Project Gutenberg's Guerra de razas, by Rafael Conte and Jos M. Campany

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Title: Guerra de razas
       Negros contra Blancos en Cuba

Author: Rafael Conte
        Jos M. Campany

Release Date: October 13, 2011 [EBook #37747]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Rafael Conte. Jos M. Capmany.

_GUERRA
DE RAZAS_

_(NEGROS CONTRA BLANCOS EN CUBA)_

[Illustration]

HABANA.

Imp. MILITAR de Antonio Perez. Muralla 40.

1912




DEDICATORIA


_Al Mayor General Jos de Jess Monteagudo,
Comandante en Jefe del Ejrcito Cubano,  su lugarteniente,
el Brigadier Pablo Mendieta,  los brillantes
jefes y oficiales y heroicos y abnegados soldados
de la Repblica, que, al aplastar la revolucin
racista, salvaron  Cuba de la anarqua interior y la
ingerencia extranjera._

_Rafael Conte._
_Jos M. Capmany._




_Dos palabras._


_Fu nuestra primera idea al dar  la publicidad el presente libro, hacer
lo que podramos llamar la pulimentacin literaria de nuestros trabajos;
pero como hemos credo que esto vendra  alterar los conceptos de los
episodios de la guerra, resultando unos ms opacos y otros de mejor
colorido, hemos optado por dejar las reseas periodsticas tal cual se
escribieron en los das de ardorosa lucha, para que nuestros lectores no
vean en este libro otra cosa que la verdad de los hechos tal como en el
desenvolvimiento de la revolucin racista acontecieron._

_No presentamos esta obra como un dechado de literatura, porque esto no
es posible cuando se escribe al da, pero s podrn nuestros lectores
encontrar en ella la historia verdica de casi todos los combates
librados y de las principales causas del movimiento._

_Muchos otros trabajos inditos hemos credo prudente intercalar, con
ilustracin de datos, seguros que con sto complaceremos la natural
curiosidad de la opinin y del pas, que est vido de conocer con
certeza todos los pormenores del nefasto movimiento racista, ya
dominado, por fortuna._

_No se nos oculta que algunos, y acaso muchos, de nuestros juicios han de
parecer excesivamente severos; pero tal consideracin no puede
inducirnos  modificarlos, pues si tal hiciramos dejaramos de ser
sinceros._

_Al ofrecer al pblico este modesto libro, nos propusimos, ante todo,
decir la verdad; y creemos haber cumplido fielmente nuestros honrados
propsitos._




I

LUCHA DE RAZAS


El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen
todava las montaas orientales, ha sido un brote racista, una protesta
armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra
los antiguos seores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carcter, sera
pueril y absurdo, y acusara un desconocimiento absoluto del ms
trascendental y difcil de nuestros grandes problemas nacionales.

No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan
la Repblica de Cuba se han declarado recprocamente la guerra, han
venido  las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy ms, el
profundo recelo de los blancos servir de contrapeso al odio
inextinguible de los negros.

Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir  someterse:
pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es
pretender lo imposible.

Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912,
porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se
detestaban, haban logrado mantenerse dentro de los lmites de la
prudencia; pero hoy, despus del choque armado, despus de la agresin
brutal y del terrible escarmiento, no es lgico ni humano suponer que la
paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de
los campos ensangrentados de la lucha.

En todo caso, los blancos, vencedores  muy poca costa, podremos
olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han
sentido de nuevo en sus espaldas el infamante ltigo del dominador, ni
olvidarn el afrentoso castigo, ni perdonarn nunca  sus implacables
ejecutores.

No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se
sientan dispuestos  reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no
significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros
soldados en las abruptas serranas del Oriente deban considerarse como
decisivas.

Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido
resuelto, no est sino planteado. Tardar ms  menos tiempo en surgir
un nuevo Estenoz, pero surgir; y si para entonces no estamos
convenientemente preparados, las consecuencias sern funestas.

Por lo dems, el conflicto no es nuevo, ni obedece (como propalan
algunos maliciosos)  determinadas causas de orden local. Los cubanos
caucsicos y los cubanos africanos luchan entre s por las mismas
razones que desde que el mundo es mundo han tenido para combatir y
exterminarse los hombres de distinto origen. Es el problema eterno:
desde los tiempos ms remotos, toda la historia de la humanidad se ha
reducido  una perpetua  implacable lucha de razas. Cuba no ha podido
sustraerse  la ley general. Y menos mal que se tratara de grupos
tnicos afines, oriundos de una misma raza madre, pues en este caso
podra esperarse que con el transcurso de los siglos acabaran por
mezclarse y confundirse, como se confundieron y mezclaron los blancos
germnicos de Ataulfo y Alarico, con los blancos latinos de las
provincias romanas; pero, tratndose como se trata de caucsicos y
etipicos, la mezcla es imposible, puesto que ni aun por medio del
cruzamiento continuado y cientfico, puede lograrse la desaparicin
total de una de las dos razas en provecho de la otra.




II

UNA LEYENDA DESVANECIDA


La llamada campaa de Oriente ha servido, entre otras cosas, para
destruir muchos prejuicios y disipar numerosas tradiciones de "la Cuba
que se fu", y casi casi nos atrevemos  decir "la Cuba que hizo bien en
irse".

Creamos, por ejemplo, y nadie que se considerase bien enterado lo
hubiera puesto en duda, que el negro era ms valiente, ms fogoso y ms
insensible  las fatigas y privaciones que el blanco. Recordbamos el
comportamiento heroico, la acometividad, la audacia y el valor casi
salvaje que haban desplegado los hombres de piel obscura en nuestras
guerras emancipadoras, y llegamos en nuestra exaltacin tropical  creer
que eran ellos los nicos cubanos capaces de soportar sin abatirse las
crudezas de una campaa militar bajo los abrasadores rayos del sol de
los trpicos.

Los negros orientales, sobre todo, se nos antojaban punto menos que
invulnerables titanes; y muchas veces, al meditar sobre las posibles
contingencias de una lucha de razas, temblbamos de espanto ante la
terrible perspectiva de vernos atacados al machete (nada menos que al
machete!) por los legendarios escuadrones de negros montaeses, que en
nuestra encendida fantasa nos parecan capaces de derribar con sus
aceros las murallas seculares de la Cabaa y el Morro.

El movimiento estenocista ha servido para destruir esta pica leyenda.
Los negros orientales, los legendarios negros del indomable Oriente, no
han dado muestras, en esta ocasin al menos, de su decantado valor.
Lamentamos sinceramente tener que decir esto, y no tanto por lo que con
ello podamos mortificar  los GUERREROS racistas, como porque, hasta
cierto punto, podran interpretarse nuestras palabras en sentido
desfavorable para el valiente Ejrcito de la Repblica, puesto que al
rebajar la calidad de los enemigos con quienes tuvieron que habrselas,
parece como que se desmerita un tanto la labor heroica realizada por las
tropas.

Afortunadamente, como tendremos ocasin de demostrar, el mrito de los
soldados cubanos en esta campaa no se basa en los triunfos militares, 
causa de la misma despreciable condicin del enemigo. Y por otra parte,
quin nos dice que la poca acometividad de los alzados no obedeciera 
que desde los primeros momentos se dieron cuenta de que tenan que
habrselas con un contrario formidable?

Hay que confesar que los negros de Oriente, los mismos que al alborear
nuestra gloriosa guerra de Independencia, se lanzaban sin armas ni
pertrechos contra los valerosos soldados espaoles, para arrancarles 
viva fuerza los fusiles de que carecan, no han mostrado ahora el valor
heroico, desesperado, salvaje, si se quiere, que hizo de ellos en
aquella poca un objeto de admiracin y de terror.

Es innegable que los 10.000 soldados regulares de la Repblica, que con
facilidad pasmosa aplastaron la rebelin, tenan sobre los espaoles la
ventaja (la nica ventaja) de ser naturales del pas, y poder, por lo
mismo, soportar mejor las inclemencias de la campaa; pero esto no
justifica la falta de empuje, total, absoluta de los rebeldes. Ni una
sola vez se atrevieron  cargar al machete; ni en una ocasin tan
siquiera hicieron frente  las tropas leales, ni tuvieron valor para
levantar un rail, ni llevaron su osada hasta el extremo de detener un
tren de viajeros. Todos sus rasgos de audacia quedaron limitados al
saqueo  incendio parcial de La Maya, que realizaron gracias  la
cooperacin de algunos negros habitantes del lugar y aprovechando la
ausencia del destacamento de rurales que lo guarneca, y  la
destruccin de lugarejos indefensos y estaciones aisladas y desprovistas
de toda proteccin.

Esta cobarda, (no encontramos palabra ms adecuada para expresar la
timidez de los soldados estenocistas) ha sido objeto de muchos y muy
encontrados comentarios y ha dado origen  inacabables controversias.
Atribyenla algunos  las eficaces combinaciones militares del General
Monteagudo y  la pericia y el valor de sus oficiales y soldados. Los
que as opinan, afirman que los cabecillas de la rebelin fueron
derrotados con sus propias armas, merced  la _tctica mambisa_ que
emplearon las tropas. Otros, en su intil afn de restarle importancia y
gravedad al alzamiento, despojndolo de su carcter racista, aseguran
que los rebeldes no hacan armas contra el ejrcito leal, porque les
repugnaba derramar sangre de hermanos. Y por ltimo, los ms radicales,
los ms escpticos (y segn ellos los ms lgicos) afirman
categricamente que lo sucedido no les ha causado mayor sorpresa, por
ser cosa demostrada que el negro, capaz de acometer las ms heroicas
empresas cuando se siente dirigido y amparado por el blanco, se
convierte en el ser ms inofensivo de la creacin al encontrarse solo y
sin ms gua que su propia iniciativa.

Los que tal dicen traen  colacin y en apoyo de sus teoras, las
famosas exploraciones de Livingston y Stanley al "Africa Tenebrosa".

En aquellos peligrosos viajes  travs de inmensos territorios
desconocidos, los intrpidos exploradores,  fuerza de ddivas y
halagos, lograron la amistad de algunos indgenas, tan salvajes, tan
cobardes y tan abyectos como los dems, y que sin embargo, no bien se
vieron junto al _hombre blanco_, convirtironse en verdaderos hroes y
llegaron  inspirar invencible terror  los tribeos,  los cuales
vencieron con facilidad pasmosa, no obstante conservar sus primitivos
armamentos.

Los autores de este libro, modestos periodistas que no abrigan al
publicar esta obra otro pensamiento ni persiguen otra finalidad que
resear fielmente lo que vieron durante su permanencia en las montaas
Orientales, no son los llamados  pronunciar la ltima palabra en
cuestin de tanta trascendencia como la que sirve de tema  este
captulo.

Nosotros nos limitamos  consignar que los negros rebeldes de Ivonet y
Estenoz no desplegaron ninguna de las legendarias dotes de energa y
audacia que caracterizaron en otros tiempos  los montaeses
orientales.

Por lo que hace  las causas que hayan podido motivar esta carencia
absoluta del legendario valor, ya hemos dicho que nos son desconocidas,
y no tenemos el menor inters en averiguarlas.




III

A CADA CUAL LO SUYO


Se ha repetido con marcada insistencia, que la suprema aspiracin de
Evaristo Estenoz y sus lugartenientes (Ivonet, Lacoste, Surn y otros)
consista nada menos que en el establecimiento de una repblica negra,
calcada sobre los moldes de Hait.

Nada ms lejos de la verdad: Estenoz, sobre todo, era demasiado sagaz
para no darse cuenta de lo absurdo y descabellado de semejante
propsito; y podemos asegurar sin temor  equivocarnos, que en todo
pensaba l, menos en convertir  Cuba en una edicin de bolsillo de la
Nigricia.

Saba el astuto cabecilla, y de fijo que no lo ignoraban sus edecanes,
que aun en el caso--muy improbable por otra parte--de obtener un triunfo
completo y decisivo sobre los blancos, no les habra sido posible
constituir una repblica de negros, puesto que  ello se hubieran
opuesto resueltamente los norteamericanos, que, como se sabe, no se
distinguen por su amor  los hombres de piel obscura.

Otra era,  juicio nuestro, la finalidad que persegua Estenoz; y an 
trueque de que se nos tache de excesivamente crdulos--de cndidos, si
se quiere--afirmamos sin vacilar que su sueo dorado consista en
obtener la derogacin de la llamada "Ley Mora".

Evaristo Estenoz, hombre ambicioso y de muy elstica moral, producto
acabado y tpico de una gigantesca revolucin ultrademocrtica que
trastorn por completo la vida social y poltica del pas, encumbrando 
los menos capacitados y hundiendo en las sombras del olvido los ms
brillantes talentos y los ms slidos prestigios; Estenoz, que sin estar
dotado de verdadera inteligencia posea la vivacidad caracterstica del
politicastro surgido de los comits de barrio, era tal vez entre todos
los suyos, el nico que aspiraba con toda sinceridad  obtener la
derogacin de la expresada ley, que inspirada acaso en el deseo de
contener  los blancos, slo ha servido,  juzgar por los hechos, para
exasperar  los negros.

Si Estenoz hubiera obtenido la derogacin de la Ley Mora, bien por
medio de la propaganda pacfica, bien empleando la violencia, se habra
convertido en jefe nato de los negros que habitan la isla, y que
constituyen un crecido tanto por ciento de su poblacin total, lo que
equivale  decir que el ambicioso cabecilla hubiera dispuesto  su
antojo de una fuerza electoral irresistible, que ora empleada en
beneficio de su raza, ora valindose de ella para robustecer 
cualquiera de los partidos legtimamente constitudos, habra jugado, en
todos los casos, un papel decisivo en la poltica cubana.

Los conservadores para obtener el poder y los liberales para
conservarlo, hubieran pagado  cualquier precio la cooperacin de
Estenoz; y el _leader_ de los titulados _Independientes de Color_,
cargado de honores y riquezas, habra llegado  ser la figura central de
todas las situaciones.

Con esto, sin embargo, poco  nada adelantaban los miles de negros,
analfabetos en su inmensa mayora, que seguan las inspiraciones del
audaz jefe racista: esos desventurados, no obstante su ignorancia, se
daban cuenta de que la derogacin de la Ley Mora ningn beneficio
directo habra de reportarles: individual y colectivamente, ellos
continuaran siendo los ms humildes, los ms desgraciados, los ms
perseguidos por el destino adverso.

Fu, pues, necesario, para obtener la cooperacin entusiasta de esos
hombres, ofrecerles algo que estuviera ms en consonancia con sus deseos
y aspiraciones; y......

       *       *       *       *       *

Ser necesario repetir aqu lo que sabe todo el mundo y nadie se atreve
 negar?

Estenoz, Ivonet, Surn, Lacoste, todos los llamados jefes del _Partido
Independiente de Color_, que haban de convertirse poco despus en
cabecillas del movimiento armado, convencidos de que con promesas de
futuras ventajas polticas no lograran despertar el dormido entusiasmo
de sus parciales, recurrieron al criminal expediente de excitarlos  la
lucha, propalando las ms calumniosas especies contra los blancos, y
ofrecindoles como horribles trofeos de victoria, el saqueo de nuestros
hogares, la sangre de nuestros hombres y la honra de nuestras mujeres.

Todava resuenan en nuestros odos aquellas insultantes palabras que
profiriera el cabecilla racista en la tribuna de Guantnamo, cuando en
medio de los aplausos y rugidos de una multitud frentica y enardecida
por el alcohol y la lujuria, asegur que, _despus del triunfo del
Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente
haban sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, naceran de
la unin del negro con la blanca_.

Eugenio Surn, por su parte, predicaba abiertamente la guerra de razas;
y en una ocasin, que recordamos perfectamente, se interrumpi en medio
de uno de sus discursos incendiarios, para decir que no poda continuar
en el uso de la palabra, porque el cuello de la camisa, por ser blanco,
le asfixiaba.

El movimiento estenocista no tuvo, pues, como se empean algunos en
afirmar, un carcter francamente poltico. Los nicos que tal vez
obraban con sinceridad al combatir la _Ley Mora_ eran Estenoz y sus
principales lugartenientes, por ser ellos los nicos  quienes la
derogacin de la tal Ley interesaba.

Los otros, es decir, la inmensa mayora, la casi totalidad, los seis 
siete mil negros que respondieron al llamamiento, se marcharon al campo
de la revolucin impulsados por un solo sentimiento: _odio al blanco_,
al blanco que en nada les haba ofendido; que despus de darles la
libertad, hizo cuanto pudo por levantarlos del bajo nivel en que
yacan...




IV

UN VIAJE TERRIBLE


Santiago de Cuba, Junio 7, 1912.

Vivo!... qu inmensa felicidad! No me han matado, ni me han herido ni
me han dado un araazo... ni siquiera se han atrevido  tirotear el
tren.

Hablando con toda franqueza, me alegro de que no me hayan causado el ms
leve dao; pero eso de no detener la locomotora me tiene desconsolado.
Yo esperaba por lo menos un tiroteo, un alto!, un viva el ejrcito
reivindicador!, algo, en fin, que me facilitase tema para inaugurar mi
vida de corresponsal en campaa con un telegrama de esos que obligan 
los regentes y empleados de la imprenta  registrar todas las gavetas
del almacn en busca de tipos gruesos como puos.

Calculen ustedes lo hermosa que hubiera lucido la primera pgina de _La
Prensa_, con ttulos como estos:

_El tren Central atacado por Estenoz. Herica defensa de los
pasajeros_.--_Nuestro querido compaero Fulanito de Tal, fu la estrella
de la jornada, y  su buena puntera y control con hombres en bases se
debi la victoria.... Ya no desembarcarn los
americanos_.--_Presentacin de Ivonet_.--_Campos Marquetti defiende la
Ley Mora_.--_Nuestro Corresponsal, con sus disparos de Shrapnell
criollo, caus ciento noventa muertos vistos al enemigo y ocup el
dedo gordo del pie derecho de un cabecilla_.

Todo esto y mucho ms hubiera podido anunciar  mis ansiosos lectores, y
para ello habra bastado que un grupo de alzados detuviera el tren.

Pero, qui!: los alzados no detienen nada, y todas las peripecias de mi
viaje desde _la siempre fiel  la siempre rebelde_ se redujeron  tres 
cuatro momentos de pnico, pronto disipado, y  una serie que pareca
interminable de escenas cmicas, la primera de las cuales se desarroll
en Villanueva y la ltima en la estacin de esta ciudad.

En el andn de Villanueva, desde una hora antes de la salida del tren,
se advierte inusitada animacin. Los viajeros y los curiosos se saludan,
se confunden, forman grupos, hablan y discuten sobre los sucesos de
actualidad, y hay momentos en que todos, hasta los bulliciosos
maleteros, parecen hroes.

Hroes he dicho, y tengo que hacer una pequea aclaracin: en estos
momentos de prueba, todo el que adquiere un boletn de la Habana 
Santiago, es un valiente por los cuatro costados.

Sin duda por esta causa, son muchos los que hacen el viaje hasta la
Cinaga  Luyan, despus de despedirse de amigos y familiares con los
ojos arrasados por las lgrimas, y gritando desde la plataforma que
telegrafiarn, en cuanto lleguen  Songo.

A las diez en punto, y en medio de un silencio sepulcral (ese silencio
solemne que precede  todos los hechos terribles  hericos) se pone en
marcha el tren, y apenas se deja  retaguardia la Quinta de los Molinos,
empiezan los viajeros  identificarse.

Un caballero de aspecto pacfico y eminentemente mercantil es el que
primero rompe el fuego, con estas palabras, que nos dejan sorprendidos.

--Ahora que se han suspendido las garantas constitucionales, van 
saber esos pillos lo que es bueno.

--Hay que dar mucho machete, prorrumpe otro amable sujeto haciendo un
gesto terrible, capaz de hacer presentar  Ivonet.

El reporter (futuro corresponsal en campaa) aguza el odo, y se dispone
 la _interview_.

--Fuma usted? pregunta sacando la tabaquera y ofrecindola  uno de los
belicosos interlocutores.

Este y su compaero (el del machete) aceptan el obsequio; y ya el
periodista se regocija pensando que tiene que habrselas con dos hroes
que viajan de incgnito, cuando sus aguerridos compaeros de viaje le
manifiestan que solo van  Matanzas.

--Cmo! Nada ms?

--Pues, qu crea usted?

--Hombre! yo me haba figurado que ustedes iran por lo menos hasta La
Maya.

Desde aquel momento, ni el reporter ni nadie vuelve  hacer caso de
_esos dos bobos_ que solo van hasta Matanzas.

Porque la calidad de los pasajeros del central se mide en estos dias por
la distancia que van  recorrer. Uno que se queda en Jovellanos, no vale
gran cosa; el que llega  Santa Clara tiene ms derecho  la admiracin
de sus compaeros y los que pasan de Camagey son unos valientes. Ni que
decir tiene que los que declaran con solemne acento que el trmino de
su jornada es San Luis, el Cristo  el propio Santiago, son los _amos
del tren_. Para stos se reservan todas las atenciones, todos los
agasajos, todas las demostraciones de afecto.

--Ves ese hombre gordo?, dice un marido  su mujer: tiene que ir  La
Maya.

--Ay, el pobre!, exclama con tono doliente la seora.

Por lo dems, las primeras horas del viaje son bastantes divertidas,
sobre todo para los coleccionistas de armas de fuego.

--Lleva usted revlver?--pregunta un pasajero  su vecino.

Y el interpelado, que no desea otra cosa que exhibir su 44, saca del
cinto un enorme Bulldog, sucio y descuidado, con el cual, segn afirma,
pele muy duro en la escolta de Mximo Gmez. Esta primera demostracin
armada es la seal; y pronto todos los viajeros agitan en sus manos
revlvers y pistolas de todas clases.

--Esta belga de setenta tiros, dice uno, es capaz de acabar con una
partida de negros.

--Rase usted de pistolas automticas, exclama otro; no hay arma ms
fija que esta.

Y se pone  apuntar  derecha  izquierda con un Colt.

--Pap, yo tengo miedo!, grita un nio.

--El conductor interviene y todos los "escupe plomos" vuelven  sus
fundas.

