The Project Gutenberg EBook of Aos de juventud del doctor Anglico, by 
Armando Palacio Valds

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license


Title: Aos de juventud del doctor Anglico

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: June 13, 2012 [EBook #39990]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AOS DE JUVENTUD ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net





Nota del transcriptor: En esta edicin se han mantenido las convenciones
ortogrficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuacin
presentes en el texto.




AOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGLICO

OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO

EL SEORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARA, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francs y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tcheque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

JOS, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francs.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al ingls.

LA FE, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

LOS MAJOS DE CDIZ, un tomo. Traducida al holands.

LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en
ingls.

LA ALDEA PERDIDA, un tomo.

TRISTN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al ingls.

SEMBLANZAS LITERARIAS (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
espaoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo. Traducidos al alemn.

AOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XX

AOS DE JUVENTUD

DEL DOCTOR ANGLICO

(NUEVOS PAPELES DEL DOCTOR ANGEL JIMNEZ)

[Illustration]

MADRID

LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ

Preciados, nmero 48.

1920

ES PROPIEDAD

Imprenta Helnica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.




ADVERTENCIA DEL EDITOR


Van transcurridos algunos aos desde que di a la estampa varios de los
papeles que me dejara en depsito mi amigo Angel Jimnez. Eran casi
todos de orden filosfico, trazados con la libertad de espritu del que
escribe slo para s mismo y en el estilo conciso y desenfadado que le
caracterizaba. El pblico los ha acogido con ms benevolencia de la que
poda esperarse tratndose de un escritor casi desconocido. Esto me
anima a publicar hoy sus Memorias, que con el ttulo de _Aos de
juventud_, encontr en uno de los legajos. Cuando empec a leerlas
confieso que experiment una decepcin. Pensaba hallar una historia
circunstanciada de su vida. No es as: Las presentes pginas son ms
bien las memorias de sus amigos que las suyas propias. Jimnez posea un
carcter cerrado y hurao, no se interesaba demasiado por s mismo, no
tena ansia de celebridad y gloria. En cambio, la vida privada y pblica
de sus amigos le agitaba ms de lo justo. Tuvo algunos de relevante
mrito y a ellos particularmente estn consagrados la mayor parte de los
captulos de este libro. Yo hubiera preferido conocer en su intimidad la
vida de un hombre a quien tanto he estimado. Sin embargo, el pblico no
perder nada con esta sustitucin. Porque es seguro que ms que la suya,
oscura y tranquila, le ha de interesar la historia dramtica de sus
ilustres amigos,

A. P. V.




PRIMERA PARTE




I

MI VIAJE Y MI INSTALACIN EN LA CORTE DE ESPAA


Creo que mi padre tena razn. En ltimo resultado me hubiera convenido
ms permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y
dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo trabajando a mis
horas, paseando a mis horas, durmiendo a mis horas, rezando a mis horas
y no leyendo a ninguna.

Tengo ms de cincuenta aos, he estudiado mucho, he viajado bastante, he
tratado con los sabios, he escrito, he discutido y al cabo me encuentro
triste, fatigado, con el estmago descompuesto y los nervios en plena
rebelin.

Los problemas que estaba ansioso de resolver, ah se estn frescos y
orondos como al comienzo del mundo, y es ms que probable que as
permanezcan hasta el fin.

Pero no es tiempo ya de volver sobre mis pasos. Si lo fuera seguramente
incurrira en otros aun mayores errores.

Lo cierto es que desembarqu en Madrid una maana del mes de Octubre del
ao 1870, con el propsito firme de ser un sabio. Me aloj en una casa
de huspedes de la calle de Carretas, que haban recomendado a mi
padre, y ocup un gabinete con balcn a la calle y su alcoba
correspondiente. No eran lujosas las habitaciones, pero estaban
amuebladas con decoro y comodidad. Haba orden y limpieza, dos cosas que
he amado siempre, y aunque la calle no es muy ancha, bastante luz, a
causa del piso alto en que se hallaba.

El gabinete comunicaba con la sala por medio de una puerta de cristales.
Esta sala era bastante espaciosa y ofreca todos los encantos de la
vulgaridad ms refinada; una sillera forrada de terciopelo que haba
sido rojo y a la sazn tena el color de hoja seca; una consola de caoba
con su espejo de marco dorado encima, cubierto de una gasa para
preservarlo de los atentados de las moscas; cortinas de terciopelo igual
al de la sillera, pero ms avanzado en su evolucin transformista;
sobre el sof un enorme grabado que representaba la vista de Londres, y
en las paredes algunos otros con escenas de galantera pastoril; un
pastorcito arrodillado delante de una pastorcita, otro ofrecindole, con
insinuante sonrisa, una flor.

Mi patrona, que se llamaba doa Encarnacin, me enter, pocos momentos
despus de llegar, de que esta sala perteneca al gnero neutro o comn
a dos. La poseamos _pro indiviso_ el caballero que ocupaba el gabinete
de enfrente y yo. Ambos podamos recibir en ella nuestras visitas y
ocuparla en los momentos en que la necesitsemos.

A la hora del almuerzo pas al comedor, y doa Encarnacin se sirvi
presentarme a los cinco huspedes que ya estaban sentados a la mesa. El
que ms llam mi atencin desde luego, fue un joven con larga y no bien
cuidada melena, que le caa sobre el cuello y casi le llegaba a la
espalda. Como en Espaa slo los artistas se autorizan el llevar los
cabellos en esta forma, supuse inmediatamente que era pintor o msico.
Podra contar veintids o veinticuatro aos de edad. Sus facciones, un
poco abultadas, no eran desagradables, y sus ojos grandes, negros y
expresivos, revelaban inteligencia y vivacidad.

Enfrente de l, se hallaba sentado otro joven de la misma edad, poco ms
o menos. En nada se le pareca, pues era delgado, plido, imberbe y
llevaba el cabello cortado a punta de tijera. De los otros tres, dos de
ellos eran extremadamente morenos y acaso tuviesen ms aos que yo
tambin. En cambio el tercero ofreca la apariencia de un nio. No se le
presumiran mucho ms de quince aos.

El almuerzo comenz silencioso. Se notaba cierto embarazo como suele
acaecer cuando en cualquier compaa entra repentinamente una persona
extraa. Afectando disimulo, todos ellos me dirigan rpidas miradas
investigadoras. Todos no; me equivoco; porque el joven plido de pelo
recortado, tena un libro abierto al lado del plato, en el cual lea,
mientras distradamente iba engullendo los manjares que le ponan
delante. Para llevar a cabo una y otra tarea acercaba tanto el rostro
que casi tocaba con la nariz en el libro o la meta en el plato.

Al fin, el joven de las melenas, levant la cabeza y dirigindose al que
lea le dijo bruscamente:

--Querido Pasarn, no sera ms justo, ms procedente y desde luego de
mejor educacin que cerraras siquiera por hoy el libro, a fin de que
este seor que se sienta por vez primera a la mesa, no vaya a suponer
que en vez de hallarse entre personas civilizadas, ha penetrado en
territorio africano?

El interpelado en esta forma levant un instante la cabeza, y con sus
ojos vidriosos de miope, nos dirigi una mirada vaga donde se adverta
que no haban comprendido lo que le decan. Inmediatamente volvi a
convertirlos al libro.

Yo me apresur a hacer signos negativos con la cabeza y a balbucear
algunas palabras, asegurando que estaba muy lejos de incurrir en tal
error geogrfico.

--No sera muy extrao que usted se lo figurase--sigui el joven
melenudo dirigindose a m--, porque yo me llamo Sixto Moro, estos dos,
que son primos hermanos, se apellidan Mezquita, y aquel nio que usted
ve all, se llama Pepito Albornoz.

Este ltimo se puso rojo como una cereza al escuchar tales palabras y
dirigi una mirada de ira concentrada al que las haba pronunciado,
mientras los dos primos soltaron a rer hasta querer salrseles el
alimento por las narices. Esto me hizo sospechar que aquel que designaba
como nio slo lo era en apariencia. En efecto, despus averig que
haba cumplido ya los diez y ocho aos y estudiaba la carrera de
ingeniero de caminos.

--En verdad le digo a usted que en esta casa todo tiene un marcado sabor
rabe o por lo menos muzrabe--sigui el llamado Sixto Moro gravemente,
sin querer advertir las miradas pulverizantes de Albornoz, ni la risa de
los otros compaeros--. Pero aunque marroques, somos de humor benigno,
y cuando se presenta un forastero, le recibimos con zalemas y no
queremos que nos juzgue absolutamente desprovistos de cortesa. El amigo
Pasarn es un suevo de la provincia de Orense, por consiguiente el nico
brbaro que existe en esta casa. Hasta ahora no es peligroso, sin
embargo; pero llegar un da, lo estoy temiendo, en que su cabeza,
demasiado cargada de ciencia, estallar como una bomba y destrozar a
cuantos nos hallemos cerca.

A pesar de que todos le mirbamos sonrientes, incluso Doa Encarnacin
que en pie y cerca de la puerta vigilaba el servicio de la mesa, el
llamado Pasarn no levantaba la cabeza y pareca ms y ms absorto en la
lectura.

--Di t, amigo Moro, qu significa esa palabra de _muzrabe_ que acabas
de soltar?--pregunt uno de los Mezquita.

--Hombre, parece increble que habiendo nacido en la tierra de los
Abderrahmanes no sepas que se designaban as los cristianos que vivan
antiguamente entre los rabes y mezclados con ellos. Crdoba estaba
llena de esta clase de cristianos.

--Y esos muzrabes vivan con los mismos rabes, o en barrios
separados?

--Ah! eso no me preguntes, no conozco detalles.

El joven que lea y coma a un tiempo mismo, alz la cabeza hacindose
cargo de la pregunta. Pareca que sus odos no recogan otros ruidos que
aquellos donde viniese mezclada alguna partcula cientfica.

--Eso dependa de la condicin ms o menos blanda de los emires,
alcaides y vales que los gobernaban. En general los cristianos
muzrabes no sufran tantas vejaciones como parece desprenderse de los
quejidos y lamentos elegacos que deja escapar el Rey Sabio en la parte
de su crnica llamada _Llanto de Espaa_. Se les dejaba el libre
ejercicio de su religin y de sus ritos, se les permita gobernarse por
leyes y jueces propios y conservar sus tierras pagando el tributo
estipulado. Particularmente en tiempos del primer Abderrahmn, vivieron
admirablemente respetados. Haba, en su tiempo, en Crdoba, un
magistrado encargado de proteger a los cristianos; los sacerdotes se
presentaban en pblico con su ropa talar y afeitados; los monjes vivan
tranquilos en sus claustros y las vrgenes consagradas a Dios,
respetadas en sus aulas. En la ciudad misma haba tres iglesias y tres
monasterios; en la falda de la sierra prximos a ella, se alzaban ocho
conventos y algunas iglesias. Sonaban las campanas de stas y el pueblo
cristiano acuda a los oficios divinos sin que nadie osara molestarle.
Despus... despus vino la persecucin en los ltimos tiempos de
Abderrahmn segundo y de Mohamed primero.

Rpidamente, pero con admirable claridad, el joven Pasarn nos di
cuenta de aquellas persecuciones, en las cuales no toda la culpa deba
achacarse a los rabes, sino a los cristianos, que no pocas veces, con
su intolerancia, las haban provocado.

Cuando termin su excursin histrica, convirti de nuevo sus ojos al
libro mientras los de los primos Mezquita, Albornoz, y aun los de Doa
Encarnacin, se volvieron hacia m risueos y triunfantes. Queran, sin
duda, que yo participase del asombro que aquel joven les inspiraba.

En efecto; la palabra de Pasarn era un poco precipitada, acaso por la
misma exuberancia de conocimientos, pero hablaba con singular correccin
y mostraba, desde luego, ser un hombre de inteligencia privilegiada.

Sixto Moro sonrea irnicamente. Uno de los Mezquita, para hacer valer
aun ms aquel fenmeno a mis ojos, quiso tirarle de la lengua.

Al parecer, los rabes en aquella poca no eran tan rudos como ahora.
Por lo menos un mdico de ellos, llamado Avicena, ha pasado a la
Historia.

--Rudos!--exclam Pasarn levantando vivamente la cabeza.

Y acto continuo hizo un panegrico brillante de la civilizacin arbiga
en tiempo del Califato, la ostentacin y magnificencia de la Corte con
sus palacios suntuosos sus bazares, sus baos y acueductos, los
certmenes poticos a que eran tan inclinados. Despus nos di noticias
curiosas e interesantes de aquel mdico Avicena que no se llamaba as
realmente, sino Ibn Sina; su precocidad extraordinaria, pues a los
diecisiete aos era ya un maestro en las ciencias; su vida agitada en
medio de las revoluciones polticas que sin cesar se sucedan en los
diversos principados donde residi; su actividad prodigiosa. Habiendo
vivido slo cincuenta y siete aos y ejercido los ms elevados cargos
polticos, tuvo tiempo a escribir varias obras gigantescas; ms de cien
libros, donde se trata de todas las ciencias cultivadas en su tiempo.
Avicena fu uno de los genios ms extraordinarios y uno de los
escritores ms fecundos que jams han existido.

Cuando termin su perorata, otra vez volvi a su libro y a sus bocados
aquel joven que realmente me pareca iba en camino de ser un nuevo
Avicena. Los comensales y Doa Encarnacin, volvieron tambin a mirarme
escrutando el efecto que en m haba causado.

Sixto Moro segua comiendo sin levantar la cabeza, y en sus labios se
dibujaba la misma sonrisa irnica, esta vez un poco ms acentuada. Rein
el silencio durante algunos momentos, como si todos estuviramos bajo el
peso de tanta sabidura. De pronto, Moro, sin alzar la vista y con grave
y lenta palabra, dijo:

--Verdaderamente sabio, yo no he conocido otro mayor que un cerdo que mi
padre tena hace aos.

Todos le miramos estupefactos y sonrientes.

--Erudito no lo era. Confieso que no era erudito--sigui con la misma
solemnidad--; pero no me cabe duda de que era un sabio maravilloso.
Durante su vida que fu mucho ms corta que la de Avicena, di pruebas
irrecusables de su saber. Slo voy a daros cuenta de una. Este cerdo
senta una verdadera pasin por la harina mezclada con agua caliente;
era para l una golosina. No se le daba ms que dos veces por semana
porque, como sabis, la harina cuesta cara. Ordinariamente se le
alimentaba con berzas y nabos y los desperdicios de la cocina, los
cuales se les servan en una gran caldera ennegrecida por el uso y el
fuego. Cuando le daban harina se le serva en otra ms pequea de color
amarillo. Pues bien; cuando le llevaban las berzas y los desperdicios se
estaba en su cubil acostado, no haca ms que levantar la cabeza y
gruir con ligera satisfaccin. Pero as que divisaba la pequea caldera
amarilla, se pona en pie lleno de alborozo y comenzaba a gruir, con
tal alegra, que era un verdadero escndalo. Qu admirable
penetracin!, verdad? Como yo fu siempre inclinado a gastar bromas con
toda clase de animales, se me ocurri un da darle una. En ausencia de
mi madre tomo la calderita amarilla, la lleno con los desperdicios y se
la llevo. El cerdo empieza a brincar de gozo y a lanzar los gruidos ms
armoniosos de su repertorio; pero en cuanto se cerciora del engao (y le
bast poco tiempo para ello), aquellos gruidos melodiosos se trocaron
en los ms speros y brbaros que os podis imaginar, y no slo eso,
sino que rugiendo de clera se lanz sobre m. Os digo que si no huyo
pronto, no lo hubiera pasado bien. Desde entonces se declar mi enemigo
mortal. En cuanto me divisaba se pona a gruir ferozmente para darme a
entender que no olvidaba la bromita. Era una inteligencia soberana, y su
dignidad igual a su inteligencia.

Todos reamos mirando a Pasarn; pero ste se hallaba enfrascado en la
lectura sin querer or o sin or efectivamente; porque aquel joven no
quera prestar atencin ms que a lo que fuese materia de estudio.

Por eso, cuando uno de los estudiantes de Medicina apunt la idea de que
los rabes eran ms cultos que nosotros los cristianos en aquella
poca, y Moro la corrobor diciendo, en su peculiar forma expeditiva,
que los espaoles de la Edad Media no ramos ms que un hato de
ignorantes, Pasarn se lanz de nuevo a la palestra defendiendo a la
ciencia espaola. Entablse sobre esto una viva disputa. Inmediatamente
se ech de ver la gran superioridad de aqul. Era un torrente de
noticias y datos eruditos. Cit tantas obras y nombres, que realmente
pareca que los tena ya en la punta de la lengua. Moro, en cambio,
mucho ms escaso de ciencia, se defenda con ingenio y salidas tan
oportunas, que desconcertaban no pocas veces a su adversario.

Era un espectculo verdaderamente interesante la discusin de aquellos
dos jvenes, y yo la presenciaba con la boca abierta, pues confieso que
jams haba conocido hombres de tanto talento. La palabra de Pasarn era
precisa, correcta, fra y un poco montona. En cambio, la de Moro,
vibrante y apasionada, tena tantos matices, que me llenaba de
admiracin. Sin embargo, su aficin a las paradojas me pareci excesiva,
y aunque las explicaba con singular donosura, no me convencan.

Pasarn citaba una regla gramatical.

--No hay Gramtica!--replicaba Moro con graciosa resolucin.

--Cmo que no hay Gramtica?--exclamaba Pasarn en el colmo del
estupor.

--No; la Gramtica la han inventado los maestros de escuela para darse
el gusto de azotar a los nios y vivir a expensas de los padres.

--Esa es una de tantas paradojas como te complaces en verter, y que t
mismo no tomas en serio.

--Al contrario, la tomo muy en serio, y sostengo que la Gramtica no
sirve absolutamente para nada.

--La Gramtica seala el apogeo de todas las lenguas, porque significa
que los hombres se dan clara cuenta de sus medios de expresin. Es el
idioma adquiriendo conciencia de s mismo.

--Tal conciencia es innecesaria, como lo es la del poeta respecto a la
esttica. T mismo nos has dicho hace unos das que los arios del Asia
Central haban construdo el snscrito, la lengua ms hermosa que ha
tenido la Humanidad hasta ahora. Y, sin embargo, esos arios eran unos
rudos pastores.

--Naturalmente, la obra de formacin de un idioma es inconsciente; pero,
una vez adquirido, nos toca guardarlo con esmero y venerarlo como un don
de la divinidad.

--El pueblo que lo ha formado puede deshacerlo y construr otro si se le
antoja.

--Si se le antoja no. Los procesos histricos no son obra del capricho;
obedecen a leyes providenciales.

--Niego las leyes providenciales!

Y acto continuo pronunci con calor unos prrafos de filosofa
revolucionaria, que estaba entonces a la moda. Las ideas eran huecas y
aparatosas ms que slidas; pero Moro las manejaba tan brillantemente y
en perodos tan perfectos, que qued altamente sorprendido de su
facundia.

Uno de los Mezquita, advirtiendo mi sorpresa, me gui un ojo diciendo:

--El amigo Moro es un gran orador. All en la Academia de Jurisprudencia
no hay quien le ponga el pie delante.

Moro se encogi de hombros con un gesto de desdn. Y, descontento de s
mismo, profiri bajando el tono:

--No me seduce eso mucho. La oratoria es el arte de decir vulgaridades
con correccin y propiedad.

--Pero Mirabeau ha sido un gran orador. T eres un apasionado de l.

--Mirabeau! Mirabeau!... En los instantes dramticos porque atraviesan
algunas veces las naciones, un hombre de gran palabra y de gran corazn,
como Demstenes o Mirabeau, son necesarios, porque pueden hacer variar
el curso de los acontecimientos. Sobre la ctedra sagrada, hablndonos
del cielo, o delante de un tribunal, defendiendo la cabeza de un
inocente tambin. Pero, qu significa un orador empleando imgenes
poticas y discutiendo con metforas la reforma arancelaria? La oratoria
en la actualidad no es otra cosa que una coquetera, una _clase de
adorno_, como dicen en los colegios; ha pasado a la categora de los
polvos de arroz.

La discusin cientfica se fu trocando en pltica jocosa. Moro concluy
embromando a su amigo Pasarn y hacindonos rer a todos.

--Pasarn, el da en que te mueras, el Purgatorio habr hecho una gran
adquisicin. Espero verte all explicando un curso de filologa
comparada a las nimas benditas.

--Cmo sabes que ha de ir al Purgatorio? No puede ir al Cielo
derechamente?--apunt uno de los Mezquita.

--No lo creo. Pasarn admira a Lucrecio y a Ctulo y dice pestes del
latn de los Santos Padres. As es que se ha hecho muchos y poderosos
enemigos en la Corte Celestial.

--Y al infierno?

--Eso menos. A Dios no le conviene que los demonios se instruyan
demasiado.

Pasarn sonrea dulcemente sin replicar. Su espritu, exclusivamente
cientfico, era refractario al humorismo. Yo estaba verdaderamente
maravillado del ingenio y la instruccin de aquellos dos jvenes. Los
comparaba con los ms conspicuos que haba conocido en la capital de mi
provincia, hasta con los catedrticos que all gozaban de mayor
reputacin, y me parecan todos unos pigmeos al lado de stos. Cre
haber entrado en un mundo mucho ms alto y espiritual y comenzar a vivir
en medio de una raza superior.




II

BREVE NOTICIA DE MIS COMPAEROS DE HOSPEDAJE


Como puede concebirse, me hallaba en un error. Los estudiantes con que
luego tropec en la Universidad, eran, en general, tan vulgares y aun
ms que los jvenes de mi tierra. Pasarn y Moro constituan una
brillante excepcin.

El primero gozaba de una fama inmensa, no slo en la Facultad de Letras,
sino en todas las dems. Era el primer estudiante de la Universidad
Central, y se deca que jams haba habido en ella un fenmeno de
erudicin semejante. Algunos le comparaban al clebre Pico de la
Mirandola, aquel joven portentoso del siglo XV que en novecientas tesis
por l sostenidas brillantemente agot todas las cosas cognoscibles _de
omni re scibili_. Y con esto ninguna pedantera. Pasarn exhiba su
ciencia sin arrogancia, con perfecta naturalidad, como si abriese
cualquier libro bien repleto de doctrina. Perteneca a una familia bien
acomodada de Galicia, y estudiaba a la sazn el doctorado de Letras, con
nimo sin duda de hacerse catedrtico.

La reputacin de Moro era mucho menor. No transcenda de la Facultad de
Derecho. Se le consideraba aqu como un joven inteligente, aunque poco
estudioso, y se le conceda mucha facilidad de palabra. Su carcter,
bastante desigual, y sus frases incisivas, no le hacan simptico.
Pasarn no tena enemigo alguno; pero Moro contaba muchos. En la misma
casa donde nos alojbamos, observ pronto que aqul era admirado y
venerado como un portento; mientras que a ste se le regateaban los
mritos. Hablando con toda franqueza, yo pienso que lo mismo los primos
Mezquita que Albornoz le odiaban secretamente. Aunque le mostrasen
consideracin, se adverta que era por terror. La misma Doa Encarnacin
hablaba de l con un poco de desdn y rea de buen grado cuando alguno
de los huspedes se burlaba de sus famosas melenas.

En el leve desdn de nuestra huspeda entraba por mucho, sin duda, el
origen humilde de Moro; porque las mujeres hacen siempre gran caso de
tal extremo. Moro era hijo de un pobre zapatero de Alcal de Henares.
Tena dos tos ebanistas en la misma poblacin, los cuales haban
adquirido cierto desahogo con su oficio y posean all el mejor almacn
de muebles. Estos dos tos, solteros, entusiasmados con la precocidad de
Sixto, pues en la escuela, cuando contaba slo ocho o diez aos, ya
pronunciaba discursos y causaba admiracin por la facilidad de su
ingenio, se encargaron de subvenir a su educacin. Primero le enviaron a
un colegio muy barato que exista en el Medioda de Francia. All
permaneci tres aos, y aprendi el francs y a vivir sin comer. Segn
nos aseguraba, haba padecido tanta hambre, que nunca ms en su vida
pudo quedar saciado. Se hizo luego bachiller, y emprendi en Madrid la
carrera de Jurisprudencia, que estaba terminando con singular
aprovechamiento. Sus tos haban depositado en l tales esperanzas, que
al mismo Sixto hacan rer.

En cuanto a los primos Mezquita, eran dos seres insignificantes; tmidos
y tolerantes para todo el mundo menos para ellos mismos. Es decir, que
aceptaban cuanto se les deca y no entablaban jams disputa con nadie;
pero entre s eran dos fieros contendientes. Uno de ellos se llamaba
Bruno; el otro, Manuel. Apenas Bruno sentaba cualquier proposicin, ya
fuese del orden fsico o del espiritual, Manuel se ergua desdeoso y
comenzaba a rebatirla punto por punto. Igualmente cuando Manuel se
aventuraba a hacer la ms inocente y sencilla afirmacin, Bruno saltaba
encima de ella como un tigre, y la desgarraba, y la trituraba entre sus
dientes. Las disputas que comenzaban en la mesa se proseguan en su
cuarto, pues los dos ocupaban uno mismo, y all se eternizaban.

Pepito Albornoz era un muchacho inteligente y aun pudiera aadirse
ingenioso. De vez en cuando tena ocurrencias felices; pero era tan
excesivo y vidrioso su amor propio, que paralizaba su ingenio y le haca
aparecer a menudo como un tonto. Cualquier palabra irnica le
desconcertaba, le dejaba incapaz de responder. Fcil es colegir que
Moro, al tanto de esta flaqueza, no le escaseaba las burlas y le tena
martirizado y frito.

Se le ocurra al pobre chico cualquier observacin graciosa respecto a
lo que Moro estaba hablando. Este levantaba la cabeza sorprendido:

--Parece que los pjaros tiran a las escopetas. Ten la bondad de repetir
ese chiste, Pepito, para que Doa Encarnacin lo enve a tus paps con
las notas de clase.

--Sin embargo, Moro, debes convenir en que la salida de Albornoz ha sido
oportuna--apunt uno de los Mezquita.

--S; confieso que en medio de su dulce charla infantil tiene alguna vez
ocurrencias felices. Pero no hay que celebrrselas demasiado. Todos los
pedagogos estn conformes en aconsejar que no se excite el amor propio
de aquellos seres que tienen necesidad ms tarde de luchar con las
agresiones de la sociedad. El de Pepito, ya sabis que est harto
excitado.

Con esto Albornoz se ruboriz fuertemente. Nosotros le miramos y se
ruboriz todava ms.

Qued, pues, instalado en aquella casa muy a mi gusto. Obtuve de los
huspedes tan favorable acogida que, a pesar de mi corta edad, que logr
ocultar algn tiempo, pronto me tute con todos ellos. La superioridad
intelectual de Pasarn y de Moro me causaba admiracin.

Estimulado por ella creci el fuego de la sabidura que me devoraba.
Estaba resuelto a instrurme y a libar toda la miel cientfica que la
Universidad Central destilaba en aquella poca.

Pero con gran sorpresa ma esta miel se hallaba siempre en vas de
fabricacin en las ctedras, sin que jams nos la sirviesen aderezada y
apta para nuestra alimentacin. Quiero decir, que en todas las clases de
la Universidad, lo mismo en la Facultad de Ciencias que en la de Letras
o la de Derecho, los profesores en aquella poca, que sigui a nuestra
gran Revolucin, no explicaban la asignatura que les estaba encomendada,
sino la _introduccin_ a esta asignatura. De tal modo, que pasbamos
todos los meses del curso en el zagun de la ciencia haciendo sonar la
campanilla sin lograr jams franquear la puerta.

Ignoro a qu obedeca esta conducta. Tal vez juzgasen nuestros
profesores que convena tenernos en el portal, temerosos de que la
escalera nos hiciese dao.

Yo me crea con pecho bastante fuerte para subirla. Compr libros y le
por ellos con ahinco. Y no slo en casa, sino en la Biblioteca Nacional,
pasaba largas horas entregado con furor al estudio. Pasarn me ayud
muchsimo a orientarme en mis trabajos. Porque este joven maravilloso
no slo haba profundizado en la Historia, en la Literatura y en la
Filosofa, sino que tena, asimismo, conocimientos muy vastos en las
Ciencias Fsicas y Naturales. Particularmente era asombrosa su erudicin
bibliogrfica. Cuando yo necesitaba conocer con alguna mayor extensin
cualquier materia, l me sealaba al instante el libro en que la
hallara expuesta con mayor lucidez.

No obstante, al cabo quise entender que su ayuda era ms externa que
espiritual. Me sealaba los libros, me hablaba de los autores con una
riqueza de datos sorprendentes, haca algunas observaciones crticas de
importancia; pero no entraba de lleno en el fondo de los asuntos ni
procuraba esclarecerlos. Si he de confesar la verdad, me pareca que le
interesaban de un modo secundario.

La filosofa de la Naturaleza, los grandes sistemas metafsicos, la
investigacin atrevida de las causas esenciales, las ideas que agitaban
constantemente mi espritu y lo tenan anhelante, observ que no le
preocupaban. Cuando yo trataba de lanzar nuestra conversacin a las
alturas y estudiar los hechos capitales de la existencia y decidir de la
mayor o menor veracidad de las ideas, en vez de apoyarme o contradecirme
sola decir: --Esa idea que acabas de emitir es _hegeliana_, o ese
concepto de la fuerza _cartesiano_, o esa opinin se acerca mucho al
_conceptualismo_ de Abelardo. Pero investigar si lo que yo afirmaba era
o no cierto, jams.

Repugnaba la discusin como no fuese sobre la mayor o menor autenticidad
de un dato o de una fecha. En fin, era evidente que le interesaba mucho
ms la historia de la ciencia que la ciencia misma.

Por eso un da a la hora del almuerzo, que era la de las grandes
controversias, Sixto Moro le dijo:

--Pasarn, te pareces a cierto joven que ofreci a sus amigos
presentarles en el palacio de un marqus donde se celebraban brillantes
bailes y reuniones. Sus amigos creyendo de buena fe que era amigo del
marqus y frecuentaba su casa, se pusieron el frac y fueron con l al
baile. Suben la escalera, entregan los abrigos a los criados, penetran
en el saln y nuestro joven se dirige al dueo de la casa que se hallaba
en medio de l, le hace una profunda reverencia y le dice: --Marqus,
tengo el honor de presentar a usted a mi amigo Fulano, capitn de
artillera; a mi amigo Zutano, ingeniero de montes, etctera. El
marqus le mira con asombro, y al fin exclama indignado: --Est bien,
y a usted quin le presenta? --A m, nadie--responde
tranquilamente--, yo me retiro. Y girando sobre los talones, se va del
saln. T haces lo mismo, nos presentas filsofos y literatos, nos
explicas con toda perfeccin sus opiniones y cuando al cabo preguntamos
por las tuyas, te decimos como el marqus: --Y usted quin es?--Yo
no soy nadie, yo me retiro--nos contestas.

Era exacto. Sin embargo, no se poda negar a Pasarn una grande y lcida
inteligencia. Su crtica era casi siempre acertada, vigorosa, posea una
rara penetracin para aquilatar los mritos de cada escritor, no haba
cuidado que se dejase engaar por armadijos ni oropeles. Mas ya fuese
porque el exceso de conocimientos sofocasen en l toda iniciativa
intelectual, o porque su desaforada curiosidad y aficin a la Historia
le impidiese entrar en s mismo, es lo cierto que no podamos averiguar
qu ideas germinaban en su mente acerca de los grandes problemas de la
filosofa ni las secretas inclinaciones de su espritu.

Cun distinto era Moro! Para ste no exista la Historia sino la
actualidad. Sobre cada asunto que se ofreca en nuestras plticas
formaba inmediatamente su opinin que expresaba siempre de un modo
resuelto, inapelable. La mayor parte de las veces, estas opiniones se
apartaban cien leguas de las de los dems; pero esto era cabalmente lo
que l ambicionaba. Su satisfaccin era ostensible cuando despus de
emitir una de ellas vea el asombro pintado en nuestros ojos.

Moro viva en perpetuo estado de rebelin contra todos los principios
que pasan por inconcusos en nuestra sociedad. Era lo que hoy han dado en
llamar ciertos filsofos un no-conformista. En cuanto se ofreca ocasin
de atacarlos, cerraba furiosamente contra ellos o escaramuzaba
ligeramente en torno suyo.

Su ingenio sutil y la afluencia de que estaba dotado le servan
admirablemente para apoyar las verdades cuando casualmente tropezaba con
ellas; pero desgraciadamente tambin le ayudaban a sostener los errores
cuando alguno de sus frecuentes caprichos le arrastraba a ponerse de su
lado. En estos casos se converta en un famoso prestidigitador de las
ideas, haca juegos malabares con ellas, y si no nos convenca por lo
menos nos deslumbraba.

En fin, era un retrico que apuntaba al efecto antes que a la verdad, y
que no tema despearse en un abismo de paradojas y de absurdos si esto
le proporcionaba el gusto de mostrar la flexibilidad de su talento y de
inquietar a sus oyentes. Por esto su conversacin, siempre brillante,
conclua algunas veces por hacerse fatigosa.




III

LA CASA DE MI MENTOR


El general Don Luis de los Reyes fu la persona designada por mi padre
para servirme de mentor en Madrid durante la carrera. En consecuencia,
me present al da siguiente de mi llegada, por la tarde, en su casa.

Ocupaba el General el piso primero de una de las mejores casas del
barrio de Salamanca. Me abri la puerta un criado con librea, quien, al
enterarse de mi deseo de ver al General, llam a otro. Apareci un
hombre que, a juzgar por su traje, no era un criado ni tampoco un
caballero. Despus supe que se llamaba Longinos y era un antiguo
asistente del General a quien haba hecho su hombre de confianza, una
especie de intendente o mayordomo. Al escuchar mi nombre sonri con
benevolencia y no vacil en llevarme a la presencia de su amo.

Se hallaba ste en su despacho escribiendo, y cuando me anunciaron se
alz precipitadamente del silln, vino a mi encuentro y me abraz tan
efusivamente, que no pude menos de sentirme profundamente halagado.

--Ea, ya tenemos aqu al estudiante! Un buen estudiante, verdad? Si
semejas a tu padre por dentro como te pareces por fuera, seremos
excelentsimos amigos.

Me recibi con una cordialidad verdaderamente conmovedora. Se enter
minuciosamente de la salud de los mos, y de todo lo que ocurra en mi
casa, me di infinitos consejos y un cigarro habano que se empe que
fumase en su presencia.

Era Don Luis, lo que se llama en trminos vulgares, un real mozo. Alto,
corpulento con tendencias a la obesidad, la tez sonrosada, los ojos
vivos, la dentadura perfecta, y slo tal cual hebra de plata entre su
barba, que gastaba cerrada y corta. Aunque tena cuarenta y seis aos
cumplidos nadie le echara ms de los cuarenta. Se ofreci desde luego a
mis ojos como un hombre alegre, cordial, impetuoso, un poco ligero,
representando el tipo perfecto del temperamento sanguneo, tal como
acababa de estudiarlo en las nociones de fisiologa que cursamos en el
ltimo ao del bachillerato.

Haba sido uno de los caudillos afortunados de la revolucin de
Septiembre. Durante algunos aos fu un temible conspirador, amigo
ntimo del general Prim y de los dems militares que aspiraban a
derrocar el rgimen imperante, hombre valeroso y estimado de sus
compaeros. Hizo la campaa de Africa donde se seal mucho, y cuando no
haba cumplido an los treinta y cinco aos, alcanz el empleo de
coronel. En aquella poca se hizo sospechoso al Gobierno, se le quit el
mando del regimiento y se le envi desterrado a mi pueblo natal. All
permaneci ms de un ao, y en este tiempo trab amistad estrechsima
con mi padre.

El lazo de unin entre estos dos hombres de profesiones tan diferentes
fu la pesca. Caas, redes, anzuelos, impermeables, botas de agua; yo no
vea otra cosa en mi niez atestando los rincones de mi casa. Posea mi
padre una pequea lancha con la cual se lanzaba a la mar la mayora de
las veces solo. Esto era causa de zozobras sin cuento para mi pobre
madre. Nadie saba mejor que l guisar una caldereta a la orilla misma
del mar con el pescado que acababa de extraer del agua. Era peritsimo
para adivinar y predecir las mudanzas del tiempo. Cuando nuestros amigos
y vecinos proyectaban cualquier excursin campestre se le vena a
consultar, y si l no daba su beneplcito nadie se mova de casa.

El coronel Reyes tena ms aficin que prctica en este noble ejercicio.
Su aficin era verdaderamente loca y superaba an a la de mi padre. Sin
embargo, ste le inici durante aquel ao en todos los secretos del
arte. No se apartaban sino para dormir, porque aun en las horas que mi
padre destinaba al despacho de sus negocios, el Coronel sola estar
presente en el escritorio ocupndose ordinariamente en arreglar los
aparejos. Su amistad se estrech tanto, que llegaron a tutearse como si
se hubiesen tratado desde la infancia. No tenan secretos el uno para el
otro, y cuando un da, burlando la vigilancia de las autoridades,
desapareci el Coronel del pueblo, fu mi padre quien le facilit los
medios y quien le sirvi de intermediario para obtener noticias de su
hija, que haba dejado en Madrid. El coronel era viudo y tena una nia
de poca menos edad que yo, cuyo retrato llevaba siempre en la cartera.
Mi madre se deshaca en elogios de la belleza de aquella criatura de
tres o cuatro aos. Imposibilitado de tenerla consigo a causa de su vida
azarosa, la haba colocado en casa de una prima suya y ms tarde en un
colegio dirigido por religiosas; pero su pensamiento estaba siempre con
ella, porque era hombre afectuossimo.

Digo, pues, que un da desapareci de nuestro pueblo, y desde entonces
corri todas las aventuras peligrosas de los conspiradores de aquella
poca. Se bati el 22 de Junio en las barricadas en Madrid y sigui a
Prim en su odisea por los campos de Castilla hasta entrar en Portugal.
Mi padre conoca por menudo sus azarosos pasos, y me narraba de
sobremesa, con emocin, algunos de ellos.

Al cabo di con sus huesos en Pars, donde permaneci los dos aos que
precedieron al triunfo de la revolucin. All conoci a una joven viuda,
brasilea, de gran fortuna, y se cas con ella. Harto lo necesitaba. El
Coronel era uno de los hombre ms prdigos que pudieran verse. Mi padre
no le reconoca otro defecto. Haba disipado el corto caudal de su
primera esposa que posea ms timbres de nobleza que hacienda, y sera
bien capaz de disipar el de sta si le dieran tiempo y ocasin para
ello. De sus trampas y penurias se disculpaba achacndolo a la poltica;
pero mi padre saba perfectamente que slo deban achacarse a su
inveterada prodigalidad y no poco le tiene sermoneado para corregirle.

Por fin lleg la hora del triunfo. Reyes desembarc en Cdiz con los
militares revolucionarios, se bati en Alcolea y entr victorioso con
ellos en Madrid. Fu nombrado inmediatamente general de divisin o
mariscal de campo, como entonces se deca, saltando sobre el empleo de
brigadier. Erale debido, pues llevaba diez aos de coronel y haba
expuesto repetidas veces su vida en aras de la causa revolucionaria. Un
ao despus fu ascendido a teniente general. A la sazn ocupaba un alto
puesto en el Ministerio de la Guerra.

--Bueno, ahora que ya me conoces (porque reconocerme, aunque digas lo
contrario, es imposible), ahora que sabes que estoy dispuesto a no
perdonarte la ms mnima infraccin de tus deberes (salvo las escapadas
que hars sin que yo me entere), es necesario que conozcas a mi familia
y que te posesiones de esta casa que es, desde hoy, la tuya.

Salimos del despacho, atravesamos un pasillo profusamente iluminado, y
penetramos en una estancia muchsimo ms iluminada an.

Era un gabinete cuadrado de regulares dimensiones, decorado con un lujo
al cual no estaba yo acostumbrado. Las cortinas de raso encarnado
sostenidas por galeras doradas; la sillera dorada tambin y forrada de
la misma tela; del techo penda una artstica araa de cristal y en uno
de los rincones un gran quinqu sostenido por tallada columna de bronce
esparca tambin velada claridad. Sobre la chimenea de mrmol rojizo
haba una magnfica escultura de mrmol blanco, y sobre dos mesitas
chinescas, algunos juguetes de porcelana. Los pies se hundan en la
alfombra; una emanacin de suavidad extraordinaria llenaba el aire con
su perfume. Al travs de una puerta se divisaban otros dos salones; el
uno azul, el otro gris, iluminados igualmente con preciosas lmparas.

Todo aquel lujo me produjo un gran deslumbramiento. All en nuestra
ciudad, mi familia viva con holgura pero con gran sencillez, y jams
haba estado en casa alguna que se le pareciese.

Una linda joven salt de la silla donde se hallaba hojeando un libro, y
se colg del cuello del General dndole dos apasionados besos.

--Aqu os presento a Angelito, cuyo nombre en alas de la fama ha llegado
ya a vuestros odos. Un estudiante modelo, casi un hombre eminente que
llegar a serlo por completo si, como espero, cierra los ojos y tapa sus
odos a los encantos de la capital--dijo Reyes mirando al mismo tiempo
hacia un rincn del gabinete.

En aquel rincn descansaba sobre una butaquita roja como el resto del
mobiliario, otra joven de deslumbrante hermosura.

La primera me alarg risuea su mano, que yo estrech tmidamente. Era
una mano de nia, suave y regordeta. En efecto, aquella joven no era ms
que una nia raramente desarrollada. Por su estatura y corpulencia,
semejaba una mujer, pero su rostro tena la frescura y la inocencia de
la infancia. Sus ojos negros y vivos, guardaban gran semejanza con los
del General; la tez finsima, sonrosada, brillante; la boca deliciosa,
los cabellos negros y ondulados cayendo graciosamente sobre la frente,
una frente estrecha y tersa de estatua griega.

--Mi hija Natalia--dijo Reyes besando aquella frente--. Y aqu tienes a
la seora de la casa--aadi sealando a la joven que se haba levantado
de la butaca y vena hacia nosotros.

Esta me estrech la mano tambin, y el General exclam riendo:

--Estrchala con respeto que es la de un sabio.

La bromita del General me iba pareciendo un poco pesada.

Una sonrisa divina se esparci por el rostro de aquella mujer que ms
pareca una diosa. Era alta, esbelta, admirablemente torneada; pero nada
puede dar idea de su rostro amasado con rosas y leche, donde se unan el
amor y la gracia, la dulzura y la altivez. Sus ojos garzos tallados en
almendra brillaban debajo de sus cabellos rubios con luz tibia y
voluptuosa y su boca sonrea como una rosa que se abre dejando ver dos
filas de perlas. Aquella cabeza encantadora estaba sostenida por un
cuello de alabastro que se una a su espalda con una curva de indecible
elegancia, y su seno se alzaba fiero y majestuoso bajo la tela sutil de
su bata azul.

--Si no es un sabio todava, lo ser, ciertamente, con el tiempo.

--Y si intenta desviarse del camino recto, le pondremos orejeras como a
los caballos de tiro para que mire siempre hacia adelante.

--No haga usted caso de este rudo soldadote que no piensa ms que en
tirar la Ordenanza a la cabeza a todo el mundo. Usted seguir siendo el
estudiante modelo de que hace tiempo tenamos noticia sin necesidad de
que nadie le seale el camino.

--Usted! usted!... Qu significa ese usted? Angelito viene confiado a
nosotros, y t eres desde hoy en Madrid, su nica madre.

Quin dejar de imaginarse el grato cosquilleo que sinti mi pecho al
encontrarme con tan gentil mam? Su voz entr en mis odos como una
msica suave. Mis ojos debieron expresar tanta admiracin, que su tez
delicada se ti de carmn.

--Bien, pues desde ahora no dudes que aqu ests en tu casa y que todos
tendremos un placer en que nos trates y consideres como tu familia.

Hablaba mi buena mam bastante bien el espaol, aunque que con cierto
dejo portugus, alargando un poco los labios, lo cual haca su discurso
suave y mimoso.

--Ven a tomar una copita de Jerez--me dijo entonces Natalia tutendome
ya tambin con la mayor franqueza.

Y cogindome de la mano me arrastr fuera del gabinete.

--Eso es! Has tenido una idea feliz--exclam el General--. Dale un buen
latigazo de Jerez y di a Juan que ponga un cubierto ms en la mesa
porque este buen mozo se queda hoy a comer con nosotros.

Natalia me llev al travs de los dos salones, azul y gris, hasta otra
gran pieza donde dos magnficos aparadores de roble tallado se hallaban
adosados a la pared cubierta de tapices que representaban escenas
campestres. En el medio, debajo de una lmpara donde el gas brillaba
amortiguado por la pantalla verde, estaba ya la mesa puesta. Un centro
de plata adornado de flores perfumaba la estancia. Natalia se dirigi
al criado que, con corbata y guantes blancos, estaba all esperando.

--Sirve una copa de Jerez a este seor.

Por qu a esta nia encantadora se le ocurri tan repentinamente darme
una copa de Jerez? He aqu un problema que no se present entonces a mi
espritu. La beb como si fuese algo que estuviese en el orden de la
creacin, y di las gracias.

Volvimos al gabinete, nos sentamos todos, y el General torn a hacerme
preguntas acerca de mi familia y de los conocidos que haba dejado en el
pueblo. Intil me parece decir que sintindome escuchado por tan gentil
auditorio, procur dar a mis discursos la forma ms ingeniosa y amena de
que era capaz mi cerebro.

El General me hizo narrar las impresiones de viaje. No pude menos de
confesar que algunas distaron de ser agradables. En cierta estacin
subi a nuestro coche un caballero que se condujo conmigo del modo ms
grosero que cualquiera puede imaginarse. Sac violentamente mi maleta de
la rejilla y me la arroj sobre las rodillas. Deca que tena derecho a
un sitio para la suya. Por qu no sac la de cualquiera otro viajero?
Porque yo era un muchacho y no poda hacerle frente. No les parece una
cobarda? Despus se ech a roncar y puso los pies sobre m con unas
botazas sucias que daban asco.

--Por qu no le rompiste la cabeza a ese indecente?--exclam Natalia
con una impetuosidad que nos hizo sonrer--. S! Por qu no le dejaste
caer una maleta sobre la cara cuando estaba durmiendo?

El General solt una carcajada.

--Nia, eso es ya demasiado fuerte! No comprendes que una maleta por
poco que pesase le dejara chato para toda la vida?

--Qu lstima! Yo le hubiera dejado sin narices.

El General, sin dejar de rer, acarici el rostro de su hija, diciendo:

--Sosigate, hija ma. Eres una polvorilla que se inflama con la ms
leve chispa.

--Tiene a quien parecerse--apunt Guadalupe sonriendo.

--Verdad!--replic el General acariciando tambin la mano de su
esposa--. Cunto dara por ser dueo de m siempre como lo eres t! Se
vive ms tranquilo, y, sobre todo, se deja vivir tranquilos a los otros,
lo cual es ms importante.

--Qu s yo!--exclam Natalia haciendo un gesto de desdn--. Por lo
menos a nosotros dos no se nos podr tachar de hipcritas.

--Se me tacha a m?--pregunt Guadalupe dirigindole una mirada de
reconvencin cariosa.

--Nadie podr siquiera imaginarlo--se apresur a decir el General
respondiendo por su hija--. La tranquilidad del alma no excluye la
lealtad. Sabes guardar tus sentimientos y haces bien, porque siendo
puros los veras muchas veces profanados.

Al pronunciar estas palabras, el General clav en su esposa una mirada
de intenso cario que la oblig a ruborizarse.

Mi impresin en aquel momento fu que el General amaba entraablemente a
su hija; pero estaba loco por su mujer. Ni lo uno ni lo otro me
sorprenda, porque yo estaba a dos dedos de participar de aquellos
sentimientos. Natalia, con sus ojos lmpidos, con la movilidad graciosa
de su rostro, con sus ademanes impetuosos e infantiles, provocaba la
ternura que se siente por los nios; pero Guadalupe infunda, por su
belleza escultrica, por la serenidad altanera de su frente, por la
sonrisa divina que se esparca por su rostro, la admiracin ms
profunda.

Esta mujer extraordinaria, que poda contar a la sazn treinta aos,
haba sido casada en Ro Janeiro muy nia con un rico comerciante, que
al morir le leg toda su fortuna. Rica y libre, se vino con su madre a
Europa, y se estableci en Pars. All la conoci Reyes, y consigui
enamorarla. Su arrogante figura y el prestigio de hroe que le daban sus
aventuras romnticas de revolucionario, efectuaron el milagro. Hara
poco ms de cuatro aos que estaban casados, y la hermosa viuda no tena
motivo para arrepentirse. El proscripto, a quien haba dado su mano, era
a la hora presente general y personaje influyente en Espaa. Sobre esto,
la adoracin de Don Luis no ceda un punto de su primera intensidad; su
rendimiento, sus caballerescas atenciones con ella despertaban no pocas
veces una sonrisa entre sus amigos.

--Faltan veinte minutos para las siete--dijo Reyes mirando su reloj--.
Natalia, hija ma, quieres teclear un poco en honor de nuestro husped?

Amablemente, la nia se levant de su butaca, y nosotros la seguimos al
saln contiguo, donde se hallaba el piano. Nos sentamos. Natalia se
acerc a m, y ponindome una mano sobre el hombro, me pregunt:

--Eres aficionado a la msica?

--Muchsimo.

--Entonces te har or algo escogido.

Se sent al piano y comenz a tocar un nocturno de Chopn que yo
conoca. El efecto que en aquel momento me produjo no puede describirse.
Natalia tocaba con una maestra que me pareci insuperable. Era una
profesora consumada. Delante de m, cerca del piano, se hallaba
Guadalupe, que me espiaba con sus hermosos ojos, y de vez en cuando me
sonrea. Yo crea estar en el cielo. Naturalmente en el cielo de
Mahoma, porque no era lo suficiente espiritual en aquel momento para
entrar en el cristiano.

Me senta conmovido hasta lo profundo del alma; me acometieron deseos de
llorar. En aquella edad padeca una emotividad exagerada que me haca
sufrir y gozar como pocos hombres habrn gozado y sufrido en este mundo.
Deb quedar plido, y, a despecho mo, es posible que una lgrima haya
asomado a mis ojos.

Natalia termin. Yo, haciendo un esfuerzo sobre m mismo, aplaud con
todas mis fuerzas. Guadalupe se acerc a m solcita y me pregunt:

--Te sientes mal, hijo mo?

--No, seora.

--Es que he observado que tus manos temblaban un poquito y que tu cara
bajaba de color mientras Natalia nos ha hecho or el nocturno... Me
alegro--aadi sonriendo--de que estas seales de agitacin se deban
solamente al efecto de la msica. Eso prueba que adems de un odo
delicado tienes un corazn sensible.

Si yo hubiera respondido que su voz sonaba ms grata en mi corazn que
el nocturno de Chopn, no dira una falsedad. Era una voz anglica que
se deslizaba en los odos y llegaba a lo ms secreto del alma. Cuando la
Naturaleza se decide a fabricar un sr perfecto no abandona ningn
detalle.

--Cmo no se ha de sentir mal este chico?--manifest el General
riendo--. Estar muerto de hambre. A ver, ahora mismo a la mesa!

Y se lanz al comedor seguido de nosotros.

Nos sentamos a la mesa. Las poticas emociones que haba experimentado
no alteraron poco ni mucho mis facultades digestivas. Com con el mayor
apetito. Lo mismo el General que las damas me animaban a hacerlo.
Cuando el criado nos sirvi unos salmonetes con salsa, el General dej
escapar un suspiro y exclam con acento dolorido:

--Oh, qu hermosos salmonetes he pescado con tu padre detrs de las
peas en la concha de Argan!

--Mejores los pescas en el Manzanares--dijo Natalia.

Su padre hizo como que se enfadaba, y me confes que alguna vez se
consolaba tomando el coche y hacindose conducir a las afueras de
Madrid, cerca del ro. All se pasaba algunas horas con la caa en la
mano slo para recordar tiempos mejores. Ordinariamente vena sin
nada; pero en cierta ocasin trajo una tenca que pesaba libra y media.

--Fu un acontecimiento que ocup la atencin pblica varios das--dijo
Natalia--. Haba que ver la cara de pap cuando se present con la
tenca. Ni que viniese de ganar una batalla a los moros. Y luego qu
cuidados exquisitos para guisarla! No se fiaba del cocinero; l mismo en
persona fu a dirigir la operacin. Cuando la sirvieron a la mesa se la
condujo bajo palio, y Guadalupe y yo tocamos a cuatro manos la _Marcha
Real_.

--Re, re, picarilla--dijo su padre pellizcndola--; pero no es menos
cierto que has hecho los honores a mi tenca y que ambas os habis
alegrado bastante cuando la he pescado.

--Es natural, como que tu gloria al fin y al cabo refluye sobre
nosotras--dijo Guadalupe.

--Tambin t?--prosigui el General amenazndola con el dedo.

--Pap, si me prometes no enfadarte te dira una cosa.

--Di lo que quieras.

--No te enfadars?

--Palabra de aragons.

--Pues bien esta maana he ledo en un peridico la siguiente
definicin: Una caa de pescar es un instrumento al cabo del cual se
encuentra siempre un tonto.

--Bah! Y una pluma es otro instrumento al fin del cual se tropieza no
pocas veces con un asno.

--Lo ves cmo te has enfadado?

--No me enfado; pero defiendo el noble arte de la pesca de los ataques
insidiosos que se le dirigen por quien no lo conoce o carece de
aptitudes para practicarlo.

--Ser todo lo noble y todo lo difcil que quieras, pap, pero debes
convenir en que no es divertido.

--Si se tratase de la caza...--apunt Guadalupe.

--Estis en un error! En la pesca existen goces que no puede sospechar
el que no la haya practicado. En primer lugar se respira el aire libre
del mar, se contempla su vasta llanura unas veces en calma, otras
agitada. Es un espectculo desde luego ms sublime e interesante que el
de los jarales que ordinariamente recorre el cazador. Despus hay el
misterio, esto es, lo que ms seduce al hombre en este mundo. All en
las profundidades del agua, invisible siempre, se encuentra lo que
apetecemos apresar. No sabemos si est lejos o cerca de nosotros; pero
llega un momento en que la caa se dobla o en que el aparejo se
estremece en nuestras manos. No podis sospechar el sabor que tiene tan
precioso instante para el pescador. Esta sensacin nica, que a nada se
parece, compensa sobradamente la paciencia que hemos gastado
esperndola. Luego comenzamos a ver al prisionero; no sabemos quin es
ni cmo se llama, pero ya se vislumbra su bulto entre los cristales del
agua. Al cabo aparece en la superficie: es una lubina, es un sollo, es
un salmonete. Con qu gozo le asignamos su nombre!

