The Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La horda

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: August 20, 2010 [EBook #33474]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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LA HORDA

NOVELA

V. BLASCO IBEZ

EDITORIAL "PROMETEO"

Germanias, 33.--VALENCIA

1905




LA HORDA




I


A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la
sierra al fielato de los Cuatro Caminos.

Haban salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cntaros de
leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que pareca el
ltimo adis del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes
que rompiese el da, para ser los primeros en el aforo. Alinebanse los
vehculos, y las bestias reciban inmviles la lluvia, que goteaba por
sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores
refugibanse en una tabernilla cercana, la nica puerta abierta en todo
el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente
las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban
la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus
zapatones claveteados, y sorbindose una taza de caf con toques de
aguardiente, discutan con la tabernera la comida que haba de
prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.

En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas de
troncos aguardaban la llegada del da para entrar en la poblacin. Los
boyeros, envueltos en sus mantas, dorman bajo aqullas, y los bueyes,
desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban
ante los serones de pasto seco.

Comenz a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias
puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro
de la carretera. Una churrera exhal el punzante hedor del aceite
frito. En las tabernas, los mozos, soolientos, alineaban en una mesa,
junto a la entrada, la batera del envenenamiento matinal: frascos
cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limn.

Presentbanse los primeros madrugadores temblando de fro, y luego de
apurar la copa de alcohol o el caf de a perra chica, continuaban su
marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa
de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la
bscula. Los cntaros de estao brillaban en largas filas bajo el
sombraje de la entrada. Discutan a gritos por el turno.

--Quin da la vez?--preguntaba al presentarse un nuevo carretero.

Y al responderle el que haba llegado momentos antes, colocaba sus
cntaros junto a los de ste, con el propsito de repeler a trallazos
cualquiera intrusin en el turno.

Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus
peticiones al de la bscula y a los otros empleados, que, envueltos en
sus capas, escriban a la luz de un quinqu. Los cntaros slo contenan
leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en
el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cntaros vacos, en busca
de la fuente ms cercana. All, dentro del radio, sin temor al
impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicacin de la mercanca.

Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,
comenzaban a desfilar hacia la poblacin, cabeceando como sombros
barcos de la noche. Otros ms pequeos deslizbanse entre ellos, pasando
ante el fielato sin detenerse. Eran los vehculos de los traperos, unas
cajas descubiertas de las que tiraban pequeos borricos. Los dueos iban
tendidos en el fondo, continuando su sueo, con la tranquilidad que les
daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de
tranvas. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detena el paso y
quedaba inmvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que
la despertaban un tirn de riendas y un juramento.

La lluvia ces al amanecer. Una luz violcea se filtr por entre las
nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma
matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes
por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los
desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetacin en las
hondonadas.

El cementerio de San Martn mostr sobre una altura su romntica
aglomeracin de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre
las mseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcbase en la ancha
calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes elctricos: una
fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido
en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los
tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su
blanca corona.

As como avanzaba el da, era ms grande la afluencia de carros y
cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de
Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con vveres frescos para los
mercados de la villa. Junto con los cntaros de la leche descargbanse
en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesn,
racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la bscula
sucedanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caan en
ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y
momentos despus apilbanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de
verduras. Las paletas, envueltas en un mantn, con el pauelo
fuertemente anudado a las sienes, volvan a cargar sus mercancas en los
serones, y apoyando el barroso zapato en la bscula, saltaban giles
sobre su asno, azuzndolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos
y verduras en las calles inmediatas a los mercados.

La invasin de los traperos hacase ms densa al avanzar el da. Sus
ligeros carros en forma de cajn eran de un azul rabioso, con un valo
encarnado en el que se consignaba el nombre del dueo. Venan de
Bellasvistas y de Tetun, de los barrios llamados de la Almenara, de
Frajana y las Carolinas. Los ms pobres no tenan carro, y marchaban a
lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones
destinados a la basura. Las matronas de la busca pasaban erguidas
sobre sus rucios, arrendolos con la vara, ondeando detrs de su espalda
las puntas del rojo pauelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos
pitaosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de
sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.

El asno, fiel compaero del trapero, desfilaba en todas sus mseras
variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las
amazonas. Eran animales pequeos y sucios, de una malicia casi humana.
Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los
garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres
lo que el da anterior haba pasado por las cocinas de la poblacin, y
este alimento de animal civilizado pareca avivar su inteligencia. Jams
haban sentido el fresco contacto de la tijera ni el benfico roce de la
almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenan vestigios de pelo,
sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban
el mismo aspecto que si llevasen pantalones.

Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistrica que
huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como gua, el anhelo
de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,
como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los
residuos de todo un da de existencia civilizada, el sobrante de la gran
ciudad que haba de mantener a los miserables acampados en torno de
ella.

Una turba de peatones invadi el camino. Eran los vecinos de la
barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salan de las calles
inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro
Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lbregos y sus
puertas numeradas, mseros avisperos de la pobreza.

Ya no llegaban ms carros del campo con su tosca solidez semejante a la
de la vida robusta y sana. La calle ocupbanla ahora los vehculos de la
busca, srdidos, sucios, negros algunos de ellos como atades, con
toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y
pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del
almuerzo pendiente de un botn, o con chaquetones pardos y la boina
calada hasta los ojos. Desde el fielato se les vea alejarse, las manos
en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademn humilde, resignados
a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo
de antemano la fatiga montona y gris que se extendera hasta el momento
de su muerte.

Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban
frente a la estacin de los tranvas, esperando los primeros coches.
Eran maquinistas de fbrica, capataces, encargados de talleres, la
aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los dems en su
relativo bienestar.

El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, segua
desde la puerta el paso de los trabajadores, llam a un joven que vena
de Madrid y le invit a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de
descansar: tena el da entero para dormir. Y mientras le ofreca
lumbre, le pregunt guiando un ojo:

--Qu hay de poltica, amigo Maltrana? Cundo viene la nuestra? Es
verdad que el gobierno est al caer?...

El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que
encenda su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente
vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrs, dejaba al
descubierto una frente abombada y enorme, que pareca abrumar con su
peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte
oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una
expresin asitica; pero el brillo de las pupilas, revelador de una
inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su
figura.

Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha
desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones
rotos y el cuero resquebrajado bajo los rodos bordes del pantaln. Un
macferln de un negro rojizo servale de abrigo, y por entre las solapas
mostraba con cierto orgullo su nico lujo, el lujo de la juventud
msera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y
un cuello postizo, alto, de rgida dureza, pero cuyo brillo haba
tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mrmol viejo.

--Qu hay de poltica?--dijo otra vez el empleado.

Y Maltrana termin su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y
lo que se deca en el Congreso le inspiraba escaso inters. All en la
redaccin, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas,
sin que l se esforzase por retener en su memoria una sola palabra,
abstrado en la lectura de peridicos y revistas. Cmo podan interesar
a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen
amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles
pblicos, hizo un esfuerzo y contest, sin saber ciertamente lo que
deca:

--S, creo que el gobierno va a caer. Algo he odo de eso en la
redaccin.

--Y los hombres? Qu dicen los hombres de estas cosas?

Isidro Maltrana saba que los tales hombres eran los redactores del
peridico en que l trabajaba, los que tejan el artculo de fondo y la
informacin poltica, los pjaros gordos, como los designaba por
antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto
nacional, a los nicos profetas del porvenir.

--Pues los hombres--contest el joven con cierta timidez, como si le
repugnase mentir--creen que esto marcha bien y que muy pronto vendr la
nuestra.

--Lo mismo digo yo.

Y tras esta afirmacin enrgica, que rebosaba fe, el empleado mir con
cierta envidia a aquel joven de msera facha, que poda tratarse de
igual a igual con los hombres.

Todas las maanas vea a Maltrana, al volver ste de la redaccin. El
pobre joven, para dormir, tena que esperar a que su padrastro y su
hermano menor abandonasen un msero cuartucho de la calle de los
Artistas, y una vez en l, se tenda sobre el camastro nico, todava
caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albail y su aprendiz.
Dorma hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a
los Cuatro Caminos el rebao de trabajadores, volva l a Madrid a
emprender su vida dura de pjaro indefenso, falto de pico y de garras,
que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin ms alimento que las
escasas migajas olvidadas por otros.

Aprovechaba la luz de la redaccin, el papel y la tinta, en las horas en
que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino
desconoca. Proporcionbanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez,
haban recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La
retribucin llegaba a l con tal merma, despus de pasar por las manos
de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de
fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano
Pepn, ms conocido por el _Barrabs_, ganaba como aprendiz de albail.
Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo
era su nico medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una
traduccin representaba la comida, al anochecer, en una taberna
frecuentada por las gentes del oficio, periodistas de escaso sueldo,
jvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal de
todos, entreteniendo as la espera impaciente de una hora de celebridad.
No eran gran cosa estos banquetes; pero cmo pensaba en ellos los das
en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones!
Transcurran para l, en la redaccin, las horas de la noche en continua
lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estmago los retortijones del
hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su
cabeza pareca rodar, como si repeliese toda idea, senta deseos de
lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones
filosficas, acabando por burlarse de los ideales polticos del
peridico, nicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con
su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ay! que
haban cenado.

Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, vea
entrar, como mensajeros de alegra, a ciertos correligionarios de fuera
de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redaccin.

--A ver! Que traigan caf para los chicos... y todo lo que quieran.

Y los chicos devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban
hasta la ltima gota del lquido negro y de la leche contenida en las
cafeteras, y prendan fuego al cigarro de medio real, ltimo y
definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de caf y de manteca,
lo vea todo ms hermoso, con repentina iluminacin, al travs de la
nube azul del tabaco, y rompa a hablar de filosofa y literatura con
juvenil vehemencia, asombrando a aquellos seores forasteros, que
presentan en l a un futuro grande hombre, y quin sabe si a un
gobernante de cuando llegase la nuestra!...

Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la
cabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, segua
con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristbal, el propietario
del peridico, un buen seor francote y paternal, sin otras
preocupaciones que su diario, la revolucin que no llegaba nunca y el
deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por la idea.

--_Homero_... un cigarrito?...

_Homero_ era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos
de la redaccin, abominando de su cultura, que les cargaba, y
afirmando que, con toda su sabidura, era incapaz de escribir la crnica
de un suceso o pergear un crimen interesante. Primero le haban apodado
_Schopenhauer_, por la frecuencia con que citaba a su filsofo favorito;
despus _Nietzsche_; pero estos nombres eran de difcil pronunciacin, y
una noche que Maltrana, aislado de la realidad, os recitar en griego
algunas docenas de versos de la _Ilada_, acordaron todos llamarle
_Homero_ para siempre.

El buen _Homero_ aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristbal,
el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no serva ni
para ordenanza de la redaccin. Fumando entretena la espera angustiosa
de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del
propietario. El buen seor, al sentir ciertos desfallecimientos del
estmago, inclua generosamente en su necesidad a todos los muchachos.
Unas veces era carnero con judas, guisado en la taberna cercana; otras,
una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le pareca
esplendorosa como un astro entre las nubes de peridicos que llenaban la
mesa y bajo la fra luz de las bombillas elctricas.

--A ver, seores, quin me hace oreja?--deca don Cristbal con gestos
de padre--. Que traigan pan y vino para todos... _Homerito_, acrcate y
mete la ua. A tu edad siempre hay apetito, y t debes andar algo
atrasado.

_Homerito_ meta la ua, al principio con timidez; pero los primeros
bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estmago, y para
amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por
ella si retrasaba el envo. Al bondadoso protector le haca gracia el
hambre voraz de aquel muchacho feo. Ah, la juventud! Envidiable
estmago! Vindole, senta nuevas ganas: _Homero_ era su aperitivo.

Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las ltimas migas,
bebase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegra digestiva
de las ltimas horas de redaccin, las mejores de la noche.

Slo entonces hablaba _Homero_ de poltica, compartiendo las ilusiones y
esperanzas de los dems. Vendra la deseada... la nuestra; y entonces,
o no haba justicia ni vergenza, o don Cristbal sera ministro del
primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con
sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se inclua en el triunfo.
El tambin sera algo, qu demonio!... Se contentaba con una dictadura
sobre la instruccin pblica, para desasnar el pas a palos. Cada uno a
sus aficiones.

Y el buen _Homero_ describa, entre las risas de los compaeros, su
entrada en la Biblioteca Nacional al da siguiente de la revolucin,
seguido de un piquete de ciudadanos. A formar todo el personal! Los
bibliotecarios, que le conocan por haber sostenido con l ms de un
altercado, esperaban su sentencia trmulos de miedo. Ahora pagaran sus
embustes siempre que se les peda un libro moderno: el negar su
existencia o el afirmar que lo tena otro lector entre manos; aquel
deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de intil erudicin,
mamotretos enojosos que repelan a la gente, quitndola los deseos de
instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros,
y el dictador los colgaba sin piedad de los rboles de Recoletos, con un
carteln en el pecho: Por traidores a la cultura y fomentadores de la
barbarie pblica... Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por
los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de
monstruos, horrendo almacn de fealdades y oeras histricas. Salvo
raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas,
formndose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por
orden del dictador, haban de saltarla en seal de alegra por la
desaparicin de tanto mamarracho.

Despus, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo
del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que pona los pelos de
punta. Haba llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la
interminable clasificacin, a los nuevos arreglos que tenan en perpetuo
movimiento las obras artsticas, desorientando al pblico y hacindole
vagar de uno a otro saln como en un ddalo. Al primero que moviese de
su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y
_Homero_ terminaba su excursin revolucionaria cerrando para siempre el
Teatro Real. Viva la msica! Abajo la pera! Los aristcratas que
conversasen libremente en sus salones, sin el runrn enojoso de la
orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del
lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la
laringe la enfermedad del tenorismo, las seoritas de bata blanca y
cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a
su antiguo oficio o a coser a mquina. De volver a titularse artistas,
sufriran la pena que marca el Cdigo por falsedad de estado civil. Los
msicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos seran
mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de
asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por
riguroso turno.

Y tras estas reformas insignificantes, _Homero_ tomaba asiento en su
silln de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de
todos los maestros de escuela; la revisin de la mentalidad de todos los
catedrticos, pero de un modo implacable, sin entraas, como pudiera
juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendan a ser
maestros de aldea; la gran mayora de los preceptores rsticos reciban
la cesanta y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando as
natural expansin a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con
talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qu
camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera
funcin nacional. El ms humilde maestro de Espaa tendra mayor sueldo
que un cannigo...

As hablaba _Homero_, entre las risas de sus camaradas, dejando
modestamente a los grandes hombres de la idea que arreglasen otros
problemas: el del estmago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir
la inteligencia nacional; y una vez bien montada la mquina del
desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte aos sin haberse
aprovechado de estas facilidades para la cultura, sera expulsado del
territorio hispano, para que poblara el frica.

El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caa
de golpe en la realidad. El fro, colndose bajo el sutil macferln,
haca temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor de
museos. El tirano senta aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del
alba, y aceptaba del director o de cualquier compaero en fondos una
taza de soconusco con media docena de bolas. Iban a la chocolatera de
la calle de Jacometrezo, sentndose junto a las paredes de azulejos
fros, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de
pulmona todos los golfos que esperaban la maana en torno de las
primeras mesas.

All, mojando buuelos en el fangoso lquido de la taza, senta renacer
otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente clido
de la redaccin. El sera algo; l subira alto. Siempre que llenaba el
estmago, sentase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales
esperanzas, emprenda la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar
en el camastro todava caliente.

Mientras llegaba el momento de la ascensin, su vida no poda ser ms
triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para
conquistar el pan, lea y lea por el gusto de saber, como un gran seor
que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su
alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin
lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le pareca
intolerable.

Perda las noches enteras en la redaccin, y rara vez coga una pluma.
Al principio, le haban encargado que redactase sucesos, que inflase
telegramas. El director se interesaba por l: deseaba incluirle en la
plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de
Consumos. Pero pas una noche rompiendo cuartillas y dando paseos
nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el
encargo a un golfillo de la casa que no saba escribir un rengln con su
ortografa. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redact
con menos palabras que el original. Era un espritu superior, incapaz de
tan bajas funciones. Un da en que, por ausencia del director, le
encargaron el artculo de fondo, llen tres columnas de prosa razonadora
y fra, resultando de ella, despus de examinar y pesar todo lo
existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el peridico
como el rgimen de los gobernantes actuales.

El tal _Homero_, segn deca el propietario, era un manzanillo del
saber. Mataba todo lo que cubra con su sombra. Le dieron libertad para
que escribiera a su capricho, y public tres artculos sobre Ruskin y la
belleza artstica, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las
armonas y desarmonas entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y
Hckel. Meses despus an rean en la redaccin de aquellas columnas de
prosa espesa y mate que nadie haba ledo hasta el fin. Don Cristbal
afirmaba con grave sorna que el diario haba estado prximo a perecer, y
que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artculo
de _Homero_. Ir con tales galimatas al respetable pblico, que lo que
desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que
los diputados les mienten la madre a los seores del banco azul!...

Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los
quince duros mensuales que le haban hecho entrever antes de su fracaso,
segua asistiendo puntualmente a la redaccin. Adnde ir?... All
encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irnicos; algunas veces
hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tena cierto talento,
pero que estaba chiflado. Adems, l reconoca su gran defecto, el mal
de su generacin, en la que un estudio desordenado y un exceso de
razonamiento haba roto el principal resorte de la vida: la falta de
voluntad. Era impotente para la accin. Estudiaba vidamente y no saba
sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando;
las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores;
pero sentase incapaz de fijar con la pluma ni una pequea parte de las
ideas que se le escapaban en el chorro de la conversacin.

Y permaneca inmvil, atascado en su camino, sabiendo que perda el
tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin nimo para intentar un
esfuerzo, confiando en un extrao fatalismo que haba de sacarle del mal
paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le
arrancara de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que
poner nada de su parte.

Aquella maana era de las ms alegres para el joven. Tena dinero; la
noche anterior haba cobrado trece duros de una traduccin, sintiendo
con cierto deleite el peso del puado de plata junto a su estmago, que
an conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Haba
cenado en la taberna, asilo de los das felices, los platos ms
suculentos, dndose, adems, el gusto de pagar el matinal chocolate a
los compaeros de redaccin, asombrados de tanta riqueza.

El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofreca un
cigarro y una parte de su caf, atrajo igualmente su generosidad. Quera
obsequiarle, hacerle partcipe de su opulencia, y casi a la fuerza le
llev al ventorrillo, detrs del fielato. Tomara una taza de t, una
copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de l.

Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les
sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.

A espaldas del fielato, en el abrevadero, una banda de palomas
picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban
hasta all para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes.
Junto al ventorro alzbanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros,
el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un
veterinario.

Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con direccin al
ventorro.

--Es _Coleta_--dijo el jefe del fielato--. Domingo, el famoso trapero de
las Carolinas.

Llevaba a la espalda un saco vaco, pero l caminaba encorvado ya, como
si presintiese su peso. Los zapatos, ms largos que los pies, doblaban
sus puntas hacia arriba; el pantaln de pana cealo a la cintura con
una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraa de
pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes
ligamentos. Esta vestimenta sucia y msera completbala con un chaqu de
largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como
guerrero casco.

Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los
ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte
de sus mejillas acariciada por la rasura era lo nico limpio de la cara.
El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco
fangoso; el cuero cabelludo mostraba las pas blancas del rapado por
entre las escamas de la caspa endurecida.

_Coleta_ salud al del fielato y fij despus sus ojos en Maltrana.

--No eres t Isidro, el nieto de la _Mariposa_... uno que es seor en
Madriz y escribe en los papeles?...

S; l era, y se alegraba de que _Coleta_ le reconociese. Qu deseaba
tomar?

Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron
en una gran escoriacin que enrojeca todo un lado de su cara. La sangre
seca manchaba los bordes del desgarrn.

_Coleta_ levant los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un
tropiezo al salir de la taberna del _Cubanito_, la noche anterior.

--Hemos estao de groma hasta la una de la maana yo y los muchachos del
barrio. La gran taj!

Antes de pedir algo a la tabernera, que rea slo con verle, quiso
conocer lo que Maltrana haba bebido, e hizo un gesto de repugnancia al
or que era una copa de aguardiente de limn.

--Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que
alarga la vida; y cuanti ms, mejor.

Haba que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de
alcohol, alabando de paso las virtudes del lquido rojo. All le tenan
a l con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las maanas iba a
Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba
las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y despus armaba fiesta
en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se pona
en cueros, sin miedo al fro, para que chillasen escandalizadas las
mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca haba estado enfermo.

--Yo no duermo. Comer... menos que un pjaro! Me mantengo con un cacho
de pan as, y ustedes perdonen el modo de sealar. Es malo comer: el pan
quita sitio a la bebida. Adems, da mareos y hace que a uno se le
revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los dems por su cogorza
indecente... A m me mantiene el vino... Viva el negro!... y el blanco
tambin! Esta es la mejor de las boticas.

Y se bebi de un golpe la copa que le ofreca la tabernera. Desde el
camino, un grupo de chicuelos que vena siguindole mirbalo a
distancia, lanzndole insultos.

--_Coleta_!... To del gabn! Borracho!

El trapero acoga estos gritos tranquilamente, como un hroe satisfecho
de su xito popular. Mientras gritasen!... Algo peor ocurra cuando los
gritos eran acompaados de pedradas y haba l de abandonar su saco para
perseguir a los agresores.

--Id a tocarle el... moo a vuestras madres.

Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfera en sus
denuestos, _Coleta_ sabore otra copa, alabando la buena suerte que le
haca tropezar tan de maana con amigos rumbosos.

El era el ms pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa.
Se lo haba bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar
de ella humedecanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas
que la haba dado. Ahora tena con l a la _Borracha_, la trapera ms
sucia y mal trabajadora que exista desde Bellasvistas a Fuencarral. Un
dragn con faldas, seores; l no se avergonzaba de confesar su
cobarda. Si la daba una torta, ella le devolva tres; y era intil que
al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una
buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado:
equivala a proporcionar armas al enemigo, pues la _Borracha_ acababa
por cogrselo, arrendole con l para que saliese de la taberna.

Todo envidia, pura rabia porque l encontraba amigos que le convidasen,
y ella, gustndole mucho el vino, tena que contentarse, cuando ms, con
las cortinas, o sea con lo que queda en el fondo de las copas.

Vivan en una especie de gallinero al extremo de un corral ocupado por
montones de basura. Ayudaban a la duea de la casa en la rebusca del
gnero, y adems el carro de sta le traa el saco al regresar de
Madrid. El tena buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de
las mejores calles, toda ella de seoro que coma bien. Con las sobras
poda engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su
primer matrimonio vivan en Madrid, trabajando unas veces en el
adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los vea.

--La familia... con tomate, seores mos. Tanto tienes, tanto vales;
cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les
traspase la parroquia. El ama de mi casa tambin quiere lo mismo...
Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho.
El negocio, mo, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias _Coleta_, para
servir a ustedes.

Y al hablar as, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el
negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este
trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja.

Despus rompi en elogios a la tabernera y su vino. Ol las seoras de
mrito! La copa era all menos barata que en el barrio de los traperos,
pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no poda sustraerse a la
tentacin de abandonar el camino para contemplar los ojos de la duea,
su aire de seoro y los parroquianos de la casa, todos unos
caballeros... Y con estas alabanzas an conquist una tercera copa.

Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a
Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. _Coleta_ les
sigui, afirmando que no tena prisa. Sus parroquianos se levantaban
tarde.

En las aceras de Punta Brava se haban establecido ya los puestos del
mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas
negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y
verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que
acosaba al trapero se dispers al verle bien acompaado, ocultndose
tras los primeros tranvas.

De pronto, la maana gris se ilumin con resplandores de oro. Rasgronse
los vapores blanquecinos; se abri en el celaje un agujero de profundo
azul, por el que pas sus rayos el sol oculto. La tierra pareci sonrer
bajo su hmeda mscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones
reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseros rojos y
blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde
obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz pareca una
llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levant el
vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos.

Dos jvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo
del mantn ante la boca. Tenan la belleza de la obrera, la frescura de
esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa slo
momentneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que
dificultan el desarrollo.

Maltrana fij sus ojos en la ms pequea, una morena de rostro plido y
grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus
cabellos. El busto endeble erguase con una arrogancia natural dentro
del mantn; sus pobres faldas de verano se movan con cierto ritmo
majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeos,
cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte ms atendida de su
persona.

--Viva lo bueno!--grit el borracho ponindose en jarras--. Ah va la
gloria del barrio!...

Y para expresar su entusiasmo con ms viveza, arroj el grotesco
sombrero en un charco, salpicando a todos de barro.

El empleado del fielato salud a las jvenes con un tono de zumba
paternal:

--Que seis buenas... Cuidadito con perderse...

Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que
con movimientos de cabeza. La pequea habl al alejarse.

--Adis, Isidro--dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecan
sus mejillas.

--Adis, Feliciana--contest el joven.

Y la sigui con los ojos, admirando su marcha rtmica y graciosa sobre
el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeecindose con la
distancia.

El sol se ocult de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no
brillaron los charcos. Se extendi de nuevo sobre la tierra un velo
gris, y la espiral de palomas ces de aletear, desplomndose de golpe en
el fango.

El jefe del fielato habl de las dos muchachas. Las vea pasar todas las
maanas a la misma hora; trabajaban en una fbrica de gorras de la calle
de Bravo Murillo. Feliciana era la hija nica del _Mosco_, el famoso
cazador de Tetun, y su compaera una muchacha de Bellasvistas, a la que
aqulla recoga todas las maanas para ir juntas al trabajo.

El nombre del _Mosco_ hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de
admiracin. Aquel era un hombre. Quitaba el sueo a toda la gente del
Real Patrimonio. _Coleta_ lo saba de buena tinta: el administrador de
El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al _Mosco_, y los
guardas, apenas cerraba la noche, preguntbanse por qu lado del inmenso
bosque trabajara aquel bandido.

Los gazapos reales dormanse en sus madrigueras, resignados de antemano
a que les despertase la sangrienta dentellada del hurn; los corzos, al
beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugan a la oreja:
Mucho ojo, hermanos; el _Mosco_ debe de andar cerca... Un perro suyo,
apodado _Puesto en ama_, haba sido tan famoso por lo temible, que, al
matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la
administracin de El Pardo, y all le guardaban empajado y con ojos de
vidrio, como una curiosidad del real sitio.

_Coleta_ haba conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en
medio de la noche; no haba venado que le resistiese. Una vez hizo ganar
a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el _Mosco_ tena otro perro,
el segundo _Puesto en ama_, una verdadera alhaja, pero de menos mrito
que el otro, y con l continuaba sus expediciones de daador, sus
audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando
sangre, pero abrindose paso siempre por entre los disparos de los
guardas y los galopes de los vigilantes montados. El plomo que aquel
hombre llevaba en el cuerpo!...

_Coleta_, agotados los elogios al intrpido cazador, cuyas hazaas
conocan mejor que l los que le escuchaban, iba ya a emprender el
camino hacia Madrid, cuando su instinto de parsito le hizo fijarse en
un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes
de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por
la falta de limpieza, llevaba el cabezn adornado con cintajos
multicolores encontrados en la basura. Pareca una bestia de tribu
marchando adornada a una fiesta salvaje.

--Esa me llevar--dijo _Coleta_--. Eh, to Polo... seor Polo, pare
usted! Aqu hay amigos.

De la parte trasera del carro surgi, como un monigote del fondo de una
caja, una cabeza de viejo, con el cuello del chaquetn rozando las
orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara
mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez.
Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera
otro viejo, incorporndose trabajosamente con las riendas en la mano.
Pareca el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendan sobre
el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus
mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo
ms limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban
rodeados de arrugas, que parecan rayas de carbn por la suciedad de sus
surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubrase con una
especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una
cuerda. Su pantaln estaba resguardado en los muslos por zajones
cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de
la mula. Una boina verdosa, con rastros de telaraas, cubra su cabeza
sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y
simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las
mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura
de nio.

--Qu se les ofrece a ustedes?--dijo con atiplada vocecilla y
entonacin corts--. En qu puedo servirles, seores?...

Sus ojos se fijaron en _Coleta_, e hizo un mohn de desprecio.

--Ah! Eres t, borrachn?...

Despus salud con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso
con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en
Maltrana, lanz una exclamacin de alegra.

--Pero eres t, Isidro?--pregunt con su voz infantil--. Pues pocas
ganas que tena de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre
me hace el mismo encargo: Si ves al chico, dile que venga. Casi no le
he visto desde que nos casamos.

--S, yo soy, amigo _Zaratustra_. Cmo le va a la abuela contigo? An
estis en la luna de miel?

El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonrer.

--De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu
capricho. Unas veces me llamas Krger, y no me ofende que me compares
con ese buen seor que se pele con los ingleses... Mala gente! El otro
da encontr en la basura una caja de cerillas con su retrato, y,
efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy _Trapatustra_ o...
_Zorra no s qu_: otro personaje al que tambin me parezco, segn t
dices... S; ya s quin era: me contaste un da su historia. Un sabio
que no tena un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y
se rea de todo... lo mismo que yo; que viva en alto, como yo vivo,
viendo a mis pies todo Madrid. El tena al lado un aguilucho al decir
sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden
ms que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las
mas... Porque t, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi
persona, bien reconoces que tengo algo de sabio.

--Quin puede dudarlo?--exclam Maltrana con tono zumbn--. Por algo te
llamo _Zaratustra_. T eres el solitario de Bellasvistas, el gran
filsofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el ms profundo de
los traperos que entran en Madrid.

--Noventa y cuatro aos, seor--continu _Zaratustra_, dirigindose al
jefe del fielato--. El cuerpo sano, el estmago de buitre; slo tengo
flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el carro,
mientras ste, que es mi ayudante--y sealaba al bobo de la gorra de
pelo--, entra en las casas. Soy el ms antiguo del gremio. Slo quedan
algunos de mi poca all en el Rastro, que se han establecido, han hecho
fortuna y tienen casa abierta en las _Amricas_. Ms de cincuenta aos
de servicios; y en todo este tiempo, ni un da he dejado de bajar a
Madrid... Yo he visto mucho; he visto al seor de Bravo Murillo traer
las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza
de la Puerta del Sol; he visto cmo la villa ha ido poco a poco
ensanchndose y dndonos con el pie a los pobres para que nos furamos
ms lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao.
Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran caf. Todo eran
desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa as que
cerraba la noche; y ahora anda uno por all, y todo son calles y ms
calles, y luz elctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos
pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado
dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y
acabaremos por acampar ms all de Fuencarral. Dicen que esto es el
Progreso, y yo respeto mucho al tal seor. Muy bien por el Progreso...
pero que sea igual para todos. Porque yo, seor mo, veo que de los
pobres slo se acuerda para echarnos lejos, como si apestsemos. El
hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad
es otra, los de arriba gastan ms majencia, pero los medianos y los de
abajo estn lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos.

--Bien, _Zaratustra_, muy bien!--dijo Maltrana, aprovechando una pausa
del viejo.

--Yo, seor--continu el viejo, dirigindose al del fielato--, lo que
ms siento es que no ver en qu acaba todo esto. Lo del Progreso ha
nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro
lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con _Palillos_:
pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendra gusto
en enterarme por mis ojos de hasta dnde alcanza, pues por ahora no es
gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... Pero soy tan
viejo!... Ve usted a _Coleta_, ese borrachn que nos oye? Parece de ms
aos que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro aos, seor, y
tengo cuerda para ciento y pico. Lo s muy cierto: yo entiendo de estas
cosas.

Maltrana y su amigo acogan con movimientos afirmativos las palabras del
anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no poda detenerse; hablaba con
incoherencia infantil.

--Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y
buena: cafs de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del
Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta aos; a los dueos de ahora los
he conocido nios, y cuando lloraban les hacan miedo amenazndoles con
el to Polo, que se los llevara en el carro. Entonces tena ms humor y
mejores trajes. A m siempre me ha gustado vestir bien. Ven ustedes
esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo
tambin otra que guardo en casa para los das de fiesta, con cintajos de
colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las
grandes Indias, segn dice Isidrillo. En otros tiempos sola vestirme de
peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguan como unos bobos
y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevencin. Por qu,
seores mos?... Lo que yo les deca: Qu somos todos en este mundo,
mas que peregrinos que vamos pidiendo a los dems y caminando hasta
llegar al final de nuestra vida? Peregrino es el rey, que pide a los de
abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los
ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros,
los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura
de Dios que est abajo. De abajo slo son los animales. Nosotros somos
los medianos.

Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana
como precursora de un chaparrn de divagaciones.

--_Zaratustra_, que te remontas!--exclam el joven--. No nos aplastes
con tus incoherencias filosficas.

--Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche...
Estas malditas piernas; el rema, que se me agarra a ellas como un perro
rabioso. Qu tiempo! Y lo peor es que durar toda esta luna. Ya sabes,
Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni
compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo,
viendo el cielo de noche y de da. Para m no tiene secretos. Crame
usted, seor--aadi dirigindose al del fielato--; el sol es el cuerpo
noble, y de l viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta
nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el
verde. Por eso vemos el arco iris. Segn el color que predomina, as es
el tiempo. Adems, estn los ocho vientos; pero stos slo los entiende
el que los maneja, que es Dios. No es esto cierto y clarsimo? Pues los
seores sabios no quieren orme. He ido muchas veces al Observatorio a
dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya
tienen quien recoja la basura. As anda todo en este pas. No se ocupa
nadie de las cosas del cielo, y en el cielo est el pan. Sin lluvia no
hay agricultura, y la agricultura es la ms noble profesin del pas.
Hay que protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba,
ya que tiene, pero que no sea todo para l...

Maltrana interrumpi al viejo. Era capaz de permanecer all toda la
maana si seguan escuchndolo. Le esperaran sus parroquianos; su
ayudante, el _Bobo_, lanzbale miradas de impaciencia; el pobre _Coleta_
aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.

--Sube, vida perdurable--dijo Polo con vocecilla misericordiosa.

El borracho se encaram en el vehculo, arrastrando su saco vaco, y
_Zaratustra_ tir de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente
para ganar el centro del camino.

--Adis--dijo el trapero--. No olvides, Isidrillo, que la abuela te
espera. Ve por all; le dars una alegra a la pobre... Y usted, seor,
acurdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al
mediano. El mediano es el que da el pan.

Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a
la mula, sin ver adnde marchaba sta. El carro choc con un tranva que
acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de
una de sus barras hizo saltar del vagn varias costras de barniz y una
ligera astilla.

Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra,
insultando a _Zaratustra_.

Corri la gente, aproximronse los del fielato, y se form un gran
crculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos
increpando al trapero.

--No hay que enfadarse, caballeros--dijo el viejo con vocecilla
triste--. Ya s lo que es esto: tmenme ustedes el nombre.

Uno de ellos escribi las seas del to Polo, sin dejar de amenazarle
por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la
semana que no tena algn encuentro con los tranvas. A su edad deba
quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.

Parti el vagn, alejronse los curiosos, y _Zaratustra_ arre de nuevo
a la mula, mientras el _Bobo_ y el borracho callaban, anonadados por el
accidente.

--T, Isidrillo--dijo al joven--, ya que escribes en los papeles y
conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.

Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonri tristemente y
sigui diciendo con expresin de desaliento:

--No te canses: es intil. Adis, seores. A Madrid, mula... Pagar como
siempre. Quin se mete con esos seores que son los amos? Paga tu
crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos
tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo
todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de
alambres del demonio, que el da que se caiga matar a medio Madrid...
Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a
la paloma, el pez gordo al pequeo, y hay que dar gracias al rico
porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.

As hablaba _Zaratustra_.




II


Al recordar Isidro Maltrana su pasado, detenase en los aos de su
infancia transcurridos en el Hospicio. Algo haba en su memoria que le
hablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagas
remembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo en
una niebla plida que amasaba personas y sucesos.

El recuerdo ms remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a l,
en su pequeez, le pareca inmenso, con una luz triste y fatigada que
vena de lo alto, enturbindose al resbalar por las paredes grasientas,
al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galeras.

Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante una
fila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego haba visto en
cuarteles y presidios. Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosan y
charlaban. Otras veces rean, y al ruido de sus voces poblbanse las
barandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, de
cabezas greudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas.

Al anochecer llegaban los hombres. Mostrbanse tristes, fatigados, con
el ceo torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir la
cena, maldiciendo sordamente al maestro, a los compaeros, a todos los
ricos, a la vida adusta e ingrata, que slo tena para ellos rudezas y
choques. Otros das llegaban ms tarde, y mientras las mujeres contaban
montoncillos de monedas, partindolos, como si estas divisiones
respondiesen a un clculo anterior, ellos cantaban, rean, se llamaban
de puerta a puerta, de piso a piso, con una alegra de pjaro, olvidados
de sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que crean
interminable, hablando de volver a la taberna, en la que haban hecho
una larga detencin antes de llevar a casa su jornal.

A medioda, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, y
pasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, el
albail. Coman en las aceras de las calles estrechas y pendientes,
junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana,
a la sombra de un rbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos por
el sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas y
azules, graciosas cpulas de seda, bajo las cuales marchaban seoras
elegantes, precedidas de nios enguantados y con huecos faldellines, que
el hijo del albail contemplaba con asombro. Sentbanse ante el hondo
plato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los das de
abundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Las
rfagas del invierno cubran la comida de polvo y hojas secas. Cuando
rompa a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en un
portal para engullir el resto de su pitanza.

El pequeo conoca la llegada de los domingos por la comida, que era
tambin al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de
blusas blancas, en las afueras de la poblacin, sentados en la hierba
rala de algn solar sembrado de botes de lata, pedazos de botellas y
zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la
buclica silueta de una cabra tristona o de una vaca tsica; escuchando
el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al
cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. Cmo
recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los das de fiesta, en
medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! Cmo los
pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios
en construccin!... Su madre apenas coma; slo se ocupaba de l,
llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostena en su
regazo. Con el instinto maternal de los pjaros, tena que pasarlo todo
por su pico antes de que lo tragase el pequeuelo. Llevbase la cuchara
a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y slo tras de
esta purificacin se decida a ofrecerla a su hijo, que, echando atrs
la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encas desdentadas, su
paladar sonrosado, de una palidez anmica. El padre coma mientras tanto
con vido silencio, devorando lo mejor del plato, y slo al beber las
ltimas gotas se fijaba en el chiquitn, pasndolo a sus rodillas. Le
daba pequeos pedazos de queso en la punta de su navaja; rea
contemplando sus gestos, la grotesca masticacin de su boca, semejante a
la de un viejo.

Maltrana, al recordar su pasado, preguntbase muchas veces cmo haban
vivido sus padres. Los haba visto rer volviendo de las comidas del
domingo, con una alegra extraordinaria, pugnando l por cogerla del
talle al envolverles la sombra del crepsculo, defendindose ella,
escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces--y el
recuerdo despus de tantos aos an conmova al joven--, el padre surga
en su memoria colrico, con la voz ronca y el rostro congestionado,
oliendo a vino, arrojndose con los puos levantados sobre la pobre
mujer, que corra loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes.
Estas escenas de terror acababan siempre con la cada del albail en el
camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus
ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeo, lloraba
sobre su cabeza silenciosamente.

De este perodo embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro
eran las gracias de _Capitn_, un perrillo feo y sucio, camarada de
miseria de la familia. Les acompaaba en las meriendas en el campo y las
comidas en las aceras. Rondaba en torno del albail, esperando las migas
de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendase
junto al chiquitn, acaricindolo con sus traviesas patas, frotndole la
cara con el hocico hmedo. Las ms de las noches dormase Isidro
abrazado a l.

Un da, el pequeo vio salir a su madre desmelenada y vociferando,
seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le
cogi en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la haca l con
infantil balbuceo. Hijo mo! pobrecito! era lo nico que saba decir
aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontr de pronto en una sala
grande, que a l le pareci inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas
camas, muchas! con cabezas inmviles hundidas en las almohadas, y en
una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de
los vendajes, unos bigotes con negros cogulos de sangre y unos ojos
vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin
reconocerle. Ya no vio ms. Se sinti cogido de nuevo. Pero ahora era su
madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. Hijo mo! pobrecito!

La dolorosa visin borrbase instantneamente en su memoria. Un perodo
de obscuridad vena luego, y pasado ste, se vea con cierta blusa negra
que le daba gran prestigio entre la chiquillera de la vecindad.
Tratbanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima
de todos. Su padre haba muerto tras una agona horrible, magullado y
deshecho por la cada desde un alero. Su madre pasaba los das fuera de
casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia
estaba esparcida en los puntos ms extremos de Madrid. Unos vivan en
Tetun, dedicados a la busca; los de la otra rama, ms acomodada y
feliz, haca aos que se haban trasladado al Rastro, y tenan tiendas
en las _Amricas_. Pero los socorros disminuyeron as como se fue
borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo
en casas extraas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio
con sobras de comida en la cesta, que servan para alimentar al pequeo.

Entonces fue cuando Maltrana entr en el Hospicio. Una seora en cuya
casa trabajaba la madre se apiad del hurfano del albail. La tal
seora tena la mana de la limpieza, y cada dos das, al frente de sus
criadas y con el esfuerzo de la asistenta, pona en revolucin sus
habitaciones, apreciando con honda simpata a la Isidra por el bro con
que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacuda un polvo
imaginario que pareca haber huido para siempre, asustado de esta
rabiosa pulcritud. Ella gestion la admisin del pequeo en el Hospicio,
pensando que con esto su madre podra dedicarse con ms desembarazo a
las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho
a aquella seora sin hijos. Ms adelante ya vera de hacer algo por l.

Y comenz para Maltrana la vida de asilado: una existencia de sumisin,
de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le
proporcionaba su superioridad sobre los compaeros. Los maestros
mostraron por l gran predileccin. El director, con toda su grandeza,
que le haca ser considerado en la casa como un ser casi divino, le
conoca y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por
modosito y discreto, obsequindole con golosinas. Cuando algn
personaje visitaba el establecimiento, Maltrana sala de filas para ser
presentado como el mejor producto de la institucin.

As transcurrieron los aos, amoldndose Isidro de tal modo a su nueva
existencia, que slo en los das de paseo se acordaba de que tena una
familia fuera del Hospicio.

Los jueves y los domingos, a la cada de la tarde, se estacionaban en la
acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del
Hospicio, grupos de mujeres pobres con nios de pecho, viejos obreros, y
una nube de muchachos, que entretenan la espera plantndose en medio
del arroyo para torear a los tranvas, esperndolos hasta el ltimo
momento: el preciso para huir y no ser aplastados.

Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venan de los
barrios ms extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de
trabajadores, mendigas, todo el mujero abandonado y msero, que procrea
por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse all todas las
semanas. Este encuentro regular una con estrecha solidaridad a las que
vivan en los puntos ms apartados de la poblacin.

Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde haban
salido a pasear por las afueras.

--Por all vienen!--gritaba una mujer, sealando lo alto de la calle de
Fuencarral.

Los grupos corran hacia arriba, atropellando a los transentes,
barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las
filas de nios vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de
la expedicin.

Muchas mujeres detenanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.

--Vienen por abajo!--gritaba otra.

Y toda la avalancha retroceda, empujando de nuevo a los transentes,
ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta.
Era un deseo vehemente de encontrarles lo ms lejos posible del
Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rpida entrevista,
en la que haban pensado das enteros.

La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con
fieros arrebatos a la vista de los pequeos. Los besos parecan
mordiscos; las caras de los asilados se enrojecan con los violentos
restregones; muchos se echaban atrs, como temerosos de la primera
efusin. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa
abstinencia maternal, de aquella amputacin del ms noble de los
instintos impuesta por la miseria.

La formacin de los asilados desbaratbase instantneamente. Los grises
uniformes desaparecan ahogados en el remolino de los grupos. Las
mujeres agarrbanse al cuello de los pequeos y lloraban, sin cesar de
hablarles con la incoherencia de la emocin.

--Hijo de tu madre... chiquito mo!... Rico!...

Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que
les admiraba, y no sabiendo qu decir al asilado, ensebanle en
silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes botones de
soldado, los naipes rotos, los trompos, las estampas de un peridico
ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.

Algn obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. Pobrecito!
No tena madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano
callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas
infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que
los hombres no deben llorar.

--Toma un perro gordo: lo guardaba para un quince... Que te
apliques... que seas bueno. Prtate bien con esos seores.

Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lgrimas y las
recomendaciones, llorando tambin muchos de ellos, pero sin dejar de
andar, con una pasividad automtica de soldado, como si les atrajese la
obscura boca de la portada monumental.

All eran los ltimos arrebatos de cario; y las pobres mujeres, despus
de desaparecer sus hijos, an permanecan inmviles, mirando con
estpida fijeza, al travs de sus lgrimas, al rey que, espada en mano,
corona la obra arquitectnica de Churriguera.

Isidro tambin encontraba a su madre al volver al Hospicio en los das
de paseo. Abalanzbase con las otras mujeres, rompiendo las filas de
asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conoca los progresos de su
hijo.

--La seora est muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti.
Aplcate, hijo mo; quin sabe a lo que podrs llegar? A ver si
resultas la honra de la familia.

Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emocin,
_Capitn_ daba saltos en torno de l, esforzndose por lamerle la cara.
Maltrana tombalo en brazos, y as iba hasta la puerta del Hospicio,
oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruidos
del antiguo compaero de miseria.

Un da, la madre no le esper sola. Iba con ella un hombre de blusa
blanca, un albail, al que recordaba Isidro como vecino del casern y
camarada de su padre. Era un hombre pacfico, que frecuentaba poco la
taberna. Segn afirmaban las comadres de la vecindad, haba sido
abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo
despus de amargarle la existencia. Maltrana se alegr al verle. El
vecino, como l le llamaba, habale siempre inspirado gran simpata.
Muchas veces, de chiquitn, entraba en su cuartucho, y sentndose en sus
rodillas, le acariciaba el recio bigote, hacindole preguntas sobre las
aventuras de su vida. Era un aragons, parco en palabras, rudo, sobrio,
habituado a la obediencia. Haba sido soldado en Ultramar y guardia
civil en la Pennsula. De sus aos de disciplina guardaba un gran
respeto a todo poder fuerte, un hbito de sumisin, que le haca acoger
las contrariedades con inquebrantable bondad.

Quedose ante el asilado sin saber qu decir, sonrindole con sus ojos de
bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le
acarici la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con
entrecruzados filamentos las escamas de la piel.

--Que sigas siendo bueno--dijo con voz fosca y lenta que pareca salir
de lo ms profundo de su vientre--. Que no disgustes a tu pobre madre.

Y el muchacho se habitu a ver todos los domingos al seor Jos, como si
fuese de su familia.

Un da se present solo el albail, y antes de que el muchacho entrase
en el Hospicio, le explic la ausencia de su madre. La Isidra estaba
enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de
semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio
extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio ms flaca
y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las
cuales sala un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la
rabia.

--Mrale, Isidro... Es Pepn: es tu hermano. Bsalo, hijo mo.

Maltrana bes aquel hermano inesperado que de repente surga en su
familia; vio en el lo de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme
sobre un cuello delgado; un cuerpecillo dbil que anunciaba una fealdad
igual a la suya.

Desde entonces dividi sus caricias entre el chiquitn y el pobre
_Capitn_, que pareca celoso de este husped que monopolizaba todas las
atenciones de la familia.

Maltrana, aos despus, al percatarse de las realidades de la vida,
haba reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgndola con
benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se haba sentido atrada
por el vecino infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se
haban juntado.

Adems, ella necesitaba un arrimo, segn declar a su hijo poco antes de
morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel
trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acoga las
desgracias silenciosamente, sin cleras y sin golpear a la hembra, vala
ms que su marido.

Vivan amontonados--palabras de las vecinas--, sin que esta situacin
irregular produjese el menor escndalo en un casern donde la miseria
favoreca promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.

El seor Jos, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido,
quera salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero senta gran
respeto por la religin, como una autoridad ms de las que hacen marchar
al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella
pjara que tanta guerra le dio en su matrimonio deba de haber muerto;
habra reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la
calle. Slo faltaba sacar el mortuorio, y se casaban inmediatamente.
Pero la Isidra negose a esto. Y su hijo? No expulsaran a su Isidrn
del Hospicio al tener un padre que trabajase por l?... Ella le quera
all; le quera sabio, ya que, segn los informes de los maestros, iba
para ello, y la seora mostrbase cada vez ms dispuesta a hacer de l
un seorito, un hombre de carrera. Tena fe en el porvenir de su hijo.
Sera rico y personaje. Quin podra afirmar la imposibilidad de que
ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo
mismo que las seoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una
bestia?...

--Mi Isidro tiene buena estrella. No faltar quien le empuje, hasta que
sepa seguir solto su camino.

En las grandes fiestas del ao, el muchacho sala del Hospicio para
pasar el da en la casa de su protectora. Isidra refugibase en la
cocina con las criadas, trmula de emocin al ver a su hijo en el
comedor, sentado junto a la seora y hablando con los amigos de sta,
todos personajes de imponente gravedad. Hacan preguntas al muchacho
para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y
aplomo de sus respuestas. Que le fuesen al nene con preguntitas!...
Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que
admirasen al chico. Era el propio Nio Jess discutiendo con los
doctores del Templo, tal como ella lo haba visto en ciertas estampas.

La seora mostrbase satisfecha de su protegido. Los elogios de los
amigos, gente seria y parca en la admiracin, los aceptaba como otros
tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Adems, le quera
por su carcter tranquilo, por su timidez, que le haca permanecer horas
enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su saln y al buen
orden de las cosas, que eran en ella una mana.

Vindole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero
Maltrana, a pesar de su timidez, acogi la oferta con un mohn de
disgusto. No tena vocacin de cura?... La buena seora no quiso torcer
su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las
profesiones se poda servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las
personas decentes.

Maltrana comenz a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada
curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre.
Premios, matrculas honorficas, palabras de satisfaccin del director,
ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.

--Se bebe los libros--deca la Isidra--. Yo no s de dnde he sacado a
este fenmeno.

El seor Jos slo le vea de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo
a casa de la seora, por miedo a que sta se enterase de su situacin
irregular. Isidro ya no paseaba con los dems asilados; y cuando el
albail le encontraba casualmente, hablbale con respeto, como si
presintiera en l a un futuro representante de aquella autoridad que le
inspiraba religiosa admiracin.

--Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los libros. T irs lejos...
Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.

Y pensaba en su hijo, en su Pepn, que ya tena siete aos y llevaba
descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso
para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepn
perteneca a otra raza: la de su padre. Haba nacido para obedecer, para
quedarse abajo.

Cuando Maltrana termin el bachillerato, la seora se lo llev a su
casa. No poda seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio,
de un seorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenz a seguir
en la Universidad Central los cursos de Filosofa y Letras. Quera ser
doctor, luego catedrtico, y despus... quin sabe a lo que podra
llegar despus!...

La seora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios.
Terminadas las clases, todava acompaaba a algn profesor hasta su
domicilio, prolongando de este modo la leccin. Aquellos buenos seores,
conociendo su origen, le trataban con gran afecto.

Despus, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros.
La protectora apreciaba la marcha de su sabidura por la cantidad de
volmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas
para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se
aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invada el cuarto, y
despus de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de
papel impreso, esparcase por el inmediato pasillo. La seora, llena de
admiracin por aquel sabio de diez y siete aos, al que no apuntaba an
el bigote, no osaba tocar uno solo de los volmenes. Vea algunos en
caracteres extraos, que, segn su pupilo, estaban escritos en griego;
otros en latn, como los libros de rezo. Los escritos en francs, en
alemn o en ingls la turbaban con el misterio de sus pginas
incomprensibles. Qu diran tantos libracos? Seguramente que no eran
todos en pro de la religin y las buenas costumbres. El alma simple de
la buena seora aceptaba la sabidura como cosa til, ya que la
humanidad se rega por ella, concedindola grandes honores; ms all, en
el fondo de su nimo, senta aversin y desconfianza, mirndola como
arma til para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en
su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en
el estudio, senta cierto miedo por la suerte de su alma. Ponase
entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la mueca,
entraba en el cuarto del estudiante.

--Isidrn, hijo mo, te vas a matar estudiando tanto... Acompame.

Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban
sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un
gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofa revolucionaria,
que devoraba con ansias de nefito, a la devocin fetichista y estrecha
de la pobre vieja, crdula para todos los milagros y ms aficionada a
los santos que a Dios.

Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una
manifestacin de gratitud hacia aquella alma buena que le haba
arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno ms
sano.

Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y
ligado a la seora por el afecto, dbala el brazo al bajar y subir las
escaleras, y la acompaaba a las iglesias, buscando los mejores sitios
para que gozase con toda comodidad de las msticas ceremonias.

Los parientes de la anciana huan de su casa, ofendidos por el maternal
afecto con que distingua al estudiante. Era un despecho de herederos
que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de la
asistenta, como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez
encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su
protegido, lea Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.

T vas a llevarte el _gato_... ladrn!, parecan decirle con los
ojos.

