal y la turba de los polticos
habran quedado impunes y en cierto modo libres de las tremendas
acusaciones, que actualmente pesan sobre ellos, y por las cuales han de
ser sentenciados  perptuo ostracismo.

Habiendo, pues, la marina cumplido con exceso sus deberes, toda la
responsabilidad de los desastres y de las prdidas consiguientes, quedan
 cargo de los que ordenaron tan imprudente salida.

       *       *       *       *       *

Mientras que  la ventura sale nuestra escuadra, singla desde Hong-Kong
la que tenan all estacionada los americanos, para bombardear 
Manila....

Sombras inmortales de Magallanes, de Legazpi y de Simn de Anda, por
qu no sals de vuestros sepulcros  detener esos buques enemigos? No
veis que van  destruir vuestra obra civilizadora?

Llevan en sus bodegas cajas de fusiles y ametralladoras para renovar la
insurreccin fratricida; y sobre las cubiertas, la formidable artillera
que destrozara nuestros barcos y la ciudad de Manila, por vosotros
fundada y recuperada.

Sus tripulantes son hijos de la Amrica del Norte, donde la perfidia
tiene su asiento, y su trono la ambicin y la soberbia; ellos no van 
ese Archipilago como vosotros fusteis, para libertar de la idolatra y
de la barbarie  sus habitantes y someterlos  la obediencia de un rey
catlico; van  llevar la discordia, la guerra y la libertad del error;
van  establecer el imperio de la masonera y de la indiferencia
religiosa; van  robar  Espaa sus derechos y  explotar las riquezas
del pas en beneficio propio.

Como las aves de rapia que se preparan para caer de improviso sobre sus
presas, as ellos vienen presurosos desde las costas de la China, donde
estaban esperando el da fatal de una guerra insidiosa y contra todo
derecho premeditada....

Y t, sombra de Monroe, que en este siglo has proclamado desde el
Capitolio de Washington, que Europa no tena derecho para intervenir en
los negocios de las naciones americanas, por qu permites que tus
ciudadanos intervengan en los de la Occeana?

Si tu colega Mac-Kinley y su Congreso ordenan esta invasin contraria 
tu doctrina, vuela, ve y diles: que si Amrica ha de ser para los
americanos y la Occeana para los occenicos, que los _yanquees Shoes_,
 los de los zapatos de madera con clavos, regresen  su pas de orgen
y dejen  los pobres indios, que viven y  los _pieles rojas_, que no
han exterminado, y no se entrometan ms en querer  su vandlico modo
dominar al mundo.

Si as no lo haces y no te obedecen, quedar tu doctrina deslucida y tu
pueblo  la altura de los bandidos....

No hay obra de iniquidad, ni infamia increble, ni sangriento crmen que
no se haya cometido en el mundo por la ambicin humana.

Ella llev  Alejandro al Asia, hizo pasar al Csar el Rubicn, puso el
alfange en las manos de Mahoma, trastorn la Europa por medio de
Bonaparte y conduce  las Antillas y  Filipinas las flotas americanas.

La ambicin pone el ridculo mandil en el pecho de los hombres, la
mentira en sus bocas y el odio en sus corazones; la ambicin fomenta las
insurrecciones de los mambises y de los tagalos, la codicia de los
sindicatos de Nueva York, y el vehemente deseo de riquezas y honores en
los soberbios; y en tanto que exalta por un lado las pasiones
infernales, por el otro hace que se les sacrifiquen todos los deberes.

Por la ambicin de mando se creen los polticos estadistas eminentes, y
por no dejar el poder cuando lo han alcanzado, persisten en sus errores,
y  su ambicin sacrifican la conciencia, la dignidad, y el patriotismo.
Por la ambicin de algunos espaoles se halla Espaa  los burdos pies
de los _yanquis_.

Desventurada patria ma, que tienes por gobernantes  hombres imperitos
 sin conciencia: mira como entregan  tus hijos  las crueles manos de
tus enemigos; la obra de tres siglos se ha derrumbado en cuatro horas,
al sepultarse ardiendo tus dbiles barcos en la baha de Manila.

Las primeras vctimas han muerto hericamente, pero sus sacrificios no
salvarn tu soberana en aquellos mares; porque la inmoralidad, la
corrupcin, la discordia de las sectas y el mal ejemplo de tus
representantes, haban ya debilitado tu poder y tus derechos soberanos.

       *       *       *       *       *

Despus del gran desastre de Cavite, eran extraordinarias las ansiedades
del pueblo espaol por saber la suerte que esperaba  la escuadra de
Cervera, refugiada en la baha de Santiago de Cuba, cuya plaza,
bloqueada por mar, empezaba  ser hostilizada por tierra.

En vano en sentidos y enrgicos telegramas haba pedido refuerzos el
general Linares: la escuadra estaba segura en la baha, y sus
tripulantes ayudaban  defender por tierra la ciudad.

Los rusos se vieron en Sebastopol en un trance parecido, y aunque tenan
en el puerto ciento dos buques de guerra con ms de dos mil caones, no
intentaron romper el bloqueo: pero las autoridades espaolas no ven
siquiera la ayuda que les presta la fiebre amarilla diezmando cada da
el ejrcito de Sthafer: todo parece que va dirigido  preparar la
catstrofe ms horrenda.

Cuando se piensa en la situacin insostenible del ejrcito _yanqui_
ante Santiago de Cuba; cuando se palpa que los infames invasores iban 
sufrir un terrible descalabro, y luego se ve que en los momentos
decisivos lleg la orden de que saliera la escuadra y  esto sigui la
capitulacin, etc. etc., no hay ms remedio que confesar, que chorrea
sangre todo lo ocurrido y que en ello hay algn misterio, slo conocido
por determinados personajes.

No somos nosotros solos los que lo decimos.

He aqu otra opinin autorizada.

El capitn de fragata ruso Livene, que estuvo como agregado naval en la
flota americana durante la ltima guerra contra Espaa, ha dado
recientemente una conferencia en el Crculo de los Ejrcitos de mar y
tierra en San Petersburgo, sobre el desembarco efectuado cerca de
Santiago de Cuba por los norteamericanos,  la cual han asistido el
general Kouropatkine, ministro de la Guerra, bastantes generales y ms
de cuatrocientos oficiales de la guarnicin.

Lo ms saliente de dicha conferencia fu lo que sigue:

Siendo siempre un desembarco muy peligroso cuando el enemigo tiene
elementos en el mar, aunque sean poco considerables, los americanos
tomaron con razn, como primer objetivo de la campaa, la destruccin de
la flota del almirante Cervera, que se haba refugiado en la baha de
Santiago de Cuba. Pero no pudiendo franquear el estrecho paso de la
entrada, bien defendido por torpedos, ni destrur las bateras
espaolas, colocadas demasiado elevadas sobre el nivel del mar para ser
alcanzadas eficazmente por los proyectiles de la flota, tuvieron
lgicamente que recurrir  la accin combinada del ejrcito de tierra y
de la escuadra.

Al principio, segn el plan propuesto, la accin deba ser convergente,
pero como consecuencia de lo dbil de la disciplina, de la carencia de
organizacin, y, sobre todo, de la falta de unidad en el mando y
direccin, se prescindi del plan primitivo y se vino  esas acciones
divergentes que estuvieron  punto de hacer fracasar lo concebido y
comenzado con tanta fortuna. _Las circunstancias se hicieron de tal modo
difciles para los americanos, que la cuestin de una retirada honrosa
fu planteada._

Les era imposible penetrar en la baha, no podan apoderarse de las
posiciones espaolas del E. de Santiago, y el ejrcito se hallaba
aislado de la flota, que era su base de operaciones, careciendo de los
objetos de primera necesidad y aniquilndose rpidamente  consecuencia
de las enfermedades. En el momento de la rendicin de Santiago existan
11.750 enfermos, de los 16.000 hombres que contaba el ejrcito
americano.

En tal momento fu cuando el almirante Cervera, obedeciendo rdenes
categricas venidas de la Habana, sali de la baha  intent abrirse
paso  travs del bloqueo enemigo.

Cuando un testigo imparcial de los hechos emite juicios tan severos
contra las autoridades de Cuba, bien podemos nosotros sentir todas las
consecuencias de tales desaciertos; pero al sentirlas debemos
expresarlas en la forma propia.

Sea, pues, el resumen de este prrafo la siguiente:


TRAGICOMEDIA

_Acto I._--Las escenas se suceden con una rapidez asombrosa en el tiempo
y en los distintos lugares.

En Filipinas, se hallan en Subic los caones  la altura del gobierno
espaol, por el suelo: la baha de Manila y la isla del Corregidor estn
casi tan fortificadas como Subic; pero en cambio el almirante Montojo
sale con su escuadra  tomar posiciones y  impedir, _como un
espartano_, la entrada en la baha _al desequilibrado Dewey_, como le
llam _El Imparcial_.

Hay por todas partes gran expectacin.

En Madrid, el primer actor, nada teme: ha mandado.... de paseo 
Woodfford y descansa en su poltrona tranquilamente.

El pblico se impacienta porque no adivina el argumento de la
tragicomedia.

All en lontananza, hacia el Oriente, se ven unos barcos pesados y de
poco andar que entran en la gran baha de Manila y se dirigen  Cavite.
La escena, contra todas las reglas del arte, queda desierta.

Las sombras de la noche impiden que se vea lo que pasa en el escenario.

Suenan primero unos caonazos, y despus todo queda en silencio....

Cuando con sus arpadas lenguas y alegres trinos empiezan los cantores
pajaritos  saludar la alborada del primer da de Mayo, se oyen
terribles descargas de gruesa artillera, y los rayos del sol, que
despuntan por el Oriente, iluminan una espantosa catstrofe. La escuadra
de Dewey destroza  incendia  mansalva la del contraalmirante Montojo,
que para salvar  lo menos el honor, hunde en el fondo del mar sus
ardientes barcos.

Los espectadores quedan aterrorizados porque ya han visto el principio
del fin, y oyen los lamentos de los moribundos.

_Acto II._--El escenario representa los horizontes brumosos del Occano
Atlntico.

Todos los asistentes miran y remiran, con extraordinaria fijeza para
descubrir el rumbo de una escuadra que sali de Cabo Verde.

Ni los del viejo, ni los del nuevo mundo, ven por donde va, ni por
consiguiente  dnde se dirige: unos creen que la han visto hacia el
Oriente por el Cabo de Buena Esperanza; otros la suponen en las costas
meridionales de los Estados-Unidos, y como pasan das sin que nadie la
divise, la llaman _la escuadra fantasma_.

Entre tanto, aparece en la nueva escena un personaje semigigante y
declara oficialmente: que la escuadra de Cervera ha entrado en la baha
de Santiago de Cuba.

Notable sorpresa causa la noticia en todo el pblico.

Al momento, aparecen  gran distancia muchos buques americanos que se
dirijen hacia el Oriente de la Isla de Cuba.

Los espectadores de la derecha comienzan  impacientarse, porque temen
que se reproduzca la escena de Cavite.

Romero Robledo grita, Moret se esconde, Sagasta se rasca la barba y
atusa el tup y Blanco se pasea en la Habana tranquilamente; la gran
expectacin se generaliza y el temor embarga los nimos.

 lo lejos se oyen estampidos de los caones y por intervalos, nutridas
descargas de fusilera.

Va  terminar la jornada: Blanco manda que salga la escuadra de la baha
de Santiago _ todo evento_: la marina obedece y las nubes del humo de
la artillera impiden que se vea lo que sucede: cae el teln y el
pblico sabe despus que la escuadra de Cervera ha sido totalmente
destruda.

