The Project Gutenberg EBook of Pginas escogidas, by Armando Palacio Valds

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Title: Pginas escogidas

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: April 13, 2012 [EBook #39444]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAGINAS ESCOGIDAS ***




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BIBLIOTECA CALLEJA

SEGUNDA SERIE

A. PALACIO VALDS

PGINAS ESCOGIDAS




ARMANDO PALACIO VALDS

PGINAS

ESCOGIDAS

[Illustration]

MCMXVII

CASA EDITORIAL CALLEJA

FUNDADA EN 1876

MADRID




PROPIEDAD

Derechos reservados.

Copyright 1917

by CASA EDITORIAL CALLEJA

Imprenta de "Alrededor del Mundo", Martn de los Heros, 65.




CONFIDENCIA PRELIMINAR


Sin gusto he cedido al propsito de publicar un volumen de pginas
escogidas entre mis obras. Opin siempre que este es un honor que debe
reservarse a los muertos. Pero los vivos en los tiempos presentes
acaparan los derechos de los muertos y se regalan con monumentos y
epitafios.

Un editor piadoso ha imaginado que de los diversos libros por m
publicados pudieran entresacarse algunos trozos de valor excepcional. Le
dejo por entero la responsabilidad del intento.

Contra mi gusto tambin, por qu no he de decirlo? he sido y soy
literato. En los aos de mi adolescencia y en los primeros de la
juventud he credo firmemente que yo haba nacido para cultivar las
ciencias filosficas y polticas y para ser un faro esplendoroso dentro
de ellas. Llegar a ser un sabio respetado y solemne fu mi nica
ambicin entre los quince y los veinte aos. Despus por un juego de la
fortuna me vi convertido en novelista, y comprend que la fortuna tena
razn. Me acaeci lo que a Federico II de Prusia. Crey haber nacido
para msico y literato y result un guerrero.

Lo que puede hacer con ms facilidad es lo que el hombre debe hacer.
Para m ha sido tan fcil escribir novelas como a un tenedor de libros
efectuar sus operaciones aritmticas. Cuando un amigo comerciante me
dice que le sera imposible escribir una novela me sorprende, y cuando
le comunico, en secreto, que me siento incapaz de efectuar una divisin
de muchas cifras sin equivocarme varias veces le dejo estupefacto.

Cun fcil es dejarnos arrastrar por aquello que nos es fcil! As yo
puesto a escribir novelas me hall cautivo de ellas y tan contento como
el pez en el agua. El sabio no volvi a sacar la cabeza fuera hasta
muchos aos despus al publicar los _Papeles del doctor Anglico_.

Pero dentro de la facilidad apetec toda la facilidad que fuese posible.
En el arte como en la vida, he sido siempre insaciable de independencia.
Ya que en aras de la literatura sacrificaba mi ambicin, quise y me
propuse escribir completamente a mi gusto.

Observ desde luego que en la repblica de las letras, a pesar de ser
repblica, existan no pocas servidumbres.

La primera que me llam la atencin fu la de la _actitud_. Los
escritores, en general, adoptan al empezar una postura y no la cambian
jams. O se calzan el coturno o se encasquetan el gorro de cascabeles.
Un amigo tuve, bien conocido y estimado en el mundo literario, que nos
haca desternillar de risa con su gracejo inagotable. Pues bien, este
ilustre literato as que se pona a escribir se alzaba de manos como un
caballo fogoso y no dejaba escapar ms que rugidos picos.

No es una verdadera esclavitud? Cada cual debe escribir segn el humor
en que se halla. Esto no es perder la unidad del carcter sino mostrar
su invariable complejidad. Libertad! Este ha sido siempre mi santo y
sea al penetrar en el alczar de las bellas letras.

Los ms altos ejemplos de esta amable libertad no me han venido, sin
embargo, de la poesa sino de la msica. Haydn y Beethoven han sido los
hombres ms libres que han existido dentro de su arte. Ayer mismo
escuchaba la famosa _sonata sptima_ del ltimo. El tiempo tercero
principia por un alegro risueo, feliz. El poeta-msico disfruta
apaciblemente de la dulzura del vivir, de los gozosos recuerdos de su
juventud. De pronto, como si repentinamente le asaltase la memoria
aciaga de un gran dolor de su vida, de un desengao cruel, de la prdida
de un ser amado, aquella alegra se nubla, comienzan a escucharse notas
graves, patticas, que poco a poco se transforman en un lamento
desgarrador.

Esta, esta es--me deca yo con emocin--la santa libertad que he
apetecido siempre!

Otra de las servidumbres que nos amenaza a los escritores es la de la
imitacin. Por lo mismo que es la menos peligrosa es la menos frecuente,
a lo menos en estos ltimos tiempos en que a los literatos les ha
acometido la rabia de la originalidad.

La admiracin de los grandes maestros y el empeo en seguir sus huellas
no es slo un sentimiento plausible sino tambin la prueba ms evidente
de la vocacin de un artista. Cuando admiramos de corazn nos elevamos
por un instante a la altura del ser que admiramos. Ni en la literatura
ni en ninguna de las artes bellas hay otro medio ms eficaz para
adquirir superioridad. "La imitacin--ha dicho quien lo entiende--se
encontrara hasta en los arcngeles si conocisemos su historia."

Pero la admiracin no debe degenerar en idolatra. Se soporta con gusto
la influencia bienhechora de un genio, pero no se puede sufrir su
dictadura. Todos tenemos brazos y piernas y es necesario que nos dejen
andar y obrar sin ligaduras. El maestro debe ser un faro que nos gue,
no un harpn que nos desangre. En Espaa los admiradores de Cervantes
han llegado a hacerle empalagoso.

Por eso ms que la imitacin exclusiva de un genio hallo mucho ms
beneficiosa la influencia de un grupo de maestros. Nuestros padres
imitaban a los clsicos griegos y latinos, y marchaban seguros. En la
antigedad greco-latina hallaron una disciplina feliz que les salvaba de
toda aberracin. Muchos que eran pequeos se hicieron grandes. As como
la lectura de Plutarco ha despertado el heroismo en muchos corazones,
as la de Homero y Virgilio, Sfocles y Horacio hizo fluir de algunas
plumas pginas deliciosas. Recordemos nada ms que la admirable poesa
de nuestro Fray Luis de Len sobre la vida del campo en que imita una
oda de Horacio.

Hay pocas de bueno y de mal gusto. Hay locuras y groseras que infestan
a un perodo entero. Malhadado el escritor que nace en uno de estos
momentos tenebrosos. Por milagro lograr salvarse del desastre. En
cambio, ser para l dichosa la suerte si se halla rodeado por hombres
de razn y de gusto. Recibir las enseanzas de los contemporneos cuando
son puras; no hay otro lote ms feliz para un poeta o novelista. Los que
respiran a nuestro lado son los ms eficaces maestros. Quien haya visto
la luz en el siglo de oro de nuestra literatura y vivido en el comercio
de Caldern, de Tirso, de Cervantes y Quevedo, tena la mitad del camino
andado para llegar a las cumbres de la gloria. El que ha tenido la mala
fortuna de escribir en la segunda mitad del siglo XIX, entre
_naturalistas_, _decadentistas_, _luciferanos_, etc., harto ha hecho si
ha podido alcanzar la falda de la montaa. El mal gusto es mucho ms
contagioso que el bueno. Permanecer sensato entre insensatos exige una
fuerza que a muy pocos es dado poseer. No presumo de haberla tenido,
pero he luchado por mantenerme firme.

Otra esclavitud ms triste y vergonzosa nos est aparejada a los que
escribimos para el pblico; la esclavitud de la moda. La moda se nos
impone: el que pretenda sustraerse a ella queda sumergido. Al comienzo
de mi carrera literaria la avalancha de los naturalistas franceses lo
haba arrollado todo. Quien no penetrase en los burdeles y nos hiciese
saber lo que all ocurre o no tuviese arrestos para describir en cien
apretadas pginas los productos alimenticios que se exhiben en un
mercado (el rojo inflamado de las zanahorias contrastando con la nota
argentada de las sardinas, etc.), era tenido por un literato anticuado
y chirle. Cuando publiqu mi segunda novela _Marta y Mara_, un joven
naturalista, amigo mo, me dijo: "Est bien, querido, pero todo eso es
_agua tibia_". Pas la ola, sin embargo, y esta florecita regada con
agua tibia que brot hace treinta y cuatro aos, an no se ha marchitado
por completo.

Acatar servilmente el gusto del pblico, poner el odo a los rumores de
la calle y adular los caprichos del amo es algo que degrada al escritor.
No era esa mi cuenta. Prefer pasar inadvertido a marchar encadenado al
carro triunfal de los naturalistas franceses.

No obstante, lo confieso con dolor, todava ejercieron sobre algunas de
mis novelas perniciosa influencia. Al repasarlas en este momento por la
tarea que se me impone, observo redundancias, prosaismos, puerilidades,
hijas de un afn desmedido de realismo. Era el agua que se beba en
aquella poca. No haba llegado a penetrarme por completo de que las
novelas se componen de retratos no de fotografas. Las ltimas que
escrib se han librado mejor del contagio.

Quisiera borrar las manchas que afean las otras. Si se me permitiese
rehacerlas quedaran seguramente menos mal. No me creo autorizado para
ello. En la vida como en el arte debemos cargar con los pecados de la
juventud. Todos los seres creados guardan como las pirmides de Egipto
los jeroglficos de su historia. En el hombre, en el animal, en la
planta y hasta en los pedruscos y los metales cada cual guarda las
huellas de sus aventuras. Ruego al lector que cuando tropiece en mis
obras con alguna harto plebeya la desprecie; pero no al autor que ya
est arrepentido.

Hablemos ahora del lenguaje que es otro de los escollos en que tropieza
el escritor espaol. Y por de pronto no lo confundamos con el estilo
como a menudo lo veo confundido. El lenguaje para el escritor es un
instrumento como para un violinista el violn. Nunca he visto a un
violinista postrarse delante de su violn y adorarlo; pero he visto y
veo a muchos literatos hincados de rodillas delante del lenguaje.

Por qu tal rendimiento? Hagmosle elegante, limpio, flexible,
despojmosle de toda vileza, pero no le convirtamos en un dolo de
piedra. Por qu escribir hoy como en tiempo de Fray Luis de Granada?
Se habla as en el hogar, en la calle, en el Parlamento?

Si se me diese a elegir entre el tan ultrajado lenguaje periodstico y
el artificiosamente arcaico, pedantesco y desabrido de ciertos
escritores que el vulgo de los crticos admira, me quedara con el
primero.

El lenguaje periodstico, con ser malo, me parece preferible a ese otro
rebuscado de ciertos escritores pseudoclsicos. Porque, en fin, el
periodista mal o bien dice lo que quiere decir, pero el otro, arrastrado
por la combinacin de las palabras, no lo dice casi nunca. Hay quien
piensa, despus de haber copiado un giro de Quevedo o Cervantes, que ha
llevado a trmino una accin heroica y que se le debe la cruz de San
Hermenegildo. Y si exhuma del Diccionario una palabrita all sepultada,
se sorprende de que no le arrojen flores desde los balcones.

Recuerdo que cuando llegu a Madrid siendo casi un adolescente, fu a
visitar, por encargo de mi familia, a un conocido escritor erudito y
biblifilo, en cuyo saln hall a otros tres o cuatro sujetos de sus
mismas aficiones. Estaban leyendo, con mucha algazara, la carta de un
amigo, y apenas hicieron caso de m, como puede suponerse.--"Qu
donoso!"--exclamaba uno.--"Qu regocijado!"--responda otro.--"Qu
bien que da en el hito nuestro amigo!"--apuntaba el tercero.--"Es cosa
para mucho holgarse!"--aada el cuarto.

Yo crea hallarme en un baile de mscaras.

Estos disfraces an continan. Los avisados ren, pero el vulgo queda
deslumbrado. No se es Quevedo por ponerse las antiparras de Quevedo.
Cuando tomo en las manos un libro de estos flamantes clsicos, me parece
estar viendo desfilar una cabalgata histrica. En qu fabla me
fablades, infanzones? Ellos podrn decir: "No tenemos ingenio, ni
amenidad, ni ciencia, ni gracia, ni observacin, ni sentimiento; pero
tenemos lenguaje."

He pensado siempre que ste ha de ser lo ms claro, lo ms sencillo y
transparente posible. Buscaba Santa Teresa los giros de los siglos
pretritos para introducirlos en sus _Moradas_? No; escriba en estilo
llano como oa hablar en torno suyo. Y, no obstante, resulta su prosa de
una nobleza extremada, ms penetrante y sugestiva que la de ningn otro
escritor espaol.

Peor an que el lenguaje pseudoclsico es el llamado _colorista_ que en
Francia inaugur Tefilo Gautier, y que Zola y los hermanos Goncourt
llevaron a una monstruosa exageracin. Buscar palabras nuevas importadas
de la pintura, es fcil tarea. Los grandes escritores no han tenido
necesidad de apelar a tanta palabrera pictrica para grabar
profundamente los tipos y las escenas que han creado. Quin no se
representa vivamente la aventura de los molinos de viento en el
_Quijote_? Quin no ha visto a Carlota en el _Werther_, de Goethe,
cortando el pan y distribuyndolo a sus hermanitos?

Entre nosotros ha echado races este nuevo _preciosismo ridculo_ y se
ha desarrollado con la velocidad del microbio del tifus. En una revista
literaria he ledo la siguiente descripcin de un saln de baile:

"En los senos duermen las flores con esa voluptuosidad del ptalo
marchito, y en los labios rojos ruedan las sonrisas amables y brotan las
frases cortesanas. El piano, envidioso, muestra en risa irnica sus
dientes blancos; y tableteando sobre los cristales una lluvia fra,
menudita y soolienta.

"Sobre el grupo va la luz tonificando los rosas, el rosa de crepsculo
de los trajes, el rosa de las mejillas, el de grano de granada de las
uas y el rosa suave, diludo, enervante de las flores."

Despus de leer esto no se siente la nostalgia del _Boletn de
Psitos_? En verdad que si tal es el estilo colorista hay motivo para
aborrecer el arco iris.

Pero dejemos estas inepcias y vengamos a otra servidumbre ms peligrosa
en que con frecuencia caemos los que emborronamos papel. Hablo del
dinero.

"Poderoso caballero es don Dinero", dijo nuestro poeta. El dinero es un
magnfico seor que paga bien a quien mal le sirve. Paga bien, pero nos
disminuye. El escritor que se pone a su servicio pierde la iniciativa y
el reposo, tan necesarios a los que cultivan la belleza. Sus cadenas son
de oro, pero cadenas al fin.

Debe vivir el escritor de su pluma? Parece lgico. Si presta un servicio
a sus semejantes, stos se hallan obligados a remunerarle.--"Quien sirve
al altar, viva del altar"--ha dicho San Pablo. El poeta que sacrifica en
el altar de las Musas, debe vivir de l.

Debe vivir, es cierto; pero debe vivir en un palacio rodeado de
domsticos y caballos? No hay necesidad. Una posicin independiente y
modesta es suficiente para que pueda ofrecernos los frutos de su
ingenio. Si la riqueza le ha venido por otros caminos, no le perjudicar
cuando sepa emplearla adecuadamente. Viajes, libros, juegos, muebles
suntuosos, cuadros, saraos, todo esto es un alimento para la fantasa y
se halla en la direccin de su vida. Equipado de esta manera esplndida
acaso su vuelo sea ms alto. Mas para alcanzar estas doradas
herramientas, aun en los pases en que es factible, necesita forzar la
mano, y esto no se consigue sin detrimento de la calidad del artculo.

En otros tiempos la literatura no daba dinero, y se escriba, y no se
escriba del todo mal. Hoy da dinero y se escribe, y no se escribe del
todo bien. Quiero decir que cebados por la ganancia, escribimos ms de
lo que debiramos. Nuestras obras no suelen salir bien cosidas, sino
hilvanadas. Cuando el hombre no piensa en el resultado de su trabajo, es
cuando sale mejor. Nuestros abuelos escriban libros ms duraderos,
porque pensaban ms en ellos que en el editor.

Sin embargo, bueno es rechazar la absurda especie que corre vlida entre
los ignorantes y frvolos de que el hambre aguza el ingenio. El hambre
no aguza ms que los malos instintos. Jams me convencer nadie de que
las musas reciben con agrado en su jardn del Parnaso a los poetas
famlicos. El escritor necesita cierto grado de bienestar, y adems
aquello que nuestros antepasados llamaban _ocios_; esto es, el descuido
de los intereses materiales. Pero este reposo no lo consiguen los
actuales escritores de profesin pensando en las pesetas que les vale
cada cuartilla. Mejor lo lograban aquellos abuelos, aceptando un modesto
empleo en las oficinas del Estado o en el archivo de cualquier
prcer.--"Cuando al sonar la hora--me deca un amigo literato empleado
en una casa de banca--cierro los libros de cuentas, mi imaginacin
queda absolutamente libre y puedo ocuparla en lo que se me antoje."

Claro est que un empleado en una casa de banca no podr escribir
ochenta novelas en su vida, pero escribir tres o cuatro que valgan por
las ochenta, y el mundo quedar satisfecho aunque renieguen los
fabricantes de papel. Escribir poco es, en los das que corren, una gran
virtud. Confieso humildemente que yo no la he posedo; pero los hay ms
viciosos, todo el mundo lo sabe.

A los que no caen en la esclavitud del dinero les suele poner el yugo
sobre la cerviz el ansia de gloria. El aplauso es tan necesario al
escritor como el aire mismo que respira. Todos los seres humanos viven
sedientos de l. Hasta los caballos necesitan palmaditas en el cuello
para correr. Los que lo rehuyen es que quieren ser aplaudidos dos veces,
como dice La Rochefoucauld, o marineros que bogan de espalda al sitio
donde quieren ir, segn San Francisco de Sales.

Como no soy un impostor, declaro que amo y he amado siempre el aplauso.

Pero existen dos clases de aplauso: el sincero, el espontneo que brota
del corazn de los hombres y sale fervoroso a sus labios, y aqul que se
les arranca a fuerza de reverencias.

Parece natural que todos amemos el primero y desdeemos el segundo. Sin
embargo, no es as. Hay escritores que corren desalados en pos del
elogio, y para alcanzarlo montan en toda clase de vehculos, sucios o
limpios. Un acadmico, ya fallecido, deca a cierto amigo suyo, en uno
de esos momentos de expansin que suelen tener hasta los criminales:
"T no sabes, querido, la serie de bajezas que he necesitado hacer para
entrar en la Academia!" Hay otros que llevan el bolsillo provisto de
artculos acaramelados firmados por sus amiguitos, y se los ofrecen a
los directores de peridicos cuando les tropiezan en la calle, como si
fuesen en efecto caramelos de la _Pajarita_.

No he amado nunca esa clase humillante de aplauso. Me gusta limpio,
sincero, confortante. Para qu sirve que os palmotee todo el mundo en
la calle, si al llegar a casa y meteros en la cama os silba vuestra
conciencia?

El elogio venido de lejanas tierras, donde no saben si soy gordo o
flaco, torcido o derecho, me ha seducido siempre. Me seduce, porque es
absolutamente espontneo y me parece una promesa de inmortalidad. An
ms me siento halagado por las cartas que me envan personas
desconocidas expresndome la impresin que mis libros les han causado.

Esto es halageo, s, lo confieso. Pero cuando me encierro en mi
cuarto y despus me encierro en m mismo, no puedo menos de decirme:
"Pura vanidad! Mis libros no son ms que burbujas del agua que se
mantienen un instante sobre la corriente y desaparecen; leves sonidos
que el aire produce al penetrar casualmente en una flauta. Si se me
despojase de lo que pertenece a los grandes maestros que me han
precedido, quedara desnudo. Hay, sin embargo, algo de lo cual nadie en
este mundo me puede despojar, y es la dulce satisfaccin de saber que
algunas de mis pginas han hecho asomar la risa a los labios, y otras,
lgrimas de ternura a los ojos; es la certidumbre consoladora de que
nadie ha salido de la lectura de mis novelas menos puro y menos noble de
lo que era".

A. PALACIO VALDS

Mayo de 1917.




MARTA Y MARA


Esta novela, segunda de las que escrib, fu publicada en el ao 1883
por la _Biblioteca Arte y Letras_, de Barcelona, con dibujos de
Pellicer. Su forma y su baratura, en aquella poca excepcionales,
lograron que se difundiese extremadamente. Algunas personas timoratas
quisieron ver en ella un ataque insidioso contra el misticismo, y
algunos sacerdotes, hacindose eco del mismo error, tronaron contra ella
desde el plpito.

Apenas necesito defenderme de tal acusacin. Presentar dos caracteres
que se ofrecieron a mi vista cuando contaba veinte aos y que ejercieron
considerable influencia en mi vida y en mi corazn, fu mi nico
designio. Si del contraste aparece uno de ellos mortificado y el otro
glorioso, no es cuenta ma sino del Supremo Hacedor que los ha formado.

El verdadero misticismo nada tiene que ver en este asunto. Las msticas
sinceras y espontneas como Santa Teresa, Santa Catalina de Gnova,
Margarita de Alacoque, jams pueden hacerse antipticas. Pero lo son
alguna vez sus fras imitadoras. Los sentimientos ms altos y nobles
tienen su aparato externo para expresarse. Imitar este aparato puede
halagar la imaginacin sin que el corazn haya hablado todava. Siempre
resulta ridculo el desequilibrio entre lo que se pretende y lo que se
puede. Y tal es el caso de mi novela.

La prueba ms evidente de lo que acabo de afirmar es que mientras
algunos catlicos y sacerdotes la reprobaban, otros la aplaudan.
Hallndome, algn tiempo despus de publicarse, en el pueblo de
Marmolejo tomando las aguas salutferas que all manan, me anunciaron en
la fonda donde me hospedaba la visita de un seor sacerdote. Baj a la
sala y tuve el gusto de trabar conocimiento con un cannigo de una de
las ms importantes iglesias metropolitanas espaolas, persona de muchas
letras y reconocido talento. Me dijo estas o parecidas palabras:

"He venido a visitar a usted sabiendo que aqu se hallaba, porque quiero
expresarle el placer que he sentido leyendo su ltima novela. (Omito el
juicio que le mereca como obra literaria.) Creo que es de gran utilidad
en el estado actual de las conciencias. En las jvenes que frecuentan
hoy las iglesias suele haber ms capricho y fantasa que corazn. Cuando
alguna de ellas en el tribunal de la penitencia me comunica sus deseos
de entrar en un convento, si yo entiendo que hay en ella ms
romanticismo que amor de Dios y de la virtud, le doy a leer su novela
de usted que me sirve de receta para curarla de su ataque nervioso de
misticismo."

Necesitar decir que con estas palabras qued mi conciencia
perfectamente tranquila?

Sin embargo, como estos negocios del alma son en extremo delicados y sin
haberlo querido pude haber hecho dao a ciertas conciencias tmidas,
repito aqu lo que he dicho en la advertencia preliminar puesta en las
ltimas ediciones de _Marta y Mara_: "No doy a ninguna de las palabras
contenidas en mi libro otra significacin que la que pueda acordarse con
la fe cristiana y con las enseanzas de la Iglesia Catlica, a las
cuales me gloro de vivir sometido."




UNA EXCURSIN A LA ISLA


     El marqus de Pealta es el prometido de la seorita Mara de
     Elorza. Se hallaba ya cercana la fecha de la boda cuando Mara,
     sufriendo un ataque agudo de misticismo, vacila si debe o no
     casarse e impone una prrroga a su novio. Este se resigna de mal
     grado. Sigue frecuentando la casa, pero Mara entregada a sus
     prcticas piadosas no siempre le acompaa. El marqus de Pealta se
     ve obligado a pasar largos ratos en compaa de Martita, hermana de
     Mara, que es una nia de catorce aos. A causa de la intimidad que
     entre ellos se establece prende en el inocente corazn de Martita
     un amor apasionado por su futuro cuado. Cuando se da cuenta de l
     se horroriza y hace esfuerzos por sofocarlo. En estos das se
     celebra una excursin de placer a un islote propiedad de D. Mariano
     de Elorza, padre de las dos hermanas. Mara no toma parte en ella.
     Martita, excitada por el _champagne_, se arroja a decir y a
     ejecutar lo que el lector ver en este captulo.

En tanto el Ocano, indiferente a las risas y a las angustias de
aquellos insectillos que rozaban su bruida epidermis, reverberaba el
incendio del sol en toda su inmensidad, gozando este placer augusto con
el mismo sosiego que en los primeros das del mundo. La luz ya poda
espaciarse libremente sobre su llanura hmeda corriendo leguas y leguas
en un segundo, lanzando sus llamaradas a los ltimos confines del
horizonte o recogindolas de pronto en haz resplandeciente; ya poda
jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tmidamente el
espejo difano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o
dejarse caer desmayada con lnguido y voluptuoso estremecimiento que se
perda entre los pliegues de las olas. Nada consegua alterar la paz
solemne de su corazn ni hacerle emitir una nota ms grave o ms aguda
en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del
universo.

Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisin, negros y adustos
como si acabasen de salir de un gran incendio. Segn se iban acercando a
ella, el blanco cinturn, que desde lejos pareca ceirla, rompase en
mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de
muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peas que se
desgajan, vena de all indicando a nuestros viajeros que se acercaba el
trmino de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por fin,
no sin algn trabajo, a su peascosa costa. Despus necesitaron subir
por un estrecho y peligroso sendero labrado en la roca para encontrase
al fin en tierra firme y llana. La Isla no mereca este nombre. Era un
islote de dos o tres kilmetros de extensin, propiedad de D. Mariano de
Elorza, que slo la utilizaba para cazar de vez en cuando y traer de
all todos los aos algunos centenares de huevos de gaviota. Estaba
cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte vestida de tojo
donde las liebres y conejos tenan su guarida. Por casi todos los lados
ofreca espantosos precipicios sobre el mar, que la bata
incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades de las
rocas que la circundaban. D. Mariano haba edificado en el centro una
casita para guarecerse, a la cual haba ido aadiendo poco a poco
algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso saln, un
comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tena bastante bien
amueblada y circuida de un jardincito donde crecan de mala gana algunos
rboles de adorno.

Mientras se dispona la comida y llegaba la fala de la Sanidad, que
haba ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un rido
paraje de la costa, seoras y caballeros se diseminaron, dedicndose a
la caza o a la pesca, segn las aficiones y aptitudes de cada cual.
Empezaron a sonar tiros aqu y all, demostrando que los conejos, que se
haban propagado en progresin geomtrica, sufran la ley de represin
descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenan instintos
sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los
precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde sola
cruzar la vela de algn barco. Otros estudiaban la flora arrancando
hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendra
a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo
estuvo arreglado, D. Mariano se lo notific por medio de sus criados, y
unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y
entraron en el saln, donde se haba improvisado una esplndida mesa
atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido cost
sentar a tanta gente, pero al fin se consigui gracias a la actividad
del dueo de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traa el
pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del
sarao celebrado con motivo del santo de doa Gertrudis.

La comida fu digna del anfitrin. Ningn refinamiento gastronmico se
echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginacin
familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la
mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla
desierta, como se deca en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada
comensal tena frente a s cinco o seis copas, que dos criados se
encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, segn los
manjares que se servan. A nadie sorprender, pues, que al terminarse la
comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos
elocuentsimos y acompaados de gritos, bravos y felicitaciones de todo
gnero al orador. D. Mximo los rompi con unas cuantas frases bastante
mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,
a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores
alcanzarn en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador
concluy por verter lgrimas copiosas, embargado por tan fnebres
consideraciones. No falt, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que
la _papalina_ de D. Mximo era la menos divertida que jams haba visto.
Pronunci despus el ingeniero Surez, con frase correcta y atildada, un
discurso enderezado a preconizar la importancia que la mujer tena en
la actual civilizacin y las saludables modificaciones que merced a su
influjo se haban obtenido en las costumbres de los pueblos modernos:
hizo un elogio tan brillante como acabado de sus aptitudes artsticas,
declarndolas muy superiores a las del hombre; habl tambin de sus
perfecciones fsicas, entretenindose con mucha complacencia a
enumerarlas, y termin brindando incondicionalmente por la obra ms
bella y primorosa de la creacin, por la eterna y dulce compaera del
hombre. Las seoritas de Ciudad batieron palmas. Inmediatamente se
levant D. Serapio, y con lengua bastante gorda propuso en trminos
concretos que el brillante concurso que le escuchaba se estableciese
definitivamente en la isla, a fin de poblarla, invitando a cada uno de
los presentes a buscar lo ms pronto posible pareja. La circunstancia de
hacer un guio tan malicioso como grosero a una de las criadas que
servan la mesa, al terminar su invitacin, despert contra l una
tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar
satisfactoriamente su conducta, D. Serapio se fu muy incomodado a dar
una vuelta por la cocina. Al poco rato son all una bofetada.

Siguieron los brindis, cada vez ms acalorados y tempestuosos, de tal
modo que nadie se entenda. Uno de los ms celebrados fu el de Martita,
quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, haba bebido tres
copas de champagne y no saba lo que le pasaba. La pobre nia, tan
reservada y silenciosa por temperamento, empez a charlar por los
codos, dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las
acogan con regocijo y aplauso. Cuando una seora le dijo que estaba
borracha, se puso muy seria y afirm que slo estaba un poco alegre, lo
cual nada tena de particular teniendo en cuenta sus pocos aos. Esta
salida hizo reir a los convidados. Los vapores del champagne haban
coloreado sus mejillas fuertemente y le producan alguna sofocacin.
Mientras hablaba no cesaba de darse aire con el pauelo. Sus ojos tan
fijos y serenos ordinariamente, haban adquirido singular movilidad y
cierto brillo malicioso que consigui llamar la atencin de Surez el
ingeniero. El mismo timbre de la voz se le haba modificado de un modo
notable, hacindose ms grave y firme. Pareca que se operaba en ella
una anticipacin artificial y momentnea de la plenitud del sexo.

Cuando se cansaron de disparatar, D. Mariano hizo que sacaran las mesas
del saln, para que bailasen los jvenes. Un piano, jubilado por su
respetable ancianidad en aquel retiro, fu el que marc con voz cascada
el comps de una mazurka. Como era de esperar, el baile perdi al
instante toda gravedad y ceremonia y se convirti en torbellino de
saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de
pronto:

--No puedo soportar este calor: quieres que salgamos un poco a tomar el
fresco?

--Vamos; yo tambin estoy muy sofocado.

Cuando estuvieron en el jardn, le dijo:

--Si quisieras hacer conmigo una expedicin, te llevara a un sitio que
no conoce aqu nadie ms que pap y yo; una playa oculta entre las
rocas. Hasta que se est en ella no se la ve... Es un sitio precioso...

--Vaya si quiero! Demasiado sabes la aficin que tengo a los paisajes y
sobre todo a los de mar... Por dnde se va?

--Sgueme... ya vers.

Marta emprendi la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos
de la casa y Ricardo la sigui. Vesta la nia un traje azul marino, con
adornos de encaje blanco y en la cabeza llevaba sombrero de paja
adornado con una guirnalda de campanillas rojas.

--Despus que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.

--De veras?

--Ya vers, ya vers.

En efecto, as que estuvieron en el bosque y caminaron algn tiempo por
l, tropezaron con una cueva tapada a medias por los rboles y la
maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos
segundos desapareci. Ricardo qued un instante parado y altamente
sorprendido; pero una fresca carcajada que son dentro le sac de su
estupor.

--Qu es eso; no te atreves a entrar, cobarde?

--Pero, chica, no ves que puedes hacerte dao?

--Entre usted, bravo guerrero!

--Bien... ya que te empeas...

Cuando se hubo unido a Marta observ que la cueva se abra bastante y
estaba tapizada de arena.

--Oh, no pens que era tan grande y cmoda!

--Bueno; pues ahora sgueme.

--Adnde?

--Qu preguntn eres!... Ya lo sabrs, hombre, ya lo sabrs.

Entr por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo ms oscura,
seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada
instante verla caer o chocar con algn obstculo. Al cabo de poco tiempo
borrse la silueta de la nia en el fondo oscuro de la caverna, y
Ricardo se hall en verdaderas tinieblas.

--No tengas cuidado: sigue, que no te pasar nada... Ir hablando para
que camines en direccin de la voz... Si quieres que te d la mano te la
dar... No?... bueno, pues no te quedes atrs... Dentro de muy poco
tiempo empezars a bajar... pero es una pendiente suave... Lo ves?...
No te quejars del suelo... aunque uno se cayese no se hara mucho
dao... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclnate a la
derecha que el camino hace ahora una revuelta... Ea, ya tenemos
claridad!

Un punto luminoso se vea efectivamente a los pies de nuestros jvenes a
unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvi a romper las
tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el
agujero. Oyse en la cueva un sordo y prolongado rumor que haca
sospechar la proximidad del Ocano. A los pocos minutos salan a la
luz.

Ricardo qued extasiado ante el espectculo que se ofreci a su vista.
Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altsimos
peascos cortados a pico. Pareca imposible salir de ella sin arrojarse
a las olas que venan majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su
dorada arena festonendola con sbanas de espuma. Nuestros jvenes
avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,
embargados por la emocin, aquel misterioso retiro del Ocano que
semejaba un locutorio escondido y amable donde vena a contar sus
profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, haca
brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive
suave. Se pasaban los meses y los aos sin que la planta de un hombre
imprimiese su huella en l. Los altos muros negros y carcomidos, que
cerraban en semicrculo la playa, esparcan sobre ella silencio triste.
Slo el grito de algn pjaro marino, al cruzar de un peasco a otro,
turbaba la eterna y misteriosa pltica del mar.

Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,
dominados por el respeto y la admiracin. Segn caminaban, la arena se
iba haciendo ms blanda; las huellas de sus pies se llenaban
inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecan y
que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparan si
se pusiesen debajo. Venan graves, firmes, imponentes hacia ellos, como
si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre
sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer
en tierra desmayadas expresando su pesar con un rugido inmenso y
prolongado. Los torrentes de espuma que salan de su ruina venan
extendindose y resbalando por la arena a besarles los pies.

Al cabo de algn tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintise
turbada. Crey advertir en ellas cada vez ms ansia de tragarla y que
expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedi un
poco y tom la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la
embargaba. La sbana de espuma que las olas extendan, en vez de besarla
pensaba que la morda los pies. Al replegarse de nuevo con aspiracin
gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla quin sabe
adnde.

--No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?

--Crees acaso que van a llegar adonde estamos nosotros?

--No s... pero se me figura que nos vamos deslizando insensiblemente...
y que concluirn por taparnos.

--Pierde cuidado, preciosa--dijo echndole un brazo sobre el hombro y
atrayndola suavemente hacia s;--ni las olas suben, ni nosotros
bajamos... Tienes miedo a morir?

--Oh, no; ahora no!--exclam la nia en voz apenas perceptible,
estrechndose ms contra su amigo.

Ricardo no oy esta exclamacin. Segua con la vista atentamente la
marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra
columna de humo.

Al cabo de un rato quiso anudar la conversacin.

--De veras tienes miedo a la muerte? Oh! haces bien... Hoy el mundo
guarda para ti su sonrisa ms amable... Ni una sola nube oscurece el
cielo de tu vida... Dios quiera que no llegues a desearla nunca!

--Y t, tienes miedo, d?

--Unas veces s y otras veces no.

--En este momento lo tienes?

--Ah, qu curiosilla eres!--exclam volviendo hacia ella su cara
sonriente.--No; en este momento, no.

--Por qu?

--Porque si el mar nos tragase, moriramos los dos juntos, y yendo en
tan amable compaa, qu me importa dejar este mundo!

La nia le mir un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados
por una sonrisa galante y protectora. Separse de l bruscamente, y
volvindole la espalda se puso a caminar por la playa rozando los
dominios de las olas.

El vapor iba a ocultarse ya detrs de uno de los cabos como un guerrero
fantstico que caminase dentro del agua asomando solamente el penacho de
su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fu a unirse a su futura
hermana, que no pareci advertir su presencia, enteramente abismada en
la contemplacin del Ocano. No obstante, al cabo de un rato volvise
de improviso y le dijo:

--Te atreves a ir conmigo a la pea que se ve all abajo, a la derecha?

--No tengo ningn inconveniente; pero te prevengo que est subiendo la
marea y que esa pea quedar rodeada de agua antes de una hora.

--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.

Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peascos de la costa
llenos de charcos y tapizados de algas, donde corran grave riesgo de
resbalar, llegaron a la pea, que avanzaba buen trecho dentro del mar.

--Sentmonos--dijo Marta.--Cunto mar se ve desde aqu! no es cierto?

Ricardo se sent a su lado y ambos contemplaron la hmeda llanura que se
extenda a sus pies. Cerca de ellos ofreca un color verde oscuro; a lo
lejos era azul. All en el centro la gran mancha de plata segua
resplandeciendo con vivos destellos reflejando el encendido disco del
sol. De los profundos senos lquidos de aquel infinito sala una msica
grave pero insinuante que empez a sonar como caricia paternal en los
odos de nuestros jvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en
los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus
olas llegaba tena una frialdad grata que les refrescaba las sienes y
las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazn y
lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.

Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza
del Ocano con un sentimiento humilde de su pequeez y con vago deseo de
participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y otra
vez, sin fatigarse nunca, por la lnea indecisa del horizonte, que les
revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta de
ello, por un movimiento instintivo, se haban acercado de nuevo uno a
otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que ruga a
sus pies. Ricardo haba pasado un brazo en torno de la cintura de la
nia y la tena sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.

Al cabo de mucho tiempo, Marta volvi su rostro encendido hacia l y le
dijo con voz conmovida:

--Dme, me dejas apoyar la cabeza en tu pecho?... Tengo unas ganas de
llorar!

Ricardo la mir con sorpresa, y atrayndola dulcemente hacia s la
acost sobre su regazo. La nia le di las gracias con una sonrisa.

--Te encuentras bien ahora?

--Oh, s; muy bien, muy bien!

--Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?

--No, no quiero dormir... Djame... no me hables... si supieras qu
bien me encuentro!

Ricardo sonri satisfecho y le acarici la cara como a un nio.

El agua bata la pea donde se hallaban, salpicndoles de espuma y
entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca,
que pareca hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban
por ellas despertaban en su seno extraos y confusos rumores, que unas
veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos
profundos de un rgano.

Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al
cielo, haca rodar sus grandes y lmpidos ojos continuamente por la
bveda azul, con el odo atento a los graves rumores que debajo de ella
sonaban. El viento fresco del mar no haba conseguido an apagar el
ardor de sus mejillas.

--Atiende!--dijo de pronto.--No oyes?...

--Qu?

--No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?

Ricardo atendi un instante.

--No oigo nada.

--No; ya ha cesado... aguarda un poco... No lo oyes ahora?... S, s,
no cabe duda... En las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...

--No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraos...
Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?

--No, no!--exclam con sobresalto.--Estate quieto... Si te movieses
ahora me haras mucho dao...

La gran mancha de plata se extenda cada vez ms por el mbito del
Ocano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el
horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara,
anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse
enteramente en el azul claro del firmamento. La pea donde se hallaban
extenda tambin su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba
trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y
la brisa soplaba dulcemente como el hlito perezoso del que se prepara a
dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de
las aguas. En las cavernas de la roca Marta dej de percibir el grito
acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se haban ido
cambiando lentamente en un _glu glu_ suave y lnguido.

--No te duermes?--volvi a preguntar Ricardo.

--Ya te he dicho que no quiero dormirme... Me encuentro tan bien
despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Slo es
bueno dormir cuando se suean cosas lindas, y yo no las sueo casi
nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soando... Te veo de un
modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu
cabeza est baada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que
oscila la bveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de
lo profundo del mar... No cierres los ojos, por Dios, que me haces
sufrir!... Se me figura que ests muerto, y que me has dejado aqu sola.
No ves los mos qu abiertos estn? Nunca tuve menos deseos de dormir
que ahora. Oye; acerca un poco la cara. Sentiras mucho que el mar
fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?

Ricardo se estremeci levemente. Ech una mirada en torno y observ que
el agua empezaba a cerrar el istmo que una la pea a la costa. Los ojos
de Martita, cuando volvi el rostro hacia ella, brillaba con fuego
malicioso y singular.

--Vmonos, que ya estamos casi cercados de agua.

--Espera un poquito... tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir
muy bajo para que no se entere nadie... nadie ms que t... Ricardo, me
alegrara que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para
siempre... As estaramos eternamente en el fondo del agua, t sentado y
yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces s, me
dormira a ratos y t velaras mi sueo, no es verdad? Las olas
pasaran sobre nuestra cabeza y nos vendran a contar lo que suceda en
el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los
anzuelos vendran silenciosamente a visitarnos y nos permitiran pasar
la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredaran a nuestros
pies formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veramos al
travs del cristal del agua ms grande y ms hermoso, filtrando sus
rayos de mil colores por ella y deslumbrndonos con su esplendor... D,
no te gusta?

--Calla, Martita; ests delirando... Vmonos, que el agua sube.

--Espera un momento... Hace una hora que estamos aqu y el viento no ha
conseguido enfriarme las mejillas... tengo cada vez ms calor en ellas.
No importa... me encuentro bien... Quieres hacerme un favor?... Splame
en la cara a ver si me pasa esta sofocacin... As, as!... Qu amable
eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy simptico... Tienes el
genio un poco vivo... Oye; necesito pedirte perdn.

--De qu?

--De un susto que te he dado el otro da. Te acuerdas cuando hicimos
juntos un ramo de flores en el jardn?... Despus quisiste hacerme una
caricia y fu tan necia que lo llev a mal y me ech a llorar... Qu
sorpresa y qu disgusto habrs tenido!... Confieso que soy una tonta y
que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme
que no estaba enfadada contigo... Llor de sentimiento... sin saber por
qu... Qu motivo tena yo para llorar! T no queras hacerme ningn
dao... no queras ms que besarme las manos, verdad?

--Nada ms, hermosa.

--Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tmalas...

La nia extendi hacia arriba sus lindas manos que se agitaron en el
aire alegres y cndidas como dos palomitas recin salidas del nido.
Ricardo las bes con efusin repetidas veces.

--No basta eso--prosigui la nia riendo.--Antes me besabas en la cara
siempre que me encontrabas o te despedas... Por qu has dejado de
hacerlo? Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer... soy una nia
todava... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme...
Despus ya ser otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...

--Ahora dame uno en cada mejilla... An sigue el calor no es cierto?...
Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda... djame
sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el cabello
negro... ya lo s... pero eres muy amable y lo besars por darme
gusto...

Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le sealaba. Al fin se
detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas
suavemente el rostro de la nia. En los ojos de sta segua luciendo el
mismo fuego malicioso. Sintise levemente turbado y trat de fijar los
suyos en el mar, pero ella le dijo sonriendo:

--Si no te enfadases te pedira otro aqu--y seal a sus labios rojos y
hmedos.

El rostro del joven marqus se ti de carmn. Qued un instante
inmvil, y bajando al fin la cabeza uni sus labios a los de la nia con
prolongado beso.

Un fuerte soplo de viento haba despertado el Ocano cuando se preparaba
a dormir: agitse un instante en su inmenso lecho de arena, cual si
cambiase de postura, y dej escapar un sordo murmullo de disgusto. Las
olas tornaron a rodar a lo lejos hinchadas y azules: las de la playa
clamaron de nuevo con extraas voces. Apagronse las luces que ardan en
sus crestas y se desvaneci la esplendorosa ebullicin de los tesoros
submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes reflejos del
acero bruido.

Cuando Ricardo separ sus labios de los de la nia, lo primero que hizo
fu pasear una mirada inquieta por los contornos de la pea. Estaban ya
cercados por el agua. Levantse bruscamente y sin decir nada cogi a
Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una
cervatilla, y dando un prodigioso salto cay de bruces sobre la pea
vecina, lastimndose un poco en una mano. Marta qued ilesa y contempl
la herida del joven: despus, sacando su fino pauelo de batista, lo at
silenciosamente sobre ella y ech a andar con paso rpido. Ricardo la
sigui. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fu
haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corra. El joven
marqus senta vago malestar y una turbacin extraa que le impedan
apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el
agujero del tnel que conduca al bosquecillo de pinos, perdi
enteramente de vista a su amiga y hasta dej de escuchar el ruido de sus
botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva sumido en las
tinieblas, crey oir muy confusamente el eco de un sollozo y sinti an
ms oprimido su corazn. Despus de salir a la luz, empez a encontrarse
mejor.

Cuando llegaron a la casa supieron que se haban expedido ya varios
criados a buscarlos, pues haca rato que todo estaba dispuesto para el
regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las seoras que las
sorprendiese la noche en el mar. Recibironlos, pues, con muestras de
satisfaccin, y todo el mundo se apresur a acomodarse nuevamente en las
falas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como los
caballos enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.

Izronse las velas y dando largas bordadas para aprovechar el viento,
hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, haba
perdido los vivos colores de las mejillas.

El sol se acercaba cada vez con ms prisa al horizonte. Las seoras
vean con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo
miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las
lanchas hacan les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fu necesario
arriar las velas y caminar al remo en lnea recta. Nada tena esto de
particular, y es lo ms usual cuando no se tiene el viento por la popa;
pero he aqu que a Rosarito, la amiga de la seorita de Mory, se le mete
en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor nutico significa
peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la
imaginacin con todos los horrores de que suele venir rodeado en las
novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas
elevndose como montaas a los cielos, los gritos de los nufragos
mezclndose a los rugidos de la mar, etc., etc. Y sin poder evitarlo
empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su
boca exclamaciones de angustia y terror.

--Ay, Dios mo, vamos a perecer, vamos a parecer!

--No pasa nada; tranquilzate, Rosario.

--S, s, vamos a perecer... nos vamos a ahogar!... Dios mo, qu
muerte tan horrible!... Por qu habr venido yo a la Isla!... Qu dir
mi pap cuando sepa que no tiene hija!... Pap, pap del alma!...

Pero, nia, si no ocurre absolutamente nada!

--No me digas eso, por Dios! no estoy viendo que han bajado las velas?
Ay, qu muerte, qu muerte tan espantosa!... Morir sin confesin!...
Morir separada de mi pap!... Y luego quedar sepultada aqu en este
fondo tan negro... y ser comida por los peces... y por los cangrejos!...
Es horrible!...

Los esfuerzos de la seorita de Mory para calmar a su amiga eran
intiles. No contribuan poco a asustarla las voces de los marineros,
que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de
remo gritaban a un tiempo: Aaaguanta!... aaaguanta!... Cada vez que
sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un
grito de angustia; tanto que la vivaracha seorita de Mory, temiendo que
se pusiera mala, dijo a los marineros:

--Seores, hagan ustedes el favor de no decir aguanta, porque esta
seorita se asusta mucho.

Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lgrimas, exclam
inmediatamente:

--No, no; que digan _aguanta_, que digan _aguanta_!... Si no, vamos a
perecer ms pronto...

Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catstrofe no
llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tard en reirse, como
nia aturdida que era, de sus ridculos temores.

En la fala de Elorza se hablaba poco: D. Mariano y D. Mximo llevaban
demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una
conversacin animada. La seorita de Delgado, secundada por sus
hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y
cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqus de Pealta haba
cerrado los suyos y pareca dormido con la mano en la mejilla. Algunas
parejas cuchicheaban.

Qu pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar,
grave, inmvil y plida como una estatua? Qu negros fantasmas surgan
ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cndida frente
las profundas arrugas de que estaba surcada? Qu funestos secretos le
soplaba la brisa en el odo?

Oh! Ms fcil es descifrar el misterio de los rumores del Ocano y los
secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de
una nia!

El mar quera entregarse otra vez al sueo. Las crestas de sus olas ya
no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte
replegaba su lnea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las
serenas y abultadas ondas bajaban y suban, semejando la respiracin
perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable
sosiego y confianza, las iban dejando atrs las falas, avecinndose al
puerto. La costa festoneaba con lnea negra y ondulante la gran llanura
resplandeciente. All a lo lejos, en lo interior, columbrbanse las
cimas de las montaas, baadas de un transparente vapor violceo.

El pensamiento de Marta rompi la tupida nube que lo encerraba en un
pilago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un
sinnmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos
luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretvose
largo rato a contarlos recrendose en cada uno de ellos. Qu vivos y
qu hermosos ardan en su memoria! Qu luz tan suave derramaban sobre
los montonos y laboriosos das de su existencia! Estaban rodeados de
silencio y misterio; nadie los haba gustado, nadie los conoca siquiera
ms que ella; la misma mano que haba dejado caer en su corazn el
blsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia.
Este pensamiento la llenaba de ntimo gozo que haca asomar a sus labios
descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber por
qu, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron borrando y
perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su imaginacin
empez a dar vueltas como un pjaro aturdido dentro de esta idea triste
y desesperada donde no penetraba el ms delgado rayo de luz. Para qu
estaba ella en el mundo? La felicidad que haba venido a buscar estaba
ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla sin rencor y
sin envidia, porque la envidia en este caso constitua enorme pecado.
Y estaba segura de no caer en l a cada instante o, lo que es peor,
estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La escondida
playa de la isla le vino de pronto a la memoria con su arena de oro y
sus olas espumosas derramndose sobre ella. Un gran remordimiento, un
remordimiento vivo y cruel empez a entrar en su inocente corazn como
la hoja fina de un pual, producindole tal dolor que dej escapar un
grito ahogado que nadie escuch ms que ella misma. La confusin y el
vrtigo se apoderaron de su cabeza que arda como un volcn. Se llev la
mano a la frente y estaba fra como si fuese de mrmol. Esto la
sorprendi de un modo extraordinario, Tanto calor dentro y tanto fro
fuera!

El Ocano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol
iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas,
iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantstica
claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran ms graves y
profundos, de una melancola infinita. Aquella masa inconmensurable de
agua perda lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco
sembrado aqu y all de fugaces reflejos. El sosiego melanclico con que
el mar se despeda de la luz caus en Marta impresin profunda. Con la
cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extticos contemplaba los ms
leves matices que la luz iba despertando en ella y atenda a todos los
rumores que sonaban en lo profundo.

El sol se sumergi enteramente. El Ocano dej escapar un sollozo
inmenso, colosal. En este sollozo haba tal enternecimiento que Marta
crey sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpata y admiracin.
Nunca haba visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y
bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo
momentneo del gran atleta la conmovan hasta lo ntimo, infundan en su
espritu alborotado un ansia ardiente de paz. Quin le haba dicho que
el mar era terrible? Qu corazn pequeo le haba hablado de sus
crueles traiciones? Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los
fuertes siempre, y sus cleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su
fondo tranquilo vivan felices las perlas y los corales, las blancas
sirenas, los peces azules.

La fala, al oprimir su hmeda espalda, formaba entre proa y popa un
lecho ancho y cmodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a
dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por
el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...

--Jess!... Qu ha sido eso?

--Quin se ha cado al agua?

--Hija ma de mi alma! Marta!... Marta!... Dejadme... dejadme salvar
a mi hija!

--Ya est salvada, D. Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje
al agua.

--Ca! ca firme!--dijo la bronca voz del patrn.--Echa esa beta al
agua, Manuel... No asustarse, seores, que no es nada... Ciar ms!...
Basta... Agrrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado.