Y al mismo tiempo le sonrean y celebraban con palabras dulzonas sus
progresos universitarios, como si temieran malquistarse con l.

La excelente salud de la dama pareca burlarse de los pensamientos
egostas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de
encima los aos con igual facilidad, segn ella, que sacuda un polvo
ilusorio de todos los rincones de su casa.

--Tengo cuerda para rato--deca alegremente al protegido al hablar de su
edad--. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases
con una seorita buena y cristiana que yo te buscar. Tambin pienso
sacar de pila a tus hijos...

--Viva usted muchos aos--contestaba Maltrana gravemente, al mismo
tiempo que la emocin humedeca sus ojos.

Un da, al volver de la Universidad, el joven encontr la casa en plena
revolucin. La seora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la
frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lvida,
entreabierta por un ronquido doloroso. Haba cado al suelo de repente,
herida por el rayo de la congestin. Los mdicos aturdan la casa,
ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban vidos y
jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.

Al da siguiente muri la seora. La familia trat a Maltrana con cierta
benevolencia, hacindole partcipe de sus acuerdos para el entierro.
Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana,
temiendo que a ltima hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le
iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El
joven sigui algunos das en la casa, asistiendo a los registros a que
se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el
tirar de cajones no abiertos en muchos aos, que llenaban el suelo de
ropas antiguas y olvidados objetos. Removan la casa, esparciendo su
contenido con la misma confusin e igual azoramiento que si hubiese
entrado en ella una banda de ladrones.

Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de
testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La
seora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad
avanzada, no haba pensado en la suerte de su protegido, reservando para
ms adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la
muerte si se preparaba para ella.

La actitud de la familia cambi de pronto. Maltrana permaneci en su
cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban
por su propia cuenta, olvidados de l. Cuando le vean, su mirada era
dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de
la adulacin con que le trataron antes, del miedo que les haba
inspirado.

La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio
un sobrino de la seora, al que sta haba odiado por su carcter
egosta y por varios engaos en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos
los parientes, imponindoles miedo y respeto. Era un senador, gran
propietario de Castilla, que haba pronunciado discursos en pro de la
religin y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco
conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los
partidarios de la impiedad y a los defensores de la introduccin de
cereales extranjeros con el ftil pretexto de abaratar el pan.

Maltrana escuch en silencio la sonora arenga del importante personaje.
Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se
haba olvidado de su suerte; no le faltaran razones para ello: bastante
haba hecho sacndole de su msera condicin. Pero la familia, con el
deseo de no desatender el ms leve vestigio de la voluntad de la finada,
haba resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de
una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relacin y
compromiso. Adems, poda llevarse todos sus libros; pero era preciso
que abandonase la casa cuanto antes.

Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil
pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo,
obsequi al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos.
Haba que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un
juego, joven amigo. El no haba hecho hasta entonces mas que jugar,
pasar la existencia dulcemente al lado de aquella seora que era una
santa. (Aqu un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos
por haber muerto sin testamento.) Haba que trabajar, joven. Tres mil
pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a
millonarios. Podra terminar su carrera y ser hombre de provecho.

--Toda la vida de antes ha sido un sueo, no lo olvide usted--continu
el orador--. Y no hay que soar, joven. Hay que ser prctico.

Despus de estos consejos, don Gaspar Jimnez, senador, primer marqus
de Jimnez, ttulo pontificio que un prelado amigo le haba alcanzado
con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dign
estrechar la mano del joven, recomendndole otra vez que desapareciera
cuanto antes.

Maltrana se march con todos sus libros a una casa de huspedes cercana
a la Universidad, donde vivan algunos de sus compaeros de aula. La
existencia de estudiante fue para l una revelacin de las alegras de
la vida.

Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martn, un cementerio hermoso
y apacible como un vergel, que estaba cerrado haca algunos aos, pero
en el cual se haba reservado su protectora un nicho al lado del de su
esposo. El era el nico que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados
en el reparto de la herencia y amenazndose con litigios, no se
acordaban de sustituir con una lpida de mrmol el trozo de hule con
letras de cartn doradas que cubra la boca de la sepultura. Aquel
cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas
orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce
melancola, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.

Esta impresin desvanecase al volver Isidro por la noche a los cafs
inmediatos a la Universidad, donde se reunan las alegres tertulias de
estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetn.

--La vida es alegre--deca sentenciosamente--. Hay que dar a la vida un
sentido helnico.

Y el helenismo del pobre muchacho consista en fumar por primera vez,
beber copas de marrasquino, nico licor que toleraba su paladar de
calavera griego, enviar cartitas de amor en versos clsicos a las
costureras o a las hijas de ciertas seoras de clases pasivas que
pasaban la velada en el Caf de Pelez o en el de la Universidad, y en
desaparecer por media hora en algn portal de los callejones inmediatos,
llevndose tras l a la infeliz que paseaba la acera haciendo su
guardia.

Maltrana continu los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de
su alegra helnica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de
huspedes: un sabio como l no poda estar en un casuchn de las
afueras, entre albailes, obreros de la villa y vagabundos. Qu diran
sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus
ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba ms tenaz que
antes a la gloria de su hijo, al deseo de que ste saliese para siempre
del crculo de miseria en que haba nacido. Pero su fe ya no era la
misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana vindole falto de
apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar
al trmino.

La vida era en su casa cada vez ms dura. El seor Jos pasaba semanas
enteras sin trabajo. Pepn, que ya tena once aos, era tan malo, que
los vecinos le apodaban el _Barrabs_. Cada mes adoptaba un nuevo
oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditndolo como el ms
insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algn
dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las maanas de
invierno bajaba al ro desfallecida de hambre, temblando al contacto del
agua su msero esqueleto cubierto de piel.

Un da, _Barrabs_ se present en casa de su hermano para decirle
tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento,
una pulmona o algo semejante, cogido en el ro. El golfn slo supo
decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la haban
llevado del brazo hasta el hospital.

Maltrana fue all, y vio a su madre en una cama, con los pmulos
enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violceos, exhalando el
estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero
que an guardaba en su casa, sinti cierto rubor al ver a su madre en
aquella sala triste, de fra desnudez, junta con otros enfermos.

La hizo trasladar a una habitacin aislada: l pagara todos los gastos.
Y pas las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos,
alentndole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase
a las alturas no abandonase al seor Jos y a su hijo. Aquel hombre era
bueno para ella y la haba ayudado valerosamente en los momentos peores
de su pobreza. Lo del amontonamiento ocurri sin darse cuenta; fue
resultado de su compaerismo para defenderse de la miseria. Isidro deba
respetar al albail como a un padre. La haba querido ms que el otro...
el legtimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor
con que la vea tendida en la cama del hospital.

La enferma muri a los tres meses, despus de haber abierto gran brecha
en la exigua fortuna de Maltrana.

Decididamente, la vida no era alegre; la vida haba perdido su sentido
helnico.

A impulsos de la tristeza, el joven examin su situacin. Haba que
seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus
estudios. Faltbale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y
luego que consiguiera el ttulo, qu iba a hacer?...

El pesimismo se haba apoderado de Maltrana. Para qu doctorarse? El
estudio no significaba sabidura, sino rutina. El haba visto mucho y
saba a qu atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las
instituciones sociales. Hara oposiciones a una ctedra; le admiraran
los compaeros, algn profesor de carcter hurao le dara su voto, pero
el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como l, sin
protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha
diaria: su destino era morir.

El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad
egosta de saber. Viva la ciencia libre! Qu le importaba aquel
papelote, certificado de sabidura, cuya conquista haba de costarle dos
aos de miseria? Para ser filsofo no era necesaria la Universidad. Los
grandes hombres admirados por l no haban sido profesores, no posean
ttulos acadmicos. Schopenhauer, su dolo de momento, se burlaba de la
filosofa que sube a la ctedra para darse a entender.

Sera pensador independiente; sera escritor. Y Maltrana, filsofo de
diez y nueve aos, con un ligero vestigio de bigote, se lanz al mundo.
Dej de frecuentar los cafs estudiantiles; hizo vida en el centro de la
poblacin, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la
tumultuosa e ingobernable Repblica de las Letras.

Lea por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar
al da en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos
camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los
peridicos, pretendan deslumbrar al pobre indito. Adems, segua
adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No poda librarse de este
hbito de sus tiempos de abundancia. Suprima comidas, prolongaba el uso
de unas botas rotas, para adquirir un libro recin llegado de Pars. La
biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicndose
lentamente al travs de las innumerables combinaciones del cambalacheo.
Venda unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance
conocan a Maltrana por sus trueques; el joven rea ante el resultado de
sus cambios. Cinco filsofos clebres, con las hojas algo ajadas, valan
tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos
equivalan a un tratado sociolgico de segunda mano, en el que hallaba
Maltrana una tosca recopilacin de cosas harto conocidas.

Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos
tan ignorados como l, pero convencidos de que daran que hablar mucho a
la Historia. Algunos de ellos eran ms jvenes que Maltrana. Nada haban
escrito, pero revelaban al mundo su firme propsito de crear obras
inmortales, uniformndose exteriormente con arreglo a un figurn
profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y
sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa
que les rozaba las orejas.

El sarampin literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana.
Todo lo saban aquellas criaturas, a pesar de sus pocos aos, como si al
cogerse al pezn de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer
libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces
de hacer temblar de pavor las mesas del caf. Casi todos los escritores
espaoles eran atunes, besugos o percebes: gnero martimo que slo
poda gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la
frontera. Zola!... un mozo de cordel con algn talento. Vctor
Hugo!... un seor muy elocuente, pero no era poeta. Lamartine!... un
llorn... tampoco poeta. Musset!... ste ya lo era un poquito ms. Pero
los verdaderos, los nicos poetas, eran los venerados por ellos; y con
los ojos en blanco, trmulos de admiracin, citaban nombres y nombres,
de cuya obscuridad y escasa obra hacan el principal mrito,
colocndolos por encima de los autores clebres que se envilecen
buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo
y la repugnante burguesa.

Maltrana acab por cansarse de esta tertulia. Adems, los genios le
mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permita su
cultura, inventando libros y autores y declarando a ltima hora su
superchera, cuando todos se haban cado afirmando conocer la obra y
dando detalles de sus bellezas y defectos.

Un amigo de la tertulia quiso protegerle.

--Aqu no vienen mas que currinches. Yo te presentar a una pea de
verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con
xito.

Y frecuent por las tardes una cervecera, punto de cita de la nueva
tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tmido Maltrana.
El hijo de la Isidra experiment gran turbacin al tratarse con dos
marqueses que eran poetas y otros jvenes emparentados con famosos
personajes. Vestan con elegante atildamiento; seguan las modas en sus
mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la
nica revelacin de sus entusiasmos literarios.

--Cuerpo de _dandy_ y cabeza de artista--dijo uno de ellos a Isidro,
resumiendo as los cnones de su indumentaria.

El silencio de admiracin con que el joven les escuchaba despert cierta
simpata en favor suyo. Un da se atrevi a hablar de la poesa griega,
haciendo el examen de Aristfanes y sus comedias con tanta soltura como
si tratara de un contertulio de caf. Hasta recit escenas enteras en
griego, sin que nadie le entendiese. Los jvenes elegantes mostraron
admiracin. Muy curioso! Muy interesante! Entonces se fijaron en
l por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez
de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus
cabellos speros y alborotados, encontrndole cierta semejanza con la
cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato,
aproxim su silla, rozndose toda la tarde con aquel Beethoven que
hablaba en griego.

Maltrana no tard en percatarse del escaso valor de aquellas gentes.
Slo uno era digno de respeto, el ms viejo, el maestro; un autor de
gran talento, siempre melanclico, como si las debilidades de su vida
pesasen sobre su carcter, ensombrecindolo con intensa tristeza. La
irona de sus palabras sonaba como una burla contra su frgil voluntad.
Todos estaban ms unidos por las aberraciones del gusto que por la
admiracin literaria.

Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana,
cambiando el gnero de sus nombres, hacindolos femeninos. La Enriqueta
cree tener talento, y es una fregona. La comedia de la Pepa no vale
nada... Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a
las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente
aristocrtica. Las seoras se confiaban a ellos, hablndoles con el
descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la
cervecera eran una prolongacin del chismorreo femenino, mencionndose
por todos ellos los defectos ocultos de las damas ms famosas, con una
delectacin hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias
de un sexo enemigo.

Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa
de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volmenes de
poesas, con ms pginas en blanco que impresas. Cada grupito de versos
iba envuelto en varias hojas vrgenes, como flor de invernadero que
poda morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la
impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se
decan catlicos, anarquistas y aristcratas al mismo tiempo; no
pensaban gran cosa en la religin, pero hablaban, con los ojos en
blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del
arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de
distincin en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesas
microscpicas _Salmos_, _Letanas_ o _Novenarios_.

Otros escriban comedias de stira contra las costumbres de la
aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba
el modisto con el poeta, y no haba gran _toilette_ que no tuviese su
amor con un frac, que jams era el del esposo. Hay que flagelar,
gritaban con expresin terrible.

Y Maltrana pensaba sonriendo:

Est bien. Y a stos quin los flagela?...

De vez en cuando se ingeran en la reunin ciertos hombres de aspecto
bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratndolos con la
superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados,
antiguos guardias civiles, mozos de tranva, que vestan como seoritos
y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su
mujer y sus hijos, y atusndose el pelo, justificaban con el amor a la
familia lo extraordinario de sus ocupaciones.

--Hay que ayudarse con algo. Los tiempos estn malos y cada uno se
agarra a lo que puede.

Uno de los jvenes, el marqus que haba encontrado a Maltrana cierto
parecido con Beethoven, acosbalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los
_bocks_, le haba regalado varias corbatas, se sentaba a su lado,
fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas
por extrao fuego.

Iba completamente afeitado. Segn los maldicientes de la tertulia, se
haba cortado el bigote, envindolo bajo sobre, en un arrebato de
nostalgia, a cierto pintor con el que haba vivido en Pars, un artista
malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de
efebos desnudos de femenil musculatura.

Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecera, ech
su silla atrs, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos
ojos claruchos fijos en l cnicamente. Una mano gil, de femenina
suavidad, haba trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa.

--Pero t--exclam indignado--no eres escritor, ni poeta, ni nada. T
eres un...

Y solt la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse,
sin dejar de acariciarlo con los ojos, contest con suave desmayo:

--No seas ordinario; no digas esas cosas... Llmame alma iniciada.




III


Huy Maltrana de tales... almas, no volviendo ms a la cervecera.

Cansado de tertulias estriles y acosado por la necesidad, tuvo que
pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su
protectora.

Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en
la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y
acadmicos, que le daban por este trabajo una exigua retribucin. De vez
en cuando, algn amigo le pasaba un libro para traducir, quedndose con
la mitad del precio. Adems, escriba artculos para un semanario
social, a razn de diez cntimos la cuartilla, que luego firmaba el
director, dando as prctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,
ni mucho menos.

Isidro, despus de rodar de una a otra casa de huspedes, salvando los
restos de su biblioteca de las patronas que le perseguan por
irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro
Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al
seor Jos. De este barrio de miseria le haba arrancado la caridad de
la buena seora, y a l tornaba ms infeliz y desarmado para la batalla
de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo
corporal.

Vivi desde entonces con su padrastro y su hermano Pepn, que trabajaba
en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con
los parientes de su madre.

Tena sta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que haban
acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la
Ribera de Curtidores, dedicndose a la especialidad de armas y viejos
instrumentos de msica, que arreglaba con maestra extraordinaria. Otro
era el grande hombre de la familia; todos hablaban de l con respeto, a
causa de su riqueza. Haba hecho buenos negocios; apenas saba pintar su
firma, pero las echaba de anticuario, y tena su tienda en el patio de
las _Amricas_ viejas.

Los dos conocan vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado
hasta ellos su fama de sabio. Adems, la esperanza de que pudiese
heredar a su protectora les inspiraba gran consideracin. La primera vez
que se present a ellos con su madre acogironle con grandes agasajos.
Despus, al volver solo, an le recibieron con cierto afecto, creyndolo
poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendera
su proteccin sobre toda la familia. Pero vindole en cada visita con un
aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje
brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con
frialdad y visible recelo.

Estos temen que les suelte algn sablazo, se dijo Maltrana.

Y como viva al otro extremo de Madrid, dej de visitar a sus parientes
del Rastro.

En el barrio de las Carolinas, ms all de Tetun, albergue de las
gentes de la busca, tena a su abuela, la seora Eusebia, conocida por
la _Mariposa_, una de las traperas ms antiguas.

Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el
mejor edificio del barrio, y eso que el joven poda tocar con las manos
su alero de tejas viejas.

En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,
hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de
garbanzos deshechos, judas despanzurradas y huesos de aceituna, todo
formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las
casas; los restos de los pucheros que nutran a Madrid.

La vieja le saludaba con cario y respeto, viendo en l la gloria de la
familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,
pero al mismo tiempo no se atreva a tenderle los brazos, a poner en l
sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de
latn. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pauelo
rojo que la oprima las sienes. Un trozo de mantn sujeto al talle con
una cuerda servale de cors y de faja. El jubn era de seda negra,
quemada por el tiempo, y se abra por todos lados, mostrando, al travs
de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en
otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba
pantuflas de distinto tamao y color, una roja y otra azul, adquiridas
al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero
bajo estos andrajos superpuestos an se revelaba en varios sitios el
bordado del primitivo terciopelo.

Maltrana vea con amarga conmiseracin los ojillos pitaosos de la
vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, movindose al hablar
con gestos cabros, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y
brillantes, en las que el agua deba producir el doloroso efecto de un
escopetazo. Y de aquel ser proceda l! Y aquella carne era su
carne!...

La vieja le reciba con grandes ademanes de admiracin. Qu guapo! Qu
seorito tan arrogante! Todo el barrio conoca su entusiasmo por aquel
nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacan, segn ella,
gran caso en Madrid.

Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y haca sentar
a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un
tranva viejo que haba comprado por entero con la ayuda de su camarada
el seor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.

La seora Eusebia no poda ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la
triste suerte de su hija.

Haba querido convertirse en madrilea: la daba vergenza ser trapera.
As haba pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente
abandon el barrio para meterse a servir en una casa grande. Servir,
cuando su madre tena una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos
los comerciantes de Tetun iban tras de ella; y no eran pelambres de los
que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas
de poco ms o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban
como unos seores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o
suban a los mejores pisos de la calle de Serrano.

Ta _Mariposa_, que la chica me gusta. Se Usebia, que yo quiero ser
su yerno.

Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas
presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeada en
despreciar lo ms respetable del comercio, enamoricndose de un
albailillo que trabajaba cerca de la casa de sus seores. Por fin, se
haba salido con la suya, casndose. Hambre todos los das, paliza todas
las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas
obscuras; fro en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como
trmino, la muerte en el hospital. Anda y toma albailillo! Y todo por
darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser seora, de
mirar por encima del hombro a las pobres traperas... No era la
industria de sus padres tan respetable como otra?

--Pagamos contrebucin, Isidrn, como cualsiquiera de los que tien
tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el
Ayuntamiento por la licencia: un porcin de dinero. Y por lo que toca a
parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que
entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este
comercio. Ves esta falda? Pues me la regal una seora que iba a
Palacio y trataba casi de t a los reyes. Ves este corpio? Pues fue de
una cmica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ya ha
muerto la pobre!

Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo
ganancia. A l, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero
nada perda conocindolas. Como estaba sola, tena a su servicio un
muchacho del barrio, hijo de una vecina que haba muerto. El cuidaba del
burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendan la marcha a
Madrid, el suba a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle
del vehculo. Al volver a casa, cerca de medioda, su primera ocupacin
consista en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban
las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de
los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella,
adems, conoca a sus parroquianos, los clasificaba segn su estado de
salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas
otras donde haba seores amarillentos, siempre encorvados por la tos o
que mostraban enfermedades repugnantes.

--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; te enteras, pequeo?
Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio.
Si yo fuese blanda, el to Polo no saldra nunca de aqu. Le tiene ley a
lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, echa y no te canses! Todos
los das hay rancho para un regimiento... Y los chascos son buenos! A
lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de
bist. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas
cositas negras como carbn que llaman trufas, y que los seores pagan
como si fuesen de oro. As est el chiquillo que me sirve: colorado y
gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la
parte, de duro que est, y cuando le tom, traa ms hambre que un
lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrn.

Y a continuacin revolvase indignada contra las otras casas, las de los
seores malos, que dejaban la comida hecha una basura. Qu cocinas,
Seor! Las criadas eran unas puercas y las seoras unas abandonadas. Los
restos del puchero tenan mondaduras de patatas, hojas secas de col,
huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces haba encontrado en
el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de nio. Y
pensar que otros del barrio, que slo tenan casas de stas, haban de
alimentarse con tal bazofia, despus de limpiarla como podan!... Ella
la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las
afueras a ms precio. Slo los alimentaba con las sobras de los seores.
No se atreva a darles otras cosas que gustaban a aquellos
animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tena demasiada
conciencia para eso.

Entusiasmbase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a
montones; haba da que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las
gallinas, hartas, no queran ms. Por las maanas, al levantarse, el
rico caf. Se lo daban en las casas, despus del recuelo; pero ella lo
esparca en el corral sobre un peridico, secndolo al sol, para el
desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...

La casa era suya; tena en el corral un montn, ms alto que el tejado,
de paja de cuadra, que luego de bien desecha se venda a los hornos de
ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho,
a ms de la comida, tenan asegurado el vestir, pues mientras en la
villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se veran desnudos.

--Slo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se
desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco
para todo el da. Aqu, fuera de puertas, el vino va regalado.

Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban,
como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos
inesperados.

Maltrana haba odo hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro
oculto, que era motivo de misteriosa conversacin en todo el barrio.

--Para rica, la ta _Mariposa_--decan los traperos en la taberna--. Esa
s que tie suerte; no va mas que a casas de ttulo. Las cosas que habr
encontrao esa mujer!

El famoso _Coleta_, cuando estaba en el perodo verboso de sus
borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de
recontar su tesoro en un rincn del corral, y cerraba los ojos como para
recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda
que le haban deslumbrado.

El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la
misma peticin:

--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enseme su tesoro.

La seora Eusebia protestaba. Rica ella!... Mentiras de las gentes;
invenciones de _Coleta_ y otros borrachos; manas del to Polo, que la
buscaba por esto desde que qued viuda, y ya llevaba muertas cuatro
mujeres, proponindole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no
tena nada. Y sonrea enigmticamente al decir esto, le brillaban los
ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad...
pero que nadie lo vera nunca.

Los domingos eran los nicos das en que Maltrana hablaba con el seor
Jos y vea a su hermano. Cuando llegaba, despus de amanecer, a los
Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepn en medio de la calle reclutando
muchachos para alguna excursin a Amaniel con carcter de _razzia_, que
pona en alarma a los dueos de los merenderos.

Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dndole
lo que poda por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, segn su
estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un horno de
asados de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos
inmediatos a Punta Brava.

Coman al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en
duros taburetes. Los tranvas llegaban con grandes cargamentos de gente
madrilea; esparcanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones,
los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne,
ms baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de
Consumos. Sonaban los pianos en atropellada meloda, matizando sus
escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dndose dos vueltas
de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los tos-vivos
con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rtmica aparicin
por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con
mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las
faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la
percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite
frito y sebo derretido.

El seor Jos era escuchado en silencio por Maltrana. Al albail
gustbale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque
l fuese hijo de la Isidra, su educacin convertalo en hombre superior,
casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como
pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que l no
se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el
albail a su lenta verbosidad, con voz bronca y montona. No poda
hablar con los compaeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le
insultaban por reaccionario, por borrego, echndole en cara sus tiempos
de guardia civil.

--T eres un sabio, Isidro--deca--; tu raciocinas, y por eso puedes
comprenderme y hacerme justicia ms que esos animales... Y qu es lo
que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se
ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el
amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin l, y
siempre ser as. Que eso de los metinges y de las sociedades slo sirve
para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que
le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar
donde le den jornal, y ser bueno para que los seores le ayuden con la
limosna... Y tambin me da rabia que en todos esos metinges se metan con
los curas, y eso que, como t sabes, hace un porcin de tiempo que yo
no voy a misa. Pero qu mal hacen esos pobres seores de la sotana al
trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos,
se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero.
Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo
y la anarqua, no dan ni un botn. Qu han de dar, si son unos
pelagatos!...

El seor Jos, al hablar de los rebeldes, senta la clera de un antiguo
sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil
resucitaba bajo su blusa. Reconoca que todo estaba mal repartido y que
el pobre sufra mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y
su fin, cuando se sintiese viejo, sera mendigar en la calle o morir en
el hospital. Pero si metan sus manos aquellos arregladores que
predicaban contra los ricos, quedara el mundo mejor?...

--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su
suerte--continu el albail--. Yo tambin he visto algo, Isidro, aunque
no sea letrado como t... Cul es la cosa mejor organizada en todas las
naciones y que marcha ms derecha?... No me negars que es el ejrcito.
Yo he pertenecido a l y le debo mi buena crianza. Y qu pasa en el
ejrcito? Pues que los soldados son los ms, y comen rancho y se
joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y
los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor.
Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acab
el ejrcito; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y
no habr quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplcalo a
los paisanos, y comprenders por qu pienso yo como pienso. Los que
hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo,
sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los
jefes. T, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a
ver si algn da pescas la faja.

Maltrana sonrea escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y
hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y
las dos sillas que constituan todo su ajuar; en los das de paro
forzoso, que le obligaban a l a exprimir su miseria para prestar ayuda
al albail.

--Y usted--pregunt el joven--, qu va perdiendo con que el ejrcito
social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda
medio mundo?

--Ahora salimos con esas!--dijo el albail, escandalizado--. Tambin
eres t de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros
que llevas ledos. Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me
acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que tenamos en
la Guardia civil. Se lo repartiran todo, entraran a saco en las casas,
nos comeramos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; pinsalo
con calma. Cmo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin
soldados, sobre todo sin soldados?

Y el antiguo guardia civil acompaaba con un gesto de repulsin y de
horror esta tenebrosa pregunta.

--El hombre necesita pan y palo--deca luego, recobrada ya su
serenidad--. Un ltigo muy largo para que marche derecho. El mundo est
lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se
arma.

Al final, el seor Jos se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.

--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los
alborotadores. Que salgan, que salgan y sabrn lo que es bueno! Por eso
yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de sealar,
pero me voy a casa. Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a
otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como
si las personas fuesen patos!...

Contraa sus manos al decir esto y guiaba un ojo, lo mismo que si
empuase un fusil imaginario. Sonrea como si le halagase la ferocidad
de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectacin homicida del
aragons, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Haba
embellecido con su mansedumbre silenciosa los ltimos aos de la pobre
Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepn. Sus camaradas le
llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las
injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonrea como un
verdugo al desear las matanzas en masa, las caceras de hombres, siempre
que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El
respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven
en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje.
Para l, la sociedad slo poda marchar con los presidios llenos, un
fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas
sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una
bandera. Lo deca con una firmeza que inspiraba espanto, y a
continuacin enternecase ante su hijo, el travieso _Barrabs_. Cuando
ste cometa una de las suyas, el viejo animal de guerra limitbase a
fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca:
Mira que te doy!... Y el pillete rea, sabiendo que nunca llegaba a
darle.

En los das de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tena en el
bolsillo algunas pesetas, encaminbase al barrio de las Carolinas, para
almorzar con su amigo el _Mosco_, el cazador furtivo, cuya gloria
llegaba hasta Colmenar. El clebre daador de las posesiones reales
mereca por sus hazaas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra,
y eso que stos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las
afueras de Madrid que vivan del huroneo en los bosques de El Pardo.

El _Mosco_ viva cerca de la casa de la seora Eusebia, en una
construccin de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas
tejas tradas de los derribos de la poblacin. Fuera, ocupaban todo un
muro tres filas de jaulas con pjaros de interminable canto, jilgueros y
pardillos, que le servan para la caza con red. Maltrana, al llegar a la
puerta, tena que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante
delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de
parsitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus
sorprendentes habilidades.

Dentro se hallaba el _Mosco_. Su hija Feliciana, que era toda su
familia, estaba trabajando en la fbrica de gorras, y l iba de un lado
a otro, preparndose el almuerzo, despus de bien pasado el medioda.

Tambin el _Mosco_ se levantaba tarde. Maltrana le haba sorprendido
muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro,
las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y
espinas de selvtica vegetacin. Era un hombre pequeo, enjuto, de
nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tena su cuerpo un balanceo
semejante al temblor de un muelle bien templado prximo a dispararse. La
vida en plena Naturaleza, la piratera en la selva, le daban, cuando
permaneca silencioso, una tosquedad huraa, semejante a la del rbol o
el pedrusco. Al hablar, revelbase el hombre de la ciudad, el evadido de
las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo
combate, ganndose el sustento con las armas o la astucia, como si
lejanos atavismos tirasen de l, arrastrndolo a la existencia del
hombre primitivo.

Al verle, Maltrana saludbalo siempre con la misma pregunta:

--Qu tal se ha dado la noche?...

El _Mosco_ sonrea unas veces; otras contestaba con gruidos de mal
humor. Haba noches magnficas, en las que caan dos o ms corzos, que a
aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendindose
ocultamente entre los vecinos de Tetun. Otras, slo cazaba conejos, y
al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendase en la cama sin
desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dorma con el cansancio del
que ha pasado la noche caminando a gatas, con el odo siempre atento,
creyendo de un momento a otro or la voz de alto! y el silbido de la
bala.

Los daadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en
los tejares y slo a impulsos del hambre invernal se decidan a ir de
caza, admiraban al _Mosco_. Este no iba, como ellos, sin un arma en la
faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que
los llevasen a la crcel de El Escorial, y de all a presidio, sin
oponer la ms leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores
selvticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la plvora, que
perseguan a los guardas de rbol en rbol, hasta encerrarlos en sus
casuchas.

La noche que el _Mosco_ sala con escopeta y dejaba en casa el hurn, la
turba de inocentes daadores estremecase de inquietud y de orgullo.
Aquel era un hombre. Al da siguiente habra carne de corzo en Tetun; y
el guarda que intentase impedirlo corra el riesgo de verse cazado, de
que le disparasen de entre la espesura sin darle el alto! Si no
haba carne, era que el _Mosco_ estaba en la cama entrapajado, sucio de
sangre, con una racin de plomo debajo de la piel.

Maltrana haba admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el
cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas
en los huesos del crneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna,
proyectiles redondos que le haba extrado una curandera de la vecindad
con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por
los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerndolos
accidentes vulgares.

Los almuerzos de Maltrana en casa del _Mosco_ eran suculentos. El pagaba
el pan y el vino, trayndolo de una taberna cercana, mientras el famoso
daador pona sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada
la noche antes.

--A la salud de la real familia!--exclamaba Isidro irnicamente--.
Viva el monarca que mantiene a sus sbditos!...

Estas piezas de caza que servan para la manutencin del _Mosco_ eran
las nicas que podan encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algn
registro: los guardas reales tenan puestos los ojos en su casa; los
civiles la haban visitado muchas veces. No existan a la vista otras
pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en
las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.

--Soy un cazador legal--deca con zumbona gravedad a los guardas cuando
stos aparecan--. Me dedico a los pjaros con red, o llevo los perros a
las tapias de El Pardo, por si algn conejo se sale del trmino. Un
poquito de aficin... lo dems que dicen de m es mentira.

La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurn dorma en el doble
fondo de una caja cubierta de guiapos, respirando por los agujeros
abiertos en la madera.

Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el _Mosco_, como una
demostracin de gran confianza, le enseaba la _bicha_, la joya de la
casa, lo que ms amaba. Extraa del fondo del cajn la diminuta fiera,
que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y araaba con sus
patas los duros dedos del cazador. El _Mosco_ se llevaba a la boca el
hocico bigotudo, de agudos dientes, envolvindolo en su aliento,
mientras la _bicha_ acaricibale los labios sacando su lengecita con
mohines felinos.

--Pero qu rica!--exclamaba el cazador--. Mrala, Isidro: lo mejor del
mundo. Cincuenta reales me cost en Colmenar; no haba quien la tocara:
una verdadera fiera. A uno le destroz un dedo. Se agarraba a las manos
y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en
mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto slo puedo
hacerlo yo. Si t la tocases, te morda. Psale la mano por el lomo;
vers qu pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.

Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La haca
cazar siete das seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta
cincuenta conejos: siempre tena sed de exterminio. Haba que meterla
por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de
ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El _Mosco_, sin dejar
de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocbase un
pellizco de l entre los labios, y la _bicha_ lo devoraba con grotescas
contorsiones.

--Pero qu rica! Vuelve a mirarla--deca el cazador--. Aqu donde la
ves, se mantiene con quince cntimos de queso cada dos das.

El recuerdo de otra joya que haba posedo, el famoso perro _Puesto en
ama_, conmova al _Mosco_. Haba dado el mismo nombre a otro de sus
canes, pero qu vala ste comparado con aqul, del que hablaban con
asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El
Pardo!... Saltaba el _Mosco_ a media noche las tapias, sin otro
acompaamiento que _Puesto en ama_, y se esconda junto a los arroyos,
en los remansos donde beban los corzos. El que se aproximara poda
darse por muerto. El perro sala en su persecucin al travs de los
jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su
carrera, producan un estrpito de huracn, y tras ellas corra el
daador de ligeras abarcas. _Puesto en ama_, al alcanzar el corzo, le
morda entre las patas traseras, en el rgano ms sensible, y la bestia
quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el _Mosco_ la daba
muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces
de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses
cogidas.

El daador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la
descarga que le haba hecho caer cerca de l, la alegra de los guardas,
desplegados en ala como un ejrcito para acabar con un animal que tena
ms astucia que muchos hombres, y la conduccin del cadver hasta el
pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo
despus de muerto.

El _Mosco_ se indignaba al pensar en su perro. Y an viva el ladrn
que le haba dado el escopetazo de gracia!... Y l, el _Mosco_, an no
lo haba matado!...

Maltrana, escuchando estas proezas de la vida brbara, el hombre cazando
a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro
en el origen del famoso daador.

Proceda de una familia de Tetun, pero haba nacido en Madrid y era de
oficio impresor. Lleg a regentar una imprenta en la que se tiraban
varios peridicos que nadie lea; pero los sbados, apenas terminado su
trabajo, cambiaba de traje y corra a Tetun, adonde estaban sus
aficiones, dedicndose a la caza con los daadores de ms fama, como si
tirase de l una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.

Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de
tinta y oliendo a papel hmedo, pensaba nostlgicamente en los cerros
cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se
abran ante el hocico de los venados, escapando stos despus con un
bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas
nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata
que brillan al sol.

Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles
con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma direccin.
Acab casndose con la hija de una trapera, y abandon su oficio para
abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La
trapera era un pretexto: su verdadera profesin fue cazar, seguir sus
aficiones.

El, segn declaraba a Maltrana, haba nacido para la accin violenta,
para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. Por qu haba de
permanecer dentro de una poblacin, juntando letritas de plomo,
agotndose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba
torear a la Muerte todos los das--segn sus propias palabras--, darla
el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.

--Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras,
verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba
toda la fuerza de sus brazos o de su caletre. Adems, yo no me pongo un
uniforme por nada del mundo; no me visto de mscara, ni paso por eso de
disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba all en la
imprenta, con un durazo como un sol todos los das. Ay, cuntos como yo
hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido hroes!...

Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresas de humanidad, sin
disfraces de civilizacin: aquellas guerras en las que los combatientes
mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra
retribucin que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus
campos; pero haba llegado tarde, segn afirmaba con acento de tristeza,
y a falta de mejor escenario, entregbase, a las puertas de una gran
poblacin, a una vida prehistrica, cazando a la bestia para comer, y al
hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como
suya, sin respeto a tapias que poda saltar, ni a leyes representadas
por hombres que eran mortales como l.

De su pasado conservaba cierta veneracin por los escritores. Por esto
era amigo de Isidro desde que le conoci en casa de su vecina la seora
Eusebia.

Algunas veces recordaba su poca de impresor. El no lea los papeles
pblicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero crea que sus
tiempos haban sido mejores, y que los que ahora escriban estaban muy
por debajo de los que l haba conocido. Y al pensar esto, miraba a
Maltrana, comparndolo mentalmente con los grandes hombres que an se
mantenan en su memoria. Haba ledo su amigo cosas de Fulano y de
Zutano? Y aqu nombres y seudnimos que firmaban, veinte aos antes, en
revistas y diarios de escasa circulacin, dbiles flores de papel, cuyo
perfume mental haba pasado inadvertido para todo el mundo. El _Mosco_
soltaba estos apellidos con cierta uncin, entre admirado de su gloria y
orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y haca un mohn de
asombro al or que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por
algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.

La admiracin del _Mosco_ se posaba en las ms raras cualidades de
aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escriba cantando,
sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque
disparasen caonazos junto a l. Otro mereca su entusiasmo porque
desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas
a su domicilio encontraba en l a una nueva seora. Qu tos! Todos sin
dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta,
lo mismo que Cervantes, que no cen al terminar el _Quijote_, alegres
como unas castauelas y haciendo rer a los cajistas con sus chistes.
Pero al que recordaba con ms veneracin era a un seor elegante y
grave, autor de largos artculos sobre poltica internacional, que se
sentaba en cualquier rincn de la imprenta, sin mancharse, y escriba
con los guantes puestos.

--Sin quitarse los guantes, Isidro! Hay muchos que puedan hacer eso
ahora?

Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y
se miraba las manos, reconocindose incapaz de tal hazaa, declarando
que no sabra cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.

Algunos domingos, el _Mosco_ invitaba a comer a Maltrana, anuncindole
que vendra de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de peridicos,
el seor Manolo el _Federal_, gran personaje entre las gentes dedicadas
al comercio de papel impreso.

Maltrana le conoca. Era famoso en las redacciones por su lenguaje
enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la poltica. Se presentaba
en los peridicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de
ojos saltones y terrorficos, unas veces para quejarse como industrial
(eran sus palabras) de las tardanzas de la administracin en el reparto
del papel; otras como ciudadano consciente (tambin palabras suyas),
en nombre del comit del distrito, para pedir la insercin de algn
Manifiesto contra los _unitarios_, no menos nocivos al pas que los
mismos monrquicos.

Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en el censo del partido,
logr su amistad. Era un muchacho simptico, aunque ciudadano
inconsciente.

--Cuando usted quiera que consumamos un turno--le deca--, ya sabe dnde
tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la maana, en la
acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan
capuchinos de punta.

No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de
funcionar. Al romper el da llegaba el seor Manolo con sus ayudantes
cargados de paquetes de peridicos. Tena su especialidad, que era la
venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres
haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los
primeros. El no se turbaba ante esta aglomeracin: hallbase
acostumbrado a mayores conflictos en su larga vida poltica.

--Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! Que no se diga del
cuarto estado!... A cada uno se le dar segn el orden de la discusin y
los derechos de su autonoma al respetive.

Y con gran calma iba repartiendo las manos de peridicos, exigiendo a
cada uno el producto de la venta del da antes, llevando de memoria las
intrincadas partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la
exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el
asfalto con tal mpetu, que volvan de un rebote a sus manos como si
fuesen pelotas.

El cuarto estado era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y
cuyo alcance haba que adivinar. Unas veces, el cuarto estado era
nicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas,
todos los que compran peridicos.

Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso cuarto
estado.

--Anda algo roo--contestaba el seor Manolo--; hay tormenta en la
atmsfera metlica: la gente tiene pocas ganas de papel.

Cuando venda un peridico nuevo, deca con nfasis:

--Hoy he tenido un xito extramuros. Los redactores deban votarme un
mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto.
Yo soy el sentido prctico, y les hubiera presentado una mocin y
consumido un turno para demostrarles que deben sacar el peridico dos
horas ms tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y
el cuarto estado que se roa.

Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable
_unitario_, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el seor Manolo,
estaba Espaa dividida en catorce Estados, porque as lo haban
dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y librrimos
pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quera vivir en paz
y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados espaoles, as
fuesen aristcratas, como del cuarto estado.

--Es usted de Reus?--exclamaba en la oficina al contestar a un
transente--. Pues el Estado cataln ha pactado con el de Castilla.
Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.

Las comidas del domingo en casa del _Mosco_ eran tranquilas y plcidas.
Feliciana, la hija, del cazador, serva la mesa o permaneca inmvil
junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si ste hablaba,
pareca beber ella sus palabras, con una expresin admirativa en los
ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que an adquira mayor
realce entre sus rsticos compaeros.

Isidro la miraba algunas veces. Hermosa era la hija del _Mosco_! Cada
vez la encontraba ms guapa. Adivinaba su admiracin, pero aquellos ojos
negros fijos en l slo le inspiraban un vago agradecimiento. Jams se
le haba ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso
quedaba para los hartos, para los felices.

El seor Manolo coma con entusiasmo, alabando la carne tierna de los
animales de El Pardo. Ola a tomillo, a romero, a todos los perfumes del
bosque.

Los domingos eran para l das de descanso y plcido aislamiento. No
tena peridicos; apenas si al amanecer reparta un poco de papel a la
chusma haraposa que le traa loco. Sin embargo, las preocupaciones de la
profesin lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpa la comida
para preguntar al _Mosco_ y a Maltrana:

--Por dnde andar ahora la partida grande?...

Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La partida
grande era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que saban
sacarse del magn atractivos pregones: la aristocracia del oficio,
ocupada nicamente en lanzar peridicos nuevos y ofrecer libros faltos
de compradores, con enorme rebaja...

El seor Manolo, despus de larga reflexin, informaba a sus amigos
sobre el paradero de la tal partida.

-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del ltimo
crimen, que interesa mucho al cuarto estado.

Isidro, al visitar la casa del _Mosco_, ya no se detena en la vivienda
de su abuela. Esta haba alquilado la casucha, yndose a vivir con el
seor Polo, que tena su cabaa en lo ms alto de un cerrillo, desde el
cual se vea Madrid.

Por fin, la seora Eusebia haba decidido casarse, sin la ayuda de la
Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su
viudez, y esperando el momento de que se ablandase, haba contrado
matrimonio con varias comadres del barrio.

Los traperos celebraron con gran algazara la unin de estos dos
comerciantes, los ms antiguos de la busca. Vaya un par de carroas!
Pero nadie os realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas
molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecan respeto: eran
los industriales ms importantes del barrio, y haban hecho bien
unindose en una sola razn social.

Maltrana y el seor Manolo, en fuerza de or hablar al _Mosco_ de sus
expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas.
Una nada ms, eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir
un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el
cazador ingera en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes,
hacindoles retrasar la expedicin para mejores tiempos.

--Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al
_Bonifa_, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una
semana, pillaron en El Goloso al _Bastin_ y al _Paleto_, les dieron
una paliza de muerte, y ahora estn en la crcel de El Escorial... En el
cuartel de Caos Quebrados hay un pualero guarda que primero hace fuego
y despus da el alto. En Navachescas hay otro ladrn que lleva muertos
dos daadores, y, segn dicen, tiene ganas de verme delante de su
escopeta.

Isidro y el vendedor de peridicos cruzaban una mirada de inteligencia.
Era cosa convenida: lo dejaran para ms adelante. Pero el _Mosco_, de
pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostr empeo en
llevarles a una expedicin; y los dos amigos, por amor propio y que no
se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.

Adelante con la cacera! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen
con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el _Mosco_
llevaba meses y aun aos sin verles.

Se citaron para el anochecer del da siguiente en el Ventorro de las
Latas, y al caer la tarde reunironse en la glorieta de los Cuatro
Caminos el seor Manolo y Maltrana.

Iban con sus peores ropas--aunque ninguno de los dos saba ciertamente
cules podan llamarse mejores--, con viejas boinas echadas sobre los
ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de
lo pavoroso de su misin. El capataz de peridicos guiaba, como
conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en
Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias
de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las
aguas de un canal.

Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras
que cerraban el horizonte hacan resaltar sobre una faja de oro
mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella
nadaba con lcteo fulgor en la bruma suave del crepsculo. Sonaban
lentas y melanclicas las esquilas de invisibles rebaos; ladraban al
borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los
carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rsticas
esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.

Encontraron al _Mosco_ sentado en un pedrusco cercano a la venta.

--Quedaos por ah--dijo en voz baja--. Entrad a tomar una copa, y no me
hablis hasta que os llame.

Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta.
Era una cabaa de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos
que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de
conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de
petrleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos
empotrados en la pared exterior servan de bancos. El Ventorro de las
Latas era el punto de reunin de los daadores antes de emprender la
marcha.

Comenz a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que an quedaba en
el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconoca su organizacin
recordando los relatos del _Mosco_. Cada pareja de hombres era una
cuadrilla; compaeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el
peligro, que al huir en distintas direcciones saban por instinto dnde
encontrarse, partindose con fraternal equidad el producto de la caza.

Eran mocetones que por su aspecto parecan trabajadores de los tejares.
A pesar del fro, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de
ellos con la boina en la faja, como hombres que haban de emprender
largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas
cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la _aguja_,
pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto
con una anilla. Estos aprendices de daador traan la barra pendiente
del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se
pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de
participar de los peligros y aventuras de los hombres.

Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, despus de
olisquear a Maltrana y su compaero, adivinando su carcter de intrusos,
juntbanse sobre un puente, del que parta el camino que sus amos haban
de seguir. Los haba de todas castas, figuras y colores: unos de
elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas
lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor
rezongo, graves e inmviles, como soldados que presienten la proximidad
del combate.

Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el
vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se
saludaban; algunos que no se haban visto en mucho tiempo se pedan
noticias. Uno hablaba de su hermano: haba recibido por la maana una
carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban
pocos meses de la pena que le haban impuesto por robo de caza en las
posesiones reales. Otros rodeaban a un compaero que, abrindose la
camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba seal de las postas que
le haban metido entre las costillas. Despus de dos semanas de
descanso, volva aquella noche a la faena.

Hablaban de los compaeros que estaban en la crcel de El Escorial,
discutiendo lo que les podra salir.

Uno se despidi de sus amigos; ya no le volveran a ver en algn tiempo:
al da siguiente iba a Madrid a presentarse en la Crcel Modelo, para
pasar en ella los ocho meses a que le haban sentenciado.

Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la
buena poca, de la primavera, en la que se abriran los tejares,
ofrecindoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las
noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid.
Algunos haban pedido trabajo y queran emprender el viaje tan pronto
como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban
las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la
marcha, les hacan fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones.
Qu vida, caballeros! Era la peor poca del ao: comenzaba la cra. Los
conejos estaban flacos, costrosos. Slo se cogan gazapillos, y por un
lo de stos no daban ms all de una peseta. Adems, abundaban las
malas noches, en las cuales las bestias parecan esconderse en lo ms
profundo de la tierra, y el hurn entraba en las madrigueras sin
tropezar con el ms leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la
libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. Y
todava los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les
perseguan saudamente!... Los de caballera eran objeto de sus
maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia
infernal, con ms talento y mala intencin que los hombres; un monstruo
que, al perseguir a un daador, le morda, le derribaba entre sus patas,
machacndolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontndose,
tena que socorrerlo para que llegase con vida a la crcel. Ah, la
mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...

Algunas cuadrillas, despus de un adis apagado, emprendan la marcha,
precedidas de sus perros, y se perdan en la obscuridad.

--Adis--contestaban los otros con entonacin misteriosa--. Que se os d
bien la noche.

Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los ltimos
cuarteles de la posesin real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar,
cerca de Viuelas.

Los que an permanecan en el puentecillo comunicbanse los cuarteles en
donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La
Portillera, a Quer; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando
audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores
reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapea, Trofas y La Zarzuela.

Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstrua el puente.

Alejbanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco
del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro,
empequeecidas por la distancia, y desaparecan.

El _Mosco_ se aproxim a la venta:

--Cuando queris...

Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la _bicha_, que
se apelotonaba en la crcel de lienzo buscando el calor de su pecho.
Junto a l estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo
pequeo y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado _Chispas_, que no
pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que,
admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el ao.

_Chispas_ llevaba al hombro la pesada _aguja_ para demoler las
madrigueras y abrir paso al hurn cuando ste se trasconejaba, no
pudiendo ganar la boca de salida. Adems, metidos en la faja, guardaba
los _capillos_, las redes que se tendan a la salida de las madrigueras
para apresar a los conejos.

Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros daadores. El
_Mosco_ marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y _Chispas_
cerraba la expedicin.

--Podis hablar; podis fumar. Estamos an en terreno seguro. Yo os dir
cuando haya que ir con ms ojos que un lince.

Los dos nefitos marchaban tras los ligeros pasos del _Mosco_, el cual
no cesaba de hablar. Haba permanecido en la venta lejos de ellos, para
que nadie sospechase que le acompaaban en su expedicin. Tema que
alguien se _chivase_ y fuese con el soplo. Por e, nada; bien saban los
guardas que cazaba todas las noches, as se viniera abajo el cielo.
Cuanto peor fuese la noche, ms favorable para l. Pero al verle con la
impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podan aprovechar la
ocasin y darle caza. Porque l no era capaz de escapar; yendo con
personas que desconocan el terreno, antes se dejara hacer pedazos que
cometer tal indecencia.

--Es un disparate--continu--ir a esta faena con gente floja como
vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos
cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteris de
lo que es esto... Qu contentos van a ponerse esta noche los gameos y
los venados al ver que el _Mosco_ no quiere nada con ellos!...

Les pregunt si haban merendado fuerte antes de salir de casa. En el
monte slo encontraran algn arroyo donde beber un buche, y aun esto
haba que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios ms
frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas haran una
cachuela, el gran plato de los cazadores, que saba a gloria: un guiso
de entraas frescas de conejo.

Maltrana y el seor Manolo, oyendo al famoso daador sus propsitos de
no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les haba
encogido el corazn al or a aquellas gentes que hablaban de heridas, de
palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.

--T ests seguro de que no tropezaremos a los esbirros?--pregunt el
seor Manolo a su hermano.

--Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una
casualidad...

Un largo silencio acogi estas palabras poco tranquilizadoras. El
_Mosco_ segua hablando para distraer a sus acompaantes de la fatiga de
la marcha. Describa la grandeza de El Pardo: nadie lo conoca tan bien
como l. En algunos sitios no podran encontrarle todos los guardas
juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que
guardaban los reyes para sus caceras. Esto sin contar la Casa de Campo,
La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... Y los
dems que reventasen!

Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al seor Manolo,
lanzndose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la
prctica aplicacin de lo que l llamaba, por antonomasia, el
programa.

--El da en que el Estado de Castilla sea autnomo, se acabar este
escndalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me
ro yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para
que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le
meteremos el arado a la tierra para que cre trigo, y viva el pan
barato!... Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto
estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... Pero
si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema
unitario!...

Maltrana contemplaba los perros, que abran la marcha, silenciosos, con
el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte,
sin un gruido, sin prestar atencin a los compaeros de raza que
ladraban en las lejanas huertas.

Llevaban ms de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El
_Mosco_ notaba el jadear de sus compaeros, la fatiga que sentan en las
cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.

--Animo!--les deca--. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estis
acostumbrados a andar. Pero si esto es un paseo!...

Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una
altura, volvi Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre
los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que
coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid
invisible. Ms ac esparcanse, por la lnea irregular del horizonte,
grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la
tierra fuese una laguna de betn que reflejase los astros sombramente.

El _Mosco_ extendi el brazo con la seguridad de un experto conocedor
del nocturno paisaje. Las luces ms cercanas eran de Bellavistas y las
Carolinas; las otras de Chamartn y Tetun. De frente, por encima del
oleaje de sombras, como dbiles resplandores apenas perceptibles,
sealaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcn; y lejos, muy
lejos, donde slo podan alcanzar sus ojos de bho, las luces de El
Escorial.

Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El _Mosco_ se
agach para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su
resistencia. Era costumbre de los daadores pasar los cursos de agua
llevando a cuestas al compaero. Al regreso, el camarada que pasaba a
lomos prestaba igual servicio, y as la mojadura repartase entre todos
por igual. nicamente los enfermos, los que iban a la caza
convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El
_Mosco_ consideraba como enfermos a sus dbiles compaeros, fatigados
por la marcha.

Al otro lado del arroyo, Isidro y el seor Manolo vieron que el camino
se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El
_Mosco_ les orden que arrojasen los cigarros; ya no podran fumar hasta
la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba Mal
Paso. Muchas veces, los guardas de El Pardo, salindose de su
jurisdiccin, se emboscaban all para sorprender a los daadores cuando
volvan a sus casas. En aquel sitio le haban dado un balazo a su
compadre el _Garrucha_, una noche en que volvan los dos cargados con un
par de gamos. El pobre camarada, despus de sanar de la herida, fue al
presidio de Alcal, por robo de caza mayor. El _Mosco_ se haba librado
por pies, sin soltar su carga.

--Una injusticia--exclam--; un abuso!... Este terreno no es suyo; aqu
no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero
pertenecen a la casa grande, y no hay tribunal ni Dios que no se ponga
de su parte.

An caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de
tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al
atravesar una via, choc con un ceporro, hirindose una pierna. Pero
dnde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecan correr
hundindose en la sombra?...

-Animo!--deca el _Mosco_ en voz queda--. Ya estamos cerca; ya veo las
tapias.

Pero el seor Manolo y su amigo no distinguan nada. Isidro, con la
pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran
ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que luca
en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontbase en el cielo;
cuando bajaban, hundase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente.
Pareca jugar con ellos, atraerlos, para huir despus de cima en cima.

Por fin, los dos nefitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo.
Maltrana consider su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran
las murallas de la China. Y haba l de saltarlas? Prefera quedarse al
pie de ellas descansando. Esperara tendido en el suelo el regreso del
_Mosco_, aunque volviese al amanecer.

--Chist!--murmur el cazador, para que hablase ms bajo--. T subirs:
yo me encargo de que subas.

La protesta de Maltrana era la ltima resistencia del miedo, el
retroceso del instinto ante aquella tapia sombra, tras la cual estaba
lo ilegtimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin
misericordia.

El _Mosco_ y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablndose
sin que sus palabras sonaran, movindose sin que sus pasos produjeran
ruido. A Maltrana le parecan fantasmas... Arriba! El _Chispas_ apoy
un pie en las manos de su maestro, ara la tapia, y en un instante se
puso a horcajadas sobre ella.

Ahora, los perros! Los animales saban su obligacin; se dejaban coger
por el _Mosco_, y empujados por l, agarrbanse muro arriba, se mecan
un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejbanse caer en
la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligersimo de hojas
secas.

Maltrana se sinti cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que
el _Chispas_, inclinndose, le agarraba por los brazos. Los daadores
rean de su poco peso. Qued un instante a horcajadas en lo alto de la
pared, aturdido por la ascensin, dolindole el cuerpo por el roce
contra los ladrillos salientes. El _Mosco_ le saludaba desde abajo con
una gracia que pona los pelos de punta.

--Qu buen blanco, gach! Qu escopetazo se pierden los guardas!

Isidro no tuvo fuerzas para protestar. Vaya unas bromitas oportunas! Y
obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes,
tuvo que descender por la parte opuesta, ayudndole el _Chispas_, que le
haba precedido y le sostena por las piernas. El seor Manolo, ms
gil, salt la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante despus se
uni a ellos el _Mosco_.

Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que
le sera franquear aquel obstculo si le perseguan los guardas. Pero la
impresin de miedo se amortigu al mirar lo que le rodeaba.

La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo
nuevo. El salto de la tapia era como el trnsito de un planeta a otro.
Olvid las colinas pedregosas, los bancales infecundos con ms guijarros
que plantas, toda la campia rida sumida en la obscuridad al otro lado
de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.

Tena ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de
las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetacin
salvaje, unificando sus bravos colores en una vaguedad fantstica de
inmenso jardn encantado. Maltrana crey ver un gigantesco dibujo blanco
y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de
alfiler que daban paso a la luz.

La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, pareca un jardn de
leyenda. Maltrana pens en Wgner y en su valeroso Sigfrido; en la
rstica flautita del hroe que haca hablar a los pjaros. Hasta crey,
por un instante, que de aquellas espesuras podra surgir un dragn no
conocido por los guardas.

Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecan
arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura
de leche; los rboles formaban bvedas de negro enrejado, por cuyos
espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto
de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul
sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si
quisieran acostarse.

No se vean las flores del fantstico jardn, pero Maltrana se las
imaginaba enormes, como nunca se haban abierto en la tierra a la luz
del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia,
tan denso, que pareca mascarse al respirar. Era una esencia para
olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgan gritos de
pjaros invisibles, saludos burlones a los bpedos que avanzaban en el
silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre
los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el
medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de
la cuadrilla.

Maltrana dudaba de la realidad. Deba estar soando; aquel mundo no
poda existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar,
encontrndose en el camastro de la calle de los Artistas.

Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban
sin el ms leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo
como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueo. De
ensueo tambin los dos cazadores que caminaban o se agachaban como
sombras, hablndose sin mover los labios, entendindose por seas, y
hasta el capataz de peridicos, que marchaba encorvado, con los ojos
saltones y la boca abierta, contrayendo el estmago a impulsos del
miedo. Slo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y
este ruido le pareca tan grande, tan agigantado por el silencio, que
poda despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.

De vez en cuando la selva agitbase con ondulaciones ruidosas. Una
rfaga de viento moviendo una rama daba la seal. Toda la arboleda se
estremeca, inclinando las copas. Movan sus cabezas los olmos, los
pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del
bosque, y de un extremo a otro esparcase el lamento de la sinfona
salvaje, despertando los ecos en las caadas, aguzndose en las alturas,
volviendo a descender en busca de nuevas masas de rboles que repitiesen
este suspiro de arpa temblorosa.

Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en
su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblndole las
piernas, pero conquistado el nimo por el majestuoso silencio. En
aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.

El _Mosco_, que conoca todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo
junto a una gran encina. All se abran ciertas bocas que indudablemente
ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agachronse por consejo suyo. Los
perros daban silenciosas vueltas alrededor del rbol, como si olfateasen
la caza oculta en las entraas del suelo. El _Chispas_ se coloc de
rodillas a alguna distancia. Estaban all las bocas de salida, y coloc
en ellas los capillos de red. El _Mosco_ abri la bolsa y sac el hurn.
La _bicha_ llevaba al cuello un cascabelillo de sonido dbil, y en una
pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.

Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El seor Manolo segua con
inters la operacin, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana,
tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul
escarchado de polvo luminoso. Haba arrostrado el peligro por ver la
caza furtiva, y ahora no le inspiraba inters. Prefera permanecer
inmvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz
que pareca descender de lo alto. Estaba all como si la selva fuese
suya. Por qu haban de presentarse los guardas? La hermosura de la
noche desvaneca su miedo, repela de su nimo toda posibilidad de
peligro.

El _Chispas_ dio un mugido de alegra; luego otro... luego otro.
Tres... cuatro... cinco: la _bicha_ trabaja bien. Iba recogiendo los
conejos de los capillos as como caan; unos sanos, otros con la cabeza
destrozada por el hurn y manando sangre. A los que salan ilesos,
huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus
duros dedos. Pasbale las piezas al seor Manolo, y ste rea, con el
goce brutal de la destruccin, ofreciendo a Maltrana los conejos para
que los tentase. An estaban calientes: cmo los dejaba la _bicha_ al
morderles!...

Anunci el _Chispas_ que ya no salan ms; la madriguera estaba
despoblada. El _Mosco_ tir de la cuerda y volvi a sonar el apagado
cascabeleo. La embriaguez de la sangre haba enardecido a la _bicha_.
El cazador lanz un juramento sordo antes de volverla al saco; le haba
clavado en un dedo sus agudos colmillos.

Isidro abandon de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la
cuadrilla en busca de nuevas bocas. Por qu no se retiraban ya? La
operacin estaba vista. Pero el _Mosco_ protest.

--Retirarme?... Botones! La noche se presenta bien.

Anduvieron dos horas por las caadas buscando los lugares ms conocidos
del cazador por sus madrigueras. No haba vivienda de conejo que no la
tuviese anotada en su memoria.

Isidro aprovechaba todos los altos del _bicheo_ para tenderse en la
hojarasca mirando a lo alto. El planeta que haba contemplado en el
camino ya no luca en el horizonte; se haba ocultado, y nuevos astros
invadan el cielo. Miraba tambin a su alrededor, admirando la hermosura
brava del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el
seor Manolo para cuando triunfase la autonoma del Estado castellano,
el abatir la selva y meterla el arado, sera una reforma muy
revolucionaria; pero as estaba mejor, era ms hermosa, aunque la
pblica utilidad rabiase de coraje.

Una seal de alarma de los dos perros sac a Isidro de sus divagaciones.
Avanzaban cautelosamente, se detenan, volvan la cabeza para mirar al
amo. Su cola elevbase con movimientos que revelaban indecisin; sus
orejas aguzbanse con la inquietud.

--Chist! chist!--murmur el _Mosco_ para que sus acompaantes
permaneciesen quietos en la espesura.

Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo
mismo que los perros para or mejor. El capataz abra la boca, como si
por ella fuese a escaprsele el corazn, encogido por el miedo. Maltrana
senta el zumbar de su sangre en las sienes.

Gru un perro, y el _Mosco_ pareci tranquilizarse. Alguien estaba
cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos
silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidan a gruir,
era porque husmeaban gente conocida.

El cazador, incorporndose, dio varias palmadas en uno de sus muslos.
Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como
reproducidos por el eco. Despus se llev a la boca el dorso de una
mano, y un silbido tenue, de pjaro, rasg el silencio. Otro pjaro
invisible le contest.

--Adelante: son amigos--dijo el _Mosco_.

Tronchronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres
encorvados. Los perros de las cuadrillas frotronse un instante con
otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al
_Mosco_.

--Qu llevis cogido?--pregunt ste.

--Nada an: dos gazapos.

--Que se os d bien la noche.

La cuadrilla desapareci con sus perros, y el _Mosco_ sigui adelante,
prometiendo a los camaradas, an no repuestos del susto, acabar en
seguida la expedicin, tan pronto como registrase ciertas bocas
inmediatas a un arroyo, que eran las ms ricas de El Pardo.

Detuvironse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del
agua invisible saltando entre guijarros.

Maltrana no atenda a la caza de sus compaeros; deseaba que acabase la
expedicin cuanto antes. Causbanle lstima y repugnancia aquellos
cuerpecillos de pelo suave que el seor Manolo iba reuniendo al par que
haca grandes elogios del peso de su carne palpitante.

Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de
pronto elevarse en el matorral que tena delante dos cruces de varios
brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro,
barnizado por la humedad, asom en la espesura; unos ojos lacrimosos y
brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo,
crey ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada;
algo semejante al dragn de leyenda que haba surgido en su memoria al
dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso
salto. Un bufido diablico estremeci los matorrales. Desaparecieron las
cruces, y cruji la maleza al romperse ante una carrera loca.

El _Mosco_ acudi con gritos de clera:

--Redis!... Y no haber trado la escopeta! Cmo se enteran y se
burlan!...

Los perros, despus de un intento de persecucin, retrocedieron al lado
de su amo, viendo que ste permaneca inmvil.

El encuentro con el venado quit al _Mosco_ todo deseo de continuar la
caza.

--Vmonos; para lo que hacemos aqu!...

Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia.
Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compaeros, volvi a verse en el
campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Crey otra vez que
haba soado, que los rboles rumorosos y el fantstico jardn slo
haban existido en su imaginacin.

Los pesados racimos de bestias muertas que el seor Manolo sostena en
sus manos eran los nicos testimonios de la realidad de la aventura.

--Toca, Isidro--deca el capataz riendo--. Qu famosa cachuela vamos a
comernos!...

El joven, pensando en los guardas, senta ahora un miedo mayor que el
que haba experimentado al otro lado de las tapias. Le pareca imposible
que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la
maleza, contemplando el cielo. De qu balazo se haba librado!...

El _Mosco_ examin la posicin de las estrellas.

--Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.

Pasaron de nuevo, a lomos de los daadores, el riachuelo vecino al Mal
Paso. El _Chispas_ y su maestro caminaban giles, sin el ms leve
indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Haban perdido la
noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y
sustos que an tenan trmulos a Maltrana y al capataz eran para los dos
cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... Vaya un modo
de ganarse el pan!

Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvi a ver
los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se
cerna sobre Madrid.

Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus
lbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo
al peligro.

Maltrana, contemplando el lejano Madrid, crey ver un smbolo de la vida
moderna, de la desigualdad social implacable y sin entraas.

Los dichosos, los ahtos, descansaban tranquilos al calor de una
civilizacin cuyas ventajas eran los nicos en monopolizar. La caravana
de los felices no quera ir ms all, creyendo haber visto bastante.
Dorman en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el
voluptuoso sopor de una digestin copiosa. Y ms all del crculo rojo
trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales
estaba lo desconocido, brillaban ojos colricos, sonaba el rechinar de
las uas al afilarse, estallaba el gruido de las bestias hambrientas,
cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los
desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los
abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir
del crculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.

Les cegaba el fuego; intimidbales con glacial escalofro el brillar de
las armas cadas junto a los durmientes. Amenazaban, rugan; pero los
dichosos, sumidos en dulce sueo, no podan or sus amenazas y sus
rugidos.

Maltrana pens que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles,
se extinguira poco a poco; y cuando slo quedasen rojos tizones y las
tinieblas voraces invadiesen el crculo de luz, vendra la gran pelea,
la lucha en la sombra, el empujn arrollador de la muchedumbre, el
asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las
riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar,
monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.




IV


El segundo da de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle
de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a
Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.

Le repugnaba el Carnaval madrileo, grosero y montono, sin otros
alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidi a ir
en busca de su amigo el _Mosco_ y aprovechar de paso el viajo para hacer
a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de _Zaratustra_. La
pobre vieja tena deseos de hablarle, segn le haba a manifestado Polo
la ltima vez que se vieron ante el fielato. Nada perda con tener
contenta a la abuela. En las Carolinas seguan hablando de su tesoro, y
quin iba a saber si pensara en su nieto como heredero!

Isidro ri de la avaricia que se despertaba en l. Sentase alegre, a
pesar de que haca tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir
prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la
confianza que inspiraba al albail por haber satisfecho todos sus
atrasos en la parte que le corresponda del alquiler de la casa.

Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del _Mosco_,
ya que tena la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.

En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que
aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero
se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que
sacarla de sus situaciones difciles.

Isidro, en su optimismo, tena el presentimiento de una gran fortuna.
Por esto pona buena cara a todos los desvos de la suerte: ella
acabara por entregarse vencida.

Dos das antes, al pasar por la calle de Alcal, frente al Ministerio de
Hacienda, haba encontrado a don Gaspar Jimnez, primer marqus de
Jimnez, aquel senador pariente de la seora que le amparaba en su buena
poca. Varias veces se haba tropezado con el solemne personaje, sin que
ste reparase en l. Le reconoca, pero pasaba adelante fingiendo no
verle. Deba estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no
ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a ms de
la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. La
vida no es juego, como le haba dicho al echarle de casa de su
protectora.

Por todas estas razones, Maltrana experiment gran asombro al ver que el
personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave
y entonado de uno de los directores del pas, al cruzarse con l, en vez
de distraer la mirada, la fij en su persona, acaricindole con
bondadosa sonrisa.

El senador se separ de otros dos seores no menos imponentes que iban
con l, y aproximndose a Maltrana, psole en la espalda la mano
protectora:

--Cmo est usted, joven?... Cmo marchan sus asuntos?...

El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era
implacable, no perdonando persona ni institucin, escupiendo su bilis
sobre todo lo existente, describiendo el pas como un establo de
bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandbase
conmovido ante la ms leve muestra de consideracin de un poderoso.

La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de
hacerle tartamudear. Pens que era necesario tener largo trato con las
personas para conocerlas. Aquel seor haba sido para l un burgus
despreciable y ridculo, un pedantn huero... He aqu los inconvenientes
de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca despus de
algunos aos, le encontraba repentinamente simptico, con cierto aire de
pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la
despensa nacional. No haba que exagerar; por algo se sube, y cuando
aquel to llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.

-No termin usted la carrera?--continu el senador--. Ha hecho usted
bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted
ha nacido para escritor.

Y con gran asombro de Maltrana, le habl de los artculos que llevaba
publicados. El no los conoca, le faltaba el tiempo para muchas cosas,
pero se los haban recomendado con grandes elogios. Literatura
profunda, de la que a l le placa; estudios serios y concienzudos. El
amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentase transfigurado,
prximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazn de la alegra, al or
que alguien elogiaba sus artculos y que este alguien era un seor que
el da menos pensado llegara a ministro.

--Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted
que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo
que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldr de la
entrevista.

Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al
da siguiente al senador. Pero ste quera pasar los das de Carnaval en
una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad,
como convena a un hombre serio. Despus de fiestas, le esperaba en su
casa todas las maanas.

Y se alej escoltado por sus solemnes acompaantes, despus de estrechar
la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le
sigui con una mirada de intensa simpata. Algo bueno iba a surgir de su
inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqus le
acompa como una promesa de fortuna en los das de Carnaval.

Al llegar Maltrana a Bellasvistas, crey ver la reproduccin animada de
un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreadas, de las de la busca,
manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores,
calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartn. Un
grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevrselo
prisionero a la taberna, y las greudas, armadas de escobas, defendan a
golpes el monigote. Corra el grupo por los desmontes con la algazara de
la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal
mpetu, que dejaban al descubierto las roosidades de su interior.

Maltrana, con su rado macferln y su sombrero de seorito pobre,
pareci distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas,
cogindose del brazo, marchaban tras l cantando con insolente
sonsonete:

    Ah va! Ah va
    el to del gabn!

Los mozos rean la gracia y parecan dispuestos a apoyarla saludando
con un cantazo al seorito si tena el mal gusto de incomodarse.

Maltrana dej a la espalda esta alegra hostil y sali al campo. Pensaba
visitar la cabaa de _Zaratustra_ antes de ir a las Carolinas.

Hallbase sta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con
la vista todo Madrid. Pareca de lejos un montn de escombros y basura.
Constaba ce tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una
oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalan del perfil de la
cumbre. El carro de _Zaratustra_ pareca ms grande que las viviendas;
se vea mejor que stas, cado sobre la zaga, con las dos barras en alto
unidas por la barriguera de la mula, destacndose sobre el cielo como
una horca.

Adivin el joven la proximidad de la cabaa viendo correr hacia l una
banda de perros. Eran los compaeros de _Zaratustra_. Los haba de
varias razas y tamaos, todos sucios, con los ojos amarillentos y una
baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que slo de tarde
en tarde vean llegar algn pobre, y sentan feroz extraeza ante
Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.

No ladraban. Aproximronse, mudos, rechinando los dientes con franco
propsito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El
joven cogi una piedra, llamando con fuertes gritos a _Zaratustra_ y a
la seora Eusebia.

Son detrs de la cabaa un silbido y la vocecilla de Polo llamando a
sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que
giraba en torno de l, olindole las ropas.

Pas entre el carro y una pared baja, y entr en una plazoleta que tena
al frente la campia, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras
lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por
las tres cabaas que constituan la vivienda y dependencias del gran
_Zaratustra_. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante
unos pedazos de alfombra vieja que haban de servir de manta a la mula.

--Perdona que no me levante--dijo con su voz de nio--. T eres de casa.
Ay, estas piernas!...

Haba sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes
solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el
aspecto de un salvaje de teatro.

Era un resto de su antigua alegra, un recuerdo de aquellos aos en los
que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus ms vistosos
harapos, aceptando la extraeza y la burla de las gentes como testimonio
de admiracin. Segua la costumbre de desfigurarse con adornos bravos
cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el rema
senil que inmovilizaba sus piernas.

Maltrana contempl curiosamente la mansin de _Zaratustra_, agrandada
con nuevas edificaciones desde la ltima vez que la haba visto. La
actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los
despojos, le hacan vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero
sonri viendo el asombro del joven.

--Qu te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de
Tetun. Vienen seores de Madrid slo por verlo: sobre todo, pintores...
Este cuerpo es el almacn--y sealaba la cabaa en cuya puerta
permaneca sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene
comunicacin con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu
abuela y yo.

Maltrana senta deseos de rer ante la majestad con que Polo hablaba de
su vivienda, sealando sus diversas partes. El lo haba construido
todo, con la ayuda de su criado, dndole la solidez de un castillo.

Parecan las tres cabaas otros tantos montones de basura y escombros en
los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran
puertas, galeras tortuosas que servan de habitaciones. Todos los
despojos de la villa haban sido empleados en la edificacin. Slo a
trechos veanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo dems
estaba construido con los materiales ms heterogneos, vindose
empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva,
latas de petrleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con
estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro,
trozos de estatuas, todo al azar, segn el desorden de la recogida
diaria en Madrid.

Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza
de _Zaratustra_. La mir de cerca: era una jeringa. Ms all brillaban
dos azulejos de reflejos dorados y surga un brazo femenil de color de
bronce, que, sin duda, haba sostenido una lmpara de gas en algn caf.

Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro,
servan de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los
barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados,
formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia ms persistente no
poda traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos.
La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que
serva de chimenea.

El almacn exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefaccin y ropas
corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas
largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la
obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca
de Isidro un enorme moscardn azul, de reflejos metlicos, lgubre,
venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra
de una tumba.

Maltrana pregunt por su abuela.

--Estoy solo en casa. He enviado el _Bobo_ a Madrid a que vea las
mscaras, y la vieja est en la Doctrina, en ese corraln de
Bellasvistas donde juntan las seoras al rebao femenino de la busca
para que cante oraciones.

_Zaratustra_, que se preciaba de conocer a todo Madrid, haba odo
hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jvenes, y rea,
guiando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a
las traperas una sbana por ao, y arroz y castaas por Navidad; pero
las obligaban a or la explicacin de la Doctrina dos veces por semana.
En Carnaval haba gran reunin, para pedir al Seor que perdonase las
locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa poca de la Cuaresma. Las que
faltaban a estas grandes solemnidades perdan la sbana.

--Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los
trapos de esas seoras tienen callos en las rodillas, como los
elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada,
y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas
santitas, as que pierden de vista a las seoras... De la que menos,
dicen que es una pa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si
no, ah tienes a tu abuela, que piensa todo el ao en la sbana. Para
qu la querr, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? Las
hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros:
tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ah enfrente,
porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tena ni un
botn, y me dej en el apuro, sin querer decirme dnde guarda su
tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una
mano y la vara en otra... Si las conocer yo, que he tenido cinco!...
De jvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afn que dar gusto al
cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro
chico, aunque su hombre vaya en cueros.

Qued en silencio _Zaratustra_, mirando a Madrid, que cerraba el
horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el
ms leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de
gran limpidez, que acusaba con energa los contornos, pareca aproximar
la lejana poblacin.

El trapero crea abarcar con sus ojillos pitaosos toda la humanidad
albergada bajo este caparazn de tejas, que a aquellas horas corra y
gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz
tomaba un acento solemne, como siempre que crea decir algo
trascendental.

--La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de l. Fjate en
eso y recurdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio
que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso
caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un
canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y dems
exigencias del rumbo, y la tendr usted contenta. No le d usted el
seoro y boato que reclama, y entregar su cuerpo al demonio... El
hombre es ms digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los
trapos, y por eso es l quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para
que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor
que tirado de chistera y de gabn. Yo tengo buena ropa y poda ir todos
los das lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en
la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no
se la ponga para dar envidia a las compaeras. La mujer que anda mal
vestida, as sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no
le faltan. El hombre que va hecho un Adn no es porque carezca de con
qu, sino que tiene la atencin en cosas ms altas, por ser un animal
noble e inteligente.

As hablaba _Zaratustra_.

Maltrana, molestado por el hedor del almacn y el revoloteo de las
moscas, acab por abandonar su asiento, que consista en tres pedazos de
corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente,
quera irse.

El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si
haban de rezar en Bellasvistas por el perdn de todos los alegres
pecados que aquella tarde se cometeran en Madrid, tenan oracin
cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quera
ensearle la casa, especialmente la habitacin que haba arreglado con
motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades
del buen vivir, y no era caso de que la seora Eusebia, al abandonar su
casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.

--Aqu hay su poquito de seoro--dijo _Zaratustra_ incorporndose con
cierto trabajo, despus de clavar la aguja en los tapices y plegar stos
sobre el asiento.

Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rgidas.
As precedi a Maltrana por un pasillo lbrego, bajo de techo y tan
angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared.
La dbil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de
claraboya difunda una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en
su plido rayo un enjambre de moscas.

A un lado abrase un espacio semicircular que serva de cuadra. Las
paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los
intersticios rellenos de paja y trozos de peridicos; del techo pendan
unas telaraas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas
ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de
una tienda de trapos.

La mula casi tocaba con las orejas el techo, y pareca ms enorme,
disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pens en los
milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse
todos los das por el pasadizo lbrego, en el que apenas caba un
hombre. _Zaratustra_ saliendo de la cuadra, levant una cortina de
percal rameado, pero Maltrana slo vio una intensa obscuridad.

--Echa una cerilla--dijo el trapero.

Cuando luci sobre una cmoda un cabo de vela metido en el cuello de una
botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro ms pequeo
que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias,
de las que pendan los numerosos harapos del vestuario de los dos
viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros
de copa con la seda erizada y contrados como si fuesen fuelles.

--Aqu hay seoro--dijo el trapero--. Eso no podrs negarlo. Mira esa
cmoda; fjate en esta cama, que debe haber sido de algn duque. Huele a
palacio as que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas
all en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la _Mariposa_,
unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. An andamos
a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fjate, galn, que
la cosa lo merece.

Y Maltrana tena que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma
antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios
mostrbase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba
verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que
filtraban la lluvia.

Despus, _Zaratustra_ enseaba con orgullo de artista los adornos de
algunos trozos de pared libres de guiapos: estampas de santos, cromos
de seoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido
al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en
el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero
enseaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la
cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de
tazas de la loza fuerte usada en los cafs, pilas de vasos metidos unos
en otros.

--Si quisiera--dijo el to Polo--, podra convidar a todo el barrio de
las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fjate, criatura; di
si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un caf de
la Puerta del Sol.

Maltrana, a la luz indecisa de la vela, vea todos los platos rajados
por negras lneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los
bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recoga
Polo, y que ste haba ido almacenando durante aos, sin saber
ciertamente qu utilidad poda sacar de esta coleccin que era su lujo.

El dormitorio no tena otro respiradero que la puerta. El techo era tan
bajo, que entre l y la cama slo exista el espacio necesario para
dormir tendido. Haba que subir a ella deslizndose como por la boca de
una madriguera. Isidro not la falta de ventanas.

-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace fro o cuando hiela,
duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estircol, que da
gloria. Mira si estar abrigado esto, que hasta en invierno tenemos
moscas. Ni en la plaza de Oriente estn un da de nieve tan bien como
aqu.

El trapero levant la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado,
como objetos frgiles y preciosos, las telas empolvadas que pendan de
la paja.

--Mira... telaraas. Las ves? Aqu, all, por todos lados. No tenemos
ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud;
pero telaraas, puedo apostar con el ms rico a ver quin las tiene
mejores.

Maltrana pareca desconcertado por la gravedad con que hablaba
_Zaratustra_.

--Donde veas telaraas slo vers salud--continu--. Eso no lo saben los
mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios
como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las
ciudades no hay telaraas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y
mueren jvenes. La telaraa es un regalo de Dios, que vela por nuestra
salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las
enfermedades, se come a los microbios y dems insectos...

As hablaba _Zaratustra_, paseando su luz cerca del techo; y surgan de
la obscuridad los colgantes tejidos por las araas, enormes, seculares,
como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con
fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los
frgiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitbalos al dormir con
su ronquido, y senta gran disgusto cuando al despertar se encontraba
con una telaraa cada junto a su boca.

--Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu
abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan slo.

Cuando Maltrana volvi a la plazoleta cerr los ojos, deslumbrado por el
sol. Respiraba con dificultad el aire puro, despus de su permanencia en
aquel antro saturado de polvo y estircol.

Volvi a ver Madrid ante l, con su enorme masa de gran ciudad, con
torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de
humo. Senta asombro, inmensa extraeza, por esta vida ruda y salvaje
que le rodeaba, teniendo a la vista un gran ncleo de civilizacin. El
pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su
primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.

_Zaratustra_ procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una
charla en la que poda lucir su ciencia.

--Ves qu sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que
acabe la semana. Se mojar el Entierro de la Sardina. La cara de la luna
es de cuidado todas las noches. O yo no s una palabra de las cosas del
cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes,
sangre...

--Adis, gran _Zaratust_--dijo Maltrana.

Poda seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la
villa ingrata que no reconoca su saber. El se marchaba a las Carolinas,
huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estmago.
Iba en busca de su amigo el _Mosco_ y de su hija Feliciana, que tena
para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las
nicas del barrio que ofrecan cierta limpieza. Ya volvera otra vez,
para ver a la abuela.

Y emprendi la marcha, seguido un buen trecho por los perros de
_Zaratustra_.

Al entrar en el barrio de las Carolinas qued desconcertado y confuso
por el aspecto que ofreca en pleno Carnaval. En aquella gente adornada
con los despojos de una ciudad, no se distinguan fcilmente las
mscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a l un nio
llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo,
arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre,
cubrindose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios
de flores. No, no era una mscara. Marchaba con la gravedad del nio
pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un
gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran
mscaras las mujeres astrosas que vea a lo lejos con faldas
multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas
verdinegras, cuyos faldones cubran sus perneras remendadas, asomando el
pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.

Una careta vieja de cartn o un trapo con agujeros para los ojos era lo
nico que distingua a las mscaras en aquel mundo donde todos parecan
igualmente disfrazados.

En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los
corrales, veanse montones de papelillos de color mezclados con la
basura. Eran los restos del primer da de Carnaval, el _confetti_ y las
cintas de papel recogidos por la maana en los paseos de Madrid; el
residuo de la alegra de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero
con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban
banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos
cados de las carrozas que la tarde anterior corran por la Castellana.

Isidro pas varias calles formadas en su mayor parte de tapias de
corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirmides de paja
podrida destinada a la coccin de las tejeras. Al ruido de sus pasos,
fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos
ladridos.

Un hedor de boiga hmeda impregnaba el aire. Por las puertas
entreabiertas veanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas
de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de
las afueras despus que engordaban con la inmundicia de la poblacin.
Maltrana miraba estos animales srdidos, de salvaje ferocidad, con gran
repugnancia. Recordaba las confidencias del _Mosco_, indignado contra
ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo
traan en el carro, arrojndolo en el corral, donde al poco tiempo slo
era un esqueleto descarnado.

Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo
libre y de la sierra disip su impresin de nusea.

El Guadarrama obstrua el horizonte con su masa de color de rosa
coronada de pirmides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida
por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del
cielo, cayendo en lneas serpenteadas, sierra abajo, por los
derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso haca olvidar la
miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su
subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.

Maltrana comenz a bajar la cuesta de la ltima calle de las Carolinas,
que era la del _Mosco_. Frente a l, al final de la doble fila de
mseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Cao
Dorado, un frondoso rincn plantado por los constructores del canal del
Lozoya, y que con los aos se haba convertido en un bosque.

El joven vio venir hacia l un grupo de chicuelos. Al frente marchaba
un mascarn enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con
arpilleras y lazos de papel.

--No me conoces!... No me conoces!

Y como saludo le ech un escobazo a la cara, huyendo despus con paso
vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que
vociferaba aclamando sus gracias.

Ah, maldito borracho! Pues no le haba de conocer?... Era _Coleta_,
que diverta al barrio con sus extravagancias de beodo.

Isidro sigui adelante, y al llegar a la casa del _Mosco_ llam en vano
repetidas veces a la cerrada puerta.

Una mujer acudi con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la
_Borracha_, la hembra de _Coleta_, una andrajosa que llevaba una venda
en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel
barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tena
costras en las manos, jams lavadas, por miedo sin duda a que el agua
empaase los anillos de latn que adornaban sus dedos. Una pstula
perforaba los cartlagos de su nariz. La porquera y el aguardiente la
iban barrenando la carne, segn deca _Coleta_ al insultarla en plena
embriaguez con el apodo de _Borracha_.

--No estn en casa, seor Isidro--dijo con hipcrita mansedumbre--. El
_Mosco_ se fue esta maana con el seor Manolo, llevando las jaulas y la
red. Han ido a pjaros. La chica, la Feliciana, va de mscara. Hace un
rato ha bajado con las amigas al Cao Dorado... All est: desde aqu
puede verla.

Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corra entre la
arboleda del cerro de los Pinos.

El joven descendi la cuesta. Ms all de las ltimas casas de los
traperos, contrastando con la srdida miseria del barrio, comenzaba el
bosquecillo del Cao Dorado. El benfico influjo de la humedad haba
hecho crecer en el fondo de la caada una gran masa de rboles
rumorosos, poblada de pjaros. Un parterre de antigua jardinera, con
muros de boj igualados a tijera, extendase en torno del Cao Dorado,
nombre de la fuente a la que venan a llenar sus cntaros las muchachas
de las Carolinas.

Era un rincn apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y
trinos, que no conocan los habitantes de Madrid; un oculto paraso, un
trozo de poesa para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.

Maltrana gustaba de la tranquilidad del Cao Dorado. Su vieja jardinera
le recordaba los parterres de la Moncloa, pero ms solitarios, ms
campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algn
chicuelo del barrio con el cntaro al hombro. Adems, le alegraba el
canto perpetuo del chorro cayendo desde el cao dorado en un tazn de
cuatro crculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia l
las mscaras que le haba mostrado la mujer de _Coleta_.

--Es Isidro!... Es el sabio! El que escribe en los papeles!

El grupo le rode: todo l era de mujeres. Se haban retirado al
bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenan
que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecan all,
satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano,
jugueteando como nias. Al ver a Maltrana haban vuelto a enmascararse,
y se agitaban en torno de l, empujndolo, cogindole por las solapas,
gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:

--No me conoces!... No nos conoces!

Unas iban vestidas de beb, con colores vistosos, suelta sobre la
espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas
enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chilln de las
medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que
ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecalas como una
muestra de distincin, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes.
Otras vestan de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que
parecan prximos a estallar con la presin de las rollizas carnes. Un
pauelito rojo cubra el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina
asomaban los rulos de su peinado chulesco.

Al agitarse en torno de Isidro, envolvironle en una espiral de
almizcle, perfume barato del que se haban impregnado las vrgenes de la
busca para mayor esplendor de la fiesta.

--No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades,
tirndole del bigote, abofetendole con un entusiasmo que enrojeca sus
mejillas.

--No me conoces!...--gritaba un beb de color de rosa, en el que
Maltrana fij su atencin.

--Pues no te he de conocer, criatura?--exclam el joven--. T eres
Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso
las llevas descubiertas, coquetona.

Muchas de las mscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este
reconocimiento y ofendidas por la alusin a sus manos enguantadas. Un
grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser
perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana qued casi solo, junto
al beb. Las compaeras ms ntimas se haban separado algunos pasos,
fijando su atencin en el encuentro de los mozos con las mscaras.

--S; t eres Feliciana--volvi a decir el joven, cogindola las
manos--. Dime, cundo volver tu padre?...

--No soy Feliciana--chill la mscara con una voz trmula en la que
pareca vibrar la clera--. Feliciana tiene las manos ms feas que las
mas. La prueba est en que las has visto muchas veces, sin decirla a la
pobre una palabra.

--Vamos, muchacha, no digas tonteras. Es que habis bebido esta
tarde?...

--T eres un orgulloso, Isidro--continu la mscara, hablando con
precipitacin, como si temiese que lo faltara el nimo antes de
acabar--; t eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas
en nadie. Ests tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las
gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que
te rodean.

Maltrana la oa con extraeza.

--Pero qu tonteras dices, nia? Es que ests borracha?

Todas las mscaras se haban alejado hacia la caada, donde sonaban los
gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto,
el beb hablaba con su voz atiplada de mscara, fijando, a travs de los
agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.

--Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma...
ms que si fusemos hermanas. Y sabes lo que dice Feliciana?... Que
eres un orgulloso; que por ms que ella te mira, t nunca te fijas en
ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la
fbrica de gorras... Claro! Como el seor vive en Madrid, y escribe en
los papeles, y viste de seorito!... A saber si tendr en los Madriles
cmicas que se lo disputen, seoronas que le hagan el amor!...

Maltrana rea de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se
imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su
credulidad resultaba una irona cruel.

--Pero muchacha--dijo--, t has bebido. T ests chispa, Feliciana.

--Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he
dicho que no lo soy. Si lo fuese, te dira cuatro frescas, y con motivo;
orgulloso! pelambre! golfo con pretensiones!... Pero no te enfades.
Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho
beber un poquito all arriba. Pobre Feliciana! Pobres mujeres!... Los
hombres habis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que
callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y t, golfito
serio, con toda tu sabidura, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego...
que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que
te convida su padre.

Maltrana era ahora el que se senta turbado, no sabiendo qu contestar.
Su timidez encogase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.

Haba vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qu
decir, repitiendo lo mismo:

--Feliciana... Feliciana!

--Hombre, djala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. A qu
repetir su nombre? Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la
has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. T
te cras para cosas mejores. Tu madre quera verte casado con una
seora; tu abuela asegura que el mejor da vendrs a verla en carruaje
de dos caballos, con una seorita de gorro alto... Deja a Feliciana;
deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sbelo, bandido,
canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de
haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y
se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un
ladrn que se divierte fingiendo que no se entera.

Detrs de la careta son un suspiro. El beb se llev las manos al
pecho, y por los agujeros del cartn vironse los ojos hmedos,
lacrimosos.

Maltrana, turbado por las palabras de la mscara, no acert a contestar.
Instintivamente llev una mano al antifaz y tir de l.

Apareci el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de
lgrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; despus
intent sonrer.

--Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y
olvida esas tonteras.

--Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad,
bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razn:
soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distrado se
fija.

Sin darse cuenta de lo que haca, una de sus manos solt las de la
muchacha, deslizndose instintivamente por su talle.

Feliciana fij en l sus ojos hmedos, negros como dos gotas de tinta,
que reflejaban el lejano foco de sol. La presin de aquel brazo en su
talle pareca doblarla, vencerla.

Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta
rpida aproximacin.

Sonaron cerca de ellos los gritos de las mscaras. El alegre grupo
volva de la caada perseguido por los mozos.

La audacia que haba hecho hablar a la joven con la careta puesta la
abandon de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos
sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto
de espanto que si despertase de sbito completamente desnuda a la vista
de los hombres. Se arranc del brazo de Maltrana y corri hacia un rbol
inmediato, apoyando en l los codos, ocultando la cara entre las manos.

No quera que la viese Isidro. Tena miedo de mirarle. Ahora lloraba de
veras, y gema entre suspiros:

--Qu vergenza, Seor!... qu vergenza!




V


--Sintese usted, joven. Est usted en su casa: ya sabe que le considero
como de la familia.

Y el senador don Gaspar Jimnez acariciaba a Maltrana con aquellas
palmaditas protectoras que enorgullecan al joven.

Estaba en el despacho del personaje, habitacin amueblada con la
severidad que corresponda a un hombre de su importancia y su seso. Las
sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librera alinebanse
los tomos de las _Sesiones del Senado_, juntos con memorias,
estadsticas y aranceles; volmenes imponentes por el tamao, impresos a
expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes,
exhibanse varios ttulos de individuo de honor de diversas sociedades,
acreditando los mritos del marqus de Jimnez, y un tarjetn, prodigio
de caligrafa, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a
su digno senador por sus brillantes discursos en defensa de la
proteccin a los trigos.

Un retrato al leo, de tamao natural, llenaba todo un lado del
despacho. El marqus apareca en el lienzo de pie, vestido de frac, con
todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su saln y
sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de
pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurn con el
pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su
poderoso amigo con varios prestidigitadores clebres. Despus, sinti
ganas de rer ante la seriedad y el empaque con que el senador se
mostraba en el retrato. Era un caballero que se haca representar de
visita en su propia casa.

El grave marqus, que trataba siempre a las gentes con tono protector,
pareca titubear en presencia de Maltrana.

Hablbale con cierta distraccin, como si su pensamiento estuviese
lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus
luchas y aspiraciones, mientras frunca el ceo y su mirada vaga pareca
buscar un pretexto para conducir la conversacin adonde era su deseo.

Por fin, habl del motivo que le haba hecho llamar a Isidro.

--Pues s, joven amigo--dijo con la entonacin solemne que empleaba al
charlar en los corrillos de la Alta Cmara--. Yo me he tomado la
libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que
considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que
proteger a la juventud; yo amo a los jvenes; soy uno de ellos, por ms
que muchos no lo crean vindome dedicado a serios estudios, a problemas
graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueo,
como ya le dije a usted en cierta ocasin. La vida no es un juego, y hay
que aceptarla con toda su seriedad... Por lo dems, lo que tal vez sea
beneficioso para usted ser indudablemente muy til para m, y si usted
lo acepta, merecer mi agradecimiento.

Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo
su relleno de retazos oratorios, no sac nada en claro. Qu deseaba el
seor marqus? All estaba l para servirle; poda decir cul era su
intencin.

El personaje volvi a hablar con no menos anfibologas y rodeos, como si
temiese descubrir de golpe su pensamiento. El viva muy ocupado. Era el
hombre que en todo Madrid dispona de menos tiempo para dar satisfaccin
a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los
trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda catlica y de
religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de
unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no
faltar a ninguna de sus reuniones. A ms de esto, le asediaba el partido
con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya
tertulia no le era lcito faltar, y tena que ocuparse de la educacin
de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas
sanas de su padre y merecan los elogios de sus antiguos maestros, los
buenos sacerdotes de la Compaa.

Maltrana acogi con graves movimientos de cabeza y risas interiores
estas palabras. Conoca de vista a los hijos: les haba encontrado
muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las
estrellas del gnero nfimo. Uno de ellos firmaba pagars en blanco a
todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento
de cierta _divette_ procedente de Perpin.

--En estas condiciones, pues--continu el senador con entonacin
oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de
pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo
Maltrana, tambin soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los
jvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, segn
dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy ms
escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero
si viese usted el montn de papel que llevo emborronado!...

Y como creyera ver en Maltrana un ademn de curiosidad, se apresur a
aadir:

--No; no puedo ensearle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga
a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me
empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la
colaboracin de un joven ilustrado que sea dueo de todo su tiempo para
escribir: uno como usted.

Isidro comprendi que el personaje haba llegado por fin adonde quera.
Adivinbase en su rostro la placidez de haber soltado una proposicin
vergonzosa que era su tormento. El joven acept con breves palabras. En
qu haba de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy
agradecido de que se fijase en l.

Y el pobre Maltrana lo senta as, apreciando como un gran honor la
propuesta del personaje.

Lo que deseaba el marqus de Jimnez era escribir un libro, pero un
libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador
serio. No quera tener secretos con Maltrana, y le confes que el tal
libro sera un escaln, el ltimo, para alcanzar la cartera de ministro
el da que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometa
escribir un prlogo para la obra.

--Ya ve usted, amigo Maltrana. Qu honor! qu honor para nosotros!...

Este nosotros dej fro al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que
no fuese la retribucin que el marqus quisiera darle.

--Usted escribir--continu el personaje--; yo le dar las ideas; y con
esto creo que su trabajo ser coser y cantar, como quien dice... Usted
es un joven discreto que se entera de las cosas, y tendr cuidado de
no salirse del tiesto mezclando en la obra ideas de esas diablicas y
modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro ir
dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle ms. Una dedicatoria
sencilla, pero hermosa, que usted tendr la bondad de escribir. Asunto
de decirle que, as como es el primer soldado de la nacin, el primer
agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de
dirigir la poltica como de dirigir un automvil, es tambin, para m y
para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer
socilogo. No ser bonita una dedicatoria en este sentido?...

Isidro contest con movimientos de afirmacin.

--Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste
usted: socialista del verdadero socialismo, del prctico, del que puede
ser, del que defendemos los espritus sanos, uniendo las exigencias de
la poca con las santas tradiciones y los intereses creados.

El joven le pidi las ideas que haban de servirle de gua, la trama
poderosa, sobre la cual no tendra l otro quehacer que alinear palabras
con la pluma: coser y cantar, como deca el personaje.

--El libro--dijo ste--podra titularse _El verdadero socialismo_; pero
si usted encuentra otro ttulo ms bonito, por m no se prive usted; yo
no tengo en esto empeos de amor propio. Usted manda, usted es el amo.
Haga todo lo que considere ms acertado; cuantas ms iniciativas tenga,
mejor.

Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una
extraccin dolorosa, expuso su plan. El libro deba ser un himno a la
caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a
los ricos, y unos y otros se confiaran a la direccin de la Iglesia
catlica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el
Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.

--Creo que con esto--continu--ya tiene usted bastante para hacer el
libro. No queda mas que el escribirlo, lo ms fcil; slo que esto exige
tiempo, y yo no lo tengo. Reconocer usted que estas ideas no son
cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De
exponer cuestan muy poco; pero yo s el tiempo que llevo rumindolas,
dndoles forma, preparndolas, para que usted no tenga mas que
escribirlas. Adems, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del
libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastar
en imprenta lo que sea preciso. Los captulos deben ostentar al frente
esos prrafos en letra, pequea que llaman sumarios. Esto me ha gustado
siempre; da cierto aire de seriedad y de mtodo. Luego deseo que todas
las pginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto.
He visto que todas las obras importantes van as. Tambin esto da aire
de seriedad y prueba erudicin en el autor. Hay que citar muchos nombres
y que sean extranjeros; cuanto ms enrevesados, mejor. Esto lo har
usted fcilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas
semanas en la Biblioteca. Si yo tuviese tiempo!...

Maltrana sonrea escuchando las indicaciones de su protector.

--La tarea es fcil--prosigui el marqus--. No crea usted que yo ignoro
dnde estn las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escndalo
hemos coincidido algunos hombres de Europa. Segn me dijo el jefe, hay
un seor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito
algo muy sonado sobre el socialismo catlico. Uno no tiene tiempo de
leerlo todo. Bsquelo usted, y ya tiene una fuente ms, despus de las
mas.

El senador habl an largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la
facilidad con que poda escribirla contando con la firme base de sus
ideas.

--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su
tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Adems, amo a
la, juventud y deseo protegerla. Le dar a usted tres mil reales por su
trabajo; pero que sea grueso el libro, eh?, y sobre todo, notas...
muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he
concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte
duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.

Maltrana cogi el billete con cierta emocin, contestando aturdidamente
a todas las recomendaciones del personaje.

--A trabajar, joven. La vida no es un sueo; hay que trabajar, hay que
ser prcticos. Tratndose de un joven formal como lo es usted, creo
intil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Adems,
no supone gran cosa: slo significa que me falta el tiempo. El libro lo
doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. Ay, si yo no estuviese
tan ocupado!

An le recomend otra vez que no olvidase los sumarios de los captulos
y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.

--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un captulo, me lo trae, y as
con todos los dems. Yo los ir copiando, para que vaya de mi letra a la
imprenta. Aunque ocupadsimo, creo que tendr tiempo para este pequeo
trabajo.

Maltrana, al verse en la calle, crey que la Fortuna marchaba ante l,
abrindole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No senta el ms
leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de
encargarle. Se rea del socialismo catlico y de las ideas de su
protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el
esqueleto de un libro. Valiente atn era el seor Jimnez!... Pero lo
respetaba, viendo en l al hombre providencial que cambiara el curso de
su existencia, al suceso esperado que haba de sacarle del atolladero de
su voluntad.

El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco
pesbale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; vea tras l
la seguridad de otros billetes, de ms dinero, todo a cambio de llenar
unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de
disparates para l inadmisibles, que el grave senador firmara sin
titubear, ponindolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.

Poda dormir tranquilo el solemne marqus de Jimnez. Tendra el libro
ms pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con
sumarios, hasta con apndices, desfilando por el piso bajo de sus
pginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores
conocidos y desconocidos, con algunos ms que l inventara. Difcil era
que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a
ser autor a tan poca costa, repetira el encargo, dndole ideas para
nuevos libros. El le sugerira el deseo de ser acadmico, de conquistar
la inmortalidad apedrendola con grandes volmenes de interminables
notas que nadie leera. Acababa de encontrar un filn; iba a tener una
renta fija.

Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratera literaria,
aceptndola alegremente como una liberacin de la miseria, pens en
cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.

Era ms de medioda. Maltrana se fue a la taberna de los genios, que
nicamente visitaba en los das prsperos. Flojo atracn iba a darse!
Busc en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres lea
melanclicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro
capital que una peseta. Viva la abundancia! Comi a su antojo de lo ms
caro, tom caf, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la
calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Haba que solemnizar
el suceso.

Saboreando la copa de coac y envuelto en la nube azulada de oloroso
humo, senta la placidez de una buena digestin, aquella fe en el
destino que surga en l al llenar el estmago.

Pensaba en el porvenir. Su protector tena razn: la vida no es un
juego; deba cambiar inmediatamente de mtodo. El trabajo exige orden;
suprimira la vida nocturna: dejara de ir a la redaccin. Ya no poda
estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su
padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla l. Se acab la
bohemia triste y errante. Tena derecho a una casa, como todos... Y por
que no a una mujer que le acompaase en esta ascensin hacia la Fortuna,
que crea haber comenzado ya?...

La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como l la llamaba, pareci
surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.

An duraba en l la impresin de sorpresa y de orgullo que le produjeron
las palabras de la muchacha cuatro das antes. El, tan feo y miserable,
que slo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, vease amado, y
para mayor asombro, era la hembra la que sala a su encuentro,
ofrecindose en un arrebato de audacia.

No dejaba de reconocer que en este amor haba mucho de admiracin. La
pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el
nico hombre que la haba revelado la existencia de una vida distinta de
la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.

Para la pobre Feli--pens Maltrana--, yo soy la poesa; un pedazo de
cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un
mismo tiempo. Con tal que no pierda las ilusiones al verme de
cerca!...

La Fortuna le haba azotado largos aos, para drselo todo a un tiempo:
dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesin, l no poda dormir sin
que se cortase su sueo con visiones, en las que apareca la hija del
_Mosco_ acaricindolo con la sonrisa, tendindole los brazos. Al
despertar, la imagen quedbase fija en su memoria, ennoblecida y
hermoseada por el ensueo, como una ilusin ms de las muchas que
llevaba en el bagaje de sus esperanzas.

Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permaneca indeciso,
no sabiendo ciertamente qu contestar. El no conoca otro amor que el de
las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era
de este gnero. Habituado por sus aficiones filosficas a buscar la
causa de las cosas y a desentraar las pasiones, abrindolas en canal
para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos
descarnados los sentimientos ms vivos.

No; l no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentase atrado por
ella dulcemente. En esta atraccin haba un poco de agradecimiento y
algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, adems,
por egosmo, viendo en ella una hembra apetecible que poda embellecer
su existencia.

Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filsofo, soaba
despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginacin
tomaba vuelos de guila, se vea aclamado por las naciones, reconocido
por todas como el genio ms grande del siglo, presidiendo, en nombre de
la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivan felices gracias a
Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napolen de las grandes conquistas
del progreso.

Otras veces, sus ensueos aleteaban ms bajos. Nada de dominaciones, ni
de Estados Unidos de Europa y otros los: contentbase con ser un hombre
que tuviese asegurada la satisfaccin, sus necesidades, y pasase la vida
plcidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir
sus traducciones, soaba con tener algn da habitacin propia, muchos
libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado
por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgiran por
detrs, estrechndole, y una boca acariciadora le rozara las orejas
murmurando palabras de cario.

Esto no era imposible; poda conseguirlo. Llegaba el momento de realizar
sus ensueos. La buena hada de las leyendas marchaba ante l con la
varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.

Sali de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo
ante l, como si las ilusiones se le escaparan por la boca,
precedindole en la marcha.

El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecan
colarse en su alma. An vagaban por las calles algunos mascarones,
ltimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonrea,
encontrndolos interesantes; tambin por su imaginacin se paseaban como
mscaras las ms abigarradas ilusiones.

Con la alegra del bienestar, emprendi a pie su marcha hacia los
Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a
la fbrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de sta
para hablarla de la fortuna que inesperadamente embelleca su vida.

Paseando por un andn de la ancha calle, ms all de los Depsitos
viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.

--Vaya usted con Dios, don Vicente.

Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por
su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El
sombrero, ms grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por
ocultas cintas de papel. Tena la cara rojiza, con profundos surcos en
cuyo fondo la piel apareca blanca y brillante. Los ojos parpadeaban,
inflamados, sin pestaas, con las crneas manchadas de sangre. Las
orejas sobresalan, casi despegadas del crneo, como si fuesen a
aletear. Las pas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban
la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.

Pareca fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores
rudezas, pero las privaciones haban amojamado su cuerpo y daban a su
paso cierta irregularidad, como si las piernas slo pudiesen avanzar a
costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso
de la extraeza de las gentes. De vez en cuando se detena, y apoyando
un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una
arruga vertical.

Al or que el joven le saludaba, dud algunos instantes, como si sus
ojos inflamados no pudiesen reconocerle.

--Ah! Es usted, seor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la
Virgen le guarde. Trabaja usted mucho?..

Maltrana le haba conocido por sus hbitos de noctmbulo. Como l se
acostaba bien entrado el da y aquel hombre levantbase mucho antes de
amanecer, se haban encontrado varias veces en las calles de Madrid,
cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la maana.

Isidro senta por l irnica admiracin. Haba llegado tarde al mundo,
as como l, en su petulancia juvenil, crea haber nacido demasiado
pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre
habra venerado al seor Vicente; los reyes le habran visitado en su
tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habran cado
sobre su cadver, arrancndole los pelos y pedazos de su hbito como
santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figurara en los altares,
trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.

Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenan
oraciones, de pequeas estampas y de peridicos de religiosa procacidad
que le entregaban las asociaciones catlicas para que los repartiese.
Maltrana le haba tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada
pelendose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con
acompaamiento de tremendas blasfemias. El seor Vicente se arrodillaba
con los brazos en cruz ante el pecador, pidindole que le pegase con el
ltigo, que saciase en l su furia, a cambio de dejar en paz el santo
nombre de Dios, pues antes quera morir que verlo insultado. El joven
haba sentido inters por este loco que vagaba por Madrid entre la
extraeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros
tiempos, habra fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su
huella en la Historia.

Despus le vio muchas maanas deteniendo a las criadas en las
inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones,
hablndolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin
fijarse en las risas de las muchachas, que sentan cierta lstima por la
guilladura de este buen seor, que al mismo tiempo era persona fina.

Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendn, rozando
con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de _El Motn_
pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los
santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del
martillo sobre la suela.

Metase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres
compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no beba. El
vino le daaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por
tomar un sorbo, a guisa de mortificacin, haciendo los mismos
aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones
simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana tambin le haba
visto irritado, con la clera del loco pacfico que pierde su
tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para
provocar su furor. Al principio las acoga cerrando los ojos, bajando la
cabeza, como un mrtir en las primeras angustias del tormento; pero su
paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la
corte celestial. Resurga el campesino, el hombre forzudo habituado a la
violencia: sus puos se cerraban amenazantes.

--Virgen Mara! Santsimo Seor!--ruga con una entonacin semejante a
la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendan a Dios.

Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta clera que nublaba
la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se
dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.

Maltrana le vea tambin en las inmediaciones de los Cuatro Caminos,
entablando conversacin con los guardas de Consumos, entrndose en los
merenderos para hablar de Dios a los que formaban crculo en torno del
plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas
por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las
vueltas que acababan de dar al comps del piano.

--Mis negocios van bien, seor Vicente--dijo Maltrana contestando a su
pregunta--. Y usted adnde va? A la propaganda?

El santo varn sonri, guiando con inocente malicia sus ojos pitaosos.

--No hay que descansar, seor de Maltrana. Estos das han sido de prueba
para la bondad del Seor. Lo que habrn ofendido su santo nombre en las
fiestas de mscaras! Los pecados con que habrn puesto a prueba su
bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el
desengao.

Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables
de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado
aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indic que deba volver al
centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras
slo encontrara infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podan
pensar en locuras.

--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el
seor Vicente--. Cada uno escoge su campo segn sus fuerzas. Los
telogos, los sacerdotes sabios, los pjaros gordos de la Iglesia, ya se
encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto
como puedo, y voy a los humildes, a los nicos que pueden entenderme.
Aun as, si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas!
Catorce aos emple en traer al buen camino a un zapatero, que es la
mejor de mis conversiones. El tiempo y la saliva que me ha hecho
perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he trado al
redil del Seor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el
alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal
cuando la revolucin, y ech de su altar a la Santsima Virgen--aqu el
seor Vicente se quit el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien;
le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribi en la Hermandad
del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.

--Y esos ojos cmo van?--pregunt Isidro.

--Cmo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me
dan muchos disgustos los pecadores.

Maltrana le aconsej la calma.

--Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--grit el seor Vicente
exaltndose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia
cualquier brbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que
si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, s
seor, que me maten, antes que or tales blasfemias.

Y al decir esto se golpeaba el pecho o abra los brazos como si
ofreciese su vida al joven, suplicndole que le matase. Algunos
transentes acortaban el paso y miraban al viejo, que mova los brazos y
las piernas cual si retase a invisibles enemigos.

--Calma, seor Vicente--dijo Maltrana--. Cudese; guarde la vida para
servir a su Dios.

--Si todos fuesen como usted, seor de Maltrana!--exclam el devoto con
cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco;
usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educacin y no
se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y
llegar el da en que Dios le tocar el corazn. Por eso no le digo
nada. Qu he de decirle yo, pobre gorrin del Seor, a usted que lee y
sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su
alma, y crea que ms de una parte de rosario le llevo dedicada. Se
olvida usted del Seor porque sus negocios andan mal; pero algn da
sentir los efectos de su misericordia, y se arrepentir y se acordar
de lo que le dice el hermano Vicente.

Maltrana, para amenizar su espera, quera retener a este personaje
original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro
Caminos.

--Usted fue soldado, verdad?--dijo para prolongar la conversacin.

--S, seor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.

Y al recordar sus tiempos de soldado, lata en sus palabras cierto
orgullo; la misma satisfaccin soberbia que muestra la Iglesia al decir
que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.

--No se lo dije en otra ocasin, amigo don Isidro? fui militar y estuve
en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe
usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cdiz; dieron el grito y
tuve que echar detrs de los mandones, disparando tiros en contra de la
religin, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor
de mi vida; pero Dios me lo perdonar, porque fui forzado y no tuve
intencin de ofenderle... Despus sal del servicio y me dediqu a las
cosas santas.

--Y por qu no se hizo usted fraile?

--No me faltaron ganas, seor de Maltrana. Un marqus, antiguo coronel
mo y persona muy devota, puso empeo en que me admitiesen en un
convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes mritos para
vestir el hbito.

Lo deca bajando la cabeza, encogindose para mostrar mejor su humildad.
El joven pensaba que los frailes haban tenido miedo a las exaltaciones
del seor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega
no poda permanecer en un convento.

--Pero vivo lo mismo--continu--que si perteneciese a una orden. Tengo
mi regla. Un seor sacerdote me escribi en un papel lo que debo hacer a
todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Seor.
La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de
ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro seor sacerdote reform
el primer papel, ordenndome an ms horas de paseo; toda la tarde en el
campo. Dicen que de no hacerlo as puede turbrseme la cabeza y el
demonio me dar martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco:
todas las tardes salgo al campo; cada da a un sitio de las afueras. He
dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los
alrededores nio ni mujer que no conozca al hermano Vicente. Las
estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los
pjaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me
acompaan en el camino; pero dejar de pensar en las cosas santas? no
puedo... no puedo!... y peco por desobediencia.

El seor Vicente irritbase contra esta imposibilidad de olvidar por
unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.

--Dicen que pienso demasiado, seor de Maltrana, y tal vez tengan razn.
Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El
Malo me martiriza con imgenes infames. Dicen adems los seores
sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco,
que deba atender ms al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que
coman menos que un pjaro, y yo, seor, hay das en que no ayuno y
gasto un real o ms en mi manutencin. Las buenas seoras que me
protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y
yo digo que s a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres
que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se
arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo
que voy bastante bien.

Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fij en su
camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas
de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parsito movase
entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.

--No necesito ms all de un real para vivir--continu el devoto con
cierto orgullo--. Nunca he comprado un peridico, ni s lo que es tener
una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes,
ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la poltica.
A estas horas no s quin manda en Espaa. Lo mismo da que sean unos que
otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso
de la poltica, zarandajas, maraas, patraas y tonteras.

El devoto exaltbase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente;
inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.

--El liberalismo, seor de Maltrana, y todo eso del progreso y las
revoluciones est condensado en pocas palabras; lo que yo digo: matar,
robar y no hacer dao a nadie... Matan el alma, se la roban a Dios, y
despus dicen que no hacen ningn dao... La libertad! La gente se va
detrs de sus patraas, porque stas halagan a la bestia que todos
llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y
necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa
libertad, y veremos barbaridades.

Maltrana, entretenido por esta charla, finga aprobarlo todo con
movimientos de cabeza.

--Usted habr ledo mucho, don Vicente.

--Nada, seor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender
las obras de Teologa. Adems, estos ojos no estn para lecturas... Pero
tengo muchos libros, muchsimos: no caben en tres carros. Me gasto en
ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y
apenas cae en sus puestos una obra antigua de teologa moral, de cnones
y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan,
diciendo: Para el hermano Vicente. Lo que me cuestan los libros! Yo
podra vivir en una buhardilla o ser husped de una familia cristiana;
pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho
duros para que estn bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no
enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergn; pero las obras estn
en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un
seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer
pecaminoso. Me parece que forman un jardn, el jardn de la sabidura
eterna. Cada libro es una flor, con su riqusimo perfume de pergamino y
de polvo. Yo no he ledo mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a
San Juan de la Cruz. Pero si algn da me honra usted con su visita,
ver un ejemplar de la _Summa_ en muchos tomos, en muchos!, y usted,
que est ms acostumbrado a los estudios, pasar un rato celestial. Yo
no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas
leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento
que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.

El devoto mirose los zapatos y aadi:

--Me aguardan en Bellasvistas, seor de Maltrana. Llevo tres reales en
el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla est muy
mal; tiene un batalln de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dnde
vivo. A ver si me honra un da con su presencia y visita mi jardn. No
tiene mas que preguntar por el seor Vicente, don Vicente o el hermano
Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que
sus negocios marchen bien. Slo tengo que hacerle una recomendacin,
porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Seor Jesucristo, en su
Santa Madre Mara y en nuestro poderoso patrn San Jos, y con estas
ayudas crea que todo le saldr bien, y si no es en la tierra, ser en el
cielo... Buenas tardes, seor de Maltrana.

Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevndose la
mano al sombrero y descubriendo un instante su crneo rapado,
puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Despus se alej
manoteando, como si no pudiera aplacarse fcilmente la exaltacin que se
despertaba en l al mencionar sus celestiales protectores.

Maltrana sigui con la vista un buen rato al interesante personaje,
motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los
desocupados que se renen en tabernas y portales.

Y pensar--se deca Isidro--que si nace dos siglos antes hubisemos
tenido un San Vicente ms!...

El joven olvid pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres
de la fbrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y
mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su
presencia por haberle visto desde las ventanas de la fbrica.

La muchacha emprendi su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse
con las otras del oficio y de no aguardar a la compaera con la que
llegaba todas las maanas al taller.

Maltrana sali a su encuentro. Bast un saludo algo tmido para que Feli
sonriera, olvidando todos los propsitos de seriedad que se haba
forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo
ocurrido en la tarde ce Carnaval.

Isidro comenz a hablarla con emocin. Desde que la muchacha le haba
confesado su afecto, no poda contemplarla con la misma frialdad que
cuando slo era la hija de su amigote el _Mosco_ y coma l las famosas
cachuelas sin fijarse en sus miradas.

El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqus de
Jimnez, que le pareca el primer anuncio de la riqueza, le devolvi su
aplomo de hombre superior.

--Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos
sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.

Los dos atravesaron la calle, salironse de ella, y sin darse cuenta de
lo que hacan, se internaron en los campos, siguiendo la linde del
tercer depsito, hacia el cementerio de San Martn, que alzaba en el
fondo su masa de cipreses.

La muchacha intent detenerse. Adnde iban por all? Pero Isidro la
empuj con dulzura.

--Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero.
No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sera
imposible hablar.

Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla
de una fbrica cercana.

--Feli--continu el joven--, era preciso que hablsemos. Despus de la
otra tarde en el Cao Dorado, de las cosas que me dijiste... yo
necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Adems, t llorabas como si
fueses a morir.

--Pero si yo no dije nada!--exclam la muchacha con las mejillas
arreboladas--. Y si dije algo, no lo recuerdo. No saba lo que hablaba;
estaba borracha.

Isidro se aproxim ms, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli,
percibiendo la firmeza elstica de su carne, su tibia suavidad, al
travs del mantoncillo y la falda sutil.

--Oye, Feli, no nos pongamos tontos. A qu ir con disimulos y
coqueteras, como si nos visemos ahora por primera vez?... Yo te
quiero; t me quieres; los dos nos queremos. Me parece que ms
sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que t, como mujer,
eres ms lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad.
Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras t a decrmelo, como si
fuese una seorita boba. En resumen: Feli, rica! yo te quiero... Y t?

La muchacha no contest con palabras. Baj los ojos, y su cabeza fue
inclinndose dulcemente en seal de asentimiento.

Maltrana meti un brazo por debajo del mantoncillo, enlazndolo con el
de la joven. As, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretn, este
contacto invisible, vala ms que todas las palabras.

Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atencin y el calor
de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con
estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.

Maltrana crea caminar en medio de una bruma que le ocultaba los
objetos, que haca elstico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza
sobrenatural.

Un perfumo extrao, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato.
Parecale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los
desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surga de su cabellera negra
peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del
revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no
poda comprarse en perfumera alguna, que tal vez era un engao de la
imaginacin, pero se le suba a la cabeza como el ms fuerte de los
vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, ola as. El joven iba
ya enterndose de lo que eran el amor y sus dulces engaos.

Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo,
un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se
separaron desenlazando los brazos.

Esta sorpresa les sac de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las
impresiones eran menos duraderas, volvi, como l deca, a la realidad.

Aquella noticia importantsima que deseaba comunicar a Feli era,
sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que
llegaba inesperadamente, enloquecindole de alegra, cual si le
asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.

--T me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a
serlo los dos.

Y como la muchacha quisiera saber en qu consista tanta riqueza, Isidro
tuvo que explicarse con cierta vacilacin.

--Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme
mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros
vendrn. Lo que importa es encontrar el camino, y en l estoy ya...
Sabes por qu era ciego, Feli, por qu no me fijaba en tu
regraciossima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin
casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. Cmo iba a
pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...

Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, haba estado hasta
entonces, pero la muchacha lo ataj. Que era pobre, y qu? Ya lo saba
ella. Muchas veces se haba fijado en la voracidad con que coma en casa
de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era
sabio, y para ella el hombre ms guapo del mundo.

--Guasona!--exclam Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del
mantn--. Es que quieres burlarte de m?

--Lo digo como lo siento--continu la muchacha con sencillez--; el ms
guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, seorito.

Ella se haba enamorado sin saber cmo. Su padre la hablaba con
admiracin de los grandes hombres desconocidos a los que haba tratado
en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pens que era
uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del daador,
aparecan como semidioses.

La _Mariposa_ hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algn
da le veran entre los mandones; el _Mosco_ reconoca en Isidro un
talento que se aproximaba al de sus grandes dolos; el seor Manolo el
_Federal_ lamentbase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto
mrito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por
estos elogios, mirbale con creciente admiracin, escuchando horas
enteras de sus labios cosas que no entenda, pero que sonaban en su odo
como msica celeste.

De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abra un
desgarrn, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un
cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que slo habitaban los
seres como Isidro. Cuando ste recitaba versos al final de sus meriendas
con el _Mosco_, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivan
en el extranjero con honores de prncipe, a la pobre Feli le temblaba el
corazn, senta que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para
llorar, como si estuviese en presencia de una religin nueva.

Comenz a pasar las noches en continuo ensueo, vindole a l, siempre a
l, hermoso como un ngel, asombrando a los hombres con su grandeza;
siendo lo ms extrao que al da siguiente, contemplndolo en su
realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos
atractivos de la nocturna visin.

--Tambin t!--exclam Maltrana--. Tambin t sueas!...

Feli habl luego con tristeza de las dudas que le haban atormentado.
Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre
muchacha hija de un daador que viva entre la gente miserable de la
busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los
almuerzos y las meriendas del _Mosco_, experimentaba ella una alegra.
Aplicbase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los
gazapos. Bendeca estas privaciones de la existencia bohemia, como algo
providencial que aproximaba al hombre amado, dndola nuevas esperanzas.
Pero luego transcurran largas temporadas sin que le viese. Estaba en
Madrid... en Madrid! Y la muchacha repeta la palabra con cierta
clera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones.
Isidro deba tener all mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo
de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. Las noches
que haba pasado gimiendo de desesperacin, creyendo perdidas sus
ilusiones!...

La inocente Feli deca esto trmula an de miedo, como si no tuviese la
seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen
aquellas tentaciones que abultaba con fantstico relieve. Maltrana ri
de la simpleza de la muchacha. Alma cndida y trmula!... Si conociese
la realidad de su vida!... Suponerle de jolgorio entre actrices y
grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre,
pensaba en la cazuela bienhechora de la redaccin! Creerle favorecido
por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se
burlaban de la ruindad fsica del pobre _Homero_ y le heran con sus
bromas!...

Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una irona
cruel. Maltrana sigui riendo de la inocencia de Feli cuando sta le
dijo con un gestecillo hosco:

--Se acabaron las calaveradas, eh? Slo me querrs a mi: no hars caso
de las seoronas. Porque advierto a usted, seorito, que yo soy muy
celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandsimo pillo, me la
pagars... vaya si me la pagars!

Haban entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal
de San Martn. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas
de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.

Los dos jvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal.
Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el
silencio. De vez en cuando oase el chillido de un pjaro y el follaje
se estremeca con invisibles aleteos.

Feli, que siempre haba visto de lejos este cementerio, sinti gran
inquietud al encontrarse cerca de l. Por entre el ramaje y el hierro de
las verjas vease la blancura del mrmol de los panteones. El brazo de
la muchacha se estremeci de inquietud, apretando el de su novio.

--Tonta!--exclam Maltrana--. Si esto es un jardn! La ltima que
enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadver haban
pasado muchos aos sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en
el amor ms que en la muerte.

Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio:
dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo
tinte alegre. En un pabelln estaba la capilla, cerrada muchos aos, con
una espadaa de hierro en el tejado, de la cual pendan dos campanas
cubiertas de herrumbre. El pabelln opuesto serva de habitacin al
conserje, y en una ventana de medio punto alinebanse macetas de flores
bajo una cortina de tonos alegres que la brisa haca ondear.

Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros vease todo el
cementerio como un frondoso jardn. Los cipreses, esbeltos y elegantes,
alinebanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre
sus troncos agrupbanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas
trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los
claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las
imgenes yacentes, los ngeles de mrmol, en medio de las platabandas de
tupida vegetacin, parecan estatuas de jardn.

Maltrana, siempre que vea de lejos este cementerio, destacando en el
cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la
helnica vegetacin de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrpolis
clsica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.

La dulce calma, cortada por el rumor del follaje y el piar lento de los
pjaros, disip la inquietud de Feli.

--Entremos--dijo su novio--. Esto es un cementerio de novela; un jardn
como no hay otro en Madrid.

La enamorada pareja sentase atrada por el potico silencio de este
rincn olvidado.

En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un
hombrn, que fij en los jvenes su mirada escrutadora.

--Vienen ustedes por algn pariente?--dijo.

Maltrana contest con la firmeza del que dice verdad:

--Tengo aqu lo mejor de mi familia.

El guardin no pareca satisfecho.

-No vienen ustedes a pintar?--pregunt de nuevo--. Porque para pintar
se necesita permiso.

Isidro sonri, echando atrs las aletas de su macferln. Pintar!  Vaya
una pregunta! En dnde iba a ocultar los colores y la paleta?...

Los dos jvenes, tras un gruido de asentimiento del portero, entraron
en la Patriarcal, comentando las extraas preguntas de ste con risas
que parecan alegrar el fnebre silencio.

Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos
salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en
forma de tnel a un patio inmediato.

En este rectngulo, mucho ms bajo que el centro del cementerio, no
vieron rboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la
muerte; las tumbas se apretaban entre las galeras del claustro.

Embelleca el abandono este rincn con desolada poesa. Las grandes
losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las
inscripciones borrosas; las plantas parsitas, creciendo entre las
piezas de mrmol, las hacan saltar, desunindolas con el impulso vital
de sus races. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso,
haban perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja
negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.

Los pasos de los dos jvenes hacan resonar las oquedades repletas de
huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensacin de
lo hueco, la repeticin interminable del ms leve ruido, la nada sonora
de la muerte.

Maltrana se detuvo ante un nicho. All estaba su ngel bueno, la que l
llamaba por antonomasia la seora. Acordbase, conmovido, de las
palabras de la buena anciana cuando le prometa buscarle una esposa que
le hiciese feliz. Seora, la compaera estaba all: vena a saludarla,
agradecida por lo que haba hecho con l. No era rica, tal vez no era
buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecera su existencia,
dndole nimos para seguir aquel camino spero en el que le haba
abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.

Al salir del fnebre patio, les pareci an ms hermosa la avenida
central del cementerio. El jardn, con su belleza melanclica,
ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos,
henchidos de cadveres. Sus diseminadas tumbas parecan monumentos de
adorno, colocados all sin otro objeto que alterar la verde monotona de
la vegetacin. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun
despus de muertos parecan guardar la tranquila compostura de los
felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas
famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes
juguetes de mrmol.

Las primeras mariposas movan sus alas sobre los rosales, cuya sequedad
invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban
los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba
para dar paso a una vegetacin salvaje, a una maraa verde, que pareca
la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas
removan el suelo, elevaban pirmides junto al tnel de su vivienda, y
en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba
obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercleos. De
ciprs en ciprs aleteaban pjaros negros, rasgando el silencio con su
silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la
Patriarcal, nico refugio de follaje en medio de las yermas colinas.

Tres nios con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes,
tres pequeuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana,
jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los
hormigueros y arrojando pedradas a los pjaros, que apenas si movan las
alas. Feli los contempl con ojos amorosos; senta deseos de abrazarse a
ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si
fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincn del
olvido.

Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melanclico y dulce,
hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martn, con
su rumorosa vegetacin de jardn abandonado, porque ofreca la belleza
de la Muerte tal como l la haba concebido.

La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas,
cual la representaba el brbaro arte de la Edad Media en su horror a la
carne. Era una gran seora de belleza triste, plida, intensamente
plida, con una piel mate que pareca absorber la vida del aire, sin
dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos,
helados, profundos, que recogan la luz del espacio sin devolver el ms
leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entraas
renaca la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de
leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al
paladear el lquido de acbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando
los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pjaros, mustibanse
las flores, caan al suelo los seres animados, se haca el silencio. Sus
pies, invisibles bajo la tnica de crespones, hacan temblar la tierra
cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba,
todo resurga a su espalda, casi en los bordes de sus fnebres velos:
revivan las flores con nueva fuerza, trinaban otros pjaros, y del
polvo donde haban cado los viejos, los intiles y los dbiles, volvan
a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la
vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza.
Maltrana la conoca: la haba visto pasar ante sus ojos, con todo su
esplendor melanclico, evocada por la ms sublime de las exaltaciones
artsticas. Wgner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso,
hacindola marchar entre graves melodas que eran ecos del dolor humano.
Por dos veces la haba contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su
piel plida, sus ojos negros y fros que brillaban hacia adentro, sus
caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje
Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la
desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados
por el viento del mar, ante el cadver de Tristn.

Era ella, la verdadera, la nica, la que inspira miedo y consuelo; la
belleza triste que nunca se aja; la plida seora del mundo; la beldad
que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el
supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.

Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro,
pugnando por entenderle.

--Cunto sabes, Isidro!--murmur acaricindole con la mirada--. Por eso
te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.

Maltrana ri de la sencillez de la muchacha, sintindose halagado al
mismo tiempo por su admiracin. Casi se arrepinti de lo que llevaba
dicho: eran tonteras; la hablaba como si fuese un compaero al que
quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y
Maltrana condujo a la joven a una galera de nichos, en lo ms hondo del
cementerio.

--Quiero ensearte cmo acaban los hombres de talento, cmo reposan los
que en vida tuvieron aduladores y fanticos... Mira.

Y despus de una rpida busca con los ojos, le seal un nicho, el ms
msero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido
de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli
ley con algn trabajo: Aparisi y Guijarro.

--Ese seor--continu Isidro--fue famoso en vida. Pronunciaba en el
Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda
Espaa, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los
peridicos para leerle. Y ahora, mrale: cualquier tabernero tiene mejor
alojamiento despus de muerto... Era un poeta, un soador; y los poetas,
no s por qu, tienen mala sombra en la poltica... Yo no creo en l;
pero le compadezco y le defiendo por espritu de cuerpo. Este olvido nos
consuela a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente,
que es la de los pobres, la del populacho.

Maltrana sigui hablando con tono de clera. Bien poda el rey de aquel
tribuno adecentar su tumba; bien podan los representantes de la
tradicin acordarse un poco del gran artista que les haba enardecido
con sus himnos oratorios. Equivala a una burla infame citar su nombre a
todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado,
mientras sus restos permanecan en un rincn, sin el ms leve signo de
homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido
y sin afectos.

Feli deletreaba las inscripciones en lpiz que ennegrecan el yeso
alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del
Cicern espaol, del paladn de la fe y las tradiciones; testimonios
de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid,
no haban querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande
hombre. El hule cado pareca rerse con sus arrugas de tales elogios,
que sonaban a falso en este abandono.

Maltrana examin las firmas.

--Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de
abajo, de la que tiene corazn.

Aquel soador de Levante, artista engaado, tambin tena corazn, y por
eso reposaba en el olvido.

--Era pobre y defendi a los ricos--continu Maltrana--; era plebeyo y
pidi la resurreccin del pasado con sus privilegios de raza; tena el
carcter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el
absolutismo. Los que l defendi no se acuerdan de l, y tal vez siguen
con esto al instinto, que no engaa. Vivi para ellos, pero no fue de
su familia.

Los dos jvenes se alejaron de este rincn, volviendo a la avenida
central. Remataba sta en un edificio abierto, especie de bside, que
ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicrculo y media
cpula. En las paredes habanse abierto grandes hornacinas con ricas
urnas funerarias. Los segmentos de la bveda ostentaban varias pinturas
representando la resurreccin de Jess. La gran puerta del fondo,
cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al travs de sus vidrios el
cerro de enfrente y un grupo de lamos entre dos casitas rojas en lo ms
hondo de una caada.

Sobre esta puerta abrase un medio punto de vidrios de colores, por el
que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas,
al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantstica
pareca prestar vida a las figuras de la bveda, animndolas con
esplendores de apoteosis.

--Qu bonito!--murmur la muchacha.

Esta luz alegraba los ojos, borrando la lgubre significacin del sitio.
A Feli le pareca el bside un saln de baile alumbrado con luces de
colores: crea que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y
sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los
pjaros piaban en el inmediato jardn o revoloteaban bajo las arcadas,
como atrados por la hermosa iluminacin.

La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio
slo evocaba imgenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas
famosas por su hermosura, damas palaciegas que haban muerto en lo mejor
de su edad, mujeres que gozaron sus pocas de reinado y adoracin. Los
nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura lctea del
mrmol hacan soar en fiestas elegantes, amorosas entrevistas,
tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores
costosas.

Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad
y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fij los ojos
en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pas un brazo por
su talle, la atrajo hacia l y la bes donde pudo, donde alcanzaron sus
labios, entre el lbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que
eriz su piel, estremecida al contacto de los labios.

La joven se desasi con rudo empujn.

--Isidro!--exclam avergonzada--. Isidro!...

Y baj la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.

Despus habl para acusarse a s misma, sin dirigir el menor reproche al
joven. Ella tena la culpa: deba haber evitado esta soledad, negarse a
entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los
mayores atrevimientos con sus impdicas amigas de Madrid... Besarla!...
y en aquel sitio!...

Mir en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguindose
airados los cadveres por tal profanacin.

Maltrana sonrea. Tonta! a qu tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que
otro; mejor an, por su poesa silenciosa de jardn abandonado, propicio
al amor. Ellos no hacan mas que repetir el eterno himno de la vida.
Antes lo haban cantado aquellas gentes que fueron felices y dorman
ahora en sus envolturas de mrmol. Lo nico verdadero de la vida era el
amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las
horas amorosas sera el consuelo de su eterna noche. Aquellas
aristcratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus ttulos, sus
bandas y su caridad no pasaron toda la vida con la diadema nobiliaria
en el peinado y los cintajos en el pecho, echndolas de damas benficas.
Haban sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la
admiracin de sus encantos como una limosna regia.

Isidro, con impdica imaginacin, se las representaba en el abandono de
su dormitorio, mostrando misterios de ncar y rosa al travs de la
espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo
estremecimiento del deseo, olvidndose de las vanas grandezas de la
vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujn carnal.
Aquel personaje tendido sobre su sarcfago con la severa toga del que
juzga a sus semejantes no siempre haba sido ceudo y austero, como lo
mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencera al personaje, y
recatndose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habra
buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la
familia, abominando de su moral avinagrada y spera. Los muertos haban
conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y
deban aprovecharse de la buena suerte.

--Feli, vida ma--exclam Maltrana con su vehemente exageracin--, rete
de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: viva el
amor!...

--No; vmonos--murmur la muchacha--. Fuera de aqu hablaremos; gritar
lo que quieras. Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da
mala sombra; acabaremos mal. Vmonos, Isidro.

Tiraba de l poseda de un terror infantil, y el joven la sigui. Pero
al pasar bajo el arco que daba entrada al bside, Isidro la detuvo,
lanzando una exclamacin de asombro.

La luz de la vidriera envolva a Feli. Era una faja de colores
palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar
todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.

--Qu bonita!--exclam Maltrana con arrobamiento--. Si pudieras
verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color
naranja; una mejilla es violeta y la otra mbar. Parece que tengas
claveles en la frente.

Feli permaneca inmvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de
que su novio la viese tan bella. Senta la caricia del rayo mgico de
sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en
sus ropas y su carne.

El halago de la coquetera disipaba su miedo al cementerio, con esa
facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten
acariciadas en su vanidad.

Algo ms que el contacto ardoroso de la luz sinti de pronto Feli. Su
novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella
intentase resistir.

--Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el
azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las
violetas de tus ojos.

Caan los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de
pasin, que agrandaba el eco del cementerio.

Feli revolvase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos.
Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra
de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por
su boca. Maltrana no perdon uno; quiso saborearlos todos, en medio de
aquella gloria de colores que envolva su amoroso grupo.

Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrn de besos,
vibrando su virgen sensibilidad con el apretn de los masculinos brazos,
sintindose prxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no
pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:

--Basta... djame... Que me matas: que grito... Asesino...

Por fin pudo desasirse: y arreglndose el mantn, atusndose el pelo
alborotado por los viriles apretones, fij sus ojos en el novio, con una
mirada en la que haba reproche y agradecimiento.

--En seguidita me coges otra vez... Y cmo se ha divertido el nio con
esa tontuna de los colores! Vmonos o reimos.

Ech a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones
de Maltrana, y ste la sigui. Cerca de la verja, los dos acortaron el
paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de
su visita a las tumbas.

Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les haba acogido
con tan extraas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvi la cara para
mirarle y prorrumpi en una carcajada de nia. Isidro adivinaba el
pensamiento de su novia; record el gesto hosco con que el portero les
haba preguntado si entraban a pintar.

--El to presenta el suceso--dijo Maltrana alegremente--. De enterarse
a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.

El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos,
caminar apoyados uno en otro, mirndose con ojos en los que an brillaba
el fuego de las recientes sensaciones.

Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no poda temer
nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoybase en l con desmayo,
acaricindolo con el soplo de su respiracin, mirndole de tan cerca,
que Maltrana crea sentir el calor de sus ojos de brasa.

Finalizaba la tarde. Ocultbase el sol, y en el cielo de suave color de
violeta flotaba la luna como una nubecilla plida, borrosa an por la
luz diurna.

Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depsito,
haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbn que ennegreca el
suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con nios dormidos en sus
brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a
recibir el rancho de San Bernardino.

Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con
su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro reparti
prdigamente el dinero, acompandolo de inmorales consejos, que hacan
rer a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para
tomar la gran _curda_. El mundo haba de alegrarse y saltar loco de
embriaguez; deba reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse
amado por Feli.

Tambin ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito,
para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un
piano.

Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos,
repeta a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido
helnico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un
accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca
uno mejor de las dichas de la existencia.

Pas un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una
vida mirada de su novia le hizo detenerse. A soltar en seguida lo
mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; an no las haba
probado aquel ao, y l era capaz de tender a sus pies, como alfombra de
oro, toda la cosecha de los campos valencianos.

Feliciana slo quiso aceptar una naranja, la ms hermosa, y los dos
siguieron adelante, jugueteando ella como una nia con la pequea esfera
de color de fuego, hacindola saltar entre sus manos. Acab por abrir un
agujero en ella y por chupar su jugo apretndola entre los dedos. Un
chorro de mbar descendi por la comisura de sus labios hasta la
barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo,
y de nuevo roz con su boca la boca de Feli.

--Otra vez!--exclam la muchacha, echndose atrs entre sonriente e
indignada--. Pero, condenado, no ves que nos miran... que pasa gente?

Despus ri del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza
como un nio enfurruado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.

--Toma y no llores... Yo he puesto ah los labios; chupa, y cuidadito
con volver al besuqueo... A ti habr que tratarte como a un nio de
teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.

Y con su mano fina y blanca, aquella mano de seorita, que era el
asombro de las Carolinas, abofete cariosamente la cara del joven.

Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La
muchacha habl dbilmente de la necesidad de volver a casa en seguida,
pero Isidro protest. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa;
la creera, como otras veces, en casa de su compaera de Bellasvistas.
Tal vez a aquellas horas estara ya en el Ventorro de las Latas,
preparando su marcha a El Pardo.

Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los
tranvas viejos haban servido para su construccin, igual que en el
barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedan de
una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al
techo, a guisa de friso, alinebase un saldo de fotografas
amarillentas, mezclndose las vistas de la Habana y de los bulevares de
Pars y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto.
Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelera
de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.

Isidro, que lo vea todo de color rosa, admiraba el adorno del
merendero. Muy hermoso! muy original! Aquello era arte moderno!

Y el amo, satisfecho por estos elogios de un seorito que pareca
inteligente, contestaba con modestia:

--Un poquito de gusto, y nada ms. As y todo, me cuesta, un porcin de
dinero... Qu van ustedes a tomar?

El merendero completo quera Isidro para Feli. Pero sta no senta
apetito, no quera nada; y al fin, por no contrariarle, pidi una
botella de cerveza.

Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en ntimo contacto por
debajo de la mesa y devorndose con los ojos. Maltrana se crea en un
mundo nuevo, mejor que el que haba conocido hasta entonces. Viva la
alegra de la vida... y el helenismo tambin!

Tras un macizo de plantas estall de pronto, como un cohete, el sonido
de un piano, con acompaamiento de golpes de timbre. Isidro mir con
admiracin al muchacho de boina, pauelito al cuello y anchos pantalones
de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero qu talento tena aquel
golfo! Qu musicazo! Nunca haba experimentado Maltrana igual
impresin: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista
pareca escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra
tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus
afirmaciones; aquello era tan magnfico como la _Novena sinfona_.

--Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cmo meneas ese
cuerpecito gitano.

Ninguno de los dos saba bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante,
haba tomado lecciones de sus amigas de los cafs cercanos a la
Universidad. Feliciana haba bailado con sus compaeras, y fue ella la
que, guiada por el instinto femenil, sigui mejor el ritmo de la msica,
arrastrando a su pareja.

Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los
parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno
del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitindose el alma
con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.

Sentan una alegra loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de
beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por
un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos,
acariciados por la humedad de la lengua, parecan atraerse al travs de
la pequesima distancia que los separaba.

Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos,
por la soledad del campo.

Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su
cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurra silenciosa.

Los dos huyeron de la luz. Queran descansar; sentanse sin fuerzas para
seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultndose en la
sombra que proyectaba la masa de tierra.

Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.

Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.

--Jrame que no me abandonars. Que me querrs siempre... que no me
desprecias porque soy dbil contigo... porque te quiero.

Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con
sus labios acariciadores, con el viril estrujn que haca caer vencida y
esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa
de ideal.




VI


Un domingo por la maana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.

La tarde anterior, el joven haba hablado con acento de resolucin.

--Feli, de maana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de
que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y
tenemos derecho a formar nuestro nido.

Feliciana dud un instante. Y su padre?... Pero una mirada de l bast
para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra
voluntad que la de adorarle y seguirle. Con l, con l, aunque hubiese
de renegar de todo su pasado!

Maltrana tena dinero y se aburguesaba, segn deca l irnicamente al
hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo
que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado
por el calor de la intimidad amorosa.

Su obra _El verdadero socialismo_ estaba prxima a terminarse. Haba
trabajado con gran actividad, escribiendo durante el da en la
Biblioteca Nacional, en el Ateneo, all donde encontraba silencio y
libros. La tarea avanzaba rpidamente, sin que se le olvidasen las
recomendaciones del marqus de Jimnez, gran amigo de la erudicin.
Cada pgina llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada
citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas,
y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.

No haca afirmacin, por simple que fuese, que no la acompaase con el
testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio,
con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo pona en firme,
como hombre a quien guan y llevan del brazo todos los sabios de la
tierra.

La erudicin corra como un torrente por la parte baja del libro.
Amontonbala Maltrana con una facilidad exenta de escrpulos. Cuando
quera demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valase
del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius,
clebre catedrtico de la Universidad de Gottinga, y otros socilogos no
menos fantsticos, inventados por l para deslumbrar a su cliente. Al
fin, l no haba de firmar la obra. El marqus de Jimnez reciba un
captulo cada dos das, y al copiarlo de su letra--a pesar de sus
grandes ocupaciones--, admirbase de la sabidura del joven.

Esto va a dar golpe--pensaba--. Tal vez es demasiado bueno; hay que
poner un poco de estilo propio.

Y para comunicar a la obra el estilo propio, cambiaba de lugar las
comas o el orden de las palabras; escriba ilustre all donde Maltrana
haba puesto clebre, o viceversa. Un trabajo pesadsimo para l... Y
an habra quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...

Maltrana, obligado a trabajar durante el da, haba abandonado el
cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su nico camastro lo
ocupaban por la noche el seor Jos y su hijo. El joven dorma en
Madrid, en el hospedaje de un compaero de bohemia, poro esto era con
carcter provisional.

Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por
los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompandola despus a su
barrio, cuando cerraba la noche.

El _Mosco_, aunque no pona gran atencin en los actos de su hija,
comenzaba a mostrar cierta extraeza por la tardanza con que se
presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias
para justificar su retraso.

Las ridas cercanas de Madrid embellecanse con la llegada de la
primavera. Cubranse los cerros de verde al crecer la cabellera de las
cebadas y los trigos. En las caadas, los grupos de almendros
adornbanse con flores: unas blancas como el ncar; otras sonrosadas,
con el color de la carne femenil. Las lilas pendan como racimos de
violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y
vida; aleteaban los pjaros, poblando el follaje de estremecimientos y
suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El
campo pareca embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias
del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su
vida exuberante.

Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraa
todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los
rboles, que extendan sobre sus cabezas una bveda de flores. Sus
corolas rojas, inflamadas, parecan abrirse para saludarles.

--Mralas--deca Feli--; son boquitas que nos sonren, que quieren
hablarnos.

Maltrana aceptaba esta cndida afirmacin de la muchacha. S; eran bocas
de flor que se abran para decir a Feli que era muy bonita.

--Y yo--continuaba con gravedad--me adhiero a la sabia opinin de este
mitin florido.

La brisa de la tarde estremeca los rboles, y una nevada de ptalos
caa sobre Feli, enredndose en su peinado.

Sentbanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban
las margaritas silvestres que crecan al alcance de sus manos. As
esperaban la llegada del crepsculo, y las sombras les sorprendan
muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que
haba presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la
luna, la comunin primera de su amor.

Feli viva en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo
asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le
pareca bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentase capaz de caer
en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el
mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.

Maltrana era ms exigente y descontentadizo. Muy bonito el campo de
primavera, con su ambiente potico y aquellos crepsculos, que eran lo
mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer as toda la vida,
vagando como perros enamorados, en busca de un rincn solitario, huyendo
de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.

Adems, pensaba en el _Mosco_, que poda sorprenderles, enterado de lo
que ocurra por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo,
pero le parecan peligrosos e insostenibles estos idlicos encuentros en
campo libre, cerca de las Carolinas.

Isidro tuvo la audaz resolucin de los dbiles. El miedo al _Mosco_ le
hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... Era de veras que
Feli le quera? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo
que no fuese su amor.

Los dos hablaron sin emocin alguna, con el egosmo de la pasin, de
abandonar al padre, de engaar al amigo.

Maltrana tena dos mil reales, un capital, pues jams haba visto tanto
dinero. Viviran en el interior de Madrid, donde no les conociesen.
Seran marido y mujer para las gentes que slo comprenden el amor con
documentos y sellos. Ms adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensaran
en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus ltimos escrpulos,
contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella
tambin deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a
aquel barrio de traperos, que le pareca ahora ms sucio, ms triste.

Maltrana discuti con Feli largamente los detalles de su instalacin.

--Hay que ser prcticos--deca--; hay que ser burgueses...

Y Feli contestaba, con no menos seriedad:

--Ya vers hacer economas y vivir bien.

Isidro, en su deseo de ser prctico, buscaba una casa en el extremo
opuesto de Madrid, un rincn donde no pudiesen dar con ellos, despus
del escndalo que seguira a su fuga. Pero los alquileres eran tan
caros!...

Un sbado expuso a Feli su resolucin. Ya tenan casa; al da siguiente
iran a ella. Haba encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que
reparta papelillos catlicos y propagaba la religin en las afueras.
Viva en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro haba subido
a la habitacin, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de
sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca.
Viviran con l. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros
defectos que su mana de santidad. Haba tenido en su casa a varios
obreros con sus familias, pero acab por despedirles, a causa de los
chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quera ms
huspedes; pero el seor de Maltrana--como l deca--era un hombre
corts y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una
burla. Al decirle el joven que se haba casado, acept con gozo la vida
en comn que le propuso Maltrana.

Enumer ste a Feli las ventajas de tal arreglo. Viviran al otro
extremo de Madrid: listos haban de ser los que les encontrasen. Slo
pagaran tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargara
el santo, que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de
libros viejos. Ellos tendran por suyas la cocina, jams utilizada por
el seor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentacin de pjaro; una
habitacin grande, e la que escribira l, y desde cuyas ventanas se
abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les servira de
dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor,
ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.

Slo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el
entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupacin, que era de
burgueses, segn deca Maltrana.

Feli abandon para siempre la casa de su padre y el barrio de las
Carolinas. El _Mosco_ dorma aquella maana, cansado de su expedicin de
la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sinti la joven: huy
sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde haba transcurrido
su vida. Slo pens en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la
glorieta de Bilbao.

A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conoca
esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetun, sinti
cierta inquietud vindose empujada por el gento en los alrededores de
la plaza de la Cebada.

Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de
perejil, pregonaban sus mercancas a grito pelado. En la calle de la
Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el
asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de
pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa
panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de
los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban
con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.

Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descans un instante
apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.

Maltrana pareca reflexionar, y acab por hundir sus manos en los
bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un
puado de monedas de plata.

--Guarda t el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en
chucheras antes de que compremos nuestro ajuar.

Feliciana acogi con agrado esta prudente resolucin, y envolvi en su
pauelo la pequea fortuna, apretndola entre ambas manos con un mohn
de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.

Despus avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrpito del
Rastro.

Abrase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que
las ltimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle.
Por encima de las cubiertas de las _Amricas_ vea Feli la ondulacin de
los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones,
con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.

As como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achic el
panorama, fue hundindose, hasta ocultarse detrs de los tejados de los
almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos
de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los
chamarileros tradicionales, que viven todo el ao en el Rastro.

En el suelo, sobre viejas lonas, esparcanse los ms heterogneos
objetos: espadas con fundas de terciopelo que haban servido en los
teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza
desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras
laas, viejas litografas de vidrios empolvados representando las
desdichas de Atala o las hazaas de Hernn Corts, lienzos embetunados,
en cuya negrura distinguase una pincelada roja que era una pierna, una
mancha amarilla que era una calva.

Los palos que sostenan los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y
pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas
levitas, pantalones rodos por el roce, sobrefaldas de gasa que haban
sido de moda treinta aos antes, sayas que olan a humedad y a polvo,
delatando el olvido en los cofres de algn desvn.

Otros puestos eran de gneros nuevos, y los vendedores, en vez de
permanecer inmviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del
comprador, agitbanse pregonando la baratura de las mercancas,
anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la
elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se
usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas
y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser
aprovechado. En otros puestos se exhiban viejos telescopios,
cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre
las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las plidas
rosas de alguna casulla.

Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes
cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria
al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que
para atraer al pblico se agitaban como epilpticos, corriendo en torno
de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artculos, entregndolos a
ciertos compinches que se fingan compradores para impulsar a la gente
reacia.

--Aqu! al to que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno
con voz de trueno.

--Lleven y compren!--muga otro--. Aire!... Marchen, marchen!

Entre la miseria srdida y gris acumulada en los puestos de las aceras
brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una
instalacin de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del
domingo: braseros de cpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y
entre estas piezas, gran cantidad de revlveres vizcanos, de una
baratura que haca temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.

Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles,
y se detenan indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las
tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas,
otras extendidas, con su colchn de muelles. La muchacha detenase,
asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustndole varias
a un tiempo y sin decidirse por ninguna.

Maltrana la haca seguir adelante. An quedaba mucho por ver: estaban en
la entrada del Rastro. Abajo, en las _Amricas_ tena l amigos, tena
parientes: ellos les indicaran lo ms ventajoso.

En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo las
buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real. Unas mujeres
atraan en torno de ellas gran aglomeracin de gentes de su sexo,
ofreciendo las magnficas medias escocesas de hilo... a tres reales el
par.

Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli.
Quera que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; a
ver!... unos cuantos pares de los ms bonitos: media docena. La joven le
tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: para qu
media docena? Jams haba tenido tantas... No deba derrochar el dinero.

Pero Maltrana le impuso silencio fingindose enfadado.

--Usted, seora ma, tomar lo que le den... Vamos, Feli, pgale a esta
buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... Pues poco bonita que va
a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus
pantorrillas de diosa!...

Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete.
Ruborizbase por el carcter ntimo del obsequio y murmuraba al odo de
su amante:

--Las medias hacen reir; es un regalo que trae mala sombra: lo he odo
muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.

Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los
objetos ms diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con
una esfera dorada a guisa de tapn. Feli lo compr despus de largo
regateo, entregndolo a Maltrana.

--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mo, hasta que lo agotes.

Siguieron adelante, y entraron en el corraln de las _Nuevas Amricas_.
All estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y
los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en
casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no
encontrando espacio en tales estrecheces, esparcase por los callejones
y plazoletas del corraln.

En un sitio predominaba el mrmol, y se exhiban en nmero considerable
cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta
sepulturas, cuyos constructores se haban declarado en quiebra antes de
llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras,
plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados
colores de su revs. Mostrbanse las filas de herramientas industriales
y agrcolas, con reflejos de obscuro azul, los rtulos arrancados de
puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y
peluqueras elegantes que ya no existan.

En las plazoletas elevbase en montaas el hierro viejo y oxidado, tan
frgil por la herrumbre, que pareca prximo a quebrarse como el
cristal. Eran mquinas desmontadas, cuyas ruedas yacan empotradas en el
barro; calderas enormes, con el cncavo vientre hundido en pilas de
planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas
y ms filas de balcones en correcta formacin, y verjas de jardn
guardando en sus garras el yeso de las pilastras.

Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro.
Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros
libres que no podan pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el
canturreo de un crimen clebre ante el carteln pintarrajeado con las
escenas ms truculentas del suceso, y entraron en otro corral.

--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo ms barato de la
baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aqu como puedan
mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.

Al entrar vieron libreras de lance, en cuyo interior se agrupaban
viejos seores de traje rado hojeando volmenes, hundiendo en ellos su
nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible
amontonamiento, en las que se confundan cuadros de agujereado lienzo,
piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro
descascarillado y los remates incompletos.

Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en
las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servan
de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de
guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundan en el fango,
desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos
callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de
islas de pedruscos y mares tortuosos de fango lquido, daban al Rastro
gran semejanza con las avenidas angostas y sombras de un zoco moruno.

En la plaza vieron a los vendedores ms mseros, con sus puestos de
objetos rotos, de una utilidad desconocida.

Maltrana seal riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en
conjunto no ascenda a ms de tres pesetas. Sobre unos peridicos viejos
exhibanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin
empuadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de
revistas ilustradas. El vendedor permaneca inmvil en una silla rota,
sin prestar gran atencin a las moscas que revoloteaban en torno de sus
labios; y ms para espantarlas que para atraer al pblico, gritaba de
tarde en tarde: A perra chica... a perra chica la pieza!

Lo que ms abundaba en los puestos era la ferretera vieja y rojiza por
el xido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que,
necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano,
iban toda la maana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo
montones de hierro.

Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar
utilidad de sus despojos, fijndose en las grietas y desportilladuras de
un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por
todo ello cinco cntimos.

Un puesto de muecas viejas atrajo la atencin de Feli. Eran bebs que
haban vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos
de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaa, ofrecindose a
la niez pobre, a los pequeuelos de la miseria, obligados a buscar su
alegra en este estercolero.

Una pobre mujer con una mueca en la mano discuta con el vendedor,
mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo
monigote, que tena la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.

--Dmela... la quedo!--lloriqueaba la pequea con balbuceo infantil.

Pero la madre dej la mueca en el suelo.

--Si piden tres perros, hija!... Eso es slo pa los ricos.

Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepcin de la
pequea.

--Tmela usted, seora... Yo se la regalo.

Y pag, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la nia, con el
mutilado monigote sobre el pecho, repeta a instancias de la madre:

--Gracias, seora... muchas gracias.

Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a
uno de sus tos, apodado el _Ingeniero_, el cual, segn noticias, aunque
retirado de los negocios, colocaba all su tenderete todos los domingos.

En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la msica de un
rgano. Las melodas gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando
se haca un corto silencio en el vocear de los vendedores.

Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento
del rgano.

La msica no le haba engaado: el que la haca era su to el
_Ingeniero_, llamado as por la rara habilidad que demostraba en el
arreglo de los instrumentos de msica y juguetes mecnicos. Vesta un
gabn de color de castaa con grandes botones, y bajo la visera de su
gorra destacbanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de
pao que abrigaban su vista enferma.

Estaba sentado en un silln de madera blanca y dorada, con las graciosas
curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseaba, entre desgarrones y
deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.

A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un
taburete, se cubra de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de
encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.

Isidro no la prest atencin. Conoca las debilidades del _Ingeniero_.
Aqulla sera la favorita del momento. Su to, desde que haba quedado
viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera
de Curtidores al paseo de las Acacias. No haba vendedora de mollejas,
tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valindose
del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que
todos le suponan. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas
de escndalos y rias, sin que el ilustre _Ingeniero_ se decidiese
formalmente por ninguna.

Sentado en el hermoso silln, daba vueltas al manubrio, deleitndole los
chillones sonidos, que acompaaba con movimientos de cabeza. A sus pies
vio Maltrana una numerosa coleccin de cartillas para ciegos. Quin
podra ir al Rastro en busca de tales cosas!...

El _Ingeniero_, percibiendo al travs de las negras antiparras una
pareja detenida ante su establecimiento, husme al comprador.

--Un rgano magnfico, caballero; fabricacin alemana, y se da regalado.
Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oir cosa buena: la
marcha de _El Profeta_.

Isidro le contest con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta
odalisca tirbale de la manga para advertirle su equivocacin.

--Pero to, si soy yo!--dijo Maltrana.

--Y quin eres t?...

--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a
comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.

El _Ingeniero_, al or que era una mujer la que acompaaba a su sobrino,
abandon bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproxim a
Feli sus antiparras, contemplndola largo rato.

--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de
inteligente en el gnero--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga
usted muchos aos tan antiptica y tan feota... La pobrecita est ciega.
Caballeros, y qu par de ojos se trae la socia!

Luego continu, dirigindose a su enorme compaera, con el mismo acento
que si hablase a un perro:

--Oye, t, no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la
cigarrera de la calle de Mira el Sol?...

--No seor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza,
mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las
salchichas de sus labios--. Bien se ve que ests ciego. La seora es ms
guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.

-Muu!--mugi burlescamente el _Ingeniero_--. Ya la has metido; ya has
soltado una barbaridaz. No la hagan usts caso--continu, dirigindose a
los dos jvenes--; le ti tirria a la Nicanora porque la chica est por
m. La semana pas se tiraron del pelo y fueron a la delegacin del
distrito.

--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrn.

Y satisfecha de este caritativo deseo, se removi en el asiento,
enderez la sombrilla, y qued inmvil, con los morros apretados,
fingiendo no ver ni or al _Ingeniero_ y sus parientes.

El chamarilero, sentado en el silln, aconsejaba a su sobrino dnde
deba hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora
de sus hijos; se la haba traspasado para quedar en completa libertad.
Bien poda divertirse despus de tanto trabajar. Pero le restaba la
aficin al negocio, sobre todo a los instrumentos de msica. Los
compaeros no adquiran un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen
para que lo arreglara; siempre tena alguna joya como aquel rgano, y
todos los domingos colocaba su puesto en las _Amricas_, para no perder
la costumbre.

El _Ingeniero_ indignbase al hablar de sus parientes. Su hermano el
anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con
marqueses y curas ricos, no haba quien lo sufriese. No se vean una vez
que no le echase en cara sus aventurillas y escndalos. Era un jesuita,
un hipcrita; viva como un imbcil, sin alegra, sin amables
desrdenes. De qu le serva el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que
no entrase a verle en el viejo patio de las _Amricas_.

--Te recibir con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos
tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su to. Se pelean
conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y
alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la
otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por
el traspaso de la tienda. Qu les importa a esos judos lo que haga su
padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aqu no hay otro joven
en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el
_Ingeniero_.

