The Project Gutenberg EBook of Pginas sevillanas, by 
Manuel Chaves and Jos Gestoso y Prez

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Title: Pginas sevillanas
       Sucesos Histricos, Personajes Clebres, Monumentos Notables,
       Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y
       Curiosidades.

Author: Manuel Chaves

Contributor: Jos Gestoso y Prez

Release Date: June 23, 2012 [EBook #40066]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Nota del transcriptor: En esta edicin se han mantenido las convenciones
ortogrficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuacin
presentes en el texto.




PGINAS SEVILLANAS

_Tirada de ciento cincuenta ejemplares._

EJEMPLAR NM. 59




MANUEL CHAVES

PGINAS SEVILLANAS

SUCESOS HISTRICOS, PERSONAJES CLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES,
TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.

CON UNA CARTA-PRLOGO

DEL SEOR

DON JOS GESTOSO Y PREZ

SEVILLA

[Illustration: colophon]

Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera I

1894




AL EXCMO. SR. D. JUAN PREZ DE GUZMN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.


    _Mi respetable seor y amigo_:

_Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto
difciles para llevarla  cabo tan  la perfeccin como mi deseo hubiera
sido, me permito dedicarla  V., pues quiero corresponder de algn modo
 las atenciones y pruebas de estima que le debo_.

_Me inclinan tambin  hacerlo as sus decididas aficiones  los
trabajos de la ndole del mo, y la benevolencia con que en diferentes
ocasiones ha juzgado esta modesta coleccin de apuntes, sacados de la
historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de
contribuir de algn modo, con bien escasas fuerzas,  generalizar la
memoria de personajes clebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y
que muchos han olvidado_.

_Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me
alcanza que lo que le ofrezco es cosa balad, la intencin es bonsima y
en nada cede  la de cuantos ingenios ms afortunados que yo se honraron
poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones_.

_De V. S. S. y devoto amigo_,

             Q. L. B. L. M.,

          MANUEL CHAVES.

Sevilla, 3 de Mayo de 1894.

[Illustration: barra decorativa]




CARTA-PRLOGO

SR. D. MANUEL CHAVES.

MI muy estimado amigo: El bondadoso afecto con que V. me distingue
llvalo hasta el punto de solicitar que mi nombre acompae y aun vaya al
frente de su libro _Pginas Sevillanas_, puesto al pie de una
_Introduccin  Prlogo_, que explique al lector algunos pormenores
relativos  la aparicin de su obra, causas que  ella le han movido,
objeto que al darla al pblico se propone, etc., etc. Confieso  V. que
despus de hojeado el volumen y complacdome con sus preciosos artculos
he sentido, n la natural satisfaccin del amor propio al estampar mi
nombre junto al de V., sino algo superior  aqulla, algo ms vivo y ms
profundo, porque no se basa en el halago personal, ni en la vanidad
satisfecha, sino en el ms puro y ms noble de todos los humanos
sentimientos, en el amor  la patria, tan grande en m, que no lo cedo
ante ningn otro. Su libro de V. es un precioso ramillete de recuerdos
sevillanos antiguos y modernos: en cada una de sus pginas parceme ver
un girn de nuestras pasadas grandezas, un fragmento de nuestras glorias
artsticas, ecos de tradiciones y leyendas salvadas del olvido  travs
de cien generaciones. Todas esas memorias son imperecederas, y ni las
destruye el impulso demoledor del tiempo, ni las salvajes profanaciones
de los hombres: subsisten y subsistirn mientras que en este bendito
rincn de Andaluca exista un alma capaz de sentir el poder de Dios
revelado en los encantos de la naturaleza, y el aliento creador del
humano ingenio traducido en sus inmortales concepciones. As, pues,
siendo su libro de V. testimonio de glorias, compendio histrico y
padrn de grandezas sevillanas, y solicitando V. que mi oscuro nombre
vaya unido  tan preclaras memorias de otros das, no he de mostrar 
V. en primer lugar mi reconocimiento? Si as dejara de hacerlo argira
en m ingratitud, de la que estoy muy distante,  inmodestia suma, para
la cual no hay el menor motivo.

Los sencillos relatos que V. hace de sucesos histricos, las
descripciones de monumentales fbricas, las curiosas leyendas que han
brotado al calor de la fantasa popular, los mil recuerdos que V. tan
hbilmente evoca, despertarn siempre en todo sevillano muy varias y
profundas impresiones, porque con aqullos sabe V. herir la ms delicada
fibra del sentimiento.

Dulce recreo del espritu fatigado de las luchas de la vida, descanso
inefable para el alma enmedio del continuo trfago que nos rodea,
experimntase con la lectura de su obra de V.; por ms que luego, cuando
la razn nos lleva  establecer el contraste entre lo pasado y lo
presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

Cuntas veces he buscado reposo para mi espritu en muchos de los
parajes que V. describe, y cuntas hall consuelo en otros que traen
siempre  mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de
impresiones que no han de repetirse jams.  medida que nos vamos
alejando de aquellos das, parcenos sentir ms ntimo goce al recorrer
los sitios queridos; y si por acaso el rbol que entonces nos di
sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos,  la casa
albergue de nuestros amores caen  los golpes del hacha  de la
piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen
tras s un pedazo de nuestro corazn. Mientras que existieron aquellos
mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjbamos la
ilusin de que nada haba cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista,
al borrar por completo las huellas de lo que un da fu para nosotros
motivo de inefables dichas, sentimos un vaco tan grande, que nada hay
bastante para llenarlo.

De poco tiempo  esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios,
para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos
de utilidad comn; y al paso que vamos irn cayendo otros, ya porque no
se atendi  su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las
mejoras pblicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea
de verlos por tierra: si tal sucediera, ojal que antes haya yo
emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce  palmos nuestra Ciudad; que al recorrer
sus calles se habr detenido tantas veces para fijar su vista en una
antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan an en sus resaltos
las huellas de hbiles canteros; V., que habr gozado descubriendo 
travs de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo  los
mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por
las angostas callejas de apartados barrios se habr sorprendido al ver,
ora elegantsimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de
plateresca yesera, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que
conoce los secretos que cada una de aqullas guarda para los profanos,
estoy certsimo que al recorrer las de la collacin de San Marcos, segn
decan los antiguos, habr V. ms de una vez enderezado su camino, y
recordando al _manco sano_, _al regocijo de las Musas_, por las que
conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita
el ingreso al comps de su iglesia, no es verdad que al fijar los ojos
en el conjunto que all se aparece, experimntase una impresin tan
profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; qu artista podra
haber imaginado cuadro ms bello, ms potico, de ms dulce melancola,
ni qu paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de
la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que  porfa en l derrocharon sus
encantos, sin que sea posible decidir cul sobrepuja, ni cul vence. De
una parte los blanqusimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas
lzase elegante y correcta espadaa; ms all la singular y famossima
portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol
poniente, semejan finsimas placas esmaltadas con reflejos de ncares y
oro; y resaltando sobre el difano azul del cielo, los oscuros sillares
del bside, con sus fantsticas grgolas, sus calados antepechos, sus
ventanales festoneados de frondas, sus flamgeras traceras y su
torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artsticas mudjares.
Al pie del monumento, en el fondo del comps, ocultando la blanca casita
del capelln, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de
colores y el caracol real, que, despus de trepar por los troncos de las
palmeras y de enlazarse  sus ramas en mil giros, quedan pendientes de
sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde:
los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y
las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas
hojas de un viejo olivo.  la izquierda, el huertecillo cubierto de
amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y
girasoles. Por detrs de las tapias descuellan los caaverales y altos
cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrs de cuya
correcta espadaa yrguese majestuosa la elegantsima torre de San
Marcos, la cual parece que an llora la suerte de sus constructores,
relegados  los arenales del frica. Por ltimo; cien torres y cpulas
dibujan sus elegantes perfiles  lo lejos entre los oscuros tejados y
las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes
flores.

 la cada de la tarde, cuando los ltimos rayos del sol iluminan el
bside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas
acuden  buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves
con sus trinos despiden al da que muere; cuando la naturaleza toda
parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las
notas graves y armoniosas del rgano acompaando los cnticos de las
religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande
que conmueve nuestro sr, que hiela nuestra sangre, que paraliza
nuestros movimientos; emocin profunda, indefinible, misteriosa, que
despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos
alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez
que se aproxima...

 la sombra de estos rboles, entre los rosales y las madreselvas, en
las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad,
arrullados por el trino de las aves  por las majestuosas armonas del
rgano y de los cnticos religiosos, cuntas veces he deseado dormir el
sueo eterno!

Y no es este el solo rincn de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos
siempre motivos sobrados para dar rienda suelta  los ms ntimos
sentimientos: sigamos la margen del ro desde la Puerta de San Juan
hasta la de Macarena, y  cada paso tendremos que detenernos: de una
parte el convento de Santiago de la Espada con su bside
romnico-mudjar, cuyos sillares conservan an los misteriosos signos de
sus canteros _masones_; de otra la magnfica atalaya que fabricara el
infortunado don Fadrique; ms all las heterogneas construcciones del
monasterio de San Clemente; despus las murallas romanas, las huertas y
ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres
Duques de Alcal, y  lo lejos las ruinas del monasterio de San
Jernimo...

Pero  qu seguir? V. sabe como yo dnde estn esos parajes; V. los ha
recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado  conocer la historia
de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio
ha compuesto el interesante libro que tengo  la vista.

Qu lstima, amigo mo! V. con su buen talento, su carcter
investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra
esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus
entusiasmos y su amor  Sevilla valdrn  V. menos, mucho menos, que si
fuese _muidor_ en unas elecciones!!...

Muy pocos (pero stos buenos amigos en verdad) le aplaudirn y harn
justicia; mientras que si endereza sus pasos por _el ancho campo de la
ambicin soberbia  de la adulacin servil y baja_ alcanzar gran
predicamento, y entonces muchos le halagarn y enaltecern!!...

Todava reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro
inolvidable Bcquer, y no tardar mucho en que veamos alzarse en el
cementerio de San Fernando suntuoso sarcfago, costeado por suscricin
popular, que guarde los restos de _El Espartero_. Qu va V., pues, 
esperar de las letras? Qu proteccin de nuestros grandes hombres, de
nuestros _insignes_ polticos?

Y sin embargo de que V. est persuadido de estas tristes verdades,
contina firme en sus nobles propsitos y lleva V. su abnegacin y su
entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que  estos
renglones acompaa, sin ms estmulo que el de vulgarizar nuestras
glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos,
sino para contribuir  la enseanza de aqul, mostrndole sanos y
altsimos ejemplos que lo inciten  imitar lo bueno y  apartarse de lo
malo. Si pues tales han sido sus intentos, cmo negar  V. mi pobre
pero sincero aplauso, cuando hoy carcese tanto de buenas lecturas,
cuando el veneno es prdigamente servido en doradas copas, y cuando se
atrofian las inteligencias con los ms monstruosos relatos?

Tendr V., pues, la mayor y ms noble de todas las recompensas; la
ntima satisfaccin que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada
esta triste poca de desdenes  indiferencias, las generaciones que nos
sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de
amor  su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos
ocupar lugar muy preferente.

De V. afectsimo amigo,

Q. L. B. L. M.,

JOS GESTOSO Y PREZ.

15 de Junio 94.

[Illustration: barra decorativa]




I

LA FUENTE DEL ARZOBISPO

     Horas hay de recreacin donde el afligido espritu descanse: para
     este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se
     allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.

     CERVANTES.


PRXIMO al convento de la Trinidad, cuya fundacin se remonta al ao
1249, existe un camino llamado en lo antiguo _Camino viejo de Crdoba_,
el cual est rodeado de frtiles huertas y de algunas fincas de recreo,
sin que tampoco falten en l los ventorrillos caractersticos de nuestra
patria, donde tan agradables tertulias se forman en los das hermosos y
serenos.

Siguiendo este camino, y  una distancia bastante regular, se encuentra
una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fu construda,
segn la tradicin, en tiempos de D. Fernando III.

En aquel lugar exista la huerta y palacio que el Monarca conquistador
regal  D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla
despus de ser abandonada por los sarracenos.

D. Remondo, que entre otros muchos edificios posea una hermosa casa en
la calle que hoy lleva su nombre, prxima  la Catedral, sola pasar
algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situacin
topogrfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de
abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de
cuantas existan desde la casa de _Buena-vista_ hasta el campo donde
segn la tradicin eran sacrificados los mrtires de los primeros
tiempos del cristianismo.

La magnfica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286,
sufri no pocos cambios de propiedad; el palacio fu derrudo casi por
completo  mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos,
todo desapareci, excepto la Fuente, que an se conserva casi igual 
como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, segn la
afirmacin de algunos autores, que ponemos en duda.

La fuente del Arzobispo no puede ser ms sencilla, pues slo la componen
algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora accin de los
tiempos, y varios caos, por donde sale el agua cristalina y abundante,
formando blanqusima espuma.

El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores
de antigedades de Sevilla lo creen  larga distancia, sin dar para
ello razones de gran fundamento.

De esta Fuente se llev el agua para la Alameda, construyndose entonces
un acueducto, del que slo quedan hoy escasos restos.

Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de
construccin romana, pues en aquel lugar, escribe Gonzlez de Len, hubo
un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio
Adamas. Dicho templo debi ser obra soberbia, as como una fortaleza que
tambin tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.

El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se beba en Sevilla,
y hasta los mdicos la recomendaban  ciertos enfermos; por lo cual
diariamente,  pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudan all
gentes de todas las clases sociales, que,  ms de tomar el lquido
salutfero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy
higinicos, y desde los cuales la poblacin presenta una bellsima
perspectiva.

El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la
antiqusima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan
agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su
desagradable gusto: y si ya no van  probarlas los vecinos de Sevilla,
an se ven los domingos y das festivos muchas gentes que acuden all 
merendar al sol y  pasar un rato agradable.




II

LA PUERTA REAL

     Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de
     las calles ms dignas de la ciudad, y de una arquitectura
     slida...

     F. GONZLEZ DE LEN.


Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andaluca, y una de
las ms notables, sin duda, era la _Real_, llamada as desde mediados
del siglo dcimosexto.

Segn los ms puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta
fu el de _Goles_, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra
una estatua de _Hrcules_, que se conserv hasta algunos aos antes de
la reconquista.

El da 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejrcitos
cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien
puso cerco  Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venci al fin el poder
de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo
D. Alfonso, que de Murcia vino  tomar parte en la empresa, el famoso
Almirante Bonifaz, y otros caballeros.

Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves
de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas
del mayor jbilo y alegra.

Muchos aos despus, en tiempos del asistente D. Francisco Chacn, se
llevaron  cabo importantsimas mejoras en esta Puerta, reconstruyndose
casi por completo, y dndose fin  los trabajos en 1565.

Entonces perdi el carcter que tuvo cuando la reconquista,
desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.

Cuando el rey Felipe II celebr su casamiento con D. Ana de Austria, y
vino  Andaluca, entr en la capital por la Puerta de que nos ocupamos,
la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de
aquel poderoso Monarca.

La puerta Real se adorn entonces con inusitado lujo, cubrindose de
multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas
con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombr de oliente juncia,
y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo
gast enormes sumas.

Felipe II recibi all las muestras ms espontneas del amor y respeto
que le tena el pueblo de Sevilla, segn escribe Malara.

Frente  la puerta Real se estableci durante la terrible epidemia
llamada _Peste levantina_, en 1649, un cementerio, en el que fueron
sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.

En el siglo XVIII se intent hacer algunas reformas grandes en la
Puerta; pero no sabemos por qu causa quedaron en proyecto, y slo se
ejecutaron ligeras modificaciones.

Las princesas del Brasil que visitaron  Sevilla en 1816 entraron por la
puerta Real, y al llegar el carruaje que las conduca  la calle Armas,
un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganch los caballos y
se dispuso  tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo
no consintieron las princesas, que se apearon ms que de prisa,
frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.

El triste da de S. Antonio del ao 1823, cuando desbandados los
absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos
destrozos, y ante ella formaron un enorme montn de objetos diversos,
robados de casas de liberales,  los que prendieron fuego con furor
salvaje.

Tapise la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban 
Sevilla, y el ao 1862 comenz el derribo, desapareciendo al poco tiempo
con el trozo de muralla y las casuchas de fesimo aspecto que estaban
adosadas  los muros.

La puerta Real--escribe un historiador--era de regular arquitectura,
majestuosa y elegante, y en cuanto  su solidez nada dejaba que
desear.

Constaba de dos cuerpos: el primero tena un gran arco romano adornado
de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre
el que se alzaban varias graciosas pirmides.

Sobre el arco se encontraba una inscripcin latina, que traducida al
castellano deca lo siguiente:

_Fernando quebrant las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de
Fernando brilla como los astros del cielo._




III

EL MESN DEL MORO

     Era este judo rencoroso y vengativo, como todos los de su raza;
     pero ms que ninguno engaador  hipcrita.

     BCQUER.


Todava,  pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las
calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le di el
vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una  otra
generacin sin que se perdiera. Nos referimos  la calle Mesn del Moro,
que est situada, como todos saben, entre las de Borceguinera y Ximnez
Enciso, y que pertenece  la collacin del Sagrario.

Hace tiempo que nos movi la curiosidad por saber el origen del nombre
de esta calle, y aunque no ignorbamos que deba el llamarse as  una
posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueo fu un creyente del
Profeta, no sabamos quin fu aqul y qu celebridad tuvo para que
llegase  ser tan conocido de todos.

Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradicin que,
satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido tambin  ponernos
en conocimiento de un suceso que quiz desconozcan algunos de nuestros
lectores.

Segn las noticias que tenemos, despus de reconquistada Sevilla por el
rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribucin de la ciudad y
expulsados sus antiguos habitantes, quedaron an no pocos moros y
judos, tolerados por los cristianos, que vivan confiados en su suerte,
que  la verdad no era muy prspera.

En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban  la mezquita
mayor, _Djema Mukyarrim_, habitaba un musulmn que antes haba posedo
grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde
naciera, y descendiendo  una modesta posicin, abri una posada para
dar en ella alojamiento, muy particularmente  aquellos que su misma
religin profesasen.

Llambase el moro Hach-Elarbi, y su odio  los cristianos era tan
profundo, que pasaba das enteros meditando planes insensatos, por ver
si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.

Demasiado saba el moro que deba ser muy cauto, pues los vencedores no
se andaban con nieras, y por esto callaba y mostrbase humilde cuando
las gentes le vean, y afable con todos, para no infundir la menor
sospecha.

Cierta noche presentse en el mesn un hombre al parecer forastero, de
pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno,
lleg hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana
ardan los secos troncos, y  su alrededor veanse dos  tres criados
del moro, que descansaban all de sus faenas del da.

Sentse  la lumbre el forastero y no tard en presentarse  l
Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensin que traa, ofrecile
aposento y dile antes un poco de pan negro y carne asada para que
repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que
traa.

Mientras cenaba el husped, el moro hzole muchas preguntas,
demostrndose ser hombre curioso, y as que fu llegada la hora de
recogerse acompale  un aposento donde tena preparado un modestsimo
lecho y dispuesto un candiln que le alumbrase.

Cuando despus de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba 
levantarse  media noche para rezar ciertas oraciones, sali al corredor
donde el cuarto del viajero estaba, extrandole ver por las rendijas de
la puerta reflejos de la luz, que an estaba encendida, mir por entre
las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.

El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubra, y sentado
en el lecho, teniendo ante s un banco, donde haba colocado una porcin
de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna
de algunas personas.

 la vista de aquellas riquezas excitse la codicia del moro, y unise 
ella singular coraje al apercibirse de que el husped era cristiano por
un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tena.

Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando ms
embebido estaba sinti de pronto abrirse la puerta de la estancia,
penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candiln,
lanzse sobre el cristiano, y, echndole las manos al cuello, dile all
mismo muerte en pocos minutos. Despus Hach-Elarbi escondi en una cueva
el cadver, recogi el dinero y guard el tesoro en el rincn ms
apartado de la casa.

Largo tiempo permaneci este crimen oculto, descubrindose aos despus
por una rara casualidad que la tradicin no nos cuenta.

Sbese s que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneci cerrada
durante algunos aos, y que en el mes de Febrero del ao 1250
Hach-Elarbi sufri la ltima pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada
en una de las paredes exteriores del edificio.




IV

LA TORRE DE DON FADRIQUE

     An permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del
     palacio que para s construy el Infante de este nombre...

     P. MADRAZO.


En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una
Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se
encuentra an en el mejor estado de conservacin.

Su planta--escribe un distinguido autor contemporneo--es rectangular y
consta de tres cuerpos, emplendose la piedra en algunas partes y lo
restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada
curiosa archivolta de estilo romnico con arcos semicirculares y
columnillas, sobre la cual existe una inscripcin; en el segundo cuerpo
rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus
frentes hay elegantes ventanas del mismo carcter romnico, y en el
ltimo, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de
aqullas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los
ngulos debi tener grgolas para desage, de las que slo resta una.

Esta Torre, segn los datos ms autnticos, fu mandada construir el ao
1253 por el infante don Fadrique, que all tuvo su palacio, edificado en
los terrenos que le cedi su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo
el reparto de la ciudad despus de la conquista.

Llamse en un principio _La Torre encantada_, no sabemos por qu, pues
aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al
nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.

Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro,
existe una lpida negra con varios adornos y la siguiente inscripcin,
que traducida del latn dice as, segn la copia que sac Peraza:

_Esta Torre es obra  edificio del magnfico Infante Federico, que fu
hijo amado de su madre la Reina D. Beatriz: dbese dar alabanza al
maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en
la era de mil  doscientos noventa, que es en el ao de mil  doscientos
cincuenta y tres aos._

Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de
Andaluca, Luis de Peraza, que floreci en los comienzos del siglo XVI,
escriba lo siguiente en su obra, an indita, titulada _Antiqusimo
origen de la ciudad de Sevilla_, etc. Estando un lienzo de aquel comps
(el de Santa Clara) cado, yo entr... y sub  la Torre y vi en ella
tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habindolas paseado
y mirado muy bien, me volv  salir. Sin embargo de lo que dice Peraza,
aadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y slo tienen en
las partes superiores de los ngulos unas robustas nervaduras.

D. Fadrique muri en Burgos en 1276 y fu uno de los ms poderosos
enemigos que tuvo su hermano D. Alonso _el Sabio_, el que mand quitarle
la vida, confiscndole sus estados, por tomar parte muy sealada en la
revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por
Gonzlez de Lara, Daz de Haro y Fernndez de Castro.

El infante D. Fadrique fu hermano tambin del primer arzobispo que tuvo
Sevilla despus de la conquista, hijo de D. Fernando III, que  pesar de
su estado cas con la hija del Rey de Daria, pasando  vivir 
extranjeros pases.

Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron
donados por Sancho el _Bravo_  las monjas clarisas, que all levantaron
el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gtico, se
conservan entre otras bellezas artsticas muy buenas esculturas de
Martnez Montas y de Alonso Cano.

La torre de D. Fadrique tiene un carcter tan marcado de las antiguas
edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destcase airosa
sobre el trasparente cielo, acuden  la imaginacin los recuerdos de
aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y hericas,
embellecidos por la poesa y el arte.

Esta Torre es uno de los ms antiguos monumentos de Sevilla, y puede
darnos una idea de lo que sera aquel soberbio palacio donde residi el
turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron segn
afirman puntuales cronistas.

Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su
nombre por el hermano de D. Pedro el _Justiciero_; y aunque este error
ha sido aclarado por muchos escritores, an hay quien lo sustente,
demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra
patria.




V

LA IGLESIA DE SANTA ANA

     ste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su
     seno bastantes producciones de mrito.

     J. AMADOR DE LOS ROS.


Si notable es este templo por las joyas artsticas que encierra, su
historia no deja de ser curiosa, y vamos  referirla  los que la
ignoren, haciendo mencin tambin de las principales imgenes y pinturas
que all se guardan.

Remntase la fundacin de la iglesia de Santa Ana  los tiempos de D.
Alfonso el _Sabio_, el cual se encontraba en nuestra poblacin en 1280
disponiendo sus tropas para empezar la campaa contra los moros de
Granada.

Cuando iba  marchar sintise el Rey molestado por un fuerte dolor en el
ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le
aplicaban los fsicos, creci ms cada da, causando grandes molestias
al paciente.

Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no haba remedio alguno para su
mal, se encomend  todos los santos, y muy particularmente  Santa Ana,
por quien siempre tuvo no poca devocin, prometindole que si curaba
levantara en su honor un templo de hermosa fbrica y de constante y
fervoroso culto.

Oy la Santa la splica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta
la tradicin que  poco el ojo empez  dar seales de mejora, quedando
tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los
fsicos.

Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el _Sabio_
hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si haban sido hechas
 los santos, apenas se vi restablecido manifest sus deseos de erigir
la iglesia conforme lo tena pensado.

Por entonces los vecinos de Triana, que no tenan ms templos que una
capilla dedicada  San Jorge, pidieron al Rey que construyera una
iglesia, cosa que les haca gran falta, y el Rey, que andaba sin saber
dnde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los
trianeros, y cumpli su promesa, mandando empezar las obras del templo
dedicado  Santa Ana  fines del ya citado ao de 1280.

El monarca _Sabio_, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho Gonzlez y Fr.
Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construccin
de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla
ste coste varios retablos  hizo que se terminasen por completo las
obras, amplindolas y embellecindolas.

En los comienzos del siglo XV se renov el edificio, que haba sufrido
bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocndose por esta
poca los bellos azulejos esmaltados que an se conservan.

Entre otras reformas llevadas  cabo por los aos de 1548 se construy
el altar mayor, cuyas pinturas son debidas  _Pedro de Campaa_, que
tambin ejecut otras obras en varias capillas, donde existen cuadros
muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernndez, Varela,
Frutet, Goltzus, Toms Martnez, Roelas y Snchez de Castro.

Hacia el 1755 se renov el templo de Santa Ana casi por completo,
modificndose muchos de sus retablos, aadindole algunas imgenes y
quitndole algunos nichos y trozos de labores que, segn dicen, afeaban
las paredes del interior.

Entre las esculturas de mrito que han existido en Santa Ana merecen
citarse: un Cristo llamado del _Buen viaje_, una Santa Cecilia, un San
Miguel, y una Concepcin que perteneca  la antigua hermandad de este
nombre.

En la sacrista se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor,
que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mrito
artstico que encierran.

La iglesia de Santa Ana sufri algunos desperfectos cuando la invasin
francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy
estimables, que fueron destrudos por los invasores.

Las muchas lpidas que en las paredes y en el suelo del templo se
encuentran todava dan  entender que all se enterraron personas
ilustres, como Gonzlez del Real y sus deudos, la familia de don Lope
Snchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la
hermandad de la Concepcin que ya hemos citado.

Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada
por don Alonso X el _Sabio_. La fachada es de gran extensin; los muros
son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones;
tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene
dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisndose desde ella un hermoso
panorama, que renunciamos  describir.




VI

LA GIRALDA

     Torre excelsa, magnfica Giralda, que al cielo alzando la
     orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de areas nubes
     mgica guirnalda...

     L. S. HUIDOBRO.


Fama universal goza este soberbio monumento, admiracin de cuantos
visitan  Sevilla; y aunque su historia no es  la verdad desconocida,
ni sobre ella podemos aadir ningn dato  noticia nueva, creemos que
resultaran incompletos estos apuntes si no dedicsemos algunas lneas 
tan magnfica y celebrada Torre.

La _Giralda_ es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano:
apenas hay poeta espaol que no le haya dedicado una frase  una
alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas lneas
sobre el lienzo  sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que
 nuestra ciudad visitan deja de subir  ella para contemplar el
soberbio panorama que ante los ojos se extiende.

Sevilla tiene en la _Giralda_ su nota ms caracterstica: los lienzos,
acuarelas, grabados y fotografas que representan esta Torre circulan
por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente
alegra en su alma y satisfaccin imposible de contener.

Cuan magnfica y esbelta es nuestra _Giralda_!... la mole de ladrillos
se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches
claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto
fantstico; en los das hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no
puede ser ms agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando
sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se
alegra y el sonido de aquellos metales alegra tambin el espritu de los
sevillanos.

Segn algunos la _Giralda_ fu mandada construir para observatorio
astronmico, y segn otros slo serva para alminar de la mezquita.
Decretse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que
estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fu continuada bajo el mando de
Yakub, y se termin en 1196 bajo la direccin del arquitecto moro Hever,
segn es tradicional.

La _Giralda_ estuvo expuesta  ser derribada cuando se ajustaban las
condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D.
Alfonso, segn dicen antiguos autores, esto no lleg  verificarse.

Entonces la Torre slo tena 250 pies de altura, un antepecho de
almenas dentelladas--escribe Gestoso--coronaba la parte en que al
presente estn las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo
rectangular, cuyo remate lo componan cuatro enormes globos  manzanas
de metal  bronce, las cuales se describen de este modo en la _Crnica_
del Rey _Sabio_:

 la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan
grande obra,  tan grandes, que no se podran hacer otras tales. La de
somo es la ms pequea de todas,  luego la segunda que so ella es mayor
empus; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non
podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor,  de tan
grande  extraa obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de
canales,  ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos
comunales.

En 1396 estas bolas cayeron  impulso de un fuerte vendaval  de un
temblor de tierra, segn hemos ledo, y muchos aos despus, en 1568,
siendo arzobispo D. Cristbal Valds, se construy el segundo cuerpo de
la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocndose la estatua de la
Fe llamada el _Giraldillo_, que se debi al escultor y fundidor
Bartolom Morel, quien di principio  su obra en 1566.

Est probado que el primer reloj que se conoci en Espaa lo tuvo esta
Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qu papel lemos
que, habindose descompuesto la mquina, permaneci parado cerca de dos
aos, pues fu necesario traer de Ginebra un inteligente mecnico que
supiese arreglarlo.

El reloj que hoy existe es una magnfica obra, concluda en los
comienzos del siglo XVIII por el fraile Jos Cordero, de la orden de San
Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400  presencia del
monarca D. Enrique el _Doliente_.

No creemos necesario hacer aqu una descripcin del interior y exterior
de la _Giralda_: para qu? se han hecho tantas por tantos autores, que
casi tendramos que seguirlos con sus mismas palabras.

Slo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa
Torre en 1888 sta qued en el mejor estado de conservacin, para bien
de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiracin de propios y extraos.




VII

RECUERDOS DEL REY DON PEDRO

     Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la
     crtica formando reidsimo torneo, es porque fu su persona tan
     grande, que quiso el Cielo que el que vivi siempre en guerra
     moviera  discordia muerto.

     M. CANO Y CUETO.


La memoria del Monarca justiciero est tan unida  las historias y
tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sera no dedicar en estos
apuntes un recuerdo al rey ms popular de Espaa, y que ms han
calumniado los cronistas  historiadores, presentndolo como un monstruo
sediento de vctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos
errores.

La pasin ha conducido la pluma de los escritores  los ms lamentables
extravos al ocuparse del reinado de D. Pedro,  quien son menos los que
con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribudo patraas
absurdas y cuentos ridculos, hacindose eco de los que corran en boca
del ignorante vulgo.

Pero la verdadera crtica, investigando con incansable actividad, ha
arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando
que el Monarca  quien se llama _Cruel_ mereca el calificativo de
_Justiciero_, como as lo entendi Felipe II.

D. Pedro dej en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las
cuales existirn siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las
generaciones.

Cuntos edificios, cuntas calles, cuntos lugares nos traen aqu  la
memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor
y valiente,  quien slo pudieron vencer sus enemigos por la traicin
ms alevosa!

El Alczar, esa joya de la arquitectura mudjar, fu reconstruido por l
en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos
puntos de Espaa objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en
los trabajos  los ms reputados artfices.

En el regio edificio existe an la cmara particular que ocup D. Pedro;
all puede verse el patio donde cay herido al golpe de las mazas el
maestre D. Fadrique; all estn los amenos jardines por los que tantas
veces pase D. Mara de Padilla; all est la magnfica portada cuyos
dibujos  inscripciones dirigi el mismo Rey, y all, en fin, existen
prximos los sombros y tortuosos callejones por donde l sala de
noche  vigilar la poblacin y  sorprender las tenebrosas reuniones de
sus enemigos.

En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asom
su luz  la ventana una noche que el Monarca haba tenido pendencia con
un desconocido, reconocindole por el ruido de las choquezuelas, suceso
que por ser de todos sabido no relataremos, limitndonos  decir que el
busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se coloc el ao
1600, sustituyendo  la cabeza toscamente labrada en barro que el
Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la ria.

Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual
estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judo
Lev, y en la que permaneci D. Aldonza Coronel mientras sostuvo sus
amorosas relaciones con D. Pedro.

ste reedific  sus expensas cuatro templos, que fueron el de San
Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo
que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que sola
presenciar muy  menudo en compaa de sus cortesanos.

En el convento de Santa Ins yace enterrada la esposa de D. Juan de la
Cerda, D. Mara Coronel,  quien D. Pedro requiri de amores con tanta
insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible  los
halagos del joven Monarca, se retir  la ermita de San Blas y luego 
dicho convento, que fund, y en donde, vindose an perseguida por su
galanteador, no encontrando  mano otro medio de alejarle, se aplic
aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de
extraordinaria fealdad.

Cuando la guerra con Aragn, en el sitio de las Atarazanas equip D.
Pedro la escuadra que haba de obtener tan sealada victoria, y se dice
que el Rey en persona acuda todos los das  estos sitios, dando muchas
ordenes verbales  los marinos y dems gentes que trabajaban en las
obras.

No lejos de este lugar cuenta la tradicin que D. Pedro entr en el ro
 caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que haba
anatematizado el enlace con D. Mara Padilla, vindose muy apurado el
eclesistico para huir en una barca, que por fortuna le salv de una
muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivi aquella
hermosa dama, cuando fu conocida por el Rey;  la puerta del templo de
San Gil fu enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha
trasmitido... Y  qu seguir enumerando lugares y edificios?... Ya
dijimos que Sevilla est llena de recuerdos de aquel Rey, y los que
hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.

Si dispusiramos de ms espacio lo dedicaramos  la memoria del Monarca
justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten,
ponemos punto  nuestro modesto trabajo.




VIII

EL SEPULCRO DE GUZMN EL BUENO

     Un hijo dime Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su
     enemigo... Y porque te persuadas cun distante me encuentro de
     faltar al deber mo, si armas no tienes para darle muerte, toma,
     all va, verdugo, mi cuchillo.

     GIL DE ZRATE.


 poco ms de media legua de Sevilla existe una pequea aldea, llamada
Santiponce, inmediata  la cual pueden an verse las ruinas del antiguo
y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso
Prez de Guzmn y su esposa D. Mara Alonso Coronel en el ao de 1301.

No es nuestro propsito hacer aqu la historia de este edificio, que en
situacin tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos
sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en l
se hallan relegados al ms imperdonable olvido.

El que tiene algn cario por las glorias de la patria, el que estima
los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que  las presentes
dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al
recorrer aquel claustro derrudo, aquellos patios solitarios y aquellas
galeras que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de
unos y el instinto destructor de otros, unido  la accin de los
tiempos, hayan conducido  estado tan deplorable el monasterio en cuyo
lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el ao 1053, en que,
con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados  la
ciudad de Len por el obispo Avito.

Siguiendo nuestro propsito, slo nos ocuparemos en este apunte del
Sepulcro del fundador de la casa, que an se conserva y hemos tenido
ocasin de ver hace poco tiempo.

ste se encuentra en la parte ms antigua de la iglesia, y fu
construdo en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy
escasas  incompletas las noticias que tenemos.

El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno
de tan esclarecido varn, cuyo herosmo es admirado por cuantas
generaciones le han sucedido. Est adornado de escudos de armas, de
labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre
la ancha losa est grabado el epitafio, que dice as:

Aqu yace D. Alonso Prez de Guzmn el _Bueno_, que Dios perdone; fu
bien aventurado  que previno siempre servir  Dios y  los Reyes; l
fu con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; 
estando el Rey en esta cerca fu  ganar  Gibraltar,  despus que la
gan entr en cabalgada en la tierra de Gaucin,  tuvo facienda con los
moros  matronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fu
ao de el Seor de 1309.--H. S. E.--19 era _Septenbris anno domini
1609--300 a die sui abitibus_.

Sobre el sepulcro est la estatua de Guzmn, vestido de armadura, y
arrodillado ante un reclinatorio como entregado  la ms profunda
oracin.

El escultor Martnez Montas hizo la estatua, que, como todas las obras
que su prodigioso cincel labr, es de un mrito excelente, si bien han
hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso
presentan bastantes anacronismos.

La contemplacin del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espritu 
melanclicas reflexiones, y poco  poco acuden  la imaginacin los
recuerdos de aquel personaje herico, cuya figura ha sido tantas veces
ensalzada por el arte y la poesa y cuya hazaa inmortal est grabada
con caracteres indelebles en las pginas de la historia.

El cuerpo del defensor de Tarifa se conserv largos aos en perfecto
estado, segn escriben varios autores que lo vieron; pero en la
actualidad slo existen algunos huesos podridos y terrosos en aquella
bveda solitaria medio derruda. Cerca del mausoleo de Guzmn se
encuentra tambin el de su esposa D. Mara Alonso Coronel, _la muy
casta duea de manos crueles_ que dijo Juan de Mena, y que falleci en
1332, siendo sepultada con gran solemnidad y pompa cerca de su herico
marido. Entre otras personas cuyos hechos memorables consigna la
historia, yacen enterradas en sendos sepulcros en aquel lugar D. Urraca
Osorio y su fiel doncella Leonor Dvalos.

Las cortas dimensiones de estos apuntes no nos permiten extendernos en
ms detalles, y terminamos estas lneas recomendando al lector cuanto
acerca del monasterio de San Isidro y su necrpolis han escrito el P.
Torres, Maldonado, Saavedra, Zeballos, Matute, Gestoso, Gali y otros
inteligentes y eruditos autores.




IX

LA PUERTA DEL PERDN

     En el muro antiguo que form parte de la gran aljama, y en su
     centro, hllase la puerta que llaman del Perdn, que sirve de
     ingreso al patio de los Naranjos.

     J. GESTOSO.


Llmase as una de las puertas de la hermosa Baslica sevillana, por la
cual se entra al patio de los Naranjos, donde an existen recuerdos de
la gran mezquita de los musulmanes.

La puerta del Perdn tiene tambin su historia, y de ella vamos  hacer
un ligero extracto.

Antes de la reconquista fu esta puerta la principal de la mezquita, y
conforme la dejaron los rabes se conserv largos aos, hasta que en
1340 don Alfonso XI, despus de la clebre batalla del Salado, la mand
edificar nuevamente, gastando una suma bien considerable.

En el reinado del emperador Carlos V, y hacia el ao de 1519, se
hicieron algunas reparaciones en dicha puerta, aumentndole las
complicadas labores que rodean su arco rabe, colocando sobre ella un
ancho guarda-polvo con prolijos artesonados, y  derecha  izquierda las
dos estatuas de S. Pedro y S. Pablo que an existen, y que son obra del
clebre escultor Miguel Florentn.

El arquitecto Bartolom Lpez fu encargado de reparar entonces la
antigua puerta, tomando tambin parte en las labores famosos maestros,
segn dicen varios puntuales cronistas.

Poco tiempo despus se levant tras de la puerta un altar de mrmol,
rodeado de alta verja, en el cual existe de muy antiguo un busto de
Jess coronado de espinas y con la irrisoria caa, llamado del Perdn,
tomando desde entonces este nombre la Puerta que nos ocupa.

Cuando pasaban por delante de este altar los reos que eran condenados 
la horca   la hoguera les hacan detenerse algunos momentos para que
rezasen  la efigie de Cristo un Padre nuestro, que repetan en voz alta
los que formaban la comitiva de los infelices que iban  morir.

 principios del pasado siglo construyse sobre la cornisa de la puerta
del Perdn un campanario de pobre aspecto y del peor gusto, con tres
arcos y dos campanas, pertenecientes  la parroquia del Sagrario.

Hacia el ao 1818 hicironse obras en la Puerta, desapareciendo entonces
el guarda-polvo, artesonado y muchos de los complicados adornos y
primorosas labores que tena, cubrindose entonces las hojas de la
puerta con una espesa capa de pintura verde.

Estas hojas estn forradas de cobre; tienen prolijos adornos de alto
mrito, y, segn afirman antiguos historiadores, son las mismas que tuvo
la mezquita.

Un desgraciado accidente ocurri en la puerta del Perdn cierta noche
del mes de Agosto de 1839, y el cual lo hemos visto escrito en
diferentes autores.  las doce de aquella noche llegaron  la Puerta dos
caballeros muy conocidos y apreciados en Sevilla en demanda de los
auxilios espirituales para una seora que se encontraba enferma en una
casa de la calle Vizcanos, y al acercarse ambos al umbral
desprendironse algunos trozos de la moldura que encierra el relieve
representando  Jess que arroja  los mercaderes del templo, yendo 
caer sobre los indicados sujetos, uno de los cuales qued muerto casi en
el acto y el otro gravemente herido.

Hace poco tiempo se repararon algunos adornos y las estatuas de la
puerta del Perdn, donde mientras duren las obras de nuestra hermosa
Baslica se coloca todos los aos un estrado para que el Cabildo
Eclesistico presencie desde all el trnsito de las renombradas
cofradas de Semana Santa.




X

DOA URRACA OSORIO

      cuando el rey D. Pedro torn  Sevilla despus de la batalla
     vencida, fall y  D. Urraca Osorio, madre del dicho D. Juan
     Alfonso de Guzmn;  con gran saa que haba de su fijo, fzola
     prender  matla muy cruelmente.

     _Crnica._--LPEZ DE AYALA.


Ante la puerta principal del convento de Nuestra Seora de la
Encarnacin de Beln existi desde muy remota fecha hasta la tercera
dcada del presente siglo una cruz de hierro que se alzaba sobre un
ancho pedestal de azulejos, y que era llamada _Cruz del Palo_  de la
_Tinaja_, que por ambos nombres la conoca el vulgo.

