Project Gutenberg's La novela de un novelista, by Armando Palacio Valds

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Title: La novela de un novelista

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: February 9, 2012 [EBook #38814]

Language: Spanish

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LA NOVELA DE UN NOVELISTA

OBRAS DE PALACIO VALDS

4 PESETAS TOMO

EL SEORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARA, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francs y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francs, al
ingls, al alemn, al holands, al sueco y al tcheque. Edicin espaola
con notas y vocabulario en ingls.

JOS, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn, al holands,
al sueco, al tcheque, al dans y al portugus. Edicin espaola con
notas en ingls para el estudio del espaol en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francs.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al ingls.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al holands.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francs, al ingls, al
holands, al ruso, al sueco y al italiano.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al ingls.

LA FE, un tomo. Traducida al francs, al ingls y al alemn.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francs y al ingls.

LOS MAJOS DE CDIZ, un tomo. Traducida al francs y al holands.

LA ALEGRA DEL CAPITN RIBOT, un tomo. Traducida al francs, al ingls,
al sueco, al holands y al italiano. Edicin espaola con notas y
vocabulario en ingls.

LA ALDEA PERDIDA, un tomo.

TRISTN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al ingls.

SEMBLANZAS LITERARIAS (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
espaoles, Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo. Traducidos al alemn.  AOS DE
JUVENTUD DEL DOCTOR ANGLICO, un tomo.  LA NOVELA DE UN NOVELISTA. Un
tomo, 5 pesetas.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO XXI

=LA NOVELA DE UN NOVELISTA=

ESCENAS DE LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

[Illustration]

MADRID

LIBRERA DE VICTORIANO SUREZ

Preciados, nmero 48.

1922

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

Imprenta Helnica. Pasaje de la Alhambra, nm. 3, Madrid.


_DEDICATORIA_

_A LOS NIOS DE HOY_

_A vosotros dedico estas pginas, porque
seris tal vez los nicos que con ellas se
diviertan. No me pesa. Quisiera terminar
mi vida haciendo meditar un poco a los
grandes y divirtiendo a los pequeos._

_A. P. V._




ANTES DE EMPEZAR


Los nios encuentran siempre el mundo nuevo y jugoso. Para los viejos
como yo se cae a pedazos de puro seco. Quin tiene razn? Ellos; sin
duda ellos. Todo pierde su valor con el tiempo, pero no es culpa de los
manjares, sino de la boca y la lengua. Preguntad a los nios y los
pjaros cmo saben las cerezas, dice un proverbio alemn. Ignoro cmo
sabrn a los pjaros, pero en cuanto a m me saban tan bien hace
sesenta aos que cuando vea una cesta de ellas caa inmediatamente en
xtasis como Santa Teresa en presencia del Sacramento.

La historia de la infancia es igual siempre a s misma. Es la felicidad.
Todo nio es feliz si una mano brutal no se interpone entre l y la
felicidad. Aire, luz, libertad, un poco de arena o de barro. No
necesitamos entonces ms para ser felices. Todo eso lo da Dios. Slo en
la infancia percibimos el sabor de los elementos creados. Las cosas
tienen verdadera significacin para nosotros: el mar, la lluvia, la
aurora, las montaas y los ros, las fisonomas de los hombres y los
animales entran por los ojos en nuestra alma y all se pintan con
caracteres indelebles.

Recuerdo la profunda impresin que me causaba en mi niez el mar. Cuando
me acercaba a l todo mi diminuto ser se estremeca; la brisa salina me
enajenaba, el fragor de las olas me enardeca, los barcos que se
balanceaban a la orilla me dirigan amables invitaciones, las gaviotas
volando sobre la inmensa llanura despertaban en mi corazn ansias locas
de lo infinito. Era una mezcla de terror y de gozo. No poda hartarme de
mirar y de sentir. Haba una especie de fascinacin en este abismo
azul, verde, argentado que me haca esperar siempre algo inefable y
divino. Qu nueva felicidad llegara para mi? Dnde se escondera en
este momento? Mi espritu daba vueltas, trazaba crculos como aquellas
gaviotas sobre la flgida llanura. Pensaba ver surgir de las olas
figuras adorables, rostros divinos que me sonrean. Era el templo de
Dios aquel abismo lquido y transparente de donde se alzaba una msica
que me inundaba de dicha y llenaba mis ojos de lgrimas...

Ay! ahora me acerco al mar como si fuese a la Puerta del Sol. Contemplo
las volutas argentadas de sus olas con la misma indiferencia que los
chorros de las mangas de riego. Su estruendo temeroso me deja impasible
como el ruido de los coches, y me parece que las gaviotas con sus
graznidos pregonan los peridicos de la tarde.

Al meditar sobre tal contraste llama a mi puerta con fuerte campanillazo
el idealismo trascendental--Todo est en ti, iluso, todo est en
ti!--. Todo no; algo queda fuera, y por este algo es posible la vida y
se hace imposible la muerte.

En realidad slo en la niez somos sabios, slo entonces establecemos
las verdaderas relaciones entre los hombres y las cosas: el odio es
odio, el orgullo es orgullo y la justicia justicia.

Por eso escribo la historia de mi infancia, porque slo entonces me
encuentro original y sincero. El nio no se acerca a un general, ni a un
ministro, ni a un clrigo ni a un mendigo; se acerca siempre a un
hombre. En todas las figuras y con todos los disfraces vemos al hombre y
a l nos ligamos o lo repelemos. Como salimos frescos de las manos de
Dios sabemos que todos somos imgenes de El y que no son los zapatos y
el sombrero lo que nos aproxima ms al original.

Los nios creen absolutamente en la bondad del Universo. Viniendo de lo
Infinito no pueden concebir la maldad ms que como locura. Creen en la
salud moral, creen en la simpata desinteresada y en la fidelidad.
Cuando un sujeto guapo que frecuenta su casa les besa cariosamente y
les trae golosinas, no se les pasa por la mente que aquel sujeto hace
slo esto por conquistar a su mam.

El amor es confiado. Por eso de nios no nos cansamos jams de creer y
confiar. Porque en nuestra alma se halla entonces presente la paz
indescriptible, la justicia ilimitada, la bondad infinita del Seor. Se
necesita que el mundo nos arranque cruelmente la fe y con ella pedazos
del corazn para que desconfiemos de los que nos rodean. En mi casa hay
unas nias que cuando van al colegio le piden todos los das a su mam
que enve a buscarlas media hora antes de la salida reglamentaria. La
madre se lo promete y jams lo cumple; pero ellas se marchan tranquilas
confiando en su palabra, y al da siguiente lo mismo. Es hermoso! En
cambio a nosotros, los viejos, un ministro nos jura por Dios y todos los
santos, por su padre y por su madre que acepta la cartera para trabajar
por el bien del pas, sin pensar en lucrarse... y no le creemos. Es
horrible!

Esta confianza inquebrantable en la bondad del Universo es lo que nos
hace felices en la infancia. La ma ha sido particularmente dichosa por
una disposicin de circunstancias que el lector apreciar si se digna
pasar la vista por las siguientes pginas.

Mi infancia y mi adolescencia se pasaron en dos medios bien diferentes,
en las speras montaas de la ms abrupta provincia espaola y en las
riberas del mar. Esta ventaja de alternar la vida campesina con la
martima es inapreciable porque da variedad a la vida y desarrolla en
nosotros pensamientos y aptitudes diversas. Sabido es que nada refresca
tanto el cuerpo y el espritu como el cambio de ambiente y de
costumbres. Adems fu educado con una libertad que pocos nios han
disfrutado en la clase a que yo pertenezco. Nadie me ha obligado jams a
estudiar. Yo lo he hecho siempre cuando quera y como quera. Mi padre
era un escptico irreductible en lo referente a educacin; se
encolerizaba cada vez que oa decir que la educacin puede mudar poco o
mucho nuestra naturaleza. Tal vez arrastrado por su tendencia a la
paradoja, fuese demasiado lejos en este punto.

Despus que salamos de la escuela he discurrido siempre a mi antojo por
la villa o por el campo en compaa de otros nios hasta que sonaba el
_Angelus_ en la iglesia, en cuyo instante estbamos obligados a
restituirnos a casa sin prdida de tiempo. Nada de ayas o vigilantes,
nada de colegios particulares y aristocrticos que no he pisado jams.
He ido siempre a la escuela pblica y ms tarde al Instituto. No maldigo
de colegios y academias que no conozco; pero opino que es mejor para un
nio beberse el aire de la calle y recibir algunos sopapos de los hijos
de los carniceros. Acaso por esto en las pequeas poblaciones no existe
ese odio irreconciliable entre burgueses y proletarios que observamos en
las grandes ciudades.

Laviana con sus ingentes montaas; Avils con sus vergeles, con la
belleza y alegra de sus mujeres incomparables, con sus habitantes
selectos, apasionados del Arte; Oviedo, ciudad rebosante de ingenio y
cultura fueron los dorados prticos donde corri mi infancia. El cielo
me concedi una madre solcita y tierna, un padre sensible, noble,
ilustrado, parientes afectuosos, amigos de extraordinario despejo que
fueron ms tarde honor de nuestra nacin. En verdad que no debo quejarme
de mi hado. Hay sujetos que pasan su vida lamentndose de cuanto les
rodea, de su patria, de su familia, de sus amigos, de su profesin y
hasta del siglo que les vi nacer, del tiempo y del espacio. El hombre
es un ser que quisiera siempre estar en _otra parte_. Yo no he aspirado
a moverme de la ma. Padres, deudos, vecinos, amigos, compaeros han
sido genios propicios para m. He hallado en mi camino hermosas almas a
las cuales soy deudor del corto talento que he podido desplegar en este
mundo. Mis das se han deslizado dulces, serenos, perfumados por el amor
y la amistad, turbados solamente por la huda de seres muy queridos a
otra regin ms alta. Ignoro lo que la suerte me reserva. Aunque me
resta corta vida, para el dolor puede ser muy larga. Pero si Dios me
invitase a repetir la que hasta ahora he llevado, no vacilara en
aceptar el convite.




I

ADN EN EL PARASO


Habamos llegado a Entralgo la noche anterior; un da entero caminando
en diligencia hasta entrar en Sama de Langreo. All nos esperaba nuestro
mayordomo Cayetano con los caballos necesarios. Mont mi padre en un
caballo blanco, izaron a mi madre sobre otro negro provisto de jmugas,
acomodaron a las criadas sobre pacficos asnos y a m me puso Cayetano
delante de s en su propio caballo _Gallardo_, ms brioso que _Bucfalo_
y ms juicioso que _Rocinante_. Nos serva de espolique Jos Mateo.

Seguimos la orilla del ro y cuando llegamos a Entralgo era ya noche. Yo
estaba medio dormido. Slo me di cuenta de que haba unas montaas muy
altas, muchos rboles, un ro, una gran casa con balcones de madera y
delante de ella unos cuantos aldeanos y aldeanas que nos acogieron con
alegra. Dos de ellos llevaban sendos candiles en las manos, con los
cuales nos alumbraban mientras nos apebamos. Recuerdo que una mujer
vieja y gorda, mejor vestida que las otras, me tom de los brazos de
Cayetano en los suyos y me bes con efusin diciendo en voz alta que
pareca un clavel. Era Manola la noble esposa de Cayetano. Despus
manifest en voz ms alta an, que pareca un botn de rosa y recuerdo
que estos smiles me gustaron mucho y me hicieron formar buena idea de
las facultades discursivas de esta seora.

Mi padre dijo:

--Acostad a ese nio inmediatamente.

Mi madre respondi:

--Le daremos antes de cenar.

Mi padre replic:

--No es necesario. Ha comido muchas golosinas.

Y no recuerdo ms. Cuando a la maana siguiente abr los ojos estaba en
el Paraso terrenal.

Por los cristales de mi balcn se vea el sol nadando ya por el cielo
azul. Frente a m se alzaba una alta, hermosa montaa cuya crestera
semejaba la de un castillo fantstico. Sobre esta montaa venan a
posarse algunas nubecillas arreboladas que el viento empujaba
suavemente. El balcn abra sobre un corredor guarnecido de una
magnfica parra cuyos pmpanos caan como esplndido cortinaje,
ocultndome a medias el paisaje.

En aquel mismo cuarto haca seis aos, el de gracia de 1853, haba yo
visto por vez primera la luz del da.

Mi padre me cont ms tarde las circunstancias de mi nacimiento. Mi
madre se hallaba en manos de la partera, de Manola y de otras tres o
cuatro mujerucas expertas. Mientras tanto l, agitado y temeroso paseaba
por el saln de la casa en compaa del notario don Salvador, del
abogado Juncos y del seor cura de Lorio. A estos personajes fu
presentado inmediatamente despus de nacer con las solemnidades de
rbrica. No haca memoria mi padre de lo que haba dicho en esta grave
ocasin don Salvador el notario, ni el seor cura de Lorio, pero s
recordaba perfectamente que el abogado Juncos, mirndome fijamente y
extendiendo su mano sobre mi cabeza, profiri con acento severo estas
memorables palabras:

--Dios le deje llegar al solio pontificio!

El lector tendr ya noticia seguramente de que los deseos profticos del
abogado Juncos no se han verificado. Me consta que mientras vivi nunca
pudo consolarse de esta amarga decepcin que le hizo experimentar el
Sacro Conclave Romano.

Poco despus de nacer yo se traslad mi familia a Avils, la villa
martima que todo el mundo conoce. Y mis padres tuvieron el mal gusto de
pasar seis aos sin poner los pies en Entralgo, lugar de celestiales
delicias enclavado en la montaa.

Osadamente me vest sin llamar a la _chacha_ y mi audacia lleg al punto
de deslizarme por la casa sin conocerla. Encontr una escalera, baj por
ella y sal al campo. Oh qu hermosa huerta se extenda delante de m
toda llena de ciruelas, cerezas y otros frutos deliciosos! Apenas di
unos cuantos pasos tropec con Jos Mateo, aquel criado moreno, fornido,
de cabellos rizados que nos haba servido de espolique la tarde
anterior.

--Jos Mateo, alcnzame una ciruela.

Jos Mateo obedeci inmediatamente. Despus vi un cerezo cubierto de
cerezas y orden con el mismo imperio:

--Jos Mateo, alcnzame cerezas.

Y con igual sumisin Jos Mateo se encaram en el rbol y me entreg una
rama cuajada de ellas.

--Dnde vas?--le pregunt.

Jos Mateo me enter de que iba en aquel momento a ordear las vacas y
me pregunt si quera hacerle el honor de acompaarle. Se lo otorgu
generosamente. Fuimos al establo y delante de l haba unos cuantos
hombres y mujeres arrancando patatas, que me acogieron con jbilo y me
vitorearon como a un emperador. Yo apenas correspond a esta calurosa
ovacin porque tena prisa de hallarme frente a las vacas. Haba cinco o
seis: la _Salia_, la _Cereza_, la _Garbosa_, la _Morueca_, etc. Las
contempl con respeto y simpata, pero mis ojos y mis sentidos todos se
dirigieron inmediatamente a los terneros que se hallaban amarrados lejos
de sus madres a un pesebre mucho ms bajo. Acometido sbito de fervoroso
amor me precipit hacia ellos para abrazarlos y besarlos. Me acogieron
con notoria ingratitud, brincando y retorcindose para esquivar mis
caricias.

--Jos Mateo, mntame sobre una vaca.

Jos Mateo me mont sobre una vaca y me sostuvo todo el tiempo que yo
quise. Despus tom su colodra y se puso a ordear. Los que arrancaban
las patatas vinieron un momento a reposarse y siguieron tributndome los
mismos homenajes. Pero yo estaba atentsimo a la operacin que
realizaba Jos Mateo. Sin saber cmo, en mi mente naci un pensamiento
ambicioso, el de ordear yo tambin a uno de los terneros. En cuanto
signifiqu la proposicin obtuvo un xito inesperado. No slo Jos Mateo
sino todos los que all haba lo mismo hombres que mujeres la aprobaron
fuertemente y manifestaron del modo ms ostensible su satisfaccin. Jos
Mateo busc un zapito ms chico y me lo entreg. Acto continuo me puse a
la obra...

Por qu ren aquellos mastuerzos? Por qu ren tanto? Rean hasta
desternillarse, apretndose las costillas como si fuesen a estallar.
Pero el ternero, brincaba, coceaba, se retorca: y por ms que yo,
diligente y enardecido por los gritos de entusiasmo que los arrancadores
de patatas lanzaban al aire, no cejaba en mi tarea, nunca pude extraer
de l una gota de leche. Para resarcirme de esta dolorosa decepcin Jos
Mateo me ofreci un zapito rebosante de ella. Beb hasta que me hart
con viva satisfaccin del concurso, el cual prorrumpi en gritos de
entusiasmo al verme con las narices teidas.

En cuanto salimos del establo lo primero que encontramos oh dicha! fu
un asno.

--Jos Mateo, mntame sobre ese burro.

Jos Mateo obedeci y todos los dems le ayudaron a izarme y me pasearon
largo rato por mis dominios hasta que me llamaron a tomar el chocolate.
Y apenas tomado, sub de nuevo al cielo, esto es, mont en el asno y
segu pasendome, sirvindome de palafreneros una muchedumbre de hombres
y mujeres, por aquellos parajes encantados donde todo era placer, dicha
y amor.

Cuando lleg la hora de comer Manola y su digno esposo Cayetano, que
ocupaban los bajos de nuestra casa, me invitaron a su mesa. Oh! esta
mesa era el artefacto ms ingenioso y admirable que jams se haya visto.
Nos sentbamos en un gran escao de madera ennegrecida delante del lar;
se soltaban unas clavijas y de pronto bajaba una gran tabla a colocarse
delante de nosotros. A pesar de mis canas todava no puedo recordar esta
mesa sin que mi corazn salte de alegra.

Mientras comamos, una gata maravillosa vino a ponerse sobre el hombro
de Cayetano y a comer las sobras de su plato. Mi sueo en aquel momento
sera que se montase tambin sobre mi hombro y comiese conmigo. Pues
bien, este sueo ambicioso se realiz antes de llegar al final de la
comida. La _Micona_, aquella gata majestuosa, madre de tres generaciones
de gatos guerreros, me hizo el honor de subirse a mi espalda y meter el
hocico en mi plato. Yo permanec tan confuso y agradecido que me
apresur a darle todo lo que haba en l y si no hubiera sido por Manola
me quedo con hambre.

Despus salgo al campo otra vez, y mis pies recorren los deliciosos
senderos de la aldea, los bosques de avellanos, las calles estrechas
entre setos de zarzamora y madreselva. Un sentimiento de inmortal
felicidad invada mi espritu, lo tena suspenso y extasiado. El aire
embalsamado penetraba en mis pulmones embriagndome, los pjaros
gorjeaban sobre mi cabeza bendiciones, las hojas de los rboles
susurraban a mi odo promesas de dicha. De pronto en una de las
revueltas del sendero, tropiezo con una gran cerda que llevaba en pos de
s ocho o diez cerditos. Jams he visto una aparicin ms celestial.
Aquellos animalitos bulliciosos, sonrosados, cautivaron inmediatamente
mi corazn.

Y como yo estaba persuadido de que me hallaba en el Paraso y que todas
las criaturas de Dios deban obedecerme y acatarme, en cuanto vi a un
paisano cerca le orden que me diera uno de aquellos cerditos. Sin
prdida de tiempo me lo entreg y yo le bes con transporte en el
hocico. Pero aquel animalito no deba estar acostumbrado a esta clase de
expansiones amorosas porque la tom como una ofensa, se puso a chillar y
a forcejear hasta que logr desasirse y escapar con sus hermanos.

Un poco ms lejos vi algunos carneros pastando, y el pastor, que era un
chico de catorce o quince aos, me invit a que me sentara a su lado. Me
trat igualmente como a rey y seor, me regal una flauta con la cual
distraa sus ocios y los de los carneros, me ense a hacer jaulas de
mimbre para los grillos, me adiestr en la caza de stos, revelndome
algunos procedimientos de su invencin y por ltimo me hizo saber que
aquellos carneros me pertenecan y estaban a mis rdenes. Por lo tanto
no tena ms que pedir a mi pap que me hiciese construir un carrito de
madera y l se encargaba de enganchar los dos ms fuertes y domarlos
hasta que pudiera pasearme por todo el concejo y llegar a Sama si fuera
necesario. Yo pens que me volva loco de alegra. Me fu a casa y
haciendo irrupcin en el despacho donde se hallaba mi padre con algunos
seores, le signifiqu a boca de jarro mi pretensin. Todos aquellos
seores la encontraron muy razonable y la apoyaron con todas sus
fuerzas, de modo que mi padre di inmediatamente las rdenes oportunas
para que se construyese el carro.

Pero qu es lo que veo? Un perrito negro con un redondo lunar blanco en
la frente, que empieza a brincar en torno mo solicitando mi valiosa
proteccin. Me apoder de l, le tom en mis brazos y nuestra amistad
qued sellada. Este perrito era una perrita, se llamaba _Peseta_ a causa
de la forma y tamao del lunar, que semejaba la moneda de este nombre y
perteneca al mdico don Nicols, uno de los seores presentes. Como es
lgico le ped en seguida que me la regalase, y como es lgico tambin,
me respondi que desde aquel momento era ma.

Sal con ella en los brazos y la pase triunfante por la aldea
mostrndola con orgullo a todo el vecindario. El respeto a la verdad me
obliga a confesar que durante las dos o tres horas que la llev sobre mi
pecho, aquella linda perrita me di pruebas inequvocas del ms fino
amor. Me deca cosas tiernas al odo y me lama la cara, acaso ms a
menudo que lo que hubiera aconsejado la decencia. Por qu, pues,
aprovechando un descuido mo, salt al suelo y emprendi una carrera
vertiginosa sin escuchar mis anhelantes llamamientos? Nunca he podido
comprenderlo. El corazn femenino es un abismo de contradicciones y
misterios.

Cuando vena hacia casa mohino y entristecido, tropec con don Marcos,
aquel famoso capelln que haba perdido su fortuna en francachelas y
sobre el tapete verde.

--Don Marcos--le dije con acento dolorido--se me escap la _Peseta_!

--Ay, hijo mo, cuntas se me habrn escapado a m!--me respondi
sonriendo.

Yo no entend el equvoco y cre de buena fe que haba tenido muchas
perritas y se le haban escapado. Y le compadec sinceramente.

Pero cuando llegu a casa el _Muley_, el obeso perro de caza de
Cayetano, vino a m y me consol de la traicin de aquella prfida. Qu
honradote era aquel _Muley_! qu gracioso! Qu buen carcter tena!
Aunque me montase sobre l, aunque le tirase de las orejas y del rabo
jams le he visto enfadado. Lo nico que haca era sustraerme
bonitamente el pan de la merienda. Pero lo ejecutaba con tal gracia y
destreza que se lo perdonaba de todo corazn. Aquella tarde me hizo
feliz y se trag tres buenos cachos de pan y un gran pedazo de queso.

Por la noche, despus de cenar me recost en el gran sof del comedor,
cerca de mi madre, que ocupaba el otro extremo. Ms de una docena de
mujerucas de la aldea vinieron a hacernos la tertulia. Como no haba
sillas bastantes, muchas de ellas se acomodaron en el suelo. Mi padre en
un ngulo de la estancia fumaba un cigarro puro y charlaba con el seor
cura, el notario don Salvador, el abogado Juncos y Cayetano. Las
mujerucas hilaban y mi madre hilaba tambin sirvindose de una preciosa
rueca con incrustaciones de marfil que le haba regalado mi abuelo. Sus
dedos de hada torcan el hilo tan fino que las mujerucas no se hartaban
de admirarla. De vez en cuando posaba en m sus grandes, hermosos ojos
negros, y sonrea dulcemente.

Los mos se entornaban ya a mi despecho para dormir. Senta perder de
vista por algunas horas el paraso en que la Providencia me haba
colocado. A mis odos llegaba, sin embargo, la conversacin que sostena
mi padre con aquellos seores. Se hablaba de unas cosas espantosas, del
robo que se haba cometido haca pocos das en casa del seor cura de
Pelgano, de la ferocidad de los ladrones, de los tormentos que haban
infligido al buen sacerdote y a su ama de gobierno para hacerles
declarar dnde estaba escondido el dinero. Pero todo aquello no era ms
que una horrible pesadilla. Yo estaba en el Paraso, me hallaba
absolutamente convencido de ello, y ansiaba despertarme para gozar
nuevamente de sus alegras inmortales.




II

UNA SUERTE ORIGINAL DEL TOREO


Despus de tan larga ausencia mi padre tena muchos asuntos que arreglar
en Laviana. Permaneceramos, pues, all no slo el verano sino el otoo,
acaso tambin el invierno; en fin, una eternidad. Yo me dispuse a pasar
la eternidad como la pasan los ngeles, suponiendo que los ngeles no
tengan colegio. Mi padre me haba anunciado que todos los das
aprendera mis lecciones de gramtica y de historia sagrada y escribira
mi plana; pero yo conoca a mi padre perfectamente aunque no le hubiese
engendrado y la eficacia de sus preceptos cuando stos tendan a
molestarme.

Me puse, pues, tranquilamente en los primeros das a recorrer el Paraso
terrenal y a reconocer sus parajes ms deleitosos empezando por nuestra
morada. Era un gran casern hecho a retazos por sucesivas generaciones.
Para pasar de una habitacin a otra haba que subir o bajar casi siempre
un escaln y esta circunstancia me impresion muy agradablemente en su
favor, no s por qu. Quiz, sin darme cuenta de ello, previese que
aquel constante subir y bajar iba a influir beneficiosamente en el
desarrollo de mis piernas. Sin embargo, lo primero que desarroll fu la
cabeza, pues di unas cuantas cadas que levantaron otros tantos
chichones en ella.

Haba una gran sala en la parte trasera, que llamaban la _sala nueva_
aunque era terriblemente vieja y a entrambos lados de la casa dos
amplios corredores de rejas guarnecidas con sendas parras. Los muebles
eran feos y toscos: sobre todo un reloj de pesas tena tan espantosa
catadura, que no poda mirarlo sin sentirme inquieto, y cuando iba a dar
la hora comenzaba a producir unos ruidos extraos y odiosos que me
asustaban.

La cama en que yo haba nacido (esto lo supe despus porque entonces no
dudaba de haber llegado de Madrid en la consabida cestita) era un
monumento de Semana Santa. Para subir a ella deba de existir una
escalera de mano, pero yo no la vi. Los sillones de la sala pertenecan
al tiempo de los cclopes o por lo menos a la era pelsgica, pues ningn
hombre de este siglo poda sentarse en ellos por sus propias fuerzas. En
el sof dormiramos todos los de la casa sin molestarnos. Ciclpeas eran
tambin las mesas de roble, que no podan ser removidas sin que subiesen
los criados de la labranza a ayudar a las muchachas.

Pero en medio de toda esta barbarie haba un delicioso artefacto
modernista, un organillo no ms antiguo de un siglo. Era ms alto que yo
y su repertorio se compona de piezas de una pera llamada _La
Caravana_, valses de la reina de Escocia, minus y gavotas. As que
empu su manubrio y le hice sonar comprend cul era mi verdadera
vocacin en este mundo. Yo haba nacido para tocar el organillo. Fiel a
la voz del cielo estuve tocando cuarenta y ocho horas seguidas sin dejar
mi trabajo ms que a las horas de comer y dormir. Ignoro por qu lo
abandon pues nadie se empe en torcer mi vocacin, pero es lo cierto
que al cabo, por mi propia voluntad, fu dejando claros cada vez mayores
en mi tarea.

En uno de estos intervalos se me ocurri subir al desvn. Era enorme,
obscuro, lleno de polvo y de telas de araa. Imposible imaginar nada ms
interesante. Sillas desvencijadas, cajones medio abiertos, residuos de
vajilla, libros encuadernados en pergamino, argadillos y otros
cachivaches de formas para m desconocidas. En un rincn haba unos
cuantos fusiles de chispa, que apenas tuve fuerzas para levantar; haba
espadas tambin, y en un viejo arcn hall cinco o seis casacas azules,
encarnadas, blancas con las cuales determin disfrazarme tan pronto
como se presentase la ocasin. Estas casacas haban pertenecido a mi
abuelo que haba muerto tres o cuatro meses antes de venir yo al mundo.
Fu militar y se retir joven a sus tierras. Siendo cadete y contando
slo diez y seis aos haba hecho la guerra a la repblica francesa
cuando nuestra nacin se la declar despus de la ejecucin de Luis XVI.
Fu hecho prisionero y relataba, segn me transmita mi padre, que al
entrar en Burdeos con otros prisioneros y antes de ser conducido a la
prisin haba visto cortar nueve cabezas en la guillotina. Una vez en la
crcel, que era una especie de viejo almacn, trat de sobornar a varios
centinelas mostrndoles una onza de oro que haba conservado. Todos le
rechazaron indignados y alguno le golpe con la culata del fusil. Por
fin uno de los mozos que diariamente venan a traerles una cabeza de
carnero a cada uno y hacer la limpieza se abland, le cedi su
sombrerete y en mangas de camisa y con un cubo en cada mano logr burlar
la guardia y fugarse. Despus de muchas y peligrosas peripecias entr al
cabo en Espaa y pudo incorporarse de nuevo al ejrcito. Estaba de Dios
que mi abuelo, a quien me pintaban como un hombre extremadamente
aficionado a la vida de aldea, como un propietario ordenado y ahorrador,
haba de morir como un militar, pues falleci a consecuencia de la cada
de un caballo.

Delante de la casa haba dos grandes hrreos[1] que servan para
depsito del trigo; porque en aquella poca las rentas se pagaban en
especie. Aquellos hrreos eran deleitosos como todo lo dems. Debajo de
ellos nos cobijbamos cuando llova y all se bailaba, se jugaba y nos
podamos divertir de todas maneras sin temor de la intemperie. Detrs se
extenda la pomarada. Un poco ms lejos, y encima de ella se vea la
iglesia y la casa rectoral. Entralgo se halla situado en el ngulo que
forma el Naln, ro mayor de Asturias, con un pequeo afluente llamado
ro de Villoria. No le baan, pues, ms que dos ros y en este respecto
hay que reconocer que es inferior al Paraso de nuestros primeros
padres, el cual estaba regado por cuatro. En cambio en ste, al decir de
mi profesor de griego en Madrid don Lzaro Bardn, que haba estado all
con una comisin del ministerio de Fomento, soplaba ordinariamente un
viento muy fastidioso. Nada de eso acaeca en Entralgo. Una temperatura
deliciosa entre veinte y veinticinco grados, rodeado de altas montaas,
que lo guardan de los huracanes, sentado sobre el csped, guarnecido por
bosques de castaos y avellanos, envuelto entre manzanos, nogales,
cerezos y otros rboles de fruta. Mucha humedad y mucho lodo durante el
invierno, es cierto; pero nosotros no estbamos obligados a pasar all
el invierno, mientras Adn y Eva no podan salir de su jardn. En cuanto
a la variedad de frutas claro est que no es posible la comparacin
porque en el Paraso de nuestros primeros padres las haba todas, pero
si me dicen que las manzanas y las cerezas que Adn tena a su
disposicin eran mejor que las que yo coma, me autorizo el dudarlo.

El ro Naln distara de nuestra casa unos quinientos pasos y ciento el
de Villoria. En la margen de ste se halla la clebre _Bolera_ o campo
de recreo donde los vecinos se entregan a sus juegos favoritos el de
bolos y el de la barra los domingos y das festivos. All fu donde
Jacinto de Fresnedo venci en buena lid un da del Carmen tirando la
barra a todos los mozos del valle de Langreo[2].

Sobre este ro de Villoria hay un pontn de madera y se pasa al camino
de la Fuente por la derecha, y al de los Molinos y Cerezangos a la
izquierda. Cerezangos era un vasto prado en declive y con no pocos altos
y bajos que mi padre convirti ms tarde en pomarada. En aquella poca
estaba dedicado a pradera, cerrado como casi todas las fincas de la
regin por una paredilla cubierta de zarzamora y guarnecida toda su
extensin por avellanos, que salen de la tierra en forma de
canastillos. Contemplando el valle de Laviana desde lo alto de
cualquiera de sus montaas, se ven todos los prados como claras
esmeraldas cercadas por otras ms obscuras.

Una de aquellas tardes me aventur a pasar el pontn, y encaminando mis
pasos por el sendero de los Molinos llegu hasta Cerezangos. La portilla
de rejas estaba cerrada con candado, pero a un lado haba una saltadera
bastante cmoda que me invitaba a entrar. Y en efecto entr y espaci mi
vista con deleite por todo el mbito de la pradera, matizada de blancas
florecillas. Me senta dichoso y cada vez ms contento de haber nacido.
Lentamente, como quien paladea con glotonera su felicidad, fu
avanzando por la finca con el odo atento al canto de los pjaros, pero
ms an al de los grillos que en aquel momento me parecan excesivamente
interesantes. All en el centro pastaba tranquilo y solitario un
carnero. Aquel carnero me trajo a la memoria el carro que mi padre me
haba prometido, y mi felicidad, aunque parezca imposible, aument
todava ms. Quin haba de pensar!...

Poco a poco me fu aproximando al sitio donde pastaba el carnero. Este
levant dos o tres veces la cabeza para mirarme y volvi a bajarla.
Avanc un poco ms y entonces el carnero qued inmvil contemplndome
con dulce mirada. Luego l tambin comenz a avanzar lentamente hacia m
como si quisiera darme la bienvenida. Oh amable carnero! Me acometieron
deseos de besarle.

Qu es esto, cielos? Cuando se hallaba a cinco o seis pasos de m, toma
carrera, baja la cabeza y me embiste fieramente tumbndome en el suelo.

Madre ma! qu susto! qu gritos! Trat de levantarme rpidamente,
pero as que me pongo en pie el carnero vuelve a embestirme y me tumba
de nuevo. Otra vez me levanto y otra vez me embiste y me tumba. Repito
la suerte otras tres o cuatro veces y otras tantas fu derribado.

En conciencia debo declarar que el animal no me haca mucho dao, no s
si porque el golpe era flojo o porque antes de que llegase su testa a
mi vientre ya me haba yo dejado caer al suelo. De todos modos comprend
al cabo con terror que eran intiles todos mis esfuerzos para mantenerme
en la posicin normal de un bpedo. Lo que hice entonces fu llorar como
una fuente y gritar como un energmeno llamando a mi padre, a mi madre,
a Manola y a todos los criados uno por uno. Nadie acudi en mi auxilio.
Qu horrible decepcin! Yo haba imaginado que Dios haba puesto a mi
servicio todos los animales de la creacin, y ahora, repentinamente y
sin motivo aparente, uno de ellos se rebelaba, qu digo rebelarse! me
atacaba, me tena hecho prisionero, y quin sabe lo que hara ms tarde
de m!

La muerte se me present bajo su aspecto ms espantoso. Tumbado boca
arriba y mirando al cielo gritaba hasta ponerme ronco, repitiendo los
nombres de todas aquellas personas que me parecan bastante poderosas
para luchar con mi enemigo. Hasta llam a _Muley_, el perro de Cayetano,
que por supuesto tampoco pareci por all.

El carnero no haca caso de m o por lo menos aparentaba no hacerlo.
Tanto que al cabo de un rato me aventur a incorporarme; pero entonces
levant la cabeza, me mir fijamente y yo, aterrado, me dej caer
nuevamente sobre el csped. Slo la Virgen poda salvarme de aquella
angustiosa situacin, y se lo ped, repitiendo las oraciones que me
haba enseado mi madre.

Y en efecto, la Virgen vino en mi auxilio sugirindome una idea
salvadora. Puesto que el carnero no haca caso de m mientras me hallaba
tumbado y slo se irritaba cuando me vea en pie, tal vez caminando a
rastras lograra evitar su furor. Me arrastr, pues, cautelosamente y
avanc un metro poco ms o menos. Mir hacia atrs; el carnero segua
pastando sin advertir nada. Avanzo otro metro; tampoco. Sigo
deslizndome como una serpiente sobre el csped, mirando a cada instante
a mi enemigo y ste permite que me aleje sin notarlo siquiera.

Sera una traicin? Me dejara concebir esperanzas para caer de
improviso sobre m? Eso pens con espanto, cuando hallndome ya lo
menos a treinta pasos de l levant la cabeza y me mir con fijeza.
Qued yerto. Mi corazn pareca que se sala del pecho. Y sin embargo,
repito, que aquella mirada era ms bien dulce que iracunda. En el curso
de mi existencia otra gente me ha mirado de un modo ms agresivo sin
embestirme.

Qued inmvil y pegado al suelo haciendo el muerto, o por mejor decir
estndolo casi de miedo. El carnero baj al cabo la cabeza y sigui
pastando y desde entonces no volvi a mirarme. Yo segu avanzando hacia
la saltadera con la misma prudencia, ensanchando y contrayendo
alternativamente los anillos musculares de mi cuerpo como un consumado
anlido.

Por fin me encuentro a tres pasos de la saltadera. Miro hacia atrs. El
carnero est lejos, muy lejos y pasta tranquilo e indiferente la menuda
yerba. Entonces me levanto vivamente y en menos tiempo que se dice monto
la saltadera y me tiro al camino y corro como un gamo hasta llegar a
casa jadeante y sudoroso.

Cualquiera pensar que llegu presa de la mayor desolacin y amargura.
Nada de eso. Mi estado de nimo era felicsimo: rebosaba de orgullo y de
entusiasmo por m mismo, pensando en la burla que haba hecho al
carnero.

As es como las satisfacciones de la vanidad esparcen casi siempre un
blsamo refrigerante sobre nuestras heridas.




III

IMPRESIONES DEL ESTO


Aquel verano envi Dios a la tierra el ms verde follaje, las brisas ms
perfumadas, las aguas ms cristalinas y las cerezas ms encarnadas de su
infinito repertorio. En el cielo tambin mostr su buena voluntad
haciendo nadar en l un sol refulgente seguido de alegre escolta de
nubecillas irisadas. Y en nuestra propia casa de Entralgo se ingeni
para que mi padre olvidase la mayor parte de los das el darme leccin y
para que _Muley_, el perro de Cayetano, fuese cada vez ms amable y
tolerante conmigo.

Los animales seguan siendo mi dicha a pesar de la amarga decepcin que
acabo de relatar. La fauna me interesaba muchsimo ms que la flora y
como esto se saba en el pueblo los chicos me traan con frecuencia
mirlos de cra, jilgueritos, pinzones, calandrias, etc., etc. Yo los
criaba a la mano, les abra el pico y les introduca cuanto alimento
poda hallar en la cocina. A pesar de eso caso extrao! todos se moran
bien pronto: apenas pas ninguno de las cuarenta y ocho horas. Esto
haca montar en clera a mi padre y me increpaba duramente, no s por
qu, pues yo los cuidaba con el esmero y la diligencia que puede emplear
una madre con sus hijos. Si se moran, sin duda era por mala voluntad,
pues no es creble que en edad tan tierna estuviesen ya fatigados de la
vida.

Los terneros continuaban mereciendo mi aprobacin aunque yo no mereca
la suya, pues en cuanto me acercaba y les pona la mano encima
comenzaban a brincar y forcejear como desesperados y tiraban de la
cadena que los tena sujetos al pesebre como si quisieran ahorcarse con
el collar. La madre all en el fondo del establo volva la cabeza y
dejaba escapar un sordo mugido de reprobacin.

Jos Mateo era siempre mi esclavo. Cuanto yo necesitaba o me placa en
el reino vegetal o animal estaba seguro de obtenerlo inmediatamente por
la intercesin de aquel hombre cuyo poder no reconoca lmites. Trepaba
a los rboles, penetraba en las cuevas, se baaba en el ro sin reparo
alguno por proporcionarme el ms pequeo placer. Cuando iba a efectuar
cualquier trabajo, como segar heno fresco para el ganado o helecho para
mullir el establo, me llevaba sobre sus robustos hombros, me sentaba
despus sobre el csped y mientras trabajaba me iba instruyendo acerca
de las delicadas operaciones que exige el cultivo de la tierra y de la
vida y costumbres de los animales que poseamos en la casa. Me deca que
el heno fresco se corta mejor a la madrugada porque est ms blando: al
medioda la guadaa encuentra mayor resistencia. En cambio el helecho
como se corta con la hoz vale ms segarlo en las horas de calor en que
est ms recio. Me enseaba el modo de atar la carga con la gran soga de
cerda y me permita ayudarle en esta importante operacin montando sobre
el montn de heno o helecho para prensarlo.

Jos Mateo era el hombre de las praderas. Para l no exista en el mundo
ni riqueza ms apetecible, ni espectculo ms divertido, ni cosa ms
digna de veneracin que un buen prado de regado. No le caba en la
cabeza que se pudiera llamar rico a un hombre que no poseyese alguno.
Por eso mi padre, que posea muchos, era un ser excepcional a sus ojos y
cuando yo le deca que haba seores mucho ms ricos que l sacuda la
cabeza dudando de mi aserto. Haba estado una sola vez en Avils y mi
padre, queriendo proporcionarle una sorpresa, le llev por caminos
escondidos hasta el borde de la mar. Al hallarse repentinamente frente a
ella y ver la inmensa llanura de agua, abri mucho los ojos y dndose
una palmada en la frente exclam: Dios, qu prado!

No tard en averiguar que la yerba larga y dura la comen perfectamente
los caballos, pero las vacas la rechazan. La yerba cortita, mezclada de
manzanilla y otras plantas olorosas hace la delicia de stas que con
ella se cargan de leche dulce y sabrosa. En el establo tenamos cinco o
seis vacas que Jos Mateo, con profundo espritu crtico, clasificaba en
dos grupos: las _lechares_; esto es, aquellas que daban mucha leche, y
las _mantequeras_, o sea las que dando menos leche rendan mayor
cantidad de manteca. Aprend cmo se extrae sta mazando la leche en una
vasija de barro a la cual se haba hecho previamente un agujerito que se
tapaba con una espiga de madera. Por este agujerito se dejaba correr el
suero cuando la manteca comenzaba a sonar ya como una bola pastosa
dentro de la vasija.

Los das claros, serenos, se deslizaban para m de un modo delicioso
aprendiendo estas y otras cosas que me parecan infinitamente ms
interesantes que la conjugacin de los verbos intransitivos. En aquel
tiempo pensaba yo como un brbaro, imaginando que escribir el verbo
haber sin _h_ no tena trascendencia alguna para la vida.

Una maana hall a Jos Mateo vestido con su chaqueta nueva y su montera
de los domingos. Estaba grave y un poco plido y contra su costumbre no
me interpel alegremente. Yo le pregunt:

--Por qu te has puesto la chaqueta nueva?

--Porque la _Salia_ se qued escosa--me respondi muy serio.

Yo no vi clara la relacin de causalidad que exista entre la chaqueta
nueva de Jos Mateo y el que la _Salia_ se quedase escosa (sin leche).
Call sin embargo y al cabo de un momento l mismo se encarg de
explicrmela.

--El amo me mand ir a venderla al mercado.

El amo era Cayetano; a mi padre le llamaba, el seor.

--Ah! vas a la Pola? Yo voy contigo.

En efecto, me dejaron ir a la Pola con l y estuve toda la tarde en el
mercado del ganado. Despus de mucha, muchsima conversacin y de
infinitos tanteos y reconocimientos, despus de regatear una hora entera
por cosa de medio duro, al cabo se vendi la _Salia_. Jos Mateo, que
haba estado locuaz todo el da volvi a quedar silencioso y taciturno
cuando vi partir al comprador con la vaca atada por los cuernos. Haca
seis aos que la ordeaba, que la daba de comer, que la llevaba al ro a
beber, que la unca al carro. Meti rpidamente en la faltriquera, como
si le quemase los dedos, el dinero del precio, me tom de la mano y
emprendimos de nuevo silenciosos y tristes el camino de Entralgo. Ah,
vosotros los que en la Bolsa vendis y cambiis indiferentes esos
papeles que llamis valores, cun poco imaginis las emociones que
representa la venta y el cambio de los valores de la aldea!

Los domingos eran das ms felices an para m. Al despertarme escuchaba
el dulce taido de las campanas. Si al terminar el repique sonaban
lentamente dos campanadas por ellas averiguaba que era el segundo toque.
Saltaba del lecho prontamente y me asomaba al corredor de la parra.
Enfrente de m, y bien lejana, se alzaba la gran Pea-Mea cuya crestera
se recortaba en el azul del cielo. Los castaares que vestan las
colinas, la pomarada, todo el follaje en que estaba envuelta mi casa
brillaba a las primeras luces del sol matinal. Por delante comenzaban ya
a pasar en direccin a la iglesia los vecinos de Canzana vestidos con el
traje de fiesta, la tosca camisa blanqusima, el calzn corto de pao
con botones plateados, la chaqueta al hombro, enhiesta la picuda montera
de pana. Este Canzana es un pueblecito de nuestra parroquia asentado en
el repliegue de una colina encima de Entralgo.

Cuando ya estaba todo preparado y sonaba el tercer toque nos ponamos en
marcha hacia la iglesia. Mi madre sola ir a caballo porque siempre
estaba delicada de salud y el camino, aunque corto, era spero. A m me
pareca encantador, pedregoso, sombreado de avellanos que formaban sobre
l un tnel prolongado. Al llegar a la iglesia el sexo masculino se
separaba del femenino tomando el primero por la izquierda y el segundo
por la derecha. Los hombres se quedaban unos instantes en el prtico
hasta que daba comienzo la misa; las mujeres entraban directamente.

Mi padre y yo bamos a la sacrista, donde se hallaban ya los personajes
ms caracterizados de la aldea. El cura era un viejecito, delgado,
suave, meloso que nos acoga siempre con extraordinaria deferencia. Con
todo el mundo era amable y tolerante menos con San Nicols. Este santo
tena un santuario en Campiellos, lugar no muy distante del nuestro, al
cual acudan los habitantes de Laviana y aun de otros concejos buscando
el remedio de sus enfermedades y miserias. Tanta fe haban despertado
sus curaciones milagrosas que los peregrinos aumentaban sin cesar y no
se hablaba de otra cosa por aquellos contornos. Esto molestaba
grandemente a nuestro prroco que vea abandonada por San Nicols a
nuestra Virgen del Carmen, patrona de Entralgo, y de la cual era
devotsimo. No le faltaba razn a mi juicio, porque suponer que San
Nicols haba de conseguir de Dios ms que la Virgen era insensato y
hasta impo. Por eso siempre que se presentaba la ocasin en los
sermones o plticas que pronunciaba antes del ofertorio sola aludir con
cierta acritud al afn imprudente que se haba apoderado de sus
feligreses por ir a visitar y hacer ofrendas al santuario citado.

Un da nos di a quemarropa la siguiente noticia de sensacin: Amados
hermanos mos: San Nicols de Campiellos no est en Campiellos; all no
est ms que una imagen. Pues a pesar de esta y otras expresivas
advertencias el vecindario persisti en favorecer a San Nicols; porque
lo mismo en la aldea que en la ciudad, en el orden temporal como en el
espiritual la moda ejerce un imperio desptico.

Era devotsimo nuestro cura, como he dicho, de la Virgen del Carmen y no
cesaba de exhortarnos para que nosotros lo fusemos tambin. Pidamos a
la Virgen--nos deca un domingo--, pidmosla sin cesar, pidmosla con
insistencia, porque aunque parezca alguna vez que no nos escucha seguro
es que al fin nos atender. La Virgen es como una madre a quien su hijo
pequeito le dice:--Madre, dame pan, madre, dame pan! La madre no le
hace caso y el nio repite:--Madre, dame pan. La madre parece que no le
oye y el nio no cesa de repetir:--Madre, dame pan, madre, dame pan! Y
al fin la cariosa madre concluye por darle pan y manteca.

Esto me pareca muy bien porque era apasionado del pan con manteca,
sobre todo si se la espolvoreaba con un poco de azcar.

Quiz al llegar aqu el lector sonra pensando en Bossuet. Pero qu
bamos a hacer nosotros con Bossuet? Quin le haba de entender all?
Dejemos el guila de Meaux en su nido y no despreciemos demasiado a este
pobre gorrin, porque todos los pjaros grandes y pequeos son de Dios y
todos cumplen su destino sobre la tierra.

La salida de misa era siempre alegre. Bajbamos por la calzada pedregosa
sombreada de avellanos, formando grupos, charlando y riendo. Mis padres
se quedaban en casa, pero yo con Cayetano y Jos Mateo continuaba hasta
la _Bolera_ donde se organizaba inmediatamente el juego de bolos. Qu
asombro el mo al ver a aquellos hombres lanzar al aire una inmensa y
pesada bola de roble con ms facilidad que yo lanzaba una pelota de
goma! Los vecinos de Canzana que entraban en el partido all se estaban
hasta el obscurecer sin tomar alimento y sin dar seales por esto de
flaqueza. Hay uno, labrador bien acomodado, pero tan avaro que al
comenzar el juego se despoja de sus zapatos nuevos para no estropearlos
y los oculta detrs de un madero. Pero hay otro de Entralgo, cazurro y
bromista, que lo observa y disimuladamente va hacia el madero, se
despoja tambin de sus zapatos y calza los del avaro. Todo el da juega
con ellos puestos y es de ver la risa que se apodera de los
circunstantes enterados del trueque cuando el de Entralgo disputando
sobre algn tanto con el de Canzana da furiosos zapatazos en el suelo
para estropearle an ms el calzado. Son las farsas de la aldea,
groseras si se quiere, pero tan divertidas como las de la ciudad.

En las tardes de calor bamos a baarnos mi padre, Cayetano y yo, al
pozo llamado de la _Cuanya_, un remanso de ro cerca de una pea,
sombreado por un inmenso nogal. El placer ms grande de estos baos era
ver a Cayetano zambullirse, permanecer dentro del agua algunos instantes
y salir siempre con una trucha en la mano. Habilsimo para buscarlas
debajo de las piedras, en alguna ocasin le he visto salir con dos, una
en cada mano. Pero me haca experimentar zozobras mortales. Cuando
tardaba en asomar la cabeza ms de lo ordinario se me figuraba que se
haba ahogado y mi corazn lata con violencia. El recuerdo de estos
momentos penosos me sugiri el cuento titulado _Solo!_ que figura en la
coleccin de mis obras.

Un goce mayor aun era comer en casa de cualquier vecino. Recorra con
frecuencia las de los ms sealados y si llegaba a la hora del medioda,
me ofrecan siempre con franqueza y cordialidad su pobre comida. Casi
todos cultivaban en arriendo tierras de mi padre y profesaban a nuestra
familia un afecto que nunca se ha extinguido. Aceptaba lleno de
regocijo. Cun poco necesita el hombre para ser feliz! Yo lo era
comiendo un miserable pote en un plato de barro con cuchara de madera y
bebiendo despus una escudilla de leche. Aquella humildad placa a mi
corazn en vez de resquemarlo porque aun no haba llegado para m la
hora del orgullo.

Y no slo comparta con gozo sus groseros alimentos sino tambin quera
tomar parte en sus faenas. Me llevaban a los prados, me llevaban a las
tierras y yo me esforzaba en prestarles ayuda y ellos aceptaban
sonrientes mis esfuerzos y los alentaban. Cuando al fin me
decan:--Bien, muy bien! hoy has ganado la comida, quedaba tan gozoso
como pudo quedarlo el patriarca Jacob cuando su to Laban le entreg la
bella Raquel despus de los siete aos de servicios.

La ms culminante faena del verano es la yerba. A ella dediqu, pues,
toda mi atencin y sobre ella concentr mis esfuerzos para pagar a mis
convecinos el alimento con que me regalaban. Antes del amanecer la
cuadrilla de segadores se constituye en el prado que se ha de segar. Las
primeras horas de la maana, por ser las ms frescas del da, son las
mejor aprovechadas. Pero yo nunca logr que me despertasen temprano. Iba
cuando llevaban a los segadores la _parva_, esto es, el ligero desayuno
compuesto de queso, pan y aguardiente. Naturalmente en esta dura tarea
de cortar la yerba con guadaa yo no poda prestarles grandes servicios
porque cuantas veces intent hacer uso de aquel instrumento otras tantas
clav la punta en el suelo sin cortar una mala yerba. Pero cuando a las
horas del sol se trataba de _revolverla_, esto es, de extenderla para
que se secase, entonces entraba yo en funciones y con un palito u
horquilla que me daban me pona a trabajar con el mayor ardor, sufriendo
pacientemente el del sol, que no era flojo.

Si no llova, al da siguiente la yerba estaba seca y se meta en el
pajar o tinada, como all dicen. Era cosa de probar mis fuerzas. Las
probaba haciendo que me atasen una carga que me empeaba fuese grande.
No poda con ella y en cuanto me la ponan sobre los hombros caa al
suelo abrumado. Trataban de aminorarla, pero yo no lo consenta y volva
a obligarles a que me la echasen encima y otra vez daba conmigo en el
suelo. As repeta la suerte hasta que avergonzado y confuso me
entregaba a la desesperacin, llorando mi impotencia con amargas
lgrimas.

Otras ms amargas aun vert aquel verano y no fu por cumplir con mi
deber sino por faltar a l. Haba en uno de los corredores guarnecidos
de parras un nido de golondrina que me interesaba muchsimo. Los padres
iban y venan sin cesar cebando a sus pequeos y stos comenzaban ya a
asomar sus piquitos fuera del nido. Largos ratos pasaba en contemplacin
de aquella tierna escena de familia cuando un da se me ocurri trabar
relacin ms ntima con ellos. Y para lograrlo no hall otro medio ms
adecuado que tomar una escoba, subirme sobre una silla y...

Ya se puede inferir lo que sucedi. Nunca pude comprender qu motivo
determinante me impuls a realizar aquella triste hazaa. Slo puedo
explicrmela por una tentacin del pequeo demonio de la curiosidad que
existe en cada nio.

El nido se hizo migajas en el suelo y aqu y all esparcidos aparecieron
unos cuantos pajaritos desplumados, nada gratos de ver. Una criada que
estaba en la habitacin oy el ruido, se asom al corredor y di un
grito. Otra criada que estaba cerca acudi al or el grito y di otro
grito. Mi madre lleg en seguida y lanz otro grito. Despus Manola y lo
mismo Cayetano... en fin todo el mundo. Y por fin acudi mi padre que al
ver lo que pasaba se puso rojo como si fuera a sufrir un ataque de
apopleja.

Todos me increparon a la vez furiosamente y todos en la misma forma,
esto es, dirigindome idntica pregunta:

--Nio! por qu has hecho eso?

Yo deba de estar plido como un muerto y guardaba silencio.

--Nio! por qu has hecho eso?

El mismo silencio.

En realidad, aunque quisiera, no podra satisfacer su pregunta. Desde
entonces he pensado que en el mundo se hacen muchas cosas malas sin
saber por qu se hacen.

--Mirad, mirad la madre cmo contempla el destrozo!--exclam Manola.

La golondrina, en efecto, sin miedo alguno a la gente estaba posada
sobre la baranda del corredor casi tocando con nosotros y pareca la
imagen de la desesperacin.

Mi padre, que se ocupaba en recoger el nido, alz su rostro hacia ella y
en sus ojos vi temblar dos lgrimas.

No s lo que entonces pas por m. Pens que el corazn se me parta de
dolor y comenc a dar tan altos gritos que todos acudieron en mi auxilio
abandonando a los desvalidos pajarillos.

Por fin aquella gran ruina mejor de aspecto. Mi padre hizo traer un
cestito, lo rellen con algodn en rama y coloc en l delicadamente a
los tiernos golondrinitos. Despus Cayetano se subi en una escala,
clav una escarpia en el techo del corredor y colg de ella el cestito.
Nos ausentamos todos y pocos minutos despus pudimos observar con
satisfaccin que los padres volvan de nuevo a cebar a sus hijos.




IV

LA INFANCIA ANTE LA MUERTE


Las personas sensibles y que aman mucho a los nios se esfuerzan en
alejar de ellos los espectculos de muerte. Suponen que sta ejerce
sobre su impresionable imaginacin un efecto pernicioso y que esta
turbacin prolonga sus desastrosos efectos y repercute al travs de toda
su existencia.

Me parece que estn en un error. La muerte impresiona poco a los nios
porque no creen en ella. El nio en este respecto, como en otros varios,
semeja al animal. En la infancia vemos y pensamos que los otros mueren,
pero no se nos ocurre imaginar que a nosotros nos puede suceder otro
tanto. Gozamos plenamente de la inmortalidad de las fuerzas que animan a
la naturaleza, de la sublime embriaguez de la vida y las infalibilidades
infinitas que engendra su ilusin.

Esta es mi experiencia personal a lo menos. Recuerdo que en Avils he
visto veinticuatro hombres asfixiados que acababan de extraer del agua,
tendidos sobre el muelle, y este horrible espectculo no dej huella
malfica alguna en mi existencia. Eran unos obreros que trabajaban en
las canteras abiertas del lado de all de la ra para la canalizacin de
sta. Cuando sonaba la hora de dejar el trabajo, algunas lanchas los
transportaban del lado de ac. Los desgraciados tenan tanta prisa de
llegar a sus casas, que se amontonaban peligrosamente en las
embarcaciones por no esperar un nuevo viaje.

Al cabo sucedi lo que era de temer. Cierta tarde aciaga, una lancha
cargada con veinticuatro hombres zozobr cerca ya del muelle, por
haberse puesto repentinamente en pie uno de ellos. Muchos saban nadar,
pero los que no saban se colgaron de ellos con tal ansia que todos
quedaron paralizados. Los sacaron entrelazados como las cerezas.

Pues bien, declaro que mi sentimiento a su vista en aquellos momentos no
fu de afliccin ni de terror, sino de curiosidad. Y tengo motivos para
suponer que los otros nios que conmigo presenciaban tan horrible
espectculo, no se hallaban ms impresionados.

Otro tanto me sucedi en Laviana cuando vi morir a un viejo de Canzana,
lugar que como ya he dicho se halla situado sobre una colina encima de
Entralgo. Por delante de mi casa vi pasar al seor cura, portador del
Santo Vitico, precedido del sacristn y escoltado por un grupo de
vecinos que llevaban en las manos hachas de cera encendidas. Como otros
nios de la aldea, me un inmediatamente a la comitiva, y emprendimos la
subida del spero sendero que a Canzana conduca. Era una hermosa maana
de verano. El sol esparca su luz por el frondoso valle colgando sus
hilos de las hojas de los castaos, bandose en los arroyos, dorando
las crestas de las montaas, empujando algunas nubecillas blancas y
rizadas hacia el horizonte, con el propsito sin duda de quedarse solo
en el cielo. Pocos das tan esplndidos podamos disfrutar en aquella
regin donde la lluvia es harto frecuente.

Marchaba con mis fieles amigos en medio de la mayor alegra. La
campanilla del sacristn, en vez de causarme terror, sonaba en mis odos
de un modo delicioso. Volva a menudo la cabeza, y el espectculo del
risueo valle surcado por la cinta de plata del Naln, impresionaba
dulcemente mi corazn. All arriba caminaba el seor cura con la sagrada
bolsa sobre el pecho. Para preservarle del sol se haba sacado del
armario de la sacrista la sombrilla blanca de seda destinada a este
efecto, y que poqusimas veces, por la razn ya dicha, tena ocasin de
mostrarse. Era un quitasol de palo largo que recordaba los que usan los
orientales para preservar la cabeza de sus reyes. Un vecino la sostena
mientras el sacristn, algunos pasos ms adelante, caminaba con el gran
farol en una mano y en la otra la campanilla avisadora. Sonaba sta de
un modo tan claro y argentino en el silencio de la montaa, brillaba tan
linda la sombrilla blanca all en lo alto del sendero, exhalaban los
rboles y el heno con la frescura del roco un aroma tan grato que el
recuerdo de aquella maana ha hecho poca en mi vida. Nunca sent con
ms intensidad el placer de vivir, ni me impresion de un modo tan
gustoso la belleza del campo.

Cuando llegamos a Canzana, a la entrada del lugarcito nos esperaba un
grupo de mujerucas con sendas y pequeas velas de cera en las manos, que
se unieron a nosotros. Pronto dimos con la casa del enfermo, que pudiera
ms bien llamarse choza.

Al traspasar la desvencijada y mugrienta puertecita, se entraba en su
primera y ltima habitacin que para todo serva: cocina, comedor,
dormitorio y taller. All en un rincn se vea un montn de cenizas y
algunos pucheros arrimados a l; en otro, algunos aperos de labranza y
herramientas de madreero; en otro, el srdido catre donde se mora el
dueo de todo aquello. Era un anciano cuyo nombre no recuerdo en este
momento aunque tengo idea de que se llamaba el to Lucas. Viva solo
desde haca largo tiempo: era viudo y su nica hija se haba marchado
haca tres o cuatro aos a Buenos Aires con su marido a probar fortuna.

Los vecinos que rodeaban aquel pobre lecho incorporaron al moribundo con
trabajo cuando el cura penetr en la estancia. Despus de las oraciones
previas, ste le administr la ltima sagrada comunin. El rostro del
enfermo estaba tan amarillo como las velas que sostenan las mujerucas
en las manos: sus ojos vidriosos se paseaban por todos nosotros sin
expresin alguna, como si no nos viese. Las mujerucas arrodilladas
rezaban en voz alta y plaidera.

Todo aquello era en verdad interesante. As que cuando el cura se retir
decid quedarme con mis amigos a fin de enterarme cabal y
minuciosamente de lo que era la muerte. No hay para qu advertir que
sta nada tena que ver conmigo. La muerte era cosa de viejos, y yo no
comprenda entonces la posibilidad de serlo. Espectador completamente
desinteresado, semejante a un dios, presenciaba la muerte como un
fenmeno esttico, como una proyeccin artstica destinada a
entretenerme.

En torno del lecho permanecieron contadas personas. Entonces fu cuando
entr en funciones el to Pablo de Canzana, que era una de aqullas.
Este to Pablo, hombre enjuto, un poco torcido, de rostro arrugado y
cabellos negros y erizados, vesta el clsico calzn corto, pero en vez
de las medias de lana con ligas que usaban los dems, dejaba caer por
debajo el calzoncillo blanco hasta los zapatos. Su montera no tena el
pico enhiesto sino doblado como si quisiera indicar que era un hombre
pacfico, que no se nutra de bagatelas como los dems, que rechazaba
los placeres ftiles y se hallaba entregado en cuerpo y alma a
meditaciones graves y extra-mundanas.

Los domingos, antes de la misa, diriga el rosario para las mujerucas
que lo rezaban, pues los hombres permanecan en el prtico departiendo
hasta que la campanilla les adverta de que iba a comenzar el Santo
Sacrificio. Ayudaba tambin a ste cuando el cura se lo consenta, que
no era siempre, por razones que luego declarar. Si haba algn enfermo
grave en Canzana, era quien vena corriendo a avisar al seor cura para
que fuese a confesarle. Despus de la misa, cuando en el prtico se
subastaban pblicamente las ofrendas de pollos, de panes o de mantecas
que los aldeanos solan hacer a los santos, el to Pablo serva de
pregonero y diriga la puja con su voz aguda de falsete. Era en suma un
hombre de temperamento sacerdotal que amaba a la Iglesia como un buho y
que en vez de las patatas y la borona que le servan de cotidiano
alimento se hubiera nutrido de buena gana con el aceite de las lmparas.
No desempeaba el oficio de sacristn porque desgraciadamente habitaba
en Canzana. Esto crea l por lo menos, aunque no era cierto.

Tena un grave defecto. Sea por falta de odo o de comprensin no sala
de su boca una palabra sana, sobre todo si expresaba algn objeto que no
fuese de la vida corriente. Las atrocidades que aquel hombre soltaba
eran proverbiales en la aldea. El pblico en general no las atribua a
dureza del odo, sino a deficiencia del caletre. Digmoslo con
franqueza, el to Pablo aun entre aquellos rudos aldeanos era tenido por
el mayor zote que coma borona en la parroquia de Entralgo.

Excusado es aadir que el latn con que regalaba los odos del cura
cuando le ayudaba a misa era de tal ndole, que aunque a ste le haba
tocado poqusimo de Cicern le pona fuera de s; arqueaba las cejas,
torca la boca y hasta ruga de espanto. Por eso slo en ltimo extremo,
esto es, slo cuando el sacristn no se hallaba en la iglesia y no haba
por all nadie a quien encomendar la tarea se avena a que el to Pablo
le sirviese de monaguillo.

Digo que el to Pablo, as que el cura y el sacristn se partieron con
el grueso de la comitiva, se prepar con ntima satisfaccin (no dir
con regocijo aunque tal vez pudiera decirlo) a ayudar a morir a su
vecino. Le roci las narices con agua que deba de estar bendita, rez
un Credo que nos hizo repetir en voz alta a todos los presentes y
ponindole un crucifijo delante de los ojos profiri solemnemente:

--Lucas, di conmigo: Jess!

El moribundo, que tena los ojos cerrados, repiti:

--Jess.

--Los espritus malignos me acompaen.

El to Lucas sin abrir los ojos dijo:

--No!

--S, Lucas, s; di conmigo: Jess!

--Jess--repiti el to Lucas.

--Los espritus malignos me acompaen.

--No! No!

--Por qu no, Lucas, por qu no? Mira que ests a las puertas de la
muerte!--exclam el to Pablo con impaciente solicitud--. Vamos, no seas
burro, di conmigo: Jess!

--Jess--repiti el moribundo.

--Los espritus malignos me acompaen.

--No! No!--volvi a murmurar el to Lucas moviendo la cabeza con
seales de terror.

No se pudo acabar con l que repitiera aquellas palabras y yo me march
al cabo sin saber qu pensar de tal escena. Cuando se la describ a mi
padre ste me mir estupefacto.

--Qu ests diciendo, ah, nio? Es de veras que deca los espritus
malignos?

--S, pap; deca los espritus malignos.

--Ave Mara, qu brbaro!--exclam hacindose cruces.

Y le falt tiempo para contrselo al seor cura cuando ste vino por la
tarde a nuestra casa como tena por costumbre.

El seor cura al orlo mont en una clera furiosa y al da siguiente
hizo llamar al to Pablo de Cananza a la rectoral, se encerr con l en
su despacho y por espacio de hora y cuarto, segn testimonio de la
criada, estuvo llamndole borrico, pollino, asno, burro, jumento, en
fin, todos los sinnimos con que el idioma castellano cuenta para
representar el mismo simptico animal. No son muchos, pero si fuesen
sesenta y tres, como posee el idioma italiano al decir del sabio
Mustoxidi, todos se los hubiera encajado seguramente. Adems le prohibi
de un modo terminante que volviese a ayudar a morir a nadie, y en el
caso de que infringiese este precepto le prometi ayudarle l mismo a
dejar esta vida terrestre por medio de algunos adecuados bastonazos
sobre el cogote.

Para confirmar la impasibilidad con que en la infancia contemplamos la
muerte aadir que el da de difuntos fu uno de los ms felices de mi
vida. El sacristn tuvo la generosidad, que nunca le agradecer
bastante, de permitirme tocar a muerto durante todo el da en el pequeo
campanario de la iglesia. Me acompaaban, como siempre, mis fieles
amigos. Qu deliciosas horas las que pasamos agrupados en aquel exiguo
tablado al aire libre, que semejaba la cofa de un barco! Se tocaban tres
o cuatro lentas campanadas con la mayor, luego una con la pequea;
despus un silencio ms o menos prolongado. Y vuelta a empezar, y as
todo el da hasta que cerr la noche. Mi nica contrariedad durante
aquella memorable jornada fu verme obligado a ir a comer; pero lo hice
con tanta prisa que mi padre se vi precisado a darme algunos golpes en
la espalda porque los bocados se me atravesaban en la garganta.

Recuerdo aquel campanario como uno de los parajes ms amenos fabricados
por la mano del hombre. Desde l se divisa una gran parte del valle de
Laviana. Debajo de nosotros blanqueaban entre los rboles las casas de
Entralgo con sus techos rojos; encima sobre el repliegue que hace la
montaa estaba Canzana; se vea el pequeo ro de Villoria, se vea el
Naln majestuoso surcando las vegas de maz; all lejos, en el fondo del
valle, estaba la Pola y ms lejos como cerrndolo los Barreros. Llegaban
a nuestros odos las campanas de Carrio y de la Pola; pero las campanas
de estas iglesias no podan competir con las nuestras, todo el mundo lo
sabe, y por eso nos sentamos orgullosos de hacerlas vibrar creyendo de
buena fe que el valle entero nos admiraba.

Segu frecuentando este campanario, experimentando siempre el mayor gozo
cuando a la hora del medioda el sacristn, alguna que otra vez, me
permita ir solo a sonar las campanas para advertir a los campesinos que
haba llegado el momento de dejar el trabajo. Con ocasin de una de
estas visitas, cuando lleg la primavera, hice un descubrimiento
prodigioso. En una grieta del muro acert a ver un nido de estornino.
Para contemplarlo a mi sabor tuve necesidad de saltar fuera del
campanario y colocarme sobre el tejado. Era tan delicado aquel nido y
contena unos huevecitos tan deliciosos que me llen de alegra el
hallazgo y no quise comunicarlo con nadie, ni aun con mis ntimos
amigos, por temor de que me lo robasen.

Cuando me era posible le haca solo una visita para la cual como he
dicho necesitaba caminar sobre el tejado. Es posible que en estas
excursiones haya roto alguna teja por lo que luego se ver; pero yo me
hallaba tan entusiasmado que nada me importaba causar desperfectos a la
iglesia. Vea al petulante estornino y a la remilgada estornina cebar a
sus hijuelos cuando los tuvieron y esto me causaba un placer indecible
prometindome arrebatrselos brbaramente as que hubiesen echado pluma.

No hubo lugar a que perpetrase este crimen. Otro carg con l sobre su
conciencia. Acaeci que por aquellos das mi madre me llev consigo a
confesar, aunque todava ni en mucho tiempo despus me acercaba yo a la
sagrada mesa para comulgar. Lo haca para acostumbrarme a recibir este
sacramento y al mismo tiempo para que me corrigiese de mis travesuras,
que iban siendo muchas. El seor cura me confes ponindome de pie, no
de rodillas, mostrndose conmigo extremadamente afectuoso y tolerante.
Una de las preguntas que me hizo fu si ocultaba algo a mis paps, si
tena algn secretillo que no quisiese comunicar con nadie. Yo me cre
en el caso de declarar que haba descubierto un nido. El cura me
pregunt dnde estaba y se lo dije.

Dos das despus cuando tuve ocasin de hacer al nido una visita, haba
desaparecido. El cura haba dado orden al sacristn para que lo
derribase. El mismo sacristn me lo hizo saber entre groseras
carcajadas.

No es posible representarse la tristeza y el dolor que experiment. A
pesar de su carcter sacerdotal me pareci que el cura haba abusado de
mi franqueza y cometido una negra traicin.

Por eso cuando algunos meses ms tarde mi madre me llev de nuevo a
confesar me hallaba fuertemente prevenido contra l. Me pregunt como la
otra vez si ocultaba algo, si mi conciencia estaba perfectamente limpia
de todo disimulo y yo bajo pena de pecado mortal y de sacrilegio me vi
precisado a confesar que tena novia.

Vaya una precocidad!--exclamar el lector pensando en mis pocos aos.
Que no se admire demasiado, sin embargo, porque mi hermano que contaba
algunos menos cuando le preguntaban si tena novia afirmaba muy
seriamente que tena diez, y nombraba a todas las nias de la vecindad.
Yo no haba cado en tan degradante poligamia; me contentaba con una.
Era una nia hija de unos seores de la Pola a quien no haba visto ms
de tres o cuatro veces en mi vida y que ciertamente se hallaba tan ajena
como el Zar de Rusia del honor que la haba dispensado.

--Quin es?--me pregunt el cura.

Yo, naturalmente, di la callada por respuesta.

