The Project Gutenberg eBook, Marta y Mara, by Armando Palacio Valds


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Title: Marta y Mara


Author: Armando Palacio Valds



Release Date: May 13, 2010  [eBook #32364]
[Last updated: February 17, 2012]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MARTA Y MARA***


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MARTA Y MARA

NOVELA DE COSTUMBRES

ORIGINAL DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS




NDICE


PRLOGO                                                            Pg. 5

ACLARACIN                                                              7

I.--Desde la calle                                                      9

II.--El sarao de los seores de Elorza                                 17

III.--La novena del Sagrado Corazn de Jess                           39

IV.--De cmo el marqus de Pealta fue convertido en duque de Turingia 59

V.--Camino de perfeccin                                               78

VI.--En busca del Menino                                               94

VII.--El alma y el esposo                                             111

VIII.--Como ustedes gusten                                            123

IX.--Excursin al Moral y a la Isla                                   136

X.--Sigue la excursin                                                150

XI.--Caso extrao!                                                   167

XII.--Antecedentes                                                    177

XIII.--En que se narran los trabajos de una virgen cristiana          194

XIV.--Plida mors                                                     213

XV.--Gocmonos, amado                                                 230

XVI.--El sueo del marqus de Pealta                                 245




PRLOGO


No est fundado el libro, que hoy tengo el honor de ofrecer al pblico,
sobre hechos usuales y corrientes, ni se narran en l sucesos que
estemos avezados a presenciar todos los das. Tal vez por ello se le
acuse de falso o inverosmil y se le juzgue como un producto de la
fantasa lejano de toda realidad. Me someto y resigno de antemano a
estas censuras, reservndome el derecho de protestar interiormente, ya
que no de pblico, contra la injusticia de tal acusacin. Porque--lo he
de decir, aunque perezca mi gloria de inventor--todos los hechos
fundamentales de esta novela se han efectuado. El autor no hizo ms que
relacionarlos y darles unidad.

Tengo la presuncin de creer, por lo tanto, que aunque _Marta y Mara_
no sea una novela bella, es una novela realista. S que el
realismo--actualmente llamado naturalismo--tiene muchos adeptos
inconscientes, quienes suponen que slo existe la verdad en los hechos
vulgares de la existencia y que slo estos son los que deben ser
traducidos al arte. Por fortuna no es as. Fuera de los mercados, los
desvanes y las alcantarillas existe tambin la verdad. El mismo apstol
del naturalismo, Emilio Zola, lo reconoce pintando escenas de acabada y
sublime poesa, que rien ciertamente con sus exageradas teoras
estticas.




_ACLARACIN_


_No he querido en la presente obra herir al misticismo verdadero ni
ridiculizar la vida contemplativa. Cervantes, el gran maestro de nuestra
literatura, tampoco quiso atacar al honor y al herosmo en su inmortal_
Quijote. _Aunque yo piense que la esencia del Cristianismo es caridad y
por lo tanto vida activa, entiendo asimismo que sin una fe viva, esto
es, sin la unin mstica y amorosa de nuestro espritu con el Creador,
la misma caridad no puede beatificarnos. Pero existen y han existido
siempre seres que transportan la santidad del corazn a la fantasa, de
la vida a la quimera, como el ingenioso hidalgo transportaba el
herosmo, y contra estos espritus exaltados, imaginativos, en el fondo
vanidosos y egostas, van las presentes pginas. As como las aventuras
novelescas de los libros de caballeras enloquecan a los espritus
dbiles, ciertas exageraciones en que incurren los bigrafos de los
santos son extremadamente peligrosas para los temperamentos no bien
equilibrados. Slo los corazones sencillos son gratos a Dios y a los
hombres. O nios o como nios, ha dicho el Salvador. En tal pensamiento
he pretendido inspirarme para escribir este libro. No obstante, como
algunas personas piadosas han credo ver en l menosprecio de la vida
contemplativa y burla de las gracias sobrenaturales que Dios ha operado
en algunas santas que la Iglesia venera, y como realmente al arrojar
piedras sobre el falso misticismo pude haber salpicado al verdadero,
cmpleme declarar que si esto ha sucedido, lo deploro. No doy a ninguna
de las palabras contenidas en mi libro otra significacin que la que
pueda acordarse con la fe cristiana y con las enseanzas de la Iglesia
Catlica, a las cuales me glorio de vivir sometido._

_A. P. V._




I

DESDE LA CALLE


Dentro del soportal la gente se estrujaba sin compasin: cada cual haca
prodigios de habilidad para burlar la ley fsica de la impenetrabilidad
de los cuerpos, reduciendo el suyo a un volumen imaginario. La noche era
densa y oscura como pocas. Los pies de los curiosos se buscaban en las
tinieblas, y al encontrarse prodigbanse caricias harto expresivas. Los
codos de los unos, por secreto y fatal impulso, iban derechos a los ojos
de los otros. El sujeto pasivo de tales caricias llevaba inmediatamente
la mano al lugar del contacto, y sola exclamar speramente: Brbaro!
Ya poda usted...! Pero un enrgico _chiis chiis_ de la muchedumbre le
obligaba a matar en flor su discurso. Y volva a imperar el silencio. El
silencio era a la sazn la necesidad ms apremiante que sentan los
vecinos de Nieva all congregados. El menor ruido era considerado como
acto sedicioso y castigado inmediatamente con un _chicheo_ amenazador.
Estaban prohibidas las toses y los estornudos, y con penas ms
aflictivas an la risa y las conversaciones. Se sudaba muchsimo, aunque
la noche no era de las ms templadas de otoo.

En los soportales de las casas de enfrente acaeca poco ms o menos lo
mismo; pero en la calle haba poca gente, porque estaba cayendo
pausadamente una agua menudsima que los vecinos de Nieva se haban
acostumbrado a no despreciar, pues a la postre, y a pesar de sus modos
blandos y sutiles, moja como cualquiera otra. Slo unas cuantas personas
con paraguas y algunas otras que, no tenindolo, se amparaban de su
filosofa permanecan a pie firme en medio del arroyo.

Los balcones de la casa de Elorza se hallaban entreabiertos, y por la
abertura sala una viva y regocijada claridad que tornaba an ms triste
la noche oscura y hmeda del exterior. Tambin salan por intervalos
torrentes de notas armoniosas desprendidas de un piano.

La casa de Elorza era la primera de una calle estrecha y larga y
guarnecida por ambos lados de soportal, como casi todas las de la villa
de Nieva. Su fachada ms importante miraba, pues, a esta calle; pero
tena otra con balcones a la plaza del pueblo, que era amplia y hermosa
como la de una ciudad. Aunque la oscuridad no nos permite descubrir
exactamente el aspecto de la casa, se puede asegurar que es un edificio
de piedra labrada y de un solo piso, con espacioso soportal, cuya
arquera elegante y soberbia declara desde luego la jerarqua de sus
dueos. Este soportal, que bien merece los honores de prtico, contrasta
notablemente con el de las casas que le siguen, bajo y estrecho, y
sostenido por pilares redondos y toscos sin ornamento alguno. Tambin se
observa la misma diferencia en el piso, que en el soportal de que
hablamos es de losa bien aderezada, mientras los dems ofrecen solamente
un incmodo pavimento empedrado de guijarros. Sin osar, por tanto,
llamarla un palacio, no es aventurado afirmar que aquella mansin haba
sido construida por una persona principal para su exclusivo uso y
regalo. La circunstancia de tener slo un piso, bien claramente lo
deca. Exige la verdad que manifestemos asimismo que el arquitecto haba
dado pruebas de buen gusto al trazar el plano del edificio, pues sus
proporciones no podan ser ms elegantes y correctas. Pero lo que ms
saltaba a la vista en l, sin duda alguna, era cierto bienestar amable y
aristocrtico, exento de presuncin que, aunque lograse inspirar
envidia, no despertaba ciertamente en el corazn de la plebe los odios y
rencores que excita siempre la opulencia soberbia.

El ceudo firmamento dejaba caer sin cesar toda la ceniza hmeda y fra
de que estaban preadas sus nubes. Las sombras envolvan y borraban los
contornos de la casa, amontonndose en lo interior de los arcos y en los
huecos de sus molduras de piedra; pero no intentaban siquiera acercarse
a la abertura luminosa y feliz de los balcones, que las rechazaba con
espanto. Miraban furtivamente el dorado paraso de lo interior, y rodas
por la envidia descargaban su indignacin acuosa sobre la cabeza de los
filsofos que escuchaban al descubierto.

El apiado grupo de curiosos que se guareca en los soportales de
enfrente no apartaba los ojos de aquellos balcones, mientras los que se
agrupaban debajo de los arcos de la casa, careciendo de tal recurso,
atenanse exclusivamente a sus orejas, cuya capacidad receptiva
procuraban perfeccionar colocando la palma de la mano por detrs de su
pabelln y doblndolo un poquito hacia adelante. La oscuridad era grande
en ambos soportales, porque los faroles del municipio despedan sus
plidos rayos a respetable distancia. Slo servan para esclarecer en
apartados parajes de la plaza un crculo bastante reducido, produciendo
reflejos tristes sobre las piedras mojadas del suelo. Entre las sombras
brillaba de vez en cuando el fuego de un cigarro, que con su lumbre roja
iluminaba un instante los bigotes del fumador. All a lo lejos, en la
esquina, an permaneca abierta una tienda de quincalla; mas poda verse
la sombra del dueo cruzar con frecuencia por delante de la puerta
arreglando ya sus cosas para cerrarla. En el piso principal de la misma
casa, los balcones se hallaban abiertos de par en par. Por ellos salan
voces, risas desentonadas y chasquidos de bolas de billar, que
afortunadamente llegaban muy debilitados al soportal. Era el caf de la
Estrella, concurrido hasta las altas horas de la noche por una docena de
indefectibles parroquianos. Reinaba, pues, silencio, aunque no poda
evitarse el zumbido particular que origina la aglomeracin de gente en
un sitio, producido por el roce de los pies, el movimiento de los
cuerpos, y sobre todo por las frases reprimidas que en tono de falsete
dejaban caer los unos en los odos de los otros.

El piano, en el momento de dar comienzo la presente historia, preludiaba
con sonidos vibrantes el _allegro_ apasionado de la _Traviata_ _gran
Dio, morir si giovine_. Terminado el preludio, empez un acompaamiento
suave y discreto. La ansiedad era grande. Al fin, sobre el
acompaamiento se alz una voz clara y dulcsima que son en toda la
plaza como eco del cielo. Los dos grupos de curiosos se estremecieron
cual si hubiesen tocado con el dedo en el botn de una mquina
elctrica, y un murmullo sordo de complacencia corri por encima de
ellos.

--Es Mara--dijeron tres o cuatro, esperando que no les oyese ms que el
cuello de la camisa.

--Ya era tiempo!--apunt uno en voz algo ms alta.

--sta s que canta en la mano, ol!, y no el otro bestia de la fbrica
de conservas--exclam un tercero todava ms indiscreto.

--Tengan ustedes la bondad de callarse, seores, para que podamos
or!--grit una voz irritada.

--Que se calle se!

--Fuera!

--Silencio!

--Chis, chiis, chiis!

--Siempre he dicho que no hay gente peor educada que la de este
pueblo!--volvi a exclamar la voz colrica.

--Cllese usted!

--No sea usted estpido, hombre!

--Chis, chiis, chiis!

Al fin callaron todos y pudo orse la fogosa meloda de Verdi,
interpretada con singular delicadeza. La voz femenina que sala por los
entreabiertos balcones rasgaba la atmsfera acuosa del exterior vibrando
con fuerza por el mbito de la plaza y yendo a perderse en las
encrucijadas de la villa. La soledad y tristeza de la noche aumentaban
el poder y la extensin de aquella voz amable, amable sobre todo
elogio! Para un inteligente de los que se sientan embozados en la
escalerilla del paraso del Teatro Real, es posible que no fuese la
cantante un prodigio de maestra en el _atacar, filar y trinar_ las
notas; mas para los que no se ven atormentados por escrpulos
filarmnicos, puede afirmarse que cantaba muy bien y que posea
especialmente una voz hechicera, de timbre apasionado que llegaba hasta
lo profundo del alma.

Los curiosos de ambos soportales, lo mismo que los filsofos del arroyo,
daban pruebas inequvocas de hallarse conmovidos. La aficin a la msica
en los pueblos ofrece siempre un carcter ms violento e impetuoso que
en las capitales. Quiz se deba a que en stas anda prodigada en demasa
por iglesias, teatros y salones, mientras en aqullos slo alguna que
otra vez pueden gustarla. Nadie chistaba ni se mova un punto de su
sitio. Con la boca entreabierta y la mirada perdida seguan extticos el
curso de aquella meloda desesperada en que Violeta se lamentaba de
morir despus de haber penado tanto. Los ms sensibles empezaban a
soltar lgrimas, recordando alguna aventura galante de su vida juvenil.
El cielo segua dejando caer, inflexible, su depsito inagotable de
polvo lquido. Dos de los filsofos del arroyo se palparon la ropa,
sacudieron el sombrero y, lanzando una sorda imprecacin a los
elementos, vinieron a refugiarse al soportal, produciendo al llegar leve
disturbio entre sus convecinos.

Algo alejados de ambos grupos y arrimados a una columna, se perciban no
muy distintamente tres bultos menudos, con los cuales necesitamos poner
al lector en relacin por breves instantes. Uno de ellos sac una
cerilla para encender el cigarro, y aparecieron tres rostros de catorce
o quince aos, frescos, risueos y maliciosos que volvieron a borrarse
al morir el fsforo.

--Oye, Manolo--dijo uno apagando todo lo posible la voz--, quin te ha
dado esa boquilla?

--Pues se la he _limpiado_ a mi hermano.

--Es de mbar?

--De mbar y espuma de mar: le ha costado tres duros en Madrid.

--Pobre de ti si llega a saber que has sido t...!

--Calla, tonto. Para qu est el criado en casa, sino para pagar estas
culpas?...

Un sujeto que estaba ms cerca que los dems, les mand callar
speramente. Los chiquillos obedecieron. Mas de pronto dijo Manolo con
voz apenas perceptible:

--Escuchad, muchachos. Queris que yo deshaga esto en un instante?

--S, Manolo; s, Manolo!--repusieron precipitadamente los otros, que,
por lo visto, tenan gran confianza en las facultades destructoras de su
compaero.

--Pues vais a ver; estaos quietos ah.

Y apartndose poco trecho de ellos se agazap al lado de una puerta y
solt tres chillidos descomunales, idnticos a los que lanzan los perros
cuando se les castiga. Un ladrido inmenso, furioso, universal, reson
inmediatamente por los espacios. Los perros todos de la poblacin,
unidos y compactos como un solo mastn, protestaban enrgicamente
contra la pena infligida a un semejante suyo. El canto de Mara se
perdi completamente dentro de aquel formidable ladrido. La multitud que
escuchaba experiment dolorosa sacudida, se agit tumultuosamente unos
instantes, lanz exclamaciones incoherentes contra los malditos
animales, trat de imponerles silencio a gritos, y, por ltimo, visto lo
intil de sus esfuerzos, se resign a esperar que cesasen. Los ladridos,
en efecto, se fueron extinguiendo paulatinamente, hacindose cada vez
ms raros y lejanos. Slo el perro del comercio de quincalla, que
acababa de cerrarse, continu algn tiempo ladrando con furia. Al fin
tambin ste ces, aunque muy a disgusto. El canto de la moribunda
Violeta volvi a escucharse, puro y lmpido como antes. Los oyentes
tornaron a reanudar las suaves emociones que les haba producido, si
bien un poco inquietos y nerviosos, como si temiesen a cada instante
verse privados de aquel placer.

Manolo se acerc a sus compaeros ahogando la risa y fue recibido
tambin con risas y aplausos ahogados.

--Anda, Manolito, chilla otra vez.

--Esperad, esperad un poco; hace falta que estn descuidados.

Pasado un rato, Manolo se alej de nuevo cautelosamente, y, rodeando el
grupo, fue a situarse en el extremo opuesto. Desde all lanz otros tres
lamentos como los anteriores, y el mismo ladrido atronador pobl el
espacio respondiendo a ellos. La muchedumbre se alborot nuevamente,
pero con mucho mayor estrpito. Todos hablaban a un tiempo y lanzaban
furiosas exclamaciones.

--Esto es horrible!

--Vaya un concierto que nos estn dando esos condenados de perros!

--El perro que chilla es el que tiene la culpa!

--Maldito!...

--Condenado!...

--Silencio, silencio, que ya se oye algo!

--Qu se ha de or!... Maldita sea mi suerte!

--Silencio, silencio!

--Chis, chiis, chiiiiis!

Los perros fueron callando uno en pos de otro cuando lo tuvieron por
oportuno, y poco a poco se fue restableciendo la calma. El cntico de
Violeta torn a aparecer lleno de dulzura melanclica y de pasin. La
voz de Mara sollozaba de tal suerte al interpretarlo, que el corazn se
oprima y las lgrimas brotaban en los ojos. Un solo perro, el del
comercio de quincalla, sigui ladrando con persistencia sumamente
incmoda, pues la voz de la cantante no acababa de llegar a los odos
del pblico con la debida pureza. Un hombre con garrote en mano se
destac del grupo, y expuesto a la intemperie, atraves la plaza para
hacerle callar; mas el perro oli en seguida la caa y puso pies en
polvorosa. El hombre se meti otra vez en el soportal. Al fin reinaba
completo silencio en la plaza y los aficionados disfrutaban a su sabor
del concierto de los seores de Elorza.

Qu haba sido de Manolo? Sus compaeros le aguardaban haca rato para
tributarle los elogios a que se haba hecho acreedor; pero no acababa de
aparecer.

El ms pequeo pregunt, al fin, tmidamente, al otro:

--Di, qu le haran si le cogiesen chillando?

--Pues nada: le administraran un poco de jarabe de bastn.

El que haba hecho la pregunta se estremeci levemente y guard
silencio.

--Pero ca!--continu el otro--, no le han cogido, no. Bueno es l para
dejarse atrapar!

En este momento Manolo lanz dos gritos ms rabiosos an desde el
soportal de enfrente, y con la misma rabia contestaron ladrando los
perros de la vecindad. No es posible describir lo que entonces acaeci
en la muchedumbre de oyentes de uno y otro soportal. El tumulto que se
produjo fue en realidad imponente. Una porcin de manos se agitaron en
la oscuridad esgrimiendo terribles bastones y paraguas. Y de ambos
grupos sali un coro de imprecaciones nada lisonjeras para la raza
canina. La confusin y el desorden se apoderaron de todas las cabezas.
Los pechos no respiraban ms que venganza y exterminio.

--Matad a ese perro indecente!--grit una voz dominando el tumulto.

--S, s, rompedle el espinazo!--repuso otro buscando ya el gnero de
muerte ms adecuado.

--Ese perro, ese perro!

--Pero dnde est ese maldito?

--Buscadlo y rompedle el espinazo.

--Y si no se encuentra el perro, rompdselo al amo.

--Mala centella los mate a los dos!

El alboroto haba subido de tal suerte y la gritera era tan
escandalosa, que algunos balcones de la vecindad dejaron escapar un
chirrido y se abrieron discretamente. Las cabezas investigadoras que por
ellos asomaron, no logrando enterarse de lo que ocurra y temiendo
resfriarse, se retiraron al instante. En la casa de Elorza se asomaron
tres o cuatro personas, que tambin se metieron velozmente, y oh
dolor!, al retirarse cerraron tras s los balcones.

--Ea, ya omos lo que tenamos que or!

--Han cerrado los balcones?

--S, seor, los han cerrado y han hecho perfectamente.

De aquella muchedumbre sali un suspiro apagado de fatiga y de rabia.
Hubo silencio durante un momento, como tributo rendido a sus esperanzas
muertas. Nadie se mova de su sitio. Al fin uno dijo en alta voz:

--Seores, buenas noches y divertirse. Me voy a la cama.

Este saludo les sac de su estupor. Los grupos empezaron a disolverse
lentamente, no sin lanzar colricas exclamaciones. Algunas personas se
alejaron caminando dentro de los soportales. Otras atravesaron la plaza
con los paraguas abiertos. Los menos, permanecieron en el mismo sitio
haciendo interminables comentarios sobre lo que acababa de ocurrir. Al
fin qued una media docena de curiosos, que, fatigados de murmurar en
aquel paraje, se fueron a hacer lo mismo al caf de la Estrella.
Mientras salvaban la distancia que mediaba entre el soportal y el caf,
una voz irritada, la misma que haba protestado contra la mala educacin
de aquel pueblo, deca con ms clera an:

--Siempre he dicho que no hay perros peor enseados que los de esta
villa!




II

EL SARAO DE LOS SEORES DE ELORZA


--Qu lstima, Isidorito, que usted no hubiese estudiado para mdico!
No s por qu se me figura que habra de tener usted mucho ojo para las
enfermedades!

El joven se ruboriz de placer.

--Doa Gertrudis, me honra usted demasiado; no tengo otro mrito que el
de fijarme bien en lo que traigo entre manos, lo cual me parece de
absoluta necesidad en cualquier carrera a que uno se consagre.

--Tiene usted muchsima razn. Lo primero es fijarse en lo que se tiene
delante y no andar pensando en musaraas. Y si no, aplique usted el
cuento a don Mximo. No se le puede negar mucha sabidura y buen deseo,
pero tiene la desgracia de no fijarse en nada de lo que le dicen, y por
eso no da casi nunca en el clavo. Quiere usted decirme, Isidorito, cmo
es posible que acierte a curar un hombre que cuando el enfermo le est
contando lo que padece se pone a tajar un lpiz o a tocar el tambor con
los dedos? Usted no sabe lo que yo he sufrido por su causa! Que Dios
no le tome en cuenta el mal que me ha hecho! Mi marido le quiere
mucho... y yo tambin, no vaya usted a creer... En medio de todo es un
buen sujeto, y hace veinticuatro aos que entra en casa; pero hay que
decir la verdad aunque cueste trabajo: el pobre seor tiene la desgracia
de no fijarse..., de no fijarse poco ni mucho.

--Exacto, exacto. Don Mximo carece, a mi juicio, de las dotes de
observacin indispensables para el arte que ejercita. Quiz se sorprenda
usted de que califique de arte a la medicina en vez de ciencia: es una
opinin particular ma que estoy dispuesto a sostener contra cualquiera,
lo mismo en privado que en pblico. La medicina, a mi juicio, no es otra
cosa todava que una profesin emprica, puramente emprica. Repito que
es una opinin particular y que, como tal, la expongo; pero abrigo la
confianza de que ser muy pronto una verdad universalmente aceptada.

--La verdad es, Isidorito, que a m no acaba de entenderme. Anteayer
pas todo el da con un ruido en la cabeza, como si estuviese tocando
dentro de ella una banda de tambores. Al mismo tiempo esta rodilla
izquierda se me haba inflamado de tal modo que no pude ir siquiera
desde mi cuarto al comedor. Le mand recado a don Mximo, y hasta el
oscurecer no vino. Le digo a usted que pas un da cruel, y que si no
hubiera sido por unos parches de sebo, que a medianoche me puso mi hija
Marta en las sienes, me hubiese muerto sin remedio, porque don Mximo no
tuvo por conveniente mandar encender luz siquiera para verme.

--Lo que usted indica corrobora ms y ms mi aserto. Vea usted cmo los
remedios caseros, administrados sin otro discernimiento que el que
comunica la rutina, por los resultados obtenidos en una larga serie de
casos, obran a veces sobre el organismo de modo ms favorable que una
medicacin cientfica. No acaece otro tanto en nuestra profesin,
seora, donde todos los casos que puedan ocurrir estn de antemano
previstos por las leyes o por la jurisprudencia elevada a la categora
de ley. No hay un solo litigio que no tenga ya su resolucin adecuada en
los cdigos civiles, ni puede cometerse absolutamente ningn delito o
falta que no est comprendido en algn artculo del Cdigo penal. Y para
que jams pueda quedar nada al libre arbitrio de los tribunales (excepto
la interpretacin _usual_), tenemos como derecho supletorio el cannico,
que es un abundante venero de reglas de conducta, aunque basadas todas
ellas principalmente en la equidad.

--Cierto, cierto, Isidorito. Los mdicos no entienden absolutamente una
palabra. Si yo pudiese meter en frascos otra vez las medicinas que he
tomado, poda muy bien abrir botica. Ya ve usted que estoy como el
primer da... Lo mismo que el primer da!..., sin adelantar un paso
siquiera... Dios me concede mucha resignacin, que si no... Mire usted,
ayer estuve regularmente, pero lo que es hoy, por ser da de mi santo,
me encuentro fatal, fatal... Un desasosiego en todo el cuerpo..., un
hormigueo en las piernas..., un ruido en los odos... Usted, que tiene
tanto talento, no sabra lo que es este ruido en los odos?

--Seora, yo creo..., ejem..., que esa enfermedad obedece a un estado
puramente nervioso... Las alteraciones nerviosas son tan variadas y
extraas..., ejem..., que no es posible someterlas a principios fijos,
sino ms bien conviene no sentar ninguna regla y estudiarlas en detalle,
o sea cada una de por s.

Trabajo le cost, pero al fin sali del paso. Isidorito era un muchacho
macilento y encogido, con hondos y precoces surcos en las mejillas, de
pelo ralo y ojos saltones. Se le tena por uno de los jvenes ms
formales o acaso el ms formal de la villa y serva siempre de espejo a
los padres de familia para afear la conducta de sus hijos
calaveras:--No ves a Isidorito qu bien se produce en sociedad, y con
qu aplomo habla sobre todas las cuestiones?--Ah, si t fueses como
Isidorito, qu vejez tan dulce me haras pasar!--Vergenza te haba
de dar que Isidorito se hubiese hecho doctor hace ya cuatro aos, y t
no hayas logrado graduarte de licenciado todava, zopenco!

Doa Gertrudis, esposa del seor don Mariano de Elorza, dueo de la casa
en que nos hallamos, est sentada, o por mejor decir, recostada en un
silln al lado de Isidorito. Aunque no pasaba de cuarenta y cinco aos
de edad, representaba casi tantos como su marido, que frisaba ya en los
sesenta. En su rostro descaecido y marchito, sin embargo, no se haban
borrado an enteramente los rasgos de una belleza excepcional, que haba
dado mucho que decir all por los aos de 1846 al 48, y que le valiera
multitud de romances, sonetos y acrsticos de los ms eminentes poetas
de la villa, insertos en un peridico semanal que entonces se publicaba
en Nieva con el ttulo de _El Judo Errante_. Doa Gertrudis guardaba
con gran esmero una coleccin lujosamente encuadernada de _Judos
Errantes_ y sola asegurar a los amigos que si el joven que firmaba sus
acrsticos con una V y tres estrellas no hubiese fallecido de una tisis
galopante, sera a la fecha el poeta a la moda, y que si otro muchacho,
llamado Ulpiano Menndez, que se ocultaba bajo el seudnimo de _El Moro
de Venecia,_ no se hubiera marchado a Amrica a hacer fortuna en el
comercio, sera por lo menos tanto como Zorrilla o Espronceda. Don
Mariano, su esposo, participaba de la misma conviccin, aunque en otra
poca, tanto el poeta lrico como el comerciante le haban causado
grandes desasosiegos y turbado no pocas veces la paz de sus relaciones
amorosas. Pero era hombre justificado y amigo de dar a cada uno lo suyo.

Doa Gertrudis estaba rebujada en una magnfica manta de felpa, y tena
la cabeza cubierta con una cofia, por debajo de la cual enseaba algunos
cabellos entre rubios y blancos. Su rostro era de singular blancura
mate, fino y correcto. Los ojos azules y sumamente tristes. Ms que de
la enfermedad advertanse en aquel rostro las huellas de la clausura.

--Me mata, me mata este ruido en los odos. No puedo comer, no puedo
dormir, no puedo sosegar en ninguna parte.

--Juzgo que debiera usted permanecer en la cama.

--Es peor, Isidorito, es peor. En la cama no puedo prender los ojos.
Empiezo a dar vueltas como un molinillo y llega a producirme fiebre.
Estoy mucho ms enferma de lo que se cree. Ya se ver cmo esto tiene
mal fin. Hoy me encuentro tan nerviosa, tan nerviosa... Tmeme usted el
pulso, Isidorito, y dgame usted si tengo fiebre.

Al sacar la mano enflaquecida y drsela al joven, don Mariano y don
Mximo, que charlaban animadamente en el hueco de un balcn, dirigieron
la vista hacia all y sonrieron. Doa Gertrudis se ruboriz un poco y
volvi a ocultar su mano velozmente dentro de la manta.

--Ya tiene un nuevo mdico de cmara su seora--apunt don Mximo con
acento irnico.

--Bah, bah, bah!... Con qu perro o gato de la villa habr dejado mi
mujer de celebrar consulta? Estos das anda furiosa con usted y dice que
se va a morir sin que usted haga caso de ella. Yo la encuentro mejor que
nunca... Pero vamos a ver, don Mximo, usted cree de buena fe que
podemos aceptar el trazado de Miramar?

--Y por qu no?

--No comprende usted que nos hundimos para siempre?

--Don Mariano, me parece que est usted obcecado. Lo que le importa a
Nieva es tener ferrocarril pronto, pronto, pronto.

--Lo que le importa a Nieva es tener ferrocarril bueno, bueno, bueno. El
trazado de Miramar sera nuestra ruina, porque nos acerca a Sarri, que,
como usted sabe muy bien, tiene ms importancia comercial y martima que
nosotros. En pocos aos nos tragara como una pepita de cereza. Adems
debe usted tener en cuenta que habiendo quince kilmetros desde el
empalme hasta Nieva y doce solamente a Sarri, ninguna mercanca dejar
de preferir este punto para exportarse. Si a esto agrega usted que tarde
o temprano...

Un golpe violento de tos cort la palabra a don Mariano. Era un hombre
grueso, alto, con barba y cabellos blancos; aqulla muy crecida. Sus
ojos negros brillaban como los de un joven, y en sus mejillas sonrosadas
el tiempo no haba conseguido labrar profundos surcos. Sin duda haba
sido uno de los jvenes ms gallardos de su poca. Tal como ahora le
hallamos, todava llamaba la atencin por su fisonoma simptica y
venerable, y por su figura atltica. Con la violencia de la tos, su
temperamento sanguneo experiment una fuerte sacudida: el rostro se
colore excesivamente. Cuando hubo cesado, torn a coger el hilo del
discurso.

--Si a esto agrega usted que tarde o temprano tendremos un buen puerto,
ya sea en El Moral o en el mismo Nieva, porque la guerra no ha de durar
eternamente ni el Gobierno ha de dejarnos reducidos siempre a la
condicin de parias, ya ver usted qu vuelo toma en un instante el
comercio de la villa y qu pronto le hacemos sombra a Sarri.

--Bien, bien: convengo en que el trazado de Sotolongo ofrece algunas
ventajas; pero usted bien sabe que por ahora ni en mucho tiempo no hay
que soar con l, mientras que el de Miramar lo tenemos en la mano. El
Gobierno est profundamente interesado en ello, porque no hay otro medio
de proteger nuestra fbrica de armas. Ya comprende usted que si los
carlistas llegasen a romper la lnea de Somosierra, entraran aqu como
Pedro por su casa, tomaran las armas que les pareciera, inutilizaran
la fbrica y podran marcharse por el valle de Caedo sin peligro
alguno. Por ahora no hay cuidado que rompan la lnea, ya lo s, pero
quin puede asegurar lo que suceder con el tiempo? Adems, no puede
llegar un da en que el mismo elemento carlista que aqu tenemos levante
la cabeza? Pues si hubiese ferrocarril, cualquiera que l fuese, nada
ms fcil que poner aqu en dos horas cuatro o cinco mil hombres...

--En primer lugar, don Mximo, un ferrocarril militar, como usted mismo
confiesa que es el de Miramar, no es el que tenemos derecho a exigir de
la Nacin. Necesitamos un ferrocarril verdadero y adecuado para el
fomento de nuestros intereses y que no sirva nicamente para proteger
una fbrica. Hgase usted cargo de que es obra para siempre y que, si
desde su origen adolece de un vicio grave, este vicio pesar eternamente
sobre nuestra villa. En segundo lugar, los carlistas no pasarn jams de
Somosierra. En cuanto a que aqu levanten la cabeza, demasiado comprende
usted que no es posible, porque cuentan con muy pocos elementos..., y
eso que bien lo trabajan.

--Ya lo creo que lo trabajan! Hay que estar prevenidos... y no
dormirse... Y en ltimo resultado, ms vale pjaro en mano... Pero
dgame usted, don Mariano, hablando de otra cosa, han terminado ya de
arreglar las cocheras?

Don Mariano, antes de responder, se palp con aire distrado todos los
bolsillos de la ropa, y no hallando lo que buscaba, dirigi la vista
hacia un rincn de la sala.

--Martita, ven ac.

Una nia que estaba sentada en el extremo de un divn, sin hablar con
nadie, lleg corriendo. Podra tener trece o catorce aos, pero estaban
ya bien sealadas en ella las formas de la mujer: vesta de corto, sin
embargo. Era blanca, con ojos y cabellos negros, mas su semblante no
ofreca la expresin provocativa que suele tener esta clase de rostros.
Las facciones no podan ser ms correctas ni el conjunto ms armonioso.
Faltaba a aquella belleza, no obstante, un soplo de vida que la animase.
Era lo que se llama vulgarmente un rostro parado.

--Oye, hija ma; ve a mi cuarto, abre el segundo cajn de la izquierda
de la mesa de escribir y treme la petaca.

La nia se alej presurosa y no tard en volver con ella.

--Vamos a fumar al comedor--dijo don Mariano tomando a don Mximo del
brazo.

Y ambos salieron del saln por una de las puertas laterales.

Marta volvi a sentarse otra vez en el mismo sitio. Las seoras que se
hallaban cerca estaban empeadas en una conversacin animadsima en la
cual ella no tomaba parte. Quedose, pues, sentada, paseando su mirada
indiferente de una a otra parte de la sala, detenindola ahora en un
grupo, ahora en otro de circunstantes y fijndola ms particularmente en
el pianista que _ejecutaba_ a la sazn la sinfona de _Semramis_.

Pocas veces haba presentado el saln de los seores de Elorza aspecto
tan brillante. Todos sus divanes de damasco floreado estaban ocupados
por seoras ricamente ataviadas, con los brazos y el pecho al aire. La
araa de cristal que colgaba en el centro despeda hermosos cambiantes
de luz que iban a caer sobre su tersa piel produciendo visos nacarados.
Los espejos reflejaban de uno y otro lado aquellos pechos hasta el
infinito. El severo papel verde botella del saln realzaba su blancura.
Marta tena frente a s a las seoras de Delgado; tres hermanas, una
viuda y dos solteras. Todas pasaban de los cuarenta. Las solteras no
fiaban de su juventud, pero tenan absoluta confianza en el poder de sus
espaldas lustrosas y en sus brazos redondos y crasos. Cerca de ellas
estaba la seorita de Mor, carirredonda, vivaracha, de ojos negros
maliciosos, hurfana y rica. Un poco ms all la seora de Ciudad,
dormitando sosegadamente hasta que llegaba la hora de recoger a las seis
hijas que tena diseminadas por los distintos parajes de la sala. All,
en un rincn, su hermana Mara charlaba ntimamente con un joven. Los
ojos de la nia rodaban de un sitio a otro lentamente. La msica le
interesaba poco. Pareca estar segura de no ser observada por nadie, y
su rostro tena la expresin glacial e indiferente del que se encuentra
solo en su cuarto.

Los caballeros, con levita negra correctamente abrochada, se arrimaban
lnguidamente a las puertas del gabinete y del comedor, lanzando desde
all miradas persistentes a los brazos y los pechos que ocupaban los
divanes. Otros se mantenan en pie detrs del piano, esperando que un
comps de silencio les diese tiempo para expresar por medio de
exclamaciones reprimidas la admiracin que rebosaba de su alma. Slo muy
pocos, bien quistos de la suerte, haban logrado que alguna seora
refrenase con la mano, en obsequio suyo, el vuelo exuberante de sus
faldas de seda y les hiciese un lugarcito a su lado. Orgullosos de tal
prerrogativa, manoteaban sin cesar y derrochaban su ingenio para
entretener a la magnnima seora y a las tres o cuatro amigas que
tomaban parte en la conversacin. El torrente de fusas y semifusas que
sala del piano colocado en un ngulo del saln llenaba su recinto y
apagaba enteramente el cuchicheo de las conversaciones. A veces, sin
embargo, cuando los dedos del pianista heran suavemente las teclas en
algn pasaje, se oa el ruido spero de los abanicos al abrirse y
cerrarse y sobre el murmullo tenue y confuso de los imprudentes que
charlaban se perciba sbito una palabra o una frase entera que haca
volver con disgusto la cabeza de los que formaban detrs del piano. El
calor era grande, a pesar de hallarse entreabiertos los balcones. La
atmsfera, sofocante y cargada de un desagradable olor, mezcla del
perfume de pomadas y esencias con los efluvios de los cuerpos que ya
transpiraban. En esta mixtura de olores predominaba el aroma acre de los
polvos de arroz.

Doa Gertrudis, segn costumbre cotidiana, se haba dormido
profundamente en la butaca. Tena fuero de enferma y nadie se lo tomaba
a mal. Isidorito levantose silenciosamente y fue a arrimarse a la puerta
del gabinete. Desde aquella posicin inexpugnable comenz a lanzar
miradas abrasadoras, largas y profundas sobre la seorita de Mor, que
recibi los fuegos de la batera con una calma heroica. Isidorito haba
amado a la seorita de Mor desde que tuvo conocimiento de lo que eran
dotes y bienes parafernales, asombrando despus por su fidelidad a toda
la villa. Aquella pasin haba hecho presa de tal suerte en su alma, que
jams se le vio cruzar la palabra ni dirigir una mirada incendiaria a
otra mujer que no fuese la citada seorita.

Pero Isidorito, contra lo que pudiera creerse dados sus vastos
conocimientos jurdicos y su formalidad no menos vasta, experimentaba
una leve contrariedad en sus amores. La seorita de Mor tena por
costumbre prodigar sonrisas amables a todo el mundo, derrochar miradas
largas y apasionadas con todos los jvenes de la poblacin; con todos...
menos con Isidorito. Esta conducta inexplicable no dejaba de causarle
algunas inquietudes, obligndole a meditar frecuentemente sobre la
sabidura de los legisladores romanos que jams quisieron otorgar
capacidad jurdica a la mujer. Haba sido nombrado recientemente fiscal
municipal del distrito, lo cual, al constituirle en autoridad, le daba
gran prestigio entre sus convecinos. Pues bien, la seorita de Mor,
lejos de dejarse fascinar por la nueva posicin de su apasionado,
pareci encontrar ridculo tal nombramiento, a juzgar por el empeo con
que desde entonces trat de evitar toda comunicacin visual con l. Pero
nuestro joven no se dej abatir por estas nubecillas tan frecuentes
entre enamorados y continu bloqueando, unas veces por medio de plticas
eruditas y otras con actitudes lnguidas y romnticas, la carita redonda
y los tres mil duros de renta de la inquieta damisela.

Al lado de Marta cierto joven ingeniero que acababa de llegar de Madrid
converta en un edn con su charla insinuante y graciosa la tertulia que
se haba formado para escucharle. Era una tertulia o _petit comit_,
como lo llamaba el ingeniero, compuesta exclusivamente de damas, donde
el ncleo estaba constituido por tres seoritas de Ciudad.

--Eso no es ms que una galantera de usted, Surez--dijo una seora.

--Ya se ve!--repitieron varias.

--Es la pura verdad, y cualquiera que haya vivido all algn tiempo lo
podr decir. En Madrid no hay trminos medios: o las mujeres son
totalmente hermosas o totalmente feas. No hay el conjunto de rostros
agradables y simpticos que aqu veo. Porque no les extraar a ustedes
que les diga que el nmero de feas es all mucho mayor que el de
hermosas.

--Bah! bah! En Madrid es donde se encuentran las mujeres ms bonitas
y, sobre todo, ms elegantes.

--Eso ya es otra cosa: elegantes, s; pero bonitas, no paso por ello.

--Pues aunque usted no pase.

--Seoras, hay una razn para que ustedes sean ms bonitas que las
madrileas: es una razn que pueden apreciar mejor los que, como yo, se
han dedicado a las bellas artes. Aqu hay el color y la forma, que all
no existen. Esta noche, afortunadamente, tengo ocasin de observarlo y
de establecer comparaciones que resultan muy favorables para ustedes.
Ahora que nos permiten contemplar lo que ordinariamente cubren con tal
cuidado, puedo asegurar que ustedes tienen forma de mujer, la forma que
tanto admiramos en las estatuas griegas y en las pinturas flamencas,
mrbida, blanca, transparente, mientras que al entrar en un saln de
Madrid no se tropieza ms que con esqueletos en traje de baile...

Las seoras rieron, tapndose la cara con los abanicos.

--Qu lengua, qu lengua tiene usted, Surez!

--No me sirve ms que para decir lo que es cierto. Las nias de Madrid
me hacen el efecto de sombras chinescas. En ustedes encuentro seres
visibles, palpables... y hasta confortables.

Marta observ que la buja de un candelabro se estaba concluyendo y que
iba a hacer estallar la arandela de cristal. Se levant y fue a apagarla
con un soplo. Despus, al sentarse nuevamente, lo hizo en sitio
distinto.

El pianista termin sin novedad su sinfona. Las conversaciones cesaron
de golpe. Algunos batieron las palmas y otros dijeron: Muy bien, muy
bien! Ninguno le haba escuchado. El pianista se crey indemnizado de
sus fatigas, y asomando la cara ruborosa por encima del piano, dio las
gracias a la sociedad con sonrisa triunfal. Un joven que traa el pelo
sobre la frente al estilo de los elegantes de Madrid aprovech este
momento de felicidad para obligarle a tocar un vals-polca.

Desde los primeros acordes se pudo notar extraordinaria agitacin en la
juventud de las puertas, que se enervaba a ojos vistas por la falta de
ejercicio. Algunos empezaron a meterse los guantes apresuradamente;
otros se aliaron los cabellos con la mano y apretaron el nudo de la
corbata. Uno pregunt con voz alterada:

--Es mazurca, verdad?

--No; es vals-polca.

--Cmo vals-polca?

--No lo ests oyendo?

--Ah, s, es verdad! Pues, seor, ese bruto del piano se empea en que
yo no baile con Rosario esta noche!

Todos parecan inquietos y nerviosos como si fuesen a entrar en fuego.
Los ms atrevidos salieron con paso rpido al medio de la sala y se
acercaron a las jvenes, disimulando su emocin con una sonrisa
petulante. Cuando la seorita invitada se levantaba para apoyarse en su
brazo, empezaban a sentirse dueos de s mismos. Otros menos osados
daban tres o cuatro chupadas intensas al cigarro, despidiendo el humo
hacia el pasillo, y, despus de arrojar la punta, se dirigan
pausadamente hacia alguna joven de las menos agraciadas, que les pagaba
su atencin con una sonrisa henchida de promesas amables. Los ms
cobardes forcejeaban con los guantes buen rato y concluan por rogar a
algn seor grave que les abrochase los botones. Terminada la operacin
y al disponerse a bailar, se encontraban con que no haba ninguna
muchacha sentada. Entonces se resignaban a bailar con alguna mam.

Una en pos de otra, todas las parejas rompieron el baile. Marta
permaneci sentada. Dos o tres pollastres haban venido muy almibarados
y dndose aires de proteccin a invitarla, pero les contest que no
saba bailar. El motivo verdadero de la negativa era que a su padre no
le gustaba que empezase tan nia a figurar en sociedad. Quedose, pues,
mirando atentamente cmo daban vueltas los dems. Sus grandes ojos
negros se iban posando con plcida expresin sobre cada una de las
parejas que por delante de ella cruzaban. Algunas le interesaban ms que
otras, y las segua con la vista. Las actitudes, los movimientos y la
traza de ellas eran tan distintos que ofrecan estudio curioso. Un joven
largo y delgado doblaba cuanto poda el espinazo para abrazar a una
seorita diminuta que se empinaba sobre la punta de los pies. Una dama
ajamonada y obesa se apoyaba lnguidamente sobre el hombro de un
muchacho, embadurnndole la levita con el _blanco cera de Circasia_.
Algunos, como Isidorito, no llevaban comps de ninguna clase, y pisaban
con frecuencia a sus parejas, que concluan por declararse fatigadas y
pedir tregua. Otros lo marcaban con fuertes taconazos, estropeando la
alfombra. A stos les miraba Marta con cierta mala voluntad de ama de
casa. Al cabo de un rato los rostros empezaron a reflejar el cansancio,
ponindose rojos o plidos, segn el temperamento de cada uno. Con la
boca entreabierta, las mejillas inflamadas y la frente cubierta de
sudor, no ofrecan otra expresin que la de la estupidez ms cumplida.
En un principio haban sonredo y hasta haban dejado escapar de sus
labios alguna palabra galante; pero muy pronto cesaron las galanteras y
se apag la sonrisa. Todos concluyeron por brincar graves y silenciosos,
como si una mano invisible descargase latigazos sobre ellos para que lo
hiciesen. Marta cerraba de vez en cuando los ojos, y de esta suerte
evitaba el mareo que empezaba a acometerle.

Al fin dej de sonar el piano repentinamente. Las parejas, en virtud del
impulso adquirido, dieron otros tres o cuatro saltos sin msica, lo cual
hizo sonrer a Marta. Antes de sentarse, las muchachas pasearon unos
momentos por el saln de bracero con sus galanes, anudando alguna rota e
interesante pltica. El pianista reciba las gracias efusivas del
pollastre del pelo por la frente. Al cabo, las damas fueron sentndose
en sus respectivos sitios, y los galanes se replegaron de nuevo hacia
las puertas, limpindose el sudor con el pauelo. Los que haban bailado
con las bellezas de la sala tenan la cara resplandeciente de felicidad
y acogan, sonriendo, las bromitas de sus amigos, mientras los que
haban apechugado con las feas, un tanto mohnos, ponan por las nubes
la destreza en el baile de sus parejas.

El joven del pelo por la frente inici la idea de que cantase don
Serapio, y recorri los diversos grupos del saln haciendo propaganda
instantnea y satisfactoria de tan feliz pensamiento.

--S, s, que cante don Serapio.

--Que cante don Serapio, que cante don Serapio.

--Seores, por Dios! Estoy sumamente acatarrado.

--Mil gracias, seoras, mil gracias. Quisiera poseer en este momento la
voz de un ngel, porque los ngeles slo deben escuchar a los ngeles.

El piropo produjo excelente efecto en la parte femenina del saln. La
parte masculina lo recibi con sonrisas burlonas.

--Siempre hemos tenido gusto en escucharle; ya lo sabe usted.

--Porque siempre va unida a la belleza la bondad. Los rostros son espejo
de las almas, suelen decir, y si esto es cierto, cmo no han de ser
ustedes benvolas conmigo?

El segundo piropo fue recibido tambin con risas de complacencia por las
seoras. Los hombres continuaron sonriendo malignamente.

--A cantar, a cantar, don Serapio.

--Pero si no tengo nada ensayado!... No s cmo arreglarme para
corresponder a tanta bondad... Adems, estoy ronco.

Don Serapio se hizo de rogar todava algn tiempo. Por ltimo se fue
acercando al piano rodeado de seoras, a quienes diriga sonrisas y
palabras llenas de almbar, y termin por sacar disimuladamente un rollo
de papeles de msica que traa en el bolsillo interior de la levita. El
pianista se hizo cargo al instante de la maniobra, y le ayud,
quitndoselo rpidamente de la mano.

--Don Serapio, va usted a cantar..., va usted a cantar... la romanza
_Lontano a te_--dijo, desplegndola sobre el atril.

--Oh, por Dios! Es demasiado sentimental, y estas seoras no estn
ahora por el romanticismo...

--Al contrario, don Serapio--exclam una de las seoritas de Delgado--,
las mujeres, en esta poca de inters y de clculo, somos las que
debemos rendir culto al sentimiento y al corazn.

--Siempre tan linda como discreta!--manifest el cantante inclinndose
hasta el suelo.

Comenz a preludiar el piano. Don Serapio, antes de emitir nota alguna,
arque repetidas veces las cejas y estir cuanto pudo el cuello en seal
de asentimiento. Pasaba de los cincuenta, aunque las pomadas, tinturas y
cosmticos le diesen aspecto de joven a cierta distancia. De cerca, sus
bigotes engomados a la perfeccin no bastaban a compensar las patas de
gallo y arrugas de todo linaje que le cruzaban el rostro. Era fabricante
de conservas alimenticias y soltern empedernido, no porque dejase de
honrar al bello sexo y tenerle en gran estima, sino porque pensaba que
el matrimonio era la muerte del amor y sus ilusiones. No haba hombre
ms azucarado y mantecoso en conversacin con las damas, ni jams tuvo
galn un surtido ms numeroso de requiebros para soltarles. En casi
todos ellos jugaba mucho papel _el fuego de la pasin, la prdida del
albedro, el aliento perfumado, los latidos del corazn_ y otras cuantas
lindezas anlogas, todas trasnochadas. Esto en cuanto a las seoras. En
cuanto a las doncellas de labor y cocineras, no paraban aqu los
galanteos de don Serapio. Se le consideraba como uno de los ms
terribles y dainos seductores de este gnero; y era cosa bien sabida en
Nieva que ms de una vez y ms de dos haban ido a la fbrica con algn
tierno infante entre los brazos a armarle un escndalo maysculo, que l
se haba apresurado a conjurar con los rellenos de su gaveta.
Ordinariamente haca una vida arreglada, levantndose muy de maana,
yendo a la fbrica a despachar las cuentas y a inspeccionar el
condimento de los pescados y mariscos y viniendo a eso de las cinco de
la tarde a jabonarse y vestirse para emprender su paseo o sus visitas
que no eran pocas, y que terminaban siempre a las once de la noche. La
nica lectura que le agradaba, las novelas de crmenes.

La voz de don Serapio era poquita, pero desagradable, como deca un
joven humorista de los que se arrimaban a las puertas. Nunca pudo
averiguarse si era tenor, bartono o bajo. En cambio, cantaba con un
sentimiento capaz de derretir a las piedras, del cual poda juzgarse por
los movimientos infinitos de sus cejas y por la expresin de desconsuelo
que tomaba su fisonoma as que se hallaba frente al piano. Nadie vio un
rostro tan arqueado, estirado y compungido. La romanza _Lontano a te_,
ms que ninguna otra, tena el privilegio de despertar su sensibilidad y
dar a sus ojos expresin extremadamente amarga.

Mientras el fabricante de conservas expresaba en italiano el dolor de
hallarse lejos de su amada, la hija mayor de los seores de la casa
segua conversando en el paraje ms retirado de la sala con un joven de
fisonoma abierta y simptica, moreno, de ojos negros y bigote
naciente.

--Enrique no entendi bien mi encargo--deca el joven--. Yo le peda que
me remitiese un aderezo de valor y lo que me manda es medio aderezo
vulgarsimo hasta ms no poder; tanto, que pienso devolvrselo maana
mismo sin mostrrtelo siquiera.

--No te moleste ms; es igual uno u otro.

--Cmo ha de ser igual! De cundo ac, seorita, se ha vuelto usted
tan indiferente en asuntos de tocador? Estoy seguro de que si te trajese
el dichoso aderezo reiras en grande.

--No lo creas.

--Te figuras acaso que no me acuerdo de la burla que has hecho del
sombrero que tu ta Carmen te regal hace pocos das?

--Hice mal en burlarme; pero t haces tambin mal en echrmelo en cara.
La verdad es que, en resumidas cuentas, lo mismo da un sombrero o un
aderezo que otro.

--Corriente; dale expresiones. Te conozco bien y no me dejo engaar. El
aderezo se devolver y en su lugar vendr otro a mi gusto y al tuyo...
Dejemos el aderezo... Algo tena que decirte y ya no me acuerdo... Ah,
s! Es necesario que escribamos a tu to Rodrigo, pues segn la carta
que de l recib hoy, no sabe todava el da en que nos casamos. Creo
que debemos escribirle los dos en una misma carta, no te parece?

--Como t quieras.

--Bien, pues maana, antes de comer, pasar por aqu y lo haremos.

Ambos callaron algunos instantes y atendieron al canto de don Serapio,
que se lamentaba cada vez con acento ms pattico de la soledad y
tristeza en que su dueo le tena. Una de las seoritas de Delgado se
llev el pauelo a los ojos, declarando en voz baja a los que estaban
cerca que desde haca poco tiempo se le saltaban las lgrimas por
cualquier cosa.

--Qu majadero es este don Serapio! Con tanto mover la frente se le va
a correr hacia atrs el peluqun.

--No seas malo, Ricardo; ten un poco de caridad y djale al pobre que
goce sin ofender a Dios ni al prjimo.

--No, lo que es por m ya puede cantar hasta que reviente... Pero
observo, nia, que te has vuelto muy moralista de algn tiempo a esta
parte. Tratas de hacerle competencia al cura de la parroquia?

--Lo que trato es de que no seas murmurador. Si me quieres tanto como
dices, no deban ofenderte mis consejos.

--No me ofenden; todo lo contrario, los escucho siempre con gusto y los
sigo... cuando puedo. Ya conoces mi genio y sabes que no puedo menos de
hablar en broma. En fin, tiempo te queda para sermonearme a tu gusto,
verdad? No slo tiempo sino espacio tambin. Puedes ir echndome
sermones desde Nieva hasta Madrid, despus de Madrid hasta Pars, y
desde Pars a Miln, y desde Miln a Venecia, y despus hasta Roma y
Npoles, y otra vez de vuelta por Ginebra, Bruselas, Pars y Madrid
hasta casa. Con qu gusto ir escuchando a un predicador tan monsimo
por todos esos pases extranjeros! Qu te parece el itinerario de
nuestro viaje?

--Bien.

--Bien, bien! Eso no es decir nada. No parece sino que el asunto no te
interesa tanto como a m! Yo no lo declaro definitivo mientras t no
hagas en l las modificaciones que creas convenientes o lo vares por
entero si te place. El mismo inters tengo en ir a Pars y Roma que a
Berln o a Londres. Figrate lo que me importar, yendo contigo, viajar
por un lado o por otro!

--Lo que t determines estar bien.

--Dejmonos de cuentos: te gusta el viaje que te propongo, s o no?

--Ya te he dicho que s.

--Pero, hija, qu tienes? En toda la noche no he podido hacerte sonrer
una vez siquiera, ni pronunciar ms que las palabras estrictamente
necesarias. A qu viene esa gravedad? Ests enfadada conmigo?

--Por qu haba de estarlo?

--Eso pregunto yo, por qu? Lo cierto es que lo ests, pues de otro
modo no tiene explicacin el tono displicente con que me respondes hace
rato.

--Es una suspicacia tuya. Te respondo como siempre.

Ricardo contempl en silencio a su novia, que separ la vista fijndola
en don Serapio.

--Podr ser; pero no lo veo claro. Si realmente estuvieses enfadada,
haras mal en no decirme el motivo, para reparar mi falta, si por
ventura la hubiese cometido. La conciencia no me acusa de nada...

--Te digo que no estoy enfadada: no seas pesado!

Mara pronunci estas palabras con evidente sequedad y sin apartar la
vista del cantante. Ricardo la contempl otra vez largamente.

--Bueno, bueno..., ms vale as... Yo crea, sin embargo...

Ambos guardaron silencio buen espacio. Ricardo lo rompi diciendo:

--Cuando acabe don Serapio te van a hacer cantar a ti; estoy seguro...
Todos ganarn en ello menos yo...

--Pues?

--Por dos razones: la primera porque todo lo que gozo oyndote cuando
estamos en familia, me disgusta cuando cantas en pblico; la segunda
porque vas a separarte de m.

--No s por qu te disgusta que cante en pblico. A m es a quien
disgusta... y mucho. Lo de la separacin es una tontera, porque estamos
juntos mucho ms tiempo de lo que debiramos.

--Es largo de explicar y difcil el porqu no me gusta que cantes en
pblico. Lo de la separacin, aunque lo juzgues tontera, es la pura
verdad. Por ms que estemos juntos algunas horas del da, aun me parece
poco. Quisiera que lo estuvisemos todas. En un hombre que se va a casar
dentro de mes y medio no creo que tenga mucho de particular este
deseo...

Y bajando la voz, con acento apasionado, aadi:

--Ni me sacio ni me saciar jams de estar a tu lado, vida ma. En los
aos que llevo adorndote, ni un solo momento he sentido la sombra del
hasto. Cuando estoy cerca de ti pienso que ni en el cielo estara tan
bien; cuando estoy lejos pienso que estara mejor junto a ti. Esto es
una garanta de que nunca nos cansaremos el uno al lado del otro, no es
verdad? Por mi parte te hago juramento de que si llegamos a viejos me
gustar ms estar a tu lado que tomando el sol... Qu vida tan dichosa
nos espera y cunto tiempo hace que sueo con ella!... Te acuerdas
cuando un da, en la huerta de casa, teniendo t ocho aos y yo diez,
mi pobre mam nos hizo cogernos de la mano dicindonos gravemente:
Queris ser marido y mujer?... Pues daos un beso y cuidado con
enfadarse ms. Desde entonces nunca pens que poda casarme con otra
mujer ms que contigo.

Mara no respondi a este fervoroso discurso. Sigui mirando con fijeza
extraa y como absorta en lejanos pensamientos al fabricante de
conservas.

--Sabes una cosa?

--Qu?

--Que han venido tambin los estuches con tus vestidos, pero aun no los
he abierto. Los dos tienen sobre la tapa tu cifra con corona de
marquesa. Aunque te ras, no dejar de decirte que me dio un salto el
corazn al ver la corona. Me pareci que ya estbamos unidos, que no
haba que esperar estos mortales cuarenta y cinco das. No s lo que
dara por que hoy fuese el ltimo de diciembre. Dime, fesima no tienes
deseos de llamarte la marquesa de Pealta, de ser ma, ma para siempre?

Mara se levant del divn y con gesto desdeoso, sin mirar a su novio,
repuso:

--As, as.

Y fue a sentarse cerca de una de las infinitas seoritas de Ciudad.
Ricardo permaneci algunos instantes clavado a la butaca sin mover
siquiera un dedo. Despus se levant bruscamente y sali de la sala.

Don Serapio, al fin, termin de llorar ausencias de su dama, asegurando
en una ltima fermata que, si tal estado de cosas se prolongaba, morira
sin remisin. El pianista secund este grito de dolor con una escala en
octavas estrepitosas. Son un largo palmoteo y se dirigieron al cantante
por parte de las damas sonrisas afectuosas de aprobacin. La juventud de
las puertas, siempre bromista, se empe en hacerle repetir la romanza;
pero don Serapio tuvo bastante buen olfato para advertir que los
aplausos juveniles no eran de buena ley, y se neg a complacerla.

Entonces el pollo del pelo por la frente dirigi a la asamblea la
siguiente alocucin:

--Seores, yo creo que ya es hora de que escuchemos a la gran artista...
Todos esperamos con impaciencia que Mara nos proporcione... uno de
esos momentos felices..., que otras veces nos ha proporcionado...,
verdad?

--Eso es: que cante Mara.

--S, cantar, porque es muy amable.

El orador fue a dar el brazo a la seorita de la casa y la trajo hasta
el piano.

Cuando Mara qued sola y en pie frente a la tertulia, produjo como
siempre un estremecimiento de admiracin: Qu hermosa, qu
hermosa!--Esta chica cada da es ms bonita!--Qu gusto exquisito
tiene para vestirse!--Parece una reina! Estas y otras muchas frases
laudatorias fueron las que se dijeron al odo los tertulios de los
seores de Elorza.

Sin ser muy alta, tena una estatura y porte majestuosos. Era delgada,
flexible y elegante como las bellas damas del Renacimiento que los
pintores italianos escogan para modelos. La lnea de su cuello mrbido
y lustroso recordaba las estatuas griegas. Este cuello serva de sostn
a una cabeza rubia de rostro blanco, levemente sonrosado en las
mejillas, fino, correcto, transparente, con labios rojos y ojos azules.
Semejaba notablemente al de doa Gertrudis, pero tena una expresin
persuasiva e insinuante que jams haba mostrado el de aquella
esclarecida seora, por ms que otra cosa asegurase el poeta lrico de
los acrsticos. En torno de sus ojos claros y brillantes se observaba un
leve crculo morado que prestaba a su rostro cierta tintura potica.

--Ya ver usted, Surez, qu modo de cantar tiene esta chica--dijo una
seora.

--Lo celebrar, porque este seor don Serapio me haba descompuesto los
odos para una temporada.

--Oh, Mara es una profesora!

--Lo que reconozco por ahora es que tiene una figura preciosa.

--Pues cuando usted la oiga!...

--Esa chica lo hace todo bien. Si viera usted cmo dibuja!

--No tienen ms hija que sta los seores de Elorza?

--Y aquella otra nia que est sentada all enfrente, que se llama
Marta. Ha de ser muy linda tambin.

--En efecto, es bonita..., pero no tiene expresin alguna. Es una
belleza vulgar, mientras que su hermana...

--Silencio, que ya empieza.

Guardose por la reunin un silencio que siempre haba sido el ideal de
don Serapio, irrealizable como todos los ideales. Mara cant varios
trozos de pera que le fueron pidiendo, sin hacerse de rogar. Cuando
termin, los aplausos fueron tan vivos y prolongados que la hicieron
ruborizarse.

Surez manifest a su tertulia de seoras que tena una voz parecida a
la de la Nantier Didier y que con poco tiempo de Conservatorio podra
competir con las primeras contraltos.

Como cesaran las felicitaciones y las miradas de todos dejaron de estar
fijas sobre ella, una sombra de tristeza se esparci por el hermoso
semblante de Mara. Acercose a doa Gertrudis y le dijo al odo:

--Mam, me duele muchsimo la cabeza.

--Ay, hija de mi alma, te compadezco! A m se me est partiendo tambin
de dolor.

--Quisiera irme a acostar.

--Pues ve, hija ma, ve; yo dir que te has sentido un poco indispuesta.

--Adis, mamata. Que pases buena noche.

Mara bes a su madre en la frente, y poco a poco, procurando no ser
notada, sali del saln por la puerta del comedor. Se detuvo en l a
beber un vaso de agua azucarada y qued un instante inmvil con la
mirada puesta en el vaco. La sombra de tristeza haba obscurecido mucho
ms su semblante.

