The Project Gutenberg EBook of A vuela pluma, by Juan Valera

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Title: A vuela pluma
       coleccin de artculos literarios y polticos

Author: Juan Valera

Release Date: April 16, 2011 [EBook #35882]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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A VUELA PLUMA

OBRAS DEL MISMO AUTOR


   Pepita Jimnez; un vol. en 8., Ptas. 3.
   Doa Luz; un vol. en 8., 3.
   El comendador Mendoza; un vol. en 8., 3.
   Algo de todo; un vol. en 12., 2,50.
   Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 12., 5.
   Pasarse de listo; un vol. en 12., 2,50.
   La buena fama; un vol. en 16. con grabados, 2,50.
   El hechicero. El bermejino prehistrico. Las salamandras azules;
     un vol. en 16. con grabados, 2,50.
   Dafnis y Cloe (traduccin del griego); un vol. en 12., 3.
   Estudios crticos; tres vols. en 12., 9.
   Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12., 6.
   Cuentos y dilogos; un vol. en 12., 2,50.
   Poesa y arte de los rabes en Espaa y Sicilia;
     tres volmenes en 12., 9.
   Tentativas dramticas; un vol. en 12., 2,50.
   Canciones, romances y poemas; un vol. en 12., 5.
   Cuentos, dilogos y fantasas; un vol. en 12., 5.
   Nuevos estudios crticos; un vol. en 12., 5.
   Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12., 1.
   Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8., 3.
   Pequeeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8., 1.
   Las mujeres y las Academias, cuestin social inocente;
     un folleto en 8., 1.
   Ventura de la Vega, biografa y estudio crtico;
     un vol. en 8. con el retrato del biografiado, 1.
   Juanita la larga; un vol. en 8., 3,50.
   Genio y figura...; un vol. en 8., 3.




JUAN VALERA

A VUELA PLUMA

COLECCIN DE

ARTCULOS LITERARIOS Y POLTICOS

MADRID
LIBRERA DE FERNANDO F
_Carrera, de San Jernimo, 2_

1897

Es propiedad del autor.--Derechos reservados.




PRLOGO


Impreso ya este libro y reunidos en l no pocos artculos, se me ofrecen
dificultades que conviene allanar antes de que el libro salga  luz
pblica. Ponerle ttulo es la menor de todas y ya la considero allanada.
_A vuela pluma_ es ttulo tan significativo como propio. Ora excitado yo
 dar mi parecer sobre flamantes producciones literarias, ora movido 
inspirado por los tristes acontecimientos polticos de nuestros das, he
escrito y esparcido, por revistas y peridicos diarios, lo que aqu va
reunido. No porque soy escptico, sino porque soy modesto, aunque me
contradiga atribuyndome tan buena cualidad, nada pretend ensear al
escribirlos en cada uno de los siguientes artculos, ni nada pretendo
ahora ensear al reunirlos en un volumen. Y no porque yo crea que no
haya verdades que ensear, sino porque carezco de fe bastante en mi
propio saber y en mi autoridad y competencia para empuar la frula y
revestirme de la toga y dems insignias del magisterio. No es, pues,
para enseanza de mis lectores, para lo que publico este libro.

Si he de confesar la verdad tampoco han acudido mis amigos, admiradores
y parciales, aconsejndome y casi impulsndome con la violencia de sus
ruegos para que le publique, segn ocurre con frecuencia  otros autores
ms que yo dichosos. Este libro, intil para la enseanza, para la cual
candorosamente le desautorizo, se publica sin que nadie me lo pida ni se
empee en ello, por mi espontnea y librrima voluntad y por mi
iniciativa. Qu fin me llevo al publicarle? Alguna explicacin acerca
de esto me considero obligado  dar  los lectores.

Todo autor, por fro y desamorado que sea, consagra  cuanto escribe,
aunque lo estime en poco, un amor semejante al que tienen los padres 
sus hijos,  quienes aman aunque sean feos y no bonitos, enfermizos y no
robustos, tontos y no discretos. Y dado en m, como se da, este amor,
harto se comprende mi deseo de que no queden mis hijos espirituales
anegados en un inmenso pilago de papeles donde se perderan sin duda y
nadie volvera  acordarse de ellos. La unin da fuerza, y yo los reuno
para ver si de esta suerte se sostienen y sobrenadan y llegan sin
hundirse y sin ser arrebatados por la corriente del ro del olvido al
pequeo y seguro puerto del poco numeroso pblico, cuyas simpatas he
logrado captarme.

Si este pblico nada aprende leyndome, bien puede ser que se entretenga
apaciblemente con mi lectura y que divierta el espritu de penosos y
graves cuidados. Bien puede ser tambin que el favorable aspecto bajo el
cual veo yo dichos y hechos, y que mi confianza en los destinos de la
patria y en el mejor trmino y desenlace para los conflictos y apuros en
que se encuentra hoy, agraden y consuelen  quien me lea, con lo cual me
dar yo por bien pagado y justificar razonablemente el haber reunido
estas obrillas que los crticos severos y los que no me quieran bien
calificarn por lo menos de insignificantes.

Tienen con todo una muy importante significacin, que no mengua sino
crece, aunque se suponga trivial y vulgarsimo cuanto se dice en ellas.
Yo soy, sin duda, quien lo dice; pero, por lo mismo que lo dicho es
vulgar, quien lo piensa y lo siente es una no pequea parte del pblico,
de la cual vengo as  convertirme en rgano, representante y heraldo.

Al presente, est muy en moda, en literatura, el reunir documentos
humanos. Valga, pues, este libro, si no vale para nada ms, como reunin
de tales documentos. Yo expreso lo que en l se expresa; pero conmigo lo
piensan y lo sienten muchos miles de semejantes y de compatriotas mos.
Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente
 en documental y merece ser publicado y hasta ledo. Creo, por ltimo,
que, si al escribirle he desechado toda preocupacin interesada y le he
escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leer con gusto,
si no con provecho, y esto me basta.

[Illustration]




DISONANCIAS Y ARMONAS
DE LA MORAL Y DE LA ESTTICA

I


_Al Sr. D. Salvador Riada._

Mi querido amigo: Mucho siento tener que decir  usted que Monte-Cristo,
que oye turbio y que, adems, suele distraerse, hubo de engaarse, y tal
vez enga  usted, sin la menor malicia, cuando le asegur que me haba
parecido muy bien el _Himno  la carne_. Ni bien ni mal poda parecerme
una obra que yo an no conoca. Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que
tambin me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del
talento potico de usted, que tan claro me parece, y l lo aplic al
_Himno_ de que me hablaba, y que yo no poda alabar por serme entonces
desconocido.

Ahora, que ya le conozco, creo de mi deber dar  usted con toda
sinceridad y franqueza la opinin que me pide.

Muchsimo hay que decir, y he de decirlo, aunque incurra en la nota de
pesado.

No obstante la pesadez y el desalio con que ir escrita mi carta, yo
consiento en que usted haga de ella lo que guste:  guardarla para s, 
rasgarla,  dejar que el pblico la lea.

Desde luego el ttulo de _Himno_ me desagrada. Un himno es un himno, y
catorce sonetos son catorce sonetos. Adems, el ir dirigidos _ la
carne_ presupone cierta trascendencia teolgica  filosfica que los
sonetos apenas tienen.

Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y fuerza es
confesar que todos los hombres, salvo raras y dichosas excepciones,
estamos empecatadillos y entonamos himnos en loor de uno de estos tres
enemigos, cuando no de los tres  un tiempo; pero debe notarse que, 
bien no caemos, por extraviados  ilusos, en que hacemos semejante
elogio,  bien aparentamos no caer, envolviendo nuestro consciente
propsito en delicada hipocresa. El elogiar con premeditacin  tales
enemigos implica un descaro que repugna  las creencias religiosas de la
gran mayora de los espaoles, los cuales son,  se supone que son
catlicos.

Ya se entiende que, partidario yo del arte por el arte, he de prescindir
y prescindo de toda religin positiva y de toda moral que en ella se
funde, para juzgar una composicin potica. De lo que es difcil
prescindir es de la moral universal que coincide con la belleza
artstica, y de algunas conveniencias sociales, que son ineludible
requisito para que esa belleza artstica se produzca sin que lo estorbe
la disonancia entre la obra del poeta y las costumbres, los usos, y
hasta, si se quiere, las preocupaciones y los disimulos de la sociedad
en que el poeta vive.

An voy ms all en el _quidlibet audendi_. Supongo que el poeta se
rebela contra esos usos, costumbres y creencias, porque los considera
malos  tontos. No por eso he de escandalizarme. Antes bien, aplaudir
al poeta como poeta, si impugna con primor y con bro lo que yo crea ms
santo, aunque yo, pongo por caso, como catlico, considere que l, como
impo, acabar, en castigo de sus bien rimadas blasfemias, por arder
eternamente en lo ms profundo del infierno.

As me sucede con el _Himno  Satans_, de Carducci. Sin dejar de creer
en todo lo que ensea la Doctrina cristiana, los hombres, en mi sentir,
pueden haber inventado  descubierto la plvora, la imprenta, la
brjula, el pararrayos, el telgrafo, el telfono, la fotografa, la
mecnica celeste y la terrestre, las estrellas ms remotas, los
microbios y el protoplasma: pero, si algn poeta entiende de buena fe
que Dios se opona  que inventsemos y descubrisemos todas esas cosas,
que quiz hagan la vida menos aburrida y amarga, y que con auxilio del
diablo las hemos inventado y descubierto, mejorando y sublimando nuestra
condicin, yo le aplaudo si compone un himno  diablo tan benfico, 
quien llama l Satans porque se le antoja, y  quien seguir llamando
energa y luz interior que pone Dios en el alma, hecha  su imagen y
semejanza.

En anlogo sentido comprendo yo que se componga un _Himno  la carne_,
el cual me guste tanto  ms que el _Himno al demonio_ de Carducci. Si
entendemos por carne la sustancia organizada y viviente de que se vale
el Artfice supremo para revestir de forma sensible su idea, haciendo
patente la hermosura, ya por operacin de naturaleza, ya por
intervencin de la voluntad y del entendimiento humanos, que pulen,
acicalan y asean lo que naturaleza prepar y dispuso cual primitivo
bosquejo, declaro que el _Himno  la carne_ me parece muy bien,
prescindiendo del ttulo, porque ni las nubes nacaradas, ni la cndida
luna, ni el sol, ni las flores, ni los verdes bosques, ni los lozanos
verjeles, ni nada de cuanto he visto y veo por esos mundos, es ms
hermoso que una mujer aseada y hermosa. Y es ello tan indiscutible que,
para expresar materialmente los ms altos objetos, potencias y virtudes,
les damos forma de mujer. Y as la fama, la patria, la religin, la
ciencia, la filosofa, la justicia, la fe, la caridad y la esperanza, se
representan como otras tantas guapsimas seoras.

Pero su himno de usted (sigamos llamndole himno), no se mete en tales
honduras. Mejor sera apellidarle himno  la Pepa,  la Juana   la
Francisca, de cuya carne gusta usted. La generalizacin filosfica 
teolgica slo est en el epgrafe.

Y lo peor que yo noto (admirando ms la inspiracin y la habilidad
poticas, que no faltan  usted aun errando el camino) es que usted
analiza y resta en vez de sintetizar y aadir, al ir ponderando sus
deleites amorosos. Pues qu, no es ms que la carne lo que enamora 
usted en su innominada querida? Nunca ni el ms materialista de los
poetas gentiles, sustrajo tanto del amor los elementos no materiales,
que le idealizan y hermosean, y le redujo al mero concepto de la
lascivia, como si fuera amor de perros  de gatos. Y como usted no hace
la sustraccin y el despojo por vehemencia afrodisiaca, sino por
preocupacin de escuela ultra-naturalista, los versos, ni siquiera
resultan fervorosos de libertinaje, sino fros, afectados y
artificiosos, con refinamientos de sensualidad enfermiza, que apela 
espejos y  otras diablicas travesuras. Parece lascivia de viejo, y,
por consiguiente, falsa, pues usted es mozo.

Prescribe Horacio que no se hagan ciertas cosas delante del pueblo:

    _Nec filias coram populo Medea trucidet:_

y lo que Horacio prescribe para lo trgico debe aplicarse  lo ertico
tambin. No conviene introducir al pueblo en la alcoba ni imitar al rey
de Lidia con Giges. Contra esto peca usted, no pasando de ligero, sino
detenindose en pormenores con exceso de morosa delectacin. No cae
usted en que ciertos actos tienen mucho de grotescos, si no van
acompaados de misterioso recato. Y esto, no porque seamos cristianos,
sino en la risuea religin gentlica, en que, segn usted asegura,
Citerea prevalece. As es de advertir que los poetas ms libertinos de
la docta gentilidad nos dejaban  la puerta de la cmara nupcial, si
trataban el asunto por lo serio. Slo cuando queran hacer reir lo
describan todo. El cisne venusino dice desvergonzadamente los estmulos
de que se vala la vieja berrionda, mientras que de Glcera slo nos
dice que le aguarda en estancia perfumada; y l va  verla, invocando 
Venus para que le acompae y traiga consigo al Amor.

       Trae al muchacho ardiente,
    y  las Gracias, la ropa desceida,
    y  Mercurio elocuente,
    y de ninfas seguida
    la Juventud sin t no apetecida;

pero, en cuanto Horacio entra  ver  Glcera, con todo este cortejo,
nos da con la puerta en los hocicos, y acaba la oda, sin que nos cante
ni nos deje ver lo que pasa dentro. Ya nos lo presumimos.

Lo antiesttico del goce de amor, patentizado por el arte y descrito con
circunstancias menudas, se ve hasta en los poemas ms primitivos. Sube
Juno  la cumbre del Grgaro, adornada con el cinto de Venus, que la
hace irresistible:

      ... all el deseo,
    all la dulce persuasin estaba,
    que  los ms cuerdos la prudencia roba.

Jpiter pierde la suya, requiebra  Juno y quiere al punto gozarla; pero
antes, l y ella se envuelven en nubes doradas y denssimas, que ningn
Dios ni el Sol omnividente traspasa, y que Homero cuida bien de no
traspasar, respetando el pudor y el decoro de la dichosa  inmortal
pareja.

El tlamo de los dioses, el de los hroes, y aun el de cualquier hombre
que se respeta, han de estar rodeados de impenetrable misterio. La
prueba ms evidente por donde Penlope reconoce  Ulises, es porque ste
le describe su tlamo, que slo l haba visto entre los varones todos.

El espritu de usted es recto por naturaleza y est sano: pero yo
advierto en el _Himno_ insanos extravos y disparatadas disonancias. No
extrae usted que lo atribuya  la vaga leccin de malos libros
franceses, de los que estn de moda, de cuyo pesimismo, naturalismo
falso y caprichosa impiedad, se hace usted eco. Usted, de por s, sera
como Dios manda.

Supone usted que la religin de Cristo condena la carne, y luego dice
usted para s: pues voy  glorificar la carne, rebelndome contra la
religin de Cristo. Parte usted de un error, fundado en el doble sentido
de la palabra _carne_. Sin presumir de telogo, sino como hombre de
mundo, lego y profano, aunque no olvidado del Padre Ripalda, que aprend
en la escuela, digo que no tiene usted razn. La carne, considerada como
enemigo del alma, es la concupiscencia, es el vicio, es la lujuria, que
toda religin, no slo la de Cristo, condena. Pero la carne, el cuerpo
humano, considerado como obra de Dios, dnde est condenado? El Verbo
se hizo carne, y con cuerpo humano subi al cielo. Todos, segn nuestra
fe, hemos de resucitar con carne, y los cuerpos de los bienaventurados
han de ser muy hermosos y gloriosos. Lo primero que manda Dios al hombre
y  la mujer es que crezcan, se multipliquen y llenen la tierra. Cmo,
pues, ha de suponerse que Dios condena el amor sexual cuando ordena que
nos multipliquemos? El ascetismo, la vida penitente, la virginidad como
la ms perfecta condicin, no son tampoco exclusivos ideales cristianos.
En todas las dems religiones se da algo semejante. En la gentlica, por
ejemplo, hubo coribantes y vestales.

Lo que exigen la religin cristiana, y toda religin moral, y hasta sin
religin y sin moral, la esttica y el decoro, es el recato. En la
naturaleza de las cosas est que sea cmica, y no seriamente bella, la
exhibicin  la representacin del abrazo amoroso, ms  menos apretado.
Si el cnico Crates se une en pblico con Hiparca,  pesar de la
licenciosa libertad de Atenas, los pilluelos de la calle le silban y
escarnecen. Slo en Otahiti, cuando llega all el capitn Cook, se toma
por lo serio el hacer en pblico tales actos como ceremonia religiosa.

Fuera de estos casos rarsimos, lo general es que el sigilo y el secreto
presidan  los amores. Jpiter, aunque era tan desaforado y tan
propenso  ponerse el mundo por montera, satisfaciendo su regalado
gusto, elige para unirse  la ninfa Maya, hacindola madre del dios de
la elocuencia, inventor de la lira, alma de la danza, una noche
obscursima y un antro nemoroso y esquivo; y aun todava, para ocultar
mejor su unin  los dioses y  los hombres, les infunde antes dulce
sueo. Jano bifronte, no menos precavido y pdico, cuando se propone dar
ser  los briosos primitivos pueblos de Italia, se une  la gigantesca
ninfa Camesena, en la desierta cumbre del Apenino, y circunda el agreste
y amplio tlamo de tenebrosas tempestades.

En resolucin, ya que sera cuento de nunca acabar el ir citando sucesos
semejantes de hombres y dioses, yo vuelvo  prescindir de religin y de
moral: no echo sermn, aunque ya estamos en Cuaresma; pero tratndose de
arte, cmo prescindir de lo artstico? No es artstico el describir
prolijamente los placeres de la alcoba.

Admirable es la belleza del cuerpo humano. En otros mundos, sujeta la
materia  otras condiciones y con otra conformacin los sentidos, quin
sabe cmo podr ser la aparicin sensible de la belleza? Esto es lo
relativo. Pero la esencial y sustancial belleza que se nos revela en el
Apolo de Belvedere y en la Venus de Milo, es la belleza absoluta. Todo
entendimiento, capaz de comprenderla, aunque venga del ms extrao y
lejano mundo de cuantos pueblan el ter, lo reconocer y lo proclamar
como nosotros.

Si imaginamos vivos, y no de mrmol, sino de carne,  la Venus y al
Apolo, hombres y mujeres los contemplarn con pasmo y se podrn enamorar
de ellos; pero sera grosero no ver en tanta animada hermosura sino un
instrumento de material deleite. Habra en ello algo de profanacin
sacrlega, no ya en virtud de la religin del espritu, sino del respeto
hasta religioso que la materia misma, tan bien organizada, debe
infundir.

Ya usted notar que, en realidad, yo no voy contra usted en lo que digo.
Voy contra la escuela mal llamada naturalista, que le pervierte y
extrava. Si usted no valiese ya mucho y si no prometiese ms de lo que
ya vale, no me mostrara yo severo.

Demos por seguro que no hay bien, ventura, ni goce mayor que el de los
amores; pero todo bien, todo goce es para referido  representado
estticamente por lo sublime? Esta es la cuestin. Este es el error del
naturalismo; error que se ve ms claro an en las desventuras que en las
venturas. Sobre la muerte de un amigo, sobre la ruina de la patria,
sobre los suplicios y trabajos de un apstol, est bien escribir
elegas. Pero desventuras son, y no menores, que se le pudran las
narices al Dr. Pangloss, que  otro le d tia y se le caiga el pelo,
que  otro le sobrevenga una debilidad en las encas y escupa los
dientes y que  otro le ocurra cada tres das una indigestin molesta y
apestosa, y sin embargo, son estos percances  propsito para componer
versos elegacos? Nosotros, en la vida real, nos compadeceremos en
extremo del paciente, aunque slo sea prjimo, y no amigo  deudo; pero
si hablamos en verso heroico de lo que acontece, haremos reir en vez de
llorar.

Es indudable que hay desventuras y venturas, triunfos y derrotas,
dolores y placeres grandsimos que en la vida real se lamentan  se
celebran; pero sobre los cuales hay que pasar con rapidez en la
representacin artstica, si no queremos hacer reir con ellos.

As, Ariosto, por ejemplo, no sera por su aficin  lo moral y  lo
decente, sino por estas reglas de esttica, ms  menos reflexiva 
irreflexivamente percibidas, por lo que no cuenta con circunstancias
ntimas lo que pasa entre Anglica y Medoro; pero cuando quiere dar en
lo grotesco y provocar  risa, lo cuenta todo sin aprensin. As, en el
caso del viejo nigromntico  mgico que adormece con sus malas artes 
la hermossima dama y la tiene  su talante. El chiste est en que el
nigromntico, con toda su magia, si bien adormece  la dama, no atina 
despertar en l   resucitar algo que haca aos dorma  estaba
muerto, y se lleva un chasco feroz, quedando en salvo la honestidad y
entereza de la dama, con apacible risa y jbilo de los lectores. Si el
Ariosto hubiera tratado el suceso trgicamente, lo hubiera errado.

Yo no recuerdo haber ledo escena tan viva como la del nigromntico,
referida con pica dignidad y que produzca efecto, sino una en _El
Bernardo_ de Valbuena; pero esto se explica, porque va todo acompaado
de un poderoso elemento fantstico que lo dignifica, lo hace simblico y
hasta le da un valor moral. Hablo del tremendo lance de Ferragut con la
hechicera Arleta. El hroe penetra en el maravilloso palacio tan
estupendamente rico. La gallarda, joven y elegante princesa le recibe 
solas y se entrega. Una sola lmpara de extraa luz ilumina la estancia,
y sobre todos los objetos derrama encantados resplandores. Pero cuando
la luz de la lmpara oscila, la portentosa beldad de la princesa se
confunde; los perfiles, las sombras, los colores, todo se altera y se
combina por tal arte, que Ferragut se asusta y cree tener un vestiglo
entre sus brazos. Vuelve la luz  arder sin oscilacin y la princesa
recobra sus admirables atractivos. La luz, al fin, se apaga, y Ferragut
se encuentra en inmunda caverna y entre los brazos de horrible y
asquerosa vieja, cuya fealdad abominable ve  la luz de la luna, y cuyos
secos brazos y cuyas manos,  modo de garras, le retienen sin dejarle
escapar.

Dir usted acaso que en sus sonetos hay algo parecido  la moral de la
fbula de la hechicera Arleta; que de ello dan prueba las cuatro ltimas
palabras del ltimo soneto _Que ttrica es la vida!_ Pero yo, en honor
de la verdad, no descubro dicho sentimiento en usted, y si le descubro,
es expresado dbilmente y como ahogado en los pormenores que preceden 
las dichas cuatro palabras.

No hay en el himno nada semejante  lo que hay en casi todos los poetas
libertinos  epicreos de todos los tiempos; aquel sentimiento terrible
que asalta el nimo de ellos en medio de sus deleites; que hace exclamar
 Lucrecio:

            _...Medio de fonte leporum_
    _Surgit amari aliquid quod in ipsis floribus angat;_

que mueve  Catulo, entre los brazos de Lesbia, cubrindola de besos, en
noches consagradas al amor,  pensar en aquella perpetua noche que
tenemos que dormir todos,

    _Nox est perpetua una dormienda;_

y que lleva  Musset  hallar en el fondo del vaso de los placeres el
hasto que le mata,  Lamartine  suspirar por el amor ideal que no
tiene nombre ni objeto en la tierra, y  Espronceda  pedir un bien, una
gloria que l imagina, y que en el mundo no existe, y  desesperarse
porque palpa la realidad, odia la vida, y slo cree en la paz del
sepulcro.

No hay en el himno esta contraposicin entre el placer ruin  incompleto
de la tierra y la infinita aspiracin del alma; pero hay algo ms
ttrico; algo que se deplora en todos los _naturalistas_, ya escriban en
prosa, ya en verso: lo mismo en Zola que en Rollinat.

La pintura minuciosa, vehemente y sobrado material de la pasin,
convierte su fisiologa en patologa; hace pensar, no en robustez y
energa, sino en desequilibrio de facultades, en el hospital  en el
manicomio.

No ya el amor de un hombre y de una mujer, ambos de carne y hueso, sino
el amor de un santo  de una santa hacia Dios, resulta enfermedad; caso
de neurosis, hiperestesia, ninfomana  satiriasis ms  menos
alambicada.

La cuestin queda discutida de sobra. No me hubiera detenido tanto si,
por una parte, no estimase mucho el ingenio de usted y no sintiese sus
extravos, y si, por otra parte, no viese yo en estos extravos el
resultado de malas teoras estticas, y de una escuela de moda que es
menester combatir.

Slo aadir ahora algunas explicaciones sobre la acusacin implcita en
la dedicatoria autgrafa que pone usted al ejemplar del _Himno  la
carne_ que me ha destinado. No sin intencin viene este ejemplar para el
traductor de _Dafnis y Cloe_. Quiere usted dar  entender que quien ha
traducido aquella novela debe aplaudir el _Himno  la carne_?

La consecuencia est mal sacada. Aun suponiendo que _Dafnis y Cloe_
tenga cuantas faltas yo censuro, no se ha de inferir que por haber yo
cometido esas faltas no las pueda y deba reconocer como tales. Malo es
ser pecador, pero es psimo jactarse del pecado y procurar que se tome
como primor y acierto.

La diferencia, sin embargo, es grandsima. _Dafnis y Cloe_ viven hace
catorce  quince siglos; son paganos, estn en cierto campo ideal,
pastoril y primitivo. No choca el que se desnuden, como cuando se
desnudan un caballero y una dama de ahora, quitndose la levita,
pantalones, cors, etc. En fin; es otra cosa.

El naturalismo de la novela es, adems, enteramente contrario al de los
sonetos de usted. Hay en el naturalismo de _Dafnis y Cloe_ una condicin
sobrenatural  fantstica que cambia su condicin. El dios Amor, el dios
Pan y las Ninfas, por no interrumpida serie de milagros, conservan
inocentes  los dos partorcillos, hacen que se amen, los dotan de
hermosura ms que humana, que no marchitan las inclemencias del cielo:
ni los vientos, ni el sol, ni el calor, ni el fro.

La descripcin poetizada de las alternadas estaciones del ao, de la
rustiqueza selvtica y de una imaginaria vida pastoril de color de rosa,
y que no se da en el mundo real, prestan  todo el cuadro, y aun  las
ms vivas escenas, cierto velo  esfumino areo que no las hace tan
_shocking_. Y, por ltimo, aunque se funde el amor de Dafnis y Cloe en
la material hermosura de ambos, en su contemplacin, y hasta en el deseo
de lograr su posesin por completo, todava,  par de este deseo, hay
una amistad, un afecto entraable, una terneza pura en ambos
pastorcillos, que evitan el que sea su amor mera lascivia, y que le
purifican y realzan.

Recuerde usted que Dafnis aprende al cabo cul es el verdadero fin de
amor, y,  pesar de su pasin, se domina por temor de lastimar  Cloe, y
no la hace suya hasta despus de la boda.

En suma, y para no cansar, yo no me defiendo de haber traducido el libro
de Longo, aunque en Francia le tradujo un obispo. Quiero suponer, 
quiero afirmar y confesar que hice mal. Valgmonos de un smil. Sea como
si yo expusiera al pblico esculturas lascivas; pero de esto  exponerme
yo mismo como actor, me parece que dista mucho.

Por ltimo, se ha de notar que la novela de _Dafnis y Cloe_ no quiere
ser seriamente sublime, sino que, por cierta malicia candorosa y cierta
amaada inocencia, propende  difundir regocijo en quien lee, lo cual
podr ser censurable por el lado de la moral, pero no es antiesttico,
que es de lo que aqu tratamos.

Si usted, en otro tono ms ligero, risueo y jocoso, hubiera escrito
catorce sonetos, catorce veces ms verdes an, como yo soy viejo
pecador, y nada tengo de misionero, respecto  la moral y  la decencia
me hubiera callado; pero en punto  esttica, hubiera echado  usted mi
absolucin, y, si los sonetos alegraban las pajarillas, hubiera
concedido  usted indulgencia plenaria y hasta hubiera aplaudido.


II

Mi querido amigo: La cariosa carta de usted me mueve  escribirle de
nuevo, y no poco.

Si usted no hubiese escrito ya en verso y en prosa muchas cosas buenas,
y si usted no diese esperanzas fundadsimas de escribir otras mil
infinitamente mejores que los catorce sonetos, tendra usted razn en
decir que yo le mataba. Pero si usted escribe bien, y si ha de escribir
mejor, y si ha de ser, pues no creo que me engae la simpata, uno de
nuestros ms fecundos y amenos ingenios, qu importa que yo hable mal
de los catorce sonetos compuestos por usted en algunas horas de
extravo?

Yo, aunque sea repetirlo por tercera  cuarta vez, no voy contra los
catorce sonetos, sino contra la mala teora esttica que, nublando el
claro entendimiento de usted, se los ha inspirado.

Yo reparo, tal vez por dems, en el pro y en el contra de cuanto digo, y
nada afirmo con aquella decisin que se impone. De aqu que me acusen de
escptico. Fcil me sera pasar por dogmtico, si prescindiese yo de lo
que me dicta la conciencia; pero, como no prescindo, soy  paso por
escptico,  fuerza de ser concienzudo.

Digo esto, porque al censurar los catorce sonetos de usted, me han
asaltado en tropel no pocas dudas y dificultades que deseo exponer aqu,
aunque no logre resolverlas y todas se queden en pie.

Necesito, adems, escribir esta segunda carta para disculparme de no
rasgar la primera; porque, despus de la longnima docilidad con que se
somete usted  mi censura, tal vez acerba, y me la paga en alabanzas,
parece ruindad en m el que mi censura se haga pblica, y el que, siendo
yo, por lo comn, indulgente y hasta lisonjero con los extraos 
indiferentes, me extreme por la severidad con usted,  quien cuento
entre mis mejores amigos.

Vlgame para explicacin de mi conducta que la indulgencia debe recaer
sobre el _non plus ultra_ de lo que produce cada uno. No hay que podar
el quejigo, porque,  pesar de la poda, siempre dar bellotas speras y
no dulces almendras. De mal rbol no se espere fruto sazonado y sabroso.
Y as, siguiendo esta comparacin de los frutos, y convirtiendo
imaginariamente cada soneto de usted, pongo por caso, en un melocotn,
yo entiendo que usted debe darlos mejores, y que aun los catorce, de que
tratamos aqu, seran exquisitos, si el moscardn  avechucho del
_naturalismo_, que vaga por el aire, no hubiera clavado en ellos el
aguijn y depositado all venenosos huevecillos que se convierten en
gusanos y podredumbre. Lo que hago, pues, es osear el avechucho para que
no inficione otros nuevos frutos.

Dada ya  usted la satisfaccin que le debo, voy  decir algo acerca de
las dudas y dificultades.

Y es la primera duda la de si ser yo tan crudo censor de los sonetos
porque la vejez me infunde aborrecimiento al Amor: pero la duda se
disipa pronto, y creo que mi profundo respeto y mi ardiente devocin al
Amor son los que me inspiran.

Los catorce sonetos rebajan las obras de esta deidad  mera funcin
fisiolgica, y el bro de las descripciones no las eleva, sino que les
presta ciertos visos de patologa, que,  ms de hacerlas bajas, las
hace insanas.

Es cierto que lo contrario debe de ser peligroso y seductor; pero
consuela y no deprime. Trae Byron, en el _Don Juan_, una jocosa diatriba
contra Platn, echndole la culpa de las pecaminosas relaciones de su
hroe con doa Julia. Yo mismo, aunque disto mucho de ir tan lejos como
Byron en la malicia anti-platnica, me pasmo y veo con ms incredulidad
que fe los anchos lmites que pone, verbi gracia, el conde Baltasar
Castiglione al platonismo puro.

El beso en la boca, segn l, es todo espiritual: es ayuntamiento de
almas, en prueba de lo cual se alegan muy sutiles razones que no me
convencen. Ni vale para ello la grave autoridad del mismo Platn, de
quien nos cuenta el Conde que, divinamente enamorado y besando  su
amiga, sinti una vez que el alma se le vino  los dientes para salirse
del cuerpo.

 tales accidentes confieso que debemos dar explicacin menos
metafsica; mas no por eso debemos quitar del amor todo lo metafsico,
trascendente y divino. El amor nuestro se iguala entonces al de los
animales. Los refinamientos, las elegancias, los materiales primores de
que le rodeamos, le quitan naturalidad y no le aaden belleza. Y la
exageracin y violencia del sentir, en vez de magnificarle y
corroborarle, le ponen enfermo y le dan un aspecto diablico, delirante
y lgubre. Se dira que las pasiones y operaciones de nuestro ser se
resisten  ser atribudas y sujetas  leyes fsicas slo, y as, al
apartar del efecto toda causa  influjo divino, se le atribumos
infernal  endemoniado.

No llega usted  este punto del satanismo, y ms vale as. Se queda
usted en menos de la mitad del camino, y por usted lo celebro.

En cuanto  los catorce sonetos, seran estticamente mejores si fuesen
satnicos.

Yo comprendo  Baudelaire, y en cierto modo le admiro, aunque me
disgusta. En su inspiracin depravada, sombra y terrible, hay algo de
verdad, aunque exagerada por la farsa tenaz que l mismo se impuso para
ser ms original, para asustar al linaje humano y para contristar y
meter en un puo el corazn de cada burgus honrado y sencillote, en
cuyas manos cayesen sus _Flores del mal_. Pero usted no pretende hacer
el bu, ni pasar por originalsimo, siendo raro y extravagante. De ello
me alegro, aunque los catorce sonetos, por falta de una intencin, si
perversa, decidida, se queden en el limbo, y no suban al cielo, ni bajen
al infierno.

Dice Fscolo que el Petrarca cubri con un velo candidsimo al Amor, que
andaba desnudo por Grecia y en Roma, y as le volvi al regazo de Venus
Urania. Desde entonces, acaso desde antes, no se puede hablar seriamente
del Amor, trayndole  la tierra, prohibindole recordar su cielo, y
arrancndole la vestidura. Cuando esto se hace, resulta el sacrilegio,
que no se motiva ni funda bien,  no seguir el poeta las huellas de
Baudelaire, y entregarse al diablo.

Y ahora ocurre otra duda. Cmo es que hay versos erticos, harto libres
y desenvueltos, que el moralista, aunque no sea muy rgido, sin
apelacin condena, que toda seora  seorita bien criada no puede oir
sin enojarse y ruborizarse, y que, sin embargo, nos gustan mucho  los
profanos? Srvanme de ejemplo no pocas canciones de Branger. Yo presumo
que esto consiste en el tono. El refrn lo dice: _C'est le ton qui fait
la chanson_. La alegra, la ligereza, el aire improvisado  irreflexivo
lo disculpa todo. Se dira que estos poetas, alegres y desenfadados,
dejan tranquilo en su cielo al Amor primordial y unignito, y, si toman
de l varias prendas, es para adornar  los Amorcillos terrestres, hijos
de las ninfas, con los cuales no disuenan las libertades y la carencia
de misterios.

De esta suerte, y no con tono herico y pomposo, la Esttica no repugna,
aunque la Moral frunza las cejas, que el poeta, velando un poco, no
parndose en pormenores, y dejando entender mucho por medio de rodeos y
dobles sentidos, nos cuente  nos cante algunas travesuras. Harto s que
la eutropelia del P. Boneta no permite tanto; pero yo confieso que lo
permite la ma. Entindase, con todo, que para que estticamente
gustemos de versos as los mismos profanos, es menester que un dejo del
verdadero amor, de ternura y de otros bellos sentimientos, difunda en el
cuadro que el poeta nos trace algunos resplandores de la luz del cielo.
Catulo amaba  Lesbia con el alma, _plus quam se atque suos amavit
omnes_, y lo recuerda y lo confiesa hasta cuando ya Lesbia le es infiel;
y lo mismo acontece  Branger con Liseta, hasta cuando le dice, al
verla con tantas galas, que ya no es Liseta y que no debe llevar aquel
nombre.  pesar de la regocijada liviandad de ambos poetas, no es la
carne slo lo que los enamora.

Infiero yo de cuanto va dicho la necesidad, moral y esttica, de que en
toda poesa de amores intervengan cielo y tierra y concurran lo
espiritual y corpreo; esto ltimo velado por el pudor, sobre todo
cuando se quiere que sean grave el tono y elevado el estilo.

Se cita mucho la definicin que del orador da Quintiliano. Dice que ha
de ser _vir bonus dicendi peritus_; pero se ignora  no se recuerda que
los griegos exigieron antes para el poeta, como requisito
indispensable, la misma calidad de ser varn excelente. Acaso
Quintiliano no hizo ms que ampliar la exigencia de los griegos y
comprender en ella  los oradores. Como quiera que sea, es lo cierto que
la poesa, aun para los que seguimos la doctrina del arte por el arte,
no es, en el ms lato sentido, independiente de la moral. No se pone 
su servicio ni la toma como fin, porque su fin est en ella: pero la
poesa, siguiendo desembarazada y libre por su camino, si es de buena
ley y de alto vuelo, al llegar  su trmino, tiene que parar en la moral
ms perfecta y pura que se concibe en la poca en que el poeta vive, 
no ser que ste, lleno de aliento proftico, suba ms alto y columbre y
revele ms bellos ideales. Esto significa la excelencia moral que los
griegos requeran en el poeta, aunque careciese de aquella voluntad
perpetua y constante que constituye la virtud prctica en todos los
actos de la vida,  aunque no fuese ni hroe ni santo.

Infiero yo de lo expuesto que el amor entre hombre y mujer, cuando no es
slo material, no va contra la moral, sino que sta le sanciona. La
poesa ha hecho de l su principal asunto, as en cantos lricos como en
narraciones, desde las edades ms remotas hasta nuestros das.

Es ms: la poesa ertica es tan bella, entendida y realizada as, que,
lejos de condenarla, la religin, por severa y espiritual que sea, ha
solido valerse de sus frases vehementes y de sus acentos apasionados,
para expresar los xtasis y arrobos msticos, y los ms sublimes
misterios, aspiraciones y raptos del alma hacia lo infinito y lo eterno.
Testimonio de esto da, en la antigua India, aquella gloga bellsima en
que Yayadeva pinta los amores de la gentil pastora Radha y del Dios
Crishna, que toma la figura del pastor Govinda para enamorarla: y no
menos brillante testimonio da entre nosotros _El Cantar de los
cantares_, donde los terrenales amores de Salomn y de la Sulamita
vienen  sublimarse y  convertirse en los de Cristo con la Iglesia, y
en los del alma con su Hacedor.

Tenemos, pues, la poesa ertica, siempre que se guarde en ella el
debido decoro y no se la prive del elemento espiritual, no slo
tolerada, no slo permitida, sino hasta canonizada. No ya con
significacin mstica como San Juan de la Cruz, sino dirigindose 
mujeres, que fueron  que se supone que fueron de carne, varones
piadosos, como Fr. Luis de Len y Fr. Diego Gonzlez, han compuesto
versos amorosos.

Lo mejor es seguir tan buenos ejemplos. Slo se oponen  que los sigamos
la ltima moda de Pars, el afn de singularizarnos y el temor de ser
como cualquiera otro, tomando la senda trillada y emplendonos en
asuntos que se imaginan agotados ya, y sobre los cuales nada puede
decirse si no repetimos lo que otros dijeron.

Crea usted que este temor es vano. No busque usted la originalidad, y
ella vendr  buscarle. Sea usted natural y espontneo, y pondr usted
en cuanto escriba el sello de su persona, y ser sana y limpiamente
original, sin darse  todos los diablos y sin caer en las demencias
fnebres que en Francia se usan.

Inagotable fbrica y rico emporio de ideas es Pars. Necesario y bueno
es tomar de all lo que conviene; pero haya tino y juiciosa eleccin en
lo que se tome.

Cierta poesa no es ya ertica, sino crapulosa y nauseabunda. Entre las
causas que concurren  dar ser  esta poesa, adems de las ya
mencionadas, entra una vanidad pueril de que el poeta no se da cuenta 
veces. Figurmonos al poeta en Pars. Su prurito ser acaso que, en el
fondo de la provincia de donde ha venido, le tengan por un picaruelo,
sibarita alambicado, que logra venturas superfinas, ni soadas en su
lugar. Adems, todo francs hace sin querer _la reclame_. En Pars se
confeccionan los mejores guisos y se hacen los ms graciosos vestidos y
sombreros para mujeres; es menester, por consiguiente, que tambin se
crea y se divulgue que en Pars se entiende mejor el amor y se le
condimenta con alios ms picantes y especieras ms ricas y exticas.
Con este seuelo, tal vez, no pocos individuos acaudalados de naciones,
que en Francia se tienen entre el vulgo por semi-brbaras, vendrn 
Pars, ya que no  estudiar en la Sorbona,  aprender pornografa en los
colegios de la nueva Babilonia.

No acuso yo  ningn autor francs de que lleve tal intencin; pero la
lectura de sus libros produce el mismo efecto que si la llevara. Nos
fingimos por ac, y por muchas otras tierras, un Pars encantado, donde,
si va uno con dinero, se pasea en los jardines de Armida, desembarca en
la isla de los amores de Camoens, y penetra en el propio paraso de
Mahoma.

Si el mal se detuviese en esto, yo me callara; pero el mal no se
detiene. Los poetas crapulosos, como Baudelaire y Rollinat, se hartan y
se hastan de sus goces; sienten aspiraciones infinitas, hundidos ya en
el fango, y despus de haber renegado de Dios; y aqu te quiero
escopeta. Cada uno de ellos parece un energmeno. Sus versos son
pesadillas de un ascetismo bastardo y sin esperanza. Obsesos por el
demonio del remordimiento y por otros demonios ms feos y tiznados,
rompen en maldiciones y blasfemias inauditas. Ya nos aseguran que no hay
crimen que no sean capaces de perpetrar, ya se encomiendan devotamente 
Lucifer, ya aseguran que quieren imitar  Cristo, si bien suponiendo que
lo que Cristo prescribe y recomienda con el ejemplo es que nos matemos.
La muerte es la nica redencin posible. Adems, ellos entienden que
deben matarse en castigo de sus culpas.

     _Va, que la mort soit ton refuge!_
     _ l'exemple du Rdempteur,_
     _ose  la fois tre le juge,_
     _la victime et l'xcuteur._

La situacin es tremenda, y empezando por versos de amor materialista
puro, como los catorce sonetos, se viene  caer en ella, ms tarde 
ms temprano,  no desviarse pronto del mal camino.

Las visiones de Baudelaire y de Rollinat espeluznan y descomponen el
estmago; dan horror y asco: es menester ser valientes y robustos para
resistirlas sin vomitar  sin caer desmayado. Los suplicios ms feroces
que ve Dante en su _Infierno_, las abominaciones y espantos de los ms
ascticos libros cristianos, como _Gritos del infierno_, _Estragos de la
lujuria_, y otros as, son nierias y amenidades, si se comparan con lo
que Baudelaire refiere cuando l mismo se ve ahorcado, podrido y
hediondo, entre una nube de murcilagos y de grajos que le sacan los
ojos  mordiscos y picotazos y se le comen por do ms pecado habia, y
con lo que cuenta Rollinat de aquel gato celoso, que yo sospecho que era
un demonio familiar, el cual araa y destroza  su amiga en sitios tan
sensibles y ocultos.

Si tamaas desventuras se tomasen por lo serio, sera cosa de deshacerse
en un mar de lgrimas, de morirse de pena y de terror entre convulsiones
horribles, y de aborrecer toda vida, y ms que ninguna la
sardanapalesca,  que se entregaron estos vates ilustres, y cuyos
funestos resultados estamos tocando.

Por dicha, yo me consuelo y tranquilizo con sospechar que, tanto en el
_sardanapaleo_ como en el lloriqueo, tanto en las culpas como en los
castigos, hay abundancia de filfa y camelo. Ni se divierte uno tanto
como dice, ni suele exclamar de corazn _qu ttrica es la vida!_
despus de haberse divertido. En ambos extremos hay ponderacin
jactanciosa: _pose y blague_. Lo peor es el pesimismo. Si se adopta para
hacer efecto y darse charol, no tiene perdn de Dios. Por qu en odas,
en elegas, en coplas, en dramas, en novelas y aun en gruesos librotes
de filosofa, hemos de angustiar  los mortales y quedarnos tan frescos?

Todos, aunque seamos optimistas, tenemos ratos, y das y semanas de mal
humor, de tristeza y de abatimiento. As estaba yo, poco ha, cuando
escriba  un amigo diplomtico extranjero,  quien quiero mucho, una
melanclica carta. l me contest, consolndome con discretsimos
razonamientos, algunos de los cuales vienen tan  pelo aqu, que voy 
citarlos en el propio idioma en que estn escritos, abusando quiz de la
confianza y rompiendo el sigilo de la correspondencia.

A quoi vous sert votre optimisme? (me dice). Notre matre le Docteur
Pangloss restait ferme dans la doctrine aprs des accidents bien
autrement facheux et malgr le cadeau dont l'avait gratifi Paquette et
dont vous connaissez la gnalogie. L'optimisme ne servirait-il  rien?
On serait tent de le croire en voyant que les pessimistes sont en
general de fort bons vivants, qui s'arrangent une existence trs
agrable et qui sont trs peu presss de sortir de cette cration
manque. Leur chagrin est tout en rimes ou en livres de philosophie, qui
n'ont pas d'influence sur leur conduite journalire. Schopenhauer
n'avait pas l'air de s'ennuyer, si j'en crois ceux qui l'ont connu.
Boudha lui mme est mort d'indigestion, ce qui peut faire douter de son
asctisme et de son mpris des choses cres. Si nous faisions comme
eux et si nous prenions le monde comm'il est, runissant ainsi les
avantages des deux systmes?

Estas palabras de mi docto amigo me sugieren una idea luminosa y
salutfera. Seamos optimistas y pesimistas alternativamente. Las cosas,
aunque no crea uno en el determinismo feroz que nos arrastra al vicio y
hasta al crimen, y aunque no vea uno siempre desolacin y dolor en torno
suyo, no estn por eso todo lo bien que sera de desear. Confesmoslo,
pero no nos aflijamos demasiado ni menos aflijamos  los dems hombres
con nuestros quejidos y aullos. Conviene, pues, para esto, que nuestro
pesimismo, en vez de ser trgico, sea chistoso y cmico; como el
pesimismo de Voltaire, que en el _Cndido_ hace que nos desternillemos
de risa, , mejor an, como el de Cervantes, ms gracioso todava en el
_Quijote_, y lleno de dulzura y de cristiana resignacin, sin chispa de
hil ni de impiedad ni de odio.

Y si, en el da de hoy, sin salir de Espaa, quiere usted hallar un
modelo acabado de este pesimismo para reir, bsquele en los escritos, en
prosa y verso, de Miguel de los Santos lvarez, y singularmente en
algunas octavas del poema _Mara_. El pesimismo se expresa en ellas con
tanto chiste y gracejo, que regocija, en vez de desesperar, y hasta se
le antoja  quien lee  recita aquellas blasfemias, no ya que l debe
perdonarlas _propter elegantiam sermonis_, sino que hasta la Soberana
Potestad,  quien se dirigen, en vez de castigarlas, las celebra y las
re, como re y celebra la madre cariosa y benigna al nio pequeuelo y
mimado, si la insulta por que no le da, para que no le hagan dao, las
chucheras y golosinas que le pide.

En resolucin, y para terminar, en las poesas amorosas mezcle usted
algo del cielo con la tierra,  fin de no hallar _ttrica la vida_
cuando est en lo ms florido de sus aos, y en lo dems procure usted
no caer en el pesimismo, y si cae en l, tmplele y endlcele con la
risa resignada y con la burla sin acbar de Cervantes y del antiguo
amigo de Espronceda. De esta suerte, ya que no los censores graves; los
que no lo son ni tienen autoridad para serlo, en lo amoroso perdonarn 
usted las verduras, y en lo pesimista las injurias contra la
Providencia, cuyos designios y planes, que ignoramos y debemos acatar,
tal vez brillan justificados despus de tales ataques.

Y con esto termino, augurando  usted rica cosecha de laureles si sigue
mi consejo, y reiterndole que soy su afectsimo amigo.

[Illustration]




COLECCIN
DE
MANUSCRITOS Y OTRAS ANTIGEDADES DE EGIPTO
PERTENECIENTES AL ARCHIDUQUE RANIERO


No pocos escritores han dado ya noticia de esta rica y curiosa
coleccin, pero nunca hasta ahora se haba expuesto toda ella al
pblico.

A fin de que cualquiera logre enterarse algo de los objetos que la
componen, de su mrito y de su rareza, acaba de publicarse, en esta
ciudad de Viena, un precioso catlogo ilustrado.

Como los objetos son muchos miles, no es posible que todos estn
estudiados y descritos en el catlogo. Este, no obstante, es un tomo en
cuarto mayor, de 292 pginas, letra muy metida, con veinte lminas y
noventa imgenes y facsmiles intercalados en el texto, y contiene la
descripcin de ms de mil cuatrocientos objetos.

Lejos de ser todos de la misma poca, es tan varia su antigedad, que el
origen de algunos se remonta catorce siglos antes de Cristo, mientras
que los ms modernos son del siglo XIV de la Era cristiana. Todo ello es
visible y claro documento de la civilizacin, no interrumpida por
espacio de 2700 aos, en el pas que riega y fecunda el Nilo.

Como dicha civilizacin ha adoptado, en el transcurso de los siglos,
diversas creencias religiosas, distintos usos, leyes y costumbres y
diferentes idiomas en que manifestarse, los objetos, aunque hallados
casi todos en el mismo lugar, varan en extremo. Slo por la lengua 
escritura de los manuscritos pueden stos clasificarse en hierticos,
demticos, cpticos, griegos, latinos, arbigos y phlvicos,  sea en la
lengua oficial de los persas en tiempo de los Sasanidas.

Los ltimos vienen  demostrar con evidencia que  principios del siglo
VII de nuestra Era, el Egipto fu conquistado por Cosroes II, y que la
dominacin persa en aquel pas se extendi hasta la Nubia.

Por la materia en que los documentos de la coleccin estn escritos,
tambin hay notable diversidad. Lo que ms abunda es el papiro, desde
los tiempos de Ranss II, el Sesostris de las historias clsicas. Siguen
los escritos en papiro, despus de la conquista de Alejandro Magno, en
el periodo helnico de los Ptolomeos, durante la dominacin romana y en
la poca bizantina.

Cuando los rabes se apoderaron del Egipto, la civilizacin no se
eclips ni retrocedi, y el cultivo de la planta de que se saca el
papiro y la fabricacin del papiro tomaron mayor incremento,
proporcionando al Egipto prosperidad y riqueza. Las ms importantes
fbricas estaban en Wasima y en Bura, cerca de Damieta, desde donde se
enviaba esta mercanca  los ms distantes y opuestos mercados:  Roma,
 Constantinopla,  Bagdad, y  Crdoba.

En la coleccin del archiduque Raniero hay papiros escritos en lengua
arbiga, desde la conquista muslmica, en el siglo VII, hasta bien
entrado el siglo X; los hay del tiempo de los primeros sucesores del
Profeta, y de las dinastas de los Omiadas, Abasidas y Tulunidas.

En el siglo X,  tal vez antes, se haba ya extendido por el Asia
occidental y haba penetrado hasta el Egipto mismo un poderoso rival del
papiro que haba pronto de vencerle y dar con l por tierra. Era este
rival el papel de trapo. A lo que parece, el papel se conoca y usaba en
China desde la edad ms remota. Los rabes le importaron en Occidente.
La poca de este gran acontecimiento ha venido  fijarse, poco ha, con
maravillosa exactitud. Se marca el da, el mes y el ao en que fu. Fu
el 7 de Julio del ao 751 de la Era cristiana. Los anales arbigos y los
chinos estn contextes en esto. Kao-Hsien-fa, general de Corea, fu
vencido por los rabes, que llevaban por auxiliares  los turcomanos,
cerca de una ciudad llamada Kangli, en la orilla del ro Tharz. Los
vencedores traspasaron las fronteras mismas del Celeste Imperio
persiguiendo  los chinos, y les hicieron muchos prisioneros. Entre
ellos haba, por feliz casualidad, algunos que tenan por oficio hacer
papel. Fueron stos llevados  Samarkanda, donde pronto empezaron 
ejercer su industria. Los productos de ella se difundieron, desde
Samarkanda, por el Occidente de Asia, por Africa y por Europa. Si tard
casi dos siglos en vulgarizarse el papel y en vencer al papiro, fu
porque los primeros fabricantes slo de algodn saban hacerle, y les
faltaba,  bien abundaba poco, la primera materia. Al cabo vino 
inventarse el hacer el papel de trapos viejos, y pronto entonces se
trasplant esta industria  otros puntos. La segunda fbrica, de que
hace mencin la historia, se estableci en Bagdad el ao de 795,
reinando el califa Harun-al-Raschid. No tard mucho, probablemente, en
haber tambin fbricas de papel en Damasco, y desde all el papel empez
 conocerse en Europa, tomando el nombre de _Charta Damascena_.

En Egipto, los rabes emplearon ya el papel desde el siglo IX, y en la
coleccin del archiduque Raniero se ven escritos en esta materia,
empezando desde dicha poca y continuando durante las dinastas de los
Ichschidas, Fatimidas, Aijubidas y Mamelukos.