Lo que ste ignoraba era el motivo que hubo para que se colocase aquella
cruz en semejante lugar; y bien merece lo recordemos, acogiendo, con las
reservas consiguientes, el relato de la tradicin que hasta nosotros ha
llegado.

Despus de la memorable batalla de Njera, ocurrida en Abril de 1367, y
en la que tan completa victoria alcanz el rey D. Pedro I de Castilla
sobre su desleal hermano, retirse el Monarca justiciero  nuestra
ciudad, pasando antes algunos meses en Toledo y Crdoba.

Muchos eran los descontentos y ambiciosos que en Andaluca se sealaron
por sus ideas en favor del bastardo D. Enrique, y entre ellos se
distingui D. Alfonso Prez de Guzmn, Seor de Sanlcar y nieto del
bravo defensor de Tarifa.

Cuando entr en Sevilla D. Enrique en 1366, Prez de Guzmn, que haba
servido al rey D. Pedro, vindole fugitivo y prximo  retirarse  la
Galia inglesa, reconoci al bastardo como monarca legtimo, jurndole
fidelidad y haciendo que por l se proclamasen todas sus gentes y muchas
de la ciudad, que sedujo con falsas promesas, siendo ayudado en aquellos
manejos por su madre D. Urraca Osorio, seora principal y de noble
estirpe.

Triunf D. Pedro en Njera, y al aproximarse  Sevilla, huy D. Alfonso
Prez de Guzmn, no sin haber dejado antes encargados  su madre con el
mayor secreto ciertos negocios en favor de la causa del bastardo.

Preciso fu castigar con severa mano  los que siguieron al Infante, y
entre otros caballeros rebeldes y traidores fueron ejecutados en la
capital de Andaluca D. Juan Ponce de Len, D. Gil Bocanegra y el
tesorero Martn Yez.

Al poco tiempo fu presa tambin D. Urraca Osorio, sobre la cual
recaan gravsimos cargos, que intilmente poda rehuir de s por las
muchas y terminantes pruebas que contra ella y su hijo existan.

Condenaron  muerte  D. Urraca, y  muerte horrible, pues, segn la
sentencia, deba ser quemada viva ante el pueblo, y en una plazuela
prxima al sitio conocido por _La Laguna_, donde ms tarde se construy
la Alameda de Hrcules.

El rey D. Pedro, cuya indignacin contra Prez de Guzmn por su
comportamiento era grandsima, no quiso perdonar  la madre, y 
principios del mes de Setiembre de 1367 levantse una maana la hoguera
para la infeliz D. Urraca.

El populacho y la gente de la heria asistieron en gran nmero 
presenciar aquella ejecucin, en la que concurran circunstancias muy
especiales, no slo por ser la reo muy noble y principal seora, sino
por lo mucho que era conocida en toda la ciudad.

Acompaada de alguaciles y soldados, lleg la dama al pi del patbulo,
y despus de ser atada con fuertes ligaduras  un madero, comenzaron 
arder los secos troncos, que pronto levantaron grandes llamas y espeso
humo.

Retorcase la vctima entre horribles dolores, lanzando desgarradores
gritos cuando el fuego quemaba sus carnes, y en una de esas violentas
sacudidas de cuerpo rasgse el vestido de la dama, dejando al
descubierto la mayor parte de sus formas.

Entonces la plebe que presenciaba aquella dramtica escena prorumpi en
atronadora gritera, insultando  la vctima y llenndola de
sangrientos epigramas y crueles sarcasmos.

Pero cuando ms imponente se presentaba la chusma y ms lastimoso era el
estado de D. Urraca, una mujer abrise paso entre la concurrencia, y
llegando precipitadamente  la hoguera, abrazse  la madre de Prez de
Guzmn, cubrindola con sus ropas, y dejando que las llamas la devorasen
como  la reo.

Leonor Dvalos llambase esta mujer herica, y perteneca  la
servidumbre de D. Urraca,  quien profesaba todo el cario que revela
aquel acto de generosidad imponderable.

En el monasterio de San Isidro del Campo yacen enterradas D. Urraca
Osorio y su fiel doncella, segn hemos apuntado; y para conmemorar la
muerte de ambas colocse frente  la puerta del convento de Beln la
cruz  que en el principio de este trabajo nos referimos.




XI

EL PATIO DE LAS MUECAS

     Y si mat  don Fadrique, mucho le importa el hacerlo; de su
     muerte y otras muchas sabe las causas el Cielo, y aun fuera mayor
     castigo si se rompiera el silencio.

     QUEVEDO.


El que por vez primera visita el magnfico Alczar de nuestra ciudad,
soberbio edificio lleno de recuerdos, en el que tantas generaciones han
dejado huellas de su paso, al cruzar aquellas hermosas galeras, patios
y salones se cree trasportado  los tiempos de las tradiciones y de las
leyendas, no pudiendo tambin por menos de sentir admiracin ante los
primores y bellezas que en l los artistas fueron dejando.

Uno de los sitios del Alczar donde ms se detiene el visitante, es sin
duda el clebre patio de las _Muecas_, prximo al saln de Embajadores;
y al extender la mirada sobre aquel lugar acude siempre  su memoria la
trgica muerte del infante don Fadrique, ocurrida el martes 29 de Mayo
del ao 1358, once aos antes de la memorable escena de Montiel.

El patio de las _Muecas_ es una verdadera joya del arte muslmico;
segn frases de Guichot, salvo tal cual lunar, debido  repetidas
restauraciones, es sin disputa el mejor modelo que nos queda del ltimo
perodo del arte rabe.

Las dimensiones del patio no son muy grandes, y se llega  l por tres
salones, que fueron renovados en el primer tercio de nuestro siglo y
tienen gran nmero de azulejos y labores.

Diez son los arcos del patio, los cuales descansan en esbeltas columnas;
hay en el centro una pequea fuente, y en el segundo cuerpo algunas
ventanas con celosas de mucho carcter, y cierra la obra una fesima
montera de cristales que fu colocada con el peor gusto no hace muchos
aos.

El patio de las _Muecas_ es quiz la pieza que menos variaciones ha
sufrido desde la poca en que el Rey justiciero y legendario mand dar
muerte en l al Maestre de Santiago siete veces traidor, como le nombra
un historiador contemporneo.

Llambase entonces patio de los Azulejos, y segn cuentan las
tradiciones la sangre del Infante dej en sus paredes y en sus losas
manchas imborrables, que an se conservan en nuestros das.

La muerte de D. Fadrique es uno de los hechos donde con ms ensaamiento
censuran  D. Pedro de Castilla sus enemigos; y llevados de su pasin,
ni se detienen  analizar la vida del Infante, ni se hacen cargo de las
circunstancias y razones que la motivaron.

Siguiendo casi todos los escritores al cronista Lpez de Ayala, narran
aquella escena con los ms tristes colores,  fin de hacer resaltar la
crueldad del Rey y los perversos instintos que desean atribuirle, y no
hay frase agria que no apliquen al Monarca ni detalle sanguinario y
terrible que dejen de apuntar para conseguir su objeto.

La _Crnica_ de Pedro Lpez, escrita, como todos saben, despus que el
Canciller de Castilla dej el servicio de D. Pedro y pas  las banderas
de don Enrique el _Fratricida_, est tachada de parcial  injusta; y la
crtica histrica, examinndola con el mayor detenimiento, ha combatido
las falsedades que en ella se encuentran, menos difciles de probar
mientras ms se estudia aquel turbulento  inolvidable reinado.

Lpez de Ayala cuenta la muerte de D. Fadrique con un verdadero lujo de
detalles, y no contento con describir la terrible escena con una
frialdad que asombra, dice que D. Pedro, despus de espirar su bastardo
hermano, hizo que le sirvieran la comida en el patio de los Azulejos
junto al ensangrentado cadver, retirndose despus tan tranquilo 
pasear por la orilla del ro, segn era costumbre en l.

Haba llegado D. Fadrique al Alczar al medioda, siendo recibido por el
Rey, quien permaneci hablandle un buen rato, pasado el cual, tras
haber saludado  la reina D. Mara, y  las Infantas, baj el Maestre 
los corrales para ordenar le preparasen sus cabalgaduras, y estando en
esto recibi aviso de D. Pedro para que subiese de nuevo  verle, lo
cual se dispuso  hacer en seguida.

Not D. Fadrique al cruzar algunas galeras que los individuos que le
acompaaban banle dejando solo, y al llegar al saln de Embajadores oy
de pronto la voz del Rey, que deca:

--Prended al Maestre!

Y cuando Lpez de Padilla iba  ejecutar el mandato, dijo D. Pedro estas
palabras:

--Ballesteros, matad al Maestre!

 los ballesteros--escribe Ayala--llegaron  l por le ferir con las
mazas,  non se le guisaba ca el Maestre andaba muy recio de una parte 
otra,  non le podan ferir.  Nuo Fernndez ms que otro ninguno lleg
al Maestre, dile un golpe de maza en la cabeza en guisa que cay en
tierra,  entonces llegaron los otros ballesteros  firironle todos.

 el Rey, desque vi que el Maestre yaca en tierra, cuidando fallar
alguno de los del Maestre para les matar.

Los poetas han descrito de muy diversas maneras la muerte de D.
Fadrique, presentndolo como un tipo de perfecto caballero y aplicando
al Rey los criterios de siempre, que tantos historiadores repiten.

Si pudieran hablar aquellos muros del patio de las _Muecas_!... ellos
contaran la trgica escena tal como pas, y desvaneceran muchas
opiniones errneas que hay formadas contra el Monarca ms valiente, ms
justiciero y ms calumniado que ha tenido Espaa.




XII

LA TORRE DEL ORO

     Sobre la orilla del ro se alza la torre del Oro como eco de otras
     edades y de un pasado glorioso.

     J. F.


Quin, por alejado que est de nuestra poblacin, no ha odo hablar de
este antiguo  histrico monumento, tantas veces descrito por la pluma y
copiado por el lpiz y los pinceles de eximios artistas?

La torre del Oro es tan famosa como nuestra _Giralda_, y fu construda,
pocos aos despus de terminadas las obras de la segunda, por el
gobernador Cid Abu-l-Ola, segn dicen los eruditos historiadores.

La forma de la Torre es bien sencilla, y tiene un carcter que la
distingue entre todos los monumentos que dejaron en nuestra ciudad los
creyentes del Profeta. Aquella mole de ladrillos, coronada de almenas y
rematando en una cpula de construccin muy posterior, se alza
arrogante  la orilla del ro, evocando los recuerdos de otros tiempos y
otras edades, embellecidos por la poesa y la leyenda.

Cuando el sitio de Sevilla por las tropas cristianas, los mahometanos se
defendieron con valenta desde la torre del Oro, que entonces se llamaba
de _Borch Adahab_, causando desde all grandes destrozos en los barcos
que ocupaban el Guadalquivir, y que eran mandados por el herico
almirante don Ramn de Bonifaz.

Al ser reconquistada la poblacin, se hizo una capilla en la torre del
Oro, dedicada  San Ildefonso, y por la cual tuvo gran predileccin el
Rey _Sabio_, que orden se celebrasen en ella solemnes cultos, que con
gran prodigalidad costeaba.

Durante el reinado de D. Pedro I de Castilla la torre del Oro fu muy
visitada por este Monarca, quien guardaba all escondido gran parte de
su tesoro, al cuidado del judo Samuel Lev, viejo sagaz y astuto en
quien tena mucha confianza el hijo de Alfonso XI.

Siempre que D. Pedro estaba en Sevilla acuda todas las tardes  la
torre del Oro, donde pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el
bello panorama que desde all se ofrece  la vista y jugando  la tabla,
 lo que era muy aficionado.

Otra ocupacin ms agradable haca que D. Pedro fuese con tanta
frecuencia  la histrica Torre, pues en ella tuvo  su amante D.
Aldonza Coronel, quien, cediendo  los galanteos del Monarca, entregse
 l por completo, siendo durante algunos aos objeto de sus caricias y
deseos.

Cuando la pasin del Rey justiciero pareca extinguirse D. Aldonza se
retir al convento de Santa Ins, y all termin su vida siendo abadesa
del monasterio, que, como es sabido, lo fund su hermana D. Mara.

 principios del siglo XV la torre del Oro serva para prisin de
nobles, algunos de los cuales fallecieron dentro de aquellos espesos
muros, y otros fueron por sus delitos colgados de las almenas.

El alcaide de la Torre era, por lo general, un caballero de los que ms
se haban distinguido en los campos de batalla, y tenase  mucho honor
ocupar este cargo, por lo que eran muy numerosos los que lo solicitaban.

En un principio la torre del Oro estuvo en su exterior cubierta de
azulejos amarillos, y muchos suponen que  esto debi su origen el
nombre de ella; si bien otros contradicen esta opinin, asegurando que
el llamarse del Oro es debido  las riquezas que, como ya dijimos,
guard en la Torre el rey D. Pedro.

El monumento estaba unido por una muralla al Alczar, y as permaneci
hasta el ao 1821 en que fu derribada, embellecindose mucho aquellos
lugares, que son de los ms concurridos y amenos que tiene Sevilla.

El tiempo no ha alterado en nada la robusta solidez de la famosa Torre,
pero su exterior debiera ser restaurado segn el proyecto que se aprob
hace poco, y, una vez concludas las obras, Sevilla podra ofrecer  los
ojos del viajero un monumento antiqusimo en el mejor estado de
conservacin.

Lstima grande es que esta obra,  la que tan ligadas estn muchas
tradiciones de nuestra poblacin, no haya podido destinarse  un uso ms
adecuado que el que actualmente tiene!




XIII

LA HERMANDAD DEL PILAR

     Los aragoneses que vinieron  la conquista de esta ciudad
     instituyeron una cofrada con la advocacin de Nuestra Seora del
     Pilar...

     ORTIZ DE ZIGA.


Entre las tropas que formaban las huestes del rey D. Fernando III cuando
conquist  Sevilla venan no pocos hijos del reino de Aragn, los
cuales dieron pruebas de ser hombres devotos fundando una capilla en la
mezquita que acababa de convertirse en templo cristiano, consagrada  la
Virgen del Pilar.

En esta capilla se daba culto con el mayor esplendor  la Patrona de
Zaragoza, y la Hermandad que lo sostena fu aumentando hasta ser una de
las ms ricas que en la ciudad haba.

Pasaron as algunos aos, y hacia el 1317, los hermanos, que disponan
de un capital bastante crecido, proyectaron fundar un hospital para
recoger  los peregrinos pobres que viniesen  Sevilla.

El infante D. Pedro, que  la muerte de don Fernando IV en 1312 se
haba hecho cargo de la tutora del heredero de la corona D. Alfonso XI,
hallbase en nuestra ciudad cuando los aragoneses acordaron la fundacin
del hospital del Pilar, y  nombre del Rey, nio entonces de siete aos,
cedi un solar inmediato al Alczar, para que en l se construyera el
benfico establecimiento.

Cuando estuvieron terminadas las obras en 1317, D. Pedro otorg  la
casa ttulos y preeminencias, declarndose protector de ella y haciendo
que todos los prelados y rico-homes se inscribiesen en aquella
Hermandad.

En la iglesia que se edific en el hospital trabajaron los ms hbiles
artistas de la poca, y en el retablo mayor se puso la imagen de la
Virgen del Pilar que se conservaba en la capilla de la Baslica, y cuya
escultura fu sustituida ms tarde por otra, que es la que hoy existe,
obra de Juan Milln, que floreci en el siglo XV.

Tanta era la importancia que entonces lleg  adquirir el hospital
fundado por los devotos aragoneses, y tantos los fondos de que la
Hermandad dispona, que  ms de lo mucho que diariamente invertase en
el culto y en la asistencia de los enfermos, an quedaban sumas muy
importantes, con las cuales se daban limosnas  las gentes de los
barrios bajos y  los ancianos que venan de Zaragoza, se rescataban
cautivos  los moros, y se mantenan tres galeras, dotadas del personal
necesario, para defender las costas andaluzas.

D. Pedro I de Castilla y su bastardo hermano D. Enrique II hicieron no
pocas mercedes al hospital del Pilar, introducindose en l grandes
mejoras, que lo colocaron  la mayor altura de perfeccin que entonces
se conoca. Pero todo pasa, y  la Hermandad pas tambin su poca de
auge, comenzando  disminuir las limosnas, y con ellas disminuyeron
tambin los hermanos, y los pobres que en el hospital se albergaban,
siguiendo cada vez ms rpida la decadencia, que, inicindose 
principios del siglo XV, se hizo completa en los ltimos aos del
reinado de D. Fernando y D. Isabel.

El benfico establecimiento qued reducido  los ms estrechos lmites,
y los pocos hermanos que an sostenan el culto  la Virgen del Pilar
trasladaron luego la imagen  la Catedral y  una modesta capilla
situada cercana  la puerta que el vulgo llama del _Lagarto_.

Los individuos de la ilustre familia de los Pinelos se declararon
patronos de la capilla, y en ella fueron enterrados D. Francisco Pinelo,
primer Factor de la Casa de la Contratacin de Indias, su esposa D.
Mara de la Torre y su hijo D. Jernimo, cannigo que fu de la
Catedral.

La capilla de la Virgen del Pilar, segn se encuentra hoy, ofrece poco
de notable. El altar donde se conserva la estatua hecha por Juan Milln
es de escaso mrito, as como otro situado  la derecha, donde existi
hasta hace algn tiempo una imagen de la Virgen de las Angustias.

En esta capilla estaba el _Ecce-Homo_ pintado por el gran Murillo, y que
fu regalado  Luis XVIII en 1839 por el Cabildo de la Baslica.

El analista Ortiz de Ziga, en nuestros das Gonzlez de Len, y
ltimamente D. Francisco Collantes y D. Jos Gestoso, han publicado
muchas y curiosas noticias respecto  la hermandad del Pilar y  la
capilla de que hemos tratado en este breve apunte.




XIV

LA CRCEL REAL

     Veinticinco calabozos tiene la Crcel Real; veinticuatro traigo
     andados sin cobrar mi libertad.

     _Copla popular._


En los comienzos del siglo XV viva en la capital andaluza una noble
dama llamada D. Guiomar Manuel, seora adornada de las ms estimables
virtudes y que posea una gran fortuna, cuya mayor parte emple en obras
de caridad y en hacer toda clase de bienes  los necesitados.

Adems coste de su peculio no pocas obras, y entre stas merecen
especial mencin las que mand hacer reedificando la Crcel Real, por
los aos 1418, que se encontraba situada en la calle Sierpes hacia el
lugar que hoy ocupa el _Crculo de Labradores y Propietarios_.

D. Guiomar Manuel dot el edificio de aguas abundantes, construy de
cimientos la capilla  hizo que reinasen constantemente en la prisin la
ms completa higiene y el mayor orden, invirtiendo cuantiosas sumas en
tan laudable obra.

Muri D. Guiomar en 1426, dejando en el pueblo de Sevilla gratsima
memoria, siendo enterrado su cadver en la Catedral y delante de la
capilla de San Pedro, donde tambin yacan los padres de tan virtuosa
mujer.

El Asistente D. Francisco Chacn ampli el edificio de la Crcel en
1563, y desde esta fecha no volvieron  hacerse all obras de
importancia, hasta las que se llevaron  cabo en 1732 por el Asistente
Caballero, y ltimamente en 1784.

El aspecto exterior de la _Crcel Real_ era en extremo sombro; pero
mucho ms lo eran sus lbregos calabozos, privados de luz y ventilacin,
sus estrechos corredores y sus patios destartalados y de irregular
arquitectura.

El ao 1626 desbordse el Guadalquivir, inundando casi toda la
poblacin, y sus aguas llegaron hasta la Crcel, produciendo grandes
destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apata y el poco
inters que demostr el Concejo.

Cuando la peste _levantina_ se introdujo en Sevilla en 1649, se di el
caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Crcel,
quedando abandonada durante los meses que dur la cruel y asoladora
epidemia.

El terremoto de 1765 derrib un gran trozo de la prisin, grieteando sus
muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto casern.

El ao cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Crcel;
mas  pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de
continuo una catstrofe.

Desde la invasin francesa el edificio empeor bastante, y por el 1830
la prisin se hallaba sin agua, los encierros sin ventilacin, las rejas
casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los
techos hacan ms horrible y angustiosa la situacin de los desgraciados
que estaban all enterrados en vida.

Durante cerca de cinco siglos que permaneci en pie la _Crcel Real_
cuntos infelices no perderan all la existencia! cuntos delitos no
se cometeran dentro de aquellos muros! cuntos inocentes no pagaran
all culpas ajenas!...

Por la puerta del edificio que daba  la plaza de San Francisco salan
las vctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle
Sierpes entraban confundidos, ms de una vez, los criminales ms feroces
y los inocentes  quienes se condenaba por el menor motivo.

El Municipio adquiri en 1836 el exconvento del Ppulo, y all se
trasladaron los presos el da 3 de Julio del ao siguiente, comenzando
poco despus el derribo de la _Crcel Real_,  la que nos ha parecido
oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.




XV

LA SUSONA

     ...pero la hebrea, insensible  los homenajes de sus adoradores y
      los consejos de su padre, se mantena encerrada en un silencio
     profundo.

     BCQUER.


El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido
en el trascurso de los tiempos, y hoy en da, que tan variada se
encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas,
tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado  otros
siglos bien distantes del presente y  pocas que se fueron para no
volver nunca.

Hay en Santa Cruz una travesa lbrega y de miserable aspecto, llamada
en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas lneas
al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta
nosotros la tradicin.

Cuando en Sevilla se comenzaron  hacer los primeros trabajos para
instalar el Tribunal de la Fe por los aos de 1481, el pueblo, que
comprendi bien pronto la importancia y el dominio de aquella
institucin que naca, lejos de mirarla con indiferencia, ocupse mucho
del asunto, discutiendo cada cual mpliamente sobre l, y dividindose
hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos,
compuesto uno de defensores de la Inquisicin y el otro de enemigos de
ella.

 este ltimo bando estaban afiliados los muchos judos que por entonces
habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de
sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y
enterarse de los fines principales para que haba sido creado.

Creci cada vez ms el miedo de los israelitas ante las sentencias que
la Inquisicin fulminaba diariamente, y entonces empezaron  reunirse en
la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos concilibulos y
detenidas plticas,  las que acudieron tambin los judos que de mejor
posicin gozaban en Utrera, Carmona, cija y otros pueblos de la
provincia.

En tales reuniones, que tenan lugar de noche y en sitios de los ms
excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compaa
poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban,
pagando tambin  cuanta gente fuera necesaria  fin de que los amparase
por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con
ms energa.

Uno de los judos que con ms calor tomaron esta proyectada empresa, fu
cierto mercader de telas  quien se daba el nombre de Susn, y que era
un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad
por sus gracias y donaires, que, segn parece, eran ingeniosos y de boca
en boca corran  diario.

Susn tena una hija  quien el vulgo llamaba la _Susona_, moza como de
veinte aos, de buenas formas, de rostro bellsimo, y de tan gentil
apostura, que solan todos darle el nombre de _la fermosa fembra_.

Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las ms virtuosas,
pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de
ella se oan eran algo complicadas y escabrosas tambin.

La _Susona_ se haba convertido en cristiana sin que su padre lo
supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la
tradicin, el cual fu uno de los amantes que con ms pasin solicitaron
y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.

Cuando ms diligentes estaban los judos preparando su obra defensiva,
cierto da se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo
Oficio, quienes desbarataron la conspiracin, encerrando en las
mazmorras  cuantos pudieron coger, y quemndoles vivos muy luego para
que  los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.

El viejo Susn fu uno de los ajusticiables, y su hija la que delat al
Tribunal la conspiracin que con tanta cautela se haba fraguado,
entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse 
continuas meditaciones y prcticas sagradas.

Pero an sigue la historia de la _famosa fembra_, la cual sin duda no
naci para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el
claustro se escap de l y unise  su antiguo amante, del cual tuvo
tres hijos.

Harto sin duda el caballero de los carios y zalameras de la hebrea, la
abandon ms tarde, y ella entonces, conservando an fresca su hermosura
y vivos en el pecho sus deseos, entregse  otro y otros galanes,
viniendo por ltimo  ser amante de un especiero, segn dice la
tradicin, y llevando hasta el fin de sus das una existencia licenciosa
y prostituda.

Muri la _Susona_ en medio de la mayor miseria y en una casucha de la
antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas
ligerezas, antes de morir dej dicho que su calavera se guardase en un
muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumplindose su
ltima voluntad, colocse en un pequeo hueco de la fachada el crneo de
la hebrea, que permaneci largos aos en aquel sitio.




XVI

EL CONDE NEGRO

     Negro tan estimado y de buen concepto, que comnmente le llamaban
     _El Conde Negro_, y fu mayoral y juez entre ellos...

     GONZLEZ DE LEN.



Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y
sucia, de fesimos edificios, habitados por los descendientes de
aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el
nombre que encabeza estas lneas en memoria de un singular personaje que
all tuvo su residencia  fines del siglo XV.

Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel
tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban
los principales seores, y  esto se deba el que se encontrasen en
nuestra ciudad muchos negros, que solan juntarse los das festivos por
los alrededores de la puerta del Osario en compaa de sus mujeres 
hijos, celebrando con la mayor fruicin bailes y tertulias al aire
libre, segn sus usos y costumbres eran.

No se molestaba aqu  los negros como en otras poblaciones suceda;
antes al contrario tratbaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don
Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpata, les facilit medios
para que formasen una hermandad, que sala en procesin con sus imgenes
el Viernes Santo, siendo tambin protegidos por el Cardenal Sols y
otros personajes de influencia y categora.

Solan casi siempre los negros corresponder  los favores y mercedes que
les dispensaban mostrndose humildes y poco molestos; y para que
entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes
Catlicos en 1475  un individuo de la misma raza, que es de quien voy 
ocuparme.

Fu ste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado
carcter, de edad madura, y que haba seguido  la Corte en gloriosas
jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas
por los Monarcas, quienes en cdula de 8 de Noviembre del citado ao de
1475 le decan:

Por los buenos  leales servicios que nos habis fecho y facis cada
da, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposicin,
facemos vos mayoral  juez de todos los negros  loros libres  captivos
que estn  son captivos  horros en la muy noble y muy leal ciudad de
Sevilla  en todo su Arzobispado,  que no puedan facer ni fagan los
dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre
ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcis
de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos
hubiese,  non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para
ello,  quien vuestro poder hubiere, y sabis las leyes y ordenanzas que
deben tener,  nos somos informados que sois de linaje noble entre los
dichos negros.

Tom posesin del cargo Juan de Valladolid y estableci su residencia en
una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el
ttulo del _Conde Negro_, pues as fu conocido.

No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cdula
dedicaban los Reyes Catlicos  Juan de Valladolid, pues ste, obrando
con singular astucia, y ajustndose  la ms puntual justicia, desempe
su empleo con toda satisfaccin y demostrando palpablemente las buenas
dotes que posea.

Pocas son las noticias biogrficas que del _Conde Negro_ se han
conservado hasta nuestros das, ignorndose con exactitud la fecha de su
muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que
tampoco se sepa el lugar donde recibi sepultura, y otras circunstancias
particulares que de seguro ofreceran gran inters ahora.

Cuenta la tradicin que la casa donde vivi Juan de Valladolid era
entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde  la sealada ms
tarde con el nmero 30, la cual conserv largos aos en cierto hueco de
su fachada una cabeza de barro que se tena por autntico retrato del
famoso Mayoral de los negros.

En este edificio tena el honorario _Conde_ su tribunal, ante el que
concurran  diario multitud de negros y negras  ventilar sus
cuestiones y  resolver sus disputas, las cuales era odas con gran
calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda
gravedad su importante papel, despus de escuchadas ambas partes, sola
dirigir una larga arenga  los que litigaban; condenando luego all
mismo  aquellos que lo merecan.

Varias ancdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, as como
algunos actos de justicia por l practicados, que corren todava en boca
de las gentes, las cuales suelen atribuirlos  otros personajes que nada
tienen que ver con Juan de Valladolid. Presida ste todos los domingos
los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta
de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba
las rdenes oportunas y que crea ms convenientes para el buen orden de
los bailes, de los coros, de las mscaras  de la diversin que se
estuviera celebrando.

Clebre fu Juan de Valladolid y clebre es tambin la calle donde tuvo
su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los
descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en
otros siglos  la Macarena,  la Costanilla y  la Morera.




XVII

LA CRUZ DEL CAMPO

     Si al cazador  al labriego por esta Cruz preguntares, te harn en
     frases vulgares pintoresca narracin.

     LAMARQUE DE NOVOA.



Como  media legua de Sevilla, en el camino que conduce  Alcal de
Guadaira, existe un monumento que fu mandado construir hacia el ao de
1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y
esforzado caballero, cuyas hericas hazaas en la guerra de Granada le
dieron gran renombre entre las huestes cristianas.

Los Reyes Catlicos D. Fernando y D. Isabel, teniendo en cuenta los
graves desperfectos que la accin del tiempo haba obrado en el
acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de _Caos de
Carmona_, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes
alarifes y bajo la detenida inspeccin del Asistente Merlo.

Para conmemorar la terminacin de los trabajos realizados en el
acueducto erigise  la terminacin del barrio de la Calzada una Cruz, 
la que hemos de dedicar hoy las presentes lneas.

Forman el monumento cuatro slidos pilares de ms de trece metros de
altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra
una fila de moriscas almenas y una cpula de regular elevacin. Sobre
una gradera de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de
mrmol, en la que estn grabadas las imgenes de Jess y la Virgen de
los Dolores.

En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la
siguiente inscripcin, que fu restaurada hace poco tiempo con gran
esmero.

Esta Cruz  obra mand facer  acabar el mucho honrado  noble
caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey  Reina nuestros seores,
del su Consejo  su Asistente de esta ciudad de Sevilla  su tierra, 
Alcaide de los sus Alczares  Atarazanas de ella; la cual se acab 
primer da del ao del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil
 cuatrocientos  ochenta  dos aos, reinando en Castilla los muy
ilustres y serensimos y siempre augustos Rey  Reina nuestros seores
D. Fernando  D. Isabel.

En la Cruz del Campo terminaba la estacin de la _Va Sacra_ que
comenzaba  la puerta del magnfico palacio de D. Fadrique Enrquez de
Ribera, Marqus de Tarifa, llamado _Casa de Pilatos_.

Construy esta _Va Sacra_ el dicho Marqus de Tarifa  su regreso del
viaje que en 1521 hizo  Jerusaln; y cuenta la tradicin que eran tan
numerosas las personas que asistan durante los viernes de Cuaresma 
rezar ante las cruces de la estacin, y  propinarse sendos
disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos  la
Calzada cuando los ltimos an no haban salido del palacio.

La costumbre de recorrer esta estacin fu decayendo poco  poco; y
aunque las cruces permanecan en medio del camino, eran pocos los que
ante ellas rezaban y tenan la devocin de azotarse las carnes.

 mediados del siglo XVIII empezaron  concurrir muchas gentes  los
alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era
con fines tan santos, pues iban  celebrar alegres giras y campestres
bailes, en los cuales corra con abundancia el vino y se promovan 
menudo escndalos y rias, que terminaban de manera bien lamentable.

En el presente siglo se han llevado  cabo algunas obras en la _Cruz del
Campo_; pero la ms notable es la que se verific en 1882. Entonces se
restaur el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de
conservacin, habindose colocado en derredor una sencilla verja para
evitar que el pblico suba  las gradas que se alzan en el centro de los
cuatro pilares.

Desde la _Cruz del Campo_ se divisa un hermoso panorama, que
difcilmente resistiramos  describir; gran parte de la ciudad se
presenta  nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiada de azoteas,
tejados torres y campanarios se alza la _Giralda_, el ms preciado de
nuestros monumentos histricos.

En los alrededores de la _Cruz del Campo_ han tenido lugar algunos
sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que slo
recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey
Jos en 1810, y  Fernando VII en el memorable ao de 1823.




XVIII

COLN EN SEVILLA

     Es Amrica... s, logr mi intento, grita el piloto audaz, y en
     voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. Viva Coln,
     descubridor de un mundo!

     EL DUQUE DE RIVAS.


La capital de Andaluca es una de las poblaciones que con ms razn est
en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y
pobre, lleg  Espaa para llevar  cabo uno de los hechos ms
grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.

Cuatrocientos aos se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y
si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta
fecha inolvidable, cmo haba de permanecer Sevilla indiferente en tal
ocasin, si ella alberg en su recinto al genovs ilustre, alent el
gigantesco proyecto, construy la escuadra para el segundo viaje, fu el
centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guard durante
largos aos en el monasterio de Las Cuevas los restos de Coln y de su
hijo don Diego?

Probado est por los eruditos  historiadores que el gran descubridor
lleg  Espaa  principios del ao 1484, siendo nuestra ciudad uno de
los primeros puntos que visit antes de celebrar su famosa entrevista
con el Prior de la Rbida, puesto que sta se verific en los ltimos
das de Agosto de 1491.

Busc Coln en Sevilla apoyo para el proyecto que iba  presentar  los
Reyes Catlicos, y no tard en encontrar favorable acogida entre varios
sevillanos de alta posicin, y entre los muchos mercaderes italianos que
aqu desde largo tiempo haba establecidos.

Viva por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan
Berardi, dueo de una importante casa de comercio, que trab en poco
tiempo estrecha amistad con Cristbal Coln, llegando  ser su amigo y
confidente, segn palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la
_Coleccin de documentos inditos_.

Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y
prestigio, y al oir de los labios de Coln el grandioso pensamiento,
explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tom cario 
tan elevada idea y trat de poner  su compatriota en relaciones con
algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residan en
Sevilla, predilecta mansin--como dice Rodrguez Pinilla--de los ms
grandes magnates de la nobleza y de la Corte.

Presentse el genovs al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien,
despus de escucharle, le ofreci su valioso apoyo, cosa que no lleg 
cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa
ducal gozaba de mucha consideracin, persuadi al dueo  que dejase de
prestar odos  pensamiento tan loco y fuera de razn como lo era aquel
del navegante aventurero.

Decidise Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de
su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se
encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron  Coln  don Luis de la
Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la
nobleza de Castilla, que sostena una escuadrilla en el Mediterrneo y
el Atlntico.

Entusiasmse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo  Coln en
su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en
1493 envi al Cardenal Mendoza. Adems quiso llevar  cabo la gigantesca
empresa, y ofreci al genovs cuatro carabelas, para que en ellas
saliese del Puerto de Santa Mara  _buscar el camino de las Indias_.

Pero, segn escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los
propsitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigi una importante
carta ordenando que cesase el negocio, porque quera ella misma
seguirlo  sus expensas.

Haba hecho Coln presente  Medinaceli que iba  dirigirse  Francia,
esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero 
tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del
viaje, envindolo  Crdoba, en cuyo punto, y por mediacin de
Quintanilla y Mendoza, celebr la primera entrevista con los Monarcas en
el mes de Enero del ao 1486.

Parti el genovs de Sevilla, y no volvi  esta ciudad hasta despus
del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de
consideracin y aprecio por todos en general, y muy particularmente por
aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos lleg de
Portugal.

En Sevilla permaneci Coln desde el mes de Junio hasta fines de Agosto
del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que parti de
la baha gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce
carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron  Sevilla
para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de
la expedicin.

Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la
Cosa, Margarite, Aguado, Daz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto
fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo
Mundo.

La capital de Andaluca volvi  ver  Coln  fines del ao 1499, pero
en situacin bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cdiz
cargado de cadenas por rden del iracundo Bobadilla y se diriga 
Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfaccin como
en Barcelona, pero s compadecidos de su triste suerte.

Hicironse tambin en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en
el otoo del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin
estuvo dispuesta y sali de Cdiz el 13 de Enero del ao siguiente.

Presentse por ltima vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de
1504, despus de su larga y penosa expedicin, enfermo, achacoso y con
el corazn oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que  cada
paso era vctima.

En Sevilla pas todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le
prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del
Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente march 
Segovia, donde  la sazn se hallaba la Corte, que mir con desdn 
Coln, quien, pasando luego  Valladolid, muri abandonado y solo el 20
de Mayo de 1506,  la edad de sesenta aos y  los diecisis de haber
llevado  cabo su prodigioso descubrimiento.




XIX

EL HORNO DE LAS BRUJAS

     Son sin duda espritus vaporosos que engendra la tierra, como los
     produce tambin el agua. Por dnde habrn desaparecido?

     SHAKESPEARE.


La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista
D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles ms
irregulares de la poblacin, en la que existieron, entre algunos buenos
edificios, varias casuchas que servan de guarida  gente de fama nada
envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradicin que en una de estas casuchas, la ms sucia y
abandonada de todas, habitaba  fines del siglo XV cierta anciana 
quien tena el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus
puntos y ribetes de hechicera.

Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada  la
confeccin de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo
porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaa, con quienes
sola reunirse por las noches, entregndose  ceremonias misteriosas que
daban mucho que hablar  los vecinos del barrio.

Tena la bruja un hijo, sabe Dios de quin, mocetn zafio y descredo,
espadachn y pendenciero, que le ayudaba en sus ridculas faenas, y el
cual promova con frecuencia grandes escndalos siempre que al amanecer
llegaba  acostarse, acompaado de mujerzuelas y gente de la heria,
entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedi una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado  su
casucha, hall la puerta tan cerrada que por ms golpes que di en ella
no consigui que le abriesen, pues la madre y las dems brujas que con
ella estaban entonces en un stano, embebidas con sus prcticas de
hechicera, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del
mocetn.

Aburrido ste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho
mosto que se haba echado al coleto,  falta de otro lugar ms 
propsito donde pasar el resto de la noche, que era fra y desagradable,
metise en un gran horno que en el muro exterior haba, y que por la
maana sola encender la vieja para que fuesen  cocer el pan los
vecinos, que por tal servicio pagbanle algunos maravedises, cuya
cantidad no precisa la tradicin.

No bien entr el zafio en el horno, acometile un profundo sueo,
quedando tan dormido, que despus de salir el sol continuaba roncando
sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.

Y sucedi despus, que llegada la hora en que la horrible bruja sola
encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oy gritos
pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro
sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y despus de
intiles esfuerzos, cay al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y
rezando  toda prisa cuantas oraciones le vinieron  la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera
contener las llamas, que rpidamente haban adquirido las mayores
proporciones, haciendo ver  los que quisieron verlo que aquello no era
otra cosa que un providencial castigo  las impiedades del hijo y  las
hechiceras de la madre.

Pero h aqu que cuando ms apurada era la situacin, cuando nadie poda
acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir
el edificio, acert  pasar la calle un fraile de la orden de San
Francisco, llamado Fr. Diego de Alcal, varn muy respetado del vulgo y
 quien se le atribuan algunos milagros.

Comprendi el regular que aquella desgracia poda arreglarse, y
compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corri
con premura  rezar un par de Salves  la Virgen de la Antigua, y lo
mismo fu hacerlo al llegar  la Catedral, se apagaron las llamas
instantneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la ms
leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandon sus brevajes, sus filtros y sus
brujeras, hacindose ferviente devota, y el mozo tom la buena senda,
llegando  ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en
Granada.

Esta es la tradicin que di origen  que la calle que tiene hoy el
nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchsimos aos
calle del _Horno de las brujas_; si bien no me es desconocido el origen
que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que all
vivieron dos hermanas que tenan un horno donde fabricaban tortas al
estilo del pueblo de Brujas.




XX

LA INQUISICIN

     Y pudo ya mi vista descubrir ms claramente la profundidad donde
     la inefable justicia ministra de Dios Supremo castiga  los
     falsificadores.

     DANTE.


Cuando el pontfice Sixto IV,  peticin de los reyes Catlicos D.
Fernando y D. Isabel, instituy la Inquisicin para combatir los
herejes en los reinos de Espaa, no tard Sevilla en tener su Tribunal
de la Fe, como una de las ciudades ms importantes de la Pennsula.

En tiempos de D. Fernando III construyse un castillo donde hoy se
encuentra la plaza de Abastos de Triana, y en este edificio se
estableci en 1481 el Tribunal de la Inquisicin, llevando  cabo en l
no pocas reformas para el objeto  que se destinaba.

Entonces se le hicieron multitud de calabozos, salas de tormentos con
todos los tiles necesarios, capilla, saln de consejo y cuantas
dependencias eran ocupadas por los familiares, carceleros y dems
individuos que se dedicaban  la persecucin de los impos, asalariados
por los inquisidores.

El aspecto que ofreca el castillo, segn se ve en antiguas estampas, no
poda ser ms ttrico; sus altos muros, de negruzca piedra, eran lisos y
sin adorno alguno; sus cinco torres almenadas presentaban pequeas
ventanas, cubiertas de espesos hierros; su puerta principal era slida y
severa en demasa, y sobre ella se coloc una lpida en conmemoracin
del establecimiento del Tribunal.

Los inquisidores, que entonces se hallaban en todo el apogeo de su
fuerza, no debieron perder el tiempo en bagatelas; pues consta por una
inscripcin hecha por los mismos que desde el citado ao de 1481, hasta
fines del 1524, quemaron en la hoguera  mil herejes y convirtieron 
veinte mil.

En el invierno de 1626 una avenida del Guadalquivir inund el castillo
inquisitorial, obligando  los que le habitaban  trasladarse  un
edificio situado en la calle Real de San Marcos, lo que se verific con
gran aparato.

La nueva casa que durante trece aos ocup el Tribunal de la Fe era la
misma que habit D. Estrella de Tavera, la herona de la famossima
comedia de Lope de Vega, cuyos amores con Sancho Ortiz dieron tanto que
hablar por mediar en ellos el rey D. Sancho IV.

 principios de 1639 concluyronse las obras de reparacin en el
castillo de Triana, y ste volvi  ser ocupado por los inquisidores.

Cerca de dos siglos permaneci todava la Inquisicin en el castillo de
Triana; pero como ste,  pesar de las obras en l practicadas, no
ofreca grandes seguridades  causa de la mucha antigedad de su
construccin, fu preciso abandonarlo, y en Noviembre de 1785 trasladse
el Tribunal  un palacio que haba sido colegio de jesutas hasta la
expulsin de la Orden en 1767.