Sali del comedor y atraves un largo pasillo bastante obscuro. Al final
haba una puerta de donde arrancaba una escalerilla interior. Apenas
hubo subido cuatro o cinco peldaos, se sinti cogida fuertemente por el
brazo y dej escapar un grito de susto. Al volverse percibi con
dificultad el rostro plido y angustiado de su novio.

--Ricardo! Qu haces aqu?

--Vi que salas del comedor y te he seguido.

--Para qu?

--Para or otra vez de tus labios la palabra infame que me has dicho en
el saln. Crees, por ventura, que no vale la pena de repetirse? Crees
que puedo renunciar a todo un pasado de amor, a todo un porvenir de
dicha, a todos los sueos gratos de mi vida sin llamarte infame, cien
veces infame, mil veces infame, ahora aqu entre los dos, despus en
plena tertulia, despus ante el mundo entero?... Ven, ven,
miserable!... Ven, a que te lo llame delante de todo el mundo!...

Y Ricardo, plido y trmulo como el jugador que pone junto a una carta
las ltimas monedas que le quedan, trataba de arrastrar a su novia hacia
la sala, sujetndola fuertemente por la mueca.

Mara inclin la cabeza y no dijo una palabra. Se dej arrastrar sin
oponer resistencia, bajando los cuatro o cinco peldaos de la escalera.
Mas al llegar al pasillo, Ricardo sinti en la mejilla un beso clido
que le hizo soltar su presa y retroceder con espanto. Inmediatamente los
brazos de Mara se anudaron a su cuello y sinti en los labios la
presin de otros labios.

--Ricardo mo, por Dios, no me martirices ms!

Estas palabras, dichas al odo con acento apasionado, fueron acompaadas
de una nube de caricias. El joven la estrech fuertemente contra su
pecho sin contestar, porque la emocin le tena embargado. Cuando estuvo
un poco ms sereno, le pregunt con voz dbil:

--Me quieres?

--Con toda mi alma.

--No fue ms que un instante de mal humor?

--Nada ms.

--Oh, qu rato tan amargo me has hecho pasar! Por todo el oro del mundo
no lo pasara otra vez.

--No quedas bien pagado, di?

--S, hermosa.

--Suelta. Me voy a acostar. Tengo un dolor de cabeza tan fuerte!...

--Espera un poco... Djame darte un beso en la frente... Ahora otro en
los ojos... Ahora otro en los labios... Ahora en las manos...

--Adis.

--Adis.

--Suelta, Ricardo, suelta...

El joven la tena sujeta an por las manos, riendo de felicidad. Mara
forcejeaba por desasirse, riendo tambin.

--Vamos, djame marchar; no seas tonto.

--Porque no soy tonto no te dejo marchar.

--Mira que me duele la cabeza.

--Bien, pues te dejo.

--Hasta maana. Cuidado con bailar ahora!

--No tengas cuidado. Me voy a marchar en seguida. Hasta maana.

Mara se escap corriendo, Ricardo trat de alcanzarla otra vez saltando
por la obscura escalera; pero no pudo. La joven le dio las buenas noches
con una alegre carcajada desde arriba.

Al penetrar de nuevo en el saln, Ricardo sonrea como un
bienaventurado. El brillo de la araa le trastorn un poco y se apresur
a sentarse.

El gabinete de Mara, al llegar a l su duea, estaba sumido en las
tinieblas. Busc a tientas las cerillas y encendi una lmpara de bomba
esmerilada. Estaba decorado con lujo y con un gusto que rara vez suele
verse en los pueblos secundarios. Los muebles vestidos de raso azul; las
cortinas y el papel de las paredes, del mismo color. En el hueco de dos
ventanas haba un armario de caoba con espejo de cuerpo entero. El
tocador, abrumado bajo el peso de los frascos, arrimado a la pared
opuesta. La alfombra era blanca con flores azules. El esmero exquisito
con que todos los objetos se hallaban colocados en sus puestos, la
elegancia y coquetera de los muebles y el perfume delicado que al
entrar se perciba, bien claramente anunciaban el sexo y la calidad de
la persona que lo habitaba.

Cuando Mara dio luz a la lmpara se encontraron sus ojos con los de una
imagen del Redentor que ocupaba el centro de la mesa donde la luz arda.
Era de madera primorosamente tallada y pintada y con cierta expresin
triste y apacible en el rostro que haba sido la que moviera la joven a
comprarla. Al tropezar con la mirada dulce pero glacial de la imagen, se
apag la sonrisa feliz que aun vagaba por sus labios, quedando inmvil y
hondamente pensativa. Poco a poco y a influjo sin duda de las ideas que
la embargaron, su rostro perdi la expresin habitual y fue adquiriendo
otra dolorida y humilde como la de una Magdalena. En aquel momento los
acordes del piano subieron vibrando por la obscura escalera, sealando
los primeros compases de un insinuante rigodn. Dejose caer de rodillas
y dobl la cabeza. Al poco tiempo sollozaba. Sus labios se apretaron
convulsos contra los desnudos pies del Salvador murmurando palabras
ininteligibles.

Despus de un largo rato alz la cara baada en lgrimas y exclam con
acento de dolor:

--Jess mo, cunta traicin, cunta traicin!... Qu mal os pago el
amor que me tenis!... Castgame, Seor, para que pueda tener sosiego!

Levantose del suelo, tom la lmpara en una mano y penetr en su alcoba.
Era pequeita y tibia como un nido y estaba adornada con profusin de
estampas de Jess y de la Virgen. El lecho, cubierto con pabelln de
gasa, blanco y risueo como el altar de un bautizo. Dej la luz sobre la
mesa de noche y con semblante ms tranquilo se desnud en breves
instantes.

Despus tom una manta de viaje del ropero, se envolvi con ella, apag
la lmpara, hizo repetidas veces la seal de la cruz sobre la frente,
sobre la boca y sobre el pecho, y se acost en el suelo. El blanco lecho
cubierto de seda y batista, tierno y perfumado y henchido de sensuales
caricias, la estuvo reclamando en vano toda la noche. As permaneci
extendida sobre el pavimento hasta que la luz del da rayaba.




III

LA NOVENA DEL SAGRADO CORAZN DE JESS


Rayaba apenas el da cuando nuestra joven se levant bruscamente del
suelo. Quedose inmvil un instante con el odo atento; pero no percibi
el sonido de las campanas de San Felipe, que crey escuchar en sueos.
Se haba equivocado; todava no eran las seis. Encendi la lmpara, y
saliendo al gabinete se puso a orar humildemente postrada frente a la
imagen de Jess. Como no tena puesta ms que una fina camisa de
batista, el fro la traspas en seguida y empez a tiritar; pero no
quiso dejarse vencer y sigui orando hasta que sus dientes chocaron
fuertemente unos contra otros. Slo entonces se decidi a dejar la
postura que haba tomado y vestirse. Despus abri las cuatro ventanas
del gabinete y apag la luz.

Una escassima claridad triste y fra invadi la habitacin de la
seorita de Elorza, prestando a los muebles un aspecto lgubre que
estaban lejos de tener ordinariamente. El fro de la maana los
penetraba tambin como a su dueo; yacan silenciosos y melanclicos,
esperando, sin duda, que los rayos del sol mostraran su belleza y
esplendor. Slo en tal sitio que otro, al caer la luz sobre el barniz,
produca un blanco reflejo que semejaba al ojo vidrioso y opaco de un
moribundo. El gabinete se hallaba en una especie de torren cuadrado que
la casa tena por la parte de atrs en uno de sus ngulos. Levantaba por
encima de ella algunas varas y reciba luz por los cuatro lienzos de sus
paredes. La torre no contena ms que dos habitaciones: la de Mara,
compuesta de gabinete y alcoba, y la de su doncella Genoveva, que
constaba de un solo cuarto. Eran las habitaciones ms fras, pero
tambin las ms alegres de la casa. Las pocas veces que el sol se
dignaba salir en Nieva, iba derecho a alojarse en ellas; las invada sin
miramientos como un husped soberano, y se pasaba el da en su interior
reflejndose en los espejos, matizando el raso de las sillas,
estropeando el charol de los armarios y regalndose, en fin, de mil
diversas formas. Todo esto, por supuesto, si Genoveva no haba tenido la
precaucin de echar las cortinas a tiempo. Eran tambin las ms
silenciosas. Los ruidos de la casa no llegaban hasta ellas, y los de
fuera, por la situacin que ocupaban, era imposible que las turbaran.
Solamente el viento, que casi nunca dejaba de soplar fuerte en la torre,
produca ruidos extraos, sobre todo por la noche, suspirando unas
veces, riendo otras y lamentndose constantemente de que le tuviesen
hermticamente cerradas las ventanas. Durante el da, ni se lamentaba ni
rea, contentndose con zumbar perpetuamente, pero con mucha
discrecin, como los caracoles de mar cuando se acercan al odo.

Mara se acerc rebujada en su chal y tiritando an a una de las
ventanas que daban a la huerta, cuyas tapias lindaban con el muelle.
Desde aquella ventana se oteaba la ra entera de Nieva hasta El Moral,
que era el sitio por donde comunicaba con el mar. No medira ms de una
legua de largo; el ancho variaba extremadamente, segn se la viese en
baja o pleamar, en mareas vivas o muertas. Cuando las grandes mareas
alcanzara hasta media legua, lamiendo las faldas de las colinas
cubiertas de pinos que a uno y otro lado cerraban la cuenca. En la hora
de bajamar el agua se retiraba por completo, dejando apenas un hilo
estrecho y retorcido que corra por el centro. Entre las colinas
limtrofes y este canal quedaba por ambas orillas una extensa superficie
gris de limo suelto, salpicado de charcos de agua donde los pilluelos
del muelle gustaban de hundirse y revolcarse hasta que se embadurnaban
asquerosamente para ir luego a lavarse arrojndose de cabeza en el
canal. Por encima de las tapias de la huerta asomaban los palos de
algunos barcos, que no llegaran a una docena, anclados en el muelle,
los ms de ellos pataches y quechemarines de escassimo porte.

La joven contempl un instante el cielo, que se mostraba todava
profundamente obscuro hacia el poniente, borrando y confundiendo el
perfil de los montes lejanos. Despus fue a tomar un libro que tena en
la mesa de noche de su cuarto y vino hacia la ventana a ver si poda
leer. Aun no haba suficiente claridad. Pos el libro sobre una silla y
se acerc de nuevo a la ventana, apoyando la frente sobre los cristales.
El cielo iba agrandando sus claraboyas por la parte de El Moral sin
infundir vida ni alegra sobre la tierra. La luz creciente no serva ms
que para esclarecer su semblante hosco. Se preparaba un da desapacible,
como los que acostumbran a disfrutar los habitantes de Nieva la mayor
parte del ao.

El gabinete se iba iluminando lentamente; los primorosos muebles y
objetos que lo adornaban salan de la obscuridad graciosos, esbeltos y
risueos como las bailarinas de las peras cuando a un golpe de la
orquesta se despojan del manto que las transformaba en espectros. Pero
la luz no sonrea; cada vez se mostraba ms triste y severa. Por delante
de las grandes nubes de un color violeta obscuro que se amontonaban all
en el horizonte sobre las cuatro o cinco casas de El Moral cruzaban
velozmente otras pequeas y blancas como jirones arrancados de una gasa;
signo cierto de borrasca.

Mara sinti de pronto vibrar el cristal en que se apoyaba. Una rfaga
de aire y de lluvia haba azotado con fuerza la ventana. Se apart un
poco hacia atrs y vio llorar a todos los cristales a la vez. Por algn
tiempo se entretuvo en seguir con la vista el camino ms o menos rpido
y tortuoso que las gotas de agua seguan al bajar por la superficie
tersa del vidrio. El redoble intermitente de la lluvia le trajo a la
memoria las muchas tardes que haba pasado cerca de aquella misma
ventana escuchndolo con un libro abierto en la mano. El libro era
siempre una novela. Ms de cuatro meses anduvo solicitando de sus padres
que la dejasen habitar el gabinete de la torre, con objeto de entregarse
de lleno, y sin temor de que nadie la molestase, a su recreo favorito.
Pero don Mariano tema concederle este permiso porque los cuartos de la
torre eran fros y la salud de la nia delicada. Al fin, rendido por sus
ruegos y halagos, consinti en ello, despus de haber tapizado las
habitaciones esmeradamente y con la condicin de que Genoveva durmiese
cerca de ella.

Fue una poca feliz para Mara. Tena entonces diecisis aos, y el
pensamiento inquieto y atrevido. La msica, en la cual haba hecho
prodigiosos adelantos, haba fomentado en su corazn cierta tendencia a
la melancola y al llanto. Lloraba por cualquier cosa; a veces sin
motivo alguno y cuando menos se esperaba; pero las lgrimas eran tan
dulces y senta con ellas placer tan intenso, que en muchas ocasiones
las provocaba con artificio. Cuntas veces, contemplando desde aquella
ventana los celajes del horizonte teidos de grana y los ltimos
resplandores del sol moribundo, sinti su corazn acongojado por una
profunda melancola que vena a deshacerse en sollozos! Cuntas veces
haba atormentado a su padre con lloro intempestivo, cuya causa no
acertaba a decir porque no la saba ella misma! El conocimiento de la
pintura, en la cual tambin haba descollado, despert su inclinacin
hacia la luz y el paisaje, lo cual contribuy asimismo a que solicitase
con ardor las habitaciones de la torre. Una vez instalada en ellas con
su piano, pinceles y novelas, se juzg la mujer ms dichosa de la
tierra. Cuando en mitad de un da esplendoroso de sol, bajo un cielo
azul reverberante, abra todas las ventanas del gabinete y dejaba pasar
el viento fresco y acre que levantaba sus cabellos y arrojaba por el
suelo los papeles de la mesa, pensaba con deleite que haba ascendido en
un globo y se hallaba en mitad del espacio nadando por el aire a merced
de todas las venturas. Y esta ilusin, que procuraba conservar con
empeo, la haca feliz algunos momentos. Por la noche sola abrir
tambin algunas veces las contraventanas y encender, adems de la
lmpara, todas las bujas de los candelabros para imaginarse que se
hallaba metida dentro de un gran farol. Desde la ra, esta torre debe
parecer un faro y mi habitacin la lmpara que acaba de encenderse, se
deca con gozo infantil. Y se pona a inspeccionar por los cristales si
alguna embarcacin cruzaba entonces hacia El Moral, hasta que,
amedrentada por la obscuridad de fuera y ofuscada por la claridad de
adentro, conclua por asustarse de tanta iluminacin y empezaba a apagar
las luces apresuradamente.

Don Mariano llamaba a aquel gabinete ligero y areo _la jaula de Mara_.
Y en verdad que le cuadraba admirablemente el nombre; porque la nia
revoloteaba sin cesar dentro de l, moviendo los muebles y trasladando
los objetos de un sitio a otro, tan inquieta y nerviosa como un pjaro.
Para que la semejanza fuese ms completa, cuando la familia se hallaba
en el comedor oanse muchas veces los trinos lejanos de alguna cavatina
o romanza que estudiaba. Don Mariano nunca dejaba de exclamar con su
habitual y bondadosa sonrisa: Ya canta el pajarito! Y todos sonrean
tambin llenos de complacencia; porque en la casa todo el mundo quera y
admiraba a la nia.

En dos o tres aos entr un cargamento de novelas en el gabinete de la
torre, y volvi a salir despus de haber entretenido largas horas los
ocios de nuestra joven, que puso a contribucin para ellos no slo la
biblioteca de su padre y su bolsillo, sino tambin las libreras de
todos los amigos de la casa. Don Serapio fue su primer proveedor. As
que durante una larga temporada no ley ms que relaciones sangrientas
de crmenes terribles y monstruosos, en las cuales tanto se placa el
fabricante de conservas alimenticias. En aquella temporada no goz gran
cosa, porque estas novelas, aunque excitaron en alto grado su
curiosidad, tenindola suspensa y sujeta a la lectura gran parte del da
y de la noche, no dejaban en su espritu ningn recuerdo dulce ni
potico con que recrearse, y las olvidaba al da siguiente de ledas.
Adems, la aterraban demasiado: no pocas veces le haban quitado el
sueo, y hasta en algunas ocasiones pidi a Genoveva que se acostase a
su lado porque se mora de miedo.

Despus de haber agotado la librera de don Serapio, pidi a una de las
seoritas de Delgado que le abriese la suya, que tena fama de hallarse
ricamente abastecida. En efecto, contena gran nmero de novelas, todas
de la escuela romntica primitiva, cuidadosamente encuadernadas, pero
muchas de ellas ya grasientas por el uso. En los pasajes ms tiernos
solan tener las hojas algunas manchas amarillentas, lo cual pona de
manifiesto que las distintas lectoras en cuyas manos haba estado el
libro haban tributado algunas lgrimas a las desdichas del hroe. Ya
sabemos que una de las seoritas de Delgado lloraba con extrema
facilidad. Las novelas que entonces ley fueron, entre otras: _Ivanhoe_,
_La dama del lago_, _Maclovia y Federico o Las minas del Tirol_, _Saint
Clair de las islas o Los desterrados a la isla de Barra_, _Oscar y
Amanda_, _El castillo del guila Negra_, etc. Estas le hicieron gozar
muchsimo ms. Entr de lleno, con vida y alma, en la regin de las
quimeras deliciosas con que el ilustre Walter Scott y otros novelistas
no tan ilustres solazaban a nuestros padres creando una Edad Media para
su uso, poblada de trovadores y torneos, de hazaas estupendas, de
castillos gticos, de hroes y de amores invencibles. Lo que ms seduca
a la seorita de Elorza era la inquebrantable constancia de afectos que
los protagonistas de aquellas novelas manifestaban siempre. Ya fuese
varn o hembra, cuando una pasin amorosa les prenda no haba que
empearse en llevarles la contraria, porque todo era intil. Al travs
de la oposicin de los padres y tutores, y por encima de las asechanzas
que les tendan, los amantes desdeados, purificados con mil pruebas
diversas, padeciendo mucho y llorando mucho ms, al cabo salan siempre
triunfantes. Y bien lo merecan. La seorita de Elorza prometa
secretamente en el santuario de su alma guardar la misma fidelidad al
primer novio que la Providencia le deparase, e imitar su fortaleza en
las adversidades.

Cada una de aquellas novelas dejaba huella duradera en su juvenil
espritu, y durante algunos das, en tanto que los personajes de otra no
lograban cautivarla, pensaba sin cesar en los hermosos milagros que el
amor de la herona, puro como el diamante y tan firme, haba realizado.
Y tomando la accin donde el novelista la haba dejado, que era siempre
en el acto de celebrarse las bodas de los atribulados amantes, la
prosegua en su imaginacin fingindose con todos sus pormenores la vida
venturosa que los esposos llevaran rodeados de sus hijos y recorriendo
con las manos enlazadas los sitios donde tan frecuentemente haban cado
sus lgrimas. Nuestra joven ansiaba que una de estas pasiones
irresistibles y lacrimosas se apoderase de su corazn, pero no conceba
que ningn joven de los que visitaban su casa vestidos de _chaquet_ o
_americana_ lograse inspirrsela. Para ella el amor tomaba siempre la
forma de un guerrero y se le representaba con casco y loriga viniendo
jadeante y cubierto de polvo, despus de haber sacado a su competidor
fuera de la silla de un bote de lanza, a doblar la rodilla delante de
ella para recibir la corona de su mano, que despus besaba con ternura y
devocin. Otras veces, despojado del casco y con disfraz de villano,
pero dejando adivinar por su gallardo porte la nobleza y bravura de su
sangre, llegaba por la noche al pie de la torre y entonaba,
acompandose con el lad, preciosas endechas en que la invitaba a huir
con l por los campos hasta algn castillo ignorado, lejos de la tirana
de su padre y del esposo aborrecido que le quera dar. La noche estaba
obscura, los centinelas del castillo narcotizados con un filtro, la
escala colgada ya de la ventana y los raudos corceles piafaban no muy
lejos... Qu aguardas, dueo mo, qu aguardas...? Mara oa tocar
suavemente a los cristales, y ms de una vez se haba levantado del
lecho con los pies desnudos a cerciorarse de que no era su guerrero,
sino el viento, quien la llamaba suspirando. Por aquella poca no poda
ver durante la noche cruzar un bote hacia el puerto sin estremecerse. El
misterio que guarda siempre una embarcacin que se divisa entre las
sombras le haca pensar vagamente en una celada tendida por algn amante
ignorado y brutal que, temiendo ser desairado, quera arrebatarla por la
fuerza de su casa, y arrastrarla a lejanas riberas donde pudiese
satisfacer con ella sus brbaros deseos. Necesitaba observar que el bote
atracaba sosegadamente en el muelle y descargaban de l algunos barriles
y cajones para sentir desvanecerse su ilusin.

Pero la novela que ms honda impresin le produjo fue sin disputa la
titulada _Matilde o Las cruzadas_. sta, mejor que ninguna otra,
consigui trasladar su espritu a la poca singular y brillante que
representaba, hacindola asistir a aquella lucha heroica trabada debajo
de los muros de Jerusaln. Fcil es de concebir, no obstante, que no
eran las batallas entre infieles y cristianos lo que ms la interesaba
de la relacin, sino aquel amor extrao, inverosmil, tanto como tierno
y fogoso, que prendi en el corazn de la herona hacia uno de los
guerreros moros que usurpaban el sepulcro del Seor. La seorita de
Elorza disculpaba y hasta aplauda con toda su alma esta pasin, donde
el pecado de amar a uno de los ms terribles enemigos de Cristo prestaba
mayor atractivo y un sabor ms picante. Cmo no apasionarse de aquel
nclito Malec-Kadel tan fiero y terrible en los combates, tan tierno y
sumiso con su dama, tan noble y generoso en todas ocasiones! Ah, si
ella hubiera estado en lugar de Matilde, hubiera amado del mismo modo a
despecho de todas las leyes humanas y divinas! Este moro fue el
personaje que ms la sedujo en toda su vida, hasta el punto de
inspirarle un cuadro muy bonito en que lo representaba sobre la cubierta
del buque donde iba con Matilde, salvndola de las garras de sus
enemigos, tenindola protegida con la mano izquierda y cercenando
cabezas con la derecha, como quien siega mieses en verano. Cuando mejor
pudo comprobarse este entusiasmo fue a la llegada de un turco a Nieva
vendiendo objetos de ncar y babuchas. Qued tan sorprendida al verle
pasar por delante de casa y a tal punto excitada su curiosidad que no
par hasta trabar relacin con l, hacindole sufrir largo
interrogatorio acerca de la campia de Jerusaln, donde se efectuaron
las escenas amorosas que tan impresionada la tenan, de las costumbres,
de los trajes y del gobierno de los agarenos. Mas el turco, ya porque no
tuviese humor de andar en parlamentos, o por razn de ser natural de
Reus, en la provincia de Tarragona, y no haber estado en su vida en
Palestina, respondi con sobrada concisin a sus preguntas.

No obstante, haca ya mucho tiempo que Mara no tomaba una novela en las
manos. El recuerdo de esa poca en que tantas haba devorado, produjo
leve turbacin en su fisonoma e hizo nacer en su tersa frente una
arruga ancha y profunda.

Las rfagas de viento cargadas de lluvia batieron durante largo rato los
cristales hasta que enteramente los lavaron. Poco a poco se fueron
haciendo sus golpes menos frecuentes; al cabo cesaron por completo. La
luz haba crecido en tanto, extendiendo por todo el nublado firmamento y
mostrando ya los bultos de las colinas lejanas de Occidente, que se
vean por la ventana de la pared opuesta. El temporal se resolvi, como
ordinariamente, en lluvia fina y menuda que empez a descender con
pausa, tendiendo por la atmsfera un velo sutil y tremante, formado de
hilos de agua, el cual amortiguaba an ms el brillo de la luz naciente
y borraba los contornos de los objetos lejanos. La marea suba. La gran
sbana de agua que se extenda hasta El Moral tomaba un color terroso
por los bordes, obscuro y profundo por el centro.

Mara cogi de nuevo el libro, acerc una silla a la ventana y,
sentndose en ella, se puso a leer, porque la luz ya se lo permita. Era
la _Vida de Santa Teresa_ escrita por ella misma, encuadernada con la
pasta slida de filos dorados que caracteriza a los libros religiosos.

A medida que se enfrascaba en la lectura, el rostro de la joven se fue
serenando ms y ms, y la profunda arruga de la frente concluy por
desaparecer. Lea el captulo segundo, en que la santa manifiesta cmo
mostr aficin en los primeros aos de su juventud a los libros de
caballeras y a las vanidades del tocador, y da cuenta con palabras
encubiertas de unas relaciones amorosas que por la misma poca mantuvo.
Cuando levant los ojos del libro advertase en ellos cierto regocijo o
satisfaccin ntima.

Sonaron al fin verdaderamente las campanas de San Felipe. Dej
bruscamente el libro y abri la puerta del cuarto de su doncella:

--Genoveva, Genoveva!

--Ya estoy despierta, seorita.

--Levntate; ya tocan en San Felipe.

En un abrir y cerrar de ojos se levant, se visti y apareci en el
gabinete de su ama. Genoveva era una mujer de cuarenta aos poco ms o
menos; baja, gruesa, morena, mofletuda, con ojos grandes y pardos a flor
de la cara, que no decan nada, absolutamente nada, el cabello muy
lamido y formando ondas por las sienes. Vesta saya lisa del hbito del
Carmen y manto negro de merino anudado a la espalda, al uso de todas las
sirvientas provincianas. Haba entrado en la casa cuando Mara apenas
contaba un ao para servirla de niera, y nunca ms la dej, siendo
ejemplar notable de criada fiel y consecuente.

--Desde cundo est ya vestida mi palomita?

--Hace ya cerca de una hora, Genoveva. Cre escuchar las campanas y me
enga. Ahora suenan de veras. No perdamos tiempo; toma los paraguas y
vmonos...

--Vamos, vamos cuando usted quiera, seorita; ya estoy lista.

Ambas se pusieron las mantillas, y procurando no hacer ruido bajaron
hasta el portal, abrieron con precaucin la puerta, que aun se hallaba
cerrada, y salieron a la calle, que atravesaron con los paraguas
abiertos hasta llegar al soportal de enfrente.

La villa de Nieva, como ya se ha dicho, tiene soportal en casi todas sus
calles, de uno o de otro lado; a veces de los dos. Suele ser mezquino,
bajo, desigual y sostenido por columnas lisas y redondas de piedra, sin
adornos de ningn gnero; muy mal empedrado asimismo. Slo en tal o cual
paraje, donde alguna casa se haba reedificado, ofreca mayor amplitud y
un pavimento ms cmodo. Si todas las casas se restaurasen (y no hay
duda que suceder con el tiempo), la villa, merced a este sistema de
construccin, tomara cierto aspecto monumental que la hara digna de
verse. Tal cual es, si no de apariencia muy bella, a lo menos ofrece
comodidad a los transentes, que no se mojan ms que cuando quieren
pasar de una acera a otra. Y ciertamente que anduvieron precavidos sus
ilustres fundadores, pues en punto a llover firme y acompasado, no hay
poblacin en Espaa que le pueda alzar el gallo a nuestra villa.

Guarecidas de la lluvia ama y criada, atravesaron la plaza por uno de
sus flancos, internndose despus por una calle estrecha, larga y
solitaria. Los honrados habitantes dorman el sueo dulce de la maana.
Slo de vez en cuando tropezaban con algn marinero cubierto de burdo
capote impermeable que, con los enseres de pescar en la mano y haciendo
gran ruido con sus enormes botas de agua, se diriga a paso largo hacia
el muelle.

--Va usted bien abrigada, seorita? Mire usted que hace un fro!...
Parece que estamos ya en enero.

--S; me he puesto cuerpo de terciopelo, y adems este gabn est bien
forrado.

--Eso, eso, mi corazn. Si pap sabe que salimos tan de maana, me va a
reir porque se lo consiento. Es usted demasiado virtuosa, seorita.
Pocas o ninguna llevarn a la edad de usted vida tan santa...

--Calla, calla, Genoveva, no digas eso; no soy ms que una miserable
pecadora; mucho ms miserable de lo que t te figuras.

--Seorita, por Dios!... No soy yo quien lo dice, sino todo el mundo...
Ayer me deca doa Filomena que la edificaba verla a usted or la misa y
comulgar y que dara cualquier cosa porque sus hijas fuesen lo mismo...
Y razn tiene para desearlo, porque una de ellas, la ltima, es de la
piel del diablo... Querr usted creer, seorita, que el otro da ara
a su hermana en la iglesia, sobre si haba de confesar una primero que
otra?... Bonito arrepentimiento! Si da vergenza, seorita, da
vergenza el ver cmo andan algunas por la iglesia! Parece que estn en
su casa! Ay, no se hacen cargo las pobrecitas de que estn en la casa
del Seor de los cielos y tierra que les ha de pedir cuenta de su
pecado!... No le ha enseado doa Filomena el rosario que le mand su
hermano de la Habana? Es una maravilla! Todo de marfil y de oro con un
crucifijo grande de oro macizo. Para rezar no hace falta tanto lujo,
verdad, seorita?

--Para rezar no hace falta ms que un corazn limpio y humilde.

--Ay, seorita, qu bien habla usted! Parece mentira que no tenga ms
que veinte aos. Pero cuando Dios quiere conceder dones a una criatura,
lo mismo da que sea joven o vieja, rica o pobre. Todos los das pido a
la Virgen Santsima que le conserve la salud para que sirva de ejemplo a
los que estn en pecado mortal.

--Lo que debes pedir, Genoveva, es que purifique mi alma y me perdone
los muchos que he cometido.

--Bendito sea Dios! Si usted necesita que la perdonen siendo tan
piadosa y humilde, qu necesitaremos los dems! No sea tan severa
consigo misma. Fray Ignacio la estima a usted tanto que no se cansa de
elogiarla... y eso que no tiene la manga muy ancha, como usted sabe... A
estas horas ya debe de estar en la sacrista el santo varn aguardando a
la gente. Qu salud tiene!... Parece que Dios lo hace... No come, no
duerme, no descansa un momento... y, sin embargo, cada da est ms
fuerte y con ms nimo para servir a Dios... No s cmo puede pasar
tantas horas en el confesonario sin tomar alimento... Slo el Seor
puede darle fuerzas. Bendito sea por siempre jams. Amn.

--Es verdad; Dios obra verdaderos milagros con l, porque hace falta en
el mundo. Oh, Dios mo, qu sera de mi alma si estos santos misioneros
no hubieran llegado a abrirme los ojos!

--Aunque la hayan ayudado mucho en el camino de la salvacin, antes de
que ellos viniesen ya era usted muy buena y frecuentaba los
sacramentos...

--Qu poco es eso, Genoveva, cuando no se escudrian los ltimos
pliegues de la conciencia!

--Dgame, seorita, ha visto en sueos hoy, como las noches pasadas, el
hermoso pjaro de plumas de fuego con la cruz en el pico?

Mara se detuvo repentinamente y se llev la mano al pecho, como si
hubiese recibido un golpe. Despus volvi a emprender la marcha y
exclam sordamente:

--Esta noche no poda verlo.

--Por qu, corazn?

No contest. Sigui caminando algn tiempo y dej escapar un gemido.
Despus parose nuevamente, y echando los brazos al cuello a su doncella,
comenz a sollozar con amargura.

--Soy muy mala, Genoveva, soy muy mala! Mi corazn no acaba de verse
libre de impurezas; el demonio y la carne me tienen an sujeta. Si
supieses qu pecado he cometido ayer!

--Calle, calle, no se desconsuele. Qu pecado haba usted de cometer,
cordera!

--S, s; soy ms mala de lo que piensas. Cuanta ms luz recibo de Dios,
ms me empeo en hundirme en las tinieblas; cuantos ms favores me
otorga, ms ingrata soy hacia l.

--Dios es infinitamente misericordioso, seorita.

--Pero infinitamente justo tambin...

--Encomindese a San Jos bendito. No hay culpa que el Seor no perdone
por su intercesin... Vamos, djese de lloros, que ahora va a confesarse
y todo queda perdonado.

Despus de serenarse un poco la nia, siguieron marchando. Y llegaron a
cierta plazuela no muy espaciosa, donde se alzaba la fachada parda y
severa de una gran iglesia que no llamaba la atencin por su esbeltez ni
por otra cualidad buena o mala. Atravesaron un prtico grande y pardo
como la fachada y entraron en el templo, que era igualmente pardo y
enorme. Estas cualidades concluan por caracterizarlo. Constaba de tres
naves, la del centro ancha y elevada como la de una catedral; las de los
lados, bajas y estrechas; todas ellas enjalbegadas en otro tiempo, muy
lejano, cubiertas ahora de polvo, descascaradas por varios sitios y
salpicadas de manchas extensas y misteriosas. Los altares, profusamente
tallados, ofrecan ya un color gris muy diferente del dorado que en un
principio tuvieran. Al travs de los cristales sucios percibase la
figura rgida de algn santo con nimbo de metal o el rostro sombro y
angustiado de un Eccehomo.

Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente. Sin embargo,
diseminadas aqu y all, orando prosternadas frente a los altares con la
cabeza cubierta, vease algunas mujeres; otras se arrimaban a las
ventanillas enrejadas de los confesonarios y extendan la mantilla por
ambos lados de la cara para depositar con un cuchicheo imperceptible sus
pecados en el sagrado tribunal de la penitencia. Algunos sacerdotes
tenan abiertas las puertas del confesonario y se les vea con sotana y
bonete inclinar el cuerpo y odo hacia la ventanilla, reflejando en su
rostro fruncido y en su postura desmadejada el cansancio que sentan.
Otros las tenan cerradas hermticamente y apenas se adverta dentro, al
pasar, la presencia de un ser humano.

La luz baaba tristemente algunos parajes del recinto, dejando los
ngulos y los huecos de los pilares casi en total obscuridad. Las
enormes lmparas de metal amarillo se balanceaban en el espacio sujetas
al techo por un cordel. Los vidrios emplomados de dos grandes rosetones
abiertos en lo alto de las paredes de la gran nave central dejaban paso
a una triste claridad que se extenda como blanco mantel delante del
altar mayor. Al lado de ste y algo separado, haba otro altarcito sobre
el cual se alzaba una imagen del Salvador con el pecho abierto, dejando
ver un corazn ensangrentado, ceido por corona de espinas y coronado de
llamas. En torno de la imagen haba una muchedumbre de cirios encendidos
que chisporroteaban lgubremente en el inmenso mbito silencioso de la
iglesia. Era un altar de quita y pon que se haba colocado a causa de la
novena del Sagrado Corazn de Jess, que por aquellos das se celebraba.

Genoveva fue a la sacrista a preguntar a Fray Ignacio si poda confesar
a su seorita. sta qued hincada de rodillas al lado del confesonario
esperando al sacerdote. Experimentaba cierta impaciencia medrosa; un
poco de temor mezclado de ansiedad y deseo. El templo exhalaba un olor
confuso de humedad y polvo, de cirios apagados y flores ajadas que la
penetraba de respeto. Los momentos que precedan a la confesin eran de
sobresalto amable para Mara. El aparato y misterio de que estaba
rodeada aquella confidencia ntima, la ms ntima que en el mundo
existe, ejerca cierta fascinacin sobre su espritu y la turbaba hasta
el fondo sin producirle disgusto. Senta correr por su cuerpo leves
temblores de fro alternados con rfagas clidas que le suban al
rostro y se lo encendan. En aquel momento no pensaba en sus pecados,
sino en la manera que tendra de relatarlos.

La figura negra, firme y severa de Fray Ignacio se abalanz hacia el
confesonario y sin dirigir siquiera una mirada a su penitente se
introdujo en l. Mara, trmula y enternecida, se acerc a la
ventanilla. Cuando se separ, al cabo de una media hora, tena los ojos
enrojecidos y las mejillas plidas.

La iglesia, en tanto, se haba ido poblando, aunque casi exclusivamente
de mujeres. Algunas entraban hasta el medio con almadreas, produciendo
verdadero estrpito al caminar sobre el embaldosado pavimento; las ms
se despojaban de ellas a la puerta y las traan en la mano. Un clrigo
anciano, con sobrepelliz, subi al plpito, que estaba cubierto con pao
de tis de oro. Los fieles, desde los ms apartados parajes de la
iglesia, se fueron replegando hacia el centro, formando apretado grupo
en torno del plpito. Mara y Genoveva hicieron lo mismo. El sacerdote
hizo la seal de la cruz y comenz el rosario en alta voz. Terminado el
rosario comenz la novena, la novena del Sagrado Corazn de Jess. El
clrigo se puso unas enormes gafas de plata, y con voz gangosa y
lastimera exclam:

_Oh corazn!_--La muchedumbre repiti con solemne rumor:--Oh
corazoon!--_amantsimo_--amantsimooo--_santsimo_--santsimooo--_y
melifluo_--y melifluooo--_de mi divino Jess_--de mi divino
Jess.--_Corazn_--corazoon--_lleno de llamas_--lleno de llamas--_de
pursimo amor_--de pursimo amooor.

Mara repeta las palabras de la oracin con el borde de los labios,
puestos los ojos en el suelo. Genoveva las deca en alta voz, mirando
cara a cara al sacerdote. La muchedumbre suspir despus de decir Amn.

Terminadas las oraciones, el sacerdote propuso que cada cual pidiese a
Dios, por medio de estos sagrados corazones, lo que mejor le conviniera,
y la muchedumbre medit en silencio breves instantes. Mara pidi
fervorosamente a Dios que la hiciese ms buena. Genoveva estuvo un rato
vacilando sin saber qu pedir, y, por ltimo, pidi paciencia para
sufrir los dolores de reuma. El cura ley con voz gangosa que se
arrastraba sobre las slabas como un lamento el siguiente


EJEMPLO

En la ciudad de Munich viva no ha muchos aos una dama de
extraordinaria hermosura que haca una vida ejemplar; de modo que todos
le daban el nombre de santa. Acaeci que un da lleg a su casa un
mancebo muy gallardo a hacerle visita de parte de una prima suya, y al
instante logr el demonio que se prendase de l perdidamente. Fue su
pasin tan loca y miserable, que al cabo de algn tiempo de relaciones
consinti en un pecado de impureza ofendiendo a Dios gravemente. Cada
en el pecado, viose abismada en una melancola profunda, porque si bien
rechaz prontamente al que haba sido la causa de su culpa, la infeliz
se crey condenada al infierno. Comenz a llevar una vida spera,
mortificndose con ayunos y penitencias sin conseguir desechar su
horrible pensamiento. Al fin, por consejo de un peregrino que por all
acert a pasar, dispuso hacer una novena al Sagrado Corazn de Jess. Al
quinto da de rezarla devotamente, hallndose por la noche en su lecho,
oy un gran estrpito y vio escaparse de su habitacin un demonio
aullando horriblemente y dejando tras s un hedor intolerable. A la
maana siguiente se encontr curada de su melancola y muy confiada en
la infinita misericordia de Dios.

Los fieles se apretaron ms en torno del plpito para escuchar el
ejemplo y gustaron con deleite su sabor novelesco. La novena termin con
una oracin en latn. La muchedumbre rez un Avemara y un Credo. El
clrigo baj de la tribuna.

Hubo fuerte y prolongado rumor en la iglesia. El grupo de mujeres se
abri, se ensanch, se revolvi charlando todas a un tiempo. Volvieron a
sonar los chasquidos de las almadreas sobre las losas hmedas y sucias
del pavimento. Un monaguillo fue a despabilar los cirios que ardan en
torno de la imagen de Jess, y de pie sobre el altar, con su cabeza
rapada y sus ojos maliciosos, hizo muecas profanas a otros chicos que
sus madres tenan orando de rodillas. Algunos clrigos salieron de los
confesonarios y cruzaron hacia la sacrista a paso largo. Uno fue
detenido en medio de la iglesia por varias seoras y estuvo hablando un
buen rato con ellas, aunque con visibles deseos de dejarlas. Por los
vidrios emplomados de los grandes rosetones pasaba ya toda la claridad
del da que evaporaba el misterio del templo, dejndolo triste, pobre y
sucio como en realidad era. Dos o tres pollastres matinales con cuello
bajo y los puos muy sacados entraron lanzando rpidas miradas
investigadoras a todos los sitios. A un sacristn se le ocurri abrir el
cancel de la puerta de par en par y una multitud inquieta y estrepitosa,
que no haba madrugado a rezar la novena, fue penetrando en la vasta
nave a escuchar la palabra del misionero que en aquel momento suba al
plpito con ademn recogido y fervoroso.

Cuando estuvo en pie dominando el concurso con la sagrada paloma de
madera pintada sobre su cabeza, el ruido se fue apagando poco a poco. La
muchedumbre, extraordinariamente engrosada, se api otra vez debajo de
la tribuna. Haba ya muchos hombres que no venan por pura devocin,
sino tambin con el objeto de juzgar el sermn literariamente. Mas por
la puerta seguan entrando grandes oleadas de gente que turbaban a los
fieles de adentro e impedan establecer el silencio. Mara y Genoveva
fueron arrastradas diferentes veces de un punto a otro por el vaivn de
la muchedumbre. El orador aguard en vano que se apagara el rumor. Al
fin, extendiendo el brazo en forma acadmica hacia la puerta, exclam
con nfasis, como quien se encuentra ya en pleno discurso:

--Cerrad ese cancel!

Las puertas se cerraron lentamente, como si nadie las tocara. Los fieles
se fueron acomodando en su sitio. Durante un rato se oyeron muchas
toses. Al fin cesaron y el templo qued en un silencio frgil y
artificioso, a menudo roto por algn constipado rebelde o por el
trompeteo de una nariz al sonarse.

El orador era joven, alto y delgado, con grandes ojos negros enclavados
en un rostro plido y correcto. Vesta tambin sotana con sobrepelliz y
bonete. Infunda respeto por su gravedad dulce y mansa.

Se quit el bonete y dijo unas cuantas palabras en latn que nadie pudo
escuchar. Despus, ponindose de nuevo el bonete y abalanzndose sobre
la baranda, exclam en alta voz:

Amados hermanos en Jesucristo...

Posea una voz clara, de timbre dulce y simptica en extremo, que
prestaba mayor realce a la gravedad de su rostro. Principi mostrando un
asombro irnico de que aun hubiera quien dejase las vanidades del mundo
para escuchar la palabra de Dios y felicit calurosamente a los fieles
que haban acudido a tomar parte en la novena del Sagrado Corazn de
Jess.

Dedic la primera parte de su oracin a describir los tormentos del alma
apartada de su Dios por el pecado y traz un cuadro minucioso y perfecto
de las ofensas e injurias con que diariamente traspasamos el dulce
Corazn de Jess. Al pintar los sufrimientos que el pecado origina,
abandon el camino trillado de hablar de las penas materiales del
infierno, y slo describi los padecimientos espirituales, las congojas
y las angustias que el alma siente cuando se ve privada por su culpa del
amor del Creador; pero los pint con tan sombros colores y con tal
fuerza de expresin, que aquel padecer infinito, aquella soledad
profunda, aquel silencio y obscuridad causaron ms efecto en la fantasa
del concurso que el fuego y las culebras de costumbre.

Mara sinti miedo y tristeza. Se acord de sus pecados y pens con
horror que poda morir de repente y condenarse. Entonces hizo solemne
promesa interior de enmendarse. Pero cmo? Para cambiar de vida era
preciso romper el lazo que ms la ataba a la tierra y al pecado.
Acometiole una turbacin profunda, preada de lgrimas, que no pudo
verter. La voz clara y armoniosa del sacerdote resonaba en la gran nave
relatando sin fatiga, uno a uno, los dolores del condenado. La
muchedumbre escuchaba inmvil y aterrada. All en el fondo, cerca del
altar mayor, la imagen del Salvador, rodeada de cirios, pareca una gran
mancha roja cuyos resplandores hacan pasar algunas sombras fugitivas
por las paredes del templo.

Pero la clemencia divina es inagotable. No hay pecado, por enorme que
sea, que no pueda borrarse por la misericordia de Dios. El amor del
Salvador a las almas que ha redimido con su sangre no se marchita y
fenece como el de los hombres. Como un amante padre, como un esposo
enamorado, est siempre dispuesto a abrir los brazos al pecador
arrepentido. Si pecaseis, lavad con lgrimas de arrepentimiento los pies
del Redentor, como hizo la santa Mara Magdalena, y seris salvos.
Acordaos de aquella triste pecadora que, transida de pena, desmayada de
amor, da consigo a los pies de Jess y se los lava con sus lgrimas y se
los limpia con sus cabellos y se los unge, sin que se escuche una
palabra de su boca porque se derrite en fuego de amor. Oh lgrimas
derramadas por Dios, y cunto valis y cunto podis y cunto acabis!
Para alcanzar perdn ms valen las lgrimas que las palabras, porque las
lgrimas, como dice San Mximo, son ruegos callados, no piden perdn,
sino que lo merecen. Con las lgrimas no se engaa como con las
palabras. Por eso San Pedro, para obtener el perdn de su culpa, no us
de las palabras, con las cuales haba pecado, haba mentido, haba
blasfemado y renegado, sino que llor con amargo llanto y fue credo y
perdonado. Son las lgrimas moneda que no se puede falsificar, nico
refugio nuestro: lavan las manchas de nuestros pecados, aplacan la ira
de Dios, alcanzan el perdn, alegran el alma, fortifican la fe, aumentan
la esperanza y encienden la caridad. El mismo divino Jess lo ha dicho:
Bienaventurados los que lloran, porque sacarn fruto de consuelo.

Mara se sinti enternecida. Aquel fervoroso panegrico de las lgrimas
ahuyent el temor de su pecho. Al considerar la bondad inagotable de
Jesucristo, que despus de haber sufrido tanto y haber derramado su
preciosa sangre por nosotros, olvida a cada instante las mayores ofensas
con slo presentarse a l arrepentido, la conmovi hasta lo ltimo.
Representose a la santa de su nombre, Mara Magdalena, baada en llanto
a los pies del Redentor, y pens que ella hubiera hecho lo mismo. Un
torrente de lgrimas se escap de sus ojos al imaginar que ya estaba
postrada delante de Jess. Las mujeres que se hallaban cerca la vieron
llorar y le dirigieron miradas respetuosas de admiracin cuchicheando
entre s.

Termin el sermn exhortando a los fieles, con arranques de elocuencia
henchidos de imgenes, a que se muestren devotos del Sagrado Corazn de
Jess. Un cuarto de hora todos los das de pltica amable con este
Sagrado Corazn proporciona al alma el gozo ms puro que puede tener en
la tierra. _Gustate, et videte quoniam suavis est Dominus_. Probad a
conversar un rato con el Seor, y sentiris las delicias celestiales y
los contentos especialsimos que hallan los que le aman. Todo cuanto hay
en el mundo es locura y engao; festines, comedias, tertulias,
diversiones y lo dems que los hombres tienen por bienes estn mezclados
con hiel y sembrados de espinas. No dudis que el Corazn de Jess da
ms gustos y consuelos a las almas que van a visitarle con devocin y
recogimiento que el mundo con todos sus pasatiempos y placeres insulsos.
Qu delicia es estar hablando un instante con el amabilsimo Jess,
pronto siempre a escuchar nuestros ruegos! Descubrirle uno su pecho
como se hace con un amigo ntimo! Pedirle su gracia, su amor y su
gloria! Oh amados mos, _gustate et videte, gustate et videte_!

El orador termin los ltimos prrafos de su oracin siempre con estas
palabras: _gustate et videte, gustate et videte!_

Al concluir, deseando la gloria eterna a todos, estaba plido de fatiga.
Algunas gotas de sudor se deslizaban por su frente espaciosa. Haba
dicho la ltima parte de su discurso con creciente agitacin y
entusiasmo que supo transmitir a los oyentes. Mara, despus de haber
llorado, qued sosegada y hasta contenta. Genoveva le dijo al odo,
mientras bajaba el sacerdote del plpito:

--Seorita, acabo de ver entre la gente a don Csar.

La nia se inmut ligeramente. El grupo comenz a disolverse,
extendindose por todo el mbito del templo. La mayor parte de la gente
acudi a la puerta en tropel, empujndose para salir. Despus de algunas
apreturas, Mara y Genoveva consiguieron verse en el prtico y
emprendieron el camino hacia casa. Mas la seorita de Elorza volva con
frecuencia la cabeza. Un caballero anciano, alto, delgado, plido, con
perilla y grandes bigotes blancos, vestido de negro de pies a cabeza,
las segua a larga distancia. Al entrar en el soportal de una calle
estrecha y solitaria, el caballero apret el paso y las mujeres lo
aflojaron, de suerte que muy presto se juntaron. El caballero se dirigi
a Mara y le dijo gravemente en voz baja:

--Seorita, esta noche llegu de donde usted sabe.

--He pedido a Dios que le trajese a usted bueno, don Csar.

--Gracias, gracias. Ha terminado usted de bordar el estandarte?

--S, seor.

--Y los corazones de franela?

--Tambin.

--Est bien, seorita. Tendr presente su diligencia y entusiasmo.

Don Csar no movi un pliegue de su rostro varonil en esta conversacin.
Sus ojos, de una extraa firmeza que rayaba en ferocidad, no se
apartaban de la nia. Guard silencio un instante, meditando alguna
cosa, y al cabo lo rompi diciendo con tono conciso de mando:

--Maana a estas horas presntese usted donde otras veces. Tenemos que
darle algunas comisiones.

--No faltar.

Don Csar advirti que dos jvenes acababan de doblar la esquina y
venan hacia ellos. Entonces, sin despedirse, se apart de las mujeres
pasando a la acera de enfrente.




IV

DE CMO EL MARQUS DE PEALTA FUE CONVERTIDO EN DUQUE DE TURINGIA


Pocos das despus, Ricardo sali como de costumbre de su casa a las
diez de la maana y se dirigi a la de su novia. No era el amor
solamente quien le empujaba tan temprano a pisar la calle, sino tambin
la triste soledad que reinaba haca tiempo en el inmenso y vetusto
casern en donde viva; porque nuestro joven se hallaba solo en el mundo
desde haca poco ms de un ao. Su padre, el viejo marqus de Pealta,
haba fallecido cuando l no contaba ms de seis aos de edad. Apenas
recordaba vagamente su rostro plido asomando entre las sbanas del
lecho cuando le llevaron a darle un beso algunas horas antes de morir.
Se acordaba tambin de que aquel mismo da todo el mundo le abrazaba y
le besaba llorando, lo cual le haba llamado la atencin hasta hacerle
preguntar: Por qu lloris todos hoy?

Su madre le haba amado con uno de esos carios concentrados y feroces
que asfixian a fuerza de cuidados. Durante la niez le tena preso a sus
faldas, sin consentirle tomar parte en los juegos de los dems nios por
temor de que se lastimase. Ya bastante crecido, todava iba ella a
acostarle por las noches, rezando con l un sinfn de oraciones
inocentes, y esperando sentada, con los brazos cruzados, a que se
durmiese, para salir de la alcoba sobre la punta de los pies. Al llegar
a la pubertad no tuvo ms remedio que pensar en la carrera de su hijo,
porque el difunto marqus dej prevenido que la siguiese. Ricardo quiso
ser artillero. Cuntas lgrimas cost a su madre esta implacable
decisin del nio! La primera vez que parti a Segovia, la buena seora
crey morir; se empe en no salir de casa hasta que su hijo volviese, y
cumpli su empeo. Cuando vena a pasar las vacaciones, no se saciaba de
estar junto a l, mirndolo, acaricindolo y adivinando en los ojos sus
ms leves caprichos, para cumplirlos inmediatamente. Dos o tres das
antes de partir, otra vez empezaban los sollozos y las lgrimas; le
tena apretado contra su pecho largos ratos y le haca prometer un
milln de veces que le escribira todos los das, que se abrigara bien
durante el viaje y que no saldra por las noches de casa. Lo nico que
lograba distraerla algunos momentos era el arreglo del bal del cadete,
al cual consagraba tantos y tan prolijos cuidados que nada se echaba de
menos en l, desde las prendas ms usuales de ropa hasta un pedazo de
tafetn de golpes y un paquete de hilas para el caso de herirse. Ricardo
evitaba siempre la despedida, escapndose.

Gracias a su carcter bondadoso, alegre y simptico, ms que a su
aplicacin, termin el joven marqus de Pealta la carrera. En el
colegio todo el mundo le quera, lo mismo alumnos que profesores. Era
uno de esos muchachos francos y entraables con los cuales es difcil
reir, y que todos buscamos para depositar alguna misteriosa confidencia
del corazn en los amargos trances de la vida. Siempre se le encontraba
risueo y comunicativo, esparciendo la alegra y la confianza
dondequiera que estuviese. Rara era la querella entre dos cadetes que l
no consiguiese arreglar amistosamente. A pesar de su temperamento
conciliador, nadie dudaba en el colegio ni fuera de l de su valor, ni
mucho menos de la increble fortaleza de sus puos. Ms de una vez, en
las frecuentes reyertas entre cadetes y paisanos que estallaban
generalmente en los bailes de candil, haba tirado al suelo tres o
cuatro mozos de tres o cuatro puetazos, lo cual llamaba tanto ms la
atencin del vulgo cuanto que nada tena de corpulento y atltico en su
figura.

Un da, hallndose destinado ya en el parque de Sevilla, le llam el
coronel a su pabelln y le pregunt:

--Hace muchos das que no ha recibido usted carta de su madre, Pealta?

Ricardo se puso plido como un muerto.

--Qu pasa, mi coronel, qu pasa?

--No se sofoque usted, criatura. S por una casualidad que se encuentra
un poco enferma.

Ricardo lo adivin todo y cay en brazos del coronel, derramando un
torrente de lgrimas. Aquella noche tom asiento en el tren del Norte.

La noche funesta de aquel viaje qued grabada hondamente en su corazn.
Cuando la mquina lanz el grito de marcha y los compaeros que le
haban ido a despedir le dijeron adis con la mano en pie sobre el
andn, se fue a sentar en un rincn del carruaje envuelto en una manta,
aparentando dormir para entregarse mejor a sus dolorosos y sombros
pensamientos. Oh, qu pensamientos tan dolorosos y sombros! Se
represent el ngel tutelar de su infancia, a la madre de su corazn
muriendo sola, sin recibir el beso postrero de su hijo, tal vez
llamndole con ansia en los momentos supremos de la agona. Recordaba
que cuando se despidi de ella ya tena la salud bastante quebrantada y
que el abrazo que le dio fue mucho ms prolongado y estrecho y sus
besos ms vivos que otras veces, como si la infeliz tuviese el
presentimiento de que no haba de verle ms. En sus ojos rasgados y
hmedos se lea un ruego ferviente y silencioso: que dejase la carrera y
no se apartase de ella. Pero l, pagado de las vanidades sociales y
seducido por la voz del egosmo, no haba atendido a este ruego que la
desdichada mujer no se haba atrevido a formular con sus labios. Senta
ira profunda contra s mismo y se apellidaba interiormente con los
adjetivos ms injuriosos y humillantes. De vez en cuando sacaba la
cabeza fuera del carruaje y respiraba el aire fresco de la noche para
evitar que los sollozos le ahogaran.

El misterioso y vago contorno de las ondulaciones del paisaje envuelto
en las sombras cambiaba su desesperacin en desconsuelo, que poco a poco
se iba transformando en melancola solemne, como los obscuros celajes
que se cernan sobre la tierra aun ms obscura. Aquella majestad
silenciosa de la naturaleza muerta calmaba su excitacin, pero le haca
pensar con temblores de fro en la profunda soledad que le aguardaba. Se
haba roto el lazo de amor que le ataba a la tierra, y por el cual se
crea emparentado con todos los humanos. Ya no tena en el mundo ningn
ser que pudiera llamar suyo. El viento que la rauda marcha del tren
agitaba, zumbando en sus odos, pareca decirle: solo!, solo! El
traqueteo spero de las ruedas y maquinaria despertaba con violencia a
la naturaleza de su letargo, causndole quiz una sensacin de dolor
como la que le causaba a l su pensamiento al cruzar por el cerebro. El
ritmo sonoro y metlico de las ruedas pareca decirle tambin con acento
ms implacable: solo!, solo! Paseaba su mirada triste por los senos
profundos del horizonte y ste le devolva, en trmulos y fatdicos
reflejos, que apenas conseguan rasgar la malla de sombras, tristeza por
tristeza. La luz de la mquina iba esparciendo una claridad roja, que
tea de sangre el suelo y los rboles de la va. Donde no haba
rboles, los postes telegrficos pasaban con vertiginosa rapidez por
delante de su vista como las horas felices de la niez. Por encima de su
cabeza flotaba el negro y colosal penacho de humo sujeto al can de la
mquina que al disiparse en la atmsfera se parta formando mil
extraos y monstruosos fantasmas. Estos fantasmas, al huir de la va
arrastrndose por el suelo, le decan tambin lgubremente: solo!,
solo! Entonces, no pudiendo soportar el soplo glacial del paisaje
desierto que le traspasaba el pecho y le secaba los ojos, cerraba la
ventanilla y tornaba nuevamente a su rincn y a sus lgrimas.

Dentro del carruaje haba otras cuatro personas: una seora anciana y un
joven de veinte a veinticinco aos, una muchacha de dieciocho a veinte y
una nia de cinco o seis que parecan sus hijos. La seora dormitaba
abriendo una que otra vez los ojos para vigilar a la nia, que corra de
un lado a otro sin cesar. Los dos jvenes charlaban suavemente en el
otro extremo cogidos de la mano. El espectculo de esta madre rodeada de
sus hijos, y posando a cada instante en ellos su mirada amorosa,
enterneci todava ms a Ricardo. El susurro apagado de la conversacin
de los dos hermanos, cortado a menudo por alguna carcajada reprimida,
despertaba en su corazn una envidia punzante y triste. La joven era
hermosa, con una fisonoma noble y simptica. Ricardo, sin darse cuenta,
la estuvo mirando toda la noche; pero ella no pareci fijar la atencin
en l. Cuando el mozo de la estacin grit: Crdoba, veinte minutos de
parada, todos se levantaron bruscamente y tomaron sus enseres
disponindose a salir. Slo entonces fij la joven en l una mirada
suave y prolongada, dicindole al tiempo de salir con sonrisa triste y
compasiva: Buenas noches, que usted lleve feliz viaje. No ofreca duda
que se haba hecho cargo de su dolor. Ricardo sinti profunda pena de
que se quedasen all, como si le ligase a aquella familia algn vnculo
de amor, y tuvo deseos de decir a la mam: Seora, acabo de perder a mi
madre; estoy solo en el mundo y no tengo a nadie a quien amar ni que me
ame; quiere usted llevarme a su casa como hijo? La puerta del carruaje
se cerr de golpe, son la campanilla, se oy el grito ronco de la
mquina y el tren prosigui la marcha con su traqueteo metlico que
clamaba sin cesar en el silencio de la noche: solo!, solo!, solo!

Fueron a esperarle algunos parientes y amigos y le acompaaron
silenciosamente hasta su casa, donde le dejaron despus de un rato de
conversacin insulsa. En los das siguientes recibi muchas visitas con
traje negro, que le ensalzaron las virtudes de su madre y le
recomendaron mucha resignacin. Todos le llamaban marqus. Nunca padeci
ms que entonces. La nica persona con quien tena gusto de hablar era
con don Mariano Elorza, que haba sido muy amigo de su padre, y cuya
casa visitaba con gran confianza siempre que vena a Nieva de
vacaciones. Don Mariano, que era expansivo y amable con todo el mundo,
no poda menos de mostrarse con l doblemente afectuoso por la situacin
desgraciada en que se hallaba. Su casa fue para nuestro joven, en la
temporada que sigui a la muerte de la marquesa, un lugar de refugio
donde distraa sus penas y hallaba un poco de calor de familia que le
haca tanta falta. Por otra parte, es necesario decirlo, Ricardo siempre
haba sentido hacia la hija primera de don Mariano cierta admiracin y
simpata, que fcilmente se trueca en amor cuando la edad y la ocasin
convidan y la frecuencia del trato estimula; con mayor motivo aun cuando
ni l ni ella haban estado enamorados nunca. Mucho antes de que se
formalizasen sus relaciones, ya se hablaba en la villa del matrimonio
del joven marqus de Pealta con la seorita de Elorza. Era un
matrimonio indicado y pedido por la opinin pblica. Porque es de
advertir que las familias de Pealta y Elorza eran las ms opulentas de
la villa, y el pblico encuentra siempre tan lgico que la riqueza vaya
a la riqueza, como los ros a la mar. As que Ricardo y Mara fueron
declarados marido y mujer, poco despus de su nacimiento. Las comadres
de la villa no les perdonaran que se hubiesen sustrado a este auto
acordado de las tertulias de Nieva. Ya sabemos de buena tinta que los
muchachos no pensaron en semejante substraccin, y que acataban con la
mayor humildad el fallo soberano.

Volviendo, pues, adonde quedbamos, cumple manifestar que Ricardo lleg
muy presto al portal de la casa de Elorza, que era espacioso y obscuro.
De la gran puerta slida y ennegrecida por el tiempo y el uso penda una
cadena de bronce con la cual se llamaba. Entrbase inmediatamente en un
patio bastante amplio con fuente en el medio. A este patio vena a
parar una anchurosa escalera de piedra con balaustrada de la misma
materia. Estaba ya gastada y necesitaba reparos en algunos sitios. En el
primer descanso esta escalera se parta en dos brazos, uno de los cuales
conduca a las habitaciones de los seores y otro a la de los criados.
El primero de dichos brazos terminaba en un ancho corredor o galera de
cristales que miraba al patio. Toda la casa ofreca el mismo desahogo,
al igual de los antiguos palacios, por ms que fuese construida en
poca relativamente moderna. Llevaba ventaja a los vetustos caserones
solariegos, como el del marqus de Pealta, en que al fabricarla no se
haba atendido tanto a la vanidad de sus dueos cuanto a la apropiada
distribucin de las habitaciones para los usos de la vida. No era triste
y obscura como suelen serlo aqullos. Por el contrario, todo su interior
denotaba alegra, bienestar y elegancia. Era, pues, un edificio grande
sin ser imponente, y cmodo sin caer en la vulgaridad desgraciada de las
construcciones modernsimas. Mantenase en un trmino de conciliacin
entre la aristocracia y la burguesa, aceptando la altivez fastuosa de
aqulla y las inclinaciones prcticas y sensuales de sta.