--Quin es esa novia?--repiti.

Silencio sepulcral por mi parte.

--Vamos, nio; no quieres decirme quin es?

Entonces yo, despechado, exclam:

--Para qu? Para que me la quite como el nido?

Pude observar que el cura se llevaba la mano a los ojos y haca
esfuerzos desesperados para reprimir la risa, lo cual no dej de
sorprenderme porque yo crea haberle dicho la cosa ms lgica del
mundo.




V

RAMONN


He aqu el otoo con su ropaje amarillo y sus nubes de color violeta.
Las manzanas encarnadas empiezan a desprenderse de los pomares y caer
sobre la yerba, y este suceso tan conforme con las leyes inmutables de
la naturaleza en vez de elevar mi espritu a la consideracin de la
gravitacin universal como en otro tiempo a Newton, atac directa y
perniciosamente a mi estmago. Renuncio a calcular las que com. La
fabricacin de la sidra debi de haber sufrido una merma considerable
aquel ao a causa de esta circunstancia; pero yo he guardado el secreto
hasta ahora.

De aquel verano sal convertido no slo en agricultor inteligente y
prctico sino tambin en diestro cazador. Supe cmo se armaban trampas
para atrapar gorriones esparciendo algunos granos de trigo por el suelo
y colocando sobre ellos un cedazo que se mantena de pie por medio de
una larga cuerda: cuando los gorriones venan a comer los granos se
soltaba la cuerda y quedaban prisioneros debajo. Supe hacer hoyos en la
tierra y poner sobre ellos una pizarra sostenida por un palito, de tal
ingenioso modo colocado que cuando el pjaro se posaba all para comer
los granos caa la pizarra sobre l y quedaba preso dentro del hoyo.
Este artefacto iba dirigido particularmente contra las codornices.
Tambin aprend a untar con liga las ramitas superiores de los arbustos
para que los jilgueros al posarse quedasen all pegados. No recuerdo
haber atrapado pjaro alguno con todos estos delicados artificios; pero
eso no importa para que los conociese perfectamente.

Donde mis xitos se mostraron claros y evidentes fu con los grillos.
Conoca cinco o seis maneras sutiles y graciosas de persuadirles a que
saliesen de la cueva. Casi ninguno se resista a mis prfidas
insinuaciones y se apresuraban a salir a respirar el aire fresco y se
dejaban atrapar en cuanto ponan el pie fuera de su casa. Pero si alguno
se obstinaba en permanecer en sus habitaciones bien porque sospechase de
mi buena fe o porque estuviese ocupado en aquel momento, entonces me
vea obligado a apelar a un terrible argumento que no describir por no
ofender la susceptibilidad de las damas que lean estas memorias.

Cayetano tambin era un ingenioso cazador, pero empleaba sus facultades
en otros animales de ms fuste. Aparte de las truchas, que eran su
especialidad, cazaba con escopeta y en compaa de algunos seores de la
Pola, codornices, perdices y arceas. Dos o tres veces fueron tambin a
Pea Mayor y a los montes de Raigoso y mataron algn corzo.

Pero mucho ms ingenioso cazador que l era un zorro que de vez en
cuando visitaba por las noches nuestro gallinero. Esto nos tena a todos
sobresaltados y a Cayetano furioso. El mastn estaba en el monte con el
ganado y el _Muley_, por su edad avanzada y por su larga experiencia de
la vida, miraba ya todas estas cosas con marcada frialdad. Cayetano vel
con la escopeta preparada unas cuantas noches, pero el astuto animal
oli la plvora y no pareci. Entonces se decidi aqul a ir a Sama y
comprar un armadijo de hierro que en aquella regin se conoce con el
nombre de _gardua_. Colocse la trampa a la boca del gallinero y pocas
noches despus el zorro vino y fu cogido en ella por una pata, pero con
gran estupefaccin de todos el desgraciado animal la cort con sus
propios dientes y se march sin ella. Terrible caso de amor a la
libertad que me impresion profundamente!

Se fabric la sidra y en los das que dur la operacin no sal del
lagar ayudando con todas mis fuerzas al mejor xito de tan importante
tarea y cerciorndome a cada instante de la dulzura y bondad del caldo
destilado. Tantas veces me cercior que hube de purgarme sin
pretenderlo. Vino despus la recoleccin del maz y ayud a los vecinos
a traer las mazorcas sentndome sobre ellas en el carro. Despus tambin
les socorr en la tarea de deshojarlas y trenzarlas en ristras.
Efectubase la operacin, llamada all _esfoyaza_, por las noches, y los
vecinos se ayudaban unos a otros. Imposible imaginar nada ms ameno y
deleitoso que estas _esfoyazas_. La nuestra dur algunas noches y si
hubiera durado eternamente creo que no hubiera perdido nada. En fin,
resumiendo mis impresiones agrcolas manifestar que yo pensaba entonces
haber nacido para labrador como ms tarde pens que haba nacido para
marinero y luego para filsofo. Siempre supe adaptarme al medio en que
me hall y esta flexibilidad de mi naturaleza me ha procurado dos
ventajas en la vida: La primera y principal, no aburrirme nunca; y la
segunda, haber podido escribir novelas de regiones apartadas y medios
sociales muy diferentes.

Comenzaba ya a llover del modo suave y constante que all lo hace. Los
campos iban quedando poco a poco abandonados. La gente se retraa al
interior de las casas; pero aqu gozbamos tambin de sealados
placeres. En la ma se amasaba el pan dos veces por semana. Era una
diversin ver a las criadas heir la masa, y ayudarlas a bregarlo
colgndome al manubrio de la mquina. La construccin de los bollos, el
atestar el horno de rgoma y darle fuego para arrojarlo era
interesantsimo. Luego se metan poco a poco los bollos dentro, se
tapaba el horno y entonces las mujeres se santiguaban, los hombres nos
descubramos y se rezaba solemnemente un padrenuestro. Cun lejanos
estamos ahora de estas escenas sencillas e inocentes! Vivimos apartados
de la naturaleza; marchamos hudos de Dios. Hemos ganado con ello
alegra? Que cada cual ponga la mano sobre el corazn y me responda.

Las noches eran ya largas. Antes de subir a nuestra casa a jugar al
tresillo con mi padre, el cura y un indiano que all estaba de
temporada, Cayetano sola quedarse un rato en la gran cocina de abajo
formando tertulia con nosotros. Sentado en el escao, yo a su lado, la
_Micona_ encima del hombro se placa en contarnos algn caso chistoso y
en dar vaya a los presentes. Porque era hombre maligno y provocativo
sobre toda ponderacin. Los que le servan generalmente de _cabeza de
turco_ eran un vecino llamado Jos de Anica y un criado que tena por
nombre Pacho. Sobre este ltimo singularmente se ensaaba tanto que el
pobre hombre acosado llegaba a faltarle alguna vez al respeto.

Por aquellos das vino el ganado del monte. Haba estado all una larga
temporada quedando slo en el establo una vaca de leche. Y con el ganado
vino el gran mastn llamado _Manchego_ por ser oriundo de la provincia
de Toledo. Traa al cuello un gran collar de cuero guarnecido de
afiladas puntas de hierro o sea una carlanca. Esta carlanca y lo mismo
el pelo del mastn estaban manchados de sangre. El vaquero nos inform
de que la noche anterior se haba batido con los lobos. Nadie puede
figurarse la impresin que esto me caus. Los lobos eran para m
animales legendarios, algo que no exista ms que en la fantasa de los
cuentistas. El perro, batindose con ellos, adquira a mis ojos un
aspecto sobrenatural. No me hartaba de contemplarle y de ponerle la mano
encima del lomo, admirndome al mismo tiempo de que un animal tan bravo
y poderoso no tuviese a menos el menear el rabo en presencia de un ser
tan nfimo como yo. Todo el pan y el queso que haba en la casa me
parecan poco para agasajar a aquel hroe. Y una vez que en testimonio
de reconocimiento me lami la cara me sent tan honrado como si Napolen
me hubiera dado un beso.

Aquella noche se habl de lobos en la cocina y Cayetano me cont el
siguiente suceso que ya conocan todos los que all estaban menos yo:

Har cosa de cuatro aos y por este mismo tiempo estaba yo sentado una
tarde ah en el poyo delante de casa, cuando pas Ramonn, el del to
Angel de Canzana, que bajaba del monte con el ganado.

T ya conoces a Ramonn porque le ves todos los domingos cuando vamos a
misa. Ahora es un real mozo que ha entrado en quinta este ao; pero
entonces no era ms que un zagalillo y no muy medrado.

Pues como digo vena del monte con su zurrn a la espalda y traa en la
mano un cestito tapado. Yo, que soy un poco curioso, le retuve por el
brazo y levant la tapa del cesto. Haba dentro un perrillo de cra.

--Ha parido la perra en el monte, Ramonn?

--No es un perro, seor Cayetano, es un lobo--me respondi riendo.

--Un lobo? El diablo me lleve si no es verdad!

Saqu el animalito del cesto, lo puse en el suelo y comenz a aullar
como un perrito recin nacido.

Ramonn me cont que el da anterior Luisn de la Granja, que tena la
cabaa cerca de la suya, haba encontrado en una cueva tres lobeznos,
haba matado dos y haba trado ste. Por la tarde, hallndose sacando
el estircol del establo fu atacado repentinamente por la loba. Gracias
a que tena en la mano la pala de dientes no pereci en aquel momento.
Luch con la fiera y logr ensartarla por el vientre. En aquellas horas
deba de estar ya en la Pola, para recibir del Ayuntamiento el premio
que dan por la matanza de cualquier alimaa.

--Y t para qu mil diablos quieres este animalito?

--No era ms que para enserselo a mi hermano. Luego lo mataremos.

Entonces me vino la idea de criarlo y se lo ped. Lo cri, en efecto,
dndole leche hasta que pudo comer. Comenzamos a llamarlo Ramonn como
el chico que lo haba trado y Ramonn le qued y por este nombre
comenz a responder, pero no del modo vivo y alerta que lo hacen los
perros, porque los lobos son ms torpes o como si dijramos ms cerrados
de cascos. Esto no tiene nada de particular porque entre los mismos
hombres unos son ms cerrados que otros y si no que lo diga Pacho...

--Milagro sera que no saliese yo a relucir!--gru Pacho encolerizado.

El animalito fu creciendo y al cabo de seis meses era un cachorro
revoltoso que me segua a todas partes. Le llevaba a la Pola, le
llevaba a Sama y excitaba la curiosidad por dondequiera que pasaba.
Llegu a cobrarle cario. Una vez que fu a Oviedo le traje un lindo
collar con chapa de bronce donde hice grabar su nombre y la fecha en que
lo adquir. En fin, l se portaba lo mismo que un perro fiel. Lo nico
en que se le conoca la raza fu cuando mat en pocos das tres corderos
que tuve que pagar quedndome con ellos. Yo estaba tan contento con el
animalito que le perdon estas y otras fechoras semejantes. Jams
mordi a las personas; los nios jugaban con l lo mismo que con un
perro.

Un viernes del mes de noviembre, cuando ya tena el lobo ms de un ao,
fu al mercado de Cabaaquinta llevndolo conmigo. Mont a caballo
temprano, pas la Collada y en tres horas poco ms o menos di en el
mercado. Ya sabrs que Cabaaquinta est detrs de la Pea-Mea y que hay
que atravesar para llegar a all todos esos montes, que ves delante de
casa.

Pas el da arreglando mis asuntos y por la tarde me met en la taberna
de Andrea donde encontr a Xuann, el clebre matador de osos que habrs
odo nombrar, y a don Salustiano el escribano. Me enred en una partida
de _brisca_ con ellos de tal modo que cuando acord conmigo eran las
ocho y ya haca ms de una hora que haba cerrado la noche:

Monto a caballo y pico espuelas para casa. La noche estaba fra ya de
verdad: en los altos haba cado bastante nieve. Antes de doblar la
Collada se me ocurri mirar hacia atrs y no veo a Ramonn. Silbo, le
llamo. Nada. Ese pcaro se me escap al monte--dije para m--. Hice mal
en traerle por estos sitios.

Deplor el percance porque repito que estaba contento y ufano con el
animal. Adems me dola la prdida del collar que me haba costado nueve
pesetas. Doblo al fin la Collada y marcho bien tranquilo aunque al paso
ms vivo que en aquellos endiablados caminos poda seguir el caballo,
cuando de pronto ste se para en firme, levanta las orejas y se
estremece. Le hinco las espuelas y en vez de arrancar de nuevo
retrocede. Comprend en seguida que haba olido el lobo. Y en efecto,
al instante percibo el bulto de uno a la claridad de las estrellas,
porque no haba luna. Echo mano al revlver y veo repentinamente otro
del lado opuesto del camino. Y en menos tiempo que se cuenta se me ponen
delante tres, cuatro, cinco... yo no puedo decir cuntos. Acaso el miedo
espantoso que se apoder de m los haya multiplicado. Pero qu es lo
que veo adems? Pues veo entre ellos al mismo Ramonn con su collarito
reluciente dispuesto al parecer a arrojarse sobre m como todos los
dems.

El caso era apurado como comprenderis. Hasta entonces no haba visto
nunca la muerte tan cerca de mis ojos. Me tir del caballo y comenc a
disparar tiros a ciegas, pues el miedo me impeda pararme siquiera a
apuntar. Los lobos huyeron, pero no se pasaron muchos segundos sin que
volviesen de nuevo. Me vi muerto; ya haba disparado los seis tiros y no
traa ms cpsulas. Pero Dios no quiso que lo fuese en aquella ocasin.
Detrs de m o gritos de gente que llegaba. Eran los tenderos
ambulantes que regresaban a la Pola. Haban encontrado mi caballo, que
hua despavorido, y lo haban detenido. Creyendo por los tiros que me
haban asaltado ladrones venan corriendo y gritaban para infundirme
valor. Los lobos al escuchar aquel ruido desaparecieron otra vez de mi
vista.

Mucho se sorprendi aquella caravana, que no bajara de veinte personas
entre hombres y mujeres, de lo que me haba sucedido. Sobre todo la
traicin de Ramonn excit tanto su curiosidad que no se hartaban de
hacer comentarios. Me dieron un vaso de vino y despus que me hube
serenado un poco mont de nuevo a caballo y con ellos llegu hasta aqu.

Aunque ya era cerca de las once todos estaban levantados esperndome.

--Qu cara traa, vlgame Dios!--exclam Pachn riendo.

--Peor la traas t cuando te dieron aquella manta de palos los mozos de
Rivota el da del Obellayo--repuso Cayetano encolerizado.

Nos acostamos y al da siguiente por la maana apenas me haba
levantado de la cama vino Jos Mateo a decirme:

--Seor, est ah _Ramonn_.

--Cmo? _Ramonn!_

No quera creerlo. Salgo corriendo a la calle y veo en efecto a mi lobo
que as que me divisa empieza a bajarse y arrastrarse por el suelo sin
atreverse a acercarse a m y como si pidiese perdn de su villana.

--Ah maldito, traidor! Ahora me las pagars.

Entro en casa, cojo la escopeta y salgo otra vez. Ya no estaba
_Ramonn_.

--_Ramonn_ se ha metido en el establo--me dijo un chico que pasaba.

Voy al establo y lo hall acurrucado debajo del pesebre. Me ech la
escopeta a la cara y all le dej muerto de un tiro.




VI

MSICOS AMBULANTES


Mi madre fu toda su vida un frgil cristal de Bohemia. No poda
llamarse en verdad mujer a una criatura tan dbil, tan delicada y
prxima a extinguirse que cualquier rfaga de aire poda apagar en la
hora menos pensada. Ella lo saba, todos lo sabamos; por eso nuestra
gran preocupacin en la casa era atajar el paso por cuantos medios se
hallaban a nuestro alcance a esta rfaga traidora. As que veamos en su
estancia una puerta entreabierta nos precipitbamos llenos de terror a
cerrarla. Si se arriesgaba a salir de la sala para ir a otra habitacin,
los unos iban delante como heraldos a prevenir que se cerrasen balcones
y ventanas, los otros como escolta para impedir que algn imprudente
abriese las puertas laterales. No hay para qu decir que en esta tarea
sanitaria se distingua por su ardor y destreza mi padre, el cual senta
por su esposa la adoracin de un enamorado y la ternura de un padre.

Mi pobre madre vegetaba en un rincn del sof envuelta en su chal de
lana trabajando con el ganchillo de marfil. Por las noches le placa
hilar con aquella su artstica rueca de que ya he hablado. Era primorosa
en todas las labores femeninas y sus dedos, aunque tan delicados,
incansables. Oh Dios mo, cun delgados y frgiles eran aquellos dedos!
Una de mis aprensiones dolorosas era verlos quebrarse cualquier da.

Esta flaqueza corporal no exclua en ella una gran fuerza de carcter.
Era, como suele decirse, en lo fsico una caa que se dobla pero no se
rompe; en lo moral un roble que se rompe pero no se dobla. Mi padre,
como reverso de ella, posea un vigor fsico extremado y un carcter
blando y sentimental.

Con el ansia que suele acometer a los que cerca de s ven la muerte
aparejada a arrastrarlos a la tumba, mi madre se agarraba con todas sus
fuerzas a la vida. Este anhelo de vivir se traduca por un deseo
irresistible de hallarse siempre rodeada de gente alegre y bulliciosa,
cuanto ms alegre y bulliciosa mejor. Todas sus amigas eran mucho ms
jvenes que ella y en verlas divertirse y bailar, y en escuchar su
charla y sus confidencias amorosas hallaba la fuente de su alegra o por
lo menos el olvido de sus dolencias.

Adems de las pocas seoritas que en la aldea haba y de algunas que de
vez en cuando venan a pasar temporadas a nuestra casa, reciba por las
noches buen golpe de labradoras que hilaban su copo sentadas en el
suelo. Se formaba de este modo una tertulia de quince o veinte personas.
Mi padre con sus amigos y Cayetano jugaba a las cartas en un ngulo de
la sala alumbrados por un quinqu de pantalla verde, mientras yo sentado
unas veces al lado de ellos, otras en el sof a la vera de mi madre,
vagaba de un sitio a otro hasta que el sueo me renda y quedaba
definitivamente dormido en el sof. Algunas veces las carcajadas de los
tertulios me despertaban un instante, pero no tardaba en quedar de nuevo
dulcemente dormido. Al cabo mi padre sola apartarse un momento de la
mesa de juego, me tomaba entre los brazos, me llevaba medio dormido al
dormitorio, me desnudaba l mismo y me dejaba en la cama.

Gozaba mi madre lo indecible viendo bailar y ella misma sobreponindose
a sus enfermedades por un esfuerzo maravilloso de su voluntad enrgica
tomaba parte alguna vez en los bailes de sociedad. Pero en Entralgo
faltaban caballeros para esta clase de bailes y slo cuando nos
visitaban algunos amigos o parientes se poda organizar un pequeo
sarao. Ordinariamente se bailaba al estilo de la aldea, mucho ms
divertido en mi opinin por entonces, que el de la ciudad. Ni faltaba
para acompaar o llevar el comps de la danza algn msico ambulante que
mi madre sola retener en casa das y das mantenindole y dndole una
pequea gratificacin. Recuerdo que en aquella temporada estuvieron por
dos veces permaneciendo bastante tiempo entre nosotros un violinista
tuerto llamado Joaqun, acompaado de un muchacho de quince o diez y
seis aos que tocaba el arpa. Este Joaqun no poda competir con
Paganini en el violn, pero seguramente podra habrselas con el propio
Falstaff delante de un tonel. Un ro de sidra no hubiera extinguido la
sed de aquel artista. Con esto el nico ojo que posea estaba siempre
rameado de sangre lo cual se puede asegurar que no le embelleca.

Era hombre divertidsimo aquel Joaqun, locuaz como pocos y embustero
como ninguno. Haba que verle en el lagar de pie con un vaso en la mano.
Jams se sentaba en aquel recinto como si respetase demasiado la
majestad del tonel y no osase tomar asiento en su presencia. Sin
embargo, cuando ya haba trasegado una cantidad razonable de sidra a su
estmago se crea autorizado para faltarle al respeto y se recostaba
familiarmente sobre l. Es de saber que antes de llegar a este perodo
deplorable de descuido, por no decir de insolencia, haba celebrado ya
su dulzura y su gloria por medio de cnticos fervorosos. Porque as que
el violinista se acercaba ms o menos a uno de nuestros toneles y tena
un vaso lleno en la mano, se crea en el deber de cambiar la msica
instrumental por la vocal, dejando escapar de su garganta agradecida y
repitiendo cien veces la misma cancin como una letana en honor del
jugo vivificante que chispeaba en su vaso. Qu es lo que haca peor,
cantar o tocar el violn? Nadie logr jams resolverlo.

Pero tena adems otra manera de ensalzar la magnificencia de aquel vino
espumoso y era por medio de adecuadas y entusiastas inscripciones. Las
paredes del lagar estaban llenas de ellas escritas por su mano con
carboncillo. _Dios bendiga la sidra de este lugar_--deca una--.
_Bebamos esta sidra mientras nos quede un soplo de vida_--deca otra--.
_Desgraciados los hombres que no conocen la sidra de Entralgo!_--se
lea en otra tercera... y as sucesivamente.

Como puede observarse tales inscripciones ofrecan un marcado carcter
apologtico. En esto se distinguan de las cuneiformes de la Asira y de
las jeroglficas de Egipto casi todas histricas o conmemorativas.

Mi padre odiaba casi tanto la epigrafa de Joaqun como su msica. Pude
cerciorarme de ello cuando poco despus de partirse con su acompaante
el arpista, hizo blanquear el lagar tapando con grosera cal mucho
profundo pensamiento. Acaso se halle reservado a las generaciones
venideras su descubrimiento. La capa de cal se desprender y debajo de
ella volvern a parecer, vivos an, aquellos gritos entusiastas de furor
bquico.

Cuando no se hallaba bajo la influencia del avinado o asidrado dios hijo
de Jpiter y Semele, era Joaqun un hombre muy agradable y nos
entretena narrndonos sucesos de su vida errante y picaresca. No he
podido retener en la memoria ms que uno, seguramente porque fu el que
ms me impresion.

Nos hallbamos sentados alrededor del fuego en la gran cocina de
Cayetano. Este y yo en el escao; los dems en tajuelas. Para Joaqun y
su arpista haba trado Manola dos sillas. Joaqun habl de esta manera:

Despus de haber pasado unos das en Villaviciosa, habamos ido a la
fiesta del Nazareno en Norea. Entonces no me acompaaba todava este
muchacho sino Rufo, aquel guitarrista que se ahog en Gijn el ao
pasado y que habris conocido o habris odo nombrar. En Norea corre la
sidra y el dinero como en ningn otro pueblo de la provincia. Aquella
tarde hicimos ms de tres duros tocando en la calle, y por la noche
todava tocamos en el baile del Ayuntamiento y nos dieron treinta
reales. Cuando salimos del baile eran ms de las once; pero yo quera
dormir en la Pola de Siero, porque tengo all un amigo y no me cuesta
nada la cama. Se lo dije a Rufo y desde luego qued conforme porque
tena la esperanza de que tampoco le cobraran.

La emprendimos pues hasta la Pola, que como saben est muy cerquita.
Era una hermosa noche estrellada y no haca fro ni calor. Al pasar por
el Berrn la taberna de Jernimo estaba todava abierta y llena de
gente.

--Vamos a entrar un instante?--me dijo Rufo.

--Vamos.

Este Rufo era un buen hombre y como guitarrista, no se diga, porque
haca hablar al instrumento, pero tena un defecto muy feo y era que le
gustaba demasiado la sidra...

Nos miramos todos unos a otros con sorpresa y Cayetano solt una
estridente carcajada y los dems le siguieron. Joaqun qued grandemente
amostazado y pregunt con voz sorda:

--De qu os res?

--Hombre, nos remos porque un vaso de sidra le gusta a
cualquiera--repuso Cayetano, guindonos un ojo.

Y vuelta a rer todos de tan buena gana que el propio Joaqun concluy
por rer tambin.

--Bueno, corriente! Quedamos en que a l y a m nos gustaba la sidra y
entramos a beber unos vasos del tonel que aquella misma tarde se haba
abierto. Haba all bastante gente y entre ella unos gitanos o hngaros
que traan varios monos, un oso y un perro amaestrados. Los habamos
visto todo el da en Norea trabajando con sus animales, rodeados de
chicos. Nos acercamos al tonel con no poco trabajo y nos hicimos sacar
unos vasos. No s cuntos fueron...

--Muchos!--dijo Cayetano.

--Puede ser. Haba tanta gente y tanto ruido que al cabo me sent
mareado y le dije a Rufo:--Vmonos que estoy cansado y ya sabes que
maana debemos salir temprano para Infiesto--. No me hizo caso y
seguimos todava otro rato y bebimos algunos vasos ms. Volv a apurarle
para que nos fusemos y... nada; el hombre como si hubiera echado all
races y esperase florecer en la primavera. Enfadado ya de tanto
repetirle lo mismo y de esperarle le dije:

--Mira Rufo, yo me voy: haz lo que quieras.

--Agurdate, compadre, agurdate un momento.

--No me aguardo ms momentos. Adis.

Y me fu hacia la puerta.

--Bueno, hombre, bueno, no te apures, que yo tambin me voy.

Y sent que echaba a andar detrs de m. Cuando sal a la carretera not
que se pona a mi lado y emparejados tomamos la direccin de la Pola. Yo
no le hablaba porque estaba irritado y adems la lengua me pesaba un
poco en la boca. La noche ms hermosa que antes. Haba salido la luna y
alumbraba tanto que a m me pareca ver dos, una al lado de otra. Poco a
poco se me fu pasando el enfado y para entrar en conversacin le dije a
Rufo:

--Vaya una noche linda, compadre!

No me contest ms que con un grosero gruido.

--Anda! Conque eres t el que te enfadas despus de lo que me has
hecho aguardar?--le dije parando y encarndome con l.

Pero cul fu mi sorpresa al ver que mi amigo Rufo se haba
transformado en oso!...

--Eso es mentira, hombre!--exclam Pacho desde su tajuela.

--Aguarda un instante, amigo--repuso Joaqun.

--Que te digo que eso es una gran mentira, hombre!

--Cllate, animal!--exclam Cayetano encolerizado--. Deja que Joaqun
termine su cuento.

Pacho, sin hacer caso, rojo de indignacin y como si quisiera arrojarse
sobre el pobre violinista, grit ms fuerte an:

--Que te digo, hombre, con toda la boca, que mientes, hombre! Lo
quieres ms claro, hombre?

--Pero quieres callarte, pedazo de brbaro?--volvi a decir Cayetano
tomando las tenazas con ademn de arrojrselas.

A duras penas se logr hacerle callar y Joaqun pudo continuar su
cuento.

--Vaya unas bromas que me gastas, compadre--le dije--. A qu conduce
esa tontera de transformarte en oso?

Rufo no me respondi.

--Anda, pues no eres poco chistoso, hijo!--continu yo--. Si creers
que me vas a asustar! Ja, ja! A pesar de esos pelos y ese hocico
puntiagudo, te conozco, querido, y estoy tan tranquilo como si me
tocases un tango con la guitarra... Sabes lo que te digo Rufo?, que no
eres un oso, sino un ganso, y que me est apeteciendo alumbrarte una
torta en el hocico para que aprendas a no burlarte de los amigos.

Y como lo dije lo hice, a mano suelta le di sobre el hocico un revs.

Mi amigo Rufo lanz un fuerte gruido y dejando la posicin cuadrpeda
se puso de pie y comenz a bailar en torno mo gruendo terriblemente.
Os confieso amigos que si alguna vez sent miedo en el mundo fu en esta
ocasin. Ech a correr como pude, que no poda gran cosa, pues los pies
me pesaban como si llevase zapatos de plomo. Rufo corri detrs de m
siempre de pie, pero an corra menos que yo. Como yo le llevaba alguna
delantera me detena de vez en cuando y le deca en tono suplicante:

--Rufo, amigo mo, perdona. No te he dado esa torta por ofenderte.

El no haca caso y continuaba persiguindome. Cuando se acercaba yo
volva a correr y as que me hallaba lejos le suplicaba otra vez:

--Vamos, Rufo, no seas as. Una broma es una broma y entre amigos no
tiene importancia.

Por fin se abland y dejndose caer, anduvo otra vez en cuatro patas.
Entonces me acerqu ya sin miedo a l y nos emparejamos como antes. Y
seguimos charlando con la mayor animacin, es decir, recuerdo que era yo
el que charlaba porque mi amigo Rufo no haca ms que asentir con leves
gruidos a lo que yo le deca. Tanto que cansado a la postre y un poco
impaciente detengo el paso, me planto delante de l y le digo:

--Pero, hombre de Dios, hasta cundo va a durar esta broma?

Mas he aqu que Rufo se pone otra vez de pie y comienza a bailar y a
gruir de un modo espantoso. No poco trabajo me cost aplacarle y slo
lo consegu despus de mucho tiempo.

Por fin llegamos a la Pola, me dirig a casa de mi amigo Ramn el
Puntillero y llam a la puerta. Me abrieron en seguida y entonces
volvindome a Rufo, que me segua, le dije:

--Compadre, puesto que no quieres dejar todava esa bromita, dormirs
esta noche al fresco.

Y le d con la puerta en el hocico. Ca en la cama como una piedra y el
Puntillero tuvo compasin de m y me dej dormir hasta las diez de la
maana. Pero a esa hora me despert a gritos dicindome:

--Joaqun, Joaqun levntate ahora mismo. Est ah un alguacil de parte
del alcalde para que te presentes inmediatamente en el Ayuntamiento.

--Pero qu pasa?--exclam sobresaltado.

--Nada, al parecer, unos gitanos te acusan de que les has robado un oso.

Qued estupefacto. No me acordaba absolutamente de nada. Sin embargo,
poco a poco fu entrando la luz en mi cerebro y me di cuenta de lo que
haba pasado aquella noche. Me vest rpidamente y me dirig al
Ayuntamiento. Cuando llegu all, el oso ya haba parecido y los
bohemios andaban por el pueblo tocando el pandero y hacindole bailar.
Le haban encontrado debajo de un hrreo donde se haba comido ms de
una arroba de paja que all estaba amontonada.

Cuando le cont el caso al alcalde quera desnudarse de risa y en vez de
ponerme multa se la puso a los gitanos por haber dejado un animal
peligroso en libertad.

Al salir del Ayuntamiento tropec con mi amigo Rufo que haba dormido en
la taberna de Jernimo debajo de una mesa. Le haban robado la guitarra
y vena a dar queja al alcalde sospechando de los bohemios. No consigui
nada. El oso haba parecido pero la guitarra no volvi a verla en su
vida.




VII

LA PARTIDA


La primavera sopl otra vez sobre nuestra feliz aldea; las rosas se
abrieron, los mirlos cantaron en la pomarada, los terneros mugieron en
el establo, los cfiros nos traan sobre sus alas perfumadas los rumores
del bosque, gorjeos de pjaros enamorados: la zarzamora que tapizaba los
caminos se llenaba de florecillas moradas: del balcn de mi cuarto
colgaban ya los pmpanos que alegres temblaban al nacer la aurora...

Todos estos signos de la gloriosa resurreccin de la naturaleza alegraba
a los hombres y a los animales, pero a m me inquietaban vivamente.
Haba odo decir repetidas veces a mi madre que en cuanto viniese la
primavera partiramos para Avils. Por aquel tiempo no saba yo que esta
villa guardaba en su seno placeres mucho ms exquisitos que los que
poda brindarme Entralgo. Pensando en la escuela, en la gramtica, en
las planas, en la vara de avellano de don Juan de la Cruz se me pona la
carne de gallina.

A qu pensar en ello, sin embargo? Aqu estaban aguardndome a la
puerta, como siempre, mis amigos Ramn, Sixto, Jos, Segundo, una
guardia fiel y decidida que yo haba logrado formarme durante mi
estancia en la aldea. Corramos los senderos, trepbamos a los rboles
para alcanzar los nidos, hacamos hogueras y asbamos all patatas,
cortbamos varas de sauco para construir _tira-tacos_, nos pasbamos
horas enteras espiando la guarida de las anguilas en los arroyos, pero
sin lograr jams atrapar ninguna, torebamos a los carneros (desde mi
fatal aventura y en pocos meses haba ya dado grandes pasos en el arte
taurino), montbamos en todos los caballos que encontrbamos sueltos por
los caminos.

Este ltimo recreo ofreca ms de un peligro, para m especialmente, que
no era ni tan duro ni tan diestro como mis compaeros. Tuve ocasin de
experimentarlo bien pronto. En una de aquellas tardes primaverales
habamos estado en el ro levantando piedras y piedras para atrapar
truchas. No era ms que un simulacro, porque en el fondo estbamos
persuadidos de que nunca pescaramos una. Cuando nos fatigamos de aquel
infructuoso ejercicio nos decidimos a regresar al pueblo. Apenas
habamos caminado algunos pasos tropezamos con un gran caballo pastando
la yerba que creca en aquel terreno guijarroso. Acometido de un vrtigo
de grandeza dije:

--Voy a montar ese caballo.

Los amigos trataron de disuadirme porque saban perfectamente a qu
atenerse respecto a mis adelantos en la equitacin.

--Es demasiado alto.

--No importa. Vosotros me ayudaris a montar.

Debo confesar que lo hicieron de mala gana, pero lo hicieron. Entre
todos ellos fu izado sobre el lomo del animal, que no era ni fogoso ni
resabiado. Lo nico que hizo fu trotar acompasadamente en direccin a
la aldea. Pero yo no supe acomodarme a su comps, comenc a vacilar,
perd al fin el equilibrio y di pronto con las narices en el suelo.

Una de las cosas menos gratas de la existencia es, sin duda, caer de
narices contra una piedra desde un caballo de ocho cuartas. Yo que no
las tena de cemento armado las sent deteriorar con un vivo dolor que
me hizo prorrumpir en gritos. Mis amigos al escucharlos y al verme
yacente y ensangrentado, se dispersaron como los discpulos de Jess
cuando su divino Maestro fu clavado a la cruz. Acudi a los pocos
momentos en mi auxilio un criado llamado Linn que ya lo haba sido de
mi abuelo y que por casualidad acert a pasar por all. Me levant del
suelo, me llev al ro y me lav el rostro. Mientras lo haca no cesaba
de instruirme con saludables advertencias.

--Ya ves lo que sucede por ser atrevido.--Quin te ha mandado subirte a
un caballo si no sabes montar?--Si hubieras sido formal no te pasara
esto.--Qu ocurrencia ha sido la tuya de montar en un caballo tan alto
y a pelo!, etc., etc.

Es posible que sea un consuelo el averiguar cuando uno se rompe las
narices, que si hubiera hecho esto o dejado de hacer aqullo habra
evitado la ruptura, pero yo no experiment ninguno en aquella ocasin.
Al contrario, cuanto ms persuasivo se mostraba Linn, ms triste y
miserable me senta yo. Por fin me llev en brazos hasta casa y no fu
dbil el susto de mis padres al verme en tal estado. Se me aplicaron
compresas de rnica y mi buen padre estuvo toda la noche renovndolas
incesantemente.

Cre del caso en tales momentos encomendarme o hacer promesa de visitar
algn santuario. En vez de uno promet visitar dos, el de la Virgen de
Covadonga y el del Santo Cristo de Cands. Ignoro por qu fu tan lejos
en mi devocin teniendo cerca al milagroso San Nicols de Campiellos.
Sera por deseos de viajar o bien porque se me hubiera comunicado el
desprecio que senta nuestro prroco hacia el santuario de Campiellos?
De todos modos mi madre qued complacidsima y prometi llevarme a
Covadonga y a Cands tan pronto como nos hallramos en Avils.

Al da siguiente vino el mdico, se me pusieron los vendajes necesarios
y en pocos das qued curado. Sin embargo, ms adelante se necesit la
intervencin de un mdico de Oviedo y toda mi vida me resent de aquella
cada.

Se hablaba ya bastante en casa de nuestra partida; se fij por fin el
da. Yo estaba tristsimo, aunque se haba restringido mi libertad,
despus de la cada. Pero an lo estaba ms, a mi juicio, el sobrino del
seor cura de la Pola y dir en pocas palabras por qu.

Haba trado mi madre de Avils una doncella de esplndida belleza
llamada Alvarina. Pasaba por una de las ms hermosas jvenes de Avils:
no necesito aadir ms, pues la belleza de las mujeres de esta villa es
proverbial en Espaa. Yo amaba a esta Alvarina con todo mi corazn, no
tanto por su belleza como por su bondad. En los nios el amor es
intelectual y ms razonado que en los hombres. Slo en los degenerados
amanece temprano la sensualidad. Claro est que la belleza ejerce una
influencia favorable sobre todos los seres, mas a pesar de su gran
hermosura si esta mujer hubiera sido mala no la habra amado. Lejos de
esto, yo la encontraba siempre dulce y afable procurndome recreos,
guardndome golosinas, tapando mis faltas cuando las cometa. Haca an
ms y mejor, y era darme aliento para ser bueno y valeroso. Con un
instinto pedaggico que hoy mismo me parece digno de toda admiracin,
hallaba fcilmente los medios ms adecuados para conseguirlo. Cuando en
casa haba cualquier desavenencia y mi madre nos residenciaba y
comenzaba el interrogatorio, Alvarina deca en voz alta:

--Que diga el nio cmo ha sucedido. El nio no miente.

Es increble el efecto que me causaba esta apelacin a mi veracidad. Me
llenaba de orgullo, y en aquel momento hubiera declarado la verdad
aunque me arrastrasen despus a la horca.

Si se trataba de llevar la buja despus que me haba acostado y dejarme
a obscuras, Alvarina deca en tono resuelto:

--Podis llevar la luz: el nio no tiene miedo.

Y yo que lo senta, y bien horrible por cierto, me morda los labios,
meta la cabeza entre las sbanas pero no dejaba escapar la ms leve
protesta.

De tal manera esta hermosa joven contribuy mejor a mi educacin moral
que cuantos libros he ledo y sermones he escuchado despus. Ella me
hizo un hombre verdico y lo fu bastante hasta que me dediqu a
novelista. Dios se lo pague.

Pues de esta Alvarina tan bella, tan gentil, tan bondadosa, se enamor
perdidamente el sobrino del seor cura de la Pola, un apuesto mancebo
que estudiaba el ltimo ao de sagrada teologa. Aquel de mis lectores
que no hubiera hecho lo mismo que le tire la primera piedra. Haba
venido a pasar una temporada a Laviana y haba suspendido
momentneamente sus estudios no recuerdo por qu; quiz porque su to se
hallaba delicado de salud y viniese a cuidarlo. Nos visitaba con
frecuencia y puede suponerse que desde que el hijo de Venus le dispar
una de sus mortferas flechas, nos visitaba con ms frecuencia an. El
cuitado inventaba mil artificiosos pretextos para justificar estas
visitas. Una vez vena a traer a mi padre cierta semilla de guisantes
para la huerta, otra vena a preguntarle de parte de su to cualquier
menudencia referente a un arrendatario, o bien me traa una primorosa
casita de cartn para los grillos o traa a mi madre una plantita de
albahaca o geranio. Mi madre sonrea vindole perderse en un laberinto
de razonamientos especiosos y yo sonrea tambin viendo a mi madre
sonrer. El pobre chico se pona encarnado hasta las orejas, hasta que
conclua por toser de un modo formidable y mi madre le deca que cuidase
aquel catarro pues en los jvenes es peligroso, y l se pona ms
colorado an, lo cual pareca en verdad imposible.

Mi enfermedad fu para l la salud. Vena a verme todos los das y raro
era aquel en que no me regalase con cualquier chuchera. Me acompaaba
largos ratos y durante estos ratos Alvarina entraba y sala tantas veces
en mi habitacin llevando y trayendo objetos que no pareca otra cosa
sino que nos estbamos mudando de casa y fuera ella sola la encargada de
efectuar la mudanza. Cuando al cabo san tampoco quiso privarme de su
amable compaa comprendiendo que en la convalecencia es cuando hay que
ejercer una vigilancia ms activa y estrecha a fin de evitar una
recada.

Lleg por fin la vspera del da aciago en que debamos abandonar
aquella mansin venturosa. Porque para m Entralgo, a pesar del reciente
fracaso de mi nariz, continuaba siendo el paraso terrenal. Se dispuso
que salisemos al amanecer a fin de poder llegar a Avils por la tarde.
Dejaramos los caballos en Sama, donde nos aguardaba un coche que nos
trasladara a nuestra villa haciendo parada en Oviedo para comer. Como
debamos levantarnos excesivamente temprano, mi madre crey mejor que no
nos acostsemos y passemos la noche en alegre reunin. No slo los
amigos de Entralgo sino algunos de la Pola vinieron a acompaarnos en
aquella velada que fu divertida y ruidosa como ninguna. No me parece
necesario aadir que entre los ltimos figuraba el enamorado seminarista
sobrino del cura de la Pola.

Se bail, se jug, se cant, se improvis, se disparat cuanto es
imaginable. El seminarista y Alvarina, que hasta aquel da se haban
mostrado reservados y evitaban con el mayor cuidado el manifestar
pblicamente su inclinacin, se creyeron dispensados ya de todo disimulo
y sentados en un rincn de la sala no se apartaban el uno del otro y
charlaban animadamente con los ojos brillantes y las mejillas
encendidas. Ambos parecan estar alegres o por lo menos queran
demostrarlo. Sobre todo el seminarista ostentaba una jovialidad tan
excesiva que yo mismo, a pesar de no haber cursado an la asignatura de
Psicologa, adivinaba que era falsa.

Naturalmente las bromas de los tertulios iban dirigidas a menudo hacia
ellos y naturalmente ellos se ruborizaban, pero no abandonaban por eso
ni su posicin feliz ni el hilo de su discurso interminable. No faltaba
all como en muchas tertulias, particularmente en las de aldea, un
payaso que nos diverta con sus bufonadas, y este payaso no cesaba de
vejar a la amartelada pareja, improvisando coplas a su salud.

Como de costumbre yo sent al cabo que los prpados me pesaban, fu al
sof y me dorm al lado de mi madre. Cuando despert la tertulia
continuaba tan bulliciosa como antes, pero mi madre no estaba all; el
seminarista y Alvarina tambin haban desaparecido. Entonces me levant
y buscando a mi madre me dirig al gabinete contiguo cuya puerta se
hallaba entreabierta. No haba luz dentro y slo la que entraba por la
puerta lo esclareca. Pude ver, sin embargo, a mi amigo el seminarista
sentado en una silla con la cabeza entre las manos y sollozando
perdidamente. En pie al lado suyo mi madre y Manola hacan esfuerzos por
consolarle y animarle.

Pobre joven! Jams se me ha borrado de la memoria esta escena. Aos
despus supe que era un sacerdote ejemplar. No me sorprende porque Dios
no abandona a aquellos que saben tomar a su propio corazn entre las
manos y estrujarle.




VIII

AVILS


Cuando llegu a Madrid para estudiar mi carrera y vi en los escaparates
de las tiendas de comestibles unos cartelitos que decan: _Jamn de
Avils_ no pude menos de experimentar profunda sorpresa. A esta sorpresa
sigui inmediatamente un sentimiento de vergenza y de irritacin.
Cmo? La villa potica por excelencia, la villa de las mujeres
hermosas y las canciones romnticas, aquella blanca paloma del
Cantbrico era conocida en el resto de Espaa solamente por sus jamones!

Jams pudiera imaginarlo ni lo imagin ninguno de sus hijos. Viviendo en
Avils hasta entonces a nadie haba odo gloriarse de esta grosera
ventaja. Ni aun saba que en Avils existiesen cerdos. Mientras all
estuve no conoc ms que uno, cierto administrador de correos que se
coma las sardinas crudas y entregaba las cartas abiertas. Pero este
administrador no haba nacido en Avils.

Si yo no he nacido tampoco en esta villa a ella me trajeron cuando
contaba slo algunos meses de edad. De modo que puedo y quiero
considerarla como mi segunda patria.

Los avilesinos son nobles, alegres, probos y estn dotados de viva
imaginacin, aman la msica, son sentimentales y un poco romnticos.
Reina en este pueblo una amable jovialidad infantil que ensancha el
corazn de cuantos viajeros lo visitan y aleja instantneamente su mal
humor. A muchos he odo decir que as que ponan los pies en Avils se
sentan cambiados, olvidaban sus penas y amaban otra vez la vida. Por
todo lo cual sera muy justo que el Gobierno de la nacin declarase a
esta villa sanatorio oficial para los neurastnicos.

A mis odos ha llegado el rumor de que los avilesinos actualmente toman
en serio las mezquindades de la poltica. Me resisto a creerlo. Hace
sesenta aos en Avils no exista la poltica ni nadie pensaba ms que
en servir a Dios y bailar habaneras. Si haba elecciones, que yo lo dudo
mucho, era cosa que se efectuaba all en secreto en el Ayuntamiento
entre unos cuantos seores que regresaban a la hora de comer a sus casas
furiosos porque se les hubiera molestado para cosa tan balad.

En cambio cuando se trataba de una romera todos ramos unos. Grandes y
pequeos, hombres y mujeres, ancianos y nios marchbamos como un solo
cuerpo. Si el santuario estaba lejos se iba por la maana y las
domsticas llevaban en grandes cestas la comida: si estaba cerca bamos
despus de comer. Pero haba uno, el ms principal de todos, el de
Nuestra Seora de la Luz que estaba cerca y sin embargo no faltaban
sibaritas que al rayar el alba suban a la pintoresca colina provistos
de bizcochos, compraban a las aldeanas pucheros de leche y despus de
proporcionarse este regalo jugaban con las vasijas hasta romperlas y
volvan a casa para restituirse de nuevo a la romera por la tarde.

Qu se haca en estas romeras? Pues bailar, bailar hasta caer exnime
sobre el csped. En Avils el no saber bailar constituye un crimen de
lesa majestad. Todo el mundo habr odo decir que de aqu han salido los
primeros bailarines del mundo. Cuando por primera vez me llevaron mis
padres a un baile del _Liceo_ (tena yo diez y seis aos) mi madre me
dijo gravemente:--Anda ve a pedir este vals a Romana que es la que
mejor lo baila en Avils.--Romana era una seorita de cuarenta aos y
bailaba de un modo increble, como una slfide veterana. Me arrebat en
sus brazos y despus de hacerme rodar como un trompo por espacio de un
cuarto de hora me entreg casi privado de conocimiento a mis padres.

Se formaban corros de seoritas y corros de artesanas y en unos y otros
se bailaba frenticamente. No exista la lucha de clases; y la prueba es
que muchos seoritos abandonaban el crculo de sus iguales y se
introducan en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por
ofendidos. En los aos que all viv no he presenciado jams una
reyerta. Cun distintos de ellos los hijos belicosos del valle de
Laviana donde vi la luz del da! Aqu no se celebraba romera sin que a
la hora de ponerse el sol no viniesen fieramente a las manos las huestes
acaudilladas respectivamente por Nolo de la Braa y Toribin de
Lorio[3].

Al ponerse el sol regresaban los romeros a la villa entonando a do unas
canciones romnticas que an me enternecen cuando las recuerdo.

Era la _Bayamesa_.

      _No recuerdas gentil Bayamesa_
    _Que t fuiste mi sol refulgente_...

Era la _Stil nube_

    _Stil nube de luz ondulante._

Era el delicioso pasacalle que todo el mundo conoce.

    _Calle la del Rivero_
    _Calle del Cristo._

Y algunos seoritos, sin duda para cantar con ms afinacin, traan
colgada del brazo una linda menestrala ms gentil y ms ondulante que la
_bayamesa_ y la _nube_ de sus canciones. Cantaban estas muchachas como
los ngeles que rodean el trono del Altsimo y cuando las oa al pasar
por el soportal debajo de mi casa me crea transportado al cielo. Mi
padre pretenda que aliaban el canto con adornos de mal gusto; pero no
hay que hacer caso de mi padre en este punto porque haba nacido en
Oviedo y ya se sabe que todos los pueblos de la provincia, incluso la
capital, nos tenan una envidia rabiosa.

La mayora de las calles de Avils est provista de arcos o prticos que
preservan de la lluvia y del sol al transeunte. Las dos ms largas, la
del _Rivero_, donde yo viva, y la de _Galiana_, tienen al final cada
una un santuario donde se venera un milagroso Cristo, como si la hermosa
villa quisiera poner su alegra y su inocencia bajo la guarda de Aquel
que dijo: O nios o como nios.

Yo estaba persuadido en mi niez de que estos prticos se haban
construdo exclusivamente con el objeto de que nosotros los chicos
pudiramos divertirnos lo mismo que hiciera bueno que mal tiempo.
Asimismo pensaba que la Providencia haba colocado una espaciosa plaza
delante de la iglesia de San Francisco llamada la _Campa_, para que
nosotros pudiramos jugar a la pelota, a la peonza y a _Justicias y
Ladrones_, y delante del arruinado convento de la Merced, otro gran
espacio llamado _Campo Can_, donde haba siempre grandes montones de
lodo destinados sin duda alguna al juego del _llancn_ (la estaca).

Pero cuando la Providencia se mostr verdaderamente perspicaz fu cuando
sugiri al ministro de Fomento la idea de canalizar la ra y de enviar
como director de las obras a un hermano de mi padre. Di gracias a Dios
de todo corazn porque comprend inmediatamente que todos aquellos
trabajos y los millones gastados en ellos no tenan otro fin que el de
poner a mi disposicin un bote, el _bote de la Empresa_, para convidar a
mis amigos y surcar con ellos en todas direcciones a marea baja y a
marea alta la famosa ra. Tanto la surqu que en poco tiempo llegu a
saberme de memoria las vueltas y revueltas del canal. A marea alta
podra sealar, sin equivocarme en medio metro, el sitio por donde
corra.

Avils se compone de dos barrios, uno el de la villa propiamente dicha y
otro el de Sabugo, donde habitan los marineros, pescadores y menestrales
de menor cuanta. Los separaba en mi tiempo un brazo de la ra, sobre el
cual haba un puente de piedra. Hoy se ha cegado este brazo y sobre l
han edificado una plaza y construdo un parque. Para nosotros, los nios
de la villa, Sabugo significaba el pas enemigo. All estaban los
brbaros acechndonos noche y da para caer sobre nosotros al menor
descuido y entregarse al pillaje. De all salan aquellos bandidos que
cuando nos apartbamos un poco del recinto de la villa para echar al
aire nuestras _sierpes_ (cometas) acudan feroces como si la tierra o
por mejor decir el infierno los vomitasen y nos cortaban los hilos y se
apoderaban de nuestras sierpes y adems nos hartaban de bofetadas.
Dnde estaba la Reina? Dnde estaba la Guardia civil? Dnde estaba la
polica para poner a buen recaudo a estos salteadores? Por ninguna parte
asomaba la mano del poder coercitivo mostrando que vivamos en una
sociedad organizada. La vida de los nios repite sin cesar al travs de
los siglos el tipo anrquico de los tiempos primitivos.

Exista en Avils una academia de msica, un teatro, una sociedad de
baile. De todo esto era el alma un to mo oficial de artillera
retirado y valetudinario. A pesar de sus crueles achaques este perfecto
caballero esparca la alegra y mantena vivo en su pueblo natal el
cultivo del arte. Cuando se erigi el pequeo teatro de la calle de la
Cmara sus conciudadanos agradecidos le dejaron construir en apartado
rincn un palco con celosa desde donde el buen viejo poda asistir a
las representaciones sin ser visto.

La sociedad de baile llamada el _Liceo_ estaba situada en el antiguo
convento de San Francisco. Porque los arruinados conventos de la Merced
y de San Francisco servan para todo, para escuelas, para ctedras, para
cuartel, para oficinas, para aduanas... y hasta para salones de baile.
El del _Liceo_ era magnfico, de elevada techumbre y lindamente
decorado. Los bailes se celebraban all con toda pompa y majestad y eran
el orgullo de la villa y la envidia de los extraos. Las damas y los
caballeros que a ellos asistan o estaban unidos por los lazos del
parentesco o eran amigos ntimos desde la infancia. En una poblacin de
ocho mil habitantes nada tiene de asombroso. Pues a pesar de eso todo se
efectuaba all con una gravedad y una correccin dignas de cualquier
recepcin diplomtica. Las damas iban descotadas luciendo sus brazos y
espaldas alabastrinas, los caballeros de frac y corbata blanca. El
presidente nombraba la comisin de jvenes introductores. La orquesta
tocaba oculta desde una tribuna; los criados entraban a cierta hora con
grandes bandejas de plata atestadas de confites. Se hablaba en voz baja,
y los amigos con sus amigos y hasta los hermanos con sus hermanas
adoptaban una actitud fra y cortesana. Todo era all ceremonioso,
imponente, dramtico. Nadie dudaba de que al bailar un rigodn o una
mazurca estaba cumpliendo con el sagrado deber de ilustrar a su patria.

Ya puede imaginarse el efecto que causara la desenvoltura de un joven
lnguido y displicente hijo de un banquero de Oviedo que en el baile ms
solemne de Avils, nada menos que en el baile de San Agustn, penetr en
el saln del _Liceo_ con botas de color, americana de alpaca y una
sombrilla en la mano. El presidente le envi un recado por medio del
conserje para que desalojase inmediatamente. As lo hizo, pero la herida
estaba ya inferida. A la maana siguiente la noticia corri como un
reguero de plvora por todos los mbitos de la poblacin levantando una
tempestad de protestas. La villa entera vibr de indignacin y de
clera. Los jvenes y los viejos, lo mismo los caballeros que los
menestrales gimieron al unsono por aquella pualada que a nuestra amada
villa le haban dado por la espalda. En los cafs, en las tiendas, en
medio de la calle se hacan comentarios acalorados. Debajo de los arcos
del Ayuntamiento se formaron corrillos amenazadores. En el centro de uno
de ellos un viejo capitn de barco mercante vociferaba aconsejando que
se fuese al hotel donde el mequetrefe de Oviedo se alojaba y se le
arrojase por el balcn. El mequetrefe, escuchando la voz de la
prudencia, tom a bien meterse en la diligencia de Oviedo sustrayndose
de este modo a un probable _lynchamiento_.

Los avilesinos son apasionados del arte lrico y dramtico. Cada una de
las compaas de verso, de zarzuela o de pera que durante la temporada
de verano venan a dar entre nosotros algunas representaciones,
lograban conmover hasta los cimientos la villa y exaltar todos los
nimos. No slo se aplauda a los cmicos y cantantes en el teatro; se
les festejaba fuera, se organizaban en su obsequio jiras campestres y
excursiones martimas y se aspiraba ambiciosamente a tratarles con
intimidad. Nuestros jvenes se crean felices el da que tuteaban al
bartono o les llamaba por su nombre de pila la dama joven. El pueblo
improvisaba coplas alusivas a ellos y se cantaban por la calle. Recuerdo
que llegaron en cierta ocasin un tenor llamado Palermi y una tiple
llamada la Dalti que lograron cautivar como nunca a la poblacin.
Habiendo enfermado sta se oa cantar a los chicos y a las artesanas por
las calles de Avils:

      Qu tienes Palermi
    que tan triste ests?
    Me falta la Dalti
    no puedo cantar.

Cuando la compaa contaba con dos tiples o dos tenores inmediatamente
se tomaba parte por uno de ellos; la poblacin se divida en dos bandos:
lo mismo en las tertulias particulares que en los cafs se discuta
apasionadamente, se aquilataban sus mritos y se escudriaban sus
defectos. En cierta compaa llegaron dos tiples, una alta y gruesa a
quien el pueblo llam en seguida la _tiplona_, y otra bajita y menuda a
quien se conoci por el sobrenombre de la _tiplina_. Una y otra tuvieron
inmediatamente sus partidarios tan exaltados los unos como los otros.
Los dos bandos rieron una tarde en el paseo del Bomb y vinieron a las
manos y un seorito partidario de la tiplona sali de la reyerta con las
narices ensangrentadas.

Pero estas alegras terminaban as que las Plyades asomaban la punta de
su carrito por el horizonte y el cierzo comenzaba a soplar fro y
hmedo. Durante el invierno no haba teatro. Algn prestidigitador
extraviado, algunos exhibidores de vacas sabias o de focas amaestradas,
nias gordas, enanos y otros monstruos. Nada, en suma, que pudiera
satisfacer los anhelos espirituales de aquel pueblo artista por
excelencia.

No obstante, estos anhelos se abran paso y se mostraban poderosos al
travs de las brumas, de la soledad y monotona del invierno. Entregada
a sus propios recursos la villa de Avils mostraba su vitalidad y su
amor a la cartula. Formbase una compaa de aficionados que actuaba
con bastante frecuencia en el teatro. Entre estos aficionados haba
algunos que en mi opinin pudieran competir con los buenos actores que
despus he visto en Madrid. Haba tambin un fecundsimo poeta llamado
don Pedro Carreo que abasteca a la compaa de dramas, tragedias,
comedias y entremeses. Este notable poeta no slo escriba las obras
dramticas sino que, como Shakespeare, las diriga y las representaba
personalmente, si bien, como el gran poeta ingls, se reservaba slo los
papeles secundarios. Del inmenso catlogo de sus obras, slo muy pocas
fueron impresas en vida lo mismo que acaeci con las del autor de
_Hamlet_, y para que la semejanza sea ms completa aadir que adoptaba
tambin para ellas ttulos caprichosos y fantsticos. Uno de sus dramas
ms aplaudidos se titulaba, si no recuerdo mal, _Ms vale que sierren
tablas_, de sabor verdaderamente shakespeariano.

Pero donde se hizo ostensible de manera ms evidente el poder de nuestra
raza y lo maravillosamente dotada que est para el cultivo de las Artes,
fu cuando unos cuantos aficionados, luchando con dificultades
increbles, se resolvieron a poner en escena y cantar una pera. No creo
que ningn otro pueblo de Espaa lo haya intentado siquiera. La pera
elegida fu la _Luca di Lammermoor_ del maestro Donizeti. Un ebanista
de la calle de la Herrera llamado Mario, que posea una agradable voz
de tenor, desempe el papel de Edgardo y un barbero de los arcos de la
plaza el de bartono. Lo ms escogido de la sociedad avilesina figuraba
en los coros de ambos sexos.

Ser arrogancia, por mi parte, el decir que una villa capaz de llevar a
feliz trmino tales empresas merece ser conocida en el mundo de otro
modo que por sus jamones?




IX

PRIMERAS IMPRESIONES


Mis primeras impresiones no son de Entralgo, aunque haya nacido all
como he dicho. La primera vez que me di cuenta de la existencia o me
reconoc como un ser viviente fu en Avils, debajo de una mesa. Estaba
all oculto, silencioso y trabajando. En qu trabajaba? En abrir un
agujero a un gran pan de cuatro libras que haba logrado hacer descender
desde la mesa hasta mis manos. No comprendo cmo pude llevar a feliz
trmino esta grave operacin tan superior a mis fuerzas, porque yo no
contara entonces ms de dos aos de edad. Para realizarla no dispona
de maromas, cabestrantes y poleas, sino de mis propios brazos solamente,
que a ms de no tener nada de atlticos se hallaban algo trabados por
una blusa verde demasiadamente almidonada. Tengo una idea de que el pan
estaba al borde de la mesa y que le fu haciendo resbalar poco a poco
hasta que por su propio peso cay sobre m y como yo no poda sostenerle
me dej caer a mi vez en el suelo abrazado a l.

Ni mi madre, que bordaba en un rincn del comedor, ni una seora
parienta suya que la acompaaba, ni la costurera, empeadas todas tres
en animada pltica, se dieron cuenta del arriesgado trabajo preparatorio
que yo acababa de realizar.

Una vez que me vi dueo del pan me arrastr cautelosamente hasta
colocarme debajo de la mesa y all principi mi tarea perforadora con la
paciencia de un chino y la terquedad de un astur. Lo ms difcil, lo
que pareca casi imposible de realizar era la ruptura de la corteza. Yo
la acomet, sin embargo, con buen nimo. Humedeciendo el dedo con saliva
y despus de largo y penoso trabajo logr al fin romperla. Lo dems era
relativamente fcil. El tnel se fu abriendo poco a poco y los
escombros pasaban rpidamente a mi estmago.

Al cabo vi que mi madre preguntaba por m. Se me busc con la vista y
cuando advirtieron que me hallaba debajo de la mesa y tena un pan entre
mis piernas quedaron altamente sorprendidas. Sin embargo, a la costurera
no le pareci aquella situacin decorosa para el hijo primognito de una
respetable familia y vino a sacarme de ella tomando el pan y colocndolo
sobre la mesa. Cmo poda figurarse que aquel pan no guardaba ya su
integridad! Mis tiernas manos no podan, en efecto, atentar a ella de un
modo violento pero ignoraban lo que puede el ingenio apretado por la
necesidad.

Un escozor le acometi a mi madre y era que el pan poda haberse
manchado en el suelo. Por su orden la costurera vino a comprobarlo. Al
hacerlo dej escapar un grito de sorpresa y despus una alegre
carcajada.

--Seora, mire por su vida lo que el nio ha hecho! Qu cosa ms
graciosa!

El agujero deba de ser efectivamente muy gracioso porque mi madre y mi
ta se retorcan de risa contemplndolo. Y segn oa decir, entre las
carcajadas que fluan de su boca, estaba admirablemente hecho; era una
verdadera obra de arte.

Tal es mi primera impresin consciente en esta vida terrestre a la cual
Dios plugo enviarme, y el dato intuitivo de ms importancia que de ella
adquir por entonces. La perforacin de un tnel fu mi primer trabajo
serio en este mundo. Pareca por ello que yo estaba destinado a ser
ingeniero. Sin embargo, no fu as como el lector ver si se digna
seguir leyendo estas memorias.

Despus recuerdo perfectamente que no me pesaba poco ni mucho de haber
adquirido conciencia o haber nacido en este mundo, el cual no me pareca
un valle de lgrimas sino vergel delicioso. Todo era exquisito y bello;
la sala con su sillera enfundada, el gabinete, el tocador de mi madre,
el cestito de su labor, las libreras de mi padre, su butaca... oh! su
butaca forrada de gutapercha verde, donde me refugiaba entre sus piernas
cuando le vea sentado y le haca preguntas sobre preguntas,
informndome acerca de todos los secretos de la creacin que yo
desconoca en absoluto. Los carneros, por qu tienen el pelo tan
largo, pap? Los caballos, por qu no lo tienen? La lluvia cae del
cielo? Entonces, el cielo estar mojado siempre verdad? La huerta de mi
primo por qu es mayor que la nuestra? Por qu tienes barba y yo no la
tengo ni mam tampoco? Ah! la tengo dentro y me saldr; entonces
tambin a mam le saldr. Por qu no le saldr a mam y a m s?...

Mi padre responda a mis preguntas con la mayor bondad, dulce y
satisfactoriamente. Es decir, satisfactoriamente no siempre. Alguna vez
adverta en sus respuestas cierta falta de lgica y que se deslizaba ms
de un sofisma en su discurso. Pero no se lo haca ver, disimulaba y me
daba por convencido porque adoraba a mi padre y por nada del mundo
quera verle humillado.

Todos eran buenos y amables para m. Cuando sala a la calle, cuantas
personas encontrbamos me acariciaban y pasaba de unos brazos a otros
encontrando en todos proteccin y cario. En las casas de amigos y
parientes adonde me llevaban, me acogan con gritos de alegra, me
agasajaban y regalaban, nunca queran dejarme marchar. La que ms me
placa era la de mi madrina, una hermana de mi abuela que tena cuatro
hijos jvenes, tres varones y una hembra, todos ellos entre diez y seis
y veinticinco aos. Era una hermosa casa, un gran patio central rodeado
de galera de cristales y lleno para m de sorpresas agradables, un
magnfico reloj de msica, una terraza con columpio, una pajarera, dulce
de membrillo. Luego uno de mis tos tocaba admirablemente la flauta,
otro el piano, mi ta Modestina cantaba. Oh Dios mo cunto me mimaban
aquellos buenos tos! Lo recuerdo todo como un sueo feliz. El mundo se
me ofreca bajo un aspecto mgico, era un fanal maravilloso destinado a
guardar seres amables y dichosos. Gustaba por primera vez el encanto de
vivir; como una irisada mariposa nadaba en un mar de perfumes bebiendo
la luz, saturndome de amor y de alegra...

Todo pas, todo se hundi en los abismos del tiempo. Sin embargo, Dios
misericordioso me ha dejado el consuelo de poder evocar cuando quiero
aquel mundo mgico. No tengo ms que canturrear un vals, que cantaba en
aquella poca mi ta Modestina y cuya letra empezaba:

      Hubo un tiempo vida ma
    en que tu boca de rosa
    una sonrisa amorosa
    dibujaba para m.

para que repentinamente corra un estremecimiento de dicha por mi alma y
surja ante mis ojos con todo su embeleso la maana de mi vida, y vuelva
a escuchar la voz y ver el rostro de aquellos seres amados que ya no
existen. Lo hago pocas veces, no obstante, porque s que las impresiones
se gastan como el dinero y quiero ser avaro. La idea de que pudiera
disiparse mi tesoro me horroriza.

Muchas, muchsimas veces me he preguntado despus en el curso de mi
vida, cul ser el mundo verdaderamente real, aquel que yo vea en mi
infancia o este otro que ahora contemplo al travs del velo tejido de
perfidias, traiciones, bajezas y ruindades que los aos colocaron
delante de mis ojos? Ya s que para la gran mayora de los hombres el
caso no es dudoso. Sin embargo, para m lo es y para un cierto sujeto de
algn talento que vivi hace muchos aos, a quien llamaban Platn,
tambin lo sera. Hay momentos en que me acometen ideas verdaderamente
extravagantes y absurdas. En uno de esos momentos he llegado a pensar
que en el concierto universal de los mundos siderales el vals de mi ta
Modestina significa ms que una sesin de Cortes. Gurdame, lector, el
secreto de esta locura y de otras muchas que vers en las presentes
memorias. Eres para m un amigo ntimo, un confidente discreto en cuyo
odo deposito todo lo que rebosa de mi corazn.

Un poco ms adelante se alza ya en mi memoria cierta triste impresin,
que es cronolgicamente la primera de las muchas parecidas con que la
vida me brind ms adelante. Habiendo quedado abierta, por descuido, la
puerta de la calle, un mendigo anciano se desliz dentro de casa; subi
la escalera y se apoder de un objeto, que me parece era una gorra de mi
padre. Le sorprendieron en el momento de marcharse y hubo gran confusin
y alarma. Veo, como si lo tuviera delante de los ojos, a aquel anciano
andrajoso de barba blanca, en medio de la escalera, con sus brazos
abiertos disculpndose, pidiendo perdn. Y unos peldaos ms arriba veo
a mi madre, a la costurera y las criadas increpndole furiosamente.
Recuerdo que sent una impresin dolorosa, una compasin infinita por
aquel pobre viejo tan miserable, tan humillado. Mi pequeo corazn se
revelaba contra los insultos que le dirigan y se me representaba su
injusticia. Perciba claramente que nosotros vivamos bien y tenamos
an ms de lo que nos haca falta, mientras aquel anciano desvalido
careca de lo indispensable para sustentarse. La piqueta socialista
comenz a abrir brecha en mi cerebro infantil.

Pocos das despus o pocos meses, que esto no puedo precisarlo, era yo
feliz con un juguete que mi to me haba trado de Madrid, un moro de
goma pintado de vvidos colores. Estaba orgulloso con l y lo mostraba a
todos los conocidos y desconocidos. Entre estos ltimos acert a pasar
por delante de mi portal un chicuelo de seis u ocho aos, el cual se
manifest inmediatamente como un admirador incondicional de mi rabe.
Nada poda halagarme ms en aquel momento. As que para demostrarle mi
complacencia y lo mucho que estimaba sus honrados sentimientos, me
avine, como l lo deseaba, a entregrselo para que pudiera examinarlo
con todo detenimiento. Ponrselo en las manos y emprender una carrera
vertiginosa fu todo uno. De tal manera, que unos segundos despus perd
de vista al moro y a su compaero y no volv a verlos en mi vida.

Las lgrimas que derram y la clera encendida que se apoder de m,
nadie puede figurrselos. En aquel momento deseaba ardientemente que
todo el peso de la ley cayese sobre el ladrn, que la Guardia Civil se
apoderase de l, que le metiese en un calabozo y le azotase. Las ideas
conservadoras se enseorearon completamente de mi alma.

Y he aqu cmo a los tres aos de edad era ya lo que fu despus toda mi
vida, un conservador forrado de socialista o un socialista forrado de
conservador, como mejor se quiera.

Hay otra impresin que guardo tambin muy viva de esta poca. Me veo
sentado a la mesa en una silla de brazos estrecha y alta. Sirven una
fuente de truchas, me ponen una y yo me empeo en comerla con los dedos
como haba visto hacer a Mateo el nieto de la Colasa, una mujer que
vena a casa a fregar los suelos. Mi madre se opone resueltamente y me
da un ligero golpe en las manos. Esto me irrita y enciende ms mi deseo.
Vuelvo a tomar un pedacito de trucha con los dedos y mi madre me aplica
otro golpe ms fuerte. Grito, me obstino, y a viva fuerza quiero hacer
mi voluntad. Entonces mi madre encolerizada se levanta, me da unas
cuantas bofetadas, me arranca de la silla, y me lleva a un cuarto
obscuro y me deja all encerrado. Llor y chill tumbado en el suelo
hasta quedar rendido. Al cabo observ que el ruido de platos cesaba, que
la comida haba terminado y mi madre se retiraba a su gabinete.

Poco tiempo despus se abre la puerta de mi prisin, entra mi padre, me
levanta, me besa y tomndome en brazos sube conmigo hasta su despacho,
me deja all y baja de nuevo subiendo en seguida con la fuente de las
truchas.

Me sienta en su silln, me pone un plato delante y dice con resolucin:

--Ahora come como quieras!

Y se cruza de brazos para verme comer con los dedos.

Ya s que esto es muy poco pedaggico y que mi madre tena razn sobrada
para castigarme. Sin embargo, no puedo recordar esta escena sin sentirme
enternecido.




X

COMETO UN ASESINATO


Todo hombre ha merecido alguna vez la horca en el curso de su vida, dice
Montaigne. Yo la merec en edad bien temprana, pues no contaba ms de
cuatro aos de edad. Od cmo sucedi:

En aquel tiempo exista en Avils un monstruo llamado don Gregorio
Zaldua. Este monstruo no coma los nios crudos como suelen hacer los
otros monstruos; pero impeda que los nios comiesen nada ni crudo ni
asado, y el resultado era igualmente funesto.

--El nio tiene la lengua sucia--deca mi madre en voz alta--. Hay que
avisar a don Gregorio.

Y el nio, que era yo, se echaba a temblar como el cordero a la vista
del lobo.

Llegaba el lobo, me miraba la lengua, me palpaba el vientre, me
examinaba los prpados, y despus de estas y otras odiosas maniobras,
pronunciaba con la mayor indiferencia la horrible sentencia:

--Denle ustedes una onza de aceite de ricino en dos veces... Y dieta...
sobre todo mucha dieta!

Oh Dios del Sina! el aceite de ricino! Escuchando este nombre se me
erizan an los pocos cabellos blancos que me quedan en la cabeza.

--Es, que se resiste a tomarlo--deca mi madre tmidamente.

--Pues es muy sencillo hacrselo tragar. No tiene usted ms que apretar
la nariz con el dedo ndice y el pulgar, y cuando abra la boca echrselo
all.

Brbaro! Otras veces la sentencia era ms suave.

--Pngale usted sobre el vientre una cataplasma de harina de linaza... y
dieta... sobre todo mucha dieta! Cuidado con que el nio coma
absolutamente nada. En usted tengo confianza, pero hay que vigilar a
Silverio porque es un padrazo incapaz de resistir el llanto del nio.