La confusin fu muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los
marineros se haban echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar
la corta distancia que la fala haba recorrido antes de que se diera el
grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergi, y a los pocos
segundos torn a aparecer con la nia entre los brazos. La fala ya
estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida
el carel de la lancha, vindose suspendido por una porcin de brazos que
los metieron dentro. D. Mariano, en los pocos momentos que esto dur,
forcejeaba con D. Mximo y otras personas, pugnando por arrojarse al
agua. Cuando vi a su hija en la embarcacin falt poco para que la
ahogase contra su pecho.

Martita se haba desmayado. Varias seoras se apresuraron a desatarle el
cors y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que haba
tragado. Despus la extendieron en uno de los asientos de popa, y
Ricardo, tomando un frasco de ter que D. Mximo haba trado, se lo
aplic a la nariz. No tard en abrir los ojos, y al ver el demudado
semblante del joven inclinado sobre ella sonri dulcemente, y le dijo de
modo que nadie lo oy ms que l:

--Gracias, seor marqus... No se estaba tan mal all abajo!

As que llegaron a El Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que
all estaban tomando baos, y se echaron encima la primer ropa que les
dieron. Despus emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle
con una hora de noche, cuando ya las respectivas familias empezaban a
inquietarse por su tardanza.




JOS


El pueblecito costero que sirve de escenario a esta novela fu para m
un paraso en los aos juveniles. All goc como en ninguna otra parte
de los encantos de la mar que era mi pasin en aquella poca. Nunca me
sent ms feliz que entonces. Aquellos bravos y sencillos pescadores me
acogieron con tanta cordialidad que despertaron en m el deseo de
compartir su vida y sus trabajos.

Durante un verano no fu ms que un pescador. Me levantaba del lecho
antes de la aurora como ellos, me vesta con la clsica blusa y la boina
y me lanzaba a la mar en uno de sus barquichuelos cuyos nombres y
propiedades conoca como si fuesen seres vivientes.

Horas de dicha aqullas que viv surcando la mar con los aparejos
tendidos para anzolar el bonito y la caballa o soltando la red para
aprisionar la sardina. Cuando el viento encalmaba nos recostbamos sobre
los bancos y yo escuchaba con deleite su inocente pltica. All conoc a
Jos, a Gaspar, a Bernardo: todos fueron mis amigos y nunca los he
tenido despus en la vida ms afectuosos. Al apretarme la mano cuando me
separ de ellos vi sus ojos entristecidos. Uno me dijo: "Qu lstima,
D. Armando, hubiera usted sido un buen marinero!"

Tena razn. Yo hubiera sido un buen marinero y tambin un buen aldeano.
Todo menos un buen diplomtico.

Al publicarse esta novela no s quin la hizo llegar a sus manos.
Vindose retratados se sintieron contentos y orgullosos. Llevaban mi
libro a la mar y all tendidos sobre los paneles en las horas de calma
uno lea en voz alta y los otros escuchaban.

Y despus venan los interminables comentarios. Todo lo queran
descifrar:--"Este es Fulano, esta doa Zutana.--Yo fu quien puse la
piedra en el anzuelo para engaarte.--A ti fu a quien tir el golpe de
mar cuando fuste a desarbolar del medio..."

Muchos aos han transcurrido desde entonces. En medio de las miserias y
resquemores de la vida cortesana mi pensamiento ha volado ms de cien
veces hacia aquellos nobles y valerosos amigos y he comprendido por qu
nuestro buen Jess ha buscado sus discpulos ms amados entre humildes
pescadores.




LA DESESPERACIN DE UN HIDALGO


     Don Fernando, segundn de la casa de Meira, nunca fu rico.
     Ultimamente haba llegado a la indigencia. Sus nfulas
     aristocrticas no por eso disminuan. Cuanto ms pobre ms
     orgulloso se hallaba de su prosapia. Era una mana, casi una
     locura. En el pueblecillo de Rodillero se le miraba por los
     pescadores con una mezcla de respeto, de compasin y de burla. Uno
     de estos pescadores, Jos, tena relaciones amorosas con Elisa hija
     de la se Isabel, fabricante de escabeche. Jos era pobre. La se
     Isabel se opona furiosamente a estos amores. Don Fernando, con
     orgullo quijotesco, los protega. Acosado por el hambre, el
     desgraciado hidalgo se haba visto precisado a vender lo ltimo que
     le quedaba, su viejo y desmantelado palaciote. Con generosidad
     caballeresca ofreci una parte de la exigua cantidad que por l le
     haban dado a Jos para que comprando una lancha pudiera casarse.

Pocos das despus, don Fernando de Meira se person en casa de Jos,
muy temprano, cuando ste an no haba salido a la mar.

--Jos, necesito hablar contigo a solas. Ven a dar una vuelta conmigo.

El marinero pens que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta
entonces jams se lo haba pedido directamente. Cuando el hambre ms le
apuraba, sola llegarse a l, diciendo:

--Jos, a Sinforosa se le ha concludo el pan, y no quisiera tomrselo
a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...

Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese
muy apurado. De otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a
pedir nada. No obstante, Jos lo pens as, porque no era fcil pensar
otra cosa. Y tomando el puado de cuartos que tena y metindolos en el
bolsillo, se ech a la calle en compaa del anciano.

Guile don Fernando fuera del pueblo. Cuando estuvieron a alguna
distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompi el silencio
diciendo:

--Vamos a ver, Jos, t debes de andar algo apuradico de dinero,
verdad?

Jos pens que se confirmaba lo que haba imaginado; pero le sorprendi
un poco el tono de proteccin con que el hidalgo le haca aquella
pregunta.

--Ps..., as, as, don Fernando. No estoy muy sobrado...; pero, en fin,
mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de
pan.

--Un pedazo de pan es poco... No slo de pan vive el hombre--manifest
el seor de Meira sentenciosamente. Y despus de caminar algunos
instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarndose con el
marinero le pregunt:

--T te casaras de buena gana con Elisa, verdad?

Jos qued sorprendido y confuso.

--Yo?... Con Elisa no tengo nada ya... Todo el mundo lo sabe...

--Pues sabe una gran mentira, porque ests en amores con Elisa; me
consta--afirm el caballero resueltamente.

Jos le mir asustado, y empezaba a balbucir ya otra negacin cuando don
Fernando le ataj diciendo:

--No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casaras
gustoso.

--Ya lo creo!--murmur entonces el marinero bajando la cabeza.

--Pues te casars--dijo el seor de Meira ahuecando la voz todo lo
posible y extendiendo las manos hacia adelante.

Jos levant la cabeza vivamente y le mir, pensando que se haba vuelto
loco. Despus, bajndola de nuevo, dijo:

--Eso es imposible, don Fernando... No pensemos en ello.

--Para la casa de Meira no hay nada imposible--respondi el caballero
con mucha mayor solemnidad.

Jos sacudi la cabeza, atrevindose a dudar del podero de aquella
ilustre casa.

--Nada hay imposible--volvi a decir don Fernando lanzndole una mirada
altiva, propia de un guerrero de la reconquista.

Jos sonri con disimulo.

--Atiende un poco--sigui el caballero.--En el siglo pasado, un abuelo
mo, don Alvaro de Meira, era corregidor de Oviedo. Haba all una casa
perteneciente al clero que estorbaba mucho en la va pblica, y el
corregidor se propuso echarla abajo. Tropez en seguida con la oposicin
del obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningn
modo lo intentase, so pena de excomunin. Pero el corregidor, sin hacer
caso de amenazas, cierto da manda a ella una cuadrilla de albailes y
comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al obispo, albortase su
ilustrsima, convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a
todo el que se atreva a tocar en ella. Mi bisabuelo lo supo, y qu hace
entonces? Va y manda a all al verdugo a leer un pregn en que se impone
la pena de cien azotes a todo albail que se baje del tejado... Ni uno
solo se baj, muchacho!... Y la casa vino al suelo.

Don Fernando, con un movimiento enrgico de la mano, derrib de golpe el
edificio clerical. Jos pareci enteramente insensible a esta proeza de
los Meiras. Segua cabizbajo y triste, considerando tal vez que era
lstima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los
seores de Meira, en cuyo caso no sera imposible que pidiese unos
cuantos para la sea Isabel.

--Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja--sigui el
hidalgo,--hay que temblar!... Toma--aadi sacando del bolsillo un
paquetito y ofrecindoselo.--Ah tienes, diez mil reales. Cmprate una
lancha, y deja lo dems de mi cuenta.

El marinero qued pasmado, y no se atrevi a alargar la mano pensando
que aquello era una locura del seor de Meira, a quien ya muchos no
suponan en su cabal juicio.

--Toma, te digo. Cmprate una lancha... y a trabajar.

Jos tom el paquete, lo desenvolvi y qued an ms absorto al ver que
eran monedas de oro. Don Fernando, sonriendo orgullosamente, continu:

--Vamos a otra cosa ahora. Dime: cuntos aos tiene Elisa?

--Veinte.

--Los ha cumplido ya?

--No seor; me parece que los cumple el mes que viene.

--Perfectamente. El mes que viene te dir lo que has de hacer. Mientras
tanto, procura que nadie se entere de tus amores... Mucho sigilo y mucha
prudencia.

Don Fernando hablaba con tal autoridad y arqueaba las cejas tan
extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consigui
infundir respeto al marinero. Casi lleg a creer en el misterioso poder
de la casa de Meira.

--A otra cosa... T puedes disponer de la lancha esta noche?

--Qu lancha?, la de mi patrn?

--S.

--Para ir adnde?

--Para dar un paseo.

--Si no es ms que para eso...

--Pues a las doce de la noche psate por mi casa dispuesto a salir a la
mar. Necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrs.... Ahora
vulvete a casa y comienza a gestionar la compra de la lancha. V a
Sarri por ella, o constryela aqu; como mejor te parezca.

Confuso y en grado sumo perplejo se apart nuestro pescador del seor de
Meira. Todo se volva cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa de
qu modo habra llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo. Se
propuso no hacer uso de l en tanto que no lo averiguase.

Los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas
cortsimo tiempo. No se pasaron dos horas sin que supiese que don
Fernando haba vendido su casa el da anterior a don Anacleto, el cual
la quera para hacer de ella una fbrica de escabeche, no para otra
cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El seor de Meira la tena
hipotecada ya haca algn tiempo a un comerciante de Peascosa en nueve
mil reales. Don Anacleto pag esta cantidad y le di adems otros
catorce mil. En vista de esto, Jos se determin a devolver los cuartos
al generoso caballero tan pronto como le viese. Le pareci indecoroso
aceptar, aunque fuese en calidad de prstamo, un dinero de que tan
necesitado estaba su dueo.

Todava le segua preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de
la noche, y aguardaba con impaciencia la hora para ver lo que era. Un
poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales enderez
los pasos hacia el palacio de Meira. Llam con un golpe a la carcomida
puerta, y no tard mucho el propio don Fernando en abrirle.

--Puntual eres, Jos. Tienes la lancha a flote?

--Debe de estar, s seor.

--Pues bien; ven aqu y aydame a llevar a ella esto.

Don Fernando le seal a la luz de un candil un bulto que descansaba en
el zagun de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con
cordeles.

--Es muy pesado, te lo advierto.

Efectivamente, al tratar de moverlo se vi que era casi imposible
llevarlo al hombro. Jos pens que era una caja de hierro.

--En hombros no podemos llevarlo, don Fernando. No ser mejor que lo
arrastremos poco a poco hasta la ribera?

--Como a ti te parezca.

Arrastrronlo, en efecto, fuera de la casa. Apag don Fernando el
candil, cerr la puerta, y dndole vueltas, no con poco trabajo, lo
llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El seor de
Meira iba taciturno y melanclico, sin despegar los labios. Jos le
segua el humor; pero senta al propio tiempo bastante curiosidad por
averiguar lo que aquella pesadsima caja contena.

Fu necesario colocar dos mstiles desde el suelo a la lancha, y gracias
a ellos hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron despus,
y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras
embarcaciones.

La noche era de luna, clara y hermosa. El mar, tranquilo y dormido como
un lago. El ambiente, tibio como en esto. Jos empu dos remos, contra
la voluntad del hidalgo, que pretenda tomar uno, y apoyndolos
suavemente en el agua, se alej de la tierra.

El seor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como
haba salido de casa. Jos, tirando acompasadamente de los remos, le
observaba con inters. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero,
despus de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.

--Basta, Jos.

El marinero solt los remos.

--Aydame a echar este bulto al agua.

Jos acudi a ayudarle; pero deseoso, cada vez ms de descubrir aquel
extrao misterio, se atrevi a preguntar sonriendo:

--Supongo que no ser dinero lo que usted eche al agua, don Fernando?

Este, que se hallaba en cuclillas preparndose a levantar el bulto,
suspendi de pronto la operacin, se puso en pie y dijo:

--No; no es dinero... Es algo que vale ms que el dinero... Me olvidaba
de que t tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el
favor de acompaarme.

--No se lo deca por eso, don Fernando. A m no me importa nada lo que
hay ah dentro.

--Destalo.

--De ningn modo, don Fernando. Yo no quiero que usted piense...

--Destalo, te digo!--repiti el seor de Meira en un tono que no daba
lugar a rplica.

Obedeci Jos, y despus de separar la mltiple envoltura de lona que le
cubra, descubri, al cabo, el objeto no era otra cosa que un trozo de
piedra toscamente labrado.

--Qu es esto?--pregunt con asombro.

Don Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, respondi:

--El escudo de la casa de Meira.

Hubo despus un silencio embarazoso. Jos no sala de su asombro y
miraba de hito en hito al caballero, esperando alguna explicacin; pero
ste no se apresuraba a drsela. Con los brazos cruzados sobre el pecho
y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestaear la piedra
que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja
y temblorosa:

--He vendido mi casa a don Anacleto..., porque un da u otro yo morir,
y qu importa que pare en manos extraas antes o despus?... Pero se la
vend bajo condicin de arrancar de ella el escudo.., Hace unos cuantos
das que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared... Al
fin lo he conseguido...

Como don Fernando se callase despus de pronunciar estas palabras, Jos
se crey en el caso de preguntarle:

--Y por qu lo echa usted al agua?

El anciano caballero le mir con ojos de indignacin.

--Zambombo! Quieres que el escudo de la gran casa de Meira est sobre
una fbrica de escabeche?

Y aplacndose de pronto, aadi:

--Mira esas armas... Repralas bien... Desde el siglo XV estn colocadas
sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque
segn se ha ido enlazando con otras casas fu necesario mudarla y poner
en el escudo nuevos cuarteles, pero otra parecida). En el siglo pasado
qued definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los
Mirandas... Son cinco cuarteles. El del centro es el de los Meiras: est
colocado en lo que se llama en herldica _punto de honor_... Sus armas
son: azur y banda de plata, con dragones de oro; bordura de plata y ocho
arminios de sable... T dirs--aadi don Fernando con sonrisa
protectora--: dnde estn esos colores?... Es muy natural que lo
preguntes, no teniendo nociones de herldica... Los colores en la piedra
se representan por medio de signos convencionales. El oro, mralo aqu
en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril;
la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales;
los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc...; es muy largo de
explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas. Aqu est
su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres
arcos, por los cuales corre un caudaloso ro; y una torre de oro
levantada en medio de la puente; bordadura de plata y ocho cruces llanas
de azur... Despus se unieron a los Carrascos. Y aqu tienes a la
izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata
y un len rampante de sable; la segunda de oro y un rbol terrazado y
copado, con un pjaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al
pie del tronco... Ni el pjaro ni el perro se notan bien, porque los ha
destruido la intemperie...; pero aqu estn... Ms tarde se unieron a
los Angulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en
sautor... Tampoco se notan bien los cuervos... Por ltimo, se unieron a
los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo,
sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas,
acompaado de seis roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y
uno en la punta... Todo el escudo, como ves, est coronado por un casco
de acero bruido de cinco rejas.

Nada entendi el marinero del discurso del seor de Meira. Mirbale de
hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.

--De la casa de Meira--sigui don Fernando con voz enftica--han salido
en todas las pocas hijos muy esclarecidos, hombres muy calificados...
Demasiado sabrs t que en el siglo XV don Pedro de Meira fu comendador
de Villaplana, en la orden de Santiago, y que don Francisco fu jurado
en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro. Tambin sabrs que otro
hijo de la misma familia fu presidente del Consejo de Italia: se
llamaba don Rodrigo. Otro, llamado don Diego, fu oidor de la real
Audiencia de la ciudad de Mjico y despus presidente de la de
Guadalajara. En el siglo pasado, don Alvaro de Meira fu regidor de
Oviedo y fund en Sarri una colegiata y un colegio de primeras letras y
latinidad; bien lo sabrs.

Jos no saba absolutamente nada de todo aquella; pero asenta con la
cabeza para complacer al desgraciado caballero. Este qued
repentinamente silencioso, y as estuvo buen rato, hasta que comenz a
decir, bajando mucho la voz y con acento triste:

--Mi hermano mayor, Pepe, fu un perdido..., bien lo sabrs...

En efecto, era lo nico que Jos saba de la familia de Meira.

--Le arruin una bailarina... Los pocos bienes que a m me haban tocado
me los llev amenazndome con casarse con ella si no se los ceda... Yo,
para salvar el honor de la casa, los ced... No te parece que hice
bien?

Jos asinti otra vez.

--Desde entonces, Jos, cunto he sufrido!..., cunto he sufrido!

El hidalgo se pas la mano por la frente con abatimiento.

--La gran casa de Meira muere conmigo... Pero no morir deshonrada,
Jos; te lo juro!

Despus de hacer este juramento, qued de nuevo silencioso en actitud
melanclica. El mar segua meciendo la lancha. La luna rielaba su plida
luz en el agua.

Al cabo de un largo espacio, don Fernando sali de su meditacin, y
volviendo sus ojos rasados de lgrimas hacia Jos, que le contemplaba
con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

--Vamos all... Suspende por ese lado la piedra: yo tendr por ste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Despus don Fernando
la di un fuerte empujn. El escudo de la casa de Meira rompi el haz
del agua con estrpito y se hundi en sus senos obscuros. Las gotas
amargas que salpic baaron el rostro del anciano, confundindose con
las lgrimas no menos amargas que en aquel instante verta.

Quedse algunos instantes inmvil, con el cuerpo doblado sobre el carel,
mirando al sitio por donde la piedra haba desaparecido. Levantndose
despus, dijo sordamente:

--Boga para tierra, Jos.

Y fu a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenz a mover los remos sin decir palabra. Aunque no
comprenda el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los dems
vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar senta
profunda lstima; no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el
propsito de devolverle el dinero no se apartaba de su cabeza. Vea
claramente que tal favor, en las circunstancias en que se hallaba don
Fernando, era una verdadera locura. Le bulla el deseo de acometer el
asunto, pero no saba de qu manera comenzar. Tres o cuatro veces tuvo
la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retir por no
parecerle adecuada. Finalmente, vindose ya cerca de tierra, no hall
traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del
bolsillo y presentrselos al caballero, diciendo algo avergonzado:

--Don Fernando..., usted, por lo que veo, no est muy sobrado de
dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por m, pero no debo
tomar esos cuartos hacindole falta...

Don Fernando, con ademn descompuesto y soltando chispas de indignacin
por los ojos, le interrumpi gritando:

--Pendejo! Zambombo! Despus que te hice el honor de confesarte mi
ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua.

Jos comprendi que no haba ms remedio que guardarlo otra vez. Y as
lo hizo despus de pedirle perdn por el supuesto insulto. Form
intencin, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y
devolvrselo en la primera ocasin favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.




AGUAS FUERTES




LLOVIENDO


Cuando sal de casa recib la desagradable sorpresa de ver que estaba
lloviendo. Haba dejado al sol pavonendose en el azul del cielo,
envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... Quin
haba de sospechar!...

En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extraas; la
duda se aloj en mi espritu atormentado. Subira por el paraguas? En
aquella sazn mi paraguas ocupaba una de las ms altas posiciones de
Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero.
Arranqumosle la careta: era un piso quinto.

Las escaleras me fatigan casi tan o como los dramas histricos. A veces
prefiero escuchar una produccin de Catalina o Snchez de Castro, con
reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una
de estas ocasiones. La verdad es que llova sin gran aparato, pero de un
modo respetable. Los transentes pasaban ligeros por delante de m, bien
guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no lo llevaba, vino a
buscar techo a mi lado. Todava aguard unos instantes presa de
horrible incertidumbre. D algunos paseos en el portal y ech todos los
clculos que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones.
De un lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de
la escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estaran
ya reunidos en el caf despellejando a alguno, tal vez a m! Adems, el
caf, segn los datos que me ha suministrado una persona muy versada en
estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello),
inmediatamente despus de las comidas. Al fin adopt una resolucin
violentsima. Me remangu los pantalones y sal a la calle.

Pues qu! Yo que he aguantado sin pestaear noches enteras todas las
leyendas de la Edad Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos
lricos de su misma familia han dejado caer desde la tribuna del Ateneo,
flaqueara ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis das. Si
la faz no ha empalidecido, si el corazn no ha temblado ante ningn
poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las alteraciones
atmosfricas no prevalecern contra mi herosmo.

En esta admirable disposicin de espritu atraves casi toda la calle
del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipcrita: declaro que fu todo
el tiempo pegado a las casas, con lo cual evit que me cayese una
tercera parte de agua de la que por clasificacin me corresponda. Antes
de llegar a la Puerta del Sol ech una mirada al cielo, mirada
escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada
di por resultado adems el que tropezase con un guardia municipal, que
me pregunt con severidad dnde tena los ojos. Yo, lleno de respeto y
sumisin hacia el poder ejecutivo, le contest, procurando ablandar su
corazn con una sonrisa--: Donde usted guste--. La verdad es que estuve
demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera,
pero la idea de la Prevencin ejerce tal ascendiente sobre m!... Me
content con volverme y echarle una mirada terrible, que cay sobre su
capote de hule y resbal por encima como el agua resbalaba en aquel
instante.

Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,
para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,
gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy
poca gente. Algunos carruajes, cuyos aurigas parecan envoltorios de
pao pardo; algunas mujeres remangando, con la coquetera que permitan
las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies
fantsticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo
me preocupaba ms de mis pantorrillas que de las ajenas, como era,
despus de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las
narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba
salvar apelando a mis recuerdos gimnsticos.

Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendindome sus redes en
silencio y asegurando sus pasos con cautela, fu penetrando en mi
corazn el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle
del Arenal y la del Carmen, casi se enseore de l por completo.
Sombras perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las
articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron
ante mi vista. Y con la visin intensa y terrible del alucinado, me vi
metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.

Y tembl. Y ech una cobarde mirada en torno buscando un _simn_ vaco.
Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero an quedaban los portales.
Ah, los portales! Los portales me parecan un recurso de mala ley,
indigno de ser tomado en consideracin por el momento. Para estar metido
en un portal viendo caer la lluvia, ms vala haberse quedado en casa.
Adems, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesin,
aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. Quin va a
exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!

Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar
por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las
ideas del hombre se van modificando insensiblemente al travs de la
existencia. Las convicciones ms profundas se desarraigan de nuestro
espritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva,
y el entusiasmo se enfra y se calienta incesantemente durante nuestra
peregrinacin por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el
corazn, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos
partido muchos para recorrer los campos de la poltica. A los pocos
pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han
solicitado, ms all otro, ms all otro: al poco tiempo la caravana se
ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde ms le conviene. Esta
es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su
experiencia, y es que cuando llueve, todo el mundo se cobija.

Yo tambin claudiqu en aquella ocasin refugindome en un portal,
aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografa. Las
paredes estaban cubiertas de retratos: seoras bonitas, haciendo
resaltar sus gracias con actitudes lnguidas, dirigiendo una sonrisa
insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a
contemplarlas; varones con los ojos extticos, en muda y eterna
admiracin de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban
disfrazados. Haba uno vestido de fraile haciendo oracin entre las
malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que
era un muchacho de la nobleza que haba renunciado al mundo por
desengaos de amor. Bien se le conoca al pobre, a pesar de su
vestimenta eremtica, que haba tirado muchos tiros al pichn. Haba
otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada
como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta
jurisprudencia. Tena un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizs
para el caso de que se inutilizase el primero.

Segua cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa,
aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los
edificios de la Puerta del Sol, desahogndose un poco de su peso;
cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendra un claro
que permitiera escaparse. Los poqusimos carruajes que pasaban vacos
eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales,
quedndose con ellos, como sucede en todo lo dems, los ms osados.

Al fin, en cierto paraje del espacio se divis un agujerito azul. Por
aquel agujerito pas tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol
empapado todava en agua, que fu a chocar en los cristales de los
balcones ms altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divis otro,
algo ms all, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa
raya, azul tambin. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empez
a funcionar una manga de riego. Por qu salen a relucir las mangas de
riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay ms misterios en el
cielo y en el Municipio de los que puede soar la filosofa.

El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caa
como un esplndido penacho sobre la calle. El empleado municipal lo
sacuda sin curarse de su belleza, hacindole servir a los fines de la
polica urbana; mas el chorro sala altivo y alegre de la manga y se
esparca en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en
lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que produca al azotar el
pavimento era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el
primero para no dar armas a los frenpatas del Ateneo) fuimos los nicos
que supimos apreciar su hermosura. El perro, ms exaltado o con menos
miedo al ridculo, se lanz a la calle expresando su entusiasmo por
medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parndose bajo el chorro y
dejndose baar, ahora brincando sobre l, ahora dando un milln de
volteretas y haciendo cmicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar
el frenes de su entusiasmo en ladridos ms o menos correctos e
inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que haba
ms sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas
del ro Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasa.

La lluvia no cesaba. Con todo, se fu debilitando de tal modo, que ni
para la salud ni para el sombrero haba gran peligro en salir y llegar a
Fornos. As quise realizarlo, y desde luego me fu pegadito a los
edificios, observando cmo rpidamente el cielo se despejaba y la lluvia
se enrareca. Todava continuaba mucha gente en los portales. Al llegar
al del Ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi
camino, y una manecita blanca y hermosa trat de averiguar si an
llova. Era una mano fina, correcta, aristocrtica, con graciosas y
leves rayas azules; adems, an no estaba ajada, a juzgar por su color
sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus
movimientos resueltos; la mueca estaba aprisionada por un sencillo
brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien,
qu hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos
dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es
cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera
una mirada a su dueo. Detrs de m o gran algazara y muchas carcajadas
femeninas, por lo cual comprend que se me perdonaba de buen grado la
audacia. Llegu al caf sano y salvo y de un humor excelente. Pero
estuve un poco inquieto toda la tarde. Los nervios, sin duda, los
nervios!




POLIFEMO


El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que
gastaba levita larga, pantaln de cuadros y sombrero de copa de alas
anchurosas, reviradas. Estatura gigantesca, paso rgido, imponente,
enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazn de bronce. Pero an ms
que esto, infunda pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de
su ojo nico. El coronel era tuerto. En la guerra de Africa haba dado
muerte a muchsimos moros, y se haba gozado en arrancarles las entraas
an palpitantes. Esto creamos al menos ciegamente todos los chicos que
al salir de la escuela bamos a jugar al parque de San Francisco, en la
muy noble y heroica ciudad de Oviedo.

Por all paseaba tambin metdicamente, los das claros, de doce a dos
de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrbamos entre
los rboles su arrogante figura, que infunda espanto en nuestros
infantiles corazones; y cuando no, escuchbamos su voz fragorosa,
resonando entre el follaje como un torrente que se despea.

El coronel era sordo tambin, y no poda hablar sino a gritos.

--Voy a comunicarle a usted un secreto--deca a cualquiera que le
acompaase en el paseo--. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el
chico de Navarrete.

Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en
redondo.

Paseaba generalmente solo; pero cuando algn amigo se acercaba,
hallbale propicio. Quiz aceptase de buen grado la compaa por tener
ocasin de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo
cierto es que cuando tena interlocutor, el parque de San Francisco se
estremeca. No era ya un paseo pblico; entraba en los dominios
exclusivos del coronel. El gorjeo de los pjaros, el susurro del viento
y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oa ms que el
grito imperativo, autoritario, severo del guerrero de Africa. De tal
modo, que el clrigo que le acompaaba (a tal hora, slo algunos
clrigos acostumbraban a pasear por el parque), pareca estar all
nicamente para abrir, ahora uno, despus otro, todos los registros que
la voz del coronel posea. Cuntas veces, oyendo aquellos gritos
terribles, fragorosos, viendo su ademn airado y su ojo encendido,
pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que haba
tenido la imprevisin de acercarse a l!

Este hombre pavoroso tena un sobrino de ocho o diez aos, como
nosotros. Desdichado! No podamos verle en el paseo sin sentir hacia
l compasin infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras
introducir un cordero en la jaula del len. Tal impresin me produjo,
como la de Gasparito Toledano paseando con su to. No entendamos cmo
aquel infeliz muchacho poda conservar el apetito y desempear
regularmente sus funciones vitales, cmo no enfermaba del corazn o
mora consumido por una fiebre lenta. Si transcurran algunos das sin
que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones.
"Se lo habr merendado ya?". Y cuando al cabo le hallbamos sano y
salvo en cualquier sitio, experimentbamos a la par sorpresa y consuelo.
Pero estbamos seguros de que un da u otro concluira por ser vctima
de algn capricho sanguinario de Polifemo.

Lo raro del caso era que Gasparito no ofreca en su rostro vivaracho
aquellos signos de terror y abatimiento que deban de ser los nicos en
l impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una
alegra cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su to
marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces,
otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta a
hacernos muecas a espaldas de l. Nos causaba el mismo efecto angustioso
que si le visemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral.
"Gaspaar!" El aire vibraba y transmita aquel bramido a los confines
del paseo. A nadie de los que all estbamos nos quedaba el color
entero. Slo Gasparito atenda como si le llamara una sirena. "Qu
quiere usted, to?" y vena hacia l ejecutando algn paso complicado de
baile.

Adems de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que deba
vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo pareca. Era un hermoso
dans, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que responda por el
nombre de Muley, en recuerdo sin duda de algn moro infeliz sacrificado
por su amo. El Muley, como Gasparito, viva en poder de Polifemo lo
mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetn, campechano,
incapaz de falsa, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo
y ms tratable de cuantos he conocido en mi vida.

Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuvisemos
prendados de l. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el
coronel lo advirtiese, nos disputbamos el honor de regalarle con pan,
bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mams nos daban para
merendar. El nos ofreca muestras inequvocas de simpata y
reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qu punto eran nobles y
desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva
de ejemplo perdurable a perros y hombres, dir que no mostraba ms
afecto a quien ms le regalaba. Sola jugar con nosotros algunas veces
(en provincias y en aquel tiempo entre los nios no existan clases
sociales) un pobrecito hospiciano, llamado Andrs, que nada poda darle,
porque nada tena. Pues bien, las preferencias de Muley estaban por l.
Los rabotazos ms vivos, las carocas ms subidas y vehementes a l se
consagraban, en menoscabo de los dems. Qu ejemplo para cualquier
diputado de la mayora!

Adivinaba el Muley que aquel nio desvalido, siempre silencioso y
triste, necesitaba ms de su cario que nosotros? Lo ignoro; pero as
pareca.

Por su parte, Andresito haba llegado a concebir una verdadera pasin
por este animal. Cuando nos hallbamos jugando en lo ms alto del parque
al marro o a las chapas, y se presentaba por all de improviso el Muley,
ya se saba, llamaba aparte a Andresito, y se entretena con l largo
rato, como si tuviese que comunicarle algn secreto. La silueta colosal
de Polifemo se columbraba all entre los rboles.

Pero estas entrevistas rpidas y llenas de zozobra fueron sabindole a
poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la
presencia de su dolo largo rato y a solas.

Por eso, una tarde, con osada increble, se llev a presencia nuestra
el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no
volvi hasta el cabo de una hora. Vena radiante de dicha. El Muley
pareca tambin satisfechsimo. Por fortuna, el coronel an no se haba
ido del paseo ni advirti la desertacin de su perro.

Repitironse una tarde y otras tales escapatorias. La amistad de
Andresito y Muley se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en
dar su vida por el Muley. Si la ocasin se presentase, seguro estoy de
que ste no sera menos.

Pero an no estaba contento el hospiciano. En su mente germin la idea
de llevarse el Muley a dormir con l a la Inclusa. Como ayudante que era
del cocinero, dorma en uno de los corredores al lado del cuarto de ste
en un jergn fementido de hoja de maz. Una tarde condujo al perro al
Hospicio y no volvi. Qu noche deliciosa para el desgraciado! No haba
sentido en su vida otras caricias que las del Muley. Los maestros
primero, el cocinero despus, le haban hablado siempre con el ltigo en
la mano. Durmieron abrazados como dos novios. All al amanecer, el nio
sinti el escozor de un palo que el cocinero le haba dado en la espalda
la tarde anterior. Se despoj de la camisa:

--Mira, Muley--dijo en voz baja mostrndole el cardenal.

El perro, ms compasivo que el hombre, lami su carne amoratada.

Luego que abrieron las puertas, lo solt. El Muley corri a casa de su
dueo; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a
Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche y la siguiente, y la
otra tambin. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz
al borde de una sima.

Una tarde, hallndose todos en apretado grupo jugando a los botones,
omos detrs dos formidables estampidos.

--Alto! Alto!

Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a
nosotros se alzaba la talla ciclpea del coronel Toledano.

--Quin de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las
noches, vamos a ver?

Silencio sepulcral en la asamblea. El terror nos tiene clavados,
rgidos, como si furamos de palo.

Otra vez son la trompeta del juicio final.

--Quin es el secuestrador? Quin es el bandido? Quin es el
miserable?...

El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El Muley,
que le acompaaba, nos miraba tambin con los suyos, leales, inocentes,
y mova el rabo vertiginosamente en seal de inquietud.

Entonces Andresito, ms plido que la cera, adelant un paso, y dijo:

--No culpe a nadie, seor. Yo he sido.

--Cmo?

--Que he sido yo--repiti el chico en voz ms alta.

--Hola! Has sido t!--dijo el coronel sonriendo ferozmente--. Y t no
sabes a quin pertenece este perro?

Andresito permaneci mudo.

--No sabes de quin es?--volvi a preguntar a grandes gritos.

--S, seor.

--Cmo?... Habla ms alto.

Y se pona la mano en la oreja para reforzar su pabelln.

--Que s seor.

--De quin es, vamos a ver?

--Del seor Polifemo.

Cerr los ojos. Creo que mis compaeros debieron hacer otro tanto.
Cuando los abr, pens que Andresillo estara ya borrado del libro de
los vivos. No fu as, por fortuna. El coronel le miraba fijamente, con
ms curiosidad que clera.

--Y por qu te lo llevas?

--Porque es mi amigo y me quiere--dijo el nio con voz firme.

El coronel volvi a mirarle fijamente.

--Est bien--dijo al cabo--. Pues cuidado con que otra vez te lo
lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.

Y gir majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso, se
llev la mano al chaleco, sac una moneda de medio duro, y dijo
volvindose:

--Toma, gurdatelo para dulces. Pero cuidado con que vuelvas a
secuestrar el perro! Cuidado!

Y se alej. A los cuatro o cinco pasos ocurrisele volver la cabeza.
Andresito haba dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapndose
la cara con las manos. El coronel se volvi rpidamente.

--Ests llorando? Por qu? No llores, hijo mo.

--Porque le quiero mucho... porque es el nico que me quiere en el
mundo--gimi Andrs.

--Pues de quin eres hijo?--pregunt el coronel sorprendido.

--Soy de la Inclusa.

--Cmo?--grit Polifemo.

--Soy hospiciano.

Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzse al nio, le separ las
manos de la cara, le enjug las lgrimas con su pauelo, le abraz, le
bes, repitiendo con agitacin:

--Perdona, hijo mo, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho...
Llvate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que
quieras, sabes?... Todo el tiempo que quieras...

Y despus que le hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con
un registro de voz que nosotros no sospechbamos en l, se fu de nuevo
al paseo, volvindose repetidas veces para gritarle:

--Puedes llevrtelo cuando quieras, sabes, hijo mo?... Cuando
quieras...

Dios me perdone; pero jurara haber visto una lgrima en el ojo
sangriento de Polifemo.

Andresillo se alejaba corriendo, seguido de su amigo, que ladraba de
gozo.




LOS PURITANOS


Era un caballero fino, distinguido, de fisonoma ingenua y simptica. No
tena motivo para negarme a recibirle en mi habitacin algunos das. El
dueo de la fonda me lo present como un antiguo husped a quien deba
muchas atenciones. Si me negaba a compartir con l mi cuarto, se vera
en la precisin de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual
senta extremadamente.

--Pues si no ha de estar en Madrid ms que unos cuantos das, y no tiene
horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en
que usted le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... sin
ejemplar!

--Descuide usted, seorito, no volver a molestarle con estas embajadas.
Lo hago nicamente porque D. Ramn no vaya a parar a otra casa. Crea
usted que es una buena persona, un santo, y que no le incomodar poco ni
mucho.

Y as fu la verdad. En los quince das que don Ramn estuvo en Madrid
no tuve razn para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fnix de
los compaeros de cuarto. Si volva a casa ms tarde que yo, entraba y
se acostaba con tal cautela, que nunca me despert. Si se retiraba ms
temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de
hacer ruido. Por las maanas nunca se despertaba hasta que me oa toser
o moverme en la cama. Viva cerca de Valencia, en una casa de campo, y
slo vena a Madrid cuando algn asunto lo exiga: en esta ocasin era
para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A
pesar de que este hijo tena la misma edad que yo, D. Ramn no pasaba de
los cincuenta aos, lo cual haca presumir, como as era en efecto, que
se haba casado bastante joven.

Y no deba de ser feo, ni mucho menos, en aquella poca. An ahora con
su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos
animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sera aceptado por muchas
mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.

Tena, lo mismo que yo, la mana de cantar o canturriar al tiempo de
lavarse. Pero observ al cabo de pocos das que, aunque tomaba y soltaba
con indiferencia distintos trozos de pera y zarzuela deshacindolos y
pulverizndolos entre resoplidos y gruidos, el pasaje que con ms ardor
acometa y ms a menudo, era uno de _Los Puritanos_: me parece que
perteneca al aria de bartono en el primer acto. D. Ramn no saba la
letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la
supiera. Empezaba siempre:

      Il sogno beato
    de pace e contento
    ti, ro, ri, ra, ri, ro,
    ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decan:

      La dolce memoria
    de un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.

--Hola! D. Ramn--le dije un da desde la cama--, parece que le gusta a
usted _Los Puritanos_.

--Muchsimo: es una de las peras que ms me gustan. Dara cualquier
cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. Qu dulzura
hay en ella! Qu inspiracin! Estas son peras y sta es msica.
Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algaraba alemana que
slo sirve para hacer dormir!... A m me gustan con pasin todas las
peras de Bellini: _El Pirata_, _Sonmbula_, _Norma_; pero sobre todas
ellas _Los Puritanos_... Tengo adems razones particulares para que me
guste ms que ninguna otra--aadi bajando la voz.

--Ole, ole, D. Ramn!--exclam incorporndome de un salto y ponindome
los calcetines--: vengan esas razones.

--Son tonteras de la juventud... cuestin de amores--contest
ruborizndose un poco.

--Pues cuente usted esas tonteras. Me muero por ellas. No lo puedo
remediar, me gustan ms esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria
de que usted me habl ayer.

--Al fin poeta!

--No soy poeta, D. Ramn; soy crtico.

--Pues me haba dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se
lo contar ya que usted tiene curiosidad... Ver usted cmo es una
tontera que no merece la pena... Pero vstase usted, criatura, que se
est helando!

El ao de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisin del
Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de
consumos. Tena yo entonces... eso es, veintinueve aos; y ya haca
siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.
Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejar a nadie que lo
haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la
casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella
poca, bueno ser que le advierta que me complaca en andar muy
lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tena
siempre _escamada_ a mi pobre mujer. Para qu te compones tanto, hombre
de Dios? Vas de conquista? Quin sabe! contestaba riendo y dejndola
un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que slo se ven en
este Madrid, sal de casa despus de almorzar con el objeto de hacer
algunas visitas y tambin para espaciarme por esas calles de Dios. Iba
caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de
la noche o sea el modo de pasarla ms divertido, y saboreando un buen
cigarro habano, cuando de pronto zas! recibo un fuerte golpe en la
cabeza que me hace vacilar. El flamante sombrero de copa fu rondando
por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobr del susto, lo
primero que vi a mis pies fu una enorme mueca fresca, sonrosada y en
camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis
adentros, lanzndole una mirada iracunda que la mueca aparent no
comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se
hubiese arrojado sobre m de aquel modo brusco e inconveniente, pues
jams haba hecho dao a ninguna mueca, cre ms probable que de alguna
casa me la hubieran arrojado. Alc la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie en el balcn de un primer piso,
suspenso, atnito, consternado. Era una nia de trece a catorce aos.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me diriga se templ mi
furor, y en vez de lanzarle un apstrofe violento, como tena
determinado, le mand una sonrisa galante. Puede ser que en la formacin
de esta sonrisa haya intervenido ms o menos directamente la belleza
nada vulgar del criminal.

Recog el sombrero, me lo puse, y volv a alzar la cabeza y a remitir
otra sonrisa, acompaada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor
segua inmvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicar las amables
disposiciones en que su vctima se hallaba. A todo esto la mueca segua
en el suelo inmvil tambin, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa,
pesar, terror, ni siquiera vergenza de su situacin poco decorosa. Me
apresur a levantarla, cogindola, si mal no recuerdo, por una pierna, y
me inform minuciosamente de si haba padecido alguna fractura u otra
herida grave. No tena ms que leves contusiones. Alcla en alto y la
mostr a su dueo hacindole sea de que iba a subir para entregrsela.
Y sin ms dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el
cordn de la campanilla... Ya est abierta la puerta. Mi lindo agresor
asoma su rostro trigueo, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende
sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a la mueca
desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo
que haba pasado, que la mueca conservaba ntegros sus miembros, y yo
lo mismo, y que celebraba la ocasin de conocer una nia tan hermosa y
tan simptica, etc., etc. Nada de esto fu posible. La chica murmur
confusamente "muchas gracias", y se apresur a cerrar la puerta,
dejndome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el
mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza
hacia el balcn. A los treinta o cuarenta pasos observo que est la nia
asomada, y me paro y le envo una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta
vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. Cuidado
que era linda aquella nia! Al llegar al extremo de la calle sent la
necesidad imperiosa de verla otra vez, y d la vuelta, no sin percibir
cierta vergenza en el fondo del corazn, pues ni mi edad, ni mi estado,
me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratndose de tal
criatura. Ya no estaba en el balcn.

Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comenc a pasear
la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un
cadete de Estado Mayor. Despus de todo, aqu nadie me conoce--me iba
repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir
paseando--. Adems, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da
vagar por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcn
apareci en l la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de
sorpresa, acompaado de una mueca encantadora, se ech a reir y se
ocult de nuevo.

Pero, qu necios somos los hombres y qu inocentes cuando se trata de
estos asuntos! Querr usted creer que entonces no sospech siquiera que
la nia haba estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis
movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dej la calle de las Infantas, y me fu a
casa de un amigo. Mas al da siguiente, fuese casualidad o
premeditacin, aunque es muy probable lo ltimo, acert a pasar por el
mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces
sobre la barandilla del balcn, se puso encarnado hasta las orejas as
que pudo distinguirme, y se retir antes de que pasase por delante de la
casa. Como usted puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me
anim a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en
contemplacin exttica. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar
una naricita nacarada, que se retir al momento velozmente, volvi a
asomarse a los dos minutos y volvi a retirarse, asomse al minuto otra
vez y se retir de nuevo. Cuando se cans de tales maniobras, se asom
por entero y me mir fijamente por un buen rato, cual si tratase de
demostrar que no me tena miedo alguno. Entonces se generaliz por
entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompaado, por lo que a
m respecta, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles
mortferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Este a
la media hora oy sin duda en la sala el toque de "alto el fuego", y se
retir cerrando el balcn. No necesitar decirle que por ms que me
sintiese avergonzado de aquella aventura, segu dando vueltas a la misma
hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez ms intenso y animado.
A los tres o cuatro das me decid a arrancar una hoja de la cartera y a
escribir estas palabras: _Me gusta usted muchsimo._ Envolv una moneda
de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasin de no pasar nadie,
despus de hacerle sea de que se retirase, la arroj al balcn. Al da
siguiente, cuando pas por all, vi caer una bolita de papel que me
apresur a recoger y desdoblar. Deca as, en una letra inglesa,
crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan
bien ustez me gusta a m no crea que juego con muecas era de mi
ermanita._

Aunque sonre al leer el billete amoroso, no dej de causarme sensacin
dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melanclica, al
recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel
da mi chiquita no sali al balcn, sin duda avergonzada de su
condescendencia; pero al siguiente la hall dispuesta y aparejada al
combate de miradas, seas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas
partes. Una hora o ms duraba todas las tardes este juego, hasta que se
oa llamar y se retiraba apresuradamente. Le pregunt por seas si sala
de paseo, y me contest que s: y en efecto, un da aguard en la calle
hasta las cuatro y la vi salir en compaa de una seora, que deba de
ser su mam, y de dos hermanitos. Segules al Retiro, aunque a
respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergenza el que
la mam se enterase. La chiquilla, con menos prudencia, volva a cada
instante la cabeza y me diriga sonrisas, que me tenan en continuo
sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no saba cmo
se llamaba, y a fin de averiguarlo escrib la pregunta en otra hoja de
la cartera: _Cmo se llama usted?_ La chica contest en la misma letra
inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez
por Dios que juego con muecas._

Diez o doce das se transcurrieron de esta suerte. Teresa me pareca
cada da ms linda, y lo era en efecto, porque segn he averiguado en el
curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto a
la mujer como el amor. Le pregunt repetidas veces si poda hablar con
ella, y siempre me contest que era de todo punto imposible: si la mam
llegaba a saber algo adis balcn! Empec a sospechar que me iba
enamorando y esto me traa inquieto. No poda pensar en aquella nia sin
sentir profunda melancola, como si personificase mi juventud, mis
ensueos de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados
de m por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los
remordimientos. Cul sera el dolor de mi pobre mujer si llegase a
averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un
da recib carta suya, participndome que tena a mi hijo menor un poco
indispuesto, y rogndome que procurase arreglar los negocios y volviese
pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que usted puede
suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello
fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, despus
de grave y prolongada meditacin, en que me ech en cara, sin piedad, mi
conducta infame y ridcula, cant sin rebozo el yo pecador y resolv
obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propsito,
lo primero que se me ocurri fu no acordarme ms de Teresa, ni pasar
siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: despus, abreviar
cuanto pudiese los asuntos. Segn mis clculos quedara libre a los
cinco o seis das.

Ya no segu, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba despus de
almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivan unos amigos. Por
la noche, despus de comer, como no haba peligro de ver a Teresa, la
cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro das. Ya no me acordaba de aquella nia, o si me acordaba
era de un modo vago, como la memoria de los das risueos de la
juventud. Tena casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la
eleccin del da para marcharme. Ser cosa, a ms tardar, del viernes o
el sbado, me dije despus de comer, encendiendo un cigarro y echndome
a la calle. El ministro se haba negado a rebajar la cuota del
Ayuntamiento, lo cual me tena muy disgustado. Pensando en lo que haba
de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor
de explicarles la causa del fracaso, cruc la plaza del Rey y entr en
la calle de las Infantas. La noche era esplndida y bastante templada.
Llevaba abierto el gabn y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad
de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi
familia. Al pasar por delante de la casa de la nia me detuve y la
contempl un instante casi con indiferencia. Y segu adelante
murmurando: "Qu chiquilla tan mona! Lstima ser que se la lleve un
tunante!" Despus me puse a reflexionar en lo fcil que me hubiera sido
jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no;
hubiera sido una felona. Por ms que fuese un poco dscolo y soberbio,
al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando ms
embebido andaba en mis pensamientos y planes polticos, y cuando ya
estaba prximo a doblar la esquina de la calle, he aqu que siento un
brazo que se apoya en el mo y una voz que me dice:

--Va usted muy lejos?

--Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplndola
estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

--Pero dnde va usted a estas horas?

--Me voy con usted--respondi alzando la cabeza y sonriendo como si
dijese la cosa ms natural del mundo.

--A dnde?

--Qu s yo! Donde usted quiera.

A un mismo tiempo sent escalofros de placer y de miedo.

--Ha hudo usted de su casa?

--Qu haba de huir... solamente se la he jugado a Manuel del modo ms
gracioso!... Ver usted cmo se re... Me empe hoy en ir a la tertulia
de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y pap mand a
Manuel que me acompaase. Llegamos hasta el portal y all le dije:
Mrchate, que ya no haces falta; y me hice como que suba la escalera,
pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrs de l hasta
casa... Cuando le vi entrar me di una risa, que por poco me oye!

La chiquilla se rea an, con tanta gana y tan francamente, que me
oblig a hacer lo mismo.

--Y usted por qu ha hecho eso?--le pregunt con la falta de
delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien
provistos los caballeros.

--Por nada--repuso desprendindose de mi brazo repentinamente y echando
a correr.

La segu y la alcanc pronto.

--Qu polvorilla es usted!--le dije echndolo a broma.--Vaya un modo
de despedirse!... Perdn si la he ofendido...

La nia, sin decir nada, volvi a tomar mi brazo. Caminamos un buen rato
en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y en lo
que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompi, preguntndome resueltamente:

--No me dijo usted por carta que me quera?

--Pues ya lo creo que la quiero a usted!

--Entonces, por qu ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle
de da?

--Porque tema que su mam...

--S, s; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto ms se les
quiere es peor... Piensa usted que yo no lo s?... Me ha tenido usted
al balcn todas estas tardes esperndole; pero que si quieres!... Por
la noche, detrs de los cristales, le vea pasar, muy serio, muy serio,
sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo deca: "Estar enfadado conmigo?
Por qu se habr enfadado? Ser porque he cerrado el balcn a las tres
menos cuarto?" En fin, todo me volva cavilar, cavilar, sin sacar nada
en limpio... Entonces dije: "Voy a darle un susto esta noche..."

--Ha sido un susto bien agradable.

--Si no llega usted a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a
los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidi.

Momento de pausa, en el cual me acudi a la mente un tropel de
pensamientos que todava me avergenzan. Teresa volvi a mirarme
fijamente.

--Est usted contento?

--Vaya!

--Va usted a gusto conmigo?

--Mejor que con nadie en el mundo.

--No le estorbo?

--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

--No tiene usted nada que hacer ahora?

--Absolutamente nada.

--Entonces vamos a pasear. Cuando llegue la hora, usted me lleva a casa
y mam se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le
estorbo o no le gusta pasear conmigo, dgamelo usted... me voy en
seguida...

Yo le contest apretndole el brazo y tirndole suavemente por la mano
para encajrselo bien en el mo. Teresa continu hablando con graciosa
volubilidad.

--Parece mentira que seamos tan amigos, no es verdad? Yo pens cuando
le dej caer la mueca encima que le haba matado... Qu miedo tuve!
Si usted viera!... Vamos a ver, por qu en lugar de enfadarse se
sonri usted conmigo?