--Pero es un gozo brbaro--manifest Guadalupe--. El hombre en la caza y
en la pesca se transforma en animal de presa, espa a su vctima, la
engaa y cuando observa que ya no puede escapar ni defenderse cae sobre
ella, como el gato sobre el ratn, o el ave de rapia sobre el polluelo.
Es innoble!

--Tratndose de la caza, convengo en ello, querida. El cazador sorprende
a un inocente pajarito que es todo alegra y cuya existencia semeja
mucho a la nuestra. Tiene amores, siente celos, rie combates con su
rival, fabrica su nido, se extasa cantando como un artista y le
impresiona, como a l, la belleza de los das esplndidos y de los
paisajes luminosos... Pero un pez es un sr, cuya inconsciencia linda ya
con la de la materia bruta: no ama ni aborrece; no conoce siquiera; es
mudo; ningn grito denota su sensibilidad. Cuando sale del agua se le
extrae el anzuelo, y pocos momentos despus queda asfixiado. Aqu no hay
sangre como en la caza, no hay nada cruento ni doloroso...

As discutan placenteramente aquellas amables personas.

Yo segua nadando en el cielo, y cuando hube satisfecho el instinto de
nutricin que en aquella edad gritaba en m de un modo alarmante, pens
con tristeza que pronto tendra que separarme de tan grata compaa.

Estaba encantado del padre y de la hija, pero la esposa me tena
fascinado. Haciendo todo lo posible para disimularlas le diriga
intensas miradas de admiracin. Pasaron inadvertidas? No lo creo. Desde
que hay mundo ninguna mujer dej de percibir la influencia de sus
encantos sobre un hombre. Me miraba de vez en cuando cerrando un poco
sus hermosos ojos con expresin de afecto, y sonrea. Era su sonrisa
leve, dulce, graciosa, un poco enigmtica como la que Vinci puso en los
labios de su Gioconda.

--Por supuesto--aadi el General riendo--, toda esa sensibilidad de que
hacis gala para m es msica. Tonico tiene razn cuando dice que una
mujer se desmaya viendo matar una gallina; pero se baa en agua de rosas
cuando un enamorado se da un tiro en la frente por ella.

--Dice eso Tonico?--pregunt Guadalupe alzando la cabeza y mirando a su
marido con expresin burlona.

--S; eso dice, y en mi concepto tiene mucha razn--respondi el General
un poco desconcertado por aquella mirada.

--Es una prueba ms del maravilloso ingenio que Dios se ha dignado
conceder a Tonico--replic la dama con tal acento sarcstico que el
General enrojeci.

--No ser un rasgo de ingenio, pero es una gran verdad... Por lo dems,
ya s de sobra que todo cuanto dice Tonico no tiene para ti sentido
comn.

--Perdona que haya puesto mis manos pecadoras sobre el arca santa--dijo
Guadalupe con el mismo tono sarcstico.

--A m no se me ha confiado ningn arca, pero tengo el deber de defender
a mis amigos. Las mujeres rara vez procedis con justicia, porque no
razonis vuestras simpatas o antipatas que son puramente instintivas.

--Esa reflexin es tambin de Tonico?

--No es de Tonico, es ma... Pero si lo fuese qu?

--No es muy galante.

--Cuando se habla en general no hay falta de galantera, porque se deja
siempre un hueco para las excepciones.

Esta corta disputa haba introducido una nota agria en aquel suave
concierto. Natalia tena la frentecita arrugada y sus ojos expresaban
extrao malestar. De esto deduje que el sujeto de quien se trataba no
haba logrado captarse la simpata de las damas.

El General tena un temperamento impetuoso y colrico, y su mujer, que
deba de conocerle bien, no quiso pasar ms adelante en la discusin.
Volvindose hacia m me pregunt con tono afectuoso:

--Has vivido alguna vez en casa de huspedes?

--No, seora; jams he salido de mi casa hasta ahora.

--Oh, entonces seguramente va a ser doloroso tu aprendizaje! Echars de
menos las comodidades de tu casa, la confianza y los cuidados de la
familia.

--A la edad de Angelito no se echa de menos nada ms que la libertad
cuando nos privan de ella--dijo el General que estaba ya pesaroso de
haberse puesto serio--. Y no quiero aadir el dinero, porque estoy
cierto de que Angelito sabr hacer buen uso del que su padre le d.

La conversacin sigui pacfica y alegre. Habamos llegado a los
postres; y cuando nos disponamos a tomar el caf omos el timbre de la
puerta.

--Es Tonico!--exclam el General alegremente.

Lo mismo Guadalupe que Natalia permanecieron serias y aun quise percibir
en el rostro de ambas seales de contrariedad.

--El seor Grimaldi--dijo el criado levantando la cortina.

El caballero que se present vesta de frac y corbata blanca. Para
representarse lo que era fsicamente, no hay ms que recordar los
figurines de los sastres. Aquellos rostros excesivamente lindos,
correctos, perfilados, impecables daban cabal idea del suyo. La frente,
la nariz, la boca, los cabellos negros esmeradamente peinados, el bigote
y la perilla, todo era perfecto. Los soldaditos de papel con que juegan
los nios tambin parecan fotografas suyas. No le faltaban siquiera
las fuertes rosetas en las mejillas. En cuanto a su frac; la pechera
reluciente, como un espejo, de su camisa; la botonadura de perlas, la
fina cadena de su reloj pendiente de uno de los bolsillos del chaleco a
la moda del Imperio, las botas de charol; nada poda darse ms flamante
e irreprochable. Poda contar de treinta y ocho a cuarenta aos de edad,
algunos menos, por lo tanto, que su amigo el General.

Como persona de entera confianza y de las que se ven todos los das
estrech silenciosamente la mano de los tres, principiando por Guadalupe
y concluyendo por Natalia, cuyo rostro azot cariosamente con los
guantes que empuaba en una mano. Si he de decir la verdad, no observ
cordialidad ms que en el General al recibirle. Este me present a l y
nos saludamos ceremoniosamente.

Don Antonio Grimaldi era aragons como Reyes, perteneciente a una
familia opulenta de negociantes. Se haban conocido y tratado en
Zaragoza; estuvieron algunos aos sin verse y, al fin, se tropezaron en
Pars poco despus de haberse celebrado el matrimonio del General.

Grimaldi resida desde haca tiempo en aquella ciudad llevando la vida
del soltero rico. Era conocido en los _boulevares_, en los restaurantes
de moda, en las carreras de caballos y en las salas de armas. Aunque en
Zaragoza no haban sido amigos muy ntimos, porque la diferencia de edad
en la juventud es ms apreciada, al encontrarse en el Extranjero se
estrech su amistad hasta hacerse fraternal. Quiz la misma diferencia
de temperamentos contribuyese a afirmarla.

Era el General ruidoso y expansivo en grado sumo. Su amigo, por el
contrario, fro y reservado como un diplomtico veneciano. A aqul se le
iba la lengua a menudo, hablando ms de lo que aconseja la prudencia.
Este la retena alguna vez ms de lo que prescribe la cortesa.

Correcto e irreprochable en sus modales, como lo era en su traje,
Grimaldi permaneca silencioso voluntariamente largos ratos, y cuando se
decida a tomar la palabra, lo haca con cierto esfuerzo, cual si se
viese obligado contra su gusto a ello. Como el General era un charlatn
sempiterno, no es maravilla que se encontrase a gusto con tan sempiterno
oidor.

Sin embargo, sola embromarle por este su temperamento inalterable.

--Tonico, eres como el viento que sopla del Guadarrama, fino, glacial,
que no apaga una buja y es capaz de matar un hombre.

Grimaldi sonrea con el borde de los labios.

Cuando se cruzaron pocas palabras sobre asuntos indiferentes, Guadalupe
se levant diciendo:

--Con permiso de ustedes voy a vestirme.

--Yo tambin me voy a poner el frac. Esta noche debemos ir a la Embajada
de Italia.

Quedamos en el comedor Natalia, Grimaldi y yo. La nia se puso a hablar
conmigo animadamente sin hacer caso de Grimaldi, el cual abri un
peridico que estaba sobre la mesa, y se puso a leer.

No tard en presentarse el General, y entonces Grimaldi tom parte en la
conversacin. Al cabo apareci tambin Guadalupe. Vena esplndidamente
ataviada y ostentando preciosas joyas: grandes solitarios en las orejas;
en los cabellos una mariposa de brillantes y en el cuello una magnfica
_rivire_ de las mismas piedras.

Se di la seal de partida, y me desped de Natalia que era la nica
que se quedaba en casa. Me apret la mano con aquella su franqueza
efusiva que la haca tan amable.

En la calle, el General volvi a abrazarme y a ofrecerse con el mismo
afecto y cordialidad: me hizo prometerle que vendra a comer con ellos
todos los sbados. Guadalupe me alarg su mano que yo estrech temblando
de emocin. Montaron en el coche. Grimaldi me hizo una profunda
reverencia y mont en el suyo, que era elegantsimo y arrastrado por dos
magnficos caballos extranjeros.

Cuando partieron, permanec unos instantes inmvil. Luego principi a
caminar cabizbajo hacia mi casa en un estado de extraa y dulce
turbacin.




IV

CORRO PELIGRO DE CAER EN RIDCULO Y AN PRESUMO QUE HE CADO


Los sbados coma, pues, en casa de Reyes. Despus me llevaban consigo
al teatro, unas veces al _Real_, otras al _Espaol_ o a la _Zarzuela_;
porque en los principales de Madrid tena la familia del General un
turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la
ornamentacin de mi persona. Me haba encargado un traje de frac y unas
botas de charol, compr el sombrero de copa ms reluciente que pude
hallar en la capital y celebr largas conferencias con la planchadora
que me haba recomendado Doa Encarnacin acerca de la pechera y los
puos de mi camisa, conjurndole por lo que ms amase en este mundo a
que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.

No bastaba esto. Era necesario adems que el peluquero del entresuelo me
frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase
con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmtico al
bigote. Mi cabeza era un puro rizo y deba semejar bastante a la de un
negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me pareca una
verdadera obra de arte.

El que lea estos renglones habr ya adivinado para quin se preparaban
estas armas mortferas. Sin embargo, tal vez se haya pasado de suspicaz,
porque yo mismo no estaba bien seguro de lo que pretenda y si me
dijesen en aquellos das que aspiraba a seducir a la bella seora del
general Reyes me hubiera ruborizado y rechazara la especie con
indignacin. Lo nico de que estaba cierto era de que aspiraba a
mostrarme ante ella con todas las ventajas fsicas con que a Dios plugo
favorecerme.

Debo confesar, aunque me duela el hacerlo, que mis proyectiles caan en
la plaza, pero no estallaban. Yo no poda atribur este resultado a
defecto de fabricacin, porque estaba perfectamente seguro de mi
planchadora, de mi zapatero, de mi sastre y de mi peluquero. Tal vez la
Providencia, velando por la seguridad de aquella preciosa mujer, evitase
milagrosamente su explosin.

En casa de Reyes me reciba todo el mundo con cordialidad. El General se
alegraba mucho de verme y rea y tosa hasta reventar contndome
repetidas veces los graciosos episodios de sus das de pesca en compaa
de mi padre. Natalia me acoga con su habitual franqueza un poco ruda
pero siempre cariosa. Y en cuanto a Guadalupe, me trataba siempre como
una verdadera madre.

Pues bien, esto era precisamente lo que yo no poda sufrir. Aquel tono
maternal que conmigo usaba en vez de infundir gratitud en mi corazn lo
llenaba de despecho. Porque hablemos claro, qu motivos existan para
ello? Aunque contase diez o doce aos ms de edad que yo, por ley
natural no poda ser mi madre. Adems, mi barba precoz alejaba de la
mente de cualquiera este ridculo supuesto y pensaba que mereca alguna
mayor consideracin. Guadalupe se obstinaba en hacer caso omiso de ella.
Yo me desesperaba.

Un catarro feliz vino a esclarecer un poco este tenebroso asunto. Un da
me sent indispuesto, tuve un poco de fiebre y me vi obligado a quedarme
en la cama. Doa Encarnacin temi una pulmona y llam al mdico. Si no
mereci el nombre de pulmona, algo logr parecrsele y pas algunos
das molesto y abatido. El sbado, no pudiendo ir a comer a casa del
General, rogu a Moro que le enviase una tarjeta en mi nombre hacindole
saber la causa.

En la maana del domingo me encontraba bastante aliviado: la fiebre
haba desaparecido por completo; tena mi cabeza despejada y departa
placenteramente con mi amigo Moro cuando apareci de improviso Doa
Encarnacin anuncindome, no sin cierta emocin, que dos seoras pedan
permiso para verme.

No dud un instante que fuesen Guadalupe y Natalia, porque no trataba
otras en Madrid. La noticia me produjo una increble agitacin, mezcla
de temor, de alegra y de vergenza. En qu desventajosa situacin iba
a contemplarme la hermosa seora del General! Sin corbata, sin pechera
almidonada, con el pelo lacio, sin cosmtico, ojeroso y desmadejado!
Sixto Moro quiso retirarse, pero yo le rogu que no lo hiciese, tanto
por buscar apoyo contra la vergenza que me embargaba como por el
secreto orgullo de mostrarle mi amistad con personas tan principales.

Venan de misa y entraron ambas con mantilla en la cabeza, el
devocionario en la mano y el rosario de oro y ncar arrollado a la
mueca. No necesito aadir que Guadalupe en esta forma ataviada pareca
ms hermosa que nunca. Yo siempre la encontraba mejor. Ambas se
mostraron conmigo afectuossimas, me hicieron infinitas preguntas, me
dieron infinitos consejos higinicos y encargaron muy especialmente a
Doa Encarnacin que de ningn modo permitiese que me acatarrase de
nuevo. Despus se sentaron y charlaron animadamente de diversas cosas,
casi todas ellas relacionadas con el arte dramtico que ha sido en
Madrid, y sigue sindolo, la tabla de salvacin de todas las visitas.

Les present a Sixto Moro; pero contra lo que yo esperaba ste apenas
pronunci una palabra. Se mostr tan reservado y tmido que hizo
aumentar an mi embarazo. No pude menos de imaginar que se hallaba
estupefacto, fascinado como yo por la belleza de la seora de Reyes.
Comprend sus impresiones, pero me disgust aquella actitud, porque me
haba hecho lenguas en casa del General de su ingenio y elocuencia.
Ambas le dirigan con disimulo escrutadoras miradas donde yo crea leer
cierta sorpresa mezclada de irona. Guadalupe se alz al cabo de la
silla y, acercndose a m, dijo:

--Nuestra charla, si se prolonga, puede hacerte dao. Nos vamos.

Al mismo tiempo comenz a arreglar con sus preciosas manos el embozo de
la cama, y al hacerlo puso una de ellas casualmente sobre mis labios.

Casualmente? Yo era fatuo como lo son en esta edad casi todos los
hombres, pero no lo bastante para pensar otra cosa. As que me abstuve
de hacer lo que contando diez aos ms y siendo menos fatuo hubiera
hecho seguramente.

Qu delicioso desengao! Aquella linda mano se sinti molesta, irritada
por mi deplorable equivocacin y me apret con impacientes sacudidas los
labios reclamando la ofrenda que le era debida. Yo deposit en ella un
beso tan leve que a la hora presente aun no estoy seguro de que
mereciese este nombre. Sin embargo, ella se di por satisfecha: retirse
dulcemente y di otros tres o cuatro toquecitos alegres a las sbanas
mostrando su contento.

--No deje usted de darle por la noche, antes de dormir, una tacita de
tila con una cucharada de azahar. Es un remedio inofensivo que en nada
contrara las prescripciones del mdico. A m me prueba muy bien en
todos los catarros.

Doa Encarnacin prometi ejecutar fielmente este y otros encargos que
le hicieron. Cuando al cabo se marcharon dejando embalsamada la estancia
con un suave perfume de violeta yo no saba dnde estaba, haba perdido
por completo la nocin del mundo exterior y erraba por las regiones ms
altas de los espacios cerleos.

La voz de Moro me sac de mi estupor hipntico.

--Qu hermosa! qu hermosa! Es una aparicin celeste!

--Verdad que s?--exclam impetuosamente fuera de mi sentido.

--He visto pocas jvenes que puedan comparrsele.

--Ninguna, ninguna!

Yo deba de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.

Sixto me mir con sorpresa.

--Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. Qu delicadeza de
facciones!, qu cutis terso y nacarado, qu graciosos ademanes, qu voz
penetrante!...

--Qu manos divinas!--exclam paladeando interiormente aquel esbozo de
beso que haba gozado.

--Adems hay en sus ojos una expresin de firmeza y candor al mismo
tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrs de
aquellos ojos un espritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus
gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad
inflexible. Cuando ame, amar de una vez y para siempre. Feliz el
hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!

Estas ltimas palabras me sorprendieron.

--Pero, de quin ests hablando?

--De quin he de hablar? De la hija de Reyes.

--Yo pens que te referas a su mujer!

Nos miramos los dos un instante y soltamos a rer.

--Soy mejor persona que t--me dijo Moro--, porque amo lo lcito no lo
prohibido.

Convine en ello y proseguimos todava largo rato cantando
alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.

Se haban despedido hasta el da siguiente, y Moro me pidi permiso para
asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo conced con tanto ms gusto
cuando que ya conoca sus preferencias y no poda existir rivalidad
entre nosotros.

Con la alegra de dos nios traviesos comenzamos a disponer los
preparativos para recibirlas dignamente. Obligamos a Doa Encarnacin a
que nos prestase su concurso: se cambi la colcha de mi cama,
exageradamente modesta, por otra de seda que Doa Encarnacin guardaba
en el armario desde sus buenos tiempos de novia; se traslad un tapiz de
la sala a mi cuarto; se limpi con esmerada prolijidad el gabinete;
Moro compr flores y se colocaron en dos macetas sobre la mesa; yo envi
por una caja de bombones y tambin se puso abierta y como al descuido al
lado de la maceta.

Cunto gozbamos! Cmo reamos al disponer estos homenajes! Moro
invitaba a Doa Encarnacin a que se vistiese el traje de gala y saliese
al portal a recibirlas; otras veces le propona que alfombrase el
pasillo; otras que hiciese venir un clarinete amigo suyo para que tocase
un _solo_ mientras durase la visita. La pobre mujer tomaba en serio
alguna de estas proposiciones y nos haca estallar en carcajadas.

Aquella noche dorm agitadamente. Sin embargo, me encontr muy bien por
la maana, limpio de fiebre y con deseos de levantarme. No lo hice, como
puede presumirse, y desde las ocho ya estaba preparado a recibir la
celestial visita. No se efectu hasta las once. El pobre Moro sufri una
decepcin. Vino solamente Guadalupe. Natalia no haba podido salir de
casa por hallarse ocupada en copiar ciertos escritos que su pap
necesitaba con urgencia.

La visita de la hermosa dama fu brevsima. Se inform afectuosamente
del estado de mi salud, se mostr muy satisfecha de la mejora y para
consolidarla me prohibi que me levantase aquel da. Luego se sent, y
levantndose al instante se acerc a mi lecho con ademn de despedirse.
Me puso la mano sobre la frente como si quisiera cerciorarse de que
estaba completamente limpio de calentura y despus la coloc
tranquilamente sobre mis labios y la mantuvo all un segundo. Pero en
este segundo tuve tiempo a darle ms de cuarenta besos.

Renuncio a expresar qu ensueos alados, qu locas imaginaciones
ocuparon mi cerebro en los das siguientes. Viv en un estado tal de
agitacin feliz, que lleg a causarme dao. La dicha cuando es demasiado
intensa se hace dolorosa.

Me puse bueno rpidamente. Cuando lleg el sbado tom las precauciones
que juzgu indispensables respecto a mi cabellera, mi camisa y mis
puos, y me present en casa de Reyes como el general que penetra en una
plaza que acaba de capitular.

Sin embargo, mi rostro expresaba, cuando penetr en el comedor, no la
insolencia de un grosero advenedizo a quien el azar pone en las manos
una fortuna inmerecida, sino la dulce serenidad del hroe acostumbrado a
vivir en compaa de la victoria.

Todos me acogieron con alegra. Hasta el fro Grimaldi me dirigi una
leve sonrisa de felicitacin por mi restablecimiento. Aunque yo
participase ya de la antipata que inspiraba a Guadalupe (como estaba
dispuesto a participar de todas sus opiniones y sentimientos), no pude
menos de corresponderle con efusin.

Porque la efusin rebosaba de mi alma en aquellos momentos. Mi corazn
triunfante, desbordando de felicidad, contemplaba la creacin entera,
los hombres y las cosas con un igual sentimiento de benevolencia
generosa.

Mi primera mirada a Guadalupe fu rpida, discreta, pero de una
intensidad tal, que debi iluminar su alma como un brillante relmpago.

La que ella me dirigi fu mucho ms discreta an. Si hubo iluminacin,
fu tan rpidamente extinguida, que no dej seales. No pude leer otra
cosa en ella que aquel tierno y molestsimo sentimiento maternal que
desde un principio me haba dedicado.

La segunda, menos rpida, menos discreta y ms intensa an, no obtuvo
tampoco resultados visibles. La hermosa seora de Reyes me mir
atentamente al rostro y me pregunt con inters:

--Supongo que seguirs tomando por las noches la tacita de tila con
azahar que te he recomendado.

--Seora, djese usted de tila y azahar, y recordemos los besos que le
he dado!

Esto respond, no con los labios, sino con el pensamiento.

En efecto, haba tomado la tila y me haba probado perfectamente.
Despus se inform si llevaba sobre el pecho una franela, como me haba
recomendado igualmente. S; llevaba sobre el pecho aquella franela.
Cuando se hubo enterado de estos pormenores pareci quedar enteramente
satisfecha.

Pero yo no lo estaba, rayo de Dios, no lo estaba! Al contrario, me
sent repentinamente tan triste y desmayado, que mi rostro debi
expresarlo claramente.

--No has adelgazado mucho--dijo Natalia mirndome--; pero ests abatido.

En fin, se dej de hablar de mi persona, y la conversacin gir sobre
otros asuntos ms importantes. Guadalupe tom parte en ella con la
perfecta naturalidad que la caracterizaba, sin que yo pudiese observar
en su actitud ni en sus miradas nada que indicase la presencia en su
corazn de un secreto amor. En vano quise adoptar actitudes lnguidas e
interesantes para hacerla comprender lo que pasaba en el mo; en vano
procur dar a mis ojos una expresin cada vez ms intensa; en vano
comenc resueltamente a arquear las cejas, a alargar los labios y
ejecutar otros signos que me parecan adecuados a despertar en ella el
recuerdo de aquel delicioso momento de abandono cuya memoria esclareca
mi alma. Nada; ni la ms leve seal que denotase su existencia.

Entonces quise probar a llamarle la atencin por medio de una tosecilla
seca y discreta, a fin de que advirtiese que yo no olvidara jams la
prueba de amor que me haba dado y que sera fiel hasta la muerte.

--Cuando digo que no ests curado por completo y que no debieras salir
an por la noche!

Es horrible. Estas caritativas palabras hirieron mi corazn como un
dardo envenenado. Sent que me abandonaban las fuerzas y estuve a punto
de llorar all mismo, en presencia de todos, mis ilusiones perdidas.

Hasta me acometi repentinamente la sospecha de que aquellos
inolvidables besos no haban existido ms que en mi imaginacin, que
acaso los haba soado. La duda hizo presa en mi alma, y qued triste,
triste hasta la muerte.

El tiempo transcurra; terminamos de comer; la conversacin sigui
girando sobre varios asuntos. Y yo no obtuve ningn indicio que pudiera
hacerme pensar que el suceso que haba llenado mi corazn y trastornado
mi cerebro durante algunos das no fuese un delirio de mi mente
acalorada por la fiebre. Al sbado siguiente pas lo mismo, al otro,
igual...

Aquellos besos, caso de haber existido, se perdieron en los abismos del
tiempo y del espacio, y jams ningn qumico los hallar en su retorta
analizando los componentes del planeta.




V

MI AMIGO PREZ DE VARGAS, GELOGO


Mi vida acadmica se deslizaba paralela y ms tranquila que esta otra de
que acabo de dar noticia.

Entre mis condiscpulos de la Facultad de Ciencias intim
particularmente con uno llamado Martn Prez de Vargas. Era un joven de
singular talento y aplicacin. Trab con l amistad un da en que, por
encargo del catedrtico, hizo el resumen de las explicaciones de la
semana. Llev a cabo su cometido con tanto acierto y claridad y palabra
tan elegante, que cuando salimos de clase no pude menos de felicitarle
calurosamente.

Soy vehemente para expresar mi opinin adversa cuando cualquier cosa o
persona me disgusta. Quiz por eso habr pasado alguna vez por
envidioso. Juro, sin embargo, que jams maldec de aquello que me
pareci bien, y que, por el contrario, creo haber pecado casi siempre
por exceso de entusiasmo tratndose de aquellos amigos en quienes
reconoca algn mrito.

Prez de Vargas una a su claro talento un gran atractivo fsico. Era
rubio y tena hermosos ojos azules, donde se lea a la vez la
inteligencia y la lealtad de su espritu. Sus facciones correctas, su
tez delicada y tersa, su figura esbelta. Vesta con elegancia y sus
modales eran distinguidos, revelando una educacin esmerada. Perteneca
a una aristocrtica familia muy conocida en Madrid y habitaba un viejo
palacio en una de las calles prximas a la de San Bernardo donde se
halla situada la Universidad.

Nuestra amistad se satisfizo al principio con pasear juntos por los
corredores en los intervalos de las clases. Muy pronto, sin embargo,
advirtiendo mi inclinacin al estudio y mi entusiasmo por la ciencia me
llev a su casa y me mostr los tesoros cientficos que haba acumulado.

Era su casa, como he dicho, un viejo palacio bastante deteriorado y
sucio por fuera. Dentro era otra cosa. El portal adornado con plantas,
la escalera alfombrada. El portero era un enano imponente con luenga y
espesa barba gris, larga levita azul y sombrero de copa; los criados
vestan de frac y corbata blanca.

Pero mi amigo, aunque perteneca a la casa, no disfrutaba mucho de sus
suntuosidades ni gozaba de gran preeminencia en ella a lo que pronto
logr entender. Marchando sigilosamente sobre la punta de los pies y
recomendndome el mismo silencio me condujo, despus de atravesar
algunos amplios pasillos del piso principal, por una estrecha escalera a
una especie de camaranchn o desvn con dos ventanillas sobre el tejado
y una claraboya en el techo.

Prez de Vargas haba hecho de esta pieza su cuarto de estudio y su
museo. Estaba amueblado con un sof viejo y cojo, algunas sillas viejas
y cojas tambin, una mesa-escritorio vieja, y adornado con algunos
cuadros viejos. Los tesoros cientficos de que he hablado se hallaban
esparcidos sin orden ni clasificacin alguna por el suelo. Se componan
de algunos frascos llenos o mediados de disoluciones viscosas de
diferente coloracin, muchos y grandes pedruscos de fea catadura, y de
un gato disecado de ms fea catadura an.

Prez de Vargas era apasionado de las ciencias naturales,
particularmente de la Geologa, y aprovechaba los domingos para hacer
excavaciones por los alrededores de Madrid. Casi siempre vena cargado
de piedras preciosas, no para el adorno de las damas, sino para el
conocimiento de los diferentes aspectos que haba presentado en su
evolucin nuestro planeta mirado desde Vallecas y para el estudio de la
vida y milagros de nuestros antepasados trogloditas. Prez de Vargas
haba descubierto que el arroyo Abroigal haba sido en tiempos
prehistricos un ro caudaloso tan grande como el Misisip. Desde que me
comunic tan importante descubrimiento yo no poda saltar este reguero
sin sentirme penetrado de respeto.

Adems haba encontrado en las afueras de la villa, cerca de la Moncloa,
algunas capas de lava porosa que en su opinin era de origen gneo. Esto
le haca presumir que en Madrid haba existido un volcn en los tiempos
siluriano o devoniano. Nada tendra de extrao, porque los peridicos
conservadores decan todos los das que vivamos sobre un volcn.

Aconteca que los criados, no versados en tales estudios, y que
ignoraban enteramente la gnesis de nuestro planeta, le tiraban a la
calle algn trozo de roca plutnica o de esquisto cristalino como si se
tratase de cualquier vulgarsimo canto rodado. Prez de Vargas
experimentaba un vivo dolor y protestaba con toda la indignacin de sus
convicciones cientficas. Pero aquellos malhechores de corbata blanca
apenas le escuchaban o lo hacan con sonrisa de conmiseracin
despreciativa.

Por qu esta sonrisa desdeosa apareca en los labios del servicio
domstico de la casa de Prez de Vargas cada vez que tropezbamos con
uno de sus individuos en los corredores?

No por otra razn sino porque Martn era el ltimo vstago de aquella
noble familia.

Su hermano mayor se acercaba ya a los cuarenta aos y era comandante de
artillera; el segundo, que pasaba de los treinta, era capitn del
mismo cuerpo facultativo; despus vena una cola del gnero femenino,
compuesta de cinco nias, Rosala, Caridad, etc., hasta llegar a
Mercedes que contaba veintin aos, tres ms que mi buen amigo y
condiscpulo.

Esta familia haca algn papel en la alta sociedad madrilea.
Particularmente las cinco ninfas brillaban y centelleaban como claros
luceros en los teatros, paseos y conciertos y en todos los bailes, _tes
bridge y five o clock_, del gran mundo. Los cronistas de los peridicos
no omitan jams sus nombres.

Que estas cinco jvenes tenan el propsito firme de encontrar cinco
maridos no era un secreto para nadie. La razn de por qu no los haban
hallado hasta entonces, ya estaba ms oculta.

Sin embargo, en la Universidad, donde no slo se aprenden teoras y
clasificaciones cientficas, sino que hay tiempo de averiguar los
recursos pecuniarios con que cuentan las familias de los estudiantes, se
deca que la casa de Prez de Vargas estaba arruinada y que si no vena
pronto un marido rico a ponerle algunos puntales no tardara en
desmoronarse.

Al mismo tiempo, aunque todo el mundo reconoca que vestan con
elegancia, ninguna de ellas llamaba la atencin por su hermosura. Un
estudiante bromista me dijo un da al odo que la ms bonita de las
nias de Prez de Vargas era Martn, nuestro condiscpulo. En efecto, su
belleza era tan acabada, y al mismo tiempo tan femenina que si hubiese
cambiado su rostro por el de una de sus hermanas sta hubiera realizado
un negocio magnfico.

Pero si su frente era tersa y pura como la de una Venus helena, los
pensamientos que bajo ella germinaban no podan ser ms viriles. Mi
amigo Prez de Vargas aspiraba nada menos que a dejar huellas profundas
en la historia de la ciencia: hablaba de hacer viajes exploradores por
el Africa Central, de reconocer por s mismo los estratos terciarios de
los Andes chilenos y los silurianos de Noruega, de estudiar
concienzudamente los fsiles marinos pertenecientes a especies
extinguidas. Sobre todo tena en su corazn el propsito inquebrantable
de dar a conocer al mundo los restos de un colmillo de elefante y de
algunos molares del mismo animal que haba tenido la dicha de encontrar
en el cerro de San Isidro.

All en las soledades de su estudio-desvn pasbamos a veces largos
ratos hablando de estos y otros proyectos, haciendo experimentos de
fsica o trasegando disoluciones de un frasco a otro. Hasta nosotros
llegaban las notas alegres del piano y el ruido del bailoteo del saln,
que escuchbamos con indiferencia desdeosa. Eramos unos sabios y aquel
mundo frvolo que all abajo se agitaba no excitaba en nosotros ms que
desprecio y compasin.

Pero el mundo frvolo pagaba con creces nuestro desdn y hasta sospecho
que se rea de nuestro ardiente deseo de saber. Un mozalbete de los que
bailaban y representaban charadas en los salones de Prez de Vargas, un
da que nos tropez en la calle habl a mi amigo con tal tono de
superioridad protectora, que me sorprendi y me irrit lo indecible.
Esta sorpresa aument notablemente cuando Martn me hizo saber que aquel
mequetrefe, que slo contara cuatro o cinco aos ms que nosotros,
haba intentado seguir tres carreras y en todas tres se haba quedado
atascado a la puerta sin lograr aprobar el primer curso. An no haba
averiguado que en una sociedad brillante, pero inculta, el hombre culto
es objeto siempre de aversin y desprecio.

Nos hallbamos a la sazn en un perodo bastante agitado. Las
manifestaciones polticas y los motines eran frecuentsimos en Madrid.
Nosotros los estudiantes no nos substramos a este humor turbulento;
antes al contrario, ramos los primeros en participar de todas las
algaradas que se sucedan casi sin interrupcin y aun promover algunas
por nuestra cuenta. Por la cosa ms insignificante nos encrespbamos,
salamos a la calle furibundos y gritando como energmenos. Un da era
porque cierto profesor haba expulsado de la ctedra a un alumno sin
razn alguna; otro da porque exigamos que se nos concediesen las
vacaciones antes del tiempo reglamentario; otro porque el catedrtico de
Historia, segn noticias de sus discpulos, haba defendido el tribunal
de la Inquisicin en sus explicaciones. Por todo nos alborotbamos y
todo nos serva de pretexto para no entrar en clase y hacer ruido. La
Polica nos tena sobre ojo y nos detestaba cordialmente. Y en cuanto se
presentaba una ocasin propicia, ya se saba, nos zurraba la badana de
lo lindo.

Tanto Prez de Vargas como yo abominbamos de estos ridculos alborotos,
que nos parecan engendrados las ms de las veces por la necedad y la
holgazanera.

Acaeci que un da, como ya haba acaecido otros varios durante aquel
curso, llegaron los estudiantes de la Escuela de Medicina de San Carlos
a las puertas de la Universidad en furioso tropel, lanzando alaridos
lamentables para solicitar nuestra ayuda en un caso verdaderamente
grave. Se trataba de que el decano de la Facultad, en un alarde de feroz
despotismo, haba decretado que no se expusiera en la sala de diseccin
ms que un cadver por semana para el estudio de los alumnos. Esta
resolucin arbitraria y desacertada hiri en lo ms vivo la dignidad de
aquellos que crean tener derecho a dos cadveres por lo menos. Se
agitaron, se arremolinaron y decidieron reclamar de los Poderes pblicos
por medio de una manifestacin en que tomasen parte todas las Facultades
de la Universidad, los cadveres que de antiguo les correspondan.

Los estudiantes de Derecho, como es natural, tratndose de sujetos
consagrados al cultivo de la Justicia, tomaron parte inmediatamente en
la vindicacin de la ofensa y se lanzaron a la calle gritando tanto o
ms que los directamente agraviados. Las dems Facultades fueron
arrastradas tambin por esta gran marejada y se decidieron igualmente a
solicitar con el mayor ruido posible la destitucin del infame decano.
Algunos no se daban por satisfechos con verle destitudo y expresaban
sin rebozo alguno su deseo ardiente de hacerle la autopsia el primer da
que se presentase ante ellos en clase.

Con estos sentimientos crueles, en mayor o menor grado de intensidad, se
form delante de la Universidad una manifestacin imponente. Antes de
ponerse en marcha hicieron uso de la palabra algunos oradores, que
arengaron a las masas encaramados sobre los hombros de sus compaeros En
todos sus discursos resplandeca un amor entraable a la libertad y
todos expresaron el propsito firme de dar por ella hasta la ltima gota
de sangre.

Mi amigo Prez de Vargas y yo, ignorbamos la relacin que exista entre
la libertad y los cadveres reclamados; pero seguimos por curiosidad la
manifestacin, aunque de lejos, haciendo comentarios poco halageos
para sus tribunos.

--Me parece--deca Martn, riendo,--que lo que estn dispuestos a dar,
no es la ltima gota de su sangre, sino la de sus cadveres.

La masa de estudiantes descendi por la calle de San Bernardo, lanzando
gritos de guerra, con el propsito de llegar hasta la Puerta del Sol y
asaltar el Ministerio de la Gobernacin.

--Qu manifestacin macabra!--exclamaba Prez de Vargas.

Pero al llegar cerca de la plaza de Santo Domingo, una seccin de
guardias de orden pblico les sali al encuentro y les oblig a
retroceder precipitadamente. Esta retirada precipitada se convirti
pronto en huda vergonzosa; porque los guardias, exasperados por los
insultos antiguos y modernos que de los estudiantes reciban, comenzaron
a repartir sablazos con verdadera prodigalidad. Para que la ola no nos
arrastrase tuvimos necesidad de arrimarnos al muro de las casas. No nos
pareca ni conveniente ni decoroso el huir, ya que nosotros no habamos
tomado parte en la manifestacin. Pasaron, pues, nuestros compaeros
como un vil rebao perseguidos de los guardias; pero al aparecer stos
con los sables desenvainados, nosotros, en vez de seguir tranquilos, no
pudimos reprimir un movimiento instintivo de miedo y dimos la vuelta y
nos pusimos a correr como los otros. Fu nuestra perdicin. A los pocos
pasos que dimos, Martn cay herido de un sablazo en la cabeza. Yo me
detuve y felizmente me baj para socorrer a mi amigo y esto me salv de
otro sablazo igual o mejor.

La calle haba quedado desierta. Las tiendas y las puertas de las casas
se haban cerrado haca tiempo. Los comerciantes y porteros, sabiendo ya
por experiencia en lo que paraban estas manifestaciones estudiantiles,
en cuanto vislumbraban una se apresuraban a echar el cerrojo.

En un principio imagin que Martn haba cado al suelo por virtud de un
golpe de plano; pero al levantarle observ con horror que estaba
cubierto de sangre. Entonces llam con todas mis fuerzas en la puerta
de la tienda que tena cerca, pidiendo socorro. Al cabo de unos
momentos, un dependiente asom la nariz por una estrecha rendija y
paseando sus ojos investigadores por el mbito de la calle y
cerciorndose de que el peligro haba desaparecido, abri a medias la
puerta, alzamos entre los dos al herido y lo metimos dentro. No haba
perdido el conocimiento, pero soltaba bastante sangre y como sta le
corra por la cara, el efecto no poda ser ms aflictivo. Despus que
hicimos vanos esfuerzos por restarsela con un pauelo y con una
toalla, el dueo del comercio y sus dependientes opinaron que debamos
conducirlo a la botica ms prxima.

As lo hicimos, y el farmacutico, que ya tena abierta la puerta,
aunque no el escaparate, se apresur a baarle la herida con un lquido
astringente que detuvo la sangre; pero me aconsej que lo llevase a la
Casa de Socorro. Echadas mis cuentas, vi que sta se hallaba bastante
ms lejos que la suya y en consecuencia decid transportarle a su propio
domicilio, y l as me lo rog tambin. Corr a la plaza de Santo
Domingo donde haba puesto de coches de punto, me met en uno, vine a la
farmacia y acomodando en l a mi amigo, di las seas al cochero del
palacio de Prez de Vargas.

En pocos momentos llegamos delante de la puerta. El enano hirsuto y
severo de la portera nos recibi sin conmoverse ni ceder un punto de su
severidad. Hizo sonar un timbre, baj un criado y tampoco ste pareci
dar seales de sobresalto y dolor viendo a su joven seorito con la
frente vendada y con seales de sangre en la venda. Lo que hizo fu
subir apresuradamente la escalera y enterar a la familia de que Martn
haba sido herido por un guardia en un motn de estudiantes.

Cuando llegamos arriba salieron la seora de Prez de Vargas, mam de
mi amigo, y dos de sus elegantes hermanas. La mam se conmovi al verle
tan plido y herido.

--Hijo mo, qu has hecho?--exclam ponindole las manos sobre los
hombros.

--Qu haba de hacer? Alguna tontera de las suyas!--respondi
agriamente una de sus hermanas.

--Como si lo viera!--corrobor la otra con no menos acritud.

--A ver, Gabino, corre inmediatamente a casa de Huerta!... No, no
avises a Huerta, que est muy lejos... Aqu en el nmero siete hay un
mdico. Pregunta al portero. Dile que venga contigo sin prdida de
tiempo--profiri la seora temblando de emocin dirigindose al criado
mientras besaba a su hijo y le empujaba suavemente hacia las
habitaciones interiores.

Pero en aquel momento salieron al ruido las tres ninfas que restaban, se
pusieron al tanto de lo que ocurra, y sin compasin alguna comenzaron a
pronunciar speras palabras contra mi pobre amigo.

--Bien empleado te est!--deca una.

--Eso es!--replicaba otra--. Estos chicuelos son insufribles, siempre
armando alborotos.

--Y faltando al respeto a los profesores.

Yo estaba escandalizado de aquella dureza injustificada. Quise hacerles
entender que nosotros no habamos tomado parte en el motn, y slo por
una circunstancia fortuita haba sido herido mi amigo. Aquellas
elegantes arpas me atajaron con unas miradas tan furiosas y
despreciativas que las palabras expiraron en mis labios. Avergonzado y
confuso, cuando vi que todas me volvan la espalda, me puse el sombrero
y baj apresuradamente la escalera.

Cuando lleg el fin del curso, repasamos juntos nuestras asignaturas:
en los ltimos das resolvimos velar hasta la madrugada. Al efecto,
despus de cenar me iba a su casa. Sobre la mesa de su cuarto se
hallaba, a ms de los libros, una maquinilla para hacer caf.

Es cosa sabida por todos que este producto ultramarino desvela y aguza
la memoria. Lo confeccionbamos, pues, con prolijo esmero y bebamos
algunas tazas. El resultado no corresponda siempre a nuestro propsito.
Ms de una vez y ms de dos a la media hora de ingerirlo roncbamos
ambos de bruces sobre la mesa.

Aquel fu el primero y ltimo curso que estudiamos juntos. En uno de los
primeros das del segundo lleg a la Universidad triste y abatido, y me
comunic con voz apagada, que por exigencias de su familia se vea
obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la
milicia. Con prudente vaguedad me di a entender que los negocios de su
casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en
condiciones de ganarse la vida por s mismo. Haba elegido la carrera de
ingeniero militar como ms compatible con el cultivo de las ciencias que
amaba y no quera abandonar.

Pronto averig, como averigu todo Madrid, la ruina y cada de la Casa
de Prez de Vargas. Sus acreedores se haban echado sobre ella, y no
slo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote haba quedado en su
poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aqu tenan
sus destinos: los paps y las hijas se haban ido a vivir a cierto
lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la seora les
haba dejado una casa y algunas pequeas rentas para sostenerse. All
fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto
esplendor haban dado a la corte.

Martn qued aquel ao en Madrid preparndose para el ingreso en la
escuela. Despus se fu a Guadalajara y no volv a verlo en muchos aos.




VI

LA GLNDULA DEL ATESMO


Bien; quedamos en que la rosa esplndida que brot en la maana de mi
vida se marchit apenas brotada. No acaeci otro tanto con la que
embalsam la existencia de mi amigo Sixto Moro. He de contar su historia
en estas memorias con la esperanza de producir algo digno de ser
conocido.

Y por qu he de maldecir de mi fracaso? Al contrario; quiero alegrarme
como si fuese uno de los sucesos ms dichosos de mi vida. Cuando un
hombre, a punto de cometer una mala accin, tropieza con cualquier
obstculo que se lo impide, esto significa que no est dejado de la mano
de Dios. El ngel de su guarda le ha suscitado aquel impedimento para
salvarle. Yo bendigo a la Providencia porque el mo en aquella ocasin
me haya hecho caer de bruces. A la hora presente no me atormenta el
remordimiento de haber engaado vilmente a un amigo de mi padre.

Ya s que esto no es completamente moderno, que existe en la actualidad
una moral ms perfeccionada; pero soy viejo ya y no tengo tiempo ni
humor para ponerme al tanto de los nuevos descubrimientos.

La aventura de Moro se desarroll desde un principio con la mayor
inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las
pocas palabras que con ella haba cruzado causaron sobre l tan profunda
impresin, que durante algn tiempo apenas saba hablarme de otra cosa.
Quera averiguar no solamente los rasgos de su carcter, sino tambin
los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con
preguntas que la mayor parte de las veces no poda yo satisfacer. Me
confesaba ingenuamente que la imagen de aquella nia le segua a todas
partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.

Yo comprenda el estado de su alma por lo que en la ma pasaba: hubiera
tenido placer en ayudarle a conquistar el corazn o la mano de aquella
bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era
un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de
palabra, que a no dudarlo se abrira camino en la sociedad y alcanzara
los primeros puestos de la poltica. Pero su mrito hasta ahora se
hallaba indito: slo sus condiscpulos de la Universidad y sus
compaeros de la Academia de Jurisprudencia podan apreciarlo. En el
mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era
otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcal y un aprendiz de
abogado. Cmo poner los ojos en la hija nica de un tan encumbrado
personaje como el general Reyes?

Demasiado lo comprenda l. Por eso jams, ni directa ni indirectamente,
sali de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese
significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se
entregaba libremente a los goces del amor platnico, buscando las
ocasiones de dar satisfaccin a los ojos con la imagen de su adorada.

No le faltaban, ciertamente, porque yo conoca bien las costumbres de
las damas; saba en qu iglesia y a qu hora oan misa los domingos y
cules los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro,
aunque dispona de escassimos recursos, encontraba de vez en cuando
una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de _paraso_. Yo
le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando
toda la noche a su dolo.

Ms de una vez, cuando yo tena el honor de acompaarlas, al levantar
los ojos desde nuestra platea a la galera tropezaron con los de mi
amigo vidamente posados en nosotros. Yo le haca un signo, l me haca
otro, y nada ms. Me haba suplicado con mucho encarecimiento que jams
diese a entender a Natalia aquel amor que le haba inspirado, y le
cumpla la promesa. Ms de una vez tambin, hallndole por la maana con
los ojos enrojecidos, he comprendido que haba pasado la noche anterior
con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algn teatro. Yo le
embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y l no me negaba el
hecho.

Natalia me dijo un da:

--Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya
diferentes veces.

--S--le respond con alguna vacilacin--; le gusta mucho la msica y la
literatura... pero le habrs visto en las alturas, porque todava no
puede permitirse el lujo de una butaca.

--Eso demuestra que es un sincero aficionado--replic graciosamente--.
La mayora de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro
por el drama o por la pera que representan, sino por ver gente, por
exhibirnos, por pasar el rato.

Repet estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresin. El
espritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al travs de
ellas.

--Ya ves cmo no adoro a una mueca!--exclam con los ojos brillantes
de alegra.

Se hizo ms cauto, sin embargo, y redobl sus precauciones para no ser
visto por ella.

Qu placer infinito le caus un da que le traje la rosa que Natalia
haba llevado sobre el pecho en el teatro! Se le haba cado cuando
salimos. Yo la recog del suelo y quise entregrsela.

--Trala, no sirve ya para nada.

--Es lstima--le respond--; me quedo con ella.

--Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!

--Bueno, se la regalar a mi patrona Doa Encarnacin, a ver si consigo
que se ablande.

--Qu ests diciendo?--exclam, mirndome con espanto.

--S; que se ablande el _beefsteak_ que nos sirve en el almuerzo.

Solt una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi
palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran xito.

El pobre Moro quiso volverse loco de alegra cuando le entregu esta
rosa. Me hizo jurar que no le engaaba, que haba estado, en efecto,
sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entreg a tan
graciosos extremos de alegra, que pasamos un rato delicioso. La coloc
en un pequeo florero, se arrodill delante de ella, se puso a cantar el
_Tantum ergo_ y a guisa de incensario quem en su honor algunas hojas de
_papel de Armenia_. Despus la llev con toda solemnidad a su cuarto y,
haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerr en su
armario, prometindome que de vez en cuando la pondra de manifiesto,
sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a
adorarla.

Cunto nos hacan rer estas bromas! Nos hallbamos en la edad dichosa
en que se re con las alegras y tambin con las penas.

Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se haba
extinguido por la pasin sin esperanza que le haba cogido, contar una
chanza que por aquellos das nos hizo rer mucho.

Algunas noches, despus de comer, los primos Mezquita solan
arrastrarnos consigo al _Caf de Madrid_.

En aquel tiempo se juntaban por las noches en este caf los enemigos ms
caracterizados que el Sr Supremo tena en la capital de Espaa. La
mayor parte eran estudiantes de Medicina. Haba tambin muchos
dependientes de comercio y algn que otro borracho sin profesin
conocida.

Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado
de la puerta de ste apareca un gran letrero en negro, trazado con
brocha gorda, que deca: _Cay para siempre la raza esprea de los
Borbones._ Al otro lado deca: _Justo castigo a su perversidad._
Estos renglones fatdicos, que podan leerse a la luz de los faroles,
contribuan no poco a mantener vivo el espritu revolucionario en el
caf.

Todo el mundo era rebelde en el _Caf de Madrid_: el dueo, los mozos,
la clientela. Si por casualidad se deslizaba all algn incauto
monrquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos
sediciosos que se vertan en voz alta.

Verdad que en aquella poca no se corra peligro amenazando a lo
existente en voz alta. Nos hallbamos en plena revolucin. Los
ministerios se sucedan unos a otros alzados y derrocados por la presin
del populacho y de los peridicos que mejor lo representaban. El
Ejrcito se cruzaba de brazos, presenciando con desdeosa indiferencia
la agitacin de las masas; la Polica ejerca su ministerio tan
tmidamente, que no se la senta, como si tuviese vergenza de s misma.

Con todo, no poda dudarse de que los clientes del _Caf de Madrid_ eran
hombres indmitos y peligrosos, y el ms feroz de todos su mismo
propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a
situarse en una mesa prxima al mostrador, rodeado siempre de una
camarilla o guardia negra que comentaba sus hazaas y beba sus licores.
Corra, como vlido en el caf, que Don Pancracio (as se llamaba su
dueo) se haba batido heroicamente en las barricadas y haba entrado en
todas las conspiraciones fraguadas diez aos antes de la revolucin, por
lo cual haba sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas
condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.

Don Pancracio era hombre feroz por conviccin ms que por temperamento.
Todo el mundo convena en que tena un corazn bondadoso y tierno y se
contaban de l algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero haba
llegado a imaginar que era un sr temeroso y esto le lisonjeaba hasta un
punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid haba
dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban ms que una seal
suya para empuar el trabuco y lanzarse a la barricada.

Aunque esto no fuese cierto, los clientes as lo crean y l deba de
creerlo an ms firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre
fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por
todo el mbito del caf. Cuando all en una mesa lejana se produca una
disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban prximos a
venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos
guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia,
tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del
orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer
estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genzaros se apresuraban a
calmarle: --Don Pancracio! Don Pancracio!... Un hombre como usted
ensuciarse las manos en esos peleles!

El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el
cuello de la botella y no tardaba en bebrsela en compaa de su estado
mayor. No puedo medir la capacidad estratgica que ste alcanzaba,
porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero s puedo
certificar de la que posea para los lquidos espirituosos.

Todas las horas eran trgicas para este caf de conspiradores; pero la
ms trgica de todas era aquella de la noche en que apareca un
peridico revolucionario titulado _El Combate_. Cuando se abra la
puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo,
los clientes todos como un solo hombre se ponan en pie, se agitaban
convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido
hasta que todos se vean poseedores de la preciosa hoja que devoraban
con espasmos de alegra. En esta hoja se llamaba todos los das
granuja al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se
empleaban las palabras ms sucias del diccionario para calificar a los
ministros.

Cmo poda consentirse esto?, preguntar tal vez el lector.
Sencillamente, porque habamos concludo con la ominosa tirana y
gozbamos de todos los derechos individuales.

No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acuda al
recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en
las redacciones de los peridicos, apaleaban a los redactores y rompan
y deshacan cuanto encontraban. Todo el mundo habr odo hablar de la
famosa _partida de la porra_. De un da a otro se esperaba que estos
terribles apaleadores penetrasen en la redaccin de _El Combate_. Si no
lo haban hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban
prevenidos y escriban con un par de revlveres delante de las
cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del
peridico, una gran impaciencia reinaba en el caf, algunos salan a la
calle, circulaban noticias alarmantes y slo respirbamos cuando
apareca el enorme paquete por la puerta.

Una noche no apareci. Noche terrible, noche aciaga en los fastos de
aquel memorable caf! A medida que el tiempo transcurra la
consternacin se pintaba en todos los semblantes. Al principio se
gritaba mucho, se gesticulaba, haba gran movimiento de entradas y
salidas: los clientes ms jvenes se lanzaban en descubierta por las
calles y volvan plidos sin poder dar noticias concretas. Ms tarde una
desesperacin sombra se apoder de todas las cabezas. Las voces
comenzaron a sonar ms roncas. Despus se apagaron por completo y un
silencio heroico se extendi por todo el caf.

Don Pancracio orden cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus
camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas,
advirtindonos que podamos permanecer all el tiempo que tuviramos por
conveniente.

Nadie se movi en efecto. All permanecimos todos hasta que ray la luz
del da, convencidos de que el dios Morfeo no tena poder para prender
nuestros prpados si antes no habamos ledo las fulgurantes amenazas de
_El Combate_.

Es de saber, no obstante, que en el _Caf de Madrid_ no todos eran
hombres de accin. Haba tambin pensadores. Y siento verdadera
satisfaccin al declarar que los que correspondan a la mesa donde se
sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los ms conspicuos.

Despus que se haba injuriado suficientemente a los Poderes
constitudos se discuta indefectiblemente el tema de la espiritualidad
del alma. En realidad no se discuta, porque aquellos estudiantes no
admitan discusin sobre este punto; pero serva de blanco para sus
burlas ms ingeniosas y para sus sarcasmos ms sangrientos. Haba un
profesor de la Facultad de Medicina que les deca: --Entre los
centenares de cerebros que he disecado, jams tropez mi escalpelo con
el alma.--Y esta frase se repeta a menudo y cada vez con ms uncin
por los tertulios.

En cuanto a Dios, no contaba all ms que con una minora irrisoria.
Slo dos o tres nos atrevamos a sostener que no estaba completamente
sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurra pronunciar su
nombre, inmediatamente se nos atajaba: --Perdn, amigo, no podras
decir en vez de Dios, la Naturaleza?

Sin embargo, nosotros nos obstinbamos en nombrarle. Decentemente no
podamos dejar abandonado un sr indefenso.