Despus aconsej a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus
hijos. Tenan gneros baratos y nuevos. No deba adquirirla en las
_Amricas_. Eran todas de largo uso; la que menos, haba visto morir a
toda una familia. Sus primos le daran con economa lo que necesitase.

Luego pregunt por su madre, la seora Eusebia. Ms de un ao haca que
no la haba visto. Cmo le iba a la abuela con el seor Polo? Un da
que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetun. Ya no conoca a
las gentes de all. Madrid terminaba para l en el Caf de San Milln,
donde se reuna con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la
plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya saba
dnde: siempre en su farmacia. Le tena ley al Rastro y sus
alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a
aquellas casuchas de Tetun de donde proceda la familia. Traperos
todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por
igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia
diaria, la comida y los trapos rotos, los expela Madrid hacia lo alto;
los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los
vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en
el estercolero de las _Amricas_.

--Las cosas que uno ha visto, muchacho!... Si los muebles hablasen!

Comenz a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa meloda
son otra vez.

Maltrana dijo adis a su to; pero ste, antes de que se alejasen, tuvo
un arranque de generosidad.

--Tomad lo que queris. Ya que sois recin casados, os debo un regalo.

Y les mostraba noblemente la mercanca esparcida a sus pies, las
cartillas de ciegos, con las pginas al viento o puestas en ngulo con
el lomo en alto. Los dos jvenes dironle las gracias.

--No os ofrezco el rgano--sigui diciendo--porque le tengo querencia a
la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por l: pasaris buenos
ratos.

Se alej la enamorada pareja. Feli rea del _Ingeniero_, de sus
pretensiones galantes y del mastn con faldas que le acompaaba.

--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irnico--. El terror del
barrio... Y t parece que le has dado golpe: tendr que vigilaros...

Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomronse al patio de las _Viejas
Amricas_. La muchacha admir las grandes tiendas de antigedades y las
de muebles con sus silleras de sedas vistosas que alegraban los
sombros rincones del casern. Isidro mostr a Feliciana un hombre
obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseaba unas planchas
pintadas en cobre a dos seoras extranjeras. Aquel era su to; deban
pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.

Permanecieron ms de una hora en la tienda de los hijos del _Ingeniero_.
Maltrana reconoci que sus primos eran unos judos, como deca el padre,
sin alegra, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo
amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa,
temiendo que apelase al parentesco para no pagar.

En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos
precio. Pagaba el parentesco y la vergenza del regateo. Compraron una
camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un
colchn con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio;
pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareci a los dos un
derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestacin de su
propsito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les cost
esta joya. Los dos se miraban con inquietud. Qu modo de gastar el
dinero! Pero este remordimiento desvanecase al examinar la cama otra
vez, fijndose especialmente en el colchn de muelles. Ella, que no
haba conocido otro lecho que un jergn sobre tablones en la casucha del
_Mosco_! El, que durante aos aguardaba a que le dejasen libre el
camastro para descansar sus huesos!...

Los dos abandonaron la tienda, trmulos de emocin por las adquisiciones
que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueos
de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendran los
muebles en su casita, en aquel nido prximo a las nubes.

--Cunto dinero hemos gastado!--deca Feli, apreciando con el tacto la
disminucin del envoltorio que llevaba en la mano--. Si seguimos
derrochando as, dentro de poco pediremos limosna.

Isidro la tranquilizaba: an tena ms dinero para las necesidades de la
casa. Y despus, ganara nuevas cantidades; contaba con su pluma para
vivir.

Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero
aguardase impaciente que l se dignara escribir algo para adquirirlo.

Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los
puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en
las calles. Tenan ante ellos grandes montones de zapatos hmedos,
extrados de una gran cuba, y agarrndolos como animalillos muertos, les
arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable.
Lo inservible caa en el suelo, pegndose a las piedras como inertes
piltrafas.

Junto a la estatua del hroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros
que volvan de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de
compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas,
cubranse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las
enseas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de
copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban
gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar
atencin a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del
_Manco_ para hablar de sus asuntos entre dos tintas.

Isidro y Feliciana sentan impaciencia por verse en su casita. Dudaron
un instante ante la puerta de un caf, no sabiendo si almorzar en l.
No; mejor sera en su casa, completamente solos, sin la molestia de las
miradas del pblico.

Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde
ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del seor
Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y
almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la
juventud, con esa excitacin que proporciona la novedad de los cambios
de sitio.

Feli, de vez en cuando, frunca el entrecejo con sus preocupaciones de
amita de casa.

--Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato
que han trado del caf tengo yo para dos das.

Maltrana contestaba con risas. Haba que alegrarse: aquel domingo era el
de sus bodas, el primor da que pasaban juntos. Ya pensaran luego en
las economas.

Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la
empaadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y
bocado, marcndose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:

--Cochino, cmo me pones!--deca Feli con gracioso mohn, limpindose
la cara--. Ay! Djame comer! djame tranquila! Mira que estoy
cansada, que deseo paz... que an nos queda mucho por arreglar.

La presencia del seor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta
tranquilidad. Vena de or varias misas, de asistir a una reunin de
Hermandad, de hablar con los seores de la Conferencia, que le
entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impos de la plebe.
Los domingos eran das de gran trabajo.

Se neg a aceptar los restos del almuerzo que le ofreca el joven.
Gracias, seor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y
l ayunaba rigurosamente. Haba devorado en la calle su modesta
colacin; la carne pecadora ya tena bastante.

Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la
presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los
estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la
sabidura y la santidad del mundo.

--Conque usted es la seora del seor de Multrana? Vaya, vaya... Que
sea por muchos aos.

Y al decir esto, paseaba por la habitacin con sus zapatos de cura, que
parecan querer escaprsele a cada paso, acompaando sus movimientos con
un montono chac-chac. Tena en sus piernas algo inexplicable que
pareca repeler los lacios pantalones que las cubran. Feli pensaba que
aquel hombre haba nacido para llevar una sotana, un hbito, una
envoltura talar. Se mova y andaba como si unas sayas invisibles
estorbasen su paso.

--Conque usted es la seora del seor de Maltrana?--repiti otra vez,
no sabiendo qu decir--. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la d
muchos hijos, para que la acompaen en el ciclo... Tiene usted cara de
buena; el seor de Maltrana tambin es bueno, aunque algo olvidado de la
salud del alma. Usted le guiar por el buen camino: las seoras, para
estos casos, saben ms que nosotros. Creo que nos entenderemos, que
viviremos como buenos cristianos, en santa paz.

El seor Vicente entr a detallar su futura vida. Libertad completa para
todos. Ellos tenan su llave, y l guardaba la suya. Cada uno poda
entrar y salir cuando quisiera. No haca falta llamarse mas que en casos
de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando
an haba sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche.
Se retrasaba peleando con algn pecador de lengua blasfema; velaba
enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a ltima hora. La
noche era tan buena como el da para servir a Dios. Adems, dorma poco:
le repugnaba el sueo, por ser el momento que aprovecha el Malo para
tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates.
Ansiaba la llegada del da como un descanso, y antes de apuntar el alba
estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se
levantasen, ya andara l muchas horas por el mundo.

--No crea usted, seora--continu--, que siempre he vivido tan
cristianamente. He tenido mis pocas de calavera, de trasnochador.

Al decir esto, sonri con una candidez que pretenda ser maliciosa.

--Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometi
enormes sacrilegios, y cuya conversin no s si se la habr contado don
Isidro, entonces pas meses y aun aos acostndome despus de la salida
del sol. El pecador tena gusto en orme, y yo me agarraba a l,
acompandolo a las tabernas y a sitios peores, seora... a sitios donde
fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vrgenes para ser
atormentadas en lo que ms estimaban. El Seor me lo perdone... El beba
y haca cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin
hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para
ver si de este modo poda meterlo en una iglesia y que oyese una misa,
una tan slo, con la esperanza de que Dios y su Santsima Madre me
haban de ayudar, tocndole el corazn. Y cost, pero lleg! Pas aos
haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al
Seor... Ya le contar ms despacio el seor de Maltrana mi conquista
del zapatero.

Y paseaba, guiando los sanguinolentos ojos, frotndose las manos,
celebrando su malicia y aquella conversin que era el acto ms glorioso
de su vida.

--Aqu estar usted muy bien, seora--continu--. Hay de todo en el
distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las
horas. Adems, casi a la mano, est la catedral. San Isidro, con su
famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha odo, vaya a orla. Un coro
de ngeles, una bandada de querubines, que la dejarn con la boca
abierta.

Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte
de los muebles, el seor Vicente se despidi. Tena que hacer propaganda
aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura:
unos pobrecillos sin ms medios de existencia que el trabajo en los
tejares durante el verano y el robar cardillos y lea de la Casa de
Campo. All se quedaban los dos como dueos de todo. Con otros huspedes
no osara tales confianzas. Pero el seor de Maltrana poda hacer lo que
gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban
abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, all tena
un poco de todo, en el cajn de los chismes. Y le mostr en el fondo de
una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo
recolectado en sus excursiones por las afueras y trado a casa con una
minuciosidad que le haca aprovechar cuantos objetos vea en el suelo.
Si la seora necesitaba botones, hilos o agujas, tambin encontrara
gran provisin en una tabla de la biblioteca.

Los amantes, vindose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo
de los muebles. Los haban dejado los portadores agrupados en el centro
de la habitacin que destinaba Isidro para despacho. Despus de largas
reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jvenes a
colocarlos.

--Aqu la mesa, junto a la ventana--dijo Feli--. T escribirs de
espaldas a la cocina, y yo vendr de puntillas, poquito a poco, y...
zas! te dar el gran susto, cuando menos lo esperes, echndote los
brazos al cuello, besndote... as, as.

Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovase
escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de
pasin que acompaaban a los fuertes abrazos.

Al colocar la mesa de comedor, sentronse frente a frente; pero
arrepentidos de establecer entre los dos este obstculo, dironse las
manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies.
Luego, soltndose Feli con inesperado tirn, se levant y corri
alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos
de ogro.

--Que te como, fesima!... Que te devoro, sosa... desgalich!

Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos,
amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.

La colocacin de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambironla de
sitio un sinnmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de
los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a
este armatoste dorado en la estrechez de la habitacin.

Feli, arremangndose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos
con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torca el gesto,
no encontrando nunca a su gusto la posicin de la cama. Quera que se
viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor:
para esto haban gastado el dinero. Y cuando la vea colocada en estas
condiciones, surgan otros inconvenientes. Es que iba a dormir ella
junto a la pared?... No; ella sera la primera en levantarse; haba de
madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quera que Isidro viese
turbado su sueo.

Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito,
lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitacin.

Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble,
que la llenaba de orgullo, coloc el colchn, las mantas y las almohadas
sin funda. Sbanas ya las comprara al da siguiente, pues haba sentido
repugnancia por las que le ofrecan en el Rastro. Qued largo rato
contemplando la cama con cierta indecisin.

--Estar bien as, Isidro? Qu dices t?...

Maltrana, cogindola del talle, la hablaba al odo, cosquillendole una
oreja con su aliento. As o de otra manera, bien estaba. Iban a pasar
la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tena
derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Haba que dejarla
quieta... hacerla los honores de la nueva instalacin...

Feli se abandon, vencida, trastornada por el susurro tibio que
acariciaba su odo, erizando al mismo tiempo la suave pelcula de su
mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin
otros estremecimientos que el metlico ruido del armatoste, que pareca
condenado a no descansar.

Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio,
volvieron a lo que haba de ser despacho, Maltrana busc el martillo y
los clavos.

Quera adornar su habitacin de trabajo colocando unas lminas regaladas
por un amigo. Eran retratos, y el joven explic a Feli la grandeza de
todos aquellos seores que mostraban sobre el papel su gesto leonino,
mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiracin.

--Fjate, nena; ste es Vctor Hugo, un semidis. Cuando yo arregle mis
libros, te dar a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss,
uno que se meti a examinar la vida de Jess y no dej en ella ttere
con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco,
mi gran to Schopenhauer; el de ms all, Zola, con su mirada triste,
como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simptico, el amigo
Hckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se
ofendern de vivir con nosotros en plena alegra juvenil. Las cosas que
van a presenciar estos ilustres gachos!...

Feli sonrea contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su
sencilla ignorancia, que eran seores de Madrid a los que conoca y
trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podan ser
mal vistos por el dueo de la casa.

--Pero Isidro, y don Vicente? No se ofender al ver a estos
caballeros?

Maltrana prorrumpi en una carcajada al or el nombre del santo. El
da anterior, al dejar los grabados en la casa, se los haba enseado,
quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplacin.

--Yo--dijo--desconfo siempre de los seores que tienen mucha fama. No
conozco a estos caballeros mas que para servirles; jams leo peridicos;
pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora slo
se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.

Luego de una larga reflexin, haba preguntado:

--No estarn entre estos seores Voltaire y Garibaldi?

El hermano Vicente no conoca mayores impos. El nombre de Voltaire,
pronunciado con todas sus letras, le haca estremecer, al mismo tiempo
que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.

-No; seor Vicente; no estn.

-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marchara.
No podra vivir bajo el mismo techo que esos demonios.

Y ms tranquilo ya, examin los retratos, alabando a algunos de aquellos
seores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas,
tenan, segn l, caras de santo.

Cuando Maltrana termin de clavar unas perchas en el dormitorio y dio
por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer.
Haba que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida
turbaban su amoroso aislamiento, hacindoles salir de aquella
inconsciencia de pjaros errantes que por primera vez construan nido.

Isidro tom el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.

--Adis, nia... Rica, adis: vuelvo en seguida.

Se despedan entre fuertes abrazos. Alejbanse y volvan a juntarse, con
nuevos besos, como si Fuese l a emprender un interminable viaje. Por
fin, se separaron en el rellano de la escalera.

--Cierra, bien--dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros
durante su ausencia.

Y slo se decidi a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras
ella los ruidos de la llave y el cerrojo.

Volvi a la media hora, con un paquete de bujas, dos chuletas empanadas
de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de
dulces. Juerga completa! Decididamente, la vida de burgus, con casa
propia y mujer nica, tena grandes encantos. La vida era alegre; haba
que dar a la vida un sentido helnico, y el helenismo no poda ser ms
fcil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitera, en los
ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los
estercoleros de Tetun.

Feli le aguardaba en el rellano, trmula de miedo.

--Isidro, eres t?--pregunt con voz acongojada.

Haba anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitacin, la
muchacha experiment el terror de lo desconocido. La daban miedo los
libros en sus vetustas estanteras; pensaba con pavor en cierto Cristo
ensangrentado, con lacias melenas, que el seor Vicente tena en la
pieza inmediata. Se haba refugiado en la escalera y aguardaba
impaciente la llegada de Isidro.

Este encendi una buja, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa.
Feli, con la luz y los dulces, recobr la alegra.

Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Rean, pensando
en que otras noches, a aquellas horas, todava vagaban por los campos.
Iban a dormir como las gallinas. Oh la vida ordenada! La vida
tranquila, lejos de todos, querindose mucho, aislados del mundo, en el
dulce egosmo del cario!... Les pareca imposible que las gentes fuesen
tan ciegas que no supieran vivir as.

Mientras coman, hablaron de lo que pensaban hacer a la maana
siguiente. Visitaran las tiendas de la calle de Toledo para que ella
comprase las sbanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle
cierto vestido expuesto en un maniqu a la puerta de una tienda de
modas. Adems, acordbase de que haca tiempo que soaba Feli con unas
botas altas, muy altas, de suave color de limn y con muchos botones.

--Pero nos vamos a arruinar, nene!--suspiraba ella, posando la cabeza
en un hombro del amante--. T no tienes dinero para tanto.

Maltrana protest. El trabajara. Y para quin era todo su dinero?...
Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo haba abandonado todo;
siguindole a l, pobre y feo.

--No digas eso!...--suspiraba ella--. T eres el hombre ms guapo de
Madrid, el que ms sabe. Aunque me buscase el mismsimo prncipe de
Asturias, le dira que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta
pobrecita mucho ms que los prncipes y los reyes. Si supieras qu
celos me daba una compaera de taller cuando deca que, aunque feo, eres
simptico!...

Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las ltimas gotas de
vino. Feli, sin darse cuenta, habase deslizado de su asiento, acabando
por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofreca entre sus labios
un dulce; lo partan con largo y meloso beso, y el joven, despus de
esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.

--Vivimos mal, Feli--deca--. Crees t que estoy satisfecho de la
existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos
jvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos
con el plato ms inspido: la alegra y el amor...

--Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre as... con la
cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.

--Pues yo deseo ms. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que
vistas como una seora, y vayas al teatro, y algn da la gente te
salude, y digan todos: Ah va la mujer de Isidro, y hasta en los
peridicos se hable de la bellsima seora de Maltrana.

Feli ri como una nia.

--Pero qu tonto!... Qu cosas tan _superficiales_ deseas! Lo que
importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que
mejor le plazca.

Maltrana qued largo rato pensativo. Senta el entusiasmo, la fe en el
porvenir, los ensueos de ambicin que acompaaban todos sus momentos de
bienestar fsico.

--Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que
subieron muy alto... T no te das cuenta de adnde podemos llegar. Me
quieres, pero ignoras en realidad quin es tu Isidro. Hasta el presente
he luchado con la mala suerte; pero t me traes la Fortuna. Trabajar,
escribir mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que
no haba conocido nunca. La gente acabar por fijarse en Maltrana, por
ver en l un gran escritor, un talento extraordinario.

--Quin lo duda, bobito!--exclam Feli--. T tienes mucho talento: eso
lo he dicho yo desde que te conoc. Deja que te bese esa frente donde
guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacn de
donde sacas tus cosas bonitas.

Oprima entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida,
como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.

Maltrana, despus de desasirse, continu con entusiasmo:

--Me dedicar a la poltica; quiero que seas una gran seora, y en este
pas no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El da
que me conozcan, impondr respeto. Ser director de peridico, ser
diputado... Llegar a ministro, Feli, y t sers mi mujer, la esposa de
Su Excelencia!...

El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginacin,
que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las
alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan
inmviles la riqueza o la fortuna poltica para que las tomen con sus
manos.

Feli rea con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de
las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueos podan
realizarse al da siguiente.

--Yo, ministra!--exclam--. Y tendr coches, y los lacayos se me
quitarn la chistera con galones dorados, y mi to el _Federal_ se
quedar con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la
Puerta del Sol, frente a su oficina!... Y t irs a Palacio y te
tratars con las grandes damas, y...!

El rostro de Feli pareci entenebrecerse. Apret los labios, le
brillaron los ojos, y dijo con enfurruamiento:

--No; t no sers ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, lo
entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptars aunque te lo ofrezcan;
dimelo, o reimos... El mundo est lleno de tentaciones, y no digo nada
si acudiran las seoronas al ver a este feo, que habla como los propios
ngeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de
esas que tienen la pechera bordada de ojos!... lo mismo que las moscas
a la miel! Ojo, seorito! Yo tengo mucho quinqu, y adivino las cosas.
No sers ministro, no. Dime en seguida que no lo sers, o te pego.

Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor,
abofetebale con su blanca manecita. Despus, parecindole poco este
castigo, meta sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin
compasin de los mechones.

--No, no lo ser--exclam Maltrana--. Presento la dimisin de la
cartera; crisis total. Pero djame el pelo, nia, que me haces dao!

--Est bien--dijo Feli ms tranquila--. Te dejo, pero cuidadito con
faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algn da vivamos como
esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envan sus
lujos a un colegio, tienen su buena casa all en el barrio de Salamanca,
salen a paseo juntos, y los das que hace mal tiempo se dan una
vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. Puede
ser esto, Isidrn?... T escribirs mucho; escribe cuanto quieras: yo no
he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, eh? Cuando te canses, lo
dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.

Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos
con sus labios.

--Podas hacer tambin cosas para los teatros; mi to dice que eso da
mucho dinero... Pero no: qu bruto soy! Dime que no en seguida, o te
arao. Dnde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.
Escribirs en los peridicos, escribirs libros; y si alguna vez las
seoronas te envan cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que
sabes decir, cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que t an no me
conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que
una mosca.

Y la pobre Feli, hacindose la temible, se apretaba contra Isidro, le
estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le
acariciaba el cuello con el raso de sus labios.

Sentanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de
descansar en algo ms slido que las frgiles sillas... A dormir! Pero
no durmieron: no tenan sueo.

Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de la
cerradura y la entrada del seor Vicente, a tientas, en su habitacin.

Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su
risa, segua, regocijada, todos los ruidos del santo, adivinando su
significacin. Plam! plam! Era que se quitaba, los zapatones de
fraile, arrojndolos lejos. Ahora, se desnudaba; despus se tenda en el
jergn.

La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes
contorsiones para ahogar su risa. Isidro le pregunt al odo, riendo
igualmente, sin saber por qu. En qu pensaba?

--Pienso...--murmur la muchacha--pienso en la figura que har el santo
en camisa.

Y los dos, fuertemente abrazados, volvan a rer, estremecindose sus
carnes desnudas bajo la manta, rozndose con el temblor del regocijo
sofocado.

Son largo rato un murmullo en la vecina habitacin. El seor Vicente
rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cort el silencio.

Los amantes no durmieron. Rean de este roncar grotesco interrumpido por
largos suspiros. El seor Vicente despertaba unos instantes, mascullando
santas exclamaciones: Ay, seor!, y volva a sumirse en su sueo
intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltacin.

Oan detrs del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:

-Sultame... te conozco! Eres el Malo... Largo de aqu!

Feli no pudo contenerse por ms tiempo, y su carcajada infantil rod en
el silencio como una campanilla de plata.

As transcurri la noche. Los amantes ya no rean; callaban, como si
durmiesen. En su habitacin gema la cama con ligeros temblores, cual si
anduviesen ratas por debajo de ella.

Al otro lado del tabique hablaba en sueos el seor Vicente, estremecido
por el horror de sus visiones.

--Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo ensendome esas
asquerosidades... Mi carne est muerta... Gloria al Seor... La impureza
no entrar en la casa de su siervo.




VII


Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, termin pronto el
libro del marqus de Jimnez. El grave prcer mostrbase satisfecho del
trabajo. Adems, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresin y
correga las pruebas. El senador tena tantas ocupaciones!...

Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar
examinbalo minuciosamente, dando bufidos de satisfaccin ante las
pginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecan con el
texto solo, provocaban en l un mohn de disgusto.

--No tienen seriedad--deca el senador--. Parecen pginas de una novela.
Pero, hombre, qu le hubiera costado poner unas cositas al pie?...

Cuando el libro estuvo impreso, el marqus hizo un nuevo encargo a
Maltrana. El jefe del partido, que haba de escribir el prlogo,
entretenale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se
ofenda por ello, conociendo las exigencias de la poltica, la vida
cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el
importante personaje, dando al marqus una muestra de gran confianza, le
haba rogado que escribiese l mismo el prlogo, autorizndole para que
pusiese su firma al pie. Quien haba escrito un libro tan notable, bien
poda en una noche pergear unas cuantas cuartillas a guisa de
introduccin.

--Y yo, joven amigo--sigui diciendo el prcer--, le transmito a usted
el encargo, rogndole que haga todo cuanto sepa... Qu honor, joven!
Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre!
Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo intil
indicarle lo que el prlogo debe decir. A su talento me confo. El jefe
me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi
obra grandsimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que
nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida poltica
y que hay en l cosas muy notables.

Descendiendo, como l deca, a la prctica, y sin soar--eso nunca--,
habl el marqus de la remuneracin del nuevo trabajo. Por el libro,
ajustado en tres mil reales, le dara mil pesetas, pues estaba contento,
aunque no haba apretado la mano tanto como l deseaba en lo de las
notas. Aun as, el jefe, que slo conoca el ndice, haba hecho grandes
elogios de la erudicin de la obra. Por el prlogo le aumentara
cincuenta duros, pero tendra que lucirse, haciendo un trabajo que
asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban
discutir en el Congreso con el ilustre jefe.

--Estos son misterios de alta poltica. Qu honor para usted conocerlos
siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdera usted ante
el jefe si ste llegase a saber que el prlogo lo ha hecho otro que yo.
No tendra confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando
seamos Poder... Ya ver usted cuando seamos Poder!

Con estas esperanzas pretenda halagar a Maltrana para que guardase
silencio. El joven escribi el prlogo, mostrndose satisfecho de la
retribucin. Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de
la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo,
raro sera que don Gaspar, halagado por el xito, no desease hacer otro
libro. Decididamente, la vida era alegre.

An no haba salido del primer encantamiento de su existencia plcida,
ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una
excelente ama de casa. Descenda por las maanas a la plazuela con
mantn y cesta; despus, pasbase el da con los brazos arremangados,
cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro.

Nunca haba ido ste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la
blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Adems, engruesaba,
tena mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres
aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su
cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia.

--Tiene una muchacha--decan sus camaradas--que le arregla y le cuida:
una verdadera ganga, y adems, guapa. Qu suerte la de ese chico!...

Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua
libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidbase de
ocultarles su domicilio. Tema las visitas de stos, y aun a los ms
ntimos les daba cita en el saln del Ateneo llamado de la
Cacharrera.

Feli, por su parte, tambin experimentaba los beneficiosos efectos de la
nueva existencia. Mostrbase alegre; slo de tarde en tarde pasaba una
nube por sus ojos, acordndose del _Mosco_. Qu hara su padre en la
casucha de las Carolinas! Qu dira de ella!...

Cuando en las tardes de los domingos salan los dos a las afueras,
evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las
avenidas ms solitarias del Retiro, el amante contemplbala con cierto
orgullo, como si fuese obra suya, complacindose en sus perfecciones.

--Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Ests hecha una
seorita; el da en que menos lo esperes te compro un sombrero.

Haba adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de
Toledo. La sedujeron unos maniques colocados en la acera como si fuesen
damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepcin.
Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio.
Feliciana haba escogido un traje azul con adornos negros, ltima moda
venida de Pars, segn declaracin formal del hortera. Con l y una
mantilla modesta, la muchacha pareca otra. Hasta ocultaba con guantes
aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas.

Pero lo que ms satisfaca su vanidad femenil eran las botas, las
famosas botas color limn con las que haba soado tantas veces, y que
apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de
sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte ms preciada de su
persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de
oro plido, de aguda punta, que aparecan y se ocultaban
alternativamente bajo el borde de su falda.

De sus paseos del domingo volvan fatigados, con los pies cubiertos de
polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les
esperaba, en la noche de cariosa intimidad, interrumpida al otro lado
del tabique por las visiones tentadoras del seor Vicente.

--Estamos hechos unos burgueses--deca Isidro--. No hay en Madrid una
pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios...
libres.

Y se aislaban cada vez ms, satisfechos de su amor, olvidados del mundo,
creyendo que la vida poda deslizarse de este modo eternamente.

Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extraeza, como
si fuesen de otra raza, como si l procediese de un mundo distinto. Al
bajar de su alta habitacin, crea descender a otro planeta.

La gran mayora de los transentes no amaban ni eran amados. Y podan
subsistir as!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en
que viva como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar
paradojas y morder a los de arriba, no enterndose de que existan
mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le pareca
imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco,
sin verdadera alegra, sin dulces tristezas... sin ideal. Como l haba
sido, as eran casi todas las gentes que pasaban junto a l. Vivan
preocupadas por las ms groseras aspiraciones, sin una chispa de amor.
Toda la poesa de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran
ellos, los enamorados.

Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida
aristocracia, y que l perteneca a ella: la aristocracia del amor, de
los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los dems eran pobres
bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en
el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar.

Una tarde, Maltrana encontr al seor Manolo el _Federal_ en la acera de
la Puerta del Sol, donde tena establecidas sus oficinas.

--Bien, muy bien, ciudadano--dijo irnicamente el capataz--. T y la
Feli la habis metido hasta el corvejn. Paece mentira que hombres
intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.

Le miraba con sus ojos saltones, limpindose el sudor de la frente,
jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su
indignacin.

--Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra
el hecho de que t y la Feliciana haigis pactado el amontonaros, en uso
de vuestra perfecta autonoma. Eso podr escandalizar a los
reaccionarios y a los unitarios, pero no a m, que soy un ciudadano
consciente y he pactado tambin muchas veces. El hombre es libre, la
mujer es libre, el amor debe ser libre y autnomo... Pero lo que resulta
una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre
abandonado all en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad
con ms frecuencia que antes. El _Chispas_ vive con l, y no se las
campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el
pobre _Mosco_ est triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la
chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la taj, la
toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al
que asesin a _Puesto en ama_. Le habis puesto de un modo, que el da
menos pensado har una barbaridad.

Maltrana se conmovi con hondo remordimiento al pensar en el dao
causado a aquel amigo. Sinti vehementes anhelos de reparar su falta. El
seor Manolo poda interceder por ellos; l conseguira que su hermano
les perdonase.

--Lo que habis hecho--continu el _Federal_--es una chiquillada que no
tiene nombre. Os querais?... est bien; pues haber venido a m, que
soy la prctica, y juntos hubisemos ido a las Carolinas a tener un rato
de sociedad, y yo, con mi labia, habra presentado una mocin...
Hermano: estos chicos se quieren, ya tienen edad de ser autnomos, y
deben confederarse ante la Naturaleza. Adems, las cosas no merecen otro
arreglo: andan, despus de cerrada la noche, muy agarraditos por los
desmontes, segn dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido
el puchero antes de las doce. He dicho. E iniciado el debate, habramos
discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es
seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habrais ido al
catre, sin que el _Mosco_ las echase de tirano centralizador. Pero
ahora, despus de vuestra calaverada sin substancia, veo difcil que
encaucemos el debate.

Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y
habl de ir con el capataz en busca del _Mosco_ para pedirle perdn.

--No: es demasiado pronto--dijo el seor Manolo--. No vayas; si te
presentases as, de sopetn, sera capaz de tratarte lo mismo que a un
gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Djame que yo lo
arregle; t no sabes adonde llega mi habilidad; figrate que ests
hablando con la mismsima diplomacia.

El ablandara poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por all,
no correran peligro alguno. El _Mosco_ permaneca en sus territorios y
juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le
enfureca que le hablasen de ellos. El seor Manolo no los mentaba
nunca, y eso que saba dnde se ocultaban desde la semana siguiente a la
de su fuga. Vivan cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un
reaccionario, de un loco que reparta estampas y regocijaba a la gente
con sus sermones.

--Yo lo s todo--dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana--.
En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.

Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de
transentes y sus vendedores, de plantn, pregonando billetes del
prximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de
cra con un cascabel al cuello.

Se despidi Maltrana del seor Manolo, luego que ste le prometi
interceder cerca del _Mosco_ para que los perdonase. Poda marchar
tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia.

Al llegar a su casa habl Maltrana de este encuentro. Feli llor un
poco, pero su dolor fue ms breve de lo que esperaba Isidro. La vida
ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que
separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de
la muerte, haba embotado los sentimientos filiales de la muchacha.
Tantas veces haba visto al padre herido y prximo a morir, que el
disgusto domstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa
importancia. En ella no exista otro sentimiento vivo que el del amor.

--Que arregle to Manolo todo eso--acab por decir--; que nos perdone
padre. Pero nada de separarnos, eh? Contigo, siempre contigo.

Una maana, al pasar Isidro despus de las nueve por la Puerta del Sol,
con direccin a la Biblioteca Nacional, reconoci en la entrada de la
calle del Carmen el carro de _Zaratustra_ por los bizarros adornos de su
caballera. El filsofo de la busca estaba sentado dentro del vehculo,
con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el
_Bobo_, que recoga el estircol de los pisos altos.

_Zaratustra_ se incorpor al reconocer a Maltrana. Rea maliciosamente,
guiaba sus ojillos al verle por primera vez despus de su fuga con
Feliciana, que tanto haba dado que hablar a las gentes de las
Carolinas.

--No vayas por all, muchacho--dijo ponindose serio--. El _Mosco_ es
muy bruto, y est que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os
fuisteis, pero te soltar un escopetazo lo mismo que el primer da.
Algunos chavales de la busca que queran a la Feliciana han averiguado
dnde vivs, y le llevan este soplo y otros. Un da habl con tu abuela,
y la dijo que te matar si te encuentra al paso... Pero buscarte, no
creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va
de da. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas
andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de
compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: Quiere que le matemos.
El mejor da, cazando, el rey se va a encontrar con el _Mosco_, que anda
por todo El Pardo como si fuese de su propiedad.

_Zaratustra_ pas repentinamente a hablar de la muchacha.

--Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. Los que te envidian por
all y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus
pocos aos. Ay, si tuvieses los mos! Si poseyeras mi sabidura!... Ya
te cansars: el amor es un sarampin de cabeza, que todos sufrimos a
cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre est mucho mejor solo. Ya
sabes que yo pas unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi
tercera mujer, que la dej chorreando sangre al pillarla con un criado
que era joven. Y la muy perra tena cerca de sesenta aos. Cuando sal
de la crcel volv a tomarla, y al morir ella tom otras. Todas son
iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo
dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer...

--S, _Zaratustra_, lo s--interrumpi Maltrana, que tema la charla del
viejo--. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y dems
seoro, da su cuerpo al demonio. Adis, gran filsofo; expresiones a la
abuela.

_Zaratustra_ no le dej marchar hasta enterarse de las seas de su
domicilio. Alguna maana que acabase pronto su tarea ira a verles y
echaran un prrafo. La Feliciana se alegrara de hablar con el seor
Polo, que la haba visto nacer.

Transcurri algn tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar
a los dos amantes el grave trastorno que haban causado con su fuga en
la vivienda del cazador.

Isidro careca de trabajo; pero an duraba en las prudentes manos de
Feli una parte del dinero del marqus de Jimnez. Haba visitado a ste,
por si le ocurran nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros
libros; pero el prcer estaba en plena luna de miel literaria.

La obra reinaba esplendorosa, con su magnfica cubierta, en los
escaparates de las libreras. Venderse?... ni un ejemplar. El senador
lo declaraba con desaliento: nadie quera enterarse de la verdadera
solucin del problema social. Qu pas!... As andaba l. Calintese
usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en
innumerables notas toda la sabidura del mundo, para que despus le
hagan a uno menos caso que a un novillero.

El marqus lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando
momentneamente su intervencin en la obra. Pero de esta indiferencia
del pblico le compensaban los elogios de sus compaeros de la Alta
Cmara, a los que haba regalado el libro y lo conservaban intacto sobre
la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los
diarios, obra tambin de gentes que no hacan mas que pasear la mirada
por el ndice.

El prlogo del jefe lo haban publicado todos los peridicos del
partido.

--Qu hombre, amigo Maltrana!--exclamaba el senador--. Que talentazo!
Y qu modo de escribir tan... castizo!

Se olvidaba, en su entusiasmo, de quin era el que le escuchaba, y
segua en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubra de
alabanzas en varios pasajes del prlogo.

El marqus de Jimnez no pensaba publicar otro libro hasta el ao
siguiente. Era un mal el prodigarse. Adems, sentase fatigado, pues una
obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses.

Lamentbase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una
sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tena otra ocupacin
que leer las crticas de los peridicos. Pasaba las noches en un sueo
inquieto, temblando por lo que podra decir la prensa al da siguiente,
y cuando encontraba un pequeo suelto laudatorio lo lea a la familia, y
encerrndose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos
amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo despus, con ademn
displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus
visitantes.

Maltrana renunci por el momento a todo encargo de trabajo por parte del
senador. Pero su fe no se alter por esto: otros le proporcionaran
nuevas tareas. Al verse falto de ocupacin, dej de estar en casa, y
pas las tardes en el Ateneo o en los cafs, discutiendo con la juventud
literaria. De noche comenz a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le
esperase acostada. La literatura impona deberes: era preciso dejarse
ver para hacer carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de
los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo,
hacerse notar en las interminables y estriles disputas sobre si hay
Dios o no lo hay, y acerca de la separacin de la Iglesia y el Estado.

Una maana, Feli le despert cuando estaba en lo mejor de su sueo. La
noche anterior haba intervenido en una discusin sobre la filosofa de
lo maravilloso, y aunque con la certeza de que esto no poda reportarle
ningn beneficio positivo y los peridicos no le dedicaran ms all de
una lnea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre indito
se despabil al or que en el despacho le aguardaba su padrastro, el
seor Jos, mostrando gran agitacin. Qu le quera el bueno del
albail?

Cuando sali, el seor Jos, casi llorando, le agarr las manos.

-Qu desgracia, Isidro! Qu vergenza!... Si t no arreglas eso, voy a
morir.

El joven lo hizo sentar, tranquilizndolo. Qu era ello? No haba que
apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albail, en presencia de
Feli, habl de Pepn, del famoso _Barrabs_, que iba a ser motivo de su
muerte.

Estaba en la Crcel Modelo. Tres das antes lo haban cogido con otros
golfos, por un robo de bronces y alambres en una fbrica de Vallecas.
Haca ms de un mes que haba huido de la calle de los Artistas, sin que
el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya
saba Isidro que varias veces haba desaparecido, sin que le corrigiesen
las palizas que le propinaba al volver. Tena piel de perro, segn
afirmaba el seor Jos. Ni golpes ni consejos haban servido de nada al
padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para
los libros lo tena l para el mal. Colocbase al frente de sus
camaradas, como ms atrevido, y stos lo alzaban capitn.

--Lo que me ha hecho sufrir!--continu el seor Jos--. He perdido
varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo
intil. Y eso que yo an conservo cierto olfato de mis tiempos de
guardia civil. He pasado das enteros en las inmediaciones del cerro del
Pimiento. Me dijeron que andaba por all con una cuadrilla de pillos y
cierta pelona que es su querida, la _Piquirri_, una chicuela seca como
una caa, con la cara llena de costurones, que vende peridicos en la
Puerta del Sol y se arremanga para que los seores viejos la vean unas
pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Despus, le
busqu en la montaa del Prncipe Po, en unas cuevas que hay debajo de
los cuarteles por la parte de la estacin del Norte. Cre pillarle en lo
que llaman el Palacio de Cristal, un chamizo donde se juntan los
golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca
de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro
Caminos con un chico de Zamora que sirvi conmigo y est en Orden
pblico, supe el paradero del granuja. Est en la Modelo; t fjate
bien, Isidro; un hijo mo en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podr
parecer tosco y pasar por ignorante, pero all donde he estado nadie ha
tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.

El seor Jos llevbase una mano a los ojos, fregotendolos para que las
lgrimas retrocediesen. Un hijo suyo en la crcel!... Le pareca que
todo su pasado de spera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un
golpe. Quin le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conduca
delincuentes esposados por las carreteras, que l, el soldado de la ley,
el guardin del orden, procreara carne de presidio, aumentando con un
individuo ms el ejrcito sombro y desesperado que viva en guerra
continua con la sociedad!

Ya no tendra valor para detener en las calles a sus antiguos jefes,
pacficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las
estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osara decir: Cmo va, mi
capitn? a aquellos seores que, recordando su pasado de probidad y
obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntndole
por la familia. Cmo iba a contestarles que un hijo suyo, el nico,
estaba en la crcel por ladrn?... Aquel miserable le haca abandonar el
mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud
que era su nico lujo. A los catorce aos en la crcel, y llevaba su
apellido, que tantas veces haba alcanzado elogios por servicios a la
sociedad!...

--Yo deseo, Isidro--sigui gimoteando el seor Jos--, que en este
asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no s lo que quiero. No te pido
que lo saques de all; aunque esto pudiera ser, yo me opondra. Que se
pudra en la crcel, que se muera... por pillo!

Pero tras estas palabras enrgicas, reapareca el padre.

--Quiero--continu con dulzura--que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo
que me lo comera, que le hara pedazos si le viese... T tienes otra
labia; l te respeta y te har ms caso. Sermonale; si ha cado, al
menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que
acabaron como personas honradas. Y...--aqu titube--y si conoces al
escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir,
hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez est
en la calle yo lo coger, y antes muere a mis manos que vuelve a
escaparse.

El seor Jos estaba trastornado por el suceso.

Qu mundo, seores! Pareca cambiado y con gentes distintas a las que
l haba conocido en sus tiempos juveniles. Crea que los buenos
formaban una casta, y que l y los que de l saliesen figuraran
eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la
autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de
su carne, una prolongacin de su persona, se pasaba de un salto al campo
de los malos, burlndose de todas las doctrinas de orden y sumisin
enseadas por su padre.

El seor Jos comenzaba a sospechar si el mundo sera distinto de como
l lo imaginaba. No senta las mismas energas de antes para abominar de
los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta,
colocndose arriba los de abajo. El dolor le haca tolerante. Ya no
comparaba la organizacin social con la disciplina militar. No; la
sociedad no era un ejrcito; era ms bien un rebao triste y manso, que
los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolacin,
reservndose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia
rondaban en torno de l, arrebatando las reses ms dbiles, las que
marchaban a la cola.

--Te digo, Isidro--continu--, que soy otro, y que cada da pierdo algo
de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy
creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos
el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos
ladrones, muchsimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocer
jams. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los mirara con
mejores ojos. Pobres diablos! Tambin stos son de los lobos... Los
ladrones, los verdaderos ladrones que turban el orden y la paz, los que
ponen en peligro la vida de los hombres, estn muy altos, en sitios
adonde no llega la autoridad.

El seor Jos hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la
luz. Fijbase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia
conmova su carcter sencillo y recto, que comenzaba a perder el
endurecimiento de la disciplina.

--Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el
jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el
gobierno no s si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por
contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y l hace el
edificio como si fuese de cartn. Lo que importa es ganar dinero, mucho
dinero, para partrselo tal vez con los mandones que le protegen. Los
que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cmo nos obligan a
construir. Slo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el da
que lo cargen se vendr abajo, aplastando a todo Cristo. Con tal que no
estemos nosotros!... El contratista viene en su automvil una vez por
semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de mrame y no
me toques, y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes
son tabiques, las pilastras estn huecas... El mejor da hay una
catstrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas
estamos all centenares de hombres honrados con la muerte en la
garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes seores. Yo soy
imparcial y reconozco mis engaos. A esos que hablan de revoluciones del
pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en
algunas cosas no les falta razn.

An habl el seor Jos largamente, mezclando las desilusiones de su
vida con los pesares que le daba el rebelde _Barrabs_. Isidro le
prometi que aquella misma tarde ira a ver al muchacho. Era amigo del
director de la crcel y poda recomendarle al maldito golfo. Buscara
adems entre sus amigos alguno que pudiese influir con los seores del
Juzgado.

Marchose el albail, y por la tarde se dirigi Maltrana a la Crcel
Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La
sensibilidad femenil se haba interesado por este suceso que vena a
alterar la calma domstica. Recordaba vagamente al _Barrabs_, de
haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos.
Pobrecillo! Tena cara de bueno: le habran perdido las malas
compaas.

Isidro entr en la crcel, siguiendo al empleado que el director le dio
por gua. Al abrirse el ltimo rastrillo, experiment una impresin de
fro y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galeras
superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos.
Un silencio de tumba pesaba sobre la poblacin invisible. La luz cenital
de las monteras de cristales se ensombreca al descender, adquiriendo la
vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a
Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrs de ellas existan
hombres silenciosos, que coman y pensaban; pero eran cadveres
animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos
que nicamente sentan la vida a son de corneta, al recibir el rancho
por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras
enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pjaros refugiados
bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus
alegres pidos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irnico
de la alegre risa de la primavera.

Maltrana pens con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno
de estos atades de mampostera. Centenares de hombres vivan all, sin
que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas
naves, que parecan las de una catedral abandonada. Nunca se haba
credo valeroso; desconoca el impulso brutal de la agresin; pero a la
vista de este cementerio de vivos se jur ser an ms prudente. Si le
injuriaban, perdonara la injuria antes que venir a este infierno
silencioso por un arrebato de su animalidad.

El empleado le hizo subir una escalera, al trmino de la cual estaban
las celdas de los nios. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga
galera, el empleado que vigilaba esta seccin dio una voz, y un
muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, salt de puerta en puerta,
descorriendo con gran estrpito los cerrojos.

En la entrada de cada celda apareci un nio, cuadrndose con militar
rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los
labios para sofocar la risa.

Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre
los fros baldosines. Vestan ropas remendadas y mugrientas. Algunos no
tenan otro traje que la camisa y un pantaln de hombre sostenido por un
tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas,
mostrando muchos de ellos la extraa configuracin de sus huesos
craneanos. Haba testas enormes, que parecan temblar por su peso sobre
el cuello delgado y dbil; otras presentaban por detrs un ngulo recto,
un corte radical, que denunciaba la anulacin de gran parte de la masa
enceflica. Los haba de ojos picarescos e insolentes, que miraban con
fijeza agresiva; otros tenan el cuello ondulado por las cicatrices de
la escrfula, o la nariz y las mejillas rodas por la viruela.
Mantenanse rgidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el
vientre, con el bulln de la camisa lleno de objetos y papeles que les
servan de juguetes.

El gua de Maltrana los conoca a todos como antiguos parroquianos de la
casa. El primero en quien se fij fue el _Machaco_.

--Cuando le trajeron por primera vez--dijo el empleado--tena tanto
miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle.
Despus, mira esto como su casa... T, cuntas veces has venido?...

El empleado preguntaba al _Machaco_, y ste contest, sonriendo con
sencillez infantil:

--Con sta veintitrs.

-Te han trado por un portamonedas de seora, verdad?... Le daras
tirn y echaras a correr.

--No, seor--dijo el _Machaco_ ponindose serio--. Lo saqu de dentro
del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.

El empleado sonri ante esta protesta de la dignidad profesional, y
sigui presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados
y chaquetn de pao pardo, era el _Paleto_. Le haban trado por robar
un cors. Miraba a Maltrana con ojos de vctima moribunda, creyndolo un
seor poderoso.

--S, seor; me llev el cors--gimi con su rudo acento de campesino--.
Tena hambre... vine a Madrid con mi padre... buscbamos trabajo. No lo
har ms, seor... yo soy bueno.

Las grotescas contorsiones del _Paleto_, sus gemidos, provocaron una
hilaridad brbara en todas las puertas.

-Uu! uu!--rugan los golfos, burlndose del arrepentimiento y el
miedo del _Paleto_.

-A ver si hay silencio!--grit el empleado imperiosamente.

Todos quedaron inmviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una
sonrisa, como si les divirtieran muchsimo los incidentes de su vida de
encierro.

El empleado sigui designando por sus nombres a la doble fila de pillos.
Este era el _Besugo_, consorte del _Gallego_, el _Margallo_ y el
_Viruelas_, y compaeros los cuatro del _Barrabs_ en el robo de bronces
y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenan alejado de
ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hgados de sus
consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.

--El muchacho es una alhaja--dijo el empleado irnicamente--. Tiene
genio. Crea usted que sera un bien para la familia que reventase aqu.
Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.

Maltrana examin a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa
y quijada fuerte, ms voluminosa que el resto de la cara. El _Viruelas_
era un monstruo de fealdad, con las facciones rodas, la nariz
aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor
nauseabundo que surga al mismo tiempo de su boca y su piel.

Luego, el empleado fue presentndole a otros: el _Golfn_, un angelito
de pelo rizado y ojos garzos, con el que haba que tener gran vigilancia
por la intensa simpata que inspiraba a sus compaeros; el _Boto_, el
_Feo_ y el _Paniego_, que llevaban varias temporadas en el
establecimiento, y siempre trabajaban juntos; el _Morritos_, el
_Lentejas_ y el _Lagarto_, que an no contaban trece aos, pero tenan
sus novias fuera de la crcel, lo que les daba gran prestigio entre los
compaeros. Eran mujeres que casi podan ser sus madres: prostitutas
callejeras, que tomaban a risa la pasin de sus hombrecitos y les
aconsejaban que robasen, pues slo podan creer en su cario cuando se
presentaban con dinero.

El empleado habl a uno de stos:

--Y la novia? viene a verte alguna vez?

Contest con un movimiento negativo. Las mujeres! todas iguales! Slo
eran tiernas cuando vean _parn_! Y su cara viciosa, ajada
prematuramente, complet estas palabras con un gesto cnico.

Maltrana salud al vigilante de la seccin de los nios: un viejo de
hirsutas barbas, con una expresin de bondad en los ojos. El otro
empleado explic a Maltrana las dificultades del cargo. Haba que ser
dulce con los presos; el director exiga la abstencin de toda
violencia; pero deban tratarles con energa al mismo tiempo, pues los
golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor
blandura. Por medio de ingeniosas telegrafas comunicbanse de una a
otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era
antiptico.

Su revolucin consista en darle tapadera, entendindose por esto que
cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que
tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrpito, que
se conmova toda la crcel. El empleado a quien obsequiaban con este
estruendo haba de abandonar su puesto, trasladndose a las galeras de
hombres, ms tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del
crimen.

Al final de la galera encontr Maltrana al _Barrabs_, erguido en la
puerta de su celda.

Haba visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emocin alguna. Su
orgullo consista en ser un buen preso, imitando los gestos y la
impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer
los toques de corneta y moverse automticamente, cual si llevase varias
campaas y viviera en la casa como en su propio elemento.

Salud al empleado llevndose la mano a la cabeza y qued inmvil.

--Bien, muy bien--dijo Maltrana--. T parece que ests aqu
perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergenza. Golfo!
ratero!

El _Barrabs_ sonri e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando
a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era
precisa su visita.

--Este es un mozo de cuidado--dijo el guardin dndole golpecitos en la
nuca--. Este ir a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tena
su poquito de miedo; pero apenas entr, como el pez en el agua!... Si
le dejsemos, cobrara el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el
cartel al _Machaco_: las echa de matoncillo...

Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, sigui reconvinindole.

--Ests aqu por ladrn. Sabes t lo que es eso, Pepn? No conoces lo
que nos afrenta a todos? No comprendes que vas a matar a tu pobre
padre?...

El _Barrabs_ abandon su inmovilidad y mir con ojos hostiles,
homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas ms all.

--Estoy aqu--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado,
contndoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto
pueda, les saco el redao.

Y se ergua con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven,
estremecindose todo su cuerpo linftico y desmedrado, con esa ruindad
fsica de los homicidas por instinto.

Maltrana comprendi que sus palabras no causaran efecto alguno en el
muchacho. Haba hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que
no le vea. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese
de esta mala aventura, caera en otra. La crcel era su casa, y toda
aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la
escogida por l, con la atraccin de las comunes aficiones.

El _Barrabs_ sigui hablando, sin fijarse en la mirada de reprobacin
de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazaas las
rateras verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lstima aquel
hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para
apoderarse de un mal pauelo.

A l le hacan caso en la crcel. Lo declaraba con orgullo: pocos das
llevaba all, y los empleados le elogiaban, porque haca un buen
preso, siendo el primero en la formacin y ayudndoles con su
influencia para que todos obedeciesen. Los compaeros y consortes le
respetaban. Saban que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten
los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma.
Tampoco era un quincenario de los que pasan en la celda medio mes sin
enterarse del motivo de su detencin. Era un detenido de causa, y los
camaradas conocan su historia. Saban que en el Palacio de Cristal
haba descalabrado a dos compaeros de los ms audaces y que en todas
las cuevas del Prncipe Po, por su labia y por la facilidad con que
empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir
y las primeras hembras del rebao de vendedoras de peridicos y
explotadoras de seores viejos que seguan a los golfos en sus antros.

Los pequeos presos, al saber que el visitante no era un seor de los
Juzgados, sino un hermano del _Barrabs_, abandonaban su posicin
rgida, aproximndose unos a otros para aprovechar este rato de
inesperada tertulia.

El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que
acompaaba a Maltrana, se espontane ms con su hermano; quiso
deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.

--Ves todos stos?--dijo sealando a los camaradas--. Pues me tienen
miedo y quieren que sea su capitn. Hemos resuelto, cuando salgamos,
hacer una partida y que yo sea el jefe.

Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de pginas
mugrientas, con las puntas de la encuadernacin rodas por el manoseo.
Era la historia de Jos Mara, el rey de Sierra Morena. Las enfermizas
imaginaciones de estos torpes engendros exaltbanse al leer, en el
silencio del encierro, las hazaas del caballeresco bandido, al
contemplar en las lminas las arrogantes figuras de los paladines de
carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el
cinto repleto de onzas. As seran ellos cuando saliesen al campo: el
_Barrabs_ marchara al frente, por montes y caminos, como glorioso
capitn. Y el libro, por medios habilsimos, pasaba de unos a otros, a
pesar de que el director persegua tales obras como si fuesen veneno
puro.

--Si stos me siguen--continu el _Barrabs_ con nfasis--, si no son
unos cobardes como mis consortes, ya oirs hablar de m... Algn da
puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo
que le conviene. Qu haba de ser yo? albail, como mi padre? Muchas
gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de
la calle pidiendo limosna.

El deseaba vivir: juerga, alegra, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Saba
dnde se encontraba todo: slo era asunto de agallas el hacerse dueo, y
l las tena. Aunque muchacho, haba visto bastante.

Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad,
que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.

Maltrana, molestado por el cinismo del pequeo, huyendo su mirada, que
pareca insultarle, se fij en otro muchacho que se aproximaba a ellos.
Iba descalzo, sin otras ropas que un pantaln y una elstica, pero
llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos
bandos luengos y lustrosos.