--Toma! porque me gust usted mucho.

--Eso pensaba yo: deb de haberle sido simptica, porque si no, la
verdad es que tena motivo para ponerse furioso. Todava cuando usted
subi a llevrmela estaba muerta de miedo y por eso cerr tan pronto la
puerta... Dichosa mueca! Me di tal rabia que la tir contra el suelo
y le part un brazo.

--Pues no debe usted tratarla mal; al contrario, debe usted conservarla
como un recuerdo.

--Sabe usted que tiene razn? Si no hubiera sido por la mueca no nos
hubiramos conocido... ni sera usted mi novio... porque tengo otro...

--Cmo otro?

--Es decir, ya no lo tengo: lo tena... Es un primo que est empeado en
que le he de querer a la fuerza... No vaya usted a creer que es feo...
al contrario, es guapo... pero a m no me gusta... No lo puedo remediar.
Le dije que s, porque me di lstima un da que se ech a llorar.

Mientras conversbamos de esta suerte bamos caminando sosegadamente por
las calles. Para evitar el encuentro con cualquiera pariente o conocido
de la nia, procur seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mi
brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo,
sacudindome a veces fuertemente y detenindose a lo mejor delante de
un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchera. Su charla era un
gorjeo dulce, insinuante, que me conmova y refrescaba el corazn. A
impulso de ella se fu disipando poco a poco el tropel de pensamientos
prfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qu modo, tambin
desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella nia tena
algn parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa
nuestra situacin como al principio. Su inocencia era un velo espeso que
nos impeda ver el riesgo que corramos.

En poco tiempo me cont una infinidad de cosas. Era de Jerez; no haca
ms que un ao que estaban en Madrid establecidos; su pap ocupaba un
alto empleo; tena dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carcter y
costumbres de cada uno de ellos se extendi considerablemente; la
hermanita era muy buena nia, amable y obediente; pero los chicos
insufribles; todo el da gritando, ensuciando la casa y pelendose. Su
mam le haba dado jurisdiccin sobre ellos hasta para castigarles, pero
no quera usar de ella porque tena miedo de que le perdiesen el cario:
que la mam se arreglara como pudiese. Despus habl del pap, que era
muy serio, pero muy bueno. Lo nico que la tena apesadumbrada era que
pareca querer ms a los chicos que a ellas. La mam, en cambio,
mostraba predileccin por las nias. Habl despus de las primas de la
calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las
dos tenan novio, pero no valan cuatro cuartos: chiquillos que todava
estudiaban en el Instituto. Tenan, adems, un hermano, que era el primo
que haba sido su novio; ste ya era bachiller y se estaba preparando
para entrar en el colegio de Artillera. De vez en cuando, en los cortos
intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza,
preguntndome:

--Va usted a gusto conmigo? Le estorbo?

Y cuando me oa protestar vivamente contra semejante duda, su rostro
expresivo se iluminaba de alegra y continuaba hablando.

Habamos recorrido algunas calles. Ya puede usted imaginarse que yo iba
gozando como los ngeles en el paraso, y pendiente de los labios de
aquella nia, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,
pareca infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin
embargo, no poda desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegra.
Buscando manera de pasar las horas de que disponamos ms dignamente que
vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo
con el Teatro Real. Al instante se me ocurri la idea de entrar. Teresa
la acept inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,
tomamos entradas de paraso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aqul
rebosaba de gente; de suerte que nos cost algn trabajo introducirnos y
escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontr
admirablemente y me pagaba los trabajos que haba pasado para llevarla
hasta all con mil sonrisas y palabras amables. Mientras suban el teln
seguimos charlando, aunque muy bajito. Se haba establecido entre
nosotros una gran intimidad, y me abandon una de sus manos que yo
acariciaba embelesado. Cuando empez la pera dej de charlar y se puso
a atender tan decididamente, que a m me hizo sonreir el verla con la
cabecita apoyada en la pared y los ojos extticos. Saba msica, pero
haba ido al teatro pocas veces; as que las melodas inspiradas de la
pera de Bellini le causaban profunda impresin, que se traduca por un
leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando lleg el sublime canto
del tenor que empieza _A te_, _oh cara_, me apret con fuerza la mano
exclamando por lo bajo--:Oh qu hermoso! oh qu hermoso! Despus me
hizo explicarle lo que pasaba en la escena. Hall el matrimonio del
tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadeca de veras al
bartono, a quien birlaban la novia; qued sumamente disgustada cuando
al fin del acto el tenor se ve en la precisin de acompaar a la reina y
dejar abandonada a su futura, y declar resueltamente que sta era una
conducta indigna.

--Pero advierta usted que estaba obligado a hacerlo porque era su reina
quien se lo peda.

--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo
primero siempre es la novia.

No me fu posible arrancarle tan extraa teora de la cabeza. Despus
que baj el teln permanecimos en el mismo sitio y me oblig a contarle
mi vida y milagros, cuntas novias haba tenido, a quin haba querido
ms, etc., etc. Ya comprender usted que necesit ensartar un sin fin
de patraas. Despus, sin motivo alguno serio, manifest rotundamente
que todos los hombres eran ingratos. Yo me atrev a apuntar que haba
excepciones, pero no fu posible hacrselo reconocer--. Usted ser lo
mismo que todos (anunci en tono proftico y mirando a un punto del
espacio); me querr usted un poco de tiempo, y despus... si te v, no
me acuerdo.

Qu rato tan delicioso y tan infernal a la vez me estaba haciendo pasar
aquella nia! Para llevar la conversacin a otro punto, le pregunt:

--Cuntos aos tiene usted? Hasta ahora no me lo ha dicho.

--Tengo... tengo... mire usted, yo siempre digo que tengo catorce, pero
la verdad es que no tengo ms que trece y dos meses... Y usted?

--Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergenza.

--Ah qu presuntuoso! Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos
que pocos!

En seguida me propuso que nos tratsemos de t, pero despus de aceptado
se volvi atrs ofrecindome que yo la tratase de t y ella siguiese con
el usted. No quise conformarme.

--Pues mire usted, yo no puedo hablarle de t; me da mucha vergenza...
Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo result que para evitar el pronombre daba la pobrecilla
infinidad de rodeos y se meta en una serie interminable de perfrasis.
Si se aventuraba a dirigirme un t, lo haca bajando la voz y pasando
como sobre ascuas.

Cuando empez el segundo acto, volvi a escuchar atentamente. Mis ojos
no se apartaban casi nunca de su rostro; ella entornaba a menudo los
suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.
Observ, no obstante, que se haba amortiguado un poco la viva expresin
de su fisonoma y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del
principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por
la cndida frente pas una rfaga de inquietud que comunic a su lindo
rostro infantil cierta grave expresin que no tena. Pareca que en
virtud de un misterioso movimiento de su espritu, la nia se
transformaba en mujer en pocos instantes. Dej de apretar mi mano y
hasta retir la suya. Volv a cogerla disimuladamente, pero al poco
tiempo la retir de nuevo.

El segundo acto haba terminado. Al bajarse el teln me hizo mirar el
reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,
porque a las once y media, a ms tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche segua tibia y estrellada. A la puerta
aguardaba una larga fila de coches, que nos fu preciso evitar. Ya no
haba en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,
seguimos las ms solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como
antes. Entonces me toc llevar la voz cantante, y le dije al odo mil
requiebros y ternezas, explicndole por menudo el amor que me haba
inspirado y lo que haba sufrido en los das en que no pas por su
calle: recordle todos los pormenores, hasta los ms insignificantes, de
nuestro conocimiento visual y epistolar, y le d cuenta de los vestidos
que le haba visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la
profunda impresin que me haba causado. Nada replicaba a mi discurso;
segua caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable
contraste con la que tena tres horas antes al pasar por los mismos
sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclam sin mirarme:

--Hice una cosa muy mala, muy mala. Dios mo, si lo supiese pap!

Trat de probarle que su pap no poda enterarse de nada, porque
llegaramos demasiado temprano.

--De todas maneras, aunque pap no se entere, hice una cosa muy mala.
Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. No es verdad que una nia
bien educada no hara lo que yo hice esta noche?... Si lo supiesen mis
primas, que estn deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no
piense usted... por Dios, que lo he hecho con mala intencin... Yo soy
muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero tambin dicen que tengo
buen fondo.

Al proferir estas palabras se le haba ido anudando la voz en la
garganta, hasta que se ech a llorar perdidamente. Me cost mucho
trabajo calmarla, pero al fin lo consegu elogiando su carcter franco
y sencillo y su buen corazn, y prometiendo quererla y respetarla
siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de
ella. Despus de secarse las lgrimas recobr su alegra y comenz a
charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de
proyectos a cual ms absurdos. Segn ella, deba presentarme al da
siguiente en casa, y pedirle al pap su mano: el pap dira que era muy
nia, pero yo deba explicarle inmediatamente que no importaba nada: el
pap insistira en que era demasiado pronto, pero yo le presentara el
ejemplo de una ta, hermana de su mam, que estaba jugando a las muecas
cuando le avisaron para ir a casarse. Qu haba de oponer a este
poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaramos, y acto continuo
nos iramos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tos. Qu
susto llevaran todos al verla del brazo de un caballero, y mucho ms
cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con
vehemencia que me permitiese darle un beso. No fu posible. Ningn
hombre la haba besado hasta entonces; solamente su primo le haba dado
un beso a traicin, pero le cost caro, porque le dej caer dos vasos de
limn sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas haca que pusieran
las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero
cuando estuvisemos casados, ya sera otra cosa; entonces todos los
besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pedira con
tanto ardor como ahora.

Estbamos prximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volva de
las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le
obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacan
guios, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos
momentos felices, que no haban de volver. A lo lejos slo se vean,
como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvi a hacerme
jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al da siguiente a las dos
en punto de la tarde, me presentara debajo de sus balcones.

--Cuidado que no faltes.

--No faltar, preciosa.

--A las dos en punto?

--A las dos en punto.

--Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cog la aldaba y d un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos
del portero.

--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escpate de
prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cndida y rosada mejilla. Yo la tom
entre las manos y la apliqu un beso... dos... tres... cuatro... todos
los que pude hasta que o rechinar la llave. Y me alej a paso largo.

Dej de hablar D. Ramn.

--Y despus qu sucedi?--le pregunt con vivo inters.

--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al da
siguiente tom el tren para mi pueblo.

--Sin ver a Teresa?

--Sin ver a Teresa.




SOLO!


Fresnedo dorma profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del divn
el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre l un
platillo y una taza, pregonando que el caf no desvela a todas las
personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
duras penas filtrarse. Por esto no se senta el calor. Por esto y porque
nos hallamos en una de las provincias ms frescas del norte de Espaa y
en el campo. Reinaba silencio. Escuchbase slo fuera el suave ronquido
de las cigarras y el _po po_ de algn pjaro que, protegido por los
pmpanos de la parra que cie el balcn, se complaca en interrumpir la
siesta de sus compaeros. Alguna vez, muy lejos, se oa el chirrido de
un carro, lento, montono, convidando al sueo. Dentro de la casa haban
cesado ya tiempo haca los ruidos del fregado de los platos. La
fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, slo
produca un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
enorme y maciza humanidad.

Cualquiera envidiara aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
aquel sueo plcido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
verano. Durante el invierno trabajaba como un negro all en su
escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tena un gran
establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
comenzando a ponerse gris. Haba nacido en Campizos, punto donde nos
hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandronle a
Madrid a los catorce aos con un to comerciante. Trabaj con bro e
inteligencia; fu su primer dependiente; despus su asociado; por ltimo
se cas con su hija, y hered su hacienda y su comercio. Contrajo
matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta aos. Su mujer
slo tena veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
poda procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas nias
madrileas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
sentencias de un cdigo inmortal, desviada enteramente de la vida de la
Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
el ignorado y frondoso lugarcito donde tena origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mam, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tena a
menos poner los pies en Campizos.

Tanto como ellas lo odiaban ambalo el buen Fresnedo. Mientras fu
dependiente de su to, arrancbale todos los aos licencia para pasar el
mes de Julio o Agosto en su pas. Cuando sus ganancias se lo
permitieron, levant al lado de la de sus padres una casita muy linda,
rodeada de jardn, y comenz a comprar todos los pedazos de tierra que
cerca de ella salan a la venta. En pocos aos logr hacerse un
propietario respetable. Y al comps que se haca dueo de la tierra
donde corrieron sus primeros aos, su amor hacia ella creca
desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
comerciante experiment cuando, despus de casado con su prima, sta le
anunci, al llegar el verano, que no estaba dispuesta "a sepultarse en
Campizos", decisin que su ta y suegra reciente apoy con maravilloso
coraje. Fu necesario resignarse a veranear en San Sebastin. Al ao
siguiente lo mismo. Pero al llegar el cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
de rebelarse, produciendo un gran tumulto domstico--. "O a Campizos, o
a ninguna parte este verano. Estamos, seoras?" Y los bigotes se le
erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enrgicas palabras,
que la delicada esposa se desmay acto continuo, y la animosa suegra,
rociando las sienes de su hija con agua fresca y dndole a oler el
frasco del antiespasmdico, comenz a increparle amargamente:

--Huele, hija ma, huele!... Si las cosas se hicieran dos veces!... La
culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
delicada.

Cuando la flor delicada abri al fin los ojos, fu para soltar por ellos
un raudal de lgrimas y para decir con acento tristsimo:

--Nunca lo creyera de Ramn!

Fresnedo se conmovi. Hubo explicaciones. Al fin se transigi de un modo
honroso para las dos partes. Convnose en que Margarita y su mam iran
a San Sebastin, llevando a la nia de quince meses, y que Fresnedo
fuese a Campizos el mes de Agosto, con Jess, el nio mayor, de edad de
tres aos, y su niera. Esta es la razn de que Fresnedo se encuentre
durmiendo la siesta donde acabamos de verle.

Despertle de ella una voz bien conocida:

--Pap, pap.

Abri los ojos y vi a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmaraado cabello cado
en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico ms robusto que
hermoso. La tez, de suyo morena, tenala ahora requemada por los das
que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
tena todo el da a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
instrucciones de su mdico.

--Pap..., dijo Tata que t no queras... que t no queras... que t
no queras... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero
no era mo..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
los cuernos, y me peg en la mano.

El chiquitn, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
detenindose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos
indignacin vivsima y mucha sed de justicia. Por un instante pareci
que iba a romper en llanto; pero su temperamento enrgico se sobrepuso,
y despus de hacer una pausa, cerr su perorata con una interjeccin de
carretero. El padre le haba estado escuchando embelesado, animndole
con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una msica celeste le
regalase los odos. Al oir la interjeccin, estall en una sonora y
alegre carcajada. El nio le mir con asombro, no pudiendo comprender
que lo que a l le pona tan fuera de s causase el regocijo de su pap.
Este hubiera estado escuchndole horas y horas sin pestaear. Y eso que,
segn contaba su suegra a las visitas, cuando quera dar el golpe de
gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pblica,
se haba dormido oyendo la _Favorita_ a Gayarre!!!

--S, vida ma? La Tata no quiere que cojas el carnero por los
cuernos? Deja que me levante, ya vers cmo arreglo yo a la Tata!

Fresnedo atrajo a su hijo y le aplic dos formidables besos en las
mejillas, acaricindole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no haba agotado el captulo de los agravios que crea haber
recibido de su niera... Sigui gorjeando que sta no haba querido
darle pan.

--Hace poco tiempo que hemos comido.

--Hace mucho--respondi el nio con despecho.

--Bueno, ya te lo dar yo.

Adems, la Tata no haba querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
de papel. Adems, le haba pinchado con un alfiler aqu. Y sealaba una
manecita.

--Pues es cierto!--exclam Fresnedo viendo, en efecto, un ligero
rasguo--. Dolores! Dolores!--grit despus.

Presentse la niera. El amo la increp duramente por llevar alfileres
en la ropa, contra su prohibicin expresa. Jess, viendo a la Tata
triste y acobardada, fu a restregarse con sus sayas, como pidindole
perdn de haber sido causa de su disgusto.

--Bueno--dijo Fresnedo levantndose del divn y esperezndose--. Ahora
nos iremos al establo y cogers al carnero por los cuernos. Quieres,
Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo seales de afirmacin que
corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
una mirada tmida a su Tata, y vindola todava seria y avergonzada, le
dijo con encantadora sonrisa:

--No te enfades, boba; t vienes tambin con nosotros.

Fresnedo se visti su americana de dril, se cubri con un sombrero de
paja, y tomando de la mano a su nio, baj al jardn, y de all se
trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
decidido, se detuvo y esper a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra sala el vaho tibio y hmedo que despide siempre
el ganado. Las vacas mugieron dbilmente, lo cual puso en gran
sobresalto a Jess, que se neg rotundamente a entrar, bajo el pretexto
especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tom entonces
en brazos y pas y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confes que a
las vacas les tena "un potito de miedo". A los carneros ya era otra
cosa. A stos declaraba que no les tema poco ni mucho; que jams haba
sentido por ellos ms que amor y veneracin.

--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.

Y se trasladaron al departamento de las ovejas. All pretendi dejarle
en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en l, Jess manifest
que estaba cansadsimo, y hubo que auparle de nuevo. Acercle su padre a
un carnero y le invit a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
digna de meditarse. Chucho lo pens con detenimiento. Avanz un poco la
mano, la retir otra vez, volvi a avanzarla, volvi a retirarla. Por
ltimo, se decidi a manifestar a su pap que a los carneros les tena
"un potito de miedo". Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las
trataba con la mayor confianza; que en su vida le haban inspirado el
ms mnimo recelo; que se senta con fuerzas para cogerlas del rabo, de
las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y
despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente
en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa,
fabricado con una valla de tela metlica. All Chucho, con una bravura
de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigi al gallo mayor,
enorme animal de casta espaola, soberbio de posturas y ardiente de ojo.
Trat de cogerle por el rabo como haba formalmente prometido, pero el
grave sultn del gallinero chill de tal horrsona manera, extendiendo
las alas y dando feroces sacudidas, que el fro de la muerte penetr en
el corazn de Chucho. Apresurse a soltarlo y se agarr aterrado al
cuello de su padre.

--Pero, hombre, no decas que no tenas miedo a las gallinas?--exclam
ste riendo.

--T, t...; cgelo t, pap.

--Yo tengo miedo.

--No, t no tienes miedo.

--Y t, lo tienes?

Call avergonzado; pero al fin confes que a las gallinas tambin les
tena "un potito de miedo".

Desde all llevle otra vez Fresnedo al establo, y despus de varios
sustos y vacilaciones, logr que pusiera su manecita en el hocico del
becerro. Mas, ocurrindole al animal sacar la lengua y pasersela por
la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresin, que no quiso ya
arrimarse a ningn otro individuo de la raza vacuna. Subile despus al
pajar. Qu placer para Chucho! Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeos puados; dejarse caer hacia atrs con
los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre
contemplndole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba abontonando hierba sobre l con vigor y crueldad
que nadie esperara en l. Mas, a lo mejor de la operacin, su pap daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso ms
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito; tena los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su pap trat de tomar la revancha y sepultarle a l,
no pudo resistirlo. As que se hall con hierba sobre los ojos, dise a
gritar y concluy por llorar con verdadero sentimiento, cayndole por
las mejillas unas lgrimas que su padre se apresur a beber con besos
apasionados.

S; en aquel momento a Fresnedo le atac uno de esos accesos de ternura
que solan ser en l frecuentes. Jess era su familia, todo su amor, la
nica ilusin de su vida. Si entrsemos por los ltimos pliegues de su
corazn, es posible que no hallramos ya un tomo de cario hacia su
mujer. El carcter altanero, impertinente y desabrido de sta haba
matado el fuego de la pasin que sinti por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botn de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ngeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazbale con arrebato
y cubra sus frescas mejillas con besos prolongados apretadsimos,
murmurando despus a su odo palabras fogosas de enamorado:

--Quin te quiere ms que nadie en el mundo, hermoso mo? No es tu
pap? D, lucero. Y t, a quin quieres ms? S, vida ma, s; te
quiero tanto, que dara por ti la vida con gusto. Por ti, nada ms que
por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, slo por
ti, trabajo y trabajar hasta morir. Nunca te podr pagar lo feliz que
me haces, criatura!

El nio no comprenda, pero adivinaba aquella pasin y la corresponda
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzndose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Despus de un momento de silencio en que
pareci que meditaba, tom con sus manecitas como claveles la cara su
padre, y acercando la boca a su odo, le dijo con voz tenue como un
soplo:

--Pap, voy a decirte una cosa... Te quiero ms que a mam... No se lo
digas, eh?

Al buen Fresnedo se le humedecan los ojos con estas cosas.

Bajaron del pajar, salieron del establo, y despus de consultado el
reloj, el comerciante resolvi irse a baar, como todos los das, al
ro.

--Chucho, vienes conmigo al bao?

Cielo santo, qu felicidad!

Chucho quiso volverse loco de alegra. Generalmente el bao de su padre
le causaba algunas lgrimas, porque no poda llevarle consigo a causa de
la niera. Fresnedo se baaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidi a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El nio comenz a pedir a grandes gritos el sombrero. No quera subir
por l a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tir del balcn, y lo mismo la sbana del pap y la
sombrilla.

El ro estaba a un kilmetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castaares, y en segundo
trmino de un cinturn de elevadsimas montaas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violceo, dorma la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Haba todos los matices del verde en este
manto; desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.

Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservndose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarle a
todo. Gozaba en verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despticamente a su padre a cogerlas y adems a cortar algunas ramas de
los rboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de l tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropez nuestro nio con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma direccin. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
l y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejerca una
influencia magntica sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo, que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanz un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embisti con el nio y
lo volc. Cristo Padre, qu gritos! All acudi Fresnedo corriendo, y
lo levant y le limpi las lgrimas y el polvo, hacindole presente al
mismo tiempo que tomara venganza de aquel cerdo brbaro y descorts as
que llegaran a casa. Con lo cual se aplac Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a l le gustaban ms los perros,
porque eran buenos y le conocan, y cuando estaban de humor le laman la
cara.

Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le pona de la parte de all con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jess se empe
en coger un grillo. Su padre le mand orinar en el agujero para que
saliese. As lo hizo, y como el grillo no quera asomar, se irrit
contra s mismo porque no poda orinar ms y llor desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunci a quella caza difcil y se dedic
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinin de su pap, a ponerlas en la palma de la mano, cantndoles:
_Anita, anita de Dios, abre las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que le haba enseado su Tata, persona muy instruda en este linaje de
conocimientos.

Por fin llegaron al ro. Corra sereno y lmpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningn otro haba en los contornos de Campizos ms a propsito para
baarse. Llegaba el csped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cmodamente se poda cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que aun luca vivo y ardiente. All gozaba
Fresnedo del bao ms que el sultn de Turqua, acumulando salud y
felicidad para todo el ao. En aquel mismo sitio se haba baado de nio
con otra porcin de compaeros que hoy eran labradores. Qu placer
senta recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien sus padres encomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura!

Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el
seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen
alegres, deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el csped "reposando el
calor", y al fin se decidi aqul a ir despojndose poco a poco de la
ropa. Mientras lo haca, tarareaba una cancin de zarzuela, de las que
llegaban a sus odos en Madrid. La alegra le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia l, y le deca sonriendo:

--Qu hay, Chucho? Te quieres baar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo:

Qu bromista es este pap! Como si no supiese que armo un escndalo
cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se baaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de bao. En aquel sitio tena la seguridad de no ser visto. Cuando
se qued en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la
cara de su "Chipiln", le causaron cierta vergenza y se cubri con la
sbana. Pero Chucho no estaba conforme y comenz a gorjear, mientras
tiraba de la sbana con sus manecitas, "que su pap tena pelo en el
cuerpo y que l no lo tena, y que la Tata tampoco lo tena..."

--Vamos, Chucho, cllate--le dijo el pap con semblante grave--. No se
habla de eso. Los nios no hablan de eso.

--Y por qu no hablan los nios de eso?

Fresnedo no contest.

--Por qu no hablan los nios de eso, pap?--repiti el chico.

El comerciante quiso distraerle hablndole de otra cosa, pero Chucho no
acudi al engao.

--Por qu no hablan los nios de eso, pap?--insisti lleno de
curiosidad.

--Porque no est bien--respondi.

--Y por qu no est bien?

--Vaya, vaya, djame en paz!--exclam entre impaciente y risueo.

Embozado en la sbana como en un jaique moruno avanz hacia el agua.

--Mira, Chucho--dijo volvindose--, no te muevas de ah. Sentadito hasta
que yo salga, verdad?... Mira, vas a ver cmo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... A las
tres!

Fresnedo, que haba dejado caer la sbana al dar las voces y se haba
colocado sobre un pequeo cantil, lanzse, en efecto, de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agit violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jess. Este sufri
un estremecimiento y qued atnito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

--Mira, Chucho! Mira!

Y se puso con el vientre arriba, dejndose flotar sin movimiento alguno.

--Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrs con los pies solamente.

--Vers ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

Con qu gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niez!

Chucho estaba arrobado en xtasis delicioso contemplndole. No perda
uno solo de sus movimientos.

--Chucho! Chuchn! Bien mo! Quin te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producan.

El nio guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.

--Vamos, d, Chipiln, quin te quiere?

--Pap--respondi grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.

Una de las habilidades en que Fresnedo haba sobresalido de nio y que
mucho le enorgulleca, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
vena a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del pas
confesaban que se las poda haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de nio haba salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quera confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometi el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
drselo a s mismo.

--Vers, Chipiln, voy a sacarte una trucha... Quieres?

Ya lo creo que quera!

Pues si cabalmente Chucho senta mayor inclinacin, si cabe, a los
animales acuticos que a los terrestres!

Fresnedo hizo una larga aspiracin y se sumergi, dejando a su hijo
maravillado; registr los huecos de algunas piedras del fondo, y slo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subi a respirar.

--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caer.

--Por qu caer, pap?--pregunt el nio, que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.

--Quiero decir que ya la coger.

Otra vez aspir el aire con fuerza y se lanz al fondo. Al cabo de unos
momentos sali a la superficie con una trucha en la mano, que arroj a
la orilla. Chucho di un grito de susto y alegra al ver a sus pies al
animalito brincando y retorcindose con furia. Quera agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita, la trucha daba un
salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba
nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y
le pona sbito grave. Estaba nervioso; gritaba, rea, hablaba, lloraba
a un mismo tiempo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplndole.

--Anda, valiente! Agrrala, que no te hace nada!... Por la cola,
tonto!... Quieres que te pesque otra ms grande?

--S, ms gande, pap. Esta no me gusta--respondi el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequea.

El buen comerciante se prepar para otro chapuz; dejse ir al fondo y
con prisa comenz a registrar los agujeros de una roca grande que antes
haba visto. La muerte feroz y traidora le aguardaba dentro. Meti el
brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intent sacarlo no pudo.
La sangre se le agolp toda al corazn. Perdi la serenidad para buscar
la postura en que haba entrado. Forceje en vano algunos momentos.
Abri la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos qued
asfixiado el infeliz.

Chucho esper en vano su salida. Mir con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:

--Pap, sal!

El padre no obedeci. Esper unos instantes, y volvi a gritar con ms
energa:

--Pap, sal!

Y cada vez ms impaciente, repiti este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperacin:

--Sal, pap, sal!

Sus rosadas mejillas estaban baadas de lgrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.

Un salto de la trucha que tena cerca, viva an, le distrajo. Acerc su
manecita a ella y la toc con un dedo. La trucha se movi levemente.
Volvi a tocarla y se movi menos an. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevi a posar la palma de la mano sobre l.
La trucha no rebull. Chucho principi a gorjear por lo bajo que l no
tena miedo a las truchas y que si estuviera all su hermana Carmita
indudablemente no osara poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aqulla. Tanto se fu envalentonando, que concluy por agarrarla por la
cola y suspenderla.

Aquel acto de herosmo despert en l mucha alegra. Fluyeron de su
garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la
trucha le oblig a soltarla aterrado. Mir a su alrededor, y no viendo a
nadie, se fij otra vez en el pozo y torn a gritar, llorando:

--Sal, pap! Sal, pap!... No quero trucha, pap! Sal!

El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. All, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrs de las altas y lejanas montaas de color violeta.

--Teno miedo, pap... Sal, papato!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lgrimas.

Ninguna voz responda a la suya. Escuchbanse tan slo las esquilas del
ganado o algn mugido lejano. El ro segua murmurando suavemente su
eterna queja.

Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dej caer sobre el csped y se
durmi. Pero su sueo fu intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitacin con que se haba dormido le hizo despertar al
poco rato. Haba cerrado la noche. Al principio no se di cuenta de
dnde estaba, y dijo como otras veces en su camita:

--Tata, quero agua.

Pero viendo que la Tata no acuda, se incorpor sobre el csped, mir
alrededor, y su pequeo corazn se encogi de terror observando la
obscuridad que reinaba.

--Tata, Tata!--grit repetidas veces.

La luz de la luna rielaba en el agua. Atrados sus ojos hacia ella.
Chucho se acord de pronto que su pap estaba con l y se haba metido
en el ro a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompan el pecho
y lgrimas que le cegaban, volvi a gritar:

--Sal, pap; sal, mi pap!... Teno miedo!

La voz del nio resonaba tristemente en la obscura campia silenciosa.
Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle all en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tena sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar ms porque le faltaba la voz y el aliento, cay
otra vez dormido, y as le hallaron los que haban salido en su busca.




RIVERITA


Esta novela y la que sigue _Maximina_, forman en realidad una sola.
Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas ttulos diferentes.
Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos
pasados, las novelas en varios volmenes.

Algunas personas han credo que estas dos novelas constituan una
autobiografa. Es un error. En la fbula nada hay que se parezca a mi
vida: slo algunas escenas he extrado de ella. Pero en lo que se
refiere a los caracteres, debo confesar que estn ms en lo cierto. El
principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni
la muerte ni el tiempo han podido separarlo.

En la hora ms aciaga de mi existencia me promet darlo a conocer al
mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato qued lejos del original. Al
publicarse en los Estados Unidos la traduccin inglesa de Maximina, un
crtico preguntaba:--"Dnde habr podido hallar Valds el modelo de ese
tipo ideal?" Y mi corazn se desgarraba de dolor al leer estas palabras
porque la realidad haba sido muy superior a la pintura. Hay cosas que
es imposible transmitir ni al odo ni al papel, y en esas cosas
inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carcter singular.

Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido
que esta novela ha hecho derramar muchas lgrimas. Una seora me dijo en
cierta ocasin:--"La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo
en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta."

No otra cosa me haba propuesto al escribirlo. Todas esas lgrimas las
ofrezco como tributo de admiracin al ser que como una visin celestial
no ha causado ms disgusto que el de su desaparicin.




UNA CORRIDA DE TOROS


Julita solt una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el
gabinete de Miguel. "De qu se reir aquella loca?" se pregunt ste
sonriendo tambin frente al espejo mientras se aderezaba para salir.

--Miguel! Miguel!--grit su hermana desde el pasillo--. Ven aqu, por
Dios; mira, por tu vida!

Acudi solcito, y al asomar la cara por el corredor, vi a su primo
Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola
bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro,
pantaln ceido y bota de charol. El complemento del traje era un vara
en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.

Julita se arrimaba a la pared, sujetndose la cintura con las manos para
no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonrea
un poco avergonzado. Miguel sigui al instante el ejemplo de su hermana.

--La cosa no merece tanta risa--concluy por decir el primo amostazado.

Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un
poco, vinieron hacia l y le examinaron curiosamente.

--Pero cmo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte as? Te ha
visto tu padre?

--No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo all el traje...

--Pues si te ve, de fijo le da un sincope. Y a qu asunto te has
vestido hoy de chulo?

--Toma! no sabes que se abre la temporada?

--Ah! hoy hay toros? Mata el Cigarrero?

--Ya lo creo!: despus de quince aos que no pisa la plaza de Madrid. A
eso vena, a ver si quieres ir conmigo.

--Hombre--dijo indeciso--, no soy muy aficionado a los toros; pero el
Cigarrero me ha sido simptico... Me traes localidad?

--Te traigo la contrabarrera de un amigo que est enfermo. A mi lado ya
sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras estn abonadas;
pero estamos cerca.

--Ay, llvame, Miguel!--exclam Julita saltndole al cuello--. Llvame
a los toros.

--Tienes deseo?

--Muy grande! Los toros me encantan.

--Eso, eso!--grit Enrique entusiasmado--. T eres espaola de pura
raza. Pisa ese sombrero, chiquita!

Y lo arroj al suelo.

Julita no se anduvo con melindres. Tom la galantera al pie de la letra
y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que
si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.

--Est visto que contigo no se puede ser galante--dijo de mal humor
mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.

Miguel, previo el permiso de su madrastra, mand al criado por una
carretela a casa de Lzaro y por un palco a la de un revendedor
conocido. Despus que madre e hija se vistieron la clsica mantilla y
Miguel cambi la levita y el sombrero de copa por la americana y el
hongo, subieron los cuatro al carruaje.

Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin
que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su paternal
caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle
siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias
causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su
fuente, despidiendo flgidos destellos, elevarse por encima del tejado
del Principal. A la entrada de la calle de Alcal haba una larga fila
de mnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se
tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo
que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se
encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por
anticipado lo que debe ser y lo que ser con el tiempo la fraternidad
universal.

--Eh, buen hombre, que se va usted a caer!... Deme usted la
mano.--Caballero, tngame usted por el bastn.--No ponga usted el pie
sobre la rueda.--Quiere usted que nos apretemos ms? Bueno, hombre,
bueno, nos apretaremos.

Estos gritos se oan en todas partes, vindose a algunos pobres viejos
por el aire, elevados a la imperial de los mnibus en brazos de los que
ya estaban en ellas. Las caras resplandecan de alegra, lo mismo que el
cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes,
vease cuajada de gente, que discurra por ella en expectativa de que
las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un
sinnmero de coches particulares y de berlinas de punto cubran ms
abajo la ancha carretera, galopando en direccin a la plaza. Y al travs
de ellos, dejndolos atrs en seguida, corran desbocados los mnibus,
mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse, embriagados por
la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegra a los que iban
dejando en pos de s. Algunos picadores con sus chaquetas de brocado y
sombreros inmensos galopaban tambin sobre algn mal caballo, llevando a
las ancas a un amigo, que le abrazaba cariosamente para no caerse. Los
peones bajaban por las aceras lentamente, en amable pltica, formando
apretados y numerosos grupos.

Una carretela abierta, donde iban toreros, se acerc un instante al
costado de la de Miguel y sigui adelante. Era la del Cigarrero, que
contest al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le
caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con l, saludaron con
ms expansin.

--Me brindars un par, no es verdad, Baldomero?--grit Enrique.

--A ut no, que e mu feo: a esa seorita tan remonsima que yeva ut a
la vera--contest el Serranito.

Julita se ech a reir, ruborizada.

En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud,
pugnando por entrar. Los coches que all se juntaban producan
disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir.
Despus de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retir
con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro
al Cigarrero, y que luego volvera. En realidad, era porque haba visto
a la generala Bembo en un palco con la seora del banquero Mendiburu.
Baj al redondel, y desde all pudo hacerse notar de ella, y la salud
ceremoniosamente con el sombrero.

La arena estaba llena de aficionados. Una muchedumbre abigarrada,
compuesta de estudiantes, paletos, chulos, seoritos y soldados,
elegantes unos, otros desharrapados, fraternizando todos y creyendo que
por el mero hecho de hallarse all, en el terreno del toro, como si
dijramos, participaban del arrojo y gallarda de los lidiadores. Los
tendidos se iban poblando lentamente, y desde aqu al redondel mediaban
saludos y gritos entre unos y otros, que convertan la plaza en un
mercado. La voz de los vendedores de naranjas sala entre todas las
dems, y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rpidas y
certeras de las manos de aqullos a las del comprador, por encima de
las cabezas. En los tendidos de sombra, los jvenes lechuguinos
charlaban en voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de
los palcos. En los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus
asientos, resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre s
de tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la
plaza. El jbilo, la alegra nerviosa que comunica la esperanza del
placer, brillaba en todos los ojos.

Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del
redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y
Miguel, que haban estado en los patios interiores hablando un momento
con el Cigarrero y su cuadrilla, tambin fueron a ocupar los respectivos
asientos. El ruido haba disminuido bastante. Gracias a esto se
perciban los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces
no haba logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes
y dirigan miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga
enton con energa la marcha real. Todos los rostros se volvieron al
mirador regio donde apareci la reina Isabel. Algunos batieron palmas;
otros dijeron "chis, chis", porque la atmsfera poltica estaba entonces
encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo
despus. Hecha la seal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al
son de la marcha de la zarzuela _Pan y toros_. Salan, como de
costumbre, formando tres filas: al frente de cada cual iba el
respectivo espada. Al verlos estall un prolongado aplauso. Cruzaron la
plaza graves, firmes, acompasados, escuchando la gritera que su
aparicin haba levantado, con la mayor indiferencia. Brillaban sus
ricos vestidos y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la
vista.

--Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qu
cara tiene... Le zumba el alma a ese to!... En Espaa no queda ya
quien reciba toros ms que l...

Toda la atencin de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero, a
pesar de que mataban tambin el Gordo y Lagartijo, que comenzaba
entonces a ser el nio mimado del pblico. Mas para el aficionado
madrileo, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jams se
realizan aunque vivan constantemente en el corazn. _Aguantar_ lo hacen
varios toreros; pero _recibir_, lo que se llama recibir de verdad, no lo
han hecho ms que los hroes antiguos del toreo.

Saludaron con ademn uniforme a la presidencia, y rompieron filas,
tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se
encargaron de su custodia con ms orgullo que si se tratara del Arca de
la Alianza. El presidente sac el pauelo; son el clarn; abrise la
puerta del toril: apareci el primer toro. Era un miura castao,
chorreao, listn, fino y de hermosa lmina, largo y levantado de cuerna.
Mostrse voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los
picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenz a defenderse. Sin
embargo, el Serranito le clav un soberbio par cuarteando con finura y
limpieza, que sorprendi agradablemente al pblico. En Madrid no saban,
como en Sevilla, que Baldomero era un chico que dara mucho que hablar.
Merluza se pas una vez y luego colg un palo cuarteando tambin. Volvi
el Serranito a coger los palos, y despus de intentar en vano
colgrselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y maestra.
Hubo un delirio de palmas en la plaza. Su figura esbelta y la singular
correccin y delicadeza de sus facciones, cautivaron al pblico. Las
mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos. Se pase triunfante en
torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los tendidos.

Lleg su turno al Cigarrero. Avanz gravemente hacia la presidencia, se
quit la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie
pudo entender. Despus se fu derecho al toro, que tena marcadas
tendencias a huirse. Persiguile infructuosamente algn tiempo en medio
de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los
esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceido,
dndole algunos pases buenos. El pblico aplaudi y se las prometi muy
felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufri una colada y perdi
enteramente el aplomo. Di otros tres o cuatro pases sin confianza y
descompuesto; y de prisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal,
li el trapo bastante lejos y se tir a paso de banderillas. La estocada
result un _bajonazo_ de lo ms malo que nunca se hubiera visto. Es
indescriptible la clera que se apoder de los espectadores. Si hubiera
sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequea; pero
haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el
sistema Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia, esto
pona fuera de s a los aficionados. Qu gritera, cielo santo! Qu
injurias! Qu lamentos! Pareca que a cada uno le acababan de robar el
honor de su hija.

--Morral, ladrn, gran cochino! As te ahorquen por los pies! Eres t
el que recibas los toros? A la crcel con ese pillo! Seor presidente,
para cundo quiere usted la Guardia civil?

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacas y hasta
algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no heran al diestro.
Este avanzaba plido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca
del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le di
en el rostro y le sac sangre. Enrique, que ya estaba excitado y
nervioso, no pudo reprimir la indignacin, y levantndose grit a los
que estaban detrs:

--Quin ha sido ese valiente? Ese valiente sin vergenza?

--Fuera el chulo sietemesino! Que baile!--contestaron desde arriba.

--Se dirige usted a m?--dijo uno levantndose con arrogancia.

--Me dirijo al que haya sido.

--Pues nos veremos las caras al salir.

--Se la ver a usted para escuprsela--contest Enrique encolerizado.

--Fuera, fuera! Que se siente ese babieca!--gritaron desde arriba.

No tuvo ms remedio que hacerlo. El Cigarrero sonrea limpindose la
sangre con el pauelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a
Miguel se le apret el corazn y estuvieron a punto de saltrsele las
lgrimas.

Slo cuando apareci el segundo toro en el ruedo, concluy del todo la
bronca. Por ms que trabaj, hasta no poder ms en los quites, el pobre
Cigarrero no consigui captarse la benevolencia, ni siquiera el perdn
del pblico. Cuantos esfuerzos haca, cuantos capotes echaba (y la
justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servan de befa y
de irrisin al enfurecido pueblo. El Gordo en su toro estuvo como casi
siempre, pasando de muleta con maestra y pinchando bastante mal.
Lagartijo tore el suyo sobre corto y con frescura, y se meti por
derecho a volapi, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado.
Muchos aplausos.

Lleg el cuarto toro, que corresponda de nuevo al Cigarrero. Era un
veragua colorado listn, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena
estampa, como casi todos los del duque; un bravo y hermoso animal.

Merluza le colg un buen par al cuarteo. El Serranito cogi despus los
palos, y en cuanto el pblico le vi en medio de la plaza, aplaudi.

--Ole tu mare, saleroso!

Quiso ponerlas cuarteando tambin, pero se pas una vez porque el toro
no arranc. Volvi a cuartear y volvi a pasarse por la misma razn. De
nuevo se fu hacia el toro, y otra vez se pas. Entonces hubo cierto
movimiento de impaciencia en el pblico. Se oy un silbido. Esta fu la
perdicin del pobre mozo. Herido su amor propio, acometi ciego a la res
y quiso clavarle las banderillas a todo trance. El toro, que no se haba
movido, le enganch por debajo del brazo y lo ech al aire. Son un
grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre
el animal, tratando de llevrselo; pero intilmente. Intilmente el
Cigarrero brincaba con herosmo delante de los cuernos, metindole el
trapo por los ojos; intilmente Lagartijo y el Gordo le echaban tambin
los capotes exponindose a morir. El toro, como si tuviese algn agravio
del infortunado Baldomero, no atenda a nada, y lo recogi otra vez y
otra vez lo tir al aire. Entonces el Cigarrero, por ltima inspiracin,
solt la capa, se agarr fuertemente al rabo de la bestia y comenz a
colearla. Di tantas vueltas, que al fin cay mareado. El Gordo la llev
con la capa lejos. En esto el Serranito se haba puesto en pie, sonri
forzadamente al pblico, como el gladiador que quiere morir con gracia,
se llev la mano al pecho y cay de nuevo, soltando chorros de sangre
por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo llevaron a la
enfermera. Otros corrieron en seguida a tapar la sangre con arena.

El presidente, que deba de estar conmovido y alterado como todos los
espectadores, di la seal de muerte, sin considerar que al toro no se
le haban puesto ms que un par de banderillas, y que era peligroso
para el espada que fuese tan entero a la muerte. Aqu fu ella! El
pblico, que gusta de mostrar buen corazn despus que han sucedido las
desgracias, se levant en masa, volvindose iracundo contra el
presidente, como si l fuese quien hubiera pegado las cornadas al
Serranito.

--Brbaro, brbaro, asesino!

Agitaban frenticos los puos y los bastones frente al palco
presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira.
Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba  su
lado. Se proferan los dicterios ms soeces. Pero el presidente, aunque
estuviese arrepentido, y deba de estarlo, a juzgar por la confusin que
se reflejaba en su semblante, ya no poda revocar la orden. Su dignidad
se lo impeda. Entonces el pblico se volvi al Cigarrero, que ya haba
cogido los trastos, y le grit:

--No lo mates, no lo mates! Que lo mate ese asesino!

El Cigarrero encogi los hombros y se dispuso a ir en busca de la res.
En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al odo,
y el espada se puso terriblemente plido. El pblico comprendi que
haba malas noticias del Serranito. Quitse el matador la montera, se
pas la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y march
hacia el toro. Los gritos se apagaron instantneamente. Rein un
silencio lgubre en la plaza.

--Ha matado a su hermano! ha matado a su hermano!--se decan los
espectadores al odo.

Y todos sentan ansiedad inexplicable, una simpata profunda por el
desgraciado Cigarrero. Este avanzaba con lentitud, el paso vacilante,
hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los
mismos cuernos.

--Ole!!--rugi la plaza.

Volvi a reinar el silencio.

El toro brinc como si hubiera sentido un acicate, y se revolvi al
instante, furioso. El espada le di un pase de pecho, superior.

--Ole!!--rugi de nuevo la plaza.

Y otra vez se hizo el silencio.

Siguieron a ste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto
y con tal maestra, que el pblico quiso volverse loco. Los pies del
matador apenas se movan ni salan de un crculo estrechsimo. Los
cuernos del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano torero sin
hacerle el ms ligero dao. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse
y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El toro y el torero se
miraron. Li ste el trapo tranquilamente, se ech el estoque a la cara
y cit con el pie para recibir. Acudi la bestia, furiosa, y se clav
ella misma la espada hasta la empuadura. Hubo un grito reprimido de
entusiasmo en la plaza. El toro qued un instante inmvil frente al
torero, lanz un dbil mugido y se dej caer desplomado sobre los
brazos.

Nadie puede representarse lo que entonces pas. Un delirio, un inmenso
ataque de nervios; diez o doce mil energmenos gritando con toda la
fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros
volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena.
Veinte aos haca que no se haba visto en la plaza de Madrid la suerte
de recibir de este modo consumada.

El Cigarrero dirigi una mirada vaga a los tendidos; se pas otra vez la
mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, ech a correr
como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos
que de todos lados le hacan. Brinc la barrera y desapareci de la
vista del pblico.

Cuando lleg a la enfermera estaban ya all Enrique y Miguel con el
mdico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se dispona a
poner la uncin al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las
seales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvi los ojos
hacia l y sonri con cario.

--No habr so na, eh?--le pregunt ste con voz alterada y ronca,
queriendo persuadirse de que no era cosa de muerte.

--Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...

El cura avanz en aquel instante con los sagrados leos. Todos los
circunstantes doblaron la rodilla. Rein silencio aterrador, que slo
interrumpa el murmullo del clrigo y el estertor del moribundo. Cuando
aqul concluy, Baldomero dirigi otra sonrisa a su hermano y le tendi
la mano diciendo con trabajo:

--Mis chiquitines...

--Pierde cuidiao, Baldomero--repuso el anciano con la voz anudada y
llevndose la mano al corazn--. Tus hijos sern los mos.

En aquel instante se oy un gran vocero en la plaza. Era la plebe, que
saludaba la entrada del quinto toro.

El Cigarrero se dej caer sollozando en los brazos de Miguel.

--Qu tristesa, don Miguelito del arma, qu tristesa!




MAXIMINA

EL PRIMER HIJO


     Miguel Rivera, hijo del brigadier Rivera, despus de fallecido ste
     se haba ido a vivir con su madrastra por amor de su hermanita
     Julia. Joven, bien parecido y con una fortuna que le haca
     independiente se entreg a devaneos y amoros propios de la
     juventud. Tom parte en los preparativos de la revolucin de 1868.
     Se hizo periodista y dirigi el diario titulado _La Independencia_,
     rgano del general conde de Ros. Para que este peridico pudiese
     continuar publicndose puso su firma irreflexivamente como fiador
     en un prstamo de treinta mil duros. Habiendo ido un verano a
     Pasajes en seguimiento de una mujer casada conoci all a Maximina,
     una pobrecita hurfana recogida de caridad por su ta, estanquera y
     huspeda de Miguel por aquellos das. Se enamor de ella y despus
     de muchas vacilaciones se cas al fin. En este captulo se describe
     el nacimiento de su primer hijo y la forma en que fu turbada su
     alegra por la visita del prestamista.

Acaeci que, paseando entre calles cierta noche lmpida y fra del mes
de Febrero, Maximina dijo a su esposo:

--Me siento muy fatigada. Quieres que nos volvamos a casa?

--Es fatiga solamente?--pregunt l mirndola con inters.--No te
sientes mal?

--Un poquito--respondi la nia apoyndose con ms fuerza en su brazo.

--Voy a llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

A pesar de sus buenos deseos, Maximina fu caminando cada vez con mayor
dificultad. Observndolo su marido, se detuvo de pronto:

--Ests plida!

--Me duele algo el estmago y me encuentro dbil.

Miguel reflexion un instante y dijo apretndole la mano:

--Ya s lo que tienes. Voy a llamar un coche.

La nia baj la cabeza avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simn que cruz vaco, se restituyeron a casa. En cuanto
estuvieron en ella, Miguel adopt el continente de general en vsperas
de una gran batalla. Comenz a dictar a las criadas, en voz baja,
rdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oan sino pasos
precipitados, cuchicheos: veanse cruzar mujeres con ropas de cama entre
las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente a la
puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domsticas en
el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.
Miguel presidi en silencio y con gravedad al arreglo del gran lecho
nupcial mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,
los segua con la vista, plido el semblante y demudado.

--Qu sbanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--Las mejores dnde estn?

--En el estante de arriba.

--Pondremos la colcha de damasco.

--Se va a estropear!

--No importa; es la mejor ocasin para echarla a perder.

--Cmo te molestas por mi causa, Miguel!

--Por tu causa?--exclam entre sorprendido y enfadado.--Pues estara
gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasin semejante!

La nia le pag con una sonrisa amorosa.

La cama qued muy pronto hecha. Juana la contempl entusiasmada.

--Seorito, parece un altar! La de la reina, ser mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hgame el favor de no estar as hecha un
poste. Traiga usted la cocinilla y pngala sobre la mesa de noche...
Pronto, pronto! Y las otras chicas, qu hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido a recados.

--Qu, no han venido todava?

--Pero, seorito, si acaban de salir!

--Vamos, djeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana march toda sofocada. El seorito haba cambiado repentinamente de
genio: estaba como loco: iba y vena por la casa a grandes trancos:
mandaba en un momento ms cosas que antes en un mes, y se irritaba por
todo lo que le decan. De vez en cuando se acercaba a su esposa, la
acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--Qu tal ests?

Ms de cien veces haba ido a la puerta y haba pegado a ella el odo,
pero nadie llegaba. Desesperado, emprenda de nuevo sus paseos agitados.
Al fin crey percibir pasos en la escalera... Si sera!... Nada; el
portero que suba con un telegrama para el piso tercero. Malos diablos
le lleven! Otra vez a esperar, qu fatiga! Dnde se habra parado esa
maldita Plcida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de
ingenieros. Qu poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el
trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar a Juana, que
al fin no tiene novio.

--Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendra mal... Voy yo
mismo a hacerlo... Valor!

--Lo necesitas t ms que yo, pobrecillo--dijo la nia sonriendo.

Al cruzar por el pasillo son el timbre de la puerta.

--Por fin!...

Otra decepcin. Era la Condesa de Losilla que vena a ofrecerse "para
todo". Las nias no bajaban, por razones fciles de adivinar.