Esto produca terribles contiendas teolgicas, en las cuales alguna vez
tomaba parte el mozo que nos serva, llamado Farias. No s si algn da
escribir un estudio sobre este mozo, pero s estoy seguro de que
debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filsofo, pero
gran matemtico. Cuando le debamos cuatro cafs y siete botellas de
cerveza nos demostraba con el lpiz en la mano que le debamos cinco
cafs y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinin con deferencia
ms por respeto a su lpiz que a sus conocimientos.

Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jvenes que el
pensamiento no es otra cosa que una secrecin del cerebro, como la orina
de los riones. Se repetan estas y otras frases de Cabanis y Carlos
Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabidura humana.
No existan an los _mecanistas_, los _energticos_, los
_pansensacionistas_, los _cientistas_, y se atenan, por lo tanto, a la
forma ms primitiva del monismo materialista.

Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religin entraba en
los dominios de la patologa interna. El que creyese en otro mundo ms
que el que veamos y palpbamos era un enfermo. Si afirmbamos la
existencia de Dios y del alma era porque tenamos atascados los
conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el
ascetismo, un sntoma manifiesto de degeneracin.

Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos
perturbados, histricos y degenerados. Con quienes ms se ensaaban
aquellos jvenes era con san Francisco de Ass y santa Teresa. Pobre
santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se
investigaban, se estudiaban minuciosamente sus ms recnditas dolencias
femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de
sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis
protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.

La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con
que a veces los desconcertaba, de nada servan tampoco. Sus
conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios
eran, como los mos, rudimentarios.

Sin embargo, una noche entr en el caf y se sent a la mesa con
ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendi.
Inmediatamente procur entablar discusin con los jvenes fisilogos y
comenz a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando
logr ponerlos exasperados, di el golpe de gracia que tena preparado.
Sac del bolsillo el ltimo nmero de _El Siglo Mdico_, que acababa de
aparecer, y, ponindolo sobre la mesa, profiri con acento triunfal:

--Leed este artculo y edificaos!

Uno de los tertulios tom la revista y se puso a leer; pero Sixto le
ataj:

--No, no; exijo que se lea en voz alta.

Rein un silencio profundo, y el que tena entre manos la revista
comenz a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el clebre
fisilogo francs Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina,
dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por l en los
hospitales de Pars. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones
anatmicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo
observar en dos cadveres, cuya diseccin hizo simultneamente, un
desarrollo anormal de la llamada glndula _tiroides_. Esta masa
glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrs de la
traquearteria siempre es ms voluminosa en el nio que en el adulto. Por
eso le llam la atencin su extraordinario desarrollo en dos hombres que
haban fallecido despus de los cuarenta aos. Informndose de los
antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se haban sealado
por una impiedad recalcitrante. No slo se haban negado a recibir los
sacramentos de la Iglesia, sino que haban escandalizado constantemente
a las religiosas que los asistan con sus burlas y blasfemias. Excitada
la atencin del observador con esta experiencia, procur verificarla en
casos sucesivos. Al efecto, estudi en los dos ltimos aos la laringe
de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y slo en dos casos
la _tiroides_ dej de presentar un volumen anormal.

El artculo cay como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara
larga y melanclica que recordaba las figuras del Greco. El lector solt
la revista con desaliento. Los dems guardaron silencio. Slo uno se
aventur a decir en voz baja y balbuciente:

--Mucho me sorprende de Claudio Bernard...

Sixto Moro recogi la revista, la guard en el bolsillo y porque no
sufriese menoscabo su victoria se levant del divn y se despidi muy
cortsmente diciendo que iba al teatro. Yo le segu alegando el mismo
motivo.

Cuando hubimos salido del caf, Moro se detuvo y comenz a rer de tan
buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendi un poco,
pues no hallaba razn para tanta algazara.

--Es gracioso--le dije por seguirle el humor.

--Y tan gracioso! Mucho ms gracioso de lo que puedes imaginar!

Y vuelta a rer hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado,
pudo articular:

--Has de saber que todo ha sido una farsa.

--Cmo una farsa?

--S; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.

--No lo entiendo.

--Ese artculo est escrito por m.

--Ahora lo entiendo menos.

--Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime _El Siglo
Mdico_ y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi
artculo, prometindole que lo inutilizara as que hubiera dado la
broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.

Sac en efecto el peridico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin
dejar de rer.

--Pero cmo has podido escribir este artculo? Quin te ha enseado
ese frrago de trminos tcnicos?

--Los he extrado de sus mismos libros, que los Mezquita dejan
esparcidos sobre la mesa de su cuarto.

Celebr como mereca la broma, que era realmente chistosa; y seguimos
riendo al recordar el gesto de estupefaccin de nuestros contertulios.

Al cabo, ponindose repentinamente serio, Moro exclam:

--Vamos a ver! Despus de todo, si hay glndulas para la fe, por qu
no ha de haberlas para la impiedad?




VII

MI AMIGO JUREGUI, ESPIRITISTA


Por qu le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar
los senos recnditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se
mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarn, tan pacfico, tan
indiferente, se encoga de hombros con displicencia.

Don Carlos de Juregui, nuestro compaero de pensin, husped del
gabinete frontero al mo y copropietario de la sala que nos separaba,
era un joven que podra contar veinticinco aos. Alto, delgado, esbelto,
de facciones delicadas y expresivas, la tez plida, los ojos negros y
rodeados de un crculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y
enfermizo. Vesta con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo
del frac, que indefectiblemente se pona todas las noches, ostentaba
bordada la cruz roja del hbito de Calatrava. Un bigotito negro con las
puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves
y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quera pregonar su
esclarecida estirpe.

En efecto, aquel joven perteneca a una aristocrtica familia de la
provincia de Alicante y estaba prximamente emparentado con algunos
ttulos que residan en Madrid. Sabamos por Doa Encarnacin que era
hurfano de padre y madre, que tena o haba tenido por tutor al marqus
de la Ribera del Fresno; sabamos igualmente que posea una mediana
fortuna y sabamos tambin que estaba dando buena cuenta de ella entre
los placeres de la vida cortesana.

No haca ms que dormir en casa. Almorzaba, segn nuestras noticias, en
un Crculo de la calle de Alcal y a la hora del crepsculo vena a
casa, se vesta de etiqueta y sala despus a comer en alguna de las
muchas residencias aristocrticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba
casualmente en el corredor o en la sala me haca un reverente saludo, al
cual yo corresponda con idntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con
todos nuestros compaeros. Su actitud no poda ser ms correcta, pero
tampoco ms fra.

Pues esta correccin y frialdad era precisamente lo que escoca a los
huspedes de Doa Encarnacin. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel
joven aristcrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de
los seres vivos, y que si en los rganos externos y visibles parecamos
todos iguales, exista realmente entre su naturaleza y la nuestra un
abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le haban
dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado,
odio que creca todos los das al observar las muestras de acatamiento
que nuestra patrona Doa Encarnacin le prodigaba. Porque si nosotros no
estbamos absolutamente ciertos de que Juregui estableciese
tericamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a
nadie ofreca duda que prcticamente Doa Encarnacin la institua.

Por eso cada vez que se hablaba del _calatravo_ (as se le conoca entre
nosotros), los primos Mezquita sonrean con amargura y rechinaban los
dientes.

He aqu que un da, al abrir la puerta del gabinete para salir por la
sala, como lo hiciese sin ruido acert a presenciar un espectculo que
me llen de confusin. El caballero Juregui se hallaba en pie frente al
espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos
convulsivos que me pusieron en suspensin y espanto. Tena el sombrero
en una mano y lo agitaba frenticamente y sacuda al mismo tiempo la
cabeza con extrao furor, clavando una mirada de extravo sobre su
propia imagen pintada en el cristal.

Me detuve un instante estupefacto. No saba qu hacer; si llamarle la
atencin, ya que l no me vea, o dar la vuelta y meterme otra vez en el
gabinete. Opt por esto ltimo y con rpido ademn cerr la puerta; pero
no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algn ruido.

Me dej caer sobre el sof y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi
vecino se haba vuelto loco o estaba en camino de volverse. Qu era
aquello? Qu significaban tan grotescas maniobras?

No tuve tiempo a hacerme muchas ms reflexiones. En aquel momento
llamaron suavemente a la puerta.

--Adelante!--dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quin
era el que llamaba.

Se abri la puerta. Apareci Juregui. Su rostro, ordinariamente plido,
estaba ahora teido de carmn. Yo me puse al verle ms colorado an que
l.

--Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la
situacin extravagante en que hace un momento me ha encontrado...

Yo levant el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que
aquella situacin era, a mi juicio, la ms natural del mundo.

--S, s, muy extravagante--prosigui l sin prestar asentimiento a
aquel gesto--. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace
tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos
involuntarios.

Fing de palabra, como lo haba hecho con el gesto, no dar importancia
alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le
expres mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto
restablecido.

Le invit a sentarse. Cedi gustoso y comenzamos a departir
amigablemente. Pocos minutos despus todas mis prevenciones
desfavorables, las prevenciones que me haban infundido mis compaeros,
se haban desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de
cortesa, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le
habamos supuesto. Me habl de la vida cortesana y de sus amistades en
un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba
lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las
prerrogativas sociales. Se enter con visible inters de mi vida y mis
estudios y me hizo amables preguntas tambin sobre mis compaeros. Nos
despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.

Cuando di cuenta de esta conversacin (aunque ocultando su origen) a
mis compaeros y les expres el juicio favorable que nuestro vecino me
haba merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin
embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logr por
entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza merm notablemente.

Mis relaciones con Juregui se fueron estrechando. Al principio
hablbamos solamente cuando por casualidad nos tropezbamos en la sala o
en el pasillo. Despus nos fuimos buscando. Me invit a pasar a su
gabinete. Qued asombrado de la elegancia con que estaba amueblado.
Pronto averig que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni
siquiera el lecho, pertenecan a Doa Encarnacin: todo estaba comprado
por l. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por
su habitacin como yo por la pensin completa. Razn tena, pues,
nuestra huspeda para mostrarse con l tan reverente.

Juregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era ms culto de
lo que yo haba supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que
su cultura se reduca casi enteramente a un ramo, el ramo ms extraviado
de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.

--Cmo! llama usted ciencia a la magia?--me preguntar cualquiera
inmediatamente. No soy yo quien as la llama sino sus adeptos modernos.
Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso
reviste apariencia cientfica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus
Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la
tnica de estrellas, sino la levita del profesor.

De todos modos Juregui posea una copiosa coleccin de libros
ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me
la mostr con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que l
era un entusiasta espiritista, que haba ledo y meditado mucho sobre
este asunto y que en un viaje que haba realizado a Pars hubo de
ponerse en relacin con los partidarios ms conspicuos de esta teora y
asisti a algunas de sus sesiones prcticas.

Cosas sorprendentes, milagrosas, haba logrado presenciar! Bajo la
influencia del espritu de Coprnico, haba visto escribir pginas
brillantes sobre astronoma a un sujeto que ignoraba por completo esta
ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro haba dibujado la esplndida
casa que este filsofo posee en el planeta Venus, donde vive en compaa
de Elosa.

Adems, haba hablado con adivinos, luciferanos, quiromnticos; haba
presenciado casos milagrosos de materializacin de fantasmas; no slo
materializacin de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y
cuyo contacto sinti en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos
fallecidos haca mucho tiempo, apariciones increbles de dos o tres
personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con tnicas
blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los
circunstantes. Haba visto a un famoso _medium_ traer repentinamente a
sus manos pjaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin
contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; haba visto
tomar fotografas de los objetos pensados y casos estupendos de
transmisin del pensamiento.

Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Juregui me cont
estas increbles maravillas. Confieso que me sent impresionado y aun
puedo aadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan plido, de ojos
tan grandes y negros, narrndome conmovido y con voz temblorosa tales
espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.

--Y usted por s mismo, no se ha puesto jams en relacin con algn
espritu?--me atrev a preguntarle.

Juregui vacil un instante y balbuci algunas palabras de excusa.
Despus, sbitamente resuelto, me declar con toda franqueza que haca
ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicacin con el mundo de
los espritus. Haba tenido un trato muy ntimo con Napolen, Felipe II
y Pedro el Grande de Rusia, si bien haca tiempo que no hablaba con
ellos por negligencia; pero as que los evocaba, inmediatamente acudan
a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia
que exista entre el mundo de los espritus encarnados y el de los
desencarnados; porque era bien seguro que aquellos seores, en vida, no
se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto ms acudir a las
suyas.

--Cierto, cierto--manifest Juregui gravemente.

--Adems, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy
desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les
llame en ste.

--Exacto--volvi a murmurar Juregui.

Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba
satisfecho. Jams haba logrado materializar a un espritu y esto le
tena desalentado y triste. Desde haca largo tiempo apenas se
comunicaba con otros que con el de Scrates y el de su novia, una novia
que se le haba muerto tsica haca dos aos. A estos dos espritus les
haba hecho los consultores y guas de su existencia. Con ellos
conferenciaba todos los das por medio de un veladorcito rotativo con
abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso
inconsciente de sus dedos sealaba las respuestas. Esta mesita giratoria
la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostr con gesto
solemne.

Tambin me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura
automtica escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la
inspiracin. Tena asimismo un diccionario con el cual se consultaba:
fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la lnea en que haba
de hallar la respuesta, abrindolo despus al azar por medio de una
plegadera. Me narr casos sorprendentes. En cierta ocasin, escribiendo
automticamente, estamp ms de cien veces una sola palabra, la palabra
veneno. Aquella misma tarde se envenen con una gaseosa. Otra vez abri
el diccionario para averiguar la enfermedad que padeca una de sus
parientas y se encontr con la palabra _vapor_, que nada significaba.
Pocos das despus, no obstante, el mdico diagnostic que lo que
aquella seora padeca eran _vapores_.

Naturalmente, con tales maravillas Juregui se hallaba absolutamente
persuadido de la verdad de la teora espiritista que para l era una
verdadera religin. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la
acertada direccin que Scrates imprima a la conducta de su vida y la
manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se
le presentaban.

--Claro est--hube de manifestarle--; como que Scrates est reputado lo
mismo en la antigedad que en la edad moderna por el hombre ms juicioso
que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda
alabanza el que un filsofo tan glorioso venga a departir amablemente
con una persona cuyos mritos no desconozco, pero que no ha alcanzado
celebridad en el mundo.

--No es cierto?--exclam Juregui con los ojos brillantes de triunfo y
alegra--. Pues casi todos los das se est dos horas lo menos conmigo.
Por cierto--aadi bajando la voz y sonriendo--que la otra noche nos
ocurri un lance singular y bastante cmico. Ver usted. Nos hallbamos
charlando haca un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias
delicadas, cuando de pronto, zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero
continuar mi conferencia, pero Scrates no responde. Le llamo repetidas
veces, y nada. Al da siguiente, cuando acudi a mi llamamiento me
confes que su mujer Jantipa le haba sorprendido en conversacin
conmigo y le haba dado una bofetada.

--Una bofetada!--exclam en el colmo del asombro--. No deca usted que
jams haba logrado obtener una materializacin? Pues ah la tiene
usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.

--S, pero no la he visto!--exclam con afliccin.

--Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las
siente... pero no se las ve venir.

Despus de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran
intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa
reposaba, me haca pasar a su gabinete y charlbamos un rato ms o menos
largo. Al cabo me propuso que nos tutesemos, a lo cual, como es de
suponer, ced con el mayor gusto.

En realidad, aquel joven aristcrata, con su erguida cabeza y su
imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse _un infeliz_. Yo
llegu pronto a cobrarle afecto, pero no logr que mis otros compaeros
le concediesen su simpata. Verdad que Juregui segua mostrndose con
ellos tan fro y ceremonioso como antes y slo conmigo abandonaba su
empaque.

Pues despus que yo me iba a la cama, porque deba madrugar, todava l,
que no estaba obligado a hacerlo y poda dormir a su sabor la maana,
sola quedarse largo tiempo en conferencia con los espritus.

Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el ms profundo sueo, oigo
llamar a mi puerta con fuertes golpes.

--Quin va?--pregunt, incorporndome despavorido.

--Jimnez! Jimnez!

Era la voz de Juregui.

--Entra. Qu ocurre?

Juregui se present en mi alcoba con la palmatoria en la mano,
tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.

--Pero qu pasa?--exclam yo, asustado tambin.

--Una cosa horrible!

Y coloc la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dej caer sobre una
silla sin acertar a articular ms palabras. Yo llen un vaso de agua,
que tena al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calm un poco y
profiri velozmente:

--He logrado materializar a mi novia.

--Anda!--exclam yo sbitamente tranquilizado--. Y por eso te asustas?
Pues, al contrario, debas estar muy satisfecho.

--Es que... es que t no sabes!... Se me present en una forma
espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el
rostro amarillo, los ojos inflamados...

--No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha
tenido tiempo a arreglarse... Pero ya vers ms adelante cmo se te
presentar en traje ms adecuado.

Me dirigi una mirada recelosa. Yo permanec serio. Al fin se
tranquiliz por completo.

Pocos momentos despus se alz de la silla y se retir, pidindome
perdn por haberme despertado de tan dramtica manera. Me volv del otro
lado y no tard muchos segundos en quedar de nuevo profundamente
dormido.




VIII

LOS NGELES DE LA BUHARDILLA


Acaeci que en los ltimos meses del curso acadmico vino a instalarse
en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta
de una mam, dos nias ya casaderas y un chico de catorce o quince aos.
Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le
despojase de su tarjeta de visita, se llamara sencillamente buhardilla.

No tena vistas a la calle, sino tan slo tres ventanas al patio,
enfrente y un poco ms altas que las de nuestras habitaciones
interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita.
As que stos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jvenes, se
sintieron cada da ms y ms apegados a la vida sedentaria. Y comenz el
imprescindible tiroteo de miraditas, seas y sonrisas. Las nias eran
lindas y trabajaban la mayor parte del da arrimadas a una de las
ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos sbitamente de un ansia
irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la
suya.

Pronto supimos todos en la casa que una de las nias, la ms bella y
pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la
mam, Doa Enriqueta. Era sta viuda de un comandante de infantera
fallecido haca ya algunos aos y se sostena con la mdica pensin que
le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras,
ocupacin mal recompensada como todos saben. Para ganar lo
indispensable, nada ms que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas
aplicarse duramente todas las horas del da y quiz tambin algunas de
la noche.

Doa Encarnacin, nuestra patrona, no tard en hacer conocimiento con
ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doa Encarnacin era
exageradamente comunicativa. Subi despus a su cuarto; baj doa
Enriqueta al nuestro; por ltimo, las bellas ninfas, sus hijas, tambin
se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa
nube que las ocult a nuestras miradas profanas. Acaso no sera la nube.
Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huspedes nos
hallsemos en la calle. De todos modos, el hecho fu que no logramos
verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedi lo mismo.

Los primos Mezquita se torcan las manos, se mesaban los cabellos, se
dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el
suicidio cuando al llegar a casa adquiran conocimiento de tan sublime
epifana. Aspiraban despus con delicia el aire embalsamado por las
bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas haban puesto sus
torneadas manos.

Doa Encarnacin, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperacin
relatando minuciosamente los incidentes de la aparicin: cmo se haban
presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies
calzados o solamente con babuchas, qu palabras haban pronunciado, qu
risas divinas haban fludo de sus rosados labios. Doa Encarnacin
gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la afliccin de sus
huspedes.

El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar
ideas muy fecundas. La que brot de la mente de uno de los Mezquita en
esta ocasin fu maravillosa. Nada menos se le ocurri que despedirse en
voz alta de Doa Encarnacin cada vez que sala a la calle, dejar la
puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la
casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un
stiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.

Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aqullas cayeron en el
lazo. Se hallaban en el comedor holgndose alegremente en compaa de
Doa Encarnacin, narrando los dulces incidentes de su vida potica,
inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que
aqulla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta
Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de
balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no
lo hizo, ya lo creo que no lo hizo! Vena solamente a participar a Doa
Encarnacin que se le haba cado un botn del chaleco y a suplicarle
que tuviese la amabilidad de pegrselo.

Un botn! Qu pretexto ridculo y prosaico! Sin embargo, aquellas
preciosas nias se ruborizaron como si entrase cantando una trova de
amor. Y despus de todo, aquel botn, bajo su srdida apariencia, no era
otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca as no dar pruebas de
gran perspicacia.

Doa Encarnacin sali en busca de los enseres necesarios para realizar
la operacin que se le encomendaba. Bruno Mezquita qued solo unos
instantes con aquellas ninfas, y si no las abraz y las bes y las
arrastr por la fuerza al paraje ms sombro del bosque como un stiro
que era, no fu porque le faltasen deseos de hacerlo.

Lleg Doa Encarnacin al punto de impedirlo. Traa en la mano la aguja
y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botn en su sitio
observ con disgusto que le faltaban las gafas. Trat de ir a buscarlas,
pero Lolita, la primera y ms bella de las dos divinidades, se ofreci
con graciosa condescendencia a pegar el botn con sus manos inmaculadas.

Entonces le toc al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un
tierno colegial y no un stiro empedernido. El botn qued pegado al
instante con perfeccin inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera
arrancado de cuajo todos los que tena en su ropa, a riesgo de quedar
desnudo, por sentir tan cerca de s ms tiempo las manos de la deidad.

Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egostas que
no agradecen o agradecen dbilmente los servicios que se les presta, no
fu este el caso del primo Mezquita. Al contrario, di las gracias de un
modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorci al
hacerlo como si repentinamente hubiera cado en un ataque epilptico.
Doa Encarnacin no pudo menos de preguntarse con inquietud si su
husped iba a experimentar la dislocacin de alguno de sus miembros ms
importantes.

Al fin qued asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se
efectuara. Bruno se calm, y despus de dar algunas docenas ms de
gracias anunci su intento de subir a la mansin cerlea de su
bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus das, en el caso
de que sta consintiera en recibir la visita de un mortal tan
desprovisto de mrito. Lolita manifest que su mam era toda afabilidad,
toda benevolencia, y, por lo tanto, acogera la visita con el mayor
agrado.

La visita se efectu al da siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber
por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relacin con exasperante
prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideci de
envidia. En cuanto al pequeo Albornoz, que secretamente alimentaba ya
una pasin incurable por Lolita, qued anonadado.

Por espacio de algunos das el ms anciano de los Mezquita tron y
relampague solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle
la competencia. Poco tiempo le bast para adquirir gran confianza en
aquella regin luciente. Iba y vena con pasmosa frecuencia llevando y
trayendo recaditos para Doa Encarnacin, subiendo unas veces peridicos
de modas, bajando otras algn dibujo de bordado, un pauelo olvidado,
una novela prestada, etc. Doa Encarnacin enviaba por su conducto de
vez en cuando a aquellos ngeles algunas almendras y galletas que
cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasin
no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con
leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque
Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga
que revelaba su despecho.

Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura termin cuando
Manolo Mezquita, guarecindose bajo el manto protector de Doa
Encarnacin, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se
hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la
rega.

Doa Enriqueta acogi con benignidad los homenajes del nuevo devoto,
como no tard en hacrnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz,
que arda en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos
precedentes, no tard mucho en conseguirlo, merced igualmente a la
graciosa intervencin de nuestra patrona. Por ltimo, sta, en un rapto
de su inagotable caridad, encarndose con Sixto Moro y conmigo, nos
dijo:

--Qu es eso? No quieren ustedes que les presente en casa de mis
amiguitas como a estos seores?

Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esboz la
misma sonrisa. Porque admirbamos la belleza de aquellas nias, sobre
todo la de Lolita, que era en realidad quien lo mereca, mas sus gracias
no haban logrado causar un efecto mortfero en nuestro corazn. Sixto
Moro tena el suyo prisionero en otra parte, y el mo yaca tambin por
los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.

Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y,
en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de
las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requera.

Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muecas. Se compona
de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mam y las
nias, un comedorcito, en l un pequeo agujero para el chiquillo, y una
cocina.

Doa Enriqueta nos acogi con gravedad benvola. Era una seora de
prcer estatura, cabellos blancos, nariz aguilea, tez plida y ojos
bellos y severos. El conjunto no poda ser ms imponente y majestuoso.

--Ah! es usted del norte de Espaa--me dijo con sonrisa
condescendiente--. All en Amrica les tenemos en mucha estima por su
honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha
bien las circunstancias para hacerse una posicin ms o menos brillante.
En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montas,
tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando
necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitana o de los
marqueses de la Reunin.

Si he de confesar la verdad, no me sent muy halagado en aquel momento
por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera
deseado verles en posicin ms desahogada, aunque su virtud no fuese tan
ostensible. Pero esta ligera humillacin qued bien compensada por la
satisfaccin orgullosa que sent al verme tan bien acogido de una dama
que haba brillado en otro tiempo en los salones de los magnates
americanos.

Esta satisfaccin creci de un modo desmesurado cuando a los pocos
momentos me hizo saber que sus aos juveniles se haban deslizado en un
ingenio de azcar propiedad de sus paps, donde trabajaban seiscientos
esclavos. Cada vez que ella, la ms joven de las seoritas de la casa,
entraba o sala del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacan una
ovacin estruendosa. Porque haba sabido captarse su cario y
admiracin.

Yo asent con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de
que aquellos esclavos posean una perspicacia nada comn, muy superior a
lo que poda esperarse de su condicin y de su raza.

Con esto doa Enriqueta me mir an con ms benignidad.

--En lo que se refiere a la condicin es posible que no est usted
equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda
instruccin, an la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchsimo y
con buen xito por inculcarles las ideas ms necesarias para nuestra
salvacin eterna. Logr de mi pap que todos los viernes les dejasen una
hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. Tambin
consegu que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que
la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con
flores que haca cortar de nuestro jardn... Porque tenamos un
jardn... qu jardn, madre ma! Era casi tan grande como el parque del
Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que diriga los trabajos
haba estado en Inglaterra al servicio del prncipe de Gales y haba
logrado cultivar tal nmero de flores, tan raras y tan hermosas, que no
se celebraba ningn baile aristocrtico en la Habana sin que viniesen a
suplicarnos que les cedisemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefera
enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla.
Por esta razn, mis hermanas se rean de m y me llamaban siempre la
monjita, aunque mis paps las reprendan; porque yo era la nia mimada
de la casa. Mi mam deca muchas veces: --Todas vosotras juntas no
valis lo que vale mi Enriqueta. Y el obispo de la Habana, una vez que
vino a visitarnos, me dijo: --Enriqueta, eres un apstol!--y me di
particular y especialmente su bendicin.

Yo estuve tambin por drsela y marcharme despus de hacerlo; pero como
no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpacin de
funciones, resolv quedarme quieto.

--En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted--prosigui Doa
Enriqueta--. Entre la gente de color se encuentran tipos de una
inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tena a mi servicio
(porque mi pap quera que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas)
eran mulatas y no puede usted figurarse qu rara penetracin la suya. En
los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tena deseos
de dormir, bajaban los _estores_ silenciosamente, me ponan un cojn
debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si vena
de algn baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los
pocos momentos me servan una tacita de tila con azahar; si comprendan
que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previnindome
que mi pap me haca llamar, y de este modo me permitan salir de la
habitacin...

--Qu lstima!--exclam Sixto Moro.

--Cmo lstima?--pregunt Doa Enriqueta.

--S; qu lstima y qu tristeza para aquellos seores el verse privados
tan pronto de su presencia.

--Muchas gracias, es usted muy galante--replic Doa Enriqueta, y
prosigui inmediatamente--. El cochero que yo tena era cuartern: un
hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aqu en Madrid el
Duque de Osuna o el de Fernn Nez tener un hombre parecido a su
servicio. Jams he sufrido un percance con l, y eso que mi tronco de
caballos era de lo ms vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo
haba comprado mi pap en Nueva York a un banquero ingls que levantaba
su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de
los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido ms de un
accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tena su coche y
su cochero. Mi pap no quera que hubiese disputas entre nosotras sobre
las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir
con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las
otras.

--Y cuntas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?--dijo Moro.

--ramos cuatro hermanas y un hermano. ste era un calavera deshecho y
no slo tena coche, sino varios caballos de silla; pero no haca caso;
en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros,
porque se complaca en hacernos rabiar. Qu cabeza! Pero tena mucho
ngel, como aqu se dice: todo el mundo le quera en la Habana; nosotras
mismas, a pesar de sus bromitas, le adorbamos. Verdad que era generoso
y esplndido como nadie. Cuando nos haba enfadado un poco ms de lo
ordinario, para ponernos contentas nos traa cualquier regalito, una
sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...

Esta interesante descripcin del carcter y costumbres de su nico
hermano fu interrumpida desgraciadamente por la aparicin de un gato
que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doa Enriqueta,
exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su
persecucin fu todo uno.

Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenz a saltar de
un rincn a otro y por fin se escap de nuevo a la cocina, que era el
paraje mismo donde haba perpetrado su crimen.

--Mam, qu le vas a hacer ya?--exclam avergonzada Lolita.

--Qu le vas a hacer t, estpida, cuando te quedes sin cenar?--grit
enfurecida Doa Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.

--Mam!--exclamaron a un tiempo las dos nias.

Entonces Doa Enriqueta hizo un esfuerzo inverosmil sobre s misma y
recobr sbito toda su majestad.

--Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Despus de
todo no tiene la culpa l, sino yo, que me he olvidado de guardar el
pescado.

--Lo mejor que podas hacer--manifest Lolita, que continuaba
ruborizada--es ir a guisarlo.

La mam alz la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra
en su caso, dirigi una larga y seria mirada a su hija y, por fin, gir
lentamente sobre sus talones y sali con dignidad por el foro.

Pocos minutos despus se sinti el chirrido del aceite y lleg a nuestra
nariz su ingrato olor peculiar.

Por razones de delicadeza que todo el mundo comprender, hubiera sido
procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos
para guisar el bacalao.

Las nias eran extremadamente simpticas. Lolita, una linda morena de
ojos vivos y picarescos, toda alegra y movilidad. Rosarito, morena
tambin, pero del gnero sentimental, con grandes crculos azulados en
torno de los ojos, lnguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No
era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla
fea.

Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron
a los pies de la primera, le rindieron pleitesa y le dedicaron una
fervorosa adoracin, que en Pepito Albornoz adquiri caracteres
alarmantes. En el espacio de quince das perdi tres kilos de peso.
Verdad que despus gan dos; pero inmediatamente perdi uno y as
sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas
lleg a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.

Doa Encarnacin estaba desesperada porque su mam le haba recomendado
con lgrimas en los ojos el cuidado de su alimentacin. Qu iba a decir
al verle llegar tan desnutrido? Pensara que no le daba de comer ms que
lechugas. Doa Encarnacin maldeca del momento en que haba tenido la
ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.

Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tena para cada uno
una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar
el corazn a ninguno, como un nio que se encuentra enfrente de tres
pastelitos y no sabe por cul optar. Hubiera preferido comerse los tres,
claro est, pero comprenda que esto no era posible. Despus que Sixto
Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido tambin de
buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos diriga. Esto era
ms imposible an, porque repito que Sixto y yo llevbamos ambos clavado
en el corazn un dardo envenenado.

Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con
nuestra llegada: disimulaban su malestar difcilmente. Los tres pensaban
que bamos a competir con ellos en el corazn de Lolita. Pero el primero
se senta ms molesto que los otros porque ejerca en aquellas alturas
el monopolio del humorismo. No se hartaba Doa Encarnacin de celebrar
lo bien que se pasaba all arriba con sus chistes y sus invenciones
felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces
cmicos, otras narrndoles historias graciosas o hacindoles rer con
dichos agudos, tena, al parecer, casi siempre en grata suspensin a la
tertulia.

As que aparecimos nosotros se encerr en una hosca reserva, donde se
adverta el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no
era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual senta un
miedo vecino del terror.

Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clav
una mirada risuea.

--Qu es eso, Bruno; cmo no das suelta ya a ese raudal de chistes con
que alegras esta tertulia todas las noches?

--Esperamos que t sueltes el tuyo--respondi de malsimo talante
Mezquita.

--Mi ingenio est pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una
verdadera novedad, de la cual ni Jimnez ni yo tenamos la menor
noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo
que nos has estado privando de ellas.

Bruno Mezquita se enfurru todava ms y murmur algunas frases
impolticas que Moro y yo hicimos ademn de no escuchar.

Rosarito, que era dulce y amable ms que su hermana, ataj la disputa.

--Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar
bien un rato sin presuncin alguna.

--Todos lo sabemos, seorita--replic Moro inclinndose--; pero yo s
tambin por qu sale usted con tal solicitud a su defensa.

--Por qu?--dijo la nia ruborizndose.

--Porque la magnetiza.

--S que me magnetiza--manifest Rosarito, ruborizndose todava ms--.
Y cmo sabe usted eso?

--Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flido y no puede
menos.




IX

LOS AMORES DE MI AMIGO PASARN, BIBLIFILO


Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde haca algn tiempo a magnetizar
a todos los adultos que se prestaban a ello.

El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como
novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta
de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los
otros; los jvenes dorman a las jvenes y hacan con ellas pruebas
maravillosas; los maridos dorman a sus esposas y pretendan descubrir
sus pensamientos ms ntimos.

Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente
honesto.

Habamos vuelto a los buenos tiempos del _mesmerismo_. As que
entrbamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven
magnetizador sentado enfrente de la nia de la casa o de cualquiera de
sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos
sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y
describiendo semicrculos con los dedos. Esta faena interesante, que
provocaba gritos de admiracin reprimidos, terminaba algunas veces en la
Vicara, otras, en el juzgado de guardia.

Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipntico, se empeaba en
dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Haba intentado dormir a
su primo sin resultado alguno, despus a Doa Encarnacin, a Pepito
Albornoz, a la criada y a m mismo con idntico xito. La criada fu la
nica persona que pareci ceder un poco a la influencia de su mirada
fascinadora. No era extrao, porque se levantaba demasiado temprano.
Pero a las preguntas capciosas que Bruno le diriga con voz insinuante y
misteriosa slo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo
obtener de ella otra cosa.

Con Rosarito acaeci algo muy distinto. Esta joven, si no era histrica,
tena por lo menos un temperamento neurpata, como se adivinaba
fcilmente por su aspecto, y fu un sujeto admirablemente adecuado para
la experiencia hipntica.

Bruno quiso volverse loco de alegra al poder realizar con ella los
experimentos que haba ledo en los libros o haba odo en la ctedra.
Como hombre de ciencia, saba a qu atenerse en lo referente al flido
magntico. Esta antigualla estaba desechada. Se conocan en la escuela
de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueo
hipntico no se produca como el vulgo imaginaba arrojando puados de
flido a los ojos, sino por la sugestin o por el cansancio de la vista.

Rosarito a los pocos das lleg a dormirse slo con ponerle la mano
sobre la frente y decirle en tono imperativo: Duerma usted! No
solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedeca
a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos,
dicindole: No puede usted ya detenerse. Y la pobre chica continuaba
frotndolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad.
Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el
olfato, tan conocidas en el mundo extracientfico, hacindole morder una
patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o
dndole a beber agua por jerez. Lleg tambin a producir con ella
durante el sueo hipntico las an ms sorprendentes sugestiones
visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas,
hablando a su madre como si fuese Doa Encarnacin o dirigindose a
Albornoz como si fuese su hermana Lolita.

Pero lo que ms nos sorprenda era que ejecutaba las rdenes del
hipnotizador no slo inmediatamente despus de despertar, sino a
distancia, esto es, uno o dos das despus. Le deca Mezquita: Maana,
a las doce, abrir usted la ventana y sacar usted la mano fuera para
cerciorarse si llueve. Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de
nosotros, que la espibamos desde nuestro comedor, Rosarito abra la
ventana y extenda el brazo para ver si llova, aunque no hubiese una
nube en el firmamento.

Estos ltimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la
idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarn. Era el nico de los
huspedes que no haba subido an a casa de las bordadoras. Se lo
habamos propuesto diferentes veces, pero siempre se neg a ello
resueltamente, a mi entender no slo porque esto poda distraerle de sus
estudios incesantes, sino porque, como la mayora de los sabios, era de
una extremada timidez con las mujeres.

Ignoro cmo Moro se arregl para convencerle, pero el hecho fu que al
cabo cedi a ser presentado. Designse para tal ceremonia la noche de un
sbado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarn se autorizaba en
estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una
vueltecita por las calles.

Una vez fijado el da, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito
y le ordenase lo siguiente: Cuando maana sea presentado en esta casa
nuestro amigo Jos Luis Pasarn, usted al verle entrar se levantar de
la silla, se dirigir a l, le tender la mano y le dir: Buenas
noches, seor Pasarn. Cunto me alegro de ver a usted por aqu! Es
usted el joven ms guapo y ms simptico de la casa.

Aprovechamos un momento en que Doa Enriqueta se ocupaba en frer algo
all en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la
orden. Lolita quiso protestar, pero la argimos que era una inocente
broma sin consecuencia alguna y la permiti, no sin haberle prometido
descubrirla despus al mismo Pasarn.

Subi ste por fin, con poqusima gana, al cuartito de las bordadoras.
Veamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre s
mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le
halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refiln en los
pasillos de la casa haba tenido ocasin de ver aquellas lindas
muchachas, y al fin era hombre y tena pocos aos; pero la idea de verse
frente a frente de ellas le sobrecoga.

Moro y yo subimos con l. Ya estaban en la salita acompaando a las
bordadoras y a su magnfica mam nuestros amigos los Mezquita y
Albornoz.

Cuando entramos yo clav mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al
lado de su madre, y observ con viva curiosidad que se pona fuertemente
colorada. Despus la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza,
levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por ltimo, como
movida por un resorte, alzse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo
visitante repiti con voz alterada las palabras mencionadas.

Pasarn se puso an ms rojo que ella, lo que realmente pareca
imposible, y balbuci algunas palabras que no pudimos entender. Pero
Doa Enriqueta se irgui como si la hubiesen pinchado, se puso en pie
desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo
a su hija por un brazo profiri con voz irritada.

--Cmo! Qu palabras son esas? Te parecen dignas de una joven bien
educada? Dnde est la modestia y el recato que te ha enseado tu
madre? Si mi pap te hubiera escuchado en este momento te hubiera
enviado a la _Piata_ lo menos por ocho das... Pida usted ahora mismo
la bendicin... y a la cama!

Rosarito, en un estado de alteracin indescriptible, cruz los brazos
sobre el pecho y pidiendo la bendicin a su mam, en la forma que al
parecer usan los nios en Cuba, se retir a la alcoba sollozando
perdidamente.

Lolita, roja tambin y alterada, nos dirigi una mirada suplicante de
angustia y se llev el dedo a los labios implorando nuestro silencio.
Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era
tan inocente como habamos imaginado y poda traer consecuencias
enfadosas. Doa Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesit
hacer un gran esfuerzo sobre s misma para saludar a Pasarn. De todos
modos lo hizo tan framente y en actitud tan altanera, que aqul,
confuso y tembloroso, diriga miradas ansiosas a la puerta mostrando
vivos anhelos de emprender la fuga.

El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella
escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversacin
indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirti en
jocosa. Doa Enriqueta permaneci todava algn tiempo silenciosa y
enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo
psiclogo que era, logr, cuando menos se esperaba, desarrugarla por
medio de una pregunta habilsima.

--Diga usted, Doa Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta),
la _Piata_ es una prisin de la Habana?

La poderosa y alta seora, al escuchar tal disparate, se dign sonrer
levemente y respondi con graciosa condescendencia.

--No, querido, la _Piata_ no es una prisin. La _Piata_ era un ingenio
de poca importancia, pues no trabajaban en l ms de doscientos
esclavos, que mi pap posea bastante lejos de la Habana. Era el sitio
donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometa
alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a all con algunos
criados y nos tena varios das desterradas sin gozar de ninguna de las
diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre
todo cuando suceda que por aquellos mismos das hubiese un baile en la
Capitana o en el palacio de los marqueses de la Reunin.

Por qu ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se
introdujo el amor en el alma erudita y bibliogrfica de nuestro amigo
Pasarn, es cosa que nunca podr saberse. Fu un hecho averiguado pronto
por todos nosotros, por nuestra patrona Doa Encarnacin, por la misma
Doa Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra pareca
traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relacin con sus
alczares flotantes. Pero fu asimismo una sorpresa para todos.

Pasarn comenz a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la
misma asiduidad que si all existiese una biblioteca de veinte mil
volmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en
aquel cuartito yo no haba visto ms libros que dos novelas
sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se
forzase la cerradura de los cajones de la cmoda que exista en la
alcoba de las nias y la del viejo armario de Doa Enriqueta, seguro
estoy de que no se encontrara tampoco ningn incunable, sino tal vez
tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.

No slo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos
hbitos de estudio y retiro, sino que pona en prctica aun otras ms
inslitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos
balcones se vean las ventanas de las bordadoras y espiando a stas por
detrs de los visillos.

En suma, a los pocos das Pasarn haba conquistado el corazn de
Rosarito y sta era seora absoluta del albedro de Pasarn. Pocas veces
se haba visto unos novios ms tiernos y acaramelados; pero pocas
tambin ms grotescos.

Pasarn, por completo ignorante de los artificios con que el amor se
vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han
sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes,
que nos haca rer a carcajadas. Era ridculo como un salvaje del Africa
del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea
las nalgas.

Si Pasarn a la vista de Rosarito no haca otro tanto, poco le faltaba.
Causaba risa, sin duda, pero compasin tambin ver a aquel joven de tan
superior inteligencia colocado en tan ridculas actitudes. Aunque si
bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quiz se hallasen huellas de
cierta malvola alegra. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos
los seres humanos, se alza un grito ms o menos clamoroso contra la
superioridad ajena y nos place verla humillada.

Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un
rincn con Rosarito. Aquellos vivos colores que haban nacido en las
mejillas de ambos en el punto en que se conocieron all haban quedado
fijos. Lo nico que hacan era cambiar un poco de intensidad, pero
siempre compensndose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el
rojo se ostentaba ms brillante, otras eran las de Pasarn.

A nadie poda ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente
enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretenda ejercer el
monopolio de la seduccin, se autorizaba el dudarlo; sonrea
compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta
sonrisa que, en su opinin, Rosarito se hallaba an bajo la influencia
del sueo hipntico que l la haba comunicado.

Falso de toda falsedad! Rosarito no slo le miraba con profunda
indiferencia, sino que se haba negado a dejarse dormir por l
nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes
de Pasarn. Y si esto no era bastante, cmo escapar al influjo de unos
sficos adnicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que
aqul haba compuesto en su honor? En estas composiciones de clsica
inspiracin la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de
Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los
Discoros.




X

EN QU PAR EL IDILIO CLSICO DE MI AMIGO PASARN


Terminamos al fin nuestro curso acadmico. Todos los huspedes de la
casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exmenes:
algunos con extraordinaria brillantez. Pasarn obtuvo el premio
extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de
Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su
familia. La del general Reyes se fu a veranear a San Sebastin.

Sin embargo, Pasarn, con pretexto de consultar algunos libros y
manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado,
permaneci ms tiempo en Madrid; pero al cabo tambin se fu en los
ltimos das del mes de julio para volver en los primeros de septiembre.
En los cuarenta y cinco das que residi en su tierra envi a Rosarito
cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasin de ver ms
adelante. Por el alio y la galanura de la diccin, tanto como por la
nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del gnero amoroso,
seran si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el
Joven.

Aquel idilio clsico prosigui tan suave como una gloga de Virgilio y
tan vehemente como una elega de Tbulo. Pasarn dejaba transcurrir las
horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cmo sus dedos giles
impriman en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y
cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mnimo espacio
de tiempo, era todava para sentarse en el comedor al lado del balcn
con un libro en la mano, que reciba menos de la mitad de las miradas
que la ventana de la bordadora.

Y en verdad que sta mereca tan rendida pasin. En este punto todos
estbamos de acuerdo. Rosarito, por su carcter dulce y humilde, por la
bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de
su voz haba conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su
hermana y se conclua por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprenda
el amor de Pasarn; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese
ridcula, lo aprobbamos de todo corazn y desebamos que terminase
felizmente.

No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos deca riendo
que los amores de Pasarn eran una pasin greco-romana y que, ms tarde
o ms temprano, concluira por la intervencin fatal y dolorosa del
Destino, como las tragedias clsicas.

Esta broma proftica se verific desgraciadamente. Cuando llegu a casa
una tarde a la hora de comer hall a Doa Encarnacin profundamente
consternada; la criada tambin pareca estarlo; en los rostros de los
Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se perciban igualmente
seales de mal humor.

--Sabrs--me dijo este ltimo sentndose a la mesa--que nuestro sabio
amigo nos ha dejado.

--Pasarn se ha ido?--pregunt sorprendido.

--S; Pasarn nos ha soltado con la misma indiferencia con que echara a
un lado una edicin moderna del _Quijote_ impresa en Barcelona con
muchas erratas.

Entonces levant la cabeza interrogando con los ojos a Doa Encarnacin.

--Esta tarde, poco despus del almuerzo, me pidi su cuenta y me dijo
que se trasladaba a otra casa donde est de husped un primo hermano
suyo porque su familia as lo quiere. Comprend que era un pretexto y le
pregunt si estaba descontento del servicio o de los huspedes. Me
respondi que no y hasta me asegur que se marchaba con gran
sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpticos, que se hallaba
muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es
que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su
equipaje.

Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita
profiri en voz baja con seales de irritacin:

--La verdad es que la cortesa no parece por ninguna parte.

--La cortesa, amigo Bruno--respondi Moro--, no tiene el mrito de
haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araa en el archivo
de algn convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.

Sin embargo, antes de que hubiramos terminado de comer, llamaron a la
puerta y Doa Encarnacin entreg a Moro una carta que para l traan.

--La letra es de Pasarn--dijo ste echando una mirada al sobre--, por
lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.

En efecto, era de nuestro amigo, y aunque vena dirigida a Moro como
husped ms antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despeda
de nosotros con palabras corteses y bien aliadas. Yo ech de menos en
su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los dems
opinaron lo mismo, pero nadie lo expres en voz alta y se dieron por
satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento
lata en todos los corazones al mismo tiempo, fu que se habl poqusimo
de Pasarn aquel da y en los siguientes casi nada.

Doa Encarnacin me comunic despus confidencialmente que haba roto
bruscamente sus relaciones con Rosarito envindole una carta fra de
despedida como haba hecho con nosotros. La pobre nia haba
experimentado un disgusto tan fiero, que haba cado enferma en la cama.
En vista de ello no intent siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y
su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.

As transcurrieron algunos das, cuando una maana al llegar de la
Universidad sali a abrirme la puerta la misma Doa Encarnacin. Observ
en su rostro seales de preocupacin. Me tom de la mano con cierto
misterio y hablndome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:

--Tiene usted en su cuarto una visita.

--Una visita?, quin es?

--Entre usted; ya lo ver.

Segu por el corredor lleno de curiosidad, abr la puerta del gabinete y
vi sentada en el sof a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa
de vergenza y confusin se dibuj en sus marchitos labios. Porque
estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos das
de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.

--Perdone usted esta visita que no podr menos de importunarle--me dijo
con voz apagada.

--Usted no puede importunarme jams, Rosarito--me apresur a decirle,
apretndole la mano--. Sintese y dgame en qu puedo servirla.

Se sent de nuevo y ruborizndose an ms de lo que estaba, empez a
balbucir:

--Ya estar usted enterado de que Jos Luis...

--S, s; ya s que se ha portado con usted de un modo bien poco
correcto.

--No me quejo. Ningn compromiso formal haba contrado conmigo.
Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que
comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del
comienzo de ellas. Me dijo que me quera y yo le entregu mi corazn.
Quiz alguno de ustedes me habr tildado de presuntuosa, porque es
evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una
familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no
soy ms que una pobrecita hurfana que necesita vivir del trabajo de sus
manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar
sus relaciones no me ha movido clculo alguno de inters. Me sent
atrada hacia l desde que le conoc. Luego, su trato tan corts, tan
dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le
quise entraablemente... le quise como no es posible querer ms..., le
quise, le quise y por qu no he de confesarlo si es verdad? le quiero
todava con todo mi corazn...!

Aqu Rosarito rompi a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, trat de
calmarla.

--Tranquilcese usted, Rosario... Acaso no sea ms que una mala
inteligencia... Seguramente harn ustedes las paces.

--Perdneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero
nada. Estoy segura de que hemos concludo para siempre... Y despus de
todo qu tiene de particular? Qu importa que una pobre chica se
enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra,
y que llore, y que enferme? Es cosa que se est viendo todos los das.

--Importa mucho, Rosario. Los empeos del corazn deben ser ms sagrados
an para el hombre que los que estn amparados por la ley. Yo he sido
testigo de sus amores como lo han sido mis compaeros; todos sabemos que
Jos Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una
persona de la familia...

--Es cierto; yo haba depositado en l toda mi confianza y mam le
consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mam lo estaba
tambin. Cmo hemos podido tan pronto hacernos la ilusin de que un
joven de la posicin y del mrito de Jos Luis iba de buenas a primeras
a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable
artesana?

--Rosario, es usted exageradamente humilde!

--Nada, nada; ha sido una verdadera aberracin por nuestra parte... Pero
no se trata ahora de eso. Un sueo es un sueo y la claridad del da lo
disipa. Lo nico que me importa en este momento es saber si la ruptura
de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolucin espontnea o
si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin
darme cuenta o por algo que contra m le hayan dicho. En el primer caso
me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y
Dios me dar fuerzas para soportar mi dolor...

Otra vez Rosarito volvi a romper en sollozos, mostrando claramente que
Dios todava no le haba concedido el don de la fortaleza. Al cabo de
unos momentos levant de nuevo la cabeza, se sec las lgrimas y
prosigui:

--Pero si puede quejarse de m por algn motivo o alguien se lo ha hecho
creer, me parece que tengo derecho a saberlo.

--No se lo ha preguntado usted por carta?

--S; me ha contestado con cuatro lneas. No es bastante. Quiero saberlo
de un modo ms claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicndole me
perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los dems
amigos, porque me inspira usted ms confianza que ninguno. Adems, me
consta, porque se lo he odo muchas veces, que Jos Luis le estima a
usted de veras y estoy segura de que le escuchar con respeto y
satisfar a sus preguntas.

--Agradezco mucho su confianza, que me esforzar en merecer, pero se me
figura, Rosarito, que padece usted un error. Jos Luis no es hombre
prdigo de estimacin y no creo que haya malgastado demasiado en m. Sin
embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me
inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarn a riesgo de sufrir
algn desaire.

--Dios se lo pague!--exclam la pobre nia estrechando fuertemente mi
mano.

Pocas ms palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.

--Sabe usted, Rosario--la dije al cabo--, que si su mam se enterase
del paso que acaba de dar la enviara a usted lo menos por quince das a
la _Piata_?

Rosarito levant la cabeza y sonriendo al travs de sus lgrimas,
exclam:

--Pobre mam!

El encargo de conferenciar con Pasarn acerca de este delicado asunto no
era placentero. En primer lugar, yo no tena derecho alguno a mezclarme
en l, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con Jos Luis
una amistad muy ntima. Verdad que vivamos en la misma casa y nos
tratbamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era
puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudibamos
la misma Facultad, no ramos paisanos, y sobre esto Pasarn me llevaba
tres o cuatro aos de edad y muchos grados de superioridad intelectual.

Adems, debo confesarlo, Pasarn era un joven de trato fcil y correcto;
pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves
y afables; rara vez contradeca y cuando se vea obligado a hacerlo era
siempre guardando excesivos respetos: aun en las ms vivas discusiones
con Moro jams se descompona. Y sin embargo, todos advertamos
secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un
temperamento nativamente fro o por la distraccin que engendraba en l
su absorbente pasin por el estudio, no hallbamos en l ese gracioso
abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad.
No pareca que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad,
porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver
pronto su indiferencia hacia las personas y su desdn por los asuntos
que no tocasen directamente a sus estudios.

Me dirig, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la
promesa que haba hecho, quiz demasiado ligeramente, a mi afligida
vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordn de la campanilla, abra
Pasarn la puerta para salir a la calle.

--T por aqu?--me dijo mostrando alegra y apretndome afectuosamente
la mano.

--Veo que la visita es importuna.

--Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo
prisa.

Como esto deba contrariar sus planes le respond:

--No; mejor ser que te acompae hasta el sitio donde te dirijas y as
podremos charlar unos momentos; te har la visita al aire libre... Por
supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscrecin...

--Ninguna--replic satisfecho--. Voy solamente al almacn a dejar estos
libros.

Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que
era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la
plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba
el almacn que haba mencionado. Entonces me enter de que un
comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con
su familia le haba cedido una habitacin en el stano de su casa para
guardar los muchos libros que ya tena.

Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto
objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando
comprend que bamos a separarnos trat de detenerle a la puerta.

--Pasa conmigo--me dijo ponindome amablemente la mano sobre el
hombro--. Te mostrar mi biblioteca.

Entramos en la tienda, me present a su dueo y bajamos acto continuo
por una estrecha escalera al stano. Haba all un olor asfixiante a
chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sac Pasarn una
llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien
esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban
revestidas de estantera de pino donde se apilaba una cantidad enorme de
libros. Me produjo admiracin; pues aunque tena noticia de que mi amigo
adquira muchos, no poda imaginar que fuesen tantos.

Pasarn goz un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de
propietario satisfecho por los estantes me pregunt:

--Qu te parece mi biblioteca?

--Asombrosa! Cuntos volmenes hay aqu ya?

--Cerca de cuatro mil.

--No comprendo cmo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de
ms recursos que los que solemos poseer los estudiantes.

--Todas mis economas estn aqu. Me he privado durante la carrera de
muchas cosas, he engaado algunas veces a mi familia, he fingido
enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta
biblioteca todos los goces de la juventud.

No pude menos de pensar que aquella coleccin de libros no mereca tan
enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasin
hacia ellos; pero me guard de expresarlo advirtiendo el deleite, la
extraa voluptuosidad con que Pasarn los contemplaba.

Me mostr con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su
adquisicin era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos
heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y
captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarn temblaban
y su voz se alteraba por la emocin.

Confieso que todo aquello me produca un efecto casi cmico. No
comprenda su significado interior, que era el de una victoria personal,
el recuerdo de una lucha tenaz por la posesin de un objeto para l
precioso.

Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de
Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no saba por dnde ni cmo
embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de
ansiedad empec de la peor manera posible.

--Amigo Pasarn--le dije repentinamente--, ayer he hablado con
Rosarito.

--Rosarito?--me respondi mirndome al travs de los lentes con sus
ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en l recuerdo alguno.