Es consolador, ensancha el corazn y levanta el nimo el aspecto marcial
y la resolucin que se advierte en todos los pasajeros.

No hay uno entre ellos, que no desee tropezarse con los alzados, "esos
canallas, miserables, traidores, que no pagan ni fritos lo que estn
haciendo".

Lo malo es que aquella actitud y este lenguaje solo prevalecen hasta que
llega el tren  Camagey. En ese lugar, bien porque la horrible comida
que se sirve en la estacin haya deprimido los nimos,  bien porque
empiece  sentirse la cercana del peligro, el caso es que las lenguas
enmudecen.

Y pasan estaciones: Guarina, Mamb, Palo Seco... empiezan  notarse
sntomas de inquietud, que va en aumento, hasta que, al llegar  Alto
Cedro, que es donde empieza la "zona peligrosa" solo se oyen frases de
prudencia, de igualdad poltica y social, de boberas entre cubanos,
etc., etc.

Los viajeros blancos encuentran justificada, hasta cierto punto, la
protesta de Estenoz, "porque caballeros, despus de todo, no hay que
olvidar que los negros pelearon mucho".

Los que ms belicosos se haban mostrado entonces, empiezan  decir que
ellos se lavan las manos, y no faltan quienes esconden el pistoln, la
belga  el Smith and Wesson, "porque no conviene que lo cojan  uno con
armas encima."

Por su parte, los viajeros negros, que saben lo de las garantas y no
ignoran que se acercan tambin  la zona del peligro, declaran  voz en
cuello que Estenoz  Ivonet son un par de sinvergenzas.

Se sale de Alto Cedro. Qu momento! Se apagan las luces del tren. Los
soldados de la escolta se forman en lnea de batalla junto  las
ventanillas; la locomotora marcha  paso de tortuga...

Llegamos  San Luis, y renace nuevamente la calma; en San Luis est
Mendieta con su columna, y tambin est Capmany, el hroe de Yarayabo,
irreprochablemente vestido de facineroso.

Por fin! Santiago!! La bella Santiago, como la bella Habana, no ha
perdido su aspecto normal. Para m, que estuve aqu hace dos meses en
misin sportiva, solo presenta un cambio: que todos mis amigos, los
"igorrotes",  quienes encontr en mi viaje anterior armados de bates y
pelotas, pasean ahora por las calles, con camisa azul y pantaln de
kaki, llevando el fusil al hombro...

Los bates han desaparecido; las pelotas no. La capital de Oriente ha
sido siempre notable por su desmedida aficin al base-ball...




V

HANDS ACROSS THE SEA

    Dice un refrn castellano
    que Dios aprieta y no ahoga;
    pero estoy viendo la soga
    y el movimiento de mano

          Estenoz.


San Luis, Junio 12, 1912.

Ya tenemos  los galos en Roma; y aunque los asustados gansos del
Capitolio han dado la voz de alarma, difcil me parece que podamos
sustraernos  los terribles efectos de la invasin.

Tanto los cablegramas de Washington como los jefes y oficiales que por
aqu se encuentran y los que acabo de ver en Guantnamo, afirman
categricamente que los Estados Unidos no tienen el propsito de
intervenir en Cuba, lo cual es muy posible; pero, sea ste  otro el fin
que se persigue, el caso es que ya los acorazados y cruceros de la Unin
ocupan nuestros puertos y que las tropas yankees, con el pretexto de
proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos de la Gran Repblica,
se han internado en territorio cubano, y establecido guarniciones y
destacamentos en los lugares ms  propsito para precipitar el mejor
da un conflicto de todos los demonios.

Aqu mismo, en el ingenio "Unin",  medio kilmetro de esta sucursal
de la Cafrera que se llama San Luis, se halla una fuerza americana de
150 hombres, con artillera, y sus tiendas de campaa y el humo de sus
vivacs se distinguen con toda claridad desde los acantonamientos cubanos
del general Mendieta.

Podemos, desde luego, estar tranquilos por lo que  nuestros soldados se
refiere; ellos no provocarn el ms leve rozamiento ni darn lugar con
su conducta, que es intachable,  que los estadistas de la Casa Blanca
encuentren un nuevo pretexto; pero, puede decirse lo mismo de los
otros? Hasta el presente--dicho sea en honor de la verdad--todos los
militares del To Sam, desde los de ms elevada jerarqua hasta el ms
humilde soldado, han procedido con exquisito tacto y correccin
intachable; pero ya conocemos  los americanos del ejrcito, sabemos lo
impertinentes que suelen ponerse, y cualquiera impertinencia en los
actuales momentos podra originar un verdadero lo de funestas
consecuencias para todos.

Yo no acierto  comprender (lo digo con toda sinceridad) la razn que
haya podido tener el gobierno americano para precipitar sobre Cuba su
escuadra y ocupar militarmente una porcin no pequea de nuestro
territorio. Qu se propone la Gran Repblica, qu fines persigue, 
impulsos de qu sentimientos obra?

Se sabe de manera indubitable que el primer grito de alarma lo di Mr.
Brooks,  hablando con ms propiedad, el seor Brooks, convertido en
_mister_ por impulso espontneo de su libre albedro. Este caballero, 
por mejor decir, este _gentleman_, que lamenta de todo corazn el haber
nacido en Cuba, desempea en la Nigricia criolla, esto es, en
Guantnamo, las funciones de cnsul de S. M. Britnica, y se siente ms
sajn que el rey Haroldo.

El, como muchos que adquirieron patente mambisa en la revolucin del 95,
no tiene ni tuvo nunca otro ideal que derribar el imperio espaol para
levantar el imperio yankee. Sin duda que el seor de _mister_ Brooks, en
su calidad de _British subject_, hubiera preferido un nuevo Transvaal 
una segunda edicin de Puerto Rico; pero  falta de pan, buenas son
tortas; y ya que no es posible cantar el _God save the King_, bien puede
un sajn, por honorario que sea, darse por satisfecho cantando el _My
country it is of thee_; despus de todo, la msica es igual, y el _Hail
Columbia_ y el _Rule Britannia_ vienen  ser una misma cosa......

    _Que la voz de la sangre es la ms fuerte,
            y hands across the sea_

Volvamos al _seor de mister_ Brooks.

No ha sido sta su primera demostracin anexionista. Hace algn tiempo,
como recordarn de fijo mis lectores, estuvo  punto de provocar un
conflicto, por haber solicitado del jefe de la estacin naval el
inmediato desembarco de tropas, sin otra causa que haber ocurrido varios
desrdenes sin importancia en Guantnamo.

En aquella ocasin no desembarcaron en Cuba soldados americanos gracias
 la digna y enrgica actitud del capitn York, que se opuso  ello
resueltamente.

Ahora no ha hecho sino ratificar con un nuevo acto de franca hostilidad
el poco cario que le inspira la Repblica cubana, y esto no debe
sorprender  nadie, del mismo modo que no debe causarnos extraeza que
el ministro Beaupr y el mamarracho de Caldwell, corresponsal en esa
capital de la Prensa Asociada, hayan sido los responsables de que un
almirante y dos grandes acorazados de los Estados Unidos se encuentren
hoy en la baha de la Habana, pues ambos se han distinguido siempre
por.... por.... bueno! por lo mismo que se distingue el flamante Cnsul
de la Gran Bretaa en Guantnamo.

Repito que la actitud de tan distinguidos anexionistas no me sorprende;
pero si hay en este mundo algo que yo no pueda explicarme, es que hoy,
cuando forzosamente tienen que haberse convencido de que las tropas de
Cuba Libre bastan y sobran para meter  los alzados en cintura, insistan
los americanos en permanecer en territorio cubano, con lo cual--bueno es
que se sepa--no han conseguido otra cosa que crear dificultades 
nuestro gobierno, herir  nuestro pueblo en sus ms hondos sentimientos
y retardar la pacificacin del pas.

No hay que hacerse ilusiones; mientras que Ivonet, Estenoz, y los
principales cabecillas del movimiento no se convenzan de que los yankees
no tienen el propsito de intervenir, se guardarn bien de rendir las
armas, pues pensarn que el gobierno, al verse seriamente amenazado por
una nueva intervencin, acabar por concederles todo cuanto piden.

Tan convencido estoy de lo que digo, tan absolutamente seguro de que si
se mantienen en las montaas es slo por la razn que dejo expuesta, que
no tengo el menor inconveniente en afirmar que la retirada de los buques
y soldados yankees traera como consecuencia inmediata el cese de la
rebelin.




VI

UN ACCIDENTE


Para dirigirse  Guantnamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado
comandante militar, el coronel de Infantera Jefe del Segundo Regimiento
Sr. Carlos Machado y Morales, haba tomado pasaje en el tren que parte
de Santiago de Cuba  las 2 y 15 de la tarde, en unin del Teniente de
Sanidad Militar Dr. Jos A. Cabrera y el Segundo Teniente seor Alfonso.
El convoy que los conduca hubo de sufrir en El Cristo un retraso como
de media hora, pues en la va se encontraba un tren de carga que haba
tenido un percance. Este inesperado retraso hizo que dichos militares
llegaran  San Luis con mucha demora, por lo que el tren que  las 3 de
la tarde sale para Guantnamo ya haba partido, lo que obligara al
coronel Machado y sus acompaantes  permanecer en San Luis hasta el da
siguiente. Pero el coronel Machado, que es hombre que no se detiene ante
ningn obstculo para llegar al fin, y que comprenda lo necesario de su
llegada  Guantnamo orden que la Compaa del Este pusiera  su
disposicin una cigea de vapor para hacer el viaje en unin de sus
compaeros. El hacer el viaje de San Luis  Guantnamo en el tren era
cosa en extremo peligrosa, pues raro era el da que los rebeldes no lo
tirotearan  quemaran un puente, una alcantarilla, y hasta alguna
estacin. Esto no obedeca  otra cosa que al hecho de que la zona que
el tren atravesaba era la ms frecuentada por las partidas rebeldes,
dndose el caso repetidas veces de que los alzados plantaran su bandera
sobre las lomas en las cercanas de las paralelas del ferrocarril.

Estos peligros, perfectamente conocidos por el coronel Machado, no le
hicieron desistir de su propsito; y  las 4 y 25 de la tarde salan en
la mencionada cigea automvil el coronel Machado y los Tenientes
Cabrera y Alfonso, con una pareja de la Guardia Rural, en direccin 
Guantnamo.

Nada anormal ocurriles durante el trayecto de San Luis  Bayate. Ya era
de noche cuando atravesaron este paradero, por lo que enviaron  buscar
algo que comer, que confortara sus estmagos. Terminada esa pequea
comida, volvieron  ocupar su cigea, emprendiendo de nuevo la marcha.

El jefe de ese paradero les haba advertido que tuvieran cuidado, pues
por la tarde haba estado all una gruesa partida de rebeldes, los que
siguieron por la lnea, en la misma direccin que ellos llevaban. Haca
ya ms de 30 minutos que se encontraban en marcha, cuando atravesaban
con bastante velocidad un puente muy largo, y sin baranda, en el medio
del cual la cigea sufri un choque terrible; todos cayeron unos encima
de otros, y el que guiaba la mquina lanzaba lastimeros ayes; la cigea
se haba detenido en su marcha. La primera impresin fu terrible, todos
creyeron que las partidas de alzados que merodeaban por aquellos lugares
les haban tendido un lazo para capturarlos vivos; pero poco  poco
fuese aclarando el misterio, y se pudo ver lo que haba producido aquel
espantoso choque: era un toro que se paseaba por el puente y al que la
velocidad con que marchaba la cigea le impidi salir de l.

Desgraciadamente no fu solo el toro el que pag las consecuencias de la
violenta acometida; la cigea tambin se haba destrozado, y todos sus
pasajeros hubieron de descender de ella internndose en la manigua, pues
deban buscar una posicin que estuviera en condiciones de poderse
defender, caso de que alguna partida tratara de atacarles. Mas cual no
sera la sorpresa de los excursionistas al ver que  medida que se
internaban en el monte, se presentaban ante su vista pequeas casitas de
yagua, y el humo que despedan las candeladas; todo eso demostraba que
horas antes haba estado acampada all alguna numerosa partida de
alzados, por lo que hubieron de abandonar aquel lugar teniendo en cuenta
que slo eran seis hombres, de los cuales solamente dos usaban arma
larga. Despus de enviar  la siguiente estacin al conductor de la
cigea, se emboscaron todos detrs de una cerca, esperando el momento
de morir matando, pues en el caso probable de que hubieran sido atacados
por los alzados stos al ver  sus enemigos en nmero inferior, los
hubieran tratado de capturar y como consecuencia se habran defendido
hasta disparar el ltimo tiro. All pasaron 5 horas sin tomar agua ni
probar ninguna clase de alimentos, y en medio de las mayores
incomodidades. Por fin, un resplandor se deja ver por la manigua, las
paralelas comienzan  producir ruido, un tren se aproxima, y  medida
que la potente mquina avanza, van aquellos bravos militares, que
hubieran sabido morir hericamente antes que caer vivos en poder del
enemigo, recuperando la confianza de vivir, que durante siete horas
haban perdido.

A una seal se detuvo la locomotora, y todos reanudaron el interrumpido
viaje  Guantnamo, donde llegaron  las dos de la madrugada.

As termin ese incidente, que pudo haber costado seis vidas y hubiera
producido un efecto moral desastroso para la causa del orden.




VII

EL FUEGO DE BOQUERON POR FUERZAS DEL COMANDANTE CASTILLO


Esta accin, que ha sido sin duda alguna de las ms importantes de las
efectuadas en la intentona racista, ha pasado casi inadvertida, debido 
que en los das que se efectu todos los diarios habaneros estaban
preocupados con el problema de la Intervencin Americana, al que
dedicaban todas sus pginas, haciendo caso omiso de lo que las fuerzas
armadas de la Repblica hacan por la regin oriental.

La columna del comandante Rafael del Castillo, se encontraba acampada en
el pequeo pueblecito de El Palmar, lugar pintoresco situado al pie de
las estribaciones de las lomas de "Los Ciegos". Al amanecer, las alegres
notas de la diana despertaban  todos aquellos bravos soldados de su
sueo, y de sus pequeas tiendas de campaa iban saliendo todos ya con
sus equipos preparados y sus armas en la diestra. Repartiose el caf en
las Compaas, y apenas la aurora se dejaba entrever en el horizonte, ya
los soldados emprendan la marcha, dejando detrs El Palmar, que durante
toda aquella noche les haba servido de agradable campamento.

No haban andado ms de 20 minutos, cuando los exploradores de la
Guardia Rural al mando del sargento Rizo y cabo Fif, del Tercer
Regimiento, rompan fuego contra un grupo de negros que, subidos en una
loma inaccesible, les respondan  balazo limpio.

Entonces el comandante Castillo, que con el corneta de rdenes haba
ocupado una posicin sobre una altura, orden que la Infantera,
perteneciente  la Compaa del Capitn Almeyda, avanzara sobre la
posicin ocupada por el enemigo. El fuego de la infantera comenz tan
pronto esta fuerza hubo coronado una loma, en cuya parte superior haba
una pequea casa de guano, en la que se encontraban refugiados cuatro
rebeldes, que al verse sorprendidos por la tropa, corrieron con tanta
velocidad, que llegaron con la rapidez vertiginosa de un rayo  la
orilla de la manigua, donde desaparecieron, no sin antes dejar uno de
ellos varios cartuchos y un estandarte del "Partido Independiente de
Color", barrio de Casisey Arriba.

De las lomas que rodeaban el camino salan multitud de disparos de los
alzados, y por todas partes las fuerzas del comandante Castillo
escuchaban tiros.

Otra orden hizo que la Compaa del Capitn Navarro con el Teniente
Ramos, avanzara sobre el lugar llamado Alto de Boquern, con objeto de
evitar la retirada del enemigo; estas fuerzas fueron hostilizadas
durante todo el camino por los pequeos grupos de rebeldes que creyeron
imposible que una columna se atreviera  correr la aventura de entrar en
aquellos estratgicos lugares, pues todos recordaban que durante la
guerra de Independencia, todas las fuerzas espaolas que intentaban
entrar en Boquern, desistan de su empeo, despus de horas enteras de
lucha, llevndose siempre gran nmero de bajas.

El tiroteo arreciaba. Los soldados, tendidos  la larga en el suelo,
disparaban con sus magnficas armas sobre los lugares de donde se vea
salir el humo, producido por los disparos de los alzados. Haba
ocasiones en que el fuego cesaba durante breves momentos, y entonces se
perciba con toda claridad la voz de los rebeldes que gritaban: Abajo
la Ley Mora! Vengan para aqu, c.......! al machete! y el fuego se
reanudaba con la particularidad de que las tropas leales,  medida que
iban disparando sus armas, avanzaban de 80  100 metros sobre las
posiciones ocupadas por el enemigo, para lo que tenan que subir
empinadas lomas, que  simple vista pareca imposible que los hombres
pudieran escalarlas. Pero nuestros soldados, con sus oficiales  la
cabeza, corran sobre las bocas de las armas enemigas, disparando al
propio tiempo las suyas, cuyas balas hacan un efecto desastroso,
mermando las filas rebeldes.

Mientras el fuego arreciaba, en la entrada de Boquern, Eugenio Lacoste
(a) "El Tullido", abandonaba su casa del cafetal "Dios y ayuda",
siguiendo con ocho hombres que lo llevaban cargado por el camino de las
lomas "Felicidad" rumbo al Guayabal de Yateras, donde deba das despus
ser capturado con su consentimiento, por las mismas fuerzas del
comandante Castillo.

La Compaa que mandaba el Capitn Almeyda haba sostenido fuego con los
insurrectos al tratar de retirarse stos por la parte en que la tropa se
encontraba, y la caballera, flanqueando los caminos, protega el
avance de la infantera. El fuego de los alzados iba poco  poco
apagndose, y momentos despus la corneta volva  dejar oir sus notas
blicas, ordenando alto el fuego! Prueba evidente de que la victoria
haba coronado el esfuerzo de los soldados.

Ya no se sentan tiros, slo se escuchaba el clamor de los soldados que
en lo alto de las lomas ocupadas dos horas antes por los rebeldes,
gritaban alegremente, celebrando con alborozo el triunfo alcanzado.

Todos descansaron un rato reunindose poco despus en el cafetal "Dios y
ayuda", donde acamparon las fuerzas, ordenndose pasar lista para saber
quines faltaban. Comenzada esta operacin, todos los soldados
respondan gozosos con un aqu!, cuando se les nombraba.

Terminada la lista, pudo comprobarse que nadie faltaba, que las balas de
los alzados no haban hecho heridos, y esta noticia fu recibida con
tanto gozo por todos los soldados, que stos se abrazaban y pedan  sus
oficiales perseguir  los alzados, para reanudar as el combate.

Aquel da se sirvi un almuerzo que  todos pareci suculento, la
alegra rein en todo el campamento y  la maana siguiente, 30 hombres
de infantera al mando del valeroso oficial Estvez, hicieron un
minucioso reconocimiento por los lugares donde el da anterior se haba
librado la batalla, encontrando 12 muertos y gran nmero de charcos de
sangre.

Una orden llegada de Guantnamo hizo que la columna regresara  esa
ciudad, y al siguiente da entraba en ella, donde permaneci dos das
descansando. Bien se lo merecan aquellos bravos soldados que supieron
tomar al enemigo posiciones que siempre fueron credas inexpugnables por
todos que las conocan.




VIII

IMPREVISION


Son tantos y de ndole tan diversa los asuntos de que puede tratar un
periodista profesional que tenga la suerte de hallarse en estos momentos
en la bella y hospitalaria Santiago, que al poner manos  la obra de
confeccionar, de prisa y corriendo, como por lo comn se hacen estos
trabajos, una correspondencia, se siente uno perplejo, sin saber por
dnde empezar ni  qu temas dar la preferencia.

As, por ejemplo, yo dara cualquier cosa por estar dotado del
inapreciable don de condensar en el espacio de ocho  diez cuartillas
todas mis impresiones, las buenas lo mismo que las malas, y referir las
mil y una peripecias que me han ocurrido, desde el ltimo abrazo que me
di Hernndez Guzmn en el andn de Villanueva, hasta el ltimo timbrazo
intil que acabo de dar para que me traigan una pluma algo ms digna de
su nombre que este horrible mocho de escoba que me facilitaron en la
carpeta del hotel en que me hospedo.

Santiago de Cuba, destinada, por lo visto,  sufrir todos los rigores de
las campaas militares que se libran en nuestra patria, ofrece en estos
momentos el extrao aspecto de un vasto campamento, y raro es encontrar
por calles y paseos un hombre que no vista de uniforme.

Y no vaya  creerse que me refiero  los uniformes de la Rural  el
Permanente, los cuales, (dicho sea en honor de nuestro ejrcito regular)
no son los que ms abundan, por la sencilla razn de que casi todas las
tropas estn en operaciones.

Los uniformados que pululan por estas pintorescas calles (que ms que
otra cosa parecen montaas rusas de asfalto) son los milicianos--la
"Guardia Blanca" Oriental--unos soldados que han abandonado los libros,
las oficinas, los talleres, el hogar tranquilo y venturoso, para empuar
el rifle; soldados improvisados que merecen bien de la patria, y que
tanto por los valiossimos servicios que prestan, como por la
compostura, disciplina y seriedad de que hacen gala, se confunden con
los militares de profesin.

El Ejrcito, por su parte, ha demostrado hasta la saciedad que no tiene
superior en el mundo; y si sufridos, heroicos  incansables son los
soldados, brillante y digna de encomio es la oficialidad.

Pero yo no he venido  Oriente para fungir de monigote y por lo tanto
parceme oportuno echar  un lado el incensario, para entregarme  la
inefable tarea de criticar.

A quin,  quines? Qu s yo! A nadie en concreto y  todos en
conjunto....  t, lector querido,  m,  todos, en fin, los que
tenemos el honor de haber nacido en esta tierra y ser miembros de una
raza llena de virtudes, pero desgraciadamente no exenta de defectos,
entre los cuales ninguno est  mi juicio tan arraigado como el de la
falta de previsin.