--Pero, Rivera, cmo est usted tan plido?

--Seora, la cosa no es para menos--respondi l mohino.

--Por qu, hijo mo?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no
viene complicada, como es de esperar, no hay nada ms natural y
sencillo.

Miguel, a su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignacin. Natural
que yo tenga un hijo! Qu estpida es la aristocracia!

Maximina recibi aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La
condesa empez a maniobrar en la casa, como consumada estratgica,
ordenndolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel qued
enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de l, y
se vi necesitado a vagar como alma en pena por los corredores. Una vez
que ataj a Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,
sino en taza, le contest que la dejase en paz, que l nada entenda de
aquellas cosas. Y fu preciso aguantar.

Al cabo loado sea Dios! lleg la partera. Miguel la sigui ms muerto
que vivo al gabinete; pero la Condesa le di con la puerta en los
hocicos. Pronto volvi a abrirse, y en la sonrisa de todos comprendi
que el asunto no iba mal.

--Seorito, viene derecho--dijo la comadre.

--De modo que no hace falta llamar al mdico?

--Para nada, gracias a Dios; yo respondo.

Qued tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero a los diez
minutos perdi repentinamente la fe. Aquella mujer poda engaarle o
engaarse; quin se fiaba de una bruja de stas! Acercse
cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

--A m me parece que bien podra llamarse al mdico... por precaucin
nada ms--aadi tmidamente.

--Como usted quiera, seorito--respondi secamente y con gesto desabrido
la comadre.

--Rivera, por Dios! No le ha odo usted decir que ella
responda?--manifest la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contest avergonzado. Y luego
pregunt afectando sangre fra:

--Para qu hora estar el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondi en
tono condescendiente:

--Seorito, no se apure. Ser cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Torn a vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido e
inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridculo en
aquella ocasin, que se rean de l en sus mismas barbas. Y, sin
embargo, no acababa de persuadirse a que deba fiar su felicidad y su
vida entera a una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado a
cnclave a todos los mdicos eminentes de la corte. "A la menor
complicacin que haya, la ahogo entre mis manos", se dijo con rabia. Y
con esta promesa consoladora se qued algo ms sosegado.

Al poco rato lleg su madrastra, y acto continuo comenz a dar
disposiciones. Vino en seguida la seora del tercero, esposa de un
empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando
con un enorme cuadro que representaba a San Ramn Nonnato, el cual se
coloc en el gabinete con dos cirios encendidos a los lados. Tambin
esta seora se puso a dar disposiciones en cuanto lleg. En fin, all
todo el mundo tena derecho a dar rdenes menos el amo de la casa, al
cual todas aquellas seoras y hasta las criadas se complacan en
manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. "Porque al fin y
al cabo--como l deca muy bien, pasendose con las manos en los
bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy
adems el... o lo ser, que es lo mismo".

No abra la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno
cuando menos de una sonrisa desdeosa. Una vez, viendo a su mujer en
pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurri manifestar que estara
mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulmin contra l
una terrible mirada, que no sabemos cmo no le redujo a cenizas. La
brigadiera, procurando reprimirse y suavizando la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aqu nos ests estorbando. Te suplico que nos dejes y ya
te avisaremos a su tiempo.

Obedeci a su pesar. Al tiempo de salir vi en los ojos de su esposa una
expresin tan afectuosa y triste, que estuvo a dos dedos de abrir de
nuevo la puerta y decir: "Ea, seoras, yo soy el amo, sta es mi mujer y
ustedes se van por donde han venido". Pero reflexion que el altercado
ocasionara un disgusto a Maximina, y devor su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurri
por ellos buen rato, prestando odo a los rumores del gabinete. Ansiaba
oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oan
las de todas menos la de ella.

--Cmo va?--pregunt a la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido a tanto paseo, fu al saln y se dej
caer en un sof. Estuvo algn tiempo sentado con los ojos muy abiertos,
tratando de vencer al sueo que a despecho suyo se le iba apoderando.
Pero al cabo fu vencido; extendi las piernas, coloc la cabeza
cmodamente, di un bostezo de a cuarta, y qued hecho un tronco.

Era ya da claro, cuando tres o cuatro mujeres invadieron
precipitadamente la sala dando gritos.

--D. Miguel!...--Rivera!--Seorito!

--Qu pasa?--exclam despertndose sobresaltado.

--Que ya tiene usted un nio! Venga usted.

Y le arrastraron a la alcoba, donde vi a su esposa sentada an en una
butaca, el semblante plido, pero inundado de una dicha celeste. Tambin
vi all en un rincn a Juana con una cosa entre las manos que chillaba
horrorosamente. Mas apart al instante la vista de ella para dirigirse a
su esposa, a quien bes con efusin.

--Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpi la Condesa:--ha pasado bastante la
pobrecilla.

Miguel sali del cuarto con el corazn en la garganta.

Cuando se vi solo rompi a llorar como un nio.

--Pobrecilla--murmur:--Ella padeciendo dolores increbles sin exhalar
una queja, y yo durmiendo aqu como un bruto! No me perdonar en mi
vida este acto de egosmo... La culpa la tienen esas mujeres--aadi
con exaltacin,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calm de su remordimiento para dar lugar a las mil gratas
emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres
siempre las mujeres! se opusieron a ello en tanto que el nio no
estuviese lavado y enrollado y la seora librada y en la cama. Cuando
todo esto se hubo efectuado, pas a la alcoba. Su esposa estaba ms
linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas
azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentse a la
cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle
el pulso, le apret la mano larga y tiernamente. La brigadiera le
present un paquete de ropa dicindole:

--Ah tienes a tu hijo.

Miguel cogi el paquete y lo elev a la altura de los ojos. Y vi una
carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente
deprimida, de cuya boca relativamente enorme salan unos chillidos nada
meldicos.

--Qu feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignacin se escap de todos los pechos, incluso del de su
esposa.

--Qu atrocidad, Rivera! Cmo dice usted esas cosas?--De dnde saca
usted que es feo, seorito?--Si precisamente es uno de los nios ms
hermosos que he visto, Rivera!--Quiere usted que ahora tenga las
facciones perfectas?

--Quita; quita!--dijo la brigadiera arrebatndoselo de las
manos.--Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cmo era usted a las dos horas de haber nacido,
seorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contest:

--Hermossimo.

--Hombre, cmo se ha echado usted a perder!--exclam la de Losilla
riendo.

--No tanto, seora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra
gratuita esa afirmacin.

--Nada de eso--dijo la nia, haciendo una mueca de enfado.

--Maximina!

--Por qu le has llamado feo?

--Vaya, veo que aqu hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con
chillidos cada vez ms enrgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta
desesperacin aciaga era precisamente lo que constitua las delicias de
aquellas buenas mujeres; se moran de risa contemplando aquella boca
abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo
preado de amenazas.

--Anda, anda, qu pulmones tienes, chico!--As me gusta, ensnchate,
hombre, ensnchate.--Vaya un genio que gastas, criatura! Qu mono se
pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--Ay, que se queda, seora! Ay, que se queda! grit Plcida.

Todas acudieron asustadas.

--Cmo? Dnde se queda?--pregunt Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, seorito.

El nio, la faz contrada y la boca abierta, guardaba silencio. La
Condesa lo sacudi con todas sus fuerzas a pique de matarlo. Al fin dej
escapar un grito ms rabioso que los dems, y todas respiraron con
satisfaccin.

--Vaya, hay que darle de mamar a este tunante; si no, se nos va a
enfadar.

--Cmo se pondr este chico para enfadarse?--pens Miguel.

Metironle en el lecho y le pusieron en la boca el pezn maternal; pero
se neg a tomarlo, no sabemos bajo que pretexto. Las mujeres encontraron
aquella conducta inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos,
hacindole interiormente cargos dursimos. La Condesa pidi agua con
azucarillo y unt con ella el pezn. Entonces el chico, seducido por
aquella atencin delicada, no vacil en acceder a los deseos de las
seoras y comenz a chupar la teta con poca expedicin, como aprendiz al
fin en el oficio.

--Han visto ustedes qu picarn?

--Ave Mara, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--Cosa como sta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Despus de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de
su parte por confirmar esta favorable opinin que de su ingenio haban
formado. Al efecto, abri un si es no es el ojo derecho, y volvi acto
continuo a cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes.
Despus, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenz a
dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de
talento, lo prob an ms cumplidamente cuando Plcida le puso su lengua
en la boca. En un principio la chup con afn; pero advertido muy pronto
de la burla que se le haca, se enfureci de un modo terrible y dej
entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su
dignidad, le veran protestar en iguales o parecidos trminos.

Vuelto de nuevo a su cama, se durmi al instante como un obispo (el
smil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el
embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil
curiosidad. Habindose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su
esposa pens al parecer que iba a lastimar al chico.

--Quita, quita!--grit con acento colrico.

Y le dirigi una mirada tan iracunda, que el joven qued estupefacto,
pues no poda imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla.
En vez de enfadarse, se ech a reir como un loco. Maximina, avergonzada,
sonri, y su faz inocente volvi a adquirir el amable sosiego que la
caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fu turbado inopinadamente al poco rato.
Sucedi que, habindose despertado el obispo, hubo en el consejo
femenino ciertas sospechas de que su ilustrsima no andaba muy limpio en
toda su persona, y se decret inmediatamente una inspeccin ocular. La
Condesa lo coloc sobre el regazo, lo despoj de sus vestiduras, y en
efecto, as era como lo haban pensado. Pidi acto contnuo agua
caliente y una esponja. Trajeron adems frescos paales, y con mucho
donaire y no pequea satisfaccin, di comienzo al arreo del infante.
Pero hete aqu que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde
haca tiempo y haba declarado solemnemente, aunque por lo bajo, a las
criadas "que aquella buena seora era una fastidiosa entremetida",
manifest ahora en tono algo desabrido que la faja no deba ir tan
prieta como la Condesa la pona.

--Djeme usted, Angela, djeme usted, que bien se lo que me hago--dijo
sta con cierto dejo de suficiencia continuando su tarea.

--Pero si esa criatura no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar as los primeros das para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me ensee nadie a enrollar nios. He tenido seis
hijos, y, gracias a Dios, todos estn en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido ms que una hija, pero no hubiera consentido
nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en
nada...

Las palabras que se haban cruzado eran ya sobrado speras, y la actitud
airada en que ambas seoras se encontraban haca presumir que pronto lo
seran mucho ms. Los que asistan  la escena se haban puestos serios.
Maximina, asustada, haca pucheros para llorar. Entonces Miguel,
irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con
firmeza:

--Seoras, tengan ustedes consideracin con esta pobre muchacha, que
ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantse con altivez, entreg el nio a una criada y
sali de la estancia sin despedirse. A pesar de sus ruegos, Miguel, que
la sigui, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fu creciendo
a medida que se acercaba a la puerta, y all le dijo un adis muy seco,
subiendo a su casa con nimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--Esta mam siempre ha de ser la misma! Qu genio tan
remaldito!--exclam al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borr pronto de la mente, porque las
circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran a
propsito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad haban de
caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajn
del da, se dispona a retirarse dejando a Plcida que velase a su
esposa, se oy el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Seorito, hay ah un caballero que desea hablar con usted.

--Vaya una visita impertinente! Le ha introducido en el despacho?

--S, seorito.

Nuestro nuevo pap se fu hacia all arrastrando perezosamente los pies,
muy resuelto a que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar
en su despacho qued sorprendido no muy agradablemente el encontrarse
con Eguiburu "el caballo blanco" de _La Independencia_. Las relaciones
que con este seor mantena estaban muy lejos de ser ntimas. Despus
que haba dado su firma en garanta de los treinta mil duros gastados en
el peridico, no haba vuelto a verle sino otras dos veces, para tomar
de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se haban
gastado todos en el peridico, sino que haban servido tambin para
socorrer a los emigrados. Llamle, pues, la atencin aquella
intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara plida y rugosa, ojos azules
y pequeos, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su
persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de pao
negro, chaleco largo y un enorme gabn pardo que le bajaba casi hasta
los pies, no ayudaba a prestarle la gallarda de que tan necesitado
estaba.

Saludle Miguel corts y gravemente, preguntndole a qu deba el
honor...

--Seor de Rivera--dijo sentndose sin ceremonia, pues Miguel, a causa
tal vez de la sorpresa, no le haba invitado a hacerlo.--Es el caso que
hace ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en Espaa un hombre ms desprovisto de poder
que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes
destinos: el Conde de Ros embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser
elegido diputado...

--Y quiere usted compararme a m, insignificante pigmeo, con el Conde
de Ros y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la poltica
espaola?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el
caf de Levante no hablaban muy bien del Sr. Mendoza sus amigos.

--Qu decan?

--Decan, con perdn de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de
esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que as sea, seor. Pero es el caso, como deca,
que a pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr.
Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo
vengo gastando.

--Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta a cada uno. Mendoza no me ha contestado. El
Sr. Conde, al cabo de bastantes das, me dice en carta que aqu traigo
y usted puede ver, "que las gravsimas atenciones polticas que sobre
l pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los
cuales hace tiempo que tiene encomendados a su antiguo secretario
particular el Sr. Mendoza y Pimentel". Yo, a la verdad, como usted
comprender muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta
en puerta lo que es mo. As que, sin ms dilaciones, me he venido a su
casa de usted.

--Por qu no ha ido usted antes a la de Mendoza?

Eguiburu baj la cabeza y empez a dar vueltas al sombrero. Al mismo
tiempo sonri como pudiera hacerlo una estatua de mrmol, si le diesen
facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las haba acompaado,
Miguel sinti cierto fro por la espalda y guard silencio. Al cabo de
algunos momentos levant la cabeza y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted a reclamarme los treinta mil duros, no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de
veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazn sensible, y le felicito por
ello. La desgracia est en que yo no pueda corresponder a esa delicadeza
de sentimientos, entregndole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregar usted.

--Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levant la cabeza y clav sus ojos azules y pequeuelos en los
de Miguel, que le miraba de un modo fro y hostil.

--S, seor--contest.

--Pues tambin le felicito; yo que usted no la tendra.

--No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con
amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban a producir sus
palabras,--que tengo aqu un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llev la mano al bolsillo del gabn al decir esto.

Miguel guard silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz
donde se trasluca una clera reprimida a duras penas:

--Es decir, Sr. Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme
por una deuda que le consta a usted que yo no he contrado?

--Yo no pretendo ms que cobrar mi dinero.

--Est bien--dijo sordamente.--Maana escribir al conde de Ros, y ver
tambin a Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la
estacada... Si as fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Despus de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso.

Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo a Miguel, que
tena la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movan con un
imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tmidamente,--de que usted salga del
compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los
dems amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el
dinero que he soltado despus para el peridico, no tengo inconveniente
en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho a una persona tan
apreciable como usted...

Miguel sigui inmvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva;
levantndose despus repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cmo se arregla este negocio. Por de pronto, maana
hablar con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta
que escriba al Conde, le avisar inmediatamente.

Eguiburu tambin se levant y alarg la mano con exquisita amabilidad a
Rivera, para despedirse. Este se la estrech, y mirndole con fijeza,
mientras asomaba a sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--Tiene usted mucho cario a esos treinta mil duros?

--Por qu me pregunta usted eso?

--Porque sentira que usted se hubiese encariado demasiado estando en
vsperas de separarse para siempre de ellos.

--Explquese usted--dijo el banquero ponindose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ros, lo que es
a m...

--Cmo? Qu dice usted?

--Que yo no se los podr pagar jams, porque tengo hipotecadas las dos
casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente plido.

--Usted no poda hipotecarlas porque tena firmada una obligacin. La
hipoteca es nula.

--Las tena hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pas la mano por la frente con abatimiento. Levantndola
despus vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profiri
tartamudeando:

--Eso es... una picarda... Le llevar a los tribunales por estafador.

Miguel solt una carcajada, y ponindole familiarmente la mano en el
hombro, le dijo:

--Buen susto ha recibido usted! No es verdad, amigo? Quedo un poco
indemnizado del que usted acaba de darme.

--Pero qu mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no estn hipotecadas. Tendr usted el
gusto de arruinarme el da menos pensado--repuso el joven con amarga
irona.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se
borr sbitamente.

--Habla usted formalmente?

--S, hombre, s; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que haba hudo, apareci de nuevo insinuante y
benvola en los labios del banquero.

--Qu bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cundo habla
de veras o de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Torn a ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningn modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero
adems.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que
en vano quera ocultar. Di la mano tres o cuatro veces ms a Miguel,
cambi de fisonoma y actitud ms de veinte; y cuando aqul le mand
ponerse el sombrero, lo coloc torcido y erizado sobre el cogote. Quiso
cambiar de conversacin para demostrar que estaba plenamente seguro de
la honradez del fiador; le pregunt con mucho inters por su esposa y el
nio, enterndose de los pormenores del alumbramiento. No obstante,
cuando ya estaba en la escalera y Miguel a punto de cerrar la puerta,
preguntle en tono indiferente y jovial, donde se trasluca viva
ansiedad:

--Aquello pura broma, verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contest ste riendo.

Pero al quedarse solo aquella sonrisa se extingui. Permaneci un
momento con los dedos en el pestillo: despus fu con paso lento otra
vez al despacho, se sent frente a la mesa y apoy el rostro sobre una
mano cubrindose los ojos. As estuvo largo rato meditando. Cuando se
levant los tena hinchados y rojos, como despus de haber dormido
mucho. Pas a la habitacin de su esposa. Al atravesar el pasillo sinti
un poco de fro.

Estaba todava despierta. Al lado de la cama se haba puesto un catre
para Plcida.

--Quin era esa visita?--le pregunt.

--Nada, un seor que viene a hablarme de asuntos del peridico.

Algo extrao deba de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta
sencilla contestacin, cuando su mujer se le qued mirando con
inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--Qu cansado estoy! Tengo sueo!

La bes en la frente, alz el embozo de la cama, contempl un momento a
su hijo dormido y roz con los labios su cabecita. Volvi a besar a su
esposa y sali de la estancia. Cuando se meti en la cama tiritaba y
senta, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz
encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruz por su mente; mil
recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginacin
viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vi arruinado, teniendo que
descender l y su esposa de la categora social en que se hallaban
colocados. Se acord tambin de su hijo.

--Pobre hijo mo!--exclam.

Y estuvo a punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre s mismo
dicindose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los
avaros. El que posee una esposa como la ma, y sta le acaba de dar un
hijo, no tiene derecho a pedir ms a Dios. Soy joven, tengo salud. En
ltimo resultado, trabajar para ellos.

Al murmurar estas palabras di un soplo violento a la luz y tuvo energa
bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.




LOS MAJOS DE CDIZ


Considero esta novela, desde el punto de vista tcnico, como la menos
imperfecta de las que han salido de mi pluma. Quiero decir que, por la
intensidad de la fbula, por sus proporciones armoniosas y por el marco
original en que la he enclavado, me parece superior a las otras.

Cul es la razn de que no se haya popularizado tanto como alguna de
ellas? Quiz se deba a que por encima de todos los tecnicismos en el
arte de novelar se encuentran la invencin ms o menos feliz y el mayor
o menor inters que despiertan los caracteres.

Sin embargo, hay otra an que me parece igualmente aceptable. Las
novelas que se publican en el mundo, son ledas casi en totalidad por
personas que pertenecen a la que hemos dado en llamar clase media. El
mundo aristocrtico es muy exiguo comparado con ste y en cuanto a las
clases trabajadoras se puede afirmar que en Espaa viven alejadas de la
literatura, a lo menos en sus formas elevadas. Ahora bien, lo que
interesa realmente a la clase media es la clase media. Son sus amores,
sus ambiciones, sus tristezas y alegras, sus ideales, lo que quiere ver
reproducido en el arte, y con ello se recrea. El mundo aristocrtico y
el plebeyo son para ella tan slo objeto de curiosidad efmera. El
hombre no se siente conmovido, sino por lo que le toca de cerca.
Digmoslo en trminos crudos, el hombre no se interesa ms que por s
mismo.

Por eso _Los Majos de Cdiz_, que es una novela de plebeyos, no ha
logrado excitar el inters de _La Alegra del capitn Ribot_. Si esta
historia de humildes se hubiese contado en forma de romance y los ciegos
la vendiesen por las calles a cinco cntimos, quiz fuera grande su
aceptacin. Pero es porque entonces caera en manos de aquellos que se
sienten hermanos de sus hroes.




DESPEDIDA


     Soledad, hija de un pobre guarda de consumos de Medina Sidonia
     tiene amores con un joven de distinguida familia llamado Manuel
     Uceda. Muere el padre de aqulla. Velzquez, amigo suyo, un majo de
     buena presencia y algn dinero consigue enamorarla y seducirla. La
     lleva a Cdiz, establecen una taberna. Manolo Uceda, siempre
     enamorado, la visita de vez en cuando, pero ella ciegamente
     apasionada por Velzquez desdea su amor. Velzquez es un hombre
     desptico y fanfarrn que abusa de su dominio sobre ella y la
     tiraniza. Cansada de sus malos tratos un da se rebela. Se marcha
     de casa. A l entonces le entra de nuevo el amor, una verdadera
     pasin. Logra a fuerza de ruegos que vuelva a casa; pero al cabo de
     algn tiempo cada da ms despegada de l Soledad se escapa otra
     vez. Entonces l trata de curarse de su desgraciada pasin. Entra
     en relaciones con una hermosa joven llamada Mercedes la Cardenala.
     Soledad a su vez se deja enamorar por Antoico, el querido de su
     ntima amiga Mara-Manuela. A esta tambin la solicita Velzquez
     que haba dejado burlada a Mercedes. Pero el orgulloso majo tena
     en el corazn una herida incurable y no pudiendo soportarla vida en
     Cdiz se decide a emigrar a Amrica.

Pocos das despus se supo que Velzquez traspasaba la tienda, y ms
tarde que se embarcaba para Amrica. Prefiri trasladarse en un buque de
vela mandado por cierto amigo suyo que parta el 15 de Septiembre. La
vspera, los compadres de la reunin y algunos ntimos recibieron de l
afectuosa carta de despedida y adjunta una invitacin del capitn del
barco para que, si tenan gusto en ello, viniesen a beber unas caas a
la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibi la
suya. En la carta que Velzquez le escriba convidaba tambin
expresamente y con encarecimiento a Soledad, o por hacerle ver que
olvidaba sus injurias, o por mostrar que se hallaba enteramente curado
de su pasin.

Qued perpleja la joven cuando le ley la postdata Paca. Instbala sta
para que accediera a aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba
ella, no tanto por el rencor que aun le guardaba, como por considerar
violenta y embarazosa la entrevista.

Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acert a
tropezar con Manolo Uceda, a quien haca das que no vea. Saludla l
corts pero gravemente y trat de seguir su camino, pero ella se le puso
delante.

--Qu es de tu vida, Manolo?... Hace un siglo que no te veo!... Por
qu no vienes a casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretndole
afectuosamente la mano.

Pero despus de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su
imprudencia y se puso roja como una cereza.

--Ando bastante ocupado con un asunto que me ha encomendado mi madre...
El jueves me voy a Medina.

--Para volver?

--No; probablemente no volver. Desde all nos vamos a Sevilla... He
conseguido que mi madre cediese a vivir all, y me alegro bastante.

Qued seria repentinamente la joven; guard silencio unos momentos y al
cabo dijo con tristeza:

--Todo el mundo se va!... Yo tambin necesito pensar en lirmelas... Ya
sabrs que Velzquez se embarca maana...

--S lo s. Me ha escrito.

--Ah! Te ha convidado a la juerguecilla del barco?... Tambin a m me
convida; pero, a la verdad..., no s qu hacer. Quisiera que me dieses
tu parecer, porque, hijo mo, te lo digo con todas las veras de mi alma,
eres el nico hombre decente con que he tropezado en la vida y a nadie
pido un consejo con tanta satisfaccin como a ti...

--Muchas gracias--manifest el caballero de Medina sonriendo--. Pero
qu quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

--Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no
hay nada hace tiempo... Ya sabes cmo se ha portado conmigo...

--Pues bien--repuso Uceda, despus de vacilar un poco--. A m me parece
que debes ir... A pesar de todo le has querido: l te ha querido tambin
y probablemente te sigue queriendo... Sera crueldad, por tu parte, el
no decirle adis.

--Est bien; ir aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda pregunt al cabo con afectada ligereza:

--Y Antoico?

Turbse Soledad al escuchar la pregunta y exclam con mpetu:

--No me hables de ese charrn!

--Me han dicho que ha vuelto a juntarse con Mara--repuso el caballero
riendo.

--No es por eso, no!... Al contrario..., me parece lo nico decente
que ha hecho en su vida; pero...

Iba a contar la bajeza que con ella haba cometido, pero se detuvo a
tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba ms a ella.

--Le llamo charrn porque lo es. Todo el mundo lo sabe--concluy bajando
la voz.

Qued un momento silenciosa con el rostro fruncido.

--Bueno, hasta maana en el barco... Voy all porque t me lo
mandas--manifest al fin dndole la mano.

--No; yo probablemente no podr ir.

--Ah! No vas t? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

--Por qu?

--Porque no quiero.

--Siempre tan testarudilla!--dijo Uceda apretando cariosamente la mano
que tena cogida--. Ir porque no te enfades. Hasta maana.

--No faltes.

--No faltar.

Al da siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al
muelle esperaban a los invitados para transportarlos al buque, que se
vea anclado all en medio del puerto. Era una corbeta de regular
tamao, negra, slida, bien arbolada. El capitn, hombre de cuarenta
aos, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra
cerdosa, pesado y macizo como su navo, les esperaba de bruces sobre la
cornisa de la obra muerta. Acompabale Velzquez. La _Esperanza_, que
as se nominaba la corbeta, iba a la Amrica del Sur por carga de cacao,
llevndola heterognea de algunos productos de la Pennsula.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el seor
Rafael. Inmediatamente la lancha trajo a la familia del _Cardenal_, los
viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, a los cuales se haba
unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo
tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida Mara-Manuela con Antonio
y dos amigos ms de Velzquez. Por ltimo, al cabo de un rato acostaron
al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo
bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse a
la frgil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las
piernas a los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las
embromaban sobre esta despreocupacin as que estaban arriba.

--En el mar estamos como en el paraso terrenal. No existe la
vergenza--deca el capitn--. He conocido una seora que al averiguar
que el barco haca agua subi a cubierta desnuda y estuvo hablando con
nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, vease la mesa bien abastecida de
manjares y botellas. Velzquez fu saludando a sus amigos cordialmente y
les invit a sentarse. Estaba tranquilo y a las frases de sentimiento
que dejaban escapar todos al darle la mano responda con afectada
alegra:

--Dejad que me d un poco el fresco, hijos. Este Cdiz se me vena ya
encima... Veris cmo hago una gran fortuna por all. Cuando menos lo
pensis llegar hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz...,
soy capaz..., hombre, soy capaz de venir con levita!

--No, por Dios!--gritaron los compadres riendo.

Haba saludado a Soledad con no fingida naturalidad y aun la haba
piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven pareca ms turbada
que l. Despus, acercndose a Mercedes, la pregunt familiarmente por
lo bajo:

--Y Gabino? Cmo no viene?

--Gabino?--respondi la salada muchacha haciendo un mohn desdeoso--.
Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con l.

Mostrse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada
ms. Pero la nia insisti con ahinco y formalidad, di pormenores, cit
testigos. Velzquez concluy por llamar a Isabel, que estaba cerca.

--Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regaado con Gabino?

--Y tan verdad!--respondi aqulla con mal humor--. T sabes si mi
hermana ha tenido chabeta alguna vez?

Y se alej murmurando. Velzquez qued serio y pensativo.

Sentronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de
salchichn. Destapronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlcar
chispe alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol
derramaba sus rayos esplendentes sobre la baha. Las aguas dormidas
rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en
el puerto cabeceaban blandamente, vindose sobre sus cubiertas algunos
marineros entregados al sueo. Ni de la ciudad ni del mar llegaban ms
que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lnguido
suspiro como si la tierra y el Ocano gozasen tranquilos el placer de la
siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la
frente de los convidados. La Naturaleza ofreca el amable sosiego, la
armona solemne que slo se observa en los comienzos del otoo.

Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia,
desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en
realidad, no era grato ver alejarse, quiz para siempre, a un amigo de
toda la vida. El mismo seor Rafael, cuya alegra era inagotable, estaba
menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velzquez vino a
ofrecerle una caa, le dijo por lo bajo:

--Pero, vamos a ver, hijo, por qu haces esta locura? Qu te faltaba a
ti en Cdiz? No tienes salud?, no tienes dinero?... Qu demonios vas
buscando en esas tierras donde si no le meriendan a uno los salvajes se
lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con
las mujeres, y qu? Es razn para que un mozo valiente y noble de too
su cuerpo se quite del medio? Dnde hay palmito que se pueda comparar
con unas botellas de amontillado, bebidas en compaa de cuatro amigos,
y unas aceitunitas alis?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la
aduana que haba estado muchos aos en Puerto Rico, un to muy
ilustrado, capaz de beberse el golfo de Mjico: "Desengate, Rafael,
las mujeres no sirven ms que para enfriar el caldo cuando uno est
acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama."

Velzquez alz los hombros y le respondi con el mismo desenfado.

El vino hizo al cabo su tarea. Poco a poco los rostros se fueron
animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de
chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fu Antoico.
Estaba ms flaco que antes y descolorido. Apenas coma. Sus amigos le
embromaban por esta falta de apetito.

--Qu queris, hijos mos?--responda l.--He perdido el estmago.
Cmo no haba e perderlo si esta mujer que aqu veis me ha estado
envenenando ms de tres semanas con una beba compuesta?

--Decid que es mentira--salt Mara-Manuela--. No ha sido ms que ocho
das, y lo que le he dado a nadie le hace dao: agua de siete pozos
distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas
de rata...

--Mara Santsima del Carmen!--exclam Antonio llevndose la mano al
estmago--. Y yo he bebido eso?... Quitadme esos platos de delante!
Quitadme esas copas! Dejadme reventar en cualquier rincn, como un
triquitraque!

--Ya lo creo que lo has bebo!--exclam la ruda morena con gesto de
triunfo--. Y gracias a ello te tengo ahora chalato y pringoso que no
hay por dnde cogerte, ms humildito y manso que un cordero de Dios...
Porque ah donde ustedes le ven--aadi volvindose a los
circunstantes--, ah donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio,
ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de
rodillas pidindome que no me enfade. Y too esto a qu se debe? Pues a
la virtud de la beba.

--Sera milagro! Cmo quieres que yo vocee si me has dejado en los
huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buuelos por la
maana.

Los amigos rean y vertan de vez en cuando una palabrita para que la
disputa se alargase.

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitn se
haba apartado de la mesa y andaba de un lado a otro dando rdenes. Los
marineros comenzaban a moverse ejecutando las maniobras preventivas.

Soledad y Manolo se haban aproximado y charlaban un poco retirados de
los dems. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba
triste y que haca esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel
momento crtico el corazn hablaba. No en vano haba estado enamorada
tanto tiempo. La joven se defenda con empeo, negando que estuviese
triste y casi casi que hubiera estado enamorada.

--No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una
locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El
amor debe ser algo ms dulce, ms tranquilo... Era imposible que yo le
quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antiptico... Detesto
a los hombres soberbios...

--Es porque t lo eres.

--Quiz--dijo ella con franca resolucin--; pero as es... Por lo dems,
no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por
mi causa. Si le pasa algo en la travesa... o se enferma... o muere, me
ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira
inters, no quisiera hacerle dao... Porque en el fondo no es malo;
sabes? No tiene ms que mucha fantasa en la cabeza. En cuanto se le
quite ser un buen hombre... Francamente, sentira mucho que le
sucediese algo malo... Pobre Velzquez!

--S, pobre Velzquez! Ni supo querer ni supo ser querido--expres
Uceda ponindose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.

Soledad le clav una mirada de sorpresa y admiracin. Y a su sabor, en
silencio, largo rato estuvo contemplando a aquel hombre tan noble, tan
firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma.
Sinti deseos de arrojarse de cabeza al mar.

La tripulacin terminaba los preparativos. El capitn prescinda ya
enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorra el barco
de proa a popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando
rpidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velzquez,
comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez
graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprima sus
corazones. Slo Antoico se atrevi a decir alegremente a Paca:

--Vamos a ver, nia, sultanos una copliya de despedida. Hace un siglo
que no te oigo.

La esposa de Pepe de Chiclana respondi mirndole con severidad:

--Hijo mo, cuando un amigo tan apreciado como ste se marcha, nadie que
tenga corazn siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.

Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella
profunda mujer.

Sonaron las cinco en el reloj de la cmara. El capitn se acerc a ellos
y les dijo cortsmente:

--Seores, vamos a levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena
compaa, pero es preciso... A no ser--aadi sonriendo--que quieran
ustedes venirse al Per conmigo y con este buen mozo.

Nadie respondi. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno a
Velzquez y le abrazaron con emocin. El procuraba disimular la que
senta bajo una sonrisa forzada. Vinieron despus las mujeres y le
estrecharon la mano. "Buen viaje. Buena suerte. Que Dios te traiga
pronto!" Paca le entreg un escapulario de la Virgen del Carmen
rogndole que se lo pusiese. El majo le di las gracias llevndolo a los
labios.

Cuando lleg el turno a Mercedes, Velzquez la retuvo las manos entre
las suyas un momento y la dijo por lo bajo, vindola sonreir:

--Qu contenta ests, Mercedes! Te alegras de que me vaya, verdad?

--Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga a marchar,
debe de ser un viaje de recreo el que haces--respondi ella sin dejar de
sonreir.

--S, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no
he servido ms que para darte jaqueca. Perdname y que Dios te haga muy
feliz, como deseo.

--Adis!--repuso lacnicamente la joven.

Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la
nia al hacerlo empalideci, di unos pasos atrs como si estuviese
mareada y se dej caer sobre un cable enrollado; tapse los ojos con las
manos y comenz a sollozar fuertemente.

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios
acudieron al fin solcitos preguntndole:

--Qu te pasa, Mercedes? Te has puesto mala? Qu te pasa, hija, qu
te pasa?

--Qu le ha de pasar!--exclam su hermana Isabel roja de ira--. Que se
ha cado de tonta!

Y su madre y su prima se lanzaron al mismo tiempo indignadas y
enfurecidas sobre ella.

--Cmo!... No te da vergenza? Llorar por un hombre que se burla de
ti! Loca!, ms que loca! Vaya un paso chistoso!

La joven, sin responder a tales invectivas, segua llorando con el
rostro entre las manos.

Entonces Velzquez avanz hasta colocarse entre ella y las que la
injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:

--Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lgrimas de esa nia se
vierten por m, slo puedo demostrarles que no he querido burlarme
ofrecindoles casarme maana mismo con ella... Ya s que no la merezco,
pero juro por mi salud que har cuanto pueda por merecerla.

Al oir estas palabras, un grito de jbilo estall en la reunin. Todos
palmoteaban; todos chillaban dirigindose exclamaciones de asombro y de
gozo.

--Tiene gracia! Venir a un duelo y salir un casorio!...--A m me daba
el corazn que los dos se queran...--Y a m!--Y a m!

El seor Rafael, loco de alegra, gritaba:

--Vivan los novios! El da qu os casis prometo emborracharme..., lo
que no hice en los das de la vida.

Y empujando al mismo tiempo a Velzquez contra Mercedes, aada:

--Anda! Abrzala, cobarde!... Hazte cuenta que no somos nadie!

Pepa y Paca alzaban a su vez a Mercedes y la empujaban hacia su novio.
Este la abraz con efusin.

--Ya no hay viaje, capitn--dijo luego volvindose al de la corbeta.

--La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velzquez--repuso
ste estrechndole la mano.

Acometidos de un vrtigo, todos hablaban y nadie se entenda. Mas he
aqu que el prudente Frasquito se acerca a Velzquez y le dice
misteriosamente:

--Oye, chico, pero vas a perder el dinero del pasaje?

El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dndole afectuosas
palmadas en la espalda:

--S que lo pierdo! Quieres aprovecharlo t?

El seor Rafael haba odo la carcajada y se acerc para saber lo que se
trataba. Velzquez le inform riendo. Di el viejo un paso atrs y,
mirando fijamente a su sobrino, se santigu diciendo con gravedad:

--Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el nico
sabio que hay en Cdiz. Djame, por Dios, que cuente este golpe a todo
el mundo para honra de la familia.

--To, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!--exclam
Frasquito exasperado.

--No quieres que lo cuente? Est bien: te guardar el secreto. Pero de
aqu en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... Quiero que seas
mi to!

Velzquez ataj la disputa llevndose a Frasquito. Todos se despidieron
del capitn afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodndose
como mejor pudieron en las dos lanchas que los haban trado. Una vez en
ellas, como el da continuase sereno y el mar sosegado, a uno de ellos
se le ocurri acompaar a la corbeta algn trecho. Se acept con
regocijo la idea. El capitn hizo al instante levar anclas y el buque,
arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendi una marcha lenta
hasta llegar a paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las
lanchas le daban escolta.

Reinaba el jbilo en stas, cambindose entre unos y otros mil bromas y
donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la
brisa excitaban ms su alegra. Velzquez no se haba sentado al lado de
Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefiri colocarse entre sus
futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habl
en voz baja de este modo:

--Un sueo me parece lo que est pasando. Me encuentro sentado entre
ustedes; veo all a Mercedes, con la cual no tardar en casarme, y
apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese a morir en tierras
extraas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no
merezco. Despus de Dios a ustedes se lo debo. Quisiera poder
demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo
que la mejor manera ser haciendo a su hija feliz y a esto me
comprometo... Aquel Velzquez calavera, mujeriego y pendenciero se
marcha en ese barco para el Per. El que aqu queda es un hombre decente
que sabr mientras viva querer a su esposa y respetarles a ustedes.

El viejo _Cardenal_ aprob con la cabeza las palabras del majo; pero la
madre replic con acento en que se trasluca an la clera:

--No creas que te entrego a mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la
conozco y s que si la contrariase enfermara. A m no se me olvidan los
desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro
de que no volveras ahora tan satisfecho a Cdiz.

--Silencio, mujer!--interrumpi el padre con energa, y volvindose a
Velzquez aadi gravemente:--Las mujeres perdonan mejor los agravios
que las hacen que los que hacen a sus hijos. Eres nombre de juicio y
sabrs disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de
que haciendo feliz a Mercedes no tardar en desaparecer.

Llegaron al fin a la mar libre. La _Esperanza_ iz algunas velas y su
tripulacin dej los botes para subir a bordo. Los remeros de las
lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con
mucha gritera del capitn e inmediatamente pusieron proa a la ciudad.

El sol iba a ocultarse. El firmamento azul se tea de prpura en
Occidente con viva incandescencia que ascenda hasta el cenit,
fundindose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en
suave y maravilloso rosicler. El vasto Ocano llameaba recibiendo en su
seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo,
resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectculo.
La fresca brisa de la tarde baa su rostro. Vuelven los ojos a tierra y
su gozo aumenta viendo a Cdiz surgir de las aguas con su ceidor de
espumas, con su crestera que los rayos del sol doran como la corona
gigantesca del dios de los mares.

En aquel momento, Soledad pregunt a Uceda en voz baja:

--Sigues en tu idea de marcharte a Sevilla?

--S.

--Yo tambin me voy.

--A qu?--dijo el caballero fingiendo sorpresa.

--No lo s--replic la joven pugnando por no llorar.

Guardaron silencio unos instantes. Uceda le dijo al fin con sonrisa
benvola tomndole una mano:

--Escucha, Soledad. Ves ese hermoso sol que va a desaparecer? T sabes
que maana volver a lucir en el cielo tan hermoso como hoy. As saba
yo que tu amor volvera. Porque en este mundo el amor engendra al amor,
pero el capricho slo engendra al hasto. A pesar de tus locuras te he
seguido queriendo porque adivinaba en ti un espritu infantil a quien no
se puede exigir la responsabilidad de sus actos y tambin porque
respetaba en m el primer amor que t habas logrado inspirar. Aun hoy
te quiero con toda mi alma, pero...

--S, ya s que no puedo ser tu esposa. Ser tu criada..., tu
esclava--interrumpi Soledad con mpetu.

--Silencio! Para el hombre de corazn nada hay ms imposible que la
maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para
salvarte de la infamia. Confame tu suerte. Ignoro lo que sers con el
tiempo para m, pero puedes estar segura de que nada har que pueda
rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajar desde hoy por elevarte, por
dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cario me
ha dicho siempre que existe.

As habl el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con
alegra, y sus bellos ojos se nublan de lgrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos
resplandores. La _Esperanza_ izaba a lo lejos todas sus velas, que se
hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba
suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitn, desde lo
alto del puente, saludaba con su gorra blanca.




LA FE


Era lgico que esta novela produjese escndalo. El ttulo mismo
predispone a ello. Luego, un sacerdote que duda de las verdades de la
religin. Cierto haba motivo para escandalizarse y no han dejado de
hacerlo algunas almas timoratas, ms timoratas que instrudas.

Si lo estuviesen suficientemente sabran que es de hombres el dudar, no
de bestias. Y si hubieran ledo las admirables cartas de San Francisco
de Sales podran comprobar que a su juicio "pocos marchan con ms
rapidez en el camino de la perfeccin que aquellos a los que la duda
combate."

Verdad que existen almas privilegiadas para las cuales la duda es
imposible. Han entrado en el cielo y nada ni nadie puede arrancarlas de
l. Admirmoslas y envidimoslas. Pero no menospreciemos a las que
luchan y sangran para que sus puertas se les abran.

Complceme el saber que mi novela ha dado consuelo a otras personas, y
que gracias a ella han logrado el sosiego de su alma. Esto no obstante,
repito aqu lo que he dicho en el prefacio de la ltima edicin: "Si la
nica autoridad que yo acato en esta materia juzgase que hay en la
presente obra algo que necesite correccin, corregido y borrado queda
desde ahora mismo, pues yo no pretendo dar a este ni a ningn otro de
mis escritos, ms alcance que el que pueda ajustarse con las doctrinas
de la Iglesia Catlica, a las cuales me gloro de vivir sometido."




CRUEL DESENGAO


     La accin se desarrolla en Peascosa puerto de mar secundario de la
     costa cantbrica. Don Alvaro Montesinos era un mayorazgo a quien
     una educacin austera y un temperamento enfermizo haban hecho
     hurao y sombro. Muerto su padre haba venido a Madrid. Dotado de
     claro entendimiento se haba entregado con ardor a la lectura lo
     cual termin de arruinar su salud. Se hizo un sabio incrdulo y
     pesimista. Al cabo se enamor ciegamente, como suele acaecer a los
     hombres estudiosos y retrados, de una joven elegante y sin dinero
     llamada Joaquina Domnguez. Esta le acept como esposo no porque
     compartiera su amor sino por inters, pues Don Alvaro era rico.
     Transcurridos algunos meses Joaquina se dej enamorar por un joven
     aristcrata y propuso a su marido hacer un viaje por el extranjero.
     Don Alvaro cedi a este capricho. En Marsella la infiel esposa le
     abandon escapndose con su amante y robndole todo el dinero que
     llevaba. Entonces Montesinos se refugi en su viejo palacio de
     Peascosa y all vejet tres aos devorando su humillacin y
     entregado al ms negro pesimismo. Al cabo de este tiempo su
     perversa mujer sintindose en cinta, viene a Peascosa con pretexto
     de pedirle perdn, pero en realidad, para dormir una noche en la
     casa conyugal y obtener de este modo por la ley la legitimacin del
     fruto adulterino que llevaba en sus entraas. Busca al P. Gil para
     que le introduzca cerca de su marido.

Al tirar del cordel grasiento, el mismo taido lgubre que tanto haba
impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa,
produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tard en
oirse la voz cascada de Ramiro.

--Quin es?

--Gente de paz.

--Quin es?--torn a preguntar.

--Soy yo, Ramiro. Abre--respondi el sacerdote.

La puerta gir pausadamente sobre sus goznes y apareci la silueta del
viejo, dbilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que arda
sobre el dintel.

--Pase usted, seor excusador--dijo sin percibir a la dama, que se haba
ocultado detrs de ste. Pero vindola al fin, di un paso atrs y,
abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclam:

--Ah! Vuelve usted acompaada?... Pues ni por esas... No entrar
usted, no!

--Vamos, Ramiro--dijo con dulzura el sacerdote, ponindole una mano
sobre el hombro,--djanos paso, que este es un asunto delicado y que no
te concierne.

--Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

--Por qu no puede pasar?--pregunt con entereza el sacerdote, alzando
la cabeza.

--Porque aqu no entran p... ni ladronas.

Ante aquella injuria brbara la dama se tap el rostro con las manos y
dej escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y tomando al viejo por
un brazo, le sacudi con violencia.

--Sea usted ms comedido, y ya que no respete la sotana que visto,
guarde los miramientos que se deben a las seoras. Ante Dios y ante los
hombres sta es la esposa legtima de su amo de usted. Djeme el paso
franco, que a usted no le toca en ste asunto ms que oir, ver y callar.

Y dando un empelln al viejo, se volvi diciendo:

--Venga usted, seora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un sncope
se puso a correr delante de ellos, gritando:

--Alvaro, Alvaro! Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la
escena. El viejo se detuvo en el principal; subi hasta el segundo,
dando los mismos gritos. El P. Gil, que le segua con Joaquinita, dijo a
sta al llegar al piso primero:

--Qudese por ahora aqu; yo subir solamente.

Cuando lleg al segundo tropez con D. Alvaro que sala a punto de su
habitacin. Su rostro, siempre plido, lo estaba ahora tanto que daba
miedo. En cuatro palabras Ramiro le haba enterado de lo que ocurra.
Por la tarde, cuando por primera vez haba venido la esposa infiel a la
casa, no lo haba hecho. D. Alvaro no pronunci una palabra. Cogi con
mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete.
Luego cerr con cuidado la puerta.

--A qu viene esa mujer?--pregunt haciendo intiles esfuerzos por
aparecer sosegado. La voz sala de su garganta dbil y ronca.

--Viene a implorar su perdn.

--Se equivoca usted; viene por dinero--repuso sonriendo ya
forzadamente.

El P. Gil permaneci un instante silencioso y dijo al cabo:

--No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que est arrepentida...
Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relmpago de ira pas por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de
emociones que se agitaban en su espritu, la indignacin logr vencer a
todas las dems y profiri con acento despreciativo:

--Estoy perfectamente convencido de que no viene ms que por cuartos...
pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su
sinceridad... Si est arrepentida, que pida a un cura la absolucin. El
figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto,
es una idea que slo cabe en un alma tan miserable como la suya.

--El perdn jams degrada. Es la virtud que ms ennoblece al ser
humano--manifest el clrigo, sorprendido.

D. Alvaro le clav una larga mirada colrica. Despus alz los hombros
con desdn y dijo:

--Est bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha trado, se
lleve usted inmediatamente a esa seora.

--Me atrevera a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al
menos hablar con usted... Quiz tenga algunas revelaciones que hacerle.

--No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien
se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a
decirle)--al mismo tiempo le cogi con mano crispada la mueca,--por mi
parte, ni ahora ni nunca cruzar con ella la palabra... Puede usted
decrselo.

El P. Gil baj la cabeza y permaneci silencioso, mientras el mayorazgo
comenz a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los
bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa
sarcstica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba
la tensin de su espritu, como el pito revela la tensin de la caldera
de vapor.

--Ya que eso no pueda ser--manifest al cabo de un rato con suavidad el
sacerdote,--usted comprender, D. Alvaro, que esa seora no puede irse a
dormir fuera de esta casa sin dar pbulo a las malas lenguas, sin
renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egosmo, ya que no
por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa,
pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la poblacin.

D. Alvaro prosigui sus paseos agitados sin responder palabra, como si
no hubiese odo la proposicin del sacerdote. Al cabo de un rato se
plant delante de l y, mirndole fijamente, dijo:

--Est bien. Dgale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en
que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para
aceptarlo--aadi bajando la voz y recalcando las slabas.--Y si quiere
dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionar.

--Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy
triste--replic sonriendo el P. Gil.--Cualquier sacrificio hara por
borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de
su matrimonio. Cunto dara en este momento por ser un hombre
elocuente!...

--La elocuencia, seor excusador, ha servido en este mundo para que se
cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sera mayor que la
que usted me propone.

--Para usted es una vileza lo que para m sera un acto noble y
generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que
se refiere a lo que es dignidad o indignidad...

--Lo siento por usted, padre--repuso el mayorazgo, tendindole la mano.

--Y yo por usted, D. Alvaro. Buenas noches.

Al quedarse solo ste sigui paseando todava unos momentos; luego se
par delante del cordn de la campanilla y tir con fuerza. No tard en
presentarse Ramiro.

--Esa mujer est ah... Quieres que la eche?--pregunt el viejo, sin
aguardar las rdenes de su amo.

--No. Condcela a la sala, enciende todas las lmparas y avisa a Dolores
que suba.

El criado permaneci inmvil, mirndole con sorpresa.

--Y vas a consentir que esa...

--Silencio!--exclam el mayorazgo con energa, llevando el dedo a los
labios.--Haz inmediatamente lo que te mando.

El viejo se alej gruendo. Al instante se present la doncella.

--Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la seora que est
abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla
fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para
ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Aydala a
desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacis inmediatamente. Ests
enterada?

--S, seorito; pierda usted cuidado, que se la tratar como quien es.

D. Alvaro dirigi una mirada oblicua a la doncella y se apresur a
decir, algo acortado:

--Despchate pronto y ensale el gabinete azul. Si desea dormir en otro
lado, puedes mostrarle tambin el que llamis cuarto del obispo.

Otra vez qued solo y otra vez emprendi su paseo nervioso de un ngulo
a otro de la cmara. A pesar de la fortaleza y sosiego que haba
mostrado para rechazar las splicas del P. Gil, su cerebro trabajaba
agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removi los recuerdos
felices y aciagos que se haban depositado en el fondo de su ser, y que
ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres aos se
haba ido alejando de su memoria como un sueo que la claridad de la
aurora desvanece, surgi de pronto delante de sus ojos, tan prxima que
la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella
visin sentase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.

Despus de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenz a detenerse
a menudo, prestando odo a los ruidos que llegaban del piso primero.
Adivinaba ms que perciba los preparativos que la servidumbre estaba
ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le haba revelado toda
la negrura y todo el dolor de la existencia: "Ahora bajan la lmpara del
comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama...
Ha salido gente: ser Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece
que estn hablando en el gabinete azul..."