--S, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio
con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta
a comprender qu pudo haberte empujado a esa resolucin que no ha tenido
preparativo alguno, pues el da anterior a tu marcha nada pudo hacerle
sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte
del sentimiento natural que esto le ha producido, pues t no puedes
dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitacin y
de duda; toda se vuelve hacer clculos sobre los motivos que habrs
tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.

Pasarn cerr el libro que me estaba mostrando y fu silenciosamente a
colocarlo de nuevo en su sitio. Tem haberle ofendido con mi repentina
interpelacin y le dije:

--Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y as
se lo hice entender a Rosarito; pero sta se empe en que te hablase
fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si
te he de confesar la verdad, acept el encargo por la compasin que me
inspira... Est verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te
ha ofendido en algo.

--Absolutamente en nada--contest resueltamente sin volver la cabeza.

--Si tienes alguna duda de su fidelidad.

--Ninguna.

--Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.

--Nadie me ha hablado de ella.

--Entonces... a la verdad, no comprendo...

Pasarn guard silencio y sigui examinando con atencin los lomos de
los libros. Yo comenc a sentirme embarazado y an corrido de aquel
silencio y tom la resolucin de despedirme bruscamente. Pero Pasarn se
volvi de pronto, vino hacia m y ponindome una mano sobre el hombro me
dijo con grave expresin:

--Escucha, Jimnez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el
curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza
misma. Cuando nos apartamos de l sufrimos las consecuencias enfadosas
que acompaan a la violacin de toda ley natural. El mo se me ofreci
bien determinado desde que llegu a la adolescencia. Nadie en el seno de
mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi
vocacin. Yo he nacido para esto (_apuntando a los libros_) y a esto he
consagrado mi juventud y consagrar mi vida en adelante. Hasta ahora he
marchado derecho a mi objeto y a l he sacrificado, como acabo de
decirte, los goces que ms nos seducen a los jvenes; porque bien sabes
que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en
la nuestra cantan an con acentos ms melodiosos. Ulises, el ms sabio y
prudente de los helenos, necesit que le amarrasen con cuerdas y cadenas
al mstil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de
flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo,
pobre nio arrojado desde los diez y seis aos en la corte, para
sustraerme a sus instancias. Cuntas veces pasando por delante de los
cafs atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los
escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos
preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a
la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuntas veces sent mis
fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegras
tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres
pesetas en algn puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de
estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqu de
petrleo... Pero lleg un da, amigo Jimnez, t lo sabes bien, en que
las sirenas hicieron sonar en mis odos un canto celestial, un canto al
cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jams. Y mi
corazn se estremeci, la brjula de mi existencia comenz a dar saltos
cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se
trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni
dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jams a
cubierto de sus flechas de oro. El mismo Jpiter, que pretendi
aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo hara este
rapazuelo, se rindi al cabo a sus encantos y le recibi en el Olimpo
entre los dioses patricios. Qu mucho que yo me entregase a l atado de
pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en m
caus aquel sueo... Desgraciadamente, los sueos no son de mucha
duracin. Despert y en medio del camino de mi vida me hall como el
Dante en una floresta oscura. Me sent extraviado, perdido, comprend
que aquella pasin me alejaba del polo magntico hacia donde haba
orientado mi existencia y que jams conseguira alcanzar el objeto hacia
el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme
atrs y buscar de nuevo el sendero que haba perdido. No puedes siquiera
sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cunta
batalla librada en mi cerebro, cunta noche de insomnio, cuanto
desfallecimiento, cunta lgrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser
lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios
hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las
oposiciones a una ctedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi
edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo
Jimnez--aadi despus de una larga pausa--, te ruego encarecidamente
que no hablemos una palabra ms de este asunto. Deploro el disgusto que
ha producido mi momentneo extravo, pero hay que apartar los ojos y el
pensamiento de lo que ya no tiene remedio.

Comprend que era intil insistir y me call. Seguimos hablando de
libros y al poco rato me desped de l.

Pobre Rosarito!




XI

CMO LOS ESPRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JUREGUI


Mi amigo Juregui gastaba el dinero a manos llenas. Su to el marqus de
la Ribera del Fresno era un viejo escptico, volteriano, que se haba
ocupado poco de l mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde
haca algunos meses haba salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.

Era por naturaleza esplndido, y como yo le haba entrado por el ojo
derecho se complaca en hacerme cada pocos das un regalito: una caja de
jabones, una boquilla, un bastn y otras chucheras por el estilo.
Cuando alguna vez bamos juntos al caf era imposible que yo pagase el
servicio. Casi a diario tena a la puerta un coche del Crculo
aristocrtico donde almorzaba y a menudo me llevaba en l de paseo a la
Castellana. En estas ocasiones le vea hacerse seas con las beldades
libres ms a la moda y, por lo tanto, ms caras. Las propinas que
verta en manos de los cocheros y los mozos de caf eran escandalosas
por lo crecidas.

Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se
marchitaba velozmente por la combinacin antihiginica de las
comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega,
Paca la Serrana. Del otro, Scrates y Pedro el Grande. Era imposible
resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no
tena ms que ojos en la cara.

Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar,
aquella marcha lenta y metdica hacia el cementerio. He aqu cmo se
desenvolvi tan extrao acontecimiento, segn los datos que el mismo
interesado me suministr.

Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada
conferencia con Scrates cuando se le ocurri preguntar al clebre
filsofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el
primer caso quin sera la mujer a la cual haba de llamar esposa. La
respuesta del filsofo fue terminante: La primera mujer que veas y te
hable, esa ser tu esposa.

Como puede inferirse, este orculo produjo mucha turbacin en el nimo
de Juregui. Quin no se sentira trastornado al saber que la desgracia
o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado?
Por esta razn, Juregui se apresur a repetirla pregunta temiendo no
haber comprendido bien. Scrates respondi con la misma precisin,
aunque variando un poco los trminos: La primera mujer a quien vean tus
ojos, a esa debes elegir por esposa.

En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su
alcoba. Toda su sangre fluy al corazn.

--Se puede?--dijo una voz femenina desde fuera.

Era la de la criada de su planchadora que sola traerle dos veces por
semana la ropa. Juregui, sin responder, se precipit a echar el
cerrojo. No lleg a tiempo. La chica, viendo que no la respondan,
coligi que el seorito no estaba en casa, como de ordinario aconteca,
y empuj la puerta. Al hacerlo tropez con Juregui, que retrocedi
espantado.

--Celedonia!--exclam fuera de s.

Gruesas gotas de sudor fro le resbalaban por la frente.

La muchacha, sorprendida a su vez, di unos pasos atrs contemplando con
espanto la fisonoma descompuesta del joven.

--Seorito!

Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al
cabo, la chica balbuci toda confusa:

--Perdone, seorito..., cre que no estaba en su habitacin.

--No hay de qu... Pase usted--murmur Juregui con la respiracin
jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignacin, mejor
dicho, al abatimiento.

Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de
veinte aos, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz
ancha, los ojos saltones. Su ilustracin al mismo tiempo no dilatada.
Sumaba por los dedos bastante bien, pero no haba abordado otros
misterios de las matemticas. Hablaba con todos como si estuvieran del
lado de all del ro; sus fuerzas, hercleas; sus discursos,
pintorescos; su risa, formidable.

Juregui no haba podido comprobar estos extremos, porque rarsima vez
haba hablado con ella; pero Doa Encarnacin, que la conoca mejor, los
haba divulgado.

Por aquellos das hall a mi elegante amigo hondamente preocupado.
Hablaba poqusimo, no rea jams y pareca hurme. Al fin una noche,
encerrado conmigo en su gabinete, me confes con labio balbuciente lo
que acabo de referir.

--Y qu es lo que piensas hacer?--le pregunt picado por la curiosidad.

Tard algunos instantes en responder y al cabo profiri con voz sorda:

--Seguir el camino que los espritus que me asisten han querido trazarme
en este mundo.

--Pero hombre!--exclam en el colmo de la estupefaccin.

--Es forzoso!--replic bajando la cabeza.

De sus ojos salt una lgrima que baj rodando por sus mejillas.

Yo estaba como quien ve alzarse delante de s un fantasma.

--Es forzoso!--replic con ms fuerza--. Para comprobar el mandato de
Scrates acud a la escritura automtica. Con los ojos cerrados y sin
pensar en lo que haca llen un pliego entero de papel. Cuando fu a
mirar lo escrito, hall repetido noventa y tres veces el nombre de
Celedonia. Despus consult todava al diccionario. Introduje la
plegadera en l, lo abr, mir en la columna y en la lnea convenidas
conmigo mismo y le la palabra _lavandera_... Ya ves que la orden de los
espritus es bien clara...

Lo que vea claramente es que aquel pobre joven estaba loco y pensaba
vagamente en ir a comunicar la noticia a su to el marqus de la Ribera
del Fresno, cuando l mismo se me adelant profiriendo con firmeza:

--Mi resolucin est tomada. Me caso con Celedonia. As se lo he
comunicado a mi to.

--A tu to!

--S, hoy mismo se lo he participado.

--Y qu te ha dicho?

Juregui entorn la cabeza hacia otro lado con disgusto, frunci el
entrecejo y tard bastante en responder. Al cabo profiri con entonacin
colrica:

--Mi to es un botarate.

--Pero qu te ha dicho?

--Al saber que estaba resuelto a casarme con una planchadora se content
con decirme: Hijo mo, vas a proporcionarte un placer muy caro. Vas a
comer un bocado exquisito; pero considera que detrs de ese vendrn
otros bien amargos... Porque supongo que tu planchadorcita ser una
preciosidad. Y sus ojuelos de viejo verde brillaron de un modo
perverso. Cuando le dije que Celedonia era fea le acometi tal ataque de
risa, que se puso negro. Tuve que llamar al criado; le echamos agua en
la cara y al fin logramos que volviese en s... Lo primero que hizo fu
llamarme jumento y echarme a la calle.

Yo disimul tambin cuanto pude la risa, que me retozaba en el cuerpo,
porque no tena ganas de ponerme negro ni que me echasen agua, y le
dije:

--Has consultado el caso con tu novia?

--Querrs creer--me respondi levantando la cabeza con asombro--que la
he llamado repetidas veces todos los das y jams ha querido acudir?

--Es natural, hombre!... La pobre chica debe de estar celosa.

Call Juregui unos instantes; sus ojos se humedecieron de nuevo y dijo
al fin suspirando:

--La verdad es que no tiene motivo alguno para eso. Ella debe saber que
slo me caso por obedecer las rdenes de lo Alto y que llevo a cabo el
mayor sacrificio que un hombre puede hacer en esta vida... Mi to es un
iluso. Se le figura que todo es lujuria en este mundo. No tiene idea de
nuestro destino inmortal ni menos de la comunicacin que existe entre
los espritus encarnados y los desencarnados.

--Pero bien, despus de todo no me has dicho si has hablado ya con la
planchadora y si te has puesto de acuerdo con ella.

--No la he vuelto a ver--respondi pasndose la mano por la frente con
abatimiento--. No quiero dirigirme a ella porque me causa tal vergenza
y repugnancia, que temo no poder llevar a cabo mi sacrificio. Me parece
que lo mejor ser que t arregles el asunto...

Di un salto en la silla.

--Qu ests ah diciendo?

--S; el medio ms adecuado para resolverlo pronto y bien y que yo no
tenga que sufrir una serie de humillaciones y tristezas es que t vayas
a hablar con su familia, les expongas mi pretensin y si aceptan y ella
me acepta tambin...

--Date por aceptado--interrump.

Juregui me mir con infinita tristeza y continu:

--Que todo se resuelva lo ms pronto posible y sobre todo sin ruido. Me
propongo marchar el da mismo de mi matrimonio para mi finca de la
_Enjarada_ en Alicante.

Quise rehusar aquella misin delicada. No me fu posible. Mi pobre amigo
se manifest tan afligido que lleg a derramar lgrimas. Hay que
confesar que las tena siempre a punto. Por fin me decid a complacerle
siempre con la esperanza de que al cabo por cualquier circunstancia se
desbaratase tan descabellado y ridculo proyecto.

Heme aqu, pues, en busca de la familia de aquella moza favorita de los
espritus. Fu a casa de su ama la planchadora y all me dijeron que la
Celedonia habitaba en el Puente de Vallecas y que no tena ms familia
que su madre y una ta con las cuales viva. Con las seas que me dieron
me dirig al da siguiente por la tarde a este punto, indagu dnde
estaba la vivienda y me encamin a ella entre pesaroso y contento de mi
cometido diplomtico.

La madre y la ta de la Celedonia habitaban en una choza o barraca de
madera situada dentro de un solar cercado por tablas.

Vi una mujer delante de la barraca sentada al sol remendando una camisa
y me dirig resueltamente a ella.

--Es usted Doa Ramona Fernndez?

--No tengo ninguno, seorito. Esta maana me los han llevado todos--me
respondi con acento triste.

Yo la mir estupefacto y ella a m.

--Pero no es usted la madre de una planchadora que se llama Celedonia?

--S, seor, s; pero ya le digo que no me queda ninguno. Esta maana se
ha llevado los que haba la criada del teniente de la Guardia civil,
porque su ama est bastante malita y no toma ms que huevos y leche.

Entonces comprend y le dije:

--No, seora, no vengo a comprar huevos. Vengo a hablarle de un asunto
importante y de mucho inters para su hija Celedonia y para usted.

--De mucho inters?--pregunt mirndome con evidente satisfaccin.

--S, de mucho inters... Vengo comisionado por un amigo que vive
conmigo en la calle de Carretas y al cual le lleva la ropa planchada
todas las semanas su hija.

--Ah, s!... el marquesito.

--No s si es quien usted supone. Mi amigo se llama Don Carlos de
Juregui.

--S, seor, s; el marquesito... Un seorito bien parecido, amarillito
l de la cara, que lleva una cruz encarnada sobre el pecho?

--Justamente.

--Pero mi hija nada tiene que ver con la ropa. Si necesita hacer alguna
reclamacin debe hablar con su ama que vive en la calle de...

--No, no es a propsito de la ropa, sino de otra cosa muy distinta. Ver
usted... Mi amigo ha simpatizado con su chica... La encuentra muy
agradable... En fin, le gusta mucho... Porque Celedonia... vamos, la
verdad... se lo merece todo!...

Yo titubeaba de un modo lamentable. La _se_ Ramona me miraba con
agrado escuchando el panegrico de su heredera.

--Por supuesto--prosegu--, tiene a quien parecerse... Porque usted,
seora, debi tener unos diez y ocho aos que habra que ver...

La mujeruca sonri con mayor agrado an.

--En fin, voy a decrselo de una vez y con toda claridad... A mi amigo
Don Carlos de Juregui le ha dado golpe Celedonia y si usted no se opone
quiere casarse con ella...

La buena mujer me mir unos instantes con los ojos muy abiertos como si
no entendiese. Entendi al fin y su fisonoma se contrajo con expresin
de clera. Se levant del banco donde se hallaba sentada y vino hacia m
furiosa, exclamando con altos gritos:

--Cmo! Qu es lo que usted viene a contarme? Que le venda mi hija a
ese seorito? Y viene usted para eso a mi casa? Viene usted a
insultarme porque somos pobres? Sepa usted que yo tengo tanta vergenza
como la reina de Espaa... Merenciana! Merenciana!

A sus gritos, cada vez ms descomunales, sali otra mujeruca de la
barraca y viendo a su hermana encolerizada juzg que deba ponerse al
unsono con ella sin saber de lo que se trataba y se dirigi a m
indignadsima llamndome to silbante y sinvergenza.

--Venir a proponerme que le venda mi hija! Como si yo fuese una
cualquier cosa... Una mujer que ha servido diez aos en casa de un
seor con cuatro ttulos!

--Seora, tenga usted la bondad de escucharme!--exclam yo en el colmo
de la confusin.

Pero ni ella ni su hermana atendan, cada vez ms encrespadas.

--Venir a insultarnos porque somos pobres!... Qu se ha figurado
usted?

Es cosa averiguada que en Espaa cuando una persona se siente incomodada
por lo que otra ha dicho o ejecutado nunca deja de atribur a sta una
gran fantasa potica y le pregunta con inters qu es lo que se ha
figurado.

Si un individuo reclama a otro lo que le debe: Qu es lo que usted se
ha figurado?, le responde su deudor. Si nos quejamos de las molestias
que nos ocasiona un nio, su pap nos pregunta enfticamente: Qu se
ha figurado usted? Si exigimos que nos dejen el paso libre en un
tranva, algn viajero nos pregunta indignado: Qu se ha figurado
usted? Hasta he odo a un caballero que recibi una bofetada en el
teatro preguntar en tono perentorio: Pero qu se ha figurado usted?,
mostrando gran curiosidad por averiguar qu clase de imgenes flotaban
en aquel momento por el cerebro de su agresor.

Yo no poda, ciertamente, describir a aquella buena mujer lo que en
aquel momento me representaba, porque todo bulla revuelto y catico en
mi mente. No saba ms que decir:

--Pero, seora, esccheme usted!

--Venir a proponer una porquera semejante a una mujer que sirvi en la
casa de un seor con cuatro ttulos! Qu se ha figurado usted?

Repito que no me figuraba nada, pero s vea las figuras de una porcin
de chicuelos que se haban encaramado sobre las tablas del cercado del
solar para presenciar la disputa. Vea tambin las cabezas de algunos
vecinos asomarse a la puerta que haba dejado entreabierta, Estaba
consternado. Maldeca interiormente de mi insensato amigo, de sus
progenitores hasta la quinta generacin y sobre todo del indecente de
Scrates, causante principal de toda aquella perturbacin. Los gritos de
las dos furias sonaban como martillazos en mis odos, pero ya no me daba
cuenta de lo que expresaban. Slo entenda claramente que haba cometido
la mayor sandez de mi vida y juraba por la gloria de mi madre que jams
me pondra al habla otra vez con una seora que hubiera servido en casa
de un caballero con cuatro ttulos.

Sin embargo, como no hay nada infinito en nuestro universo y todo es
deleznable y perecedero, as la clera de aquellas mujerucas, despus de
alcanzar su mximum de desarrollo, comenz a decrecer paulatinamente.
Aprovech este momento para sacar del bolsillo las dos cartas que
Juregui me haba dado, una para Celedonia, otra para su madre, y
ponerlas en las manos de sta.

Las olas quedaron sosegadas instantneamente. Es indudable que el
lenguaje escrito ejerce en el vulgo una impresin infinitamente mayor
que el hablado.

La buena mujer acept el mensaje con muestras de respeto, di algunas
vueltas en la mano a las cartas, se las pas despus a su hermana, que
a su vez las hizo girar suavemente entre sus dedos, y se las devolvi al
cabo con la misma uncin y recogimiento.

La verdad es que ni una ni otra saban leer, ni tampoco Celedonia, pero
tenan un primo hermano carnicero en la calle de las Veneras que lea
perfectamente lo mismo lo escrito que lo impreso.

Yo no dudaba que despus que este hombre ilustrado se hubiese hecho
cargo de ambos mensajes florecera la calma en el seno de esta familia
ofendida. Me desped de ambas disimulando cuanto pude mi irritacin,
pero as que llegu a casa manifest a Juregui con bastante aspereza
que mi intervencin en este asunto haba cesado por completo sin
posibilidad de que se reanudase jams.

Continu l sus gestiones, que como puede suponerse obtuvieron un
resultado dichoso. Me particip pocos das despus con ostensible
abatimiento que su matrimonio estaba concertado y fijado para el mes
siguiente. Le aconsej que se trasladase inmediatamente de domicilio,
porque la robusta Celedonia haba dejado escapar ya su dulce secreto y
entre los huspedes de Doa Encarnacin se haba declarado un regocijo
tumultuoso que pudiera originarle algn disgusto. Acept mi consejo, se
traslad a una fonda de la calle del Arenal y no muchos das despus
vino a rogarme que le sirviese de testigo en la ceremonia de su boda.
Estaba tan descaecido, tan marchito de cuerpo y alma, que inspiraba
lstima. Era de temer, en verdad, que el hilo de su vida se quebrase
antes de verlo anudado al de la herclea planchadora.

Lleg por fin el da feliz. Feliz? No para mi pobre amigo, a quien
hall con los ojos enrojecidos por el llanto cuando fu a buscarle para
trasladarnos a la iglesita del barrio de la Celedonia, donde deba
efectuarse la ceremonia. All nos esperaba un buen golpe de menestrales
en traje dominguero. Juregui haba exigido que no se invitase a nadie.
Sin embargo, fu imposible evitar que la _se_ Merenciana y el seor
Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, que eran los padrinos,
dejasen de avisar en secreto a algunos de sus amigos ms considerables.

Celedonia, radiante de alegra y peinada a la moda de las seoritas,
vesta un lindo traje negro que Juregui le haba mandado hacer, luca
pendientes de perlas, regalo tambin del novio, mantilla, polvos de
arroz en la cara, y guantes blancos. Estaba horrible.

Celebrse la santa ceremonia, durante la cual las lgrimas resbalaban
silenciosas por las mejillas de Juregui. Cuando termin, la novia,
sonriente, apretaba la mano callosa de sus conocimientos y reciba sus
felicitaciones calurosas.

Almorzamos en el piso alto de una taberna de aquel barrio. Como era de
rigor, el carnicero, el pollero, el carpintero, el trapero, todos
aquellos honrados trabajadores se emborracharon concienzudamente. El
bello sexo se alegr tambin, aunque con ms modestia. Celedonia soltaba
a cada instante estrepitosas carcajadas que hacan asomar las lgrimas a
los ojos de su marido.

El seor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, me tom aparte
y cogindome de la solapa me dijo con lengua estropajosa:

--Estoy muy contento, mucho, de que mi sobrina se haya casado con un
caballero... pero, la verdad... temo que no sea feliz... porque ese
seorito amigo de usted... perdone que se lo diga... es un grandsimo
borracho.

--Borracho?

--Un pellejo de vino! No ve usted que en cuanto lo prueba se pone a
llorar como un becerro? Lo misma le pasaba a un amo que tuve yo en el
Arco de Santa Mara.

Cuando lleg la hora, los novios se esquivaron. Yo les acompa en un
coche a la estacin y all me desped con un abrazo para siempre de mi
lacrimoso amigo. Para siempre, no, porque muchos aos despus tuve la
buena suerte de tropezar con l y reanudar nuestra antigua relacin.
Pero de tal suceso tendr conocimiento quien lea hasta el fin estas
verdicas memorias.




XII

PROSIGUE EL IDILIO ROMNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO


En una de las primeras visitas que hice aquel ao a la familia de Reyes,
hablando de su estancia cerca de la frontera de Francia, Natalia se
doli de haber olvidado las nociones de francs que haba adquirido en
el colegio, encontrando dificultad para hablarlo en sus frecuentes
excursiones a Biarritz y Bayona.

--S, te convendra--dijo su padre--recibir algunas lecciones ms, y
sobre todo soltarte a hablar con una persona que conociese bien el
idioma.

Entonces yo, por sbita inspiracin, recomend para el caso a mi amigo
Moro. Haba estado tres aos en Francia y hablaba el francs a la
perfeccin. Adems, lo conoca gramaticalmente y su pronunciacin era
correctsima.

--Esto es de lo que se trata--manifest el General--. Yo hablo
medianamente el francs: Guadalupe lo habla mejor que yo; pero nuestra
pronunciacin es defectuosa, sobre todo la ma. Por otra parte, no
tengo tiempo para estudiarlo a fondo y Guadalupe repugna el hablarlo
entre nosotros.

--S--interrumpi aqulla--. Hablar un idioma extranjero en familia, sin
necesidad, me ha parecido siempre una afectacin.

--Sin embargo, yo creo que t y Natalia bien pudierais charlar algunos
ratitos.

Guadalupe dirigi una rpida mirada a su hijastra y respondi vacilando:

--De nada servira; yo pronuncio detestablemente el francs.

Natalia qued seria y en su frente se marc una arruga. Esto no hizo ms
que confirmar mi conviccin de que las relaciones entre aquellas dos
mujeres no eran excesivamente cordiales.

--No dudo que tu amigo ser un profesor excelente--manifest el
General--. Es un joven de talento, al parecer, y segn nos cuentas es
tambin un orador, Pero crees t que l se avendr a desempear este
papel?

--Yo creo que s--respond, sabiendo el enorme inters que Sixto tendra
en acercarse al objeto de sus desvelos.

No obstante, despus que sal de la casa con el encargo de hablarle me
acometieron algunas dudas. Moro haba terminado su carrera y a la sazn
trabajaba como pasante en el bufete de un famoso abogado. El sueldo que
ste le haba asignado era cortsimo: apenas si con l podra subvenir a
sus ms perentorias necesidades; no le vendra mal, por lo tanto, un
pequeo suplemento mensual.

Pero su carcter era altivo, y la humildad de su posicin le haba hecho
an ms susceptible. Tem, pues, que no acogiese la proposicin con el
regocijo que en un principio haba imaginado.

Para endulzrsela un poco le di cuenta de nuestra conversacin y de la
manera oportuna que hall para recomendarle como profesor. Sus mejillas
se tieron de rojo bajo el golpe de la emocin.

--Pero bien, cmo voy a hablar con ella en francs?... Como profesor
remunerado?

--Me parece que as debe ser--repliqu un poco confuso--. De otro modo
es ms que probable que el General no aceptase este servicio... Porque
hasta ahora t no eres su amigo.

El encarnado desapareci de las mejillas de Moro. En su rostro se dibuj
una sonrisa sarcstica, la mala sonrisa de los instantes de clera.

--Es decir, que voy a ser un maestrillo de los que se pagan a tanto la
hora? Perdona, querido... Si he de entrar en la domesticidad, prefiero
ser lacayo; porque al cabo alguna vez podra tocarme la grata tarea de
anudar las cintas de su zapato.

--No hablemos ms del asunto--repliqu a mi vez despechado--. Les dir,
a tu eleccin, que no has querido o no has podido aceptar.

--Yo lo dejo a la tuya--respondi secamente.

Ni una palabra ms volvimos a hablar de este asunto. Durante aquel da
observ en Sixto cierta preocupacin que haca esfuerzos por disimular.
Quedaba en ciertos momentos silencioso y pensativo; despus se
manifestaba excesivamente alegre y bullicioso.

Al da siguiente nos tropezamos en el pasillo cuando nos dirigamos a
almorzar y me dijo rpidamente sin mirarme a la cara:

--Puedes decir al general Reyes que estoy a su disposicin.

--Perfectamente, y tambin se lo dir a Natalia, que se alegrar mucho
seguramente--le respond en la forma que ms pudiera halagarle.

Pocos das despus fuimos juntos a casa de Reyes, que le acogi con la
afectuosa franqueza que le caracterizaba y amablemente le hizo
comprender que ya tena noticia de su talento y que lo estimaba en lo
que vala. Moro se sinti aliviado de un gran peso. En su rostro le la
satisfaccin que experimentaba. Sin embargo, cuando se lleg a tocar el
punto de la remuneracin volv a encontrarlo turbado y vacilante. Pero
supo desenredarse con habilidad.

--Mi General--dijo imitando el tono resuelto de ste--, yo no soy
profesor de francs, ni pienso serlo jams, porque mis proyectos son
otros distintos. Por lo tanto, dejo esta cuestin completamente a su
arbitrio. Para m es un honor que usted me crea digno de prestarle un
servicio tan insignificante.

El General tuvo la delicadeza de no insistir. Despus nos dirigimos los
tres al gabinete donde se hallaban Guadalupe y Natalia. All fu
distinto. Aunque no hubo necesidad de presentacin, porque Moro ya las
conoca, se mostr tan tmido y embarazado, que consigui embarazarme a
m mismo. Me pareca estar leyendo en los ojos de las dos mujeres que
adivinaban el secreto de mi amigo y la ayuda que yo le prestaba.

Pura aprensin, sin embargo. Ni a una ni a otra se les pas por la mente
que aquel joven humilde hasta el exceso abrigase en su pecho pasin tan
atrevida. Le acogieron con bondadosa proteccin, que no produjo en l
tan buen efecto como la franqueza del General. Tuve ocasin de
advertirlo all mismo y comprobarlo ms tarde cuando salimos de la casa.
Me habl con extraordinaria animacin del carcter simptico de Reyes y
de la grata impresin que causaba su rudeza militar impregnada de
benevolencia. En cuanto a su esposa, se mostr ms reservado y hasta me
di a entender que le pareca su carcter un tanto disimulado, si no
falso. Como debe suponerse, le ataj inmediatamente subiendo hasta las
nubes la dulzura y constante afabilidad del que continuaba siendo dolo
de mi existencia.

Pocos das despus dieron comienzo las conferencias filolgicas de Moro.
Iba todas las tardes una hora antes de la comida. Los primeros das
observ en l una actitud silenciosa y concentrada. Pareca gozar de una
intensa felicidad mezclada de confusin. A mis preguntas acerca de las
disposiciones de Natalia responda vagamente, eludiendo la conversacin.
Paulatinamente, no obstante, se fu haciendo ms comunicativo; me di
cuenta de los descubrimientos prodigiosos que iba haciendo, no slo en
el carcter, sino en el talento de su joven discpula. Yo no poda menos
de rer interiormente de aquel entusiasmo que cada da iba en aumento.

Despus principiaron las confidencias transcendentales. Natalia no tena
por costumbre darle la mano ni cuando entraba ni cuando se despeda.
Pues bien, una tarde, como la conversacin fuese ms animada y ms
ntima, al tiempo de marcharse se la estrech amablemente. Moro
agradeci este favor como si se la hubiese extendido hallndose en un
pozo y a punto de ahogarse. Otro da, en vez de llamarle por su
apellido, le di su nombre de pila: Adis, Sixto; no deje usted de
traerme maana el peridico donde viene el cuento de que me ha hablado.
Moro mostr la misma alegra que si careciese de nombre y repentinamente
le hubiesen bautizado.

Sin embargo, cuando termin el mes y el General le llam a su despacho
y le puso en la mano dos monedas de oro, lleg a casa con el rostro ms
encapotado que un da lluvioso de invierno.

--Mira, el General me ha dado estos diez duros por las lecciones del
mes--me dijo llamndome aparte y mostrndome las monedas--. Voy a
comprar con ellos una cestita de flores y envirsela a Natalia.

--Qu ests diciendo?--exclam sobresaltado--. Si tal hicieras te
cerraran las puertas de la casa.

--Pienso envirsela sin tarjeta.

--Es lo mismo; adivinaran inmediatamente de quin viene.

Comprendi la razn que me asista y renunci por el momento a su
descabellado proyecto, reservndose, no obstante, llevarlo a cabo ms
adelante cuando no hubiese peligro de ser descubierto.

Un da le encontr particularmente excitado. Brillaban sus ojos de un
modo extrao. Pareca que la ms pura felicidad traspiraba por todos los
poros de su cuerpo. Hice lo posible por arrancarle su dulce secreto, y
aunque sin duda se propona guardarlo y esquiv en un principio mi
curiosidad, no tard mucho en entregarlo. La dicha de un enamorado es un
pajarito que se escapa irremisiblemente de la jaula.

--Vers, Jimnez; esta tarde, Natalia, en el curso de nuestra
conversacin, que suele ser sobre un tema que de antemano elegimos,
qued un instante silenciosa y pensativa y me dijo de repente:

--No sabe usted, Moro, cunto gusto tendra en orle hablar en la
Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto
o ms que los hermosos versos. Pap me lleva alguna vez al Congreso y he
gozado mucho oyendo a nuestros ms famosos oradores, a Castelar, a
Moret, a Cnovas del Castillo. Entenda poco o nada de los asuntos que
trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fcil, tan
elegante, me causaba una sensacin deliciosa.

--Conmigo llevara usted un desengao--le respond.--Yo no puedo
compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.

--Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han
dicho que habla usted admirablemente.

--Adems, bastara que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes
para que lo hiciese muy mal.

--Por qu?

--Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo
mejor.

Natalia baj los ojos y se ruboriz. Luego cambi de conversacin.

Moro me narraba este incidente con emocin increble. Yo lo celebr
tambin, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije
riendo:

--Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que
al fin no haga contigo el General lo que el cannigo Fulberto hizo con
el seductor de su sobrina.

Moro dej escapar una exclamacin de susto; pero entend que se mostr
halagado con mi comparacin.

Esta emocin ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refera a
sus funciones didcticas en la casa de Reyes contrastaba con la
indiferencia con que all se miraban. Natalia, cuando por azar sala el
nombre de su profesor en la conversacin, sola decir que era muy
simptico, muy simptico. Guadalupe la miraba entonces sorprendida,
como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es
caso sorprendente que se llame simptico a un joven tmido mal vestido.
El General se haba olvidado de su existencia. Esto prueba una vez ms
lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espritu
de los dems y lo que somos realmente.

Un da que Natalia pronunci el nombre de su profesor, el General se
volvi hacia m sonriente y me dijo:

--Pero ese amigo tuyo por qu razn gasta tan larga cabellera? Parece
un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.

--No ser por una razn esttica--manifest Guadalupe sonriendo tambin.

--Es un capricho--respond yo, contrariado por aquel tono de burla.

--Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!--exclam el
General soltando a rer.

Natalia se puso seria.

--Hay otros caprichos--dijo--mucho ms extravagantes y el mundo no slo
no se fija en ellos, sino que los aplaude. No es mucho ms ridculo
hacerse planchar las camisas en Pars estando en Madrid? Un hombre puede
gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede
gastarlo corto y ser holgazn, tonto y maligno.

Como la saeta pareca dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus
camisas a Pars, el General se puso serio a su vez.

--Nia, nia, cuidado con la lengua!

Guadalupe se limit a sonrer.

Yo aprob de corazn las nobles palabras de aquella nia, pero guard
silencio.

Desde haca algn tiempo haba observado que el temperamento
naturalmente impetuoso de Natalia se haba irritado un poco. Si en
conversacin particular conmigo era siempre franca y cariosa, cuando
nos hallbamos reunidos en familia se mostraba ms concisa en sus
palabras y ms dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba
perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo haca empleando las menos
palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Haca ya algunos
meses que no las haba visto juntas en la calle. Guadalupe sala a
menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una seora
viuda de un amigo y compaero del General, a quien ste protega.

Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simptica y
an hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no poda
menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por das iba
creciendo. Por qu sern tan pocas veces cordiales las relaciones entre
hijastras y madrastras?--me preguntaba--. Ser porque este parentesco
lleva ya dentro de s un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que
tratndose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres,
ningn pretexto poda existir para que su amistad se envenenase.

Mi adoracin por la bella Guadalupe no se haba extinguido ni an
mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoracin haba
adquirido un matiz ms respetuoso an, la contemplaba como un ser
inasequible, perfecto, y me consideraba feliz slo con aproximarme a
ella y saciarme con su vista. Hasta haba llegado a perdonarle aquel
tono siempre protector que conmigo usaba: antes me pareca impertinente;
ahora lo hallaba sabroso. No poda ofrecerme duda que ella, despus de
lo que haba pasado, lea con toda claridad en mi corazn, y esta
seguridad despertaba en m un delicioso sentimiento, mezcla de confusin
y ternura. Adivinaba perfectamente que agradeca mi pasin y aunque no
la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me
conmovan hasta privarme del uso de la palabra.

El General, aunque disfrazndola con sus modales bruscos y sus eternas
bromas, me pareca que abrigaba en su pecho una pasin no menor que la
ma. Cuando se diriga a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla,
sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dbamos cuenta
de lo que llenaba su corazn. Ella misma apartaba alguna vez la vista un
poco ruborizada.

Tard Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de
espritu complicado ni fino observador. Adems, es seguro que le pareca
inverosmil y hasta monstruoso, aun ms que a m, que Natalia dejase de
amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto,
nadie poda negar a sta un carcter singularmente blando y apacible.
Pareca imposible reir con ella. Ni aun cuando se la contrariase
abiertamente se lograba verla desazonada ni daba seales siquiera de
impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que
dada su posicin a m mismo me parecan excesivas. Por eso cuando al
cabo comenz a sospechar que Natalia la aborreca, debi de quedar
estupefacto. A esta estupefaccin sucedi una sorda clera, que pronto
se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dej de tener con su hija
aquellas expansiones cariosas en l tan frecuentes; espiaba a una y
otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con
signos de irritacin.

Por su parte la nia pareca no advertir el malestar de su padre y
continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada da ms
desdeosa. Yo presenta que aquellos dos caracteres tan semejantes
tenan que chocar al cabo forzosamente.

La catstrofe se produjo, desgraciadamente, hallndome yo presente.

Acabbamos de comer y Guadalupe haba salido para cambiar de vestido,
pues bamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo
departamos tranquilamente en el comedor cuando son el timbre de la
puerta.

--Ah est Tonico--dijo el General.

Natalia qued silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando.
Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no apareca. Natalia se puso
en pie y sali de la estancia. Poco despus volvi a entrar seguida de
Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres seales de
turbacin. El de Natalia terriblemente fruncido como jams lo haba
visto.

El General recibi a su amigo con la misma ruidosa alegra de siempre.
Grimaldi estaba un poco plido y sus manos temblaban ligeramente; pero
un instante despus recobr su aplomo, y con el tono fro y grave que
caracterizaba su conversacin la empe con Reyes y su esposa. sta
pareca ms turbada y advert que disimuladamente segua con la vista a
Natalia y su mirada era humilde y tmida.

Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tom la
delantera. Hallndose ya en el pasillo exclam:

--Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.

--Natalia, recoge esos guantes y trelos--dijo el General a su hija, que
se haba quedado un poco rezagada.

sta, como si no oyese, sigui caminando. Don Luis repiti con
impaciencia:

--No has odo? Trae los guantes de Guadalupe, que estn sobre la mesa.

Natalia los tom con lento ademn, y dirigindose a Guadalupe dijo con
acento desdeoso:

--Ah los tienes.

Y se los arroj, sin entregrselos en la mano. Los guantes cayeron en el
suelo.

Una ola de sangre subi al rostro del General.

--Cmo! Qu es lo que acabas de hacer, insolente? Recoge esos
guantes!

Natalia permaneci inmvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa
sarcstica se dibuj en su rostro plido.

Los ojos del General chispearon de furor y abalanzndose a ella
vocifer:

--Recoge esos guantes y entrgalos de rodillas!

Natalia permaneci en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre
con una extraa intensidad que infunda miedo.

--De rodillas! De rodillas, malvada!--grit Reyes agarrndola por el
brazo y sacudindola furiosamente.

Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre deban clavrsele
como unas tenazas; pero inmediatamente comenz a rer.

--Te res, infame?... Te res?... De rodillas!

Le di tan fuerte sacudida que la nia choc ruidosamente con el
pavimento.

Tirada en el suelo sigui riendo cada vez con ms fuerza.

--Res, res, miserable? Te voy a aplastar como una vbora!

Hizo ademn de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos
todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonoma de
Guadalupe tan descompuesta igualmente que pareca un cadver.

--Dejadme, dejadme!--gritaba el General--. Yo me he tenido la culpa
por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se
goza hiriendo a su padre en el corazn.

La risa de Natalia se fu haciendo cada vez ms fuerte y convulsiva.
Entonces comprendimos que sufra un ataque de nervios y acudimos a ella.
Yo la levant entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la
transportamos a su cama.

El ataque fu pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes
contracciones, la retorsin de los brazos y la cabeza. Con dificultad
podamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la
cama. La doncella trajo un frasco con ter y empapando un pauelo se lo
hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas
gotas. Guadalupe orden a un criado que montase en el coche enganchado a
la puerta y envi por el mdico.

Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta
el punto de hacer temer una apopleja, desahogaba todava su clera no
extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.

Cuando el mdico lleg, el ataque ya haba cedido. Orden unos
sinapismos y una pocin calmante y encarg completa tranquilidad, no
dando importancia al accidente.

A mi entender la tena muy grande. Aquella noche me despert varias
veces agitado por tristes presentimientos.




XIII

FIN DESASTROSO DEL IDILIO ROMNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO


No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni
aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que sta no
sospechase que habamos hablado de ella. Le dej ir como todos los das
a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le haba
recibido por hallarse su discpula enferma.

No lo estuvo ms de tres o cuatro das. Sixto volvi a sus conferencias,
y ella, que adivin mi discrecin, me lo agradeci visiblemente. Se
mostr conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo
comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que sta
se me haba hecho sospechosa y que mi adoracin descenda rpidamente
como la columna de mercurio de un termmetro cuando se le aplica un
pedazo de hielo.

Con Moro se mostr tambin aquellos das, por lo que ste me dej
entender, cariosa y familiar en extremo. Principi a mantener con l
conversaciones ms ntimas que las que les proporcionaban los fros
temas que elegan. Le habl de s misma, de sus aos de colegio, le
cont algunas ancdotas de aquellos tiempos. Luego mostr tambin
inters por la existencia privada de su profesor, le haca preguntas
acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le
alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfaccin un
brillante porvenir.

Puede alcanzarse la impresin que estas seales de aprecio producan en
mi amigo. Viva en xtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme
sus ocultos pensamientos, yo adverta que stos suban precipitadamente
a las ms altas cspides de la felicidad. Quin sabe lo que soaba en
aquellos das el buen Moro!

Sin embargo, yo conoca las secretas influencias bajo las cuales el
corazn de Natalia se abra a un afecto ms vivo hacia mi amigo. La
pobre nia se senta menos amada de su padre y cada da ms aislada
dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado:
haca esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como
adverta que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe
eran cada da ms fras, el desabrimiento que esto le produca le
brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude
observar que la hua y que manifestaba hacia ella, cuando le era
indispensable comunicarse, una cortesa exagerada, jams el natural
abandono de la familia.

Nos hallbamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exmenes y de nuevo
nos diseminamos. Fu a reunirme con mi familia. El General con la suya
se march poco despus a veranear, como siempre, a San Sebastin. Moro
qued en Madrid. Desde aqu me hizo saber que se comunicaba a menudo y
regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francs. Era
un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prcticas sobre este
idioma.

Cuando llegu a Madrid en los ltimos das de Septiembre la pasin de
Moro haba crecido tan formidablemente, que me inspir un poco de temor.
El viento que la haba hecho adquirir tal violencia era el que soplaba
de San Sebastin encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto arda en
deseo de comunicrmelas, pero me hizo jurar que no me dara por
enterado de ellas con Natalia. Las le con inters y pronto me cercior
de que Moro, utilizando el pretexto de la enseanza, iba solapadamente
deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazn.

Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias
de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Despus
comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco ms
hondas que su profesor formulaba; ms tarde daba las gracias por sus
frases lisonjeras: _Monsieur, vous tes trop aimable. Monsieur, je vous
remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse_. Luego
corresponda con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer
en sus epstolas. Por fin, el tono de stas debi de subir algo de punto
porque Natalia se mostraba ms reservada y le llamaba dulcemente al
orden. En una de las ltimas, si no era la ltima, se adverta que,
apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se vea obligada a
responder a una verdadera declaracin de amor. Y lo haca con un tacto y
una indulgencia maravillosas.

Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias
afectuosas, fu que Natalia rechazaba la pasin de mi amigo, si bien,
con la nobleza que caracterizaba su espritu, la agradeca y la
estimaba. Esto era lo que exiga el orden natural de las cosas. Lo dems
sera el comienzo de una novela romntica, a la cual no se prestaba la
naturaleza equilibrada de aquella nia.

Pero esto que a m se me ofreca perfectamente claro y lo sera para
cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa
mgica al travs de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes
seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y
reprimir su entusiasmo, era ste tan vehemente, que mis sensatas
reflexiones no lograron ms que mortificarle. Su razn perspicaz se
hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal
incoherencia acerca de lo que l supona ya sus amores, que a cualquiera
hara rer. Cunto hubiera redo l mismo y cunto donaire hubiera
brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los
hombres que advierten velozmente el ridculo en los dems no son los que
con menos facilidad caen en l.

Sin embargo, haca ya algunos das que la familia del General haba
llegado a Madrid y nadie se haba ocupado de enviar a Moro un mensaje
hacindoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empez a
mostrarse sorprendido e inquieto; no saba a qu atribur tal omisin.
Ay! yo lo supe bien pronto. El primer da que fu a comer con ellos me
encontr con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y
hablando con ella en ntimos apartes. No dud un punto que era su novio.
Vi tambin claramente que este novio era aceptado por el General.
Despus advert que Guadalupe y el mismo Grimaldi no slo vean con
buenos ojos aquella relacin, sino que la aplaudan y la alentaban por
todos los medios.

Aquel joven se llamaba Rodrigo de Cspedes. Era aragons como Reyes y
Grimaldi; perteneca a una aristocrtica familia; hurfano de padre y
madre y capitn del ejrcito. Entend que haba sido presentado por
Grimaldi en San Sebastin. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia
databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a
cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a
porfa. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tena el
cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, haba perdido
ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos
aos de los treinta.

No me atrev a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esper
que el azar se lo hiciese saber. Me haba encargado el primer da que
fu a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia
tena pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunt a Guadalupe y sta
me contest riendo:

--Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francs. Habla
demasiado en espaol!

Y me seal con los ojos a la nia que en un rincn del gabinete
charlaba animadamente con su novio.

No se pasaron muchos das sin que Moro se enterase de la ruina de sus
esperanzas. Una noche, hallndome ya en la cama, llam a la puerta de mi
alcoba.

--Perdona que te haya despertado--me dijo con voz trmula--. Es cosa
para m importantsima... T sabes si Natalia tiene novio?

Qued confuso sin saber qu responder.

--No te lo puedo decir.

--S me lo puedes decir... Habla!

--Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.

--Un individuo alto con bigote rubio?

--S.

--Quin es?

--Un capitn amigo de Grimaldi, que fu quien lo ha presentado en la
casa.

Qued silencioso y pude observar su rostro plido a la luz de la buja
que yo haba encendido.

--Est bien, Jimnez. Muchas gracias y perdona.

Gir sobre los talones y se fu cerrndome la puerta. Yo apagu la luz y
me entregu de nuevo al sueo pensando que mi pobre amigo no lograra
conciliarlo aquella noche.

Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad
sorprendente. Dos meses despus de llegar a Madrid hubo sntomas
declarados de matrimonio. Observ movimiento inusitado en la casa del
General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras
de bordados sobre las mesas, frecuente aparicin de grandes paquetes,
etc.

Quise tambin advertir que se haba operado una cierta reconciliacin
entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos,
recorra los comercios en compaa de Natalia, celebraba conferencias
transcendentales con las modistas, con los joyeros. Pareca
satisfechsima de aquella boda.

Provena del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del
deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente
en presencia de tanta alegra. Porque Natalia acababa de cumplir diez y
seis aos. Su edad no reclamaba afn por lanzarla al matrimonio: al
contrario, me pareca que sus padres debieran considerarlo con cierto
recelo y tristeza.

La satisfaccin era general y la de Natalia le impeda ver las impurezas
que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su
amor: aquel gallardo joven haba conseguido apasionarla con todo el
mpetu de los pocos aos y de un temperamento extremadamente afectuoso.
Se poda asegurar que ya no viva ms que para l, que el mundo entero
haba desaparecido delante de sus ojos extasiados.

Rodrigo de Cspedes posea todas las cualidades capaces de seducir a una
nia: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta
condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara
vez deja de fascinar a las mujeres. Adems, era como Natalia un msico
consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribua ms de lo
que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violn y posea
una agradable voz de bartono. Las noches se deslizaban gratamente en
compaa de estos jvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos
se complacan en hacernos or hermosos trozos de msica. Cspedes
interpretaba con el violn algunas piezas de concierto acompaado al
piano por Natalia. Otras veces era sta quien nos dejaba or las sonatas
de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba
alguna romanza de pera o alguna cancin espaola.

Recuerdo una de stas cuya letra comenzaba:

    Mal haya la ribera del Yumur
    y aquella matancera que en ella vi.

Era una cancin de la isla de Cuba, graciosa y lnguida. Cspedes la
cantaba primorosamente, y como lo saba y se le festejaba la cantaba a
menudo.

Sin embargo, aquel hombre no haba logrado hacrseme simptico. Su
eterna sonrisa era ms sarcstica que amable y sus ojos de un azul
acerado carecan de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos
momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo
esto poda achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la
amistad ya entraable que me una a Sixto Moro. El hombre que haba
venido a destruir sus ilusiones y le haba herido tan profundamente en
el corazn no deba obtener mi beneplcito.

La casualidad vino a justificar mi antipata. Una tarde paseando por el
Retiro en compaa de un teniente de artillera paisano y amigo mo
cruz a nuestro lado Rodrigo Cspedes galopando en su caballo. Me hizo
un ligero saludo y mi compaero me pregunt sonriendo:

--De qu conoces a ese _perdis_?

--Es el novio de la hija del general Reyes... No saba que fuese un
calavera.

--Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... Te
felicito por ello!--aadi riendo--. Rodrigo Cspedes es una bala
perdida. Pertenece a una buena familia. Jug y perdi el pequeo
patrimonio que le dej su madre, jug despus la herencia algo ms
cuantiosa de una ta y es capaz de jugarse las pestaas. Adems, entre
sus compaeros pasa por un mal sujeto.

Qued sorprendido y contristado.

--Pues se va a casar el mes prximo con la hija nica de Reyes.

--Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura,
seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.

Esta noticia, que vino a dar la razn a mis instintivos recelos, comenz
a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma
Natalia, a la cual cada da profesaba mayor afecto. Su rectitud y
firmeza se aliaban dichosamente a un corazn sensible y tierno como
pocos. El defecto que en ella se descubra era una impetuosidad
exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba
un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me haca rer no pocas
veces. Cmo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos
de quien no supiese estimarla? Adems, si aquel hombre se hallaba
arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera,
Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida srdida
despus de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.

Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras
proseguan cada vez ms activos los preparativos de la boda.

Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba
igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y ms
irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que
pareca huir de m como si yo hubiese tenido alguna parte en su
infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su
nombre; yo tampoco aluda directa ni indirectamente a lo que en casa del
General estaba ocurriendo.

Un da, hallndome un momento a solas con Natalia, sta me dijo,
afectando una indiferencia que no senta:

--Pero qu es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. Ha
perdido su antigua aficin al teatro? En ninguno he logrado echarle la
vista encima hasta ahora.

--Moro est muy ocupado--le respond--. El bufete de Ergueta, cuyo peso
lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a
salirle absorben todo su tiempo.

--Pues saldale de mi parte y dile que tanto pap como yo tendramos un
placer en que asistiese a la ceremonia el da de mi matrimonio.

Yo me sent repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con
cierta amargura:

--Natalia, esa invitacin es la nica que no debieras hacer!

Se puso fuertemente encarnada y despus de un instante de vacilacin me
dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:

--Tienes razn. No le digas nada.

Y pas inmediatamente a hablar de otra cosa.

Lleg por fin el da fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de
la Purificacin. Celebrse por la tarde en la capilla de uno de los
asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusin de luces,
cortinas y flores. Bendijo la unin un cannigo de Toledo, amigo ntimo
del General. Fu madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo
de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la
Gobernacin y dos generales; por la del novio, el marqus de C... y dos
oficiales de caballera pertenecientes a la ms alta aristocracia.

Los desposados entraron en el pequeo templo a los acordes de una marcha
nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraan la vista
y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha,
sonrea a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Cspedes, cuya
prcer estatura se destacaba arrogante, vesta el uniforme de gala de su
regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos
le tendan. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la
poltica y a la milicia presenci la ceremonia. Despus, en uno de los
grandes salones del asilo, se sirvi un refresco a los invitados.
Natalia y Cspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y
se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que deba
conducirles al Monasterio de Piedra, donde se haba convenido que
pasaran ocho das.

Tambin se haba convenido que transcurrido este tiempo volviesen a
Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la
Isla de Cuba, donde Cspedes estaba destinado. Porque el General haba
logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de
comandante y a las rdenes del Capitn general.

No dejar de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese
voluntariamente y tan pronto de su nica hija. Sin embargo, las razones
son fciles de comprender. El General haba llegado a percibir con toda
claridad que exista siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y
que este odio era irreductible. Su pasin desaforada por sta le
impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor
conyugal el paternal. Por otra parte, no poda ignorar la conducta hasta
entonces desordenada de Cspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque
como hombre de mundo, un poco desarreglado tambin y aventurero, no
diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograra
reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo ms posible del teatro
donde se haban representado sus calaveradas. Adems, saba bien que
Cspedes ya no tena fortuna, que l no poda ayudarle mucho porque la
suya perteneca de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario
empujarle en su carrera.

Natalia, por su parte, no haba puesto obstculo alguno. Tanto por el
apasionado amor que haba logrado inspirarle aquel hombre como por el
vivo sentimiento que tena de sus deberes le hubiera seguido a sitios
peores.

Poco despus de los novios me traslad yo con el General y Guadalupe en
su coche a la estacin y con algunos ntimos tuve la satisfaccin de
decirles adis. Desde all, por fin, cuando ya haba cerrado la noche me
volv a pie a casa.

Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropec con alguna
gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba
abierta y en ella vi a un guardia de orden pblico.

--Qu pasa?--le pregunt asustado--. Hay fuego?

--Nada de eso. Es un seor que acaba de darse un tiro--me respondi con
glacial indiferencia.

No dud un instante de quin era aquel seor y entr corriendo por el
pasillo, donde tropec con Doa Encarnacin, cuyo semblante desencajado
denotaba la emocin que la embargaba.

--Moro?--le pregunt con ansiedad.

-S, s!

--Est muerto?

--No, seor; pero su herida es gravsima.

Me dirig velozmente a su habitacin. Estaba llena de gente; el mdico
de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el
juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los
mdicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido haba
perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle
declaracin.

Haca poco ms de una hora, esto es, a la misma poco ms o menos en que
se celebraba la unin de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se
haba dado un tiro apoyando el can del revlver sobre el corazn.
Felizmente, la bala no penetr en ste: haba desviado un poco y qued
alojada en el hombro.

La operacin se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso
extrao, los huspedes, sus compaeros, cambibamos algunas palabras en
voz baja.

--Pero por qu se ha querido matar? T lo sabes?--me preguntaba al
odo Manuel Mezquita.

--No--le respond.

--No ser por la falta de recursos. Su posicin ha mejorado en estos
ltimos tiempos.

--Acaso algunos amores desgraciados--dijo Albornoz apuntando al blanco.

--No le conozco novia.

--Ser una mujer casada--replic apartndose ya mucho.

Al cabo recobr el sentido: la operacin estaba terminada. Pase por la
estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los mos sus labios
quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas
preguntas a las cuales respondi con pocas y espaciadas palabras
ratificndose en lo que haba escrito en un papel que se hallaba sobre
su mesa. Nadie le haba herido. Se haba querido dar la muerte por su
propia voluntad. No quiso explicar los motivos.