Y lo ms singular, y acaso una de las cosas que dan ms precio  esta
coleccin, es que, no slo hay manuscritos en papel, sino que
evidentemente hay tambin papeles, grabados  impresos, que datan del
siglo X. Los rabes no se limitaron  traer el papel desde la China, si
no que, por lo visto, trajeron tambin el arte de la imprenta antes de
que Gutenberg le inventase. Ya se entiende que esto excita la curiosidad
y el asombro, pero en manera alguna disminuye la gloria de Gutenberg,
como no quita  Coln la gloria de haber descubierto la Amrica el
descubrimiento muy anterior y harto infecundo de los islandeses.

Como quiera que sea, en la coleccin del Archiduque hay no pocos papeles
impresos, completamente como los impriman los chinos, y que son de
mediados del siglo X.

El papel manuscrito es en la coleccin, segn es natural, ms antiguo
que el impreso.

El primero, por orden cronolgico, entre los estudiados ya, es una
carta, en cuya direccin escrita en el respaldo se lee la fecha
correspondiente al ao 873 de nuestra Era. Hay despus un fragmento de
contrato del ao 909. La coleccin, adems de papiros y papeles,
contiene escritos en madera, en barro, en telas, en tablas de cera, en
metal y en varias clases de pergaminos de vaca, de carnero, de becerro y
de antlope, que eran los ms estimados.

El conocimiento del arte de escribir y de todos los recados y sustancias
con y en que se escribe se puede adquirir visitando esta coleccin, que
viene  ser una serie de monumentos de su historia. Y no es el menos
notable un cesto, de paja y camo entrelazados, donde hay tres paletas
de madera muy dura, en que se frotaba la pastilla  barra de tinta
slida, humedecindola, para que, desleda, sirviese. En cada paleta
hay huecos en que se envainaban las caas  plumas, de las que se
conservan tres. Cesto, _clamos_ y paletas, que an tienen tinta
endurecida, son de mil doscientos aos antes de Cristo, si hemos de dar
fe  los inteligentes y al testimonio de un papiro con escritura
hiertica, que estaba unido  dichos objetos.

Como se ve, todos ellos forman un tesoro de imponderable valor para el
anticuario, y estn ahora expuestos al pblico en cinco salones del
Museo austriaco de artes  industria.

Lo ms importante lo descubri y trajo  Viena el seor Teodoro Graf, de
quien, en 1884, lo adquiri el Archiduque.

El tesoro procede de diversos puntos, por ejemplo, de Al-Uschmunein, la
antigua Hermpolis; pero el fondo principal se ha encontrado cerca de
Medina-al-Fayun, no lejos del lago Moeris, entre las ruinas de la ciudad
de Schet, llamada por los griegos Crocodilpolis  Ciudad del Cocodrilo,
porque all era adorado el dios Sobk, cuya cabeza era como la de dicho
animal. Schet se llam ms tarde Arsinoe, en honor de la segunda reina
de este nombre, hija de Ptolomeo I.

El libro, de que vamos extractando todas estas noticias, se titula _Gua
de la Exposicin_; est impreso en la imprenta Imperial y Real de la
Corte y del Estado, y ha sido compuesto por tres principales autores. En
lo egipcio ha trabajado el Sr. J. Krall; en lo greco-latino el Sr. K.
Wessely, y en lo arbigo el Sr. J. Karabacek, de quien es tambin la
Introduccin de la obra.

Como yo no acierto  escribir nunca con el conveniente disimulo 
hipocresa, que alguien llama pudor literario, y, sin poderlo remediar,
impongo al pblico en mis secretos como si el pblico estuviese formado
de amigos ntimos, no he de ocultar aqu los sentimientos y
pensamientos, acaso abominables y vitandos, que acuden  mi alma  en
ella se despiertan, al visitar la referida Exposicin  al hojear el
libro que la describe. Hubiera perdido algo el linaje humano con que
todos estos papiros y papeles se hubiesen perdido sin llegar hasta
nosotros  con que nunca el Sr. Graf los hubiese descubierto? Sin duda
que suministran datos importantes y fehacientes, que aclaran no pocos
puntos histricos, y esto es una gran cosa; pero proporciona tanta
fatiga el estudiarlos, descifrarlos y traducirlos, que no s si el
resultado obtenido compensar nunca la fatiga. Si yo no fuese tan
aficionado  saber, si mi afn de enterarme de todo no fuese tan vivo,
me importara poco que se descubriese, cada da, un cmulo de
manuscritos como el que posee y exhibe el Archiduque: pero yo quiero
saberlo todo, y como el tiempo me falta, y la vista me va faltando
tambin, y s poqusimos idiomas, se apoderan de mi espritu la
inquietud, el mal humor, algo como miedo de acometer un trabajo nuevo y
algo como envidia de aquellos para quien apenas es trabajo sino deleite
el investigar tales escritos y poner en claro lo que dicen. Entonces me
explico y casi aplaudo la supuesta  verdadera conducta del califa Omar,
del Licenciado Barrientes, del Cardenal Cisneros, del arzobispo
Zumrraga, y de otros de quienes se cuenta que han quemado manuscritos.
La gente los denigra y los saca  la vergenza como insensatos
fanticos, pero yo tal vez los miro como hericos dechados de caridad
desagradecida. Por fortuna, pronto desecho esta extraviada manera de
pensar y de sentir; y pues hay manuscritos, aspiro  saber lo que dicen
y hasta  informar un poco de su contenido  los que sean ms ignorantes
 menos estudiosos que yo, y algunos habr.

Hasta ahora slo he hablado de lo material: del papiro, del papel, del
pergamino, de la tinta y de las paletas en que se deslea la tinta, all
en tiempo de los Faraones anteriores  Moiss. Veamos ahora algo de lo
que los manuscritos contienen.

Lo primero que se piensa es que son una mina de donde cualquiera autor
de novelas histricas pudiera tomar el legitimo _color local_,  mejor
dicho _temporal_, para los sucesos que relatase. Acaso no quede acto de
la vida de un municipio y de las relaciones y tratos entre sus
habitantes del que no se encuentre algn testimonio en la coleccin del
Archiduque. Se dira que hay en esta coleccin cuanto se custodiaba en
las escribanas de Arsinoe y en el archivo de su Ayuntamiento: contratos
de matrimonio, partes de defuncin, recibos de contribuciones, pagars,
escrituras de compra, venta y arrendamiento, etctera, etc. Todo es
peregrino por la lengua en que se expresa, y porque nos parece que pasa
 nuestra vista y que hemos ido retrocediendo veinte  treinta siglos
contra la corriente de los sucesos que vuelven  mostrarse como
presentes; pero, en lo esencial, aunque un poquito ms negros y ms
feos, apenas hay casos que no sean idnticos  los de ahora: tributos
enormes, gente que se resiste  pagar  no puede, poco dinero, usura,
miseria en el pueblo bajo, y en los empleos pblicos filtraciones 
irregularidades.

Ejemplo notable de esto ofrece el manuscrito nm. 272, del siglo III de
Cristo, donde hay actas del Ayuntamiento de Hermpolis Magna. La ciudad
era esplndida; tena por patrono  Mercurio Trimegisto, inventor de las
letras y de las ciencias; y los templos de dicho Dios, de Apolo, de la
Fortuna, de Serapis y de las Ninfas, eran de gran belleza. Sus colosales
ruinas pasman an al viajero.

Aquel municipio era autnomo, y los encargados por eleccin de
gobernarle se titulaban el Ilustrsimo Concejo. Los negocios de que
habia que tratar se los repartan los concejales, y como los negocios
eran muchos y varios, es tambin muy variado el contenido de las actas.
As, refieren stas que dos regidores, Dioscrides y Sarapamn, se
apoderaron de las llaves del psito, y sustrajeron de all y vendieron
muchsimo trigo y cebada, toda la provisin de lentejas, y ms de cien
_artabos_ de vino de arroz. No contentos con esto, hicieron otras
muchas defraudaciones. De aqu largos y acaloradsimos debates en las
Casas Consistoriales, para ver cmo haba de reponerse la prdida, pues,
 lo que se infiere, ni Sarapamn, ni Dioscrides tenan _talentos_, ni
_minas_, ni dracmas, ni bolos, ni _calcos_, ni _slidos_ (que eran las
monedas que entonces corran), porque todo lo haban liquidado.

Dejemos nosotros en paz  los seores Sarapamn y Dioscrides, ya que no
es posible que devuelvan de lo sustrado ni una lenteja, y procedamos
cronolgicamente en este rpido recuento.

Las conjeturas y los ensueos, no slo deben de estar permitidos, sino
que suelen ser muy divertidos. Imagine cada cual lo que se le antoje:
ponga en la hundida Atlntida, en las regiones hiperbreas, ms all de
las Montaas Rifeas, y hasta en la Lemuria, si le parece bien, un foco
primitivo de civilizacin; lo cierto, lo demostrado es que la
civilizacin ms antigua es la de Egipto. Hace cerca de seis mil aos
que el Egipto est civilizado. Monumentos hay, en aquella tierra
portentosa,  los que se atribuyen ms de cinco mil aos de edad, cuya
perfeccin y magnificencia no han sido despus superadas. Cualquiera de
ellos da muestra de que ya se conoca la escritura. La ms antigua, la
monumental y lapidaria, es la hieroglifica, que sigui emplendose hasta
el reinado del emperador Decio.

De la escritura hieroglfica haba nacido la hiertica, que se us para
escribir en los papiros y que no era ms que la simplificacin de los
setecientos signos de que la escritura hieroglfica se compona.

En el mismo cesto, donde estaba el recado de escribir de que hemos
hablado, se hall el ms bello y bien conservado escrito hiertico de la
coleccin archiducal. Se supone, pues, que es de la misma poca,  sea
de 1200 aos antes de Cristo.

Contiene, en forma de carta dirigida por un seor Pibesa  un seor
Amenofis, una descripcin potica de la ciudad de Pi-Ranss, de la que
no queda rastro y sobre cuya posicin discuten los egiptlogos, aunque
convienen todos en que era la residencia favorita de Ranss II; tal vez
algo  modo de un Aranjuez  un Escorial de entonces. Segn la
descripcin, haba all hermosos palacios; toda comodidad, deleite y
regalo; bien cultivadas huertas, donde se cosechaban granadas, manzanas
 higos; sembrados frtiles, estanques llenos de peces, mucha miel y
vino ms dulce y ms aromtico todava.

Otro escrito hiertico de la coleccin, adornado con vietas y muy
extenso, es el _Litro de los muertos_ de Taruma, sacerdotisa de Ptah.
Una de las vietas representa el juicio de los muertos, y otra la momia
de la mencionada sacerdotisa, extendida en el lecho mortuorio, que tiene
forma de esfinge, sobre todo lo cual se alza volando el alma, bajo la
apariencia de un pjaro. Este _Libro de los muertos_ es, como otros que
del mismo gnero se conservan, una serie de oraciones  salmos, con que
se provea  los difuntos para que luchasen contra los tenebrosos
poderes del Amente  Infierno, los venciesen, y pudiesen volver  las
regiones de la luz.

Los escritos demticos son pocos en la coleccin, al menos los
descifrados hasta ahora. Aunque se llaman _demticos_,  sea populares,
son,  lo que parece, harto difciles de leer,  causa de las
abreviaturas y enlaces y de lo cursivo de las letras. En tiempo de los
Ptolomeos fu el mayor florecimiento de este gnero de literatura, cuyo
ms brillante fruto es la _Historia de Xamris y Neferchoptah_. En la
coleccin del Archiduque hay, en escritura demtica, conjuros para
evocar  Osiris,  Chu, dios del Oriente, y  Amn, dios del Medioda.

La magia y la teurgia eran ciencias muy cultivadas en Egipto, y con cuyo
auxilio se atraa  la luna desde el cielo, se aprenda el lenguaje de
los pjaros, se transformaban las varas en serpientes y se hacan otra
multitud de milagros. Las frmulas, por cuya virtud se hacan, estaban
custodiadas en los colegios sacerdotales y en los Palacios de los
Faraones. Los profanos  no iniciados no podan valerse de estas
frmulas, ni poseerlas escritas, sin exponerse  muy severos castigos.
Hasta el mismo Faran, si tena el antojo de hacer algn milagro
valindose de las tales frmulas, se expona  que el cielo le castigase
enviando  su reino las ms espantosas plagas. As, pues, los conjuros
demticos que en la coleccin se ven, deben de ser una divulgacin
sacrilega, plebeya  incompleta, de la alta y noble ciencia de los
sacerdotes y prncipes.

Posee tambin la coleccin extraordinaria cantidad de escritos cpticos
(pasan de 4.000), en papiros, pergaminos y otras materias. A pesar de la
influencia cristiana, tan poderosa en esta literatura, que consta
principalmente de traducciones de textos griegos de la Biblia y de los
Santos Padres, la aficin  la magia persiste an, y hay no pocos
conjuros y frmulas que servan de amuletos. Entre ellos se ven
combinaciones de palabras, que forman lo que, para diversin y
adivinanza, ha estado ltimamente en moda con el nombre de _cuadrado de
letras_. As, por ejemplo:

    s a t o r
    a r e p o
    t e n e t
    o p e r a
    r o t a s

y este otro, hecho con palabras y letras griegas:

[Greek: a  l  ph  a
        l  e     n
       ph     n  
        a  l     r]

En la lengua cptica se contaban muchos dialectos y haban entrado
palabras extraas, ya del griego, ya del latn, ya del rabe. Se
empleaba el alfabeto griego, con la adicin de algunos signos para
expresar sonidos que con las letras griegas no podan expresarse.

Paciencia ser menester para descifrar los cuatro mil manuscritos
cpticos de que hemos hablado, y de los cuales slo una vigsima parte
explica el Catlogo. Hay cartas particulares y de negocios, cuentas,
recibos, vidas de santos, la epstola del rey Abgar de Edesa 
Jesucristo, y la contestacin de ste, homilas, plegarias y evocaciones
de varios linajes de seres sobrenaturales; del demonio Tamsari, del gran
querubn Asaror, de los espritus de los patriarcas Adn, No y
Matusaln, y del ngel Chrufos.

Posible es que de tamao caos, despus de estudiar mucho y devanarse los
sesos, saquen los sabios alguna luz para la historia de las
supersticiones, ritos, doctrinas, cultura y modos de vivir, en los
tiempos ms obscuros, sobre todo para la Europa latina,  sea desde el
siglo V al X.

En la sala segunda estn expuestos los manuscritos griegos, que son los
ms lujosos, elegantes y de mejor gusto artstico. Los hay con dibujos y
letras de varios colores, y de plata y de oro. Todos son enrollados y no
en la forma moderna del libro. Tambin estos manuscritos son los ms
interesantes para la historia, porque, ya son ejemplo nico  casi nico
de algo,  ya dilucidan puntos obscuros, que  la mayora de la gente no
les importan nada, pero que llenan de entusiasmo  los historiadores y
arquelogos y hacen que prorrumpan en el _eureka_ de Arqumedes.
Brillante ejemplo del primer caso presta el pedazo de papiro sealado
con el nmero 531, donde se lee un coro del _Orestes_ de Eurpides, con
la msica con que se cantaba, y tambin con la msica instrumental del
acompaamiento. Este papiro es casi contemporneo del nacimiento de
Jesucristo: debe de tener mil novecientos aos de antigedad.

Yo no s en qu consiste, ni me parece que el Sr. Wessely lo explica,
pero lo cierto es, que, fuera de este coro con msica y quiz de algn
otro papiro, conteniendo amuletos, conjuros  fragmentos literarios y
sin fecha cierta, no hay entre todos los papiros griegos descritos uno
solo anterior  la Era cristiana. Los ms antiguos son de fines del
primer siglo de dicha Era, esto es, cuando ya la dominacin helnica y
su cultura y sus letras prevalecan en Egipto haca cuatrocientos aos.

Desde el de 83 hasta el de 735  dgase mucho despus de la conquista de
Egipto por los rabes, que tuvo lugar en 642, hay papiros griegos en la
coleccin del Archiduque. La cultura helnica persisti despus de dicha
conquista. En todo, dur en Egipto ms de mil aos.

Las noticias de la vida pblica y privada que contienen estos papiros,
son en extremo curiosas y pueden producir al que las recoja una
abundante cosecha de datos para la historia y para las ciencias
auxiliares de ella, como la cronologa, la lingstica, la arqueologa y
la economa social. As, v. gr.: un papiro de la coleccin es el nico
documento escrito del reinado de noventa das de los emperadores Pupieno
y Balbino. En otro papiro se declaran los ttulos de la reina de
Palmira, Zenobia, y de su hijo, que rein  par de ella, y que se
llamaba y titulaba Aurelio Septimio Vabalato Atenodoro, _vir
clarissimus, Rex, Imperator, dux Romanorum_. Otros papiros dan muestra
de la decadencia literaria, de la corrupcin que se fu introduciendo en
el idioma, del mayor nmero de extravagancias, supersticiones y
tristezas que conturbaron los espritus, de la poderosa reorganizacin
del imperio por Diocleciano y Constantino, del triunfo de la religin
cristiana, y de la vergenza de la universal bancarrota del Estado y del
rebajamiento en la ley de la moneda.

Todo esto lo ve sin duda pasar ante sus ojos, como si estuviera viviendo
entonces, el que sabe leer los papiros y los lee. A veces conoce, no ya
la vida de una sola persona, sino la historia de toda la familia y de
sus bienes de fortuna durante algunas generaciones. En un contrato de
compra y venta en el ao de 268, vemos  la rica y joven viuda Priscila
comprando una bonita esclava en la flor de su edad, y pagando por ella
cinco mil dracmas. Como ya la muchacha haba pertenecido  un oficial de
caballera, llamado Aurelio Coluto, no es muy de creer que su inocencia
inmaculada entrase por mucho en tan subido precio. La seora Priscila
deba de ser caprichosa y vivir con lujo y aparato. Su hermosa casa
estaba en la _Calle del Castillo del Occidente_, en la ciudad de
Hermpolis. Pero no hay bien ni mal que dure cien aos. La seora
Priscila tena un hijo llamado Aurelio Nicon Aniceto, que fu del
Ayuntamiento, y que no sabemos cmo administrara la fortuna comunal,
pero s que administr tan mal la propia, que tuvo que empearse y hasta
que hipotecar la casa de la _Calle del Castillo del Occidente_. Tom
prestados sobre esta hipoteca: primero, cuatro mil doscientos dracmas;
al ao siguiente, mil quinientos ms; otro ao despus, mil doscientos,
y todava otros mil quinientos dracmas, un ao ms tarde. El resultado
natural fu que tuvo que vender la casa, poco tiempo despus,  la
seora Aurelia Serapias, hija de Trimoros, de quien yo sospecho que era
un usurero terrible. La seora Aurelia Serapias haba de parecerse mucho
 su padre, y slo di por la casa tres mil dracmas sobre lo que ya
haba prestado. Es casi seguro que la casa estara apreciada, en nmero
redondo, en dos talentos,  sea doce mil dracmas; de suerte que, al dar
los tres mil y cobrarse lo prestado, la seora Aurelia Serapias todava
tuvo un beneficio de seiscientos dracmas lo menos.

Raros son los papiros que no contienen noticias lastimosas; pero, al
fin, algunas hay alegres tambin. Pondr por caso la certificacin,
expedida por un juez de los juegos olmpicos, de que Horin ha alcanzado
la victoria y ha sido coronado  son de trompetas. La certificacin es
del tiempo del emperador Galieno y se dirige al Ayuntamiento de
Hermpolis para que honre, como debe, al referido Horin, natural de
dicha ciudad. A los vencedores en los juegos se les concedan no pocos
privilegios y distinciones, exencin de ciertos tributos y hasta
pensiones,  veces.

La serie de documentos es larga, y sera prolijo, para un artculo,
detenerse ms en dar cuenta de ellos. Los que ms abundan son los
contratos entre particulares y los escritos relativos al cobro de las
contribuciones, las cuales eran en dinero, en toda clase de cereales,
viandas y frutos, y hasta en equipo para los militares. La corrupcin de
los que recaudaban, las vejaciones que imponan, el susto que les
entraba cuando haba visita de inspeccin, y la creciente pobreza y
opresin del pueblo, todo se refleja en los papiros como en un espejo.
La sociedad hubo de hacerse tan insufrible para la mayora de los
hombres, que se comprende la mana que se apoder de muchos de huir de
las ciudades y de retirarse  los yermos  hacer vida de anacoretas.

El pueblo egipcio deba de estar cada da ms humillado por sus
sucesivos dominadores, de todos los cuales iban quedando descendientes
con privilegios como hombres de raza superior, formando colonias
militares y constituyendo,  modo de un ejrcito de reserva, para
sostener el gobierno central, primero de los Ptolomeos, y despus de los
Csares. En los papiros se ven  cada instante las huellas de estas
clases privilegiadas. Ellas acaso ayudaran  las legiones romanas para
defender el Egipto, aunque en vano, primero contra los persas, y contra
los rabes despus.

La dominacin persa no hubo de durar ms de dos  tres aos. Sin
embargo, la coleccin del Archiduque Raniero encierra centenares de
documentos que atestiguan esta dominacin, la cual termin sin duda en
tiempo del emperador Heraclio.

De los manuscritos phlvis no da la gua de la Exposicin traduccin ni
cuenta, disculpndose los autores con la dificultad que ofrece la
inteligencia de este idioma, del cual, segn se hablaba en tiempo de los
Sasanidas, afirman que slo quedan algunas monedas  inscripciones en
piedra que puedan haber servido para prepararse  interpretar los recin
descubiertos manuscritos, que hoy posee el Archiduque, y son,  lo que
parece, los nicos en su gnero.

Entindase que yo hablo como profano y que no acierto  decidir si el
phlvi en que estn escritos los papiros de la coleccin archiducal es
otra lengua distinta de aquella en que est escrita parte del
Zendavesta,  si hay algn libro sagrado escrito en un phlvi menos
antiguo, ya del tiempo de los Aquemenides, ya del tiempo de los
Arsacidas, ya del de los Sasanidas mismos. En este ltimo caso, dicho
libro podra servir, como escrito en idntico idioma, para traducir los
manuscritos persas del Archiduque.

La parte de los manuscritos latinos es muy pequea en el Catlogo. El
latn era en todo el Imperio romano el idioma de las leyes y de la
milicia; pero, en Egipto, para la administracin, el comercio y los
contratos, se empleaba el griego. As es que hay pocos manuscritos
latinos y casi todos de asuntos militares.

Es de lamentar que entre tanto manuscrito del largo, del milenario
perodo greco-latino, apenas se haya descubierto nada que tenga valor
esttico, salvo el pedazo del coro de _Orestes_, con su msica. Lo ms
notable, despus de dicho coro, es un fragmento del prlogo de un drama
de Epicarmo, titulado _Ulises explorador_, donde el astuto hroe se
disfraza de mendigo y penetra en Troya para averiguar lo que all pasa.
Hay asimismo dos hojas de pergamino de un discurso de Esquines
impugnando  Demstenes. El discurso fu pronunciado 330 aos antes de
Cristo; y el pergamino de que hablamos es del siglo V de nuestra Era.
Hay, por ltimo, dos antfonas del siglo IV, y pedazos de las Escrituras
Sagradas y de varios Evangelios no cannicos.

La conquista de Egipto por los rabes, en 642, fu para el pueblo
conquistado una felicidad, aunque efmera. Los rabes fueron recibidos
por los coptos como simpticos vengadores y libertadores. No eran como
los brbaros que haban acabado con la dominacin romana en Europa, sino
un pueblo de cierta cultura sencilla, primitiva y patriarcal, cultura
que contaba siglos de duracin y que en no pocos de sus rasgos tena
bondad y aun delicado refinamiento. Como los rabes venan adems, en
corto nmero, ni queran, ni podan, ni necesitaban oprimir demasiado,
luego que pasaba el primer choque de la invasin y de la guerra. Amr,
en otro tiempo mercader de cueros y de especias, y luego general del
califa Omar, invadi el Egipto y se apoder de aquella regin frtil y
dilatada, con un pequeo ejrcito de tres mil  cuatro mil hombres bien
disciplinados. Por una corta capitacin anual poda cada habitante vivir
tranquilo en su casa, con su familia, su religin y sus leyes. Amr,
lejos de quemar la Biblioteca de Alejandra, protegi las artes, la
industria y el comercio,  hizo que el Egipto volviese  florecer.

Los papiros que describe el Catlogo dan repetidos testimonios de esta
benfica suavidad de la conquista musulmana. Los aficionados  ensalzar
el islamismo hallarn aqu nuevas pruebas de que, si bien los rabes no
fueron un pueblo inventor, fueron conservadores de las ciencias,
aficionados  ellas, y vehculo  intermedio de las invenciones, ideas y
civilizacin de otros pueblos.

Durante algunos siglos, tal vez se pudo imaginar que la luz del saber
iba  extinguirse entre los pueblos cristianos y  resplandecer entre
los muslimes, y que stos llevaban la delantera en el camino del
progreso: pero, en el seno tenebroso de la barbarie europea, en medio de
las ruinas del Imperio de Occidente, de donde surgieron nuevos Estados,
compuestos de una inerme y abyecta grey, oprimida por una casta
superior, ignorante y belicosa, haba grmenes tan fecundos, que de
ellos brot esta civilizacin ms alta, que dura an, que ha llegado 
maravilloso desenvolvimiento, y que es de esperar que ya nunca muera, 
pesar de las extraas enfermedades que suelen atacarla cuando ms se
ufana y se engre con sus triunfos y su gloria. Las naciones muslmicas,
entre tanto, han descendido muy por bajo del nivel que en su origen
tenan y se han sumido en la barbarie. Como no nos incumbe aqu explicar
las causas de todo esto, nos limitamos  decir que en los manuscritos
del Archiduque hay abundancia de datos que pueden valer para explicarlo,
y que, por consiguiente, dichos manuscritos no importan slo  la
historia de Egipto, sino  la historia de la civilizacin del linaje
humano.

Acaso se pruebe por ellos que no dur mucho la mejor condicin del
pueblo bajo el dominio musulmn. La poblacin decrece en los sucesivos
censos, aunque puede atribuirse  que no pocos copts se hacen sectarios
del Islam; la opresin y los malos tratos van aumentando contra los que
no reniegan; y los tributos cunden y se agrandan poco  poco, hasta el
punto de echar de menos los peores das del imperio bizantino.

De todos modos, la cuestin es complicada y no debe decidirse de plano.
La rica coleccin de documentos, que posee el Archiduque, es un arsenal
que suministra armas para defender cualquiera tesis. Lo que desde luego
puede afirmarse es que, en aquellos siglos, ninguna horda, tribu 
nacin haca ni hubiera hecho conquista tan benigna como las de los
rabes. Los dieciocho preciosos documentos, de que el Catlogo da
cuenta, contemporneos de la conquista, y slo posteriores los ms en
doce  catorce aos  la muerte de Mahoma, manifiestan la bondad y la
moderacin de los conquistadores. En cambio, otros documentos de poca
posterior se pueden aducir, como prueba de la dureza de la dominacin
muslmica, al menos contra los cristianos. A veces los sellaban en la
mano con un hierro candente, y  los que no llevaban este sello los
solan castigar con azotes, y hasta con la muerte. Bien es verdad que
los coptos se rebelaron en varias ocasiones, y ya la rebelin sofocada,
fueron reducidos muchos  la condicin de esclavos, pudiendo acaso
decirse en defensa de los muslimes que en los pueblos de la Cristiandad
hubo hasta muy tarde la cruel costumbre de sellar  los esclavos de la
misma suerte, no en la mano, sino en la cara.

Al lado de esta y otras huellas de ferocidad, hay tambin documentos, de
los que da cuenta el catlogo, en que conviene celebrar ciertas
elegancias, primores y hasta ternuras que parecen propias de las ms
cultas edades. Citar, por ejemplo, el fragmento de una carta de amor,
escrita en el siglo IX, donde el amador ausente se considera tan herido
en el corazn y en el alma, que va  morir de mal de ausencia. Es adems
muy interesante la postdata de esta carta sentimental, ya que por ella
se ve que fue confiada  una paloma mensajera. En el siglo IX estaba,
pues, establecido este modo de correo, y es probable que, no slo el
gobierno, sino los particulares, hubieran podido valerse de l. De
trecho en trecho haba estaciones  palomares,  cada uno de los cuales
llegaba con cada carta una paloma que  l perteneca: los empleados
all confiaban la misma carta  otra paloma, que la llevaba hasta la
prxima estacin, y as sucesivamente llegaba la carta  su destino. De
esta manera, sin duda, el califa reciba nuevas de cuanto iba ocurriendo
en sus extensos dominios. Tal vez estas nuevas se ponan en conocimiento
del pblico. Como prueba de que los particulares se valan del mismo
medio de comunicacin, puede aducirse, en los tiempos ms antiguos, un
papiro  pergamino finsimo destinado al efecto, y ms tarde, unas
hojitas de papel, que se llamaba _de pjaro_, y que vena  tener seis
centmetros de ancho y nueve de largo.

En suma, la coleccin de manuscritos del Archiduque, en su parte
arbiga, da  conocer ya mucho la vida, usos y costumbres de los
muslimes en los siglos medios; aclara bastantes puntos oscuros, corrige
no pocos errores histricos, y ofrece an vasto y apenas explorado
campo, primero al estudio de los arabistas, y despus  las
consideraciones, comentarios y consecuencias que pueden y deben sacar
los historiadores y los filsofos.

Yo me he limitado  dar de todo la ms superficial noticia. Para
terminar, recomiendo ahora  mis lectores, si alguno tengo que sea
curioso y entendido en estos asuntos, que, ya que no pueda ver la
Exposicin, compre el catlogo y le lea. Con esto sabr algo, pero no lo
sabr todo. El catlogo es una fuente , si se quiere, un ro de
conocimiento; pero los objetos no catalogados ni descritos an son la
mar. Me aseguran que pasan de cien mil. Todos los das anuncian los
peridicos de aqu interpretaciones  explicaciones de nuevos
manuscritos. Anteayer mismo trajeron que se haban descifrado un himno
demtico al Dios Soknopaios, compuesto por su propio sacerdote y escrito
en un rollo de papiro de ms de un metro de largo, y dos  tres
captulos de la obra de Xenofonte, titulada _Helnica_, donde trata de
los ltimos casos de la guerra del Peloponeso.

Slo Dios sabe lo que se descubrir todava; y como ser cuento de nunca
acabar, no debe ser censurado que en cierto modo acabe yo este articulo
sin que, en realidad, acabe ni haya motivo para que acabe.

[Illustration]




DE LOS AUTORES PORTUGUESES

QUE ESCRIBIERON EN CASTELLANO[1]


Durante no breve tiempo, la atencin del pblico inteligente, y, sobre
todo, de las pocas personas que leen en Espaa, se fij con tal ahinco y
con tan candorosa admiracin en el movimiento intelectual de Francia, y
quiz de algn otro pas de los que en el da se consideran al frente de
la civilizacin de Europa, que descuidamos mucho el conocimiento de
nuestros autores, y aun llegamos  mirarlos con desdn, ms  menos
encubierto.

[1] _Catlogo razonado, biogrfico y bibliogrfico, de los
autores portugueses que escribieron tn castellano_, por D. Domingo
Garca Prez, Doctor en Medicina y Ciruja, antiguo Diputado de la
nacin portuguesa por la ciudad de Setubal.--Madrid, 1890.

De aqu sin duda el escaso cultivo que hemos dado  nuestra historia
literaria, de la cual no tenemos an tratado de conveniente extensin y
escrito por un espaol en nuestro propio idioma; Amador de los Ros dej
en el punto ms interesante su grande obra, y lo menos malo completo que
tenemos hasta hoy, prescindiendo de la frialdad y pobre sentir de las
bellezas, es el libro del anglo-americano Jorge Tiknor.

Recientemente, acaso desde nes del primer tercio de este siglo, el amor
propio nacional nos ha estimulado, y la aficin  las letras patrias se
ha despertado en Espaa, al menos en el pequeo circulo de los que
gustan de libros y no se emplean enteramente en las interminables
discusiones polticas.

Nuestros antiguos libros,  circulaban en ediciones detestables, que
arredraban  los tibios y no consentan que los leyesen,  se haban
hecho raros, cayendo los ejemplares que an quedaban en poder de
biblifilos, que hacan de ellos misterioso tesoro, estimando  menudo
con perversa crtica, cada libro, ms por su rareza que por su valor
literario.

En esta situacin, empez  publicarse en 1847  1848 la _Biblioteca de
autores espaoles_, de Rivadeneyra, la cual hizo un gran servicio,
divulgando el saber de nuestra literatura y procurando que este saber
pudiese ser algo ms que somero, sin convertirse en ciencia oculta, de
la que slo entienden los iniciados.

Desde entonces, as los que compusieron los prlogos, introducciones y
notas  los varios autores que public Rivadeneyra, como otros eruditos
que tal vez han venido despus, y entre los que descuellan Menndez y
Pelayo, Adolfo de Castro, Laverde y Canalejas, han ido juzgando y
estimando en lo que se debe nuestra amena literatura, poesa lrica y
pica, novelas y teatro, y hasta nuestros historiadores, filsofos y
dems hombres de ciencia.

An queda bastante que hacer en este punto de la crtica, y es harto
difcil ponerse en el medio razonable para no desdear demasiado ni
encomiar tampoco sin medida lo que no lo merece. El segundo escollo es
el ms peligroso de los dos. Quien en l se coloca, en vez de ganarse
las voluntades y de fomentar la aficin  los antiguos libros espaoles,
infunde al vulgo,  la gente de mundo semi-ilustrada, miedo y hasta
repugnancia, no falta de fundamento, porque si alguien lee un libro que
el crtico le ponder como un primor, lleno de ingenio y de gracia, oro
de Tbar de poesa, etc., y se aburre leyndole y le halla tonto 
inaguantable, creer que con todos los dems libros que le pondere el
crtico le suceder lo mismo, y no leer ninguno, y tendr vehementes
sospechas de que no es muy divertida la antigua literatura espaola.

Harto sabemos todos que la moda, las ideas del tiempo en que se vive, el
chiste de fecha reciente, es lo que el vulgo literario penetra bien y
aquello en que se complace. De lo pasado suele penetrar poco, y no se
divierte ni se interesa por ello; pero, en otros pases, no son los
hombres tan rebeldes  toda frula como en Espaa; no tienen tanto el
valor de sus opiniones, y reconocen las autoridades y las acatan y se
someten. Aqu no. Un ingls ir  oir un drama de Shakespeare, y
bostezar y se fastidiar de muerte, pero no se atrever  decir que el
drama es malo; antes bien, le declarar maravilloso y estupendo:
mientras que todo espaol, y ms an toda espaola, si va al teatro y se
fastidia  se duerme con Tirso  con Lope, dir desenfadadamente que
Lope y Tirso nada valen. La otra noche, por ejemplo, representaron aqu,
en uno de nuestros mejores teatros, una comedia de Molire, traducida
por Moratn, y el pblico, que era de lo ms selecto de esta coronada
villa, ech  rodar sin el menor escrpulo la gloria del gran dramaturgo
francs y de nuestro egregio poeta clsico, y sali casi unnime
sentenciando que era estpida la tal comedia.

El critico y el historiador de nuestra literatura deben tener presente
todo esto para no excitar con sus alabanzas  la lectura de libros que
no merezcan ser ledos, pero tampoco deben escatimar el encomio  todo
libro  trabajo que sea digno de l, aunque la generalidad del pblico
no sepa apreciarle.

La lectura de libros antiguos, aun de puro pasatiempo, requiere cierto
aparato de erudicin y bastante fantasa, discreta  ilustrada, para
trasladarse en espritu  la edad en que cada autor escribi, y
comprenderle y sentir con l como su contemporneo, juzgndole despus
sin pasin y volviendo, al hacer el oficio de juez,  vivir en la edad
en que ahora vivimos.

Slo as se podr componer al cabo una historia completa de nuestra
literatura  de nuestra cultura en general, donde se tase su valor, ya
absoluto, ya con relacin  la cultura de Alemania, Italia, Francia 
Inglaterra, que son los cuatro pueblos que con los de esta Pennsula han
estado alternativa  simultneamente  la cabeza de la civilizacin del
mundo, desde que empez la historia moderna hasta hoy.

En Espaa podemos jactarnos de la cantidad de lo que se ha escrito.
Somos ricos en obras. No hay una sola lengua literaria, sino tres: la
castellana, la portuguesa y la catalana. Y en cada una de estas tres
lenguas, sobre todo en las dos primeras, ha habido un enjambre de
fecundsimos autores. Pero como muchos catalanes y muchsimos
portugueses han escrito en castellano, la literatura castellana, aunque
slo fuese por esto, sera la ms rica de las tres.

An nos queda mucho por hacer  fin de lograr una cosa con la que yo
sueo: una literatura selecta espaola: una bibliotequita, por ejemplo,
de cuarenta  cincuenta volmenes, chiquitos, elegantes y primorosos,
donde se reuniese lo mejor de nuestra inmensa riqueza intelectual;
bibliotequita que leyesen las damas sin fatiga y hasta con gusto, y que
ellas pudiesen tener en sus habitaciones, al lado  en lugar de los
autores franceses que leen ahora cuando algo leen.

Esta seleccin atinada no se ha hecho bien an. Hay motivos, que sera
prolijo exponer aqu y que la dificultan. De ello proviene que las
letras en Espaa son menos populares y divulgadas que en otros pases; y
que pasado el momento de la moda, si llega durante su vida  estar de
moda un autor, todo cuanto se ha escrito se hunde en el ms profundo
olvido para el pblico, y slo permanece para los eruditos, casi como si
fuera una reconditez. De ello proviene tambin algo de muy lamentable 
de muy risible, segn el humor con que se considere: un divorcio casi
completo entre lo literario y lo ameno  interesante, sobre todo en el
teatro, que es por donde el vulgo, que apenas lee, penetra en el
santuario de las letras. A menudo se oye decir  la salida de los
teatros--la comedia no tiene sentido comn, pero me ha interesado  me
ha divertido:-- bien,--mucho me ha fastidiado el drama, pero confieso
que tiene mrito literario y _qu buen verso!_--Lo cual da malsima
idea de autores y de pblico, porque razonablemente no se concibe que lo
absurdo divierta  interese, ni menos an que tenga _buen verso_ ni
mrito literario lo fastidioso.

De todo lo dicho se infiere que debemos propender  que salgan en Espaa
las letras amenas del apartamiento en que viven, con respecto  la
generalidad del pblico, y lo que es ms de sentir, con respecto  lo
que ahora llaman _high life_, en cuyos centros rara vez se ve un libro
en castellano.

Alguna culpa tienen de esto los biblifilos. No pocos de los libros que
publican en ediciones elegantes, que jams  rara vez tuvieron en
Espaa los autores que todo el mundo debiera leer sin aburrirse, son
libros que valen por su rareza, y no valen nada en cuanto dejan de ser
raros; libros que suele no ver sino por el forro el curioso  vanidoso
que los compra, pudiendo afirmarse que de los trescientos 
cuatrocientos ejemplares de que consta la tirada, las dos terceras
partes quedan con las hojas unidas sin que llegue  separarlas la
plegadera.

Mi espritu muy inclinado  las contradicciones, si bien ms aparentes
que reales, me ha llevado  decir cuanto va dicho, sobrado extensamente
si se mira al objeto que hoy me mueve  escribir, y me lleva en seguida
 aadir algo que parece diametralmente opuesto. Y lo parece aunque no
lo es, porque,  fin de llegar  la clasificacin y seleccin deseada, 
que tengamos bien determinadas nuestras obras maestras, y  que salgan,
digmoslo as, de entre el ingente cmulo de cuanto se ha escrito, para
que el vulgo las admire, importa que ese ingente cmulo se forme todo y
venga  ser conocido, al menos por los que especialmente se dedican al
estudio.

En este sentido, sin salvedad ninguna y con toda el alma, es menester
declarar que son altamente benemritos de la patria y de la cultura
castiza, Gallardo, Estbanez Caldern, Gayangos, Durn, Barrera y
Leirado, Sancho Rayn, Zarco del Valle, Valmar, Caete, los dos
Fernndez-Guerra y algunos otros.

El autor del libro de que voy aqu  dar cuenta, ha venido  colocarse
 no poca altura, en compaa de tan ilustres crticos y eruditos.

Aunque D. Domingo Garca Prez es portugus de nacin, pas su primera
mocedad en Granada, y estudi en el colegio del Sacro-Monte, donde fu
compaero de los Fernndez-Guerra, y donde, sin duda, tuvo por maestros
 D. Juan de Cueto y  D. Baltasar Lirola, quienes hubieron de
inspirarle su buen gusto en literatura y su amor  la de Castilla y al
idioma de Castilla. Dan prueba de ello el estilo fcil y castellano
castizo con que su libro est escrito; la gran copia de noticias
curiosas  interesantes que el libro contiene sobre la vida y las obras,
de quinientos  seiscientos autores, y la multitud de composiciones, muy
raras  inditas, que en sus pginas encierra.

Sin duda el Sr. Garca Prez debe bastante, como l mismo confiesa, 
trabajos anteriores de los crticos eruditos castellanos que mencionamos
ya, y tambin  los trabajos de algunos egregios portugueses, como
Barbosa, Inocencio de Silva y Costa Silva; pero es de admirar lo mucho
enteramente nuevo con que ha sabido enriquecer su obra.

sta sigue el orden alfabtico por los apellidos de los autores, que nos
atreveremos aqu  distinguir y  clasificar.

Unos son celebrrimos en Portugal; son los principes de las letras de
aquel pueblo. Lo que han escrito en portugus casi siempre vale 
importa ms que lo que han escrito en castellano. En este nmero pueden
ponerse Camoens, Gil Vicente, Bernardn Riveiro, Mousinho de Quevedo, el
P. Vieira y dos condes y una condesa de Ericeira. Otros son tan ilustres
y tan dignos de serlo en Portugal como en Castilla; as, por ejemplo, Sa
de Miranda. Otros, aunque portugueses, alcanzan ms gloria y nombrada
por sus escritos en castellano, y se cuentan entre nuestros clsicos,
como Jorge de Montemayor, Gregorio Silvestre y D. Francisco de Melo. Y
otros que, si menos gloriosos, son en Espaa muy conocidos por su
laboriosidad fecunda, como Fara y Souza.

Es muy grande el nmero de dramaturgos portugueses que, sobre todo, bajo
el dominio de los tres Felipes, escribieron en castellano sus comedias.
El ms ilustre fu Matos Fragoso. Sguenle dos Pachecos, Cayetano Souza
Brandao y otros varios, entre ellos algunas poetisas. De todos trae
Garca Prez noticias biogrficas y bibliogrficas en abundancia.

Ms interesante, y casi siempre ms nuevo, suele ser lo que nos ensea
el Sr. Garca Prez sobre otros portugueses que tambin escribieron en
castellano, y son clebres por su ciencia, por sus hazaas, por sus
peregrinaciones  por el brillante papel que representaron en la
historia de la Pennsula, y aun de todo el mundo, interviniendo en
nuestros descubrimientos, colonizaciones, misiones y conquistas. As el
infante D. Pedro; Garca de Santisteban, compaero del Infante y
narrador de sus viajes por las _siete partidas del mundo_; el gran
Fernn Mndez Pinto, cuya veracidad se va limpiando de sospecha conforme
se conocen mejor el Asia Central y el extremo Oriente; Pedro Texeira,
que nos describi la Persia; el eminente gemetra y cosmgrafo Pedro
Nez; el astrnomo Silva Freire y bastantes misioneros y mdicos,
escritores y  menudo peregrinos, que nos han informado de la fauna, de
la flora y de las lenguas, usos, religin y costumbres de tierras y
naciones remotas.

No pequea parte del libro del Sr. Garca Prez la ocupa otro linaje de
escritores, que por su casta y creencias se pueden agrupar, y cuyos
escritos y vidas eran hasta ahora muy poco  nada conocidos,  no ser
por sujetos de mucha erudicin  muy consagrados  un estudio especial.
Hablo de la multitad de judos portugueses, que huyendo de la
Inquisicin fueron casi todos  refugiarse  Amsterdam y en otras
ciudades de Holanda y Francia, donde escribieron en castellano poesas,
novela, filosofa, religin, poltica y otras ciencias. En esta cuenta,
si bien alguno pueda tenerse por espaol, como Miguel de Barrios, que
naci en Montilla, aunque de origen portugus, pone nuestro autor 
Manass ben Israel,  los Abarbanel y Abohab,  Baruch Nehemias,  David
Neto,  Isaac Orovio de Castro,  Samuel Silva,  Moiss Pinto Delgado,
 Abraham Pizarro,  Abraham Ferreira,  Antonio Henrquez Gmez, y  no
pocos ms, mostrando notable diligencia en los informes que da de las
varias andanzas y de los escritos de cada uno de ellos.

Algunos artculos del _Catlogo_ del Sr. Garca Prez tienen
extraordinaria extensin y retratan hbilmente la condicin moral y la
vida del personaje  que se refieren. Entre estos artculos merece
mencionarse aqu el del famoso conde de Villamediana, poetizado por su
trgica muerte y por los bellos romances histricos del duque de Rivas.
La circunstancia de haber nacido el Conde en Lisboa, por haber ido all
sus padres cuando Felipe II se coron rey de Portugal, hace que el Sr.
Garca Prez le incluya en su catlogo. De su vida y de sus escritos
inditos public, pocos aos ha, un libro interesante el Sr. Cotarelo y
Mori. El asesinato del Conde hace ganar  ste alguna simpata; pero
justo es declarar que, si la venganza fu criminal  infame, casi puede
calificarse de merecida. Villamediana abus de su ingenio, que le tuvo
sin duda, aunque estragado por el mal gusto, la pedantera y la carencia
de sentido moral, y abus de su riqueza, de su posicin, de sus bros y
de otras buenas prendas personales, para ser procaz y satrico,
pendenciero, vicioso y con las mujeres violento y desenfrenado. Su lance
con la marquesa del Valle, que fue su amiga, y  quien, por celos,
arranc las joyas que le haba dado, desgarrndole el vestido,
abofetendola y magullndola hasta el punto de que aquella dama estuvo 
la muerte, es accin tan brutal que no tiene perdn, fuesen las que
fuesen las traiciones  infidelidades de la vctima. Y no contento
Villamediana con el material ultraje, volvi  ofender  la dama
hirindola en el alma y pisoteando su honra en un romance que hizo
circular, y donde la acusa de que el caudal de l no bast  saciar la
codicia de ella, y donde, aludiendo al glorioso Hernn Corts, de quien
proceda el ttulo de la Marquesa, dice  sta jugando del vocablo:

    _De la herencia de Corts,_
    _Que en herencia te cabia,_
    _Heredas ser cortesana,_
    _Repudias la cortesia._

De otro singular personaje nos informa tambin muy detenidamente el Sr.
Garca Prez, prometindonos casi la publicacin de un curioso
manuscrito que de l posee. Es una relacin circunstanciada de lo que
vi, observ  hizo el autor, durante algunos meses del ao de 1605, que
estuvo pretendiendo en Valladolid, donde resida entonces la corte. Por
lo que se puede presumir de las muestras que he visto de esta obra, hay
en ella mucho chiste y gracejo, si bien combinado con el deplorable mal
gusto, el enmaraado y pedantesco culteranismo, la impertinente
erudicin y el abuso de los retrucanos. Aunque el autor, que se llamaba
Tom Pinheiro da Veiga, natural de Coimbra, logr el empleo que
pretenda, no parece que sali muy prendado de Valladolid, ni bastante
agradecido, para no decir mil horrores de todo. Su relacin, no
obstante, debe ser animado retrato de la alta sociedad espaola de
entonces. A ser el retrato fiel, dicha alta sociedad quedara muy
malparada. Triste es tener que confesar que la corrupcin haba de ser
grande; pero algo ha de atribuirse tambin  la mordaz maledicencia de
que se haca gala, y  cierto odio contra Castilla, que siempre ha
solido brotar con lastimosa lozana en las almas de algunos habitantes
de las diversas regiones de esta Pennsula. Los espaoles,  para que la
voz sea ms comprensiva, sin anfibologa, los _iberos_, solemos ser muy
biliosos y con frecuencia murmuramos de los propios ms que de los
extraos. El Sr. Garca Prez inserta en su libro unas quintillas
tremendas de Pinheiro da Veiga, por donde ya se puede comprender el tono
y carcter maleantes y desvergonzados de la prosa. Si damos crdito 
las quintillas, no haba en Valladolid, en 1605, seora que no fuese una
perdida, ni galn que no fuese un tunante.

En el _Catlogo_ hay para todos los gustos. Si Pinheiro da Veiga es todo
sal y pimienta, , si se quiere, hiel y vinagre, otro autor y poeta,
llamado Simn Garca del Brito, es todo almbar en punto de caramelo.
Tambin estuvo ste en la corte de las Espaas, pero sin duda fu menos
afortunado. No logr empleo ni tuvo buena ventura, y hubo de volverse 
su lugar lusitano. Retirado all, escribi muy lindos versos
sentimentales, llenos de _saudades_ de una dama, con quien tuvo en
Madrid relaciones amorosas. Estos versos son naturales, sencillos, y se
recomiendan por cierta delicada ternura y profundidad verdadera de
afecto, poco comunes en los poetas peninsulares de aquella edad.

En suma: el libro del Sr. Garca Prez es digno por todos estilos del
buen informe que la. Real Academia Espaola di sobre l y en cuya
virtud el Gobierno le ha hecho imprimir  sus expensas. Es un
complemento necesario para la historia de nuestras letras y de nuestro
idioma castellano.

[Illustration]




LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO  UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAA
DE JESS


No hace muchos das que, con el ttulo que antecede y sin nombre de
autor, sali  luz un libro en extremo interesante por el asunto de que
trata y de agradabilsima lectura por el ingenio, la gracia, la fecunda
vena satrica y el estilo castizo y magistral con que est redactado.
Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectacin, el libro no
parece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como un
autor clsico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podido
escribirle.

Aunque no hubiesen llegado  mi noticia por diversos caminos claros
indicios de quin es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yo
adivinado el nombre del autor; pero como l entr en el palenque y
combate con la visera calada, yo no quiero ser ni ser quien le quite la
visera y descubra su rostro y su nombre. Dir, sin embargo, que es, en
mi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que deja
notar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez le
impulsa  ir ms all de lo merecido en la reprobacin y en la censura.

Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de
los jesutas que no los conozco _nec beneficio, nec injuria_, tratar
aqu del libro y dar sobre l y sobre la Compaa mi opinin imparcial,
movido por el aliciente que tiene para m la materia, y exponindome 
no agradar  nadie, ni  los jesutas, ni al autor incgnito.

Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de
humildad cristiana que hay en los jesutas, empezar por hablar de la
humildad y de la manera en que yo la entiendo.

Bueno y santo es ser humilde, no rebajar  nadie para realzarse  si
propio, y reconocer nuestra condicin miserable y pecadora, sobre todo
cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando,
encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia
las criaturas que son obra de Dios y  quienes por amor de l amamos,
procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un
destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. As, por
virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia
 cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia
para con todos ellos, siendo slo severo consigo mismo y reconociendo y
confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto,  mi ver, es la
humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con ms
hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y
abyectos, segn no pocos impos le acusan, eleva los espritus y los
corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. Qu razn ni motivo
tiene el buen cristiano para humillarse despus de exclamar con San
Agustn: _gran cosa es el hombre, hecho  imagen y semejanza de Dios_? Y
no slo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado
cuando se considera como templo del espritu, cuando se piensa que el
mismo Verbo divino, no slo se uni  un alma humana, por inefable y
sublime misterio, sino tambin  un cuerpo de hombre de la condicin y
forma de nuestro cuerpo, deificando as hasta cierto punto nuestra doble
naturaleza, y dndole para trmino de sus aspiraciones y para blanco de
sus esperanzas la misma perfeccin de Dios. Es extrao, aunque se
comprende y se admira, que sea, con pequesima diferencia, el fin que
propuso el demonio del orgullo  nuestros primeros padres casi idntico
al consejo  ms bien al precepto principal que nos dio Cristo en el
Sermn de la Montaa. Si comis del fruto del rbol prohibido, seris
como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: _Sed perfectos como es
perfecto vuestro Padre que est en el cielo_.

El error, pues, est en el camino que hay que seguir para llegar  la
perfeccin, pero no en aspirar  ella. Y ciertamente quien aspira  ser
perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde,  no ser en
el primer sentido arriba expresado.

Y si descendemos de las alturas teolgicas y pensamos en esto de la
humildad  de la soberbia, mundanamente y en la prctica, yo no me
explico tampoco cmo el muy humilde,  no ser exterior su humildad,
confundindose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte 
hacer cosa de provecho y  ser til para algo. Lo primero es tener
confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las
fuerzas y el nimo. El individuo  la colectividad que acomete grandes
empresas y que tiene elevados propsitos y miras, no puede menos de
tener tambin el inevitable orgullo  sea la creencia de que es capaz de
dar cima  aquellas empresas y de realizar aquellos propsitos, claro
est que contando siempre con el auxilio divino, lo cual ser muy
piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad
existir acaso con relacin al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y
no es Dios, no entiendo yo qu humildad cabe en la firme esperanza de
que Dios ha de ayudarnos  fin de que se logre y se cumpla lo que
queremos.

Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de
que hablo acusa con poca razn  los jesutas de no ser humildes, sino
orgullosos. Nada ms natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo
la sociedad  compaa  que pertenecemos. Todava, si el acaso, si
circunstancias independientes de nuestra voluntad  si una providencial
disposicin nos colocase entre sta  entre aquella gente, podra
parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo
 la gente entre la cual estuvisemos colocados. Y con todo, aun as,
ms suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo
no soy espaol, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo
ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y
muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los espaoles. Y si
esto es as en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, cmo
ha de poder censurarse el altsimo concepto que forme cualquiera de la
sociedad  compaa en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie
ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y
el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no slo es discupable
que crea, sino que debe creer que la tal asociacin es la mejor del
mundo, y que los fines  que se ordena y endereza son por todo extremo
excelentes.

Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuta, y ms an
mientras mayores sean su candor y su buena fe, est persuadido de que la
Compaa de Jess es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia
que en ella no resida y de que proceden de ella y procedern muchos
bienes para el linaje humano.

No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuta, presupondra
falta de discrecin  razones y motivos egostas y bajos en quien tal
hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior
condicin, slo se explicara entonces por la gana de tener una posicin
 una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse  de
industriarse en suma. Y aun as, aun en esta bajeza, la predileccin
precedera  la eleccin, y todava, sin elevarse sobre tan bajos
motivos,  carecera de juicio el que se hiciese jesuta,  considerara
que el serlo era mejor profesin  carrera que todas las otras que
hubiera podido seguir.

Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de
los jesutas cuando forman de la Compaa  que pertenecen un concepto
sublime. Esto no se opone  que en dicho concepto haya error 
exageracin del entendimiento.

Apartando de mi espritu toda prevencin apasionada, no considerando el
asunto ni como catlico, ni como sectario de ninguna otra doctrina
religiosa, aceptando por un momento la ms completa indiferencia en
punto  religin, hablando y decidiendo en virtud de un criterio
librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compaa de
Jess, me siento irresistiblemente inclinado  glorificarla y  dar por
seguro que honra en extremo  Espaa que entre nosotros naciese su
fundador, cuya obra pasmosa me parece que import muchsimo en la
histora del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no slo el
digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le
eclipsa. Se dira que cuando la Reforma pareca que iba  extenderse
como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no 
extinguir  empequeecer la cristiandad catlica, Dios suscit para sta
un campen poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la hereja y
la vencieron  menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendan
la fe catlica por el resto del mundo, ganando para ella ms almas en
pases remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa haba
perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo XVI.

En la Compaa hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y de
la accin, de lo prctico y de lo especulativo. Fue un ejrcito
conquistador, sin ms armas que la palabra, que se extendi por el mundo
con extraa rapidez, avasallndole y dominndole. Si contemplamos en
espritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece 
modo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobre
toda la redondez de la tierra. La Compaa tiene casas y colegios, gran
poder  influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y en
las Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbia
exclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martn Lutero
quitaba la obediencia  la Iglesia Romana y haca gente para combatirla
con todas sus fuerzas, levantaba Dios  este santo capitn para que
allegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y con
palabras  la hertica doctrina.

Y no hay slo en el P. Ignacio el espritu conservador, sino tambin el
de reforma y el de progreso. Todos sus pensamientos y cuidados, dice el
ya citado bigrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana  de
restaurar en la cada, por s y por los suyos, la sinceridad y limpieza
de nuestra fe. Todava hay otra idea elevadsima, si no desconocida y
seguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguida
con ms firmeza y perseverancia que por la Compaa de Jess: la idea y
el propsito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura,
haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares de
la religin.

Con notable injusticia se acusa  la Compaa de que aniquila las
voluntades y nivela y pone trabas  los entendimientos con los firmes y
duros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusacin menos
razonable. Jams se ha formado una sociedad con el intento de producir
_genios_. El genio es una virtud  un poder que tiene algo de
sobrehumano, y que aparece individualmente en el espritu de este 
aquel hombre cuando Dios  la naturaleza as lo decretan. Y este genio,
virtud  poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad que
le destruya. Es adems harto arbitrario y vago el determinar  medir la
altura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser mediana. No
ser yo quien clasifique y coloque entre las medianas  entre los
genios  muchsimos Padres de la Compaa de Jess; pero s me atrevo 
asegurar que, durante los tres siglos XVI, XVII y XVIII, hasta despus
de su extincin bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella una
brillantsima serie de varones admirables por la accin, como
predicadores, viajeros, mrtires hericos y exploradores atrevidos de
pases incgnitos y brbaros, y una lucidsima cohorte de hombres
eminentes en ciencias y en letras, descollando entre ellos muchsimos
espaoles, por lo cual, estando Espaa hoy tan decada, no goza acaso el
nombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.

Para infundir en la mente de mis lectores un elevadsimo concepto y para
entonar un himno en alabanza de la Compaa de Jess, no he de ir yo 
buscar frases y datos en libros escritos por jesutas, ni en
disertaciones  historias de catlicos fervorosos y hasta fanticos,
sino que tomar los datos y frases en un autor ingls, criado en el
protestantismo y librepensador ms tarde: en el famoso historiador y
_ensayista_ lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que l
dice de los jesutas y de su fundador; pero,  fin de no ser prolijo, me
limitar  traducir algunos trozos. Ignacio de Loyola en la gran
reaccin catlica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimiento
del protestantismo. Pobre, obscuro, sin protector, sin recomendaciones,
entr en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y en
mrmoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios  la Iglesia; donde
su imagen est esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urna
cubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividad
y su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden de
los jesutas empez  existir y creci rpidamente hasta el colmo de sus
gigantescos poderes. Con qu vehemencia, con qu poltica, con qu
exacta disciplina, con qu valor indomable, con qu abnegacin, con qu
olvido de los ms queridos lazos de amistad y parentesco, con qu
intensa y firme devocin  un fin nico, con qu poco escrupulosa
laxitud y versatilidad en la eleccin de los medios rieron los jesutas
la batalla de su Iglesia, est escrito en cada pgina de los anales de
Europa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jess se concentr
la quinta esencia del espritu catlico: la historia del Orden de Jess
es la historia de la gran reaccin del catolicismo. Este Orden se
apoder de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda el
espritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y de
las academias. Donde predicaba el jesuta, la iglesia era pequea para
el auditorio. Su nombre en la primera pgina aseguraba la circulacin de
un libro. A los pies del jesuta la juventud de la nobleza y de la clase
media era guiada desde la niez  la edad viril y desde los primeros
rudimentos hasta la filosofa. La literatura y la ciencia, que parecan
haberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron  ser las
aliadas de la ortodoxa. Dominante ya en el Sur de Europa, la grande
Orden se extendi pronto, conquistando y para conquistar. A despecho de
Ocanos y desiertos, de hambre y peste, de espas y leyes penales, de
calabozos y torturas y de los ms espantosos suplicios, los jesutas
penetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los pases; como maestros,
como mdicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando,
cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de los
tmidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbe
antiguo no fu bastante extenso para la extraa actividad de los
jesutas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes y
recientes descubrimientos martimos haban abierto al emprendedor genio
de Europa. Los jesutas aparecan en las profundidades de las minas del
Per, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islas
de las Especias y en los observatorios de la China; y hacan proslitos
y conversiones en pases adonde ni la avaricia ni la curiosidad haban
tentado an  sus compatricios para que penetrasen; y predicaban y
disputaban en idiomas de los que ningn otro natural de nuestro
Occidente entenda palabra.

Cuando la Reforma se levant contra la Iglesia catlica, el clero
secular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado y
hasta lleno de descreimiento: slo el Orden de los jesutas, aade
nuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores en
sinceridad, constancia, valor y austeridad de vida  los apstoles de la
Reforma. A los jesutas, pues,  su poder persuasivo y al influjo de su
palabra, se debi en gran parte la restauracin y reverdecimiento en el
seno de la Iglesia catlica de aquel hondo sentir religioso y de aquella
extraa energa que eleva  los hombres sobre el amor del deleite y el
miedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca la
muerte en principio de ms alta y dichosa vida.

Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfo
inesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debi en gran
parte  los jesutas y  la profunda poltica con que Roma supo valerse
de ellos. Cincuenta aos despus de la separacin de Lutero, el
catolicismo apenas poda sostenerse en las costas del Mediterrneo: cien
aos despus apenas poda el protestantismo mantenerse en las orillas
del Bltico. Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron por
ambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declar al fin en
favor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo XVI, la vemos triunfante
y dominante en Francia, en Blgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria,
en Polonia y en Hungra. El protestantismo en los siglos que han venido
despus no ha podido reconquistar lo que perdi entonces. Y aade
Macaulay: He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo que
de las muchas causas  las que debi la Iglesia de Roma su salvacin y
su triunfo al terminar el siglo XVI, la causa principal fu la profunda
poltica con que dicha iglesia se aprovech del _fanatismo_ de personas
tales como San Ignacio y Santa Teresa.

Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante 
racionalista, _fanatismo_, podr ser llamado as por el brio y la
intensidad con que se sinti y se pens, pero tanto el sentimiento como
el pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombre
descredo del siglo XIX, fueron, en el siglo XVI, permitnsenos las
palabras, ms razonables y ms progresistas que cuanto Lulero, Calvino y
los otros apstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fu
el misticismo espaol de entonces hurao, egosta y meramente
contemplativo, aspirando  elevarse y  unirse con Dios para aniquilarse
all confundindose en la esencia infinita y desvanecindose en un
perpetuo _nirvana_. El amor de Dios y la aspiracin  unirse con l,
segn mil veces lo explican nuestros msticos, fueron una preparacin y
habilitacin de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal,
inauditos prodigios de amor al prjimo, y para que diesen cima  casi
sobrehumanas empresas. Las almas, segn dichos msticos, cuando ardan
en el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego se
dira que se identificaban con Dios, eran como la espada que parece
fuego en la fragua, de donde sale despus con ms fino temple y con
superior aptitud para ejercer sus funciones. Lo mstico y lo
contemplativo en los jesutas no fu el fin, sino el medio para
apercibirse  la accin y cobrar fuerzas y virtud mayores con que
alcanzar en ella la victoria. Y no fu la victoria en favor slo del
catolicismo, sino tambin para conservar  restaurar el lazo  principio
unificante de la civilizacin europea, que los protestantes haban roto;
para hacer que triunfase dicha civilizacin, amenazada por nueva
barbarie, y para salvar la libertad y el valor y mrito de nuestras
obras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que los
protestantes denigraban y hacan odiosa  la divinidad y esclavizaban 
la humana naturaleza, sacrificndola en aras de una _predestinacin_ y
de una _gracia_, caprichosas y ciegas.

Nadie podr acusar de jesutico al clebre y malogrado historiador y
polgrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamos
ahora, ensalza como nadie  los jesutas, haciendo que la gloria de
ellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como el
mayor triunfo y como la ms esplndida gloria de la civilizacin ibrica
en el siglo XVI. Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyen
las buenas obras; pero no es el mrito de ellas el que redime: es
nicamente el mrito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina,
aade, es la condenacin del hombre y de su actividad, de su voluntad,
de la fuerza ntima que constituye su vida. Condenando al hombre, los
protestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen 
los abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de los
jesutas Salmern y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y al
hombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fe
del hombre y en sus buenas obras, cuyos mritos elevan  la gracia. El
genio espaol, aade Oliveira Martins, fu, pues, por la boca elocuente
de Lainez y de Salmern, el defensor de la cultura humana, deteniendo 
Europa en la pendiente de una predestinacin fatalista.

Debo observar que yo no cito aqu  Oliveira Martins como quien cita 
un padre de la Iglesia; que en asunto tan difcil como la conciliacin
de la gracia y del libre albedro, no le doy autoridad alguna; y que no
hago  los jesutas pelagianos,  semi-pelagianos, para ponderar lo que
valan. Slo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque ni
el molinismo, ni menos su mitigacin por el congruismo de Surez, fueron
nunca calificados de herticos, los jesutas defendieron y sostuvieron
la libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creencia
catlica, y en cuestin la ms oscura y difcil de la teologa, y aun de
todo pensar filosfico, por donde ser siempro para telogos y filsofos
manantial y semillero de disputas hasta la consumacin de los siglos. No
quiero seguir ponderando aqu y recapitulando todo lo que en alabanza de
los jesutas puede decirse y se ha dicho hasta la extincin de la Orden
en el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitud
de enemigos acrrimos que tuvieron, primero entre los protestantes,
despus entre los jansenistas, y, por ltimo, entre los librepensadores,
redundan en cierto modo en elogio de los jesutas, ya que prueban el
extraordinario poder y la importancia que tenan. El mrito de ellos, no
obstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, si
se precian de candorosos  imparciales. As, por ejemplo, Mosheim dice:
El candor y la imparcialidad me obligan  confesar que los adversarios
de los jesutas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de sus
mximas y opiniones, han ido ms all de lo que deban, y han exagerado
las cosas para abrir ms extenso campo  su celo y  su elocuencia.
Fcil me sera probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la
_probabilidad_ y de la _restriccin mental_, imputadas como un crimen 
los jesutas; pero esto me apartara demasiadodemi asunto. Observar
slo que en la disputa se han atribuido  los jesutas principios que
sus enemigos sacan por induccin de la doctrina de ellos, sin que ellos
los confiesen; que no siempre han interpretado sus trminos y sus
expresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado las
consecuencias de su sistema de una manera parcial, que no est de
acuerdo con la equidad exacta.

Esta confesin de Mosheim en favor de los jesutas los honra mucho,
porque es uno de sus ms declarados enemigos, y porque sin nombrarlas
censura de parcialidad y de ms  menos inconsciente falsa las
encomiadas _Provinciales_ de Blas Pascal, obra que, segn muchos
afirman, ha hecho ms dao  los jesutas que la indignacin de los
soberanos y que todas las calamidades que han cado despus sobre su
Orden.

No he de dilatarme yo ms, defendindola aqu. No ataca ni condena su
pasado el autor incgnito del libro de que doy cuenta. Slo aadir,
para terminar, que nadie puede pretender, ni los ms fervorosos
jesutas, que la Compaa estuvo exenta de faltas y que todos sus
individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y
sin vicio, hasta la extincin de la Compaa en 1773.

Al caer entonces los jesutas cayeron como los hroes de una noble
tragedia, donde toda la simpata y el aplauso fu para las vctimas, y
la reprobacin, en los ms elevados espritus, para los tiranos y
opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde
de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron  surgieron
entonces, derramndose sobre ella como sobre fnebre monumento un
diluvio de flores. Los ms eminentes personajes de Europa, aun entre los
no catlicos, haban celebrado  celebraron  los jesutas: Enrique IV
de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing,
Herder y mil otros.

Voltaire dice de ellos: Tienen escritores de un mrito raro, sabios,
hombres elocuentes y _genios_. D'Alembert: Los jesutas se han
empleado con xito en todos los gneros: elocuencia, historia,
antigedades, geometra y literatura profunda y agradable. Apenas hay
disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.

Federico el Grande de Prusia, escriba  Voltaire: Esta Orden ha dado 
Francia hombres del _genio_ ms elevado.

Despus de suprimida la Compaa, los jesutas, arrojados impamente de
todos los dominios espaoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar
clarsimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando as
cuanto hicieron en mayor vergenza y descrdito de sus perseguidores y
en alta honra de Espaa, su patria.

Jams, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida 
Italia de los sabios griegos, haba penetrado en aquella pennsula
hueste ms lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia
cientfica y literaria de los ex jesutas espaoles, que por toda Italia
se difundieron, carece todava de un historiador digno. De esperar es
que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino
Menndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se
ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de
Ciencias de Turn ha publicado sobre l una hermosa memoria, debida al
saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria
el ya citado Menndez y Pelayo, en el nmero de Enero ltimo de la
_Revista critica de historia y literatura_, amplifica y esclarece las
noticias del Doctor Cian con no pocas ms que demuestran la importancia
y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres
Andrs, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian segn su
mrito; pero en cambio, slo hace rpida mencin de Hervs y Panduro,
creador de una nueva ciencia: la filologa comparativa; del Padre Juan
Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia
teolgica, que implica la renovacin de los estudios eclesisticos; del
Padre Toms Serrano, elegante y sabio humanista; del gramtico Garcs,
cuyo libro del _Vigor y elegancia de la lengua castellana_ se lee an
con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal
Mezzofanti; del insigne historiador de Mjico Clavijero; del naturalista
chileno Molina; de Landival, cuya _Rusticatio Mexicana_ es uno de los
ms curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y
extico del asunto, y de Mrquez, tan benemrito, por sus libros, de la
arqueologa romana y de la historia de la arquitectura.

Aunque el Dr. Cian diga poco  nada sobre los mencionados escritores,
todava basta con los que celebra para hacer que se forme elevadsimo
concepto de los jesutas espaoles emigrados en Italia y de cuanto
trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevacin
de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y
resume su memoria: Aquellos hombres--dice--arrojados de su patria,
obligados  vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores
antiguos y recientes, en pas extranjero, guardan celosamente el culto
de la patria en su corazn, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa
amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan
 ilustran la lengua y la literatura del pas que les ha dado
hospitalidad; pero cuando ven que algn italiano quiere lanzar la ms
leve sombra sobre el honor literario de Espaa, se levantan con fiereza
caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas
veces de la defensa  la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de
sentir una admiracin profunda por estos emigrados que en tan breve
perodo de aos respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las
venganzas,  las injurias de la fortuna,  las persecuciones,  los
odios de los hombres que pretendan extinguirlos; y se levantaron y se
purificaron  los ojos de la historia,  nuestros propios ojos,  los
ojos de aquellos mismos que crean y aspiraban  verlos aniquilados para
siempre. Su produccin mltiple, varia y  veces profunda y original, es
un fenmeno singularsimo. En vano se buscara en la historia de las
literaturas europeas otro fenmeno semejante de _colonizacin
literaria_; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fu
realizada; espontnea, duradera y digna en sus complejas
manifestaciones; til y gloriosa para aquellos colonos, dotados de
extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa
para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorfica para la
nueva patria latina que los acoga en su seno hospitalario.

Harto reconocer el lector por lo expuesto hasta aqu que yo soy un
admirador fervoroso y sincero de la antigua Compaa de Jess; pero esto
no se opone  que yo d crdito  importancia  las tremendas
acusaciones que lanza contra la Compaa el autor annimo, cuyo libro me
induce  escribir este articulo.

No recuerdo quien dijo, tal vez fu Cervantes, que las segundas partes
nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado  aplicar el
dicho  la Compaa de Jess restaurada, desde 1814 hasta ahora.

La primera revolucin francesa, con tantos horrores y tanta sangre y
dando por ltimo resultado  un dspota que sin propsito fijo,
civilizador y humano, mantiene durante aos la confusin y la guerra en
Europa; la propensin del pensamiento filosfico hacia el pesimismo y
hacia el ms grosero atesmo y la aparicin  la mayor difusin y el ms
hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no slo tiran  subvertir el
organismo social, sino  arrancar de cuajo los fundamentos en que el
orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el
terror que inspiran, el espritu religioso de muchos individuos 
instituciones, y entre stas la de los jesutas sin duda. Lo cierto es
que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: _sint ut
sunt, aut non sint_. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la
fe catlica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se
pusieron en el camino del progreso,  la cabeza de la humanidad,
levantando el lbaro y apareciendo casi, as por el amor de la religin
como por el amor de la ciencia, semejantes  la columna de fuego que
gui en el desierto  los israelitas durante la noche.

Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesutas y engaados por el
pesimismo, imaginan sin duda que la civilizacin ha descarrilado, que se
ha extraviado, saliendo de la senda que deba seguir, y en vez de
ponerse delante y servir de gua, se han puesto  la zaga y hacen todos
los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y
fantstico que jams existi y con el que ellos suean. De aqu que todo
progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de
mejoras, sea tildado por ellos de _liberalismo_ y aborrecido de muerte.
Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso 
inasequible por ser contrario  las ideas y  las esperanzas de la
porcin ms activa, inteligente y hbil de la novsima sociedad humana.

En esta situacin, sin verdadero entusiasmo, porque reaccin tan
disparatada no puede inspirarle, no es extrao que los jesutas modernos
tengan todas las flaquezas y pequeeces  incurran en cuantos vicios y
pecados el autor annimo les imputa en su iracunda y despiadada stira.

Todo lo que el autor annimo nos declara que hay ahora de malo en la
Compaa, pudo existir y existi probablemente en ella, hasta cierto
punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres,
formando una asociacin poderossima, no se albergasen la ambicin, la
codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones;
pero entonces era tan elevado el propsito, era tan generoso y fecundo
el pensamiento capital que informaba  la Compaa, y era tan numerosa y
refulgente la falange de sus hroes, de sus santos, de sus exploradores,
de sus sabios y de sus mrtires, que deslumbraba con su resplandor y no
dejaba ver lo vicioso y lo malo que haba en la Compaa y que es tan
inherente y propio y tan difcil de extirpar por completo de nuestra
decada naturaleza.

Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con
sobrada acritud los vicios del da, se haya dejado, sin sentirlo,
inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean ms
ahora  las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los
jesutas tratan y alternan frecuentemente. La aficin, pues, al regalo,
 la pompa,  ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo
proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las
almas de los decados sucesores de Francisco Javier, de Francisco de
Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mrtires
de la fe de Cristo.

Cuantos hechos, ancdotas y casos refiere el autor incgnito para
rebajar y humillar  los jesutas del da, tienen traza de verdaderos y
dejan harto mal parados  los Padres. Referidos con notable primor de
estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto  ms que una novela
picaresca. As los dos captulos _Cuestin de cuartos_ y _Los dineros
del sacristn_, nos pintan  los Padres sedientos de oro y valindose
para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de
la adulacin para con los ricos,  fin de conseguir de ellos donaciones
y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados
y faltos de juicio, de buen gusto y de previsin, para gastar,  ms
bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el captulo
_El Politiqueo_ aparecen los Padres como facciosos, excitadores  guerra
civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el _Te Deum_ cuando
ocurra algn suceso funesto para las armas de Espaa, v. gr.: la muerte
del caballeroso y herico marqus del Duero.

Para no fatigar  los que me lean no seguir extractando aqu el inmenso
cmulo de acusaciones que lanza contra los jesutas el autor annimo.
Recomendar, sin embargo, la lectura del captulo _El Mujero_, porque
tiene muchsimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere  las relaciones
espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y
en la descripcin que hace de la devocin elegante, del misticismo
cmodo y de la religiosidad _high life_ y  la moda.

Todo esto, no obstante, por ms que sea digno de reprobacin y deba ser
condenado en este, en aquel  en el otro individuo, tal vez afecte menos
 la Compaa en general de lo que el autor annimo imagina y pretende.
En una asociacin tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y
crdito, es difcil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez
muchos de los que  la asociacin pertenecen, no se prevalgan de ese
influjo y de ese crdito para lograr provechos y ventajas materiales. Y
por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas
deleitables para la colectividad  que satisfacen y lisonjean su
orgullo, prueba que no hay grande egosmo en el individuo que los ha
logrado,  inclina  creer que la codicia jesutica ms que viciosa es
poco juiciosa.

En mi sentir, pues, los captulos de mayores culpas del libro del autor
annimo contra los jesutas, son los dos que se titulan: _De ciencia y
tantidad_, _la mitad de la mitad_.

Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesutas de
Espaa  lo que fueron en lo pasado. Quedan adems muy por bajo del
nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los
otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus
nombres ni difunde su gloria.

En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crdito al autor annimo y
no tildar de exageracin sus alabanzas, l las prodiga de tal suerte al
P. Juan Jos Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los
filsofos, pensadores y escritores aficionados  la filosofa que ha
habido en nuestra nacin en el siglo presente. No he de negar yo que
sean muy estimables las obras filosficas de Balmes, del P. Zeferino
Gonzlez, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus
proslitos; pero de ninguno de ellos se podra afirmar sin exagerada
benevolencia lo que el autor annimo afirma de la obra filosfica del P.
Juan Jos Urraburu, declarando que es notabilsima, que hace honor 
Espaa, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor
publicada en Europa, despus de la restauracin filosfica pregonada por
Len XIII. Es cierto que el autor annimo limita luego la alabanza,
considerando la obra del P. Urraburu como mera exposicin de la sana
filosofa escolstica. Pero aun as, la alabanza es muy grande, si la
tal exposicin es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa,
comparando bien la antigua filosofa que expone, con todos los
ulteriores sistemas, y sacndola ilesa de los ataques, y victoriosa y
colocada por cima de todos.

Fuera de los mritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente
que ni haba odo hablar, poco  nada hay que el autor annimo celebre y
estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesutas. Y la
verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en Espaa la
popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores
pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosn Jacinto Verdaguer;
ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Snchez; ni
entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiracin popular,
como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la
pasin poltica y por la ligereza de liberales y librepensadores.

La revista _El Mensajero del Corazn de Jess_, est, segn el autor
annimo, muy por bajo de _La Ciudad de Dios_, de los Padres Agustinos. Y
lo que ms desgracia dicha revista  _Mensajero_, siempre, segn nuestro
autor, son las novelas y cuentecitos que all se insertan, donde
hierven tales osadas de ideas y tales arrojamientos de frases y de
palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco
decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia,
luego que reciban el tal _Mensajero_, le escondan con cuidado para que
no le leyesen sus hijas.

Son ms de extraar estas libertades si se atiende, segn afirma el
autor annimo,  que los Padres jesutas de Espaa han censurado al
Cardenal Wiseman por su _Fabiola_ y al inocentsimo Fernn Caballero por
varias de sus novelas, y  que (apenas parece creble!), en un gran
colegio de la Compaa celebraron una muy devota procesin y quemaron
muchos libros por impos, liberales y poco decentes, entre ellos _El
Quijote_.

El autor annimo niega tambin historiadores  la moderna Compaa de
Jess en Espaa.

En lo que toca  ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No
slo, dice, no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco
sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como
el escolapio Padre Ainza.

En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor
annimo, ni nos habilita, findonos de lo que dice, para dar una
sentencia adversa  favorable. Es este punto la virtud  capacidad
docente de los Padres de la Compaa. Sobre ello, por lo tanto, no
daremos nuestra opinin, pero s diremos que la del pblico en general
es muy favorable  los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que
tienen, su prosperidad, y el empeo con que muchas personas, hasta
opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envan  sus hijos
 los colegios de los jesutas para que all se eduquen. Y no puede
negarse que el buen xito de los jesutas en este ministerio de la
enseanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos,
aunque no sea ms que despertando la emulacin y excitando el celo de
otros establecimientos pedaggicos, ya, por ejemplo de los Institutos
oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas  clericales
congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarn ms en sus
enseanzas para competir con los Padres de la Compaa y vencerlos, si
pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crdito de los
jesutas como cuerpo docente, los cannigos del Sacro Monte se hayan
animado y resuelto  ampliar los estudios de su colegio, convirtindole
en Universidad catlica, donde ya se ensea la jurisprudencia y donde se
aspira y se quiere ensear (como complemento y corona de las asignaturas
de teologa), griego, hebreo y rabe y otras lenguas orientales, as
como muchas ciencias profanas y muchas teoras y descubrimientos
novsimos,  fin de ponerlos en armona con la Religin revelada y de
que valgan para su sostn y concurran  su triunfo en vez de parecer,
como parecen, un ariete en manos de los incrdulos.

Concretndome ahora al examen del libro del autor annimo, y expresando
aqu sobre l mi parecer franco y sincero; dir, para concluir, aunque
me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesutas de tener la
manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca  la vergenza el
autor annimo, si bien sera de desear que no los hubiese, no me mueven
tanto  condenar la Compaa, compuesta de seres humanos, entre los
cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del
espritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspir en
mejores das. Volver  informarse de este espritu es, en mi sentir, lo
que la Compaa necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus
institutos, que el autor annimo propone, manifestando deseo de que la
Iglesia las adopte y establezca.

No va por un lado el espritu del siglo y no va por el lado opuesto el
espritu de la verdadera Religin. Ambos caminan y deben caminar unidos
 fin de que la mente y el corazn de los hombres se eleven  superiores
esferas. Cristo no ense cuanto hay que saber, sino que dej mucho, aun
en las cosas ms esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo
enseasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento
de la metafsica y de toda doctrina social, poltica y hasta tica, no
est reido con la revelacin, que no fu ni pudo ser de una vez, sino
que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas
palabras del Redentor lo declaran: _Adhuc multa habeo vobis dicere, sed
non potesti portare modo_. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no
hubieran acertado  entenderle; lo que, aun despus de descender sobre
los apstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el
Cenculo, no quiere  no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior
revelacin, y presta, digmoslo as, una flexibilidad sublime  nuestro
dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de s, sin
romperse ni quebrantarse, toda civilizacin futura, por grande y
maravillosa que sea.

Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los
jesutas sera la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento
que, sin salir fuera de las vas catlicas y sin cobardes
condescendencias y transacciones con incrdulos  infieles, hiciese
posible la aspiracin de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre
las _Diez grandes Religiones_, y al proclamar la cristiana como la
religin definitiva  imperecedera del humano linaje: que no se amenge
la libertad del espritu; que no se acepte con ceguedad lo que
contradiga al sentido comn; que no se achique  mutile la ciencia por
miedo de que triunfe de la fe; que ningn placer inocente, que ninguna
natural alegra de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la
literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar domstico, sea
sacrificado; sino que todos los hombres vengan  Jess y hallen en l el
medio ms poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelacin ms
cumplida de perdn, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el
desarrollo perfecto y completsimo de nuestro ser humano.

En los jesutas hay en nuestro tiempo una limitacin y una estrechez de
miras harto contrarias  las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que
la letra mata y el espritu vivifica, y se olvidan de que el espritu de
verdad har resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le
siguen.

[Illustration]




SOBRE DOS TREMENDAS ACUSACIONES

CONTRA ESPAA, DEL ANGLO-AMERICANO DRAPER

     _Influencia del elemento indgena en la cultura de los moros del
     reino de Granada_, por D. Francisco Javier Simonet. _Shall Cuba be
     free?_ (Artculo de Clarence King, en la revista de Nueva York _The
     Forum_.)


El librito cuyo titulo va en el epgrafe contiene en pocas pginas
bastantes datos y mucha doctrina; mas, no slo por esto, sino por las
ideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, ha
llamado mi atencin y me ha movido  llamar tambin sobre l, si puedo,
la atencin del pblico.

El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mrito,
de grande ilustracin y catedrtico en Granada de la lengua del Yemen.
Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno de
ellos ha sido premiado por la Real Academia Espaola, y otro ha sido
premiado por la Real Academia de la Historia.

La obra de que nosotros vamos  hablar es menos fundamental y profunda:
es una obra de divulgacin. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hace
siglos, tiene, en nuestro sentir, un inters de actualidad.

En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados y
juiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco los
escritores violentos, ciegos de furor, fanticos con el fanatismo que
hoy se estila, y tan acrrimos enemigos de Espaa, que no hay crimen,
maldad  infamia que no atribuyan  nuestra nacin, infiriendo de ah
que la postracin y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo de
Dios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos,
una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabe
por quin, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad  travs de
los siglos.

Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hay
responsabilidad ni libre albedro. Todo  casi todo depende del medio
ambiente. Y si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobre
todo temerosos de Dios, que, segn Buckle, es la peor de las cualidades,
todo ello consiste en que en Espaa no hay lluvias regulares sino
feroces tormentas y prolongadas sequas, y adems tal multitud de
terremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con el
corazn en un puo y producen en nosotros la crueldad y la intolerancia
religiosas.

En prueba de que no exagero y de que no pueden ser ms atroces las
injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al
castellano, teniendo acaso nuestro pblico el mal gusto de estimarlas y
la candidez de creer lo que dicen, citar al clebre catedrtico de la
Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su
_Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa_, asegura que
Espaa, en justo castigo de sus espantosos crmenes, est hoy convertida
en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y aade Draper: si
este justo castigo no hubiera cado sobre Espaa, los hombres hubieran
ciertamente dicho: no hay retribucin: no hay Dios. Por donde se ve
que es un bien y no un mal el que este pobre pas est muy perdido,
porque mientras peor estemos, mayores y ms luminosas sern las pruebas
de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el
captulo de culpas que Draper nos echa  cuestas; pero las dos culpas
ms enormes, son las de haber destruido por completo,  casi por
completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.

La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda,
de que hablaremos despus, mas no por eso es menos falsa.

Indudablemente, los rabes, antes del Islam, posean cierta extraa
cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nmadas y
pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesa, hasta
refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se
arrojaron  conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen brbaros.
Tal vez por no serlo y por hallarse muchos pases vejados, humillados y
oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despticos, les fue
fcil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en
algunos pases,  el pueblo al menos se someti con docilidad  su yugo,
no hallndole ms pesado que el que antes sufra. As se explica, por
ejemplo, que cuatro  cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. As se
explica que no muchos ms hiciesen la conquista de Espaa. En poco
tiempo se extendi el imperio musulmn desde la India y las fronteras de
la China hasta el Medioda de Francia, salvando los Pirineos. Los
rabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansin,
valindose de ellas para triunfar,  hordas brbaras  semi-salvajes,
como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes,  como
queramos llamarlos. En Espaa se llamaron y se llaman moros. Sin duda
por cada rabe de los que vinieron  la conquista de Espaa, bien se
puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio,
mientras Espaa estuvo sometida al califato de Oriente, y tambin, as
durante la independencia de la Espaa musulmana del mencionado califato,
como desde la fundacin del de Crdoba hasta su desmembracin y ruina
despus de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que
surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados espaoles,
eran moros y no rabes. Y, por ltimo, en la poca de las dos primeras
grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los
almohades, que en Espaa prevalecieron y duraron, el elemento arbigo
entr por muy poco. Los invasores y dominadores de Espaa fueron
africanos brbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningn principio
civilizador  nuestra Pennsula. Aqu fue donde se domesticaron y
civilizaron algo, sometindose sin sentirlo los vencedores  la superior
inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.

Los rabes mismos no posean, al extenderse por el mundo y al apoderarse
de Espaa, una civilizacin superior y propia. Tuvieron, s, el mrito
de no destruir la civilizacin de los pases que ocuparon: de aceptar y
de recibir en cada regin algo de lo que all se saba, ya conservndolo
para que no se olvidase  se perdiese, ya siendo como vehculo para
llevarlo de una regin en otra. Esta buena cualidad, que no fue slo
tolerancia, sino curiosidad simptica y aficin respetuosa al saber de
los vencidos, vali de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso
hasta despus de las ltimas cruzadas, pudo creerse que el mundo
musulmn era ms culto que el mundo catlico, y los espritus
superficiales pudieron esperar  temer que el islamismo en Asia, en el
norte de Africa y en Espaa, arrebatase al cristianismo europeo la
bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo,
sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos
histricos, se debieron en todas partes, y ms que en ninguna en Espaa,
 la civilizacin de los vencidos,  veces respetada, por lo cual
merecen los vencedores elogio,  veces viva y retoando y reverdeciendo
siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo,  pesar de
los esfuerzos que hicieron, y al fin sometindose  ella.

En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslmica
cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia  en Africa, entre
alarbes y moros, y que desde all haya venido  Espaa. A mi ver, cuanta
alabanza se quiera dar  la cultura muslmica espaola, es alabanza que
se da  los espaoles mahometanos, y no  moros ni  rabes que viniesen
de fuera trayndonos ciencias, artes  industrias que aqu no existiesen
 que aqu no tuviesen origen.

Por lo dems, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los
estados  reinos musulmanes que hubo en Espaa, entran por mucho la
ponderacin y la jactancia de los historiadores. Entra tambin por algo
la mana de no pocos crticos y pensadores modernos, de encarecer 
ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas  buenas, no merecen
tan ponderativos encarecimientos.

Apenas hay gran pueblo, de los que ms han figurado en la historia, que
no haya dejado ms hermoso y brillante rastro de s que los rabes en
sus monumentos.

Se supone, y no he de negar que es suposicin muy potica, que la
cultura arbiga, no s si en Espaa slo  tambin en otros pases,
depende  est ligada  una estrella que los griegos llamaron Canopo y
los rabes Sohail. Esta estrella brill, siglos ha, muy alto sobre el
horizonte de Espaa. En el da,  causa de la precisin de los
equinoccios, apenas se levanta poco ms de un grado sobre el horizonte
de Cdiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecern
tambin y sern ruinas y escombros los monumentos del arte arbigo que
en Espaa quedan.

Esperemos que este vaticinio astronmico no se cumpla, para lo cual
importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que
nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para
conservar lo que an existe, sino para restaurar lo que se halla
lastimosamente medio destruido. As, por ejemplo, yo no me contento con
que la Alhambra se conserve, sino que, si de m dependiese, hara
restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de
las cuales es, , mejor dicho, ha sido, y puede volver  ser, una
primorosa filigrana: un palacio  casa real de la Alhambra en miniatura.

Acaso como arquitectos es como los rabes son,  han sido, ms
originales. Pero quin negar que su arquitectura tiene escasa majestad
y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, ms que por nada,
por las menudencias y prolijidades del ornato?

El edificio ms grandioso que de la poca muslmica queda en Espaa es
la catedral de Crdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel
bosque de columnas que forman las diecinueve naves  calles, hay
muchas columnas que sean arbicas? No ve, hasta el ms profano, que
todas  casi todas, son de templos cristianos  gentlicos, de la poca
romana  de la poca visigtica, arruinados y despojados por los
muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo,  decir
verdad, no me entusiasma tanto como  otros, en cuyo entusiasmo me
parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurndome la mezquita
integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal
como estaba en la poca de los Abderramanes, sin la pared que la limita
ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejndose ver desde l toda la
longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lmparas de plata y
oro, y hasta figurndome adems en todo su esplendor y belleza los
primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo
hallo, y he de confesarlo aqu, aunque se pongan las manos en la cabeza
los que me lean, que me parece ms hermoso, ms digno, ms artstico el
templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que
tantas y tantas personas lamentan el que all se haya levantado. Para mi
gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores,
como por ejemplo, la sillera del coro, vale ms que el Mihrab con todos
sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad brbara,
contiene y contuvo la mezquita en su poca ms brillante.

No discuto aqu si hubiera sido  no mejor edificar en cualquiera otra
parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba.
Falta de sentido arqueolgico y de buena critica de bellas artes puede
afirmarse que hubo en esto; pero, en el siglo XVI, hubiera habido en
cualquiera otra nacin de Europa un amor ms fino  la arqueologa, y un
juicio ms claro sobre el valer artstico  histrico de un monumento,
que hubieran impedido, sobreponindose al sentimiento religioso, la
construccin de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por
una parte, algo de la mezquita se destrua, cmo negar por otra que hay
no poco de potico y de sublime en la idea realizada de levantar en
medio del ms esplndido santuario del islamismo y del arte oriental
otro magnfico santuario, segn el gusto europeo, ms adecuado al culto
y glorificacin del Dios trino y uno?

No negar yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arbigas.

Si los rabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal
vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y
de la Persia y de otras regiones que invadieron  conquistaron.

Aun as es de notar y de deplorar la vida efmera  inconsistente de los
monumentos arbigos. La estrella Sohail no se haba ocultado an bajo el
horizonte de Espaa, y ya no haba en Crdoba ni huellas de los palacios
de los califas; Medina-Azahara se haba desvanecido; los alczares y
jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacn en Almera, y de otros
reyezuelos elegantes y sibarticos, se dira que se los haba tragado la
tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro.
Todava en Grecia, en Sicilia y en Italia, estn erguidos y casi
completos monumentos del arte helnico, anteriores de seis  siete
siglos  la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en
otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan
testimonio del poder arquitectnico de pueblos que fueron grandes hace
miles de aos, mientras que de los rabes, sobre todo en Espaa y de la
mejor poca, apenas queda nada. El mismo alczar de Sevilla, ms que
moro, es mudejar, y honra ms el buen gusto del caprichoso y popular
tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, 
la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las
puertas de su alczar con las cortadas cabezas de sus enemigos.

Los encomiadores de los tiempos muslmicos en Espaa ponderan ms an, y
no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad  que la
agricultura haba llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo,
no tienen ms que alabanzas. Hay quien imagina que Espaa en tiempo de
los moros era toda ella una florida, amena y fructfera huerta, que los
cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada ms falso que este
aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (, mejor dicho,
los espaoles musulmanes, pues no hay razn para que fuesen moros 
para que nosotros as los llamemos),  fin de cultivar, regar bien y
hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia
y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los
cristianos hicieron ms y mejor para el mismo fin despus de la
conquista, as en grandiosas y tiles obras hidrulicas, como en leyes y
reglamentos para organizar sabiamente el regado. D. Jaime I en Aragn y
D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran ms que este mrito,
gozaran de inmortal popularidad y seran gloriosos y benditos. Pero hay
ms an: los ms colosales trabajos realizados para el riego, trabajos
que pasman por su solidez y magnificencia, son de las pocas en que se
supone  Espaa sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal
fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya proteccin y por cuya
excitacin se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante,
de Elche y de Almansa,  son del tiempo de Carlos III, bajo cuya
proteccin y por cuya excitacin se hicieron los de Lorca.

En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran
nada en nuestro pas, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura,
en el desenvolvimiento intelectual de los espaoles. De escultura y
pintura no hay que hablar, pues, aunque,  veces, faltando  los
preceptos de su religin, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos
pintado y esculpido fu grosero y rudo. As lo atestiguan las esculturas
y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesa dramtica no
tuvieron nunca. Algo de poesa pica  narrativa puede decirse qu
tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera
compararse, no digamos ya al antiqusimo poema del Cid, pero ni  las
leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aqu se infiere que nuestra
gran literatura nacional trilinge, castellana, catalana y portuguesa,
naci  reto en estos idiomas vernculos, de su antigua raz y tronco
cristianos y latinos: raz y tronco firmemente plantados en nuestro
suelo. Y si algo de fuera, si algo extrao vino  ayudar   fomentar el
reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de
la morera. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la
pompa oriental, las galas y primores,  veces excesivos, y cierta
redundancia que en nuestra poesa y en nuestra elocuencia se notan
frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras  defectos que de muy
antiguo tuvieron los espaoles, y por los cuales fueron motejados en
Roma Lucano, Sneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra
patria.

En las poesas escritas en lengua arbiga por espaoles y en Espaa,
aunque durante la dominacin muslmica, no hallo difcil percibir, 
travs de la forma clsica tomada de la antigua poesa del Yemen y de la
imitacin de los verdaderos poetas rabes ms famosos y celebrados,
algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y
espritus espaoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jams en el
alma de un moro de Africa  de un beduino de Arabia. Este orientalismo
es tan espaol y tan poco oriental, que  raz de la ltima reconquista
se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra
literatura espaola y nace del concepto fantstico, transfigurado y
hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres,
usos, pasiones y cultura del pueblo  quien ha vencido. De aqu la
novela caballeresca, la ficcin graciosa de Gins Prez de Hita. Y de
aqu la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte
imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poticas,
desde los mismos romances moriscos que incluye en sus _Guerras Civiles_
el mencionado Gins Prez de Hita, hasta los admirables romances de
Gngora y de D. Nicols Moratn, hasta el arabismo cordobs del duque de
Rivas en _El moro expsito_, y hasta los esplendores y ensueos
orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente
iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de _Alhamar_ y en otras
composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo 
orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que
bien se puede asegurar que no hay rabe ni moro que, aunque se le
tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.

Ni cmo haban de entender las quintas esencias y los refinamientos
amorosos y msticos que gastan los poetas y algunos de sus hroes, y
los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?

No voy  dilucidar aqu si algunas poesas compuestas en Espaa, aunque
en lengua arbiga y por muslimes espaoles, pudieron ejercer influjo en
la poesa castellana; si los cristianos conocan dichas poesas
arbigas; si varios romances, como el de _la prdida de Valencia_,
fueron traducidos  imitados del rabe; si el arcipreste de Hita, ya en
el fondo, ya en la forma, imit cantares moriscos; y si la elega de
Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fu uno de los modelos que tuvo
presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que
sostengo es, que, en todo caso, fu cortsimo el influjo 
insignificante la imitacin. Schack, por ms esfuerzos que hace, tiene
que convenir en que los cristianos espaoles conocieron poco la poesa
arbigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir tambin en que
esa poesa arbigo-hispana, ms  menos conocida  imitada, apenas tena
ya de arbiga sino la lengua en que estaba escrita.

Pasando ahora de las letras  la ciencia, empezar por decir que no me
incumbe estimar aqu y tasar en su valor la de los rabes; pero s
procurar, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes
afirmaciones. Es la primera la de que Espaa, cuando la conquista
muslmica, tena su ciencia propia, de la que dan testimonio clarsimo
no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de
Sevilla, y que esta ciencia,  pesar de las persecuciones y tiranas de
los conquistadores, continu luciendo entre los muzrabes  pueblo
cristiano vencido, y di altas muestras de s en el abad Sansn, en San
Eulogio y en Alvaro de Crdoba. Es la segunda que los rabes y los moros
no eran sabios cuando vinieron  Espaa, ni trajeron sabios consigo, de
suerte que los sabios y la sabidura que hubo ms tarde entre ellos, no
deben tenerse por arbigas sino por espaolas. Tan espaol es Averroes
como Sneca, como Luis Vives  como Domingo de Soto. Y es la tercera
que, lejos de destruir los cristianos espaoles la ciencia mucha  poca
de los espaoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se
aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto,
ms que en ningn otro, la acusacin de Draper no puede menos de
atribuirse  mala fe,  ligereza   supina ignorancia.

Otro pueblo, adems de los rabes y de los moros, hubo en Espaa durante
toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros
(tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no poda
ser mirado en Espaa como forastero, sino como indgena. Era este pueblo
el israelita, que vali, import  influy ms que los muslimes en la
civilizacin del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en Espaa
por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria.
Maimnides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Lev de Toledo y otros
muchos filsofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo,
Mendelshon  Enrique Heine pertenecen  Alemania.

Llamemos ahora, para acomodarnos  la manera vulgar de expresarse,
ciencia arbigo-judaica  toda esta ciencia que floreci en Espaa entre
los espaoles que siguieron la ley de Moiss  la ley de Mahoma. Qu
fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos
espaoles la destruyeron?

Los rabinos ilustres, los filsofos y los doctores musulmanes, arrojados
de Andaluca por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida
y lograron proteccin generosa en las cortes de los reyes de Aragn y
Castilla. As, las clebres escuelas de Lucena y de Crdoba vinieron 
trasladarse  Barcelona y  Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo
esta ciencia arbigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo XII, el
arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron
traducir, tradujeron y dieron  conocer  Francia y  otras naciones
cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena,
Avicebrn y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de
Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofa y
del saber semticos en la Europa de la Edad Media.

Ernesto Renn nos reconoce este mrito y nos concede por ello su nada
sospechosa alabanza, diciendo: La introduccin de los textos rabes en
los estudios occidentales divide la historia cientfica y filosfica de
la Edad Media en dos pocas enteramente distintas, y el honor de esta
tentativa, que haba de tener tan decisivo influjo en la suerte de
Europa, corresponde  Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de
Castilla.

Claro est que muy fcilmente y con erudicin de segunda mano, tomada de
varios autores espaoles, entre los cuales sobresalen Menndez y Pelayo
y Amador de los Ros, pudiera yo extenderme aqu y convertir en libro
este artculo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber
arbigo-judaico de Espaa fue propio de los espaoles, y que stos, no
slo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.

El librito del Sr. Simonet, que da lugar  las consideraciones que hemos
expuesto, las confirma con gran copia de erudicin y con multitud de
datos y de hechos, algunos de los cuales citar en este escrito,
tomndolos al azar  prefirindolos por ms curiosos. Mulades 
espaoles de puro origen, bien probado, ya por documentos histricos, ya
por sus propios nombres de mal disimulada etimologa latina 
peninsular, fueron: Abdelmelic-ben-Hagib el Asolam, Ali Ibn-Hazm, el
clebre Ibn Thofail, el insigne botnico malagueo Ihn-Albaithar, el
distinguido gramtico Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Ab
Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral  Ibn Xalvator 
Salvador, y hasta el egriego filsofo Ibn Badja  Pace (desfigurado el
ablativo latino)  quien conocieron los filsofos escolsticos de la
Edad Media con el nombre de Avenpace. En conclusin (para terminar en
este punto mi artculo, como termina el seor Simonet el libro de que
trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al
elemento arbigo, ni al berberisco, sino al indgena, se debe, en su
mayor parte, el esplendor literario y artstico del califato cordobs y
del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren
poco fuertes,  inspiradas tal vez por el sentimiento patrio,
concluiremos apoyndolas en la autoridad de un crtico extranjero muy
competente, del alemn Guillermo Lubke, que en su celebrado _Ensayo
sobre la historia del arte_ se expresa as: Si el arte rabe se
desarroll en Espaa con ms perfeccin que en los otros pases
_islamizados_, se debe sin duda  las relaciones ntimas de moros y
cristianos, en las cuales, stos comunicaron  aqullos algo de lo
noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su
civilizacin, ciencias, arte y poesa.

Saltemos ahora de la llamada civilizacin oriental  la occidental, que,
segn Draper, tambin hemos destruido. Esta civilizacin, que Draper
afirma que era superior  la civilizacin espaola del siglo XV, es la
americana precolombina.

Imposible parece que se diga de buena fe tamao disparate. Qu diantre
de civilizacin haba en Amrica antes de su descubrimiento! Por casi
todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Per, no creo que
en regin alguna hubiese animales domsticos. Haba en varias tribus
conocimientos elementales de agricultura, pero en las dems se viva de
la pesca y de la caza,  los hombres se coman unos  otros. Los
sacrificios humanos exigan millares de vctimas. El perpetuo estado de
guerra y los vicios nefandos destruan la poblacin  impedan su
aumento. En Mjico, que era el imperio ms civilizado, no haban
descubierto an que con un lquido combustible y con una torcida se
podan alumbrar de noche, y la pasaban  oscuras por falta de candiles.
Los jeroglficos en embrin de aztecas, yucatecos y otros pueblos del
centro de Amrica (aun dando por supuesto que los ms significativos y
mejor pintados no son posteriores  la venida de la gente espaola y no
son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), 
ms de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto
inferior  la de los antiguos imperios del centro de Asia ms de mil
aos antes de Cristo. Si algo hubo de ms valor en la antigua
civilizacin americana, haba decado y se haba corrompido  degradado
antes de llegar los espaoles. Poco  nada tuvimos que destruir nosotros
que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos  Amrica nuestra
propia cultura europea y cristiana, y llevamos el caf, la caa de
azcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas
de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por all no haba.

Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber
sometido  duros trabajos y atormentado con atroces castigos  la
poblacin india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla
desaparecer en algunas regiones. No ser yo quien defienda  todos los
aventureros espaoles de entonces, admirables y gloriosos por su
inteligencia y por sus bros, pero que distan mucho de valer para
modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo
peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses 
alemanes los que  fines del siglo XV hubieran ido  Amrica, se
hubieran conducido con ms humanidad que los espaoles? Fueron ms
mansos y amorosos con los indios los alemanes  quienes el emperador
Carlos V concedi que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy
son repblicas de Venezuela y Colombia? Se condujo ms afable y
dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos espaoles
establecidos en Amrica, el enjambre de piratas, corsarios y
filibusteros que en diferentes pocas fueron all contra nosotros?

Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y ms an en el
siglo XVI, no han pecado por lo cariosos y suaves; y en dicha poca
haba dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecan ms sus
entraas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente an, y el
renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las
artes y las letras de la clsica antigedad, nos trajo tambin no poco
de su corrupcin, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed
de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podan
menos de tenerlos los aventureros audaces que envi Espaa  Amrica;
pero la misma Espaa no los tena. Pueden ser ms filantrpicas que lo
que son las leyes de Indias? Se mostraron nunca nuestros legisladores
crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes 
semi-salvajes  quienes civilizamos y cristianizamos? Ha habido nunca
pueblo de ms _catlico_ corazn que el pueblo espaol? Y digo
_catlico_ en el ms lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el
significado que tienen hoy las palabras _cosmopolitismo_ y
_humanitarismo_. Fr. Bartolom de las Casas no fu el nico defensor de
los indios; fu acaso el ms vehemente y atrabiliario; pero antes y
despus de l hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que
defendieron y protegieron  los indios, y desde luego los consideraron
iguales  ellos, y  veces superiores, cuando por su nacimiento, por la
autoridad de que gozaban  por el respeto que les tenan los de su
casta, eran superiores en su tierra. No sera tan grande la tirana y la
opresin de Espaa cuando, no slo igual al pueblo indio con el pueblo
espaol, sino que di cartas y ttulos de nobleza  los indios que se
distinguan  eran ya nobles entre los suyos. Todava, por ejemplo, es
grande de Espaa y duque, y goza de una pensin cuantiosa entre
nosotros, el sucesor de Moctezuma.

Y ltimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de Amrica,
la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha
publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de ttulos de
nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los
monarcas espaoles  muchos seores indios  raz de la conquista.