Ya no paseaba. Con el odo pegado a la cerradura, recoga vidamente
todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado
confusos, concluy por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el
pasamanos de la escalera y escuchar desde all, inmvil, recogiendo el
aliento. Haba imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre,
subira hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el
gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen
hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pens que este deseo se
realizaba. Sinti pasos en la escalera: toda su sangre fluy al corazn:
se apresur a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era
Dolores que suba a pedirle una llave. Cuando se fu torn a su
espionaje: permaneci en la escalera largusimo rato sin saber por qu
haca aquello. Escuch el rumor confuso de la conversacin de Dolores y
su mujer. La doncella era charlatana: Joaquinita tambin tena un
temperamento expansivo: la pltica se animaba cada vez ms. Hasta se le
figur percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le
sorprendieron ms que le indignaron. Por fin not que se pona a cenar.
Dolores iba y vena con los platos. Termin la cena. La doncella se
detuvo en el comedor y prosigui la charla. Cansado de estar en pie, se
sent en uno de los peldaos de la escalera. Al hacerlo sinti vergenza
y comenz a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su
espritu. Una hora larga esper de aquel modo, percibiendo el rumor
confuso de las voces, en el cual nada poda distinguir, ni siquiera cul
era la de su esposa y cul la de la criada. Al cabo observ que salan
del comedor. Todava se figur que su mujer aprovechara aquella ocasin
para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se prepar a meterse
en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esper
en vano. La seora se dirigi con Dolores hacia el gabinete azul. Sinti
cerrarse la puerta tras ellas: luego not que se abra de nuevo y sala
la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda haba ayudado a
desnudarse a la seora y la dejaba en la cama.

Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas,
permaneci inmvil, abstrado, escuchando ya solamente la voz de su
pensamiento y los latidos de su corazn. Un vivo despecho, del cual no
quera darse cuenta, le morda cruelmente las entraas. Senta la
necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de
abofetearla. Por qu haca unos instantes se haba negado a recibirla,
y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo crea que
era porque su odio y su indignacin haban crecido. No supo el tiempo
que permaneci en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa
arda cada vez ms vivo en su pecho, le pona inquieto, excitado; se iba
convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. Oh,
tenerla entre sus manos, apretarla hasta hacerla gritar de dolor,
hacerla padecer en el cuerpo lo que l haba padecido en el alma! Puntas
de hierro candentes le pinchaban por la espalda; las manos le temblaban
como si le pidieran una estrangulacin con que calmar sus ansias. Un
calor insoportable le suba de las piernas al cerebro. Las tinieblas se
espesaban, le envolvan en una atmsfera tibia, sofocante, como si se
hallase en un subterrneo. Hubo un instante en que pens que no poda
moverse: los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad.
Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le
sujetara, y se puso en pie.

Se dirigi con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqu que arda
sobre la mesa le hiri de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado.
Apagla de un soplo, busc a tientas la ventana y la abri de par en
par. Una rfaga viva de viento y agua le azot el rostro y penetr
rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D.
Alvaro aspir con delicia el aire fro y hmedo, asomse a la ventana y
expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas
de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lgrimas
las baaron completamente. Por algunos minutos goz con voluptuosidad de
aquel fro, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su
desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso
toldo de nubes, la luz de la luna consegua cernirse y esparca una
dbil y triste claridad. Slo cuando algn nubarrn ms espeso y ms
negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se
extingua casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peascos
que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre
las grietas de la torre de la iglesia. La msica lgubre de los
elementos embravecidos calm un poco la fiebre del hidalgo.

Consolado por aquel refresco, respir con libertad: se crey dueo de
s. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente,
volvi a pincharle el cerebro. Oh, tener delante a la infame, vomitarle
en el rostro las injurias que su dolor y su indignacin haban acumulado
durante tres aos; luego cogerla as por el cuello y retorcrselo! Aquel
instante de placer compensara los tormentos que haba experimentado. Un
minuto que vala por toda una existencia de dolor. Y por qu no
gozarlo? No tena en su poder al verdugo de su dicha? No estaba all
debajo, durmiendo tranquilamente, mientras l se agitaba todava entre
crueles torturas? Apartse un poco de la ventana y se sec el rostro con
el pauelo. Sinti que era impotente para luchar con aquel apetito de
venganza. Toda su filosofa despiadada, indiferente, se haba ido a
pique. El mundo dej de ser pura representacin; se converta en
realidad innegable; la vida adquira el valor absoluto que tiene para
todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razn, satisfacer los
instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para
calmarse, se deca que todas aquellas emociones nada valan ni
significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco
todo sera humo: en vano se representaba la imbecilidad del ser humano,
luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba de l.
Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso,
irracional, que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, poda ms
que el filsofo.

Busc a tientas la salida, y apoyndose en las paredes lleg hasta la
escalera. Al bajar el primer peldao, sus botas rechinaron en el
silencio de la casa. Sentse y se despoj de ellas. Luego se desliz
hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento
perfecto de la casa, avanz por los corredores hasta llegar a la puerta
del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor di una
campanada. No supo a qu hora perteneca esta media. Acerc el odo a la
cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno.
Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se desliz hasta
la puerta de escape que la alcoba tena en el pasillo y volvi a poner
el odo. Al cabo de un momento pudo oir una respiracin igual y serena.
Un vivo estremecimiento corri por todo su cuerpo al percibirla. Sinti
un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego; el corazn quera
saltarle del pecho: apoy las manos sobre l para apagar el ruido de las
palpitaciones. La traidora dorma tranquilamente sin curarse de l.
Aquel deseo de reconciliacin era, pues, una farsa? Vena a buscar
dinero solamente? Qu miserable! Qu mujer tan odiosa!

Empleando todas las precauciones imaginables, levant el pestillo de la
puerta y empuj. Tena el pasador echado por dentro. Entonces se fu a
la puerta del gabinete. Aqulla estaba abierta. Avanz por la estancia
sobre la punta de los pies conteniendo la respiracin, lleg hasta la
alcoba y levant las cortinas. Di un paso ms y choc con la cama: puso
la mano sobre ella y la desliz hacia la cabecera. Sinti la presin del
cuerpo de su esposa al hincharse con la respiracin. Acerc el rostro
hacia el sitio donde deba de estar la cabeza de la dama, y dijo muy
quedo:

--Joaquina, Joaquina.

No despert.

--Joaquina, Joaquina--repiti.

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudi levemente por el
hombro, llamndola de nuevo.

La dama di un grito y despert despavorida.

--Jess! Quin es? Quin va?

--No te asustes, soy yo--dijo con voz dbil el mayorazgo.

--Quin? Quin?--replic la dama, con seales de terror en la voz,
echndose hacia la pared.

--Soy yo, soy Alvaro... Mira--aadi con voz temblorosa,--s que has
venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidmoslo todo,
comencemos una nueva vida...

La dama no respondi. Metida contra la pared, escuchbase su respiracin
an anhelante por el susto.

--Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte--prosigui con la voz misma
temblorosa, apagada por la emocin,--pero fueron intiles... Ests
metida a hierro y fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi
nico amor en este mundo... Me has hecho mucho dao, mucho! pero aunque
me hicieses mil veces ms, no se borrarn de mi alma los momentos de
dicha embriagadora que te debo... Te quiero, s, te quiero, te
adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetir a la faz del
mundo entero... Si supieses cunto he sufrido! No ha sido mi dignidad,
mi orgullo destrozado, lo que me ha hecho padecer... Mi corazn es el
que ha sufrido... Qu desconsuelo! Qu tristeza tan honda! Pareca
como si una mano helada me arrancase suavemente las entraas... Pero ya
pas todo... Verdad que ya pas?... Comenzaremos a amarnos de nuevo,
como aquella tarde en que te estrech entre mis brazos por primera vez,
en una calle de rboles de los jardines de Aranjuez...

El mismo silencio por parte de Joaquinita.

--Contstame... Te he asustado, vida ma? Perdname... Por qu no has
salido luego que se fu ese cura?... Pensabas que iba a arrojarte?...
No, preciosa ma... no... Te quiero, te adoro...

Al mismo tiempo, alargando las manos, tropez con una de su esposa, la
cogi y la llev a sus labios con entusiasmo. La dama la retir
prontamente.

D. Alvaro qued sobrecogido.

--Por qu me retiras tu mano?... No te tiendo yo la ma, y soy el
ofendido?... No has venido a reconciliarte conmigo?...

--S, s, Alvaro--murmur ella.--A eso he venido... Me has asustado...

--Perdname, Joaquina... Si supieses qu alegra me causa el oir tu
voz! Pens que nunca ya, nunca ya! la volvera a oir. Quieres ser mi
esposa?--aadi bajando la voz, inclinndose para acercar la boca al
rostro de la dama.--Djame un sitio a tu lado, hermosa... Djame ser una
noche feliz...

--No, Alvaro, ahora no--volvi a murmurar la esposa infiel.--Maana...
Djame, estoy muy cansada... Djame hasta maana...

--No te molestar. Me estrechar cuanto pueda y dormirs tranquila...

--No, ahora no puede ser... Maana.

--Por qu no? No quieres ser mi mujercita? No quieres que seamos
felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?

--S, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme
sola... Maana ser otro da, y te prometo ser tuya... Ah tienes mi
mano... Vete a dormir, Alvaro... Hasta maana.

Montesinos busc en la obscuridad aquella pequea y hermosa mano, que
tan bien conoca, y la apret contra sus labios perdidamente, la devor
a besos. Joaquina la abandon en su poder, esperando que al cabo se
marchara. Soltla, en efecto, pero fu para echarle los brazos al
cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando
sus labios con besos brutales, frenticos. La dama forceje rabiosamente
para desasirse, y lo logr, haciendo tambalearse a su marido de un
empelln.

--Te he dicho que no quiero, que no quiero!--le grit con voz
colrica.--Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas
calles... Vete! Vete!

D. Alvaro qued clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras
las que le dejaban fro, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja
de un pual, que le llegaba hasta lo ms hondo del pecho.

--Vete! Vete!--repiti ella alzando an ms el grito.

En aquel momento ni un pensamiento cruzaba por el cerebro del mayorazgo:
todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la sorpresa y el
horror del golpe. No senta ms que una viva impresin de anhelo, como
si se hubiese cado de algn sitio muy elevado y estuviese an por el
aire. El mundo desapareci en medio de aquella oscuridad: nada exista
en las tinieblas que le envolvan, ni siquiera su pensamiento. Slo
quedaba una voz estridente, fatal, y un gran dolor, un dolor eterno.

--Vete! Vete!

Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una
catstrofe, sali de aquella estancia. Se encontr en la escalera
agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. All se detuvo y quiso
coordinar sus ideas. Por qu corra? Qu haba pasado? No se daba
razn de aquella huda repentina. Trat de volverse y penetrar de nuevo
en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas
se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante
un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanz, cogindose con ambas manos a
la barandilla, y lleg hasta su cuarto. El huracn, penetrando por la
ventana abierta, se haba enseoreado de l; los papeles volaban, los
muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron en
el silln del escritorio, y se sent sin intentar siquiera buscar las
cerillas ni cerrar la ventana. As permaneci inmvil, con los ojos
desmesuradamente abiertos en la obscuridad, sin sentir el fro que le
penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le baaba a
intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le
ensordeca y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan slo
en su cerebro.

As le sorprendi la claridad del da, un da triste y sucio, como casi
todos los del invierno en Peascosa. Alzse al fin, como un sonmbulo,
entr en la alcoba y se dej caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo
despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueo invencible,
de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dorma en una inmovilidad
absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente plido.
Cuando a las tres de la tarde sali de aquel profundo letargo, supo, sin
asombro alguno, que su esposa se haba marchado en la diligencia de
Lancia.




LA ALDEA PERDIDA


La Aldea perdida, que he titulado novela-poema, es en efecto tanto un
poema como una novela. Y si Dios me hubiese dotado con la facultad de
fabricar versos armoniosos como a Garcilaso de la Vega, seguramente la
escribira en verso.

Est empapada toda ella de los recuerdos de mi infancia. Su escenario es
la pequea aldea de las montaas de Asturias donde he nacido y donde se
deslizaron muchos das, si no todos, los de mi niez.

Para un nio aquellas peleas a garrotazos entre un puado de rsticos,
que a un hombre le causaran risa, tomaban proporciones colosales,
homricas. Quiz hoy si presencisemos las luchas homricas entabladas
ante los muros de Troya, nos haran reir tambin.

Despus he visto aquel amado valle natal agudamente conmovido por la
invasin minera. Su encanto se haba disipado. En vez de los hermosos
hroes de mi niez vi otros hombres enmascarados por el carbn,
degradados por el alcohol. La tierra misma haba tambin sufrido una
profunda degradacin. Y hu de aquellos parajes donde mi corazn
sangraba de dolor y me refugi con la imaginacin en los dulces
recuerdos de mi infancia. De tal estado de nimo brot la presente
novela.

Es la primera y nica vez que dej su nombre verdadero a esta regin. La
haba ya descrito en _El Seorito Octavio_ y en _El Idilio de un
enfermo_ con nombre supuesto. Aqu no slo conserv los nombres de los
sitios, sino tambin los de algunos personajes que en la accin
intervienen. La casa de Entralgo es la ma solariega. Su dueo, D. Flix
Ramrez del Valle era mi abuelo, a quien slo guard sus iniciales, pues
se llamaba D. Francisco Rodrguez Valds. Su criado Linn de Mardana,
que lo fu despus de mis padres y por ltimo mo, muri hace cuatro
aos de ms de noventa.

A nadie sorprender, pues, mi predileccin por esta novela. Si hubiesen
de perecer todas y se salvase una del olvido, quisiera que fuese sta.
La escrib para m nicamente como el hombre que se divierte haciendo
solitarios con una baraja. No pude imaginar que pudiera ser gustada ms
que por algunos viejos asturianos como yo. Sin embargo, contra todos mis
clculos, fu acogida con extraordinaria benevolencia, y es una de las
que ms se han popularizado. Algunos crticos, con razn o sin ella, la
prefieren a todas las otras. Tan cierto es que en literatura nada hay
mejor que dar gusto a s mismo para drselo a los dems.




EL DESQUITE


     Los mozos del valle de La viana se hallaban divididos en dos
     bandos. De un lado, los de las parroquias de Loro y Condado; de
     otro, los de Entralgo y Villoria. En las romeras era donde
     especialmente estallaban las reyertas y donde se apaleaban
     lindamente; pero tambin en particular y en das ordinarios sola
     haber algunos choques. Jacinto de Fresnedo, mozo de la parroquia de
     Villoria, galantea a Flora que es de Loro. Una noche va a
     visitarla. Saliendo de su casa, tropieza en el camino con Toribin
     de Loro y otros mozos, que le arrancan el palo, le golpean y le
     torgan. La torga consiste en amarrar el propio palo a la espalda de
     un mozo con los brazos en cruz y luego soltarle los pantalones,
     para que, formando grillete, apenas le deje caminar. Jacinto con
     gran dificultad logra llegar a su casa. Su primo Nolo de la Braa,
     que por desabrimiento con sus amigos se hallaba haca tiempo
     apartado de las peleas, indignado con la humillacin infligida a un
     pariente tan cercano, se decide a vengarle.

Cuando un mensajero enviado de Villoria anunci a Nolo la humillacin
que los mozos de Loro haban infligido a su primo, en el primer momento
se resisti a creerlo. Rendido, sin embargo, a la evidencia, fu
acometido de un furor insano que puso en huda al zagal que le trajo la
noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no
domado, bata contra las paredes de su casa los aperos de la labranza,
lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cay en una calma ms
terrible an que su furor. Qued plido y profundamente sosegado. Subi
a su cuarto para vestirse el traje de los das de fiesta, el calzn
corto de pao verde con botones dorados de filigrana, el chaleco
floreado, la blanca camisa de lienzo que la ta Agustina haba hilado
con sus manos primorosas; ci a sus pies los borcegues de becerro
blanco, cubri su cabeza con la montera picuda de terciopelo, ech en
seguida sobre sus hombros la chaqueta; tom su palo. As ataviado se
puso en marcha y baj a Fresnedo. Llam en una de las primeras casas;
pregunt por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al odo. El
semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja.
Respondi el mozo con un signo de afirmacin. Nolo se despidi. En esta
forma recorri las casas de los ms bravos guerreros de Fresnedo. Luego
envi emisarios a las Meloneras, a los Tornos y a Navaliego. Despus
baj a oir misa a Tolivia.

A las tres de la tarde se reunan en las afueras de esta aldea hasta
cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud
montaesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la
romera del Otero. Por qu tan tarde? A la hora en que llegaris,
galanes, la romera estar muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas
buscarn ya con la vista a sus parientes para reunirse a ellos y tomar
el camino de su casa. No importa. Hoy no es da de festejar a las
rapazas.

Marchaban fieros y graves, el rostro contrado, la mirada fija. Ninguna
chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra
sala de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lgubres por la calzada
pedregosa. As os v cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin
flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por
el cielo para descargar su fardo de clera sobre alguna comarca prxima!
Mi corazn infantil palpit y desde el corredor emparrado de mi casa os
grit:

--Nolo, vais a zurrar a los de Loro? Llvame contigo!

Yo te vi sonreir, intrpido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me
enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco ro arriba y lo salvaron por
un vado descalzndose previamente. A toda costa no queran llamar la
atencin y caer sobre la romera de improviso. Una vez en el camino de
la Pola ascendieron por la montaa hacia el santuario del Otero, no
siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano
sobre la misma colina. Ms de la mitad de l, por la parte superior,
estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se
ocultaron all sin ser vistos de la gente de la romera.

Hallbase sta en todo su esplendor. Herva el campo con rumor gozoso de
cantos y risas y plticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de da de
fiesta discurra por l entrando y saliendo de la iglesia, parndose
delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites o
agrupndose en torno de los bailarines. Debajo de un hrreo prximo al
templo sonaban la gaita y el tambor y all ms de dos docenas de mozos
y mozas se entregaban con furor al baile. Ms lejos, en paraje
descubierto, danzaban otros formando enormes crculos que giraban
cadenciosamente al comps de sus cantos.

--Florita, dnde tienes a Jacinto?--pregunt una joven de la Pola a la
gentil molinerita de Loro.

Ambas se hallaban prximas al hrreo contemplando el baile.

--Madre! Es algn gato Jacinto que se trae y se lleva en una
cesta?--respondi Florita enseando para reir las perlas de sus dientes.

--Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese ms que
para saltarte sobre el regazo.

--Calla, tonta! Pronto le dira zape! Los gatos dejan muchos pelos en
la ropa--exclam la zagala dando un carioso empujn a su amiga que por
poco le hace caer de espaldas.

--Vaya, que antes ya le pasaras la mano sobre el lomo!... Pobrecito!
Pobrecito menino!

--Fu! fu! Zape!--gritaba la nia emprendindola a pellizcos con la
burlona y retorcindose de risa.

Sin embargo, al cabo qued seria. Estaba sorprendida y despechada al
mismo tiempo de no ver a su novio en la romera. Se ira a hacer el
desdeoso aquel zarrampln despus de haberle arrancado la confesin de
su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

--Lo ves cmo te quedas seria?--le dijo su amiga con ojos
maliciosos.--No puedes ocultar que ests chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohn de desprecio la linda morenita.

--Yo perdida por ese cachorro!... No me conoces, Carmela.

Y para demostrar lo contrario llam a uno de sus primos que por all
andaba y le invit a bailar. Bailaba con sobrado coraje la molinera de
Loro para que no dejase sospechar que haba en ello ms jactancia que
alegra.

Sin embargo, la romera iba cerca de su fin. El sol se acercaba
lentamente a las cumbres de la Vara, encima de Canzana: pronto les dara
el beso de despedida. Andaban por el campo de la fiesta bastantes mozos
de Villoria y Tolivia y algunos de Entralgo, pero desparramados, mustios
y con apariencia de hudos. Las repetidas victorias de los de Loro los
tenan acobardados y recelosos, sin gana alguna de emprender nueva
quimera, aunque sus enemigos les daban para ello sobrado motivo. Es
indecible el grado de orgullo y de insolencia a que stos haban
llegado. No slo con miradas y gestos provocativos les quemaban la
sangre, sino tambin con picantes indirectas y con insultos groseros les
ponan en el trance a cada instante de perder la paciencia y
experimentar una nueva y vergonzosa derrota.

Pero el ms insolente, el ms provocativo, el ms fachendoso de todos
era Toribin de Loro. Imposible mirar solamente a aquel hombre sin
sentir el corazn henchido de rabia. Por eso los de Entralgo y Villoria
se apartaban cuanto podan de los parajes en que el jefe poderoso de
Loro relampagueaba de orgullo y de jactancia.

Jams se le viera ms alegre y fanfarrn que aquella tarde. Con la
montera terciada y el garrote empuado por el medio iba de un lado a
otro sonriente, provocativo, embromando a unos, injuriando a otros, como
si el campo de la romera fuese suyo o no hubiera en dos leguas a la
redonda ms rey ni ms amo que l.

Y en verdad que no pareca en toda la comarca mozo ms fornido... Su
padre, labrador rico de Loro, lo haba criado no con nabos y castaas,
sino con sabrosos torreznos de jamn y cecina, con pan de escanda y
buenos tragos de vino de Toro que los arrieros de Castilla acarrean por
el puerto de San Isidro. Por eso era capaz de alzar sobre los hombros un
carro de hierba; por eso nadie osaba competir con l ni en la siega ni
partiendo lea. Llevaba aquel da envuelta la cabeza, por mayor gala, en
un pauelo floreado de seda y la montera encima; apretaba sus piernas
membrudas de gigante fino calzn de Segovia; colgaban de la botonadura
de su chaleco los cordones del justillo de Flora que haba arrancado la
noche anterior al infortunado Jacinto.

Cuando se hart de caracolear por los diversos grupos decidise a entrar
en la danza. Su presencia caus disturbio y malestar entre los mozos.
Porque Toribin, no slo con los enemigos, sino con los suyos se
mostraba intemperante. Ahora daba terribles empellones a los mozos que
tena ms prximos hacindoles vacilar cuando no caer de bruces, ora se
gozaba en apretarles la mano hasta hacerles exhalar gritos de dolor.
Rea, gritaba, cantaba y hablaba a destiempo.

--Dnde estn los pollos de Entralgo y de Villoria?--profera riendo a
carcajadas.--Hace ya mucho tiempo que no oigo su _po po_. Andan de
rama en rama los pajaritos o estn todava en el nido esperando a que su
madre los cebe?... Dicen que los espanta el milano... Cua! cua!
Corred, corred, pollitos, que all va el milano!... Cua! cua!

Y extenda los brazos y chillaba imitando el grito de las aves de
rapia. Y su risa era tan grande que el exceso de alegra baaba sus
mejillas de lgrimas.

--Ijuj!--concluy gritando con su voz de bronce.--Viva Loro!

Un hombre salt en aquel momento en medio del corro y grit con voz
estentrea:

--Muera!

Aquel intrpido guerrero era el hijo del to Pacho de la Braa.

--Muera!... muera!... muera!

Tres veces repiti el mismo grito. Su voz poderosa lleg hasta los
ltimos confines de la romera produciendo en ella un estremecimiento de
terror. Corrieron los nios a refugiarse entre las faldas de sus madres,
desbandronse los hombres, chillaron las mujeres, volcronse las mesas
de confites y las cestas de fruta. Un miedo pnico se apoder de aquella
muchedumbre tan alegre momentos antes.

Toribin de Loro empalideci tambin; pero reponindose presto se lanz
sobre su rival soltando espumarajos de clera. Alz su garrote enorme
como una tranca que slo l era capaz de manejar y lo descarg con tal
mpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si ste no
hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.

--Has errado el golpe, Toribin--profiri con voz entera el hroe de la
Braa.--Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto daras
buena cuenta de m. Pero confo en que ahora vas a pagar tu fachenda de
siempre y la marranada de ayer. Muera el cerdo de Loro!

Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazn
henchido de un furor salvaje. Nolo, aunque de la misma estatura que el
caudillo de Loro, era menos corpulento; mas lo que le ceda en cuerpo
se lo ganaba en flexibilidad y ligereza. Se haban arrollado la chaqueta
al brazo izquierdo para que les sirviese de escudo. El palo de Nolo era
corto, de acebuche, pintado al fuego y sujeto a la mueca por una
correa. El de Toribio largo y pesado de roble.

Los mozos de Loro se haban aproximado de una parte, los de Entralgo y
Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por
tcito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus hroes ms famosos
saldasen solos y cara a cara la cuenta que tenan pendiente.

Toribin, as que hubo errado el golpe, levant de nuevo la tranca; pero
antes que tuviese tiempo a descargarla se le anticip con increble
presteza el de la Braa y le atiz un estacazo en la cabeza que le
oblig a tambalearse. Reponindose instantneamente volvi sobre su
adversario como un len hambriento o un jabal que necesita abrirse
paso. Nolo pudo parar el golpe con el brazo izquierdo que aun con la
almohada de la chaqueta se resinti bastante. Lanz un rugido de dolor
el guerrero de la Braa y acometido por la rabia homicida comenz a
brincar en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre,
atacndole por todas las partes con incansable furor. Temblaba la tierra
bajo los pies de tan formidables guerreros, crujan sus palos al
chocarse, escuchbase de lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la
fiesta se estremeca pendiente de aquella descomunal batalla.

Por fin el hijo del to Pacho alcanz el brazo derecho de su contrario
con un garrotazo. Salt el palo de la mano de Toribin y qued inerme
frente a su adversario. Entonces vindose perdido, no hall otro recurso
que volver la espalda y darse a correr moviendo con ligereza sus
piernas. Pero el valiente Nolo le segua de cerca lleno de confianza en
sus pies rpidos. Dos veces dieron la vuelta entera al campo de la
romera. Como un galgo persigue al travs de la verde llanura a la
liebre que acaba de levantar entre la maleza, as el hroe de la Braa
segua y apretaba cada vez ms al ilustre guerrero de Loro. Los de uno
y otro bando se mantienen suspensos y anhelantes contemplando la carrera
de sus jefes, el uno fugitivo, el otro corriendo sobre sus pasos.

La mala ventura de Toribin quiso que al hacer la tercera vuelta se le
enredasen los pies entre un helecho y cayese de bruces. Alzse
rpidamente, pero antes que pudiera emprender de nuevo la carrera un
garrotazo de Nolo le hizo dar con su pesado cuerpo en el suelo. Entonces
el irritado mozo saci sobre l su furor descargando sobre sus espaldas
algunos garrotazos, mientras le deca lanzndole una mirada feroz:
"Echa roncas ahora, pelele, echa roncas! Te creste que porque Dios te
ha dado mucha fuerza los dems somos de manteca? Si ayer noche fuera yo
con Jacinto no lo hubierais torgado, gran cerdo. Toma por ladrn! Toma
por cerdo!"

Los de Loro, viendo a su compaero as cado y golpeado, volaron al fin
a su socorro. Mas los de Entralgo y Villoria, animados con la presencia
de Nolo y su buen suceso, les salieron al encuentro. Cuando los de uno y
otro bando se hubieron encontrado, son un formidable clamor. Los
hombres chocaron con los hombres, los palos con los palos. Escuchronse
a la vez gritos de triunfo y lamentos, imprecaciones y vivas. Como dos
ros impetuosos que caen de la montaa y sus aguas se tropiezan en el
valle con fragoroso estruendo que se oye a lo lejos, as los dos
ejrcitos rivales cayeron el uno sobre el otro. Igual furor los anima:
el mismo deseo de gloria agita sus corazones.

Sin embargo, los de Entralgo eran menos numerosos, y ante la avalancha
formidable de sus enemigos no tardaron en ceder terreno. Entonces Nolo
de la Braa se sali un instante del sitio de la lucha y lanz un
silbido penetrante. Los cincuenta guerreros de Fresnedo, Meloneras y
Navaliego, al oir aquella seal, surgieron de improviso del bosque donde
se hallaban ocultos y cayeron como buitres hambrientos lanzando gritos
horrsonos sobre los mozos del Condado y Loro. Quin pudiera resistir
el mpetu de aquella juventud magnnima? Una tromba de agua y pedrisco
no causara ms dao en un sembrado: la mar alborotada arrojando sobre
la tierra sus espumas amargas no infundira ms espanto. Todo cae, todo
huye, todo grita delante de su furor indomable. Los de Loro, aterrados,
apenas pueden resistir breves instantes. En vano el valeroso Firmo de
Rivota los anima con grandes voces al combate y dando el ejemplo se
arroja con temerario coraje en medio de la pelea. El msero sucumbe al
fin bajo el garrote de Jacinto de Fresnedo; cae aturdido y es pisoteado.

Musas, decidme los nombres de los guerreros que all cayeron o salieron
descalabrados bajo los garrotazos de los hijos magnnimos de Entralgo,
porque yo no acierto a contarlos! T, bizarro Angeln de Canzana,
tumbaste de un estacazo en medio de la cabeza al esforzado Luisn de la
Granja, hijo del to Ramn, famoso domador de potros. Confiado en sus
fuerzas extraordinarias, quiso hacerte frente; pero lograste pronto
volcarle y fu pisoteado. El valeroso Ramiro de Tolivia midi varias
veces las espaldas con su garrote a Juan de Pando, afamado en todo el
valle, no slo por su valor, sino por la habilidad en el baile. Ninguno
con ms primor ejecutaba las mudanzas y saltaba delante de su pareja: en
esta ocasin no le valieron sus giles piernas: aunque corra como un
gamo por el monte abajo, Ramiro le alcanz repetidas veces con su palo.
Froiln de Villoria desarm y apale sin piedad a Pin de Boroes,
sobrino del cura del Condado, a quien su to estaba enseando latn para
enviarlo al Seminario de Oviedo y ordenarlo _in sacris_ por la carrera
abreviada. Antes que el obispo lo consagrase, Froiln logr hacerle un
buen chichn en la corona. Pero ms que todos stos se distingui en
aquella jornada memorable Tanasio de Entralgo. Su cayado fulminante,
cortado en el monte Raigoso, abata cuanto encontraba delante. Imposible
contar el nmero prodigioso de bollos y tolondrones que aquel mortfero
instrumento caus en breve tiempo. No era un arma en sus manos, sino
rayo fragoroso, resonante, que sembraba el terror y la alarma por
doquiera que pasaba.

A quin sacrificaste t, impetuoso Celso, honor y gloria de mi
parroquia? Bajo tus acometidas invencibles cayeron muchos y bravos
guerreros de Loro y cay tambin el ms ilustre de los hijos del
Condado, el famoso Lzaro, que despus de Toribin y Firmo era tenido
por el ms esforzado de los enemigos de Entralgo. No le vali su garrote
nudoso de acebuche ni le valieron sus saltos prodigiosos. T derribaste
de un garrotazo su montera adornada de claveles y luego le tentaste
varias veces la cabeza y las costillas. A quin inmolaste t,
industrioso Quino, el ms galn y ms prudente de los hijos de
Entralgo? Bajo tu palo gimieron muchos bravos en aquella aciaga jornada
y por fin tuviste el honor de ver huir delante de ti al valeroso Lin de
la Ferrera. Si no le diste alcance no fu porque te faltasen piernas,
sino porque no quisiste que los mozos del Condado te cortasen la
retirada.

Pero en aquella ocasin por su fuerza y por su audacia se distingui
Nolo, el hijo del to Pacho de la Braa, entre todos los hijos de
Villoria y Entralgo y gan gloria imperecedera. Parecido a una llama
impetuosa penetra entre las filas de los contrarios sembrando en ellas
el pavor. Tan pronto est en un sitio como en otro; aqu tumba a un
mozo, ms all desarma a otro, en otra parte persigue a un fugitivo.
Imposible averiguar a qu campo perteneca, si peleaba del lado de Loro
o de Entralgo. Como un ro impetuoso se despea en el invierno sobre el
valle y rompe los diques que las manos del hombre le han puesto y
arrastra los rboles y las casas y destruye las ms florecientes
heredades, de tal modo el hijo del to Pacho penetra en las espesas
falanges de los de Loro introduciendo en ellas el desorden y el
espanto.

Dnde estabas t, belicoso Bartolo, dnde estabas t en aquel momento
de perdurable memoria para nosotros? Habas llegado tarde a la romera y
te habas acercado al hrreo donde los zagales y zagalas se entregaban
al baile. All tropezaste con un amigo que te invit a beber unos vasos
de sidra. Y descuidadamente, sin pensar que los de Entralgo iban a
necesitar pronto de tu invencible brazo, te entretuviste alegremente
narrando amores y combates. En vano te dijeron: "Bartolo, parece que hay
palos en la romera." T no hiciste caso, acostumbrado como estabas a
despreciar los peligros, y enardecido por la pltica y la sidra seguiste
relatando la historia maravillosa de tus hazaas. Cuando al cabo algunos
fugitivos vinieron a refugiarse bajo el hrreo y pudiste cerciorarte de
que la bulla no era niera, con terrible calma cubriste tu cabeza con
la montera, pediste otro vaso de sidra, lo bebiste y despus de haberte
limpiado repetidas veces los labios con el dorso de la mano dijiste con
sosiego aterrador: "Vamos a ver lo que quieren esos pelafustanes." Y
saliste arrojando miradas homicidas a todos lados.

Pero ya la victoria estaba declarada por los de Entralgo. Los de Loro y
Condado corran desbandados y seguidos de cerca por los primeros. Las
mujeres, los nios y los hombres pacficos se haban refugiado en el
prtico y en los alrededores de la iglesia. El campo de la romera
estaba poco menos que desierto. Sembrados por l y aturdidos por los
garrotazos yacan algunos guerreros. Uno de ellos se levant y
derrengado, sin palo y sin montera enderez sus pasos trabajosamente
hacia la iglesia. Era el famoso Toribin, el caudillo ilustre de Loro.
Bartolo lo vi y animado de un valor intrpido salt sobre l como un
len y de un par de estacazos le hizo de nuevo medir el suelo.

--Ya caste entre mis uas, Toribin--exclam con sonrisa diablica--.
Mucho tiempo haca que tena gana de verme cara a cara contigo. Cuando
te levantes marcha a Loro y cuenta a tus compaeros cmo te ha hecho
morder la tierra el hijo de la ta Jeroma de Entralgo.

Despus, sereno, majestuoso, semejante a un dios recorri el campo de la
fiesta sin que nadie se opusiera a su marcha triunfante.

Hartos de apalear y perseguir a los de Loro, no tardaron en llegar los
zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de
triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algn tiempo reina
la misma animacin. Los mozos vencedores, ebrios de alegra, quieren
depositar su triunfo a los pies de las rapazas y les ofrecen sus
monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonren ellas, se
hacen las melindrosas; insisten ellos y a pesar de su fuerza indomable
se muestran ruborosos y humildes como nios.

Jacinto se acerca a Flora. Su rostro an est contrado, sus manos
tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraa agitacin.

--Qu mosca te ha picado, Jacinto?--le pregunta la linda morenita
mirndole con una risa maliciosa.

--Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?--exclama
rudamente el mozo.

Flora le mira sorprendida.

--Pues en cuanto sal de tu casa, antes que llegase a Rivota, entre
Toribin y otros tres me torgaron.

Un relmpago de ira pas por los ojos de la zagala.

--No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? Que eran muy burros!
muy burros!




ADIOS

     Demetria, hija natural de una seora de elevada alcurnia de Oviedo,
     fu entregada al nacer a unos labradores de Canzana, el to Goro y
     la ta Felicia. Se cri como hija suya y lleg  los diez y seis
     aos sin conocer el secreto de su nacimiento. Su verdadera madre,
     arrepentida del abandono en que la haba tenido, se presenta un da
     en Canzana reclamndola. Demetria estaba en relaciones amorosas con
     Nolo de la Braa. Tanto por esto, como por el intenso cario que
     profesaba a sus padres y hermanos putativos, experimenta un
     profundo pesar.


As fu como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa
gloria. Pero el hijo intrpido del to Pacho de la Braa no pudo
saborearla porque no hall en la romera a Demetria, aunque largo tiempo
la busc por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del to
Goro ni de Felicia. Pregunt a Flora y sta tampoco saba por qu su
amiga dejara de asistir a fiesta tan renombrada. Con el corazn lleno de
tristeza el hroe de la Braa iba y vena de un grupo a otro, siempre
con la esperanza de hallar en alguno a su dueo bien querido. Cuando se
lleg la noche y aquella muchedumbre se fu dispersando tom la
resolucin de ir a Canzana y as lo comunic a sus compaeros. Pero el
prudente Quino le habl de esta manera:

--Yo no dudo, Nolo, que vayas a Canzana esta noche, aunque bien sabes
que los de Loro no dejarn de esperarte en el camino. Si todos los
hemos agraviado ahora, a nadie ms que a ti guardarn rencor. Grande
alegra les daras si pudiesen saciar en ti su venganza, porque t
fuiste quien les prepar la gardua en que cayeron. Mi parecer es que
dejes la visita hasta maana y que la hagas a la luz del da, cuando
todos esos mozos estn en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla,
entonces nosotros te acompaaremos despus hasta Villoria.

El hijo del to Pacho lanzndole una mirada feroz le respondi:

--Pasmrame a m que no salieses con alguna de las tuyas. Quin sino t
pudiera meterme miedo con esos mamones que todava estn corriendo y no
pararn hasta esconderse debajo del escao de su casa? Tienes el corazn
de liebre y vales ms para comer la torta y la leche al pie del lar que
para sacudir garrotazos en las romeras. Gurdate, gurdate en casa esta
noche, que yo no necesito que nadie me d escolta.

El industrioso Quino sinti que el calor suba a sus mejillas y replic
encolerizado:

--Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no
es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa a los amigos que se han
portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, t la comes tambin,
porque no te mantienes del aire, y si t das garrotazos en las romeras,
garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no
ser Quino de Entralgo quien te lo estorbe.

Iba a contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrpido Celso
de Canzana, temiendo que la disputa llegase a pelea, se apresur a
intervenir.

--Ya que lo veo necesario, Nolo, voy a decirte lo que s y que segn las
trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta maana se present en
Canzana una gran seora y pregunt por el to Goro y la ta Felicia.
Entr en su casa, habl con ellos y tambin con Demetria y se fu en
seguida. All se dice que esta gran seora es la madre de tu rapaza y
que se la lleva para Oviedo o Gijn. Ahora ya sabes por qu no ha venido
esta tarde a la romera. Si quieres ir a Canzana puedes hacerlo, y si a
la Braa lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos siempre
para lo que gustes mandar.

Qued Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran
tristeza inund su corazn y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo
murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidi de sus
amigos manifestando que iba derecho a su casa.

Se acost en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo.
Todas sus ilusiones se huan. Aquel amor profundo, el primero y el nico
de su vida, se disipaba como un sueo. Lo que tenazmente se susurraba
haca tiempo y haba llegado varias veces a sus odos resultaba cierto.
Demetria no era hija de aldeanos, sino de seores, y seora ella misma
por lo tanto. Cmo se acordara en las alturas de su nueva posicin de
la bajeza de aquel aldeano que la amaba? Oh, cunto la amaba! El pobre
Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.

Por la maana pens en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero
no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; tema echarse a
llorar como un nio. Sali a trabajar, pero en vez de hacerlo dejse
caer bajo un rbol, y as se estuvo toda la maana inmvil, con los ojos
extticos. Un deseo punzante le acometi, el de ver por ltima vez a
Demetria y despedirse. Quiz no se hubiese marchado an. Si se haba
marchado, quera ver siquiera aquella casa en que ella respir y
sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre haba tenido
por padres. Comi apresuradamente y sali con disimulo sin decir una
palabra.

Baj a Villoria. Una vez all, en vez de tomar el camino real de
Entralgo, a la derecha del riachuelo, sigui la margen izquierda, por la
falda de la montaa, a la altura de Canzana.

Tampoco Demetria logr dormir aquella noche. Haba pasado todo el da
sumida en profunda tristeza, llorando a ratos amargamente, haciendo, sin
embargo, penosos esfuerzos para mostrarse serena a fin de no aumentar el
dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que ms entristaba
a la zagala era que sta perdiera aquella confianza maternal para
tratarla y reprenderla. Se mostraba, a par que afligida, un poco
confusa en presencia de la que ya no poda llamar hija.

Esper con ansia la noche para ver a Nolo, pues no dudaba que ste, no
hallndola en la romera, viniese a Canzana. Amargo desengao
experiment al observar que se llegaba la hora de irse a dormir sin que
el mozo de la Braa llamase a su puerta. Y el mismo punzante deseo que a
Nolo le acometi a ella: el de despedirse y darle testimonio de su
constante amor.

Al da siguiente toda la maana emple en los preparativos de su viaje.
Efecturonse stos en silencio y tristemente. La casa estaba como si
hubiera muerto alguno. Despus de comer manifest que iba a Loro a
despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero
designio. Baj la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente
sigui la margen izquierda del ro, pas por el cimero de Cerezangos y
se dirigi a Villoria.

Los caminos eran de montaa: unas veces senderos en los prados, otras en
los bosques de castaos, otras, en fin, calzadas estrechsimas entre
paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de
estas calzadas se encontr de improviso con Nolo. Ambos quedaron
sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fu
Demetria quien primero rompi con franqueza el silencio:

--Iba a la Braa, Nolo.

--Y yo a Canzana, Demetria.

--Tena que hablarte.

--Yo a ti tambin.

Demetria le mir sorprendida.

--Sabes algo?--le pregunt vacilante.

--S... Ayer me dijeron lo que haba pasado por la maana en tu casa.

Los dos guardaron silencio. Se haban arrimado a la paredilla, el uno al
lado del otro. Demetria arranc un retoo verde de la zarza y lo deshizo
entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos
abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las
piedras del camino.

--Nunca estuve ms descuidada y alegre que ayer por la maana--profiri
al cabo en voz baja la joven--. Haba lavado y vestido a mis hermanos y
tena mi ropa extendida sobre la cama para ponrmela cuando volviese de
la fuente... Pensaba en la romera... Pensaba en bailar hasta caer
rendida... Pensaba en ver a Flora... Cuando baj la escalera encontr a
mi madre llorando. Delante estaba una seora tan alta como yo, seria,
con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucan como si
tuviesen fuego dentro y en las muecas unos anillos grandes con piedras
verdes que relucan tambin... Cuando mi madre me dijo: "Demetria, esta
seora es tu madre; yo no lo soy", pens que me vena el techo encima.
Qued sin gota de sangre. Despus me dijeron que iban a llevarme a
Oviedo y vestirme de seora...

--Y no te alegras de eso?--pregunt Nolo sin levantar los ojos.

--No--respondi secamente la zagala.

Hubo una pausa. Nolo volvi a preguntar tmidamente:

--Ser por el to Goro y la ta Felicia? Te han criado como padres y t
los quieres como si lo fuesen...

--S, por ellos es... y por ti tambin--aadi rpidamente y en voz ms
baja.

Un estremecimiento sacudi el cuerpo del mozo de la Braa.

--Oh, por m!... Bien te acordars cuando seas seora y vistas de seda
y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de este
pobre aldeano que all en la Braa destripa terrones!

--Calla, Nolo, calla--profiri ella con acento severo--. No me obligues
a decir lo que no debo. Ya pueden ponerme los vestidos que quieran:
debajo de ellos siempre estar Demetria, la misma rapaza para quien
hacas zampoas y buscabas nidos all en el monte, la misma que
acompaaste en las romeras tantas veces.

El mozo de la Braa escucha estas nobles palabras con alegra y guarda
silencio paladeando su sabor delicioso.

--Si en Canzana hubieran querido--aadi la joven despus de un rato con
acento no exento de amargura--nadie me sacara de casa.

--Qu iban a hacer los pobres, si no son tus padres!--murmur Nolo.

Ellos nada, pero dejarme a m que lo hiciera.

--Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenan razn para ello,
ni se habrn atrevido a aconsejrtelo.

Call la zagala, comprendiendo que Nolo tena razn, que su queja era
injustificada.

--De todos modos--profiri despus con resolucin--, si ahora me marcho,
algn da volver. Nadie me quitar de venir a ver a mis padres... Y si
me lo quitan, ya sabr lo que he de hacer.

--Cundo te marchas?

--Maana. Regalado, el mayordomo de don Flix, qued encargado de
llevarme.

Acerca del viaje y sus preparativos, de la afliccin de sus padres y de
sus pequeos hermanos departieron todava un rato. Ni una palabra
volvieron a hablar de s mismos. La pltica corra lnguida y apagada.
Debajo de sus palabras indiferentes se transparentaba una tristeza
profunda. Ambos tenan la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al
cabo, despus de una larga pausa, Demetria dej escapar un suspiro y
como si saliese de un sueo exclam:

--Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No s si tendr tiempo de ir a
Loro a despedirme de Flora y volver antes de la noche.

--S lo tienes. Mira; el sol est muy alto todava.

Demetria guard silencio y permaneci inmvil mirando por encima de la
paredilla a las altas montaas de _Mea_. Y sin apartar de ellas los ojos
profiri:

--Vendrs maana a despedirme?

--No--respondi el mozo con firmeza.

--Haces bien. Para qu llamar la atencin de la gente?

Y despus de una pausa aadi tendindole la mano:

--Adis, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja a tus
padres y a tus hermanos y al ganado que tenis en la cuadra.

--Adis, Demetria. El te guarde tan buena como eres y te traiga pronto
por ac.

Se estrecharon las manos, se miraron con amor a los ojos unos instantes
y se apartaron con el corazn desgarrado, pero grandes, serenos como la
Naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mrmoles de la
antigedad.

--Oye, Demetria--dijo l volvindose repentinamente.

Demetria tambin se volvi.

--Toma esos claveles--aadi quitndose la montera y arrancando de ella
los que llevaba prendidos--. Si pasas por la iglesia de Entralgo djalos
a la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntar otra vez.

Tomlos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso
rpido. Ella lloraba. El con los ojos secos y la mirada altiva marchaba
erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.

En vez de seguir el mismo camino y pasar a Entralgo por el puente del
Campo de la Bolera, Demetria baj al ro, lo atraves por unas grandes
piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y sigui la margen
derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empuj con mano
trmula la puerta y entr. Se hallaba el templo solitario en aquella
hora. La zagala se postr ante la sagrada imagen de la Virgen, y
sollozando, con palabras fervorosas pidi proteccin para ella y para
Nolo: bes repetidas veces el ramo de claveles que ste le haba dado y
lo dej a los pies de la Madre de los desconsolados.

Al salir tropez cerca del prtico con la ta Brgida y la ta Jeroma,
aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al
prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La haban
visto desde un prado prximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad
bajaron rpidamente a esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas
al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.

--Quin dira, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha cado
sobre ti la bendicin de Dios!--exclam la ta Brgida ponindole cara
halagea--. Todos los vecinos estamos alegres ms que las pascuas al
ver cmo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno
que no te haya estimado por la rapaza ms guapa, ms limpia, ms honrada
de nuestra parroquia. T sola eres la triste, Demetria. Cmo es eso?

--Bah! lgrimas de un da--exclam la ta Jeroma--. Bien se acordar de
llorar cuando maana se vea en Oviedo sentada en un silln que se hunde,
tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrs para que le
espante las moscas.

Demetria permaneci grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle
de la lengua, pero fu intil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la
actitud fra y reservada que siempre haba caracterizado a la hija del
to Goro de Canzana.

Despidise presto y se encamin velozmente a Loro. Flora llor primero,
ri despus, volvi a llorar y trat de consolarla. Cunto habl
aquella vivaracha criatura en poco tiempo! Pues an no parecindole
bastante resolvi acompaar a su amiga hasta Entralgo, dormir all y
despedirla al da siguiente. Y as se efectu y no hay para qu decir
que durante el camino no cerr la boca. Demetria la escuchaba embelesada
y de vez en cuando aplicaba un sonoro beso en sus mejillas de rosa.

No fu mucho tampoco lo que pudo dormir la zagala aquella noche.
Aguard, sin embargo, a que su padre la llamase y se visti como si
fuesen a conducirla al suplicio. Cuando se asom al corredor vi delante
de la casa a todas sus compaeras, quince o veinte zagalas de Canzana
que haban resuelto bajar a despedirla. Un torrente de lgrimas se
escap de sus ojos. Su padre, el irreprochable Goro, la tom de la mano
y le dijo:

--Parceme, Demetria, que lleg la hora de decirte algunas palabras
instrudas; porque la sabidura, no lo olvides, hija, es la mejor
cosecha que un hombre puede recoger. Vale ms que el maz y que el trigo
y si es caso vale ms que el mismo ganado. Ahora que vas a Oviedo y
tratars con seorones de levita, instryete, hija, aprende lo que
puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia
agarra tambin la pluma. Pero luego que ests bien aprendida no
desprecies a los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen
ellos. Adems, el orgullo no sienta bien a ningn cristiano. Yo que com
ms de una vez a la mesa con los clrigos te lo puedo certificar. Y el
Espritu Santo ha dicho: "Si te ensalzas te humillar, y si te humillas
te ensalzar."

As habl el hombre ms profundo que guardaba entonces el valle de
Laviana y quiz las riberas todas del Naln caudaloso.

--Padre, padre! por qu me dice usted eso?--exclam Demetria
angustiada.

Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia no
tiene fuerzas para acompaar a su hija y queda en casa exhalando
gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de l Demetria
desciende por la calzada de Entralgo. Detrs marchan tambin algunos
hombres que rodean al to Goro.

En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados.
Demetria abraza a todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El
mayordomo monta en el suyo brioso.

--Adis, adis!

El to Goro, plido como la cera, se acerca todava a su hija, le
estrecha las manos, se las besa y le vierte al odo estas memorables
palabras:

--Aprende, hija, aprende a leer por los papeles, que la persona que no
sabe semeja (aunque sea mala comparanza) a un buey.

Luego se retira demudado como si fuera a caer.

Adis, adis!




LA HERMANA SAN SULPICIO


Esta es la novela entre las mas que ha logrado mayor popularidad en
Espaa. Lo que entretiene es lo que primero se difunde, y esta narracin
goza opinin de divertida. Algunos crticos, harto indulgentes, han
querido ver en ella una obra representativa, un bosquejo de la sociedad
andaluza. No he aspirado a tanto. He narrado una aventura de amor y la
he hecho florecer en el pas del amor y de las flores; la he prestado el
aliciente del contraste sin llegar al pecado; este es el secreto de su
xito lisonjero. El amor nos interesa a los viejos y a los jvenes, a
los grandes y a los pequeos. Todas las otras religiones tienen sus
adeptos y sus herejes; pero en este favorable dios todos creemos; sus
hazaas y prodigios constituyen la historia del linaje humano.

Cmo un hombre del norte, un _casi gallego_, ha podido lanzarse a la
empresa de escribir la novela de la Andaluca? Alguien quiz lo explique
por la facultad que nos atribuyen a poetas y novelistas de transmigrar
por momentos y vivir la vida de los dems seres. Yo lo explico ms
humildemente, admitiendo que aquello que vemos por vez primera nos hiere
con ms eficacia y queda ms impreso en nuestro espritu que lo que
presenciamos a diario desde nuestra niez. Pocas semanas en Sevilla me
han bastado para libar la deliciosa dulzura de aquella vida original,
inspiradora, y saturarme de ella.

He averiguado que no pocos andaluces leyendo esta novela me han credo
su compatriota. Aunque este error me honre en cierto modo no me
enorgullece. Asturiano soy y quiero ser. Aunque lo duden mis buenos
amigos de Sevilla, en la hmeda y frgida regin donde he nacido tambin
hay poesa.

No todos son buenos amigos mos en Sevilla a lo que pude entender. Hay
all personas que no han visto con buenos ojos la aparicin de esta
novela y se manifiestan descontentos de la pintura que de su ciudad he
trazado. No me sorprende. Estn tan acostumbrados a verse pintados en
panderetas guarnecidas de madroos, que cualquier retrato suyo les
sobresalta. Les pasa como a nuestros frailes de principios del siglo
XIX, a quienes cualquier libro escrito en lengua francesa daba tufo de
hereja.