Se le dej descansar, y yo, previa consulta con Doa Encarnacin y mis
compaeros, telegrafi a su padre. Al da siguiente por la maana se
present ste con sus dos cuados, los mismos que haban subvencionado a
la carrera de Sixto.

La escena que se desarroll en mi presencia fu penosa y risible al
mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifest sinceramente
afectado y le prodig algunas tiernas caricias; pero sus tos, alterados
hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle
amargamente.

--Es posible que un muchacho de talento como t, que acaba de terminar
su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir
asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... Por qu, vamos
a ver, por qu?

--Cuando comenzabas a ganar algn dinero.

--Nosotros tenamos puesta toda nuestra confianza en ti.

--No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos
hecho.

--Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que t fueses
un caballero.

--Todo cuanto podamos juntar ha sido para pagarte los estudios.

--No es por echrtelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado
haran un buen montn si los tuviramos juntos.

--Te ha faltado la buena comida? Te ha faltado la buena cama? Te ha
faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y
la peseta en el bolsillo?... Entonces por qu quitarse del medio?

Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba
en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro plido y
contrado se adivinaba el sentimiento de vergenza que le embargaba.

Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con
energa:

--Seores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le
altere poco ni mucho. El mdico ha prescrito un gran silencio y yo les
ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicacin, que se retiren
y le dejen tranquilo.

Aunque gruendo todava, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a
traspasar la puerta, Sixto abri los ojos, inclin un poco hacia ellos
la cabeza y les llam suavemente con el borde de los labios:

--Pss, pss.

Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneci alejado.

--Pierdan ustedes cuidado--les dijo con voz apagada--. Slo por darles
gusto llegar a ministro.

Los peridicos haban dado la noticia aquella maana. En la mayora de
ellos vena concisa y escueta: slo la apuntaban como uno de los sucesos
del da anterior. Pero en algunos se aadan al nombre de Moro algunas
frases lisonjeras; se deca que el joven que haba tratado de quitarse
la vida era conocido ventajosamente en los Crculos forenses y que
gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.

Por la noche fu a casa del General a enterarme del viaje de los novios
y aqul me interpel bruscamente con su rudeza simptica:

--Pero qu diablo ha sido lo de tu amigo? Por qu ha querido matarse?

Le respond que se trataba de algunos graves disgustos con su familia.
Moro era un hombre exageradamente sensible...

--Espero que curar pronto de la herida y que no volver a empezar.
Sera bien deplorable que un joven tan inteligente y simptico se escape
ridculamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido
papel. Los jvenes de imaginacin se figuran las contrariedades de la
vida como insuperables. Ms adelante vemos que todo puede superarse
menos la muerte.

Diez o doce das despus me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegaran a
la maana siguiente. Fu a comer a casa del General, donde aquella noche
haba otros tres o cuatro invitados. Se quera festejar la llegada de
los novios. Encontr a stos risueos y felices en su llena luna de
miel. Cspedes estaba ms locuaz que de ordinario y usaba bromas con
todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas
bromas, que sin duda l juzgaba inocentes y chistosas, yo perciba un
dejo amargo que continuaba hacindomelo repulsivo. En vano me
recriminaba aquella extraa repulsin achacndola ahora ms que nunca al
afecto y a la compasin que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era
imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a
falso como monedas de plomo.

Despus de comer hubo sesin musical. Natalia toc algunas tandas de
valses alemanes y Cspedes tambin ara un poco el violn y cant
varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible Mal haya
la ribera del Yumur.

Sin embargo, observ que Natalia, en medio de su alegra, padeca
algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad
y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba
vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi
lado, me tom una mano y me dijo al odo:

--Cmo sigue nuestro amigo?

--Ya est bastante bien. Creo que el lunes podr levantarse.

Guard un instante silencio y al cabo volvi a preguntarme con la misma
voz de falsete:

--T sabes por qu ha querido matarse?

--S; y t tambin.

Los rasgos de su fisonoma se alteraron; movi los labios como para
decir algo, pero no lleg a pronunciar palabra alguna. Por fin, con
enrgica resolucin y metindome la boca por el odo me dijo.

--Supongo que no me juzgars una despreciable coquetuela que haya
procurado con artificios infundir una pasin en Moro slo para
satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, hacindome
violencia, sobre todo ltimamente, en mantenerme dentro de una reserva
exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer da muy simptico:
he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan
seguro y fraternal como t lo eres... Pero otra cosa no poda ser. No
necesito decirte por qu. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces
el carcter de pap... Adems, la amistad es una cosa y el amor es
otra. Dios no me haba destinado para Moro, sino para Rodrigo.

--Ests segura de ello?

Apart su cabeza de la ma como si se hubiese pinchado y mirndome a los
ojos con expresin severa dijo secamente:

--S; estoy segura.

Se alz del asiento y se alej en silencio.

FIN DE LA PRIMERA PARTE




SEGUNDA PARTE




I

EL MUNDO DE LOS SUEOS


Han transcurrido diez aos. Graves mudanzas en ellos. Todo arde y se
consume, deca el viejo Herclito; no se baja dos veces en el mismo ro;
es otra agua sobre la cual bajamos. La vida, como el agua, se disipa y
se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo,
todo se olvida.

Quin se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos aos
despus del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una
cacera, al poner el pie en su dormitorio, cay al suelo vctima de una
apopleja fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia.
Cuando llegu, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobr el
conocimiento y falleci en la madrugada.

La hermosa Guadalupe dej a Madrid y se fu a Pars a vivir con su
madre. Algunos meses despus tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.

Quin se acuerda de aquella famosa casa de huspedes de la calle de
Carretas, mansin deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era
inextinguible? Qu se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron
de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes
en algn lugarn de Andaluca y el otro trazando carreteras y erigiendo
puentes por algn otro rincn apartado.

Adnde haba llegado Pasarn? Muy alto. Era ya un hombre clebre.
Despus de unas resonantes oposiciones que los peridicos comentaron
largamente, donde logr aplastar bajo el peso de su erudicin a hombres
encanecidos en el estudio, obtuvo una ctedra en la Universidad Central.
Aquel portentoso joven fu al poco tiempo el dolo de la Prensa.
Escribi algunos libros de crtica retrospectiva que produjeron
verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acoga con
seales de respeto y admiracin. Tal vez no existiese a la sazn hombre
ms festejado en Espaa.

Qu se hizo de Doa Encarnacin, la simptica y bondadosa patrona que
tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la
perdi. Qued arruinada, arrastr despus algunos aos una vida
miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasin de favorecerla,
y, por fin, muri en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde
haba nacido.

Quin se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan
impetuosa? Nadie ms que Sixto Moro. La herida de ste nunca haba
logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro aos despus de haberse
casado aqulla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde
un fotgrafo exhiba sus retratos. Yo saba que all haba uno grande y
perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me
respondi:

--Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la
tentacin de hacer una visita a su retrato.

--Para decirle cunto la quieres todava.

--Justamente... Qu le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero
es una locura inofensiva. Soy un romntico digno de haber vivido en los
buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo
la melena, que tanto preocupa a la atencin pblica.

En efecto, haba logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los
abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras
reuniones pblicas, por lo cual empezaba a ser conocido del pblico.
Pero lo que le iba haciendo ms popular era su romntica melena. En
nuestra nacin, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier
discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las
miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocan su
mrito, le miraban con respeto, pero los ms rean. Con el tiempo creci
su fama y adelant en su posicin. A la hora presente posea uno de los
bufetes ms lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y
viva con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado
das de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnfico aposento
en la calle Mayor, tena varios criados y recientemente haba puesto
coche.

Nuestra amistad no se haba entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones
eran diversas, nos veamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una
semana sin que almorzsemos juntos. Charlbamos mucho del pasado, poco
del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le
excitaba al matrimonio. Un hombre de su posicin deba casarse para
consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud poda
aspirar a todo. Por qu privarse de los goces de la familia y del
consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su
talento? Moro se pona serio y me responda bajando la voz:

--No puede ser, Jimnez. T me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy
en efecto. No he quedado como l imposibilitado materialmente para el
matrimonio, pero s moralmente.

Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmova y me lo
haca an ms estimable.

De Natalia y su marido escassimas noticias haban llegado a mis odos
durante aquellos diez aos. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o
cinco, Cspedes haba vuelto a la Pennsula y haba vivido algn tiempo
en Barcelona, despus que se haba ido a las islas Filipinas. Y nada
ms. Sixto no deba de tener otras ms precisas tampoco y no imagino que
tratase de inquirirlas.

En cuanto a m, despus de haber seguido tres carreras diferentes y
hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazn de redactor en un peridico
importante de la maana. Fu empujado a ello por la necesidad. Algunos
desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos
que me proporcionaba. Felizmente, la discordia ces pronto; pude
abandonar el periodismo; no lo hice porque me placa. Es alegre la
profesin de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo
tena lo bastante para darme una vida regalada.

Desde los veinticinco a los treinta aos de edad estuve alojado en un
hotel de la calle del Arenal, que an subsiste. No s lo que es hoy: en
aquella poca era una casa de huspedes confortable y elegante, con mesa
redonda a la cual nos sentbamos quince o veinte comensales, casi todos
del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un
senador, un catedrtico jubilado, un rentista con su seora y un hijo,
un anciano mdico, un capitn de artillera. Estos ramos los fijos; los
dems, huspedes que venan por tiempo ms o menos largo.

Como yo era el ms joven, y an puede decirse el nico joven, pues el
capitn, que era quien ms se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta,
se me trataba por aquellos seores con afectuosa predileccin. Podra
decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba
para ellos as como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo
era yo por fortuna, pero me embromaban cariosamente como si lo fuera.

Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del
Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez tambin les anunciaba
con anticipacin sucesos polticos que el mismo senador ignoraba. Se me
dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante
de aquel venerable arepago lo mismo que si estuviera en la mesa del
caf de Fornos entre mis jvenes camaradas. Aquellos bondadosos seores
se limitaban, cuando mi locuacidad suba de punto, a sacudir la cabeza y
sonrer con piadosa irona.

Fu dichosa aquella poca de mi vida, o al menos as se me representa al
travs de los aos. Todava alguna vez, cuando paso por la calle del
Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un
suspiro y murmuro con emocin los famosos versos de Espronceda:

     Dnde volaron, ay!, aquellas horas
    de juventud, de amor y de ventura,
    regaladas de msicas sonoras,
    adornadas de luz y de hermosura?

S; todas las noches me dorma regalado por la msica de un piano y un
violn. Mi dormitorio tena una ventana sobre el patio, cubierto de
cristales, donde se hallaba establecido un caf.

Y mis sueos eran felices tambin como mis vigilias. Sin haber ledo
nada de los sueos, haba logrado en mi juventud cierto dominio sobre
ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de
espritu como el ilustre orientalista marqus de Hervey de Saint-Denis,
que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero s lograba muchas
veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.

A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos
dentro del sueo nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz
de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiossimo del
sabio marqus se observa paso a paso cmo se va adquiriendo este
dominio.

Intil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin cientfico como a
aqul, sino puramente el de huir alguna preocupacin enfadosa o el de
experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece
que lleva aparejado un dolor, mi mana de provocar sueos agradables me
ocasion una desagradable aventura, que no resisto a la tentacin de
narrar puntualmente.

Acaeci que un da lleg al hotel y se aloj en l por algn tiempo un
matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente
propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa
de mi aventura. El marido poda haberse quedado en la calle, poda haber
permanecido en Pars, de donde llegaba gestionando sus negocios, poda
haber ido a pasar unos das a Sevilla en el seno de su familia, poda
haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera
producido en m la ms leve emocin. Pero la esposa! Ah, la esposa!
Una cosa increble, una aparicin, un milagro. Jams he visto ni pienso
ver en lo que me resta de vida una belleza ms esplendorosa. La piel
blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos
ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los
pies asiticos.

Cmo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven haba logrado
hacerse dueo de tal portento, es lo que se pregunt inmediatamente todo
el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de
comedor.

Pronto se averigu que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde
entonces se la admir mucho ms a ella y se le despreci mucho ms a l.
Ignoro por qu, pues la Andaluca es una regin espaola donde abundaron
siempre los santos, los hroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que
en el resto de Espaa se habla demasiado bien de las andaluzas y
demasiado mal de los andaluces.

Se hicieron muchos y variados clculos. Unos pensaban que aquella seora
era una nihilista rusa, que perseguida por la polica haba logrado
escapar unindose a nuestro compatriota; otros decan que era una
artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban
que se trataba de una princesa que viajaba de incgnito y que aquel
hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien lleg
a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz haba
logrado substraer del _harem_ de un baj turco.

Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tena a todos hechizados y que
se la miraba y se la volva a mirar y nadie se hartaba de mirarla.

Por qu siendo tantos a contemplarla fu yo el nico que logr alterar
los nervios del marido? Seguramente porque era el ms joven. Sin
embargo, el capitn lo era tambin en cierto modo y, adems, lo confieso
sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.

Pero el capitn se haba hecho amigo de Bellido (as se llamaba el
marido de la rusa) desde el da siguiente de su llegada. Cuando todos
nos levantbamos y nos marchbamos a nuestros cuartos, ellos dos solos
se quedaban de sobremesa y departan todava largo rato. Y en esta
sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo
refirindole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara
a Espaa, a causa de la poca educacin que aqu haba. El infeliz viva
inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su
seora, la seguan, la hablaban al odo; en el teatro la enviaban
ramilletes de flores; por el correo interior reciba billetes amorosos.
Pero si cruzaba por delante de un grupo de albailes, estos seores no
se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a l mismo
groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unan a
su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para
siempre. As nos lo contaba riendo el capitn cuando el pobre hombre no
estaba delante.

Pues, como deca, el marido de aquella singular mujer me espiaba y
apenas poda posar mis ojos sobre ella sin que los de l me clavasen una
mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba
con los ojos y me nutra de sus encantos. Porque los _beesfsteaks_ y los
_raguts_ del hotel all se iban casi siempre a la cocina sin que yo los
tocase.

Tal rgimen alimenticio era muy a propsito para quedar enamorado. Lo
qued a los pocos das de un modo inverosmil y tuve la inocencia de
participrselo al capitn, por ser el nico husped con quien todava se
poda departir sobre asuntos de galantera.

Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella seora, fuese
princesa, esclava o titiritera, jams alent mi pasin amorosa ni aun
creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se
la podan clavar las miradas ms rendidas, ms inflamadas; las suyas no
expresaban ms que una tranquila indiferencia.

Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades onricas de que
antes he hablado. Me puse a soar. He aqu los medios a que apel para
provocar los sueos deseados.

Compr algunas historias y novelas rusas y lea por ellas una vez metido
en la cama por la noche. Mi imaginacin con estas lecturas se exaltaba y
yo tena buen cuidado de prestar a la herona ms simptica de cada
novela los rasgos fisonmicos y la figura de la esposa de Bellido. Al
mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueo llevaba a la
nariz un pauelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que
aqulla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con
fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de
dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soar con ella.

Recuerdo que una vez so que me hallaba al servicio de la Polica rusa
en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta
conspiracin de terroristas, logr capturar a algunos de ellos y
averig que obedecan las rdenes de una condesa muy conocida en la
alta sociedad. Me person una noche en el palacio de esta condesa y la
hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa seora de Bellido. Se
puso densamente plida al saber quin era yo y a lo que vena, pero no
pronunci una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta
dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisin le facilit la
huda. Pero uno de mis compaeros me espiaba. Este compaero, que era un
sr perverso y despreciable, tena el rostro de Bellido. Entonces
determin fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos
dirigimos al ro, donde yo tena un bote preparado. Empu los remos y
bogu hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque espaol que
mandaba un marino amigo mo. Este marino no era otro que el viejo
general, mi compaero de hotel. Cuando me hall en medio del Newa, me
cre salvado. Solt un instante los remos y tom las manos de la hermosa
condesa que llev a los labios con una mezcla de respeto, de admiracin
y de amor, que pareca transportar mi alma al paraso. Porque todo el
mundo habr observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta
notablemente durante el sueo: el amor, la compasin, el miedo, los
celos son mucho ms intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de
primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas
del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su
iglesia que sirve de panten a la familia de los zares. Yo me senta
enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella
conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de
otro bote que navegaba rpidamente hacia nosotros; sent el chapoteo de
los remos y escucho una voz que grita: Para! Era la voz de mi
compaero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis
fuerzas. De nada me vali. l traa cuatro marineros y en pocos
instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me
arroj al cuello de Bellido y ambos camos al agua. La ira me di tales
fuerzas, que logr estrangularlo y salir despus a la superficie. Mas
cuando sal, los marineros se haban apoderado ya de la condesa y
bogaban con ella hacia el muelle. Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan
grandes, que despert!

So otra vez que me hallaba agregado a la Embajada espaola en
Petrogrado. Trab amistad con un prncipe en cierta reunin
aristocrtica y este prncipe me invit a visitarle en una de sus
tierras que posea cerca de Moscou. En los das que all pas conoc a
algunos seores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno
pequeito, calvo y feo... No debo decir ms: Bellido. Ver a su esposa y
quedar enamorado de ella fu todo uno. Tampoco era preciso advertirlo.
Ella correspondi a mi amor cmo no? y decidimos fugarnos. El prncipe,
que odiaba y despreciaba como se mereca al marido, aunque se finga su
amigo, me facilit los medios. Puso a mi disposicin un trineo con seis
caballos. Heme aqu corriendo sobre la nieve al travs de la llanura
desierta. Pero esta vez, como la otra, tambin fuimos alcanzados. El
cochero del marido era ms experto que el nuestro. Deteneos! Vindoles
muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revlver. El cochero de nuestro
enemigo cay muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos
instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueo se sinti mal poco
despus y me dijo sin prembulos que se mora, que aquella emocin le
haba roto el corazn. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me ech
los brazos al cuello, me bes apasionadamente y dndome en aquellos
ltimos instantes pruebas del ms heroico amor, despidindose de m con
las palabras ms tiernas expir en mis brazos como una flor que troncha
el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa
y la sepultamos. Yo lloraba todas las lgrimas que puede tener un
hombre dentro de s. Al mismo tiempo, senta un fro tan intenso que
pensaba morir. Este fro me despert. Se me haba cado la ropa de la
cama y observ que mi almohada estaba empapada de lgrimas.

Pero no siempre soaba cosas trgicas y lgubres. En otra ocasin so
que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas
tocando con la pista. Despus de unos gimnastas que trabajaron en la
barra fija, apareci una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi
bella rusa. Qu cambios elegantes!, qu saltos!, qu primores! El
pblico se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueo,
porque jams le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplauda
frenticamente. Pero ella no tena ojos ms que para m. Cada vez que
pasaba delante de m me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me
miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el sptimo cielo. Por
fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se ape de un salto y
vino sonriente hacia m tendindome una mano. Yo se la bes con
transporte y ella me di un beso en la frente. El pblico rompi en un
aplauso estrepitoso... Y despert.

Por qu cada vez que soaba con su esposa me diriga Bellido en la mesa
tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitn de
artillera era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueo, pues
yo creo haber dicho que tena la inocencia de contrselos. Era un sr
perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado
andaluz.

Mi ltimo y definitivo sueo en aquella temporada fu como sigue:

Yo era un rico comerciante musulmn que habitaba la ciudad de Kabul en
el Afganistn. Una tarde fu al mercado de esclavos y compr por
algunas piastras una hermossima circasiana, que no necesito decir quin
era. En pocos das qued subyugado por los encantos de aquella mujer;
rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera
esposa, pues era polgamo y confieso que no senta por ello gran
repugnancia. Pero he aqu que al poco tiempo se esparci por la ciudad
la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tena cuidado de
mantenerla encerrada, y que llega a los odos del emir. Era este emir el
hombre ms lbrico de todo su Imperio. No tard en presentarse en mi
casa con pretexto de hacerme una visita, pues ramos amigos. Yo me ech
a temblar. Se pareca a Bellido como un huevo a otro y esta
circunstancia aumentaba mi aversin infinitamente. Le convid, le
agasaj, me mostr con l humilde y servil hasta un grado indecible,
todo por amor de mi esclava. No me vali de nada. Cuando nos hallbamos
tomando caf, me dijo de pronto:

--Ensame tus mujeres.

--Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso seor.

--Quiero verlas--respondi secamente.

-Ya sabes, muy poderoso seor, que los creyentes debemos guardar
nuestras mujeres de las miradas de los hombres.

--Quiero verlas--replic en tono imperioso.

No hubo remedio; le mostr todas mis mujeres, claro est, salvo una.

--No tienes ninguna otra?--me pregunt mirndome fija y severamente.

--Ninguna otra, alto y poderoso seor.

--Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza--profiri
mirndome con ms severidad an.

Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria aficin a mi cabeza lo mismo
soando que despierto. As que ca a sus pies diciendo:

--Perdn, seor; tengo, adems, una esclava circasiana.

Me orden mostrrsela, le pareci muy bien, como era natural, y me
oblig a envirsela al palacio.

Heme aqu desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos
los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestn. All
entro en relacin con el general-gobernador ruso, le convenzo de que
debe atacar al emir y me confa el mando de la expedicin. Despus de
una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas,
logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella
circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que haba adoptado
las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios
del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplbamos desde una terraza
tan agradable operacin. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido
la hacan rer a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados
de su boca, que me tena enloquecido.

Por la maana almorc mano a mano con el capitn y le cont este sueo.
Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clav una mirada tan
agresiva, que me dej desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos
encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de m. Comprend que
se acercaba la catstrofe y me resolv de una vez a precipitarla y
hacerla frente. Clav mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve
la mirada sobre ella con osada. De pronto Bellido me interpela alzando
enrgicamente la voz:

--Qu es lo que usted mira?

La sangre se me agolp a la cabeza y contesto rojo de ira:

--Miro lo que se me antoja.

--Es usted un joven bien insolente!

--Y usted un viejo mamarracho!

Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el
otro. Pero a l le retuvieron algunas manos y a m tambin.

Rein un silencio angustioso en el comedor. La comida prosigui, y en
vez de la conversacin general que sola entablarse cada cual hablaba
con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido sali el primero con su
esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron
comentarios. El viejo general de Marina los resumi diciendo gravemente:

--Desgraciadamente, esto se arreglar con algunos sablazos.

--Cuanto primero mejor!--exclam yo encolerizado.

Pero aguard en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus
amigos y nadie pareci. A la maana siguiente ni por la tarde, tampoco.
Por la noche se present en el comedor como si no hubiera pasado nada.
Lo nico que hizo fu obligar al mozo a que les colocase a l y a su
esposa al otro extremo de la mesa, volvindome la espalda. Los
comensales me hacan guios maliciosos y sonrean.

As se pasaron algunos das sin que yo, por delicadeza, intentase mirar
de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, despus de comer y estando
en mi cuarto preparndome para salir, oigo llamar con la mano en mi
puerta.

--Adelante.

Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrs y dirig una
mirada codiciosa a la mesa de noche donde tena el revlver.

Pero Bellido sonrea dulcemente y me di las buenas noches humilde y
ruborizado.

--Siento mucho molestar al seor Jimnez...

Nada, nada, el seor Jimnez no senta molestia alguna.

--El caso es que hoy deba girarme mi representante de Barcelona cinco
mil pesetas y la carta no ha llegado, no s por qu, quiz debido al mal
estado de las vas con motivo de las recientes inundaciones. Y como me
encontr de pronto sin dinero, me dije: Tal vez el seor Jimnez tendr
la amabilidad de prestarme cincuenta pesetas hasta maana o pasado, si
no le sirve de molestia...

El seor Jimnez, sorprendido y edificado, no vacil en desprenderse de
aquellas pesetas que resolvan de modo tan cmico una espeluznante
tragedia. Bellido se parti deshacindose en gracias y contorsiones.

Pero al da siguiente en la mesa volvi a mostrarse grave y ceudo como
si no me conociese. Entonces yo no pude resistir a la tentacin de
contar el lance a los pocos comensales que nos quedbamos siempre
algunos instantes de sobremesa. Se ri mucho el paso y se hicieron
comentarios muy picantes. El viejo general volvi a resumirlos diciendo
gravemente:

--Ya le haba anunciado a usted, Jimnez que esto parara en algunos
sablazos.




II

LOS PERODOS INTERGLACIALES DEL CAPITN PREZ DE VARGAS


Aunque tena muchos y buenos amigos, y el primero de todos Sixto Moro,
alguna vez acuda a mi memoria la figura de aquel joven gelogo llamado
Martn Prez de Vargas con quien tanto haba intimado el primer ao que
pas en Madrid. Supe que sali a teniente de ingenieros, que haba
estado en Cuba, despus en Valencia y que all se haba casado con una
mujer extraordinariamente rica. Vino despus a Madrid cuando lo mismo l
que yo nos acercbamos a los treinta aos y al encontrarnos nos
abrazamos con efusin. Ya no era aquel lindo mancebillo que semejaba el
paje de una princesa sueca, de rostro blanco y nacarado, de cabellos
rubios ensortijados y ojos como los de Ofelia. Su belleza haba
adquirido grato tinte varonil.

Su amor al estudio no se haba entibiado con la fortuna. Pronto adquiri
fama de hombre de ciencia y gelogo distinguido con algunos ensayos que
public en diversas revistas. ltimamente haba dado a luz un
notabilsimo libro acerca de algunos fsiles hallados en el terreno
jursico de la provincia de Navarra.

Nos veamos poco, pero cuando esto suceda nos hablbamos con la
cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnfica berlina
arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me vea, nunca dejaba
de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.

Un domingo, a la hora de medioda, le hall paseando por la calle de
Alcal delante de la Iglesia de San Jos. La acera rebosaba de gente en
aquella hora y mi capitn, en traje de paisano, como casi siempre,
marchaba distrado sujetando por medio de cordn de seda a una galguita
inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre,
friolentos y temblorosos.

Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que
haba entrado a or misa de doce en San Jos.

--Si no tienes prisa--aadi--podemos pasear hasta que salga.

--Acept con gusto, y pasndole cariosamente el brazo por la espalda le
dije:

--Djame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!

--Feliz?... As, as...

--Cmo! No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante
posicin en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputacin como
sabio?

--Nada hay en esta vida sin mezcla--dijo sonriendo.

--Acaso en tu matrimonio?...--le pregunt un poco indiscretamente.

Prez de Vargas call. Al cabo de unos instantes comenz con semblante
distrado a hablar de esta manera:

--La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que
habitamos. Una vez ms el microcosmos repite en cierto modo los perodos
evolutivos del macrocosmos... Principi como la tierra por la fase
estelar, por el perodo de incandescencia. Los dos estbamos enamorados
y nuestra pasin se mantuvo ms de un ao en el rojo blanco. Termin la
incandescencia y se inici la fase planetaria, pero aun haba bastante
calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los
trilobitas y cefalpodos, representada por los pequeos rozamientos de
la vida domstica, no me causaban graves molestias. Pero lleg el
perodo secundario y con l los grandes reptiles. A mi suegra se le
ocurri que debamos estar aqu muy mal servidos y nos envi a una
antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos
lagartos sabes t? Esta doncella haba visto nacer a mi esposa y
ejerca sobre ella una influencia decisiva que presto se convirti en
declarada tirana. El marido era un redomado bribn. Comenzamos a ser
saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de
aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo vea o no
quera verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...

Al fin, no tuve ms remedio que tomar una decisin. Un da cog con las
manos en la masa a aquel ladrn, le di dos puntapis y le ech a la
calle. Con l, como es lgico, se fu su simptica consorte.

Aqu comienza al primer perodo glacial de mi matrimonio. Grandes
tmpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece,
llora, se llama desgraciada y su amor hacia m decrece visiblemente.
Dur poco tiempo. Un mes despus ocurri la muerte de su padre.
Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disip el
malestar que entre nosotros reinaba. Algunos das despus regresamos a
Madrid. Mi mujer haba heredado una fortuna considerable. Con arreglo a
ella montamos nuestra existencia: alquil un hotel en el barrio de
Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una
vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con
ella importa a una hermana viuda que desde largos aos antes habitaba ya
en su compaa.

Mi matrimonio con esto entr en el perodo mioceno de los grandes
mamferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un
mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero
dinoterio.

Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no caba ya dentro de
ella. El desgraciado capitn Prez de Vargas vease obligado a
estrecharse, estrecharse, y pronto qued convertido en un despreciable
papel de fumar. Los criados no reciban ni acataban otras rdenes que
las que salan de la boca de aquellos monstruos herbvoros; a mi mujer
se la tragaron como una pldora. Yo no saba ya si era en efecto Prez
de Vargas, capitn de ingenieros, o un fantasma impalpable y areo que
se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.

A grandes males grandes remedios. Un da me hallaba tan oscurecido y
acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolv a gritar
con toda la fuerza de mis pulmones: Hgase la luz! Una de dos: o salen
los elefantes de esta casa y se van con la msica a otra parte o ahora
mismo toma la puerta el capitn.

Hubo gritos y lgrimas y formidables trastornos ssmicos. La tierra
oscil bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron
llamas; una lluvia de cenizas cay sobre mi cabeza; estuve a punto de
ser tragado por el volcn. Sin embargo, logr escapar de tan grave
catstrofe y pude respirar al cabo con libertad.

Como podrs presumir, a este perodo de trastornos y erupciones sucedi
otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprenda que yo tuviese
necesidad de ms espacio y ms oxgeno que el que me dejaban sus
monstruosas mam y ta. No trat de convencerla de lo contrario. Contra
el fro glacial me refugi en las cavernas, esto es, en la Pea y el
Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los
hielos se fueron fundiendo por s mismos, la temperatura se hizo ms
agradable y pude gozar de un perodo de bonanza.

Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era an
ms delgada: el elemento slido no se haba afirmado y ofreca poca
seguridad. La catstrofe vino cuando menos poda imaginarlo, en el
momento mismo en que mi esposa y yo nos hallbamos tranquilamente
sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigndome mil
caricias apasionadas. No recuerdo cmo fue; no hubo ruidos subterrneos
ni relmpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los sntomas
precursores y alarmantes del cataclismo. ste se produjo sbitamente.
Ignoro qu palabras le dije yo a propsito de cierta cuenta exorbitante
de la modista que el da anterior haba pagado; no s qu palabras vivas
me respondi ella; no s qu palabras un poco ms vivas le repliqu yo.
Las que recuerdo con admirable precisin son las que salieron entonces
de sus labios y sonaron en mis odos como otros tantos estampidos: T
eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mo.

--En un caso semejante--dije yo riendo--, San Juan Crisstomo aconseja
que se responda a la esposa: No comprendo lo que dices, amada ma.
Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aqu es tuyo, porque yo mismo
soy tuyo tambin.

--San Juan Crisstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuch
tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca,
voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero
manifestndole que desde el da siguiente tena el hotelito a su
disposicin. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el ms rico
prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se
los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le
traspaso los mos y los caballos. Despus ajusto la cuenta a los criados
y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una
habitacin con dos camas en una modesta casa de huspedes. Torno a la
ma: eran las seis de la tarde. Subo a la habitacin de mi mujer, que se
hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y
contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:

--Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay
en esta casa me pertenece, porque lo haba ido olvidando. Te pido perdn
por mi falta de memoria. Lo nico que aqu me pertenece eres t y por
eso es lo nico que me llevo.

Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi
brazo y un minuto despus estbamos en la calle. Quiso protestar, llor,
pidi perdn, prometi... Todo fu en vano. Soy un modesto, pero
pundonoroso capitn del ejrcito--le dije--y debo vivir con el sueldo
que la nacin me tiene asignado. Pero t eres la honrada y fiel esposa
de este capitn y debes sustentarte con lo que l gana. Lo que te
pertenece por herencia pasar ntegro a tu familia si mueres antes que
yo o gozarn de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los
coches queda depositado a tu nombre en el Banco de Espaa.

Tres meses y algunos das permanecimos en aquella pobrecita casa de la
calle de San Bartolom. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrs,
cuanto all pas. Lgrimas, suspiros, profundas humillaciones, un
desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me
asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entend que el
arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveramos a empezar,
me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa
de huspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana
y que pongo a tu disposicin. Con esto los hielos se retiraron
velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una
temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi
tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, est representada por
esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfa.

--Y tu suegra?

--Mi suegra, hoy por hoy no es ms que un cetceo inofensivo... Ya te
hablar otra vez porque estn saliendo de misa. Ven a verme. De tres a
cinco estoy siempre en casa.

En lo alto de la escalera de San Jos apareci la gallarda figura de la
seora de Prez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada
elegancia. Derram una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al
divisar a su marido su rostro se dilat con una sonrisa tan dulce y
afectuosa que instantneamente qued persuadido de que el capitn Prez
de Vargas saba mucho ms que San Juan Crisstomo en achaques
matrimoniales.




III

MS TRAVESURAS DE MI AMIGO PREZ DE VARGAS


Algunas das despus me decid a hacer una visita a Prez de Vargas. El
hotel en que habitaba era una esplndida mansin y el tren de su vida
verdaderamente fastuoso.

Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un
despachito tan primorosamente decorado, que ms pareca el saloncito de
una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a l haba
un vasto saln dedicado a biblioteca.

Prez de Vargas me recibi con extremada alegra. Vesta traje de casa
un poco fantstico, como slo se autorizan aqu los artistas. Cuando
hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo
mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la
instalacin como por el nmero de volmenes, me dijo:

--Espero que me permitirs cambiar de traje, pues algunos amigos vendrn
dentro de poco a tomar el t con nosotros...

Qued algunos instantes silencioso y aadi al cabo sonriendo:

--T te quedars tambin y pasars un rato divertido. Es una broma que
voy a dar a mi suegra, que lleg ayer de Barcelona a pasar unos das con
nosotros. Ya sabes que aqu cerca viven los chinos de la Embajada que
reside temporalmente en las principales capitales de Europa.

En efecto, yo conoca su hotelito y los haba visto repetidas veces en
la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo
los chinos no se haban decidido a trocar su tpica indumentaria por la
nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atencin de los
transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosmil de su
rostro. Era el secretario, segn mis noticias.

Prez de Vargas haca unos das que haba entrado en relacin con ellos
y me hizo un elogio caluroso de su discrecin y cortesa.

--El embajador es una excelente persona, un poltico muy respetado en su
pas, bondadoso, instrudo; pero el secretario... el secretario es un
sabio.

--Quin? Aquel gigante feo marcado por la viruela?

--El mismo. Es original del Tibet, de raza trtara, y ha sido educado en
Calcuta. No slo habla el ingls como su propio idioma sino el francs y
espaol con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones
son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea
como cualquiera de nosotros.

Prez de Vargas se extendi considerablemente en el elogio de aquel
extrao personaje excitando mi curiosidad. Despus me explic cmo
haba sido presentado a los chinos y haba ido a tomar el t en la
Embajada dos o tres veces.

--Hall su compaa en extremo grata. La cortesa de los chinos es
proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridcula. Ninguno
permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con
cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos
obliga a no movernos de la silla. Al revs de nosotros los europeos,
estos orientales jams hablan de s mismos como no se les pregunte, y en
cambio, manifiestan vivo inters, natural o afectado, por lo que atae a
los dems. No imagino medio ms seguro para hacerse simptico en el
mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y
embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un
sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no
andan descaminados, que los tenemos por un pueblo brbaro an y que slo
por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les
roe el corazn y para sacudirla de s afectan hallarse al corriente de
todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus
tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa
particular espaola: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual
y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillacin, que se les
trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fu posible por
desvanecerlo, mostrando respeto y estimacin, no solamente a sus
personas, sino tambin a su pas. Con esto tuve la fortuna de hacerme
simptico y me lo demuestran por cuantos medios estn a su alcance. Hoy,
por primera vez, les he invitado a tomar el t en mi casa. No he dicho
nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa,
sobre todo de esta ltima, que no los conoce siquiera de vista.

Martn me invit a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su
ayuda de cmara, que en mi presencia le ayud a vestir. Despus me llev
al saln, donde ya estaban su mujer y su mam poltica, a las cuales me
present en trminos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba
un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompaado de su
hija. Su presencia contrari bastante a mi amigo, segn me hizo saber en
voz baja. Este general era una bellsima persona, pero de mayor corazn
que inteligencia: carioso en el fondo y brusco en las formas, de ideas
conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a
las costumbres y tradiciones de nuestro pas.

En efecto, la visita de tal caballero no poda resultar oportuna en la
presente ocasin y comprend la inquietud de Prez de Vargas.

Como ste tena ya advertidos a los criados, poco tiempo despus de
hallarnos reunidos en el saln, uno de ellos levant la cortina y
profiri en voz alta y solemne:

--El seor Embajador del Imperio chino.

El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la
sala haciendo reverencias a la europea. Prez de Vargas se apresur a
salir a su encuentro y los present con toda ceremonia a su esposa, a su
suegra y luego al General, a su hija y a m.

La sorpresa de las seoras fu grande, pero sobre todo la estupefaccin
de la mam no tuvo lmites y tem por un momento que se pusiera enferma.
Qued plida, sobrecogida, y cuando su yerno le fu presentando a sus
nuevos amigos, no supo qu decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos
desmesuradamente.

Pasada la primera impresin, que los chinos fingieron no advertir,
porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y
departimos un rato y la anciana seora se fu serenando.

Poco despus los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas
volantes y la bella esposa de Prez de Vargas nos sirvi el t.

Pero los temores que mi amigo me haba manifestado no tardaron en
verificarse. Porque el General, que conoca a los chinos de vista, como
todo Madrid en aquella poca, apenas se dign corresponder a los muchos
y reverentes saludos que le hicieron cuando aqul se los present,
mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que
no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de
alternar con la buena sociedad espaola.

Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subi de punto, y
Martn, advirtindolo, trat de hacer ver al General de un modo
indirecto que no se las haba con salvajes como pareca presumir, sino
con hombres bien cultos y civilizados.

Despus de tomar el t quedamos colocados en la siguiente forma: el
Embajador acomodado en un silln y el General frente a l en otro; el
Secretario se sent en el sof y Prez de Vargas y yo tambin; los dos
agregados, en sillas prximas a nosotros. En el rincn opuesto del
saln, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban
la hija del General, la seora de la casa y su mam. Pero esta ltima no
pareca estar muy embebida en la conversacin, porque apenas apartaba
los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le
inspiraba horror.

--De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la
Embajada, ha servido en la administracin de Pekn?--le preguntaba
Prez de Vargas con el objeto ya indicado.

--S, seor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno.
Despus pas a Pekn y fu empleado en la secretara imperial y all
conoc al seor Embajador y cuando ste fu nombrado presidente del
_Hingpon_, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos
criminales, me llev consigo.

--Pero all en su tierra hay tribunales?--pregunt bruscamente y
sonriendo el General.

El Secretario le mir estupefacto.

--Que si hay tribunales? Lo mismo, seor, que en todos los pases
civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de
Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las
diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales
de cada provincia. Hay adems, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que
prepara las ediciones del Cdigo penal...

--Yo tena entendido que all juzgaban ustedes a los criminales de
cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en
paz.

El Secretario se inmut visiblemente, se puso ms plido de lo que era y
con esto su fisonoma adquiri un grado de fealdad inconcebible. El
Embajador, que apenas conoca el espaol, no se di cuenta cabal de
aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteracin del
Secretario comprendi que se les haba ofendido y manifest seales de
abatimiento. Prez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo
sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le haba ocurrido
venir a visitarles.

El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos
por serenarse y luego principi a hablar en tono firme y reposado de
esta manera:

--Desde hace ms de tres mil aos, esto es, desde el tiempo en que el
Occidente se hallaba sumido en la ms completa barbarie, el Celeste
Imperio es un pas civilizado donde funcionan regularmente los
tribunales, donde hay una Administracin prudente y sabia que provee a
todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central
necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos
millones de sbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran
emperador est templado por las costumbres que en China tienen una
influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de
familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus
poderes a sus subordinados y as se va extendiendo gradualmente hasta
los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La
familia es el tipo por donde se modela la vasta administracin del
Imperio. Adems, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder
imperial consiste en la corporacin de literatos, que existe igualmente
desde hace tres mil aos. El emperador no puede elegir sus agentes
civiles ms que entre los literatos y conformndose a las
clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos
derecho a desempear los cargos del Imperio, hasta los ms altos, con
tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exmenes que
vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no
existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que
vincula para s los puestos civiles y militares. Nuestra sola
aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporacin de los
literatos, que se recluta cada ao por medio de los exmenes. No existen
ttulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial;
pero estos ttulos slo les da derecho a una mdica pensin y a gastar
como distintivo un cinturn rojo. Ni aun tienen derecho a desempear los
cargos pblicos sino despus de haber sufrido los exmenes y haber
obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los ttulos y
los honores que un hombre por su mrito ha logrado adquirir no los
heredan sus hijos, sino sus padres...

El General, al or esto, solt una insolente carcajada.

--Hombre, no deja de tener gracia! Ya me haban dicho que los chinos lo
hacen todo al revs, que principian a comer por los postres y concluyen
por la sopa.

El Secretario qued un instante acortado, pero sigui su discurso
dirigindose siempre a Prez de Vargas:

--Ya he dicho que todo nuestro sistema poltico se modela por el tipo de
la familia. El respeto a los padres es el ms poderoso resorte de
nuestra vida y como estamos obligados a tributrselo an despus de
muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fnebres no podramos
hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se
hallaban colocados ms bajos que nosotros en la escala social... Por lo
dems, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de
Europa, pero tienen su razn de ser. La vida no es tan mala all como
aqu se supone. No dir que existen los refinamientos de las naciones
occidentales, pero vivimos mejor y con ms comodidades que gozaban los
europeos hace cien aos. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado
de un cabo a otro por magnficas carreteras y lo surcan un nmero
considerable de canales que ponen en comunicacin los dos grandes ros
que lo atraviesan, el ro Amarillo y el ro Azul. Todo nuestro pas est
cultivado como un jardn y su poblacin en el centro es ms densa que la
de Blgica...

--La China es un pas brbaro donde se asesina a los cristianos y se
martiriza a los misioneros--profiri de mal talante el General.

--El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato
que escupe al cielo, dice el Buda en sus enseanzas. Los chinos se
guardaran de contristar el corazn de los cristianos que son hombres de
bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que
la verdad sea separada del error. La religin cristiana ha gozado
repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha
sido perseguida en ciertas ocasiones dbese, ms que a otro motivo, a la
arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los
lmites de la moderacin y la prudencia. La China es el pas ms
tolerante de la tierra en materia de religin. Un sbdito chino puede
ser, a su capricho, discpulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no
ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con
razn que los misioneros cristianos no venan al Oriente con un fin
puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para
introducirse y preparar la conquista. No hemos visto a los espaoles en
las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas
partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo
anterior el gran emperador Youngtching proscribi la religin cristiana
que su antecesor haba permitido, tres misioneros de ustedes fueron a
suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente
enterado de todo, les respondi: Yo he proscrito vuestra religin de mi
Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros queran aniquilar
nuestras leyes y sembraban el espritu de rebelin en los pueblos.
Vosotros pretendis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra
religin, al parecer, as lo exige; pero si as sucediese, pronto
seramos todos nosotros sbditos de vuestros reyes. Los cristianos que
vosotros hacis no reconocen ms autoridad que la vuestra. En tiempo de
revolucin no escucharan ms que a vosotros... Ya s que por ahora nada
hay que temer, pero vendrn vuestros barcos por cientos y luego por
miles y entonces todo se puede esperar. Hablis mucho de tolerancia y la
peds y la exigs, pero qu dirais si yo enviase a vuestro pas una
partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? Cmo los recibirais
vosotros?

--A puntapis, y con razn!--exclam el General--. Tendra gracia que
viniesen a predicarnos religin y moral unos hombres ignorantes que
viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin
telgrafos, sin ejrcito regular, sin Marina y que se mantienen con
algunos granos de arroz!

El Secretario sonri tristemente y repuso con calma:

--Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado
pasos gigantescos de cien aos a esta parte. Pero es todo gigantesco y
digno de admiracin en Europa? Entre nosotros se inculcan a los nios
desde su ms tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun
los rsticos campesinos y los obreros se tratan entre s con un respeto
y una cortesa, que aqu no observo ni en las clases ms elevadas.
Habis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la
interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenis mayores comodidades
que nosotros, pero sois ms felices? En los aos que llevo en Europa
observo en la mayora de las personas un deseo jams satisfecho de algo
ms, un afn y un ardor que turba su existencia como si sta fuese
siempre provisional. No se goza aqu del presente. Se dira que todos
tienen ganas de morir. All en nuestro pas el segundo libro clsico que
en las escuelas nos hacen estudiar tiene un ttulo que en espaol
significa _El invariable medio_. Este libro se halla basado sobre el
principio fundamental de que toda exageracin es nociva para la
felicidad y que en el medio armnico se halla la fuente del bien, de la
verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y
acaso por eso he hallado aqu ms hombres desgraciados que en China.
Tratar ligeramente lo principal--dice Confucio--y seriamente lo
secundario es un modo de obrar que jams se debe seguir. La gran
superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros
desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examinis, que
en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de
agua y la electricidad, merced a las cuales fabricis pronto y bien una
multitud de objetos, os alumbris, os comunicis y os trasladis de un
punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a
vuestro nivel bastan pocos aos. El Japn ha comenzado ya a marchar y
antes de mucho ser tan civilizado, en el sentido que aqu se da a la
palabra, como vosotros. Los chinos, ms apegados a nuestras costumbres y
a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos ms
reacios, pero al cabo tambin copiaremos vuestra civilizacin. Tendremos
ferrocarriles y telgrafos, navos de guerra y mquinas y armas
primorosas... Y entonces qu suceder? Ah! entonces puede suceder que
la vieja China se acuerde de los agravios que le habis hecho, de las
crueles humillaciones por donde nos hacis pasar, de vuestros
latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y
ms disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte
porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y
sufridos...

El Secretario, que haba dado seales de agitacin al pronunciar las
ltimas palabras, se alz del sof.

--Ah, entonces, quin sabe!--continu--. Ahora nos dicen en las
escuelas los maestros: Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la
tierra, apretad vuestro corazn y haceos pequeos. Pero entonces quiz
alguno nos diga: Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo,
ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros
padres... No faltar, no, quien haga la seal... Ah! entonces os
gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan all en
China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: Temblad!
temblad! temblad!

--Socorro!--grit la suegra de Prez de Vargas lanzndose hacia la
puerta.

Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror
pnico. No tena nada de extrao. La estatura, la fealdad, la voz
formidable y el ademn airado del Secretario eran bien capaces de
infundir grima a cualquiera.

Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos,
asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, plido, inmvil como
una estatua, no saba qu hacer ni decir, mientras el General se
desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.

Al cabo logramos sosegar a las seoras y las redujimos a que volvieran
al saln. El desgraciado Secretario comenz a balbucir excusas, y ellas
tambin. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aqul,
como debe suponerse.

El Embajador di al fin la seal de partida y nuestros chinos se
despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Prez de
Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.




IV

UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ


Cuando la adversidad se empea en perseguir a un hombre, todo el mundo
sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de l. Lo que muy pocos saben es
que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.

Este fu el caso de mi amigo Prez de Vargas.

Quince o veinte das despus de la singular aventura de los chinos,
recib de l una tarjeta anuncindome su partida para los Estados
Unidos, adonde le llevaba un asunto de inters. Este asunto, como pude
enterarme pronto, era el fallecimiento de un to de su esposa que haba
muerto dejndola por nica y universal heredera.

La herencia era colosal, segn comenz a susurrarse. Unos hablaban de
doce millones de dlares; otros la hacan subir a veinte; y haba
alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.

De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantstica.

Pocos meses despus el afortunado Prez de Vargas y su esposa arribaban
a la baha de Vigo en un soberbio _yacht_ que reuna, al decir del
corresponsal gallego de un peridico de la corte, la mayor suntuosidad
y las ms exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta
clase de navos.

En cuanto se traslad a Madrid comenz a ostentar un lujo escandaloso.
Porque el amigo Prez de Vargas era por temperamento liberal y
magnfico. Trenes a la Dumont, fiestas esplndidas, palco en todos los
teatros, caceras, banquetes, etc., etc.

Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.

Fu en esta ocasin cuando los espaoles se enteraron de que Prez de
Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geolgicos, sus
libros, y se hicieron de ellos hiperblicos elogios, aunque nadie los
haba ledo ni pensaba en leerlos.

Naturalmente, la Academia de Ciencias le abri de par en par sus
puertas.

Tengo la satisfaccin de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me
olvid por completo. Repetidas veces me envi su tarjeta invitndome ora
a una _garden-party_, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me
ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje,
rehus siempre estas invitaciones. Porque la casa de Prez de Vargas fu
durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad
ms ilustre de Madrid.

Sin embargo, Prez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le pareca
que ya no caba dentro de ella. En su consecuencia, determin edificar
otra ms amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.

Por esta poca fu a visitarle una maana. Me dijo que mientras la casa
se construa pensaba dedicarse a viajar. Le hall un poco distrado y
agitado. No me sorprendi, pues tantos millones eran bien capaces de
marear la cabeza ms slida.

En efecto, sali de Madrid pocos das despus acompaado de su esposa,
algunos criados y dos o tres parsitos que le servan de secretarios. En
un ao no se volvi a or hablar de l. Viaj por Europa y una parte del
Asia. Tuve conocimiento de que haba estado en la India y haba cazado
tigres por una fotografa que me envi en traje de musulmn con uno de
estos animalitos muerto a sus pies.

Al cabo del ao, poco ms o menos, se present de nuevo en Madrid
cargado de objetos raros y preciosos y de una coleccin de cuadros que
desde luego se consider por los inteligentes como la ms rica que un
particular poseyera hasta entonces en Espaa. Adems, haba escrito un
libro acerca de sus viajes y lo public inmediatamente, revelndose como
un escritor ingenioso y ameno. Se hicieron de este libro dos ediciones:
una de lujo, otra barata, y las dos se agotaron rpidamente.

Su palacio estaba terminado. En alhajarlo se tard todava algunos
meses, pero al cabo result una maravilla de suntuosidad y buen gusto.
Comenzaron de nuevo las fiestas y a la primera de ellas asistieron los
reyes en persona. No se habl de otra cosa en Madrid durante algunos
das. Se dijo que slo en flores se haba gastado una suma fabulosa. El
rey le concedi el ttulo de conde del Malojal, una finca que posea no
muy lejos de Madrid. Poco despus fu elegido diputado por un distrito
de la provincia de Sevilla.

Yo no asista a sus famosos saraos, como he dicho, pero una que otra vez
iba a sorprenderle por la maana. Hallbale siempre cordial y afectuoso,
charlbamos placenteramente y recordaba con entusiasmo los _buenos
tiempos_ en que repasando nuestras asignaturas nos quedbamos dormidos
de bruces sobre la mesa, aunque para evitarlo habamos ingerido unas
cuantas tazas de caf puro. Yo no poda menos de sonrer oyndole
calificar de _buenos_ aquellos tiempos. Como si los que ahora
atravesaba fuesen malos!

No obstante, su rostro no dejaba traslucir tanta prosperidad como en
poco tiempo se haba amontonado sobre su vida. Si he de decir la
verdad, le hallaba ms grave y un poco distrado y fatigado. Se me
ocurri que podra experimentar algn desabrimiento en el seno de su
familia; pero muy pronto desech tal idea. No tena hijos y su
encantadora esposa estaba profundamente enamorada de l. Lisonjeado por
grandes y pequeos, rodeado de un respeto sincero, no slo a causa de
sus inmensas riquezas, sino igualmente por su reputacin de sabio. Nada,
pues, le faltaba. Por fin, le en los peridicos que el rey le haba
hecho merced de la grandeza de Espaa aadida a su ttulo de conde.

Al da siguiente recib de su puo y letra el siguiente billetito:

Querido Angel: Quieres venir a comer maana conmigo para celebrar la
flamante grandeza? Se trata de una comida ntima. Slo unos cuantos
viejos amigos como t. Ninguna seora ms que la de la casa. Traje de
calle. A las ocho. Creo que esta vez no rehusars.--_Martn._

Claro est que no poda rehusar. Aunque receloso siempre, y si he de
confesar la verdad un poco cohibido, entr en su palacio a las ocho en
punto. Un criado con librea y calzn corto me condujo hasta un saln
donde ya estaban reunidos con los dueos de la casa los quince o veinte
invitados.

En efecto, Prez de Vargas no me haba engaado. Ninguno vesta traje de
etiqueta y por lo que pude entender la mayora de ellos eran oficiales
del ejrcito. Prez de Vargas haca ya tiempo que haba pedido la
licencia absoluta, pero no dejaba de considerarse como militar y
mantena las mismas relaciones de afectuoso compaerismo con los jefes y
oficiales de su tiempo. Nos dijo riendo que haba tenido particular
empeo en invitar solamente a aquellos amigos a quienes tuteaba. A ms
de estos militares haba algunos paisanos como yo, un escultor famoso,
un abogado, dos catedrticos y un agente de Bolsa.

Mi amigo Martn pareca hallarse extremadamente alegre. No obstante,
como haca ya ms de dos meses que no le haba visto, me sorprendi su
palidez y el crculo oscuro que rodeaba sus ojos. No quise preguntarle
si haba estado enfermo por no alarmarle en caso negativo, pero no dej
de sospecharlo.

Despus de un corto rato de conversacin, pasamos al comedor. La hermosa
seora de Prez de Vargas, que vesta con elegancia, aunque sin ostentar
joya alguna, tuvo la amabilidad de sentarme a su izquierda. Desde el
comienzo rein la mayor alegra y cordialidad. Contra lo que esperaba,
me hall completamente libre y a mi gusto. Todos aquellos seores eran
personas sencillas y de buen temple. Se comi, se bebi y se ri como en
un festn de Homero.

He odo afirmar ms de una vez que no hay fiesta espaola donde al final
no aparezca una guitarra. Es una especie grosera y calumniosa. Podr ser
esto cierto en Andaluca, pero en el resto de Espaa nadie que estime la
verdad osar sostenerlo.

Lo nico que surge indefectiblemente en toda la pennsula ibrica es un
orador. Entindase como cantidad mnima.

El que nos toc en suerte en la ocasin presente fu un comandante de
caballera original de Badajoz. Era un hombre risueo y feliz. Pareca
gozar con todas las cosas de este mundo, pero muy particularmente con
sus propias ideas, a juzgar por la satisfaccin con que las dejaba fluir
de sus labios. Su palabra era pintoresca, pero tan dbil de complexin
que necesitaba apoyarse a cada instante en la muletilla _estamos,
seores?_ para no caer.