Verdad; mucha verdad. Mi padre por no verme sufrir, sera capaz de darme
una rosquilla baada de la confitera de Nepomuceno.

Oh las rosquillas baadas de Nepomuceno! Y las _tabletas_! Y las
_crucetas_! Jams se ha visto ni se ver en el arte de la confitera una
obra ms perfecta, y apelo al testimonio de aquellos de mis
contemporneos que hayan tenido la felicidad de gustarlas.

Cuando alguna que otra vez tropiezo en los senderos de la vida con uno
de estos dichosos mortales que han sufrido indigestiones por haber
ingerido en su infancia demasiadas _tabletas_ no puedo menos de
abrazarle enternecido.

Pero buenos estaban los tiempos para rosquillas baadas! Mi madre era
vigilante y enrgica, y no dir una _tableta_, pero ni un pedazo de pan
de la cocina me permitira llevar a la boca. Mi padre no osaba
interponerse; las criadas la secundaban, y yo quedaba a merced de aquel
monstruo de don Gregorio, sumido en la ms horrible miseria.

Imposible encontrarse en mayor afliccin y necesidad. Por mi pequeo
corazn pasaba toda la tristeza y desolacin que caben en el mundo, y no
hay que dudar que caben bastantes. Y lloraba las lgrimas ms amargas
que el hombre puede derramar en este valle; y si no maldeca de la vida
era que aun no haba ledo a Schopenhauer.

Recuerdo que una noche me pusieron en el vientre la consabida cataplasma
de harina de linaza. Despus de ponrmela apagaron la buja, encendieron
una lamparilla y se marcharon dejndome solo. Yo gritaba pidiendo pan,
un mendrugo de pan siquiera: pero nadie escuchaba mis gritos. La
naturaleza, los hombres, el mismo Dios parecan haberse vuelto sordos.
Al cabo de un rato lleg Pepa la cocinera y me dijo que si no me callaba
seguramente vendra el Trasgo a cogerme por las piernas. Yo no haba
tenido la desgracia hasta entonces de trabar conocimiento con el Trasgo
y como no lo deseaba me call.

Pero el hambre me punzaba, qu dir punzaba! me roa las entraas.
Entonces tuve una inspiracin, uno de esos pensamientos felices que slo
acuden a la mente humana una vez en la vida.

Llev mis manos a la cataplasma, la saqu de su envoltura de lienzo y me
la com.

Tengo entendido que hubo en los tiempos antiguos un joven prncipe
romano a quien hicieron morir de hambre, el cual se comi antes parte de
las ropas de la cama. Intil manifestar que yo no tuve en cuenta para
nada este precedente, que no hubo espritu de imitacin ni de plagio.
Con la mano sobre el corazn declaro que al comerme la cataplasma cre
realizar una obra completamente original.

Pero este pensamiento feliz produjo consternacin en mi familia. Siempre
sucede lo mismo. Cuando surge un pensador original el mundo se agita
presa de viva inquietud.

El resultado fu que, como todos los innovadores, pagu mi inspiracin
con el martirio. Me aplicaron otra dosis de aceite de ricino.

Mi pobre padre estaba desolado viendo al hijo de sus entraas recorrer,
sin culpa alguna, el doloroso calvario de purgas y cataplasmas. El
desdichado me acariciaba, enjugaba mi sudor de agona y me deca al odo
las cosas ms halageas. Hizo an ms; se fu al bazar de los arcos de
la plaza y me compr una preciosa escopeta.

Qued enajenado, loco de alegra. En aquel momento desaparecieron todas
mis penas; me olvid del hambre, me olvid de las cataplasmas y hasta
del sabor del aceite de ricino.

La escopeta se cargaba con unos fulminantes que hacan bastante ruido.
Mi madre dijo malhumorada:

--Qu ocurrencia la tuya de poner en manos del nio estas cosas!

Mi padre replic sonriendo:

--El nio es muy juicioso y yo tengo la seguridad de que no ha de matar
a nadie.

Yo afirm vivamente con la cabeza. Oh gran hipcrita! Oh prfido y
tenebroso embustero! En el momento que tom el arma conceb el crimen; y
no lo conceb vagamente sino con todos sus repugnantes detalles. Pero
hice el inocente, sonre de un modo angelical y todos confiaron en m.

No hubo jams en el mundo confianza peor depositada. Cuando lleg la
noche y mis padres, despus de besarme, se retiraron y sent roncar a la
Felisa que dorma en otra cama cerca de la ma, entonces me alc
cautelosamente y a la luz de la lamparilla cargu mi arma con el mayor
cuidado. La puse al alcance de la mano y me dorm tranquilamente como el
ms fiero y empedernido criminal.

Me despert la voz de mi madre en el gabinete contiguo, hablando con don
Gregorio. Despierto sobresaltado y apenas despierto, veo asomar por la
puerta la faz aborrecida del monstruo. No tuve tiempo ms que para echar
mano a la escopeta, ponerme en pie sobre la cama, echarme aqulla a la
cara y disparar sobre el infame.

Carcajada general. Mi padre, mi madre, la Felisa, don Gregorio rean
dando muestras de la ms viva alegra; sobre todo ste pareca querer
desternillarse.




XI

DE CMO FU EXCOMULGADO


Ignoro si la excomunin en que incurr era mayor o menor, de las
llamadas _ferendae_, _sententiae_ o de _latae sententiae_; pero es
innegable que haba incurrido en una de ellas.

Contaba yo a la sazn siete aos y acaeci poco despus de mi primera
hegira a Entralgo.

En el convento de San Bernardo de Avils vegetaba, renqueaba, salmodiaba
el oficio y se atascaba de rap la nariz desde haca setenta aos una
hermana de mi bisabuela llamada doa Florentina. Haba entrado en l a
los doce aos: por consiguiente tena ochenta y dos. En la familia no se
la llamaba _madre_ Florentina ni _hermana_ Florentina, aunque fuese
monja profesa. Mi misma madre cuando hablaba de ella deca siempre: mi
ta doa Florentina.

Aquel convento de San Bernardo ejerca sobre m un atractivo
inexplicable al que se mezclaba un poquito de miedo. Cuando mi madre me
llevaba a misa, en vez de atender al oficio divino pasaba el tiempo en
exttica contemplacin del coro de las monjas que al travs de la verja
de hierro se vea envuelto en tenue y fantstica claridad. Era una
claridad adorable, misteriosa. Las blancas figuras de las religiosas y
sus voces plaideras, y sus rezos incomprensibles hacan palpitar mi
corazn con vagos anhelos de felicidad celestial. Mi cabeza infantil se
poblaba de sueos hasta que mi madre me daba sobre ella un coscorrn
invitndome a volverla hacia el altar mayor.

Adems el convento ofreca para m un atractivo infinitamente mayor y
que nada tena de fantstico. De all salan unas rosquillas embutidas
de crema y baadas de azcar que parecan fabricadas por los ngeles y
un cierto confite llamado _flor de azahar_ ms divino todava. Se
compona de unas escamitas blancas y tan dulces que se pasaban sin
sentir. No he vuelto a comerlo en mi vida ni he logrado siquiera verlo,
a pesar de las largas y serias investigaciones que para ello llev a
cabo.

No s si sera a causa de las rosquillas o por otro motivo espiritual,
pero es lo cierto que mi madre respetaba mucho a su ta doa Florentina.
Mi padre, no tanto. Deca que era una inocente, que su desarrollo
intelectual se haba detenido en el momento de entrar en el convento y
que segua siendo una nia de doce aos. Contaba riendo que habindole
preguntado un da:

--Pero ta, cmo es posible que haya usted repetido durante setenta
aos todas esas oraciones en latn sin entenderlas?

--Hijo mo--le contest la pobre vieja alzando compungida los ojos al
cielo--esas son palabras demasiado sublimes y misteriosas para nosotras.

Por supuesto mi padre se guardaba de pronunciar estos juicios delante de
los nios y yo respetaba a mi ta doa Florentina casi tanto como al
arcngel San Rafael.

Mi madre me enviaba algunas veces al convento con Pepa para traer o
llevar algn recado a su ta. Esta Pepa, nuestra criada, era una mujer
estpida y embustera, estpida y embustera aun para criada, que me
contaba cmo haba visto al diablo varias veces all en su aldea, el
cual le haba tomado ojeriza sin saber por qu. Cuando por la noche
dejaba la cocina, bien limpia y bien arregladita, a la maana siguiente
la encontraba toda sucia y revuelta, los pucheros fuera de su sitio, la
pila del agua llena de inmundicias, la ceniza esparcida por el suelo.
Una noche le haba acechado y le vi entrar por el tubo de la chimenea.
Entonces ella hizo la seal de la cruz y el diablo lanz un rugido y se
escap de nuevo por la chimenea, pero ella pudo agarrarle la punta del
rabo y le hubiera retenido a no ser porque el maldito se volvi
rpidamente y le di un terrible mordisco en la mano.

A m con esas cosas se me erizaban los cabellos.

Mi ta doa Florentina nos hablaba casi siempre por detrs del torno y
estos coloquios excitaban mi imaginacin aunque lo que nos decamos nada
tena de misterioso. Me preguntaba por la salud de mi madre, siempre
vacilante, si haba salido bueno el dulce de ciruela que nos haba
enviado, si saba ya el catecismo y si llevaba siempre en el pecho la
medalla que me haba regalado. Por el torno me pasaba tambin algunos
paquetitos de aquel dulce de azahar de feliz recordacin.

Pero alguna que otra vez mi ta doa Florentina abra la gran puerta del
zagun y se mostraba de cuerpo entero. Al travs de esta puerta se vea
el claustro con su vetusta arquera de piedra y en el centro algunos
rboles cuyo follaje apenas dejaba entrar la luz en l. Nada me ha
parecido jams en la vida ms potico, ms fantstico y misterioso que
aquel claustro del convento de San Bernardo. Se hallaba ms bajo que el
portal, de suerte que para pasar a l era necesario descender un
escaln. Mi ta de la parte de adentro pareca mucho ms pequea que
Pepa y su cabeza casi estaba al nivel de la ma. En esta forma nos
reciba y nos hablaba. Es decir, se hablaban ella y Pepa, porque yo
permaneca silencioso y sobrecogido contemplando aquel claustro sombro
y encantado, el cual me atraa, me fascinaba como la ninfa Loreley
debajo del agua fascina a los que contemplan el fondo del mar desde la
orilla.

Mi ta era grrula; mi criada Pepa lo era an ms. Charlando, charlando,
dejaban transcurrir el tiempo y llegaban casi a olvidarse de que yo
estaba all.

Acaeci que un da ced a la fascinacin que sobre m ejerca aquel
claustro y aunque era un pecado horrible, sin darme cuenta de lo que
haca baj el escaln y me introduje en l. Mi ta y Pepa se hallaban
tan embebidas en su charla que no se dieron cuenta de mi ausencia.

Yo dejaba deslizar mis pasos sacrlegos sobre las losas hmedas y
pareca querer beber con los ojos el encanto misterioso de aquel paraje.
La luz del sol, que se filtraba con trabajo por el follaje de las
acacias y los pltanos, formaba arabescos en el pavimento. Una fuente de
piedra, deteriorada, cubierta de musgo haca correr un hilito de agua
con rumor melanclico. Un pjaro cantaba entre las hojas y me pareca
distinto de los pjaros que hasta entonces haba odo. Era un pjaro
asctico, litrgico y enclaustrado tambin como las monjas.

Mas he aqu que mi ta Florentina me echa al fin de menos, vuelve la
vista a todos lados y me divisa all a lo lejos. Lanza un grito, eleva
sus manos al cielo y exclama con desesperacin:

--Ay, hijo de mi alma, que ests excomulgado!

Yo deb contestarle entonces:

--Seora y ta ma, est usted en un error. A la excomunin deben
preceder las moniciones cannicas exigidas por las palabras mismas de
Jesucristo en el Evangelio y por la doctrina de la Iglesia. El Concilio
de Lyon mand que fuesen tres o una sola, segn los casos: _nisi factis
necessitas aliter ea suaserit moderanda_. El Concilio de Trento
determin que hubieran de preceder por lo menos dos amonestaciones.

Nada de esto dije porque no lo saba. Lo nico que hice fu no hacer
nada. Qued paralizado, yerto y deb ponerme ms blanco que un papel.
Sent tambin que algo como si fuese una entraa se me desprenda all
dentro.

La ta Florentina corri hacia m y a empellones me llev hasta la
puerta y sin decir palabra la cerr con gran estrpito.

Pepa y yo quedamos aterrados, mudos, y salimos del convento
apresuradamente. Mi terror y mi angustia eran tan grandes que no poda
siquiera llorar. Pepa no pronunciaba una palabra. Al cabo tuve fuerza
para decirle:

--Pepa, no dirs nada a mam, verdad?

--No; no dir nada--me respondi secamente.

Al cabo de un rato la pregunt tmidamente:

--Los excomulgados no pueden or misa?

--No; los excomulgados no pueden or misa ni pueden rezar.

Al cabo de otro rato ms largo an le pregunt de nuevo:

--Crees que don Manolito el capelln de las monjas me puede levantar la
excomunin?

--No; don Manolito no tiene poder para ello. Es necesario que hagas
mucha penitencia y luego vayas a Roma para que el Papa te perdone.

Entonces call y me decid a hacer penitencia.

Aquella tarde me di mi madre para merendar unas ciruelas y
sigilosamente las arroj por el tubo del retrete. Por la noche tambin
me levant de la mesa sin comer el postre. Al da siguiente pas largos
ratos de rodillas y con los brazos en cruz y despus de comer sal con
el postre en la mano pretextando que iba a comerlo al balcn pero fu
para arrojarlo igualmente al retrete.

No recuerdo bien ahora las penitencias que hice en aquellos das, pero
fueron muchas y terribles. S que me levantaba en medio de la noche y me
acostaba sobre el duro entarimado y que me pinchaba alguna vez los
brazos con un alfiler. Hasta se me ocurri meter algunas ortigas en la
cama, pero no las hall en el jardn. Vagaba silencioso por la casa,
rechazaba la compaa de mi primo Jos Mara que tanto me placa,
lloraba amargamente oculto en los rincones y no pareca siquiera por la
sala cuando haba gente.

No s quin ha dicho que las excomuniones engordan. Mentira! Yo me puse
en ocho das flaco y amarillo que daba pena verme. Mi madre dijo un da
en voz alta:

--Este nio est enfermo; hay que llamar a don Gregorio.

Don Gregorio era el monstruo que ya conoce el lector. Yo protest que
nada tena y nada me dola.

Una de las penas para m mayores y la ms afrentosa era que Pepa hua de
m como si temiese contaminarse de mi hereja. Alguna vez cuando me
encontraba por los pasillos clavaba en m una mirada severa y me deca
con acento lgubre e imperioso:

--Nio, haz penitencia!

Otra cosa que no poda sufrir era que me llamasen para rezar el rosario.
Haca esfuerzos increbles de habilidad buscando pretextos para no
rezarlo. Cuando no poda menos cerraba la boca hermticamente sin
responder a la oracin. Esto, como es lgico, me vala algunos pellizcos
de mi piadosa madre.

En fin, tales cosas hice y tan extraa fu mi conducta que aqulla me
llam a captulo. Se encerr conmigo en el cuarto de la plancha y me
hizo sufrir un apremiante interrogatorio.

Recuerdo que era el santo de mi padre. Haban sido invitadas diez o doce
personas, casi todos parientes, a comer, y estaban de sobremesa. Desde
la habitacin en que nos hallbamos se oa el ruido de su conversacin.

--Vamos a ver nio, quiero que me digas qu es lo que te pasa. Por qu
ests tan triste? Por qu no juegas? Por qu no comes? Por qu huyes
de todo el mundo?

Afirm descaradamente que no me pasaba nada digno de mencionarse. Pero
mi madre estaba resuelta a descubrir el secreto y empleando
alternativamente las caricias y las amenazas logr arrancrmelo.

--Mam--le dije al cabo--yo quiero ir a Roma.

Mi madre abri los ojos como si hubiera visto en aquel momento bajar por
el aire volando un buey y posarse sobre la flecha de la torre de la
iglesia de San Francisco.

--Nio! Qu dices? Cmo quieres ir a Roma?

--Quiero ir a pie.

Mi madre abri otra vez los ojos como si escuchase gritar al buey desde
la torre: Viva la repblica!

--Nio! Te has vuelto loco? Pero qu ests ah diciendo? Por qu
dices eso?

Entonces yo ca en sus brazos y exclam sollozando:

--Mam, porque estoy excomulgado!

Y entre suspiros y sollozos le cont todo lo que me haba ocurrido. Yo
pens que mi buena mam iba a quedar aterrada, pero oh sorpresa! en vez
de eso comienza a rer como una loca exclamando:

--Ay qu gracia! excomulgado! excomulgado!

Y me abraza y me besa repetidas veces.

Inmediatamente llama a mi padre y sin dejar de rer le dice:

--No sabes que este nio est excomulgado?

Y mi padre suelta la carcajada igualmente como si fuera un caso
chistossimo. Me hace contar de nuevo la ocurrencia y limpindome las
lgrimas y besndome tiernamente como haba hecho mi madre me lleva
hasta el comedor. Todo el mundo estaba alegre all y recuerdo que hasta
las seoras tenan unas chapitas rojas en las mejillas.

Mi padre abri la puerta y empujndome adentro dice en voz alta:

--Ah tenis un nio que afirma que est excomulgado.

Carcajada general. Todos se ponen a gritar a un tiempo:

--Excomulgado! excomulgado! excomulgado! ja! ja! ja! excomulgado!
ja! ja! ja!

Se arm una batahola infernal. Uno me ofreca un pastelito, otro una
copa de cognac, otro un cigarro; me besaban, me zarandeaban, me
estrujaban sin dejar de rer y de exclamar:

--Excomulgado! excomulgado!

Tanto rieron que al cabo tambin yo conclu por rer. Y he aqu cmo a
fuerza de carcajadas logr entrar de nuevo en el seno de la Iglesia
catlica.




XII

RESUELVO HACERME ERMITAO


Hermosos das de fe venid a m! Soplad en este corazn herido por los
desengaos, soplad en este pensamiento marchito por tanto estril
trabajo. Refrescadme unos instantes. Que vuelva a ser al despertarme el
nio que se postraba de rodillas sobre su diminuto lecho y vuelto hacia
una imagen de Jess Crucificado le peda con palabras fervorosas la
salud de mis padres y la salvacin de mi alma. Dejadme ver otra vez en
el azul del cielo la imagen de Mara, hollando con su divina planta el
creciente de la luna rodeada de nios alados. Dejad que lleguen a mis
odos como entonces sus cnticos celestes. Dejadme sentir de nuevo sobre
la frente las alas del Angel de mi guarda al tiempo de dormirme.

An me veo en la iglesia de San Francisco oyendo misa con mi padre. Los
sones del rgano me transportaban; la voz de bajo profundo de Fray
Antonio Arenas cantando desde el coro me estremeca con santo terror;
las nubes de incienso me embriagaban. Y all en lo alto, sobre el altar
mayor vea una hermosa escultura de la Virgen envuelta en una luz
fantstica que dejaban filtrar los cristales de color. Y mis ojos no se
apartaban de ella y hacia ella volaba mi corazn con ansias de dicha
inmortal. Entonces pasaban por mi alma sublimes emociones que por
experimentarlas de nuevo diera cien vidas si las tuviese, emociones que
espero sentir despus de la muerte.

An me veo caminando con mi madre bajo los arcos de la calle de Galiana
hacia el santuario donde se venera al Cristo con la cruz sobre los
hombros. La noche ha cerrado ya. A esta hora prxima al crepsculo las
damas piadosas de Avils tienen costumbre de ir a rezar un credo delante
de la milagrosa imagen. Los arcos apenas estn esclarecidos. All hacia
el medio, sobre uno de ellos hay una hornacina y dentro una pequea
escultura de la Virgen alumbrada por una lmpara de aceite. Algunas
parejas enamoradas se sientan en los pretiles de la calle. Slo
percibimos sus bultos y escuchamos el rumor de su pltica. Llegamos al
santuario; subimos algunos peldaos; nos postramos delante de Jess
agobiado bajo el peso de la Cruz y su frente plida coronada de espinas
me infunde una compasin infinita. Sus ojos me miran doloridos y parecen
decirme: Hijo mo, hoy eres dichoso, pero si algn da ests triste
acurdate de m.

An me veo en el mes de Mayo cantando por las calles de Avils la
letana de la Virgen. Todos los nios de la escuela formbamos en dos
filas. En el centro iba una gran cruz cubierta de flores, soportada
alternativamente por los ms fuertes entre nosotros. Detrs de ella
caminaban algunos sacerdotes acompaados del maestro. Oh, qu luz
radiosa en el cielo! Qu alegra en la tierra! Estbamos en el mes de
las flores y cada uno de nosotros con un puado de ellas en la mano
marchbamos cantando para ofrecerlas a la Reina del Cielo. Y al volver
nuestra cabeza descubierta hacia las puertas y los balcones de las casas
no tropezbamos con las miradas burlonas, con las sonrisas escpticas
que hielan el corazn de la infancia. No; los hombres graves y
silenciosos hacan un imperceptible signo de aprobacin; las mujeres
enternecidas nos enviaban con los ojos afectuosas bendiciones. Para que
un pueblo viva unido y forme una gran familia, para que exista la
verdadera patria no basta que articulemos el mismo idioma, es necesario
que balbuceemos las mismas oraciones. Nuestro pequeo corazn lata
feliz dentro del pecho porque nos sentamos amados y protegidos por el
pueblo entero, porque aquellos hombres y aquellas mujeres que se
asomaban a los balcones o se agolpaban en las aceras para vernos pasar
respetaban nuestra fe y nuestra inocencia.

Mi amigo Alfonso, un nio plido, bueno y pacfico, se mostraba ms
piadoso que ninguno. Su madre, que era una santa mujer, le llevaba a
misa todos los das antes de la escuela, le veamos en las procesiones
con un pequeo cirio en la mano y alguna vez tambin cuando por las
tardes de los das de fiesta se me ocurra asomarme a la iglesia delante
de la cual jugbamos, le vea en la nave solitaria del templo orando
ante los altares. Aunque yo era de un humor bastante distinto y me
gustaban los juegos con pasin y mostraba tanto ardor como el que ms en
las peleas, me senta, no obstante, atrado hacia aquel nio y buscaba
su amistad. No me la otorg l fcilmente. Como todos los seres
espirituales era tmido y retrado y mi carcter turbulento deba de
impresionarle desagradablemente. Pero al fin logr ganar su confianza y
entonces fu expansivo y afectuoso conmigo, y con el celo de un pequeo
apstol procur ganarme para Dios y la Virgen. Estaba yo preparado para
ello porque en el fondo del alma siempre he sido idealista y aunque en
el curso de mi vida haya amontonado sobre este fuego sagrado mucho polvo
y mucho escombro, por fortuna nunca ha llegado a apagarse.

El me deca que no era necesario pensar tanto en esta vida efmera, que
aun la ms larga vala poco y que pudiramos morir antes de llegar a
viejos. Cun en lo cierto estaba aquel piadoso nio, pues que muri
antes de salir de la adolescencia! Me deca que debamos ser buenos como
los ngeles para poder estar algn da entre ellos y que si nos
encomendbamos todos los das a la Virgen y a San Jos ellos nos
sacaran de los peligros de este mundo. Empezamos a pasar largas horas
en confidencias msticas. Me llev a su casa y vi con asombro y placer
que su madre le haba dejado un cuartito para oratorio y que l lo haba
arreglado tan primorosamente que no faltaba all nada de lo que se
hallaba en las iglesias. Un altar con su retablo y su sabanilla, una
imagen de la Virgen del Carmen, otra de San Jos, un Nio Jess,
incensario, ciriales, casulla, bonete. l celebraba misa y yo le
ayudaba. Los das de gran fiesta, la mam, los hermanos mayores y los
criados venan a presenciarla, se cantaba la letana, se haca una
procesin por el jardn y se quemaba tanto incienso y se formaba tal
espesa humareda en el cuartito que alguna vez pensaba ahogarme.

Nuestro fervor iba cada da en aumento. No slo celebrbamos misa sino
que tambin confesbamos. Alfonso mostraba enormes disposiciones para el
confesonario y ataba y desataba los pecados como el ms experto
penitenciario. Vestido con un roquete que su madre le haba cosido y
sentado dentro de un gran cajn que colocbamos en sentido vertical y al
cual habamos abierto a un lado algunos agujeritos con una barrena,
confesaba a sus hermanitas, me confesaba a m y alguna vez venan
tambin las criadas a arrodillarse y con la boca pegada a aquellos
agujeritos decan sus pecados y reciban la absolucin. Estas no se
mostraban tan contritas y arrepentidas como fuera de desear porque se
les escapaba no pocas veces la risa y obligaban al confesor a mostrarse
demasiado severo y amenazarles con que lo dira a su mam. Porque mi
amigo Alfonso tomaba aquello muy en serio, nos daba consejos excelentes,
nos pintaba con minuciosos detalles las penas del infierno, nos
exhortaba a la penitencia y por ltimo nos echaba la absolucin
alargando su manecita para que la besramos con la misma gravedad que un
padre jesuta.

Un da me dijo que su hermanita ms pequea estaba muy enferma y para
que no se muriese l rezaba todos los das una hora de rodillas sobre
las piedras y se haba frotado el pecho con ortigas. Y, en efecto,
abriendo el chaleco y la camisa me mostr sus tiernas carnes
enrojecidas. Me sent conmovido y admirado. Yo tambin quiero hacer
alguna penitencia por que tu hermana no se muera, le dije. Y dicho y
hecho, bajo al jardn con l y llevo mis manos con resolucin a las
ortigas, pero ay! fu tal el dolor, que di un grito y comenc a llorar.
Alfonso asustado subi a casa por aceite y me unt delicadamente las
manos. Despus me abraz y me consol dicindome que an no estaba
preparado para las penitencias, pero que al cabo lograra hacerlas
mayores an que l.

Leamos las vidas de los santos y las que ms nos placan eran las de
aquellos que se haban retirado a un desierto y haban pasado largos
aos oyendo cantar los pjaros y alimentndose con frutas y con los
mariscos que hallaban entre las peas. Nada tiene de particular porque
yo era apasionadsimo de las cerezas y de los caracoles de mar. Ignoro
de quin de los dos parti la idea, pero un da concebimos el proyecto
de retirarnos nosotros igualmente del mundo y de sus pompas para hacer
penitencia. Viviramos los dos solos en algn paraje apartado,
comeramos lo que los campesinos quisieran darnos de limosna, haramos
oracin por nuestras familias y cuando furamos grandes vendramos a
predicar a Avils y a otras villas. Dnde encontrar el paraje
solitario? Alfonso me dijo que a una legua prximamente de Avils haba
visto una cueva cerca del mar que pareca hecha a propsito para que nos
retirramos all e hicisemos vida cenobtica.

Meditamos nuestro proyecto largamente y slo nos decidimos a ponerlo en
prctica despus de maduras reflexiones. Una de las graves cuestiones
que debatimos fu la de resolver si habamos de renunciar a nuestras
familias para siempre o habamos de visitarlas alguna vez. Alfonso
opinaba que debamos de venir cada ao a ver a nuestros paps: yo crea
que debamos de venir cada seis meses. Por fin decidimos que vendramos
cada ocho das a mudarnos la ropa interior. Ni por un momento se nos
pas por la imaginacin que aqullas pudieran oponer reparos a nuestra
resolucin. Alfonso deca que su mam era tan piadosa que llorara
lgrimas de placer al saberlo. Yo no estaba tan seguro de la ma, pero
aunque no llorase precisamente de placer, estaba seguro de que se
sentira honrada viendo a su hijo emprender valerosamente la carrera de
santo. De todos modos decidimos marcharnos sin decir una palabra para
evitar escenas patticas.

Ahora bien; en esta mi resolucin de abandonar el mundo no habra
tambin cierto vago deseo de abandonar la escuela? Porque recuerdo que
la vara de avellano que usaba el maestro don Juan de la Cruz no me
inspiraba simpata, ni tampoco los coscorrones y bofetadas del pasante,
ni me placa estar de rodillas una hora con las narices en la pared
cuando mi plana tena algunos borrones. Y todava me parece experimentar
la sensacin dolorosa que me penetraba cuando en el portal de casa mi
padre me despeda con un beso al marchar a la escuela, despus de comer.
Nos separbamos; yo segua por los arcos hacia mi triste destino y le
vea a l atravesar la plaza hacia el casino fumando un cigarro puro.
Cundo sera yo grande para hacer lo mismo? Es posible, pues, que en
mis ardorosos deseos de sacrificarme entrase, aunque fuese en pequea
dosis, el placer de apartarme de otros deberes, porque nuestras
resoluciones en la vida casi nunca estn determinadas por un solo
motivo. No conviene, sin embargo, profundizar demasiado en el alma de
los msticos.

Salimos, pues, un da a cosa de las tres de la tarde despus de comer en
busca de la cueva santificante. Yo llevaba como equipaje, repartidos por
los bolsillos, unas zapatillas, una cajita de caramelos que me haba
regalado mi madrina el da anterior y la peonza. No era, en verdad,
bagaje adecuado para un penitente que huye los placeres de la carne,
pero en este punto fiaba por completo en mi amigo Alfonso y no me
equivocaba. Mi piadossimo amigo llevaba por todo equipo y envueltas
cuidadosamente en un papel, unas preciosas disciplinas fabricadas con
sus propias, delicadas manos. Eran de cuerda y tenan por mango el de
una comba y al cabo de cada ramal unos primorosos nuditos que deban de
ser menos dulces que los caramelos de mi madrina.

Antes de partir, y por iniciativa de Alfonso, habamos orado unos
momentos en la iglesia de San Francisco. Luego atravesando el campo Can
y bordeando el enemigo barrio de Sabugo, sin entrar en l salimos al
camino de San Cristbal. Antes de media hora llegaramos al sitio
denominado la _Garita_ sobre el mar. No muy lejos de l se hallaba la
cueva que haba visto o haba credo ver mi amigo Alfonso. Caminbamos
silenciosos. Alfonso iba gozossimo, resplandeciente. Yo no tan
resplandeciente.

No habamos andado un kilmetro cuando tumbados sobre el blando csped,
a la vera del camino, acertamos a ver dos pillastres de Sabugo. El uno
era Antn el zapatero, muchacho ferocsimo, conocido en la villa por sus
hazaas y temido de todos los nios por sus crueldades. El otro un
pilluelo apodado _Anguila_, feo y grotesco que diverta al vecindario en
los das de regatas con sus sandeces cuando desnudo y embadurnado de
lodo para no resbalar intentaba subir la cucaa. Era un payaso consumado
del cual ya hablar ms adelante.

Al divisarlos me di un vuelco el corazn y creo que a mi amigo Alfonso,
a pesar de su santidad, le pas otro tanto.

--Ah estn _esos_--profer sordamente.

--Ya los veo--me respondi Alfonso lacnicamente.

--Pasemos de largo como si no los visemos.

Y en efecto, mirando al cielo, mirando a la tierra, mirando a todos
lados menos al punto determinado en que se hallaba aquel par de alhajas
intentamos cruzar apretando el paso. Eramos los pobres avestruces que
meten la cabeza bajo el ala cuando divisan al cazador.

--Eh! chicos... Adnde vais?

Nada; no omos nada.

--Eh! chicos... Adnde vais?

La misma sordera inveterada. Tratamos de seguir adelante; pero _Anguila_
se levant rpidamente y en dos saltos se plant delante de nosotros.

--Adnde vais vos digo granujas?

Orse llamar granujas, dos seres tan espirituales como nosotros por
aquel miserable andrajoso era cosa para inspirar risa ms que clera.

Ni una ni otra nos inspir la pregunta. Lo que ambos experimentamos en
aquel instante fu, hablando con toda franqueza, miedo, un miedo cerval.

--Vamos a San Cristbal--balbuce yo con toda la humildad, con toda la
sumisin de que puede ser capaz un ser humano.

--Y a qu vais a San Cristbal?

--Vamos a dar un recado al seor cura--murmur con ms humildad y
sumisin todava.

--Bueno, pues, atracad al muelle y echad el ancla que aqu estn los
carabineros para hacer el registro.

Y ech a andar de nuevo hacia el prado donde an permaneca tendido su
digno compaero que nos diriga una insistente mirada fra y cruel. Le
seguimos como dos mansos corderos. Y qu bamos a hacer? Nosotros
tenamos nueve aos y aquellos malhechores lo menos doce; pero aparte de
eso su indmita fiereza primitiva como seres que aun no han salido de la
barbarie les daba una superioridad reconocida, tratndose de guerra,
sobre dos chicos tan civilizados como nosotros.

Efectivamente comenz el registro que llev a cabo _Anguila_ con toda
escrupulosidad, empezando por m. Antn el zapatero no se dign siquiera
moverse. Salieron a relucir mis caramelos, que fueron instantneamente
decomisados; pero Antn con un gesto imperioso dijo:

--Trae aqu eso.

Y _Anguila_ humildemente fu a depositarlos a sus pies. Se echaba de ver
que Antn era el emperador y _Anguila_ su bufn. Sali mi peonza que en
la misma forma fu depositada con los caramelos. Y salieron mis
zapatillas. Estas fueron despreciadas, y envueltas en su papel,
volvieron al bolsillo de mi chaqueta.

Comenz en seguida el de Alfonso. Traa un pedazo de pan, que _Anguila_
se puso a morder acto continuo despus de haberse cerciorado, con una
rpida mirada que ech a Antn, de que aquello no le interesaba. Y sali
el papelito de las disciplinas. _Anguila_ al desdoblarlo qued
estupefacto.

--Qu es esto?... El diablo me lleve si no son unas disciplinas!

Antn se puso en pie de un salto y las tom en la mano.

--Pues s que son unas disciplinas!

Y aquel rostro espantable se contrajo con una risa que daba miedo.

--Ay qu gracia!... Unas disciplinas! Ay qu risa!

Y efectivamente se retorca de risa y _Anguila_ lo mismo.

--Estas son las disciplinas con que te azota tu madre, verdad? Y t se
las has robado, verdad? Pues eso no se hace. Toma, para que no lo
hagas otra vez!

Y la emprendi a zurriagazos con mi pobre amigo que chillaba con su
vocecita dulce.

--No! no las he robado!... Mi madre no me pega.

Yo me crea salvado, pero as que concluy con Alfonso la emprendi
conmigo por haberle ayudado, segn deca.

--Bueno. Ahora largo de aqu. Y si decs una palabra de todo esto en
casa contad conmigo--profiri Antn tumbndose de nuevo en el csped con
la pereza displicente de un dspota oriental.

Ibamos ya a seguir tan saludable consejo, pero estaba de Dios que no
habamos de salir tan pronto de las garras de aquellos piratas.

--Oye, Antn, no te parece que enseemos a estos chicos el
ejercicio?--manifest _Anguila_.

--Haz lo que quieras--respondi el zapatero encogindose de hombros con
su acostumbrada displicencia.

_Anguila_ cort dos largas varas de los rboles que bordaban el camino y
nos las puso en la mano.

--Firmes!... Tercien... ar!... Presenten... ar!... Apunten... ar!...
En su lugar... descanso!... Media vuelta a la derecha... der!

Ms de una hora dur nuestro martirio. Bofetadas, repelones, puntapis,
estirones de orejas, de todo hubo y en abundancia. El sargento ms
brbaro no lo hubiera hecho mejor. Si llorbamos ms de la cuenta nos
haca callar a mojicones. Por fin, cuando se hubo hartado de darlos nos
dej marchar.

Libres ya, no continuamos hacia el desierto para regenerarnos por medio
de la penitencia sino que caminamos apresuradamente la vuelta del
poblado. Llevbamos los ojos enrojecidos por el llanto y las mejillas
por las bofetadas; pero yo llevaba ms roja an el alma por la clera y
la rabia. Un ansia loca de venganza me suba a la garganta y pareca
asfixiarme rompiendo por intervalos en terribles imprecaciones y gritos
inarticulados. En cuanto llegase a la villa se lo dira a Emilio el
Herrador. Nosotros, los chicos de la escuela en Avils, tenamos,
siguiendo la costumbre espartana, un mozalbete que nos serva de
protector o que saltaba por nosotros, como decamos en la jerga
infantil. Emilio el Herrador haba saltado siempre por m. Estaba seguro
de que en cuanto supiera la infamia hecha conmigo entrara a saco en el
barrio de Sabugo y no dejara piedra sobre piedra. El pobre Alfonso
lloraba y suspiraba en silencio.

Cuando recuerdo este incidente de mi infancia no puedo menos de
admirarme de mi extraa aberracin. Porque al partirme de casa y buscar
la soledad qu es lo que me propona? Hacer penitencia y santificarme?
Pues qu penitencia ms adecuada y eficaz que la que me infligan
aquellos chicos? Qu mejor ocasin para mostrarme resignado y humilde y
seguir las huellas de Jesucristo?

De modo semejante durante el curso de mi vida Dios me ha ofrecido a
manos llenas los medios de ser un santo; pero ay! siempre he
desperdiciado la ocasin.




XIII

LA VARA DE FALARIS


Si mi amigo Leoncio perteneciese todava al nmero de los vivos dudo
mucho que nadie osara recordarle el incidente que voy a narrar. Nada ms
fcil que saliese de su empresa con las narices hinchadas como haban
salido por otros motivos Manoln el chocolatero, Pepn el hijo del
carnicero y su hermano Ciriaco.

Porque mi amigo Leoncio, a pesar de su rostro mofletudo y plcido, era,
cuando montaba en clera, un ser furibundo y pernicioso y posea unos
puos que infundan respeto a toda la escuela de don Juan de la Cruz.

Quin no recuerda en Avils a este don Juan de la Cruz tan modesto, tan
melifluo, tan pulcro? Quin no recuerda a aquel hombrecillo plido, de
cabellos lacios, de ojos negros guarnecidos de largas pestaas que
apenas se alzaban del suelo con expresin tmida y humilde? Ense las
primeras letras a tres generaciones y muri a los ochenta aos
declinando un pronombre relativo. Sosegado, grave, silencioso,
atravesaba el saln de la escuela sin que nos diramos cuenta de su
presencia hasta que lo tenamos encima. La expresin apacible de su
rostro no se turbaba jams: no recuerdo haberle visto enfurecido. Un
esbozo de sonrisa se dibujaba casi constantemente en sus labios. No era
ms que un conato de sonrisa que comenzaba en el ngulo izquierdo de la
boca y all se detena sin pasar jams al derecho. Rara vez nos miraba a
la cara; nos hablaba ceremoniosamente de usted y cuando nos reprenda
lo haca siempre en voz baja con los ojos puestos en el suelo como si se
estuviera confesando de alguna falta. Nos tajaba las plumas, que eran de
ave en aquella poca, nos echaba tinta en los tinteros, nos correga las
planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que
llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura
empuaba su vara y nos sacuda de lo lindo. Era un hombre tan modesto
que cuando nos zurraba la piel pareca que nos estaba haciendo
reverencias.

Las varas que empleaba para esta operacin delicada eran generalmente de
avellano y se las proporcionaban los mismos chicos de la escuela, hijos
de labradores que residan en los alrededores de la villa. Eran muy
adecuadas para levantarnos la piel y hacernos ver las estrellas.
Recuerdo que en cierta ocasin en que me hallaba dulcemente entretenido
en frotar un botn de bronce contra el pupitre hasta ponerlo bien
caliente y luego aplicarlo a las manos de los compaeros que tena
cerca, sent en la espalda y en la nuca la impresin de cien botones de
fuego. Me volv y vi a don Juan que me sacudi cortsmente otros seis
lapos y me dijo despus con voz dulce como el soplo de la brisa entre
las flores:

--Hijo mo, aplquese al estudio y djese de ftiles entretenimientos.

Pero estas varas tenan, como todas las cosas de este mundo, una ventaja
y una desventaja. Para don Juan tenan el inconveniente de que se
concluan pronto y necesitaba renovarlas, lo cual no siempre era fcil
porque los chicos aldeanos con pretextos ms o menos fundados se
resistan algunas veces a proporcionarlas. En cambio para nosotros
posean la ventaja de que muy pronto se les quebraba las puntas y
entonces ya no cean la carne y su golpe era menos doloroso. As que
los chicos ms despejados procurbamos cuidadosamente no estrenarlas,
porque entonces y slo entonces posean toda su virtud malfica. Cuando
las veamos bien despuntadas, nuestra conducta empezaba a relajarse.

Mi amigo Leoncio, que era un chico de gran talento y adems complaciente
y servicial como pocos, quiso obviar el inconveniente que ofrecan las
varas de avellano para el maestro. Pensando constantemente en ello como
Newton en la gravitacin universal, acert al cabo con la solucin. La
cada de una manzana sugiri al pensador ingls la idea de la fuerza de
atraccin. La vista de una ballena del cors de su mam ilumin
repentinamente el cerebro del mofletudo Leoncio. Explor un da y otro
da el desvn de su casa donde se amontonaban mil cachivaches. Al cabo
tropez con una ballena delgada y redonda y del tamao aproximadamente
de las varas que don Juan de la Cruz empleaba.

Leoncio se sinti feliz desde aquel momento. No hay nada que dilate el
alma tanto como un descubrimiento imprevisto. Desempolv la famosa
ballena, la envolvi esmeradamente en papeles de seda y sujet estos
papeles con una cuerdecita encarnada. Al da siguiente, sin duda para
dar mayor solemnidad al acto, procur retrasarse un poco para llegar a
la escuela. Y cuando ya estbamos todos acomodados en nuestros bancos y
el maestro all en el fondo sentado detrs de su mesa, he aqu que
aparece nuestro Leoncio con aquel extrao objeto en la mano, atraviesa
erguido y sosegado el vasto saln y acercndose a la mesa del maestro
deposita en ella gravemente su tesoro. Hecho lo cual, con la misma
solemnidad se dirigi a su sitio y se sent.

Una ardiente curiosidad se apoder de todos nosotros. Qu sera
aquello? Un regalo? Hubo alguno que imagin sera un caramelo
monstruoso semejante a los que nosotros chupbamos con delectacin en
cuanto tenamos algn dinero para comprarlos. Don Juan comenz tambin a
examinarlo con curiosidad antes de desenvolverlo. Al fin se decidi a
quitarle los papeles y poco despus qued al descubierto la preciosa
ballena.

Nuestra estupefaccin fu enorme; pero nuestra indignacin fu an mucho
mayor. Cincuenta pares de ojos se clavaron furibundos en el mofletudo
Leoncio. Si estos ojos fueran dardos venenosos como los de las abejas,
el mofletudo Leoncio hubiera perdido all mismo la vida. Un sordo rumor,
temeroso, corri por toda la escuela. Si se analizase este rumor se
vera inmediatamente que estaba compuesto de doscientos miserable!,
trescientos cochino! y lo menos quinientos indecente!.

Leoncio se mantena sosegado y satisfecho sin advertir el xito
extraordinario de su regalo. O si lo adverta, aparentaba mostrar que le
tena sin cuidado. Don Juan segua examinando atentamente el famoso
caramelo. Al cabo profiri con su voz meliflua:

--Leoncio, hijo mo, tenga usted la bondad de venir un momento.

Leoncio acudi solcito. Don Juan se levant de la silla con calma, y
sujetndole por el cuello le aplic un cumplido vardascazo en el
trasero. Leoncio dej escapar un grito de dolor. A este grito
respondimos nosotros con un rugido de alegra. Don Juan (Dios le
bendiga!) secund el golpe y con su acostumbrada modestia le estuvo
solfeando un buen rato. Mientras duraba la operacin pareca hablarse a
s mismo y le omos murmurar:

--En efecto; es flexible... Es slida... Se cie admirablemente.

Vaya si se cea! Que lo digan las nalgas del pobre Leoncio que segua
chillando como un condenado mientras nosotros respondamos a sus
lamentos con brbaras carcajadas.

Cuando a don Juan de la Cruz le pareci bien probada la flexibilidad y
la solidez del nuevo instrumento, solt al sujeto de la experiencia y le
dijo con voz suave y mirando, como siempre, humildemente al suelo:

--Hijo mo, en tiempos muy antiguos exista en la ciudad de Agrigento,
en la Italia meridional, un tirano que se llamaba Falaris. Este tirano
era tan cruel que se complaca en atormentar de mil maneras a todos
aquellos que tenan la desgracia de no complacerle. Sucedi que uno de
sus cortesanos, por captarse su benevolencia, le hizo regalo de un toro
de bronce hueco donde se poda meter a la persona que se quisiera hacer
morir atormentada. Debajo de este toro de bronce se encenda una hoguera
y el desdichado que estaba dentro, al comenzar a asarse, dejaba escapar
terribles gritos que al pasar por el cuello y la boca del toro semejaban
los rugidos de esta fiera... Falaris qued prendado de tan ingenioso
artefacto y despus de dar las gracias a quien se lo haba regalado no
se le ocurri otra cosa mejor que ensayarlo metiendo dentro de l al
propio inventor.

Hizo una pausa don Juan, y dando una cariosa palmadita a Leoncio en las
llorosas mejillas,

--As, pues, muchas gracias, hijo mo, por este precioso regalo.
Aplquese el cuento y vyase a su sitio.




XIV

EL TRIUNFO DE LA FRATERNIDAD


Recuerdo que por aquel tiempo exista en Avils un zapatero
librepensador llamado Mamerto. Este Mamerto viva en lucha abierta con
el Supremo Hacedor y con sus ministros responsables en la tierra, el
seor cura de la villa y el de Sabugo, particularmente con este ltimo
por ser el del barrio que habitaba. No confesaba, no comulgaba, no iba a
misa, no pona siquiera los pies en la iglesia, y, lo que es mucho ms
grave, no bautizaba a sus hijos. Acometido de un furor atesta no
perdonaba ocasin de atacar el presupuesto del clero y aspiraba nada
menos que a demoler las iglesias o a convertirlas en fbricas y obligar
a los sacerdotes a ganarse el pan con el sudor de su frente.

Lea en sus ocios y se saba casi de memoria algunos libros infamantes
titulados _El fraile_, _La Monja_, _El Cura de misa y olla_, y de ellos
sacaba argumentos metafsicos para minar los cimientos de nuestra
religin. Discuta, vociferaba en todas las tabernas, refera historias
escandalosas de las beatas y los curas, y cuando tena algunos vasos de
sidra en el cuerpo entonaba canciones subversivas. Una de estas
canciones le acarre el mayor disgusto de su vida. Al cantar el himno de
Garibaldi en vez de limitarse a victorear al enemigo del Papa se ensa
con ste gritando repetidas veces: Que muera Po IX, viva la
libertad! Se le denunci al seor cura de Sabugo, el cual a su vez lo
denunci al Juzgado: se le form proceso y fu condenado con otros tres
amigos a dos aos de presidio. As las gastaba en aquella poca el
partido moderado que se hallaba en el poder.

Fu agraciado con algn indulto y poco antes del ao regres Mamerto a
sus lares con la aureola del martirio sobre la frente. La poblacin se
conmovi al verle llegar: todos los ojos se clavaban sobre l con mezcla
de curiosidad y admiracin. Los suyos adquirieron ese brillo fatdico
peculiar de los hroes, una expresin de ferocidad desdeosa que
sobresaltaba a los pacficos habitantes de nuestra villa.

Mamerto se consider desde entonces como un hombre peligrossimo: acaso
no mentira diciendo que tena miedo de s mismo. De aquel pecho, de
aquella cabeza poda salir algo funesto para la tradicin. Si las
instituciones hubieran tenido algn instinto de conservacin (que no lo
tenan), Mamerto no debiera de andar suelto. Esta era su opinin por lo
menos. De esta imprudencia de la justicia se aprovechaba nuestro
zapatero para perseguir al Cristianismo y a la Monarqua contando las
copas de ginebra que beba el capelln de las monjas de San Bernardo y
ahuecando la voz para hablar de los escndalos del palacio real.

No hay para qu decir que Mamerto era odiado de muerte por el sexo
femenino en Avils. Mi madre le profesaba tal horror que si por
casualidad se le nombraba en la conversacin vea alterarse los rasgos
de su fisonoma, se quedaba tan plida que mi padre inquieto peda que
la sirviesen una taza de caldo para confortarla. De este horror me hizo
a m partcipe. Cuando alguna vez mi mala suerte me haca pasar a su
lado me senta sobrecogido de espanto como a la vista del demonio, me
pareca verle ya envuelto por las llamas del infierno y arrojando por la
boca toda clase de _bichos_ inmundos.

En cambio el sexo fuerte le guardaba indebidas consideraciones.
Pretextaba para ello que era un zapatero extraordinario, que el calzado
elaborado por sus manos no tena fin, que en toda Espaa ningn otro
maestro de obra _prima_ le pona el pie delante. Se deca que sus botas
haban llamado la atencin de ciertos extranjeros que haban pasado por
all, que las haban llevado a Londres y que desde entonces no pocos
ingleses enviaban sus medidas a Mamerto para que los calzase. Por
supuesto, yo estoy seguro de que todo esto era pura mitologa. En el
fondo se le admiraba por su audacia; porque en todo hombre hay oculto
casi siempre un insurrecto ms o menos cobarde. Slo las mujeres tienen
el valor de sus convicciones y saben lo que quieren.

La audacia de Mamerto llegaba como he dicho hasta el punto de no
bautizar a sus hijos: y no slo no los bautizaba sino que les daba
nombres extravagantes. Tuvo una hija y la llam _Libertad_. Tuvo un hijo
y le nombr _Dantn_. Por cierto que este pobre Dantn no haca honor a
su homnimo; era patizambo, y enteco. Por donde le tocaba algo al gran
tribuno francs era por los pelos, que los gastaba largos y
aborrascados. Ms tarde tuvo dos hijas y a una llam _Igualdad_ y a otra
_Fraternidad_. Esta ltima podra contar de dos a tres aos cuando
acaeci lo que voy a narrar.

Jams se haba visto en Avils una criatura ms bella: nadie poda
comprender en la villa cmo un ser tan angelical haba salido de hombre
tan endiablado. Su cabecita blonda y rizada, sus ojos azules de largas
pestaas, su tez nacarada excitaban la admiracin de cuantos acertaban a
verla. Las mujeres no se recataban para decir que aquel brbaro no era
digno de poseer una joya de tal valor.

No lo pensaba as Mamerto como puede comprenderse. Estaba tan orgulloso
y pagado de su nia que la exhiba por todas partes rebosante de placer.
La llevaba de la mano al paseo del Bomb, la llevaba en brazos a las
romeras y hasta la meta en las tabernas para que sus amigachos la
admirasen y rabiasen de envidia. _Fraternidad_ iba vestida siempre de
blanco o de azul como la hija de cualquier hacendado. Para eso su padre
trabajaba como un mulo, y se privaba, a veces, hasta de lo
indispensable.

Un da fuimos sorprendidos con la noticia de que la reina vendra a
visitar nuestra villa. Despus de permanecer un da en Oviedo y otro en
Gijn, S. M. pasara unas horas en Avils. Un vrtigo de orgullo y
placer se apoder de todas las cabezas lo mismo las infantiles que las
adultas. No haba manos bastantes en nuestra villa para alzar arcos de
triunfo con bastidores de lienzo pintado, para plantar gallardetes, para
fijar guirnaldas. Los pintores, subidos en los andamios, pintaban las
fachadas de las casas, los barrenderos del municipio aventaban lejos el
polvo, las mujeres lavaban los cristales y las puertas, los poetas
componan versos alusivos al magno acontecimiento que se preparaba; uno
de estos, to mo, hizo una cancin que puso en msica el director de la
banda del hospicio de Oviedo:

      Giren tus remos
    linda barquilla

As empezaba, si no recuerdo mal, y fu cantada por un coro de jvenes
avilesinas en el momento que Su Majestad puso el pie en la fala de los
carabineros para trasladarse a San Juan, punto extremo de nuestra ra y
boca del puerto.

Conservo un recuerdo vago pero delicioso de aquel da memorable. Una
fila larga de carruajes, una mano blanca que agita un pauelo desde uno
de ellos, los cohetes estallando en el aire, las bayonetas brillando a
los reflejos del sol, las charangas tocando alegres pasodobles, mi padre
de frac y corbata blanca, los balcones engalanados con brillantes
colgaduras, mi madre inclinada sobre uno de los nuestros y arrojando
puados de flores sobre el coche de la soberana...

Despus me veo en medio de la gran plaza de Avils, llevado de la mano
por uno de mis jvenes tos. Una muchedumbre inmensa llenaba aquella
plaza y los ojos todos de la muchedumbre se dirigan a uno de los
balcones de la casa de los marqueses de Ferrera, donde segn decan se
hallaba la reina. Yo no acertaba a ver en el balcn ms que un grupo de
seoras y caballeros. A mi lado se gritaba sin cesar viva la reina!
Un viejo alguacil del Ayuntamiento, a quien llambamos Marcones, agitaba
su tricornio repitiendo con voz ronca viva la reina! Los campesinos
lanzaban sus monteras al aire y las recogan, y otra vez las lanzaban
repitiendo el mismo grito. Por fin desapareci del balcn el grupo que
lo llenaba, qued un momento vaco, y al cabo apareci una seora gruesa
y blanqusima que present al pueblo un nio vestido con el traje tpico
de nuestros aldeanos, el calzn corto, la faja, el chaleco con botones
de plata y la montera. Viva la reina! Viva la reina! Viva el
prncipe de Asturias! El entusiasmo era frentico, imponente...

Ms tarde me veo en el muelle, siempre de la mano de mi to. La reina ha
ido a San Juan y se la espera. Haban construdo un atracadero de madera
y se le haba engalanado y tapizado lujosamente. Desde el atracadero se
tendi una alfombra y por all deba de pasar la soberana para montar en
el carruaje que ya la esperaba. Mi to era amigo de un oficial y gracias
a ello logramos colocarnos en primera fila. Enfrente de m veo, con
profundo disgusto, al zapatero Mamerto, que llevaba tambin a su nia de
la mano. Qu hara all aquel ganso? Eso se preguntaba mi to,
mirndole con ojos airados. Mamerto sonrea sarcsticamente; a eso sin
duda haba venido. Desde que se anunciara la visita de la reina a
Avils, no se le haba cado de los labios aquella su sonrisa
sarcstica. Pero haca algo peor, y era murmurar en todos los odos que
queran escucharle lo malo que se deca de nuestra reina, las suciedades
que entonces corran como vlidas entre la plebe. Para apoyar sus
_aserciones_ el zapatero revolucionario exhiba secretamente unas
fotografas que representaban al padre Claret, patriarca de las Indias,
bailando el _can can_ con Sor Patrocinio, una monja que tena sorbido el
seso a la reina, segn contaban.

--Si no se quita el sombrero ese tunante le hago prender--o decir entre
dientes a mi joven to, que estaba muy pagado de su amistad con las
autoridades.

Ya estallan los cohetes, ya se divisa en medio de la ra la hermosa
fala de los carabineros seguida de buen golpe de embarcaciones todas
engalanadas, ya suenan las msicas, ya se oyen las aclamaciones. La
reina Isabel II pone el pie en el embarcadero; un seor de gran
uniforme le ofrece el brazo; sube las escaleras y comienza a marchar
lentamente entre las apretadas filas de la muchedumbre que a duras penas
pueden los soldados contener en su puesto. Todos nos despojamos del
sombrero. Mamerto tambin? S, Mamerto tambin. Haba tratado de
dejrselo encasquetado, pero una mirada muy significativa de un sargento
de la guardia le hizo volver sobre su _acuerdo_.

La reina avanza sonriente, saludando a un lado y a otro con la mano y
con la cabeza. De pronto se detiene y deja escapar un dbil grito de
admiracin.

--Oh qu encanto de nia!--se la oye exclamar contemplando a la hija de
Mamerto.

Se detiene un instante frente a ella y la dice:

--Qu hermosa eres, hija ma! Qu hermosa eres! Dios te bendiga!...
Me das un beso?

Y alzndola del suelo con sus reales manos, la aplic un sonoro beso en
la mejilla.

Entonces vimos a Mamerto demudarse; qued plido como un muerto, y
agitando su sombrero frenticamente grit con voz estentrea:

--Viva la reina!




XV

DON ANTONIO JOYANA


Era un capelln que mis tos Alvaro y Felisa tenan en su quinta de
Illas cerca de Avils, y fu el hombre ms original que ha producido
Asturias despus de la invasin de los rabes.

Me llevaron a confesar con l cuando yo tena nueve aos de edad. Graves
amonestaciones me dirigi en aquella ocasin. Recuerdo que me aconsej
con mucho encarecimiento que cuando entrase a saco en la despensa de mi
casa de ningn modo me comiese la mermelada con los dedos, sino que
llevase para el caso una cucharilla escondida en el bolsillo.

Don Antonio Joyana era un hombre segn Dios y segn la naturaleza, pero
no segn los hombres. Por eso los hombres se rean de l. Tena
caprichos como los nios y antojos como las mujeres. Cierto da entr
con mi padre en una tienda de paos y habindole gustado uno
extremadamente no se content con comprar algunas varas sino que se
empe en llevarse la pieza entera. Despus la entreg a una hermana
vieja y sorda con quien viva, y sta se puso a cortarle y coserle
pantalones. Salieron tres docenas de ella, segn contaban en Avils.

En otra ocasin, cuando se celebraba con un banquete el santo de mi ta
Felisa, presentaron en la mesa una botellita de licor muy linda y
caprichosa. Verla don Antonio y quedar hipnotizado fu todo uno. Ya no
pudo comer ni beber: ya no tuvo ojos ms que para aquella botellita
hechicera. Al fin, no pudiendo sufrir ms tiempo su estado de congoja,
se acerc a mi ta y le dijo al odo con voz temblorosa:

--Seora, si despus que se haya vaciado me regalase aquella botellita
azul de licor se lo estimara como un gran favor.

Mi ta se lo prometi riendo y la calma renaci en su espritu.

Tal era aquel hombre singular y tal quisiera que fuereis vosotros
tambin. Porque era un sabio que serva a Dios y amaba a su prjimo.

--Era un sabio?

--S, era un sabio. Pasaba su vida o rezando o leyendo. Posea gran
copia de libros que tena amontonados en sendos cajones de azcar, los
cuales no yacan en el suelo sino que pendan del techo colgados por
fuertes cordeles y se balanceaban al ms leve contacto dentro de su
habitacin. Acaso juzgara don Antonio que as columpiados sus libros
estaran mejor dispuestos para comunicarle la ciencia que guardaban.

Don Antonio Joyana trataba a los hombres solamente como hombres. Para l
un zapatero era un hombre y un marqus otro hombre. Las diferencias
sociales nada aadan a sus ojos a la imagen de Dios.

Recuerdo que en una jira campestre, a la cual asist, siendo ya un
joven, y en la cual tuvimos el honor de llevar con nosotros a algunos
empingorotados personajes y a unas damiselas ms pagadas de su estirpe
que las hijas de una familia reinante, don Antonio comenz a tratar a
estos personajes con tal confianza y tan graciosa familiaridad que nos
hizo mucho rer. Pero los prceres, y sobre todo las altas y poderosas
seoritas no rean, no! Qu cara de vinagre! Qu gestos despectivos!

Bravo, don Antonio!--exclambamos todos en voz baja con ntimo
regocijo.

Y don Antonio sin ver nada, sin advertir los gestos desdeosos y las
miradas colricas iba de uno a otro aristcrata, de una a otra damisela,
poniendo a aqullos la mano sobre el hombro, dirigiendo a stas saladas
cuchufletas, que dicho sea con verdad, resultaban un poco burdas.

Fu una de las pocas veces en que vi a la verdad y a la naturaleza
triunfar de la convencin y la mentira.

Los hombres de este temple, ni se asombran de nada ni tienen miedo a
nadie.

Una tarde entraron de improviso algunos ladrones enmascarados en la
posesin de Illas. Despus de sorprender a los criados que estaban en la
planta baja de la casa y haberlos maniatado y amordazado subieron al
piso superior y penetraron en la habitacin de don Antonio. Este se
hallaba leyendo como de costumbre.

--Alto, no se mueva usted!

Don Antonio levant la cabeza y pase una mirada con ms curiosidad que
miedo por aquellos foragidos. Entre ellos haba uno de tan exigua
estatura y corpulencia que pareca un chicuelo de catorce o quince aos.
Don Antonio se fij en l, y alzndose de la silla entre risueo y
encolerizado, le sacudi por el brazo, dicindole:

--A ti, mequetrefe, quin te ha metido en estas aventuras? Anda a la
escuela, majadero!

Sacando luego una llave del bolsillo la tir al suelo.

--Ah en ese armario tenis todo el dinero que hay en casa. Cuidado con
romperme la botella de tinta que est junto al talego!

Despus se sent otra vez y sigui leyendo.

Pues bien, este hombre virtuoso y magnnimo, siento decirlo, pag
tambin su tributo a la flaqueza humana. Una pasin desgraciada
apoderndose de sus sentidos y empaando los ms claros principios de su
intachable conducta logr en cierta ocasin empujarle al crimen.

No fu una mujer hermosa la que inspir aquella pasin loca que tan
gravemente comprometi la salvacin de su alma, sino unos animales
inmundos.

Mi to Alvaro haca criar algunos cerdos en la posesin de Illas para el
abastecimiento de su casa. Don Antonio desde el primer ao que all
estuvo se comprometi a vigilar su crianza. Nunca hubiera tomado sobre
s este cargo! A la manera que un joven libertino, satisfaciendo los
caprichos de su querida, colmndola de regalos y vaciando el bolsillo
para adornarla con preciosas joyas, va poco a poco hundindose en el
amor y perdiendo su albedro, as nuestro capelln, procurando toda
clase de regalos nutritivos y mimando a aquellos groseros animales, cual
si fuesen hijos de sus entraas, qued preso en las redes de una pasin
desgraciada.

No le bastaban las ms finas verduras y legumbres de la huerta, no le
bastaban los relieves de su mesa y de la de los criados, no era bastante
el maz y la harina que sustraa del pienso de las vacas y caballos.
Lleg a entrar en el granero donde se guardaba el trigo con que pagaban
su renta los colonos de mis tos y tomar de all serias cantidades para
satisfacer la voracidad de sus adorados cerdos.

Cuando se acercaba el da de la matanza nuestro capelln perda el
apetito y el sueo. Se le vea silencioso y taciturno. Pasaba largos
ratos contemplando con ojos enternecidos a aquellas inocentes criaturas
que presto iban a sucumbir de muerte violenta. Y el da mismo llegado,
don Antonio desapareca de casa y no volva a ella hasta la noche.

Al ao siguiente igual. Don Antonio se prometa no apasionarse por
aquellos pequeos y tiernos animalitos que le entregaban; pero vindoles
comer, vindoles engordar no poda resistir al atractivo de sus encantos
y se entregaba. Su ardiente caridad iba ms all que la de San
Francisco. Porque si ste deca: --Hermano borrico, don Antonio deca:
--Hermano cochino. Acaso querra indemnizarse de las muchas veces que
haba tenido que exclamar para sus adentros: Cochino hermano!

Pero voy a narrar con mucho disgusto de qu modo el demonio tent y
sedujo a aquel santo varn y le arrastr a cometer una accin
vergonzosa.

Cuando vino mi to Alvaro durante el verano a pasar algunos das en
Illas los criados le enteraron de los abusos que don Antonio cometa
contra el granero en favor de los cerdos. Esto le disgust como puede
suponerse. Llam al capelln y le hizo amigable y dulcemente algunas
observaciones. Don Antonio baj la cabeza y prometi atenderlas.

Pero all en el infierno Satans se frot las manos y exclam riendo:
Ya veremos!

Una noche entre las doce y la una se hallaba mi to entregado al sueo
cuando un criado llam quedo a la puerta de su alcoba. Despert
sobresaltado y le invit a que entrase.

--Seor, hay ladrones en casa!--le dijo al odo.

Esta noticia no era a propsito para tranquilizarle.

--Dnde estn?

--Acaban de entrar por la puerta de atrs en la cocina de abajo--le
respondi con voz de falsete tenue como un soplo de la brisa de Mayo.

Mi to comprendi que ya era imposible oponerse al asalto de su casa. Se
sent en la cama dispuesto a esperarlos y dijo:

--Ve a ver lo que hacen.

Al poco rato apareci de nuevo.

--Seor, estn ya en el comedor!

A mi to, aunque hombre valeroso, le lata con violencia el corazn.

--Seor, han llegado a la escalera y empiezan a subirla!

Desapareci el criado y tard un rato en presentarse de nuevo. Cuando lo
hizo al cabo, vena apretndose las ijadas de risa.

--Seor, si es don Antonio que viene con un saco!

--Don Antonio? Un saco?

--S, seor; sin duda va al granero a robar trigo para los cerdos.

Mi to respir con satisfaccin, estuvo unos instantes suspenso y le
dijo:

--Bueno, vete a la cama y no digas una palabra de esto a nadie. Ya lo
arreglaremos maana.

En efecto, al da siguiente pidi con un pretexto plausible la llave del
granero al capelln y nunca ms volvi a entregrsela.

Yo no tuve conocimiento en aquella poca de este grave pecado de don
Antonio. Si lo hubiera tenido es casi seguro que se lo hubiera
perdonado. No me haba perdonado l que entrase furtivamente en la
despensa y me comiese las mermeladas de mi madre?

Declaro que me senta atrado hacia aquel hombre, y mi primo Jos Mara
igualmente. A los dos nos era extremadamente simptico, quiz porque
adivinsemos en l un nio como nosotros, ms grande y ms sabio.

Jos Mara de las Alas era mi primo y mi to a la vez, porque su madre
era prima hermana de la ma y su padre hermano de mi abuela. Tenamos la
misma edad y nos queramos entraablemente como si furamos hermanos.
Pasbamos la vida juntos, l en mi casa o yo en la suya; y las horas de
escuela tambin juntos porque asistamos ambos a la de don Juan de la
Cruz.

Pues un da, en las vacaciones de Agosto, nos vino a la mente la idea de
hacer una visita a don Antonio Joyana en Illas. Quedamos en reunirnos a
las ocho de la maana en los soportales de Galiana, y en efecto desde
all emprendimos la marcha por la carretera en uno de los das ms
esplndidos de aquel verano.

Qu radiante sol! Qu fresca brisa! Qu gorjeos de pjaros! Qu
mugidos de terneros! Cun felices caminaban aquellos dos nios por la
estrecha carretera guarnecida de zarzamora!

La posesin de Illas dista de Avils algunos kilmetros, no s cuntos;
nosotros los recorrimos en poco ms de una hora. Nos recibi a la puerta
de casa Pepa, la vieja hermana de don Antonio, y nos dijo que ste se
hallaba en su cuarto y nos invit a subir.

Llamamos a la puerta del gabinete con los nudillos de los dedos.

--Quin va?

--Somos nosotros.

--Quines sois vosotros?

--Jos Mara y Armando.

--Estoy rezando.

Puesto que don Antonio estaba rezando, nosotros debamos sentarnos en la
escalera y aguardar a que terminase. As lo hicimos y esperamos un buen
rato. Al cabo apareci con su gorro negro y sus gafas azules y nos
abraz dando muestras de gran regocijo. Pasamos a su cuarto donde todos
los elementos estaban mezclados y confundidos como en el caos, y
procedi a descolgar de la pared dos sillas que pendan de sendos clavos
y nos hizo sentar en ellas. Despus, dando paseos por delante de
nosotros con las manos a la espalda, se inform prolijamente de la tarta
de borraja y del queso de almendra que habamos comido en casa de la ta
Bruna el da de su cumpleaos, del moquillo que estaba padeciendo
_Milord_, el perro del to Vctor, de las ciruelas que la ta Felisa
haba cosechado en la posesin de los Carbayedos y de otros extremos no
menos interesantes que nos llegaban directamente al alma. Cuando hubimos
terminado de desahogar nuestra conciencia, don Antonio nos pregunt muy
cortsmente si tenamos hambre. Antes que le hubiramos respondido llam
a grandes voces por el hueco de la escalera a su hermana y le orden que
nos sirviesen lo ms pronto posible algo de almorzar. Despus se acerc
a la ventana, la abri de par en par y se asom a ella. Una sonrisa de
felicidad incomprensible dilat su rostro.

--Mirad, hijos mos, mirad!

Nos asomamos como l y vimos all en el fondo del patio tres o cuatro
cerdos tan gordos que no se poda entender cmo escapaban a la
apopleja.

--Qu os parece?--nos pregunt triunfante.

--Por qu no los matan ya?--pregunt yo con la mayor inocencia.

Don Antonio me dirigi, al travs de sus gafas, una mirada pulverizante.
Pero medit sin duda que yo era un pequeo pagano con una cultura
superficial y no se dign responder.

--Ah donde los veis, cada quince das aumentan media arroba de peso...
Pero yo creo que _Proudhon_ aumenta ms.

--Cul es _Proudhon_?--pregunt mi primo.

--El de la derecha, el de las orejas rajadas... Todas las noches antes
de acostarme abro la ventana y les doy las buenas noches. Ellos levantan
la cabeza cuanto pueden y me responden gruendo.

Quedamos admirados de tanta inteligencia, lo cual hizo concebir a don
Antonio una idea ventajosa de la nuestra.

Nos llev inmediatamente a la huerta y nos oblig a admirar las coles,
los guisantes y las cebollas que all tena. Antes que hubisemos
terminado de admirarlas lleg Pepa para hacernos saber que nuestro
refrigerio estaba preparado.

Era una inmensa tortilla de jamn. Mi primo y yo nos arrojamos
vorazmente sobre ella y en poco tiempo logramos dejarla bien chica. Pero
el jamn estaba rabiosamente salado y pedimos agua con ansia.

--No la hay--nos respondi don Antonio en tono perentorio.

Quedamos aterrados.

--No hay agua?... Pues nosotros tenemos mucha sed!

--Pepa!--grit el capelln--saca dos botellas de la bodega y trelas.

Vinieron dos botellas de vino blanco y pudimos saciarnos. Mas sucedi lo
que ya puede concebirse. Un cuarto de hora despus comenzamos a dar
seales de trastorno mental. Tiramos algunos platos al suelo, nos
desabrochamos la camisa, cantamos a gritos y llamamos vieja y fea a la
hermana del capelln.

Este se puso serio y se di cuenta, aunque tarde, de la gran imprudencia
que haba cometido. Inquieto en grado sumo no se le ocurri al pobre
hombre otra cosa que invitarnos a marchar a nuestras casas. Con gran
premura nos hizo salir a la huerta y a paso largo nos condujo hasta la
puerta enrejada de salida.

No habamos dado cien pasos por la carretera cuando mi primo se detuvo
repentinamente y echando miradas feroces a derecha e izquierda me
anunci de un modo categrico que l, Jos Mara, era el chico ms
valiente de Avils.

Esta declaracin no pudo menos de dejarme estupefacto. Porque mi primo
era un nio inteligentsimo, pero enfermizo y desmedrado a tal punto que
en la escuela se burlaban de l y no pocas veces tuve que salir a su
defensa.

Ignoro por qu, mas en aquel instante me inspir tanta lstima que en
vez de contradecirle le abrac y le bes con efusin manifestndole al
mismo tiempo con la mayor vehemencia que nadie le pondra la mano encima
en mi presencia y que estaba dispuesto a dar por l toda mi sangre. Pero
l rechaz mis caricias con increble ferocidad, diciendo que no
necesitaba para nada de toda ni de parte de mi sangre porque se bastaba
y se sobraba para hinchar las narices a todos los chicos de Avils,
tanto de la villa como de Sabugo.