_Acto III._--En el fondo del escenario se ven las lomas de Santiago y el
horizonte cubierto de nebulosidades. Toral se fija en ellas y no puede
explicarse este fenmeno.

Una parte de los espectadores empieza  retirarse conmovida y cansada de
ver que la trama de la accin resulta siempre contraria  los espaoles.

Los _yanquis_ avanzan por tierra para sitiar y tomar la plaza de
Santiago.

El coronel Escario no llega en su auxilio: las tropas de Guantnamo no
se mueven: el general Pareja espera rdenes superiores: el general Pando
ha ido  Mjico y no sale desde la Habana al Oriente con los 30.000
hombres de que hablaron los telegramas.

Linares cae herido, y Toral ve que las nebulosidades aumentan  su
alrededor.

El H.. Paz, tan compasivo y amante de la humanidad, siente desde Madrid
la sangre que se ha derramado en Caney y en las lomas de San Juan: lo
mismo siente la de los espaoles que la de los _yanquis_, y ve  stos
caer enfermos  millares y que se hallan en una situacin apuradsima; y
entonces,  porque llega al extremo su compasin,  porque ha llegado la
hora del desenlace, reune  los ministros y piden la paz _ todo
trance_.

Aunque se haba anunciado, no se presenta Mac-Kinley en las aguas de
Cuba con el pendn presidencial que le estaban bordando; pero en cambio,
aparece en la ltima escena con el _imbroglio_ del protocolo en la mano,
y como lo tiene bien estudiado, lo pasa sin demora  M. Cambon para que
se lo enve  Sagasta.

Todos los personajes se ocultan en una traslogia: el teln se rompe y
los espectadores de ac, indignados y llenos de pavor, condenan la
_tragicomedia_.

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IV

     Voz de desolacin...--Las ruinas de un imperio.--La decadencia de
     una nacin.--La fatalidad y el progreso. No hay efecto sin
     causa.--El fin de la guerra.--Consummatum est.


    _Qu resta de mi ayer? No ms que el llanto._
    _ mi a afligido espritu conviene._

As, en nombre de Espaa, y  la vista de los estragos que haba sufrido
en la guerra de la Independencia, hablaba un poeta nuestro en una
clebre elega.

Si hoy viviera, es seguro, que no tomara en sus manos la triste lira
para entonar endechas con motivo de la mayor desolacin que ha visto
nuestra patria.

Es tan luctuosa, que ms que el llanto le conviene el silencio.

       *       *       *       *       *

Ms de una vez, no hallando al presente nuestro amor patrio nada que
pueda satisfacerlo, hemos abierto antiguos mapas para ver siquiera en
las cartulinas la grandeza que tuvo el imperio espaol.

Los Pases Bajos, el Franco Condado, Npoles, Miln, Sicilia, Portugal,
etc., en Europa; en Africa, Orn y otras plazas fuertes; parte de
Borneo, Filipinas y otros archipilagos en la Occeana; y en Amrica
fueron tan extensos nuestros dominios, cual corresponda  la afortunada
nacin, que la sacara del fondo de los mares.

De tan grande imperio, como de un hermoso palacio arrasado por un
cicln, no quedan ya para Espaa ms que las runas.

       *       *       *       *       *

Siempre son sensibles para los hombres las prdidas materiales, pero las
sienten ms cuando por sus faltas se ven privados de sus bienes; porque
entonces reconocen su ignorancia  negligencia para la buena gestin de
sus asuntos; lo cual es signo de decadencia moral.

Un noble, que ha sido privado de la mayor parte de su patrimonio por un
latrocinio irresistible, no es un degenerado; pero si no hizo la defensa
necesaria,  sus mayordomos le dilapidaron sus bienes por su incuria, 
los malgast en orgas con sus amigos, entonces no slo es completa su
decadencia, sino que adems quedan manchados sus blasones por la falta
de valor, de inteligencia y de sentido moral que manifiesta.

Espaa es una imagen de ese noble; ella, por los crmenes de los
extraos, por las faltas de sus gobiernos y las de sus hijos, acaba de
perder cuantiosos bienes, y lo que era ms estimable, los timbres de su
nobleza y la honrosa fama de su gloriosa historia: por esto yace
sumergida en la ms profunda desolacin.

       *       *       *       *       *

Para muchos, las vicisitudes por las cuales atraviesan las naciones y
que se ven lo mismo en las familias, hoy opulentas y que maana vivirn
en la miseria, son inevitables; porque cierta fatalidad acompaa  las
cosas humanas en el mundo.

Para nosotros no existe la fatalidad, ni entre los turcos, los cuales si
la admiten como consecuencia de su falso sistema religioso, la rechazan
en la prctica, y lo mismo en Constantinopla que en Teheran luchan por
evitar la completa decadencia del imperio otomano.

Es muy digno de notarse, que los mismos que en las desgracias apelan 
la fatalidad, para considerarlas necesarias y sentirlas menos, son los
que ms creen en las leyes del progreso moderno.

Pero qu es? En qu consiste? Cmo no alcanzan todas las naciones que
lo desean ese decantado progreso?

Nuestra patria, por entrar en las vas de los adelantos del siglo, se
declar enemiga de sus tradiciones, y al presente, ni posee la grandeza
moral  intelectual de sus antepasados, ni ha conseguido la vida
exuberante que en lo poltico y en lo material tienen otras naciones.

Excepcionales  injustas deben ser las leyes del progreso, cuando los
pueblos que gozan de l son moralmente brbaros  inhumanos; y aquellos
otros que no han obtenido sus privilegios, se hallan, cual moribundos
prximos  la muerte, y expuestos  ver, como Espaa, su runa y el
engrandecimiento de sus enemigos.

       *       *       *       *       *

Es necesario apelar  los principios de la filosofa y de la razn para
conocer con claridad lo que los hombres confunden por sus pasiones 
intereses.

No pocos atribuyen la prdida de nuestras colonias  los frailes y  no
haberles dado en tiempo oportuno todas las reformas polticas que
reclamaban.

Como no hay efectos sin causas proporcionadas, veamos si esas han sido 
n las verdaderas.

Hablando de Filipinas nuestro patricio, seor Escosura, que estuvo all
muchos aos y conoca bien  los naturales, dice: _ese vasto
archipilago, cuya importancia es inmensa, slo lo enlaza, une y asegura
 la Metrpoli el lazo, la fuerza y el vnculo de los frailes_.

Ayala, siendo ministro de Ultramar, en 1871, dijo:

Si por imprevisin  imprudencia y por el culto exajerado que en pocas
dadas alcanzan ciertas ideas, nos trajesen  tanta desventura, que
Espaa amaneciese un da desposeda de sus provincias de Ultramar,
verais inmediatamente y casi anulada nuestra marina, tristes y
desiertas nuestras costas, sin expansin ni esperanza nuestro comercio,
amenguada nuestra importancia en el mundo, y la nacin entera bajo el
peso del abatimiento.

Y quin duda, _que todos los principios, que todos los derechos
polticos_, cuya conquista en la Metrpoli hubiera coincidido con esta
inmensa tragedia, quedaran para siempre _marcados con el sello del
infortunio ignominioso_?

Notable fu esta prediccin, que por desgracia se ha cumplido, y cada
ao se notarn ms los efectos.

En este particular, est dicha la ltima palabra por hombres tan
competentes: los que cortaron _el lazo, la fuerza y el vnculo de los
frailes_, que _enlazaba, una y aseguraba_  la Metrpoli el
Archipilago, esos son los causantes de su prdida, como los dems que
han aplicado _los principios_ y los _derechos polticos_ que ahora y
para siempre _quedan marcados con el sello del infortunio ignominioso_.

       *       *       *       *       *

Qu dira el mismo Ayala, que aunque liberal, conservaba no poco del
carcter espaol, si hubiera visto que adems de los principios y de los
derechos polticos, iban  quedar marcados con el sello de la ignominia
todos sus colegas?

Como todo tiene trmino en este mundo, haba tambin de tener su fin la
guerra, que nos hacan los americanos, y, para nuestra mayor desventura,
l fu el que agrav nuestros males.

El gobierno de Sagasta pidi la paz, sin tener ninguna garanta de la
magnanimidad de los Estados-Unidos, y firma un Protocolo que result un
lazo echado al cuello.

Si por el art. 1. deba renunciar Espaa  su soberana en Cuba, por el
art. 2. cede Puerto Rico  los Estados-Unidos por gastos de guerra; y
por el 3. slo se estipula la cesin de una de las islas Marianas y la
ocupacin temporal de Manila con el famoso _controle_ sobre el
Archipilago.

Las conferencias de Pars, demostraron la terrible ambicin de los
norteamericanos y la degeneracin de los delegados espaoles, que nunca,
contra el parecer de la nacin y de toda Europa, debieron consentir el
injusto despojo, contrario al derecho y  la sinceridad de los tratados.

Convenir en que los Estados-Unidos adquieran las Filipinas por una
compensacin de 20 millones de dollars, fu el colmo de la debilidad,
que los espaoles de otros tiempos jams hubieran tenido.

Ante la felona de nuestros enemigos, no quedaba otro recurso que el de
la protesta, interrumpiendo las negociaciones, y que Europa hubiera sido
el rbitro de nuestra causa: todo antes que la deshonra.

Pero el gobierno lo entendi de otro modo; y como no supo defender el
territorio, tampoco tuvo valor para salvar la honra de Espaa, y di
ocasin para que le atribuyeran todos los crmenes que se pueden
imputar  los hombres sin abnegacin y sin carcter.

       *       *       *       *       *

Los Estados-Unidos no han sido los autores, pero s han proclamado en
Pars el moderno derecho internacional: el _vae victis_ de los antiguos.

Bien mereca el cerebro de Europa presenciar esta afrenta hecha  la
civilizacin cristiana.

_El crmen de este siglo_, que empez por el acto _humanitario_ de la
liberacin de Cuba (que no se ver libre del dominio de los _yanquis_)
haba de ocasionar  Espaa desgracias imponderables, el sacrificio de
miles de millones, y lo que es ms sensible, la muerte de tantos
espaoles y el cautiverio infelicsimo de millares de soldados que por
otra guerra criminal, sufren en Filipinas privaciones indecibles:
debindose agregar  todo esto el desprestigio y la humillacin en que
ha quedado Espaa; cargada, por ltimo, con una deuda espantosa,
impuesta en parte por sus enemigos.

Al ponerse el sello  esta obra de grande iniquidad, exclam el Sr.
Montero Rios, segn dijeron los telegramas: _consummatum est_; y en
efecto, llegaron  su colmo las desventuras de nuestra patria; se ven
arruinados innumerables espaoles, otros que vuelven como esqueletos, y
el mar queda cubierto de cadveres, y no hay familia que no tenga que
sentir dolor: ya por la desolacin, ya por la muerte.

            Lloremos duelo tanto:
    Quin calmar oh Espaa! tus pesares?
            Quin secar tu llanto?

[imagen decorativa]




V

     Voz de afliccin...--Males sin remedio.--Culpas de antao,
     remordimientos de ogao y notabilidades obscurecidas.--Continuamos
     lo mismo.--Todo ha fracasado.--El rbol maldito.--Una esperanza.


Tan aflictivas haban de ser para nuestra patria las consecuencias de la
guerra, como fueron sus procedimientos y sus principios.

Despus de una paz leonina, nos hemos quedado sin las Antillas y sin las
mil quinientas islas del Archipilago magallnico, y al presente, no
slo estamos conformes con nuestras inmensas desgracias, sino que casi
casi nos alegramos de ellas, aunque nunca imaginamos que seran tan
grandes.

