Project Gutenberg's Los hermanos Plantagenet, by Manuel Fernndez y Gonzlez

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Title: Los hermanos Plantagenet

Author: Manuel Fernndez y Gonzlez

Release Date: March 12, 2012 [EBook #39113]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[La ortografa del original (del ao 1888) est conservada.]



OBRAS ESCOGIDAS

DE

M. FERNNDEZ Y GONZLEZ

LOS HERMANOS

PLANTAGENET

SEGUNDA EDICIN

MADRID

EST. TIP. DE RICARDO F

CALLE DE CEDACEROS, NM. II

1888




LOS HERMANOS PLANTAGENET

Es propiedad.

[Illustration]




I

LOS HERMANOS DE LA NIEBLA


El da 15 de noviembre de 1194,  la hora en que el sol se ocultaba tras
los remotos confines del condado de Middlesex, tiendo con reflejos
amarillentos los girones en que se rompa al Occidente el ancho pabelln
de nubes que encapotaba el cielo, una galera de altos mstiles y agudas
velas navegaba lentamente, ayudada por los remos de cien galeotes,
subiendo con dificultad la corriente del Tmesis,  dos leguas de
distancia de Londres.

Sobre el alczar de popa de esta galera, recostado en un mstil en que
apenas ondulaba al dbil impulso de una pesada brisa sudeste un pendn
rojo, cuyas plegaduras no permitan conocer los detalles del blasn que
dejaba notarse de una manera confusa sobre l; apoyado en este mstil,
repetimos se vea un hombre de figura atltica, con la mirada fija en la
distante ciudad.

Rodebanle otros tres hombres, pero  cierta distancia, sin duda por
respeto, que miraban al mismo punto que el primero, con una expresin
marcada de impaciencia.

Y esta impaciencia era muy natural; la galera adelantaba con tanta
lentitud, que  primera vista hubirasela podido creer anclada,  no ser
por el continuo y montono ruido que producan azotando el agua los
remos de los galeotes.

Suponiendo que nuestros lectores se impacientarn si llamamos mucho
tiempo su atencin sobre el perezoso bastimento, lanzaremos nuestro
relato  _todo vagor_, pasaremos como un meteoro entre las ridas y
solitarias riberas de los condados de Surrey y Middlesex, cuyos lmites
naturales entre s seala el Tmesis, y slo nos detendremos en una
ensenada de la isla de los Perros.

Una vez all, deberemos tomar tierra y observar. El islote que hoy se
denomina de los Perros, era en la poca  que nos referimos, un terreno
largo y extrecho, levantado sobre el ro  gran distancia de entrambas
mrgenes. Coronbalo un espeso bosque de rboles que la mano del hombre
no haba cultivado; y ninguna senda naca en sus riberas que atestiguase
el paso de la planta humana. Nadie haba pensado en ponerle nombre,  al
menos nosotros lo ignoramos. Sea como quiera, desde l se vea
perfectamente  Londres tendido  su altura, y levantando sobre la
margen izquierda el recinto torreado de la ciudad y la villa, y sobre la
derecha las feas casas de madera del arrabal Sowttwark. Nada de notable
se vea en ste, mientras por el contrario, dominando los muros de la
ciudad y de la villa, se destacaba sobre el doble fondo de los campos y
del celaje la confusa aglomeracin de torres de la Torre de Londres,
entre las cuales como un pino entre retamas se alzaba la de White-tower
(Torre blanca) construida por Guillermo el Conquistador: ms all en el
centro de la ciudad, apareca la gtica torre de la iglesia de San
Pablo, destruida ms adelante por un incendio en 1666, y reconstruida en
1675 por el ilustre arquitecto sir Cristval Wren; ltimamente, las
agujas de la abada de Westminster, las cpulas de Whitehall y de San
James, y las menos notables de la iglesia de San Miguel en Cornhill, y
las de San Bride y San Duntan, se levantan sobre la extensa silueta de
Londres.

La niebla que acompaa los crepsculos de invierno en Inglaterra, haba
ya cubierto la tarde en que empieza la accin de nuestro drama, las
copas de los lamos ms elevados del islote, y descenda lentamente de
un celaje encapotado, presagiando una noche oscursima, que se acercaba
sensiblemente. Bien pronto al crepsculo sucedi una claridad dudosa,
dbil, que desapareci en fin; la niebla envolvi  Londres, psose
hmeda y fra sobre la tierra, y unise al fin ms densa y ms glacial
sobre la corriente del ro. Nada se vi entonces. Pareca que el caos
tornaba  pesar sobre la creacin.

Pero en medio de este caos se elevaba un rumor lejano, perdido, confuso;
rumor extrao, difcil de analizar; era el lito de Londres que beba en
sus tabernas, que bailaba en sus salones, que se agitaba en sus plazas,
que rompa la tierra de sus cementerios; era Londres oprimido por la
rapia y las horcas de un obispo canciller; Londres monopolizado por sus
lores, Londres diezmado  la par por el hambre y por la peste, y que
sin embargo, se embriagaba, danzaba, murmuraba y enterraba; aquel rumor
era el gemido de un gigante enfermo.

Esto por la parte de Londres; en los campos y en el Tmesis el ms
profundo silencio, y sin embargo, si algunos momentos despus que la
niebla se haba enseoreado de la noche, alguno que, colocado sobre
cualquiera de las mrgenes del islote, hubiese posedo un odo
exquisito, hubiera notado un rumor imperceptible en las aguas,
comparable en su origen al sonido tnue de una hoja movida por una brisa
sutilsima, ms sensible despus, y semejante al que produce un cuerpo
que agita el agua sin azotarla; rumor pausado, uniforme y continuo que
hubiera anunciado  un marino la proximidad de un pequeo buque
impulsado por remos; despus hubiera sentido un choque dbil, un
estremecimiento pasajero, y despus de un salto, las pisadas de un
hombre sobre la maleza.

Y en efecto, as sucedi. Una barca pequea, segn poda juzgarse por el
valor del ruido que produca su proa cortando el agua  impulso de dos
remos hasta llegar al islote, arrib  su orilla, y de ella salt una
sombra, despus de haber amarrado el batel  la maleza que se dejaba
lamer de la corriente, tendindose  lo largo de ella cual si fuese una
gigante y extraa cabellera; aquel sr, que merced  la niebla hubiera
podido pasar por sombra,  no ser por el spero ruido que produca en el
ramaje al atravesarlo, revelando de aquel modo una existencia corprea;
se alej hacia el centro del islote, y muy pronto domin de una manera
absoluta el silencio turbado un momento por su pasajera aparicin.

Muy pronto se percibi en el ro otro rumor semejante al anterior; otra
lancha choc de proa en la ribera del islote,  poca distancia de la
primera; como ella fu amarrada  la maleza, y otra sombra salt en
tierra y adelant, alejndose en la misma direccin que la anterior.

Y una tras otra atracaron sucesivamente al islote otras cuatro lanchas;
una tras otra se perdieron por el mismo camino otras cuatro sombras.

La ribera sujetaba seis lanchas, seis sombras haban penetrado en el
islote.

Intil hubiera sido esperar otra aparicin; pero si  nuestros lectores
no place tal cantinela en un sitio hmedo por la doble influencia del
ro y de la niebla, sigamos, si es que no temen aventurarse, en la misma
direccin de los seis personajes de las lanchas.

A poco que andemos, nos encontraremos en el centro del islote; pero ya
que somos dueos del tiempo y del espacio, precedamos algunos momentos
al primer _espectro_ (si se nos permite llamar as  un sr que la
oscuridad permite apenas entrever de una manera informe), al primer
espectro, repetimos, que en tal noche y  tal hora visitaba el solitario
islote del Tmesis.

En el centro de la alameda que le cubra, en medio de un claro, se
notaba una mole informe tambin, pero que demostraba ser una habitacin
de hombres, puesto que por las rendijas de una puerta mal cerrada, se
vea luz en el interior.

Entremos, tomemos posesin de ella, y observemos.

Era una cabaa cuadrada, construda con ramas de rboles, cuyos
intersticios estaban cubiertos con tierra amasada, y protegida por un
techo de ramas y caas, en cuyo centro haba una claraboya circular,
que, atendido un hogar formado con piedras y perpendicularmente situado
bajo ella, serva, segn probabilidades atendibles, para dar salida al
humo en algunos casos, y entrada  la lluvia en otros: en torno de este
hogar, sobre un suelo hmedo y resbaladizo; se vean seis piedras,
destinadas sin duda  servir de asiento  seis personas. Esta cabaa no
tena otras aberturas para dar paso al aire y la luz que la claraboya
que hemos descrito, y una estrecha puerta, al travs de cuyas rendijas
hemos hecho notar al lector el reflejo de una luz.

El aspecto de esta cabaa era desconsolador, por su rgida rusticidad,
por su absoluta carencia de todo objeto propio para cubrir las
necesidades ms ftiles de la vida, si se exceptan algunos haces de
ramajes arrojados en un ngulo y algunas astillas de tea.

Por lo dems, prescindiendo de un hombre que, sentado sobre una de las
piedras se vea al resplandor de una tea encendida, clavada en el suelo
y prxima  consumirse, las cenizas esparcidas sobre el hogar y la densa
capa de holln que cubra las paredes y el techo, mostraban que aquella
incmoda vivienda era habitada.

El hombre que hemos dicho se vea sentado sobre una de las piedras, era
un joven como de veintids aos; su semblante, sin ser hermoso, posea
esas lneas atrevidas y vigorosas que constituyen la majestad de la
antigua estatua romana; sus miembros robustos, musculosos, participaban
 un tiempo de la fuerza del _gladiator_ y de la agilidad del montas:
y todo este conjunto, tostado por el aire y por el sol, tena algo de
selvtico, algo que haca semejarse  este hombre al hombre de la
naturaleza, cuando ste no conoca otro albergue que le protegiese del
rigor de las estaciones, ms que el ramaje de los bosques  las
estalactitas de una caverna.

Descendiendo  los detalles de este sr, la misma robustez, la misma
energa que se notaba en su conjunto, se daba  conocer en cada una de
sus partes: larga, espesa y negrsima cabellera; frente espaciosa; cejas
negras, tambin anchas y dilatadas; ojos pardos, grandes y de mirada
fija y sombra; nariz recta, de vigoroso perfil y rganos un tanto si se
quiere exagerados; boca dotada en su desdn de cierta expresin de
fuerza, en su sonrisa de una despreciadora insolencia; barba completa,
negra y de medianas dimensiones; cuello corto, grueso y nervioso como el
del toro; por lo dems, estatura de atleta.

El traje de este hombre era lo ms estricto que darse puede: consista
en una especie de gabn que dejaba desnudos los brazos, las piernas y
gran parte del pecho; este gabn era de una tela de lana fuerte y
tupida, listada  cuadros por anchas lneas de colores que un tiempo
debieron ser rojos y negros, pero  quienes haba hecho desmerecer en
gran manera la influencia del sol y de la lluvia. Este saco, que era lo
nico que le haca no aparecer enteramente desnudo, estaba sujeto  su
cintura con una tira de cuero, de que penda un largo y ancho cuchillo
corvo, con empuadura de asta de ciervo y cubierto con una vaina de piel
sin curtir; un tahal de mismo cuero sujetaba  su espalda una especie
de aljaba donde se vean algunos venablos, y ltimamente, una ballesta
arrojada en el suelo, completaba el armamento de este extrao personaje.

A ms de las particularidades que hemos descrito, otras accidentales y
casi del momento, le hubieran hecho notable  los ojos del ms
indiferente; su cabellera estaba impregnada de agua, as como su gabn,
haciendo presumir que poco tiempo antes acababa de tomar un bao,
indudablemente forzado, puesto que en sus brazos y en sus piernas se
vean seales sangrientas, tales como las que pueden producir una cada
desgraciada  el golpe de un ltigo.

Por lo tanto, no es de extraar que nuestro hroe mostrase en su mirada
un disgusto sombro que le haca aparecer fija y feroz, ni la frecuencia
con que frunca su entrecejo y morda impaciente su labio inferior.

Aquel hombre era sin duda un fugitivo, porque al ruido producido por una
rfaga de viento sobre la techumbre de la cabaa,  al mecer el ramaje
de la cercana alameda, miraba con la expresin vaga de inquietud que
marca el terror,  la puerta entreabierta; y perdido el rumor que le
haba alarmado, volva  su inmovilidad y  su sombra expresin de
disgusto.

Pero una de las veces en que su cabeza se elev, como la de un ciervo
perseguido que escucha  lo lejos los ladridos de los perros, no
permaneci inerte como las veces anteriores; psose en pie de un salto,
levant del suelo la ballesta, arm en ella un venablo, y despus de
pisar la tea que casi tocaba  su fin, desapareci por la puerta,
dejando la cabaa envuelta en la ms densa oscuridad.

Con una exquisita finura de odo, peculiar  los cazadores montaeses,
haba escuchado el leve rumor de unas pisadas en direccin  la cabaa,
cuya puerta rechin un momento despus, empujada por alguno que penetr
en el interior.

El choque de un acero sobre un pedernal se dej oir instantneamente, y
algunas chispas lvidas irradiaron entre la oscuridad en el sitio de la
cabaa donde se hallaba el recin venido; poco despus dos teas ardan
esparciendo en torno su opaca claridad y exhalando un humo compacto y
resinoso.

Entonces se vi  su reflejo un hombre como de treinta y cinco aos,
vestido severamente de negro, y cubierta la cabeza con un gorro del
mismo color, que sujetaba las guedejas de una cabellera gris, larga y
espesa, que serva, por decirlo as, de marco  una cabeza en que un
frenlogo hubiera hallado las protuberancias que distinguen  un
pensador. Este hombre era de mediana estatura; vesta el traje de los
abogados de aquella poca, y, aunque arma impropia de su estado,
ostentaba en su cintura, sujeto con un ceidor de piel curtida, un pual
que casi llegaba  las dimensiones de espada. A pesar de lo solitario
del sitio, un antifaz cubra el rostro de este hombre desde el
nacimiento de la frente hasta la parte media de la nariz.

Hemos dicho que en un ngulo de la cabaa haba algunos haces de ramaje,
y ahora,  fuer de minuciosos descritores, diremos que parte de ellos
fu trasladada al hogar, y que inmediatamente la luz de una hoguera hizo
intil, envolvindola en su resplandor, la de las teas.

En este momento otro hombre entr, arroj en torno una mirada
inquisidora, y al reparar en el del antifaz, pregunt en voz gutural y
marcada al que entraba, que no adelant un solo paso:

--Qu hora es?

--La del sufrimiento, contest el preguntado.

--Qu hora esperas? repuso el otro.

--La de la justicia.

--Quin eres?

--Hermano de mi hermana.

--Quin es tu hermana?

--La niebla.

--Tienes hermanos?

--S, los hermanos de la niebla.

--Bien venido seas, hermano.

Y aquellos dos hombres acortaron la distancia que les separaba, y se
estrecharon las manos. Despus el recienvenido fu  sentarse en la
segunda piedra de la derecha del fondo.

Este nuevo personaje llevaba tambin antifaz; era robusto y joven, 
juzgar por la energa de su mirada, que dejaba verse al travs de las
averturas del cuero negro que le enmascaraba; su traje era el de los
cortadores de Londres; coleto y calzones de pao rojo, gorro de baqueta,
medias azules y zapatos ferrados. Llevaba  la cintura, y en la misma
forma que el de lo negro, un cuchillo ancho y afilado, cuyo principal
destino era sin duda, atendida su forma, desollar reses. El ms profundo
silencio rein durante un momento, antes de que se presentase otro nuevo
interlocutor, que, como el del coleto colorado, se detuvo  la puerta.

--Qu hora es? le pregunt desde su asiento el hombre del traje negro.

--La del sufrimiento, contest el interrogado.

--Qu hora esperas?

Una contestacin igual  la que diera el cortador  esta pregunta sali
de los labios de este tercer hombre, y las sucesivas fueron semejantes 
aqullas en un todo. Aquel dilogo era sin duda una sea.

Despus de haber saludado y estrechado las manos  los dos amigos, este
hombre fu  sentarse en la tercera piedra de la derecha. Su traje era
el de los estudiantes de Londres de entonces: un bonete de bayeta negra,
y una hopalanda  manera de toga de la misma tela; llevaba un antifaz
como los otros, y,  juzgar por su talante, deba ser muy joven.

Otro hombre apareci inmediatamente; fu interrogado del mismo modo que
los anteriores, y despus de un saludo igual tom asiento en la cuarta
piedra.

Este hombre pareca anciano; vesta un traje y una capa de pao pardo;
llevaba antifaz, y cubra sus cabellos un sombrero gris de ala ancha.

Un quinto interlocutor se dej ver de la misma manera que los
precedentes: fu asimismo interrogado, salud y fu  sentarse en la
quinta piedra.

Su traje era de ante,  que el tiempo haba dado un color oscuro; su
rostro estaba cubierto con un antifaz; su edad podra suponerse entre
treinta y cuarenta aos, atendida su mirada y el estado de su cabellera.
La nica arma de este hombre era un bastn ferrado, que, aunque de gran
peso, manejaba como si fuera una caa.

Otro hombre, en fin, se dej ver. Contest como los anteriores  las
preguntas que se le hicieron; pero su voz era mucho ms sombra que la
que antes que ella haban resonado en la cabaa; salud  cierta
distancia, y sin tender la mano  ninguno de los cinco hombres, fu 
sentarse en la ltima piedra.

Su traje y su antifaz eran enteramente colorados; llevaba la cabeza
descubierta, una cuerda del grueso de un dedo, lustrosa y usada, daba
muchas vueltas  la cintura, y un largo espadn de  dos manos, de punta
roma y encerrado en una vaina de acero blanco, pesaba sobre su espalda
sujeta por un ancho tahal con hebilla de hierro.

Las seis piedras estaban ocupadas; la luz de la hoguera reflejaba en
seis hombres de trajes y edades diferentes, alumbrando un conjunto como
no so la atrevida imaginacin de Teniers en sus cuadros ms
originales.

El hombre que haba ocupado la primer piedra, el que haba interrogado 
los otros cinco, se levant entonces, y dirigindose al ltimo, le
pregunt:

--Sabes dnde ests?

--S, en el tribunal de justicia de los hermanos de la niebla.

--Quin te ha trado?

--Una lancha.

--Cmo te llamas?

--Entre vosotros, hermano de la niebla.

--Y entre los hombres?

--El verdugo de la prevosta de Londres.

Un estremecimiento involuntario se dej oir en cada uno de los otros
cinco, y el rumor de algunas frases inarticuladas se percibi
momentneamente.

--Silencio! exclam el primer hombre; y con qu objeto te has unido 
nosotros?

--Con el de vengarme.

--De quin?

--De los hombres.

--Los hombres no pueden insultarte, tu posicin te aisla; sobre tu traje
colorado no es posible una mancha.

--No vengo representando mi presente; es una consecuencia de mi pasado;
vengo por mi pasado.

--Djanos ver tu rostro.

El verdugo se arranc el antifaz; un semblante lvido, enflaquecido, en
cuyas profundas rbitas brillaban unos ojos de mirada implacable, en que
el sufrimiento  el remordimiento haban impreso arrugas prematuras, se
ofreci sucesivamente  cada una de las miradas de los cinco; semblante
marcado por una sonrisa glacial que responda por un corazn desgarrado
por terribles penas.

--Cmo te han ofendido los hombres?

--Est en el corazn, contest el verdugo; mi historia es un secreto que
no me pertenece; mi historia os dira mi nombre; yo no tengo ya nombre,
debo olvidarlo.

El verdugo sentse de nuevo y guard silencio.

--Y t, quin eres? pregunt el que haba interrogado al verdugo al
quinto hombre.

--Hermano de la niebla; me llamo Tom Flavi, y soy uno de los llaveros de
la torre de Londres.

Diciendo esto, se arranc el antifaz y dej ver un rostro franco y
valiente, en que brillaba cierta expresin de entusiasmo.

El verdugo y el llavero se miraron como personas conocidas, pero de un
modo particular.

--Y t, cmo te llamas? dijo el interrogante al cuarto personaje.

Psose de pie y contest:

--Aqu, hermano de la niebla; en la plaza del mercado, Jorge Rak,
mercader de paos y lienzos.

Arrancse el antifaz, y el verdugo vi en el semblante de este hombre,
venerable ya por su ancianidad, otro antiguo conocido.

Sentse Jorge Rak, y el presidente de aquella extraa asamblea se
dirigi al tercer hombre.

--Quin eres, y cmo te llamas?

--Hermano de la niebla aqu, estudiante de teologa en la Universidad;
mi nombre es Williams Caridemus.

Descubrise y dej ver un semblante alegre  pesar de la gravedad de que
quera revestirlo; un semblante picaresco y atrevido, con la bulliciosa
sonrisa del estudiante vivaracho, que slo cuenta dieciocho aos.
Sentse y lleg el turno de ser interrogado en la misma forma al segundo
hombre, que respondi:

--Soy hermano de la niebla, cortador de la muy noble carnicera de la
buena y leal ciudad de Londres (el carnicero recalc estas ltimas
palabras), y me llamo John Asta-de-buey; tras esto sentse; despojse
del antifaz, y dej ver un rostro orlado de larga cabellera, barba negra
y revuelta, cejas descomunales, ojos atrevidos, nariz ancha y roma, y
boca de estremada magnitud.

Slo nos falta conocer la fisonoma, el nombre y la condicin del
presidente, que  su vez despojse del antifaz, y dej descubierto un
semblante noble, majestuoso y dulce  la par, de color blanco mate, en
que se marcaba un temperamento nervioso, de ojos grandes y lnguidos, de
mirada fija y escudriadora.

--Yo soy como vosotros, hermano de la niebla, abogado, y mi nombre Adam
Wast.

Sentse, y despus de un momento de silencio, dijo:

--Todos nos conocemos, y nuestro conocimiento data de la misma fecha.
Hace dos aos nos reunamos todos los das...

--En la Torre de Londres, en el patio de los calabozos, observ el
estudiante interrumpiendo  Adam Wast.

--Cabalmente, en el patio de los calabozos, eso, es. Aquella era una
poca terrible. La Inglaterra tena un trono sin rey, y un canciller
regente sin corazn; las vidas, las honras y las haciendas eran
patrimonio del obispo de Eli, y estaban  merced de los miserables
sicarios que le rodeaban y an le rodean; mi casa fu allanada, y mi
persona reducida  prisin, porque invoqu ley en favor de un hombre
ultrajado por el obispo.

--Y yo, por haber roto la cabeza  un arquero del canciller obispo, que
pretenda vivir  mi costa robndome carne, observ John Asta-de-buey.

--Y yo, por haber defendido teolgicamente, que el obispo de Eli era un
diablo con sotana, aadi el estudiante de teologa.

--Y yo, por haberme negado  satisfacer un doble derecho sobre mis
gneros  los comisionados de los Aldermen, balbuce el anciano Jorge
Rak.

--Se nos haba detenido injustamente, ramos inocentes, y nos unimos por
simpatas; la Torre de Londres era para nosotros un libro en que
leamos, de una manera clara, infamias y desafueros que generalmente
quedan consignados como un misterio en las pginas de piedra de aquel
gigante maldito, y que no pueden concebir los que no han pasado sus
poternas, que pocas veces se abren para dar salida  vivos; desde lo
sombro de nuestros calabozos meditamos sobre el destino de Inglaterra,
y le vimos oscuro, tenebroso, sin que una lejana esperanza pudiese
consolarnos. Vimos un trono abandonado por un rey guerreador, que no
sabiendo engrandecer su pas, hacerle libre y fuerte, y por consecuencia
feliz, llevaba su espada  una empresa fantica, al lado de los
fanticos cruzados, perturbadores de un pas para el cual eran un azote
de Dios, vimos un hermano traidor, revolucionando la Normanda para
arrancar una corona  su hermano; vimos un obispo convertido en ladrn y
verdugo del pueblo, dolo degradado, temido por una nobleza degradada, y
vimos en fin un pueblo abandonado, insultado, azotado, robado y
asesinado por el rey, por la nobleza, por el obispo, por los aldermens y
por los soldados. Vimos un pueblo cobarde, murmurando en secreto,
doblegndose y arrojndose  los pies de sus seores  la luz del sol.

--El pueblo no es cobarde, grit el estudiante levantndose con
energa, lo que falta al pueblo es conocer sus derechos; hgansele
saber, y tendr fuerza, una vez con fuerza, har al rey cumplir con su
deber, arrollar  su paso los que le insultan, y har pedazos  los que
le roben.

--Y bien, prosigui Adam Wast, la verdad de esos principios te la he
concedido yo cuando ramos compaeros de prisin; pero dnde estn los
hombres capaces de ponerse al frente de ese pueblo dividido en bandos
encarnizados; de ese pueblo sin abnegacin y sin virtudes; de ese pueblo
envilecido y viciado por el ejemplo de los que le venden? Y si los hay,
dnde estn esos hombres capaces de jugar la cabeza por ese mnstruo
ingrato que llama deber  los sacrificios, y que los olvida cuando no le
sirven? Dnde estn esos hombres capaces de hacer lo que dicen, si es
que son capaces de decir lo que sienten?

--Aqu, contest el estudiante: Yo! Que se me d dinero, y respondo,
para el toque de cubre-fuego de esta noche, de dos mil estudiantes.

--Dinero! Dinero! Necesitis comprar al pueblo, pagarle soldada para
que sostenga sus fueros; necesitis pagarle  peso de oro su cabeza
para que la defienda; bien lo saba, y no lo he olvidado. He ah oro!

Y Adam Wast arroj al suelo un pesado bolsn de cuero.

--Si hay oro, yo respondo de los cortadores de Londres, dijo John
Asta-de-buey.

--Y yo de los mendigos y los vendedores de la plaza del Mercado, aadi
Jorge Rak.

--Y t no ofreces nada?, pregunt Adam Wast  Tom Flavi.

--Respondo de todo. Dar suelta  los presos de la Torre, y os entregar
las armas depositadas en ella.

--Ya ves que todos contribuyen, dijo Adam Wast dirigindose al verdugo;
sepamos lo que t hars.

--Cortar la cabeza al obispo de Eli, contest con acento feroz el
verdugo.

--Para eso basto yo, hermano, exclam haciendo un mohn de desprecio
John Asta-de-buey.

--Y no podrs hacerte una falanje respetable de los bandidos y los
ladrones con quienes te reunes despus del cubre-fuego, contra los
edictos del obispo, en cierta taberna de Sowttwark?

Un vivo carmn ti las mejillas del verdugo.

--S, dijo al fin dominndose; para cundo?

--Para esta noche, despus del toque de cubre-fuego.

--Y bien, observ el viejo Jorge Rak, qu podemos esperar como
resultado de la reunin de esa gente?

--Una asonada.

--Y cul ser el resultado de esa asonada? apoy tmidamente Tom Flavi.