Es doloroso tener que confesarlo, pero qu le vamos  hacer? Los
cubanos, como nuestros excelentes paps los espaoles, somos muy poco
prcticos; y esta es la causa de que nos pasemos la vida haciendo todo
menos aquello precisamente que debiramos hacer.

Ese optimismo exagerado que nos ciega, impidindonos ver las cosas bajo
su verdadero aspecto, ha sido y es la causa principal de casi todos
nuestros males; y del mismo modo que los espaoles perdieron su imperio
colonial, sus soldados, sus buques, sus millones y cuanto tenan que
perder, por haberse obstinado en no prestar atencin  las reiteradas
advertencias que se les hacan, nosotros, sus hijos, no hacemos ms que
salir de una situacin difcil, para caer en otra. Y todo, por qu?:
pues, porque lo mismo que ellos, no queremos,  no sabemos interpretar
las seales de los tiempos.

No creo que sea este el momento de depurar hechos para fijar
responsabilidades, y no ser yo por cierto quien tal haga, con tanto
mayor motivo cuanto que sinceramente creo, como ya dije, que la culpa de
cuanto en estos momentos ocurre no puede en justicia atribursele 
nadie.

Todo obedece.... bueno!, _chi lo sa!_  que somos as; trtase de una
causa ingnita, y hasta cierto punto somos irresponsables.

El convulsionismo--nadie lo ignora--es el ms terrible de los males
morales que nos aquejan; y lgico y natural sera que mostrsemos empeo
en hacerlo desaparecer y en impedir sus brotes.

Por desgracia, hacemos todo lo contrario, y en no pocas ocasiones tal
parece que nuestra nica misin sobre la tierra consiste en estimular 
los revoltosos.

El actual levantamiento de Estenoz, que es (aunque los espritus
pusilnimes lo nieguen) una revolucin de negros contra blancos, ha sido
posible y casi, casi hasta de fcil realizacin, porque no hay un solo
cubano que no est plenamente convencido de que en este desgraciado
pas, el medio ms seguro de encumbrarse y obtener lo que se quiere
consiste en apelar  la violencia y amenazar. Si una vez constituida la
Repblica se hubiera castigado sin misericordia al primero que intent
sublevarse contra los poderes constitudos, el convulsionismo, que aqu
como en todas partes es tan fcil de intimidar como difcil de someter
una vez que ha estallado, no habra tomado el incremento que hoy tiene,
por la sencillsima razn de que todo el mundo, antes de lanzarse 
peligrosas aventuras, lo pensara mucho, por temor  las poco agradables
consecuencias que sus diabluras podran acarrearle.

Son muy numerosos los ejemplos que pueden citarse; pero quiero--al menos
por el momento--concretarme al caso de Estenoz. Este sujeto, hombre de
escasa mentalidad y que ni siquiera gozaba de prestigio entre los de su
clase, ha conseguido llegar hasta donde ha llegado merced  los
miramientos y consideraciones que con l se tuvieron y  la importancia
que se le di  raz de haber iniciado su propaganda racista. Fracasado
en aquella ocasin, el gobierno pudo haberse servido de l para hacer un
saludable escarmiento, que por lo menos hubiera alejado durante algn
tiempo el conflicto en que hoy nos vemos envueltos. En lugar de proceder
en la forma indicada, Estenoz, que no era despus de todo ms que un
pobre diablo, se encontr convertido de la noche  la maana, y sin que
l mismo, tal vez, pudiera explicarse la metamorfosis, en todo un
personaje ilustre, al que se renda la innoble pleitesa del miedo, y el
resultado fu que l y los suyos, al darse cuenta de que se les tema,
cobrasen nuevos bros y se mostraran cada vez ms audaces y decididos,
hasta el extremo de no ocultarse ya para conspirar contra los blancos,
es decir, contra la inmensa mayora de los habitantes de la isla.

En Oriente, sobre todo, los trabajos de Lacoste, Estenoz, Ivonet y otros
apstoles del racismo, se realizaban  pleno sol, en la plaza pblica,
en medio de la calle: todo el mundo estaba perfectamente enterado de lo
que ocurra, y es de suponerse que el gobierno central y las autoridades
locales tambin lo saban.

Esto no obstante, nada, absolutamente nada se hizo para impedir el
golpe; los cuarenta millones de cuerpos de polica (todos intiles y
ridculos) que padecemos, aprovecharon la ocasin para dar una nueva
prueba de su incompetencia, y los hombres encargados de velar por el
sosiego pblico no se creyeron obligados  mover un solo soldado del
campamento de Columbia, hasta que los perturbadores de la paz haban
encontrado seguro albergue en las abruptas serranas orientales.

Eso s; tan pronto como qued comprobado que se haban presentado
partidas de negros armados en diversos lugares de la Repblica,
empezaron  rodar caones y  desfilar regimientos; medida tarda y no
siempre eficaz, cuando se trata de pases slo independientes y
soberanos  medias, cuyos tutores no suelen proceder con esos
miramientos que en la prctica del derecho internacional slo se guardan
entre s los estados que mutuamente se temen y respetan.

Yo no dudo (lbreme Dios de ello!) que nuestro ejrcito, tan bello, tan
brillante y tan sabiamente adiestrado, sea capaz de aplastar en plazo
ms  menos largo, la criminal revolucin que hoy nos aflige; pero estoy
firmemente convencido de que ms eficaz que los combates hericos y las
victorias gloriosas hubiera sido un golpe policiaco, dado algunos das
antes del levantamiento.

Bien es verdad que aun en el supuesto de que Estenoz y los suyos
hubieran cado en poder de las autoridades, es ms que probable que nada
desagradable les habra ocurrido, sino todo lo contrario. Hay, por lo
menos, motivos para pensar as, teniendo en cuenta los hechos pasados.




IX

EL IMPERIO DE LA CONVULSION

San Luis, Junio 1.


Despus de haber hecho largos recorridos por esta comarca, que se
encuentra completamente infestada de alzados, y de haber tenido
oportunidad de hablar con varios de ellos acogidos  la legalidad, he
podido formar un juicio aproximado de la verdadera situacin de esta
rica zona, que tan desolada se encuentra, con motivo de los actuales
acontecimientos.

Al principio, nadie le concedi por aqu gran importancia al alzamiento;
pero apenas comenzaron  llegar noticias alarmantes, los que viven 
distancia de las poblaciones se pasaban el da en stas, vidos de saber
las ltimas noticias del movimiento y llenos de una gran incertidumbre,
pues luchaban entre la idea de abandonar sus bohos, con sus animales y
sus siembras,  aguardar en el campo la terminacin de este movimiento.
Pero como las noticias eran cada vez ms alarmantes, esto produjo en
todos los _montunos_ el efecto ms desastroso, y comenzaron  llegar 
las poblaciones carretas cargadas de muebles, gallinas y frutos, y  los
destacamentos de la Guardia Rural venan los hombres con sus caballos 
ofrecerlos al Gobierno, antes que las hordas de alzados se apoderasen de
ellos. Y daba pena ver como aquellos hombres elogiaban sus respectivas
cabalgaduras, para que les fuese abonado mejor precio, haciendo cada uno
la historia de su jamelgo, y recordando los trabajos y penalidades que
tuvo que pasar para adquirirlo. De las bodegas situadas en los lugares
lejanos de los pueblos tambin llegaban las carretas cargadas de
mercancas, para depositarlas en lugares seguros donde no alcanzaran los
vales del llamado "Ejrcito Reivindicador". Los viajantes de casas
comerciales venan  exigir el saldo de sus cuentas  los
establecimientos, y la desconfianza se entroniz en todas partes.

He departido con varios alzados, de los que se han presentado  las
autoridades, los que me han referido la vida, no muy tranquila, que se
hace en sus campamentos. Por la maana muy temprano se toca diana y se
procede  repartir las guardias de avanzadas y centinelas, lo que es
motivo para que se originen serios disgustos, pues como es muy extrao
encontrar entre llos un soldado, ya que casi todos tienen elevada
jerarqua militar, no se conforma un comandante con hacer centinela 
estar tres horas sobre un rbol en las avanzadas vigilando al enemigo.

Por otra parte, es tal el desarrollo del instinto de conservacin entre
los revoltosos, que sus avanzadas las ponen  cuatro leguas de sus
campamentos, con el fin de que, caso de ser atacados, tener tiempo
suficiente para ponerse  prudencial distancia de las fuerzas del
ejrcito.

Terminada esta operacin, que por lo regular siempre finaliza con
escenas violentas, se dedican  "forragear", lo que significa
procurarse cada cual sus alimentos para el da, en cuya labor no reparan
en medios, pues lo mismo saquean una bodega, que le roban  un campesino
todas sus aves de corral. As transcurren las horas hasta la cada de la
tarde, en que se entregan al baile africano conocido por el "man", y
entregados  esa salvaje expansin, llena de movimientos lbricos, estn
hasta muy entrada la noche.

Duermen casi todos en el suelo, cubiertos con un par de yaguas, y las
mujeres van  los bohos cercanos al campamento con sus chiquillos.
Muchas de ellas llevan al cinto enormes machetes "paraguayos", y su
aspecto resulta entre cmico y repulsivo.

El predominio sobre una de estas mujeres ha costado en distintas
ocasiones derramar mucha sangre, pues los Jefes que no tienen
"costilla", quieren  toda costa conseguir una "mitad", aunque sta sea
ajena.

Los espas estn en todas partes. No es extrao, cuando un grupo de
oficiales del ejrcito se encuentra hablando sobre estos sucesos, ver 
un negro que disimuladamente escucha, ni observar que en los alrededores
del Cuartel de la Rural se encuentran tipos sospechosos que se fijan en
todo y todo lo escudrian. Frente al mismo cuartel hay un casern que
durante el da est repleto de hombres negros y por la noche slo se ven
en l mujeres. Raro es el da en que no se hagan varias detenciones de
estos confidentes,  muchos de los cuales se les han encontrado
documentos comprometedores. Todos los detenidos son enviados  Santiago
de Cuba  disposicin del Juez Especial, que instruye esa causa. Cuando
las tropas salen  operaciones, no es raro ver en muchas casas  las
mujeres que all hay--pues los hombres no abundan--lanzar miradas
impregnadas de odio, y hasta se da el caso frecuente de que al pasar las
tropas cierran las puertas en seal de desprecio.

Es algo que ha prendido demasiado en el corazn de los ignorantes esta
cuestin de alzamientos, para desgracia de Cuba, y no es muy difcil,
como ha quedado demostrado con este levantamiento, el reunir varios
centenares de desdichados que se lancen  locas aventuras, aunque stas
sean tan peligrosas para la patria como la actual.

Por donde quiera que pasan Estenoz  Ivonet, siembran la alarma entre
los negros que encuentran pues les dicen que el ejrcito viene
siguindoles y mata  todos los negros que halla en su camino. Esta
falsa alarma les di excelentes resultados en un principio, puesto que
la mayor parte de los negros campesinos,  los cuales importa muy poco
lo de la "Ley Mora", se apresuraron  engrosar las filas rebeldes.
Otros, estos estn en gran mayora, fueron con el santo propsito de
apropiarse de lo ajeno  de vengarse de sus enemigos, lo que podan
lograr con absoluta impunidad para sus criminales fechoras.

Aunque parezca una paradoja, tambin hay blancos "Independientes de
Color". Estos resultan aun ms criminales que los negros, puesto que su
intervencin en este asunto es puramente viciosa, aunque hay muchos
casos en que el principal mvil del alzamiento es el caballo, pues antes
de consentir que les quiten sus rocinantes, acompaan  los alzados,
exponindose  las consecuencias.

No pasa un da sin que alguna persona se acerque al general Mendieta y
le haga saber que partidas de miles de hombres alzados se encuentran
rodeando su finca y que han amenazado quemarla; otros que han visto 500
hombres armados hasta los dientes, que se encontraban esperando el paso
de un tren, y cuando se ordena la salida de un escuadrn para el lugar
en que se ha dicho que estaba la tal partida, resulta que no se ha visto
 nadie y que todo se encuentra en absoluta tranquilidad. Hace dos
noches, el dueo del ingenio "Hatillo", deca por telfono al general
Mendieta que ms de mil hombres rodeaban su finca, y al llamar el
general al capitn jefe del destacamento de ese ingenio y preguntarle lo
que hubiera de cierto en lo dicho por el propietario de la finca, aquel
militar respondi que era inexacto, toda vez que solo haba tenido unos
cuantos tiros con una pequea partida que merodeaba por aquellos
lugares.

As se hinchan todas las cosas por aqu.

Por las lomas que rodean los pueblos de Songo y La Maya, hay una clase
de negros que solo pueden compararse con los que hacen la vida primitiva
en medio de las espesuras de las selvas africanas. Van enredados en unos
rosarios, cuyas cuentas son de mltiples colores, y se pasan la vida
consultando si las balas del ejrcito les harn dao, para lo cual
suspenden en el aire una punta del rosario, y si el viento empuja ste 
la derecha, las balas los respetarn; mas si es al contrario, castigan
sus cuerpos para ganar indulgencia, pues los proyectiles pueden
alcanzarles.

Debe ser curioso ver  un regimiento de esos fanticos, entregados 
consultar sobre el destino de sus vidas.

Cuando estbamos al pie de la loma de "La Gloria", y antes de haberse
recibido el telegrama del general Monteagudo, el general Mendieta me
confes que aquella posicin estaba ocupada por ms de 2.000 hombres
armados, sin contar los desarmados, que sumaban un crecido nmero. Ms
tarde, cuando el combate en la finca "Mayala",  dos leguas del ingenio
"Hatillo", me dijo que all haban unos 1.000 hombres al mando de los
cabecillas Zapata y Parada, y el grupo de _Tito_ Fernndez, al cual, si
bien no me han dicho oficialmente nada, calclansele unos 800 hombres.
Esto sin contar gran nmero de partiditas de doscientos, cien y
cincuenta hombres, que merodean por diversos lugares de esta regin.
Hablando con el Jefe de Estado Mayor, teniente coronel Varona, me ha
dicho que esos grupos no tienen ninguna importancia, desde el punto de
vista militar, toda vez que una columna de 100 hombres, entre caballera
 infantera, puede batirse con una de esas partidas, por numerosa que
sea.

En el combate librado en la maana del da 30 del pasado, pude observar
el excelente nimo de los soldados ante el enemigo. Cada vez que una
granada explotaba sobre un grupo de alzados, produca un entusiasmo
extraordinario, no slo entre los soldados que servan las piezas, sino
entre los de infantera y caballera, todos los cuales daban saltos y
lanzaban interjecciones saludando el desastroso efecto que la metralla
produca en las filas rebeldes.

Tambin participaban de esas explosiones espontneas de entusiasmo los
oficiales, muchos de los cuales pedan permiso al general Mendieta para
desalojar con la caballera  sus rdenes el campamento enemigo.

El triunfo haca que por un momento se identificasen desde el general
Mendieta, que sereno y reflexivo, daba rdenes, hasta el ltimo soldado
que haca funcionar una ametralladora y se animaba cuando vea que  sus
disparos, caan muertos  heridos los enemigos de la paz.

Lleg la hora del reconocimiento, y todos queran ir; pero el general
Mendieta, que no se deja impresionar, no consinti en ello, autorizando
 su ayudante el teniente Carrer y al teniente veterinario Federico
Cagigal, para que acompaasen  las fuerzas del capitn Castillo en el
reconocimiento.

Un detalle que no se me pudo escapar, fu que los soldados que con ms
ahinco trabajaban y ms esfuerzos hacan, eran los pertenecientes  la
raza de color. Y es que ellos no se consideran ms que servidores de la
patria, teniendo verdadero amor por el ejrcito y dentro de ste por su
compaa  escuadrn. As se explica que en lo ms reido del combate se
les oyera gritar: Arriba el Escuadrn M! Viva la Tercera Batera!

Muchos oficiales se me han acercado para pedirme que recuerde por estas
lneas  las Cmaras que el Ejrcito de Cuba es el nico en el mundo que
no tiene Montepo, y que cuando un oficial muere, deja en la miseria 
su esposa  hijos.

La edicin extraordinaria de la _Gaceta Oficial_, que inserta la
Alocucin del seor Presidente, es repartida profusamente y circula
mucho entre todos los elementos.




X

EL COMBATE DE YARAYABO[*]

_San Luis, Oriente, mayo 30,  las 2 y 10 tarde._


En este momento regreso del ingenio "Hatillo", en las inmediaciones del
cual se ha librado en las primeras horas de la maana de hoy un
sangriento combate. La columna del general Mendieta ha obtenido un
triunfo completo, y los alzados, batidos en toda la lnea, y destrozados
por la metralla y el shrapnell, se han desbandado en distintas
direcciones, despus de alfombrar de cadveres el campo.

  [*] El combate de Yarayabo, primero de importancia que se libr
  en la contienda racista, ha sido objeto de los ms vivos y encontrados
  comentarios. Nosotros, testigos presenciales de tan brillante accin, lo
  reproducimos en la misma forma en que apareci publicado en _La Prensa_,
  de la Habana; y al hacerlo reiteramos nuestra felicitacin ms calurosa
  y sincera al bravo general Mendieta y  los brillantes oficiales y
  abnegados soldados que combatieron  sus rdenes aquel da.

He tenido el privilegio de asistir  tan glorioso hecho de armas, y no
obstante la intensa emocin que senta (no hay que olvidar que se
trataba de mi bautismo de fuego) momentos hubo en que particip del
ardor y el entusiasmo que dominaba  nuestros sufridos y valientes
soldados, que firmes y serenos bajo las balas, atacaban con herosmo al
enemigo,  los gritos de Viva el Ejrcito!, Viva la Paz,! Viva la
Repblica!

El general Mendieta se ha revelado  mis ojos como un militar de
relevantes dotes, y al mismo tiempo como un valeroso capitn,
acostumbrado  mirar con desprecio la muerte; los oficiales  sus
rdenes han estado admirables, y de los soldados todo cuanto yo pudiera
decir resultara plido. Todos, sin una sola excepcin, se han conducido
con heroismo, y especialmente los pertenecientes  la raza de color. A
estos haba que refrenarlos, pues arrastrados por su ardor, queran 
cada instante lanzarse  la bayoneta sobre las posiciones enemigas, para
castigar con sus propias manos  los malos cubanos que han levantado la
maldita bandera del racismo.

A la una de la madrugada sali sigilosamente de San Luis la columna
Mendieta, compuesta de ciento ochenta hombres de caballera y el
escuadrn del capitn Castillo, desmontado, siendo esto necesario por no
disponerse de infantera, por estar casi todas las fuerzas de esta arma,
prestando servicios de guarnicin en las fincas pertenecientes 
ciudadanos extranjeros. Llevbamos adems dos ametralladoras, al mando
del capitn Fernndez, y dos piezas de artillera de montaa,  cargo
del capitn Chomat, y los tenientes Pereda y Acosta.

La marcha fu penossima, pues los caminos, reblandecidos por la
incesante lluvia, estaban intransitables, y en muchos parajes las mulas
de la artillera se hundan en el fango hasta las barrigueras.

Poco antes de las cinco, y sin experimentar el menor tropiezo, lleg
nuestra descubierta  terrenos de la finca Yarayabo,  unos dos
kilmetros del ingenio "Hatillo", y en ese momento se sintieron los
primeros disparos hechos por los exploradores de la columna, al
tropezar con una de las avanzadas rebeldes, que fu pronto rechazada
sobre el ncleo principal del enemigo, que se hallaba situado, ocupando
fuertes posiciones, en la finca La Majagua.

Despus de las primeras escaramuzas de vanguardia, el general Mendieta
efectu un minucioso reconocimiento de las lneas contrarias, en el cual
le acompa, y me manifest que las partidas que tenamos enfrente
sumaban, en conjunto, unos mil y pico de hombres.

Este clculo del jefe de las tropas ha sido posteriormente corroborado,
y ahora, en posesin de datos fidedignos, puedo asegurar que los
alzados, cuya fuerza ascenda al nmero expresado, estaban mandados por
los titulados generales Zapata y Pitill.

El general Mendieta orden inmediatamente que entrase en juego la
artillera; se dieron las rdenes oportunas, y con rapidez y precisin
maravillosas las dos ametralladoras y los dos caones de montaa fueron
puestos en batera, y  las cinco en punto de la maana rompieron
simultneamente el fuego, mientras que los soldados avanzaban en orden
de batalla, atronando el espacio con sus gritos de Viva la Repblica!

El espectculo era imponente, y capaz de conmover al hombre menos
sensible.

Despus de los primeros disparos, y tan pronto como los artilleros
afinaron la puntera y fijaron matemticamente las distancias, empez 
notarse que la metralla produca sus efectos; los ncleos rebeldes
desaparecan como bloques de hielo derretidos por el sol, y cada vez que
las piezas de montaa hacan caer en sus filas una granada de
shrapnell, que estallaba con terrible estrpito, veamos rodar por
tierra jinetes y caballos en confusin espantosa.

Los alzados, que no esperaban sin duda el aguacero de proyectiles
explosivos que caa sobre ellos, trataron de correrse  otra posicin
situada algo  retaguardia de la que en un principio ocupaban; pero all
tambin les alcanzaron el shrapnell y la metralla; y yo, que no perd el
menor detalle de la accin, puedo afirmar que la artillera cubana es
irresistible, que la fijeza de sus disparos es asombrosa, y que los
oficiales americanos que sirvieron de instructores  nuestros artilleros
pueden sentirse orgullosos de sus discpulos.

Indudablemente que los cabecillas rebeldes se dieron cuenta de que
permaneciendo en el sitio en que haban colocado sus lneas de fuego,
seran aniquilados, por lo cual, y haciendo un esfuerzo desesperado,
decidieron arrostrarlo todo y cambiar su frente de batalla, para venir 
situarse sobre el flanco derecho de la columna.

Para ejecutar esta maniobra, los principales grupos rebeldes tuvieron
que desfilar precisamente por delante de las cuatro piezas que vomitaban
sobre ellos torrentes de metralla, y las bajas que sufrieron entonces
fueron enormes.