Yo insist en ofrecrsela con igual vehemencia y l en rechazarla con la
misma ferocidad. Tan tercos nos pusimos ambos que falt poco para que
vinisemos a las manos, quiero decir para que me pegase, porque yo me
hallaba en un estado de enternecimiento tal que me hubiera dejado matar
antes que hacerle dao alguno. Las lgrimas corran abundantes por mis
mejillas y a cada instante me detena para abrazarle y besarle, cosa que
a l le indignaba muchsimo.

Alguna vez me descuidaba tambin en ofrecerle mi sangre de nuevo y
entonces su furor no tena lmites.

Para demostrarme sus fuerzas excepcionales y su coraje se daba golpes en
el pecho con los puos como un atleta y amenazaba con ellos a los
aldeanos que bamos tropezando por el camino y los desafiaba a singular
combate. Yo observaba, con asombro, que en vez de irritarles con estos
retos se ponan todos extremadamente alegres, rean a carcajadas y nos
seguan con la vista largo trecho despus que habamos pasado.

En esta disposicin llegamos a casa. Tanto mi madre como mi ta Justina
pusieron el grito en el cielo al vernos; se apresuraron a llevarnos a la
cama y mientras nos desnudaban estall su indignacin en muy pesadas
palabras contra el loco de don Antonio Joyana.




XVI

MI PADRE


Personas hay tan admirablemente dotadas para la domesticacin que ningn
animal, por salvaje y obtuso que sea, les resiste. He visto lobos y
conejos y cuervos y hasta pulgas y cerdos maravillosamente amaestrados,
y se cuenta de un prisionero en la Bastilla que lleg a domesticar una
araa. Una seora amiga ma logr que los gorriones parados en el alero
de su tejado entrasen en su dormitorio y all durmiesen. Por la maana
al despertarse venan a su cama y coman alegremente las migas de
bizcocho que les reparta, hecho lo cual se despedan hasta la noche.

A nadie, sin embargo, he visto en mi vida con mayores aptitudes para
reducir y educar animales que a mi padre. Pero los que escoga para sus
notables experiencias eran siempre animales bpedos ms o menos
racionales. Un juez de instruccin, un promotor fiscal, un coronel, un
registrador de la propiedad o cualquier otro funcionario que llegaba a
nuestra villa y que se haca inmediatamente temer por su genio adusto o
por un temperamento bilioso e irascible. Mi padre se senta atrado
hacia esta clase de sujetos y no sosegaba hasta colocarse en situacin
de ejercitar sobre ellos aquellas naturales disposiciones con que el
cielo le haba dotado.

No se pasaba mucho tiempo sin que la villa viese con estupefaccin al
montaraz funcionario paseando emparejado con mi padre y completamente
desarrugado, feliz y sonriente. En Avils habitaba un to abuelo mo
con rostro y talle de inquisidor; alto, enjuto, aguileo, mirada dura y
penetrante. Era persona inteligente y de muchas letras, pero de un
orgullo tal y de humor tan desapacible que viva materialmente aislado
desde haca largos aos. Cuando mi padre vino a establecerse con su
esposa en aquella villa la existencia de este viejo severo cambi por
entero. Que hiciese bueno o malo todos los das llegaba a nuestra casa
buscando a mi padre, sala con l de paseo, se mostraba locuaz y por
primera vez despus de veinte aos rea a carcajadas.

Pensando en este raro privilegio del autor de mis das llegu a concebir
claramente que no deba atribuirse a la amenidad de su conversacin, que
era grande por hallarse dotado de una imaginacin pintoresca, memoria
felicsima, espritu observador y afluencia de palabra. Todas estas
dotes las poseen muchos hombres sin que logren hacerse amar. Se les
escucha con placer, pero no se les busca con empeo ni menos se les hace
compaeros ntimos y confidentes. El secreto de mi padre era otro y
consista en la ausencia de vanidad. Era una ausencia completa,
absoluta, inverosmil; era una fuerza opuesta y contraria que en vez de
empujarle a producir y realzar su persona como acaece a casi la
totalidad de los hombres le arrastraba a disminuirla y borrarla.

La verdad me obliga a confesar que esta rarsima cualidad no tena un
fundamento religioso; no era lo que se llama humildad cristiana.
Proceda ms bien de un rasgo original del carcter por lo cual alguna
vez tocaba en el capricho o la extravagancia. A este rasgo se una un
pesimismo ms original an. Mi padre era un pesimista terico y un
optimista prctico, de cuyo contraste resultaban efectos verdaderamente
cmicos. Pensaba como Schopenhauer que el dolor es lo nico positivo en
la vida y que este mundo es triste por esencia, pero l viva siempre
contento y pona contentos a cuantos se le acercaban; crea con el
Eclesiasts que todo es vanidad y l se las arreglaba para no tener
ninguna. Haba que orle lamentarse de la existencia, exhalar
singulares profecas y vaticinar cataclismos! Cinco minutos ms tarde
nos contaba una ancdota chistosa y despus de habernos apretado el
corazn y llenarnos de angustia nos haca estallar en carcajadas.

As que lleg a los cuarenta aos y a pesar de gozar una salud
robustsima se reconoci como un anciano decrpito: cuando se hablaba de
aos bajaba la cabeza tristemente, suspiraba y deca con voz
desfallecida que se hallaba ya con un pie en el sepulcro. Si admiraban
su memoria se pona a contar en seguida cualquier incidente en que
apareca como un hombre desmemoriado; si hacan notar su aspecto robusto
y sano, se llevaba con desesperacin la mano a los riones y deca que
su organismo estaba minado; si ensalzaban las cualidades de cualquiera
de sus fincas se pona a hablar de las de los vecinos colocndolas muy
por encima de las suyas. Para verle enfurecido no haba ms que
suponerle con alguna influencia en la regin, aunque era el primer
contribuyente. Un da le hall particularmente risueo y satisfecho
porque un millonario de Bilbao a quien le presentaron en el caf le
haba hablado con tono protector y compasivo:--No puedes figurarte--me
deca riendo a carcajadas--cunto me despreci aquel buen seor.

Y con nosotros sus hijos tambin practicaba largamente este su anhelo
desmedido de abatimiento. Caso extrao, porque los padres aunque sean
modestos por su cuenta no lo son casi nunca por la de sus hijos! Yo era
el menos inteligente y aprovechado de la escuela y me daba en rostro no
con uno ni dos sino con un tropel de chicos que a su parecer eran
lumbreras esplendentes a mi lado. Ni se imagine que esto era un rasgo de
habilidad o un artificio pedaggico. Se hallaba perfectamente convencido
de ello y la prueba es que cuando llegaron ciertos exmenes
extraordinarios en la escuela juzgndome yo absolutamente inepto no me
atrev a presentarme y mi padre qued de esta vergonzosa retirada muy
satisfecho.

Pues bien; repito que a esta modestia encarnizada no a su donaire, deba
mi padre sus xitos en el mundo. Los hombres aman la modestia en los
dems y la prefieren con mucho al talento, a la riqueza y a la
hermosura. Debieran amarle tambin por su exquisita sensibilidad, pero
no lo hacan: la sensibilidad no es valor que se cotice en el mercado
social. Dios me perdone, pero imagino que esta sensibilidad era el nico
punto flaco que el mundo hallaba en mi padre. Yo he visto a sus amigos
sacudir la cabeza y sonrer burlonamente cuando advertan en l seales
de emocin. Y mi padre por ms esfuerzos que haca no lograba ocultarla.
Si escuchaba una orquesta, si se sentaba frente al mar a la hora del
crepsculo, si le narraban un incidente desgraciado o se pona a
tararear una cancin de su niez, le saltaban fcilmente las lgrimas; y
cuando en la calle vea maltratar a un nio o a un animal se pona rojo
y con riesgo de ser agredido no vacilaba en increpar duramente al autor
de la crueldad. Recuerdo que un carpintero fu denunciado por los
vecinos a causa de los malos tratos que daba a un hijo suyo, nio de
ocho o nueve aos de edad. Mi padre era entonces juez de paz, y al
escuchar de labios de un testigo cmo aquel bruto desnudaba a su hijo,
le amarraba y le azotaba sin piedad, salt de su silln y sacudiendo al
feroz carpintero por las solapas le grit:--Brbaro, brbaro, brbaro!
Es usted un miserable!

Por lo dems estos eran los nicos casos en que poda aparecer como un
hombre violento. Su calma y su dulzura eran proverbiales y su
condescendencia tan excesiva, que provocaba, como acaece casi siempre en
este desgraciado mundo, el abuso. Los criados, los arrendatarios, los
hijos, todos abusbamos de su bondad. Era uno de esos hombres a los
cuales se puede hacer dao impunemente, porque hay la seguridad de que
no lo volver. Y sin embargo, no le faltaban medios para ello: no daba
su bondad como los pomares dan las manzanas sin saberlo y sin quererlo,
segn deca Diderot. Su inteligencia, su conocimiento del mundo y su
gran perspicacia le suministraran recursos para hacerse temer si as lo
quisiera.

Hay que confesar, no obstante, que nadie le hizo jams grave dao y slo
tuvo que sufrir las pequeas molestias y los pequeos abusos que el
pequeo egosmo engendra. Era generalmente amado y muri sin haber
tenido en toda su vida ni un enemigo, ni un envidioso. Esto ltimo me
parece increble; no lo era en su caso porque ya hemos visto de qu modo
original desarmaba a la envidia. Cuando estall la guerra carlista,
nuestro valle de Laviana fu el cuartel general de los partidarios del
Pretendiente en Asturias. Por all merodeaban a la continua pequeas
partidas que no eran modelo de disciplina. Nuestra casa fu respetada
siempre a pesar de las ideas liberales de mi padre. Es ms, tal
confianza inspiraba su lealtad, que un cabecilla perseguido vino a
refugiarse en ella. Le tuvimos por husped algunos das y le hubiramos
tenido indefinidamente si l mismo, por temor a comprometernos, no se
hubiera ido. Al da siguiente de su partida pasebamos mi padre y yo con
mi hermanito pequeo por las cercanas de la Pola, cuando acertamos a
ver una compaa de soldados que marchaba hacia nosotros. Al acercarse
pudimos contemplar con tristeza a nuestro husped en el medio y
amarrado, quien tuvo la delicadeza de no saludarnos ni aun de mirarnos.
Pero mi hermanito exclam en voz alta: Pap, este es el seor que
coma con nosotros y se march ayer! Mi padre se puso plido y yo me
sent sobrecogido. El capitn, al or estas palabras, volvi la cabeza
vivamente, mir al nio, mir a mi padre y, sonriendo maliciosamente,
nos hizo un saludo con su espada.




XVII

MISTERIOS DOLOROSOS


Un lunes por la tarde iba yo a su casa; otro lunes por la tarde vena l
a la ma; era da de mercado y no tenamos escuela sino por la maana.
Lo pasbamos deliciosamente, como nadie podr dudar sabiendo que lo
mismo la casa de mi amigo Juanito que la ma posean un espacioso jardn
donde jugbamos a la peonza, al volante y al salto, donde trepbamos a
los rboles y alcanzbamos ciruelas y peras en su ms tierna infancia,
donde ensaybamos nuestras aptitudes para la ingeniera y arquitectura
alzando edificios con tejas rotas, barro y arena, trazando canales,
abriendo pantanos, donde nos ejercitbamos en el arte de conducir
vehculos haciendo alternativamente l y yo de caballo y cochero, donde
encendamos hogueras y asbamos patatas, donde por fin, cuando llegaba
el caso, nos dbamos de mojicones y nos tirbamos de los cabellos.

Su jardn era ms dilatado que el mo; por tanto los fogosos caballitos
podan correr y caracolear a su sabor; pero el mo tena all en el
fondo un hrreo y esto constitua una ventaja inapreciable. Porque
debajo de este hrreo nos guarecamos cuando haca mal tiempo y nos
divertamos sin necesidad de meternos en casa y sufrir la presencia
enfadosa de la familia. Adems nos serva de escondrijo para ocultar
todos aquellos objetos que merecan ocultarse, particularmente la fruta
verde, de la cual acumulbamos tal cantidad, que alguna vez se pudra
sin comerla. Esta fruta verde era el negocio ms interesante y reservado
de nuestra existencia. Mi madre nos tena prohibido, bajo penas
seversimas, tocar a la fruta, y nos vigilaba bastante desde casa y nos
haca vigilar. Prodigios de ingenio y habilidad se necesitaban para
burlar esta vigilancia. Los desplegbamos, y pocas veces ramos cogidos
in fraganti.

Lo fu, sin embargo, en cierta ocasin, pero no por mi madre. Pluguiese
al cielo que ella hubiera sido, aunque me costase algunos coscorrones.
Lindante con nuestra huerta o jardn haba otro mucho mejor cuidado y
provisto. Perteneca a unos seores que vivan en la casa contigua, dos
hermanos y dos hermanas ya viejos y solteros, personas graves,
correctsimas, pacficas y silenciosas. No nos tratbamos; pero ellos y
mis padres, en la calle, o desde el balcn, se saludaban muy
ceremoniosamente.

Aquel su jardn rebosaba de fruta dulce y sazonada, que tanto a mi amigo
Juanito como a m nos llevaba los ojos y nos tentaba. Haba
particularmente un rbol tan cargado de enormes peras que era una
verdadera bendicin.

Las contemplbamos cierto da con avidez, cuando el diablo nos sugiri
la idea de apoderarnos de algunas de ellas. La pared de nuestro jardn
no era muy alta y tena un pretil que llegaba hasta la mitad; de modo
que fcilmente lo dominbamos. Pero el de nuestros vecinos estaba mucho
ms bajo, por lo cual haba que descolgarse para llegar a l, lo cual no
era fcil. Mas como nuestro ingenio vena ya ejercitado de largo tiempo
por otras empresas, se nos ocurri el arbitrio feliz de servirnos de una
de las astas de banderolas que all tenamos pertenecientes a las obras
de canalizacin de la ra, cuyo director era mi to como ya he dicho.

Despus de cerciorarnos bien de que nadie haba en los balcones de la
casa contigua, ni desde la nuestra nos espiaban, apoyamos una punta del
asta en nuestra pared y la otra en el jardn vecino, mont sobre ella y
me deslic facilsimamente, atraves el jardn en toda su anchura, pues
el peral se hallaba en el extremo opuesto, arranqu dos peras, las
ocult en los bolsillos y vuelvo rpidamente. Mas al atravesar de nuevo
el jardn dirijo una mirada a la casa y observo con espanto que en el
amplio balcn de madera de nuestros vecinos se hallaban los cuatro
hermanos contemplndome con ojos serios, ms sorprendidos que irritados.
Me acerco a la pared y oh rabia! advierto que no puedo escalarla. Como
sucede casi siempre en los negocios de la vida haba visto la entrada
pero no la salida.

Esta era punto menos que imposible. Aunque procuro trepar por el asta
que me haba servido para deslizarme, pronto ech de ver que nunca lo
lograra. Subir por la pared no haba que pensarlo. Entonces en el colmo
de la angustia llam a Juanito que se haba ocultado cuando vi a
nuestros vecinos en el balcn. Vino en mi ayuda, me tendi una mano, y
agarrndome a ella, pude, con muchsimo trabajo, montar sobre la pared.

Todas estas operaciones exigieron bastante tiempo y yo, sin volver la
cabeza, vea posados sobre m los ojos de aquellos respetables seores.
Nadie puede figurarse la confusin y vergenza que de m se haban
apoderado. Si hubiesen gritado, si me hubieran increpado creo que sera
cien veces menor; pero aquella grave tranquilidad, aquel silencio me
abrumaban y por largo tiempo despus, cuando recordaba esta escena,
senta que me suban los colores al rostro.

Adems del hrreo posea nuestro jardn la ventaja de una fuente con
copioso chorro de agua que corra incesantemente. Esta agua no se
enturbiaba jams y cuando a la de las fuentes pblicas le ocurra tal
alteracin los vecinos de la calle o sus criados acudan a pedirnos
permiso para llenar sus vasijas. Era un constante llamar a nuestra
puerta todo el da bastante enfadoso, pero no vi a mi madre, a pesar de
su genio vivo, quejarse nunca ni mostrar impaciencia.

Sin embargo, yo me diverta infinitamente ms en casa de mi amigo
Juanito, no slo por la novedad de salir de la ma, sino porque tena
una hermana de diez y seis aos, alegre y juguetona, que nos ayudaba en
nuestros recreos y excitaba y protega nuestras travesuras. Era
deliciosa aquella Paquita con su naricita remangada, sus ojos
chispeantes y la extrema movilidad de su cuerpo. Inagotable en sus
recursos, felicsima en sus invenciones, dispuesta a toda clase de
farsas, infatigable para seguirlas, nos manejaba a su antojo y nos
embriagaba con su alegra. Un da nos disfrazaba con sus propias ropas,
nos haca llamar a la puerta y nos introduca en el saln anunciando a
su madre la visita de dos seoras; otro me disfrazaba de domstica, me
pona un pauelo a la cabeza y un delantalito blanco y me enviaba a la
tienda prxima a comprar agujas; o bien dispona el bautizo de una
mueca, vesta a uno de nosotros de sacerdote, a otro de monaguillo,
haca partcipes a las criadas de la solemne ceremonia y la segua hasta
el final con toda gravedad y diligencia; o bien ella misma se disfrazaba
de hombre, se pona bigote, tomaba un bastn y entraba fumando un
cigarro como mdico en el cuarto de una criada que se hallaba enferma.
Nos haca representar escenas de comedias, nos haca cantar, nos
obligaba a pedir limosna con voz plaidera desde la puerta, jugaba al
escondite con nosotros, nos echaba polvos de arroz en la cara y nos
enseaba el lenguaje de las manos, en el cual era peritsima. En fin,
que si hubiera seguido toda la vida a su lado, ella siempre con sus diez
y seis aos y yo con mis diez imagino que nunca hubiera maldecido de la
existencia ni habra experimentado la necesidad de estudiar metafsica.

El reverso de esta encantadora joven era su mam doa Leocadia, tan
tristona, tan adusta y lacrimosa. Haba sido una hermosa mujer, segn
afirmaba mi madre, y an se advertan en su rostro las seales, pero se
hallaba bien ajada, ms an por las tristezas que por los aos, pues no
pasara mucho de los cuarenta. Doa Leocadia se haba acostumbrado de
tal modo a llorar y moquear y suspirar y hablar en tono quejumbroso, que
si le tocase la lotera estoy seguro de que nos hubiera dado la noticia
con acento desgarrador. Yo no poda mirar su rostro, donde las lgrimas
parecan haber trazado surcos indelebles, sin acordarme de la Dolorosa
que se venera en la iglesia de San Nicols. Y me sorprenda mucho no
ver sobre su pecho las siete espadas que traspasan el corazn de esta
imagen. Es posible que las llevase ocultas debajo de la ropa.

Quin clavaba, no siete, sino setecientas espadas en el pecho de
aquella dolorida seora? Todos, todos la martirizaban en su casa, pero
muy particularmente quin lo dira! su digno esposo don Julio. Yo no lo
hubiera concebido en aquella poca, porque don Julio era el hombre ms
simptico, alegre y carioso del mundo. Pues precisamente por ser
demasiado alegre y carioso es por lo que daba pesadumbres infinitas a
doa Leocadia, a lo que poda entender vagamente cuando mis padres
hablaban de este matrimonio. Si sala en la conversacin el nombre de
don Julio mi padre sonrea y mi madre se pona seria. Don Julio pasaba
los das en el caf y las noches no se saba dnde; viva de sus rentas,
pero las iba mermando poco a poco, vendiendo hoy una finca, maana otra.
Y de este dinero derrochado, el que ms le dola a doa Leocadia, no era
el que se empleaba en los licores espirituosos, en el juego, en jiras a
_San Juan_ y al bosque de la Magdalena. Otro haba otro! que le tocaba
ms en el alma. Pero no hablemos de estas cosas que ahora comprendo
perfectamente y entonces no.

La alegra de don Julio era comunicativa. Tena un modo de rer
caracterstico que haca fluir inmediatamente la risa a los labios de
los otros. Sus carcajadas eran tan claras, tan sonoras y espontneas que
no se confundan con las de ningn otro. Estas carcajadas salan como
gozosa cascada mezcladas a los chasquidos de las bolas de billar por los
balcones del caf de la Plaza haciendo bailar mi corazn con ansia de
placeres cuando por all acertaba a pasar.

El caf de la Plaza, que ocupaba el principal de una casa, se llamaba en
realidad _Caf del Len de Oro_, a juzgar por la muestra que sobre l se
pareca, pero jams de memoria de hombre lo llam nadie de este modo.
Cuando no le llamaban caf de la Plaza se deca _Caf de Tomasn_,
porque tal era el nombre de su dueo, un anciano de baja estatura, que
slo recuerdo vagamente. Este anciano tena una hija que dirigi aquel
caf largos aos con tal brillantez y fortuna que lleg a ser una
institucin en Avils.

Pues este caf era el teatro donde nuestro don Julio ejercitaba casi
todas las preciosas cualidades con que la providencia de Dios le haba
dotado. Jugaba al _tresillo_ y al _golfo_ como los ngeles, y al billar
como los serafines que rodean al Altsimo: las carambolas no tenan fin
cuando empuaba el taco; en cuanto al _chap_ no es posible que nadie
poseyese mayor finura y precisin para colocar la bola donde quera. Y
con esto qu rer, qu gritar, qu bromear, qu chorro de donaires! No
pareca mas que aquel caf se haba abierto exclusivamente para don
Julio, y don Julio, engendrado con el nico fin de jugar al _chap_ en
aquel caf. Cuando mi padre me llevaba alguna vez all para tomar un
sorbete de fresa y vea a don Julio con su gran barba negra y rizada y
el taco en la mano, riendo, gesticulando, no acertaba a comprender cmo
en mi casa se hablaba mal de un caballero tan cumplido, me pareca un
absurdo que se pudiera dirigir ningn reproche serio a un hombre capaz
de hacer veinticinco o treinta carambolas seguidas.

Todava tena doa Leocadia otro reverso en casa y era su hijo Adolfo,
mancebo de dieciocho aos bien fornido y espigado y atrozmente velludo.
El pelo le llegaba al medio de la frente mostrando ansias locas de
reunirse con el de las cejas y le invada ya a pesar de su corta edad
las mejillas. Sus ojos apagados y entreabiertos, la nariz imitando
groseramente la de su hermana, las espaldas anchas y abovedadas, sus
modales desmaados y torpes. En fin, el hermano de mi amigo Juanito
tena todo el aspecto de un bruto... y los hechos tambin. Sombro,
taciturno, ceudo como su madre, gandul y calavera como su padre no
haba sido posible hacer carrera de l. Despus de salir de la primera
enseanza se trat de que aprendiera latn envindole a una ctedra que
haba en el convento de San Francisco. Un fracaso. Le enviaron despus a
la escuela privada de don Romn para estudiar matemticas. Mayor fracaso
an. Por fin le haban colocado en el comercio de un amigo a fin de que
se fuese enterando de la marcha y secretos de la carrera comercial; pero
ms de la mitad de los das no pareca por all. Con otros cuantos
jvenes tan interesantes como l vagabundeaba por la villa y sus
afueras, introducindose para descansar en las capillas de Baco o en
otros sitios an menos respetables.

Pues a pesar de todo esto su madre le adoraba; era el predilecto de su
corazn. No hay duda que la haca sufrir mucho con su conducta y que en
vez de agradecer las caricias que le prodigaba, su paciencia y sus
desvelos, no perdonaba ocasin de vejarla con groseros desvos y la
ostentacin cnica de sus vicios; pero ella se lo perdonaba de buen
grado, de mejor grado, aunque parezca monstruoso que a su seor y marido
don Julio. En cuanto a nosotros, esto es, en cuanto a Juanito y a m le
admirbamos y le temamos. El ignoraba nuestra existencia.

En las tardes cortas del invierno as que empezaba a obscurecer nos
entrbamos en casa y jugbamos con Paquita y las criadas del modo ms
agradable y divertido que jug nadie en el mundo desde que ste fu
sacado por Dios de la nada. Jugbamos a la _gallina ciega_, jugbamos al
_escondite_, jugbamos _al milano que le dan, cebollita con el pan_...
(Un amigo mo aficionado a las investigaciones eruditas me ha comunicado
que primitivamente deba decirse _al esclavo que le dan_. Es casi
seguro, porque lo del milano no tiene sentido comn. Sin embargo yo
prefiero el milano: es ms pintoresco.)

Y cuando nos hartbamos de jugar, Josefa, una gruesa y aosa costurera
que doa Leocadia tena, nos juntaba en torno suyo y nos refera cuentos
deliciosos de princesas encantadas y moras enamoradas de cristianos.
Parece que me estoy viendo en aquel gran comedor sencillo y confortable.
Haba dos grandes grabados con marcos de caoba representando el uno la
_Maldicin del padre_ (la Malediction paternel, de un antiguo pintor
francs cuyo nombre no recuerdo), y el otro la entrevista de Alejandro
Magno con la familia del vencido rey Daro. Despus se rezaba el rosario
y me llevaban a casa o venan a buscarme, que era lo ms frecuente. Por
ciertas curiosas particularidades durante l acaecidas qued impreso en
mi memoria uno de estos rosarios.

Una noche nos arrodillamos todos como siempre en el comedor delante de
una imagen de Nuestra Seora del Rosario pintada al leo. Doa Leocadia
se pona delante casi tocando la pared debajo del cuadro, Paquita
detrs, nosotros ms atrs an y las criadas completamente a
retaguardia.

Doa Leocadia con su rosario de ncar en la mano y los ojos puestos en
la sagrada imagen dijo con voz plaidera:

--Misterios dolorosos del santsimo rosario. Primer misterio: de la
Oracin en el Huerto: Padre nuestro que ests en los cielos...

Nosotros respondamos en voz alta y tambin un poco plaidera aunque no
tanto.

--Segundo misterio doloroso: de los azotes que el Hijo de Dios sufri
atado a una columna: Padre nuestro que ests en los cielos...

Antes que terminase el decenario Paquita se levanta y va a cerrar el
mirador que se hallaba abierto. Doa Leocadia vuelve la cabeza y la
sigue con la vista sin dejar el rezo. Paquita se detiene un poco dentro
del mirador y entonces su madre suspende el rezo, se levanta bruscamente
y va con paso rpido hacia all.

--Ya me lo pareca a m!--exclama con acento colrico despus de echar
una mirada investigadora a la calle--. All est el mequetrefe debajo
del farol!... Y para eso te levantas y dejas el rosario, pcara?...
Toma, toma, desvergonzada!

Y le aplic dos soberbias bofetadas. Paquita lanz un gemido y comenz a
protestar altamente de aquel castigo que juzgaba absolutamente injusto,
pues ella no haba ido al mirador sino para cerrarlo y no se le haba
ocurrido mirar a la calle, ni haba visto ni quera ver mequetrefe
alguno.

Debo hacer constar que este mequetrefe era nada menos que un cadete de
caballera que usaba brillantes espuelas y arrastraba un largo sable
pendiente de la cintura. Por esto slo se comprender el absurdo de
aquella buena seora al calificarle de tan denigrante manera. Era adems
un joven guapsimo, casi tan alto como don Julio, que fumaba cigarros
puros y me regalaba caramelos cada vez que me encontraba en la calle.
Estaba all pasando las vacaciones de Navidad con su familia. Desde el
verano anterior en que haba bailado con ella en la romera de la Luz
haba rendido sus espuelas, su sable y su grandeza a los pies de la
simptica Paquita.

--Silencio, insolente! Ya te he dicho que no quiero que hables con ese
mequetrefe (vuelta con el mequetrefe!) Si fueses una hija obediente no
volveras a mirarle a la cara... Es que piensas que tu madre no sabe
mejor que t lo que te conviene? Qu es lo que te propones?

--Yo no me propongo nada! Es una injusticia!--grit Paquita
sollozando.

--Silencio! No sabes que esas relaciones no pueden conducir a nada?
Vas a casarte cuando sea alfrez? Con qu te va a mantener? Vas a
esperar a que sea capitn? Puedes esperar sentada... Pues vaya un
partido que se nos entra por las puertas!

--Yo no lo soy tampoco!--grit Paquita sin dejar de sollozar.

--Silencio te digo!--exclam doa Leocadia dando un paso con ademn
amenazador hacia la joven--. Por lo mismo que no lo eres... porque la
desgracia y mis pecados han querido que no lo seas--aadi con voz
sorda--, por lo mismo que no lo eres necesitas pensar como una persona
formal y sin perder el tiempo con un mequetrefe (y dale con el
mequetrefe!) que no tendr bastante nunca para sus vicios... porque los
militares son unos viciosos...

--Todos no!--profiri con energa Paquita--. Adems no se necesita ser
militar para ser vicioso.

Doa Leocadia sinti la estocada en el pecho, qued un momento suspensa
y dijo suavizando el tono:

--No ves a Paulina la hija de don Ramn que apenas te lleva dos aos y
es ya una gran seora con magnfica casa y coche y media docena de
criados y hace viajes a Pars y Londres cuando se le antoja?...

--Pocas gracias! Casndose con un viejo!--exclama la nia con risita
sarcstica.

--Don Pancho no es un viejo, deslenguada! Es un hombre en muy buena
edad y vale ms que ese alfeique que as te levanta de cascos... Bueno,
ya hemos hablado bastante... A callar y obedecer!

Doa Leocadia se arrodilla nuevamente y contina:

--Tercer misterio doloroso: de la corona de espinas. Padre nuestro que
ests en los cielos...

Un olor penetrante y nada grato de guisado lleg hasta nuestra nariz.
Doa Leocadia se detiene, cree percibir humo y exclama volviendo la
cabeza hacia la cocinera:

--Lo ves, Carmen?... La carne se est quemando.

--Seora, la he dejado separada.

Doa Leocadia sin replicar se levanta vivamente y marcha hacia la cocina
dejndonos a todos arrodillados y suspensos. La cocinera la sigue
murmurando, aunque ya con alguna vacilacin.

--Seora, la he dejado bastante separada.

Escuchamos fuerte altercado all dentro: la voz de doa Leocadia se deja
or irritada; la de la cocinera sorda y humillada. Por fin entra de
nuevo aqulla exclamando en un tono que nada tena de resignado aunque
quera parecerlo:

--Oh qu paciencia, Dios mo! oh qu paciencia! oh qu paciencia se
necesita!...

Se arrodilla y contina el rosario:

--Cuarto misterio doloroso: de la cruz a cuestas. Padre nuestro que
ests en los cielos...

Poco despus suena la campanilla de la puerta de la calle. Rita la
doncella, sali a abrir; entr poco despus y se arrodill. Detrs de
ella omos los pasos de Adolfo que entr en el comedor cejijunto,
sombro, nos ech una mirada torva y se dej caer de rodillas con tan
fuerte golpe que a Juanito y a m nos acometi la risa y nos cost gran
trabajo sofocarla. Su madre volvi la cabeza, le mir severamente y
haciendo un leve gesto de resignacin continu rezando.

Comprendimos inmediatamente que estaba ebrio. Su madre lo comprendi
tambin, porque de vez en cuando volva la cabeza y le diriga una
rpida y tmida mirada.

Juanito me haca muecas poniendo el dedo pulgar en la boca con ademn de
beber. Yo no poda reprimir la risa y pellizcaba a Juanito. Paquita
sacuda la cabeza de un modo cmico afectando desesperacin. Las
muchachas entre asustadas y risueas apenas podan rezar.

Slo Adolfo permaneca serio, enteramente ajeno al efecto que causaba.
Responda al rosario con sonidos cavernosos donde nadie podra percibir
seales de oracin alguna, bufaba como un buey y se balanceaba como un
barco.

El balanceo, que al principio era insignificante, se fu acentuando de
tal modo que nos inquiet. Juanito dej de hacer muecas, Paquita de
sacudir la cabeza y las criadas quedaron graves y suspensas. Todos
tenamos clavada la vista en aquel extrao y alarmante cabeceo temiendo
que acaeciese lo que al fin acaeci.

Adolfo cay de bruces sobre el suelo con tanto estrpito que doa
Leocadia di un salto y qued de pie. Adolfo no pudo levantarse ya:
abri la boca y solt por ella un raudal de vino que pronto se esparci
por el comedor con gran sobresalto de todos nosotros que huimos de aquel
ro encarnado y nauseabundo como si fuese lava ardiente del Vesubio. En
particular Paquita se levantaba la falda con tan cmico terror, caminaba
sobre la punta de los pies y haca tales muecas y cabriolas que Juanito
y yo a pesar del susto reventbamos por rer. Pero no era posible esto
mirando a doa Leocadia, que pareca la imagen de la desolacin.

--Jess mo; qu me pasa!--exclamaba la buena seora mesndose los
cabellos--. Este hijo concluye conmigo!... Qu cruz, madre ma del
Carmen, qu cruz!...

Entre tanto, Rita, Carmen y Josefa la costurera levantaban a aquel cerdo
del suelo y lo transportaban a su cuarto. Doa Leocadia las sigui
exhalando suspiros y lamentaciones. Una vez solos, Paquita, Juanito y yo
pudimos entregarnos a la algazara y lo hicimos de buen grado. Paquita
nos incitaba a ello con sus moneras. Daba saltos por encima de los
charcos de vino.

--Qu asco, hijos mos, qu asco! Mi hermanito no se emborracha con
Jerez.

Pero Carmen, la cocinera, lleg inmediatamente con un cubo de agua y una
rodilla y limpi con presteza aquellas inmundicias. No tardaron tampoco
en aparecer doa Leocadia, Rita y Josefa despus de haber dejado metido
en su lecho al hroe de la fiesta. Y ya nos disponamos a continuar el
rosario cuando son nuevamente la campanilla.

Era un mozo del caf de la Plaza que traa una cartita para doa
Leocadia, quien la abri con viveza y al leerla se puso plida.

--Carmen, haz el favor de dar el llavn de la puerta de la calle a ese
muchacho. El seor no viene hoy a cenar.

Qued un instante inmvil con los ojos en el vaco. Su rostro expresaba
tan profundo abatimiento que a todos se nos apret el corazn. Dos
gruesas lgrimas comenzaron a rodar por sus marchitas mejillas.

Al fin sacando el pauelo y enjugndolas se dej caer nuevamente de
rodillas ante la imagen de la Virgen diciendo con voz apagada:

--Quinto misterio doloroso: cmo el Hijo de Dios fu crucificado. Padre
nuestro que ests en los cielos...




XVIII

PRIMERAS LECTURAS


No ser imposible que el lector al llegar a este punto y acaso antes se
haya preguntado: Pero este novelista que nos da cuenta de su infancia
cmo nada dice de sus impresiones literarias, de la influencia que
sobre su espritu ejercieron los primeros libros que cayeron en sus
manos?

Ah, caro lector, ah me duele! Sobre este toque no puedo comunicarte
ms que cosas vergonzosas. Bien me apetece decirte, como alguno de mis
colegas, que a los siete u ocho aos lea asiduamente la Biblia, me
entusiasmaba con Homero y de vez en cuando para desengrasar me echaba al
cuerpo una tragedia de Sfocles. Quisiera presentarme ante tus ojos como
un nio excntrico, sombro, apartado de los juegos de mis compaeros,
gozndose en la soledad, paseando a las orillas de la mar o por los
bosques, llorando y riendo sin motivo aparente, mirando ms a las
estrellas que a la tierra. O bien como una maravilla de agudeza y
donaire, enloqueciendo a la familia y los amigos de la casa con sus
ocurrencias felices, despertando la admiracin con sus observaciones
penetrantes y preguntas ingenuas.

Si esto te dijere, lector amigo, te engaara miserablemente y todo lo
que me resta de vida me remordera la conciencia. Prefiero confesarte
que en mi niez me agradaba correr y saltar con mis compaeros de
escuela, cazar grillos, jugar a los botones y cambiar de vez en cuando
algunos puetazos. Ni ms alegre ni ms triste que los dems. Nada de
pasearme solo por la ribera de la mar con la cabellera al viento
desafiando a la tempestad. Nada de llorar sin motivo. Cuando lo haca
era porque don Juan de la Cruz, mi maestro, me administraba algunos
vardascazos o algn pillastre de Sabugo me cortaba el hilo de la cometa
(sierpe en Avils) o por otros motivos no menos ftiles y prosaicos.
Caprichos, s los tena, pero nada romnticos; no creo haber sido nunca
un nio incomprensible; antes bien me parece que todo el mundo me
comprenda perfectamente. Mi originalidad era tan escasa que estaba
desesperado con mi nombre porque no haba otro igual en la poblacin y
reprochaba a mis padres interiormente el no haberme puesto Manuel o Pepe
o Antonio. Me desesperaba igualmente cuando mi madre me pona un traje
nuevo o vistoso y procuraba ajarlo inmediatamente para que no llamase la
atencin y semejase a los de mis camaradas. En fin, habindome contado
mi padre que en su infancia aborreca el pan con manteca espolvoreado de
azcar y que una vez que se haba visto obligado a aceptarlo lo haba
arrojado a hurtadillas por el balcn, yo que me pereca por este manjar
hice lo mismo (con qu dolor de mi corazn!) cuando la madre de mi
amigo Alfonso N. me lo di cierta tarde para merendar. Me parece que no
se puede llevar ms lejos el espritu de imitacin.

Salidas ingeniosas? Dios las diera. Por ms que busco y rebusco en mi
memoria algn donaire prematuro, alguno de esos rasgos oportunos que
anuncian un natural privilegiado nada encuentro digno de mencionarse.
Cun feliz sera si pudiera ostentar ante tus ojos como marca de Dios
alguna frase memorable de las que tanto abundan en la infancia de
ciertos escritores! Al leer en sus memorias tales agudezas e
ingeniosidades me entusiasmo, les admiro, con todo mi corazn, aunque no
puedo menos de pensar que acaso les hubiera convenido no salir jams de
la infancia. Despechado de no hallar en los archivos de la memoria
ningn documento que acreditase mi nobleza intelectual acud antes de
escribir este libro a una vieja servidora de mi casa, escrib a un
hermano de mi padre, nico to que an conservo. Nada pude obtener ms
que simplezas, inepcias, vulgaridades indignas de ser comunicadas.

En orden a mis tempranas aptitudes para la literatura con tristeza
declaro que a los ocho aos aun no haban llegado a mi conocimiento por
conducto de los rapsodas homridas las hazaas de Aquiles hijo de Peleo
ni los discursos artificiosos de Ulises: nada saba tampoco de _Edipo
rey_ ni de _Edipo en Colona_. Mi erudicin era bastante limitada en
aquella poca y si ahora s poco, puedes creer, lector, sobre mi palabra
que entonces saba menos. Quedamos, pues, en que no lea con fruicin a
Homero a Sfocles y a Pndaro. En cambio, oh terrible humillacin!, me
entusiasmaban las novelas de un seor Prez Escrich (que Dios perdone) y
de una doa Mara del Pilar Sinus (a quien Dios perdone tambin). No
puedo menos de recordar con enternecimiento una del primero titulada _El
cura de aldea_ que me hizo disfrutar placeres increbles. Mientras la
lea, de tal modo me identifiqu con sus personajes que me pareca vivir
en su compaa y pertenecer a la familia. Me alegraba con sus alegras,
me sentaba a su mesa, beba un poco ms de lo ordinario en sus inocentes
holgorios, rea con sus chistes no menos inocentes, me haca el
distrado cuando aquella modista encantadora se pona a hablar en voz
baja con aquel joven tan simptico, y estaba enteramente resuelto a
prestarles mi eficaz ayuda para desenmascarar y confundir al miserable
que retena injustamente su fortuna. Y cuando llegaba el caso de llorar
alguna de sus desgracias yo creo que lo haca mucho mejor y ms
copiosamente que ellos. En fin, poco me faltaba para poner por obra lo
que cierta discreta seora amiga ma cuando tena trece o catorce aos:
entusiasmada con una de aquellas divinas modistas creadas por la
imaginacin de Prez Escrich, tom el dinerito que tena en la hucha y
se fu con su doncella preguntando por aqulla en todas las casas de la
calle donde el autor haba colocado su domicilio para entregrselo.

Bien s que esto har sonrer a mis colegas los precoces lectores de
Homero y Pndaro pero qu voy a hacer? Escribo mis memorias, debo la
verdad a mis lectores y prefiero que me reputen por un ser vulgar a
faltar descaradamente a ella. Despus de todo no estoy lejos de pensar
como algn filsofo que las cosas no son bellas ni feas, es nuestra
propia alma la que se embellece al contacto de la realidad. La ma,
fresca en aquel tiempo, se embelleci con la msica inocente de ciertas
zarzuelas y con la lectura de algunas novelas deplorables como jams lo
ha hecho despus con las obras ms sublimes del ingenio humano.

Y por qu deplorables? Si no se hubiera escrito ms msica que la de
Haydn, Mozart y Beethoven, ni ms dramas que los de Esquilo, Sfocles,
Shakespeare, Caldern y Schiller, ni ms poemas que los de Homero,
Virgilio, Dante, Milton y Goethe, la casi totalidad de los humanos
bajaran al sepulcro sin haber gozado los placeres inefables que el arte
proporciona. Yo mismo, si hubiera sucumbido antes de los quince aos, me
ira al otro mundo sin haber experimentado algunas dulces emociones y
divinos estremecimientos que me han hecho en mi infancia ms feliz que
un rey. Seguro estoy de que nadie ha gozado con la _Iliada_ ms que yo
con _Los tres Mosqueteros_ de Alejandro Dumas. Y entonces qu?...

He llegado a pensar que el libro no lo hace el autor sino el lector.
Recuerdo que a la edad de quince aos le el de Michelet titulado _El
Pjaro_. Es una obra estimada con justicia en el mundo literario como lo
son todas las de este singular escritor. No es fcil imaginar la
impresin deleitosa que me caus su lectura. An me veo tendido en un
vetusto y enorme sof de mi casa de Entralgo con el volumen de roja
cubierta entre las manos. Era una traduccin espaola y presumo que no
deba de ser muy esmerada. Pues a pesar de eso me caus tanto placer que
toda mi vida he recordado aquellas horas felices y he bendecido la pluma
que me las haba procurado.

No hace mucho tiempo cay por casualidad en mis manos el mismo libro en
francs. Mi conocimiento de este idioma me permite ahora apreciar el
brillo y tersura del estilo de Michelet. Tom el volumen y como un chico
goloso que guarda en su mesa de noche un pastel para regalarse con l a
solas, as puse yo sobre la ma el precioso libro. Esperaba resucitar mi
adolescencia, sentir de nuevo aquellas dulces emociones que tan feliz me
haban hecho y lo abr con mano respetuosa y trmula.

Qu decepcin! Qu amargo desengao! No es que el libro me pareciese
feo: al contrario, mejor que antes poda reconocer su mrito. Pero no
hallaba en l aquello que en otro tiempo haba visto. Me pareca seco,
plido, y me preguntaba con tristeza. Dnde est ahora aquel pjaro
seductor, aquel poeta alado que saltaba gorjeando delante de mis ojos?
Dnde estn aquellas representaciones interesantes de sus amores, de
sus sabias construcciones, de sus viajes, de sus costumbres pintorescas?
Comparado el libro con el que yo haba ledo lo encontraba
admirablemente escrito, pero falto de imaginacin y de vida. Es que
carece de esto? No; quien carece soy yo...

Lejos de mi nimo la pretensin de resolver ni siquiera plantear el
problema de la subjetividad u objetividad de la belleza. Slo quiero
indicar a los autores que deben apetecer para sus libros lectores
imaginativos ms que cultos. Un crtico distinguir admirablemente lo
que es bello y lo que es feo en una obra de arte, pero nunca gozar de
ella de modo tan intenso como un adolescente dotado de imaginacin y
sensibilidad. Que lo mismo goza con una obra maestra que con una
mediana? Esto no debe de humillar al autor. Si es hombre de corazn y no
excesivamente vanidoso debe deleitarse particularmente con el deleite
que proporciona a los dems. Obsrvese que me refiero a la adolescencia
cuando, si el juicio no es seguro, las impresiones lo son ms que nunca.
En cuanto a la infancia no se puede contar con ella tratndose del arte
literario. Los nios no slo no distinguen sino que rara vez sienten.

Mientras yo lo fu me seducan extremadamente las historias de bandidos.
Una de las novelas que ms me impresionaron fu la titulada _Los siete
nios de Ecija_ por Fernndez y Gonzlez. Hubo un instante de mi
existencia en que tuve clara vocacin de salteador. Felizmente dur poco
tiempo. Despus le las hazaas de Bernardo del Carpio y los Doce pares
de Francia y quise ser guerrero. Tampoco dur mucho. Ms adelante,
entrando ya en la adolescencia, aspir a la condicin de salvaje leyendo
_Los Natchez_ de Chateaubriand. Esta novela extica me caus una
impresin profunda y sentimental, no ya puramente imaginativa. Qued tan
prendado de aquellos _pieles rojas_, que soaba con partirme a Amrica
como Ren y presentarme a algn descendiente del viejo Chactas para que
me afiliase en su tribu despus de haber fumado el calumet de paz.
Soaba con aquella dulce y hermosa Celuta y hacerla mi esposa. Y me
prometa amarla ms y mejor que el hipocondraco Ren hacindola tan
feliz como mereca. Soaba con la simptica y juguetona Mila a quien
tambin hiciera mi esposa si no fuera gran pecado la poligamia. Soaba
con aquel grande, aquel noble Outugamiz hermano de Celuta. Su
inquebrantable lealtad me penetr tanto en el alma que cuando fu a
Oviedo y escrib a un amigo que dejaba en Avils empezaba mi carta: Mi
querido Outugamiz. Todava recuerdo con incomprensible emocin cierta
excursin por el Misisip en una noche calurosa del esto. La mayora de
los guerreros dej la piragua y se lanz al agua para hacer el trayecto
a nado: las mujeres los imitaron, y toda aquella muchedumbre se dejaba
arrastrar por la suave corriente del ro bajo un cielo tachonado de
estrellas, donde la luna nadaba tambin feliz y serena como ellos. Los
guerreros se contaban en voz alta sus hazaas y los amantes se
deslizaban cogidos de la mano murmurndose dulcemente sus secretos. Esto
es lo que recuerdo de aquella potica descripcin. No s si me ser fiel
la memoria despus de tantos aos, porque no he vuelto a leer esta
novela. Si ahora lo hiciese no s por qu imagino que aquellos salvajes,
que tanto me cautivaron, me haran vomitar.

Cuando alcanc los doce o trece aos me placa registrar la biblioteca
de mi padre donde haba hallado las obras de Chateaubriand y otros
libros de amena literatura. Tambin los tena cientficos y algunos me
interesaron vivamente. Si no he logrado nunca ser hombre de ciencia he
tenido despierta desde mi infancia la curiosidad cientfica. En uno de
aquellos registros tropec con un libro extrao ilustrado con unas
estampas horrorosas. Era un tratado de la virilidad.

--Qu es esto?--pregunt a mi padre que estaba escribiendo.

Levant la cabeza, mir el libro, me mir a m fijamente y quedando un
instante pensativo respondi:

--Lelo.

Aquella palabra fu mi salvacin. Habr personas timoratas que se
asombren y aun se escandalicen de la audacia de mi padre. Sin embargo yo
bendigo su memoria por sta como por las muchas cosas buenas que ha
hecho conmigo.




XIX

FRAY MELITN


Si el Cielo me concediese una nueva existencia en este nuestro planeta
de la orden de menores y me diera a escoger el sitio donde se deslizase
mi infancia, respondera sin vacilar: Avils!

Lo que recuerdo de esta villa es tan amable, tan alegre y pintoresco,
que dudo que en parte alguna de Europa o de Amrica (dejemos el Africa
para los negros y el Asia para los chinos) se encuentre otra que la
supere.

Sin embargo, nadie se figure que era todo algazara y romeras y
habaneras y pasacalles. Haba en nuestra villa ms de una docena de
figuras decorativas que no slo mantenan en ella la respetabilidad y el
decoro sino que la comunicaban esplendor a los ojos del forastero.
Cuando bien temprano, mucho ms temprano de lo que yo quisiera, sala de
mi casa para la escuela, encontraba indefectiblemente paseando debajo de
los arcos a uno de nuestros vecinos vestido de levita negra, corbata
blanca, gran pechera con botones de diamantes, sombrero de copa alta,
bastn con puo de oro y botas charoladas lo mismo que si se dispusiese
a ir a la recepcin de la embajada de Inglaterra. All haba estado,
segn contaban, varios aos: por eso gastaba patillas y era tan
correcto, tan grave y silencioso. Que hiciera bueno que hiciera mal
tiempo, en los das ms calurosos de Julio como en los ms ateridos de
Enero, por all paseaba revestido de aquellos ornamentos que me
infundan un respeto indecible. Desde el feo asunto de las peras yo no
osaba mirar como antes a su blanca pechera, ni siquiera a sus botas
charoladas.

Un poco ms all, en los arcos mismos de la plaza paseaba mi to Vctor,
tambin de levita. Coronel retirado, luenga barba blanca. Era persona de
tan heroica estatura que cuando se doblaba para darme un beso, yo
pensaba que descenda sobre m el mismo Padre Eterno con sombrero de
copa.

Algo ms lejos, al comenzar los arcos de Galiana tropezaba debajo de
ellos con otro respetable personaje, don Manolo P. Vesta igualmente
levita y sombrero de copa. Su bastn era una primorosa caa de Indias
con puo de marfil y contera de la misma materia, que rara vez pona en
el suelo por no estropearla, segn se deca maliciosamente en la villa.
Frisaba ya en los cincuenta aos; el rostro cuidadosamente rasurado y
tan rojo y congestionado, que daba en violceo: pareca una figura de la
corte de Carlos IV. Este grave sujeto paseaba con la mayor solemnidad
por delante de su casa, detenindose a menudo delante de una hojalatera
prxima a ella y cambiando con el hojalatero algunos pensamientos ms o
menos trascendentales. Miraba fijamente a los transeuntes como si
sospechase de su honradez; la ma deba de inspirarle mayores dudas que
la de ningn otro a juzgar por la insistencia con que sus grandes ojos
redondos me seguan. Tena el ttulo de abogado, pero no ejerca su
profesin; viva de sus rentas y era un caballero tan digno y venerable,
que como imposible tena yo que nadie osara faltarle al respeto. Sin
embargo, este imposible se realiz. Un borracho llamado Platina se
acerc a l un da tambalendose:

--A que no sabe usted don Manolo en qu se parece usted a San Roque?

--No adivino--respondi nuestro caballero abriendo todava ms sus
grandes ojos redondos.

--En que San Roque es abogado de la peste y usted es la peste de los
abogados.

Da grima pensar que en este mundo nadie pueda verse libre de un insulto
soez ni aun los ms altos prceres que, como ste, son ornato de su
pueblo nativo y orgullo de sus convecinos.

A la postre l mismo se encarg de faltarse al respeto, pues cuando
menos poda pensarse cay enamorado de nuestra costurera. La primera
noticia que tuvimos fu por una carta que de l recibi mi madre. En
ella la suplicaba que le permitiese venir algn rato a casa para poder
hablar con su prometida, pues ya la consideraba como tal. La pretensin
era un poco extravagante, pues mis padres no tenan el gusto de
tratarle. Sin embargo, mi madre cedi inmediatamente de buen grado, y he
aqu a nuestro caballero sentado por las tardes en el comedor, entre
ella y la gentil costurerilla, departiendo cortsmente de cosas
indiferentes como un pollastre que hiciese la corte a una damisela
delante de su mam. La ma le diriga siempre la palabra sonriendo, y mi
padre, cuando por all pasaba, lo mismo. Y en la sonrisa de mi madre
haba un granito de burla y en la de mi padre dos. Por fin aquel buen
seor se cas y toda su vida se mostr agradecido, colmndonos de
atenciones, prueba irrecusable de la bondad y honradez de la joven a la
cual haba unido sus destinos.

Dicho queda que a ms de stos existan en la villa otros prceres que
realzaban con su majestuosa indumentaria a nuestra villa. Pero estos
prceres no se mantenan como los de otras ciudades, encastillados en su
grandeza ni se oponan o desdeaban a la juventud bulliciosa. Al
contrario, se les hallaba siempre propicios a proteger y alentar
cualquier proyecto recreativo iniciado por sta. Algunas veces de ellos
mismos parta la iniciativa. Semejantes a los ancianos de Atenas
consagraban su experiencia a los nobles recreos de la vida y velaban por
el decoro de las fiestas. Mi buen to Jorge de las Alas, viejo y
achacoso, fu quien cre la Academia de msica en Avils, quien organiz
la sociedad del _Liceo_ y quien llev a cabo la ereccin de un teatro
cuando no exista. Merece este infatigable anciano, que tanto contribuy
a la cultura de nuestra villa, que sta le erija una estatua. No
hallbamos los jvenes de Avils, en estos nobles ancianos, ni una
sonrisa desdeosa, ni una frase severa. Todava recuerdo que al asistir
por vez primera a un baile del Liceo, no contando an diez y siete aos,
como me hallase apurado porque no poda abrochar mis guantes, el mismo
presidente de la sociedad, que era un respetable caballero con la cabeza
canosa, vino en mi auxilio y logr abrochrmelos.

Avils guardaba en aquel tiempo ms de una semejanza con Atenas. Porque
reinaba la alegra y el decoro y el amor al arte como en la ciudad de
Minerva, y adems se viva en una dulce ociosidad que permita
consagrarse enteramente a los placeres del espritu. Para lograr esto
Aristteles crea necesario un nmero considerable de esclavos
encargados de alimentar a los ciudadanos. Entre nosotros no exista que
yo sepa ms esclavo que un negro muy feo que haba trado de Amrica un
indiano llamado don Pancho. Con este negro, que al parecer estaba
siempre ansioso de llevar a los nios malos en un saco, nos amenazaba la
maestra (porque de tres a cuatro aos tuve el honor de asistir a un
colegio de seoritas) cuando hacamos demasiado ruido. Tantas veces nos
haba amenazado, sin embargo, que llegamos a despreciar, como
inverosmil, aquella horrorosa perspectiva. Mas he aqu que un da
aciago, al conjuro de la maestra, aparece en la puerta de la sala la
espantable figura del negro de don Pancho con el famoso saco al hombro
haciendo rodar por las rbitas sus ojos de tigre hambriento. No es fcil
describir ni decoroso lo que all pas. Toda aquella juventud bi-sexual
se sinti atacada a la vez en el corazn y la vejiga. No volvimos a ser
_malos_ en ocho das.

Vivamos, pues, en nuestra villa sin trabajar, como he dicho. Quin
trabajaba para nosotros no me importaba entonces averiguarlo. Cada casa
albergaba un pequeo hidalgo o rentista que disfrutaba serenamente de la
vida, bailando de joven, paseando de viejo. No faltaban artesanos, es
cierto; haba carpinteros, chocolateros, hojalateros, pintores,
albailes; pero casi todos estaban relegados al barrio de Sabugo. Los
que haba en la villa eran tan graves personajes casi como los que he
descrito: algunos ya viejos gastaban sombrero de copa alta. Se les
trataba con respetuosa consideracin, se contaba con ellos para los
festejos y algunos tenan tiempo para consagrarse a la msica y la
declamacin y alcanzar sealados triunfos, como el ebanista Mario y el
barbero Manolo.

Al revs de lo que acaece en las grandes ciudades europeas y americanas,
donde se vive en perpetuo afn y no hay tiempo para nada, en Avils
haba tiempo para todo: si faltaba alguna vez no era ciertamente para el
trabajo sino para divertirse. No exista la fiebre del dinero ni esa
congojosa solicitud por el lucro que envilece las almas y entristece la
vida. El comercio mismo, que por su naturaleza es srdido, tena en
nuestra villa un temperamento noble y tranquilo. Los comerciantes
reciban a sus amigos en las tiendas, departan y rean con ellos y
apenas se curaban de la venta de sus artculos. Haba un tendero llamado
Braulio que posea en la calle de la Herrera un bastante bien surtido
almacn de quincalla. Pues este Braulio, cuando un amigo llegaba a
invitarle a jugar al billar o a comer una langosta en el caf de Tirita
se pona el sombrero, cerraba la tienda y se marchaba tranquilamente con
l. Que aguardasen los parroquianos!

Los prceres, la juventud impetuosa, los comerciantes y los artesanos no
constituan por entero a nuestra villa. Exista, como es justo en ella,
un elemento teolgico compuesto por los prrocos de la villa y Sabugo
con sus respectivos coadjutores, el vicario de las monjas de San
Bernardo y hasta una media docena de frailes exclaustrados que haban
quedado vivos en la matanza del ao treinta y seis. Haba un padre
Cerezo cuya sabidura nadie pona en duda, un fray Antonio Arenas
taciturno, bilioso, que cantaba desde el coro de la iglesia de San
Francisco la misa mayor con una voz que envidiara Satn para dirigirse
a los condenados del infierno, un Manzaneda (ignoro porqu a ste se le
suprima el _fray_) y haba sobre todo un fray Melitn de perdurable
memoria sobre la tierra y que en el cielo, donde no dudo que se hallar
a estas horas, har las delicias de los bienaventurados.

Este elemento teolgico gastaba como el de los prceres levita y
sombrero de copa. Solamente que como corresponda a su elevada dignidad
teolgica, las levitas eran mucho ms largas y los sombreros mucho ms
altos. Cuando de nio vea al padre Cerezo o a Manzaneda debajo de uno
de ellos sudaba de congoja.

Fray Melitn era el organista de la parroquia. Lbreme Dios de suponer
que tocando el rgano es como alegrar a la corte celestial. Al
contrario, me parece que si a fray Melitn se le ocurriese tocar alguna
vez el rgano en el cielo, no durara all mucho tiempo. Lo que
regocijar seguramente a sus hermanos de bienaventuranza es su grande,
inconcebible inocencia. Fray Melitn era un nio de sesenta aos. De
medianas carnes y estatura, vigoroso, la faz roja, los ojos dbiles, el
pelo negro todava, hablando siempre a gritos, unas veces enfadado,
otras riendo, jams tranquilo o indiferente. No pienso que tuviera
licencia para confesar, porque este ministerio exige conocimiento del
corazn humano y fray Melitn no conoca siquiera el suyo; celebraba
misa y tocaba el rgano en las misas solemnes y festividades. De l
estbamos enamorados unos cuantos chicos y l lo estaba de nosotros
aunque no nos escaseaba los coscorrones cuando le molestbamos
demasiado. Si nos hallaba en la _Campa_ jugando a la peonza se detena
para contemplarnos, nos animaba a gritos, nos aplauda o nos increpaba
exactamente como si fuese uno de nosotros.

--Eso est bien, carape! Bien! Bien!... Leoncio, eres un burro!

Si nos tropezaba en el campo Can se sentaba a nuestro lado y nos
contaba historias milagrosas. Los milagros eran su especialidad. Otras
veces nos hablaba de su convento y nos describa la enorme despensa de
la cual estaba l encargado, los sacos de garbanzos, las pilas de nueces
y avellanas, las filas de jamones colgados del techo; nos pintaba la
huerta donde crecan toda clase de rboles frutales, cerezos, perales,
que daban peras tamao de una libra, ciruelas claudias y encarnadas,
albaricoqueros de espalera: de tal modo que a los chicos se nos haca la
boca agua. Recordaba tambin con enternecimiento los grandiosos cerdos
que all se criaban y nos comunicaba en secreto de qu medios se vala
para hacerles engordar una arroba por semana al llegar el mes de
Octubre. A menudo tambin se placa hacindonos preguntas y enterndose
de nuestros estudios y propsitos.

--Qu es lo que t quieres ser?

--Yo, militar.

--Bravo! A la lid, valiente!... Y t?

--Yo, mdico.

--Mrame la lengua (y la sacaba)... Y t?

--Yo quiero ser oidor.

--Oidor? Aguarda un poco que te escarbe los odos.

Y echaba mano a la punta de una ramita; con lo cual reamos a
carcajadas, y l ms que nosotros.

Si alguno le deca que quera ser cura, torca el gesto.

--Sabes, burro, si tienes vocacin para el estado eclesistico?...
Adems, para ganar el cielo no se necesita ser cura ni fraile.

Y tena razn, porque l lo hubiera ganado en cualquier condicin.

Entre todos nosotros distingua particularmente a tres, y yo era uno de
ellos. Por eso cedi a nuestras instancias concedindonos el honor de
mover los fuelles del rgano, tarea que antes desempeaba el hijo del
sacristn.

Detrs del rgano de la iglesia de San Francisco exista, y es posible
que an exista, un pequeo y obscuro y sucio desvn donde se hallan los
fuelles que lo alimentan de aire. Estos fuelles, que eran tres, tenan
cada uno un madero en forma de lanza, bajando el cual hasta tocar el
suelo, el fuelle se hinchaba; luego, a medida que se gastaba el aire
iban subiendo paulatinamente hasta llegar al techo. Me encargu, pues,
de bajar una de estas lanzas y mis amigos de las otras dos. Para
bajarlas necesitbamos colgarnos de ellas, y despus que las tenamos a
nuestra altura montarnos encima hasta humillarlas por completo. As que
lo habamos conseguido podamos descansar unos minutos mientras
lentamente los fuelles se deshinchaban y los maderos suban.

Cmo es posible que all encerrados medio a obscuras, respirando polvo
y obligados a trabajar como negros sin descuidarnos un instante fusemos
dichosos? Pues lo ramos y no poco. Estbamos posedos de nuestro papel,
que juzgbamos principalsimo. Sin nosotros el rgano no sonara y todo
aquel estrpito que fray Melitn armaba se extinguira miserablemente y
la gran solemnidad vendra a tierra.

No recuerdo bien cmo acaeci: me parece que yo estaba contando a mis
amigos en qu forma haba entrado un pjaro en el comedor de mi casa y
cmo haba podido atraparlo arrojndole una toalla encima. Sea por esto
o por otra causa, lo cierto es que en una ocasin nos descuidamos
olvidando los fuelles. Los maderos haban subido hasta su lmite mximo,
tocando en el techo. De pronto se abre con estrpito la puertecita del
coro y aparece por ella la faz congestionada de fray Melitn echando
chispas de sus ojos por detrs de los cristales de las gafas y se lanza
sobre nosotros dejando caer sobre nuestras cabezas una lluvia malfica
de coscorrones. Sin hacer caso de ellos nos lanzamos a los maderos, para
alcanzar los cuales necesitbamos dar saltos prodigiosos.

--Burros! Ms que burros! Para eso os he dejado venir a hinchar los
fuelles? Y en el momento mismo de ejecutar el _trmolo_!

Es de saber que cuando en la misa llegaba el momento de elevar la Hostia
Santa fray Melitn haca ejecutar al rgano un _trmolo_ tan misterioso,
tan solemne, tan pattico que no haba corazn por duro que fuese que no
se sintiera sobrecogido.

--Dejarme sin aire en el _trmolo_, nada menos que en el
_trmolo_!--exclamaba enfurecido sin dar paz a la mano--. No sabais
que estaba ejecutando el _trmolo_, burros?

Yo no conoca entonces esa palabreja. Largo tiempo despus cuando
llegaba a mis odos perciba en la cabeza la sensacin vaga de un
coscorrn.

De aquellos tres hinchadores de fuelles vivimos dos, y estoy en fe que
lo mismo mi compaero que yo los hincharamos de nuevo con placer si
nos volvieran a los doce aos.

Pero no slo debo a fray Melitn estos momentos de intensa y pura
felicidad: algo ms le debo y voy a contarlo sin cuidado alguno puesto
que l no ha de salir de la tumba a llamarme burro otra vez y a darme de
coscorrones.

En los meses calurosos del esto sola baarme en la ra con unos
cuantos amigos de mi edad. Apenas salamos de la escuela salvbamos el
puente de San Sebastin y por el largo malecn de las Huelgas
caminbamos hasta un sitio bien lejano donde pudiramos desnudarnos sin
faltar al pudor. En sbanas o toallas para secarnos no haba que pensar
porque todos se baaban como yo a escondidas de sus padres. Nos
acurrucbamos un momento al sol y luego nos vestamos sin aprensin
alguna. Este sistema, que por mucho tiempo me pareci peligroso, lo he
visto hace poco tiempo preconizado por un mdico alemn.

Una tarde por haber tenido que ir antes a casa me vi obligado a caminar
solo hasta el puente donde me haban dado cita mis compaeros. No les
hall en aquel sitio y parecindome que ya haban tomado la delantera me
dirig sin apurarme por el malecn al sitio acostumbrado. Tampoco
estaban all. Largo tiempo los estuve aguardando y viendo que no
llegaban me decid a desnudarme y echarme al agua.

Era casi la hora de la pleamar; el sol reverberaba todava sobre la
superficie de la ra que se mostraba brillante y poderosa como un gran
brazo de mar. Me hallaba solitario: slo all lejos sobre el malecn
percib un montn de ropa y en medio de la ra la cabeza de un hombre
que nadaba y que no pude entonces reconocer.

Sin cuidado alguno, porque estaba bien acostumbrado a ello, me zambull
y comenc a nadar en la direccin de la cabeza que vea sobre el agua.
No tard en averiguar que aquella cabeza perteneca a fray Melitn y
desde entonces con ms fuerza me dirig nadando adonde estaba. Pero l,
que no me reconoci, y a quien sin duda molestaba ser conocido se alej
nadando y yo le segu con esperanza de alcanzarle. Tanto nad que al fin
me hice cargo de que me estaba alejando demasiado de la orilla. Pensar
esto, volver la cabeza, ver la orilla lejana y sentir un miedo cerval
fu todo uno.

El miedo me dej yerto. Sent que el fro me penetraba y que pronto iba
a paralizar mis piernas y mis brazos. En fin, sospech que estaba
corriendo un grave peligro de muerte, y esta sospecha no contribuy,
como cualquiera puede calcular, a tranquilizarme. Di rpidamente la
vuelta, pero si antes me pareci la orilla lejana ahora me pareci la
misma costa de la Amrica. Entonces me decid a gritar:

--Fray Melitn! fray Melitn!

--Qu pasa?--respondi ste alarmado por lo extrao de aquel grito.

--Que me ahogo, fray Melitn!

Fray Melitn nad con fuerza hacia el sitio donde yo estaba.

--Qu dices, muchacho?--exclam al mismo tiempo reconocindome.

--Que me ahogo! que me ahogo!

--No puedes sostenerte hasta que yo llegue?

--Creo que s.

En efecto, as que le vi nadando hacia m me acudieron repentinamente
las fuerzas, pues slo el miedo y no la fatiga las haba paralizado.

--Qu te pasa?

--No s... Creo que tengo fro--respond por no confesar mi miedo.

--Cgete al cinturn de mi calzoncillo... Podrs mover las piernas?

--S.

Y haciendo lo que me ordenaba puse una mano sobre su cintura y con este
solo apoyo y nadando con las piernas llegamos perfectamente a la orilla.

Una vez all qu se figura el lector que hizo aquel buen hombre? Pues
emprenderla a mojicones conmigo... por burro!

--Si no sabes nadar grandsimo burro para qu vas adonde te cubra?
Eres un burro! Quin, si no un burro se va al medio de la ra sin
saber nadar?

Tantas veces me llam burro el bueno de fray Melitn que no s cmo en
aquel mismo punto no me brotaron las orejas.




XX

EL CACHORRILLO


No recuerdo cunto me cost. Tengo una idea de que di por ella todo el
dinero que tena en la hucha, que sumara lo menos cuatro o cinco
pesetas en calderilla. Adems entregu una cadenita de plata, algunos
botones dorados de un frac viejo de mi padre y una navajita que me
haban regalado.

A pesar de todo qued convencido de que Ovidio, el hijo del boticario de
la calle de la Fruta, haba tenido un momento de extravo y que yo haba
abusado miserablemente de este muchacho cambiando aquellas baratijas por
su pistola.

Porque era una pistola, una verdadera pistola que se cargaba con
plvora, no uno de esos ridculos juguetes que nos regalaban nuestros
parientes por las ferias de San Agustn y que se disparan con un muelle.

Cmo vino a poder de Ovidio esta arma? Lo ms probable es que
perteneciese a un hermano mayor que haba llegado de Cuba haca unos
meses. Lo sospech pensando en la facilidad y aun la prisa con que de
ella se desprendi. Si hubiera llegado a sus manos por un camino
honrado, es seguro que la habra conservado en su poder con el mismo
agrado, qu digo agrado! con el mismo entusiasmo que yo la hice ma.

Parece que la estoy viendo con su can pavonado y sus llaves bruidas.
La culata era obscura y charolada. Compr un cuartern de plvora y una
cajita de pistones y recuerdo con emocin la primera vez que la
dispar. Fu en el bosque de la Magdalena, prximo a Avils, cosa de dos
o tres kilmetros. Para este trascendental experimento se reunieron
cinco o seis chicos de la escuela. Y en medio de ellos, caminaba hacia
el campo de operaciones plido y agitado, como si fuese a un duelo.
Despus de cargarla cuidadosamente, segn las instrucciones que Ovidio
me haba dado, despus de haber puesto el pistn en la chimenea,
permanec con ella en la mano presa de amarga incertidumbre. Qu
resultara de aquello? Mis compaeros y yo nos mirbamos unos a otros y
a todos nos lata el corazn como si se jugase en aquel ensayo nuestra
existencia. Al fin, armndome de valor, me destaqu del grupo, avanc
unos pasos y grit: A la una! a las dos!... a las tres! Pum!

El estampido caus en nosotros un estremecimiento, pero muy
especialmente en m, como debe suponerse. Sin embargo, todos al punto
recobran el valor, todos quieren disparar la pistola. Me cost no poco
trabajo reprimir los mpetus de aquellos hroes. Fu, no obstante, lo
bastante magnnimo en tal ocasin, para gastar el cuartern de plvora y
buena parte de los pistones. Regresamos a nuestros hogares cubiertos de
gloria y con el corazn henchido de sentimientos blicos.

As que se divulg entre la juventud de las escuelas la nueva de que era
poseedor de aquella arma preciosa, me vi rodeado de aduladores. Cuando
un hombre logra acaparar una cantidad respetable de fuerza, los dems
acuden a l por un impulso irresistible, como las raspaduras del acero
hacia el imn. Tal acaeci al califa Omar, a Pedro el Grande de Rusia, a
Napolen; tal me acaeci a m. Desde entonces no me vi libre ya de un
enjambre de cortesanos, especie de guardia fiel, que me segua a todas
partes ansiando participar de mi imperio y tomar parte en las felices
aventuras que aquel instrumento mortfero haba de proporcionarme.

En la escuela sujetos que antes me despreciaban profundamente, mirbanme
ahora con respeto y me preguntaban al odo misteriosamente:

--Lo tienes ah?

Yo me haca el interesante.

--El qu?

--El cachorrillo.

--Lo tengo.

--Cargado?

--Ya lo creo!

Entonces aquel sujeto desdeoso me apretaba la mano con sigilo y se
alejaba en silencio para comunicar a los dems noticia de tanta
sensacin.

Debo advertir, para que el lector no se sobresalte demasiado, que el
cachorrillo estaba cargado solamente con plvora. Ni a m se me ocurri
ni a mis compaeros tampoco, introducir en l ningn proyectil.

Despus de la escuela solamos irnos a la Magdalena, aldea deleitosa
como pocas, en cuyo bosquecillo habamos recibido nuestro bautismo de
fuego. Una vez all, lejos de las miradas, aunque no de los odos de los
hombres, nos entregbamos a un tiroteo pernicioso que tena un poco
inquietos a los pacficos labradores de aquel lugar.

Sin embargo, las aventuras gloriosas no parecan. Haca seis u ocho das
que el cachorrillo estaba en mi poder y todava no haba logrado
utilizarlo para algo que pudiera ser narrado algn da a mis amigos de
Entralgo, pues en aquella poca no sospechaba que pudiera tener cabida
en mis memorias.