Quisiera tranquilizarles. El que una poblacin tenga carcter no la
excluye del concierto de las dems civilizadas que no lo tienen.
Sevilla es una ciudad culta, amable, hospitalaria. Nada ganar en
cultura y decoro el da en que tenga calles anchas y casas de seis pisos
y campos de _foot-ball_ y los jvenes enseen las pantorrillas y las
cigarreras vayan a la fbrica con sombrero. En cambio habr perdido
mucho de su atractivo.

Creo haber hecho en obsequio de su ciudad ms de lo que esas personas
recalcitrantes se figuran. Lase en el apndice de este libro lo que
dice Emilio Faguet de _La Hermana San Sulpicio_. Y como ste son muchos
los extranjeros que por mi novela aman a Sevilla sin conocerla. Otros
han venido a visitarla. Hace ya bastantes aos, a un oficial de
Artillera paisano mo le dieron a elegir por guarnicin entre Barcelona
o Sevilla. Estaba ya decidido por la primera ciudad, cuando acert a
leer _La Hermana San Sulpicio_. As que la termin pidi destino para
Sevilla, all se fu y all se cas.

Desechen, pues, sus resquemores esos buenos sevillanos, no se
avergencen de lo tpico y pintoresco de su ciudad natal, no ambicionen
el transformarla en una ciudad moderna y rectilnea. La regularidad no
es la belleza. Lo que ganamos en disciplina lo perdemos en iniciativa.
En esas ciudades de calles tiradas a cordel no pocas veces, ay!, los
habitantes suelen estar tambin tirados a cordel.




PASEO POR EL GUADALQUIVIR


     Ceferino Sanjurjo conoce a Gloria en las aguas de Marmolejo. Era
     monja dedicada a la enseanza. La sigue a Sevilla. Ella deja el
     convento y se traslada a su casa. Sanjurjo logra enamorarla. Se
     hablan por las noches a la reja. Sanjurjo tiene un rival llamado
     Daniel Surez que tambin haba conocido a Gloria en Marmolejo.
     Como Sanjurjo frecuentaba la casa y la tertulia de Anguita, Surez
     le calumnia haciendo creer a Gloria que tiene amores con Joaquina
     Anguita. Gloria celosa y enfurecida cita a Surez para la reja a la
     misma hora en que sola hablar con Sanjurjo. Este cuando vino como
     siempre a pelar la pava experiment la cruel humillacin de ver
     su puesto ocupado. La calumnia y la intriga del malagueo quedan
     deshechas en el presente captulo.

Demasiadamente confiado dorm yo aquella noche y dej transcurrir el da
siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fu a situar en el
puente de Triana, donde Paca me haba dicho que la esperase para darme
cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de ms
animacin en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que
trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en
Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el
puente, que hierve de transeuntes.

Arrimme perezosamente al pretil, de espaldas al ro, y contempl con
ojos distrados aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi
contemplacin eran las caras saladsimas de las cigarreras y
trabajadoras de la Cartuja que all suelen verse. Unas en grupos
resonantes de gritos y risas, otras solitarias, preocupadas, caminando a
paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello,
pasaban por delante de m, dirigindome alguna vez breves miradas de
curiosidad y sorpresa, como si pensasen:

--Qu har aqu este desaboro, que ni siquiera nos dise: Ole la
muheres castisas! Viva tu mare, mi nia!

Para _oles_ estaba yo! A medida que se acercaba el momento de la
conferencia con Paca parecame ms grave y decisivo. Un germen de duda
haba entrado en mi espritu despus de almorzar, y en pocas horas se
haba desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. Por
qu me pareca tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en
virtud de una intriga de Surez, y no por libre y espontneo movimiento
de su voluntad? No acertaba a explicrmelo. Por ms esfuerzos que haca
para volver otra vez a aquella mi anterior conviccin, no lo lograba.
Oscuro y temeroso se me ofreca lo que poco antes vea claro y risueo.
Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furor
y rabia que me haba acometido al saber mi derrota. Una extraa laxitud
la invada, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a la
clera. La memoria de la ofensa se deshaca, se disipaba entre las
brumas del cerebro. Slo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz y
el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonio
irrecusable era ste, si lo supiera entender, de que continuaba
enamorado y ms que nunca. Lleg a parecerme que lo que me haban
concedido haba sido por pura merced y bondad, y que era natural
privarme ahora de lo que no mereca. Hacia Gloria, dando por supuesto
que me haba engaado, no senta rencor alguno. El malagueo segua
inspirndome aversin y repugnancia, pero no deseaba vengarme de l.

Cuando, a impulso de mis imaginaciones melanclicas, se huy el deseo de
recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras, volvme
para derramarla por el ro y sus pintorescas mrgenes. El sol acababa de
ponerse. Un resplandor rojizo que se extenda desde el horizonte por el
firmamento, esfumndose en lo alto y transformndose en rosicler de
tintas puras, nacaradas, indicaba el paraje por donde el astro del da
se haba ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzbase la Torre del
Oro, que baada por los reflejos del horizonte rojizo pareca fabricada,
en efecto, con el metal que le da su nombre. Ms a la izquierda,
asomando slo la cabeza sobre las azoteas del casero de la ciudad,
vease tambin la Torre de la Plata, con su blanca corona de almenas.
Ms all, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de sus
naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra. El
Guadalquivir corra bajo mis pies. Sus aguas revueltas, amarillentas,
gracias a los reflejos del crepsculo, semejaban un espejo tembloroso
donde brillaban mil tintas de palo y plata y carmn. A lo largo de l,
acostados al muelle, haba gran nmero de buques, cuyos mstiles y
enredada jarcia parecan surgir del gran bosque de naranjos que se
extenda por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de
Triana tocaban en la orilla del ro, el cual segua su curso majestuoso
hasta unos dos kilmetros del puente, donde, al hacer un recodo, pareca
detenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias le
oponan.

El sosiego melanclico de aquel espectculo formaba contraste con la
baranda que tena a mi espalda. El aire caldeado no recoga del ro
ninguna humedad. Sentase igualmente abrasador, insufrible, que en medio
de la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores del
cielo, repartiendo sobre l infinitos matices imposibles de nombrar.
Sobre la tierra derramaba una triste palidez que tornaba las cosas
incoloras y las confunda y las borraba. All, debajo del muro verde de
las Delicias, se amontonaban las sombras formando una masa espesa que se
iba dilatando rpidamente. Sobre Triana, de lo alto de la suave colina
donde se asienta Castilleja de la Cuesta, descenda igualmente la noche.
El aire reson con un ronco silbido prolongado. Era un vapor que sala.
Vi su masa negra apartarse lentamente de la orilla, o el ruido
estridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su quilla rompi
silenciosa el acerado espejo del ro, y no tard en perderle de vista a
lo lejos, al penetrar en el espeso montn de sombras que los bosques de
naranjos dejaban caer sobre el agua.

Placame por las tardes ir a aquel sitio, a presenciar la puesta del
sol. La vista del paisaje que por lo variado y recogido, pareca un gran
lienzo panormico, me infunda siempre un sentimiento de bienestar,
cierta deliciosa plenitud de vida, que slo las grandes ciudades
meridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentame
triste y solo. Aquel riente espectculo, que pareca impregnado de la
gracia y la alegra de mi Gloria adorada, perdi de pronto su encanto.
El espritu de belleza vivo y ardiente que lo animaba rechazaba el mo,
serio y contemplativo. Yo, que guiado por el amor haba penetrado de
golpe en lo ms ntimo y profundo de aquella naturaleza ardorosa,
perfumada, palpitante, dejando perderse en ella mi ser antiguo, grave y
soador, de hombre del Norte; yo, que aspiraba y recoga por todos los
poros la vida andaluza, como si aqulla fuese mi patria verdadera y a la
cual fuera restitudo despus de muchos aos de ausencia, me encontraba
ahora despegado, solitario. Faltaba el lazo que nos una. Entre aquel
ro, aquella Torre del Oro, aquellos bosques de naranjos, aquel
horizonte difano de tintas brillantes, y yo, no haba nada ya de comn.
No era frente a estas cosas ms que un curioso, un _touriste_, como
ahora se dice, pero no tardara en partir, acaso para siempre. Partir!
ay! No se ran ustedes. Viendo centellear suavemente en lo alto del
cielo una estrellita azulada, sent correr por las mejillas dos
lgrimas.

Despus de enjugarlas cuidadosamente, volv de nuevo el rostro hacia los
transeuntes, buscando distraccin a mi tristeza. Apenas lo haba hecho,
enfilando la vista por el puente en direccin a la ciudad, veo a lo
lejos una colosal nariz que se oculta detrs de la gente, y vuelve a
ocultarse, y vuelve a aparecer, aproximndose siempre. Aquella nariz no
poda pertenecer lgicamente a otro que a Eduardito. Esta fu mi
conviccin instantnea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruz por
delante de m con el sombrero en la mano, el paso desigual y
precipitado, ms que nunca plido y las facciones desencajadas.

--Eh! eh! Eduardito.

Detvose un instante, mir y vino hacia m.

--Dnde va usted tan escapado, hombre de Dios?

--No lo s, don Ceferino--me respondi, posando sobre m sus ojos
vidriosos.

--Tiene gracia! Y se iba usted como si le faltase medio minuto para
llegar a la cita?

--Oh, si supiera usted, don Ceferino!... Me estn pasando unas
cosas!... Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Haca tiempo que se
hallaba en un estado de debilidad extrema. Ahora pareca que hablaba
como si no hubiese tomado alimento desde haca ocho das.

Mirle sorprendido y con curiosidad.

--Si supiera usted lo que me est pasando en este momento!

--Qu hay?

--Pues nada... Ver usted... Mi hermana acaba de darme un golpe
terrible... Fu a casa... Ver usted... Por la maana le dije que no
poda continuar de este modo... que era necesario resolver uno u otro...
Ms de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversacin... pero
cuando iba a hacerlo, se me pona un nudo aqu en la garganta... Usted
no sabe... aunque me matasen, no poda... vamos, no poda... Si yo
tuviese tanto pico como mi hermana... Maldita sea!... Le dije que me
hiciese el favor de decrselo a Fernanda de mi parte, y que me la diese
o me desengaase de una vez... Pues bien, ver usted... qued en
decrselo esta tarde... Yo no puedo continuar as, don Ceferino, crea
usted que no puedo continuar!... Pues bien, qued en decrselo. Esta
tarde deba venir Fernanda a casa. Matilde me dijo despus de almorzar
que saliese y no volviese hasta el oscurecer... y que cuando volviese
estara todo arreglado, o poco haba de poder. Mi hermana se pinta para
estas comisiones. Obedec. D ms de mil vueltas por Sevilla, y cuando
vi que oscureca me fu a casa. Crea usted, don Ceferino, que me
temblaban las piernas. Cuando llam a la puerta estaba ms muerto que
vivo. Sali Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena:
"Qu vienes a hacer aqu? Mrchate! Vete ahora mismo!" Cre que el
mundo caa sobre m... No s cmo pude salir del portal, ni s cmo he
llegado hasta aqu...

--Y no es ms que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que las
ha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro de
que nada malo le suceder... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

--Oh, no!--exclam el apasionado joven.

--S; le quiere a usted, hombre... Ya ver usted.

Estuve por decirle: "Cmo no ha de quererle, siendo vieja y fea y no
teniendo a nadie que la mire a la cara?" Pero me contuve.

--Ay, don Ceferino, qu bien me est usted haciendo!--exclam, dndome
un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

--Nada, vyase usted tranquilo. D usted algunas vueltas por ah, y
luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entra
usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buena
noticia.

Eduardito me contempl un momento con sus ojos pequeos, inspidos; y
algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

--Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita antes por all...
y luego salir a avisarme...

--Amigo mo--le respond con tono triste y desengaado--, en este
momento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voy
a saber tambin si mi novia me quiere o me manda con la msica a otra
parte... Esto ltimo ser lo ms probable. Conque ya puede usted
dispensarme.

--Pero cree usted que Fernanda?...--replic con egosmo feroz, sin
tomar en cuenta para nada mi confidencia.

--S, hombre, s; vyase usted tranquilo.

No se haban pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran
cartlago se alejaron, cuando apareci, por la boca del puente, Paca. En
la primera mirada que me dirigi comprend que todo se haba perdido.

--No ha querido contestar, verdad?--le pregunt sin saludarla,
esforzndome por sonreir.

--Uf! Cmo est con ut, seorito! Ni por un Seor Crucificao ha
quero tomar la carta. Me ha dicho: "Paca, si no quieres que ria
contigo, no vuervas en tu va a hablarme de ese..."

--De ese qu?--pregunt, viendo que se detena.

--De ese _to_--agreg avergonzada--. Ut dispense, seorito.

--Est bien, Paca--dije, aparentando sosiego, pero con voz alterada por
la emocin--. Muchas gracias por el inters que se ha tomado usted por
m...

Hubo unos instantes de silencio.

--Lo siento de too corasn, seorito. Yo creo que ustedes dos pareaban
mu bien...

Pocas palabras ms hablamos. No poda ocultar mi tristeza y desaliento.
Los consuelos de la cigarrera no penetraban siquiera en mis odos.
Antes de despedirse quiso darme la carta, que no haba podido entregar.
Yo la tom, y sin rasgarla la arroj al ro, sonriendo tristemente.

Lo primero que se me ocurri caminando a casa fu marcharme al da
siguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero despus consider que
deba hacerlo, cuando menos, de Isabel y su padre, a quienes deba
hartas atenciones, y me decid a ir a esperarlos al da siguiente a la
estacin. Adems, abrigaba todava esperanza de que la condesita
interviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos.
Me costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a dar
explicaciones de su conducta.

Al entrar en casa me encontr, sin saber cmo, en los brazos de
Eduardito, y otra vez sent en la oreja el cosquilleo de su nariz
indmita. Mi profeca se haba cumplido. Matildita obtuvo un xito tan
satisfactorio en su dificilsima gestin diplomtica, que Fernanda haba
concedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarla por la
reja los martes, jueves y sbados. Eduardito osaba esperar que, andando
el tiempo, obtendra el mismo sealado favor los lunes, mircoles y
viernes. Lleg a la sazn Matildita, y Eduardito, presa de un rapto de
amor fraternal, se abraz a ella y la restreg el rostro con la nariz
repetidas veces en testimonio de gratitud eterna. El _Colibr_, con
aquel xito se haba crecido, y entornaba la cabecita a un lado y a otro
con ms petulancia, si cabe. Deca que la indiscrecin del chinchoso de
su hermanito, llegando justamente en el momento en que estaba tratando
con su amiga los puntos ms delicados, por poco hace fracasar las
negociaciones. El hermanito empalideca escuchando aquel horrible
peligro que haba corrido sin saberlo.

Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector encuentre
perdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de Argote
de Molina. Cuando emprend el camino, no saba fijamente qu es lo que
all iba a hacer. Muy pronto qued determinado en mi cerebro. Avanc
cautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde poda verse
la casa de Gloria me detuve. El corazn me daba saltos. Estir el
cuello, asom la cabeza como un miserable espa y... nadie. A la reja no
haba nadie. Un goce intenssimo ba todo mi ser como un blsamo
celestial. A este goce sucedi ansia indefinible de cerciorarme de que
los ojos no me engaaban, que a la reja no haba nadie, absolutamente
nadie. March resueltamente por la calle y pas por delante de la casa a
paso lento, y hasta me parece que me detuve un instante frente a ella.
Era verdad; qu verdad tan sublime! All no estaba el malagueo. La
calle desierta, las ventanas hermticamente cerradas. Pero era necesario
que me convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y
sabrosa verdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las
dos de la madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aqulla con toda
lentitud y me detena algunos instantes a ver si la ventana se abra y
el aborrecido rival llegaba. No fu as. Me consider dichoso, como si
fuese gran fortuna. Una de las veces que por all cruc me sent tan
tiernamente apasionado y aun agradecido, que me acerqu a la reja, y
despus de convencerme de que nadie me observaba, bes los hierros donde
mi saladsimo dueo haba puesto tantas veces sus manos.

Retirme contento a casa. Aquel feliz estado de espritu me hizo de
nuevo ver las cosas de color de rosa. Al da siguiente me enter de la
hora a que llegaba el tren de Cdiz, y fu a esperar al conde y a la
condesita del Padul, prometindomelas muy felices. Era la hora del
oscurecer. En el andn estaban Pepita Anguita y otras cuatro amigas de
Isabel. Dos de ellas eran las de Enrquez, a quienes ya conoca de
vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y departimos alegremente,
riendo bastante con las ocurrencias de Pepita. Cuando el cuerno del
guardaagujas anunci la llegada, nos abalanzamos presurosos al borde del
andn, y tuvimos el gusto de ver a la ventanilla de un coche a la
condesita, que nos salud con el pauelo, muy regocijada y agradecida.
Antes de salir de la estacin, ya las de Enrquez la invitaron a ir con
ellas aquella noche al teatro. Isabel manifest que estaba cansada; pero
no cedieron, y tanto empeo formaron, que al fin consinti en que la
viniesen a buscar despus de comer. El coche del conde y el de las de
Enrquez los esperaban. Mas antes de que entraran en ellos tuve ocasin
para quedarme un momento detrs con Isabel, y explicarle en cuatro
palabras lo que suceda. Maravillse en extremo, e hizo sin vacilar la
misma afirmacin de Paca; esto es, que deba de haber una intriga o mala
inteligencia. No pudimos hablar ms, porque llegamos a la puerta de
salida y era preciso montar en carruaje. Yo no quise hacerlo, aunque me
invitaron con insistencia. La condesita me dijo al darme la mano:

--Vyase usted esta noche por el teatro, ya hablaremos.

Com con premura, me vest y me ech a la calle en el momento que
entraba Villa.

--Hombre--le dije con imperdonable ligereza y egosmo (lo mismo que
Eduardito conmigo)--, cmo no ha ido usted a esperar a Isabel?

Le vi inmutarse, y me respondi turbado que haba tenido que hacer en el
cuartel.

Llegu al teatro de San Fernando cuando slo haba dentro de la sala dos
docenas de personas a lo sumo. An tard, en poblarse, larga media hora.
Se representaba una funcin extraordinaria, a beneficio de no s qu
desgraciados, por la compaa de pera que haba actuado en Cdiz y
regresaba a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, bien
decorada. Pero el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos de
las nias indgenas, que all pueden verse con ms comodidad y espacio
que en ninguna otra parte. Es el teatro aristocrtico de Andaluca. Las
damas que all asisten, vestidas con esplendidez y gusto, pueden mirar
sin bajar la cabeza a las abonadas del teatro Real de Madrid. Los
hombres, por el afectado descuido de su persona y por su desmedida
aficin al _flamenquismo_, no son dignos de figurar al lado de ellas.

Isabel y sus amiguitas las de Enrquez fueron de las ltimas en llegar,
y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba radiante de
belleza y elegancia. Observ que todas las miradas, lo mismo de los
hombres que de las seoras, se volvan hacia ella con frecuencia, al
tenor de lo que haba pasado en la tertulia de Anguita la noche en que
la conoc. Y como entonces, la joven reciba aquel homenaje con perfecta
naturalidad, sin ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca y
bondadosamente, lo que prestaba a su rostro encanto irresistible. Si
aquella expresin era hija del clculo, hay que confesar que Isabel
haba ascendido a lo ms delicado y exquisito del arte de agradar.
Saludme graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual todos los
ojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yo
estaba. En cualquiera otra ocasin esto me hubiera halagado. Ahora me
hallaba tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fu
indiferente, y aun me pes de la distincin, por la curiosidad de que
fu objeto. Seguro estoy de que muchos me diputaron, sin ms, por su
novio.

En cuanto el segundo acto termin, un acto largusimo de _I Puritani_,
me levant para ir a saludarla. Pero al cruzar el pasillo de butacas,
sent que me llamaban por mi nombre.

--Qu encandilao va, hermano!

Era Raquel, la dama de Ecija, que se alojaba en la misma casa que yo.
Tenamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada da
simpatizaba ms conmigo.

--Dnde va usted tan escapao?

--A saludar a unas seoritas ah a un palco.

--Bien, pues antes saldeme usted a m. Sintese un ratito.

Me indic una butaca desocupada a su lado, y, por no parecer grosero, me
sent.

La belleza "en colosal" y llamativa de la dama haba atrado hacia aquel
sitio a algunos pollastres que la miraban fijamente. Ella, comprendiendo
el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos de ternera y
enrgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por supuesto,
mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestaear,
aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un
castigo. No tard en ver entre aquellos admiradores a Oloriz,
atusndose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lnguidas a
Raquel. Se conoce que luch un poco con el temor, pero que al fin se
decidi a saludarla. Llegse, pues, y se quit el sombrero, dejando al
descubierto su magnfica cabellera rubia, peinada cual si viniese
directamente de la peluquera. Preguntle por la salud, y luego hizo lo
mismo con su esposo. Pero ste, sea porque se hallase distrado, o bien
por la aversin concentrada que le tuviese, no contest al saludo. El
estudiante qued acortado. Raquel entonces, no pudiendo disimular la
indignacin, o por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo le
produjo, tom la palabra, y aqu fu ella!

--Pepe, que te est saludando el seor Oloriz... Yo pens que era una
regla de buena educacin contestar a los saludos que nos dirigen.

--Mujer, no le he visto--manifest Torres con dulzura.

--La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco de
crianza... Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarse
hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos
hace el favor de preguntarnos cmo estamos!

Yo, vindola tan irritada, trat de calmarla con algunas frases de
disculpa. Mas ella, aturdida y excitada como siempre por sus propias
palabras, cada vez se iba poniendo ms encrespada, hasta el punto de que
algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo
observaron.

--Es una grosera, Sanjurjo... una indignidad!... Usted es persona de
buena educacin, y en su interior se est escandalizando, segura estoy
de ello. Y si l solo se pusiera en ridculo, no me importara nada...
pero me pone a m, y esto no puedo tolerarlo... No quiero tolerarlo!...
Qu se figurara una persona desconocida que presenciara este lance?...
Se figurara cualquiera cosa mala, indecente!... Es esto dar
consideracin a su seora? Es hacer que se la respete?

--Si no le he visto, mujer! si no le he visto!--repeta dulcemente el
anciano.

Oloriz, en pie delante de nosotros, plido, silencioso, haca una figura
verdaderamente desgraciada, tirndose con mano convulsa de la barba
hasta arrancarse algunos pelos.

Tom el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo una pausa, le dije
en son de broma:

--Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.

Y antes que de nuevo se exaltase, me levant y le d la mano. Oloriz vi
el cielo abierto, y aprovech mi marcha para retirarse tambin, haciendo
un reverente saludo.

Isabel me estaba esperando con impaciencia, segn me dijo. Haba pensado
bastante en mi situacin, y quera a todo trance deshacer "los monos",
que dependan sin duda de alguna mala inteligencia, de algn embuste.
Oyndola llamar "monos" a las tremendas calabazas que Gloria me haba
propinado, alegrseme el alma. Haba encontrado un medio de que nos
tropezsemos y pudisemos hablarnos. En su casa no quera que fuese.
Quiz su prima se ofendera de que la llevasen engaada. Lo mejor era ir
de excursin a la Palmera, una casa de campo que tenan del otro lado
del ro. All, estando todo el da juntos, no poda menos de operarse la
reconciliacin, para lo cual ella pondra de su parte lo que pudiera.

--Por supuesto, no invitaremos a ese malagueo antiptico--aadi,
guindome el ojo con gracia--. Usted campar todo el da por sus
respetos.

Mi pecho se inund de gratitud. Era adorable aquella chica.

Qued en ir a la maana siguiente a invitar a Gloria, y en avisarme por
medio de carta el da y hora de la excursin, y en general todo lo que
sucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas, renacieron
ahora ms frescas y lozanas que nunca. Parecame imposible que dejndome
un rato a solas con mi ex novia no la conmoviese y redujese a quererme
otra vez. Tal fe tena en mi elocuencia. Adems, era dificilsimo
suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha me haba demostrado
en el tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiese desvanecido en
un instante, sin quedar entre las cenizas rescoldo alguno. En resumen,
que dorm bastante bien aquella noche, y pas el da siguiente
tranquilo. Por la tarde recib carta de Isabel. No la esperaba tan
pronto. Decame que la partida de campo se hara maana. Como tena
muchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a comer a su
casa.

Segn costumbre, el conde comi fuera de ella. Lo hicimos solos Isabel,
la ta Etelvina y yo. En verdad que con las muchas y graves noticias que
la condesita me comunic, no hice ms que picar de los platos, sin comer
realmente de ninguno. Por la maana haba estado en casa de su prima a
visitarla. Hablaron de m, y Gloria se mostr enojadsima, mejor dicho
indignadsima conmigo. Le dijo que le constaba de un modo evidente que
yo estaba qu horror! en amores con Joaquina Anguita. Todo lo que
Isabel hizo por disuadirla fu intil. Saba el tiempo que todas las
noches hablaba con ella, y que todos en la tertulia tenan conocimiento
de tales relaciones. Pregunt si yo era de la partida, y respondindole
que s, negse a formar parte de ella. Slo a fuerza de ruegos cedi, y
eso con la condicin de que se invitase tambin a Daniel Surez.

--Mire usted, Sanjurjo, la impresin que yo he sacado es que mi prima
tiene celos, unos celos que la comen el alma!... y una mujer celosa es
una mujer enamorada.

--Pero ese Daniel?...

--No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para drselos a
usted... Por lo dems, entre usted y l ninguna muchacha puede
vacilar--aadi sonriendo.

--Mil gracias.

Pero despus que ambas primas hubieron resuelto este punto, qued otro
ms difcil. La cuestin de permiso. Doa Tula se neg a darlo. Gloria
estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubri
el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenan terriblemente sujeta.
Isabel acudi a su padre, quien mand a doa Tula una cartita,
dicindole que no era aquello lo convenido, que se haba prometido sacar
al mundo a su sobrina para averiguar su vocacin, y que se la tena
prisionera, peor que en el colegio; que aquello dara mucho que hablar
en Sevilla, y que la rogaba, para evitar murmuraciones, que la
concediese alguna libertad. Dos horas despus vino una cartita con la
autorizacin. La excursin se efectuara, pues, al da siguiente, y los
convidados partiran de la casa de los condes a las dos de la tarde.

--Invite usted de nuestra parte al amigo Villa. Dgale que es un
ingrato... Hasta ahora no le he echado la vista encima--me dijo al
tiempo de despedirme.

Pobre Villa!, exclam para m, observando el tono ligero con que
pronunci estas palabras su dolo. Y desde all me fu derecho a la
cervecera, para darle el encargo. Cambi un poco de color al
escucharme; pero me dijo con sosegada energa:

--Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa mujer no puedo tener
decentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si me hubiese dado
calabazas... nada... hubiramos quedado tan amigos; pero el pregonar mis
cartas y el consentir que se haga chacota de ellas, no lo olvidar en mi
vida... La saludar cortsmente, le dirigir la palabra con respeto,
pero ser su amigo, nunca!

Entend que tena razn, y no quise insistir. Aquella noche tampoco fu
a casa de Anguita. Haca tres noches que no iba por no encontrarme de
frente con Surez. A las altas horas d algunos paseos por la calle de
Argote de Molina, y volv a sentir un placer intenso viendo la reja de
Gloria cerrada.

Amaneci, al fin, el da 20 de Agosto, memorable en el curso de esta
verdica historia. Amaneci brillante, como todos los anteriores, ms
que los anteriores a mi juicio. Pas agitadsimo la maana. Me puse un
traje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fu a comprar un
sombrero que haba visto en un escaparate, muy adecuado para el sol y
elegante, me afeit hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las de
un nio, tambin me puse un calzado de becerro blanco muy lindo; en una
palabra, me prepar convenientemente para la gran batalla que por la
tarde iba a librar. Observ que Villa no sala de casa y daba vueltas en
torno mo, con cierta inquietud, y como si desease hablarme. Por fin,
cuando nos avisaron para almorzar, me dijo desde la butaca donde estaba
sentado en mi habitacin, chupando un cigarro puro y envolvindose en
una nube de humo:

--Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de excursin con ustedes esta
tarde?... S; voy--aadi en voz baja y con acento rpido--para que
Isabel no se figure que me estoy muriendo de pena.

--Me alegro muchsimo. Hace usted perfectamente--respond, y exclam
otra vez para adentro--: Pobre Villa!

Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como haca muchos das no le
vea, como si acabase de recibir una grata nueva.

A las dos en punto nos personamos en casa de Padul. Estaban ya all casi
todos los convidados: las dos chicas de Enrquez, con su mam y el novio
de una de ellas, Pepa y Joaquina Anguita (Ramoncita no haba podido
venir por estar con jaqueca), Daniel Surez y el presbtero don
Alejandro. Poco despus llegaron Elena y su to, y luego otro chico a
quien no conoca. No estaba Gloria en el patio, donde se hallaban
reunidos; pero tampoco vi a Isabel, y supuse que las dos se haban
juntado en las habitaciones interiores. Tardaron poco, en efecto, en
presentarse.

No me dirigi una mirada. Estaba grave contra su costumbre. Vesta un
traje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco valor, que le
sentaba de perlas. (Qu es lo que no le sentaba a aquella admirable
criatura?) Salud primero efusivamente a Isabel, porque la actitud de
Gloria me impona. Luego me aventur a dar la mano a sta, que me alarg
la suya con marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo
una mueca para indicarme que no tuviese miedo. Parecime lo ms prudente
observar una conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y
me retir hacia otra parte. Don Jenaro nos manifest que se le haba
ofrecido un quehacer perentorio y senta no poder ser de la partida, que
bamos bien autorizados por la seora de Enrquez, su prima Etelvina,
don Mariano (to de Elenita) y don Alejandro.

--Ya s cul es el quehacer del conde... Una juerga--me dijo Pepita por
lo bajo.

--Cree usted?...

--Uf! Como si lo viera.

Las seoras en coche y los hombres a pie, nos trasladamos todos al
muelle, donde nos esperaba una espaciosa fala entoldada, con cuatro
remeros sentados en la proa. El calor en aquel sitio era estupendo. El
reflejo de las piedras abrasaba el rostro. Pareca que estbamos
envueltos en una atmsfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombreros
de paja, ni los trajes de dril podan librarnos de la ardiente saa de
aquel sol que desde lo alto del cielo amenazaba secar los rboles, el
cauce del ro y hasta la vida de nuestros cerebros. Las seoras nos
aguardaron un rato sentadas a la popa. Cuando llegamos, nos acomodamos
como pudimos. Daniel Surez fu a sentarse el miserable! al lado de
Gloria, que le recibi con afectado regocijo. Villa y yo nos retiramos
hacia la proa, pero al instante fumos llamados por las damas, que se
apresuraron a dejarnos sitio.

--Villa, aqu tiene usted asiento--dijo Isabel, con sonrisa dulce y como
avergonzada, sealndole un puesto a su lado.

El comandante vacil un momento, pero fu a ocuparlo. Joaquinita tambin
me llam. Hice como que no la oa, y fu a sentarme entre la seora de
Enrquez y Etelvina, un par de setentonas.

Los remos, como grandes antenas, comenzaron a maniobrar sobre el agua
amarillenta. Pasamos al lado de grandes vapores, cuyos vientres
colosales, pintados de rojo, parecan que iban a aplastarnos. De lo alto
de ellos, algunos marineros nos miraban con curiosidad, y se decan
sonriendo frases que no llegaban a nuestros odos. Detrs dejbamos el
gran puente de Triana, cuyos ojos se iban achicando lentamente. Pronto
salimos del atracadero de los barcos, y llegamos al recodo que guarnecen
los naranjos del jardn de las Delicias. El ro hace una gran ese,
revolviendo hacia Triana. Las orillas estn orladas de mimbres, en
primer trmino. Por detrs de ellos asoman algunas filas de lamos
blancos, cuyas hojas plateadas, heridas por la luz y agitadas por el
soplo blando de la brisa, despiden hermosos destellos. La fala se
deslizaba suavemente, aguantando imperturbable los rayos solares. El
aire reseco haba perdido sus condiciones de sonoridad. Sentase en los
odos un suave zumbido constante, al travs del cual los ruidos llegaban
amortiguados y confusos. La vista no gozaba siquiera la voluptuosidad de
posarse en el agua, porque el ro mismo despeda un aliento clido. El
sol implacable lanzaba de una vez, en apretado haz, todos sus rayos
sobre nosotros, cual si quisiera aplastarnos, reducirnos a la nada, de
donde su calor vivificante nos haba sacado. Qu hermoso, qu vivo, y
qu omnipotente sol! Slo en el Medioda se siente su fuerza augusta y
acometen deseos de adorarle.

En los primeros momentos hablse poco en la lancha. El calor era tan
intenso que aturda. Todos los rostros estaban encendidos y sudorosos.
Los brazos no tenan bro para abanicarse. Pero la alegra no tard en
renacer. Aquella insufrible molestia que sentamos sirvi de pretexto
para bromear y reir. Uno de los pollos propona un bao general, que nos
echsemos todos juntos al agua as que llegsemos a San Juan, cosa que
escandalizaba y haca reir a un mismo tiempo a las damas. Elenita
sostena que su to no sudaba agua como los dems, sino caf con leche;
y como todos los ojos se volvan, sonrientes, a mirarle, el buen seor
no poda ocultar su despecho. Cada cual comenz a hablar con los que
tena al lado. Isabel y Villa empezaron una conversacin animada. La de
Enrquez y su novio, lo mismo. Elenita y el pollo desconocido, que ya se
haban saeteado bastante con los ojos, comenzaron a charlar por detrs
de la cabeza de jabal del presbtero don Alejandro, que tena las
enormes cejas temerosamente fruncidas, y el rostro contrado por una
expresin de dolor y de ira que pona espanto. Finalmente, y esto era lo
que verdaderamente me interesaba, Gloria y Surez no cerraban boca. La
infiel rea alegremente, harto alegremente quiz para que no hubiese en
ello cierta afectacin, de los chistes (estpidos, claro est!) del
malagueo. No quise disimular mi tristeza. Al contrario, forc la nota
lgubre, permaneciendo silencioso y cabizbajo, a pesar de los esfuerzos
que las dos viejas que tena al lado, y Joaquinita, hicieron por sacarme
de mi xtasis doloroso. Todos all estaban ya al tanto de lo que me
ocurra.

Senta, en verdad, una viva y profunda pena que me apretaba el pecho y
la garganta. Deploraba amargamente el haber venido. Las esperanzas que
Isabel me haba dado, parecanme ahora infundadas, ridculas,
engendradas slo por su deseo frvolo de agradar a todo el mundo. Presa
de una angustia indecible, sofocado tambin por aquel ambiente
abrasador, al cual no estaba acostumbrado como los dems, me vea
desfallecer. Los odos me zumbaban, y pasaban a menudo por delante de
mis ojos gasas negras flotantes, como si fuera a caerme. No suspiraba,
ni me mova, sin embargo. No slo no tema perder el sentido, pero lo
apeteca, por huir de aquella amargura que inundaba mi alma. Deseaba que
el poderoso sol se filtrase por la lona del toldo y me abatiese,
aniquilase mi conciencia, me transformase en una piedra, en una planta,
en algo que no pensase ni sintiese.

Comprenda que mi actitud y mi semblante denotaban demasiado claro lo
que pasaba en mi espritu, que me estaba poniendo en ridculo. Nada me
importaba. All, despus de un cuarto de hora, cuando an no estbamos a
mitad del camino, observ que Gloria me dirigi con el rabillo del ojo
una rapidsima mirada, como si tuviese curiosidad de ver lo que yo
haca. No s lo que pas por m. Sentme de pronto revivir, como un
hombre medio ahogado a quien sacasen la cabeza fuera del agua. Ergume y
aspir con ansia el aire, dando un largo suspiro que hizo sonreir a la
seora de Enrquez y puso seria a Joaquinita. No tard en venir otra
mirada igual, que me hizo el mismo bien. La mano invisible que me
apretaba cruelmente la garganta aflojaba los dedos. Luego vino otra, y
pude sacar el pauelo y limpiarme el sudor. Luego otra, y tuve ya
fuerzas para sonreir. Aquellas miradas, aunque serias y rpidas,
penetraban hasta mi corazn y rean all alegremente y sonaban como una
armona celeste, y hasta pienso que olan como un perfume embriagador.
Cuanto ms nos acercbamos al trmino de nuestro viaje, ms frecuentes
eran, y si no me equivoco, ms duraderas tambin. No dejaba por eso de
hablar con Surez, pero cualquiera poda notar que no era con la misma
animacin, que una leve sombra de gravedad y preocupacin se haba
esparcido por su rostro.

El cauce del ro nos conduca hacia la loma que cierra el contorno de
Sevilla por la parte del Sudoeste. A la falda de esta loma se encuentra
un pueblecillo llamado San Juan de Aznalfarache, adonde tardamos poco en
atracar, saltando a un tabladito que hace de muelle. Es una aldehuela
irregular, triste y de ruin casero. Desde la ciudad ofrece vista muy
grata aquel blanco grupito de casas posado como una gaviota a la orilla
del ro; pero una vez dentro de l, la ilusin se desvanece. Mirado
desde Sevilla, parece asentado en la falda misma de la colina, sin
terreno llano donde esparcirse. Despus que se est en l, se observa
que hay en torno muy llanas y muy hermosas huertas de naranjos y olivos.

El malagueo di la mano, para saltar, a Gloria, y esto me contrajo el
corazn fuertemente; pero apenas los diminutos pies de sta se posaron
en el suelo, me lanz una ojeada firme y rpida como un latigazo, y
volvi a dilatarse. Se descans algunos minutos delante de una taberna,
y nos refrescamos con agua azucarada. Las damas se sentaron en las
sillas que sacaron del establecimiento. La mayor parte de los hombres
permanecimos en pie, sirvindoles los panalitos. La verdad es que todos
estbamos necesitados de un rato de sombra verdadera, porque la del
toldo de la fala dejaba mucho que desear. Joaquinita, que, por lo
visto, tena ganas de mortificarme, me demand un vaso de agua.
Sintiendo, ms que viendo, que Gloria me observaba, fu a buscarlo, pero
en la taberna se lo di a don Alejandro, dicindole:

--Haga el favor de llevar este vaso a Joaquinita.

El presbtero se apresur a cumplir el encargo, y yo sal despus,
harto satisfecho de no dar pretexto a que pudiera pensarse que la
segunda de Anguita me inspiraba el ms mnimo inters. Como diese
algunas vueltas por delante de las damas, dirig distradamente la
mirada a los pies de Pepita, y observ que traa las botas rotas. Al
instante lo advirti.

--Qu, se fija usted en mis botas rotas?

--Se le han roto a usted al saltar?--repliqu.

--No, seor. Las traigo ya rotas de casa.

--Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.

--S, seor, s; lo he notado hace das. Las he puesto con todo
conocimiento.

No quise insistir, porque entend que, si prosegua, iba a decirme que
no tena dinero para comprar otras, con la poca aprensin, vecina de la
desfachatez, que la caracterizaba.

Isabel di la seal de marcha. No s a quin se le ocurri subir al
monasterio antes de ir a la Palmera, y emprendimos, en efecto, la
ascensin. La comitiva se reparti en parejas. Yo, para hacer mritos a
los ojos de Gloria, vindola emparejada con Surez, me fu solo delante.
El camino es corto, pero bastante agrio.

--Sanjurjo--me grit Joaquinita, con el sano propsito de
desconcertarme,--muy melanclico anda usted hoy.

Me volv, y respond sonriendo:

--Hay motivos.

--Cuntenoslos usted.

--Nunca.

Y segu adelante, muy contento de haber enviado a Gloria delicadamente
un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al monasterio. Est
situado en una meseta o cornisa que forma la falda de la colina, a una
altura bastante considerable ya sobre el nivel del ro. El edificio no
es grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en que
se halla; pero delante de l hay una especie de terraza desde donde se
divisa uno de los paisajes ms hermosos que pueden verse en ninguna
parte del mundo.

Todos nos quedamos extasiados en su contemplacin. Lo que primero atraa
la vista era la ciudad. La hermosa sultana del Medioda reposaba del
lado de all del ro, con blancura deslumbradora que le da carcter
africano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la baaba con sus rayos
oblicuos, pero vivos an y ardorosos. Sus innumerables torrecillas
mudejares de pizarra y azulejos brillaban como diamantes, y sobre todas
ellas descollaba la formidable y esbelta Giralda, el antiguo y severo
alminar de los rabes, con fuerte color anaranjado. El espacio que ocupa
en la vega donde est asentada es grande. Todava detrs de ella, sin
embargo, nuestros ojos perciban extensa llanura verde y dorada, cerrada
por una leve ondulacin del terreno. "All est Alcal de Guadaira, me
dijeron; all Carmona." No consegu verlas. Del lado de ac, por la
parte del Sur, la gran ese del ro brillaba a los rayos del sol,
desarrollndose entre huertas de naranjos y olivos. A cierta distancia
stas cesaban, y la campia se extenda llana, desnuda, con un color
dorado, hasta tocar en el cielo en los confines del horizonte. En aquel
esplndido paisaje mis ojos no vean la riqueza infinita de matices de
mi Galicia. El esplendor irresistible de la luz los borra y los confunde
todos. La impresin, a pesar de eso, o por eso quiz, era ms viva. A
falta de colores, haba destellos. El suelo y el aire ardan como una
iluminacin universal. Luego los contornos de los objetos, lo mismo los
prximos que los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como
la Giralda, parecan dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los
mismos bosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o
manchas, sino que veamos los rboles separados con admirable precisin.
Por una atraccin de que no me daba cuenta, mi vista se fijaba con
persistencia en el espacio azul. La luz ejerca sobre m en aquel
momento la misma fascinacin que sobre las mariposas. Senta un placer
inmenso, un deleite casi sensual en sumergir la mirada en aquel aire
transparente y lmpido, y me acometan vagos anhelos, ansias
indefinibles que me producan una especie de desvanecimiento. Por un
instante se me borr hasta la nocin de la existencia, hasta el
pensamiento de Gloria, que tena a cuatro pasos de distancia. Si hubiera
tenido alas, me hubiese lanzado al infinito luminoso, sin acordarme de
ella, aunque esto parezca una contradiccin inverosmil. Esta especie de
enajenacin desapareci cuando o la voz de Pepita a mi espalda.

--Considera, alma cristiana, en esta primera estacin!...

Volv la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con los de Gloria, que los
apart al instante. No caba duda; me estaba mirando.

Bajamos de nuevo al pueblo, y advert que Surez, por ms que hizo, no
consigui emparejarse con ella. Se haba cogido al brazo de su ta
Etelvina, y hablaba animadamente sin hacer caso de l, hasta que,
despechado al fin, se acerc a acompaar a una de las de Enrquez.
"Bueno va", dije para m, con viva alegra que me brotaba a la cara.
Isabel y Villa no se haban separado. Consider con tristeza al pobre
comandante preso de nuevo en las redes de aquel amor imposible, cuando
Joaquina se me acerc diciendo:

--Mira usted a Villa? Verdad que parece imposible que un hombre formal
se ponga en ridculo hasta ese punto?

Me encog de hombros y sonre. Ponerse en ridculo! Qu le importa al
que ama de veras ponerse en ridculo? Quien se admire de esto, ni ha
amado nunca, ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer grosero,
alejme de Joaquinita. Su compaa en aquel momento poda echar a perder
un fausto suceso que vea en lontananza.

Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la parte del Sur a las
huertas y jardines que lo circundan. Al travs de las puertas enrejadas,
veamos las casitas de campo, con persianas verdes cuidadosamente
echadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los haba,
deban de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol se
pusiese. Prxima ya a la falda de la colina, estaba la Palmera. Era la
ms amplia en territorio y la que posea casa ms grande y suntuosa.
Desde la puerta de salida hasta el edificio haba una ancha avenida
orlada de palmeras, en suave declive. A entrambos lados se extenda un
bosque inmenso de naranjos. El jardn de la casa estaba ya tallado en la
colina. Para subir a aqulla haba tres escalinatas adornadas con
macetas. En los tres decansos se vean jardinillos bastante descuidados,
pero que tenan ese encanto misterioso y potico que la naturaleza
presta a los lugares que el hombre la abandona. Los arbustos haban
crecido desmesuradamente y tejan sus ramas formando bosquecillos
impenetrables. Las flores eran escasas y crecan donde los arbustos no
les quitaban la luz.

A la puerta nos recibieron los criados, que haban ido por la maana con
los vveres. El que estaba al frente de la finca nos acompaaba desde la
puerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca, y un
poco desmantelada. Haca tiempo que los dueos no iban all sino por un
da o dos. Excitada la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego
que hubimos descansado unos minutos, y lo hicimos en tropel entrando y
saliendo por las vastas habitaciones solitarias, turbndolas con
nuestros gritos y risas. En la planta baja haba un gran saln, de techo
elevadsimo, con pavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico.
Los muebles eran severos; el damasco encarnado de las sillas y cortinas
haba empalidecido extremadamente. Los muros tenan pintado al fresco
un gran zcalo que llegaba hasta la mitad; de all arriba, enjalbegados
como la casa de un menestral; pendan de ellos varios retratos al leo,
de caballeros y damas del siglo diez y ocho. Estos retratos, que eran
los de los antepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atencin de
los convidados. Particularmente las damas, no acababan de asombrarse de
que se gastasen tales tocados y vestidos, como si no pudiera ponerse un
pero a los que ellas llevaban. Haba adems un comedor espacioso, con
grandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En el piso alto
nos llam la atencin un gabinete muy lindo, en cuyos balcones haban
puesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastante
rato contemplando la campia al travs de cada uno. Aquellos paisajes
azules, rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueos, hacan
prorrumpir en exclamaciones de alegra o disgusto a mis compaeros.

--Voy a ensearles a ustedes la salida del manantial--nos dijo Isabel.

Bajamos, guiados por ella, a la planta baja, atravesamos un patio, abri
un criado una puertecita verde y entramos en un recinto semejante a una
gruta. La atmsfera estaba impregnada de humedad. Escuchbase el rumor
del agua, pero no la veamos, porque estaba oscuro. Cuando los ojos se
fueron acostumbrando, observamos all en el fondo, brotando de la pea,
un raudal enorme, verdadero ro que caa en un estanque cerrado
toscamente por piedras. El sitio era el ms grato que pudiera hallarse
en tal instante. La frescura singular que se senta dilat nuestros
pechos, harto oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones de
bienestar. Nadie quera salir de all. Sin embargo, fu preciso al fin,
porque se llegaba la hora de confortar los estmagos. Isabel haba
dejado a Villa y tena abrazada a Gloria por la cintura. Ambas fueron
quedando rezagadas a la salida. Cuando iba a trasponer la puerta, Isabel
me llam.

--Oiga usted una palabrita, Sanjurjo.

Al mismo tiempo se retir hacia el fondo de la gruta, arrastrando a
Gloria. El corazn me di un vuelco, y las piernas me flaquearon.
Llegaba el momento crtico que haba de resolver de mi suerte. Haciendo
un esfuerzo sobre m mismo, acerqume sonriente a las jvenes. Deba de
estar, o muy rojo, o muy plido. Isabel no me dej pronunciar una
palabra. Si me hubiese dejado, no s si hubiera sido capaz de hacerlo.

--Sanjurjo, mi opinin es que debe concluir _eso_ que hay entre Gloria y
usted. Ustedes se quieren. Por qu han de pasar el tiempo en moneras?

Pasar el tiempo en moneras! Declaro que nada me ha parecido, ni antes,
ni despus, tan lgico, tan convincente como esta sencilla proposicin.

Y como nos quedsemos turbados, ella roja, yo rojo tambin, mirndonos
con ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono protector:

--Vamos, dense ustedes la mano, y no haya ms regaos.

Me apresur a coger la mano de mi adorada, y la aprision entre las mas
largamente, pero sin acertar a decir palabra. La presencia de Isabel me
estorbaba ya terriblemente. Al fin, la emocin venci a la vergenza, y
comenc a verter una serie de frases incoherentes, apasionadas,
estpidas, protestando de mi cario. Estaba loco. Tantos disparates deb
decir, que Gloria solt su mano bruscamente y ech a correr hacia el
fondo. Isabel me hizo con los ojos sea de que la siguiese.

--Gloria--le dije en voz baja, acercndome suavemente--, sigues
enfadada conmigo?

Por toda contestacin se llev el dedo a los labios, dicindome con
fingido enojo:

--Cargante, no tenas tiempo de desirme esas guasitas cuando
estuviramos solos?

No pude contenerme. Me acerqu ms a ella y la estrech fuertemente
contra mi corazn. Una tosecilla seca de Isabel, cuya figura tapaba la
puerta, nos avis de que nos vea y que juzgaba aquello un poco
descomedido. Gloria me rechaz; pero yo, tomndole las manos, preguntle
con acento conmovido:

--Por qu me has hecho sufrir tanto?

--Tambin yo he sufrido; calla.

Y se dirigi a la puerta llevndome a su lado. Isabel di algunos pasos
hacia nosotros, y sonriendo maliciosamente nos dijo:

--Veo que la reconciliacin ha sido completa.

Luego abraz a Gloria y le dijo al odo algunas palabritas. Esta solt
una carcajada y la bes con efusin repetidas veces. Despus, sin saber
cmo, la risa se torn en llanto: ocult el rostro en el pecho de su
prima y comenz a sollozar perdidamente. Comprend que aquellas lgrimas
no eran de dolor, pero me apresur a preguntarle:

--Qu te pasa, Gloria? Te sientes mal?

Sin levantar la cabeza me hizo sea con la mano de que me fuese. Yo, sin
hacer caso, volv a preguntar:

--Ests indispuesta?

Entonces, levantando la frente, con los ojos nublados de lgrimas y
sonrientes a la vez, exclam con rabia:

--Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.

Muchas veces despus me he odo llamar payaso por Gloria, y siempre se
lo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo experimentar una
sensacin ms feliz, un transporte tan delicioso como entonces. Sal por
la puertecita en un estado de turbacin que hubiera hecho reir a
cualquiera. Llegu al comedor, y no comprend por qu Surez me diriga
una mirada tan glacial. Yo de buena gana le hubiera abrazado como a todo
el mundo. Si no abrazos, por lo menos empec a repartir sonrisas a
todos, porque me pareca que todos haban contribudo a mi felicidad. Lo
nico que me sorprendi, al cabo de algunos momentos, fu que no me
preguntasen por Gloria. Dios mo, cmo se poda vivir sin Gloria? Pero
Gloria no tard en llegar, las mejillas inflamadas, los ojos enrojecidos
y brillantes. No me mir al entrar. Comprend que sin mirarme me vea,
y esper.

--A la mesa, a la mesa--dijo Isabel.

Vi que el malagueo se acercaba a Gloria y le deca algunas palabras, y
vi que ella haca una mueca de indiferencia y le volva la espalda. Qu
criatura tan inteligente! Vi que, como quien no quiere la cosa, se iba
acercando hacia el sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos
manos al pelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglrselo; y
vi que coga una silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su
mano en la contigua... Y no quise ver ms. Fu all, y me sent
resueltamente a su lado.