De repente, y como para cerrar con broche de oro la jornada, el general
Mendieta orden que las fuerzas del capitn Castillo, dando un rodeo,
fueran  ocupar una posicin situada  nuestra derecha, es decir,  la
izquierda de los rebeldes, y precisamente hacia el sitio que estos
intentaban ocupar. Las tropas de Castillo, llenas de arrojo y
entusiasmo, ejecutaron brillantemente el movimiento, y apareciendo de
improviso sobre unas lomas, acribillaron el campamento de los alzados
con un nutrido fuego de fusilera.

En ese momento la corneta de la Guardia Rural toc A degello! y el
sargento Larrea, con guardias  sus rdenes, se lanz  la carga,
apoyado por el capitn Castillo y los tenientes Cajigas y Carrer.

No aguardaron los rebeldes este ataque, y aunque algunos grupos trataron
de hacerse fuertes en un guayabal colindante, pronto fueron desalojados
de all, despus de un vivsimo tiroteo.

Yo, para no perder ningn pormenor de esta ltima etapa del combate,
puse mi caballo al galope y corr con los rurales, que al grito de Al
machete! barran  los ltimos alzados.

Los ncleos principales, al tratar de retirarse con direccin al ingenio
"Hatillo" fueron atacados fieramente por una compaa de infantera,
destacada all para defender dicha finca, y vindose acosados por todas
partes tuvieron que huir en todas direcciones, refugindose en los
espesos montes, donde fueron perseguidos durante algn tiempo.

Supongo que el enemigo ha sufrido enormes bajas.

El campo est sembrado de cadveres mutilados por las granadas de la
artillera.

Tan pronto como ces el fuego, avanz la columna hasta el batey del
ingenio "Hatillo", donde el general Mendieta orden hacer alto para
tomar el desayuno, que buena falta nos haca. Apenas habamos probado
algunos bocados, cuando dos  tres partidas aparecieron  distancia y
trataron de hostilizar nuestro campamento, pero las dos piezas de
montaa les lanzaron veinte granadas y las ametralladoras, que fueron
situadas en lo alto del trasbordador de caa, completaron con sus
certeros disparos la dispersin de esos grupos que  juicio de todos
haban regresado al lugar de la accin con el propsito de llevarse sus
muertos y heridos, que haban dejado abandonados.

La artillera, en conjunto, dispar setenta granadas y cuatrocientos
tiros de metralla.

El general Mendieta sale esta noche para Santiago de Cuba,  donde ha
sido llamado por el general Monteagudo, para celebrar una conferencia y
acordar el nuevo plan de campaa.

El general ha sido muy felicitado por su esplndido triunfo.




XI

A TRAVES DE LA ZONA INFESTADA


Cualquier pasajero que emprenda viaje  Guantnamo, por los preparativos
y despedidas que se le hacen, parece que va  un pas de donde solo por
pura casualidad se regresa. Tales son las muestras de tristeza de los
que le acompaan al tren, y los lastimeros "ayes" y "adioses" que se le
dirigen.

El motivo no es otro que los peligros que hay en esa lnea, pues los
trenes que por ella circulan ya han sido tiroteados varias veces por los
feroces alzados y algunas de sus estaciones quemadas por los mismos pues
se trata precisamente de la zona en que ms abundan las partidas
levantadas en armas.

Con gran retraso salimos de San Luis,  causa de que la comunicacin
telegrfica de la Empresa del ferrocarril se encontraba interrumpida
hasta Alto Cedro, ignorndose si la va estaba expedita. A las cuatro y
treinta y cinco minutos el tren se puso en marcha, detenindose en todas
las estaciones sin que nada anormal ocurriera. Al llegar  Bayate nos
enteramos de que los alzados haban quemado la estacin y el casero de
Carreta Larga.

El pequeo poblado de Bayate se encontraba custodiado por unos cincuenta
hombres pertenecientes al ejrcito americano los cuales estaban
acampados en la caseta de una bscula de caa en donde tenan
extendidos sus catres de campaa con sus mosquiteros correspondientes.


EN CARRERA LARGA

Mucho antes de llegar  lo que fu Carrera Larga ya se divisaba un vivo
resplandor que  medida que el convoy se iba aproximando, se converta
en enorme llamarada. Se detuvo el tren y desde el vagn en que viajaba
se perciba fuerte calor producido por el incendio de la estacin que
aun se encontraba ardiendo.

En ese paradero subi al tren un gran contingente de pasajeros de los
cuales ninguno traa ni un solo bulto de equipaje. Me aproxim despus
que el tren hubo partido,  uno de los que acababan de subir al convoy,
y  mis preguntas me relat lo ocurrido en los trminos siguientes:

A la 1 y 20 de esta tarde se encontraban todos los tranquilos habitantes
de este pequeo pueblo ocupados en sus habituales tareas, cuando se
oyeron gritos por la parte llamada "El Palmar". Nadie al principio crey
lo que momentos despus haban de presenciar. Un grupo compuesto por
unos ciento cincuenta hombres, entr en el poblado  los gritos de
"viva el Partido Independiente! vivan los negros!", produciendo entre
los pacficos vecinos enorme pnico, el que fu en aumento al ver la
primera accin de los asaltantes, que fu impregnar con petrleo la
estacin del ferrocarril, incendindola despus. El telegrafista, que
trat de sacar varios muebles de su propiedad fu maltratado por los
facciosos, que le propinaron planazos con sus paraguayos. Mientras arda
la estacin del ferrocarril, los asaltantes se encaminaron  varios
establecimientos, saquendolos; y despus les pegaban fuego por los
cuatro costados. La misma suerte corrieron las casas de los blancos:
todas fueron asaltadas y robadas y el cabecilla que mandaba los
foragidos hubo de amenazar  un joven que se encontraba en la tienda de
Fernando Campo, dicindole que por cada negro que cayese ellos
"arreglaran"  dos blancos. Despus este cabecilla, que dicen nombrarse
Ducauron, orden y as se hizo, que fuera incendiada una bscula de
pesar caa all instalada. Terminada esta operacin, un corneta dej oir
un toque muy breve que fu la seal de retirada. Todos  una abandonaron
la poblacin, no sin llevarse catorce cerdos de una pobre mujer, que
estaban en un corral, dispuestos para ser embarcados.

La nica bodega que respetaron los rebeldes fu la de Marcelino Gmez,
que segn se deca en el puebla haba dado  los alzados trescientos
pesos para que le fuera respetada su propiedad.

No haban transcurrido quince minutos desde que los alzados abandonaron
la poblacin, cuando lleg un escuadrn de la guardia rural, el cual se
dispona  perseguir  los incendiarios en momentos en que llegaba un
tren conduciendo cien hombres de artillera de costas. A uno de los
rurales hubo de escaprsele un tiro, y la fuerza que vena en el
tren--creyndose atacada--se lanz del coche y  no ser por haberse
adelantado el capitn del escuadrn y advertdo  los del tren que era
fuerza leal, se hubiera tenido que lamentar una funesta desgracia.

La caballera sali en persecucin de los foragidos, regresando al lugar
de partida los cien hombres de la artillera. Los independientes
siguieron en direccin  las lomas, quemando todas las casas que
encontraban  su paso, entre ellas el pequeo poblado de Benito, donde
despus de emborracharse en las tres cantinas que all existan, les
hicieron correr la misma suerte que al resto de las casas.

Ahora, como puede usted ver, termin mi comunicante, todos los que
habitbamos en "Carrera Larga" y sus alrededores los abandonamos para ir
 pasar miserias y penalidades  Guantnamo; pero en llegando all, como
si fusemos uno, empuaremos el rifle para vengarnos del inmenso dao
que esos foragidos nos han causado.

Hablando en la noche de hoy con el coronel Carlos Machado, comandante
militar de esta plaza, me manifest que las fuerzas americanas que han
desembarcado en esta poblacin y que custodian las propiedades
extranjeras, obran con la mayor prudencia en todos los casos,
limitndose  custodiar los intereses de sus conciudadanos. Tambin me
hizo saber que en una reunin celebrada en la tarde de hoy, los
veteranos de sta, en nmero de cuatrocientos, y sin distincin alguna
de razas, le haban ofrecido su concurso, pidindole armas para salir 
operaciones.

Es verdaderamente extrao lo que ocurre con los partidas alzadas en
armas. Desaparecen como si la tierra las hubiera sepultado, perdindose
el rastro de los ncleos ms importantes, en los caminos, y de tarde en
tarde un grupo incendia un indefenso poblado,  asalta una cantina;
salen las tropas en su persecucin y siguiendo la huella que sus
caballos dejan en el lodo, llegan por lo regular  un lugar donde esas
huellas se multiplican tomando distintas direcciones, y dejan indeciso y
sin saber qu rumbo tomar al jefe de la columna. Todo esto hace que se
prolongue este movimiento que tanto perjudica  Cuba.

Entre tanto la ley marcial ha sido promulgada y las medidas enrgicas
por parte de las tropas hacen concebir esperanzas de que esta situacin
no ha de prolongarse mucho tiempo.




XII

COMO SE PRESENTO LACOSTE


Eugenio Lacoste es un mulato, hijo de franceses, que se encuentra
paraltico desde los 18 aos de edad, contando en la actualidad unos
cuarenta y cinco aos.

Es hombre de regular cultura, y su influencia entre los negros de este
trmino municipal es generalmente reconocida, pues en muchas ocasiones
ha hecho triunfar en Guantnamo  los distintos partidos polticos  que
ha pertenecido, trayendo  votar centenares de hombres que lo seguan
ciegamente. En las ltimas elecciones presidenciales fu uno de los ms
entusiastas defensores de la candidatura del General Gmez, procurndole
gran cantidad de votos. Desde que comenzaron  propagarse las doctrinas
del Partido Independiente de Color, fu Lacoste uno de los principales,
si no el principal jefe del Partido, pues nada se haca sin contar con
su previa aprobacin; dedicando  la propaganda del mismo todo su empeo
y hasta su dinero, pues posee una mediana fortuna como dueo que es de
una regular extensin de tierras sembradas de caf en las inmediaciones
de Guantnamo, que son conocidas con el nombre de "Dios y ayuda".

Ya haba salido das antes el comandante Rafael del Castillo en
persecucin de Lacoste, y seguramente lo hubiera capturado, si no
hubiera recibido orden de regresar inmediatamente  Guantnamo, lo que
motiv que el valiente comandante tuviera que aplazar todas las
operaciones hasta su regreso.

El da 10 sali nuevamente el comandante Castillo en persecucin de
Lacoste, quien segn confidencias se encontraba internado en Yateras,
lugar que se encuentra en el centro de unas cordilleras de montaas
inaccesibles, y al cual solo puede llegarse dando enormes rodeos por
infernales caminos.

Desde que la columna Castillo entr por el lugar llamado Boquern,
comenz el tiroteo de los rebeldes. Estos, acostumbrados  que las
columnas espaolas cuando la guerra de Independencia, para atravesar
aquellos caminos tenan que ir protegidas por el fuego de la artillera,
se crean inexpugnables en aquellas fortalezas naturales, y sostuvieron
largo rato el fuego; pero pronto abandonaron sus posiciones,
entregndose una vez ms  su sport favorito: correr para ponerse 
prudencial distancia de las balas del ejrcito.

Durante todo el camino la columna Castillo fu hostilizada por pequeos
grupos de alzados, que internados en el centro de los ms fragosos
montes disparaban sus armas sin que pudieran ser vistos. En ms de una
ocasin salieron  batir esas partidas pequeo ncleos de fuerzas, al
mando de los tenientes Cruz, Estvez, Delgado, Sacramento, Baster y
Betancourt, los cuales procuraban acercarse todo lo que era posible 
las lomas en que las partidas tenan sus campamentos, y desde all les
hacan fuego, producindoles siempre algunas bajas.

Tambin el pelotn de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y el
cabo Fif, prest excelentes servicios, demostrando una resistencia y un
valor extraordinarios.

       *       *       *       *       *

Haca dos das que nos encontrbamos acampados en Guayabal de Yateras,
clebre por sus indios y su caf. Estbamos sobre el rastro de Lacoste,
 quien ya se le haban capturado cuatro acmilas cargadas con vveres,
medicinas y otros efectos. A todas horas del da y de la noche salan y
entraban en nuestro campamento pelotones de infantera, los cuales se
internaban en el monte repartidos en pequeos grupos, buscando al
titulado Gobernador de Oriente Eugenio Lacoste. Tal era la activa
persecucin que se le haca, que el da 14 recibi el comandante
Castillo una esquela firmada por Lacoste, en la cual le manifestaba que
estaba incondicionalmente  su disposicin; comisionando entonces el
comandante Castillo al teniente Estvez para que fuese  buscar al
"Tullido", nombre por el cual se conoce generalmente  Lacoste, al lugar
en que el que trajo el papel le indicara. Una hora despus, y bajo
torrencial aguacero, era conducido Lacoste, en una hamaca, atada  una
vara y llevado en hombros por los soldados,  presencia del comandante
Castillo, quien lo envi  una casa para que estuviera ms cmodo. A
Lacoste le acompaaban su esposa y una nia.

Al da siguiente muy de maana emprendimos la marcha de regreso,
convencindome una vez ms del buen espritu de nuestros soldados y de
la resistencia que tienen, pues ninguno daba seales de fatiga, no
obstante haber recorrido doce leguas en menos de diez horas.

       *       *       *       *       *

A nuestra llegada  Jamaica, la entrada de la poblacin se encontraba
materialmente repleta de vecinos que llenos de curiosidad, preguntaban 
los soldados "dnde vena el 'tullo'". De todas las casas salan 
verlo, y el pequeo pueblecito pareca que se encontraba de fiesta. La
importante casa comercial "La Princesa", de Gonzlez y Hnos., obsequi
al comandante Castillo y oficiales con una suculenta comida,
celebrando--segn all se deca--el comienzo de la paz, pues Lacoste era
el que haba armado el _revolico_.

Al igual que en Jamaica, la villa de Guantnamo estaba animadsima. Hubo
necesidad de adoptar ciertas precauciones, pues corran rumores, segn
pude enterarme despus, de que iban  linchar  Lacoste,  su paso por
las calles de la poblacin.

El Cuartel de la Rural,  donde fu conducido Lacoste, estuvo todo el
da rodeado de curiosos que deseaban verlo antes de que fuera trasladado
 Santiago de Cuba.

Lacoste prest declaracin ante el comandante auditor de la Guardia
Rural, seor Sardias, quien estuvo durante dos horas interrogndolo.

Ha producido tan buen efecto la captura de Lacoste, que el comandante
Castillo ha sido muy agasajado, no solo por sus compaeros, sino por los
particulares y el Ayuntamiento, el cual dedic una velada en su honor.
El cuerpo de Bomberos obsequi con una recepcin al valiente militar,
que ha sabido con exquisito tacto atraerse la confianza y las simpatas
de toda esta comarca, que v en l  su heroico defensor.

Lacoste ha enviado varias cartas  las personas alzadas, recomendndoles
vuelvan  la legalidad, pues la protesta armada ha degenerado en guerra
y sta ha fracasado.




XIII

LA ODISEA DE UN GALLEGO


Era Manuel Ferreiro un laborioso trabajador de las minas de Daiquir, el
cual posea un carro y varias parejas de mulos, que ocupaba en el
transporte de mineral, con lo que libraba la subsistencia holgadamente.
Tena, adems, algunos ahorros, que le facilitaran en poca no lejana
realizar su sueo dorado: regresar  su pas natal, para pasar el resto
de sus das en una posicin relativamente cmoda.

Pero al alzarse en armas los independientes de color y poner en prctica
todos los recursos que el estar fuera de la ley les proporcionaba, un
da acamparon las fuerzas de Ivonet por las inmediaciones de Daiquir, y
como consecuencia se llevaron todo lo que  su paso encontraron,
inclusive las mulas del buen Ferreiro. Este, desesperado por el robo que
acababan de hacerle, que constitua todo su caudal y la fuente de sus
ingresos, no se resign  perder sus animales y se dispuso 
recuperarlos.

Al da siguiente tom el camino del lugar por donde los alzados haban
salido, y dos das despus se encontr con una partida que utilizaba sus
mulas como acmilas, para cargar los efectos procedentes de los saqueos
de las bodegas y cantinas. Ferreiro rog, suplic y hasta lleg 
amenazarles para que le entregaran sus mulos; pero todo fu intil. El
que funga de jefe le dijo que para que sus mulas le fueran devueltas
era preciso una orden del "mayor general" Ivonet, sin cuyo requisito
nada lograra Ferreiro, que es hombre tenaz, decidi seguir en busca de
Ivonet, acompaado de la partida. Entrada la noche, y en momentos que
todo pareca encontrarse tranquilo y que todos se disponan  descansar
de las fatigas del camino, tuvieron que desistir de su propsito, pues
haba llegado al campamento un confidente participando que fuerzas del
gobierno venan  sorprenderlos, en vista de lo cual, el que mandaba
aquella horda, orden rpida marcha para ponerse fuera de peligro.

Aquello produjo en Ferreiro deplorable efecto, puesto que de hecho se
encontraba en idntica situacin legal que los alzados; y concibi la
idea de retroceder lo andado, comunicndole su decisin al gener. Este,
que no particip de la manera de pensar del galaico, le oblig 
continuar con la partida.

Dos das consecutivos anduvo Ferreiro atravesando montes, durmiendo
sobre yaguas en el suelo y pasando mil penalidades, hasta que al fin
llegaron al campamento de Ivonet cerca del poblado de Yerba de Guinea.
No perdi tiempo Ferreiro, y acto seguido encaminse al lugar en que le
haban dicho que se encontraba el "mayor general", exponindole su
penosa situacin al hallarse sin los mulos y rogndole que se los
devolviera, pues ellos eran el producto de muchos aos de trabajos y
privaciones. Ivonet prometi devolvrselos, y Ferreiro, con la alegra
natural del que logra su objeto, se dispona  buscarlos, cuando fu
visto por un "coronel" que haba sido su compaero de trabajo cuando aun
no posea los mulos, y trabajaba en la colocacin de barrenos de
dinamita para perforar las galeras de la mina.

Entregado Ferreiro  sus recuerdos de aquella poca, fu llamado por el
"general", quien le pregunt si saba manejar los petardos de dinamita,
 lo que respondi afirmativamente. Entonces Ivonet llam  un tal
Ducoureau, dicindole:

"Lleve al seor al lugar en que se encuentra acampada la 'artillera' y
dgale  Sabori que he nombrado  este blanco Jefe de la Artillera del
Ejrcito Reivindicador."

Ferreiro qued confuso, anonadado. Jefe de artillera l, que no saba
ni qu forma tena una granada, ni jams haba visto de cerca un can?
No obstante, dirigise con su acompaamiento sin replicar nada, y
despus de andar un trayecto como de cuatrocientos metros, llegaron al
lugar en que la artillera se encontraba.

Ferreiro no cesaba de dirigir miradas  su alrededor, buscando los
caones que deba manejar; pero stos no parecan. Los tendran
escondidos  quizs para ms seguridad los habran enterrado, pensaba el
nuevo jefe de artillera.

Al fin se le acerc Sabori, dicindole: "Ah tiene usted cuatro cajas
de dinamita y una de fulminantes y mechas. Para cuidarlas tiene 20
hombres, y para su transporte cinco caballos. Hasta luego, coronel".

Ferreiro se estremeci. Le haban llamado "coronel", y esto le alegraba,
al darle una dignidad con la que jams haba soado, y por el momento
lleg  tomar su papel en serio.

Examin las cajas que contenan la dinamita, y di algunas instrucciones
 los hombres  sus rdenes.

Al caer la tarde la partida se puso en marcha, y Ferreiro sobre un
caballejo, iba orgulloso al frente de su artillera, regalndose los
odos cada vez que lo llamaban "coronel".

Pero lleg un da en que, estando acampados en Jarahueca, las tropas al
mando del coronel Valiente y el capitn Amiell batieron rudamente  la
partida, y aquello fu un "slvese quien pueda", por lo que Ferreiro
decidi abandonar su alta jerarqua militar y volver otra vez  la
legalidad, realizndolo dos das despus  unas seis leguas de
Guantnamo, y presentndose acto seguido  las autoridades militares de
esta villa,  las cuales hizo el relato de su odisea.

Hoy Ferreiro goza de libertad, y ansa el momento de que estos sucesos
terminen, para volver  su trabajo, con la esperanza de realizar sus
doradas ilusiones.




XIV

LA NOCHE TRAGICA DE LA MAYA

_Santiago de Cuba, junio 2, 1912._


Acabo de llegar  esta hermosa y patritica ciudad, despus de visitar
La Maya,  hablando con ms propiedad, el montn informe de humeantes
ruinas que seala el sitio en que se levant ese poblado, uno de los ms
bellos y pintorescos de esta regin, que alguien, con mucho acierto, ha
llamado "la Suiza Cubana".

Porque La Maya no existe ya; ha desaparecido devorada por las llamas
entre torbellinos de humo y torrentes de lgrimas. Ha sido si n la
primera, la ms importante vctima del criminal alzamiento, y sobre sus
escombros, en medio del llanto de las mujeres y las maldiciones de los
hombres, han jurado los cubanos guerra sin cuartel  los infames
perpetradores del horrendo crimen, que deja en la miseria  tantos
desgraciados.

Era ya tarde, ms de las once de la noche, y yo me encontraba
departiendo con un grupo de jvenes oficiales en el cuartel de la
Guardia Rural de San Luis, cuando se present un ordenanza, que traa un
telegrama urgente para el General Pablo Mendieta.

Como ste se haba ya retirado  descansar, su Jefe de Estado Mayor, el
Teniente Coronel Varona, rasg el sobre, y tan pronto como se hubo
enterado del contenido del despacho, se puso en pie de un salto y
orden que le trajeran su caballo, partiendo inmediatamente  galope,
acompaado del capitn Garca Vega.

Largo rato permanecieron ambos oficiales en las oficinas telegrficas,
enviando y recibiendo mensajes, y durante ese tiempo, y  fuerza de
preguntar, logr saber que una partida rebelde estaba incendiando el
poblado de La Maya, y que se haban comunicado rdenes al comandante
Julio Sanguily, que con su columna se hallaba en las inmediaciones de
Songo, de acudir inmediatamente al pueblo atacado.