Otros oradores he conocido que se apoyaban, no en una, sino en dos
muletas y, no obstante, as cojeando han llegado hasta el banco azul.

Despus de dirigir algunos requiebros subidos de color a la seora de la
casa, que tom el partido de ruborizarse por no verse en el caso de
tirarle un tenedor a la cabeza, vino a explicarnos cmo nuestro amigo
Prez de Vargas era un _barbin_ en toda la extensin de la palabra,
pariente cercano de Mara Santsima, que donde pona el ojo pona la
bala. Por lo tanto, l no se sorprendera demasiado de que un da
tuviese el capricho de encajarse una mitra en la cabeza, a pesar de
hallarse casado, y obtuviera con aplauso de todos el arzobispado de
Toledo. Despus de este vaticinio brbaro y temerario se sent riendo y
todos los dems por complacerle hicimos coro a sus carcajadas.

Otros dos oradores, el uno militar, el otro paisano, que le siguieron en
el uso de la palabra, se expresaron en el mismo sentido. Que si la
suerte, que si el destino, que si la estrella, etc., etc.

Prez de Vargas, que haba escuchado sus discursos con ostensible
displicencia y aun pudiera decir mal humor, se levant por fin a hablar.

En efecto, mis queridos amigos, la felicidad ha tomado la resolucin de
perseguirme con verdadero encarnizamiento. Sobre muy pocos hombres en
este mundo habrn llovido tantas prosperidades en menos tiempo como
sobre m. Vosotros conocis muchas de ellas, pero no todas, y acaso las
que no conocis--aadi dirigiendo una mirada a su esposa--sean las ms
dulces y penetrantes. A la hora presente disfruto una reputacin de
sabio superior a mis mritos y que no haba soado alcanzar. Menos an
haba pensado en obtener la gloria literaria y por un azar,
incomprensible tambin, me la ha otorgado generosamente el pblico. Una
fortuna cuantiosa me coloca en situacin de satisfacer, no slo mis
deseos sino hasta mis caprichos ms fantsticos. Me han gustado las
obras de arte y poseo la ms notable coleccin de cuadros y objetos
preciosos que un particular puede adquirir en Espaa. Quise viajar y he
recorrido el mundo en un barco propio y con todas las comodidades
apetecibles. Soy aficionado a los libros y mi biblioteca cuenta hoy ms
de veinte mil volmenes. Me han apasionado los caballos y sabis que no
hay nadie en Madrid que los posea mejores. Me seduce la caza y he tenido
la suerte de cazar osos en Rusia y tigres en la India. Gozo de una
perfecta salud, soy conde, soy grande de Espaa, soy acadmico, soy
diputado, mis amigos me quieren, los sabios me estiman, el pblico me
respeta, los reyes vienen a mi casa. No es cierto, queridos amigos, que
debe existir a mi lado una hada benfica y complaciente encargada de
satisfacer mis deseos? Apenas nace uno en mi mente, hace vibrar su
varita mgica y el capricho se cuaja en el espacio y se transforma en
realidad. Soy un Midas moderno que convierte en oro cuanto toca con sus
manos... Soy el hombre ms feliz de la tierra... Pues bien, amigos mos,
soy al mismo tiempo el ms desgraciado... No puedo con tanta
felicidad... Estoy verdaderamente abrumado... No puedo ms! no puedo
ms!... no puedo ms!

Con gran sorpresa le vimos ponerse rojo y pronunciar estas ltimas
palabras con creciente exaltacin, casi gritando. Sus ojos brillaron
siniestros y extraviados y tomando los platos que tena delante los
estrell furiosamente contra el suelo. Hecho lo cual se precipit a la
puerta y sali del comedor.

Puede cualquiera imaginarse la estupefaccin de todos nosotros ante
aquel arrebato inaudito. Hubo unos instantes de silencio. El comandante
orador solt una carcajada.

--Vaya un vino guasn que tiene nuestro amigo Prez de Vargas!

Pero los dems no reamos. Su esposa haba salido detrs de l. Al cabo
de unos momentos volvi con las mejillas inflamadas y los ojos
enrojecidos a decirnos que su marido se hallaba indispuesto. En nombre
suyo nos peda encarecidamente perdn.

Todos nos apresuramos a tranquilizarla no dando importancia alguna al
suceso. Era el parecer unnime que slo se trataba de una exaltacin
momentnea producida por el alcohol. Con un poco de bromuro y algunas
horas de reposo todo quedara disipado.

Sin embargo, yo sal tristemente impresionado de aquella casa.




V

CMO SE REGENER MI AMIGO PREZ DE VARGAS


Por desgracia, las sospechas, que yo haba concebido la noche en que
festejamos la grandeza de Espaa otorgada a Prez de Vargas, se
verificaron.

No fu la influencia del alcohol la que determin aquella singular
escena, como pensaron unnimemente sus invitados, sino la enfermedad
nerviosa que en l vena incubando desde haca algn tiempo. Fu al da
siguiente a enterarme de su estado, pero no pude verle. Su esposa me
envi una tarjeta hacindome saber que, segn la opinin de los mdicos,
Martn sufra una neurastenia aguda y que pensaba trasladarse al campo
por una temporada.

Tampoco cre por completo en la neurastenia. Sin duda exista una
dolencia fsica, pero sta era consecuencia de una depresin moral que
yo haba observado las ltimas veces que haba tenido ocasin de
hablarle.

Prez de Vargas era un hombre de elevada inteligencia y excelente
corazn. Las riquezas y prosperidades de toda suerte acumuladas sobre l
en tan poco tiempo le inquietaban, como sucede siempre que entra algo
anormal en nuestra existencia. Este sentimiento de temor, unido al
hasto, era lo que haba originado la crisis a que habamos asistido.
Tal fu, por lo menos, mi opinin entonces.

Cuando regres del campo fu a verle. Le hall perfectamente tranquilo y
de mejor color, pero grave y triste. Haba desaparecido aquella alegra
ruidosa que le caracterizaba, aquel donaire y agudeza que siempre
habamos admirado en l. Nada de proyectos magnficos ni de fiestas o
caceras. Hablamos de poltica y literatura. Me pareci que en aquellos
ltimos tiempos se haba dedicado a la lectura de filsofos y msticos.

Otras dos veces fu a visitarle, pero no le encontr o no quiso
recibirme. Por lo tanto me abstuve en adelante de acercarme a su casa.
Algn tiempo despus tropec casualmente en la calle con uno de sus
parientes, a quien conoca, y me di de l noticias poco halageas.
Martn haba comenzado a ofrecer seales de perturbacin mental. No
solamente haba suspendido sus fiestas y recepciones, pero no quera
tampoco asistir a los de sus amigos; se negaba igualmente a hacer
visitas; haba cortado toda comunicacin con el mundo aristocrtico
donde antes tanto figuraba; redujo sus gastos personales de un modo
repugnante, no por avaricia, si no por ciertas ideas extravagantes que
repentinamente le haban acometido: pasaba la vida leyendo y slo sala
por la noche.

Todo aquello, en verdad, no me pareca suficiente para calificar de
perturbado a mi amigo. El sujeto que me comunicaba las noticias era un
joven evaporado, para el cual huir del mundo y abstenerse de sus
placeres poseyendo gran fortuna era una monstruosa locura. Sin embargo,
poco ms tarde supe que las extravagancias de Prez de Vargas haban
subido tanto de punto que se hallaban ya vecinas de la demencia si no la
haban alcanzado por completo.

Me dijeron que haba hecho desaparecer los muebles suntuosos de su
habitacin y los haba reemplazado con unos cuantos miserables trastos,
sin cortinas ni tapices, que se alimentaba de un modo grosero e
insuficiente, que l mismo se aderezaba la comida y se la serva, que
vesta de un modo indecoroso hasta el punto de haberle visto en las
afueras de Madrid sin corbata y calzando alpargatas, que slo
frecuentaba el trato de la plebe y hua de sus amigos.

Su pobre mujer estaba aterrada: pasaba la vida llorando. Al cabo, no
pudiendo sufrir ms tiempo aquel ridculo estado de cosas y cediendo a
la presin de sus parientes y amigos, consinti en que Martn fuese
trasladado a una casa de salud fuera de Espaa.

Antes de que tal resolucin pudiera tener efecto, Prez de Vargas
desapareci repentinamente de su casa.

Se dijo que haba dejado escrita una larga carta dirigida a su esposa;
pero sta no quiso comunicarla con nadie. Quiz por virtud de tal carta
se abstuvo de dar parte a las autoridades y hacerle buscar por medio de
la Polica. Sin embargo, privadamente realiz muchas y activas
diligencias, empleando varios agentes, no perdonando medio alguno para
averiguar su paradero.

Todo fu intil. Ninguna de sus pesquisas di resultado alguno. En las
tres o cuatro visitas que le hice la hall siempre abatidsima, pero no
dej escapar palabra alguna que redundase en desprestigio de su marido.
Aquella noble reserva confirm la opinin que de su carcter tena
formada.

As transcurrieron algunos meses. Ya todo Madrid se haba olvidado de
tan extraa aventura cuando he aqu que recibo la noticia de que Prez
de Vargas haba llegado, o por mejor decir, le haban trado a su casa
gravemente herido. Me person inmediatamente en ella, pero no pude
verle. Me enteraron de que se hallaba un poco aliviado. Supe que sus
heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego, sino la fractura de dos
costillas y grandes contusiones en diferentes partes del cuerpo. Ms
tarde averig que estas heridas le haban sido hechas en una pelea o
motn popular, lo cual, como puede comprenderse, me caus viva sorpresa.

Trat de penetrar aquel misterio, aunque sin resultado. Nadie saba la
verdad: todo se volva conjeturas.

Su esposa, a la cual pude ver al cabo, nada me dijo respecto al
particular ni yo os hacerle pregunta alguna. La encontr alegrsima; me
enter de que Martn se hallaba fuera de cuidado y en va de rpida
curacin; quiz no se pasaran muchos das sin que pudiera recibirme.

No se verific tal promesa. Antes de que pudiera o quisiera dejarse ver,
salieron ambos esposos para el Extranjero y tardaron bastantes meses en
regresar.

Bien comprend que aquel viaje inopinado obedeca a la vergenza y
embarazo que le causaba a mi amigo el presentarse nuevamente en
sociedad. A su vuelta todo se haba olvidado o por lo menos afectaba
olvidarse. Se daba por sentado entre los amigos que el conde de Malojal
haba padecido una neurastenia grave de la cual ya, felizmente, estaba
curado.

Yo fu uno de los primeros en verle y experiment gran contento al
hallarle como antes alegre y locuaz: la misma vena de humor satrico:
idntico temperamento afectuoso.

Restableci su antiguo tren de vida lujoso y pudo vrsele en todas
partes feliz, generoso y esplndido como siempre lo haba sido. Sin
embargo, aunque no dej de ofrecer a la sociedad fiestas memorables,
eran stas ms raras. Reciba con ms frecuencia en su casa a los sabios
y literatos que a los mundanos y se le vi interesarse con verdadera
pasin por los problemas sociales. Habl en el Congreso diferentes veces
acerca de ellos y siempre con lucimiento; gast mucho dinero
construyendo escuelas en la provincia de la cual era originario, dot de
material cientfico a otras, fund algunas cooperativas y se signific
como ardiente partidario de que se aumentase el presupuesto de
instruccin pblica aun a expensas de otros servicios del Estado.

En las diferentes visitas que le hice nunca aludi directa ni
indirectamente a su enfermedad ni a la extraa aventura que le haba
restitudo a su hogar. Como puede concebirse, yo me guard tambin de
hacerlo.

Una tarde de primavera en que se me ocurri dar un paseo por la _Casa de
Campo_ tuve la buena suerte de encontrarle en una de sus avenidas ms
extraviadas. Marchaba solo a pie y seguido de su coche. Pareci
alegrsimo de tropezar conmigo, me abraz cariosamente y desde luego
nos emparejamos para continuar nuestro paseo. Hablamos de asuntos
diferentes y yo le felicit por el discurso que haca algunos das haba
pronunciado en el Congreso sobre la ley del trabajo.

--No he ledo ms que el extracto que traen los peridicos, pero he odo
hacer de l muchos elogios. Todo el mundo alaba la forma y el fondo y
est de acuerdo en estimar que un hombre de tu fortuna se interese tan
vivamente por la suerte de las clases trabajadoras.

No respondi. Caminamos algunos pasos en silencio. Al cabo, mirando
distradamente al cielo, dej caer estas palabras con acento
displicente:

--Y, sin embargo, yo no siento gran cario por las clases trabajadoras.

Levant la cabeza sorprendido.

--Cmo es eso?

--S; te confieso que me cuesta gran trabajo vencer la aversin que me
inspiran las masas...

Call unos instantes y prosigui despus en tono amargo:

--Las masas! las masas!... Para m esta palabra es sinnimo de
grosera y barbarie. Por qu denominar pomposamente _pueblo_ a lo que
no es otra cosa que la parte ms ruin y despreciable de l? Los
farmacuticos llaman materia muerta a aquellos productos inertes que
aaden a los principios activos al confeccionar sus pldoras. De igual
modo en nuestra sociedad existe esa materia muerta que poco o nada
contribuye a su progreso.

--Pero las masas trabajan y gracias a ellas se ha llevado y se lleva a
trmino todo lo que existe en el mundo civilizado.

--Ciertamente. Tambin trabajan los saltos de agua, el vapor y los
caballos. A nadie se le ha ocurrido, sin embargo, conceder valor
espiritual a estos elementos. Los que trabajan, en el noble sentido de
la palabra, son el fsico, el qumico, el matemtico, el arquitecto, el
ingeniero, los que la plebe llama burgueses. Estos son los depositarios
de la civilizacin, por lo menos en su aspecto industrial.

--Desde luego, y por eso no son ellos el blanco de los tiros de la clase
obrera, sino los rentistas.

--Ests en un error; los braceros odian por igual a todo el que no se
ensucia las manos. Hace poco tiempo en Jerez los obreros del campo
entraron una noche en la ciudad y durante algunas horas fueron dueos de
ella. Tropezaron en la calle con un pobre joven que llevaba guantes y le
asesinaron por ese delito. No hay justicia en las masas, sino pasin. Su
odio a los ricos est fundado en la envidia y si prevaleciese sera la
ruina de la civilizacin. Qu es el gnero humano en suma? Una raza de
animales que nacen y se agitan algunos das y se esfuerzan por nutrirse
cada vez mejor? En ese caso no hay duda que la civilizacin industrial
nos basta. Pero si somos algo ms, si no son mentiras nuestras
aspiraciones espirituales y el fin de este universo enigmtico es
adquirir una ms amplia conciencia de s mismo, en ese caso precisa que
existan la ciencia especulativa y las artes bellas, que jams han
aparecido en nuestro planeta sino acompaadas de la riqueza. El arte
exige que vivan en nuestro mundo algunos hombres substrados a la
necesidad de buscarse el alimento, porque el arte en su esencia no es
ms que una tregua que nuestro cuerpo se impone para gozar del
espectculo del universo. Si no tuvisemos tiempo, como los carneros, a
levantar la cabeza, seramos iguales a ellos. Supongamos que nuestra
humanidad se extinguiese y viniera de otro astro un habitante a escribir
el resumen de su historia. Imaginas que concedera menos importancia a
Atenas que a Chicago? Yo no creo que los ricos han salido de la cabeza
de Brama y los pobres de los pies, pero s estoy seguro de que deben
existir pobres y ricos. Y, aunque te parezca paradjico, creo que deben
existir hombres ociosos. Los hombres ociosos son los que pueden cultivar
libremente su espritu y embellecer su cuerpo, ofreciendo a nuestras
miradas un ideal humano hacia el cual todos debemos tender.

--Siento mucho no poder seguirte en ese camino--le respond--. Por lo
que entiendo, opinas que la humanidad es un rebao guiado por algunos
pastores que benefician su carne y su leche para nutrirse y sus pieles
para vestirse. La sociedad ideal es la de Atenas, donde sesenta mil
esclavos trabajaban para ocho mil ciudadanos. Yo creo que todos los
hombres son iguales ante Dios y ante la Naturaleza.

--Lo primero podr ser cierto; lo segundo, no. La Naturaleza no har
jams dos cosas iguales, porque coincidiran en el espacio y el tiempo;
por lo tanto, no seran dos cosas, sino una. La teora igualitaria se
apoya en un absurdo fsico y en otro metafsico. Las facultades
espirituales y corporales de cada hombre son y sern siempre distintas:
la suma de sus goces y sus dolores variar infinitamente. Si los hombres
destinados a llevarla dejasen caer de sus manos la antorcha de la
civilizacin, las masas daran pronto buena cuenta de ella. Las masas
deben ser dirigidas, educadas, castigadas y, si hace falta, deben ser
trituradas y fundidas...

--Y sin embargo, querido Martn, esas masas se componen de hombres que
llevan en su pecho un alma espiritual como t y como yo!

--Perfectamente; pero las almas son distintas tambin como los cuerpos.
En la mayora de los hombres no es ms que un germen que permanece
sofocado hasta la muerte por montaas de apetitos bestiales. Si se
desarrolla y crece, sea enhorabuena. Cuando a un hombre le nacen las
alas, yo me inclino. Pero bajar la cabeza delante de un montn de
brutos, eso no lo har jams... Entre las cosas ridculas que ha trado
consigo el siglo en que vivimos, una de las mayores es esa admiracin
sentimental hacia las clases obreras, fomentada por filsofos y
novelistas. No hace mucho lea yo la obra ms reciente de un ruso muy
famoso. Cuenta en ella que hastiado de vivir en el llamado gran mundo,
donde no haba hallado ms que frivolidad y concupiscencia, acert a
tropezar un da con una cuadrilla de segadores de rostros curtidos y
manos callosas. Este es el verdadero gran mundo!, exclama
enternecido. Y acto continuo se dispara contra las clases elegantes y se
postra ante aquellos rudos trabajadores del campo. Otro filsofo
americano, a quien antes haba ledo, cuenta parecidamente que
hallndose en Viena, vi entrar de madrugada en la ciudad una
muchedumbre de aldeanas viejas y jvenes, todas curtidas por la
intemperie, llevando en sus cestas la leche, los huevos, las frutas y
las legumbres para la capital. Enternecido tambin exclama: Estos son
los verdaderos pilares del mundo! Poco le falta para doblar la rodilla
y besar aquellas manos ennegrecidas y deformadas por el trabajo...
Entendmonos, amigo mo. Todo esto es muy sentimental, muy literario,
pero no tiene sentido comn. Concibo que esos rudos trabajadores
inspiren compasin a todos los hombres buenos y sensibles, pero
admiracin por qu? Slo debe admirarse lo que es meritorio, y slo es
meritorio lo que es libre. Por ventura esos segadores van a cortar las
mieses espontneamente por hacer un bien a sus semejantes, y las
aldeanas austriacas llevan sus mercancas a la ciudad para que no mueran
de hambre sus habitantes? No; trabajan hostigadas por la necesidad. Si
no lo hiciesen, pereceran inmediatamente. Qu mrito tiene, pues, su
trabajo?... Por lo dems, acrcate un poco a esos rudos obreros, ponte
en relacin con ellos, estudia su carcter y sus costumbres y vers
cunto egosmo, cunta envidia, cunta crueldad acompaan a su
ignorancia. Los novelistas hoy idealizan a los obreros; ayer idealizaban
a los pastores. Tan verdad es la virtud de los unos como la belleza de
los otros.

Hablaba Prez de Vargas con exaltacin colrica que me sorprendi, pues
le supona muy distante de las ideas reaccionarias y autoritarias que
expresaba. Call unos momentos y continuamos en silencio nuestro paseo.
Al cabo, detenindose repentinamente y ponindome una mano sobre el
hombro, me dijo:

--Adivino que te hallas sorprendido y tal vez contrariado por lo que
acabo de decirte. Mis convicciones, sin embargo, no estn fundadas en
razonamientos abstractos, sino en la observacin y la experiencia... Voy
a contarte algo que no he comunicado hasta ahora a nadie ms que a mi
mujer. Voy a contarte lo que me ha sucedido en el tiempo en que he
estado loco.

--Hombre, loco no!

--S, s! loco de atar... Ya vers... No debo ocultarte que mi locura
fu resultado necesario de una idea fija que me acometi sbitamente y
que nada tiene de altrusta. Imagin que, habiendo llovido sobre m en
tan corto tiempo tal nmero de prosperidades, fatalmente haba de
concluir todo por una gran catstrofe para dar satisfaccin a la fuerza
encargada de equilibrar el destino de los hombres. Yo crea entonces en
el Destino; lea con ansiedad a los trgicos griegos y me pareca
evidente que ningn hombre puede ser feliz hasta el fin de su vida sin
hacer sacrificios a las fatales eumnidas. Comenc a sentir una viva
inquietud que pronto se convirti en verdadero terror. Viva en un
horrible estado de agitacin y vigilancia, hacindome todo ojos y odos
para espiar los pasos de la desgracia. Por aquel tiempo cayeron en mis
manos algunas novelas rusas que no poco ayudaron a trastornarme. T las
conoces y sabes que se agita en ellas una humanidad inquieta, dolorida,
vctima de una sensibilidad enfermiza.

Como tal estado de inquietud se compadeca perfectamente con el mo,
pens que tena el mismo origen: el miedo y la compasin. Y as es en
efecto. Pero el miedo y la compasin en los escritores rusos procede de
un desequilibrio social, no individual como lo era el mo. Si Tolstoi y
Dostoiesky hubiesen nacido en un pas libre como Inglaterra, es ms que
probable que no veran a las clases trabajadoras al travs de un velo
potico.

De todos modos yo los vi as por su causa. Me sent acometido de un
amor infinito por los obreros y de un desprecio tambin infinito por los
ricos. Como consecuencia de esto comenc a despreciarme a m mismo.

Es difcil, como supondrs, que un hombre sufra largo tiempo el
desprecio de s mismo sin que haga esfuerzos por rehabilitarse. Yo los
hice tmidamente al principio apartndome de la ostentacin,
simplificando mi gnero de vida, reduciendo mis necesidades. Despus,
como no me tranquilizase, me entregu a una serie de ridiculeces que t
conocers en parte y que no te cuento por menudo porque aun hoy su
memoria me ruboriza. Por la pendiente de la extravagancia se llega
pronto a la locura. Yo estoy seguro de haberme internado en ella. Cmo
se me ocurri la idea de abandonar mi casa y a mi pobre esposa para
lanzarme en busca de aventuras santificantes? No te lo puedo explicar
porque, repito, que estaba loco.

Heme aqu, pues, una maana disfrazado de obrero con mi blusa de dril
azul, boina y alpargatas, llevando al hombro un morralito con algunas
groseras camisas y calzoncillos. Tomo el tren en un coche de tercera y
al cabo de doscientos kilmetros, poco ms o menos, me bajo de l y
comienzo a caminar por los campos a la ventura. No imagino que Don
Quijote fuese ms gozoso que yo en su primera y heroica salida.
Respiraba a grandes bocanadas el aire oxigenado de la campia y con l
entraba en mi alma la paz y la dicha. Me crea en el pinculo de la
santidad. Me senta unido fraternalmente a todos los pobres obreros y
cada vez que tropezaba con uno en mi camino me apeteca colgarme a su
cuello y besarle.

Pero era necesario compartir su vida y sufrimientos. Al efecto
principi a ofrecerme como trabajador a los labriegos que hallaba en el
camino cultivando sus campos. Mis ofertas no obtuvieron xito
satisfactorio. Esto comenz a enfriar mi entusiasmo. Los campesinos me
miraban atenta y recelosamente y bajaban despus la cabeza gruendo un
_no_ indiferente.

Al fin, cerca ya de un pueblo de cuyo nombre, como Cervantes, no
quisiera tampoco acordarme, tropec con una casa de seorial aspecto,
mitad palacio, mitad granja. Estaba rodeada de hermosas huertas regadas
por algunas norias de moderna invencin. Haba tambin un jardn con
muchas y variadas flores, cuadras, establos, cocheras y una gran calle
de robles que conduca a su entrada principal. La puerta enrejada de
hierro se hallaba entreabierta y me col por ella; pero antes de llegar
a la casa me sali al encuentro un criado, que en la forma ms ruda
posible me pregunt:

--Dnde va usted?

--Soy un jornalero que busca trabajo.

--Y se entra usted por las casas de rondn sin tirar de la campana?...
Lo que me parece usted un vagabundo que intenta aprovecharse. Ya se
est usted largando de aqu!

Y a empellones comenz a empujarme hacia la puerta.

--No he visto la campana.

--Lo que usted no ve es lo que no quiere... Fuera, fuera!

--Qu es eso, Jaime?--pregunt una voz que sala de entre los rboles.

--Un vagabundo que se ha colado aprovechando que la puerta no estaba
cerrada por completo.

Por una calle lateral apareci un caballero anciano, alto, delgado, con
los cabellos enteramente blancos ya. Fij en m por un instante sus ojos
y volvindose airado hacia el criado le dijo:

--Sea quien sea este hombre, no se arroja a un semejante nuestro como a
un perro. Ya te he dicho repetidas veces que guardes ms consideracin a
las personas que llegan a mi casa.

--Pero, seor Marqus, ste no es una persona!--exclam el criado con
toda su alma.

Su seor le mir estupefacto; pas por sus ojos un relmpago de clera.
Al fin, soltando una carcajada, exclam:

--Jaime, por los clavos de Cristo, no seas tan animal!

Y volvindose a m con expresin benvola me pregunt:

--Qu desea usted, buen hombre?

--Seor Marqus--le respond dndole ya el tratamiento que haba odo--,
soy un pobre trabajador que desea colocarse.

El Marqus me examin durante unos segundos y me pregunt con la misma
afabilidad:

--Tiene usted algn oficio?

--No, seor; deseo trabajar en cualquier cosa, aunque el jornal sea
pequeo con tal de que pueda vivir.

--Tiene usted mujer e hijos?

--No, seor; soy solo.

Qued un momento pensativo y dijo al cabo:

--Est bien. En este momento se halla completa la servidumbre de esta
casa y como usted no es labrador no puedo enviarle a las tierras. Pero
dentro de pocos das se marcha al servicio militar el hijo del jardinero
y ste tiene necesidad de un pen que le ayude. Si a usted le conviene
puede quedarse. El jornal es pequeo: dos pesetas; pero tiene usted
cuarto para dormir; y como es usted solo y los vveres no son aqu
caros, podr usted arreglarse.

Acept inmediatamente y di comienzo con alegra a las humildes tareas
que en mi opinin iban a regenerarme, a darme la tranquilidad de alma de
que me hallaba tan necesitado.

El marqus de T... es un rico propietario que habita ocho meses del ao
en sus tierras y cuatro en Sevilla. No tiene hijos; vive con su esposa,
que es tan anciana como l. Los dos viejecitos, amables, bondadosos, se
adoran como si en vez de cuarenta aos no hiciera ms que dos meses que
se hubiesen casado. Son una reproduccin ms de Filemn y Baucis, los
hospitalarios esposos que recibieron a Jpiter en su casa cuando todos
los habitantes del pas le haban rechazado.

Yo no era Jpiter; pero al cabo de algunos das el Marqus reconoci mi
divinidad. Una maana me llam a su despacho y me dijo sonriendo
bondadosamente:

--Amigo Martn, usted no es lo que parece. Ni sus manos demasiado
delicadas, ni sus modales son los de un obrero. Confisese usted conmigo
y dgame francamente cmo ha llegado a situacin tan precaria.

Yo, que tena preparada una historia para cualquier evento, se la
espet sin vacilar. Le cont cmo haba quedado en la miseria a
consecuencia de una serie de desgracias, fortuitas unas, engendradas
otras por mis faltas. Crey cuanto le dije, y desde entonces me guard
inusitadas consideraciones.

Esto me acarre inmediatamente la envidia y la aversin de los dems
sirvientes. Haba muchos en la casa, porque el Marqus tena una gran
labranza. No tard en advertir que all todo el mundo se aprovechaba de
la bondad y negligencia de los amos.

Era una cueva de ladrones. El cochero se haca rico a costa de la
cebada y la paja de los caballos, comprando el silencio del lacayo y del
mozo de cuadra con fuertes propinas. Los pastores mataban las reses y
fingan que haban muerto de enfermedad, vendindolas al carnicero. El
mozo de comedor escamoteaba las botellas de vino y las ceda a mitad de
precio a un tabernero del pueblo. La doncella manchaba los vestidos de
la seora para que se los regalase. El jardinero venda a escondidas
grandes cestas de frutas y legumbres. Y del cocinero huelga decir que se
hallaba en connivencia con todos los abastecedores de la villa.

Cualquiera podra imaginar que aquellos canallas estaran agradecidos a
la generosidad de los marqueses y a la consideracin y afecto con que se
les trataba. Nada de eso. Los detestaban cordialmente. Jams los
llamaban entre s por sus nombres, sino por un mote ridculo. La
marquesa era la _Pelucona_, porque gastaba peluca; el marqus, _Bragas
rotas_, porque solan bajrsele los pantalones.

Como no particip de aquel odio brutal e injustificado, se me declar
inmediatamente la guerra; se me supuso un adulador que trataba de
medrar. No puedes figurarte la serie de ruindades que ya desde un
principio tuve que sufrir por parte de aquellos miserables. Se me
hablaba con el mayor desprecio; me llamaban en la casa el _marqus de
las alpargatas_; se me arrojaba agua sucia desde el balcn; se me
engaaba envindome a recados que nadie haba ordenado...

Aquella vida nada tena de idlica. Pronto se convirti en trgica. Una
tarde sorprend al jardinero detrs del muro de la huerta vendiendo una
cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba
el precio. A mi vista se turb un poco, pero reponindose
instantneamente me dijo con forzada sonrisa:

--Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un
trago a la salud de esta buena mujer.

Y me alarg una peseta.

--Gurdese usted eso, que yo no quiero ms dinero que lo que he ganado
honradamente--le respond rojo de clera.

l tambin se puso colorado. Call y me dirigi una mirada de travs;
una mirada tan maligna, que la sent como una pualada.

Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del
anochecer. Cuando regres, noche cerrada. Al atravesar por una
callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un
tiro que no hizo blanco. Me asust mucho, como puedes figurarte; pero
reflexionando despus comprend que aquello no era un asesinato
frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al da siguiente
me present al Marqus solicitando mi cuenta y despidindome. Escribi
el vale para el administrador y me lo entreg silenciosamente con una
sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de
m. Este es un gandul de nacimiento--debi decirse--que no puede estar
tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.

No quise sacarle de su error: hubiera sido difcil y peligroso. Sal de
su casa y tom el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.

Como comprenders, aquella mi primera y heroica salida me dej tan
malparado y mohno como a Don Quijote la aventura de los molinos de
viento. Sin embargo, no tard en recobrarme. Estos miserables que acabo
de dejar--me dije mientras el tren corra por los campos de
Andaluca--no son obreros, sino domsticos, esto es, hombres a quienes
la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los
verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos
quiero vivir.

As que llegu a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y
dignos. Pasando por delante de una casa en construccin vi a un sujeto
que daba rdenes a los albailes y suponiendo fundadamente que era el
director o encargado de la obra me acerqu a l y le ped trabajo.
Inmediatamente me lo otorg y no slo a m, sino tambin a otro pobre
diablo que detrs de m se present.

Me puse a trabajar como pen y no tard en observar que se me reciba
por parte de los dems obreros con manifiesta hostilidad. Entabl
conversacin con mi nuevo compaero, a quien hall ms benvolo, y me
enter de que era un desgraciado con cinco hijos que haba venido de su
pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle
como agente de Orden pblico. La promesa se difera de una semana para
otra y sus recursos haban terminado. Para no fenecer de hambre l y sus
hijos nterin se colocaba, vise obligado, aunque haba sido sargento
del ejrcito, a emplearse en un trabajo tan ruin.

Al da siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se
lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos ms y tambin se
quedaron. Entonces observ seales de agitacin en los antiguos:
hablaban entre s con ademanes violentos; nos dirigan miradas
iracundas. Por ltimo a la hora de dejar el trabajo, se present una
Comisin de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los
nuevos porque no estbamos asociados. El director respondi
cortsmente, segn me enter despus, que a causa de las muchas obras
que haba en Sevilla a la sazn los peones asociados pretendan
cincuenta cntimos ms de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a
esta exigencia.

Transcurrieron otros tres das y vi a los antiguos obreros cada vez ms
desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez
en actitud amenazadora, intimndole casi la orden de que nos despidiese
inmediatamente. El encargado volvi a responderles con las mismas
corteses razones; pero como no bastasen a convencerles termin por
encolerizarse y decirles algunas palabras speras. La Comisin se retir
enfurecida y comunic la respuesta a sus compaeros que igualmente
montaron en clera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la
huelga.

Sin embargo, se presentaron al trabajo en la maana siguiente, y, con
sorpresa ma, aparecieron risueos, charlando entre s alegremente,
cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra
nosotros. De vez en cuando nos dirigan miradas burlonas y se hacan
guios maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media
hora despus de la entrada al trabajo y cuando circulaba an muy poca
gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros
empuando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra
se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que
los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.

Fu una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos
debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima
como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se
retiraron sin estorbo alguno. Ningn guardia se present por all hasta
pasado algn tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo
llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el
pobre sargento, mi compaero, iba moribundo y falleci a mi lado pocas
horas despus. En su agona no cesaba de murmurar: --Pobres hijos!,
pobres hijos mos! Me volv hacia l y le dije: --Pierde cuidado, si
vivo yo me encargo de tus hijos. --Gracias, gracias por tu buena
voluntad--murmur sonriendo tristemente. En efecto, qu otra cosa ms
que buena voluntad poda ofrecer un hombre tan desdichado como l? Oh
si pudiese adivinar que sus nios estaran muy pronto en un colegio
educados como los hijos de los ms grandes seores!...

Call unos instantes Prez de Vargas. Observ que el recuerdo de esta
triste aventura le haba agitado. Yo tambin estaba conmovido. Al cabo
profiri sonriendo con amargura:

--Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como
animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor
de nuestra frente!...

Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:

--No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos
en el coche. Te dejar en tu casa.

--En mi casa, no. Djame en el Suizo.

--Vuelta, y para delante del caf Suizo--orden al lacayo mientras ste
cerraba la portezuela.

Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distrado y
preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:

--Perdname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso.
No me explico cmo despus de las aventuras que acabas de narrarme y que
han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera,
te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.

--Nada tiene de admirable--contest riendo--. Yo estoy persuadido de que
Scrates tena razn cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace
creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no
significa otra cosa que falta de discernimiento. Instrur a los hombres
es hacerlos mejores. Por eso, ms que de curar sus llagas fsicas
fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre pblico
al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creacin de
centros de cultura. Que estn enfermos y se mueran es cosa secundaria.
Otros vendrn a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el
odio y la barbarie subleva mi corazn y despierta mi actividad. La
lucecita de bondad y de justicia que alumbra dbilmente a nuestra
sociedad es lo nico interesante de ella. Qu importan los
refinamientos de nuestras mquinas si el corazn del maquinista sigue
siendo infame? Llegar un da en que estas mquinas servirn de garras y
de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la
especulacin metafsica, la ciencia terica, el arte, la poesa, he aqu
el fin verdadero de los efmeros mortales. El hombre no ha nacido para
nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su
cabeza en el mundo de las ideas.

--Y caer despus en la nada?

--Ningn sr puede caer en la nada, deca el gran Spinosa... As lo creo
yo... Y despus de todo, qu? Ms valen unos instantes de conciencia
perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la
belleza pesan ms en la balanza del universo que el sueo eterno de las
fuerzas fsicas.

--Cul es el criterio para admitir esa superioridad?

--No existe. Los criterios son frmulas, invenciones de nuestro sistema
cerebral. Sabemos que el amor vale ms que el odio, que la conciencia es
superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no
dormimos.

Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella
hora rebosaban de gente y animacin.

--A que no sabes--me dijo repentinamente ponindome una mano sobre la
rodilla--qu es lo que yo busco ocupndome tanto de la instruccin
popular?

--Si no me lo dices...

--Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las
masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayora, casi en su
totalidad, viven y mueren en la abyeccin intelectual, sin pisar el
umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como deca
Platn, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se
entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres
aparentes puede surgir uno verdadero, un Scrates, un Spinosa, un
Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la
instruccin en general sirve de poco. El que nace majadero, morir
majadero aunque los ms hbiles maestros del mundo se concierten para
educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si sta es estril
no fructificarn. Observa cmo los juicios de la inmensa mayora de los
hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en
buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre,
el hombre simblico. Yo dara por bien empleados todos mis esfuerzos y
mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre
original.

No hay duda que mi amigo Prez de Vargas lo era. Con ingenio y
elocuencia sigui desenvolviendo su tesis paradjica hasta que el coche
se detuvo delante del caf Suizo. Me baj, y apretndole la mano me
desped de l.

--Muchas gracias, Martn. Casi de acuerdo contigo.

--Nada ms que casi?--me pregunt riendo.

--Nada ms que casi.




VI

LTIMAS OPINIONES DE UN SABIO


Un da en la Redaccin me dijeron que Pasarn se hallaba seriamente
enfermo.

--Qu es lo que tiene?--pregunt.

--Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que est afectado de una
tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a ctedra ni sale
de casa.

Esta noticia me impresion dolorosamente. Si mi cario hacia este amigo
no era apasionado, la estimacin que le guardaba era profunda. Nuestra
amistad era a la sazn lo que siempre haba sido, cordial y familiar
aunque sin gran calor. Le vea de tarde en tarde porque girbamos en
rbitas distintas, pero cuando nos encontrbamos departamos un rato
alegremente. Recordbamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en
la casa de la calle de Carretas. Yo me abstena, sin embargo, de aludir
a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra
parte, haba perdido de vista haca largo tiempo. Me enviaba con amable
dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que
hallaba ocasin, y hasta cuando no la hallaba, en el peridico
acompaado de los eptetos ms lisonjeros.

Resolv visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en
un piso primero bastante espacioso, pero ttrico, de una casa situada en
una calle estrecha del viejo Madrid.

El criado que me abri la puerta no puso dificultad para introducirme
cerca de su amo. Me condujo al travs de algunos oscuros corredores
tapizados por ambos lados de libros, y entr en una gran sala tan pobre
y srdidamente alhajada que qued maravillado. El suelo vestido de
estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados,
los unos cortos, los otros largos, un sof, dos sillones y algunas
sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que
apenas se reconoca su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de
libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero
sobre todo lo que impresionaba ms desagradablemente era la suciedad y
abandono que se adverta en aquella estancia, lo mismo que en los
pasillos que haba atravesado.

Pasarn haba heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por
ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrtico y al dinero que le
producan sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con
holgura si no con lujo. Por qu tal ausencia de elegancia y aun de
decoro en su casa? Algunos lo achacaran a tacaera. Yo pens ms bien
que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que haba reinado
siempre en su espritu. Este hombre no vea en el mundo otra cosa ms
que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos,
esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para l tan indiferente que
apenas si se daba cuenta de que tales cosas existan en el mundo.

El gabinete, donde el criado me hizo entrar despus de haberme
anunciado, no ofreca mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros,
sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado
llena de papeles. All en el fondo de la alcoba un sencillo catre de
hierro y sobre l colgado un crucifijo. Pareca la celda de un monje.

Pasarn estaba sentado en un silln y departa con un conocido
catedrtico y acadmico que se despidi cuando yo entr. En su rostro la
enfermedad traidora que le minaba apareca ya de un modo bien
ostensible. Nos apretamos las manos y yo observ en la suya un calor de
mal agero.

--Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de
casa desde hace ya algn tiempo y he querido hacerte compaa unos
instantes. Qu es lo que tienes?

--Lo bastante, querido Jimnez, para dejar este mundo a toda prisa--me
respondi sonriendo tristemente.

--Qu idea! Veo que ests lleno de aprensin.

--No es aprensin; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no
muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilnime
ignorante. S; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta
vida a los treinta y dos aos, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla
ni a disgustarme de ella.

Hablaba con voz tan apagada y triste que me sent conmovido. Hice un
esfuerzo sobre m mismo y le respond procurando dar a mis palabras una
entonacin alegre.

--Deja esas imaginaciones lgubres, hijas de una pasajera depresin
nerviosa. T no padeces ms que un catarro que desaparecer en cuanto
cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos
libros.

--S; libros, libros... siempre libros!--murmur en un tono fatigado y
desdeoso que me sorprendi.

--Supongo que en este confinamiento temporal que sufres sern tus
mejores amigos.

--Los aborrezco!

Yo me re.

--Eso deca Herder en los ltimos aos de su vida, y un amigo que lo
supo replicaba: --Y sin embargo, qu hermosos libros escribe!--Lo
mismo digo yo ahora de ti.

Pasarn hizo una mueca de desdn.

--Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripcin facultativa. Y
en estos cuatro meses he meditado ms que en todos los aos de mi vida.
Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los dems no he tenido
tiempo a pensar en el mo, como un hombre dedicado toda su vida a
recorrer palacios suntuosos sin descansar jams en su propio y modesto
hogar. A los libros he sacrificado no slo mi propio pensamiento, sino
lo que es peor, los alegres das de mi juventud y por fin mi vida entera
puesto que me muero. Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un
cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad,
ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y
alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes:
tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxgeno, que desea
abrirse como una flor al rayo de una dulce pasin, que nos pide la
ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una
amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. Hay algo ms
horrible que no sentir su alma?

--Sin embargo, Pasarn, los filsofos afirman que la inteligencia pura
es quien nos proporciona placeres sin mezcla de dao. As que interviene
el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza
para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la regin
de la desgracia, de la agitacin y el hasto.

--Falso! La inteligencia por s sola no nos proporciona placer ni pena;
es un fro contemplador del universo. Para que exista uno u otro es
necesario que se mezcle de algn modo la emocin a ella. Kepler salt de
gozo al descubrir la forma elptica de la rbita de los planetas; pero
no fu el descubrimiento en s mismo lo que le infundi alegra, sino el
orgullo de ser el primero entre los mortales que lo haba averiguado.
Arrncale esa satisfaccin de amor propio y hubiera contemplado la
rbita de Marte con la misma frialdad que t contemplas la forma
elptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas
largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo
noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan
bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.

--No, Jos Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad
no te deja ver claro. T no eres un coleccionador de sellos; eres un
hombre glorioso que honra a nuestra nacin.

--La gloria, la gloria!--repiti con dejo amargo--. _Flatus vocis!_ La
gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en
la conversacin y que el interlocutor recoge con ms ligereza an; es un
adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de
adjetivos. Hay algn hombre sensato que cifre en ello la alegra de su
vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegra, para
sentirla es necesario vivir. Despus que me hayan cerrado en el
sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no
lograrn hacer vibrar una parte mnima de mi sr. Adems, si existe la
gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo
por s mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo
que pensaron los dems. Concibo que un poeta o un filsofo sienta cierta
satisfaccin durante su vida imaginando que sus ideas o sus imgenes
despierten en las futuras generaciones admiracin y deleite, aunque el
tiempo que esto dure siempre ser muy limitado; pero es altamente
ridculo que un crtico como yo suee con la gloria.

--Acaso tengas razn en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el
fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita
vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarn, que est por encima de
la gloria y es la satisfaccin que experimenta un hombre honrado
cumpliendo con su deber en este mundo.

--Esa misma satisfaccin la puede sentir un carretero sin necesidad de
estropearse el estmago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber
no hay ms remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. Qu
opinaras de un piloto a quien se confa una mquina y que al poco
tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas
piezas rotas? Diras que era un mal mecnico, pues toda mquina debe
producir el mximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla
con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso
mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi
pobre cuerpo; le he tenido aos enteros en una quietud enervante,
respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos,
no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi
cerebro, no he alimentado mi corazn con sentimientos fortificantes, he
dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos
dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio
perdido. Qu gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y
endulzado mi existencia es verosmil que llegase a viejo y entonces tal
vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mrito.

Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me
fu posible. Pareca conocer con certeza la enfermedad que le minaba y
hallarse persuadido de su prxima muerte.

Hablamos todava largo rato. A fin de distraerle llev la conversacin a
los asuntos que ms pudieran alegrarle, a los incidentes cmicos y
divertidos de nuestra comn estancia en la casa de la calle Carretas;
hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos
acerca de su carcter y logr hacerle sonrer.

Al fin no tuve ms remedio que despedirme. Cuando me alc de la silla
volvi a pintarse en su rostro la tristeza. Me apret la mano con toda
la fuerza que le consenta su gran debilidad y me dijo:

--Adis, Jimnez. No seas un iluso como yo lo he sido. Divirtete,
divirtete!

Un mes despus los peridicos anunciaban con grandes letras capitales el
fallecimiento del insigne catedrtico gloria y esperanza de las letras
patrias.

Fu un da de duelo para todos los espaoles cultos. Yo sent una mortal
tristeza. Era el primer amigo que vea morir. Aquella memorable
conversacin que con l haba tenido no se apartaba de mi mente.

Corrieron los aos, y como l haba previsto, su nombre se fu borrando
de la memoria de los hombres. Ahora slo aparece de vez en cuando en los
libros de algn erudito.

Pero aquella tan prematura muerte dej en mi cerebro huella indeleble.
Cuando arrastrado de mis aficiones cientficas me excedo un poco en el
trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento
fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarn, doy un salto
en la silla y me levant exclamando:

No seas un iluso, Jimnez! Divirtete, divirtete!

Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.




VII

UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE


Moro experiment igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarn. No le
frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicacin obstinada y
exclusiva, su natural retrado y por qu no decirlo? un poco fro le
alejaba del trato de sus amigos. Pero no poda menos de recordar con
placer, como yo, los das de la casa de huspedes, nuestras disputas,
nuestras bromas y constante regocijo. Slo en la edad juvenil se forman
slidas amistades, porque quiz solamente entonces intervenga en ellas
el corazn.

Vino a buscarme en su coche y ambos acompaamos el cadver de nuestro
amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero s selecto. Formaban en
l profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio
experiment la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que
asistieron al sepelio a mi buen amigo Prez de Vargas. Me aproxim a
l, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:

--No era amigo de Pasarn: slo una vez le he hablado en mi vida; pero
he querido rendirle este testimonio de consideracin, porque era un
hombre que honraba a su patria.

Terminada la triste ceremonia le present a mi amigo Moro. Se saludaron
con visible satisfaccin como hombres que sin tratarse personalmente se
conocan haca tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Prez de Vargas
nos propuso que montsemos en su coche y le acompasemos, a lo cual
tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traa un _landeau_ y slo le
acompaaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me
hall sumamente complacido de poner en relacin a aquellos dos hombres
que haban nacido para entenderse y amarse.

Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la
conversacin que con Pasarn haba tenido algunos das antes de morir,
en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y
arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y
trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a
la cual sacrific en aras de la ciencia, Moro exclam con el tono
resuelto que le caracterizaba:

--Haca bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo
mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.

--Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?--le pregunt Prez
de Vargas.

--Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno
que nos han hecho los dioses, lo nico que reconcilia con la existencia.
Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos
sacar de nuestro trnsito por la tierra, la ambrosa que le da valor y
le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el
amor ha sufrido la mxima _capitis deminutio_; todo lo que le queda no
vale la pena de ser vivido, porque todo lo dems es incoloro, fastidioso
y triste a su lado. Como los hroes de la antigedad, cuando descendan
a la mansin subterrnea de los Campos Elseos, arrastra desde entonces
una vida melanclica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.

--Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo s bien que es
usted espiritualista--replic Prez de Vargas con amable sonrisa--. El
amor, a mi juicio, no es ms que un episodio en la vida del hombre, un
momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de
todo lo que le constituye como sr independiente para convertirse en un
instrumento de la especie.

--Usted me perdonar que rechace ese sofisma que tan vlido corre ahora
entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo
seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no
es ms que una ilusin. Los hombres que como Pasarn se consagran con
alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como
los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero
no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las dems
emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor,
mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del
sol.

--Tiene usted en nada los goces del mstico, del hombre contemplativo
que vive comunicndose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de
la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegras
exquisitas mil veces ms nobles que las del amor humano? No le inspiran
a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando despus de
tenaces esfuerzos, que son para l un manantial de placeres, consigue
apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? Qu sensacin
deliciosa, inefable sera la de Kepler cuando despus de haber hecho y
rehecho durante largos aos infinitos clculos logra un da descubrir la
forma elptica de la rbita de los planetas! Y la de Bernardo de
Palissy, cuando despus de arrojar al horno sus muebles y hasta las
tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de
sus porcelanas? Y los goces intensos de Agustn Thierry, descifrando
infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al
conocimiento de los tiempos merovingios que pretenda escrutar? No le
quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efmeros del amor
sexual hay otros ms altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe
aspirar.

Moro se encogi de hombros y dirigi la vista a la ventanilla
contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo
inmediatamente lo que haba de descorts en su actitud se volvi
sonriente y dijo:

--Ignoro lo que son y hasta dnde llegan las alegras del hombre
contemplativo. En la _Imitacin de Cristo_ he ledo, en efecto, que si
los hombres de mundo las conociesen palideceran de envidia. Es posible
que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy mstico y me
encuentro en la situacin de un ciego juzgando de los colores. Pero en
lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor
conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a
las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados
esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfaccin ms
o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una
dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de
Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo
dems, toda la alegra de ste descubriendo la rbita de los planetas es
corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta
de su novia al travs de la reja en una noche de esto.

Comprend que a mi amigo Prez de Vargas no le causaban buena impresin
las paradojas de Moro y me apresur a decir bromeando:

--No vayas a creer, Martn, que el amigo Moro, por lo que dice, es un
instintivo o un dbil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que
no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios la influencia de lo
inconsciente. Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en
que el amor es verdadero y completo, de corazn y cabeza, de cuerpo y de
alma.

--Pues yo confieso--dijo Prez de Vargas--que soy eso que llaman un
_dbil_. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.

Con esto la conversacin tom un giro jocoso, y as departiendo llegamos
hasta las calles de Madrid. All Moro, que deba hacer una visita, se
traslad a su coche y Prez de Vargas me condujo hasta el caf de
Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compaeros
periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasin de Moro
por la hija de Reyes y le cont todo aquello que poda contarse sin
lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martn rectific la opinin
que haba formado de Moro despus de sus ltimas palabras y le estim,
como era justo, ms que antes.

Cuando sal de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol
vi delante de m, caminando en la misma direccin, un hombre cuya
figura me trajo a la memoria un personaje en el cual haca tiempo que
haba dejado de pensar. Me acerqu a l con cierta emocin y le examin
ansiosamente. Vesta aquel hombre un chaquet rado y sobradamente
holgado que pareca haber sido hecho para otra persona; sus pantalones
estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados
y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la
imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decado y hambriento.
Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y
la parte de barba que lograba verle, tambin.

Es l, es l, me dije, mientras mi corazn lata agitado. Para
cerciorarme avanc unos pasos para adelantarme a l y al pasar le mir
de travs. l tambin volvi un poco la cabeza y nuestras miradas se
cruzaron. En efecto, era l, era aquel antiptico sujeto que se llamaba
Rodrigo Cspedes.

Cualquiera puede figurarse la impresin que tal encuentro me produjo. Mi
pensamiento vol inmediatamente a Natalia, aquella nia a la cual me
haban ligado lazos de afeccin tan estrechos, un cario casi fraternal,
y me represent de improviso cosas terribles que me apretaron el
corazn. Com sin apetito y antes de acostarme no ces de pensar en
ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba
sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias
y medit largamente los medios de adquirirlas.




VIII

TRISTES NOTICIAS


Al da siguiente me person en el ministerio de la Guerra, donde tena
un amigo teniente coronel de infantera. No conoca a Cspedes, ni haba
odo nunca hablar de l, pero me dijo amablemente:

--Espreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que
es coronel de caballera, y seguramente podr obtener noticias de ese
sujeto.

En efecto, pocos minutos despus se present de nuevo y sacudiendo la
cabeza me dijo:

--Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace aos que
fu expulsado del ejrcito en Filipinas, por un negocio sucio de
contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitn general haba sido
amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fu su compaero de
promocin; sabe que ha vivido en Barcelona algn tiempo, luego en
Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos
meses se encuentra en Madrid, donde contina rodando hacia la crcel
entre gente perdida y crapulosa.

Qued consternado; me apresur a preguntarle:

--Sabe usted si su mujer ha muerto?

--Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.

Mi consternacin fu mayor an. Hubiera deseado que Natalia no
existiese.

Di las gracias a mi buen amigo y me retir ms inquieto an que haba
entrado.

Aquella noche, al levantarme de la mesa despus de comer, el criado me
dijo:

--Hay un seor ah que pregunta por usted.

--Bueno; psalo a la habitacin y enciende la luz.

Me dirig a mi cuarto y, sin saber por qu, una sospecha cruz por mi
mente. Si ser l?

All estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una
butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de
cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles
de mi mesa.

Al verme, se levant pausadamente y me tendi la mano con impertinente
condescendencia.

--Cmo va el amigo Jimnez? Supongo que me reconocer usted.

--Cspedes?

--El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He
saltado de joven a viejo sin sentirlo. Adems, la barba...

A su bigotito enhiesto y cuidado haban sucedido unas barbas grises y
aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonoma y a la sordidez de
su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.

--Y Natalia?--le pregunt reprimiendo mi emocin.

--Buena; gracias--me respondi secamente frunciendo el entrecejo.

--Est en Madrid?

--Pues, dnde quiere usted que est?--me respondi con un acento
insolente que me dej confuso.

Me explic en seguida que, a consecuencia de un choque que haba tenido
con el coronel de su regimiento, se haba visto obligado a dejar el
ejrcito haca ya algunos aos. Se encontr sin bienes de fortuna: no
hall trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente:
sus amigos, vindole pobre, le volvieron la espalda.

--Ser usted uno de ellos?--me pregunt clavndome una mirada que
queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcstico y agresivo que
siempre le haba caracterizado.

Yo poda replicar que jams haba sido amigo suyo; pero estaba tan
avergonzado, tan dominado por aquella increble desfachatez, que me
inclin haciendo un signo negativo.

Termin pidindome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando
solamente en Natalia.

Para colmo de desgracia, aadi despus de darme las gracias como si le
ofreciese un cigarrillo, el nico hijo que haba tenido, un hermoso nio
de siete aos, se les haba muerto aqu en Madrid haca dos meses.

--Pobre Natalia!--exclam.

--S; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si haba de ser
tan desgraciado como su padre ms vale que haya dejado este mundo.