Estaba este edificio al final de la Alameda, y ocupaba gran parte de las
calles Hombre de Piedra y Becas, siendo bastante amplio y capaz para
tener encerrados ms de doscientos presos. Gracias  que por entonces el
Tribunal haca pocas vctimas, contentndose con quemar en efigie  los
reos  tenerlos encerrados en inmundos calabozos.

El ao 1805 se celebr el ltimo auto de fe, siendo entregado el
delincuente  la justicia ordinaria, que lo conden  presidio; y en
1810, al ser invadida Sevilla por las tropas de Napolen, se extingui
el Tribunal, que ya daba pocas seales de vida.

Cuando la reaccin absolutista de 1814 la Inquisicin se organiz de
nuevo en el mismo edificio de la Alameda; pero entonces, aunque contaba
con el apoyo de muchos, ni era temida, ni haca nada que respondiese 
los fines para que se cre.

Disolvise para siempre el Tribunal en 1820, y el local que ocupaba se
destin  cuartel de infantera, destruyndose casi por completo el 13
de Junio de 1823, cuando estall el depsito de plvora que en l
exista, causando grandes destrozos y matando  gran nmero de los que
formaban las hordas absolutistas que en aquel memorable da cometieron
tantos excesos en nuestra ciudad.

Del ltimo edificio ocupado por el Santo Tribunal slo quedan hoy restos
muy incompletos, pues los distintos usos  que ha sido destinado durante
largos aos han hecho que no se pueda formar exacta idea de lo que fu
en no lejanos tiempos.




XXI

LA MISA DE LOS NAVEGANTES

     En tanto el gran Magallanes ncoras levar ordena, y  su voz
     vibrante y firme se da la armada  la vela. Ya, cual cisnes, se
     deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la
     corriente serena...

     LAMARQUE DE NOVOA.


En aquel tiempo en que Espaa era la ms poderosa nacin del mundo y
jams en sus dominios se pona el sol llegse  la Corte del emperador
Crlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiracin y respeto  la
posteridad.

Nos referimos al portugus Hernando de Magallanes, bravo guerrero,
viajero infatigable, y vencedor en frica y en la India, que despus de
haber servido al rey D. Manuel, parti para nuestra patria, donde fu
acogida y puesta en prctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta
al mundo, cosa que hasta entonces nadie se haba atrevido  llevar 
cabo.

Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandsimos, fu
el lugar donde preparse la expedicin, que sali del puerto el
mircoles 10 de Agosto del ao 1519, y en las primeras horas de su
maana.

Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban
 realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron  una ceremonia
religiosa que, por ser quiz de pocos conocida, vamos  relatarla
conforme  los datos que hemos conseguido adquirir.

El da 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa
Mara de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se haban
establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La
iglesia se vea llena de gran nmero de fieles, y por todas partes se
notaba que alguna importante ceremonia iba  tener lugar en ella.

Y as era en efecto: despus de una solemne misa, el Asistente de la
ciudad iba  hacer entrega  Hernando de Magallanes del pendn de S. M.
que llevara consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos
estaban del todo terminados.

Seran las nueve de la maana cuando el navegante portugus lleg al
templo, seguido de los capitanes, oficiales y dems gente de tropa que
se haba reunido, y algunos momentos despus entr el grave asistente D.
Sancho Martnez de Leiva, acompaado de los seores del Cabildo, en
unin de los cuales colocse en un lugar preferente que cerca del altar
mayor se le tena dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las
gradas del ara y comenz la misa cantada, que escuch el numeroso
concurso de fieles con la devocin y respeto de aquellos tiempos.

Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus
compaeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas
armas, se hallaban sentados en largas tribunas  la izquierda de la
Epstola; frente los caballeros y nobles seores del Cabildo; ante el
altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de
tis y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud
apiada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que
entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro,
los rayos del sol de esto, que, penetrando por las pintadas vidrieras,
iban  deshacerse en los dorados retablos  en el rojo terciopelo que
cubra los muros.

Concluida la misa, levantse el Asistente, y con toda la seriedad del
caso puso en manos del navegante portugus el pendn real. Magallanes
entonces avanz algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos
pudieran verle, y una vez all, desnud su acero, y mostrando el pendn,
pronunci con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad
al Monarca  nombre de quien haba de tomar posesin de las tierras que
en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que por su orden de categoras en
la armada prestaron juramento  Magallanes los capitanes y oficiales que
 partir se disponan, ofrecindole adems, bajo el propio empeo, de
seguir los rumbos y derrotas que el Capitn general les mandase,
obedecindole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.

Largo rato dur aquella escena, y cuando fu concluda, con igual
parsimonia que haba entrado sali el Asistente Leiva, seguido del
Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran
curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podan
comprender la magnitud de aquella expedicin que estaba preparada.

Segn dijimos ms arriba, los cinco barcos se dieron  la vela el da 10
de Agosto de 1519; el estrecho fu descubierto por Magallanes  mediados
de 1520, y el 27 de Abril del siguiente ao falleci el ilustre hijo de
Villa de Sabrosa en un reido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron  Sanlcar las carabelas, mandadas
por Sebastin del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy
dudosa, que una de estas naves permaneci casi destrozada en el muelle
de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.




XXII

EL ALMA EN PENA

     Densa niebla cubre el cielo, y de espritus se puebla
     vagarosos...

     ESPRONCEDA.


Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado
hasta nuestros das acerca de las calles y edificios ms  menos
notables de la capital de Andaluca, hay algunas casi ignoradas de la
mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar  luz,  fin de que
no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algn
curioso las saca de nuevo  plaza ataviadas con apropiado ropaje,
seguramente son del agrado del pblico.

Tal ocurre quiz con el suceso que vamos  relatar en las presentes
lneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en
manos de quien, con alguna fantasa y conocimiento de la poca en que
tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.

Larga es la fecha en que ocurri el caso; mas no por esto debe dudarse
de l, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como
verdico, y hasta hace prximamente medio siglo se conserv en la calle
del Cao, situada en la collacin de Santa Luca, la casa donde vivi el
principal personaje de este hecho.

Gobernaba Espaa la catlica majestad de don Felipe II, y  principios
de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Cao cierta mujer
pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tena una
hija,  lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular
donaire, que  pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias
por parte de los vecinos, y solicitada por ms de un amador, codicioso
de los favores de tan bella criatura.

Conociendo esto la vieja, ejerca de continuo gran vigilancia sobre su
pimpollo; que si al morir el soldado no dej un escudo, dej en cambio 
su esposa un buen concepto del honor, para que ste no se empaase ni
perdiera.

Difcil nos sera describir las perfecciones de la joven, que se llamaba
Costanza, pues la tradicin slo dice que era hermosa, y aade que
tambin era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacan cerco
se vean obligados  renunciar  sus pretensiones.

Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con ms habilidad y maa, y
hacindose oir de Costanza, requirila de amores con tanta fortuna, que
la incauta nia tomle singular aficin y di en celebrar con l
nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dorma se
llevaron  cabo.

Pasaron as algunos meses, y cuando ms felices parecan los novios, la
honesta y recatada doncella, que tan prendada haba estado, tom de
pronto invencible antipata  su galn, y decidi romper con l  todo
trance.

El mozo, que deba estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente
era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo
cuanto pudo por volver  atraerse el cario de Costanza, pero todo
result intil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada
poda conseguir, desisti de sus proyectos con gran pesar y profunda
pena.

Tan  pechos tom el hombre aquella mala accin, que vinironle
terribles melancolas y esquiv el trato de las gentes, desapareciendo
por fin de Sevilla sin que se supiera  dnde haba marchado.

Costanza, que tan honesta y recatada fu siempre, segn la tradicin,
sinti bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas haban pasado
algunos meses admiti el cario que otro le ofreca, guiado de
intenciones no muy sanas y laudables.

Un amigo del desdeado amador dijo que ste haba muerto entonces; y
aunque Costanza lo supo, ni se apen por ello ni mostr sentimiento
alguno, distrada como estaba con su nuevo galn.

Poco despus de haber empezado la nia sus nuevas relaciones comenz 
susurrarse entre los vecinos de la collacin de Santa Luca que por la
calle del Cao y sus alrededores haba aparecido un fantasma de los que
en aquella poca eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecan
estar mejor informados aseguraron que se trataba de _un alma en pena_
que vena  este mundo para arreglar algn asuntillo que dej pendiente.

Hicironse cruces al conocer la noticia, y ms se asombraron los
ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del
alba en la calle Cao oanse de tiempo en tiempo lamentos
ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que
demostraban la presencia _del alma en pena_.

Cuando esto lleg  odo de la madre de Costanza no fu la ltima en
amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su
casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar,  ms del Rosario, antes
de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las _almas en
pena_ que vienen  molestar el sueo del vecindario.

Creca entre tanto el pavor  medida que trascurran las noches, y as
pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una maana los transeuntes
y los habitantes de la calle del Cao se vean formando grupo frente 
la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos dilogos.

Avisse  la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron
en el edificio, encontrando  la vieja dando lastimeros gritos y
llorando  lgrima viva como suele decirse.

Interrogada por los golillas, manifest que su hija haba desaparecido
sin saber por dnde, y que no haba dejado huella alguna en su
escapatoria...

Pasado algn tiempo se supo, no sabemos por quin, que Costanza haba
sido arrebatada de su casa por el _alma en pena_, y que sta no era otra
que la de su desdeado amador.




XXIII

LA CAPILLA DE LOS REYES

     Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos
     una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pens abrir una
     especie de liza entre los ms clebres artistas de aquel tiempo.

     J. AMADOR DE LOS ROS.


Entre las muchas bellezas dignas de ser admiradas que encuentra el que
visita la Catedral de Sevilla, llama notablemente su atencin la Capilla
de los Reyes, cuyos planos fueron debidos al maestro Martn Gainza,
dando comienzo su construccin en 1550.

Veinticinco aos duraron los trabajos de esta suntuosa Capilla, en la
que siguieron los arquitectos Fernn Ruiz y Pedro Daz Palacios, y que
fu terminada en 1575 por Juan de Maeda, que ejecut algunas obras de
importancia en los templos de nuestra capital.

Pertenece su arquitectura al estilo greco-romano; tiene, en opinin de
los inteligentes crticos, poca elegancia, demasiados adornos, y est
dividida en siete espacios por ocho pilastras con capiteles
esmeradamente acabados.

En el centro de esta Capilla suntuosa, y sobre una elevada gradera, se
encuentra el altar, obra de Luis Ortiz, donde est colocada una
escultura de madera, de autor desconocido, que representa  la Virgen
con el Nio sobre la falda, el cual est vestido con traje del siglo
pasado: esto es, casaca, pantaln corto y medias de seda.

La imagen, que por su carcter parece del siglo XIII, segn los
historiadores, fu regalada al monarca Fernando III por su primo el rey
de Francia Luis IX, y acerca de ella corren las ms curiosas
tradiciones.

Est la imagen sentada en rico silln, que ostenta primorosas labores y
adornos de plata: sale en procesin todos los aos el da 15 de Agosto,
recorriendo las calles que rodean  la Catedral, y tienen los vecinos de
Sevilla gran devocin por ella.

Al pi del ara donde est la Virgen existe la rica urna de plata que
guarda desde 1729 los restos de D. Fernando III, primer rey de Castilla
y Aragn y conquistador de Andaluca, que falleci en esta ciudad el da
30 de Mayo de 1252, y  quien el papa Clemente X declar santo en 1671,
celebrndose con tal motivo suntuosas fiestas en Sevilla, describiendo
las cuales hemos ledo varias curiossimas relaciones escritas en
aquella poca.

Bajo las magnficas bvedas de la capilla de los Reyes duermen el sueo
eterno D. Alfonso _el Sabio_, muerto en 1284,  los treinta y dos aos
de su reinado; D. Pedro I, _el Justiciero_, monarca cantado tantas veces
por los poetas, y cuyos huesos se trasladaron desde Madrid en 1877; su
legtima esposa D. Mara Padilla, que al ocurrir su muerte en 1354 fu
sepultada en el monasterio de Santa Clara de Astudillo; D. Beatriz,
primera mujer de D. Fernando, y los infantes D. Pedro, D. Fadrique, D.
Juan y D. Alonso.

Un personaje ilustre en la historia moderna de Espaa descansa all
tambin junto  los reyes y prncipes: el sabio Conde de Floridablanca,
Ministro de Carlos III y Presidente de la Junta Suprema de Gobierno
cuando invadieron las tropas francesas nuestro territorio. Floridablanca
muri el da 30 de Diciembre de 1808, celebrndose sus exequias con
todos los honores que correspondan al elevado cargo que entonces
desempeaba.

La reja de la capilla de los Reyes es una verdadera obra de arte,
concluda en 1775, cuya descripcin sera por dems prolija: sus
columnas, sus complicadas labores y las figuras de gran tamao colocadas
en su remate son dignas del mayor elogio.

En la Capilla se conservan multitud de joyas histricas de alto precio,
entre las que no dejaremos de citar en estos breves apuntes la bandera y
una espada de D. Fernando III, la magnfica corona regalada por D.
Beatriz y los riqusimos trajes bordados de oro y pedrera que viste la
antigua imagen de la Virgen de los Reyes.

El da de S. Clemente, aniversario de la conquista de Sevilla, y el 30
de Mayo, se descubre la urna donde yace el rey Fernando III, pudiendo
ver el pblico tras aquellos cristales los restos del poderoso monarca
victorioso en tantas batallas y terror de las huestes agarenas.

La capilla de los Reyes ha sido visitada por cuantos monarcas han venido
 Sevilla, y en ella se da continuo y muy esplendoroso culto.




XXIV

LA MORERA

     Sitios peligrosos eran aqullos, donde no era fcil llegar sin
     exposicin de graves riesgos.

     L. M.


En uno de los puntos hoy de ms trnsito de la capital existi hasta la
tercera dcada del presente siglo un famoso barrio, llamado de la
_Morera_ porque es fama que al ser reconquistada Sevilla por D.
Fernando III en l se juntaron las familias moras que quedaron viviendo
en la ciudad.

Este barrio estaba formado por un laberinto de encrucijadas y
callejuelas de fesimas y miserables casuchas, bajo cuyos techos se
albergaban gentes de reputaciones dudosas y de las ms extraas
cataduras.

All se escondan las echadoras de cartas, las viejas que confeccionaban
filtros y bebedizos, los valentones que siempre tenan cuentas
pendientes con la justicia, y todos esos tipos que tan admirablemente
retrat la pluma del gran Cervantes al ocuparse del antiguo pueblo bajo
de Sevilla.

Ninguna persona de mediana posicin se determinaba  pasar por las
calles de dicho barrio sin estar expuesta  sufrir ms de un percance,
pues los moradores de aquellos tugurios tenan formada una especie de
asociacin tenebrosa, que se asemejaba algo  la clebre _Corte de los
Milagros_.

De noche las calles de la _Morera_ presentaban un sombro aspecto; y
cuando alguna vez la ronda cruzaba en silencio por aquellos lugares, se
vea sorprendida  lo mejor por una lluvia de piedras que, sin saber de
dnde venan, obligaban  los corchetes  ponerse en precipitada fuga.

Para que todo contribuyera  hacer inexpugnable aquel barrio, se
levantaban  su alrededor los espaciosos conventos del Buen Suceso y los
Descalzos, la iglesia de San Pedro y la primitiva Fbrica de Tabacos,
que fu construda en el siglo XVI.

Estos amplios edificios, con sus altos paredones y su macizo aspecto,
parecan defender la _Morera_, donde nunca fu posible hacer cumplir
las ordenanzas municipales, y donde los habitantes vivan en una salvaje
independencia.

Muchas eran las tabernas que en el barrio de que nos ocupamos existan,
y no eran menos los garitos y casas _non sanctas_ donde Celestinas,
Aspasias y Proserpinas se entregaban con entera libertad  sus
execrables comercios.

El Ayuntamiento di en distintas pocas varias rdenes  fin de que se
hicieran algunas requisas por la _Morera_ con frecuencia; pero estas
rdenes no pudieron cumplirse  causa del riesgo que corran cuantos
eran enviados  aquella visita de inspeccin.

Todos los mendigos, todos los discpulos de _Caco_, todos los vagos de
la peor calaa que durante el da vagaban desperdigados por Sevilla,
iban  recogerse al oscurecer en los antros de la _Morera_, donde se
consideraban seguros de no caer en manos de la justicia.

 principios de siglo tenan all su albergue los servidores de Jos
Mara y del _Rubio Espera_, los espas de los _Nios de cija_ y los
secuaces del _Pjaro Verde_, que tan sangrientos crmenes cometieron en
los campos andaluces.

Por entonces el edificio de la antigua Fbrica de Tabacos fu destinado
 cuartel de infantera, y esto di origen  no pocas colisiones y
alborotos entre los soldados y los paisanos en la triste poca del
gobierno absoluto.

Concluiremos estos apuntes sobre la _Morera_ diciendo que hacia el ao
1840 se desalojaron las casas de aquel inmundo barrio, comenzando el
derribo de todas ellas y construyndose aos ms tarde en aquel lugar el
paseo de Argelles, uno de los ms concurridos y animados de Sevilla.




XXV

LA VIRGEN DE TORRIJIANO

     Muriendo est Torrijiano, muriendo est en su prisin por el
     hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.

     CANO Y CUETO.


El hecho de que vamos  ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con
ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de
procurar seguir la relacin que corre como ms autntica.

 principios del siglo XVI viva en Sevilla, y en una modesta casa
situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor
florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dej en
varios templos de nuestra capital.

Fu Torrijiano un distinguido discpulo del maestro Lorenzo de Mdicis,
y estando en el taller de ste con otros compaeros tuvo su famosa ria
con Miguel ngel,  quien de un golpe rompi parte de la ternilla de la
nariz, dejando, para mientras viviese, sealado al autor del _Moiss_ y
del _Juicio final_.

Huy despus de aquella ria Torrijiano de Italia, pasando  Inglaterra,
donde vag muchos aos sin residencia fija y sufriendo no pocos
disgustos y sinsabores, pues parece que el carcter del artista
florentino era por dems violento, exagerado y nada simptico.

 Espaa lleg Torrijiano ms tarde, atrado por las bellezas del suelo
y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces haba
odo hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en
Granada, poblacin entonces donde se encontraba lo ms florido de la
nobleza castellana.

Hizo Torrijiano algunas hermosas esculturas para los conventos que
entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba
extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que
ignoramos, tuvo con algunos seores de alta categora le oblig  cerrar
su taller y  salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan
cantada por las liras de nuestros poetas.

Entonces vino Torrijiano  Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su
llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del
_Hospital de las Cinco Llagas_, segn dice un autor, y el _San Jernimo_
para el convento de Buenavista.

Algn tiempo despus el poderoso Duque de Arcos encarg al florentino
una escultura de barro que representase  la Virgen con el Nio Jess
en los brazos, escultura que haba de ser colocada en el magnfico
oratorio que en su palacio tena el Duque.

Cuando la estatua fu concluda envi el linajudo noble  sus criados 
casa de Torrijiano para que la recogiesen y al mismo tiempo entregaran
al autor el precio de su trabajo en varios talegos de maravedises.

Al ver Torrijiano la forma en que se le haca el pago de la obra,
despertse de sbito su clera, deshacindose en denuestos contra el
Duque, y lleg  tanto su enojo y su indignacin, que all mismo cogi
la estatua, y arrojndola con violencia al suelo, la hizo trozos,
diciendo  los criados del poderoso magnate que, pues reciba el dinero
en tan pequeas monedas, recibiese l tambin la estatua en pequeas
fracciones.

Este hecho produjo gran escndalo en Sevilla y alborot  la gente
devota, que lo calific de terrible sacrilegio, haciendo que el Duque se
querellase al tribunal de la Inquisicin, el cual prendi  Torrijiano,
acusndole de impo y hereje consumado.

Encerrado en una mazmorra del castillo de Triana pas el escultor
insigne muchos meses, falleciendo por ltimo en el ao de 1522 entre
horribles torturas, pues se neg  comer el ms corto alimento durante
bastante nmero de das.




XXVI

LA CALLE DEL DIABLO

     Mientras la infelice muere diz que el viento repeta: Mal haya
     quien en promesas de hombre fia.

     _(Trova antigua.)_


Pocos tal vez al leer el ttulo de estas lneas sabrn  qu calle nos
referimos y dnde se encuentra situada una va con nombre tan poco
simptico.

 fin de aclarar sus dudas, si es que las hay, diremos que el nombre de
calle del Diablo corresponde  la que despus llev el de San Antonio y
se encuentra en la parroquia de San Bartolom.

Disele el nombre de San Antonio porque en la fachada de una de sus
casas existi hasta 1840, prximamente, un nicho en el que se vea una
estatuita de barro representando al fraile penitente que con singular
valor supo rechazar las tentaciones del demonio.

Junto  esta imagen ardan en otros tiempos dos farolillos de aceite,
nica luz que de noche alumbraba la va que nos ocupa; y est probado
que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenan gran devocin
al santo, cuya colocacin en aquel sitio debise  un suceso
extraordinario en el cual crean  pis juntillas nuestros abuelos, que
por regla general tenan muy buenas creederas.

El caso fu el siguiente, poco ms  menos, segn lo relata la tradicin
que hasta nosotros ha llegado. Durante los das de Carnaval del ao 1548
varios jvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que haba en
Sevilla cometieron muchos excesos y tropelas, sin que evitarlo
pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces  todos
inspiraba el tribunal de la Inquisicin.

De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron ms que sus
acompaantes por las locuras de sus actos y por el singular escndalo
que promovieron.

No contentos de sus fechoras, despus de haber alborotado grandemente
por las calles, herido  tres sujetos, insultado  muchos y saqueado un
bodegn, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios
por el convento de Madre de Dios, hallaron  un viejo que acompaado de
una joven vena, y les entraron ganas de darles una pesada broma.

Uno de los calaveras, sin andarse con ms palabras, acercse con
resolucin  la muchacha, y con gran presteza dile un fuerte tirn del
manto y estamp en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.

Lleno de ira el anciano, iba  castigar el atrevimiento del mozo,
cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolvindole la cabeza
en la capa que traa, lo arrastraron al callejn prximo, mientras la
joven caa desmayada y era recogida por el calavera que le di el beso.

Ttrico, oscuro y estrecho el callejn donde metieron al anciano,
ofreca el aspecto ms  propsito para que en l se cometieran actos
que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galn lleg all
tambin la joven, cuyo rostro plido por el desmayo excit los deseos
del calavera y psole en situacin harto difcil.

Ruga amarrado el viejo,  quien haban tendido en el suelo para que no
pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon  la muchacha,
haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron
apreciar merced  un dbil rayo de luna que hasta el centro de la
callejuela se deslizaba.

Varios de los mozos quisieron besar  la joven, pero vieron con sorpresa
que el que primero lo haba hecho opsose  ello y con tono serio y
enrgico djoles que no consentira que ninguno la tocase.

Surgi de aqu una disputa, que se fu agriando por momentos; cruzronse
palabras duras  insultos de ambas partes, salieron  relucir los
aceros, y no tard en empezar una reida pelea, en la que el galn
defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos  l
dirigan sus armas. Habilsimo sin duda era ste, cuando en pocos
momentos logr, no slo defenderse, sino herir  dos de los que le
combatan, y desarm al tercero, que dej el campo y huy de manera no
muy airosa.

Cuando el mancebo se qued solo con la dama sinti un rumor extrao
cerca de l, y vi entre las sombras una figura siniestra que blanda en
la mano un acero y se dispona  acometerle.

Los ojos del desconocido brillaban con luz fosforescente y en su rostro
se dibujaba una mueca espantosa. El joven y la sombra entablaron una
porfiada ria, en la que el primero fu herido de mortal estocada.

Al siguiente da fueron encontrados en la calleja el cuerpo de la
muchacha y el de su padre, que presentaban profundas heridas. El del
galn no pareci por parte alguna, y se cuenta que el diablo lo llev
consigo, y que ste no era otro que el desconocido que se le apareci en
tan fea traza.

Para conmemorar este hecho, y espantar  Luzbel si en alguna ocasin le
daban ganas de volver por all, se coloc en la calleja la imagen de san
Antonio que mencionamos ms arriba.




XXVII

EL MAESTRO MALARA

     Aqu yace sin vida el cuerpo fro de Malara, que, roto el mortal
     nudo donde  Vandalia riega el grande ro, vol al Cielo su
     espritu desnudo. HERRERA.


Lugar preferente ocupa en la larga lista de ilustres varones que
florecieron en Sevilla durante el siglo XVI el sabio humanista D. Juan
de Malara, cuyas numerosas obras han merecido el mayor elogio de la
verdadera crtica desapasionada y justa, que examinando con detenimiento
las producciones de cada autor, ni escatima los merecidos elogios, ni
calla los defectos en que han incurrido.

Malara es una verdadera gloria de su patria, fu uno de los hombres ms
instruidos y sabios de su tiempo, y  l se debi en gran parte el alto
grado de florecimiento  que llegaron las letras sevillanas en el siglo
XVI.

Ajenos por completo  dar tinte pretensioso  estas lneas, para dedicar
en ellas un recuerdo al autor de la _Filosofa vulgar_, nos limitaremos
 trazar un breve resumen de su vida, apuntando de paso los principales
trabajos en prosa y verso que leg  las futuras generaciones.

Sevilla fu la cuna del maestro Juan de Malara, y vino al mundo en 1527,
ignorndose el da y mes de su nacimiento, aunque algunos autores los
han sealado sin verdaderas pruebas.

La regular posicin que sus padres disfrutaban hizo que Malara recibiese
una instruccin bastante completa, siendo alumno del colegio de San
Miguel, donde de muy antiguo exista una ctedra pblica de Gramtica y
una escuela de primeras letras que el Cabildo Catedral  sus expensas
sostena.

Muertos los autores de su existencia, y siendo an muy joven, se hizo
Malara paje de dos seores principales  quienes una estrecho
parentesco con el Cardenal Loasa, y estando en servicio de ellos hizo
un viaje  Salamanca, de donde pas  Alcal de Henares, matriculndose
en la famosa Universidad de este ltimo punto, donde residi largo
tiempo.

Terminados sus estudios, despus de algunos aos, en los cuales tuvo
ocasin de tratar  muchos de los escritores ms notables de entonces,
volvi  Sevilla, donde fij su residencia y donde contaba con muy
buenos y leales amigos.

Una vez en nuestra ciudad, abri Malara una clase de Gramtica
castellana, vindose al poco tiempo con gran nmero de discpulos, que
ms tarde honraron al maestro y que acudieron  l atraidos por su
saber  inteligencia, as como por el dulce y apacible carcter de que
estaba dotado.

Cas Malara en 1564 con D. Mara Ojeda, y pas la mayor parte de su
existencia entregado  sus continuos trabajos, pero con el alma
tranquila y desprovista de ambiciones locas, que tan infelices hacen 
muchos hombres.

En 1568 public Malara su _Filosofa vulgar_, en la que reuni gran
nmero de antiguos refranes, ilustrndolos muy discretamente con citas y
ancdotas, que resultan en extremo curiosas y dan  conocer la vasta
erudicin y los profundos conocimientos que en diversas materias posea.

Su ltima obra vi la luz en 1570, y lleva por ttulo _Recibimiento que
hizo la ciudad de Sevilla al rey D. Felipe II_ (libro reimpreso en
Sevilla hace pocos aos): segn lo que de ella escriben varios bigrafos
de Malara, puede decirse que,  ms de su valor histrico y de las raras
noticias y detalles que contiene, es digna de apreciarse por el estilo
correcto y fcil que en ella campea.

Cuando ms sosegados se deslizaban los das del sabio humanista; cuando
era de todos los ingenios de Sevilla atendido, y respetado por todos sus
discpulos; cuando su nombre haba alcanzado una verdadera popularidad,
y sus numerosas obras eran ledas con la mayor avidez, la muerte vino 
destruir aquel poderoso ingenio, que falleci en 1571  la edad de
cuarenta y cuatro aos.

Algunas de las obras que dej escritas Malara se han perdido, tales como
sus tragedias, citadas por Juan de la Cueva, y algunas traducciones
latinas de varios fragmentos de la _Iliada_.

Cuatro poemas compuso el docto humanista, titulados: _Hrcules_, _La
Psich_, _La muerte de Orfeo_ y el _Martirio de las Santas Justa y
Rufina_; mas no fueron estos trabajos los que han hecho clebre ya su
nombre, pues en opinin de los crticos Malara no fu versificador de
gran lozana ni de potente y variada inspiracin.

Falleci el ilustre literato cuando las letras sevillanas llegaban  su
mayor apogeo, y sus discpulos le lloraron, conservando vivo en sus
corazones el recuerdo del maestro y las saludables enseanzas que de l
haban recibido.




XXVIII

LA LTIMA PIEDRA DE LA CATEDRAL

     ...Que se labre otra Iglesia, tal  tan buena, que no haya otra su
     igual...

     (_Acta del Cabildo de 8 de Julio de 1401._)


Los interesantes detalles que hemos encontrado respecto  la ceremonia
que se verific al colocar la ltima piedra de nuestra hermosa Baslica
nos han de servir de asunto para llenar esta pgina; pero antes diremos
algo sobre la construccin del templo admiracin de propios, envidia de
extraos, y cuyo actual estado es bien lamentable.

Segn las noticias ms verdicas, la primera misa celebrada en la
Catedral, cuando an tena la forma de mezquita, se verific el 22 de
Diciembre de 1248, asistiendo  ella el conquistador Fernando III y
todos los nobles personajes que le acompaaron en el cerco de la ciudad.

En el siguiente ao comenzaron  construirse las capillas, siguiendo
estas obras lentamente, hasta que, medio siglo despus, como quiera que
se notaran en el edificio seales bien claras de prxima ruina, el
Cabildo acord destruir la mezquita y edificar de nueva planta una
baslica que causase asombro  cuantos la vieran. Dieron principio los
trabajos de derribar la antigua fbrica de los rabes, y en 1403, segn
hemos visto escrito, se coloc la primera piedra del monumento que
tantas riquezas atesora, ponindose la ltima  los ciento tres aos, 
sea en 10 de Octubre de 1506.

Da solemne fu ste para Sevilla, y sentimos mucho que las noticias de
que disponemos no sean tan amplias como fueran nuestros deseos. El
templo remataba entonces en un elevado cimborrio, que descansaba en los
cuatro pilares del crucero, y all colocse la ltima piedra por el den
D. Fernando de la Torre, con el Duque de Medina-Sidonia y don Fadrique
Enrquez.

En derredor del cimborrio se haban construdo amplios andamiajes, y
all subieron todos los cannigos, el Asistente y otras autoridades
civiles, y gran nmero de personas de la nobleza sevillana,  las cuales
segua infinidad de aclitos, pajes y msicos.

 las doce qued la piedra en el lugar que le corresponda, y acto
seguido cantse por cuantos all estaban un solemne _Te-Deum_ con la fe
y entusiasmo religioso de aquellos tiempos. Y en verdad que el acto que
acababa de realizarse era para llenar de alegra  todos los amantes de
la patria. La obra de tantos aos estaba concluda; el deseo de varias
generaciones se vea al fin realizado; y si desde aquel da la Religin
catlica contaba con un suntuoso templo para rendir culto  su Dios, el
Arte contaba tambin desde entonces con una maravilla para rendir
admiracin al genio del hombre.

Despus del _Te-Deum_ baj la comitiva  la iglesia, donde haba quedado
el Arzobispo Deza, que por sus aos no pudo subir al cimborrio, y
pasando  la capilla de la Antigua, que se encontraba adornada con ricas
telas y flores  iluminada con gran nmero de cirios y lmparas de
plata, se di principio  una misa cantada por el Arzobispo, que dur
hasta el medioda.

El pueblo de Sevilla presenci con el mayor jbilo la terminacin de su
Catedral, y aunque estaban preparados para aquel da fiestas y
regocijos, stos no llegaron  verificarse  causa de encontrarse de
luto la nacin por la muerte de Felipe I _el Hermoso_, que haba
fallecido en Burgos el 25 de Setiembre del mismo ao 1506.

Hasta el siguiente no se abri  los fieles el templo, celebrndose
entonces otras funciones religiosas, acerca de las cuales existen
particulares muy curiosos.

Como no es nuestro propsito hacer que este breve apunte resulte una
descripcin de la hermosa Baslica, terminaremos recomendando al lector
cualquiera de los muchos trabajos que por hombres eminentes se han hecho
sobre el famoso templo, y ojal ste sea terminado de nuevo antes que
desaparezca la actual generacin!




XXIX

EL DIVINO HERRERA

     Ese es oh Dios! el sonoroso acento con que canta triunfal sublime
     Herrera.

     EL DUQUE DE FRAS.


Ms que difcil, imposible es dar en estos breves apuntes un extracto de
la vida y un juicio de las obras del insigne poeta fundador de la
Escuela Sevillana, Fernando de Herrera,  quien sus contemporneos
llamaron el _Divino_, nombre que, segn el gran Quintana, nadie mereci
con ms justicia que l.

Nuestra ciudad tuvo la honra de ser cuna de tan esclarecido ingenio, y
segn los datos ms autorizados vino al mundo en 1534, siendo sus padres
de posicin harto modesta.

Dedicse Herrera  los estudios de Teologa, ordenndose de sacerdote
cuando se encontraba en todo el apogeo de su lozana juventud. Disfrut
ms tarde de un beneficio en la parroquia de San Andrs, y nunca quiso
abandonar el estado humilde en que viva, aunque sus muchos y buenos
amigos hicieron, como dice Pacheco, por acrecentalle en dignidad y
hacienda.

Muri Herrera en la capital de Andaluca el ao 1597, y con l muri el
poeta ms notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra
di  las letras patrias.

Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras ms
delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados  aquella
_Eliodora_, por quien sinti una pasin tan honda, tan verdadera y tan
constante, que tortur siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo
gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que slo estn
reservados  los que aman como debe amarse en la tierra.

Fu aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, segn las ms
autorizadas noticias, la nobilsima seora D. Leonor de Miln, Condesa
de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas
letras, sostuvo no poca amistad con Herrera,  quien di por algn
tiempo entrada en su casa, distinguindole con marcadas deferencias.

Todas estas circunstancias, que hacan imposible que la pasin del vate
sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron ms y ms, haciendo que
dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su
corazn.

La poesa ms hermosa de Herrera, la que siempre es leda con deleite, y
la que bastara slo  inmortalizar su nombre, fu la que compuso
cuando muri la Condesa algunos aos despus, joven an y adornada de
todas sus poderosas gracias y atractivos.

El dolor, la pena y la ms desconsolada amargura se desbordaron entonces
en el corazn del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden
ser ledas sin sentir tanta admiracin como melancola.

Quin no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe
esto?

      Desconfo, aborrezco, amo, espero,
    y llega  tal extremo el desconcierto,
    que ya no s si quiero  si no quiero.

      Testigo es de mis males el desierto,
    que me ve en su desnuda y roja arena
    tendido de dolor y casi muerto.

       Cndida Luna, que con luz serena
    miras indiferente el llanto mo,
    has visto de otro amante otra igual pena?

De esta composicin dice Fernandez-Espino que es la ms tierna, sincera
y apasionada de cuantas existen en castellano; y bien quisiramos
reproducirla entera aqu, para que nuestros lectores saboreasen otra vez
las inimitables bellezas que encierra.

Gran mrito tiene la elega dedicada  su amigo Juan de Malara, y no son
mnos notables las odas  D. Juan de Austria y  la derrota del rey D.
Sebastin en frica.

Herrera fu hombre que posea gran erudicin y atesoraba muchos y
diversos conocimientos en todos los ramos del saber. Enriqueci la
lengua, aumentndole giros, eptetos y frases; cultiv la prosa en obras
tan celebradas como la _Guerra de Chipre_, la _Vida de Toms Moro_ y las
_Anotaciones sobre Garcilaso_, y entre los muchos trabajos suyos que se
han perdido figuraba una _Historia general del mundo, hasta la edad del
emperador Carlos V_, que termin en 1590, y que por desgracia no lleg 
imprimirse.

El retrato ms autntico de Herrera es el que dibuj su ntimo amigo
Pacheco en su clebre coleccin de varones ilustres, y por el cual estn
sacados los que existen en algunas bibliotecas y museos.

El nombre de Fernando de Herrera ha llegado hasta nosotros rodeado de
esa aureola que envuelve  los genios, y ser siempre admirado donde
exista un amante de las letras; pero Sevilla,  quien tanta honra di,
an no ha erigido  su memoria ni el ms pequeo monumento ni la ms
modesta lpida.




XXX

LAS SOMBRAS DEL SUBTERRNEO

     Seres fantsticos que por las noches amedrentan al triste
     desvelado, y desaparecen con los primeros albores del nuevo da...

     FERNNDEZ Y GONZLEZ.


La calle Abades es de las ms antiguas de nuestra ciudad, y en algunas
de sus casas se encuentran unos profundos subterrneos, acerca de los
cuales han escrito muy curiosas noticias Argote de Molina, Rodrigo Caro,
Gonzlez de Len, Benavides y otros historiadores de Sevilla.

Tanta es la extensin de estos subterrneos, que algunas de sus
ramificaciones, segn dicen, se extienden  la calle Borceguinera y
forman un complicado laberinto que es imposible conocer y estudiar con
detenimiento.

Cuantos trabajos se han hecho  fin de reconocer aquellos lugares han
dado escaso resultado; pues, sobre ser sumamente difcil penetrar en
ellos, apenas si se puede permanecer all por la atmsfera que se
respira, por el fro, y por la infinidad de murcilagos que, al decir
de un autor, vagan entre las oscuridades.

Segn la opinin ms recibida los tales subterrneos fueron descubiertos
casualmente, estando practicndose unas obras en la casa del cannigo D.
Juan de Falce en el ao 1298; y aunque se ignora el en que se
construyeran, se cree que los rabes los utilizaban para establecer la
_Escuela de mgia diablica_.

Desde tan remota fecha son conocidos aquellos antros, y el vulgo,
siempre crdulo  inclinado  aumentar y dar tinte fantstico  las
cosas, ha fraguado multitud de cuentos y leyendas sobre ellos.

Entre los muchos que suelen contarse ha llegado  nuestra noticia un
suceso que, por tener algo de verdad en su fondo y ser poco conocido, lo
creemos digno de figurar entre esta coleccin de apuntes.

En las habitaciones bajas de algunos edificios de calle Abades existen
todava unas pequeas puertas (hoy tapiadas) que conducen por estrechas
escalerillas  los misteriosos subterrneos, mirados siempre con miedo
por las personas ignorantes y supersticiosas.

Cierta casa que tena su puerta y escalerilla en el rincn de una
galera que daba al patio era habitada hacia los aos de 1695 por un
caballero burgals, hombre rico, soltero y de buena presencia, que viva
con las mayores comodidades y servido por un solo criado, viejo y no muy
avisado.

Este seor contaba con muy buenas relaciones en Sevilla, y, libre como
era, gustaba de correr aventuras galantes, cuidando sin embargo de no
dar ejemplo escandaloso ni lugar  que su nombre sirviese de pasto como
el de otros  las hablillas y murmuraciones de los ociosos desocupados.

Sola recogerse tarde  su domicilio nuestro caballero burgals, y,
provisto de una llave, abra la puerta y penetraba en sus habitaciones,
donde no tardaba en rendirse al sueo.

Una tranquila y calurosa noche de esto hubo de recogerse ms temprano
que de costumbre, y como por ser verano su dormitorio estaba en una sala
baja prxima al patio, para llegar  l tuvo que pasar muy cerca de la
puerta que al subterrneo daba, y que crey verla sin alteracin alguna.

Entrse luego el caballero en su lecho y qued profundamente dormido,
pensando quiz en sus pasadas aventuras  en las que tena proyectadas,
y no bien haba trascurrido media hora, cuando un ruido singular y
extrao le hizo volver  la realidad y abrir los ojos.

Escuch con atencin, y entonces oy claramente rumores intensos bajo el
piso de su habitacin y algunos golpes secos, desiguales y prolongados.

No era el burgals hombre que se amedrentaba con nieras; y ya iba 
saltar del lecho para coger su espada, cuando por una ventana de la
habitacin, que se encontraba abierta, vi, merced  la luz de la luna,
pasar una sombra,  la que siguieron otras y otras, que le parecieron
de gigantesca altura y raro porte.

Pruebas suficientes haba dado el caballero durante su vida de no ser
cobarde; pero la aparicin de aquellas sombras turb su espritu,
quitle toda energa y le hizo temblar de pavor.

Quiso bajar de la cama y no pudo, quiso gritar y la voz se ahog en su
garganta; subiendo de punto el terror al notar que los fantasmas
entraban en el dormitorio y se agrupaban en un rincn murmurando algunas
palabras ininteligibles.

As pasaron algunos momentos, momentos terribles de agitacin y zozobra
para el rico caballero, que se crea cercado de asesinos  de almas de
otro mundo que venan  llevarlo sabe Dios  dnde.

El caballero hizo un esfuerzo supremo para dominar su espanto, y con voz
que procur serenar dijo:--Quin sois? qu queris?

Pero no bien haba pronunciado estas palabras, las sombras salieron
precipitadas de la habitacin y caminaron hacia el patio, produciendo un
ruido sordo y desigual.

Rpido sali el burgals de su estancia tras los fantasmas, que crey
ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galera donde la
puertecilla del misterioso subterrneo estaba. Persiguilos el
caballero, y cul no sera su sorpresa al notar que el subterrneo
estaba iluminado por dentro con una luz roja  intensa!...

El burgals, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y
cay en tierra sin sentido y aterrado...

All lo encontr por la maana el viejo criado que le serva, y spose
ms tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo
sueo, y que no era otro que el siguiente, bien prosico  la verdad: el
subterrneo de la casa se comunicaba con un edificio prximo, y varios
habitantes de l decidieron una noche llevar  cabo una excursin por
las misteriosas bvedas, viniendo  salir sin darse cuenta  la casa del
caballero, dando lugar  la escena que acabamos de narrar.




XXXI

LA CASA DE LOS ALCZARES

     Las cosas que hizo este ilustre varn viven por mi diligencia;
     porque siempre que le visitaba escriba algo de lo que tena
     guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.