Nosotros, que hemos amado siempre desde el primer horizonte que al nacer
vimos en nuestra patria, hasta la ltima isla del remoto Ocano, en que
flotaba la bandera espaola, como fiel testigo de la grandiosa herencia
que nos dejaron nuestros antepasados; y hemos sentido la destruccin de
las escuadras y los reveses del ejrcito, ahora estamos, si n alegres,
 lo menos insensibles ante la desmembracin y la deshonra de la
patria.

Cmo se ha obrado en nosotros tan notable cambio?

Se ha realizado, porque nos hemos convencido de que el imperio que se
di  la lealtad y  la fe, no le podan conservar la incredulidad y la
rebelda, ni ser patrimonio de la indiferencia, lo que fu rico premio
de la constancia: y hemos visto tambin, que la pesada mole de un
edificio, creada sobre las espaldas robustas de hombres gigantes, no
poda ser sostenida por miserables pigmeos; y en fin, porque es cierto,
que el honor y la gloria que acompaan  la soberana legtima sobre las
naciones y los pueblos arrancados  la ignorancia y  la barbarie, y
civilizados por la religin y las leyes justas, no deban brillar en la
frente de los gobernantes que se han degradado por sus bastardas
ambiciones y estn manchados por sus delitos.

El que es Soberano del universo, quita  los servidores intiles los
talentos que les haba dado y los entrega  otros para que negocien con
ellos; y del mismo modo traslada los reinos de la tierra de unos  otros
pueblos; y _el reino, nacin  poder que no le sirva_, PERECER.

       *       *       *       *       *

Ahora sienten muchos que hayamos tenido colonias, porque por ellas nos
han venido tantas calamidades. Como si pudieran quejarse los hijos de
la rica y noble herencia que les dejaron sus padres, porque no han
sabido guardar la una, ni ser fieles  la otra!

Por ms de tres siglos hemos posedo pacficamente nuestras colonias, y
con ms prosperidad y adelantos que las de otras naciones; si las
acabamos de perder con tantos daos de vidas y haciendas y hasta del
honor patrio, no se atribuyan estas desdichas al haber sido Espaa una
nacin colonial, sino al rgimen funesto que se entroniz en ella en el
segundo tercio de este siglo, y  los gobiernos sectarios  inmorales
que han venido corrompiendo y arruinando la peninsula,  la vez que por
sus representantes llevaban los grmenes de las divisiones, sectas
impas y malos ejemplos  las colonias, donde siendo, como es natural,
ms dbiles los vnculos del patriotismo y de la autoridad, se haban de
romper de un modo cruento al violentarlos nuestros enemigos.

Qu grandes responsabilidades han contrado ante Dios y ante la patria,
los que por sus culpas y desaciertos perdieron nuestras colonias!

Qu delito de lesa nacin han venido cometiendo las autoridades y los
espaoles que llevaron  las colonias la masonera y fomentado en ellas
la inmoralidad y el desprecio de la Espaa catlica!

Si es cierto, como es notorio que algunos generales y gobernadores se
condujeron como masones en Ultramar, y all, por s  por otros, han
favorecido las logias de donde brotaron las insurrecciones qu
tormentos no sufrirn al presente?

Debieron saber esos infelices, que el fuego de la discordia abrasa ms
que el de un horno ardiendo, pues ste no quema sino lo que en l se
arroja, y el otro se extiende hasta consumir los ms grandes imperios.

 la vergenza y al dolor presentes, se unirn los anatemas de la
historia para todos los culpables.

Y por mucho que se esfuercen en acallar los remordimientos de la
conciencia disculpando sus faltas pasadas con las especiosas razones de
los males inevitables, nunca podrn impedir que la historia diga  las
futuras generaciones: que en el siglo del liberalismo lleg Espaa  la
mayor postracin y  perder sin verdaderos combates casi la mitad de su
territorio; y que tuvo que repatriar un ejrcito de 200.000 hombres; y
que sucumbi su marina, puesta al alcance de los enemigos, como la presa
destinada  saciar el hambre de las fieras; y que gast muchos miles de
millones sin fruto y sin haber siquiera alimentado bien  los que la
defendan; y que todo esto sucedi cuando un gran masn y liberal cnico
era presidente del gobierno de la catlica Espaa....

Y aadir: que en esta obra de la desmembracin y de la deshonra de
Espaa, le ayudaron otros masones y conspcuos liberales que le
precedieron y acompaaron en la gobernacin del Estado.

Esos hombres funestos para Espaa, fueron, entre otros, Moret y
Beranger, Blanco y Primo de Rivera, Romero Robledo y Montero Ros,
Castelar y Silvela, Martnez Campos y Cnovas del Castillo; ste
restaurador civil y el otro militar de la dinasta, que presencia el
despojo y la runa de la nacin: y que formaban el ministerio que fu 
la guerra y que pidi la paz _ todo trance_; hombres tan notables como
Gamazo y Correa, Romero Girn y Groizard, Puigcerver y el duque de
Almodvar, Capdepn y Aun: y que estas notabilidades consumaron la
obra antipatritica que haba venido preparando el liberalismo auxiliado
de la masonera.

As como  los hombres que fundan un imperio, engrandecen su nacin 
con su herosmo la libran de sus enemigos, se han levantado en todos los
tiempos, trofeos, erigido esttuas  escrito sus nombres en letras de
oro sobre los mrmoles y los bronces, la historia no tendr ms que
pginas amargas y negra tinta para escribir los nombres de aquellos que,
salvando los buenos propsitos de algunos, han contribudo  la runa de
la rica, noble y fiel Espaa.

Los nombres de todos los que, durante este siglo han faltado  sus
juramentos de fidelidad, hecho traicin  la patria, entregndola
indefensa al poder de sus enemigos, se podrn escribir como epitafio en
el sepulcro de las grandezas espaolas.

Cun triste es la realidad!

La mayora de los espaoles siguen viviendo como si nada hubiera pasado,
como si la patria no se hallase en la crisis ms espantosa, como si
muchos de ellos no resultaran culpables de los tremendos castigos que
hemos experimentado y de la expiacin terrible que sobre nosotros pesa.

Algunos creen que las causas de tantos males slo tienen ya un inters
histrico; y no falta buen nmero, que por el estado de perversin y
falta de sentido moral, no se conmueven por las pblicas desgracias;
aunque stas se presentaran  su vista, formando por su magnitud y
variedad una montaa tan elevada como los picos del Himalaya.

Aqu,  no se prevean los peligros,  no exista el patriotismo
suficiente para evitarlos; antes como ahora, no se cuidan los
gobernantes y los que aspiran  serlo, ms que de las intrigas y de los
pugilatos para seguir la obra funestsima de la poltica de los
partidos.

Por el contrario, no considerando moralmente el proceder de nuestros
enemigos, es preciso reconocer, que han hecho una barbaridad; pero que
la han realizado con admirable astucia y prudencia consumada, segn el
espritu del mundo; as es, que antes de la guerra, durante la misma, y
despus, se ha visto Espaa como el len, cogido en un fuerte lazo, del
que no ha podido librarse sino perdiendo hasta su natural fiereza.

       *       *       *       *       *

Dejando aparte la intervencin que la masonera haya tenido en nuestras
innumerables desgracias, hay motivos suficientes para atribuir grandes
responsabilidades  los gobiernos,  los polticos,  la prensa, 
muchos particulares y principalmente al rgimen parlamentario.

 los gobiernos, por sus imprevisiones culpables y notorios desaciertos,
y por venir sacrificando la justicia y los intereses de la nacin  sus
miras personales y al favor de sus amigos y partidarios.

Con frecuencia se venan cometiendo desfalcos  irregularidades en la
administracin pblica y en los servicios del Estado, y no han puesto
remedio alguno, ni se ha visto el castigo de los prevaricadores.

Los polticos espaoles no han hecho ms que parlamentar y enmendarse
unos  otros la plana, sin llegar ninguno  escribirla bien: y lo mismo
ha hecho la prensa de grande y de pequea circulacin; pues si alguna
vez ha clamado contra las inmoralidades y pedido el juicio de residencia
para algunos gobernadores de Ultramar, cesaba en sus campaas
patriticas, cuando no le producan beneficios  vea encumbrados  los
personajes que antes consideraba dignos de graves censuras y de penas
graves.

Mientras que los particulares gozaban de los favores de la poltica y
del caciquismo, no han visto con malos ojos lo que haba de redundar en
dao para la nacin; y por esto resultan culpables de complicidad en el
rgimen, que ha originado tantos males y runas como se revelan en el
estado presente.

Se puede, por lo tanto, asegurar: que en nuestra patria han fracasado
todos los gobiernos liberales, los polticos y su poltica, la prensa
callejera y la de los gabinetes, los particulares que defraudan  la
Hacienda, queriendo vivir de ella; y ha fracasado tambin el rgimen de
la opinin y el sistema parlamentario, productores de tanta corrupcin y
del abatimiento nacional: aqu ha fracasado todo, menos el espritu de
Espaa.

       *       *       *       *       *

Por la falta de patriotismo y de amor al bien comn, no se ha querido,
ni an se quiere comprender, que la raz de todos los males que sufre
Espaa, se encuentra en el abominable empeo de regirla y gobernarla con
los principios y las doctrinas por la Iglesia condenados.

Qu frutos puede dar un rbol maldito?

El liberalismo, que ha penetrado hasta en las costumbres del pueblo
espaol, es ese rbol cuyos frutos de perdicin nos parecen ahora tan
amargos.

Hallbase Napolen I en el apogeo de sus glorias militares, y cuando
puso sus manos conquistadoras en los Estados de la Iglesia, fu
excomulgado por el romano Pontfice; y despreciando la excomunin
prosigue su obra; mas despus lleg  conocer que su mayor falta haba
sido la de no respetar al Pontfice romano.

Entre las muchas faltas cometidas por la Nacin espaola, ha sido la ms
grave, la de dejarse dominar por los errores del liberalismo, que la han
privado de todas sus grandezas, de sus energas y de sus virtudes
cvicas y religiosas; por esta causa no ha tenido ahora valor ms que
para sufrir sus derrotas y le han faltado alientos para sentirlas y
llorarlas.

       *       *       *       *       *

Los que miran las cosas presentes como hijas de lo pasado y creen en la
fecundidad del mal y en la eficacia de la virtud, deben reconocer con
nosotros: que en el estado en que se hallaba Espaa, y dada su marcha
poltica, (que por desgracia an no ha variado) no convena para nuestro
mejor porvenir el triunfo en la pasada guerra.

Al fijarse en lo que acabamos de aseverar, algunos, sin razn, nos
tacharn de pesimistas  faltos de patriotismo.

El primer efecto de la victoria, hubiera sido el consolidar las
instituciones liberales y el hacer perptuo el turno de los partidos
con todas las consecuencias de la mayor centralizacin, del despotismo 
imposicin de nuevos errores.

El segundo, el aumento de las ambiciones y de la corrupcin que siguen 
la prosperidad en el mal, y entonces era ya inevitable la total runa de
Espaa; porque el triunfo no nos hubiera dado las fuerzas de los
brbaros, ni las virtudes histricas, que ya no existen en la
generalidad; en tanto que ahora, abatidos y humillados podremos
levantarnos de nuestra postracin, trabajar y hacernos dignos de nuestro
pasado y de la misin que tiene Espaa entre las naciones civilizadas.