--Y t, por qu ests aqu?--le pregunt Isidro.

El aludido contest gravemente:

-Por darle una pualada... a un queso.

Ri _Barrabs_ la estpida gracia con estruendosas carcajadas, y los
grupos cercanos rieron tambin, como escandaloso eco. Todos se haban
enterado de quin era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar
sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual
a muchos individuos de sus familias que venan a sermonearles en
presencia de los camaradas, ponindoles en ridculo, cual si no fuesen
ya unos hombres.

--A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximndose al or las
risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capn.

Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego
aadi, sealando al de la pualada al queso:

--Este se ve aqu por sinvergenza. Su padre es rico, y l le ha robado,
ha empeado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. An no tiene
catorce aos. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta
escuela de moralidad y buenas costumbres.

Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irnicos, como
admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretenda corregir
al hijo encerrndolo en la Crcel Modelo.

--Este seorito ir lejos--continu--. Los chicos le llaman el _Levita_,
y es el mayor amigote del _Barrabs_. El es quien le llena la cabeza de
aire hablndole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la
calle.

Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situacin ridcula
vindose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara,
sorprendi por dos veces los guios burlescos, las morisquetas que
hacan algunos a sus espaldas mirando al _Barrabs_. Su hermanastro, con
una leve sonrisa, pareca animarles.

Del fondo de la galera salieron voces imitando el gruido de varios
animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido
capn. Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente
moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. Virtud a
ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!

No quiso Isidro prolongar por ms tiempo la visita; adems, el empleado
que le serva de gua mostrbase impaciente.

Prometi al _Barrabs_ interesarse por su suerte, ver a los seores del
Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.

--No lo descuides--dijo el pilluelo con hipcrita seriedad--. Ser una
buena accin; mis consortes son ms culpables que yo. Si hubiese
justicia, ya me habran puesto en la calle.

Pero en sus palabras notbase la falta de anhelo por salir. All no
estaba mal; adems, pensaba en el cartel que poda darle un largo
encierro, en la admiracin con que acogeran su salida los golfos
albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.

Cuando Isidro volvi a casa, pensaba en su visita a la crcel como si
fuese un ensueo. Y su hermano, un pedazo de su carne, viva all con
delectacin, como si la esclavitud le colocase por encima de los dems!
No ocult a Feli el mal efecto de su visita.

--Har lo que pueda por ese granuja, aunque l, por su gusto, mejor est
all.

El seor Jos se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el
da pasbalo en aquella gran edificacin de las afueras, por no perder
el jornal.

--Qu hay del chico?--preguntaba ansiosamente.

Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Crea posible su
excarcelacin por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que
conoca al escribano. Luego se mostr pesimista. Pediran una fianza, y
no era cosa fcil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin,
quiso dar un consejo al seor Jos. El _Barrabs_ era cosa perdida. Lo
mismo daba que permaneciese en la crcel que en la calle. Casi le
favorecan dejndolo all, pues evitaban que cometiese nuevos delitos.

El albail no volvi por casa de Maltrana. A pesar de su carcter
rgido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneracin
del _Barrabs_, y eso que l era el primero en desconfiar de su
enmienda.

Isidro casi olvid a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su
pensamiento. Quera salir de su msera situacin antes que se agotase el
dinero del libro del marqus de Jimnez, administrado por Feli con
escrupulosa economa.

De vez en cuando, una traduccin que le proporcionaba un amigo, un
artculo que consegua colocar en un peridico ilustrado, sostenan
instantneamente el descenso de su fortuna. Pero esto no era bastante:
le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida.

Pens un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la
redaccin de un peridico... La empresa no era fcil: todos los puestos
estaban ocupados, y l apenas si serva para esta labor. La fama del
_Homero_ indolente se haba esparcido por todas las redacciones.

Hubo instantes en que confi su salvacin a libros originalsimos que se
le ocurran, y que, segn l, estaban destinados a producir gran
escndalo en el pblico. Pero quin iba a imprimirlos? Y la fuerza
para escribir dnde poda encontrarla, con la voluntad entorpecida y la
inquietud del sustento inseguro?...

Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecase la fe de aquellos momentos
de bienestar, en los que crea en asombrosas ascensiones hacia el
triunfo. Pensaba, en su desesperacin, que era un infeliz sentenciado a
la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas
radas de seorito que cubran su cuerpo eran la librea del hambre.
Llegaba a su cuarto y se tenda en la cama, triste, trmulo, como si le
amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre
Feli acuda, balbuceando de miedo:

--Qu tienes, Isidrn? Qu te pasa, rico mo?

Le acariciaba como una madre; hunda sus manos en la crespa cabellera,
mientras Maltrana responda entre suspiros. Nada, no tena nada;
jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento.

Gema de impotencia, acompaado por la dulce Feli, que tambin derramaba
lgrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de
mujer, que estas crisis tenan relacin con el montoncillo de dinero,
cada vez ms exiguo, que guardaba en la cmoda.

La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer
esta lluvia de lgrimas. Abrazbanse con los ojos todava hmedos,
sentan la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a
la desgracia, y los besos sucedan a los llantos, entregndose al amor
con un resto de melancola que proporcionaba a su placer nuevas
dulzuras.

Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez ms tarde. La tmida
Feli haba tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a
las terrorficas imgenes del seor Vicente.

Cosa hasta ms de las once a la luz de un quinqu comprado en el
Rastro. El seor Vicente, al volver a su habitacin y ver luz por debajo
de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos.

--An no ha vuelto el seor de Maltrana?

Y al saber que Feli estaba sola, negbase a pasar adelante. Era tarde y
deba levantarse con el alba.

--Que trabaje usted mucho, seora, y duerma bien. Ah! Y si tiene usted
un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oracin tan bonita que le
entregu. Se ganan ochenta das de indulgencia.

Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergn,
los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venan los gritos de
la pesadilla, los apstrofes al Malo, para que se alejase con sus
carnales tentaciones.

Feli se acostaba despus de media noche, aguardando en la obscuridad la
llegada de Isidro, creyendo que era l cada vez que sonaban pasos en la
escalera. Dormase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al
sentir en sus ojos la violenta impresin de la luz.

Isidro, con aire fatigado, desnudbase junto al lecho. Qu hora era?
Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los
deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Haba
que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos,
visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctmbulos
que podan ayudarle. El la amaba como siempre; pero se deba a la
literatura y al pblico.

Una noche asisti a un banquete en honor de un compaero que acababa de
publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de
fuerza y cohesin para que rabiasen los viejos. Feli cepill con gran
cuidado su traje, puso en su pauelo unas cuantas gotas de esencia que
an le restaban en el fondo de un frasco; aadi un par de pesetas, por
lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separ
tristemente de lo que ella llamaba el capital de la casa, cada vez ms
reducido.

Eran las tres de la madrugada cuando despert Feli sintiendo en la
frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de
Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillndole los ojos
con un fulgor extraordinario. Despus percibi un perfume de flores
marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios _bouquets_, que
indudablemente haban servido de adorno a los cubiertos antes de
comenzar el banquete.

--Viva el arte!--grit Maltrana con una agitacin que hizo rer a
Feli--. Viva la eterna belleza! Viva la juventud triunfante!

--Pero cllate, condenado!--exclam la muchacha--. Puesto a gritar,
dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.

--Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de
inspiracin... El porvenir es nuestro, nena; los jvenes triunfaremos.
T eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de
flores.

Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los
ramilletes.

--Pero Isidro, hijo mo--protest Feli--, que vas a despertar al seor
Vicente!...

--Que se fastidie ese sacristn; que reviente el rapavelas. Abajo el
obscurantismo! Viva el arte y la juventud!

La alegre embriaguez de Maltrana hacale contemplar a Feli con ojos
amorosos. Qu hermosa la vea en el desorden del sueo, con el pelo
alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave
palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa,
cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de
la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los
pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba
dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el
chaparrn de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones
de irresistible cosquilleo.

--Djame, mala persona--gema riendo--. Djame, o chillo.

Maltrana sigui besndola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas
palabras.

--Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a
besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, que
barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de
Mdicis, la de Canova, la Capitolina, eso es!... la Capitolina, que es
la ms chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que
te adore.

Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendi arrodillarse para
besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho.

Feli sonrea con estos arrebatos de su amante. Le placa verle alegre.
Se haba dormido pensando en la necesidad de decirle una cosa... una
cosa muy importante.

Maltrana inclin su cabeza para or mejor.

--Habla: dime qu es eso.

Pero Feli se resisti a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que
sus mejillas se enrojecan intensamente. No; as no. Tema que alguien
la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dorma al otro
lado del tabique.

Extendi sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproxim a su
boca, hablndole al odo largamente, con mimo infantil.

Cuando Maltrana se incorpor, ya no le brillaban los ojos. Se haba
disipado el gesto risueo de su embriaguez; haba perdido las ganas de
dar vivas a la juventud y al arte.

La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves
afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.

Un hijo!... Adis, juventud. Maltrana crey que caa de golpe sobre sus
hombros la capa de plomo de los aos; vio ms negra, ms triste, la
miseria en que viva.

Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfaccin y
el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongndose en el curso
de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero crey sentir en torno algo
que se despegaba de l. La juventud alegre, sin responsabilidades ni
obligaciones, se perda para siempre. A lo lejos, la Ilusin, en fuga,
bata sus alas de diamante.




VIII


Sufri Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo,
sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la
casa.

Feli le pareci menos agradable. Trataba a Isidro con el cario de
siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoracin que haca de ella una
devota ms que una amante, pero tena crisis de inexplicable tristeza,
que parecan contagiarle a l.

Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprenda de bruces en la
cama, llorando silenciosamente.

--Pero qu tienes?--gritaba con tono colrico--. Qu te pasa?...

Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su dbil
organismo. La invada una intensa tristeza, atormentando su imaginacin.
Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entraas, en cul sera
su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de
ellos, amenazndoles con toda clase de privaciones.

Isidro sorprenda algunas veces en su mirada una curiosidad molesta,
como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva
luz, vindole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de l: su fe
sufra ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razn,
la muchacha preguntbase si Isidro era tan grande como ella le haba
credo, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el
trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba
gran parte del da olvidado de su situacin, charlando en el Ateneo y en
los cafs del porvenir de la juventud, de la decadencia de los viejos,
de lo que deba ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir
grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para
la labor.

Todo esto que pensaba Feli vagamente lo trasluca Isidro en sus miradas.
El, por su parte, vindose analizado y con menos admiracin, senta
ligeros descensos en su amor, confesndose que haba en ste ms de
agradecimiento que de pasin irresistible.

Amaba a Feli con un nuevo afecto plcido y tranquilo.

Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de
la carne, llamndola Venus, quedaba muy poco... Pobre Venus! La diosa
deformbase con la maternidad. Una hinchazn monstruosa rompa las
lneas armnicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color
limn que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La
muchacha senta el trastorno de sus entraas en forma de nuseas,
vahdos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egosmo de hombre
superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los
amigos.

El estado anormal de Feli coincidi con un suceso que hizo temer a
Isidro por la vida de la muchacha.

Una maana se present el seor Manolo el _Federal_. Feli, que no le
haba visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes
muestras de cario. Y el padre?... Pero el seor Manolo apenas
contest. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a
bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.

Maltrana baj tras l, adivinando algo grave en el gesto hosco del
capataz.

--T no habrs ledo los papeles de hoy--le pregunt al detenerse en la
acera--. Pues bien; el _Mosco_ ha muerto; mejor dicho, le han matado.
Los esbirros han conseguido lo que deseaban.

Y relat la muerte trgica de su hermano. Los diarios dedicaban al
suceso unas cuantas lneas. Aquel homicidio en tierras reales no
inspiraba inters. El _Mosco_ y su aclito el _Chispas_ haban cado en
una emboscada de los guardas. El maestro haba muerto acribillado de
plomo; su discpulo y acompaante estaba en el hospital, con dos balazos
en un hombro. Unos peridicos, al hablar del suceso, afirmaban que las
vctimas eran daadores peligrosos que haban hecho frente a los
guardas; los diarios de oposicin decan que eran pobres hambrientos que
entraban en la posesin real sin otro propsito que el de coger
cardillos.

--La cosa fue anteanoche--continu el capataz--. Yo lo supe ayer por la
tarde; vinieron a decrmelo de las Carolinas... No he querido ir a
verle. Para qu? Voy acaso a resucitarlo?... Ya estar enterrado; los
que lo vieron dicen que estaba hecho una lstima. Un balazo en la
frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos
pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. Cristo! As se mata a
los hombres? Se haban juntado no s cuntos; saban por dnde iba a
pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una
descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... Ya
estarn contentos! Ya no pensarn ms en el _Mosco_, que era su
preocupacin!... El pobre _Chispas_, cuando sane, si es que sana, ir a
presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como
perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan;
que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar
algunos conejos... Puales! y despus an se extraan de que pidamos
la revolucin!...

La muerte del _Mosco_ impresion mucho a Maltrana. Pens con
remordimiento que tal vez tena l cierta intervencin en esta
catstrofe. El daador, empujado por la clera, se haba entregado a sus
expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Despus pens
Isidro en su compaera, nerviosa y quebrantada por su estado fsico; en
lo peligroso que sera darle la noticia, sin que una nueva crisis
pusiera en peligro su salud.

Cuando subi, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara
triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Slo por un
asunto importante poda haberse resuelto su to ir a visitarles. Era
cosa de padre, verdad? Se haba decidido, por fin, a buscarlos? Iba a
presentarse de un momento a otro?...

Los rodeos que emple Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un
momento columbr la verdad.

--No digas ms, Isidro--murmur--. No te esfuerces: no temas por m. Yo
soy fuerte. Es que lo han matado en el bosque?...

Acogi con serenidad la trgica noticia. Maltrana admir su firmeza: era
digna hija del _Mosco_. Aquella mujercita dbil, que muchas veces
lloraba sin motivo, permaneci inmvil, con los ojos secos, al conocer
la desgracia.

Haca tiempo que presenta este final. Muchas noches haba visto en
sueos a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de
los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se haba familiarizado con
la posibilidad de este suceso durante los aos de su vida en las
Carolinas al lado del daador.

Apenas si llor. Permaneci anonadada, embrutecida por la sorpresa.
Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como
si al encontrarse sola sintiese con ms intensidad la desgracia,
entregndose largas horas al llanto.

Una pregunta pareca vagar por sus labios, atormentndola con cruel
inquietud.

--T crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la
muerte de padre?

La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el nimo de Maltrana;
pero ste se apresur a tranquilizar a su compaera. No; ninguna
responsabilidad les corresponda a ellos. El _Mosco_ haba muerto por
temerario. Era el final lgico de una vida de aventuras, de aquel modo
audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. No le haba visto
llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas
heridas?...

Pareci tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se
vea sola. El seor Manolo se present varias veces en la casa para dar
cuenta a los dos jvenes de la exigua herencia del _Mosco_. Iba
vendiendo a las gentes de Tetun los famosos perros del daador, sus
enseres de caza, todo lo que contena la casucha de las Carolinas. Lleg
a reunir as unos sesenta duros, que entreg a Feli, guardndolos sta
sin decir nada a Isidro.

Bien necesitaban el dinero. Haba llegado el calor, y sus trajes de
invierno, aunque rados, les abrumaban con peso sofocante. Vistironse
los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.

Feli, en este segundo equipo, ya no se permiti capricho alguno. Para
qu adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo dbil y delicado.
Pasaba semanas enteras sin salir de su habitacin, sin asomarse a la
ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su
voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremecindose por contener
las nuseas, preparaba la comida.

Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro,
mostrando empeo en que se distinguiese de los compaeros por su
limpieza, abandonbalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos
grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.

Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo
silloncito que su amante ocupaba al escribir, permaneca inmvil horas
enteras, contemplando con fijeza hipntica su vientre desmesurado,
monstruoso, que suba y suba, tirando de las faldas, dejando al
descubierto sus hinchados pies.

Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel
globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos
estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo
extraordinario del fenmeno.

--Llevar dos?--preguntaba con voz trmula--. T que sabes tanto, no
reconoces que esto es demasiado?...

Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los
otros. Deba dejarle en paz. Tena asuntos ms graves en que pensar;
estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie haca
caso de la juventud; no la abran camino...

Y despus de estas lamentaciones dormase, mientras Feli, en la
obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaa,
motivo al mismo tiempo de alegra e inquietud.

En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el seor
Vicente entraba un instante en la habitacin de sus huspedes. Como la
joven tena que darle algunos recados, el devoto decidase a pasar la
puerta.

Durante sus ausencias presentbanse algunos amigos preguntando por l.
Eran estos un cura viejo, de hbitos rados y verdinegros, tan loco y
pobre como el seor Vicente, varios hermanos de cofrada, y aquel
tremendo zapatero cuya conversin le haba costado los mejores aos de
su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecan los mayores
elogios del santo.

Escuchaba ste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven.
Fulano haba dicho que no dejase de ir al da siguiente a la iglesia de
Santa Cruz, pues eran los funerales de un seor de las Conferencias
catlicas. El cura viejo haba dejado en su cuarto dos paquetes de
hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se
haba presentado dos veces, buscndole con gran prisa. Necesitara
dinero: la tal conversin le costaba muy cara.

El seor Vicente la oa sonriendo, y despus se fijaba en su persona.

--Y usted, cmo est? cmo marcha ese embarazo?...

Desde que la vea en tal estado hablbala con mayor confianza.
Desfigurada por la hinchazn, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin
suspiros de pena, ya no le infunda aquel miedo que toda hembra le haca
sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permita
acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratndola con una llaneza
maternal.

--Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la
cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la
rebelda de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.

Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en
presencia de una comadre del barrio. El seor Vicente no era un hombre:
la locura religiosa le exclua del sexo. Se lamentaba al hablar con l
de la inquietante hinchazn de su vientre. Le comunicaba su terror. Era
aquello natural?... Qu opinaba el buen hermano?

Y el pdico seor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin
escrpulo alguno, como si la maternidad fuese una funcin falta de
origen, en la que para nada intervena el amor.

Sospechaba, en sus piadosas fantasas, si este embarazo ocultara algo
sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.

Haca preguntas a Feli, que sta contestaba con extraeza. No le deca
nada el ser que llevaba en las entraas? No le haba hablado alguna vez
o demostrado su voluntad con extraos ruidos?...

--Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas.
Yo, aunque lego, he ledo algo. Ah dentro tengo una Vida de San Vicente
Ferrer, mi ilustre patrn, al que con motivo llama su panegirista el
San Pablo espaol. No se imagine que es un librillo de los de ahora,
sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor
es el reverendo padre Valdecebro, varn de gran fama por las obras que
escribi sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro
cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, senta
grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los
ruidos que haca la criatura. Algunas noches crey or ladridos en sus
entraas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de
Valencia, que era santo y prudente. No temas, mujer--dijo el prelado--;
si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el
gran mastn de la Iglesia, que reir con los lobos de la hereja. As
lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varn docto, incapaz de
mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. Quin sabe si querr
repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro
mastn para la defensa de su rebao!...

Feli compadeca la simpleza del devoto, ofendindose al mismo tiempo por
la misin animal que atribua al hijo de su entraas.

--Pues ste, seor Vicente--deca sealndose el abdomen--, ste, por
ahora, no imita a su santo patrn: an no ladra.

--Tenga usted fe en la bondad del Seor--continuaba el hermano--. Todo
llegar, y as que se presente el mal paso, le traer ciertas reliquias
milagrosas de un amigo mo, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.

Haba comenzado el verano. Isidro juraba de desesperacin viendo que
todas las personas que podan ayudarle se ausentaban de Madrid. No
encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningn
traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus
pginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la
aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal
artculo.

Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno,
despertaban y revivan al llegar el calor. Las cuadras y vaqueras
hedan con la fermentacin del estircol; las bocas de las alcantarillas
humeaban la podredumbre de sus entraas; hasta los caballos de los
coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando
el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.

La calle era ms ruidosa que en el resto del ao. Parecan nacer nios
de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las
aceras, entregndose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los
balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrpito del
carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los
dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que
desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle,
como dilatada por el calor, introducase por todos los huecos, haciendo
llegar sus hedores y ruidos a los extremos ms recnditos de las casas.

Las habitaciones que ocupaban los dos jvenes ardan de la maana a la
noche bajo la llama del sol. Descenda del techo un calor asfixiante,
como si sobre l ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa,
respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro,
abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujan durante la
noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas
ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos
movanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los
parsitos del verano. Las chinches caan del techo, las pulgas saltaban
sobre los baldosines. El seor Vicente no poda remover sus pilas de
volmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante
correteo.

Feli senta aumentar sus nuseas y su inapetencia con este asqueroso
renacimiento que la rodeaba.

Apenas coma. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria,
aumentaban su debilidad. Maltrana la vea ajarse, perder la viveza de
su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo
mejor de su vida.

Tambin el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volva a
casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quera
morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los
amigos, hacindose visible en las redacciones de las revistas, sin
conseguir una traduccin ni que le admitiesen un artculo. La vida
estaba paralizada: todos los que podan darle algo se hallaban ausentes.

Haba buscado al marqus de Jimnez, con la esperanza de inspirarle una
nueva obra; pero el grave personaje tambin estaba ausente; veraneaba en
una de sus fincas, y en ella se propona permanecer hasta el invierno.

En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo
msero de su situacin. Sus brazos eran dbiles, sus manos delicadas; ni
siquiera posea el vigor fsico de un mozo de cordel para ganarse la
subsistencia.

Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces haba ledo
sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. Ay! Ellos, al
menos, no perecan de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga
siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso.
Pero y l? Qu iba a ser de l, envenenado por una instruccin que de
nada le serva, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los
desgraciados de blusa?...

En estos momentos de desesperacin pensaba en _El bachiller_, de Julio
Valls, una de las obras que ms le haban impresionado, por ver en ella
la negra historia de su existencia. Acuda a su recuerdo la dedicatoria
del libro, desolada, de inmensa tristeza: A todos los que, nutridos de
griego y de latn, estn muertos de hambre.

El perteneca a esta legin de desgraciados, cuyas quejas no encontraban
eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita rada,
que hacan rer con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como
los obreros manuales.

Maltrana pens por primera vez si el gran error de su vida era haberse
dejado arrancar del campo de miseria donde naci; si aquella buena
seora, su protectora, habra sido, sin saberlo ni quererlo, la mala
hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soar con la
gloria y haber vestido las radas ropas del bohemio, cuando su salud
consista en seguir dentro de la blusa de sus mayores.

Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se
acababa el dinero y no tenan esperanzas de que llegase ms. Pero ella
le ayudara: estaba habituada al trabajo.

Y la pobre muchacha, anmica por la falta de nutricin, abrumada por el
peso de su vientre, tuvo un arranque de energa sobrehumana, de esos que
nicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible
volver a la fbrica de gorras: estaba muy lejos, y adems no la
admitiran despus del escndalo de su fuga. Pero conoca otros oficios
menudos e insignificantes, de los que estn al alcance de las muchachas
pobres y las ayudan a engaar el hambre. Hara flores para los corss,
se dedicara a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la duea de
un taller, por haber trabajado para l cuando escaseaba la faena en la
fbrica de gorras.

Isidro se opuso. Trabajar ella, mientras l permaneca en forzosa
inaccin! Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su
organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adis, idilio.
Maltrana crey que su dicha amorosa huira para siempre as que aquellas
manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El
engranaje de la miseria agarraba a sus vctimas para no soltarlas jams.
Si ella trabajaba, vivira siempre condenada al trabajo: jams tornaran
a su nido la alegra y la abundancia. Antes morir los dos de miseria,
que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradndose de nuevo con las
fatigas de la obrera. Ella era una seorita: la mujer de un escritor.

La muchacha acogi estas protestas encogiendo los hombros. El buen
sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al
regresar Maltrana a su casa, vio la habitacin llena de corss blancos y
modestos, corss de pobre, que Feli haba recogido en el taller. Pasaba
las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que
descansaban los armazones de lienzo. Haca las flores: los pespuntes
en forma de tringulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era
una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.

Isidro se enfad. Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus
protestas. Sealaba con los ojos aquel cajn de la cmoda donde meta el
dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el to
Manolo. No haban pagado los dos ltimos meses de inquilinato al seor
Vicente; deban en varias tiendas de la calle; l tendra que renunciar
a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de
juventud, a aquellos gastos que consideraba necesarios para hacerse
ver, para refrescar el nombre literario.

Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni
misericordia. Feli la adivinaba, abra sus ojazos llenos de misterio,
como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que
llevaba en sus entraas tambin pareca presentir la proximidad del
fantasma. Agitbase cada vez ms inquieto, y la madre lloraba pensando
en su suerte. La pobreza sera la nica hada que le abrazase al surgir
al mundo. Si la fortuna no haba de apiadarse, prefera que el ser
inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se
sintiera esclavizada por el cario.

Se entreg al trabajo con valenta femenil, mostrando esa resistencia de
que slo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, vea a
Feli ante un montn de corss, cosiendo animosamente. Inclinaba el
rostro, enjuto por la debilidad, y segua la marcha de la aguja con sus
ojos profundos y melanclicos, nica belleza que an se mantena intacta
en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tena
que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.

--Djame acabar esta docena--deca sin levantar la cabeza, tenaz en el
trabajo, deseosa de no perder un segundo.

Maltrana sentase avergonzado por este sacrificio. En la calle se
acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que l pasease
inactivo, mientras la pobre joven viva trabajando en este ambiente de
horno. Senta la necesidad de acompaarla: crea con su presencia
disimular un tanto lo ignominioso de su situacin. Al regresar a su casa
iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su
aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues haba vendido todos
los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del
seor Vicente e intentaba rer con las piadosas extravagancias de las
vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por
devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces senta
deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compaera. Iba a
hacer algo notable: tena la cabeza repleta de ideas. Sentbase a la
mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su
espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujan los corss al
amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor
pesado y asfixiante cubra su piel de perlas de sudor. Rompa papeles y
ms papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La
inspiracin hua, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad
de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse
nerviosamente, jurando que era un imbcil; hasta que Feli, molestada por
su clera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.

Isidro, avergonzado de su inaccin, se dedic a acompaarla cuando
devolva el gnero al taller, ya que no poda hacer otra cosa. La
primera vez haba dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y
llevando por delante sus pesadas entraas, cargase con el fardo para
llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos
amigos, y aunque la mayora de stos se hallasen fuera de Madrid, tema
que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrpulo egosta, un
deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se
mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli
empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste,
sinti hondo remordimiento.

--Deja eso, nena--murmur avergonzado--. Yo lo empaquetar, yo te lo
llevar hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que
vayas sola...

La pobre an se resisti a aceptar esta ayuda. El era un seorito, un
intelectual, una futura eminencia. Qu diran sus amigos, aquellos
camaradas de caf, si le vean en la calle cargado como un mandadero?...
Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le
inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba
ayudarla, servirla de algo.

Salan cada dos das, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos
paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana
segua la acera pegado a la pared, con cierta vergenza, ocultando la
cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transentes. La
joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzbase por seguir su
rpido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su
vientre con doloroso vaivn.

El regreso era ms lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa
nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras,
tibias an de los ardores del da. Humeaba la poblacin al exhalar en la
calma de la noche el fuego con que el sol la haba caldeado. La
circulacin era en las calles menos densa que en el resto del ao. Los
balcones estaban cerrados; apenas si se vea algn rectngulo de luz en
las obscuras fachadas. Agrupbase la gente en las mesillas exteriores de
los cafs y horchateras. Sentbanse ante los portales las tertulias en
corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo
rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boiga en fermentacin
surga del suelo de las grandes vas.

Cerca de la casa del seor Vicente, en las estrechas calles de los
barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de
la Cebada humeaba como un estercolero en putrefaccin. De sus stanos,
faltos de aire, surga la peste de las verduras fermentadas,
difundindose por toda esta parte de Madrid, que ola como una huerta
abandonada.

Los dos amantes, en su lento regreso, discutan el empleo del dinero que
acababan de cobrar. No bastaba para las ms rudimentarias necesidades.
Feli perciba cincuenta cntimos por cada docena de corss. Apenas s
trabajando da y noche poda juntar un par de pesetas. Mentalmente
ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no
bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que haban suprimido el
caf y el vino, y no coman mas que lo necesario por no perecer de
hambre.

Maltrana, oyendo estos lamentos de duea de casa, pensaba
nostlgicamente en el pasado. Qu dulce recuerdo el de los paseos por
los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los
merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasndose las naranjas de boca
a boca, contentos del sol que les meta en el alma la alegra de su luz,
gozosos de la noche que les protega con su sombra, dando a sus caricias
un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo haba
huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como pareca estar aquella
Feli de los buenos tiempos, alegre, risuea y rebosando la admiracin,
de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con
gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su
hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidndolo como un nio
grande, ms por conmiseracin maternal que por apasionamiento amoroso.

Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de
color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo
una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y
con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habran visto
todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del
Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mrmoles del Partenn y
las aultridas se pasaran el da soplando en sus dulces flautas. La
miseria era un endriago de invencible fealdad. No haba arte en el mundo
que pudiese embellecer su horripilante mascarn.

Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijronse los dos en los
gritos de los vendedores de peridicos. Pregonaban la horrible
catstrofe ocurrida aquella maana, con incalculable nmero de muertos
y heridos.

Isidro haba permanecido en casa todo el da, ocupado en escribir unas
cuartillas, a diez cntimos, para aquel semanario social que reclamaba
su colaboracin con la misma intermitencia con que publicaba sus
nmeros. Feli sintiose atrada por el suceso, con esa curiosidad que
despierta lo terrorfico en la imaginacin femenil.

Compraron el peridico, y Maltrana ley a la luz de un farol el sumario,
en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habase hundido
en las primeras horas de la maana aquel edificio en el que trabajaba el
seor Jos. Instantneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la
desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro haba
perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta
el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder
la fe en la perfeccin del orden social. Busc en el papel los nombres
de las vctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los
hospitales. Entre los escombros slo se haba recogido un cadver, el
del nico obrero muerto instantneamente, y ste era el seor Jos. Su
nombre y su domicilio estaban indicados con una precisin que no
permita dudas.

Maltrana experiment una dolorosa sorpresa. Record a su madre; pens
en el agradecimiento que senta la Isidra por las bondades de su
compaero. Pobre seor Jos! Tal vez esperaba la muerte como una
liberacin, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el
escandaloso edificio objeto de sus cleras. Morir era una solucin para
aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los
sanos principios y contra la mala suerte que converta en aprendices del
crimen a los hijos de los servidores de la ley.

Al da siguiente era el entierro. Todos los albailes de Madrid
proponanse aprovechar las horas del descanso de medioda para asistir a
l, dndole la significacin de una protesta contra las rapias de los
poderosos.

Isidro quiso tambin acompaar el cadver hasta el cementerio. Era todo
lo que poda hacer por su padrastro.

A la maana siguiente, sali por la Puerta de Toledo poco antes de
medioda. Al llegar al puente, torci a la izquierda, dirigindose al
depsito de cadveres, en la orilla del ro. Los ardores del sol
caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las
alcantarillas que desaguan en l. Un hedor de letrina en ebullicin
envenenaba la densa atmsfera de verano.

Los alrededores del depsito estaban ocupados por grupos de hombres con
blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de
salir de los lavaderos.

Todos comentaban la catstrofe con gritos de clera y maldiciones. Las
mujeres eran las ms audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando
los brazos con expresin amenazadora.

--Ladrones! ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse
ricos... Slo les importa el negocio, y los pobres que mueran como
perros.

Despus encarbanse con los hombres que iban llegando, albailes casi
todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los
insultaban con groseras palabras. Calzonazos! Se quedaran despus de
esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer
en otra catstrofe. Ah, si ellas llevasen pantalones! Si las dejasen
intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sera.

Y los albailes contestaban con un gesto de desaliento. Qu iban a
hacer? No tenan armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor
protesta en la calle.

-Armas! armas!...--exclamaban irnicamente algunos compaeros de ojos
exaltados--. Y para qu las queris? Eso no sirve de nada. Dinamita,
me caso con Dios! Bombas de dinamita!

Maltrana entr en el depsito abrindose paso en la masa de blusas, y
vio el cadver del seor Jos sobre una mesa de mrmol, dentro de un
modesto atad que haban costeado los del oficio.

Segn dijeron al joven, tena rota la espina dorsal, quebrado su
esqueleto por varias partes. La cara mostrbase intacta, contrada por
un gesto de inmenso dolor. Isidro slo pudo ver uno de sus ojos,
desmesuradamente abierto, que pareca fijar en l la vidriosa pupila.
Crey leer en este globo mate, de fnebre vaguedad, el ltimo
pensamiento de la vctima, la maldicin que pas como un relmpago por
su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, haba muerto abominando
de las veneraciones de toda su vida. Lease en la contraccin de su
rostro: haba quedado impreso en aquella mueca que pareca una protesta.
De poder reanimarse el cadver, de seguro que gritara algo subversivo
contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo
destruccin y venganza, para tenderse de nuevo en el fretro tras esta
pstuma confesin del engao de su vida.

Cerca del atad hablaban algunos de sus compaeros de trabajo. Ya no le
llamaran borrego. Amaba ms a los explotadores que a sus camaradas de
miseria. La desgracia, siempre ciega, haba visto claro esta vez al
castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes l defenda.
Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una vctima ms, por
la que haba que protestar.

Maltrana dej de ver al seor Jos. Los compaeros clavaron la caja,
cubrindola con la bandera roja de la asociacin.

El fretro comenz a romper el oleaje del gento, llevado en hombros por
un grupo de albailes. Cuando Isidro sali del depsito, siguiendo la
roja tela, vio la orilla del ro, el puente y la glorieta de Toledo
cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban,
dejando las cabezas al descubierto al paso del atad.

En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirmides de piedra
que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos
gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos
brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la polica cerrando
el paso.

El entierro avanz sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del
fretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese
con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.

--Ladrones! ladrones! A Madrid! A arrastrar a los asesinos!...

Otras sealaban el fretro con trgicos ademanes de plaidera. No
conocan al seor Jos, pero gritaban roncas de emocin:

--Ah va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa.
Pobrecillo! Y los que le han matado, guardndose los duros,
comindose las buenas tajs!...

La cabeza del cortejo choc con el obstculo de la polica. Un capitn
habl a los manifestantes. Podan seguir por el paseo de las Acacias,
dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran
las rdenes que haba recibido. Nada de entrar en la poblacin, de
atravesar el centro, buscando la calle de Alcal. El estaba all, en el
paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la
puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones,
todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro
presenciase el entierro, con su squito de jornaleros que pedan
venganza.

Sobre la masa de cabezas se alz, como contestacin, un largo palo, y en
su punta un guiapo negro que pareca una mortaja. Era la bandera de
clera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.

Las mujeres protestaban vociferando de las rdenes de la polica.

--Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de
paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar
otros entierros que los de los seores que mueren de hartazgo o malos
vicios. Son para los otomviles y los carruajes con tronco. Nosotros,
por la ronda... porque olemos mal... Mueran los ladrones! Que los
arrastren! A Madrid! a Madrid!

Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas
del fretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de
la fuerza pblica.

Retrocedan los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable
empelln, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban
la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo
mandase el jefe. Muchos de ellos parecan quejarse con los ojos de la
prdida de tiempo que suponan los dilogos del capitn con los
manifestantes. Qu hacan que no pegaban? Ellos haban venido para eso.

Isidro no supo cmo se inici el choque. Vio de pronto arremolinarse la
gente delante del fretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los
de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gento brillaron al sol, como
cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.

Se abri la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un
instante se form ese vaco trgico que se extiende entre los que huyen
y los que pegan, vindose en el suelo gorras abandonadas y el negro
bulto de un hombre cado intentando incorporarse sobre las manos, con la
frente roja.

Las mujeres eran las que menos corran. Algunas detenanse con los
brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada
imaginacin.

--Cobardes! Cabritos!...

Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,
les echaban en cara su envilecimiento. Ellos all, pegando a los pobres
trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y
tras este desahogo, corran otra vez al ver que se acercaban con el
sable levantado.

Ms an que los sablazos, irritaron a la manifestacin los palos de
ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que
se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, haban
enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre
bramaba contra los canallas de la secreta.

Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos haca frente a
los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes
que surgen en toda revuelta, los hroes de la calle, que son cantados
por la ms alta poesa cuando triunfa una revolucin, o van a la crcel
con los rateros cuando intervienen en un motn.

--Fusiles!--rugan mirndose unos a otros, como si pudieran
proporcionrselos--. Ay, si tuviramos fusiles!...

Y haba en su gesto una expresin heroica, la resolucin de morir
matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta
de armas, recogan del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de
lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la
polica. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas,
permaneca indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo
resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.

Son algo semejante a un chasquido de tralla. El capitn acababa de
hacer fuego con su revlver.

--Fuego, me caso con la hostia! Fuego!

Los polizontes disparaban sus revlveres avanzando con paso de hroes,
eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huan por todos lados.

Maltrana pens en el seor Jos. Su entierro era digno de las creencias
de su vida. Nada faltaba en l: palo a la canalla, fuego a discrecin,
con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podan escoger
sus vctimas impunemente.

El joven no quiso huir: se qued junto al fretro, presintiendo que all
sera mayor su seguridad. Adems, era el nico pariente del muerto que
iba en el cortejo, y no deba abandonarle.

Los portadores del atad, al recibir los primeros golpes, lo dejaron
caer al suelo, huyendo veloces. El pao rojo desapareci en la fuga.
Otros obreros intentaron apoderarse del fretro y levantarlo, pero
fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de
rebelin, en torno de la cual poda organizarse otra vez la revuelta. En
los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el atad prximo a rodar,
soltando sobre el polvo del camino el cadver que encerraba.

Isidro se sent sobre la fnebre caja, temiendo una nueva profanacin, y
se repleg aturdido y temeroso por el estrpito de los tiros. Un hombre
de blusa vino tambin a sentarse en el fretro, como si ste fuese un
lugar de asilo.

Oy Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,
balancearse y caer al suelo. Despus brill sobre su cabeza el relmpago
de un sable, y el joven se encogi an ms para evitar el golpe. Pero
nadie le toc. Pasaron algunos segundos que le parecieron de
interminable duracin, sin que su cuerpo sufriese ningn choque. Crey
or una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en
mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo
vean envuelto en densa niebla.

--Djale: no ves que es un seorito?...

Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios
de aquel traje que era para l un uniforme de miseria.

Sufra privaciones; el hambre rondaba en torno de l sealndolo como
uno de sus siervos; pero perteneca, por su aspecto y sus costumbres, a
la raza de los felices. Era un seorito. Estaba por encima de aquellas
gentes que conquistaban el pan con ms frecuencia que l, pero sentan
la caricia del palo apenas intentaban pedir, como aadidura al mendrugo,
un poco de justicia y de piedad para su vida.




IX


El hermano Vicente tena un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con
mansedumbre.

Era aquel zapatero convertido, que traa a la nueva fe todas las
violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector
le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No
haba ms verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, lea! Un
poquito de Inquisicin no estaba de ms en estos tiempos de hereja y
desprecio a Dios. Era el ardor del nefito que asusta al maestro, la
audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el
recuerdo de su historia.

Adems, se crea con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de
su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que viva con el
seor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que
consideraba como suyo.

No hablaba con l que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel
matrimonio, enterndose minuciosamente de la puntualidad con que
cumplan sus compromisos.

--An no le habrn pagado el ltimo mes!...--deca al avistarse con el
santo--. Ni el anterior tampoco!... Y usted tan tranquilo! Qu
hombre, Seor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontera.
La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas
doctrinas. Es una vergenza que usted pague por esas gentes, mientras me
abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen
catlico.

El hermano excusbase tmidamente, rebaando sus bolsillos para acallar
con alguna ddiva las protestas del temible discpulo.

--No son mala gente--afirmaba refirindose a sus huspedes--. Los
pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una
excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...

--Pero no van a misa, don Vicente; fjese usted y ver como nunca entran
en la iglesia. El es un impo que ha escrito en los peores papeles.
Entre usted un da en su habitacin, busque bien, y ver como encuentra
a montones los escritos contra el Seor y los santos... Adems, me da el
corazn que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.

El crdulo hermano protestaba. Su discpulo incurra en el pecado de
murmuracin; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.
Por qu no haban de ser casados? El seor de Maltrana y ella se lo
haban asegurado y deba creerles... Cada uno en su casa, evitando
chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigara Dios.

--Eso es--muga el discpulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el
dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el
gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermn, trabajando para que la
mujer y los chiquillos coman apenas.

--Todo se arreglar--deca bondadosamente el hermano--. La misericordia
del Seor es grande y a todos alcanza.

Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acoga con duro gesto
cuando se presentaba en la casa buscando al seor Vicente. Se burlaba de
su religiosidad feroz; presenta el despotismo que ejerca sobre el
catequista, el abuso que haca de su cualidad de alma redimida por el
sencillo hermano.

Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que
aparecen stos con un salvaje prosternado a sus pies, cual smbolo de
las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus
conversaciones con Feli, designaba siempre al remendn con el apodo de
_Indio converso_.

Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defenda sus
nuevas creencias, slo comparable a la bestialidad con que haba
sustentado las anteriores. Adems, le era antiptico por el provecho que
sacaba de su conversin, explotando al seor Vicente y amenazndole
cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su
gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lstima a Isidro.

Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al
_Indio converso_, exagerando inocentemente las horripilantes hazaas de
sus poca de impiedad; pero despus de esta exhibicin, al quedar solos
los dos, el catecmeno insaciable prorrumpa en lamentaciones sobre su
miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del
santo slo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.

--Aqu ha estado a buscarle ese bruto--deca Isidro al ver entrar al
seor Vicente--. El _Indio converso_... su discpulo el remendn.
Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta
conquista. Tendrn que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San
Martn o la burra de Balaam.

--Seor de Maltrana--exclamaba el santo--, ms caridad... ms amor al
prjimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y
ama a Dios.

Y el santo pareca sufrir al verse entre estas dos antipatas.

No se engaaba el _Indio converso_ al sospechar que su protector
conceda algn apoyo a sus huspedes. El santo vea el incesante
trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de
los jvenes; oa desde su cama los dilogos de la pareja discutiendo los
apuros del da siguiente.

Cuando Isidro se ausentaba, aproximbase l a Feli con cierta cortedad,
dejando sobre el montn de corss lo que encontraba en sus bolsillos.
Unas veces era un puado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con
su pauelo antes de entregarla.

--Que no sepa nada el seor de Maltrana--deca con voz misteriosa--. Que
el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos
cristianos. Ese dinero me lo dieron esta maana las buenas seoras que
me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo
visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrn das mejores;
Dios aprieta, pero no ahoga.

Y rea de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el
seor de Maltrana pudiese sospecharla.

El joven tambin deba sus favores al santo.

--Seor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios
andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegar la buena
poca, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagar todos los
atrasos de una vez.

--Vaya usted tranquilo, seor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos
abandone, y todos viviremos.

Isidro encontraba cada vez ms dura y difcil su existencia. Las dos
pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el da y gran
parte de la noche, y los escasos reales que poda juntar a la semana
llenando cuartillas a diez cntimos con destino a la revista social, no
bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el mtodo en
la nutricin, que embellecan los primeros tiempos de su vida comn,
haban desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para
el trabajo, y apenas si de tarde en tarde poda entrar en la cocina.

Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogn, y a falta
de ocupaciones ms importantes, aprenda torpemente de Feli el secreto
de los guisos. Dnde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de
miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la
amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces
salan crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpeca
de tal modo la actividad de los dos, que pasaban das enteros sin
encender fuego, alimentndose con algn fiambre trado de la taberna.

Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzbase a la calle.
Su descenso del cuarto piso comparbalo a la bajada del lobo desde las
cumbres a la llanura, empujado por el hambre.

La vctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el seor
Manolo el _Federal_. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y
al presentarse el capataz exponale las tristezas de su vida.

El buen _Federal_ escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como
si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien.
Despus meta la mano en un bolsillo del pantaln, agitando la moneda de
la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.

Todo aquello era culpa del viejo rgimen.

-Ah tienes--deca con expresin solemne--lo que es el unitarismo y la
centralizacin. T tienes talento y te mueres de hambre; y como t,
muchos. El centralismo slo aprovecha a los pillos. El da en que cada
Estado y cada quisque particular goce su autonoma, todos tendrn lo que
merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzis de
cmo os paga el unitarismo...

Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados
razonamientos, que Maltrana oa resignado.

En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia
al seor Manolo, se acordaba de su to el _Ingeniero_, buscndolo en el
caf de San Milln. Le vea rodeado de ciertos amigos tan viejos como
l, alegres camaradas que formaban el catlogo de cuantas muchachas
bonitas existen en los barrios bajos.

El _Ingeniero_ no acogi mal la primera peticin de su sobrino.

--Ya s yo lo que es eso--dijo guiando un ojo y dando palmaditas en la
espalda de Maltrana--. Las mujeres!... No hay nada como ellas para que
un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no estn
contentas hasta que le sacan al hombre las mismsimas entraas...
Cunto necesitas? Tres pesetas? Pero muchacho, si con eso no tienes
ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos
ayudarnos; hoy por ti, maana por m.

Y le entreg un par de redondeles de plata con un ademn de compaero de
armas.

-Oye: lo de tu matrimonio ser filfa--continu--. Yo lo cal apenas me
hablasteis. Valiente tuno ests, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una
gach con dos ojos como dos quinqus. Si no fueses de la familia te la
quitaba. T eres ms joven, pero yo tengo un gran aquel para las
mujeres. Que lo digan stos.

Y sealaba a los camaradas que ocupaban la mesa.

Maltrana se march entre agradecido y molesto por las necedades de su
to, y no volvi a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas
necesidades.

--Hola!... Sintate--dijo al verle el _Ingeniero_, con cierta
displicencia.

Sigui hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:

--La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gach
por la calle de Toledo. Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo
bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripn, movindose
como una barca, y la cara hinch como si acabases de largarle dos
tortas. Hasta me pareci que tiene los ojos ms pequeos.

Maltrana sufri en silencio estas palabras de su to, que an le
parecieron ms molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin
embargo, fingi una sonrisa pensando en el dinero que poda darle.

--Creo--continu el _Ingeniero_--que ha llegado para ti la hora de...
vmonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega
a ms de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. Digo mal,
caballeros?

Todos aprobaron la sabidura del chamarilero.

Cuando Isidro crey llegado el momento de formular su peticin, el to
no la acogi del mismo modo que la otra vez. Haba perdido para l su
prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo,
sin viveza para salir del paso; se caa manteniendo a aquella golfa
por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.

--Toma tres pesetas: no puedo darte ms; y te advierto que son las
ltimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos estn malos. An no he
vendido el rgano.

Maltrana comprendi que no deba esperar ms del _Ingeniero_, y dej de
ir al Caf de San Milln.

La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba
fatigada; haba perdido la fortaleza de sus primeros das de labor.
Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinbase
ante la obra, emballenando los corss, bordando a mano las flores;
pero apenas tena acabada una docena, colorebase su rostro con una ola
de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrs el cuerpo, cerraba
los ojos como si fuese a desvanecerse. No poda trabajar ms.

Mientras tanto, crecan los apuros de la casa, hacindose ms difcil la
existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecan: quedaba
ya muy poco de la primitiva instalacin. Isidro, ms versado, por su
antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado
de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendalo todo. Ya no
brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que
enorgulleca a Feli y haba presenciado las mayores alegras de la
pareja. Dorman en el suelo, en un colchn, y pretendan demostrarse que
as estaban mejor, siendo tan calurosa aquella poca del ao. El
tintero, regalo de Feli, tambin haba desaparecido. Su venta les
proporcion una cena, despus de un largo da de ayuno. Comieron, pero
la joven crey que estaban menos unidos despus de la prdida de este
objeto, comprado el primer da de vida comn. Lo miraba como un fetiche
de su felicidad.

Tambin haban vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala
adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento ms
culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limn, con su
alta fila de botones, nada podan sacar de ellas; estaban tan
destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.

Maltrana, que en otros tiempos haba hecho frente a la miseria, con la
alegre inconsciencia del pjaro errante, se desesperaba y senta pasar
por su cerebro los ms lgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y
silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina
estaba fra y no se encontraba en los rincones el ms pequeo mendrugo.

La miseria, la mala bestia negra! Cmo araaba la carne! Qu
inspiraciones repugnantes soplaba en el odo!... Algunas veces, los ojos
de Maltrana vagaban con sombra interrogacin por las habitaciones del
hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de
algo; mientras las suyas mostraban un espantable vaco.

Senta la criminal tentacin de coger algunos libros del santo y
venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro,
para que sus primos lo comprasen. Tena que hacer un gran esfuerzo para
repeler estos pensamientos. El crucifijo slo vala unos cuantos reales;
los libros que el santo guardaba con tanta estima no servan, en su
mayor parte, mas que de papel de envolver.

La escasez, con sus angustias, le agriaba el carcter. El seor Vicente,
tal vez por esto, pareca rehuir su trato. Entraba y sala sin verle,
sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para
dejar dinero encima de los corss.

En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el _Indio converso_
y aquel cura viejo, vagabundo como el seor Vicente. Queran esperar a
ste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el
cuarto de los jvenes. El _Indio converso_ indicaba con fieras miradas
los retratos clavados en la pared.

Era lo nico que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no haba
intentado venderlos, pues conoca su insignificante valor. Adems, en
medio de su miseria, eran la nica demostracin de que all viva un
intelectual.

El cura, siguiendo las ojeadas del _Indio converso_, examinaba con
aparente distraccin los retratos y lea y relea los nombres impresos
al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosa con una
expresin irnica. Ejem! ejem!... Y el devoto remendn mova la cabeza
como si contestase: Eh! Qu tal? No lo deca yo?...

Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpi en exclamaciones de clera.
De estar l, all les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a
no curiosear en casa ajena.

Algunos das despus not Isidro que el seor Vicente retardaba sus
salidas matinales, o volva a casa muy temprano, como buscando una
ocasin para hablar con l. Le miraba por la puerta entreabierta, al
pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar
adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.

Una maana, al salir Isidro, vio que el seor Vicente abandonaba al
mismo tiempo su habitacin, como si le esperase. Los dos se juntaron en
el rellano.

--Seor de Maltrana, tenemos que hablar.

Le dola mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad.
Deba buscar una nueva casa; l abandonara aqulla apenas acabase el
mes.

--No puedo, seor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que
intente echarle en cara el no haberme ayudado. Ave Mara! Usted no pag
su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meter los libros en
cualquier sitio: me los guardar ese seor sacerdote que usted ha visto
algunas veces. Vivir con el pobrecito zapatero; l y su familia desean
tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.

Maltrana qued anonadado por el nuevo infortunio que caa sobre l.
Adnde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su
carcter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.

--Seor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por
s solo tal resolucin. Esto es cosa del _Indio converso_, que quiere
monopolizarle, y tal vez de ese capelln amigo de usted...

El santo protest, defendiendo a sus camaradas. No haba que maliciar
de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era
un pobre y no poda soportar el alquiler de la casa. Lo senta por Feli
y por Maltrana, que le eran simpticos y no haban alterado su vida con
disgusto alguno. Pero todos viviran aunque se separasen: la
misericordia del Seor era inmensa.

Y arrastrado por su afn de catequista, aadi:

--Lo que usted debe hacer, seor de Maltrana, es ponerse bien con Dios;
dar a ese ngel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse
a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.

Isidro adivin lo que el hermano quera decir. Se haba enterado de que
l y Feli no eran casados. El _Indio converso_ era capaz de haber
corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de
que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la
carne.

El gesto del seor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto
tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureci ante estos
escrpulos.

--Que seamos casados o no lo seamos, qu les importa a ustedes?--dijo
con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos
compaeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. Qu
delito hay en esto?

El hermano levant los hombros con inmensa extraosa, como escandalizado
de que se pusiera en duda este pecado.

--Adems--continu con dulzura--, usted me ha engaado, seor de
Maltrana; usted se ha burlado de m... No: si no me enfado por ello!
si no le hago cargo alguno!... Yo le admit con gusto bajo mi techo,
pero le indiqu que no podra vivir con Voltaire, Garibaldi y otros
hijos del Malo.

--Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su clera--, por
dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables
seores.

--Pero trajo usted--repuso el santo con irritacin, al mismo tiempo
que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ah
dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les
encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no haba nadie ms
perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto
de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora s
que esos que adornan su habitacin son demonios mayores, de ms cuidado
que los otros, pues algunos de ellos todava viven, por altos designios
de Dios, que quiere ponernos a prueba..

--Y qu quiere usted?--grit Maltrana con tono agresivo--. Que los
quite, para darles gusto a ese remendn que le explota a usted y al cura
loco que le aconseja?

--No; gurdelos, si ese es su deseo--dijo el santo con mansedumbre--.
Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del da;
yo soy un pobre pajarillo de Dios... Ave Mara Pursima! Mi Cristo y
mis libros bajo el mismo techo que los demonios ms grandes que se
conocen!...