--Tienes miedo, voto ...! El resultado! Quin puede decir con
seguridad: maana la peste habr dejado de afligirnos, el obispo y los
aldermens estarn ahorcados, y azotados los archeros con sus propios
talabartes? Cuerpo de Cristo! quin podr decir si maana alguno de
nosotros ser ahorcado?

Un estremecimiento involuntario  imperceptible, agit los miembros de
Jorge Rak.

--En ese caso, dijo el estudiante, tenemos la ventaja de ser amigos del
verdugo.

--Y en fin, hermanos, aadi levantndose Adam Wast, la muerte nos amaga
de una manera indudable. El hambre es la muerte; la peste es la muerte,
la tirana y las infamias del obispo son la muerte. Qu esperanza nos
halaga que no haya de sostenerse por nosotros? A quin demandar ayuda,
que sea fuerte y quiera dispensrnosla? Cuando el pueblo siente los
triples azotes de la tirana, el hambre y la peste, debe repeler los dos
primeros con la fuerza, y hacerse digno, defendiendo sus fueros
naturales, de que Dios le alivie del tercero. Adelante pues, nos ha
desafiado y debemos recoger el guante.

Luego, tomando del suelo la bolsa y sacando de ella un puado de
florines.

--Toma, dijo al mercader, creo que con esto tendrs bastante para los
vendedores del mercado.

Jorge Rak tom el dinero y lo guard en su escarcela.

--Y t, aadi dirigindose al estudiante, v si alcanza esto para las
exigencias de los tuyos.

Williams Caridemus haba puesto al alcance de la mano de Adam Wast su
bonete de bayeta para recibir el oro; pero la retir diciendo:

--Sepamos antes de donde proviene ese dinero, y hasta qu punto nos
compromete su adquisicin.

--Es muy justo. La adquisicin de este oro  nada nos compromete.

--A nada! prorrumpieron con extraeza los cinco hombres.

--A nada  que no nos hayamos comprometido voluntariamente. Este dinero
nos lo ha dado un hombre que se dice amigo del pueblo, pero que no es
ms que enemigo del enemigo del pueblo. Este hombre ha llegado  m y me
ha dicho: Adam, el pueblo ruje descontento porque sufre; el pueblo no
puede hacer ms que rugir, porque le falta fuerza; el dinero es la
fuerza: toma; y me di esa bolsa: si se necesita an ms, mis arcas
estn llenas.

--Y quin es ese hombre que tiene sus arcas llenas, cuando el pueblo no
tiene pan? interpel speramente John Asta-de-buey.

--Saul, el hebreo, contest Adam Wast.

--La sombra de lady Ester! murmur el estudiante.

--El hombre que insulta la miseria pblica, ostentando una servidumbre
y un aparato casi regio para rivalizar dignamente con el obispo! aadi
con acento feroz el cortador.

--Un hebreo que se atreve  salir en pblico en caballos de Araba,
rodeado de esclavos etiopes cubiertos de oro!, observ el mercader; un
judo que se presenta en pblico asido del brazo de Juan-sin-tierra!

--Es decir, que la salud comn, exclam exasperado el estudiante en un
rapto de entusiasmo que,  tener lugar en nuestros das se hubiera
llamado patritico; es decir, que la salud comn brota de la misma
sentina que la opresin y el insulto? Es decir que debemos dar gracias
 Dios porque ha concedido  lady Ester una hermosura capaz de
enloquecer  un sacerdote cristiano y  un sibarita hebreo? Una empresa
justa no ha menester ser ayudada por un recurso maldito; no debais
haber aceptado ese oro, Adam Wast.

--Piensas como un nio, Williams, contest el apostrofado; cuando se
juega el destino de los pueblos, no debe repararse en si el arma que les
ha de hacer fuertes viene de manos de un enemigo. Todos los medios son
buenos si dan por resultado un triunfo.

Esta opinin, aunque basada en principios poco rgidos, convenci al
estudiante, que present de nuevo su bonete y recibi en l el _oro
maldito_.

Despus que Adam Wast hubo repartido en partes iguales  los cinco todo
el dinero de su bolsa, despus de haberles hecho repetir el nmero de
hombres conque contaba cada uno de ellos, aadi levantndose:

--Nada tenemos que hacer aqu; t, John, ve  reunir tus cortadores en
Curhilt; t, Jorge, busca tus vendedores del mercado; busca  tus
estudiantes, Williams; prepara las llaves y las armas de la torre, Tom
Flavi; y t ejecutor de la ley, presntate entre los bandidos de
Sowttwark; al sonar la primera campanada del cubre-fuego, en la pradera
de Whitehall.

Los seis hombres abandonaron sus puestos y se dirigieron  la puerta;
antes de que llegasen  ella, se abri y di paso  un sptimo
personaje.

[Illustration]

[Illustration]




II

EL HERMANO DEL VERDUGO


El hombre que de una manera tan intempestiva se presentaba  los
hermanos de la niebla, adelant un paso; extendi hacia ellos el brazo
derecho armado con un venablo, en el mismo ademn imperioso que debe
preceder  veces  las rdenes de un rey; y su voz firme y sonora
pronunci en un tono que en nada amenguaba lo exigente de su ademn, la
palabra:

--Aguardad!

Aquel hombre era el mismo que antes de la llegada de los seis hermanos,
como debe recordarse, haba abandonado la cabaa de una manera brusca.

La intimacin de la orden que detena  aquella asamblea, cuya misin en
aquel punto haba terminado, produjo durante un momento en ella una
sensacin de asombro; despus, pasado ste, Adam Wast, conteniendo  sus
compaeros que se adelantaban hacia el desconocido, le dijo:

--Y quin eres t, y con qu derecho te presentas mandndonos detener?

--Quin soy yo? contest ferozmente el interrogado. Quin soy yo? Un
hombre que como vosotros est ofendido; un hombre que como vosotros
quiere vengarse.

--Y bien, nada tenemos que ver en eso, contest John Asta-de-buey; lo
que nos importa, s, es sellar tu boca para que no revele lo que tus
odos han escuchado; elige entre todos nosotros, esceptuando al que por
su edad no debes aceptar como contrario, y seal  Jorge Rak, uno con
quien batirte en un empeo  muerte.

El cortador pidi con una mirada  sus compaeros su opinin acerca del
reto que acababa de lanzar en nombre de todos al intruso, y los cuatro
cuya edad les permita empear un lance de tal especie, mostraron harto
claro, con una significativa inclinacin de cabeza, la aprobacin de la
propuesta, que el del venablo rechaz, contestando:

--Os he elegido como cmplices, y no os acepto como enemigos.

--Como cmplices! exclam el estudiante adelantando un paso, al par que
los dems, excepto Jorge Rak como cmplices!

--S, porque lo que estis meditando, bien considerado, es el proyecto
de un crimen. No malgastemos el tiempo en disputas intiles me aceptis
como un igual entre vosotros? Si  no!

--Antes, respondi Adam Wast conteniendo de nuevo con una mirada  los
suyos, la prudencia aconsejaba reducirte al menos  un estado que no te
permitiese revelar el secreto que has sorprendido por acaso tal vez, tal
vez llenando un servicio pagado; pero has aadido un motivo ms para que
cada uno de nosotros procure matarte: nos has ofendido.

--Si te he ofendido, repuso con sarcasmo el desconocido, porque te he
dicho, Adam Wast, que proyectabas un crimen. Queris saber cules son
mis razones? pues bien, escuchad: t Adam, oscuro abogado, ambicioso y
egosta; t, posedo del demonio del orgullo; t, que has ledo en la
biblioteca de San Servan antiguos pergaminos; t, que has estudiado la
historia de las revoluciones de los pueblos, quieres hacerte de la
miseria pblica un escaln para elevarte de tu nada; has soado, despus
de haber envidiado la fortuna de los tribunos romanos, que lograron por
un medio semejante ser cnsules  csares, has soado, te digo, hacerte
tribuno del pueblo ingls; has saludado con placer los tres azotes de
ese pueblo, el obispo, el hambre y la peste, como poderosos aliados de
la lucha de tu miseria; has procurado presentarte doquier como un santo,
t, que eres un demonio; como un mrtir, t que eres un verdugo.
Silencio digo!, aadi hacindose atrs y armando su ballesta, con un
gesto terrible de amenaza; he querido que aguardis, y aguardaris; he
querido que me escuchis, y me escucharis.

Aquel hombre dispuesto  todo, aquel hombre mandando  otros seis
hombres, acab por dominarlos merced  su valor,  su audacia y  su
fuerza de voluntad.

--Y t, nio aun, aadi dirigindose al estudiante; t que aun obedeces
al influjo de los recuerdos de tu infancia, quieres saber por qu te
hallas comprometido en una empresa en que juegas tu cabeza llena de
locos deseos, de ambiciones informes sin objeto fijo, de pensamientos
necios como tu imprudencia? pues bien; es porque el demonio del orgullo
se ha apoderado de t; porque deseas crecer en estatura para que los
necios te admiren; porque eres demasiado imbcil para creer en tu
inutilidad; pobre instrumento que romper el viento de la revolucin
como el huracn quiebra una caa. S: t puedes servir de emisario, de
espa, de alborotador; puedes servir de una manera admirable, porque
cogido en el lazo, morirs sin nombrar tus cmplices; porque has soado
en esa gloria miserable que consiste en que el pueblo diga cuando
marches  la horca: ese es un mrtir, ha muerto defendiendo nuestros
fueros. Creme, Williams, busca tu gloria en los libros; podrs llegar
 ser un telogo insufrible; pero en el terreno que pisas, slo puedes
aspirar  ser un remedo de mrtir.

El estudiante mir fijamente al que acababa de darle tan amistoso
consejo, y contest:

--Si yo me sublevo contra el poder que nos oprime, es porque anso la
paz y el orden que debe preceder  la propagacin de la ciencia; no
puede haber paz donde hay hambre, _ergo_...

--Y bien, ya vis que os conozco, prosigui el montero desatendiendo el
razonamiento del estudiante; os conozco como vosotros conocis que
cuanto os he dicho es exacto. Ahora bien; cualquiera que sea el motivo
que me impulsa  presentarme  vosotros como un aliado, admits mi
alianza?

--Sepamos el valor de tu ofensa, contest reprimindose Adam Wast, para
juzgar hasta qu punto puede interesarte el xito de nuestra empresa.

--Mi ofensa! contest el montero, cuyo rostro se cubri de una sombra
expresin de odio; mi ofensa! Yo, despus de ser lo que he sido, me
transform en montero, los hombres haban quemado mi corazn, le haban
desgarrado; en cada uno vea un enemigo, y no quise sufrir su vista;
entonces pens en las selvas, en su inmensa soledad, con su sombroso
pabelln de verdura, con sus libres arroyos, sus profundas grutas y sus
cuadrpedos y montaraces habitantes; pens en el aislamiento; hice
retroceder mi imaginacin hasta el hombre de la naturaleza, sentenciado,
es verdad,  sostener su vida  costa de un trabajo asduo y terrible;
pero libre como el aire que respira, como los arroyuelos que se
precipitan  su antojo, como los pjaros que anidan entre el follaje de
los rboles. Sal de Londres sin volver la cabeza para mirar  la ciudad
maldita, y anduve todo el da vestido como vis y armado con esta misma
ballesta; al declinar la tarde me hall en el centro enmaraado y
solitario de Middlesex Wood; haca mucho tiempo que haba dejado atrs
los senderos de los gamos, y haba llegado all pisando yerba que tal
vez era hollada por primera vez; me hice una choza de ramas al lado de
un manantial, y me dije cuando la v bastante capaz  darme abrigo: h
aqu mi alczar; ser el rey de la selva; si alguna vez los hombres
penetran en mis dominios, pasarn de largo con sus brillantes cabalgatas
de caza  sus humildes harapos de mendigo; si alguna vez el bandido me
pide un sitio en mi hogar, un lecho de pieles y un pedazo de carne, se
lo dar por San Huberto! El bandido es en cierto modo un montero de
fieras humanas. La caza es libre, y el gamo y el jabal darn su carne 
mi hambre; la fatiga me har robusto; el tiempo amenguar mis dolores, y
vivir tranquilo. Ya vis, dijo el montero despus de una pequea
pausa, que yo haba renunciado _el amor de mis hermanos, sus leyes y su
proteccin_. Y viv algn tiempo tranquilo, si no feliz; resignado, si
no satisfecho. Algunos hombres que sin duda pensaban como yo, se me
unieron y al cabo llegu  ser un rey con vasallos, que dominaba  cien
corazones valientes,  cien brazos capaces de cortar con un venablo la
carrera al gamo ms corredor. Pero mis _hermanos de los pueblos_
repararon en sus hermanos de los bosques, y no quisieron permitir
continusemos ejerciendo una profesin tan penosa; nos enviaron algunos
archeros para hacernos entender que Middlesex Wood haba sido declarado
coto real por el obispo canciller; que si queramos continuar
persiguiendo al gamo de las selvas, libre como el aire, y como el aire
propiedad de todos, era necesario que pagsemos un crecido tributo, 
someternos por el contrario  ser cazados  la vez y colgados de una
encina por los prebostes de los archeros. Nos negamos  satisfacer el
tributo, y fuimos declarados _caza real_. Entonces nos dijimos:  qu
luchar? Dindem-Wood es libre; vmonos  Dindem-Wood. Pero apenas
penetramos en su espesura, nuevos archeros se encargaron de hacernos
saber que las selvas y las praderas de Inglaterra que no pertenecan 
seores de vasallos, pertenecan al rey; en Inglaterra no exista un
palmo de tierra que no perteneciese  un coto real  seorial. Entonces
nos dijimos: la lucha es precisa; luchemos: consideremos  los archeros
del obispo y  los monteros de los seores como caza libre; ballesta
contra ballesta, y horca por horca.

--Comprendo, observ Adam Wast; habis perdido en la lucha.

--Y cmo sostenerla? contest el montero. Cuando apareci el peligro,
los cobardes retrocedieron y dejaron reducido el nmero de mis monteros
 una mitad; la otra mitad ha sido dispersada, ahorcada en parte, y en
parte desarmada y azotada. Ira de Dios, ingleses! mi rostro est
ensangrentado! el talabarte de un mercenario ha macerado el rostro de
un ingls!

--Y quin te ha trado aqu?

--La casualidad: perseguido por los archeros, rodeado por todas partes,
me v entre mis verdugos y el Tmesis: no deb dudar en la eleccin, y
me arroj al agua; algunas flechas pasaron junto  m sin tocarme; la
niebla me protegi, y tom tierra en este islote, bien  punto por
cierto para escucharos y saber que, como yo, haba ingleses ofendidos,
ingleses que queran vengarse.

Haba tal fuerza de persuasin en el acento del montero, que Adam Wast
desarrug el entrecejo y le tendi la mano.

--Y bien, dijo, te creo y por mi parte acepto tu alianza. Qu decs
hermanos?

--Que s.

--Bien.

--Le aceptamos, contestaron  un tiempo los preguntados, el cortador y
el verdugo.

--Cmo te llamas? dijo Adam Wast.

--Dik, contest el montero.

--No le conocemos, observ el cortador; puede ser un espa.

--Que no me conocis? repuso con extraeza Dik: necesitis que un hijo
de mi madre os responda de m? aadi dirigindose al verdugo y
asindole una mano; pues bien, hermano mo, asegura  estos hombres que
no tenemos sangre de traidores.

--Su hermano! exclamaron con el acento de la admiracin algunas voces.

--S; mi hermano es el verdugo de la Torre de Londres.

El verdugo se arroj en los brazos de Dik, y ocult el rostro sobre su
pecho; algunos sollozos sofocados fueron el nico ruido que turb el
silencio general.

--Y bien, amigos mos, dijo Dik, d  vuestros puestos, que yo
acompaar  mi hermano y me veris junto  l al toque de cubre-fuego.

Y con el mismo ademn imperioso conque al aparecer entre los cinco
hombres les mand aguardar, dijo sealando  la puerta:

--Partid.

Los cinco hombres salieron; cuando el montero y el verdugo quedaron
solos, el ltimo levant su semblante baado en lgrimas de conmocin, y
dijo:

--Oh! gracias! gracias! no has renegado de m, hermano mo!

--Renegar de t! porque eres verdugo! Oh! has hecho bien; has elegido
mejor caza que yo, y te envidio. Vamos.

El verdugo y el montero salieron de la cabaa asidos de las manos.

[Illustration]

[Illustration]




III

PRINCIPIOS DE AVENTURA


Poco despus los dos hermanos saltaban en tierra en la orilla opuesta;
entregaron la barca  sus dueos, subieron  lo largo de la ribera,
pasaron el puente London-Bridge, y atravesando las estrechas y sombras
callejuelas del Cuartel de la Torre, se detuvieron, subieron al collado
que lleva el nombre de sta,  hicieron alto cabalmente junto  una
horca de hierro, fija sobre un terrapln de mampostera,  cuya
esplanada se ascenda por una pendiente escalera.

El verdugo se acerc al terrapln, abri una puerta colocada en uno de
sus costados, y que la oscuridad no dejaba percibir; entraron los dos
hombres, y el verdugo volvi  cerrar.

Haban penetrado en un pequeo espacio hmedo y negro por el continuo
contacto del humo,  que sin duda daba mala salida un estrecho
respiradero practicado en uno de los costados.

Los muebles que se vean en esta extraa vivienda, eran dos banquillos
de madera, un lecho de paja cubierto por una vieja capa colorada, un
hacha y algunos dogales: todo este conjunto miserable estaba alumbrado
por una lmpara de barro, encendida delante de un tosqusimo grabado
representando una Virgen, pegado en el muro en un ngulo de aquella
especie de caverna, sobre el miserable lecho.

Dik mir con extraeza los objetos que le rodeaban; sentse en un
banquillo, y apoyando su rostro ensangrentado en la mano derecha, y el
brazo de sta sobre su rodilla, fij en el pavimento empolvado su mirada
sombra y pensativa.

El verdugo permaneca de pie frente  l, mirndole de una manera tenaz;
la expresin de indiferencia feroz de su rostro haba desaparecido, y su
boca estaba fruncida por una sonrisa de amor y de amargura. Una madre
hubiera mirado del mismo modo  un hijo desgraciado, vuelto  su vista
despus de una larga ausencia.

--Qu mudado ests, Ricardo! dijo al fin el verdugo; yo no hubiera
podido reconocerte.

--Muy mudado, Godofredo, es verdad? aadi el montero levantndose;
crees t que no me conocern en Londres?

--Oh! no; no eres t ya el Ricardo de otro tiempo, alegre y confiado,
de tez blanca, cabellos blondos, y talle esbelto encerrado en un
justillo de seda; tampoco  m me conocen; una prisin en la Torre
cuando el corazn est desgarrado por desgracias tan sombras como las
nuestras, sera capaz de desfigurar al hombre ms fuerte.

--Con qu has estado preso, pobre Godofredo!

--Preso no; retirado  una prisin voluntaria, mi profesin de verdugo
empez por su situacin ms elevada. Cuando muri James Church, ejecutor
del rey, corta cabezas de altos traidores, los heraldos de la prebosta
llamaron  son de clarn  los que quisiesen sucederle, yo me present
enmascarado; cre tener contendientes, pero nadie se present  disputar
la plaza que en mi desesperacin haba elegido; los hombres somos unos
miserables locos, que no tocamos ms que extremos. Yo haba querido ser
un ngel salvador de la humanidad; haba sacrificado generosamente mis
afecciones en favor de los hombres, y slo encontr ingratos y malvados;
haba soado en el amor de la mujer, y no encontr ms que infamias y
traiciones. Un sueo desvanecido influye de una manera terrible en
organizaciones como la ma; yo, que antes de conocerle amaba al hombre
conocido le aborrec; yo que amndole haba querido ser para l un ngel
salvador, aborrecindole quise ser su azote, su demonio, y me hice
verdugo.

--Oh! hiciste bien, muy bien,--murmur sordamente Dik, devorando 
largos pasos la estrecha vivienda del verdugo como un tigre encerrado en
una jaula.

--Cuando me present en la conserjera de la Torre, prosigui el
verdugo, me dieron esta espada, y me hicieron bajar  los calabozos, en
uno de ellos haba un tajo, junto al tajo el cadver de un preso, muerto
tal vez de desesperacin. Cortar la cabeza  aquel cadver era mi
prueba; oh! aquel momento fu terrible, mi espada dividi el tronco de
un solo golpe, y se clav rechinando en el tajo. Nada me dijeron; ni me
preguntaron mi nombre, ni mi procedencia; me dieron este vestido
colorado, una bolsa llena de monedas de cobre, y un aposento en la
Torre; dos aos estuve sin salir de ella; en dos aos el calabozo donde
hice mi prueba, me ha visto cortar muchas cabezas nobles; durante ese
tiempo, la vista de la sangre desencaj mi mirada; mis mejillas
enflaquecieron y se tornaron lvidas como las de un cadver; el horror
eriz mis cabellos, y cuando un da arroj una mirada sobre mi faz,
reproducida en lo acicalado del escudo de un archero, no me reconoc;
Godofredo haba desaparecido, slo quedaba el verdugo.

Un silencio sombro sucedi  esta exposicin; Godofredo se dej caer
desplomado sobre un banquillo, y Dik sigui su paseo circular con paso
ms fuerte y apresurado. De repente se detuvo y fij su terrible mirada
en su hermano.

--Tengo hambre, le dijo.

El verdugo se estremeci como la madre indigente  quien su hijo pide un
pedazo de pan.

--No he comido en tres das!

Godofredo se conmovi, una lgrima ardiente y sola asom  sus ridos
prpados.

--Tres das! murmur, hace tambin tres das que consum mis ltimas
patatas. Oh! tiene hambre, y su hermano no le puede dar un pedazo de
pan!

Dik volvi  su silencioso paseo; el verdugo se di un golpe en la
frente lanzando una exclamacin, como quien encuentra un recurso en una
situacin desesperada.

--Oh! me haba olvidado, dijo; hubo un tiempo en que tenamos trajes de
seda bordados de oro, y yo debo conservar uno de esos trajes.

Levantse y retir el lecho, debajo del cual haba un saco de cuero.

Godofredo al verlo di un grito de alegra como quien encuentra un
objeto que busca  la ventura. Abri el saco, y lo primero que brill 
la luz de la lmpara, fu una espada.

--Arma de caballero! murmur con indiferencia Dik tomando la espada.
Buen temple, aadi blandindola con una soltura que probaba no era la
primera vez que su mano empuaba un arma de tal gnero. Despus, con la
curiosidad de un inteligente, arroj una mirada sobre la hoja y la
empuadura.

Sus ojos se animaron, su boca se entreabri en un movimiento de
sorpresa; devoraba ms bien que miraba un escudo cincelado en una chapa
de oro entre los gavilanes. El escudo estaba coronado por una diadema
real, y en l, sobre una faja azul, se vea un len rapante.

--Quin te ha dado esta espada? pregunt con ansiedad  Godofredo.

--Es un despojo del patbulo, contest framente Godofredo.

Dik se estremeci, solt la espada como hubiera podido soltar un hierro
candente, y sigui en su solitario paseo circular.

--Mira, dijo Godofredo mostrndole un traje de una tela verde semejante
al terciopelo, pesadamente bordada de oro, es un hermoso traje que yo
vesta cuando hice mi prueba de corta-cabezas; le he conservado, lo
mismo que esta espada, porque cada uno de estos objetos me recuerda una
historia. Antes de venderlos me hubiera dejado morir; pero t tienes
hambre!

--No, no; ni este traje ni esta espada se vendern, contest con firmeza
Dik; ve si tienes otro recurso. Si no le hay, sufrir el hambre.

--No, no, exclam Godofredo, es necesario que yo busque un pedazo de
pan; Dios mo! pero ah! estoy loco; de todo me olvido; tengo en esta
bolsa los cien florines que me di para los bandidos de Sowttwark Adam
Wast. De estos cien florines bien podr tomar uno para t; no es
verdad, Dik?

--Haz lo que quieras, contest pensativo.

Godofredo descorri los cerrojos de la puerta, y la abri.

--Aguarda, le dijo Dik, dnde habita Adam Wast?

Godofredo llev  su hermano al respiradero, y le dijo sealndole una
pequea casa contigua  la horca.

--Ves all una ventana iluminada por el reflejo de una luz?

--S.

--All vive Adam Wast.

--Y quin vela ahora en ella? l?

--No, su mujer.

--Sabes como se llama su mujer?

--S; Ketti.

--Y esa mujer tiene madre? insisti con voz profunda Dik.

--No; la loca Ketti muri hace un ao, contest maquinalmente Godofredo,
y sali.

[Illustration]




IV

DE LO QUE ENCONTR DIK CUANDO MENOS LO ESPERABA


Dik permaneci en el respiradero con la mirada fija en la ventana
vecina, donde brillaba el reflejo de la luz. Mucho deba interesarle,
puesto que inmvil, atento, reconcentraba en ella toda su atencin, cual
si pretendiese penetrar al travs de sus paredes lo que aconteca en su
interior.

Un momento despus se separ del respiradero. Su mirada recorri el
estrecho recinto del stano, y vi en la oscuridad de uno de sus
lbregos ngulos, un cntaro. Fu  l, lavse el rostro y las manos de
la sangre que los manchaba, y arrojando su gabn de montero, se visti
el traje de seda y oro que su hermano haba dejado abandonado sobre su
lecho de paja. Cuando estuvo completamente vestido, se ci la espada, y
apareci un caballero gentil, si bien atezado, de manos membrudas, cosa
en aquella poca muy comn entre los caballeros de mayor alcurnia,
cortesanos con poca frecuencia, hombres de armas y caza siempre.
Sirvironle sus manos de peine, y sobre su larga cabellera se ci un
gorro compaero del traje.

Era ste una tnica talar de anchos pliegues y mangas perdidas, sujeta
por un cinturn del mismo gnero, del que penda la espada; debajo de
esta especie de sobrevesta se vea un jubn de manga estrecha ciendo
los brazos, y un pantaln de seda encarnado apareca en la extremidad de
las piernas, ceidas en su principio hasta el tobillo por unos botines
de gamuza. El deslumbre del traje que vesta Dik, desdeca de una manera
enrgica del aspecto del stano de la horca.

El joven se coloc de nuevo en el respiradero, y fij su mirada en la
ventana de la casa vecina. Un silencio profundo reinaba en la plaza del
Mercado, silencio interrumpido  veces por el chirrido de alguna carreta
que acompaaba algn hombre con paso lento y forzado,  por los pasos
acompasados de alguna ronda de archeros. Los archeros se apartaban
cuidadosamente de la carreta, porque su carga eran cadveres apestados.
Despus de estos ruidos transitorios, el silencio volva  invadir la
desierta plaza.

Una voz que cantaba dentro de la casa en que Dik fijaba su mirada, vino
 interrumpir de nuevo el silencio; era una voz dulce, simptica,
melanclica; cantaba una balada de triste y lnguida armona, cuya
traduccin hubiera podido ser:

Londres! Londres! ciudad coronada! t no eres tan hermosa como las
aldeas de mi pas; no eres tan hermosa, orgullosa ciudad de Londres.