No tard en aparecer en el horizonte un resplandor rojizo que fu poco 
poco extendindose, y pronto enormes llamaradas nos indicaron con toda
precisin el lugar en que se desarrollaba el sangriento drama.

"La Maya est ardiendo!", se gritaba por todas partes; y era
desgarrador el espectculo que ofrecan los pacficos habitantes de San
Luis, muchos de los cuales tienen parientes y amigos en el pueblo
incendiado. Los infelices asaltaron la oficina del telgrafo, y con
splicas y amenazas pedan noticias de los seres queridos.

A las seis y diez de la maana, y aprovechando el primer tren que parte
de San Luis, sal con direccin  La Maya. En Dos Caminos, primera
estacin en que nos detuvimos, subieron al tren algunas familias, que,
noticiosas de lo ocurrido en La Maya, se apresuraban  refugiarse en
Santiago.

Despus hizo una nueva parada el convoy en la estacin de El Cristo, y
all se tom mucho pasaje, particularmente mujeres, nios y
norteamericanos.

En El Cristo cambi yo de tren, y pocos minutos despus corra en
direccin al destruido poblado.

Pocos eran los pasajeros que conmigo hacan el triste viaje, y hasta
Songo fu solo. En este pueblo subieron al vagn muchos viajeros, y pude
observar que los vecinos del lugar hacan preparativos para abandonar
sus hogares.

La poblacin estaba alarmadsima.

Pocos minutos despus de salir de Songo, el silbato de la locomotora nos
indic que nos aproximbamos  una estacin. Pregunt al conductor, y me
respondi que bamos  llegar  La Maya.

Corr  la plataforma delantera y trat de descubrir las casas del
poblado; pero por ms esfuerzos que hice no pude percibir ni una sola
vivienda, ni nada que revelase la existencia de un lugar habitado.

Por fin, el tren se detuvo, y salt  tierra.

Qu horrible sensacin! Aquel poblado tan bello, tan potico, con sus
casitas blancas, todas iguales, cubiertas de techos de zinc, limpias y
resplandeciente, que tan agradable impresin me causara pocos das
antes, al pasar por all con la columna del General Mendieta, haba
desaparecido, y solo algunos montones de ruinas negras y humeantes,
sealaban el sitio en que se alz La Maya.

Las pocas casas que quedaban en pie estaban habitadas por familias
pertenecientes  la raza negra. Por lo que hace  las casas de los
blancos, todas haban sido destrudas, con una sola excepcin, la
ocupada por la farmacia "El Dispensario", que no ardio, probablemente,
por su slida construccin de mampostera y ladrillos.

En este sitio se hallaban reunidas casi todas las familias de la
localidad; hombres, mujeres y nios, medio desnudos y que presentaban un
aspecto de miseria y duelo imposible de expresar.

Qu terrible espectculo! Yo he sentido  su vista nacer en mi corazn
un insaciable deseo de venganza; y ahora, por vez primera, me explico
que los soldados de Mendieta, en el combate de Yarayabo, lanzaran
exclamaciones de jbilo, cada vez que una granada haca volar en todas
direcciones fragmentos de carne humana.

Todas las familias se trasladaron al tren, que resultaba pequeo para
conducir  tanta gente, y yo me dediqu  recorrer las distintas calles
del destrudo casero.

Algunos hombres  quienes encontr, se prestaron  facilitarme detalles
del doloroso acontecimiento; y all van los que he podido recoger. La
pluma se resiste  describir ciertos sucesos, y hay momentos en que esta
profesin de periodista, tan bella en otros aspectos, resulta una carga
insoportable.

Seran las nueve y 25 de la noche, cuando se oyeron por el lado sur del
poblado, repetidos disparos de rifle, que produjeron la consiguiente
alarma en la poblacin. Es de advertir que el lugar de donde partan las
detonaciones, conocido con el nombre de "El Platanillo," serva de
campamento  una partida rebelde,  la que, durante la tarde, haba
salido  batir el capitn Cosso, quien al salir de La Maya, dej
encomendada la defensa del poblado, al cabo Angulo, de la Guardia
Rural, con seis nmeros.

Esta circunstancia hizo creer en los primeros momentos, que el fuego que
se senta provena de alguna escaramuza que libraba con los rebeldes el
citado capitn Cosso, y jzguese, pues, de la sorpresa de los
defensores de La Maya, cuando sbitamente los alzados se presentaron por
el extremo opuesto, atacando resueltamente el cuartel de la Rural.

El cabo Angulo y sus guardias se defendieron heroicamente; pero todo su
heroismo no fu bastante  impedir que las hordas de facinerosos que los
atacaban, validos de su inmensa superioridad numrica, lograsen
aproximarse al Cuartel, que pronto se vi envuelto en llamas, al empezar
 arder el edificio de Correos y Telgrafos, que era de reciente
construccin, y ofreca excelente pasto  la candela.

Los valientes defensores de La Maya tuvieron entonces que abandonar el
cuartel, y para lograrlo se vieron precisados  abrirse paso  viva
fuerza  travs de las masas de alzados.

Juan Formosa, Feliciano Santiesteban, Pastor Prez y Carlos Tom, que
as se llamaban los cuatro rurales, y el valiente cabo Angulo se han
hecho acreedores  una recompensa, y muy particularmente Carlos Tom,
ltimo que se retir, despus de batirse cuerpo  cuerpo con un
formidable negro que se haba apoderado de la bandera nacional que se
guardaba en una de las habitaciones del cuartel, y la cual consigui
rescatar el valeroso guardia.

Al mismo tiempo, tambin se recrudeca el fuego por la calle del
Comercio, donde un hombre de la raza de color, el valiente Pablo
Correoso, al frente de un pelotn de voluntarios, se bata
desesperadamente con los invasores.

De pronto empez  arder el pueblo por los cuatro costados; los heroicos
defensores, abrumados por el nmero tuvieron que retirarse; ces la
resistencia, y entonces, oh, entonces! aquella masa de ochocientos
foragidos que capitaneaba Ivonet en persona, entregose  las delicias
del triunfo!

La escena que se desarroll en La Maya no es para descripta. Sin hacer
el menor caso del llanto de los nios, ni de las splicas de las
mujeres, aquellos desalmados se entregaron al saqueo. Nada respetaron, y
haciendo del incendio un complemento del robo, bien pronto convirtieron
aquel apacible y floreciente lugar en un verdadero infierno.

Grupo de hombres, medio desnudos y blandiendo los machetes y las teas,
penetraban en los hogares lanzando feroces gritos de Vivan los negros!,
mueran los blancos!, y todas aquellas personas que intentaban oponer la
ms leve resistencia, eran maltratadas.

Al farmacutico Duvierti le obligaron, ponindole los rifles al pecho, 
entregar todo el dinero que posea, y lo mismo hicieron con los dueos y
dependientes de las casas mercantiles de Celedonio Gmez, Mancebo Hno.,
Isidoro Campa, Cuciri y Co., J. Servet y otras muchas.

Una nota cmica, al par que repugnante, del saqueo de La Maya, fu sin
duda la que ofrecieron las mujeres negras que acompaaban  los alzados,
las cuales, con un refinamiento de coquetera verdaderamente salvaje,
penetraban en los establecimientos y casas particulares, y haciendo caso
omiso de otro botn ms valioso, se apoderaban con avidez de los frascos
de perfume, que destapaban de cualquier modo, y vertan el contenido de
los mismos sobre sus cuerpos sudorosos y jadeantes.

A un dependiente del establecimiento de Celedonio Gmez le dijo Ivonet
las siguientes palabras:

"Dile  Pablo Correoso, que lo estoy buscando para darle machete. Hoy ha
sido La Maya; pronto les tocar  Songo y El Cristo".

Cuando ms contentos estaban los alzados, lleg un confidente, no se
sabe de dnde, y manifest  Ivonet que una columna de Infantera, al
mando del comandante Sanguily, avanzaba  marchas forzadas sobre La
Maya, y que sus exploradores estaban ya muy cerca del poblado.

No esper el cabecilla  que le repitieran el aviso y dando gritos de
"Pronto, muchachos, que viene la infantera!", abandon el horrible
teatro de su "hazaa", seguido de sus ochocientos partidarios, que se
retiraron en pos de su jefe con direccin  La Prueba.

Hoy han llegado  Santiago de Cuba multitud de familias, vctimas de La
Maya. El aspecto de los desgraciados fugitivos inspira lstima, y hace
nacer en el corazn vehementes deseos de venganza....




XV

NUESTROS BRAVOS SOLDADITOS


Dejemos  los alzados en sus montaas, y  los americanos en sus
acorazados, y sus guarniciones, y dediquemos algunas frases de
admiracin y cario  nuestros heroicos soldados, que bien lo merecen.

Hablemos, en otras palabras, de algo que  todos por igual nos interesa
y nos atae; de algo que debemos anteponer  nuestras ambiciones
personales y  nuestras opiniones polticas: hablemos, para
glorificarlo, del inimitable ejrcito cubano, sangre de nuestra sangre,
orgullo de la patria y sostn y garanta de nuestras instituciones.

Los que aqu, en la soberbia capital, solo conocen de las operaciones
militares los partes y relatos que publica la prensa peridica; los que
solo han visto  nuestras tropas en las maniobras y ejercicios de
Columbia y en las paradas y revistas del Malecn, no pueden tener una
idea de todo lo que representa, de todo lo que significa y de todo lo
que vale nuestro admirable ejrcito.

Esos oficiales tan inteligentes, tan correctos, tan irreprochables, y
esos soldados tan alegres, tan ordenados, tan pulcros, que estbamos
acostumbrados  ver en los restaurants, en los cafs, en los teatros y
en los paseos de nuestra bella ciudad capitalina, marchan hoy,
resueltos, animosos, decididos, indomables, por las abruptas montaas
del Oriente, recorriendo distancias enormes, atravesando valles y
caadas, salvando espantosos precipicios; y siempre firmes, siempre
ardorosos, siempre entusiastas, insensibles  la fatiga, inconmovibles
ante el peligro, solo tienen una ambicin: vencer, y un solo
pensamiento: mostrarse dignos de la confianza en ellos depositada.

Yo acabo de verles en accin y en ciertas ocasiones he tenido el honor
de acompaarles  traves de esas horribles  inhospitalarias montaas,
donde la muerte permanece en acecho constante, donde detrs de cada roca
puede hallarse en emboscada el plomo traidor, y donde cada soplo de
viento parece un gemido de dolor cuando no un rugido de amenaza.

All todo es hstil, hasta el aire que se respira: tan pronto como se
pierde de vista la ciudad y empieza el interminable y cada vez ms
escabroso camino de la sierra, se experimenta esa sensacin de malestar
que produce siempre la cercana del peligro: los rboles, los peascos,
la selva virgen, el boscaje enmaraado, el negro abismo que obliga 
cerrar los ojos para sustraerse al vrtigo... y la soledad, la horrible
y angustiosa soledad que oprime el corazn y pueblo el cerebro de
horripilantes imgenes y el alma de tristes presentimientos.

Por all, escalando esos picachos, descendiendo al fondo de esos
desfiladeros, desafiando  cada paso la muerte y mostrandose insensibles
 la fatiga,  las privaciones,  la intemperie,  todo, en fin,
luchando  brazo partido con la naturaleza y con los hombres,
sobreponindose  los sufrimientos fsicos y  las pesadumbres morales,
marchan nuestros bravos soldaditos alegres, orgullosos, indomables, con
el mismo orden, la misma correccin, y la misma disciplina, que si solo
se tratase de unas maniobras y no de una campaa que no tiene para ellos
ni siquiera el aliciente de la gloria militar, por la despreciable
calidad del enemigo.

Oh!...; yo no puedo sustraerme  un sentimiento de admiracin sincera;
yo no puedo ahogar en mi garganta el grito de entusiasmo que brota de mi
pecho extremecido: Viva el Ejrcito!

Nada importa que nuestras convicciones polticas nos inclinen  censurar
 aplaudir  los hombres que rigen los destinos de la patria; nada
importa que militemos en tal  cual partido: en momentos como este y en
presencia de espectculos tan hermosos, solo podemos y debemos sentirnos
cubanos. El ejrcito no pertenece  ningn grupo ni defiende
determinadas aspiraciones: pertenece  todos, es nuestro, muy nuestro, y
todos debemos unirnos, olvidando agravios y recelos, para tributarle el
homenaje que merece.

Esos soldados que tan bizarramente luchan en las montaas orientales, y
que han arrancado aplausos y elogios  los representantes extranjeros y
 los mismos jefes y oficiales del ejrcito americano, son acreedores 
los honores del triunfo y el pueblo cubano no desea otra cosa que
acordrselos.

Los habaneros, especialmente, que les ovacionaron al partir quieren
ovacionarlos  su regreso.

Qu bello espectculo ofrecera ese ejrcito vencedor al desfilar por
las calles de la capital bajo arcos de triunfo y en medio de vtores y
aclamaciones! Cmo se sentira confortada el alma cubana, el alma
nacional, en presencia de ese abrazo fraternal que sellara para siempre
el pacto de solidaridad entre el ejrcito y el pueblo!

Sera una rfaga, un chispazo, un brote que acaso no tardara en
extinguirse; pero por breve que fuese la visin, viviramos, siquiera
durante algunos instantes, vida cubana; nos olvidaramos del escabroso
presente para recordar el glorioso pasado y mirar de frente con
seguridad, con confianza, el incierto porvenir.




XVI

HONOR A QUIEN HONOR SE DEBE


El Mayor General Jos de Jess Monteagudo, comandante en Jefe del
Ejrcito de la Repblica, puede en justicia sentirse orgulloso y
satisfecho de haber logrado lo que ningn general europeo ni americano
pudo jams lograr: aplastar en poco tiempo una revolucin de
guerrilleros montaeses que se negaban sistemticamente  combatir.

Los franceses vencieron en Argelia, y los ingleses en el Transvaal y los
americanos en Filipinas, porque tanto los argelinos, como los boers y
los tagalos aceptaban con frecuencia las batallas, y en no pocos casos
hasta se atrevan  provocarlas.

En cambio los espaoles jams pudieron vencer  los cubanos, por la
sencilla razn de que la famosa _tctica mambisa_ de los libertadores,
resultaba un problema demasiado complicado para los generales y soldados
peninsulares, que no obstante sus esfuerzos slo conseguan encontrar al
enemigo cuando ste lo tena por conveniente.

En campaas de la ndole de las que invariablemente se han librado en
Cuba, cuanto ms perfecta sea la organizacin del ejrcito leal, ms
seguros del xito pueden estar los rebeldes. La disciplina, la tctica,
la estrategia, el espritu de cuerpo y casi, casi, estamos por decir que
hasta el valor colectivo, nada representan ni nada valen, y en no pocos
casos resultan otros tantos obstculos.

Esto, precisamente, nos hizo temer, al iniciarse la rebelin
estenocista, que los esfuerzos de las tropas regulares, enviadas desde
esta capital para combatir  los alzados, se estrellaran contra el
sistema de guerrillas que, sin duda, adoptaran los jefes de la
rebelin.

Porque el ejrcito cubano es (y esto conviene que se sepa) uno de los
ms brillantes y completos que existen, por lo que respecta 
organizacin,  disciplina,  todo, en fin, lo que caracteriza  los
ejrcitos regulares.

Compuesto en su inmensa mayora de jefes, oficiales y soldados punto
menos que improvisados, adquiri en breve tiempo un grado tal de
perfeccionamiento, que los mismos oficiales americanos que completaron
su instruccin (los capitanes Catley y Parker) se mostraron admiradores
de la sorprendente facilidad con que esos hombres, muchos de los cuales
no haban visto nunca un fusil moderno, se adaptaban al riguroso rgimen
militar que se les impona.

Tanto los artilleros, como los infantes y los admirables jinetes del
Tercio Tctico de Caballera de la Guardia Rural, se convirtieron en
menos de tres aos en verdaderos soldados, no inferiores en modo alguno
 los de las primeras potencias militares de la vieja Europa.

Sin que el patriotismo nos ciegue, podemos asegurar que el Ejrcito de
la Repblica de Cuba, dotado de los ms eficaces v modernos armamentos
 instrudo de acuerdo con el sistema americano (que no reconoce
superior en la prctica) puede sufrir ventajosamente cualquier
comparacin  que quiera sometrsele.

Pero como antes decimos, estas mismas brillantes cualidades, ese
perfeccionamiento, ese carcter de "ejrcito regular" que le distingue,
eran para nosotros otros tantos motivos de duda. Nos parecan nuestros
soldados (digmoslo en una palabra) _demasiado regulares_ para luchar
sin desventaja con las hordas salvajes que infestaban las serranas
orientales.

Y he aqu lo ms admirable, lo que para nosotros, testigos presenciales
de la cruenta campaa, constituye el ms hermoso timbre de gloria con
cuya posesin pueden envanecerse las tropas cubanas: esos soldados,
instrudos para operar en grandes ncleos, para dar batallas campales,
para batirse en campo abierto, esos soldados, que por las lecciones que
recibieron solo parecan capaces de hacer lo que podramos llamar "la
guerra seria", han demostrado que, llegado el momento, cuando las
circunstancias as lo exigen, pueden y saben hacer la guerra irregular;
que para ellos las formaciones en columna, los brillantes despliegues,
las lneas estratgicas, las cargas por escuadrones, las retiradas
escalonadas, los fuegos de "boleo", las postas cosacas; y hasta las
tiendas de campaa y los zapatos solo tienen un valor relativo.

De injustos pecaramos, sin embargo, si no tributsemos, al mismo tiempo
que  los soldados, un elogio entusistico v merecido al hombre que con
su firmeza de carcter, su inagotable valor moral y sus vastos
conocimientos prcticos de militar veterano y experimentado, supo
conducir  buen fin una campaa que, por su ndole, amenazaba con
prolongarse indefinidamente, despus de cansar al pas irreparables
daos.

El Mayor General Jos de Jess Monteagudo,  quien hoy, cuando no
existen ya Gmez, Maceo ni Garca, no vacilamos en llamar _el primer
guerrillero del mundo_, se ha hecho acreedor no slo  la gratitud de su
pueblo, sino  los plcemes sinceros de la crtica. Ha dirigido las
operaciones con verdadero genio, revelndose en todas ocasiones como un
militar de talla, para quien la guerra de montaas no guarda secreto
alguno.

Cuando,  raz del incendio de Ramn de las Yaguas, las partidas
rebeldes emprendieron la retirada hacia Mayar Arriba, el General
Monteagudo, en vez de lanzar en seguimiento de los alzados grandes
contingentes de tropas, se limit  situar fuerzas en los mismos parajes
que el enemigo acababa de visitar. Uno de los autores de este libro, al
darse cuenta de ello, y extrandole sobre manera la conducta observada
por el general en Jefe, se permiti llamarle la atencin: el General,
con su inalterable calma (esa calma que nunca le abandona) sonrise
benvolamente y pronunci estas palabras, reveladoras de un espritu de
observacin profundo y de una sagacidad sorprendente: _Yo soy_, dijo,
_antes que nada y por encima de todo, un general mamb; y por lo mismo
s cmo piensan y obran los mambises, cuya tctica se reduce  dar
grandes rodeos, para volver siempre, ms tarde  ms temprano, al punto
de partida. Por esta razn, estoy convencido de que Ivonet y Estenoz,
con sus partidas, volvern  Ramn de las Yaguas, , por lo menos,
intentarn hacerlo. Este es el motivo por el cual estoy tomando todas
las medidas del caso, para recibirlos dignamente  su regreso, si es que
logran regresar, pues como tengo mis motivos para presumir la ruta que
se proponen seguir, he situado tambin algunas columnas en el camino
que, segn mis clculos, intentan recorrer en su viaje de regreso._

Dos das despus de haber escuchado de labios del General Monteagudo
estas palabras, los rebeldes, rechazados en Sagua de Tnamo por el
valeroso Teniente de la Guardia Rural "Vivn" Rodrguez, tropezaban con
las tropas del teniente coronel Consuegra, que haban sido despachadas
por el Comandante en Jefe, obedeciendo al plan de referencia, y  partir
de ese momento puede decirse que no transcurri un solo da sin que las
partidas, que como lo haba previsto el General intentaban volver 
Ramn de las Yaguas, no sufrieran algn descalabro ms  menos serio.

Un auxiliar en extremo valioso result en esos das (los ms importantes
y decisivos de la campaa) el cuerpo de Voluntarios de Occidente, que al
mando del valiente y prestigioso General Manuel Piedra, prest un
extenso y penossimo servicio de guarnicin sobre la lnea del
ferrocarril del Este (San Luis, Songo La Maya y Guantnamo).

La cooperacin de los voluntarios occidentales fu de gran utilidad, en
primer trmino, porque gracias  ellos pudo destinarse  la persecucin
activa de los rebeldes un respetable contingente de tropas regulares,
que de otro modo hubieran tenido que ser empleadas en guarnecer los
poblados, caseros y estaciones ferroviarias, que, de manera tan eficaz,
guarnecieron aqullos.

Es indudable, sin embargo, que, despus del General en Jefe, la figura
ms saliente de la campaa de Oriente ha sido la del Brigadier Pablo
Mendieta. De los primeros en llegar, al teatro de las operaciones, este
bizarro militar tuvo la gloria de administrar  los alzados la primera
derrota que sufrieron, en Yarayabo, y posteriormente cpole en suerte
asestar el golpe decisivo  la rebelin, dando muerte  su jefe
principal, al ambicioso Estenoz, en los campos ensangrentados de Micara.

Hemos hecho justicia  los que, por sus grandes merecimientos han tenido
el privilegio de granjearse la eterna gratitud de todo un pueblo; pero
nuestra obra resultara incompleta, si no hiciramos tambin resaltar,
para tributarle el aplauso que merece, la inmensa labor realizada, con
ocasin del movimiento racista, por nuestra naciente marina nacional.

Sin la cooperacin valiossima de nuestras fuerzas martimas, sin la
pericia, el arrojo y la incansable laboriosidad de nuestros hombres de
mar, las operaciones militares no habran sido tan eficaces, las tropas
no hubieran podido moverse, en muchos casos, con la rapidez necesaria y
el costo de la campaa hubiera sido enorme.