La casa reflejaba en cierto modo la posicin de sus dueos. Ambos eran
hijos de las familias ms principales, no tan slo de Nieva, sino de la
provincia en que esta villa radica. La seora era hermana del marqus de
Revollar, que tanto haba figurado en Madrid haca pocos aos por su
increble disipacin y prodigalidad, y que ahora, totalmente arruinado y
perseguido de cerca por sus acreedores, haba corrido a refugiarse en
las huestes del Pretendiente, a quien serva como ministro y consejero.
Don Mariano proceda de una familia menos gloriosa y aeja, pero mucho
ms acaudalada. Su abuelo haba trado una fortuna inmensa de Mjico en
las postrimeras del pasado siglo, y con ella se haba hecho el
terrateniente ms poderoso de Nieva y fabricado la casa de que estamos
hablando. Lo mismo l que su hijo y su nieto haban procurado dar lustre
a los millones enlazndose con familias nobles.

Ricardo penetr por las habitaciones de la casa de Elorza con la
indiferencia del que se encuentra dentro de la suya, sin quitarse
siquiera el sombrero. Cuando entr en el gabinete de doa Gertrudis,
esta seora se hallaba tomando una taza de caldo ayudada por dos
criadas. Al ver a nuestro joven dej la taza sobre el velador que tena
delante y echndose hacia atrs en la butaca, exclam con acento
dolorido:

--Ay, querido, en qu mal hora llegas!

--Pues qu pasa?

--Que me muero, Ricardo, que me muero!

--Se siente usted peor?

--S, hijo mo, s, me siento muy mal: no es posible decir lo mal que me
siento. Si no me muero hoy, no me muero nunca. Toda la noche la pas en
un puro grito... Despus..., despus ese tigre de don Mximo no ha
venido todava a pesar de haberle enviado dos recados... Que Dios le
perdone!... Que Dios le perdone!

Doa Gertrudis cerr los ojos como si se dispusiese a morir sin auxilios
temporales ni espirituales.

Ricardo, acostumbrado a estos exabruptos, permaneci buen rato
silencioso. Al cabo dijo en tono indiferente:

--No sabe usted?... Enrique ha conseguido cambiar el aderezo, y ayer ha
llegado el otro sin novedad.

--Vaya, gracias a Dios--repuso doa Gertrudis, abriendo los ojos--. Bien
cre que no se lo cambiaran.

--Por qu no?

--Toma!, porque vendiendo el otro se haban deshecho de una antigualla
de la cual no s cmo saldrn ahora.

--S, pero tambin perdan un parroquiano que les deja muchas ganancias.
Usted no ve que Enrique recibe encargos de toda la provincia?

--Eso tambin es verdad..., pero no sabes t que a los comerciantes les
ciega la avaricia?... Uf, qu gente ms mala! Te digo que no puedo ver
a los comerciantes, Ricardo; no los puedo ver, ni pintados.

Despus de haber expresado este sentimiento desfavorable para el
comercio, que doa Gertrudis en su fuero interno haca extensivo tambin
a la industria y en general a todas las artes mecnicas, cerr de nuevo
los ojos con un gesto de dolor, y sigui de esta manera:

--Lo que siento, hijo mo, es que no os he de ver casados y que por mi
causa tendris que dilatar la boda... Me encuentro muy mal, muy mal...
El corazn me dice que me he de morir antes de que llegue el da del
matrimonio... Y la verdad es que ms vale que me muera si he de padecer
tanto...

--Vamos, no diga usted esas cosas; qu se ha de morir! La enfermedad
tendr que ir cediendo poco a poco, se curar usted y se pondr sana y
gorda que dar gusto verla.

En vez de animarse con estas palabras, doa Gertrudis se enfureci.

--Esas son tonteras, Ricardo... Mi enfermedad es mortal, y si no ya
severa... Mi marido no quiere creerlo; pero pronto se ha de convencer...
No me quejo de mimo, no... Ay, querido, si supieses lo que yo padezco
sentada en esta butaca!

Lo cierto es que desde el da en que el cura haba echado la bendicin
nupcial sobre doa Gertrudis, se puede asegurar que esta noble seora no
haba hecho otra cosa que atender a los quebrantos y lacerias de su
cuerpo, arrastrando una vida mezquina al travs de las enfermedades ms
extraas e inverosmiles que jams se hubiesen visto. Antes de dar a luz
su primera hija Mara, haba padecido de vmitos de sangre y consuncin.
Despus del parto, y por algunos aos, hasta el nacimiento de su segunda
hija Marta, padeci un mal dolorossimo del corazn, tan acerbo y cruel
que muchas veces le privaba del sentido. Las manifestaciones de esta
enfermedad, tal como la paciente las relataba, inspiraban terror a
cualquiera. Unas veces crea sentir que le manoseaban el corazn y se lo
estrujaban hasta no poder ms; otras veces pensaba que se lo metan
entre hielo, y all lo tena tiritando sin que valiesen de nada las
pieles y franelas que le ponan sobre el pecho, hasta que por una brusca
transicin entraba en un horno encendido donde se abrasaba de tal suerte
que haca pedazos con sus manos crispadas cuanta ropa le haban echado
antes encima; otras, en fin, senta un animal que clavaba en l los
dientes, producindole tan agudos dolores que no le dejaban fuerzas para
gritar. El licenciado don Mximo permaneca totalmente confundido
delante de aquel caso patolgico, anunciando en cada visita el prximo
fin de la paciente si el antiespasmdico que recetaba no la tornaba al
instante sana y salva. Como doa Gertrudis no acababa de fallecer ni su
extraordinaria enfermedad desapareca, don Mximo lleg a perder
enteramente la fe en ella. Segua visitando la casa con mucha
frecuencia, pero siempre a la hora de costumbre, que rara vez alteraba
por ms que doa Gertrudis le moliese muchos das a recados,
suplicndole se personase acto continuo en su alcoba. Don Mximo
concluy por despreciar profundamente las enfermedades de su noble
cliente, y calificarlas pblicamente en la botica adonde sola asistir
de _cajigalinas_ de mujeres. El significado exacto del vocablo
_cajigalinas_ jams se supo ni dentro ni fuera del pueblo, ni se lleg a
averiguar si era invencin particular de don Mximo o si proceda de
algn idioma antiqusimo, muerto ya, que el licenciado hubiese
estudiado. La palabra por su raz parece de origen semtico, pero no es
posible fallar de plano en este asunto: que los sabios lo decidan. Lo
que s est fuera de duda es que con ella quera decir don Mximo dar a
entender algo insignificante, balad o de poco monto. Y basta con esto
para que sepamos a qu atenernos sobre la opinin de la ciencia en lo
referente a los males de doa Gertrudis.

Despus del nacimiento de Marta, las dolencias de doa Gertrudis no
desaparecieron, sino que cambiaron de rumbo. El corazn qued un tanto
sosegado, pero en cambio todos los msculos o tendones de la atribulada
seora empezaron a contraerse con fuertes dolores, impidindole por
algunos meses servirse en absoluto de sus miembros, dejndola reducida
al cabo, como gran mejora, a caminar apoyada en su marido o en una de
sus hijas. Don Mximo, en los comienzos de esta nueva fase, mostrose
preocupado y caviloso, estudi con ojo avizor los sntomas y
antecedentes, recet los antiespasmdicos por azumbres, ech mano, en
una palabra, de todos los recursos que la ciencia (la ciencia de don
Mximo) ofreca para tales ocasiones; pero sin lograr resultados
satisfactorios. Al cabo, el vocablo _cajigalinas_, de origen semtico,
apareci nuevamente en sus labios, y desde entonces no volvi a entrar
en las habitaciones de la seora sin que una fina sonrisa de
incredulidad vagase por su rostro atezado.

Ricardo permaneci todava un rato al lado de doa Gertrudis y despus
sali a dar vueltas por la casa en busca de las nias. Hall a Marta en
la cocina muy ocupada en heir la masa de una empanada.

--Y Mara, _ma petite mnagre_?

--Est en su cuarto arreglndose; no tardar en bajar.

--Si te molesto en tu trabajo, me voy; si no, me quedo.

--No me molestas, si te quitas un poco de la luz..., as...; ya ests
bien.

--Corriente; me quedo para aprender a hacer..., qu es lo que ests
haciendo?

--Una empanada de jamn.

--Pues a hacer una empanada de jamn.

La nia levant la cabeza sonriendo a su futuro cuado y emprendi de
nuevo la tarea. Estaba colocada en pie delante de una mesa baja
destinada, a juzgar por su lustre, a la operacin que ejecutaba. Tena
puesto un enorme delantal blanco cmo el de las cocineras y en la cabeza
una cofia tambin blanca. Sus ojos negros, brillantes, lucan mejor con
este traje, lo mismo que sus cabellos de azabache. Haba alzado las
mangas del vestido y mostraba al descubierto unos brazos mrbidos y
mejor torneados de lo que pudiera esperarse de su corta edad. Estos
brazos anunciaban una mujer en plena posesin de todos los atractivos
punzantes, de todas las graciosas curvas de su sexo: eran unos brazos
blancos y tersos de virgen flamenca, firmes y macizos como los de una
doncella de labor; lo mismo podran servir de modelo a un estatuario que
para arreglar una cama a las mil maravillas. Con ellos haca rodar de un
lado a otro por encima de la mesa un pedazo grande de pasta amarillenta,
arrastrndolo y doblndolo constantemente sobre s sin darse punto de
parada. La masa se desprenda suavemente de la tabla por efecto de la
manteca de que estaba impregnada con levsimo rumor parecido al roce de
la seda. Algunas criadas daban vueltas por la cocina atendiendo a sus
quehaceres. Ricardo contempl un instante la operacin en silencio; pero
no tard en exclamar con seales de asombro:

--Qu atrocidad! Qu atrocidad!

Las criadas volvieron la cabeza. Marta tambin alz la suya.

--Pues, qu pasa?

--Pero, nia, dnde te has comprado esos brazos tan rollizos?

La nia se ruboriz, y entre risuea y molesta llev la mano a las
mangas del vestido bajndolas un poquito.

--Vamos, ya principias? Mira, para eso no te he permitido que te
quedases.

--Es que ahora ya merece la pena quedarse, aunque mandases lo contrario.

--Bien, haz lo que quieras; pero djame trabajar en paz.

--Te dejar que trabajes, pero haciendo constar que nunca haba entrado
en mis clculos que la seorita Marta poseyese unos brazos semejantes...
Saba que era apretadita de carnes, redondita y maciza, pero cmo haba
de sospechar...? Vamos, te digo que a no verlo, no lo creyera.

Las criadas rean. Marta amasaba con afn, haciendo gestos de
resignacin como quien est dispuesto a sufrir una broma hasta el fin.
Ricardo prosigui:

--Y eso que haba odo hablar a Mara de ellos; pero en trminos
vagos... No eran bien precisas sus noticias. Lo mejor en estos casos
para hacerse cargo del asunto es verlo por s propio. Al que se meta
contigo no le arriendo la ganancia!... La verdad es que, bien mirado,
una nia de catorce aos no tiene derecho a poseer unos brazos como
esos.

Marta suspendi su obra para rer.

--Jess, qu pesadsimo eres, criatura; no se te puede sufrir!

Despus, su semblante adquiri la expresin plcida y grave que lo
caracterizaba, y emprendi nuevamente el trabajo hundiendo en la masa
blanda una y otra vez sus puos tersos y rosados. La pasta iba adoptando
sucesivamente diversas formas bajo la presin continuada de las manos
breves pero firmes de la nia.

Cuando le pareci que se hallaba en su punto, la parti en varios
trozos, y tomando un rollo de madera se puso a modelarlos con gran
cuidado.

Ricardo pregunt con timidez.

--Me dejas que te ayude, Martita?

--No sabes.

--Me dirs lo que debo hacer, y bajo tu direccin marchar bien el
negocio.

--Ahora me adulas! Bueno, consiento en ello, pero lvate las manos.

Ricardo no tuvo ms remedio que ir a lavarse las manos.

--Est bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta
hasta que lo conviertas en una lmina redonda.

El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues
la pasta se agujere varias veces de puro fina. Las criadas le
contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permaneca grave y
atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmsfera sofocante,
calentada por las chapas de hierro incandescente del fogn e impregnada
de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al
estmago cuando est ahto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.

Ricardo no poda estarse callado un instante. Mientras haca resbalar el
rollo sobre la pasta con ms precaucin que si se tratase de
confeccionar un filtro mgico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir
observaciones de todo gnero a Marta acerca de la empanada que tena
entre manos. Cuntos huevos haba echado en la harina? Qu cantidad
de manteca? Con quin haba aprendido a hacer empanadas? Cunto tiempo
necesitaba estar en el horno?, etc., etc. Marta responda lacnicamente
y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus
labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.

--Oye, Marta, qu dira Manolito Lpez si nos viera en este momento?

--Qu haba de decir? Lo que se le antojara--contest la nia
ruborizndose levemente.

--No tendra celos al vernos tan cerca uno de otro?

--Pues?

--Qu s yo!... Como est tan enamorado, segn dicen...

--Qu ganas tienes de embromarme!

--Chica, es lo que se corre por ah; yo no pongo nada de mi cosecha.

--Bien, pues dale expresiones, como t dices.

--Se las dar en cuanto le vea.

--Vamos, no seas tonto!

Marta profiri esta exclamacin demostrando en el acento cierto
sobresalto. Se conoca que le molestaba un poco la broma. El fundamento
que Ricardo tena para drsela era deleznable, como sucede casi siempre
en la adolescencia; pero verdadero hasta cierto punto. Los zagalillos de
catorce o quince aos, llamados por el vulgo _pipiolos_, corren en pos
de las zagalas de la misma edad y establecen con ellas, tcitamente la
mayor parte de las veces, ciertas relaciones que remedan los amores de
los jvenes. Se dice, por ejemplo, entre ellos, que Fulanito es novio de
Fulanita, sin saber por qu, y Fulanito, por ese mero hecho, sin que le
importe gran cosa de Fulanita, va a esperarla con otros amigos a la
salida del colegio, y la sigue hasta su casa, molestando mucho a la
doncella que la conduce; en las giraldillas que se forman en las
romeras la saca a bailar con ms frecuencia que a las otras; cuando es
un poco atrevido le suele ofrecer dulces en cucurucho de papel dorado, y
pasa por delante de su casa varias veces el da que se pone traje o
sombrero nuevo; procura, cuando la sigue, hablar alto y con desenfado,
para que ella le oiga y se regale con su buen decir, y se traba a
mojicones por la cosa ms insignificante, para lucir en presencia suya
el arrojo y coraje que no tiene en ausencia; gasta los cuartos que posee
en pomadas o aceites de olor, y se presenta en la misa a que ella asiste
con la cabeza lamida y reluciente como un gato cuando sale del agua. La
tarde en que se enfada porque ella no le hace caso, la sigue de cerca en
el paseo, entre varios amigos, soltando palabras groseras y carcajadas
estpidas, y llegando a veces a tirarle por las trenzas del pelo, hasta
que con esta y otras sandeces consigue hacerla llorar.

La conducta de Fulanita suele ser anloga. No le importa tampoco un
ardite de Fulanito; pero como dicen que es su novio, hace lo posible por
que lo parezca; y as, vuelve la cabeza a menudo para mirarle cuando
sale del colegio; en la giraldilla le saca a bailar ms veces que a los
otros; sale al balcn cuando l pasa y se ruboriza cuando la bromean.
Pero estos seudoamores casi nunca prevalecen ni se convierten en
verdaderos. Tcitamente principian, tcitamente viven y tcitamente
concluyen cuando la nia _se pone de largo_. La razn de tal frialdad es
muy obvia. Fulanito no se encuentra todava en la edad de las pasiones,
sino en la de la gimnasia, los _suspensos_ y los cigarros de salvia.
Fulanita est siempre a mucha mayor altura por lo que respecta a la vida
del corazn, y en su interior desprecia profundamente a Fulanito, que no
sabe divagar un poco sobre la simpata y el amor, ni es capaz de besar
un abanico que cae de la mano, ni tiene pizca de bigote. Por eso,
generalmente, cuando a Fulanita le agregan una cuarta ms de tela al
vestido, no vuelve a mirar ni por casualidad a Fulanito, el cual lo
encuentra naturalsimo y no se desmejora por ello ni se suicida.

Tales eran las relaciones, con muy leves variantes, que sostena nuestra
Marta con Manolito Lpez. A las causas generales que marchitan y secan
en flor semejantes inclinaciones, debe agregarse en este caso la poca
conformidad de los caracteres. Manolito, si bien de rostro expresivo y
hasta hermoso, era travieso, ruidoso, pendenciero e insolente. Una buena
cualidad se reconoca en l: la de no ser rencoroso. Marta era apacible,
callada, firme, circunspecta y reservada. El defecto que en su casa le
sealaban era el de ser un poco terca. No era posible, pues, una
anttesis ms perfecta. Si as no fuese, Marta hubiera llegado a querer
a Manolito, porque su temperamento repugnaba la mudanza lo mismo en los
muebles del cuarto que en los sentimientos de su corazn.

Cuando terminaron de modelar varias capas delgadas de pasta, Marta las
fue colocando unas encima de otras en una tartera de cobre, formando el
lecho de la empanada. Despus una de las criadas le trajo el jamn,
convenientemente aderezado y cortado en rajas. El pringue sazonado de
especias exhalaba un olor irritante y apetitoso que haca la boca agua.
Una vez puestas las rajas sobre el lecho del modo ms adecuado, la nia
se puso a extender nuevas capas de pasta sobre el jamn. Ricardo ya no
la ayudaba; al parecer, se haba cansado. Mas cuando se trat de
ejecutar los adornos de la tapa, acudi de nuevo a prestarle auxilio,
complacindose largamente en ejecutar con la masa mil suerte de
mosaicos, arabescos y primores de toda clase, que no haba ms que ver.
Marta puso trmino a tan prolijas labores quitndole la pasta de la
mano, porque no acababa nunca. Hecha la empanada, fue la misma nia a
meterla en el horno, y siguiendo una piadosa costumbre tradicional de
aquella tierra, se santigu y rez un padrenuestro, para obtener
resultado feliz.

--Sabes una cosa, Martita?

--Qu te pasa?

--Que con estos olores de cocina y el trajn de la dichosa empanada, se
me ha despertado un apetito ms que regular.

--Pues mira, eso comiendo se quita. Ven conmigo.

Y le condujo al comedor, que estaba cerca, y le hizo sentarse a la mesa.
Despus sac de un armario cubierto, servilleta, pan, vino, un plato de
pavo en galantina y un tarro de dulce, y se lo fue colocando delante,
uno en pos de otro, con el sosiego y comps que caracterizaban todos sus
movimientos.

--Coma usted, seor marqus; coma usted.

Llamar a Ricardo seor marqus era una de las bromas ms picantes que
Marta se autorizaba respecto a su futuro hermano. No estaba en la ndole
de su genio dirigir cuchufletas y epigramas. Los que salan de su boca
alguna vez eran para disimular una caricia que su carcter reservado le
impeda hacer abiertamente a nadie, ni aun a su misma hermana.

Ricardo se puso a despachar un pedazo de pavo al estmago con toda
solemnidad, empujndolo de vez en cuando con tragos de Valdepeas,
mientras la nia, en pie, lo contemplaba risuea y satisfecha, gozando
con el voraz apetito de su amigo, y cuidando de escanciarle vino y
arrimarle los platos siempre que haca falta.

--Eres una gran mujer, Martita--deca Ricardo con la boca llena--. Se te
puede comprar al peso, y eso que no debes pesar poco, a juzgar por las
seales de que no quiero hacer mencin porque no me llames pesado... En
cuanto vea a Manolito Lpez le dir que no piense en otra mujer si
quiere ponerse gordo y rollizo (que buena falta le hace)... Si a m me
cuidas de ese modo, cmo le cuidars a l!... Basta, basta, Martita, no
me pongas tanto dulce... T quieres, por lo visto, que pille una
indigestin aqu en secreto... Est bien ese pavo: merece los honores
que le he hecho... chame un poquito de vino...

Marta escanciaba y segua contemplndole con sus grandes ojos serenos,
por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Pareca
que era ella la que se estaba atracando.

--Mira, chica, haz el favor de comer t tambin, porque me da pena
verte. Parece que te han castigado...

La nia no tena apetito y se neg a tomar el plato que le present. Sin
embargo, cort un pedacito de pan y empez a roerlo gravemente con sus
dientes blancos y menudos.

--Te profetizo que no tardars en despachar ese plato de dulce,
Martita... La cuestin es empezar... Ya vers, ya vers... Lo peor es
que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin
apetito... Martita, no seas tonta y cmete ese dulce que te est
apeteciendo...

Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entr en el
comedor Genoveva, dicindoles:

--A la seorita Mara le duele un poco la cabeza y est descansando
sobre la cama.

--Voy all--exclam Marta, ausentndose velozmente.

--De su parte traigo para usted este recado, seorito--aadi la
doncella, presentndole una carta.

Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:

--La seorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.

--Bueno, bueno--articul Ricardo un poco alterado.

Y tomando el sombrero y sin despedirse de nadie, se fue a escape a su
casa devorado por la impaciencia, y rompiendo el sobre con mano
temblorosa, ley la carta que sigue:

Mi queridsimo Ricardo: Hace ya tiempo que deseo comunicarte un
pensamiento que me preocupa, sin atreverme a ello. Conozco bien tu
genio; eres impetuoso en extremo, y tal vez antes de reflexionar sobre
mis palabras y equivocndote acerca de su sentido, te inflamaras como
una plvora, lo echaras todo a rodar y me asustaras horriblemente como
en la noche que celebramos el santo de mam. Por eso, despus de vacilar
mucho, me resuelvo a decrtelo por escrito y no de palabra.

El pensamiento que me agita estos das es el de suplicarte que
aplacemos todava algn tiempo nuestro matrimonio. No te enfades,
Ricardo mo, y sigue leyendo con calma. Estoy segura de que lo primero
que se te ocurre pensar es que no te quiero. Cmo te equivocars si lo
piensas! Si pudieses leer en mi alma, veras que tu amor tiene
avasallada mi conciencia, lo cual deploro amargamente. Pero no se trata
ahora de esto.

Ests seguro, Ricardo, de que t y yo nos hallamos convenientemente
preparados para tomar un estado que arrastra consigo tantos y tan graves
cargos? Has meditado bien lo que significa el sacramento del
matrimonio? No habr en nuestros corazones ms bien una inclinacin
irreflexiva mezclada tal vez de impulsos carnales que el propsito firme
de emprender una vida austera y piadosa como conviene a una familia
cristiana, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y en la
prctica de las virtudes? Si reflexionas un poco en lo frvolos que
hasta ahora han sido nuestros amores y en los pecados que constantemente
cometemos, no podrs menos de convenir conmigo en que dos muchachos tan
desprovistos de gravedad y slida virtud no estn facultados por Dios
para educar y dirigir una familia. Sentira un gran remordimiento de
conciencia casndome hoy (y t debes de sentirlo tambin) y creera que
Dios no podra bendecir ni hacer dichosa nuestra unin. Para que la
bendiga es necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando para
siempre el modo frvolo y mundano que tenemos de querernos por otro ms
elevado y espiritual, cesando por completo en ciertas expansiones
terrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y preparndonos durante
algunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota, haciendo
algunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantemente
que ilumine nuestro espritu y nos d fuerzas para cumplir los deberes
que el nuevo estado nos impone.

Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar a
cabo lo que te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungra estuvo
desposada desde su tierna edad con el duque Luis de Turingia, pero sin
que las bodas se celebrasen hasta que ambos llegaron a la edad oportuna.
Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no volvieron a separarse,
habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que por la
voluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de los
dos novios, junto con la austera educacin que les dieron, hizo que su
cario fuese siempre puro y limpio, fundando la inalterable unin de sus
corazones, no sobre los efmeros sentimientos de un atractivo puramente
humano, sino sobre una fe comn y la severa observancia de todas las
virtudes que esta fe ensea. Hasta que el matrimonio los uni con
vnculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun despus de
casados continuaron dndose a menudo este dulce nombre.

Te confieso, Ricardo, que el espectculo de estos nobles y santos
jvenes me seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de tal
suerte es mil veces ms hermoso y proporciona al corazn goces ms puros
y elevados. Por qu no habamos de seguir hasta donde nos fuese posible
las huellas de estos esposos, dechado de abnegacin y de ternura tanto
como de pureza y fidelidad? Por qu no habas de imitar t, amado
Ricardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza y
dignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma,
jams desmentida, y que en nada se oponan al valor y fortaleza de que
siempre dio relevantes pruebas? Por mi parte te prometo imitar en la
medida de mis dbiles fuerzas la ternura, la obediencia y fidelidad de
su santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios dentro del
cario que te profeso.

Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, por
Dios, querido Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y vers
como tengo razn. No dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es _por
ahora_ tu hermana,

MARA.




V

CAMINO DE PERFECCIN


La carta que acabamos de leer seala una etapa importantsima en la vida
de nuestros amantes. Ricardo principi por enfurecerse y escribir una
larga contestacin a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que
no lleg a enviar a su destino. Despus celebr con ella una
conferencia, donde se desat en denuestos. Todo cuanto vena escrito en
su epstola no era ms que un tejido de necedades y simplezas, fabricado
adrede para disimular su perfidia. Bien poda despedirle de otro modo
menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos poda
y deba exigir la franqueza y lealtad que l haba usado siempre; desde
mucho tiempo atrs vena notando su frialdad y desvo, pero jams pudo
creer se sirviese para desatar el lazo que los una de pretexto tan
ridculo, etc., etc. Mara recibi con humildad tal granizada de
insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que
le dejaba un instante para hablar, que le segua amando con toda su
alma; que poda poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues
resuelta estaba a hacer por l cuantos sacrificios exigiese menos el de
su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traicin y
de engao, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de
exaltacin en que se hallaba; que senta igualmente en el alma que
calificase de grotescos y ridculos los mviles de su resolucin, cuando
ella los tena por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.

Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqus, sin resultado,
comenzaron a desmayar sus nimos y entr por el camino de las buenas
razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor
xito. Emple todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y
expresivo que le dictaba su honrado corazn a fin de convencerla de que
ni ella ni l se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar
sus pecados como dos criminales, pues si no eran ms buenos, por lo
menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y
seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se
crea tampoco menos apto que los dems, y que, en ltimo trmino,
pasaran por donde otros pasaron. Todo fue intil. La joven opuso
razones a razones y un silencio firme y obstinado a las splicas
salpicadas de ternezas de su amante.

ste, en tal estado de tribulacin, de que no hace mrito el padre
Rivadeneira en su tratado, fue derecho a contar el caso y a pedir
consejo y ayuda a don Mariano, a quien quera como a un padre. Dicho
seor mostrose altamente sorprendido y confuso al leer la carta de su
hija. Leyola repetidas veces, como si no acabara de dar en la clave, y a
cada nueva lectura la encontraba ms turbia e inexplicable. Por ltimo,
se la devolvi, con un gesto de susto, manifestando que su hija deba de
haber perdido el juicio, porque no entenda nada de aquella monserga.

En efecto, don Mariano era un creyente sincero, que cumpla
escrupulosamente con los preceptos morales de la religin, pero que
miraba con un poco de tibieza, ya que no con desdn, los referentes al
culto. Nunca haba dudado de las verdades religiosas aprendidas en la
niez; pero jams haba dado capital importancia a las misas y
oraciones, ni haba pasado en las iglesias ms que el tiempo
estrictamente necesario. Saba distinguir, cuando se trataba de estos
asuntos, entre la religin y los curas, profesando hacia stos cierta
enemistad volteriana, que le vena de casta, al decir de doa Gertrudis,
pues su abuelo, el mejicano, haba sostenido relaciones amistosas y
larga correspondencia con un miembro de la Convencin francesa. Tena fe
incontrastable en el progreso moderno, y echaba mano de los inventos
realizados continuamente por la industria humana para combatir los
argumentos deleznables, y pulverizarlos, de sus constantes enemigos los
partidarios de la tradicin, entre los cuales no era el menos
empedernido y molesto su mujer. Se reciba, verbigracia, en la casa un
telegrama de cualquier pariente o amigo; don Mariano, con sonrisa
triunfal, despus de leerlo, se lo alargaba a su seora, diciendo:

--Toma; este endiablado invento moderno viene a comunicarnos que tu
hermano ha llegado bueno a Pars.

Gustaba de hacer consideraciones picarescas sobre el espanto que se
apoderara de nuestros abuelos, si de repente los metiesen en el coche
de un ferrocarril, o les dijesen que podan conferenciar cuando
quisieran con un amigo residente en la Habana. En cuanto tena noticia
por los peridicos de cualquier invencin peregrina, corra a leerle el
suelto a su mujer, y guardaba el peridico para lerselo igualmente a
los muchos tradicionalistas que frecuentaban la casa. Si el invento no
era costoso, haca que le remitiesen la mquina, aunque no le sirviese
para nada. As, que tena la casa poblada de artefactos curiosos, casi
todos empolvados y descompuestos por la falta de uso; mquinas de hacer
hielo, manteca, sidra, pitillos, etc.; telgrafos de saln,
estereoscopios, cacerolas para asar la carne con un pedazo de papel,
salvavidas, bastones con silla y carabina, paraguas con tienda de
campaa, impermeables y otro sinfn de objetos extraos. Cuando la
mquina no daba el resultado apetecido, don Mariano tena un disgusto,
se crea humillado y temiendo que por esto sufriese menoscabo la prez de
la civilizacin moderna, no hablaba del aparato delante de su seora, o
vindose obligado, escurra el bulto, como suele decirse, por la
tangente, atribuyendo siempre el xito desgraciado a su propia torpeza y
no a la calidad del invento.

Este amor fervoroso que profesaba a los increbles adelantos de la poca
presente, y la lucha que dentro y fuera de casa sostena a todas horas
contra los amigos de la tradicin, le impulsaban en ocasiones a valerse
de armas prohibidas, como eran, por ejemplo, el exagerar el poder de la
industria moderna, forjando nuevas y estupendas empresas que l daba por
comenzadas, cuando a nadie se le haban pasado an por la cabeza. Un da
asombraba a sus amigos manifestndoles que se pensaba muy seriamente en
establecer un puente flotante entre Europa y Amrica, por el cual se
podra ir en ferrocarril al Nuevo Mundo; otro, los dejaba atnitos
dicindoles que se estaba construyendo un telescopio que traera la luna
a media legua de distancia, con el que podramos percibir si en este
satlite haba seres movientes; otro, les llenaba de admiracin
noticindoles que en los Estados Unidos haban trasladado entera una
catedral de un pueblo a otro, por medio de la presin hidrulica. En
materia de progresos mecnicos don Mariano tena ms imaginacin que
Shakespeare. La poltica nacional le preocupaba poco en comparacin del
incesante y sublime progreso realizado por la humanidad, y odiaba las
exageraciones que en su concepto lo retrasaban. Estaba afiliado al
partido conservador liberal.

Con estos antecedentes fcil es imaginarse el efecto que la carta de su
hija le causara. Considerola como una extravagancia de las muchas que
la nia haba padecido en su vida, y prometi a Ricardo solemnemente
hacerla desistir de aquella tontera. Mas despus de haberla llamado a
su cuarto y pasar encerrado con ella cerca de dos horas, empez a
sospechar que la cosa no era tan fcil como a primera vista pareca. Ni
con echarlo a broma haciendo chacota de su austero propsito, ni con
mostrarse enojado, ni con bajarse a las splicas logr nada nuestro buen
caballero. Mara opuso a estos ataques, como haba hecho con su novio,
una actitud humilde, pero resuelta, imposible de vencer. A unos y a
otros no les qued otro recurso que resignarse, y eso hicieron de mal
grado con la secreta esperanza de que la joven cambiara pronto de
acuerdo una vez satisfecho el capricho. Aplazose, por tanto, la boda
indefinidamente, y el pobre Ricardo empez a desempear su papel de
duque de Turingia, casi tan mal como un actor espaol. Las entrevistas
con Mara fueron desde entonces menos frecuentes y familiares. La joven
pareca huirle y evitar las ocasiones de conversar con l ntimamente
como antes. Ricardo las buscaba con empeo y las aprovechaba unas veces
para dirigirle amargas reconvenciones, otras para decirle con labio
balbuciente mil frases apasionadas. Ella se mostraba siempre dulce y
cariosa, mas procurando encaminar la conversacin hacia asuntos serios.
Ricardo sigui acaricindola siempre que tena ocasin para hacerlo;
pero no volvi a obtener de ella la acostumbrada reciprocidad por ms
que hizo increbles esfuerzos para conseguirlo. Y no slo no logr este
favor, sino que poco a poco la joven evit que l se propasase a lo
primero, hablndole siempre delante de gente. Un da que la encontr
sola en el comedor, se dijo con ntimo gozo: Esta es la ma. Y,
acercndose a ella cautelosamente por detrs, le dio un sonoro beso en
el cuello. Mara se levant bruscamente de la silla y le dijo con cierta
dulzura no exenta de severidad.

--Ricardo, no vuelvas a hacer eso.

--Pues?

--Porque no me gusta.

--Desde cundo?

--Desde siempre; no seas tonto.

Estas palabras las dijo ya con enojo, y seal otra etapa desgraciada de
los amores de Ricardo. Cesaron casi en absoluto aquellos felices
momentos de tiernas expansiones, dulces y amables como los placeres de
los ngeles, cuyo recuerdo esparce por toda la vida, hasta por la del
hombre ms prosaico, una vaga y potica melancola que ayuda a sufrir
los contratiempos de la existencia y a contemplar sin envidia la
felicidad ajena. Lo ms que recab el joven marqus de su amada fue que
le permitiese besarla en la frente de vez en cuando a ttulo de hermano.
Y no es necesario manifestar a los experimentados lectores que con este
ayuno forzoso el amor del joven, lejos de mermarse, creci y se
sobresalt hasta lo indecible; porque deben suponerlo.

Mara pudo entregarse de lleno a la vida de perfeccin, a la cual
aspiraba con vehemencia. Las horas del da le parecan pocas para orar,
lo mismo en la iglesia que en su casa, y para llorar sus pecados.
Frecuentaba los sacramentos cada vez ms, y asista y tomaba parte con
su presencia y dinero en todas las solemnidades religiosas que se
celebraban en la villa. El tiempo que le dejaban libre sus oraciones lo
empleaba en leer libros devotos, los cuales formaron al poco tiempo una
biblioteca casi tan numerosa como la de novelas. Las vidas de las santas
le placan sobre todos los dems. Devor pronto una multitud, fijndose,
como es lgico, en las de aquellas que ms gloria alcanzaron y ms
esplendor han dado a la Iglesia: la vida de Santa Teresa, la de Santa
Catalina de Siena, la de Santa Gertrudis, Santa Isabel, Santa Eulalia,
Santa Mnica y la de algunas otras que, sin hallarse canonizadas aun,
fueron clebres por su piedad y por las gracias espirituales que Dios
les otorg, como la Beata Margarita de Alacoque, Mademoiselle de Melum,
etctera. Estas lecturas causaron profundsima impresin en el nimo
ardiente y exaltado de nuestra joven, empujndola ms y ms por el
camino de la devocin. Los increbles y maravillosos esfuerzos de
aquellas almas heroicas que, por el amor y la caridad, lograron elevarse
al cielo y gozar por anticipado en la tierra de las gracias reservadas a
los bienaventurados la llenaban de ntima y fervorosa admiracin.
Extasibase ante los incidentes ms insignificantes de la existencia de
las santas, en los cuales sola mostrar Dios que las tena elegidas para
s y que no permita que el mundo se las arrebatase, como, por ejemplo,
la escena del milagroso sapo que Santa Teresa vio hallndose conversando
en el jardn con un caballero hacia quien se senta inclinada; la muerte
inopinada de Buenaventura, hermana de Santa Catalina, que encaminaba a
esta santa por la senda mundanal del adorno del cuerpo y los placeres, y
otros muchos de que estn llenos los libros referidos. Mara admiraba a
las insignes heronas de la religin, como se admiran los fenmenos y
prodigios de la naturaleza, con emocin y asombro. Mucho tiempo se pas
sin que osara levantar sus ojos hasta ellas para imitarlas. Limitbase a
pedirles con interminables oraciones que intercediesen para que Dios le
perdonase sus pecados. Compraba las mejores efigies que de ellas
encontraba, y despus de ponerles un rico marco, las colgaba de las
paredes de su cuarto. Para hacerlo hubo necesidad de descolgar a
Malec-Kadel y a otros varios guerreros de la Edad Media que las tenan
invadidas. Le seducan en alto grado las escenas de los aos infantiles
y los primeros pasos que las bienaventuradas haban dado en el camino de
la perfeccin. Pero al llegar a aquella parte de la vida que determina
el apogeo de su gloria en la tierra, cuando Dios, vencido de su
constante amor, de su fidelidad y de los pasmosos sacrificios que se
imponen, comienza a otorgarles favores y regalos espirituales por medio
de xtasis y visiones, quedaba un poco turbada y hasta aterrada. No
comprenda an el goce mstico de la comunicacin directa y sensible
entre el alma y su Dios, y se confesaba con gran remordimiento que si
en ella se efectuase una de estas maravillosas visiones sentira mucho
ms miedo que placer.

No tard, sin embargo, en nacer en su corazn el deseo de imitarlas. De
la admiracin a la imitacin va siempre poco trecho. Principi por donde
deba, esto es, por imitar su humildad. Hasta entonces haba sido
modesta, aunque no tanto que no le gustase verse lisonjeada y aplaudida;
mas a partir de esta poca no slo huy toda alabanza con cuidado, sino
que rechaz las que le dirigan y hasta procur ocultar sus habilidades
para quitar a los amigos la ocasin de ensalzarla. Principi a hablar lo
menos posible, tanto con los de fuera como con los de casa, y a ejecutar
al instante cualquier cosa que le suplicaran, lamentndose en su
interior de que no se lo mandasen en trminos speros. Hizo con maa que
los criados le sirviesen en la mesa despus que a todos los dems y que
le pusiesen siempre pan duro en vez de tierno. Para vencer los naturales
impulsos del amor propio se mostr ms afable con las personas que le
haban causado algn disgusto que con las otras, y bastaba que una le
hiriese ms o menos en el orgullo para que inmediatamente la colmase de
atenciones como si le debiese gratitud. En cambio, con las que saba que
la queran y la admiraban gustaba de aparecer desabrida para que no la
tuviesen en mejor concepto del que mereca.

Enderezada por esta piadosa va, que todos los santos han recorrido,
para honra de Dios y del gnero humano, y socorrida de su viva
imaginacin, llev a cabo una porcin de actos extraos y hasta
incomprensibles para aquellos cuya atencin est convertida al mundo y
no a las prcticas religiosas, actos que el ilustre bigrafo de Santa
Isabel califica de _secretas y santas fantasas_, que son los peldaos
msticos por donde el alma sube a la perfeccin y se comunica con Dios.
Un da, por ejemplo, le vena en mientes comer con los criados
humildemente como si fuese uno de ellos. Para realizarlo simulaba a la
hora de comer una jaqueca y se quedaba en su cuarto; y cuando la familia
se hallaba reunida en el comedor bajaba muy despacito a la cocina, y
all se estaba todo el tiempo que duraba la comida, sirvindose por s
misma las sobras de la mesa, con sorpresa y admiracin de la
servidumbre.

Otro da, en que, a su parecer, no haba contestado con bastante respeto
a su padre, se presentaba repentinamente en el despacho, se hincaba de
rodillas y le peda perdn. Don Mariano la levantaba del suelo con ojos
espantados.

--Pero, hija ma, si no me has ofendido en nada ni has cometido falta
ninguna!... Y aunque la hubieses cometido no es para hacer esos
extremos... Vaya una tontera!... Anda, dame un beso y vete a coser con
tu hermana, y no vuelvas a asustarme con tales boberas.

Mara no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que
hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la
alentasen en las devociones, nada le decan en contra, y cada da le
otorgaban mayores muestras de cario, pues a ello les invitaba la
creciente dulzura y afabilidad de su carcter. Su madre la adoraba con
pasin loca y aplauda ciegamente todos sus actos de piedad. No se
cansaba de alabar la virtud y el talento de su primognita. Los criados,
y muy particularmente Genoveva, hacan coro tambin a estas alabanzas
difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno
suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido
para los efectos de su salvacin tener un padre brbaro y tirano que la
mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no
la dejase vivir, pues ninguna santa se haba librado de padecer
persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que lea.
Dolase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba,
pensando en que nada sufra por el Dios que nos redimi con su sangre.
Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo
sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y
maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba
por la imaginacin semejante cosa.

Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificbase con ayunos y
penitencias, ejecutando siempre lo que ms le disgustaba. Le repugnaba
algn manjar de la mesa; pues se impona la penitencia de comerlo,
dejando, en cambio, otros que le placan extremadamente. Lleg hasta
echar en algunos acbar, a imitacin de lo que haca San Nicols de
Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo
prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de
notarlo tena por seguro que no se lo consentira.

Traa siempre un medalln al cuello con el retrato de su novio. Un da
que ste consigui hablar un momento a solas con ella, le dijo:

--Oye, Ricardo; si no te enfadas, te dira una cosa.

--Qu es?--se apresur a preguntar el joven con el sobresalto de quien
teme siempre alguna desgracia.

--Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo dir. He quitado tu
retrato del medalln.

La fisonoma de Ricardo expres el asombro.

--Y lo peor es que lo he sustituido con otro...

La expresin de asombro se troc en dolorida, de tal modo, que Mara, al
contemplar aquel rostro contrado y rebosando de afliccin, no pudo
menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro
tiempo salan a cada instante de su boca y que poco a poco haban ido
cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegra de donde se
escapaban.

--Dios mo, qu cara has puesto!... Espera; para que sufras ms voy a
mostrarte tu sustituto.

Y, quitando el medalln del cuello, se lo present. Tena la efigie de
Jess coronado de espinas. Ricardo sonri entre satisfecho y molesto.

--Ahora, bsalo.

El joven obedeci al punto posando los labios sobre la imagen del Seor
y un poco tambin sobre los dedos rosados que la apretaban. Mara se
escap corriendo.

Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra
virtud, que es, por decirlo as, el fundamento de nuestra religin y el
timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud
de la caridad. Bastbale a nuestra joven su excelente corazn y el
ejemplo de sus padres para aliviar siempre que poda las miserias del
prjimo; pero aadase a esto tener presente a la continua los
increbles esfuerzos de abnegacin y caridad llevados a cabo por las
santas que con ms fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de
Turingia, que mereci el nombre de _Madre de los pobres_. As que,
mostrbase compasiva hacia todos los miserables, y no perda ocasin de
remediar sus necesidades con mano prvida. Todo el dinero que su padre
le daba emplebalo en hacer limosnas. Visitaba, en compaa de Genoveva,
las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no slo con dinero,
sino tambin con palabras de consuelo, atento que no slo de pan vive el
hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba
muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto
algunos pordioseros a su cuarto y les lav los pies con el mayor esmero.
Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e ntima
alegra que jams haba experimentado anteriormente. Tom la costumbre
de no despedir sin limosna a ningn pobre que se la pidiese, pues,
adems de dictrselo as su corazn, tena la multitud de casos en que
Nuestro Seor o la Virgen se haban aparecido bajo la forma de
pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro
tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriar el semblante de los
pobres con cierta emocin. Mas como su peculio no bastase para atender a
tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre
valindose de mil ardides inocentes; un da pidindole para una
sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura,
etctera. Tanto fue lo que abus, no obstante, que don Mariano sospech
la verdad y seal un lmite a sus larguezas. Su hija le hubiera
arruinado con la mayor inocencia.

Arrastrada por su ardiente caridad, quiso tambin probarse en cuidar
enfermos, sobre todo aquellos que padecan enfermedades repugnantes.
Supo que cerca de su casa una mujer padeca de llagas en el pecho, y
tom la resolucin de ir todas las maanas a currselas, lo cual puso en
prctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo aadir a
ella lo que haba ledo en la historia de Santa Catalina, esto es,
queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror
que se le apoder, que le dio un vahdo, se puso muy mala y fue
necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no
atribuy, como era justo, su fracaso a la debilidad de estmago, sino a
falta de virtud, y se aplic con creciente afn a mejorar su vida.

Genoveva era en todos esos ejercicios de piedad, ms bien compaera y
confidente ntimo que su doncella. Ayudbala sin comprender en muchos
casos adnde iba a parar, persuadida enteramente a que no ira por mal
camino, pues tena fe ciega en la discrecin de su seorita. Ms que
cario era una especie de idolatra la que le profesaba, donde se
mezclaba la admiracin de su belleza, el respeto de su talento y el
orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. Mara
no haba logrado infundir en ella el entusiasmo mstico de que se senta
poseda, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia
supina la pona a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero haba
conseguido con sus actos y plticas religiosas despertar en ella el
fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e
ignorantes.

Una noche, despus de recogida la familia y los criados, se hallaban
ambas en el gabinete de la torre. Mara lea a la luz del quinqu de
bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a
ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecales muchas veces pasar de esta
manera una o dos horas antes de acostarse, pues la seorita estaba
acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.

No pareca tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro
con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la
mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez
muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que
dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga
mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha
interior con algn pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio,
aquella noche estaba ms embebida en la calceta que nunca, entreverando,
sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones ms o menos
filosficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las
manos, lo mismo que cuando se dormita.

Por ltimo, la seorita decidiose a romper el silencio.

--Genoveva, quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?--dijo
alargndole el libro.

--Con mil amores, seorita.

--Mira, ah donde dice: _Cuando su marido_...

Genoveva comenz a leer para s el prrafo; pero muy presto la
interrumpi Mara, dicindole:

--No, no; lee en voz alta.

Entonces obedeci, leyendo lo que sigue:

_Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela
con Jess, el esposo de su alma. Pero no se reducan a slo stas las
penitencias que se impona la joven e inocente princesa. Bajo los trajes
ms esplndidos llevaba siembre un cilicio a raz de la carne; hacase
azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasin
dolorosa de Nuestro Seor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice
un historiador, de pagar en algn modo al Seor el suplicio de los
azotes), presentndose luego delante de la corte con alegre y sereno
semblante. Andando el tiempo traslad esta austeridad a las altas horas
de la noche, y entrndose en un aposento inmediato a la cmara donde
dorma con su esposo, haca que sus doncellas le diesen spera
disciplina, volviendo despus al lado de su marido ms alegre y amable
que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia
debilidad. As es como ella, dice un poeta contemporneo, procuraba
acercarse a Dios y romper las ligaduras de la crcel de su carne como
valerosa guerrera del amor del Seor..._

--Basta, no leas ms: qu te parece?

--Ya he ledo muchas veces esto mismo.

--Es verdad; pero qu pensaras si yo tratase de hacer algo
parecido?--se arroj a decir con precipitacin, como quien se decide a
proferir una cosa que le ha preocupado mucho.

Genoveva se le qued mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.

--No entiendes?

--No, seorita.

Mara se levant, y echndole los brazos al cuello, le dijo al odo con
el rostro encendido de rubor:

--Quiero decir, tonta, que si t te avinieses a hacer el oficio de las
doncellas de Santa Isabel, yo imitara a la santa esta noche.

Genoveva comprendi vagamente; pero todava pregunt:

--Qu oficio?

--Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que
recibi Nuestro Seor y todos los santos y santas a su ejemplo.

--Seorita, qu est usted diciendo! Cmo se le ha metido una cosa
como esa en la cabeza?

--Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo
tiempo. Esta es la penitencia verdadera y ms agradable a los ojos de
Dios por la razn de que l mismo la sufri por nosotros. He intentado
hacerla por m, pero no he podido, y adems no es tan eficaz como
sufriendo la humillacin de recibirla por mano ajena... Conque no
dejars de satisfacerme este deseo, verdad?

--No, seorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...

--Por qu, tonta? No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme
de algunos das de purgatorio por no hacer lo que te pido, no tendras
un remordimiento?

--Pero mi palomita del alma, cmo quiere usted que yo la maltrate,
aunque sea para su bien?

--Pues no tienes ms remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo
que cumplirla... T me has ayudado hasta ahora en el camino de la
virtud... No me abandones a lo mejor. No lo hars, Genovita, no es
verdad que no lo hars?

--Seorita, por Dios, no me mande usted eso!

--Vamos, Genovita! Te lo pido por el cario que me tienes.

--No..., no..., no me pida eso.

--Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendr si
no me lo das... Creer que has dejado de quererme...

Mara agot todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada
sobre sus rodillas la cubra de caricias, le haca mimos, enfadndose
unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a
los cuales pareca imposible resistirse. Semejaba una nia que demanda
un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco
ablandada o ms bien fatigada de negar, le dijo con graciosa
volubilidad:

--Vers, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves...
Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido
bastante a menudo... La imaginacin te hace creer que es una cosa
terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo
depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del
mundo; pero en los buenos tiempos de la religin era cosa comn y
corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta
penitencia... Vamos, preprate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo
una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace
falta...

Y, corriendo a la cmoda, abri un cajn y sac de l unas disciplinas,
unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus
ramales de cuero. Despus, toda agitada y nerviosa, con las mejillas
encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. sta las tom sin
saber lo que haca, de un modo automtico. Estaba completamente
estupefacta. La joven volvi a acariciarla, animndola nuevamente con
frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la
seorita de Elorza, con mano trmula, comenz a desabotonarse la bata de
color azul que traa. Tena pintado en el rostro el goce irritado y
ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con
luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios
secos, como los de un sediento. Haba crecido el crculo morado que
rodeaba sus ojos y tena rosetas de un encarnado subido en los pmulos.
Respiraba agitadamente por las narices, ms abiertas que de ordinario.
Sus manos plidas y aristocrticas, de dedos afilados y uas sonrosadas,
soltaban con extraa velocidad los botones de la bata. Con rpido
movimiento despojose de ella.

--Vers, no tengo ms que la camisa y la chambra. Ya me haba preparado.

En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y qued
cubierta solamente de la camisa. Detvose un instante, ech una mirada
al instrumento que Genoveva tena en la mano y corri por su cuerpo un
estremecimiento de fro, de placer, de angustia, de terror y de ansia,
todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emocin dijo:

--Que no sepa pap esto!

Y la camisa de batista se desliz por el cuerpo, detenindose un
instante en las caderas y cayendo despus pausadamente al suelo. Qued
desnuda. Genoveva la contempl con ojos extticos y la joven sintiose un
poco avergonzada.

--No te enfadars conmigo, eh, Genovita?--pregunt sonriendo.

La doncella no acert ms que a decir:

--Seorita, por Dios!...

--Cuanto ms pronto mejor, porque voy a constiparme.

De este modo quera obligar an ms a su doncella. Con ademn febril le
arranc las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha,
le ech nuevamente los brazos al cuello, y, dndole un beso, le dijo muy
quedo al odo en tono jovial:

--Has de dar fuerte, Genovita, porque as lo he prometido a Dios.

Un violento temblor se apoder de su cuerpo al decir estas palabras;
pero un temblor delicioso que le penetr hasta los huesos. Luego,
tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde
estaba la imagen del Salvador.

--Aqu ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Seor.

La voz se le anudaba en la garganta. Estaba plida. Postrose, en efecto,
humildemente ante la imagen, persignose rpidamente, cruz las manos
sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa
dulce, le dijo:

--Ya puedes empezar.

--Seorita, por Dios!...--torn a exclamar Genoveva toda confusa.

Por los ojos de la seorita pas un relmpago de clera que se apag al
instante; pero le dijo en tono un poco irritado:

--Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y
convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeci, descargando
las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la
seorita.

Y en verdad que pareca sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de
hermosura y elegancia. Mara no posea an, ni era de presumir que
poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma
femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un
escultor. Pero esto mismo constitua atractivo ms poderoso para los que
gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espritu, y
anteponen a la hermosura clsica de la forma la delicadeza y la
elegancia. Los brazos eran finos y frgiles, como los de un nio, pero
admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la
gacela, se una a los hombros por una lnea fugitiva y ondulante, cuya
suprema gracia slo se encuentra en las vrgenes de Rafael.

Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no
dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero Mara se
irrit; quiso que fuesen ms fuertes.

--No, as no; con ms fuerza... Pero espera un instante; djame quitar
estas joyas, que son ridculas en este momento.

Y velozmente sac todas las sortijas de los dedos, se arranc los
pendientes de las orejas y deposit el puado de oro y pedrera a los
pies de Jess. Tambin Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia,
depositaba la corona ducal al pie del altar.

Volvi a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no poda pasar
por otro camino, empez a macerar sin duelo las carnes de su piadosa
ama. El quinqu despeda luz tibia y difusa, que baaba el pequeo
gabinete de una claridad discreta. Slo al reflejarse en las joyas que
yacan a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El
silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba or su
voz plaidera en las ventanas. Respirbase en el cuarto una atmsfera de
misterio y recogimiento que enajenaba a Mara y la penetraba de un
placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremeca cada vez
que cruzaban por l las correas de las disciplinas con un dolor no
exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del
Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresin, y senta latir
en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y
sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso
de la emocin que la embargaba. De vez en cuando sus labios, plidos y
trmulos, decan en voz baja:

--Sigue, sigue!

Los azotes haban dejado ya algunos surcos de color de rosa en su
cndida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas lleg un instante
en que el brbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre.
Genoveva no pudo contenerse; tir las disciplinas muy lejos y se arroj
llorando a abrazar a su seorita, cubrindola de caricias y pidindole,
por la salvacin de su alma, que no la obligase a hacer semejante
atrocidad. Mara la consol, asegurndole que le haba dolido muy poco
la flagelacin. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos
ascticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.




VI

EN BUSCA DEL MENINO


--Te conozco, Ricardo, djame.

Ricardo callaba.

--Vamos, djame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo
a mam.

El joven segua tapndole los ojos por detrs sin decir una palabra.

--Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, despus de haberte
conocido...

--En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.

--Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.

--Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con
precauciones.

Marta, en cuanto se vio libre, corri con la escoba enarbolada detrs de
l, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y sigui
barriendo el comedor. Aun no se haba arreglado. Vesta una bata suelta
de color carmes bastante usada, y traa el cabello sujeto con una
redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta nia. Con el
vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el
cabello al desgaire, estaba ms linda que cuando se pona de tiros
largos. Bien fuese porque la ndole de su belleza no era para brillar
con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la
falta de costumbre de ponrselos (pues rara vez usaba los que le
compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo
cierto es que aqu y en el teatro Marta llamaba poco la atencin y
quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y esplndida de su
hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera;
sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquiran brillo
y animacin y todo su cuerpo cobraba una libertad que perda as que
pona el pie en la calle.

Barra sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre
llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tena voz para
el canto ni gran aficin a la msica, y todos los esfuerzos de sus
maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta
ausencia de facultades filarmnicas. Las obras maestras de la msica y
aun las _fantasas_, _rveries_ y _nocturnos_ que Mara tocaba en el
piano la dejaban fra, sin comprender su mrito. En cambio, confesaba,
avergonzada, que ciertas melodas de zarzuela y muchas canciones
populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos
cierta. La msica que algunas veces acompaa a los entierros, que por
regla general es psima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos
de bronce, la conmova profundamente hasta hacerle derramar lgrimas. No
cantaba, pues, casi nunca, pero sola tararear suavemente cuando
ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar
aliento, apoyndose un instante en la escoba, y despus de echar hacia
atrs algunos rizos que le caan por la frente, segua su tarea.

Ricardo apareci de nuevo en la puerta.

--Martita, ests enfadada an?

--S que lo estoy--repuso entre severa y risuea--y escape usted pronto,
seor marqus, antes que le siente las costuras con el palo de la
escoba.

--Pero de veras ests enfadada?

--De veras lo estoy.

--Pues bien, te pido perdn humildemente--dijo ponindose de rodillas--.
Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.

--Vamos, lzate y no hagas boberas... Mira que te ests manchando los
pantalones...

--Aunque me manchase el mismsimo cuello de la camisa, no me movera,
mientras no me perdones.

--Qu payaso eres, Ricardo!

--Muchas gracias.

--Quieres alzarte, criatura?

--No, mientras no me perdones.

--Has de ser formal, Ricardo.

--Hablaremos de eso con espacio... Me perdonas?

--S, pesado, s; levntate.

Ricardo se levant, aproximose a Marta y sacudindola fuertemente,
exclam:

--Chiquita, qu remonsima eres!... No me admira que Manolito... Ya me
entiendes...

--Vaya un modo de empezar a ser formal!

--Lo ser con el tiempo; no te apures.

--Bien, pues ahora djame concluir para llevar el caldo a mam.

--Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?

--Mam aun no ha salido de su cuarto y pap y Mara estn fuera.

--Mara en la iglesia, como siempre, verdad?

--No fue ms que a misa; pronto vendr.

--Ya, ya!--exclam el joven, ponindose repentinamente grave y
silencioso.

Marta dio fin a su tarea bajo la inspeccin seria y no muy atenta de su
futuro hermano.

--Quieres aguardarme? No tardar en venir...

Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la nia estuvo
ausente, subi uno de los transparentes de los balcones y se puso a
tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada
vaga y perdida en las casas de la vecindad.

No tard en presentarse otra vez Marta.

--Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.

Ricardo sigui a la nia como un cordero hasta una habitacin clara y
llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una
mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recin lavada.

--Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aqu cerca del armario?

--Pues no faltaba ms!

La cesta era enorme y cost trabajo llevarla al sitio designado.
Mientras la conducan se les solt la risa, lo que les oblig ms de una
vez a dejarla en el suelo.

El joven, con los esfuerzos, se pona muy colorado, y esto haca rer de
tal modo a la nia que le privaba en absoluto de las fuerzas. Rea pocas
veces, mas cuando se le soltaba la llave no haba quien la atajase.
Ricardo, con sus instintos de _clown_, procuraba hinchar los carrillos y
ponerse an ms colorado. Se le haba disipado por completo el mal
humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecan inclinados
y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una
desternillndose de risa y el otro afectando una desesperacin cmica.

--Qu militar tan valiente que no puede con una cesta de
ropa!--exclamaba la nia en el colmo de la alegra.

--Quisiera yo ver aqu a Prim y a Espartero y hasta al mismo Napolen!
Esta no es una cesta cualquiera... Hay aqu lencera para un
regimiento...

--Quita all! Si no fuese que me haces rer, yo sola era capaz de
llevarla.

Despus de mucha risa y no poca brega, lleg la cesta a su destino.
Marta abri el armario, del cual se escap el olor especial, fresco y
penetrante de la ropa blanca. La nia lo aspir algunos momentos con
delicia mientras haca hueco, trasladando las piezas de unos estantes a
otros, a la nueva ropa que iba a introducir. Despus quiso llamar a
Carmen, una de las doncellas, para que le ayudase a estirar las sbanas,
pero Ricardo le pregunt tmidamente:

--Oye, chica, no servira yo para eso?

--Oh! Si t quisieras...

--Pues no haba de querer!... Oro molido que fuese, preciosa... T
dispones de m como reina y seora...

--No ser tanto.

--No rebajo nada..., puedes ponerme a prueba.

--Bien, pues, por lo pronto te mando que tomes las dos puntas de esta
sbana y que tires hacia all con fuerza... No tanto, hombre, que me
arrastras!... Basta, basta! Ahora dobla como yo..., as..., una punta
con otra... Bien, ahora tira otra vez..., ms..., ms todava...
Basta!... Ahora vuelve a doblar..., tira otra vez... Bastante!...
Acrcate ahora a m... Trae... Esto corre ya de mi cuenta... Vamos a
otra... Toma las dos puntas..., sacude bien y estira... Ten cuidado que
sta tiene guarnicin..., no vayas a romperla... Estas son las sbanas
de mam y Mara.

--Qu ajena estar Mara de que yo estiro ahora sus sbanas!--exclam
Ricardo soltando una carcajada.

--Pues s que lo son. A mam y a ella les gustan muy finas y se las
hacen de batista. A pap y a m nos gustan ms gruesas. Yo no puedo
soportar las sbanas finas...; me deslizo dentro de ellas y no encuentro
sitio. A pap tenemos que ponrselas sin ninguna clase de encaje, porque
el tacto del almidn le crispa los nervios y el ruido que produce le
despierta. Es una mana. Figrate que cuando va de viaje y en alguna
casa le ponen sbanas con guarnicin, tiene la paciencia de deshacer la
cama para meter los encajes debajo del colchn..., a los pies... A m
tampoco me gustan, pero si me las ponen, me conformo... Pap tiene
muchas manas: todas las noches se ha de quedar dormido con el cigarro
en la boca... Yo ando cerca de su cuarto dando vueltas hasta que observo
que se duerme, y entonces entro muy despacito, le quito el cigarro de la
boca y apago la luz... No tires tanto, que ya me duelen los brazos!...
La verdad es que te obligo a hacer unas cosas bien impropias de un
militar, no es verdad?

--No lo creas: en el colegio, y aun despus que salimos, en las casas de
huspedes, nos vemos precisados a hacer cosas peores. Cuntos botones
habr pegado yo en mi vida! Y cuntas veces habr recosido los
pantalones cuando se rozaban por debajo!

--De veras?

--Vaya!

Marta se maravillaba sinceramente. No comprenda que un hombre tuviera
que descender a estos oficios habiendo tantas mujeres en el mundo, y se
informaba menudamente de las particularidades de la vida de colegio;
cmo los trataban, qu coman, a qu hora se acostaban, quin les haca
las camas, les lavaba la ropa y se la planchaba; si los colchones eran
duros o blandos, si beban vino, cuntas veces a la semana les mudaban
las toallas, etc., etc. Ricardo satisfaca a todas estas preguntas
haciendo una relacin circunstanciada de sus hbitos de colegial con la
verbosidad del que tiene los recuerdos muy frescos y no le pesa traerlos
a cuento. De las costumbres pasaba a las aventuras, narrando las que
podan ser narradas delante de una nia, y entretenindose sobre todo a
pintar con negras tintas las desdichas de la poca de _novatada_ y las
crueldades que con ellos ejecutaban los _antiguos_. Les obligaban a
pasar noches enteras haciendo pitillos de arena para que despus
saliesen mejor hechos los de tabaco; en el paseo no les permitan
levantarse del asiento de piedra que les haban sealado de antemano;
les ponan en el cepo de campaa sin motivo alguno, aunque fuese despus
de comer, slo por divertirse; los que eran ms dbiles solan vomitar o
caer desmayados...

Marta le escuchaba con atencin profunda, revelando en su semblante
todas las fases de la indignacin; tiraba cada vez con ms fuerza de las
sbanas y las doblaba atropelladamente sin apartar los ojos de los del
narrador. De vez en cuando soltaba una exclamacin: Pero, Dios mo,
eso es una atrocidad! Esos hombres estaban locos! Por qu no dbais
parte al jefe de tales atrocidades? Ricardo no poda convencerla de que
hubiera sido intil revelarse ni dar parte al coronel, pues la
_novatada_ era costumbre tradicional en el colegio, que los jefes no
queran arrancar. A todas sus razones contestaba: Pues yo me hubiera
presentado al coronel, y si no me hacan justicia me escapara del
colegio.