En apoyo de nuestro parecer, vemos lo que ha dicho _The Pall Mall
Gaccettee_: que si Espaa tiene valor para mirar el porvenir con calma,
su ltimo infortunio ser un beneficio en realidad.

Y _The Globe_ aade: que si Espaa deja de existir como potencia
colonial, no por eso ha quedado destruda como potencia europea. Posee
cuantiosos recursos, y si sabe aprovecharse de ellos, sus desdichas
podrn ser un beneficio  pesar de las apariencias.

       *       *       *       *       *

Pero de qu modo podr salir nuestra patria de la presente crisis y
volver en lo posible  su pasada grandeza?

Esto es lo que muchos preguntarn, teniendo  la vista las anteriores
consideraciones: y nosotros contestamos diciendo: Espaa puede
levantarse de su actual postracin y adquirir el puesto que le
corresponde, _empezando  ser lo que siempre deba haber sido_.

Hay hombres que parecen destinados para el trabajo y la esclavitud, y
otros que llevan en sus frentes el sello de la inteligencia y del
podero; y lo mismo sucede con los pueblos; pero estas cualidades no
son permanentes, y cambian  se modifican con las costumbres y las
ideas, que informan la vida de las naciones: por esta causa, un pueblo
esclavo puede llegar  ser libre, y otro libre, puede caer en la
esclavitud y sufrir la ms cruel de las tiranas.

Las cualidades propias de nuestra raza, se avaloraron con el espritu
cristiano que las ennobleci y elev  su mayor grado de virtud y de
perfeccin.

La Espaa catlica no ha tenido que envidiar  ningn pueblo del
Universo el valor de sus hijos, la hidalgua de sus sentimientos, su
fidelidad  las leyes del honor, el talento de sus gobernantes, el
ingenio de sus letrados, la ciencia de sus sabios y las virtudes
pblicas y privadas de sus ciudadanos.

Tampoco ha podido envidiar el imperio del mundo y las grandezas de la
tierra, porque sus hijos le dieron uno tan dilatado, y las otras tan
extraordinarias, que las hazaas de los navegantes y de los guerreros
espaoles y sus conquistas, pareceran fabulosas, si no estuvieran
escritas en la historia.

Toda la poltica de nuestros gobernantes, se ha debido cifrar en la
conservacin y en la defensa del espritu, de la religin y el carcter
de nuestra patria, y as hubiera sido permanente la grandeza y el
dominio espaol y su influencia enmedio de las grandes vicisitudes
porque ha atravesado Europa y pasa el mundo.

Quin hubiera resistido  Espaa, unida en la fe, llena de gloriosas
tradiciones y ejemplos hericos, con extensos dominios y fortalecida con
todos los adelantos modernos en su marina y en sus ejrcitos?

Si  la unin de los espritus que tenamos, se hubiera agregado la
fuerza material, siempre necesaria para la defensa de grandes
territorios, del derecho y de la justicia, es seguro que Espaa sera
al presente una de las primeras potencias del Universo.

Mas en una hora fatal, empezaron  removerse los cimientos de la
nacionalidad espaola, y desde entonces, los gobernantes, malos
catlicos y psimos polticos, no han cesado en su obra demoledora,
importando todos los errores y novedades de otros pueblos, que han
venido  precipitar nuestra decadencia.

Y para mayor desgracia, no se ha levantado un hombre superior que
desterrara esa poltica extica, y devolviera  la Corona sus
prerrogativas, y al pueblo sus libertades, fueros y franquicias
verdaderas.

Comprendemos las inmensas dificultades que existen y que se han de
presentar para _la regeneracin de Espaa_; pero tambin sabemos lo que
puede hacer un hombre extraordinario en un pueblo donde el mal y la
corrupcin estn slo en una clase, y no se han extendido  las otras,
sino parcialmente.

Acbese primero con los polticos de oficio, ahguese despus el
espritu de la revolucin en sus instituciones, renazca la libertad
verdadera y fomntense los intereses generales, y entonces el Jorge Monk
espaol, podr dar principio  la restauracin nacional.




VI

     Voz de queja...--La Europa salvaje.--El orgen de la
     revolucin.--Aumento de los ejrcitos.--El anarquismo.--Los ciegos
     en Roma, guiando  los ciegos.--Nuestro abandono.--El poder que nos
     resta.


Hace pocos aos, que con un realismo verdadero se public una obra
titulada _La Europa salvaje_.

Para justificar el ttulo se fijaba su autor en el espectculo de la
corrupcin y de los crmenes que ofrecen las ciudades populosas, y en el
abandono en que se hallan en todas partes las clases menesterosas, los
trabajadores de las fbricas, el pueblo; y en la explotacin que se hace
en los talleres de las jovenes y de los nios, sujetos  un trabajo
superior  veces  sus fuerzas y sin educacin moral, ni instruccin
religiosa no pueden menos de caer en la ms abyecta inmoralidad.

Si  esos cuadros horrorosos se unen los que presentan el agiotaje en
los negocios, el soborno de los magistrados y la farsa de las costumbres
polticas, tendremos un fiel retrato de las sociedades cultas que, por
el refinamiento de los vicios, la sed del oro, el olvido de la religin,
de la moral y de la justicia, tienen bastante semejanza con las tribus
salvajes entre las cuales se ven los ms brutales egoismos.

Pero esas tribus, enmedio de sus instintos salvajes, no abandonan  sus
amigas cuando por las contrarias son acometidas; lo cual prueba, que
existe entre ellas algn respeto  lo que pudiramos llamar su derecho
de gentes.

La etnografa de la diplomacia europea nos da  conocer que ella misma
se ha colocado detrs de los pueblos ms brbaros, y en este sentido,
podemos decir que es _ultra-salvaje_.

Europa, en el estado en que se halla, dirn algunos, no poda obrar de
otro modo, ni impedir la cruel agresin de los Estados-Unidos.

Es verdad, y esto es lo que vamos  demostrar para que se conozca el
valor que tienen las quejas de Espaa.

       *       *       *       *       *

Cuando al amparo de la Iglesia se formaron las naciones europeas, stas
se inspiraban en los preceptos de la justicia y de la equidad universal;
y entonces naci ese admirable derecho de gentes que rigi  toda la
Cristiandad, y del cual era rbitro y Juez supremo el soberano
Pontfice, que hablando  los reyes y  los pueblos en nombre de Dios,
de la obediencia y de la fidelidad debidas, llevaba la justicia y la paz
 los tronos de los ms poderosos monarcas y  los humildes hogares de
las aldeas; pero lleg una poca luctuosa en la historia de las naciones
de Europa, y en ella se neg la obediencia al Pontfice, se seculariz
la poltica, y se habl  los pueblos en nombre de la libertad y del
progreso; y entonces se formaron en el seno de la Europa cristiana esas
tempestades sociales y religiosas que llamamos las revoluciones;
fenmeno singular y nuevo en la historia de la civilizacin, y contra
el cual es impotente la diplomacia.

En Grecia se sublevan los ilotas, los plebeyos de Roma se retiran al
Aventino, los Circunceliones en los primeros siglos de nuestra Era y los
pobres de Lyn despus, recorren las comarcas y devastan los pueblos;
pero todos esos movimientos sociales no son la Revolucin, sino la lucha
del espritu de rebelda y de las pasiones que dominan  los hombres:
_la revolucin es la negacin y el desprecio de toda autoridad legtima
ordenada por Dios_.

En la revolucin entran como partes principales, la hereja, la
injusticia, la ambicin y el egoismo humano.

Antes del protestantismo, las herejas tuvieron carcter particular,
negando unas un dogma, otras otro; pero el libre examen de la reforma se
opuso en primer trmino  la autoridad de la Iglesia, fundamento de
todos los dogmas; y por esta razn, cuando el libre examen se aplic 
la sociedad, nacieron esas luchas de los pueblos contra los soberanos, y
de stos contra sus pueblos; luchas inspiradas por las nuevas doctrinas
y sostenidas por el derecho que cada parte se atribua para que
prevalecieran sus ideas y el sistema de gobierno que se proponan; y
esto es lo que forma el espritu de la revolucin y sus obras
perturbadoras.

En Alemania, donde primero se separaron los pueblos de la Iglesia, no
tuvo la Revolucin un carcter general por los distintos principados en
que estaba dividida; mas en Inglaterra, el movimiento revolucionario se
generaliza, y se encuentra con un rey y lo decapita; lo mismo hace
despus en Francia, donde halla un trono trece veces secular y lo hecha
por tierra, llevando  la guillotina al infortunado Luis XVI; como en
Espaa destierra  Isabel II, rompe la unidad catlica y concede la
libertad de blasfemar de Dios.

En presencia del espritu revolucionario, los reyes sintieron vacilar
sus tronos, y no teniendo base firme en que apoyarse, transigen con la
Revolucin, aceptando algunos de sus principios y pactando con sus
sbditos la clase de libertades que haban de gozar; y entonces se
formaron las constituciones ms  menos liberales y revolucionarias;
pero como ni los reyes separados de la fuente de la justicia podan ser
justos, ni los pueblos leales, contina la lucha de los reyes contra la
exigencia y rebelda de los pueblos, y la de stos contra las
injusticias y el despotismo de los reyes; entonces todos los gobiernos,
para defenderse, empezaron  aumentar sus ejrcitos.

Con la paz armada, no se pueden contentar los hombres; porque por un
lado es insostenible  causa de los gastos que origina, y por el otro,
no sirve para acabar con las ambiciones de los hombres, ni tampoco hace
ms justos y benficos  los gobiernos.

       *       *       *       *       *

Los gritos de la revolucin, se han venido acallando con la fuerza y las
concesiones por algn tiempo, pero ya los verdaderos amigos de la
revolucin se han cansado de esperar su triunfo completo en todos los
rdenes y para todos los ciudadanos, y no quieren libertades  medias,
ni que unos se sienten  la mesa oppara del presupuesto y otros no
tengan ni migajas que comer; ni tampoco quieren que unos trabajen hasta
ser vctimas de su desgraciada suerte, y otros no tengan ms que pensar
en nuevas comodidades y en placeres nuevos; y como no ven en lo humano
razn alguna para esta espantosa desigualdad, y no han aprendido la
resignacin cristiana, en el paroxismo de su despecho y amargura han
declarado la guerra  los ricos y  los burgueses,  los gobiernos y 
la sociedad, y levantan, llenos de envidia y de furor, la negra bandera
de la _Anarqua_.

Siendo el anarquismo un desarrollo procaz de la Revolucin, no se puede
combatir con xito, sino acabando con ella, es decir, dejando de ser
revolucionarios los gobiernos, para que en los pueblos desaparezca la
Revolucin.

       *       *       *       *       *

Los representantes de los gobiernos europeos se reunieron en Roma para
tomar acuerdos radicales contra los anarquistas.

Nos parece bien que se castigue con rigor  todos los criminales de
cualquier clase y condicin que sean: pero por qu no se han castigado
antes los delitos polticos y las usurpaciones realizadas en nombre del
derecho nuevo y de la unidad de las naciones?

Por esta razn, y porque nunca han sido buenos jueces los delincuentes y
usurpadores, no haba que esperar de esa asamblea ningn buen resultado.

La primera grave falta cometida por los gobiernos, fu la de elegir 
Roma para el mencionado congreso.

Cualquiera otra capital hubiera ofrecido menos inconvenientes; pero la
capital del orbe catlico, donde se halla el romano Pontfice despojado
de su poder temporal contra toda justicia, derecho y conveniencia, no es
apropsito para que se condenaran all los crmenes de los hijos de la
Revolucin, en presencia de su vctima soberana.