Tan bribn debi decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella,
pero las rehus contestando en un tono tan displicente, que estuvo a
punto de hacer estallar mi clera. Se apresur a despedirse apretndome
la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien
pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunt fingiendo
indiferencia:

--Hasta otro rato. Dnde vive usted?

Vacil un instante y respondi:

--En la calle del Olivar, nmero diez.

Comprend que menta. Aquel bandido no quera que viese a Natalia. Sin
embargo, fu al da siguiente a la calle que me indic con un resto de
esperanza. Pronto se disip: en aquella casa no conocan a semejante
sujeto ni haban odo su nombre.

Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia.
No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendra otra vez a
sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince das sin que me hiciese
otra visita. Me pidi diez duros.

--Aguarde usted un instante--le dije--; no tengo en este momento dinero,
pero voy a pedrselo al dueo del hotel.

Busqu al chiquillo que limpiaba las botas y haca los recados en la
fonda y le dije:

--Cuando salga el individuo que est en mi cuarto le sigues con todo
disimulo, y si averiguas dnde vive te doy un duro.

Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le
haba costado un trabajo enorme averiguar aquellas seas. Antes de
restituirse a su domicilio, Cspedes haba recorrido tres o cuatro
_tertulias_ de caf donde se juega, y mi muchacho se vi necesitado a
esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por ltimo haca un
momento que haba ido a su casa. Viva en la calle de Toledo, nmero...

Al da siguiente, antes de las nueve de la maana, me dirig a esta
calle, y ocultndome en un portal me puse a espiar el de la casa citada.
Tena una miserable apariencia que me contrist. Pobre Natalia, dnde
haba venido a parar! Y me represent la suntuosa y elegante mansin
donde haca doce aos la haba conocido.

No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera.
Tema que cualquier indiscrecin por mi parte le pudiera acarrear un
disgusto: prefer aguardar a que saliese, pues tena por probable, si no
seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada consegu.
Se pas una hora, se pasaron dos y ninguna persona sali del portal que
se pareciese a ella.

Al otro da fu una hora antes. Me situ, como el anterior, en un lugar
donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos despus de estar
all vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconoc en seguida,
aunque haba cambiado bastante. Estaba mucho ms delgada; pero su rostro
demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto
seduca. Dirigi una mirada a un lado y a otro de la calle. Haba en sus
ojos, hermosos como siempre, tanta humillacin y tristeza que las
lgrimas saltaron a los mos.

La segu procurando no ser notado. Vesta una pobre falda negra y una
mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeo cesto.
Entr en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su
casa y realiz algunas compras para la alimentacin, que me parecieron
bien reducidas. Despus, sali de all por otra puerta, y con paso
rpido se dirigi a la iglesia cercana y penetr en ella.

Sin vacilar, como quien est habituado a hacer todos los das lo mismo,
fu derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dej caer de rodillas.
Su oracin dur largusimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrs de uno de
los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin
de pensamientos melanclicos y de proyectos locos.

Al fin se levant y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando
rpidamente sal antes que ella de la iglesia y la esper. Cuando puso
el pie en la calle me plant delante y le dije:

--Buenos das, Natalia.

Me mir estupefacta sin conocerme; fu un instante.

--Angelito!

Y al alargarme su mano, baj la cabeza y rompi a llorar. Los sollozos
la ahogaban. Entonces la arrastr hasta el portal ms prximo para que
no llamase la atencin de los transeuntes. Aguard a que se calmase
apretndole la mano en silencio, pues comprenda que ninguna palabra
sera oportuna en aquella ocasin.

Al cabo alz la frente, se sec los ojos y me pregunt:

--Me has encontrado por casualidad?

--No; te he venido a buscar.

--Cmo has sabido que estaba en Madrid?

--Por tu marido.

Le expliqu que ste no haba querido darme sus seas y me haba valido
de una estratagema para averiguarlas.

--Dnde le has visto?

--Ha venido a visitarme.

Una gran inquietud llame en sus ojos.

--Para pedirte dinero?

--Una cosa insignificante.

Se puso roja.

--Y se lo has dado?

--Pues qu iba a hacer?

Baj los ojos y dijo sordamente:

--No se lo des ms.

--Pero si me dice que estis pasando grandes apuros, que apenas tenis
que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...

--No importa, no se lo des ms--replic con resolucin.

--Eso es fcil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que
vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. T eres
para m una hermana.

--Gracias, Angel--profiri conmovida apretndome la mano.

Guard unos instantes silencio y despus haciendo un esfuerzo sobre s
misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras,
comenz a decir:

--No se lo des ms porque... desgraciadamente tu dinero no servira para
aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugara, se
emborrachara y en vez de darme unas botas me dara un mal rato.

--Pero, es que te maltrata?--pregunt con voz alterada.

No me respondi. Al cabo exclam con vehemencia:

--He sido muy desgraciada, mucho, muchsimo!... pero todas mis
desgracias no eran nada, no seran nada si Dios me hubiese dejado aquel
hijo de mis entraas que acabo de perder.

Al pronunciar estas ltimas palabras rompi de nuevo en sollozos.

Cuando se hubo calmado un poco comenz a hablarme de su nio muerto: una
criatura de siete aos, hermoso como un ngel, de una inteligencia tan
precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba
prodigndole palabras tan cariosas y apasionadas que no poda
recordarlas ahora sin que se le partiese el corazn: --Mira, mamita,
cuando yo sea grande trabajar y ganar mucho dinero y te comprar
bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que sta y t no lavars la
ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casar nunca ms que
contigo.

Me describi su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me
repiti sus ltimas palabras:

Mam, estoy viendo el cielo. Hay una seora muy hermosa, muy hermosa
que se parece a ti. Muchos nios la rodean... Mira, mira cmo me hacen
seas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero
separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..

La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias.
Algn transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero vindola
enlutada, comprenda que estaba hablando de algn ser desaparecido y
apartaba los ojos con respeto.

Sin embargo, yo tena clavada en el alma una sospecha que me
atormentaba. Bruscamente le repet:

--Pero dime, tu marido te maltrata?

Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresin dura.

--No hablemos de eso. Al morir mi nio concluy todo... Y te juro que no
volver a empezar.

No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresin
colrica de su mirada, a la Natalia de otros das, a aquella nia tan
viva, tan impetuosa, tan seductora.

No quise insistir; pero le dije:

--De todos modos deseo que sepas que no ests sola en el mundo y que
estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.

Me mir con tal expresin de gratitud y de afecto que largo tiempo
despus, todava al recordar aquella mirada, me senta conmovido.

--Tu padre no tena una hermana?

-S; la ta Leocadia. Se ha muerto un ao despus que l.

--Pobre Don Luis!--exclam--. Quin le haba de decir!...

--Cuando se recibi la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a
Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... Pobre
pap!... Su sino era malo como el mo.

Guard silencio y yo tambin. Los dos pensbamos en lo mismo, pero el
nombre que palpitaba en nuestros labios no se lleg a pronunciar. Ni yo
tena ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de orlo.

Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decid a
preguntarle:

--Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.

Hizo un gesto negativo.

--Aunque lo necesitase no podra aceptarlo porque _l_ lo advertira
bien pronto.

--Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me
prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa,
acudirs a m. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... Me lo
prometes?

--Te lo juro.

--Podr verte alguna vez?

--S; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya
comprenders que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.

La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sent tan
melanclico, tan preocupado, que en todo el da no pude apartarla de mi
imaginacin.

Me guard bien de comunicar con Moro estas nuevas. No haran otra cosa
que inquietar su vida y entristecerla an ms que la ma. Continu
viendo a Natalia cada ocho o diez das al salir de la iglesia y hablando
con ella algunos minutos. No me fu posible obtener que aceptase el ms
corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin
embargo, alguna vez la hice sonrer recordando algunos incidentes
cmicos del tiempo pasado.

--Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?--le pregunt un da
repentinamente.

Observ una leve turbacin en su fisonoma.

--Continuis siendo tan amigos?--me replic en un tono que se esforzaba
en aparecer indiferente.

--Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha
hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno
de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se
le respeta, es diputado y ser pronto cuanto se le antoje.

--Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simptico--me
dijo ya con perfecta tranquilidad.

Pero desvi inmediatamente la conversacin hacia otro asunto, sin
mostrar curiosidad por conocer ms detalles. Sin embargo, cuando nos
despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilacin.

--Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aqu.

--Pierde cuidado. Nada sabr.

Deb haber aadido: Por lo que a m se refiere. Porque Sixto lo
averigu casualmente por s mismo. Un da que fu a almorzar a su casa
le hall pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:

--Sabes a quin he visto ayer?

--S; a Rodrigo Cspedes.

--Sabas que estaba aqu?

--Lo he averiguado hace unos das.

--El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala
situacin. No pertenece ya al ejrcito?

--Ha sido expulsado hace tiempo.

--Y su mujer?--pregunt con voz levemente alterada.

--Su mujer vive y est aqu.

--La has visto?

--No, no la he visto. Rodrigo, con quien habl unos instantes en la
calle, ha evitado el darme las seas de su casa.

Me pareci que deba mentir en aquella ocasin. Qu ventaja poda
resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para sta
y para l acaso hubiera peligro.

Guard silencio obstinado largo rato, almorz con poco apetito y le
observ distrado y meditabundo mientras permanec en su casa.

Otro tanto me acaeci pocos das despus al entrevistarme con Natalia a
la puerta de la iglesia. La hall terriblemente seria: haba en sus ojos
una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.

Le pregunt si se senta mal, si haba tenido algn disgusto, Me
respondi secamente que se encontraba bien de salud y que nada le
ocurra. Hablamos pocos minutos y se apresur a despedirse. Sin embargo,
al tiempo de separarnos volvi sobre sus pasos, me tom la mano de nuevo
y apretndola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo
reprimido:

--Pide a Dios por m..., porque nunca lo he necesitado ms que hoy.

Y se alej rpidamente. Corr detrs de ella.

--Dime, dime; qu es lo que te pasa?

Pero ella, sin volverse, me hizo sea de que no la siguiese.




IX

LA DELINCUENTE HONRADA


Sobre las once de la maana me despert. Haba llegado tarde del teatro:
todava me qued dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza,
me plant de un salto fuera de la cama, hice las abluciones
acostumbradas; me vest y me dirig al comedor para almorzar.

El peridico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda
mi vida la antihiginica costumbre de leer los peridicos a la hora de
las comidas. Lo recorr lentamente mientras masticaba distrado lo que
me ponan delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los _sucesos del
da_, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un
epgrafe en letra grande que deca: Las vitrioleras.

Ayer noche se desarroll en la casa de la calle de Toledo, nmero...,
una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia
de los Reyes, de veintisis aos de edad, despus de una acalorada
disputa con su marido Rodrigo Cspedes, de cuarenta y cinco, le arroj
al rostro un frasco lleno de cido sulfrico, que le produjo graves
heridas. El herido fu llevado a la Casa de Socorro y desde all al
hospital. La esposa criminal huy del domicilio y hasta la hora presente
no pudo ser habida.

Qued sin gota de sangre en las venas. Dej caer el peridico sobre la
mesa y mi consternacin fu tal, que permanec largo tiempo inmvil sin
acertar a levantarme de la silla. Por fin tom de nuevo el papel entre
las manos y volv a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera
haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de
los Reyes, Rodrigo Cspedes. Segu leyendo, sin saber lo que haca, y al
final de la columna me encontr con otra noticia referente al mismo
asunto.

Al cerrar nuestra edicin tenemos noticia de que la autora del atentado
de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado
voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Segn hemos podido
averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad
que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de
los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace
aos represent un papel importante en la milicia y la poltica. Su
marido es un antiguo oficial del ejrcito, separado de l hace tiempo.
Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso,
que por tratarse de personas conocidas llamar seguramente la atencin
pblica.

Record la actitud extraa en que haba hallado a Natalia y sus palabras
enigmticas en el da anterior y comprend que alguna nueva infamia de
Cspedes haba venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer
pensamiento fu volar a la crcel y hacer por mi desgraciada amiga
cuanto humanamente me fuese posible.

Cuando bajaba la escalera del hotel la suba Sixto Moro. Nuestras
miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en
silencio.

--Vas a la crcel?--me pregunt.

--En este instante.

--Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodbamos por las calles le expliqu lo que saba y lo que
sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le refer las
ltimas conmovedoras palabras que haban salido de su boca cuando nos
despedimos el da antes.

En la crcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden
judicial.

--Vamos a ver al juez: es mi amigo--dijo Sixto.

Y de nuevo, ms tristes e impacientes todava, volvimos a rodar por las
calles.

El juez nos recibi atentamente, y nos manifest que la incomunicacin
slo durara hasta que tomase nueva declaracin al herido. Sixto le dijo
que l se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que
era redactor de un peridico importante. En vista de ello nos di un
permiso escrito para que pudiramos verla particularmente una vez
levantada la incomunicacin.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisin se
mostr corts en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y l
mismo fu a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera
de la presencia de Moro. Este se qued en el despacho con l mientras
yo, guiado por un dependiente, llegu hasta la celda. Al abrirme la
puerta, Natalia sali a mi encuentro con las manos extendidas. Sent mi
corazn tan oprimido al estrechrselas, que me saltaron las lgrimas a
los ojos.

--No llores, Angel. Por mala que sea mi situacin en este momento, era
peor la que antes ocupaba.

Tena los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada haba un
cierto extravo de locura.

Yo no poda hablar.

--No vayas a creer que estoy arrepentida--profiri sacudindome las
manos--. Nada de eso. Estoy contenta, contentsima!

Y bruscamente, atropellndose para hablar, me di cuenta de la forma en
que haba llevado a cabo su acto. Le haba arrojado el frasco entero de
vitriolo, zas!, a la cara y se haba hecho pedazos en ella.

--No estoy arrepentida, no! Cien veces volvera a hacer lo mismo con
ese miserable.

Comprend que se hallaba presa de una gran excitacin nerviosa y trat
de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se haba ofrecido a ser su
abogado defensor qued repentinamente paralizada. Guard silencio unos
instantes y dijo al cabo con voz demudada:

--Pero es verdad lo que dices?

--Tan verdad, Natalia, que est ah fuera esperando que yo le llame para
entrar.

--Oh, no, por Dios!--exclam tapndose la cara con las manos--. Qu
vergenza!

--S, s, Natalia, debe entrar. Lo est deseando ardientemente y va a
ser tu salvacin.

Y sin ms esperar me apresur a salir de la estancia, fu al despacho
del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar ste se llev la mano
al pecho y me dijo:

--Djame un instante. Mi corazn parece que quiere salir de su sitio.

Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelant
sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al
estrecharle la mano le sucedi lo que a m, no pudo reprimir las
lgrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dej caer
sobre el pobre lecho que tena cerca y estall en sollozos. Fu una
crisis terrible de lgrimas. Sixto quera salir para llamar al mdico;
pero yo le retuve.

--Djala; este llanto le ha de venir muy bien.

En efecto, pocos minutos despus se incorpor. Su fisonoma se haba
serenado por completo: tena otra vez aquella inocente expresin
infantil que la haca tan adorable.

--Gracias, Moro--dijo alargndole la mano--. No merezco esas lgrimas ni
puedo pagrselas, pero Dios se las pagar... A m ya me ha dado lo que
mereca.

--Nadie conoce sus designios, Natalia--repuso Moro gravemente--.
Confiemos en l y apresurmonos a hacer lo que est en nuestra mano para
salir de este mal paso.

Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolucin preparndose al
combate. Me invit a sentarme en la nica silla que all haba, sali un
momento a pedir otra y acomodndose con enrgica actitud frente a
Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con
autoridad:

--Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber tambin los
antecedentes del hecho.

--Es necesario que cuente mi historia?

--S; es necesario.

--Que lo cuente todo?

--Absolutamente todo.

--Pues bien, ustedes saben que despus de mi boda estuvimos unos das en
Piedra, que volvimos y que poco despus embarcamos en Cdiz para Cuba.
Por recomendacin de pap, Rodrigo en vez de salir al campo de
operaciones, se qued en La Habana a las rdenes del Capitn general.
Los primeros meses de mi matrimonio fueron los nicos felices. Mi marido
sala poco de casa y casi siempre conmigo: pareca haber abandonado sus
hbitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin
embargo, en ciertos momentos apareca taciturno y responda a mis
preguntas en un tono sarcstico que no dejaba de herirme vivamente. Como
duraba poco tiempo, no eran ms que leves nubecillas que no lograban
empaar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo
con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar.
Sobre todo, vuelvo a decir, lo que ms me hera y lo que ms me ha
hecho sufrir toda la vida, an ms que otras cosas peores de que
hablar, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando
en la manera de remediarlo imagin pobre de m! que Rodrigo estaba
demasiado habituado a una vida divertida y frvola para soportar
fcilmente esta otra un poco montona de familia. Y yo misma le inst
para que se fuese ms tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No
se lo hizo repetir. Comenz de nuevo a hacer la vida de soltero y
calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con seales de haber bebido
en demasa. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era
suficiente para que yo estuviese contenta. Ms tarde quiso que yo
tambin participase de esta vida alegre y me llev a varias casas donde
se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advert que aquella sociedad
equvoca no estaba hecha para m. Se hablaba con una libertad a la cual
no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las seoras
fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros
juraban como carreteros cuando perdan y las damas, en vez de
indignarse, rean. A altas horas de la noche se sala algunas veces
formando pandilla, se recorra la ciudad y por fin se entraba en
cualquier caf que estuviese abierto y all continuaba la jarana hasta
que amaneciera...

Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida
sin recato que a los pocos das le signifiqu a Rodrigo que estaba
resuelta a no entrar ms en ella. Esto ocasion el primer altercado
serio que habamos tenido. Me trat con dureza y dej escapar palabras
que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos
antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guard de aquella disputa
un resentimiento que con el tiempo fu creciendo. Rodrigo, en vez de
apagarlo, le fu echando ms lea con su actitud despegada y su conducta
libertina. Vena a casa cada noche ms tarde; algunas veces no vena
hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.

Despus vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perda
transcurran algunos das sin entregarme ninguno para las necesidades de
la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergenzas increbles cuando
me vea precisada a pedir prrroga para mis compras. Ay!, despus tuve
tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos
insufribles para una persona decente. Un da Rodrigo se mostr conmigo
ms afectuoso que de ordinario; al da siguiente igual, al otro lo
mismo. Yo acept aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a
imaginar con alegra que haba vuelto sobre s, que estaba arrepentido
de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de
miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto da, con no
pocos prembulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se
hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que haba jugado bajo
su palabra y que haba perdido, que haba prometido saldar su deuda en
el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tena en Espaa y
que si no lo haca quedara deshonrado y no tena otro recurso que darse
un tiro. --Bien, y qu es lo que quieres de m?--le pregunt
sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo
valor ya las caricias de los das anteriores. Ante esta pregunta se hizo
el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinu despus de largas
vacilaciones que deba escribir a mi padre pidindole diez mil pesetas.
Me negu rotundamente a hacerlo. Insisti, rog, se puso de rodillas
delante de m y tanto hizo que al cabo logr ablandarme. Escrib a mi
padre con una repugnancia invencible. Yo conoca perfectamente su
situacin, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y
que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En
efecto, a vuelta de correo me envi una carta seversima dolindose de
que le pusiera en el trance de manifestarme su posicin un poco
humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba
la libre administracin de sus bienes. Le era imposible enviarme un
cntimo; apenas tena para sus gastos de representacin; pedir el dinero
a su mujer le pareca vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba
traslucir que saba perfectamente a qu se destinaban las diez mil
pesetas que le peda. Present la carta a Rodrigo; la ley con gesto
avinagrado, pues vea que no vena letra alguna dentro de ella, y
dibujndose en sus labios una sonrisa amarga, me la entreg diciendo con
sarcasmo:--Muchas gracias al pap y a la hija.

Desde entonces cambi la decoracin. Empez a tratarme con el mayor
desprecio y a hacerme la vida muy dura.

--Lleg a maltratar a usted de obra?--pregunt Moro.

--Todava no, pero me hablaba ya sin consideracin alguna, paraba
poqusimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de
mujeres. A tal extremo lleg en sus desprecios, que un da hice un
paquete de mi ropa y dejndole una carta sobre la mesa de noche sal de
la casa y me fu a la de una amiga, seora de un coronel de artillera a
quien haba conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a
buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisin,
procur quitar importancia a los agravios, me pidi perdn de ellos y,
en fin, se reconcili conmigo. Todo aquello era pura hipocresa. Tema
que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a odos de mi
padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre
todo que se enterase el Capitn general, a quien le convena tener
propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trat desde entonces
relativamente bien. No logr, sin embargo, disimular lo bastante para
que yo no comprendiese que en el fondo de su corazn me guardaba rencor.

En esto lleg la fatal noticia de la muerte de pap. El Capitn general
y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasin
pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fu tan vivo que quise
volverme loca. Yo quera a mi padre apasionadamente, pero desde que
advert el despego de Rodrigo le quise mucho ms. Ahora entend bien que
me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dej
abatida, aniquilada. Pronto vino a aadirse un nuevo dolor a este
abatimiento. El Capitn general estaba perfectamente enterado de la
conducta disoluta de Rodrigo, de sus escndalos y sus trampas. Hasta
entonces haba cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses
despus de la muerte de ste le llam a su despacho y le intim la orden
de volver a la Pennsula. Fu necesario obedecer. Vinimos destinados a
Barcelona. Como no haba cumplido el plazo reglamentario en Ultramar
para consolidar su ascenso, Rodrigo volvi a ser capitn. Yo estaba ya
encinta de mi hijo Luisito. La vida volvi a ser muy dura para m;
tenamos escassimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor
endiablado. Como ustedes presumirn, todas mis joyas haban desaparecido
ya desde haca mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello
siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que pap me
haba regalado el da de mi primera comunin. Rodrigo me lo pidi,
primero con muy amables splicas, despus con amenazas. Me negu a
drselo. Entonces se desat en injurias y por fin me dio un fuerte
empelln que me hizo caer sobre la chimenea hirindome en la cabeza...

--Ha habido testigos de ese acto?--pregunt Moro.

--En aquel momento no haba all nadie, pero la patrona de la casa de
huspedes donde nos hallbamos estaba escuchando la disputa y acudi al
grito que yo di y me resta la sangre recriminando duramente a mi
marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sac la cartera y apunt las seas de la casa y el nombre de la
huspeda.

--Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la
esperanza que ya casi haba perdido, de tener un hijo, que no di gran
importancia a aquel acto. Naci mi nio y poco despus Rodrigo fu
destinado a Filipinas y ascendi otra vez a comandante. All pasamos
algunos aos. No me trataba bien, pero slo en contadas ocasiones puso
la mano sobre m. Por otra parte, las caricias de mi nio me compensaban
de todas mis desdichas. Pero lleg un momento en que se mezcl en cierto
asunto muy sucio de contrabando y slo el recuerdo de mi padre, que el
Capitn general guardaba religiosamente, le salv del presidio. Se
contentaron con expulsarle del ejrcito: quedamos a la gracia de Dios;
salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tena amigos de
su misma calaa. Desde entonces mi vida fu un verdadero martirio.
Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa,
sirviendo de crupi en las casas de juego: pas hambre algunas veces
porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque
no tena zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fu peor...
No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufr
de ese hombre. Fu golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa
con que abrigarme...

--Por qu no has hudo de su lado?--exclam yo--. Ms vala para ti
morir en la calle.

--No hu porque me amenaz con que en ese caso se apoderara de mi hijo,
a lo cual le daba derecho la ley, y le hara sufrir a l los martirios
que estaban destinados para m.

Moro dej escapar un rugido; salt de la silla y se puso a dar vueltas
por la estancia como si estuviera loco, mesndose los cabellos,
rechinando los dientes.

Por fin se sent otra vez y dijo con voz ronca:

--Siga usted.

Natalia le clav una mirada de asombro y reconocimiento que l no pudo
sostener. Baj la cabeza y observ que sus manos temblaban.

--No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha
atormentado.

--Es necesario!--profiri Sixto.

--Dispnseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy
excitada. Acaso ms adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en
esas duras pruebas. Pero har pronto tres meses que este ngel subi al
cielo comprendiendo que aqu no le aguardaban ms que desdichas.

Al llegar a este punto rompi de nuevo en sollozos. Cuando se hubo
serenado prosigui de esta manera:

--Con la muerte de mi hijo todo concluy. Rodrigo saba perfectamente
que ste era el nico lazo que me ligaba los pies. No le convena que yo
me marchase; le era necesaria. As que desde entonces se abstuvo de
maltratarme; aun ms, comenz a mostrarse conmigo deferente, respetando
mi dolor: pareca interesarse por mi salud; me trajo algunos
medicamentos para la anemia que segn l padezco. Por fin anteayer
domingo por la maana me dijo con acento carioso: --Quieres que
pasemos hoy el da en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro,
distraerte un poco.--Como ya todo me tena sin cuidado en este mundo y
lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que s.
Tomamos el tranva y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos
despus sobre el csped. Rodrigo se durmi: yo mientras tanto pensaba en
mi hijo y lloraba. Cuando despert me propuso ir a almorzar a uno de los
restauranes de la Bombilla, pues haba ganado el da anterior algn
dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir
amablemente en la carta lo que ms me apeteca. Antes de concluir de
almorzar se present por all un caballero que vino a saludar muy
afectuosamente a mi marido. Este me lo present como uno de sus mejores
amigos. Era un hombre joven todava, grueso, no mal parecido, pero de
aspecto ordinario; vesta bien y luca en el dedo meique un enorme
brillante, uno de esos brillantes que llamamos de jugador. No era otra
cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sent a nuestro lado, charl mucho,
se mostr galante conmigo, bebi dos copitas de cognac y regal a mi
marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observ
que se dirigi al mozo y pag todo el gasto que habamos hecho. Esto me
sorprendi y me ofendi: se lo dije por lo bajo a mi marido; l se ech
a rer diciendo: --Djale, es rico! Este sujeto nos acompa despus
en el paseo y por ltimo nos dej en el tranva. Rodrigo continu
mostrndose conmigo amable. Por la noche despus de cenar, en vez de
salir, como siempre, se qued en casa charlando. De pronto me dice
sonriendo: --Te gusta Manolo Lpez? --Quin es Manolo Lpez?--le
respond, aunque saba perfectamente a quin se refera. --Anda, pues
el amigo con quien hemos paseado esta tarde. --Ah! s, se me haba
olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta. --Pues t a l le
has chiflado. --Qu raro! Cundo te lo ha dicho? --Pues en un
momento en que t estabas distrada. Yo call porque algo extrao y
terrible comenzaba a moverse en mi corazn. Guardamos silencio algunos
minutos y al cabo Rodrigo comenz a decir como si hablase consigo mismo
y no para m: --Manolo Lpez ha heredado hace algunos meses un milln
de pesetas de un to prestamista. Manolo Lpez es generoso: si quisiera
poda sacarnos de apuros. Y por qu no haba de querer? Vaya si
quiere! Bastara con que una personita que yo conozco hiciese una sea
para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposicin. Una ola de
fuego subi a mi cara en aquel momento. Me levant de la silla como si
me hubieran pinchado. --Ni una palabra ms, Rodrigo! Pero l se
obstin en hablar y entonces yo perd la razn y le cubr de denuestos.
El los sufri mientras supuso que con la blandura podra conseguir algo;
pero una vez convencido de que todo era intil se volvi a mostrar lo
que siempre ha sido, una hiena. Me insult con las palabras ms inmundas
y me golpe brbaramente. Entonces yo jur interiormente que no volvera
a poner la mano sobre m. Por la maana en cuanto sal a la calle compr
en la droguera un frasco lleno de vitriolo y lo guard en mi seno.
Cuando t me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me
dirigi la palabra en todo el da. Por la noche lleg temprano, contra
su costumbre; se conoca que le peda el cuerpo reyerta; estaba
despechado, furioso: los planes que, sin duda, haba trazado, se le
venan abajo. Comenz por dirigirme indirectas y burlas y concluy por
insultarme. Yo le respond, porque estaba resuelta a no sufrirle ms: l
me di una bofetada que me bati contra la pared; entonces yo le grit:
--No me tocars ms en tu vida, malvado! Y sacando el frasco del
pecho se lo arroj con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos
en ella y Rodrigo cay al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la
fuga instintivamente, sin saber lo que haca; abr la puerta del cuarto
y me precipit por la escalera. Cuando estaba en el portal todava
llegaban a mis odos sus gritos. Sal y emprend por las calles una
carrera loca: recorr calles, muchas calles muchas! y por fin sal al
campo; segu una carretera: estaba muy oscura; al poco rato sali la
luna y pas junto a unas casas; haba algunos hombres delante de una de
ellas que me chichearon y viendo que yo no les responda me insultaron.
Segu la carretera que estaba llena de polvo; despus atraves un
puente: el ro era poco caudaloso, ms bien un arroyo; me detuve un
instante a mirarle y tuve intencin de tirarme; pero comprend que no
conseguira privarme de la vida, sino herirme. Segu mi marcha anhelante
por la carretera; volv a encontrar algunas casas; sal de nuevo al
campo; me sent al fin tan abatida como si fuese a morir; me dej caer
debajo de un rbol y me qued dormida. Cuando despert, la luna se haba
ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no saba dnde me hallaba. El
pensamiento de lo que haba hecho me asalt de pronto; volvieron a sonar
en mis odos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corr
desalada y otra vez ca rendida al cabo de unos instantes. Me levant en
cuanto me fu posible y segu marchando aunque ms lentamente. Al fin
tropec con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me
sent ms tranquila porque comprend que haba llegado a un pueblo.
Segu aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el
da me encontr a la puerta de mi casa. Un guardia me apres, me llev
primero a la Inspeccin y despus a esta crcel.

Call. Nos hallbamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra.
Despus de un corto silencio, Moro levant la cabeza y con resuelto
ademn profiri:

--Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo dems
que necesito saber tenemos tiempo a hablar ms adelante.

Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita,
hacindole minuciosas recomendaciones, proponindole remedios
preventivos. En cuanto se fuese hablara con el mdico de la crcel y le
enviara tambin el suyo. Estaba muy excitada: luego vendra la
depresin: era necesario prevenirse contra ella. Y despus de haberla
animado con afectuosas palabras hacindole comprender que haba obrado
con perfecto derecho y en legtima defensa de su honor y de su vida di
con extremada habilidad otro giro a la conversacin; habl de los pases
donde Natalia haba vivido; le pidi noticias, hizo observaciones
jocosas; en suma, logr distraerla hasta el punto de que por un momento
la joven se olvid de donde estaba y lo que haba hecho.

Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alz de la silla
bromeando. La visita haba sido demasiado larga. Buena cansera le
habamos dado! Y le tendi la mano sonriente como si se despidiese en
una visita ordinaria. Natalia se la apret y se la retuvo unos momentos
sonriente tambin. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa
mirada en que sus almas se besaron.

Pero Natalia volvi bruscamente la cabeza, se llev las manos al rostro
y estall nuevamente en sollozos. Moro volvi tambin la suya para
ocultar las lgrimas y se precipit fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer
ms llevadera a nuestra amiga su posicin. Aqul nos prometi
proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro
dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurn prximo. Cuando
iba a decir que los gastos corran por su cuenta, yo le toqu en el
brazo con disimulo. Comprendi bien lo que mi sea significaba. Natalia
no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Baj tristemente la
cabeza y me dej la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegra que en
los ltimos momentos habamos mostrado era una comedia destinada a
divertir de su aflictiva situacin el espritu de nuestra amiga. Cuando
nos despedimos a la puerta de su casa me estrech la mano con fuerza y
me dijo:

--Hasta maana. Tengo la seguridad de que Natalia ser absuelta... Pero
si no fuese, procurara hacer mejor la puntera que la vez pasada.




X

EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.


Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un
optimista convencido; la vida nunca me demostr que deba serlo. Era
justo que Natalia fuese absuelta; pero se impone la justicia en este
mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparacin de la defensa.
Rodrigo se hallaba en el hospital. Me inform de los mdicos; las
heridas eran gravsimas: quedara ciego y desfigurado. Tales noticias me
aterraron porque hacan peligrosa la situacin de Natalia. En cambio a
Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: as como
su amor por Natalia era mayor que el mo, el odio que profesaba al
malvado de su marido era cien veces ms vivo.

Pocos das despus hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro
para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los
esposos en otro tiempo. Fu dichoso en mis investigaciones; no slo
adquir este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la
llamase, sino tambin el de otras dos personas que haban presenciado
las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, tambin
afortunado.

Pero lo que haba acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran
importancia. En este ltimo punto algunas escenas haban sido
particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. Cmo averiguar
su paradero? Cmo hacerles venir a Espaa?

En esta ocasin la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un
da recib una tarjeta de mi amigo Prez de Vargas invitndome a
almorzar. Durante el almuerzo, que se efectu en completa intimidad,
esto es, entre su esposa, l y yo, me manifest que estaba
interesadsimo en el proceso de Natalia, no slo porque yo lo estaba y
por la parte que tomaba en l un hombre a quien admiraba tanto como
Moro, sino por la simpata y la compasin que le inspiraba la procesada,
a cuyo padre haba conocido. Por lo mismo quera contribur en la forma
que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen xito del asunto
y se pona desde luego a nuestra disposicin. Entonces yo vindole tan
propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que
podan influr notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas.
Apenas hube pronunciado la ltima palabra exclam:

--Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se
escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos das
despus dos hombres hbiles y de toda confianza salan embarcados el uno
para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero
necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los
testigos que Moro les haba designado.

La confianza de ste segua siendo absoluta. Y sus ojos no slo
expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo
saba bien de donde manaba. Esta misma expresin dulce y expansiva la
adverta en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez
por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de
su cualidad de abogado defensor. Yo no poda dudar de lo que acaeca en
el alma de estos dos seres para m tan caros y esto me causaba una
mezcla de alegra y de inquietud que no podra bien definir.

La preparacin de la defensa no se limitaba solamente a la busca de
testigos. Empec a trabajar tambin con todas mis fuerzas a fin de crear
en el pblico una atmsfera favorable a mi desgraciada amiga. En los
cafs, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes
donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y
conocidos. Fu a visitar a todos los que lo haban sido del general
Reyes, les pint la situacin de su hija, los martirios que haba
sufrido, y logr pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes
defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la
Prensa. Mis compaeros me dieron prueba en aquella ocasin de un afecto
que jams agradecer bastante. Hicieron una campaa discreta y
formidable. Dios se lo pague.

Dos meses despus desembarc en La Corua el emisario que Prez de
Vargas haba enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que haba sido
doncella de Natalia. Cuarenta das ms tarde hizo lo mismo en Cdiz el
que haba enviado a Manila. ste traa a dos indios, cochero y cocinero
que haban servido en casa de Cspedes. La instruccin del proceso se
desenvolva, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Lleg por fin el gran da, el da del juicio
oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No poda desechar
ste de mi alma. Por ms que me representaba las probabilidades de buen
xito con que podamos contar dada la naturaleza de los testimonios que
se ofrecan, el talento y la pericia de Moro, la simpata que haba
llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba all,
imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su
marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fcil dejar
esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dorm mal. Me levant temprano,
di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me person en casa de
Moro. Estaba durmiendo an. Volv a pasearme otro rato y cuando presum
que ya estara levantado llam de nuevo a su puerta. El criado me dijo
que todava se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la
impaciencia, tom sobre m la responsabilidad de despertarle y me dirig
a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueo.
Cuando abr las maderas del balcn volvi la cabeza, abri los ojos y me
mir un instante con vaga expresin sin darse cuenta de lo que mi visita
significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibuj en sus
labios.

--Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las
diez y...

--Y qu?--pregunt incorporndose y mirndome con la misma sonrisa.

Yo no saba qu decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la
estancia.

--No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que
ocurra una cosa mala.

--Y por qu lo temes?--me pregunt con calma.

--No lo s, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.

--Para vencer, querido Jimnez, es necesario creer en la victoria.

Y dando un salto fuera de la cama se dirigi a su baera y se dispuso a
tomar una ducha.

Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de
Napolen cuando la noche vspera de la batalla de Austerlitz, despus de
recorrer las posiciones de sus tropas, sac el reloj y dijo:--Voy a
dormir cuatro horas. Y las durmi sin faltar un minuto. Cunto he
admirado siempre a estos hombres dueos de s mismos! Cunto me he
despreciado a m mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!

--Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la
crcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las
instrucciones que le he dado y le infundes nimo... si es que puedes.

--Procurar tenerlo.

Volvi a mirarme sonriente y me apret la mano.

--Hasta luego, poltrn.

Hall a Natalia serena y confiada como l. Procur, como haba
prometido, hacerme el valiente y me desbord en palabras de aliento que
sobre ser innecesarias deban de sonar a falso. Cuando lleg el momento
de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya,
temblaba. Natalia me mir con sorpresa.

--Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mo. Venceremos probablemente,
pero si no vencemos marchar al presidio tranquila porque hay todava en
el mundo algunos corazones que se interesan por m.

Me volv rpidamente para ocultar la emocin que me embargaba. Baj a la
calle y esper su salida. La vi montar en el coche de la crcel. Yo
mont en el mo de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de
la Audiencia, donde deba efectuarse el juicio quise hablar con ella,
pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde
pasara a su tiempo a la sala. Yo me introduje en sta, que se hallaba
ya llena. El proceso haba despertado vivo inters. No slo muchos
seores de la alta sociedad, sino tambin un gran nmero de damas haban
solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los
mejores puestos. Yo lo tena especial por mi condicin de periodista.
Encontr ya sentados a algunos de mis compaeros. stos conocan el
inters que yo tena por la procesada y se mostraban desde luego
partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y
con poca discrecin. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque tema
que comprometiesen el xito del negocio.

Se constituy el Jurado despus de las formalidades acostumbradas. Moro
ocup su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo saba que ste peda
para Natalia la pena de doce aos de presidio. Era un funcionario de los
que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasin, con razn o sin
ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestin de amor
propio el que sea condenado. Yo le tema porque era hombre influyente y
hbil.

Se declar abierto el juicio y apareci Natalia. Todas las miradas se
clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vesta el mismo traje negro
y la misma pobre mantilla con que la haba visto la primera vez en la
calle. Su semblante estaba plido, pero sus hermosos ojos brillaban
sobre l dulces y serenos sin arrogancia y sin confusin.

Hubo en el pblico un movimiento de simpata. --Qu hermosa es! qu
hermosa es!, o repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sent en el banquillo de los acusados y un guardia se coloc en pie
detrs de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se present
Cspedes. Un ujier le conduca y fu a sentarle en el sitio que le
estaba designado. Tena el rostro horriblemente desfigurado por las
quemaduras: los ojos haban casi desaparecido. Un rumor producido por el
horror y la compasin se esparci por toda la sala. Yo tembl y mir a
Natalia. sta baj la vista y ni por casualidad volvi a mirar a su
marido mientras dur el juicio. Despus volv los ojos a Moro: ste
tena clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresin de
odio.

Fueron examinados los testigos de la acusacin. No eran ms que tres o
cuatro vecinos de la casa que haban escuchado los gritos de Cspedes y
haban presenciado la huda de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles,
abrumadores: los malos tratamientos de Cspedes all relatados
despertaron viva indignacin en la asamblea. La sevicia quedaba
perfectamente probada; yo volv a recuperar la calma. Sin embargo, el
fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas
a los testigos, procurando ponerlos en contradiccin, hasta mostrando
hacia algunos ostensible desdn a causa de su raza, pues los de
Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia tambin
se mostr desconsiderado y duro. Felizmente, sta supo manifestarse tan
serena y animosa que no logr poco ni mucho turbarla: su modestia, el
acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron
grata impresin en el pblico. Por otra parte, Moro dirigi hbiles
preguntas a Cspedes. ste respondi a ellas en forma tan altanera, con
aquel tono sarcstico en l congnito, que en un instante perdi la
simpata que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo qued
persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades
que se le atribuan.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin
embargo, a medida que se desenvolva aumentaba mi agitacin. Oh los
nervios! Quin sabe lo que poda ocurrir? Cierto que Natalia haba
sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que
haba cometido un delito y que a este delito no fu empujada por una
necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres
son tan diversas, pesan sobre ellas mviles tan varios... En fin, mi
imaginacin daba tantas vueltas que conclu por sentirme mareado.

El informe del fiscal vino todava a turbarme y afligirme ms. Fu
despiadado, cruel: pareca que advirtiendo las simpatas que Natalia
haba despertado pona empeo en contrariarlas y desvanecerlas. Pint a
la acusada como una joven frvola, caprichosa, que habiendo sido
demasiado mimada por su padre como hija nica y dotada por la Naturaleza
de un carcter altanero haba contrado hbitos insufribles de
dominacin. Forzosamente tena que chocar con su marido, hombre de
temperamento rudo y violento. Cierto que ste se haba excedido en los
medios de correccin; pero deba tenerse presente que era un militar y
que en stos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en
los civiles por lo mismo que la frrea disciplina del ejrcito y los
excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer,
por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y
obedecerle. Lo haba hecho siempre? No; por el contrario, se complaca
en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que haba cometido era
odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se senta maltratada
por qu no daba parte a la autoridad? Por qu no hua de su marido? Se
dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. Y despus de
muerto ste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal
se pone a meditar friamente su venganza.

Vedla ah!--exclamaba--. Ved ah a esa perversa mujer marchando
solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardndolo un da entero
en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la vctima se
mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de
crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre
desfigurado al hombre a quien haba jurado fidelidad y amor ante el
altar.

Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente plida y
comenz a sollozar. Una voz grit en el pblico:

--Eso es indigno!

Yo conoca bien aquella voz. Se alz un fuerte rumor. El presidente,
airado, convulso, tartamudeando por la clera, grit:

--Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrn al sujeto que
ha dado esa voz y lo pondrn a disposicin de mi autoridad.

Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no
lograron dar con l, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo,
el mismo Prez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entreg
voluntariamente y fu trasladado al interior. All hizo valer su calidad
de diputado y fu puesto inmediatamente en libertad. Pocos das despus
se envi al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para
procesarle, que fu denegado.

La interrupcin haba producido fuerte conmocin en el pblico y
desconcertado un poco al fiscal, quien termin su discurso al cabo
pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la
pena por el cdigo sealada.

El presidente concedi la palabra al abogado defensor. Moro comenz a
hablar en medio de una gran expectacin.

Si alzo mi voz en este momento no es para aadir algo nuevo al proceso
ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trmites
que la ley determina en estos casos. Despus de lo que acaba de or, por
boca de los testigos, el Jurado quedar convencido de que el delito se
halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio
de diez aos y que ha terminado por el castigo del culpable sin
intervencin de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual slo ha
sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extrao hoy se sienta
en el banquillo de los acusados.

En un da nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al
altar a una nia de diez y seis aos. Qu es lo que ese hombre aportaba
a esa nia en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la
alta posicin que ocupaba en el mundo? Un corazn gastado, una vejez
prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme
que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazn que
se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer
rayo del sol de la maana, esa nia inocente abandona gozosa los tibios
regalos de una casa esplndida, los placeres que la sociedad brinda a
los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones,
las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al travs de los
mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto
oficial del ejrcito. Todo para ella era nada; los peligros, los azares
de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del
hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en
su tierno corazn rea y cantaba el primer amor con delirio de alegra.
La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura
de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra.
Ay! no tard mucho tiempo en despertar de su mgico sueo de oro. Hay
un cuento titulado _El Lobo y Caperucita_ que muy pocos habrn dejado de
leer en su infancia. Una nia tropieza en el bosque con un lobo el cual
la engaa con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de
regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta
Caperucita tambin haba encontrado su lobo. En los primeros tiempos los
ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por
ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse
burlones y sarcsticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no haba
llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas,
cobarde: tema la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo
general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro
que ese hombre no se sentara hoy delante de nosotros.

En los primeros tiempos se limit a degradar a su inocente esposa
introducindola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frgiles,
hacindola presenciar los desrdenes de una vida crapulosa y a compartir
los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que
escriba a su padre pidindole dinero y porque el General lo niega como
era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus
ms caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada
a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un
pundonoroso jefe del ejrcito. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos
dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convena
que aquellas injurias fuesen a odos del general Reyes ni menos que se
enterase el Capitn general de la isla de Cuba a cuyas rdenes se
hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades,
la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija,
privada de tal proteccin, queda a merced del abominable monstruo que la
fatalidad le haba dado por compaero. La ltima paletada de tierra
echada sobre los restos inanimados del hroe fu la seal del comienzo
de su martirio.

Y Moro, con calma aterradora, comenz a referir uno por uno los
tratamientos crueles que Cspedes infligi a su esposa en Filipinas, en
Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese.
Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad
implacable de su gesto comunicaba fro y terror a cuantos le escuchaban.
Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las seoras se
llevaban el pauelo a los ojos para secarse las lgrimas.

Cuando termin el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes
con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su
melena como un len que advierte el peligro y se dispone a defender a
sus cachorros. Entonces di comienzo la oracin ms fogosa y elocuente
que se ha escuchado en el foro espaol. No la olvidaremos, no, los que
hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras
vibrantes que sin rozarse jams caan como gotas de fuego sobre nuestras
cabezas! Su lgica era abrumadora, sus imgenes deslumbrantes. Cmo es
posible que con tal pasin y vehemencia en el alma las palabras fluyan
de los labios artsticas, formando perodos de una belleza acabada? Es
un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.

Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y
seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia.
La misma Natalia, olvidando su situacin, le miraba estupefacta con los
ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mgico
poder del arte.

Por qu esa mujer odiosamente maltratada no se substraa a sus
tormentos? por qu no hua de una vez del domicilio conyugal?, nos
preguntaba el representante del ministerio fiscal. Que respondan por m
las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese
monstruo haba prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los
martirios que a ella le infliga si algn da le abandonaba. Y sta no
era una vana amenaza no! Ella saba bien de lo que era capaz porque ya
se haba asomado al abismo de su corazn y conoca sus negruras.

Despus, aludiendo al acto criminal que le haba expulsado del ejrcito,
deca:

Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasin sobre ese hombre
hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su vctima no
gemira todava largos aos bajo el tormento de sus crueles
tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del
general Reyes le arranc del calabozo donde debera purgar su delito. El
padre desde la tumba protega al verdugo de su hija.

Y cuando lleg a la escena final que di origen al acto de Natalia tuvo
frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.

En este momento aparece el rufin, el hombre de los diamantes en los
dedos, que despus de una noche de crpula viene todava babeando de
lujuria a comprar de ocasin la honra de una desgraciada mujer. Y el
vendedor est all, solcito, risueo, obsequioso, tratando de sacar el
mejor partido de su mercanca. El ceudo mercader de Damasco cuando
lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella
para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente
mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del
hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de
aquella mujer que un da, revestida del blanco velo de las vrgenes,
ceidas sus cndidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de
su cuerpo inmaculado y de su inocente corazn ante el altar.

Por fin termin su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a
buril en mi cerebro:

Algunos de vosotros, seores jurados, tendrn o habrn tenido la dicha
de ser padres. Vuestro corazn habr saltado de gozo cuando al trasponer
la puerta de casa escuchis la voz adorada de una nia que con gritos de
alegra corre a recibiros; la levantis en vuestros brazos, cubrs de
apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentis sobre
vuestras rodillas, acariciis sus cabellos murmurando en su odo
palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su
charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y
cuidados. All est vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece
suficiente, ningn trabajo duro, ningn sacrificio bastante grande para
asegurar a aquel ngel un porvenir dichoso... Pues bien, seores
jurados, pensad por un momento que ese ngel caer tal vez maana en las
garras de un sr diablico que va a satisfacer sobre ella sus feroces
instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazn, en vez de
saltar de alegra como ahora al escuchar el ruido de la puerta se
estremecer de terror, pensad que aquellas cndidas mejillas donde
tantos besos habis depositado sern cobardemente abofeteadas, que
aquellas tiernas manos que se introducan en vuestra barba acaricindola
se vern cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales
ojos en que os miris retratados nunca dejarn de estar enrojecidos por
el llanto, que de aquellos labios donde fluan frescas carcajadas que os
inundaban de placer ya no saldrn ms que gemidos. Y cuando esa criatura
llegando al trmino de sus sufrimientos ya no pueda ms, cuando un da
impulsada por el instinto de conservacin, que no abandona jams a los
seres vivos, pues hasta las aves ms tmidas del cielo se defienden con
su inofensivo pico, cuando un da sedienta de justicia arme su brazo con
el arma de los dbiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un
vulgar criminal se ver arrastrada a la crcel y el representante de la
justicia pblica pedir para ella la pena infamante del presidio... Pues
bien, seores jurados, esa inocente criatura que os reciba con gritos
de alegra, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus
dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros odos palabras
de amor, esa hermosa nia que en un da de ofuscacin entregasteis a un
miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada,
ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la
crcel, ya est en vuestro poder... Ah la tenis (_apuntando a
Natalia_). Condenadla!

Un escalofro corri por toda la sala cuando sonaron estas vehementes
palabras. El pblico guard un silencio profundo y los ojos de todos se
clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmviles y plidos, tenan
los suyos en el suelo. A mi lado o murmurar a mis compaeros: Est
salvada, est salvada! El corazn me dijo tambin: Est salvada!

--Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?--pregunt el
Presidente.

--Nada, seor Presidente--respondi Natalia.

--Yo soy el que tengo algo que decir todava--profiri una voz spera,
estridente, la voz de Cspedes.

Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia l.

--Qu es lo que usted tiene que decir?

--Tengo que decir que ese seor que de tal manera me acaba de insultar
ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.

Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia
empalidecieron. Yo sent que toda mi sangre flua al corazn. Est
perdida!, me dije pasando en un instante de la alegra a la
desesperacin.

El Presidente hizo sonar la campanilla.

--Puede usted probar la acusacin que acaba de formular?

--No puedo probarla, pero es cierta.

El Presidente se encogi levemente de hombros.

--Seor Presidente, deseo decir solamente unas palabras--manifest Moro
irguindose fieramente.

--El seor Abogado defensor no necesita responder a una acusacin que no
trae aparejada prueba alguna. No obstante, puede hablar, aunque
brevemente.

--Como hijo que soy de un humilde obrero que a costa de enormes
sacrificios ha logrado procurarme un ttulo acadmico, me he visto
necesitado en mi primera juventud a dar lecciones particulares. El
general Reyes me llam para drselas de francs a su hija. Que he
cumplido fielmente mi cometido lo prueba el que jams me falt su
estimacin hasta su muerte. Si hubiera osado poner los ojos en su hija,
no slo no la hubiera obtenido, sino que me hubiera arrojado de su casa.
Despus de celebrado el matrimonio de la procesada no he vuelto a verla,
como me es fcil probar, ni siquiera a tener noticia de ella hasta
despus de realizado el acto que la ha conducido a la prisin... Por lo
dems--aadi con gesto arrogante--si hubiera tenido el honor de hacerla
mi esposa no sera ciertamente para infligirla un brbaro martirio de
diez aos y concluir ultrajndola villanamente.

--Muy bien! muy bien!--dijeron algunas voces.

El Presidente agit la campanilla. Despus de las formalidades
reglamentarias el Jurado se retir a deliberar.

No es fcil representarse en qu estado de inquietud y congoja permanec
cuando los jurados hubieron traspuesto la puerta. Mis esperanzas
batallaban con mis temores un combate sin tregua. El discurso
maravilloso de Sixto, la actitud abiertamente favorable del pblico me
haca esperar un veredicto absolutorio; pero la corta inteligencia de
muchos hombres, el espritu rutinario, tan poderoso en la sociedad, la
falta de valor que nos acomete a todos cuando debemos romper con el
derecho constitudo y tradicional me hacan temer un fallo
condenatorio. Sobre todo, la flecha envenenada que aquel malvado haba
disparado a la conclusin qu efecto producira en el nimo de los
jurados?

Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia haba
llegado al extremo lmite: mis manos y mis pies se movan sin cesar
convulsivamente; los compaeros me hablaban y no les oa; en fin, me
senta inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.

En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la
mano, con los cabellos sobre la frente y los estticos ojos clavados en
el vaco pareca la estatua del reposo. Quin hubiera podido sospechar
que en tal momento se estaba decidiendo, no sla la dicha, sino la vida
misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmvil, con la vista fija en
el suelo, no acusaba agitacin alguna. Eran dos almas del mismo temple.

Transcurrieron veinte minutos; transcurri media hora. Por fin, la
puerta se abri y apareci el tribunal y tom asiento. Momento supremo!

El Secretario se puso en pie y ley el veredicto:

Natalia de los Reyes Girldez es responsable de haber arrojado un
frasco conteniendo cido sulfrico al rostro de su marido Rodrigo
Cspedes y Sotolongo ocasionndole graves heridas y la prdida absoluta
y definitiva de la vista?

Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de
una mosca en la sala, y dijo con voz recia:

--No!

Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los
cristales de los balcones y retemblar las paredes acogi este
monoslabo. Yo, por un movimiento automtico, salt de mi silla y me
lanc a abrazar a Moro; pero ste haba saltado tambin de la suya para
socorrer a Natalia que haba cado desmayada. Fu tan grande la
confusin que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas
del veredicto. Un mdico que se hallaba en el pblico acudi a Natalia
que fu transportada fuera de la sala. Yo tambin sal y estuve presente
hasta que recobr el conocimiento. Cuando abri sus ojos extraviados, al
tropezar con los mos sonri dulcemente y me tendi la mano murmurando:
Gracias, Angel. Despus pase la vista por la estancia con inquietud
buscando otra persona. Yo le dije al odo: No puede venir ahora. Espera
unos instantes.

El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinin, se abstuvo de pedir
la revisin del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de
derecho absolviendo libremente a la procesada qued firme. Moro
consigui que se diesen inmediatamente las rdenes para ponerla en
libertad. Al cabo entr en la estancia donde nos hallbamos. Natalia
extendi sus dos manos y sus plidas mejillas se tieron levemente de
carmn.

--Gracias, Moro.

--He cumplido con mi deber--respondi ste con noble sencillez.

Esperamos todava largo rato all dando tiempo a que el pblico evacuase
el edificio y se llenasen las ltimas formalidades necesarias. Yo baj
un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de
Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de
Natalia no llamara la atencin, sub de nuevo y se lo comuniqu a Moro.

Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el
brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; despus, juntndose a ella,
grit al cochero:

--A casa!

Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo,
partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrim a la pared
del edificio sofocado por la alegra.