--Vamos, no te pongas tan furiosa, Marta, que ya ha pasado. As se hacen
los hombres sufridos. Voy a narrarte ahora una cosa que me sucedi con
el coronel. Despus que sal a teniente...

Y, cambiando de rumbo, se pona a contar aventuras chistosas y pasos
divertidos que desarrugaban el rostro de la nia y concluan por hacerla
rer a carcajadas. Poco a poco la cesta se iba vaciando y pasando su
contenido al armario, que despeda siempre su olor punzante y un poco
agrio de lencera lavada. Este olor haba invadido toda la habitacin y
la refrescaba con un perfume de salud y de limpieza ms grato que todas
las esencias y pomadas. Era el perfume que acompaaba siempre a Marta,
al decir de su padre, y pareca exclusivamente creado para ella. Cuando
iba sola a abrir los armarios, experimentaba gran deleite en meter la
cabeza dentro de ellos y hundirla entre la ropa, gozando de la frialdad
del lienzo en el rostro y aspirando con voluptuosidad su aroma
saludable. La luz que penetraba a torrentes por el blanco tul de las
cortinas, la charla incesante y las sonoras carcajadas de los jvenes
llenaban la pieza de alegra y animacin. Se le llamaba el cuarto de la
plancha, porque, en efecto, all se planchaba la ropa de la casa. Las
paredes que no ocupaban los armarios estaban pintadas lisamente de
blanco.

Carmen entr como un huracn por la puerta gritando:

--Seorita Marta, seorita Marta!

--Qu sucede?--pregunt sta con sobresalto.

--Que el Menino se ha escapado, seorita!

La nia dej caer la sbana que tena en las manos y exclam con
estupor:

--Se ha escapado?

--S, seorita; al pasar ahora por la galera, voy a mirar a la jaula y
me encuentro la puerta abierta y que el pjaro no est all.

--Vamos all, vamos all!

Y todos corrieron en tropel a la galera. En efecto, el Menino se haba
fugado. Por un descuido deplorable, Marta, al darle de comer y colocarlo
al aire libre en la galera para que se alegrara con la perspectiva de
la huerta y el canto de los otros pjaros, haba dejado abierta la
puerta de la jaula. Haca tres aos que el Menino estaba en poder de
nuestra nia y en todo este tiempo no haba dado seal alguna de nutrir
en su cerebro proyectos de evasin; antes por el contrario, el
grandsimo hipcrita mostraba siempre que poda que se le daba un bledo
por la libertad y que haba renunciado a ella de buen grado en obsequio
de su amabilsima ama. Desde mucho tiempo atrs sala de la jaula a
tomar con ella el chocolate, se le pona sobre el hombro, le picaba
suavemente en las manos a guisa de caricia, brincaba de aqu para all
sobre los muebles, y cuando tocaban a retirarse se meta otra vez en la
jaula tranquilo como un cordero. Todo haca presumir que era un canario
dichoso que daba por bien perdida la libertad a cambio de ser cuidado y
atendido por una nia tan linda y estar facultado para dar cuando
quisiera algunos picotazos en sus mejillas sonrosadas. Y dejando a un
lado estos goces ms o menos espirituales, por los que ms de un
muchacho en la villa hara estupendos sacrificios, y atendiendo
nicamente al aspecto material de la existencia, o sea al bienestar del
cuerpo, menester es dejar escrito que el Menino estaba en su jaula como
un arzobispo y tratado a qu quieres cuerpo, y pide por esa boca;
caamn por aqu, alpiste por all, unas veces lechuga, otras, sopas de
chocolate, otras, migajas remojadas en leche; en fin, que pedir ms era
ofender a Dios. Y en orden al aseo y limpieza de la habitacin, tampoco
poda envidiar a nadie: todas las maanas la misma Marta se encargaba de
barrer lo que el puerco de l ensuciaba, dejndole la jaula como un
espejo. Pues a pesar de que la opinin general era que se hallaba muy a
su gusto y que no se cambiara por el director de la Fbrica del Sello,
lo cierto es que el Menino esperaba con impaciencia la ocasin de
escaparse; se haba dejado dominar por la melancola, se le haba
agriado el carcter y tena la bilis excitada por la falta de ejercicio.
Si no hubiera salido a respirar el aire fresco, el da menos pensado se
hubiese levantado la tapa de los sesos contra las rejas de la jaula.

Debajo de ella deliberaron brevemente nuestros jvenes lo que haban de
hacer. Marta estaba atribulada. Decidiose que Carmen, con la planchadora
y el jardinero, iran a recorrer la huerta, pues se sospechaba que
faltndole prctica, no haba de volar muy lejos del primer arranque,
mientras Marta y Ricardo lo buscaran por toda la casa en la
contingencia de que se hubiese quedado dentro brincando por las salas,
como lo haba hecho ya otra vez. Marta se constituy en gua y
registraron desde luego la habitacin contigua al corredor; una gran
sala cuadrada con dos alcobas en el fondo, donde ella y Mara haban
dormido de nias con sus respectivas doncellas. El papel de la
habitacin representaba escenas de caza que impresionaban mucho a Marta
cuando chiquita, sobre todo una que figuraba a un ciervo moribundo
sujeto por media docena de perros feroces. Recorrieron despus algunos
gabinetes destinados a los forasteros que viniesen de huspedes a la
casa; pasaron a los cuartos de las muchachas; bajaron a la cocina, que
estaba en un entresuelo, y tornaron a subir sin obtener resultado.
Despus se fueron al cuarto de don Mariano, que era un magnfico
gabinete con dos balcones a la plaza, decorado con gusto severo y
clsico; grandes sillones de cuero, ricos tapices, escritorio de bano y
armarios para los libros de la misma madera. En las paredes colgaban
algunos retratos de familia pintados al leo.

Marta experimentaba siempre en este gabinete una sensacin de bienestar
y alegra que no gustaba en las dems habitaciones de la casa. Haba en
esta sensacin una mezcla religiosa de respeto y enternecimiento en que
se confundan todos los recuerdos de la infancia impregnados de ese amor
filial exclusivo, fervoroso y absorbente, que produce la clera rabiosa
de los nios cuando la niera les arranca de los brazos paternos y el
ansia de ir a ellos cuando vuelven a tenerlos cerca. As que tuvo
fuerzas y habilidad para hacerlo, nunca permiti que nadie arreglara
aquel cuarto ms que ella. Por la maana pasaba siempre media hora de
amable sosiego y dulzura limpiando los enormes sillones, que le costaba
gran trabajo mover de su sitio, y haciendo la vasta cama de don Mariano.
Sentase feliz en medio de aquella habitacin grave y patriarcal. Los
colosales armarios, la mesa, los sillones, los cuadros y las figuras
circunspectas de los tapices posaban sobre ella una mirada silenciosa y
benvola, en la cual senta agitarse la gran sombra protectora de su
padre.

Ricardo qued parado ante un retrato.

--Esta es tu ta, eh?... Cmo te pareces a ella!... Lstima fue que se
hubiese muerto tan joven... Era una mujer muy simptica.

--Ya quisiera yo parecerme a ella!... Era alta y yo soy chiquita.

--Qu importa eso?... Te pareces y mucho... Y es natural, despus de
todo, porque se parece a tu padre y t eres Elorza de los pies a la
cabeza. Qu grandes armarios de libros tiene don Mariano!... Hay aqu
para entretenerse un rato...

--Pues Mara se ha ledo la mayor parte.

--Y t?

--Oh, yo leo muy poco!... Soy muy holgazana... Pap dice que me estorba
lo negro--repuso la nia con su ingenua sonrisa y un poco avergonzada.
Despus aadi:--Mira t, Ricardo, no es verdad completamente lo que
dice pap. Aunque no tenga aficin a los libros, algunos me gustan; pero
apenas tiene uno tiempo para tomarlos en la mano... Yo no s cmo me
arreglo que no tengo una hora ma..., unas veces por uno y otras por
otro...

--Confiesa, chica, que no te gustan y punto concluido.

--Si t quieres lo confesar, pero no es verdad; algunos me gustan.

--Y el Menino?

--Ay, s, vamos, vamos!

Entraron en la habitacin contigua, que era la de doa Gertrudis, la
cual les asegur que por all no haba parecido casta de Menino alguna,
aun cuando ella tuviese en la cabeza una verdadera pajarera que le
impeda sosegar un instante; y en su consecuencia pasaron al cuarto
inmediato, que era el de Marta. Era una habitacin que pareca forrada
de espejos, pues todo estaba bruido all, desde el pavimento de madera
hasta los hierros de los balcones. Lo que no estaba barnizado por mano
del ebanista lo estaba a fuerza de trapo. La gran mana de Marta, la que
le proporcionaba ms alegra y ms pesadumbre, era el lustre. Su
inclinacin exagerada a la limpieza le haba llevado por una pendiente
rpida a pretender sacar brillo a todos los objetos y muebles de la casa
y muy particularmente a los de su cuarto. Todos los das, ayudada de la
doncella, los frotaba con una bayeta bien seca, sobndolos con afn
incansable hasta lograr que lanzasen vivos reflejos. Entonces, toda
sofocada, a veces sudando como un ro, con el cabello en desorden y las
mejillas encarnadas, levantaba la bayeta y permaneca un rato
contemplando su obra, los hermosos destellos que la luz produca en el
objeto bruido, con una satisfaccin ntima y verdadera, con entusiasmo
casi mstico. En casa le daban mucha cantaleta, lo cual haca que se
ocultase para desempear esta tarea y que procurase cerrar su cuarto a
todo el mundo. Ricardo no haba entrado nunca en l. As que sin pensar
en el Menino se puso a contemplarlo con atencin curiosa e impertinente.
Pasaba revista a los cuadros, se detena ante el tocador, abra los
frascos, palpaba las cortinas y hasta entraba en la alcoba para ver la
cama, dejando escapar exclamaciones de asombro por lo bien arreglado que
estaba todo y especialmente por el lustre particular de los muebles.

--Qu cuarto tan lindo tienes, chica!... Parece una taza de plata...
Qu camita tan blanda y tan mona!

--Ricardo, no seas curioso..., anda..., vmonos. El Menino no est aqu.

La nia se senta turbada por la atencin del joven. Todas las mujeres
bien nacidas tienen el pudor de su cuarto, si vale la frase; porque hay
siempre en l como impregnado algo de lo ntimo de su alma y de su
cuerpo que repugna mostrar a un hombre. Pero a este pudor se aada en
Marta la vergenza de que se descubriesen sus manas infantiles y
obstinadas como la del lustre, la de colocar los frascos del tocador con
cierta simetra propia de un altar y otras tales que servan a los suyos
para embromarla a la hora de comer. Por esto se empeaba en hacerle
salir tirando con fuerza de l.

--Anda, Ricardo..., no hay nada que ver aqu..., vmonos, vmonos...

--Djame, nia, djame contemplar esta monada de cuarto... Qu
precioso!--y metiendo la nariz por la cama deca con mucha
seriedad:--Huele a Marta!

--Quieres callar, majadero?

--A ti no te costar trabajo conservar tu habitacin de este modo; pero
lo que es yo te aseguro, chica, que ni con pena de la vida podra
tenerla as... Si vieses mi cuarto, Martita!

--S, s..., bueno estar... Siempre fuiste un adn... Pero anda,
criatura, vmonos!

--Vmonos cuando quieras... Mi cuarto es una cuadra comparado con ste;
pero considera que all entran los perros, los gatos, el jardinero con
los zapatos sucios, el cochero con el olor de la cuadra y en fin todo
bicho viviente... No es ma la culpa...

Despus del cuarto de Marta recorrieron otras piezas, el comedor, el
saln, la galera del patio, otra sala de confianza y algunas ms sin
que el dichoso Menino se dejase ver en ninguna parte. Como quedasen
parados en medio de un pasillo sin saber adnde dirigirse, a Marta le
vino de repente una idea y dijo:

--Vamos al terrado: aun no hemos estado all.

El terrado no era a la sazn ms que una vasta sala embaldosada de
mrmol y cubierta de cristales de color. Llambase el terrado porque lo
haba sido en otro tiempo, pero don Mariano lo haba cerrado con
cristalera haca pocos aos, transformndolo en una hermosa y
fantstica habitacin de gusto rabe donde se iba a tomar caf en las
tardes de verano con sus hijas y algn amigo. Estaba por amueblar. Slo
haba en un rincn tres o cuatro mesillas taraceadas y unas cuantas
mecedoras de rejilla. Cuando llegaron nuestros jvenes la sala se
hallaba anegada en luz. El sol, desquitndose aquella maana de sus
largos y frecuentes encierros, sala fogoso y resuelto a visitar todos
los rincones de la villa, y al tropezar con los mil cristales del
terrado de Elorza, no querindola ver mejor, pasaba por ellos y se
zambulla dentro con un esperezo vivo y ansioso que abrazaba enteramente
el mbito del saln. Era un mgico espectculo. Millares de luces rojas,
verdes, amarillas, carmeses, grises y azules ardan dentro de l,
poblando el pavimento, la techumbre y las paredes, descomponindose en
infinitos matices que regocijaban los ojos y los deslumbraban. Sobre el
mosaico del suelo caa una lluvia de rayos intensos donde flotaba un
polvo ligero y coloreado, y estos rayos se cruzaban y tejan en el
espacio formando una tela flamgera, sutil y vistosa, por cuyos
intersticios pasaban los fugaces destellos de otros rayos ms plidos
donde flotaba un polvo aun ms areo. Y estos velos de polvo, de rayos,
de destellos y de colores extendindose unos detrs de otros, a pesar
de su transparencia apenas dejaban ver con vaga indecisin, como al
travs de una bruma, los cristales y arabescos de las paredes. El sol
derrochaba sus tesoros de luz y color, como un baj turco, en el recinto
de aquella cmara oriental, demostrando una vez ms que cuando l se
empea en formar una decoracin brillante y fantstica, no hay
tramoyista de teatro con todas sus lentejuelas, bengalas y telones que
le ponga el pie delante.

Nuestros jvenes quedaron un instante absortos ante el caprichoso y
mgico trabajo de la luz, enteramente olvidados del Menino, y sin
decirse una palabra penetraron en la sala y llegaron hasta el medio con
el paso lento y vacilante del que entra en un bao. En efecto, quedaron
sumergidos y anegados en un vapor luminoso donde nadaban todos los
colores posibles.

--Qu hermoso est el terrado hoy!--acab por decir Marta.

--Parece la habitacin de un palacio encantado!... Aqu estaran mejor
que nosotros un moro con turbante blanco y una odalisca cubierta de
brocado y pedrera... Qu juegos de luz tan caprichosos!... Espera un
poco, Martita, ponte aqu frente a este rayo de luz roja... Si vieras
qu semblante tan particular tienes ahora!... Pareces una gitana..., una
hija del desierto.

En efecto, aquella luz tostaba el blanco rostro de la nia, lo encenda
con reflejos de sol moribundo y lo animaba con la expresin ardiente y
feroz de las naturalezas meridionales. Toda la inocencia de sus ojos,
toda la pureza de sus contornos virginales se borraba bajo el poder de
aquella llama maliciosa y lasciva, transformndola en un ser distinto,
fiero y voluptuoso al mismo tiempo, bien lejano por cierto del
verdadero. Ricardo lo comprendi y le dijo:

--No; este color no te conviene... Vente a este otro...

Y la puso debajo de un rayo de luz verde.

--Jess; pareces una muerta!... No, no; ste tampoco... Aqu; a ver el
color amarillo... No ests mal..., pero te hace rubia, y las morenas
deben quedarse morenas, quiero decir, las pelinegras, porque ya sabemos
que t eres blanca. Vamos a ver el azul... Oh, sorprendente!...
Maravilloso!... Qu hermosa ests, criatura!

Tena razn el joven marqus. El color azul, que es el ms espiritual,
el ms puro y el ms sublime de los colores, se adaptaba admirablemente
al rostro cndido de Marta. El rayo de luz caa sobre l como una
caricia del cielo, bandolo suavemente de una claridad difana. La
negra cabellera quedaba teida de azul profundo mientras el valo
adorable de su rostro y el cuello firme y mrbido se coloreaban
levemente por un azul celeste. La lnea delicada y correcta de sus
facciones adquira perfeccin ideal, y todo su semblante se
transfiguraba con una expresin anglica de beatitud.

No obstante, haba cierta exageracin de mal gusto en esta fisonoma
arrobada y celeste que la tinta azul le prestaba. Aqulla no era la
Marta verdadera, ingenua y modesta en su expresin como en sus rasgos,
sino otra Marta afectada, teatral y fantstica. Ricardo concluy por
decirle que con ninguna luz estaba mejor que con la natural.

La nia exclam de repente:

--Y el Menino, Ricardo!

--Es verdad; nos habamos olvidado... Pero dnde vamos ahora?... Ya lo
hemos recorrido todo...

--Vamos a la habitacin de Mara... Tal vez se haya subido all...

--No me parece probable..., pero, en fin, vamos.

Subieron a la torre, sin lograr mejor resultado. Ni en la habitacin de
Mara ni en la de Genoveva descubrieron rastro del canario. Ricardo
sinti cierta emocin al entrar en el cuarto de su amada, que no pas
inadvertida para Marta. Quedose grave y silencioso, y se puso a examinar
con afn cuanto all haba, moviendo los objetos, destapando los frascos
y hasta abriendo los cajones; de tal suerte que la nia se vio obligada
a decirle:

--No enredes, Ricardo... Cuando venga Mara y vea sus cosas revueltas se
va a enfadar.

--Y qu importa que se enfade!--respondi con alguna aspereza el joven.

--Es que me va a echar la culpa a m.

--Bien, pues dile que he sido yo y asunto arreglado.

Entr en la alcoba, levant las cortinas del lecho, tom en la mano los
libros que haba sobre la mesa de noche, torn a dejarlos y concluy por
tirar del cajn de la mesilla. Haba dentro una porcin de objetos
hacinados, entre los cuales meti la mano, sacando uno por dems
extrao.

Era una cruz ancha de cuero, llena de pinchos de bronce por uno de los
lados y con un cordn para colgar al cuello.

--Qu es esto?--dijo dndole vueltas en la mano con asombro.

Marta adivin lo que era.

--Djalo, djalo por Dios, Ricardo!... Se va a enfadar mucho Mara...

--Jess, qu barbaridad!... Esto debe de ser un cilicio!

--Puede ser..., pero djalo, djalo por Dios.

El joven lo arroj otra vez con violencia dentro del cajn, haciendo un
gesto de desprecio y repugnancia.

--Mara se ha vuelto loca... Esto es una atrocidad que a nada conduce!

--No digas eso, que es pecado!... Mara es muy virtuosa...

--Virtuosa!..., virtuosa!--murmur con clera el joven--. Tambin t
lo eres sin necesidad de tales extravagancias...

--No me compares a m con Mara!

Ricardo se puso a dar paseos por el cuarto, agitadamente y sin
pronunciar palabra. Despus volvi a la alcoba y torn a sacar el
cilicio del cajn, examinndolo con ms cuidado.

--Parece que estos pinchos forman letras... Mira... T sabes lo que
dicen?

--No, yo no leo nada; ser aprensin tuya.

--S, s; aqu hay una inscripcin... Pero, en fin, no quiero molestarme
descifrndola... Todas estas cosas no son ms que ridiculeces...
Vmonos, chica, vmonos... Dejemos a cada loco con su tema...

Y cerrando el cajn con enfado sali de la alcoba, seguido de Marta. Al
cruzar por delante de una de las ventanas del gabinete, la nia lanz un
grito de sorpresa y alegra:

--Mira, mira, Ricardo!..., mira dnde est el Menino!

El joven se abalanz a la ventana, y vio sobre el tejado de la casa, no
a mucha distancia, dando brinquitos de satisfaccin, muy orondo y
espetado, al Menino en persona.

--Qu bribn, adonde se ha ido!... Es menester cogerle... Por dnde se
sale al tejado?

--Por aqu no; necesitamos bajar primero a casa y subir luego a la
buhardilla.

--Pues, vamos.

Bajaron de la torre y despus de atravesar algunas habitaciones tomaron
la escalera del desvn, que vena a parar a una de ellas. Estaba
sumamente obscura y el joven suba con mucho trabajo.

En el segundo tramo dio un tropezn.

--Oh, se conoce que no ests acostumbrado!... Te vas a lastimar; dame
la mano que yo te guiar.

Tom la mano de la nia, que era pequea, pero firme y segura como la de
una amazona. No tena la suavidad del raso como las de Mara, porque los
trabajos de la casa le haban curtido un poco; en cambio ofreca la
tersura amable de una epidermis rebosando de salud y de sangre. No
estaba ardorosa tampoco como aqulla, sino siempre tibia y serena, y
apercibida a toda molestia como las de una hija del pueblo.

El joven marqus no pudo hacer estas observaciones, porque marchaba
atento solamente a no caerse. Entraron en un desvn, dbilmente
esclarecido aqu y all por algunos delgadsimos rayos de sol, que por
los intersticios de las rejas se colaban. Despus de caminar un rato,
Marta solt la mano, diciendo:

--Aguarda ah; voy a abrir la ventana.

Y escapndose con ligereza subi media docena de escaleras que tena la
buharda y abri de par en par la ventana. Una ola de luz viva, intensa y
consoladora invadi sbitamente todo el desvn y deslumbr a nuestro
joven.

--Aqu est, aqu est el Menino!--grit Marta desde arriba con
entusiasmo--. Est muy cerca!... Menino! Menino!... Ven ac,
tonto!... Toma, toma!... No me conoces?...

El Menino, que se hallaba a seis u ocho pasos de distancia, al or la
voz de su duea, lade la cabeza con gracioso movimiento, como para
escuchar. Los rayos del sol que caan de plano sobre l baaban su
plumaje amarillo, hacindole resaltar de tal suerte sobre el color rojo
del tejado, que pareca un pedacito de oro animado. Dio tres o cuatro
brinquitos en son de acercarse a Marta y dijo _pi_... _pii_.

--Quieres que suba a ver si le cojo?--pregunt Ricardo.

--No; aguarda un poco..., parece que viene l... Menino, Menino..., ven
ac, mono..., ven ac..., toma...

El Menino dio otros tres o cuatro brincos, acercndose, y se par,
ladeando otra vez la cabeza para escuchar. No es fcil saber lo que
entonces pas por su cerebro; algo de ruin y de bajo y de deshonroso
para la raza a que pertenece debi de ser, porque olvidando en un punto
los cariosos cuidados de su ama, sus continuas caricias, los muchos
chocolates que con ella comparti, el regalo de los bizcochos y los
copiosos tarros de alpiste, se espulg con grande indiferencia ante su
vista, dijo varias veces _pii_, _pii_, con cierta sorna, y abriendo las
alas se tendi por el espacio yendo a perderse entre el follaje de las
huertas vecinas.

Marta lanz un grito de dolor.

--Dios mo, se ha ido!

--Se ha ido?

--S!

--Muy lejos?

--Se perdi de vista.

--Pues seor, la hemos hecho buena!

Ricardo subi a la ventana, y siguiendo la direccin del dedo de la nia
mir y remir hasta sacarse los ojos, sin ver absolutamente nada que
semejase de una legua a canario. Cuando volvi la vista a Marta observ
que por sus mejillas rodaba una lgrima.

--No te da vergenza llorar por un pjaro, tonta?

--Tienes razn--repuso la nia, haciendo esfuerzos por rer y secndose
la lgrima con el pauelo--. Pero me haba encariado con l como con
una persona... Ya ves..., haca tres aos que le cuidaba!...




VII

EL ALMA Y EL ESPOSO


El roco de la Gracia segua cayendo copiosamente sobre el alma de la
primognita de los seores de Elorza. Las virtudes cristianas florecan
en ella como rosas msticas henchidas de fragancia, y uno por uno, con
la impaciencia y ardor que imprima a todas sus acciones, iba subiendo
los peldaos de la escala de perfeccin que conduce al cielo. Sus actos
de caridad y de humildad no slo llenaban de asombro a las personas que
vivan cerca de ella, sino que se esparcan ya por toda la villa,
sirviendo de ejemplo edificante a jvenes y viejos y de tema a las
conversaciones de sacrista. Los ayunos y penitencias de toda clase,
cada vez ms frecuentes y speros, aumentaban el entusiasmo y la
serfica alegra de su alma, pero enflaquecieron al cabo notablemente el
cuerpo. Su frgil naturaleza empezaba a rebelarse contra tanta
mortificacin y a mostrarse dolorida a cada instante, unas veces en el
corazn, otras en el estmago, otras en la cabeza, aunque todo lo sufra
con una resignacin digna de envidia, y sin que la hiciesen cejar en sus
santos propsitos. Padeca frecuentes desmayos, que la tenan largo
tiempo sin sentido, y fuertes convulsiones. Algunos das, as que tomaba
alimento lo devolva, y en otros se quejaba de agudos dolores de cabeza.
Don Mximo comenz a recetar los preparados de hierro, baos de mar y
vino de quina, con cuya medicacin algo se mejor, aunque poco. El
doctor concluy por afirmar que mientras no cambiase enteramente de
rgimen de vida no desapareceran estos achaques; pero fue imposible
reducirla a ello.

Mara comenz a observar con gozo ntimo, del cual se acusaba a su
confesor baada en lgrimas, que infunda admiracin y respeto a la
gente; que cuando sala a la calle la saludaban algunos con frases de
elogio y cuando estaba en la iglesia la miraban todos los fieles con
particular insistencia. A sus odos llegaban, por boca de los criados,
muchas frases lisonjeras, que merecan sus virtudes a los sacerdotes
ms venerables y a las almas ms piadosas de la poblacin, y
percibiendo en ellas cierto sabor dulce, les prohibi que se las
repitiesen. Algunas seoras consultaban con ella sus casos de
conciencia, y la hicieron presidenta de una escuela dominical de
adultas, a las cuales comenz a explicar la doctrina y la moral
cristianas, con tanta claridad y elocuencia que no haba otra cosa de
qu hablar. Al segundo domingo se llen el local que el Ayuntamiento les
haba cedido en un antiguo convento, no slo de criadas y jornaleras,
para las cuales se haba fundado el instituto, sino tambin de las
personas ms distinguidas de la villa, ganosas de comprobar lo que la
fama deca de la joven. Y en efecto, pudieron cerciorarse de que posea
especiales dotes para la enseanza; una palabra sencilla y animada,
maneras humildes y paciencia nunca desmentida. Las muchachas hicieron
notables progresos bajo su direccin. No contenta con esto, suplic y
obtuvo de su padre que le cediese un pabelln que haba en la huerta
para reunir all todos los das una docena de nias hurfanas y
ensearles a leer, escribir y rezar y darles una educacin apropiada a
su sexo y posicin social. La extremada dulzura con que trataba a las
discpulas le granjearon pronto su cario y hasta su adoracin.

En todas partes reciba nuestra virtuosa herona testimonios
inexcusables del gran aprecio con que era mirada, pero muy
particularmente en la sociedad de devotos y beatas, donde se la
consideraba como un faro luminoso que haba de reportar ventajas a la
religin. En los tiempos de incredulidad a que habamos llegado, el
espectculo de una joven tan linda, tan instruida y tan principal,
consagrada exclusivamente al ejercicio de las virtudes y de los actos
religiosos, no poda menos de influir saludablemente en las costumbres
de la villa.

Cierta maana, al retirarse de las gradas del altar, donde acababa de
recibir la comunin, ofreca su rostro tal expresin edificante, que una
mujer sali del concurso, y arrodillndose delante de ella le pidi su
bendicin. Mara, turbada y confusa, quiso negarse; pero al fin no tuvo
ms remedio que ceder a sus instancias. En otra ocasin, pasando por uno
de los arrabales con Genoveva, otra mujer que estaba a la puerta de una
pobre vivienda, con un nio moribundo entre los brazos, le suplic que
le tomase entre los suyos y rezase un padrenuestro por l. Mara as lo
hizo por complacerla, protestando de que ella era una miserable pecadora
a quien Dios no poda escuchar; pero el nio, apenas se vio acariciado
por tan hermosa mano, comenz a sonrer y no tard muchos das en
ponerse bueno. Esta maravillosa cura, pregonada por la agradecida madre,
hizo gran ruido en el pueblo. Desde entonces la casa de Elorza se vio
invadida por una muchedumbre de mujeres que venan con nios enfermos a
pedir a la seorita Mara que los tomase en brazos y los bendijese. Como
esto tena visos de milagro, al decir de la gente, nuestra joven se
apresur a consultar con su confesor si deba continuar cediendo a los
ruegos de las afligidas madres, y el sacerdote, despus de tomarse un
da para reflexionar, le contest que no vea ningn inconveniente,
antes crea que de ello pudieran redundar algunas ventajas a la fe.
Cmo es posible, pregunt Mara, que Dios quiera obrar actos milagrosos
por medio de una criatura tan ruin y tan pecadora como yo? A lo cual
replicaba el confesor que significaba gran osada pretender escrutar los
altos designios de Dios, y que se abstuviese de hacer tan irrespetuosas
consideraciones; que Dios se vala de quien quera para manifestar su
santa voluntad, y que de todas suertes, aunque no hubiese en ello
milagro, nunca era malo atribuir al poder del supremo Hacedor los bienes
que experimentamos, lo mismo en el alma que en el cuerpo. Mara acataba
estas razones y procuraba hacerse digna por todos los medios que estaban
a su alcance, por la oracin, por la humildad y la penitencia, de
aquellas increbles gracias que Dios pona en su mano.

Poco a poco, y por virtud del apartamiento a que su vida piadosa la
obligaba, iban aflojndose en su alma los lazos terrenales. Principi
por huir toda diversin y entretenimiento mundanos, como bailes, teatros
y paseos, donde antes brillaba por su hermosura y elegancia, llegando al
extremo de aborrecerlos. Abstvose despus de ciertos recreos lcitos
como cantar y tocar msica profana, jugar a los naipes, correr por la
huerta, tomar parte en las tertulias de su casa. En su afn de
mortificarse concluy por no contemplar a menudo el paisaje desde las
ventanas de su cuarto y privarse de aspirar el aroma de las flores y el
perfume de las esencias. Todava le qued, no obstante, y por mucho
tiempo el gusto de vestirse con elegancia, lo cual proceda de cierta
reflexin que haba ledo en un libro devoto francs, aconsejando a las
jvenes que no descuidasen el aseo y afeite del cuerpo, pues Dios se
complaca en verlas hermosas y saber que para l solamente se adornaban.
Al mismo tiempo que se iba despegando de los placeres de este mundo se
amortiguaban en su corazn los sentimientos de amor hacia las criaturas,
aun hacia aquellas que ms de cerca la tocaban. Comprendiendo que para
amar a Dios es indispensable despojarse de los afectos terrenales,
porque ningn otro afecto es digno de entrar en un corazn consagrado al
Criador, se apartaba cada vez ms del cario, no slo de su prometido,
sino tambin de sus padres y hermana. Cesaron las frecuentes expansiones
de amor que con todos tena y por donde se revelaba la ternura de su
apasionado espritu. Cuando vea a su padre por la maana, ya no se
arrojaba a su cuello y le cubra de caricias. Con su hermana ya no
desahogaba los secretos y pesares de su corazn. A todos los mantena
alejados por una prudente reserva revestida de dulzura y humildad.

El calor que escatimaba a los humanos iba subiendo, no obstante, como
perfumado incienso, a un sitio ms elevado, a un objeto infinitamente
ms digno de l. Su corazn no poda permanecer inactivo; necesitaba
amar porque era su ley; necesitaba rebosar de entusiasmo por algo, en lo
cual pensara en todos los instantes de la vida y a lo que dedicase
continuos sacrificios. Mara no poda apetecer ni amar nada sin sentirse
agitada por una fiebre que la consuma. Cuando era nia haba amado a
otra de la misma edad, morena, de grandes ojos negros y duros, y la
haba amado con tal pasin que se haba convertido en su esclava
voluntariamente. La nia de los ojos negros, hija de un pobre menestral
de la villa, la trataba con la autoridad de reina y seora, le exiga
todos los juguetes de que era poseedora, la obligaba a plegarse a todos
su caprichos, la humillaba siempre que quera, y frecuentemente la
maltrataba de palabra y de obra, sin que por eso disminuyese poco ni
mucho el cario de su apasionada amiga. En cierta ocasin, estando las
dos planchando las enaguas de una mueca, la cruel muchacha le dijo con
cierto tonillo de burla:--Si tanto me quieres, a que no eres capaz de
ponerte por m esta plancha en un brazo? Mara levant con decisin la
manga del vestido y aplic la plancha encendida al brazo, ocasionndose
una horrible quemadura. Por estas y otras cosas de que don Mariano tuvo
noticia, puso en la calle a la amiguita y le prohibi pisar en adelante
el portal de su casa, lo cual hizo enfermar a su hija de dolor.

Cuando un corazn es de tal suerte inflamable, su aspiracin constante
es la de abrasarse y consumirse en algn amor extraordinario, y cuando
no lo tiene lo busca como el sediento la fuente de agua cristalina.
Mara lo haba buscado y lo haba hallado; un amor puro e inmortal,
sublime y maravilloso; el amor de un Dios que reduce a polvo los astros
y se entrega como un manso cordero al alma enamorada. Este amor, que iba
prendiendo cada vez con ms violencia en su espritu, no slo se
manifestaba en actos casi incomprensibles de humildad y mortificacin,
sino que se escapaba continuamente de sus labios con frases apasionadas
que iban a refugiarse como tmidas avecillas en el sagrado Corazn de
Jess. En un principio haba orado con admiracin respetuosa, con el
alma y el cuerpo prosternados, ms asustada que enternecida, como el que
hace una declaracin de amor; pero as que por mil seales manifiestas
comprendi que Jess corresponda a su pasin y se la pagaba con creces,
encontr ms libertad y elocuencia en sus palabras y una felicidad ms
firme en todo su ser.

Los momentos ms dichosos de su existencia eran los que consagraba a la
oracin, que ms bien era un tierno coloquio de dos enamorados,
incomprensible para los que no han sondeado jams los profundos secretos
del amor divino ni han gustado las dulzuras de la unin mstica. A
fuerza de conversar con Dios, de comunicarle sus ms ntimos
pensamientos e impresiones y de confesarle con lgrimas todos los das
las ms leves flaquezas de su conciencia, haba llegado a establecer
con l una santa familiaridad llena de dichas y consuelos. A la hora del
crepsculo, cuando cesaba en sus piadosas tareas, que la tenan ocupada
todo el da, acostumbraba a recogerse en su cuarto para gozar a su sabor
de los regalos y deleites que Jess le otorgaba en sus fervorosas
splicas como recompensa de los trabajos y mortificaciones del da.

En una tarde plcida y serena de las postrimeras del invierno, Mara se
hallaba en su cuarto haciendo oracin, postrada ante la imagen de Jess.
Todas las ventanas estaban abiertas para recoger la luz que ya se iba
escapando lentamente. Por la que miraba a la tierra vease la extensa
llanura de prados y las suaves colinas que la circundaban baadas en un
vapor azul que se haca cada vez ms denso hasta convertirse en niebla.
Por la que daba a la ra se vea la superficie de sta tranquila,
inmvil, como si de improviso toda aquella agua se hubiese convertido en
piedra. Cerca del Moral haba cuatro o cinco montecillos de arena,
llamados con propiedad los Arenales, que heridos por los moribundos
rayos del sol brillaban como grandes topacios. Ni el ms leve ruido
turbaba el silencio del gabinete, que en aquel momento semejaba, por lo
sombro y recogido, un gran confesonario.

Una hora larga haca que la joven conversaba con el Amado de su corazn,
sin que ningn pensamiento terrestre se deslizase en su arrobado
espritu. Nunca se sintiera tan abstrada y despegada de la carne y de
los intereses mundanos. Todo el calor de su cuerpo se haba refugiado en
el corazn, que lata con inusitado bro. Tena los ojos cerrados.
Despus de haber rezado todas las oraciones que saba de memoria,
algunas compuestas por ella, dej descansar los labios y se entreg a
una suave meditacin, donde su fantasa se espaci como en un campo
infinito esmaltado de flores. Lo mismo el confesor que los libros
devotos le aconsejaban que pensase con frecuencia en la cruenta pasin y
muerte del Redentor, y as lo haba hecho hasta entonces, embargada de
dolor y anegada en lgrimas. Se le clavaba en el alma aquel rostro
contrado y angustiado de Jess en la cruz, aquellos ojos entornados y
moribundos, donde aun ardan el amor y la bondad eterna de un Dios.
Cuando le vea marchar hacia el Calvario, cargado con el pesado leo y
caer una, dos y tres veces, rendido de fatiga, sin encontrar en los
feroces rostros que le rodeaban una mirada de compasin, senta
anudrsele la garganta y estallar el pecho en sollozos. Asista uno por
uno a todos los dolores de Cristo, desde la memorable noche del huerto
hasta el instante de cerrar los ojos para siempre entre dos ladrones,
vctima de la perfidia de los hombres. Las sublimes palabras de perdn
que al expirar pronunci, sonaban en sus odos como una promesa del
cielo y una esperanza de verle an rodeado de gloria en la otra vida.

Pero en aquel instante su pensamiento hua de las escenas de muerte. En
torno de l flotaban imgenes risueas y gloriosas que le infundan una
amable alegra que pocas veces haba sentido, acompaada de indecible
bienestar corporal. Crea sentir un suavsimo calor que irradiaba del
corazn hasta las manos y los pies, como si la sumergiesen en un bao de
leche tibia. Al mismo tiempo, unas manos delicadas y fragantes le tenan
cerrados los ojos, mientras un hlito dulce le refrescaba la frente. El
gabinete de la torre se hencha de vagos y tenues sonidos que su
imaginacin transformaba en conciertos misteriosos. Estaba tan fuera de
s que no saba si se hallaba en realidad despierta, por ms que
conservase todas sus potencias. Poco a poco empez a perder la voluntad;
trat de abrir los ojos y no pudo; trat de separar las manos que tena
cruzadas, y tampoco lo consigui. Una fuerza superior la ataba, pero tan
dulcemente, que por nada en el mundo rompera aquellos lazos. Era un
desmayo celestial de todo el ser que la suma en deleites ignorados por
ella hasta entonces. Las lgrimas resbalaban por su rostro como un licor
exquisito que baaba sus labios de dulzura, y desde los labios corra
por lo interior de su cuerpo y penetraba en los huesos como uncin
suavsima, como un gran olor. Este licor la embriagaba y la fortaleca a
la vez, y no se cansaba de beberlo. La salud penetraba como un torrente
en su marchito cuerpo, prestndole una fuerza incomprensible; entraba en
una vida plena y divina donde no existen los dolores, en un letargo
exttico lleno de molicie, del cual nacan muchedumbre de vagos deseos,
como flores que abren su cliz un instante y difunden por el aire su
perfume. Los deseos de su alma tambin se difundan y apagaban en la
inmensa alegra que la embargaba.

Mientras el cuerpo dorma en este dulce enajenamiento de los sentidos,
velaba el espritu con actividad maravillosa. Su memoria estaba baada
de claridad y la imaginacin se lanzaba con raudo vuelo dando vuelta a
los orbes. En vez de meditar sobre la muerte del Seor, pensaba con
ntima complacencia en su adorable vida y recorra todos los pasos
completamente embelesada, representndoselos con tal verdad como si
realmente hubiese asistido a ellos. Vea primeramente a Jess naciendo
en la gruta de las cercanas de Beln, abrazando con sus tiernos brazos
el cuello de la Virgen y sonriendo a los pastores y a los magos que de
luengas tierras vinieron a adorarlo. Veale en seguida transportado a
Egipto, recorriendo los desiertos de la Arabia, durmiendo sobre el
regazo de su madre debajo de algn rbol o en el fondo de alguna cueva.
Despus lo encontraba en los prticos del templo de Jerusaln sentado en
medio de los doctores, cuando slo tena doce aos, con sus largos
cabellos de color de bronce y la blanca tnica, que formaba graciosos
pliegues hasta cubrirle los pies, asombrando a todos tanto por su
belleza sobrehumana como por la profunda sabidura de sus palabras.
Contemplbale en su modesto albergue de Nazareth, en la paz de una vida
obscura y contemplativa, nutriendo su divino espritu de las sublimes
verdades que el Eterno Padre le comunicaba en sus frecuentes solitarios
paseos. Asista despus a sus primeras predicaciones por la Galilea y al
primer milagro con que dio testimonio de su poder infinito en las bodas
de Can. Acompabale a Cafarnaum, cuando de pie sobre una barca de
pescar, mecida suavemente por las olas, diriga su palabra, ms clara
que el sol que los alumbraba, ms dulce que la brisa de la tarde, a la
muchedumbre congregada a la orilla. Volva con l a Nazareth, de donde
sus rebeldes e ingratos compatriotas le arrojaron sin dejarse vencer de
su dulzura y elocuencia. Marchaba a Bethania, donde la santa de su
nombre, Mara Magdalena, y Marta, su hermana, tuvieron la dicha de
hospedarle y aqulla de escucharle sentada a sus pies por largo tiempo.
En todas partes le vea sereno y hermoso como lo pinta la tradicin, con
sus ojos azules de inexplicable dulzura, el cutis sonrosado y
transparente, la barba apuntada y su dorada cabellera partida por el
medio cayendo en ondas sobre los hombros. Los numerosos retratos que
haba visto, no slo de su divina persona, sino del pas donde las
predicaciones se efectuaron, unido a su poderosa fantasa, la
transportaban a los tiempos de la Redencin, como nadie pudiera
imaginarse. Pero donde ms se placa su imaginacin era en verle entrar
triunfante en Jerusaln, seguido de una muchedumbre embriagada de
entusiasmo, en medio de hosannas y bendiciones. Entonces su hermoso
rostro, que desapareca casi entre el follaje de los ramos y las palmas,
tomaba una expresin divina; sus ojos, tan apacibles, brillaban con el
fulgor de la omnipotencia y sus manos se extendan sobre la ciudad,
perdonndola de antemano el brbaro deicidio. Oh, cmo se recreaba su
alma con esta escena potica y tierna en que Jess alcanz sobre la
tierra un poco de la adoracin que se le debe! Si ella se hubiese
encontrado en aquellos parajes, formara parte del squito del Rey de
los Reyes y elevara su voz para aclamarle. La mezcla que haba en l de
poder y de humildad, de fuerza y dulzura, la llenaba de entusiasmo y de
admiracin.

Saba, no obstante, que la entrada triunfal de Jess en Jerusaln
repetase diariamente en un sentido mstico; que el divino Seor gozaba
ms entrando en el alma de sus escogidos que en la ingrata hija de Sin;
que el amor era poderoso contra el dueo absoluto de todas las cosas y
tena placer en entregarse a quien se lo profesaba. Mas para ello era
necesario amarle mucho, amarle de tal modo que se prefiriesen los
dolores y tormentos venidos de su mano a los deleites ms exquisitos de
la tierra, amarle hasta desfallecer y morir en su presencia y caer
rendida a sus pies bajo el imperio de su mirada; era necesario pasar
largas horas buscndole en las profundidades del cielo, en el sosiego de
la tarde, en la hermosura de las flores, de los pjaros y de todas las
criaturas, al lado de los moribundos, en el centro de los dolores y
penitencias; era necesario dejar correr las horas en exttica oracin,
sintiendo resbalar las lgrimas y quemar las mejillas; era necesario
obedecer a todos, ser la sierva humilde de todos, despegarse de todo lo
criado, hasta de sus mismos padres, y aborrecerse a s misma para ser la
amada de Jess. As, as le amaba ella! Cuntas horas del da y de la
noche haba pasado pensando en l! Cuntas lgrimas haba derramado por
su causa! Cuntas veces en el silencio de la noche haba salido su alma
_con ansias en amores inflamada_ como la Esposa del mstico Cantar, en
busca del Dueo de su corazn! Y cuando de esta manera le buscaba
ardiendo en amoroso deseo, nunca dejaba de hallarle. En cierta ocasin,
habiendo pasado todo el da curando a los enfermos del hospital, a la
hora de acostarse sinti tan gran placer en su alma y en su cuerpo, que
falt poco para que se desmayase. Humillndose delante de alguno tambin
perciba un dejo exquisito. Macerando su cuerpo con spera disciplina,
haba sentido ms deleite que jams le haba proporcionado el mundo con
sus desabridos placeres. De esta suerte Jess le empezaba a pagar
subidamente el amor que le profesaba, transformando para ella en regalo
lo que para otros era dolor y penitencia.

Esta ltima consideracin penetr tan agudamente en su espritu, que la
hizo prorrumpir en un sinfn de gracias y bendiciones, que permanecieron
encerradas en el corazn sin brotar a los labios. Sus labios estaban
mudos, inmviles como los de la esfinge, sin osar reproducir por medio
de sonidos los inefables pensamientos que cruzaban por su mente.
Escuchaba dentro de s mil voces suaves que le hablaban, pero sin
comprender lo que decan: sentase suspendida por unos delicados brazos,
que sin cesar la acariciaban y adverta cerca, aunque sin verla, como la
presencia de un ser sobrenatural que la consolaba con su aliento.
Entonces se persuadi de un modo repentino a que el Seor la amaba. Vio
claramente con los ojos del espritu que el esposo acuda ya a la voz de
la esposa y no deseaba ms que unirse a ella para enriquecerla y
regalarla eternamente. Ya estaba cerca: lo senta a su lado y se
deshaca en ansias de verle; pero l no se mostraba, no acababa de
rendirse a sus tiernas y amorosas splicas. Como el que muestra una
golosina a un nio y se la oculta, y de nuevo se la ensea y torna a
ocultrsela para encenderle ms el apetito, as el divino Esposo la
tena suspensa y embelesada, irritando ms y ms su deseo. La apasionada
estrofa de San Juan de la Cruz acudi a su memoria:

     Ay, quin podr sanarme!
    Acaba de entregarte ya de vero,
    No quieras enviarme
    De hoy ya ms mensajero,
    Que no saben decirme lo que quiero.

Y mil veces la estuvo repitiendo en su interior con una sublime congoja
en que le pareca que el alma quera salrsele por la boca. Pero su boca
segua muda. Quera gritar, romper en alabanzas de Jess, desahogar los
mpetus fervorosos de su pecho, y no le era posible. Senta una extraa
opresin que la mataba con una muerte celestial que no trocara por cien
vidas.

Un deseo punzante, ansioso, irresistible se apoder sbito de su
corazn. Jess, el Rey de las almas, haba otorgado a alguna favores que
espantaban por los grandes e incomprensibles. A Santa Isabel, despus de
sus prodigiosos actos de caridad y penitencia, se le haba aparecido y
le dijo: Isabel, si t quieres ser ma, yo quiero ser tuyo tambin, y
nunca separarme de ti. A Santa Catalina de Siena la vena
frecuentemente a consolar a su celda, platicaba y paseaba con ella y
muchas veces la ayudaba a rezar sus oraciones. A Santa Teresa la tomaba
entre sus brazos, sin que pudiese desprenderse y la acariciaba y la
besaba. Si ella lograse un regalo parecido! Apenas naci en su mente
este pensamiento atrevido se espant de l y sinti tanta vergenza que
de buen grado se hubiera ocultado debajo de la tierra. Oh, no, Dios
mo! Quin era ella para recibir una gracia semejante, otorgada
solamente a las mrtires de la caridad y a las serficas vrgenes que
brillan en el cielo como claros luceros! Perdn, Jess mo, perdn!

Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espritu y continu
persiguindola sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo.
Ella no era digna de tanta gloria, bien lo saba, pero su deseo era
hijo del amor que el divino Jess le haba infundido en el pecho; de
suerte que no era ella, sino el mismo Jess el autor de este deseo. Si
no la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgar
favores tan gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabeza
idea tan disparatada. No, no peda tanta gracia, tanto consuelo; le
bastaba con lo que Jess se dignase darle, con algunas migajitas de su
amor inmortal. Se considerara la ms dichosa de las vrgenes del cielo
si al cabo de largos aos de oracin y penitencia, de amarguras y
tribulaciones, Jess le consintiera poner los labios una sola vez en su
divino rostro. Oh Jess mo, ser pecado el pedir esto? Podr merecer
jams esta ruin criatura un gozo tan infinito?

Alz los ojos. Jess, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombras
reflejando la ltima y triste claridad de la ventana, y su luenga tnica
de infinitos pliegues, extenda las manos hacia ella, clavndole al
mismo tiempo una mirada dulce y profunda. Corri por sus venas una
sensacin de fro cual si se sintiera prxima a la muerte; pero al
instante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar por
todos los poros del cuerpo. Comprenda vagamente que se estaba
efectuando un adorable misterio a su vista, y un santo temor la
sobrecogi. El gabinete estaba envuelto en la sombra: las ventanas
parecan grandes ojos opacos que miraban por sus muros. Un
enternecimiento suave y lnguido apoderose de su ser y la inund de
felicidad. Desapareci el temor. Entraba en ella la certidumbre de ser
querida por Jess, de ser la amada de un Dios. La ternura, la
admiracin, la dicha rebosaban de su pecho y ya no pudo apartar los ojos
de los del Seor, bebiendo en ellos el misterio e inefable deleite de la
gloria.

El mismo deseo se present de nuevo en su mente. Esta vez lo formul con
palabras, cuyo aliento clido resbal por sus manos cruzadas delante de
la boca.

--Jess mo, permitiris a vuestra sierva poner los labios en vuestra
divina persona?

Jess se inclin an ms. Mara sinti que los cabellos se le erizaban y
el corazn quera salrsele del pecho. Jess haba hablado. Su voz
penetr como una msica en el alma de la joven, que se crey muerta y
trasladada al cielo.

Jess haba dicho:

--_Levntate, amiga ma, hermosa ma, y ven._

--Seor, yo no soy digna!--exclam Mara con un grito de angustia y de
dicha a la vez.

Jess volvi a decir:

--_Toda eres hermosa, amiga ma, y en ti no hay mancha._

--Jess mo, os amo sobre todas las cosas!

--_Paloma ma, mustrame tu rostro, suene tu voz en mis odos, porque tu
voz es dulce y tu rostro hermoso_--replic Jess inclinndose todava
ms.

Entonces la joven, arrebatada de gloria y entusiasmo, se abraz a las
rodillas del Seor y las inund de lgrimas, diciendo entre sollozos,
como la esposa del texto sagrado:

--_Mi alma se ha derretido cuando habl mi amado._

Y poco a poco sus brazos, anudados al cuerpo de Jess, fueron subiendo
hasta estrecharle el cuello. Faltole el aliento y sinti escapar su
memoria, su imaginacin y todas sus potencias, perdindose en una
alegra inmensa y ansiosa, donde todo el ser se baaba como en un ter
pursimo. Acerc el rostro al del Seor; toc con sus mejillas las del
Amado, pos los labios en la blancura de su frente, en el fulgor de sus
ojos, en el coral de sus labios.

Y en la sala de la torre, silenciosa, hundida en las tinieblas, son por
largo tiempo un ruido de sollozos y besos comprimidos. Al cabo, un
cuerpo humano, el cuerpo de la seorita de Elorza, privado de sentido,
rod pesadamente por el suelo. Genoveva, al entrar con luz, despus de
un rato, todava la hall desmayada, con los ojos abiertos e inmviles,
reflejando en su rostro una celestial alegra.




VIII

COMO USTEDES GUSTEN


Lleg la primavera. Los vientos del N. E., a modo de escoba gigantesca
manejada por la mano de algn dios aficionado a la limpieza, barran a
menudo el polvo y la ceniza del firmamento. Los marineros que salan de
madrugada a la pesca, al poner el pie en el muelle vean muchas veces un
gran pedazo de cielo azul sobre las casas lejanas del Moral, que se iba
extendiendo lentamente hacia los cuatro puntos cardinales, dejando
suspensas sobre el horizonte algunas levsimas rayas de niebla de color
violeta semejando grandes cejas. La vasta sbana de la ra, en vez de
los tristes y metlicos reflejos del invierno, dejaba escapar ahora
hermosos destellos azules, y las cscaras de nuez, llamadas barcos por
mal nombre, cabeceaban impacientes en la drsena como otros potros
preparados a salir. Mas por las tardes todava el invierno reivindicaba
sus derechos, ora esparciendo sobre la villa y la ra una espesa capa de
niebla, que no tardaba en deshacerse en cierzo, ora haciendo correr por
el cielo furiosamente negras y colosales nubes que iban a descargar su
peso a lo interior. Algunos das no obstante, a la puesta del sol, un
soplo de aire tibio llegaba de la parte de tierra, que adverta
deliciosamente a los pacficos habitantes de Nieva de la presencia en
aquel partido judicial de la ms amable y coqueta de las estaciones. Y
este soplo de aire cargado de perfumes, subiendo por la nariz al cerebro
de los vecinos ms inclinados a la poesa y a las dulces expansiones del
corazn, se portaba como enemigo declarado del sosiego de los espritus
femeninos y perturbador de la paz de las familias.

La villa dorma plcidamente como una sultana, recibiendo la caricia
halagea de este soplo. Sin embargo, debajo de sus techos el sosiego
era ms aparente que real. Una gran parte del vecindario segua
durmiendo como antes a pierna suelta, pero otra no menos numerosa y
estimable, sin saber a qu atribuirlo, despertaba varias veces en el
curso de la noche y se pasaba en ocasiones una hora con la luz encendida
leyendo los artculos de _El Tiempo_, sin lograr conciliar el sueo.
Bebase gran copia de vasos de agua; sobanse cincuenta mil disparates,
que al recordarlos por la maana hacan sonrer con enternecimiento a
los honrados moradores, y ms de uno y ms de dos atraparon una fluxin
de pecho por habrseles cado la ropa de la cama. Despachbase en las
dos boticas del pueblo una cantidad extraordinaria de cebada perlada;
algunos rechazaban a la mesa el vino, con sorpresa de sus consortes; y
dulcificbase extremadamente el carcter de los seoritos en el trato
con las criadas. El librero de la calle de la Industria peda a Madrid
algunas novelas de Paul de Kock por encargo de sus parroquianos, y el
profesor de piano haca anloga reclamacin a los editores de msica, de
varias romanzas sentimentales con ttulos apasionados como _Vorrei
morir_, _Tutto per te_, _Non posso vivere_ y otras de igual jaez, por
empeo de sus discpulas. Las golondrinas comenzaban a instalarse en los
corredores, y despus de cortejarse unos cuantos das por el aire
persiguindose con gritos descompasados y partindose solas las parejas
a los sitios ms escondidos de las huertas, sin respeto alguno al _qu
dirn_ y a las buenas formas, celebraban sus bodas con la misma
grosera, sin consultar la voluntad de los paps, ni suplicar dispensa
cuando la necesitaban, ni proclamarse por conducto del prroco, ni
encargar _trousseau_ a Pars, ni recibir un mal juego de caf de los
parientes, ni pasar papeletas impresas a los amigos y conocidos
participando su efectuado enlace, ni siquiera insertar en _La
Correspondencia de Espaa_ un suelto diciendo: Ayer, ante numerosa y
escogida concurrencia, en la que figuraba lo ms eminente de la nobleza,
la poltica y la literatura, se verific en casa de la desposada el
anunciado matrimonio de la bellsima y distinguida golondrina doa
Fulana de Tal con el acaudalado golondrino don Zutano de Cual. Despus
de servirse un esplndido _buffet_, los novios partieron a su rica
posesin de los Robledales, en Aragn. Y quien habla de las golondrinas
claro est que se refiere igualmente a toda la caterva de pjaros que
haban sentado sus reales tanto en las huertas de Nieva como en los
inmensos pinares que bordaban las orillas de su ra.

Entre las personas en quienes la influencia de este soplo primaveral se
ejercitaba de un modo ms sealado (dejando aparte, por supuesto, a la
seorita de Delgado, con quien nadie se atrevera a mantener competencia
en materia de sensaciones, sentimientos, emociones y todo lo referente a
la vida del corazn) contbase nuestro conocido Manolito Lpez. Su
apreciable familia observaba con grata sorpresa, no slo que el
carcter del chico se dulcificaba a ojos vistas, sino tambin que
crecan y se propagaban en l de un modo inusitado la inclinacin al
aseo y los hbitos de compostura. Esta loable inclinacin manifestbase
en todas las prendas de vestir que adornaban su persona, pero muy
particularmente en el calzado. Un tarro de betn superior cada quince
das no era bastante para el consumo de sus botas, gastando mucha parte
de la maana y de sus fuerzas fsicas en ponerlas relucientes como un
espejo, y aun as no estaba contento. Hubiera necesitado Manolito que el
brillo del diamante brasileo y el de todos los de las coronas reales
europeas, el de los mares y el de los astros viniera a refugiarse a
ellas para quedar enteramente satisfecho. Despus de dar la ltima mano
de gato a sus cabellos, Manolito sala siempre en la amable compaa de
sus botas charoladas a pasear por delante de la casa de Elorza, y calle
arriba, calle abajo, all se estaba todo el tiempo que le permitan sus
ocupaciones y alguna parte tambin del que le prohiban. Los balcones de
la casa permanecan por regla general hermticamente cerrados, pero
Manolito, a juzgar por el gracioso contoneo que adoptaba al cruzar por
delante, deba de sospechar que unos ojos fijos y enamorados le estaban
siempre observando por detrs de las rendijas. Tal vez que otra los
balcones se abran, apareciendo en ellos la figura de Carmen, de
Genoveva, de Adela o de algn otro sirviente, que le dirigan miradas no
bastantemente respetuosas, atendiendo a la edad (quince aos y tres
meses) y al carcter de nuestro joven. De raro en raro sola aparecer
tambin la linda cabeza de Marta, que paseaba sus ojos un instante por
los contornos de la casa con expresin indiferente; la cual, dicho sea
en honor de la verdad, no se trocaba en apasionada y halagea a la
vista de Manolito, antes bien continuaba de la misma suerte, apagada y
severa, como si nuestro joven no tuviese ms personalidad que una
columna de los soportales, o que el reloj del Ayuntamiento o el letrero
del caf de la Estrella o cualquiera de los objetos inanimados sobre los
que se espaciaban los ojos de la nia. Manolito quedaba algunos momentos
turbado, como si hallndose navegando por los mares del Polo viese de
improviso llegar hacia l una enorme montaa de hielo, pero no tardaba
en reponerse, exclamando para sus adentros: Qu disimulada es esta
chica! Y aunque los balcones se cerrasen inmediatamente con chirrido
desdeoso y permaneciesen tapiados todo el da, Manolito no dejaba de
pasear arriba y pasear abajo, atrincherado siempre en su conviccin de
que por los intersticios de las cortinas unos ojos extticos y hmedos
de amor le clavaban mil saetas apasionadas.

Pero donde la primavera ejerca un imperio ms absoluto y hasta
desptico (dejando siempre a salvo, por supuesto, el espritu potico de
la seorita de Delgado) era en la huerta de los seores de Elorza. All,
sin consultar para nada la voluntad de las flexibles mimosas ni de las
redondas acacias, ni de las imponentes catalpas, ni la de ningn otro
rbol o arbusto, flor o legumbre, por respetable que fuese, comenz a
vestirlos todos de verde, matizando los trajes cuidadosamente, a ste
dndole uno obscuro y profundo, a aqul claro y deslumbrante, al otro
plido y amarillento, haciendo con ellos una especie de mascarada
risuea y original que lisonjeaba la vista de los que aun persisten en
tener aficin a las obras de la naturaleza. Sobre este traje brillaban
como honorficas condecoraciones algunas flores, amarillas, blancas,
azules o encarnadas, prestas a embalsamar el ambiente con los suaves
aromas que guardan en su corazn.

La huerta era extensa, como pocas, dilatndose desde la plaza, donde se
alzaba la casa de don Mariano, hasta el muelle, por un lado, y por el
otro hasta las ltimas casas del pueblo. Y ora porque no fuese muy fcil
cuidar esmeradamente tan gran pedazo de tierra, bien porque don Mariano
no quisiera, como hombre de gusto, imponer su ley a la naturaleza,
estableciendo en su finca un rgimen tirnico de tijeras y lneas
geomtricas, lo cierto es que ofreca toda ella el vigor desordenado, la
exuberancia y la espontaneidad que no suele verse ya sino en las huertas
provincianas gobernadas an por un sistema espaol amplio y tolerante.
Las calles, aunque tiradas a cordel, segn prescriba la moda en el
tiempo en que se abrieron, estaban ya torcidas, gracias a las invasiones
o a las deficiencias de los setos de membrillo, boj y rosal. Los
rboles cerraban en muchos parajes estas calles con bveda espesa,
prestndoles un tinte de amable misterio, que digan lo que quieran, es
el hechizo mayor de los jardines, y apelamos al testimonio de todas las
almas ardientes elevadas, particularmente a la de la seorita de
Delgado.

Por detrs de los rboles y al travs de los setos se vea algn fauno o
stiro de piedra, deteriorado, con grandes manchas verdes por las
espaldas musculosas, arrojando agua por narices y boca; en esta
agradable ocupacin haba pasado toda su vida. Las flores no tenan en
el jardn de Elorza los monstruosos privilegios que suelen gozar en los
flamantes parques modernos, sino que se haban establecido en un pie de
igualdad con las modestas cuanto suculentas legumbres. Al lado de un
grupo o _cesto_ de dalias creca una esparraguera, y a la vista de un
magnfico _macizo_ de _cannas ndicas_ y _calladium_ prosperaba un
bosque de alcachofas y un cuadro de berzas de la Alsacia. En una de las
esquinas haba un gran tendejn donde yacan hacinados muebles viejos de
la casa, algunos coches estropeados, aperos de jardinera, etc., etc.
Circundaba toda la huerta una tapia de bastante espesor y elevacin por
donde trepaban la yedra y la madreselva cautelosamente hasta asomar sus
hojas por encima como pilluelos que entrasen a robar fruta y tratasen
antes de espiar al jardinero. Sobre uno de los lienzos de la tapia se
alzaban los palos de los barcos del muelle, que con sus numerosos
cables, enlazndose y cruzndose en todos sentidos, semejaban de lejos
araas monstruosas. Una gran puerta enrejada de hierro pona en
comunicacin a la huerta con el muelle.