Los gobiernos, movidos slo por el inters de su propia conservacin y
por la necesidad de defender  las sociedades del nuevo enemigo,
hicieron todos los esfuerzos imaginables, que no pueden menos de
resultar insuficientes, porque desconocen la raz del mal y el remedio
oportuno.

Sin duda, en la ciudad del Lacio, para designar el lugar de la reunin y
su objeto, pondran este rtulo:

    _Adversum anarquistas conventus._

Y tambin pudo suceder, que otro moderno y atrevido Pasqun, conociendo
 los congresistas y lo que haba de resultar de sus acuerdos, lo
rectificara con este otro:

    _Coeci cumt, et duces coecorum._

Nosotros, desde lo bajo de nuestra pequeez  ignorancia, nos hubiramos
atrevido  decir  esas majestades, altezas y seoras representadas en
Roma; que si en verdad queran matar el anarquismo, sin exterminar  los
anarquistas, practicaran este nuestro consejo:

Czares, Emperadores, Reyes, Presidentes de las Repblicas, Prncipes y
Duques, mandad  vuestros representantes que abandonen el lugar del
Congreso, y presididos por el ms anciano y respetable de ellos, se
dirijan todos juntos al Vaticano, donde est depositada la luz del
Cielo, y all, ante el trono ms augusto de la tierra, postrados  los
pis del Soberano Pontfice, diga el que preside:

SANTSIMO PADRE: Los soberanos de Europa,  quienes hemos venido 
representar en las conferencias contra el anarquismo, nos han ordenado
oficialmente que nos presentemos  vuestra Santidad declarando:

Que al fin han comprendido la inutilidad de todos los esfuerzos que
hagan contra los anarquistas sin la gua y cooperacin de la Iglesia
Catlica, nica que en nombre de Dios puede dar la paz  los hombres y 
las Naciones.

Reconocen tambin que una Encclica de vuestra Santidad, aceptada
benvola y fielmente por los gobiernos y los pueblos, puede producir por
las luces de la verdad y el blsamo de la caridad que brotan de la mente
y del corazn del mejor de los padres, mayores bienes y ms felices
resultados que todos los decretos de los reyes ms poderosos y
respetables.

SANTSIMO PADRE: Los gobiernos que representamos, me ordenan que haga
confesin de sus culpas ante el sucesor de San Pedro: ellos se
arrepienten de todas las iniquidades que han cometido y de los despojos
incuos  inmensos latrocinios que han sancionado; y conocen ya
claramente, que toda hostilidad que se hace  la Iglesia de Dios y toda
oposicin  sus enseanzas infalibles, se convierten en guerras entre
los hombres y llenan de tinieblas al mundo.

La ltima orden secreta que hemos recibido, la acabamos de cumplir,
intimando en nombre de la Europa cristiana al usurpador de Roma, al rey
excomulgado Humberto I de Saboya, que en breve plazo abandone esta
ciudad y elija otra capital, entre las muchas de Italia, porque nuestros
gobiernos se han persuadido hasta la evidencia, de que _mientras el Hijo
de Victor Manuel est en Roma, el anarquismo estar en todas las
naciones_....

       *       *       *       *       *

Pobre y desventurada Espaa! T que habas puesto el mayor empeo en
asemejarte  esa Europa en la libertad, en el progreso y en la
civilizacin, ya conoces, por lamentable experiencia, lo que puedes
esperar de ella en tanto no realice ese acto de reparacin y de justicia
que hemos imaginado.

Despus de la gran iniquidad y del robo sacrlego, triunfante y
subsistente, cometido contra el Principado civil y la libertad del
Romano Pontfice, no haba en toda la redondez de la tierra otros
Estados que pudieran ser objeto de un nuevo latrocinio, ms que nuestra
infeliz Espaa?

No hay otras naciones dbiles, con ricas posesiones codiciadas por los
fuertes?

No existen imperios infieles, brbaros y tirnicos que conquistar y
civilizar?

Por qu el humanitarismo de los Estados-Unidos y su poder colosal,
representante del progreso moderno, se ha levantado contra Espaa para
despojarla de sus ricas colonias y hundirla en el mayor abatimiento?

No busquemos la contestacin  estas preguntas en los clculos humanos,
ni en los secretos de los gabinetes diplomticos, ni siquiera en los
antros de la masonera cosmopolita.

Todos los poderes del infierno y todas las potestades de la tierra y
todas las cbalas de la ambicin, no hubieran podido arrebatar  Espaa
un islote, ni domear por un instante la bravura del len castellano, si
Espaa no se hubiera hecho digna de que Dios la abandonara.

Antes que ella, otra nacin, que tambin tuvo reyes santos, fu
destrozada por sus enemigos; y Espaa es ms culpable que lo fu
Polonia, porque ha recibido mayores beneficios y fu ms fuerte que
Cartago, ms grande que Roma, ms fiel que la Francia de Carlos-Magno, y
fu vencedora de Napolen; pero ha sido ms ingrata y desleal que
Inglaterra y que la misma Italia, porque haba salvado su unidad
religiosa de todos los peligros y la sacrific al imperio de la
Revolucin, despus de reconocer el sacrlego reino italiano.

Si el ms obligado por los ttulos de la justicia, de la piedad y del
honor  defender al inocente le abandona, es ms culpable que todos; y
esto ha hecho Espaa, y con razn podemos decir, que por su aquiescencia
ha triunfado en el mundo la Revolucin, cuando se entroniz en Roma.

Ahora Espaa lamenta sus culpas tardamente al tocar el abandono en que
Europa la ha dejado, semejante al abandono en que ella dej al Romano
Pontfice.

       *       *       *       *       *

Nadie duda de que es grande el poder de los hombres; ellos perforan las
montaas, allanan los valles, cruzan los mares con la velocidad de los
vientos, encadenan los rayos de las tempestades y hacen que la luz
estampe en las cartulinas las maravillas de la creacin; pero no pueden
suspender ni variar las leyes naturales, que son superiores al poder de
todos.

En el orden moral, los lmites del poder humano son ms extensos: pueden
los hombres despreciar la religin, conculcar la justicia, desconocer el
derecho, interrumpir la paz, y en el santuario de las leyes proclamar el
imperio de la fuerza bruta, del ateismo y de la Revolucin: pero tambin
tienen potestad para venerar la religin, restablecer la justicia,
constituir el derecho, determinar las leyes, enaltecer la fuerza moral,
vencer la Revolucin y condenar el absurdo ateismo; haciendo que reine
en el universo la fraternidad cristiana, la igualdad y la libertad
verdaderas, heraldos de la civilizacin y de la gloria del Salvador de
los hombres.




VII

     Voz de justicia...--Causas principales.--Su naturaleza y sus
     combates.--Luchas nuevas y problemas antiguos.--El progreso y la
     civilizacin desnudos.--Los sentimientos humanitarios
     desenmascarados.--La justicia salvadora.


Segn las ideas en que se inspiran, las aspiraciones que tienen, los
hechos que realizan, y por ende, los mritos que contraen, reciben las
sociedades, daos  beneficios, segn el orden de la justicia que reina
sobre todos los seres morales.

Como las naciones no tienen ms que la vida presente, en sta son
premiadas con bienes temporales,  castigadas, ya cayendo ante la
injusticia de los hombres, ya siendo azotadas por la justicia divina,
como ha sucedido  nuestra patria, por haberse apartado de los senderos
del bien.

En todo el mundo no existen ms que dos causas principales, la causa de
Dios y la causa de los hombres: la primera est representada y defendida
por la Iglesia y por los fieles que le estn sumisos, la segunda no
tiene institucin propia y la representan los hombres libres con las
asociaciones que forman y la propagan con las fuerzas de su ingenio y de
su efmero poder.

La primera es inmortal, y transitoria la segunda: pero si la causa de
Dios no puede faltar en el mundo, se debe tener presente que no se halla
vinculada  una  otra regin,  esta  aquella raza, es la causa de
todo el gnero humano y puede acabarse en unos pueblos y propagarse en
otros.

Hasta el presente, por ejemplo, la causa de Dios ha tenido su vida y su
representacin propia en nuestras colonias: de aqu en adelante podr
vivir en ellas la Iglesia catlica, pero no como vive la madre entre sus
hijos.

Por qu se ha obrado este cambio, sino porque all ha triunfado la
causa de los hombres?

Dios permite el triunfo de la injusticia para castigar  los pueblos que
han dejado de sostener dignamente su causa; y la Iglesia, al sufrir las
consecuencias del poder humano, se prepara para conseguir nuevas
victorias, mientras que la nacin culpable es realmente castigada.

Ya la bandera de Espaa, enarbolada por el genio de Coln, no existe en
el Nuevo Mundo, y los laureles que tremolndola alcanzaron tantos
insignes capitanes, se han marchitado; ya las hermosas bahas de la
Habana, de Puerto Rico y de Manila no reflejan los colores del pabelln
espaol izado sobre sus fortalezas; ya en los das de los _patronos_ de
Espaa no ser saludado con el estampido de los caones en aquellos
mares; ya la armoniosa lengua de Castilla no dictar leyes  ambos
mundos; ya se han desprendido las mejores perlas de la rica corona de
los reyes catlicos, ya la soberana de Espaa no existe en Amrica ni
en la Occeana.

       *       *       *       *       *

La indiferencia con que ver el mundo ese cambio de soberana, no
podemos tenerla nosotros, que vemos interrumpido el destino de Espaa,
vemos las luchas de las razas y el triunfo de la fuerza contra el
derecho, que seala rumbos peligrosos  la civilizacin.

Haba la cristiandad quitado  las guerras la ferocidad y la barbarie, y
no pudiendo evitarlas enteramente (porque habr guerras mientras haya
hombres ambiciosos y enemigos de la paz) las haba reducido  las justas
y  las de legtima defensa; y para librar  los guerreros de sus deseos
de venganza y del latrocinio, hizo de la milicia una profesin noble y
hasta religiosa. Las rdenes militares fueron en los siglos cristianos
el modelo de los ejrcitos civilizados, que servan  la causa de la
justicia.

Pero ni los hombres ni los pueblos en general, quieren ya servir la
causa de Dios, y tremenda y llena de problemas difciles se presenta la
causa de humanidad, emancipada de la Iglesia.

Quin obtendr en el mundo la hegemona?

Ser la raza anglo-sajona, arrebatando  la latina su antigua
preeminencia?

Quin dominar al envejecido Oriente?

Cul ser el porvenir de la raza amarilla y de los pueblos infieles?

En el siglo XX, ser el mundo catlico  presa del anarquismo?

En lo humano, todo lo que haya de suceder parece que est sujeto  la
potencia de los acorazados y al poder de los caones y de los fusiles de
tiro rpido: pero stos se pueden caer de las manos de los mercenarios,
los otros derrumbar las murallas de la iniquidad, y aqullos hundirse en
los mares; y sobre las runas del poder de los hombres, ir adelante la
nave de la Iglesia conduciendo todo lo que se salve de la catstrofe de
la iniquidad.

Un da se oy en el mundo una palabra que no haba salido de las
academias de Grecia, ni de los liceos de Roma, ni de las Sinagogas de
los judos, ni era el orculo de los templos paganos, ni la voz de la
ciencia antigua; y esa palabra que oyeron los habitantes de Jerusalem,
los del Ponto y la Galacia, los de Siria y la Bitinia, los que habitaban
la Mesopotamia, los persas, griegos y latinos, hizo que todos los
hombres se reconocieran como hermanos, porque era la palabra de Dios: y
despus de diez y nueve siglos, aquellos que se tienen por humanitarios
y civilizados, destruyen en lo posible los efectos de esa palabra divina
y renuevan las guerras de razas y la lucha de los fuertes contra los
dbiles.