En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar
que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los espaoles
en Amrica, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados.
Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se d  la
superioridad de nuestra caballera, de las armas de fuego y de la
pericia militar, no se comprende cmo unos pocos espaoles pudieron
vencer y sujetar con crueldades  grandes muchedumbres y  poderosos
imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse:
asegurando que los espaoles triunfaron porque fueron all como
libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los
indios mal contentos, los cuales lograron sacudir as la tirana ms
espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernn Corts
tantos indios como en el ejrcito contrario. Y no sin razn nos
auxiliaron, porque salieron ganando en todo. Antes, como dice Gomara,
pechaban el tercio de lo que cogan y si no pagaban eran reducidos  la
esclavitud  sacrificados  los dolos; servan como bestias de carga y
no haba ao en que no muriesen sacrificados  millares por sus
fanticos sacerdotes. Despus de la conquista, aade Gomara, son
seores de lo que tienen con tanta libertad que les daa. Pagan tan
pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las
manos. Nadie los fuerza  llevar cargas ni  trabajar. Viven bajo la
jurisdiccin de sus antiguos seores, y si stos faltan, los indios se
eligen seor nuevo y el rey de Espaa confirma la eleccin. As que,
nadie piense que les quitasen los seoros, las haciendas y la libertad,
sino que Dios les hizo merced en ser de espaoles, que los
cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni ms ni menos que
digo. Dironles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para
que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba.
Mostrronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida.
Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben
y lo que tienen. Hanles enseado latn y ciencias, que vale ms que
cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente
hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. As que libraron
bien en ser conquistados.

Yo entiendo que la cndida y sencilla apologa que acabo de citar, basta
para prueba de cun benfico fu para los indios el triunfo de Espaa
sobre ellos. Dicha sencilla y cndida apologa vale ms que las
declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente.
Desde el Norte de Mjico hasta el extremo Sur de Chile y de la Repblica
Argentina, sera fcil demostrar que en el da de hoy hay ms indios
que hubo nunca y son ms felices, mejores y ms civilizados que jams lo
fueron; que bajo el dominio de Espaa los indios que se distinguan  lo
merecan podan ser cuanto se poda ser entonces en Espaa; generales,
arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora
pueden ser, y son  veces, presidentes de las Repblicas. En los Estados
Unidos tal vez habrn sido ms humanos con los indios. Pero yo no he
visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos
figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su
posicin  por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la
nacin. Tal vez los indios de los Estados Unidos estn acorralados como
en Espaa solemos tener toros bravos en una dehesa  jabales en un
coto, mientras que los indios de las tierras que Espaa y Portugal
ocuparon, ya presiden las Repblicas como jefes supremos, ya brillan
como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejrcitos, ya
recorren como diplomticos las cortes de Europa, ya ganan fama y
aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquist elegantes
 inspiradas poesas  interesantes libros en prosa, cuyo valer y mrito
somos los primeros en reconocer nosotros los espaoles, no
escatimndoles la alabanza, sino complacindonos en darla, acaso y 
veces ms all de lo justo.

Las tremendas acusaciones de Draper contra Espaa estn puestas en su
libro con mero intento terico,  fin de que en su ramplona filosofa
de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y  fin de
que, en el drama cuya accin es el desenvolvimiento de la inteligencia
humana y el paso de la edad de la fe  la edad de la razn, haga Espaa
el papel ms odioso. Pero en el da se renuevan y se exacerban estas
acusaciones, no ya para filosofar, mas  menos burdamente, sino para
sacar muy duras consecuencias prcticas contra nosotros. En los Estados
Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escriba, siendo
lo ms gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de
ensalzar  los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y
libres. Acaso el ms feroz de estos escritores anti-espaoles sea un
cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista _The Forum_ un
articulo titulado _Ha de ser Cuba libre?_ Un amigo mo anglo-americano
me envi hace un mes dicho artculo, excitndome  que le contestase y
hasta brindndome con que insertara mi contestacin en una revista de
su tierra.

Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables an que las
de Draper; pero como llevan el propsito de excitar en los Estados
Unidos el odio y el desprecio contra Espaa y de favorecer  los
rebeldes de Cuba, auxilindolos y declarndolos beligerantes, creo que
algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa
que haga yo de Espaa sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el
articulo del Sr. Clarence King no merece refutacin ms seria y
detenida. Lo que diga yo sobre l ser como remate y complemento de la
impugnacin que la salida de tono y los anatemas de Draper contra Espaa
me han inspirado.

Empezando ahora por contestar  la acusacin que nos dirige el Sr.
Clarence King de haber exterminado la poblacin india de Cuba, que llega
 suponer se elevaba  un milln de almas, dir que parece imposible que
con seriedad se insine, ya que no se afirme, semejante disparate. Si 
nosotros, fundndose en l, se nos dice: Qu habis hecho de ese milln
de almas? Can, que has hecho de tu hermano?, con la misma razn
podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensin de territorio
ocupado hoy por la gran repblica, haba lo menos cuarenta millones de
indios, y preguntar luego con voz fatdica: Canes! qu habis hecho
de ellos?

De todos modos,  m no parecera razonable dirigirme  los ingleses
pidindoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pedira en
todo caso  los que se han apoderado de sus bienes despus de matarlos y
viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente posean. Porque es
absurdo  irracional, suponiendo que gente de casta espaola mat  un
milln de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y
con los que se aprovechan an de la matanza y del robo, y condenar por
ese robo y por esa matanza  los espaoles de por ac, que desde el
descubrimiento y la conquista de Amrica hasta hoy no han hecho ms que
predicar y legislar en favor de los indios.

Es cosa de risa citar  Hatuei, que dijo que preferira ir al infierno 
ir al cielo con los espaoles, para aplaudir  los descendientes de esos
espaoles porque se rebelan contra otros espaoles, que no sacaron el
menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio.
Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendra muy 
propsito si hubiese an en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios
que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba  los
espaoles intrusos, lo mismo  Weyler, que  Maceo  que  Mximo Gmez.

Otra no menos chistosa acusacin del Sr. Clarence King contra nosotros
se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados
nosotros  mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece,
al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca.
Dice tambin el articulista que Espaa se vi _forzada_  dar libertad 
sus negros Y quin le hizo tal fuerza? Espaa di la libertad de grado
y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las
armas  esta libertad, si bien en Cuba era el darla ms difcil, ms
perjudicial econmicamente y ms peligroso que en los Estados Unidos,
aunque no fuese ms que porque en Cuba la poblacin negra era tan
numerosa como la blanca. No fu, pues, en Espaa, fu en los Estados
Unidos,  al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron _forzados_
 dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla  regaadientes, y
donde al que la di, al libertador glorioso, no falt quien en premio le
matase de un tiro.

Por lo dems, la compasin hacia los negros esclavos acaso se pudiese
probar que ha sido ms tarda que en nuestra raza en la raza
anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido _negrera_, y donde an, en el
presente siglo, se inventan teoras tan filantrpicas y consoladoras,
como la de Malthus y la del _Struggle for life_.

No en el da en que los espaoles estamos harto abatidos, sino en los
momentos  en los siglos en que preponderbamos en el mundo, se le
ocurri  ningn espaol, que tuviera squito y que valiera algo, el
considerarse de una raza superior  las dems razas humanas, y el
despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitn se enseore de
Italia arrojando  los franceses; ni despus de Lepanto, de San Quintn
y de Pava; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros telogos y
reformando la iglesia oponan fuerte valladar al protestantismo y
trataban de conservar la virtud que informaba y que una la civilizacin
europea; ni cuando desde principios del siglo XV, con tenacidad
admirable y con fe constante, agrandbamos experimentalmente el concepto
de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares
incgnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos,
jams hemos menospreciado  las otras naciones ni las hemos tratado con
insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el da se nos insulta.

A la verdad, ni ahora ni nunca habr un solo espaol que rebaje la
gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque
sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no
por fuerza libertad  los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria
tambin, anterior y  mi ver ms clara y con algo de divino, nos toca
por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y
Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que an se
ignoraba hasta el nombre de filantropa, movidos de caridad cristiana,
obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.

Supone el Sr. Clarence King que en el carcter espaol (ya se entiende
que en el de los espaoles peninsulares, pues en el de los cubanos,
sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformacin
dichosa), supone, digo, que en nuestro carcter persiste, en combinacin
diablica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz
intensidad por la Inquisicin. De aqu resulta que el ms blando y
humano de nosotros es un Calgula-Torquemada. Y que  fin de evitar que
sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos  inofensivos
insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la
beligerancia de dichos seores que no talan, ni incendian, ni saquean,
ni cometen atrocidad alguna.

Lo de la Inquisicin es una cantaleta que nos estn dando los
extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos,
que casi justifica que algunos espaoles se pongan fuera de s y en
apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y
juicio. As es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su
ingenio, alguien defienda la Inquisicin todava, como por ejemplo, lo
hace con mucha gracia el catedrtico D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual
llega  exclamar: Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan
fuertemente sujetaban al monstruo de la hereja, que no le dejaban
libertad alguna para impedir  los ingenios espaoles el vuelo que
tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la
poesa!

Claro est que el monstruo de la hereja, que hoy anda suelto en Espaa
sin que la Inquisicin le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que
vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apologa de la
Inquisicin. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendr con el
seor Clarence King en que la Inquisicin era una infernal maquinaria
muy  propsito para atormentar y matar  la gente. En lo que no
convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta  la
suya y muy favorable  los espaoles, es en que nosotros, poseedores de
la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurdicamente 
ms personas que las atormentadas y asesinadas jurdicamente en no pocas
naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisicin
nunca. Jams la Inquisicin de Espaa se regal ajusticiando vctimas
tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jams la Inquisicin de Espaa
conden, sino que aplaudi, defendi y ensalz  Coprnico,  Galileo y
 otros sabios,  quienes en tierra donde no haba Inquisicin
condenaban. Y en lo tocante  la muchedumbre de gente menuda, quemada,
ahorcada  muerta por otros medios  manos del fanatismo religioso, nada
tienen que envidiarnos los pueblos ms cultos que en el da hay en
Europa. Slo de brujos y brujas, si hemos de creer  Michelet, en
Trveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en
Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola
hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jams hubo en
Espaa tan esplndidas y colosales chamusquinas. Y es lo ms chistoso,
si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una
Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en
esos Estados se quemaron y se ajusticiaron tambin brujos y brujas con
profusin pasmosa. Por donde yo me inclino  sospechar que en toda la
Amrica, dominada por Espaa durante los sigos XVI y XVII, no hizo la
Inquisicin tantas vctimas, contando judos, mahometanos, y herejes
relapsos y hechiceros de todo linaje, como las vctimas que por slo el
delito de brujera fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando an
eran colonias.

Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba
no sea espaola, es que Cuba es un paraso muy fecundo y que en otras
manos ms trabajadoras y hbiles producira mucho ms. Este argumento,
no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi
seguro que si los dejsemos en libertad, Cuba no prosperara ms de lo
que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sera como Hait, y
si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sera como es Santo
Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazn estn con los
rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga  su
triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprender
el seor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta
pdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su
pensamiento es que Cuba llegue  ser una estrella ms en la bandera de
su patria. Adis entonces idioma, casta, sangre y linaje espaoles en la
Isla. En ella, al cabo de veinte  treinta aos  de menos, no se
hablara ms que ingls. Todo hombre de origen espaol desaparecera de
la Isla ms pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de
la Isla los espaoles.

Pero qu mal, qu dao, qu terribles ofensas hemos hecho los espaoles
de la Pennsula  los espaoles de Cuba, para que  ser unos con
nosotros prefieran algo  modo de suicidio colectivo?

Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurmonos que el Sr.
Clarence King tiene razn; que los espaoles no sabemos gobernarnos;
que nuestra administracin es absurda y corrompida. Con esto no probar
sino una cosa: que si los cubanos toman muy  pecho su desgobierno, no
deben separarse de Espaa, sino separarse de ellos mismos y ser otros de
los que son, y convertirse, por ejemplo, en _yankees_. En una nacin
tan democrtica como es y ha sido siempre la nuestra, qu diferencia
puede haber ni hubo nunca entre un espaol de Cuba  un espaol, v. gr.,
de Mlaga, de Loja  de Logroo? Los que alternan, en Espaa, en el
poder, con turno ms  menos pacifico, los Narvez, los Cnovas y los
Sagastas, no pudieron ser cubanos? Qu inferioridad hemos supuesto
nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un espaol de por
ac y un espaol de por all? La igualdad ms perfecta entre todos los
espaoles de la Pennsula y de Ultramar ha sido proclamada siempre en
leyes, pragmticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclam
solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si
esta unidad legal existi bajo un poder absoluto, lo mismo era para los
peninsulares que para los cubanos, y estos ltimos no podan pretender
entonces ser ms libres que nosotros. Pero no bien hubo en Espaa una
Constitucin liberal, en 1812, la Asamblea que form esta Constitucin
declar, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nacin espaola
es el conjunto de todos los espaoles de ambos hemisferios. Las
libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las
debieron gozar tambin los cubanos. No fu culpa nuestra que Fernando
VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien
volvi  Espaa en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en
virtud, por desgracia, de un motn militar, que puede considerarse como
el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que
despus ha habido. Y menos culpa nuestra es an que, en 1823, as los
peninsulares como los cubanos, perdisemos de nuevo las mencionadas
libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos
moralmente por la Santa Alianza,  sea por Rusia, Prusia y Austria, con
el beneplcito sin duda de la libre Inglaterra.

De cuantas crueldades y tiranas y de cuantas muestras de grosero,
torcido y falso celo religioso hizo y di entonces un partido fantico
por el afn de extinguir en Espaa la civilizacin moderna y de
retroceder  una edad de ignorancia y barbarie, que jams existi y fu
completamente soada, ms culpa que dicho partido fantico y servil
tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus rdenes y
casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo espaol y desatando
las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su
trono, cargase  este pueblo de cadenas. Pero aun as, justo es confesar
que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo
padecieron, de este ltimo absolutismo de los diez aos.

Una prueba ms de que no son los espaoles peninsulares tan culpables
de este absolutismo de los diez aos, sino de que nos le impusieron las
ms poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en
Espaa un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron 
reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey
de los fanticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido
en Espaa, por Prusia y Austria hasta despus de la revolucin de 1848,
y por Rusia hasta 1857.

Y como yo no quiero condenar  nadie en ms de lo justo, y menos 
naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco
injuriar al partido absolutista espaol, dir que alguna explicacin y
hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos  las modernas
libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la
primera Revolucin francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos
guerreros, no bastaban  atenuar las atrocidades de Dantn, Marat y
Robespierre, y los espantos del _Terror_ y de la guillotina; y fue lo
peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda,
pero  la vez un dspota, que humill y ensangrent la Europa entera,
sin que el ms hbil y sutil profesor de filosofa de la historia pueda
descubrir, fuera de la ambicin personal, del prurito de elevar  la
familia y  los amigos, y del afn del predominio de un pueblo sobre los
otros, propsitos y fines altos y providenciales, parecidos  los que
ms  menos conscientemente tuvieron Alejandro y Csar.

Ser pensamiento mo, que tal vez escandalice  muchas personas, pero
que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera
Revolucin francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad
verdadera y los progresos del linaje humano, vino  atajarlos,
ponindoles, como obstculo que tienen que saltar en su curso, el miedo
y la repugnancia que los desrdenes y crmenes de la Revolucin
inspiraron.

Como quiera que ello sea, pues sera muy largo discutirlo aqu, vuelvo 
la cuestin de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen
tambin como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en
nuestras Cortes. All defienden sus intereses, all piden reformas, all
concurren  legislar con los dems representantes del pueblo, y aun son
ms considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelin ha sido menos
justificada que en el da por motivos polticos.

Lo ser acaso por motivos econmicos? Menos an. Los cubanos no pagan
tanta contribucin como nosotros. Apenas pagan contribucin territorial.
Pagan en las aduanas. Y si algn empleado de los que van de la
Pennsula, se enriquece por all, bien puede afirmarse que no es  costa
sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.

En lo tocante  la solicitud con que el gobierno de la metrpoli procura
el fomento de la produccin agrcola, de la industria y del comercio de
Cuba, se llega  un extremo casi increble. En prueba de ello, baste
citar el Tratado que los seores Foster y Albacete negociaron en
Madrid, siendo Presidente de la Repblica el Sr. Arthur, y que el Sr.
Cleveland, no bien entr en la Casa Blanca, retir sin consentir que se
ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azcares de Cuba
hubieran ido  la gran Repblica libres  casi libres de derechos, y de
la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes
y muchos productos de la industria anglo-americana. Intil es ponderar
la prosperidad y el auge que esto hubiera trado  la perla de las
Antillas. Para lograr este fin, hubiramos sacrificado nosotros con buen
nimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido
resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la
industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.

Alguna queja tengan acaso los cubanos de que,  fin de proteger la
industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de
introduccin la azcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es
aparente cuando se considera el corto consumo que Espaa puede hacer y
hace de azcar, en comparacin de lo que totalmente produce la Isla, que
por otra parte cuenta con ms ricos, favorables y cercanos mercados.

Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la
Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos  que sea
independiente y libre. A mi ver, nada hay ms falso; y creo que de los
dieciocho millones que hay de espaoles, slo no pensarn como yo mil 
dos mil  lo ms. Todos sabemos que en los cuatrocientos aos que hace
ya que poseemos  Cuba, slo durante quince  veinte ha habido sobrantes
en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos
aos, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. Pues
entonces--dir el Sr. Clarence King--por qu Espaa no abandona  Cuba?
La pregunta equivale  la que pudiera hacerse  una buena madre, cuya
hija mimada no le trajese ms que gastos, si se le aconsejara que la
dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con
ms lujo la mantuviera. Conservar  Cuba no es para nosotros cosa de
provecho, sino punto de honra de que Espaa no puede prescindir.

La nacin que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado 
Amrica, tiene ms derecho que ninguna  ser y  llamarse americana, aun
dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado  ineludible
de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus
fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crdito no se
agoten.

No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados
Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para
excitar acaso  otras potencias  que tambin la declaren. No hubiera
habido menos motivo para pedir  declarar hace aos la beligerancia del
Tempranillo, del Chato de Benamej  de los Botijas. No se conducen
mejor Mximo Gmez y su cuadrilla ni atinan con ms habilidad 
escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son
favorables  aquellos antiguos bandidos de la Pennsula, porque no eran
incendiarios, y porque, cuando se acogan  indulto, cumplan como
caballeros y no volvan  las andadas, engaando y burlando  los que
los haban indultado.

En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de
estas villanas con que era burlada y pagada la generosidad espaola,
di un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para
justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al
ministro de Espaa en la gran repblica.

Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilizacin
cristiana y de la humanidad, por alguien que debi de creerse, sin el
menor inters, representante y Encargado de Negocios de dicha
civilizacin y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse 
nosotros como  un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas
cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometi al dirigir la
nota un atentado contra la soberana, la autonoma y el decoro de
Espaa, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan dbil y le
hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la
nota sin contestacin, dndola por no recibida, como alguna otra nota,
menos insolente y soberbia, se devolvi en Madrid  un ministro
anglo-americano.

Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martnez
Campos y los dems jefes y autoridades de Espaa en Cuba, ha sido de
lenidad, de espritu de conciliacin y de generosa confianza. Repito,
pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los
Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos
y para excitar  otras potencias  que la declaren.

Ni el gobierno espaol ni sus agentes han cometido ni cometern en Cuba
crueldad alguna. Aunque los foragidos que estn asolando el llamado, por
el Sr. Clarence King, fecundo paraso, no merecen que las potencias
cultas de Europa los amparen  los protejan, no contra nuestra saa,
sino contra nuestra justicia, yo espero que sta se temple y mitigue con
la mayor misericordia; mas no por eso acierto  explicarme que  los
cabecillas rebeldes,  los principales al menos y  los que no tienen
siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal
entendido amor  la patria, se les perdone si llegan  caer en poder de
nuestros soldados. Justo y necesario ser algn saludable escarmiento.

Difcil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en
nacin tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra
Espaa, bastante  mover  mucha parte de su ilustrada prensa peridica,
al Sr. Clarence King y  una respetable comisin de senadores,  que
pidan, valindose de mil injurias contra Espaa, que el gobierno de la
gran repblica declare beligerantes  los insurrectos, procure que
otras potencias tambin los declaren, y garantice as la impunidad de
todos ellos para el da en que depongan las armas, cansados de andar 
salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario,
Espaa es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y
el favor que reciben en aquel pas los ingratos y rebeldes hijos de
Espaa excede sobremanera  la ms franca hospitalidad, y porque bien
puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha
mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.

Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos
principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones
cultas, y no lo negamos, tambin en Espaa. Hablo de la exagerada
obligacin en que se creen los gobiernos de proteger  sus sbditos en
pas extrao y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnizacin
de perjuicios que se les causen  prdidas que tengan.

Los gobiernos, movidos por la opinin pblica, extraviada  violenta,
reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen
nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta
conflictos. Y es lo ms deplorable, que cuando la potencia que reclama
es fuerte, humilla  la dbil, en ocasiones la atrepella y casi siempre
le saca el dinero. Y en cambio, cuando es ms dbil la potencia
reclamante, en vez de salir airosa, es desdeada en su reclamacin, y
su sbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.

Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las
potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras,
aunque para declararlas se busque  se invente otro fundamento. As, por
ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar  la raz de
algunas expediciones belicosas, se ver que nacen de reclamaciones poco
atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y Espaa no
hubieran reclamado algo en balde para sbditos suyos, tal vez nunca
hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Mjico  un partido
monrquico y un tanto aristocrtico y de ir all  levantar el trono,
que pag ms tarde muy caro un prncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin
reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de
Valparaso y del Callao.

Cuando la nacin de quien se reclama es dbil, sin duda que no hay
guerra, pero suele haber violencia y atropello. As, pocos aos ha (y
prescindo de todo disimulo diplomtico) Italia contra Colombia.

Vase, pues, con cunta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia,
incluso Espaa, que no adolezca de esta mana de reclamar exageradamente
en favor de sus sbditos, establecidos  de paso, en pas extranjero,
aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver,
sera bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomtico
que haya, que esa proteccin del sbdito en pas extranjero no la
ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho sbdito
vaya  vivir  un pas brbaro  resida en l, y que, si reside en un
pas culto y cristiano, como el pas de que procede, se someta  las
leyes, usos y costumbres del pas de su nueva residencia, sufra las
molestias y se exponga  los peligros que all sufren   que all se
exponen los dems, y reclame contra cualquier agravio  dao, no por la
va diplomtica, sino por los medios y recursos que le preste la
legislacin del pas adonde voluntariamente ha ido.

As se evitaran muchos males. As se evitara que, en ocasiones, en vez
de ser una ventura que venga un extranjero, con capital  con
inteligencia  con ambas cosas,  un pas pobre y dbil, sea una
calamidad  un ominoso preludio de vejmenes y sobresaltos, y as se
evitara que el extranjero que pasa de un pas dbil  un pas fuerte
sea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamacin,  su
legacin,  su cnsul  directamente  su gobierno.

Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional,
que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbre
protectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que ms lamento es
que en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso 
el abuso, que no reclaman slo en favor de legtimos, castizos y nativos
anglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va 
la gran repblica huyendo de la autoridad espaola por delitos polticos
que su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido de
aqu muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidad
lastimosa, por donde los rebeldes, al ver la proteccin triunfante que
se les otorga y la condescendencia con que Espaa la acepta y paga,
desdean  Espaa y reciben alicientes y estmulos para rebelarse contra
ella.

A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentan
por algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todava espera la
mayora de los espaoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, _no ha de
ser libre_, como el Sr. Clarence King ansa y propone. Esperemos que
Cuba siga siendo libre, pero espaola, como la metrpoli desea, pero
tenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo que
Dios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuvisemos que
abandonar la gran Antilla, no hay espaol peninsular que suee por
espritu vengativo con que aquello se vuelva  _yankee_  _merienda de
negros_. Por cima del patriotismo y ms all del patriotismo, vive y
alienta en nosotros el amor de casta  de raza. Ojal, primero, que Cuba
siga siendo espaola; pero si Cuba deja de serlo, ojal que sea pronto,
para gloria y satisfaccin de la antigua madre patria, una gran
repblica cultsima y floreciente. Entonces, Mximo Gmez, por ejemplo,
 quien ahora fusilaramos  ahorcaramos sin escrpulo y para cumplir
con una penosa obligacin, brillara con aplauso nuestro,  la altura de
los egregios libertadores; podra ponerse al nivel de Simn Bolvar y de
Jorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellos
tienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil  que ese
estado de florecimiento y de grandeza no llegar para Cuba, ni en muchos
siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograra
separarse ahora de la metrpoli. Queden, pues, tranquilos los
anglo-americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni  Jorge
Washington ni  Simn Bolvar le suscite el cielo  el destino un rival
de gloria.

[Illustration]




LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA ESPAA


Desde que empez la funesta guerra de Cuba hasta el da de hoy, en medio
de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que
celebrar, sirvindonos de consuelo y dndonos esperanza de un xito
dichoso.

Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo
del pueblo espaol que, por una causa que no puede traernos provecho,
pero en la que est interesada la honra nacional, sufre con resignacin
y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se
le han impuesto y que se le impondrn en lo futuro. Y celebremos adems,
prescindiendo de todo inters de partido, la enrgica y atinada
actividad con que el general Azcrraga, ministro de la Guerra, ha
logrado enviar  la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, los
hombres y los recursos que all se requieren, para que la rebelin pueda
ser sofocada.

Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna  nuestros generales,
cuando consideramos la magnitud de los medios que la nacin y su
Gobierno les suministran; pero Espaa no debe ni puede censurarlos,
antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de
la salud de la patria.

De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en
las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lcito culpar 
nadie de que le falte, es aquella inspiracin maravillosa que el genio
de la guerra infunde  veces en el alma de los grandes capitanes y por
cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias blicas y las
estrategias ms profundas jams explican. En Gonzalo de Crdoba y en
Hernn Corts, por ejemplo, hay un no s qu de sobrenatural que nos
pasma y con lo que sera delirio contar para todas las ocasiones.

En la ocasin presente y desistiendo de exigir como obligacin  como
deber las inspiraciones  los milagros del genio, nuestros generales,
antes Martnez Campos y ahora Weyler, merecen aprobacin y aun aplauso.
Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el
combate, escapar  la persecucin y escabullirse y esconderse. En la
gran extensin de la isla, en sus bosques y cinagas, en lo quebrado y
spero del terreno  veces y en lo insalubre y mortfero de aquel clima
para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados
obstculos harto difciles de superar. Si recordamos que en la primera
mitad de este siglo hubo en Andaluca foragidos como el Tempranillo, el
Chato de Benamej, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que
teniendo cada cual una cuadrilla de diez  doce hombres  lo ms, en
campo raso, donde, si  veces el terreno es quebrado, no hay selvas
tupidas ni lugares pantanosos, todava burlaron las persecuciones y se
sustrajeron durante largos aos  las batidas que di el poder pblico
para cazarlos, no debemos extraar que,  pesar de nuestro valeroso y
valiente ejrcito, recorran la isla Antonio Maceo, Mximo Gmez y otros
malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen
sin que se haya logrado an capturarlos  imponerles el castigo que
merecen.

La disculpa del poco xito alcanzado hasta ahora no puede tener
fundamento ms slido ni ms claro.

En cambio son dignos de omnmodas alabanzas, singularmente en el general
Martnez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegacin con que
fu  Cuba, exponindose en una lucha sin gloria  la mengua   la
prdida de su crdito, que ya no poda ser mayor. Y no menos alabanza
piden la lenidad, la dulzura y el espritu de conciliacin con que el
general Martnez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la
isla, ha tratado  los diferentes partidos polticos que en ella hay,
sin excluir  los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la
metrpoli y ciegos por ambicin  por falso y torcido amor al suelo
natal, anhelan y buscan la separacin de Cuba y de Espaa.

A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martnez
Campos, en nada desmentida hasta el da por su sucesor el general
Weyler, y  pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni
guarida permanente, sino que andan  salto de mata, ms que como
soldados como ladrones, ha ocurrido lo que  nadie sorprende, porque se
prevea; pero lo que  toda persona honrada y juiciosa escandaliza y
aturde. El Senado anglo-americano, despus de larga discusin, en que
muchos de sus ms notables individuos se han desatado en grosersimas
injurias contra Espaa, ha estimulado y autorizado al presidente
Cleveland para que, en el momento que considere ms oportuno, declare la
beligerancia de los insurrectos.

Dursimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho 
Espaa y que la Cmara de representantes de la misma Repblica casi por
unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los peridicos ms
acreditados de la Pennsula miran con calma la ofensa que hemos recibido
y recomiendan al pueblo espaol prudencia y sufrimiento, todava quiero
yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oda,
recomendar prudencia y sufrimientos mayores.

Es innegable que en la resolucin que se ha tomado y en los motivos que
se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto ms sangriento
que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su
honra, ofendido as por otro sujeto, quedara afrentado, humillado y
escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo  muerte.
Pero qu paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata
de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias
soberanas?

Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes
del honor y del duelo, no consienten que nadie ria en l con ventaja,
ni uno contra cuatro, ni con mejores ni ms poderosas armas ste que el
otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de
fuerzas  de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y
deseable sera que no hubiese rias sino paz entre los hombres; pero ya
que hay rias, es laudable y extraordinario progreso el desafo bien
ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones,
 pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y  pesar de los
decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan
desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por ms que esto se
vele  disimule con refinamientos hipcritas. Una nacin, aislada como
lo est Espaa, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen
los Estados Unidos y con muchsimos menos recursos pecuniarios para
comprar  fabricar los costossimos medios de destruccin que hoy se
emplean, incurrira en un heroico delirio y cometera un acto de
inaudita temeridad en provocar  dichos Estados, pidindoles, con
sobrada energa, satisfaccin de una injuria, que, en mi sentir, se
puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo
para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes
pblicos, se entiende, y quedando  salvo la lengua y la pluma de cada
ciudadano espaol, para devolver con creces agravio por agravio y para
desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.

Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos
tratando, es disculpable, aunque  poco   nada conduzca: pero
cualquiera manifestacin colectiva en ofensa y en odio de la gran
Repblica Norteamericana sera hoy por todos estilos perjudicial y
contraproducente, y nos quitara mucha parte de la razn, de que debemos
cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspeccin y el
juicio con que casi todos los peridicos de Espaa aconsejan al pueblo
que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energa con que
el Gobierno se apercibe  prevenirlas   reprimirlas.

Pero yo an voy ms all en excitar al Gobierno  la longanimidad y  la
paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la va
diplomtica satisfaccin al gobierno de Washington por las groseras
injurias y calumnias que han lanzado contra Espaa varios senadores
desde el Capitolio de Washington.

Hay que tener en cuenta que en aquella gran Repblica no suelen ser los
_politicians_ las gentes ms estimadas, mejor educadas y ms sensatas:
que por all no se guardan en las discusiones pblicas el mismo decoro y
la misma cortesa que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo y
hasta en los modales se advierte cierta selvtica rudeza, por influjo
acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por
generacin como el pecado original, sino por el aire que en aquellos
crculos polticos se respira. Cuando en los escaos de un Cuerpo
colegislador se masca tabaco, se colocan los pies ms altos que la
cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de
madera en llenar el suelo de virutas, no es de extraar que se digan y
se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes
estuviesen tomados del vino.

No prueba esto, ni mucho menos, que la mayora de aquella gran nacin
piense y sienta como sus apasionados _politicians_; antes es de esperar
que esa mayora, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros y
no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y
nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido
y d con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al
presidente Sr. Cleveland, para que l proteste tambin sin que nosotros
lo pidamos  lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuacin y
del permiso con que le excitan y facultan  reconocer la beligerancia.

Claro est que el Gobierno espaol debe estar prevenido para todo
evento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda  le
asuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos  recomendarle placidez y
calma.

Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de Espaa  amigo al menos de la
justicia, no comprendo qu nos propondramos lograr si de oficio pidiera
satisfaccin nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los
senadores. Intilmente pondramos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, ya
que l no tiene fuerza para castigar  los senadores que se han
insolentado contra nosotros ni para moverlos  que se retracten y canten
la palinodia. Lo ms que el Presidente podra hacer, sacrificando acaso
un poco de su popularidad  indisponindose con los senadores para estar
fino y amable con nosotros, sera decir que deploraba que nos hubiesen
injuriado. Tal funcin de desagravios es tan triste y tan incompleta que
lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno espaol no
aspire  que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo  modo de
lstima.

En suma,  pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el
Senado, y  pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las
que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la
nacin espaola no debe darse por entendido, ni considerarse herido de
semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la
queja ms mnima. Esta queja sera una confesin de que nos han tocado y
maltratado, sera poner  la nacin espaola al nivel de sus
detractores, sera confesar que los tiros de stos han subido muy alto y
han tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio con
que Espaa debe desdearlos.

Espaa, prescindiendo de la resolucin que en pos de los insultos puede
venir, arrastrndonos fatalmente  una guerra sangrienta y ruinosa, y
considerando slo los insultos, conviene que los juzgue y condene con
las palabras mismas del gran poeta ingls: _Tales told by idiots, full
of sound and fury, signifying nothing._

En los momentos difciles en que se halla en el da la nacin espaola,
es antipatritico todo espritu de oposicin contra el Gobierno. Debemos
desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de
nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar  la censura
ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al
Gobierno  un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero
que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor
de Espaa est ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo
que no puede estarlo. Vlganos una comparacin para aclarar este
concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro  por ms
locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de
ofensa, y los cuatro le insultasen, y adems quisiesen con amenazas
intervenir en los negocios de l y hasta disponer y apoderarse de su
hacienda, el hombre as atacado lo primero que hara sera prescindir
de los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los medios
rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos
agresores. En ltimo resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en
su ayuda, lo noble y lo heroico sera combatir l solo contra los cuatro
hasta vencerlos  morir; pero tambin sera delirio, y vanidad y
pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que
alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia  poner  raya
 su enemigo y  evitar la desigual  injusta contienda con que su
enemigo le amenazaba si no ceda  se humillaba  su capricho,  su
soberbia y  su codicia acaso.

Quiero significar con esto que,  mi ver, el Gobierno espaol, sin
dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y
circunspecto como firme, en nota circular dirigida  las principales
naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolucin
tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos,
demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados
Cuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar
beligerantes  unos foragidos, han faltado  las buenas relaciones de
amistad con Espaa fomentando y favoreciendo el espritu de rebelin de
algunos cubanos, y han desconocido la autonoma y soberana de Espaa
osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitndola
 que se desprenda de gran parte de su territorio y de la poblacin que
hay en l, lo cual es todo suyo legtimamente desde hace cuatro siglos.

Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes
potencias de Europa dejen de darnos la razn: no se pongan de nuestro
lado  fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera
despojar de lo que poseemos, amenazndonos con una guerra injusta y
harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la
descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.

Durante siglos Espaa ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin
recelar que la acusen de pusilnime, llegar al ltimo extremo de la
prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo
reconocidamente ms fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza.
Asimismo es muy humano y muy conveniente  la civilizacin evitar hasta
donde sea posible la efusin de sangre, los estragos, la paralizacin
del comercio y las grandes prdidas de riqueza que una guerra trae
consigo. Nadie nos podra zaherir por esquivar esta guerra, dejando 
salvo nuestra independiente soberana y conservando, sin acudir  las
armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro
territorio.

Enorme desventura sera si despus de dar este paso nadie nos acudiese y
permanecisemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es para
cuando conviene tener nuestra energa como contenida y represada y
hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los
peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos
contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces ms poderosos de lo
que son, sin desesperar del triunfo,  sin hacerle pagar muy caro al
menos.

Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no
encerrara una leccin y un escarmiento para el porvenir.

Menester es confesarlo. En el aislamiento de Espaa hay de nuestra parte
no pequea culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en
Espaa en el poder, desde hace muchos aos, han propendido al
aislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto
equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nacin cuyos
destinos dirigan. Deberes hay que Espaa no puede desatender y hay
aspiraciones y propsitos que el alma de la nacin no puede ahogar en su
centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la
conservacin de las Antillas y de los archipilagos que poseemos en el
Pacfico. Nuestras aspiraciones, providencial  fatalmente impuestas por
nuestra misma historia, estn en que nadie sin contar con nosotros
domine en Marruecos; en estrechar cada vez ms nuestras relaciones con
los portugueses; y en conservar, ya que los lazos polticos estn rotos,
la unidad de civilizacin, de idioma y de casta entre esta pennsula y
las que fueron sus colonias y hoy son repblicas independientes,
procurando y anhelando, con poco menos ahinco  inters que nuestra
prosperidad y auge los de las repblicas hispano-americanas, hacia las
cules nos inclina un orgullo paternal que no quisiramos ver abatido y
burlado.

Con tales propsitos y miras, el retraimiento de Espaa es imposible: el
afn de sus gobernantes de no exponerla lanzndola en aventuras, la ha
expuesto ms dejndola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo ha
contribudo  enajenarnos la voluntad   entibiar al menos el afecto
que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No
nos ha valido para estmulo el ejemplo de otras naciones, que buscando
alianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecan
inasequibles y como delirios de un ensueo. As el Piamonte, vencido y
ruinosamente multado, despus de Novara, ha venido  lograr lo que en
balde se pretenda desde hace siglos: la unidad de Italia, slo
momentneamente lograda bajo el cetro del rey brbaro Teodorico.
Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con
los dos pueblos que ms la han agraviado: con los italianos, que han
conseguido arrebatarle el Milanesado y el Vneto, y con los prusianos,
que la vencieron y la despojaron de la hegemona en Alemania. Francia
misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante
solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo
de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez
Espaa sea la nica nacin que por el afn de no comprometerse ha
esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue as, si nadie
acude  sostenerla, escarmentar al verse en tan cruel abandono.

Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con
simpatas que no hemos procurado crear ni fomentar, todava nos queda
alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de
nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho.
Sera extrao que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que
los diputados y senadores _yankees_ se constituyen en tribunal del
humano linaje, en hierofantes de la filantropa y la cultura, reprobando
y anatematizando la conducta de una nacin soberana en su gobierno
interior, sometindola  su fallo y tratando de imponerle castigos
infamantes, de desmembrarla  su antojo y de despojarla de parte de sus
bienes. Todava es ms odiosa y ridcula esta pretensin al notar que se
apoya en la necia doctrina de Monroe. Qu significa racionalmente que
Amrica ha de ser para los americanos? Dnde estn los americanos 
quienes Amrica en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los
_yankees_ estn acorralados como toros bravos en una dehesa  como
jabales en un coto. Fuera de esto, Amrica es y seguir siendo, durante
muchos siglos, de los europeos. La religin, la ciencia, la cultura, los
idiomas en que se habla y se escribe, todo es all de Europa. Si ha
habido all algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados,
y tal cual mediano pensador, en ingls, en portugus  en espaol han
escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer
el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con
que la humanidad sigue su marcha progresiva elevndose  superiores
esferas. Todo cuanto los _yankees_ han pensado, inventado  escrito,
podr ser un brillante apndice; pero no es ms que un apndice de la
civilizacin inglesa. Ser una cola muy lucida, pero no es ms que la
cola. El ncleo, el foco, el centro luminoso, el primer mvil, cuanto
ilumina y mueve an  la humanidad en su camino, est en Europa y no ha
pasado  Amrica ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la
inteligencia, la frula del magisterio, el timn de la nave, el cetro de
la soberana mental estn en Europa desde hace tres mil aos.

Ni los persas, ni los cartagineses, ni los rabes, ni los trtaros, ni
los turcos, lograron arrebatrnoslos en sus ingentes y tremendas
expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los _yankees_, su mal
disimulado deseo de arrebatrnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si no
aspiran sino  un nuevo divorcio entre ambos hemisferios qu significa
la doctrina de Monroe? Todava en las Repblicas hispano-americanas, si
la suerte les hubiera sido ms favorable y si no estuvieran tan
abatidas, la doctrina de Monroe tendra explicacin, tendra fundamento
justificado. All hay un elemento indgena: all hay americanos de
verdad. Hasta de la mezcla de la sangre espaola con la sangre india,
se podra suponer que ha nacido y que se desenvolver una raza distinta
y acaso superior  la europea. Pero en los Estados Unidos hay algo ms
que el suelo que sea americano? Qu significa pues la manoseada frase
para los americanos Amrica? Con qu razn, con qu derecho,  no ser
por la fuerza cuando la tengan, tratarn los _yankees_ de echar de
Amrica primero  Espaa, y despus  Inglaterra,  Francia,  Holanda y
 Dinamarca, que son tan americanas como los _yankees_ y han merecido y
merecen ms aplauso y gratitud de Amrica, porque la han colonizado,
civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda la
virtud y todos los grmenes de poder y de grandeza de que los _yankees_
andan ahora tan orgullosos?

Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario,
reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo dbil que es este
alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirn haciendo
muchos generosos y nobles espaoles, como, por ejemplo, los que residen
en Mjico, y en la Pennsula el sabio Obispo de Oviedo y el noble
Marqus de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he
vacilado, durante algunos das, en dar  la estampa este escrito.

Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso an 
la nacin anglo-americana,  pesar de las injurias de que sus
representantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningn
estilo, al devolver  dichos representantes agravio por agravio, que
alguien imaginase que yo trataba de ofender  su nacin aunque por ser
nosotros calumniados y engaada ella por vulgares prejuicios que han
difundido y difunden rastreros escritores, estuvisemos empeados en una
lucha que no tiene razn de ser. Estos rastreros escritores se han
complacido en pintarnos  los ojos del vulgo de sus compatricios como
una nacin de fanticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos
Inquisicin todava y que hemos asesinado jurdicamente, cuando la
tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, 
por mala fe  por ignorancia, que en cualquiera de las naciones ms
cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisicin, se han cometido ms
crueldades, se han elevado ms cadalsos, se han encendido ms hogueras,
y ha hecho ms vctimas que en Espaa la supersticin religiosa. En
Inglaterra, metrpoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses
sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; vctimas del fanatismo
han perecido all reyes y reinas, y mrtires tan gloriosos como Toms
Moro.

Lutero, Calvino y Knox slo pedan libertad religiosa cuando estaban en
minora. En Escocia an se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los
mismos Estados Unidos, slo en Salem (Massachusetts), se han cometido
ms atrocidades y asesinatos jurdicos, nicamente  causa de la
brujera, que por causa  pretexto de religin cometi el Santo Oficio
en toda la Amrica entonces espaola desde Texas y California hasta el
estrecho de Magallanes.

Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba
despierten profundas simpatas en el alma de los legisladores _yankees_,
ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen
una Repblica superior  la de Hati, y contribuyan ms que nosotros al
progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de
la agricultura, de la industria y del comercio. Para m, pues, es
evidente que no por amor de ellos, sino por odio  nosotros, ambas
Asambleas de la Unin los protegen. Y este odio, que deploro, es el que
yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningn corazn
espaol,  pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin l, y
slo por necesidad, iremos  la pelea, si se nos acosa: si se nos pone,
como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso ser
entonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos de
admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios 
los que le exciten  esta injusta contienda.

Lo que yo admiro ms en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil
y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y
difciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo  los europeos.
Hay en Europa casas de siete pisos, pues los _yankees_ las construyen
de catorce; hay en Europa monumentos altsimos, pues los _yankees_ los
construyen cincuenta codos ms altos; hay en Europa regios alczares,
cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los
_yankees_ harn que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus
alczares republicanos. Todo en Amrica ha de ser ms alto y ms grande
que en Europa. No est, por consiguiente, en contradiccin con este
empeo de superioridad; con el _Excelsior_, tan hermosamente cantado por
un poeta _yankee_ y tomado como lema y santo y sea de su nacin, el
querer intimidar con amenazas y fieros  una nacin que se cree dbil,
para fomentar la rebelin de gente  quien no es posible que se estime y
para atropellar legtimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todo
el pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase por
nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado
llevar sus Cuerpos Colegisladores.

Hubo en los Estados Unidos, y hay an, porque supongo que vive, un
cierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otros
compatriotas suyos, ir ms all que todos los europeos. Era su
especialidad un terrible aborrecimiento  Dios y un decidido empeo de
expulsarle del universo,  fin que libre del despotismo divino fuese ms
dichoso el humano linaje. Para esta expulsin de Dios alegaba el coronel
la crueldad con que Dios castiga en el infierno  los pecadores. Deca
l que si su mujer, un to suyo  cualquiera de sus camaradas,
estuviese sufriendo las penas eternas, y l estuviese en el cielo, le
dira  Dios cuatro frescas y se ira tambin al infierno con su gente.
Pero  esto se me ocurre objetar: no sera mejor y ms prudente en vez
de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y
hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le
han levantado  Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersoll
las llama? Pues aplquese el cuento al caso presente, y en vez de querer
arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos,
reconzcase y confisese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino
exagerada blandura con los mambises depredadores  incendiarios. Esto
sera lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase  Dios en
paz en el cielo y se contentase con poner las peras  cuarto  Moiss y
con demostrar que no supo tanta qumica y tanta geologa como l sabe, y
que sus compatricios nos dejasen  nosotros en paz en Cuba, reconociendo
que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan  ser
independientes, aunque no acertemos  hacer de Cuba el Paraso que
haran de ella los _yankees_, ms sabios que nosotros en artes mecnicas
y mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de la
industria.

En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cielo
que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman
tcita confederacin para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de
nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de
que pretenden las Cmaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto.
Hasta confo an en que la masa del pueblo de la Unin vuelva en s,
retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados
escrpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de run y alevoso, en
querer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera  aparente
postracin y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo  creer
que ese pueblo, hoy en toda la lozana, crecimiento y vigor de su
mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del
asno contra el len que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible
como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por
estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se
quiebre y se desvanezca en el aire como tnue bola de jabn y de agua.

En vista de lo que queda expuesto, apenas es creble que Inglaterra,
Francia y las dems naciones de Europa que en Amrica tienen colonias se
crucen de brazos, y slo por la culpa de que somos dbiles,  de que
consideran que somos dbiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor
enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.

Pongmonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude
 nuestro lado y que sin freno que los contenga, los _yankees_ persisten
en sus exigencias y en su furia. Aun as, yo afirmo que debemos
pasarnos de modestos, de pacficos y de prudentes. El lmite de nuestro
sufrimiento debe ser el ltimo lmite. El Gobierno espaol, con paternal
cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles
sacrificios de vidas y de haciendas  que una guerra desigual nos
obligue; pero llegados ya al ltimo lmite, nos conviene entender que es
consejo y no precepto evanglico aquello de que: si te piden la capa da
tambin la tnica. No, no debemos dar ni tnica ni capa; no debemos
entregar  la codicia   la soberbia de los _yankees_ ni un palmo de
terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagndoles
tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de
indemnizacin nos los han hecho pagar durante muchos aos, humillndonos
al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda cada,
desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la
guerra  los Estados Unidos, hagmosla con valor, y aunque nuestro
triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de
los milagros no pas todava.

Quin sabe si el sacudimiento terrible que tendr que producir esta
guerra no ser una crisis saludable que nos levante de la postracin en
que estamos y nos coloque de nuevo entr las grandes naciones del mundo?
Unidos todos en un esfuerzo comn, olvidaremos nuestras divisiones de
partidos, nuestras rencillas polticas y nuestros desventurados
regionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, ni
sagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de ser
aragoneses, catalanes, castellanos  vascos, porque todos seremos
espaoles.

Nuestro ejrcito, lejos de lamentar la guerra, se alegrar de que,
merced  la guerra, podr luchar con alguien que d la cara, que no sean
foragidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede
alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por ltimo, se alegrarn ms
an, porque tendrn ocasin de mostrar lo que valen, en vez de jugar al
escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar  sus soldados, no
por exponerlos  las balas de esos enemigos y  sus celadas y sorpresas,
sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortfero para
ellos.

Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo
que ahora tienen los espaoles el mismo gran ser que tuvieron  fines
del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fu el apogeo de su
gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa
los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia
disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de
sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el
linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres
y cosas que me son simpticos: elegantes  inspirados poetas como
Longfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si poco
originales, discretos  ingeniosos como Emerson, imitador de Toms
Carlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y
agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque
entonces suelen ser ms pesados que el plomo; varios divertidos
novelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda inventiva que ya brillan
como Edison, empleando la electricidad en no pocos tiles y pasmosos
artificios, ya producen la mquina de coser, que siempre que la
contemplo me deja embobado. Yo admiro adems la belleza, el talento y la
refinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la ms
preciosa y segura garanta de que si se llevase  su prctica huraa la
doctrina de Monroe y se volviese  establecer el divorcio entre el
antiguo y el nuevo mundo, no volveran los habitadores del ltimo 
andar vestidos de plumas y de pieles,  sacrificar seres humanos  los
dolos y  comerse unos  otros. Yo admiro el salto del Nigara, la
riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y
esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia;
la facilidad y comodidad con que por all se viaja en ferrocarril, y lo
amables y hospitalarios que son los _yankees_ con los extranjeros cuando
el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los
extranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser harto
poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Dganlo si no los
pobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy corto
salario. Para no cansar, lo que es yo,  pesar de los insultos que nos
han inferido, celebrara en el alma que nos reconcilisemos, nos
estimsemos en ms, y acabsemos por querernos bien en vez de venir 
las manos.

Pero si esto no es decorosamente posible qu le hemos de hacer? Pecho
al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por
decir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos,
perderemos pronto  Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres 
cuatro aos en perseguir  nuestros enemigos trashumantes, contra los
cuales, en vez de enviar soldados, debiramos enviar perros y hurones. Y
si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, donde
an conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se
corregirn muchsimo los _yankees_, porque se les bajar el orgullo que
es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y
los aos, me regocijar al contemplar  los _yankees_ ms apacibles y
benignos, menos duros  insolentes con nosotros, renegando de su
tontera de doctrina de Monroe, y alargndonos sin rencor y como Dios
manda la mano de amigos.

Entonces cantara yo un magnfico _Te Deum_ all en el fondo de mi alma,
y exclamara remedando al viejo Simen: _Nunc dimittis servum tuum
Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare
tuum_.

[Illustration]




QUEJAS DE LOS REBELDES DE CUBA


Don Rafael Mara Merchn es uno de los escritores de ms saber y talento
que hay en el da en la Amrica espaola. No he de negarle yo esta
alabanza, porque l sea tan descastado y tan acrrimo enemigo.

Aos h, me envi un libro suyo titulado _Estudios crticos_. Yo le
celebr en mis _Cartas americanas_. Despus creo que tuvimos cierta
polmica y que el Sr. Merchn escribi un folleto contra varias de mis
afirmaciones.

Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al pblico del Sr. Merchn,
ni supongo que l ha hablado de m; pero ni yo le he olvidado ni l me
ha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que le
agradezco, de remitirme desde Bogot, donde reside, la obra reciente, de
250 pginas, titulada: _Cuba. Justificacin de su guerra de
independencia_.

La obra es curiossima y tan llena de inters en la actualidad, que bien
merece se d noticia de ella. Voy, pues,  hacerlo, si _El Liberal_,
hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus pginas de tan
popular y difundida lectura.

Tan enfurecido est el Sr. Merchn contra Espaa y tan deseoso de
sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude  los que
incendian sus sembrados y plantos y arrasan sus cortijadas indefensas,
lamentando slo que no hayan podido hasta ahora incendiar tambin sus
ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer
patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaa
destruccin, aduce el Sr. Merchn multitud de ejemplos histricos, desde
Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar ms vigor  su apologa,
cita una octava de la _Lamentacin de Byron_, de Nez de Arce, donde el
poeta aconseja  los griegos que talen  incendien y lo conviertan todo
en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una
distincin que hacer, y de no pequea importancia. Los griegos iban
contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilizacin y creencias
religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriossima y antigua, como
del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las
letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con
que los humillaba otro pueblo, rudo y brbaro, venido del Norte del
Asia, y de harto menos nobles historia y origen. Qu tiene que ver
esto con los espaoles y los cubanos, ya que los ltimos, si no son
espaoles  negros, no son nada? En el porvenir podrn ser todo lo que
anhelen y sueen: por el invencible amor  mi raza deseo yo que sus
sueos no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, 
no son nada,  son espaoles,  son negros. Hay adems otra notable
diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su
capa un sayo. Hericos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio
de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos;
pero cuando alguien destruye  quema lo que no le pertenece  se queda
con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de hroe, sino de
bandido.

Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchn y la multitud
de crmenes que atribuye  los espaoles peninsulares para justificar y
aun glorificar  los rebeldes de Cuba y para calificar de
indispensables, de nobilsimas y de santas sus fechoras.

Hablar primero de las acusaciones ms generales y vagas que lanza
contra nosotros el seor Merchn, y pasar luego  las ms concretas.

Segn l, todo espaol que va  Amrica podr conseguir cuanto desee,
menos una cosa: tener hijos espaoles. Si fuese verdadera la afirmacin,
que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el
desdn que supone el Sr. Merchn que los espaoles peninsulares tenemos
 los espaoles criollos, estaran, hasta cierto punto, fundados. Don
Marcelino Menndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor,
hablando de Amrica, en su obra titulada _Ciencia espaola, que la
ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra_. El mismo
Sr. Merchn da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no
hay espaol que pueda engendrar en Amrica un hijo que no reniegue de su
casta y que no se rebele contra la nacin  que pertenece. Por dicha el
Sr. Merchn se equivoca, y tambin se equivoc el seor Menndez y
Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la ltima equivocacin,
enmendada ya. El Sr. Menndez incurri en ella siendo muy joven 
inexperto todava.