No recuerdo los manjares que nos sirvieron, ni creo que los recordara
entonces, despus de haberlos comido. Me parece que eran la mayor parte
fiambres de fonda, y que haba gran profusin de confites. Lo que
retengo en la memoria admirablemente es que Gloria me sirvi almbar de
azahar, dicindome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontr tanto
y que ella se enfad y me dijo que era un simple y un desaboro, y que
yo, para cortar la discusin, le dije que si me la sirvieran a ella en
ese almbar, la comera, pero otra cosa no, y que ella me respondi,
riendo, que yo "era un gaditano con ms conchas que un galpago". En
cambio, cinco yemas de San Leandro, que me hizo comer una tras otra, me
parecieron deliciosas, y alab las manos de las monjas, y a Dios que las
haba criado.

Despus de merendar nos fuimos al saln. Elenita se puso a teclear en
el piano antiqusimo, de voces cascadas y metlicas; un verdadero
trasto. Tembl que comenzase a cantar alguna de sus romanzas
sentimentales, y ms cuando vi acercarse al presbtero y decirle algunas
palabras al odo; pero no fu as. La vivaracha joven toc una tanda de
valses, y llam al pollo desconocido, nombrado Lisardo, segn creo, para
que le volviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a
grandes trancos por el saln, con aspecto sombro.

--Qu, no se baila?--pregunt la chica al terminar, haciendo girar el
asiento para ponerse frente a nosotros--. Pues yo voy a dar el
ejemplo... Isabel, ven aqu, tcanos una mazurka.

Y sin ms prembulo se cogi a Lisardo y comenzaron a bailar, dando
fuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en la mirada furiosa,
pulverizante que su maestro de msica la diriga.

Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofs al lado de Gloria. Le
pregunt si quera bailar, y me respondi que no saba. En Andaluca
casi todas las jvenes saben los bailes del pas, porque se les toma
maestro o maestra para ensearles; pero a menudo ignoran los de sociedad
con ser mucho ms fciles.

--No importa, yo te ensear.

Y sin aguardar su respuesta, la cog de las manos, obligndola a
levantarse, y la abrac por el talle.

--Uno... dos... Ahora con el izquierdo. Uno... dos... Vuelta con el
derecho...

Perdamos el comps a cada momento, pero qu importa! Cada traspi nos
haca reir alegremente. Una vez Gloria me pis.

--Uy! uy!--exclam fingiendo gran dolor--. Cmo pesa la carne de
monja!

--Vaya una grasia mohosa!... Pero, hombre, tienes la desvergensa de
quejarte? De cundo ac el pie de una andalusa puede haser dao al de
un gallego?

Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran bailado sobre los mos,
creo que no me haran dao.

Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y podamos bailar lo mal que
quisiramos sin llamar la atencin. Todos brincaban por el saln,
acometidos de un vrtigo en el cual deban de tener alguna parte el
manzanilla y el amontillado que nos haban servido. Cuando nos cansamos,
fuimos de nuevo a sentarnos. Cog su abanico, le d aire fuertemente,
tan fuerte, que lo romp, lo cual fu ocasin de nuevas bromas y risas.
No habamos hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversacin slo
tena por tema las cosas y los sucesos exteriores. No s si era porque
el placer de hallarnos de nuevo juntos y enamorados nos bastaba en aquel
momento, o por el temor de hablar de asuntos en cuya apreciacin
pudiramos no estar de acuerdo.

Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fu cansando, vinieron a
escape las seguidillas. Gloria fu la primera invitada, porque Isabel
afirm en voz alta que no haba en Sevilla quien las bailase como ella.
No se hizo de rogar. Formronse cuatro parejas, comenz a sonar la
guitarra, chasquearon los palillos (en Andaluca la guitarra y los
palillos aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile,
aquel baile animado, vibrante, gracioso, que produce escalofros de
dicha y hace bullir el alma del ms linftico, di comienzo al son de
una copla cantada por el clrigo don Alejandro. Cost gran trabajo
reducirle a que lo hiciese.

Confieso que, aun placindome mucho, no me caus la impresin que en
Marmolejo. Gloria en hbito de monja, no dir que estaba mejor que ahora
con su vestido rojo, pero desde luego era aquello ms original.

Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el sol ya se haba
puesto y andaba cerca de llegarse la noche. La sociedad se disemin por
el gran bosque de naranjos. Gloria, en cuanto vi un columpio, se empe
en subirse, y me pidi que le moviese, lo cual hice, como debe
suponerse, con extremado placer. Por entre los rboles vi reunidos a
Surez y Joaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna.
No hice caso; pero Gloria, que tambin acert a divisarlos, se puso
seria repentinamente y no tard en bajarse. Volvimos a reunirnos al
grupo mayor. Observ que mi novia procuraba, por cuantos medios poda,
demostrar a Daniel el mayor desprecio, como si tuviese contra l algn
grave motivo de odio. Yo era tan feliz que compadeca sinceramente a mi
enemigo, y hallaba la conducta de ella demasiado cruel. Nos sentamos al
fin sobre el csped, no lejos de Isabel y Villa, que charlaban
animadamente. Hubo un rato de silencio. Tema, por lo que ya he dicho,
volver a las conversaciones ntimas, y no se me ofreca en aquel
instante objeto de que tratar. Not que Gloria me miraba con frecuencia,
sonrea levemente, bajaba la vista y otra vez volva a mirarme y
sonreir, moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos de
decirme algo y no se atreviese. Una de las veces sus ojos chocaron
francamente con los mos, y los dos sonremos sin saber por qu. Bajlos
al fin, y mostrando vergenza, dijo en voz baja:

--Ya s que me has llamao... (aqu pronunci a medias la palabra fea que
yo haba dicho a Surez en la memorable conferencia de la taberna).

Deb empalidecer terriblemente, y murmur rechinando los dientes:

--Infame!

--No te apures, hijo--se apresur a decirme, sin carsele la sonrisa
avergonzada de los labios.--Ya ves qu enojada estoy. No te he dicho
que a m me gusta que me peguen en los nudiyos?... Adems, eso me ha
probao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo crea. Cuando
me has llamao tal cosa, es que me quieres.

Algn reparo podra ponerse en buena lgica a esta conclusin; pero la
verdad es que entonces era legtima.

--S que te quiero... Ms de lo que t te figuras!

--Mira que me figuro mucho!

--Pues ms an... pero el decirte semejante porquera es una indignidad
que ese canalla me ha de pagar.

--Djalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabis castigar esas cosa...
Ya vers cmo yo s tocarle en lo vivo.

Y tena razn, porque supo tan bien manifestar su desdn, que a ninguno
de la partida se le ocult la vergonzosa derrota del malagueo.

Volvi a quedar silencioso mi dueo, y volvi a dirigirme rpidas
miradas y a sonreir, esta vez con malicia.

--Te he visto--me dijo al cabo--pasear de noche por mi calle.

--S? Cundo?

--Estas noches pasaas, mientras hemos estao regaaos... y te he visto
adems hacer una cosa...

--Qu cosa?--pregunt, ponindome ya colorado.

--Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porque
estuvo muy bien hecho.

--Dnde estabas t?

--Pues detrs de las cortinas.

--Ah, cruel! Y no has tenido siquiera corazn para abrir y darme las
gracias!--exclam con tristeza.

--Qu quieres, hijo!--respondi ruborizndose a su vez--. Bien me
apetesi... pero la honrilla... la negra honrilla... sabes?... No vaya
a creerse ese to lila, dije para m, que le estoy asechando los paso.

--Pues no te lo perdono.

--Que no me lo perdonas?--dijo propinndome un soberano pellizco en el
brazo.

--No--repet riendo y quejndome a un mismo tiempo.

--No?--pregunt de nuevo, intentando darme otro.

--No--repuse con firmeza, levantndome y echando a correr por el bosque.

Ella me sigui, jugamos un rato al escondite entre los rboles. A cada
instante me preguntaba: "No?"--"No" responda yo, cada vez con ms
decisin. Observ que se iba impacientando, y que su voz estaba ya
alterada. Por fin se qued inmvil y silenciosa. Entonces me acerqu, y
vi que sus ojos estaban nublados de lgrimas. Me recibi con una
granizada de denuestos. Despus, como yo procurase templarla mostrndome
arrepentido, cambi repentinamente, y mirndome con ojos suplicantes...
torn a repetirme:

--Me perdonas?

Costme trabajo impedir que se pusiera de rodillas. Haba llegado a
persuadirse de que lo que haba hecho era un grave delito.

La noche estaba ya encima. Se trat de partir, pero la mayora de los
jvenes decidi, contra la minora de los viejos, que nos estuvisemos
an otro ratito. Se jug todava al "escondite", a "la gallina ciega", y
nos divertimos en ver furioso al to de Elenita, que a todo trance
quera marchar. Cuando lo hicimos se vea muy poco: cuando saltamos a la
fala, en el pequeo embarcadero de madera de San Juan, era ya noche
cerrada.

Yo, que no me haba separado un instante de Gloria despus de nuestra
reconciliacin, tampoco lo hice entonces, como es fcil de presumir.
Sentme a su lado en la popa, teniendo cerca a Isabel y Villa, que
tampoco haban andado muy apartados durante la excursin. Frente a
nosotros estaba la de Enrquez con su novio, ms all la mam y la ta
Etelvina, y en medio de ellas don Alejandro, ms sombro y ojeroso que
nunca.

Elenita charlaba por los codos con el pollo Lisardo. Joaquinita y Surez
hablaban, aunque no tan animadamente, all lejos, cerca de los
marineros, y Pepita se encargaba de darnos matraca a todos. Lo cierto es
que el malagueo soportaba su derrota con ms filosofa que yo lo haba
hecho.

El firmamento se haba poblado de estrellas. La luna an no pareca.
Apartmonos de la orilla y los remos comenzaron a chapotear dulcemente
sobre el agua. El calor haba cedido, pero no cesaba. El aire, inflamado
por los rayos del sol, nos envolva como una onda tibia, acariciando
nuestras sienes y penetrndonos de una languidez invencible. Los mimbres
y lamos esparcan por las orillas sombras flotantes que temblaban y
desaparecan a nuestro paso. Impresionados todos por el silencio de la
noche, el blando vaivn de la barca sobre la superficie elstica del ro
y el suave rumor de los insectos que cantaban en las praderas de las
mrgenes, comenzamos, sin darnos cuenta, a bajar la voz. Al poco rato no
se oa en la fala ms que cuchicheos y rumor de risas comprimidas.

Nuestros ojos sonrean, cambiando largas miradas impregnadas de pasin;
nuestros labios murmuraban frases de amor; nuestras manos se buscaban en
la oscuridad y se opriman, tan pronto viva como dbilmente. Gloria me
preguntaba an muy bajito si la perdonaba. Yo responda que s y que la
adoraba. Ella replicaba que slo se adora a Dios y a los santos, que le
bastaba ser querida, pero muy querida, y que la nica ambicin de su
vida era ser mi mujercita, que yo la tomase y la llevase donde bien
quisiera, "aunque fuese a Galicia". Viendo sus ojos posarse sobre los
mos anhelantes, escuchando su dulce acento enternecido, cualquiera
dira que estaba profundamente enamorada de m. Yo no lo digo, por
modestia.

La luna apareci por encima de las azoteas de la ciudad cuando ya
estbamos prximos al muelle. Inici un aplauso a la diosa de la noche,
y todos me secundaron con vivo palmoteo. Isabel manifest que era
lstima meternos en casa, y nos propuso dar la vuelta y pasearnos un
rato, lo cual hicimos, contra la voluntad expresa del to de Elenita.
Otra vez perdimos de vista la negra silueta de Sevilla y nos hallamos en
medio del ro, mecidos entre sus riberas sombras, sobre la faja de
plata que extenda la luna en el agua. Esta faja nos serva de camino.
Era un sendero soado, glorioso, que se prolongaba a lo lejos, se perda
entre los negros contornos de las orillas, conducindonos en apoteosis
al travs de la noche desierta. Brillaban sobre la espalda del ro mil
escamas argentadas, mil ampollitas lucientes, que parecan estrellas
cadas del alto cielo dormido. Sumerg los dedos en el agua, y la hall
tibia. Se lo dije a Gloria, y se inclin para hacer lo mismo. Despus
nuestras manos mojadas cambiaron un dulce y corto apretn que nadie vi.
Volvimos a sentirnos acariciados por la onda silenciosa de la noche. Las
palabras que nos murmurbamos volvieron a tener un sentido ntimo, un
sabor secreto que nos inundaba de alegra. Los acentos de Gloria, al
salir de sus labios hmedos, no quedaban en el odo, sino que corran
por mis venas con dulzura infinita, y sus negros ojos brillantes me
interrogaban sobre aquel misterioso y divino sabor que ella notaba
tambin sin saber de dnde vena. Escuchbase el _glu glu_ cristalino
del agua; la fala oscilaba dejando escapar una suave queja montona.
Los marineros haban levantado los remos, a nuestra instancia, y nos
dejaban marchar arrastrados por la imperceptible corriente.

Dur poco aquel sopor lnguido y voluptuoso, que a todos nos haba
embargado. Pepita, despus de rasguear primorosamente la guitarra tres o
cuatro veces, se la pas a Gloria, diciendo:

--Hija ma, basta de pichoneo... A ver si nos cantas alguna copliya
salata de esas que t sabes.

Quiso resistirse, pero todos la instaron, afirmando que estbamos lejos
ya del muelle, que nadie, ms que nosotros, la oira, y se vi
precisada a ceder. Observ siempre que Gloria estaba ms dispuesta a
bailar que a cantar.

Punte y rasgue la guitarra un momento, y de improviso lanz el grito
prolongado, vibrante, apasionado, con que comienzan los cantos
andaluces. El aire dormido se estremeci, y sobre sus alas invisibles
arrastr aquel grito al travs de la campia desierta. Yo sent un vivo
escalofro, un fuerte estremecimiento, como si hubiera tocado en el
botn de una mquina elctrica. Aquella nota se fu apagando, apagando,
hasta que muri en su garganta como un blando suspiro. Luego cant
rpidamente y con bro los dos primeros versos de la copla, y guard
silencio.

--Ole, mi nia! Bueno! Viva tu salero!--gritaron algunas voces.

Gloria, sin pestaear, la mirada fija y abstrada, los rasgos de su
fisonoma levemente alterados, como le acontece a quien pone en el canto
buena parte de su alma, concluy la copla, bajando la voz hasta
convertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, semejaba un
sollozo.

Por qu en aquel momento, en que mi amor por Gloria se converta en
delirio y embriaguez, en que todo me sonrea y tocaba al logro de mis
deseos, sent el alma inundada de tristeza y apetec la muerte, no puedo
explicarlo; pero as fu. Quiz tengan razn los que creen que el amor y
la muerte son dos cosas que se identifican y confunden all en el centro
misterioso de la vida universal. Dej resbalar mis lgrimas por las
mejillas, sin cuidar si me miraban. Gloria volvi a entonar otra copla,
y luego otra, y luego otra. No se cansaban de pedirle ms y ella de
complacerles.

Un suceso inesperado vino a destruir el arrobamiento en que todos
estbamos. Los marineros, que tambin participaban de l, se haban
descuidado, y la fala, abandonada a s misma, se acerc a la orilla y
embarranc. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fu risa y
algazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron al
agua, y al momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del to de
Elenita haba tocado a su fin. Tropezando de ira, nos dirigi frases de
mal gusto, verdaderos insultos, que nosotros acogamos con bravos! y
palmadas. Sin embargo, las seoras se pusieron de su parte, y no hubo
ms remedio que dar la vuelta.

La barca sigui de nuevo el argentado sendero del ro, que fulguraba
como el ter. Todo dorma, lo mismo la sombra que la luz, con un sueo
profundo y sosegado. El aire tibio nos traa de las mrgenes vagos
aromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, que
eran el hlito de la naturaleza dormida. La profunda negrura de las
riberas, donde las sombras se acumulaban, haca ms brillante y glorioso
nuestro camino. Pareca que marchbamos, suspendidos en las tinieblas,
sobre un rayo de luna. Del firmamento caa una lluvia de estrellas que
no llegaban al suelo jams, y las praderas elevaban hacia l su voz
suave y montona, formada por los suspiros de millones de insectos que
en el fondo de sus pequeos agujeros tambin se estremecan como yo de
amor y de dicha.

Hermosa noche andaluza, mientras me quede un soplo de vida vivirs
impresa en mi corazn!




TRISTN O EL PESIMISMO


     Don Germn Reynoso, nacido en el Escorial, haba labrado una
     fortuna inmensa en Amrica. A su llegada a Espaa se haba
     enamorado de Elena, hija del farmacutico del Escorial y se cas
     con ella. Elena era una joven bellsima, buena, inocente, pero
     bastante aturdida. Reynoso un hombre de cuarenta aos, inteligente,
     noble, generoso. Fu un matrimonio feliz. Posean un magnfico
     hotel en el Escorial y otro en el paseo de la Castellana de Madrid.
     Reynoso tena una hermana, Clara, mucho ms joven que l, casada
     recientemente con Tristn Aldama. Sus amigos ms ntimos eran
     Escudero, rico banquero, to de Tristn, y Barragn, hombre
     estrafalario de terrible y fea catadura pero de gran corazn. Como
     la fortuna de los esposos les haba hecho entrar en relacin con la
     sociedad elegante de Madrid, Elena conoci en ella a un distinguido
     pintor llamado Nez, hombre ingenioso, mordaz y escptico. Este
     comenz a galantearla asiduamente. Elena se resisti mucho tiempo
     porque amaba a su marido en realidad, pero debido a su temperamento
     ligero y sobre todo empujada por algunas perversas amigas, concluy
     por sucumbir.


CORAZON, ARRIBA!


Elena se mostraba reacia aquel verano para ir al Escorial. Con el
pretexto de esperar la terminacin de unos muebles que haba encargado
para su saln iba retrasando das y das el traslado definitivo, por ms
que sola pasar all uno que otro. Reynoso ya no poda ms. Su amor y su
prudencia le retenan de tomar la iniciativa, pero empezaba a mostrar en
su semblante la impaciencia que le dominaba. Elena lo comprendi y le
propuso que se fuese antes que ella, aguardndola all los pocos das
que faltaban ya para que el ebanista y el tapicero dejasen terminada la
reforma del saln. Acept gustoso contando que solamente una semana
tardara su esposa en juntarse con l. Transcurri la semana, corran ya
los ltimos das del mes de Julio y Elena no daba aviso de su partida.
Pensaba ya D. Germn en volverse a Madrid y renunciar a sus placeres
campestres cuando recibi un telegrama urgente de Tristn concebido en
los siguientes trminos: "Vente en el primer tren. Urge mucho tu
presencia aqu."

Justamente acababa de almorzar; eran las doce y media y el primer tren
para Madrid sala a la una. Mand enganchar a toda prisa y se traslad a
la estacin. El telegrama le haba trastornado. No saba lo que pensar,
pero senta una zozobra inmensa. Lo primero que le haba venido al
pensamiento era que Elena estuviese enferma, le hubiese ocurrido
cualquier accidente. Sin embargo, no pareca natural que le avisasen en
aquella forma enigmtica. Luego pens en Clara, en el nio. Tampoco
imaginaba que era forma adecuada de darle la noticia. Al fin, presa de
la mayor congoja, lleg a Madrid. Cuando puso el pie en el andn y vi a
Tristn acompaado de Escudero y de Barragn le di un salto terrible el
corazn. Se dirigi corriendo a ellos.

--Qu pasa? Elena est enferma?... Clara?

--Las dos estn buenas--respondi Tristn gravemente--. Vamos a tomar
el coche y all te hablaremos del asunto que me ha obligado a
telegrafiarte.

Estas palabras causaron un fro singular en el corazn de Reynoso.
Vagamente adivin una desgracia mayor que la enfermedad, mayor que la
muerte misma, y qued paralizado sin osar decir otra palabra. Sigui
dcilmente a sus amigos, cuyas caras largas, contristadas, eran an ms
inquietantes que las palabras de Tristn. Fuera de la estacin les
esperaba el _landau_ de Escudero.

--A la Moncloa--dijo Tristn al lacayo.

La mayor estupefaccin se pint en los ojos de Reynoso, pero guard
silencio. Prontamente el coche dej las cercanas de la estacin del
Norte y se intern en el largo y umbroso paseo de la Moncloa, que se
hallaba en aquella hora completamente solitario. Tristn, con los ojos
bajos y voz levemente enronquecida, principi al cabo a hablar.

--He vacilado mucho, muchsimo, antes de darte el susto que te he dado y
hacerte pasar por una prueba bien triste... Hubiera querido, aun a costa
del sacrificio ms grande, ahorrrtela. Conozco tu corazn confiado,
noble, afectuoso y s perfectamente la herida profunda que ha de abrir
en l un desengao... Pero... yo no puedo olvidar que eres mi hermano,
que mi mujer lleva tu nombre y que tengo el sagrado deber de velar por
que este nombre no sea arrastrado por el suelo... Yo no quiero--aadi
exaltndose--que este nombre, que ha de llevar tambin mi hijo, sirva de
burla y escarnio a la gente. Antes que eso suceda estoy resuelto a
hacer justicia por mi propia mano...

Reynoso horriblemente plido le contemplaba atnito, sin pestaear.

--Antes de dar este paso he consultado con tus amigos ms fieles, con
los que te quieren como un hermano, y ellos han visto como yo que era de
todo punto necesario esta operacin dolorosa. Ten valor, pues...
Preprate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos ms ntimos,
que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha
pisoteado tu corazn y tu nombre... Elena...

Un grito spero y extrao mezcla de rugido y de lamento sali de la
garganta de Reynoso.

--La prueba! la prueba!

Tristn, Escudero, Barragn quedaron aterrados viendo la palidez
cadavrica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.

--La prueba! la prueba!--repiti apretando el brazo de su cuado.

--Dentro de pocos momentos la tendrs.

Reynoso pase su mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo
que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristn, se
llev ambas manos crispadas a los cabellos mesndoselos con furor. Fu
un acceso de loca desesperacin. Gritos, sollozos, interjecciones,
movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacan vanos
esfuerzos por calmarle. No dur mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque.
Dej al cabo caer la cabeza contra el rincn, se tap con una mano los
ojos y extendiendo la otra hacia Tristn dijo con voz dbil:

--Habla. Quiero saberlo todo.

--Todo est dicho ya--repuso Tristn visiblemente afectado--. Para qu
necesitas ms palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde
puedes quedar bien persuadido... Manuel!--aadi sacando la cabeza por
la ventanilla--da la vuelta y llvanos a la calle de Atocha. Para
delante de la iglesia de San Sebastin. Vivo!

Obedeci el cochero, entrando en la ciudad y llegaron al punto designado
en pocos minutos. Se apearon all y dieron orden de que el carruaje les
esperase. Dejaron la calle de Atocha y se internaron por una de sus
travesas laterales. Tristn marchaba delante con Escudero, detrs
Barragn con Reynoso. Este no haba despegado los labios, pero pocos
momentos despus de caminar los acerc al odo del paisano.

--Quin es?

--Nez--murmur Barragn apretando al mismo tiempo con afectuosa
ternura la mano de su amigo.

Tristn y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la
puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba
conducir dcilmente. Tristn, que pareca haber estado ya all algunas
veces, hizo ademn de sentarse a una mesa prxima al escaparate. Tena
ste doble cierre de cristales y a su travs se vea perfectamente la
calle, que era estrecha. Enfrente haba una casa de reciente
construccin que haca contraste con las del resto de la calle, casi
todas viejas.

--Ah dentro estn!--dijo en voz baja apuntando hacia ella.

Reynoso levant los ojos y volvi a bajarlos rpidamente. Barragn pidi
unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvi prontamente
mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas inslitas y el
rostro espantable del paisano. Nadie ms que l llev a los labios el
vaso. Aguardaron all largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la
mano en la mejilla permaneca en una actitud de indiferencia
desesperada. Barragn, Escudero y Tristn hablaban en voz baja espiados
por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud.
Aquella conferencia misteriosa de cuatro seores en su tienda y sobre
todo la traza de bandido que uno tena les intrigaba. Quiz se les
pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.

Al cabo de una hora, lo menos, Tristn, que no cesaba de echar ojeadas
impacientes a la casa de enfrente, exclam:

--Ya salen!

Reynoso levant la cabeza y su faz se puso lvida viendo salir del
portal a su esposa en compaa de Nez. Dieron unos cuantos pasos
precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un
poco ms all les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante pareca
turbado y plido y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fu
la impresin que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al
verla, pero cay de golpe otra vez en ella y meti la cabeza entre las
manos. Tristn se llev la suya al bolsillo y dejando asomar la culata
de un revlver profiri con reconcentrada ira:

--Mtalos! Mata a esos traidores!

Reynoso no se movi. Se oy el ruido del coche que se alejaba. Nadie
habl una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano
sobre el hombro de aqul y dijo con voz conmovida:

--Germn! amigo mo! valor!

Y por el rostro de aquel hombre que no pareca sensible ms que a los
cheques y talones rodaban dos gruesas lgrimas. Reynoso se alz y
tambalendose como un beodo sali de la taberna seguido de sus amigos.
Cuando estuvieron en la calle se volvi hacia su cuado y apretndole la
mano dijo:

--Tienes razn, Tristn, la vida es un asco!

Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que haban dejado
el coche. Don Germn manifest su resolucin de volverse al Escorial.
Todos ellos se brindaron a acompaarle, particularmente Tristn, pero
opuso una enrgica negativa a sus instancias. Tampoco acept el coche de
Escudero que hablaba de aadir otros dos caballos a los que llevaban.
Nada, slo peda que le dejasen en la estacin. Sala un tren a las
siete y slo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.

--Os suplico que os volvis a vuestras casas y me dejis ya--les dijo
cuando hubieron llegado--. Y llamando aparte a Tristn--: Cuida mucho
de Clara. Conozco su corazn y s que este golpe puede hacerle mucho
dao. Os espero dentro de cuatro o cinco das. Hasta entonces dejadme
solo.

Tristn le mir con asombro.

--Pero qu piensas hacer?

--Nada.

--No quieres castigar a ese miserable?

--No.

--Entonces voy yo a provocarle.

--Nada. No hagas nada, Tristn. En este mundo todo es nada, nada, nada!

Y dicindoles adis con la mano y hacindoles al mismo tiempo sea de
que no le siguiesen, se meti en la estacin unindose a la multitud que
en aquella hora la llenaba.

--Nada! nada! nada!--murmuraba reclinado en el fondo de un coche
mientras la locomotora le arrastraba velozmente al travs de los campos
adustos, melanclicos que cercan a Madrid. El humo se esparca delante
del paisaje ocultndolo por momentos. El sol mora a lo lejos entre
resplandores carmeses. Una dulce serenidad se desprenda del cielo
plido. Reynoso dej el rincn y puso su rostro enardecido al golpe
violento de la brisa que se iba haciendo ms fresca segn se aproximaban
a la sierra. Con los ojos atnitos senta ms que vea el raudo cruzar
de los objetos por delante. Todo hua, todo se escapaba causndole una
extraa impresin de desquiciamiento universal. El mundo se deshaca, se
evaporaba, rodaba vertiginosamente a los abismos de la nada.

--Todo es nada! nada! nada!--repeta sin cesar con voz ronca.

Cuando el tren se detuvo en la estacin de Escorial, sali del coche sin
darse cuenta de ello y emprendi como un autmata el camino del Sotillo.
Estaba anocheciendo. En el cielo brillante e inmvil centelleaban
algunas estrellas. A su espalda la mole de la sierra se ocultaba entre
cendales de un violeta profundo. Delante el inmenso horizonte de los
campos pareca cerrarse fundindose todo en un tenue vapor gris.

Alcanz su casa y penetr en ella sin ruido, casi furtivamente como si
fuera un intruso. Uno de los criados se asombr de verle al cruzar un
pasillo y se excus de no haber prevenido a los dems. Don Germn orden
que todos permaneciesen tranquilos. Se encerr en su despacho, sac
legajos y papeles y estuvo trabajando largo rato. Llamaron a la puerta
humildemente y una domstica pregunt si el seor bajaba a cenar.
Respondi que le subiesen a la habitacin contigua caldo y algunos
fiambres y sigui trabajando. Al cabo se alz del silln y pas al
saloncito contiguo donde ya le haban preparado la mesa. Orden en
seguida que todos se acostasen y volvi a su trabajo que an dur mucho
tiempo. Cuando termin eran las altas horas de la noche. Descans unos
instantes y escribi una carta de pocas palabras que deposit sobre la
mesa en sitio visible. Luego sac de uno de los cajones un revlver, lo
examin con detenimiento, lo carg con nuevas cpsulas, lo coloc sobre
la mesa y ech de nuevo la llave al cajn. Abri la puerta del saln,
abri la de la habitacin contigua, que era el dormitorio matrimonial,
encendi un cigarro y se puso a pasear a lo largo de la cruja con
aparente calma.

All en el fondo entre las camas de los esposos penda un crucifijo. En
uno de los paseos los ojos de D. Germn tropezaron con l. Qued
inmvil, clavado al suelo, los ojos fijos en aquella imagen sangrienta.
Cunto tiempo estuvo as? Una hora? Un minuto? Jams pudo l mismo
saberlo. Al fin dej escapar un suspiro, se tap el rostro con las manos
y cay de rodillas sollozando.

Cuando se puso en pie haba recobrado el sosiego, todo el sosiego del
alma. Su resolucin estaba tomada. Se dirigi con paso firme a su
despacho, guard de nuevo el revlver y se puso a escribir algunas
cartas. Una larga para Tristn, otra para Cirilo. La ltima para su
mujer.

"Elena: Perdona que por ltima vez me dirija a ti. Es de absoluta
necesidad para tu futura existencia. Cuando recibas sta me hallar
lejos y jams volver a importunarte con mi presencia. Te dejo toda mi
fortuna: slo me llevo lo necesario para vivir. Gasta todas las rentas
que te entregar Cirilo. Es el ltimo favor que te pido y tambin que
disculpes mi ausencia. Puedes decir que estoy en Amrica, donde tena
comprometidos algunos intereses. Nada ms. Que Dios te proteja y que a
m no me abandone."

Cerr la carta y lo mismo que las otras la guard en el bolsillo para
enviarlas al correo en la oportuna ocasin. Hizo despus pedazos la que
haba dirigido al juez y sac otro cigarro y de nuevo se puso a pasear,
esta vez no con calma aparente sino bien verdadera. Por fin abri el
balcn y sali a una pequea terraza, recostndose de bruces sobre el
antepecho de mrmol. La noche era caliente y poblada de estrellas. El
paisaje severo, erizado, dorma bajo su dosel alargando la sombra
inmensa de sus collados. Reynoso abra los ojos sin ver, tenda los
odos sin oir, no viendo ni oyendo ms que los latidos de su corazn
desgarrado. Este corazn lata y hablaba. Qu importa todo? Qu vale
cuanto existe en el mundo? Riqueza y miseria, grandezas y humillaciones,
desgracia o ventura todo cambia, todo se hunde al fin en los abismos de
la noche eterna... Tambin se hundir el amor? Nada quedar de esta
emocin incomprensible que parece transformarnos por momentos,
arrebatarnos de la tierra a otras esferas ms altas? Don Germn
contempl el cielo largo rato, escrutando con avidez sus abismos
azulados, sus millones de luminarias maravillosas. Al fin los baj de
nuevo murmurando: "No; el amor no se hundir porque el amor es Dios!"
Pase despus su mirada por el campo. All, hacia el oriente, en los
confines del horizonte un tenue reflejo del firmamento sealaba el sitio
donde se asentaba Madrid. Apart los ojos con horror. Del cielo viene el
rayo que nos abate, del mar viene la ola que nos traga, del campo la
dentellada de la fiera o la pualada del bandido. Pero de all!... ah,
de all viene el dao que no puede explicarse, la agona sin muerte, el
dolor increble!

Permaneci algn tiempo perdido enteramente en una meditacin profunda.
Era un torrente de pensamientos graves, de sensaciones confusas que
atravesaba su cerebro y su corazn. Apenas guardaba la conciencia de que
fuesen suyos. Una ola de olvido le envolva poco a poco; una voz bien
alta suba invitndole a mirar hacia arriba y a despreciar lo de abajo.
Despus haciendo un esfuerzo alz sus codos de la baranda, contempl
todava con distraccin el horizonte oscuro, sac del bolsillo su
llavero, del llavero un lpiz y escribi tres palabras sobre el mrmol.
Entr en sus habitaciones, se dirigi a su armario y tomando de all la
ropa y los objetos ms indispensables los empaquet en una maleta.
Cuando la tuvo hecha baj cautelosamente hasta la puerta del jardn y
sali de casa. Atraves el parque, atraves el bosque y en pocos minutos
se encontr a campo raso. Emprendi por los senderos el camino de
Zarzalejo para montar all en el primer tren que le alejase de Madrid.
Cuando hubo caminado algn tiempo se detuvo y volvi los ojos hacia su
casa. All quedaba, silencioso, tranquilo, el que haba sido su paraso
en la tierra. Jams, jams volvera a entrar en l. Cunta felicidad
deshecha en un instante! Tom la maleta que haba dejado caer al suelo y
emprendi de nuevo la carrera. Los sollozos le rompan el pecho, las
lgrimas le cegaban. As marchaba aquel hombre al travs de la noche
desierta en busca de Dios.




PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO




UN TESTIGO DE CARGO


Hay personas que no pasean jams sino por calles cntricas. Hay otras
que gustan de las excntricas y solitarias, en los barrios extremos de
Madrid, lindantes con la campia. Las hay, por fin, que no pasean ni por
unas ni por otras, y slo encuentran alegra midiendo el pasillo de su
casa a trancos, y acercndose de vez en cuando a la estufa para
calentarse las manos.

Pues bien; declaro que yo pertenezco a la segunda categora, aunque
tambin me agrada recorrer una y otra vez mi pasillo con las manos en
los bolsillos, particularmente cuando llueve, y dar unas cuantas vueltas
por las calles de Alcal y Sevilla a las horas de ms trnsito. Cuando
esto ltimo acaece, procuro que mi rostro vaya fruncido y aborrascado
para adaptarse al medio ambiente; pero es contra mi gusto, bien lo sabe
Dios, porque mi fisonoma, por naturaleza, es plcida y sentimental.

As, que experimento ms placer en pasearme por las afueras, donde
encuentro rostros alegres que me miran sin hostilidad. Slo all me
desarrugo y soy exteriormente lo que Dios quiso hacerme. Y he pensado
algunas veces que si trasladsemos las caras de las afueras al centro, y
las del centro las envisemos a paseo, Madrid ofrecera a los ojos de
los extranjeros un aspecto ms hospitalario, ms risueo y, sobre todo,
ms humano que el que ahora tiene.

No sucede lo mismo con los perros. Encuentro, generalmente, los del
centro apacibles y corteses; los de los barrios extremos, agresivos,
quimeristas y mucho ms descuidados en el aseo de su individuo. Sin
duda, la cultura, que ejerce una influencia tan triste en la raza
humana, suaviza y mejora la canina.

Ignoro si el perro con quien tropec cierto da en una de las calles ms
extraviadas del barrio de Chamber era quimerista y agresivo como sus
convecinos; pero s puedo dar fe de su escandalosa suciedad.

Flaco, lanudo como esos bohemios que no se recortan jams la barba y la
dejan crecer por donde salga, cubierto de polvo y con un pegote de barro
en cada pelo, se acerc a m este repugnante animal moviendo el rabo y
mirndome con ojos humildes.

Yo d un salto atrs, porque la experiencia me ha enseado que se puede
mover el rabo humildemente y ser en el fondo malsimo sujeto. Pronto me
convenc de que no haba nada que temer. Aquel pobre perro haba venido
tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los ltimos
rescoldos de su carcter agrio, si alguna vez lo haba tenido, se
haban apagado por completo.

Hice sonar con los dedos una leve castaeta, correspondiendo al meneo
vertiginoso de su rabo, y me dispuse a proseguir mi camino. Pero l
agradeci aquella fra castaeta como nadie me agradeci en la vida el
saludo ms cordial y carioso. Comenz a brincar delante de m, y a
retorcerse, y a lanzar suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto
gozo como gratitud.

No se agradecen as los saludos en este bajo mundo--me dijo nuevamente
la experiencia--si no se teme o se espera algo. Este perro no tiene amo,
o ha sido arrojado por l de su casa. Pobre animal! Me interes su
desgracia, y de nuevo hice sonar la castaeta con alguna mayor efusin,
y l con esto renov las seales de gratitud hasta querer descoyuntarse.

Inmediatamente tom la resolucin de seguirme hasta el fin del mundo.

Yo le vea detrs varias veces, dndome escolta; otras, delante,
sirvindome de heraldo. Por momentos se detena, levantaba hacia m su
hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisin, cual si me quisiera
decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y seor. La desgracia
de aquel animal me conmovi. Era tan feo, que no haba motivo para
admirarse de que su dueo le hubiese abandonado.

Y, sin embargo, yo he visto algunas seoras ricas que acariciaban y
mimaban con apasionados transportes de amor a otros perros ms feos que
ste, y he visto tambin a algunos jvenes elegantes acariciar y mimar
a estas mismas seoras, ms feas an que sus perros.

Me representaba a aquel pobre animal, arrojado ignominiosamente de su
casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la
puerta; le vea marchar errante y hambriento por aquellas calles
solitarias, introducirse en alguna tienda en busca de una piltrafa,
salir de ella molido a palos, seguir a los transeuntes hasta que stos
le despedan a puntapis o pedradas.

La compasin se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a
mirarme, le haca una sea de afectuosa consideracin. Entonces se
acercaba a m rebosando de agradecimiento, y yo, sin temor a mancharme
las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la
cabeza.

Pero a medida que transcurra el tiempo, se apoderaba de m un vago
malestar. Qu iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le
puede dar una limosna, ni recomendarle a un concejal amigo para que le
coloque de pen en los trabajos de la villa. Necesitaba llevrmelo a
casa. Esto era grave. Qu dira el portero, qu diran los vecinos, qu
dira, sobre todo, mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso?
Vaya unas protestas, vaya una zambra, vaya una risa que se armara en
mi casa! Se me puso la carne de gallina.

Comprend inmediatamente todo lo falso de mi situacin.

Entonces hice con el perro lo que conmigo hacen los amigos cuando mi
presencia les molesta; me hice el distrado. Cuando me miraba con sus
ojos afectuosos, volva la cara hacia otro sitio; si se acercaba a m,
frunca el entrecejo como si no le viese, y segua mi camino. En fin,
adopt un continente tan glacial como significativo. Pero l no vi la
significacin, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persista en
sus muestras de adhesin incondicional, tenindose siempre por mi
protegido.

Una de las veces que mi mirada se cruz con la suya, vi en sus ojos una
expresin de sorpresa y de splica tal, que el corazn se me apret. Sin
embargo, lo que peda no era posible.

Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de
mi lado violentamente, cuando observo que viene hacia nosotros un
tranva. Entonces, cautelosamente me agarro a l y monto. Desde la
plataforma veo a mi perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de
pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperacin,
y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra, resignado, como los
seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se
puede esperar de la existencia.

Jams pude olvidarlo. Y al acordarme de l, no puedo menos de pensar que
cuando algn da me vea ante el supremo tribunal de Dios, y se juzguen
todos los actos de mi vida, y se cuenten mis faltas y desaciertos, he de
verle aparecer, con su hocico peludo y su aspecto dolorido, a dar fe de
mi cruel egosmo.




VIDA DE CANNIGO


Las ideas de mi to don Sebastin acerca del ascetismo de los cannigos
eran mucho ms decididas que las de Pachn de la Quintana de Arriba.
Nada de vacilaciones en este punto: ya saba a qu atenerse. Para l la
imagen de un cannigo evocaba un sin fin de representaciones cmodas,
deleitosas y suculentas.

No es extrao. Si se hablaba de un vino aejo bien confortable, le oa
llamar "vino de cannigo"; si se trataba de un chocolate exquisito,
"chocolate de cannigo"; si de un colchn blando y relleno, "colchn de
cannigo"; etc.

Toda su vida haba sentido una envidia ruin por el alto clero, y
deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado
eclesistico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretera que
tenan en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al
Seminario, tal vez a estas horas sera cannigo. Por qu no? No lo era
su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? Y nada menos que
arcediano de la santa iglesia catedral de Len!

Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propsito
para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces
aquellas dos hermanas que su padre le haba dejado con el comercio de
ferretera. No se sabe si se haban propuesto hacerse ricas a costa de
las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la
muerte de ste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, quin
sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi to don Sebastin no
haba mostrado jams veleidades matrimoniales, el da menos pensado
poda atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un
hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De
todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el
vino, el betn para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua
para lavarse.

Y as haban traspasado los tres la edad de cuarenta aos. Don
Sebastin, a quien la Naturaleza haba dotado de un temperamento muelle
y voluptuoso, se autorizaba cuando poda, a escondidas de aquellas dos
fatales eumnidas, algunos regalos. Un da se iba con don Hermenegildo
el piloto al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos
litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de
la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de
Rueda, o bien entraba por la tarde en el caf Imperial y peda un
sorbete de fresa.

Pero de todos estos atentados tenan noticia al da siguiente las dos
vrgenes agrias. Su polica era ms exacta y ms fiel que la del Sultn
de Turqua. Cielos, qu escndalo!, qu pataleo!, qu imprecaciones
temerosas! En cierta ocasin, una de ellas lleg a darle un formidable
escobazo en la cabeza.

De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi to don
Sebastin. No tenis ms que preguntarlo a cualquier viejo de la
poblacin, y os lo contar medio sofocado por la risa. El caso fu como
sigue:

Un da subi don Sebastin de la tienda con una carta en la mano. Era
del primo Gaspar. En ella le deca que se hallaba en Oviedo pasando una
temporada con el seor obispo, que antes de ser preconizado, haba sido
su compaero y amigo ntimo en Len; al mismo tiempo le haca saber que
en la diligencia del da siguiente ira a hacerles una visita y pasar un
par de das con ellos.

La turbacin que esta noticia produjo en las dos solteronas fu
indescriptible. Tener por husped al arcediano de Len, a un amigo
ntimo del seor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en
secreto, segn se deca! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a
quien recosan los pantalones para que su madre no le zurrase la badana
si llegaba con ellos rotos a casa, y a quien haban dado bastantes
pescozones llamndole animal. Para ellas ya no exista ms que un
personaje eminente rebosando de teologa y respetabilidad.

Pasada la primer impresin de estupor, hizo explosin en ambas
solteronas una cantidad imponente de actividad domstica. Se quitaron
el cors, se liaron un pauelo a la cabeza, y dieron comienzo por s
mismas a la limpieza y arreglo del "cuarto de respeto". La gran cama de
palosanto, con pabelln y colcha de damasco encarnado, fu objeto de un
minucioso reconocimiento. Se bati bien el colchn de miraguano y las
almohadas de pluma, se le pusieron sbanas de fina batista, bordadas,
que jams de memoria de hombre haban salido del armario, y a su lado un
hermoso tapiz que les haba trado de Manila otro primo ya fallecido.

La criada fu expedida en diferentes direcciones. A la confitera de
Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa
de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y
se las llevase a las once en punto de la maana, a la fbrica de
vidrios, para recabar de don Napolen, el contramaestre, que saliese de
madrugada a cazar unas arceas; etc., etc.

Mi to don Sebastin segua estos preparativos con respetuosa atencin,
pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastara la ms corta frase para
oirse llamar ganso, y no tena deseo alguno de servir de pretexto a este
smil zoolgico.

Al da siguiente por la maana se acical convenientemente, y a las once
y media sali a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a
las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y
rica vajilla atestada de confites y frutas en almbar.

A las doce y cuarto lleg don Sebastin con la cabeza baja, diciendo que
el primo Gaspar no haba llegado en la diligencia de Oviedo. El
abatimiento ms profundo se pint en el rostro de las dos hermanas.
Transcurrieron algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don
Sebastin profiri con tono fnebre:

--Yo pienso que habr perdido la diligencia de la maana. Seguramente,
llegar en la de la tarde.

Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas
se encarasen con l como dos fieras y le llamasen... A qu decir cmo
le llamaron?

De todos modos, no hubo ms remedio que sentarse a la mesa y comer. Don
Sebastin lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas
que eran, haciendo sobre el caso los ms disparatados comentarios. El
engulla en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados
exquisitos con un trago de vino de las Navas. Despus de los postres se
levant de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y
sali, como siempre, para el Casino. As que di la vuelta a la esquina
de la calle, encendi un cigarro puro de los que haba comprado para el
arcediano, y chupndolo voluptuosamente, se fu a jugar su partida de
tresillo.

En la diligencia de las siete tampoco lleg el cannigo. Don Sebastin
comunic la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les
leyese la sentencia de muerte. La consternacin les paraliz a todos la
lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un
silencio funeral cay sobre aquella afligida familia.

Pero la mesa estaba puesta. Salmn, arceas estofadas, riones al jerez,
pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos
borrachos, fresas con crema. Don Sebastin diriga miradas furtivas y
ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperacin,
no daban seales de acercarse a ellas.

--Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto est ya hecho...

Estas palabras provocaron una crisis de lgrimas, pasada la cual se
sentaron los tres a la mesa. Ellas coman a la fuerza y exhalando
suspiros dolorosos. El coma con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.

Cuando se levantaron, don Sebastin se tambaleaba. El dolor suele
producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que
iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobl la esquina, volvi a
encender otro de los magnficos habanos destinados al arcediano, y fu a
sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el
fresquecillo le ech hacia casa.

Sus hermanas se haban encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba
silenciosa y triste, como si se hallase bajo el peso de una desgracia.

Mi to don Sebastin se desnud lentamente, pero en vez de meterse en su
cama, tom la palmatoria en la mano, se asom con ella al pasillo, y
despus de cerciorarse de que nadie le vea, salv con gran sigilo la
distancia que le separaba del "cuarto de respeto" y se desliz dentro
del gran lecho de palosanto.

Oh dulce y blando colchn!, oh tiernas almohadas!, oh sbanas
finsimas!

Mi to don Sebastin se senta inundado de una felicidad celestial. Di
un soplo a la luz, cerr los ojos, y murmur sonriendo a las tinieblas:

--Ya no me muero sin saber lo que es la vida de cannigo.




UNA MIRADA A LO ALTO


I

En las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles
cntricas. Uno tras otro los arcos voltaicos se encienden, y mantienen a
distancia las tinieblas que la huda del sol convida a descender. Los
coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se
muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la va.

Crepsculo hermoso el de la gran ciudad! Que otros vayan a gozarse
melanclicamente al bosque silencioso, y que miren al sol ocultarse
detrs de los montes lejanos, y que escuchen con placer las esquilas del
ganado y los dulces sones de la flauta pastoril; que corran a la playa
desierta y se deleiten contemplando el romper de las olas espumosas. Yo
gozo mirando las telas y las joyas deslumbrantes que se ostentan en los
escaparates. Pero gozo ms cuando alguna bella, desde lo alto de un
coche, como una diosa sobre su trono mvil de seda, me lanza una
mirada. Avergonzaos, ricas telas, ocultaos, joyas deslumbrantes!; el
sol, al partir, ha dejado en aquellos ojos toda su luz como un depsito
sagrado.

Con tranquilo placer mis pasos errantes se deslizan por la calle. La
muchedumbre se aprieta en torno mo. Escuchad, escuchad esos gritos
gozosos; ved esa larga fila de carruajes que llevan sobre sus ruedas la
belleza, la juventud y la alegra de la villa! Mirad a ese joven
tembloroso que se acerca, embargado de emocin, al borde de la acera, y
recoge al pasar la sonrisa de su amada y una seal de su mano adorada,
de esa mano que l besa furtivamente cuando en el Retiro la dama de
compaa se distrae..., o se hace la distrada! Mis canas me preservan
ya de estos temblores, mas, ay!, no puedo menos de acordarme de ellos.

El tumulto crece por momentos. Todo se agita, todo se mueve. Los
caballos piafan de impaciencia, y las mams, ms impacientes an,
quisieran estar ya delante de la mesa, donde humea la sopa confortable.
El ro de la vida serpentea por las calles.


II

Sbito me lanzo sobre la plataforma de un tranva que pasa. Este tranva
me conduce al extremo oriental de la ciudad. Doy unos cuantos pasos
ms, y me encuentro en plena campia obscura y silenciosa. Mi alma se
haba alejado de m en la agitacin febril de la vida, y all se acerca
para decirme al odo algunas palabras misteriosas debajo de la gran
bveda estrellada. Me siento sobre una piedra, y mis ojos se pasean por
el firmamento, escrutando sus profundos senos.

All va la _Lira_ a ocultarse en las lejanas del Poniente. Oh dulce
_Vega_ de inmarcesible luz; t fuiste el astro virginal de mis ensueos
infantiles! Cuntas veces, al regresar a casa de la mano de mi padre,
mis ojos se levantaban hacia ti! T me decas algo divino e
inexplicable; mi pequeo corazn palpitaba, mi alma se llenaba de blanca
claridad como la tuya, y algunas lgrimas temblaban en mis pupilas.
Ahora con velocidad desciendes, arrastrada por tus corceles azulados, y
pronto desaparecers. Mi infancia, ay!, largo tiempo ha que se ha ido.
Pluguiera a Dios que al morir volase directamente a ti, y en alguno de
los mundos que iluminas volviese a hallar los dulces sueos que me
agitaban cogido de la mano de mi padre.

En lo alto del cenit brilla la hermosa _Capella_, la estrella de mi
adolescencia. Esparce su luz tranquila sobre la tierra, y, vestida de
rayos luminosos, lleva en su seno tesoros de amor. Mi frente plida se
alzaba hacia ti en otro tiempo bien lejano, y all ansiaba ir con la
nia de ojos azules, de cabellera de oro, que levantaba la punta de la
cortina de su ventana cuando yo vena de mi ctedra con los libros
debajo del brazo. All quisiera tambin ir cuando me muera.

_Aldebarn_ famoso avanza con rapidez y despliega su cabellera
resplandeciente entre las _Hiadas_. Su ojo fogoso placa a mi juventud,
porque le prometa las emociones cambiantes y violentas que ansa un
espritu altanero. Yo amaba entonces las armas y la lucha, y soaba con
la corona del vencedor. Ardiente como t, avanzaba por la vida
arrebatado y sorprendido de m mismo. De dnde vena aquella embriaguez
que me impulsaba a destruir y crear al mismo tiempo? Por qu temblaba
de ira, y un minuto despus temblaba de amor? Quizs t, desde lo alto
del espacio, enviabas a mi alma esa divina inquietud, ese tormento
delicioso que consuma mi corazn y lo haca florecer. Entonces las
crestas azuladas de los montes murmuraban alegras para m, los rumores
del bosque y el silencio de la noche me infundan ansias locas de
voluptuosidades desconocidas, ardores insensatos de amor y de muerte.
All quisiera tambin ir.