En todos, desde los ms altos hasta los ms humildes, desde el General
en Jefe del Ejrcito hasta el ltimo marinero de la escuadra, ha tenido
la Repblica fieles y valiosos auxiliares, y todos, en su esfera
respectiva, se han distinguido por igual.

Y es que en todos alentaba el mismo espritu patritico de los das de
gloria... es que en el pecho de todos lata el corazn mamb....

       *       *       *       *       *




XVII

EL PADRON DE HONOR

_Las bajas de la campaa_


No ha obtenido el brillante ejrcito de la Repblica su completa y
decisiva victoria sobre las hordas rebeldes que infestaban las montaas
de Oriente, sino  costa de grandes sacrificios  mprobos trabajos.

Las marchas interminables por la sierra, las noches pasadas al raso y
las privaciones de todo gnero que han tenido que sufrir nuestros
soldados, no fueron bastante, sin embargo,  abatir el espritu de esos
bravos luchadores que parecan insensibles  las fatigas corporales.

Pocos casos de enfermedad se han registrado, y sto, al par que  la
resistencia fsica de los soldados hace honor  la administracin
militar del ejrcito.

Por lo que se refiere  las bajas sufridas en combate, pocas fueron,
relativamente; pero de todos modos los cuarentisiete valientes que
derramaron su sangre por la repblica y la paz, son mil veces acreedores
 la gratitud eterna de todos los cubanos.

He aqu una relacin completa de las bajas de la campaa. En ella se
incluyen los nombres de los infelices voluntarios de Occidente que
perecieron, vctimas de la traicin ms horrible.


MUERTOS

    Celestino Mayor.
    Alejandro Marn Pagan.
    Ramn Moya Sotolongo.
    Eliseo Ramrez.
    Jos Llanes.
    Modesto de Armas Caldern.
    Jos Ren.
    Secundino Reyes.
    Abelardo Aragn.
    N. Saavedra.
    Domingo Tamayo.
    Julin Hernndez.
    Antonio Almeida Prez.
    Prudencio Cspedes.
    Felipe Santiago.
    Manuel Mengana Olin.


HERIDOS

    Toms Santos Surez
    Armando Snchez.
    Daro Naranjo.
    Manuel Andreu.
    Encarnacin Alfonso.
    Jos Ignacio Cceres.
    Ramn Izquierdo.
    Esteban Len.
    Jos Prez Zequeira.
    Juan Aguirre.
    Germn Cauce.
    Antonio Plasencia.
    Enrique Salas Prado.
    Fortunato Corts.
    Amador Rodrguez.
    Juan Garzn.
    Juan Snchez Gonzlez.
    Antonio Mendoza.
    Policarpo Garvey.
    Antonio Moio.
    Juan Jos de la Paz.
    Alberto Valentn.
    Eleuterio Verans.
    Luis Llanes Oliva.
    Francisco Martnez.
    Camilo Cuenca.
    Ramn Surez Proenza.
    Nemesio Medina ( Daz)
    Jos Batista.
    Juan Reyes.
    Angel Gara.




XVIII

JUICIO DEL ALZAMIENTO


La convulsin racista toca  su fin. Capturado Gregorio Surn, en
Kentucky; sometido el paraltico Lacoste; muertos Heredia y Zapata y
acosados sin tregua ni descanso Ivonet, Estenoz, Antomarchi y sus
amedrentados compaeros, puede desde luego asegurarse (sin que al
hacerlo nos veamos obligados  exagerar la nota optimista) que el
alzamiento ha perdido ya su carcter poltico, para convertirse en
bandidaje de montaa.

No es ya la Ley Mora lo que preocupa  los directores del movimiento; y
la carta de Evaristo Estenoz al cnsul de los Estados Unidos en
Santiago, prueba que los que hace un mes se lanzaron al campo invocando
los derechos de una raza, se daran por satisfechos hoy-- los treinta
das cabales de iniciado el movimiento--con escapar al plomo y el
machete de sus incansables perseguidores.

Eugenio Lacoste, hoy moribundo en el hospital de Santiago, y que, como
nadie ignora, fu el cerebro de la revolucin, ha declarado que tanto l
como los dems jefes del movimiento acometieron la peligrosa aventura en
la creencia de que el gobierno, en su afn de ahorrarse los y
complicaciones con los americanos, se apresurara  comprar la paz 
cualquier precio; y esto me parece bastante probable; pero lo que ni el
paraltico ni ninguno de los cabecillas prisioneros  presentados dice,
es que la llamada "revolucin racista" no deba limitarse  un chispazo
sin importancia en las Villas y  un alzamiento de fuerza ms aparente
que real en las serranas orientales.

Todo hace creer, por el contrario, que el movimiento armado debi
estallar simultneamente en las seis provincias, lanzando al campo de la
revolucin veinte  treinta mil negros, que antes de ser sometidos
hubieran convertido en ruinas el pas y provocado una nueva y acaso
definitiva intervencin americana.

De tan terrible contingencia nos hemos librado merced al patriotismo de
nuestro pueblo y al valor de nuestros soldados; pero ante todo, debemos
dar gracias  Dios, que hizo tan cobarde  Evaristo Estenoz.

Este ciudadano, que por su osada en la tribuna y por otras causas de
todos conocidas y que por lo mismo no creo necesario mencionar, habase
convertido en "leader" del llamado "Partido Independiente", gozaba de
gran prestigio entre los negros occidentales, pero su influencia en
Oriente no fue nunca comparable  la de Lacoste, Ivonet y otros,
quienes, si bien es verdad que le reconocan como jefe supremo de la
conspiracin que se fraguaba, y estaban dispuestos  secundar el
movimiento, no se comprometieron  ello sino  condicin de que Estenoz
levantase la bandera racista en Occidente, con lo cual, no slo se
obligara  las tropas leales  subdividirse para combatir  los
rebeldes en muchos puntos  la vez, sino que se creara la impresin de
un movimiento unnime desde la Punta de Mais al Cabo de San Antonio.

Los elementos _independientes_ de las Villas y Habana cumplieron al pie
de la letra el compromiso adquirido; y al mismo tiempo que Lacoste, en
Guantnamo, Ivonet en los alrededores de Santiago y Zapata, Pitill y
otros en distintos lugares de Oriente daban el grito de rebelda,
aparecieron pequeas partidas en Sagua, Santo Domingo, Marianao, etc.

Afortunadamente para Cuba, los rebeldes occidentales no tardaron en
desanimarse al observar que su jefe nato, el travieso Estenoz, en vez de
ponerse al frente de los grupos habaneros y villareos--como lo haba
prometido--haba tomado el prudente partido de sublevarse en las
montaas orientales, proclamndose al mismo tiempo "Presidente de la
Repblica", es decir, asumiendo un cargo eminentemente civil,
convirtindose, de hombre de accin en elemento pasivo y llegando  ser
para Ivonet y los suyos una impedimenta intil y peligrosa.

Esta reunin de los tres principales cabecillas entre Guantnamo y
Santiago hizo posible que el gobierno dirigiese todas las tropas de la
Repblica contra un solo punto, lo que no habra ocurrido si Estenoz,
ms arrojado, se hubiera puesto  la cabeza de sus parciales en las
llanuras de Occidente.

La excesiva prudencia del fogoso tribuno racista, ha sido, pues,
providencial para Cuba; pero ha servido, al mismo tiempo (y esto es, 
juicio mo, lo ms grave) para demostrar, primero, que la revolucin que
agoniza era un movimiento de negros contra blancos; segundo, que el
problema de razas ha quedado definitivamente planteado en nuestra
patria, y tercero, que los elementos dispuestos  enarbolar la bandera
negra estn diseminados por todo el territorio de la Repblica, y slo
tienen necesidad de un jefe valiente, enrgico y prestigioso para
volver  las andadas.

No debemos, por tanto, hacernos ilusiones y considerar el triunfo de
nuestros bravos soldados en Oriente como un triunfo definitivo de la
buena causa.

El fracasado alzamiento de Estenoz debe, por el contrario, impulsarnos 
tomar medidas para lo porvenir; debemos, en otras palabras, poner los
medios para impedir un nuevo brote racista que acaso resultara ms
difcil de vencer, pues no siempre tendremos que habrnoslas con jefes
tan prudentes como Estenoz ni con gobiernos americanos tan honrados como
el que en la actualidad rige los destinos de la Gran Repblica.

Yo no abrigo la menor duda sobre el resultado favorable de la campaa
militar en Oriente; pero afirmo con toda la sinceridad de mi alma, que
si por conveniencias polticas,  por lo que sea, llevamos nuestro
optimismo hasta el extremo de hacernos la ilusin de que con el xito
incompleto que estamos obteniendo hemos aplastado para siempre la hidra
del racismo, cometeremos un gravsimo error del que pronto tendremos que
arrepentirnos.




XIX

LA CAPTURA DE SURIN


Una de las notas caractersticas de la campaa librada por las tropas de
la Repblica contra la rebelin racista, ha sido la inflexible energa
con que fueron tratados los revoltosos. Para los principales jefes del
movimiento, sobre todo, no ha habido piedad; las fuerzas leales los han
perseguido sin tregua ni descanso, los han acosado con desesperante
tesn, y cuando han logrado echarles el guante, les han dado muerte sin
misericordia.

Los han tratado, en otras palabras, como se trata en todas partes  los
que se colocan fuera de la ley,  los que atentan contra las
instituciones patrias, y  los que, invocando derechos ms  menos
imaginarios, hacen buen uso del mismo estado de alarma que han creado,
para apoderarse de lo ageno contra la voluntad de su dueo.

Para castigar  los directores de una asonada revolucionaria perjudicial
para los grandes intereses de la comunidad todos los medios son
igualmente aceptables, y tanto da uno como otro; desde el consejo de
guerra sumarsimo hasta la convencional y elstica "ley de fuga".

En Cuba, por razones de nadie desconocidas, no se procedi nunca contra
los revoltosos con bastante energa; y tal vez haya sido esto causa de
que los procedimientos de rigor puestos en planta en esta campaa por
los jefes y oficiales del ejrcito, quienes, dicho sea de paso, se
limitaban  cumplir las rdenes  instrucciones que reciban de sus
superiores, hayan causado general sorpresa y provocado en no pocas
ocasiones censuras y protestas, absolutamente injustificadas en la
inmensa mayora de los casos.

Entre los pocos cabecillas racistas que lograron sustraerse al plomo 
el machete de las tropas, figura en primer trmino Gregorio Surn (hoy
recludo en la Crcel de Santiago de Cuba), y que, como se sabe, cay
prisionero de los valientes rurales del escuadrn "M", del Tercer
Regimiento, en el glorioso combate de Kentucky.

Gregorio Surn, con quien tuvimos oportunidad de departir extensamente 
raz de su captura, es un mulato que representa unos cincuenta aos de
edad, y su aspecto afeminado, acaso tanto como el odio feroz que siempre
ha sentido por la raza blanca, le hace repulsivo y odioso desde el
primer momento.

Este hombre, que fu uno de los ms entusiastas propagandistas de las
doctrinas del llamado "Partido Independiente de Color", recibi de manos
de Estenoz, en pago de sus servicios  la causa negra, el diploma de
Coronel de Estado Mayor, y provisto de este documento, marchaba con la
partida del cabecilla Heredia, al ocurrir la sorpresa de Kentucky, que
vamos  referir suscintamente, y sin ms objeto que satisfacer  las
numerosas personas que nos preguntan todos los das por qu el Teniente
Ortiz no di muerte  Surn.

El Teniente Arsenio Ortiz, oficial valiente, pundonoroso y muy conocedor
de las sierras orientales, operaba con una fuerza mixta de la Rural y
guerrillas; y habiendo sabido por un presentado que la partida de
Heredia se encontraba en un lugar denominado Sitges, levant su
campamento, establecido en la finca "La Cristina", y emprendi marcha
con direccin al sitio expresado.

Cuando la columna de Ortiz hubo andado seis  ocho leguas, comprendi su
animoso jefe que no le sera posible hacerse acompaar de la pequea
fuerza de infantera que le segua, pues los soldados, rendidos de
fatiga, no podan dar un paso ms. Resolvi entonces el bravo teniente
proseguir la jornada sin ms acompaamiento que quince nmeros del
escuadrn "M" del Tercer Regimiento de Caballera de la Guardia Rural, y
con ellos lleg  Sitges, poco despus de haberse retirado de dicho
lugar las partidas rebeldes.

Las huellas indicaban que se haban dirigido  "El Atal", y  "El
Atal" fu Ortiz con sus quince valientes, sin obtener otro resultado,
que cerciorarse de que Heredia y los suyos se haban replegado sobre la
inexpugnable posicin de Kentucky, hacienda enclavada en el corazn de
la sierra,  una altura prodigiosa sobre el nivel del mar, y dotada de
tan formidables defensas naturales, que durante nuestras guerras
emancipadoras jams se atrevieron las aguerridas tropas espaolas 
intentar el desalojo de las fuerzas patriotas que hacan de ese lugar el
centro de sus operaciones.

A corta distancia del batey de Kentucky encontraron Ortiz y sus guardias
una avanzada rebelde, que "desecharon"; y despus de mprobos trabajos
y trepando por el temible "faralln", cayeron como irresistible turbin
sobre el campamento enemigo.

Heredia fu muerto; su ayudante, Despaigne, fu muerto tambin, y si los
doscientos negros que componan la partida no fueron totalmente
aniquilados, debise  que la niebla, que en esos parajes jams se
disipa por completo, favoreci la fuga de aquellos desgraciados.

Ortiz y sus valerosos guardias persiguieron  los fugitivos durante
algn tiempo, y cuando regresaron al sitio de la accin, hallaron 
Gregorio Surn que con seis de los suyos, se haba rendido  un
indivduo llamado "Pancho" Jaba, que haba servido de prctico  las
tropas leales.

Al ver al Teniente, Surn, que le conoca personalmente, cay de
rodillas, pidiendo humildemente que se le perdonase la vida; y Arsenio
Ortiz, que en aquel momento se senta feliz y orgulloso con el triunfo
alcanzado, perdon.

Al siguiente da fueron conducidos los prisioneros  "La Sigua", pequea
ensenada distante unas treinta millas nuticas de Santiago de Cuba,
donde ya esperaba el caonero _Baire_, cuyo comandante, el seor Alberto
de Carricarte, se hizo cargo de ellos, para su conduccin  Santiago.




XX

SUSPENSION DE LAS GARANTIAS CONSTITUCIONALES

    Al Congreso:


La grave perturbacin del orden que amenaza la paz de la nacin, me
obliga  acudir, como lo hago, al honorable Congreso, en cumplimiento de
lo que estatuye el Inciso segundo del artculo 68 de la Constitucin,
para que el Poder Legislativo con su habitual sabidura y apreciando la
situacin porque atraviesa la Repblica, dicte una Ley que me autorice
para suspender las garantas constitucionales en todo el territorio
nacional  en determinada parte del mismo.

Enemigo de medidas extremas, he procurado sofocar el actual movimiento
sedicioso sin recurrir al Congreso,  fin de que dictase la Ley que
ahora solicito; pero la necesidad de terminar en una rpida campaa la
insurreccin armada, cortando con ello complicaciones exteriores y
salvando la causa del orden y de la civilizacin, me obliga  dirigirme
 los Cuerpos Colegisladores para obtener de ellos una medida que sabr
hacer uso con la moderacin que pongo en todos mis actos.

Palacio de la Presidencia, en la Habana, 3 de Junio de 1912.--(f.) Jos
Miguel Gmez.




XXI

LITERATURA AFRO-INDEPENDIENTE


He aqu una copia fiel de algunos de los ms curiosos documentos
ocupados  los alzados, por las tropas del gobierno:


_Ejrcito Reivindicador_

Cuartel General en Campaa en el punto la Cristina.--He recibido del
Cdno. Capitn Toms Maniel de este Ejrcito, en comisin por orden de
este Cuartel General  mis rdenes, 500 tiros de Mauser, un caballo
dorado tomado en el potrero "La Filipina", y otro del mismo color en la
Aguada de Juan B. Riveauz y dos armamentos Espinfes, viniendo con l
doce ciudadanos, cuyas generales han sido tomadas.

Tambin he recibido dos caballos tomados el uno en el potrero de Enrique
Toms, y otro en la finca "Filipina".

Y para su constancia le firmo el presente. En Patria, Derecho y
Libertad,  29 de Mayo de 1912.

    El Jefe del Estado Mayor,

           _Isidoro Santos Carrero._


_La Gloria.--Municipio de Alto Songo.--Oriente_

Cuartel General del Ejrcito Reivindicador de la Repblica Cubana en
Campaa--Campamento La Gloria.

Reverendo General en Jefe del Departamento, de Oriente en toda su
jurisdiccin del E. R.

Con esta fecha, 23 de Mayo de 1912, le remito la expresada comunicacin
para que sea tomada en cuenta y asentado al libro del Ejrcito la
comisin desempeada por el infrascripto y el capitn Pablo Felisier y
el teniente Ayudante Francisco Duany y Mndez y Mauricio Rebollar y el
teniente armero Wenceslao Dvila y seis nmeros; cuya comisin realiz
las hazaas siguientes: el 20 de Mayo  la 1 a. m. en la Hacienda del
Olimpo incomunicando la va de Guantnamo y San Luis por el extremo Este
y Oeste y el hilo de la finca por el Norte, sacando seis caballos
aperados del Batey Olimpo y asaltando  la cantina del Sr. Juan Tejeiro
de donde nos llevamos los objetos que constan en el libro en la fecha
indicada.

Sin ms, de Vd. atto. S. S.

    El Comandante del Escuadrn de Caballera,

          _Loreto Vera._

Tambin el da 21 del presente con el mismo capitn y el Teniente
ayudante y tres nmeros, hicimos un recorrido con rumbo  Belona, del
trmino municipal de Guantnamo.

Trayendo una res de una finca de ese trmino que fu entregada en ese
da al Jefe da del Cuartel General de que le participo para lo que
estime procedente. S. S. El Comandante del Escuadrn 10.

       *       *       *       *       *

Cuartel General.--Pongo en su conocimiento que el dia primero del
precente mes dirigi  Vd. una comunicacin en la que pona en su
conocimiento que el da 31 del mes pasado le hecij al teniente coronel
Vicente Amaya que me hisiera entrega de esta brigada hacindole entrega
del diploma que se tuvo abien entregarme para dicho Sr. osponindose el
seor Amaya aserme la entrega del alchivo de esta brigada, porque dice
que es de su propiedad ciendo insierto que ese alchivo ha sido cojido en
case del alcalde del barrio Sr. Ramn Bravo.

Ademas el da 28 del mes pasado se tom la cantina del Sr. Pelegrn,
habiendose sacado de dicho cantina se sacaron catorce asemilas cargadas
de eftcto y ademas la infanteria bino cargada de efetctos y la gente
unicamente vi lo que cargo la infantera pues lo demas factura nose
hapodido saber donde lo an trasportado; y ademas el da 2 le mande una
comunicacin  Vd. la que rregreso  este cuartel el da 6 disiendo que
acausa de haber mucho enemigo y no saver suparadero no isieron entrega
dicha comunicacin.

Pongo en conosimiento  ese cuartel que el seor Anaya el da primero
sali con rumbo  ese cuartel imponindose aserme entrega de los
armamentos que tena en su escota pues se lo mande hapedir con el
coronel Eduardo Goulte, disindole que el no entregaba nada pues esos
armamentos los necesitaba el para su marcha y ademas disiendo el que
como el se hiva  poner  las ordenes de un brigadier sin camisa y sin
zapato, esto que le digo en estas lneas se lo pruevo en caso que el se
negara.

Sin mas su affmo, amigo.--Campamento Vinento, Junio 7 de 1912.

    General de Divisin,

          _Felipe Vera._

       *       *       *       *       *

_Ejrcito Reivindicador_

_Cuartel General en Campaa_

A la Jefatura General.

Sr. Jefe de la Provincia Oriental.

Seor:

A Vd. digo que habiendo operado en este Departamento Oriental y habiendo
tomado el poblado de Palmarito haciendo en parte vivieres y ropas las
fuerzas por particular, pasaron, al poblado de La yerba de Guinea,
habindose dado  la fuga las fuerzas del Gobierno ocupamos noventa y
siete tiros de Mauser Reformados y en las tiendas ocupamos un saquito de
municiones otro de balines  ms de doscientos cartuchos y seis cajas de
plvora de lo dems no puedo dar cuenta ni fe porque yo iba bajo las
rdenes de otro Brigadier.

Y esperando de Vd. tenga un acto de justicia para con nuestras fuerzas
que vamos atravesar para nuestro departamento y cruzamos desalmados y
sin parques creo tome en consideracin por carecer de los elementos
indispensables, quedo de Vd. en espera nos reponga.

En 28 de mayo de 1912.

    _Feliciano Acosta_, Brigadier.




XXII

ALGUNAS OBSERVACIONES

_Habana, Julio de 1912._


La Repblica de Cuba ha escapado de los peligros y la vergenza de una
nueva intervencin extranjera, gracias al patriotismo de su pueblo,  la
energa de su gobierno, y al heroismo de su brillante ejrcito.

Ha cado Estenoz, ha cado Ivonet, se han sometido los pocos jefes del
movimiento que lograron sustraerse al plomo de las tropas leales; y como
consecuencia de tan resonantes victorias ha renacido la paz y va poco 
poco renaciendo la confianza.

Necio sera, sin embargo, que adormecidos por la embriaguez del triunfo,
olvidramos los peligros pasados y no adoptsemos previsoras medidas
para lo porvenir.

El movimiento estenocista nos ha probado, en primer trmino, que los
negros,  los que tantas consideraciones hemos guardado, son bastante
ingratos para combatirnos con las armas en la mano y poner en peligro
las instituciones nacionales.

Es necesario, pues, que procuremos evitar  todo trance que vuelvan 
las andadas. El gobierno puede impedirlo, y para ello le bastar con
organizar un cuerpo de polica secreta nacional, es decir, un cuerpo
cuyos agentes (reclutados entre todos los elementos sociales del pas)
puedan moverse libremente de un extremo  otro de la isla, y ejercer
estrecha y constante vigilancia sobre todos aquellos indivduos 
quienes se considere capaces de recoger la triste herencia de los cados
en Micara y Nueva Escocia.