En los pueblos antiguos, muchos de los problemas modernos estaban
resueltos por la ignorancia, la esclavitud y la tirana: pero las
sociedades cristianas no pueden soportar por mucho tiempo el dominio de
la fuerza, ni vivir como esclavas, ni tolerar los absurdos de la
impiedad: por esta causa, en unas latente, en otras manifiesta, existe
en todas las naciones esa lucha de la verdad contra el error, de la
justicia contra la iniquidad, del derecho contra la fuerza, ya proceda
sta de los reyes,  de los pueblos por medio de los presidentes de las
Repblicas.

       *       *       *       *       *

Si los principios y las doctrinas de la civilizacin moderna fueran
verdaderos, buenos y conformes  la naturaleza y al fin de las
sociedades, es indudable que seran mejores y ms perfectas aquellas en
las cuales, su aplicacin  imperio no tuvieran lmites, ni hallaran
obstculo alguno: y si son falsos, perjudiciales y opuestos al bien
general, es evidente que llevarn mayor  menor perturbacin y daos 
las sociedades en que sean admitidos y practicados con ms  menos
extensin y sentido lgico.

No cabe duda de que la corrupcin de las costumbres, la iniquidad
triunfante, la fuerza en lugar del derecho, la indiferencia religiosa en
unos hombres, la impiedad sistemtica en otros, la oposicin de los
gobiernos  la autoridad de la Iglesia, la audacia de los herejes y de
los sectarios, fomentada por la licencia ms absurda, las intrigas de la
masonera y todas las pasiones sin freno, son frutos propios de esos
principios deletreos y de esas falsas doctrinas, que han penetrado en
el espritu y en la vida de los pueblos separados de Dios.

Los Estados-Unidos ofrecen un ejemplo notable.

Constitudos conforme  las doctrinas de la independencia y de la
indiferencia religiosa, de la secularizacin social y de la libertad en
todas sus manifestaciones, haban de verse all los efectos naturales
del sistema.

All se han realizado los sueos de la democracia, los deseos de los
republicanos, las aspiraciones de los hombres que no quieren religin
del Estado, ni mandamientos divinos en la vida pblica: all el
pensamiento es libre y la prensa librrima y los ciudadanos no tienen
ms restricciones en sus actos pblicos que la de sus faltas y la vara
del polizonte; all el pueblo manda, la masonera impera y gobierna la
opinin pblica; all el ltimo aventurero que llega, puede despus de
algunos aos, presidir  setenta y cinco millones de hombres; y
halagando sus pasiones y favoreciendo sus intereses, arrastrarlos  las
empresas ms incuas y descabelladas: all, donde las riquezas son tan
caudalosas como sus ros, y son fabulosos sus inventos y sus ciudades
soberbias como Babilonia, all deban presentarse desnudos el progreso y
la civilizacin y desenmascarados los sentimientos humanitarios y todas
las mentiras del siglo presente; porque superior  todo lo ingenioso,
til y naturalmente bueno que tengan los Estados-Unidos, es la
injusticia, el atropello y la barbarie que han cometido con Espaa y
estn cometiendo con Filipinas.

       *       *       *       *       *

Siendo Dios tan justo y bueno, no poda permitir sin altsimos fines los
males que vemos y tocamos.

Entregado el mundo  las locuras de las invenciones humanas, necesitaba
en este fin de siglo una leccin ejemplar para que aprendiera, que ni
los hombres, ni los pueblos, pueden ser justos sin la justicia divina.

Nuestra patria se iba apartando de ella, y los Estados-Unidos han
querido ser algo ms que el azote de Dios, y posedos de loca ambicin y
de codicia insaciable, emprenden otra guerra de conquista al imponer su
soberana  las islas Filipinas, contra la voluntad de sus naturales.

Se ha dicho que nunca fueron buenas las segundas partes, y as resulta
patente la iniquidad y la traicin de los norteamericanos en esa guerra
en que un pueblo libre quiere privar  otro de su independencia.

Emancipados de Espaa por el triunfo de la insurreccin que ellos
favorecieron, tienen los filipinos derecho  su independencia natural; y
toda conquista que se haga por los americanos es injusta y contraria al
derecho de gentes: pero empendose los Estados-Unidos en proseguir su
falta, la agravarn cometiendo el crmen de exterminar un pueblo para
dominarlo, y las grandes naciones civilizadas que presencian ese
horrible espectculo y no lo impiden, se hacen cmplices de la
injusticia y de la inhumanidad de los Estados-Unidos, que demuestran con
los hechos cun brbaro es el progreso moderno y qu horrible es la
civilizacin, que emplea sus fuerzas poderosas en el latrocinio y en el
asesinato.

Si nuestra patria hubiera expiado todas sus faltas, ninguna ocasin como
la presente para conocer que no puede hallar justicia en las naciones
civilizadas con la civilizacin moderna; y que el hambre y sed de
justicia que siente para reparar sus desastres y regenerar su vida, slo
sus hijos pueden satisfacerla, buscando esa justicia salvadora que eleva
 los pueblos, librndolos de las miserias del pecado.

[imagen decorativa]




VIII

     Voz de esperanza...--La gran crsis.--Palabras de moda. Todos
     conformes.--Programa de regeneracin.--Los temores de Silvela.--El
     pueblo espaol, el gobierno y la Iglesia catlica.

      _Por la espaciosa esfera de este mundo_
    _En alas de la dulce libertad_
    _Un pueblo  la ventura caminaba._
    _Hasta que lleg  dar en el profundo_
    _Abismo de su loca veleidad,_
    _Que le impide la marcha que llevaba:_
    _Y por temor  la cercana muerte_
    _Prase al fin  deplorar su suerte._


Como expresan una verdad notable y se acomodan  nuestro propsito,
tomamos de un poeta mediocre estos pensamientos.

Es evidente que nuestra patria vena caminando sin rumbos fijos,
arrebatada por el torbellino de insensatas aspiraciones y de falsos
ideales, que la han trado  una crsis espantosa.

Se agravar ms la enfermedad que padece,  empezar Espaa  mejorarse
hasta recobrar enteramente la salud?

Esto es lo que ahora hemos de considerar.

       *       *       *       *       *

Hay palabras afortunadas como algunas personas y cosas, que llegan 
estar de moda, cual los ltimos figurines venidos de Pars.

En el siglo presente, la palabra _libertad_ no ha reconocido fronteras:
en todos los pueblos se ha aclamado y en algunos lleg  la apoteosis.

Desde el siglo XVI, la palabra _Reforma_ viene resonando por todas
partes: la Iglesia consider necesaria la Reforma y comenz  hacerla,
pero sus enemigos tomaron la bandera y por ellos se hizo la _falsa
Reforma_.

Y desde entonces todo se ha querido _reformar_ en el mundo: las ciencias
y las artes, el derecho y las leyes, las costumbres y la sociedad, y
todo se ha trastornado, como lo fu la religin en las naciones en que
triunf el protestantismo: los hombres no pueden tocar los principios
sagrados de la religin, de la sociedad y de la familia, sin profanarlos
y destrurlos.

Espaa, la nacin ms libre del universo con la libertad de los hijos de
Dios, quiso tambin, mal aconsejada, tener su _libertad liberal_ y sus
_reformas polticas_, y desde esa fecha su decadencia se precipit, como
la bola puesta en un plano inclinado.

La catstrofe que nos aflije, ha hecho olvidar  muchos las palabras
_reforma_ y _libertad_, para recordar  todos la palabra REGENERACIN.

sta es la que se oye por todas partes, la que escriben los periodistas,
la que proclaman las asambleas del comercio, la que invocan los
polticos fracasados y la que sirve de bandera  los que ambicionan el
poder.

Quiera Dios que ya que tan cara nos ha costado la _libertad_, y tan mal
nos han salido todas las _reformas_, que no caigamos en ms hondo abismo
al emprender el camino de la _regeneracin_ de la patria.

       *       *       *       *       *

Pocas veces se manifiestan en una nacin unnimes los pareceres, como
ahora entre nosotros.

Todos los espaoles, ya inocentes, ya culpables, ora blancos, ora rojos,
estamos conformes en dos cosas: en que nuestra patria se halla
necesitada de una urgente y completa _regeneracin_, y en que todos los
polticos son culpables de su actual abatimiento: lo primero es verdad
de sentido comn, y lo segundo lo han declarado los mismos interesados,
desde Montero Ros con su cuento de Meco, hasta Canalejas que sigue
siendo poltico _por expiacin_.

Tan grandes son las calamidades que sobre nosotros pesan, tan terribles
las decepciones que hemos sufrido, tan notorias las faltas y desaciertos
de los polticos, y, por ltimo, tan tremendos los castigos  que Dios
nos ha sometido, que han abierto los ojos  los que no queran ver y 
los insensibles les han dado exquisita sensibilidad; por este motivo y
excepcionalmente es ahora general y verdadera la opinin de los
espaoles.

Mas por desgracia nuestra y porque Espaa tiene, sin duda, que pasar
todava por muchas amarguras, esta conformidad desaparece apenas se
trata de lo que ha de constituir la regeneracin.

       *       *       *       *       *

Se han dado ya  luz muchos programas regeneradores: con uno bueno y
bien practicado nos contentaramos todos los que queremos se haga el
milagro, sea ste  aqul santo el salvador de Espaa.

Quieren unos, que la regeneracin sea  empiece por el orden econmico;
otros por el poltico social, y algunos creen que ha de ser moral y
religiosa.

Los primeros no piensan ms que en el aumento de las riquezas por medio
de la explotacin de sus fuentes y del desarrollo de la industria y del
comercio.

Los segundos, piden reformas polticas y sociales para que las
libertades pblicas y las iniciativas de cada uno produzcan todos los
frutos que han impedido los vicios del sistema y las faltas de los
gobiernos.

Y los que piden la regeneracin moral y religiosa desean que se comience
por negar al error,  las sectas y  la impiedad los derechos que no
tienen, y se proclame el respeto y la obediencia  las leyes divinas
antes que  las humanas.

Los polticos que han pedido y alcanzado el poder despus de los grandes
desastres, no podan menos de llevar al gobierno sus programas de
regeneracin, que, como es natural, se haban de refundir en el del
presidente del consejo de Ministros.

Ya nadie se acuerda del programa de Polavieja, ni de las tendencias
regionales de otros Ministros, y para la regeneracin de Espaa slo nos
queda oficialmente el programa de Silvela: mas como este seor, desde
que quiso presidir el gobierno de la nacin, ha dado tantos programas,
tenemos que reducirlos  su comn esencia, esto es, _ la seleccin, 
la liquidacin y  la moralizacin_.

Seleccin entre las personas, liquidacin de las colonias, moralidad en
la administracin.

Ya hemos visto como ha cumplido el Sr. Silvela la primera parte,
recusndose para que entraran en el Congreso los masones y los traidores
de la patria.

La segunda la ha realizado sin dificultad, firmando la venta  Alemania
de los tres archipilagos que nos quedaban en la Occeana; y la ltima
queda aplazada hasta que el Sr. Villaverde reuna nuevos fondos pblicos
que puedan ser bien administrados.

Estas son las partes positivas del programa regenerador, que  nadie
satisface, ni  los mismos que de l estn viviendo polticamente.

Ahora debemos ocuparnos en la parte negativa, que es, sin duda alguna,
la ms interesante.