La fortuna vino en mi ayuda al cabo en forma semejante a la de Don
Quijote. Caminbamos una tarde hacia nuestro acostumbrado retiro de la
Magdalena, cuando acertamos a ver un zagalote de quince a diez y seis
aos que corra hacia nosotros siguiendo a una nia como de diez. La
alcanz presto y comenz a golpearla cruelmente, a tirarla del pelo y de
las orejas. Entonces yo, con el sentimiento de mi fuerza incontrastable,
le grito osadamente:

--Deja a esa nia, animal!

Levant la cabeza, y al ver el nfimo ser que se atreva a hablarle de
esta forma, qued ms estupefacto que indignado.

--S; voy a dejarla--respondi sonriendo sarcsticamente--pero es para
comenzar contigo, granujilla. Y avanz con terrible calma hacia m. Yo
en vez de retroceder avanzo tambin algunos pasos y sacando la pistola y
apuntndole al pecho exclamo colrico:

--Si das un paso ms eres muerto!

Qued inmvil, clavado por la sorpresa y dirigiendo la vista a mis
compaeros pregunt:

--No estar cargada, verdad?

--S!... cargada!... est cargada!--le respondieron a un tiempo
todos.

Entonces el zagalote se pone plido, vuelve grupas instantneamente y
emprende a correr gritando:

--No tires, chico!... No tires!

Yo le sigo corriendo tambin.

--Vas a morir! Vas a morir!

--Por Dios, no tires! Por Dios, no tires!--clamaba el pobre diablo
volviendo de vez en cuando la cabeza con terror.

--Vas a morir!... Vas a morir!--replicaba yo lgubremente entre
colrico y alegre.

Al fin me cans de seguirle y volv hacia mis compaeros, que me
acogieron con estruendosa alegra. Cunto remos, cunto celebramos
aquel triunfo! No nos hartbamos de recordarlo pintando el miedo de
aquel gran zngano con rasgos cada vez ms cmicos. Y as que llegamos a
la villa cada uno de mis compaeros fu una bocina poderosa que esparci
la nueva por todos sus mbitos.

De tal modo, que cuando al da siguiente por la maana entr en la
escuela un poco tarde, todos los ojos se volvieron hacia m con viva
curiosidad y admiracin. Me sent en mi banco, pero an all me seguan
las miradas de los compaeros. Yo paladeaba mi triunfo con deleite, pero
en actitud modesta. Ah, cun lejos estaba de sospechar que tena cerca
la roca Tarpeya!

Recuerdo que el maestro se hallaba frente al encerado y nos explicaba
una operacin de quebrados. Su amplia levita flotaba majestuosa a medida
que su brazo, provisto de unas mangas postizas de percalina negra para
no ensuciarse, iba trazando cifras y borrndolas despus con una
esponja. Pero aquel da nadie reparaba en la levita, ni en las mangas de
percalina ni en la esponja ni en las cifras. Toda la atencin de la
escuela estaba concentrada sobre m o, por mejor decir, sobre mi
pistola.

Uno de mis amigos ms ntimos, que estaba cerca, se inclin y me dijo en
voz baja:

--Mariano quiere ver la pistola. Djamela un momento.

Me resist porque tena miedo de que don Juan se volviese de pronto. Sin
embargo, mi amigo insisti y como aquel Mariano era uno de los chicos
ms respetables de la escuela por su fuerza y yo le deba algunos
favores, tuve la debilidad de ceder.

La pistola no se detuvo en las manos de Mariano. Todos los chicos que se
hallaban cerca queran tocarla y fu pasando de uno a otro mientras yo
estaba en brasas mordindome los labios y maldiciendo de aquella
peligrosa curiosidad.

Al fin la pistola comenz a retroceder lentamente sin que don Juan
volviese la cabeza y pude recuperarla. Pero fuese porque algn chico
hubiera andado con las llaves o porque yo la tomara con harto
apresuramiento en el momento mismo de ir a meterla en el bolsillo se
dispar.

El estampido fu horroroso. Pareca que la escuela se haba venido
abajo. Don Juan cay de bruces sobre el encerado y permaneci unos
instantes inmvil. Al estampido haba sucedido un silencio de muerte.
Don Juan se volvi al cabo y su faz estaba lvida: quiz contribuyese a
ello el haberla restregado contra las cifras de quebrados que acababa de
trazar. Pase sus ojos extraviados por la escuela y como advirtiese que
los de todos se hallaban fijos en m me mir y vi la pistola. Entonces
a paso lento se dirigi al sitio que yo ocupaba.

No es fcil definir lo que por m pasaba en aquel momento. Era ms que
terror una especie de anestesia de todos los sentidos, una vaga
conciencia de que iba a morir y cierta indiferencia por la muerte. Mi
sangre toda, sin faltar una gota, debi de haberse refugiado en el
corazn, porque segn me dijeron despus mi rostro era el de un cadver.

Don Juan lleg al fin hasta m y me tom la pistola de las manos; las
suyas temblaban tanto como las mas. Sin pronunciar una palabra se
dirigi a la mesa y deposit sobre ella el arma, despojse lentamente de
los manguitos, abri un pequeo armario donde guardaba siempre su
sombrero de copa alta y lo sac y se lo puso; llam despus al pasante y
habl con l un momento en voz baja; volvi a tomar la pistola, la
examin detenidamente y cerciorndose sin duda de que no haba peligro
alguno la guard en el bolsillo; luego vino de nuevo hacia m, me tom
de la mano y en medio de un gran silencio y expectacin salimos ambos de
la escuela.

La primera idea que acudi a mi mente cuando me vi en la calle de
aquella forma sujeto por la mano de don Juan fu que me llevaba a la
crcel. Entonces resucitaron dentro de mi pequeo ser todos los
espritus muertos y me propuse no entrar en ella sino hecho pedazos. En
cuanto aflojase un poco la mano zas! daba un tirn y emprenda la
carrera.

Pero no la afloj. Llegamos a la plaza, seguimos por los arcos y en vez
de tomar la calle del Muelle, donde estaba la prisin, seguimos por la
del Rivero. Entonces comprend que me llevaba a casa y se me ensanch el
corazn. De mi padre estaba yo bien seguro. Cuando don Juan le explic
con su habitual compostura y modestia todo el negocio se mostr
grandemente colrico, asegur que iba desde luego a comenzar sus
investigaciones para averiguar de dnde proceda aquella arma y prometi
que se me castigara severamente.

Como yo esperaba, luego que don Juan se hubo ido no hizo otra cosa ms
que amonestarme sin demasiada acritud hacindome algunas reflexiones que
me impresionaron profundamente. En cambio mi madre se alarm y enfureci
lo indecible, me priv de toda golosina y no me dej salir a la calle
con mis amigos durante muchos das. Sin embargo, puedo asegurar que las
palabras de mi padre fueron medicina ms provechosa.




XXI

LA BATALLA DE GALIANA


No he ledo la descripcin de esta batalla en ninguna historia
contempornea. No la he visto tampoco citada en las efemrides de los
almanaques de pared. Creo, por tanto, que se me agradecer el que venga
a llenar un vaco en la historia militar de Espaa. Si no se me
agradece, peor para los ingratos.

La calle de Galiana, donde se ha librado, lleva hoy mi nombre. Para que
las futuras generaciones no se equivoquen suponiendo que se le ha dado
por haber sido yo el general victorioso que dirigi esta batalla me
cumple declarar que no he sido en ella ms que un humilde soldado y no
del ejrcito vencedor sino del vencido.

Descargada as mi conciencia, penetro en los dominios de la historia.

Entre Rivero y Galiana exista desde haca muchos siglos un antagonismo
irreductible. Si hablabais a un chico de Rivero de los zagales de
Galiana cruja los dientes y dejaba escapar por la nariz resoplidos de
fiera. Si mentaban delante de uno de Galiana a los rapazucos de Rivero
le verais poner los ojos en blanco y escupir. Ignoro qu agravios
podan tener los unos de los otros, pero se odiaban como si en la
antigedad existiese un Paris de Galiana que hubiera raptado a una
Helena de Rivero, o viceversa.

Por lo tanto los choques eran frecuentes. Sin embargo, aunque se hablaba
entre nosotros de formidables batallas libradas en tiempos remotos,
cuya narracin circunstanciada se conserva en los archivos del
Ayuntamiento, en el mo no se haba efectuado ninguna. Todo se reduca a
operaciones de poca monta y a torneos individuales. Un chico de Galiana
desafiaba a otro de Rivero y a la salida de la escuela se daban de
moquetes en el muelle o en el Campo Can. Algunas veces eran dos contra
dos o tres contra tres como los Horacios y Curiacios.

Estos repetidos escarceos mantenan vivo el odio secular. Por tal causa
yo, recluta disponible de Rivero, cuando iba a casa de mi ta Justina,
que habitaba en Galiana, tomaba toda suerte de precauciones hasta llegar
a su puerta. Procuraba hacerlo cuando los chicos estuviesen en la
escuela; jams los domingos; si poda ir acompaado de una criada mucho
mejor. En este ltimo caso desafiaba impvido las iras de mis enemigos,
que reducidos a la impotencia me lanzaban miradas furibundas y me
enseaban los puos.

A mi primo Jos Mara por recibirme en su huerta y jugar conmigo a los
caballitos haciendo l de cochero y yo de caballo o viceversa, se le
miraba con desconfianza entre los suyos y estuvo amenazado de un proceso
de alta traicin.

El odio as incubado y creciendo sordamente cada da, forzosamente deba
provocar una catstrofe. Los volcanes que durante muchos aos slo dan
cuenta de su existencia con algunos leves rugidos y un poco de humo,
estallan sbito con formidable erupcin.

Todos sentamos la necesidad de una batalla que decidiese para siempre
la cuestin de la hegemona en Avils.

Comenz a trabajar la diplomacia. Nuestro servicio de espionaje nos
inform de que nuestros adversarios haban pactado una alianza ofensiva
y defensiva con los chicos de Miranda, la parroquia rural ms prxima a
su barrio. Estos aldeanitos de Miranda eran numerosos y gozaban fama de
osados y aguerridos.

El caso era serio.

Por nuestra parte, entonces, se iniciaron secretas inteligencias con los
campesinos de las parroquias de Villalegre y la Magdalena, los cuales
nos ofrecieron algunos contingentes. Tambin buscamos apoyo en los
franceses de la Fbrica de vidrios. Yo fu comisionado para hablar con
mi amigo Rodolfo Dinten, un francesito rubio, guapo y robusto, hijo de
uno de los principales operarios de la fbrica. Este me sugiri
confidencialmente que aunque sus compatriotas se negasen a intervenir en
la guerra l por su parte se hallaba resuelto a batirse con nosotros
hasta exhalar el ltimo suspiro.

Las negociaciones diplomticas y los preparativos tcnicos se
prolongaron desde el mes de Marzo al de Mayo. Todos nos hallbamos
extraordinariamente nerviosos. Tragbamos sin apetito la merienda que
bamos a buscar a casa despus de la escuela y nos eternizbamos en
inacabables conversaciones que se prolongaban hasta la noche. Nuestro
Estado Mayor concertaba el plan de la batalla con tanto desconcierto que
enronqueca a fuerza de discutir y no acababa de concertarse. La demora,
sin embargo, aunque forzosa, no dejaba de convenirnos. La preparacin
era ms slida y escrupulosa; nuestras alianzas se consolidaban. Por
otra parte desebamos que la batalla se librase en una de las tardes ms
largas del ao, porque no estbamos seguros de parar el curso del sol
como Josu.

Al fin qued resuelto que fuese el prximo sbado al salir de la
escuela. La batalla deba reirse por convenio tcito entre ambos
ejrcitos en la calle de Galiana por razones especiales que paso a
exponer.

Esta calle, segn se asciende de la Plaza, tiene a la derecha amplios
soportales bastante elevados sobre el resto de la va, por donde
discurren los transeuntes. La parte baja, destinada casi exclusivamente
a los vehculos de rueda, no contaba a su izquierda en aquel tiempo con
edificio alguno. Por lo tanto all se poda combatir libremente sin
grave riesgo para los neutrales.

Apenas terminado el rosario, que diriga siempre los sbados nuestro
venerable maestro don Juan de la Cruz, salimos tumultuosamente de la
escuela y fuimos todos a formar en los soportales de Rivero. All
tenamos preparadas nuestras municiones, un gran montn de piedras con
las cuales llenamos nuestros bolsillos hasta desgarrarlos. Ningn
guerrero que yo sepa pudo aquella tarde tragar la merienda.

Una gran decepcin nos aguardaba. Los prometidos contingentes de
Villalegre y la Magdalena no acababan de llegar. En cambio la Francia
estaba magnficamente representada por una docena de chicos de la
fbrica, giles, vigorosos, atrevidos como lo son casi siempre los
soldados de esta heroica nacin.

Cansados de esperar intilmente, nos decidimos al fin a prescindir de
las fuerzas aliadas rurales y en apretada falange nos dirigimos en
silencio hacia Galiana.

Formados tambin y cada cual con su piedra en la mano nos aguardaban
all nuestros enemigos. Una gran gritera nos acogi y una espesa nube
de piedras cay casi al mismo tiempo sobre nosotros. De nuestras manos
parti inmediatamente otra descarga no menos temerosa.

El fuego se generaliz. Durante algn tiempo ambos ejrcitos mantuvieron
sus posiciones respectivas. Despus comenz el vaivn natural en estos
casos; tan pronto avanzbamos como retrocedamos.

Haba muchos heridos? No, porque unos y otros procurbamos conservar
saludable distancia y los proyectiles rara vez alcanzaban a nuestras
filas. Por desgracia yo fu uno de los pocos alcanzados. Una piedra me
di en la mejilla y me sac sangre. Para enjugarla ech mano de mi
pauelo sin recordar que con l haba limpiado haca un instante el
banco de la escuela donde se me haba vertido el tintero. Puede
figurarse cualquiera lo que sucedera. Entre la sangre y la tinta
mezclada mi rostro ofreca un aspecto tan aterrador, segn me aseguraron
despus mis compaeros, que estuvo a punto de hacer flaquear su nimo.
Sin embargo, yo no senta dolor alguno y segu combatiendo hasta el
final.

La batalla se prolong as largo rato. Al fin observamos con alegra que
el enemigo comenzaba a retroceder sin tratar de recuperar el terreno
perdido. Este retroceso inesperado nos envalenton de tal suerte que nos
arrojamos a perseguirlo de cerca y con bro. As fuimos llevndole hasta
lo ms alto de la calle. Mas cuando ya le creamos en plena derrota y
prximo a refugiarse cada cual en su vivienda, he aqu que surge de
improviso de los soportales donde se hallaba escondido un enjambre de
chicos de Miranda que cay sobre nosotros acribillndonos a pedradas.

Aquel retroceso haba sido una traidora emboscada.

En nuestras filas la sorpresa produjo bastante turbacin y retrocedimos
desordenadamente. Pronto nos repusimos, sin embargo, y comenzamos a
disputar el terreno palmo a palmo.

Sin duda la retirada era de absoluta necesidad. El ejrcito enemigo,
engrosado con aquel socorro, era muy superior al nuestro. Supimos, no
obstante, llevarla a cabo con tanta serenidad y acierto que quedar en
la historia como uno de los ms famosos hechos de armas. No fu tan
larga y difcil como la de los diez mil griegos mandada por Jenofonte,
pero s tan peligrosa.

Por medio de hbiles y furiosos contraataques de nuestra retaguardia
mantuvimos en respeto al enemigo. Rodolfo Dinten, Sidrn el
_Chocolatero_, Luis Orovio, Floro Vidal realizaron prodigios de valor y
sangre fra. Es deplorable que tales hazaas permanezcan sepultadas en
los archivos del Ayuntamiento y no alcancen en nuestro pas la
notoriedad que merecen.

Nos retirbamos pues en perfecto orden y causando dao al enemigo cuando
al llegar al sitio en que la calleja de los _Cuernos_ confluye con la
calle de Galiana observamos que un grupo numeroso de enemigos se
precipitaba por ella. Esta calleja, cuyo nombre harto agresivo supongo
que ya se habr cambiado por otro ms apacible, termina en la calle de
la Cmara, la cual a su vez desemboca en la Plaza. De modo que nuestros
enemigos marchando por ella podan tomarnos entre dos fuegos. Si el
lector se procura un plano de Avils podr seguir, mediante mis
indicaciones, los accidentes y episodios de esta memorable batalla.

Inmediatamente nos dimos cuenta del peligro que ofreca aquella maniobra
envolvente. Nuestra retirada se hizo entonces ms rpida aunque sin
llegar al desorden. El lector no se admirar de ello porque tampoco a
l le agradar seguramente que le cojan por la espalda.

Nuestros enemigos, juzgndonos en vergonzosa huda cerraron la distancia
de sus lneas y nos persiguieron ms de cerca. Uno de ellos bien osado
lleg a ponerse en contacto con nuestra retaguardia. Este guerrero
temerario era _Beln_, uno de los ms valientes campeones de Galiana.

Confieso que a todos nos infunda respeto aquel hroe. No era un
seorito, sino hijo de un menestral, fuerte por naturaleza y contando
algunos aos ms que nosotros. Algunos suponan que tena ya catorce. Yo
no creo que hubiese alcanzado una edad tan avanzada. De todos modos nos
llevaba la cabeza en estatura y mucha ventaja por la fuerza de sus
puos. Fiando en esta fuerza el insensato no slo se puso en contacto
con nuestra retaguardia sino que penetr en ella y no satisfecho an
avanz casi hasta el centro de nuestras tropas asestando terribles
puetazos a uno y otro lado.

Entonces por movimiento instintivo y simultneo, sin que la voz de
ningn jefe hubiese dado la orden, las filas se apretaron contra l de
modo que le hicieron imposible toda ofensiva. Trat con fuertes
sacudidas de romper aquella espesa red que le sujetaba, pero fueron
intiles sus esfuerzos.

Arrastrndole de esta suerte en nuestra retirada lleg con nosotros
hasta la Plaza. El enemigo, que haba visto con dolor la desaparicin de
uno de sus caudillos ms reputados, trat de rescatarlo persiguindonos
todava en un paraje donde saba perfectamente que estaba prohibida la
lucha armada. Pero en aquel instante la fuerza coercitiva del Estado,
representada por el octogenario alguacil Marcones, hizo su aparicin
habitual; levant amenazador su viejo bastn de espino, y sbito las
fuerzas de Galiana quedaron paralizadas y no tardaron mucho en retraerse
a sus antiguas posiciones.

Un rugido de alegra se escap de nuestros pechos. Habamos perdido la
batalla pero tenamos en nuestro poder a Beln, al mortfero Beln,
orgullo y esperanza de su barrio. Todava quiso zafarse poniendo en
tensin sus msculos poderosos, mas todos sus intentos se estrellaron
contra el nmero incalculable de manos que le sujetaron. Entonces,
comprendiendo que no exista posibilidad de salvacin cesaron sus
esfuerzos y adopt una postura altanera y estoica que nos impresion
profundamente. Ni un grito, ni una palabra, ni un movimiento: se dej
conducir tranquilamente.

Adnde? He aqu la pregunta que nos hicimos en seguida. Deliberamos
ansiosamente porque el tiempo apremiaba. No conocamos en nuestras
tierras fortaleza alguna donde pudiramos guardarlo, y estbamos ya a
punto de dejarle en libertad cuando uno de nuestros compaeros tom la
palabra para manifestar que en su casa haba una cuadra donde no se
guardaba caballera alguna desde haca largo tiempo y que bien podra
hospedar a nuestro prisionero.

As se realiz punto por punto. Le llevamos hasta el final de la calle
de Rivero. Nuestro compaero entr en su casa, y cerciorndose de que
nadie poda estorbar nuestro designio, hizo una seal, y cuatro nmeros
sujetando al prisionero le introdujeron secretamente en la cuadra y all
le dejaron amarrado al pesebre. Lo que todava hoy me admira al
recordarlo, es que se dej atar sin oponer resistencia, sin pronunciar
siquiera una palabra.

Era un caudillo de rara energa y sus ideas acerca del honor militar
dignas de aplauso.

Cmo lleg a conocimiento del propietario de la casa y pap de nuestro
compaero que tena en su cuadra amarrado un bpedo en vez de un
cuadrpedo? Nunca pudimos averiguarlo. Lo cierto es que no se haba
pasado todava media hora, cuando en un estado de clera increble baj
a la cuadra, desat al noble adalid de Galiana y con las mismas cuerdas
que le aprisionaron aplic tantos zurriagazos al alcaide de la fortaleza
que seguramente no le quedaron ms ganas en su vida de guardar
prisioneros.

Este famoso Beln logr ms tarde a costa de laudables esfuerzos seguir
y terminar la carrera de Medicina. Se llam don Abel Garca Loredo y fu
uno de los facultativos ms acreditados de Oviedo, donde falleci hace
bastantes aos.

Alguna vez sentados en los divanes del Casino nos entretenamos
alegremente recordando nuestra edad infantil. Cuando yo le traa a la
memoria este episodio rea a carcajadas exclamando:

--Cosas de la guerra!




XXII

EL SUICIDIO DE ANGUILA


Los lectores se acordarn, seguramente con horror, de aquel bandido
apodado Anguila, que en compaa de otro facineroso a quien llamaban
Antn el zapatero, nos asalt en el camino de San Cristbal a mi amigo
Alfonso y a m cuando nos propusimos hacer vida solitaria y eremtica.

Voy a narrar ahora en qu forma intent despojarse de la vida este
sujeto.

Pero antes bueno es que comunique al universo entero, para que nadie se
equivoque respecto a su temperamento moral, algunos datos que le han de
hacer ms odioso. Si an vive (cosa que sentira) no dudo que
experimentar honda confusin y vergenza y esto es precisamente lo que
me propongo.

Es de saber que despus de haberme maltratado indignamente so pretexto
de ensearme el ejercicio de las armas, me obligaba a hacerle el saludo
militar cada vez que le encontraba en la calle. Y si me descuidaba de
ello me lo recordaba dolorosamente con un puntapi o una bofetada. Al
aproximarse a l era necesario cuadrarse y hacerle la venia. Entonces
dirigindose a sus compaeros les deca guiando un ojo:

--A este chico le he enseado yo el ejercicio. Por eso me respeta
siempre como su capitn.

Este payaso inmundo era popular en Avils y sus farsas muy celebradas.
A tal punto puede un pueblo equivocarse respecto al valor de sus
hijos!

Por las ferias de San Agustn acudan a nuestra villa muchos forasteros.
Algunos llegaban de Madrid. Anguila tena noticias de esta gran ciudad,
no por la Geografa, pues seguro estoy de que en su vida haba tomado un
libro en las manos, sino por las noticias fantsticas de estos
forasteros. Entre ellos haba quien diverta sus ocios arrojando monedas
de cobre envueltas en un papel desde el muelle a la hora de la marea,
para que los pilluelos zambullndose las cogiesen con los dientes.

Anguila sobresala de tal modo en tan noble ejercicio que no tena
rival.

Jams se haba visto en Avils un pez ms acutico que Anguila.

Cuanto pueda hacer un cetceo dentro del agua l lo haca.

Yo creo que algo ms.

En las mareas vivas se arrojaba de cabeza a la ra desde el puente de
San Sebastin, que tena una altura considerable, desapareca de nuestra
vista y al cabo de largo tiempo surga all lejos, muy lejos, haciendo
muecas horrorosas. Y como su piel era dura, negra, curtida y como el
cabello cerdoso le llegaba hasta cerca de los ojos, cuando asomaba medio
cuerpo fuera del agua pareca realmente una foca marina apresada en las
costas de Terranova.

Pero el momento en que se mostraba con verdadero esplendor su naturaleza
de anfibio era en las fiestas nuticas celebradas durante las ferias de
San Agustn. Se puede afirmar que Anguila era el hroe de estas fiestas.
Ninguno logr jams divertir tanto al pblico ni hacerse aplaudir tan
calurosamente. Si se trataba de atrapar un bolsillo con dinero colocado
en la punta de un mstil horizontal bien untado de sebo, Anguila a
fuerza de intentarlo y caer infinitas veces al agua lograba al fin con
destreza increble apoderarse del dinero y al arrojarse al agua con el
bolsillo en la mano lanzaba un hurra! estentreo al cual responda el
pblico con estruendoso palmoteo.

Cuando haba carreras de patos y a estos desgraciados animales se les
colgaba con la cabeza abajo de un bauprs, y los botes pasaban a todo
remo por debajo conduciendo los efebos desnudos en pie sobre la popa,
era de ver a Anguila lanzarse al aire como un pjaro de presa y clavar
sus garras en el cuello del pato y quedar colgado de l hasta que se lo
arrancaba.

Que me perdonen los manes de los seores de la comisin de festejos de
la villa si afirmo que tal recreo era brbaro, cruel y digno solamente
de un hereje como Anguila.

Cuentan que ste durante unas ferias lleg a ganar la respetable
cantidad de ocho duros y que una vez rico concibi la idea de viajar.
Comunicla con Antn el zapatero, su cmplice, y como ste le diese su
aprobacin determinaron para dar comienzo trasladarse ambos a la capital
de Espaa.

Nada de cuanto voy a narrar he presenciado. Lo s por la voz pblica.
Pero como hizo mucho ruido en Avils y no dejar de haber all algn
personaje prehistrico que lo recuerde no temo garantizarlo como
rigurosamente exacto.

Salieron, pues, una maana estas buenas piezas de nuestra villa sin dar
un tierno adis a sus familias y llegaron a Oviedo en una jornada
caminando a pie, como era entonces la moda. Hicieron noche en esta
ciudad, durmiendo al aire libre, lo cual no puede ser ms higinico, y
al da siguiente prosiguieron su marcha hacia Len, adonde llegaron al
cabo de cuatro.

Una vez en Len qu impresiones agitan el nimo de Antn el zapatero a
la vista de esta ciudad? Nada menos que un sentimiento de nostalgia
irresistible. Al menos esto fu lo que hizo presente a su compaero
Anguila. Lo que no dijo es que todas aquellas noches haba tenido
pesadillas espantosas. Vea constantemente a su padre con el tirapi en
la mano hacindole reflexiones. Y pensando, sin duda, que estaba amagado
a un desarreglo del estmago o quiz a la neurastenia determin volverse
a respirar de nuevo los aires natales.

Anguila trat de oponerse, pero fu en vano. Se discuti largamente el
asunto y al cabo qued resuelto que Antn se volviera y Anguila
continuara solo el viaje.

Inmediatamente se present un problema que siempre es de difcil
solucin, al menos en nuestro planeta, el problema del dinero. Antn
quera llevarse la mitad de lo que haba en caja, o sea sesenta reales.
Anguila no quera darle ms que veinte. Hubo disputa muy agria y
estuvieron a punto de venir a las manos. Al fin predomin el dictamen de
Antn, porque si Anguila semejaba mucho a un gorila, Antn era un
verdadero tigre de Hircania.

Cuando este tigre lleg a su madriguera de Avils no se sabe lo que all
pas; pero entre nosotros los chicos de la escuela corri como muy
vlido el rumor de que haba tenido que ir al mdico para arreglarle la
piel. Mentira si dijese que no me haba alegrado.

En cuanto al gorila, as que se vi solo crecieron sus nimos, cosa que
nada tiene de sorprendente tratndose de un animal salvaje.

El ferrocarril del Noroeste de Espaa no llegaba entonces ms que a
Len. Anguila se fu a la estacin, comi un panecillo y un pedazo de
queso en la cantina, bebi un vaso de vino y se puso a dar paseos
gravemente por el andn, como un rentista, esperando la hora del tren.
Pregunt cul era la estacin ms prxima y como le nombrasen Torneros,
cuando lleg el momento de sacar los billetes pidi en la taquilla uno
de tercera para Torneros, que le cost solamente algunos cntimos.

Los viajeros eran numerosos porque se acumulaban los que haban llegado
en las diligencias de Asturias y Galicia: Anguila observ en qu coche
haba ms gente y all se encaj. En los departamentos de tercera suele
viajar la gente menos aromtica pero tambin la ms franca y afectuosa.
Fuera del coche podrn ser los unos para los otros lobos feroces, pero
en cuanto all se acomodan todo es cordialidad y alegra y fraternidad y
cuchipanda. Los caballeros no llevan abrigos de pieles sino groseros
sacos al hombro; las seoras enormes cestas cargadas de legumbres en vez
del primoroso _cabs_ con las joyas; mas no por eso maldicen de la
existencia.

A esta sociedad trat de hacerse pronto simptico Anguila, y lo
consigui fcilmente. A uno le quitaba el viento con su gorra para que
pudiese encender el cigarro, a otro le desembarazaba del saco o de la
cesta colocndolos debajo del asiento, a los nios les sentaba sobre sus
rodillas y les enseaba juegos de manos. Nada de esto necesitaba para
obtener la benevolencia de los viajeros, porque repito que en los coches
de tercera se practican todas las virtudes cristianas de una vez.

A los quince minutos era all popular. Uno le regalaba la mitad de un
chorizo, otro le daba nueces, otro le haca beber un trago de su bota, y
haba quien le daba pescozones cariosos llamndole granuja. El se
dejaba querer. Por supuesto, haba tenido cuidado de manifestar que iba
a Madrid, de lo cual nadie dud porque llevaba siempre empuado su
billete en la mano izquierda.

Mas he aqu que hallndose asomado a la ventanilla cuando el tren
marchaba a toda velocidad, se le oye lanzar un grito lastimero.
Inmediatamente vuelve la cabeza con tales seales de consternacin en el
rostro, que los viajeros, asustados, le preguntan a un tiempo:

--Qu te pasa, chico?

--Se me cay!, se me cay!--gimi Anguila desesperadamente.

--Qu te ha cado?

--El billete...! Se me cay el billete!

Y sus mejillas se baan de lgrimas porque este pcaro tenia la rara
facultad de llorar cuando le daba la gana. Lloraba tan amargamente y
estaba tan feo llorando, que todos se sintieron conmovidos.

--Pero cmo fu eso, chico?

l, entre suspiros y lgrimas, explicaba que no saba cmo haba sido...
Estaba descuidado..., la mano se le haba aflojado..., el viento era muy
fuerte. Y venga llorar y suspirar y moquear.

--No te apures nio--dijo uno--. Ya veremos cmo se arregla eso.

--Ya lo creo que se ha de arreglar! No faltaba ms!--exclam otro.

Inmediatamente se form un conclave y se discuti con calor el asunto.
Los hombres, en general, opinaban que cuando llegase el revisor se le
deba explicar con franqueza lo acaecido, pensando que sera suficiente
para que no hiciese bajar al muchacho. Las mujeres no se fiaban del
revisor, encontraban ms seguro ocultar al chico, para lo cual haba
bastante acomodo con sus faldas.

Predomin, como siempre, la opinin de las mujeres. Unos y otros se
estuvieron relevando a la ventanilla para espiar la venida del empleado
y cuando le vieron, Anguila se hizo un pequeo ovillo de algodn y qued
disimulado entre los pliegues de una basquia.

Los viajeros hallaban tan divertido este juego, que rean sin cesar.
Trataban a aquel malhechor con afectuosa atencin y le regalaban y le
mimaban como si fuese su propio hijo.

Al llegar a Madrid tambin pas la puerta de la estacin oculto entre
tres o cuatro mujeres que se apretaban unas contra otras ms de lo
razonable. En cuanto se vi fuera y libre despidise de aquella buena
gente diciendo que iba en busca de un hermano que all tena, y se lanz
a las calles de la corte tan alegre como el pjaro que por vez primera
abandona el nido.

Era necesario estirar, cuanto fuese posible, los tres duros mal contados
que tenia en el bolsillo. Por lo tanto, en vez de montar en un coche de
punto y hacerse trasladar al hotel de Pars, compr un bollo de pan en
el primer puesto que hall y por dos cuartos ms tom el caf con que le
brindaba un vendedor ambulante en la esquina de la Cuesta de San
Vicente.

Aquella noche durmi patriarcalmente sobre uno de los bancos de la plaza
de Oriente.

Se propuso aprovechar el tiempo y no partir de Madrid sin ver todo lo
que de notable encierra, ya que calculaba que no haba de permanecer
muchos das. Todo lo visit, pues, rpidamente, las calles principales,
los barrios bajos, la Casa de Fieras, el Palacio Real, los Museos, los
teatros, el Congreso de los Diputados, etc., etc. No hay para qu
advertir que lo vi todo por fuera porque Anguila haba vivido siempre
al aire libre y no era cosa de romper con sus hbitos. Los leones de
bronce del Congreso, acabados de fundir con los caones tomados a los
moros, le interesaron muchsimo. No entr en el Saln de Conferencias
porque odiaba la poltica. En cambio, como el Derecho penal era su
especialidad, asisti muy cerca y sin perder un detalle a la ejecucin
de un reo en el Campo de Guardias. Lo que algo vale algo cuesta. Su
curiosidad cientfica le cost algunos puntapis de los agentes de Orden
pblico, pero los di por bien empleados puesto que haba logrado
presenciar un espectculo que ni Antn el zapatero ni ninguno de sus
camaradas de Avils veran probablemente en su vida.

Ignoro cuntos das emple en ilustrar su joven inteligencia de esta
suerte. No debieron de ser muchos, porque aunque la cama le sala
barata, los comestibles eran caros ya en aquella poca. De todos modos
tan agradable temporada se hubiera prolongado un poco ms, si no fuese
porque una maana, al despertarse en su marmreo lecho de la plaza de
Oriente, se encontr con que durante el sueo le haban desembarazado de
las pocas pesetas que le quedaban. No llor, porque Anguila aborreca
las cosas intiles. Se content con proferir con voz recia sucesivamente
y en ristra, todas las blasfemias y palabras sucias que haba logrado
aprender en su pueblo natal. Se dir que esto es tambin intil. No
tanto; algunas blasfemias proferidas con adecuada entonacin, pueden
salvar a un hombre de un derrame biliar o clico nefrtico.

Aunque libre por el momento de estos accidentes, Anguila no pudo menos
de pensar que su situacin distaba un poco de ser brillante. Poco
despus comprendi, igualmente, que si algo haba indispensable para l
en aquel momento era almorzar. En consecuencia, dirigi sus pasos hacia
la taberna donde sola hacerlo desde que haba llegado, comi lo que
tena por costumbre y aprovechando la distraccin de la tabernera que,
por otra parte no le vigilaba considerndole ya como parroquiano, logr
salir sin ser notado y se alej velozmente de aquellos lugares. Era
domingo. Estbamos en los primeros das de Septiembre; el tiempo
esplndido; temperatura agradable; grande animacin por las calles.
Aunque sus negocios le preocupaban un poco, Anguila goz como cualquier
ciudadano bien acomodado de estas ventajas naturales y sociales.
Recorri las calles, entr en las iglesias, pase por la acera de las
Calatravas y cuando lleg la hora se fu, como siempre, a escuchar la
msica y presenciar el relevo de la guardia del Palacio Real. En la
Puerta del Sol vi a unos chicos limpiando el calzado de los transeuntes
y, sbitamente, le acometi la idea de hacerse limpiabotas. Pero apenas
nacida la idea la desech con desprecio. Limpiabotas! Puf! Lo ltimo
que l sera en este mundo.

No hay forastero en Madrid que los domingos por la tarde no vaya a
pasearse a la Castellana o al Retiro. Anguila opt por este ltimo
punto, como ms pintoresco y divertido. El real sitio, del cual todava
una parte estaba vedada para el pblico, rebosaba de gente. La burguesa
madrilea se derramaba por sus caminos arenosos produciendo con su
charla y su risa un gozoso rumor que Anguila aspir deliciosamente. Le
pareca hallarse todava en las ferias de Avils. Innumerables nios que
corran riendo, gritando y se caan y lloraban, seoras elegantsimas,
mancebos que jugaban a la pelota, grupos de hermosas jvenes que
saltaban a la cuerda, apuestos militares que las miraban y
requebraban... Pero lo que ms atraa su atencin y ms le interesaba
era, como debe suponerse, el gran estanque que surcaban algunas
barquichuelas tripuladas por marineritos acicalados como los de las
cajas de bombones. Puede calcularse el desprecio y la risa que a Anguila
inspiraban estas barcas y estos marineros.

Aquel da se amontonaba una muchedumbre inmensa en las orillas del
estanque. Anguila miraba al estanque, miraba a la gente y se hallaba en
un estado contemplativo sin pensar absolutamente en nada cuando de
pronto nace en su cerebro una idea maravillosa.

Fu una de esas ideas que slo acuden a los hombres cuando Dios quiere
demostrarles que su providencia jams deja de velar por ellos.

Di vuelta lentamente al estanque y despus de haberse cerciorado dnde
haba ms gente y dnde estaban ms lejanas las lanchas, se encarama
velozmente sobre la barandilla de hierro, da un grito desgarrador y se
precipita en el agua.

A este grito contestaron otros cien que partieron de la muchedumbre.

--Un nio se ha cado al agua!

--No; se ha tirado! Lo he visto yo!

--Se ha cado!

--Le digo a usted que se ha tirado.

Anguila haba desaparecido debajo del agua y qued oculto unos
instantes, pero al cabo asoma el rostro haciendo muecas horribles,
agitando las manos como quien lucha con la muerte. Vuelve a sumergirse y
otra vez aparece gesticulando, chapoteando, gritando:

--Madre!... Madre del alma! Socorro!

--Que se ahoga ese nio! Salvad a ese nio!--gritaban de todas partes.

Anguila desapareca otra vez, permaneca unos instantes bajo el agua y
de nuevo apareca con el rostro ms descompuesto todava, exhalando
gemidos lastimeros.

El pblico se agitaba, gritaba, pero nadie se atreva a tirarse al agua.
Hay que comprender que Madrid es el pueblo ms interior de Espaa.

Las mujeres convulsas, frenticas increpaban a los hombres.

--Salvad a ese nio, cobardes!

Las lanchas se hallaban en el extremo opuesto. Una de ellas vena ya
remando hacia el sitio, pero antes de que llegase tena tiempo el chico
de ahogarse diez veces.

Al fin un hombre, el mismo que afirmaba haberle visto tirarse se despoj
rpidamente de la chaqueta diciendo:

--El se ha tirado; yo lo he visto por mis ojos... pero no importa.

Y se arroj al agua. Nad unos instantes, se aproxim con cautela al
chico y tomndole por los cabellos en el momento en que apareca otra
vez le arrastr hacia la orilla. All numerosas manos se apresuraron a
izarle.

Anguila pareca medio asfixiado. Quisieron volverle la cabeza para que
soltase el agua que haba tragado pero l se opuso enrgicamente a esta
operacin. Un grupo inmenso de gente le rodeaba. El hombre que le haba
salvado y que a todo trance quera hacer valer su opinin le pregunt:

--Te has cado o te has tirado?

--Me he tirado!--balbuce Anguila.

--Y por qu te has tirado?

--Porque... porque quera matarme!

--Y por qu queras matarte?

--Porque estoy muerto de hambre!--profiri entre sollozos aquel
tunante.

La noticia corri como un reguero de plvora por la multitud.

Un nio que trat de suicidarse por estar en la ltima miseria, se
decan los unos a los otros. Un tierno sentimiento de compasin se
apoder de todos los corazones. En un momento se recaud all un montn
de calderilla y algunas pesetas. Metieron todo este dinero en un pauelo
y se lo entregaron al nufrago.

Pero ya algunos guardas haban llegado, los cuales se empearon en
llevarle a la Casa de Socorro. Antes de hacerlo un caballero anciano
elegantemente vestido se abri paso entre la gente y llegando hasta el
suicida le habl con el mayor afecto y le di una tarjeta para que se
pasase por su casa.

En la de socorro metieron al buen Anguila en la cama mientras le secaban
la ropa. Una vez seco y restaurado y dueo de algunas pesetas se dirigi
al palacio del conde de F., cuya era la tarjeta que le dieran. Este
caritativo seor se enter con emocin de la historia lamentable que a
Anguila le plugo ensartarle, le hizo dormir en su casa y al da
siguiente le envi con un criado a la estacin del Norte. All le dieron
un billete para Len y otro para la diligencia hasta Oviedo.

Esta es la historia verdica del suicidio de Anguila. Yo he presenciado
una repeticin desde el muelle, porque alguna vez haca rer a sus
amigos parodindolo.

Haba que ver a aquel payaso hundirse en el agua y aparecer medio
asfixiado pidiendo socorro con las ansias de la muerte!

Al sujeto que le salv la vida le dieron, a peticin de la Prensa, la
cruz de Beneficencia.




XXIII

PEDRO MENNDEZ


Las ferias de Avils tienen, como todo el mundo sabe, la misma
significacin histrica que los Juegos Olmpicos de la antigua Grecia.

Si hubiese tropezado en mi infancia con un japons o un persa, que no
hubiera odo nunca hablar de estas ferias, quedara seguramente
estupefacto.

No s lo que son ahora, pero doy fe de que en aquellos tiempos eran una
antesala del Paraso. Y si me dejaran, es posible que me quedase
contento en la antesala sin entrar jams en el saln.

Pasbamos un ao entero soando con aquellos cinco das. Si algn
pariente generoso nos pona en la mano una peseta, corramos a meterla
en la hucha de barro para las ferias! Si nos compraban un lindo
sombrerito de paja, era para las ferias! Si el sastre nos cortaba un
terno de pao fino o el zapatero nos fabricaba unos zapatitos de charol,
naturalmente, era para las ferias!

Fuera de casa, en el paseo, bajo los arcos de la plaza y a la salida de
la escuela, comentbamos acaloradamente los festejos. Vendr una
compaa dramtica; vendr otra de circo. Y a los chicos se nos haca la
boca agua porque se aseguraba confidencialmente, pero con visos de
verdad, que en esta ltima figuraba un clown maravilloso que se tragaba
un largo sable hasta la empuadura y otro que daba sin trampoln el
doble salto mortal.

Mientras las ferias duraban vivamos en medio de un aturdimiento feliz,
fuera enteramente de nosotros mismos y de nuestras costumbres. Eran das
de exaltacin, de vrtigo, de ataque de nervios. Cuando nos
aproximbamos a ellos sentamos su calor y nos iluminbamos por dentro
como los cometas al acercarse al sol. Aquellos cinco das y ocho antes
los pasbamos en un estado de inconsciencia anglica. No era vida mortal
la que llevbamos sino inmortal y olmpica. Los dioses bajaban a
nosotros y nos besaban en la frente y nos daban de beber de su ambrosa.
Apelo al testimonio de los viejos avilesinos que me lean.

Quince das antes, los peones del Ayuntamiento empezaban a clavar los
mstiles con gallardetes a lo largo del muelle y de las calles
principales. Avils fu siempre una villa prdiga en gallardetes.
Recuerdo la viva, inefable emocin que me embargaba cuando vea a los
obreros erigir los primeros mstiles, smbolo de dicha inmarcesible.
Algunas veces pensaba que si en el Cielo no hay gallardetes, es un Cielo
incompleto.

Pero la ms caracterstica entre las seales precursoras de tan magno
acontecimiento, ms an que la ereccin de los mstiles con gallardetes,
eran dos grandes bastidores de madera que la corporacin municipal haca
colocar unos das antes a los dos lados de la puerta del Bomb, aquel
exiguo Bomb, germen del hermoso parque de ahora. Eran dos figurones que
representaban, el uno a Pedro Menndez y el otro a Ruy Prez de Avils,
segn rezaba la leyenda que debajo ostentaban.

Cuando al descender por la calle de la Herrera cualquiera de los das
precedentes a la feria, divisaba a lo lejos a Pedro Menndez y a Ruy
Prez, mi alegra era tan intensa, que me obligaba a detenerme. El
corazn quera saltarme del pecho, la dicha me ahogaba y de buena gana
hubiera corrido a aquellos hroes y les hubiera besado y abrazado.

Ms tarde les perd un poco el respeto porque me hice filsofo y
pacifista. Pero en aquella poca mi temperamento era extremadamente
marcial; soaba con batallas y escaramuzas, tajos y mandobles. Yo mismo,
con mis propias manos, fabricaba lanzas y sables aprovechando los
barrotes de algn viejo cajn de pino, platendoles con papel de estao
arrancado de los paquetes de chocolate. Y como nos hallbamos entonces
en guerra con los moros de Africa, pensaba vagamente en fugarme de casa
y marchar a ponerme a las rdenes del general Prim y ofrecerle el
auxilio de mi sable de madera.

Felizmente esto no lleg a efectuarse y pude alcanzar la edad viril y
despus la vejez, sin haber cortado la cabeza ni haber hecho la ms
pequea incisin a ningn moro.

Aunque abominando, pues, de la guerra, conserv siempre, por lo que
acabo de decir una tierna inclinacin hacia Pedro Menndez, Adelantado
del reino y conquistador de la Florida. As que cuando lleg a mis odos
la noticia de que le haban alzado una estatua en el parque de Avils,
me sent complacido y me propuse hacerle una visita.

Le vi de pie sobre un alto pedestal y apenas pude reconocerle. Era un
personaje obscuro, verdoso, siniestro, que tena la espada desenvainada
como apercibido a ponerse en guardia y darle una estocada al primero que
se le pusiera delante. Qu diferencia de aquel Pedro Menndez de mi
infancia, tranquilo, majestuoso, encuadrado en un pintoresco bastidor de
madera! En vez de intentar darle un abrazo como en otro tiempo, apart
de l la vista con tedio y me alej de aquel sitio velozmente. Quiero
decir que no me fu simptico.

Por eso, cuando en aquellos das un notable poeta regional que firma con
el pseudnimo de Marcos del Torniello en una de sus sabrosas
composiciones propuso que se me erigiese una estatua en el parque de
Avils frente a la de Pedro Menndez, me sent extraamente agitado.
Inmediatamente me represent yo mismo con cuerpo de mrmol, pero
sensible y pensante, sobre una columna de piedra, sufriendo da y noche
los embates del viento y los rigores del sol, azotado por la lluvia o
ensuciado por el polvo. Me vi aos y aos frente a aquel negro,
siniestro guerrero de la espada desenvainada, sin poder apartarme un
punto de su vista. Y se me oprimi el corazn.

Anduve preocupado todo el da; me acerqu cuatro o cinco veces a la
estatua, y otras tantas me alej echando una mirada oblicua, nada
amorosa, al feo soldado que iba a ser mi socio por los siglos de los
siglos. Inquieto y caviloso me fu aquella noche a la cama y tuve el
sueo siguiente:

So que llegaba a Avils por el ferrocarril, embalado en un gran cajn
de madera y que en la estacin me arrastraron algunos mozos hasta un
carro de bueyes en presencia del escultor y tres o cuatro seores
desconocidos. Me llevaron hasta el parque y por la noche me desembalaron
y me colocaron sigilosamente sobre una columna de granito que all
estaba preparada, al efecto, y me taparon despus la cara y el cuerpo
con un trozo de harpillera. Al da siguiente se efectu la ceremonia de
destaparme, en presencia de una gran muchedumbre, con asistencia de las
autoridades y amenizado el acto por la orquesta municipal. Yo estaba
confuso y avergonzado de tanto honor y viendo a algunos viejos amigos
conmovidos hasta derramar lgrimas, se me derreta el corazn cual si
fuese de manteca y no de mrmol.

Pas algunas horas distrado aquella tarde. Mucha gente se detena a
contemplarme y hacan comentarios. Unos sacudan la cabeza con ademn
severo y expresaban en alta voz sus dudas sobre si yo mereca o no ser
elevado a la categora de los hroes. Otros por el contrario aplaudan
el acuerdo del Municipio manifestando que yo les haba hecho pasar
algunos ratos divertidos y que no era mal muchacho. Gentiles avilesinas
fijaban sus menudos pies en la arena y me miraban con ojos risueos
haciendo un mohn de satisfaccin. Yo senta unos deseos locos de
bajarme del pedestal, postrarme a sus pies y darles las gracias.

Pero de vez en cuando me acordaba de que pronto iba a quedar solo en
presencia del terrible conquistador de la Florida, y me estremeca.

Lleg la noche. Las ltimas luces del sol relampaguearon un instante
sobre la superficie de la ra; hicieron brillar despus los cristales de
los balcones del Gran Hotel, quedaron algunos segundos recogidas en las
copas de los rboles, y por fin se fueron. Y con ellos tambin los ojos
hermosos de las avilesinas. Todo qued en tinieblas.

Heme aqu frente a don Pedro Menndez. La noche era obscura y haca
bastante calor. La agitacin de aquel da me tena cansado y la
sofocante temperatura me inclinaba al sueo. Empezaba a dormitar cuando
me sac de mi letargo una voz ronca y espantosa. Era la estatua del
conquistador de la Florida que hablaba.

--Eh, amigo! Por qu estis ah plantado frente a m?

--Porque me han puesto--respond tembloroso.

--Y por qu os han puesto, decidme? Por qu os hicieron tanta honra de
vos colocar frente a m en figura de piedra?

Yo deb responder ciertamente: Porque les ha dado la gana.

Pero me sent lleno de miedo, un miedo abyecto: y balbuc ms que dije:

--Quiz hayan pensado que merecan esta recompensa mis servicios.

--Ah, sois un guerrero famoso! Perdonad que os haya hablado sin los
respetos que se os deben. Agora decidme qu reinos habis conquistado,
qu enemigos de Dios y del rey habis vencido, en cuntas batallas
habis combatido?

--Con todo respeto y miramiento os dir que no he conquistado ningn
reino. Solamente en mi edad juvenil quise conquistar el corazn de
alguna bella, pero no pocas veces me vi necesitado a levantar el sitio.
En cuanto a batallas, la nica seria en que he tomado parte fu la de
Galiana.

--Nunca o mentar esa batalla!

--Pues fu recia y cruel, y en ella tuve la mala fortuna de quedar
herido.

--De pica o de algn arcabuzazo?

--No, seor, de piedra.

--De piedra! Entonces os hallabais todava en la edad de los honderos
y catapultas? No conocais el uso de la plvora, ni las culebrinas, ni
los morteros ni los arcabuces? Erais unos brbaros.

--En efecto, as nos llamaba casi todos los das el seor don Juan de la
Cruz.

--Quin era ese varn?

--Nuestro maestro de escuela.

--Por Dios que no os entiendo! Qu tienen que partir en estos asuntos
de armas los maestros de escuela?

--Es que no se trata de armas. Yo no soy guerrero.

--Entonces, decidme, con mil de a caballo quin sois y qu maravillas
habis hecho para que as os honren con mrmoles y bronces?

--Pues yo no he hecho en este mundo ms que algunos libros que andan
rodando por l con inmerecido aplauso.

Don Pedro qued un instante suspenso y solt despus una horrsona
metlica carcajada.

--Vamos, sois un c... tintas!

--No tanto, seor Adelantado. Mi linaje radica aqu mismo en Avils y es
tan antiguo como el vuestro... Pero ya nadie se precia de linajes en
estos tiempos... Cada cual se fabrica el suyo con su cabeza o con sus
manos. Trabajar; extraer de la madre tierra aquellos elementos
necesarios para la vida de los hombres es nobleza; forjar los metales,
tallar las piedras, modelar el barro, enviar los productos de una regin
del planeta a otra, difundirlos, comerciar con ellos, es nobleza. Pero
la mayor nobleza en estos tiempos es el expresar con belleza y decoro
ideas justas, es alzar el espritu de los hombres a las altas
especulaciones de la metafsica, es recrearla con sabrosas, peregrinas
invenciones. No hay monarca ni potentado hoy sobre la tierra que no
envidie el laurel de un publicista.

--Por vida ma!... Es que a vosotros, ruin canalla, se os corona agora
con laureles? Mucho soy maravillado. Entonces, qu es dejado a los
varones sealados que abrazan con afecto el arte de la milicia corporal,
a los mancebos blicos, a los varones esforzados de inmortal memoria que
han vertido su sangre en crudas batallas?

--En el da, seor Adelantado, los mancebos belicosos suelen parar en la
crcel o en el hospital. Los hombres hemos llegado a convencernos de
que los tajos y mandobles, lanzadas y cintarazos, aunque sean inferidos
con singular destreza, no deben ser considerados como signos de nobleza
sino de barbarie; que no deben llamarse hroes a los que saben dar
buenos mordiscos, porque mejores los dan los chacales. Somos espritus y
el teatro de nuestra actividad debe ser el mundo espiritual. Nuestro
negocio ms importante en la edad presente es el huir de la edad
cuadrpeda que vos representis.

--Rayos y centellas! Y tenis en menos las hazaas portentosas de
aquellos guerreros que han sabido conquistar para su rey y seor
dilatados territorios y encadenar a sus pies a millares de esclavos?

--S, los tenemos en menos; siento verme obligado a decroslo. No son
conquistadores para nosotros los que se apoderan de un pedazo de tierra
que hermanos suyos han regado con el sudor de su frente sino los que
descubren nuevos horizontes para la ciencia y con la luz de su ingenio
esclarecen las almas de sus semejantes. El hombre no ha nacido para
luchar con el hombre sino con las ciegas fuerzas de la naturaleza que
nos oprimen. Newton, Kepler, Bacon, Palissy, Gutenberg, Franklin,
Pasteur, Edison han sido los conquistadores legtimos de nuestra raza.

--No conozco a esos varones. Pertenecieron a la armada o a la gente de
a caballo? Nunca les vi apuntados en la relacin de las grandes y
sealadas victorias del rey, nuestro seor.

--Pertenecieron a la armada del talento... Pero todava, seor
Adelantado, han existido y existen otros luchadores ms grandes, ms
generosos. Estos no luchan con la tierra y el mar ni con el aire y el
fuego sino con la _Esfinge_.--Adivina o te devoro--dice la _Esfinge_.
Y estos buenos guerreros del espritu luchan con ella, se rompen los
huesos contra su cuerpo de piedra y caen rendidos y ensangrentados
queriendo arrancarle su secreto. Pitgoras, Herclito, Scrates, Platn,
Plotino, Spinoza, Descartes, Pascal, Leibnitz, Kant, Hegel, Schopenhauer
son los hroes ms queridos de la Humanidad.

--Hablis un habla, pardiez, que nunca son hasta ahora en mis odos!
Todo eso son enredos y trampantojos, y en verdad que merecierais por
tales maleficios ser llevado a un calabozo del Santo Oficio para que
all os castigasen o enmendasen o que el rey, nuestro seor, os enviase
a galeras despus de vos haber aplicado doscientos azotes.

--El Santo Oficio que invocis no fu ms que un odioso tribunal donde
sobre vctimas inocentes se ceb la crueldad nativa, la ignorancia, el
orgullo y la envidia de algunos clrigos vomitados por el infierno... En
cuanto a vuestro rey don Felipe segundo est en el da reputado por un
dspota rencoroso y sombro que destruy la obra grandiosa de aquella
santa mujer que se llam Isabel primera de Castilla, apagando la
inteligencia y envileciendo el carcter del pueblo espaol.

--Qu estis diciendo, temerario!--grit con estruendosa voz el
guerrero de bronce--. Al Santo Oficio esas blasfemias? A mi rey
tamaos ultrajes? Por vida ma que he de castigar tanta insolencia!...
Toma, menguado!

Y diciendo y haciendo me tir con su espada un tajo al cuello y mi
cabeza marmrea cay al suelo con un ruido sordo que me despert.




XXIV

HISTORIA TRISTE DE MI AMIGO GENARO[4]


Sus padres tenan un almacn de enseres martimos no lejos del muelle.
Era tan pequeo y estaba de tal modo atestado que apenas podran
mantenerse tres o cuatro personas dentro de l.

Barricas de raba para la pesca de la sardina, montones de cables
enrollados, paquetes de lona, cajas de brea, remos, garfios, anclotes,
latas de aceite, pantalones impermeables, todo hacinado de un modo
delicioso. Yo por lo menos lo encontraba as. El techo era bajo,
circunstancia que lo haca ms grato an a mis ojos, y de l pendan
ristras de anzuelos, alpargatas y botas de agua. Tena una escalerita
estrecha y empinada que conduca al piso primero y nico de la casa.
Todo esto le prestaba cierta semejanza con el camarote de un barco; y
aqu est precisamente la causa de que esta tiendecita ejerciese sobre
m tal fascinacin.

En aquella poca yo amaba el mar sobre todas las cosas: era mi elemento,
soaba con ser marino.

Me encantaba, pues, visitar aquella tiendecita tan abarrotada de tesoros
martimos y me hubiese encantado an ms si el padre de mi amigo Genaro
no fuese un hombre tan serio y tan barbudo. Su barba negra, erizada, le
brotaba hasta por debajo de los ojos, que eran negros tambin y grandes
y severos. Cuando iba a preguntar por su hijo me informaba por medio de
un gruido sealando al techo o a la puerta, segn estuviese en casa o
fuera.

Genaro tena bastante parecido con su padre y seguramente sera un
perfecto retrato suyo cuando transcurriesen los aos. La misma tez
cetrina, los mismos grandes ojos negros y una cierta seriedad que
impona respeto a primera vista. Despus que se entraba con l en
amistad resultaba extremadamente simptico. Era un chico franco,
resuelto, leal, no muy inteligente y un poco aturdido. Todos le
estimbamos, no slo por su carcter, sino tambin y especialmente por
su agilidad y su fuerza, pues es cosa cierta que los nios como los
griegos adoran el cuerpo primero y despus el alma.

Ninguno ms diestro que l en toda clase de juegos y ejercicios, sobre
todo en los martimos, esto es en nadar, remar, trepar a pulso por la
jarcia de los barcos, etc. En el arte de la navegacin nos sacaba a
todos gran ventaja, pues era ya a los trece o catorce aos un perfecto
marinero que izaba y echaba rizos a la vela en el momento oportuno, que
saba orzar y arribar y tesar o arriar la escota y dejaba caer el rezn
con perfecta exactitud donde quera. Por esto siempre que disponamos
cualquier excursin a los puntos extremos de la ra buscbamos su
compaa.

Felizmente para m, su casa no slo tena entrada por la tienda. En el
portal haba otra escalera que conduca al piso, y cuando la puerta no
estaba cerrada suba por ella para llamarle evitando con esto la barba
espinosa de su padre.

En vez de esta barba sola recibirme en lo alto de la escalera un rostro
halageo y hermoso que me placa ver casi tanto como los tesoros
martimos de la tienda. Este rostro perteneca a una joven llamada
Delfina, mitad costurera, mitad amiga de la casa. Vena con frecuencia a
ella para ayudar a la madre de Genaro que, enteramente ocupada con la
tienda, no poda atender a los quehaceres domsticos.

Esta Delfina, que podra contar diez y siete o diez y ocho aos de
edad, era un estuche. Cosa primorosamente, aplanchaba an mejor,
diriga las faenas de la casa con la habilidad de una vieja ama de
llaves y saba contar cuentos mejor que la sultana Serezada. Era adems
bella como lo eran sus tres hermanas; porque tena nada menos que tres;
y era igualmente coqueta como ellas. Entre las jvenes artesanas de
Avils estas cuatro gozaban con justicia fama de hermosas y elegantes;
es decir, que sus trajes eran ms cuidados y ms finos que los de las
dems, aunque sin salirse de su esfera, porque en aquel tiempo ninguna
osaba hacerlo. Era adems alegre como un jilguero y nos haca rer con
sus bromas y despus nos pellizcaba para que no risemos alto; porque
ella tambin tena miedo de las barbas del amo de la casa.

As, que cuando suba a la de mi amigo para invitarle a alguna
excursin, si Delfina estaba en ella, ms de una vez y ms de dos olvid
mi propsito y me qued embelesado con la risa y los cuentos de la
costurera. Y si se me haba cado un botn o me haba hecho un siete en
el traje, esta encantadora hada se apresuraba a reparar el desperfecto,
dndome despus una ligera bofetada que me dejaba con apetito de
desgarrarme otra vez el pantaln.

Un da, no obstante, al subir la escalera para llamar a Genaro, la
encontr excesivamente seria y desde lo alto me despidi secamente
dicindome que mi amigo no poda salir conmigo porque su padre le tena
ocupado. Me sorprendi un poco, pero no hice demasiado alto en ello.
Aquella misma tarde uno de nuestros amigos me dijo confidencialmente:

--Acabo de saber que Genaro ha robado bastante dinero a su padre y que
ste le ha dado tantos palos que ha tenido que guardar cama.

Qued consternado. Entonces comprend la razn de la seriedad de
Delfina.

--Pero cmo ha sido?

--No s... Creo que ha metido mano en el cajn de la mesa donde guarda
el dinero all en su cuarto.

Me produjo un sentimiento tristsimo. Aquel chico era un amigo a quien
yo quera de veras y jams le creyera capaz de semejante bajeza.

Transcurrieron bastantes das y una tarde le encontr en el muelle.
Estaba un poco ms plido, pero alegre e impetuoso como siempre.
Embarcamos en nuestro bote y nos paseamos por la ra al tenor de otras
veces. Yo senta que mi estimacin hacia aquel muchacho mermaba; pero no
podia sustraerme a la simpata que haba logrado inspirarme. Sin
embargo, desde entonces me abstuve de ir a buscarle y slo cuando le
encontraba casualmente en el muelle nos embarcbamos juntos.

Pero su asistencia a este sitio, que antes era tan continua, sufra
algunos eclipses. Algunas veces se pasaban ocho das sin que le viese
saltando por las lanchas o encaramndose en la jarcia de los barcos. Por
otra parte, cada vez que le vea le encontraba ms plido: la tristeza
se esparca como una nube negra por su rostro.

Aquel amigo, que por relaciones de familia tena noticias autnticas de
lo que pasaba en casa de Genaro, me comunic que ste segua robando a
su padre y que los castigos continuaban cada vez ms crueles y
terribles. Al parecer, la noche anterior su padre le haba azotado de
tal manera con unas cuerdas que a sus gritos haban acudido los vecinos
y le haban hallado en un estado lamentable.

Entonces sbitamente despertse en m una compasin infinita hacia aquel
chico; an puedo decir que creci mi cario, porque siempre en mi alma
la compasin engendr el amor. Me rebel contra aquella barbarie y me
dije con indignacin: Despus de todo, qu? No trabaja y ahorra para
l? Si se ha tomado antes lo que ms tarde le ha de pertenecer no hay en
ello tan gran delito.

He aqu cmo la compasin y el afecto hicieron brotar en mi cerebro
ideas subversivas en el orden moral y jurdico.

Algunos das despus volv a encontrarle en el muelle y por un impulso
repentino que no pude reprimir le ech los brazos al cuello. El qued
sorprendido, se puso an ms plido y rompi a sollozar perdidamente.
Como nunca haba sido blando para llorar, su llanto provoc el mo, que
siempre lo he tenido fcil.

No hablamos una palabra. Nos secamos las lgrimas en silencio y montamos
en el bote para dar nuestro paseo habitual.

Al cabo supe que su padre haba resuelto enviarle a Cuba y que estaba
sealado el barco que haba de conducirle. No recuerdo, o por mejor
decir no quiero recordar, si era la _Eusebia_, la _Flora_ o la _Villa_,
los tres barquitos principales que entonces hacan la carrera de
Amrica; pero era uno de ellos. Estaba anclado en San Juan esperando el
Nordeste para hacerse a la vela.

Aquellos das no vi a Genaro en el muelle. Cuando lleg el de la partida
tuve de ello noticia por un viejo marinero cuyo hijo era grumete en el
barco. Entonces me acometi el deseo de ir a despedirle. Lo propuse a
otros dos amigos que aceptaron al instante, pues todos ambamos a aquel
chico a pesar de sus faltas. Y una tarde, despus de comer, nos
acomodamos en un bote y comenzamos a bogar en direccin a San Juan.

En el muelle habamos sabido antes de partir que Genaro ya estaba all
desde por la maana y que ni su padre ni su madre ni persona alguna de
la familia haba ido a despedirle. Slo un marinero le haba acompaado
con el bal. Aquello nos pareci el colmo de la crueldad.

Cuando llegamos a San Juan, el barco estaba ya a punto de hacerse a la
vela. Nos acercamos a su casco negro y advertimos que a bordo se estaban
efectuando las maniobras preliminares. En torno de l haba tres o
cuatro lanchas con personas que decan adis a los pasajeros. Estos,
inclinados sobre la borda, hablaban a gritos con sus amigos o deudos.
Dimos la vuelta al buque y no vimos por ninguna parte a Genaro. Entonces
nos pusimos a llamarle con toda la fuerza de nuestos pulmones.

--Genaro! Genaro!

Al cabo apareci en la popa. Con una mano se sujetaba a un cable y con
la otra nos envi un saludo acompaado de una triste sonrisa.

Jams olvidar aquella sonrisa de dolor, de vergenza, de resignacin,
de desprecio...

Quisimos hablar, pero no sabamos qu decirle. Un marinero se acerc a
l y le apart bruscamente y se coloc en su sitio para ejecutar una
maniobra.

--Adis, Genaro!--le gritamos.

l nos hizo otro saludo con la mano. Y no volvimos a verle.

Entonces comenzamos de nuevo a navegar la vuelta de Avils. Bogbamos
silenciosos, melanclicos. Los tres sentamos en el fondo del corazn
que una gran infamia se acababa de cometer en este mundo.

Pocos das despus lo habamos olvidado. Sin embargo, al cabo de dos o
tres meses se produjo un acontecimiento misterioso que lleg hasta
nosotros y nos caus profunda impresin.

El padre de Genaro al abrir un da el cajn de la mesa de su cuarto se
enter con estupor de que haba sido robado.

Entonces se le ocurri a aquel brbaro lo que mucho antes debi de
habrsele ocurrido. Busc una traza ingeniosa para averiguar quin le
robaba.

Amarr una cuerda al fondo del cajn por la parte exterior, taladr la
mesa, taladr el piso y la hizo pasar hasta la tienda, donde coloc
disimuladamente una campanilla.

En efecto, algunos das despus son esta campanilla: el comerciante se
precipit por la escalera sin hacer ruido y sorprendi al ladrn in
fraganti. Era Delfina, la bella costurera que a todos nos tena
hechizados.

Fu entregada a la justicia y el padre de Genaro se apresur a escribir
a Cuba para hacerle venir. La carta lleg demasiado tarde. No mucho
despus de arribar a la Habana fu atacado por el vmito negro y haba
dejado de existir.

Esta es la historia triste de mi amigo Genaro.

No roguis a Dios por aquel nio mrtir. Rogad por sus verdugos.




XXV

ROSAS TEMPRANAS


Corra el ao 1861. En Avils vivamos ignorados, pero felices. All
lejos podan sublevarse los batallones y en Madrid alzarse barricadas y
en todas partes encenderse la lucha y venir en pos de ella las
sangrientas represiones, matanzas y fusilamientos. Nosotros no nos
ocupbamos en semejantes bagatelas. Nuestros sucesos interesantes eran
los Carnavales, el baile de Piata, los das de San Juan y de San Pedro
con sus paseos por mar y por tierra, las romeras, las ferias.

Quin osar afirmar que no estbamos en lo cierto? Hay algo ms
interesante para el hombre que su felicidad? Un moralista me dir que la
bondad debe ir delante. Yo responder que bondad y felicidad son una
misma cosa, y se lo demostrara con prrafos muy elocuentes de Plotino,
de Santo Toms y de Fichte; pero no estoy seguro de que esto sea
oportuno en unas memorias. Por el momento, me limito a exclamar con el
Evangelio: Bienaventurados los pacficos! Nosotros lo ramos; por eso
Dios nos recompensaba derramando sobre nuestra villa torrentes de
alegra.

La noche de San Juan era particularmente regocijada. Como en otras
muchas regiones de Espaa, das antes, los nios trabajbamos
ardorosamente en la construccin de jardines en plena calle,
aprovechando los rincones y encrucijadas. Estos jardines eran nuestro
orgullo, porque sabamos que haban de ser visitados. Para ello
ponamos a contribucin los bolsillos de nuestros padres y deudos.
Enarenbamos sus caminitos esmeradamente; los adornbamos, no solamente
con plantas y flores, sino, a veces, tambin con estatuas y fuentes, y
comprbamos farolillos venecianos, con los cuales los iluminbamos _a
giorno_. Al da siguiente escuchbamos con avidez el dictamen y las
crticas de la gente. Si oamos decir que el jardn del Rivero era mejor
que el de Galiana, nuestro corazn lata de entusiasmo, y celebrbamos
nuestro triunfo gritando por las calles: Viva Rivero!

Pero uno de aquellos mis compaeros me haba afirmado seriamente que,
echando un huevo en un vaso de agua a las doce en punto de la noche de
San Juan, y dejndolo reposarse al sereno, podra verse al da
siguiente, dentro del agua, la figura de un barco perfectamente
esculpida, con sus mstiles, sus velas y toda su jarcia.

Quise ver esta maravilla, de la cual, ni por un instante dud. Lo
maravilloso es el manjar que mejor digieren los nios. Como no poda
permanecer en pie hasta la hora sealada, porque no me lo hubieran
consentido, me acost, pero sin dormirme. Al escuchar en el reloj del
comedor las once y media, aguard todava un rato; me levant
sigilosamente, fu a la cocina, llen un vaso de agua, tom un huevo y,
saliendo al corredor, que daba sobre nuestro jardn, esper anhelante
las doce. Cuando el gran reloj del Ayuntamiento hizo vibrar la primera
campanada en el silencio de la noche, part el huevo y vert su
contenido en el vaso.

Al da siguiente, en el momento de abrir los ojos a la luz me acudi el
recuerdo del barco. Salto del lecho velozmente, y, en camisa, salgo al
corredor y miro con vida intensidad mi huevo. Oh, amarga decepcin! En
el vaso no haba ms que un licor amarillento, asqueroso, sin figura de
barco alguno.

Cuntas veces as en el curso de mi vida he puesto tambin a serenar
alguna dulce ilusin! Como ahora, he hallado siempre, en vez del barco
mgico, el licor nauseabundo del desengao.

Llegaba despus el da de San Pedro, Qu brillante paseo en el _bomb_!
Llambase as en Avils un trozo de terreno de forma ovalada,
enarenado, cercado por una paredilla alta, de medio metro, y guarnecido
de altos lamos blancos de hoja plateada. Este cercadito minsculo, que
no tendra, de punta a punta, ms de cien metros, era el paseo oficial
de la poblacin, el paseo de gala.

Llegaban las romeras. Las romeras son la alegra del verano. Avils
est rodeado de frondosas aldeas, que semejan otras tantas esmeraldas
formando la orla de una perla. La Magdalena, Villalegre, San Martn, San
Pelayo, Miranda, Balliniello y San Cristbal son las principales. Todas
ellas tienen su romera, que van escalonadas al travs de los meses
estivales. La ms concurrida, la ms esplndida, la abadesa mitrada de
estas romeras, es la de la Luz. Ya la he descrito en mi novela titulada
_El Cuarto Poder_, y a esta descripcin me remito.

Mas aquel ao a mi felicidad se aadi otra que todo el mundo
comprender inmediatamente; aquel ao tuve una novia. Es decir, no s a
punto fijo si tuve una novia, pero esa fu la opinin del pblico.

Acostumbrbamos los chicos a recrearnos por las tardes, como ya creo
haber dicho, en el llamado _Campo Can_, o sea el trozo de terreno con
rboles que se extenda delante del antiguo convento de la Merced.

Este convento medio derrudo serva para todas las cosas de este mundo,
para escuela, para vivienda, para oficinas de la Aduana, para cuartel de
carabineros, para telgrafo cuando lo hubo, etc., etc.

El Campo Can slo serva para nosotros.

Ignoro cmo a este campo ameno y pacfico le dieron un nombre tan
trgico. Es posible que en los siglos pasados se cometiese all un
fratricidio.

A l dieron tambin en venir por las tardes a solazarse aquella
primavera las nias de la poblacin con sus doncellas. El solaz de las
nias no era como el nuestro jugar a la estaca, saltar los unos sobre
los otros y darse de mojicones. Ellas formaban corrillos, cantaban
dulcemente y bailaban la _giraldilla_.