Por parte de los espaoles peninsulares no hay odio, ni desdn, ni
sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos
que aduce el Sr. Merchn tienen el menor valor.

Don Antonio de Trueba, al apellidar  Bolvar _El Libertador_, dice:
Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y
yo afirmo que, sin desdn ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no
llamar por su cuenta _Libertador_  Bolvar. Los espaoles peninsulares,
sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar  Bolvar gran
capitn, hroe, eminente poltico, ilustre y valeroso personaje; en
suma, todo lo que se quiera menos _Libertador_, porque esto sera
confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos
incuos de quienes conviene libertarse.

La seora doa Soledad Acosta de Samper fu en Espaa tan obsequiada y
celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todava se
queja (en su _Viaje  Espaa_) de que no pongamos por las nubes 
Bolvar, y de que no nos entusiasmemos con l. Pues si Bolvar nos
venci, cmo quiere la seora doa Soledad que nos entusiasmemos? No
hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegacin tan
dolorosa? Fuera de esta cruda mortificacin de amor propio que el Sr.
Merchn y la seora doa Soledad Acosta pretenden imponernos para probar
que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado  los
hispano-americanos las mayores pruebas de estimacin y de cario. Y esto
desde los tiempos ms antiguos hasta el da de hoy. Americano era
Alarcn, y no hay espaol que no le cuente entre nuestros grandes y
gloriosos poetas dramticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope,
de Caldern y de Tirso. Americana era doa Gertrudis Gmez de
Avellaneda, y figura en Espaa como la primera de nuestras poetisas
lricas desde que empez  escribirse en lengua espaola hasta el da. Y
la poetisa que la sigue, y que tendramos por la primera, si la
Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Ins de la Cruz, tambin
americana.

No perjudic ni estorb su calidad de americanos ni  Gorostiza, ni 
Ventura de la Vega, ni  Rafael Mara Baralt, ni  Jos Heriberto Garca
de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y
honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de
Estado y popularisimos caudillos han pasado en Espaa otros varones
ilustres, nacidos tambin en Amrica. Valga para ejemplo el marqus del
Duero.

Cuantos personajes se han distinguido en la Amrica espaola por su
saber, por su ingenio,  por sus hazaas, desde que la Amrica espaola
se declar independiente, han sido en Espaa tan celebrados y queridos
como en la Repblica misma donde ellos nacieron. As D. Andrs Bello, 
quien admiramos como fillogo y como autor de Derecho internacional, y
cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y as D.
Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No
nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con
fundamento las poesas de ambos Caros, de Mrmol, de Andrade, de
Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Daro y de algunos otros.

El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiracin se
difunda mucho ms. Y, francamente, nos parece hasta cmica la censura
dirigida contra la _Antologa de poetas hispano-americanos_ del Sr.
Menndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdendolos,  no s
cuntos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menndez
y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos
grandes poetas. Y si los conoca, es inverosmil que no insertase en su
coleccin ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con
indulgencia pasmosa, tantsimo verso insignificante y menos que mediano.
El empeo de agradar  nuestros hermanos de Amrica y el afn de mostrar
que sabe mucho, disculpan al Sr. Menndez y Pelayo; pero, hablando con
franqueza, su _Antologa_ hubiera valido ms, si en vez de constar de
cuatro gruesos tomos hubiera constado slo de dos, y aun de uno: su
_Antologa_ se asemeja  los libros profticos que la Sibila de Cumas
vendi  Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso
comprar; luego la Sibila los redujo  seis, y Tarquino no los compr
tampoco; y por ltimo, la Sibila los redujo  tres y pidi por ellos
tres veces ms de lo que por los nueve haba pedido. Tarquino los compr
entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido  uno
solo, Tarquino hubiera dado por l ms dinero. _Mutatis mutandis_ lo
propio puede decirse de la _Antologa_ del Sr. Menndez y Pelayo.

En lo expuesto hasta aqu, no creo yo que haya razn suficiente para que
los rebeldes de Cuba nos hagan la guerra  sangre y fuego, ponindonos
en idntica situacin en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso  un
filsofo crtico que haba en su corte. Como el filsofo no gust de los
versos del tirano, ste le trat muy mal; se apiad luego de l y le
sac del calabozo en que le tena encerrado; le ley, por ltimo, otros
versos suyos, y entonces dijo el filsofo: que me vuelvan  encerrar en
el calabozo. Aplquese el cuento y conste que si la guerra civil
cubana, cuya terminacin fervorosamente deseamos, hubiese de terminar
aplaudiendo nosotros muchos versos de por all, un involuntario 
indomable espritu crtico nos forzara  exclamar: que nos vuelvan al
calabozo; que siga la guerra; _signa canant_, suenen las trompetas, como
dijo Augusto  Fulvia cuando le amenaz con la guerra civil, si
amorosamente no se le renda.

Basta ya por hoy. Otro da hablar de otras razones menos disparatadas
que alega el seor Merchn en favor de la guerra de Cuba.


II

Ciencia exacta es la estadstica. Yo no lo niego. Lo nico que me
atrever  decir es que siempre que de estadstica se trata, acude  mi
memoria este cuentecillo.

De vuelta  su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina
y con el entendimiento ms aguzado que punta de lezna, quiso lucirse
mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados
por agua, que haba en un plato, escondi uno con ligereza. Luego
pregunt  su padre.--Cuntos huevos hay en el plato?--El padre
contest:--Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en la
mano, diciendo:--Y ahora, cuntos hay?--El padre volvi 
contestar:--Dos.--Pues entonces--replic el estudiante--dos que hay
ahora y uno que haba, antes, suman tres. Luego son tres huevos los que
hay en el plato. El padre se maravill mucho del saber de su hijo, se
qued atortolado y no atin  desenredarse del sofisma. El sentido de la
vista le persuada de que all no haba ms que dos huevos; pero la
dialctica especulativa y profunda le inclinaba  afirmar que haba
tres. La madre decidi al fin la cuestin prcticamente. Puso un huevo
en el plato de su marido para que se le comiera: tom otro huevo para
ella, y dijo  su sabio vastago:--El tercero, cmetele t.

Tercer huevo es casi siempre el _supervit_ de los presupuestos y no
corta porcin de las rentas y recursos de los particulares y de los
Estados.

Traigo esto al propsito de que recibamos con escepticismo prudente
todos los datos estadsticos que el Sr. Merchn presenta para demostrar
cunto produce  Espaa la isla de Cuba.

Segn muchos polticos y estadistas espaoles, entre los cuales cita el
Sr. Merchn  D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunci en el
Congreso el 12 de Febrero del ao pasado, Cuba, desde hace tiempo, es
una carga para Espaa.

Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchn y siente
herida su vanidad de cubano. Segn l, Cuba nos produce tanto, que el
da en que la perdamos, casi todos los espaoles nos moriremos de hambre
 poco menos. Por inters y no por punto de honra, anhelamos, pues,
conservar  Cuba. El Sr. Merchn no quiere comprender  no comprende,
que, hasta prescindiendo del inters y del punto de honra, la
conservacin de la grande Antilla nos importa mucho. Su prdida no
podra menos de dolernos, como duele  cualquiera que le saquen una
muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aqu que tratemos
de empastarla  de orificarla, y procuremos resistir  los _sacamuelas_
de los Estados Unidos, que desean su extraccin y tienen ya preparado el
gatillo.

Pero vamos  la estadstica del Sr. Merchn.

Confiesa que, desde 1868, no vienen  Espaa sobrantes de Ultramar. Los
insurrectos de Yara, dice con jbilo, cerraron este vasto desage.
Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, segn el Sr. Merchn,
viene  Espaa por otros conductos.

Segn l y segn el Sr. Dolz,  quien cita, nuestros empleados en
aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envan  Espaa cada
ao la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero,
como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba
lleven la tontera hasta el extremo de concurrir en balde y de balde 
este robo, dando  los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza
es afirmar que, si dan  los empleados ocho millones se quedan ellos con
doce,  siquiera con otros ocho, para que el robo sea  medias. Yo me
resisto  creer que el comercio de exportacin y de importacin d en
Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el
resguardo y los vistas ciegos envan  Espaa los ocho millones.

En todo lo dems que pone el Sr. Merchn como rendimiento de Cuba 
Espaa, es evidente que el Sr. Merchn delira.

Cuba, dice, exporta cada ao para Espaa seis millones de pesos fuertes
en frutos, que pagan por derecho de importacin tanto como valen. Supone
luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los
peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son tambin
tributo  ddiva que Cuba nos enva; y suma catorce millones.

El estanco del tabaco rinde diecinueve, segn manifest recientemente el
director de la Compaa Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se
comprende por qu, el Sr. Merchn se los aplica tambin  Cuba y ya
tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.

Espaa manda  Cuba cada ao, en mercancas, por valor de veinticinco;
pero como de all vienen seis, la balanza de comercio slo da en nuestro
favor diecinueve. Y como si todas las mercancas que enviamos  Cuba no
valiesen un pito y fuesen una basura grandsima, que nosotros hicisemos
tragar y pagar por fuerza  los infelices y tiranizados cubanos, el Sr.
Merchn pone tambin estos diecinueve millones en la cuenta de lo que
Cuba nos tributa, hacindola subir  cincuenta y dos millones de pesos
anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba  Espaa. La renta
misteriosa y oculta es inmensa, segn el Sr. Merchn. Los empleados,
los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de Espaa  Cuba no se
cansan jams de enviar dinero de Cuba  Espaa.

En su afn de ponderar lo que cuesta  Cuba el ser espaola, pone y suma
el Sr. Merchn los sueldos principales del alto clero y de los
funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma
por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco  considerar que
si Cuba llegase  ser Repblica independiente, no haba de suprimir al
arzobispo, al obispo,  la clereca,  los empleados todos, y hasta se
haba de quedar acfala y sin presidente. Ya saldra  los cubanos
bastante ms caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y
esto sin meternos  vaticinar ni  recelar que en Cuba pudiera haber
presidentes, como los ha habido en otros puntos de Amrica, que han
tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la
prensa hidrulica ms poderosa. Con todas las violencias tirnicas, con
todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes
generales ha enviado Espaa  Amrica, desde el reinado de Felipe II
hasta hoy, si pudiramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta
esencia de ellas, crame el Sr. Merchn, no sacaramos un espritu
equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.

Es el Sr. Merchn,  aparenta ser, contrario  la anexin de Cuba  los
Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que
l llama _profecas siniestras_, el florecimiento y prosperidad de Cuba
si llega  ser un Estado ms de la Unin. El Sr. Merchn no aspira al
suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba contine siendo
_latina_, que es el epteto que gustan de darse ahora muchos
hispano-americanos, para no llamarse espaoles. Todos han de ser
_latinos_, aunque no hayan pasado del _quis, qu, quod vel quid_.

El odio  Espaa del Sr. Merchn y de otros insurgentes es tan feroz y
desapiadado, que ms que la prosperidad y auge de Cuba, harto
problemticos si llega  ser independiente, los encanta y seduce la
tremenda ruina en donde, segn ellos, se hundir Espaa si perdemos
aquella sla. Como si fuera tan malo cuanto en la Pennsula se produce,
que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada
Cuba de Espaa, no tendremos  quien vender. Los diecisiete y medio
millones de espaoles peninsulares, asegura el Sr. Merchn que estamos
_amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de
1.200.000 blancos y 400.000 negros_ sus compatriotas.

Por lo visto, entra tambin en el plan de los insurrectos el despojar 
los espaoles pennsulares de las propiedades territoriales que en Cuba
tienen, y hasta el expulsarlos de all. Toda esta poblacin--deca en
1869 _La Voz de Cuba_, en artculo que el Sr. Merchn reproduce y
celebra--vivir errante y miserable en el mundo.

Para que tal cosa no suceda, para defender  esa poblacin,  la que
tenemos obligacin de defender; para conservar la integridad de nuestro
territorio, para que la nacin espaola no sea de nuevo mutilada, y no
porque Cuba nos produzca todos esos millones fantsticos, deseamos
conservar  Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete
millones y medio de espaoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen
perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio
y de su marina mercante, si llegasen  perder la perla de las Antillas.
No nos faltara entonces sitio y gente  donde enviar nuestros productos
y nuestros barcos. La prdida de Cuba nos traera, sin duda,
perturbacin, mas no por la utilidad que Cuba nos trae  nos ha trado
nunca. Si atendisemos solo  esta utilidad, apenas habra espaol que
no estuviese deseando que nos quedsemos sin Cuba.

No tendra entonces que decir el Sr. Merchn, citando los arrogantes
versos de Nez de Arce, y dirigindose  Cuba:

    Y si ser grande y respetada quieres,
    de t no ms la salvacin esperes.

Consejo que Cuba,  mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque
solos ni se hubieran rebelado, ni persistiran en la rebelin, que los
_yankees_ atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de all al
cabo, no slo  nosotros los espaoles, sino tambin  todos los
_latinos_, sin excluir al Sr. Merchn, que regresara por corto tiempo 
su patria y que tendra que volverse  Bogot, porque en Cuba,
_yankeeficada_, le miraran como mueble incmodo  intil y no le haran
caso. No le valdra la adulacin con que proclama la omnipotencia de los
Estados Unidos.

Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, quin se opondra? Inglaterra?
El Leopardo puede aceptar luchas con el guila, pero no la provoca 
ellas. Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitar
contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. Alemania, Rusia?
No tienen intereses coloniales en Amrica; y Rusia, de desenvainar la
espada, lo hara  favor de su antigua amiga la Unin Americana. En
cuanto  una coalicin de las grandes potencias, los Estados Unidos no
la temen. Recurdese cmo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje
de Monroe.

Tendr razn el Sr. Merchn y lo podrn todo los Estados Unidos? Se
atrevern  intervenir en Cuba y  intentar despojarnos de cuanto all
legtimamente poseemos, sin que por impotencia  por imprevisor egosmo
se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces
s que no ser  Cuba, sino  Espaa,  quien tenga que decir el poeta,
y esperemos en Dios que sea odo:

    Y si ser grande y respetada quieres,
    de t no ms la salvacin esperes.


III

Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mo el
libro del Sr. Merchn. Hay muchsimo que decir sobre l, y yo me canso,
y, lo que es peor, temo cansar  mis lectores. Sin embargo, como ya
emprend la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procurar ser
muy conciso.

Lo ms grave de que el Sr. Merchn acusa  Espaa, es de su corrupcin
administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce.
Todos estn tomados de discursos, informes, folletos y Memorias,
suscriptos por los seores Romero Robledo, Moret, marqus de la Vega de
Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes
otros hombres polticos peninsulares de la primera importancia.

No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y adems harto feos.
Convengo, pues, con el Sr. Merchn en que en Cuba la corrupcin
administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enrgico
remedio. Pero le hallar la rebelin, si triunfa y establece en Cuba
una Repblica independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego,
porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y
porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.

Mal hemos administrado  Cuba en el siglo presente; pero lcito es
presumir que los cubanos _libres_ la administraran mil veces peor.
Libres son y constitudas estn en Repblicas todas nuestras antiguas
colonias en el continente americano. Hay alguna de ellas que desde que
conquist su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba?
Esto es lo primero que sera necesario demostrar.

Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria
y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los ms fciles
medios de comunicacin entre las gentes han hecho progresar y han
llevado como  remolque hasta  los pueblos ms atrasados. Pero estas
causas debieran influir ms en los pueblos libres que en pueblos como el
de Cuba, que gime an bajo el abominable yugo de Espaa. Cuba, no
obstante, apenas tenia  principios de siglo ms poblacin que 400.000
almas. Hoy pasa la poblacin de Cuba de 1.600.000. La poblacin, pues,
est cuadruplicada, sin que  esto contribuyan, ni la abolida trata de
negros, ni una gran corriente de emigracin europea  asitica. La
riqueza y el bienestar han aumentado tambin,  pesar de las guerras
civiles. No estarn, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos,
cuando as crecen y prosperan. Crecen en la misma proporcin en las
Repblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?

Ya he dicho que no he de negar yo la corrupcin administrativa de Cuba,
para cuya prueba aduce el Sr. Merchn tanto testigo; pero tenga por
cierto que, si fuese tal como l la pondera, Cuba no hubiera prosperado.
La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer
contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchn. Si de
los cuatro siglos que hace que poseemos  Cuba hubiramos sacado de ella
y enviado  Espaa durante cuarenta aos siquiera,  diez aos por
siglo, la mitad no ms de lo que anualmente robamos  Cuba,  sean
veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas
misteriosas  infinitas que hacen los peninsulares, tendramos que, en
poco tiempo, habran ingresado de Cuba en Espaa nada menos que mil
millones de pesos fuertes. En qu Pozo Airn, en qu sumidero, en qu
insondable abismo ha venido  precipitarse y  hundirse este Misisip,
este Amazonas de oro? Dnde estn los palacios, las soberbias quintas,
los hadados jardines, el lujo _sardanaplico_ y los sibarticos deleites
de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? Dnde estn
los templos, los obeliscos y las pirmides que hemos levantado con el
ureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas estn pobres y
desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son ms
difciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algn
valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que
sea ms evidente la prueba, los monumentos ms nobles y grandiosos,
hasta son anteriores al descubrimiento de Amrica, y por consiguiente,
de Cuba; los muros ciclpeos y las ingentes torres y arcos triunfales de
Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alczares,
como el de Segovia.

Amrica no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado  Espaa. Espaa,
en su gloriosa expansin, no se dilat por el mundo para saquearle y
para traer  la Pennsula los despojos pimos, sino para difundir por
doquiera su cultura, su religin, su idioma y sus artes. Si en la misma
Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos
templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras
piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Naples,
Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir  la misma Roma,
qu no haramos y qu no hicimos en Amrica, donde en resumidas cuentas
no haba nada,  si haba algo, responda  un estado incompletsimo 
inicial de cultura, como podra ser el del centro del Asia, tres 
cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los
caldeos?

Desengese el Sr. Merchn; la nacin espaola poco  nada ha traido de
Cuba que no haya pagado con creces; nada debe  Cuba. Cuba es quien se
lo debe todo  Espaa; salvo lo que da la Naturaleza en su estado
primitivo y selvtico. Por eso, aunque el Sr. Merchn se enoje, tiene
Espaa razn para llamar ingratos  sus rebeldes hijos de Cuba. Qu
habr quitado Espaa para enriquecerse  Maceo,  Mximo Gmez  
Quintn Banderas?

En cuanto  los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco
hay tambin que objetar. Mucho crdito, por ejemplo, merece D. Eduardo
Dolz; pero acaso no puede equivocarse  exagerar involuntariamente? En
los ltimos veinticinco aos, afirma que nuestros empleados han
defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos
fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer.
Todava no es posible la suposicin de que sean tan necios los
mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho
irracional de dar  los empleados los doscientos millones, en vez de
darlos al Tesoro. Lo probable sera que, en este hurto hecho al Tesoro,
saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta
millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos
 Espaa. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aqu,
yo me atrevo  presumir que son fantsticos. En Espaa no abundan tanto
los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dnde ha
salido y cmo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que
sigilosamente y al odo, para no delatar  nadie, sin suficientes
pruebas, no nos declara, ni el ms zahor en estos asuntos, dnde estn
veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de
haber venido  la Pennsula. Los doscientos millones, pues,  no se le
quitaron al Tesoro  casi todos ellos se quedaron en Cuba.

Pretende el Sr. Merchn, apoyado en las delaciones que aqu mismo hemos
hecho, que todos estos empleados que van  Cuba  defraudar la Hacienda
pblica, tienen, entre los ms altos personajes polticos, sendos
padrinos  quienes pagan tributo. Poco aprovecha  dichos padrinos
riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo  creer que los ms
criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente
criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros,
pinas en conserva y pasta de guayaba, con  sin tropezones. Lo cierto es
que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes
polticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dnde procede su
riqueza. Y los pobres, que forman la mayora, contndose entre ellos no
pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo  sostener que no
han tomado un cntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos
millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y 
quienes trat y visit hasta que murieron, fue menester venderles los
libros y las ropas para poder enterrarlos.

En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en Espaa esa horrible
corrupcin que el Sr. Merchn nos achaca, y que en todo caso no sera
igual, ni con mucho,  la que de otras grandes naciones, como Francia 
Italia, nos dejan presumir escndalos recientes, y como la que de los
propios Estados Unidos por mil indicios tambin se presume.

Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administracin de
Cuba hay desrden y despilfarro, necesitados de enmienda,  que la
corrupcin no es tan enorme como se dice,  que son cubanos interesados
y poco escrupulosos los que la fomentan, ms en detrimento del Tesoro de
la Metrpoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.

La rebelin, por consiguiente, no queda as justificada. Los saqueos y
los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarn nada, ni
contribuirn  la prosperidad de Cuba. Y contribuirn an mucho menos,
si los Estados Unidos, segn ya se prev, nos exigen indemnizacin por
esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan  los
rebeldes, no se perpetraran, y si el Gobierno espaol tiene la
debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no
pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso,
aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna,
siempre sera preferible  la humillacin y  la ignominia; y sobre
todo, si la ignominia y la humillacin resultasen intiles y al cabo
hubiese guerra,  no ser que resignadamente nos dejsemos despojar de
todo.

[Illustration]




LAS ALIANZAS


     _Sr. Director de El Liberal._

Mi distinguido amigo: Al leer lo que dice _La poca_ sobre poltica
internacional, siento ciertos escrpulos de haber contribudo, con el
folleto que publiqu pocos das ha,  promover la cuestin de alianzas,
que muchos peridicos tratan ahora. Esto me induce  comentar lo que ya
dije,  fin de que, sino tiene usted inconveniente, me favorezca
publicando esta carta, aunque impugne luego su contenido.

Lamentbame yo de que Espaa, en la presente ocasin de apuros y
peligros, estuviese aislada: pero mi lamento no implicaba oposicin 
determinado partido  hombre poltico. No iba contra nadie: iba contra
todos. Y por otra parte, como los aliados y los amigos no se buscan ni
se ganan en el momento en que se necesitan, sino que se tienen 
prevencin y de antemano, tambin estuvo muy lejos de mi mente, y lo
hubiera estado, aunque mi insignificancia no lo estorbase, el aconsejar
al Gobierno actual que buscara depriesa y corriendo lo que antes de l,
desde hace ya medio siglo, nadie haba buscado.

Limitada as la intencin que tuve al hablar de alianzas, sigo
sosteniendo, sin que _La poca_ me convenza de lo contrario, que las
alianzas son buenas y que sin alianzas nada til  importante se ha
conseguido en el mundo, desde que Hiran y Salomn se aliaron, hasta el
da de hoy. Cuando Salomn, que era sapientsimo, buscaba alianzas, no
ser el buscarlas tan gran disparate. Sin la que contrajo, ni l hubiera
construdo el admirable templo de Jerusaln, ni desde Aziongaber hubiera
enviado  Ofir sus naves para que volviesen cargadas de marfil y
sndalo, oro y perlas, perfumes, especias, papagayos y otros mil
primores. Y prescindiendo de ejemplos vetustos, hay uno muy reciente que
muestra cun fecundas en bienes son las alianzas urdidas con arte. Si
consideramos lo que ha ganado el Piamonte desde Novara hasta el da, nos
asombramos como del milagro ms pasmoso. El pequeo sacrificio de enviar
cuarenta mil hombres  Crimea, y ms tarde el sacrificio algo mayor de
ayudar  Prusia y de sufrir por mar una derrota en Lysa y por tierra
otra en Custozza, han valido al Piamonte, primero el Milanesado y
despus el Vneto; que nadie se oponga  que arroje de Sicilia, de
Npoles, de Toscana y de otros Estados  sus soberanos legtimos; que, 
pesar del enojo de muchos millones de catlicos, despoje al Papa de su
poder temporal, y que constituya la unidad de Italia, que pareca sueo.
Pedir ms sera gollera; sera imitar  aquel monarca aprovechadsimo
que peda y alcanzaba tantas cosas por medio de su hijo, casado con el
hada Paraban, hermana del rey de los genios, que el rey de los genios
se hart al verle tan exigente y pedigeo, y le aplast descargando
sobre l su tremenda clava. La habilidad, por grande que sea, tiene su
limite, sobre todo cuando no hay en ella magia  hechizo. Y magia sera,
si por virtud de la triple alianza diese Italia tambin cima y dichoso
remate  sus tal vez prematuras empresas en remotos pases.

La de Saavedra Fajardo, que cita _La poca_, y el texto latino de cierta
fbula de Fedro, que todos sabemos, lo nico que prueban es que
cualquier obra de alguna transcendencia, como no se haga bien, lo mejor
es que no se haga. Sin duda que hay peligro en aventurarse, pero quien
no se aventura no pasa la mar.

Nosotros, los espaoles, desde hace aos pecamos de desconfiados y
formamos de nosotros mismos muy pobre concepto. Pensamos y decimos sin
irona ni broma algo parecido  lo que por chiste o yo decir una vez al
Sr. D. Antonio Cnovas con general regocijo de cuantos le escuchaban.
Deca que l se haba venido de Mlaga huyendo porque all todos le
engaaban  trataban de engaarle. Espaa, con la mayor formalidad, est
diciendo y haciendo lo mismo: huye del trato y familiaridad de todas las
potencias de Europa por temor de que la engaen.

Mientras ms lo recapacito, mejor noto que la desconfianza que nos
arrastra al retraimiento y al separatismo est en nosotros muy arraigada
y conviene librarnos de ella. Por esta desconfianza echamos  los judos
y  los moriscos; por esta desconfianza se rompi nuestra unin con
Portugal, y al romperla perdi Portugal lo mejor de su imperio en la
India; por esta desconfianza estuvo  punto de separarse de nosotros
Catalua; en parte, por esta desconfianza se han emancipado
prematuramente todas las colonias espaolas del continente americano; y
por esta desconfianza brotan hoy ominosos chispazos de regionalismo, ya
en la misma Catalua, ya en las provincias vascongadas, ya en Galicia.

Claro est que los negros y mulatos de la clase ms ruda y humilde que
hay en Cuba entre los rebeldes, estn all por merodear; que los
aventureros de pases extraos estn para ganar importancia y dinero en
la contienda; y que algunos ambiciosos, nacidos en la propia tierra,
estn porque suean con ser ministros  presidentes de la Repblica
futura; pero si hay cubanos de arraigo y buena f que conspiren  luchen
contra Espaa y anhelen la independencia de Cuba, esa desconfianza
secular, ese vicio inveterado del separatismo, es quien los mueve. Y es
tan pernicioso para ellos el movimiento, que si Espaa no logra pararle,
los llevar al suicidio colectivo,   gemir bajo el yugo de un
presidente  de un emperador negro   la desaparicin en la isla, de su
lengua y de su casta, cuando toda, si triunfan, sea _yankee_, dentro de
poco.

A fin de impedirlo, sacrifica hoy Espaa sus hombres y su dinero. Y no
es el inters quien la impulsa, sino una obligacin sagrada. No podemos
consentir en que retroceda  la barbarie lo que durante cuatro siglos
hemos cuidado con amor y cultivado con esmero, ni podemos consentir en
que desaparezcan de Cuba los hombres de nuestra lengua y casta, por
ingratos y discolos que sean, para que se extiendan y dominen en ella
los anglo-americanos.

De esperar es que nos saquen airosos de este empeo la constancia
patritica de la nacin y el valor de nuestros soldados. De esperar es
que se evite el conflicto con los Estados Unidos, donde, aunque
proclamen la beligerancia, tal vez no se atrevan  intervenir  mano
armada en favor de los insurrectos. Y de esperar es, en ltimo extremo,
que si los Estados Unidos intervienen, contra razn y derecho, se
interpongan las grandes potencias europeas y no permitan,  una guerra
injusta y terrible,  el violento despojo de lo que nos pertenece,
apoderndose la gran Repblica de la llave del seno mexicano, por donde
ha de abrir el camino que ponga en comunicacin los dos grandes mares.
Tales son las esperanzas que podemos tener. Con ellas debemos
contentarnos, aunque no sean muy seguras. Ya no es tiempo de buscar
alianzas. Solos estamos en el gran conflicto, y con nuestra propia
energa tendremos que salir de l, si en los Estados Unidos no ceden,
pues al cabo la mayora de aquel pueblo no es como Shermann, Mrgan y
Mills,  si las grandes potencias europeas, movidas por el propio
inters, no nos prestan apoyo.

Pero si Espaa hubiese contado con amistades y alianzas y no hubiese
estado tan sola, no hubiera tenido que aguardar hasta el ltimo extremo;
hubiera inspirado ms respeto en Washington, y no hubiera tenido que
ceder  tantas humillantes  injustas reclamaciones y que pagar tanta
indemnizacin con longanimidad lastimosa y que sufrir con paciencia
tanto vejamen y tantos vituperios de senadores y diputados _yankees_.
Estos, de seguro, jams se hubieran atrevido  despotricarse tan
ferozmente si Espaa hubiese estado ms enlazada y sostenida en el
concierto de las naciones civilizadas de Europa.

En mi sentir, pues, las alianzas no solo son convenientes, sino
indispensables para Espaa, que tiene an, y no puede menos de tener,
tanto que conservar y tanto  que aspirar, si no se arroja en el surco y
se declara muerta y prescinde de su historia.

_La poca_ citaba contra las alianzas  Saavedra Fajardo. Yo citar en
favor de ellas  otro poltico de ms fuste y recmara: al propio
Nicols Machiavelli. Precisamente en el captulo XXI, donde explica cmo
se ha de gobernar un prncipe para conquistar reputacin, y donde hace
tan hermoso elogio de Fernando de Aragn, marido de Isabel la Catlica,
 quien declara _por fama y por gloria el primer rey entre los
cristianos_, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un
prncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo  verdadero
enemigo; que el descubrirse es ms til que el quedarse neutral, y que
el prncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue
el camino de la neutralidad, las ms veces se hunde en vergonzosa ruina,
teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.

Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables,
quisiera decir tambin de qu suerte me parece que deben buscarse y
celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro da,
si no fatigo  los lectores de _El Liberal_ con nueva carta.


II

_Sr. Director de El Liberal._

Mi distinguido amigo: En cuestin de alianzas tal vez sera lo mejor,
despus de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quin y cmo.
Los usos diplomticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta
despus de ya celebrados. Pero,  pesar de todo, me parece que no hay
imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que est
alejadsimo del poder pblico y de todo centro oficial, y que no
compromete  nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le
antoje. Lo que yo pienso decir, adems, no puede ofender  ninguna
nacin. Y no porque yo me valga de rodeos y perfrasis, sino porque
quizs  causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas
condeno  nadie y hallo disculpa para todo.

Triste cosa es que, al llegar casi  su trmino el siglo XIX, llamado de
las luces, la humanidad haya adelantado tan poco, moral y polticamente,
que, en el mismo centro de su ms alta civilizacin, todos los hombres
capaces de empuar las armas anden cargados con ellas, haciendo el
ejercicio, reuniendo con grandes gastos los ms eficaces medios de
destruccin, aprendiendo  matar y perdiendo en maniobras, revistas y
paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse  en producir cosas
tiles y agradables, y tenindose de continuo unos  otros en jaque y
alerta; pero esto no tiene remedio y no hay para qu censurarlo.

Muy costosa es la paz armada, pero ms costosa y terrible sera una
nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando
aos, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir
 todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan  deponer las armas.

Por ahora, y sabe Dios hasta cundo, la amenaza de guerra es constante,
y en vez de ser segura la paz en la tierra  los hombres de buena
voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal
conflagracin belicosa, en que luchen por un lado Alemania, Austria 
Italia, y por otro Francia, tal vez auxiliada por Rusia.

Si por desgracia llegara este caso qu le convendra hacer  Espaa?
Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no
tenemos agravios que vengar y los queremos bien, salvo algunas damas
elegantes y devotas y cierto nmero de catlicos muy fervorosos, que
desean que se lleve el diablo aquella monarqua para que recobre el
Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos
dinsticos en la mejor poca de nuestra historia, hemos vuelto  estarlo
en el da, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos
lazos. Nada tendramos que ganar con hacer la guerra  la Triple
Alianza; pero como tambin sera duro pelear contra nuestros simpticos
vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras
amenas y de las artes elegantes y deleitosas, lo mejor y lo ms cmodo
sera permanecer neutrales,  pesar de lo que he citado de Machiavelli.
Este gran poltico hablaba en muy distintas circunstancias, para muy
otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar  Italia de los
que l llamaba brbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese
atrocidad, crimen ni peligrosa aventura  que para sacudir aquel
hediondo yugo no excitase l  su _Prncipe_.

Nosotros tenemos tambin que sacudir algo  modo de yugo, que no me
atrevo  condenar ni por de brbaros ni por hediondo; pero que s
calificar de pesado y de vergonzoso, y que nos convertir en
Nacin-Job, si hemos de seguir sufrindole. Ya se entiende que este
yugo es el que en Cuba nos imponen los _yankees_, porque sin el favor,
amparo y aliento que dan  los que se rebelan, y sin la mengua de
autoridad que nos causan, y sin el descrdito que vierten sobre
nosotros, pidindonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y
sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran Repblica 
nuestros ms acrrimos enemigos, renegados de su casta, obligndonos 
darles dinero en vez de fusilarlos  de enviarlos  presidio, es casi
seguro que en Cuba no habra insurreccin y es seguro que no sera ni
con mucho tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que en
vista de las ventajas que ofrece  los insurrectos la descarada
proteccin de los Estados Unidos, no acudan  Cuba  combatirnos todos
los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.

No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo
mencionado sera salir de la neutralidad en una posible guerra europea.
La neutralidad nos conviene; pero,  fin de que sea respetada y no se
encierre en egosmo estril, importara concertarnos, para este fin
solo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor
de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiramos
formar parte, no slo nos valdra para que nos respetasen durante la
guerra, sino tal vez para contribuir  la conservacin  restauracin de
la paz, y no slo nos valdra para que el vencedor no nos atase al
carro de su triunfo, sino tambin para concurrir  moderar las
exigencias del que hubiese obtenido la victoria, y  restablecer, en lo
posible, el equilibrio de las fuerzas.

Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones
con la gran Repblica nos hubiese convenido  nos conviene seguir: haber
buscado  tiempo aliados y amigos  buscarlos en lo venidero, si ahora,
sola y abandonada como est Espaa, logra conjurar la tormenta  salir
de ella salva.

Lo que nos pasa con los Estados Unidos,  cuya independencia y formacin
contribumos un poco, se parece  la ms desventurada aventura de Simbad
el Marino, que aup sobre sus hombros al endiablado vejete para que
cogiera los frutos en los hermosos rboles de su frtil isla, y el
vejete endiablado no quera luego apearse, y segua montado en Simbad,
insultndole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.

A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, no hubiera sido
conveniente,  no lo sera en lo futuro, ganar la voluntad de las
primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse
de algn modo con ellas? Cualquiera promesa, cualquiera sacrificio que
hicisemos, sera mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo
hoy y que tendremos que hacer en adelante.

A un concierto,  un Tratado de alianza, exclusivamente para asuntos
coloniales  de Ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba
bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. Espaa ha sido la primera
nacin colonizadora del mundo; todava,  pesar de su decadencia, es la
tercera  la cuarta, y no la desdearan como intil peso, y de algo
podra servir  sus ms poderosos aliados, que tambin pueden hallarse
en ocasiones de empeo y de peligro, y necesitar entonces  al menos
tener por provechoso el auxilio nuestro.

Si no lo recuerdo mal, de algo vali Espaa  los franceses no hace
mucho tiempo, cuando, para vengar  nuestros misioneros mrtires,
ayudamos gratis y con las armas  crear una Francia amarilla en el
extremo Oriente. Quin duda de que an podramos servir y valer 
franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas  en
casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban 
quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan
sin piedad y tan sin conciencia nos abruma?

Tendra esto adems la ventaja de que los _politicians_ extraviados y
los senadores _farwestinos_ y _cincinatescos_, al vernos en tan buena
compaa, arrojasen de sus cerebros el fesimo y bellaco concepto que
los _sabios_ y _catedrticos yankees_ les han hecho formar de Espaa,
considerndola, por su aficin  las corridas de toros y al Santo
Oficio, Nacin Calgula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por
haber destruido, segn Draper, no s cuntas civilizaciones, podrido
esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de
Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y
nuestros crmenes.

En fin, tal vez lograramos as que no apareciese Espaa  los ojos de
los _yankees_ como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran
peligro,  como un tirano cachazudo y sufrido, semejante  los tiranos
de las tragedias de Alfieri, que estn, durante los cinco actos, oyendo
y aguantando las ms desaforadas desvergenzas, si bien acaban por
perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez as se
conseguira tambin que no se le antojase en Washington  ningn senador
remedar  Catn Censorino y, en vez de llevar higos en un pliegue de la
toga y de exclamar _delenda est Carthago_, llevar en un faldn de la
levita azcar mascabada  catite, y exclamar: _delenda est Hispania_.

Y aqu pongo trmino  esta prolija carta, prometiendo no escribir la
tercera, pues basta con lo dicho.

[Illustration]




TEATRO LIBRE


     _Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial._

Muy seor mo y amigo: Me pide usted mi parecer sobre si conviene que
haya un _Teatro libre_  _independiente_, y sobre varios puntos que con
esta primera cuestin se relacionan.

Muchsimo tengo yo que decir, pero, como usted me excita  ser breve por
el poco espacio de que se puede disponer en el peridico, slo dir algo
de lo mucho que se me ocurre, y procurar decirlo en compendio.

A mi ver, en Espaa el teatro tiene toda la libertad y toda la
independencia que necesita. Yo aplaudo que las tenga, pero no comprendo
ni pido ms.

Los lmites de la libertad mencionada son principalmente dos, que en
manera alguna deseo yo que se traspasen. Uno de ellos es el que sealan
la moral, la decencia y el decoro. Fija y traza el otro lmite el gusto
del pblico, contra el cual es intil y peligrosa la lucha. El pblico
paga y oye, aplaude  silba, y en los espectculos es juez inapelable, y
rbitro soberano. En novelas, en poesa lrica, en libros de filosofa,
de historia y de otros asuntos, puede un autor prescindir de la
corrupcin literaria de su tiempo, de la rudeza y del corto saber de sus
contemporneos y de sus tonteras y extravagancias, y componer su obra
para un pblico eterno; para que la posteridad la aplauda, hacindole
justicia: para que gente ms instruda y estticamente mejor educada le
comprenda y le admire, all en los siglos que estn por venir,  bien
para que en el da un cortsimo nmero de personas discretas, refinadas
y doctas, se deleiten leyndole y saboreando todos los primores de fondo
y de forma que hay en su produccin literaria, convirtindola para el
vulgo profano en _el libro de los siete sellos_.

El autor dramtico, y en esto se parece al orador, no puede, ni debe ser
as. Es menester que su espritu est en intima y constante comunicacin
con el espritu de un pblico numeroso: que l y dicho pblico se
comprendan y se compenetren. Slo de esta suerte puede haber autores
dramticos. Los que de otra suerte escriban, podrn ser todo lo que
quieran menos tales autores.

Infirese de lo expuesto que la libertad del teatro tiene por limite la
voluntad y el entendimiento del vulgo. Ya ms all no sera libertad
sino delirio. Yo no me explico que se funde un _Teatro libre_ para ir
ms all. Si el pblico tiene un gusto exquisito y un entendimiento
cultivado y un juicio seguro, no hay teatro en Madrid, ni en toda
Espaa, que no sea libre  independiente y que no tenga completa
seguridad de ganar honra y provecho, dando las ms atrevidas
representaciones, y, siendo stas buenas, ms aplausos y ms dinero
ganar mientras ms originales sean, y ms inauditas y ms fuera de los
caminos trillados.

Justo es advertir que el prurito de originalidad, el engreimiento necio
del que cree pensar y decir cosas profundas, y la mana de reformarlo
todo y de resolver en cuatro coplas los ms obscuros problemas sociales,
religiosos  polticos pueden seducir  los autores dramticos que tal
vez no han estudiado ni meditado nada que los habilite para la
resolucin de semejantes problemas, y pueden llevarlos  componer un
tejido de vulgaridades y zanguangadas,  crear caracteres falsos y 
imaginar una accin absurda y sin inters, que sea como el hilo donde
ensarten sus insulsos  inaguantables sermones. Despus, si el pblico
se aburre de orlos y no los aguanta, el autor dir tal vez que el
pblico es atrasado  indocto. Y si el pblico los aguanta y los
aplaude, por aquello de que

    _Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire,_

el mal ser mayor; pero en ninguno de ambos casos veo yo que el teatro
libre  independiente que trata de fundarse valga como remedio.

Por otra parte, yo noto inmenso cmulo de dificultades para la creacin
del _teatro libre_, en mi sentir intil. Mas bien le comprendo como
_teatro normal_  como _teatro modelo_ que como _teatro libre_. El
_teatro libre_, en virtud de su misma libertad, buscar por todos los
caminos modo de agradar y de entusiasmar al pblico y de obtener de l
aplausos y entradas. As son el Teatro Espaol, la Comedia, Lara, Apolo
y la Zarzuela. Todos,  mi ver, son teatros libres. No se puede pedir
mayor libertad sin incurrir en desatino.

Luego lo que quiere fundarse no es un teatro libre, sino un teatro
_normal_  _modelo_, donde se procure ilustrar al pblico, aguzar su
facultad esttica, abrir para l nuevos horizontes y moverle  que
aplauda, ya antiguas obras maestras que hoy desdea  olvida, ya nuevas
obras, vaciadas en moldes nunca empleados hasta el da.

A fin de que este teatro, y permtaseme lo pomposo de la frase,
cumpliese con su misin, sera indispensable que tuviese una junta
directiva. Y como esta junta tendra su criterio y querra y debera
imponerle, resultara que el _teatro libre_ sera el menos libre de
todos los teatros.

Supongamos que ya existe, y supongamos tambin que yo soy un autor
dramtico que aspira  darse  conocer y ofrece una obra suya. Las
empresas de la mayor parte de los teatros deben considerarse como
meramente mercantiles. Si rechazan la obra que yo presento, no habr en
ello, literariamente, ni agravio, ni sentencia, ora sea injusta, ora
justa, que me desaliente  humille. Las empresas no fallan
literariamente contra mi obra, slo dicen, con acierto  sin l, que no
es aquello lo que pide el mercado y que no deben aceptarlo, porque no
tendr buena salida y ser mal negocio. Pero si en el teatro, mal
llamado libre, que trata de fundarse, la junta directiva desecha mi
obra, al desecharla, aunque afirme que no es tal su intencin,
literariamente me condena, empezando por someterme  un tribunal
literario y  preceptos y reglas en cuya virtud ese tribunal juzga y
sentencia.

Es, pues, evidente que el tal _teatro libre_ ser el menos libre de
todos; ser un alto magisterio, un tribunal supremo, un directorio
iniciador y propagador del buen gusto en lo tocante  poesa dramtica;
en fin, ser todo lo que se quiera menos un teatro libre. Los teatros
libres son los que ahora hay.

Lo dicho hasta aqu contra el falso teatro libre no impide que desee yo,
como el que ms, que tengamos en Madrid un _teatro modelo_, con cuantas
condiciones y requisitos sean convenientes para representar bien toda
clase de dramas.

Antes de explicar de qu suerte me alegrara yo de que se fundase este
teatro, voy  hacer algunas declaraciones.

Primeramente, yo no creo que la produccin dramtica espaola en el da
sea inferior, ni por calidad ni por cantidad,  la de ninguna otra
nacin del mundo. Slo Francia compite con nosotros, y en sentir de
muchos, aunque no en el mo, nos vence.

Es la segunda declaracin que ningn gnero de trabajo literario est en
Espaa mejor retribuido que el del dramaturgo. Y por esto, y por
entender yo que para que una literatura sea espontnea y natural,
importa que slo tenga al pblico por Mecenas, ni pido ni quiero
proteccin y auxilio del Gobierno para los que escriben dramas.

Es la tercera declaracin que nuestros actores no me parecen tan malos
como asegura la gente, llevada de la mana, hoy muy en moda, de rebajar
y hasta de denigrar todo lo nuestro, como si fusemos la nacin ms
desventurada y ms decada de la tierra.

Poseyendo, pues, como sin duda poseemos, autores y actores, lo que
principalmente nos falta es una empresa que pague sin tacaera ni
apuros  los artistas y hasta asegure su porvenir y la materialidad de
un teatro muy elegante, lujoso y rico en decoraciones, trajes y
maquinaria. Si un prncipe poderoso, si un banquero  si varios
capitalistas,  si una compaa por acciones, fundase este teatro, yo
doy por cierto que mereceran aplauso y gratitud de la patria y que no
perderan su dinero, porque, si bien no hay mucho en Espaa, la gente es
esplndida, gusta de divertirse, y el teatro modelo,  de lujo,  como
queramos llamarle, estara lleno siempre.

Como tengo an muchsimo que decir sobre este asunto y usted recomienda
la brevedad, y yo no atino con ella, he guardado esta carta, escrita
desde hace das, sin atreverme  enviarsela  usted y casi desistiendo
ya de envirsela. Ahora estoy de otro humor y se la envo, en la
inteligencia de que la carta tendr cola,  mejor dicho, ser como
cereza en la que se enredan otras por el cabo y la siguen. A esta carta
seguirn otras dos. Si  pesar de la inevitable condicin que pongo no
teme usted que yo peque de prolijo, inserte mi carta en su apreciable
peridico y crea que se lo agradecer.


II

Muy Sr. mo y amigo: Ya dije  V. que no quiero ni comprendo el teatro
libre  sea ms libre que los teatros que hay ahora en Espaa. Esto no
se opone  que yo quiera y desee un teatro normal  modelo. Y como dicho
teatro ha de estar en algn punto y no le hemos de fundar en Ovejo, en
Churriana  en la Madroera, lo natural y razonable ser fundarle en
Madrid, sin hacer caso de la ruin y disparatada envidia del
regionalismo.

Aqu se me ocurre algo que me atrevo  llamar antinomia y que no puede
menos de motivar una digresin inevitable aunque prolija. Ojal que no
sea cansada. Mil y mil veces he sostenido que la literatura, sobre todo
la amena, si ha de ser natural y espontnea y no artificiosa y criada en
invernculo, conviene que slo tenga por Mecenas al pblico que la lea,
la pague, la comprenda y la inspire. Nada de proteccin por parte de
principes y de gobiernos para novelistas y poetas. Alfieri compuso un
elocuente y hermoso libro sosteniendo esta tesis y yo le he aprobado y
aplaudido. Pero aqu surge la antinomia. Tratar de explicarla.

Yo creo  pie juntillas en el progreso indefinido. El trmino ideal de
este progreso es, en mi concepto, individualista.

El linaje humano, constituido en sociedad, puede adelantar tanto en el
camino de la perfeccin que casi  sin casi no necesite gobierno. En la
meta de su carrera triunfante coloco yo, en mis sueos dorados, una
pacfica y deliciosa anarqua. El inters de los particulares, la
iniciativa y los bros de asociaciones libres procurarn hacer y
conservar caminos y canales, llevar las cartas, cuidar de telgrafos, de
telfonos y de cuanto ms tarde se invente, y fundar y sostener escuelas
donde cada cual ensee lo que ms verdadero, til  bonito le parezca.
Y, como progresaremos tanto que los hombres, segn determina la
Constitucin de 1812, sern todos justos y benficos, los tribunales y
los jueces estarn de sobra. El orden pblico ser tan primoroso 
inalterable que no ser menester fuerza armada que le conserve. Y como
las naciones no seguirn amenazndose y tratando de saquearse unas 
otras, sobrevendr la paz perpetua y se suprimirn el ejrcito y la
marina nacional, tan costosos en el da. De aqu que el gobierno no
servir para nada, y los pueblos, por evolucin y no por revolucin,
pacfica y no tumultuosamente, los obligarn  que se jubilen. Tal es
el risueo porvenir que yo me finjo, pero no he de negar qu est muy
remoto. Todo es relativo, segn decia D. Hermgenes. Los sabios modernos
dan millones de aos de existencia  este mundo en que vivimos. La vida,
el _protoplasma_, la _monera_,  como queramos llamarlo, apareci
tambin mucho tiempo ha. Y el hombre, valindose ya de la palabra, con
organizacin social, y hasta fundando reinos, imperios y repblicas,
vive, si hemos de creer  sabios profundos, hace veintisis mil aos.
Por aquel entonces, afirma Rodier, como si lo hubiera visto, que los
arios se disputaron, se dispersaron y se dividieron en indios, iranios y
otros pueblos, de quienes proceden las ms nobles naciones de Europa.

Aceptado lo dicho, resulta que la humanidad es ya muy vieja, y con todo,
yo he leido en un libro de otro sabio ms profundo an, esta sentencia
que me ha dejado turulato:

_La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido an._

El sabio echa despus sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y
averigua, determina y declara la poca en que la humanidad empezar 
nacer. Ser, sobre poco ms  menos, dentro de catorce mil y seiscientos
aos. Me parece que en perodo tan amplio bien puedo yo estirar y
extender con holgura mis esperanzas hasta su completsimo logro en la
anarqua de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los
siglos subimos  tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaa ventura,
todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos segn son y se
conciben hoy, no haya y persistan rganos directores de esa humanidad
colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de
permanecer separadas y distintas,  fin de que la monotona y la
uniformidad no aburran  los hombres y no los impulse  ahorcarse.

Imaginmonos llegados  la perfeccin en cuanto cabe en lo humano. No
necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad
sern completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros
medios de comunicacin ms ingeniosos que en lo venidero se inventen,
porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material,
porque le procuraremos nosotros, ni que nos ensee en sus escuelas
pblicas, porque cada uno de nosotros ensear y aprender lo que se le
antoje.

Y sin embargo, hasta dentro de esta soada perfeccin, sera ineludible
el rgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin
un gobierno. Compongmosle, pues, de un Gran Metafsico, como en la
Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendra que fuese un rey
hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad
y careciese de una larga parentela ordinaria  cursi, y asesorado este
rey  gran metafsico de un consejo  asamblea de varones doctos
elegidos por el pueblo.

El ministerio  oficio de este supremo directorio haba de ser ordenar
las manifestaciones del espritu colectivo, sin el cual la nacin se
desmenuzara y no sera nacin, sino conjunto material, inarmnico y
deforme de individuos que en lo tocante  la comunin de los espritus
quedaran aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.

Infirese de todo que, hasta en un ideal inasequible  slo asequible
dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados
los hombres en cuanto importa  su inters material, no podran menos de
tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones,
epifanas  muestras constantes del Genio de la nacin, que no muere ni
puede morir sin que la nacin muera. Por consiguiente, el rgano,
vicario  delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin
armas para defenderse y ofender, slo se empleara en las cosas del
espritu y stas seran de dos clases esencialsimas.

Claro est que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan
firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese
completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le
pareciese y para adorarle y darle culto  su manera. Pero la religin es
de dos modos. Por uno de ellos, ms profundo y ms ntimo, pero menos
solemne, cada alma humana se pone en relacin con su Hacedor y le busca,
y tal vez le halla y hasta consigue unirse con l por inefable
misterio. Por el otro modo, ms solemne y excelso, y en mi sentir
ineludible, porque sin l lo ms grandioso y bello de la existencia
desaparecera, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y
por bajo de ella cada nacin separadamente, deben adorar  Dios y tener
su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas
religiosas.

Aun supuesta la religin catlica  cosmopolita, ser, valindonos del
smil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en
los diferentes objetos en que se posa. De aqu que la religin, aun
siendo universal y nica en su esencia, ha de tener en cada pueblo
aspecto distinto en los accidentes y en la forma.

Importa, pues, aunque lleguemos  la perfecta anarqua de mi sueo, que
haya una religin del Estado en que aparezcan y den razn de s la idea
y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una direccin
para esto, direccin nacional que deber ponerse y conservarse en
perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en
lo que tiene la religin de universal  de catlica.

Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarqua, dejo yo
en pie  reconstituyo sobre ms hondas bases y firmes cimientos uno 
modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un
seminario  Universidad catlica central, donde se ensee
fundamentalmente la teologa del Genio nacional, las creencias
religiosas, metafsicas y morales del espritu colectivo.

La otra epifana  manifestacin constante y gloriosa del Genio de la
nacin es el arte. Y del arte, el teatro es lo ms sinttico y acabado.
En l concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesa
se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatndola,
sirvindola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la
Msica, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.

Si es menester que la nacin, como nacin, rinda culto  la verdad, que
en su ms alto punto es la religiosa, tambin es menester que rinda
culto, colectivo y unnime,  la belleza, la cual, all en lo sumo, es
atributo divino. As, pues, aun en mi anarqua, es ineludible otro
ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las
otras pompas, espectculos, procesiones y ceremonias nacionales
profanas.

Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya slo con una sombra de
gobierno  con gobierno-espritu, requiere la misma esencia de nuestro
ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo
yo contradiccin,  pesar de todo mi individualismo, en que, en esta
poca atrasadsima en que vivimos, haya tambin un teatro que el Estado
sostenga y que sea el teatro normal  modelo. Es cierto que pudiera
fundarle y sostenerle un prncipe rico  una asociacin de capitalistas,
pero mejor y ms digno es que lo sostenga el Estado.