       *       *       *       *       *

Todos los que conocen al Sr. Silvela  se fijan en sus declaraciones,
saben muy bien que tiene dos grandes temores: teme  _la reaccin_ y 
_la dictadura_; y como no le falta talento, sus razones tendr para
manifestar estos temores.

Nosotros slo podemos juzgar de que ira del brazo del mismo Morayta,
porque no le tengan por reaccionario; y respecto de la dictadura, como
l no puede ejercerla y ella le privara del poder, por esta causa la
teme.

Pero estas son razones extrnsecas, y nosotros vamos en busca de las
fundamentales.

Temen todos los polticos liberales _la reaccin_ y _la dictadura_,
porque ellas solas pueden regenerar  Espaa, y ellos, si quieren, no
pueden.

Por la cabecera de un ilustre enfermo han pasado todas las notabilidades
mdicas de la nacin; y ya en juntas consultivas, ya particularmente
imponiendo su parecer el mdico de cmara, han ensayado con el paciente
toda clase de mtodos curativos, agotando la farmacopea y no olvidando
los modernos especficos: en lo que ms se han manifestado conformes es
en que el enfermo necesitaba mucha libertad y nada de reposo, ni de
molestas ligaduras, ni custicos.

Y despus de muchos aos, el enfermo no consigue el menor alivio y va
perdiendo las fuerzas hasta el extremo de que algunos doctores han
declarado, que no sienten ya el pulso indicador de la vida.

Pero es lo cierto, que todos convienen en que la enfermedad no es
mortal, que el ilustre enfermo puede aliviarse y recobrar la salud
perdida: luego si no mejora, es por la deficiencia de las medicinas 
por culpa de los mdicos, que ignoran las ms eficaces  tienen inters
en que contine la enfermedad para cobrar sus honorarios.

Quin no ve en ese ilustre enfermo al pueblo espaol, que no han podido
vigorizar ni engrandecer todos los polticos que con el sistema liberal
se propusieron hacerlo feliz y poderoso?

Algunos de la familia quieren que se llamen  los curas  ver si con sus
exhortaciones y consejos consiguen mejorarlo.

Nunca est dems un sacerdote  la cabecera de un enfermo; pero la
misin de la ciencia hay que dejarla  la ciencia misma; y en este caso
con mayor motivo.

Espaa no se puede reconstituir sin la poltica y sin los polticos; la
una y los otros son necesarios para gobernar  los hombres en sociedad:
as lo ha ordenado. l mismo que dispuso fuera su Iglesia dirigida y
gobernada por sus ministros.

Si una mala poltica y unos polticos peores han degradado y corrompido
 Espaa, otra poltica y otros hombres podrn regenerarla.

Y no hay que juzgar las doctrinas por los hombres, sino  stos por sus
doctrinas; y como los liberales estn ya por ellas juzgados y condenados
hasta en su propio juicio, no es posible que ninguno de ellos, ni sus
partidos puedan regenerar  Espaa.

Los buenos mdicos procuran una reaccin en sus enfermos cuando es
necesaria; por qu los polticos, como Silvela, temen  la reaccin, si
es indispensable para salvar  nuestra patria de la presente crsis? Y
si esa reaccin no puede verificarse ms que por una especie de
dictadura, venga mil veces la dictadura franca, antes que una sola vez
la mayor postracin de Espaa?

Hagamos, por lo tanto, los sacrificios necesarios para librar  nuestra
amada patria de todos sus enemigos interiores y despus de los
exteriores.

       *       *       *       *       *

Engaan al pueblo y lo seducen criminalmente, todos los que dicen que es
soberano, y luego se burlan de su ignorancia, lo explotan y dominan,
constituyndose en sus maestros y representantes.

El pueblo nunca ha sido, ni es, ni ser soberano en el sentido que le
dan los liberales: el pueblo debe ser objeto de la solicitud y del amor
del soberano; para el pueblo, Dios ha constitudo los poderes pblicos;
la Iglesia y el Estado existen para servir, dirigir, ensear y salvar 
los hijos del pueblo.

Siempre menor, no tiene el pueblo la inteligencia de las clases
elevadas; pero tiene el sentido comn y razn suficiente para conocer 
los gobernantes que se interesan por su bien y le hacen justicia, y
entonces los ama y muere por defenderlos; pero cuando son egoistas 
injustos, como los gobiernos liberales y no est el pueblo del todo
sugestionado, entonces desprecia  esos gobernantes, no los ama y slo
quiere el remedio de sus males.

Sin poder directo para el gobierno de los pueblos en lo temporal, Dios
ha puesto  su Iglesia entre los gobernantes y los gobernados, para
hacer  stos dciles con sus doctrinas y preceptos saludables, y  los
otros, justos y benficos.

Cuando  ttulo de una independencia mal entendida y de una libertad
falsa se prescinde de la Iglesia, entonces los gobiernos se ven privados
en el cumplimiento de sus deberes de las luces superiores, y los pueblos
no tienen quien los proteja y libre de la ambicin de los hombres y del
despotismo de los imperantes; si las potestades pblicas yerran y no son
justas y buenas algunas veces, ah est la Iglesia, que es infalible y
santa, instituda por Dios en el mundo para dirigirlas y salvarlas.

[imagen decorativa]




IX

     Voz de temores...--El exceso del mal.--Los odios.--Los polticos de
     oficio y la Revolucin de arriba.--Nuestra dedicatoria.--El todo
     por el todo.


Muy fundados son los temores de Espaa ante el gran problema que tienen
que resolver sus hijos con la mayor urgencia.

Muchos, con infantil candidez, han venido creyendo, que cuando llegaran
las cosas pblicas al exceso del mal, entonces vendra el remedio
impuesto por la dura ley de la necesidad.

Ahora conocern, que de los males slo Dios puede tomar ocasin para
superarlos con la abundancia de bienes: el mal, por su naturaleza,
produce el mal, como la corrupcin insectos inmundos.

Mal, muy mal lleg Espaa  encontrarse al principio del siglo; peor
despus cuando perdi sus grandes colonias en Amrica, y en la pennsula
adquiere ardor blico la divisin de los espaoles; y acabadas las
primeras guerras civiles, confiaron muchos en que la paz nos dara
alguna bienandanza; pero una revolucin insensata abri las puertas del
abismo para derramar sobre Espaa innumerables plagas, que han sido,
como los grmenes de las que ahora lamentamos, sin consuelo ni alivio.

Todava, nadie lo dude, podemos estar peor y llegar  ser fcil presa de
nuestros implacables enemigos, si al torrente de las calamidades que nos
arrastra, no oponemos el remedio que est  nuestro arbitrio, cegando
con valor las fuentes del mal con el bien en pro de la nacin.

       *       *       *       *       *

Hay males ms terribles para un pueblo que la prdida de sus bienes y de
una parte de su territorio y la muerte de millares de sus hijos, y esos
males son los odios de unos ciudadanos contra otros por las diversas
ideas y sentimientos que dominan en los nimos y que se manifiestan en
las grandes crsis.

Hemos visto con inmenso dolor  algunos espaoles, formar sectas y
asociaciones que han hecho traicin  nuestra patria, y cuando sus
corifeos principales deban, por lo menos, estar avergonzados y
retirados de la vida pblica llorando sus crmenes, se presentan audaces
 provocar  las vctimas de su iniquidad, excitando los odios contra
los inocentes.

Nadie poda creer que los Moraytas y Blasco Ibez, pidieran los
decretos de la Revolucin en los tiempos de _la Regeneracin_.

Cmo no ha de temer Espaa que el odio enconado de sus hijos sea un
impedimento gravsimo para restaar sus heridas?

       *       *       *       *       *

Llamamos polticos de oficio,  todos los que por ambicin, deseo de
lucro  de aura popular, se dedican  la poltica: stos son enemigos de
la autoridad que ellos no ejercen, del pueblo que avasallan para
dominarlo, y tienen por contrarios  todos los de su oficio que no los
favorecen  no reconocen su jefatura  partido.

Son, por lo general, excpticos, presuntuosos y tan audaces como lo
requiere la profesin. Para salvar las apariencias, proponen algo y
prometen ms, y como todos no pueden  la vez explotar  la nacin, han
inventado el turno de los partidos y ese convencionalismo poltico, que
es la mentira menos daosa de sus falsos principios y procedimientos
corruptores.

Y creen algunos que esta clase de hombres podrn hacer un cambio
radical en el rgimen del Estado,  una revolucin desde arriba?

Suean despiertos todos los que esperan algn eficaz remedio  nuestras
desgracias, procurado por semejantes polticos.

El Sr. Silvela, ha dicho un escritor, ve claramente la necesidad de una
revolucin, pero no la siente, ni en todo caso acierta  encontrarle la
embocadura.

Si esto puede decirse, con verdad, del prohombre de la seleccin y
regeneracin qu se puede esperar de los dems?

Los liberales jams echarn por tierra su obra: ellos no confesarn sus
errores, ni renunciarn  la centralizacin, ni suprimirn esos
organismos, que, como las diputaciones provinciales no sirven ms que
para el fraude; ellos continuarn con el sufragio, sabiendo que es
mentira y tendrn caciques, aunque sea una barbaridad.

       *       *       *       *       *

Algunos de nuestros lectores, amigos de la claridad y enemigos de la
confusin, diran al empezar este libro: por qu lo dedicar su autor 
la Marina y al Ejrcito?

No es nuestra Marina la que ha perdido tantos buques sin causar apenas
dao  los enemigos?

Nuestro ejrcito ha conseguido algunas victorias?

Cmo  una Marina que sumergi sus barcos, y  un Ejrcito que ha
entregado virgen la plaza ms fuerte del Nuevo Mundo, se les hacen
laudables dedicatorias?

Adems, el conde de las Almenas ha dicho: que haba que subir al cuello
muchas fajas; y los tribunales de honor han expulsado  algunos como
indignos de llevar el uniforme militar, y sin duda quedan otros que
faltaron  sus deberes, descuidando  los soldados y no defendiendo sus
puestos con la diligencia y el valor necesarios.

Por qu, pues, se dedican obras  los que tan mal parados se hallan, y
no han hecho todo lo posible para salvar  la patria?

Nosotros no hemos dedicado nuestro trabajo  los culpables, que son una
excepcin, sino  la Marina y al Ejrcito que se han sacrificado en el
cumplimiento de sus deberes y que han sido vctimas de la psima
direccin de los polticos y de las malas artes de la poltica.

Dedicamos nuestro trabajo al Ejrcito y  la Marina, porque cuando
debieron sublevarse, han dado el ejemplo de la mayor disciplina, con el
cual, y con la expiacin sufrida, han reparado las faltas de otros
tiempos; y como clases sujetas  una ley rigurosa, podrn, siendo fieles
 ella y  los intereses de Espaa, contribuir poderosamente  su
regeneracin.

Apesar de todas las teoras de libertad, de progreso y de civilizacin,
 ms bien por las mismas, la fuerza pblica es hoy un elemento
importante en las sociedades, porque ella, bien dirigida y empleada,
tiene el objeto inmediato de conservar el orden y de hacer entrar al
mundo en razn, ya que de la razn prescinde.

Lo diremos sin rodeos: Espaa no puede regenerarse sin que el Ejrcito y
la Marina deshagan la obra que con su ayuda se levant; pues los
polticos de oficio, ni se arrepienten, ni se enmiendan, ni tienen
valor, ni fuerza moral para regenerarnos.

       *       *       *       *       *

Las naciones ms civilizadas conservan su preponderancia, no abandonando
sus tradiciones y apoyndose en la fuerza: tienen del pasado el espritu
nacional, y del presente los adelantos del siglo.