Las almenas de tus torres estn envueltas por la niebla; las cabaas de
mi pas se recortan sobre un cielo azul, velado por blancas nubecillas.

Londres! Londres! t eres sombro como un cementerio; mi valle es
alegre como un jardn.

Londres! Londres! ciudad coronada! t no eres tan hermosa como las
aldeas de mi pas.

La voz call, y el odo de Dik devor hambriento sus ltimas
vibraciones. Haca algn tiempo que haba cesado el canto, y an le
pareca escucharlo.

Un momento despus la luz desapareci de la ventana,  inmediatamente la
puerta colocada bajo ella se abri, y salieron dos mujeres. La una
llevaba un lo en la mano, y era joven; la otra una lmpara de hierro, y
era vieja. La vieja cerr; la joven se desliz por la solitaria plaza, y
pas muy cerca del respiradero donde observaba Dik, que escuch el
crujido de un traje y el sn de unas ligeras pisadas.

De un salto se puso Dik fuera del subterrneo, y empez  seguir  la
mujer.

La oscuridad era denssima, nada se vea  algunos pasos de distancia, y
el leve rumor de los pasos de la mujer era lo nico que serva  Dik
para no perder la pista.

La joven atraves la plaza, se desliz por el cuartel del Temple y se
dirigi  San James, sin duda repar en que la seguan, puesto que se
detuvo  la entrada del cuartel, residencia de la alta nobleza. Dik
adelant, y se detuvo junto  ella.

--Quin eres? pregunt la nia con una voz argentina.

--Quin soy yo!... qu te importa? contest trabajosamente Dik,
mientras su sangre circulaba con una rapidez terrible. Dnde vas,
Ketti?

Un grito dbil, involuntario, sali de los labios de la joven, y Ricardo
la sinti asida de su cuello, sinti los latidos del seno de aquella
mujer; la oy decir con acento indescribible:

--Dik!...

La joven no dijo ms, dobl su cabeza sobre el pecho del joven, y empez
 llorar entre sollozos.

--Aparta, la dijo Dik separndola dulcemente; no es en mis brazos donde
debo recibirte. Me has hecho traicin.

--No, no, me engaaron, contest la joven llorando; te cre muerto!...

--Es decir...

--Que estoy casada.

--Bien, dijo Dik; es necesario que nos alejemos de aqu. Podra
encontrarnos una ronda. Necesitamos hablar despacio, y es preciso que me
conduzcas  cualquier parte. Yo no conozco  nadie en Londres. A dnde
vas?

--Al palacio de lady Ester...

--Lady Ester!... exclam con extraeza Dik: qu tienes t de comn
con lady Ester?

--Coso sus trajes, y le llevo uno para el baile que da esta noche
Juan-sin-tierra  los nobles de Whitehall.

--Y bien...

--Ven conmigo, la dir que eres mi Dik; todo lo sabe, porque es buena, y
la he contado mis penas. Ella, que es fuerte y poderosa, nos proteger,
Dik.

La joven se asi del brazo de Dik, que se dej conducir. Al doblar la
esquina prxima, un vivo resplandor se dej ver adelantando hacia ellos.
El primer movimiento de entrambos fu mirarse, sin pensar en inquirir la
causa de aquel resplandor: la joven era hermossima, y en sus ojos,
grandes y melanclicos, se pint una expresin de asombro al ver el
magnfico traje de Dik, deslumbrante al resplandor que cada vez se
acercaba ms.

--Ah! Dik, dijo con tristeza Ketti, eres un gran seor!

--Silencio, dijo Dik.

El resplandor se haba detenido; le producan dos hachones conducidos
por archeros que precedan  dos trompeteros y un heraldo  caballo. Dik
y Ketti se ocultaron en el dintel de una casa, y observaron; los
trompeteros hicieron sonar tres veces las trompetas, y el heraldo grit
con voz sonora:

--Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: El muy alto y
poderoso seor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su
gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los
edictos en los cotos reales de Dinden-Wood, acusado de desacato  su
gracia el rey, ha burlado la persecucin de los archeros y se ha
ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso seor obispo de
Eli, cincuenta marcos de plata al ingls, noble  pechero, que presente
su cabeza. Salud al rey!

--Y bien, dijo Dik para s, la cabeza de un montero est harto pagada:
pero vale ms la de un caballero.

--Pobre hombre! exclam Ketti conmovida, sin sospechar que asa del
brazo  aquel  quien acababan de pregonar.

El heraldo y su comitiva adelantaron pasando junto  Dik. Los archeros
se apartaron con respeto al ver el rico atavo del joven, y siguieron
adelante acompaados de algunos curiosos.

Bien pronto volvi la oscuridad, interrumpida un momento por aquel
incidente. Nuestros dos jvenes siguieron su camino.

--Decamos que era traidor, dijo un hombre que  la sazn pasaba con
otros, y cuya voz era igual en un todo  la de John Asta-de-buey; pobre
muchacho! le acaban de pregonar!

--Nunca pens que lo fuera, contest una voz que hizo estremecer  Ketti
de un modo que se hizo notable  Dik.

Era la voz de Adam Wast.

Aquellos hombres se perdieron por una estrecha y larga travesa en
direccin  Whitehall.

Dik y Ketti tomaron otra calle en direccin opuesta.

--Cundo llegamos? pregunt Dik  la joven.

Doblaban entonces el guardacantn de otra calle, y en el centro de ella
se vea el reflejo de las luces de un zagun; era la nica casa en la
calle que se vea iluminada. Ketti la hizo notar  Dik y le dijo:

--Es all.

Llegaron. El atrio, por decirlo as, estaba alumbrado por una lmpara en
que una estopa anegada en aceite produca una gran llama,  cuyo
resplandor se vean monteros, pajes y palafreneros, con el blasn de su
dueo al pecho, y agrupados alrededor de una gran chimenea, bebiendo,
riendo y murmurando. Un esclavo etope estaba  guisa de centinela
apoyado en el dintel de la puerta. La joven pas sin dificultad delante
de aquel cancerbero, que se interpuso al paso de Dik despojndose de la
gorra y preguntndole en mal ingls, aunque con respeto:

--A dnde va monseor?

--Conduce  ese caballero  la sala de armas, contest Ketti, que se
haba detenido previendo aquella dificultad.

El negro tom la lmpara, y Dik pas siguindole junto  aquella turba
de hombres de armas, monteros y palafreneros, que se levantaron
descubrindose en seal de respeto, y atraves el zagun, mientras Ketti
se perda por la entrada de una estrecha escalera.

El esclavo hizo pasar al joven un largo patio de altos arcos gticos,
subir una escalera, atravesar un largo y descubierto corredor; y
abriendo una puerta, dijo sealando el interior  Dik:

--He ah la sala de armas, monseor.

El negro se inclin y se alej. Dik entr y cerr.

Se hallaba en un gran saln, alumbrado por una sola lmpara colocada
sobre una mesa en el centro de l; la dudosa claridad que irradiaba 
pocos pasos de distancia, se quebraba dbil y medrosa en caprichosos
reflejos sobre la acicalada superficie de arneses, lorigas, espadas,
hachas de armas y mazas de hierro, que componan las numerosas manoplas
colgadas irregularmente entre los gticos calados de los muros; las
ojivas recargadas de grandes florones, estaban confundidas en la
oscuridad, y sobre el embaldosado de mrmol resonaban produciendo un eco
sonoro los pasos de Dik, que pasaba y repasaba junto  aquellos
brillantes trofeos, sin que le debiesen una sola mirada, sin que le
arrancasen  su profunda meditacin.

Pero al pasar junto  una pequea puerta, se detuvo levantando su cabeza
como si despertase de un letargo; haba odo pronunciar su nombre  una
voz de mujer, cuyo eco vino  herir en sus recuerdos lejanos: hablaba
con Ketti.

Es necesario creer en las apariciones; oy que deca aquella voz: Ve por
l, Ketti: veamos si an no ha desaparecido.

Una sonrisa ruidosa y alegre termin aquella observacin,  la que
sigui un ligero altercado.

--No os que necesito franco el paso? dijo una voz junto  Dik, al
mismo tiempo que una mano tocaba  la puerta.

Volvise el joven y vi junto  s un hombre que retrocedi al ver el
semblante de Dik, que hasta entonces haba estado de frente  la puerta,
y que retrocedi tambin.

--Ah! sois vos, Agiab? Gracias  Dios que os encuentro, dijo Dik.

El nombrado Agiab tartamude algunas frases.

--No, ahora mismo no; aadi Dik dando una intencin  estas palabras.
Por lo que veo, sois un gran seor, y los grandes seores es difcil que
se pierdan en Londres.

Dicho esto, se apart adelantando  lo largo de la sala; el otro hombre
le mir profundamente y llam con la mano  la puerta, que se abri como
obedeciendo  un resorte. Una joven apareci tras ella con una lmpara
en la mano: el que llam pretendi entrar.

--Es imposible, seor Saul, dijo la joven interponindose; la seora se
est ataviando para el festn de Whitehall, y es imposible verla. Luego
aadi, arrojando una mirada  la sala y viendo  Dik que observaba esta
escena.

--Eh! caballero, el que habis venido con Ketti la costurera: mi seora
lady Ester desea que pasis  su cmara.

La maliciosa muchacha mir  Saul  Agiab con un mohn picaresco, y
despus de haber dejado pasar  Dik, que se adelant, cerr la puerta
dejando plantado al otro, y corri los dobles cerrojos dando salida 
una insolente carcajada.

Dik alz un tapiz separado de la puerta por el grueso del muro, y se
hall en un pequeo retrete alhajado con todo el gusto de aquella
poca.




V

LADY ESTER


Antes de adelantar, Dik abarc en una mirada el cuadro que procuraremos
presentar  nuestros lectores. Era un saloncito octgono, de techumbre
baja y ensamblada, de paredes cubiertas de cuero pintado y dorado, en
que reflejaba la luz de dos lmparas de plata; la una estaba suspendida
de la asambladura; la otra, colocada sobre una mesa de roble, recargada
de grotescas y pesadas molduras; una caja de hierro abierta ostentando
ricas joyas, brillaba sobre la mesa; algunos sillones, tambin de roble,
de alto respaldo coronado por un blasn entre follajes dorados, circuan
el retrete, y multitud de pieles de oso hacan el oficio de alfombra.
Aquella estancia slo tena dos puertas; una era aquella por donde
penetr Dik, otra pequea tambin estaba colocada frente  sta, y entre
las dos figuraba una alta ventana ojival, perfectamente cerrada por
tableros de roble, tambin blasonados.

Sentada en uno de los dos sillones junto  la mesa haba una mujer
joven, como de veinticinco aos; una esclava negra, sentada sobre las
rodillas frente  ella, estaba casi oculta por una placa de acero
bruido en el que se reflejaba como en un espejo la joven del silln;
dos jvenes casi nias, alegres y risueas, estaban apoderadas de su
profusa cabellera negra; otra, la misma que introdujo  Dik, sentada
sobre la alfombra se ocupaba en calzarla una especie de coturno, y
ltimamente Ketti, de pie, plida y sombra, estaba tras el silln con
un traje terciado en el brazo.

Dik haba sido introducido en lo que ahora llamaramos el tocador de una
dama; en el sagrado recinto donde slo penetraban en aquella poca los
amantes favorecidos y los bufones.

Dik pas alternativamente su mirada de Ketti  lady Ester, hermosuras
brillantes que fijaban  un tiempo sobre l su mirada de una manera
particular. En la de Ketti haba amor y celos, en la de lady Ester una
viva expresin de admiracin, semejante  la que causa la vista de una
persona conocida tras una larga ausencia.

Dik miraba del mismo modo  lady Ester, pero con una expresin de
alegra que lastimaba de una manera profunda  Ketti.

--Con que sois vos, amigo mo? dijo al fin lady Ester dirigindose al
joven, que no haba adelantado un paso; acerca un silln Ketti; ponlo
aqu, ms cerca an; sentaos, Ricardo, sentaos; me alegro de haberos
hallado, olvidadizo caballero; tengo mucho que deciros, mucho de qu
quejarme. Dejadnos solos, aadi dirigindose  su servidumbre.

La esclava y las doncellas salieron, arrojando  hurtadillas una
maliciosa mirada  Dik. Ketti, muda y silenciosa, pareca clavada junto
al silln que el joven haba ocupado. Fu necesario para que saliese,
que lady Ester repitiese su orden.

Ketti sali; los dos jvenes quedaron solos.

Ester miraba  Dik de una manera avara; Dik devoraba la vigorosa
hermosura de la joven, abandonada en el silln con su largo cabello
formando un marco negrsimo alrededor de su semblante encantador, y
perdindose destrenzado sobre un cuello admirable y unos hombros de la
ms mrbida redondez; una sonrisa fascinadora entreabra su boca
voluptuosa, que callaba, dejando hablar  dos ojos negros, lnguidos,
enloquecedores.

Lady Ester era entonces la personificacin del espritu tentador.

--Y bien, caballero: dnde habis estado cuatro aos? Sabis que tengo
mucho que quejarme de vos? Casi casi os haba credo muerto.

--Y bien, Ester, has recurrido  los vivos y has hecho bien, por la
cruz roja! Un Obispo que da festines y un judo que se arruina, son ms
raros, ms preciosos que un matamoros que se ennegrece al sol y al aire
de la Siria.

--Y aadid  eso, que vuelve y se enamora... porque creo que tenis
amores con una de mis criadas.

--Es verdad; necesitaba curarme del amor de una mujer hermosa, y recurr
 otra mujer hermosa.

--Curarte, Ricardo! y por qu?

--Veamos, Ester, contest Dik colocndose,  mejor dicho, abandonndose
en la posicin ms cmoda; recordemos nuestro pasado; pero ante todo,
haz que me traigan algo; no he comido en tres das.

Lady Ester salt de su silln al oir esta demanda, que demostraba
exista la ms lata confianza entre ella y Dik. Cruz sobre su pecho un
ancho ropn forrado de armio, y corri  la puerta por donde haba
desaparecido su servidumbre.

--Ola! dijo.

La negra que hemos visto sosteniendo el espejo se present; lady Ester
la dijo algunas palabras en voz baja, y fu  sentarse junto  Dik.

--Tres das! murmur fijando en l una extraa mirada. De dnde vens,
caballero? Contadme eso, me tenis impaciente.

--Sepamos antes en la posicin respectiva en que nos hallamos colocados,
contest Dik; hace cuatro aos, cuando yo part para la Tierra Santa era
un joven caballero de tez blanca, cuerpo gallardo y cabellos blondos; me
hallaba sobre el puente de una galera real, al lado de un rey que
departa conmigo como con un hijo,  la vista del pueblo de Londres, que
cubra ambas riberas del Tmesis; me haba despedido de una mujer joven
y hermosa que me amaba, y aquella mujer, asomada  las almenas de
White-Tower, se despeda de m la postrera vez agitando un lenzuelo al
lado de una reina que saludaba tambin al rey, y tal vez  m; era yo
entonces lo que se llama un favorito halagado por la fortuna, un hermoso
joven, un bizarro caballero, que poda escoger para su amor la ms
noble, la ms hermosa de las mujeres de los Tres Reinos, sin temor de
ser desdeado,  pesar de que su origen era dudoso, y la nobleza de su
raza empezaba en l mismo.

En este momento las dos jvenes que hemos visto peinando  lady Ester
entraron precedidas de la esclava, conduciendo una pequea mesa en que
traan un pedazo de jabal, un jarro de oro lleno de vino y una copa
riqusima. Las jvenes salieron; la esclava permaneci, y escanci el
vino. Dik comi.

--Si queris que prosiga, dijo un momento despus Dik, haced que
quedemos solos.

--Es sorda y muda, contest lady Ester refirindose  la esclava.

--En ese caso, prosigo. La galera parti, la torre desapareci;
desapareci, en fin, Inglaterra. El joven caballero fu cruzado; se
bati como un len, porque amaba como un loco. Era pobre y sin nombre, y
lleg  ser marqus de Tiro.

--Cmo! exclam lady Ester; pues qu se ha hecho de Conrado?

--Muri en Jerusaln, asesinado por el _Viejo de la montaa_. Es una
historia de guerra que nada nos interesa.

--Y Ricardo?

--Pues! Ricardo me hizo donacin del marquesado; un marquesado que no
era ms que un nombre; pero un nombre era mucho para lord Salisbury.

Lady Ester nubl el rostro al oir este nombre.

--Me olvidaba, Ester; ese nombre debe entristecerte. Ignoraba que tu
padre haba...

Dik se detuvo.

--Muerto?... exclam lady Ester, fijando en Dik una mirada indagadora.

--O desaparecido, contest Dik sin vacilar, de la manera ms natural.

Lady Ester sigui escuchando pensativa.

--Deca que el joven tena un ttulo sin estados, y quiso tenerlos.
Estaba empeado en una guerra de conquista, y no crey imposible
encontrar un tesoro en Siria para comprar un condado en Inglaterra. Pero
la suerte le fu fatal. Firmronse las treguas de Tolemaida, y despus
de fiestas y torneos intiles, se embarc el cruzado con el rey en San
Juan de Acre, casi lo mismo que haba desembarcado los aos antes; es
decir, pobre y enamorado, con un ttulo de marqus de Tiro, un nombre de
guerra, un arns de combate y algunos florines en la escarcela. Es
decir, el nuevo marqus era un aventurero, sin ms bienes que su espada
y el favor de un rey tan pobre como l.

Dik haba dejado de comer; lady Ester hizo una sea  la esclava, y los
dos jvenes quedaron solos.

--Ahora bien; el rey y el favorito pasaban horas enteras, el uno
hablando de su Berenguela y de su Inglaterra, el otro de su Ester. Ambos
teman haber sido olvidados y vendidos, y ambos tenan razn. La
Inglaterra ha renegado de Ricardo Plantagenet; Ester no llama ya su
amante, su hermano,  Ricardo Espada-larga.

--Ricardo!

--Antes me llamabas Dik; me decas: yo te amo. Ahora me dices Ricardo;
me tratas como un extrao...

--Y te recibo en mi retrete, Dik...

--Es que al entrar en ese retrete, pude ver  alguno que pretenda
entrar tambin, contest Dik con voz profunda.

--Saul! Bah! y cmo quieres que pase las horas de fastidio que me
acosan hace cuatro aos? No puede una mujer tener un juguete sin que se
lo arrojen  la cara? Eres injusto, Dik.

--Y no bastndote un judo por juguete, eliges otro en un Obispo; es
cosa extraa.

--Y si no fuese un juguete? observ con acento sombro lady Ester.

--Luego no me han engaado?

--Crees que puede decirse  una mujer: tu padre ha desaparecido, no se
sabe si vive  si ha muerto, cuando esta mujer es la hija del conde de
Salisbury, primer justiciero de Inglaterra, vasallo leal que sostena
los derechos del rey contra el Obispo y Juan-sin-tierra, sin que esta
mujer piense en vengarse, sin que acoja llena de placer el amor del que
cree asesino de su padre?

--Ester!

--Sin que, oyndose llamar hermosa, traiga sobre la cabeza del asesino
una venganza cualquiera; aunque sea por medio de un loco celoso?

--Es decir...

--Que te amo, Dik; que no te he olvidado un solo da; que he rogado 
Dios por tu vida, si vivas; por tu descanso, si habas muerto; que no
amo  nadie ms que  t, ni pertenezco  otro que  t, por ms que las
apariencias me condenen.

Y Ester fij en el joven la mirada de sus hermosos ojos negros, intensa,
fija, en que estaban pintadas la esperanza y la duda; mirada suplicante,
apasionada, fascinadora, que hizo estremecerse de amor  Dik. El hombre
desesperado empezaba de nuevo  amar la vida; con su amor renaci su
ambicin; vi pasar delante de su mente cien fantasmas tentadores; la
riqueza con sus alczares opulentos, la nobleza con su orgullo, la
voluptuosidad velada por nubes de perfumes; pasaron junto  l
brillantes cabalgatas, pendones blasonados por cuarteles de oro, hombres
de armas, esclavos servidores; junto  l estaba la mujer que le
enloqueca, hermosa como la Venus pdica, incitadora como la Venus del
Ticiano; estaba all, con la cabellera destrenzada, sus ojos mirando 
sus ojos, la hermosa boca entreabierta y los hombros desnudos; pero 
veces, detrs de aquella mujer pasaban dos sombras de aspecto sombro,
dos sombras que fijaban en ella una mirada de amor, que despertaba los
celos y la clera en el alma de Dik.

--Y bien, dijo dominado por sus sospechas; si me amas,  qu alentar el
amor de esos hombres?

--Oye, Dik, le dijo Ester acercando an ms su silln, y abandonndose
en una posicin descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo haba
escuchado  esos hombres, porque los necesitaba; yo haba credo deber
hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran slo el amor; pero ahora que
te tengo  t, tan valiente, tan generoso; t,  quien amo y  quien he
elegido para hacerte dueo de todo el amor de mi alma, t me vengars,
no es verdad?

Dik fij una mirada recelosa en la mirada de Ester; slo vi en ella
amor, splica, esperanza.

Dik acab de enloquecer.

--S, te vengar, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo
sufrir mucho junto  t.

--Separarnos, y por qu? Cuando tras una larga ausencia vuelvo 
encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre,
mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no
quiero tener el corazn seco entre esa turba de miserables cortesanos
que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener  mi lado un hombre
que me ame, que me defienda. Somos tan dbiles las mujeres!

--Oh! Ester! exclam Dik; me ests volviendo loco!

--Mira, Ricardo mo, contest la joven asiendo una mano de Dik: yo
conozco  un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi
padre. Yo soy libre, rica, y te amo. Por qu no unirnos?

Aquella manifestacin inesperada sobrecogi  Dik; la desgracia le haba
hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Crea que cuando
stas llegan  cierta edad no obran ms que por clculo. Ester era
hermossima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica
como un judo usurero. El, segn han podido entrever nuestros lectores,
era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido  vivir  costa de
su espada  de su ballesta. Por ms que cuatro aos antes Ester le
hubiese amado con la misma pasin que  su vuelta haba demostrado,
temi ser un instrumento, una vctima destinada  cubrir algunos amores
vergonzosos  alguna miserable intriga de corte. Record las frases poco
respetuosas que respecto  lady Ester se haban permitido los hermanos
de la niebla, y dud, pero por slo un momento; volvieron  pasar por su
mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se
levantaron tras aquella ilusin ptica las sombras de Saul y del Obispo,
dijo para s:

--Qu diablo! yo he amado  esta mujer con locura, y nunca la he
olvidado de una manera absoluta; la he encontrado ms hermosa, ms
resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su
frenes; es verdad que su reputacin es ambigua, pero yo soy  propsito
para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas,
poder; sin ella... sin ella me ver precisado  ahorcarme un da
cualquiera,   exponerme  que me ahorquen. Mis temores no pasan de
ser sospechas; nada s, y por consiguiente, ya que Dios  el diablo me
presentan la ocasin, asirmosla por los cabellos. En todo caso, lugar
me queda para ahorcarme.

En tanto que Dik formulaba este filsofo razonamiento, pretendiendo
engaarse  s mismo, Ester deca para s:

--Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deber;
el Obispo y Saul son unos miserables  quienes nunca podra amar;
cualquiera de esos rancios barones  lores me pediran sin vacilar mi
mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultaran despus
en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta
de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevera  medirse con
el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza,
me ama con locura... pero es un hebreo  quien no puedo unirme, y luego,
le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo;  l s que
le amo!

Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de
reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una
respuesta, l formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo
mejor posible las apariencias.

--Ester, dijo l estrechando entre las suyas la hermosa mano que la
joven le tena abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo;
pero soy harto desgraciado para atreverme  aceptarte por esposa.

--Cmo!

--S; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni
pasado, ni porvenir; un da al amanecer expusieron dos nios gemelos en
el trio de la abada de Westminster. El rey era entonces prncipe, y
volva de una ronda amorosa. Pas por el trio y oy nuestros gemidos,
porque ramos mi hermano y yo los nios expuestos. Ricardo
Corazn-de-Len, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras
el aspecto terrible que le distingue; nos tom bajo la capa y nos llev
 White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivi,
Enrique el joven, su hijo primognito, Ricardo y Juan eran unos hijos
respetuosos que amaban  su padre: Ricardo llam  sus hermanos y les
present su hallazgo; los tres prncipes fueron  la cmara real, y el
buen Enrique II adopt  los pobres hurfanos y les seal una corta
pensin. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de
nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada
real; t, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galeras de
Whitehall oyeron nuestra primera declaracin de amor y nuestro juramento
de pertenecernos exclusivamente. Despus Ricardo fu rey y Berenguela su
esposa. Un ao adelante acompaaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el
mismo da que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bulln y Guido de
Lusin. Cuatro aos ms, y nos vi volver el mismo mar que nos vi ir.
Todos volvamos con honra; pero todos tambin, reyes y vasallos
volvamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no haba empeorado; pero
estaba escrito que yo no deba volver  Londres como sal. Una tormenta
nos arroj sobre las costas de Venecia; nuestra nave qued rota en los
escollos, y yo me salv  nado; no s lo que fu de Ricardo, de
Godofredo ni de Lusin. Atraves mendigando el Estado veneciano, la
Suiza, parte de la Alemania, y volv  Londres hace dos aos en una
miserable barca de pescadores. Cre que mi casa era an la casa de mis
reyes, y pas las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoci, y
el Obispo, apoderado del trono, me llam loco y me mand dar de palos;
cre que tal vez me habra desfigurado, y busqu uno por uno mis amigos,
que me reconocieron para insultarme...

--Y no viniste  m...?

--Oh! no! prefer la duda; quise creer que t me amabas an, y no me
atrev  ser tal vez desconocido por t.

--Ricardo!

--Eso hubiera sido para m la ltima desgracia, y la evit.

--Y has venido esta noche despus de cuatro aos?

Ricardo se sonri de una manera sombra.

--Ester! la dijo, cuando hace dos aos entr en Londres, mi traje era
un miserable traje de montas, y mis armas un pual. Ahora tengo una
noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podr ayudar
mejor tus recuerdos.

--Oh! qu injusto eres, Dik!

--Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

--Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi
porvenir; te atrevers  rehusarlos cuando yo te los ofrezco?

--No; pero medita, Ester, que estos dos aos he sido un bandido.

--Te haban insultado.

--Que mi cabeza est puesta en precio  son de clarn.

Ester palideci; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido
unirse  esta escena, oyronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron
debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz
robusta grit:

--Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y
poderoso seor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su
gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los
edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato  su
gracia el rey, ha burlado la persecucin de los archeros, y se ha
ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso seor obispo de
Eli, cincuenta marcos de plata al ingls noble  pechero que presente su
cabeza. Salud al rey!

Ester abri la ventana; no era ya un corto nmero de curiosos el que
segua el pregn; era una muchedumbre sombra y silenciosa, que preceda
y segua, llenando la calle en toda su extensin,  los archeros y al
heraldo.