Ya veremos por qu y cmo.

Perdneme Vd. que sea tan difuso.


III

Muy seor mo y distinguido amigo: Ya anunci  Vd. que tenia yo
muchsimo que decir sobre la cuestin del llamado _Teatro libre_. No
extrae, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la
ltima, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artculos,
sino una obra en dos  tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la
cuestin mencionada.

Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo tambin tengo el mo. Suele
ste consistir en presentar, de antemano, extremndolos, los argumentos
ms poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego,
_si licet in parvis magnis exemplibus uti_, lo que dicen que dijo
Galileo: _e pur s muove_.

De aqu, sin duda, que el ingenioso y agudo _Clarn_, lisonjendome
mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los
argumentos que previamente present yo en contra de ella,  fin de
saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron  modo de obstculos que yo
mismo puse para hacer ms lucida la carrera y que tuviese saltos y todo.
_Clarn_ ha removido  allanado los obstculos. Dios se lo pague. As mi
carrera ser por lo llano: si menos lucida, ms fcil.

El teatro, repito, es hoy, libre en Espaa, y no puede ni debe serlo
ms. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro _normal_
 _modelo_. _Clarn_ mismo se ha encargado de refutar no pocos de los
argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con l: mejor es
someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los ms
entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario,
tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y
aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni
escrpulo, muy malos consejos.

Con el beneplcito y auxilio de _Clarn_, establezco el teatro _normal_
 _modelo_, y le establezco _en principio_, para lo cual nuestra
voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero,  de lo
que en cierto lenguaje picaresco se llama _caballo blanco_.

A pesar de mi radical individualismo, he tratado de demostrar y creo
haber demostrado que, hasta despus de llegar  la deliciosa anarqua,
trmino ideal de la perfeccin humana, conviene que persista algo  modo
de gobierno, el cual dirija y ordene las manifestaciones  _epifanas_
del Genio colectivo: que persistan un ministerio del culto y otro del
teatro y dems ceremonias, pompas y fiestas nacionales profanas. As,
sin contradiccin con mi individualismo, afirmo yo que el teatro
_normal_  _modelo_, debe hoy, con ms razn que dentro de ciento
cuarenta y seis siglos, cuando la humanidad colectiva nazca, ser
sostenido por el Estado. Que le sostengan uno  varios particulares
ricos es menos plausible, menos posible y menos decoroso. Es menos
plausible porque el particular  los particulares se propondrn ganar
dinero, como cada hijo de vecino, y entonces el teatro _normal_ 
_modelo_ no lo ser en realidad, sino ser un teatro, peor  mejor,
_libre_, aunque sujeto  una empresa particular como las dems que hay
ahora. En el da no cabe esperar que salgan  relucir magnates,
prncipes, ediles rumbosos, como los que hubo en lo antiguo, que se
gastaban millones de sestercios, ya para divertir y entusiasmar  la
plebe con esplndidos espectculos, ya para erigir grandiosos monumentos
y hermosear  su patria, como hicieron Heredes Atico y otros. Buenos
andan los ediles de ahora para descolgarse con semejantes bizarras! Y
si bien se mira, hasta los ediles de otros tiempos no solan ser
desinteresados cuando se descolgaban con ellas, porque,  se parecan 
aquel seor Robres del epigrama, que hizo  los pobres antes de hacer el
hospital,  bien derrochaban el dinero para satisfacer la ambicin,
ganndose el favor de la muchedumbre y comprando sus votos.

Es poco plausible y es casi imposible que un particular  varios
sostengan el teatro _normal_, porque debe ser sostenido con
desprendimiento y sin que piense ganar dinero ni nada quien gaste su
dinero sostenindole. Y es adems menos decoroso que le sostengan
particulares, porque el pueblo no ha menester, en el da, esta  modo
de limosna. Decidamos en virtud de todo lo dicho, que sea el Estado
quien le sostenga, esto es, la nacin  el pueblo mismo. La junta
directiva y los actores, en vez de ser los asalariados de un particular,
recibirn su salario de Estado,  sea del pueblo, lo cual,  mi ver, es
ms digno y honroso.

No recuerdo bien lo que dice _Clarn_ de que no quiere  de que no pide
lujo. Entendmonos. Si por lujo se entiende lo que yo entiendo, yo le
quiero y le requiero. Y si ahora no le pido es porque sera pedir
cotufas en el golfo, y porque con esta picara guerra de Cuba no est la
Magdalena para tafetanes. Pero supongamos, y Dios nos oiga, que ya se
acab la guerra de Cuba y que volvemos  tener prosperidad y
bienandanza. Esto supuesto, ya me tienen Vds. pidiendo el teatro
_normal_  _modelo_, sostenido por el Estado, no para ganar, sino para
perder anualmente, aunque el teatro est todas las noches de bote en
bote, un milln de pesetas que iguale los ingresos con los gastos.

El emperador de Austria, caballero muy cabal, de gusto delicado, con
cuantiosas rentas propias, edil  la antigua sin ambicionar ya nada, y
si no Herodes hebreo, porque gusta de los nios y no los mata, nuevo
Herodes Atico, porque hermosea  Viena con monumentos magnficos, dicen
que se gasta en el teatro ms de 500.000 florines al ao, lo cual sube
por cima del referido milln de pesetas.

Por qu, no el monarca, que como particular dista bastante de ser tan
rico, sino el Estado cuando salga de guerras y de apuros, no ha de
imitar aqu al emperador munfico de que voy hablando?

En pocas cosas podra emplearse el dinero con mayor beneficio del buen
gusto, de la general ilustracin y de la cultura.

No es feo el teatro del Prncipe. Por esto, porque recuerda grandes
triunfos literarios y artsticos, y por otras mil razones, debe
conservarse, cuidarse y tenerle abierto siempre que se pueda, con buena
compaa. Pero en la nacin que se jacta, sin pecar de vanidosa, de
poseer la ms rica, original y sublime literatura dramtica, sin que se
le adelanten Grecia, Inglaterra y Francia,  pesar de Esquilo,
Eurpides, Sfocles y Menandro, y  pesar de Shakespeare, Corneille,
Racine y Molire, es bastante monumento nacional de esta gloria, es
digno templo de nuestra Melpmene y de nuestra Talia el antiguo y
modesto Corral de la Pacheca, por muy corregido, repintado y revocado
que le pongamos?

Lo primero, por consiguiente, haba de ser erigir para teatro _normal y
modelo_ un edificio grande y hermoso donde se luciesen el arquitecto de
ms mrito y fama y nuestros ms valientes escultores en las estatuas y
relieves que adornasen y magnificasen la fachada, los peristilos, los
anchos prticos y las empinadas acroteras. Ya se entiende que este
edificio haba de estar aislado, no empotrado entre casas como los
pobres teatros que ahora tenemos, salvo el teatro Real, tan
abominablemente feo en lo exterior, que harto bien merece estar
empotrado.

En fin, yo quisiera en Madrid un nuevo teatro Espaol, que fuese al
teatro alemn de Viena (Hofburgtheater) lo que, en proporcin
geomtrica, es la literatura dramtica espaola  la literatura
dramtica alemana.

Construdo ya el teatro, sera menester dotarle de toda la maquinaria,
decoraciones, trajes y dems riquezas y esplendores que en el de Viena
hay y se lucen.

Luego debera formarse una buena compaa de actores, igual y armnica,
digmoslo as; esto es, que no hubiese uno  dos actores buenos y hasta
excelentes, siendo los dems malos  medianos; sino que todos ellos
compusiesen un bien concertado conjunto, y que asimismo no repugnase
ninguno representar un papel que le pareciese de poca importancia 
lucimiento, sino que se sometiese al director y  su severa disciplina.
De esta suerte saldran bien representados todos los dramas, y el bueno
parecera mejor, y el no muy bueno parecera tolerable.

Otra cosa de que importara muchsimo que cuidase la junta directiva es
de que el personal fuese muy guapo, en particular las mujeres. La
educacin esttica de un pueblo no se forma ni se mejora, sino se
corrompe y se vicia, manifestndole lo feo, lo inelegante, lo canijo, lo
estropeado, lo ruin y lo plebeyo de la figura humana. As como la
naturaleza influye en el arte, ya que Fidias y Praxiteles no hubieran
esculpido las maravillosas imgenes de Jpiter, Minerva y Venus, si no
hubieran tenido modelos de gran valer, as el arte influye en la
naturaleza, porque las mujeres y los hombres, que contemplan lo bello en
las representaciones artsticas, se enriquecen la imaginacin, 
influyendo esto en todo el organismo vital, hace que nazcan chiquillas y
chiquillos preciosos. Est probado que, desde el siglo de Pericles en
adelante, las mujeres griegas,  fuerza de contemplar las obras maestras
de la escultura y de la pintura, vinieron  ser mucho ms hermosas que
en los siglos anteriores: Y yo he ledo tambin, en autores muy
formales, que esas areas, aristocrticas y semi-divinas imgenes de
mujer, que en los libros de Keepsake nos deleitan, no son copia de las
Ladies y de las Misses ms celebradas, sino son como norma  pauta  la
que esas Misses y esas Ladies se han ajustado, y son como molde en que,
trascendiendo de lo espiritual  lo fsico, las han fundido sus madres.

El entendimiento elevado, la no comn habilidad, y sobre todo el genio
del artista, no equivalen, sino valen ms que la hermosura. Esa
portentosa luz interior del espritu se difunde por todo el cuerpo y le
ilumina y hermosea. Claro est, por consiguiente, que en los actores y
actrices principales no tendr la junta directiva que investigar y
probar si hay  no corporal belleza. La dicha investigacin, la prueba y
el cuidado se ordenan slo para las figurantas, coristas y otra gente
de segundo  de tercer orden.

Digo esto no en tono de broma, sino con la mayor gravedad. Lo demostrar
con un ejemplo.

En el Hofburgtheater de Viena, se representa el _Fausto_ (primera y
segunda parte) con todas sus fantasmagoras y con todas sus magias:
hasta con el _Prlogo en el cielo_. All, en medio de sonrosadas y
luminosas nubes, se adelantan los tres arcngeles, Miguel, Rafael y
Gabriel, y declaman, al comps de una msica verdaderamente celestial,
aquel elocuentsimo himno en alabanza del Criador y en alabanza del
Universo, su obra, la cual sigue hoy tan perfecta como en el da en que
fu creada. Los tres arcngeles son tres muchachas altas, esbeltas,
airosas y tan ligera como elegantemente vestidas. Yo aseguro que parecen
de verdad los tres arcngeles, con alas refulgentes, con ureos yelmos y
con fulmneas espadas. Pero si fueran tres hembras de formas
exuberantes, paticortas y cabezudas, cmo haban de parecer arcngeles?
Desde el comienzo se pondra en ridculo el poema de Goethe, y se hara
del empreo la ms ruin y bellaca caricatura. Es indispensable, pues,
que sean guapas las actrices de tercer orden. Y aqu debo advertir que
no basta para esto el cuidado de la junta directiva. Es menester tambin
que los espaoles desechen la propensin que tienen, _more turquesco_, 
retirar del teatro  toda mujer guapa, aunque sea casndose con ella y
muy santamente. Yo doy por seguro que rara vez,  que nunca se le
ocurre  un alemn, por enamorado que est, incurrir en rapto y
secuestro tan perjudiciales  la esttica y  las artes todas, antes
bien se engre de que la muchedumbre contemple y admire desde lejos lo
que l ms de cerca y con mayor intimidad acaso contempla y admira.

Es indudable,  mi ver, que si los citados tres arcngeles fuesen tres
princesas  reinas, ms  menos morganticas, seguiran saliendo  las
tablas con beneplcito y satisfaccin de sus principes  reyes.

Me voy extendiendo demasiado. Pero hay tanto de que hablar en estos
asuntos teatrales!... En fin, yo pido disculpa, y termino esta carta
pidiendo tambin permiso para escribir otra que ser definitivamente la
ltima.


IV

Muy seor mo y distinguido amigo: Me he engolfado tanto en el asunto
del teatro que no s cmo podr salir de l tan pronto como deseo.

A semejanza de Platn, Toms Moro y otros, que construyen una ciudad
ideal, me he lanzado yo, en esfera mucho ms chica,  forjar una  modo
de utopa teatral dramtica  ms bien escnica.

Ya tenemos, cuando no en realidad, imaginariamente, edificio para el
teatro; la mejor compaa posible hoy en Espaa, y un abundante, lujoso
y escogido material de trajes, muebles, armas y decoraciones.

Para custodia de las cosas materiales, para llevar la cuenta de gastos y
de ingresos, y para cuanto es meramente econmico y administrativo,
establezcamos una oficina dependiente del ministerio de Fomento.

Pronta ya la mquina, dmosle cuerda y que eche  andar en la direccin
que conviene. Mas como para darle cuerda y dirigirla son menester una
voluntad y una inteligencia, concedmoslas  la junta directiva que 
este fin creemos.

Harto conozco que voy  disgustar  muchos lectores, que en no pocos voy
 suscitar contra m el desdn  el enojo. Dir, no obstante, mi leal
parecer sobre la composicin y constitucin de la Junta. La compondrn
dos acadmicos de la Real Academia Espaola, elegidos por sus
compaeros; uno de la seccin de msica de la Academia de Bellas Artes;
otro elegido por las secciones de artes del dibujo que hay en la misma
Academia; otro elegido por la Academia de la Historia entre sus
individuos de nmero; y, por ltimo, el primer actor del teatro que ya
hemos creado.

Estos seis vocales, legalmente, no han de importar ni valer ms unos que
otros, aunque cada cual tenga su especial cuidado y oficio. Para
presidir la Junta, no quiero decir de repente lo que pienso yo,  fin de
que no den un brinco de espanto los que me lean.

Considrese que en Espaa hay, desde hace tiempo, un lamentable
divorcio entre las artes y las letras castizas y propias de nuestro
suelo y la gente que ha visto y corrido ms mundo y que parece ms culta
y que es  debiera ser ms distinguida y elegante. El bello sexo, sobre
todo, y ms an el de la _high-life_, nos es contrario.

Grosero  injusto sera decir con Iriarte:

    Las mujeres que ahora no despuntan,
    como en siglos pasados, por discretas,
    si en el teatro pblico se juntan,
    aplauden cuando ms al tramoyista,
    oyen tal cual chuscada del sainete,
    y sirve lo dems de sonsonete,
    mientras que estn haciendo una conquista.

Nada; no digamos semejante blasfemia, pero reconozcamos que hay sobrado
desprecio por lo nacional  inclinacin decidida y admiracin exagerada
hacia lo extranjero. Se deploran la cancamurria y los hpidos de
nuestros actores y, sin caer en la cuenta, parecen deliciosos el
inaguantable martilleo de los actores franceses, su remilgada afectacin
y el continuo subrayar de palabras y frases  fin de que las agudezas
sutiles penetren bien en las mentes obtusas del auditorio, lo cual hasta
llega  ser ofensivo, ya que presupone tontera en el pblico y la
necesidad de un embudo y de un cazo de bayeta para que trague lo ms
dificultoso y enmaraado.

Y no es solo contra los actores, sino tambin contra los autores este
desprecio. Ignoran los usos y costumbres de la buena sociedad; cuando la
describen se equivocan del modo ms deplorable. En fin, todo son
_cursis_.

Lo que llaman en Francia _alta comedia_ no es posible entre nosotros. En
cambio las obras dramticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de
pintar el mundo elegante de Pars, enamoran, pasman y hechizan  no
pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y _tiquis
miquis_ suelen estar confeccionados con una ms honda y radical
_cursera_. Con relacin  la nuestra es como el aguardiente con
relacin al vino. _Francillon_ y _Le monde o l'on s'ennuie_, por
ejemplo, son de una cursera pasada por alambique; obras de insufrible
afectacin, y como entre la moral y la esttica hay lazos muy estrechos,
obras tambin de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que
tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.

No poco podra yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio.
Saltemos, pues, y volvamos  la Junta directiva. Yo aspiro  la perfecta
conciliacin de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura
castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente
elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas
antisociales, ni con stiras personales y rudas, ni con demasiadas
verduras y escabrosidades. As, pues, y repito que yo estoy fantaseando
una utopa, si de mi dependiera, yo elegira  una dama discreta 
ilustrada para presidenta del _teatro normal  modelo_. Estoy seguro de
que ella velara para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente
sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo,
nico que no sera libre, pues yo dejara  los otros en la completa
libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo
del teatro modelo haban de corregirse y mejorarse.

No se infiera de lo expuesto que yo propenda  que nuestro _teatro
modelo_ sea, segn dicen los franceses, con frase hecha, _honnte mais
embtant_. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado,
con tal de que no traspasen los lmites del decoro.

Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sera
prolijo exponer aqu, vendra como de molde una dama discreta para
presidenta de la Junta.

De cada cinco funciones haba de haber una cuyo producto lquido se
consagrase  establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en
Espaa. Dos aos y medio he pasado ltimamente en Viena, y ni en calles,
ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.

Claro est que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del
teatro libre, y mucho menos es _teatro protesta_. Yo no niego la razn 
_Clarn_; protestando contra el mal gusto, se consigue  veces que
triunfe el bueno. Moratn le hizo triunfar protestando contra Comella;
pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es
muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. As como si
tiene una religin es porque la cree verdadera, as debe tener tambin
fe en su buen gusto, pero sin alentar  los que buscan en literatura
peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven
 tanto y les da por convertirse en _teatro protesta_.

Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afn de hacer creer que
le tienen deslumbra y extrava  no pocos incautos y presuntuosos, y los
induce  producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sera que
cresemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo
sagrado con lo profano, sera esto tan ridiculo como si el Estado
erigiese un magnifico templo y ensayase en l la religin de Brahma, de
Buda, de Zoroastro  de cualquier profeta flamante,  ver si el pueblo
la prefera al catolicismo y se converta.

Si en la religin hay herejes, en las artes tambin los hay. Queden en
libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.

Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposicin de pintura y escultura
hecha por _artistas libres_, que protestaban furiosos, en nombre del
progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y
trillado. Aseguro que no soaba yo con ver ni he visto jams delirios
ms estupendos, pintados y esculpidos, ni ms abominables creaciones. Y
cuenta que, en medio de su extravo, no poda negarse original y
distinguido talento  no pocos de aquellos _artistas libres_.

Prescindo de la ilacin y procedo  brincos y con aparente incoherencia
para que esta carta sea la ltima, y no escribir una docena.

La Junta directiva haba de renovarse cada dos aos.

Los vocales tendran sueldo  dietas. No comprendo que nadie trabaje de
balde, humillando  haciendo competencia invencible al que necesita
vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impedira gastar
su sueldo en obras de misericordia  regalar al teatro mismo, para
adorno de sus galeras y salones de descanso, bustos y pinturas que
representasen  nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.

Las funciones del _teatro modelo_ habran de dividirse por igual en tres
clases: una sera de composiciones dramticas de antiguos autores cuyas
obras fuesen ya del dominio pblico; otra sera de composiciones de
autores, vivos  muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos,
sus herederos  sus editores; y otra, por ltimo, de composiciones
inditas. Tendramos, pues, que slo el tercio de las representaciones
de nuestro teatro sera para los estrenos. As la Junta directiva podra
mostrarse severa y aceptar slo obras excelentes  que ella juzgase
tales. En los teatros libres se dara la protesta  la apelacin al
juicio pblico, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte,
que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibiran agravio, ya
que nuestro teatro no podra ser bastante para muchos estrenos.

En nuestro teatro no habra de hacerse jams la en mi sentir absurda
distincin del _gnero chico_ y del gnero no chico. Lo bueno no es
chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen ms que multitud de dramas
y de tragedias en cinco actos. Nada es ms difcil, ms envidiable y ms
precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergenza y
sin chocarrera.

Por esto quisiera yo que volvisemos  la antigua usanza, y que,  no
ser un drama extremadamente largo, concluyese toda funcin con su
correspondiente divertido sainete.

En la indumentaria convendra tener el mayor esmero. No slo los trajes,
las armas, el peinado y dems adornos de las personas, sino tambin los
edificios y los muebles habran de ajustarse siempre con la posible
exactitud  la poca y al pas en que se desenvolviese la accin
dramtica. nicamente podran quedar exceptuados de esta regla algunos
dramas antiguos en que hay algo de fantstico y de ideal en el lugar y
en el tiempo. Pase v. gr. que en _El desdn con el desden_ no salgan los
actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando haba soberanos
independientes en Provenza y en Catalua, sino que salgan vestidos
anacrnicamente con trajes del siglo XVI  del siglo XVII.

Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que
he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el
desdn para vencer el desdn de doa Diana, sale vestido como Fgaro en
_El Barbero de Sevilla_, como un majo de Goya. Esto me parece tan
extravagante como lo que he odo decir que aconteca hace un siglo entre
nosotros, cuando, al ponerse en escena _El maestro de Alejandro_, sala
Aristteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadn, zapato de
hebilla y capita veneciana.

No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrnicos que apenas
sera posible ponerlos en escena con trajes de la poca en que pasa la
accin. Si no recuerdo mal, en _La venganza de Tamar_, de Tirso, hay
damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que
haba en Madrid en tiempo de Felipe III  de Felipe IV. Cmo, pues,
poner en escena _La venganza de Tamar_ con los trajes que se usaban en
vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar _El
mgico prodigioso_ con los trajes, edificios y muebles
bizantino-orientales que se usaban en Antioqua en los primeros siglos
de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este
drama, con trajes del siglo XVI  del siglo XVII.

Aun en la representacin de los sainetes y entremeses pondra yo no
menor cuidado en la indumentaria. Un entrems de Cervantes se
representara con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D.
Ramn de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban
cuando viva y los retrataba tan  lo vivo aquel escritor ingenioso.

Otro uso antiguo, desde hace aos casi perdido, resucitara yo en
nuestro teatro: el indispensable intermedio de _baile nacional_ entre el
drama y el sainete.

El arte de la danza es importantsimo y serio. Los antiguos le
estimaban como lazo de unin y como centro de todas las artes del
espritu, que llamaban msica en su ms lato sentido, y de todos los
ejercicios corporales, que llamaban gimnstica. La danza adems era
ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la
forma, el dibujo y la meloda, lo plstico y lo areo. El rey David no
crea perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los
coribantes descendan bailando de la cumbre del Ida, las mnades con sus
tirsos bailaban en el Citern, y los profetas de Israel, en impetuoso
coro, descendan bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y
desaforadamente los _salios_ de Roma. Danzas sagradas  hierticas ha
habido en todas las pocas y civilizaciones. Todava, al son de las
castauelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.

No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un
dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada da ms su carcter
propio y castizo  bien que se avillane, se corrompa y se haga ms
grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de
las danzas francesas  italianas, ya se corrompe y se impurifica con
esto que no s por qu llaman flamenco. Yo recuerdo todava con
retrospectiva admiracin  cierto bailador llamado Ruiz, y  su
gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. Qu majestad, qu
decoro, qu distincin y qu gracia cuando ambos bailaban juntos el
bolero! No es dable danza ms aristocrtica. Parecan prncipes 
grandes seores. Y aquello era al mismo tiempo espaol puro y neto. Por
qu pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?

Interminable sera el seguir exponiendo aqu todo lo bueno que podra
realizar nuestro teatro. Fndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor
para fundarle, y ya entonces dar yo los consejos que dejo en el tintero
ahora por no pecar de prolijo.

Slo dir para concluir que en el teatro, durante la representacin,
deben amortiguarse las luces y quedar el pblico en misteriosa penumbra,
 fin de que la luz y la atencin se fijen en la escena: que una vez el
teln descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las
damas y los caballeritos de flirteos  coqueteos: y que terminada la
representacin, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su
hermosura y sus galas. Por ltimo, los entreactos, sin ser tan largos
como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde
no hay tiempo para ver y hablar  las damas bien vestidas y guapas, ni
para discurrir sobre el drama que se est viendo, de todo lo cual
resulta,  pesar del primor y lujo del espectculo, algo de apresurado,
y de poco ameno que contradice el ttulo de diversiones pblicas con que
calificamos las del teatro.

Y aqu pongo punto final, deseoso de no haber acabado tambin con la
paciencia de los lectores.

[Illustration]




FINES DEL ARTE

FUERA DEL ARTE


Siempre fu yo partidario del arte puro; de que no haya en l otro fin
ni propsito que la creacin de la belleza; dar pasatiempo, solaz y
alegra al espritu y elevarle  esferas superiores por la contemplacin
de lo ideal y de lo que se acerca  lo perfecto, cuando logra revestirse
de forma material  bien expresarse por medio de signos, como son los
tonos y la palabra hablada  escrita.

De aqu que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas
y novelas, guste poqusimo de la tesis, y menos an de lo que llaman
Zola y sus parciales _documentos humanos_. A mi ver, tales documentos
deben coleccionarse en Tratados de estadstica y en Memorias de
hospitales, presidios, crceles y manicomios. Y lo que es las tesis,
cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna  de inculcar y
difundir doctrinas morales, sociales, polticas  religiosas, lo mejor
es que desista para ello de ser novelista  dramaturgo, y componga
Tratados cientficos, disertaciones, homilas  peroratas.

No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas
las naciones cultas, la mayora de los autores de obras de
entretenimiento se han propuesto al escribirlas no slo entretener, sino
tambin ensear. La novela y el drama han sido para ellos docentes. As
en la teora como en la prctica han calificado de lecciones morales
todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han
dirigido  un punto completamente fuera del arte.

Este hecho, sin embargo, slo probar una cosa: que el afn de ensear
fu lo que movi al autor  escribir; mas no que lo escrito valga por lo
que ensea, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el
chiste y la hermosura que crea y luce.

El ms claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes
en el _Quijote_. Fu su propsito censurar los libros de caballera y
hacerlos aborrecibles. Y,  la verdad, si se hubiera limitado  dar en
el blanco, si slo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera
volado muy por cima del objeto  que por reflexin quera dirigirse,
Cervantes slo hubiera escrito un libro que ya no leera casi nadie y no
el libro inmortal que leern y releern siempre todas las personas de
buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra
lengua en que se traduzca medianamente.

Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propsito de la novela y
del drama, y lo ms substancial que debe haber en ellos, no es la
enseanza, no es la demostracin reflexiva.

El poeta, no obstante (y llamo poeta  quien escribe novelas y dramas,
aunque los escriba en prosa), pone  debe poner en cuanto escribe toda
su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada  vacia, sino
que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados,
y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicacin y
los temerosos y hondos problemas que se presentan  la humanidad para
que los resuelva; todo esto, que est contenido en el alma del autor 
del poeta, aparecer tambin y se reflejar en su obra, donde l pone
toda su alma.

De las consideraciones que acabo de exponer y que  menudo se ofrecen 
mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradiccin
evidentsima: la negacin y la afirmacin de lo mismo: lo que ahora
llaman una antinomia.

Afirmo, primero, que el arte ha de ser slo por el arte, y afirmo en
seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea
para producir la hermosura, contiene en s y pone, en toda obra suya de
algn valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del
entendimiento humano, movindole  negar  afirmar y  pronunciarse en
uno  en otro sentido.

Me consuela de mi contradiccin y me mueve  creer que no debo ser
censurado por escptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la
contradiccin mencionada no est slo en mi, sino tambin en todos los
espritus.

El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la
demostracin de ninguna tesis: no debe ensear, sino deleitar. Y, sin
embargo, no hay novela ni drama de algn valer donde el poeta no quiera
resolver problemas sociales, morales, polticos  religiosos. Y no hay
novela ni drama de algn valer, por lo mismo que es ms numeroso y
apasionado el pblico que los oye  los lee, que no sea vehculo mil
veces ms eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y
para divulgar y difundir novedades, que ya extravan  la gente, ya
vuelven  traerla al buen camino.

El poeta se propone  veces demostrar algo:  veces slo se propone
divertir  entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y
menos propsito lleva de ser docente, es cuando ensea ms, ya que,
poniendo el alma en su obra, pone tambin los enigmas y los problemas
que en ella hay y los descifra  los resuelve  su modo.

A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en
ocasiones sin propsito y hasta contra la voluntad del autor, se ha
inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy grfica. La
novela y el drama que en alto grado son as, se llaman _tendenciosos_.

Cmo negar, por ejemplo, que son _tendenciosas_ las novelas de Pereda,
que lo son tambin las de Prez Galds, que es _tendencioso_ el _Juan
Jos_ de Dicenta, y que _Los domadores_ de Selles son _tendenciosos_?

Lo que yo no quiero desentraar aqu es la tendencia de cada una de
estas obras, y mucho menos cul tendencia es buena y cul es mala.

La intencin puede ser distinta y hasta opuesta  la tendencia. Dramas 
novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de
grandsimo talento), que pueden producir y que producen en el pblico un
efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El pblico
suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo
tocante  la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun
para los crticos ms agudos. Una misma persona, segn la edad que tiene
y la instruccin que posee, al leer un cuento  al ver un drama, puede y
suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los
_Viajes de Guliver_ de Jonatn Swift. Los leemos cuando nios y nos
divierten como cuento amensimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los
volvemos  leer en la edad madura, notamos en ellos amarga stira, negra
melancola y desconsolador pesimismo. Qu es lo que fundamentalmente
haba en el alma y en la intencin de Swift? No quiero entrar en tales
honduras. Voy sencillamente  dar cuenta aqu de dos dramas,
representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y
fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo
Wilbrandt. No tratar de desentraar la intencin de ninguno de los dos,
ni los har responsables de nada. Comparar sus obras con flores
hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable blsamo y de las
que alguien tambin acaso extraiga mortfera y dolorosa ponzoa. Lo que
no se puede negar, es que ambos dramas estn inspirados por ideas y
doctrinas muy en moda ahora. No acierto  decidir si el pblico
candoroso, los jvenes sin malicia y las seoritas inocentes, que
asisten  la representacin de estos dramas, se dejan  no influir por
las doctrinas perversas que los han inspirado,  si slo ven en ellos un
brillante juego de la fantasa  bien una leyenda en accin, llena de
piedad y de creencias consoladoras.

A mi ver, el fenmeno es tan curioso, que merece detencin y estudio.
_Hannele_ es el ttulo del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como
una leyenda llena de fe religiosa  como la expresin del pesimismo ms
ateo y desesperado. Parte del pblico entiende lo primero, pero otra
parte se inclina  ver en el drama lo segundo. Hannele es una nia
enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince aos. Hurfana de madre,
vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi
siempre, que maltrata de palabra y obra  la nia, le da mal de comer y
la obliga  trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la
desesperacin, y en horroroso delirio se arroja  un estanque, buscando
la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y
guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpata, la saca del
agua y la lleva casi exnime, tiritando con el fro de la calentura, 
cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen  la ia en un
mezquino camistrajo y vienen el mdico  visitarla y una Hermana de la
Caridad  cuidar de ella. Toda la accin del drama es la agona de la
nia moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de l, toman
forma y cuerpo y se presentan al pblico en la escena, merced  la
poderosa imaginacin del dramaturgo y  la habilidad del tramoyista, de
los pintores y de los sastres.

El tirano padrastro aparece an, en aquel sueo, para atormentar 
Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en
ngel de la guarda. El ngel negro de la muerte sobreviene luego para
poner trmino  la existencia de aquella desventurada. Entonces todas
sus ms poticas aspiraciones, todos sus afectos ms puros y hasta sus
naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar
y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo
ilusorio, en el delirio que precede  la muerte. La madre de Hannele
viene  consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que
haba inspirado  Hannele un delicadsimo amor de adolescente, se
convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y
luminosos coros de ngeles cantan melodiosamente muy lindas canciones,
ofreciendo  Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas,
suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura,
que empieza  ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Prncipe le
enva sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos,
como  la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas
vestiduras de desposada, y la atavan por tal arte que parece hermosa y
gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que
ya parece fretro, ya tlamo. Y por ltimo, se abre una senda  escala,
inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela,
convertido en Jesucristo, toma de la mano  Hannele y se la lleva al
cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman
dos hileras de ngeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en
sus blancas manos.

Al cabo cesa la msica, los resplandores se extinguen; la visin
celestial se disipa. Vuelve  aparecer la inmunda casa de los pobres y
el angosto lecho en que Hannele est postrada. Entra el mdico en
escena; mira  la muchacha y dice: Est muerta! As acaba el drama.

Yo me preguntaba cuando le v y me pregunto hoy: Es culpa del autor 
es culpa de la perversa interpretacin que yo doy  su obra?

Sea lo que sea, la impresin que yo recib fue muy triste. Yo entend
que el autor pinta la vida como abominable para la mayora de los seres
humanos, sin ms esperanza de reposo que la muerte y sin ms consuelo ni
premio que la incoherente fantasmagora, suscitada por la fiebre, y
donde se barajan, en disparatada confusin, los cuentos y consejas
vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y
goces que forja la imaginacin, cuando la vanidad, el instinto amoroso y
hasta el hambre no satisfecha la estimulan.

A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad
objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas
ultramundanas y todas las ms altas verdades religiosas.

Otro da analizar el otro drama que he citado, que se titula _El
maestro de Palmira_, y que an me parece ms extraordinario.

[Illustration]

[Illustration]




EL MAESTRO DE PALMIRA


Al escribir Tirso y Caldern _El condenado por desconfiado_ y _La
devocin de la Cruz_, en todo lo sobrenatural que all se representa,
pusieron la realidad ms evidente. Los altos designios de Dios figuran
muy por cima de los ensueos que forjan  pueden forjar los personajes
de ambos dramas. Ningn ser sobrehumano aparece y ningn milagro se
realiza como ilusin de la mente, entre las sombras de un delirio
febril, sino  la luz meridiana, bajo cielo despejado y sin nubes. As
las ninfas y los genios se aparecan  los hroes griegos en las edades
divinas. As los ngeles, _in ipso fervore diei_, visitaban y hablaban 
los antiguos patriarcas.

Sin duda, la falta de fe y la corrupcin del siglo presente provocan el
desdn hacia nosotros de todos los espritus puros de ms limpia y noble
naturaleza; sin duda que ahora, como al declinar el paganismo deca el
poeta gentil, puede decir tambin el poeta cristiano:

    _Quare nec tales dignantur visere coets._
    _Nec se contingi patiuntur lumine claro._

Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba  los hombres indignos
del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesa: toda la
narracin que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de
milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, ms cruel que Catulo, no se
contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra
tambin de la poesa,  le trueca en pesadilla de agonizante.

Si gran parte del pblico candoroso no cae en la cuenta de tamaa
crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intencin de ser tan cruel, son
puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el
convencimiento de que la crueldad est en la obra. Y la crueldad pone
grima. En mi sentir, valdra ms perder por completo toda esperanza que
fundarla en las visiones que acompaan  la enfermedad y que preceden 
la muerte.

Y an es ms extrao y ms deplorable que, al negar en el da lo
maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo
llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse  ser
natural, y que es desconsolador y mil veces ms enmaraado que todas las
teologas y que todas las mitologas. Negar la realidad objetiva de
muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de
nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla.
Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas,
segn el registro que se toca, y en linterna mgica, con movimiento y
todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la
fotografa, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia
de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro
acaso no fueron, ni son, ni sern nunca.

Recuerdo  este propsito  cierto singularsimo personaje que conoc en
mi mocedad, estando yo en la capital del Brasil. Era un mago  sabio
ambulante. Peregrinaba con una hermosa profetisa de Nueva York, que era
su mujer  cosa parecida, y que, magnetizada por el mago, deca mil
cosas estupendas que l le sugera. Aunque l era espaol, y tena
apellido y nombre bastante vulgares, haba adoptado los misteriosos
nombre y apellido de Hadado Calpe. Su ciencia  su arte principal se
titulaba la _funi-fantasmagora_, sobre la cual haba escrito un libro
muy grueso. Se fundaba esta ciencia  arte en que el hombre es el
verdadero microcosmo. En su masa enceflica reside la mnada
representativa donde estn en cifra toda la Naturaleza y cuanto hay 
puede haber ms all: lo existente y lo posible. Haba inventado este
mago varias pociones que excitaban y movan la tal mnada  desenvolver
y  sacar  relucir ya esto, ya aquello de cuanto en ella haba
envuelto. Posea el mago un copioso botiqun de estas pociones, y eran
las ms prodigiosas el elixir diablico, con el cual se iba al aquelarre
y al infierno, se oa la misa negra y se conversaba con los demonios y
con los precitos; el elixir mstico-celestial, con el cual se vea el
cielo cristiano con todos sus pursimos deleites; y el elixir
herico-afrodisaco, por cuya virtud se lograba el favor de las hures y
se gozaban los placeres del paraso de Mahoma. Ninguno de los elixires,
con todo, haca el menor efecto, si de antemano no era poderosamente
sobreexcitada la mdula espinal, valindose para ello de la
_funi-fantasmagrica_, nombre que l daba  una horca primorosa 
ingeniossima, de la que se escapaba  tiempo sin morir y donde el
ahorcado realizaba por estilo fantstico los ideales todos.

Hannele, en vez de ahorcarse, se remoja. Todo es equivalente, salvo que
Hannele no toma antes ningn elixir; se remoja sin precaucin y muere.

Pero no divaguemos y digamos algo del maestro de Palmira, que, en punto
 extravagancia, echa  Hannele la zancadilla.

El drama de Adolfo Wilbrandt parece fundado en el budismo esotrico, que
hoy priva y est en moda bajo el nombre de teosofa.

Palmira, despus que el emperador Aureliano venci  la gran Zenobia,
decay de su prosperidad y grandeza; pero tuvo un hijo, llamado Apeles,
que ansi y consigui restaurarla en su antiguo florecimiento. Apeles
fu  la vez gran guerrero y gran artista. A la cabeza de sus
compatricios y ayudando  las Legiones de Roma, venci  los persas, que
haban acudido  apoderarse de su ciudad natal. Luego la hermose con
templos y palacios esplndidos y con casi inexpugnables fortalezas. Tal
fue el maestro de Palmira.

Al volver victorioso de los persas y antes de entrar triunfante en la
ciudad, tuvo en el desierto un raro coloquio con dos genios: el de la
vida y el de la muerte: y logr la inmortalidad,  al menos una
prolongadsima duracin de la existencia propia.

En la misma mgica gruta donde Apeles consigue este don, y en el momento
en que le consigue, aparece una virgen cristiana, la cual, impulsada por
una voz intima, va  Palmira  predicar el Evangelio. Sedienta de
martirio, le predica con generosa imprudencia, insulta  los dioses
gentiles, irrita  la plebe, y la plebe la mata en medio de las calles,
 pesar de que Apeles la defiende. Sucede esto en tiempo de Diocleciano,
cuando la persecucin contra el cristianismo era ms dura.

Cualquiera creera que la mencionada joven, virgen y mrtir gloriosa de
la fe de Cristo, se debera ir derecha al cielo; pero nada menos que
eso. En el segundo acto (ms de veinte aos despus) Zoe, llamndose
Febe, aparece, como una de las _heteras_, _cocottes_  _suripantas_ ms
elegantes, seductoras y traviesas de Roma. Apeles, por quien no pasan
das y que ha estado en Roma una buena temporada, se la trae de all y
la instala en su casa,  pesar de su virtuossima y severa madre, que
vive todava. La casa de Apeles es un perpetuo holgorio; mucho festn,
mucha francachela y mucho brindis. Todos sus amigos, enamorados de
Febe, le echan piropos, y ella predica sobre placeres con xito
favorable y no con el mal con que predic el cristianismo cuando era
Zoe. Febe, no obstante, se aburre en aquella remota poblacin y suspira
por Roma. Sucede en esto que Apeles, que era muy orgulloso, se pelea con
el gobernador, se queda pobre y se aflige al ver que su madre se va 
morir de rabia por tener  Febe en casa. Corre, por ltimo, la voz de
que las autoridades consideran que la permanencia de Febe en la
poblacin causa escndalo y mal ejemplo y que se proponen expulsarla.
Febe entonces dice para s: pues me echar yo antes de que me echen, y
se larga con un seor Septimio, que es muy rico y que se la lleva 
Roma.

Hganse ustedes cargo del furor de Apeles. Cae el teln.

Al empezar el tercer acto, han transcurrido unos cuarenta aos. El alma
de Zoe  de Febe, alma comodn que se adapta  todos los palos como la
espada y el basto en el tresillo, ha tenido ya tiempo de transmigrar y
se halla infundida en el cuerpo de una grave matrona, severa y llena de
virtudes, mujer legtima de Apeles. Prsida es su nombre. Y Apeles y
Prsida tienen una hija casadera, llamada Trifena, la cual est
enamorada y quiere casarse con un gallardo joven que sigue la religin
pagana. Reina Constantino y el cristianismo est triunfante. Apeles es
siempre gentil, pero Prsida es fervorosa cristiana. Su hermano y los
amigos de su hermano son sacerdotes celossimos que entusiasman al
pueblo y que llenan de remordimientos el alma de Prsida, porque no
logra convertir  su marido ni se decide  separarse de l. Todo este
acto, que no estar, pero que parece compuesto en odio de la religin
cristiana, no se puede negar que tiene inters vivsimo y admirable
movimiento escnico.

La seora Estela Hohenfels, elegantsima, simptica y eminente actriz,
que representa el papel de Zoe, de Febe y de Prsida, en el Teatro
Imperial de Viena, da al drama de Wilbrandt gran realce y poderoso
atractivo.

Todo se complica de un modo tremendo. El presbtero, hermano de Prsida,
se ha apoderado de Trifena, no quiere que se case con un pagano y se
empea en que se consagre en los altares y en que viva entre las
vrgenes del Seor. Trifena logra escapar y busca amparo entre los
brazos de su padre. Amotinado el pueblo cristiano y guiado por el clero
fantico, viene en busca de Trifena y quiere llevrsela.

Prsida tiene espantosa lucha en el fondo de su alma, donde combaten por
un lado el amor  su marido y por otro los ms ardientes sentimientos
religiosos. Vencen stos por ltimo, y Apeles se ve abandonado de
Prsida como lo fu de Febe. Ayudado, no obstante, por su yerno futuro,
por el padre de su yerno, y ms que nada por su casi inmortalidad y por
su valor indomable, se abre camino por entre la muchedumbre furiosa, y
salva  su hija, abandonando la patria y buscando refugio entre los
persas. As termina el tercer acto.

Al empezar el cuarto, han pasado ya bastantes aos. Juliano el apstata
est en el trono. Su mayor empeo es acabar con el cristianismo y
restablecer el culto de los dioses. Antes quiere que reverdezcan con ms
vigor que nunca los laureles del imperio romano. Con poderoso ejrcito
ha ido contra Ctesifon, ha pasado el Tigris y ha alcanzado una gran
victoria sobre las huestes de Sapor, el Rey Sasanida.

Entre tanto, Apeles, que apenas envejece, vive en el desierto, en un
oasis, cerca de Palmira. Prsida, Trifena y el marido de Trifena,
murieron tiempo h. Slo acompaan  Apeles su consuegro y el nieto que
de Trifena ambos han tenido. Este nieto es ya un joven gallardo y
brioso, que se parece mucho  Zoe,  Febe y  su abuela Prsida, y que
est representado lindamente por la seora Estela Hohenfels, la cual se
luce de veras en este drama, representando en cada acto un papel
distinto.

Apeles empieza ya  caer en la cuenta, cavila sobre la metempscosis de
Pitgoras y de los indios, y sospecha que el alma de Zoe, de Febe y de
Prsida, era la misma y que ahora est encarnada en su nieto.

Si he decir la verdad, esto me repugna ms que nada. Pase porque el alma
trasmigre de cuerpo en cuerpo y cambie de condicin, de creencias y de
carcter, segn el cuerpo en que est y segn el medio ambiente. Pero
que el alma cambie de sexo lo tengo por abominable. Dante y Petrarca
bramaran de clera si topasen, en cualquiera vida ulterior, con Beatriz
y con Laura, convertidas en caballeritos, aunque fueran sus nietos.

Sea como sea, no nos detengamos en reflexiones y acabemos  escape.

El nieto de Apeles, que es un furibundo pagano, entra en una conjuracin
para restablecer en Palmira la idolatra. Apeles sabe  tiempo su
propsito, y como no puede disuadirle de que vaya  la ciudad, le
acompaa.

En mala hora para los gentiles llega la noticia de la retirada
desastrosa del ejrcito romano y de la muerte del herico emperador. Los
cristianos cobran entonces mayores bros. En las calles y plazas de
Palmira se traba sangrienta y reida batalla. Quedan en ella vencidos
los gentiles y muere el nieto de Apeles.

Este, que ha ido vagando por diversos climas y regiones sin poder morir,
llevando en la frente el signo de la vida, como Can y el judo errante,
aparece de nuevo en Palmira, en el quinto y ltimo acto. El genio de la
muerte, Pausanias, el que hace cesar todos los cuidados y dolores, le
haba aparecido  Apeles en los momentos solemnes de los actos
anteriores, para arrebatarle las prendas ms queridas. Pausanias sale
ahora de entre las ruinas. Apeles le pide la muerte, y Pausanias le dice
que l no puede morir. Todo muere  ha muerto, sin embargo, en torno
suyo. Palmira est ya casi desierta. Los terremotos y las guerras han
derribado sus templos y sus palacios. Los brbaros invaden por todas
partes el imperio y desbaratan  arrollan las legiones de Roma. La
antigua civilizacin se hunde con el imperio.

Todava hay en Palmira algunos gentiles que coronan de flores los
sepulcros, y que, en aquel da, que es la fiesta de Adonis, cantan el
himno de la muerte y de la resurreccin, himno que Apeles ha cantado mil
veces y que su nieto cant poco antes de morir:

As lo quiere el eterno Zeus: t debes descender bajo la tierra
florida, y besar  la sombra Persfone oh hermoso Adonis! Al volver la
primavera, cuando corran murmurando las fuentes, t, llorado ahora,
resucitars alegre y besars  la urea Afrodite, oh hermoso Adonis!

La vida es un mal insufrible si no la interrumpe la muerte. Es menester
volver  ella bajo nuevas formas y en nuevos tiempos. No basta una vida,
por larga que sea, para alcanzar el complemento de nuestro ser. Es
inevitable el fri beso de Persfone para surgir alegre en otra verde
primavera y recibir los besos de la urea Afrodite. Tal es la enseanza
del drama.

Su desenlace es pattico.

En Palmira hay una santa mujer llamada Zenobia, portento de caridad,
consuelo y amparo de los afligidos y menesterosos. Apeles la ve. Y ella
le reconoce y l reconoce en ella  Zoe,  Febe,  Prsida y  su nieto.
Zenobia hace entonces la mayor obra de caridad que jams ha hecho.
Apeles se postra de hinojos  sus plantas, y ella pone la mano en la
frente y borra el signo fatdico que le retiene en la vida. El Genio de
la muerte, Pausanias, el apaciguador  libertador de los cuidados, acude
entonces, se interpone entre Apeles y Zenobia, y Apeles muere.

As es, en resumen, uno de los ms celebrados dramas del moderno teatro
alemn.

Yo dir, para concluir, que es divertido verle y leerle: que es ms
divertido an admirar  la seora Estela Hohenfels en sus cinco papeles;
pero que, en lo tocante  enseanza, lo mejor es no sacar ninguna de
este drama. Si creysemos que se saca de l enseanza, tendramos que
imitar  Platn y desterrar  los poetas de nuestra Repblica. Por
dicha, los poetas no valen por lo que dicen, sino por la elegancia,
primor y entusiasmo con que lo dicen. Leopardi es ateo, y est
desesperado de no tener Dios; Manzoni es un progresista catlico;
Carducci celebra  Satans, aborrece  Cristo y cree que el mundo
prospera porque el cristianismo acaba; Quintana es un volteriano que
pone como hoja de peregil  Felipe II; el duque de Fras se deshace en
elogios del rey prudente, y muchos de nuestros poetas mejores, aunque,
como Espronceda, sean progresistas en prosa, se lamentan en verso de la
_funesta mana de pensar_ y entienden que Dios los castiga porque han
querido averiguar muchas cosas que son inaveriguables. En suma; cada
poeta se va por su camino y sustenta opinin diversa y contraria  la
de los otros. Lo que importa es que la sustenten bien y con bro.
Entonces los aplaudimos  todos y cada uno de los que aplauden se queda
con la opinin que tenia, si no es un tonto y si no hace como los que se
mataban despus de leer el _Werther_ de Goethe. Precisamente Goethe le
escribi para no matarse y como desahogo.

[Illustration]




LAS RAREZAS DEL FAUSTO


En cualquiera punto de este planeta en que vivimos, en la prolongacin
de los tiempos pasados, segn lo que por la historia se sabe y tambin
en los tiempos futuros, hasta donde nuestra previsin alcanza, todo ser
humano tiene y tendr no poco que sufrir, gran multitud de cosas en que
ejercitar su paciencia, mil peligros que arrostrar empleando su valor, y
no corto nmero de adversidades y disgustos para desplegar y lucir su
santa resignacin y su conformidad cristiana, compitiendo con Job y
hasta vencindole.

Para consuelo  alivio de tantas penas nuestro ingenio ha sido fecundo
en sutiles y discretas invenciones. Y la mejor de todas es,  mi ver, la
poesa narrativa  dramtica.

Las contrariedades menudas y los males pequeos que nacen con frecuencia
de la tontera de los hombres  de las mujeres, representados luego por
el poeta en una novela  en un drama, pierden y deben perder casi toda
su amargura; remedindola  suavizandola con inocentes  benignas burlas
y ahogndola en risa.

Y cuando los males son grandes y terribles, todava es ms discreta y
bienhechora la invencin que los remedia  los consuela. El poeta, en la
novela  en el drama trgico, debe representar estos casos con
verosimilitud y fidelidad tan extraas y hbiles, que en vez de
producirnos el mal rato, el ataque de nervios  los sentimientos penosos
que nos produciran dichos casos si fuesen reales, nos produzcan un
exquisito y espiritual deleite que llaman esttico.

Tal era y tal debe ser, desde muy antiguo, el fin noble y redentor del
arte.

Aristteles llamaba  esto la purificacin de las pasiones, es  saber:
que el terror y la compasin, que en la vida real son tan dolorosos y
aflictivos, gracias al encanto divino de la poesa, se convierten en el
drama y en el poema narrativo en placer delicado, porque el terror
entonces no nos enerva ni nos humilla, y porque entonces son dulces las
lgrimas.

Cmo he de negar yo el maravilloso talento de muchos autores del da,
extranjeros y nacionales? Lejos de negarle, le reconozco y le admiro;
pero me quejo de ellos y los censuro y los encuentro ms fotgrafos que
poetas, porque faltan al precepto aristotlico, que es, en mi sentir, el
fin del arte, y porque pintan las miserias y desventuras humanas con tan
minuciosa exactitud y con tan cientfico, experimental y poco potico
detenimiento, que se dira que sus libros, en vez de ser de pasatiempo y
de recreo, vienen  reemplazar los silicios, las disciplinas y otros
medios  propsito para mortificarse y hacer vida penitente.

La diferencia est en que con los medios antiguos se ganaba el cielo, y
con la lectura de estos libros  con el espectculo de estos dramas no
se gana nada.

Aunque  mi no me cabe en la cabeza que los dramas y novelas as
escritos puedan y deban considerarse como _documentos humanos_, como
materiales y ripios, con los cuales ha de construirse la ciencia social
del porvenir, todava concedo que el que crea en el valor de tales
documentos los reuna y confeccione, atormentndonos con ellos. La letra
con sangre entra. Pero lo que no concedo es que est bien que los
documentos sean falsos: que se ponga tragedia donde no hay motivo de
tragedia: y que, habiendo tanto infortunio dialcticamente producido, se
creen infortunios infundados y disparatados como una pesadilla.

Cuanto queda expuesto se me ha ocurrido recientemente con ocasin de
haber odo el _Fausto_, de Gethe, casi de seguida, primero en dos
peras, ambas de muy hermosa msica, y despus en los dos magnficos
dramas, representados ambos con aparato y lujo portentosos, en el teatro
imperial y palatino de la gran ciudad de Viena.

Se cuenta que D. Ventura de la Vega, agobiado ya por las enfermedades y
previendo su prxima muerte, llam un da  sus hijos para confiarles,
antes de morir, un misterioso secreto, cuya pesadumbre le abrumaba el
alma. Despus de recomendarles el sigilo, que ellos han roto, pecado de
que creo debemos absolverlos, aquel padre carioso les confes que el
Dante le aburra.

A m no me aburre Gethe. Si me aburriese, no andara con tapujos, ni lo
confesara slo _in articulo mortis_ y en lo hondo de mi casa; pero
aunque soy fervoroso admirador de aquel glorioso poeta, que era adems
gran sabio y sutil y razonable filsofo, y aunque le he elogiado
pomposamente en varios escritos mos, me sucede ahora que, echando  un
lado el prestigio mgico de su estilo, como quien descorre un velo que
disimula los defectos y realza las bellezas, he descubierto en el Fausto
rarezas tan chocantes, que temo que se me agrien  se me pudran en lo
interior del alma si no las digo y me desahogo.

Poniendo, pues,  un lado y en salvo mi extraordinaria admiracin por
Gethe, voy  decir aqu algunas de estas rarezas.