Maltrana crey intil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a
separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el
grave dao que le infera con esta inesperada resolucin.

--Est bien; casas no me faltarn. Y si lo de la mudanza no es mas que
un pretexto para que me vaya, qudese usted aqu tranquilamente con su
Cristo y todo el almacn de necedades que contiene su biblioteca.
Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.

El santo protest, algo conmovido:

--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperar, y en
cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, seor de Maltrana; le
quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi
presencia. Yo agradezco esta consideracin.

Maltrana repeli tales elogios. Se ira cuanto antes: no deseaba ms
favores. Ojal pudiese en el mismo da abandonar aquella guarida de
buhos!...

Y volvi la espalda al seor Vicente con despectiva arrogancia,
afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y
sus amigos.

Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumb de golpe. A la
clera sucedi el desaliento. Qu iba a hacer? adnde ir?... Sentase
ms infeliz, ms dbil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando
las noches en una redaccin. Ya no tena como recurso aquel camastro de
la calle de los Artistas. Adems, careca del valor que da el ser solo
para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma,
debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como l al aire libre,
confiada al azar de la bohemia, y que, adems, llevaba en su seno una
nueva amenaza del porvenir.

Vag largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su
infortunio.

Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del
Ministerio. Pens un instante en el seor Manolo, e intent buscarle en
su oficina. Podan vivir en su casa; seguramente que el _Federal_ los
recogera al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero
Maltrana retrocedi ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella
autonoma de la que hablaba a todas horas el seor Manolo. Adems, ste
tena mujer, tena hijos, que veran con malos ojos la intrusin de una
pareja de hambrientos.

En su optimismo, crea que la suerte iba a cambiar, cansada de
perseguirle. Aproximbase el invierno: volveran a Madrid las gentes que
podan protegerle; no era difcil conseguir que lo encargasen una serie
de artculos, una larga traduccin, un libro para firmarlo otro. Lo
importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio,
enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento
oportuno. Pero adnde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera
asegurada la comida del da presente?...

Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de
_Zaratustra_ parado junto a la acera, y entre sus varales al filsofo
traperil de espaldas a l, separando la basura que acababa de entregarle
el criado.

Maltrana pens en su abuela y en su tesoro. La seora Eusebia era rica:
todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encoleriz al pensar en la
misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufra
hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.

Sintiose de pronto animado por una firme resolucin. Ira a visitar a la
_Mariposa_, aprovechando la ausencia de _Zaratustra_. Considerbase capaz
de las mayores violencias con aquella vieja srdida, que le admiraba y
haca de l grandes elogios, sin que jams se le hubiera ocurrido
ayudarle con el ms pequeo regalo.

Maltrana haca mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos.
Viviendo el _Mosco_ tema aproximarse a las Carolinas, y despus de
muerto el daador causbanle repugnancia estos lugares, que despertaban
sus remordimientos. Pero la necesidad borr sus escrpulos, y emprendi
la marcha hacia aquel suburbio de Tetun.

Cuando lleg al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaa de
_Zaratustra_, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a
los perros del trapero.

La abuela, al or sus voces, sali de la cocina, fijando con extraeza
sus ojos pitaosos en el desconocido.

--Abuela, soy yo... Isidro.

La _Mariposa_, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo
mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por
el calor, se sent en la plazoleta, buscando la sombra de una de las
cabaas. La abuela mostr gran asombro por su visita.

--Quin poda esperarte!... Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que
hiciste la calaverada con la chica del _Mosco_...

Call, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en
conmocin el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.

--Un porcin de meses sin verte!--continu la anciana--. Y qu te trae
por aqu?... Porque t a algo vienes.

Y la _Mariposa_ guiaba sus ojos, contraa el negro agujero de su boca
rodeado de arrugas, adivinando que slo un suceso de gran importancia
poda haber trado hasta all a su nieto.

Maltrana desech todo prembulo. Pasaba el tiempo; _Zaratustra_ no
tardara en volver, y l deseaba hablar a solas con la anciana.

--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un
tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.

La vieja se persign. Alabado sea el Seor! Pero se haba vuelto loco?
Qu le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro
escuch al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la
pobre compaera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en
medio de la calle.

La _Mariposa_ repeta con tono estupefacto:

--Y yo que te crea con posibles, Isidrn!... Y yo que me figuraba que
ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...

Pero su asombro no fue de larga duracin. Pareci reflexionar,
replegarse, achicndose dentro de las ropas, como un caracol medroso que
se refugia en su cscara.

--Ay, Seor!--gema--. Qu cosas pasan en el mundo! Qu miserias!
Una, metida aqu, no sabe nada... Y qu vamos a hacer, Isidrn! qu
vamos a hacer!...

Luego, adivinando lo que el nieto pareca decirle con la mirada,
continu entre gimoteos:

--Los tesoros de la reina de Espaa quisiera tener yo, para drtelos.
Pero soy pobre, ms pobre que las ratas. El to Polo se ha metido en la
mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las
saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo,
sera caso de morirse.

Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la
riqueza de la ta _Mariposa_, crea percibir en sus palabras una
hipcrita falsedad.

--Abuela! abuela!--exclam con tono suplicante.

Y para vencer su dura avaricia, la describi su situacin. Nada le peda
para l. De verse solo, como en otros tiempos, no vendra a molestarla.
Lo mismo que haba vivido, haciendo frente a la desgracia, seguira
viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mrtir, que
viva tranquila con su padre el daador, y a la que l haba arrastrado
fuera del hogar para que participase de su suerte. No poda abandonarla.
Moribundo de hambre, se quitara el pan de la boca para drselo: su
sangre le pareca poco para apagar su sed.

--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por m. Carezco de trabajo,
y ella pena noche y da por que tengamos un poco de pan. Si usted me
quiere, quirala mucho a ella tambin. Es mi mujer y mi madre todo a un
tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me matar, abuela,
me matar!

Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar
lo que deba a su compaera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz
con el estertor del llanto.

La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba tambin, restregndose los
ojos con la punta del delantal.

--Tienes razn--gema--. Hay que hacer algo por ella. As deben ser los
hombres. Bien se ve que la quieres.

Pregunt a su nieto cunto necesitaba para salir de su situacin. Si
fuese poco, tal vez ella podra servirle... tal vez encontrase quien le
prestara hasta cinco duros.

--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo.
No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre maana. Lo que
le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero,
hasta que yo pueda marchar solo.

Secronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente
se extinguiese su emocin. No poda salvar a su nieto; ella era una
pobre. Y cruz los brazos, mostrndose resuelta a escuchar sin
conmoverse cuanto le dijera Isidro.

Este adivin los pensamientos de la abuela. Alma endurecida por la
codicia! Y su tesoro? Iba a abandonarle fingindose pobre, cuando
todos los de la busca hablaban de su riqueza?...

La _Mariposa_ ri con una expresin de bruja burlona.

--Mi tesoro! Ya sali mi tesoro! Tambin t vienes por l?... Te han
engaado, Isidrn; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras
de la gente... Soy una pobre.

Pero el orgullo de su avaricia no le permita disimular. Se le escapaba
una sonrisa de satisfaccin, denunciando la certeza del tesoro y su
propsito de defenderlo contra todos.

--Abuela!--grit Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por m, ya
que no nos quiere. Pero hgalo por el que va a venir.

Intent enternecer a la _Mariposa_ hablndola de su futuro hijo, de
aquel pequen, que sera como una extraordinaria prolongacin de la
existencia de la anciana. Tendra un biznieto! Pocas mujeres lograban
ver su descendencia hasta tal lmite. Y sera capaz de dejar en el
abandono a la tierna criatura?...

El instinto de la familia despert en la avara. Volvi a gemir, a
llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las
splicas de su nieto.

--Desgraciado!--murmuraba--. Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa
la tuvo tu madre, por su empeo en huir del barrio... Cunto mejor
hubiese sido para todos seguir en el oficio!

Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. Qu tena que ver su pobre
madre en lo de ahora?... Quera ayudarle, s o no?...

La vieja sigui gimoteando, sin contestar, y el joven psose de pie con
ademn resuelto.

--Adis, abuela. Qudese usted con lo suyo. Ya s lo que debo hacer.

Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanz a l.

--Isidrn... hijo mo... qudate! Tendrs lo que quieres: todo lo de tu
abuela ser para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de
hambre.

La emocin haba ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la
infunda miedo. Adems, en su pensamiento senil estaba fija la imagen
del biznieto, de aquella criatura que an haba de venir y la llenaba de
orgullo.

--Te lo dar todo, todo!--dijo misteriosamente al odo de Maltrana.

Despus mir a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la
presencia de algn curioso.

--Vigila bien--aadi--. Apenas veas el carro del to Polo, avisa.
Mucho ojo!

Y llevndose un dedo a la nariz para indicarle discrecin y vigilancia,
se introdujo en el estrecho tnel que conduca a la cuadra.

Transcurri mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estara
realizando la abuela con sus manos trmulas para extraer del escondrijo
aquel tesoro famoso que _Zaratustra_ husmeaba, sin llegar nunca a dar
con l. Por fin sali, sucia de telaraas, con el pauelo de la cabeza
cubierto de briznas de paja.

Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo
sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frgiles,
son en su interior un retintn metlico.

La _Mariposa_ suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio,
y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser
sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.

Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo,
que aun parecan ms esplendorosos en este ambiente de miseria, hiri
los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. Vive Dios! La
realidad tena sorpresas de cuento fantstico. El joven pens por un
instante en las novelas de portentosas aventuras ledas en su juventud.

La vieja se gozaba en el asombro del nieto.

--Qu hermosura! eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te
creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he
tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.

Maltrana haba cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la
_Mariposa_ con unos ojos en los que se lea el asombro y la compasin al
mismo tiempo.

--No hay ms, abuela?--pregunt dulcemente--. Slo tiene usted esto?

La _Mariposa_ le mir escandalizada.

--Qu! an te parece poco? Pero muchacho, si hay ah para comprar
todas las Carolinas! Fjate, Isidrn: es un tesoro!

Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento,
haba visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que
brillaban en la cumbre del montn de baratijas.

Eran adornos de teatro, ridculamente fastuosos, de metal dorado, con
piedras de diversos colores, cuya grandeza haca temblar de emocin a la
pobre _Mariposa_.

--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena seora que me quera
tanto: de la cmica que muri. Las encontr en una carretada de cartas
rotas, trajes viejos y retales que me llev de su casa... Pens un
momento en devolverlas, pero me qued con ellas, y no me arrepiento. Los
herederos eran gente indigna.

El joven apart a un lado estos adornos ridculos, para revolver con
vidas manos el resto del montn.

--Fjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de
una dama de palacio.

Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira tambin: eran granos de
marfil, con un dbil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de
_doubl_; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus
vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja
crea de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrera
empaada. Aquellas riquezas que hacan estremecer de codicia a la
trapera no eran mas que basura de insignificante valor.

Isidro nicamente apart lo que la _Mariposa_ consideraba de menos
vala: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y
tamaos, cadas, sin duda, durante el fregado en el estircol de la
cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro
sortijas lisas, pero de algn peso. Era lo nico del tesoro de la abuela
que tena cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta
treinta duros.

La _Mariposa_ segua con atencin el apartado que realizaba su nieto,
sonriendo al ver que se satisfaca con lo ms humilde del tesoro,
abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban
de orgullo.

--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el
momento. Lo dems te lo guardar la abuela para otro caso de apuro, y
cuando yo falte ser para ti.

Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las
deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja
le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no
quera abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A
impulsos del agradecimiento, desat una de las puntas del trapo, sacando
del nudo unas cuantas monedas de plata.

--Toma, Isidrn--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo aadas a
esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ah siete
duros entre pesetas dobles y sencillas.

Maltrana se meti la cantidad en el bolsillo. Despus fue distribuyendo
por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.

La inmensa decepcin que le haba hecho sufrir la cndida avaricia de su
abuela trocbase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que
envolva el resto de sus baratijas.

--Ya has visto el tesoro--sigui diciendo la vieja con voz misteriosa--.
T eres el nico que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto slo se rene
teniendo buena parroquia, trabajando aos y aos con los ojos bien
abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor,
venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos
diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Algrate,
Isidrn; no te engaaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero t
solo debes saberlo, pues ser para ti.

Despus mir con inquietud a lo lejos, ponindose una mano sobre los
ojos.

--T que tienes mejor vista, Isidrn: no es aquel carro el del to
Polo?... S que es; ya est ah ese judo, ese camastrn, que no piensa
mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrn: que no nos pille aqu;
que no huela el gato.

Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen
aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareci en
el tnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se haba
despedido de Isidro apresuradamente. Que le trajese el biznieto apenas
naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejndole sus
riquezas.

Isidro descendi del cerro por los sembrados para no encontrarse con
_Zaratustra_, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas
pesetas ms del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.




X


Bien entrado el otoo, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras.
Despus de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto
interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por l; pero
transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y
abandonaron la habitacin, salvando casi milagrosamente sus escasos
muebles.

Ms an que los tormentos del hambre, tema Maltrana las inquietudes y
desasosiegos que traa consigo el alquiler. Feli slo se preocupaba de
asegurar el techo. Realizaba economas asombrosas por ir juntando poco a
poco el dinero para la casa. Ya tena tres pesetas, ya tena un duro, ya
se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surga una necesidad
imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba
a fiar ms sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el
emballenaje de los corss, la necesidad de echar unas suelas a las botas
nicas de Maltrana, mientras ste permaneca prisionero en el cuarto; y
de este modo la mala fortuna llevbase de una manotada todos los
ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.

Maltrana adopt una resolucin. Los pobres como ellos, de vida
incierta, slo podan vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan
diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel casern de
obreros donde l haba nacido.

Vivi en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peuelas y
el de las Injurias, repugnndole sus hacinamientos, la suciedad srdida
de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreadas, que se
insultaban de galera a galera... Su pobre Feli no era una princesa,
pero ay! senta l honda repugnancia al verla, tan delicada y tan
dulce, viviendo en este infierno.

En las Cambroneras encontr un cuarto independiente, y decidi
trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron ms
apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.

El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer
llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto
y moreno, al que el exceso de estatura haca caminar arqueando la
espalda. Era de la polica. El que administraba las casas de las
Cambroneras tenalo all como cobrador y guardin del orden, por su
carcter de agente de la autoridad. Dbale por esto un inters sobre la
cobranza y vivienda gratuita para l, su prolfica mujer y la banda de
chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en
el campo, antes de ser soldado, guardaba gran aficin al cultivo de la
tierra, y cuando sus deberes de agente de la secreta no le hacan ir a
Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en
huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el
riego de una noria abandonada.

Inspirbanle gran respeto los dos jvenes, hasta el punto de hacerle
afirmar que don Isidro y doa Feli eran las nicas personas decentes
que habitaban en las Cambroneras.

--Adelante, Pepe--deca Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un
golpe en la puerta.

Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lpiz y un rstico
talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, despus de garrapatear
algunos signos, y reciba las monedas de cobre.

Isidro mostrbase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana
contemplaba el ro, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas
pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses
y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra
ventana vea el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra
atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiapos las gitanas,
flotando sobre la corriente trapos y pedazos de peridicos. Enfrente
abrase un gran portaln dando entrada a una callejuela de guijarros
flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras
tenan en el primer piso una galera de madera, con escalerillas de
tablones carcomidos, que crujan a la ms leve presin como si fuesen a
romperse.

Maltrana no tard en conocer la heterognea poblacin de las
Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro
de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador
relatbale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que l
llamaba su ganado.

Existan dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras,
cuyos lmites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que
eran los menos, y al otro los gitanos, que constituan la mayor parte de
la poblacin. Los payos se subdividan en pordioseros, que iban todas
las maanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y
quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla
vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos
en las afueras o tomaban parte en algn robo, si se ofreca ocasin.

Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces,
gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratbanse con cierta
fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo
mantenase fiel a su origen, creyndose superior a los otros. Los
andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los
castellanos su falta de sangre _ca_, adulterada por innumerables
cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de
Andaluca por sus trapaceras y enredos, que haban dado a la raza su
fama deshonrosa.

Reconocalos Isidro a simple vista a los pocos das de vivir en las
Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero,
chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las
orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban
bigote recortado y chaquetn de pao pardo; nicamente su color, de un
bronceado oriental, los distingua de los paletos manchegos, cuyo traje
imitaban.

Las mujeres salan en las primeras horas de la maana, para no volver
hasta la cada de la tarde, o permanecan dentro de sus casas, recluidas
voluntariamente, con una pasividad de hembras asiticas. Tambin se
reconoca en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran
parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando,
esparciendo con su chchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestan
falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantn
terciado, el moo aceitoso cado sobre la nuca, la frente con
cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas
azules. Salan de las Cambroneras poco despus de surgir el sol, camino
de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas
a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban
en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y
con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las
madres.

--_Gach_--deca el marido--, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que
estoy jarto de tanta jambre.

Los pequeos se agitaban en torno de ellas, acompandolas cuesta arriba
hasta el puente de Toledo. A ver si podan apandar, como otras veces,
los _chuls_ de algn payo. Y si no eran _chuls_ (nombre que daban a
los duros), que fuesen _plas_ (modestas pesetas), que bien las
necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.

--Mare--gritaban los pequeos al quedarse junto al puente--, que traiga
ust _callard_, mucho _callard_.

Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su
alimento. Bueno era el _balinch_ (el cerdo); suculento el _balebs_
(tocino); dulces los _mantejos_ (almendras), que se arrojaban a puados
en los das de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el
alimento de Dios, que pareca embriagarles con su perfume y su ardor.

Los pequeuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer
una enorme cantidad de _callard_, la saludaban desde lejos.

--Adis, mi _dai_.

Y la gitana alejbase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las
tortuosidades de su trapacera imaginacin, el medio de _jonjabar_ a
algn payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,
prometindole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotera.

Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a
las criadas, aturdindolas con su charla, alabando sus caras de ngel,
aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de
desesperacin las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de
conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.

--Tu mano... ensame tu mano, resal, que por San Juan te digo que
yevas en eya tu fortuna y t no lo sabes.

Tenan sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas
las vean marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones.
Metanse en los portales solitarios, y all, sobre la tapa de la cesta,
soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantn. Todo
sala: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba
con malas artes una mujer blanca, que haba que vencer; despus, el
hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentara
para llevrsela sobre un caballo tordo; luego salan por dos veces los
oros: dinero y ms dinero...

--T has heredao argo--afirmaba la gitana con una conviccin que no
admita rplica.

--Qu he de heredar yo, pobre de mi!--contestaba la sencilla criada.

--Bueno; pues heredars.

Y segua el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que haba de ser su
perdicin si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.

Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus
ahorros en el gran remedio que le propona para sujetar al novio infiel,
acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpa en lamentos y
splicas.

--Reina, aade aunque no sea mas que un realillo. Con esa carita de
clavel, y tan agarr! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen...
Mira que tengo un ganao de _churumbeles_ que no levantan del suelo tanto
as, y estn muertesitos de nesesi. Mi hombre lo tengo baldao; mi
_bato_... mi pare! est en las ltimas; mi probesita _dai_ se me muri;
mi _plan_ (mi hermano, entiendes?) est en el presidio de Alcal...

Y segua enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese
pasado por las Cambroneras.

--Vaya, presiosa, suerta un poquito ms de _jurd_, que por eso no vas a
quedar probe. No te pido _papiris_ der Banco; suerta manque sean tres
perrillas ms.

En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin
encontrar parroquianas, plantbanse audazmente ante los hombres que
salan de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a
la puerta de sus establecimientos.

--Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes
patitas de bailaor y ojillos de meteor.

Las repelan como si fuesen perros, amenazndolas con llamar a la
pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas,
abriendo los ojos desmesuradamente.

--Juy, Pare Santo! Y qu mal genio gasta el se!... Ni que juese el
_Livan_ que toma las declarasiones!... En el _estaribel_ te veas,
mardito, y que el _Bar_ no quiera sacarte ni con fianza!...

Cuando pasado medioda cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas,
en vez de volverse a las Cambroneras, seguan hacia el centro de Madrid,
callejeando hasta la cada de la tarde. Pedan limosna; detenanse ante
las ventanas de los cafs, dando golpecitos en los cristales; lanzaban
miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando
en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no
les pareca gran pecado: _chorar_ era una ocupacin digna de elogio, si
se haca con habilidad y sin riesgo. Y cuando _choraban_ una pieza de
tela, unas manzanas o un panecillo, volvan orgullosas a casa, diciendo
a las vecinas:

--Hoy le he dao el _jonjan_ a un payo.

Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas,
blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la
puerta, conoca el origen de sus habitantes slo con ver mujeres en su
interior o notar su ausencia.

--Son ustedes andaluzas?--preguntaba intencionadamente a las hembras
sentadas en corro sobre el duro suelo, mirndose silenciosas, con la
mandbula apoyada en una mano.

--Nosotras andaluzas!--exclamaban ofendidas--. Somos mujeres de nuestra
casa. Nosotras no salimos a engaar a la gente.

Eran gitanas manchegas. Tenan padres o maridos que trabajasen por el
sostenimiento de la familia; y si no haba _chambos_, si el trato de
las caballeras se paralizaba, daban vuelta de llave a su estmago y
sufran el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fros del
hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes,
taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.

Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, senta compasin al
ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra
apisonada, estaba mucho ms bajo que la calle. No tenan tabiques, y
cuando el pudor exiga la separacin de lechos, salan del apuro
colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con
la cabeza hundida en cajones que servan de pesebres y las grupas frente
a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que
constituan la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados
en un rincn, se extendan por la noche junto a las patas traseras de
las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor
del comn estircol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha
servan de cocina. No se encenda fuego mas que por la noche. El humo de
la lea llenaba la habitacin, saliendo por donde poda buenamente: por
la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor
orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por
una capa de holln que representaba luengos aos de atmsfera
asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocacin,
limitbanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos
por el humo, vigilaban la sartn; los nios de pecho tosan,
apelotonndose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco
de la leche.

Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.

--Gracias a eso--deca--no mueren como chinches. El humo les limpia, ya
que nunca tocan el agua. Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!...
En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrpulos.

No haba que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que
aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid,
traan comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en
presencia de la familia. Pasaban das enteros sin comer, con la
tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacan gestos de
asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que
la miseria pona en contacto con ellos, gente de estmago vil, que se
alimentaba de la bazofia arrojada por los dems y se vesta con sus
despojos.

_Chorar_... todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los
campos veraniegos cuando salan de excursin a las ferias; pero todo
haba de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio,
era suyo, lo haban hecho para sus cuerpos, y lo preferan, con toda su
astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estmago sufra
antes el hambre que la nusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un
vestido ajeno, lo vendan a los traperos con aire seorial. En las
noches de abundancia, la familia sentbase en torno de la sartn. La
madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y
cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por ms
que la mujer echaba y echaba, nunca se vea llena la sartn.

Los jueves reunanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la
Puerta de Toledo. Los que no tenan ganado tambin iban all, con la
esperanza de que cayese algo, empuando una gran vara, como si tuviesen
que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a
tiro le daban un _emburreo_, un _correate_, nombres con que designaban
las malas artes del trato.

Despus volvan, lamentndose de la decadencia del chalaneo. Haba que
esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se
vean compradores; todos eran gitanos... y cmo iban a engaarse entre
ellos!...

Los ms acomodados volvan a meter por las exiguas puertas de las
viviendas todo su ganado: los humildes _guers_ de largas orejas y
escandaloso rebuzno; el _gras_ de trenzadas crines y cola peinada, que
hacan galopar en torno de su ltigo maestro, afirmando que el que
montaba el rey no era mejor; la _chor_ y el _choro_ (la mula y el
macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la
expedicin veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a
los labriegos.

En el resto de la semana permanecan los gitanos en las Cambroneras sin
hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pjaros vivarachos y
parleros que traan en el pico el pan de la familia. Desayunbanse con
una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante
todo el da, en plcida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el
descampado de las Cambroneras; los ms hbiles taan la guitarra,
alegrando su debilidad con una msica melanclica; los que eran
industriosos tendanse sobre el vientre en la orilla del ro, y as
permanecan horas y ms horas esperando que algn gorrin quisiera
buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos
viejos de aire magistral batan palmas ante un grupo de diablillos color
de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendan a
bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza
con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando,
por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que
iban al bosque, o sea a la inmediata poblacin.

Maltrana, a los pocos das de estancia en las Cambroneras, conoca los
nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y
giles, con el rostro rodo por las viruelas. Tenan por apodos el
_Mono_, el _Bastin_, el _Matamoros_, el _Malafolla_, el _Cachuli_, el
_Mochn_, el _Navaco_ y otros no menos extraos. Nunca se les vea
borrachos: su bebida favorita era el chocolate.

El nico que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su
aficin al alcohol era Salguero, que se apodaba a s mismo
_Salguerillo_, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos aos
la primera casucha del callejn. En invierno fabricaba cestas de
mimbres, ayudado por la vieja que viva con l; en verano sala a las
ferias para ejercer su oficio de esquilador.

A la cada de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un
da de correteo por Madrid. Los estmagos vacos estremecanse al
aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocanlas los gitanos
apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.

--Por all vienen la _Buchichi_ y la _Pique_--decan los que jugaban a
los bolos, avisando a los maridos.

Y tras stas aparecan la _Clavellina_, la _Cortezona_, la _Pote_, la
_Pelela_ y las _Chirrinas_. Estas eran las ms guapas, y tenan fama de
hbiles para traer a casa buen botn. Payo que cogan, lo jonjababan en
un momento. nicamente poda compararse con ellas la _Culo de corcho_,
una gitana obesa, de ojos pequeos como si estuviesen cosidos, y gran
ligereza de manos, que en un santiamn haca desaparecer bajo sus sayas
todo objeto que poda _chorar_.

Los hombres salan a su encuentro. El portaln de la calle de los
gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que haban pasado
el da cantando a coro, repicando las castauelas y tomando lecciones de
baile para entretener el hambre.

-Qu traes?--preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros
entumecidos por el descanso, subindose la faja con ambas manos y
atusndose las greas que le tapaban las orejas.

Si la expedicin haba sido fructuosa, pavonebase la gitana con
orgullo.

-Arza pa alante, esgalichao! Meno _callard_ vais a mamaros t y los
_churumbeles_!...

Encendan fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate,
dejando para despus el guisoteo de la cena. En otras casas se
prescinda por completo de la sartn, no queriendo, despus de un da de
hambre, otro alimento que el _callard_. Era el lujo de la raza, el
nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno
de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de
chocolate.

Si la mujer haba juntado un duro con sus trapaceras y rapias,
empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La
familia sorba con delectacin el chocolate lquido, y lo mascaba crudo
como si mascase pan. El amargo perfume esparcase en las casas
inmediatas, despertando envidias. La chiquillera asombase con vidos
ojos, y corra despus a dar cuenta a sus madres de este banquete de
reyes:

--Mi _dai_: en casa del _Mochuelo_ toman _callard_. Dicen que han hecho
un buen _chambo_.

Y las madres suspiraban con envidia. Qu suerte la de algunas gentes!

En otras casas sonaban gritos desesperados, estrpito de lucha, golpes
en las paredes. Se abra una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una
mujer con gesto de espanto.

--Fav al rey!... Que me mata mi Enrique!... Que me desloma, que me
jase peazos porque no he trao na!

Segua vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro
de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran
molestia. Nadie prestaba atencin a estos gritos: era lo de todos los
das. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tena por segura la
paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradicin
venerable: todas ellas haban visto lo mismo en la casa paterna.

Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su
talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincn, con
aspecto enfurruado, y a la mujer tendida en el suelo.

--Pasa de largo, Joselillo--gema la gitana--. Hoy no puedo darte el
real: no he ganado nada. Mira cmo me ha puesto el cuerpo ese bruto!

Y sealaba al marido, que permaneca impasible, con la tranquilidad del
que cumple su deber.

El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en
casa no encontrara un mendrugo, segua repicando las castauelas en la
calle--_tra la la la_--, pasando y repasando ante las puertas que olan
a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.

El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitacin con que la familia
ocultaba su abundancia. El fogn slo tena algunas ascuas; los
cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las
colchonetas. La ms vieja de la familia le tenda algunas monedas entre
suspiros de desaliento.

--Toma, Joselillo, una _pla_--deca--. No tenemos ms; te debo dos
reales, que te dar maana. Ay! Estamos muertecitos de jambre!...

Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque
aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer
sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacan la
vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su
techo seguro para cuando llegasen los fros.

Isidro, al salir de su casa por las maanas, hablaba con Salguero el
esquilador. Este le sala al paso, saludndolo con grandes cortesas.

--Vaya usa con Dios, seor excelentsimo. Ya sabe que _Salguerillo_ es
su fiel servidor, aunque sea un pobre _cai_.

Cuando Isidro poda darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio,
le acompaaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar
de hablarle con gitana incoherencia.

El cariz del tiempo era su mayor preocupacin. No llova: las cosas
marchaban mal.

--Pero a usted--preguntaba Maltrana riendo--qu le importa que llueva o
no llueva? Dnde estn sus campos?

Salguero haca un mohn de extraeza. La lluvia era el pan para ellos.
Produca las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los
paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballeras.

--Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias,
moriramos como las ratas. Yo esquilo, y los camars que tien
caballeras las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos
probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su
fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el
paleto es generoso y no le importa darnos paja y ceb cuando vamos de
paso.

Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes
mercados de bestias que daban vida para el resto del ao a la gitanera
vagabunda. El las conoca todas; iba a ellas montado en un borrico, con
las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja
y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole ms
numerosa emprendan la marcha detrs de la recua, seguidas de todos sus
chiquillos. Mientras los hombres hacan sus trampas en el campo de la
feria, ellas corran las casas echando las cartas, diciendo la
buenaventura, ofrecindose las ms viejas a curar las enfermedades con
remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la ms remota
antigedad.

Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego
vena la famosa de Alcal, en el mes de Agosto. En Septiembre se
verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaa, Mora, Quintanar y
Belmonte. Y en Octubre eran las ltimas: las de Consuegra, Talavera y
Torija. Das antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, haban
llegado todos los vecinos de regreso de estas ltimas ferias, dando por
terminada la buena poca del trato.

Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de
bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas
procedentes de los ms lejanos extremos de la Pennsula. Todas estaban
unidas por el parentesco despus de luengos siglos de casamientos, sin
rebasar los lmites de la raza, y slo se vean una vez al ao, al
encontrarse en las ferias, volviendo despus a emprender su regreso por
distintos caminos, en busca del retiro invernal.

Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografa de
los gitanos. Toledo era _Toledate_, y Crdoba, _Cordobate_. Una
poblacin era un _Gao_. A Valladolid le llamaban el _Gao bar_, el
pueblo grande; a Sevilla, el _Gao de silla_; a Valencia, el _Gao de
los marrulles_; y a toda Galicia, el _Gao de los malalos_. Madrid era,
los _Foros_.

--Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un
_chambo_ y se vende una caballera; no es como aqu, que pasan los
jueves en la Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo,
cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia,
doy mi empujoncito para que el compare venda su gnero, y despus hay
alboroque y se bebe el buen vaso de _mor_ y la rica copa de _paal_.
Usa no sabr lo que es eso. Que ha de saber, si con tantos libros que
ha ledo no _pena_ ni tanto as de cal!... Pues es el vino y el
aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy _molal_, es
que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegra y
na ms.

La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existan otros
payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, caus cierta
emocin en la gitanera. Viva la pareja fuera del callejn, en los
altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una
tienda de comestibles.

Feli, en los primeros das, haba sentido gran repugnancia por su nuevo
alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud
estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de
carretera. Tema a las mujeres vindolas de lejos vociferar y amenazarse
en un lenguaje extrao, del que slo entenda algunas palabras. Vivan
pacficamente; pero ella senta la inquietud de la mujer europea que se
ve trasladada a una poblacin de frica, entre gentes que parecen
sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.

Isidro se rea de sus preocupaciones. Dnde mejor que all? Era cierto
que el ro ola mal, pero ya se habituaran a este hedor de los residuos
de la villa. En cambio, oan a los pjaros, contemplaban campo y cielo
al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos
cuantos metros de distancia, que los robaba el aire y el azul del
espacio.

Isidro, con su imaginacin, embelleca el barrio. Un siglo antes, era
aquella parte la ms hermosa de Madrid. Vea Feli las praderas al otro
lado del ro? Pues all bailaban los chisperos y manolas pintados por
Goya; por all paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se
hacan retratar desnudas. Aquellos sotillos haban presenciado el
perodo ms amable y pastoril de nuestra historia.

--Piensa, Feli--aada el joven--, que por real y medio vivimos como
unos seores en plena campia, y adems, el pago es diario: una
verdadera comodidad.

La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorfico y
costumbres pacficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte,
en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corss,
acabaron por sentir admiracin. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a
estas hembras vagabundas, cuyas faenas domsticas consistan en encender
el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.

Adems, haban llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro
era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia poda salir de
ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez,
los escribanos y todos los seores graves que tambin escriben y envan
un pobre a presidio apenas desaparece la ms insignificante caballera.
Algunas viejas con negras sayas de viuda detenan a Maltrana para
hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.

--Por na, seor--gimoteaban--. Un acaloramiento. Llevaban la _chur_ en
la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mers debe tener buenas
influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un
presidio mejor.

Estas gentes de viva imaginacin, que vivan en perpetuo embuste, haban
creado una leyenda halagadora en torno de aquella seorita tan buena,
tan laboriosa, que permaneca horas enteras tras los vidrios, con los
ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de
gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompaadas del
repiqueteo de los palillos, detenanse al pie de la ventana y cantaban a
la que era por antonomasia la seorita. Feli vea el grupo de
cabecitas greudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas
por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos
dientes de ntida limpidez. La joven saludbalas con dulce sonrisa, y
todas ellas prorrumpan en formidable gritero.

--Danos argo, seorita!... chanos manque sea un beso, resal!

Y hablaban entre ellas de lo que haban odo a sus madres. La seorita
era hija de un personaje muy rico, de un marqus o algo semejante; pero
como no la dejaba casarse con don Isidro, haba huido con l, y los dos
pasaban _jambre_, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas
las mujeres _honrs_; lo mismo que si fuese una buena gitana.

Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban
sobre su alto origen atraan con curioseo irresistible a las hembras de
las Cambroneras.

La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor
prestigio del barrio: un dechado de sabidura, respetada hasta por los
hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageracin, pues
hasta por encima del cruce del pauelo se vea el borde de su camisa de
percalina negra.

Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballeras
de un hijo suyo, era la hembra de ms dinero de las Cambroneras, y su
casa la mejor. Tena en ella unas cuantas silletas para sentarse y las
hollinadas paredes adornbalas con papel recortado del que se emplea en
los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a
su tabuco un sabor oriental, en armona con la cara obscura de los
habitantes.

La Teodora era la mujer ms sabia de su raza. Serva de mdico a los
hombres, de comadrona a las mujeres y de _castaeadora_ a las mocitas
que iban a casarse. No haba virginidad gitana que no pasase por sus
manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los
payos del barrio la llamaban con sorna la madre de las vrgenes.

Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli.
Ella saba ms de esto que todos los mdicos juntos; y despus de mirar
largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los
arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:

--Va a ser una _churumbela_ ms grasiosa y requetesal que su propia
mare. Dende aqu la veo.

Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios
relatos de las costumbres gitanescas, Feli la vea llegar con agrado
todas las tardes. Algunas veces vena acompaada de otras mujeres y
haca gala de su gran amistad con la seorita.

Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce aos, casi
una nia, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada
tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.

--Es viuda, seorita--deca la vieja--. Se le muri el maro a los dos
aos de vivir juntos... Ya no podr casarse nunca: lo prohbe nuestra
ley. La muj no debe tener mas que un maro. Los hombres pueden casarse
asn que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mrela usted
a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordndose de su difunto. Se
acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando muri el
maro, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como
es ley entre nosotros; se ech un capisayo por la cabeza, y a llorar.
Duerme en sbanas negras, calza zapatos de gallego, slo viste pao del
peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de
ruidos. Ay, la _Merivn_! Qu mardita bestia! Y qu de tristezas
trae!...

Y al nombrar a la Muerte, a la terrible _Merivn_, haca grotescos
ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con
las manos.

Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el
pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnmero de
collares verdes, azules y rosa. Era casi una nia; la pubertad apenas
haba hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas
huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de
escuerzo femenino.

--Y esta mocita--pregunt Feli--, cundo se casa?...

--Anda!--exclam la vieja con impdica risa--. Pues si ah donde usted
la ve, est ms abierta que la puerta de la Macarena!... Es la muj de
mi hijo Rafa, al que yaman el _Boto_... Tiene trece aos; pero ms
mocita me cas yo con mi difunto... a los once.

Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto
ms importante de la vida gitanesca. Los jvenes de veinte aos ponan
sus ojos en alguna mocita que slo contaba doce o trece. Las mujeres,
despus de esta edad, no tenan valor alguno. El enamorado buscaba el
apoyo de alguna hembra de respeto por sus aos. En las Cambroneras
siempre era Teodora la escogida. Se Teodora: yo quiero a la Fulana,
pero con buen fin. La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su
confianza, iba en busca de la mocita. Fulanito quiere ser tu _bu_,
pero con formali, pa casarse en segua. Y la virgen gitana, bajando la
cabeza, daba su contestacin. Puesto que no me quiere pa engaarme y
perderme, y ya que una muj de tanto respeto saca la cara por l...
bueno, ser su bu. Se vean a espaldas de los padres, lejos del
barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no haba
cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.

Cuando el _bu_ se crea en situacin para sostener una casa y contaba
con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el
gasto de la boda, robaba a la _bu_, llevndosela a la casa de sus
padres. Gran escndalo en el barrio! El _bato_ de la novia sala a la
calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y
vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal.
Juraba, pona los ojos en blanco, peda una _pusca_ de dos caones bien
cargada de plomo para matar a los fugitivos, una _chur_ afilada para
cortarles el cuello, y no se mova del sitio, a pesar de que los amigos
apenas si le sujetaban, limitndose a dictarle prudentes consejos, como
era costumbre.

--Qu vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos
nosotros cuando ramos chavales.

El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tena que demostrar
su indignacin, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de
muerte.

A los dos das se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la
novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los
das de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus
manazas, la besaba, y gema despus:

--Su mers es el cuchillo, y yo, probesito de m, soy la carne. Corte su
mers por donde quiera.

Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovan al gitano viejo y
hacan que se le saltasen las lgrimas, como si las escuchase por
primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y
deca conmovido:

--A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero
ella, que no venga, porque la mato.

Pocos das despus presentbase la muchacha escoltada por la Teodora y
otras respetables brujas de las Cambroneras.

--Aqu ties a tu chica!--gritaban desde la puerta--. Vamos a ver si la
pegas, peazo de bruto!

El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar
a la chavalilla, cada a sus pies con las manos juntas y el rostro
compungido, y de repente rompa a llorar.

--Mi hija!... _gra_ de mis entraas! Qu disgusto nos has dao!

La abrazaba, dndola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos,
pero era de gozo, viendo terminado por el momento el perodo de las
palizas.

La muchacha volvase a la casa del novio, y all permaneca hasta la
boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunan
dinero para la costosa ceremonia.

Feli senta curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Haba
odo cosas estupendas.

--Cogemos un cntaro--dijo riendo una compaera de la Teodora--, lo
echamos por alto, se rompe, y ya estn casados.

--Gaya, malage!...--exclam la vieja--. No le tomes er pelo a la
seorita. Eso del cntaro no es verdad: es _jonjaba_ que les damos a los
payos; mentiras que se tragan, ans como creen los marditos que robamos
a los _churumbeles_ para sacarles las mantecas. No hay cntaro ni na que
se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.

Y sealaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes
regalos de la boda. Unas seoras ricas que iban a explicar la Doctrina a
una iglesia cercana haban sentido simpata por aquella muchacha tan
guapa y apuesta, mostrando empeo en casarla catlicamente.

La vieja habl con ellas, alegando el obstculo insuperable de la
pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenan miedo a entrar en
la _Cangr_, o sea en la iglesia. Pero los _erajais_ (nombre que daban
a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas seoras,
conquistadas por la chchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio
le hicieron un traje completo, con capa de rico pao, y a la novia la
pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y
compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las
Cambroneras.

-Qu boda, seorita!... El parn que sortaron esas santas!... La
_Cangr_ estaba tota yena de luces; a mis nenes les echaron por la
cabeza una manta dor, y un _erajai_ muy hablador comenz a dar voces,
como si nunca hubiese visto gitanos casndose por Roma; como si jusemos
caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tir el durce en las
Cambroneras como si lloviese del cielo: los _manrelaos_ caan como
granizo... Y cuando las seoras se _najaron_ y quedamos solos, casamos a
los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.

La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prcticas, miraba en torno
con recelo. Todas eran casadas o viudas; no haba ninguna mocita: poda
hablar sin miedo.

El principal personaje de las bodas era ella, la seora Teodora, alias
la _Cataeta_, la encargada de _cataear_ a la moza. Un da antes de la
ceremonia iba a Madrid, acompaada de las ms viejas del barrio, todas
con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas,
especialmente los _mantejos_ (las almendras o peladillas), que era el
principal regalo de los gitanos. Haba que adquirir, adems, la corona
de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el
pauelo, el famoso pauelo, objeto principal de la ceremonia.

--Compradlo de lo mejor--deca el padrino, que cargaba con todo el
gasto--. Que no os duela; que sea de nipis, de lo ms rico; la Teodora
entiende de estas cosas.

Al da siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y
chambra, la banda de raso rojo cruzndole el pecho, la cabellera suelta,
y una corona de flores de trapo, alta como un morrin. Los convidados se
quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico
paizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban
con ella los padres de los novios, los individuos ms ancianos de las
dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendase la muchacha en una
colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por
la emocin de los presentes, tranquila y segura de su pericia,
introduca por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el
pauelo, buceando durante mucho rato en este oleaje de tela almidonada.
La virgen permaneca inmvil, con los ojos entornados, sin un gesto,
colorendose ligeramente por el dolor y las cosquillas.

Volva a salir a luz el pauelo, y todos lo miraban. Las tres flores
blancas! La seal de la virginidad! Poda celebrarse la boda.

Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pauelo, entraba
la genio en tropel, vociferando de alegra, saludando a la desposada con
ruidosos aspavientos:

--Viva lo bueno!... Viva la honra! Ol por el mrito! Vamos a
juntarlos!

El padrino coga una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe
sobre la novia. Esta, tendida en el colchn, reciba sin pestaear la
rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y
tras ellos los viejos de ms consideracin y todos los convidados, hasta
los mozuelos ms insignificantes. La novia desapareca bajo la granizada
de azcar: slo se vea su cabeza con el morrin de flores, haciendo
esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo
quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.

--Vamos a juntarlos!--gritaba la gente--. Msica, msica!

Rompan las guitarras en melanclico rasgueo, daba el novio su mano a la
novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas
por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la
cabeza del marido. As pasaban la noche, devorando dulces, arrojndolos
contra las paredes, sorbindose por docenas las tazas de chocolate,
hasta que al amanecer se iban a dormir, ahtos de azcar y soconusco.
Todos los gitanos bailaban con la desposada, calndose su floreado
morrin. Al da siguiente, las madres de los novios hacan platos con
los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del
barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo,
llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus
mejores bestias, les daban escolta, llevando tambin a ancas las mozas
del barrio, y la vistosa cabalgata parta al trote por los campos, como
si esta ceremonia fuese una iniciacin del matrimonio en la vida
andariega de la raza.

--Y an pasan das--continuaba la Teodora--antes de que los novios se
junten de verdad. Mientras estn con los padres, tienen vergenza y
duermen separados. Slo cuando ponen su casa se deciden a acostarse
juntos.

Las famosas flores blancas asombraban a Feli, hacindola seguir con
atencin las indicaciones de la _Cataeta_. Eran a modo de clara de
huevo. Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tena la
solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pauelo surga sin
ellas o con manchas de sangre, un gritero de muerte estallaba contra la
impura. Era la demostracin de su falta de virginidad. Arrojbanse sobre
ella las mujeres, arrancndole la corona, tirando de sus pendientes
hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al
abrirse la puerta, sala como una bestia acosada entre la rechifla de
los hombres, los araazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos,
para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con
su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojndola en
el rincn ms obscuro, y all permaneca sin que nadie le hablase,
volviendo la espalda a la gente, temblando al or una voz, hasta que,
cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de
voluntad, hua para perderse en los caminos.

Escuchaba Feli con asombro el relato de estas costumbres primitivas que
se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.

Cuando volva Isidro, repetale estos relatos, y el joven, al
escucharla, lanzaba miradas de extraeza al puente vecino, por donde
pasaban coches, carretas y peatones, todo el trfago de un gran ncleo
de poblacin; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al
tranva elctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo
chispas verdes y azules de sus ruedas. Slo unos cuantos metros
separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella
hondonada, donde an subsistan las tradiciones de la existencia nmada,
la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos
vidas rozbanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocan, sin que
los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la ms leve influencia de los
de arriba.

Sulfurbase Teodora al or que la seorita pona en duda su ciencia.
Si _cataeaban_ otras; era posible una equivocacin... pero ella! No
haba mas que una Teodora en toda la Pennsula. All en _Cordobate_
exista otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad.
Con la Teodora no valan engaos: la gitanera tena fe ciega en sus
manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el _cataeo_,
y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de
toda Espaa para sus bodas, gente rica que, adems de pagarle bien,
cargaba con todos los gastos del viaje. Haba estado en los _gaos_ ms
famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; haba corrido
Andaluca, conoca Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y
Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.

--Rara vez--deca--fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son
jembras decentes. Ya quisieran muchas de las payas que van por las
calles del _Gao de los Foros_ asemejarse a nosotras.

Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caa algunas veces
en medio de esta tertulia.

La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese
ella la duea de la casa.

--Pase adelante, Pare Santo... Entre su mers, bigotillo de gobernaor...
Qu honra pa nosotras el verle!... Aqu estamos hacindole compaa a
este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una _churumbela_
como er mesmo Nio Dios.

Y hablaba de la criatura que haba de nacer con tanta seguridad como si
la viese, detallando sus prendas fsicas: cmo tena el pelo y cmo los
ojos; en qu se pareca a la madre y qu iba a sacar del padre.

Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja.
Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carcter,
hacindole insufrible el parloteo de la bruja.

La Teodora, a la cada de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su
nuera que se asomase.

--_Sicobelate a la parlacha_ y veas si tu maro est por ah.

El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin
atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas vea a su cnyuge,
gritaba con mal humor:

--_Chalate al quer_ (vamos a casa).

Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su
tristeza, como si viese con ms claridad lo pavoroso de su situacin.

Ya haba llegado la poca tan esperada por l. Comenzaba el fro;
volvan a Madrid, terminado su veraneo, los que podan proporcionarle
trabajo, y sin embargo, su situacin no mejoraba.

Apenas tuvo noticia de la llegada del marqus de Jimnez, corri a
visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro.
Terrible acogida!

--Contento me tiene!--dijo el senador frunciendo el entrecejo--. En
seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.

Y sigui lamentndose, como lastimado por su excesiva confianza en un
ser inferior.

Haba sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos.
Lo que se haban burlado en San Sebastin los de la tertulia del
jefe!... Decan a gritos que el libro no era suyo; que se lo haba
escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se diverta
a su costa citando autores fantsticos, copiando prrafos de libros que
no existan.

--De eso ltimo no hago caso--dijo el marqus con magnanimidad de hombre
justo--. A cada cual lo suyo. El libro est muy bien; lo que en l se
dice es pura verdad, si lo sabr yo!... y lo de los autores falsos y
los libros inventados, todo envidia, envidia nada ms... A m lo que me
molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mo, que me pongan
en ridculo ante el jefe, que, como usted sabe, me honr con un
prlogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado
prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha
puesto en ridculo, s seor, en un ridculo que hace gran dao a mi
carrera poltica.

Maltrana, anonadado por la clera del personaje, intent defenderse. No
haba hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus
enemigos se enteraran de que era l quien iba a la imprenta para
corregir la obra; tal vez la indiscrecin viniese de otro lado... pero
l lo juraba: nada haba dicho.

En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia no le dej
defenderse con igual energa. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien
pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algn autor, que hubiera
atribuido a unos lo de otros... Pero el marqus le interrumpi
enrgicamente:

--No; repito que el libro est muy bien. Si lo sabr yo! Son
innecesarias las explicaciones... Lo que a m me molesta es lo otro: que
digan que el libro no es mo; que supongan a un hombre de mi altura
capaz de adornarse con plumas ajenas.

Deca esto con un tono amargo, con la misma expresin con que anonadaba
a los gobiernos en el Senado por su falta de proteccin a los trigos; y
Maltrana acab por indignarse tambin contra los maldicientes que
suponan al marqus de Jimnez incapaz de escribir un volumen.

Isidro sali de all sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Adems,
comprendi que el senador le cerraba su puerta para siempre. Despus de
tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le
haba prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo
dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la
blandura de su mano y los consejos que le dio.

--Ms discrecin, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La
vida no es un juego; no hay que soar, joven amigo.

Maltrana volvi desesperado a su tugurio de las Cambroneras.

Entraba todos los das en Madrid persiguiendo una esperanza, pero sta
revoloteaba ante l sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las
redacciones, preguntando con avidez cundo podra meter la cabeza en
alguna de ellas; se ofreca a los administradores para pegar fajas y
hacer paquetes. Contentbase con cualquier cosa; lo importante era
conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos los das. Hasta
busc recomendaciones para algunos concejales, pidindoles un puesto
cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.

Apenas llevaba paquetes a la fbrica de corss cercana a la Puerta del
Sol. Haca dos semanas que Feli tena en casa la misma docena, sin poder
terminarla.

Estaba enferma, muy enferma. Maltrana segua con inquietud los progresos
de su mal. Quejbase de fuertes dolores de cabeza; perda de pronto la
vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin
saber por qu, y abrazndose otras a su cuello para pedirle perdn, con
gran raudal de lgrimas.

El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las maanas
aparecan las charcas del ro con grandes cristales de hielo. Los
gitanos permanecan en sus tabucos, ahumndose junto a las hogueras. En
la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vesta sus ropas de
verano, sin otro abrigo que un mantn comprado en una casa de prstamos.
Isidro conservaba an aquel macferln de color indefinible, que era como
la librea de su miseria. Le serva para ocultar la delgadez del traje y
su deshilachada camisa, mal cubierta por un pauelo negro lustroso de
mugre. El pobre joven presentaba un aspecto ms deplorable que cuando
viva en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro.
Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona,
permaneca ahora inmvil en la nica silla entera de la casa, como si no
viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo fro que la
haca estremecerse en sus ligeras envolturas.

Maltrana sala diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar
una colocacin intilmente, a dar sablazos, a mendigar de todas las
personas conocidas. Ya no era el lobo que descenda de la cumbre en
busca de alimento; era el pobre roedor, tmido y anonadado, que trepaba
lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran
poblacin, esperando una migaja del banquete de los fuertes.

Feli quedbase en casa, enferma, temblando de fro, fijando en el suelo
su mirada de estpida vaguedad, como si la hinchazn de su abdomen
absorbiese su pensamiento. El emprenda la marcha desfallecido, sin otro
lastre que una taza de caf recalentado o una copa de aguardiente, unas
veces bajo la lluvia que se introduca por las rotas suelas de sus
zapatos, otras sacudido por fros huracanes que agitaban las mangas de
su macferln con aleteo de pajarraco fnebre.

Una maana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cay en
montn a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos
estaba blanco, con una blancura ntida y fnebre, como el sudario de una
virgen muerta: blancos el puente y el ro, blanca la cuesta de las
Cambroneras, los tejados del barrio y los ridos desmontes. El silencio
era completo; la soledad absoluta. El mundo pareca haber muerto durante
la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de
las chimeneas era el nico signo de vida.

Maltrana dud un instante. Sinti un repentino amor por el encierro, el
afecto al hogar, que haca que los hombres se ocultasen en sus casas.
Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior haba
devorado media libreta y las cortezas de un cuartern de queso. Feli no
coma; haca tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares
groseros tenanla en perpetua inapetencia. Haba que vivir... adelante!

Emprendi la marcha, hundiendo en la nieve sus piernas mal abrigadas,
aquellos pantaloncillos de verano rodos por los bordes, que apenas si
disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron
al contacto de la nieve; a los pocos pasos crey que marchaba descalzo.

Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvas,
todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si
hubiese llovido sal. En los lados de las calles abranse negros senderos
de barro, por los que pasaban los escasos transentes entre un doble
muro de nieve. Los rboles parecan de algodn; blancas vedijas pendan
de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una
montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por
la novedad del espectculo, hacan rodar grandes bolas de nieve,
coronndolas con monigotes de su invencin.

Maltrana, con los pies helados y temblando de fro, vagaba por Madrid.
Subi a la casa de un antiguo compaero para pedirle algo, aunque slo
fuese una peseta, y no le encontr. Fue al extremo opuesto de la villa,
en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.