La hija menor de los dueos de esta huerta se hallaba una maana en ella
cortando flores con las tijeras que pendan de su cintura y colocndolas
despus con mucha delicadeza en un cestillo de mimbre. Las iba eligiendo
de un lado y de otro, parndose a veces a reflexionar delante de
algunas, y dejndolas intactas para ir en seguida hacia otras y volver
ms tarde a las primeras, dando un sinfn de vueltas en todas
direcciones con paso vacilante. Se hallaba tan embebida en las
profundidades de alguna combinacin referente al ramo de jardinera, que
se dejaba tostar sin piedad por un magnfico sol iracundo y soberbio,
como pocas veces sola estarlo. Desde la ltima vez que la vimos haba
experimentado en su figura algn leve cambio, no muy fcil de definir.
Acababa de cumplir los catorce aos. Su desarrollo fsico, siempre
exuberante y vigoroso, haba dado una sacudida en los ltimos tres
meses, no estirndola y enflaquecindola a la par, como sucede
generalmente con las nias en esta edad, sino acabando de modelarla como
un hermoso juguete. Marta iba a quedarse pequeita. La naturaleza estaba
dando los ltimos toques a su figura, abultando la lnea de su cadera,
redondeando sus brazos, hinchando su seno virginal y perfilando la
elipse de su rostro, sin acordarse para nada de otorgarle tres dedos ms
de estatura, que eran los que le hacan falta. Por eso un teniente de
caballera andaluz, al hacerle un favor y un disfavor en el juego de
prendas, le haba dicho recientemente: --Ez uzt mu bonita, pero ez
uzt mu redondita. Y esto haba servido para que los amigos de la casa
la llamasen festivamente la _redondita_ y la mareasen a la continua con
el ez uzt mu bonita, etctera. La expresin del rostro continuaba
siendo tan plcida, tan grave y dulce como antes. No obstante, sus
grandes ojos negros, serenos y lmpidos, que, como hemos dicho, ofrecan
cierta singular inmovilidad semejante a la de los que padecen de _gota
serena_, adquiran un movimiento tan sosegado y tan dulce que una de las
seoritas de Ciudad, la misma que la haba presentado al ingeniero
Surez, no pudo menos de exclamar la noche anterior:

--No repara usted qu mirada tan suave tiene Martita?

--En efecto--repuso el ingeniero--, esa nia parece que acaricia con los
ojos cuanto mira.

Al mismo tiempo propendan a quedrsele hmedos, lo cual aumentaba an
ms su brillo y su ternura. Vesta en aquel momento un traje morado
obscuro extremadamente ceido y plegado al cuerpo, y si bien, a peticin
suya, se los hacan ya un poco ms largos, todava al bajarse para
cortar las flores enseaba gran parte de unas esplndidas y bien
torneadas pantorrillas, que corran pareja con los brazos de marras.

Despus que hubo cortado, a su juicio, las suficientes flores, fue a
sentarse en un banco de piedra a la sombra, y poniendo el cesto a su
lado y sacando un ovillo de hilo, se dispuso con gran calma a hacer un
ramillete. Tom primero una magnfica rosa blanca de las llamadas de t,
le quit todas las espinas y foliolos y at en torno suyo una serie de
hojas de malva. Al llegar a este punto de la operacin apareci Ricardo.
Marta levant la cabeza al or los pasos y la baj rpidamente para
continuar su obra.

--Te andaba buscando, Martita.

--Para?

--Para nada..., para verte... Te parece poco?

--Si no es ms, me parece poco, s.

--Acaso no quieres que te vea?

--No digo eso..., pero como no hace an veinticuatro horas que has
estado en casa...

--De todos modos tena ganas de verte.

Marta call y sigui su tarea poniendo en torno de la rosa y apoyados en
las hojas de malva tres _pensamientos_ obscuros. Ricardo haba cambiado
tambin un poco desde la ltima vez que le vimos. Su rostro estaba
levemente descaecido, y a la ordinaria expresin de alegra haba
sucedido otra como de fatiga, que a veces rayaba en triste y amarga.
Indudablemente no haba sido muy feliz en los ltimos meses. Ya sabemos
que no tena motivos para serlo. La perpetua lucha que necesitaba
sostener con los escrpulos de Mara y el desvo sincero o fingido que
observaba en ella constituan un disgusto sordo y continuado que le
amargaba la existencia. Los breves ratos en que consegua hablar con su
adorada, en vez de dedicarlos a las dulces expansiones del amor, se
pasaban ordinariamente en reyertas y reconvenciones o cuando menos en
largos discursos suasorios de la una y la otra parte; Ricardo
convenciendo a Mara de que sus prcticas piadosas eran una exageracin
incompatible con la naturaleza humana; Mara tratando de persuadir a
Ricardo a que abandonase las frivolidades del mundo y emprendiese el
camino de la virtud, que es el de la salvacin.

Despus que hubo contemplado silenciosamente por un momento la obra de
Marta, le pregunt:

--Para quin es ese ramo?

--Para Mara, que quiere empezar esta tarde sus flores a la Virgen. Me
ha pedido que le hiciese dos y ya tengo uno en casa.

Un relmpago de alegra pas por los ojos del joven al or el nombre de
su amada y empez a interesarse en el arreglo del ramillete. Marta not
perfectamente la alegra y el inters de su futuro hermano.

Entre los tres _pensamientos_ coloc tres claveles, uno rojo, otro de
color de rosa y otro blanco. Despus tom algunas hojas de almoraduj y
rosal, y ci con ellas el naciente ramo. En seguida coloc alrededor
una faja de margaritas alternando los colores: encarnada, blanca, azul y
jaspeada.

--Ahora debes poner ms claveles--apunt Ricardo con la osada del
ignorante.

--Cllate, Ricardo; no sabes lo que dices... Ahora se pone un relleno de
almoraduj y malva para que las margaritas tengan donde apoyarse... Es
necesario que las flores vayan sueltas y no se toquen unas a otras para
que cada cual conserve su forma dentro del ramo... Lo ves?... Ahora ya
puede agregarse una faja de rosas sin temor de chafar las margaritas,
una blanca, otra encarnada..., una blanca..., otra encarnada... Basta...

El hilo daba vueltas entre sus dedos, apretando suavemente las flores.
El ramillete iba tomando una forma piramidal bien proporcionada.
Ricardo, al dirigir la vista al cestillo, vio unos geranios de color
rojo extremadamente vivo y exclam:

--Oh qu geranios tan hermosos!... Este color tan vivo debe convenirte
muy bien, Martita... Ponte uno en el pelo...

La nia, sin hacerse de rogar, cogi el que le presentaba y se lo coloc
entre sus negros cabellos por encima de la oreja. Esta combinacin tan
vulgar de lo negro con lo encarnado que todas las nias conocen se
manifest ms armoniosa que otras veces por la intensidad excepcional
tanto de lo obscuro como de lo rojo. El geranio, al trasladarse a aquel
sitio, pareci haber cumplido su destino en la tierra, brillando ms
hermoso y satisfecho que nunca.

Ricardo contempl la cabeza de Marta con verdadera admiracin, mientras
por los labios y los ojos de sta vagaba una inocente sonrisa de
triunfo.

En torno de las rosas coloc en vez del relleno verde de almoraduj y
malva otro de aleles blancos y morados y en seguida una faja de
geranios de todos colores, combinndolos graciosamente. Estaba hecho el
ramillete. Para cerrarlo cogi algunos puados de tomillo y los fue
agregando a fin de que le sirviesen de apoyo. Las flores todas,
artsticamente combinadas, aparecan sueltas, ostentando cada cual su
propia forma perfectamente unidas al todo.

Marta levant el ramo en alto, diciendo con orgullo infantil:

--No est bien?..., no est bien?

--Admirable!..., admirable!--prorrumpi Ricardo, y en el colmo del
entusiasmo tom el ramo, le dio una porcin de vueltas y ponindolo
despus en el cestillo cogi una mano de la nia y se la llev a los
labios.

Marta se puso tan encarnada como el geranio que llevaba en el pelo y la
retir velozmente. Ricardo, mirndola con sonrisa burlona, le dijo:

--Qu es eso, seorita? Qu es eso? Se avergenza usted ya de que le
besen una mano cuando no hace todava cuatro meses que la besbamos
todos en la mejilla?... No paso por ello... De ningn modo paso por
ello...

Y tomndole a la fuerza las dos manos empez a repartir besos en ellas a
toda prisa sin darse punto de descanso hasta que crey percibir algo
raro sobre su cabeza y la levant. Marta estaba llorando. La sorpresa
del joven fue tan grande que solt las manos sin decir palabra. La nia
se tap con ellas la cara y comenz a sollozar con vivo sentimiento.

--Martita, qu te pasa?... Qu tienes?--le pregunt todo asustado,
bajndose para verle el rostro.

--Nada, nada..., djame.

--Pero por qu lloras?... Te he lastimado?... Te he ofendido?...

--No, no..., djame, Ricardo..., djame, por Dios.

Y levantndose del banco ech a correr en direccin de la casa,
limpindose los ojos. Ricardo la vio alejarse, cada vez ms sorprendido,
y permaneci algn tiempo en el banco tratando intilmente de explicarse
la conducta de la nia. Despus se levant y comenz a pasear por la
huerta. Al cabo de un rato se haba olvidado enteramente del llanto de
Marta. Otras memorias ms punzantes vinieron a turbarle el nimo y a
embeber su atencin. Una hora lo menos pas dando vueltas por el parque
meditando en ellas, cuando al cruzar por delante del banco donde
estuviera sentado con la nia se fij en que el ramo de sta aun
permaneca dentro del cesto, como lo haba dejado, y ocurrindosele que
no estaba bien all quiso llevarlo a casa. A la primera sirvienta con
quien tropez le pregunt dnde se hallaba la seorita.

--Me parece que debe de estar en la habitacin de la seora.

Se encamin hacia all. A la puerta misma del cuarto de doa Gertrudis
encontr a Marta, que sala de evacuar sin duda algn encargo de su
madre. La nia, que aun llevaba el geranio rojo en el pelo, as que le
vio dirigiole una sonrisa dulce, con seales de hallarse avergonzada.

--Ests enfadada todava, Martita?--le pregunt en voz baja.

--Nunca lo estuve, Ricardo.

--Y aquel lloriqueo?...

--No s yo misma lo que ha sido... Hace algunos das que no me encuentro
bien... y sin saber por qu se me sueltan las lgrimas...

--Pues lo celebro en el alma, preciosa. No puedes figurarte lo que
senta haberte disgustado.

--Bah!...

--Y con qu sentimiento llorabas!... Cre que te pasaba algo grave de
veras... Has tenido algn disgusto hoy?

--No, no, no he tenido nada. Vuelvo en seguida... Hasta ahora.

El marqus de Pealta entr en el cuarto de doa Gertrudis, donde se
hallaban a la sazn conversando don Mariano y don Mximo, que no
manifestaban de modo alguno en su rostro la zozobra angustiosa, la
palidez y el espanto de los que presencian la agona de un moribundo; lo
cual irritaba de tal manera a doa Gertrudis, que casi se hubiera
alegrado de morir en aquel momento slo por darles un susto. Estaba,
como siempre, arrellanada en su butaca, tapadas las piernas y los pies
con una magnfica piel de cabra selvtica, repartiendo miradas de amarga
desolacin entre el cielo raso y una copa de leche que tena en la
mano. De vez en cuando la acercaba a los labios y tragaba parte de su
contenido alzando en seguida los ojos y exclamando interiormente: Dios
mo, que pase de m este cliz! Tal vez que otra posbalos tambin con
inefable serenidad en sus verdugos, expresndoles de una manera
conmovedora que si Dios les perdonaba su crueldad, ella, por su parte,
no tena inconveniente en otorgarles un amplio y generoso perdn; aunque
mucho dudaba que el Supremo Hacedor se lo concediera.

Ricardo fue a sentarse cerca de los verdugos sin ceremonia alguna,
porque ya haba tenido ocasin aquella maana de disertar profundamente
una buena hora sobre los nervios de doa Gertrudis. sta, hacindose
cargo de que quien alterna con delincuentes est muy expuesto a caer en
el crimen, le comprendi de antemano en la omnmoda y liberal amnista
que tena decretada a favor de sus malhechores.

--Yo no consentira ni peridicos facciosos como _La Tradicin_, ni
autoridades que no obedeciesen puntual e incondicionalmente al Gobierno,
don Mximo.

--Estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto; aun nos encontramos en
un perodo de lucha y es menester apelar a procedimientos excepcionales.
Pero no me negar usted que bajo un rgimen normal, la libertad...

--Qu libertad ni qu calabazas!... Libertad para trabajar..., sa es
la nica que nos hace falta... Caminos, puentes, fbricas, saneamientos
de terrenos, ferrocarriles y puertos; eso es lo que pide nuestra
desgraciada nacin... La libertad que ustedes los progresistas
ambicionan es la libertad de morirse de hambre... Cuando considero que
si no hubiera sido por la _Gloriosa_ nuestro ferrocarril estara ya a
punto de terminarse, me acomete tal desesperacin...

--Esto no es ms que un sacudimiento pasajero, don Mariano... Ya ver
usted qu pronto luce el iris de paz!

--S, s..., ya escampa!... Ha ledo usted el artculo de entrada de
_La Tradicin_? (_La Tradicin_ era un peridico que se publicaba en
Nieva los jueves.) Pues cuando lo lea ya ver usted qu arcos iris nos
preparan los partidarios del altar y del trono...

--Est muy fuerte?

--Poca cosa... Dice que todos los buenos catlicos deben empuar las
armas, para exterminar la caterva de impos y desalmados que hoy nos
gobiernan...

En aquel momento entraba Marta en el gabinete. Al pasar por delante de
Ricardo, ste la cogi de una mano y la oblig a sentarse sobre sus
rodillas, hacindole una muda caricia con los ojos, sin dejar de atender
a la conversacin. La nia se sent sin resistencia y escuch tambin en
silencio.

--Pero de veras dice eso?--pregunt don Mximo.

--Y tan de veras!... Lalo usted y se edificar... Para m, los
carlistas de ac estn meditando y aun fraguando algn golpe de mano. El
comandante general descuida demasiado esta regin y distrae todas las
fuerzas en perseguir las partidas de la montaa... La Fbrica necesita
siempre una fuerte guarnicin por lo que pueda acaecer... Pues apenas
es presa codiciada por ellos!...

--Yo no creo que se atrevan nunca a intentar nada por ese lado. Y si no
que lo diga el marqus...

Ricardo no oy bien las ltimas palabras de don Mximo porque estaba
saludando con sonrisa apasionada a Mara, que entraba a la sazn.
Despus que se hubo sentado cerca de doa Gertrudis y cambiado con l
algunas miradas, fue cuando se acord de la pregunta que le dirigan.

--Qu deca usted, don Mximo?

--Que yo no creo que los carlistas intenten nada contra la Fbrica...
Sera una empresa ridcula.

--Oh!, no tanto..., no tanto como usted se figura, don Mximo... Hoy
por hoy con la escasa guarnicin que tenemos no sera un imposible ni
mucho menos el sorprenderla... Cuntas veces he pensado, haciendo la
guardia de noche, que treinta hombres decididos me podan poner en un
apuro!... Si lograsen entrar, la cosa estaba resuelta, bien pueden
ustedes creerlo...

--Lo oye usted, hombre inconvencible, lo oye usted?... Ya ver usted
cmo nos hemos de acordar de Santa Brbara despus que caigan rayos y
centellas... Pero escucha una cosa, Ricardo, por qu no aprovechis
para la defensa de la Fbrica los ltimos adelantos que se han hecho en
la luz elctrica?

--Cmo?

--A m se me figura que colocando en distintos parajes de ella unos
cuantos focos de luz elctrica que el oficial de guardia pudiese
encender con slo apretar un botn, se podra evitar muy bien el peligro
de una sorpresa; y si al mismo tiempo se colgasen una buena cantidad de
campanas poderosas, movidas igualmente por la electricidad, que
produjesen alarma instantnea en la poblacin y despertasen a los
obreros, que por lo comn viven cerca... Martita, qu tienes?--exclam
de improviso cortando el hilo del discurso.

Todos acudieron a ella. La nia, que continuaba sentada sobre las
rodillas de Ricardo, se haba ido poniendo plida sin que nadie se
hiciese cargo. Cuando don Mariano se fij en ella, casualmente, estaba
blanca como el papel.

--Qu te pasa, hija ma?

--Qu tienes, Martita?

--Me siento un poco mal. Dadme un vaso de agua. Mara corri por ella.
Don Mximo le tom el pulso y dijo:

--No es ms que un amago de vahdo, que se cortar con el agua.

En efecto, despus que la bebi y se hubo sentado en el sof empez a
serenarse, y a los pocos minutos ya estaba completamente bien. Sigui la
conversacin.




IX

EXCURSIN AL MORAL Y A LA ISLA


Quince das por lo menos se habl de la excursin al Moral y a la Isla.
Durante el invierno las jvenes tertulianas de la casa de Elorza haban
querido formar un capital, con los productos de la aduana y lotera,
destinado a sufragar los gastos. Don Mariano las dej formarlo,
sonriendo bellacamente cada vez que le participaban el estado de la
caja. Mas cuando lleg la poca fijada para la excursin, a presencia de
toda la tertulia tom el puado de plata del cajoncito donde se
guardaba y se lo entreg al cura de Nieva para que lo repartiese entre
los feligreses que ms lo necesitaran.

--Pues qu--exclam el noble caballero al mismo tiempo--; no es cien
veces mejor dedicar este dinero a matar el hambre en algunos pobres, que
a un pasatiempo frvolo y excusado?

--Es cierto, es cierto--dijeron las nias poniendo una cara que no
haca, en verdad, recordar las puras satisfacciones de la virtud y las
alegras del justo.

Aquella noche se habl, se cant y se bail poco en la tertulia de
Elorza. La virtud, severa por naturaleza, no gusta de manifestaciones
ruidosas. Muchachos y muchachas expresaban la ntima y pura satisfaccin
que aquel sacrificio les haba inspirado con una inefable serenidad que
los tena mudos y quietos la mayor parte del tiempo, cual si meditasen
profundamente sobre algn texto del Evangelio.

Grande, pues, debi ser el disgusto que sintieron todos cuando don
Mariano les dijo a ltima hora:

--Seoras y seores: el jueves, a las ocho de la maana, agradecera a
ustedes en el alma que diesen una vuelta por el muelle convenientemente
provistos de sombrero, quitasol, abrigo, etctera. Nada ms fcil que a
esa hora los marineros de mi fala se empeen en llevarnos al Moral, y
como ustedes comprenden no sera corts el desairarlos.

La tertulia deplor esta determinacin que la privaba de sacrificarse
por la fraternidad universal, con risa inextinguible, voces y
movimientos desordenados:--Qu don Mariano ste!--Siempre ha de tener
esas bromas!--El jueves, el jueves, qu tengo yo que hacer el jueves?
Ah, me parece que nada!--Llevaremos el impermeable? Yo creo que basta
con el abrigo, etctera.

Y en efecto, el jueves a las ocho de la maana, la fala de don Mariano
y la de la Sanidad, limpias y aderezadas como dos muchachas en da de
romera, aguardaban impacientes a la gente cabeceando una al lado de
otra en el atracadero del muelle. Cuatro marineros daban la ltima mano
en cada una al arreglo del aparejo, dirigiendo de vez en cuando miradas
escrutadoras ora a la ra, bien a las calles que desembocaban en el
muelle. Los seores no aparecan y la marea ya haba bajado dos pies y
medio. Alguno de los marineros expresaba sus impresiones desagradables
por la tardanza con un rugido no bastante _fashionable_. ltimamente
apareci un grupo abigarrado de damas y caballeros, donde predominaban
los sombreros de paja y las manteletas encarnadas, y el viejo lobo
marino que acababa de jurar como un carretero, blasfem otra vez de puro
satisfecho y coloc una tabla entre el atracadero y la fala para que
pasase la gente. El primero que salt fue don Mariano. La fala se
inclin blandamente sobre un costado al recibir el peso de su amo, como
si le hiciese una reverencia cariosa. Las nias todas, incluyendo por
supuesto a las seoritas de Delgado, fueron saltando despus, apoyadas
en la atltica mano de don Mariano; los caballeros las siguieron. Una
vez llena la primera fala, pasose a cargar la segunda, que a su vez no
tard tambin en llenarse. En la primera iban, entre otras personas
distinguidas, las dos seoritas de Delgado con su hermana la viuda, que
iba autorizndolas con su presencia; las de Merino con su hermano
Bonifacio, el ms complaciente de todos los hermanos; tres o cuatro
oficiales de la Fbrica, don Mariano, don Mximo, Martita y Ricardo.
Mara no iba por impedrselo el hbito que haba ofrecido con voto de no
asistir a ninguna fiesta. Tampoco los achaques de doa Gertrudis la
dejaban tomar parte en la excursin. En la segunda se hallaba ya bien
acomodada nuestra amiga, la simptica y vivaracha seorita de Mory,
escrutada de cerca por los ojos saltones del ilustrado Isidorito.
Tambin pudimos distinguir entre otras una jovencita muy linda llamada
Rosario, con quien el pollo que est a su lado no haba podido bailar la
noche del sarao de Elorza a causa de la guerra que el pianista tena
declarada a las mazurcas. Los marineros iban ya a zafar los cables para
emprender la marcha, cuando de una de las falas sali una voz
preguntando:

--Y las de Ciudad?

Faltaban las de Ciudad. Don Mariano y el mdico de la Sanidad quedaron
consternados al or este nombre que envolva un guarismo tan respetable.
Antes de que pudieran salir de su consternacin ya haban aparecido por
una de las bocacalles del muelle las seis seoritas acompaadas por su
pap, su mam, el ingeniero Surez y dos hermanitos de menor edad. En
las falas ya era imposible acomodar tanta gente: fue necesario buscar
otra y tripularla con los primeros marineros que se hallaron, entre lo
cual se perdi un tiempo precioso. Mas al fin, como todo se arregla en
este mundo menos la muerte, las seoritas de Ciudad con sus adyacentes
quedaron bien empaquetadas en una embarcacin destinada a la pesca, y el
patrn de la Sanidad pudo dar seal de marcha. Los doce remos de las
falas empezaron a caer acompasadamente en el agua con chapoteo
lnguido, como brazos que se esperezan.

La superficie de la ra estaba tersa, inmvil y brillante, como la de un
espejo: la luz proyectaba sobre ella algunas extensas manchas argentadas
hacia el centro y otras obscuras en los bordes. El cielo se presentaba
velado por un levsimo toldo de nubes que hacan soberbia competencia a
los quitasoles y sombreros de las seoras. Slo una tenue brisa cargada
con los acres olores de los pinos de la orilla vena a besar tmidamente
la espalda turgente de las aguas y los cuellos no menos turgentes y
frescos de las seoras. No era todava una brisa legtimamente marinera
sino mestiza, con las cualidades de mar y tierra.

Los remos cobraron al fin toda su agilidad y removieron airados con sus
palmas el cristal de las aguas, produciendo en ellas remolinos fugaces y
espumosos. Todos los semblantes expresaban la cndida alegra que
comunica el movimiento y el espectculo siempre nuevo y hermoso de la
naturaleza. Las jvenes inclinadas sobre el carel de la embarcacin
sumergan con deleite las manos en el agua, dejndola deslizarse con
ruido entre sus blancos dedos ceidos de sortijas, charlaban, gritaban,
rean y se apostrofaban de una embarcacin a otra. Los muchachos les
salpicaban el rostro con los bastones y se inclinaban de repente sobre
un costado para asustarlas, complacindose grandemente con sus gritos
desesperados. Todo era ruido y algazara en la diminuta escuadrilla.
Segn avanzaba hacia El Moral, las cualidades marineras de la brisa
fueron sobrepujando a las terrestres: se hizo ms intensa, llegando
hasta soplar con violencia en algunos parajes, cuando las falas
pasaban frente a alguna caada formada por las colinas o lomas que
cerraban la cuenca de la ra. Las cintas de los sombreros, los
gallardetes de los palos de popa, los pauelos y las corbatas comenzaron
a tremolar vivamente. Los viajeros sintieron el dulce ensordecimiento
que produce el viento agudo del mar, nutrido de sales. Algunos pajaritos
acuticos de poca importancia salieron de una de las orillas y pasaron
volando sobre las falas, lo cual fue causa para que don Serapio, en un
rapto de entusiasmo martimo, se pusiese en pie sobre la popa y agarrado
al palo de la bandera entonase como un energmeno la cancin que
empieza:

    _Al ver en la inmensa llanura del mar
    Las aves marinas con rumbo hacia ac,
    siguiendo envidioso su vuelo fugaz,_ etctera.

Si la ra pudiera ruborizarse no dejara de hacerlo al orse calificar
tan hiperblicamente de _inmensa llanura_, si no es que creyndolo broma
de mal gnero lo echase a mala parte y se enojase seriamente. De todos
modos, el viento se encarg de vengarla arrebatando de improviso el
sombrero del inspirado cantante y cortando el arroyuelo, por no decir el
torrente, de su voz. La fala que vena detrs lo recogi y lo entreg
muy bien remojadito a su dueo, que no manifest deseos por el momento
de seguir apostrofando a las aves marinas.

La escuadrilla continuaba acercndose al puado de casas de El Moral,
que distaban de Nieva legua y media prximamente. La villa se iba
alejando cada vez ms de nuestros viajeros, ofreciendo a sus ojos un
espectculo hermoso. Estaba asentada en la misma falda de una montaa no
muy elevada, guarnecida por todos lados de huertas frondosas y bosques
de laurel y naranjo. Su blanco casero pareca colocado en tal sitio por
una mano de artista amiga de combinar los recursos de la naturaleza para
producir la emocin esttica, como dira un revistero de teatros. La
blancura deslumbrante de la villa resaltaba sobre el verde obscuro de la
montaa como un gran pedazo de nieve desprendido de la cspide. La
sbana argentada de la ra extendindose a sus pies esperaba inmvil y
sumisa que viniera a caer en su seno. Las suaves colinas vestidas de
pinos que bordeaban las orillas y que nuestros viajeros iban dejando
atrs una en pos de otra semejaban lomos erizados de animales
monstruosos y fantsticos.

Las conversaciones de fala a fala fueron cesando. Las embarcaciones
recobraron su autonoma viviendo para s. Oigamos algo de lo que se
charlaba en ellas.

EN LA FALA DE ELORZA.--Yo soy muy viejo, don Mximo, pero cuento que
mis hijas han de ver esta ra perfectamente canalizada. La cantidad de
agua que penetra por la boca del puerto es capaz de producir, si no
estuviese diseminada, un fondo suficiente para los buques de ms calado.
La cuestin es encauzarla. Y cmo se consigue esto? Pues ha de ser
forzosamente por medio de dos escolleras paralelas que arranquen en la
misma barra y vengan a parar a Nieva. El agua, lo mismo en el flujo que
en el reflujo, pasar entre ellas con mayor velocidad trabajando sobre
el fondo hasta profundizarlo. Poco a poco el espacio comprendido entre
el canal y las orillas ir quedando en seco y podr sanearse fcilmente.
Una vez saneados estos grandes espacios, no dudo que por ellos se ha de
extender la poblacin de Nieva a orillas del hermoso canal, que se ver
surcado constantemente por toda clase de embarcaciones. La moderna villa
fundada en una planicie tan dilatada tendr seguramente sus calles
trazadas a cordel como las de las ciudades americanas y magnficos
muelles. Pero el verdadero puerto no puede ser aqu, sino en el
surgidero de los arenales... Muy pronto pasaremos por delante de l...
Es un sitio abrigado y extenso donde puede maniobrar una escuadra
entera... Hoy tiene poca profundidad, lo s perfectamente, pero el fondo
es de arena y sabe usted que con las mquinas poderosas de dragar que
hay ahora en muy poco tiempo se le puede dar dos o tres metros ms de
calado... Entonces Nieva ser el puerto ms importante del Cantbrico.
La mayor parte de nuestros productos mineros se exportarn por l,
porque la drsena de Sarri es muy chica y no hay posibilidad de darle
ms amplitud. En vez de ir a los puertos franceses a pasar el verano,
los espaoles vendrn a estas hermosas provincias del Norte,
abandonadas hoy por falta de vas de comunicacin... Qu Biarritz se
puede comparar en el verano a estos sitios frescos y deliciosos? Qu
playa de Arcachn puede sostener la competencia con las nuestras de
Miramar y las Huelgas?...

A BORDO DE LA SANIDAD.--Hoy he dormido perfectamente despus de una
porcin de noches que llevo sin pegar apenas los ojos--dijo la seorita
de Mory a su amiga Rosario que estaba sentada a su lado--. No s qu
tengo hace algn tiempo... Me siento nerviosa... Me duele la cabeza al
levantarme de la cama... Yo creo que necesito refrescarme.

--Tal vez necesite usted refrescar el corazn, seorita--se aventur a
decir Isidorito con el rostro espantosamente contrado por una sonrisa.

--No saba yo que se despachasen tambin en la botica refrescos para el
corazn--repuso la joven con gesto desdeoso, dirigiendo sus palabras a
Rosario.

--Oh! no, seorita; en la botica no. El corazn no se cura con los
preparados de la teraputica ordinaria ni con ninguna frmula de la
farmacopea, porque tiene, aparte de su naturaleza fsica semejante a la
de las dems vsceras, otra naturaleza puramente espiritual en el uso
corriente de la conversacin, que no puede ser influida sino por
medicamentos morales. Al decir que tal vez necesitase usted refrescar el
corazn quera indicar que acaso convendra que usted desterrase de l
ciertas preocupaciones de carcter amoroso que algunas veces lo suelen
alterar.

--No tengo esas preocupaciones que usted dice, ni pienso en tenerlas,
por ahora, Dios mediante--respondi la seorita con el mismo gesto
desabrido y dirigindose siempre a Rosario.

--No puede usted afirmar eso de un modo tan categrico.

--Pues?

--Porque en la edad que usted tiene es muy difcil, por no decir
imposible, sondar las profundidades del espritu y escudriar todos sus
pliegues. Frecuentemente las impresiones se introducen en nuestra alma
de un modo subrepticio, sin que nos demos cuenta de ello; empiezan
siendo vagas y fugitivas y por lo mismo pasan inadvertidas; pero
lentamente van tomando cuerpo, hacindose fuertes, y concluyen por
apoderarse de la persona y gobernarla a su talante. Entonces pasan a la
categora de pasiones.

--Pues yo s perfectamente lo que siento y lo que no siento.

--Oh! no, seorita; permtame usted que le diga que no lo puede saber.

--Hombre, tiene gracia! No he de saber yo lo que siento?... Pues
entonces lo sabr usted...

--Quiz lo sepa mejor. La observacin de s mismo, segn todos los
filsofos y moralistas, es ms difcil que la de los dems, y son pocos
los que logran conocerse bien. Por otra parte, la juventud es
irreflexiva de suyo y, sobre todo, las mujeres no saben darse cuenta
cabal de sus inclinaciones y de las vagas emociones que cruzan por su
corazn.

--Mire usted; las mujeres son como Dios las cri, y los hombres tambin.

--No lo dudo; pero Dios las ha criado as, con una capacidad sensitiva
(si vale expresarse de esta suerte) ms viva y delicada que la de los
hombres. Se puede decir que han nacido exclusivamente para el amor y que
el amor debe llenar su existencia. El amor y las consecuencias que de l
se desprenden constituyen el primer fin de la unin conyugal o sea del
matrimonio. Tal es lo que se encuentra establecido en todas las
legislaciones y muy particularmente en la cannica, que es la fuente ms
pura de todas ellas. La mujer, por consiguiente, obra ms bien impulsada
por la fantasa y el sentimiento, que por la razn...

--Jess, cuntas cosas sabe Isidorito de las pobres mujeres!--exclam
la seorita de Mory en tono entre irritado y burln.

El fiscal municipal qued un poco acortado, pero al cabo prosigui
diciendo sin dejar la seudosonrisa que le atormentaba la cara:

--Siendo, por tanto, el amor el mvil ms poderoso, por no decir el
nico, de la vida de la mujer, nada tiene de particular que haya
supuesto que una joven como usted se encuentre agitada por ese
sentimiento omnipotente y pague tributo a lo que constituye una ley
indeclinable de la vida. Vea usted ahora cmo no andaba descaminado al
afirmar que tal vez necesitase usted refrescar el corazn o, lo que es
igual, aligerarlo de alguna impresin demasiado punzante.

--Ay Dios, qu pesado!--dijo la seorita de Mory en voz baja; y en alta
voz repuso--: Pues se equivoca usted de medio a medio, Isidorito; nada
me pincha ni me punza por ahora.

--Permtame usted que lo dude.

--Es usted muy dueo de dudarlo, pero le aseguro que lo s de muy buena
tinta.

--De todos modos, en buena lgica, por ms que usted asegure lo
contrario, no hay posibilidad de sostener una afirmacin semejante. No
slo la razn y el buen sentido se oponen a ello, sino que de la
observacin ms superficial de los hechos resulta: primero, que el amor
es un sentimiento natural y constante en las jvenes; segundo, que en
usted no existen motivos para sustraerse a l, y tercero, que el hecho
de dormir poco y agitadamente hace muy verosmil la suposicin de que
usted se encuentra enamorada.

La seorita de Mory se encogi de hombros, hizo una mueca desdeosa con
los labios y sin dignarse responder entabl conversacin con su amiga
Rosario.

Isidorito haba triunfado, como siempre, de su contrario. Porque para el
joven fiscal la mujer con quien hablara era su contrario y se crea en
el caso de envolverla en los pliegues de su lgica y estrecharla de
cerca hasta que la renda lo mismo que a un litigante rebelde. De este
modo pensaba captarse la admiracin y el respeto del sexo femenino. Mas
el sexo femenino (dicho sea en su desdoro) no slo no admiraba a
Isidorito por su lgica contundente, por su formalidad y por sus vastos
conocimientos jurdicos, sino que le miraba con marcada ojeriza y hua
su conversacin cual si se tratase de un ruido enfadoso.

La seorita de Mory, con quien haba sostenido controversias reidsimas
sobre la naturaleza del amor y la amistad, las dulzuras del recuerdo,
las amarguras del olvido, la simpata y todo lo dems referente al
corazn, en las cuales siempre sala, por de contado, victorioso, haba
llegado a aborrecerle de muerte. As que nuestro sensato joven se
hallaba a ms de cien leguas de los tres mil duros de renta de la
graciosa heredera cuando crea estar tocndolos ya con la punta de los
dedos. Su formalidad jams desmentida, su elocuencia reposada y serena,
sus levitas prolongadas, sus ideas de orden y su jurisprudencia se
haban estrellado contra una prevencin tan cruel como injustificada.

EN LA FALA DE LAS DE CIUDAD.--Mara Julia, Consuelo, mirad qu _bonito
hace_ el agua metiendo la mano dentro!

--Lindsimo!

--Se va usted a mojar el vestido, Amparo.

--Mire usted qu penachitos blancos tan monos salen por entre los
dedos, Surez!

--Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido.

--Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya est bien...
Mire usted, mire usted...

--Todava me parece que se moja... Levntela usted un poquito ms...

--Ms?

--S.

--Pero me voy a descubrir todo el brazo!

--Qu importa!

--Tiene usted razn; el tiempo no est para constiparse. Ahora me parece
que ya queda bien... Huy, qu fra est el agua!... En la mano no se
nota, pero en los brazos!... Mire usted, mire usted cmo salta...
Poniendo la palma de la mano contra la corriente se sube por el brazo
arriba... No ve usted qu hermosa y transparente est hoy?...

--Hablando con franqueza le dir--murmur el ingeniero al odo de
Amparo--que en este momento me llama ms la atencin su lindo brazo.

--Si no se calla usted, pcaro, le sacudo el agua en la cara--manifest
la nia en medio de castas contorsiones.

--Aunque usted me echase a la ra lo seguira diciendo... Yo soy artista
ante todo, ya lo sabe usted... Nada hay tan hermoso como la forma
humana... cuando es hermosa; y ese brazo sostiene la competencia con los
ms acabados modelos del arte escultrico.

--Vamos, no sea usted bromista... Mi brazo es como otro brazo
cualquiera... Lo que hay es que ya voy sintiendo fro en l... Caramba
con el agua! Pareca tan templadita al principio!... Y cmo se va
enfriando poco a poco hasta que se le mete a una por los huesos!...

--Squelo usted, squelo usted... Vamos a secarlo.

Y Amparito lo sac, en efecto, del agua, y lo entreg inocentemente al
ingeniero, que se puso a secarlo con el pauelo, prodigndole cuidados
exquisitos y diciendo al mismo tiempo:

--Pero qu brazo tan precioso tiene usted, Amparito!... Qu
blancura!... Qu cutis delicado!... Y qu bien torneado sobre todo!...
El brazo de la mujer ha de ser as..., redondo y fino, como el de la
Venus de Mdicis... La disminucin hacia la mueca debe ser gradual y
proporcionada... La verdad es que si el resto del cuerpo corresponde al
brazo, es usted una de las mujeres mejor formadas que un artista puede
apetecer para modelo... Las mujeres bien hechas son ahora bastante
escasas. A esto se debe la decadencia de la escultura, segn los
crticos. Si hubiera muchas como usted, no podran decir eso,
seguramente... Qu brazo, qu brazo tan lindo!... No puede usted
figurarse el placer que siento al tener una obra tal de arte entre las
manos...

El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la nia, lo
manoseaba tanto, que el seor de Ciudad, que contemplaba la operacin
desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono
colrico:

--Amparo, quieres bajarte esa manga?... Chicuela ms tonta!...

La nia se ruboriz y baj la manga. El ingeniero, no pudiendo
desenvolver sus teoras artsticas con el modelo a la vista, renunci
por algn tiempo al uso de la palabra.

Las falas estaban ya delante de los Arenales. El sol haba conseguido
hacer algunos agujeros en el toldo nubloso y amenazaba desgarrarlo por
completo en plazo ms o menos breve. El manojo de rayos que por estos
agujeros caa sobre los montecillos de arena, hacalos brillar como
enormes pepitas de oro derramando sus resplandores sobre toda la
extensin de la sbana de agua. A veces, cuando los rayos del sol
fenecan momentneamente por la interposicin de alguna nube, los
resplandores se apagaban y la arena tomaba los matices grises y dorados
de las telas amarillas de seda. Los viajeros convinieron todos en que
aquellos arenales daban una idea bastante aproximada de los desiertos de
frica, y don Mariano expres la opinin de que sera muy fcil fijar la
arena por medio del esparto y otras plantas adecuadas y convertirlos
pronto en magnficos bosques de pinos.

El valle, que en la mitad del camino se abra adquiriendo mayor
amplitud, tornaba a cerrarse al llegar al Moral. Las aguas se mostraban
ms inquietas, revelando la proximidad del mar. Las colinas que
protegan el pueblecillo con sus faldas pedregosas y sus cimas desnudas
y tristes, tambin lo anunciaban. Empezaba a sentirse el hlito del
monstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ra y
escuchbase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entraas. Las
falas tropezaban aqu y all con algunos pauelos de espuma que venan
rodando sobre el agua como jirones desgarrados del manto de algn dios
que hubiese combatido toda la noche con los monstruos del ocano.

Llegaron al Moral. Don Mariano les tena preparado un suculento
refrigerio dentro de un vasto almacn que all posea, y la numerosa
comitiva demostr una vez ms que los aires del mar son el ms excelente
aperitivo para todos los estmagos. Cuando hubieron dado buena cuenta de
l y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para continuar su
excursin. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto, por
donde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobre
una eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas para
aprovechar el viento fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once de
la maana. El toldo nubloso se haba replegado enteramente sobre el
horizonte, mostrando al descubierto un hermoso cielo difano y azul,
donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.

El mar se despleg ante los ojos de nuestros viajeros como una mancha
azul, enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celeste
para recoger su luz y su armona. Sobre esta mancha azul la madeja
luminosa del sol haca brillar otra de plata poblada de luces trmulas y
chispeantes que se extenda en lnea recta hacia el Occidente. En cada
una de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos del
astro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse y
confundirse con las dems en cabrilleo incesante semejaba la ebullicin
monstruosa y fantstica de los tesoros ocultos en el fondo del ocano.
Los viajeros siguieron con la vista aquella lnea argentada sin
desplegar los labios por un buen espacio, gustando la impresin
profundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el alma.
Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvados y confusos
por el exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ra, a unas
cinco millas de la costa. En torno de ella percibanse grandes jirones
de espuma que crecan y menguaban alternativamente cindola de un
blanco cinturn de encaje. El viento soplaba recio, pero franco y
benigno, porque tena espacio donde extenderse. Las tres falas con las
velas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras tantas
gaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos geman
en los agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo el
soplo de la brisa, inclinando las embarcaciones harto ms de lo que
desearan las seoras. El agua al dejar paso se rompa, produciendo un
garganteo flautado que sonaba en la proa, deslizndose despus por ambos
costados con rumor de sedera que se despliega.

Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto martimo, y
sujetando el sombrero con una mano y accionando dramticamente con la
otra, cant:

    Dichoso aquel que tiene
    su casa a flote
    y a quien el mar le mece
    su camarote.

La voz indefinible del fabricante de conservas tuvo el honor de unirse
al eterno concierto de los mares, como uno de tantos ruidos de olas que
chocan o piedras que se arrastran. El viento no quiso encargarse de
llevarla a veinte varas de distancia siquiera.

Las falas al resbalar sobre la espalda turgente de las olas suban y
bajaban con movimiento blando y perezoso, que agrad en un principio a
los pasajeros. Se dejaban columpiar dulcemente; cerraban los ojos con
sonrisa voluptuosa y feliz, entregndose de nuevo a los sueos vagos y
poticos que la brisa del mar despertaba en su mente. Quin haba de
decir, ay!, que los que tan gratamente soaban y se mecan en un mundo
risueo de fantasmas vaporosos y doradas ilusiones se haban de ver a
los pocos minutos con la cabeza tristemente inclinada sobre el mar, el
cuello apoyado en el carel como si fuese un tajo, el rostro lvido y los
ojos fijos en el agua, cual si tratasen de escrutar los arcanos del
ocano! Oh terrible instabilidad de las cosas humanas!

Pero qu pasaba en la fala de la Sanidad para que diese la vuelta y se
apartase de sus compaeras? Un suceso imprevisto y muy enojoso
ciertamente. A Isidorito le haba hecho dao el almuerzo. Al poco rato
de salir del Moral empez a quedarse plido y silencioso, sin que nadie
lo echase de ver, hasta que la palidez subi tanto de punto que
realmente pareca un cadver. Entonces se crey que era mareo y le
mandaron meter los dedos en la boca; pero el fiscal municipal, harto
bien al corriente de la tragedia que en aquel momento se representaba en
su estmago, no quiso hacerlo y suplic humildemente que si era posible
diesen la vuelta y lo dejasen en tierra. Todos quedaron estupefactos
ante aquella proposicin, y la fala prosigui su rauda marcha, como si
no la hubiese odo. Mas al cabo de un rato, Isidorito la formul de un
modo ms enrgico y los marineros se vieron precisados a contestar que,
aunque no imposible, el tocar en tierra otra vez les hara perder una
hora de tiempo. Pas otro rato. Isidorito se levant de improviso con el
rostro desencajado y extendiendo su diestra hacia la tierra, exclam con
voz poderosa y angustiada:--Vuelta, vuelta por Dios, o me arrojo al
agua!--Entonces la fala, no queriendo ser cmplice de un suicidio, gir
sobre s misma, dej caer la vela, y echando los remos al agua, comenz
a caminar lo ms velozmente que pudo al punto ms cercano de la costa.
Hay datos, no obstante, para creer que el distinguido jurisconsulto no
lleg a tierra con suficiente oportunidad. La seorita de Mory se crey
bastante vengada de las muchas molestias que su inflexible lgica le
haba ocasionado.




X

SIGUE LA EXCURSIN


En tanto el ocano, indiferente a las risas y a las angustias de
aquellos insectillos que rozaban su bruida epidermis, reverberaba el
incendio del sol en toda su intensidad, gozando este placer augusto con
el mismo sosiego que en los primeros das del mundo. La luz ya poda
espaciarse libremente sobre su llanura hmeda corriendo leguas y leguas
en un segundo, lanzando sus llamaradas a los ltimos confines del
horizonte o recogindolas de pronto en haz resplandeciente; ya poda
jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tmidamente el
espejo difano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o
dejarse caer desmayada con lnguido y voluptuoso estremecimiento que se
perda entre los pliegues de las olas. Nada consegua alterar la paz
solemne de su corazn ni hacerle emitir una nota ms grave o ms aguda
en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del
universo.

Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisin, negros y adustos
como si acabasen de salir de un gran incendio. Segn se iban acercando a
ella, el blanco cinturn, que desde lejos pareca ceirla, rompase en
mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de
muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peas que se
desgajan, vena de all indicando a nuestros viajeros que se acercaban
al trmino de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por
fin, no sin algn trabajo, a su peascosa costa. Despus necesitaron
subir por estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, para
encontrarse al fin en tierra firme y llana. La Isla no mereca este
nombre. Era un islote de dos o tres kilmetros de extensin, propiedad
de don Mariano de Elorza, que slo la utilizaba para cazar de vez en
cuando y traer de all todos los aos algunos centenares de huevos de
gaviota. Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte
vestida de tojo, donde las liebres y los conejos tenan su guarida. Por
casi todos lados ofreca espantosos precipicios sobre el mar, que la
bata incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades
de las rocas que la circundaban. Don Mariano haba edificado en el
centro una casita para guarecerse, a la cual haba ido aadiendo poco a
poco algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso saln, un
comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tena bastante bien
amueblada y circuda de un jardincito donde crecan de mala gana algunos
rboles de adorno.

Mientras se dispona la comida y llegaba la fala de la Sanidad, que
haba ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un rido
paraje de la costa, seoras y caballeros se diseminaron, dedicndose a
la caza o a la pesca, segn las aficiones y aptitudes de cada cual.
Empezaron a sonar tiros aqu y all, demostrando que los conejos, que se
haban propagado en progresin geomtrica, sufran la ley de represin
descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenan instintos
sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los
precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde sola
cruzar la vela de algn barco. Otros estudiaban la flora arrancando
hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendra
a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo
estuvo arreglado, don Mariano lo notific por medio de sus criados, y
unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y
entraron en el saln, donde se haba improvisado una esplndida mesa
atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido cost
sentar a tanta gente; pero al fin se consigui gracias a la actividad
del dueo de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traa el
pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del
sarao celebrado con motivo del santo de doa Gertrudis.

La comida fue digna del anfitrin. Ningn refinamiento gastronmico se
echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginacin
familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la
mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla
desierta, como se deca en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada
comensal tena frente a s cinco o seis copas, que dos criados se
encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, segn los
manjares que se servan. A nadie sorprender, pues, que al terminarse la
comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos
elocuentsimos y acompaados de gritos, bravos y felicitaciones de todo
gnero al orador. Don Mximo los rompi con unas cuantas frases bastante
mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,
a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores
alcanzarn en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador
concluy por verter lgrimas copiosas, embargado por tan fnebres
consideraciones. No falt, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que
la _papalina_ de don Mximo era la menos divertida que jams haba
visto. Pronunci despus el ingeniero Surez, con frase correcta y
atildada, un discurso enderezado a preconizar la importancia que la
mujer tena en la actual civilizacin y las saludables modificaciones
que merced a su influjo se haban obtenido en las costumbres de los
pueblos modernos; hizo un elogio tan brillante como acabado de sus
actitudes artsticas, declarndolas muy superiores a las del hombre;
habl tambin de sus perfecciones fsicas, entretenindose con mucha
complacencia a enumerarlas, y termin brindando incondicionalmente por
la obra ms bella y primorosa de la creacin, por la eterna y dulce
compaera del hombre. Las seoritas de Ciudad batieron palmas.
Inmediatamente se levant don Serapio, y con lengua bastante gorda
propuso en trminos concretos que el brillante concurso que le escuchaba
se estableciese definitivamente en la Isla, a fin de poblarla, invitando
a cada uno de los presentes a buscar lo ms pronto posible pareja. La
circunstancia de hacer un guio tan malicioso como grosero a una de las
criadas que servan la mesa, al terminar su invitacin, despert contra
l una tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar
satisfactoriamente su conducta, don Serapio se fue muy incomodado a dar
una vuelta por la cocina. Al poco rato son all una bofetada.

Siguieron los brindis, cada vez ms acalorados y tempestuosos, de tal
modo que nadie se entenda. Uno de los ms celebrados fue el de Martita,
quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, haba bebido tres
copas de champagne y no saba lo que le pasaba. La pobre nia, tan
reservada y silenciosa por temperamento, empez a charlar por los codos,
dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las acogan con
regocijo y aplauso. Cuando una seora le dijo que estaba borracha, se
puso muy seria y afirm que slo estaba un poco alegre, lo cual nada
tena de particular teniendo en cuenta sus pocos aos. Esta salida hizo
rer a los convidados. Los vapores del champagne haban coloreado sus
mejillas fuertemente y le producan alguna sofocacin. Mientras hablaba
no cesaba de darse aire con el pauelo. Sus ojos, tan fijos y serenos
ordinariamente, haban adquirido singular movilidad y cierto brillo
malicioso que consigui llamar la atencin de Surez el ingeniero. El
mismo timbre de la voz se le haba modificado de un modo notable,
hacindose ms grave y firme. Pareca que se operaba en ella una
anticipacin artificial y momentnea de la plenitud del sexo.

Cuando concluyeron de disparatar, don Mariano hizo que sacaran las mesas
del saln, para que bailasen los jvenes. Un piano, jubilado por su
respetable ancianidad en aquel retiro, fue el que marc con voz cascada
el comps de una mazurca. Como era de esperar, el baile perdi al
instante toda gravedad y ceremonia y se convirti en torbellino de
saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de
pronto:

--No puedo soportar este calor: quieres que salgamos un poco a tomar el
fresco?

--Vamos; yo tambin estoy muy sofocado.

Cuando estuvieron en el jardn, le dijo:

--Si quisieras hacer conmigo una expedicin, te llevara a un sitio que
no conoce aqu nadie ms que pap y yo; una playa oculta entre las
rocas. Hasta que se est en ella no se la ve... Es un sitio precioso...

--Vaya si quiero! Demasiado sabes la aficin que tengo a los pasajes,
y sobre todo a los del mar... Por dnde se va?

--Sgueme..., ya vers.

Marta emprendi la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos
de la casa y Ricardo la sigui. Vesta la nia un traje azul marino, con
adornos de encaje blanco, y en la cabeza llevaba sombrero de paja
adornado con una guirnalda de campanillas rojas.

--Despus que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.

--De veras?

--Ya vers, ya vers.

En efecto, as que estuvieron en el bosque y caminaron algn tiempo por
l, tropezaron con una cueva tapada a medias por los rboles y la
maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos
segundos desapareci. Ricardo qued un instante parado y altamente
sorprendido; pero una fresca carcajada que son dentro le sac de su
estupor.

--Qu es eso; no te atreves a entrar, cobarde?

--Pero chica, no ves que puedes hacerte dao?

--Entre usted, bravo guerrero!

--Bien..., ya que te empeas...

Cuando se haba unido a Marta observ que la cueva se abra bastante y
estaba tapizada de arena.

--Oh, no pens que era tan grande y cmoda!

--Bueno; pues ahora sgueme.

--Adnde?

--Qu preguntn eres!... Ya lo sabrs, hombre; ya lo sabrs.

Entr por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo ms obscura,
seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada
instante verla caer o chocar con algn obstculo. Al cabo de poco tiempo
borrose la silueta de la nia en el fondo obscuro de la caverna, y
Ricardo se hall en verdaderas tinieblas.

--No tengas cuidado: sigue, que no te pasar nada... Ir hablando para
que camines en direccin de la voz... Si quieres que te d la mano, te
la dar... No?..., bueno, no te quedes atrs... Dentro de muy poco
tiempo empezars a bajar..., pero es una pendiente suave... Lo ves?...
No te quejars del suelo..., aunque uno se cayese no se hara mucho
dao... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclnate a la
derecha, que el camino hace ahora una revuelta... Ea, ya tenemos
claridad!

Un punto luminoso se vea efectivamente a los pies de nuestros jvenes a
unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvi a romper las
tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el
agujero. Oyose en la cueva un sordo y prolongado rumor que haca
sospechar la proximidad del ocano. A los pocos minutos salan a la luz.

Ricardo qued extasiado ante el espectculo que se ofreci a su vista.
Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altsimos
peascos cortados a pico. Pareca imposible salir de ella sin arrojarse
a las olas, que venan majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su
dorada arena festonendola con sbanas de espuma. Nuestros jvenes
avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,
embargados por la emocin, aquel misterioso retiro del ocano que
semejaba un locutorio escondido y amable donde vena a contar sus
profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, haca
brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive
suave. Se pasaban los meses y los aos sin que la planta de un hombre
imprimiese su huella en l. Los altos muros negros y carcomidos, que
cerraban en semicrculo la playa, esparcan sobre ella silencio triste.
Slo el grito de algn pjaro marino, al cruzar de un peasco a otro,
turbaba la eterna y misteriosa pltica del mar.

Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,
dominados por el respeto y la admiracin. Segn caminaban, la arena se
iba haciendo ms blanda; las huellas de sus pies se llenaban
inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecan y
que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparan si
se pusiesen debajo. Venan graves, firmes, imponentes hacia ellos, como
si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre
sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer
en tierra desmayadas, expresando su pesar con un rugido inmenso y
prolongado. Los torrentes de espuma que salan de su ruina venan
extendindose y resbalando por la arena a besarles los pies.

Al cabo de algn tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintiose
turbada. Crey advertir en ellas cada vez ms ansia de tragarla y que
expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedi un
poco y tom la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la
embargaba. La sbana de espuma que las olas extendan, en vez de
besarla, pensaba que le morda los pies. Al replegarse de nuevo con
aspiracin gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla
quin sabe adnde.

--No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?

--Crees, acaso, que van a llegar adonde estamos nosotros?

--No s..., pero se me figura que nos vamos deslizando
insensiblemente... y que concluirn por taparnos.

--Pierde cuidado, preciosa--dijo echndole un brazo sobre el hombro y
atrayndola suavemente hacia s--; ni las olas suben, ni nosotros
bajamos... Tienes miedo a morir?

--Oh, no; ahora no!--exclam la nia en voz apenas perceptible,
estrechndose ms contra su amigo.

Ricardo no oy esta exclamacin. Segua con la vista atentamente la
marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra
columna de humo.

Al cabo de un rato quiso anudar la conversacin.

--De veras tienes miedo a la muerte? Oh!, haces bien... Hoy el mundo
guarda para ti su sonrisa ms amable... Ni una sola nube oscurece el
cielo de tu vida... Dios quiera que no llegues a desearla nunca!

--Y t, tienes miedo, di?

--Unas veces s y otras veces no.

--En este momento lo tienes?

--Ah, qu curiosilla eres!--exclam volviendo hacia ella su cara
sonriente--. No; en este momento, no.

--Por qu?

--Porque si el mar nos tragase, moriramos los dos juntos, y yendo en
tan amable compaa, qu me importa dejar este mundo!

La nia le mir un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados
por una sonrisa galante y protectora. Separose de l bruscamente y,
volvindole la espalda, se puso a caminar por la playa rozando los
dominios de las olas.

El vapor iba a ocultarse ya detrs de uno de los cabos como un guerrero
fantstico que caminase dentro del agua, asomando solamente el penacho
de su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fue a unirse a su futura
hermana, que no pareci advertir su presencia, enteramente abismada en
la contemplacin del ocano. No obstante, al cabo de un rato volviose de
improviso y le dijo:

--Te atreves a ir conmigo a la pea que se ve all abajo, a la derecha?

--No tengo ningn inconveniente; pero te prevengo que est subiendo la
marea y que esa pea quedar rodeada de agua antes de una hora.

--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.

Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peascos de la costa,
llenos de charcos y tapizados de algas, donde corran grave riesgo de
resbalar, llegaron a la pea, que avanzaba buen trecho dentro del mar.

--Sentmonos--dijo Marta--. Cunto mar se ve desde aqu!, no es
cierto?

Ricardo se sent a su lado y ambos contemplaron la hmeda llanura que se
extenda a sus pies. Cerca de ellos ofreca un color verde oscuro. A lo
lejos era azul. All, en el centro, la gran mancha de plata segua
resplandeciendo con vivos destellos reflejando el diseo del disco del
sol. De los profundos senos lquidos de aquel infinito sala una msica
grave, pero insinuante, que empez a sonar como caricia paternal en los
odos de nuestros jvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en
los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus
olas llegaba tena una frialdad grata que les refrescaba las sienes y
las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazn y
lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.

Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza del
ocano con un sentimiento humilde de su pequeez y con vago deseo de
participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y
otra vez, sin fatigarse nunca, por la lnea indecisa del horizonte, que
les revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta
de ello, por un movimiento instintivo, se haban acercado de nuevo uno a
otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que ruga a
sus pies. Ricardo haba pasado un brazo en torno de la cintura de la
nia y la tena sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.

Al cabo de mucho tiempo, Marta volvi su rostro encendido hacia l y le
dijo con voz conmovida:

--Dime, me dejas apoyar la cabeza en tu pecho? Tengo unas ganas de
llorar!

Ricardo la mir con sorpresa y atrayndola dulcemente hacia s la acost
sobre su regazo. La nia le dio las gracias con una sonrisa.

--Te encuentras bien ahora?

--Oh, s; muy bien, muy bien!

--Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?

--No, no quiero dormir... Djame..., no me hables..., si supieras qu
bien me encuentro!

Ricardo sonri satisfecho y le acarici la cara como a un nio.

El agua bata la pea donde se hallaban, salpicndoles de espuma y
entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca,
que pareca hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban
por ellas despertaban en su seno extraos y confusos rumores, que unas
veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos
profundos de un rgano.

Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al
cielo, haca rodar sus grandes y lmpidos ojos continuamente por la
bveda azul, con el odo atento a los graves rumores que debajo de ella
sonaban. El viento fresco del mar no haba conseguido an apagar el
ardor de sus mejillas.

--Atiende!--dijo de pronto--. No oyes?...

--Qu?

--No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?

Ricardo atendi un instante.

--No oigo nada.

--No; ya ha cesado... Aguarda un poco... No lo oyes ahora?... S, s,
no cabe duda..., en las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...

--No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraos...
Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?

--No, no!--exclam con sobresalto--. Estate quieto... Si te movieses
ahora me haras mucho dao...

La gran mancha de plata se extenda cada vez ms por el mbito del
ocano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el
horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara,
anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse
enteramente en el azul claro del firmamento. La pea donde se hallaban
extenda tambin su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba
trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y
la brisa soplaba dulcemente como el hlito perezoso del que se prepara a
dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de
las aguas. En las cavernas de la roca, Marta dej de percibir el grito
acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se haban ido
cambiando lentamente en un _glu glu_ suave y lnguido.

--No te duermes?--volvi a preguntar Ricardo.

--Ya te he dicho que no quiero dormirme... Me encuentro tan bien
despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Slo es
bueno dormir cuando se suean cosas lindas, y yo no las sueo casi
nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soando... Te veo de un
modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu
cabeza est baada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que
oscila la bveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de
lo profundo del mar... No cierres los ojos, por Dios, que me haces
sufrir!... Se me figura que ests muerto y que me has dejado aqu sola.
No ves los mos qu abiertos estn? Nunca tuve menos deseos de dormir
que ahora. Oye; acerca un poco la cara. Sentiras mucho que el mar
fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?

Ricardo se estremeci levemente. Ech una mirada en torno y observ que
el agua empezaba a cerrar el istmo que una la pea a la costa. Los ojos
de Martita, cuando volvi el rostro hacia ella, brillaban con fuego
malicioso y singular.

--Vmonos, que ya estamos casi cercados de agua.

--Espera un poquito..., tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir
muy bajo para que no se entere nadie..., nadie ms que t... Ricardo, me
alegrara que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para
siempre... As estaramos eternamente en el fondo del agua, t sentado y
yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces, s, me
dormira a ratos y t velaras mi sueo, no es verdad? Las olas
pasaran sobre nuestra cabeza y nos vendran a contar lo que suceda en
el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los
anzuelos vendran silenciosamente a visitarnos y nos permitiran pasar
la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredaran a nuestros
pies, formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veramos al
travs del cristal del agua ms grande y ms hermoso, filtrando sus
rayos de mil colores por ella y deslumbrndonos con su esplendor... Di,
no te gusta?

--Calla, Martita; ests delirando... Vmonos, que el agua sube.

--Espera un momento... Hace una hora que estamos aqu y el viento no ha
conseguido enfriarme las mejillas..., tengo cada vez ms calor en ellas.
No importa..., me encuentro bien... Quieres hacerme un favor?...
Splame en la cara a ver si se me pasa esta sofocacin... As, as!...
Qu amable eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy
simptico... Tienes el genio un poco vivo, pero a m me gustan los
hombres de genio vivo... Oye; necesito pedirte perdn.

--De qu?

--De un susto que te he dado el otro da. Te acuerdas cuando hicimos
juntos un ramo de flores en el jardn?... Despus quisiste hacerme una
caricia y fui tan necia que lo llev a mal y me ech a llorar... Qu
sorpresa y qu disgusto habrs tenido!... Confieso que soy una tonta y
que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme
que no estaba enfadada contigo... Llor de sentimiento..., sin saber por
qu... Qu motivo tena yo para llorar! T no queras hacerme ningn
dao..., no queras ms que besarme las manos, verdad?

--Nada ms, hermosa.

--Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tmalas...

La nia extendi hacia arriba sus lindas manos, que se agitaron en el
aire alegres y cndidas como dos palomitas recin salidas del nido.
Ricardo las bes con efusin repetidas veces.

--No basta eso--prosigui la nia riendo--. Antes me besabas en la cara
siempre que me encontrabas o te despedas... Por qu has dejado de
hacerlo? Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer..., soy una nia
todava... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme...
Despus ya ser otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...

El joven se inclin y le dio un beso en la frente.

--Ahora dame un beso en cada mejilla... Aun sigue el calor, no es
cierto?... Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda...,
djame sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el
cabello negro..., ya lo s..., pero eres muy amable y lo besars para
darme gusto...

Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le sealaba. Al fin se
detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas
suavemente el rostro de la nia. En los ojos de sta segua luciendo el
mismo fuego malicioso. Sintiose levemente turbado y trat de fijar los
suyos en el mar; pero ella le dijo sonriendo:

--Si no te enfadases, te pedira otro aqu--y seal a sus labios rojos
y hmedos.