--Ah! Dik, Dik mo! dijo Ester cerrando la ventana; oh! es necesario
hacer pedazos  ese miserable. Es un asesino!

Entonces Dik record una circunstancia que tena casi olvidada, su
hermano le haba dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un
despojo del patbulo. Entre sus gabilanes haba un blasn; aquel blasn
estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast haba
entregado al verdugo. Aquella cadena haba pertenecido un tiempo  Dik,
y Adam Wast no poda poseerla por otro medio que por Ketti,  quien el
joven la haba confiado. Un embrin de ideas surgi en la mente del
joven, y tras ellas presinti una historia terrible que tal vez era la
suya.

--Ester, dijo Dik  impulsos de estos pensamientos, conoces esta
espada?

Ester mir la espada que le presentaba, di un grito y exclam
aterrada:

--La espada de combate de Enrique II.

--Oh! grit Dik; era del rey Enrique II esta espada!

--S, la entreg  mi padre con un terrible secreto; secreto que jams
revel  nadie y cuya existencia slo s porque algunas veces me deca:

--Ester, esta espada es la reliquia de un mrtir; esta espada guarda un
secreto, y la desnudar slo quien deba vengar al rey. Ruega  Dios,
Ester, que nos devuelva  alguna persona  quien amamos.

Dik se estremeci, despus se levant con energa y dijo:

--Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta
espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

--Oh! tal vez! tal vez! Ahora recuerdo s, que mi padre te nombraba
algunas veces... oh! no te detengo, v... pero v tambin al festn de
Whitehall; te espero, quiero que me acompaes.

Dik fu  la puerta por donde haba entrado Ketti, y la llam; la joven
apareci en el umbral plida y agitada. Lady Ester, que haba olvidado
los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vi  la joven se
inmut.

--Esta mujer, dijo Dik  Ester notando su palidez y leyendo en ella un
pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario
que nada sospeche; y luego aadi alto: Vamos, Ketti, he hablado  tu
seora, y me ha ofrecido su proteccin.

El semblante de Ketti se anim, arrojse  los pies de lady Ester y bes
la orla de su vestido. Ester tuvo lstima de tanto amor.

--Vamos, dijo Dik  Ketti, es necesario que salgamos de aqu.

Dik y Ketti atravesaron el umbral de la puerta por donde haban entrado,
y al pasar por la sala de armas vieron esperando an en ella al hebreo
Saul.




VI

UNA TRAICIN INVOLUNTARIA


Dik arrastraba tras s  Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de
San James. Atravesaron  Westminster,  Walter-Streed, y deslizndose
junto  los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se
perdieron  travs del arrabal Sowttwark.

Ketti no saba adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik;
ni una sola vez record su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejn al fin del arrabal y llam 
una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contest,
pero el joven crey escuchar pasos leves en el interior.

--Abre, Robn, con una legin de diablos, grit; soy yo, Dik.

Un momento despus se abri la puerta, y apareci tras ella un jayn
alumbrndose con una tea.

--Ah! sois vos, capitn? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto,
que es difcil conoceros con ese ropn de seor... adelante... siento no
poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi ltimo vino,
que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me
quedaba le he vendido por un florn al hombre colorado.

Dik se estremeci; as era como nombraba el populacho al verdugo. Su
hermano haba buscado pan para l, y l se haba olvidado de su hermano.
Casi se avergonz.

--Hay alguien?

--Entre nosotros, capitn, el stano est lleno. Si no fuese porque
estn cien escalones bajo tierra los oirais. Con ellos est el hombre
colorado, que volvi furioso despus de haberse llevado mi pan. Ms de
una vez os he odo nombrar, y os esperan segn creo. Pero por San Dustan
os aconsejo que no bajis con esta paloma, aadi sealando  Ketti,
pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmut, y se cubri apresuradamente con su velo.

--Silencio, dijo Dik, est abajo Adam Wast?

--S.

--Pues bien, llvanos  otro aposento cualquiera.

Robn cerr la puerta y les precedi  travs de una escalera, diciendo
para s:

--Cspita no es la ocasin ms oportuna para burlar maridos, cuando es
necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robn abri una puerta
desvencijada, y los jvenes entraron en un miserable aposento  teja
vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tena algo de extrao.

Robn, que sin duda era algo hablador, se encarg, sin consultar la
oportunidad del momento, de referir  Dik una historia que sin duda
haba narrado un milln de veces  sus huspedes, porque es de advertir,
que aquella casa era una especie de taberna-mesn, donde la gente
perdida, las rameras y los estudiantes solan pasar las noches al abrigo
de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la crcel del
condado de Surrey,  en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los
encontraban vagando despus del cubre-fuego. Robn, pues, hizo notar 
Dik una cama de encina cubierta por un mal gergn y cerrada por unas
cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

--Vis todo eso, capitn? aadi tras su indicacin; en esos muebles se
ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto
morir  un rey.

Dik dispuesto  despedir de una manera brusca  Robn, pareci
interesarse en su cuento, y dijo con inters:

--Diablo! y qu rey era ese?

--Qu rey? Confndame Dios, capitn Dik, si no me habis hecho una
pregunta que me embaraza, porque yo no debo engaaros: cuando yo era
montero y vos mi capitn me habis salvado la vida.

--Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

--Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado
sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra,
equivala lo que ahora en Espaa el de Wamba), y he desfigurado una
historia que pas hace slo once aos.

--Luego ese rey era...

--Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levant del silln en que se haba dejado caer, y repiti con
sorpresa:

--Cmo! aqu en este miserable desvn ha muerto...

--S, hermosa nia, el padre del rey. Pero tened presente, capitn Dik,
que yo  nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compaera los
primeros que entris en este cuarto, que no sean un monje y yo.

--Y  qu viene aqu ese monje? pregunt con inters Dik.

--A rogar  Dios por el alma del rey muerto, y por la salvacin del rey
vivo.

--Luego conoca  Enrique II?

--Era su confesor.

--Y cmo se llama ese monje,  qu monasterio pertenece?

--Llmase!... lo ignoro; su rostro?... jams le he visto. Un da le
segu y le v entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atencin; cada palabra de Robn despertaba en
l un nuevo inters. Robn conoci que era escuchado, tal vez con ms
atencin que nunca, y sentndose sobre la cama call un momento como
preparndose para un largo relato; Dik crey oportuno sentarse, y se
coloc en uno de los sillones. Ketti, que slo pensaba en su amor,
maldijo en su interior al importuno hablador y se sent tambin.

--Vosotros, hijos mos, serais nios an, dijo Robn dndose toda la
importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atencin por
primera vez; s, muy nios, cuando acontecieron los terribles trastornos
del ao ochenta y tres; yo era ms joven, y pasaba mejor la vida...
Karl... mi buena Karl...

Dik se agit en su silln con impaciencia.

--Es necesario que os refiera esto, continu Robn notando el movimiento
de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena
muchacha de las montaas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba
como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovan en
mi gorra, y estbamos perfectamente; pero lleg un tiempo en que el pan
estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el
Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio
sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba ms que algunos miserables
pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro
baile eran intiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y
unmonos  alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

--Pero el rey...

--Paciencia, capitn, paciencia. Conocamos  otra bailarina escocesa, y
le propusimos que se uniera  nosotros.

Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y
estaremos juntos si vosotros aceptis mis condiciones. Soy amante de un
gran seor, y habris de tolerar que frecuente la casa. Ya vis,
capitn, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal
modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de
esto diecisis aos. Todas las noches, despus del toque de cubre-fuego,
un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da  otra
calle, entraba en esta habitacin por esa puerta; y Robn seal una
puerta pequea inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algn
tiempo despus nuestra amiga tuvo una nia. Pasaron algunos aos, y al
fin lleg el ochenta y tres. Fu un ao terrible; el pueblo, agobiado
por el hambre y los tributos, se rebelaba cada da contra el rey, y
Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y
Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se
declararon en abierta rebelin contra su padre, insurreccionaron el
Poit y la Normanda, y se presentaron  las puertas de la ciudad al
frente de un ejrcito. El rey se encerr en White-Tower; pero los
normandos asaltaron la torre indefensa, porque no haba un solo ingls
al lado del rey, ms que lord Macclair y el conde de Salisbury.
Entretanto los normandos robaban  Londres, los hijos traidores partan
el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primognito
Enrique el joven, pasaba  la carrera acompaado de sus dos ltimos
servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar
del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de
Surrey no se atrevieron  secundar la infamia  que haban ayudado los
del condado de Middlesex; se apiaron  la salida del puente, dejaron
pasar al rey y rechazaron  Enrique el joven. Fu un horrible combate;
los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos
normandos cayeron al ro. La clera de Dios cay sobre el hijo maldito;
las aguas se cerraron sobre l, y slo se abrieron para arrojar su
cadver en la isla de los Perros.

Robn call un momento como para observar el efecto que haba producido
en sus oyentes lo pomposo de su ltimo perodo.

--Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo
que no es tan claro es lo que pas por el rey antes de que su cadver
fuese depositado en Westminster.

--Cabalmente ese es el secreto, contest Robn con cierto misterio. Al
ver  los ms pacficos vecinos armados con partesanas, palos y picas,
corriendo hacia London-Bridge, cerr mi puerta, y corr  encerrarme con
Karl, en lo ms profundo del stano. Nuestra compaera estuvo en este
aposento, asomada tenazmente  la ventana,  pesar de haberla nosotros
invitado  ponerse en lugar ms seguro. Desde el fondo del stano oamos
los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la
noche. Luego sucedi un profundo silencio. Me aventur  subir, y nada
o: sub an ms, siempre el mismo silencio. Atrevme  llegar  esa
puerta para llamar  nuestra amiga, y mir por las rendijas. Sabis lo
que v? aadi Robn detenindose como para dar un tinte solemne  su
pregunta.

Dik se encogi de hombros.

--Pues bien, v al rey!

--Al rey! exclamaron  un tiempo Dik y Ketti.

--S,  Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un
flechazo, y espirante; junto  l estaban lord Salisbury sostenindole,
y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo tambin escuchaba
conteniendo mi respiracin; pero nada o, hasta el momento que el rey
grit incorporndose de repente:

--Perdonarlos! perdonarlos cuando ellos me han asesinado! no! no!
Maldito sea mi hijo Enrique! Maldito sea mi hijo Ricardo! maldito sea
mi hijo Juan!

--No los maldigis, seor, contest el conde; tal vez alguno de ellos
est ahora en presencia de Dios.

--Dios mo! exclam el rey, ha muerto Ricardo?

--Seor, no, observ lord Salisbury; es de presumir que no.

--Me engais, milord; me engais.

--Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, seor, perdonad al menos 
vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de
Sowttwark.

El rey di un grito y cay desmayado. Pocos momentos despus volvi en
s, y dijo con voz dbil  lord Salisbury:

--Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabis mi voluntad acerca de
ella, y mis proyectos hacia ellos; t, pobre mujer,  quien yo recog de
las calles de Londres, que has sido mi ltimo amor, acrcate y no
llores; toma, y la di un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo
es rey, dile que muero perdonndole con sus hermanos; que proteja  tu
hija, porque esa es la ltima voluntad de su padre moribundo. Despus
cay sobre el lecho, y un momento despus muri.

Robn haba callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el
lecho.

--Esa es la historia, dijo Robn; una historia muy triste en verdad,
que  nadie he contado hasta ahora.

--Pero aquella mujer... observ Dik.

--Qu mujer?

--La bailarina.

--Se volvi loca, huy y no la he vuelto  ver.

--Y cmo se llamaba?

Iba Robn  contestar, cuando se abri la puerta que comunicaba con la
escalera escusada que hemos indicado, y apareci una sombra en su
dintel.

--Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro,
demasiado habis dicho; y me place saber que un secreto de Estado est
en vuestro poder, maese Robn. Ser necesario poneros  recaudo, segn
creo. Caballero, cualquiera que seis, en nombre del rey, d  avisar 
los guardias de la Torre.

Dik,  quien este extrao personaje se haba dirigido, no se movi; pero
Robn, creyndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un
brazo con la fuerza de unas tenazas.

--Socorro! socorro! grit Robn con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tap su boca, pero ya era tarde;
oyronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la
puerta se abri, y entr Adam Wast; tras l venan los otros cinco
hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se present  la
vista de Adam Wast. Verla y arrojarse  ella pual en mano, fu obra de
un momento. Dik se interpuso, y arroj al furioso marido en tierra de
una puada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se torn
en un campo de batalla; el hombre del manto abri rpidamente la puerta
de escape, y di salida  Ketti, que cay desmayada en el primer tramo
de la escalera; Adam Wast se levant furioso y embisti  aquella
puerta; la espada de Enrique II luci fuera de la vaina junto al lecho
de muerte del mismo Enrique II, empuada por Dik; el hombre del manto
continuaba asiendo  Robn, que gritaba como un desesperado, mientras
los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometan en crculo 
Dik.

Justo era su renombre de _Espada-larga_; de una estocada tendi  John
Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caa por otro lado, abierta la
cabeza de una cuchillada; slo quedaban tres contendientes: Adam Wast,
Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se haba retirado  un ngulo, y desde all
mantena en un ancho crculo  sus adversarios. Tom Flavi esgrima de
una manera terrible su bastn; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arroj
en un momento en que crey poder herir  Dik, y se atraves en su
espada; Adam Wast luchaba como un len.

Oyronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik,
creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendi en una estocada, y
Tom Flavi cay para no volverse  levantar ms. La puerta se abri, y
llense el aposento de alabarderos del rey,  mejor dicho, del obispo
canciller; Adam Wast fu cogido por la espalda, y sujeto. Dik baj la
espada, no viendo enemigos  quienes herir.

--Qu es esto? pregunt  Dik el aldermen que mandaba la tropa.

--Qu puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando vis  un
caballero defendindose de cinco jayanes?

Adam Wast arroj una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen mir en derredor y vi cuatro cadveres. Dik busc  su
hermano intilmente; haba desaparecido.

El interrogado habl algunas palabras en voz baja al aldermen; ste se
despoj respetuosamente de la gorra, y dijo  los alabarderos.

--Esos hombres  la Torre.

Robn y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro
callado y sombro, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen,
cuando hubieron salido, pregunt al hombre del ropn:

--Os acompao, monseor?

Monseor indic al aldermen la puerta de salida; este salud y
desapareci.

--Maana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el
hombre negro  Dik, y desapareci por la puerta escusada.

Dik permaneci un momento pensativo, mirando los cuatro cadveres.

--Bah! deba suceder as; la canalla siempre pierde.

Despus tom la tea, recorri la casa buscando  Ketti, y no la
encontr. Luego sali de la casa y se dirigi lentamente  la de lady
Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibr,
irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.




VII

UN MOTN-UN FLORN POR UNA CABEZA


Al otro extremo de la calle, en una de cuyas tabernas acababan de tener
lugar los acontecimientos anteriores, oculto tras un guardacantn estaba
un hombre.

Era Godofredo, que como hemos dicho haba desaparecido durante la lucha;
estaba con el odo atento y la vista fija en aquella casa, de donde
haba huido no queriendo defender  su hermano en una causa que crea
injusta, ni pudiendo tomar parte contra l en favor de los hermanos de
la niebla.

Al ruido del combate, el populacho haba abandonado en tropel los
stanos de la taberna, creyndola invadida por archeros del Obispo; pero
vagaban  poca distancia, siempre prontos  huir ms lejos.

El ruido que surga de las ventanas de la taberna era atronador; muebles
que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una
ronda que pasaba entr, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante
rumor;  su entrada sucedi el ms profundo silencio.

Poco despus, parte de la ronda sala llevando presos  Adam Wast y 
Robn. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba
le aconteciese nada grato en la Torre, se haca el reacio, dando grandes
gritos y obligando  los alabarderos  comunicarle cierto deseo de andar
con el regatn de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin
intermisin, el populacho supo  ciencia fija que Adam Wast le
acompaaba  un calabozo de la Torre.

Hay momentos en que las turbas estn predispuestas al motn de una
manera formidable, y aqul, por desgracia, fu uno de ellos. Corrieron
como frenticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los
alabarderos y dando gritos, de los cuales, los ms pacficos, atentaban
 la cabeza del Obispo y de la reina regente.

En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccion, y el genio de los
motines extendi sus alas sangrientas sobre las turbas; los ms
atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al
llegar al aposento donde haba tenido lugar la catstrofe, un aullido de
indignacin sali de todas las bocas; los que no podan ver bien,
atropellaron  los delanteros; la muchedumbre carg sobre la
desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso
inusitado, se desplom.

No era necesario tanto para que el alboroto llegase  todo su
incremento: los parientes de los que perecieron  se estropearon en la
cada, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las
recientes desgracias  los gobernantes, que haban asesinado  los
cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron
en hombros los cadveres ensangrentados, y hallando la comunicacin de
la otra escalera salieron  la calle; y para que nada faltase  lo
terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los
derrumbados, prendi en el tablazn del suelo, y muy pronto la luz del
incendio brot sobre la vieja techumbre de pizarra, invadi las casas
vecinas y se levant gigante y roja sobre Sowttwark.

Difcil hubiera sido entonces querer contener el motn; las turbas
corrieron llevando en hombros los cadveres ensangrentados, y se
lanzaron  London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la
poterna de las torres que en aquel tiempo defendan el puente, pero en
vano; las piedras y los proyectiles de todo gnero, lanzados contra ella
por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron  cerrar
la del otro extremo, que fu forzada tambin. La turba penetr en el
cuartel de la Torre, y llen la plaza de Tames-Streed.

Estacionse all, invadiendo la parte superior de Tower-Hill,
tendindose  lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca
de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.

Los gritos eran cada vez ms sediciosos.

--Abajo el Obispo! abajo la reina! muera el justiciero Huberto!
clamaban unos.

--Pan! pan! fuera tributos! gritaban los ms.

--Que suelten  Adam Wast! que suelten  Robn! gritaban los
cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que haban
sido pagados, y que llevaban en hombros los cadveres de los cuatro
hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardan multitud de hachas.

--Ingleses!--grit un estudiante de derecho, subindose sobre los
andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron
colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y
de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacan visibles
 la multitud;--ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido
vertida por los tiranos. Ingleses! su sangre pide sangre! Vamos por
las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.

Reinaba el ms profundo silencio; silencio de horror, causado por la
exposicin de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fu oda
en todo el mbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no
cesaron.

El pueblo nunca profundiza: al ver los cadveres, persuadise que haban
sido inmolados por los archeros, y la indignacin lleg  su colmo.

Era un espectculo solemne.

La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro
torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo
Toms, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros,
reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba
su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de
Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofreca la vista de un
revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales
apareca un mohn de amenaza; adase  estos gritos rabiosos, pedradas
arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los
venablos de los archeros que la defendan, y se tendr una idea inexacta
del cuadro.

Entre tanto la gran campana de White-Tower lanz al espacio, vibrando
sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego,  que
contest perdindose  lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.

La multitud bram con ms fuerza. El estudiante subido en el andamio
hizo un ademn de silencio, que fu obedecido  medias, y grit poniendo
en grave peligro sus pulmones:

--Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que
sern muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen  Adam
Wast y  Robn; es...

La voz del estudiante ces de repente; su cuerpo bambole un momento, y
cay en fin, manchando de sangre  los que se apiaban  sus pies. La
situacin se haca cada vez ms irritante; el asalto de la Torre se
formaliz entre las voces de:

--Mueran los infames! Que suelten  Adam Wast y  Robn!

La fatalidad se encarg de ennegrecer la situacin de Adam Wast; haba
sido preso por una causa independiente de alboroto,  indudablemente, 
no haber ste tenido lugar, su situacin hubiera sido desesperada.

Un hombre solo haba que no gritaba, envuelto en una larga capa, en
medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorra las turbas
buscando la decisin en todos los semblantes, mostrando en el suyo una
marcada expresin de disgusto. Cuando la multitud se lanz al borde de
los fosos de la Torre, este hombre se dirigi al collado de ella
murmurando  media voz:

--Esos locos rabiosos dejarn los dientes en la coraza de piedra de la
Torre, y  no dudar, maana har falta mi presencia en ella. Es
necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto lleg  la horca, abri el postigo que ya conocemos, entr
y encendi una tea: era Godofredo que haba seguido  la multitud desde
Sowttwark: una vez all, tom un hacha y un saco, apag la luz, sali y
se dirigi  All-Hallow-Barkurg, deslizse junto  los muros de la
iglesia, y entr en el cementerio al mismo tiempo que un carro de
apestados.

--Ola, maese Tomi, dijo Godofredo  un hombre que, apoyado en el dintel
de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de
Tames-Streed; cuanto queris por dejarme elegir una cabeza entre esos
cadveres?

El interrogado se torn  Godofredo y le mir con extraeza.

--Qu cunto quiero, habis dicho, por una cabeza apestada! Por san
Dustan! y para que necesitis eso?

Godofredo no contest; meti la mano en el bolsillo y sac uno de los
florines que no haba podido repartir, interrumpido por el incidente de
la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de
palabras intiles, pues contest  la entrega del florn que guard:

--Enhorabuena! entrad; necesitis que os ayude?

--S, traed una luz.

El guardin de los muertos volvi  poco con una tea, y sin decir
palabra, empez  andar, indicando  Godofredo que le siguiese por la
entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta
extensin, y se encontraron en un subterrneo espacioso, de bvedas
bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmsfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de
los pilares haba multitud de cadveres desnudos y hacinados.

--Dnde estn los de hoy? pregunt Godofredo.

El hombre de los sepulcros,  mejor dicho, de las sepulturas, pas algo
adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el nmero
de cadveres era excesivamente mayor que en los restantes.

--Mucho aflige Dios  Londres, dijo para si Godofredo, y luego aadi
alto dirigindose al sepulturero:--Alumbrad.

El sepulturero alumbr impasible uno tras otro el semblante lvido de
ms de veinticinco cadveres.

--Basta, dijo Godofredo, que haba examinado con escrupulosa atencin
cada uno de ellos; ste me conviene, y seal un hombre de mediana
estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agona, marcaba la edad de
treinta y cinco aos.

Lo que sucedi despus fu obra de un momento; desembozse, mostrando 
los atnitos ojos del sepulturero su traje colorado; asi el cadver por
los cabellos, le tendi sobre el suelo, y de un solo golpe le cort la
cabeza, que guard en el saco. Despus se envolvi de nuevo en la capa,
y desapareci. El sepulturero rompi por esta vez el silencio.

--Cspita! dijo; qu bruja ser la querida del verdugo?

Cav un hoyo, enterr el tronco mutilado, y torn al dintel del
cementerio y  su pasiva observacin.

El tumulto de Tames-Streed segua en toda su fuerza.




VIII

UN INSTRUMENTO ROTO


Retrocedamos.

Dos horas antes de los acontecimientos que acabamos de describir,
dejamos al judo Saul  Agiab esperando an en la sala de armas de la
casa de lady Ester,  tiempo que Ricardo Espada-larga sala con Ketti en
direccin  Sowttwark.

Tiempo es ya de que nos ocupemos de este personaje, que paseaba
impaciente por delante de la puerta que de una manera tan descorts le
haba sido cerrada por la insolente domstica, que haba introducido un
hombre  quien l, segn veremos, tena poderosos motivos para
aborrecer, en el retrete de una mujer que adoraba.

Quien haya conocido el amor en toda su extensin, podr formar una idea
exacta del furor del israelita; adase  esto que al que nos ocupa le
haba cabido en suerte, al nacer, una de esas irresistibles propensiones
de dominio y de orgullo, con un carcter  propsito para adoptar
cualquier medio, por deshonroso  criminal que fuese, una vez herido en
sus pasiones.

Nada ms cruel, nada ms implacable que un hombre que ama y se cree
amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor slo est de su parte;
que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se
encontraba Saul cuando pas delante de l el orgulloso y afortunado
_Espada-larga_.

La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de
Salisbury haba quedado abierta; Saul la empuj, y antes de levantar el
tapiz, observ, oculto tras sus plegaduras,  Ester.

La joven permaneca abandonada en el silln, pensativa y replegada en s
misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante
estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por
cuatro aos de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba
de una manera enrgica en sus ojos; que se revelaba en la agitacin de
su hermoso seno.

El israelita no pudo sufrir ms, y se present de repente, adelantando
mudo y mesurado hacia Ester, que no repar en l; Ester soaba
despierta.

Un momento permaneci Saul inmvil, con la vista fija devorando  la
joven; al fin dijo en un acento que el furor haca trmulo:

--Milady: Dios os bendiga!

Ester volvi en s al sonido de aquella voz, y frunci el soberbio
entrecejo al ver  Saul; pero aquella expresin de un marcado disgusto
fu reemplazada instantneamente por una glacial y reservada
indiferencia.

--Que Dios os proteja, Saul, contest volviendo  su silencio.

Jams haba sido recibido el judo de un modo tan extrao; siempre haba
encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una
mirada afectuosa de ella haba contestado  su mirada de amor. Saul
conoci que se hallaba colocado en una posicin ambigua.

--He venido, seora,  ofrecerme  vos como acompaante para el festn
de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre s.

Ester no contest; segua abismada en su meditacin. Saul se mordi con
furor el labio inferior devorando un rugido. Despus, olvidando la
prudencia, se desbord.

--Parceme, seora, dijo, que mi posicin respecto  vos es hoy
enteramente distinta de lo que era ayer.

--Quin habla as delante de m? exclam lady Ester levantndose en un
ademn tan soberbio, que hizo retroceder  Saul; quin se atreve 
entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

--Yo! contest con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho,
si no con ms, que quien acaba de salir de l.

--Miserable judo! grit lady Ester sin cuidarse de ser escuchada;
perro infiel,  quien yo he admitido  mi presencia como se admite un
bufn  una bailarina!... habais llegado  creer, miserable, que la
hija de mi padre haba fijado su atencin en t, mas que como en un
objeto de diversin? que te haba igualado  un buen caballero, 
Espada-larga, hermano de armas de Corazn-de-Len?

--Es decir,  un soldado de fortuna,  un hombre encontrado en su
infancia en las gradas de Westminster? Y por qu no? Porque soy
judo, porque pertenezco  una gran nacin, que no tiene otra mancha que
haber sido vencida? Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una
noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los mos. El
nombre de Saul est escrito con letras de oro en la historia de mi
pueblo. Y luego, no debirais desdearme, porque si yo soy judo, juda
sois vos, porque era juda vuestra madre.

--Mientes! miserable, como miente un judo. Quieres saber por qu yo
he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? Sabes por
qu yo he consentido que alientes una esperanza hacia m?

--Vuestro padre haba desaparecido, haba muerto tal vez, y querais
vengarle; yo os vi hermosa como las vrgenes de mi pueblo y noble y
grande como las heronas de nuestra historia. Fuisteis para m un tesoro
de recuerdos perdidos, una ambicin gigante, un sueo eterno y apenador.
Para llegar  vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era
rico, y arroj el oro con largueza. Por el padre Abraham, seora! Esos
orgullosos lores y barones me admitieron entre s, porque mi oro
entraba  manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de
Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que deba destronar 
Ricardo y colocar en su trono  Juan-sin-tierra. Era necesario comprar 
un precio exorbitante la traicin de esos rancios nobles cristiansimos,
y el judo infiel derram profusamente su dinero  trueque de ser
admitido  sus festines y  sus cabalgatas, donde sola veros alguna
vez. El conoceros, seora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos
lo debo  la casualidad.