Llmase as en Asturias una danza en que los bailarines forman crculo
cogidos de la mano. Dentro de l quedan unos cuantos. Se canta dando
vueltas y cuando llega cierto pasaje convenido los que estn dentro
eligen con un signo de la mano pareja entre los de fuera, se rompe el
crculo y bailan uno frente a otro abrazndose despus para dar las
ltimas vueltas.

No es necesario decir que este baile es mucho ms grato e interesante
cuando toman parte en l los dos sexos. Entonces los hombres quedan una
vez dentro del corro y otra vez las mujeres.

Las nias bailaron solas durante algunosdas. Nosotros las
contemplbamos de lejos serios y un poco turbados. Seguamos nuestros
juegos; pero sin darnos cuenta nos sentamos atrados hacia la
giraldilla de las nias.

Al fin uno de nosotros, un valiente! cuyo nombre no recuerdo se
aventur a entrar dentro de ella. Las nias se agitaron, hubo cuchicheo
y apariencia de debate y gestos desabridos y sonrisas maliciosas; pero
al cabo aquel valiente se qued dentro y bail como un sultn con todas
ellas. Otro le imit, luego otro, y al fin todos entramos.

Desde entonces el Campo Can adquiri un nuevo y singular atractivo para
nosotros. Todas las tardes, sin faltar una, nos juntbamos all y
pasbamos ms de una hora cantando y bailando. Las criadas sentadas en
los poyos nos miraban benvolas, departiendo entre s y animndonos con
sus picarescas sonrisas. Despus de todo ellas eran unas nias grandes
tambin y se divertan con nuestra alegra.

No tard mucho tiempo en actuar dentro de aquellas giraldillas la ley
qumica de las afinidades electivas. Cada uno de nosotros empez a
distinguir a una nia e inmediatamente tanto entre nosotros como en el
conclave de las domsticas fu considerado como su novio.

Yo me sent atrado muy pronto hacia una llamada Concesa (no he vuelto a
or este nombre en mi vida) y se lo declar del modo nico que entonces
saba; esto es, sacndola a bailar ms a menudo que a las otras, y
procurando ponerme a su lado cuando dbamos las vueltas cantando.
Naturalmente, fuimos declarados novios y tanto ella como yo aceptamos
tcitamente esta declaracin.

Pero no corra todo all como sobre rieles. En este mundo junto a la luz
est la sombra y la ley de la competencia es desgraciadamente tan
inflexible como la del amor. La nia gustaba a otros tanto como a m.
Tuve rivales, fu ms constante, al cabo ms dichoso; pasado algn
tiempo no se me molest ms.

El Campo Can no fu el nico paraje donde nos juntbamos y bailbamos.
Aprovechamos tambin poco despus las romeras. Nios y nias formamos
aquel verano un mundo aparte, en el cual vivamos felices sin cuidarnos
de lo que pasaba en torno nuestro. Si alguna de las nias dejaba de
venir al Campo Can o faltaba a la romera, el pretendido novio no se
atreva a preguntar por ella, pero las amiguitas compasivas le hacan
saber el motivo, aunque de una manera indirecta.

--Por qu no ha venido Fulanita a la romera?--preguntaba en voz alta
una nia a otra.

--Porque se ha dado un golpe en la rodilla y su mam no la permite
moverse de una butaca.

Nos dbamos por enterados y el interesado se mostraba triste aquella
tarde para que las amiguitas fuesen con el cuento a la nia contusa.

Yo no s si all exista el amor: creo que no. Por mi parte al menos me
parece que lo que senta hacia aquella hermosa nia llamada Concesa era
una viva simpata, una suave amistad que slo de lejos semejaba a la
pasin amorosa, la cual no prendi en m hasta mucho ms tarde. Me
agradaba verla y bailar con ella, y me enorgulleca que me distinguiese;
pero esta simpata dejaba perfectamente libre mi espritu. Por otra
parte, no se cruzaba entre nosotros ninguna palabra que trascendiese a
galanteo. Si he de confesar la verdad dir que apenas he hablado nunca
con ella. Solamente cuando en la giraldilla nos abrazbamos para dar las
ltimas vueltas, lo cual duraba pocos segundos, nos decamos alguna vez
cualquier palabra indiferente.

Recuerdo, sin embargo, que en cierta ocasin como yo hubiese sacado a
bailar con excesiva frecuencia a otra nia, Concesa se enoj y no
volvi a sacarme a m aquella tarde. Al da siguiente se celebraba la
romera de Balliniello. Como siempre las nias formaron su giraldilla y
nosotros nos juntamos a ellas. La primera vez que Concesa qued dentro
del corro me eligi a m por pareja. Yo le dije con voz temblorosa al
dar las ltimas vueltas:

--Crea que estabas enfadada conmigo, Concesa.

Ella me respondi:

--Yo no me enfado con nadie... y menos contigo.

Y se desprendi de m bruscamente ruborizndose.

Fu lo ms vivo, lo ms apasionado que hubo en la historia de aquellos
amores.

La de mis amigos supongo que habr sido idntica. Sin embargo, ignoro
por qu causa la ma se hizo ms pblica. Quiz porque la Providencia
quiso probar ya mi paciencia desde la edad ms tierna. Mis amores se
hicieron clebres, no slo en el mundo infantil, sino en la villa
entera. En todas partes se supo que yo tena una novia y en todas partes
se me daba vaya con ella gozndose en mi confusin y vergenza. Los
amigos de la casa me saeteaban con indirectas, sonrean, se hacan
guios significativos, mientras, misero de m!, yo me pona ms rojo
que una cereza. Tal era mi sobresalto, que cuando pasaba por delante de
cualquier corrillo de gente se me figuraba que hablaban siempre de mis
amores, como si no hubiese otra conversacin en Avils. Recuerdo que una
noche jugando en casa de unos seores amigos a la _Aduana (le Cheval
blanc)_, que entonces era una novedad, solan algunos sujetos prdigos y
derrochadores hacer dos puestas a fin de tener derecho a tirar dos veces
los dados. Al colocar las dos puestas decan: --Por mi... y por la
novia. Era el chiste de siempre. Yo que tambin ambicionaba el tirar
los dados dos veces me aventur aquella noche a doblar mi puesta, aunque
sin repetir el chiste, como se debe suponer. Pero un joven burln dijo
en voz alta mirndome con sonrisa maliciosa: --Por ti y por Concesita,
verdad?

Oh Dios mo! Qu turbacin! Qu vergenza! Una ola de rubor me subi
a la cara con tal violencia que pienso que hasta el blanco de mis ojos
debera de estar rojo tambin. Al cabo romp a llorar y los hombres
rieron con ms ganas. Pero las seoras, respetuosas siempre aun con las
ms nfimas manifestaciones del amor, se compadecieron de mi:

--Vaya, dejar a ese nio. Qu les importa a ustedes que tenga o no
tenga novia?

Pero an fu vejado de otra ms terrible manera. Ignoro quin fu el
chico desalmado a quien se le ocurri componer una letra sobre cierto
pasacalle que entonces se cantaba mucho, aludiendo a mis amores. Quiz
fuese uno de mis despechados rivales. Lo cierto es que esta letra
alcanz tal fortuna en el mundo infantil que por mucho tiempo no se
cant con otra el citado pasacalle. Slo recuerdo de ella el estribillo
que deca:

      Armando la quiere ms
    que todos en general.
    Todos la quieren bastante,
    pero Armando mucho ms.

Dejo al lector suponer los tormentos inconcebibles que esta cancin me
hizo experimentar. En Rivero los chicos me la cantaban en cuanto sala
de casa. Si iba a Galiana as que me divisaban ya comenzaba el coro

      Armando la quiere ms
    que todos en general.

Lo mismo que me dirigiese al muelle que al Campo Can, que a los Arcos
del Ayuntamiento, en todas partes escuchaba el mismo estribillo. Qu
horrible congoja! Hasta paseando un da por la vecina aldea de la
Magdalena o cantar al hijo de un labrador el famoso Armando la quiere
ms.

En fin, que si me trasladase a los antpodas era seguro que all tambin
Armando la querra ms.

Aos despus, cuando ya estudiaba yo la carrera de Jurisprudencia en
Madrid y me afeitaba la barba, habiendo venido a Avils a pasar algunos
das del verano, al cruzar por una callejuela solitaria, acert a ver
sobre el viejo muro de una huerta esta leyenda trazada con carbn:

    _Concesa y Armando._

Me hizo sonrer. Yo era un sabio en aquella poca y desde lo alto de mi
ciencia contemplaba aquellos pueriles amores con soberano desdn.

Hoy desde lo bajo de mi experiencia los miro con un poco ms de
respeto.




XXVI

PARNTESIS


Salta este captulo, lector minsculo, pues no va dedicado a ti, y
permite que un instante desahogue mi pecho oprimido con aquellos que
como yo ven cercana la fatal ribera y a quien hace ya seas el adusto
barquero.

Con qu placer evoqu los seres que alegraron mi niez! Mi fantasa los
representa con los rasgos que tenan, escucho su voz, miro su sonrisa o
su gesto severo, contemplo su marcha: unos son dulces, afectuosos, otros
graves, stos melanclicos, aqullos alegres, los otros grotescos; pero
todos amables, porque todos haban sido enviados por Dios para hacerme
dichoso.

Dnde estis, nobles seres que compartisteis mi amor y mi alegra? Una
mano glacial os arrebat para siempre de mi lado. Para siempre!
Horrible palabra que oprime mi corazn y me llena de estupor. Si la
muerte es la separacin definitiva, si nunca ms os volver a ver,
valiera ms que no nos hubiramos juntado un instante en este pequeo
globo que nada indiferente por los abismos del espacio. Viviris en
otras regiones luminosas, inmarcesibles y seris dichosos como lo
merecais, o la mano cruel que os arrebat os habr precipitado en una
noche eterna?

Ah, quin me volviera a aquellos hermosos das de mi infancia! Quin
me diera vivir otra vez entre vosotros! Dondequiera que habitis, en el
seno del Elseo o errando por las praderas sin flores de un mundo
subterrneo, y aunque debiese beber como Ulises la sangre del carnero
negro para reconoceros, all quisiera estar. Porque cada uno de vosotros
era una parte de mi ser y al marcharos me dejasteis mutilado.

Y si ya no exists en parte alguna qu fuisteis entonces? Vanos
fantasmas que se disiparon como la niebla de la maana. Y si fantasmas
habis sido, fantasma tambin soy yo y mi existencia una bomba de jabn
que tiembla y brilla un momento a la luz del sol para romperse sin dejar
rastro alguno.

Prxima est ya a estallar. Este mundo de pensamientos y recuerdos que
llevo en mi cabeza, el espectculo brillante que me seduce se disipar
conmigo. Otros vendrn que gozarn de la luz del sol como yo y amarn y
pensarn y vivirn un instante mecidos en una dulce alegra, y otros
despus... y otros... y otros. Y al cabo este pobre planeta que tambin
es una bomba de jabn nadando en el espacio explotar igualmente
hacindose pedazos o morir lentamente por consuncin...

Todo fu un sueo! Las cien generaciones que turbaron este mundo con
sus amores y sus odios, con sus progresos soberbios, con su piedad o con
su clera se convertirn en ter impalpable. Dnde estn sus lgrimas y
sus risas, dnde estn sus pensamientos altivos? Los monstruos
repugnantes que poblaron la tierra en las primeras edades, los poetas y
filsofos que nos cautivan en la presente, los santos, los malvados, las
emociones ms puras, los pensamientos ms altos, todo, todo ha sido
igual, todo se convirti en ter.

En vano me dice Spinosa: Ningn ser puede caer en la nada. En vano me
aseguran que es de todo punto imposible que un tomo de materia pueda
desaparecer y aniquilarse. Qu tengo yo que ver con esos tomos? Me
devolvern por ventura a los seres que amo? Pues si esto no hacen, su
fuerza eterna es para m absolutamente despreciable.

       *       *       *       *       *

Me represento con terror el momento en que mi pobre cuerpo cadavrico va
a quedar encerrado para siempre en el sepulcro. Llega la noche. Una
calma profunda reina en el cementerio. No sopla ninguna brisa, no se
escucha ningn rumor. La luna baa con su luz fatdica el recinto y los
cipreses se alzan inmviles sobre las tumbas.

De repente escucho a lo lejos un clamor rumoroso que se acerca: levanto
un poco la losa de mi sepulcro y me encuentro rodeado de una muchedumbre
abigarrada que me mira en silencio. Son los filsofos de la palingenesia
antiguos y modernos, los pitagricos, los platnicos, los estoicos, los
alejandrinos, los origenistas, los trascendentalistas, los fourieristas,
los sansimonianos. Uno de ellos toma la palabra y me dice:

Nada temas. Tu alma es inmortal y al abandonar tu cuerpo perecedero se
vestir de otro y despus de otro en una serie infinita de existencias
distintas. Y en cada una de ellas sers desgraciado o feliz expiando tus
faltas o recibiendo la recompensa de tus buenas acciones; pasars de una
vida ms imperfecta a otra ms perfecta o recprocamente segn hayas
ascendido hacia el bien o hayas descendido ms abajo en el mal. Tu mismo
cuerpo ser cada vez menos material, ms sutil y espiritual y tus
sentidos ms delicados si no los manchas con impurezas, y si emancipado
de groseros errores vuelas cada vez ms alto en el cielo de la verdad y
la justicia... Temes perder tu _yo_, no reconocerte en la serie
infinita de existencias ulteriores? Temor pueril, porque todos los das
lo pierdes con delicia al entregarte al sueo. Y despus de todo qu es
ese _yo_ que tanto te preocupa? Si con serenidad lo examinas no se
compone de otra cosa que de sensaciones, ideas ms o menos claras,
recuerdos, costumbres, a todo lo cual la memoria presta unidad. Y esta
memoria qu valor tiene? Por experiencia debes saber cun frgil es y
cun poco significa. La inmensa mayora de los instantes de tu vida
sepultados estn en la nada. Compara lo que de ella recuerdas con lo que
has olvidado. Este olvido no es una desgracia: al contrario, pesado y
doloroso sera para ti y para todo hombre recordar tanta pequeez,
tanta miseria como integran nuestra existencia aqu abajo. Para qu
arrastrar consigo por toda una eternidad tal fardo de insignificancias?...
Deja de mecerte en sueos imposibles que sern para ti una desgracia si
se realizasen, deja ese concepto estrecho de la inmortalidad, propio de
edades brbaras o de hombres ignorantes. Una vida nueva, absolutamente
nueva est ya preparada para ti. De ella no tienes idea como no tiene un
ciego de nacimiento idea de la luz; pero no por eso deja de existir y de
ser hermosa y cuando abras los ojos la vers y la gozars con la dichosa
certeza de que cuando otra vez los cierres ser ella la que desaparezca,
no t, que de nuevo los abrirs para gozar de otras ms bellas en
sucesin eterna.

       *       *       *       *       *

Seores mos--respondo yo a tan amables palabras--, respeto
profundamente vuestro sentir porque entre vosotros se hallan a no
dudarlo los ms altos pensadores que han honrado nuestro planeta hasta
ahora; pero no me cautiva la inmortalidad que me ofrecis. Os confieso,
aunque peque de ignorante y brbaro, que este pobre _yo_ que tanto
afectis despreciar es lo nico que me interesa en este momento. Si en
otras vidas no me reconozco a m mismo tanto vale la nada. Vuestra
opinin es que antes de esta vida he vivido otras. Qu valor han tenido
para m tales vidas? Es cierto que al entregarme al sueo pierdo mi _yo_
sin pena; pero es porque tengo la seguridad de encontrarlo al despertar.
Cierto es igualmente que la inmensa mayora de las acciones y de los
sucesos de mi vida se hallan sepultados en el olvido, pero mi _yo_ ha
permanecido idntico y no ha habido al travs de mi existencia solucin
de continuidad... Continuidad! He aqu la palabra mgica, he aqu la
clave del misterio. Sin la continuidad la inmortalidad no existe.

Por otra parte, si he de vivir infinitas veces, he de morir tambin
infinitas veces y pasar por los horrores que a la muerte acompaan.
Anudar infinitas veces lazos de amor con otros seres como los que hoy
aprisionan mi corazn y otras tantas los ver quebrarse con una
separacin eterna. A quin no infundir pavor semejante horizonte? Los
discpulos del Buda, que predicaban la nada, recorran las ciudades de
la India gritando:--Alegraos, alegraos! la muerte ha sido vencida--.
Yo tambin me alegro de morir para siempre. Vuestra inmortalidad me
horroriza. Dejadme tranquilo.

       *       *       *       *       *

En efecto, aquella muchedumbre abigarrada se desvanece entre las sombras
del cementerio, pero no tarda en reemplazarla otra ms homognea. En
ella reconozco a la gran mayora de los pensadores contemporneos. El
ms viejo de todos ellos, el filsofo sajn Fechner me habl de esta
manera:

Aspiras ardientemente a guardarte como individuo; pero qu es tu
individuo? Nosotros, los seres humanos, nos alzamos sobre la tierra como
se alzan las olas sobre la superficie del Ocano, salimos del suelo como
salen las hojas del rbol. Unas y otras viven su propia historia. Las
olas reflejan separadamente los rayos del sol; las hojas se agitan
mientras las ramas permanecen inmviles. As, en nuestra conciencia,
cuando un hecho llega a ser predominante obscurece todo lo que se halla
detrs. Y sin embargo, lo que se halla detrs aunque sustrado ya a la
observacin obra sobre l lo mismo que las olas superiores obran sobre
las que estn debajo, como el temblor de las hojas obra sobre la savia
en lo interior de la rama. El Ocano entero, lo mismo que el rbol
sienten la accin de la ola y de la hoja y quedan por el hecho mismo
modificados, esto es, son otra cosa que antes eran.

De igual modo nosotros somos actores en el gran teatro del universo.
Nuestras percepciones no se desvanecen cuando morimos sino que quedan
impresas en el alma universal de la tierra y viven la vida inmortal de
las ideas, y combinadas con las de otros hombres entran a formar parte
del gran sistema del mundo. Nuestra conciencia no muere, pero se
ensancha, y as como la suma de nuestras percepciones es lo que
constituye nuestra conciencia, as la suma de nuestras conciencias
constituyen la conciencia de un ser ms grande, de un tipo superior.

Deja pues de afligirte. Ese pequeo _yo_ que tanto amas slo desaparece
en apariencia. Nada de lo que realmente lo constitua, esto es, ninguna
de tus ideas, ninguna de tus acciones dejan de existir. Impresas quedan
todas ellas en el mundo y gozan de la inmortalidad. Y los que como t
han pasado por la vida comunicando con los otros no slo sus
pensamientos sino sus ms ntimas emociones pueden gozar an con ms
seguridad de este hermoso porvenir. Si has logrado que tus libros
dejasen una pequea huella en el alma de tus lectores, esta huella por
leve que sea no se borrar jams, formar parte de su misma alma y con
esta alma entrar en el concierto universal de los espritus.

       *       *       *       *       *

Oh, gran filsofo!--me apresuro a responder--, la inmortalidad
colectiva que me ofreces es un pan demasiado duro para mis dientes. Ese
gran _yo_ de que me hablas no es el mo y debo confesarte que no puedo
amarlo porque slo me interesa este otro diminuto, este pequeo punto
central donde se refleja, sin embargo, el universo. Durante mi vida
terrenal he sido rey en mi pequeo reino y no puedo pasar sin dolor a
ser esclavo inconsciente. Fu una meloda ms o menos importante en el
concierto; me pesa convertirme en una nota del pentagrama. No me hables
de la inmortalidad literaria, porque es un cuento para entretener a los
nios. La gloria ms grande del ms grande artista de la tierra no puede
durar veinte mil aos. Cierto que a pesar de eso la amamos todos y ms
an aquellos hipcritas que fingen desdearla; pero es algo siempre
secundario en nuestra vida. El valor de la ma no se cifra en lo que he
escrito sino en lo que he amado. No me ligan a la existencia ni mis
pensamientos ni mis libros; todos ellos os los entrego sin pesar
alguno. Lo nico que me atormenta en este instante es separarme de los
seres que hoy amo, es perder la esperanza de volver a ver aquellos otros
que hace tiempo se han partido de la tierra. Si no hay nadie en el
universo o fuera de l que pueda devolvrmelos, cese, cese para siempre
esta vida miserable y hndase como una hormiga mi pobre ser en la nada!

       *       *       *       *       *

Los filsofos de la inmortalidad colectiva se retiran tambin. Apenas
desaparecidos se presentan en ruidoso tropel otros mucho ms osados y
enrgicos.

No te engaes a ti mismo--me dice uno de ellos--. No te dejes engaar
tampoco por los otros. La inmortalidad del alma es imposible, porque el
alma no existe; es una pueril creacin de nuestra mente: nadie la ha
visto ni la ha tocado. Lo que existe sin poder dudarlo es nuestro cuerpo
visible y palpable y este cuerpo ha sido el origen de todas tus
tristezas y alegras. Consulate, porque este cuerpo es inmortal. Un ser
vivo permanece eternamente vivo. No existe la muerte para la naturaleza;
su juventud es eterna como su actividad y su fecundidad. La muerte
transforma pero no destruye y no es otra cosa que la misteriosa
continuacin de la vida en formas diversas. Esa federacin de seres
vivos que llamabas tu _yo_ se disuelve pero no se aniquila. Cada uno de
los socios recobra su libertad y contina su carrera vital
alegremente...

Me preguntas si cada uno de estos seres tienen conciencia? Slo puedo
responderte que hay muchos hombres vivos que apenas la tienen tampoco.
Ni podemos afirmar ni podemos negar facultades que escapan a nuestra
observacin. Lo que te puedo asegurar es que la vida subterrnea que
ahora comenzar para tu cuerpo es mucho ms animada que la que has
llevado sobre la tierra. Preprate a recibir un sinnmero de gozosos
campaeros llenos de salud y de fuerza. Son los trabajadores de la
muerte! Vendrn en tropel las preciosas moscas llamadas _Lucilia_, de un
verde metlico brillante acompaadas de sus hermanas las _Lucilia
Cesar_, de un verde dorado y frente blanca. Inmediatamente acudirn los
_Sarcfagos_ y detrs de ellos los encantadores lepidpteros del gnero
_Aglosa_, lindas maripositas que duermen durante el da sobre las hojas
de los rboles y vuelan al crepsculo en torno de la luz. Despus vienen
otras moscas no menos hermosas, las _Profilas_, de cuerpo luciente y
pequea cabeza, a las cuales seguir una muchedumbre inmensa de
_Acarios_ encargados de facilitar la momificacin. Y estos acarios se
hallan dotados de virtud tan prolfica que una sola pareja puede
producir al cabo de tres meses un milln y medio de individuos.

As pues que no te infunda pavor la idea de la destruccin. Dentro de
la tumba la vida prosigue como fuera, una vida an ms ruidosa y animada
que se renueva sin cesar...

       *       *       *       *       *

Muchas gracias!

       *       *       *       *       *

Dejo caer otra vez sobre m la pesada losa y me dispongo resignadamente
a entrar en la nada.

Mas he aqu que poco despus escucho un suave rumor lejano que pone en
movimiento mi aterido corazn: batir de alas, chocar de besos, cantos de
triunfo...

Levanto tmidamente la piedra de mi sepulcro. El alba flotaba ya sobre
el cementerio y a su luz indecisa veo un glorioso cortejo de ngeles
alados envueltos en las brumas temblorosas de la maana. Un rayo de luz
cay sobre sus alas doradas y los vi resplandecientes girar en torno de
mi tumba. Uno de ellos, el ms hermoso, vino a posarse al pie de ella.
Mantvose algunos instantes silencioso frente a m y pude contemplar a
mi sabor su belleza inmortal, el brillo deslumbrador de sus ojos, la
altivez de su frente, su talla gigantesca, la intrepidez y la calma que
se exhalaba de su figura radiosa.

Soy el arcngel Miguel--me dijo con voz cuya extraa meloda no
pertenece a la tierra--y en nombre del Seor vengo a ofrecerte la
verdadera, la nica inmortalidad digna de su adorable providencia. Si
has credo y has confiado en El as que te hayas purificado entrars a
gozar de la vida eterna y de la suprema dicha. No se pierde tu _yo_, no
se desvanece como una meloda en el aire, porque el amor de s mismo es
el fundamento y la condicin de todo otro amor. El reposo perfecto y el
goce de Dios que te ofrezco no destruirn tu conciencia, que es el
sostn y la raz misma de tu felicidad. No hay ms que una vida temporal
para los humanos y en ella se decide si han de vivir eternamente gozando
del bien supremo o eternamente gemirn alejados de l...

Tiemblas por tu suerte? Desecha tu temor. Dios con ser omnipotente no
puede condenar a un alma que se entrega a El en la hora de la muerte.
Deseas poseer tu cuerpo? Lo poseers eternamente, pero glorioso,
purificado. Deseas el reposo? Reposars en la paz eterna. Amas el
honor, la gloria y el poder? Participars de la majestad y del soberano
dominio de Dios. Buscas la compaa de los nobles y los sabios? Gozars
de la sociedad de todos los hombres de bien que en el mundo han sido.
Quieres en fin (y este es sin duda tu ms ardiente deseo) amar a los
tuyos ms all de la tumba? Volvers a encontrarlos y esta vez para no
perderlos jams. La muerte no rompe los lazos que unen a dos corazones
sobre la tierra. Tu amor en el cielo sin dejar de ser ntimo y tierno
quedar limpio de toda aspereza; porque el corazn humano es un abismo
insondable de misterios, un campo de batalla donde alternativamente el
calor y el fro son vencedores.

Paz para siempre! Un corazn y un alma! He aqu lo que eternamente se
realiza en nuestro Paraso...

Ests conforme, dbil mortal, con las promesas del Cristo?

       *       *       *       *       *

Entonces todo mi ser se baa de alegra. Hago un esfuerzo supremo y
alzando la piedra que me encierra exclamo gozosamente:

Tuyo soy!




XXVII

OVIEDO


En el Otoo de este mismo ao fu enviado a Oviedo para estudiar la
segunda enseanza. La capital de Asturias no ofrece apenas, en su
aspecto material, nada que pueda fijar la atencin y hacerla
interesante. Asentada sobre el lomo de un verde collado, sus contornos
son bellos como lo es toda la provincia, pero sin relieve; las calles,
en general estrechas e irregulares, el casero mezquino con pocos
edificios notables que la decoren. Aunque fu corte en los primeros
tiempos de la Reconquista, lo fu por tan breve tiempo y en poca tan
remota, que apenas quedan huellas monumentales de su realeza. Sus
iglesias distan mucho de ser joyas artsticas como las de Len y Toledo.
Su misma catedral, de estilo gtico, ni por su magnitud ni por la
riqueza de sus ornamentos, sale de lo comn en esta clase de templos.
Pero su torre... Ah!, su torre merece captulo aparte.

Es la ms esbelta, la ms armnica, la ms primorosa de cuantas existen
en Espaa. Oviedo alardea, con razn, de esta torre, como una mujer fea
se vanagloria de poseer copiosos y ondulantes cabellos.

Pero esta fea, adems de su esplndida cabellera, tiene atractivo y gana
mucho con el trato. Cul es su atractivo? La sonrisa: una sonrisa
alegre y cordial, franca y picaresca. He conocido algunos viajeros que,
prendados de esta sonrisa, han plantado su tienda en la capital de
Asturias y no han querido salir ya ms de ella.

Si el encanto de Avils consiste en su alegra infantil, el de Oviedo se
cifra en su donaire malicioso. En ninguna otra regin de Espaa, ni aun
en Andaluca, tierra clsica de la gracia, se hallar una poblacin ms
regocijada y burlona. Su agudeza no es ligera, aparatosa, espumante como
la de Sevilla y Mlaga: son los asturianos hombres del Norte y pagan
tributo a la frialdad de su clima y al tono gris de su cielo. Pero hay
ms profundidad en su ingenio, su malicia es ms espiritual, ms
penetrante y tambin, hay que confesarlo, ms despiadada.

La burla es la deidad a la que se rinde culto incesante en Oviedo; es su
recreo y casi su necesidad. Los ovetenses tienen nariz de sabueso para
olfatear el ridculo. As que lo encuentran se paran como los buenos
perros de muestra y esperan a los dems para dar comienzo a la caza.
Esta caza es una verdadera fiesta o regocijo pblico, particularmente
cuando la vctima se halla constituda en autoridad.

Lleg en cierta poca a Oviedo un gobernador que era un literato
rampln, pero muy pagado de sus obras. En cuanto se dieron cuenta de su
flaqueza no hubo banquete ni solemnidad donde se pronunciasen brindis o
discursos en los cuales no se trajesen a cuento frases y hasta prrafos
enteros de las obras de la primera autoridad. Se le citaba como a
Plutarco o Cervantes. Aquel badulaque fu dichoso durante los meses que
gobern la provincia y los ovetenses ms felices an que l.

Nada les entristece a stos ser mandados por cualquier majadero: al
contrario, sospecho que se hallan ms complacidos cuando sus autoridades
lo son en grado mximo. Hubo una poca, ya remota, en que el gobernador,
el alcalde, el rector de la Universidad y el presidente de la Audiencia
eran cuatro graciosos payasos sin pizca de sentido comn. Pues bien;
nunca se sinti tan feliz la poblacin: fu el siglo de oro de Oviedo.

Confesemos, sin embargo, que sus bromas son, no pocas veces, crueles y
hasta alevosas. Exista en mi tiempo un honrado hojalatero atacado de la
mana de la oratoria. En cuanto se le dejaba perorar lo haca con tanto
nfasis y fuego defendiendo sus ideas tradicionalistas, que nadie poda
irle a la mano. Es innecesario decir que nadie, en efecto, pensaba en
atajarle: antes al contrario, se le tiraba de la lengua, se le encenda
y se le atizaba dondequiera que se presentaba, sobre todo en el caf.

No bastaron, sin embargo, el caf y la calle. Un grupo de jvenes
alegres ide nada menos que fundar un Crculo de recreo con el exclusivo
objeto de nombrar presidente de l al citado hojalatero y poder tenerle
a su servicio todas las noches.

Y, en efecto, se alquil un local, se redactaron los estatutos y nuestro
hojalatero fu elegido por voto unnime presidente de la Sociedad. Aquel
honor inesperado se le subi de tal forma a la cabeza, pronunci tal
nmero de discursos vehementes y fu tan aplaudido y festejado que
termin por enfermar. Pocas noches despus de tomar posesin de su
cargo, tres o cuatro socios, de acuerdo con los dems, presentaron a la
Junta directiva una proposicin pidiendo que se comprase una regadera
con destino al barrido del Crculo. El hojalatero, al leer la
proposicin se levant y pronunci un discurso que hizo poca.

--Seores: El presidente de esta Sociedad es maestro hojalatero,
vidriero, plomero y est dispuesto a construir gratuitamente no una
regadera, sino diez regaderas, veinte regaderas, todas las regaderas que
sean necesarias para el aseo del Crculo que tiene el honor de
presidir...

Aos despus todava los chicos de Oviedo saban de memoria este
discurso y se lo gritaban al infeliz hojalatero cuando pasaba por las
calles.

La poltica, que suele ser trgica en los pueblos y encender las
pasiones y producir graves desabrimientos, reviste en Oviedo un aspecto
cmico. Entre los enemigos polticos nada de injurias soeces, ni de
miradas melodramticas, ni de pedradas o tiros por la noche. Los ms
encarnizados adversarios se encuentran en Cimadevilla, punto cntrico de
la poblacin, se saludan, se sonren, se forma crculo de amigos en
torno de ellos y comienzan a embromarse alegremente. Es un certamen, un
tiroteo de chanzas y agudezas en el cual, el ms gracioso, el que hace
rer mejor a los amigos, es quien pone el cascabel al gato y sale
vencedor.

Hay caciques en Oviedo como los hay desgraciadamente en todas las
capitales de Espaa, pero aqu lo son a condicin de aparecer modestos y
familiares con todo el mundo y dejarse embromar en los corrillos de la
calle. Si se le ocurriese a cualquier diputado o senador el no dar ni
admitir chanzas, mostrarse reservado y erguido, caera inmediatamente en
el desprecio pblico, se le cubrira de ridculo y ya no volvera a
levantarse. Cuando las autoridades o los prceres de la poltica son
comunicativos e ingeniosos y descienden a presentarse en el caf y
formar tertulia y ren y charlan como los dems, entonces es cuando son
verdaderamente respetados y queridos. Es un caso raro, acaso nico, que
habla muy alto en favor de la dignidad y el entendimiento de los
habitantes de la capital de Asturias.

Pudiera sospecharse que en un pueblo donde corre con tal fortuna la
burla andar igualmente desatada la maledicencia. No sucede as. Existe
ciertamente la murmuracin, pero no es tan agresiva y traidora como en
otras poblaciones. A los ovetenses les agrada ms descubrir una mana
ridcula que un robo y burlarse en la cara ms que por la espalda. Se
dicen frente a frente y en tono jocoso frases que acaso haran funcionar
las pistolas en otra regin. All se acogen con una carcajada.

Muchas farsas regocijadas he presenciado en Oviedo durante mi
adolescencia, pero la que mejor recuerdo y ms impresin me caus fu la
que compusieron para cierto clrigo de misa y olla unos cuantos jvenes
traviesos.

Buscaba con sobrada diligencia dicho clrigo su reino en este mundo, no
en el otro; careca de instruccin, careca de inteligencia y tampoco
haba dado largos pasos en el camino de la perfeccin espiritual.
Habase hecho muy familiar de un poltico influyente, al cual serva y
adulaba en la medida de sus fuerzas. Para recompensar estos servicios
domsticos y electorales, el personaje poltico logr que se le nombrase
cannigo. Tales y tan vituperables excesos se ven por la nefanda
intrusin del poder civil en la santa libertad de la Iglesia!

Las personas piadosas gimieron por aquel escndalo, pero los cazurros
ovetenses rieron y no perdieron ya de vista al ambicioso clrigo,
prometindose pasar algn buen rato a sus expensas.

Lleg en efecto un da en que cierto joven muy conocido en la poblacin
recibi una carta de un hermano poltico, diputado y hombre de
influencia en Madrid. Comunicbale en ella que hallndose vacante la
dicesis de *** el Gobierno de acuerdo con el Nuncio de Su Santidad
pensaba buscar obispo en el cabildo catedral de Oviedo, y que a l como
diputado ministerial se le haba consultado respecto a este particular.
Sabiendo la cariosa amistad que le ligaba a don... (el nombre del
cannigo) y las muchas partes que a ste adornaban no haba vacilado en
designarle para la sede vacante y haba tenido el gusto de saber que
otros tres o cuatro diputados de la provincia siguieron su ejemplo. Por
tanto, le rogaba que se avistase con el interesado y se lo hiciese
saber. Antes de dar un paso ms era necesario que ste manifestase si
estaba dispuesto a aceptar.

Con gran sigilo y reserva, el malicioso joven comunic la carta de su
cuado con el cannigo. Quedse ste densamente plido, perdi el uso de
la palabra por algunos momentos, comenz a tragar la saliva con
dificultad y al cabo, protestando de su insuficiencia, manifest que
estaba dispuesto a obedecer a sus superiores en esto como en todo. Sin
embargo, principi a celebrar consultas con los sacerdotes y los
seglares ms caracterizados de la poblacin. Finga vacilar, se
declaraba indigno, peda consejo; todo para darse an ms tono y
escuchar elogios.

Dur este trajn de las consultas por varios das como si fuese una
crisis ministerial. Las personas sinceramente religiosas de la ciudad se
hallaban aterradas: el obispo, el cabildo catedral y en general todo el
clero estupefacto. Cruzbanse entretanto cartas, venan telegramas.
Pronto la poblacin entera se puso al tanto de la farsa y tom parte en
ella. Fu una verdadera corrida en pelo la que sufri aquel desdichado
sin darse cuenta. Marchaba por las calles en actitud imponente y
majestuosa, diriga sonrisas de proteccin a los conocidos, le faltaba
ya poqusimo para echarnos bendiciones como si tuviese la mitra sobre la
cabeza y el bculo en la mano. Tcitamente convencidos todos afectaban
la mayor seriedad y respeto. Los estudiantes se despojaban del sombrero
cuando pasaba, los comerciantes salan de sus tiendas y le daban la
enhorabuena llamndole _su ilustrsima_. El cannigo reciba los
plcemes con orgullosa condescendencia y echndose hacia atrs un poco
responda gravemente:

--Pidan ustedes a Dios que me d luces para gobernar la dicesis.




XXVIII

EL CUADRO DE HONOR


Mi abuelo paterno, a cuya casa vine a parar, era un honrado burgus que
vivi hasta los noventa y tres aos cuidando de su salud fsica.

De la moral no haba cuidado: se la daba Dios por aadidura.

Cuando entr en este mundo, all en el ltimo tercio del siglo XVIII, no
pens como Schopenhauer que haba cado en una cueva de bandidos, sino
en un nido de ngeles. En esta creencia vivi y muri al cabo de un
siglo.

Mas si crey siempre en el bien, no imaginaba que ste se hallaba
igualmente repartido en el mundo. Por un decreto especial de la
Providencia, cuya justicia jams puso en duda, a su patria, a su
provincia, a sus parientes, a sus amigos y conocidos tocaba una parte
mucho mayor que al resto del universo.

Que le viniesen a hablar de las bellezas de Suiza. Sonrea
compasivamente y nos contaba cmo el conde de Toreno, el famoso
historiador de la _Guerra de la Independencia_, le haba dicho en
confianza cierta tarde en el parque de San Francisco: He viajado por
Francia, por Inglaterra, por Alemania, por Suiza, por Italia: nada he
visto comparable a Asturias.

Que se elogiase en su presencia la sabidura o la elocuencia de un
hombre eminente espaol o extranjero. La misma sonrisa por parte de mi
abuelo. Sonrea porque estaba bien seguro de que nadie en este mundo
alcanzaba la claridad de juicio, la fuerza de razonamiento, la
insondable profundidad teolgica de su ntimo amigo V*** el den de la
Catedral.

Y a este tenor, su amigo el doctor A***, era el abogado ms notable del
reino; el coronel P***, el ms hbil estratgico; el farmacutico L***,
en cuya botica se reposaba de sus paseos higinicos, un qumico sin
rival, y C***, el tendero de comestibles con quien alguna vez fumaba un
cigarro por las tardes, posea en su opinin un verdadero tesoro en
productos alimenticios.

Ya se guardaran mis tas de enviar por cualquier medicamento a otra
farmacia que no fuese la del licenciado L***! Si esto acaeciese, mi
abuelo pensara que se le haba envenenado. En cuanto a los comestibles
se crean con derecho a ms independencia, y una que otra vez se
autorizaban la libertad de traer algn producto de otra tienda. Pero
como no hay estafa que al cabo no se descubra en este mundo, cualquier
imprudencia de la cocinera descubra la de mis tas. Qu consternacin
profunda se pintaba en el rostro de mi abuelo al averiguar que los
garbanzos que estaban comiendo no eran de la tienda de su amigo C***
sino de la del falsificador de la esquina! Entonces se simulaba una
comedia; se finga restituir aquellos indignos garbanzos al lugar de su
procedencia y acarrear otros del tesoro que guardaba el amigo C***.
Mediante esta superchera, en la cual todos tombamos parte, las olas
encrespadas se sosegaban y la calma renaca en el espritu atribulado de
mi abuelo.

Despus de esto no necesito declarar que sus digestiones fueron siempre
perfectas y que la ms pura y tranquila felicidad se reflejaba
constantemente en su persona higinica.

Confieso, con vergenza, que toda mi vida he profesado hacia mi abuelo
una envidia ruin. En los momentos crticos de la vida, cuando algn
disgusto me oprime, cuando encuentro antipticas a las personas que me
rodean, y los enemigos me crispan y los amigos me molestan y los
peridicos me aburren, entonces su figura radiosa y plcida se me
aparece hablndome con entusiasmo de los paisajes de Asturias, de la
sabidura del den y de los garbanzos de su amigo C***. Oh, cunto le
envidio en aquellos momentos! Oh, con qu placer trocara mi masa
enceflica y mi espina dorsal por las suyas!

Y, sin embargo, estoy seguro de poseer alguno de los glbulos color de
rosa de la sangre de mi abuelo en la ma. Verdad que estos glbulos se
hallan mezclados con los grises de mi padre y con los verdes, amarillos
y azules de todos mis antepasados; porque es cosa averiguada que el
hombre semeja un panten donde todos los muertos hablan y mandan cada
uno a su hora. Verdad que estos glbulos se entrechocan, bullen, rien,
se acarician, se agitan y forman infernal algaraba dentro de mi cuerpo;
pero al fin aqu estn y son, a no dudarlo, los que una que otra vez me
impulsan a creer demasiado pronto en la teologa, en la qumica o en los
garbanzos de cualquier amigo.

Los glbulos de mi padre me cantan lo que hay de triste y repugnante en
nuestra vida, pero los de mi abuelo me sugieren poco despus dulcemente
que todos los males tienen su compensacin, que al lado de cada
desventaja hay siempre una ventaja, y que existe una normal para la
felicidad de los hombres como existe para su calor animal: la diferencia
es slo de algunas dcimas.

Recuerdo que en mi infancia viva en Avils un simptico armador que
tuvo la desgracia de que se le perdiese un barco en las costas de
Galicia. Cuando los amigos fueron a darle el psame le hallaron
tranquilo y risueo como si no hubiera pasado nada.--Y si se hubiera
perdido el _Paco_?--exclamaba riendo y frotndose las rodillas. El
_Paco_ era otro buque de mayor porte que tena igualmente navegando.
Algo parecido me sucede a m. Cuando experimento alguna contrariedad o
sufro cualquier desengao, suelo exclamar interiormente:--Y si se
hubiera perdido el _Paco_! Convengo en que es un mezquino consuelo; pero
sin estos mezquinos consuelos la vida sera cosa mucho ms mezquina.

Si mimado haba sido hasta entonces por mis padres en Avils, ms
mimado lo fu an en Oviedo por mi abuelo y mis buenas tas. Adems
coma a menudo con nosotros y pasaba gran parte del da, un primo mo
del cual fu, desde luego, grande amigo y admirador. Tena nueve o diez
aos ms que yo. Era, por lo tanto, un mancebo de veintiuno o veintids
aos que se hallaba terminando la carrera de Derecho, inteligente, de
agradable presencia, con rizada cabellera romntica y de una
sensibilidad tan excesiva, como no he conocido despus a ningn otro
hombre. Las emociones, hasta las ms fugaces, se reflejaban de tal
manera en su rostro expresivo que no necesitaba hablar para hacer
ostensibles los estados de su alma.

Con estos elementos y atendida la poca en que floreca, fcil es
colegir que mi primo era un romntico desenfrenado. Fuimos excelentes
camaradas y fu el primero que me ense a respetar las ojeras y las
melenas del romanticismo.

Sus dolos eran Byron, Lamartine, Chateaubriand y Espronceda. Llevaba
siempre en el bolsillo las _Meditaciones_, de Lamartine, en un primoroso
volumen que an conservo yo con cario en mi librera, y me las traduca
y las comentaba lnguidamente, entre suspiros y lgrimas no pocas veces.
Cuando vienen a mi memoria los hermosos versos de _Le Lac_,

      Ainsi toujours pousss vers de nouveaux rivages
    dans la nuit ternelle emports sans retour,
    ne pourrons-nous jamis sur l'ocan des ages
    jeter l'ancre un seul jour?

se me aparece siempre la figura de mi primo con su melena rizada y sus
ojos negros enternecidos. Ay!, ni l ni yo hemos podido echar el ancla
en aquellos hermosos y serenos das. El abord ya las riberas de la
noche eterna; yo no tardar en seguirle.

Me lea tambin el _Werther_, de Goethe, y _Nuestra Seora de Pars_, de
Vctor Hugo. En cuanto al _Diablo Mundo_, de Espronceda, no necesitaba
lermelo, porque se lo saba de memoria. Senta una viva admiracin
hacia este gran poeta, que inmediatamente logr infundirme a m.

Casi tanto como la poesa atraa a mi primo la msica. Aunque no haba
estudiado sus principios posea un odo tan delicado y tal sensibilidad,
que dudo que ningn msico profesional le aventajase. Escuchando ciertas
arias de pera y algunos conciertos de violoncelo le he visto
empalidecer densamente y permanecer en un estado de estupor hipntico
que inspiraba miedo.

Pero en msica, como en poesa, era exclusivista. Amaba a ciertos
msicos y aborreca a otros. Su predilecto era el maestro italiano
Bellini; mejor dicho era su dolo; no exista para l nada en este mundo
superior a _Norma, Sonmbula y Puritanos_. A Rossini le respetaba; a
Donizetti le conceda algn talento, y _Luca de Lammermoor_ le agradaba
bastante; pero no vacilaba en afirmar que esta pera era una obra
pstuma de Bellini que Donizetti haba hallado entre sus papeles. Me
contaba, a tal propsito, que hallndose ste loco en un manicomio le
haban hecho or el inspirado final de _Luca_ y, quedando un momento
exttico, haba exclamado: Tena talento ese Bellini!

En cuanto a Verdi le odiaba profundamente. Era tanta su aversin por
este maestro, que cuando de l se hablaba se pona plido y enronqueca
su voz, como si en otro tiempo le hubiera inferido una afrenta
imperdonable a l o a su padre. Naturalmente, yo particip en seguida
del amor a Bellini y del odio a Verdi. Pero lo singular del caso es que
las peras de este maestro me encantaban, particularmente _Traviata_ y
_Rigoleto_. Esto me causaba un malestar y una vergenza indecibles;
haca esfuerzos desesperados por arrojar de m esta inclinacin, como
San Antonio hua de sus terribles tentaciones.

Desde luego, debe suponerse que si mi primo era tan sensible a la poesa
y a la msica, no lo sera menos al amor. Lo era muchsimo ms. Era un
enamorado de los pies a la cabeza. De quin? De todas las hermosas
mujeres que sus ojos acertaban a ver; pero no simultneamente, sino
enfiladas y por riguroso turno. Sus amores no eran muy largos; dos meses
cada uno, poco ms o menos. Acaso por esto mismo el objeto de sus
ansias no llegaba generalmente a enterarse. Mas, lo que perdan en
extensin, lo ganaban en intensidad. Nadie ardi jams con tan viva
llama, nadie suspir, nadie vel, nadie se suicid mentalmente, nadie
compuso tantos versos como l.

Haba de todo: romances, dcimas, octavillas, sficos adnicos. Adems,
indefectiblemente, para cada uno de sus amores compona una habanera en
honor de la bella ingrata: msica y letra. Como, segn he dicho, no
tena conocimientos musicales, no poda escribirla; pero la retena
perfectamente en la memoria y me la cantaba cuando nos hallbamos solos.
Yo escuchaba estas habaneras embelesado, admirando la inspiracin y el
prodigioso talento musical de mi primo. No dejaba de advertir, sin
embargo, que se parecan mucho unas a otras. Por ejemplo, la que deca:

    _Hay una hermosa triguea,_

era casi igual a otra que principiaba:

    _Una rubita, bella sin par._

Apenas variaba ms que el color del pelo; pero esto no amenguaba mi
placer; al contrario, puesto que me haba agradado la primera, era
lgico que me agradasen todas.

Me encontraba, pues, en Oviedo a las mil maravillas. Las clases del
Instituto eran menos largas y penosas que la escuela de don Juan de la
Cruz; me dejaban libre casi toda la tarde. Adems, se respiraba en los
claustros de la Universidad, por donde pasebamos, un ambiente de
libertad, de emancipacin que me hechizaba. Ya no nos llambamos los
compaeros por el nombre de pila, como en la escuela, sino por nuestro
apellido, y esta, al parecer, insignificante circunstancia, nos haca
imaginar que ramos ya hombres, y nos llenaba de satisfaccin. Los
porteros y bedeles, igualmente, nos llamaban por el apellido, hacindole
preceder de la palabra seor; nos codebamos paseando con los
estudiantes de Jurisprudencia, casi todos poseedores de un bigote ms o
menos floreciente; haba desaparecido por completo todo castigo
corporal; formbamos dentro de la ciudad una casta infinitamente
respetable.

Cuando sonaba la campana, los profesores atravesaban el claustro
solemnemente y entraban en el aula revestidos de toga y birrete. Al
terminar, un bedel abra la puerta, se asomaba con respeto y deca,
inclinndose profundamente: Es la hora. Alguna que otra rara vez,
antes de terminar la clase abra de improviso, y con estrpito, de par
en par las puertas, daba un fuerte golpe con el pie sobre el entarimado
y gritaba con el mayor nfasis:

--El seor Rector!

Entonces todos nos ponamos en pie sbitamente, como movidos por un
resorte; el Profesor tambin se levantaba y sala a recibir al Rector,
que atravesaba la ctedra e iba a sentarse en el silln de aqul con una
majestad augusta que nos produca escalofros de respeto. Nuestro
catedrtico se sentaba a su lado, humilde, reverente, eclipsado como un
despreciable asteroide por aquel gran sol radiante.

Oh, cun feliz me haca todo este aparato pintoresco! Me pareca vivir
en otro mundo y haber ascendido varios grados en la escala de los seres
vivos. Tuve la desgracia, no obstante, de que me tocase por catedrtico
de Latn un seor de rostro cetrino y deteriorado por la viruela, de
temperamento fro, irnico y bilioso, el nico profesor modernista que
exista a la sazn en el Instituto. Y digo modernista, porque la
frialdad y la bilis parecen ser los elementos que mejor caracterizan a
nuestra Edad Moderna. Todos los dems catedrticos estaban chapados a la
antigua, cordiales, ruidosos, espontneos y un poquito grotescos.

Tenamos aquel ao uno de Religin que era, al mismo tiempo, prroco de
una de las parroquias de la ciudad: un coloso velludo, un monstruoso
cetceo, cuyos resoplidos, como los de los leones, infundan pavor; su
voz sonaba horrsona, como si hablase con bocina; y cuando daba un
puetazo sobre la mesa, la rompa, indefectiblemente. Dos o tres veces
durante el curso fu arreglada por el carpintero. Cuando nos hablaba del
Apocalipsis creamos estar oyendo, en efecto, la gran voz que escuch
San Juan, semejante a una trompeta, y cuando nos narraba de qu forma
Sansn se llev las puertas de Gaza hasta lo alto de una colina sobre
sus espaldas, y con la quijada de un asno puso en vergonzosa fuga y di
muerte a mil filisteos, ni uno de nosotros dejaba de representarse al
hroe bblico, con sotana y manteos, blandiendo el hueso del burro.

Empec a asistir puntualmente a mis clases y a estudiar con igual
puntualidad mis lecciones. Cuatro o cinco veces durante aquel primer mes
me llamaron los profesores para decirlas, y lo hice del modo mejor que
Dios me di a entender. No pens hacer nada meritorio: estaba tan
persuadido de mi insignificancia, que ni por un momento sospech que
aquello tuviera valor alguno.

Cuando termin el mes, hallbame paseando el primer da del otro por los
claustros con mis libros debajo del brazo. Haba llegado demasiado
temprano y apenas haba chicos por all. Paseaba, pues, como digo, solo
y aburrido, cuando al cruzar por delante de la puerta de la Secretara
vi sobre ella colgado un gran cuadro con marco dorado. Era, sin duda, el
_cuadro de honor_, del cual ya haba odo hablar; sobre l se estampaban
los nombres de los alumnos que ms se haban distinguido en los
diferentes aos del bachillerato. Me acerqu negligentemente a l, pas
una mirada distrada sobre sus primores caligrficos, y... qu es lo
que veo? Mi nombre apareca el primero de todos sobre el cuadro. Qued
clavado al suelo por el estupor ms que por la alegra; despus me llev
las manos a los ojos, temiendo que aquello fuese una alucinacin. Pero,
no! All estaba bien claro mi nombre con mis dos apellidos.

Fu una revelacin: fu la voz que le grit a Lzaro: Levntate! Mi
padre estaba equivocado. Yo no era un ser inepto.




XXIX

BESOS EN CABEZA DE TURCO


Dos o tres meses despus de mi llegada a Oviedo se traslad mi abuelo
con su familia al piso segundo de una casa recin construda sobre la
antigua muralla de la ciudad. Por delante formaba con otras una
rinconada o plazoleta: algunas callejuelas venan a desembocar; estaba
rodeada de vecinos que vivan como en familia, hablndose desde los
balcones. Por detrs tena mayor elevacin y las vistas sobre el campo;
haba mucho aire, mucha luz y mucho silencio. Era ntima, familiar y
grrula, como una vieja comadre, por delante; era grave y luminosa, por
detrs, como una deidad.

En esta casa vivi mi familia paterna por ms de cuarenta aos, y all
muri casi toda ella. La primera en sucumbir fu la ms joven de mis
tres tas. Haca ya tiempo que padeca una enfermedad mortal al pecho.
En sus ltimos das experimentaba antojos y tentaciones de golosinas que
el mdico le prohiba. Entonces la cuitada me hizo su confidente y me
enviaba secretamente por ellas. Yo le traa confites y naranjas en los
bolsillos de mi abrigo y se los entregaba cuando no haba nadie en la
habitacin. Despus de su muerte me acometieron atroces remordimientos
imaginando que haba contribudo a ello. Ms adelante, cuando empec a
dudar de la ciencia de nuestro mdico, y, en general, de la eficacia de
la Medicina, me alegr de haber endulzado sus ltimos momentos.

Quedaban otras dos. Ambas pasaban de los cuarenta; pero aunque
igualmente viejas solteronas no podan ser ms diferentes por su
carcter. La primera era una mujer seria, firme, concentrada; posea
claro entendimiento y tierno corazn, pero hua de toda manifestacin
externa, mantenindose siempre en una reserva que la haca aparecer
severa. No lo era ms que para el amor sexual y todo lo que con l se
conexionase. Tena por tan ridculo y aun tan indigno cuanto se
refiriese a la vida galante, que, cuando se hablaba en su presencia de
alguna relacin amorosa, mostraba inmediatamente su malestar y haca lo
posible por derivar a otro punto la conversacin. Si se obstinaban en
seguir tratndolo no tardaba, con cualquier pretexto, en alzarse de la
silla y salir de la estancia. Nadie en la familia le haba conocido
jams inclinacin amorosa, noviazgo, ni cosa que se le pareciese. Por
eso, a m, que estudiaba entonces la historia de Roma, se me
representaba mi ta como una de aquellas tristes vestales que envejecan
y se secaban atizando el fuego sacro. El que ella mantena vivo era el
del orden, la economa y la dignidad del hogar domstico, en cuya tarea
nadie poda aventajarla.

La segunda formaba con sta gracioso contraste. Era la ms devota y
respetuosa adoradora de Cupido que jams se viera. Cuanto se refiriese
de cerca o de lejos a los tiernos sentimientos que aquel dios inspira a
los mortales, hallaba eco en su alma y despertaba su inters. Su memoria
era un almacn de historias sentimentales, al cual acuda yo para
solazarme cuando el estudio me aburra y no estaba en casa mi primo para
entretenerme.

Ninguna otra cosa pareca conmoverla en este mundo que sus achaques (que
eran muchos y variados) y las dulces manifestaciones juveniles del
sentimiento amoroso.

Porque para ella los seres humanos no envejecan. Cuando alguna persona
de edad avanzada, ya perteneciese al sexo masculino o al femenino, vena
de visita a nuestra casa o la veamos desde el balcn cruzar por la
calle, aquella persona no exista para ella en el presente ni le
interesaba su condicin actual, sino que inmediatamente la retrotraa a
su juventud y me narraba prolijamente sus amores con la anciana seora,
su esposa, que le acompaaba; me refera los obstculos que le haba
puesto la familia de sta, cmo l los haba vencido, de qu manera se
corresponda con ella dejando sus billetes amorosos escondidos debajo de
un confesonario de la catedral, y otras travesuras no menos ingeniosas;
por fin, en qu forma una noche haba escalado los balcones de la casa
de su amada, y juntos se haban hudo del hogar paterno.

Confieso que me costaba enorme trabajo representarme a aquellos dos
ancianos descendiendo por una escala de cuerda a la calle. Pero mi ta
pareca que los estaba viendo y no perdonaba ningn detalle que
contribuyese a animar aquel cuadro interesante.

Era mi ta un ser ideal y potico, era una entusiasta sentimental, era
una cascada romntica, era un bosquecillo donde se arrullaban las
trtolas. Gastaba sortijillas en el pelo pegadas con goma a las sienes;
tocaba la guitarra y cantaba melodas delicadas de ritmo quejumbroso:
canciones de los buenos tiempos de amor y poesa que en nada se parecen
a los _couplets_ desvergonzados que hoy escuchamos por todas partes.
Entonces las grandes pasiones amorosas histricas o fingidas servan a
los msicos annimos para componer melodas tristsimas. Haba una
cancin de _Abelardo y Elosa_, haba otra de _Chactas y Atala_. Ambas
retengo en la memoria y suelo tararearlas cuando me siento desengaado y
melanclico. Tambin recuerdo una, que mi ta cantaba con predileccin:

       Tronco infeliz, desnudo y sin verdura;
    imagen fiel de un desdichado amor;
    si marchit el invierno tu hermosura,
    tambin a m me marchit el dolor.

Otra comenzaba:

       Tu padre, rico de oro, es insaciable;
    ay!, por tenerle, mil vidas diera yo.

Yo escuchaba todo esto embelesado; admiraba a aquellos hroes del amor y
deploraba el haber nacido en una poca tan ruin y prosaica. Mi ta, con
su guitarra y sus canciones, con sus relatos interesantes y el perfume
de almizcle que usaba, me inici en el romanticismo casero, como mi
primo me haba iniciado en el literario.

Entraba en nuestra casa como el amigo ms ntimo un seor calvo, de
rostro plido, de mirada dura y penetrante, alto de hombros y hundido de
pecho. Era un hombre inteligente, pero sin sonrisa. Hablaba poco y
cortante; sus juicios eran inapelables: si se le contrariaba quedaba an
ms plido y enronqueca de furor.

Los nios de la poblacin le tenan un miedo increble. Porque este
caballero haba dado en la extraa mana, y con ella gozaba al parecer,
de aterrar al mundo infantil. Tena a todos los nios fuertemente
sugestionados. En cuanto tropezaba en la calle con uno de su
conocimiento, y a veces aunque no lo fuese, se detena, le clavaba una
mirada feroz, insistente, y despus de tenerle hipnotizado preguntaba
con voz terrible al criado o criada que le conduca si haba sido
bueno. En caso afirmativo le dejaba pasar tranquilamente. Pero si se le
deca lo contrario un demonio del infierno no poda poner cara ms
espantosa que aquel buen seor; le coga por el brazo, le sacuda y le
gritaba al odo tales y tan horrendas amenazas que el nio quedaba sin
gota de sangre en las venas, sin fuerza aun para llorar. Los padres
alentaban esta mana que les era til; la amenaza de llamarle bastaba
para que cualquier nio recalcitrante se transformase en manso cordero.
Tal idea tenan los chicos de la braveza feroz y de la infinita crueldad
de aquel sujeto que un hermanito mo me preguntaba cierto da, con la
mayor naturalidad, si tendra ms fuerza que un toro. Le respond que
s. Call un momento y me pregunt de nuevo si tendra ms fuerza que un
guardia civil. Le respond tambin afirmativamente. Por ltimo despus
de algunas vacilaciones me pregunt si tendra ms fuerza que Dios.
Entonces yo, no atrevindome a despojar al Ser Supremo del atributo de
su omnipotencia, aunque se me pasaron ganas de hacerlo, le respond que
tena menos, pero slo un poco menos, casi nada menos.

Pues este caballero spero y ceudo haba sido, caso maravilloso!,
novio de mi romntica ta. Por lo que pude colegir, la falta de medios
de fortuna le haba retrado del matrimonio. Esto al menos pensaba y
dejaba traslucir mi ta.

Era para m cosa absolutamente incomprensible cmo aquel seor calvo
pudiera haber sido un doncel enamorado. Porque yo entonces me
representaba siempre a los enamorados con largos cabellos. Cmo suponer
a un sujeto tan rgido doblando la rodilla, llevndose la mano al
corazn y profiriendo frases apasionadas? Sin embargo, mi ta lleg a
afirmarme que le haba compuesto y dedicado ms de un madrigal. No s lo
que tendr de cierto. Lo que no cabe dudar era que segua enamorada de
l, que buscaba pretextos para abrir el balcn a las horas en que l iba
y vena de la oficina, que le serva el caf cuando vena a tomarlo a
casa con rematada complacencia, y escuchaba sus sentencias como
orculos.

No le suceda a l otro tanto; antes por el contrario, le hablaba an
con ms aspereza que a los dems y sin mirarle a la cara, y le llevaba
la contraria a cuanto deca sin reparo alguno y en forma despectiva.
Pero esto era para mi ta, por lo que dejaba entender, testimonio
irrecusable del ms acendrado amor. Es posible que estuviese en lo
cierto.

Me inclino a pensarlo, porque aquel caballero era en el fondo de su alma
todo lo contrario de lo que representaba. Cuando pude penetrar su
carcter me persuad de que no slo posea una inteligencia lcida y muy
estimable cultura, sino lo que es an mejor, un gran corazn. Era tierno
y compasivo como pocos, creyente fervoroso, dispuesto a sacrificarse por
los otros ocultando siempre con extrema vigilancia toda seal de
debilidad. Era, en una palabra, el tipo acabado del _bourru
bienfaisant_, que los dramaturgos franceses se complacen alguna vez en
pintar en sus comedias.

Al hacerme hombre me ligu a l con afectuosa confianza. Posea una
copiosa librera, que puso a mi disposicin, y le debo muchos y
prudentes consejos que me han servido bastante en la vida. Su muerte fu
para m una prdida irreparable. El, que no sonrea jams, muri con la
sonrisa en los labios consolando con palabras jocosas a los que lloraban
en torno de su lecho.

Guarda aquella casa todos los recuerdos de mi adolescencia. En su
despacho baado por el sol y por el aire puro de los campos so poemas
divinos; all la voz de la naturaleza hizo latir mi corazn; all
cantaron en mi alma mil ruiseores armoniosos; all se disiparon las
nieblas en que se envolva mi infancia; all una extraa y nueva vida
oprimi mi pecho inflamndolo con un fuego sutil y misterioso; all
estudi las conjugaciones de los verbos latinos regulares e irregulares
y aprend a extraer la raz cbica de los nmeros.

Vino a estrenarla igualmente con nosotros, habitando el piso principal,
un catedrtico de la facultad de Derecho de la Universidad. Era hombre
de poco estudio pero de mucho talento a lo que oa decir, porque no me
hallaba yo en estado de juzgarlo. Tena dos hijos de mi misma edad
aproximadamente, con los cuales trab en seguida estrecha amistad. Tena
tambin una hija que contaba dos o tres aos ms que el primero de sus
hermanos. Era una linda nia de catorce o quince aos y esta nia tena
dos amiguitas de su misma edad tan lindas como ella que venan casi
todos los das a su casa a pasar la tarde y solazarse.

No creo que haya habido nunca en Oviedo una trinidad ms respetable. Un
estudiante de segundo ao de Derecho, que presuma de clsico las llam
_las tres gracias_. Dos de ellas an viven y a pesar de los aos
devastadores conservan vestigios de su pristina hermosura.

Pues estas tres chicas se compadecieron inmediatamente de mi niez y
comenzaron a prodigarme los ms tiernos y maternales cuidados. Una
anciana de noventa aos, hablando a una nia de diez, no adoptara un
acento ms protector, ms condescendiente que el que ellas usaban
conmigo. Me atusaban el cabello cuando estaba despeinado, me hacan el
nudo de la corbata, me hacan recitar fbulas, rean como locas con mis
inocentes salidas y me cubran de besos a cada instante; pero me
besaban como si fuese su nieto.

La encrucijada o plazoleta donde nuestra casa se hallaba situada herva
de mozalbetes enamorados, ninguno de los cuales pasara de diez y ocho
aos. Todo el primero y segundo ao de Jurisprudencia desfilaban por
all diariamente clavando miradas lnguidas en los balcones. De vez en
cuando tambin se deslizaba algn estudiante de tercero o cuarto. Se les
reconoca en seguida por su decisin y osada. Porque se plantaban
descaradamente frente a la casa, sonrean, hacan guios maliciosos y
enseaban cartas. Estos eran los nicos que lograban poner serias a mis
tres abuelitas.

Cunto me he divertido en aquel alegre piso, en un todo semejante al
nuestro! Si quiero evocar tan felices tiempos no tengo ms que acudir a
la msica, como siempre. Una de aquellas hermosas nias cantaba a menudo
cierta habanera que comenzaba:

      En un valle virgen
    bajo un cielo azul.

Cuando la recuerdo hallo de nuevo aquellas gratas horas de mi infancia y
me las represento en toda su frescura.

De esta nia que cantaba el _valle virgen_ y que muri muy joven, cay
enamorado mi buen primo (con alguna haba de caer) y ella tuvo el honor
de inspirarle un nmero prodigioso de romances, sficos adnicos,
octavas reales y octavillas. No falleci a consecuencia de esto ni
tampoco de la habanera (msica y letra) que la dedic inmediatamente,
sino ms adelante de una fiebre tifoidea.

Pero el amor, que animaba el estro potico de mi primo, paralizaba todo
el resto de su organismo. En cuanto se hallaba en presencia del objeto
de sus ansias, quedaba estupefacto y mudo. Empalideca como si viese un
fantasma pavoroso y apenas se le podan arrancar algunas palabras que
pronunciaba con voz temblorosa. La nia se puso al tanto, con la
velocidad del rayo, del efecto que sus encantos producan y se
regocijaba con toda su alma. No hay que reprocharlo demasiado duramente:
a cualquier chica le pasara lo mismo, verdad amable lectora?

Era de ver a aquella chicuela de catorce aos clavarle una mirada
sonriente y maliciosa, que le magnetizaba, dirigirle mil preguntas
embarazosas como a un inocente nio de la escuela, rer con sus
contestaciones, hacer guios a sus amiguitas, ponerse seria
repentinamente, dirigirle una mirada seversima, volver la cabeza
despus y hablar con sus amigas como si l no estuviese all, venirle un
instante despus a la memoria que mi primo no haba desaparecido del
planeta y mostrar por ello la mayor satisfaccin y mirarle con ojos
halageos, llevarse la mano al pelo y agitar su lindo dedo meique de
un modo impertinente y provocativo, pasar despus el brazo alrededor del
cuello de la amiguita que tena a su lado y, acometida de sbita
ternura, besarla repetidas veces con efusin...

Todo esto iba dirigido, no cabe dudarlo, a mantener a mi primo en el
mismo estado de estupor hipntico y de paralizacin orgnica. Era
verdaderamente odioso.

No menos odiosos resultaban los procedimientos que las tres amigas
usaban con los jvenes estudiantes que se agitaban durante el da y
parte de la noche delante de sus balcones. Unas veces tenan stos
abiertos de par en par y exhiban complacientes su rostro encantador a
la admiracin de aqullos. Otras los tenan hermticamente cerrados
horas y horas y los desgraciados languidecan y se secaban sosteniendo
con sus espaldas los muros de la casa de enfrente que, a juzgar por su
rostro contrado y el disgusto que mostraban, deban pesarles como al
titn Atlas el globo terrqueo. Un da reciban sus misivas amorosas con
placer, las lean en su presencia, sonrean, dirigan una mirada
afectuosa al expedidor y las ponan sobre el corazn; al siguiente las
dejaban caer a la calle sin leerlas y cerraban el balcn con estrpito;
tan pronto les tiraban besos con las puntas de los dedos como les
volvan la espalda con el mayor desprecio.

Ignoro cmo llegaron a sus manos, pero es lo cierto que posean las
fotografas de veinte o treinta estudiantes de la Universidad. Sospecho
que se las procur un correveidile dependiente de tienda, que
frecuentaba la casa. Todas aquellas fotografas tenan la magnitud de
los naipes, porque entonces apenas se hacan de otro tamao, y como
naipes jugaban con ellas. Se las ofrecan por el reverso como hacen los
prestidigitadores; tiraban de una al azar y si resultaba ser el retrato
del muchachillo que les agradaba hacan con la tarjeta mil extremos
graciosos, la llevaban al corazn, la besaban con entusiasmo y decan a
la imagen todas las disparatadas lisonjas que les venan a la boca. Por
el contrario, si sala un antiptico con las piernas en forma de sable,
maldecan de su suerte, la arrojaban al suelo con desprecio y alguna vez
la pisoteaban.

Aquellas funciones de mmica me divertan, y la alegra y gentileza de
las tres amigas me ponan contento tanto ms cuanto que cada da me
mostraban mayor predileccin y eran conmigo ms cariosas y maternales.
Este cario se traduca, no pocas veces, en efusivos besos, los cuales
no causaban en m fro ni calor. Ni fsica ni intelectualmente he sido
un nio precoz. Los aceptaba como testimonio de buena amistad: alguna
vez me enfadaban y era cuando me los daban hallndonos asomados al
balcn. Entonces adverta que me besaban ms y mejor mirando de reojo a
los estudiantillos que se hallaban plantados en la calle y sonriendo
maliciosamente como si quisieran darles envidia. Esto me avergonzaba y
ms de una vez me tengo sustrado bruscamente a sus pegajosas caricias.

Pero he aqu que cierto da, despus de una de estas movidas sesiones de
besos que yo levant un poco desabrido, tuve necesidad de salir a la
calle con no s qu motivo. El pblico que la haba presenciado se
compona de tres mozalbetes de diez y siete o diez y ocho aos, los
cuales estaban arrimados a la casa de enfrente diciendo mil ternezas a
mis amigas con los ojos ya que no con la lengua. Al verme salir uno de
ellos me hizo sea de que me aproximase como si tuviese algo que
decirme. Acostumbrado como estaba a recibir recaditos y a que me
tratasen con no poca deferencia, me acerqu incautamente a ellos. De
improviso me sujetan fuertemente los brazos y comienzan a besarme con
tanta prisa y afn, que pienso me dieron ms de mil besos en un minuto,
riendo, al mismo tiempo, a carcajadas y mirando al balcn donde se
hallaban las tres gracias.

Oh rabia!, oh vergenza! Luch bravamente por desasirme, patale,
mord, hice cuanto me fu posible para rechazar aquellas indignas
caricias, pero no pude lograrlo hasta que ellos buenamente quisieron
dejarme marchar. Y para colmo de humillacin observ que mis amiguitas
rean tambin como locas en el balcn hallando el paso chistoso.

Entr en casa hecho un mar de lgrimas y cont a mis tas, sofocado por
la ira, el atentado de que acababa de ser vctima. La romntica ri
encontrando tambin por lo visto delicada la chanza; pero la otra, y con
ella el seor austero, ex novio de la primera, que all estaba a la
sazn, se mostraron disgustados y les o pronunciar varias veces la
palabra indecoroso.

As que cuando media hora despus, arrepentidas sin duda de su risa,
subieron las tres nias a buscarme, les hice saber perentoriamente que
en la vida volvera a poner los pies en el piso de abajo. El seor
austero apoy con todas sus fuerzas esta mi enrgica resolucin.

Pero al da siguiente subieron de nuevo: mi romntica ta intercedi por
ellas; no estaba all su ceudo ex novio; al cabo me abland y consent
en bajar, a condicin de que por ningn motivo ni bajo ningn pretexto
se me diese un solo beso.




XXX

CABALLERA INFANTIL


Cmo y porqu fu atacado de aquel humor belicoso que hizo la
desesperacin de mis tas durante el segundo curso de bachillerato, no
lo s yo mismo.

Si ahora ocurriese no dejara de atribuirse a un estado neurastnico;
pero en aquella poca remota, Asturias era un pas privado de vas de
comunicacin y no se conoca la neurastenia.