     F. PACHECO.


Con el nombre de Alczares existe una calle en Sevilla, llamada en lo
antiguo _Ancha de San Pedro_, la cual es en su mayor parte recta, alegre
y con buenos y cmodos edificios.

En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su
fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella naci en 1531 y
vivi largos aos el insigne poeta Baltasar de Alczar.

La mencionada finca, ocupada hoy por la benfica asociacin de _Hermanas
de los pobres_, perteneci desde el siglo XIV  la noble familia de
Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo despus por el hidalgo
D. Francisco Alczar, que en unin de su esposa D. Leonor de Prado
fund un mayorazgo, que vino  disfrutar ms tarde su hijo segundo D.
Baltasar, gloria de las letras sevillanas.

El edificio pas en 1790  la propiedad del Marqus de Camponuevo, y 
la muerte de ste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la
mitad del presente siglo por los seores Marqueses de San Gil.

 pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado 
cabo en el transcurso de los tiempos, an conserva un carcter
marcadsimo de antigedad, que fcilmente se echa de ver cuando se
traspasan sus umbrales.

En los magnficos jardines de esta casa se conserva todava un rbol
llamado el _Mirto de Alczar_,  cuya sombra es fama que se sent 
componer muchas de sus poesas el festivo autor de _La cena jocosa_.

Naci Alczar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre
al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso
guerrero junto al insigne D. lvaro de Bazn, primer Marqus de Santa
Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.

Retirado de la milicia, y despus de haberse encontrado en gloriosos
combates, Alczar volvi  Sevilla, y estableciendo aqu su residencia,
contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.

Los poderosos Duques de Alcal hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus
propiedades, dispensndole grandes favores y tenindolo  su servicio
durante cerca de veinte aos.

En este largo perodo fu cuando Baltasar de Alczar escribi casi todas
sus composiciones, las cuales por desgracia an no se han visto todas
reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios
libros, sin que en ninguno pueda decirse que estn completas.

Su poesa que ms ha elogiado la crtica, y que es sin duda ms popular
que todas, es _La cena jocosa_, relacin sencilla y espontnea,
abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el inters
del lector y que puede servir como modelo de versificacin natural y
suelta.

La aficin que Baltasar de Alczar tuvo por las bellas letras no fu
menos que la que sinti siempre por la msica y la pintura; tocaba con
suma habilidad varios instrumentos, y tambin dibujaba, animado por su
excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrat en su clebre
coleccin de varones ilustres.

Juan de la Cueva, Cervantes y el _divino_ Herrera tributaron no pocos
elogios  Baltasar de Alczar, que vivi siempre muy estimado de cuantos
le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.

Falleci el poeta en 1606,  la edad de setenta y seis aos y en la
misma casa donde vi la luz, dejando gratsima memoria en sus coetneos
y un nombre brillante  ilustre en las hispanas letras.




XXXII

UN PER-AFN DE RIVERA

     Corazn gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy,
     desprecindola, deja la que ayer se le rindi.

     ESPRONCEDA.


Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llam en lo
antiguo _Plaza de la Cruz del Rodeo_, existe una capilla de humilde
aspecto y fachada sencillsima, que se dedic  la Virgen del Carmen, y
fu levantada en memoria de un trgico suceso que vamos  recordar en
estas lneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenan  principios del
siglo XVI un hijo nico, joven de apuesto continente y alegre carcter,
que estaba llamado  heredar con los ttulos nobilsimos de sus padres
la cuantiosa fortuna que stos posean.

D. Per-Afn de Rivera, que as se llamaba el joven, aunque criado con
toda severidad y recogimiento, cuando lleg  la mayor edad mostrse
gran aficionado  correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y
diversiones que era peculiar  los _calaveras_ de su tiempo.

No careca de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y
gozaba de cierta fama de valiente y decidor, as como de galante con el
sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas tambin sus pendencias
y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que
derroch en pocos aos.

 semejanza del _Burlador de Sevilla_, D. Per-Afn de Rivera no
distingua clases en cuestiones de faldas, y lo mismo pona los ojos en
la casta doncella que seguida de la duea rodrigona cruzaba la calle
envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de
andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requiri de amores D. Per-Afn  una muchacha de posicin humilde, la
cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del
galanteador, cay en la debilidad de enamorarse de l con tanto ahinco
cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgse mucho el joven aristcrata de haber despertado en la incauta
nia pasin tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que,
aunque no pens cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha,
que crey de buena fe cuanto su amante le deca.

Poca paciencia tena D. Per-Afn, y no gustaba de perder el tiempo en
sus conquistas, por lo cual no dej pasar mucho sin que la nia cayese
en sus redes; y si antes le haba dado su alma, dile entonces su
cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Dur hasta aquel da el amor que jur sentir el hijo de los Condes; y
siguiendo su sistema, abandon pronto  la muchacha, olvidndola tambin
por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atencin.

Pero la doncella burlada, que era hurfana y pobre, tena un hermano,
que al enterarse por pruebas inequvocas del lance, alborot el barrio
de la Feria, y se dispuso  tomar venganza, ayudado por otros individuos
que tambin tenan odio profundo  D. Per-Afn por motivo de sus
calaveradas.

Formse, pues, una conjuracin siniestra, y durante muchos das el
mujeriego aristcrata fu perseguido y acechado con la mayor
insistencia.

Haba ste una noche de esto asistido con varios amigos y amigas  la
casa de cierto _Monipodio_ que haba en la plaza del Quemadero, y en
hora avanzada sali  la calle solo, embozado en su capa y findolo
todo, segn costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al
llegar  la _Cruz del Rodeo_ encontr unos vecinos que estaban tomando
el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremeti contra ellos,
insultndolos y amenazndolos de palabras y obras.

Al poco rato salironle al paso dos hombres encubiertos por antifaces,
los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso
apareci por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.

Hizo ste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometi  los
enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cay sobre l,
descargndole terribles golpes y llenndolo de heridas.

Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la
joven burlada) sac una daga y clavla iracundo en el pecho de D.
Per-Afn de Rivera, que exhal al instante su ltimo suspiro.

Cuando se divulg por la ciudad la noticia de este trgico suceso caus
honda sensacin en todas las personas que conocan al infeliz, y los
poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo
sitio que muri su hijo la ermita dedicada  la Virgen del Carmen que
existe an en nuestros das.

Los pacficos vecinos,  los cuales se atribuy la muerte del joven
caballero, fueron ms tarde condenados  severas penas por la justicia,
mientras el verdadero matador qued en las sombras del misterio.




XXXIII

LA VELADA DE SAN JUAN

     Muy linda y elegante deba estar, cuando toda la nobleza sevillana
     concurra  ella, y slo  ella porque no haba otro paseo.

     EL DUQUE DE RIVAS.


Feliz ocurrencia, sin duda, fu aquella que tuvo el buen asistente D.
Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los aos 1574 mand
construir la Alameda de Hrcules, paseo el ms antiguo de la ciudad,
convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el
lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluan las aguas
sucias y corrompidas de toda la poblacin.

Termin su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de
piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de rboles que prestaban dulce
y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y
saneamiento del aire. Mas parecindole quiz que an no estaba completo
su trabajo, mand trasladar all dos soberbias columnas desenterradas de
los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existi un suntuoso
templo consagrado  _Hrcules_.

Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se
ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y  ellas
dedic uno de sus ms bellsimos artculos el insigne Duque de Rivas,
que tanto cario profesaba  nuestra capital, cuyas tradiciones cant
ms de una vez en poesas inmortales.

Es opinin de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un
ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levant la puerta de la
Barqueta, y que este ramal segua por donde hoy existe la Alameda,
atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos
qu habr de verdad en esto; mas s puede asegurarse que  fines del
siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como
hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono
en que se encontraba.

La Alameda de _Hrcules_ fu desde su fundacin el paseo predilecto de
los sevillanos, y  l concurran los domingos serenos del invierno y
las frescas tardes de primavera y esto las damas ms lujosas, ricamente
ataviadas, los caballeros ms encumbrados y linajudos, los ms ricos
mercaderes y los jvenes ms apuestos y arrogantes.

All se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las
ilustres academias de Pacheco y Malara; all D. Feliciana de Enrquez y
la Duquesa de Gelves concurran en elegantes literas, rodeadas de
entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afn de Rivera
sostuvieron reidas batallas con Maniferros y Repolidos; el _divino_
Herrera llor tristemente los desdenes de su amada _Eliodora_; Rinconete
y Cortadillo practicaron all innumerables obras de caridad con bolsas
ajenas; los seores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en
reposada pltica; ms de una casta y pdica doncella, aprovechando
ligero descuido de su indispensable duea rodrigona, desliz perfumado y
tierno billete en manos de rendido y discreto _barbilindo_; y all, en
fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron 
celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.

La poca en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de
creer  los fieles y puntuales cronistas, fu en los ltimos aos del
pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo
espaol, lejos de sospechar las prximas desgracias que amenazaban  la
patria, entregbanse con ms calor que nunca  las diversiones y
regocijos, mientras el Prncipe de la Paz manejaba  su capricho los
negocios del reino.

Volvamos los ojos hacia aquella poca, y veamos la velada de San Juan
tal como se celebraba  fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la
riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban  las de muchas importantes
ciudades de la Pennsula.

Por entonces se haban llevado  cabo algunas reformas en el paseo,
aumentando sus fuentes, aadindole nuevas calles de rboles y elevando
al extremo Norte otras dos columnas ms pequeas, de escaso mrito, las
cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados
leones con los escudos de Espaa.

Era de ver por las noches en aquella poca el aspecto que presentaban
los alrededores de la Alameda.

En la antigua calle Pellejera, desde el convento de San Pedro Alcntara
y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas
en los que _trianeros_ y _ferianos_ vendan muecos de barro y estampas
religiosas, piones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos
de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del
_Paraso_, se situaban las buoleras, donde las gitanas de la Cava
Vieja,  la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de
humo, fabricaban los dorados buuelos para los mozos de _rumbo_ y las
mozas de _empuje_: all cerca del convento de Beln se instalaban las
casetas del siempre aporreado _don Cristbal_, con su inseparable _D.
Rosita_; y bajo los lamos blancos, los cipreses y los naranjos del
arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al sn de la guitarra y
las castauelas bailaban las majas y los majos el _Ol_, el _Polvillo_,
los _Panaderos_  cualquiera otro de los bailes populares ms en boga
por aquella poca. Entre la doble fila de rboles de la calle central de
la Alameda se vean colocadas largas hileras de vasillos de colores;
junto  los _Hrcules_ se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados
por la hermandad de la _Cruz del Rodeo_; lucan los puestos de agua
farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados
asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia
apiada y numerosa bulla alegre y regocijada, produciendo multitud de
ruidos imposibles de calificar.

Sobre este animado cuadro luca un cielo transparente y magnfico
poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca
Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancola, que,
deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba  veces  sorprender un
coloquio amoroso, y, con l, el secreto de dos almas jvenes,
apasionadas y soadoras.

Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solan pasarse en claro
muchas personas, y era la Alameda de _Hrcules_ el sitio donde se
juntaban y confundan la multitud de personajes que formaban la sociedad
de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han
desaparecido.

Aqu la bella _macarena_, llevando airoso traje de medio-paso, peineta
de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los
_lechuguinos_ y los piropos de los _manolos_; all el almibarado
_boqui-rubio_, vestido segn el ltimo figurn de la moda francesa,
chaleco de tis, frac de raso y botas  lo _bomb_, diriga su
_impertinente_  los grupos de encopetadas _damiselas_; all el
_chispero_ de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero
de queso y chupetn de _sarasa_ bromeaba y rea con los compadres y
padrinos; all la interesante _petimetra_, con su rica falda cubierta de
encajes, su talle alto con mangas de faroln y sus dos moos de colonia
sobre el exagerado tup, sostena chispeante y animada conversacin
entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo
el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que
el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de
la Trinidad  la Merced que el militar aventurero, el mercader de la
calle Gnova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla,
en fin, y todas las clases de la sociedad acudan gustosas  prestar
animacin y brillo  la tradicional velada.

Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de
reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y
lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasin de
hacer gala de sus gracias y encantos _ellas_, y _ellos_ de su galantera
y donaire.

Haba entonces una costumbre, que fu decayendo poco  poco, hasta
concluir  fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas
se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde all solan llamar con
el nombre de _Juan_  cuantos transeuntes les parecan  propsito; y
cuando ellos se acercaban  las ventanas amables y sonrientes, se
entablaban amenos dilogos, que concluan por lo general con dirigirse
el transeunte  la confitera ms prxima y volver cargado de enorme
papeln de dulces, que reparta entre las nias ms lindas y que ms le
agradaban.

 cuntas chistosas escenas daba margen esta costumbre! Cunto ingenio
y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! y cuntos
noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las
jvenes en estado de merecer!

En aquella bendita poca los mancebos eran sin duda ms crdulos que
hoy, y por eso eran engaados ms fcilmente por el sexo femenino, que
en todos los tiempos slo ha tratado de _seducir y perder  los
hombres_, como dijo un santo padre, que debi ser persona experimentada
y conocedor prctico de tan sutiles materias.




XXXIV

EL SANTO ENTIERRO

     Mucho,  la verdad, poda decirse de esta Hermandad, si
     minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades,
     pormenores y variaciones de su procesin de Semana Santa en todo
     tiempo.

     J. BERMEJO.


Algunos aos hace ya que la famosa cofrada del Santo Entierro no
aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante
la semana de Pasin recorren con sus imgenes las calles de nuestra
ciudad.

La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofrada no dejan de
ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen inters en
conocerlas, vamos  relatarlas en las menores lneas posibles, si bien
otros lo han hecho con ms extensin.

El nombre de la hermandad es el de _Santo Entierro y Mara Santsima de
Villaviciosa_; saca tres _pasos_ de regular mrito, en el primero de los
cuales se ve una alegora de la muerte, en el segundo una estatua
yacente de Jess, y en el ltimo aparece la Virgen con S. Juan y las
tres Maras.

La escultura del segundo _paso_ es una de las mejores obras de Martnez
Montas, y fu construda en sustitucin de otra antiqusima que di
origen  la fundacin de la hermandad.

La tal fundacin se debe  un caso por dems raro, ocurrido en Triana, y
que las tradiciones refieren de este modo:

Haba, pocos aos despus de conquistada Sevilla, en una casa de dicho
barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufra una parlisis que
la tena postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas
muertas rezando y pidiendo  todos los santos que la llevaran de este
mundo, puesto que sus graves dolencias no tenan cura. Cierto da,
cuando ms tranquila hallbase la anciana embebida en sus cuotidianas
oraciones, vi con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la
habitacin, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jess tendido y
amortajado.  pesar de la parlisis, la vieja salt del lecho ligera
como una garza, y sali  la calle dando voces y poniendo en movimiento
 todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso,
quedndose con la boca abierta, no slo por la aparicin de la imagen,
sin por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.

Tal caso lleg  noticias de D. Fernando III, quien orden se
construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua
aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesin todos los
aos.

Llevse  cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo
algunos siglos sin que la piadosa congregacin sufriese alteraciones que
hayan pasado  la historia: pero all por los aos de 1587 un alfarero
muy hbil  inteligente en su arte, natural de Gnova y vecino de
Triana, llamado Toms Pssaro, movido por su devocin, estableci una
hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros,
para rendir culto  la imagen que all se conservaba con dicho nombre, y
la cual era una escultura de mediano valor artstico.

No prosper mucho la congregacin de Pssaro, segn dice Bermejo en sus
_Glorias religiosas_, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador;
y en 1601, habindose trasladado dicha hermandad  la capilla que
ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organiz
la cofrada del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del
Viernes Santo de 1602, que fu por cierto lluviosa en extremo y en
extremo desagradable.

Desde el siguiente ao fueron tantas las personas de posicin que se
interesaron por la nueva cofrada, que sta lleg  su mayor apogeo,
aventajando  cuantas hasta entonces hacan estacin  la Catedral; y
antes de morir el devoto alfarero Pssaro tuvo el gusto de ver en
primera fila aquella congregacin iniciada por l con tan modestos
recursos y tan escasos medios.

 fines del siglo XVII decay un tanto la cofrada del Santo Entierro;
pero recobr su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se
traslad  Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca
de cinco aos.

No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripcin
de la manera con que en aquella poca se presentaba al pblico la
cofrada del Santo Entierro; pero bstenos con decir, para que el lector
pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las
parroquias, los frailes de todas las rdenes, el clero, las autoridades,
y gran nmero de penitentes, msicos, soldados romanos, ngeles vestidos
de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso
acompaamiento de convidados.

En los comienzos de nuestro siglo la cofrada del Santo Entierro sufri
no pocas vicisitudes, que menciona Gonzlez de Len; la hermandad
recorri con sus imgenes varios templos, como San Pedro y San Juan de
la Palma; los recursos de que dispona disminuyeron mucho, y cuando la
invasin francesa puede decirse que qued disuelta por completo, y sin
duda no se hubiera vuelto  formar jams si el Asistente Arjona no se
encargara de ello, reconstruyendo los _pasos_ y organizando de nuevo la
congregacin, que volvi  presentarse en la calle en 1830 y en los aos
siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.

En 1850 hizo estacin, llevando casi todos los _pasos_ de las dems
cofradas, repitindose esto en otras ocasiones, y ltimamente en 1889,
despus de cuya fecha no ha efectuado ms su salida,  pesar de los
buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.

Gran nmero de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al
Santo Entierro; pero  ello nos obligan las cortas dimensiones  que nos
sujetamos en estas noticias.




XXXV

CERVANTES EN SEVILLA

     Pero por qu han de llorar los que nunca te leyeren  que
     indiferentes fueren en libro tan ejemplar?

     E. SOJO.


El Prncipe de los ingenios espaoles, cuyo nombre es la admiracin de
todos, durante su larga y agitada existencia residi ms de doce aos en
nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia,
teniendo ocasin de estudiar sus costumbres, caracteres y principales
rasgos, como lo demostr luego en diversos pasajes de sus inmortales
escritos.

Vino Cervantes  Andaluca poco antes del ao 1588, cuando, despus de
haber compuesto sin resultados prcticos algunas obras para el teatro,
solicit y obtuvo un destino de Comisario de los proveedores de galeras
D. Antonio de Guevara y don Pedro Insusa; y continu en su empleo hasta
el 1596, en que present con toda exactitud, segn el erudito
Navarrete, sus cuentas y las de los ayudantes que le acompaaban.

Emplese tambin en otras comisiones; y como,  ms de la anterior,
obtuvo la de Recaudador de los tercios y alcabalas, que le di Felipe
II, y la persona  quien llev ciertas cantidades recaudadas para que
las llevase  la corte se fug de Espaa, hubo una serie de incidentes
que sera prolijo contar, y que dieron por resultado la prisin de
Cervantes en la Crcel de Sevilla, donde algunos escritores suponen que
di comienzo al _Ingenioso Hidalgo_, sin que existan pruebas suficientes
para creerlo as.

Sali Cervantes de la prisin en Diciembre de 1597, despus de haber
hecho al Rey presente, por documentos, su deseo de pasar  la corte,
donde aclarara sus cuentas, y una vez en libertad ignranse los sucesos
que ocurriran; pero es lo cierto que el autor insigne del _Quijote_
sigui viviendo en nuestra ciudad todo el ao de 1598, en situacin no
muy desahogada por cierto.

Ocupse luego en negocios y diligencias que le encomendaron D. Hernando
de Toledo y algunas personas de posicin, saliendo de Sevilla por ltimo
 fines de 1602, dirigindose  Valladolid, donde se encontraba su
familia, aunque tambin suponen algunos bigrafos que se detuvo en la
Mancha y en el pueblo de Argamasilla, en cuyo punto fu preso y
encerrado en la casa del Alcalde Medrano.

Por los datos anteriores se ve el tiempo que Cervantes residi en
nuestra capital, y las diversas ocupaciones que ejerci; mas como nada
hemos dicho hasta ahora de sus trabajos literarios de entonces ni de
algunas particularidades curiosas, vamos  hacerlo en el menor espacio
posible.

En los ratos que le dejaban libres sus cuentas y enojosas comisiones
Cervantes frecuentaba el trato de los muchos varones ilustres que vivan
en Sevilla, y los cuales haban hecho que nuestra poblacin fuese centro
de cultura, ya que era emporio del comercio y riquezas del Nuevo Mundo.

El _divino_ Herrera, D. Juan de Juregui y el pintor Pacheco fueron
grandes amigos de Cervantes, quien concurri ms de una vez  la famosa
Academia de que en otro lugar nos ocuparemos, y en la que vinieron 
juntarse hombres tan sabios y dotados de ingenio.

En Sevilla escribi Cervantes varias de sus novelas, entre las que se
cuentan _Rinconete y Cortadillo_, _Coloquio de los perros_, _El celoso
extremeo_, _La ta fingida_ y _El curioso impertinente_; aqu compuso
la poesa que se premi en el certamen de Zaragoza cuando la
canonizacin de S. Jacinto, el soneto  la muerte de Herrera y el
conocidsimo al tmulo levantado en la Catedral para las honras de
Felipe II; aqu recogi muchos apuntes, que utiliz ms tarde, y entabl
por ltimo conocimiento con muchas personas que haban de servirle para
tipos de sus admirables creaciones.

En el convento de Santa Paula de nuestra ciudad estuvo la hermosa
Isabela de _La espaola inglesa_, y cuenta la tradicin que Cervantes
pasaba largos ratos en la torre de San Marcos, desde cuyo punto sola
ver en el jardn del convento  la linda muchacha, cuya casa estaba
frente  la puerta del Comps.

Para terminar, diremos que el Prncipe de nuestros ingenios sola pasear
con frecuencia por los antiguos portales de la plaza de San Francisco,
donde era muy conocido de todos los que  aquel punto cntrico de la
ciudad concurran.

Habit, segn parece, tres casas en Sevilla: una prxima  Santa Paula;
otra en la calle Alfol de la Sal, y la ltima en la feligresa de San
Isidoro; siendo de lamentar que nadie se haya ocupado en hacer algunas
averiguaciones para sealar cules fueron estos edificios, que merecan
ser adornados con alguna lpida conmemorativa.




XXXVI

DON JUAN TENORIO

      quien quise provoqu, con quien quiso me bat, y nunca consider
     que pudo matarme  m aquel  quien yo mat.

     ZORRILLA.


En esta coleccin de apuntes sevillanos no poda faltar en modo alguno
el popularsimo caballero, hijo de nuestra ciudad, sobre quien tanto se
ha escrito y tanto se ha discutido.

Llega el mes de Noviembre con su Conmemoracin de los difuntos, y al
mismo tiempo aparece en la escena de nuestros teatros ese personaje
esencialmente espaol, audaz hasta la temeridad, pendenciero por
naturaleza, burlador de mujeres y lleno de vicios que tienen un sello
especial de grandeza y de hidalgua.

La figura de Tenorio resucita todos los aos al sonido de las campanas
que doblan tristemente por los que fueron; y el pueblo, que durante el
da visit el campo-santo para llevar coronas y faroles  las tumbas
del padre, de la esposa  del hijo por siempre ausentes, acude en la
noche al teatro, donde presencia una vez ms la escandalosa escena de la
hostera, el rapto de la ideal novicia, el convite interrumpido por la
fatdica sombra de Ulloa, y la salvacin del alma pecadora del
protagonista.

Esto de que las costumbres hacen leyes probado se ve nicamente con las
representaciones del _Tenorio_. Ley se ha hecho ponerlo en escena en los
primeros das de Noviembre; y tan es as, que otro cualquier da del ao
nadie concurre al coliseo que anuncia en sus carteles la popular obra de
Zorrilla.

Slo parecen bien las arriesgadas aventuras del audaz sevillano en los
momentos en que la Naturaleza, despojada de sus esplndidas galas, cual
si se asociase al duelo de la humanidad, se prepara  recibir al anciano
Invierno.

Y ahora preguntamos: ese D. Juan Tenorio, tipo acabado del calavera de
otros tiempos, conjunto de todas las maldades, alma indmita y corazn
de fuego, ha vivido en el mundo real,  es nicamente la creacin de un
poeta?

H aqu una duda difcil de aclarar. Los crticos no han podido
averiguar an la verdad en este punto, y el origen de D. Juan Tenorio es
un misterio.

Cada escritor de los que tratan el asunto dice una cosa distinta; cada
uno lo presenta de modo diferente, si bien estn conformes en achacar al
hroe todas las travesuras imaginables; pero la fuente primitiva, el
cimiento sobre el que se han construdo tantas obras, no se ha precisado
de manera clara, terminante y que no ofrezca lugar  dudas.

 _Tirso de Molina_ corresponde desde luego la gloria de haber sido el
primer poeta que di  conocer al D. Juan famoso. Cuantos despus de
Tllez le han tratado en leyendas, dramas y novelas, inspirronse en lo
que l dijo, y siguieron sus huellas ms  menos cerca  con peor 
mejor acierto.

_El burlador de Sevilla_ di origen  cuanto de este personaje
escribieron Molire, Corneille, Dumas, Byron, Junqueiro y otros autores
extranjeros y nacionales; pero en qu tradicin, en qu documento, en
qu hecho se inspir _Tirso de Molina_?

Aqu entran las opiniones particulares de los crticos, que, como casi
siempre ocurre, son muy diversas, y no es cosa de reproducirlas ahora.

Dejo, pues,  un lado el origen de D. Juan Tenorio, para que otro con
ms instruccin y paciencia se dedique  ponerlo en claro; y para
concluir dedicar algunos prrafos  la obra del inmortal poeta, que,
abrumado de aos y de laureles, era hasta hace poco el nico que nos
quedaba de una poca gloriosa para las letras espaolas.

Cuando Zorrilla escribi su clebre drama estaba muy lejos de sospechar
que iba  ser la ms popular y aplaudida de sus obras. l mismo, en sus
_Recuerdos del tiempo viejo_, nos dice de qu manera tan curiosa comenz
el trabajo. Sin haber formado plan ni haber meditado el asunto, dej
correr la pluma, y fu llenando cuartillas y ms cuartillas de versos,
si  veces incorrectos, fciles, inspirados y armoniosos; y tras una
escena imagin otra, y en corto nmero de das la obra qued terminada,
y se estren sin que su autor llegara  repasarla con algn
detenimiento.

El xito fu grande; el pblico de entonces aplaudi, como aplaude el de
hoy y como aplaudir el de maana, porque las creaciones del genio
siempre causan admiracin, cualquiera que sean los gustos que priven y
las escuelas que estn en moda.

Pareca casi olvidado el _Tenorio_ de Zorrilla algunos aos despus de
su estreno. Lo puso en escena el actor D. Pedro Delgado, que se hallaba
en todo el apogeo de sus facultades, y entonces se inici la costumbre
de representarlo en los primeros das de Noviembre, y entonces se
extendi por todas partes, y el propietario de la obra hizo una fortuna.

Zorrilla haba vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por
cierto, y nada percibi de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha
lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aqu del drama sera  mi juicio perder el tiempo, cuando no hay
espaol que no le haya visto representar, ni persona medianamente
ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propsito no ha
sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure
en este libro, donde slo se tratan cosas de Sevilla.




XXXVII

EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRS

     Una calle estrecha y alta la calle del Atad, cual si de negro
     crespn lbrego eterno capuz la vistieran...

     ESPRONCEDA.


Hoy no tiene esta va nada de particular; es una de tantas calles
estrechas  irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de
poco trnsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era ms ignorante
que ahora; cuando haba an quien creyese en brujas, duendes, fantasmas
y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patraas y
absurdas consejas eran artculos de fe para el pueblo supersticioso, el
Angostillo era sitio terrible, donde tenan lugar los sucesos ms
extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el ms
sombro que puede imaginarse.  un lado se alzaban los muros de la
parroquia de San Andrs; al otro los altos paredones del hospital del
Pozo Santo; haba dos  tres casas de miserable aspecto, viejas y
ruinosas;  la desembocadura de la calle Cadenas se vea un edificio muy
antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisicin
sorprendi en l una sociedad de molinistas; y para acabar de dar
carcter  esta va, se encontraba en ella un pesado retablo, donde
existi un lienzo representando  la Concepcin, ante el cual arda de
noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus
menguados resplandores.

Mas no por haber all un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y
duendes por el Angostillo; y tanta aficin haban tomado al lugar, que
ninguno les pareca tan  propsito para hacer sus sandeces y picardas.

Con cunto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! Con
qu miedo se oan los relatos de trgicas escenas all ocurridas! Con
qu exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las
hazaas que diariamente cometan las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja plidos espectros de
ojos fosforescentes y largas tnicas, los cuales solan algunas veces
asaltar al incauto transeunte, obligndolo  entregarles cuanto llevase
encima, y dndole muerte si mostraba resistencia  ser despojado.

Vagaba tambin por el Angostillo el famoso duende _Martinito_,  quien
nadie vi nunca, pero que todos hablaban de l ponderando su pequeez
excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en
engaar doncellas,  las cuales tena encerradas en un palacio bajo
tierra para irlas entregando segn convena  los caballeros enamorados
y que le daban en cambio la salvacin de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificbanse con frecuencia
desafos y rias entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de
all levantados por la maana los cuerpos de no pocos infelices
acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veanse entrar todos los domingos
al toque de la _Queda_ varios embozados, los cuales permanecan en el
edificio hasta sonar el _Alba_, hora en que volvan  salir con el mismo
silencio; y aunque parte del vulgo se deshaca en conjeturas, jams pudo
averiguar con certeza cul era el objeto que  aquella casa llevaba 
los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, ms curioso  ms atrevido, quiso enterarse
de lo que tales reuniones queran decir, y cierta noche psose en
acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha,
distinguiendo entre las tinieblas  los embozados que iban llegando
cuando las campanas de la Catedral dieron la _Queda_.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oy al poco
rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando tambin dbiles
quejidos y sollozos entrecortados, que parecan de mujer; mas cuando
estaba el curioso con toda atencin, se vi rodeado sin saber cmo de
un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron,
vendndole los ojos, y cargaron con l  cuestas.

Fu tal el terror que se apoder entonces del infeliz, que perdi el
conocimiento, y cuando volvi en s hallse tendido en el Campo de los
Mrtires y en el ms completo estado de idiotismo, en el cual vivi
hasta los ltimos das de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle
un recuerdo en esta coleccin de ligeros apuntes.




XXXVIII

LA ACADEMIA DE PACHECO

     Por t, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso
     Pacheco, que con lpiz generoso guarda aquellos borrones que
     honraron las naciones.

     QUEVEDO.


Tanta fu la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que
algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y
con Roma en la poca de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura
intelectual, pues en ella tenan residencia esclarecidos varones que
lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores,
prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, viva Francisco Pacheco,
artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y
espritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al
cultivo de las Musas.

Naci Pacheco, segn los datos ms autnticos, en 1573, dedicndose
desde muy joven  la pintura bajo la direccin de Luis Fernndez, que
por aquella poca tena su taller en nuestra ciudad. Los primeros
lienzos de Pacheco se dieron al pblico en 1590. Siete aos despus
pint al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la
Catedral para los funerales de Felipe II, que inspir al gran Cervantes
el ms popular de sus sonetos.

Trasladse Pacheco  Madrid hacia el 1611, volviendo  la corte pasado
algn tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudi con
sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Cspedes. Vuelto
 Sevilla, comenz  pintar numerosos cuadros para las iglesias y
conventos, inaugurando de all  poco su famosa Academia,  la que
concurrieron los mayores ingenios que por entonces existan en Espaa.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cmodo
y espacioso, donde tambin tena su estudio Pacheco, y del cual salieron
tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego
Velzquez.

No tardaron en hacerse clebres las tertulias de la Academia que tanta
honra di  las letras patrias, pues all asistieron: el inspirado
Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda;
el racionero Pablo de Cspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta;
Gutirrez de Cetina, el autor de tiernsimos madrigales; el _divino_
Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las
flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco
de Medina; el licenciado Cristbal Mosquera, discpulo del ilustre
Malara; el piadoso fraile Nez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo
Snchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alczar; Argote de Molina,
cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de
Campaa; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones
ilustres que acudieron  aquel torneo de la inteligencia, donde se
llevaron tantas cuestiones literarias y cientficas, tantos pensamientos
elevados y tan diversos y varios asuntos.

Francisco Pacheco,--escribe el seor Asensio--al ver llegar  su
reunin tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando
unos despus de otros, y la delicada atencin de aadir  cada imagen un
resumen  elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del
personaje.

Cultiv Pacheco, como ya hemos dicho, la poesa y la pintura,
sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su
infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida 
sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellsimas poesas, doctas
_disertaciones_ y un _Tratado del arte de la pintura_, que, segn
palabras de un eminente crtico, excede en erudicin histrica y en la
seguridad de los consejos  cuanto en la materia se haba escrito hasta
aquella poca.

Entre sus lienzos ms notables mencionaremos su _Juicio final_, sus
pasajes de la _Historia de caro_, _Ddalo_, su _San Miguel_, y los que
existen en las iglesias de Brenes y Alcal de Guadaira.

Falleci Pacheco en Sevilla el ao 1654. Juan de la Cueva, Lope de Vega
y otros de sus coetneos le dedicaron sentidos elogios, y la posteridad,
que le admira, rendir siempre tributo  su genio y sabidura.




XXXIX

EL SERMN DE LAS MANCEBAS

     ... Qu te vale tu lindeza? ocasiones de tristeza: tu beldad y
     hermosura, para ser mal empleada: ms te valiera ser fea...

     C. DE CASTILLEJO.


La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada
limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra
ciudad, edificse  mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy
antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban
entonces separadas del resto de la poblacin en aquel barrio, conocido
con el nombre de barrio de las Mancebas.

Formbanlo ste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y
para entrar en l haba que traspasar un arquillo situado al final de la
calle de Atocha.

En aquel barrio exista una laguna de pestilentes aguas, que all
afluan de diversos sitios, y  esto se debi que la calle tomase el
nombre que an lleva.

Muy crecido era  la verdad el nmero de las distradas mozas que en las
mancebas habitaban, y,  fin de tenerlas  raya, el Ayuntamiento
costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y
examinara, dando tambin con frecuencia sabias rdenes encaminadas 
contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos
caminos iban.

No satisfecho con esto, y  fin de atraer  las ninfas por la mejor
senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos 
oir misa, hacindolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco
cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si an no era
suficiente, todos los aos se celebraba en la misma manceba una funcin
religiosa, acerca de la cual hemos ledo detalles muy curiosos y que tal
vez desconocern nuestros lectores.

Celebrbase esta fiesta de las rameras el da 22 de Julio, revistiendo
caracteres de grande solemnidad,  la que contribua mucho el
Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.

Alzbase en el centro de una calle de la Manceba cierta cruz de hierro
que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz
colocbase un plpito, desde el cual algn fraile anciano y que reuniese
buenas dotes oratorias pronunciaba un largusimo sermn dirigido  las
_Aspasias_ y _Proserpinas_.

stas,  quienes se obligaba  abandonar sus tugurios, rodeaban al
predicador guardando la mejor compostura que podan, y escuchando con el
mayor silencio las palabras del fraile, empeado en convencerlas de lo
que las mozas no se queran convencer.

 este sermn no faltaban nunca los seores del Cabildo municipal, y
algunos caballeros de la nobleza, quienes solan colocarse en largos
bancos que en lugar sealado se situaban.

Daba principio la fiesta religiosa al medioda, y cuando el orador
sagrado bajaba del plpito, despus de agotar todos sus razonamientos y
amenazas con las ninfas, stas oan una arenga de los individuos
encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida
inspeccin del burdel y de sus moradoras.

Pero no siempre--escribe el mdico Pizarro en un curioso folleto--las
predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban
modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultndose de
antemano en la Manceba, ora penetrando por un portillo que exista
cerca de la laguna...

Los das de fiesta iban  los lupanares algunos sacerdotes, quienes
pronunciaban de tugurio en tugurio plticas religiosas encaminadas 
salvar  aquellas almas pecadoras empedernidas.

Las mozas, que no eran muy aficionadas  recibir tales visitas, para
excusarse de ellas, comenzaron  salir de la Manceba, establecindose
en aquellos puntos de la ciudad donde crean estar ms tranquilas para
dedicarse  sus negocios, y de aqu result que el barrio fu quedando
desierto de sus antiguas moradoras.

Por los aos 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares,
construyndose algn tiempo despus la hermosa calle de la Laguna, y
desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebas.




XL

DON JUAN DE ARGUIJO

     Aqu don Juan de Arguijo, del sacro Apolo y de las Musas hijo,
     qu lugar no tuviera, si viviera? mas, si viviera, quin lugar
     tuviera?

     LOPE DE VEGA.


En aquella poca memorable de feliz renacimiento de las letras
sevillanas, al mismo tiempo casi que Herrera, Pacheco, Juregui,
Escobar, Malara, Guzmn, lvarez y otros muchos ingenios, floreci un
varn ilustre, hijo de nuestra ciudad, y  cuya memoria vamos 
consagrar hoy estas modestas lneas.

Aludimos al insigne poeta D. Juan de Arguijo y Manuel, autor de aquellas
hermosas composiciones de las que Lope de Vega hizo grandes elogios, tan
justos como merecidos.

Pocas son las poesas que D. Juan de Arguijo ha legado  la posteridad;
pero son suficientes  inmortalizar su nombre, que va hoy unido al de
los ms preclaros  insignes literatos de su poca, con quienes sostuvo
gran amistad y frecuente trato.

Hered Arguijo de sus padres un capital bastante crecido, y recibi una
educacin esmerada, conforme  su clase, llamando la atencin desde los
primeros aos de su juventud por sus aficiones al estudio y por las
disposiciones que tena para ejercitarse en el cultivo de las Musas.

No son en verdad muy completos los datos que de la dilatada vida de D.
Juan de Arguijo han llegado hasta nuestros das; mas por ellos sabemos
que estudi Humanidades con gran aplicacin, que fu caballero
Veinticuatro del Ayuntamiento, que estuvo casado con D. Sebastiana
Prez de Guzmn, seora de ilustre familia, que tuvo entusiasta aficin
por la msica y las bellas artes, y que muri por los aos de 1624  una
edad respetable.

Una de las condiciones que posea Arguijo, y que realza notablemente su
nombre, es su generosidad sin ejemplo, la cual le granje infinitas
simpatas entre sus coetneos. Sus manos estuvieron siempre prontas 
socorrer con largueza  cuantos ingenios necesitados encontr al paso, y
protegi las letras, estimulando con sus liberalidades  cuantos hombres
acaudalados haba en Sevilla.

Nunca dej Arguijo sin amparo  un escritor que solicitase su apoyo, ni
nunca desatendi  los hombres que, dotados de talento, carecan de
medios materiales para abrirse paso. El generoso sevillano, que dispona
de rentas muy suficientes  vivir con gran desahogo, invirti la mayor
parte de su fortuna en costear libros ajenos, en fomentar los estudios
de quienes los necesitaban, y en proporcionar  sus amigos cuantas
relaciones y conocimientos pudieran serles tiles y provechosos.

Como rasgo de la prodigalidad del poeta se cita que cuando la Marquesa
de Denia pas por Sevilla dile tan esplndido alojamiento Arguijo en su
hacienda de Tablantes, que por el gasto que entonces hizo qued tan
mermada su fortuna, que le oblig  vivir con bastante modestia el resto
de sus das.

Las poesas que D. Juan de Arguijo escribi estn suficientemente
juzgadas por la crtica y por los ms autorizados maestros, los cuales,
analizndolas con la mayor atencin, han puesto de relieve las muchas
bellezas que encierran.

El soneto, la ms difcil quiz de las composiciones castellanas, fu lo
que ms cultiv el vate sevillano; y algunos de ellos pueden servir,
como efectivamente sirven, de modelo. Dganlo sin el que dedic al
_Guadalquivir_, y varios de los que figuran en el _Parnaso espaol_, en
la _Coleccin de poesas selectas castellanas_ y en el opsculo anotado
por el maestro Francisco de Medina.

Arguijo sigui en sus versos al _divino_ Herrera, y segn palabras de un
crtico moderno, por el gusto, por su rica y esmerada diccin potica,
por la fuerza de su fantasa y por la gravedad y arrebato del
pensamiento compite con los primeros lricos espaoles.

La casa donde vivi y muri D. Juan de Arguijo existe todava, y est
situada en el nmero 2 de la calle que tiene su nombre, y que en otros
tiempos se llamaba de la Virreina por haber morado en ella una seora de
grandes virtudes y singular hermosura viuda de un virrey del Per.

El edificio, que es bastante amplio, ha sufrido notables alteraciones,
pero an tiene cierto carcter antiguo, que contribuye  drselo el gran
balcn de su fachada y el escudo de armas que en ella se ostenta. En el
jardn se encuentran todava las hornacinas que, segn dice Fabi en sus
notas  los _Sucesos_ de Ario, contuvieron gran nmero de esculturas
que el poeta hizo traer de Italia.

Arguijo fu sepultado en la iglesia de la casa que los jesutas fundaron
en 1569 en la calle Compaa, al pie del altar de la Concepcin, donde
tambin descansaban sus padres, hermanos y cercanos parientes.




XLI

LOS FANTASMAS DEL BLANQUILLO

     ... Entre los giros secretos que van formando las brisas hacia
     ella avanzan inquietos, entre canciones y risas, larga fila de
     esqueletos.

     S. RUEDA.

En una especie de plazuela llamada de _Vib-Arragel_, que exista frente
 la histrica puerta que se conoci con el nombre de la Barqueta, hubo
un ancho terrapln, elevado  la altura de la muralla, al cual se suba
por dos escaleras cmodas y desahogadas.

Este sitio era conocido con el nombre del _Blanquillo_, ignoro por qu
causa, y era lugar tan sombro y de tan triste aspecto, que slo el
contemplar aquellas negruzcas paredes, que llegaban al ro, aquellos
robustos torreones que las cercaban y aquellas zarzas que entre las
piedras crecan, inclinaba el nimo  las ideas melanclicas.