El rostro del joven marqus se ti de carmn. Qued un instante
inmvil, y bajando al fin la cabeza uni sus labios a los de la nia con
prolongado beso.

Un fuerte soplo de viento haba despertado el ocano cuando se preparaba
a dormir: agitose un instante en su inmenso lecho de arena, cual si
cambiase de postura, y dej escapar un sordo murmullo de disgusto. Las
olas tornaron a rodar de nuevo con extraas voces. Apagronse las luces
que ardan en sus crestas y se desvaneci la esplendorosa ebullicin de
los tesoros submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes
reflejos del acero bruido.

Cuando Ricardo separ sus labios de los de la nia, lo primero que hizo
fue pasear una mirada inquieta por los contornos de la pea. Estaban ya
cercados por el agua. Levantose bruscamente y sin decir nada cogi a
Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una
cervatilla, y dando un prodigioso salto cay de bruces sobre la pea
vecina, lastimndose un poco en una mano. Marta qued ilesa y contempl
la herida del joven; despus, sacando su fino pauelo de batista, lo at
silenciosamente sobre ella y ech a andar con paso rpido. Ricardo la
sigui. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fue
haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corra. El joven
marqus senta vago malestar y una turbacin extraa que le impedan
apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el
agujero del tnel que conduca al bosquecillo de pinos, perdi
enteramente de vista a su amiga y hasta dej de escuchar el ruido de sus
botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva, sumido en las
tinieblas, crey or muy confusamente el eco de un sollozo y sinti an
ms oprimido su corazn. Despus de salir a la luz, empez a encontrarse
mejor.

Cuando llegaron a la casa supieron que se haban expedido ya varios
criados a buscarlos, pues haca rato que todo estaba dispuesto para el
regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las seoras que las
sorprendiese la noche en el mar. Recibironlos, pues, con muestras de
satisfaccin, y todo el mundo se apresur a acomodarse nuevamente en las
falas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como caballos
enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.

Izronse las velas y, dando largar bordadas para aprovechar el viento,
hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, haba
perdido los vivos colores de las mejillas.

El sol se acercaba cada vez con ms prisa al horizonte. Las seoras
vean con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo
miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las
lanchas hacan les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fue necesario
arriar las velas y caminar al remo en lnea recta. Nada tena esto de
particular, y es lo ms usual cuando no se tiene el viento por la popa;
pero he aqu que a Rosario, la amiga de la seorita de Mory, se le mete
en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor nutico significa
peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la
imaginacin con todos los horrores de que suele venir rodeado en las
novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas
elevndose como montaas a los cielos, los gritos de los nufragos
mezclndose a los rugidos de la mar, etctera. Y sin poder evitarlo,
empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su
boca exclamaciones de angustia y terror.

--Ay, Dios mo, vamos a perecer; vamos a perecer!

--No pasa nada; tranquilzate, Rosario.

--S, s, vamos a perecer..., nos vamos a ahogar! Dios mo, qu muerte
tan horrible!... Por qu habr venido yo a la Isla!... Qu dir mi
pap cuando sepa que no tiene hija!... Pap, pap de mi alma!...

--Pero, nia, si no ocurre absolutamente nada!

--No me digas eso, por Dios!, no estoy viendo que han bajado las
velas? Ay, qu muerte, qu muerte tan espantosa!... Morir sin
confesin!... Morir separada de mi pap!... Y luego quedar sepultada
aqu en este fondo tan negro..., y ser comida por los peces..., y por
los cangrejos!... Es horrible!...

Los esfuerzos de la seorita de Mory para calmar a su amiga eran
intiles. No contribuan poco a asustarla las voces de los marineros,
que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de
remo gritaban a un tiempo: Aaaguanta!..., aaaguanta!... Cada vez que
sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un
grito de angustia; tanto que la vivaracha seorita de Mory, temiendo que
se pusiera mala, dijo a los marineros:

--Seores, hagan ustedes el favor de no decir _aguanta_, porque esta
seorita se asusta mucho.

Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lgrimas, exclam
inmediatamente:

--No, no; que digan _aguanta_, que digan _aguanta_! Si no, vamos a
perecer ms pronto...

Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catstrofe no
llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tard en rerse, como nia
aturdida que era, de sus ridculos temores.

En la fala de Elorza se hablaba poco: don Mariano y don Mximo llevaban
demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una
conversacin animada. La seorita de Delgado, secundada por sus
hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y
cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqus de Pealta haba
cerrado los suyos y pareca dormido con la mano en la mejilla. Algunas
parejas cuchicheaban.

Qu pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar,
grave, inmvil y plida como una estatua? Qu negros fantasmas surgan
ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cndida frente
las profundas arrugas de que estaba surcada? Qu funestos secretos le
soplaba la brisa en el odo?

Oh! Ms fcil es descifrar el misterio de los rumores del ocano y los
secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de
una nia!

La mar quera entregarse otra vez al sueo. Las crestas de sus olas ya
no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte
replegaba su lnea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las
serenas y abultadas ondas bajaban y suban, semejando la respiracin
perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable
sosiego y confianza, las iban dejando atrs las falas, avecinndose al
puerto. La costa festoneaba con lnea negra y ondulante la gran llanura
resplandeciente. All, a lo lejos, en lo interior, columbrbanse las
cimas de las montaas, baadas de un transparente vapor violceo.

El pensamiento de Marta rompi la tupida nube que lo encerraba en un
pilago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un
sinnmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos
luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretvose
largo rato a contarlos recrendose en cada uno de ellos. Qu vivos y
qu hermosos ardan en su memoria! Qu luz tan suave derramaban los
montonos y laboriosos das de su existencia! Estaban rodeados de
silencio y misterio; nadie los haba gustado, nadie los conoca siquiera
ms que ella; la misma mano que haba dejado caer en su corazn el
blsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia.
Este pensamiento la llenaba de ntimo gozo, que haca asomar a sus
labios descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber
por qu, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron
borrando y perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su
imaginacin empez a dar vueltas como un pjaro aturdido dentro de esta
idea triste y desesperada, donde no penetraba el ms delgado rayo de
luz. Para qu estaba ella en el mundo? La felicidad que haba venido a
buscar estaba ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla
sin rencor y sin envidia, porque la envidia en este caso constitua
enorme pecado. Y estaba segura de no caer en l a cada instante o, lo
que es peor, estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La
escondida playa de la Isla le vino de pronto a la memoria con su arena
de oro y sus olas espumosas derramndose sobre ella. Un gran
remordimiento, un remordimiento vivo y cruel empez a entrar en su
inocente corazn como la hoja fina de un pual, producindole tal dolor
que dej escapar un grito ahogado que nadie escuch ms que ella misma.
La confusin y el vrtigo se apoderaron de su cabeza, que arda como un
volcn. Se llev la mano a la frente y estaba fra como si fuese de
mrmol. Esto la sorprendi de un modo extraordinario. Tanto calor
dentro y tanto fro fuera!

El ocano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol
iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas,
iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantstica
claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran ms graves y
profundos, de una melancola infinita. Aquella masa inconmensurable de
agua perda lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco
sembrado aqu y all de fugaces reflejos. El sosiego melanclico con
que el mar se despeda de la luz caus en Marta impresin profunda. Con
la cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extticos contemplaba los
ms leves matices que la luz iba despertando en ella y atenda a todos
los rumores que sonaban en lo profundo.

El sol se sumergi enteramente. El ocano dej escapar un sollozo
inmenso, colosal. En este sollozo haba tal enternecimiento, que Marta
crey sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpata y admiracin.
Nunca haba visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y
bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo
momentneo del gran atleta la conmova hasta lo ntimo, infunda en su
espritu alborotado un ansia ardiente de paz. Quin le haba dicho que
el mar era terrible? Qu corazn pequeo le haba hablado de sus
crueles traiciones? Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los
fuertes siempre, y sus cleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su
fondo tranquilo vivan felices las perlas y los corales, las blancas
sirenas, los peces azules...

La fala, al oprimir su hmeda espalda, formaba entre proa y popa un
lecho ancho y cmodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a
dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por
el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...

--Jess!... Qu ha sido eso?

--Quin se ha cado al agua?

--Hija ma de mi alma! Marta!... Marta!... Dejadme..., dejadme
salvar a mi hija!

--Ya est salvada, don Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje
al agua.

--Ca!, ca firme!--dijo la bronca voz del patrn--. Echa esa beta al
agua, Manuel... No asustarse, seores, que no es nada... Ciar ms!...
Basta... Agrrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado...

La confusin fue muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los
marineros se haban echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar
la corta distancia que la fala haba recorrido antes de que se diera el
grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergi, y a los pocos
segundos torn a aparecer con la nia entre los brazos. La fala ya
estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida
el carel de la lancha, vindose suspendido por una porcin de brazos que
los metieron dentro. Don Mariano, en los cortos momentos que esto dur,
forcejeaba con don Mximo y otras personas, pugnando por arrojarse al
agua. Cuando vio a su hija en la embarcacin falt poco para que la
ahogase contra su pecho.

Martita se haba desmayado. Varias seoras se apresuraron a desatarle el
cors y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que haba
tragado. Despus la extendieron en uno de los asientos de popa, y
Ricardo, tomando un frasco de ter que don Mximo haba trado, se lo
aplic a la nariz. No tard en abrir los ojos, y al ver el demudado
semblante del joven inclinado sobre ella, sonri dulcemente, y le dijo
de modo que nadie lo oy ms que l:

--Gracias, seor marqus... No se estaba tan mal all abajo!

As que llegaron al Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que all
estaban tomando baos, y se echaron encima la primer ropa que les
dieron. Despus emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle
con una hora de noche, cuando las respectivas familias empezaban a
inquietarse por su tardanza.




XI

CASO EXTRAO!


Los tertulios de don Mariano se recreaban con el juego de prendas. La
noche estaba harto desapacible y haban acudido solamente las personas
de ms confianza. Cuando esto acaeca (que no dejaba de ser con alguna
frecuencia), proscribanse el baile y la msica y sustituanse con
juegos de naipes, de aduana o de prendas y a veces simplemente por una
amena y sabrosa conversacin. La noche a que nos referimos, el sexo
femenino estaba representado por tres seoritas de Ciudad, dos de
Delgado, la seorita de Mory y alguna otra que, unidas a las de casa,
formaban un ncleo bastante respetable. En el masculino figuraban el
mdico de la casa, el seor de Ciudad, don Serapio, el ingeniero Surez
y otros cuatro o cinco pollastres que por lo simples e insignificantes
no merecen especial mencin. La tertulia no ocupaba sino uno de los
ngulos del saln, si bien en ocasiones, cuando el juego lo exiga, se
diseminaba por todo l, aunque momentneamente. Don Mariano, rodeado de
sus amigos, paseaba y discuta, parndose a menudo a exponer alguna
razn intrincada y siguiendo despus su paseo con las manos atrs.

A don Serapio le toc decir tres veces _s_ y tres veces _no_, y, en
consecuencia, se retir a uno de los rincones, mirando a la pared. Las
seoras y los caballeros se estrecharon an ms, formando grupo, y
empezaron a cuchichear animadamente, proponiendo cada cual una pregunta.
Al fin quedaron acordes en preguntarle si gastaba biso.

--Eeeeh?--grit el coro prolongando la nota.

--S--respondi el infeliz don Serapio.

La respuesta fue acogida con ruido y alegra que hicieron temblar al
fabricante de conservas. En seguida convinieron en preguntarle si
pensaba en casarse.

--Eeeeh?

--No--dijo resueltamente.

--Bravo!, bravo!--gritaron los hombres.

--Qu hombre tan empedernido!--chillaron las mujeres.

Uno de los pollos propuso que se le preguntase si continuaba con la
misma aficin a las criadas. Las seoras quisieron oponerse, pero no
hubo remedio.

--Eeeeh?

--S.

Gran algazara en el grupo. El mismo pollo malvolo propuso otra cosa
peor: si pensaba dar carrera a alguno de sus hijos. Las seoras
rechazaron seriamente esta pregunta y fue sustituida por otra. Y de esta
suerte prosiguieron hasta que dijo los tres _s_ y tres no de rbrica, y
vino cabizbajo a informarse de lo que haban preguntado.

Tocole despus a Amparito Ciudad contentar a todos los caballeros de la
reunin, y empez a ejecutarlo con suma discrecin y donaire,
contentando de la primera a los pollos, exceptuando al ingeniero
Surez, que se neg rotundamente a darse por satisfecho con ninguna de
las proposiciones, y que muy quedo le dijo a la nia lo nico con lo que
se contentara. Amparito se puso colorada y le dirigi una tierna mirada
de reconvencin, volviendo despus la vista a su padre, que por fortuna
se hallaba de espalda paseando con don Mariano.

Lleg la vez a Isidorito, teniendo la mala suerte de ponerse en berlina:
y all fue ella para la seorita de Mory! Isidorito, aunque nada
simptico, infunda general respeto por su fama de estudioso y sensato:
as que la mayora de las nias y pollos se contentaron con ponerle en
berlina por demasiado serio, por tener poco pelo, por bailar muy
mal, por estudiar con exceso, por gastar levitas muy largas,
etctera; pero al llegar a la seorita de Mory, sta, que esperaba con
impaciencia su turno, le puso en berlina con fruicin nada disimulada,
por muy pesado de cabeza y ligero de estmago. Isidorito, al tener
noticia de las causas por que le haban puesto en berlina, conoci con
dolor de dnde parta aquella saeta envenenada, pero no tuvo nimos para
manifestarlo y prefiri guardar sobre este punto un silencio noble y
prudente al mismo tiempo.

La primognita de los seores de la casa, como de costumbre, no tomaba
parte en el juego. Estaba sentada al lado de su madre totalmente
abstrada de lo que la rodeaba, con los ojos fijos en el vaco. Por su
rostro un poco marchito, pero siempre hermoso, se esparca una intensa y
singular palidez, y todo su cuerpo ofreca seales de inquietud y
zozobra. Apenas contestaba a las preguntas que de vez en cuando le haca
doa Gertrudis, y eso con tal brevedad, que cortaba en la buena seora
las ganas de menudearlas. Cuatro o cinco veces se haba levantado ya de
la silla y haba ido hacia el balcn, permaneciendo largo rato detrs de
l con la frente apoyada en los cristales sin que nadie supiera lo que
miraba. La plaza de Nieva estaba como en la primer noche en que la
vimos, obscura y sembrada de charcos de agua donde se reflejaban
tristemente los rayos de los faroles de petrleo que ardan en las
esquinas. Ni un alma la cruzaba aquella noche. En vano se sacaba los
ojos por penetrar las tinieblas de los soportales. Los vecinos todos se
haban retirado ya a sus casas, perfectamente convencidos de que la
humedad es causa de muchas enfermedades. Los balcones del caf de la
Estrella eran los nicos que estaban iluminados. La lluvia difunda por
la atmsfera un rumor levsimo que apenas traspasaba los cristales para
llegar a los odos de la joven.

A Rosarito le toc hacer la sultana. El pollo del pelo por la frente
coloc un silln en medio de la sala y la hizo sentarse en l; despus
puso delante un cojn de terciopelo. Los caballeros zegres y
abencerrajes de la tertulia comenzaron a desfilar por delante de ella,
doblando la rodilla en su presencia y esperando humildemente su
resolucin. Rosario, con la notable aptitud que tienen todas las mujeres
para hacer el papel de reinas, los iba rechazando con gesto de soberano
desdn. nicamente cuando lleg el pollo de las mazurcas, y se mostr
temblando a sus pies, dignose la bella cuanto feroz sultana alargarle el
pauelo que tena en la mano y elegirle como amante como justo premio a
sus notabilsimas corbatas y sus no menos excepcionales _chaquets_.
Despus marcharon ambos en triunfo a una de las alcobas del harem, o lo
que es igual, dieron dos vueltas por el saln y se fueron a sentar en el
sof, donde antes se hallaban.

La diminuta tertulia, despus de agotar los no muy variados recursos del
juego de prendas, permaneci inactiva y acomodada en el ngulo de la
sala, entablando en voz baja una vivsima pltica entrecortada de risas
y exclamaciones, donde los jvenes de ingenio tuvieron ocasin de
lucirlo a expensas de algn desventurado a quien despellejaron sin
piedad. Los que no lo tenan se contentaban con sonrer y aplaudir
estpidamente los chistes de los otros. Se daban interminables bromas a
las nias, sobre los aspirantes a sus respectivas manos, y aqullas se
defendan como de costumbre, con las clsicas respuestas: No s por qu
dice usted eso.--Le han informado a usted muy mal.--Entra en casa como
amigo y nada ms, etctera. Las sonrisas maliciosas y la expresin de
reserva que acompaaban a estas respuestas decan bien claro que a las
nias no les disgustaba la broma.

Doa Gertrudis se haba dormido. Don Mariano y sus proslitos seguan
recorriendo de un cabo a otro el saln, enfrascados en profundas
disquisiciones acerca de la baja probable de la propiedad inmueble.
Mara continuaba con la frente pegada a los cristales, sumida, al
parecer, en una de sus largas y frecuentes meditaciones a que ya estaban
acostumbrados los de casa, en realidad explorando con ojos ansiosos las
sombras que envolvan la plaza de Nieva, sin atender poco ni mucho a la
frvola conversacin que los amigos de la casa sostenan. De pronto
crey or un extrao rumor a lo lejos y se estremeci, se abstrajo
cuanto pudo de los ruidos de la sala y prest atencin profunda y llena
de zozobra a aquel lejano rumor, que fue poco a poco creciendo en el
silencio de la noche, hacindose cada vez ms claro y preciso. No era un
rumor confuso y fantstico, como los que produce el viento o la mar,
sino firme y bien definido, perfectamente claro para sus odos. Pronto
se convirti en el ruido acompasado y caracterstico de la muchedumbre
que marcha ordenadamente. Los ojos atnitos de la joven distinguieron a
la luz del farol las puntas de las bayonetas y los roses charolados de
la tropa. Los tertulianos todos al escuchar los pasos acudieron en
tropel a los balcones y vieron, con sorpresa, desfilar por delante de la
casa dos compaas de soldados que cruzaron la plaza y se perdieron en
las encrucijadas de la villa.

Los amigos de don Mariano se miraron con sorpresa.

--Qu vendr a hacer esta tropa a tales horas?--pregunt una seora.

--No comprendo adnde pueda ir--repuso don Mariano--. Para dirigirse al
interior de la provincia, aunque vengan del Occidente, no necesitaban
pasar por aqu; tienen el valle de Caedo a su disposicin, que es un
camino mucho ms breve.

--Hoy precisamente he paseado con el capitn de carabineros--dijo don
Mximo--y no me ha dicho una palabra de la venida de esa tropa.

--No lo sabra; lo ms probable es que venga de marcha y no haga ms que
pernoctar aqu para continuar maana su camino--dijo el seor de Ciudad.

--Rara marcha lleva--apunt don Mariano--, pero en fin..., podr ser...,
podr ser.

Los jvenes volvieron a sus sitios y se olvidaron al instante del
suceso, anudando la rota y alegre conversacin. Los viejos siguieron su
paseo, haciendo interminables comentarios e infinitas hiptesis acerca
de aquella visita inesperada. Mara continu obstinadamente pegada a los
cristales del balcn, velada a los ojos de sus amigos por las grandes
cortinas de damasco.

En el grupo juvenil donde la sensible seorita de Delgado figuraba,
contra los deseos vehementemente expresados de Rosarito, que aseguraba
sobre su honrada palabra que la citada seorita la haba tenido a ella
en brazos muchas veces, y que cuando iba a confesarse siendo nia, y la
seorita de Delgado se hallaba en casa, le besaba la mano como a una
_persona mayor_, se empez a discutir con extraordinario fuego acerca de
la msica. Uno de los mancebos ms elegantes, que se haba preparado en
Madrid para cinco carreras especiales consecutivamente, sostena la
primaca de los maestros alemanes, asegurando que no haba peras como
_Roberto, Hugonotes y Profeta_, ni msica sinfnica que pudiera competir
con la de Beethoven y Mozart. Las seoras, poderosamente secundadas por
los dems hombres, venan por los fueros de la msica italiana.

--No nos maree usted con sus alemanes, Severino! Vaya una msica la de
esos seores! A m me suena lo mismo que una jaura de perros ladrando!

--Eso no es ms que al principio; si usted continuase oyndola, llegara
a tomarle el gusto: sucede lo mismo que con las aceitunas y la cerveza.

--Pues si ha de pasar uno malos ratos antes de acostumbrarse,
francamente, no merece la pena. Vea usted cmo con la msica italiana no
acontece eso y gusta desde el primer da.

--Claro, porque la mayor parte de la msica italiana no es ms que una
tonadilla que se acompaa con cuatro guitarras!

--Calle usted, hombre, calle usted! No diga usted sacrilegios. Quiere
usted comparar ese galimatas que ni ellos mismos entienden con el
sublime final de la _Luca_ o con el aria de tiple de la _Favorita_, que
empieza: Oh miooo Ferna... a... a... an... do... riii... raaa... ri...
ra.., ro... riiira...!

--Ah, si usted hubiera odo el cuarto acto de _Hugonotes_! Qu msica
tan dramtica! Aquello s que expresa!... Se le ponen a uno los pelos
de punta!... Qu do aquel tan grandioso: La... sciami... paar...
tiiir... la... sciami... paar... tiiiir... riira... riri... riri...
ra... roo... rir... ra... roo... laa... to... rii... ro... raa...!

--Pero podr haber nada ms dulce que el concertante de la _Sonmbula_,
que empieza: Tooo... ra... ri... ro... ra... roooo... laa... riii...
roo... raa... rora... rooo... tii... ra... ri... roo...?

--No es posible, no es posible!--dijeron varios a un tiempo.

--Sobre todo, la msica italiana conmueve el corazn, mientras que la
alemana no hace ms que aturdir los odos--apunt la seorita de
Delgado.

--Es verdad--afirm su hermana la viuda.

--Yo creo--sigui la seorita--que el objeto de la msica es
conmover..., elevar el alma, hacernos derramar lgrimas...,
transportarnos a regiones ideales, lejos del mundo prosaico en que
vivimos... Porque la verdad es que la prosa se va apoderando de tal modo
de la sociedad que pronto va a parecer ridculo hablar de cosas que no
sean materiales y srdidas.

--Cierto--volvi a afirmar la viuda.

--La msica sigue el camino de la prosa como todo lo dems... No oyen
ustedes qu tonteras cantan ahora, qu pasacalles tan desabridos? Y
gracias que no sea algn trozo indecente de una zarzuela bufa! En las
canciones ya no se habla de amor; ya no hay ms que frases con doble
sentido que ocultan alguna suciedad.

--Creo que usted sabe varias canciones romnticas muy lindas y las canta
admirablemente--dijo el pollo del pelo por la frente, apercibido como
siempre a proporcionar a la tertulia algn nuevo solaz.

--No, seor..., no lo crea usted... Antes cantaba alguna, pero ya se me
han olvidado...

--Por mi parte--manifest el pollo con sonrisa altamente diplomtica--y
pienso que tambin por parte de todos estos seores, le agradecera
muchsimo que rebuscase en su memoria y nos hiciese conocer alguna...,
no es verdad, seores?

--S, s, Margarita, cante usted, por Dios, alguna.

--Si no me acuerdo!

--Vamos, ya se acordar usted... Empezando, la ir usted sacando poco a
poco.

--Me parece que no podr ser... Adems, yo me las acompaaba con
guitarra...

--No hay en casa alguna guitarra?--se apresur a preguntar el pollo,
levantndose de su silla.

A la guitarra que trajo Marta le faltaban dos o tres cuerdas y fue
menester echrselas, en cuya operacin se invirti algn tiempo. Despus
se tard tambin un poco en templarla. Una vez templada, la seorita de
Delgado declar terminantemente que no cantara porque no se acordaba de
nada. La tertulia se conmovi profundamente y trat con reiteradas
splicas de infundirle un recuerdo fresco de alguna preciosa meloda.
Mas como la cantante no abandonaba el instrumento y segua hacindole
sonar dulcemente, volvieron todos a guardar silencio y a esperar con
ansia la cancin. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de emitir la
primer nota, la sensible seorita hizo nuevas y rotundas declaraciones
en el mismo sentido que las primeras, lo cual afligi de tal modo a la
tertulia, y en particular al pollo del pelo por la frente, que de buen
grado habra concedido a la cantante en aquel momento toda la memoria de
que dispona, con tal de que no le dejase en mal lugar. Por ltimo, la
seorita fij los ojos en el techo y, con voz bastante dulce aunque
temblorosa, enton la siguiente cancin:

    Esperanza halagea a mis sentidos,
    t endulzas de mi pena el amargor;
    ay!, t no eres un bien imaginario,
    eres el blsamo grato al corazn.

    Si lejos de la vista de mi amada
    me lleva de los hados el rigor,
    tan slo es la esperanza quien mitiga
    mi tormento cruel y mi afliccin.

--Bravo!, bravo!--Qu bonita!--Qu dulce!--Qu melanclica!--Siga
usted, por Dios, Margarita, siga usted.

La seorita de Delgado sigui de esta manera:

    _Si recuerdo en la noche solitaria
    el nombre de la prenda de mi amor,
    se presenta hechicera a mi memoria
    la imagen de su rostro encantador:

    y t eres, esperanza, quien me anuncia
    que amante corresponde a mi pasin,
    y slo tu dulzura es quien mitiga
    mi tormento cruel y mi afliccin._

Al llegar a este punto y cuando el auditorio se preparaba a saborear las
inefables dulzuras de una nueva estrofa, ms apasionada tal vez y ms
pattica que las anteriores, cuando la seorita de Delgado apoyaba
lnguidamente sus dedos carnosos sobre las cuerdas del instrumento y la
cabeza ms lnguidamente aun sobre el pecho en testimonio de amargo
duelo, acaeci en la casa de los seores de Elorza uno de esos sucesos
terribles y extraos, ms terribles aun por lo inopinados, a tal punto
sorprendentes, que suspenden y cortan por un instante el uso de la
palabra; una escena extraordinaria, realizada con tal brevedad que no da
tiempo a reflexionar, y deja sumidos a los espectadores en profunda
consternacin, sin haber podido intervenir en ella.

Abriose con violencia la puerta de la sala, y los ojos de los
circunstantes vueltos hacia ella vieron con asombro el rostro plido de
un criado que exclam dirigindose a su amo:

--Seor, seor!

--Qu ocurre?--pregunt don Mariano con el acento enrgico que emplean
los caracteres bien templados cuando adivinan un peligro.

--Los soldados estn ah!

--Y qu tengo yo que ver con los soldados, majadero?--replic con voz
colrica.

--Es... que vienen a prenderle!

--No es verdad--grit una voz desde el pasillo.

Y al mismo tiempo seis u ocho figuras taparon la puerta por detrs del
criado. Los primeros que se dejaron ver fueron un oficial muy joven con
un uniforme de marcha y un caballero no muy bien parecido con gabn
abrochado y llevando en la mano bastn con borlas.

Por detrs de ellos se vean los roses y los fusiles de algunos
soldados. El hombre del bastn, que era al parecer quien haba hablado,
avanz dos pasos por la sala y sin quitarse siquiera el sombrero,
pregunt a don Mariano con tono spero:

--Es usted don Mariano Elorza?

La mirada del anciano caballero centelle de indignacin.

--Ante todo, qutese usted el sombrero.

El hombre del bastn, un poco cortado por la actitud del caballero y las
miradas del concurso, se quit el sombrero.

--Ahora, qu se le ofrece a usted?

--Es usted don Mariano Elorza?

--No; soy el excelentsimo seor don Mariano de Elorza.

--Es lo mismo.

--No es lo mismo.

--Bien, dejemos discusiones: traigo orden de prender a su hija doa
Mara.

Toda la energa del seor de Elorza se desvaneci de golpe como una
sombra al escuchar estas monstruosas palabras. Qued algunos momentos
exttico y petrificado, con la mirada apagada, como el que acaba de ver
un milagro y no quiere creer a sus propios ojos. Despus, recobrndose
sbito, se lanz sobre el hombre del bastn y sacudindole fuertemente
por la solapa, le dijo con voz de trueno:

--Y quin es usted, insolente, para pensar en cosa semejante?

--Soy el jefe de orden pblico de la provincia, y le advierto que si
usted intenta la menor resistencia, har uso de la fuerza que traigo.

--Est usted bien seguro de que es a mi hija a quien viene usted a
prender?

--S, seor, traigo orden de prender a la seorita doa Mara Elorza.
Ruego a usted que me la entregue sin prdida de tiempo.

--Aqu est--dijo Mara saliendo del hueco del balcn y avanzando hacia
el jefe de los esbirros.

--Pero eso no puede ser!--rugi de nuevo don Mariano deteniendo a su
hija--. Este hombre est loco o viene equivocado!

--Est usted dispuesta a seguirme?--pregunt el comisario a la joven.

--S, seor--contest sta con firmeza.

--Pues vamos.

Don Mariano se llev las manos al rostro y exclam con un grito de
dolor:

--Hija ma de mi alma! Qu has hecho?

--Nada que pueda deshonrarme ni deshonrarte--replic la nia levantando
su rostro hermoso y altivo y saliendo precipitadamente del saln.

Don Mariano fue detenido por todos sus amigos que le haban rodeado;
pero vindose inmediatamente solo, porque todos, advertidos por un grito
de Marta, acudieron a socorrer a doa Gertrudis, presa de un sncope, se
arroj tambin como un relmpago fuera de la sala.




XII

ANTECEDENTES


Algn tiempo antes de los sucesos que acabamos de narrar, los amores de
Ricardo y Mara, que se haban ido desvaneciendo gradualmente como las
notas de una hermosa meloda, hasta el punto de no saber el mismo
Ricardo si realmente existan o se haban extinguido por completo, si
aun era el amante de la primognita de Elorza, o si no tena sobre su
corazn otros derechos que los que se conceden a un antiguo y estimado
amigo; estos amores, decimos, haban cobrado, sin que nadie supiese a
qu atribuirlo, repentina e inesperada vida, como si a una luz prxima a
morir por falta de aceite, le echasen alguna buena cantidad de ese
combustible. Todos se mostraban sorprendidos de verlos juntos charlando
como antes, en un ngulo de la sala, largusimos ratos, abstrados de
cuanto les rodeaba, habitando en ese rincn del cielo que los amantes
encuentran tan fcilmente lo mismo en la soledad que entre la
muchedumbre. A la sorpresa suceda la complacencia en los amigos, y a la
complacencia las hiptesis sobre la mayor o menor proximidad de la poca
del matrimonio y las conjeturas acerca de los motivos que haban operado
tal cambio en la conducta de los novios. Los maliciosos, guiando el ojo
al decirlo, sostenan que de los tres enemigos del alma la carne era el
ms temible, y que Dios haba dicho: crescite et multiplicamini, y
que era tontera oponerse a las leyes de la naturaleza. Las seoras
manifestaban, bajando la vista, que en todos los estados se poda muy
bien servir a Dios y que no eran las ms flojas penitencias las que
imponan el cuidado de los hijos, su educacin y el gobierno de la casa.

Mas de todas suertes, el hecho era que las cosas haban cambiado sin
saber por qu, y que seoras y caballeros se alegraban de ello,
esperando que los ilustres novios les proporcionasen pronto un da
agradable. El regocijo de don Mariano era tan grande, que se trasluca
en los ojos cada vez que los diriga hacia la gentil pareja, y mil
hermosos ensueos, en que siempre figuraba un enjambre de nietezuelos
rubios y traviesos como lo haba sido su hija, venan por la noche a
acariciarle en las soledades de su lecho feudal. Doa Gertrudis, como de
costumbre, encontraba muy bien la conducta de Mara. He aqu ahora cmo
se haba efectuado el suceso.

Cierta maana, en que el joven marqus de Pealta se despert ms
temprano que otras veces, observando por el balcn de su cuarto que el
cielo estaba limpio (contra su costumbre inveterada), le vino en apetito
el dar un paseo por los alrededores de la villa, y pensando y haciendo
se visti rpidamente y se ech a la calle en busca de aire puro. Mas
antes de salir del casco de la villa y cruzando por delante de la casa
de Elorza, tropez casualmente con Mara, que iba hacia la iglesia con
su doncella. Le dio un salto el corazn y un poco turbado se detuvo a
saludarla. La nia le aboc con aquel gesto alegre y travieso, lleno a
un mismo tiempo de malicia y de candor, que por ser peculiar de su
carcter, no haba podido vencer con ningn esfuerzo.

--T te habrs levantado temprano, por supuesto, para or misa.

--Oh!, no--repuso Ricardo sonriendo--; sala a dar un paseo por el
campo, que debe de estar muy hermoso.

--Bien, pues hoy no hay paseo; te secuestro y te llevo conmigo a
misa--dijo la nia en tono resuelto y con cierta inflexin de voz
adorable. Y acompaando el hecho al dicho le tom por la mano y le llev
cogido de esta guisa unos cuantos pasos.

Venturoso Ricardo; qu otra cosa mejor poda apetecer en aquel momento
que verse secuestrado de tan gentil manera! No supo decir palabra en los
primeros momentos; embargole la emocin y una lgrima se desliz por su
rostro honrado y varonil.

--Oh, Mara, si supieses qu feliz me haces!--le dijo en voz baja y
temblorosa--. Si t quisieras llevarme, adnde no ira yo contigo? T
no puedes comprender lo que anso que me hables, que me sonras, que me
dirijas. Busco con afn los medios de agradarte y no los encuentro. Dime
con qu puedo complacerte, con qu puedo deshacer el hielo que seca
nuestros amores. Y lo buscar aunque sea a costa de mi vida. Si no te
quisiera ms que a ningn otro ser de este mundo, tanto como el recuerdo
bendito de mi madre, cunto tiempo hace que hubiera huido de ti para
siempre!... Pero es de tal suerte mi amor, tan poderoso, tan vivo, tan
absorbente, que ha logrado concluir con todo mi orgullo... y temo que
llegue a concluir con mi dignidad--aadi sordamente.

La joven le mir fijamente, agradecida y admirada de tan sincero cario,
y repuso con jovialidad:

--Por lo pronto, para complacerme, vendrs a misa conmigo, no es
verdad?

--S, querida ma.

--Vendrs maana tambin y todos los dems das?

--S, hermosa; no deseo otra cosa.

--No sabes lo que me alegro, Ricardo!

--De veras?

--S; te quiero mucho, pero te quiero bueno y piadoso, porque antes que
en todo lo dems debemos pensar en nuestra salvacin y en hacer el mayor
bien que podamos en este mundo.

El joven sintiose en aquel momento enternecido, saboreando las gotas de
cario que su amada dejaba caer sobre sus labios.

Nada hay que haga cambiar tan presto nuestras ideas ms arraigadas y
nuestros juicios ms firmes como la voz de la mujer querida. Ricardo era
un creyente tibio, como la generalidad de los hombres en nuestra poca,
que odiaba las exageraciones y miraba con cierta repugnancia las
prcticas religiosas. Pues bien, por arte de encantamiento, esto es, por
arte de aquella voz dulce y de aquellos ojos ms dulces an, que le
miraban con elocuente expresin, se despoj sbitamente de sus opiniones
anticlericales, transformndose en un decidido campen del altar y en un
fervoroso devoto de todos los santos y santas de la corte celestial.
Pens con alegra que lo que su novia ejecutaba, despus de todo, nada
tena de censurable; que su piedad y su misticismo eran el reflejo de un
noble y elevado espritu; que esta misma piedad era la prenda ms segura
de su felicidad conyugal, pues la guardara de las vanidades a que otras
mujeres se entregan despus de casadas; que nada tena de particular que
la pobrecita desease que su novio fuese creyente y devoto, dadas sus
ideas acerca de la salvacin eterna, y que en este concepto l haba
hecho muy mal en contrariarla de un modo tan obstinado, hirindola en lo
ms vivo de su fe sencilla y admirable. En fin, concluy por resolver
que l era un brbaro incapaz de sacramentos ni de entender los
misterios adorables que puede encerrar un corazn consagrado a Dios, y
Mara una santa que le haba sufrido con demasiada paciencia. Penetrado
en parte de esta idea y en parte infinitamente ms grande de la emocin
que le produjo la inesperada ternura de su novia, repuso con acento
conmovido:

--Escucha, Mara..., ya sabes que yo no soy ni he sido nunca un
incrdulo... Es verdad que he mirado con cierta tibieza las prcticas
religiosas, pero tambin debes saber que ste es un vicio frecuente en
los jvenes y particularmente entre los militares... Por lo dems, te lo
digo con toda la sinceridad de mi alma, jams me ha abandonado la fe que
mi santa madre me inculc en la niez. Aun suenan en mis odos sus
consejos y aun podra repetir sin equivocarme la multitud de oraciones
que me haca decir de rodillas sobre la cama a la hora de acostarme...
Esto no se puede olvidar, Mara..., sera un infame si lo olvidase!...
Hoy los mismos consejos vuelven a salir de unos labios idolatrados...
Cmo quieres que no sea para m dulce la religin viniendo siempre
predicada por los seres a quienes ms he querido y respetado en mi
vida?... S, hermosa ma, soy religioso por nacimiento y por conviccin,
y espero serlo an ms fervoroso con tu ayuda. Dime lo que quieres que
haga en este punto y lo har... Dime lo que quieres que piense y lo
pensar... Soy todo tuyo, en cuerpo y en alma...

--As, as te quiero yo... Pero no has de ser piadoso por amor mo,
porque entonces no tiene mrito alguno, sino por amor de Dios. Los lazos
que en este mundo se establecen, qu valen en comparacin del que
existe eternamente entre el Criador y las criaturas? Si me quieres
mucho, quireme en Dios y por Dios, como yo te quiero a ti. De otro modo
es pecado fijar nuestra atencin y nuestro amor en ninguna criatura.

La emocin y el ardor de Ricardo recibieron un chorrito de agua fra con
estas palabras, pero supieron resistirlo sin menoscabo y siguieron
apoderados de su corazn hasta que llegaron al prtico de la iglesia.
All Mara le dijo, tomando el agua bendita, que le ofreci con la punta
de los dedos.

--Ahora te quedars debajo del coro a or la misa; yo me voy a poner
cerca del altar. Cuidado que mires para m una sola vez! Ya comprendes
que eso sera profanar el templo y en tal caso ms vale que no entres.

--No, no te mirar aunque me cueste mucho trabajo.

--Dame tu palabra de que lo hars as.

--Te la doy.

--Bien, pues, adis..., hasta luego... Esprame a la salida.

Cuando ya se haba alejado unos pasos se volvi para decirle, bajando
cuanto pudo la voz:

--Cuidado que cumplas eso... Y que ests con devocin, eh?

Ricardo hizo seal afirmativa mientras se dibujaba en sus labios una
sonrisa feliz.

Desde entonces el marqus de Pealta acompa todas las maanas a misa a
la primognita de los Elorza, separndose de ella a la puerta de la
iglesia y volviendo a juntarse a la salida. Mara mostraba recibir mucho
placer de este acompaamiento. En cuanto a Ricardo, no es necesario
encarecer la dicha que de repente cay sobre l con el cambio efectuado
en la conducta de su novia.

Poco a poco la influencia de sta empez a pesar de tal suerte sobre su
espritu que en poco tiempo, como ya l mismo lo haba anunciado, se
modificaron notablemente sus ideas y no slo sus ideas sino tambin sus
hbitos y manera de vivir. Se hizo ms circunspecto de genio y mesurado
de palabras, ms apacible y ms religioso. Atento a dar gusto a su
novia, que le solicitaba a la continua con splicas y consejos, comenz
a abandonar las diversiones ruidosas y hasta la compaa de los dems
oficiales de la Fbrica. Se retiraba temprano a casa, frecuentaba las
iglesias y paseaba muchas tardes con algn clrigo; se hizo socio de
varias cofradas piadosas, entre ellas de la de San Vicente de Paul,
visitando a los pobres en compaa de los _beatos_ de la villa y
gastando no poco dinero en donativos para el culto. Por ltimo, despus
de muchos y sentidos ruegos, hizo confesin general con fray Ignacio, el
confesor de Mara.

Por ms que parezca extrao, debemos declarar que Ricardo, lejos de
sentir en esta nueva vida repugnancia o malestar hall profundos y
misteriosos placeres, que hasta entonces jams haba gustado. El aparato
del culto catlico, en el cual haba fijado poco la atencin, empez a
fascinarle; el dulce recogimiento del templo, a la cada de la tarde,
cuando se puebla de sombras y de murmullos, le infunda suave
desasosiego, cierta ansia especial de un nosequ elevado y arcano; los
olores del incienso y de la cera eran para l como grato beleo que le
adormecan arrastrndole a regiones gloriosas de dicha inmortal; los
actos de caridad frecuentes le producan un dejo agradable y grande
bienestar que acreca su fe; la humillacin del sacramento de la
penitencia, que al principio tanto le repugnaba, lleg a ser un
manantial de goces que l mismo no saba de dnde procedan ni de qu
modo embargaban su alma.

La maana en que tom la comunin le dijo su novia al salir de la
iglesia:

--Hoy me has causado el mayor placer de mi vida, Ricardo.

El joven marqus sonri beatamente y repuso en voz baja:

--Me quieres ms ahora?

--No quiero responderte--replic la nia con una mueca graciosa--.
Despus de comulgar no se debe hablar de ciertas cosas... Esperemos a
maana.

Esperaron efectivamente a maana, y entonces Mara le dijo sin rebozo
que aquella conducta virtuosa le incitaba a amarle cada vez ms, y que
no desmayase en seguirla si quera verse siempre amado. En nada menos
que en eso pensaba Ricardo, quien se hallaba tan a su placer con el
nuevo estado de cosas, que por ninguna ventaja de este mundo consintiera
en variarlo. As, pues, sigui cada da con ms decisin por la senda
que su novia le trazaba, sin hacer caso de las bromas que los compaeros
le daban en la Fbrica, pues que en otros sitios, como no fuese en su
casa, en la de don Mariano o en la iglesia, era difcil echarle la vista
encima.

--Me has convertido en un beato!--le deca a veces a su dolo a modo de
cariosa reconvencin.

--Y qu; te pesa, pcaro?

--No, querida, no; me alegro en el alma, porque as he conquistado tu
amor...

--Nada ms que por eso?

--Eso es otra cosa!

Digamos ahora (aunque el lector no dejara de advertirlo) que la
fantasa y aun la inteligencia de Mara eran superiores a las del joven
marqus de Pealta, y que en tal supuesto y teniendo presente el
profundo cario que ste la profesaba, no tena mucho de sorprendente
que defiriese a su parecer y a sus consejos en puntos en que otros
hombres de ms instruccin e ingenio ceden con frecuencia a sus madres y
esposas. Mara, a ms de su viva imaginacin, estimulada y enardecida
por la continua lectura, posea un don especialsimo para persuadir. Su
palabra era siempre fcil y pintoresca, ejercitndose con predileccin
en convencer a sus amigos cuando trataba de arrancar de ellos algn
dinero para los pobres o para el culto de las iglesias. La rara
volubilidad con que pasaba repentinamente de lo grave y pattico a lo
jocoso, y mezclaba en una splica ardiente la sal de un dicho oportuno,
la haca irresistible. Las cofradas y sociedades devotas de Nieva no
tenan en su seno otro cofrade ms activo ni ms poderoso, y contaban
con ella en los trances difciles como con un ngel tutelar que sabra
sacarles del atolladero. Como es de suponer, no poco contribua a
mantener esta gran consideracin, adems de las preciosas cualidades
morales y fsicas de la joven, la circunstancia de ser hija del
caballero ms opulento y respetado de la villa.

Digamos asimismo que en la poca en que estos sucesos se efectuaban, el
clero y las tendencias religiosas de nuestro pueblo padecan cierta
persecucin por parte del gobierno, depositado a la sazn en manos de
los liberales ms extremados y ms conocidos por sus ideas herticas.
Esto, como era de esperar, haba excitado vivamente las conciencias
timoratas, encendiendo en las provincias del Norte, ms religiosas de
suyo y ms apegadas a nuestra tradicin, una obstinada y sangrienta
guerra civil que amenazaba concluir con el orden poltico establecido y
de paso con nuestra riqueza y prestigio. Todas las personas ms o menos
piadosas y amantes de nuestras tradiciones catlicas, todo el que
detestaba la persecucin que la Iglesia padeca y ansiaba el reinado de
Jess en la tierra por mediacin de sus ministros, estaba pendiente de
tal guerra formidable donde se debatan, no slo los derechos ms o
menos respetables de un pretendiente al trono, sino tambin los ms
caros y augustos intereses de la religin. Los que frecuentaban las
iglesias y se relacionaban con el clero ligbanse tcitamente contra los
herejes del poder, acogiendo con alegra y comunicndose velozmente las
noticias favorables a la causa monrquico-catlica, y llenos de zozobra
y tristeza las adversas. En las casas de los hacendados ms ricos, en
las sacristas y en las trastiendas de algn comerciante absolutista
lease en secreto el _Cuartel Real_, diario oficial del Pretendiente,
que llegaba de vez en cuando entre las piezas de _cretona_ o los
paquetes de macarrones. Celebrbanse con gran pompa funciones de
desagravio a la Virgen por las impiedades vertidas en el Congreso de los
Diputados, funciones que en alguna ocasin terminaron violentamente por
la intervencin del populacho. Creca la devocin al culto, sobre todo
al de los Sagrados Corazones de Jess y de Mara, y mucha gente piadosa
iba en peregrinacin al santuario de Lourdes, contando de regreso a sus
amigos las buenas disposiciones y la slida organizacin que tenan las
huestes catlicas en las provincias vascas. Algunos jvenes de las
familias ms conocidas de Nieva haban desaparecido de la noche a la
maana, dndose por seguro que haban ido a engrosarlas. De esto a la
conspiracin franca y resuelta hay poco que andar, y en Nieva se anduvo
lo que haca falta para llegar a la conspiracin.

Actuaba dentro de la villa una junta carlista, que celebraba sus
sesiones con cierto misterio y sostena relaciones estrechas con la
junta central, a la que obedeca, y frecuente correspondencia con el
ejrcito del Pretendiente. Como en el pas, aunque no de tanta monta
como en las provincias vascas, existan bastantes elementos al servicio
de la causa catlico-monrquica, que bien aprovechados podan dar por
resultado, si no una guerra formal, al menos alguna agitacin
conveniente, la junta de Nieva, instigada por la de la capital,
decidiose, despus de mucha vacilacin y no pocas discusiones, a
levantar una partida dentro del territorio. Los preparativos fueron
largos. Comenzaron a principios del invierno y no terminaron hasta los
comienzos de la primavera. Fueron noticias circunstanciadas a Bayona,
vinieron rdenes y planes de conducta, hubo infinitos cabildeos,
mezclronse algunas mujeres, salieron subrepticiamente fusiles de la
Fbrica, sustrados por algunos operarios carlistas; hzose acopio de
boinas blancas y polainas; por ltimo, cierta noche salieron al campo
como unos treinta jvenes, en su mayora estudiantes y seminaristas, a
cuyo frente se puso el presidente de la junta, don Csar Pardo, a quien
hemos tenido el honor de conocer al final del captulo tercero de esta
narracin. Pasaban de trescientos los juramentados para salir aquella
noche, mas slo acudi aquel puado de valientes, y don Csar, dando
prueba de lo que era, esto es, de caballero firme y bizarro, no tuvo
inconveniente en acaudillarlos, esperando arrastrar con su ejemplo a los
tmidos. Dirigironse a la montaa por el valle de Caedo, pero al da
siguiente una docena de guardias civiles, que sali inmediatamente en su
persecucin, los sorprendi en el momento de estar acampados comiendo, y
sin que pudiesen hacer resistencia los trajo para la villa amarrados. La
gente que tuvo noticia del suceso acudi en gran nmero a esperarlos a
la carretera, y violes desfilar hacia la crcel, tristes, pero dignos y
severos, mostrando en sus ojos altivos que, a no haber sido vctimas de
una sorpresa, hubiera corrido la sangre en abundancia.

La primognita de la casa de Elorza, ardentsima devota del culto
religioso, entregada con alma y vida a la divina tarea de santificar su
espritu y salvarlo de las garras del pecado, incansable trabajadora del
campo de la virtud evanglica, aspirando siempre a una perfeccin mayor
y celosa propagadora de la fe y la piedad, no poda menos de participar
de la indignacin que arda en los pechos de las personas con quienes
ms se relacionaba. A sus odos llegaba muy aumentado el ruido de los
excesos revolucionarios y de las impiedades diariamente vertidas por las
hojas peridicas de la capital, aunque ella jams osaba leerlas. Los
confesores le encargaban que rogase a Dios en sus oraciones por el
triunfo de la Iglesia y la confusin y arrepentimiento de sus enemigos;
las amigas y compaeras de cofrada la solicitaban para que hiciese con
ellas novenas de desagravio a la Virgen; en no pocas ocasiones le
pidieron limosna para algn sacerdote que yaca en la miseria, y otras
veces para las infelices monjas de algn convento arrojadas de l
cruelmente para transformarlo en cuartel.

Todas estas cosas iban fomentando en su alma entusiasta y ardiente, a
par de un cario fervoroso a las santas instituciones as perseguidas,
profunda aversin a sus perseguidores y a los impos que gobernaban
contra la ley de Dios. Alguna vez, arrastrada de su temperamento
impresionable, sinti impulsos vehementes de seguir el ejemplo de
Judith, haciendo expiar a algn malvado tan horribles sacrilegios.
Quisiera tener en su mano a los perseguidores de Jess para deshacerlos
y convertirlos en polvo. Cuando estos mpetus crueles la cogan,
quedbale siempre una eterna compasin por las inocentes vctimas de las
iras de la impiedad, y un vago deseo de contribuir con su sangre al
reinado de Jess y Mara sobre todas las potestades de la tierra. Sinti
que en su corazn naca un algo que la impulsaba hacia la vida activa,
persuadindola a que dejase por algn tiempo las dulzuras de la
contemplacin por los dolores de la lucha, el reposo, por el trabajo, el
encanto de la soledad por el tumulto; escuch, como la esposa del
sagrado Cantar, una voz que le deca: _breme, hermana ma, amiga ma,
mi paloma, mi inmaculada; porque mi cabeza est llena de roco y mi
cabellera mojada por las gotas de la noche._ Vio claramente que su
Jess padeca por las injusticias de los hombres y que demandaba su
concurso, que le peda una nueva prueba de amor arrancndola al
bienestar que disfrutaba y arrojndola en medio de los huracanes del
mundo.

Pero la hermosa joven vio al mismo tiempo las enormes dificultades que
surgan delante de ella al primer paso que intentara dar, las
persecuciones de que sera objeto y lo extravagante que parecera su
conducta aun a las personas que la amaban. Comprendi su debilidad, tuvo
miedo a los amargos dolores que se le preparaban y respondi como la
esposa: _He quitado ya mi tnica; cmo ponrmela otra vez? He lavado
mis pies; cmo mancharlos nuevamente?_ Largo tiempo estuvo luchando
consigo misma para apagar la voz que la llamaba a la vida activa, y
convencerse de que ella no servira de nada a la causa del Seor, pero
fue en vano. A todos sus especiosos argumentos contestaba vigorosamente
la voz hacindole presente que no deba preocuparse de si su concurso
servira o no servira, sino ms bien de la voluntad con que lo
prestaba; que Dios se complace muchas veces en mostrar su poder
encargando la consecucin de grandes empresas a una humilde y flaca
criatura, de lo cual daban testimonio bien patente la nclita Juana de
Arco, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa y otras egregias vrgenes
que realizaron, contra altos poderes de la tierra, obras portentosas.

Un suceso de poca monta vino a decidir a Mara. Su to Rodrigo, marqus
de Revollar, que era uno de los magnates ms importantes de la corte del
Pretendiente, teniendo noticia de su acendrada fe y de las relaciones
que mantena con los partidarios de la monarqua catlica en Nieva, le
escribi desde Bayona preguntndole si se prestara a servir de
intermediario de la correspondencia entre l y don Csar Pardo,
presidente de la junta carlista. Mara se apresur a responder que
tendra en ello mucho gusto, y desde entonces empez a recibir con
frecuencia cartas de su to, dentro de las cuales venan otras para don
Csar, que eran, a no dudarlo, el hilo por donde la conspiracin
carlista de Nieva se anudaba a las altas esferas de donde partan las
rdenes. Y sin saber cmo, viose comprometida, sin que de ello le
pesara, en la causa de los buenos cristianos que trataban, como a menudo
escuchaba en boca de don Csar y de otros, de volver a Jess a su santo
trono y arrojar de l a la soberbia y la hereja. Lejos, pues, de sentir
temor ni pesar por esto, crecieron sus nimos con el peligro que corra,
lo cual fue para ella seal evidente de que el favor del cielo la
acompaaba, y enfrascose cada vez ms en la empresa de los
conspiradores, acudiendo a sus reuniones y sirvindoles con celo y
entusiasmo en todo lo que poda. Cuando la intentona armada de don
Csar, ella fue quien bord el estandarte y los corazones de franela que
los defensores de la fe llevaban cosidos al chaleco. Los conspiradores
sentan hacia ella grandsimo respeto por la fama de santidad de que
gozaba, y le profesaban profundo cario por el entusiasmo con que haba
abrazado su causa. En algunas de sus asambleas, invitada a emitir
opinin, lo hizo con tanto ingenio y elocuencia, haba tal fuego y al
mismo tiempo tanta discrecin en sus palabras, que los conjurados vieron
en la hermosa joven un ngel enviado por Dios para sostener su fe y
hacerles persistir en sus grandes propsitos.

Despus del fracaso de don Csar, los carlistas de Nieva quedaron
bastante abatidos, Mara derram muchas lgrimas y pidi a Dios con
fervor que no hiciesen prevalecer la iniquidad y la mentira sobre su
santa ley y se compadeciese de los buenos defensores, desterrados y
perseguidos a la sazn. Y, en efecto, Dios, compadecido, permiti que
don Csar y la mayor parte de los jvenes que con l fueron desterrados
a las islas Canarias, se fugasen en un vapor extranjero y volviesen de
incgnito a su patria, ocultndose en las casas de los amigos fieles y
valerosos. Entonces, los partidarios de la tradicin cobraron algunos
bros y tornaron nuevamente a conspirar, si bien vagamente y sin objeto
determinado. El objeto no apareci hasta despus de algn tiempo en que
el bravo y obstinado don Csar les insinu la idea de dar un golpe de
mano atrevido que los pusiese repentinamente en aptitud de luchar
ventajosamente contra la escasa tropa que haba en la provincia. El
golpe de mano que el valiente cabecilla les propuso, fue nada menos que
apoderarse de la Fbrica de armas de Nieva. Al principio pareci a todos
desatinado el proyecto, mas poco a poco, a fuerza de dar vueltas a la
idea, fueron vindolo menos inaccesible y hasta empezaron con lentitud y
sin gran entusiasmo a preparar los medios de llevarlo a trmino.
Hallndose en tal estado las cosas, una tarde se present Mara en la
casa donde don Csar se ocultaba y quiso hablarle a solas. Lo que la
joven le dijo debi ser tan importante y halageo, que el viejo
cabecilla le dijo con voz conmovida, apretndole la mano y dndole un
beso en la frente:

--Hija ma, usted va a ser nuestra salvacin. Dios quiere poner en unas
manos tan delicadas la suerte de muchos valientes y quin sabe si
tambin el triunfo de la causa!

Volvi a casa la joven y retirose a su cuarto, donde hizo oracin largo
rato, y despus baj a la habitacin de su madre. No tard Ricardo en
llegar, como tena por costumbre. Despus de algunos momentos de
conversacin general, doa Gertrudis empez a dormitar y los dos jvenes
se retiraron al hueco de un balcn a decirse los dulces secretos de
todos los das, ms dulces y ms amables cuanto ms se repiten. Mara
estaba preocupada. Su novio, con la perspicacia del que ama de veras, lo
not al instante.

--Qu tienes hoy?... Parece que ests agitada...

--Me siento triste, Ricardo..., me siento triste como si fuera a
sucederme una desgracia.

--Son los nervios que trabajan demasiado en ti, querida. Los ayunos te
debilitan mucho. Debieras suspenderlos, as como tantas horas de
oracin, por algn tiempo... Te estn poniendo muy delgada.

--Al contrario, nunca me he sentido tan bien como estos das. No son los
nervios, sino una verdadera tristeza... Es el alma quien padece y no el
cuerpo.

--Pero tienes acaso algn motivo de disgusto?...

--Tengo un presentimiento.

--Bah, quin hace caso de presentimientos!

Mara guard silencio y Ricardo tambin. Era la hora del obscurecer.
Ambos tenan la vista fija, al travs de los cristales, en la gran
plaza de Nieva, cercada de soportales, donde los chicos que acababan de
salir de la escuela se recreaban corriendo y chillando. El sol se haba
retirado ya, dejando sobre el tejado de las casas consistoriales un gran
pedazo de cielo teido de leve tinta rosada, que hacia el cenit tomaba
matices azules y hacia el horizonte amarillos. Los habitantes de la
villa discurran por las calles evacuando los ltimos negocios del da y
gozando aquel suave crepsculo, al que no estaban avezados. Los balcones
del caf de la Estrella estaban ocupados por algunos parroquianos, que
pasaban su errante mirada por los mbitos de la plaza. En el balcn de
la casa de enfrente, un nio de ojos azules y blonda y rizada cabellera
se entretena en arrojar con un canutillo pompas de jabn, que unos
cuantos pilluelos desde abajo reciban con no poca algazara,
deshacindolas con la gorra y el pauelo.

Al cabo de un rato, Mara volviose hacia su novio, y posando en l una
mirada intensa y ansiosa, le dijo con voz que temblaba:

--Ricardo, me quieres mucho?

--Cmo me preguntas eso?... No lo sabes bien?

--S, s que me quieres, me has dado ya pruebas de ello..., pero en el
amor, como todo lo que no pasa de este mundo, hay siempre ms y menos.
Slo el amor divino es infinito. El que me tienes ha resistido bien a
ciertas pruebas; quin sabe si podr resistir a otras!

--El amor que te tengo--dijo el joven marqus apoyando la mano sobre el
corazn--tiene fuerza para resistir a todas las pruebas.

--A todas?

--A todas.

--Y si yo te pidiese la vida?

--Bah, bah!--repuso alzando los hombros con ademn desdeoso--, eso
sera pedir muy poco.

Mara sonri con satisfaccin, y despus de una pausa pregunt
tmidamente:

--Y si te pidiese el honor..., o lo que vosotros los hombres entendis
por honor?...--aadi corrigindose.

Ricardo se puso levemente plido y tard algn tiempo en contestar. Al
fin dijo en voz ms baja y con calma:

--El honor, querida ma, no nos pertenece; es un depsito que el cielo
pone en nuestras manos al nacer y del cual nos pide cuenta al morir.

Un relmpago de indignacin y desprecio pas por los ojos de Mara al
escuchar estas palabras.

--Y quin os ha dicho a vosotros lo que el cielo os deja y os pide, y
por qu mezclis al cielo en cosas que pertenecen muchas veces al
infierno?...

Pero, calmndose inmediatamente y comunicando a sus palabras un tono
dulce y persuasivo, aadi:

--Lo que el cielo confa al hombre al nacer nadie puede revelarlo ms
que la religin, y sta nos dice que el hombre cifra no pocas veces su
honor en lo que debiera considerar como su ruina y perdicin...
Generalmente, lo que el mundo ms aprecia y apetece va contra la ley de
Dios. Por eso debemos hacer muy poco caso de ese pretendido honor con
que se disfraza el orgullo y la soberbia. El verdadero honor del
cristiano consiste nicamente en servir a Dios y cumplir sus santos
preceptos... Escucha, Ricardo... Cuando te preguntaba si me amabas mucho
es porque tena necesidad de saberlo..., de saberlo con entera y
absoluta certeza... Voy a hacerte una confesin, despus de la cual, si
eres tan virtuoso y tienes tanta fe como puedo exigir de ti, tal vez me
ames ms... Si tu fe es tibia y vacilante y pagas tributo a las frvolas
consideraciones mundanas, seguramente me amars menos y quiz llegars a
huirme...

--Eso nunca!

--Aguarda un instante... Figrate que tu novia, desechando y aun
violando ciertas reglas que la sociedad exige y traspasando los lmites
que seala siempre a la mujer, sobre todo cuando es una nia soltera, se
mezcla en asuntos puramente varoniles..., por ejemplo, en poltica... Y
no slo se mezcla con el pensamiento y la palabra, sino que toma en ella
una parte activa. Figrate que entra en una conspiracin y trabaja con
ahnco para que triunfe su causa... y pone en peligro su vida o su
libertad para conseguirlo...

--Pero t?

--S--dijo con resolucin--; yo estoy unida con toda mi alma a una
conspiracin..., yo trabajo con todas mis fuerzas por el triunfo de la
causa de los buenos. Bien sabe Dios que no me importa nada que
gobiernen unos u otros ni me ha arrastrado a tal proceder ninguna
consideracin terrenal! Pero he visto y estoy viendo maltratada a la
religin y sus ministros, estoy viendo en peligro la salvacin de muchas
almas, veo todos los das al divino Jess y su dulce nombre escarnecidos
por los impos que mandan casualmente en Espaa, ponindole una corona
de espinas mil veces ms dolorosa que la que llev en Jerusaln... y
siento que sus ojos me imploran y escucho su voz celestial que me
solicita para que afloje un poco aquella terrible corona... Crees t
que debo posponer los sublimes intereses de la religin, la salud de mi
alma y la gloria de Jess al pueril temor de desagradar al mundo?

--Yo no s nada--dijo sordamente Ricardo, abismado en profunda
meditacin.

--Ves cmo tena razn! Ahora que me he confesado contigo y te he dicho
mi secreto, ya no me quieres y no tardars seguramente en alejarte de m
y dejarme abandonada.

La ltima palabra de la joven hizo levantar vivamente la cabeza a
Ricardo, quien, presintiendo algo grave, repuso en tono malhumorado:

--Y qu es lo que te ha movido a confiarme todas estas cosas que tanto
reservaste hasta ahora?

--Ante todo perdname que no te las haya confiado antes. Eran secretos
que no me pertenecan... Adems, recelaba que no pensaras como yo y
levantaras algn obstculo a mis planes... Pero hoy has variado mucho;
eres ms piadoso y amas el nombre de cristiano que posees. Por eso me
decid a abrirte enteramente mi alma y a poner en tus manos fieles y
seguras la vida de muchos hombres generosos... Yo soy muy dbil, Ricardo
mo; no soy ms que una pobre nia incapaz de luchar ni de resistir...
No me abandones..., por Dios, no me abandones!...