La joven callaba con visibles seales de disgusto.

--Mi amor no os fu desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, seora,
porque os convena. Sospechabais que vuestro padre haba sido muerto por
el rebelde Obispo de Eli,  quien en vez de mostrar odio mostrasteis
amor. El Obispo es un imbcil, y crey que le amabais. Vos le
esplorsteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro
padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: Es necesario que
este hombre muera; buscar un enemigo poderoso  implacable... Dios me
arroj entonces junto  vos; lesteis en m un amor loco, sin ms
ambicin que vos, intenso lo bastante para doblegarme  servir vuestra
venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: Necesito la vida
del Obispo, yo os hubiera trado su cabeza; pero os guardasteis bien de
hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse  otro sacrificio, y vos,
pensadora ms de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino ms
largo pero ms seguro. Alentsteis mi amor, lo elevsteis hasta la
locura, y cuando le vsteis bastante empeado para ser indomable, lo
hersteis, seora, desdendome por el Obispo. Los celos surgieron del
fondo de mi alma, y ansi matar al Obispo. Vos sabais demasiado que
esto deba suceder. Pues bien, escuchad: os ese rumor lejano que se
pierde en direccin del cuartel de la Torre?

Ester, hasta entonces indiferente y glacial, escuch un momento de una
manera casi involuntaria.

En efecto, perdidas en el silencio, llegaban hasta all las voces del
motn de Tames-Streed; el judo abri la ventana y dijo:

--Mirad, milady; veis aquel resplandor rojizo que se levanta sobre
Sowttwark? Es un incendio. Y sabis qu pide ese pueblo que incendia y
grita? La cabeza del canciller, de Eleonora y de Juan-sin-tierra.

Ester di un grito de alegra y se arroj  la ventana, junto  la cual
estaba Saul. El incendio haba crecido de una manera horrorosa; el
arrabal de Sowttwark era una inmensa hoguera; sus habitantes, arrojados
de l por las llamas, exasperados por las prdidas que les ocasionaba el
incendio, haban corrido frenticos  engrosar el tumulto, y sus gritos
se elevaban, subiendo como un alarido infernal  la misma altura que las
ms elevadas aristas del incendio; las tinieblas haban cedido  su
resplandor, y un rojizo reflejo inundaba  Londres, al Tmesis y  los
campos, iluminando al par la ventana sobre cuya balaustrada adelantaba
Ester su cabeza con la misma expresin de cruel alegra que debi
pintarse en el rostro de Nern al ver  sus pies  Roma convertida en
una hoguera.

Ester lea harto claro su venganza en aquel terrible motn, y gozndola
de antemano, estaba ms hermosa que nunca, con toda la terrible grandeza
de su belleza, valiente, audaz, devorando en una ojeada aquel aterrador
panorama. Saul se sinti desfallecer; su amor lleg al frenes, y su
brazo atrevido rode la esbelta cintura de la joven.

Su primer movimiento al sentirse asida fu una explosin de orgullo
indomable, inmenso, que aterr  Saul, hacindole caer de rodillas  sus
plantas.

--Salid, miserable! grit la joven; salid,  os mando apalear por mis
esclavos.

--Ester, perdn! grit desesperado Saul; perdn! Yo te adoro, y
prefiero morir  provocar tu enojo; desdame, insltame, pero no me
arrojes de tu lado.

--Salid, repiti Ester cada vez ms implacable, mientras Saul se
arrastraba  sus pies.

--Ama  Ricardo, dijo el judo con voz desfallecida; male, pero djame
que te vea; yo ser tu esclavo, el suyo...

--Salid! grit con doble furor Ester.

--Pues bien, no saldr, dijo el judo levantndose con energa; llamad 
vuestros esclavos, llamadlos si os atrevis.

Ester se dej caer fatigada sobre el silln.

--Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompis cuando no os
sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.

--Sois un miserable, Saul, y me obligaris  dar un escndalo en mi
casa.

--Escndalo por escndalo; no saldr de aqu sin haberos deshonrado,
dijo el hebreo yendo  cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel
momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar  su servidumbre,
un hombre entr en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha
ech atrs, dejando ver un semblante anciano y venerable.

--Parece que he llegado  tiempo, hija ma, dijo el nuevo interlocutor.

--Ah! padre mo! bien venido sois siempre! Dios os enva!

Saul qued inmvil como una estatua junto  la puerta que haba ido 
cerrar.

--En cuanto  vos, seor Agiab, haris bien de poneros en salvo y ver si
podis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue 
vuestra casa.

Sea que el judo temiese verdaderamente por s, sea que aprovechase
aquella oportunidad para salir de una posicin difcil, desapareci por
la puerta ms cercana, arrojando una mirada desesperada  Ester.

--Tengo que hablarte, hija ma, dijo el anciano cuando quedaron solos.

--Os escucho, padre mo, contest Ester.

--No, aqu no; pudieran oirnos.

Lady Ester tom la lmpara que arda sobre la mesa, y sali del retrete
acompaada del anciano.




IX

UNA SORPRESA


Me podris decir, Surrey, qu resplandor es ese que se levanta sobre
Sowttwark? Han enloquecido los ingleses,  adivinado nuestra llegada
alumbrndola con el incendio?

Quien haca esta pregunta  lord John Surrey, conde de Surrey, era el
mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un
mstil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razn  lo lento
de su marcha.

Cuatro horas haban trascurrido desde entonces, y al fin la galera
llegaba al muelle de London-Bridge.

En la cmara de la galera haba cuatro personas. La que haba
interrogado  Surrey, era un hombre de cuarenta y dos aos, de aspecto
severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas.
Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque
membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto  l haba otro
personaje, plido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el
conde de Exes; y ltimamente, un segundn de la casa Nortumberland,
joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ngulo
de la cmara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en
el pecho.

-- Por San Jorge! milores, dijo el hombre que haba interrogado 
Surrey, hemos llegado, y haramos bien en ponernos los arneses. Parceme
que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la
cmara, y la cieron al que haba hecho aquella prudente observacin.
Despus se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro
hasta los ojos, el primero tom un pendn rojo, se dirigi  la puerta y
dijo:

--Ola, maese Sult; haced que la galera aferre  la orilla, que se eche
un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fu obedecida al momento, y poco tiempo despus los cuatro
jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla
flanqueado por dos torreones.

--Un quin va? lanzado desde las almenas, fu contestado por la robusta
voz de uno de los cuatro.

--Inglaterra! grit.

Hundise el ballestero tras las almenas, y poco despus cay rechinando
el rastrillo sobre el foso. Un capitn seguido de cuatro ballesteros se
adelant  reconocer  los que llegaban.

--Quines sois? les pregunt.

--Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitn adelant y el hombre atltico volviendo la grupa de su
caballo  los archeros, se levant la visera y dej ver su rostro al
capitn. Este se descubri apresuradamente.

--Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, aadi
aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitn obedeci. Los cuatro jinetes, precedidos del capitn,
pasaron el rastrillo, que volvi  caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban  su
colmo.

--Por qu gritan de esa manera, capitn? qu hacen los archeros que no
dispersan  esa insolente multitud?

--No tenemos orden, seor.

--Y qu hacen el canciller y el prncipe Juan?

--Conspirar.

--Capitn!...

--Conspirar, seor.

--Ola! esto es serio, observ el hombre que as interrogaba, lanzando
una mirada desde el collado de la Torre, adonde haban llegado, sobre
Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina
regente, el prncipe, el canciller y el Justiciero; oid cmo piden sus
cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este
tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

--Viva el rey Juan, abajo los tributos.

--Viva el rey Ricardo, grit otra voz que domin las dems como el
trueno domina los mugidos del huracn.

--Por San Bridge! exclam el caballero que observaba sobre la colina;
as Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente _Espada-larga_.
Capitn, volved  vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. A
Tames-Square! Adelante mi pendn!

Surrey pic el caballo, llevando desplegado un pendn rojo; tras l
aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto
rompieron  cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square;
por la parte opuesta, un hombre solo  caballo, sin ms armas que una
espada, rompa por medio de la multitud hirindola y gritando:

--Viva el rey Ricardo!

--Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguan al
hombre atltico, que hera  diestro y siniestro, haciendo silvar en
torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los
cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su
yelmo se vea una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un
blasn con un len rapante en campo de oro.

--Quin se atreve  llevar en Londres arns y pendn real? grit un
jayn fornido, encarndose al de la armadura dorada.

El preguntado se levant la visera, y dej ver  la luz de los hachones
que le rodeaban su severo semblante.

El jayn cay de rodillas.

--Salud, seor, dijo, y luego levantndose grit arrojando su gorro al
aire: Viva el rey! el rey ha vuelto! el rey est en Londres!

--Ese no es el rey, grit una vieja. Ricardo Corazn-de-Len no volvera
de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. Viva el rey Juan!

--Adelante, milores, adelante, grit el de las armas doradas; yo
ensear  esos traidores  que conozcan  su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se haba
agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un
centenar de hachas.

--Es el rey, grit el jayn deteniendo,  pique de ser atropellado, el
caballo de Ricardo Corazn-de-Len (que l era en fin); es el rey. No
hay quien lo reconozca entre tantos?

--S, s, gritaron un millar de voces: Viva el rey!

Corazn-de-Len se levant sobre los estribos y extendi su brazo
armado en un imperioso ademn de silencio; la multitud call como por
ensalmo, distrada de su objeto anterior por otro nuevo.

--Qu hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? grit
Corazn-de-Len en una voz que se dej oir de todos; por qu incendian
mi corte y asaltan mi castillo?

--Pan, seor, pan! grit el pueblo en coro.

--Abajo los tributos!

--La cabeza del Obispo!

El tumulto volva; algunas voces sin eco gritaron:

--Viva el rey Juan!

--Corazn-de-Len perdi la paciencia.

--Silencio, digo! grit amenazando  la multitud con su hacha de armas,
que call  este ademn volviendose toda oidos. Silencio y plaza al
rey! Que el pueblo elija una diputacin, y que esta diputacin se nos
presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. Adelante,
Surrey, adelante mi pendn!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelant por medio de las
turbas, que abran calle, y la escasa comitiva real lleg al rastrillo
de la fortaleza; en aquel punto _Espada-larga_ plant su caballo junto
al del rey, que al verle le tendi la mano estrechndosela como se la
hubiera estrechado  un hermano.

A la vista del pendn real, el rastrillo de la Torre se levant dando
paso al rey,  _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerrse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre
multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver 
Corazn-de-Len. Las cncavas bvedas de la Torre geman al eco de las
aclamaciones de los soldados, que llegado el rey  la sala del Consejo
se agruparon  la puerta.

Corazn-de-Len adelant hasta el trono, subi sus gradas y ocup la
silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodebanle en lugar
preferente Ricardo _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland; ms
all los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

--Quin es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso;
quin es el lord condestable de la Torre?

--Yo, seor; contest temblando un anciano que se adelant.

--Ah! sois vos, Apsley! exclam el rey cada vez ms severo; porqu
habis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi crcel y mi
castillo?

--No tena rdenes, seor.

--Y de cundo ac se necesitan rdenes para contener un tumulto que
rompe los lmites de la ley y aterra  los buenos y pacficos habitantes
de un pueblo?

--Me he expresado mal, seor, contest cada vez ms trmulo Apsley; deb
haber dicho que tena rdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

--Es decir, traidor, contest el rey levantndose con ira, que me
vendas?

--Seor, vuestra madre, regente del reino por vos, responder de esa
orden.

--Y te ordenaron tambin que permanecieses impasible aun cuando se
gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre 
Esex: Esex, encierra en el calabozo ms profundo de la Torre del Traidor
 Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron  esta orden.

El rey se adelant al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

--Hay alguno que se oponga al rey? grit.

Un silencio profundo fu la respuesta; Corazn-de-Len slo vi rostros
adictos. Apsley fu conducido  la Torre del Traidor.

--Esex, continu el rey; id al rastrillo  introducid  la diputacin
del pueblo cuando se presente  nuestra presencia.

Esex sali.

El rey continu:

--Vos, Ricardo, marqus de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el
rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

_Espada-larga_ dobl la rodilla y bes la mano  Corazn-de-Len. El rey
le alz y dijo:

--Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compaero en el
cautiverio, el rey os entrega su pendn real, que llevaris junto  l
en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, aadi dirigindose 
Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos
procedis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareci en la puerta de la sala, seguido de
algunos hombres del pueblo.




X

MEDIDAS PREVENTIVAS


Aquellos hombres que haban gritado en la plaza; que haban arrojado
piedras  la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que
tena por cetro un hacha de armas y la corona ceida sobre un yelmo de
guerra, temblaron, no atrevindose  dar un paso; fu necesario que el
rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante
el trono, permanecieron mudos.

--Qu queris, pues? les pregunt el rey.

--Justicia, seor, contest uno de ellos, para vuestra buena y leal
ciudad de Londres.

--Quin se ha negado  hacer justicia  nuestra buena ciudad?

--La reina, seor, y el Obispo de Eli.

Frunci el gesto Corazn-de-Len.

--Tenemos hambre, seor.

--Y bien, qu he de hacer yo  eso si no me indicis los medios de
satisfaceros?

--Seor: los nobles y los eclesisticos han comprado todo el trigo para
ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

--Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las
abadas de los clrigos.

--Pero nos ahorcarn, seor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra
gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos  ellos.

--Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendr que batirse
antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio,
pobre y desnudo como el hijo prdigo; de manera que os ha costado
trabajo reconocerle; vuestro rey no posee ms que su hacha y su caballo.
Sabis si el rey tendr pan esta noche?

--Viva el rey! grit la diputacin popular, aplaudiendo de aquella
manera su ltimo perodo.

--Pues bien, seor, contest el que hablaba en nombre del pueblo; si el
rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para
el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno
del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dndole parte del
fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazn-de-Len se conmovi; levantse del
trono, arroj el hacha de armas, y despojndose de su cadena de
caballero, le dijo entregndosela:

--Toma, y presntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que
empea en su favor Corazn-de-Len; dile que su hambre cesar; que sus
tributos se moderarn; que el rey, adems, le hace libre de ellos por un
ao. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le
basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado,
por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark
est incendiado, y hacen ms falta all que apedreando intilmente la
Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

--Queris ms? aadi el rey frunciendo el entrecejo.

--Seor, se ha vertido sangre inocente...

--Denunciad al causante.

--Es el Obispo canciller, seor.

--Se le reducir  prisin y se pondr en juicio.

--Adam Wast y Robn han sido presos esta noche porque reclamaban los
fueros del pueblo.

--Se pondrn en libertad.

--Pues bien, seor; si lo hacis as, Dios os salve.

La diputacin sali, dejando solo al rey con sus caballeros.

Corazn-de-Len abandon el trono, y empez  pasear pensativo  lo
largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; slo se
oa el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.

--Cuntos hombres de armas defienden la Torre? pregunt Corazn-de-Len
 uno de los capitanes.

-Quinientos, seor, contest el capitn.

-Y cuntos capitanean  esos hombres?

-Cinco, seor.

-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow,  quien veo ocultarse
desde que entr, tras Kewin, que an no ha levantado los ojos del suelo,
y ms all Sunders y Remi. Sabis mis valientes capitanes, aadi
despus de una pausa el rey con acento profundo, que trascendis
fuertemente  traidores?

--Seor! balbuce Smitt.

--Si no me engaan mis recuerdos, dijo el rey dirigindose  los
soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Parceme que estos
valientes son los mismos buenos normandos  quienes dej en guarda de la
Torre; pero recuerdo tambin que eran otros sus capitanes. Eh! t,
Glow, mi buen archero, que se ha hecho de los caballeros que dej 
vuestra cabeza?

El archero adelant un paso.

--Estn presos, seor, contest.

--Ola! dijo el rey dirigindose  Espada-larga; milord guarda-sellos,
mandad buscar al llavero de la Torre.

--Aqu estoy, seor, contest un hombretn adelantndose.

--Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

--Las tengo aqu, seor, contest el hombre haciendo sonar un pesado
manojo que penda de su cintura.

--Pues gua, dijo el rey; capitanes, acompaadme; y vos, Ricardo, aadi
dirigindose  Espada-Larga, tomad cien archeros,  id  aseguraros de
las personas del Obispo de Eli y del prncipe Juan; para evitar
resistencia, tomad esta cdula firmada por nos y sellada con nuestras
armas.

Diciendo esto, escriba en un pergamino y le sellaba con su anillo.

Espada-larga tom la cdula.

--Pero aqu, seor, se manda prender al gran justiciero y al lord
guarda-sellos.

--Hacedlo pues.

--Y se comprende al prncipe Juan en esta clusula: muertos  vivos?

Medit un momento el rey.

--Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si
apela  la fuerza, sujetadle vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien
pueden aherrojar  un len. En cuanto  los dems, sin piedad.

Espada-Larga tom cien archeros, y se dirigi  Whitehall.

--Y vos, Surrey, continu el rey, buscad los heraldos reales, que deben
estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendn 
Cheapside, y proclamad  son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de
Inglaterra.

Surrey tom el pendn, y sali.

--Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.

El llavero rompi la marcha, llevando una antorcha, segua el rey,
siempre con su hacha de armas, junto a l a alguna distancia a la
izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompaamiento los
cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados
donde estn los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de
ellos, y abri; el rey penetr solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levant un
hombre, plido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

--Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

--Cmo os llamis? pregunt el rey.

El interrogado no contest: estremecise, psose una mano delante de los
ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y
fij su vista en el rey; un momento despus cay de rodillas.

--Es vuestra gracia, seor, dijo, quien baja a mi sepultura,  es
vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido
los traidores?

--Cmo os nombris? insisti el rey.

--Guido de Richemont, contest el preso.

--Cunto tiempo hace que estis aqu?

--No lo s, seor; la oscuridad y la desesperacin no tienen horas,
das, ni aos. Slo recuerdo que fu preso dos meses despus de la
partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

--Quin os mand prender?

--El Obispo de Eli, seor.

--Os juzgaron?

--No, seor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a
reconocer por vuestro sucesor al prncipe Artus de Bretaa.

--Y a quin entregsteis vuestros hombres de armas?

--Al capitn Smitt, seor.

--Smitt? exclam el rey volvindose a la puerta.

Smitt adelant plido como un cadver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitn Guido de
Richemont.

Smitt obedeci.

--Capitn Guido, aadi el rey; nos os declaramos libre y os hacemos
nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaris aqu hasta que os
juzgue mi Consejo.

--Seor, perdn; grit Smitt arrastrndose  los pies del rey.

--Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerr; el rey adelant cual si no oyese los gritos
desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetr el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos
tuvo lugar una escena semejante  la anterior. Slow, Kewin, Sunders y
Remi, entregaron sus espadas  otros tantos capitanes adictos al rey,
que haban sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron
encerrados en su lugar.

El llavero sigui adelante, y abri la puerta de una inmensa mazmorra.

--Quin est aqu? pregunt el rey.

--Monederos falsos, seor, contest el llavero; sacrlegos 
incendiarios.

--Cierra, y adelante.

El llavero obedeci, detenindose  la puerta de un nuevo calabozo.

--Y estos presos, quines son? dijo el rey viendo dos sombras en un
ngulo.

--Un abogado llamado Adam Wast, seor, y un tabernero de Sowttwark
llamado Robn.

--Ola! los causadores del alboroto. No tenis nada que pedir? les dijo
el rey.

Adam Wast no contest; Robn se arroj  los pies de Corazn-de-Len, y
exclam:

--Perdn, seor! y revelar  vuestra gracia secretos que tal vez le
aseguren en el trono.

--Y qu me revelarn esos secretos?

--Traiciones, seor.

--Salid.

Robn sali, y  una sea del rey fu cercado por los archeros; el
calabozo volvi  cerrarse, y Adam Wast lanz un rujido el ngulo en que
se haba replegado.

--Quedan muchos presos?

--Este solo, seor, contest el llavero abriendo otro calabozo.

El rey entr: un hombre anciano dorma tranquilamente sobre un montn de
paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en
el pavimento, despert y se incorpor.

--Qu es esto? dijo; han entrado los rebeldes en la Torre?

--Cmo os nombris? pregunt el rey.

El preso se puso en pie.

--Stek, contest.

--Por qu estis preso?

--Porque el Obispo de Eli se empe en creer que no se haba derramado
sangre en el calabozo donde muri el conde de Salisbury. As Dios me
salve, monseor se engaaba; yo haba lavado la compuerta despus de la
ejecucin.

--Luego sois verdugo?

--No, seor; era llavero de la Torre del Traidor.

--Salid; el rey os declara libre.

--Qu rey? pregunt Stek sin moverse.

--Imbcil! grit Nortumberland; qu rey puede ser ms que su alteza
Ricardo I de Inglaterra?

--Perdn, seor, exclam Stek arrojndose  los pies del rey; la
desesperacin y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.

--Alzad, dijo el rey. Y t, que has guardado  mis buenos servidores,
aadi dirigindose al llavero, ser bien que  tu vez seas guardado.
Entrega las llaves  Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de
Estado.

El archero  quien se diriga Corazn-de-Len asi las llaves, 
inaugur su nuevo destino encerrando,  pesar de sus gritos, al
destitudo llavero.

Tras esto, el rey sigui en paso rpido adelante al travs de aquellos
sombros subterrneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se
detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow busc entre las llaves
la de aqulla, y abri: el rey subi algunos escalones ms, entr en un
pequeo recinto de bveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir
otra puerta, y penetr en un saln octgono, con techo de ensambladura
recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las
puertas, las ventanas pertenecan al gusto de la arquitectura normanda;
una gran chimenea en que caba una encina entera, mostraba an ceniza y
restos de troncos consumidos. En el centro de la cmara, haba una
pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un
enorme silln recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un
gigante escudo herldico con la divisa de los Plantagenet: un len
rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo gnero se
presentaban por doquier  la vista, y llamaba asimismo la atencin un
colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenan la
legislacin inglesa, la normanda su madre, las crnicas de Inglaterra, y
artes de caza y de guerra. Frente  la puerta por donde penetr el rey,
haba otra mayor que comunicaba  una antecmara; en ella desembocaba
una escalera que naca en un portal situado en un terrapln, al cual
correspondan las dos nicas ventanas de la cmara; en sta, frente 
las ventanas, haba un retrete abierto en el muro, y dentro de l un
lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cmara, cuyos accesorios
hemos descrito, con un calabozo debajo y un terrapln encima, formaba el
conjunto de la torre de Roberto el Diablo.

Sea que su denominacin agradase  la imaginacin romancesca de
Corazn-de-Len, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por
resultado que le serva de morada el poco tiempo que la guerra le
permita estar en Londres.

Corazn-de-Len arroj una rpida mirada en torno de su estancia
favorita. La encontr exactamente como la haba dejado cuatro aos antes
para ir  la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su
viejo tintero de hierro, en que el cincelador no haba olvidado su real
blasn; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrera
abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de
abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo aadirse sendas
colgaduras fabricadas por las araas.

Todos se haban detenido  la puerta de la estancia real, escepto
Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de
Glow.

El rey se dej caer sobre el silln, y puso sus dos manos sobre la
empolvada mesa, como tomando posesin de su cmara; Nortumberland
permaneci de pie.

--Y bien; he aqu que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la
ayuda de Dios, como ahora somos dueos de la Torre, dentro de una hora
lo seremos de Londres y maana de Inglaterra. Ira de Dios! bien
aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por
el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano
se disputan ya mi corona. Por San Dustan, amigos mos! sed menos
impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.

Luego aadi tras una corta pausa:

--Que entren esos buenos servidores.

--Ola, capitanes, grit Nortumberland, su gracia os llama.

Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.

--Levantos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceo
natural.

--Seor! murmur Guido.

--S, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estbais privados del
aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo ms profundo de
un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y
bien, que gracia peds al rey?

--Serviros y defenderos, seor, dijeron  una voz los cinco.

--Y no tenis nada que pedir contra vuestros enemigos?

--Nada, seor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.

El rey hizo un ademn con la mano, que poda interpretarse por la frase:
Ya nos veremos.

--Pero observo continu el rey, que estis econmicamente vestidos;
temblis de fro, mis buenos amigos. Ola! Glow, ve  ver si encuentras
por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja
servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi
guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.

Glow parti como un venablo.

--Ahora bien, Guido, prosigui Corazn-de-Len, recuerdas cmo se haca
mi servicio y el de la Torre?

--S, seor.

--Y te atrevers  jurar que de esos quinientos hombres de armas
normandos nos son adictos diez?

--Seor! exclam un soldado que al parecer oy estas palabras, asomando
la cabeza  la puerta donde se haban detenido; seor! los normandos no
reconocen mientras vuestra gracia viva otro seor natural, ni rendirn
pleito homenaje ms que  Corazn-de-Len, duque de Normanda.

--Ola! grit el rey; eres t, Ralf! Guido, no os olvidis de mandar,
se apliquen  ese tuno veinticinco azotes.

Ralf retir precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en
quejarse del castigo que el rey impona  su atrevimiento.

--Ya lo os, seor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.

--Pues bien; id  mi guarda-ropas, y que os den vestidos; despus
traedme esos buenos muchachos  ese terrapln; quiero verlos juntos;
despus recorreremos los puestos.

Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un
normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta  la que
haban entrado.

--Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocara
el placer que siento, por la posesin de Jerusaln. Ira de Dios! primo,
debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. Extraa
posicin para un rey! tener que arreglar su casa como un miserable!

A punto apareci Glow con una lmpara de hierro encendida; Nortumberland
arroj la antorcha al hogar que cay  propsito para prender un haz de
lea que arrojaba en l un pajecillo de la servidumbre real; otros tres
pajes traan sobre bandejas de oro una oppara cena; un quinto extendi
sobre la mesa un pao de prpura, y coloc sobre l, dos candelabros de
oro con bujas de cera.

--Diablo! exclam Corazn-de-Len sorprendido;  que hada debemos
tanta grandeza?

Glow se adelant tmidamente dando vueltas  su gorra, sin atreverse 
hablar. Con la velocidad del fludo elctrico haba circulado  alguna
distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en
favor de Ralf, y Glow tema exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.

Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.

--Seor, dijo con miedo, el prncipe Juan da un festn esta noche  los
nobles en Whitehall, y ha mandado preparar la cena en el gran saln del
Consejo en White-Tower para despus del festn.

Concluida esta contestacin, Glow y los pajes desaparecieron, quedando
otra vez solos el rey y Nortumberland.