Por eso el vulgo nunca mir con buenos ojos el _Blanquillo_, y 
propsito de l contbanse cien historias de fantasmas y encantamentos
desde tiempos muy remotos, llegando  tanto las supersticiones, que uno
de los actos ms hericos que poda entonces cometer un jaque sevillano
era ir de noche al terrapln y pasearse all algunos ratos tomando el
fresco.

Cuando las nocturnas sombras caan sobre la poblacin, el _Blanquillo_
tomaba un tinte singular y fantstico, y en aquellas horas de tinieblas
salan los espectros y los duendes con todo el aparato que tales
alimaas traen consigo.

Los torreones que rodeaban el terrapln servan de albergue  los brujos
y brujas,  quienes muchos juraban haber visto correr por los aires,
atravesar el ro sobre las aguas y ejecutar otras muchas habilidades de
esta calaa. En el _Blanquillo_ decase que un moro descomunal enterr
viva  una doncella hija suya que dej de serlo por cierto caballero
cristiano; all los judos haban sacrificado muchos chiquillos con gran
refinamiento de crueldades; all aparecieron un da los cadveres de dos
amantes que tuvieron el mal gusto de escoger aquel sitio para sus
amorosas expansiones, y all, en fin, ocurran todas las noches las ms
extraordinarias y terribles cosas que pueden imaginarse.

Pero uno de los sucesos que ms consternaron al vecindario y  todo el
pueblo de Sevilla fu el que vamos  narrar, acaecido, si no miente la
tradicin, en los comienzos del siglo XVII, que fu siglo de cosas
estupendas y nunca vistas.

En el barrio famoso de la Macarena, donde siempre habitaron hombres de
conciencia ancha, perdonavidas y barateros, haba uno que sola tener 
raya  los valientes, glorindose de haber despachado para el otro mundo
 varios formidables _ternes_, por lo cual su fama era grande y por
todos los de su jaez estaba pblicamente reconocida.

Cierta noche de invierno serena y clara encontrbase el matn reunido
con varios amigos en una taberna, y no se sabe por qu se habl de los
fantasmas del _Blanquillo_, contndose algunas de las ltimas hazaas de
ellos, y muy particularmente de las que cometa uno que  las dos en
punto de la noche sala  pasearse por la muralla hasta el convento de
San Juan de Acre.

Hizo el valiente macareno burla y chacota de aquellas nieras; y como
manifestase  los suyos que habanle entrado deseos de entendrselas con
el tal fantasma para quitarle las ganas de hacer ms sandeces, dijronle
los amigos que fuera  buscarle al mismo _Blanquillo_, donde no tardara
en topar con l.

No quiso el mozo desperdiciar la ocasin de perlas que se le ofreca
para dar una prueba ms de su herosmo, y prometi que aquella misma
noche iba  concluir con cuantos fantasmas le viniesen  las manos.

Dudronlo algunos, creyronlo otros, hablse mucho y naci una apuesta,
que el _terne_ prometi cumplir; y de all  poco sali de la taberna
acompaado de sus amigos, que le dejaron en las tapias del convento de
Calatrava, siguiendo l resueltamente hacia la plaza de _Vib-Arragel_.

Quedse solo nuestro hombre, y comenz  subir la escalera del
_Blanquillo_ en el momento en que las campanas de la Giralda daban las
dos de la noche.

Todo era silencio en aquel lugar; la luna slo se vea en algunos
intervalos por entre espesos nubarrones, el fro era intenso, y en
conjunto el aspecto de aquel cuadro no poda ser ms imponente.

Lleg el mozo al centro de la esplanada y se detuvo largo rato, paseando
luego con el mayor sosiego, y cuando ms tranquilo se figur que poda
estar, vi con gran sorpresa que por el filo del asiento que rodeaba el
_Patn de las damas_ avanzaba una figura, que mal poda calcular de
dnde saliera, cubierta con blanco traje, tapado el rostro por un
capuchn blanco tambin y de larga punta, y llevando en sus manos una
larga vara, en cuyo extremo superior arda cierta llama azulada y
fatdica.

Dirigi el valiente algunas palabras al fantasma, pero ste no hizo caso
alguno, y sin amedrentarse por las bravatas sigui su marcha reposada
hasta colocarse cerca del macareno.

ste,  pesar de sus bros, sintise sobrecogido un punto, y echando
mano  un pistoln que llevaba al cinto, apunt  hizo fuego dos veces
sobre el blanco personaje; mas cuando esperaba que el fantasma caera
desplomado  sus pies, observ con asombro que ste se llevaba la mano
izquierda al pecho y sacaba de su seno las dos balas que el macareno le
haba disparado.

Entonces nuestro hombre qued atnito, un sudor fro corri por su
cuerpo, turbse su vista, y cuando iba  emprender rpida fuga
descargaron sin saber cmo un golpe tan violento sobre su cabeza, que
cay en el suelo sin sentido.

Por la maana el cuerpo del _terne_ apareci flotando sobre las aguas
del ro, cerca de San Jernimo, sin que dieran ningn resultado cuantas
diligencias practic la justicia para esclarecer este misterioso crimen.

    Y si, lector, dijeres ser comento,
    como me lo contaron te lo cuento.




XLII

EL ESCULTOR MARTNEZ MONTAS

     Famoso artfice, que por estas y otras obras adquiri grandes
     crditos, no slo en Sevilla, sin tambin en los pases
     extranjeros.

     ARANA DE VARFLORA.


No se ha podido averiguar todava,  pesar de las activas diligencias de
los eruditos, si este insigne escultor, el ms notable sin duda que en
el siglo XVII tuvo Espaa, es  no hijo de Sevilla; pues mientras unos
sealan nuestra patria como punto de su nacimiento, otros lo niegan, y
sin presentar documento alguno afirman que naci en Alcal la Real,
pequeo pueblo de la provincia de Jan, por los aos de 1590.

Mas sea  no sevillano, es lo cierto que Martnez Montas vivi en la
capital de Andaluca desde su infancia, que en esta ciudad pas toda su
existencia, y que aqu ejecut todas las inimitables esculturas que hoy
admira la posteridad.

Los templos de Sevilla se encuentran llenos de obras del insigne
artista, con quien en vano quisieron competir en su tiempo otros
escultores, tambin andaluces, quedando  gran distancia.

La ms notable, quizs, de las figuras que produjo su habilsimo cincel
es la del Jess que construy para el convento de la Merced Calzada, que
hoy posee la hermandad llamada de la Pasin, y que excede al elogio ms
alto que de ella se haga.

La actitud del Nazareno, agobiado por el peso de la cruz; la dolorosa
expresin de su rostro, que se inclina suavemente sobre el pecho;
aquellos brazos que se extienden desfallecidos, sujetando  duras penas
el instrumento del cruel suplicio; aquellos pies ensangrentados que
pisan las abruptas peas de la subida del Glgota; toda la figura en s
resulta tan artstica, tan humana, tan perfectamente concluda, y tiene
rasgos tan llenos de inspiracin, que es imposible contemplarla sin
sentir algo, que conmueve y llega al corazn. Lstima grande que tan
hermosa figura se vea cubierta hoy por un ropaje de terciopelo lleno de
costosos bordados y lentejuelas, que es verdaderamente antiesttico y un
ridculo anacronismo!

Se cuenta que la primera vez que esta hermosa escultura sali en
procesin las gentes lloraron conmovidas al verla; y escribe el padre
Valderrama, que el mismo Martnez Montas iba  buscarla por las calles
que haba de pasar, diciendo  sus amigos que era imposible hubiese l
ejecutado obra tan admirable.

Otra de sus figuras muy celebrada es el Crucificado que existe en la
iglesia de San Leandro; y deben citarse tras de ella el Santo Domingo
que hizo para el convento de Porta-Coeli, el Jess llamado del _Gran
Poder_, que posee la cofrada de San Lorenzo, el San Pedro Alcntara que
se coloc en el monasterio de esta Orden, y el retablo mayor del
convento de Santiponce, ejecutado por l en 1622.

Sera tarea por dems larga enumerar todas las esculturas que Martnez
Montas nos ha dejado como otras tantas pruebas de su admirable genio,
y sera ms larga y difcil tarea an sealar la multitud de bellezas
que en cada una se encuentran. Un reputado crtico dice que pocos
escultores le han aventajado en la naturalidad de las actitudes, en el
plegar de los paos y en la dulzura y expresin de los rostros.

Hizo tambin preciosos nios, muchos de los cuales se conservan todava
y se distinguen al momento de todos los que en aquella poca se
construyeron.

Juan Martnez Montas falleci  principios del ao 1649 en una humilde
casa de la calle llamada entonces Cruz de la Parra, siendo causada su
muerte por la cruel epidemia llamada peste _levantina_, que tan
horrorosos estragos caus en Sevilla.

El cadver del insigne artista fu enterrado en una ancha fosa que por
entonces se hizo  la salida de la Puerta Real, confundindose sus
huesos con los de los muchos desgraciados que all se arrojaban en los
das de la epidemia.

Martnez Montas fu casado, y tuvo varios hijos; su existencia fu
modesta y oscura, sus costumbres intachables y su mano estuvo siempre
prdiga en socorrer  cuantos pobres llegaban  su puerta.

Para terminar, citar un detalle que no es muy conocido: en 1636 pas 
Madrid para hacer el modelo de la estatua ecuestre de Felipe IV por el
retrato que pint Velzquez, y cuyo modelo se envi al florentino Tacca,
y en 1648 an no le haba sido posible cobrar en completo el dinero en
que se estipul su trabajo.




XLIII

LOS ESCLAVOS NEGROS

     No ser menos amargo el pesar que su tormento? un hondo
     arrepentimiento finar con el morir.

     J. BALMES.


Hay en el barrio de San Bartolom una calle de corta extensin, que se
llam en lo antiguo calle de la Rosa y hoy se conoce con el nombre de
Armenta, y en cuya calle an se conserva un edificio donde ocurri el
trgico suceso que vamos  narrar, teniendo presentes cuantas noticias
hemos podido recoger al efecto.

Hacia los ltimos aos del siglo XVI habitaban en esta casa dos hermanos
de distinto sexo, de linajuda familia, de posicin bastante desahogada y
muy estimados en Sevilla, pues frecuentaban el trato de la gente ms
distinguida de la ciudad.

Por razones que luego comprender fcilmente el lector callamos los
apellidos de estos dos hermanos, y slo diremos de ellos los nombres:
llambase l D. Luis y ella D. Aurora, haban quedado hurfanos y
pasaban tranquilamente la existencia disfrutando los muchos bienes que
de sus ancianos padres haban heredado.

Era el D. Luis caballero que posea bellsimas cualidades de carcter, y
era la D. Aurora doncella de rara hermosura, que apenas contaba
veintitrs abriles y estaba adornada de todas las gracias y encantos que
una mujer puede atesorar, amn de otras dotes que la hacan digna de
toda consideracin y respeto.

Los hermanos, que se profesaban entraable afecto, estaban servidos por
dos criados antiguos en la casa de sus padres, hacia quienes tenan
muchas deferencias, no comunes, ni entonces ni ahora, entre el que es
servido y el que sirve.

Haban sido estos criados en su niez esclavos en frica, y si negros
eran sus rostros, ms negros an eran los pensamientos que en mal hora
comenzaron  cruzar por los oscuros rincones de sus cerebros.

La gracia juvenil, las turgentes formas y aquel gracioso continente de
D. Aurora hicieron nacer en el pecho del ms joven de los criados una
pasin brutal y torpe, que, cuando no pudo tenerla ms en silencio,
comunicla  su compaero, trazndole un plan horrible,  invitndole 
que con l gozase  la peregrina hermosura.

Transcurrieron algunos meses, y durante este tiempo los prfidos
servidores maduraron su proyecto infame; y mientras encontraban ocasin
propicia de llevarlo  efecto, creca en el msero corazn del esclavo
aquel volcn de impuros apetitos y de lascivos deseos.

Asuntos particulares obligaron por su mal  don Luis  ausentarse
algunos das de la casa, y cierta noche,  la hora de las _nimas_,
cuando D. Aurora se dispona para recogerse, se vi sorprendida por el
feroz negrazo, cuyo gesto y actitud demostraron bien pronto  la infeliz
doncella el grave riesgo que su preciada honra en tales momentos corra.

Imposible le fu  la joven pedir socorro,  imposible le fu medir sus
dbiles fuerzas con las del esclavo, y ste huy luego saboreando su
brbaro triunfo, ocultndose donde no crea llegase  ser capturado. Mas
su compaero, que, horrorizado de aquel crimen desisti de tomar parte
en l, cuando regres D. Luis de su corto viaje contle el caso,
indicndole el lugar donde se refugiaba el autor de su deshonra.

Guard silencio el caballero, sin que  nadie trascendiese lo que haba
ocurrido, y lanzse en busca del servidor infame,  quien encontr al
fin y di muerte de certera estocada.

Al punto regres ciego de ira  su domicilio, y al salirle al encuentro
el otro esclavo se arroj sobre l y lo estrangul, echando su cadver
en un pozo. Y quizs hubiera hecho lo mismo con su infeliz hermana,  no
esconderse D. Aurora en el rincn ms apartado del edificio.

Al siguiente da desapareci D. Luis, suponindose que se embarc con
rumbo  Amrica, de donde no torn jams, y  los pocos meses la hermosa
dama entr en un convento, que era entonces el lugar donde se acogan
cuantos deseaban pasar tranquila la existencia.




XLIV

LA CARTUJA

     Que invirtis todos mis bienes en proseguir con ahinco la
     fundacin comenzada, para que sirva de asilo  religiosos cartujos
     cerca la orilla del ro.

     J. GESTOSO.


Magnfico y soberbio era  la verdad el monasterio que en las afueras de
Sevilla, y  la derecha del Guadalquivir, posean los frailes cartujos,
y al evocar su recuerdo sentimos algo as como una sombra de envidia
hacia aquellos dichosos seres que, alejados de miserias y cuidados,
vieron deslizarse all con la mayor tranquilidad las horas de esta breve
y pasajera existencia.

La Cartuja ocupaba una grandsima porcin de terreno, y su aspecto
exterior era ms bien el de un pueblo, no pequeo, que el de un convento
de anacoretas, segn escribe Gonzlez de Len, que alcanz  verlo
cuando los frailes estaban en todo su apogeo.

 ms del edificio ocupado por los monjes y por el templo, haba
graneros y departamentos, repletos siempre de cereales y vituallas;
almacenes de maderas, hierros, casas habitadas por trabajadores y
criados, talleres de carpintera, jardines deliciosos, y huertas que
rendan abundantes frutos.

La comunidad era bien numerosa; en las arcas de la tesorera se
guardaban muchos millones en relucientes monedas de oro y plata, y en
los estantes de la biblioteca infinidad de volmenes raros y curiosos;
en las bodegas exquisitos vinos, y en las despensas sabrosos manjares; y
para que nada faltase  los frailes, los mejores artistas haban dejado
en el convento numerosas joyas de arte de inestimable precio.

La Cartuja se fund el ao 1401 por el arzobispo de Sevilla D. Gonzalo
de Mena, quien coste los primeros trabajos para la ereccin del
edificio, y dejle  su muerte ms de treinta mil doblas de oro.

En el lugar donde se comenz  levantar tan soberbio edificio exista
una ermita, en la que se conservaba una antiqusima imagen de la Virgen,
llamada de las Cuevas, la cual fu colocada en el retablo mayor de la
iglesia.

La suma donada por el Arzobispo fu  parar en gran parte  manos del
Rey de Aragn, quien dispuso de ella para costear la guerra contra los
moros; pero el adelantado de Andaluca D. Per-Afn de Rivera le di 
los frailes una cantidad igual  la que haban perdido, y entonces se
siguieron las obras, que, merced  las muchas donaciones de otros
caballeros, se terminaron despus de mediar el siglo XV.  propsito de
esto extractamos estas curiosas noticias de la Historia eclesistica del
Abad Gordillo:

Tena el Arzobispo Mena un criado natural de Burgos, llamado Juan
Martnez de Victoria,  quien haba dado un canonicato de la Catedral...
y tenindole consigo en Cantillana, al tiempo de su muerte le encomend
la continuacin de la fbrica y aumento del monasterio, y en su
confianza le dej treinta mil doblas de oro moriscas para que con ellas
acudiese  su intento y confianza que de l haca. El cannigo Martnez
de Victoria tom  su cargo la prosecucin de la fbrica del monasterio.
Fu esto en tiempo en que el infante de Castilla D. Fernando vino 
Sevilla  buscar dinero para hacer la guerra  los moros. El Infante
llam al cannigo Victoria y le pidi las treinta mil doblas para la
guerra; ste neg tener las doblas, y entonces el Infante determin
darle tormento, y se lo di muy recio. Viendo que no declaraba, el
Infante le hizo jurar que no tena el dinero; y por no jurar en falso,
Martnez de Victoria confes dnde tena la cantidad que tanto haba
defendido como fiel criado.

Dado el poco espacio de nuestros apuntes, slo nos detendremos en hablar
de la iglesia de la Cartuja, que causaba admiracin en todos los que la
visitaban.

Llegbase  ella despus de pasar un extenso patio, y era de una sola y
amplia nave, de altos techos y macizas paredes de ladrillos y piedras.
En los altares, que eran muchos y de varios gustos, existan hermosas
figuras de Martnez Montas y Roldn; cuadros debidos  los pinceles de
Morales, Alonso Cano y Durero: la sillera del coro principal era obra
de Duque Cornejo, y las estatuas que cerca de ella estaban colocadas
fueron construdas por el florentino Torrijiano, segn he visto escrito.

Ocupaba la sacrista mayor una hermosa pieza de buenas luces, de
pintadas vidrieras, y de slidas y labradas estanteras, en las cuales
se guardaban riqusimas telas, preciosas joyas y toda clase de objetos
para el culto.

El Arzobispo Mena, fundador de la casa, estaba enterrado en la capilla
de la Magdalena, y en otra capilla,  expensas del primer Marqus de
Tarifa, se construy un soberbio mausoleo, donde fueron sepultados D.
Per-Afn de Ribera, sus dos esposas, que yacen hoy en la Universidad, y
desde 1512 hasta 1536 estuvieron all en modesto nicho los restos de
Coln, que, llevados  Santo Domingo, pasaron  la isla de Cuba en 1795,
donde se encuentran actualmente.

La Cartuja fu casi destruda por los invasores soldados de Napolen en
1811, y al marcharse stos restaurse la iglesia, que se abri al culto
en 1816.

Cuando los nuevos frailes empezaban las obras de reparacin del convento
vino la exclaustracin, y en 1843 se estableci en el edificio la
fbrica de loza que tan conocida es en todas partes por sus productos, y
de la cual nada diremos por parecernos que nos apartaramos del
principal objeto que nos ha movido  trazar estas lneas.




XLV

LA ROLDANA

     Roldn dej varios discpulos, entre ellos su hija Luisa, notable
     artista,  quien los sevillanos dieron el nombre de la Roldana.

     J. H.


Vamos  ocuparnos de la clebre escultora Luisa Roldn y Mena, conocida
por _la Roldana_; y si bien son pocos los datos biogrficos que de ella
conocemos, sus obras son suficientes  llenar muchas pginas en su
elogio.

Hija de Pedro Roldn, artista que trabaj mucho para los templos de
Sevilla, aprendi desde pequea la escultura, aventajando con el tiempo
 su padre, el cual, aunque ejecut algunas figuras no exentas de
mrito, hizo muchas que no resisten la crtica ms indulgente.

Naci _la Roldana_ en 1656, y, como siendo muy joven qued hurfana de
madre, encargse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo
tiempo en las esculturas  su padre, sin abandonar por ello las labores
domsticas,  que debe dar particular atencin toda mujer hacendosa y
prudente.

Con las lecciones que  diario reciba y con el talento de que la
naturaleza la haba dotado fu cada vez adelantando ms en los trabajos
que comenzaba, llegando  construir estatuas tan bellas como las que se
encontraban en el extinguido convento de las Mnimas.

Cuntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura
que por su encargo hizo Pedro Roldn, su hija la arregl de tal modo,
que fu admitida por los cannigos con satisfaccin extraordinaria.

Y no fu sta la sola ocasin en que _la Roldana_ corrigi  su padre,
pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el _paso_
de la Mortaja de Santa Marina tambin puso sus manos, y por cierto con
los mejores resultados.

Para la iglesia de San Bernardo ejecut cuatro figuras, que merecen
citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y
por los conocimientos anatmicos que revelan.

Representan tales esculturas  San Miguel,  San Agustn y  Santo
Toms, siendo la ms notable la ltima, de la Fe, que como las
anteriores se hallaba en el altar donde tambin exista el clebre
cuadro de la _Cena_ pintado en 1622 por Francisco Varela.

Cuando Pedro Roldn se encarg de construir el _paso_ de la _Oracin del
Huerto_, de Monte-Sin, su hija le ayud notablemente; y son de su mano,
el ngel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de
relieve que ostenta el zcalo en la peana.

Para la magnfica iglesia de San Miguel hizo Luisa Roldn la estatua de
dicho arcngel, puesta en el retablo mayor, y de la que escriba un
erudito historiador las siguientes palabras:

La gallarda y franqueza del dibujo, la hermosura del joven rostro, en
que  la vez se expresan el valor guerrero y la dulzura, y la exacta
conclusin de las carnes y ropajes, es encantadora. Pocas veces se
habrn ocupado las gubias de los escultores para cortar su madera con
ms acierto y facilidad.

En lo que ms sobresali _la Roldana_ fu en las figuras pequeas; y
existen de ella algunos nios admirables, que se conservan en los
conventos de monjas.

La fama de esta mujer lleg hasta Madrid, y el desdichado monarca Carlos
II la mand llamar  la corte, nombrndola escultora de cmara y
encargndole algunos trabajos con destino al monasterio del Escorial.

Desde el ao 1695 _la Roldana_ vivi en Madrid, hasta 1704, en que
falleci vctima de una enfermedad aguda.

Su padre haba muerto en 1700 sin dejar bienes algunos de fortuna y en
medio de la soledad y el reposo de una casa de campo que tena prxima 
Sevilla.

Luisa Roldn, segn los autores que la conocieron, fu de agradable
rostro, de estatura proporcionada y de formas correctas; tena un
carcter dulce y expansivo: contrajo matrimonio con D. Luis de los
Arcos, caballero, sevillano, de quien no tuvo hijos; y habiendo recibido
aquella educacin propia de su poca, era muy dada  rezos y devociones,
aunque sin extraordinarias mojigateras.




XLVI

EL PINTOR MONEDERO

     Es tu sr: que del coro empreo vino al estilo y pincel vida y
     concierto.

     CSPEDES.


En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa
Ins, San Bernardo, y tambin en el Museo Provincial, se encuentran
muchos lienzos de un notable artista que floreci en los comienzos del
siglo XVII, y cuyo nombre no ser desconocido ciertamente para ninguno
de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera
especial con que estn pintados se distinguen de todos, fueron
ejecutados por Francisco Herrera,  quien para distinguirlo de sus
hijos, que tambin al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera
_el Viejo_.

De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid
el ao 1650, se cuentan ancdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos
vamos  relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener
inters.

 pesar de su talento y del mrito de las obras de Herrera, fu muy poco
estimado de sus coetneos, siendo causa de aquella indiferencia con que
lo miraban el carcter violento, desabrido y colrico que posea, por lo
cual se vi precisado  pasar la mayor parte de su existencia alejado
del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas
ocasiones sala.

All, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, segn se
dice, de una sirvienta, pues ningn joven quera ser su discpulo, y los
que llegaban  tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado,
como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velzquez.

Francisco Herrera tena tambin muchos enemigos que se haba acarreado
por su insociable carcter, y eran los primeros que le hacan guerra sus
compaeros de profesin, ninguno de los cuales dejaba de tener de l
alguna queja  motivo de resentimiento.

No slo se ocupaba Herrera _el Viejo_ en pintar hermosos cuadros como el
_Ultimo Juicio_  los _Pasajes de la vida de la Virgen_, sin que
tambin haca bellsimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos
de ser elogiados algo ms que entonces lo fueron.

Lejos del mundo y olvidado de muchos viva Herrera por los aos de 1621,
cuando empez  levantarse contra l un rumor que cada da se hizo ms
insistente, y que pareca no estar desprovisto de fundamento. Decase
por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades  labrar monedas
falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar
dispuestos  presentar cuantas pruebas se ofreciesen.

Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la
justicia tom cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corri 
refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde haba pintado
algn tiempo atrs un magnfico cuadro, que estaba colocado en el
retablo mayor y que representaba una apoteosis del mrtir titular.

Pas mucho tiempo, y un da del ao 1624, en la casa en que se albergaba
el pintor se empezaron  hacer grandes preparativos, arreglndola toda y
disponindola como si alguna gran solemnidad fuera  celebrarse.  la
siguiente maana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla,
visit el Colegio de Jesutas, acompaado de la Reina y de gran nmero
de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galeras,
patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo
primero que llam su atencin fu el gran cuadro de San Hermenegildo que
en el altar mayor estaba colocado.

Permaneci el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de
arte, y tanto le agrad, que mostr deseos de saber el nombre del que la
haba ejecutado.

Djole entonces uno de los padres jesutas que aquel cuadro estaba
pintado por un monedero falso, que,  fin de librarse de la persecucin
de la justicia, se haba refugiado en aquel convento.

Entonces contest el Rey:

--En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista
monedero, que tengo ganas de conocerlo.

Avisado Herrera, de all  poco se present en la iglesia, arrojndose 
los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.

Entonces el Rey le dijo, despus de mirar un rato el soberbio lienzo:

--Quien tales obras ejecuta no ha menester ms plata ni oro;--y tocando
con sus manos la frente de Herrera, que yaca hincado de rodillas,
aadi:--alzad, que estis ya libre, siempre que no volvis  incurrir
en tan feo delito como el de que se os acusa.

Herrera _el Viejo_ no pudo contener su emocin ante aquel rasgo del
Monarca, y  pesar de ser duro de corazn y nada sensible, sus ojos se
arrasaron de lgrimas, y con frases entrecortadas por la emocin di las
gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar
mayor se ostentaba.

Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso saln
del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le
enriquecen.




XLVII

DRAMA DE AMORES

     l ofendi  mi marido, y de ello fu yo la causa; y con todo esto
     le quiero y lo tengo ac en el alma.

     (_Romancero de Gazul._)


Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla
trataba, encontramos el asunto del dramtico suceso que vamos  narrar;
y como dudsemos algo del caso, hemos preguntado ahora  distintas
personas versadas en noticias de nuestra poblacin, las cuales nos han
asegurado ser cierta, ms no en todos sus detalles, la tragedia, que
ocurri de modo distinto  como en el libro deca.

Entre los buenos edificios que existen en la histrica calle de las
Armas hay uno de construccin antigua, de hermosa fachada y de extensas
proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejn de los
Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.

Era morador de esta casa  fines del siglo XVII un caballero de edad
algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia haba contrado
matrimonio con una joven linda y dotada de un corazn volcnico y
apasionado.

Crease dichoso el buen seor, sin que ningn pesar turbara la calma en
que viva, entregado  su aficin predilecta, que era la floricultura, y
enamorado de D. Elvira, mujer en quien tena absoluta confianza, sin
que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.

Pero mientras l cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su
jardn, lguien haba tenido ocasin de acercarse  la joven esposa y
deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que,
despertando en el corazn femenino deseos que parecan olvidados,
hicieron nacer un amor ilegtimo, pero profundo, arraigado y sincero.

La confianza del marido prestaba alientos  los enamorados, quienes,
sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unan, nunca dieron el
menor motivo  la ms leve sospecha de nadie ni  la ms ligera
murmuracin.

Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo lguien que crey
descubrir un leve indicio, y espi con cautela para conseguir su
intento. Una astuta criada de D. Elvira comenz  dudar de la fidelidad
de su seora, y despus de no pocas observaciones y hbiles pesquisas,
not que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa
yaca en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el
patio, entreabra con sigilo la puerta que comunicaba al jardn y
cruzaba ste; luego descorra el cerrojo del postigo que daba al
callejn de los Estudiantes, y  los pocos momentos sola penetrar en l
un bulto, que en unin de aquella sombra se ocultaba en una pequea
habitacin que cerca del jardn exista.

Cun ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y
sus naturales expansiones tenan un testigo que no eran ciertamente los
frondosos rboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se
alzaba!

La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que
D. Elvira cometa, demostr por ella tan mala voluntad, que con el
mayor disimulo y la ms prfida astucia hizo llegar al confiado marido
la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto
tiempo.

Pero el viejo no era hombre de violento carcter ni de grandes bros, y
en vez de tomar rpida venganza, call como si nada supiera, y sigui
cuidando sus flores y contentando  su esposa, mientras en su cerebro
maduraba un plan terrible y sangriento.

Segua el jardn siendo punto de las citas que con su amante tena D.
Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella  descorrer el cerrojo
del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.

El ao 1697 tocaba  su trmino, y en una de las de aquel Diciembre la
infiel esposa cruzaba  la hora convenida el solitario jardn con el
nimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que
pronto iban  verse satisfechos una vez ms.

Aunque las sombras que rodeaban  D. Elvira eran profundas, ya conoca
el camino, y con seguro paso lleg  la puertecilla y, una vez abierta,
aguard la primera caricia del hombre  quien amaba.

 los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareci en el
dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos  la dama, se le acerc
rpidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme
cuchillo, lo hundi con violencia en el seno palpitante de D. Elvira,
que como herida por un rayo cay en tierra, exhalando su vida en un
indescriptible sollozo. El embozado sali de nuevo, y cuando instantes
despus vi entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con
cautela por el postigo, cerr ste por fuera con llave, y sali con
precipitacin, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardbale la
delatora sirvienta.

Al ruido y las voces que luego en el jardn se oyeron acudieron los
criados que dorman, y el dueo de la casa, aparentando la mayor
sorpresa; pudiendo entonces ver todos  D. Elvira en el suelo con el
pecho ensangrentado, y junto  ella un hombre,  quien tomaron por autor
del brbaro asesinato. Este hombre fu preso, y ahorcado ms tarde, sin
que se supiera hasta muchos aos despus la verdad de lo ocurrido en
aquella terrible noche, y por confesin de la criada cuando estaba en el
lecho de muerte.




XLVIII

BARTOLOM ESTEBAN MURILLO

     Quin de tus bellas Vrgenes la norma, gran Murillo, te di?
     Dnde las viste,  cmo al mundo presentar supiste tipos celestes
     con humana forma?

     M. A. PRNCIPE.


El gran pintor, gloria de Espaa y honra de su siglo, que tan acabadas
pruebas de su genio ha legado  la posteridad, debe tener un recuerdo
entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma,  l vamos  dedicar las
presentes lneas.

Bartolom Esteban Murillo, hijo de nuestra poblacin, pas en ella su
tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por
entonces su nombre, hoy universal, llegase  ser conocido apenas fuera
del crculo de sus amigos. Unase en l la modestia al genio, y por esta
causa rehus cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos
ttulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mrito alguno para
obtenerlos.

En la humilde casa donde viva el gran maestro pintaba sus lienzos
prodigiosos, y pasando del taller  la iglesia  al convento para donde
se ejecutaron, quedaban all, limitndose el triunfo que alcanzaba el
artista  bien poca cosa.

Juan del Castillo, pintor que resida en nuestra ciudad por los aos de
1640, tuvo la honra de ser el que ense  Murillo los primeros
rudimentos del arte, sin que jams llegara el discpulo  imitar en nada
el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo
existen en el Museo y en varios templos y capillas.

Con slo las lecciones que haba recibido, comenz Murillo  pintar
siguiendo su propia fantasa, hasta que encantado por las obras de
Frutet y de Pedro de Campaa, y deseando admirar los tesoros artsticos
que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladse  la corte
en 1643, donde se encontraba el insigne Velzquez, con quien hizo buena
amistad, y tuvo ocasin de estudiar los mejores modelos. Cuando  los
dos aos regres  Sevilla, de donde haba salido sin participar ni 
sus amigos el viaje, comenz  trabajar con verdadero empeo, causando
bien pronto la admiracin de cuantos tuvieron ocasin de contemplar las
obras que sus pinceles producan.

Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de _San Leandro y San
Isidoro_, el _San Antonio_ de la capilla del bautismo, las mrtires
_Santas Justa y Rufina_, _San Fernando_, _San Hermenegildo_, los cuatro
_Arzobispos de la dicesis_, la magnfica _Concepcin_, el _Ecce-homo_
y otros varios, trabajando tambin en la restauracin de la Sala
Capitular, que por entonces sufri algunas obras.

Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Maara construy la iglesia del
_Hospital de la Caridad_, Murillo pint para ella ocho lienzos, que
estn reputados por los mejores que hasta entonces haba producido.

Innumerables fueron los cuadros que ejecut desde entonces hasta el
1680, y entre ellos slo citaremos varias _Concepciones_, en las cuales
ni antes ni ahora ha tenido rival; el _Retrato de D. Justino Neve_, _San
Pedro_, la _Virgen con el Nio_ y los dieciocho que pint para el
monasterio de Capuchinos.

Sali Murillo de su querida ciudad poco tiempo despus, dirigindose 
Cdiz, donde comenz la que haba de ser su ltima obra. Estando un da
trabajando en el lienzo que representa los _Desposorios de Santa
Catalina_, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba
subido, lastimndose varias partes del cuerpo.

Trasladronle entonces  Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada,
habindose agravado en su dolencia, falleci el da 3 de Abril de 1682,
 las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.

Su cadver fu enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocndose
sobre el nicho una modesta lpida, en la cual se dibuj un esqueleto y
la frase siguiente: _Vive moriturus_.

Cuando el derribo de la iglesia se perdieron los restos del gran pintor,
siendo imposible encontrarlos,  pesar de cuantas diligencias se
hicieron despus.

Bartolom Esteban Murillo naci en una casa de la calle Tiendas, y su
partida de bautismo, que se conserva en San Pablo, dice as:

En lunes primero da del mes de Enero de mil y seiscientos y dieciocho
aos, yo el licenciado Francisco Heredia, beneficiado y cura de esta
Iglesia de la Magdalena de Sevilla, bautic  Bartolom, hijo de Gaspar
Esteban y de su legtima mujer Mara Prez. Fu su padrino Antonio
Prez, al cual amonest el parentesco espiritual, y lo firm. Fecha ut
supra.--_Licenciado Francisco Heredia._

Terminaremos estos breves apuntes con el acta de su enterramiento, que,
segn la copia que tenemos  la vista, dice as:

En cuatro de Abril de mil seiscientos ochenta y dos aos se enterr en
esta iglesia de Santa Cruz de Sevilla el cuerpo de Bartolom Murillo,
insigne maestro del arte de pintura, viudo que fu de doa Beatriz
Cabrera y Sotomayor: otorg su testamento por ante Juan Antonio
Guerrero, escribano pblico de Sevilla, y dijo la misa de cuerpo
presente el licenciado Francisco Gonzlez de Porras.




XLIX

UNA AVENTURA

     En vano, duea, es callar ni hacerme seas que n; he resuelto que
     s yo, y os tengo de acompaar: y he de saber dnde vais, y si sois
     hermosa  fea, quin sois, y cmo os llamis, y aun cuanto
     imposible sea.

     ESPRONCEDA.


El suceso que nos mueve  tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un
lugar ms  menos importante en los anales de Sevilla; pero  pesar del
silencio que sobre l guardan las historias, bien creemos hacer en
sacarlo  luz, pues no nos merece duda su autenticidad.

H aqu el caso como lo hemos odo  personas respetables, que de igual
modo lo oyeron referir  sus padres y abuelos.

En los primeros aos del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y
estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda
presencia, de esmerada educacin y de pinges rentas, llamado D. lvaro
Gonzlez de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido
y educado en la capital de Andaluca. Hombre mozo de ardiente sangre, y
sin el freno de respetables personas, llevaba D. lvaro una vida alegre
y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos
aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algn provecho,
sin que le hiciera desistir de ello el mayor  menor riesgo que se
expona  correr por llevarlos  cabo.

Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los
platnicos; que de haber sido de stos ms de una vez hubirase librado
de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de
los que haba logrado salir por su destreza y valenta unas veces, y
otras por sus aurferos doblones, que D. lvaro prodigaba cuando era
caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.

Gonzlez de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador,
corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban  vergonzosas
degradaciones; solamente en ocasin muy rara daba alimento  las
murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni  la honra
de su casa ofendan, ni al nombre que llevaba impriman mengua.

Una noche de principios de otoo de 1605 vagaba D. lvaro por los
intrincados y sombros callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo
fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y
con la imaginacin abstrada en muchos y varios pensamientos.

Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced
 la cual podan distinguirse los lugares que recorra; pues en lo
tocante  alumbrado artificial no haba por all ni siquiera la
socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de gua al
extraviado caminante por aquellas tenebrosidades.

Cuando ms abstrado pareca el apuesto joven en sus pensamientos, oy
lejanos pasos que avanzaban en direccin igual  la suya; y como pudiera
apreciar ser aqullos por lo breves y menudos pasos de mujer, activ los
suyos D. lvaro hasta colocarse cerca de la persona que  tan desusada
hora recorra sitios tan poco frecuentados. Era sta, como supuso, una
dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza, se
recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo
asegurarse slo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.

Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro
lugar, uno de los ms  propsito de Sevilla para aventuras y lances de
todas especies; y si hoy todava tienen fama aquellas callejas por lo
sombras, misteriosas y solitarias, calclese el lector lo que seran en
la poca del suceso que vamos  referir.

Acercse Gonzlez de Aguilar  la desconocida, no tardando en dirigirle
algunas frases galantes, que no obtuvieron contestacin alguna, con lo
cual acrecentse la curiosidad del galanteador y naci en su pecho vivo
deseo de dar digno remate  la que ya consideraba como feliz aventura.

Sigui la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y sigui el joven
cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla
hacer hablar, cosa que le fu imposible conseguir en muy largo espacio
de tiempo, notando l con cierta extraeza que la dama tampoco deba
llevar direccin fija en su marcha, pues con frecuencia volva  la
misma calleja por donde antes haba pasado, rodeaba una manzana de
edificios para salir al mismo lugar,  cruzaba una plazuela para
internarse de nuevo en otra travesa lbrega que ya tena recorrida.

Pasaba as el tiempo, y D. lvaro comenzaba  desesperarse; todas las
casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el fro de la noche
comenzaba  molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se
detuvo, volvise hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono
misterioso le dijo:

--Estis dispuesto  seguirme mucho tiempo?

--Si no os es enojosa mi compaa,--contest D. lvaro--estar cerca de
vos toda la noche.

--Decidido estis, caballero--replic la tapada; y apartando el manto de
su rostro, dej ver  la luz de la luna una cara hermosa y joven, de
facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes
ojos, negrsimos y brillantes, sombreados de largas pestaas.

Pronto comprendi nuestro galn que su conquista no era una de tantas
_busconas_ como le salan al paso muchas noches; y al contemplar las
perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues
de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en
ajustado corpio, no pudo menos,  fuer de perfecto amador, que aumentar
sus palabras galantes y en extremo expresivas.

Guard la hermosa silencio mientras D. lvaro expresaba con la mayor
vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareci haber terminado
le dijo:

--Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesar
haberme acompaado por estas soledades.

Un momento despus los dos personajes se ponan en marcha; pero entonces
iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles ms
recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor
satisfaccin por parte del caballero, llegando  salir por ltimo  una
calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines
del Alczar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta
calleja, perteneciente  la antigua Aljamia de los judos, se llama hoy
Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteracin alguna desde la poca del
suceso que vamos relatando.

Cuando la rendida pareja lleg  aquel lugar, ella sac de entre los
pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y
estrecha, formada toscamente en el muro, invit  entrar  D. lvaro.

El mancebo se encontr en una habitacin de regulares dimensiones y
modesto mobiliario, alumbrada por un colosal veln puesto sobre una mesa
de pino. Haba tambin en aquella estancia un arca vieja, algunas
sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un
lecho.

D. lvaro se despoj de su capa y tom asiento, preparndose  pasar un
rato en extremo agradable; haba tomado ya gran confianza con la hermosa
dama, y no tard en entablarse entre los dos un amensimo dilogo, donde
abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras
tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrpulos estaban vencidos
en toda lnea.

Al poco tiempo, por indicaciones de Gonzlez de Aguilar, la hermosa se
dispuso  salir, pues vinironle deseos  l de apurar algn vaso de
vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella asegurle que en una
casa prxima haba un amigo que se prestara  darlo de la mejor gana.

Sali la bella, y cuando D. lvaro qued solo comenz  pasear la
habitacin, y fijndose en las ropas del lecho, que en un rincn yacan,
tir de un lienzo blanco que pareca tapar alguna cosa, y al instante
retrocedi espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas
ropas haba descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona,
cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.

El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado
y descompuesto el rostro, tuvo an fuerzas para recoger el veln y
aplicar la luz  aquel rincn de la sala. Era el cuerpo de un hombre
joven, tena la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y
cortadas ambas manos por las muecas. La luz cay de sus manos, y qued
 oscuras. D. lvaro busc  tientas la puerta, presa del mayor terror,
y cul no sera su angustia al notar que estaba cerrada por fuera.
Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trat de abrirla con
desesperacin, valindose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y
procurando, por ltimo, hacer saltar la cerradura con la punta de su
espada. Este recurso extremo le proporcion el placer de encontrarse en
la calle, despus de haber sufrido los minutos ms terribles de su vida;
pero cuando se consideraba libre y comenzaba  retirarse con
precipitados  inciertos pasos de aquel sitio, vi de pronto aparecer
cerca de l dos embozados con las espadas desnudas, que, acompaados de
la dama, se disponan  acometerle. D. lvaro se volvi hacia atrs, y
sacando fuerzas de flaquezas emprendi la ms rpida carrera que le fu
posible, internndose entre los revueltos callejones, donde merced  las
tinieblas pudo escaparse de la persecucin de que era objeto.

Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por ms tiempo las impresiones
que haba, recibido, y cay al suelo sin conocimiento.

Al volver en s era ya da claro, y unos vecinos de la plaza de D.
Elvira lo haban encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y
porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigndole toda
clase de cuidados. D. lvaro refiri  todos lo que le haba acontecido:
dise parte  la justicia, y cuando sta se present en la casa no
encontr ni el mutilado cadver ni la ms leve seal de que all hubiese
habido lguien recientemente. La accesoria estaba vaca y desalquilada
desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas
diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que qued
envuelto como otros tantos en el misterio, as como sus tenebrosos
autores.