Pens, como supremo recurso, en el marqus de Jimnez. Este no poda
abandonarle; le pedira socorro aunque fuese de rodillas.

Arrastrando los pies, lleg al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir
con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dej subir por la
escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera
principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de
la cocina le rechazaron con aspereza despus que un criado desapareci
por unos instantes para anunciar su nombre. El seor marqus estaba muy
ocupado: no poda recibirle.

Era ms de medioda. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con ms
nieve. La luz de interminable crepsculo reflejbase en la blancura con
tonos lvidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos cados, sin
saber adnde dirigirse.

Su voluntad desplombase, vencida, falta de fuerza para luchar: quera
morir. Todos los caminos estaban cerrados para l; iba como si el mundo
se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la
llevaba en el alma.

En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno
de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,
pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.

Maltrana uniose a ellos, y el benfico influjo del calor pareci
despertar su voluntad. Qu haca all? Pens con remordimiento en
Feliciana, que temblara de fro en su casucha, mientras l se calentaba
en el pblico brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos
eran superiores a l; podan luchar ms bravamente con la desgracia.

Crey en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras
al que tanto deba. Su salvacin, por el momento, estaba all, ya que en
Madrid todos eran invisibles, como si el fro endureciese las
conciencias, como si la paralizacin de la vida aislase a los hombres en
su egosta bienestar.

Regres a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada
y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y
brillante, como una inmensa mortaja que cubra el ro, los montes, las
viviendas, y de la cual surgan los rboles como hilos sueltos.

Le dio miedo esta extensin, rasa a la vista, que ocultaba las
desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los rboles, los
declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre,
entorpecido por el fro, crey ver, con ttrica alucinacin, la imagen
de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, montona.

El mundo estaba fro, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha
penosa sin un impulso de misericordia.

Morir de hambre!... Por l, que fuese al momento: descansara de una
vez. Pero y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi
enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entraas? Cul iba a
ser su suerte?...

Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el
fervoroso creyente de la alegra de la vida y su refinado helenismo,
sinti que sus piernas flaqueaban, y se apoy en un rbol.

No poda ms: era un vencido. Confesaba su cobarda, cayendo anonadado
bajo el zarpazo de la Suerte.

Pobrecillo! Se llev las manos a los ojos y rompi a llorar con vagidos
de cordero abandonado, como un nio que despierta en las tinieblas y
siente el vaco en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con
el calor del pecho maternal.




XI


El mismo da de la nevada, un nuevo infortunio conmovi dolorosamente a
Isidro.

Al volver a su casa pudo comer. El dueo del tenducho de las Cambroneras
pareci apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto
pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logr
subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.

Fiesta completa. Despus de comer, sinti un renacimiento de su amor a
la vida. Ara sus bolsillos para reunir las ltimas briznas de tabaco;
li un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del
bienestar, contempl detrs de los cristales el paisaje nevado que tan
honda tristeza le inspiraba horas antes.

Feli apenas pudo comer: senta repugnancia ante aquellos manjares. Una
nusea los repela de su boca, y de nuevo se sumi en su inmovilidad, en
aquel agotamiento que la haca permanecer como insensible.

El joven se apart de la ventana al or un suspiro de angustia.

--No veo... no veo!--gimi Feli, llevndose la mano a los ojos.

Maltrana corri hacia ella.

-Qu te pasa, nena? Qu sientes?

-Mi padre...--dijo con voz lenta--, mi to Manolo... fro, mucho fro.

La incoherencia de sus palabras inspir miedo al joven.

Sus ojos estaban inmviles, considerablemente agrandados, con un
estrabismo que dejaba al descubierto toda la crnea, empujando la pupila
a un ngulo de los prpados. Se llevaba las manos a la frente.

--Dolor... mucho dolor--murmur como una nia enferma.

Despus se tentaba el estmago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba
la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que
entorpeca sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a
las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo
en un silencio enfurruado.

De repente se quej del zumbido de sus orejas, que pareca enloquecerla,
del hormigueo que senta en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba
sus miembros.

--Todo rueda--gimi--. Ruedan las paredes... se abre el piso... un
agujero muy negro, muy negro! Isidro, cgeme... agrrame, que me
caigo... que me caigo!

Y a pesar de que el joven la tena fuertemente sujeta entre sus brazos,
ella manoteaba, defendindose para no caer en el negro abismo que vea
su trastornada imaginacin.

Luego dio un alarido y rompi a llorar con desesperados gritos:

--Mi padre... mi pobre padre! Mralo: est en la puerta... entra... nos
mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve.

Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y haba tal seguridad en
sus palabras, que Maltrana se volvi, creyendo por un momento en la
certeza de la alucinacin.

Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendi en
l, creyendo terminada la crisis. Segua llorando; el joven esperaba que
las lgrimas la librasen del dolor que le oprima los pulmones y le
atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido.

Pronto se convenci de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la
cama, ya no mova su cabeza de un lado a otro con penoso vaivn. La
inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguan
mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si
contemplasen algo que la infunda pavor. Las pupilas se dilataban; la
boca entreabrase con el temblor de las mandbulas o se cerraba
oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lvido; la
respiracin era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros.
De pronto, interrumpiose aqulla con una contraccin violenta de los
msculos del pecho, y la enferma qued inmvil, como si fuese a perecer
por asfixia.

Maltrana agitbase en torno de la cama, aturdido, sin saber qu hacer,
aterrado por su soledad y su inexperiencia.

--Feli... nena ma; respira... habla! Dios mo! qu es esto?

Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca
como si quisiera devolver aire a sus pulmones.

Dur esto menos de un minuto, pero al joven le pareci interminable;
senta una angustia casi igual a la de la enferma. Volvi sta a
respirar, y su inmovilidad se troc de pronto en una agitacin loca. Los
msculos orbiculares se contrajeron y ensancharon, los prpados se
cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus
rbitas, lanzando una luz extraa, como si la electricidad de la
convulsin reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandbulas
se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma
burbujeante asom a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El
cuerpo se contraa y dilataba, doblndose como un arco, mientras la
cabeza y los pies se hundan en las desordenadas ropas del lecho.

Isidro corra como un loco por la habitacin. Despus abri la ventana.

--Socorro!...-grit--. Teodora!... seora Teodora!

Nadie le oa. La calle, la plaza, el inmediato callejn de los gitanos,
todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una
persona. Sigui gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la
primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos
de curiosidad.

--_Salguerillo_... Salguero! Por tus muertos te lo pido! Avisa a la
Teodora... que venga. Mi mujer se muere.

Cuando se retir de la ventana vio a Feli revolvindose en el suelo,
rugiendo con una expresin espantable que crispaba los nervios, llena la
boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las
convulsiones la haban hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su
vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y
sujetarla, evitando que rodase otra vez.

Su respiracin comenz a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo
el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilat
desmesuradamente, chocando despus sus alillas al contraerse. Comenzaron
a descender en intensidad los estremecimientos; los msculos cesaron de
contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmviles.
Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si
fuesen ojos de cadver. Un sueo pesado, letrgico, se apoder de ella.

Maltrana crey por un momento que haba muerto, pero al aproximar el
odo a sus labios se tranquiliz. Una dbil respiracin animaba con su
estertor el cuerpo inmvil.

Entonces oy que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen
la Teodora y otra vieja.

Cunto tiempo haba transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo,
alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro crey que haba pasado
algo as como un siglo.

Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas
mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le haba causado.

La Teodora examin a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo
ocurrido con voz temblona. Ella conoca estos accidentes: haba visto a
muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.

--Es mal de corazn, don Isidro--deca con la certeza que le
proporcionaba su ciencia--. La seorita es tan poca cosa, que el
embarazo la trae trastorn. Esto, en cuanto suerte la _churumbela_ que
yeva dentro, ya no se repite.

Despus habl de sangrarla; ella era capaz de hacer la operacin. Haba
pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestra que ya
quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se
contuvo. Conformes: no la sangrara; por el momento ya haba pasado el
peligro; pero en cuanto despertase la pobre seorita, iba a
administrarla unas tacitas de un cocimiento que haca milagros: hierbas
del campo recogidas por ella misma y que guardaba en su casa. La
compaera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a
la enferma, contemplndola silenciosos.

Feli dorma tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueo pareca
arrollar en su avance los ltimos signos de la enfermedad.

Cuando despert, despus de anochecer, llevose la mano a la frente, como
si quisiera fijar sus recuerdos. Mir en torno de ella, titubeando, como
extraada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una buja
que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados
junto a la cama.

--Ya est buena la seorita!--grit la vieja--. Ol, ya tenemos nia!

Maltrana, instintivamente, se abalanz a la enferma, besndola repetidas
veces, sin hacer caso de la extraeza de Feli, que pugnaba por reunir
sus recuerdos.

La gitana, ayudada por su compaera, confeccion en la cocina su famosa
infusin, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.

Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendndola que no
abandonase el lecho. Aquello no haba sido mas que una crisis propia de
su estado: tal vez habra cogido fro. Haba que cuidarse, que el tiempo
era muy perro.

Al quedar solos los jvenes, Isidro habl a la enferma del miedo que
haba sentido.

--Crea que ibas a morir, que te perda en un instante.

Y aada con sencillez, temblando an su voz con el recuerdo de la
pasada emocin:

--Ay, Feli! No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta
tarde, en que cre que te ibas para siempre.

La enferma mova con pereza una de sus manos y acariciaba la cabellera
crespa de Maltrana, lamentndose de la forma aterradora de la crisis,
como si sta fuese un acto de su voluntad.

--Pobrecito!--deca lentamente--qu susto te he dado! An se te conoce
en la cara; ests plido, te tiembla la voz. Reme, por mala... Te juro
que no lo har ms. Contendr mis nervios; procurar no dejarme llevar
por ellos, aunque reviente.

Volvi a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto.
Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba
sobre la vida, ahogando sus movimientos.

Helaba. Un fro punzante e irresistible, el fro que sigue a las grandes
nevadas, deslizbase por las rendijas de las maderas, filtrbase por las
paredes.

Feli se agit en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir
los ojos:

-Fro... mucho fro.

Estaba cubierta por la nica manta que tenan en la casa y el
mantoncillo que le haba comprado Isidro al comenzar el invierno. El
joven extendi sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa
blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo
ilusorio.

La enferma segua estremecindose, y el pobre Isidro, que temblaba de
fro, se quit el macferln para aadirlo a la cubierta.

Era una noche terrible. Maltrana pasebase por el cuarto como si
estuviese en medio de la calle. No se oa ruido de viento: la calma era
absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el fro resultaba ms
punzante, ms mortal. Pareca que el mundo acababa aquella noche, que el
sol ya no saldra ms, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo
su mortaja de nieve.

El joven entr en la cocina. En una cazuela quedaban unas brasas,
abandonadas por la Teodora despus de su cocimiento. Meti en la
habitacin este anafe improvisado, colocndolo cerca de la cama.

Feli segua quejndose entre sueos.

--Fri... mucho fro... Tengo los pies de hielo.

Maltrana se quit la chaqueta, una prenda de verano que an subsista
sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendi encima de la
cama.

El fuego mortecino iba extinguindose. Isidro pens con envidia en la
fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albail, de un pen del
adoquinado, arrancara una puerta, hara astillas una ventana para
mantener el fuego; se defendera de la noche cruel, eterna como la
muerte. Lamentaba su miseria fsica, que aada nuevas tristezas a su
situacin. Estaba desarmado para la vida: el ltimo de los vagabundos
que marchaba por las carreteras vala ms que l, con toda su cultura
intil.

Fuego... necesitaba lumbre. Se lo peda Feli angustiosamente, en el
tormento de la congelacin que turbaba su sueo.

Mir con rabia los papeles y libros apilados en un rincn. En Madrid no
encontraba quien le diese pan, pero siempre volva a casa con los
bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecan peridicos para
que leyese sus artculos; los autores le regalaban libros con pomposas
dedicatorias. Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su
admirador... Le admiraban! Por qu? Tal vez por su miseria. Venda
los libros por unos cuantos reales, por lo que queran darle, y sin
embargo, siempre tena volmenes en su casa: versos tristes de gentes
con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de
las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le
persegua, le rodeaba; haba nacido para ser su siervo. Siempre el
papel, negro de tinta, acosndolo, cerrndole el camino! Mientras tanto,
el pan y el bienestar huan de l, yndose en busca de los brutos.

Con la clera que le inspiraban estos pensamientos, arroj en el triste
rescoldo un volumen, el primero que hall a mano. El papel grueso y
brillante se ennegreci, al mismo tiempo que de sus pginas, encorvadas
por el fuego, surga una llama, esparciendo denso humo por la
habitacin.

Ni calor poda dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para
muchos imbciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana,
cogi la cazuela con el volumen chamuscado, llevndola a la cocina.

Al volver, pase largo rato con los brazos cruzados y las manos en los
sobacos, temblando de fro, agitando sus piernas violentamente, como si
temiese quedar yerto.

Feli abri los ojos y mostr asombro al ver a Isidro en mangas de
camisa. Iba a constiparse: haca mucho fro. Dnde tena sus ropas?...

Maltrana minti con un cinismo que haca llorar. Haba dejado su abrigo
sobre la cama porque tena calor. La noche era magnfica: an senta en
su estmago la tibieza del vino que haba bebido por la tarde y de
aquellas sardinas que eran un bocado de prncipe.

El joven, al decir esto, daba diente con diente, y finga rerse para
ocultar su temblor.

El fro acab por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba
contra su empeo de permanecer en vela; sentase bien: el peligro haba
pasado...

Juntronse los dos cuerpos por la atraccin del calor, pegndose el uno
al otro con intensos escalofros. Se confundan sus alientos y los
sudores de su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar
animal al ir calentndose poco a poco en esta comunin de sus cuerpos.
Maltrana senta la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de
aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud haba huido
de l para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli haba perdido de
golpe la alegra y la salud. Se haban unido, creyendo en la hermosura
de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e
inconsciencias del pjaro, para verse de pronto prisioneros de su propia
obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de
la responsabilidad.

Feli dorma otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la
habitacin pareca embrollar sus ideas. Sin saber por qu, record uno
de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogan una mosca, la
arrancaban las alas y empujbanla despus, pretendiendo que volase.

Ay! El era como aquella mosca. Le haban arrancado las alas; le haban
arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido
mejor dejarle en las profundidades sociales donde haba nacido, dedicado
al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos seran fuertes, sus
manos estaran duras; no le faltara el pan. Atravesaba Madrid con el
rubor del pedigeo, con la vileza del mendigo de levita, inventando
embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban
siempre un medio para satisfacer su hambre. Aqu, ayudaban a descargar
un carro; ms all, abran la portezuela de un carruaje; pedan a todos,
y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del
trabajador manual despertase mayor compasin. El vagaba encogido,
vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectculo
de su miseria, y se oa llamar sablista inaguantable, mientras el otro
era el pobre obrero, merecedor de proteccin.

Ay, aquella pobre seora que le haba trasplantado!... Cunto dao le
hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decase que
hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar
del Hospicio al aprendizaje. Ahora sera oficial de albail; su Feli le
llevara la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comeran en una
acera, en un paseo, sin otra aspiracin que la alegra de satisfacer las
necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituan una
ventaja. La cada del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios
para salir rpidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.

Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situacin
ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los
de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los seores que
dominan.

Haba estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las
fealdades de la existencia. No poda creer en las mentiras aceptadas por
la buena fe de los humildes. La instruccin le haba servido para
rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les
rodean. Careca de vigor fsico para trabajar como un hombre; era un
enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento
no le serva para abrirse paso.

Pobre mosca mutilada! Le haban arrancado las alas de su nacimiento, y
la mala suerte se diverta empujndole, gritando: Vuela! Cmo iba a
remontarse? Estaba vencido sin remedio, cado en el suelo, sin fuerzas
para moverse. El estudio desordenado y ansioso slo serva para anular
su voluntad. Pasaba la existencia enterndose de lo que miles de seres
pensaron a travs de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le
impulsaban a la accin, encontrbase desarmado, sin fuerzas para seguir
su camino.

La sombra que le envolva al pensar esto era una imagen de su
existencia. Todo negro! Adnde ir? Qu hacer?... Y como si su propia
desgracia no le bastase, el amor haba unido a l una infeliz, cuyo
nico delito era quererle y admirarle; la haba colgado de su brazo para
que marchase con ms dificultad, tropezando a cada paso, tirando
penosamente de esta compaera, que al principio era la alegra y se
trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras l, impidindole
avanzar. Todo lo vea negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin
estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin
objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una
equivocacin de la Suerte. Pero y ella? y la dulce compaera, que
haba abandonado la rbita de su existencia para seguirle, arrebatada
por la atraccin de su mala fortuna?...

Maltrana, escuchando la respiracin de Feli, palpando en la sombra su
cuerpo desfigurado por la maternidad, experiment el mismo remordimiento
que si la hubiese asesinado y tuviera el cadver tendido junto a l.
Sinti la cobarda de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve;
un empequeecimiento de nio abandonado, un deseo de achicarse, de dejar
de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una
piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y
rompi a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueo y el
doloroso desvelo, vctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se
filtr la luz del da por las rendijas de la ventana.

Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida
en fango, encontr su vivienda en revolucin. Vena alegre: haba
logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvid su gozo al ver a la
Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho,
sumida en el sopor de la crisis.

Habase repetido el ataque. La enferma tena en la frente una contusin
que denunciaba su cada al suelo. Las gitanas, advertidas por una
vecina, haban corrido en su auxilio.

La Teodora frunca el ceo al hablar al joven... Don Isidro, la pobre
seorita estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con
frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Segn su
cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era
de grandes peligros. No tenan dinero para pagar a un mdico; all
faltaba todo. El tena que salir a ganarse el pan, ellas podan hacer un
favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas;
pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias
tambin exigan cuidados.

--En fin, don Isidro--dijo la gitana--, hay que tomar una resolucin.
Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe
seorita estara mej en el hospital.

El hospital! Maltrana qued aturdido, como si esta palabra equivaliese
a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. El hospital! Y por qu
no? Lo haban hecho para las gentes como ellos: era un lugar de
delicias, comparado con esta habitacin desmantelada, en cuyos rincones
crea ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En l haban
muerto sus padres.

Pas aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que haba recobrado
sus facultades, pero apenas poda hablar. Su lengua estaba hinchada, con
grandes rasguos, por habrsela mordido durante la crisis.

Isidro se explic tmidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa,
con sus ojos que parecan agrandados por los recientes espasmos. All
estaba muy mal: poda morir abandonada durante una ausencia suya, lo
mismo que moran los irracionales, y l estremecase slo al pensarlo.
No, no!... Y gesticulaba enrgicamente, como si la viese ya en su
imaginacin muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y
las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.

--Yo no s cmo decrtelo, nena--murmur con voz temblona, haciendo
largas pausas--. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como
son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si t no quieres, no
ser... Podas entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el
hospital adonde van todos; en las clnicas, en la Facultad. Yo tengo
buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitaran los
catedrticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer all un mes
cuando ms. Tendras la criatura, rodeada de ms cuidados que aqu...
sanaras, y luego... luego continuaramos nuestra vida ms feliz que
ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.

Isidro esperaba una explosin de llanto, la protesta de una repugnancia
instintiva, y qued asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli,
sus ojos fijos y tristes puestos en l. Tras una larga pausa, baj la
cabeza en seal de asentimiento. S que aceptaba: ira al hospital, pero
sin participar de los optimismos del joven.

--No siento--murmur, moviendo su lengua con gran dificultad--, no
siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos
nunca.

-Feli de mi alma--grit Isidro--, no digas eso; no lo creas, nena
ma!... Volveremos a ser felices. Vers qu bien te tratan all.

A la maana siguiente, Maltrana sali muy temprano, dirigindose a la
calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo
camarada de la poca estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una
clnica.

Apellidbase Nogueras, y era un joven de carcter alegre, pequeo de
cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de
la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectculo de las
miserias y desarreglos de la mquina humana. No haba visto a Isidro en
mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina,
le ech los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.

--Eso de la literatura debe de ir mal--dijo--. Necesitas algo de mi?
Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clnico, y
tengo mil quinientas pesetas al ao... con descuento. Menos que los que
barren los ministerios.

El alegre doctor ces de rer ante la gravedad de Maltrana. Este le
habl de Feli y de su enfermedad.

--Vamos, es una queridita que te has echado!--dijo el mdico.

Isidro contest afirmativamente. S; una querida a la que amaba como
muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que poda gloriarse de
una fidelidad que pocas esposas conocan.

--Bueno, adelante--dijo el mdico levantando los hombros--. Y qu es lo
que tiene?

Maltrana explic las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para
recordarlas en todos sus detalles.

--No digas ms--interrumpi el doctor--. Los sntomas son claros.
Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es
necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que
provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Trela esta
tarde; te esperar en la Comisara. La meteremos en la clnica de
partos. Yo no estoy en ella, pero recomendar tu socia al compaero, con
grandsimo inters... Hasta la tarde, eh?

Tena prisa: su catedrtico le esperaba en la sala de profesores. Le
mostr la entrada de la Comisara, una puertecita algo ms abajo del
gran portaln de la Facultad. All, a las cuatro.

Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada araase el caparazn
de indiferencia con que parecan acorazarle las desdichas humanas.

Por la tarde abandon Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo
sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco crey
percibir en su odo un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se
cumpliran los presentimientos de la enferma. La perda para siempre!

La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle
de Amargura.

Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pauelo que
formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyndose en su
amante.

Sus piernas hinchadas apenas podan moverse; el abdomen monstruoso la
atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inaccin en su
casucha de las Cambroneras haban entorpecido los resortes de su
movilidad. Detenase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en
todos los bancos y poyos del paseo.

La Teodora quiso acompaarla hasta la Fuentecilla, animndola con sus
palabras y gesticulaciones gitanescas.

--Arriba, mi nia... A ver cmo echamos unos pasitos ms; a ver cmo se
mueven esos _pinreles_ bonitos.

Y volvindose hacia Maltrana, murmuraba con expresin llorosa:

--Est muy malita, don Isidro! Qu bien jase usted en llevrsela!...

Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separ la gitana,
despus de dar varios besos a la enferma.

--Que el _Bar_ der sielo te ponga pronto buena; que su santsima mare
no se aparte de ti!... Adi, terronsito de ascar; adi, armendrita
durse!...

Y sus ltimas palabras ya no se oyeron, pues se alej con la cara oculta
en el delantal.

Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli,
conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros
tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanas de Madrid,
ocultndose de las gentes. Desde entonces no haban ido en coche. Ahora,
todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas
de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la ltima tal vez que
haran juntos.

Entraron en la Comisara por entre varios grupos de mujeres andrajosas
con nios al pecho y hombres de msero aspecto, todos mostrando
repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos
que desfiguraban sus miembros, retorcindolos. Esperaban su turno para
la consulta gratuita. Un fuerte olor de antispticos impregnaba el
ambiente.

Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho
inmediato y sali a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y sta baj
los ojos, avergonzada... Pchs! No era gran cosa como mujer...

Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situacin embarazosa.

Maltrana, al venir en el carruaje, estremecase pensando en el horror de
la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la
enferma.

No fue as; no hubo nada de esto. Slo un silencio, una sencillez en la
separacin, ms desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.

El mdico habl de las recomendaciones que haba hecho a su compaero de
la clnica de partos. Tena ya su cama reservada; hasta haba interesado
a la monja del departamento.

--Cuando usted quiera, la acompaar--dijo mostrando cierta prisa.

Por fin se miraron, sin una lgrima, sin un suspiro, abriendo los ojos
desmesuradamente, con expresin de terror. Iban a separarse!...

Ella fue la primera en dar un paso. Ay, el valor de las mujeres!...

--Adis, Isidro.

--Adis, Feli.

Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a
estrecharse las manos en presencia del mediquillo burln y de aquellos
enfermos que les miraban fijamente.

Ella se alej por un corredor obscuro, precedida por el mdico. Su paso
vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrs, como si temiese perder
toda su firmeza.

Maltrana sali a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la
pared. Tena fro: un fro de sepulcro, que se le colaba hasta el alma.
Luca el sol de la tarde, un sol que Isidro no haba visto nunca; un sol
obscuro, empaado, fnebre, como si el astro del da enviase sus rayos
al travs de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespn.




XII


Ya no volvi a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin
Feli. Senta el terror de los que pierden a un ser querido y no osan
penetrar en la mortuoria habitacin. Qu iba a hacer solo en aquel
extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordaran a la
amante?...

Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.

Aquella noche volvi a la redaccin, despus de una ausencia de tantos
meses. Los compaeros le recibieron con irnicas ovaciones.

--_Homero_! Ya est aqu el gran _Homero_!... Salud al ilustre
tabarrista!

Y le preguntaron si traa como fruto de su soledad algn artculo de los
que sembraban el pnico en los suscritores.

Algunos de la redaccin le haban visto paseando con Feli por el Retiro.

--Di, _Homero_: qu has hecho de aquella muchacha tan simptica que
llevabas del brazo?... La encontraste en algn libro griego? Era tica
o beocia?

--Est en el hospital--contest Maltrana con los ojos llorosos.

Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compaeros.

Pasaba las noches en la redaccin. Haba perdido la costumbre de
trasnochar, y como no quera volver a su casa, buscaba los cuartos sin
luz, dormitando en un divn. Si llegaba una visita y haba que encender
luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del
abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el
sueo en la casa de algn amigo.

Apenas coma. Ansioso de distraccin, de conversaciones que le
aturdiesen, juntbase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y
bien entrada la maana se les vea por las calles ms cntricas, con
paso inseguro, discutiendo a voces de filosofa o literatura. En mitad
de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompa a
llorar. Los compaeros atribuan la culpa de este llanto al coac.
Beberan cerveza.

Muchas maanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este
haca un gesto de repulsin al verle.

--Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. Qu resuelves
emborrachndote?...

Maltrana contestaba con mal humor. No peda consejos: lo que deseaba era
conocer el estado de Feli.

El joven doctor mostrbase impaciente. Crea l que no tena otras
cosas en qu ocuparse?...

--Figrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar
mucho y a gentes que pagan mal. Adems, esa muchacha no es de mi
clnica... La vi anteayer. Me pareci que estaba bien; pero si los
ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a
provocarla el parto: tal vez esto la salve.

Al da siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habl el primero.

--Eres padre: arriba te guardan un nio las monjas. Su salud es buena y
la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda
edicin de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeo.

Maltrana no experiment ninguna emocin. Slo pens en ir a las
Carolinas para dar la noticia a su abuela. Qu iba a hacer l con el
chiquillo? La seora Eusebia se encargara de cuidarle.

Y la abuela, conmovida por el suceso, baj a Madrid para recoger a su
biznieto, acompaada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San
Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egosmo de su
cobarda. Ya haba sufrido bastante. Iba a mejorarse ella porque le
viese?...

Cuando sali la abuela quiso ensearle el nio, que su amiga, ms joven
y fuerte, llevaba en brazos.

--Mralo, Isidro--gema la vieja llorando de alegra--. Es un querubn:
qu rico!... Es hijo tuyo, tu retrato!...

Maltrana mir esta carne palpitante apenas contorneada que se remova en
el fondo de un mantn. S que era su retrato: feo, con su misma fealdad
y la de aquel pillete que estaba en la crcel entre los rateros menores.
La misma cabeza enorme, que pareca moldeada por las manos de la
desgracia.

La _Mariposa_ se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las
Carolinas. Conoca a cierta mujer del barrio, que se haba casado con un
msico de regimiento, y ahora, retirado l del servicio, tena una
tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los
Corvos. Acababa de perder a un pequeo, y ella se encargara de lactar
al biznieto por poco dinero.

La vieja, antes de marcharse, le habl de Feli. La haba visto: estaba
muy enferma.

--Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevsemos el pequeo!
los besos que le ha dado!... Me pregunt por ti... Ve a verla, hombre;
la pobre se alegrar, y bien lo necesita.

Maltrana pas mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los das formbase
el propsito de verla a la maana siguiente. Pasaba la noche de caf en
caf, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida
errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.

Por la maana llegbase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba
con saber que Feli segua bien. Le acometa el miedo a verla en este
lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.

--Un da me acompaars--deca a Nogueras--; no, ahora no. Me siento sin
fuerzas. Adems, estoy algo borracho. No me lo conoces?...

Por fin, una maana se mostr resuelto: quera verla. Adivinbase cierta
preparacin en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista
amorosa. Iba recin afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del
macferln, que pareca menos viejo despus de unos cuantos pases de
cepillo.

Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron
escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el mdico abri una
puerta.

Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada
en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de
un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de
hueso, con zcalo de ladrillos blancos tambin. La pieza apareca
dividida por un muro hasta el lmite del zcalo, con grandes espacios
abiertos entre las pilastras que sostenan el techo.

Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y
junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas
destacbanse cabezas de mujeres de verdosa demacracin, con las
cabelleras enmaraadas y sucias. Maltrana record las salas de los
hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se
agostaba con la mayor rapidez as que la enfermedad disolva los
almohadillados carnosos de sus encantos.

El mdico se detuvo ante un lecho: all tena a la que buscaba. Isidro
tard algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante
ella sin que llamase su atencin. Cun cambiada la vea!... Olvidando
su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa
y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, vindola
enflaquecida, con las facciones desencajadas, ms fea y msera an que
el da en que sali de las Cambroneras, tena que hacer un esfuerzo para
reconocerla. Crey ver a una amiga de Feli, a una buena compaera que le
recordaba a la otra, a la de los das felices, que ay! no volveran
nunca.

Qued inmvil ante la cama, con aspecto tmido, cohibido por aquellas
cabezas greudas, mascarones de dolor y miseria, que convergan en ellos
sus miradas curiosas.

--Cmo ests?--pregunt en voz queda.

Saludbale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba fro, contrayendo
las arrugas de su rostro exange, marcndose la punta de su fina
mandbula con la agudeza de un hierro de lanza. Y all haba puesto l
sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasin!... Miseria de la
vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes
crisis, eran lo nico que an delataba la extinta hermosura.

En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo
en un pauelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de
manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de
tsica, que apenas si se destacaban con ligera hinchazn sobre el
msero costillaje. Era una criada que haba dado a luz una nia; una
pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentneo
del seorito. La chaquetilla de seora que le serva de abrigo en el
hospital era tal vez la nica recompensa de su cada.

Feli, al contemplar a Isidro, mostraba tambin en sus ojos cierta
extraeza, como si le encontrase cambiado. Haba transcurrido muy poco
tiempo, y sin embargo, crean verse despus de largusima ausencia.

Permanecieron silenciosos mucho rato, mirndose, pero sin atreverse a
despegar los labios. Al fin, habl ella, por el impulso maternal. Y su
hijo?...

Maltrana fingiose enterado. Estaba all, en la carretera de Extremadura,
con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Poda permanecer
tranquila... Y l an no haba ido al cerro de los Corvos, ni conoca a
la nodriza!

Despus le pregunt por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste;
pareca resignada a permanecer siempre all, sin esperanza de volver al
mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notbase cierta
incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar
las frases y encauzar el pensamiento.

Mientras la oa, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie
junto al altar, hablando con el mdico. Ay, aquellas gentes que vivan
en diario contacto con la miseria humana! Qu duros, qu fuertes! Qu
indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un
accidente vulgarsimo! Su mirada fra pareca tener callos. La
contorsin del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor
araazo, sin producir la ms leve turbacin.

La monja, despus de hablar con el mdico, mir a Maltrana con cierta
curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la
pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos
sociales. Su curiosidad de mujer excitbase con el perfume del pecado;
su severidad le haca abominar de aquella juventud que se adoraba a
espaldas de la religin.

Maltrana no saba qu decir. La tristeza creaba un gran vaco en su
pensamiento. Adems, le cohiban tantas miradas fijas en l. Era un
martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por
los ojos hostiles de la monja.

Se ech atrs las aletas del abrigo y dej sobre la cama un mazo de
violetas que llevaba oculto. Su perfume pareci dulcificar aquel
ambiente que ola a carne enferma y antispticos.

--Ay! flores!--dijo Feli con vocecilla infantil--. Flores!

Y su mirada acarici a Isidro con expresin de gratitud. Era un poco de
poesa esparcindose sobre la cama del hospital. Flores!... Y los dos
pensaron lo mismo. Vieron con la imaginacin los almendros de la Huerta
del Obispo, que haban sido testigos de sus primeras entrevistas; las
flores que l arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los
banquetes; las que haban presenciado sus vespertinos paseos, cuando
salan cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y
seguros de que nada podra turbar su felicidad.

--Flores!--repiti--. Cmo te lo agradezco!

Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tena dinero para
ms. Aun as, le haba costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras:
las flores nacan para los ricos; y an gracias que les dejaban a ellos
el cielo y el sol... Haba recordado tambin su predileccin por las
naranjas. Quera traerle una; pero despus de correr las fruteras de
la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, haba
desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo haban llevado las
violetas.

--Otro da, me oyes?--murmuraba en su odo, como si la propusiese una
travesura infantil--. Otro da te las traer, sin que se entere la
monja, sin que lo vea el mdico.

Y ella deca que s, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras
se llevaba a la cara el mazo de violetas, olindolo con delectacin.

Nogueras carraspe con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se
prolongaba demasiado: otro da, ms.

Isidro cogi la mano amarillenta que ella le tenda.

--Adis, Feli... Adis, nena. Volver.

La enferma le record su promesa. Deba traerle naranjas y flores,
muchas flores!

El trastorno mental de su crisis la haca olvidar la penuria del amante.

Maltrana no volvi. Transcurrieron varios das sin que el doctor lo
encontrase por la maana en las cercanas de San Carlos. Esta visita
haba bastado para darle cierta tranquilidad.

Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con l en la acera
de la calle de Sevilla. Iba borracho, ms sucio y abandonado que otras
veces. Adivinbase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus
ropas que dorma sin desnudarse, all donde se lo permitan los
accidentes de su existencia vagabunda. Estaba plido, con los ojos
hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al
ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno.

--Y aqulla?--pregunt.

El doctor mostrose pesimista. Aqulla iba muy mal. No la haba visto:
le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clnica tena
pocas esperanzas. Repetanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y
en uno de ellos poda morir. Bastaba que la respiracin se retardase
algunos segundos al quedar su organismo contrado por las convulsiones,
para que sobreviniese la asfixia.

--Y t, por qu no vas a verla?--pregunt el doctor.

--Para qu!--exclam el bohemio--. Sufro mucho; me falta el valor para
volver. Me hace dao vera entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no
poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal
extrao. La monja me molesta.

Call un instante, y luego aadi con expresin de vergenza,
empandose sus ojos de lgrimas:

--No puedo ir con las manos vacas: la pobre desea flores... se las
promet. Hace das que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para
cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardn corre hacia ella,
esparcindose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente
nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle.
Apenas como; ando por ah como un perro sin amo. Si no encontrase algn
amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.

Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad
enferma y cobarde:

--Ya ir... ir cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo
que no morir en seguida, que an vivir algn tiempo. No crees t lo
mismo?

Nogueras levant los hombros con expresin de duda. S; era posible que
se salvase: enfermas ms graves que ella recobraban la salud. Pero su
vida estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufra
un ataque. Nada poda l afirmar.

Transcurri una semana sin que volviesen a verse. Una maana se
encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto
ms miserable an: pareca un pordiosero, sucio, roto, entregado a su
abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase.
Nogueras tena prisa. Haba estado dos das fuera de Madrid por un
asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.

--Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.

Maltrana abri los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los
lmites de lo posible.

--Ests seguro? La has visto t?...

Nogueras hizo un gesto displicente.

--Qu tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto,
y todos nosotros moriremos tambin... Yo no la he visto; tengo otras
cosas a que atender. Pero el mismo da que sal de Madrid me lo dijo el
compaero. Acababa de morir.

Maltrana qued inmvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia.
Despus fij en el doctor sus ojos interrogantes.

--Y qu han hecho de ella?... Y el cadver? Dime, por Dios, dnde lo
llevaron!...

Senta un remordimiento inmenso por su egosmo y su cobarda. Deseaba
visitar su tumba, ya que haba pasado los das vagando, sin atreverse a
verla en el hospital.

El doctor le contest con una sonrisa que daba fro. Su tumba era la
fosa comn, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no
tena parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se
haba presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo,
antes de ir al cementerio, habra pasado por la sala de diseccin.
Sufran tal escasez de cadveres!...

Maltrana no quiso or ms. Volvi la espalda sin despedirse del amigo,
como si huyese de su remordimiento y su vergenza.

Vag por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le
miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la poblacin,
caminar por el campo.

Vea las casas al travs de densa niebla; las personas y los carruajes
pasaban junto a l como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: crea
tener hueca la cavidad de su crneo; le zumbaban las sienes. Su lengua
repeta por lo bajo, con una tenacidad estpida:

-Despedazada... despedazada!

Poco a poco su pensamiento, que pareca haber huido lejos, muy lejos,
aproximbase, volva a entrar en l. Un recuerdo de los primeros aos de
su juventud, de su poca de estudiante, inicibase dbilmente, y creca
y creca hasta tomar el relieve de la realidad.

Vease subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un
compaero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos
objetos en el laboratorio. Isidro asombase a una ventana. Abajo, un
pequeo patio con pavimento de losas hmedas, como si cayese en ellas
con frecuencia un chaparrn de cubos de agua. Sobre las losas, un
monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esquelticos,
contrados por grotesca actitud. Crey que esta figura era de cartn,
groseramente modelada por algn artista inhbil, toda ella del mismo
color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva
adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaos
de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando sobre su base,
pero sin piel, mostrando el rojo de los msculos y el azul obscuro de
sus venas. Maltrana haba contemplado con curiosidad estos juguetes de
la ciencia. Eran piezas de cartn para el estudio de los alumnos. Y al
hacer la pregunta al amigo, ste rompi a rer:

--No, tonto. Son cadveres preparados para la clase de diseccin. Ese
cuerpo es de una mujer.

Luego, el compaero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba
los escrpulos del estudiante de libros, le haca entrar en el
anfiteatro, llevndolo de mesa en mesa. Qu limpiamente trabajaban
aquellos carniceros de blusa blanca! Aqu, un brazo encogido sobre el
mrmol, sin ms que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como
si fuesen a vibrar: un arpa para taerla en una fiesta de canbales. Ms
all, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los msculos
rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes.
Esta gran carnicera de mrmol y cristal haca pensar en una humanidad
horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes
se alimentasen con los despojos de los dbiles. Un gesto de dura
curiosidad contraa los rostros; las manos sin misericordia, armadas de
acero, hundanse en los secretos de aquella carne fra, limpia, annima,
sin personalidad, que no recordaba su origen humano.

Y en este matadero de la investigacin haba desaparecido su Feli!...
All se haba disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra ms que
restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!...

Feli! Feli!... Repeta su nombre, recordando los mil detalles de su
amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lbulo morda dulcemente al
mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita, que en las
noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademn tmido
del pjaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que
pretenda ocultar ruborosamente cuando l la probaba aquellas medias
adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformacin materna, con
el gracioso hoyuelo umbilical, que pareca gesticular cuando se conmova
con la agitacin de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos,
aquellas dos magnolias de amor... todo haba sido despedazado bajo el
acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocan haban
violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por
las maanas con su roce de satn, cuando ella pasaba a gatas por encima
de l para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos,
confundindose las respiraciones de los dos.

Feli! Feli!... Qu pecado haba cometido para que la fatalidad la
privase hasta de la paz de la tumba?...

Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en l.

Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el
cementerio de San Martn. Sin darse cuenta haba marchado
instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras
dichas de su amor.

No se atrevi a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con
sobrada insistencia para que l fuese a devolverle la visita. Ay, cmo
odiaba a la infame seora de los ojos sin luz, de la piel intensamente
plida, que una tarde haba descrito all dentro, ante la absorta
muchacha! Con qu delectacin la escupira en su pecho voluminoso y
amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante l!... Cierto que tras
sus pisadas resurga la vida; que otras Felis vendran al mundo; pero no
eran para l. La suya, la que haba tenido en sus brazos, esa no
volvera nunca. Haba sido un rayo de sol al travs de las nubes de su
cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como
palomas. Las nubes cerrbanse para siempre, el rayo de sol se extingua,
y las palomas venan al suelo transidas de fro.

March, como en peregrinacin, por la senda que aquella tarde precursora
de su felicidad haba seguido con Feli. Detenase como un devoto a
saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aqu, haba
entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando
su dicha; ms all, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines
graciosos. Al llegar al merendero, vag por los alrededores con una
insistencia que puso en guardia a los dueos, alarmados por el aspecto
msero de Maltrana.

Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba;
tambin l iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le
haca gran dao. El invierno deshojaba los rboles; la tierra estaba
yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como l era el mismo
Maltrana; pero haba soplado un viento glacial, matando la alegre
hojarasca llena de rumores y de cnticos, dejando slo el escueto
ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros
tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecan ahora
escobas plantadas por el mango.

Isidro, tambalendose como un herido, fue en busca de su abuela.

_Zaratustra_ y la seora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin
participar de su emocin. Conque la chica del _Mosco_ haba muerto?
Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegbase en su
egosmo, sintindose ms fuerte, ms feliz, con la satisfaccin de
conservar su existencia, mientras la muerte ensabase con la juventud.

La ta _Mariposa_ slo pensaba en su biznieto, de cuya salud haca
grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su
atencin era para el pequeo.

Isidro se qued all. Adnde ir?... Su cobarde laxitud haba llegado a
los ltimos lmites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de
las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho
ermitao, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora
comprenda la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras
de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran
remedio en su ignorancia y su fe.

Permaneci varios das en la cabaa de _Zaratustra_, complacindose en
su suciedad, haciendo de esto una mortificacin.

Ay, la conciencia! La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no
senta dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el
abandono en que la haba dejado, la cobarda de su floja voluntad, el
egosmo de no entristecerse vindola enferma... La pobre haba muerto
sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que slo
pensaban en ellas con el egosmo del dolor, sin una mirada de cario,
sin una mano que estrechase la suya! Y este crimen era ya
irremediable!... Ay, si Feli pudiese resucitar, slo por un da, por
una hora! Era su idea fija y tenaz... Si volviese a la vida, aunque
fuese para morir a los pocos instantes! El cumplira su deber y quedara
ms tranquilo: la pasin de su existencia tendra un final digno.
Correra a su lado, para no abandonarla hasta el ltimo momento.
Sentase capaz de robar para que sus restos reposasen en un fretro
lujoso, para que se librase de la fosa comn, para que no la llevaran a
aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadveres... Pero
ay! slo se muere una vez. El mal no tena remedio. Miserable de l!
Dnde estaba la poesa de su pasin? Qu haba de comn entre l y
aquellos amantes que haba visto en los libros, inclinados sobre el
lecho de la moribunda, abrazndola y gimiendo el ltimo adis?... Feli,
Feli! A cambio de su propia vida, peda l que resucitase un instante,
el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento
de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanacin.

Tard unas dos semanas en volver a Madrid. Una maana que entr en la
villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sinti la
necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpata, por haber conocido a
Feli; crea encontrar en l un vago recuerdo de la muerta.

El doctor le salud alegremente, mirndole con ojos de miope mientras
limpiaba los cristales de sus lentes. Despus record a la queridita
infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasin de
Maltrana. Se haba consolado? Tena ya alguna otra como sustituta?
Ah, bohemio incorregible! Para l era la vida: libre, mujeriego y sin
la esclavitud de ocupaciones apremiantes.

Despus contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos.

--Hombre, una cosa curiossima--aadi--. Recuerdas aquel da en que te
dije que la muchacha haba muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegu
a San Carlos, despus de mi viaje, me lo dijo el compaero. Fue un error
suyo: la crey muerta en un ataque, pero sali de l.

Maltrana abri los ojos, qued inmvil de asombro, como si fuese a
presenciar aquella resurreccin con la que haba soado tantas veces,
como si Feli surgiera ante l.

--Pero vive?...--dijo temblando.

--No, hombre; muri: fue una semana despus. Pens avisarte, escribirte;
pero quin diablo adivina dnde encontrarte, con esa vida que
llevas?... Muri, no lo dudes; ahora es de veras. T eres un espritu
superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha
muerto. Vi su cadver en una mesa de la clase de diseccin.

Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... Hasta el ltimo
momento jugueteaba con l!

       *       *       *       *       *

Terminaba el invierno. La tarde pareca de primavera, con su cielo azul
y lmpido y su sol de dulce tibieza.

Maltrana atraves el puente de Segovia, entrando despus en la carretera
de Extremadura.

Vesta de luto. El macferln, la odiada librea de la miseria, ya no
penda de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle
solo. Trabajaba, le admitan artculos en algunas revistas, le
encargaban traducciones, viva en una casa de huspedes y ahorraba para
pagar a la nodriza de su hijo. No conoca la abundancia, pero tampoco
las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero
cun tardo! y qu inspido le pareca!...

Camin por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba
distradamente los rtulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas,
pero tabernas de las afueras, que a la vez servan de figones y
merenderos. Vinos, _por_ Fulano. Y aqu el nombre del dueo del
establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban.

En una casucha de tablas, llam su atencin otro rtulo: Taberna de
Agustn, _alias_ el Bolero. Cocidos a diez cntimos. A diez cntimos!
En qu consistiran estos cocidos?... Pens en ellos con repugnancia;
pero se dijo que alguna vez habra visitado la taberna en otra poca, de
conocer tal baratura.

En muchos balcones exhibanse anuncios de pirotcnicos, con muestras de
ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid
se haban instalado en este barrio, que pareca la calle principal de un
lugarn, con sus rsticos paradores y las casas sucias del polvo de los
carros.

Maltrana, siguiendo cuesta arriba, lleg al final de la doble fila de
casas. La carretera perdase de vista, flanqueada a un lado por la tapia
interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos
surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con
frecuencia por los transentes.

Sigui Maltrana una senda que conduca a una casucha en lo ms alto de
un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita
donde criaban a su hijo.

La mujer cosa a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en
una pequea explanada, desde la cual dominbase toda la parte de Madrid
que mira al ro.

Al reconocerle, la nodriza se levant apresuradamente. Quera sacar al
pequeuelo, que dorma despus de una noche de insomnio y llantos.

Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vera despus: no tena prisa.

Se sent en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el
magnfico panorama. La mujer quiso obsequiarle... Un poco de
aguardiente? Pero l hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada ms que
agua. Y ella sac un jarro de la obscura tienda, que exhalaba un hedor
de salazn, bebidas alcohlicas y grasa. La adquisicin del agua
costbales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el da
bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la
carretera.

Despus, la nodriza habl de la psima marcha de sus negocios. Iban a
perder los ahorros que su marido, el pobre msico, haba hecho en el
ejrcito. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivan en la
peor miseria: ladrilleros casi todos, que slo encontraban trabajo en
verano. Los otros meses pasbanlos entre privaciones, pidiendo fiado en
la tienda. No tenan otro recurso que merodear en la Casa de Campo,
saltando la tapia para coger cardillos, que vendan en Madrid.

--Yo he visto muchas miserias, don Isidro--aada--; pero sta es la
peor de todas. Mire usted ese nio que sube con la botella... De seguro
que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo
lo atrasado.

Se meti en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneci
abstrado en la contemplacin de Madrid.

Vista desde all, la poblacin era monumental, soberbia. Pocas capitales
de Europa parecan tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio
Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas.
A un lado, la colina del Prncipe Po, coronada de cuarteles; al extremo
opuesto, la cpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el
cielo sin una nube, lmpido, como si su azul lo hubieran lavado las
ltimas lluvias, con una diafanidad que absorba y borraba
instantneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que
conducen al Manzanares, grandes masas de vegetacin: las arboledas del
Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de la Vega. La
masa blanca del casero partase ms all del puente de Segovia, y una
lnea metlica, una barra horizontal y negra, una los dos lados de este
corte: era el Viaducto.

Madrid, visto desde all, pareca una capital portentosa, una imponente
metrpoli. Entre el azul del cielo y el verde de los rboles alinebanse
las ms solemnes manifestaciones de su vida, sus ms poderosas
grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles,
sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el
templo suntuoso, que pareca aplastar con su grandeza las casuchas
inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas
de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la
nacin; todo pareca haberse concentrado en esta cara monumental de la
gran villa.

Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y
Maltrana vea entre los rboles cmo marchaban al comps de las cajas
los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el
paso. _Ratapln... ratapln_, cantaban los parches; y el bohemio, en su
contemplativa abstraccin, crea entenderlos. Los tamborcillos le
hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decan burlonamente:
Va a durar... va a durar. Y no mentan. Mientras redoblasen en este
tono uniforme, mecnico, sin fiebre y sin locura, todo seguira lo
mismo.

Despus, su mirada se fijaba en la parte de ac del ro. Grandes tejados
rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia.
Eran caserones abandonados que servan de albergue a los miserables.
Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las
latas viejas de las cabaas de los mendigos. El hormigueo de la miseria
tambin estaba all. Tambin acampaban frente a esta cara de Madrid,
que era la ms hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de
la sombra, toda la muchedumbre que l haba visto una noche, con los
ojos de la imaginacin, rondando en torno de los felices, de la caravana
dormida en el beatfico sopor del hartazgo.

Maltrana pens en los traperos de Tetun, en los obreros de los Cuatro
Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peuelas y las
Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
trabajo del barrio que tena delante, en todos los infelices que la
orgullosa urbe expela de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo
una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
primitivo, amontonndose en la promiscuidad de la miseria, procreando
sobre el estircol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
venganzas.

La capital dominadora y triunfante pareca abrumar el espacio con su
pesada grandeza. Rea, destacndose sobre el azul del cielo, con el
temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con
la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la
esbeltez de las torres de sus iglesias. No vea la muchedumbre famlica
esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y
suciedades, el cinturn de estircol viviente, de podredumbre dolorida.

Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su
existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en
sus afueras monasterios, donde las imgenes de palo estaban mejor
cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de
monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vaco, sin
que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendan su
lenguaje: adivinaban lo falso de su sonido. Tocaban para otros; no eran
llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.

Alguna vez la horda dejara de permanecer inmvil. Los que entraban en
Madrid al amanecer se presentaran a medioda. Ya no aceptaran los
despojos: pediran su parte; no tenderan la mano: exigiran con
altivez.

Y las gentes felices temblaran de pavor ante las caras amenazantes, las
vestiduras miserables, las miradas de famlico estrabismo, los anhelos
locos y criminales de destruccin. Dnde se haban ocultado hasta
entonces aquellos monstruos? De qu antro surgan?... Y bien, gentes
dichosas, habis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a
vuestros muros, pasaban todos los das ante vuestras puertas a la hora
de vuestro sueo. No les habis visto porque eran dbiles, porque se
arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferan
amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando an era
tiempo...

Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y
desesperaciones, que poda transformarse en un ejrcito. Qu le faltaba
a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas,
conociendo el camino. Ay, si los que nacan en su seno armados con la
potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! Si
los siervos de la pobreza, como l, en vez de ofrecerse cobardemente a
los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo
que haban aprendido, esforzndose en regimentar a la horda, dndola una
bandera, fundiendo sus bravas independencias en una voluntad comn!...

Oy un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:

--Al pap, Isidrito, al pap! Hazle manos: saldale!

Qued sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se
marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Ola a leche agria, a
orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretenda ocultar
sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le bes
en la boquita desdentada; no se atrevi a limpiarse las babas que le
haba dejado en el bigote.

Ser padre! Contemplar una prolongacin de su vida, un desdoble de su
personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, aos despus
de morir l, afirmara el paso por el mundo de un hombre llamado
Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumn era suya:
haba en ella algo de su ser y de aquella otra carne ay! despedazada
que haba desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.

Qu le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda
miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo
futuro?...

A vivir: toda su vida la tena en sus brazos. El calor de este
cuerpecillo le infunda una resolucin egosta y brutal. Al coger a su
hijo sentase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor
para seguir su marcha.

Quera que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que
el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo
entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.

Lo que no haban logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo
consegua aquel chiquitn con slo su contacto. Caa hecha polvo la
herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con
desprecio todos los obstculos.

Sentase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tena otra
herramienta, otra arma, que su pluma, pero hara de ella un pual, una
palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo
que no haba osado hacer por el amor, lo hara por su hijo. Se lanzara
en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adis, ideas, fe,
entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero
pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder
tendran un siervo ms.

Su suerte estaba echada. Se revolvera en la abyeccin, paladeara su
envilecimiento, se vendera como esclavo, para que su hijo fuese libre.
Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano
de armas entre por la brecha. l desaparecera en el fango, pero el
Maltrana que vena detrs pasara vencedor sobre el puente de sus
espaldas.

Y mirndose en aquellos ojitos bobos, sin expresin, que le contemplaban
fijamente, Maltrana deca a su hijo con el pensamiento:

-Llegars, chiquitn. Yo marchar a gatas delante de ti; abrir con mi
lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas
que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como
a la pobre mrtir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro.
Soy... tu padre.


FIN


Madrid.--Abril-Junio 1905.






End of the Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA ***

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