Hecho esto, hay que pensar en la posibilidad de que, no obstante las
medidas preventivas que se adopten, puedan los racistas realizar una
nueva intentona.

Llegado este caso, planteada nuevamente la cuestin de fuerza, preciso
ser que dispongamos de un ejrcito bastante numeroso para atender,  la
vez,  las seis provincias; porque no es lgico suponer que todas las
revoluciones (racistas  de otra clase) que puedan ocurrir en Cuba hayan
de abarcar una extensin de territorio tan poco extensa como la que, por
suerte de todos, acaba de fracasar en Oriente.

Hemos dicho ya, y no nos cansaremos de repetirlo, que si Estenoz, ms
osado, hubiese tenido bastante valor para levantar la bandera negra en
las provincias occidentales, difcil, si no imposible, hubiera sido la
tarea de aplastar el movimiento, puesto que el ejrcito relativamente
poco numeroso, habra tenido que fraccionarse.

Se hace, pues, indispensable, aumentar considerablemente el efectivo
militar de la Repblica; y como quiera que sera ridculo que un pas de
tres millones de habitantes contase con un ejrcito regular de cincuenta
 sesenta mil soldados (cosa que, por otra parte, gravara enormemente
nuestro erario) debe el gobierno pensar con toda formalidad en la
organizacin de las milicias nacionales, tomando como modelo los cuerpos
similares que existen en los Estados Unidos, y que constituyen, como es
sabido, el ncleo militar ms importante de la Gran Repblica.

No hay que temer que las tropas milicianas puedan llegar  convertirse
en una amenaza para la paz pblica; y no hay que temerlo, en primer
lugar, porque aun en el caso de que las milicias de una localidad y si
se quiere las de toda una provincia se sublevasen, las de las otras
regiones no tendran motivo para hacer lo mismo; en segundo lugar,
porque para sublevarse no bastan los fusiles, sino que hacen falta
tambin las municiones, y stas, como es lgico suponer, ya tendran
buen cuidado los jefes del ejrcito de tenerlas  buen recaudo y en
sitio seguro, como se hace en Francia con la Guardia Nacional y en los
Estados Unidos con las milicias de los Estados; y por ltimo, no hay que
olvidar que todos los hombres del mundo (y los cubanos en primer
trmino) por ms levantiscos que sean, dejan de serlo desde el momento
que visten un uniforme y juran una bandera.

El General Monteagudo, que conoce mejor que nadie el problema, por
haberlo estudiado detenidamente bajo todos sus aspectos, es partidario
decidido de la organizacin de las milicias; y sus iniciativas en este
sentido deben encontrar en todas partes el apoyo decidido de cuantos se
interesen por el bienestar de Cuba.

Por lo que se refiere  reformas y modificaciones en el ejrcito regular
propiamente dicho, sabemos tambin que el General en Jefe tiene algunas
en cartera, tales como el aumento de la Guardia Rural y la creacin de
un cuerpo de dragones, soldados instrudos y armados para combatir
indistintamente  pi y  caballo, y que, tiles en todas partes,
resultan indispensables,  poco menos, en pases como el nuestro, donde
la movilidad es, en la mayor parte de los casos, el auxiliar ms
poderoso de la victoria.

Ahora bien: para que una tropa de esta ndole sea verdaderamente eficaz,
lo primero que hay que hacer es dotarla de buenos caballos, y stos
(contra lo que generalmente se supone) son muy escasos en nuestra
tierra.

El caballo criollo, que pudo ser en poca lejana tan bueno como el
mejor, ha degenerado lastimosamente, y casi puede asegurarse que desde
la guerra de Independencia, y como triste consecuencia de ella, _no hay
caballos en Cuba_.

Testigos presenciales de las vicisitudes y los incidentes de la penosa
campaa que acaban de librar nuestras tropas en Oriente, hemos tenido
oportunidad de admirar en muchas ocasiones la increible resistencia de
los soberbios corceles del Tercio Tctico, de la Guardia Rural, que una
vez aclimatados resisten admirablemente la temperatura tropical y son
capaces de realizar jornadas increibles, lo mismo por la sierra que por
el llano, sin experimentar el ms leve quebranto.

Ah estn en corroboracin de lo que decimos los nobles brutos de los
escuadrones que mandan los capitanes Iglesias, Perdomo y Amiel, que
despus de dos meses de incesante y cruenta labor, se conservan en
inmejorables condiciones, y tan frescos, saludables y robustos, como si
no hubieran salido del campamento de Columbia.

Y en cambio, y ofreciendo el ms doloroso contraste, los misrrimos
caballejos criollos del Regimiento Nm. 3,  duras penas han podido
llenar medianamente su cometido.

Tambin con esto que dejamos apuntado est de acuerdo el General
Monteagudo, entre cuyos proyectos figura el de adquirir en los Estados
Unidos, un nmero suficiente de caballos del mismo tipo de los que tan
excelente resultado han dado en el Tercio Tctico de la Guardia Rural.




XXIII

EL FUEGO DE PALMA MOCHA

_Por fuerzas del capitn Perdomo._


Despus de largo tiempo de encontrarse en la provincia Oriental
persiguiendo en vano  las partidas rebeldes, sin lograr que stas lo
esperaran, segn costumbre inveterada en los alzados, el capitn del
Escuadrn "D" de la Guardia Rural, seor Jos Perdomo, recibi el da 12
de junio la visita de un vecino de Ro Fro, informndole que una
numerosa partida de alzados se encontraba acampada en aquel lugar, por
lo que el referido capitn, muy de maana an, dispuso que la pequea
columna que mandaba se pusiera en marcha con direccin al lugar en el
cual se deca se encontraba el mencionado grupo.

Comenz la marcha atravesando las fincas de "Guanabo", "Vuelta Corta" y
"Filipinas", hasta llegar al lugar conocido por "Ro Fro", que, como
decimos antes, era donde se encontraba el enemigo; pero ya los
cabecillas Felipe Vera, el "Brigadier" Anaya y Boulet, se haban
marchado precipitadamente de este lugar, por lo que el capitn Perdomo
hubo de practicar distintos reconocimientos y despus de oir varias
confidencias y examinar el rastro, pudo comprobar que la partida rebelde
se encontraba cerca de "Palma Mocha". El capitn, no obstante el gran
nmero de alzados que componan dicha partida, pues el rastro que se
vea era enorme, no titube un solo instante, y dispuso que se
emprendiera sigilosamente la marcha por el infernal camino que conduce
al referido lugar.

Eran las 4 y 10 de la tarde, y aun ningn soldado haba tomado alimento
alguno; los oficiales para dar el ejemplo se haban negado  tomar el
caf que voluntariamente les ofrecieran varios vecinos. No obstante esta
circunstancia, todos iban bien dispuestos, animosos, llenos de fe;
quizs presentan el gran triunfo que se les aproximaba,  medida que
iban avanzando por el camino emprendido!

Ya cerca de Palma Mocha, se hizo alto y el capitn Perdomo, Jefe de la
columna, orden que el joven Teniente Jacinto Llaca, perteneciente al
cuerpo de la Guardia Rural, fuese desmontado con 10 hombres en la
extrema vanguardia de la columna, con el fin de que no pudieran los
rebeldes oir el tropel de los caballos.

No haban transcurrido aun 20 minutos y ya se sintieron en la vanguardia
los primeros tiros con que una avanzada enemiga, compuesta de 15
hombres, reciba  los 10, que al mando del Teniente Llaca, marchaban.
_Fuego por escuadras!_ oyse decir en aquel mismo instante, y una serie
repetida de detonaciones se sintieron enseguida.

Aquella fu la seal. Los soldados que se encontraban con el resto de la
columna, enardecidos por el humo producido por la plvora y por los
gritos de entusiasmo de sus compaeros que ya peleaban, se encontraban
alborozados, y esa emocin natural que produce en las almas de los
valientes el estampido de los primeros disparos, les embargaba.

Todos estaban atentos  la voz de mando, esperando que llegara el
instante para caer sobre la horda de racistas y exterminarla con el filo
de sus machetes.

El capitn Perdomo  cuyo lado estaba el valeroso oficial Ovidio Ortega,
estaba fro, impasible, siguiendo con la vista todos los movimientos que
el enemigo haca.

El camino donde se encontraba la columna era muy estrecho y la posicin
que ocupaban los rebeldes era esplndida, como escogida, por antiguos
mambises muy prcticos y muy conocedores de todos aquellos lugares.

De repente el capitn Perdomo orden _Al galope_, y todo el escuadrn
como un solo hombre obedeca con extraordinaria rapidez. Los diez
hombres que con el Teniente Llaca se haban desmontado volvieron  subir
 sus caballos respectivos. Pocos minutos despus, ya se vean numerosos
grupos de alzados los cuales se encontraban acampados en el centro de un
llano rodeado completamente de monte.

La enrgica voz del capitn Perdomo, volvise  oir: _Un pelotn por el
flanco izquierdo--dijo--La vanguardia que avance rpida por el centro.
Teniente Ortega, lleve el resto de la columna sobre aquella loma_, y
picando con sus espuelas los hijares de su brioso caballo, ste se puso
en carrera veloz sobre el campo enemigo, seguido de un grupo de
valerosos soldados.

Los rebeldes al verse tan inesperadamente atacados, trataron de hacer
resistencia al empuje de nuestros soldados; pero el teniente Ortega que
mandaba el resto de la columna del capitn Perdomo, y que como decimos
antes, se encontraba en un lugar conveniente, cuidando de la impedimenta
y de las secciones de ametralladoras, dispuso que una de esas temibles
mquinas fuese emplazada para proteger con su mortfero fuego el avance
de las tropas. Tan pronto la ametralladora que estaba montada, comenz 
vomitar cientos de balas por minuto, los alzados emprendieron
precipitada fuga, perseguidos muy de cerca por el aguerrido oficial Luis
Hernndez, el cual lleg tan cerca de los grupos rebeldes, que su
machete an guarda, huellas de la sangre de algunos de ellos.

El sargento Manuel Montalvo, de las ametralladoras haca funcionar, en
unin del soldado Martnez una de aquellas temibles mquinas, que tantas
bajas produjeron  los rebeldes.

El fuego de fusilera continuaba rudo, gritos de dolor, mezclados con
voces de mando, dejbanse oir, el tiroteo estaba en todo su apogeo; pero
 medida que el tiempo transcurra, ste iba cesando hasta que
paulatinamente desapareci. Eran las 5 y 15 de la tarde. El Sol
comenzaba  esconderse detrs de las copas de los altos rboles, de que
se compona el monte donde tena lugar la trgica contienda.

De pronto un pequeo grupo de rebeldes se deja ver sobre una pequea
loma cercana al lugar en que la caballera se encontraba, el capitn
Perdomo no se hizo esperar. _Corneta, toca  la carga_: dijo, y al
escuchar los soldados los blicos sonidos de la trompeta pusieron al
galope sus cabalgaduras y segundos despus, se haba entablado una
cruenta lucha, cuerpo  cuerpo, de la que no salieron muy bien tratados
los Independientes que la sostuvieron, breves minutos.

Sera una falta, que jams nos perdonaramos, si no hicisemos mencin
de los sargentos Prez y Montalvo y los cabos Daz y Lpez del escuadrn
"F" de la Guardia Rural; y  los tambin cabos del escuadrn "L"
Martnez y Prez, que tan hericamente se comportaron en esta accin.

Ya terminado el fuego, procedise,  pesar de lo avanzado de la hora, 
practicar un reconocimiento en el campo de batalla, el que di como
resultado que se encontraron 12 cadveres, dos de los cuales estaban en
el lugar donde se rompi el fuego por el teniente Llaca, tambin se
ocup al enemigo 30 caballos, sacrificndolos acto seguido por no
encontrarse tiles.

Tambin se ocuparon diversos objetos, tales como hamacas, sombreros,
zapatos y muchas monturas, lo que demuestra palpablemente lo
precipitados que anduvieron los revoltosos para ponerse fuera del
alcance de las temidas balas de nuestros valerosos soldados.

Terminada la operacin, la columna se acamp en "San Jos", despus de
haber recorrido 12 leguas. Solo un mulo fu herido por los alzados.

Aquella noche hubo rancho extraordinario para los soldados, y en el
campamento rein la mayor alegra.

Al da siguiente el capitn Perdomo con la modestia que le caracteriza,
pasaba al Cuartel General un telegrama dando cuenta del encuentro del
da anterior; pero restndole importancia, solo exponiendo el valor de
sus soldados y la satisfaccin que d el deber cumplido.

[Illustration: General Monteagudo,

Jefe de las fuerzas armadas de la Repblica.]

[Illustration: General Pablo Mendieta.

Jefe de la Brigada de Infantera.]

[Illustration: Comandante Collazo.

Jefe del Cuerpo de Ametralladoras.]

[Illustration: Coronel Francisco de Paula Valiente.

Jefe del Cuerpo de Artillera de Costas.]

[Illustration: Teniente Coronel Ibrahn Consuegra.

Actual Jefe Militar de Oriente.]

[Illustration: Coronel Carlos Machado y Morales.

Jefe del 2 Regimiento de Infantera.]

[Illustration: Teniente Coronel Quiones.

Jefe de la Artillera de Montaa.]

[Illustration: Teniente Coronel J. Manuel Guerrero.

Auditor general del Ejrcito.]

[Illustration: Grupo de Jefes y Oficiales.]

[Illustration: Capitn Emiliano Amiell

del Tercio Tctico de la Guardia Rural.]

[Illustration: 1er. Teniente Arsenio Ortiz.

Que tanto se distingui en la revolucin estenocista.]

[Illustration: Grupo de Oficiales de la Artillera de Montaa]

[Illustration: Teniente Coronel Pujol y grupo de Oficiales.]

[Illustration: Capitn Pedro Garca Vega.

Ayudante del 1er. Regimiento de Infantera.]

[Illustration: Fuerzas preparadas para embarcar en el Crucero Cuba,
que haba de trasportarlas  esta capital]

[Illustration: El General Monteagudo, momentos despus de su llegada,
esperando el automvil en el muelle.]

[Illustration: Sixto Lpez Miranda, herico corresponsal en campaa del
peridico La Discusin.]

[Illustration: Leopoldo Massana Prez.

Redactor de Cuba y Corresponsal del mismo en campaa. Oper con el
Coronel Francisco de Paula Valiente.]




EPILOGO




AL PUEBLO DE CUBA

LA PATRIOTICA PROCLAMA DEL SR. PRESIDENTE


Los atentados  la civilizacin, los ultrajes  la humanidad y las
injurias  la Patria, perpetrados por las fracciones en rebelda, sin
respetar siquiera los fueros del hogar, colocan al Gobierno, con cuya
Presidencia me honro, en situacin de proceder tan enrgicamente como
cuando es preciso defender,  costa de los ms grandes sacrificios, no
solamente las instituciones republicanas y el gobierno propio, sino la
honra nacional. No puede en manera alguna permitirse que en pleno siglo
XX, en un pas tan culto como el nuestro, una sociedad como la nuestra,
que tiene ttulos sobrados para ser respetada y respetable, consienta
que turben un momento ms su paz moral y material esas manifestaciones
de feroz salvajismo que realizan los que se han colocado, especialmente
en la Provincia Oriental, fuera del radio de la civilizacin humana.

Ha llegado, pues, el instante de que todos los ciudadanos tiles, de que
todo hombre digno del ttulo de tal, cualquiera, que sea su raza, se
apreste para servir  la noble causa en cuyo nombre hablo, hacindome
eco de los sentimientos expresados al Gobierno por la casi totalidad del
pas y de los nobles sentimientos de los corazones cubanos. La hora, es
de accin inmediata. Los brbaros atentados  la cultura pblica y  la
dignidad nacional, realizados por los que proceden movidos por instintos
feroces, obligan  todo hombre civilizado  defender su derecho
vulnerado en los derechos de todos; para acudir con el arma al brazo 
ser de los primeros en tomar puesto en las filas de la defensa nacional.
Me dispongo  terminar brevsimamente la actual campaa,  fin de
aniquilar el movimiento armado en la Repblica, que sonroja los rostros
de los hijos de un pueblo valeroso, digno y de vergenza; dicha sea esta
ltima expresin apelando el vocablo que en crtica situacin para los
revolucionarios del 68, sirvi al inmortal Agramonte para levantar ms
el espritu pblico y hacer que prosiguiera la jornada gloriosa.

El Ejecutivo espera que el Congreso votar maana mismo el crdito
suficiente para poner en pie de guerra todo el contingente preciso para
conjurar, con rapidez y rudeza, la tempestad de pasiones desenfrenadas
que unos cuantos criminales y colaboradores del crimen han desencadenado
sobre Cuba, que no poda esperar tan inslita y torpe agresin.

He de armar y organizar excepcional  inmediatamente, al pas, para su
propia defensa. No tanto como en el ejercicio de un derecho, cuanto en
cumplimiento de un deber, cada cual debe disputarse la satisfaccin
patritica de ser de los primeros en formar parto de la legin de honor
que libre  la Repblica del brbaro atentado que se le hace por los que
dan testimonio de no detenerse ante lo que es ms digno de reverente
veneracin. A la agresin asoladora y disolvente opondr el Gobierno la
accin del pas organizado, que marchar denodada y virilmente 
restablecer la paz, sin escatimar esfuerzo alguno, en aras de la
salvacin de la Repblica y del decoro nacional.

Para el honor y para la gloria de esta empresa no hay grandes peligros,
ya que el enemigo se mueve entre la espesura de los bosques, actuando
por sorpresa, esquivando los combates; pero aunque los hubiera, este
pueblo digno y heroico, que no sabe tolerar ultrajes  su honra, ahora
como siempre, y ahora ms que nunca, los arrostrara con la impetuosa
serenidad de los que en los campos de Cuba, entre escombros humeantes,
con su propia sangre, tieron las franja y el tringulo de la bandera de
la patria.

Habana, 6 de Junio de 1912.

    JOSE M. GOMEZ,

    _Presidente de la Repblica_.




EL BANQUETE MONSTRUO


Desde las primeras horas de la maana del da 27 de Julio, un enorme
gento, vido de curiosear, invada los alrededores de nuestro gallardo
Parque Mart, el que transformado en breve espacio de tiempo en
monstruoso comedor, ofreca un golpe de vista esplndido,  la par que
singular.

Cientos de mesas repartidas por todos los rincones del paseo, trofeos de
las distintas armas, caones histricos, y bateras modernas.

El Parque, adornado con numerosos cordones de bombillas elctricas,
presentaban un aspecto hermossimo que era realzado por la animacin que
se notaba en los alrededores, por donde cruzaban centenares de personas
 pie, en coches y en automviles para presenciar el magno
acontecimiento.

Desde las seis comenzaron  llegar las compaas y los escuadrones, que
haban de participar de tan agradable fiesta. Todos venan en traje de
guarnicin, con guante blanco, y formados correctamente.

En cada rostro de aquellos valerosos soldados lease el jbilo, el
placer que aquella fiesta que  guisa de homenaje le ofreca el pueblo,
que de esa manera demostraba que saba hacer justicia  sus valerosos y
abnegados soldaditos.

A las 8 en punto y  toque de corneta sentronse todos los comensales
alrededor de las distintas mesas, y comenzaron  servirse los ricos
manjares al par que las bandas de msica del Cuartel General y
Municipal, ejecutaban brillantemente las siguientes escogidas piezas:

1.--Marcha Militar "General Monteagudo," Marn Varona. Banda del Cuartel
General.

2.--Marcha "Paz Universal", Lampe. Banda Municipal.

3.--Overtura Militar "Patria", Marn Varona. Banda del Cuartel General.

4.--Mosaico "Cuba", Anckerman. Banda Municipal.

5.--Seleccin de la pera "El Conde de Luxemburgo", F. Lehr. Banda del
Cuartel General.

6.--Habanera "Cuba", Snchez Fuentes. Banda Municipal.

7.--"Potpourrit cubano", Marn Varona. Banda del Cuartel General.

8.--"Rapsodia cubana", Toms.--Banda Municipal.

9.--Seleccin de la opereta "El Soldado de Chocolate", O. Strauss. Banda
del Cuartel General.

10.--Valses "Loveland", Holzmann. Banda Municipal.

11.--Valses de "La Corte de Faran", V. Lle. Banda del Cuartel General.

12.--"Viaje  un Ingenio", Toms. Banda Municipal.

13.--Danzn de Romeu "El barbero de Sevilla", F. Rojas. Banda del
Cuartel General.

14.--Two Step "Cubanita", Marn Varona. Banda del Cuartel General.

15.--"Himno Nacional Cubano". Banda del Cuartel General.

El men que sirvi el gran Hotel "Telgrafo," fu:

Jamn. Queso de puerco.

Arroz con Pollo.

Lechn asado  la Cubana.

Ensalada mixta.

Dulces secos. Repostera.

Vino Tinto, Rioja "El Pino".

Caf.

Tabacos y cigarros.

(Obsequio de las Fbricas "Baire", "Petronio", "Eminencia", "Competidora
Gaditana"  "Hija de Gener".)

Terminada cerca de las 10 de la noche la comida, psose en pie el doctor
Julio de Crdenas, Alcalde Municipal de la Habana, quien alzando su copa
brind por el Ejrcito, dndole la bienvenida en nombro del pueblo de la
Habana, y felicitando  las instituciones armadas de la Repblica por la
manera rpida y eficaz con que haban terminado la campaa de Oriente.

Con una salva de aplausos fu saludado el doctor Crdenas, al terminar
su sencilla y patritica peroracin.

A continuacin habl el doctor Mario Garca Kohly. He aqu su brillante
discurso:

Sr. General en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Repblica.

--Seores:

Mis compaeros de Gabinete me han conferido el encargo que yo he
aceptado y voy  cumplir como una honra de valor inestimable de dirigir
en nombre del Gobierno su saludo, y con su saludo el homenaje fervoroso
de su admiracin y de su entusiasmo  este Ejrcito heroico, glorioso,
abnegado y triunfal de la Repblica y de manera especial  su ilustre y
victorioso general en Jefe que, apoyado en el amor y en el patriotismo
de su pueblo han logrado salvar para la causa de la civilizacin y
libertad cubana, la Repblica y la personalidad poltica cubana,
asegurndonos lo hermoso de nuestra propia nacionalidad.