L

LA CRUZ DE LA CERRAJERA

     Se encarg  la pericia del clebre rejero Sebastin Conde la
     construccin de una cruz de hierro.

     VELZQUEZ Y SNCHEZ.


Las calles de nuestra poblacin estaban en lo antiguo llenas de
arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por dems sombro
 interceptaban el paso de los transeuntes.

Era una de las ms famosas de las cruces la que se alzaba frente al
convento de las Mnimas, y de cuya historia vamos  hacer un breve
extracto.

Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar
una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces
se llamaba Espaderos) y Cerrajera, encargando su construccin 
Sebastin Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia
gozaba de bastante nombre en aquella poca.

Instalse la Cruz el 1. de Noviembre del ya citado ao, despus de
haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrndose en el lugar donde fu
colocada una solemne funcin religiosa, que se repeta todos los aos el
3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte 
Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mnimas, para restituirla
 su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurri el tiempo sin
que tal idea se llevase  cabo, y esto di lugar  que en la sequa de
1734 pidiesen los vecinos su reinstalacin, la cual se llev  efecto
coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como
palpable milagro.

Volvi  quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, torn 
removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra
capital con direccin  la corte de Espaa.

Por ltimo, en 1818 se coloc nuevamente, desapareciendo al fin en 1847,
y siendo llevada al museo arqueolgico instalado en el ex-convento de la
Merced, donde en la actualidad se encuentra.

Esta Cruz, acerca de la cual corran en boca del vulgo no pocas
tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.

En los primeros aos del siglo XVIII fu muerto en desafo al pie de
ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus
amoros y su vida galante y aventurera.

La muerte de este caballero qued envuelta en el misterio, sin que la
justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se
hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisicin tom cartas
en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las
investigaciones.

Aos despus acostumbraba  colocarse todas las noches al pie de la cruz
de la Cerrajera un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de
rodillas, pareca orar con la mayor devocin, pasando all horas enteras
con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.

Pero cuando despus del toque de _Queda_ pasaba cerca del devoto algn
trasnochador, vea con gran sorpresa que el pecador contrito se ergua
con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa,
desbalijaba al transeunte de cuanto dinero  ropa llevaba encima.

Por los aos de 1800 al pi de la Cruz se celebraban alegres festejos
populares, y en las noches de primavera y esto se adornaba de flores y
de farolillos, reunindose en el corro los majos y majas, que bailaban
al sn de guitarras y castauelas.

En la cruz de la Cerrajera solan hacer estacin las hermandades del
Rosario que  media noche recorran las calles de la ciudad, y que no
siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se
promovan algaradas y motines, en los que tuvo ms de una vez que
intervenir la ronda para poner en paz  los fervientes devotos, que con
la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando as la fama
de que hoy gozan los _Rosarios de la Aurora_.

Se dice que en la Cerrajera existi tambin otra cruz de madera,
adosada al muro de una casa; pero acerca de sta conocemos bien escasos
detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.




LI

EL CAPITN YELVES

     Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz
     de la hipocresa, fingiendo la virtud que ms conviene  sus
     designios, no son ya viciosos, sin criminales.

     ADOLFO LLANOS.


Pocos de nuestros lectores habrn odo el nombre de este militar, cuya
historia no deja de ser interesante y curiosa, y  ttulo de lo qu
vamos  narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho
sujeto hemos podido encontrar.

D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla
la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII,
siendo educado con bastante esmero por sus padres, seores muy amantes
de sus rancios pergaminos y del mayor  menor brillo de su casa.

Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingres en el ejrcito y milit
largos aos bajo las rdenes de algunos ilustres caudillos,
encontrndose en las campaas de Portugal sostenidas por el rey Felipe
IV, y en otras guerras, donde se distingui por su bravura y arrojo.

Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, segn pareca, ms
riesgos, D. Gaspar Yelves se retir del ejrcito y contrajo matrimonio
con una dama rica y hurfana, en compaa de la que pareca disfrutar de
la mayor tranquilidad y ventura.

Hacia el ao 1672 D. Gaspar y su esposa vivan en una casa de buen
aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el
trato de las personas ms conocidas y principales del barrio de San
Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.

El Capitn Yelves era, as en su trato como en sus modales, un perfecto
caballero, y era hombre muy instrudo y de amena conversacin, que se
captaba las simpatas de todos por su carcter franco y expansivo y por
su esplendidez y generosidad.

Ajeno de cuidados pareca vivir al lado de su esposa, y cuantos le
trataban creanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen
y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que posea.

Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la
calle Alfaqueque, comenz  hacer algunos viajes, que le tenan alejado
de su casa varios das y semanas; y, segn su mujer manifestaba  los
que iban  verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en
pleito eran los motivos de las ausencias del marido.

Nadie pona esto en duda, y todos crean de buena fe  la seora, cuyas
palabras gozaban el mejor concepto.

Por los aos de 1695, y cuando Espaa atravesaba una situacin harto
lamentable bajo el reinado del _Hechizado_ Monarca, aparecieron en los
campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor
audacia llevaban  cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo
tambin crueles asesinatos y brutales excesos.

Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y
aunque las autoridades ponan en juego toda clase de resortes, nunca
podan echar mano  aquellos foragidos, que con exquisita tctica saban
burlar  la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus
pasos, como sanguinarios en la comisin de sus execrables delitos.

El capitn retirado D. Gaspar de Yelves segua mientras tanto haciendo
sus frecuentes viajes, y el ltimo que hizo  mediados del 1697 se
prolong tanto, que puso en cuidado  su esposa y  cuantos eran sus
amigos.

Por aquellos das haban verificado los bandoleros un robo de gran
consideracin en una iglesia, y fu tanta la actividad que se despleg
entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de
los autores del hecho, siendo conducidos  la crcel de Sevilla y
ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.

Cuando el que apareca como jefe de la partida lleg al patbulo,
algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener
un grito de admiracin y sorpresa. El capitn de los bandidos era el
capitn retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatas y
consideraciones gozaba en Sevilla.

La cabeza del reo--segn dice un autor--estuvo tres das pendiente de
una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el
cuerpo fu descuartizado, segn la brbara costumbre de aquellos
tiempos.




LII

EL COLEGIO DE SAN TELMO

     Dignos son de la residencia de un prncipe los jardines, el parque
     y el palacio de San Telmo.

     J. GUICHOT.


En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del
ro, se alza un magnfico palacio que sirve de habitual residencia  una
Infanta de Espaa tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.

Este edificio, que ocupa una amplia extensin de terreno, es de los ms
hermosos que existen en la capital, no slo por la posicin en que se
encuentra situado, sin por el lujo de sus salones y sus comodidades y
desahogo.

En l estuvo el _Colegio de San Telmo_, de cuya historia vamos  hacer
un breve extracto, que no har mal entre estas breves noticias que vamos
reuniendo.

D. Fernando Coln, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al
emperador Carlos V la fundacin de un Colegio en el cual se instruyese
 los nios hurfanos para destinarlos  la marinera y pilotaje.

Propuso tambin aquel docto y sabio biblifilo que dicho Colegio se
estableciera en lugar prximo al ro, en el barrio de los Humeros y en
terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara
una clase especial de Matemticas,  la cual seran llamados los mejores
profesores de esta ciencia que entonces haba en Espaa, y que por
cierto no eran muchos.

El loable proyecto de D. Fernando no encontr apoyo en el Emperador ni
en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del
Almirante qued olvidado, hasta que, cerca de dos siglos despus, Carlos
II orden la fundacin del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la
Contratacin, y disponiendo que lo administraran los individuos de la
_Universidad de Mareantes_ establecida en el populoso barrio de Triana
desde mediados del siglo XVII.

Construyse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la
opinin de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y
terminndose stos en 1733.

La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de
psimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo
churigueresco. Segn hemos visto en algunos papeles consultados para
escribir estos apuntes, cost la obra 50.000 pesos, y dur desde el
1725 hasta el 1797.

De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de
muchos de ellos han pasado  la posteridad, que los admira.

El rey Carlos III di nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que
desde entonces, extinguida ya la _Universidad de Mareantes_, dependi
del Ministerio de Marina.

El ao 1850 suprimise el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se
cedi  los Duques de Montpensier, los cuales establecieron all su
residencia, despus de llevar  cabo muchas  importantes reformas en el
vasto local.

En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigedades y muebles
riqusimos, y con ellos una coleccin de cuadros de autores espaoles,
italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velzquez,
Zurbarn, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros
muchos; pero esta riqusima galera de obras pictricas se ha deshecho
en gran parte, pasando las obras  poder de individuos de la familia
Real.

Los jardines que rodean el palacio son quiz los ms deliciosos de
cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos das de
invierno, que en las agradables tardes de primavera y esto, ofrecen al
que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.

Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado 
cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines
al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente,
llevadas  cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al
pblico, son de los ms concurridos de la capital.




LIII

LA PUERTA DE TRIANA

     Gran lstima fu la demolicin de una puerta como la de Triana,
     que tanto mrito tena!

     C. P.

La ms hermosa y acabada de cuantas puertas tena Sevilla era la de
Triana,  la que vamos  dedicar un recuerdo, que quiz sea ledo con
gusto por los que alcanzaron  verla.

Debise su traza, segn la opinin ms recibida, al notable arquitecto
Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dej en nuestra ciudad, y
qued concluda  fines del ao 1588, derribndose para hacerla otra
antigua puerta que estaba  la entrada del barrio de la Cestera.

Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden
drico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevacin y
magnfico aspecto.  ambos lados de su arco existan cuatro colosales y
estriadas columnas, que descansaban en slidos pedestales y sostenan
una gran cornisa, en la que se hallaba un balcn espacioso y de largas
dimensiones; rematando el monumento en un tico triangular, adornado de
estatuas de regular tamao y vistosas pirmides hbilmente labradas.

Bajo la cornisa del balcn exista una lpida, cuya inscripcin latina
deca lo siguiente, segn la traduccin de un escritor muy versado en
las antigedades de nuestra ciudad:

_Siendo poderossimo rey de las Espaas y de nuestras provincias por la
parte del orbe Felipe II, el amplsimo Regimiento de Sevilla juzg deber
ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio,
favoreciendo la obra y asistiendo  su perfeccin D. Juan Hurtado de
Mendoza y Guzmn, Conde de Orgaz, superior vigilantsimo en la misma
floreciente ciudad en el ao de la salud cristiana de 1588._

En la Puerta que vamos describiendo hallbase el extenso saln llamado
el _Castillo_, donde estaban las celdas que servan de prisin  los
nobles y caballeros de importancia.

Era esta Puerta la que ms se adornaba en las festividades pblicas, no
se cerraba  ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas
Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina
Isabel II, en 1862.

Delante del monumento se extenda el espacioso llano donde despus se ha
construdo la calle Reyes Catlicos, y este lugar era sumamente
concurrido por los desocupados, que all acudan  tomar el sol en
invierno, y  refrescarse en las noches de esto.

Cerca del arco de la puerta se encontraba  principios del siglo, en un
hueco de la pared, el clebre cafetn llamado de _Julio Csar_, donde se
reunan los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenan
siempre cuentas pendientes con la justicia.

En los das de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de
Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco
pasaban las _manolas_, vestidas con ricos trajes; los majos, de
redecilla y castoreo, y los calesines, tirados por fogosas jacas,
adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.

En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y
mesones que existan en Sevilla, y por esto veanse reunidos siempre
junto  la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos
de las distintas provincias, que llegaban  nuestra capital  vender los
productos de sus pueblos y  realizar multitud de trficos y negocios
ms  menos importantes.

Cerca de la Puerta existan dos fuentes, una de las cuales se conserva
todava, aunque muy variada, y que se construy el ao 1816 por el
asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.

Entre los recuerdos histricos que iban unidos  esta notable puerta
slo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fu
arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del guila, y en
Junio de 1823 el valiente Lpez Bao penetr por ella despus de haber
derribado  caonazos sus hojas.

El soberbio monumento  que hemos dedicado estas lneas fu derribado en
1869, sin que bastaran  impedir su destruccin ni lo magnfico de la
obra ni los recuerdos histricos que en s tena.




LIV

EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

     El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los
     templos ms notables de Espaa.

     J. GUICHOT.


Uno de los mejores y ms amplios edificios que las rdenes religiosas
tenan en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba
el nombre de _Casa grande_, y que ocupaba todo el terreno donde hoy
existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella
desembocan.

La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura;
slo tena una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes haba
lienzos debidos  los ms reputados maestros sevillanos; en sus altares
primorosas esculturas de Montas, Roldn, Cornejo, Hita del Castillo y
Monler; y encerraba adems el templo muchas riquezas en telas, joyas y
objetos del culto.

Tena aqul su entrada por el arco que hace esquina  la calle Tintores,
y de l se pasaba al comps, donde exista la capilla de San Antonio de
los Portugueses.

En el convento de San Francisco existan gran nmero de buenas capillas,
y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de
_San Luis de Francia_, la de _San Eligio_, la de _La Palma de los
Vizcanos_, la de _Nuestra Seora de los Reyes y San Mateo_, la del
_Calvario_, la de _Nuestra Seora de Beln_, la de _San Antonio de los
Castellanos_, la de _nimas_, la de _Santiago_, la de la _Vera-Cruz_, la
de _Nuestra Seora del Rescate_, y por ltimo la muy famosa del _Pecado
mortal_.

Posea el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante
agua, que le concedi el rey D. Enrique _el Doliente_; amplias galeras
con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran nmero de
personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta,
objeto de muchos cuidados, en la cual haba toda clase de flores y
variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.

En los das tranquilos y transparentes del invierno y en las poticas
tardes de primavera, con cunto sosiego veran los religiosos
deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y
escuchando slo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas 
el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...

El convento de San Francisco debi su fundacin al rey D. Fernando III,
que lo cedi  los religiosos de la Orden que con l vinieron  la
conquista de Sevilla.

Ignrase cual sera el lugar primitivo donde se estableci, pero se sabe
con certeza que en el ao 1268 D. Alfonso _el Sabio_ hizo que los
franciscanos se trasladasen  un palacio de su propiedad, el cual no es
otro que el edificio de que nos vamos ocupando.

D. Pedro _el Justiciero_ coste algunas importantes obras en la casa,
haciendo que sta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.

Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al
convento de San Francisco, haciendo que ste fuera el mejor y ms amplio
entre los innumerables que tena la ciudad.

Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el
edificio, y en 1650, habindose derrumbado buena parte de los techos,
construyronse stos nuevamente, as como varias capillas y altares.

Nada ocurri en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado
siglo,  al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningn
hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino
una catstrofe que produjo la indignacin de todos por las
circunstancias que en ella se pudieron notar.

Cuando los franceses entraron en Sevilla alojse en la _Casa grande_ un
regimiento de lnea, y en la madrugada del da 1. de Noviembre se
declar de pronto un voraz incendio, que destruy en pocas horas todo
aquel inmenso edificio, quedando nicamente la iglesia y los muros
exteriores.

Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al
instante de iniciarse ste los invasores pusieron  salvo sus equipos y
dems utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyse con
razn bastante fundada que el hecho dist mucho de ser casual.

En 1813 se abri de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de
reconstruccin del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy
lentamente, trascurriendo aos sin adelantar gran cosa, y sin que
pudiera acabarse ms que un patio y algunas galeras y celdas.

Lleg la exclaustracin en 1835, y entonces se suspendieron para siempre
los trabajos, la iglesia qued separada del resto del edificio, y ste
sirvi largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.

Iglesia y cuartel desaparecieron ms tarde, y en Febrero del ao 1850 se
coloc en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa
plaza de San Fernando.




LV

LOS ROSALES DE MAARA

     Rosales que, cuando al soplo de los cfiros geman, para Maara
     decan tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente 
     su memoria amarga y llorada historia de algn pecado de amor.

     CANO Y CUETO.


Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con
un detalle curioso, que quiz pase inadvertido para muchos de los que
visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundacin en el
lugar que hoy ocupa, prximo  la orilla del ro, y  la izquierda de la
antigua y casi derruda torre de la Plata.

Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artsticas que
este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo
y Valds que adornan sus paredes; las esculturas de Roldn, Simn y
Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan
en su sacrista; los muchos varones notables que all estn enterrados;
y, por ltimo, conocidos son tambin los laudables y caritativos
servicios que  diario presta esta benfica institucin, cuyas reglas se
aprobaron en 1578, siendo ms tarde reformadas por aquel caballero
sevillano, D. Miguel de Maara, que despus de una juventud tormentosa
se retir  una vida consagrada  hacer el bien de los pobres y 
socorrer  los desvalidos.

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan ms
carcter de otros tiempos, y su iglesia, sus galeras y patios puede
decirse que apenas han sufrido alteracin alguna desde la muerte del
fundador, ocurrida en el mes de Mayo del ao 1679.

 la terminacin del corredor de uno de los patios existe un jardn, en
el cual suele llamar la atencin del que visita por primera vez la casa
un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores,
que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que all se
respira.

Encuntrase en el citado muro una pequea lpida, y en ella puede leerse
la siguiente inscripcin:

_Ocho plantas de rosal con sus macetas, tradas  esta santa casa por
el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Maara
Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674,
conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los aos en su propia
fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de
ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292  1297) y
permanecieron hasta el da en el mismo estado. Se colocaron en este
lugar el ao 1802._

Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y  pesar del tiempo
trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atencin por su
lozana, ms an que la llamaban cuando se coloc  principios del siglo
presente la lpida que acabamos de copiar.

Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no poda dejar de tener
algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero
nosotros nos limitaremos  relatar la ms admitida, segn hasta nuestros
oidos ha llegado.

Cuntase que, despus de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de
Maara, que acostumbraba  pasarse la mayor parte del da ejerciendo
obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y
recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su
celda  profundas meditaciones y fervorosos rezos, as como  la lectura
de libros piadosos que fortalecieran su espritu y alejaran su
imaginacin de toda idea pecaminosa.

 veces, sin embargo, acudan  la mente del caballero algunos recuerdos
de sus aos juveniles, cuando era su existencia nada pacfica ni
sosegada, cuando segua con empeo galantes aventuras, y cuando llevaba
 efecto, en compaa de alegres camaradas, tantas empresas en las que
pona  prueba su valor, su travesura  su agudo ingenio.

Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzbanse en la mente de D.
Miguel las figuras de varias mujeres  quienes haba amado, y  las
cuales, por haberle quiz correspondido en demasa, haba hecho derramar
muchas lgrimas.

Estas sombras que llegaban  turbar las meditaciones del entonces
piadoso caballero acongojaron ms de una vez su espritu; y cierta noche
en que vagaba por el jardn del hospital, sentse en un banco, y
habindole acometido profundo sueo, vi en l  ocho damas cuyos
rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que haba
galanteado, y las cuales traan en las manos ocho rosas, que regaban con
el llanto que de sus ojos caa.

Se dice que en memoria de aquel sueo, y  manera de homenaje  las
infelices amadas del caballero, plant ste en el jardn los ocho
rosales que an se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel
con solcito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus
ramas, ponalos al sol cuando lo haban de menester, y los regaba, sin
que consintiera nunca que nadie, sin l, llevase  cabo estas
operaciones.

Despus de muerto Maara, la hermandad de la Caridad sigui cuidando
aquellas flores  que tanto cario tuvo el fundador; y cuentan tambin
las tradiciones que en las noches de esto veanse por el jardn ocho
sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los
rostros plidos, que permanecan hasta el amanecer velando aquellos
ocho rosales, cada uno de los cuales representaba  una de las amadas
del caballero.

Como ya hemos dicho ms arriba,  principios de siglo las macetas fueron
trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede an verlas el que por
primera vez visite el hospital de la Caridad.




LVI

EL TORREN DEL DUENDE

     De vetustas races carcomidos, plidos cual los restos de un
     osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde
     nace  trechos el enebro lozano y espinoso...

     R. BLANCO ASENJO.


No lejos de la puerta llamada de la Macarena, nica que an se conserva
de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla
romana que existe al Levante, se alza un torren acerca del cual corran
en boca del ignorante vulgo las ms absurdas y fantsticas narraciones.

Era el torren de elevada altura y de slida construccin: en sus cuatro
lienzos veanse pequeas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se
elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecan gigantescas
ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas suban por
el muro negruzco y toscamente labrado.

Esta mole de piedra, hoy casi destruda y olvidada, mirbanla con miedo
todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y
valentn que fuese, se atreva  pasar de noche por el torren, donde
era ya sabido que el diablo _Rascarrabias_ tena su guarida.

El habitar all el tal diablazo tena tambin su razn, pues parece que
dentro de aquellos muros falleci al poco tiempo de la reconquista un
judo avaro y enemigo de Dios, el cual tom tanta confianza con Lucifer
mismo, que le pidi un delegado suyo para que le acompaase en los ratos
de ocio, y el rey de los infiernos mandle  _Rascarrabias_, que despus
de estar mucho tiempo con el judo, cuando muri ste, qued en el
torren guardando su cadver aos y aos.

 mediados del siglo XVI parece que _Rascarrabias_ se cans de estar
all aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huy no se
sabe adnde, sin que se tuvieran ms noticias de su vida y milagros.

Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del
endiablado vecino, apareci de pronto en el torren el _duende
Narilargo_, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la
Catedral, sala  pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchn
negro, llevando en la cabeza una corona que despeda siniestros
fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacan
estremecer  las viejas y  los muchachos.

Contbanse de _Narilargo_ cosas estupendas y nunca odas, y  l se le
achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurran, sin
que fueran suficientes  atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni
los exorcismos. El _duende_ tom cario al torren, y era imposible
arrojarle de l; pues en cierta ocasin en que la ronda, acompaada de
algunos frailes del prximo convento de la Trinidad, intent escalar el
muro y sorprenderle en su guarida, cay sobre ella tal chaparrn de
piedras y guijarros, que oblig  los ministros de la justicia 
desistir de su atrevida empresa.

En las noches sombras y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido
montono del aguacero y los silbidos del huracn furioso, salan del
torren msicas extraas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las
estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecan enormes
pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre
aquellos lugares durante mucho tiempo.

Cerca de dos siglos vivi el _duende_ en el torren, sin que nadie le
molestase, y desapareci un da como _Rascarrabias_, despus de haber
sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios 
los contrabandistas, de quienes parece que _Narilargo_ fu muy gran
amigo.

Borrse poco  poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su
antiguo husped. La accin destructora del tiempo griete aquellos
muros, rompi las almenas, hundi los slidos techos, desfigur las
ventanas, y hoy da el antiqusimo torren del _duende_ se encuentra
abandonado y derrudo, sin que nadie de los que cerca de l pasan tenga
conocimiento de quines fueron sus antiguos moradores.

Si, como est proyectado, se llevara  cabo algn da la restauracin de
las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de
_Rascarrabias_ y _Narilargo_ tomara mejor aspecto, librndose de
desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual
estado de abandono.




LVII

UNA COFRADA

     Es tanto el mrito y perfeccin de la efigie de S. Juan
     Evangelista, que no puede describirse.

     J. BERMEJO.


Las muchas cofradas que durante la Semana Santa hacen estacin  la
Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus
_pasos_, por la riqueza de sus insignias y por el mrito artstico de
las esculturas que ostentan  la pblica devocin. En nuestros das una
de las hermandades que ms llaman la atencin de los viajeros que por
esta poca del ao visitan  Sevilla es la del _Cristo del Silencio_ y
la _Virgen de la Amargura_, establecida en la parroquia de San Juan
Bautista, y que sale en procesin la tarde del Domingo de Ramos.

La historia de esta Cofrada, que cuenta cerca de tres siglos de
existencia, quiz pueda tener algn inters para nuestros lectores; y en
esta creencia vamos  permitirnos dedicarle algunas lneas en los
apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.

Algunos vecinos del barrio de San Julin organizaron  fines del siglo
XVII una hermandad en dicha iglesia, y despus de no pocos trabajos,
consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesin, llevando
prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jess
que el escultor Pedro Roldn haba construdo haca el 1680,  su
regreso del viaje que hizo  Jan para concluir la portada de aquella
Catedral.

En los aos siguientes al 1699 hizo tambin estacin la Cofrada de que
nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos
recursos de que la hermandad poda disponer no permitan otra cosa.

En 1718 se traslad la hermandad  San Juan Bautista, colocando las
imgenes que ya posea en una capilla, reformando los _pasos_ y
costeando un nuevo manto  la Virgen.

Por aquella poca los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del
Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el _paso_ del
_Cristo del Silencio_, y el segundo de estos artistas hizo tambin el
San Juan que acompaa  la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la
obra mejor y ms acabada que su cincel produjo.

Desde el ao 1783 hasta el 1788 sali la Cofrada unas veces el Jueves
Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que
surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que sta cayese
en la mayor decadencia, no volviendo  hacer estacin hasta el ao
1808.

Nuevamente qued casi disuelta la Cofrada, y as permaneci ms de
veinte aos, hasta que algunos jvenes, por iniciativa de D. Fernando
Espinosa, Conde del guila, se propusieron restablecerla, haciendo
estacin en 1829 con el mayor lucimiento.

Los nazarenos de esta Cofrada fueron los primeros que usaron tnicas
blancas, estrenndolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los aos en
que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes
 Mircoles Santos.

La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los
_pasos_  insignias algunas reformas, costeando un rico manto  la
Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al _paso_ del Cristo.

ste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos
dorados y algunos medallones de cierto mrito. Sobre ella aparece la
estatua de Jess, vestido con blanca tnica y amarradas las manos con
cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que
ejecut Duque Cornejo, y que son muy inferiores  los otros dos que van
detrs, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas
figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la
expresin que supo darles el artista merecen el mayor elogio.

En ltimo trmino se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el
que est sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada
tiene de adecuado, y s mucho de impropio.

Va en el segundo _paso_ la Virgen de la Amargura, acompaada de San
Juan, que como ya dijimos es la estatua ms notable que construy Hita
del Castillo.

En la Semana Santa de 1893 ocurri  esta Cofrada un accidente en
verdad desgraciado. Al llegar el segundo _paso_ ante la fachada del
Ayuntamiento, una de las velas prendi fuego al traje de la Virgen, y 
los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca
llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rpidamente acudieron
los hermanos  extinguir el fuego, que despus de no poco trabajo fu
sofocado, padeciendo las imgenes algunos desperfectos, que despus han
sido reparados.

La cofrada del _Cristo del Silencio_ es hoy de las que con ms lujo y
ostentacin se presentan, y la que con ms afn acude  ver el pblico,
por ser la primera que sale en Semana Santa.




LVIII

LA BEATA DOLORES

     Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno
     de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.

     A. FLORES.


Hacia la derecha del prado de San Sebastin, y frente de la amplia
glorieta que hoy se extiende  la entrada del _Parque de Mara Luisa_,
estuvo situado durante algunos siglos el famoso _Quemadero_ de la
Inquisicin, donde perecieron no pocas vctimas.

Levantse esta construccin en los ltimos aos del siglo XV, y fu
destruda por completo en 1809, al acercarse  Sevilla las tropas
francesas. Compona la fbrica, segn escribe el seor Palomo, una mesa
cuadrada como de veinte varas de altura, cncava en el centro, donde se
encenda la hoguera; y en los ngulos haba cuatro columnas de diez pies
de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras
tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mrito artstico,
afianzadas con un espign de hierro.

Ignoramos quines seran los primeros desgraciados que all sacrific el
Tribunal, aunque algunos autores dicen que fu el arquitecto que dirigi
la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la
ltima vctima que pereci en el _Quemadero_, vamos  contar  nuestros
lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas
relaciones manuscritas  impresas.

Viva en la capital de Andaluca, despus de mediar el pasado siglo, una
mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por
la naturaleza en dotes fsicas, la cual andaba siempre por las iglesias
y conventos asediando  los prrocos y  los frailes,  quienes trataba
de embaucar con los ms absurdos cuentos y los ms ridculas
narraciones, pretendiendo hacerles creer que tena un ngel que le
aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecan con frecuencia S.
Jos, S. Agustn, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de
continuo instndole  cometer los actos ms absurdos que es dado
imaginar. Llambase sta Mara de los Dolores Lpez, conocida por la
_Beata Dolores_; y aunque se deca que haba quedado ciega desde la edad
de doce aos, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar
con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas
seas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.

Largos aos estuvo esta mujer entregada  los ms lamentables extravos:
hemos tenido ocasin de leer un extracto de su proceso, y renunciamos 
describir las acusaciones que se le hacan, pues por ellas se saca la
gran inmoralidad en que viva y los repugnantes vicios  que de continuo
se entregaba. Bstele  nuestros lectores saber que, segn se dice en el
extracto citado, _Mara de los Dolores_ corrompi  una beata, con
quien tuvo entretenimientos poco honestos, sedujo  su confesor, con
quien vivi ms de doce aos,  pesar de que l la rechazaba de
continuo, aseguraba que tena continuos xtasis, y deca con la mayor
frescura las ms graves blasfemias y espantosas herejas.

Presa en las crceles de la Inquisicin estuvo largo tiempo, sin que
pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo
la visitaban, entre los cuales se cont el clebre Fr. Diego de Cdiz,
quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento,
se despidi de los inquisidores diciendo que trabajar con ella era
gastar el tiempo en vano; que l no tena corazn para ver tanta dureza
y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que poda temer
que ella lo pervirtiese.

Terminado el proceso por los seores del Santo Oficio, se la conden 
muerte por _hereje formal_, _apstata_, _iludente_, _ilusa_,
_revocante_, _pertinaz_, _impenitente_ y _fingidora_, sealndose para
el da 24 de Agosto de 1781 la ejecucin de la sentencia.

Cuarenta y cinco aos haca que no se presenciaba en Sevilla un auto de
fe, y al anuncio de ste se not gran animacin en la ciudad, viniendo
 ella para presenciar el triste espectculo multitud de gentes de los
pueblos de los alrededores.

En las primeras horas del da 24 sali de las mazmorras la ciega, 
quien montaron en un borriquillo, vistindola con su coroza de llamas y
trajes talares.

En el castillo de Triana se form la comitiva que haba de acompaar 
la reo en su ltimo viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa
Ana, de los familiares de la Inquisicin y de unos cuantos frailes que,
con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.

Hallbanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio,
muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos
estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil
Mayor, el Alcalde de las crceles secretas, los Comisarios y muchos
dependientes de la Inquisin, y padres de distintas rdenes.

Ledo el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se
entreg la reo  la justicia ordinaria, sacndola del templo, donde
continu la misa, y conducindola  la plaza de San Francisco, en cuyo
punto, al oir que la pena que se le impona era la de ser quemada viva,
se arroj al suelo presa de la mayor desesperacin, dando terribles
gritos y llorando del modo ms amargo. Entonces los frailes, creyendo
que se converta, la volvieron  la crcel, donde confes y practic
cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde
al _Quemadero_ con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales
actos.

Dolores Lpez muri  las cinco de la tarde  manos del verdugo, que la
agarrot, y su cadver arrojse  la hoguera que estaba preparada, y que
consumi bien pronto su cuerpo extenuado y dbil.

La desdichada _Beata_ fu la ltima vctima sacrificada en el
_Quemadero_, y su memoria se conserv largos aos entre el pueblo de
Sevilla, que haba sido testigo de sus absurdas inmoralidades y
patraas.




LIX

VIAJE REGIO

     Rey que, olvidando su raza, por razn que no penetro, ha trocado
     su real cetro por la escopeta de caza.

     J. PICN.


Muchas veces los jefes de la nacin han visitado nuestra ciudad, y
siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y
cario que el pueblo de Sevilla espontneamente les ha dado; pero en
pocas ocasiones el jbilo popular ha llegado  tanto como lleg en 1796,
cuando por primera vez vino Carlos IV, acompaado de su esposa y la real
familia,  cumplir el voto hecho  San Fernando por la salud del
Prncipe de Asturias.

Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento
comenz  disponer el ornato pblico con gran lujo, llevando  cabo
muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando
calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo
estuviese al corriente, y excitando, por ltimo, por medio de bandos el
celo del vecindario  fin de que se hiciera  Sus Majestades un digno
recibimiento.

Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la maana del 18 de Febrero,
presentando aquel da la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades.
La carrera que iba  llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor
lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos
se haban levantado grandes arcos de follaje; el gento era inmenso por
las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribua  dar vida y
esplendor  aquellos animados cuadros.

Cuando los alegres repiques de la _Giralda_ anunciaron que el coche real
estaba prximo, la muchedumbre agitse presa de curiosidad y
satisfaccin.

En un coche iban Carlos IV, Mara Luisa y el Prncipe de Asturias; iba
en otro el infante D. Antonio, y seguan en distintos vehculos las
Infantas, las damas de honor, el Prncipe de la Paz, los Consejeros y la
alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias
espaoles y walonas, los guardias de Corps y una seccin de Alabarderos.

La regia comitiva, que desde el Ronquillo vena acompaada de comisiones
del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, lleg
al barrio de Triana, donde aguardaban  Sus Majestades, el Asistente,
conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de
msicos, maceros y gran nmero de criados vestidos con ricas libreas.

Cruz la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas,
sigui por las calles San Pablo, ngel, Cerrajera, Sierpes, plaza de
San Francisco, Gnova y Gradas, penetrando en el Alczar, donde se
celebr el besamanos.

Tanto  Carlos IV como  su esposa les agrad mucho el aspecto de la
ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje  pasear por la orilla del
ro, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de
adhesin por parte de todos los que haban acudido al paseo.

Concurrieron el da siguiente los Monarcas  la Catedral con el Prncipe
de Asturias,  quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda
los restos de D. Fernando III; y all, despus de orar largo rato, y
cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les
acompaaban las capillas de la baslica, examinando las joyas que all
se conservan y los cuadros, esculturas y dems objetos del culto, que
son la admiracin de cuantos los conocen.

Durante los das siguientes se organizaron muchos y diversos festejos,
cuya enumeracin resultara prolija si fusemos  relatarlos utilizando
los detalles que tenemos  la vista, y que bien pueden dar materiales
para un curioso y largo trabajo.

En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por
maana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en
el prado de San Sebastin, y la Universidad Literaria dispuso una
mascarada lucidsima, y compuesta de gran nmero de personas, que
visit el palacio, presentndose tambin ante el Cabildo Catedral y el
Ayuntamiento.

El Rey, siguiendo sus aficiones, asisti  varias caceras en Gerena y
Santiponce, solazndose tambin con la pesca en San Juan de Aznalfarache
y visitando en los das 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la
Cartuja, la Fundicin de Caones y la Maestranza de Artillera.

Para el da 27 se dispuso la marcha de la real familia, como as se
verific, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de
Sevilla  los Monarcas una despedida tan cariosa como lo fu el
recibimiento.

Complacidsimo debi quedar el dbil Carlos IV de su viaje  nuestra
poblacin; y cuenta Matute en sus _Anales_ que el bueno del Rey deca en
la mesa muchas tardes antes de despedirse.

--Oh! quin pudiera quedarse aqu siempre!

En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran nmero de papeles
relativos  aquel viaje regio, del cual tambin conocemos dos relaciones
impresas por dems curiosas.




LX

BIBLIOTECA COLOMBINA

     Incalculables son las riquezas que all existen en impresos y
     manuscritos.

     T. SANZ.


Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la ms notable de todas,
y quiz una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada
_Colombina_ por haber sido fundada por D. Hernando Coln, hijo del gran
Almirante descubridor del Nuevo Mundo.

Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando posea, y su decidida
aficin  las artes y  las letras, de las cuales fu siempre protector
entusiasta. Gast este hombre ilustre un capital bastante crecido en
adquirir ediciones raras y curiosas y volmenes escritos en todas las
lenguas, llegando  reunir una selecta y numerosa biblioteca, que
ocupaba ms de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de
San Vicente, de la que slo se conserva hoy uno de los rboles que en su
extensa huerta tena.

Muri D. Hernando Coln el 12 de Julio de 1539, y en su testamento
legaba los quince mil trescientos volmenes (muchos de los cuales se han
perdido) que haba reunido en su librera  su sobrino D. Luis, con la
precisa condicin de gastar cada ao una cantidad de las rentas en la
compra de obras con que aumentar la biblioteca.

No habindose D. Luis presentado  recoger la inestimable herencia de su
to, y estando todos los volmenes depositados en una sala del convento
de San Pablo, orden la Chancillera de Granada que aqullos pasasen 
poder del Cabildo Catedral, que, segn el testamento de D. Hernando, era
tambin llamado  poseerlos.

Instalse, pues, la _Biblioteca Colombina_ en el lugar que hoy ocupa
hacia el ao 1553, segn dice un autor, y en ella se juntaron tambin
los volmenes, bastante crecidos en nmero por cierto, que desde remota
fecha posea el Cabildo.

Largos aos trascurrieron, durante los cuales se fu enriqueciendo cada
vez ms esta Biblioteca con la adquisicin de nuevas  importantsimas
obras, donadas unas por particulares y otras por corporaciones amantes
de fomentar la aficin  la buena lectura, sin que por esto dejara de
adquirir muchas el Cabildo, segn los recursos pecuniarios lo permitan.

En 1852 se ampli la Biblioteca notablemente, instalse en ella una
hermosa estantera, que coste la reina D. Isabel II, y al poco tiempo
los seores Duques de Montpensier hicieron importantes donaciones,
costeando tambin otra magnfica estantera.

En las tres galeras de que consta la biblioteca _Colombina_ existe una
coleccin de retratos de andaluces ilustres, otra de hijos clebres de
Sevilla, y la ltima de los arzobispos que ha tenido nuestra ciudad.

All se conserva tambin una espada falsamente atribuda  Fernn
Gonzlez, varios libros de Coln anotados y escritos por el Almirante,
un lienzo de Murillo que representa  S. Fernando, y un retrato del
descubridor del Nuevo Mundo, que regal el rey de Francia Luis XVII.

En la _Colombina_ existen, segn datos que public D. Joaqun Guichot,
ms de 30.000 volmenes y 1.600 manuscritos, entre los que se
encuentran: una copia del libro del _Tesoro_, el _Misal del Cardenal
Mendoza_, una _Biblia_ de Pedro Pamplona y un ejemplar de la _Divina
Comedia_, que pertenece  la misma poca en que vivi su autor.

Imposible es dar una lista, por breve que sea, de las curiosidades
bibliogrficas y de las obras raras que posee la _Colombina_, la cual es
visitada por los extranjeros con verdadera admiracin. Sobre la puerta
que da paso  la Biblioteca existe una lpida de mrmol blanco, en cuya
inscripcin se lee lo siguiente:

Memoria de D. Fernando Coln, hijo de don Cristbal Coln, primer
almirante que descubri las Indias, que siendo de edad de 50 aos, 10
meses y 27 das, y habiendo trabajado lo que pudo por el aumento de las
letras, falleci en 12 das del mes de Julio de 1539 aos, despus del
fallecimiento de su padre. Rogad  Dios por ellos.

Recientemente se han publicado dos gruesos volmenes del _Catlogo_ de
los libros que pertenecieron  D. Hernando Coln y que se conservan en
la Biblioteca: trabajo por dems notable y que, una vez concludo, dar
idea de lo que seran los tesoros bibliogrficos reunidos por el hijo
del descubridor del Nuevo Mundo.




LXI

EL SEOR DEL GRAN PODER

     Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad
     inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin
     transacciones, hacan al seor Bruna uno de esos hombres... que en
     ltimo resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar 
     sus enemigos.

     VELZQUEZ Y SNCHEZ.


Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado
siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco
Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posicin, buen capital,
y protector decidido de las bellas artes.

Fu Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en
trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco aos,
Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios
Alczares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles
Artes, desempeando todos estos cargos de manera que demostr en ellos
las altas cualidades que posea.

La influencia y prestigio que entre lo ms escogido de la sociedad
gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carcter un tanto original y
orgulloso, dieron motivo  que le llamasen _El Seor del Gran Poder_.

Entre los hombres que ms han contribudo al mejoramiento moral y
material de nuestra poblacin figura Bruna en lugar preferente, pues 
su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces
desconocidos.

Sus aficiones artsticas le llevaron  emprender muchos trabajos de
consideracin, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando
del imperdonable olvido en que yacan sepultados no pocos objetos
arqueolgicos, que quiz se hubieran perdido para siempre.

La casa de Bruna, situada en el nmero 29 de la calle de la Muela,
estaba convertida en un museo de preciosidades histricas, de joyas de
arte y de libros y manuscritos notabilsimos.

D. Leandro de Moratn, en sus _Apuntes de viaje_, escribe lo siguiente,
que da una idea de las riquezas que haba reunido Bruna: Dudo que haya
en Espaa otro particular que posea una librera y un gabinete de
curiosidades ms numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los
_Oficios_ de Cicern, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y
dice al fin que aquel libro no se escribi con pluma, sin por medio de
otro arte mucho ms bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios
coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas
gticas de oro... Curiosidades naturales de Espaa y Amrica. Una moneda
del prncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de
muebles y pinturas chinescas, etc.

El erudito viajero D. Antonio Pons elogia tambin mucho las riquezas que
en su domicilio en el Alczar haba reunido Bruna, y en el mismo sentido
se expresan Croix, Sempere y Guarinos, Gonzlez de Len y otros.

 la iniciativa de Bruna, unido al Conde del guila, se debieron las
importantes excavaciones llevadas  cabo en las eras de Santiponce en
1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades,
se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nern,
Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacan sepultadas bajo
aquellos terrenos donde existi Itlica.

Fu D. Francisco de Bruna hombre de carcter enrgico, aunque pocas
veces descorts, altivo con los superiores, de costumbres pacficas, de
vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atenda con el mayor cuidado
los infinitos cargos y comisiones de inters que  diario le eran
encomendados.

Cen Bermdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su
tiempo recibieron sealadsimos favores de Bruna, quien tambin les
ayud bastante en las obras que legaron  la posteridad.

Bruna era natural de Granada, donde haba nacido en 1719; desde muy
joven se dedic al estudio de leyes, y, merced  causas que no se saben
con certeza, pudo alcanzar la omnmoda influencia que ejerca en toda la
provincia de Sevilla.