El joven presinti el peligro mucho ms prximo y exclam:

--Acabemos de una vez, Mara, y sepamos de qu se trata!

--Se trata de un gran merecimiento que puedes contraer para salvarte si
abandonas las nefandas sugestiones del mundo y acudes al llamamiento del
cielo... En esta villa existe un arma poderosa que en vez de servir a
Dios, como todo el mundo debe servir, es un temible auxiliar del
demonio. Esta arma es la Fbrica de fusiles... (Mara se detuvo un
instante, y echando una mirada de temor a su amante, aadi con voz
temblorosa): T puedes arrancar al demonio esta arma para ponerla en
manos de Dios, entregando la Fbrica a los defensores de la religin,
y...

Se detuvo otra vez mirando con espanto el rostro lvido y contrado del
joven marqus, que agarrndola del brazo y sacudindola fuertemente
rugi ms que dijo:

--Quin te ha sugerido la idea de proponerme eso?... Respndeme...
Quin ha sido el miserable, el vil y el canalla que te lo ha
aconsejado?... Quiero ir ahora mismo a arrancarle la lengua! Dmelo,
dmelo, Mara... De ti no ha nacido ese pensamiento... T no has podido
pensar que tu prometido, el marqus de Pealta, el descendiente de
tantos caballeros nobles, un militar pundonoroso y leal, pudiera
escuchar con calma semejante proposicin... T no has podido imaginar
que el hombre que te adora sea un cobarde traidor a quien sus compaeros
escupiran con razn en la cara... Slo as te puedo perdonar las
horribles palabras que acabas de proferir... Oye, por Dios, Mara... En
este momento tengo la cabeza encendida y el corazn helado... Escucho
dentro de m una voz que me anuncia una gran desgracia. Pues bien, en
este momento te digo que te quiero con toda mi alma..., hasta dar por ti
la vida con gusto..., pero si el amor que te tengo se multiplicase por
mil y no cupiese en este mundo, lo ahogara, lo apagara como se apaga
una luz..., de un soplo, y me quedara toda la vida en tinieblas antes
que prestarme a tal villana... Qu digo!... Si el mismo Dios bajase a
proponrmela y me amenazase con las penas eternas del infierno, la
rechazara... Preferira condenarme con los leales a salvarme con los
traidores.

Mara baj consternada la cabeza. Al cabo de un rato pudo articular
dbilmente:

--No me entiendes, Ricardo, ni yo te entiendo tampoco. Para juzgar las
cosas de este mundo nos colocamos en puntos de vista muy distintos. T
miras por el cristal de las convenciones establecidas por los hombres y
yo nicamente por la de la ley de Dios. Para ti el renombre de valiente,
la fama de leal y de noble es lo primero. Para m lo principal es la
salvacin del alma... Perdname si te he ofendido, y que ese honor, al
cual rindes tan fervoroso culto, te sirva para no acordarte de lo que
hemos hablado.

Ricardo pos sobre la joven una mirada prolongada y triste. Acababa de
hacerse cargo de que aquella mujer no poda ser suya; que en aquel
corazn idolatrado, henchido de sentimientos misteriosos, quiz grandes
y sublimes, pero incomprensibles para l, ocupaba lugar muy secundario.
Una lgrima salt a sus ojos y se desliz temblorosa por sus mejillas.

--Tienes razn, Mara..., no te comprendo... Mi padre fue un hombre
honrado, y tampoco te comprendera... Mi abuelo fue un militar que
perdi la vida defendiendo a su patria, y tampoco te comprendera...
Pero mi padre y mi abuelo se ofenderan, como yo me ofendo, de que
alguno les recordase que deban guardar los secretos que se les
confiaba.

Ambos guardaron silencio obstinado mirando tristemente al travs de los
cristales de la gran plaza de Nieva, que las sombras de la noche
empezaban a ocultar. Los transentes se retiraban a sus casas con paso
tardo y perezoso. Algunas luces brillaban ya en el fondo de las
viviendas. Los pilluelos, que reciban afanosos las pompas de jabn que
el chico de la casa de enfrente les arrojaba, haban desaparecido, y
aqul, harto de soplar por el canuto, concluy por dejarlo en el suelo,
as como la taza del agua, ponindose a hacer muecas a Ricardo y Mara.
Pero stos, graves y rgidos, no le hicieron caso como otras veces, y el
nio, sorprendido de hallarlos tan serios, quedose tambin inmvil
mirndoles fijamente con sus claros y hermosos ojos de querubn.




XIII

EN QUE SE NARRAN LOS TRABAJOS DE UNA VIRGEN CRISTIANA


El comandante general que la vacilante repblica espaola tena en la
provincia de... era bastante brbaro (dicho sea sin nimo de inferirle
agravio, pues todo hombre tiene derecho a ser lo brbaro que juzgue
conveniente dentro de la sana moral y las buenas costumbres). Lo primero
que hizo, as que tuvo noticia por _un soplo_ de que los carlistas de
Nieva preparaban una _algarada_ (as la llamaba l) e intentaban nada
menos que apoderarse de la Fbrica de armas, fue llamar al comandante
Ramrez y decirle:

--Necesito que antes de una hora salga usted con dos compaas y
acompaado del inspector de polica para Nieva; y en cuanto llegue usted
all me prenda usted y me traiga amarrados codo con codo, lo entiende
usted bien?, amarrados codo con codo, a todos los individuos que van
apuntados en ese papel.

--Est bien, mi general.

--Para custodiarlos no hace falta ms que media compaa. Usted, con lo
restante de la fuerza, se pone a las rdenes del coronel director hasta
que yo disponga otra cosa.

--Est bien, mi general.

Cuando el comandante Ramrez, despus de hacer su saludo, sala por la
puerta del despacho, el brigadier volvi a llamarle.

--Oiga usted, Ramrez, cmo le he dicho que trajese a los presos?

--Amarrados codo con codo, mi general.

--Perfectamente. Vaya usted con Dios.

La noche en que las dos compaas llegaron a Nieva era la sealada por
los amigos de don Csar para dar el grito de guerra y apoderarse de la
Fbrica. La conspiracin estaba bien tramada. A la una de la madrugada
deban reunirse cincuenta hombres en la huerta de un rico hacendado
carlista y otros cincuenta en la bodega de otro para proveerse de armas
y uniformes. A las dos en punto marcharan todos hacia la Fbrica, cuya
guardia, encomendada a la sazn al joven marqus de Pealta, no pasaba
de veinticinco hombres, y la atacaran ostensiblemente por las puertas,
mientras otros escalaran por detrs las tapias. Una vez dentro, se
apoderaran rpidamente de los fusiles construidaos, cargndolos sobre
mulos, que tambin estaban preparados, pegaran fuego a los talleres y
se saldran a toda prisa de la poblacin. Para cuando fuesen atacados
contaban llevar ya quinientos o seiscientos hombres bien provistos de
armas y municiones. Don Csar no dudaba del buen xito de su atrevida
empresa; pero el maldito _soplo_ tradicional en todas las conspiraciones
habidas y por haber, vino a dar al traste con los proyectos del bravo
caballero.

A las once de la noche el comandante Ramrez y el inspector de polica
tenan presos ya a todos los individuos de la junta y a diez o doce de
los ms caracterizados carlistas de Nieva, los cuales, amarrados y
custodiados por media compaa, segn las prevenciones del comandante
general, esperaban debajo de los soportales del Ayuntamiento la orden de
marcha. La nica mujer que iba entre ellos era Mara. En vano don
Mariano, con lgrimas en los ojos, suplic al jefe de la fuerza que le
permitiese llevarla en un coche. El comandante Ramrez manifest que
senta muchsimo no poder complacerle y que lo nico que en su obsequio
hara era llevarla suelta y aguardar unos instantes a que le trajesen
calzado fuerte y ropa de abrigo, exponindose por ello a incurrir en las
iras del general, que era... (Aqu el comandante Ramrez hizo uso del
adjetivo que ya hemos tenido el honor de emplear.)

Al fin se dio la orden y el teniente emprendi la marcha con los presos.
Don Mariano no quiso dejar a su hija. Aunque no llova en aquel momento,
la noche estaba muy hmeda y el piso, segn acusaban las polainas de los
soldados, verdaderamente asqueroso. En la villa se hallaban ya casi
todos al corriente de lo que pasaba, y muchos bultos negros,
silenciosos, ocupaban los balcones, sacndose los ojos para ver cmo
desfilaban los presos. Al pasar por cierta calle una voz irritada de
mujer grit desde un balcn:

--Infames, ya las pagaris todas en el infierno!

Los soldados levantaron la cabeza y tornaron a bajarla, prosiguiendo
silenciosamente su marcha, cuyo rumor acompasado infunda tristeza y
miedo. Todos ellos sentan sobre sus roses una continua descarga de
miradas de odio, que, a pesar de no merecer, reciban con la resignacin
del que est avezado a padecer injusticias. Pronto dejaron las ltimas
casas del pueblo y entraron en la carretera, cuyo primer trozo estaba
guarnecido de altos lamos.

El cielo segua negro y espeso, envolviendo en tinieblas a la tierra.
Apenas se perciban los bultos de los rboles cercanos y los de tal casa
que otra de labranza construida al borde de la carretera. Los pies de
los viajeros no producan el ruido seco que cuando caminaban por el
empedrado de la villa, sino un chapoteo an ms triste. El teniente, que
era un mancebo de veinte aos, bastante simptico, dio la orden de
colocarse en dos filas, dejando a los presos en el medio. Despus se
acerc a ellos, y, preguntndoles si se les ofreca algo, disculpose con
frases corteses de llevarlos atados; pero ya deban tener noticia de que
el general era bastante... (El joven teniente hizo uso del mismo
adjetivo que su comandante y que nosotros, los primeros, hemos echado a
volar.) Los presos murmuraron las gracias encerrndose en un silencio
digno. Al poco rato comenz a llover fuertemente. Don Mariano, que no
haba cruzado la palabra con su hija, abri el paraguas apresuradamente
para taparla y la estrech largo rato contra su corazn, murmurndole en
el odo:

--Hija ma, qu trago tan amargo me haces pasar!... Embzate bien...
Tienes fro? Oh, me las pagar ese bruto!... Ir a Madrid a ver al
ministro de la Guerra y conseguir mandarlo a un castillo. Te entra el
agua por algn sitio, corazn mo? Quieres mi impermeable?... Mandar
traer atada a mi hija!... Ah, grandsimo puerco! De qu cuadra te
habr sacado este gobierno de sainete?... Si te pones enferma, le mato
irremisiblemente... Pero a ti, mentecata, quin te ha metido en estos
los de conspiraciones sin mi permiso?... Si no te hubiese dejado
arrastrar tanto los zapatos por las iglesias, a estas horas no estara
pasando tales amarguras! Qu tienes t que ver con los carlistas ni con
los republicanos?... Una nia bien educada se est en su casa
quietecita, cuidando de las camisas de su padre y haciendo calceta...,
estamos?..., y haciendo calceta... Canalla! Miserable! Mandar traer
atada a mi hija!... Si le veo no respondo de no echarle las manos al
cuello!...

--Clmate, pap..., clmate, por Dios... Voy perfectamente... Cuando se
sufre por Dios, el sufrimiento se convierte en placer. Nunca me he
sentido tan bien como en este momento... y es porque advierto en mi
alma el consuelo de haber hecho algo por restablecer a Jess en su santo
reino... Lo nico que me hace padecer es verte disgustado... Ay, pap,
cunto dara porque tu fe fuese tan viva y ardiente como la ma, para
que despreciases todos los dolores de la tierra y marchases tranquilo y
contento como yo marcho adonde Dios quiera llevarme!

Don Mariano sinti que un torrente de palabras irritadas y colricas se
le agolpaban a la garganta, pero no pudo darle salida. Lo nico que hizo
fue echarle el impermeable encima a su hija, dejando escapar una especie
de gruido de elocuencia conmovedora.

Ces de llover al fin. Sintiose un leve soplo de viento brego y la
espesa capa del cielo comenz a enrarecerse despidiendo tenue y escasa
claridad, que hizo resaltar las siluetas de los soldados y los rboles y
los enormes bultos de las montaas que cerraban el valle. El silencio en
la comitiva era sepulcral. Los presos no cambiaban entre s palabra
alguna, devorando su rabia y tristeza. En la campia tampoco se
escuchaba ninguno de los gratos ruidos que acrecientan el misterio de la
noche y llenan el alma de suave melancola. Slo al pasar por delante de
alguna casa se oa dentro el gruido amenazador de un perro que
protestaba contra el desfile de la tropa a hora tan inusitada y tal vez
que otra el no ms dulce murmullo del sargento Alcaraz, que maldeca de
la noche, de su suerte y de la madre que le haba parido.

El viento sigui soplando cada vez ms vivo; un viento tibio y hmedo
que los presos encontraban asaz siniestro. Los rboles que bordaban las
orillas de la carretera se retorcieron angustiados, dejando caer toda el
agua de que estaban cargados. En la escasa claridad del cielo comenzaron
a resaltar los bultos de grandes nubarrones negros que rodaban
velozmente por la atmsfera cual si viniesen perseguidos de cerca por
algn monstruo de la noche. Detrs de estas nubes no se perciba el azul
oscuro del firmamento, sino un espeso manto gris que pareca
impenetrable. No obstante, el viento, cuyo mpetu iba siempre en
aumento, logr desgarrarlo, al fin, por algunos sitios, formando gratos
agujeros, en el fondo de los cuales se perciba el suave fulgurar de
alguna estrella. Las grandes nubes negras venan a taparlos; pero el
manto se desgarraba por otros parajes a toda prisa y las diminutas
estrellas tornaban a hacer guios amables a la tierra. Al cabo, una gran
luz argentada ba sbitamente toda la campia. La luna haba aparecido
entre dos nubes, bella y esplendorosa como una virgen que abre las
ventanas de su aposento. Mas apenas hubo echado una mirada curiosa a
nuestra comitiva, cuando los nubarrones se estrecharon, poniendo venda a
sus ojos y dejando a la tierra triste y sombra. De nuevo volvi a
aparecer en lo alto y otra vez torn a ocultarse, mirando resbalar por
delante de s una legin presurosa de nubes de todas formas y tamaos
que volaban a regiones desconocidas. En el espacio de media hora
presentose y ocultose un nmero incalculable de veces, ofrecindose a
los ojos de los viajeros como un navo presto a sumergirse en aquel
ocano inquieto y tenebroso.

Por ltimo, soseg la tempestad del cielo. Poco a poco haban ido
desapareciendo detrs de las montaas los espesos nubarrones que
manchaban la faz del firmamento. Unos cuantos que haban quedado
rezagados y que a largos intervalos, cruzando por delante de la luna,
suman a la tierra en las tinieblas, tambin traspusieron los picos de
las montaas. Y qued el firmamento sereno y lmpido, desplegando su
oscuro manto tachonado de estrellas. La luna trazaba un crculo luminoso
a su alrededor, en el cual, como reina orgullosa, no permita brillar
ningn otro astro. El dilatado valle pareci estremecerse suavemente de
placer al sentir el beso de la luz. Y de sus bosquecillos de naranjos, y
arroyos sosegados y blancos caseros esparcidos aqu y all dej escapar
millones de reflejos que se perdieron con dulce misterio en el aire. En
ciertos parajes se extendan grandes sbanas argentadas donde se
perciban con admirable claridad las siluetas de los rboles y vallados;
en otros se acumulaban las sombras protegiendo el sueo de las plantas.
El anchuroso valle as iluminado ofreca un aspecto de lago dormido.

Despus de caminar bastante tiempo por el medio, nuestra comitiva toc
en las montaas que lo cercaban. Era necesario trasponerlas para entrar
en la campia que rodea a... La carretera penetraba por los sitios ms
accesibles, ciendo el costado de uno de los montes con declive bastante
pronunciado. El horizonte se estrechaba de modo extraordinario. Al
comenzar la subida, el teniente mand hacer alto delante de un enorme
mesn situado al pie de la carretera, y haciendo llamar al dueo le
oblig a levantarse y a servir vitualla a la tropa. Los presos entraron
en la casa y descansaron buen rato. Y otra vez emprendieron la marcha
subiendo con calma el spero repecho.

La briosa vegetacin del valle haba desaparecido. Los montes, que se
cerraban cada vez ms, dejando apenas paso a la carretera, estaban
vestidos nicamente de helecho. De vez en cuando se tropezaba con el
agujero de alguna mina de carbn, abierta sobre el camino. Don Mariano
no pudo resistir a la tentacin de hablar del ferrocarril de Nieva, y se
acerc al teniente mostrndole por dnde iba el trazado de Sotolongo y
explicndole ampliamente las ventajas que llevaba sobre el de Miramar.
El piso estaba bastante ms enjuto a causa de la pendiente, y la luna
segua desde lo alto esclareciendo la ruta, posando su dulce y tranquila
mirada sobre los viajeros. Oyronse los acordes de una guitarra. Cundo
dej de sonar la guitarra en una marcha de soldados espaoles! Y una voz
de timbre varonil, con acento del Medioda, cant:

    _Como cosita propia
    te miraba yo,
    te miraba yo;
    pero quererte como te quera,
    eso se acab,
    eso se acab._

Cuatro o cinco soldados esparcidos en distintos puntos acusaron tambin
su origen meridional, gritando al concluirse la estrofa: Ol, ol!
Aquella cancin, nacida en el ardiente suelo de Andaluca, fue una
varilla mgica que ahuyent la tristeza de los corazones. Las montaas
severas, posedas de sbito enternecimiento, hicieron resonar la voz del
soldado, conducindola muy lejos al travs de sus gargantas y
quebraduras. Entablronse animadas conversaciones en la tropa que se
suspendan cada vez que el soldado andaluz lanzaba al aire una copla.
Los presos continuaban en su obstinado silencio.

Todos marchaban perezosamente, con la boca entreabierta, gozando, sin
darse cuenta, del cambio favorable que la noche haba experimentado. De
pronto, al salvar una de las numerosas revueltas de la carretera, en el
sitio ms fragoso de la divisoria, oyose el disparo de un fusil. Un
soldado vino a tierra. Casi al mismo tiempo el grito formidable de
_Viva Carlos Sptimo!_ fue lanzado al espacio. Al levantar la cabeza
vieron todos no a mucha distancia y en pie sobre una de las rocas que
dominaban el camino, a un hombre de grandes bigotes blancos vestido con
zamarra y boina. Los presos reconocieron inmediatamente en l al
presidente de la Junta, don Csar Pardo. El teniente orden en batalla a
la tropa temiendo una emboscada, y mand hacer fuego; pero la descarga
no dio resultado. Disipado el humo, tornaron a ver a don Csar cargando
tranquilamente su arma. Al dispararla, grit otra vez con ms fuerza:

--Viva Carlos Sptimo!

--Mal rayo te parta, viejo zorro, me has destrozado un brazo!--exclam
el sargento Alcaraz llevando la mano a la herida.

--Segunda fila, apunten, fuego!--dijo el teniente.

Tampoco se consigui nada. Don Csar dispar de nuevo, gritando:

--Viva la religin!

Entonces el teniente orden con voz colrica:

--Fuego a discrecin!

Un tiroteo incesante parti de la media compaa formada en batalla.
Pero el solitario enemigo ni hua ni caa. En pie sobre la roca, sin
intentar siquiera guarecerse detrs de alguna piedra, segua cargando y
disparando su arma, repitiendo siempre con voz terrible:

--Viva Carlos Sptimo! Viva la religin!

Raro era el disparo que no ocasionase alguna baja en la tropa. La luna
iluminaba su rostro altivo y feroz surcado de arrugas.

--Me conocis?--grit sin dejar de hacer fuego--. Soy don Csar Pardo,
cristiano viejo y carlista de los pies a la cabeza.

--Eres un ladrn!--contest un soldado.

--Oye, chiquito; te tiembla mucho el pulso y tus balas pasan muy lejos.

--All va sa!

--Nada..., no has acertado!... Si trajese diez hombres conmigo, cmo
correrais todos, falderillos!

--Haced lo que queris, muchachos... A matar ese perro!--grit el
teniente en el colmo de la irritacin.

Los soldados se lanzaron veloces a la montaa y se pusieron a treparla
con la agilidad de gatos monteses. La rabia de que estaban posedos
redoblaba sus fuerzas. Pero al mismo tiempo el teniente, que haba
arrebatado el fusil a uno de los soldados, dispar sobre don Csar y le
volc.

--Basta, muchachos..., volveos..., ya cay el milano--torn a gritar con
acento de triunfo.

--No tiene ms que una pata herida!... Todava le queda el
pico!--repuso el cabecilla con voz ronca.

Y, en efecto, con el muslo atravesado consigui incorporarse y cargar su
fusil, que dispar inmediatamente sobre los que suban. stos lanzaban
rugidos de clera mientras se iban agarrando a los helechos o hincaban
las uas en el musgo para trepar ms presto.

--Venid, venid, cobardes!--deca don Csar trasportado tambin por el
furor--. Venid a aprender a pelear... Veis cmo se bate un oficial
carlista?... Veis cmo vale por cincuenta republicanos?... Contad
maana vuestra hazaa al general Bum Bum que os ha enviado... Que os
den la cruz laureada, valientes! All va ese tiro por don Carlos!... Ya
s que llevis una nia presa, bravos soldados de la repblica... All
va ese otro por doa Margarita... Te ha sabido mal la peladilla,
muchacho?... Oh, me alegro que ya estis aqu! Viva Carlos...!

No pudo acabar. Un soldado, que haba llegado a la cima, le puso el
can del fusil en la frente, y le deshizo la cabeza, diciendo:

--Muere, cochino!

Lo mat sin hacer caso de las voces de sus compaeros, que gritaban:

--Djamelo a m; djamelo a m!

Al llegar con las mejillas plidas y los ojos inyectados, todos
dispararon sobre el cuerpo inanimado del terrible cabecilla, que pronto
qued espantosamente destrozado. Una vez concluido aquel acto de
barbarie, engendrado por la clera, los soldados quedaron silenciosos.
Calmada la irritacin, se hicieron cargo de que haban luchado contra un
hombre solo y no quedaron satisfechos de s mismos. A su despecho se
sentan posedos de admiracin.

--Tena agallas el viejo!--dijo uno, limpindose unas gotas de sangre
que le haban saltado a la cara.

--Bien reido estaba con la vida!--manifest otro.

--La verdad es, muchachos, que uno por uno este viejo se hubiera tragado
a la media compaa con trapos y todo--concluy por apuntar un tercero,
sin que nadie protestase.

En la tropa haban resultado cinco heridos. Colocronlos como pudieron
en andas improvisadas y emprendieron nuevamente la marcha. Lo mismo los
soldados que los presos caminaban silenciosos y tristes, profundamente
impresionados por el trgico suceso que acababa de ocurrir. El cielo
segua tan plcido y sereno como antes, y en medio de l la luna, que
acababa de alumbrar con su luz tibia y potica aquella lucha desigual,
segua esparcindola sobre la comitiva, que ascenda lentamente por la
carretera y sobre el lvido y destrozado cadver que dejaban atrs,
encima de la roca. Las luchas, las alegras, los dolores de estos pobres
diablos que nos movemos por la tierra, qu valor tienen, qu significan
ante la paz augusta de los cielos! Para ellos lo mismo pesa la cada de
un imperio que la de una hoja, lo mismo suena el suspiro de una nia
enamorada que el estertor de un moribundo. La naturaleza es sorda--dijo
el gran Leopardi--y no sabe compadecer.

Pero Mara caminaba con los ojos clavados en el firmamento, mirndolo de
un modo muy diverso. All donde el poeta no encontraba sino una voluntad
ciega incapaz para el bien, la piadosa nia vea un Dios providente y
misericordioso, tan misericordioso como terrible, que acoga en su seno
a los buenos y mandaba a los malos a penar eternamente; un Dios que,
como nosotros, se ablandaba con las splicas y las lgrimas. Sintiose
conmovida pensando en la suerte que correra ante la justicia divina el
alma del que acababa de expirar, y por un movimiento vivo y espontneo
de su corazn, dijo con alta y sonora voz:

--Por el alma del difunto don Csar Pardo: Padre nuestro que ests en
los cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino, hgase
tu voluntad as en la tierra como en el cielo.

Los presos contestaron rezando con fervor. Algunos soldados hicieron lo
mismo. Despus siguieron caminando en silencio, sin que se escuchase ms
que el ruido de su fatigosa respiracin, y tal vez que otra las quejas
de los heridos, no muy bien acomodados en sus parihuelas. Salvaron, al
fin, el punto ms alto de los montes divisorios y comenzaron a bajar
hacia el extenso valle de... Rayaba ya el alba en los confines del
Oriente. El oscuro azul del cielo por aquel lado se desvaneca en una
claridad plida y triste que borraba tambin el centelleo de las
estrellas. Los viajeros sintieron un vientecillo fresco y desagradable.
Muy pronto se extendi una gran franja dorada sobre las colinas de
Levante, y la comitiva pudo contemplar a su placer el dilatado valle que
tena a los pies. Algunos jirones de niebla se alzaban lentamente del
fondo de los arroyos que lo surcaban, y all, al Occidente, una gran
cortina de montaas negras, en cuyas cimas aun blanqueaba la nieve,
cerrbalo bruscamente arrojando sobre l un manto de sombra. A pesar de
esta sombra, los ojos de los viajeros, conocedores del terreno,
distinguieron en la misma falda de la negra cortina la aguja de la torre
de la catedral. Los presos y sus custodios llegaron al llano y
atravesaron el valle de un cabo a otro, empleando en ello mucho tiempo,
a causa principalmente del cuidado que exigan los heridos. Por ltimo,
tocaron a las ocho de la maana en las primeras casas de los arrabales
de...

Los habitantes de la capital haban tenido noticia del repentino golpe
que su gobernador militar haba dado a los carlistas de Nieva, y una
gran muchedumbre, reunida en las calles, esperaba impacientemente para
ver desfilar a los presos. Estaba compuesta en su casi totalidad por lo
que durante el perodo revolucionario se llam pueblo soberano, esto es,
por todos los pilluelos y ganapanes de la ciudad, a los cuales se
agregaban algunas personas dignas, aunque ociosas, y casi todas las
comadres de los arrabales.

Al ver de lejos la comitiva, la multitud se agit tempestuosamente, y
hubo un sordo clamor general:

--Ya estn ah, ya estn ah! Dicen que tenan preparado para esta
noche el asesinato de todos los liberales de Nieva. Ah, tunos! Gracias
que han cado antes en la ratonera!

--Hay que desengaarse--manifest un gordo y colorado caballero de
aspecto bonachn--, todos los carlistas son unos pillos o unos tontos.
Yo no empleara con ellos otros medios que el exterminio..., el hierro
y el fuego!

--Vamos a cantarles el _trgala_ cuando pasen--dijo un chico desarrapado
a otros dos elegantes que le acompaaban.

La gente avanz cuando ya los tuvieron cerca, ponindose los que
pudieron en pie sobre el pretil de la carretera. Al ver los heridos y al
tener noticia por las breves palabras de algn soldado del incidente de
don Csar, los curiosos ciudadanos se creyeron en el caso de indignarse,
y contentndose al principio con manifestarse unos a otros sus
pensamientos hostiles, concluyeron por vomitar furiosas injurias contra
los presos, apostrofndoles en voz alta, como si todos hubieran recibido
de ellos algn agravio. De esta suerte continuaron escoltndoles por las
calles de la poblacin, creciendo siempre su furor e indignacin, hasta
querer pasar a vas de hecho. Los presos caminaban con la cabeza baja y
el rostro encendido.

--Ah, hipcritas, comesantos!--les deca uno--. Cundo ser el da en
que os vea ahorcados!

--Mralos cmo bajan la cabeza esos malditos! Si nos tuvieran entre
sus uas ya estaran ms contentos los muy arrastrados!

--Gritad ahora viva Carlos Sptimo, tunantes!

Pero con quien ms se ensa el furor popular fue con Mara. Ni su
juventud, ni su belleza, ni su debilidad fueron parte a librarla de
feroces y asquerosos insultos.

--Quin es la mujer que viene entre ellos? Dicen que es una
santa.--S, una santa que anda suelta!--Oye, muchacha, si buscas
novio, aqu tienes uno!--Qu falta de algunas docenas de azotes!--Mira
qu ojillos hipcritas pone la pendanga!

Comprenderse fcilmente en qu estado de aturdimiento, furor, angustia
y exaltacin pondran al noble don Mariano Elorza estas groseras frases
que se vea obligado a escuchar. En su impotente rabia mordase las
manos y se tapaba los odos, temiendo que la sangre le cegase y llegase
a cometer algn delito que comprometiera la vida de su hija.

Como ya dijimos, la muchedumbre, no contenta con prodigarles injurias,
trat asimismo de arrojarse sobre ellos brutalmente. Un chicuelo dio la
seal lanzndoles un pedazo de naranja. Otros muchos siguieron su
ejemplo, y cay sobre los desgraciados una granizada de proyectiles ms
sucios en verdad que mortferos. Sin embargo, un tallo de berza lanzado
con fuerza vino a dar en el rostro de Mara y la hizo sangrar por los
labios.

Oh!, entonces el furor del infeliz don Mariano estall terrible y
alborotado como el del mar en momentos de borrasca, como el de un volcn
en erupcin. Su atltica figura cay sobre el grupo de curiosos que
tena ms cerca y lo deshizo del primer empuje, volcando a los hombres
por el suelo cual si fuesen de paja. Los que quedaron en pie huyeron,
sin esperar la segunda arremetida. El seor de Elorza quiso internarse
por la muchedumbre, pero encontrando resistencia por lo apretada que
estaba, ech las manos al cuello al primer ganapn con quien tropez, y
lo hubiera asfixiado seguramente a no haber intervenido los soldados,
que sujetaron por detrs al irritado padre. Su ira entonces se deshizo
en palabras desbordadas y frenticas que impusieron silencio a los
rumores de la plebe.

--Canalla!, vil canalla!, cobardes, miserables!... Si no me
sujetasen, os ira arrancando la lengua uno a uno... Habis herido a mi
hija... No sabais que era mi hija, pillos? Aqu demostraris vuestro
valor! Por qu no vais a Navarra a combatir con los hombres armados, y
atacis ahora a los indefensos?... Porque sois unos cobardes..., una
chusma indecente, que se debe esparcir a latigazos!... Si hubiese entre
vosotros alguna persona digna de medirse conmigo, que salga para que le
escupa en la cara... Djenme ustedes, djenme ustedes, por Dios, matar
a alguno de estos granujas que han herido a mi hija! Djenme ustedes,
seores; por Dios, me dejen ustedes!...

Don Mariano forcejeaba por desasirse de los brazos de los soldados. Los
curiosos, que haban retrocedido ante su empuje, vindole sujeto y
repuestos del susto, volvieron hechos basiliscos, arrojando espumarajos
por la boca.

--Este vejestorio est insultando al pueblo!--Es un carcunda
rabioso!--Vaya una vergenza que as se insulte al pueblo!--Por qu no
matis a ese bribn?--Matarlo, s; matarlo!--Matarlo! Matarlo!...

Y la muchedumbre se fue acercando, aunque lentamente, a la tropa como un
ocano de olas hinchadas y amenazadoras, y hubiera dado buena cuenta de
don Mariano y los presos a no haber impedido el teniente tal acto de
barbarie, gritando con voz entera:

--Compaa..., preparen..., ar...!

Entonces las olas hinchadas se deshincharon como por ensalmo. La voz del
teniente fue el... _Sed motos prestat componere fluctus_ de Neptuno. El
pueblo soberano volvi grupas, y diciendo para sus adentros, slvese el
que pueda!, se dio a correr en todas direcciones, cayendo aqu y
levantndose ms all. Y es fama que su majestad corri tanto y tan bien
que en menos de tres minutos desaparecieron de la puntera de los
soldados.

Gracias a ello los presos continuaron tranquilos hasta la crcel, donde
preventivamente los alojaron en una gran sala bastante sucia, con
pavimento de madera agujereado de los ratones por no pocos sitios. A
Mara se le concedi un cuarto independiente, de relativo aseo y
comodidad.

La hora designada para comparecer ante el Consejo de guerra fueron las
doce, y cuando sonaron se les traslad perfectamente custodiados a un
saln bien decorado del cuartel, donde aqul se hallaba reunido. Los
oficiales que lo componan estaban sentados detrs de una larga mesa,
vestida de damasco encarnado, debajo de un dosel de terciopelo que, en
otro tiempo, cuando no estbamos en repblica, haba servido para dar
realce y prestigio al retrato del monarca. Se hallaban presididos por el
gobernador militar, quien se haba empeado en llevar de un modo rpido
y violento el asunto. Quera escarmentar duramente a todos los
conspiradores, o lo que es igual, no dejar ttere con cabeza, segn sus
propias palabras. Era un hombre rechoncho, con grandes mofletes y exiguo
bigote; gran traza de lo que ya hemos dicho y con nosotros el comandante
Ramrez y el teniente de la escolta. Los dems oficiales no ofrecan
absolutamente nada de particular en sus rostros: facciones abultadas,
ojos negros, bigotes retorcidos, perillas puntiagudas, fisonomas
vulgares en un todo, aunque varoniles. Se comprenda a primera vista que
les vena muy ancha la toga. Cuando los presos llegaron, las puertas y
los alrededores del cuartel estaban invadidos por numeroso pblico, no
tan grosero y soez como el de la maana. Lo componan personas de ms
categora, estudiantes en su mayor parte, hidalgos y empleados. Este
pblico guard prudente y compasivo silencio al verlos entrar.

Fueron introducidos uno por uno en la vasta sala del Consejo. El capitn
que haca de fiscal les fue tomando declaracin con los documentos
justificativos de la delincuencia a la vista. Los individuos de la junta
carlista de Nieva fueron deponiendo como mejor les convena, negando la
mayor parte de los hechos, afirmando sagazmente otros y haciendo, en
fin, todo lo posible para salir absueltos. El mofletudo general se
enfureci no pocas veces durante el curso de las declaraciones, cortando
la palabra al fiscal para apostrofar duramente a los conspiradores y
amenazarlos con fusilarlos interinamente si no declaraban todos los
pormenores y ramificaciones de la conjuracin; pero no consigui gran
cosa con sus bravatas. Cuando toc el turno a Mara sonri
sarcsticamente, y dijo con burda irona:

--Tenga usted la amabilidad de acercarse, seorita, y de contestar a las
preguntas que este caballero capitn va a dirigirle.

--Cmo se llama usted?--dijo el fiscal.

--Mara de Elorza y Valcrcel.

--_De, dee, dee_--murmur el general--. Siempre los mismos humos
aristocrticos!

--Se le acusa a usted de servir de intermediaria en la correspondencia
entre el marqus de Revollar, ministro y consejero del Pretendiente, y
el cabecilla don Csar Pardo, desterrado hace poco tiempo, por virtud de
sentencia firme del Consejo de guerra, reunido en catorce de marzo.
Adems, se le acusa a usted de haber asistido y tomado parte en varias
reuniones que los conspiradores de Nieva han celebrado con asistencia
del mismo fugado cabecilla y de otros varios reos polticos. En estas
reuniones usted ha usado de la palabra alentando a la rebelin y
suministrando ideas para que lograse xito feliz. Se dice que usted ha
bordado el estandarte para los facciosos y que ha ocultado boinas y
polainas en su casa y tambin que ha facilitado dinero a los
conjurados...

El fiscal dej de hablar. Hubo unos instantes de silencio. El general
dijo con impaciencia:

--Vamos..., conteste usted! Son ciertos los hechos de que se la acusa?

Mara, con la mirada serena, clavada en el rostro ceudo del presidente,
y con tono firme y reposado, respondi:

--Todo cuanto acaba de manifestar el seor fiscal es la pura verdad, y
de ello me felicito ardientemente. Es verdad que he servido de
intermediaria en la correspondencia entre mi noble to el marqus de
Revollar y el bravo don Csar Pardo (que Dios tenga en gloria). Es
cierto que he asistido a reuniones donde se conspiraba contra el impo
gobierno que hoy existe y que he procurado con mi torpe palabra alentar
a los conjurados al combate, y es cierto igualmente que he bordado el
estandarte y otras prendas para los defensores de la fe. Tambin es
verdad que les he facilitado el dinero que pude, pero no es exacto que
haya ocultado solamente en casa de mi padre boinas y polainas; he
ocultado tambin armas, fusiles con sus bayonetas y municiones.

Los oficiales del Consejo quedaron estupefactos. El mismo general, a
pesar de su temperamento colrico, permaneci algunos instantes suspenso
ante la audacia de aquella nia. Mas si la conociesen, como nosotros la
conocemos, es bien seguro que no hallaran motivo para asombrarse tanto.
La primognita de la casa de Elorza haba entrado en la conspiracin
carlista completamente persuadida de que realizaba una obra grata a los
ojos de Dios y con el propsito firme de no retroceder ante ningn
peligro. Su fe ardiente y todopoderosa buscaba los medios de servirle, y
adems el prurito de imitacin de que ya hemos hecho mrito la impulsaba
a remedar la conducta de aquellas santas vrgenes que desafiaron el
poder de los ms crueles tiranos y dieron ejemplo glorioso de constancia
en tiempos de persecucin. Saba de memoria las vidas de Santa Leocadia,
Santa Brbara, Santa Julia, Santa Eulalia y otras ilustres mrtires de
la fe cristiana, y su firmeza era para ella un ejemplo y un incentivo
ms en el camino de santidad que haba emprendido. Innumerables veces se
haba representado escenas de martirio de las cuales era protagonista y
en las que siempre sala vencedora: bien as como muchos hombres
aficionados a las peleas se imaginan luchar con una docena de campeones
y hacerlos correr ignominiosamente, y otros enamorados de la oratoria se
representan dirigiendo su voz a las muchedumbres, conmovindolas y
arrastrndolas a su talante. Con cunta admiracin haba ledo la fuga
de la santa doncella de Mrida desde la casa de campo de sus padres
hasta la ciudad, donde se present voluntariamente ante el gobernador
Calfurniano a confesar su fe y a pedir el martirio! En el viaje que
acababa de hacer desde Nieva haba recordado muchas veces los detalles
de aquella memorable fuga, queriendo hallar en l cierta analoga con el
de la santa. Ahora que se vea en presencia de jueces severos y
enojados, notaba an ms determinada la semejanza, lo cual alentbala no
poco a persistir en su propsito de mantenerse firme ante el peligro.

El general, que no tena noticias muy exactas de lo que haba sucedido a
Santa Eulalia con Calfurniano, crey buenamente que aquella mocosa
quera burlarse y exclam dando un tremendo puetazo sobre la mesa:

--Oiga usted, seorita, sabe usted con quin est hablando? Sabe usted
que soy el gobernador militar de la provincia y que nunca he tenido
aficin muy decidida a las bromas? Sabe usted a lo que se expone al
querer burlarse del respetabilsimo consejo de guerra que en este
momento presido? Sabe usted que me estn dando intenciones de mandarla
a usted a la crcel y encerrarla en un calabozo y tenerla all a pan y
agua hasta que se pudra?... Lo sabe usted, eh?..., lo sabe usted?...
Eh?..., eh?...

--S perfectamente--repuso Mara en tono firme, aunque modesto--que
estoy en presencia de un consejo de guerra; pero aunque me hallase
frente a un batalln de soldados que me apuntasen con sus fusiles, dira
lo mismo, sin quitar ni aadir una letra. No acostumbro a faltar a la
verdad, y tratndose de actos que pueden prestar algn servicio a la
causa de Dios sera indigna de llamarme cristiana si renegase de ellos
en presencia de nadie.

--Y qu es lo que usted llama causa de Dios, bella seorita?--pregunt
el general con aparente calma, mientras por sus ojos pasaban relmpagos
de ira.

--Llamo causa de Dios a la que en estos momentos representa el rey
legtimo y catlico en torno del cual se agrupan todos los que se
escandalizan de ver perseguida la religin y vejados sus ministros, los
que lloran al leer las infames blasfemias proferidas en el Congreso y
repetidas diariamente por los peridicos, los que no quieren ver
entronizada la impiedad en Espaa, la tierra catlica por excelencia,
favorecida siempre por Dios con una sola fe y un solo culto.

El general se puso ms rojo que una guindilla; temblaron sus labios,
agitados por la clera; iba a proferir alguna gran atrocidad, pero al
fin, dominndose, dijo enderezando sus palabras hacia el fiscal:

--Contine usted el interrogatorio, seor capitn.

Primera vez en su vida que al general le qued una barbaridad entre
pecho y espalda. El fiscal, en quien tal vez por ser el ms joven, la
fuerza de atraccin de los sexos no haba perdido an su influjo,
prosigui, dulcificando cada vez ms la voz y la sonrisa que contraa su
rostro:

--Bien; puesto que usted ha tenido la franqueza de confesar que ha
intervenido en la conspiracin, esperamos que siga siendo tan franca y
nos declare todas las circunstancias de ella y los nombres de las
personas que han tomado parte.

--Oh!, no..., eso no puede ser. Yo declaro y confieso mis actos, pero
no puedo confesar los de los dems. Aunque ellos me otorgasen permiso,
bien pueden ustedes estar seguros de que no lo hara, pues me parece
pecado dar a los impos armas para matar a los buenos cristianos...

--Esto ya no se puede sufrir!--vocifer el general montando en
clera--.Vamos a ver, seorita: usted cree que yo no dispongo de medios
para hacer que usted cante de plano? Diga usted prontito lo que sabe,
pues de otro modo vamos a estar mal..., vamos a estar maaaaal!...

--Seor presidente, me hallo resuelta a no decir una sola palabra que
pueda comprometer a mis amigos los piadosos y leales defensores de la fe
de Jesucristo. Haga usted de m lo que quiera, en la inteligencia de que
aceptar con gusto cualquier ocasin de padecer algo por el que tanto
padeci por nosotros.

--Rayo de Dios!--grit el general, dando otro terrible puetazo sobre
la mesa--. Esta chiquilla ha concluido con mi paciencia!... A ver,
ordenanza, que conduzcan inmediatamente esta joven a la crcel y la
pongan incomunicada hasta nueva orden...

Los oficiales del consejo, comprendiendo que aquello era dar una
campanada sin resultado alguno, se lo hicieron presente al gobernador en
voz baja, y ste un poco calmado tambin lo comprendi.

--Tienen ustedes razn--dijo en voz alta--. Todas las noticias que esta
chica puede dar las conocemos nosotros, y algunas ms. No quiero que
esos papeluchos carlistas digan que nos hemos ensaado con una mujer...
Oiga usted, ordenanza, vea usted si anda por ah el padre de esta joven
y hgale usted entrar.

A los pocos instantes entr don Mariano.

--Me veo en el caso de decirle a usted, seor de Elorza--manifest el
general encarndose con l--, que tiene usted una nia muy mal educada,
y que gracias a que no figura usted como carlista y a nuestra
benevolencia, no adoptamos con ella las medidas de rigor que merece por
su atrevimiento. Puede usted llevrsela cuando quiera a casa,
respondindonos antes de que no volver a meterse directa ni
indirectamente en conspiraciones o en cosa que lo valga..., estamos?...
Cuide usted ms de ella si no quiere exponerse a disgustos mayores y no
la deje andar tan suelta como hasta ahora.

Falt poco para que don Mariano lo echase todo a rodar, lanzando algn
insulto a la cara de aquel soldadote; pero las amarguras que desde la
noche anterior vena padeciendo le tenan muy abatido. Por otra parte,
temi comprometer gravemente la situacin de su hija, y vindola libre
no quiso perderla de nuevo. Reservndose, pues, _in pectore_, para
tiempos mejores el derecho de exigir al gobernador cumplida satisfaccin
de sus groseras palabras, dio la caucin que se le peda y sali
inmediatamente de la sala y del cuartel con Mara, yendo a alojarse a
casa de unos parientes. Por la tarde se trasladaron a Nieva, llegando a
su casa cuando ya cerraba la noche.




XIV

PLIDA MORS


Cuando se detuvo el carruaje, don Mariano conoci en el rostro del
criado que sali a abrir la portezuela que nada halageo haba acaecido
en su ausencia.

--La seora...?--pregunt con sobresalto.

--La seora se encuentra en cama.

--Oh, deba suponerlo!... Cmo haba de tener fuerzas la pobre para
resistir este golpe!

Las caras de los otros servidores que hall al paso estaban de la misma
suerte, graves y taciturnas, lo cual aument extraordinariamente su
agitacin. Mara le segua. Cuando llegaron a la habitacin de doa
Gertrudis observaron que dentro haba algunas personas, las cuales, al
verlos, vinieron hacia ellos en ademn de detenerlos.

--Pero qu, tan mala est?--exclam el infeliz don Mariano con voz
ronca y ya temblorosa.

--No est muy mal--dijo una seora oficiosa--, pero no conviene que
ustedes entren as de golpe, porque una emocin fuerte le puede hacer
dao. Ha tenido algunos ataques desde ayer noche y se encuentra bastante
dbil. Djenme ustedes que la prepare.

La seora fue, en efecto, a decir a doa Gertrudis que su hija estaba
libre y que no tardara en llegar a Nieva.

--Mi hija est ah!--grit la enferma con maravilloso instinto de madre
y de mujer histrica--. S, est ah!..., la siento!..., la estoy
viendo!...; ven, ven, hija ma!...

Y al mismo tiempo hizo un esfuerzo supremo para incorporarse. Mara
entr en la alcoba, y ponindose de rodillas al lado de la cama, bes
respetuosamente las manos que su madre le tenda.

--Perdname, mam; perdname el disgusto que te he dado... Te has puesto
enferma por mi causa, pero el Seor querr sanarte pronto...

--No, hija ma; no tengo de qu perdonarte; has hecho lo que Dios te ha
ordenado. Me he puesto mala..., es verdad..., pero es porque no tengo
tanta virtud como t para sufrir los dolores que Dios nos enva... T
eres una santa... Ya me pondr buena..., no pienses en m... Lo que
ahora me asusta es no haberme muerto vindote marchar de aquel modo....,
entre soldados... Pobre hija ma!..., ven, dame un beso.

Cuando Mara entr en la alcoba estaban en ella Marta y Ricardo; la nia
sentada cerca de la cabecera y Ricardo a los pies de la cama. El joven
marqus, al saber en la Fbrica la prisin de Mara, haba solicitado
del coronel que se le relevase en la guardia aquella noche, y otorgada
su peticin, corri a casa de Elorza cuando ya don Mariano y su hija
estaban fuera del pueblo. Doa Gertrudis se hallaba padeciendo un ataque
fortsimo, del cual se temi que no saliese. Volvi en s, pero fue para
caer en seguida en otro. Qu noche tan angustiosa! Don Mximo y la
seora de Ciudad se quedaron con la pobrecita Marta para velar a la
enferma. Ricardo tampoco quiso dejar la casa. La nia, hacindose cargo
de que de su actitud dependan tal vez la salud y la vida de su madre,
se mantuvo firme, no cesando de moverse en torno del lecho, entrando y
saliendo en la alcoba centenares de veces. Apenas don Mximo emita una
orden, ya se estaba cumplimentando con admirable exactitud. Se agotaron
multitud de remedios que exigan mucho esmero y cierta costumbre:
sinapismos, sanguijuelas, fricciones en las sienes con varios lquidos,
etctera. Marta no consinti que ninguna criada pusiera la mano en su
madre: todo lo hizo ella sin precipitacin, sin ruido, como si en toda
su vida no hubiese hecho otra cosa. En algunos momentos de respiro se
sentaba al lado del lecho y contemplaba fijamente con ojos ansiosos el
rostro de la enferma. La alcoba estaba dbilmente esclarecida por un
quinqu que arda a media mecha en la sala. Un fuerte olor de drogas y
medicinas parta de los frascos acumulados en la mesilla de noche; pero
Marta no se mareaba con ningn olor, tena la cabeza firme!, y su
salud, jams alterada, era la envidia de todos los de casa. Ricardo
tambin se sentaba a veces a los pies de la enferma. La nia apenas vea
ms que su silueta dibujada sobre el hueco claro de la puerta; pero esta
silueta le causaba gran consuelo. Ya no estaba sola; Ricardo no era un
extrao. Alguna vez, cuando la enferma peda algo, los dos se levantaban
presurosos a drselo; mas al coger un frasco, si sus manos se tocaban,
Marta retiraba la suya velozmente, como si hubiese tropezado con una
vbora, y dejaba hacer a su amigo. Ambos guardaban silencio. Marta,
olvidada de s misma, no pensaba ms que en su madre. Ricardo, ms
egosta, pensaba en Mara. Toda el alma de la nia estaba pendiente del
ser querido que respiraba agitadamente a su lado, y sin equivocarse un
punto, con la exactitud de un cronmetro, contaba los latidos de su
corazn y observaba los movimientos de su pecho. Don Mximo y la seora
de Ciudad cuchicheaban en la sala como si se estuviesen confesando. La
seora le explicaba al anciano mdico el carcter y temperamento de cada
una de sus hijas; la conversacin era larga. En el espacio de nueve
horas le dieron cuatro ataques intensos a la enferma, que la dejaron a
tal punto postrada, que el mdico temi seriamente un mal resultado. No
obstante, despus del cuarto, qued relativamente bien, y pas el da
bastante tranquila. El peligro, a pesar de esto, aun continuaba.

Pasados los primeros momentos de efusin, Mara llam a su hermana
aparte, a un rincn de la sala.

--Oye, mam se ha confesado?

--No.

--Y por qu no has mandado llamar a un sacerdote?... No veas que
estaba en peligro?

La verdad era que Marta apenas se haba acordado de tal cosa. Adems,
tena mucho miedo de asustar a su madre, y que esto le hiciese dao. En
el fondo tambin a ella le causaba gran terror aquella escena imponente
y procuraba alejarla de su pensamiento. Mara la reprendi duramente su
negligencia, hacindole ver la terrible responsabilidad en que incurra
si su madre hubiese muerto. Marta comprendi que tena razn y baj la
cabeza. Enviose a llamar acto continuo al confesor de doa Gertrudis, y
Mara se encarg de prepararla. Caso raro! Doa Gertrudis, que durante
su vida haba pedido infinitas veces que le trajesen un confesor,
sintiose sobrecogida, llena de espanto, cuando su hija le manifest que
deba disponerse. Quiz consistiera en que cuando ella lo peda abrigaba
el convencimiento de que no haba peligro de muerte, mientras que ahora
comprenda que las cosas se haban puesto verdaderamente graves. De
todos modos, las palabras de su hija le causaron profunda impresin, y
resistiose cuanto pudo a recibir al cura, pretextando que se senta
mejor; que cuando hubiese peligro ya lo llamara ella misma... Mara se
opuso a esta dilacin y se vio en la dura necesidad de manifestar
claramente a la enferma la gravedad de su estado. Doa Gertrudis se
someti, reflejando en el rostro gran abatimiento.

Cuando lleg el sacerdote dejronla sola con l, y salieron todos de la
sala. Marta se fue a llorar a su cuarto para no entristecer a su padre.
Este hizo lo mismo para no asustar a sus hijas. Mara aguardaba a la
puerta la seal de haberse terminado el piadoso acto. Al fin, el cura
abri la sala, y con la mscara de tristeza que necesitan ponerse todos
los que presencian diariamente escenas de muerte, bajo la cual se oculta
una indiferencia que es lgica consecuencia de tal costumbre, dijo a los
que aguardaban:

--Pasen ustedes; ya hemos concluido.

--Qu tal?--preguntaron.

--Bien..., bien..., bien... La pobrecita se encuentra tranquila... Yo
creo que el recibir a su Divina Majestad le vendr bien, lo mismo para
el alma que para el cuerpo.

--Es verdad..., tiene usted razn, seor cura--dijeron algunas seoras.

--He visto en mi familia un caso muy notable de lo que puede la
fe--manifest una de ellas--. Mi to Pepe se encontraba enfermo del
pecho; tsico confirmado. Le haban visto una infinidad de mdicos y
haba tomado ms medicamentos que puede llevar un carro. Pues bien, a l
se le antoj que mientras no se dispusiese a bien morir no sanara. Hizo
llamar al cura, se confes, recibi el Vitico y hasta se empe en que
le pusieran la Extremauncin... Pues desde entonces, yo no s lo que
fue, pero es lo cierto que qued ms tranquilo y empez a mejorar..., a
mejorar..., a mejorar..., en fin, hasta ponerse como ustedes le ven
ahora.

Las dems mujeres confirmaron esta opinin. Cada cual cont su caso en
apoyo de ella y el cura resumi todos los turnos manifestando que nada
tenan de particular aquellos milagrosos efectos, dada la presencia en
el cuerpo del enfermo del Seor de cielos y tierra, en cuyas manos est
la salud de todos los mortales.

A las diez de la noche trajeron el Vitico a doa Gertrudis con todo el
aparato que mereca tan solemne acto. La casa de Elorza se pobl de
caras extraas. Una muchedumbre, compuesta en su mayora de gente
artesana, invadi la escalera, los pasillos y hasta la habitacin de la
enferma, con hachas de cera en las manos. El cura, con el monaguillo
delante y la sagrada bolsa colgada sobre el pecho, atraves por el medio
y se introdujo en la alcoba. Don Mariano haba huido a esconderse.
Mara, con un libro devoto en la mano, lea a su madre las oraciones que
suelen decirse antes de la comunin. Marta estaba arrimada a la pared,
lvida, desencajada, mirando la augusta ceremonia cual si tuviese
delante alguna terrible visin. Una de las mujeres que penetraron en el
cuarto le alarg un hacha encendida y ella la tom sin saber lo que
haca. Cuando el sacerdote mostr la Sagrada Partcula hubo necesidad de
advertirle que se arrodillase. La escena era triste e imponente para
cualquiera, cuanto ms para una hija. Las luces de cera chisporroteaban
lgubremente en el silencio de la alcoba y arrojaban trmulos y
amarillos reflejos a las paredes. La voz del cura al levantar la Hostia
era an ms lgubre que el chisporroteo de las hachas. La enferma,
desmejorada por la enfermedad, se haba puesto terriblemente plida por
la emocin: se incorpor lo que pudo y sostenida por Mara, con las
manos cruzadas sobre el pecho, abri la boca para recibir el Cuerpo de
Jesucristo. Despus los circunstantes se fueron retirando lentamente y
en la escalera se oy el repique vibrante de la campanilla del sacristn
anunciando que el Seor se alejaba de la casa. Quedaron solamente los
ntimos. Un grupo de seoras invadi el cuarto de la enferma para
felicitarla y enterarse de su estado. Doa Gertrudis dijo que se hallaba
ms tranquila, y apretando la mano a su hija Mara le dio las gracias
por haberle procurado la dicha de comulgar. Era de esperar la mejora.
Todas las seoras la encontraban muy natural y aseguraron a la enferma
que no tardara en ponerse buena.

--Dios todo lo puede, doa Gertrudis. Cuando se tienen arregladas las
cuentas con el Seor, no hay miedo que suceda nada malo. Nada; eso no es
nada, seora. Ya ver usted cmo se cura en seguida.

--Yo tengo ofrecida una misa al Santo Cristo de Tunes para el da en que
la seora se levante--dijo Genoveva, la doncella de Mara.

--Mujer, por qu no la has ofrecido al Eccehomo de la Merced?--pregunt
con sorpresa una vieja planchadora de la casa, que siempre haba
encendido la lmpara del dicho Eccehomo y cuidaba del aseo de su
capilla, llegando a considerarla como propia.

--Ay, mujer!, porque el Santo Cristo de Tunes es ms milagroso.

--Sern cuernos para l!--exclam vivamente y con ojos iracundos la
planchadora.

Prodjose un furioso altercado entre ambas, hasta que Mara,
escandalizada, les hizo callar, advirtindoles que el de Tunes y el de
la Merced eran un mismo Seor, aunque cada cristiano era libre para
tener ms fe en la imagen que quisiera.

Por ltimo, se fueron retirando las seoras, quedando solamente dos, la
viuda de Delgado y una de sus hermanas, a pasar la noche con las nias.
Don Mximo se fue a descansar un rato, prometiendo venir pronto. El
confesor no quiso dejar la casa porque no encontraba nada bien a su
penitente, y se tumb en un sof. Ricardo tambin continuaba all.

A las dos acaeci lo que don Mximo tema. Repitiose el ataque, y por
desgracia con tal violencia que falt poco para que la infeliz seora se
quedase en l. Marta, con el peligro, recobr la actividad que haba
perdido ante la lgubre ceremonia de la comunin; prepar todos los
medicamentos, dio fricciones con un cepillo a la enferma en los pies, la
sostuvo incorporada largo rato para que no se sofocase y ejecut cuanto
don Mximo haba prescrito en los casos anteriores. Todos los que
tocaban a doa Gertrudis le hacan dao; slo las suaves manos de
Martita tenan el privilegio de moverla a un lado y a otro y colocarla
en las posturas ms cmodas sin causarle dolor. Por fin se consigui que
la enferma volviese en s y hablase; pero don Mximo al llegar, llamado
apresuradamente por los criados, hall el pulso tan dbil que no pudo
reprimir un leve gesto de susto. Marta sorprendi aquel gesto, y
llamndole a solas al pasillo se abraz a l sollozando:

--Don Mximo de mi vida, por Dios, cure usted a mi madre!... S; mi
madre se muere..., s..., se muere!... Yo le he visto a usted hacer un
gesto...

--No llores, chiquita--dijo el anciano mdico apretndole la cabeza
contra su pecho--; no hay motivo aun para alarmarse... Yo har lo que
pueda y ms de lo que pueda para salvarla.

--S, s, don Mximo..., hgalo usted por cuanto ms ame en este
mundo!..., por la memoria de su esposa, a quien usted quera tanto!

--Nada, djate de llorar ahora; lo que importa es que vayas a darle la
cucharada de quinina a tu mam. Despus le pondremos un reparo sobre el
estmago.

El bueno de don Mximo procur consolar a la nia, ocultndole el
funesto presentimiento que abrigaba y se puso a dictar las medidas que
su pobre ciencia cuanto rico deseo le sugeran. Pero no logr detener la
marcha presurosa de la muerte, que a carrera desatada se vena hacia el
lecho de la pobre seora. A las cuatro de la maana observaron que
hablaba con ms dificultad; la pronunciacin era arrastrada y un poco
estropajosa. Casi todas sus palabras se dirigan a Mara, preguntndole
y hacindole repetir infinitas veces los sucesos de la noche anterior,
prodigndole elogios desmesurados por su fortaleza y felicitndose de
tener una hija tan buena.

--Hija ma..., pide a Dios por mi salud. Dios no puede... negarte nada.

Mara, comprendiendo que su madre se mora, repuso:

--Mam, lo que ms importa es la salud del alma... Si Dios quiere
llevarte, que te sorprenda en su santa gracia...

--Pero... me muero..., hija ma?

--Dios solamente puede decirlo... Quieres que entre el seor cura para
reconciliarte?

--S..., que entre..., hija ma..., que entre...

El cura entr y estuvo unos instantes a solas con la enferma. Las
personas que haba en la sala guardaban triste silencio. Don Mariano,
reclinado en un sof, con la mejilla apoyada en una mano, cerraba los
ojos, dando seales de profundo abatimiento. Despus que el cura hubo
terminado, volvieron a entrar Marta, Mara, Ricardo y don Mximo. El
estado de doa Gertrudis iba siendo cada vez ms grave. Empez a
manifestarse en ella una inquietud de mal agero: mova la cabeza de un
lado y de otro como si no hallase sitio donde colocarla, como si buscase
ya la almohada donde haba de reposar eternamente. Las manos vacilantes
tomaban y soltaban las ropas del lecho incesantemente, mientras sus ojos
tambin rodaban sin parada por las rbitas, clavndolos de vez en cuando
en el techo de la estancia. Pareca que no encontraba persona en quien
fijarlos. Al poco rato, Martita advirti que tena las manos fras y lo
manifest en voz alta, de un modo sencillo, sin comprender la infeliz lo
que aquello significaba. Don Mximo volvi la cabeza para ocultar la
emocin. El sacerdote dejola caer sobre el pecho.

--Me encuentro... muy bien... ahora--dijo a Mara llevando la mano de
sta a los labios--. En cuanto sane..., iremos las dos... a Lourdes...,
no es... verdad?... Es muy... bonito... aquello..., muy bonito..., muy
bonito... Si supieras... lo que estoy... viendo ahora!... La Virgen...
la Virgen que viene... rodeada de estrellas... Ponedme... el vestido de
terciopelo... para recibirla... Vamos..., pronto, pronto... No veis que
ya entra... por la puerta?... Ay qu pesados!... Buenos das, seora...
Tengo una hija que se... parece mucho a vos... Tiene el pelo rubio y
los ojos azules..., muy hermosos!..., muy hermosos!

Un leve ronquido empez a salir de la garganta de la enferma, que
exhalaba ms que profera las anteriores palabras: era un ronquido seco
y agudo que se fue sealando cada vez ms. El confesor, al orlo, hizo
una sea a Mara y sta tom rpidamente un Cristo de plata que colgaba
de la pared, y lo puso en las manos de su madre, dicindole:

--Mam, acurdate de Dios... Acurdate de lo que padeci este Divino
Seor por nosotros...

--Yo... no me muero--dijo la enferma.

--S, mam... s..., te mueres--repuso la joven con el rostro encendido,
llena de sobresalto y congoja, temiendo que no estuviese bien
preparada--. Arrepintete de los pecados que hayas cometido... No es
verdad que te arrepientes y pides perdn de ellos al Seor?...

--S..., s--murmur la enferma.

--Diga usted conmigo el credo--manifest el confesor tomando un tono ms
solemne--. Creo en Dios Padre..., todopoderoso..., creador de cielo... y
de la tierra.

Doa Gertrudis repeta borrosamente las palabras del cura, y como si no
se fijase en lo que haca. Miraba al techo con singular insistencia,
mientras las facciones de su rostro se descomponan precipitadamente. Un
crculo azulado se iba dibujando en torno de los ojos, y la nariz se
afilaba de modo extrao. Cuando el cura hubo terminado, volvi de nuevo
a dirigir la palabra a Mara.

--La verdad... es... que no tengo sombrero... para hacer... el viaje a
Lourdes... Los que tengo... son... muy antiguos... Hazme el favor... de
escribir... a Luisa... y que me enve... uno, de novedad... T
tambin... necesitas un vestido... Encrgalo..., hija ma..., encrgalo.

--Mam, deja las vanidades del mundo... Acurdate de Dios... Mira que
vas a comparecer muy pronto a su presencia...