--Ya lo ves, milord, dijo Corazn-de-Len mientras devoraba un pernil de
vaca; ya lo ves. El pueblo tiene razn, uas de Satans! Insultan su
miseria, hacindole oir el rumor de los festines, dndole  oler el
aroma de sus comilonas. El pueblo tiene razn! le sangran para engordar
con su sangre; la alegra de esos miserables es la muerte de Inglaterra.
Y bien: ya que hemos encontrado pan, tommoslo; que esos leales
servidores que acaban de salir de una prisin gocen de esos
preparativos de orga; que se entreguen al soldado los vasos de oro y
los paos de prpura. Haz que se lleven esto; he concludo.

La cena de Corazn-de-Len haba sido, como siempre, muy parca. Los
pajes entraron y recogieron el brillante servicio; dejando slo los
candelabros de oro.

Sentse el rey junto  la chimenea.

--Que entre el preso, dijo.

Nortumberland hizo entrar al preso, y sali.

Corazn-de-Len y Robn quedaron solos.

[Illustration]

[Illustration]




XI

PRINCIPIOS DE REVELACIN


El rey fij una mirada escudriadora sobre el semblante de Robn, y slo
vi en l la expresin de un terror pnico.

--Qu tienes que revelarme? pregunt el rey.

--Seor, contest Robn con voz ininteligible; he visto morir  vuestro
padre.

El semblante de Corazn-de-Len se nubl.

--Adelante, dijo con voz entrecortada.

--Es, seor, que ese es mi nico delito.

--Cmo y el alboroto de esta noche?

--Perdn, seor; yo crea que vuestra gracia haba muerto.

--Ira de Dios! t tambin? exclam el rey cada vez ms sombro; con
que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesin
por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo?
Por San Jorge! yo les probar muy pronto que an tengo sangre en las
venas.

--Cortad algunas cabezas, seor, y creern en vuestra gracia.

--Con que eres mi consejero? Y bien: qu cabezas son esas?

--La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.

El miedo haca temblar  Robn.

--Luego conspiran?

--S, seor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaa, y
Juan-sin-tierra alega que es vuestro legtimo heredero.

--Y sabes t los nombres de los que estn empeados en esta empresa?

--Yo no, seor; pero alguno hay que lo sabe.

--Quin?

--Adam Wast.

--Ese preso cuya libertad peda el pueblo?

--S, seor.

--Y quin es ese hombre?

--Seor, prometedme perdn y todo lo revelar.

--Adelante, grit el rey impaciente, dando una furiosa patada en el
pavimento.

--Vuestra gracia me pregunta quin es, y necesito tomar la historia algo
lejos, continu Robn sudando de angustia; es compatriota mo, nacido en
el condado de Kent; su padre era mercader y viva junto al mo, que era
herrero. Siempre estbamos juntos; cuando llegamos  ser hombres, Adam
Wast siempre meditabundo y reflexivo, se torn ms pensador que nunca y
empez  esquivar mi compaa. Yo le busqu y le reconvine por su
abandono.

--Robn, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compaeros
sirven; para ayudar la ambicin de un hombre como yo, para elevarse con
l, son necesarias dotes que t no posees.

--Y cul era la ambicin de ese hombre? pregunt Corazn-de Len
arrojando una intensa mirada sobre Robn.

--Oidlo, seor, contest ste: nosotros nada debemos  la fortuna; me
dijo Adam cuando le hice una pregunta igual  la que vuestra gracia
acaba de hacerme; nada debemos  la fortuna que nos ha arrojado en un
crculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asduo y
degradante; mira tus manos: estn negras, speras, encallecidas por el
roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de
la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la
mirada orgullosa, una espada  la cintura, y llevan pajes y bufones tras
s con su blasn al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos
hombres son como nosotros. Qu nos falta para igualarnos con ellos?
fortuna: la fortuna es de quien la busca.

--No pensaba mal el perilln, observ el rey; y luego qu aconteci?

--Huimos de casa de nuestros padres, contest Robn, robndoles el
dinero que pudimos, y nos encaminamos  Oxfford. All nos dedicamos al
estudio de las leyes. De los abogados se hacen cancilleres, deca
Adam, cuya primera ambicin era ser canciller; y se dedic con ardor al
estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario
mis deseos y mis esfuerzos fueron intiles para ponerme  nivel de los
estudiantes menos aventajados. Tena razn Adam; yo no serva ms que
para forjar hachas y arados.

Adam concluy sus estudios, y  pesar de que yo nada haba adelantado,
no me abandon; segu  su lado, pero me hizo trabajar escribindole sus
defensas; casi me tiranizaba; yo fu su primer esclavo.

Su dependencia lleg  ser para m insoportable, y me separ de l;
antes de separarnos me dijo:

--Robn, ten en cuenta que eres dueo de mis secretos (en el ejercicio
de su profesin haba cometido algunas infamias, de que yo era conocedor
y  veces partcipe); que nos habamos unido para buscar fortuna, y que
t eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz
de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que
dependes de m; que cuando te necesite te buscar; que si me vendes me
vengar.

--Ofrecle callar, y me puse en camino para Londres; un da que estaba
fatigado, me sent  comer junto  un arroyo, y poco despus una mujer
que haca el mismo camino, se sent junto  m.

--Ruego  vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observ
Robn notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis
aventuras, me ser ms fcil expresar lo que  vuestra gracia conviene
saber.

Corazn-de-Len mud de postura, arregl unos tizones, y sigui
escuchando de una manera indiferente.

--Aquella mujer, prosigui Robn, iba extraamente vestida; su traje
consista en un faldelln de seda muy usado, tan corto que apenas cubra
sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su
seno, que as como su cabeza y su cuello eran de una hermosura
brillante, aunque algo selvtica, y un tanto ajada por un trabajo
continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores
provenzales, y una pequea harpa. Era una de esas pobres mujeres que
venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada  esa profesin
aventurera que no hubiera existido sin la proteccin de la hermosa y
desgraciada lady Rosmunda.

Al oir este nombre, los msculos de Ricardo se estremecieron de una
manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresin
particular, que desapareci con la velocidad del relmpago.

--Aquella mujer, continu Robn, me salud, y arroj sobre mi escasa
comida una mirada involuntaria. Me compadec, y la invit  que
participase de mi frugal alimento, que acept; ella era hermosa y de
costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refiri en tres
palabras su historia. Se llamaba Clary, no tena padres, y era
trovadora. La cont la ma con la misma brevedad, y cuando hube
concludo fij en m una mirada que me hizo estremecer.

--Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna  la
ma?

--S, la dije acabando de enamorarme.

--Pues bien; t no has amado, ni sabes ms que batir hierro; yo te dar
mi amor y te ensear  bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos
 Londres, ya sabrs lo bastante para acompaar mi canto y recoger los
tarines que ganemos. Tras estas palabras...

--Menguado, grit el rey dando un furioso puetazo sobre uno de los
brazos de su silln; se breve,  veremos si en el potro nos dispensas de
lo intil de tu charla. Adelante!

--Es que, seor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar
muchas noches en mi casa  su gracia el rey Enrique II.

--Adelante! insisti el rey.

--Llegamos  Londres, prosigui Robn, y all conocimos otra bailarina
escocesa,  quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de
nuestros mutuos ahorros. Ketti, que as se nombraba, nos impuso por
condiciones que guardsemos secreto y prudencia acerca de un alto
personaje que se haba enamorado de ella; y en verdad, seor, Ketti era
muy hermosa.

--Y quin era ese personaje? pregunt el rey fijando su mirada de
guila en la de Robn.

--Su gracia Enrique II de Inglaterra, seor, contest inclinndose
Robn.

--Mi padre! exclam el rey levantndose de repente y adelantando un
paso hacia Robn; y quin te ha dicho, miserable, que el amante de la
bailarina era mi padre y no otro?

--Recordis, seor, contest Robn temblando de antemano por temor al
resultado que pudiera tener lo que iba  decir, recordis, seor, el 1.
de julio de 1189?

El rey palideci, apoyse trmulo en el cornisamento de la chimenea, y
Robn, que le miraba con ansiedad, vi resbalar una lgrima  lo largo
de su tostada mejilla. Despus pas una mano por su frente, cubierta de
sudor, y empez  pasear  lo largo de la cmara.

--No fu yo, murmur el rey de modo que no pudo oirle Robn; no fu yo,
seor; fu mi hermano Enrique.

De repente se par delante de Robn.

--Y cmo sabes t eso? le pregunt.

--Vuestro padre muri en mi taberna de Sowttwark, seor, y yo por una
casualidad estuve presente  su agona.

--Mientes; mi padre muri en Chinn el 6 de julio de 1189.

--Eso dijeron, seor; al da siguiente del combate de London-Bridge, un
carro cubierto sali de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde
de Salisbury, y contena los restos del rey. En Chinn se public la
muerte; se dijo que el rey haba muerto all de pesar, porque esto era
menos escandaloso que decir haba muerto herido por un venablo en el
puente de London-Bridge, cuando hua de su hijo el prncipe Enrique el
joven.

Por esta vez el rey se domin y torn  sentarse; su voz ms ronca, ms
profunda que antes, se dej oir dirigindole  Robn la palabra:

--Sigue.

Robn prosigui:

--De los amores del rey y de la bailarina naci una nia; antes de
espirar, el rey llam  Ketti y la dijo: si mi Ricardo es rey, dile que
muero perdonndole; que proteja  tu hija, porque esa es la ltima
voluntad de su padre moribundo.

--Y dnde est esa mujer? pregunt el rey, cuya mirada se dilat.

--Ketti, seor; ha muerto, y su hija vive en el collado de la Torre,
frente  la horca, junto  los muros de la iglesia de All-Hallow.

--Su hija!

--Su hija, seor, es la esposa de Adam Wast.

--Esposa de Adam Wast! exclam el rey con extraeza.

--Aun no he concludo, seor, contest Robn. Despus de aquella
catstrofe, Ketti enloqueci, y nosotros la tuvimos algn tiempo, y
criamos la nia. Cuando muri el rey, Ketti, que as se llamaba, slo
tena dos aos;  los doce era la ms hbil costurera de Londres.

--Costurera! murmur el rey con amargura.

--S, seor; jams pudimos recavar de Ketti que se presentase  vuestra
gracia; cuando en un intervalo de razn Clary y yo se lo aconsejbamos,
nos responda: no, amigos mos; si el rey no quiere reconocerla, la
expongo  las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarn de m,
porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un
rey.

--Y ella lo ignora? pregunt con inters Ricardo.

--S, seor. Avanz el tiempo, y cuando parti vuestra gracia para
Tierra Santa, el hombre que las protega, el noble y valiente conde de
Salisbury, desapareci: hay quien dice que fu ejecutado secretamente en
la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los
recursos, y me v obligado  hacerme montero, para ayudar con el fruto
de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban  cubrir los
productos de mi taberna de Sowttwark. Un da, hace dos aos, al volver 
mi casa, Clary me dijo que tenamos un husped; era Adam Wast, que
vena  buscarme. Su ambicin haba sido burlada. A los treinta y tres
aos se vea reducido  la indigencia. Yo era pobre tambin, pero le
propuse partir con l mi trabajo si quera hacerse montero. Acept, y
otro da al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el
camino le refer mi historia, y comet la imprudencia de revelarle el
secreto del nacimiento de Ketti.

--Y esa mujer es hermana del rey? me pregunt con inters.

--S, le contest.

--Call un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo
sentndose:

--Estoy enfermo, y creo que no podr llegar; sigue t.

Yo le cre, y le dej.

Cuando antes del toque de cubre-fuego volv  mi casa, encontr  Ketti
llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba
fuertemente  Adam.

El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de
ausencia de Clary y la demencia de su madre, haba violado  Ketti.

Corazn-de-Len di salida  un juramento y  un rugido.

--Adam, prosigui Robn, procuraba sincerarse con Clary, y ofreca 
Ketti reparar su falta unindose  ella. Yo me indign, porque v claro
el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llev  otro
aposento y me dijo:

--Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; por qu hemos de
dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, har
de modo que el rey la reconozca, y ser rico; entonces t dejars de ser
un mendigo.

--Pero esa mujer ama  mi capitn, le contest.

--En efecto, Ricardo, nuestro capitn, observ Robn abandonando por un
momento su relacin, haba dicho cuatro galanteras  Ketti, y sta las
haba credo hasta el punto de enamorarse locamente de l.

--Si yo consigo casarme con ella, prosigui Adam Wast, me importa poco
tu capitn. Si me ayudas, seremos ricos.

--Seor, el demonio de la codicia se apoder de m, y la casualidad nos
protegi. Ketti conoci que era madre; Ricardo, perseguido por los
archeros del canciller, pas por muerto, y al fin la hija de Enrique II
fu la esposa de Adam Wast.

-Y su hijo?

-Muri, apenas dado  luz. Adam Wast, luego que se efectu su
matrimonio, se present al prncipe Juan-sin-tierra y le revel el
secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El
prncipe se neg y le arrest en la Torre. Por aquel tiempo estuvo
tambin arrestado un judo que vena de Tierra Santa, y que no tena
otro delito ms que ser riqusimo y haber declarado su amor  la joven
condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo
canciller. All se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos,
y no tardaron en unirse, vendironse  la faccin del prncipe Juan,
contra la faccin de Artus de Bretaa que alentaba el canciller; y
engaando  ste y comprndolo  fuerza de oro, fueron puestos en
libertad. Desde entonces, seor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y
Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se menta amigo del
pueblo y se haca su jefe, el alboroto de esta noche, slo era con
pretexto para proclamar al prncipe Juan.

Robn call, porque haba llegado al cabo de su revelacin.

--De la verdad de lo que me has dicho me responder tu cabeza, dijo el
rey. Pero quien me podr probar que esa Ketti es mi hermana?

--Seor; el nico que poda era el conde de Salisbury y ha muerto.

Corazn-de-Len record entonces lo que el llavero Stek haba dicho era
causa de su prisin. Aquellas palabras: _El obispo de Eli se empe en
creer que no se haba derramado sangre en el calabozo donde muri el
conde de Salisbury... yo haba lavado la compuerta despus de la
ejecucin_, hicieron nacer una vaga sospecha en el pensamiento del rey.

--Y vive an el verdugo que ejecut al conde de Salisbury? pregunt 
Robn.

--S, seor; aun es ejecutor de Estado de la Torre.

--Ola! Nortumberland! exclam el rey.

Nortumberland, que por el momento desempeaba las funciones de
gentil-hombre, entr.

--Haz que lleven este hombre  una torre que le pongan un lecho, y le
traten bien. Ve, continu el rey dirigindose  Robn; s pruebas que
es cierto lo que dices, el rey te recompensar.

Nortumberland llam  Glow, y le trasmiti la orden del rey. Glow
condujo  su destino  Robn.

--Milord, aadi el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de
la Torre; asimismo que un atormentador prepare los _borcegues_.

Nortumberland sali; el rey qued pasendose agitado por la cmara.

La relacin de Robn haba despertado sus ms crueles recuerdos; haba
escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento
levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazn-de-Len, el hombre
sin miedo y sin piedad, sinti pavor de sus mismos pasos, se estremeci
al ver su sombra interpuesta  la luz en los muros, creyndola un
fantasma vengador.

Reinaba el ms profundo silencio. El rey se asom  una de las ventanas
de la cmara, desde donde se vea el Tmesis y Sowttwark; nada quedaba
del alboroto ms que la roja llama del incendio del arrabal, tiendo con
reflejos rojos la ancha y serena corriente del ro.

Un ruido acompasado y montono vino  interrumpir el silencio; eran los
pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos
capitanes  la cabeza, en el terrapln  que correspondan las ventanas
de la cmara. Formaron en tres filas, segn la costumbre de aquel
tiempo, y esperaron en silencio.

Poco despus se oyeron nuevos pasos; cien archeros,  cuya cabeza
cabalgaba Espada-larga, llevando  su lado otro hombre tambin 
caballo, se detuvieron  la entrada del portal que conduca  la
escalera de la Torre; Espada-larga descabalg, y  poco despus se
present en la puerta de la cmara real.

--Y bien, dijo Corazn-de Len has preso  esos traidores?

--Al obispo canciller, contest Espada-larga, s; el prncipe Juan no
estaba ya en Whitehall; haba terminado el festn, y se diriga sin duda
por distinto camino  la Torre, donde he sabido tena preparado un
banquete.

--Que suba el obispo de Eli. Nortumberland!

El duque entr, volviendo  salir tras algunas palabras que
Corazn-de-Len murmur  su odo.

Un momento despus estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

[Illustration]

[Illustration]




XII

EL REY SE VENDE


Era este magnate un hombre como de cuarenta y cinco aos; se llamaba
Guillermo de Longchamps, y su apostura ms era de soldado que de obispo,
perteneciendo su traje  ambos estados. Llevaba un ropn morado y un
sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal;
pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba
protegido por una fuerte coraza, sobre la que penda una cadena de oro
con el gran sello de Inglaterra, smbolo de su categora de canciller;
unos borcegues de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes
espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresin fija, en que una
expresin desapareca reemplazada por otra, segn convena al lugar  
las circunstancias. Este hombre, que segn las crnicas de aquel tiempo
era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada haba en
torno superior  l, delante del rey ostentaba un semblante sereno,
noble, con una mirada en que no se lea miedo ni turbacin; aun ms, era
el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey  quien es
enteramente adicto,  ms bien el de un amigo que vuelve  ver  otro
amigo querido tras una larga ausencia.

--Cunto habis tardado, seor! exclam hincando una rodilla ante el
rey y apoderndose de una de sus manos, que bes,  pesar de estar
armada de un fuerte guantelete.

--O por mejor decir, contest el rey levantndole y fijando en l una
profunda mirada; qu pronto habis venido!

--Y sin embargo, os esperaba, seor.

Una nube sombra de amenaza pas por la mirada del rey.

--Me esperabas, canciller! grit el rey; y me esperabas armado como
para dar batalla! Me esperabas arrojando, para recibirme, un motn
entre las puertas de la ciudad y de la Torre! Me esperabas como un
traidor, Obispo!

--Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitn
Ricardo Espada-larga cmo me ha encontrado en Westminster. Os dir que
mis hombres de armas estaban tambin armados hasta los dientes, que la
abada estaba defendida como un castillo, y que sin embargo,  vuestro
nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decs,
se dej prender, porque as era la voluntad de su rey,  pesar de que
hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abada.

--Y por qu, teniendo fuerzas, no corriste  sofocar una sedicin en
que se proclamaba por rey  Juan-sin-tierra?

--Tened presente, seor, que el condestable de la Torre es lord Apsley,
que est vendido al prncipe Juan, y que necesitabais un puesto de
guerra que yo deba conservaros.

El rey dulcific un tanto su acento, y dijo:

--Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

--Empezad, seor.

--En primer lugar, sabes qu ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fij una mirada intensa sobre el
semblante del canciller, del cual ni un solo msculo se contrajo.

--Ignoro qu ha sido de l, contest; preguntadlo  Apsley, porque de
seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre
deben conocer su suerte, y slo por orden de Apsley pueden cerrarse
sobre un hombre.

--Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por
haberse negado  reconocer por mi sucesor en el reino  mi sobrino Artus
de Bretaa.

--Cierto es que los invit  que reconocieran al prncipe Artus por
sucesor; pero tambin es cierto que sin duda fueron presos porque su
adhesin  vuestra gracia importunaba al prncipe Juan y  su hechura
Apsley.

El rey movi incrdulamente la cabeza.

--Y pretender la declaracin de derecho  sucederme en favor de Artus,
viviendo yo, grit el rey, no es una traicin?

--Vuestra gracia estaba preso en Alemania, seor, y era de temer una
alevosa por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La
declaracin de derecho en favor de Artus de Bretaa, era una medida
previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejrcito  rescataros; pero
contando con lo feroz del carcter del emperador; era exponerse  causar
vuestra muerte.

--Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, grit el rey, debemos
agradecerte lo que has hecho, canciller.

Guillermo de Longchamps inclin la cabeza en seal de asentimiento.

--Esto es ya demasiado, milord, contest el rey, cuyo furor estall; y
ese alboroto en que el pueblo peda tu cabeza, en que te maldeca, en
que te echaba en cara el hambre de sus hijos,  quin se debe? Crees t
que un rey puede permitir que desuellen  su pueblo, para que otro se
abrigue con su piel?

--Os digo, seor, que en esto, como en todo, me condenan las
apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos
seor.

--Por m! murmur el rey con extraeza.

--Por vos, seor. De dnde hubiramos sacado los doscientos cincuenta
mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al
emperador, que se haba desentendido de los ruegos de vuestra madre la
reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y
de los amagos de guerra que yo le mostr en nombre del reino? De dnde
sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de
la Dieta germnica, en la acusacin que os sealaba reo del asesinato de
Conrado, marqus de Tiro?

-Pero yo me he justificado de esa infame acusacin.

-Desengaos, seor; sin los dos millones hubierais sido condenado.

-Mi madre ha vendido sus joyas...

-Las joyas de la reina no valan mil tarines. En fin, seor, yo he
credo, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, _el
rey es lo primero_[A]. Adems, estoy pronto  entregar  vuestra gracia
diez mil marcos de oro, que os servirn de mucho para hacer la guerra 
Felipe Augusto de Francia, que os exigir,  no dudar, pleito homenaje
por los Estados del Poit y la Normanda.

   [A] Tngase presente la poca, la situacin y el carcter de los
   personajes, y no se hallar monstruoso este pensamiento.

El canciller, vindose en un apuro, abandonaba su rapia, y compraba al
rey su cabeza  peso de diamante.

El rey medit un momento; conoci s, toda la infamia que se ocultaba
tras el relato del canciller; conoci que no haciendo justicia al
pueblo, el pueblo le maldecira; pero como al mismo tiempo una mirada al
acaso al travs de una ventana le mostrase  sus normandos, en cuyas
picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogi
de hombros, y dijo al canciller:

--Milord, bien hecho est lo hecho. Vet y sigue siendo leal al rey.

El negocio estaba terminado; el rey se venda.

El canciller sali tras de haber besado la mano al rey, y murmur para
s mientras bajaba la escalera:

--Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobrar vendiendo tu cabeza.

Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba.
Aquel hombre iba vestido de colorado.

Era Godofredo el verdugo.

[Illustration]




XIII

AGIAB


El canciller mont  caballo, y parti acompaado de su servidumbre 
Westminster. Al llegar  la gtica portada de la abada, un hombre sali
de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.

-Necesito hablaros, monseor, dijo, y con urgencia.

El Obispo detuvo su caballo, midi de alto  bajo con una mirada
particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y
contest tres solas palabras:

-En buen hora.

Despus ech pie  tierra y entr por medio de sus hombres de armas, que
le saludaron chocando sus escudos, y lleg  su cmara, donde qued
solo con el hombre  quien haba concedido aquella intempestiva
entrevista, y que no era otro que el judo Saul  Agiab.

Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombra y amenazadora;
entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.

--Y bien, dijo al fin el canciller; qu me queris?

--Extrao os parecer, Guillermo, contest el judo sentndose en un
silln, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo;
extrao os parecer ver  vuestro mayor enemigo frente  vos, en una
entrevista solicitada por l. Y nada tiene de extrao; he venido 
proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos  un enemigo comn
que se cruza  nuestro paso. Despus, vencido ese enemigo, volveremos 
nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, ms fuerte que otros, porque tiene
la fuerza en s mismo. Es el rey.

El canciller mir de una manera recelosa al judo.

--No os comprendo, dijo.

--Procurar ponerme al alcance de la inteligencia de monseor. Ambos,
vos y yo, amamos  una mujer, que no poda ser ms que de uno de los
dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece  otro. Esa
mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero
llamado Ricardo Espada-larga,  quien vos habis tenido la necedad de
pregonar, y que siendo favorito de Corazn-de-Len tiene para vos un
doble derecho de muerte. Hacer desaparecer  Espada-larga no sera
difcil; pero Corazn-de-Len se cobrara de seguro en nuestras cabezas.
No os parece, monseor, que haciendo de manera que el rey muriese,
lograramos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar
franco el trono para el prncipe Juan?

--Parceme que no habis olvidado vuestros antiguos hbitos, amigo
Agiab, contest el canciller mirando de una manera maligna al judo, que
palideci al oir el nombre con que le designaba el Obispo.

--No os comprendo.

--Os toca la vez de no comprender, prosigui el Obispo, y procurar
ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo ms de
dos aos un miserable judo, que moraba en uno de los barrios ms
retirados de Jerusaln. Vos cresteis que, venido de la Siria, dejabais
all oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo
por qu, me interes algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y
virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que
deba sus tesoros  un asesinato.

--Monseor...

--Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Haba en el
ejrcito cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres
cuya virtud sin tacha y su valor sin lmites lo ponan  la altura de
los hroes de la fbula. Este hombre era Conrado, marqus de Tiro, que
por razones que no vienen al caso, arroj sobre s el odio de un
terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las
Cruzadas oculto tras el del _Viejo de la montaa_. Sea como quiera, vos,
que poseais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar
 aquel valiente caballero. Sois un hombre de mrito en esa parte, y
Conrado fu muerto mientras dorma; aun ms, le robasteis, Agiab, y
husteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis
ser conocido por un hombre, valiente tambin, que acudi  los gritos
del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas
manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido
arrojado por su caballo cuando os persegua. Vos, por vuestra eleccin,
hubierais permanecido en Jerusaln, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues,
francos. El motivo que os impele  querer deshaceros de Espada-larga es
de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera
detenido; tenis suficiente oro para hacer robar  lady Ester, y...

--Os engais, monseor; soy tan pobre ahora como el ms miserable. El
pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.

--Es decir...

--Que vengo  pediros una alianza; vos me daris oro; yo comprar un
hombre.

--Y habis pensado en l?

--S.

--Es valiente?

--Es ambicioso.

--Cmo se nombra?

--Adam Wast.

--Pero ese hombre est preso, y yo no respondo de su cabeza.

--Comprar al verdugo.

--Es aventurado.

--Dejadme hacer. Cuento con vos.

--Creo que si alguien hay aqu que pueda imponer condiciones, soy yo,
dijo el canciller. T, miserable instrumento, no tienes que elegir. O
salvarte conmigo,  perecer solo. Una sola palabra ma hara caer tu
cabeza.

--Bien, balbuce Agiab levantndose; y qu he de hacer?

--Invertir bien este oro, dijo el canciller, abriendo un armario y
arrojando una bolsa  los pies del judo, que la alz; y ahora salir por
aqu.

El canciller tom la lmpara que alumbraba sobre la mesa, lleg  uno de
los muros y oprimi un resorte. El muro se rasg como obedeciendo  un
conjuro, dejando descubierta una oculta salida, por donde se perdieron
el hebreo y el canciller.

Media hora despus, Agiab llegaba  la horca del collado de la Torre al
mismo tiempo que Godofredo. Saul habl algunas palabras al odo del
verdugo, y ste le hizo entrar en el stano de la horca, cuya puerta se
cerr tras ellos. Algn tiempo despus se abri; el judo se dirigi 
la puerta de Lions-Gatte, y la hizo abrir  fuerza de oro. Baj  la
ribera del ro, llam  una cabaa de pescadores, y  precio exorbitante
compr una pequea lancha. Poco despus, protegido por la niebla se
ocult bajo el arco de la Torre del Traidor.