La figura del grave Oidor era popularsima en la capital de Andaluca;
pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en ms de
una ocasin sostuvieron con l rudos pugilatos para humillar la soberbia
que tena.

Por los aos en que el bandido Diego Corriente era el terror de los
campos de Sevilla, psose por indicacin del Regente  precio su cabeza
en diez mil reales, que seran entregados  la persona que presentase al
ladrn vivo  muerto.

Corriente tuvo la osada de visitar una noche  Bruna en su despacho, y
encontrndole solo, le amenaz con dos pistolas si no le daba los dos
mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresur  soltar el dinero; y
cuando, repuesto de su asombro, reclam auxilio, ya el bandido haba
logrado escaparse y se encontraba  gran distancia.

Este mismo famoso ladrn encontr cierta tarde en el campo  Bruna, que
vena solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad;
acercse  l, y con las ms corteses razones le invit  que le
abrochase varios botones de los borcegues que entonces se gastaban,
para humillarlo: no hubo ms remedio que obedecer la peticin de Diego
Corriente; pero desde aquel da Bruna jur que capturara al bandido,
gastando considerables sumas en pagar espas y gentes que lo batieran,
pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fu
indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna,
mand al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier
pretexto al correo que traa el indulto, el cual lleg  Sevilla la
noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas despus que el bandido haba
dejado de existir.

Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurri  Bruna un suceso que prueba
su altivo carcter, y que por ser escasamente conocido vamos 
relatarlo.

Habanse dado algunos casos en un pueblo inmediato  Sevilla, y
establecise aqu el cordn sanitario, el cual detuvo  Bruna, que
quera entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con
este motivo--dice el autor de quien tomamos la noticia--trabse una
polmica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando sta y obligando
 cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca
contrariedad, permaneci algunos das en el lazareto. El pueblo, que
conoca demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso
cant para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales deca:

      El Seor del Gran Poder
    se ha vuelto de la Humildad;
    este milagro lo ha hecho
    la Junta de Sanidad.

D. Francisco de Bruna y Ahumada falleci en la maana del 27 de Abril de
1807, vctima de una pulmona, celebrndose con gran pompa sus exequias
en la parroquia del Sagrario,  la que asistieron cuantas personas
importantes haba en Sevilla.

En el saln de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy
un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se di ste 
la antigua calle de Papeleros.

Hace algunos aos el seor Andrica hizo activas gestiones para que en
la fachada de la Audiencia se colocara una lpida en memoria del _Seor
del Gran Poder_, cosa que no pudo conseguir.




LXII

MANOLITO GZQUEZ

     Hasta tiene  Manolito Gzquez, cuyas hiprboles graciosas han
     dado la vuelta  Espaa, y parece que forman las bases de la
     riqueza anecdtica nacional.

     B. PREZ GALDS.


H aqu un sevillano cuyo nombre es conocido en toda Espaa, y del cual
se cuentan los sucesos ms graciosos y estupendos, hacindolo autor de
todas las embusteras y despropsitos que pueden imaginarse.

El tipo de Gzquez es ya tradicional, y bien merece que  su memoria
consagremos algunos prrafos, utilizando los nicos datos autnticos que
conocemos de tan original personaje.

El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hbil
velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en
absurdas y sandias chocarreras.

Manolito Gzquez, como todos le llamaban, posea una imaginacin fecunda
y rica, y si hubiese recibido educacin literaria,--escribe el Den
Lpez Cepero, que lleg  tratarlo,--si hubiese cultivado las dotes que
le di la naturaleza, en vez de la fama ridcula que ha dejado de
embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.

Y as era en efecto: Gzquez naci en modesta esfera y de ella no logr
salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, 
pesar de las muchas personas de talento y posicin que frecuentaban su
casa, ni pidi nada  ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.

El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y venda sus
velones y dems objetos de metal estaba situado en un humilde edificio
de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que
escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueo de la
casa.

Era ste segn dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su
rostro bonachn y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez
algo de la ms discreta y sazonada malicia.

Espaol neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones  ideas, poda
servir de modelo para trazar el tipo popular de su poca. Como gran
devoto, todas las noches acompaaba  los rosarios que salan por las
calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de
hbil; y tanta era su aficin  las corridas de toros, que ningn lunes
de la temporada dejaba de asistir  su _asiento de cajn_, desde el cual
daba lecciones  los diestros, de quien era gran amigo, y muy
particularmente de Jos Delgado, _Illo_,  quien censuraba con la mayor
energa si alguna suerte no le pareca bien concluda.

Naci Gzquez  mediados del siglo XVIII, y se cri en medio de las
mayores privaciones; al cabo de muchos aos de trabajo pudo verse dueo
de una tienda, y entonces se cas con una mujer ms joven que l y no
exenta de gracia y hermosura; fu sumamente econmico, aunque la echaba
de hombre de rumbo; goz de una popularidad extraordinaria, pues todos
los vecinos de Sevilla le conocan, y falleci de unas calenturas 
principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.

Pero los aos no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el
buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el
regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que saba
contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.

El modo de hablar que tena Gzquez y su pronunciacin peregrina y
extraa, as como el tono formal y grave que daba  sus discursos,
acrecentaban la risa de cuantos le oan y entablaban con l polmicas y
discusiones.

Era costumbre suya asistir por las tardes al clebre puesto de aguas de
Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto  los
Almacenes del Rey, y all pasaba largusimos ratos, pagando dos  tres
cuartos  un individuo para que le leyese la _Gaceta_, nico papel que
por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor
atencin, para aadirle luego los ms sabrosos y saladsimos
comentarios.

Imposible es relatar aqu las ancdotas, cuentos y chascarrillos que
salieron de los labios de Gzquez, y que todos conocen: reunindolos,
aunque fuesen slo aquellos sobre los que no cabe duda de su
autenticidad, se formara un volumen. Quin no ha redo con los donosos
embustes de Manolito Gzquez? Quin no conoce hoy su nombre en Espaa?

_El Solitario_ le dedic un precioso artculo en sus _Escenas
Andaluzas_; D. Mariano Pina lo sac  escena en una linda comedia, y
nosotros nicamente nos hemos propuesto en estas lneas consagrarle un
recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo
le atribuye.




LXIII

EL TEATRO PRINCIPAL

     Las contradicciones que sufri el teatro desde el siglo XVII en
     Sevilla daran materia  una interesante memoria.

     VELZQUEZ Y SNCHEZ.


En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden
agustina, se construy en 1795 un teatro, al que, por ser el ms
importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le di el
nombre de _Principal_.

Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar
con la oposicin de numerosas y principales familias de la ciudad, que
haban declarado guerra sin cuartel  las representaciones escnicas.

No contribuy poco--dice un autor-- la persecucin rencorosa contra D.
Pablo Olavide el tesn y formal empeo con que, siendo Asistente,
afront en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al
arte dramtico, protegiendo los espectculos lricos.

Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron  las autoridades 
mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasin de la
fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que asegur que si se
derribaba el teatro, jams se vera la ciudad invadida por la peste.
Cuatro aos despus, atendiendo el Rey  las justas reclamaciones de la
empresaria, seora Sciomeri, hizo que se abriera el _Principal_, y en
Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvi  prohibir las comedias,
autorizadas ms tarde cuando vino  esta ciudad Jos Bonaparte.

Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento coste una
magnfica funcin de gala para obsequiar al _Intruso_ y  los personajes
de su squito.

Permitise en ella la entrada gratuita al pblico para las galeras, y
se puso en escena _La dama sutil_, comedia entonces muy en boga,
representndose tambin un sainete, y terminando el espectculo con el
indispensable baile nacional.

El nuevo Rey ocup el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que
era el que le estaba destinado, y tras l tomaron asiento sus consejeros
Aranza, Cabarrs y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el
Marqus de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla,
que lo era por aquella poca D. Joaqun Lendro de Sols.

Dentro y fuera del teatro se despleg gran aparato de fuerza, ocupando
los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho
de la calle de la Muela.

Otra funcin clebre se verific en el _Principal_ aos despus, y la
que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822
entr de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las
aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente da
asisti al teatro, que se haba adornado con banderas y trofeos,
iluminndose con gran profusin y gusto.

Apenas se present Riego en el palco, el pblico comenz  vitorearle
con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia
enton  coro el famoso _himno_ tan popular en Espaa, siendo escuchado
con la mayor complacencia por el hroe de Las Cabezas, que tan
aficionado fu  recibir muestras de simpatas en pblico.

En 1823 las hordas absolutistas al grito de _Vivan las caenas!_
produjeron grandes destrozos en el teatro _Principal_, desbaratando la
maquinaria, incendiando su guardaropa y no dejando nada del rico
_atrezzo_ y mobiliario, arruinando casi por completo  Calderi, popular
empresario por aquella poca tristsima.

En 1833 su propietario el Marqus de Guadalczar hizo importantsimas
mejoras en el local, que se inaugur en 26 de Marzo del ao siguiente
con tres selectas compaas de pera, verso y bailes nacionales.

Por aquella escena cruzaron los artistas ms notables de la poca: all
escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; all deleitaron  los
concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano
Fernndez; all recibieron las ms calurosas ovaciones Joaquina Baus,
Matilde Dez y la malograda Pepa Valero, y all, en fin, se escucharon
las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por
cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartn, Lombardi
y Curti.

En el _Principal_ se estrenaron los ms notables dramas de la escuela
romntica, las comedias ms famosas de nuestro teatro antiguo, y
aquellas inolvidables obras llamadas de _magia_, que tanto deleitaron al
vulgo en la tercera dcada de nuestro siglo.

Gonzlez de Len describe as el interior del coliseo, segn estaba en
1834:

Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura
es un semicrculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo
raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas.
En el piso primero, y al frente, est el palco de la autoridad...
decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados
veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintids palcos
comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas,
que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama _cazuela_, y es
el sitio destinado para slo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de
largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que
son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas
gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200
personas.

La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo perteneca  un gnero: uno
era gtico, otro rabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto
abigarrado, que no deba ser del mejor gusto.

Entre los numerosos y curiossimos apuntes que hemos hallado relativos
al _Principal_, citaremos uno que probablemente ser desconocido para
nuestros lectores.

La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrense en este teatro una pera
titulada _El solitario del monte Salvaje_, que despert grandemente el
entusiasmo del pblico y le hizo prorumpir en continuos y atronadores
aplausos.

Pidi la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y result ser
sta de D. Miguel Hilarin Eslava, Maestro de capilla de la Catedral,
quien fu obligado  presentarse en el palco del Asistente, ya que su
calidad de sacerdote le prohiba salir  escena, recibiendo una ovacin
franca y espontnea, que volvi  repetirse en las siguientes noches en
que se anunci en los carteles la pera del autor del _Miserere_.

El teatro _Principal_ cerr para siempre sus puertas el ao de 1858,
despus de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo
se alza hoy uno de los mejores y ms amplios edificios que embellecen 
la capital de Andaluca.




LXIV

LA FIEBRE AMARILLA

      medida que creca el nmero de atacados de la peste y el de las
     defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las
     autoridades y los abusos y desrdenes.

     JUSTINO MATUTE.


El primer ao del presente siglo no pudo ser ms funesto para nuestra
ciudad, pues ocurri en l la invasin de la terrible epidemia conocida
con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas
personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.

Los daos que caus la epidemia fueron tantos, y tantas las vctimas que
de ella sucumbieron, que Sevilla qued en la situacin ms angustiosa; y
como entonces no se contaba ni con los adelantos cientficos, ni con los
medios que hoy se cuenta para aliviar estas pocas calamitosas, pueden
formarse idea nuestros lectores de lo que sera aquella invasin,
comparable slo  la _peste levantina_ de 1649.

 poco de iniciarse la fiebre en Cdiz, donde la introdujeron unos
buques que del Norte de Amrica venan, comunicse  Sevilla, cuando
ms descuidadas estaban las autoridades, y cuando ms sosegado el
vecindario disponase  pasar el esto del ao 1800.

Corran los primeros das del mes de Agosto, y una maana empezaron 
sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y
casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Luca, extendindose la
epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San
Romn y Santiago y otras parroquias.

Entonces se apoder de los habitantes de la ciudad un miedo terrible;
muchas familias emigraron precipitadamente;  la Junta Sanitaria
faltronle medios para evitar el aumento de la invasin, y todo fu en
los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.

 poco lleg de Madrid una comisin facultativa, bajo la presidencia del
mdico de cmara don Jos Queralto, y en unin del Asistente interino,
que lo era D. Antonio Fernndez Soler, por hallarse en la corte el Conde
de Fuenteblanca, comenz  tomar medidas oportunas y  dar prudentes y
acertadas disposiciones.

Creca entre tanto la epidemia, alcanzando unas proporciones
aterradoras; creca al mismo tiempo el pnico y la angustiosa situacin
de los vecinos de Sevilla, y  fines de Agosto y principios de Setiembre
hubo da en que fallecieron ms de 460 personas.

Nada tan terrible como el aspecto que entonces ofreca nuestra ciudad:
llenas las iglesias de cadveres, sepultbanse en anchas fosas abiertas
en los Humeros, en San Vicente y en Triana; las hermandades recorran de
noche las calles, sacando en procesin de rogativa sus imgenes,  las
cuales entonaban en voz alta fervorosas oraciones; taan lgubremente
las campanas de todas las iglesias; veanse en todas las casas escenas
desgarradoras de llanto y de desolacin; en los hospitales prestaban
servicio de enfermeros los presos de la crcel, por haber muerto cuantos
empleados haba; los talleres y establecimientos estaban cerrados, as
como las oficinas y salas de la Audiencia; los vecinos formaban
cuadrillas, que recogan cadveres y les daban sepultura; los hermanos
de la Caridad cruzaban por los lugares cntricos demandando limosnas
para los enfermos; escaseaban los artculos de primera necesidad en los
mercados y almacenes, y en las horas de la calurosa siesta reinaba por
los barrios un silencio imponente, que era turbado tan slo por el ruido
de los carros pintados de negro que conducan muertos  las fosas  por
los llantos y lamentos que de las viviendas salan.

Dur tan terrible perodo hasta fines de Octubre, comenzando entonces 
descender el nmero de las invasiones, y siendo menos cada da el de los
fallecimientos.

Segn los datos que tenemos  la vista, y que estn tomados del
manifiesto que hizo publicar el Ayuntamiento, sucumbieron en nuestra
poblacin de la fiebre amarilla 14.685 personas, fueron atacadas 76.483,
y curaron del mal 61.718.

El domingo 23 de Noviembre cantse con toda solemnidad el _Te-Deum_ en
la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis Mara de Borbn, Infante de
Espaa, el Capitn General con los jefes y oficiales de la guarnicin,
el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y
entidades de Sevilla, celebrndose en los das sucesivos multitud de
funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.




LXV

EL PUESTO DE AGUA

     Qu persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de
     venir todas las tardes de verano  beber la deliciosa agua de
     Tomares que con tanta limpieza nos da el to Paco, y  ver este
     puente de Triana, que es lo mejor del mundo?

     EL DUQUE DE RIVAS.


 la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y
teniendo  su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y
el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Catlicos, hubo en
otros tiempos una especie de botillera al aire libre,  puesto de agua,
que lleg  ser famoso por ms de un concepto, y que aventajaba 
cuantos establecimientos de igual ndole haba en Sevilla.

Todava existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen  su
memoria aquel lugar, que va en ellos unido  los plcidos ecos de la
juventud perdida, se complacen en describir el clebre puesto de agua
inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de
Jimnez Aranda en uno de sus ms bellsimos lienzos.

Quin no ha visto ese drama grandioso que se titula _Don lvaro  la
fuerza del sino_? En su primer acto se presenta al pblico el puesto de
agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que  l asistan,
y donde tiene principio la exposicin de la obra.

El establecimiento estaba formado por una alta estantera, un mostrador
y varios bancos de madera, y mesillas pequeas colocadas
convenientemente. En la estantera encontrbanse cuatro grandes cntaras
de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca,
que en esto presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios
vasos de cristal, puestos en fila, convidaban  apagar la sed de los
transeuntes, y cerca de ellos se vea la cesta de panales, las botellas
con almbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y
otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del pblico.

En la parte ms elevada de la estantera, y con gruesos caracteres,
haba un letrero donde podan leerse estas palabras: _Puesto de agua de
Tomares_; y la fama que dicho puesto tena comenz  hacer que la gente
asistiese all, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se
reunan muchas personas de las ms conocidas en Sevilla  fines del
siglo XVIII.

Todas las tardes de primavera y verano el dueo del _establecimiento_,
que era un gallego bonachn y pacfico, cuando pasaban las horas de
calor sofocante y empezaba  esconderse el sol, regaba la caliente
tierra, quitaba las cortinas y dispona los asientos para los
contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un nmero regular.

All asistan seores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de
chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados,
comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando,
algn estudiante locuaz  algn desocupado ingenioso que amenizara la
tertulia con sus dichos  agudezas.

Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran
dignos de la mayor atencin. En unos se lea en voz alta la _Gaceta_,
descubrindose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se
jugaba  las damas  al _solito_; en ste se conversaba sosegadamente
sobre cualquier asunto de actualidad, y en aqul se pasaba el rato
mirando  las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el
donaire natural de las hijas de esta tierra.

Uno de los concurrentes ms asiduos al puesto de _agua de Tomares_ era
el clebre velonero Manolito Gzquez (de quien ya nos ocupamos), que
haca las delicias de cuantos le oan por sus ingeniosidades con visos
de inocente simplicidad; otro era el diestro _Pepe-Illo_, que ms de una
vez improvis all alegres _juergas_, y pag el gasto de todos con aquel
rumbo de los toreros de otros tiempos; y tambin merece recordarse que
all asistan el grave Oidor Bruna, el padre _Verita_, el poeta Arjona
y otros muchos hombres de ms  menos importancia.

La agradable vista que desde el _puesto de agua_ se disfrutaba haca
mucho ms amena la estancia en l, y  veces solan prolongarse las
tertulias hasta que las campanas de la _Giralda_ daban el toque de
Queda.

Durante los das de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y
los petimetres salan  solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones
hacan alto en el clebre puesto, donde en aquella estacin se vendan
castaas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises,
segn era tradicional costumbre.

Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo
nmero de aos; y cuando comenzaron  sentirse los primeros chispazos de
aquella revolucin que haba de trastornar por completo el antiguo orden
de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empez  sentir
los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el
humilde, el olvidado, el sencillo _puesto de agua de Tomares_ se
convirti en centro de patriotas, que ms de una vez prestaron
estimables servicios  la nacin. Y entonces ya no se conversaba
pacficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba  las damas
ni al _solito_, y nicamente se discutan planes y se formaban
combinaciones para destruir el comn enemigo.

 todo llega su trmino, y lleg tambin para el _puesto de agua de
Tomares_, que desapareci por los aos de 1820, despus de haber visto
pasar y reunirse en derredor suyo  los manolos y  los majos,  los
petimetres y tutores,  los liberales y absolutistas, y  otros muchos y
famosos tipos, que jugaron importantsimos papeles en aquellas
generaciones.

El Duque de Rivas en su drama, y Jimnez Aranda en su cuadro ya citado;
han hecho imperecedera la memoria del _puesto de agua de Tomares_, y 
l nos ha parecido oportuno dedicar tambin aqu un modestsimo
recuerdo.




LXVI

MATUTE Y GAVIRIA

     No slo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras
     amenas, sin que se afanaba por infundir su entusiasmo en el nimo
     de los dems.

     EL MARQUS DE VALMAR.


El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes
mritos, muy amante de su patria, y persona de ilustracin, no es tan
conocido como debiera serlo, y puede decirse que,  no ser por la
generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la _Sociedad
del Archivo Hispalense_, que publicaron algunas de sus obras, sera muy
reducido el nmero de las personas que podran hoy apreciar el valor de
sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todava inditos, en la
_Biblioteca Colombina_ algunos, y en poder de particulares otros.

Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas  vulgarizar el
nombre de Matute, daremos aqu una breve noticia de su vida, que hemos
sacado teniendo presentes varias biografas y apuntes literarios.

Naci el da 28 de Mayo de 1764, y se bautiz en la iglesia parroquial
del Sagrario. Disfrutaban sus padres cmoda posicin, y desde muy nio
lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Toms.
Estudi luego la carrera de Medicina, y se gradu de Bachiller en 1787.
Al siguiente ao, en unin de otros varios amigos, organiz una Academia
literaria, donde di  conocer sus primeros trabajos en prosa y verso.
Prest grande ayuda al erudito Cen Bermdez cuando vino  estudiar los
monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas ms
ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran
consideracin y estima. En 1803 fund _El Correo de Sevilla_, peridico
cuya coleccin es bastante curiosa, que vivi hasta el mes de Mayo de
1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que haba aqu
entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mrmol, Castro, Roldn y
otros.

Desde 1807  1810 desempe la ctedra de Retrica en la Universidad; y
habindose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de
Jerez de la Frontera, cargo que conserv hasta el verano de 1812. En
Setiembre de este ao fu preso en la citada poblacin, vindose libre 
los dos aos, gracias  un indulto de Fernando VII,  quien haba
presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisin escribi algunos
trabajos, y vuelto  Sevilla se dedic con verdadero afn  las
investigaciones histricas y arqueolgicas. Sufri un ataque de
parlisis en 1824, y  consecuencia de esta enfermedad, que le hizo
pasar sus ltimos das en estado lamentable, muri el 11 de Mayo de 1830
en su patria.

La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues  pesar de las muchas
obras que este hombre dej escritas,  pesar de sus muchos
conocimientos, y de lo que se afan por enaltecer  Sevilla, no tiene en
ella el menor recuerdo; y  no ser por los motivos que ya apuntamos al
principio de estas lneas, sus obras seran casi ignoradas del pblico.

Fu D. Justino Matute persona de grande ilustracin, de claro juicio, y
de buen gusto en materias artsticas y literarias. No se cansaba de
atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y
pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todava inditos.
Dist Matute algo de ser excelente prosista, pero escriba con claridad;
y aunque desaliado  incorrecto, se leen con agrado sus trabajos.
Participaba de muchos defectos comunes  los autores de su tiempo, y era
imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.

Hizo tambin versos; pero de mrito tan escaso, que seguramente no
tendrn hoy ni media docena de lectores. Vzquez y Ruiz, bigrafo y
entusiasta de D. Justino, dice con mucha razn que Matute, aunque
conoca perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo
remontar su vuelo  la cumbre del Parnaso; y D. Leopoldo Augusto de
Cueto escribe: Careca de inspiracin, de naturalidad, de vigor
potico, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de
encanto rtmico. Por ningn lado era poeta.

Como historiador diremos de l que, como no posea imaginacin lozana y
fantasa suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello
ropaje, ni saba utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus
libros ofrecen slo un cmulo de materiales, en extremo apreciables, de
los que se puede sacar mucho importante y algo tambin intil.

Las obras ms conocidas de Matute son las siguientes:

_Aparato para escribir la historia de Triana_, _Bosquejo de Itlica_,
_Adiciones  los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora_, _Anales
eclesisticos y seculares de Sevilla_ y _los Hijos de Sevilla sealados
en santidad, letras, armas, artes  dignidad_. Estas tres ltimas han
sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un
aplauso los que las han dado  luz.

Falleci D. Justino Matute en la casa nmero 21 de la calle Pajera, y
creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lpida conmemorativa en
la fachada del citado edificio, que lleva hoy el nmero 32, el cual se
encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espir, anciano
y casi pobre, aquel escritor, que pas su vida entregado  continuos
trabajos y desvelndose por engrandecer  la ciudad donde tuvo su cuna.




LXVII

LA PLAZA DE TOROS

     Las plazas, circos, cosos  palenques, que de todos los dichos
     modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de
     toros, lejos de ir decreciendo en nmero, han tenido notable
     aumento.

     J. SNCHEZ DE NEIRA.


Este edificio, situado no lejos de la orilla del ro, y en el paseo que
antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aqu un lugar, ya que siempre
fu el pueblo de Sevilla tan dado  las corridas de toros.

Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer
mencin de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza
de Toros, nos limitaremos  dar un breve extracto de su historia, que
quiz sea ledo con gusto por los taurfilos que la ignoren.

 principios de Febrero del ao 1729 visit  Sevilla el monarca D.
Felipe V, acompaado de su esposa D. Isabel de Farnesio y de los
Infantes y alta servidumbre de la real casa.

Celebr entonces la poblacin multitud de festejos en honor del Monarca,
invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las
solemnidades que ms agradasen al jefe del estado.

 su regreso de Cdiz, y poco antes de marchar  Madrid, asisti el Rey
 una fiesta hpica que organiz la Maestranza de Caballera, y fu tan
de su gusto aquel acto, que, deseando premiar  los caballeros
maestrantes, concediles, entre otras gracias y facultades, la de poder
celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos
productos se destinaran  la conservacin de la Hermandad.

Pasados algunos aos, la Maestranza escogi para construir el circo unos
terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los
trabajos, que se llevaron  cabo con mucha actividad, pues en ellos se
ocuparon gran nmero de operarios y maestros de los ms inteligentes.

Hemos tenido ocasin de ver un curioso ejemplar del cartel de las
primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los das
20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de inters, copiamos los
siguientes prrafos.

Los toros lidiados eran de las ganaderas siguientes, y llevaban las
divisas que se expresan.

Del Marqus de Ruchena, _Anteada_.--De don Francisco del Ro y Risco,
_Blanca_.--Del Algaravejo, _Negra_.--De D. Ramn Liberal, _Encarnada y
blanca_.--De D. Toms de Rivas, _Encarnada_.--De D. Francisco Ezquivel,
_Azul y encarnada_.--De don Fernando Offorno, _Verde y blanca_.--Del
Conde del guila, _Azul y blanca_.--Del Marqus de Medina, _Azul y
anteada_.--De D. Luis de Ibrburu, _Encarnada, azul y blanca_.--De
Manuel Gonzlez, _Pajiza y morada_.--De Gregorio Vzquez, _Negra y
blanca_.

Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su
redaccin y los detalles que encierra. Dice as:

En los dos referidos das se dar muerte  44 toros de las dichas
castas, probando fortuna  su braveza de caballo los diestros Cristbal
Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de  pie los conocidos Juan
Miguel, Manuel Palomo, Joaqun Rodrguez y Antonio Albano. Dios quiera
se ejecuten sin la menor desgracia; recordando  los aficionados  esta
diversin contamos desde las primeras fiestas pblicas en Espaa
seiscientos sesenta y tres aos, en cuyo espacio se han formado varias
plazas en nuestra Pennsula, excediendo, estando acabada (no s si diga
 las del Orbe), la de esta ciudad.

Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la
precipitacin con que se construy, hundise la mayor parte en el
invierno de 1766.

Entonces se hizo de material, segn el plano de D. Vicente Sanmartn, y
capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el ms extenso que
se conoca; los tendidos tenan nueve filas de asientos; las gradas
altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas
columnas, y el palco real fu construdo de piedra tallada, con
antepecho de mrmol y rematando en un gran escudo con las armas de
Espaa.

Desde que se termin la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo
que no trabajase en ella. _Martincho_, Jos Cndido, Miguel Glvez,
Antonio de los Santos, Francisco Herrera _Curro_, Julin Arocha, Lorenzo
Baden, _Perucho_, y otros ms, cuya enumeracin sera enojosa, lidiaron
reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los
de Andaluca.

En esta plaza alcanz las mayores ovaciones Joaqun Rodrguez
_Costillares_, inventor de la suerte del volapi; en esta plaza se
celebraron las famosas competencias entre Romero y _Pepe-Illo_, que
tanto daban que discutir  los aficionados de antao; y por ltimo, en
esta plaza sufrieron gravsimas cogidas no pocos diestros de  pie y de
 caballo.

En el da 26 de Octubre de 1805 descarg sobre nuestra ciudad un cicln
como pocos se haban conocido, y entre muchos destrozos, los produjo
grandsimos en el circo taurino, pues derrib toda la gradera de madera
que formaba los tendidos de sol, arrojando  muy considerable distancia
los tablones y herrajes.

Durante la dominacin francesa se dieron en la plaza algunas corridas en
honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron  veces la entrada
libre, costaba gran trabajo que el pblico asistiese  las fiestas, por
lo cual las localidades se vean llenas de dragones, de _mamelucos_ y
dems gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del
ms religioso silencio.

Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurra todos los lunes
 la corrida de toros, y muchas veces diriga la lidia con seas que ya
tena convenidas, complacindose mucho cuando el pueblo se alborotaba
por cualquier cambio de suerte inoportuno  cuando silbaba  un diestro
que perteneca  los _negros_.

Juan Len, _Rigores_, Montes, Domnguez, _Cchares_, Pastor, _El Lavi_ y
Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las
temporadas desde 1829  1840, y las parcialidades que por estos
lidiadores tenan sus partidarios dieron en ms de una ocasin motivo 
serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que
intervenir la autoridad para aplacar los acalorados nimos.

Imposible nos sera encerrar aqu los nombres de todos los diestros que
en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad,
as como tambin los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las
sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el
pblico.

Qudese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional,
y dispongan de la paciencia y tiempo que  nosotros nos falta, y
concluyamos estas lneas haciendo mencin nicamente de las obras que se
llevaron  cabo en la plaza el ao 1884, y despus de las cuales ha
quedado como una de las mejores de la Pennsula.




LXVIII

UN AUTO DE FE

     Ms all: santo Dios! Aqu yace la Inquisicin... muri de
     vejez.

     MARIANO JOS DE LARRA.


Aunque durante los tristes aos de la reaccin absolutista,  sea desde
1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de
Espaa, como Murcia, Valencia y Logroo, autos pblicos por las _Juntas
de la Fe_, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la
Inquisicin, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes
espectculos, si bien fu teatro de otros no menos lamentables, llevados
 cabo por las pasiones polticas, tan excitadas en aquellos tiempos.

La ltima vctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de
Andaluca fu una mujer ciega llamada Dolores Lpez, conocida por la
_Beata Dolores_, de quien ya hemos hablado, que fu ahorcada y reducido
su cuerpo  cenizas en el lugar del _Quemadero_, situado en el extenso
prado de San Sebastin.

Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la
Inquisicin de Sevilla celebrase otro auto pblico de fe hasta el
verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fu el ltimo de los
que en nuestra ciudad se presenciaron, y que,  decir verdad, dist
mucho de encerrar toda la importancia que solan tener los que se
efectuaron en los siglos XVI y XVII.

Aunque hemos tenido ocasin de ver algunos papeles relativos al suceso
objeto de estas lneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa;
limitndonos  extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede
ampliarlas el lector, si gusta, repasando el _Diario_ manuscrito de
Gonzlez de Len y las obras impresas de algunos otros.

El tribunal de la Inquisicin estaba  principios de siglo establecido,
como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la
Alameda de Hrcules, edificio que hasta la expulsin de los jesutas
haba servido de colegio  los discpulos de Ignacio de Loyola, y que
casi fu destrudo por una explosin el memorable da de S. Antonio del
ao 1823, da terrible en los fastos de nuestra moderna historia.

En el auto que vamos  describir figuraba un reo vecino de esta ciudad,
si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores
consultados no lo citan, y en el manuscrito de Gonzlez de Len estn
como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona
castigada. Slo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana
posicin, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de
Len (hoy de San Fernando).

Era acusado este individuo de haber negado en pblico y con gran calor
los dogmas de la Religin catlica, y de haber cometido actos inmorales
y brbaros con tres jvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.

Haca ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba
preso en la Inquisicin, y en el citado da 10 de Junio celebrse por
fin el auto pblico, al que concurri una inmensa muchedumbre.

Los inquisidores D. Francisco Rodrguez Caraza, D. Ramn Vicente y
Monzn y D. Joaqun Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situ
sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto
para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompaamiento de
familiares, alguaciles y soldados, asistiendo tambin  aquel acto el
Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el
regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los
jefes de distintas corporaciones, y gran nmero de invitados, que
tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos  la fachada
de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala,
y luciendo las insignias con que estaban honrados.

Ya dispuesto todo, comenz  la una del da la ceremonia con toda la
gravedad del caso, y despus de largos preliminares, di principio la
misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbtero D. Justo
Ballesteros.

Llegado que fu el _Introito_--escribe un testigo ocular--se empez 
leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Prez Tllez; y
acabada que fu de leer la dicha causa, sigui la misa hasta su
conclusin. El reo fu condenado  tres aos de presidio en frica,
forzosos, y  tres aos de penitencia en el mismo para ensearle la
doctrina cristiana.

La crecida multitud que se apiaba en la plaza de San Francisco no quiso
perder un detalle del largo espectculo, y permaneci quieta en aquel
lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se di por terminado, con
gran satisfaccin de muchos de los que por obligacin haban asistido.

Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le
dirigieron algunas palabras insultantes,  las cuales contestaron otros
grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy
afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente di motivo 
alguna confusin, que no tard en sofocarse, sin que tuviera ms
consecuencias.

Rodeado de alguaciles y familiares, fu de nuevo el delincuente  la
prisin, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se
le haba impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada
con las que en otros tiempos impona el Santo Oficio.

Ese fu el ltimo auto pblico de fe que se celebr en Sevilla, segn
los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.




LXIX

EL RETRATO DE GODOY

     D. lvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos
     digno de lstima que aquel que fu condenado por el destino 
     sobrevivir  su desgracia y  verse privado de todo, despus de
     haberlo gozado todo.

     MARIANO JOS DE LARRA.


Referir aqu, por breves palabras con que lo hiciramos, el famoso motn
de Aranjuez, que tuvo lugar en los das 17, 18 y 19 de Marzo del
inolvidable ao 1808, sobre ser contrario  nuestro propsito,
resultara fuera completamente de la ndole de estos apuntes.

Hacemos merced  los lectores de aquellos sucesos, creyndolos
sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que
les dieron origen; y, limitndonos  Sevilla, referiremos una ancdota
olvidada tal vez de muchos y desconocida quiz de no pocos.

El odio popular que en toda Espaa se haba levantado contra el favorito
de Carlos IV, D. Manuel Godoy, estall de una manera terrible y
amenazadora conforme se divulgaron por la Pennsula las noticias de las
escenas que acababan de ocurrir en Aranjuez, y que tan claros ponan de
manifiesto al fantico pueblo la perfidia y dobls del Prncipe de
Asturias.

Ciegos los sevillanos por el joven que contra sus propios padres
conspiraba, y creyndole dechado de todas las virtudes, le atribuan
cuantas perfecciones pueden adornar  un monarca para hacer la felicidad
de una nacin. Aborrecan todos  aquellos personajes que rodeaban  los
reyes, suponindoles verdugos y opresores de D. Fernando; pero el hombre
que ms generalmente era aborrecido era Godoy, tan injustamente
calumniado por los historiadores de nuestros das, como lo fu por sus
contemporneos.

Los encarnizados enemigos del Prncipe de la Paz solan reunirse en un
caf que haba por entonces en la calle Gnova, y en este local,
convertido en _club_, pronuncibanse  diario discursos contra el
favorito, y salan de boca de todos los concurrentes las frases ms
obscenas y los dichos ms denigrantes.

La tarde del 22 de Marzo spose en Sevilla la cada del valido; y,
conforme circul esta noticia por la ciudad, levantse el pueblo,
acaudillado por aquellos asiduos contertulios del caf de calle Gnova.

Numerosos grupos de gente de la plebe invadieron las calles, dando
mueras  Godoy, y produciendo infernal gritera, reunindose en la
plaza de San Francisco en actitud amenazadora y terrible.

All permanecieron largo rato vociferando y reuniendo gente, y cuando
los amotinados formaban un nmero bastante crecido, penetraron por la
calle Sierpes, dirigindose al hospital de S. Juan de Dios, situado en
la de Gallegos.

El ao 1807 el Prncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho
hospital, habase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y
con tal motivo habase celebrado en la iglesia una funcin solemne,
colocndose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al
altar mayor.

Era este retrato, pintado por D. Jos Cabral, una verdadera obra de
arte, no slo por su perfecto parecido, sin por lo correcto del dibujo,
la hbil combinacin de los colores y lo acabado de la ejecucin. En el
lienzo apareca el generalsimo vestido con un lujoso uniforme militar,
cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla,
pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el
cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se
ostentaba el escudo del Prncipe.

Lleg la multitud, como decamos,  las puertas de San Juan de Dios;
all pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en l la
rabia y el encono de que estaban posedos.

Reclamronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados
para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entr
como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la
capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fu arrastrado  la
calle entre feroces gritos de insensato jbilo.

La plaza del Salvador fu teatro entonces de una escena singular y
extraa. Haba cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las
casas prximas, aplicndolas al lienzo, que fu destrozado y convertido
en leves cenizas, que disip el viento.

Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos
formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hbilmente
trazada por el artista y llenndola de insultos y desvergenzas de todas
clases.

Perdise para siempre aquel hermoso cuadro, que poda hoy ser admirado
en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocbanse
tambin en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida
poltica ha sido tan calumniada.




LXX

EL CURA DE TRIANA

    Los viles espaoles
      afrancesados,
    ya han recibido el premio
      de sus cuidados:
       pie caminan,
    y aguardan por momentos
      ver su rina.

    (_Copla patritica._)


En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas
imperiales, que cometan en la ciudad los mayores desafueros, burlndose
descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente
al patbulo  cuantos hacan el menor esfuerzo para contribuir  romper
aquel ominoso yugo.

Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos
patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiracin terrible
que, de no haberse malogrado, quiz hubiese hecho  Sevilla teatro de
los episodios ms gloriosos y sangrientos.

En tales circunstancias, y cuando ms acalorados estaban los nimos,
repartironse  las personas de la poblacin convocatorias, en las
cuales se invitaba  los devotos para asistir  una gran funcin
religiosa, que habra de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la
parroquia de Santa Ana, para _dar gracias al Cielo por la feliz venida
al trono espaol de su majestad Jos I_.

La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurrselos
nuestros lectores; y subi de punto la indignacin al saberse que ni las
hermandades ni el clero de Triana haban autorizado semejante conducta,
y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Seora de la O,
quien, no sabiendo cmo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella
idea imprudente y digna de la mayor censura.

D. Jos Areijas, que as se llamaba el presbtero afrancesado, no lleg
 amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la
defensa de los invasores, desoy cuantas reflexiones algunos amigos
llegaron  hacerle, y el da anunciado por la convocatoria dispuso con
la mayor actividad cuanto era necesario para la funcin religiosa
aplicada al buen hermano de Napolen.

Seran las once de la maana cuando numerosos grupos de hombres
penetraron en el templo, y colocndose con el mayor disimulo en varios
puntos, aguardaron  otros muchos, que poco  poco fueron entrando, y al
comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se vean
completamente llenas, n de aquel pblico devoto y tranquilo que
diariamente asista  los cultos, sin de una muchedumbre inquieta y
nada pacfica, cuyos rostros no eran  la verdad muy sosegados.

Continu la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera:
lanzaba el rgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus
continuas salmodias, y cuando la msica y los cantos terminaron,
apareci en lo alto del plpito el cura Areijas, quien, despus de los
latines de ordenanza, di principio al sermn que ya tantas veces haba
preparado.

Qu sermn aquel! qu palabras, qu prrafos, qu pensamientos
aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que  los ojos de
Dios era muy agradable el reinado de _Pepe-Botella_, que la felicidad de
Espaa dependa de los invasores, y condenaba la guerra que se les
haca, aplicando los dictados ms injuriosos  los que l llamaba
traidores  ilusos empeados en rechazar los que el Cielo haba
destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.

 medida que avanzaba en su discurso, excitbase el cura Areijas, y
manoteaba entusiasmado: ora extenda los brazos, adoptando trgicas
actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y
chispeantes, y ora, en fin, apretando los puos, descargaba fuertes
golpes sobre la baranda del plpito. Guardaba el concurso profundo
silencio; pero cuando ms embebido y fuera de s estaba el padre,
escuchronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qu lugar del
templo salan:

--Embustero!--dijo la voz con acento terrible;--eso es profanar la
ctedra del Espritu Santo...

Entonces estall la tormenta que haca largo rato estaba contenida; por
doquier se oyeron gritos y protestas, la gente corri buscando la calle,
unos se atropellaban, otros se dirigan  encontrar al cura, muchos
mostraban armas, y cuando mayor era la confusin, el escndalo y el
alboroto, son un disparo en la plaza, y apareci en seguida en el
templo un escuadrn de dragones franceses, quienes dispersaron 
sablazos los grupos, cerraron la iglesia y escoltaron al cura
antipatriota, para librarlo de las iras populares, terminando as
aquella funcin religiosa en mal hora organizada por el atrevido
presbtero.




LXXI

ENTRADA DEL REY INTRUSO

     El que veis, sevillanos, es el justo, es vuestro amable rey Josef
     Primero, cuyo semblante plcido y augusto muestra que, corazn
     grande y sincero, ver su pueblo feliz slo es su gusto, pues dirige
      este fin todo su esmero...

     A. LISTA.


Una pgina de la historia de nuestra ciudad vamos  recordar aqu,
pgina triste para los buenos patriotas de otros tiempos, y alegre para
los ejrcitos del Capitn del siglo, que invadieron nuestro suelo,
dejando en l eterna memoria.

El jueves, primero de Febrero de 1810 entraron en Sevilla los franceses,
despus de haber cometido todo gnero de excesos en los pueblos de la
provincia.

Cuando las tropas imperiales se acercaban  la poblacin, el paisanaje,
alborotado, recurri  las autoridades en demanda de auxilios para
preparar una defensa herica contra los invasores; pero lo mismo el
Capitn General que el Asistente y que el Cabildo Eclesistico,
procuraron calmar la laudable efervescencia del pueblo, y por cuantos
medios les fu posible impidieron que ste se dejase llevar de sus
patriticos sentimientos.

Ansiaban los invasores--escribe el seor Gmez maz--verse dueos de
Sevilla; y si  ello les incitaba la codicia por la fama que siempre
goz de bella, alegre y riqusima, en la que esperaban hallar una
especie de edn  lo morisco donde gozar de regalada vida con
acrecentamiento de la hacienda, no menos la apetecan como punto
estratgico y cuartel general de operaciones en la zona andaluza, por la
situacin topogrfica... Maestranza, Pirotecnia, Fundicin, Parque de
Artillera y va fluvial, unido todo esto  propios recursos,
importancia y riquezas.