Descansando sobre el horizonte, el gigante _Orin_, amo del cielo,
ostenta con calma el tesoro de sus luces. Invencible y generoso _Orin_,
t fuiste la envidia de mi edad viril: a ti demandaba el valor y la
abundancia, la paz y la sabidura de que estaba sediento. Opulento y
feliz, gozas de la afluencia gloriosa de tus astros, posees todos los
bienes del cielo y conduces tu carro cargado de riquezas, alumbrando la
obscuridad de los espacios insondables. T eres el primero entre los
gigantes que cruzan el firmamento, y tus brazos poderosos se extienden a
una distancia que la mente humana apenas puede imaginar. Naces y brillas
en diferentes hogares, desarrollas tu inmortal podero entre millones de
globos, y, animado siempre del mismo vigor, eres el smbolo de lo que ha
sido mi ms constante anhelo en este mundo, eres el smbolo de la fuerza
en el reposo.

Pero ya se huy tambin mi edad viril. Mi frente fatigada se inclina
hacia la madre tierra, mis fuerzas decaen, las luces de este mundo
palidecen, mis ojos se preparan a dormir. Qu debo esperar cuando
despierte? Un sol mucho ms grande, ms santo, ms luminoso que el que
nos alumbra, un sol maestro de pureza que no ilumine la traicin, que
desvanezca la mentira, que acaricie al inocente y abrase al malvado, un
sol de amor y de justicia cuyo aliento enve a sus hijos una eterna
primavera que derrita los hielos del egosmo y de la envidia. Helo all
ese sol en la regin lejana enganchando ya sus corceles para subir!
Debajo de _Orin_, el claro _Sirio_ comienza a rasar con sus fuegos el
horizonte. All quisiera ir, por fin.


III

Pero la noche agita ya sus alas rpidas, y a las sublimes emociones que
me embargan sucede el gozoso recuerdo de mi hogar. Me levanto y busco
de nuevo el tranva, que me conduce rpidamente a l. Subo la escalera
de mi casa y abro silenciosamente la puerta; entro en mi gabinete de
trabajo, y en medio de l me detengo, contemplando con profundo
sentimiento de piedad el retrato de mis padres. Voy al dormitorio de mi
hijo, y le veo dormir, y escucho con placer el soplo sosegado de su
pecho. Despus me dirijo al comedor. Mi esposa inclina su dulce rostro
infantil sobre la costura debajo de la lmpara. Por algunos momentos la
contemplo en silencio. En ella reposa mi corazn, y la paz serena del
amor me inunda de alegra en su presencia. Entonces me acuerdo de
aquellos astros suspendidos en el espacio, donde mi espritu ansiaba
volar. Un estremecimiento de horror agita mi cuerpo. Oh, no; no quiero
peregrinar solo por esos mundos resplandecientes, no quiero pasar a
vuestro lado, seres adorados, sin amaros, tal vez sin conoceros, no
quiero otras vidas siderales, no quiero ser el favorito de los dioses! A
vuestro lado he gozado horas felices que me envidiaran todas las
estrellas del cielo. O con vosotros, amados de mi alma, o a la negra
fosa, y dormir all para siempre!




LA PROCESIN DE LOS SANTOS


Ms de una vez me aconteci penetrar en la vieja catedral gtica a la
cada de la tarde. All en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y
all en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos
cirios que chisporrotean lgubremente.

En pie frente a l, le contemplo, le imploro y muchas veces tambin le
interrogo: "Quin te ha enseado esas dulces palabras que salieron de
tus labios? Por qu te has dejado matar? Por qu no has luchado, por
qu no has herido y triunfado? Eres Dios, o eres un iluso? Por qu no
has sido egosta y vano y cruel como yo lo he sido?"

El me escucha y murmura palabras de consuelo, y algunas veces sus ojos
se clavan en m con severidad, y alguna vez me sonren.

Una tarde, de rodillas, apoy la frente sobre el pedestal de la cruz.
Ignoro el tiempo que as estuve. Al cabo sent que una mano se apoyaba
sobre mi hombro. Alc la cabeza, y vi la figura blanca y radiosa de un
hombre por cuya frente corran algunas gotas de sangre. El Cristo haba
desaparecido de la cruz.

--Sgueme--me dijo con voz que penetr hasta lo ms profundo de mi
corazn.

Al mismo tiempo, por detrs del altar surgieron otras figuras de hombres
y mujeres, y en un momento se pobl la capilla. La capilla era pequea,
pero la muchedumbre era grande.

--Seguidme todos--dijo el Seor.

Y nos lanzamos a la puerta en pos de l los que all estbamos.

--Vamos al cielo!, vamos al cielo!--oa murmurar a los que tena
cerca.

Salimos al campo. La luna baaba con su luz tibia los rboles, las
mieses, las praderas. La figura blanca del Cristo se destacaba ms pura
y ms bella que la de la luna. Marchaba delante, y sus pies pareca que
no tocaban la tierra. Cercanos a l caminaban algunos hombres y mujeres
cuyas figuras crea reconocer. "Ese es Agustn, se es Bernardo, sa es
Teresa", me deca. Pero tan cerca de l como stos marchaban otros
hombres y mujeres completamente desconocidos para el mundo.

La campia era de plata; el cielo, de oro. Los rboles inclinaban sus
penachos al paso del Seor, murmurando plegarias. El viento dorma. Nada
se escuchaba, ni el ladrido de un perro, ni el canto de un gallo, ni el
rumor lejano de la mar. La procesin caminaba en silencio.

Trasponamos las colinas, trasponamos los valles. La campia era cada
vez ms amena. Una brisa suave se alzaba del suelo cargada de aromas.
Las rosas abran sus clices fragantes; las estrellas dejaban caer sobre
ellos sus luces temblorosas.

Pero algunos bamos quedando rezagados.

De vez en cuando el Seor se detena, volva su rostro hacia nosotros, y
nos haca sea para que nos diramos prisa. Los dems cumplen sus
rdenes; pero yo cada vez voy quedando ms atrs. El cansancio se
apodera de mi cuerpo, y me place detenerme a menudo para contemplar la
belleza de una flor, para escuchar el canto de un pjaro.

Voy quedando solo. Entonces me salen al encuentro hombres guerreros, de
labios blasfemos, de ojos sarcsticos, que me cierran el camino. Lucho
con ellos; logro vencerlos. La procesin se aleja, y pienso con horror
que muy pronto la perder de vista.

Pero el Seor no se olvida de m. A menudo se detiene, se empina sobre
sus divinos pies para verme, y, por encima de las cabezas de la
muchedumbre, me insta con la mano para que camine.

--Maestro--le grit--, te sigo de lejos, pero te sigo!

Entonces una sonrisa bondadosa ilumin su rostro. El Seor sonrea de mi
petulancia y me hizo con la cabeza un signo de aprobacin, permitindome
seguirle del modo que pudiera.




PERICO EL BUENO


Nuestros ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de
nuestra naturaleza, como afirman los filsofos moralistas. Por el
contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad
escandalosa.

He conocido avaros que admiraban profundamente a los prdigos, que
hubieran dado todo en el mundo por parecrseles..., menos dinero. Haba
un comerciante en mi pueblo que pas toda su vida contndonos lo que
haba derrochado en un viaje que haba hecho a Pars, sus francachelas,
la cantidad prodigiosa de _luises_ que haba esparcido entre las
bellezas mundanas. Se le saltaban las lgrimas de gusto al buen hombre
narrando sus aventuras imaginarias. Pero sta es una historia que dejo
para otra ocasin.

Voy a contar ahora la de _Perico el Bueno_. Ni yo ni nadie en el pueblo
saba de dnde le vena este sobrenombre. Pero menos que nadie lo saba
l mismo, a quien enfadaba lo indecible. No haba en el Instituto un
chico ms dscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el
terror de los porteros y bedeles. En cuanto surga en el patio un motn
o una huelga, poda darse por seguro que en el centro se hallaba _Perico
el Bueno_; si haba bofetadas, era Perico quien las daba; si se
escuchaban gritos y blasfemias, nadie ms que l los profera.

Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca,
paseando con las manos en los bolsillos por los prticos y arrojando
miradas insolentes a los bedeles.

--Seor Baranda--le deca uno cortsmente,--tenga usted la bondad de
quitar ese cigarro de la boca: el seor Director va a pasar de un
momento a otro.

--Dgale usted al seor Director que me bese aqu--responda fieramente
Perico.

El bedel se arrojaba sobre l; le agarraba por el cuello para
introducirle en la carbonera, que serva de calabozo. Perico se
resista; acuda el conserje: entre los dos, al cabo de grandes
esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo all encerrado.

Parece que le veo tambin en la clase de _Psicologa_, _Lgica y Etica_
disparando saetas de papel y hacindonos reir con sus muecas. El
profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los
smiles.

--Seor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las
otras para que no las contamine, me har usted el favor de apartarse de
sus compaeros y sentarse en aquel rincn de la derecha.

Perico no se mova una pulgada de su puesto.

--Seor Baranda, hgame usted el favor de separarse--repeta el
profesor.

--Que se separen las manzanas sanas!--responda Perico alzando los
hombros con ademn desdeoso.

El profesor insista, trataba con razones y amenazas de persuadirle.
Todo era en vano. Al cabo nos deca, un poco avergonzado:

--Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.

Y henos aqu a los treinta o cuarenta muchachos que componamos la clase
levantndonos de nuestros asientos y apartndonos algunos metros del
rebelde.

Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina
y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don
Pedro Baranda. Este seor era un industrial que posea una fbrica de
ladrillos en las afueras de la poblacin, excelente persona y, adems,
uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallbamos en plena
revolucin, ningn profesor osaba malquistarse con l.

Perico sufra horriblemente cada vez que se oa llamar _el Bueno_.
Rechinaba los dientes, y si era algn chico de su edad quien le
injuriaba de este modo, se arrojaba sobre l y le hinchaba las narices.
Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte,
prodigiosamente gil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le
aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como l a las
_puentes_ y al _pido campo_. Recuerdo en que una tarde en que por
instigacin suya hicimos novillos, y en vez de asistir a la clase de
Retrica y Potica, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejramos
demasiado y se llegara el crepsculo, tuvimos miedo de no estar al
Angelus en casa, como nuestros padres nos tenan prevenido. Nos
hallbamos cerca del puente por donde cruzaba la va frrea. Perico ve
llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre
la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar
sano y salvo la poblacin en pocos minutos.

Por qu no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fu su amigo sincero. El
me mostr siempre tambin particular predileccin, y desahogaba conmigo
sus penas. Una de las mayores era aquel ridculo apodo que sobre l
pesaba. Le pareca el colmo de la degradacin.

--Mira t--me deca algunas veces sonriendo con amargura--que llamarme
a m Perico _el Bueno_, cuando soy ms malo que un dolor a media noche!

No poda sacarse esta espina del ojo.

Cuando nos hicimos bachilleres le perd de vista. Yo me vine a Madrid, y
l se qued en el pueblo. Algunos aos despus le hall completamente
transformado. Haba muerto su padre, y se haba puesto al frente de la
fbrica, y se haba metido en poltica. Era un hombre grave,
silencioso, pero siempre enrgico y dispuesto a encolerizarse por
cualquier bagatela. Sus ideas polticas, exageradamente radicales, casi
anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una
violencia y un cinismo que pona en suspensin y espanto a los pacficos
habitantes de nuestra villa. De religin no haba que hablar: Perico se
haba declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de
cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y
sencilla, de beber la sangre del ltimo rey en el crneo del ltimo
sacerdote.

Y, sin embargo, en la poblacin segua nombrndosele _Perico el Bueno_!
Claro est que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado
darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en
todas las manifestaciones republicanas con mucho ms calor que
elocuencia. Su espritu no se nutra ms que de los artculos de fondo
de los peridicos radicales y de los libros de los filsofos
materialistas de ltima hora. El de Bchner _Fuerza y materia_ era su
evangelio. Pero en los ltimos tiempos, poco antes de llegar yo al
pueblo, haban cado en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y
las haba devorado con verdadera glotonera, y sin digerirlas muy bien,
haca uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes
eran para l objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba ms
que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobarda. Exaltaba,
en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carcter
agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y
hacen la vida ms bella y ms intensa. "Es menester decir "s" al mal y
al pecado!", repeta a cada instante en el Casino, en medio de la
estupefaccin de los burgueses que le escuchaban. Hablaba de demoler los
hospitales, los asilos y hospicios, como centros de putrefaccin donde
se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego se esparce y nos
envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre espartana de despear
a los nios mal configurados, y hasta hallaba razonable la de sacrificar
a los viejos e impotentes... En fin, un verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quera atajarle y responder a tales
atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que
haba que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complaca en atacar y burlarse de la
santidad, repitiendo las paradojas del filsofo que le haba sorbido el
seso:

--Existen ciertos hombres--deca--que sienten una necesidad tan viva de
ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominacin, que, a falta de
otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar
alguna parte de su propio ser. La santidad, en ltimo trmino, es
cuestin de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de
replicarle:

--Pero, seor Baranda, hay hombre alguno sobre la tierra tan
desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algn modo a sus
semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en
la ms profunda abyeccin, que dejaban cerillas encendidas en los
pajares y ponan cristales en los caminos para que se hiriesen los
transeuntes.

Perico reprimi con trabajo su clera y trat de hablar con calma.

--Le digo a usted que es cuestin de vanidad y, adems, de pasin. Bajo
la influencia de una emocin violenta, el hombre puede determinarse, lo
mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su
necesidad de venganza. En un caso o en otro, slo se trata de descargar
la emocin.

--Pero la pasin no es ms que la exaltacin del sentimiento--manifest
el catedrtico--. Para que exista la emocin religiosa capaz de producir
el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento
religioso. No es, pues, la pasin religiosa la que usted nos debe
explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido
y dominado por una excesiva emocin, puede determinarse a obrar de un
modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el "porqu" y el
"cmo" se ha producido tal emocin es lo que debemos investigar. Si en
algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos,
porque el fuego de la exaltacin consuma y borre las diferencias, no por
eso dejarn de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

--Bien; pues aunque no fuese cuestin de vanidad y de pasin, yo no
puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con
tono y gesto despectivos Perico--. Despus de todo, esos eunucos,
incapaces de gozar de la vida, slo tratan de hacerla ms llevadera
sometindose vilmente a una voluntad extraa o a una regla. Son en el
fondo unos epicurestas, aunque bien ridculos.

--Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior
caprichoso, colrico o estpido!--exclam el profesor--. Y aunque por un
esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las
humillaciones, cmo evitar el sufrimiento que producen las
incomodidades fsicas? Es ms ligera la vida para el que no tiene un
instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar
cuando tiene sueo, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla
fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien
dispone libremente de su actividad? El filsofo Epicuro se maravillara,
ciertamente, de que considerasen discpulos suyos a San Antonio y San
Francisco. Porque si para l la serenidad intelectual y moral
significaba el placer ms grande de la vida, juzgaba igualmente el
bienestar fsico como condicin para la tranquilidad moral, y los
placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raz de los
placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrtico, y con esto Perico se
enfureci y comenz a disputar a gritos y a soltar interjecciones
soeces, como tena por costumbre desde nio. De tal modo, que su
interlocutor, impacientado, al fin, alz los hombros con desdn y no
quiso continuar la discusin.

Pocas semanas despus de esto, hallndose bastante gente paseando por la
acera de la plaza de la Constitucin, se declar un violento incendio en
el Crculo Tradicionalista. Ocupaba ste en la misma plaza una casa que
constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepsculo, haba
pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje haba
salido a un recado. La multitud se api delante del edificio y
comenzaron los trabajos de extincin, que se redujeron a que subiesen
algunos a los tejados contiguos con cntaros de agua para impedir que el
fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no
acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salan ya por las ventanas. De
pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer
desgreada, plida como una muerta, corra hacia la casa, gritando:

--Mis hijos!, mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie
se haba dado cuenta de que en ella haba encerradas cuatro criaturas,
la mayor de siete aos. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron
algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte
cierta.

--Dnde estn sus hijos?--le pregunt Perico Baranda, que la tena
agarrada por un brazo.

--All!, all!--gritaba la infeliz mujer, sealando a la derecha del
edificio--. Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la solt, pero fu para lanzarse a las ventanas enrejadas
del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del
primero. Se le vi desaparecer: un minuto despus apareca con una nia
entre los brazos. De la muchedumbre parti un grito de alegra. Se
arrim una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanz de nuevo intrpidamente al interior. Poco despus sala
con otra nia. Se le vi con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

--Refrescadme, voto a Dios! Refrescadme, refrescadme!--grit con voz
ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero
no llegaron a l. Un hombre subi por la escala con una herrada, y se la
verti sobre la cabeza.

Perico se lanz otra vez al interior, a pesar de que las llamas salan
ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco despus asomaba con otro nio.

--Refrescadme, refrescadme!

Esta vez vena tan desfigurado, que apenas se le podra reconocer. A
simple vista se notaba que tena heridas las manos y el rostro. Pareca
que iba a caer exnime.

--Refrescadme, refrescadme!

--Basta, Perico, basta!--gritaron algunos.

--No basta, mal rayo que os parta, que hay un nio dentro
todava!--rugi Perico.

Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanz de
nuevo al interior.

Terrible momento de angustia! Todos los corazones latan con violencia.
Un segundo ms...

Se escuch un ruido espantoso. El techo se haba venido abajo, y Perico
no volvi a parecer. Un grito de dolor sali de todos los pechos, y las
lgrimas corran por todas las mejillas.

Al da siguiente se encontr su cadver carbonizado abrazado al de una
criatura de pocos meses.

Se depositaron aquellos preciosos restos en un atad dorado. La
poblacin entera, viejos y jvenes, mujeres y nios, lo siguieron al
cementerio.

El atad, cubierto de coronas, marchaba detenindose a cada instante,
porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre los hombros
aunque fuese un minuto.

Cuando lleg, qued literalmente sepultado entre flores.

El instinto popular no se haba engaado. El alcalde de la villa,
interpretndolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:

    "AQU YACE PERICO EL BUENO."




LAS BURBUJAS

        Un hombre puede obrar como un
    insensato en los desfiladeros de un
    desierto, pero todos los granos de
    arena parecen verle.

    EMERSON.

El guapo Curro Vzquez, de tierra de Jan, tuvo ocasin de comprobar
estas palabras del filsofo americano hace ya bastantes aos.

Curro Vzquez, aunque no tena corazn, estaba enamorado. Es sta una
paradoja que se repite con frecuencia, gracias a la confusin lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo fsico y lo moral.

Pepita Montes, su novia, estaba completamente engaada respecto a l. Le
vea joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deduca que
era un ngel sin alas. Le am a despecho de sus padres, que apetecan
para ella un labrador acomodado, y no un msero dependiente de un
chaln. Porque Curro era un pobrecito muchacho que haca tiempo haba
tomado a su servicio Francisco Caldern, el famoso tratante de caballos
de Andjar. Lo recogi, se puede decir, del arroyo cuando slo tena
catorce o quince aos, le hizo su criado, y ltimamente haba llegado a
ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le
haca frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y
fuese bienquisto de las bellas.

Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las abandonaba
despus de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, qued preso de
patas como una mosca en un panal de miel. Cmo hacer para casarse con
ella, dada la oposicin violenta del bruto de su padre? Este era el
objeto de sus meditaciones ms profundas desde haca tres o cuatro
meses.

Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio ms que la necesidad
imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado ms o menos
retribudo, negociar por su cuenta, etc.

Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto y
no tiene corazn, est expuesto a hacer lo que hizo Curro Vzquez.

Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Caldern y su criado
regresaban de la feria de Crdoba y atravesaban la sierra sobre sus
jacos, envueltos en capotes de agua. Caldern estaba de alegrsimo humor
porque haba vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando
desataba el zaque que llevaba pendiente del arzn de la silla, bien
repleto de amontillado, beba largamente, y daba de beber a Curro. Como
la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la pea,
determinaron detenerse all unos momentos y esperar a que escampase.
Descendieron de sus monturas, guarecindolas tambin del mejor modo
posible. Curro desat su carabina de dos caones y la puso cerca.

--Para qu has bajado la carabina?--le pregunt su amo sorprendido.

--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aqu.

--_El Casares, el Casares!_... _El Casares_ merodea muy lejos de aqu,
y en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.

Caldern ri a carcajadas del miedo de su criado.

Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tir la
colilla, se puso en pie, tom la carabina, se la ech a la cara, y
apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:

--Seor Francisco, preprese usted a morir.

Caldern respondi que no le gustaban bromas con las armas de fuego.

--Rece usted el credo, seor Francisco.

--Qu ests diciendo?--exclam tratando de alzarse.

Un tiro en el pecho le hizo caer de espaldas.

--Me has matado, miserable!

--Todava no; pero voy a hacerlo--profiri Curro avanzando hacia l.

--Asesino, a ti te matarn tambin!

--Si hubiese testigos, no lo dudo.

--Las burbujas del agua sern testigos de este...

Otro tiro le cerr la boca para siempre.

Curro le registr los bolsillos y se apoder de todo el dinero que
llevaba, carg de nuevo su carabina, mont a caballo y se alej al
galope.

Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se ape de nuevo y enterr
cuidadosamente el dinero, dejando seal para encontrarlo. Despus
atraves su sombrero de un tiro, se descerraj otro en la parte blanda
del muslo, y se present en el primer pueblo con seales de terror. La
partida del _Casares_ los haba sorprendido cuando descansaban y se
disponan a emprender otra vez el camino. El estaba ya montado, y
gracias a eso haba podido escapar. Su amo estaba an a pie: no saba si
le haban matado: haba odo muchos tiros: a l mismo le haban herido
en su huda, etc.

Todo aquello di que sospechar al juez, y despus de curado en el
hospital, se le encarcel. Pero como no se le hall ningn dinero y no
haba testigos, al cabo se le puso en libertad.

Pidi prestada una cantidad a un chaln de Sevilla, segn dijo, y se
puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenz a prosperar.
Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto
acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.

Y como, en realidad, ya no haba motivo que justificase la oposicin, el
padre de Pepita Montes consinti al fin en la boda. Se celebr con
pompa, y la esplendidez del novio concluy de captarle la benevolencia
pblica.

El comercio march viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un
chaln de importancia, porque era inteligente y activo; pero, saciada
su pasin bestial, fu con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un
perfecto infame. Sin motivo alguno, comenz a maltratarla cruelmente de
palabra y de obra.

La pobre nia soport aquel cambio ms sorprendida que indignada. Como
estaba perdidamente enamorada de l, los cortos momentos de buen humor y
de expansin conyugal la indemnizaban de sus amarguras.

Pero estos momentos fueron cada vez ms cortos, y la vida de Pepita se
hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pas lo que sigue:

Curro haba hecho una magnfica venta de un jaco. Haba engaado como a
un chino a un ingls. Estaba de alegrsimo temple, aunque el da fuese
de los ms tristes que pueden verse en Andaluca, encapotado y lluvioso
como si estuvisemos en Santiago de Galicia. Haba hecho traer dos
botellas de manzanilla, y haban almorzado, y haban retozado y charlado
por los codos. Curro encendi un tabaco y vino a apoyarse en el alfizar
de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse junto a l.
Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado, miraban caer la
lluvia pausadamente. Del techo de la casa corran fuertes goteras, que
formaban ampollitas en el pavimento de la calle.

Curro dej escapar resoplando una risita burlona.

--De qu te res?--le pregunt su mujer.

--De nada--respondi con el mismo semblante risueo.

--S, s, guasn; te ests riendo de m.

Y al mismo tiempo le di con mimo un pellizquito carioso.

--Escucha, Pepa--sigui l, riendo--. Te parece que las burbujitas del
agua pueden ser testigos en algn asunto?

--Qu ocurrencia!

--Pues el seor Francisco Caldern lo crea.

--El seor Francisco! Qu tiene que ver aqu el seor Francisco?

--S; antes de rematarlo de un tiro, me dijo que las burbujitas del agua
seran los testigos que me acusaran.

--Pero has sido t?...

--Debiste de haberlo presumido, hija. Piensas que las monedas que estn
en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por s mismas,
como en las funciones de escamoteo?

Y, acometido de sbito e irresistible deseo de confesin, narr a su
esposa el crimen con todos sus detalles.

La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbacin. Por un
lado el miedo, por otro la pasin frentica que aquel hombre todava le
inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia.

Curro describa la escena de su horrible crimen con la misma
tranquilidad que si refiriese los incidentes de una cacera.

Transcurrieron los das, y Pepita haca enormes esfuerzos por olvidar
aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era
imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la
miraba receloso y sombro. Un abismo pareca abierto entre los dos.

La cortsima aficin que por ella conservaba se haba hudo con el
temor. Lleg a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde
entonces de maltratarla.

Una noche, estando en la cama, sac la navaja que tena debajo de la
almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:

--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que
te siego el cuello como a una gallina.

Pepita no pensaba en semejante cosa.

Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto da, por un pormenor
insignificante de la comida, Curro se arroj sobre su esposa, la apale
brbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo
de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado
escapar de sus manos, lanzndose a la calle y refugindose en casa de su
cuado.

Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:

--Pero ese bandido quera matarte!

--S; quera matarme, como al seor Francisco Caldern!

--Ah! Le ha matado l?

--S, s; le ha matado...

Y narr puntualmente la escena, tal como se la haba descrito. Despus
quiso volverse atrs; pero ya no era tiempo. Su cuado, que aborreca
de muerte a Curro, la dej encerrada en su habitacin y se fu desde
all a ver al juez.

Se le encarcel de nuevo.

El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en
certidumbre, trabaj el asunto con tanto celo y energa, que al fin le
oblig a cantar de plano.

Algunos meses despus suba al patbulo en la plaza de Sevilla. Cuando
se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:

--Las burbujas! Las burbujas!

Los que le rodeaban crean que el terror le haca desvariar.




OBRAS DE A. PALACIO VALDES

Y

OPINIONES

DE LA

CRTICA ESPAOLA Y EXTRANJERA




OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO

EL SEORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARA, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducida al francs y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tcheque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

JOS, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque y al portugus. Edicin espaola con notas en
ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francs.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al ingls.

LA FE, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

LOS MAJOS DE CDIZ, un tomo, Traducida al holands.

LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco y al holands. Edicin espaola con notas y vocabulario en
ingls.

LA ALDEA PERDIDA, un tomo.

TRISTN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al ingls.

SEMBLANZAS LITERARIAS (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
espaoles, Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGLICo, un tomo. Traducidos al alemn.

_La alegra del capitn Ribot_, la ltima novela de Armando Palacio
Valds, es toda una obra de arte, de arte dominado con maestra;
composicin delicada y graciosa, de un espiritualismo natural, sencillo
y sobrio. En este libro se ve al maestro dueo de s mismo y del
instrumento, tan admirable por lo que dice como por lo que calla, por lo
que _economiza_.

CLARIN

_La Hermana San Sulpicio_ es una novela honrada y alegre. Es una novela
picaresca y de buena compaa. Es una novela llena de incidentes y
admirablemente compuesta. Los episodios, infinitamente mltiples y
variados, se hallan tan bien ligados a la aventura principal y como
entrelazados con ella que no la hacen olvidar jams; hacen, al
contrario, que se experimente ms placer cuando se la vuelve a encontrar
e ilustran el margen de la narracin sin sobrecargarla ni oscurecerla.
Adems, la parte pintoresca es excelente. Leyendo este libro se vive en
Sevilla de da y de noche como si all se estuviese y se desea de todo
corazn habitar all realmente. Se experimenta tristeza al terminar el
libro, como si en realidad tomsemos el billete a fin de Octubre para
volver a Francia.

Y a gran diferencia de la mayor parte de nuestras novelas francesas,
leyendo sta no nos aburrimos en compaa perpetua de tres o cuatro
personajes, siempre los mismos, que conocemos a fondo desde la quinta
pgina, y de los cuales el autor parece que nos repite sin cesar:
"Miradlos bien, estudiadlos todava; estis muy lejos de conocerlos;
son inmensos!" _En La Hermana San Sulpicio_ se ven pasar y repasar cerca
de cuarenta personajes que son todos, o por lo menos casi todos, muy
precisos, muy de relieve.

EMILE FAGUET,

_De la Academia Francesa._

Palacio Valds es una de mis grandes admiraciones literarias, y todo
cuanto signifique homenaje al hombre y su obra, tiene por adelantado mi
adhesin.

Le conoc al travs de sus libros, hace muchos aos, cuando era yo
estudiante en la Universidad de Valencia, y a las horas de clase
aprenda el Derecho en un verde ribazo de la huerta o sentado en la
arena del Mediterrneo, con una novela sobre las rodillas. Palacio
Valds fu el autor de texto que estudi con ms ahinco, en aquella
poca feliz de ingenuos entusiasmos y sinceras admiraciones.

Han pasado los aos: vientos de destruccin han soplado sobre mi fe
juvenil: muchas de mis antiguas admiraciones ruedan por el suelo; pero
la imagen del artista creador de _Marta y Mara y La Hermana San
Sulpicio_ sigue en pie, firme, cada vez ms adornada con votos de
adoracin.

Despus he conocido al hombre. Nos hemos visto pocas veces. El es un
solitario por reflexin: yo comienzo a huir de las gentes por miedo a la
expansin. Pero declaro que el hombre vale tanto como la obra.

Palacio Valds es un verdadero artista. Tengo la certeza de que no lleva
escrita ni una sola pgina por industrialismo literario. Ni busca
elogios, ni adula a nadie para sostener su fama. Durante algunos aos,
la Prensa, que dispone de columnas para todas las necedades que se
vierten en el Congreso, no tuvo ms que silencio y olvido para su obra
literaria. Ahora llegan tiempos de justicia, y el gran novelador recibe
merecidos homenajes.

Salud, maestro!

Al admirar su serenidad de artista, su desprecio por el xito
circunstancial y momentneo, su trabajo firme mirando al porvenir,
pienso en Esquilo, insensible a las amarguras y las injusticias,
escribiendo al frente de sus obras, como suprema apelacin, esta
dedicatoria que muy pocos se atreven a trazar: "Al tiempo."

VICENTE BLASCO IBAEZ

Esta indiferencia del pblico espaol hacia la literatura, la cual ha
hecho decir a un novelista vivo que una persona de buena posicin en
Madrid gasta con ms gusto su dinero en fuegos artificiales o en
naranjas que en un libro, ha sido al cabo vencida hasta cierto punto por
un escritor que no solamente es admirado y distinguido, sino
positivamente popular, el cual, sin sacrificar su estilo, ha logrado
conquistar al desdeoso pblico espaol. Este escritor es Armando
Palacio Valds.

EDMUND GOSSE,

Vicepresidente de la _Sociedad Real

de Literatura del Reino Unido._

Vive Palacio Valds en un discreto apartamiento. No busca el aplauso ni
lo rehusa; no abomina del trato humano ni se exhibe en tertulias y
fiestas. Contempla plcida y serenamente cmo se desliza la vida. Su
prosa es clara y limpia; ni la prosa incolora de los escritores
desarraigados de la tradicin, ni la empalagosamente afectada de los
falsos puristas. Ama y siente el paisaje; escudria las delicadezas
psicolgicas. En el arte literario ha llegado al arte supremo; a la
sencillez, a la simplicidad de expresin, a la evocacin de una realidad
tenue, inefable, ideal, que est por encima de la realidad violenta y
vulgar que todos ven.

AZORIN

Las novelas de nuestro poeta son extradas de la realidad. Pinta a los
hombres tales como son, tales como l los ve con sus ojos penetrantes
que descubren las alturas y las profundidades de la sociedad, a sus
caudillos y a sus bestias de carga. No es un escritor melindroso. Sus
personajes no slo tienen la parte anterior, sino tambin la posterior,
que a algunos parecer escandalosa. Sin embargo, no es un disecador
naturalista de la vida y de la sociedad, sino un artista. En todas sus
novelas brilla el sol del ideal.

De este realismo potico unido al genio filosfico del novelista se
deduce su tendencia a plantear en sus obras problemas morales y
religiosos. Pero esta tendencia no implica prejuicios ni sectarismos; no
confunde la religin y la tica, la moralidad y la vida social como un
impertinente maestro de escuela. Palacio Valds es catlico; no oculta
su modo de pensar y sentir. Sin embargo, su catolicismo nada tiene que
ver con la Inquisicin y los _autos de fe_. Es un catolicismo leal,
intrpido: no vacila en esgrimir el ltigo de su stira sobre los
extravos de la pasin religiosa y sobre las flaquezas del clero. "Es
necesario--ha dicho l mismo--que las ideas salgan de los hechos y no se
aadan a ellos como reflexiones abstractas."

Una cosa hace an sus obras superiores a las de sus colegas espaoles, y
es una cierta jovialidad preciosa como el oro que refresca el corazn.

Palacio Valds se llama modestamente en el crculo de sus amigos
"novelista de ocasin". Este novelista de ocasin, no obstante, es el
escritor espaol, despus de Cervantes, ms traducido a lenguas
extranjeras.

Su ltima obra, _Papeles del Doctor Anglico_, es un libro original y
precioso; no es una novela; es un libro potico-filosfico, un breviario
escrito para los hombres que no viven en el barranco, sino en las
alturas del espritu. Se compone de luminosos artculos filosficos,
novelitas y bocetos. Profundsimas meditaciones cientficas sobre las
grandes cuestiones polticas, sociales y religiosas alternan con
deleitosas producciones poticas. Voy a leeros un boceto titulado _La
procesin de los Santos_, que es una especie de visin religiosa
verdaderamente encantadora. Quiz sea lo ms grande en materia de poesa
religiosa que haya aparecido desde los das de la Edad Media.

La poesa no est muerta, sino viva, en la patria de Cervantes. El campo
de la literatura espaola no es ningn pramo desierto, sino tierra
fecunda, jardn frtil y ameno. El carcter ms notable en la moderna
literatura espaola es Armando Palacio Valds. Grande es el nmero de
sus admiradores en Inglaterra, Francia y Amrica. Alemania tiene que
reparar su yerro. Que no tardemos mucho en oir hablar de una Sociedad
constituda en nuestro pas para honrar al amable poeta y pensador
espaol.

AUSTIN TRAPET

(Discurso pronunciado ante la Sociedad Cientfica de Coblenza.)

Desde mis tiempos de estudiante, mucho antes de soar con ser literato,
profeso por D. Armando Palacio Valds una profunda admiracin, cada da
ms grande, porque con los aos le comprendo mejor. Pero con ser tanta
mi admiracin al escritor, casi la supera mi admiracin al hombre grave
y esquivo ante el frgil y adocenado aplauso de la crtica y de la
Prensa.

RAMN DEL VALLE-INCLN

Desearamos tenerle en nuestro pas, y podra nombrar varios novelistas
americanos por los cuales alegremente le cambiara y aun dara de buen
grado encima dos o tres poetas. Pienso que encontraramos en l algo
semejante a nuestro decantado humor americano y adems otras cosas que
no podemos con justicia reclamar, como una cierta dulzura, una amable
espiritualidad, un amor de la pureza y la bondad por s mismas y un
conocimiento profundo de los misterios del alma.

Nosotros los americanos imaginamos que porque hemos hecho pedazos a los
barcos espaoles somos superiores a los espaoles; pero aqu en este
terreno, donde reina la paz, ellos son superiores a nuestros maestros.

WILLIAM DEAN HOWELLS,

Presidente de la _Academia Americana_.

En sus novelas y en las de Prez Galds aprend lo que en m puede haber
de gusto literario a la moderna. De uno y otro escritor me sera
imposible dar al pblico un juicio razonado; son para m de los
escritores que han penetrado ms hondo que en la inteligencia y las
cosas del corazn no se discuten ni se razonan.

JACINTO BENAVENTE

Se sabe que Palacio Valds, el ms reputado y difundido de los
novelistas espaoles que ha compendiado en una monografa definitiva, es
el autor de obras pintorescas, emocionantes o cmicas, cuyas ediciones
se cifran por centenares de miles, y entre las cuales basta citar
_Jos_, La Fe, _El idilio de un enfermo_, _El origen del pensamiento_,
_La Hermana San Sulpicio_, _Marta y Mara_ y la maravillosa historia
_Tristn o el pesimismo_. Este admirable escritor, del cual una
reputacin mundial aureola los cabellos blancos, es, no obstante, el ms
modesto de los hombres.

EMILE MOREAU

_(La Libert.)_

Despus de haber gustado el goce de esas lecturas, tuve el de conocer y
tratar a Palacio Valds, y entonces, al conocer al hombre, encontr al
escritor. Como que ste depende en este caso ms an que en otros, de
aqul. Al conocer y tratar a Palacio Valds, comprend el encanto de sus
escritos y el aroma de honradez de propsito y de bondad de corazn que
de ellos se desprende.

En nuestra literatura no abunda, ni mucho menos, la nota ntima y
recogida, el tono de apacible entraabilidad. Casi todo es exterior, y
casi todo, en el fondo, violento. Y as me explico que Palacio Valds
sea uno de nuestros escritores ms gustosos, de los de hoy el ms
gustado tal vez, en pases donde es una verdad efectiva la vida del
hogar y donde los hombres saben recogerse en l mejor que nosotros.

MIGUEL DE UNAMUNO

Considerando la popularidad que la novela rusa ha adquirido entre
nosotros en los ltimos aos, es extrao que los novelistas espaoles no
hayan sido igualmente acogidos. Por lo menos uno de ellos, nombrado
Valds, es digno de un lugar entre Turgueneff, Dostoievsky y Tolstoi. La
razn de habrsele negado tanto tiempo se hallar en que no ha querido
adoptar una _pose_. El pblico se deja generalmente seducir por la
_pose_, y Valds ha renunciado a ella.

Su estilo es equilibrado, sencillo y espontneo. Es un novelista vaciado
en el molde ms amplio. Su observacin se extiende a todo y la vida se
ofrece ante l como un libro abierto. Demostrara menos valor si no se
atreviese a describir todas las escenas que a su imaginacin se ofrecen.

Que los noveles escritores estudien a Armando Palacio Valds. Este
escritor se halla en la primera media docena de los grandes novelistas.

(_Daily Chronicle_.--10 Agosto de 1894.)

Palacio Valds es un gran observador, no ya de las costumbres espaolas
de su tiempo, sino tambin de lo que hay de ntimo en el alma de
nuestros contemporneos. As se explica que el insigne novelista tenga
tan alta personalidad en nuestra patria como en el extranjero.

TORCUATO LUCA DE TENA

En la rica literatura espaola Armando Palacio Valds ocupa un puesto
preeminente como autor de novelas. Posee una vasta erudicin. Escribe
novelas de costumbres llenas de intuicin y de verdad, aborda temas
religiosos y filosficos, ofrece pinturas excelentes de la vida
aristocrtica en Espaa. Su estilo es de una perfeccin extremada; jams
traspasa la medida; nos recrea al mismo tiempo que despierta nuestra
reflexin. Sus obras se han traducido a varios idiomas, y, sin duda,
Palacio Valds ha contribudo ms que ningn otro escritor espaol a dar
a conocer la literatura espaola fuera de su pas y a hacerla estimar.
Es un hombre de mundo espiritual e irnico, es un filsofo serio que se
interesa por las cuestiones vitales y aade a un espritu penetrante un
gusto excelente. Maneja su hermosa lengua magistralmente, y bajo una
forma elegante se encuentra siempre el contenido de un sentido profundo.

CARL DAVID AF WIRSN,

Secretario de la _Academia Sueca_.

La literatura espaola est de enhorabuena. Despus de cinco aos de
mutismo, el maestro de la novela contempornea acaba de publicar una
nueva obra, _Papeles del Doctor Anglico_, que se aparta por su ndole
de las dems producciones de su autor ilustre.

Me cabe la honra--y de ello me envanezco--de haberme anticipado al
entusiasmo que hoy despierta el autor de _Riverita_. Mucho antes de que
se desbordase la admiracin acumulada en largos aos de silencio, y los
rotativos propalasen la excelsitud de la labor de Palacio Valds, yo
haba publicado en _Nuestro Tiempo_ un extenso estudio asombrndome de
que en el extranjero tuviesen ms perspicacia que nosotros otorgando al
maravilloso novelador el puesto preeminente que le corresponde dentro de
nuestra literatura.

AUGUSTO MARTINEZ OLMEDILLA

La novela espaola atraviesa por un perodo de extraordinario brillo, y
han nacido en la patria de Cervantes escritores que merecen ser
conocidos y estudiados por nosotros. Entre ellos es preciso citar en
primer lugar a Armando Palacio Valds, que es realmente un novelista del
ms alto mrito y de la ms intensa originalidad.

PH.-EMMANUEL GLASER

_(Le Figaro.)_

Palacio Valds, despus de Cervantes, es el novelista ms notable que ha
producido Espaa.

FRANCISCO GIRALDOS

(_Labor Nueva._ Revista internacional. Barcelona.)

De toda esta plyade de novelistas espaoles aquel que ms me ha
agradado y ms me ha enseado acerca de la vida de Espaa es Armando
Palacio Valds. Por la finura de observacin, por su fidelidad a la
naturaleza, por su espritu equilibrado, se puede afirmar que ningn
novelista en Espaa ni fuera de ella ha escrito media docena de otras
que sobrepujen a la media docena mejor que ha salido de su pluma. Leerlo
en ingls con mucho de su aroma perdido es un exquisito placer, como la
venta de doscientas mil _Maximinas_ testifica.

GRANT SHOWERMAN

_(The Sewance Review.)_

En esto de concebir un argumento y madurarlo bien sometindolo a lenta
incubacin cerebral y desarrollarlo despus con nmero, peso y medida,
no alargando demasiado los episodios ni hinchando a fuerza de aire los
personajes, ni desmadejando el dilogo en frusleras e insulseces, creo
que no tiene Palacio Valds competidor entre todos nuestros novelistas.
Hay que reconocerle primado indiscutible de la novela espaola.

FR. GRACIANO MARTINEZ,

Agustino. Director de _Espaa y Amrica_.

Podemos afirmar que Valds posee las primeras cualidades de un gran
novelista, en el sentido moderno, porque es un revelador y un intrprete
de la vida, porque tiene el poder de identificarse con la vida de los
otros. Cuando dice de su carcter que es vago e indefinido no debe
entenderse como algo sombro y enfermizo. Es ms bien el de un espritu
que se oculta y gusta de sumergirse en la vida universal. Resplandece en
sus obras la ms alta sinceridad y firmeza, y al mismo tiempo se
encuentra en todas ellas una profunda y delicada simpata por todas las
cosas; una clara visin que penetra en las ms oscuras profundidades y
lo eleva a las alturas ms luminosas. El nos ofrece los acontecimientos
vulgares de la vida ordinaria como son en realidad, pero nos vemos
obligados a mirarlos con el sentido que l les presta; y mientras
reconocemos estos sucesos como algo que ya habamos visto, observamos
que l les dota de un inters que no sospechbamos en ellos, y revela su
carcter oculto con una gran riqueza de detalles aclaradores.

SYLVESTER BAXTER

_(The Atlantic Monthly.)_

Por qu gusta tanto en Inglaterra y en los Estados Unidos el autor de
_El Idilio de un enfermo?_ Es casualidad; es suerte? No; es conjuncin
de ciertas cualidades fundamentales en el arte de nuestro novelista con
las tradiciones y el gusto literario de una gran parte del pblico de
aquellos pases. Hay cierta serenidad y cierta suavidad en su arte y en
los aspectos de la vida que ms le agrada pintar, que no pueden menos de
seducir a los lectores enemigos de las grandes explosiones trgicas y de
las fiebres pasionales naturalistas, y que casan muy bien con el tono de
una gran parte de la produccin literaria inglesa. La misma stira a que
antes me he referido contribuye poderosamente a imprimir ese sello a las
obras de Palacio Valds. No es agria, pica, como en Zola y sus
discpulos, sino humorista, como lo fu en nuestra literatura
picaresca, y luego lo ha sido, con admirable manejo de la sonrisa del
idioma, en Thackeray y Dickens.

RAFAEL ALTAMIRA

El ilustre escritor no es de aquellos que al prestigio del talento
aaden el prestigio del reclamo: cuando viene a Francia no provoca, como
otros autores extranjeros bien conocidos, los artculos de peridicos y
las _interviews_ de los _reporters_; y cuando publica un libro deja a su
obra el cuidado de hablar por s misma en su favor. El xito le ha
llegado ya, un xito de buena ley, que le han valido los mritos de la
forma y los del fondo.

Cuidadoso de la composicin y del equilibrio, no se distrae en episodios
y digresiones; no cuenta por contar, no describe por describir.
Paisajista, evita ese defecto, tan familiar a los paisajistas, que
consiste en colocar a la Naturaleza en el primer plano y concederle un
desarrollo excesivo y absorbente. No le da ms importancia que la que
conviene a una decoracin, y reserva, por el contrario, un lugar
preponderante a lo que es esencial, al estudio de las costumbres, de los
caracteres y de los problemas morales.

F. VZINET

_(Le Parthnon.)_

Cuando, har pronto un ao, lamentaba yo aqu (El Universo) el ocaso del
gran novelista que anunci el trmino de su obra con _La aldea perdida_,
estaba muy lejos de pensar en que el autor de _Riverita_ y _Maximina_
preparaba un nuevo libro, y, sin embargo, no poda avenirme con la idea
de que la musa de Valds hubiese callado para siempre.

Afortunadamente, no ha sido as.

Deca yo entonces que l era el novelista de nuestra literatura
contempornea y que no haba cuerda en la moderna pica que no hubiese
pulsado con arte exquisito el creador de _Jos, La Hermana San
Sulpicio_ y _La Aldea perdida_.

ROGERIO SANCHEZ

Palacio Valds ocupa un sitio completamente singular entre los modernos
autores espaoles. Y no es la corriente de la moda la que hace que se le
lea ms que a los otros, sino porque sus novelas tienen una base muy
distinta de las de sus colegas. Aunque no pueda negarse la influencia de
la escuela francesa (influencia muy grande en Espaa), sin embargo, un
estudio profundo de los clsicos y de la filosofa alemana han prestado
a sus obras el sello de una independencia innegable. Sus vistas
estticas son distintas de las que ahora dominan y su realismo (porque
Palacio Valds es realista) tiene su raz ms en los tiempos grandes de
Cervantes, Mateo Alemn y Vicente Espinel que en el culto desapoderado
de la verdad y en la oscuridad mstico-espiritual de la escuela moderna.

H. KELLER-JORDAN

_(Allgemeine Zeitung.)_

Si alguien me preguntara qu opino de Armando Palacio Valds, le
contestara sin prdida de momento que le juzgo por el primer novelista
de nuestros tiempos.

J. GIVANEL MAS

(_La Vanguardia_, Barcelona.)

Tiene horror al reclamo. Es un caso bastante raro en la literatura
universal para que merezca ser sealado al pblico francs. Todos los
libros de este escritor excepcional han aparecido en silencio, sin
levantar clamores de entusiasmo y de triunfo, que acogen alguna vez
entre nosotros a las ms autnticas medianas. Se ha impuesto nicamente
por su mrito personal a la atencin pblica. Por lo dems, toca en sus
escritos cuestiones de tal modo apremiantes, que nadie puede evitar su
urgencia indubitable. El filsofo ms escptico no podr menos de
sentirse conmovido leyendo _La Fe_.

El hroe de esta novela idealista es un joven sacerdote, el padre Gil,
vicario de la iglesia de Peascosa, villa situada en el fondo de una
pequea ensenada del golfo cantbrico. El primer captulo de _La Fe_ es
un cuadro encantador de su primera misa. Ferdinand Fabre, si viviera,
quedara celoso de estas pginas sobrias y pintorescas. Es una empresa
difcil el describir una ceremonia religiosa. Zola, en la _Faute de
l'abb Mouret_, no ha estado en ello afortunado. Enumerar como lo hace,
complacientemente, el jefe de la escuela naturalista todos los detalles
y todos los accesorios del culto es hacer maquinalmente un inventario
sin comprender el profundo significado de la liturgia. El sentido
interior le escapa. Palacio Valds, en vez de detenerse en el aspecto
superficial de las cosas, nos inicia en todos los secretos de las almas
sencillas que se han reunido para asistir a la primera misa de aquel
joven sacerdote.

_La Fe_ es un libro leal y fuerte, animado desde el principio hasta el
fin por un gran soplo de humana piedad.

GASTON DESCHAMPS

_(Le Temps.)_

En la suma de las admiraciones al gran novelista Palacio Valds contino
siendo uno ms.

MANUEL LINARES RIVAS

Palacio Valds no necesita que hablemos de l. Hace treinta aos que se
encerr en su casa con sus recuerdos, con sus lecturas y sus
meditaciones, y desde ella nos habla con sus libros. Es l quien habla;
a los dems nos toca agradecrselo en silencio.

RAMIRO DE MAEZTU

Palacio Valds ha tardado diez aos en triunfar de la indiferencia del
pblico y de la Prensa. Hoy sus obras son ledas en el mundo entero. Se
comprende que est orgulloso de una victoria tan noblemente ganada.

La sinceridad absoluta del artista, su cuidado profundo de la verdad, su
horror de lo que l llama el _efectismo_, y que no es ms que la caza
del efecto en lugar de la emocin verdadera, esparcen por todos sus
libros un encanto penetrante.

El tiempo no est lejos, yo lo creo as, en que el amor de lo grandioso
y exagerado desaparecer. Las grandes frases vacas se harn viejas y
sern reemplazadas por palabras menos sonoras, quiz ms modestas, pero
ms llenas de sentido, ms precisas y ms puras. Ese da, ciertamente,
la Espaa quedar reconocida al escritor de este siglo que ms ha
contribudo a hacer amar lo sencillo y lo natural.

L. BORDES

_(Revue des Lettres Francaises et Etrangres.)_

De la lectura de las novelas modernas solemos salir entristecidos, con
tedio en el corazn y hasta con nuseas en el estmago. "Siempre que
vengo de entre los hombres--dice Kempis--me siento peor..." Lo mismo me
acontece a m cuando vengo de entre esos libros.

En cambio, cuando leo las novelas de Palacio Valds, la vida, sin perder
para m su melanclica gravedad, me parece noble y buena; el autor no
slo me inspira admiracin, sino cario; en vez de deprimirme, me
vigoriza; en lugar de desalentarme, me da esperanza; lejos de hacerme
sentir vergenza de ser hombre, me parece que reanima en las
profundidades de mi ser el soplo divino que Dios infundi en el pobre
barro humano.

ZEDA




NDICE

                                                                 Pginas.

Confidencia preliminar,                                                7

Marta y Mara,                                                        23

Una excursin a la Isla,                                              27

Jos,                                                                 55

La desesperacin de un hidalgo,                                       57

Aguas fuertes,                                                        71

Lloviendo,                                                            73

Polifemo,                                                             81

Los Puritanos,                                                        91

Solo!,                                                              115

Riverita,                                                            137

Una corrida de toros,                                                139

Maximina. El primer hijo,                                            155

Los majos de Cdiz,                                                  179

Despedida,                                                           181

La Fe,                                                               199

Cruel desengao,                                                     201

La aldea perdida,                                                    219

El desquite,                                                         223

Adis,                                                               239

La hermana San Sulpicio,                                             251

Paseo por el Guadalquivir,                                           255

Tristn o el pesimismo,                                              305

Papeles del doctor Anglico,                                         317

Un testigo de cargo,                                                 319

Vida de cannigo,                                                    325

Una mirada a lo alto,                                                333

La procesin de los Santos,                                          339

Perico el Bueno,                                                     343

Las burbujas                                                         355

Opiniones de la crtica espaola y extranjera,                       363






End of Project Gutenberg's Pginas escogidas, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAGINAS ESCOGIDAS ***

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