[Illustration]

[Illustration]




XIV

EL VERDUGO DE LA TORRE


La escena que haba tenido lugar entre el rey y el verdugo fu muy
corta.

Godofredo entr y se arrodill ante el rey, permaneciendo en aquella
postura.

-Cmo te llamas? le pregunt el rey.

-El verdugo de la Torre, contest Godofredo sin levantar la vista del
suelo.

-Tu nombre, insisti el rey.

-No tengo nombre.

-Cunto tiempo hace que ejerces tu profesin en la Torre?

-Dos aos, seor.

-A qu clase pertenecas antes de ser ejecutor?

-Lo he olvidado, seor.

Nublse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija haca algunos
momentos en el semblante de Godofredo; crey reconocer en l  un
antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechaz esta
idea como un delirio.

--Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

--Para el rey y los hombres s; para Dios no.

--Cmo!

--La Torre donde se prepar la ejecucin, tena salidas secretas que me
eran conocidas, y le dej escapar.

--Y te atreves  decir eso al rey?

--Poderoso seor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia,
que me fu confiado por el conde de Salisbury.

--Y ese secreto...

--Cuando entr, seor, en el calabozo, el conde haca su confesin, que
escuch, porque no repararon en m y me protega la oscuridad. En la
confesin o revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra
gracia. El conde mora asesinado por la traicin. Cuando sali el
sacerdote, yo me adelant; crea encontrar un hombre dbil, y encontr
un valiente; esto acab de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek
el llavero.

--Lstima es que este hombre muera, me dijo.

--Quieres que le salvemos? contest.

--Qu rdenes tienes?

--Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contest, encerrados
en un saco, con una piedra  los pies.

--Ah! ya! me contest; es una ejecucin secreta. Luego dijo al conde;
caballero, sabis nadar?

--S, contest.

--Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar 
nadie que os hemos salvado, os salvaremos.

--Y le salvasteis? esclam con ansiedad Corazn-de-Len.

--S, seor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al
Tmesis, me dijo: has hecho un servicio al rey, y el rey te lo
recompensar. Voy  encerrarme en un monasterio mientras el rey est
ausente. Yo no podr fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada est en
la conserjera de la Torre: d que te la dejo, y exige que te la
entreguen; cuando venga el rey presntate  l con la espada y afrmale
sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.

--Y dnde est la espada?

--La he perdido, seor.

--Tena alguna sea particular?

--S, seor; entre los gavilanes un blasn con un len rapante en campo
de oro.

--El es! El es! grit con alegra Corazn-de-Len. Alza, aadi
dirigindose al verdugo, y pdeme una gracia.

--Una gracia, seor! Pues bien; deseo ejecutar  los reos que se
sentencien por resultado de la traicin de esta noche.

--Slo eso me pides! exclam el rey asombrado.

--Slo eso, seor.

--Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto hars falta en la
Torre.

Cuando Godofredo llegaba  su stano en busca del instrumento fatal, fu
cuando encontr junto  la puerta  Agiab.

Concluida su corta entrevista con ste, volvi  la Torre y se puso 
las rdenes de Glow.

[Illustration]

[Illustration]




XV

EL PRNCIPE JUAN


El rey entre tanto haba revistado  sus normandos, que le haban
recibido en medio de las ms frenticas aclamaciones; haba recorrido
los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono,  poca distancia, haba una gran mesa cubierta por un
mantel de prpura, sobre el cual se vean multitud de manjares; en el
centro de ella haba un objeto extrao, por lo que permita descubrir el
pao negro que lo cubra, y dos candeleros de oro con velas de cera
colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortndolo en los
cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que
sostenan la magnfica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa haba ocho pajes jvenes vestidos de
brocado, como si esperasen la llegada de su dueo para servir el
banquete; ms atrs estaba el verdugo de pie  inmvil; algo ms all
Glow el llavero, junto  un hombretn que era el atormentador, y ms
atrs, en fin, inmviles como estatuas de hierro, haba una veintena de
archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una
cabalgata de jvenes seores entraba en Tames-Square. Todos iban
silenciosos, escepto uno que rea, cantaba  apostrofaba  sus
silenciosos compaeros, que detuvieron sus caballos junto  la primera
entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba  ver la Torre.

--Hola, valientes! grit el joven soltando una estrepitosa carcajada;
con qu es verdad que os causa miedo mi castillo?

--Y terrible contest uno de ellos.

--Pnico; repuso otro.

--Glacial; aadi un tercero.

--Qu piensas de esto, Huberto? dijo el que haba hecho la anterior
pregunta.

--Lo que pienso, prncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debis
hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

--Y t que dices, Sidney?

--Exactamente lo mismo que el justiciero.

--Y t, Oxfford?

--En cuanto  m, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que o
el primer pregn, hubiera ganado una barca y estara hace una hora con
rumbo  Francia.

--Ser necesario creer que Dik[B] est en Londres.

   [B] Diminutivo de Ricardo.

--Pues no! contest el nombrado Huberto; quin sino l hubiera
sofocado el motn de esta noche?  qu haban de ir esos heraldos
pregonando su nombre  son de trompeta por la ciudad?

--Bah! Bah! sois muy crdulos, milores; apostara mi cabeza contra un
penique  que est ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de
Francfort.

En aquel momento dejse oir  lo lejos sonido de trompetas, que se
aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispers  la carrera
en distintas direcciones, como obedeciendo  un impulso simultneo,
dejando solo  aquel  quien haban llamado prncipe, que puso al trote
su caballo atravesando  Tames-Square en direccin al rastrillo de la
Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen
los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal
modo, que ste se vi precisado  echar pie  tierra para inquirir la
causa del asombro del caballo. Nada vi; la niebla era denssima, y en
vano pretendi hacer avanzar  su caballo asindole del diestro; por el
contrario el bruto di un bote, se desasi y huy lanzando un relincho
de espanto.

--T tambin me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero
ellos... Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les d ms
festines.

Despus se dirigi al rastrillo, pero antes de llegar tropez en un
bulto y cay; levantse lanzando un juramento, y palp el objeto que le
haba hecho caer; su mano se pos sobre el fro rostro de un cadver, y
se tio de sangre.

--Diablo! murmur el joven, ya no extrao el asombro del animal; el
lance ha sido caliente.

Y entonando  grito herido una balada escocesa, lleg al borde del foso.

--Quin va? grit una voz desde la almena.

--Inglaterra, grit el joven con acento alegre; yo, el prncipe Juan;
abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cay con estruendo sobre el
foso. Juan-sin-tierra le atraves saltando, entonando siempre su balada.

Tras l se cerr el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y
escaleras, lleg  la Sala del Consejo y se arroj en uno de los
sillones.

--Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid 
hacerme compaa. Qu es esto? aadi notando que nadie le contestaba;
y qu hacis vosotros, canallas, que no me servs? insisti
dirigindose  los pajes.

Ninguno se movi; pero Glow adelant hasta la mesa, y tirando del pao
negro, qued descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.

--Qu significa esto? grit ponindose de pie y empuando la espada.

--Esto significa, grit Ricardo Corazn-de-Len saliendo de detrs de
una columna y asindole de un brazo; esto significa, gobernador de
Normanda, que el rey ha aadido una pieza ms  vuestro banquete. Pero
comed, si tenis hambre; bebed, si tenis sed. El rey espera.

Juan-sin-tierra lanz una larga y alegre carcajada al reconocer al rey,
y exclam:

--Ah! eres t, Dik? y yo no lo haba querido creer? Me alegro, me
acompaars; me han abandonado mis cobardes amigos!

Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera ms natural, se sirvi un
enorme pedazo de lomo de jabal.

Corazn-de-Len enmudeci de asombro; los circunstantes miraron con
respeto y aun con miedo aquel loco, que as se chanceaba con la muerte.
Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que ms tarde deba decir 
sus cortesanos, que le anunciaban la ocupacin por Felipe Augusto de los
Estados de Guinea, Poit y Normanda; _dejadle hacer, yo le tomar en
una hora doble tierra que la que l me ha robado en tres meses_.

El rey despidi  la servidumbre y  los soldados con un ademn
imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.

--Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado  hacer contigo un
escarmiento?

--Y bien, no pasar de ah, contest tranquilamente Juan engullendo un
tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondras  que Dios te diga como
 Can: Ricardo, qu has hecho de tu hermano Juan?

Corazn-de-Len dud si deba mandar sepultar en un calabozo  abandonar
como  un loco aquel joven gallardo y frvolo que de una manera tan
original desafiaba su clera.

--Sin embargo de eso, observ despus de un momento de silencio el rey,
nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; crees que el
que se rebel contra su padre y en unin con sus hermanos le destron y
caus su muerte, no se atrever  poner tu cuerpo en el tormento, tu
cabeza en manos del verdugo?

--Y bien; prefiero eso, contest el prncipe llenando tranquilamente una
copa,  verme reducido  la nada, encerrado en una torre, sin mujeres,
sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.

--Pues bien; eso ser, grit el rey, eso ser si no me revelas tus
cmplices.

--Cmplices? yo no tengo cmplices,  si los tengo no los conozco; no
s si se trata de m ms que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, 
abajo Juan-sin-tierra. Abajo, vive Dios! es una originalidad; qu ms
abajo quieren  Juan, que sin tierra?

--Parceme, Juan, que eres un traidor consumado.

--Traidor? No por cierto. T estabas ausente; tu trono vaco,
enteramente vaco, y dije para m: El pueblo cree muerto al rey, y me
elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando
vuelva mi hermano devolvmosela. Yo hubiera deseado tu vuelta  los dos
meses de mi coronacin, porque todo me cansa pronto; pero t te has
encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ah tienes
tu corona: en cuanto  m, dame lo suficiente para poder tener de vez en
cuando un festn, y no quiero ms.

Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fra, puso el colmo
al furor de Ricardo.

--Prncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normanda, os
declaramos reo de alta traicin, y slo os dispensaremos nuestra
clemencia cuando pongis en nuestra noticia el nombre de vuestros
cmplices.

--Y qu ms? dijo el prncipe con una sonrisa picaresca.

--Juan! grit el rey exasperado.

--Dik! contest Juan-sin-tierra remedando al rey.

--Est borracho; voto ...! el rey se detuvo y medit.

--Hola! aadi dirigindose  la puerta; est ah el atormentador?

--S, seor, contest Glow apareciendo en el umbral.

--Y el ejecutor?

--Tambin.

--Seguidme, prncipe, dijo el rey.

Juan-sin-tierra se levant casi ebrio, y asi un brazo del rey,
siguindole as hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala
del tormento, en la cual entraron.

[Illustration]




XVI

EL CONDE DE SALISBURY


Creemos que el lector no habr olvidado al extrao personaje que se
haba presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien 
tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tena lugar
entre sta y Agiab, ni la profunda impresin que la vista del
desconocido produjo en Ester, hacindola arrojarse  sus pies.

Nosotros no queremos ser misteriosos por ms tiempo, y nos apresuramos 
decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonoma era el conde de
Salisbury.

Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que haba
presenciado su agona; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el
padre, haba servido al hijo con la misma adhesin, con la misma
lealtad.

Es cierto que Ricardo haba observado una conducta criminal con su
padre, rebelndose contra l y siendo en cierto modo cmplice de su
muerte; pero haba sido engaado; Salisbury, que no hubiera podido
tolerar la vista de Enrique el joven, hall en el dolor y en el
arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre,
lo que Enrique II le haba perdonado como padre.

Ricardo, por su parte, indomable y feroz para todos, se dejaba dirigir
por el conde; le consultaba sus actos de gobierno, los proyectos que le
sugera su genio guerreador y aventurero, y se doblegaba  sus consejos:
en una ocasin, empero, fueron intiles los esfuerzos y las splicas de
su viejo amigo. Ricardo resolvi partir  Tierra Santa, y parti dejando
su reino abandonado en manos extraas, avezadas de viejo  la traicin,
y que tal vez pretendan arrancarle traidoramente la corona de sobre su
yelmo de combate. Una doble causa impulsaba  Ricardo: estaba entonces 
la orden del da (digmoslo as) que los reyes cristianos fuesen 
derramar sangre sobre el sepulcro del Salvador, y por otra parte, el
joven Felipe Augusto de Francia, ya con gloria por el feliz xito de
algunas empresas arriesgadas, y enemigo, por tanto, aunque simulado, de
Ricardo, acababa de partir con gran pompa, y seguido de una falanje de
caballeros,  arrancar de manos de los infieles la Santa ciudad,
conquistada por Saladino al dbil Guido de Lusin. Ricardo aprest,
como sabemos, lo mejor de sus caballeros, y parti dejando la
condestabla de la Torre  Salisbury con quinientos normandos para su
defensa, en cuya adhesin tena gran seguridad. Poseer la Torre era
poseer  Londres; poseer  Londres era ser rey de Inglaterra.

Pero no tardaron en mostrarse los resultados que Salisbury haba temido
 la partida del rey. Guillermo de Longchamps, canciller del reino, se
atrevi  decir en el seno del Consejo que era necesario declarar el
derecho de sucesin al trono para el caso probable de que Ricardo
muriese en Palestina; hall apoyo, y Artus de Bretaa, sobrino del rey,
fu declarado su heredero: de aqu result que Juan-sin-tierra, apoyado
por su madre Eleonora de Guiena, regente del reino, interpusiese su
mejor derecho, y la nobleza se dividi en tres bandos; los unos en pro
de Artus, bajo la bandera de Juan los ms, quedando muy pocos en el
partido del rey,  pesar de los esfuerzos de Salisbury.

Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posicin
pesaba de una manera notable en la balanza poltica. Tratse, pues, de
comprarle por entrambas partes, y Salisbury desech con indignacin la
primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareci un
da que haba sido llamado por el Obispo canciller, y como no se
volviese  saber de l, Apsley fu nombrado condestable de la Torre. A
esto sigui el encarcelamiento de los adictos  Ricardo, y los sucesos
de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fu arrojado al Tmesis por la compuerta de la Torre
del Traidor, gan silenciosamente la orilla, tom tierra y se dirigi al
monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo
sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era an del
conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron tambin al
fugitivo: fu ste tan prudente, que su muerte se di por cierta, y su
hija fu puesta en posesin de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prcticas
religiosas de una manera rgida, y se haba hecho un modelo de
austeridad para con los monjes ms severos. Jams sala del convento, ni
hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era 
la sazn de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el
confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo ms
recndito.

Los monjes no se vean en el confesonario; llegaban  l por el interior
del monasterio, y slo comunicaban con el penitente al travs de una
pequea reja abierta en un nicho profundo y oscuro que corresponda  la
iglesia.

Una vez all, el misterio y la oscuridad presidan al solemne acto; y la
voz del monje, partiendo desde lo profundo, pareca en cierto modo la
voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asista al confesonario junto al
padre Williams, esto poda ser sacrlego y malo; pero as suceda.

Por este medio Salisbury conoca la sed de venganza de Ester, sus
padecimientos, sus alegras, su amor  Espada-larga, la conciencia de su
hija estaba abierta ante l como un libro, y por lo tanto, cuando pasada
la primera sorpresa cont  su hija el modo milagroso con que haba
salvado su vida; cuando lleg el caso de que Ester quisiese referirle su
historia, la interrumpi pronunciando estas solas palabras:

--Todo lo s, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera,
lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y
vergonzoso.

--Ah, seor! murmur Ester.

--Y bien, nada tenis que pedirme?

--Nada, si todo lo sabis, seor, contest Ester, fijando sus hermosos
ojos en su padre.

--Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un
aventurero en toda la fuerza de la expresin; pero sabes t si cuando
conozca su origen ser para l un objeto de ambicin tu amor?

--Seor...!

--Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por
cuya causa estoy aqu.

--Cmo!

--Desde que la peste aflige  Londres, paso las noches auxiliando
moribundos; necesito hacer bien para consolarme del dao que me han
hecho los hombres. Pues bien; esta noche volva de auxiliar  un
desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre
y la iglesia de All-Hallow, lleg  mi odo el acento de una mujer que
cantaba, aquella voz me era muy conocida:  poco la puerta de aquella
casa se abri, y la joven que haba cantado sali. Entonces del stano
de la horca sali un hombre y sigui  la mujer, yo les segu tambin.
Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

--Ketti! Ricardo! exclam Ester.

--Cabalmente, esper y salieron; segules de nuevo, y entraron en una
taberna en Sowttwark.

--En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucan el
orgullo ofendido y los celos.

--S, en una taberna. Pero en aquella taberna muri Enrique II de
Inglaterra, y los jvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique
II...

--Con que son...? dijo Ester, no atrevindose  proseguir.

--Hermanos, contest el conde.

--Ricardo! Ketti! hermanos.

--S; l es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida  Enrique
II y  una bailarina. Ms tarde te referir esas historias.

El estupor no permita hablar  Ester; su padre prosigui:

--Yo conservaba una llave que tena el rey para visitar  la bailarina,
y corr  buscarla  San Bridge. Volv con ella, y entr sin ser notado.

--Oh! s, recuerdo, dijo Ester, que un da, cuando confesaba con el
padre Williams, ste me pidi una llave que deba existir en el lugar de
vuestro aposento que me indic: al da siguiente le llev la llave.

--S, dijo el conde; necesitaba derramar lgrimas, necesitaba consuelos,
y en aquel aposento los hallaba; parecame estar en l junto  Enrique
II, teniendo sobre sus rodillas  su pequea hija, y cuando arrojaba una
mirada al lecho, mis lgrimas corran; porque aquel fu el lecho de
muerte del rey.

Salisbury suspir, call un momento, y despus cont  su hija la
historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche
tuvo lugar en la taberna.

--Y dnde est Ketti? pregunt Ester cuando su padre hubo concludo.

--En esa cmara inmediata.

--Oh! que entre! que entre!

--S; pero tened cuenta, hija ma, con que esa desgraciada ama 
Ricardo, y si sabe por m que es su hermano.

Ester abri la puerta y llam  Ketti; la nia entr plida y llorosa y
se arroj  los pies de Ester.

--Oh! perdn seora! perdn! yo no saba que era mi hermano, exclam
arrojndose  sus pies y juntando sus manos.

La expresin de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de
Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del _Descendimiento_
de Rubens.

Ester levant apresuradamente  la joven, y contest  la splica de
Ketti abrazndola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti
reclin la cabeza sobre el hombro de Ester y rompi  llorar; Salisbury
cal la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmocin.

En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que
pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata;
sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elev
proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.

Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vi
fu el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.

--Milord! conde de Surrey! grit.

A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey
vi la noble cabeza de Salisbury, que haba arrojado atrs la capucha.

Surrey se arroj del caballo, entr en el zagun, y siempre con el
pendn real, entr instantneamente en la cmara donde se hallaba
Salisbury.

Mir un momento con sorpresa al conde y le abraz.

--Por San Jorge! dijo; aun vivs?

--S, exclam Salisbury, y quiero ver al momento al rey.

--Pues  la Torre! contest Surrey.

--A la Torre! s, vamos; y vosotras tambin, hijas mas.

Diez minutos despus, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo 
Ester, junto  Surrey que conduca de igual manera  Ketti. Haba
concluido la proclamacin, y los archeros apagaron sus antorchas para
evitar lo extrao que deba parecer un caballero llevando sobre su
cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendn real.

Deberemos decir que esta precaucin era intil: llegaron  la Torre sin
haber encontrado un alma viviente en el camino.

[Illustration]

[Illustration]




XVII

LA SALA DEL TORMENTO


Era esta, en la Torre de Londres, un ancho recinto abovedado, oscuro y
profundo, bajo la Torre de Roberto el diablo  la cual serva de
cimiento.

Era horrible el aspecto de esta sala; colgaban de las paredes sierras,
grfios, ruedas, poleas, mazas, tornillos y otros instrumentos
aterradores; en el centro estaba el potro, y junto  l el aparato para
el tormento denominado de los _borcegues_.

Era ste un lecho de cuero algn tanto inclinado; en su parte inferior,
sobre un barrote, haba clavada una especie de caja ancha y larga, lo
bastante para dar cabida  los pies de un hombre hasta ms arriba de los
tobillos.

Cuando entr el rey con el prncipe Juan, encontr el tormento
preparado, y los hombres indispensables para l colocados en sus
puestos,  la manera que la servidumbre de una pieza prxima  entrar en
fuego.

Frente al tormento preparado, haba una mesa con recado de escribir y
pergaminos en blanco; sentado tras esta mesa haba un hombre de
fisonoma severa, vestido con una hopalanda talar, cubierta la cabeza
con un birrete, y ciendo una estrecha y larga espada pendiente de una
banda roja; era el jefe de la prebosta de la Torre, y su misin all
era la de anotar la declaracin del reo puesto  la prueba del tormento.

Junto  este hombre haba otro vestido de negro, de fisonoma
indiferente y glacial; era un mdico destinado  marcar el momento en
que el paciente no pudiese tolerar la prueba sin peligro de su vida.

Inmediatamente junto al aparato de los borcegues haba un negro etiope,
vestido de amarillo, de expresin estpida y estatura atltica y
membruda: el verdugo de la Torre, Godofredo, teniendo  sus pies un saco
de cuero y su hacha al hombro, estaba tras la mesa del preboste. Junto 
un tosco altar en que ardan dos velas, estaba arrodillado el clrigo
destinado  auxiliar  los que moran en la Torre; ltimamente, Glow con
algunos hombres de armas estaba junto  la puerta.

Corazn-de-Len mir con repugnancia todo ste aparato, en tanto que el
prncipe segua inalterable sin dejar de dispensar una horrible
chanzoneta  cada uno de aquellos aterradores aparatos,  cada uno de
aquellos rostros sombros, que se fijaban en el prncipe Juan,
creyndole destinado  representar la parte del protagonista; pero no
deba suceder as. El rey busc  Glow con la vista, y al encontrarle
dijo:

--Que bajen los reos.

--Quines, seor?

--Adam Wast y Robn.

Glow sali con algunos archeros, y volvi con los presos trascurridos
algunos segundos.

Adam Wast entr con paso reposado y continente altivo, y se detuvo entre
los guardias cuando hubo entrado en la sala; Robn, al notar el extrao
aparato del tormento, palideci y hubieron de sostenerle.

--Adelante los reos, dijo el rey.

Adam Wast adelant hasta llegar al tormento, como si concibiese que de
all no deba pasar; Robn fu trado  la fuerza hasta cerca del rey.

--Cmo te llamas? pregunt Corazn-de-Len  Adam Wast.

Este pronunci en voz clara su nombre, aadiendo el de su profesin y el
de su pas.

--A quin reconoces por tu seor natural?

--A las leyes inglesas.

Ricardo frunci el gesto y adelant un paso.

--Vive Dios, traidor! grit; en Inglaterra no hay ms ley que la
voluntad del rey.

Adam Wast no contest; pero fij una mirada terrible en el rey.

--Por qu ests aqu? continu el rey reprimindose.

--No lo s, contest Adam Wast.

--Conoces  este hombre? dijo Ricardo sealando  su hermano Juan.

--No, seor, contest con la mayor impudencia Adam.

--Y vos, prncipe, le conocis? pregunt el rey  Juan-sin-tierra.

Este, que estaba distrado contemplando con faz burlona la original
catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir
cmodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con
mano temblona enormes caracteres, volvise al escuchar la pregunta, y
contest:

--Me preguntabas, Dik?

El rey, con una paciencia inusitada en l repiti acentuadamente su
pregunta.

Juan-sin-tierra fij su vista en Adam Wast, detvose un momento
contemplando con una insolente expresin su rostro, y dijo extendiendo
hacia l su brazo y sealndole con el dedo:

--Quin? ese tuno? vaya si le conozco! Conzcole tanto, como que le
mand encerrar en la Torre, por no s qu parentesco que tuvo el villano
atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de
que en aquel momento le predije que vendra  parar en manos del
verdugo.

El acento de Juan sin-tierra era tan burln, tan seguro, que el rey
hubiera dudado,  no ser por la severa mirada de reconvencin que brill
en los ojos de Adam Wast.

--El prncipe asegura que te conoce, dijo el rey: qu tienes que oponer
 eso?

--El prncipe miente  se engaa, dijo agriamente Adam Wast.

A una sea del rey, aqul fu sujeto por la cintura y por los brazos con
correas unidas  l;  pesar de su carcter bravo, Adam Wast palideci
y murmur una plegaria pidiendo fuerzas, no sabemos si  Dios  al
diablo.

--Te obstinas en callar? pregunt Ricardo.

--Nada tengo que decir acerca de eso, ms que lo que he dicho.

--Una cua! grit el rey al atormentador.

Los pies de Adam Wast fueron colocados en el cajn; entre ellos puso el
negro dos tablas, y entre las tablas introdujo una cua de encina que
hizo entrar  golpes de maza en la juntura.

Una convulsin agit los miembros de Adam Wast, y su semblante se
contrajo devorando una expresin de dolor.

El rey se volvi  Robn.

--Empieza tu acusacin, le dijo.

Un sudor fro, sudor terrible, como debe ser el de la agona, pas por
Robn,  quien el miedo enmudeci.

--Al potro! dijo el rey.

--Ah! no, seor! grit llorando Robn y arrojndose  los pies del
rey; yo lo dir todo, seor!

El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robn como un tigre hambriento
sobre su presa, se detuvo  su despecho  un ademn del rey; Robn,
trmulo, sin levantarse del suelo, acus  Adam de violencia contra
Ketti, de traicin al rey; di  conocer los detalles de la conspiracin
hasta que fu llevada  cabo; nombr los cmplices que conoca, hombres
todos oscuros, y call.

--Qu tienes que oponer  eso? dijo el rey  Adam Wast.

--Que es falso; dijo el paciente.

--Otra cua! grit el rey.

El atormentador introdujo una segunda cua, y Adam no pudo reprimir un
ligero grito de dolor; sus pies se haban amoratado al principio, y al
entrar la cua en su lugar, brot de ellos sangre.

Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo  la segunda
prueba; l, sin embargo, no contest  una nueva pregunta del rey.

--Dos cuas ms! grit furioso Corazn-de-Len.

Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manch el
suelo; Adam, no pudiendo sufrir ms, lanz un grito que estremeci de
espanto al sacerdote, al preboste,  Glow y  los archeros; el rey y el
verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope
descargaba frentico con inmensa y cruel satisfaccin furibundos golpes
sobre la tercera cua, que rechinaba al par que los huesos crujan; el
tigre devoraba su presa.

--Perdn! perdn! grit con horrible acento de dolor Adam; yo lo
revelar todo, toto!

El rey mand sacar la tercera cua. Adam, doblegado, vencido por el
tormento, lo confes todo, y nombr por cmplices al prncipe Juan, al
gran justiciero Huberto, al judo Saul y  los condes de Sidney y
Oxfford.

Cuando hubo concluido, pidi gracia al rey.