Aceptemos el hecho y en vez de investigar sus causas, cosa siempre
difcil, analicemos sus consecuencias.

No podan ser ms funestas.

Araazos en las mejillas, contusiones en la nariz, cardenales en las
piernas, desgarrones en el pantaln.

Como entonces no funcionaba la Cruz Roja en Oviedo, mis tas se vean
diariamente necesitadas a intervenir con sal y vinagre y aguardiente
alcanforado. Me vendaban, me recosan con delicado esmero y me sugeran
los medios adecuados para no padecer esta clase de enfermedades.

Yo no quera emplearlos. Al contrario; cada vez ms enardecido sala
casi a diario desafiado de los claustros de la Universidad.

El campo de Marte, o sea el lugar de nuestros duelos estudiantiles en
aquella poca, era un lbrego portaln de una casa solariega, vecina de
la Universidad. Estaba empedrada con grandes piedras azuladas y
relucientes. Cada una de aquellas piedras guardar seguramente memoria
de las relaciones efmeras que mis narices han mantenido con ellas.

Pero casi tanto como la guerra me atrajo durante aquel ao el amor.

Habitaba entonces en Oviedo una distinguida familia que figuraba en los
paseos del Bomb y en las reuniones de confianza del Casino. Era una
familia dilatada, aunque slo del lado femenino. Aquellos seores tenan
varias hijas, bastantes hijas, no s cuntas hijas; pero, en fin, muchas
hijas. Pasaban todas ellas justamente por bonitas y las haba de
diferentes tamaos. Mientras las primeras eran amigas de mi madre y nos
visitaban alguna vez en Avils, la ltima podra tener once o doce aos
y era mi contempornea.

Sin embargo, yo la miraba con cierto desdn. Aunque haba jugado con
ella en la playa de Luanco cuando contara seis o siete aos de edad y
llevaba, como yo, cortado el pelo a punta de tijera, al llegar a Oviedo
y tropezarla en la calle me limit a decirle adis dignamente.

Hay que confesar que era una dignidad intempestiva. Tanto ms cuanto que
aquella chica me haba gustado en su primera juventud y me segua
gustando.

Era menuda, de facciones admirablemente correctas y con unos ojos negros
capaces de atravesar una barricada de sacos de harina. Yo, que no era
ningn costal, me senta traspasado de parte a parte cada vez que me
cruzaba con ella en el paseo. Pero la dignidad me obligaba a mostrarme
completamente indemne.

Se llamaba Antonia; este era su nombre legal. Otro le daban
completamente ilegal y era el de una monedita americana, chiquita,
bonita, a lo que o decir, porque yo jams la he visto. El nombre
estaba, pues, bien adaptado; pero yo la llamar ahora por el suyo porque
ya est muerta y cuando se hizo mujer no le agradaba que la nombrasen de
otra suerte.

El lector se alegrar seguramente al saber que toda mi dignidad se
disip como un sueo cierta tarde del mes de Febrero. Es un suceso que
no interesar a todo el mundo como los presupuestos municipales; pero
estoy seguro de que hay chico de trece aos a quien divertir ms.

He aqu cmo ocurri:

Se celebraba en Oviedo la feria de la Candelaria, llamada all tambin
la _Romera de las naranjas_. Asturias no es un pas de naranjos, pero a
la orilla del mar, por la parte de Oriente, crecen algunos que dan una
fruta bastante aceptable, sobre todo si se la come con azcar. El da de
la Candelaria llegan a Oviedo por la carretera de Gijn muchos carros
cargados de ella y se establece en esta carretera un lucido paseo. No
tiene ms que un inconveniente y es que el camino por aquella parte
ofrece una fuerte pendiente, lo cual le hace imposible para los
asmticos.

Antoita no lo estaba, a Dios gracias, y paseaba arriba y abajo entre
cestos de naranjas con sus amiguitas toda la tarde. Yo, sentado en el
pretil con los mos, me senta cada vez ms subyugado por sus ojos
negros. Cuando cruzaba por delante de nosotros me venan ganas de
decirle alguna palabra amable.

En vez de esto qu es lo que se me ocurre? Pues dispararle con mi
tiragomas una corteza de naranja. Lo hice con tanta fuerza y buena
puntera que le di en mitad de la mejilla produciendo un chasquido
temeroso.

La nia dej escapar un grito y se llev la mano a la parte delicada,
rompiendo a llorar perdidamente. Sus amiguitas acuden a consolarla y
encarndose despus conmigo me ponen de bruto y animal que no haba
por donde cogerme.

Tenan razn: yo se la daba en el fondo del alma. Me pesaba tanto y
estaba tan avergonzado de mi vileza que me faltaba muy poco para romper
a llorar tambin. En vez de eso comenc a rer groseramente coreado por
las carcajadas de mis amigos.

Cmo llev a cabo tal salvajada precisamente en los momentos mismos en
que me senta ms impresionado por el lindo rostro de aquella nia? No
me es posible explicarlo. Quiz estn en lo cierto los que afirman que
cualquier emocin nos puede impulsar a ejecutar actos diametralmente
contrarios.

Una seal rojiza qued impresa en el rostro de la hermosa nia, y con
esta roja seal, testimonio de mi brutalidad, sigui paseando toda la
tarde. No es posible imaginarse el doloroso efecto que causaba en m
aquella marca cada vez que pasaba por delante de mis ojos. Aunque lo
disimulaba afectando alegra, mi corazn se senta triste y me gritaba
sin cesar: Miserable!

Las amiguitas cuando pasaban cerca de nosotros tornaban a encararse
conmigo y tornaban a llamarme bruto. Ay, cunto hubiera deseado que
ella hiciese lo mismo! Pero no: ella se limitaba a dirigirme una tmida
mirada que apartaba velozmente. Era una mirada tan dulce y tan triste
que me acometan impulsos de arrojarme desde el pretil de la carretera y
desnucarme o, por lo menos, producirme algn grave desperfecto.

Cuando llegu a casa por la noche iba determinado a realizar un acto
trascendental. Me encerr en mi cuarto, tom la pluma y escrib la carta
ms disparatada que se haya escrito en la segunda mitad del siglo XIX.
Era una mezcla de Chachas y de Abelardo con ciertos recuerdos del
_tronco infeliz_ de mi ta y del _Lago_, de Lamartine, rociado todo ello
con algunas gotas de _El estudiante de Salamanca_, de Espronceda. Peda
perdn a Antoita de un modo pattico, le declaraba mi amor de un modo
ms pattico an y le haca saber, en el caso de que no me otorgase
ambas cosas, mi designio irrevocable de no asistir ms a ctedra y
dejarme morir lentamente de inanicin.

Pero lo ms grave de las cartas, en casos como el mo, no es
escribirlas, sino entregarlas; todo el mundo lo sabe.

Hay quien apela al correo interior. Es el medio ms seguro de que no
lleguen a manos de la interesada. Hay quien las entrega en propia mano.
Esto es mucho ms eficaz, completamente eficaz; pero tal procedimiento
se halla reservado para los estudiantes de cuarto y quinto ao que
juegan carambolas al billar y conocen el mundo. Yo era un pobre
estudiante de segundo de Latn y no poda lanzarme a tales aventuras.

Opt por un trmino medio. Espi la salida de su doncella a un recado,
la segu disimuladamente y cuando iba a entrar en una tienda de
mercera me acerqu a ella y en la misma actitud humilde de un mendigo
que pide limosna le dije:

--Me hara usted el favor de entregar esta carta a Antoita?

La voz sali de mis labios como un blando soplo, sin producir apenas
sonidos perceptibles.

--Qu dices, nio?--me pregunt bruscamente.

Entonces yo, que deba de estar plido, me puse colorado. La misma
vergenza que senta, me hizo repetir con fuerza la demanda.

La doncella me mir a la cara con risuea curiosidad, estuvo algunos
instantes indecisa, quiz entre darme un bofetn o tirarme de las
orejas; al fin dijo arrancndome la carta de las manos:

--Bueno, se la entregar!

Era una buena chica. Cumpli su palabra.

Al da siguiente estuve paseando por la calle de Antoita y ella se
asom al balcn, pero yo no osaba mirarla sino de lejos. Cuando pasaba
por debajo, en vez de levantar los ojos, los abata mirando con
insistencia a la acera de la calle.

Pero he aqu que una de las veces veo caer delante de m, sobre esta
acera, un papelito. Me bajo, lo recojo, y sin mirar tampoco al balcn,
lo meto en el bolsillo y desaparezco.

Despus que dobl la esquina, lo abr con mano trmula. Dentro traa,
para hacer peso, un trocito de lpiz, el lpiz, sin duda, con que
estaban escritos dos renglones que decan: Ests perdonado, si t me
quieres a m yo tambin te quiero a ti.

Estos renglones estaban horriblemente torcidos y las letras eran
horriblemente grandes y adems gibosas y temblonas como si las hubieran
trazado los dedos arrugados de una vieja y no una linda mano infantil.
Pero yo me hubiera prosternado ante ellos como un musulmn ante el
autgrafo de Mahoma.

Ya tena novia! Este fu mi primer pensamiento vanidoso. Vuelvo a decir
que el amor juega poco papel en las relaciones infantiles. Sin embargo,
me senta atrado particularmente hacia aquella nia que tan dulcemente
perdonaba mi brutalidad.

En los das siguientes segu pasendole la calle y, ya disipada mi
timidez, la miraba y remiraba largamente, y ella me miraba tambin con
extraordinaria atencin. Parecamos dos gatos, aunque sin exhalar el ms
leve maullido; es decir, que ni una sola palabra se cruzaba entre
nosotros. Sola ir a esperarla cuando sala del colegio. Un amigo ntimo
me prestaba el servicio de acompaarme en estos casos y juntos la
seguamos. Marchaba colgada del brazo de su niera y de vez en cuando
volva la cabeza para dirigirme una rpida mirada. La niera la volva
con ms frecuencia y sonrea, y alguna vez tambin me haca seas para
que me acercase. Oh, cunto valor se necesitara para ello!

Tuve, no obstante, una ocurrencia feliz. Como yo paseaba no pocas veces
la calle sin que ella estuviese al balcn, me vino el pensamiento de
comprar un pito y silbar. Tard Antoita en darse cuenta de que era yo
el autor de aquellos silbos prolongados, pero cuando lo hubo averiguado,
as que oa silbar, se asomaba al balcn. Mas suerte maldecida! unos
estudiantes forasteros que se hospedaban por all cerca observaron mis
maniobras y comprando un pito igual al mo hicieron salir a Antoita
repetidas veces en vano. Uno de estos estudiantes an vive. Y cuando voy
por Asturias me recuerda la broma y remos mucho. Y despus de rer
solemos quedar ambos silenciosos y melanclicos.

Este incidente me produjo alguna desazn, pero no puede compararse con
la que poco despus experiment. Creo haber dicho que un amigo ntimo me
acompaaba algunas veces en mis paseos por la calle de Antoita y
tambin cuando iba a esperarla al colegio. Pues bien; este amigo,
repentinamente comenz a enfriarse conmigo; se apartaba de m en los
claustros de la Universidad; se neg a acompaarme cuando se lo propona
y hasta not que finga no verme para no acercarse.

Pocos das despus le encontr frente a los balcones de Antoita mirando
hacia ellos con insistencia. En cuanto me divis sigui su camino. Pero
otro da volv a hallarle en la misma posicin y entonces no se movi
ni me salud siquiera. En los siguientes comenz a pasear descaradamente
la calle de mi novia y hasta iba a esperarla al colegio acompaado de
otro amigo.

Esta primera traicin que padec en mi vida me sorprendi muchsimo; lo
cual demuestra que es falsa la teora de que hemos vivido antes de sta
otras vidas. Porque si hubiera vivido antes, por poco que fuese, habra
encontrado aquello muy natural. Para colmo de dolor observ que mi novia
coqueteaba con l una chispita. Una corriente de odio de alta presin se
produjo entre l y yo.

Para establecer el circuito no haca falta ms que una ocasin.

Vino el contacto paseando por el claustro de la Universidad antes de la
hora de clase. Yo le diriga miradas furibundas cada vez que nos
cruzbamos: l evitaba mirarme porque sin duda le quedaba todava un
resto de pudor. Sin embargo, los amigos que paseaban con l debieron de
advertirle que yo le miraba de un modo provocativo y l se sinti
humillado de esta advertencia, porque en una de las vueltas volvi hacia
m el rostro y me clav una mirada insistente y retadora.

El choque fu terrible, ferocsimo. Yo tena tal ansia de dar golpes y
los daba con tal coraje que no senta los suyos. Nos abrazbamos,
procurbamos con afn derribarnos y, no pudiendo conseguirlo, nos
separbamos y volvamos a los golpes, y otra vez el odio nos juntaba
cuerpo a cuerpo. En torno nuestro se haba formado un corro de chicos
que presenciaba el combate como una pelea de gallos.

Mas de improviso siento por detrs un puntapi y un pescozn. Aquello no
poda venir de mi enemigo. En efecto, unos dedos mayores que los suyos
me haban sujetado por el cuello y o una voz terrible que gritaba:

--Bedel! Abra usted la carbonera.

Era el secretario del Instituto y a la vez catedrtico de Historia y
Geografa que desde su atalaya de la Secretara nos haba atisbado.

El bedel abri la carbonera y a empellones nos metieron dentro.

El secretario del Instituto era un excelente profesor, todo el mundo lo
reconoca. Era, adems, un hombre de recta intencin y valeroso, como lo
demostr algn tiempo despus renunciando a su ctedra y marchando a
engrosar las filas del ejrcito carlista. Pero el secretario del
Instituto no posea ni penetracin ni previsin. Porque si las tuviese
no encerrara solos a dos chicos que se estaban combatiendo con furor.

Sigui el combate mortfero, rabioso. Rodamos por tierra, y unas veces
caa l encima y otras caa yo. Luchbamos desesperadamente, y en
silencio. Al cabo de algn tiempo las fuerzas nos fueron abandonando.
Por lo menos yo sent claramente que las mas se debilitaban. Una de las
veces que ca debajo ya no pude levantarme y l logr ponerme una
rodilla sobre el pecho. Estaba vencido.

--Jura que no pasears ms la calle de Antoita.

--Lo juro--respond.

--Jralo por tu madre.

--Lo juro por mi madre.

Entonces me solt; nos levantamos y nos limpiamos la chaqueta y los
pantalones. Cinco minutos despus vinieron a abrirnos para entrar en
clase. Y all no haba pasado nada.

Pude haber faltado a mi juramento sin grave riesgo, porque nuestras
fuerzas se hallaban bastante equilibradas; pero lo respet
religiosamente. No volv a pasar por la calle de Antoita.

Al cabo de quince o veinte das, hallndome paseando, como de costumbre,
por el claustro, sent que una mano se apoyaba sobre mi hombro. Me volv
y me encontr con mi ex amigo, que me dijo en tono natural:

--Oye, si quieres puedes pasear cuanto se te antoje por la calle de
Antoita.

--No puede ser--le respond--. Lo he jurado por mi madre.

--Qu importa!--replic--. El juramento no te obliga ya, puesto que yo
te dejo libre.

Y, acto continuo, se emparej conmigo y me declar en trminos
expresivos que Antoita era una tonta llena de presuncin, indigna de
que un hombre serio como l gastase las suelas de sus botas pasendola
la calle; que estaba profundamente enamorado de la hija de un confitero,
y que sta comparta su llama, puesto que le echaba desde el balcn
caramelos y rosquillas de consejo.

Bien ech de ver que todo aquello era dictado por el despecho, y que, en
realidad, me relevaba de mi juramento porque Antoita no le haba sido
propicia.

En efecto, cuando me decid a esperarla otra vez a la salida del colegio
y a pasear debajo de sus balcones, la hall tan expresiva, tan amable y
sonriente, que me sorprendi.

Me sorprendi, porque yo no saba entonces como el Taso de la mujer, la
condicin precisa, ni como Shakespeare que era prfida como la onda.

Fu tan inocente que no comprend que mi alejamiento, que ella juzgaba
voluntario, haba producido la derrota de mi rival.




XXXI

SEGUNDAS LECTURAS


En los aos que curs la segunda enseanza cayeron en mis manos muchos
libros. Fu el azar quien los trajo, no una mano discreta; as que rein
en mis lecturas una heterogeneidad disonante y cualidades muy diversas.

Mi padre me haba dejado vivir siempre en una independencia intelectual
que estremecera a un pedagogo. Porque mi padre, con su pesimismo jocoso
y paradjico, se rea de la Pedagoga. Pensaba y repeta sin cesar que
la educacin serva de poco; que la naturaleza lo haca todo. Quien
haba nacido tonto, tonto sera toda su vida, sin que fuesen poderosos
los ms ilustres maestros a volverle discreto.

No discuto esta opinin subversiva; pero afirmo que su sistema, o, por
mejor decir, su falta de sistema, no produjo en m tan funestos
resultados como debiera esperarse. An ms; se puede aventurar que si
autoritariamente se me impusiera la lectura de algunos libros,
probablemente hubiera cobrado aborrecimiento a todos ellos. En sta,
como en otras muchas ocasiones, quiz valga ms entregarse en manos de
la Providencia. Vendr a tus brazos el ser que debes amar; vendr a tus
manos el libro que debes leer, dice un filsofo moderno.

Sin embargo, dudo mucho que la Providencia me haya enviado directamente
en aquella poca las novelas horripilantes de un escritor francs
llamado Ponson du Terraill. Mas, por otra parte, quin podr resolver
del efecto benfico o nocivo que las sustancias que ingerimos producen
en nuestro organismo? La naturaleza efecta en su seno recndito un
trabajo sordo, que trueca no pocas veces los venenos en medicinas, y
otras ay! las medicinas en venenos. Quin sabe si aquellos novelones
filtrados por los tamices y destilados en los alambiques de mi espritu
habrn soltado a la postre un jugo nutritivo? Lo que s afirmo, sin
vacilar, es que en aquel tiempo me saban a almbar.

No dura mucho el placer en este mundo. Aquellas novelas de aventuras
fantsticas y de intrigas tenebrosas llegaron a fatigarme. Cuando vino
el desencanto tropec dichosamente con otras que me cautivaron de modo
ms espiritual. Le varias de Bulver Lytton, y por ellas fu iniciado en
la observacin psicolgica, la expresin de carcter y la gracia
sentimental que caracteriza a los novelistas ingleses. Tanto deleite me
causaron que en mi edad madura quise repetir su lectura. Me acaeci lo
mismo que con otros libros. El encanto se haba roto y no me fu posible
componerlo. Bulver Lytton es un notable escritor, pero sus novelas de
costumbres se hallan infeccionadas de lo que pudiera llamarse mana
aventurera, y no pueden ser comparadas a las de los grandes maestros
Goldsmith, Fielding, Dickens y Thackeray. Sus mejores fbulas son, a mi
juicio, las histricas _Nicols Rienzi_ y _Los ltimos das de Pompeya_.

Despus me alc todava ms. Mi primo me haba hecho conocer a
Espronceda, como ya he dicho. Ningn poeta caus en m impresin ms
honda y duradera.

De todas las obras ledas en mi niez su poema _El diablo mundo_ es una
de las pocas que no ha cesado de deleitarme; me ha deleitado en mi edad
madura y me deleita todava en mi vejez. Hay en el hombre una edad
iconoclasta, en la cual se complace rompiendo a martillazos los dolos
que ador en su adolescencia. Espronceda permanece siempre en el altar
que le he erigido. Su _Canto a Teresa_ es la pgina ms armoniosa y
vibrante que ha producido la lrica espaola, y puede compararse, sin
desmerecer, al _Lago_, de Lamartine, a la _Noche de Octubre_, de Musset,
y a los cantos ms patticos del _Childe Harold_, de Byron. Pero esta
nuestra Espaa fra y esquiva casi siempre con los hijos que ms la
ilustran, an no le ha rendido el tributo de admiracin que le debe.
Reproducidas por el bronce y el mrmol se parecen por los mbitos de
Madrid las figuras de algunos grandes hombres y de otros bien medianos;
pero no veo an alzarse entre ellos la frente radiosa de don Jos
Espronceda, el espaol ms inspirado que ha nacido en el siglo XIX.

Todava di algunos pasos ms en la senda de la Esttica. Por medio de
Espronceda adquir el gusto de los poemas y le algunos de los ms
bellos que las nueve hermanas han inspirado a los mortales. Le en la
biblioteca de la Universidad la _Iliada_, de Homero, traducida en verso
libre por Hermosilla. Aunque tiene fama esta traduccin de indigesta, me
caus extremado placer. La edicin era excelente, lujosa, y esto
contribuye ms de lo que generalmente se cree para hacernos amables los
libros. Por espacio de algunos das viv en constante embeleso entre
aquellos hroes tan divinos y aquellos dioses tan humanos. Sobre todo
las diosas hicieron verdaderos estragos en mi imaginacin infantil y
lograron rpidamente convertirme al gentilismo. Fu un empedernido
pagano por ms de dos meses, sin que mi familia ni mis profesores
pudieran sospecharlo. Cul gritara nuestro descomunal y fragoroso
catedrtico de Religin y Moral si supiese la gente que frecuentaba mi
cerebro!

Quise leer tambin en la misma biblioteca _El paraso perdido_, de
Milton, traducido por el cannigo Escoiquiz, pero no fu posible. Me
aburri infinitamente. Yo era entonces, como acabo de manifestar, un
pagano que quemaba incienso en los altares de los dolos. Aquellas
legiones flotantes de ngeles y arcngeles suspendidos en los espacios,
sin tierra donde apoyarse, me parecan tristes volatineros. Ms tarde,
culpando al traductor, intent repetir la lectura de este poema en una
traduccin francesa; mucho ms tarde an trat de leerlo en el original.
Siempre me acometi idntica grima. Por fin en mis tiempos gloriosos de
crtico me dije: Milton es un gran poeta, pero su poema es
insoportable. Al Cristianismo, religin espiritualista y enemiga de las
formas plsticas no se la puede ni se la debe agregar una mitologa
porque precisamente ha venido a concluir con todas ellas. Por eso
fracasaron siempre los intentos ms o menos plausibles que se han hecho
para aadrsela. Dictado y refrendado este veredicto inapelable
quedaron disipadas mis inquietudes y remordimientos por lo que respecta
al famoso poema.

Mi paganismo no se prolong largo tiempo. Pocos meses despus fu
convertido al islamismo. La encargada de esta obra nefanda fu Clorinda,
la famosa herona de _La Jerusaln libertada_. Aquella mujer intrpida y
bella, feliz creacin del gran poeta italiano Torcuato Taso, me hechiz
hasta hacerme soar despierto.

Y como mi imaginacin sola representarse las ms ilustres creaciones de
los poetas con los rasgos de algunos seres de carne y hueso por m
conocidos, se me antoj prestar a Clorinda el rostro y el talle de una
joven a la cual casi todos los das vea.

Era de condicin humilde, hija de un ebanista que tena su taller no
lejos de mi casa. Cuando yo llegu a Oviedo no contara ms de quince
aos, pero tena la estatura de una mujer; as que no slo me aventajaba
por la edad sino mucho ms an por la corpulencia. Pues bien, un da
tuve la mala ocurrencia de hacerla blanco de mi tiragomas; creo haber
dicho que estaba muy pagado de mi habilidad en esta clase de esgrima. Le
di, en efecto, con una cascarita de naranja en medio del rostro
exactamente como haba hecho pocos das antes con Antoita. Mas ay!
ella no la recibi exactamente con la misma paciencia; antes al
contrario se vino hacia m lanzando rayos por sus hermosos ojos (porque
los tena muy hermosos; hay que confesarlo) me arranc el tiragomas y me
aplic un soberbio bofetn que me enrojeci la cara. Quise defenderme,
pero me sujet tan fcilmente las manos y me solfe tan lindamente y a
su gusto que no me quedaron ms deseos de ofenderla.

Intil es decir que desde entonces la dediqu un odio mortal. Cuando iba
a ctedra con los libros bajo el brazo y la encontraba en pie a la
puerta del taller de su padre le diriga de travs algunas miradas
pulverizantes a las cuales sola corresponder ella con sonrisa burlona y
desdeosa.

En dos aos aquella nia se transform en una joven apuesta, majestuosa
y un poco hombruna por sus modales. Cuando acert a leer el poema del
Taso mi fantasa comenz a ver a Clorinda, la valerosa amazona de los
infieles, con el rostro y la figura de la hija del ebanista. No era gran
extravo, pues repito que tena hermosos y fieros ojos; y en cuanto a
fuerzas ya las haba podido apreciar a mis expensas. No dudo que si
montase a caballo y empuara la lanza pudiera habrselas con cualquier
moderno Tancredo.

Pues as que la transform por arte imaginativa en amazona de los
infieles defensores de Jerusaln, se disip caso curioso! todo mi odio
y me puse a amarla desaforadamente. En vez de dirigirle miradas
atravesadas y malignas comenc a clavrselas bien directas y apacibles.
Cuando la vea de lejos a la puerta del taller aflojaba el paso para
saborear ms tiempo el placer de contemplar su gentil figura. Si ella no
estaba, cruzaba de largo y velozmente. Pero casi siempre me arreglaba
para que estuviese, pues espiaba las horas en que vena a traer la
comida a su padre y avanzaba o retrasaba mis entradas y salidas de casa
en combinacin con ellas.

La altiva guerrera no vi con agrado aquella mutacin ni acept mis
homenajes visuales. Al principio le causaron sorpresa y me mir con
alguna curiosidad: despus apartaba la vista de m con desdn y aun me
volva la espalda: por ltimo, tomando a ofensa mi rendimiento me
clavaba ya de lejos una mirada iracunda y retadora que me haca subir
los colores al rostro.

Ingrata! Yo la amaba, sin embargo, cada da ms. Esta misma crueldad la
asemejaba todava a la fiera Clorinda. Cuntas veces estuve tentado a
pararme delante de ella y decirle como Tancredo:--Puesto que no quieres
paz conmigo, las condiciones de nuestra lucha sern que me arranques el
corazn! Este corazn, que ya no es mo, pide la muerte si su vida te
desagrada. Desde hace tiempo es tuyo; tmalo; yo no tengo el derecho de
defenderlo!

Felizmente nunca me atrev a ensartarle tal discurso. Si lo hubiera
hecho pienso que, en efecto, me hubiera despedazado.

Felizmente tambin sacud pronto el yugo de la media luna y dej de ser
musulmn. Otras heronas cristianas, y por lo tanto ms piadosas que la
hija del ebanista, me prendieron el alma. Le el _Orlando furioso_ del
Ariosto, y aunque no penetr entonces la fina irona que se ocultaba
debajo de sus cantos picos precursora de la de nuestro gran _Don
Quijote_, todava me divirtieron extremadamente sus muchas e
interesantes aventuras.

Por ltimo, an le otro poema, _Os Luisiadas_ de Camoens. Bien puede,
pues, decirse que los aos de la segunda enseanza fueron para m la
edad de los poemas. Este es el nico que, exceptuando el de Espronceda,
le en su idioma nativo; porque el antiguo portugus se parece tanto al
castellano que para cualquier espaol es comprensible. No debo conservar
de este poema grata impresin. Llev el libro, que era una linda edicin
diamante, a Entralgo en unas vacaciones de Navidad y lo le al amor de
la lumbre. Pero acaeci que saliendo de improviso un da al aire libre y
fro me cogi una oftalma de la cual me he resentido toda la vida.

Paralela a esta aficin literaria, comenz a correr en mi existencia
otra a la cual debo quiz an mayores y ms slidos placeres, la aficin
a los libros de historia, de filosofa, de crtica y ciencia social.
Aunque parezca raro, estas dos tendencias han compartido mi espritu
hasta la hora presente y si he de hablar con sinceridad pienso que la
segunda tuvo siempre ms hondas races que la primera. Por haberlo
manifestado as a un periodista extranjero y haberlo estampado en su
diario, otro peridico de Londres se burlaba de m exclamando: Amante
de la filosofa un hombre que escribe una novela todos los aos!

Pues bien sabe Dios que es la verdad. Lo sabe Dios y lo saba mi buen
amigo Angel Jimnez, por otro nombre el _doctor Anglico_, cuyos papeles
he publicado hace aos. Al tiempo mismo que escriba mis novelas pensaba
con deleite en los libros cientficos que haba comprado y ansiaba
terminarla para entregarme algunos meses a su lectura. Jams so en mi
adolescencia ni en los primeros aos de mi juventud con los laureles del
poeta: pensaba que haba nacido para hombre de ciencia. Y lo he de
confesar lealmente, cuando ciertas circunstancias que no quiero explicar
me impulsaron a escribir novelas me juzgu dislocado y toda mi vida
experiment el vago sentimiento de haber sufrido una _capitis
deminutio_.

Le, pues, durante los aos de la segunda enseanza muchos y buenos
libros: la _Historia de los Reyes Catlicos y de Felipe II_, de
Prescott; la _Conquista de Mjico_, de Sols; la _Historia de la
revolucin inglesa_, de Guizot; gran parte de la _Historia Universal_,
de Csar Cant; el _Viaje del joven Anacarsis por la Grecia_; las
_Lecciones de literatura_, de Hugo Blair; _El Deber_, de Julio Simn; el
_Libro de los oradores_, de Cormenin, obras de Michelet, de Laboulaye,
etc., etc.

Le asimismo alguno de los libros que entonces se hallaban a la moda,
las _Palabras de un creyente_, de Lamennais, y _El mundo marcha_, de un
seor llamado Pelletan. El estilo metafrico y enftico de estos
escritores, en el cual sobresali como ninguno Edgar Quinet, me sedujo
entonces tanto como ahora me enfada. En la oratoria produce maravillosos
efectos y a l debe nuestro Emilio Castelar sus triunfos; pero en los
libros resulta empalagoso y buena prueba de ello son los del mismo
Castelar.

Mas de todas las obras que entonces le la que me di ms golpe y logr
cautivarme fu la _Historia de la civilizacin europea_, de Guizot.
Estas lecciones, profesadas en la Sorbona, fueron para m una revelacin
y me iniciaron en lo que llamamos filosofa de la historia. A tal punto
me impresionaron que despus de haberlas ledo varias veces resolv
aprenderlas de memoria. Y as lo puse por obra: lea una leccin
repetidas veces y luego cerraba el libro y la escriba, resultando
transcrita casi al pie de la letra.

Ay!, a causa de estas grandes sntesis padec despus en mi juventud no
pocas indigestiones. La Europa fu inundada de generalizaciones
histricas en el ltimo tercio del siglo pasado. No slo nuestros
profesores de la Universidad nos abrumaban con ellas, sino que en los
discursos de los oradores del Ateneo, en los del Congreso de los
Diputados y hasta en los sermones de las iglesias se generalizaba de un
modo espeluznante: se comenzaba siempre por Adn y se terminaba con la
casa de Austria.

Todo el mundo se puso a generalizar en aquella poca. Generalizaban los
autores, y los oradores y los periodistas; generalizaban, a su
imitacin, los mdicos cuando venan a tomarnos el pulso, y los abogados
en sus informes aunque se tratase de un asesinato modestsimo, y los
comerciantes cuando nos hacan pasar por ingls un gnero cataln, y las
patronas de las casas de huspedes al pedirnos dinero adelantado. La ma
me traz un da con grandes rasgos sintticos, y en el espacio slo de
una hora, la historia de su grandeza y decadencia en un discurso repleto
de imgenes, de exclamaciones y toda clase de artificios retricos.

Alguna vez recorriendo con la vista mi biblioteca tropiezo con el famoso
libro de Guizot y lo tomo en la mano. Su aspecto es venerable como el de
las grandes casas solariegas a quienes el tiempo no ha logrado arrancar
el sello de su grandeza. Su encuadernacin lujosa, est ya bien
marchita, bien arruinada; sus esquinas gastadas; su lomo deteriorado;
pero tiene un aspecto de dignidad que impone respeto. Sin embargo, yo le
doy vueltas entre las manos y sonro. Mi sonrisa debe de hallarse
impregnada de burla y desdn porque el libro parece mirarme con tristeza
y decirme por una pequea boca descosida que tiene en el lomo: No
ras, no ras hombre ingrato y presuntuoso! Si has hallado en otros
libros mayores riquezas que en el mo, yo fu quien primero habl a tu
juvenil inteligencia. En aquel tiempo me escuchaste con embeleso y
aprendiste de m a desentraar el sentido oculto de los sucesos y a
meditar sobre sus causas y sus efectos. Acurdate de la briosa
exaltacin con que te asimilaste mis pensamientos y las ilusiones que
embargaban entonces tu nimo y las esperanzas que concebas de llegar a
ser un sabio. Si no lo has sido no fu culpa ma, pues otros lo han
conseguido empezando por libros que no valen tanto como yo. Acurdate de
aquellas horas venturosas que juntos pasbamos en las noches de verano,
debajo del gran quinqu de petrleo cuando todo callaba ya en la aldea y
tu pobre madre sentada frente a ti trabajando con la aguja de ganchillo
apenas se atreva a toser para no turbar tus estudios. Soy un viejo y
fiel amigo de tu adolescencia. No te burles de m!

Entonces yo a mi vez quedo serio y triste. Permanezco inmvil y
meditabundo largo rato; y al cabo, enjugando una lgrima, vuelvo a
colocar el libro con respeto donde estaba.




XXXII

DAR DE BEBER AL SEDIENTO


Hay hombres que haran bien en no morirse nunca: uno de ellos mi
catedrtico de Retrica y Potica y ampliacin de Latn en el tercer
curso del bachillerato. Haran bien en no morirse, porque son la alegra
del gnero humano, que tanta necesidad tiene de ella para soportar sus
miserias.

Nuestro profesor infunda regocijo en el alma as que abra la boca, y
lo mismo cuando la tena cerrada. Era hombre ya entrado en aos, de baja
estatura, y gastaba, a la usanza de sus tiempos juveniles, unas patillas
negras que partan de la base de la nariz y llegaban hasta las orejas.
En Oviedo corra vlido el rumor de que se tea estas patillas con el
betn de las botas. El lector es libre de aceptar la especie o no
aceptarla, porque yo no he podido comprobarla. Lo que s puedo afirmar
es que algunas veces se nos presentaba con ellas, de tal modo lustrosas
y relucientes, que parecan salir de un saln de limpiabotas.

Mi catedrtico tena la cabeza clsica y el corazn romntico. Por su
profesin y por su estudio de la antigedad pagana admiraba a los hroes
griegos y romanos, y estimaba a sus poetas, en especial a Tbulo y
Virgilio. Los dioses del Olimpo le infundan gran respeto, aunque no
dejaba de achacarles cierta falta de sensibilidad. En cuanto a las
diosas, las amaba desaforadamente.

Nos lea con entusiasmo la descripcin que Virgilio hace de Venus en la
_Eneida_ y el _Carmen sculare_, de Horacio; pero slo le he visto
llorar con el _Poema a Mara_, de Zorrilla:

       Voy a contaros la divina historia
    de una mujer a quien el alma ma, etc.

Entonces las lgrimas resbalaban por sus mejillas, entraban dentro de
sus patillas y arrastraban algunos sedimentos.

Haba sido catedrtico de Griego, pero ya no lo era. Un ministro
desatentado lo haba suprimido, poco tiempo haca, de la segunda
enseanza. Fu el ms spero disgusto de su vida; fu una pualada
traidora que le dieron por la espalda. No precisamente por la admiracin
que profesaba a Homero, Sfocles y Pndaro, sino por la pasin vehemente
que haban logrado inspirarle las races griegas. Estaba profundamente
enamorado de las races griegas. Y cuando aquel malaconsejado ministro
le prohibi explicarlas en ctedra, la vida le pareci mucho ms
inspida.

Haba nacido orador, y con frecuencia usaba de esta facultad para
dirigirnos vivos y largos reproches cuando confundamos un pretrito con
un supino. Eran tan largos, que a veces llenaban ellos solos la hora
entera de clase. Pero en sus oraciones ms patticas no imitaba a
Cicern ni a Demstenes; adoptaba ms bien los acentos poticos y
quejumbrosos de los hroes de Chateaubriand y su escuela:

Hijo mo--deca al escandaloso que haba confundido el pretrito con el
supino--: el veneno del vicio ha emponzoado ya su alma infantil y se
enrosca en usted como una negra serpiente. Camina usted, lo advierto con
el corazn traspasado de dolor, camina usted por la senda tenebrosa a
cuyo extremo se halla el antro fatal del pesar y del remordimiento.
Porque no en vano se violan los consejos de nuestros padres y las
enseanzas de nuestros maestros. Al travs de un espantoso tejido de
desaciertos, rechazado por su familia, vituperado por sus amigos,
sealado con el dedo por la sociedad en general, se ver usted al fin
abandonado de todos y arrastrando tal vez en un obscuro calabozo la
cadena del presidiario. Y, quin sabe!, quiz algn da saldr usted de
all plido, trmulo, desgreado, y ver usted con espanto, delante de
sus hundidos ojos, alzarse la negra silueta del patbulo.

Hay que confesar que todo esto era de mal gusto; pero tambin
Chateaubriand y Vctor Hugo padecen en ocasiones la misma enfermedad. Es
uno de los lunares de la escuela. Sin embargo, nuestro profesor abusaba,
como ningn otro romntico, de la negra silueta del patbulo.

Pero si tena los defectos de la escuela romntica, posea igualmente
sus virtudes. Era casto como un caballero de la _Tabla Redonda_. A pesar
de haberse relacionado toda su vida con las deidades del paganismo, que,
como todo el mundo sabe, andan completamente desnudas, no se haba
contagiado de su impudicia. El lenguaje ms o menos libertino de algunos
poetas romanos le ofenda. Recuerdo que traduciendo un da la Elega
tercera de Ovidio, o sea el famoso _triste_, que comienza:

    _Quum subiit Illius tristissima noctis imago_

me di una inolvidable leccin de honestidad. Habamos llegado al pasaje
en que el poeta describe los instantes de su partida para el destierro.
Tres veces haba pisado el umbral de su casa y tres veces haba vuelto
sobre sus pasos para abrazar y besar a su esposa.

       _Sape, vale dicto, vursus sum multa locutus,_
    _Et quasi discedens oscula summa dedi._

Yo traduje: Varias veces, despus del ltimo adis, volv a anudar
nuestra conversacin, y, como si me marchase, le di muchsimos besos.

--Oh, no, hijo mo!, no se traduce as: Me volv... y, como si me
marchase, le di el sculo de paz.

No cabe duda que mi traduccin era ms literal; pero la de l era ms
casta. Aunque segn todas las leyes divinas y humanas me parece que
estamos autorizados para dar los besos que queramos a nuestras esposas
cuando vamos a emprender un viaje largo.

No puedo menos de recordar su conducta digna y un poco sarcstica en
cierta ocasin memorable cuando los alumnos del segundo, tercero, cuarto
y quinto ao tomamos la resolucin de desacatar la autoridad
gubernativa.

Creo haber indicado que en el primer ao estudibamos entonces una
asignatura llamada _religin y moral_, de la cual era profesor el
sacerdote atltico rompedor de mesas.

Pasado este curso ya no volvamos a tener relacin alguna con la
religin y la moral.

Pero cuando me hallaba yo en el tercero escal el Poder un ministro a
quien se le ocurri dictar una orden por la cual todos los alumnos del
bachillerato debamos reunirmos, no recuerdo si una o dos veces por
semana, para escuchar la explicacin del catecismo.

El catecismo! Aquello nos pareci la ltima de las degradaciones. Si se
hubiese tratado de imprimirnos en la frente, con hierro rojo, una marca
infamante, creo que no nos hubiramos puesto ms furiosos.

Inmediatamente se organiz en el Instituto una formidable y nunca vista
conjuracin. Los conjurados deban presentarse todos el da de la
conferencia provistos de silbatos, y... Dios sobre todo; nosotros no
ramos responsables de lo que acaeciese, sino los viles sicarios del
Poder que nos empujaban a tales extremidades audaces.

En efecto, lleg el da de la primera conferencia. El sol surgi
esplendoroso de los confines del horizonte, y as se mantuvo todo el
da. La gente discurra por las calles tranquilamente sin sospechar el
conflicto que se avecinaba. Durante la maana se not en los claustros
de la Universidad una sorda agitacin precursora de la borrasca. Todos
estbamos nerviosos y serios; nos hablbamos poco y en voz baja.

A las tres de la tarde los claustros se hallaban completamente llenos de
alumnos esperando la hora de la conferencia. A las tres y media apareci
en el marco de la puerta de la sala de profesores la figura prcer y
colosal del cura. Verla nosotros y estallar una silba ensordecedora fu
todo uno.

El profesor qued un instante suspenso; pero comprendiendo, al cabo,
alz la cabeza y pase una mirada de len enfurecido por el rebao de
seres microscpicos que a sus pies producan aquellos sonidos
discordantes. Detrs de l apareci la figura exigua del catedrtico de
Retrica y Potica revestido an de toga y birrete.

El cura avanz algunos pasos y acometido de un furor insano comenz a
increparnos con tan altas voces que dominaban nuestros silbidos:

--Ilusos! Piensan ustedes amedrentarme con esos ruidos soeces? Estn
ustedes muy engaados. Sepan ustedes que yo, lo mismo visto el hbito de
sacerdote que empuo la espada del guerrero... Sepan ustedes,
mentecatos, que yo soy como un caballo de raza noble: cuanta ms carga
le ponen ms erguido se muestra!

Mejor hubiera dicho un elefante. De todos modos, el smil era
absolutamente falso, porque a un caballo, por noble que sea su raza, si
le ponen una carga demasiado grande concluir por echarse.

A estas razones, proferidas con voz estentrea, acompaaba tan
espantable agitacin de brazos y piernas que yo estaba temiendo que se
abrazase a una de las columnas del prtico y desplomase como Sansn el
edificio sobre nosotros y sobre l mismo.

El exiguo catedrtico de Retrica y Potica a su lado, vestido de toga
pareca el rey de Liliput acompaando a Gulliver. Inmvil y sonriente,
nos contemplaba con ojos de lstima y exclamaba de vez en cuando
suavemente:

--Ni en las enmaraadas selvas del Africa!

Era la manera ms retrica y potica de llamarnos cafres u hotentotes.

Pero las voces del cura eran tan altas, tan brbaras, que deban de
orse no slo en Oviedo sino en sus contornos.

--Adentro! Adentro, majaderos! Adentro ahora mismo o les pisoteo a
ustedes como miserables hormigas!

Qu pas all entonces? Pues nada; que uno a uno fuimos entrando todos
como mansos corderos en ctedra.

Desde entonces perd la confianza en m mismo y no creo tampoco en el
valor de las muchedumbres.

En otra ocasin ms alegre se ofrece a mi memoria y se me representa la
figura greco-romana de mi catedrtico de Retrica. Posea este seor en
la falda de la colina que protege a Oviedo de los vientos del Norte una
quinta o sitio de recreo donde descansaba de sus trabajos sobre las
races griegas trabajando las races de las coles.

Era una quinta pequea, muy pequea, tan pequea que, segn decan en
Oviedo, cuando el nico grillo que la habitaba sala a cantar fuera de
su agujero, el profesor se vea obligado a retirarse de la finca.

Sin embargo, nuestro catedrtico la tomaba muy en serio: y cuando se
hallaba dentro de ella procuraba imitar en cuanto fuese posible unas
veces a Horacio y otras a Cincinato.

Trabajaba la tierra con sus propias manos, reposaba despus como Ttyro
bajo la fronda de un rbol y no tocaba la flauta porque no saba. En
cambio libaba de buen grado alguna vez no el Falerno, no el Siracusa,
pero s nuestro vino de la Nava que no les cede a aqullos en aroma y
energa.

Y cuando regresaba de su huerto despus de pasar all algunas horas
trabajando, reposando y libando, y entraba en clase, nuestro profesor no
pareca de este siglo sino el mismo Marco Fabio Quintiliano que se
tomase la molestia de salir de la tumba para explicarnos el rgimen de
los verbos intransitivos.

Aconteci que un da de fiesta salimos de madrugada cinco o seis chicos
para cazar pjaros con liga provistos cada cual de su correspondiente
jaula. Anduvimos largo tiempo por la falda de la colina y apenas cazamos
nada. Al cabo, muy fatigados y sudorosos, nos decidimos a regresar a
nuestras casas, pues se acercaba la hora del medioda. Cuando ya
caminbamos velozmente la vuelta acertamos a ver, no muy lejos, la
minscula finca de nuestro profesor cercada por una lastimosa paredilla.
No s a quin de nosotros se le ocurri hacerle una visita. Se deca que
era sumamente afable cuando se hallaba entregado a las faenas agrcolas
y que le placa recibir entonces la visita de sus discpulos.

Entramos pues all por una desvencijada puertecilla y en efecto lo
primero que vemos es a nuestro catedrtico en mangas de camisa con la
azada entre las manos en actitud de arrancar patatas.

A pesar de hallarse en esta posicin poco brillante le saludamos con el
mayor respeto y l nos acogi con la gravedad afable de un viejo romano
de la noble familia de los Priscos.

--Hijos mos--nos dijo as que terminaron los saludos--, Marius Curius
fu el ms grande de los romanos de su tiempo. Despus de haber vencido
a muchos pueblos belicosos y haber arrojado a Pirro de Italia y gozado
tres veces los honores del triunfo, se retir a una humilde cabaa como
esta que aqu ven ustedes y cultiv por s mismo un pequeo huerto.
Cuando los embajadores de los Sammitas vinieron a ofrecerle oro, que l
rehus, estaba sentado al pie de su hogar ocupado en cocer nabos... El
emperador Diocleciano despus de veinticinco aos de glorioso reinado
abdic voluntariamente el cetro y fu a encerrarse en su pequeo retiro
de Salnica. All vivi tranquilo y feliz algunos aos haciendo lo que
yo hago en este momento. Cuando de nuevo le ofrecieron la prpura
respondi sonriendo compasivamente: Si vieseis todas las coles que yo
he plantado este ao por mi mano en Salnica no me aconsejarais
ciertamente cambiar parecida felicidad por una corona.--Mirad, mirad,
hijos mos, puedo decir yo tambin, qu hermosas patatas cosecho este
ao!

Admiramos mucho aquellas patatas, que nada tenan de admirables. La
perspectiva de los exmenes, que se hallaban prximos, nos las hacan
interesantes en aquel momento.

Luego nos invit a sentarnos en un banco rstico, y frente a nosotros,
sin soltar de la mano la azada, prosigui:

--_Beatus ille_, hijos mos, dichoso aquel que apartado de los negocios
y libre de todo cuidado cultiva los campos de sus padres! As exclama
Horacio en el Epodo segundo. Y nuestro dulce Fray Luis de Len
imitndole felizmente deca:

      Qu descansada vida
    la del que huye el mundanal ruido!

La naturaleza, queridos nios, obra sobre el corazn, y la vida
campestre inspira dulces sentimientos disponindonos a la felicidad. El
amor de los campos, el reposo y el gusto de la bella naturaleza me
seducen tanto como a Horacio y a Fray Luis de Len, y aqu en este pobre
y apartado fundo, lejos de la _urbe_ tumultuosa (sealando con la mano
hacia Oviedo) hago revivir los tiempos de la edad de oro y renuncio de
buen grado a todos los placeres del mundo, a los esplendores de la
ciudad, al brillo de las grandezas y al espectculo de la disipacin,
prefiriendo los duros trabajos del labrador y sus placeres inocentes.

Nosotros sentamos una sed horrorosa. As que no podamos prestar la
atencin debida a aquel elogio de la vida campestre.

Uno se aventur a interrumpirle suplicndole que nos diese un poco de
agua, si es que la tena.

No le sent bien la interrupcin y nos dijo ponindose serio:

--Ah dentro hallarn ustedes el nfora. Pueden ustedes beber de ella,
pero cuiden de dejarme un poco de agua, porque la fuente est lejos y no
tengo acomodo ahora de enviar a ella.

Entramos en la cabaa de Marius Curius. El nfora era un grueso y
panzudo botijo, el cual si tuviera vergenza, que no la tena, se
ruborizara de orse llamar de aquella suerte. Cuando lleg a m contena
ya poca agua, pues mis compaeros haban bebido antes. As que beb toda
la que restaba sin acordarme de la prevencin del catedrtico.

Al fin nos despedimos de ste elogiando de nuevo con palabras
entusiastas sus ruines patatas. Ciertamente que slo la perspectiva del
examen poda volvernos tan rastreros aduladores de aquellos tubrculos.

Al da siguiente en ctedra se quej amargamente de nuestra conducta
inconsiderada. Pronunci un discurso declamatorio y lacrimoso como
siempre, que dur bien media hora. Nos recrimin del modo ms pattico
que puede imaginarse, haciendo pronsticos pavorosos acerca de nuestro
porvenir. De este discurso memorable, como todos los suyos, repleto de
apstrofes, hipotiposis, epifonemas y otras figuras retricas slo
recuerdo esta frase pronunciada con acento dolorido que iba derecha al
corazn.

--Dejar a su viejo maestro en un pramo erial sin una gota de agua con
que humedecer sus labios!

No fu ese mi propsito: lo declaro con la mano puesto sobre el corazn.
Apremiado por la necesidad la satisfice sin acordarme en tal instante de
mi viejo maestro.

Si se profundiza adecuadamente se hallar razn parecida en casi todas
las maldades que se cometen en el mundo.




XXXIII

EL ATENEO


Por aquellos das, esto es, en el tercer ao del bachillerato, trab
relacin con unos cuantos estudiantes ms adelantados que yo en la
carrera. Se hallaban, pues, terminando la segunda enseanza. Era un
grupo de chicos estudiosos y de notable ingenio y discrecin. Algunos de
ellos han muerto jvenes; otros se han distinguido en diferentes
carreras del Estado; slo dos se consagraron a la literatura, Leopoldo
Alas y Toms Tuero. El primero lleg a ser, con el pseudnimo de
_Clarn_, un crtico eminente; el segundo a causa de su precaria
situacin y an ms de su invencible apata no di de s lo que todos
esperbamos. Alas era de un ingenio ms vivo, ms fecundo y, desde
luego, mucho ms aplicado al estudio; en cambio Tuero posea un gusto
ms refinado y mayor instinto potico.

Con estos dos me ligu especialmente. Acogironme ellos al principio con
mal disimulado desdn. En aquel tiempo yo slo era conocido en el
Instituto por mi carcter turbulento y pendenciero. Me contaba Alas ms
tarde que antes de conocerme me haba visto salir una vez desafiado con
otro chico de los claustros de la Universidad. Acompaado l de otro
querido amigo nuestro, que an vive, nos siguieron dicindose: --Vamos
a ver cmo se pegan estos badulaques. Llova copiosamente y, cobijados
en sus paraguas, fueron en pos de nosotros hasta el parque de San
Francisco y all presenciaron riendo nuestro furioso combate. Porque
aquellos amigos posean ya una madurez de juicio que yo estaba lejos de
alcanzar.

No es maravilla, pues, que aceptasen mi amistad con reserva y me diesen
indirectamente a entender que no me hallaba a su altura. Me consideraban
como un beocio que, temerariamente, se hubiera colado en los jardines de
Academo.

As que me ligu con ellos vi claramente lo absurdo de mi conducta y
renunci a mis ridculas reyertas. No tardaron ellos tambin en
comprender que yo no era por completo lo que pareca y pude gozar de la
sorpresa que vi pintada en sus ojos cuando comenc a tomar parte activa
en sus conversaciones literarias.

He dicho que Alas haba logrado ser un crtico eminente y no es
enteramente exacto. Lo fu despus de muerto. Mientras vivi no se quiso
reconocer su gran talento; se le neg el fuego y el agua. Todo por haber
dado en la inocente mana de poner albarda a los asnos que pasaban sin
ella por la calle. Esos animales tan pacficos, generalmente, se
revolvan furiosos contra l y le molan a coces y le acribillaban a
mordiscos. Y no slo hicieron esto sino que lograron que todos los
individuos de su misma especie esparcidos por Espaa le enseasen los
dientes y estuviesen apercibidos a ejecutar con l idntica partida.

Era una verdadera temeridad en aquel tiempo hablar bien de Alas. Yo fu
uno de esos temerarios, y por esto, y tambin por haber incurrido en
sospecha de pensar en dedicarme, como l, a aparejador, se me puso en
entredicho. No me molieron a coces, pero me castigaron con un silencio
reprobador. Cuando aparecan mis novelas en los escaparates de los
libreros pasaban por delante de ellas fingiendo no verlas y enderezando
las orejas de un modo significativo.

Tuero no ha llegado ni en vida ni en muerte a la celebridad, aunque la
mereca. Era premioso para escribir, como todos los hombres que poseen
un gusto exquisito, y no disponiendo tampoco de medios de fortuna no le
era posible trabajar sosegadamente en alguna obra que le inmortalizase.
Se hizo periodista y muri siendo redactor de _El Liberal_. Serva poco
para el caso porque en la Prensa peridica se necesitan hombres
expeditos, no refinados. No obstante, si se coleccionasen algunos de sus
artculos se vera claramente qu gran escritor se ocultaba debajo de
aquel modesto redactor de un peridico diario.

Haba en el espritu de Tuero algo tan original, una petulancia tan
pueril al lado de un humorismo tan acerado, que sorprenda y
desconcertaba a los que con l se relacionaban. Su conversacin era
amensima, unas veces mordaz, otras sentimental, otras extravagante y
fantstica, siempre sorprendente. Su instinto de la belleza tan seguro
que yo le llamaba riendo _doctor infalibilis_. Mientras Alas se equivoc
ms de una vez lo mismo aplaudiendo que censurando y se dej imponer por
las reputaciones que hall formadas, Tuero se mantuvo siempre sereno,
independiente, apuntando con exactitud matemtica a la belleza
dondequiera que se ocultase.

Recuerdo que en nuestra juventud asistimos juntos al estreno de una obra
teatral, la cual obtuvo un xito tan lisonjero como pocas veces se haba
visto en Madrid: aplausos ruidosos, aclamaciones infinitas, un
desbordamiento increble de entusiasmo. Al salir de la representacin
caminbamos juntos cinco o seis amigos haciendo comentarios halageos
para el autor de la pieza. Tuero permaneca silencioso. De pronto se
para y nos dice a boca de jarro:

--Esta noche me he convencido de que soy el hombre de ms talento de
Espaa. S; no puedo dudarlo ms tiempo--continu--porque la obra que
acabamos de ver es para m de todo punto execrable.

Quedamos estupefactos. Uno se encar con l indignado.

--Cmo? Qu ests ah diciendo? Jams hemos presenciado un xito tan
grandioso, tan unnime, se puede decir tan delirante.

--S, delirante; la palabra est bien aplicada porque slo delirando se
puede aplaudir una obra semejante--replic Tuero.

Cunta razn le asista! Algunos aos despus ni se representaba en los
teatros ni nadie se acordaba de tan aplaudida produccin dramtica.

Fu, pues, convertido por obra y gracia de aquellos buenos amigos de
contumaz gladiador en literato. Pero nuestra literatura se cifraba
entonces, principalmente, en hablar de los autores y en disputar acerca
de las reglas gramaticales.

Pasamos la vida disputando. Si uno soltaba alguna palabra impropiamente
aplicada al discurso; si otro se equivocaba de rgimen; si otro
escribiendo no haba puesto las comas en su sitio. Todo era materia para
disputas acaloradas que duraban indefinidamente, pues ninguno quera
quedar convicto de ignorancia y defendamos nuestro rgimen y nuestra
ortografa como una leona poda defender a sus cachorros. Nos
acechbamos constantemente, espibamos con intensa atencin las palabras
que cada cual verta y caamos sobre algn vocablo impuro como buitres
hambrientos sobre la carne podrida. En estas minucias lingsticas casi
siempre sala vencedor Alas, porque las conceda an mayor importancia
que los otros y pona toda su alma en ellas. Adems era poseedor, segn
supimos ms tarde, de un diccionario de galicismos, y con esta arma, que
guardaba secretamente, nos infera no pocas veces heridas mortales.

Seguamos en nuestras discusiones filolgicas el mtodo de la escuela
peripattica, esto es, disputbamos paseando. Despus de terminadas las
clases, ya se saba, nos ponamos a recorrer las hmedas calles de
Oviedo y comenzaba la borrascosa sesin gramatical.

Aquella vida, bien mirado, no era muy divertida; pero nosotros la
encontrbamos tal. Los que no la juzgaban poco ni mucho amena eran los
pacficos transeuntes a quienes molestbamos con nuestros gritos
descompasados y a menudo con nuestros empellones. Porque caminbamos tan
ciegos que chocbamos con las personas que venan en direccin contraria
y las desbaratbamos sin piedad los callos de los pies. No era tal
conducta a propsito para hacernos simpticos en la poblacin. Nos
miraba de travs todo el mundo y en algunas ocasiones nuestra clamorosa
sabidura hall por recompensa un coscorrn o un puntapi.

Sin embargo, todo esto, al recordarlo, me enternece. Y cuando alguna vez
voy a Oviedo y atravieso la calle de la Magdalena o Cimadevilla, me
detengo conmovido, y me digo: Aqu fu donde Leopoldo Alas me demostr
que _coaligarse_ era una palabra brbara traducida del francs, y que se
debe decir coligarse; aqu fu donde Tuero me hizo ver que pronunciaba,
de un modo cojo, cierto verso de Espronceda.

Aunque me habitu a esta manera de vivir y fu cada da ms
compenetrndome con los gustos de mis nuevos amigos, debo confesar que
haba algo con lo cual no estaba conforme en el fondo de mi alma. Este
algo era el entusiasmo que sentan por ciertos peridicos satricos que
a la sazn se publicaban en Madrid, particularmente por uno titulado
_Gil Blas_. No se hartaban de leer y comentar los donaires y rasgos
ingeniosos que salan en este peridico. Para ellos un seor llamado
Luis Ribera, otro Roberto Robert, otro Snchez Prez eran famosos hroes
de las letras dignos de la inmortalidad.

Quien mostraba hacia ellos ms intenso aprecio era Alas, cuya vocacin
de escritor satrico se hizo ostensible desde bien temprano. No
solamente los imitaba, escribiendo semanalmente para su uso particular
un peridico, que titul _Juan Ruiz_, sino que enviaba a menudo al _Gil
Blas_ articulitos y versos. Caso prodigioso: este semanario, tan
exigente y desdeoso para todos los literatos que entonces existan en
Espaa, insertaba los escritos de un nio de quince aos! No dudo que su
famoso _Juan Ruiz_ contendra trozos muy apreciables, dignos de la pluma
de los redactores de aquel peridico. Yo no los he ledo, ni los ha
ledo nadie, porque la letra de Alas fu siempre inverosmilmente
perversa, y durante su carrera literaria caus crueles tormentos a los
tipgrafos.

Pero aquellas ingeniosidades agresivas, aquella literatura de flechas
aceradas, no infunda calor en mi alma. Los gemidos de las vctimas, las
heridas manando sangre, los miembros palpitantes esparcidos por el
suelo, me causaban grima, en vez de alegra. Nunca fu de mi agrado el
gnero satrico que se aparta mucho del humorismo. Detrs del humorista
hay un espritu piadoso que sonre melanclicamente al contemplar las
deficiencias y contradicciones de la naturaleza humana. Detrs del
satrico slo un hombre que re malignamente y goza con la miseria
intelectual del prjimo. Cervantes fu un humorista, Larra un satrico.

Adems, yo en aquella poca tena la cabeza llena de las bellezas de _El
diablo mundo_, _La Jerusaln libertada_ y el _Orlando furioso_, y me
pareca que la literatura era esto o no era nada. Por seguir el humor a
mis amigos, finga admirar los dimes y diretes del _Gil Blas_, pero mi
corazn estaba con Espronceda y el Taso. Y como me senta impotente para
esta alta literatura y no era de mi gusto la pequea, me resolv
interiormente, como ya he indicado en el captulo anterior, a ser un
hombre de ciencia. Mi nico anhelo entonces, y por bastantes aos
despus, fu llegar a ser un profesor distinguido. Cun lejos estaba de
imaginar que el Cielo me destinaba a poeta pico, ya que la novela,
segn los estticos, no es otra cosa que la forma moderna de la epopeya!

Durante aquel ao hicimos amistad tambin y empezamos a reunirmos en casa
de dos chicos de nuestra edad, hijos de un opulento fabricante de
tabacos de la isla de Cuba, a quienes su padre haba enviado a educar a
Oviedo. Estaban a la guarda de un muy tolerante y bondadoso sacerdote
que nos permita divertirnos a nuestro gusto. Y la mejor diversin que
elegimos fu la del teatro. El arte dramtico nos seduce en la primera
edad de la vida como ha seducido a los hombres en los primeros tiempos
de la historia. Construmos una muy linda escena en el ms amplio saln
de la casa, para lo cual se nos facilit cuantos elementos cremos
necesarios. Representamos, como debe suponerse, algunos dramas gticos y
medioevales, y gozamos la ms excelsa beatitud declamando rotundos
endecaslabos y esgrimiendo nuestras espadas de madera forradas con
papel de estao.

Haba entre nosotros un notabilsimo actor. Por lo menos l se crea tal
y nosotros no estbamos lejos de pensarlo. Declamaba con un nfasis y
con voz tan cavernosa y temblona, arqueaba las cejas de manera temerosa
y agitaba su cuerpo con tan vivos estremecimientos que ningn cmico de
la legua le aventaj antes ni despus.

Nosotros le envidibamos: l nos despreciaba. Para vengarnos de su
desprecio decidimos tres o cuatro jugarle una mala treta el da de la
representacin. Se hallaba lujosamente ataviado representando, si la
memoria no me engaa, el papel de rey en un drama titulado _La tienda
del Rey Don Sancho_, esperando, con la natural emocin, el momento de
salir a escena. Nosotros, a su lado, entre bastidores, le acechbamos.
Aprovechndonos de su emocin le pasamos, disimulada y traidoramente,
una cuerda por la cintura, haciendo despus un nudo corredizo. Cuando le
lleg el momento sali impetuosamente a escena, sin darse cuenta de que
llevaba tras s la cuerda, y comenz a declamar con tanto calor y
entusiasmo que, desde luego, cautiv al auditoro, compuesto de nuestras
familias y amigos. Mas he aqu que cuando se hallaba en lo ms pattico
de su peroracin, comenzamos a tirar fuertemente de la cuerda,
atrayndole hacia los bastidores. Rechin los dientes y sigui
declamando; pero nosotros tambin seguimos tirando de l, y aunque quiso
sustraerse el cuitado a su fatal destino haciendo esfuerzos rabiosos
para mantenerse en escena sin dejar de declamar su papel, al fin
logramos sacarle de ella y meterle dentro.

Qu brbaras lamentaciones! Qu terribles amenazas proferidas no en
endecaslabos sino en la prosa ms vil que puede nadie imaginarse! Ech
mano al pual que llevaba a la cintura... gracias a Dios que era de
madera!

El pblico se desternillaba de risa palmoteando calurosamente. Le hizo
salir a escena y con l a nosotros los autores de la bromita,
colmndonos a todos de aplausos y tirndonos caramelos. Pero don Sancho
no se dign doblar su real espina para recogerlos: antes segua
horriblemente fruncido y lanzndonos miradas centelleantes propias de un
len castellano ofendido.

Fatigados del teatro, al cabo nos vino a la mente fundar un Ateneo. Nos
pareci aquello ms propio de nuestra superioridad intelectual. Porque
no dudbamos de ella un punto y nos sorprenda que en la poblacin no
nos tributasen los honores debidos a nuestro rango. Veamos claramente
las ridiculeces de muchos hombres ya maduros, formbamos de ellos un
juicio sumarsimo y los condenbamos al desprecio. Nuestros profesores
no se libraban tampoco algunas veces de este desdn compasivo. Recuerdo
que el de Retrica le pregunt a Alas, segn me contaron sus
condiscpulos:

--Seor Alas, qu son _padre y pobre_?

--Nada--respondi aqul.

--Son asonantes, hijo mo.

--No son asonantes--replic.

Hubo una breve disputa: el profesor mont en clera y le oblig a
callar. Todos quedaron, sin embargo, convencidos de que Alas tena razn
y puede suponerse que este incidente no poco contribuy a nuestro
engreimiento.

Fundamos pues un Ateneo cuyas sesiones se efectuaban en casa de los dos
americanos, como acostumbrbamos a llamar a nuestros amigos. Nos
reunamos los domingos por la maana una docena o poco ms de
atenestas, se lea una disertacin histrica o cientfica y haca
objeciones al disertante quien lo tuviera a bien; leanse despus
artculos, cuentos y versos; por fin uno de los dueos de la casa nos
haca or en el piano algunas sonatas o trozos de pera, pues ya
entonces era un maravilloso pianista.

En una de aquellas sesiones dominicales le yo un concienzudo discurso
acerca de Felipe II. Haba hecho sobre su reinado investigaciones
profundas que no duraron menos de quince das. El resultado de ellas fu
un panegrico caluroso de aquel rey insigne que yo consideraba como el
ms grande estadista que haba surgido en la historia de Espaa.

No estuvo desde luego conforme con tal apreciacin uno de los sabios
atenestas y en un discurso, que a m me pareci capcioso, quiso mostrar
las deficiencias de aquel reinado memorable. Que si Felipe II era un
fantico que haba fomentado la ignorancia de nuestro pas y lo haba
entregado atado de pies y manos a la Inquisicin; que si haba enviado a
Flandes un verdugo como el duque de Alba; que si haba agotado el tesoro
pblico y esquilmado a la nacin por sostener all un podero que de
nada nos serva... En fin, una serie de cargos irrespetuosos y sin
fundamento alguno.

Trat de demostrrselo reprimiendo a duras penas mi indignacin y
aparentando una tranquilidad que no senta. De nada sirvi mi
moderacin; antes por el contrario, envalentonado por ella mi adversario
repiti con creciente saa sus diatribas acumulando sobre la cabeza del
gran rey los ms odiosos dicterios: ignorante, fantico, dilapidador...

Perd la cabeza. Repliqu furiosamente, hecho un energmeno. Mi
contrincante no se dej intimidar y con ms altos gritos an sigui
vociferando contra el monarca.

Ahora bien, yo en aquel instante representaba, aunque indignamente, al
rey Felipe II. No me era posible permitir que por ms tiempo se le
siguiera ultrajando de manera tan atroz. Por otra parte, para impedirlo
no dispona de la _Santa Hermandad_, ni siquiera de un mal corchete.

Qu me corresponda hacer en trance tan apurado?

Aplicar un buen mojicn a aquel deslenguado!, dir seguramente el
lector.

Pues eso fu cabalmente lo que hice. Un soberbio mojicn de mano vuelta
que reson fatdico en el augusto recinto del Ateneo. Pero ay! mi
adversario respondi con otro no menos arrogante y se estableci una
lucha cruel entre ambos.

Los sabios atenestas se agitaron. En vez de mostrarse neutrales como
corresponda a su elevada dignidad dividironse inmediatamente en dos
campos. Los unos tomaron parte por m, esto es, por el rey catlico; los
otros ayudaron abiertamente a sus enemigos, los ingleses, los flamencos,
los luteranos. La batalla se generaliz. Por largo tiempo resonaron los
gritos y los puetazos de los combatientes. Hasta que el buen sacerdote
que rega la casa vino con los criados a restablecer la paz disolviendo
para siempre nuestra asamblea.

As cay y se deshizo aquel memorable Ateneo que tanta influencia ha
ejercido en los destinos de Europa.




XXXIV

EL CLUB


Acaeci que una noche nos acostamos esclavos los espaoles y amanecimos
libres.

Unos generales filntropos desembarcados en Cdiz fueron los encargados
de romper nuestras cadenas. Marcharon sobre Madrid, derrotaron en el
camino a las tropas del Gobierno y entraron en la capital a los acordes
del _Himno de Riego_.

Naturalmente las ondas sonoras de este _Himno_ se propagaron en crculo
como todas las dems y alcanzaron pronto el litoral de la Pennsula. Yo
las percib entre sueos acompaadas del estampido de los cohetes. Me
levant velozmente, me asom al balcn y vi desfilar pelotones de gente
con banderas, gritando: Viva la libertad!

Si hay libertad--me dije inmediatamente--, hoy no tendremos ctedra. Y
me alegr del triunfo de la libertad.

Sal a la calle y observ por todas partes gran movimiento y regocijo.
En la plaza de la Constitucin se apiaba la muchedumbre escuchando el
discurso fogoso que desde el balcn del Ayuntamiento gritaba un honrado
vecino progresista. Al final de este discurso se arroj a la plaza el
retrato de la Reina, que se hallaba en el saln de sesiones, y la
muchedumbre se apresur a hacerlo trizas rugiendo de gozo.

Abajo las testas coronadas! Por primera vez escuch entonces este
grito eufnico, que me hizo cosquillas de placer. Si hubiera sido:
Abajo las cabezas coronadas!, no me habra producido efecto alguno.
Mas la palabra testas le daba tal realce, lo haca tan melodioso y
halageo al odo, que, si yo fuese rey, pienso que al orme llamar
testa coronada me hubiera despojado, sin inconveniente, de la corona.

Pero la muchedumbre all congregada senta necesidad para saciar sus
furores de algo ms plstico que la pintura.

A la Universidad! A la Universidad!

Segu el tropel hasta la Universidad, y vi cmo derrocaban el busto de
bronce de la reina Isabel erigido en medio del patio.

Confieso que al escuchar el ruido siniestro que hizo cayendo sobre las
losas, corri por mi cuerpo un escalofro. Vi despus que unos pilluelos
le echaron una cuerda al cuello, lo arrastraron fuera de la Universidad
y lo pasearon en esta forma por las calles en medio de gruesa algazara.

No les segu. Aquel espectculo me caus extrema repugnancia. Si alguien
lo atribuyese a un espritu estrecho y reaccionario, se equivocar. Ya
he dicho que sonaba grato en mis odos el grito de Abajo las testas
coronadas!, y aado que la libertad, la igualdad y la fraternidad me
tenan por entero subyugado, pues entonces no saba cuntas cositas
sucias se pueden esconder debajo de estas palabras tan bellas. Me
repugnaba tal espectculo, sencillamente, porque encontraba poco galante
arrastrar a una seora amarrada por el cuello.

Al da siguiente de tan graves sucesos observ, con sorpresa, que mis
cadenas se hallaban en perfecto estado de conservacin. Quiero decir que
me vi obligado a estudiar mi leccin de Geometra lo mismo que si no
hubiera cado la dinasta de los Borbones. Es vergonzoso decirlo; pero
no puedo ocultar que esto enfri un poco mi ardor democrtico.

Y no bastaba a mantenerlo vivo la circunstancia de estudiar los catetos
y las hipotenusas a los acordes del _Himno de Riego_. Antes, por el
contrario, este _Himno_, sonando da y noche por las calles, lleg a
producirme un malestar indecible. Despus de tantos aos transcurridos,
si por casualidad le oigo cantar o tocar, surge ante mis ojos,
repentinamente, una legin espantosa de tringulos, cuadrilteros,
polgonos, rombos y romboides, y me siento mareado y acometido de
nuseas.

No solamente el _Himno de Riego_ fu nuestro consuelo en los primeros
das de la era revolucionaria. Haba otros varios espectculos
interesantes. Entre ellos, uno de los mejores era ver desfilar, noche y
da, al Batalln de la Guardia nacional. Este batalln se compona, en
general, de vecinos desocupados. Los haba tambin ocupados, pero
predominaban los primeros. All estaba Epifanio, famoso bebedor de
sidra, y Roque, igualmente renombrado bebedor de sidra, y Manolo, que
beba asimismo mucha sidra, pero dejaba siempre un hueco para la
ginebra. All formaban el carnicero de la plaza de los Trascorrales y el
mancebo de la tienda de mercera de la calle de San Antonio y el
hojalatero de la calle del Peso.