En primer lugar, me pasma y me enoja que el Dios de Gethe tenga el
capricho, en su conversacin con el diablo, de presentar  Fausto como
un segundo Job, como un modelo de varn justo, aunque dbil y sujeto 
error como todo el que aspira.

Verdaderamente, si en la segunda mitad del siglo XV, en que la humanidad
di cima  tan altas empresas, no hubo hombre mejor que Fausto, es
menester confesar que la humanidad no vale un pito.

Pero no es esto lo ms singular; lo ms singular es que Fausto,  quien
el poeta nos presenta en las primeras escenas como un sabio de
extraordinaria magnitud, resulta luego un tontiloco.

Tengamos la manga ancha. Disculpemos  Fausto por su desesperacin al
verse viejo, pobre, desatendido,  pesar de su mucha sabidura, habiendo
gozado poqusimo y en resumidas cuentas sin saber nada  punto fijo
despus de haberse quemado las cejas estudiando da y noche sin
divertirse, sin holgarse y sin echar una canita al aire. Disculpmosle
tambin del conato de suicidio, y disculpmosle, por ltimo, aunque se
escandalicen mis lectores, de que haga un pacto con el diablo y le firme
con la sangre de sus venas.

Harto se entiende que el diablo, que no es estpido y que deba estar ya
escarmentado, celebra este pacto por si topa, como si dijramos,
sabiendo que se expone  quedar burlado y estafado, y  que Fausto por
intercesin de algn santo  santa que abogue por l, se largue al cielo
y deje al diablo con un palmo de narices. Casos por el estilo haban
ocurrido ya y deban estar consignados en los archivos y anales del
infierno. As, por ejemplo el del monje Tefilo, y el de Cipriano,
mgico prodigioso de Antioqua.

Para un sujeto travieso y listo, fundado en la tontera del diablo y
envalentonado con tan curiosos precedentes, un pacto con el diablo ha
de ser una ganga de la que debe sacar mil provechos y ventajas. Aqu
entra, en mi sentir, la inexplicable tontera, el idiotismo perverso del
Fausto de Gethe, sobre todo en lo ms humano y menos simblico, en la
primera parte, en sus amores con Margarita.

No digo yo un caballero particular cualquiera, que no haya estudiado
libro alguno y que se caiga de tonto, sino el propio Pedro Urdemalas no
lo hace peor que Fausto lo hizo.

Remozado ya, elegante y guapo, apasionado y discreto, qu necesidad
tena de joyas para enamorar  Margarita? No deslustraba con esto el
carcter de su querida, hacindola aparecer tan comprada como enamorada?
A no dudarlo, el regalo de las joyas afea y empequeece el principio de
aquellos amores.

Se ve luego que Margarita, sin que nadie la vigile ni la acompae, va
sola donde quiere. En el jardn de Marta juega al escondite con su
amigo, y sin duda en cualquiera otro sitio, todava ms cmodo, poda
estar con l  solas todo el tiempo que quisiera hasta hartarse. Qu
lujo de perversidad, sin razn que la justifique, no hay, pues, en el
empeo de Fausto y Margarita de estar juntos por la noche al lado de la
madre de ella, en lo cual hasta hay mucho de repugnante y de asqueroso?

Y crece de punto la perversidad, cuando Margarita, la candorosa y
angelical Margarita, excitada por Fausto, y  fin de que su mam no se
despierte, la atiborra de bromuro de potasio, de opio, de ludano y de
otros potingues narcticos, hasta que acaba por matarla.

A veces se dira que Fausto quiere  Margarita. A veces se dira que no
la quiere y que es un ingrato y un galopn de siete suelas. Su
insensatez incoherente no se presta  clara interpretacin.

Convertido en msico, su diablo lacayo va con Fausto  dar serenata 
Margarita; y Fausto tiene la impiedad y la poqusima vergenza de que su
diablo lacayo insulte con indecentsimas coplas  la pobre muchacha por
la falta que ha cometido en amarle y en consentir en ser suya. Ahora
viene lo mejor. Margarita tiene un hermano, soldado, valiente y
espadachn y muy celoso de su honra, aunque no era menester serlo mucho
para enojarse contra el doctor Fausto, que estaba alborotando la calle y
 todos los vecinos con aquella retahila de sucios improperios puestos
en solfa.

Nada ms natural que la decisin que toma Valentn de pinchar al doctor
Fausto como quien pincha  una rata.

Yo convengo en que nadie gusta de que le pinchen as; pero hay medios de
evitarlo, sobre todo, cuando se encuentra con el demonio, ms ingeniosos
y decentes que los que Fausto emplea. l saba poco  nada de esgrima, y
distaba mucho de pensar como San Buenaventura, que dice que cuando
alguien nos acomete con una espada desnuda debemos dejarnos matar y no
matarle, porque sera cruel, matando  nuestro adversario, enviarle al
infierno, mientras que si l nos mata, y nosotros nos resignamos 
morir, nos iremos derechitos al cielo; pero, sin imitar  San
Buenaventura, bien pudo hacer Fausto que el diablo se llevara  Valentn
en volandas  valerse de otro medio cualquiera para no asesinar infame y
traidoramente al hermano de su amiga.

Despus del asesinato de Valentn, Fausto se queda tan fresco, y para
distraerse, se larga al aquelarre  bailar un fandango con varios brujas
jvenes,

    _altas de pechos y ademn brioso._

Margarita, entretanto, ha acudido con muchas comadres del barrio y otra
gente desocupada,  ver morir  Valentn, que le echa un largo discurso,
llamndola _metze, coram ppulo_, por si alguien no se haba enterado.

Despus de tantas catstrofes, muerta la madre  fuerza de dormir,
Valentn asesinado, y deshonrada ella pblicamente por las cancioncillas
del diablo-msico lacayo de su amigo y por el discurso moral de su
hermano moribundo, poco tiene que perder y nada tiene que ocultar
Margarita. No se comprende, pues, la determinacin que toma de matar 
su hijo, arrojndole al agua. Hara tan mala obra en un momento de
enajenacin mental; pero Fausto debi preverlo, y en vez de ir  retozar
con las brujas, poner  Margarita en una buena casa, cuidarla y darle
bien de comer, y separar al nio de su lado para que no hubiese aquel
estropicio que despus hubo.

El diablo no le vali sino para hacer sandeces; ni siquiera se le
ocurri  Fausto que aquella bruja joven, con quien bail en el
aquelarre y la hermosura de cuyos pechos celebra en una copla muy
galante, hubiera podido servir de nodriza para su hijo, ya que no
quisiese l bajar al seno de las Madres para traer desde all  la misma
cabra Amaltea, nodriza de Jpiter.

Pero nada; el imbcil de Fausto no celebr pacto con el demonio, sino
para cometer delitos intiles  incurrir en ms simplezas que el propio
D. Simplicio Bobadilla y Majaderano.

Prescindo ahora de la segunda parte  tragedia de Fausto. Todo all es
fantasmagora: todo est lleno de enigmas filosficos y de veladas
enseanzas.

Fausto apenas es all ser humano: es un smbolo, es como el hroe
epnimo de la sociedad y de la edad modernas; lo cual no quita que en la
primera parte, en lo que se asemeja ms  la vida real, Fausto, sea, si
no un malvado, un imbcil.

Y sin embargo, en qu consiste que Fausto y Margarita interesen y
enamoren tanto  las almas sensibles y hasta  las nias honradas, que
de seguro no haran todas las atrocidades que hizo Margarita de
envenenar  su madre y de matar  su hijo?

Por hoy no s en qu consiste esto. Otro da tratar de averiguarlo.

[Illustration]




LA MORAL EN EL ARTE


Mi amigo D. Miguel Moya me pide que escriba sobre el asunto que el
epgrafe declara. Yo deseo complacerle; pero lo considero harto difcil.
El asunto es tan complicado que, para tratarle bien, sera menester
escribir un par de volmenes y no un artculo breve. Mucho aumentara la
extensin del escrito si me empease en decir, adems de lo que  m se
me ocurre, lo que se ha ocurrido  los otros desde Platn y Aristteles
hasta Hegel, Gioberti, Pictet y dems autores novsimos. Los escondo,
pues,  todos y hasta procuro olvidarlos, y voy  decir aqu, sin
atender  nadie, y en cifra y resumen, lo primero que acuda  mi mente,
ora sea creacin suya, ora sea reminiscencia de lo que he ledo.

La Naturaleza,  dgase cuanto hay de sensible y de inteligible, cuanto
se ve, se columbra  se imagina, cuanto cabe en el pensamiento humano,
y este mismo pensamiento, todo atrae nuestra atencin, nos solicita para
que lo contemplemos, lo fijemos con orden y mtodo en nuestra memoria, y
hasta procuremos averiguar sus causas y el trmino, fin y propsito
hacia donde se dirige y encamina. Tal parece ser el primer empleo del
hombre. Llammosle _teora_. Su fruto  resultado debe ser la verdad. Su
exposicin metdica es la _Ciencia_.

Pero el hombre no es un ser meramente pasivo y contemplativo. No est en
el mundo slo para asistir al espectculo, gozar de l y aplaudirle,
sino que,  ms de ser espectador, ha de ser actor. No le basta con
formar conceptos, sino que necesita realizar acciones. De aqu que
adems de la _teora_ haya la _prctica_. Y como nuestras acciones deben
enderezarse  no perturbar el orden natural de las cosas, sino 
conservarle y  mejorarle, resulta que el fin de la prctica ha de ser
el bien, y el conjunto de reglas y leyes para que el bien se logre es la
Moral en su ms amplio sentido.

Todava tiene el hombre otro tercer empleo no menos digno y elevado. Ora
consideremos el Universo,  sea el conjunto de todas las cosas, como
substancia eterna con poder inmanente para desenvolverse y manifestarse
en apariencias distintas, ora como creacin de una voluntad y de una
inteligencia soberanas, el hombre, por un estmulo irresistible que hay
en l, y por los bros y por la virtud que producen ese estmulo, se
siente movido  mejorar y adaptar las cosas ya existentes, sacando de
ellas algo nuevo, ya para su propia utilidad, ya para su propio deleite.
De aqu proviene lo que en su ms amplio significado debemos llamar
_Poesa_.

Claro est que en este significado amplio, poesa es toda operacin por
la cual el hombre aade algo  lo natural para hacerlo ms til, ms
agradable  ms hermoso. Si la mente humana, si el espritu no se
incluyese como parte de la Naturaleza, bien podra decirse que toda obra
del espritu, transformando  modificando las cosas naturales, era obra
sobrenatural, ya que sobre la Naturaleza vena  ponerse.

En la anterior concepcin vastsima de la _poesa_, que  fin de que no
choque demasiado  los que les coja muy de nuevas, declarar aqu que es
de Aristteles, entran todas las artes humanas, desde la del zapatero y
la del cocinero, hasta las del escultor, el msico, el pintor y el vate
ms inspirado.

Tenemos, pues, _teora_, _prctica_ y _poesa_; y como derivacin de las
tres facultades, _ciencia_, _moral_ y _arte_. En estas tres esferas de
actividad hay compenetracin, cuando no nos elevamos  grande altura.
Entonces casi se puede decir que lo til es el fin y el punto de mira de
las tres facultades que se prestan mutuo auxilio. La ciencia, por
ejemplo, es til y presta auxilio  todas las artes, y ya el
conocimiento de los astros puede servir para la navegacin  la
agricultura, ya el conocimiento de las propiedades qumicas de los
cuerpos, para preparar medicamentos, para guisar  para curtir pieles.
La moral, dentro de su ms rastrero concepto, no traspasa tampoco los
lmites de lo til, no aspira sino  lo conveniente; rara vez va ms
all de aquello que la prudencia mundana requiere, segn puede notarse
en las antiguas fbulas y en los refranes. Y el arte, por ltimo, se
encierra tambin en lo til  en lo materialmente deleitable;
emplendose en vestirnos, en calzarnos, en darnos habitaciones cmodas,
y, en suma, en nuestro material bienestar y regalo.

Por el contrario, no bien la ciencia, la moral y el arte alcanzan cierta
elevacin, dejan de prestarse auxilio, se hacen independientes, ponen y
buscan su fin en ellos mismos, y adquieren, digmoslo as, una
inutilidad sublime. Dejan de ser serviles y son liberales. La ciencia
entonces busca, y tal vez halla, la verdad, meditando desinteresadamente
y tratando de descubrir los ms hondos arcanos, sin el menor propsito
de que el descubrimiento valga luego para nada que no sea la
satisfaccin misma que de poseer la verdad se origina. De igual suerte
la moral elevada, si no prescinde, echa  un lado y pone como en segundo
trmino todas las ventajas que pueda ocasionar  causar el ejercerla, y
tiene por nico,  al menos por principal objeto, la satisfaccin
semidivina de obrar el bien con la ms completa independencia de toda
mira interesada, as en esta vida como en la otra, as para el individuo
como para la colectividad de cuantos son los seres humanos. Y la poesa,
por ltimo, deja ya de atender  lo til: no teje, ni guisa, ni edifica
viviendas; ni trata siquiera de moralizar ni de ensear verdades, sino
que poniendo en ella misma su fin, aunque nada deseche y se valga de
todo, tanto de lo creado cuanto de lo increado, tanto de lo real cuanto
de lo ideal, como elementos y materia de lo que produce, no tira 
producir sino la belleza y no anhela infundir en los nimos ms que el
puro y desinteresado sentimiento que nace de verla y de admirarla. Esto
es lo que se llama el arte por el arte.

Ha de entenderse, con todo, que los tres separados caminos por donde va
el espiritu humano no siguen en divergencia constante y separndose
siempre hasta lo infinito, sino que al cabo convergen y vienen 
coincidir en un centro  foco nico de perfeccin absoluta, donde la
verdad, el bien y la belleza carecen de distincin substantiva, y son
calidades, potencias y atributos de un solo sujeto. Por donde
considerada la ciencia en lo sumo de su elevacin, es igualmente buena y
hermosa, y la moral es la misma verdad y la misma poesa, as como la
poesa no puede menos de ser entonces el celestial y pursimo resplandor
de la verdad y del bien absolutos. Mirada, pues, la poesa desde su
punto ms elevado, basta decir que es poesa para afirmar implcitamente
que es verdadera y buena, as como toda alta moral y toda ciencia
superior y profunda son poticas en el mayor grado.

Las contradicciones que en lo que afirmamos pueden notarse, provienen de
un error de quien las nota y en realidad no existen, estribando slo el
error en algo de incompleto  de deficiente, que importa tener en
cuenta. Supongamos que tal cual sistema filosfico, ora las mnadas y la
armona preestablecida de Leibnitz, ora el idealismo de Schelling, ora
el proceso de la idea de Hegel, nos parecen poco conformes  la verdad y
hasta desatinos y blasfemias, mas no por eso dejaremos de ver en ellos
maravillosa poesa, as porque contienen parte de la verdad en medio de
sus extravos, como porque es tan potica y tan hermosa la verdad, que
vierte torrentes de poesa y de hermosura sobre quien por las vas ms
encumbradas la busca aunque no la halle.

De idntica manera toda poesa perfecta, hasta donde la perfeccin cabe
en lo humano, es verdadera y moral, contiene verdad y bien, est en
plena concordancia con la moral y con la ciencia. Y  mi ver, dicha
concordancia aparecer con tanta mayor claridad y brillantez, cuanto
menor sea el propsito del poeta de sostener una tesis, de dar lecciones
de moral  de ensear cientficamente esto  aqullo.

Lo que verdaderamente importa para que el poeta sea buen poeta, es que
sea sincero y no se empee en engaarnos.

Su engao no prevalecer ni valdr de nada para las personas de buen
gusto, las cuales no podrn aguantar su obra y la tildarn de falsa y
embustera. Y por el contrario, siempre que el poeta es sincero y dice lo
que siente, con sencillez y sin afectacin,  no es verdadero y
legtimo poeta,  tiene que ser bueno moralmente, resplandeciendo la
bondad moral en su poesa.

Antes de que definiese Quintiliano al orador _varn bueno, perito en
decir_, ya haban declarado los autores griegos que no era posible ser
buen poeta sin ser varn bueno antes. El hroe y el santo tienen
perpetua y constante voluntad de bien. El poeta slo es menester que la
tenga cuando escribe. De aqu que moralmente el poeta es muy inferior al
hroe y al santo, aunque por otras prendas de su espritu valga ms que
ellos.

Como quiera que sea, el primer precepto de toda arte potica debiera ser
esta discreta frase de Maese Pedro: _Muchacho, no te encumbres, que toda
afectacin es mala._

En mi sentir, tan perverso y tan insufrible es Baudelaire componiendo su
letana diablica y otras lindezas de las _Flores del Mal_, como no
pocos poetas, que andan por ah presumiendo de religiosos y de
moralistas, y que escriben, sin pizca de verdadero sentimiento, odas 
Dios,  la virtud y  la vida monstica,  narraciones y dramas de
severa moralidad aparente, cuyos personajes no pueden menos de ser
contrahechos, monstruosos, cursis, y como en la vida real no se estilan
ni se estilaron nunca. En cambio, en todo poeta sincero, si es verdadero
poeta, resplandece la bondad y se manifiesta en la belleza que ha
creado. Y cuando se examina y analiza cuidadosamente, se nota que la
belleza que admiramos est en la expresin y manifestacin de la
bondad, y no en los errores y en los extravos que por otra parte puede
poner el poeta en su obra y tener en s, como los tiene todo ser humano.
De aqu que admiremos  Leopardi, no por su atesmo y desesperacin
pesimista, sino por su anhelo ferviente de bondad suprema, por su
aspiracin  lo divino, que l cree irrealizable. De aqu que admiremos
en Carducci, hasta en la oda  Satans, no el extravagante capricho de
llamar Satans al libre espritu humano, sino el vehemente amor con que
canta el poeta las conquistas de ese espritu y sus triunfos y victorias
sobre el mundo visible, para mejorar nuestra condicin, ennoblecer
nuestro destino y hacer ms digna y ms feliz la vida humana. Y de aqu,
por ltimo, que en Whittier y en Manzoni admiremos la profunda fe
cristiana, la caridad viva y la consoladora esperanza con que ensalzan
al ser divino, y su santa religin, que es el Lbaro, en pos del cual
piensan que han de elevarse  las ms radiantes esferas de
bienaventuranza para los hombres, cumplindose as los inexcrutables
designios del Altsimo y su divina voluntad, en la tierra y en el cielo.

No hay, pues, ni puede haber discrepancia,  no ser superficial, entre
la moral y la esttica, entre el bien y la hermosura. Lo bueno y lo
hermoso coinciden al llegar  cierta altura y se confunden en uno. Y
como,  mi ver, la sinceridad es requisito indispensable en toda poesa
que merezca tal nombre, esta misma poesa da testimonio fehaciente del
valer moral del poeta. Pongamos por caso uno de los libros ms sinceros
y espontneos que se han escrito: el _Quijote_. El alma hermossima de
Miguel de Cervantes se retrata en este libro como en claro y limpio
espejo, probando, contra todos los documentos que pudieran hallarse,
producirse  interpretarse en contra, que Miguel de Cervantes era un
_varn bueno_.

Para terminar, bajando de las elevaciones metafsicas, viniendo  lo
llano y  lo pedestre y juzgando el asunto con el mero sentido comn, yo
me inclino  creer que es pedantera inocente la afirmacin de que el
teatro sea escuela de costumbres  de que se ensee moral en novelas,
comedias, sainetes y otras obras de mero pasatiempo. Sin duda que estas
obras deben ser morales. Con el pretexto de divertir, no estara bien
que un novelista  un dramaturgo recomendase  disculpase el robo, el
asesinato y el adulterio. Pero esto no quiere decir que su obra ha de
ser docente, sino que no debe ser perversa ni indecente. Harto bien se
nota que los preceptos de moral aplicados al arte nada tienen de
exclusivos: no implican la relacin entre la moral y la esttica. Son
los mismos preceptos que se impone toda persona bien educada cuando va
de visita, de tertulia  de paseo. El novelista  el dramaturgo no
ensea ms que el paseante  el tertuliano. La buena educacin y el
decoro se les presuponen. Slo hay una diferencia: que el que escribe
suele en todos tiempos usar de mayor libertad de lenguaje que el que va
de visita. De seguro que, no ahora, cuando en Inglaterra todo parece
_shocking_, pero ni en tiempo de Shakespeare se lamentara en la buena
sociedad ninguna seorita como se lamenta Julieta diciendo:

      _...I'll to my wedding-bed;_
    _And death, not Romeo, take my maidenhead!_

Mil veces ms crudo an es el modo brutal con que, en la tragedia de
Otelo, Yago da  Brabancio la noticia de que se ha fugado Desdmona:

     _--Your daughter and the Moor are now making_ _the beast with two
     backs._

Y aqu termino y no digo ms, porque sera prolijo  interminable decir
todo cuanto el asunto sugiere.

[Illustration]




EL REGIONALISMO FILOLGICO EN GALICIA


Das ha que escrib y publiqu en la _Revista Critica de Historia y
Literatura_ un extenso artculo sobre el libro del padre Blanco Garca,
que trata de las literaturas regionales de Espaa y de las literaturas
hispano-americanas en el siglo XIX.

En tono muy corts, pero mostrndose enojado y quejoso, el Sr. M.
Murgua, en el nmero del 15 del corriente de _La Voz de Galicia_,
peridico de la Corua, ha insertado contra m un apasionado escrito en
defensa de las letras gallegas, que supone que yo menosprecio.

Me desagradan las polmicas y las rehuyo siempre que puedo. No voy,
pues,  entablar polmica con el Sr. Murgua. Previamente estoy
convencido de que ni yo lograr traerle  mi opinin ni l lograr
llevarme  la suya. Disputando, slo conseguiramos fatigar al pblico
con nuestra disputa. No puedo, sin embargo, resistir al deseo de
aprovechar esta ocasin para explicar, si me bastan pocas palabras, lo
que pienso sobre lenguas, dialectos, regionalismo, nacionalidades y
varios otros puntos que forman el proceso de este negocio. La materia es
tan vasta, que apenas podr tocarla sino de paso,  mejor dir, al
vuelo, posndome slo en las cimas  picos ms salientes.

Contra el precepto de Horacio, empezar _ab ovo_.

Todos somos unos. Todos somos hijos de Adn y hermanos por consiguiente.
Pero ocurri lo de la Torre de Babel y los hombres se dispersaron. Unos
se largaron por un lado, otros se largaron por otro, y se formaron muy
diversas tribus, razas  castas. A Espaa vinieron sucesivamente
atlantes, iberos primitivos, proto-escitas, fenicios, celtas, griegos,
cartagineses, romanos, godos, alanos, suevos, vndalos, judos, rabes,
sirios, persas, eslavos, berberiscos, normandos y hasta negros de ms
all del Sahara. Sobre poco ms  menos, en los dems pases ha sucedido
lo mismo. Y es seguro que si estas mezclas de gentes, distintas y hasta
contrarias, no hubieran llegado nunca  amalgamarse, adoptando las
mismas leyes, sometindose al mismo gobierno, hacindose solidarias de
los triunfos y de los reveses, de las prdidas y de las ganancias, y de
las glorias y de las vergenzas comunes, jams hubiera llegado  haber
lo que se llama una nacin. Hubiera habido expresiones geogrficas:
Francia, Italia, Inglaterra y Alemania; pero no hubiera habido nacin
francesa, ni inglesa, ni alemana, ni italiana.

Ha habido nacionalidad y la hay, porque en un momento dichoso ha llegado
 lograrse y  cogerse el fruto de un trabajo y de un cultivo de siglos
y entonces la nacin se ha constitudo. Harto s yo que todo lo que nace
muere. Que si los individuos no son inmortales, tampoco lo son las
naciones; y que Espaa, como cualquiera otra colectividad, puede
descuartizarse, desmoronarse y persistir slo como expresin geogrfica.
Esperemos que esto no ocurra en muchsimos siglos. Yo no soy profeta, y
aunque lo fuese, en vez de remedar  Jeremas, remedara  los profetas
alegres,  sera el primero de ellos, si antes no los hubo.

No he de negar por esto que, si bien dentro de ciertos lmites juiciosos
me hechizan, me deleitan y hasta me arrancan aplausos las literaturas
regionales, sobre todo cuando son cndidas, espontneas y sencillas,
todava me asustan y me afligen cuando se convierten en tema y vienen 
extralimitarse. Entonces me parecen sntomas de decadencia y ruina:
entonces me parecen amenaza de disolucin nacional, si bien confo
siempre en la Providencia y espero que la amenaza no se cumpla, que lo
ominoso  fatdico salga fallido, que la enfermedad pase y que la nacin
persista sana, salva y una.

Cuando un pueblo tiene ser propio y grande, cuando su historia es
gloriosa, cuando ha influido profundamente en los destinos del gnero
humano, as por el pensamiento como por la accin, este pueblo no muere,
vive, tiene siete vidas como los gatos: nadie le arranca la vida ni 
tres ni  trescientos tirones. Puede perder todas sus conquistas; los
continentes y las islas, por donde en los das de su mayor auge y
expansin logr dilatarse, pueden dejar de ser suyos; puede hundirse el
Estado que le da unidad poltica; y hasta puede ser invadido y dominado
por el extranjero el suelo natal, la cuna misma de ese pueblo; mas no
por eso el pueblo muere. Vivir acaso, durante siglos, vida latente y
obscura, pero vuelve al fin  recobrar la vida luminosa y clara. El
idioma propio es el talismn donde va escrito el conjuro para lograr
esta  modo de resurreccin. Grecia resucit hablando en griego. Si el
pueblo griego hubiera tenido seis  siete idiomas diferentes, jams
hubiera resucitado. Es ms; si hubiera tenido seis  siete idiomas
diferentes, no dialectos  modos, sino idiomas con pretensiones de
literarios y nacionales, no hubiera extendido su cultura desde la
Bactriana hasta las Galias: por todo el litoral de Asia, Africa y Europa
en el Mediterrneo, y por todas sus islas. Y si el dialecto toscano no
se hubiese convertido en lengua italiana, venciendo y obscureciendo 
los dems dialectos que en Italia se hablaban, y que se hablaban en
Estados poderossimos, ricos y conquistadores, como lo fu, por ejemplo,
Venecia, Italia no hubiera realizado jams el sueo de Maquiavelo y de
sus ms eminentes patriotas y hombres polticos: no hubiera vuelto 
tener la unidad que slo tuvo bajo el rey brbaro Teodorico.

Yo quiero suponer que en Espaa, no slo no hubo unidad de Estado, sino
que ni unidad de nacin hubo hasta fines del siglo XV. Supongo, adems,
 doy por cierto, pues sobre esto no disputo, que antes no hubo
verdaderamente espaoles, sino portugueses, gallegos, castellanos,
aragoneses y catalanes. Tambin es evidente que hasta fines del siglo XV
haba en Espaa tres lenguas literarias y nacionales. Eran estas tres
lenguas la castellana, la catalana y la portuguesa  gallega, ya que el
mismo Sr. Murgua confiesa que el gallego y el portugus fueron lo mismo
hasta entonces. Ni _Las Cantigas_ del Rey Sabio, ni cuantos versos hay
en los Cancioneros del rey Don Dionis, de Resende, etc., podran
atribuirse por las palabras y las frases mismas  poetas de Portugal 
de Galicia. Por el habla, por lo que dej escrito, tan gallego es el
infante Don Pedro, como es portugus Macas el enamorado. Hay ms an:
esa lengua galaico-portuguesa, tal vez no fu escrita slo por
portugueses y gallegos, sino tambin por trovadores de toda Espaa, que
la consideraban como lengua elegante y ms propia que el castellano para
la poesa lrica y de la corte.

Quiso, no obstante, la suerte  sea el orden providencial  fatal que
llevan los sucesos histricos, que el idioma de Castilla prevaleciese:
que, aun antes de llegar  la unidad de que he hablado, presentase los
ttulos de su hegemona y de su imperio, como son el _Poema del Cid_,
los versos del arcipreste de Hita, _Las Partidas_, la _Crnica general_
y _El Conde Lucanor_; y que, despus de formada la unidad, corroborase
su imperio con otros ttulos soberanos: con el _Amadis_, con _La
Celestina_, con Garcilaso y Herrera, con ambos Luises, con Cervantes,
con historiadores como Mariana y con nuestro, fecundsimo y rico
Romancero y con nuestro original y maravilloso teatro. Esta lengua no se
limit  presentar dichos ttulos, sino que tambin se difundi por el
mundo, llevada en triunfo bajo el amparo del estandarte de Castilla, por
el inmenso continente recin descubierto, por las remotas islas del mar
del Sur, y aun por las naciones de Europa, que reconocan entonces, ya
que no nuestro imperio, nuestra preeminencia.

No pretender yo,  pesar de lo expuesto, que debieron morir y no
resucitar nunca la lengua catalana y la lengua portuguesa. Portugal
persisti y persiste como nacin. Su historia, muy parecida  la de
Espaa, no es menos grande. Su literatura, proporcionalmente, he de
conceder que es original y rica como la nuestra, y que tiene su carcter
propio y sello nacional que la distingue.

De la lengua y de la literatura catalanas no se puede decir tanto ni con
mucho; pero al cabo, bastante puede alegarse en pr de su resurreccin 
renacimiento presente.

Pero vamos... hablando con franqueza, aunque se enojen un poquito el Sr.
Murgua y otros literatos gallegos: hay paridad entre el dialecto de
Galicia y la lengua nacional que hablan los portugueses y que hablan
adems en Amrica diez  once millones de hombres, en una extensin de
territorio casi tan grande como Europa? Si hasta el siglo XV los
gallegos hablaron y escribieron como los portugueses, lo natural sera,
si no quieren hablar y escribir en castellano, que escriban ahora
tambin en portugus. Esto sera volver con fidelidad  la lengua
antigua, sin que esta vuelta  atavismo impidiese que se siguiera
cultivando el dialecto, como dialecto. Sin duda en Venecia, en Miln, en
Npoles y en Sicilia, se hablan y se escriben cuatro dialectos
distintos, pero con cierta modestia, reconociendo todos cuantos as
escriben sin excluir v. gr. al gran poeta lrico Meli y al chistossimo,
fecundo  ingenioso dramaturgo Altavilla, que escriben en un dialecto
vulgar, y que no hay ms que una lengua nacional y de toda Italia, que
es la lengua toscana, que ya debe llamarse italiana, as como la
castellana debe llamarse espaola.

Pues qu, no hay distintos dialectos en Alemania, en Inglaterra y en
Francia? A nadie se le antoja por eso convertir en lengua nacional
ninguno de estos dialectos.

Acaso se me cite el imperio austriaco; pero Austria no es nacin sino
conjunto de naciones. A buen seguro que los alemanes, sbditos del
emperador de Austria, dejen de hablar en alemn y dejen de tener esta
lengua por nacional y propia de ellos. Claro est que los polacos,
aunque ya no hay Polonia, siguen hablando en polaco; los hngaros, en
hngaro; los tchecos, en tcheco; los croatas en croata, y los rumanos,
en rumano; pero qu tiene que ver esto con lo que en Espaa sucede? En
todo caso, podra comprenderse que as como los rumanos, sbditos del
emperador de Austria, hablan y escriben la misma lengua del vecino reino
independiente de Rumania, as los gallegos, ciudadanos espaoles, se
dedicasen, por amor y patriotismo _atvicos_,  escribir como lengua
nacional y literaria la portuguesa. Pero ni aun as se comprende; porque
los rumanos de Austria son un pueblo como anexionado y sometido y unido
artificialmente  otros pueblos de muy distinto origen, mientras que los
gallegos, como los asturianos, forman el ncleo, y el germen, y la raz,
de donde ha brotado esta gran nacin. Cmo reniegan ahora de ella, al
menos en apariencia, y propenden, si no  irse literariamente con los
portugueses,  separarse por el habla, vehculo y expresin del
pensamiento, y  formar rancho aparte, permtaseme lo vulgar en virtud
de lo grfico de la expresin?

No s si he atinado  explicar en este lgero articulo lo que hubiera
requerido larga serie de ellos para quedar bien explicado; pero, como
quiera que sea, harto se entiende que yo no desdeo  los poetas y
prosistas que hubo, hay y puede haber en dialecto gallego; que celebro
el regionalismo filolgico dentro de ciertos lmites puramente
provinciales; pero que deploro la exageracin que puede ponernos en una
lastimosa pendiente de desmoronamiento nacional  de cierto separatismo.
Ni se me diga que la tal propensin  que se hablen muchos idiomas
proviene de un movimiento progresivo. Por lo comn sucede lo contrario.
Cuando las grandes naciones y cuando las grandes razas decaen  se
hunden, es cuando pierden el idioma comn y salen hablando distintos
idiomas. La Torre de Babel representa simblicamente este lastimoso
fenmeno.

[Illustration]




LA OBRA PSTUMA

DE JUAN MONTALVO


Quin es este Juan Montalvo?--dirn no pocos de los que vayan 
leerme.--Pues bien, les contestar: Juan Montalvo fu natural de una de
las Repblicas que en la Amrica del Sur nacieron de nuestras colonias.
l mismo se llama semibrbaro, y es de los ms cultos  ilustrados
escritores que ha habido en nuestros das.

No digo yo que nos est bien adular  los hispano-americanos, suponiendo
que sus poetas y sus prosistas valen ms de lo que valen. Pero ser
mejor mostrarnos con ellos seversimos crticos, empuar la frula,
esgrimir la disciplina  la palmeta y censurarlos y castigarlos
duramente? Hay cierta crtica menuda que hace mucha gracia al pblico
envidioso, que es muy fcil de ejercer, y por cuya virtud,  mejor dir,
por cuyo vicio, puede probarse, al menos en apariencia, que Garcilaso y
Fray Luis de Len fueron unos plagiarios y adems unos ignorantes, que
no saban sintxis, ni prosodia, ni nada, y que tenan orejas de asno,
como el rey Midas. En una palabra; con el mtodo analtico que hoy se
emplea, con cuatro chuscadas y con un poquito de mala fe, nada ms llano
que demostrar que el propio Homero era un mentecato.

Por otra parte, yo no comprendo qu ventaja pueda traer una censura muy
feroz de los autores, aunque sean malos. En ningn oficio, menester 
profesin, se ofende menos  Dios y al prjimo y se causan menos daos 
la repblica que escribiendo versos flojos y llenos de ripios  prosa
desmazalada y tonta. Con las producciones del espritu suele ocurrir lo
contrario que con las producciones materiales. La cizaa puede ahogar el
trigo y no habr buena cosecha si el haza no se escarda y no se limpia
de mala hierba con el almocafre, mientras que, por el contrario, casi es
indispensable que el espritu humano produzca millares de cosas pequeas
y deformes, para que brote de entre ellas una que sea hermossima y
grande, predestinada por su valer  vida inmortal y gloriosa. Un mal
mdico mata  sus enfermos, un mal arquitecto tal vez construya
edificios que se hunden con estrago espantoso, un mal zapatero nos
estropea los pies, un mal sastre nos afea con sus trajes ridculos, un
mal cocinero nos envenena  nos mata de hambre, un mal poltico causa la
miseria y el descrdito de su nacin, y un mal general expone sin plan y
sin objeto la vida de sus soldados y aun llega  causar el
empobrecimiento, el oprobio y la ruina del Estado  quien sirve. Pero un
buen seor, si tiene la mana de componer malos versos  de escribir en
prosa cualquier tontera, me quieren ustedes decir qu dao hace 
nadie? Con no leer lo que ha escrito, l y nosotros quedamos despachados
y en paz. No hay razn para ensalzar  los escritores hispano-americanos
sin justo motivo, pero menos hay razn para denigrarlos.

El Juan Montalvo, que me sugiere estas reflexiones, lo dice: los
hispano-americanos son para los espaoles carne de su carne y huesos de
sus huesos. Todo cuanto contra ellos digamos, hasta cierto punto, nos
cae encima.

Harto estoy ya de oir decir que el porvenir del mundo es de la raza
anglo-sajona, la cual en Amrica da clara muestra de que entiende de
todo, de que vale para todo y de que sabe gobernarse, mientras que la
raza espaola, ibrica, latina  como nos convenga llamarla, ofrece muy
triste espectaculo, y da, por todo el Nuevo Mundo, y claro est tambin
que por el antiguo, lastimoso testimonio de su incapacidad y
desgobierno. Sube el _yankee_  la cima de la montaa y el
hispano-americano se queda al pie, rezagado y en situacin miserable;
pero no se cuenta, al decir esto, con no pocos factores, empezando por
la fortuna, que no puede negarse que existe, entendindose por fortuna,
la serie y el enlace de los casos, dispuestos y ordenados por ley
providencial  fatal, que ya se sustraen  la previsin humana,  ya,
aunque no se sustraigan, ni la ms firme voluntad de los hombres, ni su
ms profundo saber, ni su ms poderosa inteligencia desvan del camino
que siguen, as como no evita el eclipse el astrnomo que le pronostica.
Valga adems, en defensa de nuestra raza, otra razn que nadie tildar
de metafsica ni de alambicada. El _yankee_ ha subido  la altura,
porque sin asomo de piedad, y para ir ms ligero, ha dejado tras de s
todo lo que le estorbaba, mientras que el hispano-americano sube con
dificultad, porque va cargado con el indio,  quien considera como  su
hermano y como  su igual, uniendo con l sangre, vida y destino. La
empresa, pues, del hispano-americano es mil veces ms rdua; ha de
tardar mucho ms tiempo en llevarse  cabo; pero no es imposible que se
logre. Y si algn da se lograse, cmo negar que sera tambin mil
veces ms humana, ms generosa y ms digna de alabanza?

Volvamos  Juan Montalvo y evitemos las digresiones.

Poco s de la vida de este escritor. Ecuatoriano de nacimiento, muri en
Pars, creo que muy joven an. Ignoro si era de pura sangre espaola 
si corra mezclada por sus venas la sangre del espaol con la del indio.
Su saber era variado, hondo y extenso; su ingenio, original y agudsimo;
su modo de sentir, universal  cosmopolita; su espritu se haba
alimentado con deleite y haba digerido y convertido en substancia
propia la flor del pensamiento de los antiguos griegos y latinos y de
los modernos ingleses, franceses y espaoles. Nadie, con todo, se
jactar, fundadamente, de ser ms espaol que l por el espritu y por
su primera manifestacin sensible, la palabra.

Tal vez sea, en nuestra poca, un colombiano, Rufino Cuervo, quien sabe
terica y gramaticalmente ms lengua espaola. Pero, sin duda, quien la
maneja con ms castiza abundancia de vocablos, frases y giros, y quien
la escribe con ms primor y limpieza, como quien borda rico dechado, es,
 mi ver, este para nosotros extranjero y acaso semi-indio.

Su adoracin, su entusiasmo por la lengua y la literatura de Castilla,
corren parejas con el conocimiento que de ellas tiene, cuya extensin no
pondero, pero cuya intensidad es incomparable. Nadie con ms fervor ni
con ms tino que Montalvo elogia, en mi sentir, la lengua castellana y
las obras maestras que en esta lengua se han escrito.

Montalvo tiene, como todos los americanos, latinos y no latinos, una
calidad buena, si bien por su exageracin peca  veces de sobrado
cndida y aun llega  prestarse  la burla; la mana de imitar  los
europeos, superndolos y eclipsndolos. Cuando esta cualidad va
acompaada, como en Montalvo, de grandsimo respeto hacia los bien
entendidos y mejor sentidos modelos, la cualidad es simptica y llega 
producir obras de mrito. Lejos de poner solucin de continuidad,
conserva unida la civilizacin europea con la transplantada al Nuevo
Mundo; y cuanto en el Nuevo Mundo se cria, sin dejar de ser propio de su
suelo, parece como mugrn robusto  como retoo que se nutre an de la
savia que viene de Europa, aunque en tierra virgen y ms frtil
reverdezca con mayor lozana, extienda ms sus ramas y haga brotar en
ellas ms flores y ms frutos.

En las obras principales y mejores de Montalvo se advierte la mencionada
cualidad. Enamorado del modelo, le imita y anhela superarle, pero
respetndole y amndole siempre.

As, en _Los Siete Tratados_ no habr quien no note la imitacin de
Miguel de Montaigne y el amor que  Montalvo inspira; y as en _El
espectador_, se advierte que Montalvo, prendado de Addison, propende 
imitarle hasta en el nombre  ttulo de su obra. Pero en Montalvo haba
tanto ser propio y un sentir y un pensar tan profundamente arraigados en
el alma, que todo ello sale con mpetu y se pone en la imitacin de tal
suerte, que la imitacin es muy distinta de lo imitado, ya que la
informa otro espritu nuevo y muy distinto. De este modo, sin que yo
pretenda igualar las producciones al compararlas, fray Luis de Len
imita  Horacio en _La vida del campo_, y compone una oda que Horacio ni
siquiera entendera, si sabiendo bien el espaol resucitase.

Todo el anterior prembulo y ms an necesitara y empleara yo, si no
fuese monstruosidad convertir en prembulo todo este artculo, que por
fuerza ha de ser muy breve, para preparar  mis lectores y para impedir
que se asusten, cuando, permtaseme lo vulgar de la frase, llegue el
trueno gordo; la revelacin del ttulo y del asunto de la obra pstuma
de Juan Montalvo: la aclaracin de las palabras que me sirven de
epgrafe.

Juan Montalvo encabeza su obra postuma con una elocuentsima
introduccin. Nada mejor pensado, ni mejor escrito, ni ms entusiasta 
par que juicioso, ni ms esmaltado de sentencias metafsicas, estticas
y morales, puede, en mi sentir, escribirse en elogio del prncipe de
nuestros ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra,  quien coloca Montalvo
entre los mayores que ha habido en el mundo, y  cuyo _Quijote_ slo
pone por cima la _Biblia_ y la _Iliada_. Y ahora llega por fin el trueno
gordo. El ttulo de la obra pstuma es el siguiente: _Captulos que se
olvidaron  Cervantes. Ensayo de imitacin de un libro inimitable_.

Y en efecto, Juan Montalvo escribe y sus herederos  sus admiradores y
paisanos dan  la estampa, en Bezanson, en 1895, aunque el libro no ha
llegado hasta ahora  nuestras manos, nada menos que sesenta captulos
aadidos al _Quijote_. Acaso el autor, en vida, no se hubiera atrevido 
publicarlos. Acaso no pretendi nunca rivalizar con Cervantes. Acaso el
extremo de su amor y de su admiracin le hizo incurrir en esta  modo de
locura. Nada menos parecido  Cervantes que Juan Montalvo; uno, todo
espontaneidad, sencillez y alta inspiracin,  menudo casi
inconsciente; otro, todo reflexin, artificio y doctrina. El libro de
Montalvo, no obstante, es la obra de un hombre de gran talento, del ms
atildado prosista que en estos ltimos tiempos ha escrito en lengua
castellana, y de un hombre, por ltimo, de imaginacin briosa y rica. Su
libro merece ser examinado y juzgado, pero no caben en este articulo ni
el examen ni el fallo. Qudense, pues, para otro da, si alguien muestra
curiosidad por conocerlos.

[Illustration]



EL PAS DE LA CASTAETA


Har ya seis meses estuvo en Madrid un anglo-americano, llamado H. C.
Chatfield-Taylor. Un amigo mo me le present y trajo  mi casa, donde
tuve el gusto de conocerle. Me pareci sujeto amable, discreto 
ilustrado, y muy entusiasta de nuestro pas. Pronto volvi al suyo dicho
seor, escribi un libro sobre Espaa, le imprimi en Chicago,
exornndole con bor nitas estampas, y tuvo la bondad de enviarme un
ejemplar, que recib hace pocos das. Confieso que el ttulo del libro
me desagrad bastante. El libro se titula _El pas de la castaeta_ (The
Land of the Castanet). Ya en el ttulo hay una ofensa. Es como si un
espaol escribiese un libro sobre los Estados Unidos, y sin acordarse de
Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de
Edison, de Chaning, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes;
de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus
monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales
de su territorio, de la anchura del Hudson y del Misisip, y del salto
del Nigara, recordase slo la abundancia de cerdos que se cran y se
matan en Chicago y titulase su libro _El pas del cerdo_.

A menudo el Sr. Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo
que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad
ha de llegar hasta el extremo de resignarnos  creer que el objeto que
ms nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la
castaeta.

Hace muchos aos, cuando el rey de Sajonia, que haba sido partidario de
D. Carlos, reconoci por reina  Isabel II, mand  esta corte  un
elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barn Fabrice. Trajo
este seor consigo  un hbil cocinero, que adems era literato, y que
al volver  su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en
Espaa, y le titul _Puchero_. Nadie entre nosotros poda ver la menor
ofensa en este ttulo. Para una persona cuyo principal oficio y arte es
la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el
centro en cuyos alrededores se agrupan las dems cosas. De la misma
suerte, si el Sr. Taylor hubiera sido bailarn, la castaeta hubiera
sido tambin, naturalmente, el ncleo de sus impresiones, la piedra
angular de todo el caramillo de ideas que sobre Espaa formase; pero
como yo no creo que el seor Taylor sea bailarn de oficio, hallo raro
que califique  Espaa de _pas de la castaeta_, por ms que en Espaa
las castaetas  castauelas se toquen desde muy antiguo, segn lo
atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las
repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cdiz; por ms que un docto fraile
inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotaloga  ciencia
de las castauelas, y por ms que mi ingenioso y erudito amigo D.
Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese tambin un
curioso discurso sobre tan alegre instrumento.

Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del Sr.
Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y  veces
encomia hasta con entusiasmo  no pocas personas y bastantes cosas de
Espaa. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios  varios de los ms
notables de nuestros polticos y literatos, como Castelar, Moret,
Echegaray, Emilia Pardo Bazn, Cnovas y Sagasta. Del conjunto del libro
se infiere que el Sr. Taylor desea sernos favorable; pero  pesar suyo
el prisma engaoso del protestante y del _yankee_, al travs del cual
nos mira, hace que  menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria
y candorosamente, ya lance sobre nosotros  contra nosotros profecas,
ageros y juicios,  mi ver, disparatados.

Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor
opinin de los _yankees_ que los _yankees_ de nosotros. Lo nico que se
ha hecho en Espaa es contestar con algunas injurias, que yo encuentro
de psimo gusto,  las de un gusto mil y mil veces ms depravado y
run, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores,
diputados, escritores graves,  que pretenden serlo, y periodistas de la
Gran Repblica. Si fusemos  contestar  los _yankees_ con suma igual
de injurias  las que les debemos, nos pareceramos  dos enjambres de
verduleras que se ponen como hoja de perejil, con el Atlntico de por
medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra
nosotros no son de ahora, con ocasin de la guerra de Cuba, sino que
vienen de muy atrs. Slo Guillermo Draper ha dicho ms ferocidades
contra Espaa y ha mostrado ms profundo aborrecimiento contra nosotros
que el que podran atesorar todos los espaoles juntos, si se decidiesen
 denigrar,  escarnecer y  insultar  los anglo americanos.

El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe  hacer
nuestra apologa, ya desde el segundo rengln de su libro nos califica
de indolentes y de crueles. La acusacin de fanatismo y de supersticin
que el Sr. Taylor lanza  menudo contra nosotros casi no nos ofende, y,
de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fusemos 
hacer la estadstica de los ajusticiados, quemados y asesinados por
motivos religiosos, de fijo que resultara,  pesar de Torquemada y de
todos los inquisidores, doble  triple nmero que en nuestra cuenta en
la cuenta de la sentimental y piadossima raza anglo-sajona.

En lo tocante  supersticin, declaro que no me explico que nos acuse de
ella ningn cristiano de distinta iglesia que la catlica. Libre es todo
hombre de aceptar y creer por completo lo dogmtico de nuestra religin,
 slo una parte, modificndola algo  no modificndola; pero desde el
momento en que se cree una parte, no hay razn ni motivo para llamar
supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien l y
su amo se remontaron al cielo, se ape l de Clavileo y se puso  jugar
con las _siete cabrillas_, Don Quijote tuvo sobrada razn en decirle que
no se allanara  creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no
crea tampoco en nada de lo que cont que en la cueva de Montesinos le
haba pasado. Para un impo racionalista, tan absurdos son los retozos
de Sancho con las Plyades, como la conversacin y los lances del
hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. Por qu, para un
espritu religioso, han de ser fanticos el doctor eximio Suarez, el
glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo de Soto, y han de ser
unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y
Calvino? O todos igualmente locos y fanticos,  todos igualmente dignos
de consideracin y respeto.

Otra terrible mana del Sr. Taylor es la que muestra contra las corridas
de toros,  las que fu no obstante y se divirti vindolas. Lo que es
yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy  presenciarlas,
como no he ido en los Estados Unidos  divertirme en ver  dos
ciudadanos romperse  puetazos el esternn y las quijadas para deleite
de los cultos espectadores; mas no por eso dir que mientras entre los
_yankees_ se estilen tales juegos, no ser posible que se civilicen y
seguirn siendo brbaros y feroces. El Sr. Taylor declara en cambio que
nosotros slo porque toleramos las corridas de toros, somos _incapaces
de civilizacin_ en su ms alto sentido.

Dir, por ltimo, que el Sr. Taylor, que varias veces nos acusa de
crueles, es cruelsimo con el pueblo espaol cuando le compara  un
hidalgo empobrecido y casi hambriento, que lleno de vanidad y por seguir
alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta
ms de lo que tiene y va derecho  la ms espantosa ruina. Pues qu,
entiende el Sr. Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos
conservar, aun  costa de los mayores sacrificios, una isla que nos
pertenece, y donde nadie  pocos se sublevaran si desde los Estados
Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es
nuestra propiedad legtima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeo
en conservarla. Cuba es, adems, como la prenda y el testimonio visible
y monumental de que este pueblo de la _castaeta_ fu el que descubri
el Nuevo Mundo  implant en l las artes y la civilizacin de Europa.

Aunque nosotros no negamos que en comparacin de los Estados Unidos
somos muy pobres, todava nos parece duro que  cada paso se nos eche
en cara nuestra pobreza y la vanidad ridcula con que se supone que
tratamos de disimularla. Las seoras, dice el Sr. Taylor, van  paseo en
coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba, y de medio cuerpo
abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por
lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en
casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se
mueren de fro, y en todas las estaciones remedan al camalen,
alimentndose casi del aire.

El Sr. Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en Espaa
se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar  los extranjeros
no los convidamos nunca  comer, limitndonos  hacerles muchas
cortesas. Nos cuenta, sin embargo, contradicindose, que el Sr. don
Emilio Castelar le di un almuerzo suculentsimo, en el que se sirvieron
diecisiete platos, sin contar los postres, que seran, probablemente,
cuarenta  cincuenta, todo ello, para que no se atragantase, remojado
con los mejores vinos espaoles. Pues qu quera ms el Sr. Taylor?
Tambin se contradice al hablar de los clubs  casinos. En algunos
pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo _clubable_, y califica
de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el
juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo,
que el Casino de Crdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid,
que al fin es un casino donde no se juega, encomiando su rica y selecta
biblioteca, su gran saln de sesiones y sus ctedras, donde personas
sabias y elocuentes ensean diversas ciencias y facultades.

Sobre la _high-life_ de Madrid y sobre las damas de la suprema
elegancia, el Sr. Taylor est algo satrico; pero en manera alguna
singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la
_smart set_ madrilea le parecen menores que los de la _smart set_
neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho ms ancha que el
seor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor
penitencia, tanto  las damas elegantes de Madrid, como  las de los
Estados Unidos, que me parecieron guapsimas, discretas y divertidas,
durante los dos aos que pas en aquella tierra. Mi indulgencia es
fenomenal para con las seoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone;
hasta perdono  algunas de nuestras damas elegantes que, segn observa
el Sr. Taylor, aunque no sepan hablar ingls, pronuncien con acento
ingls el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una
semana en Londres. Este acento ingls es ya ms distinguido y ms _chic_
que la erre nasal  gangosa que otras damas emplean  fin de parecer
educadas en _Pars de Francia_.

La clase media, sigue el Sr. Taylor, es ignorante, grosera y sucia.
Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo.
No s cmo ha podido notar esto en el pas ms democrtico del mundo,
que es Espaa. El seor Taylor acusa  cada paso de ignorantes  los
espaoles. No se comprende cmo el poco tiempo que ha estado aqu le ha
bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas.
Los mahometanos y los judos, esos s que eran sabios; pero hicimos la
barbaridad de expulsarlos.

No cabe en este breve escrito contestar  las censuras del Sr. Taylor.
Nos limitaremos  contraponerle las siguientes afirmaciones:

Que durante toda la Edad Media la Espaa cristiana fu el pueblo ms
tolerante de toda la cristiandad:

Que cuando venan cruzados  ayudarnos en la Reconquista, era menester
echarlos  luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen  todos
los judos y mahometanos, faltando  los pactos y  la fe jurada:

Que la sabidura muslmica y rabnica y sus filsofos y doctores, en vez
de ser perseguidos por los monarcas cristianos de Espaa, hallaron con
frecuencia en sus cortes proteccin y refugio contra las fanticas
persecuciones, ya de algunos califas de Crdoba, ya de los almoravides y
almohades, en la poca de las tremendas invasiones africanas:

Y en fin: que esa sabidura se difundi y se di  conocer en el resto
de Europa por medio de los cristianos espaoles, arzobispos, obispos y
sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los
textos arbigos y hebricos.

Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos
este artculo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro
del Sr. Taylor es muy agradable de leer,  pesar de los defectillos que
hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que
cuanto el Sr. Taylor dice contra nosotros, proviene de prejuicios
difciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el
seor Taylor  nos encomia  procura encomiarnos, y en casi todas las
pginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa
simpata.

[Illustration]




SOBRE LA ANTOLOGIA

DE POETAS LRICOS CASTELLANOS

DE DON MARCELINO MENNDEZ Y PELAYO


Distrada la atencin de la gente hacia los tristes acontecimientos
polticos que van sucedindose, poco  nada interesan los trabajos
literarios de nuestros das. De comedias, novelas y otros libros de
entretenimiento, suele hablar la crtica en los peridicos. De libros
eruditos, si tratan de cosas que pasaron mucho tiempo h, los peridicos
no suelen decir nada ni tienen espacio ni vagar para ello. Y, sin
embargo, adems de que se aquieta y satisface la curiosidad con saber
las cosas antiguas, el recordarlas  el saberlas mejor, cuando nos las
explica un varn docto y discreto, nos sugiere multitud de pensamientos
y nos excita  proponer, ya que no  resolver, dudas, enigmas y
problemas que tienen aplicacin inmediata  las cosas de ahora.

Digo esto  propsito del ltimo libro del seor Menndez y Pelayo (Tomo
VI de la _Antologa de poetas lricos castellanos_), donde el autor, en
ms de 400 pginas, nos presenta un cuadro completo de la cultura y de
la grandeza de Espaa en tiempo de los Reyes Catlicos,  fines del
siglo XV y principios del XVI.

Hablando con desenfadada franqueza, yo creo inferiores  lo que hoy se
escribe todas las producciones literarias de aquella edad, salvo tres,
cuya resonancia y fama en las naciones extranjeras, y cuyo influjo en la
cultura general no tiene traza de adquirir ni podemos presumir ni
esperar que adquiera ninguna de nuestras producciones contemporneas.
Son estas tres obras que excepto _La Celestina_, las _Coplas_ de Jorge
Manrique, y _El Amadis_, en su ltima forma definitiva.

No ser yo de aquellos  quienes condena el Sr. Menndez, porque
desechan sin leerlos y como malos  insufribles todos los versos del
_Cancionero general_ de Castillo y los que encierra el de Resende,
escritos en castellano; pero no puedo persuadirme de que haya en dichos
versos algo que se levante sobre el nivel de lo mediano, y que divierta
 interese hoy, si bien debe leerse y estudiarse, ya que sobre
costumbres, usos, pasiones, aventuras y casos de aquella poca gloriosa,
ensea no poco que no ensean las crnicas ni las historias, y ya que es
adems muestra y dechado del lenguaje y estilo de Castilla en los
momentos de su mayor expansin y florecimiento polticos.

Tal vez logre el Sr. Menndez, cuando hable de Juan del Encina,  quien
califica del mayor poeta en aquel perodo y de D. Pedro Manuel de Urrea,
que sobresale entre los aragoneses, infundirnos, al analizar y criticar
sus obras, un concepto ms elevado de nuestra inspiracin potica de
entonces. Yo dudo de que lo consiga, y no acierto  explicarme el poco
valer de la poesa de entonces por falta  culpa del instrumento; porque
la lengua no estaba hecha ni el buen gusto formado. Cuando en aquella
lengua se escribieron las _Coplas_ de Jorge Manrique, bien pudieron
escribirse otras muchas de igual mrito. Y no atribuyo tampoco mi
cortsimo entusiasmo por aquella antigua poesa espaola  que para
entenderla y sentirla bien, importa trasladarse en espritu  la edad en
que se compuso. Si es difcil trasladarse en espritu  principios del
siglo XVI sin salir de Espaa, ms lo es volar  Grecia   Italia no
pocos siglos antes, y no por eso dejo de atreverme  decir que
comprendo, estimo y admiro  Pndaro,  Horacio,  Virgilio,  Dante y
al Petrarca. El no admirar, por consiguiente,  los poetas de los
Cancioneros, debe de consistir, y no hallo otra razn por ms vueltas
que le doy, en que distan mucho de ser admirables.

En cambio, en la vida del ms insignificante de ellos, en sus lances de
amor y fortuna, hay ms poesa, ms chiste, ms amenidad  ms
sublimidad, que en todo el frrago de sus canciones, glosas y
villancicos.

Resulta de esto que (y sigo hablando con franqueza) apenas hay criatura
humana,  no ser muy sabia, que aguante de seguida seis pginas de
lectura de los versos publicados hasta ahora en la _Antologa_ del Sr.
Menndez, cuyos prlogos en cambio son encantadores y se leen con mayor
inters y deleite que la ms ingeniosa y apasionada novela. Por dicha,
los prlogos son extenssimos, y son tan pocos los versos, que casi no
parecen sino un pretexto para escribir los prlogos. Los retratos y
biografas de Antn de Montoro, de los Manriques, de Alvarez Gato, de
Pedro Guilln de Segovia, de Snchez de Badajoz, de Diego de San Pedro y
de otros trovadores, estn hechos de mano maestra, y an es ms hermosa
y tiene mayores atractivos la brillante pintura que hace el Sr. Menndez
de la renovacin social, del desenvolvimiento poltico, de la
organizacin y pujanza, de los bros que casi de repente se muestran en
Aragn y en Castilla unidos, y del salto milagroso, porque,  mi ver es
inexplicable, con que una nacin, presa de las discordias civiles, rota
y desbaratada, y al parecer, pobre y dbil, se alza de sbito  ser la
envidia y la admiracin de los dems pueblos de Europa, amenazndolos
con su hegemona y haciendo que el sueo de una monarqua universal, en
no remoto porvenir, no fuese completo delirio.

Cul fu la causa de tamaa transformacin y de tan improvisado
crecimiento? No puede ser ms lastimoso el cuadro que los doctores
Villalobos y Francisco Ortiz, que Hernando del Pulgar y que otros
escritores de aquella poca hacen de la situacin de Castilla. Era un
caos horrible, de donde la sacaron  ser una gran nacin la fuerte mano
de la Reina Catlica y el genio militar y poltico de su marido. El
remedio que emplearon para curar el mal y trocarle en robustez sana y
fecunda no fu menos horrible. En nuestra edad ms piadosa y humana,
apenas se concibe rigor tan cruel, y an se pone en duda que fuese
indispensable en aquella edad de hierro. Las fortalezas y castillos se
derrumbaban y arrasaban por docenas; los malhechores, bandidos y tiranos
soberbios, que haban infestado y devastado el pas, eran ajusticiados 
miles. Para apaciguar el reino--dice el doctor Villalobos--se hacan
muchas carniceras de hombres y se cortaban pies y manos y espaldas y
cabezas.

Encarecidsimas son las alabanzas que, ya al rey D. Fernando, ya  la
reina doa Isabel, dan los ms egregios escritores y pensadores de su
tiempo. Machiavelli alaba al Rey Catlico, prncipe nuevo que, de rey
dbil, ha llegado  ser el primer rey de los cristianos, que sujet y
dom  los barones y magnates, que cre una milicia invencible, que
arroj de su reino  los _marranos_, ejemplo raro y admirable; y que
asalt el Africa, hizo la empresa de Italia y venci  Francia, urdiendo
siempre cosas grandes para tener suspensos y admirados  sus sbditos,
sin darles ocasin ni reposo para que se rebelasen.

El conde Baltasar Castiglione es ms galante y dedica  la reina todas
sus alabanzas. Segn l, ni en su tiempo ni en siglos atrs hubo en el
mundo rey  prncipe que merezca ser comparado con doa Isabel la
Catlica. Su fama se extenda por todas partes, y los que con ella
vivieron y vieron por sus mismos ojos sus maravillas afirman haber esta
fama procedido totalmente de la virtud de ella y de sus grandes hechos.
En sus das ningn bueno se quej de ser poco remunerado, ni se jact
ningn malo de no ser demasiadamente castigado; de donde naci tenelle
los pueblos un extremo acatamiento, mezcla de amor y miedo. Y
prosiguiendo en la misma alabanza, casi con las mismas frases, aunque
abreviando, se pone aqu como la alabanza mayor que los mismos grandes,
 quienes la reina despoj y dom, le quedaron aficionados en todo
extremo y la sirvieron rendidos, de suerte que todos los hombres
sealados y famosos que hubo en Espaa fueron como _hechos por ella_, y
de ser hechos por ella se envanecan. As el Gran Capitn, el cual se
preciaba de esto ms que de todas sus victorias y ms que de sus
excelentes hazaas, en paz y en guerra, por las cuales quedan por bajo
de l en grandeza de nimo, en saber y en toda virtud, los prncipes,
hroes y monarcas de aquellos das.

A pesar del valer innegable y extraordinario de los soberanos consortes,
de su energa subida de punto, de las _terrficas y espantables
anatomas_ que hicieron y de las sabias leyes que promulgaron, repito
que no acierto  explicarme la aparicin poderosa y preeminente de
Espaa entre las dems naciones, si el germen de su grandeza no hubiera
estado latente, pero vivo y pronto  brotar, en las entraas del pueblo
todo. Mucho puede hacer un soberano, un hombre de genio, y, si no de
genio de buena intencin, al frente de un pueblo y dirigiendo sus
destinos; mas para esto es menester que el pueblo se preste, le ayude y
tenga conciencia de lo que puede y vale. Claro est que ni por el bro,
ni por la virtud militar y poltica, debe ni remotamente compararse
Carlos III con los Reyes Catlicos, pero los iguala, y, prescindiendo
del adelanto moral que han trado los siglos, les lleva no corta ventaja
en buena intencin, en dulce amor  los sbditos y en benigna blandura,
 pesar de la tirnica expulsin de los jesutas, y, sin embargo, todo
lo que hizo Carlos III tuvo algo de inconsistente y de efmero,
volviendo  caer Espaa en su anterior abatimiento, del cual, salvo el
glorioso parntesis de la Guerra de la Independencia, no se ha levantado
todava.

Infiero yo de todo lo dicho y de lo que callo, porque no cabe en un
artculo breve, que la historia es tan divertida como poco docente 
dgase que ensea poco. Ensea cmo fueron las cosas, pero no por qu
fueron. Despus de leer mucha historia y de divertirme leyndola me
inclino yo  decir como los historiadores mahometanos: Alabado sea el
poderoso Al que da el podero  quien quiere y  quien quiere se le
quita. Esta es la manera, no slo ms piadosa, sino ms cmoda y fcil
de explicrselo todo. De otra manera nada se explica. En qu consiste
que estuviese Espaa tan alta en tiempo de los Reyes Catlicos y que
est tan baja ahora? Valen menos los hombres del da? No lo s; pero me
inclino  creer que no. A nuestros hombres del tiempo de los Reyes
Catlicos y de sus sucesores inmediatos, lord Macaulay los ensalza hasta
el punto de convertirlos en semidioses; Grecia y Roma no tuvieron
varones ms insignes. En cambio, nuestros hombres del da acaso inspiran
desdn y lstima, no slo  los lores, sino  los yankees. No depender
esto, ms que del mrito diferente de unos y de otros, de los caprichos
de la ciega fortuna? Son ms tontos  menos valerosos los espaoles del
siglo XIX que los de los siglos XV y XVI? Est la inferioridad en la
poca fe religiosa del da? Conjeturo que no, al leer todas las
irrespetuosas blasfemias de que se valan entonces para elogiar  las
damas  quienes servan,  para adular  los poderosos. Antn de
Montoro, por ejemplo, dice  la reina Catlica:

      Alta reina soberana,
    Si antes nascirades vos
    Que la hija de Santa Ana,
    En vos el hijo de Dios
    Recibiera carne humana.

Ni menos consiste nuestra inferioridad de ahora en que seamos menos
codiciosos, menos envidiosos y menos viciosos que nuestros padres. Los
documentos de los siglos XV y XVI dan testimonio fehaciente de lo
contrario. El desenfreno de las costumbres y la falta de pudor haban
llegado  su colmo. Dganlo la _C... comedia_, _El pleito del manto_ y
las obscensimas comedias _Serafina y Tebaida_, todo lo cual circulaba
libremente, sin que los padres de familia se escandalizasen y sin que la
Inquisicin hiciese alto en ello.

Dice Toms Campanella, en su libro _De monarchia hispanica_, que en los
siglos brbaros prevalecieron los pueblos rudos del Norte y tuvieron el
imperio; pero que cuando llegaron  valer ms la astucia y la maa que
la fuerza, inventadas la imprenta y la artillera, _rerum summa rediit
ad hispanos_, por ser hombres ms listos, ingeniosos y astutos.
Aceptando esta explicacin, he cavilado yo  veces, para explicarme
nuestra decadencia, que tal vez la industria y los esfuerzos del trabajo
manual han vuelto  colocar algo  modo de fuerza material aunque
refinada sobre el ms alto valer de las espirituales energas. Acaso
provenga de este para nosotros lisonjero supuesto, que Espada haya
decado tanto. Si as fuese, podramos aadir una parte y una excelencia
ms al famoso libro del Padre Pealosa, titulado _Cinco excelencias del
espaol que destruyen  Espaa_. No quiero, pues, en serio, atribuir 
tal causa nuestra pasada excelsitud y nuestro hundimiento presente. Y
tampoco quiero atribuirlo  lo que ahora llamaramos medidas de
gobierno, ya que las ms celebradas y admiradas en lo antiguo, por los
que entonces escribieron, nos repugnan hoy y  menudo nos parecen
feroces y vitandas atrocidades. Ni lo atribuyo, por ltimo,  material
flaqueza  falta de recursos, ya que, aun atendido el universal progreso
de poblacin, bienestar y productos de toda clase, no es tan pobre ni
tan flaca la nacin que, sin exhalar casi una queja, enva 150.000
soldados  Cuba y piensa en enviar otros 50.000 dentro de poco.

Vaya usted  ver, pues, en qu consiste nuestra decadencia. Avergelo
Vargas. Por qu pudo celebrar el antiguo poeta y hoy no puede celebrar
el moderno

    A aquellos capitanes,
    en la sublime rueda colocados
    por quien los alemanes,
    el fiero cuello atados,
    y los franceses van domesticados?

Hoy no acertamos  atar el fiero cuello  Mximo Gmez ni  domesticar
al mulato cimarrn Maceo. En qu estriba la diferencia? Lo ignoro. Pero
de la ignorancia misma nace una esperanza consoladora. Hay en todo algo
de misterioso que induce  no tener por absurdos los cambios ms
radicales. Los espaoles son los mismos de siempre. Dios lo puede todo.
Sus designios son inexcrutables. Y ya que nada de transcendental
saquemos en claro del ltimo libro del Sr. Menndez, sino unas cuantas
horas agradabilsimas leyndole, pongamos nuestra confianza en Dios, y
en la justicia, y en el valer de Espaa, y exclamemos para terminar:

    _Causa jubet melior superos sperare secundos._

[Illustration]




MRITO Y FORTUNA


Hace pocos das recib carta de mi excelente amigo el doctor D. Juan
Fastenrath. Entre otras cosas me dice que en Alemania van  celebrar el
centenario de D. Manuel Bretn de los Herreros y que el gran duque de
Sajonia Weimar har que en el teatro de su corte se represente una
comedia, tal vez _Murete... y vers_, de aquel fecundo y ameno poeta,
el 19 de Diciembre prximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.

Lleno de patritica satisfaccin v yo esta prueba del alto aprecio con
que en algunos pases de Europa miran  los ingenios espaoles
contemporneos.

Agu, no obstante, y hasta acibar mi contento, la injusta severidad con
que un autor ingls de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces
leyendo, juzga y condena  la Espaa del da. En su estudio sobre Santa
Teresa dice el Sr. Froude: Las revoluciones siguen  las revoluciones
en la Pennsula Ibrica, hunden al pueblo en la miseria y esterilizan
el suelo; pero en estos ltimos tiempos, no han producido un solo
personaje como aqullos cuyos nombres forman parte de la historia
europea. Slo han producido aventureros militares y oradores de
_elocuencia transcendente_; pero ningn Cid, ningn Gran Capitn, ningn
Alba, ningn Corts, ningn Pizarro. El progresista de nuestra edad
necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.

La verdad es que acerca de la Espaa actual hay en el mundo muy
desfavorables opiniones. Todava somos estimados y ensalzados por
nuestros artistas. Nuestros poetas lricos, tan buenos, en lo que va de
siglo, como los de cualquiera otro pas, son desconocidos en los pases
extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido
traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido
traducido y aplaudido tambin, sobre todo en Alemania y en Inglaterra.
Acaso  _El drama nuevo_, de Tamayo, sea  lo que debemos el mayor
triunfo. Ha pasado el Atlntico, y puesto en ingls, ha embelesado al
pblico de los Estados Unidos.

En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio espaol se
estima fuera de Espaa en muchsimo menos de lo que vale. Sin duda
consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados
hace el papel de divulgadora y que adems se interpone entre nosotros y
los dems pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en
Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas
que conozcan tan bien  mejor que nosotros nuestra historia, nuestra
lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses
est tan engreda, y no sin razn, si cabe razn en el engreimiento, que
casi no puede concebir que, desde los principios del siglo XVIII hasta
ahora, se haya hecho en Espaa ms que remedarlos  permanecer en la
barbarie  corrupcin mental en que habamos  se supone que habamos
cado.

En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos
empeado en probar que muri el antiguo pensamiento espaol castizo, y
que desde Luzn en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.

Nada ms falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El
escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofa sin metafsica; sus
ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamacin,
sobre filantropa, igualdad, libertad y progreso, todo esto fu el
espritu de una poca en la historia de Europa,  si se quiere, de todo
el gnero humano; pero en Francia reson con mayor estruendo y
hermosura, primero en sus escritores, y en su revolucin ms tarde.
Cmo haba de sustraerse Espaa al influjo de lo que aquellos
escritores dijeron y de lo que la revolucin hizo? Hasta poda
considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero,
y luego actuado. Aun as, yo entiendo que el influjo de Francia fu
menor en Espaa que en las dems naciones. Y en lo tocante  las reglas
del arte,  la forma,  lo meramente literario, apenas merece tenerse en
cuenta. As como Parini, Alfieri, Monti, Fscolo y Pindemonte nada deben
 la imitacin francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y
Salamanca, ambos Moratines en lo lrico y pico, Quintana, Gallego y el
duque de Fras nada le deben tampoco. Hasta en la poesa dramtica, aun
cuando queramos sujetarnos  las reglas venidas de Francia, ramos
originales, castizos y, permtaseme la expresin, de pura sangre
espaola. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nacin y de su
poca, es D. Ramn de la Cruz como Lope  como Tirso.

Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no
veo yo por qu los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes
poetas lricos que hemos citado, y los de bastantes otros ms recientes
que pudiramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han
de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y
Burns.

A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega  no el
amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor
propio no me ciega. La mayor parte de los espaoles, y yo con ellos,
pecamos en el da por todo lo contrario. Cada cual propende  figurarse,
ponindose l  un lado como excepcin rara y punto menos que nica, que
por ac, intelectual y moralmente, todo est muy rebajado. La
maledicencia, la ms acerba censura, y la stira ms cruel se
manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que ms
agrada y se aplaude.

Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni
siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que
han navegado mucho que nunca, en medio de las ms espantosas
tempestades, perdan la esperanza de salvacin mientras oan  la gente
de  bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que slo
empezaban  perder la esperanza cuando vean  la gente de  bordo,
resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de
improperios.

Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la
borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y til que nos
denostemos y nos humillemos unos  otros hasta no poder ms; pero hoy
quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino
calma, sin resignacin y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un
razonable _sursum corda_.

Vlganme para ello as lo que he aprendido por la lectura como lo que he
visto en los muchos aos que he peregrinado y vivido en extraos pases.
No es mi intento ofender  nadie, pero he de hablar con entera
franqueza. La irona con que elogia Froude la elocuencia transcendente
de nuestros oradores es injusta  todas luces. De sobra hay en
cualquiera otro pas oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y
tan ampulosos como los que en Espaa puedan ser ms tildados de tener
dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad,
el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros
oradores. Y en cuanto  la capacidad poltica que da muestra de s en la
accin y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.

Claro est, y cmo negarlo, que Espaa est pobre; que materialmente se
halla ms atrasada que Francia, Inglaterra, Blgica, Holanda, Alemania,
los Estados Unidos, y tal vez algunos otros pases; que es menos
poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo
Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien aos por incesantes
discordias civiles, y que en los momentos solemnes en que vivimos ahora
se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso
mayores. Pero la causa de esto, digmoslo sin rodeos ni disimulos, es
que los espaoles del da son ms inhbiles, menos enrgicos, menos
probos y menos entusiastas que los de otras edades para nosotros ms
dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia;
puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fcil
explicar la causa. Fuera de Espaa, en Amrica y en Europa, hasta donde
yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos
torpe, ni menos floja, ni menos ruda que en Espaa. Y en cuanto  los
sujetos eminentes, directores y gobernadores de los Estados, ya me
guardar yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord ingls cuando
envi  viajar  su hijo: anda, hijo mo, y psmate al ver qu casta de
hombres gobiernan el mundo. Yo disto mucho de ser tan severo como el
citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaa); pero no he
tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de
declararlo aqu aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros,
jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya
transformado en mi imaginacin  los de Espaa en unos pobrecitos
pigmeos. Confieso que no he conocido  Cavour ni  Bismarck, que son los
que, en estos ltimos sesenta aos, han hecho ms grandes cosas; pero he
conocido  muy ilustres varones, dirigiendo la poltica de florecientes
Imperios, Repblicas y Monarquas, y, acaso por falta de sonda mental,
no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados
corifeos polticos, abismo en cuyas por m inexplicadas honduras han de
residir la agudeza, el tino y la sabidura que hacen que todo les salga
bien, mientras que todo por aqu nos sale mal por carecer de esas
prendas.

Me induce  sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postracin
 el encumbramiento de las naciones depende del valor del conjunto de
sus ciudadanos y del mrito extraordinario de los hombres que las
dirigen. Por mucho entran el valor y el mrito; pero hay otro factor
importante, y es la fortuna. Bien s que no hay fortuna para Dios: todo
est previsto y ordenado por l; mas para los hombres, cmo negar que
hay fortuna? Quin prev todos los casos adversos y prsperos? Y aunque
se prevean, aunque se seale en un cuadro del porvenir el curso que han
de llevar los sucesos, depende por completo de la voluntad humana el
variar ese curso? Imaginemos el poltico ms maravillosamente previsor,
y todava podr ser como el astrnomo que anuncia la aparicin de un
cometa y no le detiene, que anuncia un eclipse y no le evita;  como el
mdico que pronostica los estragos de una tisis galopante y la prxima
muerte del enfermo y no sabe curarle.

Yo doy, pues, por seguro que as en el encumbramiento y prosperidad de
los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mrito y
el valer, entra por algo  por mucho tambin lo que llama acaso la gente
irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa  la voluntad del Altsimo
 lo que ciertos impos y sutiles metafsicos sostienen que depende del
orden inalterable en que los casos se suceden  del encadenamiento y
evolucin de la idea en la historia humana.

Como quiera que ello sea, hay venturas y desventuras, triunfos y
reveses, hundimientos y exaltaciones que no provienen del mrito de los
individuos  de los pueblos, sino que estn por cima de las voluntades y
de los entendimientos humanos.

Y afirmndolo as, yo me pregunto: qu es lo que conviene ms, entender
que las causas de nuestros males no son slo por nuestra culpa 
entender que estamos mal porque somos incapaces y porque no valemos lo
que nuestros padres  lo que nuestros abuelos valan? Lo que es yo,
desde luego me inclino  que es ms til entender lo primero. En ninguno
de los dos casos, yo, como optimista, veo el mal sin remedio. Una
nacin, lo mismo que un individuo, aunque est decada y degradada,
puede corregirse, hacer penitencia, sufrir la dura disciplina del
infortunio, regenerarse al cabo y volver  ser grande; pero esta
transformacin dichosa ser muy lenta y tarda. Habr que cambiar para
ello el ser de todos los ciudadanos y el de la Repblica; pero, si el
mal proviene de las circunstancias, las circunstancias pueden cambiar
porque Dios  el destino quiere que cambien, y la transformacin
entonces ser rpida  inesperada. Para m, por ejemplo, es evidente que
los espaoles de los ltimos aos del reinado de Enrique IV de Castilla
no eran peores, tal vez eran los mismos los que tenan disuelto y
estragado todo el pas, que los que en tiempos de los Reyes Catlicos
conquistaron el reino de Granada, descubrieron un Nuevo Mundo, arrojaron
de Italia  los franceses y lograron dar  su patria el primado  la
hegemona entre todas las naciones de Europa.

Lo importante, pues, es que no perdamos la confianza y el aprecio de
nosotros mismos. Bueno es renegar y rabiar y acusarnos unos  otros de
incapaces, probando as que no estamos resignados ni echados en el
surco; pero mejor es no creer que la incapacidad y el rebajamiento son
generales y nica causa de nuestra ruina. Si creysemos esto estara
perdido todo; pero si creemos, como yo creo y quiero creer, que los
espaoles de ahora estn forjados del mismo metal y tienen el mismo
temple de que fueron forjados y que tuvieron el Cid, el Gran Capitn, el
duque de Alba, Corts y Pizarro, no hay nada perdido.

Y como para m es evidente que nuestros poetas, artistas, oradores y
escritores del da no desmerecen de los que tuvimos en otras edades ni
tampoco estn por bajo del nivel de los que florecen hoy en las otras
naciones del mundo; y como para m tambin es evidente, diga lo que diga
el Sr. Froude, que,  pesar de tantas revoluciones estriles, la tierra
de Espaa no est ms seca ni desolada que en tiempo de los Reyes
Catlicos  del emperador Carlos V; doy por seguro que ni los polticos
ni los adalides dichosos han de faltarnos, y que si no perdemos la
confianza y la esperanza, ha de pasar pronto la mala hora y ha de sernos
al cabo propicia la fortuna, con tal de que no la neguemos echndonos
toda la culpa, y con tal de que no se lo atribuyamos todo para
disculparnos  para cruzarnos de brazos.

[Illustration]




FE EN LA PATRIA


Mi padre y multitud de parientes mios por todos los cuatro costados han
servido desde muy antiguo en la Marina espaola. Renegara yo de mi
casta si denigrase  los marinos. Pero con todo eso declaro que me
sublevan y enojan los que pretenden poner  los marinos y  los
militares de tierra por cima de toda censura de los paisanos, fundndose
en que ignoramos sus artes. Razn tuvo Apeles de desdear el juicio del
menestral, dicindole: _zapatero  tus zapatos_; pero el zapatero no
poda en cambio recusar  Apeles como juez de su calzado, ya que Apeles,
si no saba hacerle, tena que pagarle, gastarle y andar con l
cmodamente. Quiero decir con esto que, en todo caso, el artista y el
poeta podran rebelarse contra la censura. Con no mirar sus cuadros 
con no oir  leer sus versos se remedia todo el mal que causan. No
sucede lo mismo con aquellas profesiones de las que depende la grandeza
 la ruina de los Estados, la vida de muchos hombres y la hacienda de
todos, desde el gran capitalista, al que tiene que vivir de un salario
mezquino.

De aqu que la censura que cae sobre el militar y el marino sea lcita,
natural  inevitable. Y como  veces estimula, hasta conviene, si no es
muy disparatada, dura y descompuesta. Arqumedes saba mucho y era muy
ingenioso. Si le hubiesen dado palanca y punto de apoyo hubiera movido
al mundo. Y sin embargo, si cuando inventaba mil artificios pasmosos
para defender  Siracusa se hubieran burlado de l los periodistas de
entonces, dicindole mil cuchufletas y ponindole en caricatura, aquel
varn tan sabio se hubiera atolondrado, se hubiera hecho un lo y no
hubiera dado pie con bola dudando l mismo del resultado de su ciencia;
resultado que, por virtud de previas disposiciones y  pesar de temores
y dudas, hubiera al fin naturalmente sobrevenido. As, el fruto del
rbol que se cultiva con esmero, cuando llega  su madurez y no le coge
la tmida diestra del hortelano, cae en la tierra por virtud de su
propio peso. As tambin se puede explicar que el crucero _Princesa de
Asturias_ se botase al agua no bien la ocasin fu propicia. Si no
hubiese estado bien construdo  bien puesto sobre la grada  sobre lo
que conviene que se ponga, de fijo que no se hubiera lanzado al mar, tan
gallarda y primorosamente.

Las comparaciones para ser exactas y luminosas, han de entenderse bien.
Racionalmente considerado el asunto, la flauta no son por casualidad.
Si no hubiera estado hbilmente hecha no hubieran logrado hacerla sonar
los resoplidos ms poderosos.

La verdad es que por lo que ms pecamos ahora los espaoles todos, es
por el menosprecio de nosotros mismos, por una humildad que nos deprime,
y por una exagerada admiracin de lo extranjero. Nos parecemos al que
oy decir  un ingls que en cierto saln algo obscuro de la Alhambra
convendra que hubiese una claraboya; y para imitar al ingls, pidi
tambin una claraboya para el palacio de Carlos V, que nunca tuvo techo.
O bien nos parecemos  aquel caballero de Npoles que sostena que si la
Gruta _azul_ estuviese en Francia le habran abierto grandsima entrada,
sin pensar que con mayor abertura hubiera desaparecido todo el
maravilloso encanto de la gruta, casi nicamente iluminada por los rayos
del sol que surgen refractados del seno azul del mar difano.

Mucho depende de la aptitud de los hombres; pero mucho depende tambin
de la buena  mala ventura. No atribuyamos todo lo prspero  la
habilidad. En las victorias de Alejandro y de Csar la ventura hubo de
entrar por algo. Suponer que entr por todo sera run envidia. De ella
pudiramos acusar  Felipe II, si dijo como se cuenta al saber la
victoria de Lepanto, _mucho ha aventurado D. Juan_: pero la magnanimidad
del mismo monarca se manifiesta cuando atribuye  los elementos
desencadenados, y no al poder de sus enemigos ni  la torpeza de sus
generales, la prdida de la Armada invencible. Los cartagineses solan
maltratar y hasta crucificar  sus generales cuando no vencan.
Preferible es el aliento generoso del Senado de Roma que da gracias al
Cnsul Varrn por que despus de Cannas no desespera de la salud de la
patria.

Menester es tener confianza en nosotros mismos. Entonces vencern en
tierra los militares y en el mar harn maravillas nuestros marinos. De
su arrojo siempre han dado y siguen dando pruebas, y no sera justo
creer que por el entendimiento y la inspiracin estn por bajo de los
hombres de otros pases. Creer esto equivaldra  creer que en nuestro
pas ha degenerado la especie humana, porque no ha de suponerse que
tengan los uniformes la deplorable virtud de entorpecer y de incapacitar
 quienes los visten.

Tengamos confianza y el cielo nos ser propicio. Sin los rezos de Moiss
y sin los milagros que por su intercesin hizo Dios, Josu no hubiera
vencido; la profetisa Dbora no hubiera entonado su himno triunfal, si
las inteligencias que mueven los astros no hubieran bajado  combatir en
favor de su pueblo; en mil batallas han tomado parte los dioses del
Olimpo para favorecer  los hijos de Grecia; y los Discuros abandonando
el refulgente alczar que tienen en el cielo, y donde hospedan al sol en
los ms hermosos das de cada ao, han peleado en solemnes ocasiones por
la grandeza de Roma. Todo ello entendido  la letra, podr ser ilusin 
sueo vano; pero, como figura, expresa enrgicamente la virtud
taumatrgica de la fe que tienen los hombres en el genio superior y en
los altos destinos del pueblo  que pertenecen: fe dominadora de los
nmenes, que los evoca, los atrae y se los gana para aliados y para
amigos. As nosotros, en mejores das, cuando tuvimos mayor fe en lo que
valemos, trajimos del cielo  Santiago y, montado en un caballo blanco,
le hicimos matar moros  indios, cosa harto ajena de su profesin y
ejercicio durante su vida mortal.

Si nos obstinamos y persistimos en nuestra humildad, en recelar que
hemos degenerado y que no somos ya lo que fuimos, ni Santiago ni nadie
acudir  socorrernos y jams conseguiremos la victoria. Desde que Tubal
vino  Espaa, desde que en Espaa reinaron los Geriones hasta el da de
hoy, no hemos tenido un general que haya reunido bajo su mando 200.000
combatientes. Y todava en nuestro siglo,  pesar de tanta prosperidad,
industria y riqueza no ha habido nacin alguna, por rica y grande que
sea, que enve por mar  regiones remotas ejrcito tan numeroso como el
que hemos enviado  Cuba. Pero si nos empeamos en creer punto menos que
invencibles  los mulatos y negros insurrectos y en que se acab ya la
sustancia de que en Espaa se forjaron en otras edades los ilustres
guerreros, ni el Gran Capitn que resucitase y fuese por all atinara
con una inspiracin dichosa, ni hara algo de provecho, mientras que con
fe tal vez bastara un clrigo como el licenciado Pedro Lagasca, ya que
no se puede suponer que ni Maceo ni Mximo Gmez valgan ms que Gonzalo
Pizarro.

De estas incoherentes cavilaciones infiero yo que si nuestro triunfo se
retardase demasiado, as en el mar del Sur como en el golfo de Mjico,
culpa sera de nuestra falta de fe, que seguira enajenndonos la
proteccin del cielo: pero que si como es de esperar vencemos pronto,
sin duda que al cielo,   la suerte para el que no crea en su influjo,
deberemos el triunfo en primer lugar; pero tambin le deberemos al valor
de nuestro ejrcito de mar y tierra y  la habilidad  inspiracin de
sus jefes. Y aunque esto ltimo, aunque la habilidad y la inspiracin se
negasen, siempre quedaran como factores de la victoria, sobre el valor
de soldados y marinos, el sufrimiento y la constancia de la nacin, que
al enviarlos sacrifica hericamente y murmurando harto poco su sangre y
su dinero.

[Illustration]




LA PAZ DESEADA


Grandsimo mi deseo de complacer  mi amigo D. Miguel Moya, escribiendo
algo sobre la Nochebuena y la guerra de Cuba para un nmero
extraordinario de _El Liberal_; pero mientras ms cavilo, menos cosas se
me ocurren. Slo acuden  mi memoria y pronuncian mis labios las
hermosas palabras que en boca de los ngeles oyeron los pastores:
_Gloria  Dios en las alturas y paz en la tierra  los hombres de buena
voluntad_. Paz anhelamos todos, y ahora que la Nochebuena se aproxima,
debemos repetir la exclamacin anglica, pidiendo paz al cielo. Y no
slo porque con la guerra exponemos  las enfermedades y  la muerte 
lo ms lozano de la juventud espaola y nos exponemos nosotros  la
miseria, sino tambin porque con la duracin de la guerra,  par de la
vida de muchos de nuestros hermanos, y  par del dinero y hasta de la
esperanza de ganarle que vamos perdiendo, es de recelar que perdamos
tambin la paciencia, el juicio y el corto ingenio que Dios haya tenido
la bondad de darnos.

Aun prescindiendo de todos los enormes males que la guerra trae consigo,
slo porque no se volviese  hablar de tan trillado, sobado y fastidioso
asunto, debiramos rezar para impetrar del Altsimo que la guerra
terminase, aunque fuera por virtud de un milagro, como el de la botadura
del _Princesa de Asturias_.

En suma; yo no s ya qu decir sobre la guerra, y lo que es sobre la
Nochebuena, con decir _gloria  Dios en las alturas y paz en la tierra 
los hombres de buena voluntad_, est dicho todo. Pero esto no es cuento,
ni artculo, ni composicin potica indita, y por consiguiente, si no
digo ms, me quedar con el disgusto de no complacer al Sr. D. Miguel
Moya.

Slo veo un medio de salir de mi apuro: referir aqu con brevedad y
tino, si soy capaz de tanto, la discusin que acaban de tener en mi casa
dos seores que han venido  visitarme, y por dicha se han hallado
juntos en ella. Es el uno, D. Valentn Len y Bravo, capitn de
caballera retirado, y el otro, el hbil diplomtico D. Prudencio
Medrano y Cordero, retirado tambin,  dgase jubilado. Ambos desean la
paz con el mismo fervor que yo; pero la buscan por muy diverso camino.
Suponen cada uno de ellos que, si se hubiera seguido el que l traza, ya
gozaramos de la paz en esta Nochebuena, y as nosotros en la Pennsula,
como nuestro valiente ejrcito en Cuba, la celebraramos
regocijadamente, despus de haber odo la Misa del Gallo, con
suculentas cenas, en que consumiramos multitud de pavos, que desde su
patria de origen, y no menor, multitud de jamones, que desde Chicago y
desde otros lugares de la Unin, donde abundan los cerdos, nos enviaran
de presente Cullon, Morgan, Sherman y algunos senadores ms.

Baste de introduccin y empiece el dilogo. El arrogante D. Valentn
habl primero y dijo:

--Vamos, hombre; confiese usted que no hemos debido sufrir tantas
ofensas y amenazas de intervenir con las armas en nuestras discordias
civiles; jactanciosa seguridad de acogotarnos en un dos por tres,
derrotando nuestro ejrcito y echando  pique nuestra flota; y envo
incesante de aplausos  los insurrectos, de insultos feroces  los
leales, y de armas, municiones, dinero, vveres y toda clase de auxilios
 los que devastan, incendian, saquean y destruyen la riqueza de Cuba,
para pedirnos luego indemnizacin por los mismos estragos y ruinas, que
sin el favor de los _yankees_ jams se hubieran causado. Crea usted, que
lo que hubiera convenido y lo que todo esto hubiera merecido, es que
nosotros hubiramos imitado  Agatocles.

--Y quin fu ese caballero?--pregunt don Prudencio.

--Pues Agatocles--contest D. Valentn--fu un clebre tirano de
Siracusa, con quien se condujeron los cartagineses sobre poco ms 
menos, como los _yankees_ con nosotros. Pero Agatocles se hart de
sufrirlos, embarc 5.000 soldados en unas cuantas naves, cruz el mar
con ellos burlando la vigilancia de la poderosa escuadra enemiga, y
desembarc en el territorio de la gran Repblica: para verse obligado 
vencer   morir, destruy los barcos en que haba venido, como hicieron
ms tarde el renegado cordobs Abu Hafaz en Creta, los catalanes en
Galpoli y Hernn Corts en Mxico; entr  saco en muchas ciudades
pnicas, y aun estuvo  punto de apoderarse de la capital. Por qu no
habamos de haber nosotros declarado la guerra  los _yankees_, pasado
en un periquete con ms de 100.000 combatientes desde Cuba  la tierra
de ellos y quizs llegado hasta el Capitolio de Washington, arrojando de
all  culatazos  los senadores y yendo luego, por la _avenida_ de
Pensylvania, hasta donde est el Palacio del Tesoro todo lleno de dinero
y apuntalado para que no se hunda, aliviarle de aquel peso, y plantarnos
por ltimo en la Casa Blanca, que est  tres pasos de all, y hacer 
Cleveland cautivo?

--Todo eso--replic D. Prudencio--me parecera muy bien si para dejarme
fro no acudiese  mi mente esta frase proverbial: t que no puedes,
llvame  cuestas. No bastan doscientos mil soldados para acorralar y
domar  los mulatos y negros cimarrones, y suea usted con que basten
cien mil para llegar al Capitolio de la Gran Repblica. Crame usted: lo
digo con gran dolor, pero es menester decirlo; _consumatun est_.
Menester es que nos resignemos y nos achiquemos. Cuba no nos ha
producido nunca una peseta. Cada una de las que ha podido traerse de
all algn empleado poco limpio, nos ha costado mil pesetas al conjunto
de los dems peninsulares y nos cuesta adems y nos costar muchas
lgrimas. Qu mejor venganza podemos tomar de los cubanos rebeldes que
concederles la libertad por que combaten? Una vez Cuba libre, Cuba se
volvera _merienda de negros_.

--Pues para que no se vuelva _merienda de negros_ debemos seguir
combatiendo en la Grande Antilla--dijo entonces D. Valentn.--Los
cubanos, ni con mucho, son todos rebeldes, y tenemos el deber de
defenderlos de los foragidos y de salvarlos de la rapacidad y de la
insolencia tirnica de los aventureros que quieren apoderarse de la
isla. Contra estos aventureros y aun contra todo el poder de los
_yankees_ que los protegen debemos luchar, ya que es inevitable la
lucha.

--Confieso--dijo entonces D. Prudencio--que me hace bastante fuerza eso
de que no debemos abandonar  los cubanos fieles y pacficos. Por eso
vacilo yo. Si no fuera por eso no vacilara en afirmar que para que
hubisemos tenido paz en la Nochebuena, que se acerca  grandes pasos,
hubiramos debido, en vez de imitar las locuras del Sr. Agatocles, hacer
lo que yo me s.

--Y qu es lo que usted se sabe? Acaso plantear las reformas ya
votadas, concederlas mayores an y hasta llegar  la autonoma para que
depusiesen las armas los insurrectos? No v usted que ellos achacaran
 debilidad actos tan generosos, se ensoberbeceran ms, pediran
independencia  muerte, y antes que darse  nosotros se daran al
diablo?

--Pues dos al diablo, les dira yo--contest D. Prudencio.--Lo que es
por m ya seran independientes con una condicin: con la condicin de
que cargasen con el pago de la deuda de Cuba. Aunque se elevase 
cuatrocientos millones de pesos fuertes, todava sera muchsimo menos
de lo que Cuba nos ha costado en los cuatrocientos aos que la hemos
posedo, sin duda por nuestra desgracia, pero tambin por nuestra
gloria, como monumento y esplndido recuerdo del hecho ms brillante y
transcendental de nuestra historia y aun de la historia de todo el
linaje humano.

--Tambin digo yo--exclam D. Valentn--lo mismo que deca usted hace
poco cuando me oy hablar de la imitacin de Agatocles: _todo eso me
parecera muy bien si para dejarme fro no acudiese  mi mente esta
frase proverbial: t que no puedes, llvame  cuestas_. Cmo quiere
usted que paguen nada los cubanos libres? Lo menos durante dos siglos,
sobrevendra all con la libertad la ms estupenda anarqua. Aquello
sera el Puerto de Arrebatacapas.

La isla libre no valdra por lo pronto ni producira un ochavo. Mal
andamos nosotros de dinero, pero todava los acreedores se fiaran ms
de nosotros. Yo doy por cierto que si Cuba se comprometiese  pagar, los
acreedores no aceptaran la sustitucin y exigiran que Espaa les
pagase.

--Eso tiene remedio--dijo D. Prudencio.--Mal hemos hecho con no haber
contrado alianza ninguna, con estar aislados y sin apoyo entre las
grandes potencias europeas; pero esto no mitiga la acusacin de egosmo
y hasta de imprevisora flaqueza que podemos lanzar contra ellas,
vindolas inertes y tranquilas sufrir que los Estados Unidos, sin razn
y sin derecho, nos traten como nos tratan, fiados en su poder y en su
riqueza  imaginndonos dbiles, pobres y solos. Como quiera que sea,
repito que el mal tiene remedio. Yo se le dara con mi grande habilidad
diplomtica, si no estuviese ya jubilado: conseguira que los Estados
Unidos, tan filantrpicos y tan fervorosos amantes de la libertad de
Cuba, garantizasen el pago de su deuda, y aun la pagasen, mientras Cuba
no pudiese pagarla. Hasta sera esto poderoso estmulo para que ellos
procurasen y aun lograsen la prosperidad de Cuba, con la cual crecera
la fama pstuma de Antonio Maceo hasta la altura de la de Jorge
Washington y de la de Simn Bolvar. Todo depende del xito final del
nuevo Estado que se funda.

Cuando se cansaron de hablar mis dos visitantes, me preguntaron mi
parecer. Yo, con todas las perfrases cultas que me inspir la cortesa,
les d  entender que los pareceres de ellos se me antojaban igualmente
disparatados y que era menester buscar un trmino medio.

--Y quin le busca?--dijeron ambos.

--Todos--contest yo--pero nadie le ha encontrado todava. Esperemos que
Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un
caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general
en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminar pronto y bien,
sin imitar  Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando
veamos aparecer este caudillo, no habr viejo en toda Espaa que no haga
el papel de Simen y que no le remede diciendo: _Nunc dimittis servum
tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei
salutare tuum_: pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones
en la prxima Nochebuena, ni los mozos podrn gozar de la paz deseada.
Contentmonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de
1897.

[Illustration]




LA MEDIACIN DE LOS ESTADOS UNIDOS


Voy  decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que _El
Liberal_ trata hoy, y voy  decirle con sinceridad, con llaneza y hasta
con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerar poco
diplomtico: pero mi diplomacia pas ya, y agua pasada no mueve molino.

Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos aos que
hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos
espaoles traen  pueden traer desde all  nuestra Pennsula, no
aumentan ms nuestro caudal que las alhajas y juguetes que hallan en un
balcn los nios aumentan el caudal del honrado padre de familia que los
puso all de antemano el da de Reyes para que sus nios los tomen, 
que las liebres y perdices, que caza alguien en un coto, aumentan el
caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar all dichas
liebres y dichas perdices, ha gastado mil y mil veces ms de lo que
ellas valen.

Econmicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.

Es cuestin de honra conservarla? Frase es sta llena de pompa y de
peligro, que sera mejor no emplear.

Claro est que nos convendra y nos agradara que el Dios Trmino de
Espaa no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes
providenciales  fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos
humanos, hacen que el Dios Trmino retroceda, no por eso Espaa ha de
creer menoscabada su honra. Antes pudiera salir del mal el bien, y
acrecentarse la honra de Espaa, si, por ejemplo, las diecisis 
diecisiete Repblicas que han nacido de su seno, llegasen  estar
florecientes y poderosas.

Es cuestin de integridad de nuestro territorio? Tambin sobre esto hay
mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estara ya
dicha integridad, si la hubieran constitudo lo mejor del continente
americano, la Sicilia, la Cerdea, el Portugal con todas sus posesiones,
y tantos otros Estados, provincias y pases como nos han pertenecido y
ya no nos pertenecen.

Infiero yo de aqu que nuestro dominio en Cuba no es cuestin de
utilidad, ni de honra, ni de integridad de la Patria.

Pero significa esto que sea poco importante la conservacin de Cuba?
Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservacin
importantsima. El que la conservemos es para nosotros cuestin de
categora, de elevacin, de rango entre las naciones de Europa. Es
tambin cuestin de decoro nobiliario. Cuba, dominada por Espaa, parece
como ttulo, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y
civilizamos el Nuevo Mundo.

Por esto, todo buen espaol debe considerar como gran desventura la
prdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto, con general
aplauso y excitacin de toda Espaa, han ido  Cuba 200.000 soldados.
Por esto la nacin se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se
empea, y arrostra con resignacin valerosa la pobreza,  fin de
mantener en Cuba  esos soldados, y por medio de ellos su indiscutible
soberana.

Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara,
huyen y se esconden, prolongando as indefinidamente la guerra, los
gastos y los sacrificios, y haciendo morir, mil veces ms que en los
combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa.

Yo no discuto aqu si es  no posible,  menos de un milagro, de una
ventura casual  de una inspiracin dichosa, acorralar  los rebeldes,
vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto
dificilsimo.

Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce aos dur la
de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de Espaa
tuvo que tratar de potencia  potencia con el Tempranillo, con los
Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.

Como quiera que sea, la situacin en Cuba del general en jefe es harto
penosa. El pueblo que permanece all fiel  la Madre Patria y el
Ejrcito que le obedece, bien pueden proclamarle _mejor que Trajano_,
pero no _ms feliz que Augusto_. Bien pueden, para realzar su crdito y
levantar su autoridad, reunirse en Junta y colmarle de vtores y
aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordar involuntariamente el
del Senado romano cuando, despus de la batalla de Cannas, di
fervorosas gracias al cnsul Varrn porque no haba desesperado de la
salud de la patria.

Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me
parece en extremo deseable, y la accin diplomtica conveniente, ya que
 pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros
soldados, no bastan las armas.

Cmo _debe_ ser,  cmo _puede_ ser esta accin diplomtica, dado que
la haya? Una cosa es el _debe_ y otra el _puede_. Aristteles pone muy
bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio, es la poesa
mil veces ms filosfica que la historia. La historia expone lo que es y
la poesa expone lo que debe ser. Hagamos poesa por un momento.
Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia.

La nacin de los Estados Unidos, tal vez  pesar de su gobierno, que no
puede evitarlo, mantiene la insurreccin en Cuba. Sin el favor y
auxilio que le d, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le
suministra, es evidente para todo el mundo que la insurreccin estara
ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no
hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nacin
anglo-americana (aunque disculpemos  su gobierno) es el ms odioso
abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enrgica contra l
por parte de Espaa sera sublime delirio. Espaa est lejos de Cuba y
la Unin est cerca, y Espaa es cuatro veces menos populosa que la
Unin y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podra perder la gran
Repblica, si entre ella y Espaa sobreviniese un conflicto blico. La
justicia est de nuestro lado, y

    _l' antico valore_
    _Negl' ispanici cor non  ancor morto._

Vamos ahora  declarar aqu lo que _debiera_ ser, aunque no tengo la
menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de
que hablo  el conflicto que presupongo, si perdida nuestra paciencia,
superior  la de Job, nuestro nimo no desfallece.

La accin diplomtica debieran ejercerla las grandes potencias de
Europa, y singularmente las que tienen posesiones en Amrica,  fin de
que el gobierno anglo-americano emplee medios suficientes para evitar
que su pueblo fomente la insurreccin en Cuba, faltando  la justicia, 
la verdadera civilizacin y al Derecho de gentes. La insurreccin
terminara en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesa: es lo que
debe ser, pero no lo que ser. Las grandes potencias de Europa seguirn
dejando  Espaa en completo abandono.

Qu recurso nos queda, sin acudir al ms arrogante y peligroso de los
extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos
agravios y aceptar los buenos oficios del gobierno de los Estados
Unidos, si dicho gobierno los ofrece.

Rara y muy poco airosa sera para nosotros esta mediacin; pero es tan
grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar
por todo.

Explicar ahora la limitacin que v contenida en la frase _hasta cierto
punto_. Para m, la limitacin no puede ser ms clara. Si el gobierno de
los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los
insurrectos y se pacificase la isla, esto haba de ser sin exigirnos la
menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernacin de la
isla, de nada que modificase all las relaciones entre gobernantes y
gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implcitamente como garante
el gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldra  despojarnos
vergonzosamente de la soberana de la isla   conservar en ella una
soberana desmedrada y dependiente de la gran Repblica,  cuya
fiscalizacin constante estaramos sometidos, y  quien acudira siempre
en queja cualquier cubano dscolo que se creyese lastimado  que
supusiese que no se le cumpla lo prometido. Sin duda, se me dir: qu
provecho, qu ventaja sacar el gobierno de los Estados Unidos, de
mediar para que los rebeldes se rindan  discrecin y sin que Espaa les
prometa nada? A tal pregunta respondera yo:

Si alguien cree  espera todava en Espaa, que podemos tener en Cuba un
milln y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la
Pennsula  mucho ms elevado precio que pueden comprar productos
semejantes importados de otros pases, menester es, en mi opinin, que
renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone
lo dicho la anulacin del comercio entre Cuba y Espaa. El del Brasil,
por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces ms
activo y fructfero para los portugueses que cuando el Brasil era
colonia.

Con facilidad se comprender ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua
de nuestra soberana, pudiramos dar  los Estados Unidos, si, por
mediacin de su gobierno, Cuba se pacificase. En virtud de un Tratado
pudiramos darles la ms amplia libertad de comercio en aquella porcin
de nuestro territorio. El galardn sera esplndido y Cuba tambin
aumentara pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar ms baratos la
harina y otros alimentos,  importar en la Gran Repblica sus azcares,
su caf y su tabaco, libres  casi libres de derechos.

En cuanto  las libertades polticas y administrativas, ya las conceder
Espaa generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligacin
de concederlas.

Slo de esta suerte aceptara yo la accin diplomtica  digase la
mediacin de los Estados Unidos.




NDICE


Prlogo                                                                v

Disonancias y armonas de la moral y de la
esttica                                                               1

Coleccin de manuscritos y otras antigedades
de Egipto pertenecientes al archiduque
Raniero                                                               31

De los autores portugueses que escribieron
castellano                                                            57

Los jesutas de puertas adentro,  un barrido
hacia fuera en la Compaa de Jess                                   71

Sobre dos tremendas acusaciones contra Espaa,
del anglo-americano Draper                                           103

Los Estados Unidos contra Espaa                                     149

Quejas de los rebeldes de Cuba                                       175

Las alianzas                                                         197

Teatro libre                                                         211

Fines del arte fuera del arte                                        243

El maestro de Palmira                                                253

Las rarezas del _Fausto_                                             265

La moral en el arte                                                  275

El regionalismo filolgico en Galicia                                285

La obra pstuma de Juan Montalvo                                     295

El pas de la castaeta                                              303

Sobre la antologa de poetas lricos castellanos,
de D. Marcelino Menndez y Pelayo                                    313

Mrito y fortuna                                                     323

Fe en la patria                                                      333

La paz deseada                                                       339

La mediacin de los Estados Unidos                                   347







End of the Project Gutenberg EBook of A vuela pluma, by Juan Valera

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Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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For additional contact information:
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     Chief Executive and Director
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Literary Archive Foundation

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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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