--Concedida, contest Ricardo; en vez de morir ahorcado como un villano,
sers degollado como un noble.

--Perdn; seor!

--Miserable! si slo hubieses atentado  nuestra corona, si slo  nos
hubieses herido, podra el rey perdonarte; pero t has violado una
mujer, la has adoptado como un medio  tu ambicin, la has hecho
desgraciada,  pesar de que sabas el secreto de su nacimiento; despus
has conspirado, y el incendi de Sowttwark y la sangre de algunos
inocentes pesan sobre tu cabeza. Ola, sacerdote! preparad  este hombre
para que muera en el trmino de una hora; Glow, haz que se prepare su
ejecucin en la Torre del Traidor; ejecutor de la Torre, dentro de una
hora me presentars su cabeza.

El atormentador desat las ligaduras del reo; sentronle en un silln, y
conducido por dos archeros, sigui al verdugo, que caminaba delante
llevando un saco de cuero y el hacha al hombro con el filo vuelto hacia
l.

El rey y el prncipe quedaron solos.

--En cuanto  t, Juan, esta misma noche partirs en la galera que me ha
trado  Francia, donde el rey te sealar una renta digna de un
prncipe real.

--Oh! muchas gracias, querido Dik! me acabas de dar un brillante
espectculo, y concludo me envas  Pars.  Muchas gracias! Bien
mirado, ya estoy hastiado de Londres.

Llegaban  la puerta, cuando un hombre armado se precipit en la sala;
era Surrey.

--Seor, dijo; el conde de Salisbury est en la cmara de vuestra
alteza.

--Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey;
pero aguardad.

El rey fu  la mesa, y escribi tres pergaminos que sell con su
anillo.

Despus los entreg  Surrey, y dijo  Juan-sin-tierra.

--Prncipe, quedos con el conde de Surrey.

Tras esto sali precipitadamente de la sala del tormento.

--El rey me manda conduciros  Pars, dijo el conde, bajo la proteccin
de Felipe Augusto.

--Y si yo no quisiera ir?

--Serais un loco, prncipe, aadi sealando un segundo pergamino;
porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil
florines para vuestros gastos en este ao.

--Ah! en ese caso, contest el prncipe soltando una alegre carcajada,
es un partido aceptable.

Y apoderndose del brazo de Surrey, sali.

El tercer pergamino que el conde haba guardado decretaba el arresto de
los condes de Sidney y Oxfford.

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XVIII

EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS


El rey se precipit en su cmara, y se arroj  los brazos de un hombre,
que con la misma efusin le sali al encuentro; era al anciano conde de
Salisbury.

--Oh! por San Jorge! grit el rey; he de perpetuar la memoria de este
da en un monumento; ha sido muy feliz para m.

--Y aun puede serlo ms, seor, porque podis cumplir la ltima voluntad
de vuestro padre.

--Oh! s, la cumplir, dijo el rey; pero estoy impaciente por conocer
tu historia, milord: te escucho.

Salisbury refiri al rey lo que ya haba referido  su hija;
Corazn-de-Len escuchaba absorto la relacin de los infortunios que su
lealtad haba arrojado sobre el buen caballero.

--Y bien, Salisbury; los degollar, los ahorcar, los quemar, los
exterminar. Mi madre! oh! mi madre me ha vendido tambin! la
encerrar en un convento; mandar descuartizar  Artus de Bretaa, y si
mi hermano Juan abusa de su posicin, por San Huberto! no le ha de
valer dos veces ser mi hermano.

--Al contrario, seor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los
patbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo
se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece
al partido perseguido.

--Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos,
triplicaremos, centuplicaremos el nmero de los patbulos.

--Tened en cuenta, seor, que todo vuestro poder no os librar de un
golpe traidor.

--Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la
espalda. Pero pensemos en t. De qu modo te puede mostrar tu
agradecimiento el rey? Ayuda  mi deseo, pdeme, exgeme... Por San
Jorge! te dara la mitad de mi corona.

-- Oh! seor, guardadla; pero no por eso dejar de pediros una gracia.

--Concedida, sea cual fuere.

--Meditad, seor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un
enlace en que vuestra sangre se unira  la ma.

--Oh! conde; has pensado unirte  mi hermana Matilde? Sea. Seremos
hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el prncipe Malek-Adel est
roto, y ella es libre. Se lo rogar; se lo mandar. Ser tu esposa.

--Ah, seor! contest Salisbury sonriendo  la interpretacin del rey;
ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta aos?

--Entonces, aadi el rey vacilando, querrs unir tu hermosa hija con un
hombre  quien hara pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz.
Rayos de Dios! valiera ms entregarla  Satans en persona, milord.

El conde mir fijamente al rey.

--Sabis de quin hablo? le pregunt.

--Si ha de unirse tu sangre  la ma, cmo puede ser sino enlazando 
lady Ester con el prncipe Juan?

--Ah! seor! nunca! murmur con desdn Salisbury.

--Pues no comprendo...

--Existe un hombre que ama  Ester, y que es amado de ella. Ese hombre
es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.

--Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano
de armas? pregunt el rey con extraeza.

--Entended, seor, que Espada-larga tiene derecho  que le nombren, como
 vos, Ricardo Plantagenet.

--Y qu abona ese derecho?

--Esta cdula, contest Salisbury sacando de entre sus ropas un
pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo
Toms, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la poca de su
fecha, y muerto despus por orden de Enrique en la Torre del Traidor,
que desde entonces tom el nombre, que aun conserva, de Santo Toms.

El rey pas rpidamente la vista sobre el pergamino, del que penda el
gran sello de Inglaterra.

En l, Enrique II reconoca por hijos naturales, autorizndolos para
llevar su blasn en la corte y en el campo, debiendo poner en l barras
de bastarda  Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda
Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejbales por herencia el
palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen
puestos en posesin de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su
origen hasta que cumpliesen los veinticinco aos. El depositario de este
secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey
cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.

El documento era autgrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de
Inglaterra, autnticos. No haba lugar  la duda; pero el asombro estaba
pintado en la mirada de Corazn-de-Len, que relea el pergamino.

--Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es
enteramente nuevo para m. Pero sin embargo, me colma de placer.
Pluguiera  Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet
sucedera  otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento est unido
 una historia terrible.

--Muy terrible, seor; pero me abstendr de referirla  vuestra gracia,
porque en ella me sera forzoso pintar  vuestra madre de una manera
odiosa, junto  lady Rosmunda, que era un ngel.

--Qu me podrs decir que yo no sepa? Ignoro acaso que las locuras, y
aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron  repudiarla  Luis
VII de Francia? Que mi padre fu bastante dbil para unirse  ella por
razones de Estado, y que ha sido una cosa extraa que haya nacido de
ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan
y yo somos tres retoos malditos? Oh! todo lo s, mi buen Salisbury;
pero la historia de esa Rosmunda es para m poco clara. Necesito saber
lo que concierne  mis hermanos antes de reconocerlos.

--Si as lo queris, seor, oiris una historia muy triste.

--Oh! no importa; te escucho.

--Vuestro padre, seor, slo contaba veinte aos cuando fu coronado en
1154; era un bizarro caballero, y parti, como vos,  Palestina. Dos
aos despus,  despecho de su Consejo y de sus amigos, se uni 
vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II,
nio an, no poda amar, ni amaba  Eleonora, que nunca fu hermosa, y
que slo tena en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de
su carcter. Eleonora aventajaba trece aos en edad al rey, y ste,
enamorado  impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella
haba hecho sufrir  Luis VII. Celosa hasta el frenes, amando hasta la
locura  vuestro padre, de carcter iracundo y altivo, se hizo para l
insoportable. Doce aos transcurrieron despus de su matrimonio en
continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia
del rey con pretexto de caza  guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas
expediciones; yo acompaaba al rey; el punto de partida era Wootstock.
En la ltima jornada nos sorprendi la noche junto al castillo de
Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que sali al
encuentro del rey y le rog le honrase hospedndose en su castillo.
Aquella noche conoci el rey  la desgraciada Rosmunda: era una joven de
dieciocho aos, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso an no
he podido olvidar. Figuros, seor, una frente plida, tersa,
majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos
ojos azules de mirada difana, poderosa, en que se retrataba la paz de
un alma pursima y tranquila; aadid  esto un cuerpo esbelto, de
soberbias formas, de continente de reina y areo y vagoroso como el de
un ngel; una imaginacin entusiasta y un tesoro de amor en el corazn,
y tendris una pequea idea de Rosmunda. El rey era como vos  los
treinta y cuatro aos; prendse de Rosmunda y Rosmunda de l; lord
Walter Chifford cerr los ojos  su honor y los abri  su ambicin.
Algunos das despus, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construy
para ella el palacio y el clebre laberinto de Wootstock. All nacieron
un ao despus Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos  su lado
en la corte, y me los entreg; yo los expuse en Westminster y me ocult
tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los
recogiese ms que el rey, que con algunos caballeros deba pasar como al
acaso; pero os anticipsteis vos; volvais de San James de una cita
amorosa, y osteis el dbil baguido de los nios; llegasteis  ellos, y
los contemplsteis un momento conmovido, yo os conoc  la luz del alba
y os dej hacer; tomsteis los pobres gemelos bajo la capa, y
partsteis; yo os segu: fusteis con ellos  Withe-Tower, residencia
entonces del rey, y le entregsteis los nios cuando se preparaba  ir 
buscarlos: el misterio envolvi de una manera impenetrable su origen.
Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados
como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que senta por su
madre; y cuando Eleonora logr introducirse en Wootstock-Bower y asesin
celosa  Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron lmites; si vuestro
padre viviera, aun estara encarcelada vuestra madre. Ahora, seor, que
conocis la historia de Ricardo, que sabis que debe llevar vuestro
nombre, consents en su unin con lady Ester Salisbury, condesa de
Salisbury?

--Te hubiera dado mi hermana Matilde, cmo, pues, negarme al enlace de
Espada-larga con tu hija?

--Oh, seor! exclam el anciano arrojndose  los pies del rey.

--Levanta, leal vasallo. Maana quiero ver  tu hija; y ya que conoces
los secretos de mi padre, busca  otra hermana ma que se nombra Ketti.

--Han venido conmigo, seor.

--Que entren, dijo el rey; ve por ellas.

Salisbury sali.

--Por San Dustan! exclam el rey; si mi padre hubiera vivido diez aos
ms... Oh! quin sabe dnde hubiramos llegado? El buen anciano no
quiso privarme del consuelo de la fraternidad. Rabo del diablo! una
hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por aadidura. En cambio
yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.

Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entr con
Ester y Ketti. La primera salud con nobleza y gracia al rey,
felicitndole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y
trmula de miedo,  pocos pasos de la puerta.

Ricardo la mir de alto  bajo; despus dijo  Salisbury en un tono que
slo pudo ser odo por l:

--Ests seguro de que es ella?

--Miradla bien, seor, contest en el mismo tono el conde; es una
semejanza perfecta de vuestra hermana Matilde.

--Adelante, nia, la dijo el rey; sabes quin soy yo?

--Ah, seor! tartamude Ketti arrojndose  sus pies, con los ojos
baados de lgrimas.

--Sabis, Salisbury, dijo el rey levantando  la nia y sellando un
beso en su frente, que es lo ms bello de mi familia?

Ketti se sonroj, y se separ suavemente del rey.

--Y dnde est milord Espada-larga? pregunt el rey. Ola,
Nortumberland!

Nortumberland apareci  la puerta.

--Haced que entre mi hermano de armas.

--Aqu estoy, seor, dijo adelantndose Espada-larga.

Nortumberland permaneci  la puerta.

--Qu edad tenis, milord? pregunt Corazn-de-Len  Espada-larga.

--Veinticinco aos, seor.

--Hincad una rodilla en tierra, milord, y leed.

Espada-larga dobl una rodilla, y empez  leer en voz alta la cdula de
Enrique II, que le haba entregado el rey; cuando lleg  su nombre, su
voz, antes segura, tembl.

--Esto no puede ser, seor; exclam Espada-larga, fijando en el rey una
mirada profunda.

--Y sin embargo, milord, contest el rey, yo, Ricardo Plantagenet, hijo
legtimo de su alteza Enrique II de Inglaterra, rey por muerte de
nuestro padre del mismo reino, os reconocemos  vos, Ricardo
Plantagenet, marqus de Tiro, conde de Chifford, como hijo bastardo de
nuestro padre, y de lady Rosmunda, condesa de Chifford, alzad.

Espada-larga se levant aturdido. El rey le abraz y le bes en la
mejilla.

--Y porque sabemos, aadi el rey, que es vuestro deseo tomar por mujer
 lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury, tenemos  bien concederos
nuestra licencia, y sealar vuestras bodas en un plazo de tercero da.

Ester di un grito de placer, pero se contuvo. Vi  Ketti trmula,
plida, apoyarse en la mesa, y vacilar. Espada-larga se contuvo tambin
por la misma causa.

--Milord, continu el rey, dirigindose  Espada-larga, haris que se
nos presente nuestro hermano Godofredo Plantagenet.

Espada-larga palideci, acercse al rey y le dijo en voz baja:

--Godofredo es ejecutor de la torre.

Ricardo Corazn-de-Len lanz un voto horroroso, y golpe el pavimento
con el pie.

En aquel momento la puerta se abri, y Godofredo se present en ella
mostrando una cabeza cortada; haba pasado la hora prefijada por el rey,
y vena  cumplir su deber.

--Seor, dijo, sin pasar de la puerta,  hincado una rodilla en tierra;
esta es la cabeza de Adam Wast, ejecutado por traidor.

Ketti di un grito, y cay desmayada; Ester sinti circular por sus
venas el fri del horror, y Corazn-de-Len fij los ojos en Godofredo,
como hubiera podido fijarlos en la esfinge.

--Id! id! dijo el rey despus de un momento de estupor  Espada-larga;
decidle que es nuestro hermano, que deje ese traje y que se nos presente
hoy.

Espada-larga sali.

--Y t, Salisbury, hasta luego. Quiero dar sus dos horas  mi sueo.

Salisbury, Ester y Ketti salieron.

El rey se arroj maldiciendo, y sin despojarse de la armadura, en el
lecho. Cubrise con la piel de tigre, y un momento despus dorma.

[Illustration]

[Illustration]




EPLOGO


I

EL ASESINATO


Tres meses y veintin das despus de los ltimos sucesos, es decir, el
6 de abril de aquel mismo ao, un extenso y pintoresco campamento se
levantaba frente al castillo de Chalus, en el Limosin. Pero como sin
duda saben nuestros lectores que esta es una provincia situada en el
centro de Francia, nos vemos precisados  decirles por qu abandonamos 
Londres y le llevamos  un campamento; para ello nos bastan pocas
palabras: aquel campamento perteneca al ejrcito de Ricardo
Corazn-de-Len.

Y no se crea por esto, que se haba levantado contra Felipe Augusto
aquella inmensa lnea de tiendas, entre las cuales se vean  la dbil
luz del amanecer los bruidos petos y las altas picas de los despiertos
centinelas, guardando otra tienda mayor, sobre la cual ondeaba un pendn
rojo; ni que era el monarca francs quien aguardaba en un magnfico
castillo, situado sobre una eminencia  un tiro de ballesta del
campamento.

Cierto es que Felipe Augusto, segn haba previsto el obispo de Eli,
demand  Ricardo Corazn-de-Len pleito homenaje por los estados de
Guiena, Poit, Normanda y Aquitania; pero Ricardo contest ponindose
al frente de sus normandos, y yendo con la pujanza de la fiera cuyo
nombre llevaba,  embestir en el ejrcito de Felipe que se hallaba en
Saintonges, y avistndole en Niort, le oblig  declararle nico y libre
seor de las provincias, por las cuales le exiga pleito homenaje. Desde
entonces Ricardo y Felipe eran en apariencias los amigos ms afectuosos,
aunque no por eso dejaban de detestarse recprocamente.

Por lo que Ricardo llevaba sus armas sobre la faz de Francia, era un
asunto puramente seorial. Haba heredado de su madre la Aquitania,
llevada por sta en dote  Enrique II, y era por tanto seor natural de
Limosin, y de su capital Limoges, cuyo conde era fama haba encontrado
la noche de Navidad de 1193, un tesoro cuyo valor ascenda  diez
millones de florines. Ricardo exigi al de Limoges una parte exorbitante
del tesoro; el de Limoges neg su existencia, pero aadi de la manera
ms insolente, que aunque fuera cierto, ni un florn suyo entrara en
las arcas del rey de Inglaterra; y este jur al oir esto, de la manera
ms segura, que el crneo del conde le haba de servir para medida de
los diez millones de florines. Pensar y hacer eran en Ricardo dos cosas
iguales; aprest sus normandos, embarcse, y entr en Francia por la
Mancha. Un da al amanecer, el conde de Limoges vi una elevada tienda
coronada por un pendn real, y en torno de ella acampado todo un
ejrcito; aquel da era el 6 de abril de 1194.

Algn tanto preocupado y temeroso el conde, ocupbase en consultar en
consejo  sus capitanes el partido que debera tomar, cuando sobre las
torres del castillo son el toque de una corneta, y el alcaide entr
diciendo que dos soldados demandaban hablar particularmente con el
conde. Este mand que fueran introducidos al momento, y en efecto, dos
hombres cubiertos con tabardos y las viseras caladas sobre los ojos se
presentaron demandando se les sealase un puesto para batirse en defensa
del seor de Limoges contra el rey de Inglaterra.

El uno de ellos llevaba una ballesta y tres venablos: adelantse, y dijo
mostrando sus armas:

-Juro por los Santos Evangelios dar muerte al rey despus de vencerlo;
este, dijo mostrando uno de sus venablos, har caer uno de sus ms
cercanos servidores; este, y mostraba un segundo venablo, herir su
caballo y le har rodar por tierra; este otro se clavar en su pecho y
le matar.

El conde de Limoges hizo un ademn desconfiado  incrdulo; pero el
hombre que tal haba jurado, lleg  una ventana, tom una flecha del
talabarte de un arquero, y sealando  la tienda real dijo:

-Vis la ensea del len tremolando sobre su guarida? Si hago rodar
esa ensea creeris que del mismo modo podr herir al rey?

El conde y sus capitanes se acercaron  la ventana, sorprendidos por tan
atrevida prueba. Aquel hombre arm la flecha en su ballesta, apunt y
dispar; el arma hendi los aires silbando,  instantneamente el pendn
cuya asta haba sido cortada, rod hasta el suelo, cayendo delante de la
tienda.

-Es una casualidad, dijeron simultneamente algunas voces.

El que tanta destreza haba mostrado, tomo otra flecha, y apunt  uno
de los centinelas del campamento enemigo; un instante despus el
normando cay como si le hubiera herido un rayo.

Este doble incidente produjo un movimiento hostil en el ejrcito de
Corazn-de-Len. Las tiendas se plegaron desapareciendo en un momento, y
slo se vi en su lugar una extensa lnea de yelmos y picas, sobre las
cuales reflejaban los primeros rayos del sol; lnea que avanzaba
rpidamente con las picas al hombro, arrojando nubes de flechas sobre el
castillo, al son de las trompetas y de los timbales, desfilando como una
serpiente, y circunvalando los fosos. Bien pronto el castillo de Chalus
estuvo sitiado, y la catapulta empez  batir sus muros.

Las almenas estaban cubiertas de archeros que arrojaban sobre el
ejrcito sitiador una granizada de venablos, hiriendo  la descubierta 
los normandos, que caan con una frecuencia que haca rugir de rabia 
Corazn-de-Len.

Cabalgaba ste en un soberbio corcel con gualdrapas de batalla,
ennoblecidas con el blasn de los Plantagenet: llevaba la misma armadura
dorada con que entr en Londres, y bajo ella cea una fuerte loriga.
Junto  l, armado de todas piezas, cabalgaba Ricardo Espada-larga  su
derecha, y  su izquierda el conde de Surrey llevaba el pendn real.

-Adelante, tigres mos, gritaba el rey blandiendo su hacha de armas, y
recorriendo al galope su lnea que segua avanzando; adelante la
normanda! es necesario que ahorquemos  esos perros franceses.

Los normandos adoraban al rey, si bien no le llamaban ms que su duque;
pero su duque era invencible cuando se pona  su cabeza, cuando les
aguijaba como un cazador aguija su jaura.

El ardor de los normandos era terrible; entraban sin detenerse un punto
al paso de carga, sufriendo los disparos del castillo, y dejando tras
s un rastro de sangre y de cadveres.

No se oa ms que un solo grito:

--Salud al duque de Normanda! A Chalus! A Chalus!

Y entraban cada vez con ms ardor, estrechando el crculo,  la carrera,
con los escudos al pecho y las picas al hombro.

De repente la corneta del rey toc alto, y aquella valiente muchedumbre
se detuvo  un mismo tiempo sin adelantar un solo paso.

Se haba abierto la puerta del castillo, dando salida  una pequea
cabalgata, entre la cual ondeaba un pendn blanco, y que adelant  la
carrera llegando junto al rey, el cual se haba adelantado algn tanto 
los suyos, acompaado de Espada-larga y del conde de Surrey.

Los que venan del castillo, echaron pie  tierra, y doblaron la rodilla
ante Corazn-de-Len,  quien uno de ellos se dirigi.

--Seor, dijo mostrndole un ramo de oliva; mi seor natural, el noble
conde de Chalus, me enva  hacer proposiciones de arreglo  vuestra
alteza.

El rey lanz una mirada iracunda al mensajero, y sealando los
cadveres de los normandos, grit enfurecido:

--Es ya tarde: decid  vuestro noble seor, que Corazn-de-Len no se
allana  admitir proposiciones de un vasallo rebelde, y que si al
momento no me abre Chalus sus puertas, no dejar piedra enhiesta en sus
muros, ni cabeza en los hombros de sus defensores.

--Cuando el conde, mi seor, contest el enviado, neg  vuestra alteza
la pertenencia del tesoro encontrado en sus Estados, no disput ms que
un derecho; nunca pens defenderlo con la fuerza, y slo tom las armas
cuando entr vuestro ejrcito  sangre y fuego, talando sus tierras.
Nada han respetado vuestros soldados, y un terrible azote  cado sobre
el Limosin; el conde, mi seor, por la vida de sus vasallos, que tambin
lo son vuestros, me ha enviado  vuestra alteza con un ramo de pacfica
oliva; pero ha arrojado la vaina de la espada para defender  todo
trance su blasn coronado de conde.

--Eso es decir, grit furioso el rey, que vuestro amo me da  escoger
la paz  la guerra?

--Seor!

--Basta! Cuando un vasallo rebelde como vuestro conde se atreve 
empuar las armas contra su seor natural, en vez de admitir su guante,
se envan cuatro archeros acompaados de un verdugo, para que quiebre su
espada y rompa su blasn; se le hace subir  una horca, y se le cuelga
en ella para aviso de los traidores. Idos!

-Seor!

-Idos! por San Jorge! grit el rey lanzando sobre l su caballo, y
levantando el hacha de armas.

Los mensajeros del de Limoges, tuvieron por conveniente cobrar sus
bridones y escapar; el rey di la seal de arremeter; los que huan,
entraron en el castillo acompaados de un vendaval de flechas.

Casi al mismo tiempo, aparecieron sobre la solitaria plataforma del
torren ms avanzado dos hombres; el uno de ellos, permaneci inmvil,
el otro arm una ballesta, y apunt; el venablo se clav rechinando en
el escudo de Espada-larga.

-Ira de Dios! Surrey, exclam el joven; que Dios no me salve si
aquellos dos hombres no son los que continuamente nos persiguen.

En efecto, un mes despus de la llegada del rey  Londres, dos hombres
le haban acometido para asesinarle; pero frustrada la tentativa,
lograron huir; lo mismo haba acontecido respecto  Espada-larga y 
Surrey, que donde quiera que estaban, tenan ocasin de ver  aquellos
dos miserables asesinos, pagados sin duda, y  quienes el diablo deba
proteger, puesto no haba sido posible haberlos  las manos.

Una descarga de flechas fu  estrellarse sobre las almenas del torren
donde aquellos dos hombres estaban, pero sin herirlos; el que haba
disparado el primer venablo, arm otro, y el caballo del rey cay
rodando por la arena; el rey se levant empolvado, frentico, rechinando
los dientes y lanzando llamas de clera por los ojos.

Las flechas pasaban espesas como el granizo junto  los dos temerarios
del castillo, y siempre sin tocarlos. En fin, el que tan buen tirador
era, arm el tercer venablo; Corazn-de-Len di un grito, y cay entre
sus caballeros: el venablo le haba herido en el hombro izquierdo
atravesando el escudo, la coraza y la loriga; en el asta del venablo
estaba atado un pergamino; el rey le arranc y le ley.

--Corazn-de-Len, deca; yo soy el marido de tu hermana; yo el que
mandaste poner en el tormento; yo soy el sentenciado por t y salvado
por Satans para esterminarte; soy Adam Wast, y mueres  mis manos,
porque el venablo est emponzoado.

Los caballeros lanzaron un grito de venganza; el rey quiso montar 
caballo, pero no pudo, y fu necesario conducirle  su tienda.

El castillo fu asaltado, por los furiosos normandos que pasaron 
cuchillo  sus defensores. En vano Ricardo Espada-Larga busc al asesino
de su hermano; no le hall ni entre los prisioneros ni entre los
cadveres.

Cuando volvi  la tienda real, Corazn-de-Len haba muerto.

El rey gigante en valor, el rey aventurero, el rey indomable, haba
perecido, como su padre,  manos de la traicin.

Agiab haba cumplido su juramento  Guillermo de Longchamps, Obispo de
Eli y canciller de Inglaterra.

Corazn-de-Len fu enterrado en la abada de Jontevraud.


FIN




NDICE


                                                                    Pgs.

I. Los hermanos de la niebla,                                          5

II. El hermano del verdugo,                                           35

III. Principios de aventura,                                          47

IV. De lo que encontr Dik, cuando menos lo esperaba,                 55

V. Lady Ester,                                                        67

VI. Una traicin involuntaria,                                        89

VII. Un motn.-Un florn por una cabeza,                             105

VIII. Un instrumento roto,                                           115

IX. Una sorpresa,                                                    127

X. Medidas preventivas,                                              137

XI. Principios de revelacin,                                        157

XII. El rey se vende,                                                175

XIII. Agiab,                                                         183

XIV. El verdugo de la Torre,                                         191

XV. El prncipe Juan,                                                195

XVI. El conde de Salisbury,                                          205

XVII. La sala del tormento,                                          217

XVIII. En que el rey encuentra otros dos hermanos,                   227

EPLOGO.--El asesinato,                                              241

       *       *       *       *       *

OBRAS DEL AUTOR

SALOM, un vol. =1 peseta.=

AMPARO (Memorias de un loco), =2 pesetas.=


PRXIMA  PUBLICARSE

LA HISTORIA DE UN HOMBRE CONTADA POR SU ESQUELETO.






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Manuel Fernndez y Gonzlez

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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


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Literary Archive Foundation

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