Todos estos sujetos marchaban con el fusil al hombro, pero con su propia
indumentaria, esto es, sin uniforme ni distintivo alguno. Hay que
confesar que lo que ganaba de esta suerte en animacin y colorido lo
perda en marcialidad. Pero saban todos ellos compensar esta
deficiencia con la gravedad blica que impriman a su rostro, ya
atravesasen a paso de carga por las calles, ya evolucionasen
majestuosamente en el parque de San Francisco. Es imposible que las
hordas de los hunos capitaneadas por Atila marchasen ms ceudas y con
ms expresin de ferocidad guerrera.

Las mismas familias apenas podan reconocerlos en tales ocasiones.

--No ves a Pachn?--deca una madre a su chiquitn que llevaba de la
mano.

--Cul? Cul?--preguntaba el nio, abriendo mucho los ojos.

--Aquel, aquel que va all con el sombrero de medio lado.

--Pachn! Pachn!--gritaba el chico a su hermano mayor despus de
reconocerle.

Pero Pachn, al cruzar por delante de l, le diriga una mirada torva
que le helaba de espanto.

Cuando estos nacionales estaban de guardia y hacan centinela aumentaba
an su intransigencia. Recuerdo que hallndome en la plaza vi llegar, al
son de las cornetas, una compaa de guardias civiles que se haban
concentrado a la sazn en Oviedo. Antes de que atravesasen el arco del
Ayuntamiento, Bonifacio, el repartidor de peridicos, que estaba all de
centinela, se plant delante de ellos con el fusil en ristre y grit con
voz de trueno:

--Alto!... Quin vive?

La compaa hizo alto y el teniente que la mandaba se dirigi lleno de
deferencia a Bonifacio, y ste volvi a gritar con voz recia:

--Cabo de guardia!

Y vino el cabo de guardia y habl con el teniente. Y, mientras tanto, se
mantena Bonifacio un poco apartado, fusil en ristre y con expresin de
ferocidad implacable en el rostro.

Si alguno imagina que esta actitud cruel impresion a los guardias,
siento decirle que se halla en un error. Los guardias, mientras dur la
conferencia, miraban de hito en hito a Bonifacio con tal expresin de
curiosidad y desprecio que no comprendo cmo ste no descargaba
inmediatamente su fusil sobre ellos.

La historia de este batalln es gloriosa. Debemos reconocer, no
obstante, que no todos sus individuos lograron conducirse con el valor y
la dignidad que Bonifacio, el repartidor, en esta ocasin. Por ejemplo,
Bernardn el _Mirlo_...

Es una historia que el lector no debe contar en Oviedo delante de alguno
de aquellos veteranos, porque le expondra a un disgusto.

Bernardn el _Mirlo_ no era propiamente _Mirlo_, pero se le llamaba as
por ser marido de la _Mirla_, y l fu quien tuvo la culpa de que una
vez fuese arrollada la guardia de este glorioso batalln. Acaeci del
modo siguiente:

La _Mirla_ tena un puesto de pescado en la plaza de los Trascorrales.
Este puesto se hallaba muy acreditado, porque la _Mirla_ no venda
nunca el pescado demasiado podrido. Por lo cual en casa de la _Mirla_ se
viva con desahogo. Particularmente Bernardn, su marido, zapatero de
oficio, procuraba esmeradamente no ahogarse con el trabajo, sobre todo a
la hora de la sidra, esto es, despus de las tres de la tarde.

Su digna esposa no vea, sin embargo, con buenos ojos estas deserciones,
y alguna que otra vez las interrumpa de un modo fragoroso y haca que
las cosas volviesen a la normalidad. Porque era la _Mirla_ una mujer
colosal, que, por error de la naturaleza, no haba nacido sargento de
coraceros, y Bernardn, aunque cabo de la Guardia nacional, se senta
intimidado en su presencia.

Todo lo que la _Mirla_ tena de impetuosa e irascible, lo tena
Bernardn de pacfico y alegre compadre. Nadie poda estar de mal humor
a su lado; nadie ms que su cara consorte. Y aun sta en determinadas
ocasiones se desarrugaba un poco con sus donaires y sola recompensarlos
con alguna que otra peseta volante.

Por regla general, sin embargo, Bernardn no perciba un cntimo por sus
chistes. Para la satisfaccin de sus inclinaciones ms invencibles se
vea necesitado a apelar a ciertos medios...

Pero no anticipemos los sucesos.

Un da que entraba de retn en el Ayuntamiento, se palp los bolsillos y
observ, lleno de consternacin, que estaban absolutamente vacos. Cmo
invitar a sus subordinados a beber unos vasos? Atormentado por este
problema, di una vuelta por los Trascorrales a ver si su esposa
presentaba signo de reblandecimiento.

La _Mirla_ se hallaba ausente. Haban venido a notificarla que una hija
suya casada tena un nio enfermo y haba ido a enterarse. Bernardn al
ver que el puesto de su mujer estaba ocupado por una amiga, a quien
aqulla haba encargado que la representase, concibi una idea
felicsima. Se dirigi hacia all y con semblante grave y acento
perentorio invit a la encargada de parte de su esposa para que le
entregase el dinero que haba en el cajn, pues deba pagar algunas
medicinas. Sin sospechar la estafa, le entreg aqulla lo que haba,
que result ser un duro en plata, una peseta en plata tambin y otras
dos o poco mas en calderilla. Con todo carg el buen Bernardn, y una
vez que se hall en el cuerpo de guardia supo darle empleo adecuado.

Algunas horas despus lleg la _Mirla_ a su jaula. Al abrir el cajn y
encontrarlo sin alpiste y enterarse del pjaro que se lo haba comido,
una ola de sangre subi a su rostro mofletudo y no falt mucho para caer
al suelo vctima de una apopleja. Tuvo la fortuna, sin embargo, de
poder desahogarse preventivamente con una ristra de exclamaciones,
interjecciones y maldiciones profticas que la aliviaron
momentneamente, dndole tiempo para trasladarse al cuerpo de guardia
del Ayuntamiento.

Haca la centinela el hijo de una frutera amiga suya.

--Est ah mi hombre? le pregunt con trabajo, pues apenas poda
respirar.

El centinela le dirigi una larga y severa mirada y respondi framente:

--No se puede pasar.

--Yo no te pregunto si se puede pasar, borrico. Est ah mi hombre, s
o no?

El hijo de la frutera no se sinti halagado por el calificativo y
respondi con mayor frialdad an.

--No se puede pasar.

--No se puede pasar?--rugi la _Mirla_--. Ahora lo veremos!

Y le di tan descomunal empelln con sus manos poderosas, que el pobre
chico cay de espaldas.

La _Mirla_ penetra en el estrecho recinto donde se hallaba el retn, y
lo primero que ven sus ojos es una mesa con botellas y vasos y cascaras
de centollas y huesos de aceitunas. Lo segundo a su feliz esposo con las
seales de la ms pura felicidad pintadas en el rostro.

Y no vi ms.

La mesa con las botellas, los vasos y los residuos del marisco y las
aceitunas todo cay sobre el desdichado Bernardn. Y cayeron despus
ciento veinte kilos ms representados por su consorte. Estrujones,
puetazos, violentas sacudidas, tentativas de estrangulacin, de todo un
poco. Si Bernardn en aquel momento no vomit los treinta y dos reales
convertidos en lquido, no fu porque su digna esposa dejase de poner en
prctica los medios conducentes para realizar esta operacin.

En cuanto al resto de la guardia no dir que huy, porque no es cierto.
Tampoco dir que se dispers. Lo nico que se puede afirmar con
exactitud es que se retir desordenadamente.

Declaro adems, lealmente, que lo que acabo de narrar se refiere
exclusivamente a la historia interna o privada del batalln de
nacionales. En cuanto a su historia pblica no puede ser ms honrosa.

Algunos das despus de organizado, hallndome en la calle presenciando
el desfile, acierto a ver con profunda sorpresa entre los nacionales,
con el fusil al hombro, a mi amigo Tuero. Siempre original, no iba en
fila como los dems, sino que marchaba a retaguardia solo y apartado
ocho o diez pasos del resto de la fuerza. Su talla infantil, pues no
contara ms de diez y seis aos, y sus largas melenas rubias flotantes,
atraan las miradas del pblico. Pareca un poeta francs maniobrando en
el campo de Marte con la guardia cvica en el mes _Brumario_. Al pasar
cerca de m le grit casi al odo:

--Adelante, hijo de la patria!

Volvi el rostro y se puso un poco colorado y me hizo un guio
expresivo. Tuero era un romntico, estaba empapado en _Los Miserables_,
de Vctor Hugo, que saba casi de memoria; pero era un romntico forrado
de humorista, y esta mezcla curiosa le haca siempre interesante.

Comenzaron los das dichosos de la revolucin triunfante. Los
nacionales, las asambleas, las manifestaciones pblicas, los discursos,
los motines ostentaban entonces su frescura primaveral. Ay! este verde
follaje no tard mucho tiempo en marchitarse. Cuando recuerdo, las
muchas veces que fu en procesin en medio de aquellos honrados obreros
dando vivas! y mueras! sin saber a punto fijo qu es lo que deseaba
que viviese o muriese, me siento conmovido y me ataca la nostalgia del
desorden. En cada encrucijada, en cada balcn, nos acechaba un orador.
Sus discursos nos arrebataban de entusiasmo, aunque yo nunca logr or
de ellos ms que la conclusin: Viva la soberana nacional!

Se procuraba imitar en lo posible a la revolucin francesa, salvo, por
supuesto, la guillotina. Y, naturalmente, una de las primeras cosas en
que se pens, fu en la organizacin de un club que recordase el de los
jacobinos o el de los franciscanos de Pars.

Qued instalado este club en el amplio saln de un establecimiento de
baos, cuyo dueo era un fervoroso republicano. Se reunan all todas
las noches hasta un centenar de personas de todas clases y condiciones,
aunque predominaban los obreros. Nosotros, esto es, los cuatro o cinco
amigos inseparables que yo tena, fuimos admitidos a pesar de nuestra
excesiva juventud.

Qu tiempos aquellos! Todas las cabezas estaban llenas de la revolucin
francesa. Apenas se pronunciaba un discurso en que no se recordase
algunas frases de Mirabeau, de Dantn o Desmoulins. La que aquel
profiri cuando Brez intim a la Asamblea, en nombre del rey, la orden
de disolverse:--Los diputados de la Francia han resuelto deliberar. Id
y decid a vuestro amo que estamos aqu por la voluntad del pueblo y que
slo nos arrancar de este lugar la fuerza de las bayonetas, me parece
que tuve el placer de escucharla tres o cuatro docenas de veces. Tambin
se recordaba con insistencia aquello de los privilegios acabarn, pero
el pueblo es eterno, y lo otro de una nacin en revolucin es como el
bronce que se funde y se regenera en el crisol: la estatua de la
libertad no est an vaciada: el metal est hirviendo!

En suma, aquello pareca una representacin casera del _noventa y tres_.

Hasta los que, incapaces de pronunciar discursos cultivaban el gnero
ms fcil de las interrupciones, copiaban las de los convencionales.
Haba uno que cuando la discusin se acaloraba demasiado sola gritar
como Marat:--Os recuerdo el pudor... si es que lo tenis! Haba otro
que no se cansaba de vociferar:--El pueblo se ha levantado, est en
pie y espera!

Pero la frase ms extraordinaria que escuch fu la de un sujeto que en
momentos de confusin, subido sobre un banco, gritaba como el pintor
David en la Convencin: --Pido que me asesinis!

Era un oficial de sastre. No se le asesin, aunque bien lo mereca por
desvergonzado, pero le dieron dos puntapis y lo echaron a la calle.

En general, las sesiones no eran borrascosas. Se pronunciaban largos
discursos ajenos por completo al drama revolucionario. Recuerdo que un
seor nos entretuvo toda una noche explicndonos los movimientos de la
tierra y los planetas alrededor del sol, la causa de los eclipses y las
estaciones. Un grabador nos lea las _Palabras de un creyente_, de
Lamenais, y su voz se alteraba en ocasiones y se le nublaban los ojos de
lgrimas. Un maestro de escuela pronunci un discurso fogoso contra la
gramtica de la Academia lleno de apstrofes vehementes y de rasgos
irnicos.--Hay un tiempo en los verbos--exclamaba sarcsticamente--que
en la gramtica se denomina tiempo pluscuamperfecto. Concebs,
ciudadanos, algo que sea ms que perfecto? Si existiese este tiempo del
verbo sera ms que Dios!

El discurso, aunque contundente, produjo cierto malestar en la asamblea.
Aquel rudo e inconsiderado ataque a la Academia inquietaba las
conciencias. Se murmuraba que el orador iba demasiado lejos; rebasaba
los lmites de la audacia.

En fin, que en estas memorables sesiones se hablaba de todo, de Dios,
del alma, de la libertad, de astronoma, de las formas de gobierno, del
idioma, etc. Porque aquellos obreros eran hombres primitivos, atrasados
an en la evolucin, y, por lo tanto, ignoraban que el nico ideal digno
de discusin en tales asambleas es el de escatimar unos minutos de
trabajo y aumentar unos cntimos de salario.

Los oradores todos, sin exceptuar uno, recomendaban constantemente el
orden. Sin orden no hay libertad. Era la frase que sin cesar se repeta.
Haba un ayudante de obras pblicas tuerto que no se hartaba jams de
hacer el panegrico del orden amenazando con las ms espantosas
calamidades, si bajo cualquier pretexto se alteraba poco o mucho.

De tal manera se incub y ech races esta idea en el cerebro de
nuestros obreros que en cierto motn popular uno de ellos gritaba frente
a los balcones de un banquero con quien tena resentimientos:

--Muera Pinedo!--y aada despus con acento de conviccin--: Pero con
orden!

Cun lejanos nos hallbamos todava de estos das perversos en que se
asesina a las mujeres y los nios en nombre de la fraternidad universal!

Aquellos honrados y sencillos trabajadores nos haban acogido a
nosotros, nios an, con seales de afecto, nos mostraban gran
predileccin y, aunque parezca extravagante, nos respetaban.

Pues bien, nosotros no correspondamos como debiramos a estas muestras
de consideracin. Eramos dscolos, turbulentos y nos reamos ms o menos
ostensiblemente de los discursos que all se pronunciaban. Y esto no
porque fusemos reaccionarios y enemigos del pueblo, pues creamos tanto
como ellos en la eficacia de las ideas democrticas, sino porque
tenamos excesivamente afinado el sentido de lo cmico. Es un don de la
Providencia que rara vez logra hacernos simpticos.

Por eso algunos de aquellos ciudadanos comenzaron a mirarnos con recelo.
Particularmente el grabador que lea en alta voz las _Palabras de un
creyente_, hombre austero y virtuoso, nutra hacia nosotros en el fondo
de su corazn un odio implacable. Cuando en sus lecturas tropezaba con
algn epteto que pudiera convenirnos como el de espritus frvolos o
el de serpiente oculta entre las flores o el de sofistas embusteros
nunca dejaba de elevar la voz y dirigirnos una mirada significativa.
Pero esto no contribua poco ni mucho a inspirarnos mayor cordura y
seriedad, como pudiera suponerse.

Sin embargo, la masa de los ciudadanos estaba con nosotros y slo
perdimos enteramente su apoyo cuando renunciamos al federalismo y nos
declaramos unitarios. Lo hicimos por conviccin? Lo hicimos por
capricho? No lo s. Lo nico que puedo afirmar es que el adjetivo
federal aplicado constantemente a la Repblica nos iba crispando.

Era entonces el federalismo un misterio intangible como el de la
encarnacin del Hijo de Dios. Un viejo caudillo de la democracia, el
marqus de Albaida, lo haba introducido con barreno en la mente de los
republicanos. Nosotros osamos concebir acerca de l algunas dudas
sacrlegas. Por qu haba de ser federal la Repblica? Por qu romper
un da y de un modo arbitrario la unidad nacional que tanto tiempo,
tanto esfuerzo y tanta sangre haba costado?

Estas dudas nos perdieron. Aunque slo las habamos expresado
privadamente, todo el club se enter pronto de ellas. Y comenzamos a ser
mirados como rprobos dignos de eterna condenacin. Ruga la tempestad
sordamente mientras nosotros, inocentes marineros, navegbamos confiados
sin poner el odo a su amenaza.

Al fin lleg la funesta noche en que se levant un orador para
manifestar que en aquel recinto de la claridad y la justicia haba
seres solapados que trabajaban traidoramente contra la integridad de la
Repblica.

Los seres solapados nos levantamos entonces y declaramos abiertamente
que renuncibamos para siempre a la federacin y que seramos unitarios
hasta la muerte.

Tumulto indescriptible. Los ciudadanos se alzan airados, nos increpan,
nos amenazan. No se oyen otros gritos que: Fuera los traidores!
Mueran los unitarios!

Cuando se hubo calmado un poco la agitacin, el presidente en pie y
plido dice con voz temblorosa:

--Despus de lo que acabamos de escuchar, con gran sentimiento debo
hacer presente a los seores que se han declarado contra la federacin
que no pueden permanecer ms tiempo en este local.

--Eso! Eso!... Fuera los enemigos de la Repblica!... Abajo los
unitarios!--se gritaba de todas partes.

Entonces nosotros salimos presurosos de los bancos y acompaados de
otros tres o cuatro ciudadanos que haban simpatizado con nosotros,
formando un grupo de ocho o diez, y entre los silbidos y los mueras de
la asamblea nos dirigimos resueltamente a la puerta. Antes de
trasponerla uno de los nuestros se volvi iracundo y agitando los puos
grit como Dantn en la guillotina:

--Nos cortis la cabeza, pero no nos cortis la cola!

Aquella cita trgica produjo enorme sensacin. Se hizo un silencio
profundo y en medio de l salimos erguidos del club para no volver a
entrar.




XXXV

IMPRESIONES MUSICALES


Hay en la vida del hombre una poca que pudiramos llamar teatral, si la
palabra no se prestase al equvoco.

Comprenda el lector lo que quiero decir: Hay una poca en que el hombre
civilizado siente con ms o menos intensidad el atractivo de los
espectculos teatrales. Este atractivo se prolonga por ms o menos
tiempo, segn los temperamentos. Tengo un amigo, ya viejo, que gasta 100
pesetas mensuales en localidades para el teatro, y en su vida ha
comprado un libro por valor de 3,50. Es un hombre odioso.

A los quince aos entregaba yo casi todo el dinero que me suministraban
mis padres a los cmicos, salvo el que gastaba en pomada de heliotropo
para untarme los cabellos. En aquel viejo teatro de Oviedo, donde se
estaba mejor que en una tienda de campaa, he disfrutado gran copia de
dramas y comedias de repertorio, escuch infinitos gritos apasionados,
muchas dcimas calderonianas y no pocas carcajadas histricas.

Sin embargo, confieso que no fu tan dichoso en aquel perodo de mi vida
como deba serlo. En esta edad, cuando se asiste al teatro, se encuentra
generalmente todo precioso, todo bello, todo divertido. Por desgracia, a
m no me aconteci otro tanto. Mi alma no se abra de par en par a los
goces estticos, porque haba dentro de ella un crtico prematuro que se
empeaba en cerrar la puerta.

Ignoro si el virus de la crtica brot espontneamente en mi organismo
o me fu inoculado por mi amigo Leopoldo Alas, compaero obligado de mis
excursiones teatrales, pero lo he padecido siempre y ha amargado mi
existencia. _Clarn_, implacable Mefistfeles, me mostraba cruelmente
las escorias de todas las obras dramticas.

Una noche presencibamos ambos la representacin de un drama, que, si
mal no recuerdo, se intitulaba _Redencin_. Era una de tantas
desdichadas imitaciones de la famosa _Dama de las Camelias_, de
Alejandro Dumas. La protagonista mora de una afeccin pulmonar, como
aqulla, y se lamentaba patticamente de su mala suerte, pues en
aquellos instantes su novio le besaba las manos y le deca mil ternezas.
En torno nuestro los caballeros se mostraban gravemente conmovidos, pero
las seoras lloraban a lgrima viva. Clarn y yo, ms duros que el
mrmol, sentamos unas ganas atroces de rer. Estas ganas estallaron al
cabo en sonoras carcajadas cuando la tsica, despus de un golpe de tos,
viendo a su amante agitado, le dice con dulzura angelical: No te
alborotes!

La indignacin de los espectadores fu terrible: Silencio, silencio!
A la calle esos chicuelos! Falt poco, en efecto, para que nos
arrojasen del teatro.

Convengamos, pues, en que el espritu crtico carece de utilidad, y
quien lo tiene aguzado es un pobre hombre digno de compasin. Yo estoy
seguro de que si me gustasen los malos dramas, las malas novelas y los
malos versos, mi existencia se hubiera deslizado mucho ms feliz sobre
la tierra.

En lo tocante a msica he sido ms favorecido por la Providencia.
Siempre me ha gustado la msica mala. Me han entusiasmado y me siguen
entusiasmando, la _Luca de Lammermoor_, la _Sonmbula_, _El trovador_,
la _Traviata_, etc.; esas peras que actualmente hacen rechinar los
dientes a los crticos musicales y les quitan las ganas de cenar. Uno de
ellos, que yo conozco, profesa odio tan irreconciliable al maestro
Donizetti, ya fallecido cerca de un siglo, que al pasar en cierta
ocasin por Brgamo, donde aqul ha nacido y tiene una estatua, fu
sigilosamente por la noche a apedrearla.

Esto es grave. Porque si los crticos dan en la flor de ejecutar tales
venganzas pstumas con los autores, temo en verdad que alguno a quien
mis libros enfaden, vaya una noche a desenterrarme al cementerio para
tirarme de las orejas.

Puesto ya a confesar pblicamente mis pecados, declaro que no slo me
agradan las peras del infame Donizetti, sino tambin las zarzuelas de
mis compatriotas Arrieta, Barbieri y Gaztambide. Escuchando desde
aquellas sucias y desgarradas lunetas del teatro de Oviedo _Marina_, _El
Juramento_, _El relmpago_ y _Los diamantes de la Corona_, me he sentido
dichoso como los ngeles; se borraban de mi mente las impurezas de la
realidad y viva unos instantes mecido sobre la nube del ideal. El mundo
dejaba de ser Voluntad, segn la frase del ms popular de los
metafsicos alemanes, para convertirse en pura Representacin.

An ms; no puedo recordar algunas de sus melodas sin conmoverme, y si
me encuentro en el campo un da esplndido de primavera, me pongo a
canturriar con emocin la romanza de bartono en _El Juramento_:

      Cual brilla el sol en la verde pradera!
    Cual su perfume despide la flor!

Es ridculo, vuelvo a confesarlo; pero si lo ridculo nos hace felices
por qu no hemos de abrazarnos a lo ridculo? En este punto, como en
algunos otros, doy la razn a los filsofos pragmatistas.

Son los habitantes de Oviedo muy sensibles al arte de la msica. Lo son
siempre, pero muy particularmente, es intil aadirlo, cuando han
ingerido algunos vasos de sidra, el licor predilecto de la regin
cantbrica.

Desde la ms remota antigedad, el alcohol est considerado como un
estimulante de la aptitud para las artes conceptivas, con preferencia a
las plsticas. Nadie habr visto a un hombre ebrio extasiarse ante un
cuadro o una estatua; pero cuntas veces les habremos odo recitar,
con torpe lengua, algunos versos de Zorrilla o Espronceda! Conoc uno
que en el ltimo perodo de la embriaguez repeta con creciente
afliccin:

      Qu es el hombre? Un misterio. Qu es la vida?
    Un misterio tambin!...
      Genios, venid, venid!...
    Vuestro mal con el hombre a compartir.

Hasta que caa como un fardo al pie del tonel y no se poda despertar
sino hacindole aspirar un frasco con amonaco.

No obstante, es la msica el arte bello que guarda afinidad ms estrecha
con los licores espirituosos. En Grecia, las fiestas de Baco, llamadas
_Orgas_, fueron siempre sazonadas con cantos. En Oviedo, lo mismo. Los
peridicos locales anuncian que tal da a tal hora se romper en tal
lugar el tonel llamado _Prim o Moriones_ (se les pone, por lo comn, el
nombre de un general). Un centenar de devotos acude puntualmente a la
solemnidad, rodean el grandioso tonel, presencian con emocin su
apertura, y, una vez que han probado su contenido, dan comienzo los
cnticos desenfrenados.

Mas existe una diferencia esencial entre los cantos orgisticos de la
Grecia y los de la capital de Asturias. Los primeros eran cantos de
victoria, entusisticos y ardorosos, mientras los segundos son siempre
tiernos y sentimentales. En Grecia se renda culto a Baco con gritos
delirantes y rugidos de clera; en Oviedo, con lgrimas. Es increble el
lquido que se derrama por los ojos en estas bacanales. Hay borracho que
cantando la despedida de _El Grumete: Si en la noche callada sientes el
viento_, etc., se derrite en llanto, lo cual ahorra mucho trabajo, como
debe suponerse, a los riones.

El _Miserere de El Trovador_ causaba tal fascinacin a cierto
escribiente de un notario de Oviedo, que no poda escucharlo sin
sentirse arrobado y caer en xtasis.

Llambase este escribiente Figaredo, o una cosa parecida; era hombre ya
maduro, de pelo canoso, de estatura mediana y ms gordo que delgado. Se
embriagaba indefectiblemente todos los domingos; pero como hombre
jurdico lo haca de un modo legal. Quiero decir, que jams di el menor
escndalo en la poblacin. Una vez que sala del lagar y entraba en las
calles cntricas, podra caminar ms o menos torcido, podra tropezar
una que otra vez con las columnas de los faroles, mas su boca no se
abra por ningn motivo, grande o pequeo. Ni un grito, ni una palabra,
ni una tos. Era un sepulcro relleno de sidra.

Pero haba algunos que conocamos su secreto. Sabamos que apretando
cierto botn, aquella boca se abra con un resorte. Este resorte no era
otro que el _Miserere_ de _El Trovador_.

Una noche entre las once y las doce sala yo del teatro con dos amigos
cuando acertamos a ver a Figaredo que caminaba delante de nosotros la
vuelta de su casa trazando caprichosas curvas con los pies sobre la
acera. Inmediatamente se nos ocurri apretar el fatal resorte.
Adelantamos el paso y al cruzarnos con l cantamos en voz baja los
primeros solemnes compases del famoso miserere.

Orlos Figaredo, pararse en seco, abrirse un poco de piernas y lanzar al
aire con toda la fuerza de sus pulmones el grito de angustia del
desdichado Manrique desde su prisin, fu cosa de un instante.

El sereno, que no estaba lejos, acudi corriendo.

--Haga usted el favor de callarse y no dar escndalo!

Figaredo le mir estupefacto al travs de sus gafas.

Escndalo? Llamar escandalosa a la msica ms sublime que jams se
hubiera odo en el mundo! Aquel hombre deba de estar loco.

Pero loco o cuerdo representaba en aquel instante a la autoridad
constituda y Figaredo como hombre ligado por su profesin a la ley de
enjuiciamiento comprendi que deba callarse y call.

Bajando, pues, la cabeza resignado sigui su camino en silencio.

Pero nosotros habamos vuelto sobre nuestros pasos y al pasar a su lado
cantamos otra vez el comienzo del miserere.

Figaredo se par de nuevo, volvi a abrirse de piernas y grit:

      _Non ti escordar di me_
    _Leonora addio!_

El sereno corri enfurecido a l y sacudindole por un brazo vocifer:

--Cllese usted, escandaloso, o por vida ma que le llevo ahora mismo a
la Fortaleza!

As se llamaba la crcel de Oviedo en aquel tiempo.

Figaredo volvi a mirarle, sin comprender qu clase de mentalidad era la
de aquel hombre; pero baj la cabeza y sigui caminando. Dejamos que se
alejase un buen trecho y alcanzndole despus le cantamos de nuevo al
odo el miserere.

Figaredo detuvo el paso por tercera vez y atron la calle con sus gritos
de angustia. El sereno, que ya estaba lejos, acudi corriendo y de tal
modo enfurecido que estuvo a punto de caer. Como tard algn tiempo en
llegar, Figaredo estaba ya metido en el canto y fu imposible hacerle
callar. Ni por sacudirle fuertemente por el brazo ni por dirigirle los
insultos ms groseros fu posible que cerrase la boca. Figaredo ya no
vea ni oa nada, y se lamentaba tremando las notas para hacer ms
pattico su canto. Las lgrimas baaban sus mejillas.

El sereno exasperado le fu empujando hasta la Fortaleza, que estaba
prxima.

Figaredo no callaba. Le abri la puerta de la crcel; el sereno dijo no
s qu palabras al centinela; ste ri con toda su alma: el sereno
profiri una blasfemia. Y Figaredo fu empujado brutalmente al interior.

Pero no callaba. Todava all dentro oamos lejana su voz que gritaba
con infinita amargura.

       _Non ti escordar di me_
    _Leonora addio!_
    _Leonora addio!_

Las injurias, la crcel, el ridculo, la vergenza no existan para
aquel hombre. El mundo real con sus impurezas, perfidias y groseras se
haba desvanecido. Como los prisioneros de la famosa caverna de Platn
contemplaba cara a cara el sol de la belleza.




XXXVI

EL SUEO DEL LUCERO


Decan los mdicos, aunque no era cierto, que mi madre necesitaba baos
de mar. Para tomarlos solamos pasar el mes de agosto en la villa de
Luanco, vecina de la de Avils, que posee una bonita playa arenosa donde
las olas rompen con estrpito.

En aquel tiempo exista en Luanco un hombre llamado el _Corsario_.

No era _Barbarroja_, porque tena barba negra y escasa. No era tampoco
el corsario de Byron, porque _Conrado_, hombre de soledad y misterio
(_man of lneness and mistery_) hablaba poqusimas palabras y nuestro
corsario era un charlatn insufrible.

Adems no se le conoca tendencia alguna romntica, sino ms bien una
inclinacin decidida a entrarse por las tabernas y a permanecer all un
tiempo indeterminado.

Era un hombrecillo de ojos pequeos y hundidos, delgado, cargado de
espaldas que no traa a la memoria escenas de zafarrancho y abordaje.

Por qu se le llamaba el _Corsario_? No lo s. Quiz los buenos viejos
de Luanco sepan algo ms. Pueden ustedes ir a preguntrselo.

Este _Corsario_ desempeaba el oficio de alguacil del Ayuntamiento. A
los que el alcalde mandaba detener los encerraba en la cuadra de su
casa. Era entonces la nica crcel modelo que all exista.

Como profesin suplementaria el _Corsario_ ejerca la de alquilador de
caballos. En realidad no debiera hablar en plural, porque alquilaba un
solo caballo. Pero tena adems un burro y esta circunstancia le
imprima carcter profesional.

No puedo decir casi nada del burro, porque no he tenido trato con l. En
cuanto al caballo no vacilo en afirmar que era un miserable impostor.
Siento mucho tener que hablar de l en esta forma, pero el respeto de la
verdad me obliga a ello.

Era un rocn bastante bien proporcionado, color de hoja seca, que tena
algunos cuarterones de carne sobre los muslos y en la frente una mancha
blanca del tamao de una pieza de dos pesetas. A esta ltima
circunstancia deba sin duda su nombre de _Lucero_. El que lo haba
bautizado era hombre de imaginacin, porque aquellos pelos blanquecinos
no podan dar idea remota de ningn astro del cielo.

Sus medios de subsistencia estaban envueltos en el misterio y
despertaban en Luanco comentarios bochornosos. Si su amo era solamente
pirata de nombre l lo era de hecho. Se le vea por los caminos de noche
y de da como un vagabundo apercibido a todo lo malo. Saltaba las
barreras de los prados y se coma la fresca yerba destinada a las vacas
de los vecinos; saltaba tambin con increble audacia las tapias de las
huertas y engulla las lechugas y los guisantes. Hasta se comi en
cierta ocasin, segn se dijo, unas enaguas del ama del seor cura que
sta haba tendido a secar en la huerta parroquial.

Puede concebirse que tales hazaas solan costarle algunas monumentales
palizas. En la villa se le consideraba como un socialista peligroso y
era unnimemente aborrecido. Pero es lo cierto que hasta la fecha en que
yo le conoc, haba logrado no morirse de hambre.

Sin duda, era un animal de mucho mundo y capaz de abrirse paso en la
sociedad; pero estas cualidades no le daban atractivo para la
equitacin. Los honrados vecinos de Luanco le alquilaban una que otra
vez por la mdica cantidad de dos pesetas para trasladarse a Cands o a
Avils o a cualquier parroquia de las cercanas. Pero a nadie en el
globo terrqueo ms que a m se le ocurrira alquilarlo para dar un
paseo de recreo y gallardear de jinete.

Pues eso fu cabalmente lo que hice una tarde de Agosto en que el cielo
estaba limpio como un cristal y una brisa suave rizaba la llanura azul
de la mar.

Cuando le comuniqu mi proyecto al _Corsario_, ste me mir atentamente
de los pies a la cabeza y me hizo varias preguntas tcnicas para
cerciorarse de mis conocimientos hpicos. Respond a ellas con bastante
soltura y le hice saber adems que yo no era un jinete cualquiera, pues
me haba roto la ternilla de la nariz cayendo de un caballo. Esta ltima
prueba le tranquiliz por completo. Yo le entregu las dos pesetas por
adelantado y esto le tranquiliz todava ms.

Fu a buscar al gandul del _Lucero_, ocupado a la sazn, como un pen
caminero, en limpiar de yerba las orillas de la carretera y mientras lo
enjaezaba me di muchos paternales consejos. Yo le pregunt si tena
espuelas. Volvi a mirarme atentamente y al cabo me respondi
gravemente:

--S; tengo espuelas; pero aqu nadie las usa.

--Pues yo no monto sin espuelas--le repliqu con tal extraordinaria
firmeza que sin entrar en ms explicaciones se fu a buscarlas.

Eran dos horribles artefactos de hierro dulce oxidados. Estuve vacilando
si calzrmelas o no, pero al fin me decid a ello despus de haberlas
fregado un buen rato con aceite y arena.

Hteme aqu cabalgando sobre el _Lucero_, que en cuanto sali de la
cuadra conmigo principi a hacer piernas dando unos brinquitos muy
elegantes, marchando ahora de un costado, ahora de otro, sin duda con el
propsito de que yo mostrase al pblico mi gentileza.

Estaba encantado de m mismo. Jams en la vida me haba hallado tan
bizarro. Lanzaba miradas investigadoras a los balcones de las casas y me
sorprenda que no saliesen a ellos todas las nias bonitas de Luanco
para contemplar a aquel jovencito apuesto de naciente bigote que se
tena tan galanamente en la silla.

Fu un momento de esplendor que recordar mientras viva. Todos, grandes
y pequeos han tenido en su existencia algunos de estos instantes de
triunfo ms o menos duraderos. Mi apoteosis no dur en el tiempo ms de
cinco minutos y en el espacio unos ciento cincuenta metros. Llegado a
este lmite aquel hipcrita animal que tena debajo de mis pantalones se
puso tranquilamente a caminar a paso lento y no me fu posible con
ningn argumento hacerle volver de su determinacin.

Quise dejarle algn reposo. A los mismos oradores parlamentarios se les
concede cuando han hecho demasiadas piernas en el Congreso, y le permit
caminar a su gusto. Pero al llegar a la plaza, como observase que haba
por all muchos baistas de ambos sexos, no quise perder la ocasin de
mostrarles mis dotes excepcionales para los ejercicios ecuestres y
advert al _Lucero_ por medio de la espuela de que era llegado el
momento de secundarme.

Que si quieres! Baj la cabeza acusando recibo del espolazo y sigui en
la misma forma paso tras paso delicadamente como si fuese pisando
huevos.

Segunda llamada. La misma respuesta. Yo me indign. Tena quince aos y
en aquella edad me indignaban muchas ms cosas de las necesarias. Repet
el aviso. Nada. Lo repet otras cuantas veces con el mismo resultado.
Aquel gran hipcrita bajaba siempre la cabeza y se mostraba conforme;
pero no pareca poco ni mucho inclinado a seguir mi voluntad. Se acata,
pero no se cumple.

En aquella poca Luanco no era un centro de placeres. Los baistas
prolongaban por la maana cuanto podan el tiempo destinado al bao. Por
la tarde iban de paseo a un sitio llamado la _Fuente mineral_ y
amenizaban la excursin comiendo las moras de los zarzales que
guarnecan las paredillas del camino. Por la noche discutan en familia
la cuestin de la temperatura y se metan en la cama.

Esta es la razn y no otra de que cuantas personas transitaban en aquel
momento por la plaza con sombrilla y sombrero de paja lo mismo que las
que departan apaciblemente a la puerta de los comercios quedasen
extticas contemplndome con la mayor atencin posible.

Sentir la atencin pblica sobre s es cosa que a no pocos hombres
desconcierta. Uno de estos hombres soy yo. Consider que deba dar
satisfaccin a aquella curiosidad haciendo algo que no fuese en absoluto
corriente. Y lo ms adecuado era hacer galopar a mi caballo.

Yo era un inocente en aquel tiempo y desconoca por completo no slo el
corazn de los bpedos, sino tambin el de los cuadrpedos. Este infame
animal, sin hacerse cargo de la crtica situacin en que me hallaba, el
papel ridculo que me iba a hacer representar y la desconsideracin que
iba a arrojar sobre m ante la opinin pblica, se obstin en no salir
del paso. Por cuantos medios puede un hombre emplear para convencer a un
ser irracional trat de persuadirle a que diese algunos brinquitos
sugestivos que me dejasen airoso ante aquella sociedad veraniega. No fu
posible. Palmaditas en el cuello para halagar su amor propio. Up! Up!
Gritos de triunfo para despertar su entusiasmo. Avisos indicadores con
la espuela. Nada...

En aquel momento penetr en la plaza viniendo de la parte de la playa un
grupo compuesto de cinco o seis elegantes seoritas, las cuales quedaron
inmviles contemplndome con cierta curiosidad burlona. Al fin soltaron
a rer con frescas y unnimes carcajadas.

Fu mi perdicin y la de _Lucero_. Aquellas carcajadas entraron por mis
venas como un licor ponzooso. No supe lo que hice. Ciego de clera
principi a dar furiosos espolazos al autor de mi deshonra. El _Lucero_
se dej martirizar con la obstinacin de un hereje. Yo no vea su
sangre, pero la senta correr. Se la hubiera bebido toda!

Sin embargo, en medio de mi agona dolorosa, tuve una satisfaccin.
Aquellas alegres seoritas dejaron de rer y se pusieron serias. Como
era necesario salir de tan equvoca situacin, pues _Lucero_ se neg a
dar un paso ms y pude advertir que el pblico se pona de su parte,
tir de las bridas fuertemente y le hice dar la vuelta.

Entonces _Lucero_ se puso a caminar con alguna mayor celeridad; no
mucha. Yo, frentico, llorando de vergenza, segu dndole furiosos
espolazos.

--Ave Mara!... Mira, Pepe, cmo va ese caballo!

Todos los transeuntes dirigan la vista al vientre del caballo, me
miraban despus a m, y sacudan la cabeza en seal de reprobacin.

Pero mi clera no se apagaba. Me crea cubierto de ridculo por toda la
eternidad.

_Lucero_ deba tener conciencia de la infamia que conmigo haba
cometido, porque aumentaba un si es no es la rapidez de sus pasos. Quiz
no fuese el grito de la conciencia sino la perspectiva de la cuadra.

Pero he aqu que no muchos pasos antes de llegar a ella se dej caer de
bruces al suelo y yo con l. Por milagro no me romp segunda vez el
cartlago de la nariz. Me alc as que pude y trat de alzarle a l
tambin. Fueron intiles mis esfuerzos. El _Lucero_, de rodillas cual si
estuviese orando por sus enemigos, entre los cuales deba yo contarme,
no haca movimiento alguno.

Entonces cruz por mi mente una idea pavorosa. Si estara muerto! La
desech inmediatamente; pero con la misma velocidad volvi a colarse.
Otra vez la rechac y otra vez se introdujo. Y as, con este metdico
vaivn vibratorio, llegu pronto al convencimiento de que el _Lucero_ no
perteneca ya al nmero de los seres vivos. Esta certidumbre me dej a
m casi tan muerto como a l. Cmo me presentara al _Corsario_?

Me present trmulo, convulso, tartamudeando absurdos.

--No sabe usted?... El _Lucero_... se ha dejado caer ah en la calle...
y no quiere dar un paso ms... Me parece que est durmiendo...

Una sonrisa increblemente sarcstica se dibuj en los labios del
_Corsario_.

--Si dormir, si dormir!... Es un zorro!... Pero qu zorro!

Y echando mano al ltigo que tena colgado de un clavo, sali conmigo a
la calle.

El _Lucero_ segua inmvil sobre las rodillas, con la cabeza metida
entre ellas.

--Duermes, _Lucero_?--pregunt el _Corsario_ con acento an ms
sarcstico que la sonrisa.

Y con habilidad y presteza maravillosas le aplic dos estacazos entre
las orejas con el mango del ltigo. El _Lucero_ permaneci inmvil
orando como un derviche. El _Corsario_, altamente sorprendido, acerc a
l su rostro, le examin atentamente y, al cabo, abriendo
desmesuradamente los ojos, exclam:

--As Dios me salve, est muerto!

Y de repente, se abalanz furioso sobre m y me ech la mano al pecho
arrugando mi camisa almidonada.

--T lo has matado!... Tienes que pagarlo!

Aterrado por el impensado abordaje de aquel pirata, dej escapar
dbilmente de mi garganta:

--Lo pagar, lo pagar!

Pero no lo pagu. Los varones ms calificados de la villa certificaron
que no haba fallecido de muerte violenta sino de inanicin.

Era un despreciable rocn, un hipcrita, un bellaco...

Sin embargo, en este momento, me alegrara de no haber dado aquellos
espolazos.




XXXVII

POETA Y CAZADOR


Jams olvidar aquel verano que pas en mi aldea natal entre el cuarto y
el quinto ao del bachillerato. Entonces fu cuando mi alma se puso en
contacto con la naturaleza y goz la dulce embriaguez llena de alegra
que a su influjo potente nos acomete. No recuerdo ninguna poca de mi
vida en que haya sido ms dichoso. No lo fu al modo de un ser
casquivano y bailarn sino como un poeta, como un griego primitivo que,
subyugado por la magia donisaca, rompe en himnos celebrando la alianza
del hombre con la tierra y el evangelio de la armona de los mundos.

Viva yo en una tranquilidad llena de sabidura, viva en una
sorprendente serenidad dejando filtrarse suavemente en mi alma el
encanto de aquella naturaleza fresca, transparente, aromtica. Era la
alegra de un enamorado frente al objeto de sus ansias y que puede
saciarse con su vista a todas horas. Sala de madrugada a recoger el
roco que caa de los castaares, a respirar el perfume del heno fresco;
dorma a la hora de la siesta debajo de los avellanos; me baaba al
declinar el sol en los remansos del ro. Era tan feliz, que algunas
veces imaginaba que el tiempo no exista, que haba puesto ya un pie en
la eternidad y que no saldra jams de aquel dulce enajenamiento.

Es el valle de Laviana, donde he nacido, grandioso sin ferocidad, grave
y apacible al mismo tiempo. Los prados, siempre verdes, circundados de
avellanos, surcados por mansos arroyuelos, causan una impresin idlica
de paz y contento. Pero las suaves colinas que lo limitan, cubiertas de
espesos castaares, surgen ya con un sentimiento de fuerza, como una
majestuosa armona que no turba la paz de nuestro espritu aunque lo
inclinan a la meditacin. Detrs, otras colinas ms altas y adustas,
alzan su cabeza desnuda. Por fin, ms all, se levantan protectoras
grandes masas de montaas salvajes, como poderoso baluarte contra las
irrupciones de enemigos o curiosos. Se respira aqu una profunda
ternura, se siente la presencia del espritu de infinita paz que nos da
la plenitud de vida, la salud del alma y el vigor del cuerpo.

Mi corazn palpita todava al recuerdo de aquellas horas en que flotaba
sobre un mar de eternas delicias. Tendido sobre el csped, hundiendo mis
ojos en los abismos azulados del firmamento sobre el cual pasaban
volando como fantasmas algunas nubes, sintiendo en torno mo hormiguear
entre la yerba un mundo microscpico, compuesto de innumerables insectos
que se agitaban igualmente dichosos, senta correr por mis venas la vida
abundante, poderosa, armnica como una sinfona de la naturaleza
inmortal.

Parecame que la tierra me sustentaba con amor ofrecindome sus dones,
que participaba de su felicidad y viva en mstica unidad con ella. Los
pjaros tendiendo su vuelo por el aire despertaban en m ansias de
lanzarme a regiones ms luminosas, me causaban un estremecimiento de
vrtigo, el presentimiento feliz y terrible a la vez de lo sobrenatural,
mientras los insectos murmurando en torno me narraban al odo sus
diminutos amores haciendo resonar en mi corazn vagos y punzantes
deseos.

Quin podra suponer que un adolescente a quien agitaban en aquellos
das tan nobles sentimientos sera capaz de asesinar framente a las
avecillas del cielo, esparciendo sus plumas y su sangre sobre el csped?
Nada ms cierto, sin embargo. Provisto de una vieja carabina de pistn
que Cayetano me facilitara, convertme en perseguidor implacable de los
mirlos, jilgueros y malvises que revoloteaban alegres por nuestra
pomarada. Es esta una contradiccin que a m me toca confesar y a los
psiclogos explicar.

S! Confieso con vergenza que esta matanza me causaba increbles
placeres y que cuando atisbaba entre las ramas de los manzanos a un
jilguero preparndose a entonar su canto apasionado en honor de su amada
jilguera o a una jilguera remilgada sacudiendo las alas con coquetera
para atormentar a su jilguero, me relama como un tigre a la vista de su
presa y sigilosamente me colocaba debajo de ellos y les privaba de la
existencia.

Sin embargo, haba otra cosa que me placa an ms que el asesinato
mismo, y era su preparacin. Vosotros, los que poseis una primorosa
escopeta inglesa o belga e introducs bonitamente por la recmara esos
brillantes proyectiles que semejan dijes de reloj, ignoris el placer
inefable de cargar una carabina de pistn. Aquel descolgar del hombro el
frasco de la plvora y verter una pequea cantidad en la palma de la
mano e introducirla en el can, sacar acto continuo un viejo peridico
del bolsillo y meter un trozo de l en seguimiento de la plvora y
atacar luego con la baqueta hasta presentar en el rostro seales de
congestin; aqul echar mano, terminada esta operacin, al cuerno de los
perdigones, tomar un puado de ellos, introducirlos igualmente y atacar
de nuevo, esta vez con ms delicadeza; aquel cebar prolija y
esmeradamente la chimenea y sacar del bolsillo del chaleco la cajita de
los pistones y tomar uno y ajustarlo...

Hay que confesar que la vida no es tan triste como muchos pretenden.

Precisamente me hallaba cierta tarde entregado en cuerpo y alma a una de
estas operaciones venturosas delante de mi casa cuando acert a pasar
por all don Eloy, el secretario del Ayuntamiento, con su escopeta al
hombro y su perro brincando delante de l. Se par a contemplarme, me
salud afablemente y me dijo con encantadora brusquedad:

--Quieres venir conmigo a ver si matamos unas perdices?

La emocin enrojeci mi rostro. Porque era el secretario un cazador
prodigioso, el ms diestro de toda aquella comarca y uno de los
renombrados de la provincia. Los grandes seores de Oviedo y Gijn le
escriban cuando iban a emprender una excursin cinegtica por los
campos de Castilla, y don Eloy les acompaaba y era el alma y principal
ornamento de estas caceras.

A nadie sorprender, pues, que bajo el peso de tanto honor, quedase mudo
y suspenso.

Don Eloy no comprendi lo que por m pasaba y se apresur a aadir:

--No te har caminar mucho. Me han dado noticia de que ah cerca, sobre
Cerezangos, hay un bando. Te atreves?

Que si me atreva! Hubiera ido a buscar el bando de perdices en tan
noble compaa al polo antrtico!

En efecto, no caminamos siquiera media hora cuando el perro qued de
muestra entre los helechos.

--Amartilla!--me dijo por lo bajo el secretario--. Ya estamos sobre
ellas.

--Entra!--grit despus al perro.

Unas cuantas perdices levantaron el vuelo y ambos disparamos; yo casi
con los ojos cerrados.

Una perdiz vino al suelo.

--Por vida ma!--exclam don Eloy con acento irritado--. Err el tiro!
Fortuna ha sido que t lo hayas afinado, porque si no se nos escapan
todas.

Qued como quien ve visiones. Una ola de placer celestial invadi mi
cuerpo y por poco me hace dar con l en el suelo. Me cre en aquel punto
un hroe. Don Eloy tom la perdiz de la boca del perro que se la traa y
me la entreg con semblante triste.

Declaro que en aquel instante cruz por mi mente un relmpago de duda;
pero mi vanidad lo apart de s con horror.

El bando de las perdices _dobl_, esto es, se fu volando a la colina de
enfrente. La caza en los pases quebrados como el mo es mucho ms
penosa que en los llanos. Para llegar a ella necesitbamos bajar al
fondo del valle y trepar despus una razonable distancia. Bajamos
rpidamente y ascendimos despus todo lo ms veloces que pudimos
empleando casi una hora en llegar al sitio donde el bando se haba
posado.

Otra vez par el perro, otra vez entr a la voz del secretario, otra vez
disparamos ambos y otra vez vino una perdiz a tierra.

--Maldita sea mi suerte!--profiri don Eloy llevndose las manos a los
cabellos, y tratando de arrancrselos--. Otro tiro que err! Qu mal
rayo tendr yo en las manos hoy?

Esta no col. Qued confuso, avergonzado, y le dije balbuceando:

--Ha sido usted quien la mat. Mi tiro ha sido muy alto.

--Qu ests diciendo ah, chiquillo?--respondi irritado--. El mo fu
el que marr: tir sobre la izquierda y la pieza que cay sali por la
derecha.

Ahora bien, yo estaba bien seguro de que haba tirado sobre la
izquierda... Pero no insist; tuve la flaqueza de no insistir.

Recog la perdiz que don Eloy me entreg y la colgu triunfalmente a mi
cinturn.

Regresamos a casa y durante el camino don Eloy no haca ms que
lamentarse amargamente de su torpeza afirmando que los cazadores solan
tener estos das aciagos. Yo le escuchaba un poco mohino haciendo
esfuerzos desesperados por creerle, aunque sin conseguirlo.

Pero cuando llegamos a Entralgo y me vi rodeado por los criados y
algunos vecinos y o cantar a coro mis alabanzas y vi brillar en los
ojos de mi madre la alegra de haber dado el ser a un cazador tan
extremado todas mis dudas se disiparon y cre efectivamente que nadie
ms que yo haba dado la muerte a aquellas dos aves inocentes.

Sin embargo, mi padre sonri de un modo particular cuando le contaron mi
hazaa. Y aunque don Eloy no cesaba de lamentarse de su mala suerte,
aquella sonrisa enigmtica no se le caa de los labios.

Largos aos hace que el buen secretario descansa bajo la tierra; pero
mientras yo aliente sobre ella no olvidar los tiros que tan
generosamente marr.




XXXVIII

ADN EXPULSADO


Muchas veces, casi siempre, lo que esperamos con ansia, no nos trae la
felicidad, ni lo que esperamos con temor, la desgracia.

Jams hubo un estudiante de quinto ao ms ansioso que yo de hacerse
bachiller. Este magno acontecimiento era, a mi modo de ver, la llave del
Paraso.

En efecto, fu la llave, mas no para abrirlo, sino para cerrarlo. Este
primero y gran desengao que la vida me ofreci, produjo en m tal
efecto, que me hizo para siempre con ella receloso. En cada esperanza he
visto, desde entonces, una emboscada; en cada deseo, una trampa. Y he
pasado mi existencia como los cocheros, apretando el freno en todas las
pendientes.

Tal deseo vehemente de hacerme bachiller, no era slo por las
preeminencias que tan glorioso ttulo lleva consigo. Mis padres me
haban prometido enviarme a Madrid a seguir la carrera de Jurisprudencia
y ya me vea dueo absoluto de mis acciones en medio de la corte de
Espaa. Qu halageo porvenir!

Tanto pensaba en l, que en vez de prepararme durante aquel curso para
el examen, repasando las asignaturas de los aos anteriores, no se me
ocurri cosa ms apetitosa que comprar algunos libros de la Facultad de
Derecho y ponerme a estudiar por ellos.

La _Economa Poltica_ me sedujo de un modo increble. Bien imagino
ahora que no era tanto por la ciencia misma como porque su estudio me
engrandeca a mis propios ojos. Es tan distinguida, tan elegante la
_Economa Poltica_! Estudindola me crea a cien leguas de aquellos
viejos y ridculos maestros del Instituto, me pareca vivir en una
atmsfera de buen tono y adoptaba ya con mis compaeros las formas
corteses, pero un poco desdeosas de los hombres de mundo.

Tal extravagancia pudo costarme cara. Al aproximarse la poca de los
ejercicios o sea del examen general del bachillerato, me encontr
bastante mal preparado. Sobre todo el latn, me pareca haberlo olvidado
por completo. Vayan ustedes con los gerundios y las oraciones primeras
de activa a un hombre que meditaba sobre las relaciones del capital y el
trabajo!

Me acometi un terror pnico. Si me suspendan, adis Madrid!, adis
vida alegre, independiente!, adis relaciones del capital y el trabajo!

Faltaban pocos das ya para el examen: no me era posible prepararme bien
en tan corto tiempo. Aturdido por la cruel perspectiva de ser rechazado,
principi a imaginar tontera sobre tontera para salir del aprieto. Y
naturalmente, puse en prctica la mayor de todas ellas. Nada menos se me
ocurri que ir a visitar a mi antiguo profesor de latn, aquel romntico
Cincinato que tena su fundo en la falda de las colinas y confesarme con
l, esto es, declararle mi ignorancia y mis temores.

Como lo pens lo hice. No fu a verle a su amable retiro campestre, sino
a su casa de la _urbs_ que era vieja, obscura, y que tena un olor
clsico a ratones bastante pronunciado.

Pero he aqu que en cuanto subo nada ms que media docena de escalones,
adquiero sbito y por arte mgico los suficientes conocimientos de latn
para sufrir cualquier examen por riguroso que fuese. Subo otros cuantos
y me encuentro hecho un sabio: la lengua romana no tena secretos para
m.

Naturalmente, comprend que la visita era ya intil. Baj de nuevo la
escalera y sal a la calle triunfante.

Sin embargo, no haba dado muchos pasos por ella cuando sent que mi
ciencia filolgica menguaba de un modo sorprendente y al fin se
disipaba como la bruma de la maana; qued un instante perplejo y me
decid a entrar otra vez en casa del profesor.

Otra vez volv a sentir inundado mi cerebro por una ola de sabidura,
que lo ba por completo y estuve bien tentado a dar la vuelta. Pero
sospechando que pudiera ser un falaz espejismo, hice un esfuerzo por
arrojar de m aquella ilusin y tir del cordn de la campanilla.

Era un cordn negro, siniestro, fatdico, como la cuerda de un ahorcado.
La campanilla son en las profundidades de aquel antro con lgubre
taido, que apret mi corazn; aunque ya estaba bien reducido.

Y repentinamente sent un vago deseo de que la casa se derrumbase y me
sepultase entre sus ruinas.

Una vieja sali a abrirme; detrs de ella un perro que me dirigi una
mirada de desprecio sin ladrarme. Lo mismo l que la vieja comprendieron
al instante que yo era un pobre estudiante que vena pidiendo
misericordia. Estaban acostumbrados a estas visitas.

Me introdujeron en una sala de piso negro y pegajoso por las capas de
cera superpuestas durante medio siglo y all me dejaron sin decirme una
palabra. De las paredes, tapizadas con papel pintado que reproduca
infinitas veces un loro mordiendo la flecha de la torre de un
campanario, pendan algunas fotografas con marco de nogal representando
al profesor con toga y birrete rodeado de sus discpulos. La fecha,
escrita debajo con supremo arte caligrfico, era atrasadsima. Otros
cuadros contenan diplomas que daban testimonio de la aplicacin del
profesor cuando era nio. A qu poca se remontaran estos diplomas?

Al cabo de unos minutos se present el catedrtico en persona y qued
petrificado como si viese un espectro.

--Qu deseaba, hijo mo?--me dijo despus de esperar vanamente a que yo
diese algn signo de vida.

Tard todava algn tiempo en salir de mi transmutacin marmrea y, al
fin, balbuciente y ruborizado, le pregunt por su salud y por la de su
familia como si fuese lo nico que en aquel momento me interesase sobre
la tierra. El profesor me inform afablemente de estos extremos y volvi
a reinar el silencio.

Entonces me puse a dar vueltas entre los dedos a mi sombrero con la
velocidad de un cuerpo celeste.

El profesor apenas se dign fijar la atencin en aquel movimiento de
rotacin increble y me sigui mirando de hito en hito.

--El caso es... que dentro de algunos das me voy a presentar al
ejercicio de letras para el grado de bachiller.

--Perfectamente--manifest el catedrtico doblando el espinazo con
ceremoniosa solemnidad.

--Y como hace tanto tiempo que estudi el latn...

No pude pasar ms adelante; tena un nudo en la garganta. El profesor
vino en mi auxilio.

--Supongo que no habr usted abandonado su estudio y que se presentar
bien preparado.

--Ah!--exclam ponindome rojo hasta el blanco de los ojos--. No seor,
no... no estoy bien preparado, sobre todo en el latn, que he abandonado
un poco en estos ltimos aos.

Los ojos del catedrtico expresaron profunda consternacin. Se llev la
mano a la frente y observ en l sntomas inminentes de
desfallecimiento. Despus comenz a pasear por la sala con las manos
atrs, segn su costumbre, dejando escapar unas veces resoplidos de
furor y otras suspiros de angustia.

--Abandonar el hermoso idioma del Lacio!--exclamaba levantando los ojos
al cielo.

Yo me pegu a la pared maldiciendo la hora en que haba nacido.

--La lengua de Marco Tulio y Quintiliano!

Me apret an ms contra el muro sin dejar por eso de imprimir a mi
sombrero una velocidad vertiginosa.

--La lengua meliflua de Tbulo y Propercio!

Ms pegado an; casi incrustado.

--La lengua de Escipin el Africano!

Yo estaba desesperado de haber ofendido a aquellos ilustres varones,
pero la cosa no tena remedio. Ni aun logr filtrarme por la pared como
era mi deseo vehemente.

En fin, mi sombrero haba hecho ms de cinco mil revoluciones sobre s
mismo cuando el catedrtico ces de suspirar y lamentarse. Sigui
paseando silencioso y entregado a una dolorosa meditacin.

Entonces acaeci en aquel recinto algo lamentable que no puedo recordar
sin ponerme colorado. Sonriendo como un idiota romp el silencio
exclamando:

--Vaya unas patatas que recoge usted en su finca del Naranco!

Apenas haba pronunciado estas absurdas palabras comprend que haba
cado en un pozo. La desesperacin me hizo quedar clavado en la pared
con la misma sonrisa estpida en los labios y aguard impvido a que el
profesor me echase de la estancia a puntapis.

Se detuvo delante de m y me dirigi una larga y severa mirada. Caso
prodigioso! Aquella mirada fu poco a poco perdiendo su severidad y
tornse al cabo en benvola.

--Maravillosas!--exclam con nfasis--. Ni las ms dulces de la
Campania, ni las ms farinceas del vecino reino de Castilla las sacan
ventaja.

Estaba salvado!

Nuestra interesante conferencia, que dur todava algunos minutos, vers
toda ella sobre tan amables legumbres.

Quintiliano y Escipin el Africano debieron de estremecerse con
indignacin en sus tumbas.

Cuando al cabo me desped, el catedrtico me pas paternalmente el brazo
por encima de los hombros y verti en mi odo algunas palabras de
aliento.

Ahora bien, esta escena ha enriquecido mi alma con una enseanza y un
sentimiento. La enseanza, bien deplorable, es que en este mundo la
adulacin ms grosera, ms estpida e inoportuna produce buen efecto. El
sentimiento no puede ser ms dulce: se cifra en la gratitud que he
guardado siempre en el pecho hacia las patatas que fueron mis salvadoras
en aquella ocasin. Jams he dejado de rendirles homenaje cuando me las
han presentado bien guisadas.

Me hice bachiller al fin sin contratiempo alguno y vine a pasar el
verano a Avils con mis padres. No recuerdo otro ms feliz en mi
existencia si no es el que precedi a... Por qu sumergir ahora la
mirada en otras pocas de mi vida? El presente fu dichoso, porque a la
conciencia de mi libertad, tan grata a todos los seres, se una la
perspectiva de la corte, no menos grata a los jvenes provincianos.

Me apuntaba la barba; se me haba mudado la voz; en casa me consideraban
ya como un hombre. Fuera de ella me mostraba tan celoso de esta
prerrogativa, tan quisquilloso que cualquier palabra o signo que no se
dirigiese al reconocimiento decisivo de mi virilidad me hera
profundamente.

Mi pobre madre, al verme mozo, se puso a amarme con verdadero frenes.
Ella, que siempre haba sido sobria de caricias con sus hijos, me las
prodigaba ahora frecuentes y apasionadas como si se sintiese morir.
Cuando yo entraba en casa me echaba los brazos al cuello, me apretaba
contra su pecho, me tena as largo tiempo y me deca al odo palabras
de ternura.

En efecto, se senta morir. Su cuerpo delicado pareca una sombra; sus
grandes ojos negros le llenaban la cara. Todos lo observaban menos
nosotros, que acostumbrados de toda la vida a verla sufrir imaginbamos
sin duda que aquella salud tan quebradiza no se rompera jams por
completo. La sostena su espritu indomable hecho a guerrear desde la
infancia con su cuerpo.

Recuerdo que uno de aquellos ltimos das de mi estancia en Avils la
encontr de rodillas limpiando con un pao la pata de una mesa donde
haba visto polvo. Cuando entr en la habitacin quiso abrazarme, pero
no pudo. Entonces corr y la levant en mis brazos con la misma
facilidad que si fuera una nia. Ella sonriendo me abraz y me bes con
efusin. Yo sin darme cuenta de lo que aquello anunciaba sent, no
obstante, que las lgrimas se me agolpaban a los ojos.

--Atrs, atrs recuerdos dolorosos! Toda mi vida he llevado en el alma
aquel momento, aquella sonrisa triste como si antes de bajar a la tumba
el ser que me di el ser quisiera dejar grabada a buril su imagen en mi
corazn.

--Partamos! La dicha me espera. En los ltimos das senta una
impaciencia loca por volar fuera del nido. Un mes antes ya haba
comenzado a arreglar mi bal al cual diriga miradas amorosas desde mi
lecho al acostarme como si fuese el smbolo de mi felicidad. Compr un
plano de Madrid y me puse a estudiarlo tan concienzudamente que cuando
llegu a la capital pude caminar por ella con gran asombro de mis
amigos, sin necesidad de gua.

Por fin lleg el momento de la partida. Era, si no recuerdo mal, el da
primero de Octubre, cuatro antes de cumplir los diez y siete aos. Mi
padre me acompa hasta Oviedo. La silla de posta sala por la noche de
la plazuela de la Catedral, donde se hallaba la casa del Correo.

En la mal esclarecida plazoleta trajinaban los mozos subiendo a la baca
de la diligencia los equipajes mientras algunas escasas personas en
torno de ella despedan a sus deudos o amigos. Reinaba un silencio
discreto, un ambiente de tristeza. Los caballos de vez en cuando hacan
sonar sus cascabeles sin despertar alegra.

El reloj de la torre, cuya grave voz tantas veces me haba llamado a mis
estudios y a mis recreos, vibr al fin con diez campanadas. Recib las
ltimas caricias de mi padre sin emocin, con la indiferencia egosta de
todos los ilusos. El postilln hizo chasquear el ltigo y part.

Al encontrarme solo y a obscuras en el fondo de la berlina corri por mi
cuerpo un estremecimiento feliz no exento de melancola. Porque nuestra
alma nos advierte con un lejano suspiro en medio de las ms vivas
alegras que no debemos fiar de ellas. Una ola de vagos anhelos, de
ilusiones y esperanzas se hinchaba dentro de mi pecho, suba a mi
cerebro y me embriagaba. Jams sent la vida ms amable que en aquella
primera hora de soledad y de fuerza.

El coche rodaba por la sombra carretera. Los rboles y las colinas se
dibujaban informes en la penumbra de una noche estrellada sin luna. El
ruido de los cascabeles, el chasquido del ltigo del postilln y el
sordo rumor de las ruedas me adormecan con un letargo deleitoso. Cuando
cerraba los ojos una legin de ngeles murmuraban en mi odo palabras de
ventura, desplegaban mgicas y soadas perspectivas.

Angeles he dicho? No seran ms bien diablos disfrazados?

Pero ya comenzamos a escalar las grandiosas montaas del Pajares; ya nos
acercamos a la cumbre; ya tocamos en ella.

Adis dulce infancia! adis adolescencia soadora! All abajo me
esperan la casa de huspedes srdida, la indiferencia desdeosa, la
hostilidad irracional, el placer sin alegra, el pecado, el
remordimiento...

Ya la diligencia traspone la cima de la montaa; ya corre por las
llanuras dilatadas de Castilla.

Adis! Adis! Adn sali del Paraso.

FIN

       *       *       *       *       *




NDICE

                                                                 Pginas


Antes de empezar,                                                      7

I.--Adn en el Paraso,                                               11

II.--Una suerte original del toreo,                                   19

III.--Impresiones del esto,                                          26

IV.--La infancia ante la muerte,                                      36

V.--Ramonn,                                                          45

VI.--Msicos ambulantes,                                              53

VII.--La partida,                                                     61

VIII.--Avils,                                                        68

IX.--Primeras impresiones,                                            76

X.--Cometo un asesinato,                                              82

XI.--De cmo fu excomulgado,                                         86

XII.--Resuelvo hacerme ermitao,                                      93

XIII.--La vara de Falaris,                                           103

XIV.--El triunfo de la fraternidad,                                  108

XV.--Don Antonio Joyana,                                             114

XVI.--Mi padre,                                                      123

XVII.--Misterios dolorosos,                                          128

XVIII.--Primeras lecturas,                                           140

XIX.--Fray Melitn,                                                  147

XX.--El cachorrillo,                                                 158

XXI.--La batalla de Galiana,                                         164

XXII.--El suicidio de Anguila,                                       172

XXIII.--Pedro Menndez,                                              183

XXIV.--Historia triste de mi amigo Genaro,                           191

XXV.--Rosas tempranas,                                               197

XXVI.--Parntesis,                                                   205

XXVII.--Oviedo,                                                      214

XXVIII.--El cuadro de honor,                                         220

XXIX.--Besos en cabeza de turco,                                     228

XXX.--Caballera infantil,                                           238

XXXI.--Segundas lecturas,                                            247

XXXII.--Dar de beber al sediento,                                    256

XXXIII.--El Ateneo,                                                  265

XXXIV.--El club,                                                     275

XXXV.--Impresiones musicales,                                        287

XXXVI.--El sueo del Lucero,                                       294

XXXVII.--Poeta y cazador,                                            301

XXXVIII.--Adn expulsado,                                            306

       *       *       *       *       *


=TRADUCCIONES DE PALACIO VALDS=


=Marta y Mara.=

Traducida al francs, por Mme. Devismes de Saint-Maurice.--Publicada en
_Le Monde Moderne_.

Traducida al ingls, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al ruso, por M. Pawlosky.--Publicada en el _Diario de San
Petersburgo_.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al tcheque, por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.


=El idilio de un enfermo.=

Traducida al francs, por M. Albert Savine.--Publicada en _Les Heures du
Salon et de l'Atelier_.

Traducida al tchque, por M. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.


=Aguas fuertes.=

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por _La
Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de Hannover_,
_Hlas Nroda_, _Lumir_ y otros peridicos y revistas.

Edicin espaola con introduccin y notas en ingls para el estudio del
espaol en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. Faulkner.--Un
tomo.--New-York.


=Jos.=

Traducida al francs, por Mlle. Sara Oquendo.--Publicada en la _Revue de
la Mode_.--Pars.

Traducida al ingls, por C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al alemn y publicada en _Furs Haus_.--Berln.

Traducida al holands, por M. Hora Adema, y publicada en _Het Nieuws_
_van den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al tchque, por A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

Traducida al portugus, por Cunha e Costa.--Publicada en _Revista da
Semana_.--Ro de Janeiro.

Traducida al dans, por Oskar V. Andersen.--Un tomo.--Copenhague y
Kristiania.

Edicin espaola con prefacio y notas en ingls para el estudio del
espaol en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr.
Davidson.--Un tomo.--New-York.--London.


=Riverita.=

Traducida al francs, por M. Julien Lugol.--Publicada en la _Revue
Internationale_.


=Maximina.=

Traducida al ingls, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

=El cuarto Poder.=

Traducida al francs, por B. d'Etroyat.--Publicada en _Le
Temps_.--Pars.

Traducida al ingls, por Miss Rachel Challice.--Un
tomo.--New-York.--London.

Traducida al holands, por M. Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.


=La Hermana San Sulpicio.=

Traducida al francs, por Mme. Huc, con prefacio de Emile Faguet, de la
Academie Franaise.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls, por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holands y publicada en _El Correo de Rotterdam_.

Traducida al sueco, por A. Hillman.--Un tomo.--Stockolmo.

Traducida al ruso, por Mme. Karminvi.--Un tomo.--San Petersburgo.

Traducida al italiano, por Angelo Norsa.--Un tomo.--Miln.

=La espuma.=

Traducida al ingls, por Clara Bell.--Un tom.--London.


=La Fe.=

Traducida al francs, por M. Jules Laborde.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls, por I. Hapgood.--Un tomo.--New York.

Traducida al alemn, por Albert Cronan.--Un tomo.--Leipzig.


=El maestrante.=

Traducida al francs, por J. Gaure, con estudio preliminar de M.
Bordes.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls, por Miss Challice.--Un tomo.--London.

=El origen del pensamiento.=

Traducida al francs, por M. Dax Delime.--Publicada en la _Revue
Britannique_.

Traducida al ingls, por I. Hapgood.--Publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.


=Los majos de Cdiz.=

Traducida al francs, por M. A. Glorget.--Publicada en el _Journal des
Debats_.

Traducida al holands, por Mary Hora Adema.--Un tomo.--Amsterdam.

=La alegra del capitn Ribot.=

Traducida al francs, por C. Du Val Asselin.--Un tomo.--Pars.

Traducida al ingls, por Minna C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al holands, por A. Fokker.--Un tomo.--Amsterdam.

Traducida al italiano, por Angelo Norsa.--Publicada en _Il Scolo
XIX_.--Gnova.

Edicin espaola con notas en ingls y vocabulario para el estudio del
espaol, por los profesores Morrison y Churchman.--Un tomo.--New
York.--London.


=Tristn.=

Traducida al ingls, por Jane B. Reid.--Un tomo.--Boston.

=Papeles del Doctor Anglico.=

Traducidos al alemn, por Mr. Franz Hartman.--Un tomo.

       *       *       *       *       *


NOTAS:

[1] Casetas cuadradas de madera destinadas a graneros, sostenidas y
aisladas del suelo por columnas de piedras.

[2] Vase _La Aldea perdida_.

[3] Vase _La Aldea perdida_.

[4] En esta narracin me autorizo el cambiar los nombres, por razones
que no se le ocultarn al lector.






End of the Project Gutenberg EBook of La novela de un novelista, by 
Armando Palacio Valds

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Foundation as set forth in Section 3 below.

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works, and the medium on which they may be stored, may contain
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that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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