XI

EL CORO DE LAS EUMNIDES


No podan ser ms felices. Su vida, en los primeros meses, fu un
verdadero xtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experiment
una transformacin que el ms indiferente no dejara de observar: su
marcha era ms resuelta, su voz ms clara, sus ojos, hasta entonces
melanclicos, brillaban siempre risueos. Y como suele acaecer, a esta
exaltacin feliz de su naturaleza correspondi inmediatamente el
resultado exterior de su actitud. El xito resonante del proceso de
Natalia contribuy no poco a acrecentar su popularidad y la importancia
de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba
cuanto dinero quera, y este dinero le pareca an poco para
proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivan con un lujo que me iba
pareciendo escandaloso.

Pero la transformacin de Natalia fu mucho ms visible. Volvieron las
rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de
nia obesa a sus hombros y a sus caderas, volvi aquella dulce expresin
infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor
de su hermosura se abri por completo, lleg al apogeo de su atractivo.

Yo les acompaaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba tambin con
frecuencia un billetito dicindome el teatro a que pensaban asistir y me
reuna con ellos en un palco y pasbamos los tres la noche
deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto
trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los
alrededores de Madrid. Natalia hua de la gente; viva en alejamiento
absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me
dola verla separada del mundo como si fuese una rproba, la senta
humillada y pensaba de buena fe que no haba motivo para ello. Por eso
un da en que Sixto nos dej solos en el comedor para ir a su despacho,
donde le reclamaba un cliente, me atrev a decirle:

--Por qu vives tan retirada, Natalia? Por qu no anudas alguno de tus
antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa
entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha
ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona
que tenga corazn.

Una arruga surc su frentecita tersa. Qued unos instantes silenciosa
mirando al vaco y me dijo con acento grave:

--Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra
ellas.

--Yo pienso que la tuya no lo es.

--Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si
pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sera
rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como t
imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan
tenido en su vida faltas menos disculpables que la ma; pero el mundo es
as y nosotros no podemos cambiarlo.

--Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El pblico se puso
resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha
disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. An
suenan en mis odos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de
entusiasmo con que se acogi tu absolucin.

--S; los hombres cuando se renen son buenos--replic con sonrisa
triste--. No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca
aparecer justos y nobles ante los dems o porque en realidad se les
hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo
cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras
de justicia y de bondad para que los dems aplaudan. Por un momento
todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean.
Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada
deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad,
la de la envidia, la de la crueldad.

--Quiz tengas razn: no est mal observado lo que me acabas de decir.
Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtan tu
observacin, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan
respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta
para protegerte y te servira de escudo contra cualquier humillacin.

--Qu inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de
Sixto atraera sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece
mentira que no sepas por experiencia que lo ms difcil de hacerse
perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. No has
visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la
fuerza y por el temor. Las fieras rugen de clera y al menor descuido se
arrojan sobre l y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre
de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre
de mal grado y espiando con afn la ocasin de poder tirarle un zarpazo.
Cuntos le tiraran a mi querido Sixto, con qu placer aprovecharan
la ocasin de humillarle si se atreviese a presentarse en pblico
conmigo!... Es decir, l s se atreve y me lo ha suplicado muchas veces,
pero yo me niego y me negar siempre, porque antes de exponerle a la ms
leve molestia me dejara despedazar resueltamente.

No insist mucho tiempo porque le daba la razn en el fondo de mi alma.

As continuaron viviendo tranquilos, gozando de una ntima y envidiable
felicidad, que an vino a acrecerse con el nacimiento de una nia. Sixto
estaba loco de alegra; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha
ms pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella nia, que se
pareca asombrosamente a su madre y se llam como ella, fu nuestro
dulce recreo: pasbamos los tres largos ratos espiando sus progresos con
embeleso; cuando empez a dar los primeros pasos, yo fu su maestro
paciente y asiduo; cuando empez a balbucear las primeras palabras,
tambin me puse al frente del curso de filologa. De tal suerte, que la
pequea Natalia apenas haca diferencia entre su mam, su pap y yo: a
todos nos quera por igual.

Pero he aqu que cuando contaba ya poco ms de un ao y correteaba por
la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana correccin
hasta docena y media de palabras comenc a observar con inquietud un
cambio en el carcter de su madre. Se hizo ms seria, la encontr ms
triste. Ella, cuyas carcajadas fluan de su boca tan frescas y
espontneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle
el humor, rara vez nos las dejaba or: le agradaba estar sola; aun de m
pareca retraerse: a menudo observ en sus ojos seales de haber
llorado.

Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales
modificaciones, pero se abstena de comunicarme sus inquietudes.
Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo haba tenido con
ella alguna explicacin yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que
Natalia sufra del sistema nervioso, que acaso estuviese dbil y que
desde luego no le convena seguir lactando a la nia. En efecto, dej de
hacerlo, lo cual no caus a sta quebranto alguno porque ya tena quince
meses. La madre tom algunos tnicos; pero su tristeza y decaimiento, a
pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero
no me atrev a insinuarlo a Sixto. Al fin, ste se espontane un da
conmigo.

--Pienso, Jimnez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza
psquica y pienso tambin que no radica en las facultades superiores de
su espritu, sino en el psiquismo inferior. T sabes que fu educada en
un convento por monjas. En esa edad recibi inspiraciones religiosas,
ideas de perfeccin, anhelos msticos que se fueron depositando en su
cerebro y quedaron almacenados en aquella regin donde, segn los
psiclogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por
largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a
despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupcin en su
actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero
que t me ayudars en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que
parten del lugar oscuro donde se alojan los escrpulos. Natalia es una
mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razn volver a
recobrar el imperio que ha perdido.

--Querido Sixto--le respond con un poco de amargura--, esa explicacin
que acabas de dar es, en efecto, la ms flamante, la de ltima hora, la
que est a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero maana
vendr otra, y despus otra... Y a pesar de todo, tratndose de la vida
del alma, el misterio se alzar siempre delante de nosotros como un muro
infranqueable.

--Pero sta es la explicacin ms natural.

--Para m nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque
todo es incomprensible. Qu es esa actividad inconsciente? Qu es la
actividad consciente? Dnde est el lazo que las une? Nuestra alma, una
e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran,
viven cerca de ella como al lado de un ser extrao sin conocerla. Pero
los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un da con ms rudeza; la
muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separacin, una
lectura, un espectculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las
bate sobre ellos y les grita: Aqu estoy! aqu estoy!... Por el
contrario, otros viven cerca de ella en ntimo consorcio, son seres
buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una
accin reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual
vivan dulcemente unidos y entonces sta se retira, gimiendo, al fondo
ms obscuro y misterioso de su sr.

--Qu quieres decir con eso?--profiri alzando vivamente la cabeza y
mirndome con ojos irritados.

Yo comprend inmediatamente mi indiscrecin. Me apresur a
tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia
psquica, no haba duda que radicaba en un estado momentneo de
debilidad.

No haba duda? Ay! para m s la haba.

Moro baj la cabeza nuevamente y permaneci un rato silencioso; despus
profiri sordamente:

--De todos modos, mi corazn est triste, muy triste, y vivo agitado por
negros presentimientos.

Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de
ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos
seres para m tan queridos haba concludo.

La alegra que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha
sido destrudo o alterado de algn modo, no viene jams sin mezcla de
tristeza.

Una vez ms este sublime teorema de Spinosa qued demostrado en el
corazn de un sr humano. Sixto me confi ms adelante cmo se fu
desarrollando. Aquellas fatales Eumnides que atormentaron a Orestes
despus del asesinato de su madre vinieron tambin tumultuosas,
aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el ltigo, a
torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para
vengar el asesinato de su padre, haba obedecido las rdenes del dios
Apolo, pero ella slo haba obedecido al odio y este dios infernal jams
deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.

Comenz por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su
vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se
representaba en los primeros tiempos: slo le acometa repentinamente en
los momentos lgidos de diversin y alegra. Por eso se retrajo
obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrndose
exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija,
donde se vea segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas
implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en
seguirla all tambin. Su tristeza se fu acentuando; se hizo profunda,
mezclndose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo
comenz a argumentar: Por qu lo has hecho? Tenas necesidad de ello?
No pudiste haber hudo?

Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al
sueo se le aparecan repentinamente cabezas gesticulantes hacindole
muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremeca, dejaba
escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y despus permaneca
largas horas despierta sin poder conciliar el sueo. Con esto su salud
descaeca a ojos vistas; empez a sufrir del estmago y las consultas y
remedios con que Sixto pretendi atajar la enfermedad sirvieron de muy
poco.

Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando
la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la vea ponerse
plida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras.
Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno.
Intilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se
fu encerrando ms y ms en casa y Moro ya no insisti mucho en hacerla
salir.

Afligido hasta lo ms hondo de su alma y no sabiendo ya qu remedio
poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba
concluir con la de Natalia, ide y llev a cabo prontamente el alquilar
una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de
lo ms ameno que poda verse en los alrededores de la capital, donde
ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de
_chalet_, tena un jardn poblado de rboles, regado por un fresco
arroyo; haba un rstico cenador guarnecido de jazmn y madreselva; en
fin, la casa misma era de reciente construccin y, aunque pequeita,
ofreca comodidad y aspecto risueo.

Natalia se traslad all con la nia y la servidumbre necesaria. Sixto
pasaba el da en su bufete, coma en un restaurn y vena a cenar y
dormir en el _chalet_. Nada logr, sin embargo, con aquel sacrificio.
All tambin, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando
las crueles Eumnides a perseguir a su vctima. Aquellas perras
vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo
sin cesar: Por qu lo has hecho? Tenas necesidad de ello? No
pudiste haber hudo?

Recuerdo que un domingo despus de almorzar con ellos salimos al jardn
para tomar caf. Nos sentamos a una mesa rstica. La tarde de primavera
era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, all en
los confines del horizonte, se extenda la crestera del Guadarrama
envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegra en todo aquel campo que
el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas
de un pianillo lejano llegaban a nuestros odos, mezcladas con los
gritos de alegra de unos nios que jugaban en un jardn vecino. Yo me
senta impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que
olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales all estbamos
reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De
pronto, Natalia se inclin a mi odo y me dijo en voz baja:

--Qu feo es todo esto, verdad, Angel?

Yo levant la cabeza estupefacto.

--Qu ests diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios ms alegres
que he visto en mi vida.

--Yo lo encuentro horrible--repuso ella con un suspiro, bajando la
cabeza.

Qued consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasin a
Sixto, que se hallaba en aquel momento distrado arreglando las flores
de una maceta. Pobre amigo mo!

Transcurridos algunos das despus de esto, entr Sixto en su despacho
una tarde despus de haber estado ausente algunas horas. El criado le
dijo que la seorita haba estado all haca poco. Qued sorprendido de
que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago
presentimiento, se dirigi a su mesa de noche, abri el cajn y qued
yerto al observar que faltaba un pequeo revlver que all estaba
siempre. Natalia no haba venido desde su instalacin en el _chalet_;
tampoco se lo haba anunciado aquella maana al despedirse. Tembloroso y
acongojado pidi de nuevo el coche, aunque todava no era la hora en que
acostumbraba a trasladarse al _chalet_, y orden al cochero que partiese
a toda velocidad.

La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto
hizo parar y despidi el coche. Se acerc jadeante a la puerta del
jardn y lo inspeccion con ojos ansiosos. La calma volvi a su corazn
cuando vi blanquear entre los rboles la figura de Natalia. Estaba
sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmvil y
profundamente absorta en sus pensamientos. No sinti abrirse la puerta
enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo
percibi sus pasos levant vivamente la cabeza y en sus ojos se pint un
espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonrer, se
alz con presteza y le ech los brazos al cuello como tena por
costumbre.

--Hoy has venido ms temprano. Y el coche?

--Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y
refrescar un poco la cabeza.

--S; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire
puro que a m me prodigas en demasa. Por qu afanarse tanto, Sixto? Yo
s que en medio de tus pesados trabajos no piensas ms que en tu hija y
en m, pero nosotras seramos tan felices viviendo contigo ms
humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... La paz,
s!--aadi con un dejo de amargura que no pas inadvertido para Moro.

Este guard silencio unos instantes. Despus, besndola en las sienes,
le dijo al odo muy quedo:

--Devulveme el revlver que guardas en el bolsillo.

Natalia se estremeci y comenz a temblar tan fuertemente, que se
escuchaba el castaeteo de sus dientes. Dej caer la cabeza sobre el
pecho de su amante exclamando:

--Perdn! Perdn!... T no sabes lo desgraciada que soy!

--S lo s, Natalia ma... lo s demasiado bien! En cambio, t ignoras
que yo soy mucho ms desgraciado que t; ignoras que mi corazn no late
en este mundo por nadie ni por nada ms que para ti y que la tristeza de
tu alma se propaga a la ma y aqu se ensancha y crece como una bola de
nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta
malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a
la luz. Ests enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu
enfermedad no radica solamente en el espritu. Nuestras ideas tienen, en
efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo
envenena tambin a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado.
Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y
generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te
cercan se desvanecern como la bruma de la noche a los primeros rayos
del sol y la alegra volver a reinar en tu alma, esa alegra pura,
infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma.
Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de
este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo
difano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a
mi porvenir, renuncio a mi ambicin y a mi trabajo. Tengo el suficiente
dinero para vivir tres o cuatro aos sin privarnos de ninguna de las
comodidades que ahora disfrutamos. Despus, Dios me abrir de nuevo
camino.

--No, Sixto mo, t no puedes renunciar al porvenir de gloria que se
alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imgenes y sueos
siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la
muchedumbre y nadie duda que sers su amo y la guiars hacia el norte o
hacia el sur, donde te plazca; los prceres se inclinan ya a tu paso, el
pueblo te aclama como su redentor y una atmsfera de amor y de respeto
envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia.
No. Sixto mo, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue
tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente
como ha vivido hasta que t le tendiste una mano generosa.

--Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sera la ma? Aun no he
podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que
si sta perece mis ilusiones y mi existencia misma se iran a pique?

Un rayo de alegra brill en los ojos de Natalia.

--Pero tienes una hija para la cual debes vivir.

--Mi hija necesita aun ms de ti que de m... No hablemos de morir,
Natalia; la flor de la juventud todava no se ha marchitado en tus
mejillas; yo siento en mi corazn hervir la savia de la vida; ninguna
herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con
un soplo. Si t no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancar a
viva fuerza. Maana mismo huiremos de Espaa y a las pocas horas nuevos
paisajes se desarrollarn delante de tus ojos y en tus odos sonar otro
idioma diferente que te har olvidar estos sitios para ti aborrecidos.

--Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho
me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a
los pocos minutos. T eres mi escudo, t eres mi defensa, no slo contra
el mundo, sino contra m misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer
por m, lejos de dar la calma a mi corazn, traera sobre l nuevas
tristezas...

Moro insisti con todas sus fuerzas; ella resisti con igual
obstinacin; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una
transaccin: convinieron en que no se expatriaran, sino que saldran de
Madrid para las montaas del Norte, donde esperaban que con una vida
absolutamente campestre y una alimentacin ms sencilla se calmara la
excitacin nerviosa de Natalia. Moro ira con ella, la instalara y no
la dejara en tanto que no la viese aliviada.

Justamente haca pocos das que Moro haba ganado un pleito de enorme
importancia a cierto marqus que posea un viejo palacio en plena
montaa prximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro
se lo pidi en alquiler: el marqus se lo cedi gratuitamente; aquella
misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron
de Madrid llevando consigo a su nia, la cocinera y una doncella.

El palacio montas era una antigua casa solariega de piedra amarillenta
y carcomida, situada en el paraje ms bello y pintoresco que puede
imaginarse. Ocupaba la parte ms elevada de una pequea aldea de quince
o veinte vecinos, a tres kilmetros de la villa de R... en el corazn
mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras
de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en
arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto,
reservado para el marqus cuando viniese, que no vena nunca; era un
viejo soltern enamorado de la vida placentera de Madrid; slo en su
juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.

Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofreca comodidad alguna:
los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con
grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos
polvorientos y sucios.

Sin embargo, por caso extrao, Natalia encontr todo aquello agradable
desde el primer da y comenz alegremente a dar disposiciones para el
arreglo y a tomar ella misma en l parte activa. Y cuando a la maana
siguiente de llegar se asom al viejo corredor de madera y derram su
vista por aquel grandioso panorama, una emocin profunda se pint en su
rostro. Permaneci inmvil en muda admiracin largo rato dejando que la
hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su
alma y la refrescase. No mucho tiempo despus, percibiendo en el patio
un pozo, se fu a l y comenz a sacar agua tirando de la cuerda con
tanto ahinco, que sus mejillas se tieron al instante de carmn. Cuando
levant sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que
ste sinti dilatarse su corazn y no pudo menos de decirse: Hemos
acertado; aqu se curar.

Fueron a Santander; trajeron de all ropa y algunos objetos
indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la
manera ms rstica posible; se pasearon algunos das por los contornos
admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montaas
cuyas crestas an se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecan
como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje
de robles y castaos; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de
florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas,
cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este
conjunto pastoril tena hechizada a Natalia.

--Mira, puedes irte cuando quieras--dijo a Sixto a los tres o cuatro
das--. Estoy curada por completo.

--De modo que pasars aqu el verano sin inconveniente?

--Y toda la vida!

Moro solt una carcajada.

--Bien, pues, te vestirs de pastorcita, te comprar un rebao de
ovejas, te regalar un cayado adornado con lazos; yo me calzar las
abarcas, comprar algunos bueyes, aprender a tocar la flauta y
representaremos aqu una vez ms el idilio de Dafnis y Cloe.

--No, t tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes,
pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a
vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que
debiramos darte en los treinta das que has estado ausente.

En efecto, Moro se fu a los ocho das despus de haberlas dejado
instaladas lo ms cmodamente posible; march loco de alegra
prometiendo escribir todos los das y haciendo prometer a Natalia lo
mismo.

sta reviva en aquella atmsfera saludable, se entregaba a todas las
ocupaciones de una perfecta aldeana. Trab relacin estrecha con los
caseros del marqus y stos le proporcionaron los medios de hacer la
vida rstica que tanto apeteca. Lavaba la ropa en los arroyos y se
descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendi a amasar la harina y
a cocer el pan, corra por los alrededores rebuscando lea para el
fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empe
en que stas le enseasen a ordear las vacas. Cun dichosa fu en
aquellos das!

Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada haba una
gran corraliza donde la pequea Natalia, o Lalita como todos la
llamaban, correteaba con los nios del colono, que eran muchos. Natalia
se complaca en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y
en hacerlas traer de R... All se reunan no slo los chicos de la casa,
sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si
hubiera vuelto a los catorce aos. Y en realidad su espritu jams haba
pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron
a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos
infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cleras que tanto
hacan rer a Sixto. Alguna vez le deca besndola paternalmente en la
frente: Nia te he conocido, nia eres y nia morirs aunque llegues a
los noventa aos.

Un da, veinte despus de la partida de Moro, a Natalia, que slo
paseaba por los alrededores en compaa de su nia, se le ocurri hacer
una excursin ms larga: quera ir hasta una aldehuela que se vea all
a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaa. Le
dijeron que estaba ms lejos de lo que pareca, que era necesario
caminar muchas vueltas y que se fatigara seguramente. No quiso atender
a ningn reparo; se visti una falda corta de alpinista, se puso unas
botas fuertes y altas, tom un cayado y despus de almorzar se lanz
alegremente a su caprichosa excursin dejando bien recomendada a su
hija, no slo a la doncella, sino a la mujer del casero.

Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por
angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de
la montaa y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada,
dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos
causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue
del terreno, se encontr frente a una iglesia. Era pequeita, rstica,
con exiguo campanario de espadaa y un prtico sostenido por viejas
columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de
aosos rboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera.
Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en
que Natalia habitaba no tena iglesia: perteneca como parroquia a la
villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.

Qued repentinamente inmvil; la mir largo rato pensativa. Desde su
proceso no haba vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que
pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de
confusin que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en
dos ocasiones intent penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de
retroceder desde la puerta, porque sinti la impresin de una mano
invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrs. Desde
entonces no volvi a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus
rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no
podan articular una sola plegaria.

Ahora qued inmvil, como dije, y as permaneci por largo espacio en
intensa contemplacin. Qu pas por su mente en aquellos instantes?
Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo
una resolucin avanz hasta la puerta, que se hallaba entornada, la
abri y penetr en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegra
advirti que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores
le haba expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.

Avanz con decisin. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba
dulce y melanclico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz,
cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos
los objetos; all en el fondo una lmpara de metal colgada con cadena
del techo arda delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en
torno.

Natalia tard algn tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibi
un altarcito, se acerc y vi sobre l la imagen de San Jos. Era su
santo ms venerado, el santo que en ms de un instante aciago la haba
salvado de la desesperacin. Se dej caer de rodillas ante aquella
bendita imagen y plegando las manos le dirigi una ferviente oracin.
Mas oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vi con horror que los
de sta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la mir con ansiosa
atencin: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofro
corri por su cuerpo; toda su sangre fluy al corazn. Mir en torno
suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo
ensangrentado se fu a postrar delante de l. Cristo crucificado cerr
tambin los ojos.

Una angustia indescriptible se apoder de ella; pens que en aquel
momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir
del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la
Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extenda sus brazos
representando la ternura y el perdn. Corri hacia ella y postrndose
profiri acongojada: Madre ma, slvame!

La Virgen sagrada cerr los ojos. Natalia dej escapar un grito de
espanto; se lanz a la puerta como una loca. Luego se di a correr por
los campos en furiosa carrera. Cuando lleg a casa cay rendida sobre su
lecho y fu acometida de una violenta fiebre. Las fatales Eumnides que
haban perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los
ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos
armadas de ltigos hicieron irrupcin en la regin montaosa y de nuevo
volvieron a torturar a su desgraciada vctima.

--Seorita, he enviado a un chico a llamar al mdico. Pero es necesario
avisar tambin al seorito--le dijo su doncella a la maana siguiente.

--No te apures, Elvira. Estoy mejor. El seorito debe de llegar dentro
de pocos das y sera proporcionarle un disgusto intilmente.

El mdico de R... no di importancia a aquella fiebre producida segn l
por la fatiga; recet un calmante y la orden permanecer en la cama.

En efecto, la fiebre desapareci; pero Natalia qued en un estado de
languidez alarmante. Se levant de la cama a los dos das, deshecha como
si hubiera permanecido quince; perdi el apetito; no quiso salir de
casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy
abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla
momentneamente las gracias infantiles de su hija.

Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmvil emboscada en sus
meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se deca con
mortal tristeza: Dios mo, qu cambiada estoy! Pobre Sixto, qu
disgusto va a recibir cuando llegue! Senta ms el dolor de aquel sr
tan querido que el suyo propio.

De pronto llegaron a sus odos los sonidos de un violn. Su cuerpo se
estremeci como si una intensa corriente elctrica le hubiese
atravesado; qued rgida como un cadver; se alz despus, y lvida,
desencajada, march tambalendose hasta el balcn y lo abri. Un ciego
tocaba el violn all abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una
voz cant:

    Mal haya la ribera del Yumur.

Natalia cay al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se
hallaba en la habitacin contigua, sinti el golpe, entr
apresuradamente en la estancia, la alz del suelo, llam en su auxilio a
la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero
que hizo fu lanzarse de nuevo al balcn. En la carretera ya no haba
nadie. Elvira pens que aquel movimiento extrao obedeca an al
extravo; hizo lo posible por calmarla; trat de desnudarla para que se
metiese en la cama, pero Natalia rehus obstinadamente.

--Gracias a Dios que maana llega el seorito, si no ahora mismo iba a
R... a ponerle un telegrama.

Al fin no tuvo ms remedio que acostarse: una fiebre altsima se declar
de nuevo. La doncella orden al colono que montase a caballo
inmediatamente y fuese a buscar al mdico.

--El mdico, no; un sacerdote--profiri ansiosamente Natalia al escuchar
la orden.

--Seorita!

--Un sacerdote!--repiti con energa la enferma.

--Pues que vengan los dos.

En efecto, poco ms de una hora despus llegaron en el carricoche del
mdico, ste y el prroco de R...

El mdico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Despus de una larga
y fervorosa confesin, Natalia qued tranquila, aunque en un estado de
postracin de mal agero.

Moro deba llegar por la maana. Fueron a esperarle a la estacin el
colono del marqus y un labrador vecino, los cuales le enteraron del
estado de la seorita, aunque procurando atenuarlo Qu golpe para el
desgraciado! Mont tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos
minutos llegaron a la aldea. Entr plido como un muerto en la
habitacin. Natalia le sonri dulcemente.

--No te asustes. Esto no ser nada.

Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besndole las manos:

--Me muero, Sixto; no hay remedio para m!

Y le narr los fatales incidentes que haban provocado aquella terrible
crisis. Moro qued anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de
all viniesen los dos mejores mdicos. Llegaron stos por la tarde, pero
no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fu
extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.

Al amanecer llam con voz dbil a Sixto, que toda la noche la haba
velado.

--Adis, Sixto mo!--le dijo tomndole una mano--. Despus de muerta no
me dejes aqu... Llvame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme
algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por
ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios
te haga feliz como t me has hecho... Nadie, nadie te querr como te ha
querido Natalia!

Pocos minutos despus expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como
desgraciada. Moro se abraz estrechamente a sus restos inanimados y as
estuvo largo tiempo hasta que l mismo cay medio muerto al suelo.

--Se puede morir de remordimiento en este mundo--me deca algn tiempo
despus en Madrid--; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un
ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.




XII

ISLA DE REPOSO


Seis aos ms.

Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto
Moro y Prez de Vargas haban dejado ya caer algunos leves copos de
nieve. Yo mismo encontraba cada pocos das una nueva hebra de plata en
mi cabellera lacia.

Dejadme de periodismo! Haca ya tiempo que haba escapado de esta sima
donde se hunden y desaparecen los talentos ms claros y las ms nobles
intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte
considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de
atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la
inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el
campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria.
Tejed coronas para esos pobres hroes annimos de la literatura y
reservad una hojita de laurel para m, que he escrito muchos artculos
combatiendo al ministerio!

Viva la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas
temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Prez
de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariosa amistad. La que a
ellos les ligaba entre s se haba ido estrechando ms y ms en los
ltimos aos, no slo por la simpata personal y la afinidad de ideas,
sino por otra causa an ms eficaz. La hermosa seora de Prez de Vargas
se haba encariado tanto con la chiquita Natalia, que sta viva ms
tiempo en el palacio de aqul que en su propia casa. Me senta
hondamente impresionado al ver con qu ternura atenta trataban a la
pobre huerfanita. No haba en Madrid golosinas bastante delicadas para
regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre
poda contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estara de aquellos
nuevos amigos.

Estos amigos, esplndidos y caritativos, despus de haber erigido
escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las
playas de Levante un Sanatorio de nios, tan completo y suntuoso, que
ningn otro exista en Espaa que pudiera comparrsele. La seora, para
dar an ms firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro,
quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar
terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguracin y se hacan
preparativos. Los fundadores queran que fuese solemne y tenan
intencin de llevar a varios significados amigos de Madrid.

En esta ocasin recib una carta que me caus sorpresa y placer al mismo
tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que
haba vivido conmigo en la famosa casa de huspedes de la calle de
Carretas. Ninguna noticia directa haba tenido de l hasta entonces.
Slo saba por vagas referencias que era mdico en uno de los pueblos de
la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi
influencia con el Conde del Malojal para que ste le nombrase director
facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de
Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde haca aos ejerca su
profesin, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino
principalmente por ciertos desabrimientos que haba tenido con algunos
prceres de la comarca.

Como debe inferirse, le recomend con mucha eficacia. Pude obtener que
Prez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus
compaeros de profesin. Estos informes resultaron muy satisfactorios y,
por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compaero
la ambicionada plaza.

Una cosa me haba llamado la atencin en su carta, y es que al final me
deca: Mi mujer te enva muy afectuosos recuerdos. Yo no conoca a su
mujer. No pude menos de sonrer. La exageracin andaluza!

Transcurrieron algunos meses, y qued fijado el da de la inauguracin.
Algunos antes fu con el secretario de Prez de Vargas al Sanatorio para
arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los
preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que
haban de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y all tuve el ms famoso
encuentro que cualquiera puede imaginarse.

Me hallaba solo en la habitacin del hotel donde alojbamos cuando
acert a escuchar viva disputa en la contigua.

--Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres
pesetas cincuenta cntimos por siete tazas de caf cuando en todos los
establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo
cuarenta cntimos.

Lo que responda a esta alocucin la persona a quien se diriga no pude
orlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replic:

--S, s, ya conozco esos reglamentos! El primer artculo del
reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a
ver, por qu no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no
he hecho en el hotel?

Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.

--Ya s que se trata de una pensin, pero poda usted guardarme algunas
consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la
botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.

Otro murmullo indescifrable.

--S, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya
sabe usted que soy un buen cliente y que todos los aos me tiene usted
en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada
la botella, verdad?

Aquella voz era para m conocida, pero no poda recordar a quin
perteneca. Excitado por la curiosidad, sal al pasillo y me coloqu a
la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que
haba escuchado.

Sali primero el dueo de la fonda y algunos minutos despus un
caballero gordo que vesta chaqueta de pao grueso, botas de montar y
sombrero ancho de fieltro, con un ltigo en la mano, en cuyo rostro
quise reconocer los rasgos fisonmicos de aquel amigo de mi juventud
llamado Carlos de Juregui. Sin embargo, era tan grande la diferencia
entre el joven plido y flaco que yo haba conocido y el hombrachn
robusto y atezado que ahora vea, que no pude menos de rechazar la
identidad. Sera un hermano? Pero yo tena entendido que era hijo
nico. Cuando ya se haba alejado un poco se me ocurri gritar:

--Carlos!

Se volvi rpidamente y entonces dije:

--Juregui!

--Servidor de usted--respondi avanzando hacia m.

Me mir con los ojos muy abiertos y exclam abriendo los brazos:

--Jimnez!

Nos abrazamos con efusin.

--No s cmo diablos he podido reconocerte--le dije--. Eres otro hombre
completamente distinto.

--Verdad? He cambiado muchsimo lo mismo fsica que moralmente desde
que nos hemos separado.

--No lo dudo--repliqu recordando la srdida discusin que acababa de
or--. Pero vives en Alicante?

--No; vivo y he vivido siempre desde que sal de Madrid en mi finca de
la Enjarada, a cinco leguas de aqu. Suelo venir a caballo porque tengo
varios y me gusta la equitacin. Me encuentras aqu por casualidad.
Vengo a solventar ciertos asuntos y me voy esta misma tarde.

Como era natural, necesitbamos hablar mucho y para hacerlo a nuestro
sabor me invit a tomar una copita de cualquier cosa en el primer caf
que hallamos.

--Te estoy viendo y apenas puedo creer a mis ojos. No te pregunto, pues,
cmo te va, porque tu rostro y la curva feliz de tu vientre lo declaran
a gritos. Tienes hijos?

--Nada ms que doce--contest riendo.

--Y Celedonia?

--Tan buena, gracias.

Qued un instante suspenso y dijo al cabo sonriendo avergonzado:

--Bien os habris redo de mi matrimonio, no es cierto?

--Qu idea!

--Sin embargo, nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Mi mujer tiene
un corazn de nia; es inocente, tierna, hacendosa, dispuesta siempre a
sacrificarse por los dems; me quiere con toda su alma y me ha dado doce
hijos hermosos y robustos... Qu ms puedo pedir?... Adems, cuando me
cas con ella estaba a punto de quedar arruinado y mi salud era tan
miserable que hubiera muerto pronto tsico. Hoy me encuentro sano y
vigoroso, he logrado salvar toda mi fortuna y aun he podido acrecentarla
un poquito.

--De modo que hay que convenir en que Scrates tena razn al
aconsejarte ese matrimonio.

Juregui solt una carcajada.

--Oh Scrates! No hablemos por Dios de esas ridiculeces. Hace ya mucho
tiempo que estoy desengaado del espiritismo.

--Anda! Pues ya sois tres.

--Cmo tres?

--S; ya sois tres los amigos que se han desengaado. Pasarn ha muerto
desengaado de la erudicin. Prez de Vargas vive, pero desengaado del
socialismo, y ahora eres t el que me dice que ests desengaado de los
espritus.

--He llegado a persuadirme de que todo lo que se refiere al espiritismo
es pura prestidigitacin. Te acuerdas de aquellas clebres experiencias
de materializacin que te cont haber presenciado en Pars? Era una
famosa _medium_ americana llamada Miss Betteman que materializaba el
espritu de un doctor con una gran barba acompaado de su hija vestida
de blanco. Pues bien, unos cuantos espectadores lograron al fin
desenmascararla. A una seal convenida un espectador se apodera de Miss
Betteman, otros dos sujetan las apariciones, otro, en fin, ilumina
repentinamente la escena. Entonces se vi a la _medium_ que trataba de
zafarse de los brazos del espectador dando gritos agudos. Era ella misma
que con gabn negro, una gran peluca y una barba postiza figuraba la
aparicin del doctor. La jovencita que acompaaba a ste no era ms que
un maniqu de donde colgaba un velo y que Miss Betteman sujetaba con la
mano izquierda mientras con la derecha tiraba de una cuerda que
corresponda a un aparato luminoso que permita obtener las luces de
colores diferentes que acompaaban a las apariciones. Despus se han
descubierto otros muchos fraudes como ste.

--Todo eso est bien--le repliqu--. Pero y aquellas sesiones
prolongadas que t tenas con Scrates y Pedro el Grande de Rusia?

Juregui volvi a rer con mejor gana an.

--La cuestin de las mesas giratorias est resuelta, querido. Son los
movimientos involuntarios e inconscientes del mismo experimentador lo
que las hace girar. No hay en ello misterio alguno.

--Entonces, puesto que los espritus no existen, bebamos a su salud--le
dije chocando mi copa con la de l.

--Muera Scrates! Muera Pedro el Grande!--contest riendo y vaciando
la suya.

Todava charlamos un rato. Al cabo decidimos salir porque a mi amigo le
apuraba el tiempo para evacuar sus negocios y llam al mozo.

--Cunto es esto?

--Una peseta cincuenta.

--Tres reales cada copa de jerez? Pero es horriblemente caro!

--Es jerez superior el que aqu servimos--replic el mozo.

--Es un jerez vulgarsimo. Yo lo compro mucho mejor y no me sale a
treinta cntimos la copa.

Yo me lanc a la puerta y Juregui me sigui refunfuando y murmurando
denuestos contra la avaricia de los cafeteros.

En la calle me suplic, para estar ms tiempo en mi compaa, que le
acompaase a una zapatera donde tena que comprar calzado para sus
nios. Entramos, le presentaron un par de botinas y pregunt el precio.

--Doce pesetas.

Juregui di un salto atrs y quiso chocar con la puerta de cristales.

--Pero ese es un precio absurdo tratndose de calzado para nio!

--Ser absurdo, pero yo no puedo darlas por menos.

--Le doy a usted ocho pesetas por ellas.

--Si se las diese en ese precio perdera dinero.

--Es que si usted me las deja le tomara unos cuantos pares.

--Cuantos ms me tomase usted ms perdera--replic tranquilamente el
zapatero.

Al fin sali de la tienda sin comprar nada y fuertemente irritado contra
la avaricia de los zapateros.

Como no me divertan estas excursiones por los comercios y ya tena bien
comprobada aquella singular transformacin de un carcter me desped de
l pretextando urgentes ocupaciones y le invit para la inauguracin del
Sanatorio que deba efectuarse en la prxima semana.

--No faltar, Jimnez, por verte a ti otra vez y por tener el gusto de
escuchar a Moro, a quien admiro de lejos. Leo sus discursos en las
Cortes y me entusiasman.

--No dejes de traer tambin a tu mujer. Estis invitados los dos. Prez
de Vargas me ha dado facultades para todo.

Le vi ponerse rojo. Qued un instante suspenso y apretndome la mano con
fuerza me dijo:

--Gracias, Jimnez. Eres el hombre bueno de siempre.

Esta emocin me prob que Juregui amaba a su esposa, lo cual me le hizo
an ms estimable.

Pero al despedirse quise observar una nube de inquietud en sus ojos. No
se necesitaba ser un psiclogo profundo, despus de lo que acababa de
observar, para penetrar lo que pasaba por su mente, y le dije:

--En el Sanatorio hay habitaciones preparadas para los invitados. Todos
los gastos corren de cuenta de Prez de Vargas.

Se disip la nube. En sus ojos brill de nuevo la alegra del cielo
azul. Nos despedimos con toda cordialidad. Al estrechar su mano ruda y
vigorosa con la ma no me cansaba de admirar el cambio radical que la
vida campestre haba operado en aquel hombre.

Por la tarde me traslad en coche con el secretario de Martn a V...,
donde nos esperaba Bruno Mezquita. No me cost trabajo reconocerle, a
pesar de los veinte o ms aos transcurridos. Nos abrazamos
estrechamente y me di las gracias de nuevo con tan fervorosas palabras,
que logr conmoverme.

--Mi mujer tiene unos deseos enormes de verte. Te recuerda tan bien, que
muchas veces me cita ocurrencias tuyas que yo haba olvidado.

--Pero quin es tu mujer?--le pregunt yo entonces con asombro.

--Quin ha de ser?... Lola!

--Qu Lola?

--Lolita, nuestra vecina de la calle de Carretas a quien t has conocido
como yo.

--Perdona, hijo, pero no saba una palabra...

--De modo que no has recibido la carta en que te daba parte de mi
matrimonio?

--Nada he recibido.

--Ya me lo pareca!--exclam dndose una palmada en la frente--. Cmo
un caballero tan perfecto como t haba de dejar mi carta sin
contestacin! No conoca tus seas y te la dirig al peridico del cual
saba que eras redactor.

--Oh los peridicos! All se pierden la mitad de las cartas.

Montamos en uno de los coches del sanatorio y durante el trayecto me
inform minuciosamente de una porcin de extremos interesantes. Lolita y
Rosarito, nuestras vecinas, despus de haber perdido a su madre en
Madrid se haban trasladado a Sevilla al amparo de una ta que all
tenan. Su hermano se haba ido a Cuba y all estaba an. Como Bruno se
hallaba de mdico en uno de los pueblos cercanos a Sevilla y vena con
frecuencia a esta poblacin tropez un da en la calle con las dos
hermanitas, se reconocieron, las fu a visitar, se anudaron nuevamente
las antiguas relaciones y pocos meses despus se casaba con Lolita. Su
hermana Rosarito se haba ido a vivir con ellos y all se estuvo dos
aos hasta que se cas.

--Se cas Rosarito?--pregunt con mayor inters, por la simpata que me
inspiraba y el recuerdo de sus desgraciados amores con Pasarn.

--Tampoco sabes con quin?--me pregunt mirndome con asombro.

--Ya te he dicho que no he vuelto a tener noticia de esas chicas.

--Pues se cas con Pepito Albornoz.

--Nuestro compaero?

--El mismo. Vers: yo conserv siempre relacin con Pepito y de vez en
cuando nos escribamos. Ha hecho una carrera brillante. Dej pronto el
servicio del Estado y se puso al frente de una Compaa constructora que
le da un sueldo de cinco mil duros y una participacin en las ganancias.
Vino a Sevilla en cierta ocasin, le invit a pasar un da con nosotros
en el pueblo. En vez de un da se qued tres: le gust mi cuada Rosario
(que entre parntesis y como ya vers todava es una real hembra),
volvi despus, se pusieron en relaciones y se casaron a escape. No
tienen hijos y seran al cabo millonarios si no gastasen tanto. Pero
viven a lo prncipe y se divierten como dos angelitos; viajecitos a
Madrid y Pars, cuatro o cinco criados, buena mesa, etctera, etctera.
En este momento se encuentran en Cartagena donde Pepito est
construyendo un dique, pero me han prometido venir para el da de la
inauguracin y Rosario se quedar algunos das con nosotros.

Todas aquellas noticias me alegraron porque guardaba recuerdo muy grato
de nuestras vecinitas de la buhardilla.

Cuando llegamos y penetramos en el lindo pabelln que Prez de Vargas
haba hecho construr para el director y ste grit desde el jardn:
Lolita, aqu tienes a Jimnez!, experiment una terrible decepcin.
Qu enorme diferencia! Aquella hermosa Lolita, fresca y pizpireta, era
ya casi una vieja y apenas se vea rastro de su antigua belleza. Me
acogi con ruidosa alegra. Su carcter vivaracho y juguetn era lo
nico que se haba salvado de la ruina de sus atractivos.

Pas dos das muy gratos con ellos. Marido y mujer me agasajaron a
porfa. Tenan un nio y dos nias encantadores. Parecan felices y
experiment la dulce satisfaccin de haber contribudo un poco a su
felicidad.

--Y que ha sido de tu primo Manuel?--le pregunt mientras cenbamos.

--Manolo vive en Sevilla.

--Ejerce la medicina?

--Jams la ha ejercido. Desde que termin la carrera comenz a ayudar a
su padre, que ya estaba enfermo, en el negocio del aceite y en este
negocio continu despus de la muerte de aqul. Le va muy bien: tiene
un bonito capital. Quieres que le invite para la fiesta de la
inauguracin?

--Ya lo creo!... Pero vendr?

--No lo dudes. Nada hay que se lo impida. Es un soltern recalcitrante.
Adems, me consta que tiene grandes deseos de ver a Sixto Moro. No
sabes el tono que se da pregonando que es su amigo y compaero de
juventud!

Despus de dar cumplimiento a los encargos que Martn me haba hecho
volv a Madrid.

Pocos das despus sala un tren especial conduciendo a Alicante hasta
dos docenas de personas, entre las cuales se contaban periodistas,
diputados y amigos ntimos de Prez de Vargas. La pequea Natalia, que
haba de ser la reina de la fiesta, iba con la Condesa del Malojal en un
coche separado. Moro y yo, dejando el departamento de los hombres,
pasamos largos ratos en su compaa.

Natalia se iba pareciendo cada da ms a su madre. Grande, robusta, con
tendencias a la obesidad, a los nueve aos de edad pareca que tena ya
doce. Sus cabellos ondulados, su tez morena sonrosada, la franqueza y
lealtad que se pintaba en sus grandes ojos negros, la resolucin de sus
ademanes y la graciosa impetuosidad de su genio, todo evocaba la figura
inolvidable de aquella desgraciada amiga que tanto habamos amado.
Mientras jugbamos con ella en el coche lleg un instante en que hizo un
gesto tan idntico a los de su madre, que no pude menos de exclamar:

--Qu asombro! Pero esto es Natalia que vuelve!

Moro se estremeci, sus mejillas se colorearon, sus labios temblaron y
al fin dijo sordamente:

--S; mi desgracia se ha reducido a la mitad, pero era tan grande, que
basta la mitad para ennegrecer mi vida!

La seora de Prez de Vargas apret a la nia contra su pecho y la bes
repetidas veces.

Llegamos a Alicante. All nos aguardaban los coches que nos trasladaron
a V... y al Sanatorio. Una gran muchedumbre nos esperaba y a su frente
las autoridades de Alicante y el arzobispo de Valencia que haba querido
bendecir aquella obra benfica.

En un grupo estaban Bruno Mezquita, su esposa, su primo Manuel,
Rosarito, Albornoz, Juregui y su mujer.

Sixto y yo nos dirigimos a ellos con presteza y hubo abrazos y apretones
de manos y se cambiaron con emocin palabras muy afectuosas.

Rosarito, al revs de su hermana, me produjo gratsima impresin. Haba
embellecido de un modo notable. Aquella nia alta, delgada y plida se
haba transformado en una opulenta matrona de rosadas y tersas mejillas
y porte majestuoso. Vesta con suprema elegancia, tanto que poda
competir con la Condesa del Malojal. Pero sus ojos eran tmidos,
humildes como antes, su voz suave, insinuante. Cuando me di la mano,
sus mejillas se tieron levemente de carmn. Ambos recordamos aquella
penosa escena que pas en mi gabinete cuando Pasarn cort bruscamente
sus relaciones con ella.

Albornoz era un caso de asombro. All no haba habido transformacin de
ninguna clase. Tan menudo y exiguo como a los diez y ocho aos, sin
sombra de barba y la misma expresin infantil en su rostro fresco y
sonrosado como una manzana.

--Esto es una maravilla! No ha pasado un da por este hombre!--deca
yo a Sixto y a los Mezquita mientras Albornoz y su esposa saludaban a
los Condes del Malojal.

--Verdad que apetece pedirle las notas mensuales de clase?--exclam
Sixto Moro--. Yo creo que si le encuentra su viejo profesor de
matemticas a deshora de la noche en la calle, le tira de las orejas.

Soltamos una carcajada.

--Hombre, voy a decrselo, porque se reir--manifest Bruno Mezquita.

--No, por Dios!--repuso Moro--. No le har ninguna gracia; estoy seguro
de que le subir el pavo a la cara, rechinar los dientes y buscar un
chiste sin encontrarlo, como en los buenos tiempos de Doa Encarnacin.

Pero no le fu posible a l mismo resistir a la tentacin de embromarle.
Al visitar el Sanatorio, cuando bajbamos la escalera de caracol de la
torre, Moro se volvi hacia Rosarito y Albornoz que venan detrs y dijo
en voz alta:

--Rosario, haga usted el favor de dar la mano a Pepito; no vaya a
caerse.

Todos remos menos Albornoz que se puso colorado y slo pudo replicar
confusamente:

--Yo no he cambiado; pero t tampoco.

Se visitaron las dependencias y admiramos todos, no slo la comodidad,
sino tambin el lujo con que Prez de Vargas haba querido dotarlo.

A las once de la maana se efectu la inauguracin. En un vasto saln,
que era el refectorio del establecimiento, se acomodaron ms de mil
personas. Bajo el dosel presidencial se sentaron el Arzobispo, el
Gobernador y algunos prceres, y entre ellos la nia Natalia, que
figuraba como fundadora de aquel instituto caritativo. El Arzobispo
pronunci una breve y sentida alocucin y bendijo la obra de los Condes
del Malojal. El Gobernador dijo tambin algunas palabras. Por fin, se
levant a hablar Sixto Moro, en medio de una expectacin ansiosa, pues
ste era el seuelo que all haba atrado tanta gente.

No defraud nuestras esperanzas. Por espacio de una hora nos tuvo
pendientes de su palabra mgica, provocando a cada instante tempestades
de aplausos. Habl de los nios. El tema era tan seductor y adecuado
para lucir las galas de su fantasa y los tesoros de su sensibilidad,
que no es milagro que lograse arrebatar a su auditorio.

Pero el que ms se distingua por su ardoroso entusiasmo era Manolo
Mezquita. Como era amigo y compaero de Moro, crea tener parte en su
triunfo.

--Ole, ole, viva tu madre! A ver si hay en toda la esfera armilar un
to que le sople en los ojos a este gach!

Y paseaba sus ojos furibundos por los circunstantes buscando al atrevido
que quisiera desmentirle para caer sobre l y estrangularle.

No falt mucho para que estrangulase al propio Moro cuando termin su
discurso. Lo tom entre sus brazos robustos y quiso sacarlo as del
saln y pasearlo en triunfo como si fuese un torero; pero vimos el
rostro de Moro tan contrado y angustiado que nos apresuramos a
arrancrselo de las manos.

Despus se celebr un banquete al aire libre en los jardines del
establecimiento. Natalita presida la fiesta y era objeto de las miradas
y caricias de todo el mundo. Yo me sent entre mi amigo Juregui, que
vesta el uniforme de maestrante de Granada con la cruz roja de
Calatrava sobre el pecho, y Bruno Mezquita. La bella Condesa del Malojal
haba colocado a su lado a la esposa de Juregui, y con esa propensin
celeste que tienen las almas nobles para levantar a los humildes la
colmaba de atenciones. Celedonia las reciba confusa y con los ojos
hmedos de agradecimiento. No los tena tampoco muy secos su marido,
quien me dijo al odo que si creyese en los espritus como antes,
pensara que la seora de Prez de Vargas era una nueva encarnacin de
Isabel la Catlica.

La buena de Celedonia no haba embellecido, como debe suponerse, despus
de haber echado al mundo doce hijos; pero era una mujer humilde y una
esposa tierna y abnegada. Esto bastaba para que yo no la encontrase fea.

Al da siguiente partieron en tren especial los invitados de Madrid.
Quedamos un da ms con los Condes, sus viejos amigos. Aquella noche
quiso Martn que censemos con ellos Sixto Moro y su hija, Albornoz y
Rosario, Juregui y su esposa, Bruno Mezquita y la suya, Manolo Mezquita
y yo.

Fu una comida de gran intimidad y tan grata, que seguramente ninguno de
nosotros la olvidar. Franqueza, cordialidad, alegra reinaron en toda
ella. Al destaparse el champaa Prez de Vargas suplic a Moro que
iniciase los brindis. El glorioso orador se levant con la copa en la
mano y nos dirigi en tono familiar unas cuantas palabras, que por
habernos llegado profundamente al corazn quedaron grabadas en mi
memoria.

Alegrmonos, amigos mos muy queridos! Alegrmonos de haber llegado a
esta isla de reposo para gozar unos momentos de paz y de ventura.
Marineros somos que hemos corrido ms de una borrasca en los mares de la
vida. No la maldigamos. En el seno de las dificultades y los disgustos
han nacido siempre los grandes pensamientos y las nobles acciones.
Nuestra amistad se ha anudado en la maana de la existencia cuando el
sol brillaba sobre nuestra frente, cuando el ruiseor de la dicha
gorjeaba en nuestro corazn. Slo en la primera juventud nos entregamos
sin reserva a los goces de la amistad. Hoy anclamos en este puerto donde
la suerte nos brinda un refugio para restaar con una sana alegra las
heridas y resquemores que el rodar de la vida nos inflige. Aprovechemos
estos momentos de respiro para cobrar nimos y lanzarnos con ms bro a
la lucha.

Hay en este mundo algunos pjaros privilegiados, como mi ilustre amigo
Prez de Vargas, que hallan el campo repleto de mieses. No tienen ms
que introducirse en l para gozar sus delicias. Los hay que, como yo, lo
han hallado cubierto de nieve, pobres pajaritos que se ven obligados a
rebuscar aqu y all algunos granos. Pero a todos nos ha dado Dios alas
y podemos volar por el mismo firmamento azul. Hemos trabajado, hemos
vivido, hemos cumplido con nuestro deber. Qu ms podemos pedir?

Es cierto que existen hombres en los cuales todas las prosperidades de
la tierra y todos los dones del cielo slo sirven para saciar sus ruines
pasiones. Como los escarabajos, trabajan sin cesar para fabricar bolitas
de porquera. Pero los hay que utilizan las alegras, la riqueza, los
triunfos para acrisolar su alma y ponerla como luciente espada al
servicio de sus semejantes. Son abejas espirituales, como nuestro amable
anfitrin, que no se cansan de fabricar miel.

Nos quejamos de la brevedad de la vida. En nuestras manos est el
hacerla infinita si sabemos llenarla de generosas acciones y sinceros
afectos. La vida no es ms que el caamazo en el que cada cual borda
grosera o primorosamente el dibujo que lleva en sus entraas. Nos
mostramos desengaados de ella porque le pedimos lo que no debe darnos.
Le pedimos placeres, honores, riquezas. Todas estas cosas son venenos
deliciosos, pero venenos al fin que slo dejan intactas a las almas
privilegiadas. Lo nico que hace a la vida digna de ser vivida, lo nico
que la justifica son los afectos tiernos que nacen dentro de ella. El
hombre que llega a la muerte sin sentirlos ni inspirarlos, ay!, ese s
que puede llamarse estafado.

Gracias al cielo henos aqu todos reunidos, todos alegres, gozando la
dulzura de este rayo de sol. Maana nos dispersaremos. Tal vez sobre
nuestras cabezas se amontonen de nuevo las nubes temerosas; las olas se
alzarn amenazadoras; nuestro dbil esquife gemir a su embate; quiz se
hunda. Y qu? En aquel instante acordmonos de los seres amados,
tengamos fe y pensemos que los lazos de amistad que la muerte corta
volvern a ser anudados en otra regin ms alta. Desgraciado quien de
las experiencias de este mundo visible no saca la fe de un mundo
invisible! Ay del hombre que en sus alegras y sus dolores no tiene el
odo bastante fino para escuchar los murmullos de lo desconocido!

Brindo, amigos mos, por nuestra juventud pasada, por nuestra amistad
inquebrantable, por nuestro trabajo, por nuestros recuerdos, por
nuestros sueos! Brindo por vuestros hijos y por vuestras nobles
esposas...

Se detuvo un instante y aadi con voz alterada:

Brindo tambin porque Dios me permita al cabo reunirme con la ma.

Bebi. Una lgrima baj rodando por sus mejillas y cay en la copa del
champaa. El smbolo del dolor se mezcl al de la alegra. Lo mismo que
en la vida.

FIN




INDICE


                                                                 Pginas.

_Advertencia del editor_                                                5


PRIMERA PARTE

I.--Mi viaje y mi instalacin en la corte de Espaa                     7

II.--Breve noticia de mis compaeros de hospedaje                      18

III.--La casa de mi mentor                                             25

IV.--Corro peligro de caer en ridculo y aun presumo que he cado      43

V.--Mi amigo Prez de Vargas, gelogo                                  53

VI.--La glndula del atesmo                                           64

VII.--Mi amigo Juregui, espiritista                                   76

VIII.--Los ngeles de la buhardilla                                    86

IX.--Los amores de mi amigo Pasarn, biblifilo                        98

X.--En qu par el idilio clsico de mi amigo Pasarn                 106

XI.--Cmo los espritus jugaron una mala partida a mi amigo Juregui  119

XII.--Prosigue el idilio romntico de mi amigo Sixto Moro             131

XIII.--Fin desastroso del idilio romntico de mi amigo Sixto Moro     144


SEGUNDA PARTE

I.--El mundo de los sueos                                            161

II.--Los perodos interglaciales del capitn Prez de Vargas          176

III.--Ms travesuras de mi amigo Prez de Vargas                      183

IV.--Un hombre demasiado feliz                                        195

V.--Cmo se regener mi amigo Prez de Vargas                         202

VI.--Ultimas opiniones de un sabio                                    223

VII.--Un amigo que se va y un enemigo que aparece                     230

VIII.--Tristes noticias                                               236

IX.--La delincuente honrada                                           247

X.--En que se declara el juicio de los hombres                        262

XI.--El coro de las Eumnides                                         281

XII.--Isla de reposo                                                  302






End of the Project Gutenberg EBook of Aos de juventud del doctor Anglico, by 
Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AOS DE JUVENTUD ***

***** This file should be named 39990-8.txt or 39990-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/3/9/9/9/39990/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org/license

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