No se censura  Rusia porque siga en el cisma, ni  Turqua por que no
haya abolido la falsa leyenda del Alcorn, ni Alemania porque siga el
luteranismo, y sus sectas Inglaterra, y  Espaa se le ha hecho por su
fe la guerra ms despiadada por propios y extraos.

Todos los que han combatido nuestra fe con el pretexto de la libertad y
del progreso han sido los primeros enemigos de Espaa, y hoy pueden ver
el fruto de su obra nefanda, y la necesidad que tiene nuestra patria de
salvarse, cueste lo que cueste.




X

RESUMEN Y CONCLUSIN


La luz brilla con un esplendor meridiano y todos los objetos se perciben
con facilidad: el movimiento que las auras imprimen  las plantas y 
las flores, anima de tal suerte la naturaleza, que forma un admirable
concierto con el canto de los pjaros y el murmullo de las fuentes: el
pintor que ante un paisaje semejante no hiciera un hermoso cuadro de
perspectiva, bien puede guardar sus pinceles y borrar de su paleta los
variados colores.

Guardaremos nuestra tosca pluma, sin emborronar en adelante ms papel,
si  juicio de nuestros compatriotas no hemos logrado siquiera imprimir
en las pginas de este librito, algo de lo que todos vemos en la
atmsfera, en las nubes, y en el cielo que envuelven como un sudario el
dolor de Espaa por sus muchas desventuras.

Hemos querido tambin consignar lo que la misma siente, y lo que desean
los espaoles, y todo lo que hay, palpita y vive en este gran pueblo
espaol, digno de otra fortuna.

Por esta causa, en las voces de Espaa hemos expresado todo lo que por
ella sentimos; y en las reflexiones damos  conocer toda la indignacin
que abriga nuestro pecho contra sus brbaros enemigos y los malos
espaoles que la han puesto en el presente marasmo.

Si los cuadros en que hemos dividido nuestro trabajo no resultan tan
interesantes, dolorosos  instructivos como el asunto, es por nuestra
falta de habilidad y de suficiencia, que nunca deploramos ms que ahora,
cuando tan grande es el amor patrio que debemos tener y manifestar.

Que los desaciertos y graves faltas de muchos espaoles han trado sobre
Espaa las actuales desgracias, es una verdad tan evidente, que los
mismos culpables lo confiesan: pero de las culpas de los espaoles no
son jueces sus enemigos, que pueden ser, como son en realidad, ms
culpables que nosotros; y como no slo se han constitudo en jueces,
sino en verdugos nuestros, debemos reconocer que Dios ha permitido tan
grande iniquidad para nuestro castigo; y para que se manifestase en un
gran pueblo toda la hipocresa, mentira y barbarie que encubren con su
esplndido ropaje el progreso y la civilizacin moderna.

Sabemos que  estas verdades y  los altos fines de la Providencia
divina, no se dan por muchos la importancia que tienen; pero el mundo
nunca se ha regido ni gobernado en lo que es transcendental, por el
parecer de los hombres, sino por las leyes del orden superior.

La Espaa oficial, en gran parte, haba olvidado estas leyes y quera
ser poderosa y prosperar con los errores y las invenciones humanas; as
ha cado en tan grande abismo.

Reconocer al presente el orgen de sus desgracias, y se levantar
humilde procurando su remedio?

Mucho lo dudamos, porque no parece dispuesta  romper los dolos que se
ha fabricado; y si no interviene la Providencia, todo lo podemos
considerar perdido.

No negamos que en el fondo del pueblo espaol hay todava alientos para
empresas mayores que la de la regeneracin de Espaa; pero por una parte
no hay quien los excite y los dirija con xito, para llegar al fin
necesario; y por la otra se hallan sojuzgados tantos espaoles por los
bastardos intereses, por la ambicin y las preocupaciones errneas del
sistema liberal, que se puede desconfiar de su buena voluntad y del
espritu de sacrificio que se necesita para salvar  Espaa.

Los hombres y los principios que han arruinado  nuestra nacin, no
pueden ciertamente regenerarla.

Pueden cambiar los hombres, pero no los principios, que son por su
naturaleza inmutables: y con doctrinas errneas y un sistema corruptor,
y por lo tanto, desacreditado, como el liberal parlamentario, no es
posible que los hombres ms hbiles, enrgicos y aun sabios, puedan
reconstituir una nacin que lleva en sus entraas el tsigo mortal.

La experiencia proclama esta verdad: que un pueblo no se regenera si no
vuelve  los principios y  las leyes que les diera el ser y la vida.

Hay, por lo tanto, imperiosa necesidad de abandonar mentirosos ideales,
doctrinas y procedimientos falsos y opuestos al carcter de nuestro
pueblo.

Todos los que hablan de regeneracin y la quieren, y no tienen valor
para renunciar al falso sistema que nos ha dividido y desolado, 
padecen una aberracin  no aman  Espaa.

La obra es grande; todos los espaoles estamos llamados  tomar parte en
ella, ponindonos debajo de la bandera de aqullos  de aqul que estn
elegidos para sacar  nuestra patria del abismo en que se halla.

Contra el supremo inters de la nacin, que no se levanten otros
intereses: estemos todos dispuestos  sacrificarlo todo por la patria.

Nos parece que desde el fondo de su atribulado espritu nos dirige este
llamamiento para que la salvemos de los peligros que an la rodean y
amenazan.

La voz de Espaa es la que nos llama  la concordia y  la accin
generosa; ella conjura  todos los espaoles para que acudamos
presurosos en su auxilio; ella ruega, suplica y pide  sus hijos que se
acuerden de sus grandezas pasadas y de sus males presentes: ella nos
conmina para que entendamos que Dios no ha permitido la gran crsis en
que se encuentra, sino para excitar el amor de sus hijos y levantarlos
de su postracin, para que libres de los errores, podamos librarnos de
nuestros enemigos; y recobrando las perdidas energas, el valor
legendario y el heroismo, mostremos  las naciones que Espaa no muere,
que si Dios nos ha castigado, ha sido para salvarnos; y que en tanto que
nuestros _soberbios enemigos_ sern humillados, se levantar el len
espaol para volver con sus rugidos  llenar al mundo de espanto y de
admiracin.

FIN




NDICE


Captulos.                                                       Pginas

Dedicatoria.                                                         III

Advertencia.                                                         VII

I =La voz de Espaa.=--Los ideales.--Carcter del
pueblo espaol y su degeneracin.--Idem del
americano, deducido de su breve historia.--Elogios
que se han tributado  los Estados-Unidos.--La
venta de Cuba.--La guerra popular
y Mac-Kinley conquistador.                                             9

II =Voz de indignacin...=--Importancia de la guerra
para Espaa y los Estados-Unidos.--Causas
de la guerra.--El pueblo espaol y su gobierno.--Los
primeros desaciertos.--Cobarda monumental.--Duelo
 primera sangre.--Ellos
y nosotros.                                                           27

III =Voz de dolor...=--La guerra y la democracia.--Los
brbaros del Occidente y sus ideales.--Anarqua
gubernamental.--El xodo de la escuadra.--Invocacin:
primeras vctimas.--Ansiedades.--Preparando
la catstrofe.--Santiago...
y abajo Espaa.                                                       51

IV =Voz de desolacin...=--Las runas de un imperio.--La
decadencia de una nacin.--La fatalidad
y el progreso.--No hay efecto sin causa.--El
fin de la guerra.--Consummatum est.                                   64

V =Voz de afliccin...=--Males sin remedio.--Culpas
de antao, remordimientos de ogao y notabilidades
oscurecidas.--Continuamos lo mismo.--Todo
ha fracasado.--El rbol maldito.--Una
esperanza.                                                            70

VI =Voz de queja...=--La Europa salvaje.--El origen
de la Revolucin.--Aumento de los Ejrcitos.--El
anarquismo.--Los ciegos en Roma
guiando  los ciegos.--Nuestro abandono.--El
poder que nos resta.                                                  80

VII =Voz de justicia...=--Causas principales.--Su naturaleza
y sus combates.--Luchas nuevas y
problemas antiguos.--El progreso y la civilizacin
desnudos.--Los sentimientos humanitarios
desenmascarados.--La justicia salvadora.                              89

VIII =Voz de esperanza...=--La gran crsis.--Palabras de
moda.--Todos conformes.--Programa de regeneracin.--Los
temores de Silvela.--El
pueblo espaol, el gobierno y la Iglesia catlica.                    96

IX =Voz de temores...=--El exceso del mal.--Los dios.--Los
polticos de oficio y la Revolucin de
arriba.--Nuestra dedicatoria.--El todo por el
todo.                                                                103

X =Resumen y conclusin.=                                            107

[imagen decorativa]

PRECIO: 50 CNTIMOS

Se vende en la Librera de San Jos, Francos n 8--SEVILLA.

       *       *       *       *       *

Errores corregidos

Todas las deficencias y fraudes=> Todas las deficiencias y fraudes {pg
iii}

cuando al monotono arrullo=> cuando al montono arrullo {pg iii}

leimos en nuestra juventud=> lemos en nuestra juventud {pg v}

hecha el ludribio de las naciones=> hecha el ludibrio de las naciones
{pg 9}

Voz de aflixin=> Voz de afliccin {pg 10}

juntamente son el atraso intelectual=> juntamente son el atraso
intelectual {pg 15}

Ahora un, pueblo de mercaderes=> Ahora, un pueblo de mercaderes {pg 16}

el poder y las prosperidad=> el poder y la prosperidad {pg 32}

M. Adams preva bien la dificultad de la anexin=> M. Adams prevea bien
la dificultad de la anexin {pg 23}

le primeire droit le force=>le premier droit le force {pg 29}

los fenmenos metereolgicos=> los fenmenos meteorolgicos {pg 31}

del progreso y de la civilizacion=> del progreso y de la civilizacin
{pg 43}

En la memoria de todos los espaoles quedaran impresos=> En la memoria
de todos los espaoles quedarn impresos {pg 47}

slvense los princios=> slvense los principios {pg 48}

Espaa desmembrada y arrunada=> Espaa desmembrada y arruinada {pg 48}

haba de preveer interminables desgracias=> haba de prever
interminables desgracias {pg 49}

fuera esclava de todas las concupiscencia=> fuera esclavo de todas las
concupiscencias {pg 51}

el da fatal de una guerra incidiosa=> el da fatal de una guerra
insidiosa {pg 56}

la hora del descenlace=> la hora del desenlace {pg 63}

ste restaurador civi=> ste restaurador civil {pg 73}

hombres sin agnegacin y sin carcter=> hombres sin abnegacin y sin
carcter {pg 69}

porque no han sabido guardar la una, ni ser fieles  la otra=> porque no
han sabido guardar la una, ni ser fieles  la otra! {pg 71}

la dejarse dominar=> la de dejarse dominar {pg 79}

Ms en una hora fatal=> Mas en una hora fatal {pg 79}

un hombre superir=> un hombre superior {pg 79}

la regeracin de Espaa=> la regeneracin de Espaa {pg 79}

recorren las comarcas y desvantan los pueblos=> recorren las comarcas y
devastan los pueblos {pg 82}

Voz de juzticia=> Voz de justicia {pg 90}

es evidente que llevaran mayor=> es evidente que llevarn mayor {pg 92}

con las errores=> con las errores {pg 109}

primeras victimas=> primeras vctimas {pg 111}






End of the Project Gutenberg EBook of La voz de Espaa contra todos su
 enemigos, by Jos Mara Avils

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*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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ways including checks, online payments and credit card donations.
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Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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