Hallndose los franceses en Torreblanca, una comisin, formada por
individuos del clero, de la magistratura, de las armas y de la nobleza,
pas  entenderse con Jos Bonaparte, proponindole una capitulacin que
librase  la ciudad de desgracias y de atropellos.

Acept el _Intruso_ la capitulacin, que despus fu cumplida con
poqusima exactitud, y poniendo en marcha las tropas, entraron stas en
la ciudad  las once de la maana del ya citado primer da de Febrero.

Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando,
haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronera tan caracterstica
de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan
bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las
pocas personas que acudieron  presenciar su llegada.

Al divisarse el coche donde vena Jos Bonaparte las campanas de la
_Giralda_ lanzaron alegres repiques, disparronse multitud de cohetes, y
el Ayuntamiento y el Cabildo salieron  saludar al _Intruso_ al prado de
San Sebastin.

El hermano de Napolen se ape del vehculo, y mont  caballo,
colocndose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una
numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.

Era aquel da sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado
y transparente, la atmsfera estaba limpia y despejada, todo lo cual
contribuy mucho  dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla
las poderosas huestes de Bonaparte.

Entre los diversos personajes que acompaaban al flamante Monarca,  ms
del general Soult, duque de Dalmacia, del Barn Darica y de Senarmont,
venan sus consejeros Aranza, Cabarrs, Sols, Montarco y Melndez
Valds, el Duque de Treviso, el Marqus de Riomilano, O-Farril, Urquijo,
Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantsimos papeles en
aquel tiempo digno de eterna recordacin.

Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de
militar estruendo, pas por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de
Jerez, Santo Toms y Gradas.

 la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo
Jos Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y despus de
breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias,
se dirigi al Real Alczar, donde ya tenan preparado su alojamiento.

Era entonces asistente de Sevilla D. Joaqun Leandro Sols, quien,
deseando captarse las simpatas de los invasores, mand colocar en los
puntos ms cntricos de la ciudad dos  tres bandas de msica, que
ejecutaron alegres tocatas, organizando tambin una profusa iluminacin
en los edificios pblicos, y obligando  muchos vecinos  que adornasen
las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.

Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de
San Francisco, Santo Toms, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los
soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos,
promoviendo singular escndalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.

El pueblo de Sevilla contempl lleno de despecho y coraje aquellas
escenas, y permaneci casi todo encerrado en sus domicilios hasta el
nuevo da, siendo muy escaso el nmero de los que demostraron la menor
curiosidad por conocer al Monarca,  quien los andaluces dieron el
nombre de _Pepe-Botella_.

Sin embargo de esto, el peridico oficial de los invasores, que estaba
dirigido por D. Alberto Lista, deca lo siguiente al ocuparse de la
entrada de Jos Bonaparte:

S. M. ha sido objeto de las ms sinceras muestras de respeto por parte
del noble vecindario de Sevilla. Es seguro que  poco que nuestro amable
y justo Rey permanezca en esta ciudad, cautivar todos los corazones de
sus sbditos,  quienes ama como padre, y  quienes slo desea ver
felices y gozando de las dulzuras de una paz duradera.




LXXII

LA CONSTITUCIN

     Constitucin  muerte ser nuestra divisa: si algn traidor la
     pisa, al punto morir.

     (_Himno patritico._)


Las tropas francesas, que tantos estragos causaron en Andaluca,
permanecieron en Sevilla desde principios de 1810, como dejarnos dicho,
hasta mediados de Agosto de 1812, y durante este tiempo los invasores
cometieron toda clase de atropellos y desmanes, conduciendo al patbulo
infinidad de individuos que defendan con herosmo la causa nacional.

En el mes de Abril llegaron tropas espaolas para disponer el ataque de
la ciudad, lo cual no lleg  verificarse, comenzando en Agosto la
evacuacin de franceses, que sostuvieron un nutrido tiroteo en
Castilleja con los vecinos de Triana y con el batalln de Zamora, que
mandaba el general don Juan de la Cruz Mourgern.

El pueblo de Sevilla, vindose libre de los invasores, se entreg  los
mayores trasportes de alegra, celebrando iluminaciones, funciones de
teatro, conciertos en los paseos, bailes y procesiones, que tuvieron
lugar en medio de un entusiasmo indescriptible.

Entonces se reunieron las autoridades locales, y acordaron publicar
solemnemente la Constitucin poltica, obra de las inolvidables Cortes
gaditanas.

Sealse para este acto el da 29 de Agosto, y en l apareci engalanada
la ciudad, vindose las calles ocupadas por numeroso pblico de todas
las clases sociales, que se disponan  saludar en el nuevo cdigo una
era venturosa y de feliz regeneracin para la patria.

Aquella tarde, que fu templada y magnfica, sali  las cinco de la
casa Ayuntamiento la comitiva que iba  dar lectura  la Constitucin,
dirigindose  un amplio tablado que se haba construdo en el centro de
la plaza de San Francisco.

Colocronse en el tablado, el alfrez mayor don Lope Olloqui, que
conduca el pendn de la ciudad, el jefe poltico Ruiz del Burgo, el
Asistente con los seores jurados, y el escribano del Municipio don
Ventura Ruiz Huidobro, quien di lectura al documento ante una numerosa
y compacta muchedumbre.

La comitiva recorri luego las calles Vizcanos, Mar y Gradas, llegando
 la puerta de la Catedral, que se haba adornado con ricas telas, en la
que se encontraba el Cabildo.

Repitise ante l la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en
la plaza de San Francisco, y, por ltimo, se verific en el patio de
Banderas, donde tambin se haba levantado una tribuna al efecto.

Quince das despus de la promulgacin del cdigo,  sea el 12 de
Setiembre, se celebr la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.

Jur la Constitucin el Cabildo en la Sala Capitular de la Baslica, y
casi al mismo tiempo jur el Municipio, el Claustro de doctores de la
Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y
todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por ltimo el
pueblo al siguiente da, domingo 13 de Setiembre.

Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y
di comienzo la funcin religiosa, con asistencia de las autoridades
civiles y militares, que se situaron en unos escaos levantados  la
derecha del altar mayor.

ste ofreca un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado
profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenz la
misa cantada, y  la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareci
en el plpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitucin, el
cual ley en voz alta para que de todos fuese odo.

El cannigo Maestre, terminada la lectura, pronunci un sermn
encareciendo las ventajas que  la patria traera el nuevo cdigo, de
quien hizo grandes elogios, concluyendo su pltica, que fu por cierto
muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia  la obra de los
legisladores gaditanos.

Terminada la misa, se adelant Ruiz del Burgo, como jefe poltico que
era de la ciudad, y dirigindose  la multitud que ocupaba el templo,
pronunci estas palabras:

--Juris guardar y observar la nueva Constitucin poltica, publicada
por la Regencia, y sancionada por las Cortes generales, que se os acaba
de hacer presente?

--S juramos!--contest la multitud.

--Juris conocer y defender  vuestro rey el seor D. Fernando VII, que
Dios guarde?

--Si juramos!--volvieron  responder todos.

Entonces las campanas de la _Giralda_ comenzaron sus alegres repiques,
los caones hicieron salvas, y el Cabildo enton el _Te-Deum_, dando fin
la ceremonia cerca del medio da.

Quin hubiera imaginado entonces que el nuevo cdigo que con tanto
regocijo se acoga iba  ser causa de tan hondas perturbaciones para la
nacin!




LXXIII

LA FIESTA DEL QUEMADERO

     Mas ay! que ya se acaban las aspas y garrotes, y jansenistas,
     moros y hugonotes se burlan de mi celo y mi porfa... Todos  un
     tiempo trinan viendo que est apagado el tizn venerado que  los
     reyes temblar hizo algn da.

     EUGENIO DE TAPIA.


No hace muchos aos omos contar  un anciano el suceso que da origen 
este trabajo, y habiendo encontrado recientemente algunos detalles sobre
el caso en papeles de la poca, vamos  referirlo al lector,  quien
suponemos pacientsimo.

 principios del memorable ao de 1820 era gobernador militar de Sevilla
el General Odonoj, quien, al tener las primeras noticias del alzamiento
de Las Cabezas de San Juan y de la isla de Len, afilise en secreto al
partido de la Constitucin, cuidando mucho que sus ideas no fuesen
advertidas por nadie hasta la llegada del oportuno momento.

Haba marchado  Cdiz el capitn general de Andaluca D. Toms Freiree
para combatir  los que por tan noble causa se haban sublevado, y el
da 10 de Marzo, cuando ms tranquilos aguardaban los partidarios del
absolutismo la derrota de sus enemigos, y ms confiados estaban todos en
las seguridades que en Sevilla tenan, alborotse de pronto el pueblo,
que, alentado por los patriotas que tenan su punto de reunin en el
caf de San Fernando, lleg al Ayuntamiento, dando trmino  la sesin
que el Cabildo celebraba, y de all, tras recorrer algunas calles,
quitar el ttulo  la plaza de San Francisco y hacer repicar las
campanas, se dirigi la muchedumbre al edificio en donde estaba situado
el tribunal de la Inquisicin, no sin haber proclamado antes el nuevo
cdigo, del cual esperaban tantos la salvacin de la patria.

Libertados los dos presos que en las crceles del Tribunal estaban,
destrudos los muebles, y quemados los procesos que se guardaban en el
archivo, entregse la multitud  otros excesos, que tuvieron que ser
reprimidos con energa por las autoridades que acababan de tomar el
mando.

Tranquilizronse un poco los nimos y di comienzo la nueva poca
constitucional, sobre la que tanto se ha dicho y tanto bueno queda
todava que decir; y cuando las Cortes en el ao siguiente, despus de
largusimos debates, decretaron la suspensin del Tribunal de la Fe,
alborotse de nuevo el pueblo bajo de Sevilla, y se propuso llevar 
cabo un acto que demostrase su adhesin al decreto y fuese una burla
grotesca de aquella abolida institucin.

Era Domingo de Ramos de 1821, y por la maana el lugar donde estuvo el
famoso _Quemadero_ (hacia un extremo del prado de San Sebastin)
apareci dispuesto y aderezado de manera bien airosa. La noche antes
habanse colocado all algunos trasparentes de lienzo y madera,
pintarrajeados con muecos deformes, vestidos con los trajes que usaban
los familiares del Santo Oficio, en posturas extraas y entregados 
diversos y raros entretenimientos. Los trasparentes tenan gran altura,
y sobre ellos se vea un enorme cerdo de cartn, con una medalla en el
hocico y un letrero en la parte posterior, que no queremos copiar aqu
por creerlo nada oportuno.

La gente de los barrios bajos, los patriotas de los cafs del Turco y de
San Fernando, los individuos de muchas sociedades polticas y la gente
moza y regocijada acudieron al prado de San Sebastin, rodeando el
aparato all levantado, y hacindolo objeto de sabrosos comentarios y de
dichos y frases de esas tan grficas en nuestra tierra.

Al ocultarse el sol, una banda de msica toc el himno de Riego que
acababa de componer San Miguel, y al escucharse sus notas muchos de los
que all se encontraban, no pudiendo contener su entusiasmo, cantaron y
bailaron con la mayor alegra.

Luego un grupo de mozos del barrio de San Bernardo enton junto al
improvisado monumento gran nmero de responsos, y como para remojar las
fauces de los cantores se trajeron algunos jarrillos de vino, ste no
tard en hacer sus efectos, y entonces las coplas se convirtieron en
desvergenzas, y el alboroto y escndalo subi de punto.

As transcurrieron algunas horas, y  las nueve de la noche comenzaron 
disparar cohetes, quemando un castillo de fuegos artificiales, 
incendiando por ltimo aquellos pintarrajeados lienzos en medio del
mayor desorden y de la ms ensordecedora gritera.

Cuando el monumento se convirti en cenizas, la gente se fu retirando
poco  poco de aquel sitio, teatro de tan tristes escenas en multitud de
ocasiones.

Los partidarios del absolutismo llevaron muy  mal aquel desahogo de los
liberales exaltados, que pagaron bien caros ste y otros actos en el
funesto da de S. Antonio del ao de 1823.




LXXIV

EL ASISTENTE ARJONA

     Asistente  Intendente en comisin de Sevilla.... donde le
     esperaba la gloria de reformador ilustrado de la hermosa ciudad de
     San Fernando.

     A. MARTN VILLA.


Pocos hombres de los que han presidido la Corporacin municipal de
Sevilla han demostrado tanto inters por la ciudad y han reunido tan
apreciables dotes para su cargo como el inolvidable asistente D. Jos
Manuel de Arjona y Cubas,  quien justo creemos dedicar un recuerdo.

Arjona gobern los intereses de la poblacin en poca tan difcil como
lo eran aquellos ltimos aos del reinado de Fernando VII, en los que el
estado general de nuestra nacin no era nada lisonjero ni prspero por
cierto.

El estar Arjona al servicio de aquel Gobierno no ha de ser causa de que
le escatimemos nuestras alabanzas, mucho ms cuando estuvo muy lejos de
cometer los abusos y atropellos que casi todas las autoridades
absolutistas cometan, y lleg  captarse con habilidad suma el aprecio
y estimacin de todos los andaluces, aunque stos profesaren las ms
avanzadas ideas.

El da 11 de Mayo de 1825 D. Jos Manuel de Arjona y Cubas tom posesin
de su elevado cargo de Asistente, para el que haba sido nombrado segn
el curioso documento que copiamos  continuacin:

Atendiendo  los servicios, deseos y repetidas instancias de D. Jos
Aznares, Consejero de Estado sin ejercicio, para que se le releve del
penoso desempeo de la Intendencia de Ejrcito de Andaluca, que corre
unida con la Asistencia de Sevilla, cuyos destinos obtuvo en comisin
por Real Decreto de 24 de Diciembre de 1823, he venido, conformndome
con el dictamen de mi Consejo de Ministros, en acceder  la solicitud; y
al mismo tiempo tengo  bien nombrar para que sirva, tambin en
comisin, la Intendencia de Ejrcito de Andaluca y la Asistencia de
Sevilla  D. Jos Manuel de Arjona, de mi Consejo Real y Supremo de la
Cmara, conservando la propiedad de estos dos destinos, y dispondris su
cumplimiento.--_Yo el Rey_.

Desde aquel da no soseg el nuevo Asistente hasta realizar
importantsimas mejoras, que contribuyeron muy poderosamente al
embellecimiento material de la poblacin.

Jams desde entonces retrocedi ante ninguno de los obstculos,
poderosos muchas veces, que se opusieron  sus proyectos; jams
consinti que se entorpecieran por favorecer los intereses particulares
obras que resultaran en inters del pueblo de Sevilla, y dotado como
estaba de un carcter serio y enrgico, se propuso cortar de raz
infinidad de antiguos abusos, que, si no llegaron por completo 
corregirse, disminuyeron en gran parte.

Arjona hizo famoso su nombre en la historia de Sevilla por los actos
ejecutados durante su mando y por haber sido el primero que inici el
movimiento de progreso y comodidad, hasta entonces desconocido.

Digno mulo del Marqus de Pontejos, descendiente como aqul de noble
familia, y poseedor de una regular fortuna, el Asistente sevillano
trabaj infatigablemente por que la capital de Andaluca adquiriera el
mayor grado posible de esplendor y grandeza.

D. Jos Manuel de Arjona, segn apunta Velzquez y Snchez, mejor los
servicios pblicos, reform el alumbrado, puso coto  las edificaciones
abusivas, plante el ensanche de muchas calles, introdujo en ellas las
aceras, y sustituy los nombres ridculos que muchas tenan por otros
ms propios. l comenz el derribo del muralln que una con el Alczar
la torre del Oro; edific el hermoso saln de Cristina y los jardines de
las Delicias; inaugur el hospicio de ancianos y nios que estaba frente
al convento de Madre de Dios; form de nuevo la clebre cofrada del
Santo Entierro, que tanta celebridad lleg  adquirir; llev  cabo
grandes mejoras en la Alameda, en el Arenal y en otros paseos; di su
valioso apoyo  cuantos le propusieron alguna idea que fuese beneficiosa
para la cultura y adelanto de la ciudad, y castig severamente  la
plebe realista, que en aquel funesto perodo absoluto era el azote de
los liberales.

Arjona fu hombre de mando y hombre de mundo  la vez, y estuvo
dotado, entre sus buenas cualidades, de un tacto exquisito para llevar 
cabo las arduas empresas que por su categora le fueron encomendadas.

En el mes de Mayo de 1833 abandon Arjona su puesto, y en los ocho aos
que lo ocup dej recuerdos imborrables de su celo, energa y actividad.

El pueblo sevillano di  D. Jos Manuel de Arjona el hiperblico nombre
de _Rey de las Andalucas_, significando as la autoridad de aquel
hombre, digno de que nuestra generacin le dedicase algn monumento que
hiciera perpetua su memoria.

Como recuerdo de este Asistente se conserva en el Archivo del
Ayuntamiento el silln que us durante el perodo de su mando, cuando
acuda  presenciar y dirigir los trabajos de los famosos jardines de
las Delicias y del paseo de la Bella Flor.

Para terminar, diremos que el Asistente Arjona era natural de Osuna y
hermano del poeta del mismo apellido, y que fu uno de los que ms
contribuyeron al establecimiento de la Escuela de Tauromaquia en 1830.




LXXV

LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA

     Fernando mandaba establecer una Escuela de Tauromaquia, y nombraba
     y dotaba los maestros que haban de ensear... el modo de luchar
     con las fieras y de derramar su sangre, con lo que acostumbraba al
     pueblo, que ya vea con sobrada frecuencia verter la de los
     hombres,  estos espectculos.

     MODESTO LAFUENTE.


El edificio destinado  Matadero de reses para el consumo pblico se
termin en los comienzos del siglo XVI, en las afueras de la puerta que
los rabes denominaron de _Mi-hoar_, siendo albergue al poco tiempo de
aquellos jiferos que, como dice el inmortal Cervantes, era toda gente
ancha de conciencia, desalmada y sin temor al rey ni  su justicia...
que no dejaban de tener su ngel de guarda en la plaza de San Francisco,
granjeado con lomo y lenguas de vaca.

En el siglo XVIII, y debido  la iniciativa del seor Asistente, se
ampli bastante el edificio, ponindose algn freno  los abusos que
all desde largos aos se venan cometiendo  ciencia y paciencia de las
autoridades.

Nada de notable encontramos en la historia del Matadero que merezca
especial mencin, hasta los ltimos aos del reinado de Fernando VII, en
que se fund en l la clebre _Escuela de Tauromaquia_, que tanto di
entonces que hablar  los que vean que al mismo tiempo que se
inauguraba este establecimiento se mandaban cerrar las ctedras en las
Universidades.

El Conde de la Estrella, gran taurfilo y hombre que no deba estar muy
ocupado, present al Monarca una _Memoria_ detenida y prolija para
probar lo conveniente que sera al pas una escuela en la que se
aprendiese el arte de _Pepe-Illo_ y _Costillares_. Ley el Rey el
trabajo del Conde, y tanto debi influir ste en su nimo, que de all 
poco, y despus de algunas consultas, se acord la fundacin del
_beneficioso_ establecimiento.

Lstima que el original de tan curiosa _Memoria_ se haya perdido, y que
la posteridad ni los eruditos taurmacos puedan saborearla y recrearse
en su lectura!

Con fecha de 28 de Mayo de 1830 se public la real orden firmada por el
Monarca, y en ella se nombraba un maestro para la Escuela, con el sueldo
de 12.000 reales anuales, un ayudante con 8.000 y diez discpulos con
2.000 cada uno.

Se hizo el nombramiento de director  favor de Jernimo Cndido; pero
habiendo acudido  Fernando VII, en solicitud de esta plaza, el viejo
Pedro Romero, fu atendida su peticin, y, quedando de maestro por su
antigedad, pas Cndido  la categora de ayudante.

Inaugurse el establecimiento en el mes de Octubre de 1830, bajo
detenida inspeccin del asistente, D. Jos Manuel de Arjona, siendo muy
crecido el nmero de los discpulos que all acudieron  ejercitarse en
una tan arriesgada profesin como lo es la lidia de reses bravas.

De la _Escuela de Tauromaquia_ salieron diestros tan clebres como
Manuel Domnguez, que sigui las huellas del toreo rondeo; Francisco
Arjona _Cchares_, si menos inteligente, dotado de gran habilidad y
ligereza; Francisco Montes _Paquiro_, incomparable en los lances de capa
y en el manejo de la muleta; Juan Yust, que tantos aplausos obtuvo
practicando la suerte de recibir; Juan Pastor _El barbero_, de quien
tantas ancdotas y chistes se oyen an entre los viejos aficionados, y
otros muchos cuya enumeracin resultara por dems larga y difcil de
encerrar en estos apuntes.

El corral del Matadero donde se construy la _Escuela_ era cmodo,
espacioso y adecuado; la arena estaba rodeada de una alta valla de
madera, el Asistente tena un palco especial para presenciar si quera
las lecciones prcticas, y adems se mand construir una ancha gradera
para que la ocupase la concurrencia cuando se daban lecciones pblicas,
costando la entrada dos reales.

Cuatro aos despus de su inauguracin se cerr la _Escuela_ por real
orden de D. Mara Cristina, dada en 15 de Marzo de 1834, siendo el que
ms trabaj por que se publicase este decreto el Subdelegado del
ministerio de Fomento D. Antonio Almagro, quien lleg hasta presentar 
la Reina gobernadora una solicitud pidiendo la clausura del
establecimiento taurmaco.

Nada, sin el recuerdo, queda ya de l, y nicamente en el Matadero se
encuentra la siguiente lpida, adosada  un muro del corral donde estuvo
el circo, y que  ttulo de curiosidad vamos  copiar.

Dice as:

Reinando el seor D. Fernando VII, po, feliz, restaurador, se
construy esta Plaza para la enseanza reservadora de la Escuela de
Tauromaquia, siendo Juez privativo de ella D. Jos Manuel de Arjona, y
Diputados encargados de la ejecucin de la obra D. Francisco Mara
Martnez, Veinticuatro, D. Manuel Ziguri, Diputado del Comn, y D. Juan
Fernndez Roces, Jurado.--Ao de 1830.




LXXVI

EL SALN DE CRISTINA

     Y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores
     y las damas es el cortesano imperio.

     CALDERN DE LA BARCA.


Ya en otros apuntes nos ocupamos del asistente de Sevilla D. Jos Manuel
de Arjona, y citamos algunas de las ms importantes obras que bajo su
mando se llevaron  cabo, y las cuales contribuyeron muy poderosamente
al mejoramiento de nuestra poblacin.

Fu uno de los trabajos que con ms cario emprendi Arjona la
construccin de un agradable paseo  la orilla del ro Guadalquivir, y
frente al Colegio Nutico de San Telmo.

Venciendo con energa todas las dificultades y obstculos que se
presentaron  su paso, consigui dar principio  la realizacin de su
proyecto, terminndose las obras en la primavera de 1830, y
verificndose la inauguracin oficial del paseo el sbado 24 de Julio
del mismo ao, da de la ltima esposa de Fernando VII, por lo cual se
le di  aquel sitio el nombre de _Saln de Cristina_.

Aquella tarde fu numerossima la concurrencia que asisti al nuevo
sitio de recreo, donde se celebr un baile, tocando las bandas militares
escogidas piezas y quemndose por la noche vistosos fuegos de artificio.

El _Saln de Cristina_ se puso de moda: durante mucho tiempo fu el
punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces haba en el
centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines,  mas
de los muchos rboles y plantas, existan infinidad de estatuas y
jarrones de mrmol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cmodos
asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.

Aquellas espesuras favorecan mucho  los rendidos galanes y  las
discretas damas, que en las calurosas noches de esto y en las frescas
maanas de primavera pasaban all gratsimas horas. Cuntos sabrosos
dilogos y cuntos amorosos suspiros, cuntas promesas y juramentos
escucharan aquellos frondosos pltanos orientales, aquellos
melanclicos cipreses y aquellos romnticos sauces!...

El _Saln de Cristina_ se vea diariamente animadsimo, y presentaba un
hermoso cuadro. All acudan las nias plidas de miradas dulces y andar
voluptuoso, que soaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes
romnticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y
corbatines de  cuarta; los comerciantes y empleados, con sus
relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes
amarillos; las seoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas
con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia
con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de
similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los
_calaveras_ de la partida del trueno, los patriotas del caf del Turco,
y all, en fin, acudan todos los principales tipos de una sociedad que
se fu para siempre y de la que slo nos queda la memoria.

Cuando ms orgulloso poda estar el _Saln de Cristina_, y cuando
asistir  l se haba hecho casi una obligacin para los sevillanos, se
construy la plaza de San Fernando y se arregl el paseo de la Bella
Flor, y entonces poco  poco la nueva sociedad que naciera dej aquel
sitio donde tan agradables ratos haban pasado sus padres.

Sucesivamente se hicieron en el _Saln de Cristina_ multitud de
reformas, perdiendo la mayora de los adornos que antes tuviera; y hoy,
en que tan poca concurrencia asiste  l, ha perdido todo su carcter,
convirtindose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra,
y que para compararse con ellos deja mucho que desear.




LXXVII

LOS SOLDADOS DE FRICA

     Muri por el patrio suelo, y Dios lo llev consigo.

     P. R.


Los sentimientos patriticos de que tantas pruebas tiene dadas nuestro
pueblo levantronse no hace mucho tiempo con la misma fuerza que en
pasados tiempos se levantaron para gloria de las armas espaolas. Ante
las brutales  infames agresiones de las salvajes kbilas africanas se
alz un grito unnime de indignacin y de dolor en toda la Pennsula,
grito que era imposible acallar, y peda enrgicamente un ejemplar
castigo para los que ultrajaron villanamente la honra nacional en los
campos de Melilla.

Vivos permanecen an en los corazones de todos los gloriosos recuerdos
de Tetun y Wad-Rs, y las pruebas de herosmo dadas en aquella campaa
inolvidable debieron ser poderoso estmulo para los que de nuevo iban 
aprestarse contra los hijos del Profeta, eternos contendientes
nuestros.

No traeremos aqu  cuento sucesos que todos conocen, ni describiremos
episodios que la historia tiene consignados y guardar eternamente en
sus pginas; limitndonos tan slo  consagrar en estas lneas una
memoria  un puado de valientes de los que fallecieron en aquella
lucha, y  cuyos restos mortales di honrosa y digna sepultura el
Ayuntamiento de esta ciudad.

En ms de una ocasin, cuando alguno de nuestros lectores haya acudido
al cementerio, se habr detenido  contemplar un hermoso y severo
mausoleo que se encuentra situado en la primera glorieta de la izquierda
y  corta distancia de la capilla nuevamente construda. Bajo aquel
fnebre monumento yacen sesenta y un soldados muertos en Sevilla desde
el 25 de Diciembre de 1859 hasta el 25 de Julio de 1860  consecuencia
de las heridas que recibieron luchando con las tropas africanas de
Sidi-Mohjamed, emperador entonces de Marruecos.

Consta el monumento de una escalinata de regular altura, sobre la que se
levanta un zcalo desprovisto de todo adorno, y sobre l un pedestal con
cuatro lpidas, en las cuales estn grabados los nombres de los
infelices que all reposan y una inscripcin laudatoria de los mismos.
Tiene el pedestal su correspondiente cornisamento, y encima una columna
en cuya base se ostentan de relieve los atributos del valor y de la
victoria. Rodean, por ltimo, el mausoleo una sencilla verja y algunos
cipreces de gran corpulencia de oscuras y tupidas hojas.

La inscripcin colocada en el frente dice as:

Aqu yacen sesenta y un soldados muertos en esta ciudad de las heridas
que recibieron en frica, peleando como buenos por la honra de la patria
en guerra contra los moros. Para conservar  las generaciones venideras
el glorioso recuerdo de su herico valor, Sevilla erigi este sepulcro.
1860.

Los nombres de los soldados son los siguientes:

Bernardino Lpez, Valentn Montero, Jos Medialdea, Nicols Carb,
Salvador Berenguer, Antonio Tortosa, Francisco Pacheco, Francisco Luna,
Toms Moreno, Lorenzo Villalonga, Antonio Montaa, Jos Olisilla,
Antonio Garpallo, Jos Gascn, Toms Castro, Juan de Mina, Felipe
Beltrn, Domingo Ruisn, Manuel Gonzlez, Gil Rubio, Gaspar Rodrguez,
Len Iribrren, Pedro Puente, Jos Cubillas, Leocadio Calleiro, Antonio
Sotelo, Juan Hibias, Francisco Guirado, Domingo Pardo, Santiago Miguel,
Toms Grinade, Joaqun Mrquez, Francisco Panadero, Pedro Snchez,
Saturnino Baras, Andrs Paz, Diego Camacho, Salustiano Alonso, Jos
Pastoriza, Jos Lpez, Jos Montoto, Bartolom Riao, Blas Morates,
Calixto Pinilla, Ramn Hernndez, Francisco Parallada, Fabin Fernndez,
Andrs Lareno, Santos Ramos, Andrs Mateo, Miguel Sicte, Mateo Garca,
Benito Rodrguez, Julin Plaza, Francisco Vzquez, Fulgencio Fernndez,
Ramn La-cumba, Valeriano lvarez, Rufino Iberias, Domingo Tornos y
Antonio Caldero y Taberner.

El proyecto fu trazado por el arquitecto D. Jos de la Coba, quien lo
present al Cabildo municipal, presidido por Vinuesa, en Noviembre de
1861, comenzando los trabajos de levantar el panten  fines del ao
siguiente, y terminndose en Julio de 1864, por el contratista de la
obra, D. Jos Frpolli. Para no cansar con ms datos, diremos que el
mausoleo cost al Ayuntamiento ms de 41.391 reales, y que en la
reparacin general que se llev  cabo en 1870 se invirtieron 1.793
pesetas prximamente.

El primer valiente que all recibi sepultura fu el soldado de la
segunda compaa del segundo batalln del regimiento infantera de
Crdoba, Bernardino Lpez, que falleci en el Hospital Militar el 25 de
Diciembre de 1859, de resulta de las graves heridas que sufri en
campaa, si bien no puedo precisar la accin, pues en ningn documento
de los que hemos consultado consta cul fuera sta. De la gloriosa
batalla del 4 de Febrero yace all el soldado Felipe Beltrn, de quien
dijo un peridico de aquellos das que se le vi luchando con un
denuedo inimitable hasta que pudo ponerse en pie, y que su
comportamiento fu el de todo un hroe. El subteniente del regimiento
de frica D. Len Iribrren, que, despus de tomar parte en diferentes
acciones, cay herido mortalmente por el plomo enemigo, yace tambin
all; y entre los dems valientes citar  Toms Moreno, soldado del
regimiento de Len, que por su herosmo mereci que su entierro se
verificase con gran pompa, acudiendo  l el Ayuntamiento y
corporaciones de Sevilla, adems de una inmensa concurrencia de todas
las clases de la sociedad.

Cuando para cumplir algn deber, triste siempre, hemos acudido al
Cementerio, nunca salimos sin detenernos algn rato ante el mausoleo que
guarda los restos de los soldados de frica. All se ven pocas veces
coronas de flores; all pocos son los que se detienen  rezar una
oracin.... La curiosidad es generalmente la que mueve  muchos 
pararse ante aquel mrmol y  leer los nombres de los valientes que bajo
l descansan.

Quin se acuerda hoy de ellos? Fueron hroes annimos; fueron parte de
ese montn informe que sucumbe en las batallas, sin que su recuerdo viva
y se perpete de generacin en generacin; fueron, en fin, de esas
vctimas para quienes la historia no tiene una pgina ni la gloria un
laurel.... Pelearon y murieron por la patria: eso es todo lo que se sabe
de ellos.

Poco es en verdad; pero  cuntas meditaciones hace inclinar el nimo!




LXXVIII

DOMNGUEZ BCQUER

     En tus rimas dolientes palpitan las luchas terribles que el alma
     destrozan, y es en ellas un ay! cada verso y un tierno poema de
     amor cada estrofa.

     ATAULFO FRIERA.


Amantes de la buena poesa, y entusiastas por los hombres ilustres de
nuestra patria, con gusto tomamos la pluma para decir algo de este
poeta, el ms artista y original quiz de los poetas espaoles del
presente siglo. Breve fu su existencia, fecunda en amarguras y
sinsabores domsticos: escaso el nmero de las obras que dej escritas,
pero ellas han bastado  inmortalizar su nombre.

Pocos conocieron  Bcquer mientras vivi; pocos leyeron entonces sus
sentidos versos, y ninguno de sus ntimos amigos pudo sospechar la fama
que tena reservada, ni el lugar distinguido que iba  ocupar en nuestra
literatura contempornea.

No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos lmites
de este artculo; adems, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y
las bellezas que encierran estn al alcance de todas las personas que
tienen corazn y saben sentir.

Las obras de Bcquer no deben analizarse con la frialdad severa de la
crtica: sta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en
las concepciones, repeticin de los mismos cuadros, escasa variedad en
la forma... Las obras de Bcquer son para admirarlas, y la persona que
desde luego no comprenda sus mritos, ser intil cuanto se haga por
demostrrselos. Las teoras--dijo Larra--las doctrinas, los sistemas,
se explican: los sentimientos se sienten.

Cuando por primera vez se dieron  luz las composiciones de Bcquer,
reunidas en un par de tomos, despus de muerto su autor, despertaron
grandsimo entusiasmo en la repblica literaria, y la juventud de
entonces se declar partidaria de aquel gnero de poesa, que resucitaba
el ya muerto romanticismo, que  tantos extravos condujo en la primera
mitad del siglo.

Hoy la fama del vate andaluz descansa en slidas bases, su popularidad
es grandsima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le
perjudicaron.

Quin no ha ledo aquellas _Rimas_ llenas de sinceridad y pasin, que
condensan en breves frases las alegras, los dolores, las aspiraciones y
los deseos que agitaron el alma soadora y amorosa del poeta sevillano?
Quin no conoce aquellas _cartas_, modelos de sencillez y limpieza de
estilo, impregnadas de suave melancola y dulce tristeza, que conmueven
el corazn con palabras mgicas y con imgenes delicadas y tiernas?
Quin, en fin, no ha hojeado aquellas fantsticas leyendas, aquellos
cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran
una fecundidad creadora admirable, una potente imaginacin de primer
orden y un perfecto conocimiento en las artes plsticas de los siglos
medios?

En Bcquer--escribe un reputado crtico--se funden dos elementos que
parecen opuestos: la imaginacin excepcionalmente esplendorosa del genio
meridional y la vaga idealidad germnica. Muchos le comparan con
Enrique Heine, y  nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el
poeta alemn es mordaz, excptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le
rodea, y su risa irnica molesta y hace dao; el poeta sevillano es casi
siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del
infortunio, asoma la duda  su cerebro, busca consuelo en la religin,
que le brinda un blsamo  sus punzantes heridas.

La biografa de Bcquer es bien corta, y ocupa pocas pginas; puede
condensarse en estas palabras de Blasco: naci, vivi, escribi y
muri.

Naci Bcquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada
por los poetas pasaron las das serenos de su infancia, y lleg  la
adolescencia con el alma henchida--como l dice--de deseos sin nombre,
de pensamientos puros y de esa esperanza sin lmites que es la ms
preciada joya de la juventud.

Haba quedado hurfano  los cinco aos, y en 1845 ingres en el antiguo
colegio de San Telmo para estudiar la carrera de nutica; en esta poca
comenzaron  nacer sus aficiones literarias, y en colaboracin con su
amigo Campillo, alumno tambin del colegio, y casi de su misma edad,
escribi un drama, empez una novela y compuso multitud de versos,
ensayando todos los metros y todos los gneros.

 los catorce aos entr Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano,
profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y
fu maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la direccin
de su to D. Joaqun Domnguez Bcquer, y, siguiendo los consejos que
ste le diera, abandon la pintura para dedicarse por completo  las
letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.

Lleg  Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenz  ver
desvanecerse como el humo los dorados sueos de su febril adolescencia.

Fu primero empleado con modestsimo sueldo, periodista poltico
despus, censor de novelas ms tarde, admitiendo estos y otros cargos,
que repugnaba, para atender  sus ms precisas obligaciones.

En 1861 contrajo matrimonio, pero ste no result  la verdad feliz; mal
se avena el poeta idealista y soador  la montona y vulgar
existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retirse  vivir en
compaa del ms querido de sus hermanos, artista espontneo y de
corazn, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres
populares.

Indiscreto y triste sera entrar en detalles de este perodo de la
biografa de Gustavo Bcquer; su porvenir presentbase cada vez ms
oscuro; su alma sensible la haba desgarrado el infortunio; sus
ilusiones se haban perdido para siempre....

Pero an le estaba reservado un golpe dursimo: el da 23 de Setiembre
de 1870 falleci Valeriano; y desde entonces--escribe un bigrafo--pudo
afirmarse que Gustavo qued herido de muerte.

Una breve enfermedad cort para siempre aquella cadena de males que
formaron la existencia del autor de las _Rimas_, y tres meses despus,
el 22 de Diciembre, exhal el ltimo suspiro, cuando apenas contaba
treinta y cuatro aos.

La patria ha sido ingrata con el poeta que tanto la am; intilmente
buscar el viajero en nuestra poblacin un monumento que perpete su
memoria.

Hace algunos aos, varios jvenes entusiastas proyectaron dedicarle un
recuerdo  las orillas del Guadalquivir, pero el proyecto no lleg 
realizarse.... Una modesta lpida colocada en la casa donde naci, y el
nombre de una de las calles ms extraviadas de la ciudad, son las nicas
cosas que en Sevilla recuerdan  Bcquer.

[Illustration: barra decorativa]




NDICE


                                         Pgs.

Dedicatoria.                                 5

Carta-Prlogo.                               7

I.--La Fuente del Arzobispo.                17

II.--La Puerta Real.                        20

III.--El Mesn del Moro.                    24

IV.--La Torre de Don Fadrique.              28

V.--La Iglesia de Santa Ana.                32

VI.--La Giralda.                            36

VII.--Recuerdos del Rey Don Pedro.          40

VIII.--El Sepulcro de Guzmn el Bueno.      44

IX.--La Puerta del Perdn.                  48

X.--Doa Urraca Osorio.                     51

XI.--El Patio de las Muecas.               55

XII.--La Torre del Oro.                     60

XIII.--La Hermandad del Pilar.              64

XIV.--La Crcel Real.                       68

XV.--La Susona.                             71

XVI.--El Conde Negro.                       75

XVII.--La Cruz del Campo.                   79

XVIII.--Coln en Sevilla.                   83

XIX.--El Horno de las Brujas.               88

XX.--La Inquisicin.                        92

XXI.--La Misa de los navegantes.            96

XXII.--El Alma en pena.                    100

XXIII.--La Capilla de los Reyes.           105

XXIV.--La Morera.                         109

XXV.--La Virgen de Torrijiano.             112

XXVI.--La Calle del Diablo.                115

XXVII.--El Maestro Malara.                 119

XXVIII.--La ltima piedra de la Catedral.  123

XXIX.--El Divino Herrera.                  126

XXX.--Las sombras del subterrneo.         130

XXXI.--La Casa de los Alczares.           135

XXXII.--Un Per-Afn de Rivera.             138

XXXIII.--La Velada de San Juan.            142

XXXIV.--El Santo Entierro.                 149

XXXV.--Cervantes en Sevilla.               154

XXXVI.--Don Juan Tenorio.                  158

XXXVII.--El Angostillo de San Andrs.      162

XXXVIII.--La Academia de Pacheco.          166

XXXIX.--El Sermn de las Mancebas.        170

XL.--Don Juan de Arguijo.                  174

XLI.--Los Fantasmas del Blanquillo.        178

XLII.--El Escultor Martnez Montas.      183

XLIII.--Los Esclavos Negros.               187

XLIV.--La Cartuja.                         191

XLV.--La Roldana.                          196

XLVI.--El Pintor monedero.                 200

XLVII.--Drama de amores.                   204

XLVIII.--Bartolom Esteban Murillo.        208

XLIX.--Una aventura.                       212

L.--La Cruz de la Cerrajera.              220

LI.--El Capitn Yelves.                    224

LII.--El Colegio de San Telmo.             228

LIII.--La Puerta de Triana.                232

LIV.--El Convento de San Francisco.        236

LV.--Los Rosales de Maara.                240

LVI.--El Torren del Duende.               245

LVII.--Una Cofrada.                       249

LVIII.--La Beata Dolores.                  253

LIX.--Viaje regio.                         258

LX.--Biblioteca Colombina.                 262

LXI.--El Seor del Gran Poder.             266

LXII.--Manolito Gzquez.                   272

LXIII.--El Teatro Principal.               276

LXIV.--La Fiebre Amarilla.                 281

LXV.--El Puesto de Agua.                   285

LXVI.--Matute y Gaviria.                   290

LXVII.--La Plaza de Toros.                 294

LXVIII.--Un Auto de Fe.                    299

LXIX.--El Retrato de Godoy.                304

LXX.--El Cura de Triana.                   308

LXXI.--Entrada del Rey Intruso.            312

LXXII.--La Constitucin.                   317

LXXIII.--La Fiesta del Quemadero.          321

LXXIV.--El Asistente Arjona.               325

LXXV.--La Escuela de Tauromaquia.          329

LXXVI.--El Saln de Cristina.              333

LXXVII.--Los Soldados de frica.           336

LXXVIII.--Domnguez Bcquer.               341

[Illustration: barra decorativa]

                  [cruz de Malta]
               ESTE LIBRO FU IMPRESO
    _en la ciudad de Sevilla, en la oficina de E. Rasco,
           expensas del Excmo. Sr. D. Juan Prez
          de Guzmn y Boza, Duque de T'Serelaes
           de Tilly. Acabse _ XVII _das
              del mes de Noviembre, ao del
                 Nacimiento  de Nuestro
                Seor Jesucristo de_
                     MDCCCXCIV

[Illustration: E R HOSPITALIS no-do no-do]






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Manuel Chaves and Jos Gestoso y Prez

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     Chief Executive and Director
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