Por eso es, seores, este acto; por eso este homenaje, por eso este
tributo. Es nuestro deber declarar que no es este acto ni este homenaje
ni este tributo, obra de un gobierno; no es la obra de un partido, no es
la obra de una clase, es, la ofrenda del pueblo cubano, es un latido
vigoroso potente, intenso y sincero de la conciencia nacional cubana, es
la patria misma que en este acto nos reune y la que en estos momentos
nos dignifica, nos fraterniza en la comunidad del mismo sentimiento y en
la identidad de la misma idea del pueblo y de la patria que v en el
Ejrcito el bloque inconmovible de roca y de granito en que descansan
firme y segura la dignidad y la honra de la patria.

Continua su discurso, haciendo mencin del lugar donde se encuentran,
frente  la estatua de Mart, el ms apropiado para celebrar un acto de
aquella naturaleza; hace historia de la revolucin en Oriente, la cual
no debe dejar rastro alguno y termina su discurso con las siguientes
palabras:

Pero de ese hecho doloroso de nuestra vida nacional del que solo debe
quedar el recuerdo de esta inmarcesible gloria se desprende el
patriotismo de nuestro Ejrcito y el patriotismo de nuestro pueblo.

Yo brindo seores en primer trmino por el Honorable Presidente de la
Repblica, por el hroe de Arroyo Blanco, por el primer magistrado de la
nacin, que es el primer ciudadano de la Repblica. Brindo por el
Ejrcito Nacional, por las Fuerzas Armadas de la Repblica y por su
ilustre y glorioso jefe, por estas fuerzas armadas que han demostrado
ser dignas herederas y sostenedoras gloriosas de aquel ejrcito
libertador que hizo la independencia de nuestra patria con tanta gloria
y grandeza como la sabrn mantener y conservar nuestras Fuerzas Armadas.
Brindo, seores, finalmente, por lo que es primero en nuestro corazn,
por la Patria; por la independencia y por la Repblica, por esta Patria
cuyas grandezas todos anhelamos; por que no la veamos de nuevo
atormentada por la miseria y por el sufrimiento, sino llena de luz
vestida de laureles y coronada por la civilizacin. (_Grandes
aplausos_).

En nombre de los Veteranos y del pueblo de Cuba, habla el general Emilio
Nez, que comienza su discurso manifestando que la base fundamental en
que descansan las democracias son la Libertad, la Igualdad y la
Justicia, y termina diciendo que las glorias conquistadas por el
Ejrcito Libertador en la lucha por la Independencia de Cuba, no
acabaron al conseguirla, pues tendrn su continuador en el actual
Ejrcito que luchar para sostenerla. Termina el General Nez
fecilitando por ello al Ejrcito y  sus Jefes.

A continuacin hace uso de la palabra el general Jos de Jess
Monteagudo, Jefe de las Fuerzas Armadas.

"Seores, dice: Yo quiero en nombre de las Fuerzas Armadas de la
Repblica dar  todos las gracias ms sinceras y ms sentidas.

El soldado cubano se siente satisfecho porque ha cumplido con un deber;
pero se siente mucho ms satisfecho porque el pueblo cubano lo festeja y
agasaja y los soldados sabemos que ese es el nico premio  que podemos
aspirar por nuestros servicios  la Patria. Con ello estamos
satisfechos, nuestros corazones se ensanchan, y cada da con ms
entusiasmo defenderemos lo que  todos nos es grato: la independencia de
la patria.

Yo quiero hacer--pidindoles  todos que nos pongamos de pie--un voto
sincero y profundo que nazca del corazn ante esa estatua del excelso
(seala la estatua de Mart) que es el emblema del ideal cubano, que
esta sea la primera y ltima fiesta con que se nos festeje, y porque
jams en Cuba se derrame la sangre cubana. (_Grandes aplausos_).

A peticin de varios amigos hizo uso de la palabra el seor Manuel
Gutirrez Quirs, que brind por el Ejrcito y por la Repblica,  la
cual desea ver grande y poderosa entre el concierto de los pueblos
libres y civilizados.

Prximamente  las once de la noche se levantaron los comensales,
dirigindose el general Monteagudo y algunas personas ms al hotel
"Telgrafo".

Al pasar la comitiva por frente  la Banda del Cuartel General, que se
hallaba frente al hotel, ejecut el himno nacional cubano, que fu odo
de pie y descubiertos por todos.

El orden que rein en el banquete fu mucho, y ni una miga de pan, ni
una botella rota, ni un plato arrojado, nada hubo que denunciara que
all haban comido tantas personas.

La compostura de nuestros soldados es grande, ellos que saben ser buenos
y heroicos en la guerra, saben ser tambin finos, educados,
caballerosos, en la paz.

Entre los concurrentes que  ese acto asistieron vimos  los siguientes:

_Jefes y Oficiales_

    Mayor General Jos de Jess Monteagudo.
    Brigadier Pablo Mendieta Montefur.
    Coronel Jos Mart y Zayas Bazn.
    " Francisco de P. Valiente y Portuondo.
    " Carlos de Rojas y Cruzet.
    " Carlos Machado y Morales.
    Tte. Coronel Jos N. Guerrero y Dueas.
    " Jos Pereda y Glvez.
    " Bartolom Mas y Mart.
    " Serafn Esinosa y Ramos.
    " Enrique Quiones y Rojas.
    " Eduardo Pujol y Comas.
    Comandante.--Guarino Landa y Gonzlez.
    " Luis Mor y del Solar.
    " Carlos Daniel Maca y Padrn.
    " Rosendo Collazo y Garca.
    " Leandro de la Torriente y Peraza.
    " Jos M. Lazama y Rodas.
    Comandante Gustavo Rodrguez y Prez.
    " Rigoberto Fernndez y Lecuona.
    " Ramn Fonts y Segando.
    " Eugenio Silva y Alfonso.
    Capitn.--Julio Aguado y Andreu.
    " Jos Marn Varona.
    " Magn Marrero y Rodrguez.
    " Juan Cruz Bustillo.
    " Antonio Taved y Marcano.
    " Gabriel de Crdenas y Alfonso.
    " Luis Ojeda y Jimnez.
    " Fernando Drigas y Acosta.
    " Francisco Fernndez y Martnez.
    " Julio Morales Broderman.
    " Pedro Garca Vega.
    " Angel Prez Gonzlez.
    " Alfredo Liza y Tardiff.
    " Arturo Alfonso y Alvarez.
    " Armando Guerrero y Brufau.
    " Andrs R. Campia y Gonzlez.
    " Conrado Garca Espinosa.
    " Ernesto N. Tabio y Espinosa.
    " Domingo Socorro y Mndez.
    " Hctor de Quesada y Cuhuat.
    " Jos de Crdenas y Armenteros.
    " Abelardo J. Marrera y Estrada.
    " Fernando Capmany y C. Alvarez.
    " David Whitmarsch y Garca.
    " Manuel Almeida y Hernndez.
    " Manuel Morales Broderman.
    " Flix Guerra y Rodrguez.
    " Ciro Leonard y Fernndez.
    Capitn Jos E. Bonich de la Puente.
    " Manuel M. Gmez y Revero.
    " Francisco Chomat y de la Cantera.
    " Pablo Moliner y Garca.
    " Federico Tabio y Espinosa.
    " Alfonso Gonzlez del Real y de la Vega.
    1er. Teniente.--Lorenzo Hernndez y Estrada.
    " Emilio D. Morn y Chapotin.
    " Luis Hernndez Savio.
    " Alfredo Sardias y Zamora.
    " Enrique A. Prieto y Romaach.
    " Ignacio Algarra y Mendivil.
    " Evans Grifft y Domnguez.
    " Leopoldo Alonso y Gramage.
    " Aniceto Sosa y Cabrera.
    " Cayetano Quintero y Bango.
    " Guillermo Santamara y Vila.
    " Enrique Pereda y Sardias.
    " Rafael Carrera y Ferrer.
    1er. Teniente.--Erasmo Delgado y Alvarez.
    " Emilio Rouseau y Mendevid.
    " Emilio Cancio Bello y Arango.
    " Manuel Baster y Fonts.
    " Manuel Aguila y Daz.
    " Manuel Ruibal y Miramonte.
    " Manuel Rodrguez y Sigler.
    " Juan Cordabo y Escalona.
    " Jos M. Bernabeu y Casanova.
    " Domingo del Monte y Martnez.
    " Jos M. Herrera y Roig.
    " Gustavo Gonzlez y Rauville.
    " Ricardo Antn y Garca.
    1er. Teniente Largio Cordero y Calvo.
    2. Teniente.--Francisco Iznaga y Alejo.
    " Virgilio G. Villate y Gonzlez.
    " Bolvar Vila y Blanco.
    " Alfredo Roig y Elcid.
    " Hctor Monteagudo y Fortn.
    " Alberto Espinosa y Ramos.
    " Ramn O'Farrill y de Miguel.
    " Enrique A. Varona y del Castillo.
    " Rafael Santamara y Vila.
    " Arstides Hernndez y Rodrguez.
    " Virgilio Acosta y Acosta.
    " Manuel Escribano y Gonzlez.
    " Jos Trescerra y Pujada.
    " Joaqun Silveiro y Saena.
    2. Teniente.--Joaqun A. de Oro y Vizcaino.
    Capitn.--Augusto W. York y Brooks.
    Comandante.--Antonio Luaces y Molina.
    Primer Teniente.--Amrico Lora y Yero.
    Capitn.--Jos M. Iglesias Toro.
    Primer Teniente.--Antonio Pineda y Rodrguez.
    Segundo Teniente.--Crescencio Hernndez Morejn
    Capitn.--Jos Gonzlez Valds.
    Primer Teniente.--Toms Quintn Rodrguez.
    Segundo Teniente.--Jess Adalberto Jimnez.
    Capitn.--Jos Perdomo Martnez.
    Primer Teniente.--Olvido Ortega y Campos.
    Segundo Teniente.--Jacinto Llaca y Argudn.
    Segundo Tte.--Arstides Hernndez Rodrguez.
    Teniente Dentista.--Pablo Alonso Sotolongo.
    Tte. Jefe Sanidad.--Antonio Rodrguez Valds.
    Primer Tte. Msico--Pablo Cancio Quintero.
    Teniente Farmacutico.--Juan Gonzlez Ramrez.
    Coronel.--Jos Francisco Lamas.
    Comandante.--Felipe Blanco.
    Capitn.--Desiderio Petterson y Hermoso.
    Capitn.--Armando Montes y Montes.
    Primer Tte. Crescencio Cabrera y Hernndez.
    Coronel.--Emilio Avalos.
    Capitn.--Raimundo Martn.
    Teniente.--Ricardo Aguado y Abreus.
    Teniente.--Arturo G. Quijano.
    Teniente.--Abelardo Garca Fonseca.
    Teniente Coronel.--Toms Armstrong.
    Teniente.--Lucio Quirs.
    J. Pealver y Rondn.
    Capitn.--Martn Marrero y Rodrguez.
    Capitn Po Alonso y Riera.
    Capitn.--Ernesto I. Usatorres Perdomo.
    Capitn.--Luis A. Beltrn Moreno.
    Capitn.--Lutgardo de la Torre Izquierdo.
    Primer Teniente.--Eugenio Dubois y Castillo.
    Primer Teniente.--Enrique Machado Nadal.
    Primer Teniente.--Arsenio Ortiz Cabrera.
    Primer Teniente.--Amado de Cspedes Figueredo.
    Capitn.--Aniceto de Castro y Carabeo.
    Primer Teniente.--Augusto Daz Brito.
    Primer Teniente.--Eduardo Clara y Padr.
    Teniente.--Carlos Fuentes y Machado.
    Teniente.--Luis Febles y Alfonso.
    Primer Teniente.--Enrique Pereda y Sardia.
    Teniente.--Carlos Riquelme y Giquel.
    Teniente.--Pedro J. Pealver y Rondn.
    Capitn.--Jorge Vila Blanco.
    Primer Teniente.--Eduardo Miranda.
    Primer Teniente.--Rafael Ramos.
    Primer Teniente.--Federico de la Vega.
    Primer Teniente.--Patricio de Crdenas.
    Primer Teniente.--Pablo Alonso.
    Segundo Teniente.--Armando Fuentes.
    Segundo Teniente.--Jos Salvata y Mesa.
    Segundo Teniente.--Csar Celoria.
    Segundo Teniente.--Francisco Espinosa.
    Taqugrafo.--Wifredo Hiraldo.
    Agregado.--Ismael Consuegra Guzmn.
    Agregado.--Elisardo Maceo.
    Agregado.--Francisco Aday.
    Agregado.--Catalino Collazo.
    Capitn.--Jos A. Bernal.
    Segundo Teniente.--Arturo Varona.
    Primer Teniente.--Alfredo Surez.

    Sres. Lorenzo Portillo.
    " Pedro Daz Martnez.
    " Dr. Luis Octavio Divi.
    " Francisco de Paula Portuondo.
    " Ramn Pio Juria.
    " Ignacio Irure.
    " Francisco Montalvo.
    " Jos Agustn Ariosa.
    " Primitivo Portal.
    " Miguel Mariano Gmez.
    " Marco Aurelio Cervantes.
    " Jacinto Portela.
    " Miguel Carreras.
    " Rafael Martnez Ortiz.
    " Ezequiel Garca.
    " Antonio Berenguer.
    Coronel Miguel Coyula.
    Coronel Justo R. Campia.
    Coronel Carlos Guas.
    Coronel Ricardo Sartorio Leal.
    Coronel Juan R. Epetormo.
    Coronel Gonzalo Prez Andr.
    Coronel Nicols Guilln.
    Coronel Leopoldo Figueras.
    Coronel Jos Fernndez de Castro.
    Mayor General Santiago Garca Caizares.
    Capitn Generoso Campos Marquetti.
    Coronel Casimiro Mayo.
    General Jos B. Alemn.
    Coronel Lino Dou.
    Coronel Miguel Llaneras.
    Coronel Manuel Lazo.
    Coronel Antonio Gonzalo Prez.
    Capitn Oscar Soto Caldern.
    Comandante Ramiro Cuesta.
    Coronel Julin Betancourt.
    General Jacinto Hernndez.

           *       *       *       *       *

    Director General de Comunicaciones.
    Telegrafista Antonio Santamarina.
    Telegrafista Jos Betancourt.
    Telegrafista Miguel Linares.
    Telegrafista Ramn Linares.
    Telegrafista Eliseo Garrido.

_Veteranos_

    General Emilio Nez.
    Coronel Manuel Aranda.
    General Manuel Alfonso.
    Capitn Ed. Estrada.

_Guardia Local de la Habana_

    Coronel Avelino Sanjenis.
    Teniente Coronel Lucio Betancourt.
    Teniente Coronel Jos Manuel Govin.
    Capitn Alberto Ruiz.
    Capitn Ernesto Suarmann.
    Capitn Jos de Castro Targarona.
    Capitn Augusto Rent.
    Capitn Alejandro Lain.
    Capitn Alfredo Hornedo.
    Capitn Vctor Candia.
    Teniente Antonio G. Solar.
    Teniente Ignacio Sicre.
    Teniente Salvador Lecour.

           *       *       *       *       *

    Sres. Jos Lpez Rodrguez.
    " Pedro Gmez Mena.
    " Incln, Garca y Compaa.
    " Jos Perpin.
    " Regino Truffin.
    " Pedro Rodrguez de la Nuez.
    " Miguel Daz.
    " West India Oil Company.
    " Sucesin Leopoldo Carvajal.
    " Gonzlez de Mendoza.
    " N. Gelats y Compaa.
    " Hermanos Ajuria.
    " Rafael Montalvo.
    " Julio de Crdenas.
    " Gral. Demetrio Castillo.
    " Gral. Mario Menocal.
    " Faustino Angones.
    " Rambla y Bouza.
    " Presidente del Banco Territorial.
    " Ramn Lpez y Compaa.
    " Pedro Rodrguez, Banco Nacional.
    " Francisco Montalvo.
    " Acevedo y Mestre.
    " Valencia y Arrojo.
    " Fernando Snchez Fuentes.
    Mayor General Jos Mara Capote.
    Mayor General Alejandro Rodrguez.
    Mayor General Pedro Daz.
    Mayor General Pedro Betancourt.
    Mayor General Francisco Carrillo.
    Mayor General Lope Recio.
    Mayor General Jess Rab.

           *       *       *       *       *

    General Enrique Collazo.
    General Eusebio Hernndez.
    General Enrique Loinaz del Castillo.
    General Salvador Cisneros Betancourt.
    General Manuel Piedra.
    General Gerardo Machado.
    General Domingo Mndez Capote.
    General Fernando Freyre.
    General Alfredo Rego.
    General Pedro Delgado.
    General Agustn Cebreco.
    General Alberto Nodarse.
    General Eduardo Guzmn.
    General Manuel Delgado.
    General Carlos Gonzlez Clavel.
    Coronel Andrs Hernndez.
    Coronel Roberto Mndez Peate.
    Coronel Manuel Lores.
    Coronel Aurelio Hevia.
    Coronel Cosme de la Torriente.
    Coronel Carlos Mendieta.
    Coronel Baldomero Acosta.
    Coronel Manuel Miares.
    Coronel Francisco Martnez.
    Coronel Octavio Giberga.
    Comandante Alberto Barreras.
    Capitn Jos Aranda.
    Teniente Francisco Aranda.
    Sr. Antonio Pardo Surez.
    " Erasmo Regeiferos.
    " Felipe Gonzlez Sarran.
    " Ambrosio Borges.
    " Francisco Baez Daz.
    " Jefe Voluntarios de Cienfuegos.
    " Juan Lucas.
    " Antonio Clarens.
        1.--Antonio Cabarrocas.
        2.--Luis J. Walhlemberg.
        3.--Excmo. Obispo de la Habana.
        4.--Ramn Gonzlez Mendoza.
        5.--Decano Cuerpo Diplomtico.
        6.--Miguel Gonzlez de Mendoza.
        7.--Manuel Sanguily.
        8.--Subdirector Hospital Nmero Uno.
        9.--Decano Cuerpo Consular.
        10.--Presidente Centro Telegrfico.
        11.--Presidente del Ateneo.
        12.--Dr. Manuel Secades.
        13.--Capitn Golderman, Instructor Ejrcito.
        14.--Capitn Parker, Instructor Ejrcito.
        15.--Capitn Gatley.
        16.--Dr. Benigno Sousa.
        17.--Teniente Coronel Juan de D. Romero.
        18.--General Lara Miret.
    Presidente Senado.
    Presidente Cmara.
    Subsecretario de Estado.
    Subsecretario de Justicia.
    Subsecretario de Gobernacin.
    Secretario de Hacienda.
    Subsecretario de Hacienda.
    Secretario de Obras Pblicas.
    Secretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.
    Subsecretario de Agricultura, Comercio y Trabajo.
    Secretario de Instruccin Pblica.
    Subsecretario de Instruccin Pblica.
    Secretario de Sanidad.
    Secretario de la Presidencia.
    Presidente del Tribunal Supremo.
    Fiscal del Tribunal Supremo.
    Gobernador Provincial.
    Jefe de la Polica Nacional.
    Jefe de la Marina Nacional.
    Presidente de la Academia de Ciencias.
    Presidente de la Sociedad Econmica de Amigos del
    Pas.
    Decano del Colegio de Abogados.
    Presidente de la Cmara de Comercio.
    Presidente de la Asociacin de la Prensa.
    Presidente del Banco Espaol de la Isla de Cuba.
    Presidente de la Audiencia de la Habana.
    Rector de la Universidad.
    Presidente del Ayuntamiento.
    Fiscal de la Audiencia de la Habana.
    Presidente Consejo Provincial.
    Director General Obras Pblicas.
    Director de Sanidad.
    Director de Beneficencia.
    Director del Instituto.
    Director del Hospital Nmero Uno.
    Primer Jefe del Cuerpo de Bomberos.
    Director Casa Beneficencia.
    Secretario General Cruz Roja--B. Snchez Fuentes.
    Director del Censo de Poblacin.--Dr. Juan O'Farrill.

_Plana Mayor del Coronel Machado, que tanto se distingui en Oriente._

    Sargento Mayor Alfonso Salcines.
    Sargento Cuartelmaestre Enrique Borbent.
    Sargento Pagador Francisco Escamez.
    Sargentos Abanderados Hermenegildo Chvez y Vctor Chomat.
    Cabos Francisco Alcntara y Fructuoso Garca.

No queremos terminar el eplogo de este libro, sin enviar nuestra
calurosa felicitacin  los comandantes Mor y Maci, que tanto han
hecho y trabajado para que la fiesta resultara tan agradable.




INDICE


                                                                   PAGS.

Dedicatoria                                                            3

Dos palabras                                                           5

Lucha de razas                                                         7

Una leyenda desvanecida                                               11

A cada cual lo suyo                                                   17

Un viaje terrible                                                     21

Hands across the sea                                                  27

Un accidente                                                          33

El fuego de Boquern por fuerzas del comandante Castillo              37

Imprevisin                                                           43

El imperio de la convulsin                                           49

El combate de Yarayab                                                 57

A travs de la zona infestada                                         63

Como se present Lacoste                                              69

La odisea de un gallego                                               75

La noche trgica de la Maya                                           79

Nuestros bravos soldaditos                                            87

Honor  quien honor se debe                                           91

El Padrn de Honor                                                    99

Juicio del alzamiento                                                103

La captura de Surn                                                  107

Suspensin de las Garantas Constitucionales                         111

Literatura afro-independiente                                        113

Algunas observaciones                                                119

El fuego de Palma Mocha                                              125

Grabados:                     131, 133, 135, 137, 139, 141, 143, 145,
                       147, 149, 151, 153, 155, 157, 159, 161, 163 y 165

Eplogo                                                              167

Al pueblo de Cuba                                                    169

El Banquete monstruo                                                 173






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Rafael Conte and Jos M. Campany

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work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
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