--No..., no..., yo no me muero...

--Ay mam, por la Virgen Santsima te pido que pienses en que vas a
morir!... Piensa en tu salvacin!

--Ya pienso..., s..., ya pienso--dijo la enferma maquinalmente.

El cura se puso a rezar por un libro la recomendacin del alma en latn.
Todos se arrodillaron. Entonces la moribunda pregunt levantando un poco
la cabeza:

--Por qu os arrodillis todos?

--Para encomendarte a Dios, mam--repuso Mara.

Y levantndose y acercando el rostro al de su madre, sigui en voz baja:

--Di conmigo, mam: Jess...

La madre replic torpemente:

--Jess.

--Jess mo.

--Jess mo.

--Por vuestra sacratsima pasin.

--Por vuestra sacratsima... pasin.

--Por los innumerables dolores que habis sufrido...

--Por los... innumerables.... dolores...

--Que habis sufrido--repiti Mara.

--Que... habis sufrido...

--Perdonadme mis pecados.

--Perdonadme... mis pecados.

--Y salvad mi alma.

--Quita, quita!--dijo la moribunda separando con mano vacilante a su
hija--. No; yo no me muero..., estoy buena... Ven ac, Martita... No es
verdad... que no me muero..., hija ma?

--No, mam--respondi la nia apretndole las manos--, no te apures,
mamita, no... Te has de poner buena pronto y saldremos a dar nuestros
paseos en carruaje como antes... Ahora el tiempo est bueno...

--S, hermosa, s..., saldremos... Mira..., incorprame... un poco...
Estoy mal en esta postura.

Marta fue a incorporarla; pero al hacerlo, los ojos de su madre se
clavaron en ella, fijos, inmviles, terribles. Aquella mirada penetr
hasta lo ms hondo del corazn de la pobre nia, y dando un grito
espantoso, desgarrador, la dej caer sobre la almohada. La cabeza de la
seora de Elorza se desplom como si estuviese descoyuntada, con la boca
entreabierta y los labios rgidos. Y aun desde la almohada sigui
dirigiendo a su hija, con sus grandes ojos vidriados, la misma fija y
aterradora mirada.

--Madre de mi alma!--grit la nia abrazndose inmediatamente a ella--.
No me mires as, por Dios!... Mamita ma, no me mires as! Ay, no me
mires as!... Ay por Dios, que me das miedo!... Mamita, mamita!...
Ay, Dios mo! Qu es esto?

Don Mariano, que al or el grito se haba precipitado en la alcoba, el
rostro encendido y los cabellos erizados, quiso separar a su hija del
cadver.

--Seprate, hija del alma, ya no tienes madre!

--S la tengo..., s..., aqu est!... Mam..., mamita!... No es
verdad que ests aqu?... Responde!, habla!... Dame un beso, por
Dios, mamita!... Djame, pap!... Djame..., ahora me lo va a dar...
Espera un poco, por Dios!... Djame, pap del alma!... Djame que me
d un beso!...

La nia se haba abrazado con fuerza incomprensible al cadver de su
madre y lo cubra de vivos y sonoros besos. Don Mariano, exaltado de un
modo terrible, casi loco, tiraba de ella brutalmente, como si de
arrancarla de aquel sitio dependiese la salvacin de todos. Mara, de
rodillas en un rincn del cuarto, elevaba los ojos y las manos al cielo,
pidiendo la gloria eterna para la difunta.

Al fin, consiguieron arrancar a Marta de all, trasladndola a otra
habitacin. Sin saber lo que hacan, le causaron un gran dao. La
infeliz no haba desahogado bastante su dolor. Con la emocin se le
haban cortado las lgrimas y no volvieron a aparecer. Plida,
completamente demudada, los ojos fijos en el vaco, ni escuchaba lo que
le decan ni quera tomar nada de lo que le daban para calmarla. No
haca otra cosa que repetir sin cesar en voz baja y enronquecida:

--Mam..., mam..., mam...

El cura se acerc a ella y le dijo:

--Hija ma, clmate, clmate. Esta es una prueba que Dios te enva para
que demuestres tu resignacin. Lejos de rebelarte contra su voluntad,
debes darle las gracias porque se ha acordado de ti.

--No diga usted necedades, hombre de Dios!--exclam la nia con voz
colrica y arrojando sobre l una mirada de desprecio--. Me ha de
querer Dios por llevarme a mi madre?... Pues tiene gracia el
cario!... Tiene gracia el cario!... Tiene gracia el cario!...

Y estuvo repitiendo la misma frase algn tiempo con acento irritado.
Cuando se hubo calmado un poco, el sacerdote volvi a decirle:

--Hija ma, debieras tomar ejemplo de tu hermana, que sintiendo su
desgracia tanto como t, est dando pruebas de resignacin y fortaleza
cristianas. Ella no se rebela; acata los designios del Altsimo y
contribuye con sus oraciones al mayor bien y gloria de la que acaba de
expirar.

Marta comprendi que el sacerdote tena razn. Se arrepinti de su
clera y baj la cabeza murmurando:

--Oh, mi hermana es una santa!

--T tambin puedes serlo, hija ma. El camino de la perfeccin est
abierto para todo el que quiera seguirlo...

La nia recibi los consuelos del sacerdote y los de las dems personas
que la acompaaban, sin contestar ya una palabra. Continuaba del mismo
modo plida, descompuesta, los ojos fijos y sin mover un dedo siquiera.
Aquella inmovilidad lleg a inspirar temor, y fueron a avisar a su
padre. Al entrar don Mariano en la habitacin, Martita sinti una
sacudida, y levantndose de pronto arrojose en sus brazos sollozando
fuertemente. Estaba salvada.

Los amigos de la casa lograron a fuerza de instancias que don Mariano y
Martita se retirasen a descansar unos instantes, mientras ellos se
pusieron a dictar las medidas oportunas para la conduccin del cadver y
funeral. Mara segua orando en el cuarto de su madre. Las luces plidas
de la aurora sorprendironla todava de rodillas con la mirada puesta en
el cielo. Las hachas de cera, que ella misma haba cuidado de colocar en
torno del lecho mortuorio, ardan melanclicamente, rompiendo con su
cruda luz amarilla la tibia claridad que envolva la estancia. Nadie
osaba distraerla de su devota meditacin. Los que penetraban en la sala
y la vean en aquella actitud murmuraban entre s palabras de sorpresa y
se retiraban silenciosamente, conmovidos y admirados.

Por fin, toda la gente de fuera se fue retirando, y la misma Mara se
encerr en su cuarto a descansar, que harto lo necesitaba despus de la
amarga serie de peripecias y los grandes trabajos que haba padecido en
el espacio de algunas horas. A la del medioda, reunironse en el
comedor el padre y sus dos hijas, para dar comienzo a la triste comida,
que todos los que hayan experimentado una desgracia de familia
recordarn con horror; comida en que las lgrimas se mezclan a los
manjares y los sollozos llenan los largos intervalos de silencio. En
esta primera refaccin apenas se habla. Ninguno se atreve a levantar los
ojos para no encontrarse con los de los dems, y tan slo se dirigen
miradas furtivas y dolorosas al sitio que el ser que acaba de huir de
este mundo para siempre ha dejado vaco. Los manjares se tragan
maquinalmente, sin gustarlos, y el pauelo va ms veces a los ojos que
la servilleta a los labios. El choque de la vajilla hiere cruelmente los
odos y las escasas palabras que se cambian salen temblorosas y sin
aliento de los labios. El espritu protesta sordamente contra aquella
brutal necesidad que el cuerpo le impone y que le obliga a detener para
un acto tan miserable la expresin de su acerbo dolor y el curso de sus
melanclicos pensamientos.

Levantronse de la mesa con el mismo silencio. Mara torn a encerrarse
en su cuarto. D. Mariano acompaado de Martita se fue tambin al suyo.
Ambos se sentaron en un sof y se mantuvieron estrechamente abrazados
una gran parte de la tarde. Las caricias que mutuamente se prodigaban
iban convirtiendo su dolor desesperado en un sentimiento tiernsimo que
se deshaca en llanto. Alternativamente se consolaban. La nia aseguraba
que desde el cielo su madre velara por todos y prometa ser buena
siempre y juiciosa y no dar ningn disgusto a su padre. ste la apretaba
contra su corazn y bendeca a su mujer por haberle dado unas hijas tan
buenas y hermosas. Cuando lleg un criado a avisarles que haba seoras
de visita, sintieron malestar inconcebible, una impresin desagradable,
como si les sacasen de aquel dolor melanclico y tierno para hundirlos
otra vez en la desesperacin.

Don Mariano adivin el motivo de aquella visita. Se quera distraerlos
para que no percibiese el ruido que haban de hacer los hombres al sacar
el cadver de casa. Y en efecto, un grupo de seoras y algunos
caballeros procuraron con repetidas instancias llevarlos a las
habitaciones interiores; pero fueron intiles sus gestiones por lo que
se refiere a don Mariano: antes rog encarecidamente a sus amigos, y en
tono que no daba lugar a rplica, que le dejasen solo, como as lo
hicieron, llevndose consigo a Martita.

A solas con el dolor, el seor de Elorza sinti ms vivo su desconsuelo
y ms profunda su desgracia. En la juventud apenas hay una que no sea
reparable. Las pasiones, los sentimientos son ms intensos, pero tambin
ms fugaces. Se vive de lo porvenir, y al travs de las ms negras y
furiosas borrascas, nunca deja de lucir algn punto luminoso que nos
promete consuelo. Mas en la edad en que se hallaba nuestro caballero no
existe la esperanza, no existe lo porvenir. Cada desgracia que se
experimenta es un nuevo dolor que viene a agregarse a los pasados,
esperando los que llegarn ms tarde. Los afectos mueren, como los
cabellos caen, no encuentran substitucin. Don Mariano, con los ojos
cerrados y la cabeza tristemente doblada sobre el pecho, dej volar el
pensamiento por todos los sucesos de su ya larga existencia, y en todos
ellos, prsperos o desdichados, vea la imagen de su esposa, de la
inseparable compaera de su vida. La vea despertando en su corazn
juvenil una pasin tierna y ardorosa a la vez; bella y pura como un
querubn, con el rostro fino y ovalado y ojos azules que le miraban con
amor.

Recordaba perfectamente las pocas veces que de novio se haba enfadado
con ella y la ninguna razn que le asista en casi todas. Gertrudis
tena un genio tan apacible y un carcter tan dbil! Siempre conclua
por hacerla llorar. La vea el da de su matrimonio, vestida con su
traje de raso negro (estaba an de luto por su padre el marqus de
Revollar), sobre el cual la blancura de su tez y el oro de sus cabellos
resaltaban de un modo deslumbrador. Cierto personaje de Madrid que haba
asistido a la boda, le dijo llevndole a un rincn de la sala: Elorza,
se casa usted con una de las mujeres ms hermosas de Espaa; se lo digo
yo, que he visto muchas en mi vida. El mismo da se haban ido a viajar
por los pases extranjeros. Recordaba, como si aun la estuviese
sintiendo, la impresin embriagadora, inefable, tal vez la ms dulce y
dichosa de la existencia, que le produjo el hallarse repentinamente a
solas con su amada, cuando el cochero dio un latigazo a los caballos y
oyeron los adioses de los deudos y amigos que los despedan a la puerta
del palacio de Revollar. Todas las peripecias encantadoras de aquel
viaje estaban clavadas en la memoria del seor de Elorza. Despus,
recordaba la extraa sensacin de placer y sobresalto que experiment al
tener el primer hijo y la impresin deliciosamente cruel que su mujer le
caus tenindole fuertemente asido, sin querer soltarle, en aquellos
momentos de angustia. Pero ay!, al poco tiempo la pobre Gertrudis se
puso enferma y nunca ms volvi a recobrar una salud perfecta. A pesar
de esto jams se haba entibiado su amor. l la cuidaba con esmero,
procurando por cuantos medios estaban en su mano hacerle ms llevaderos
los dolores, y ella agradeca sus sacrificios viendo en l una
Providencia que se los mitigaba con sus caricias. Despus de
transcurridos muchos aos y cuando ya nadie haca caso de los males de
la buena seora, todava don Mariano era quien ms la compadeca aunque
fingiese mirar sus achaques con desdn. Ella lo comprenda perfectamente
y le segua reservando en su corazn el mismo puesto privilegiado que en
la juventud. La armona de sentimientos generosos y tiernos en ambos, el
cario que tenan depositado en sus hijas, la profunda estimacin que se
profesaban y el recuerdo, siempre presente, de sus apasionados amores,
haban compenetrado de tal suerte su existencia que ninguno de los dos
la comprenda sin tener el otro a su lado. Era la unin ntima perfecta
y absoluta ordenada por Dios, y que los hombres pocas veces obedecen.

Un rumor triste, fatdico, que escuch detrs de las paredes de su
cuarto, le hizo levantar la cabeza y clavar los ojos atnitos en el
vaco. S; no caba duda; se la llevaban, se la llevaban. Don Mariano se
arroj de bruces sobre el sof y hundi el rostro en los almohadones
para reprimir los gritos.

--Esposa ma! Esposa de mi alma!... Te llevan..., te llevan para
siempre... Ay, qu horror!...

Y las lgrimas del buen caballero se filtraban por el tejido del damasco
y su atltica figura se agitaba convulsivamente a impulsos de los
gemidos. Despus sinti una gran curiosidad, una de esas terribles
curiosidades que suelen fascinar en tales momentos y dejar seal
indeleble en la memoria del que las ha satisfecho. Atendi con cuidado y
no tard en escuchar el sordo rumor de la muchedumbre y ms tarde el
canto fnebre, desgarrador de los clrigos, casi debajo de los balcones.
Entonces se levant velozmente y alz con discrecin una de las
cortinas. Y vio el atad, el atad negro y dorado flotando como una
barca sobre la muchedumbre. El cielo estaba nublado y tena un color
gris que sombreaba la gran plaza de Nieva. Las olas de la multitud se
extendan por todo su mbito con vaivn acompasado. Y la barca se
alejaba, se alejaba llevndose para siempre su tesoro, precedida de una
gran cruz de plata en medio de dos cirios encendidos.

Dej caer la cortina y arrojose de nuevo sobre el sof, murmurando
palabras incoherentes. No supo el tiempo que estuvo as. La luz tambin
fue huyendo, dejando el cuarto en la sombra, y todo qued en silencio...
Todo, menos su pensamiento, que le hablaba sin cesar, y el pecho, que se
rompa en sollozos.

Y as estuvo mucho tiempo, mucho tiempo. Al cabo not que la puerta del
cuarto se abra suavemente. Volvi la cabeza y vio a su hija Mara, que
vino a sentarse silenciosamente a su lado. Pero l, como si presintiera
un nuevo dolor, no le pregunt nada, no le dijo nada. Contentose con
apretarle la mano y cerr de nuevo los ojos.

--Pap--pronunci la joven despus de largo rato de silencio--, hemos
padecido una desgracia inmensa, una de esas desgracias que hacen
levantar los ojos al cielo hasta a los ms descredos en demanda de
consuelo. Slo Dios tiene la clave de ellas, conoce su porqu y sabe
enderezarlas a un resultado ventajoso para nosotros. Esta desgracia me
ha afianzado en una resolucin que hace ya algn tiempo tena tomada: la
de consagrarme a Dios para siempre... Conozco por mil seales que l me
llama, y sera en verdad muy ingrata si no atendiese a su llamamiento...
Yo no sirvo para el mundo... Todas sus diversiones me causan tedio; as,
pues, no hago ningn sacrificio encerrndome en un convento... Adems,
desde all puedo mejor pedir por vosotros y seros ms til que aqu...
La idea de matrimonio, que t me has insinuado, repugna a mi corazn, en
el cual ha echado por fortuna races otro amor ms puro, que es
inmortal... Esta resolucin no debe cogerte de sorpresa... Yo creo que
no debes sentirla... En este momento solemne en que la desgracia pesa
sobre ti tal vez te servir de consuelo el saber que vas a tener una
hija asegurada de todo engao, de toda traicin, que vive feliz
sirviendo a su Dios y pidiendo por vosotros...

Mara haba hablado detenindose a menudo como si esperase que su padre
la interrumpiera. Pero concluy y aun transcurri un largo intervalo de
silencio sin que aqul se acordase de despegar los labios. Al fin la
joven le pregunt tmidamente:

--No me dices nada, pap?

--Nada--repuso ste sin mirarla.

--Pero me das tu consentimiento para poner por obra mi propsito?

--S.

--Oh, ya lo saba!... T eres muy bueno... y bastante piadoso... T no
eres como otros padres ciegos que prefieren entregar sus hijas a los
peligros del mundo a dejarlas para siempre esclavas de Seor, recogidas
en una santa casa... Gracias, pap, gracias... Yo tema, la verdad,
tema que no te pareciese bien mi resolucin... Pero Dios te ha tocado
en el corazn... Ahora te dejo... me est esperando Marta... Adis,
pap... djame darte un beso... Adis.

Y la puerta torn a abrirse y cerrarse suavemente. El seor de Elorza
continu inmvil, en la misma postura que le haba dejado su hija,
sentado, con las manos enlazadas y la cabeza inclinada sobre el pecho.

El cuarto qued en tinieblas. Los ruidos de lo exterior se fueron
apagando lentamente. Un dolor inmenso, agudo, cruel palpitaba slo en
aquella estancia, y unos ojos fijos, atnitos, sin lgrimas, reflejaban
los tomos de claridad que an vagaban perdidos por el ambiente.

Cunto tempo permaneci as?

Los pajarillos que vinieron a posarse a la madrugada sobre los hierros
de los balcones acaso pudieran dar respuesta. Pero la palidez de unas
mejillas, el lvido crculo que rodeaba ciertos ojos y las profundas
arrugas que surcaban una frente la daban, sin duda, ms exacta.




XV

GOCMONOS, AMADO


En la pequea y linda iglesia de las monjas Bernardas de Nieva haba
gran movimiento. El sacristn, ayudado de tres monagos, las dos
demandaderas de convento y un marica de la poblacin, clebre por su
pericia en vestir los santos, armaban un trajn insoportable sacudiendo
con zorros y plumeros los retablos de los altares. No tenan escrpulo
en colocarse de pie sobre ellos y hasta encaramarse sobre los mismos
santos, cuando as lo requera la necesidad de quitar el polvo a alguna
moldura o poner un cirio en el paraje designado. La madre abadesa desde
el coro, con la frente pegada a las rejas, dictaba sus rdenes como un
general en jefe, con vececita delgada y spera.

Aqu un candelabro; all un ramo de flores; subir un poco ms esa
lmpara; poner derecha la corona a esa Virgen...

En lo interior del convento tambin reinaba agitacin. Un grupo de
monjas contemplaba, desde la puerta de una celda, cmo otra compaera
daba la ltima mano al pobre lecho que estaba arreglando, despus de
haber colgado el crucifijo reglamentario sobre la cabecera. Una gran
bandeja de plata descansaba sobre la mesa, tambin reglamentaria, de
pino. Cuando la monja dej lista la cama, sali de la celda, dirigiendo
breves palabras a las otras al pasar. Despus volvi con un lo de ropa
en la mano, que todas se apresuraron a tomar en las suyas abrindolo,
extendindolo y dndole mil vueltas. Era un hbito completo de novicia;
la tnica de franela blanca, la toca de lienzo, los zapatos, el rosario,
la cruz de bronce, etc. Las monjas contemplaba con afn cada uno de los
objetos como si se tratase de algo que jams hubiesen visto, emitiendo
en voz baja muchas y diversas opiniones.

--Ay! este rosario me parece que tiene las cuentas ms gordas.--No,
hermana, tome el suyo y ver cmo son iguales.--Voy a ver por gusto...
Es verdad, son iguales..., qu tonta!--La franela est demasiado
tiesa.--Es que no la han mojado bien.--La toca est planchada.--Jess
mo, qu puntadas!... Esto no es coser, es hilvanar!...--Quin ha
hecho esta tnica?--La hermana Isabel.--Pues se ha lucido!--No diga
eso, hermana, que tal vez ella lo hara peor.--Yo, peor!... Anda,
anda! Nunca en mi vida hice una chapucera semejante.--Cuntas habr
hecho, hermana!--Nunca, nunca!--repiti la monja en tono colrico--. A
los siete aos ya saba yo coser mejor.

En aquel momento apareci la superiora en el pasillo. La monja que haba
reprendido a su compaera se destac del grupo para decirle:

--Madre, la hermana Luisa acaba de jactarse de coser mejor que la
hermana Isabel y se ha impacientado mucho porque le dije que no deba
hacerlo.

--Es verdad, hija ma?--pregunt en tono severo la superiora.

La hermana Luisa baj la cabeza.

La superiora medit unos instantes; despus le dijo:

--Hija, ya tiene bien sabido que aqu nadie debe jactarse de hacer nada
mejor que otra... Debes creerte la ltima, porque acaso lo sers... Hace
tiempo que vienes siendo poco humilde y es necesario que empecemos a
corregirte ese vicio... Por lo pronto, ve a pedir perdn a la hermana
Isabel de tu falta y en seguida encirrate en la celda a rezar un
rosario a la Virgen... Despus, cuando est en el locutorio con la
novicia, te presentars all y te pondrs de rodillas para que la gente
vea que ests castigada.

La hermana Luisa inclin an ms la cabeza y se alej con paso
precipitado. La monja triunfante sonri con el borde de los labios.

A la misma hora los criados de la casa de Elorza iban y venan de un
lado a otro con diversos objetos en la mano. Pedro, el viejo cochero,
daba cera a la carretela de lujo, mientras dos mozos de cuadra limpiaban
los caballos. Martn, el cocinero, preparaba un esplndido refresco. Las
doncellas suban y bajaban desde el piso principal al cuarto de la
seorita Mara, que estaba lleno de gente, a pesar de no haber an
sonado las diez de la maana. Las quince o veinte damas, que apenas
podan revolverse en aquel sitio, hablaban a un tiempo, como es natural,
haciendo de aquel silencioso y elegante retiro un insufrible gallinero.

De pie, en medio de l, se hallaba la primognita del seor de Elorza, a
medio vestir, y en torno suyo unas cuantas seoras, algunas de ellas de
rodillas, que la estaban aderezando lo mismo que si fuese una Virgen de
madera. Reinaba gran emocin en todas. Ya le haban puesto un precioso
vestido de raso blanco guarnecido por delante desde el pecho hasta los
pies con una franja de azahar. Una la estaba calzando en aquel momento
con diminutos y elegantsimos zapatos de la misma tela, mientras otra
cosa precipitadamente algunas flores que se le haban cado. Por la
parte de arriba le estaban poniendo una guirnalda de azahar en la
cabeza: haba gran marejada con tal motivo. Amparito Ciudad sostena que
la guirnalda era demasiado grande y que no dejaba ver bien el hermoso
cabello de su amiga, mientras las dems crean que no haba necesidad de
aligerarla. Despus de vivo altercado se convino en adoptar un trmino
medio, quitando algunas florecitas a la guirnalda, aunque pocas. Se oan
frecuentes exclamaciones de las que no tomaban parte en el tocado.

--Ay, qu valor se necesita, Dios mo!

--Esta s que es verdadera vocacin!... Una chica tan joven y tan
guapa!

--No se habla de otra cosa en la villa... Todo el mundo anda revuelto
con el dichoso monjo!

--Dichosa ella, querida! Yo no s si tendr valor para ver la
ceremonia.

--Pues yo, aunque me cueste una enfermedad, la he de ver.

Algunas derramaban ya lgrimas llevndose el pauelo a los ojos; otras
se contaban al odo los preparativos para la fiesta y las circunstancias
que haban acompaado a la determinacin de la joven. Se hablaba mucho
de una carta que sta haba escrito al marqus de Pealta despidindose
de l y disculpndose. Algunas compadecan a Ricardo, mientras otras
murmuraban que no le faltara novia para casarse. Despus de todo, si
Dios la llamaba a S por ese camino, haba razn para apartarse de l
porque un muchacho estuviese enamorado de ella? Si lo dejase por
otro!... Pero siendo por Dios, no haba motivo para quejarse. Este era
el mismo argumento que resplandeca en la carta de la seorita de
Elorza. Escrita y remitida a Ricardo quince das antes de aquel en que
estamos, deca as al pie de la letra:

Mi querido Ricardo: Aunque hace ya tiempo que nuestras relaciones
amorosas se han roto tcitamente y por virtud de providenciales
circunstancias ms que por iniciativa de mi voluntad, juzgo obligatorio
el darte algunas explicaciones acerca de la resolucin que he tomado y
que t conocers seguramente. No puedo ni debo olvidar que has sido mi
prometido con el beneplcito de mis padres y el cario sincero de mi
corazn.

Antes de renunciar para siempre al mundo, debo manifestarte que no tengo
absolutamente ninguna queja de tu conducta para conmigo. Has sido
siempre bueno, leal y carioso y me has estimado en ms de lo que
merezco. Hasta tal punto es as, que por ningn hombre de este mundo te
cambiara si hubiese de quedar en l, y me juzgara muy dichosa
llamndome tu esposa, si no me juzgase mucho ms sindolo de Cristo. La
preferencia que establezco no puede ofender ni aun disgustar a un joven
tan bueno y tan piadoso como t. De aqu en adelante ya no existe el
amor terrenal entre nosotros; slo queda una amistad pura y suavsima,
amndonos en el sagrado corazn de Jess. No te olvidar en mis pobres
oraciones. Olvdame t cuanto te sea posible. Eres bueno, eres noble,
hermoso y rico; busca una mujer que te merezca ms que yo te mereca, y
csate y s feliz. Yo rogar siempre por vosotros.

Adis.

Mara.

--Poda haber pldora mejor dorada? No, no; Ricardo no tena derecho a
quejarse.

Mientras el grueso de las seoras pona interminables glosas a este
documento, las que vestan a la nueva prometida de Jess andaban cerca
de concluir su tarea y daban la ltima mano al tocado con la misma
complacencia que un artista da las ltimas pinceladas a un cuadro,
alejndose y acercndose infinitas veces para hacerse cargo del efecto
que produce. Aqu un alfiler; el cuello un poco ms abierto para dejar
ver la hermosa garganta de alabastro; algunos rizos sobre la frente
saliendo al desgaire por entre las flores de azahar; pegar un botn que
ha saltado...

Mara ayudaba con vivos movimientos a sus nuevas camaristas. Todas
admiraban su serenidad. Y, en efecto, la joven desposada no poda
mostrar un rostro ms jovial en aquellos momentos! Advertase, no
obstante, cierta agitacin en aquella alegra. Sus movimientos eran
demasiado vivos y resueltos, como si tratase de ocultar el leve temblor
de sus manos y el estremecimiento que corra por todo su cuerpo. Era un
estremecimiento de placer?

Oh, s, Mara senta un inmenso placer!

Las rosetas encarnadas de sus pmulos as lo decan; el brillo inusitado
de los ojos tambin lo pregonaba. Tena los labios secos y las ventanas
de la nariz sonrosadas y ms abiertas que de ordinario. La cndida
frente estaba surcada por una leve y prolongada arruga que anunciaba el
vivo deseo, el ansia inquieta y sensual que debajo de ella se ocultaba.
Era el ansia henchida de gozo del glotn que se encuentra frente a su
plato favorito despus de largo ayuno. Por aquel rostro encendido,
brillante, pasaba una muchedumbre de soplos clidos, cargados de
congojas, sobresaltos y anhelos voluptuosos, en revuelta y vaga
confusin. Iba a ser la esposa de Jesucristo y encerrarse para siempre
entre cuatro paredes, pasando toda la vida en misterioso coloquio, cuyas
dulzuras aun no haba gustado por completo. Una gran curiosidad la
dominaba, la irritaba en grado indecible. Siempre le haba fascinado
aquel coro del convento de San Bernardo, donde la media luz que
penetraba por las altas claraboyas dorma con mstico sosiego sobre los
sillones de roble. Cuntas veces, viendo cruzar una figura blanca y
silenciosa y sentarse all en el fondo, se haba estremecido! Era un
temblor dulce, voluptuoso, que le haca apetecer con ansia la entrada en
aquel fantstico recinto. Las monjas con sus blancas y esbeltas figuras
le parecan seres sobrenaturales, ngeles bajados a la tierra
casualmente y que no tardaran en remontar vuelo. Fijose particularmente
en una porque era joven y hermosa. Cuando la vea entrar en el coro no
apartaba de ella los ojos. La belleza severa y correcta de aquella
religiosa y su mirada lmpida y firme le causaban una impresin que no
se explicaba. En su pecho naci cierta inclinacin extravagante hacia
ella y vivo y ardiente deseo de ser su amiga o ms bien su discpula, de
postrarse ante ella y decirle: Enseadme, dirigidme! Oh, si le
permitiera darle un beso por pequeo que fuese! Cierta tarde le acometi
una tentacin inmensa de pedrselo. El templo se hallaba desierto. Ech
una mirada hacia atrs y vio que la hermosa monja penetraba en el coro y
se arrodillaba cerca de la reja; y sin reparar en lo que haca se
dirigi a ella, dicindole con voz temblorosa: Madre, me deja usted
una mano para que la bese? La monja le hizo una sea graciosa de que no
poda ser, pero levantndose le tendi el crucifijo de su rosario con
sonrisa tan dulce y protectora que Mara, al besarlo, sintiose
profundamente conmovida.

Siempre que entraba en la iglesia del convento senta la misma
embriaguez, una especie de somnolencia voluptuosa que penetraba en su
ser como una caricia. De aquel coro vena un murmullo lnguido y tierno
que le llamaba, invitndola a dejar los placeres del mundo por otros ms
dulces y misteriosos que haba comenzado a gustar sin conocerlos an
enteramente. Jess le haba ya otorgado valiosos regalos en sus
oraciones, pero no se entregara por completo, bien seguro, no se
olvidara en los brazos de la esposa, no se dara todo l con el amor
infinito, inmortal que peda con ansia, sino dentro de aquel recinto
silencioso y potico donde ningn ruido poda turbarlos.

Haba llegado por fin el da de satisfacer su anhelo. Dentro de una hora
estara en aquel coro misterioso que tanto le haba hecho soar, y
cruzara con su flotante tnica al travs de los rayos tibios de luz de
las altas claraboyas. Senta impaciencia por que el momento llegase.
Estaba nerviosa, inquieta, pero risuea. Nunca se encontr ms
satisfecha de s misma. Las amigas no se cansaban de exaltar su virtud y
herosmo; la villa la contemplaba con asombro, y en torno de ella no se
escuchaban ms que lisonjas y frases de admiracin. Mara se hallaba
realmente sobre un pedestal. Y, como todo el que se encuentra bajo las
miradas del pblico, nuestra joven procuraba ocultar las emociones de
su alma mostrando un semblante sereno y alegre. Era su da, era el da
de la gran batalla, y compona las arrugas de la frente y la expresin
de su mirada lo mismo que un general cuando suena la hora del ataque.

No obstante, de vez en cuando diriga miradas de sobresalto a uno de los
rincones del gabinete. En aquel rincn, sentada, con las manos en el
rostro, estaba su hermana sollozando. Al fin, no pudiendo contenerse,
dej plantadas a las camaristas, y se fue hacia Marta, y bajando el
rostro hasta tocar con el de ella, le dijo:

--No llores, querida ma, no llores ms... No nos sucede ninguna
desgracia para que te aflijas tanto... Piensa, al contrario, en el gran
favor que Dios me otorga al llamarme a ser su esposa... Debieras
alegrarte, pichona!... Vamos, no llores ms, mira que me ests quitando
el valor!...

Y mientras esto deca, besaba el rostro terso y sonrosado de su gentil
hermanita. La nia respondi entre sollozos:

--Ay, Mara, te pierdo para siempre!

--No, querida, no... Me vers muchas veces... y hablars conmigo.

--Qu importa!..., te pierdo, hermana ma...

Y Marta no saba salir de ah te pierdo, te pierdo para siempre! No
saba salir porque era lo nico que en aquel instante llenaba su
corazn, un corazn que jams se equivocaba. Acostumbrada a dejarse
dictar creencias y opiniones, Marta aceptaba sin rebelarse la de que su
hermana obraba bien al encerrarse en un convento. Pero era seora
absoluta de su corazn. All no mandaba nadie. Y el corazn le deca que
ya no tena hermana; que todo el amor, toda la ternura de Mara iba a
evaporarse muy presto, como una esencia divina, en las profundidades de
un nosequ misterioso y vago totalmente incomprensible para ella.

Cuando el tocado estaba a punto de terminarse, penetr en la sala un
joven con la violencia de un golpe de viento. Era aquel pollo del pelo
por la frente, que poco a poco se haba hecho indispensable en todas las
fiestas, solemnidades, ceremonias y regocijos de la villa.

--Marita, el secretario del seor obispo me manda a decirle que Su
Ilustrsima est ya dispuesto y que sale al instante para la iglesia.

--Bien; yo no tardar en salir.

--Dejo ya la tribuna de los msicos preparada. He avisado a don Serapio
y al organista... Preciosa, Marita, preciosa!... Fjese usted en las
colgaduras azules que hice poner en el retablo de la Virgen...

--Gracias, Ernesto, muchas gracias, se lo agradezco a usted en el alma.

A una seal de Mara todas las seoras se levantaron y se precipitaron
detrs de ella por la escalera, sin dejar por eso su charla mareante. La
joven fue derecha al cuarto de su padre y se encerr en l durante largo
rato. Nadie supo lo que pas dentro. Los que a la puerta esperaban
oyeron sollozos, frases confusas pronunciadas en tono colrico, ruido de
sillas. Las seoras, que aguardaban en la antesala, decan en voz de
falsete a las que entraban: Se est despidiendo, se est despidiendo de
su padre... Don Mariano no quiere ir a la ceremonia.

Despus apareci otra vez Mara, risuea y serena como antes,
dicindoles:

--Vamos, seores; en marcha.

Con la misma serenidad atraves los grandes salones de la casa sin
dirigir una mirada a los muebles, y baj por la anchurosa escalera de
piedra sin notar vacilacin alguna en sus lindos pies vestidos de raso
blanco.

Y sin embargo, cuntos recuerdos quedaban a su espalda! Cuntas horas
de luz y de alegra! La charla de sus labios infantiles, suave como el
gorjeo de un pjaro; el canto un poco ronco, pero aun ms tierno, por
eso mismo, de su padre, al dormirla entre los brazos; los sueos, las
frescas carcajadas de la adolescencia, el hermoso sol de las maanas de
abril que la baaba en su cuarto, las caricias incesantes de su madre,
el calor del hogar en suma, ese calor que no se compra con los tesoros
de la tierra, todo quedaba detrs de ella impreso en las paredes,
empapado en los muebles. Y ella lo dejaba sin lgrimas!

A la puerta esperaba una magnfica carroza abierta, tirada por cuatro
caballos blancos. Pedro haba demostrado su gusto ponindoles grandes
penachos azules y adornndose l mismo con una librea de idntico color.
En aquel da todo deba ser azul, como emblema de pureza y virginidad.
Hasta el cielo, por mayor gala, se haba vestido de azul y se mostraba
lmpido y hermoso. Mara mont en el carruaje con la seora de Ciudad,
su madrina, y las otras se despidieron hasta luego, tomando
apresuradamente el camino de la iglesia.

Reinaba extraordinaria agitacin en la villa. La toma de hbito de la
seorita de Elorza, aunque esperada desde haca algn tiempo, no por eso
dejaba de impresionar profundamente. Una joven tan rica, tan bella, tan
lisonjeada por todo lo que el mundo tiene de risueo y apetecible!
Interminables comentarios se hacan por aquellos das en las tertulias
de las tiendas.

--Pero no decan que estaba ya arreglada la boda con el
marquesito?--Nada, nada, ya no hay boda; el marquesito se ha quedado con
un palmo de narices. La nia, despus del extrao suceso de su prisin y
la muerte de su madre, volvi con ms fuerza que nunca a sus aficiones
piadosas: es una vocacin decidida, no hay que darle vueltas. Unos la
juzgaban de un modo y otros de otro; pero en general Mara excitaba
vivas simpatas, y en mucha gente, sobre todo entre la plebe, ejerca
cierta fascinacin, como todo lo que es extraordinario y hasta cierto
punto maravilloso. Pasaba por una santa. El apagar todo el esplendor de
su hermosura, riqueza y talento en las soledades de un claustro era el
complemento nico de su fama, la ltima firma echada en el expediente de
su canonizacin popular. Todas aquellas mujerzuelas que se codeaban sin
piedad para verla cruzar hacia la iglesia se creeran defraudadas si se
hubiera casado prosaicamente y la viesen de bracero con su marido,
precedida de una niera con tierno infante en los brazos.

La plaza estaba llena de curiosos. Cuando la joven subi al carruaje, y
Pedro, chasqueando la lengua y el ltigo, hizo arrancar a los caballos,
alzose un gran rumor en la muchedumbre, que lleg a los odos de Mara
como un coro de lisonjas. La gente se apartaba precipitadamente dejando
paso. En presencia de aquel aparato, que slo alguna vieja haba visto
en otra ocasin, los pacficos habitantes se hallaban sobrecogidos de
respeto y excitados a la par por una gran curiosidad. El coche empez a
caminar lentamente, rompiendo las apretadas filas de los curiosos. Los
caballos piafaban impacientes, sacudiendo los penachos azules como si
les corriese prisa llevar la desposada a los brazos del Esposo mstico.
Era una procesin regia. Y en verdad que Mara, por su gallarda
presencia, mereciera ser reina. As como estaba, esplndidamente
ataviada, con sus ojos azules y profundos, que brillaban de emocin, y
las mejillas de leche y rosas levemente coloreadas, era una figura de
singular belleza, que ofreca muchos puntos de semejanza con la Virgen
rubia de Murillo que vemos en el Museo de Madrid. Las mujeres de la
villa no podan reprimir el entusiasmo y le prodigaban en voz alta mil
adjetivos a cual ms lisonjero.

--Mrala, mrala qu preciosa va, mujer del alma!

--Si apetece comrsela a besos!

--Y qu traje tan rico lleva!

--Dicen que ha venido ex profeso de Pars. No ha querido vestirse de
tis. Las casullas que se haban de hacer de l las regalar por
separado, y el vestido quedar para la Virgen del Amor Hermoso.

--Es que yo no he visto criatura ms linda!... Parece un ngel!

La carroza segua su carrera majestuosa, y la joven sonrea dulcemente a
la muchedumbre. Desde dos o tres casas dejaron caer sobre ella un
diluvio de flores, cuyos ptalos multicolores esmaltaron un instante la
tela blanca del vestido: algunos quedaron enredados en el cabello. La
gente aplauda.

--Mujer, la vocacin de esta nia edifica!

--Ay, dichosa de ella!..., quin estuviese en su lugar!

--Y aqu no pueden decir que ha sido obligada... S yo que su padre se
ha puesto furioso cuando lo supo y trat de disuadirla por todos los
medios...

--Vamos, entonces se casa con Jesucristo a disgusto de la
familia--manifest un joven que escuchaba la conversacin.

Las mujeres se volvieron airadas a confundir al impo, que se alej
riendo.

Y la carroza segua marchando bajo un sol radiante, que haca centellear
los cristales de los balcones, reverberando en el blanco casero de la
villa con transportes de felicidad. El firmamento mostraba sus
pursimos senos sonriendo a todos los deseos de dicha, a todas las
aspiraciones placenteras de los mortales, hasta a las de la hermosa
virgen que iba por su voluntad a perderlo de vista y a hundirse para
siempre entre las sombras del claustro. El carruaje cruz por delante
del palacio feudal de los Pealta, cuyas vetustas paredes, manchadas a
trechos de musgo, arrojaban sobre la calle un manto de sombra.

Qu hara a estas horas Ricardo!

Mara no se dijo esto; no. Pas sin dirigir siquiera una mirada furtiva
a los gticos balcones, con la misma sonrisa serena y protectora. La
sombra, no obstante, le produjo un leve temblor de fro.

A la puerta de la iglesia esperbanla todas sus amigas, que haban
llevado consigo a Martita. El templo rebosaba de gente, que se apret
para dejarle paso. En el altar mayor la recibi el obispo de..., que
haba venido adrede para darle el hbito. Hincose de rodillas y or
breves instantes. El rumor confuso de la gente se apag, reinando un
silencio ansioso.

El prelado comenz a decir con voz clara y solemne:

--S, querida hija, que habis formado resolucin de encerraros para
siempre en esta santa casa con propsito de ser toda la vida esclava del
Seor... S tambin que vuestra voluntad es firme, y que habis sabido
resistir, no slo a las vanas seducciones del mundo, sino tambin a
aquellos goces honestos que la bondad de Dios nos permite... Pero la
vida, hija ma, en el seno de la mortificacin y penitencia suele ser
ms larga que en el tumulto de los placeres, y mientras nuestro espritu
resida aprisionado en la carne, somos el blanco de graves e incesantes
tentaciones...

El anciano obispo hablaba con extraordinaria calma, haciendo largas
pausas al final de los perodos, lo que prestaba a su discurso gran
majestad. Su voz era dulce y clara y sonaba en la nave silenciosa del
templo como una msica suave. Entretvose a trazar con terrible
exactitud los pormenores de la vida religiosa, desplegando ante la vista
de la joven todo el aparato de mortificacin que arrastra consigo; los
placeres del mundo, olvidados por entero; los sentidos, contrariados;
los afectos terrenales, hasta los ms puros, reprimidos. Y eso no un
da, ni un mes, ni un ao solamente, sino todos los das, todos los
meses y todos los aos hasta la hora de la muerte, buscando siempre con
afn el dolor como otros buscan el placer. Mas despus de pintar el
cuadro sombro de la mortificacin, pas a expresar con elocuencia los
puros y vivos goces que dentro de ella se encuentran. Abandonarse en
los brazos de Dios como el nio en los de su madre, para que haga de
nosotros lo que quiera! Hallar a Dios en el fondo de las amarguras y
dolores, unirse a l!..., poseerlo!... Y ser la criatura predilecta,
en quien su infinita Grandeza se recrea!... Vivir eternamente unida a
l!... Ser su esposa!... No es bastante recompensa para los pequeos
dolores que en una vida tan breve podemos experimentar?

Comenz la profesin de fe. El obispo preguntaba, leyendo por un libro,
si estaba pronta a dejar la vida del mundo y el comercio de las
criaturas para consagrarse exclusivamente al servicio de Dios. Mara
contestaba que haba escuchado la voz del Seor y corra presurosa a su
llamamiento. El prelado tornaba a preguntar si haba meditado bien en su
resolucin, si la haba tomado por algn respeto mundanal, herida de
algn desengao pasajero. Mara responda que vena por su libre
voluntad a confiarse y reposar en el seno del Amado de su alma. Todos
los ejrcitos de la tierra no la haran retroceder, porque su Dios la
haba hecho firme e inexpugnable, como la montaa de Sin.

Por encima de la cabeza de los fieles apareci una gran bandeja de
plata, la misma que pocas horas antes estaba en una de las celdas del
convento, y en ella el hbito de novicia bernarda. El prelado lo
bendijo.

Dejronse or las notas agudas y gangosas del rgano y se puso en marcha
la procesin. Mara delante y a su lado la madrina y Marta; detrs el
obispo y en pos de l la clereca. Parte de la gente los sigui y parte
se qued en la iglesia. Cerca de la puerta de sta se hallaba la del
convento por donde penetraron, internndose en un largo y sombro
claustro, iluminado a trechos por alguna viva raya de sol, que las
molduras de los arcos dejaban pasar. Al fin de una de las galeras
estaba ya una puerta abierta y guardndola, silenciosas, inmviles,
veanse dos figuras blancas de monja, con sendas hachas de cera en las
manos. Torn a hincarse de rodillas la desposada, y levantndose al
instante, estrech vivamente entre los brazos a su hermana. Era el
ltimo abrazo que le daba! Cuando quiso desprenderse tena a Martita tan
fuertemente colgada del cuello, que fue necesaria la intervencin de
algunas seoras para lograrlo. Abraz igualmente a todas sus amigas que
lloraban a lgrima viva, mientras ella, dando ejemplo de sublime
serenidad, entr alegre y sonriente en la casa del Seor, escoltada por
las dos monjas.

Las puertas se cerraron. Aunque era en el mes de agosto, Marta y las
amigas sintieron fro repentino en el claustro y corrieron a refugiarse
en la iglesia, donde don Serapio, acompaado del rgano, degollaba la
hermosa plegaria de Stradella.

Esperose algn tiempo, con grandes mpetus de curiosidad. Nadie atenda
a la cascada voz del fabricante de conservas. Los ojos de la muchedumbre
estaban fijos, clavados en el coro de las Bernardas, escrutando por
entre sus rejas la portezuela del fondo.

Al fin apareci. Vena igualmente escoltada por dos monjas. El traje de
novicia la haca un poco ms vieja. Sin embargo, estaba hermosa, muy
hermosa!, porque lo era realmente aquella santa y extraordinaria
criatura. La gente la devoraba con los ojos y se repeta en voz baja:
Viene sonriendo, viene sonriendo!

Ah, s, la nueva esposa de Jesucristo sonrea, esperando el dulce
premio de su sacrificio! Pero el anciano que en el mismo instante
paseaba solitario por uno de los salones de la casa de Elorza..., se
no sonrea! Y el joven que a la misma hora se hallaba cruzado de brazos,
con la cabeza inclinada sobre el pecho, frente a un retrato de mujer,
acaso sonrea?... No, no; tampoco sonrea.

El prelado vino a la reja y dijo a la novicia:

--Ya no te llamars Mara Magdalena, sino Mara Juana de Jess.

La novicia fue a postrarse delante de la abadesa, y bes con respeto el
crucifijo de su rosario. Despus fue abrazando una por una a sus nuevas
compaeras. Mientras dur esta escena, muchas de las seoras del
concurso vertan lgrimas.

El obispo dijo la misa solemne, y al concluir, todas las religiosas,
incluso Mara, comulgaron. Don Serapio apenas cerraba boca. El rgano
chill, silb y ronc con ms bro que nunca, estimulado quiz por la
competencia. Pareca que don Serapio y l haban trabado un pugilato
tremendo, un duelo a muerte, cuyas estrepitosas consecuencias recaan
sobre las orejas de los fieles. Pero el rgano se rea con todo descaro
del fabricante. Cuando se hallaba ms extasiado, dejando resbalar por la
garganta alguna complicada _fioritura_ o _fermata_, un mugido horrsono
se la estropeaba sin piedad, dejndole perdido y anegado para un buen
rato. Volva a sacar la cabeza el fabricante con una nota tierna y de
efecto seguro... Zas!, el rgano, como una fiera encarnizada, caa
sobre ella y la desbarataba. As estuvo jugando mucho tiempo, hasta que,
harto de divertirse y embriagado por el triunfo, solt de improviso y
simultneamente todas sus voces, que clamaron en el silencio de la
iglesia con grito monstruoso e insufrible. El fabricante qued asfixiado
en aquel bramido diablico y no volvi a aparecer.

Reinaron algunos instantes de silencio, que fue turbado por cierto
triste chirrido. Era la cortina del coro que se extenda. Ya no se vio
ms. Las luces comenzaron a apagarse y la gente a desfilar a toda prisa.
Las amigas ntimas se fueron al locutorio a dar la enhorabuena a Mara.

El locutorio era una pieza cuadrada y bastante obscura, cortada por una
doble reja de hierro. La novicia apareci acompaada de la superiora...,
sonriendo tal vez?... S, sonriendo.

--Qu ejemplo nos has dado de valor y de virtud, Mara!--le dijo una.

La joven alz los hombros, en ademn de arrojar de s la gloria que le
echaban encima.

--No dejes de pedir por nosotras!

--S, pedir, querida... Nosotras--aadi con un poco de
nfasis--tenemos la obligacin de pedir por los que se quedan en el
mundo.

--Si supieras cmo lloraban los criados hace un momento!

--Pobre gente!... Les quiero yo mucho a todos.

--Aqu tienes a Marta, que quiere despedirse.

--Acrcate, Marta... Te vas conformando ya?...

--Qu remedio tengo, Mara!--repuso la nia pugnando por reprimir los
sollozos.

--No, hermana ma; es necesario que te resignes con gusto, agradecida al
Seor, por el favor que me ha dispensado... Sers buena siempre, no es
verdad?... Consuela a pap... No olvides aquellas oraciones que te he
dado, ni dejes de leer los libros que te dije... Ven a or misa todos
los das... Procura siempre ser formal y humilde...

Ah!, no; Martita no procurara, no procurara. Cuando se nace honrada y
humilde no hay necesidad de procurarlo. Poda estar tranquila sobre este
asunto la esposa del Seor.

El estrecho cuarto donde las dos monjas se hallaban cerca de la reja
pareca, por lo feo y obscuro, un calabozo. Sus tnicas resaltaban como
dos manchas blancas detrs del negro enrejado.

Las amigas dirigan todas, alternativamente o a la vez, la palabra a
Mara con cierta mezcla de admiracin, de lstima, de curiosidad y
cario. Lo que ms dominaba era la curiosidad. Se le hacan mil
preguntas impertinentes y muchos encargos ridculos de oraciones,
medallas, etctera. Algunos pollos de los antiguos tertulianos de la
casa de Elorza se haban deslizado en la concurrencia y contemplaban con
grandes ojos abiertos y pasmados a la nueva religiosa, sin atreverse a
dirigirle la palabra. Pero ella se mostraba serena y amable y les
llamaba por sus nombres con cierta condescendencia protectora, dndoles
recuerdos para sus familias. El ms osado fue el ceremonioso mancebo del
pelo por la frente, quien, abrindose paso y llegando muy sofocado a la
reja, dijo a la novicia, dndole ya su nuevo nombre:

--Hermana Juana, tengo que pedirle un favor..., que me enve como
recuerdo un poquito de azahar de la corona que llevaba...

--Si la madre consiente...--murmur Mara dirigiendo la vista a la
superiora.

sta hizo una sea con la cabeza y el ramito de azahar fue liberal y
graciosamente otorgado.

En aquel instante entr la hermana Luisa, aquella monja castigada por su
vanidad, y se puso de rodillas; pero ni el ms leve soplo de rubor pas
por su rostro. La costumbre de ejecutar tales actos los priva de todo
mrito.

Sigui la conversacin versando sobre fiestas, novenas que se
preparaban, la marcha del vicario que iba nombrado cannigo de la
catedral, la persona que le sustituira, etctera. Insensiblemente
todas fueron bajando el tono de la voz hasta convertirse en un cuchicheo
montono y triste. Ms que de enhorabuena pareca una visita de psame.
Continubase alabando el valor de Mara y su virtud. Ay Dios mo, el
considerar que est una encerrada para siempre y llevando una vida de
tanto trabajo!...

La superiora, mirando para ella, exclamaba con cierta sonrisilla no muy
tranquilizadora:

--Pobrecita!, pobrecita!

Mas la joven, volvindose con uno de esos arranques graciosos tan
propios de su carcter, responda:

--Riquita!, riquita! digo yo, madre.

Poco a poco los muchachos se haban ido acercando a las muchachas, y sin
respetar lo sagrado del recinto ni hacer caso de las cruces severas
colgadas de los muros, comenzaban a decirse cositas ms o menos
picarescas al odo:--Cundo sigue usted el ejemplo, Fulanita? La verdad
es que si todas ustedes hiciesen lo mismo, qu sera de nosotros!--Pues
no dejara usted de estar linda con el hbito.--Oiga usted, Amparito, si
usted se metiese monja, yo quisiera ser vicario.--Pues yo quisiera que
usted fuese un poco ms formal, Surez.--Cuntos ratos de compaa
haba de hacerle!... Lo peor es la reja... No se quita la reja para el
vicario?...--Calle usted, malvado; mire que es pecado hablar as en este
sitio.

Rosarito y su novio se haban apoderado de un rincn y se coman con los
ojos, dicindose slo de vez en cuando alguna palabra insignificante que
la inflexin de la voz y el temblor de los labios hacan subir a la
categora de sentencia sublime. Slo las viejas y algunas chicas que no
haban logrado emparejarse, seguan charlando con las monjas. Al fin, la
superiora se levant de la silla y Mara sigui su ejemplo.




XVI

EL SUEO DEL MARQUS DE PEALTA


El traslado del joven teniente de artillera Ricardo de Pealta no
acababa de llegar. Se haba solicitado quince das antes de la toma de
hbito de la seorita de Elorza. Era ya pasado un mes desde la ruidosa
ceremonia... y nada. Los personajes influyentes que nuestro amigo tena
en Madrid a su devocin, no se haban dado mucha prisa esta vez a
satisfacer sus deseos.

Pero por qu este muchacho tena tales deseos de alejarse de Nieva?
Dicho sea en honor de la verdad, Ricardo cuando pidi el traslado senta
ganas vehementes de perder de vista para siempre aquellos lugares, donde
tan feliz haba sido y donde iba a ser tan desgraciado; mas ahora,
despus de transcurrido un mes, se haban calmado un tanto sus congojas
y andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante, segua muy
abatido. Toda la villa lo adverta.

Desde el da en que le hizo aquella horrible proposicin, que no poda
recordar sin sentirse inflamado de clera, comprendi que no sera dueo
jams del corazn de Mara. Una voz secreta e implacable se lo estaba
diciendo sin cesar al odo. As que no le caus gran sorpresa la carta
en que se le notificaba la entrada en el convento. Haca ya algn tiempo
que corra este rumor en la poblacin. Sin embargo, no pudo sustraerse,
por ms que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que postr
todas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasin ms o menos fundada de
que la mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado por
un hecho material y tangible. Ni aun le quedaba el derecho de
encolerizarse y desahogar su rabia apellidndola prfida, traidora, como
acontece en la mayora de los casos. Como cristiano sincero que era, le
tocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo deca),
aquella piadosa sustitucin de afectos terrenales, aunque nobles, por
otros divinos y sublimes. Mara no era culpable de nada, absolutamente
de nada. Su conducta, digna de elogios; y adverta que la villa entera
los tributaba espontneos y calurosos. Quiz en esta idea encontraba el
joven marqus el nico consuelo posible. Porque lo cierto era que la
hermosa joven no le haba dejado por ningn otro hombre, sino por seguir
el spero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente debi
necesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestro
marqus un poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismo
tiempo en los esfuerzos que la nueva esposa de Jess hara para
arrancar las races de afecto tan slido y antiguo.

Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, ms o menos
consoladores, sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste y
cruel. Aunque procurase todos los medios para alejar de s tal idea, no
poda menos de pensar muy a menudo que Mara jams le haba profesado un
amor sincero y vehemente como el suyo; que haba sido su novia por
compromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en que ambos
se encontraban en Nieva; que tal vez ella se haba engaado a s misma,
pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le hubiese
venido la idea de meterse en conspiraciones ridculas ni mucho menos en
proponerle odiosas traiciones; que Mara era una joven de mucho talento
y gran imaginacin, a propsito para brillar en el mundo o para acometer
cualquier empresa religiosa o profana, con tal que fuese elevada, pero
incapaz, tal vez por lo mismo, de la ternura de sentimientos, de la
constancia, de la abnegacin modesta y obscura que deben poseer las
buenas esposas y madres. En fin, Ricardo presuma que su amada tena ms
cabeza que corazn, o l no saba lo que se pescaba.

Y poco a poco y a impulso de estas dudas que andaban cerca de ser
certezas, naci en su espritu cierto desvo del amoroso recuerdo que le
embargaba. Cuando pensaba en la Mara de otros tiempos, tan alegre, tan
gentil, tan bulliciosa, sola enternecerse y derramaba lgrimas. Cuando
el pensamiento se enderezaba al da en que, escondido detrs de las
cortinas, la vio cruzar impasible y sonriente por delante de su casa sin
dirigir siquiera una mirada a los balcones, se llenaba su corazn de
amargura no exenta de rencor. Y cuando la vea en la imaginacin en
hbito de monja bernarda, por entero olvidada de aquellas dulces escenas
que haban sido el encanto de su vida, desprecindolas tal vez, y
aborrecindolas cual si fueran delitos, nuestro joven--que Dios le
perdone el pecado!--llegaba a mirar con ojeriza a la esposa de
Jesucristo. Estas dudas que sin cesar le asaltaban eran para su pasin
un verdadero cauterio, doloroso y cruel como todos, pero de muy
saludables efectos.

No dej por un instante de frecuentar la casa de Elorza como antes;
acaso ms que antes. Haba all dos seres a quienes compadecer y que le
compadecan. Adems era un hbito el pasar algunas horas del da entre
aquellas cuatro paredes, y no slo hbito, sino deber de reconocimiento
por el cario que se le dispensaba, y no slo deber, sino tambin, por
qu no hemos de decirlo?, tambin gusto, mucho gusto, pues no poda
dejar de tenerlo en hacer compaa a un caballero tan cumplido como don
Mariano, que le haba dado pruebas de amarle como a hijo, y a una nia
tan buena y hermosa como Marta, a quien quera como hermana. El dolor
haba estrechado an ms el parentesco de sus corazones. A medida que el
recuerdo de Mara se iba haciendo menos grato, hallaba ms dulce el
cario de aquella familia y se agarraba a l como a la ltima tabla, en
el naufragio de sus esperanzas. Si dejaba escapar esta tabla, quedara
solo. Solo, solo! Esta palabra le traa a la imaginacin la horrible
noche pasada en el tren cuando vino a Nieva despus de la muerte de su
madre. El destino cruel volva a pronunciarla en sus odos cuando menos
lo pensaba. Al fin, mientras permaneciese en Nieva, no sonaba tan triste
y desconsoladora, porque todo lo que vea y tocaba en su casa le hablaba
de la ternura de su madre, cuando tropezaba en la de Elorza le recordaba
el amor de Mara; pero y despus?... Qu le diran los campos yermos
de Castilla por donde la rauda locomotora le hara cruzar? De qu le
hablara la indiferente muchedumbre en las calles de Madrid?... Por eso,
Ricardo tema ya, ms que deseaba, el traslado que con tanta
precipitacin haba pedido.

Todos los das al entrar en casa de Elorza le preguntaba Martita:

--Ha llegado eso, Ricardo?

A las pocas veces repuso entre risueo y enfadado:

--Acaso tienes ganas de que me vaya, Martita?

--Oh, no!...--dej escapar la nia con una inflexin de voz que vala
por un poema.

Pero Ricardo no acert a leerlo. Estos nufragos del amor, estos hombres
heridos de un desengao, no saben leer ms poemas que el suyo.

Despus de la muerte de su madre, en cuya enfermedad tanto le ayud y
consol Ricardo, Marta volvi a tratarle con la misma confianza y
cario que antes, un poco entibiados desde haca algn tiempo. La hija
menor de don Mariano haba atravesado por una terrible crisis, que nadie
sospech siquiera en la casa. Mientras dur se hizo un poco arisca en el
trato, ms inquieta, ms seria y reservada. Pero al fin su espritu
firme y su temperamento sano y equilibrado salieron vencedores. La
muerte de doa Gertrudis, que era una desgracia ms grande y positiva
que todas las dems, contribuy no poco a calmar las inquietudes y
desrdenes de su corazn. Volvi a ser la misma Marta tranquila, serena
y cariosa de antes, atenta siempre a desembarazar de obstculos el
camino de los otros aunque el suyo estuviese cerrado por un muro
infranqueable. Dichosos los que en la vida tropiezan con estos seres
benditos que fundan su felicidad en la ajena, que ofrecen las flores y
se quedan con las espinas!

Ricardo pasaba largas horas en casa de Elorza. Las tardes, sobre todo,
las dedicaba enteras a don Mariano y su hija, saliendo con ellos de
paseo cuando haca buen tiempo, y permaneciendo en casa cuando llova.
Algunas veces iba tambin por la maana y entonces don Mariano sola
invitarle a comer. Mientras Ricardo rehusaba y el caballero insista,
Marta no despegaba los labios, pero se adverta en su rostro la zozobra
y en los ojos suplicantes el vivo deseo de retenerle. Cuando al fin
aceptaba, era de ver la alegra de la nia y la solicitud con que todo
lo preparaba, entrando y saliendo en la cocina infinitas veces,
improvisando los platos que saba ms del gusto del joven marqus y
poniendo en movimiento a la servidumbre! El _beefsteak_ a la inglesa,
porque Ricardo se haba acostumbrado all por Madrid a comerlo un poco
crudo; el pescado fro, el arroz suelto, la raja de limn (Ricardo
echaba limn a casi todos los manjares), la mostaza inglesa, las
aceitunas, etc., etc. Pero donde Marta pona los cinco sentidos era en
el caf. Ricardo era un rabe, un sibarita en materia de caf. Por eso
la nia conceda un cuidado ms atento y vigilante a la confeccin de
este lquido que un qumico analizando cualquier metal precioso.
Mientras iba y vena disponindolo todo, el joven no cesaba de bromearla
en el mismo tono carioso de los primeros tiempos, y eso que Marta,
aunque de corto todava, era ya una verdadera mujer, y no de las menos
lindas, como hemos tenido ocasin de decir. Haba crecido poco, no
obstante.

--Anda, taponcito! Cundo acabas de estirar?--le deca Ricardo,
retenindola por una de sus trenzas, cuando cruzaba por delante de l.
La nia sonrea, encogindose de hombros, y prosegua su camino.

Desde el da en que se enfad, Martita no volvi a preguntarle por el
traslado; pero todos al entrar en casa le dirigan una mirada penetrante
y ansiosa, queriendo leer en su rostro alguna noticia. Como no la haba,
la nia se tranquilizaba, tornando a la obra, que rara vez dejaba de
tener en las manos. Ricardo tampoco hablaba para nada de partir. O no se
acordaba de su peticin, o afectaba no acordarse, o no quera acordarse.
Tal vez hubiese de todo un poco. El marqus de Pealta haba pasado
desde el desconsuelo a la melancola, y de aqu iba paulatinamente
dejndose ir a las sensaciones dulces. Aquella habitacin, donde Marta
cosa, inspiraba ideas risueas de amable sosiego y felicidad.

Una maana, como si fuera la cosa ms natural del mundo, como si la
noticia no desgarrase el corazn de nadie, como si se tratara de algo
balad y de poco momento, Ricardo entr en casa de Elorza, diciendo:

--Esta noche me ha llegado al fin el traslado para Valencia.

Ciego, ciego! No ves la palidez de esa nia? No observas el
estremecimiento doloroso que corre por su cuerpo? Mira que va a caer!
Corre, corre a sostenerla!...

Nada; no ech nada de ver el joven marqus. l tambin estaba un poco
plido. El tono indiferente con que comunic su noticia era pura
comedia, porque aquella noche haba dado vueltas en la cama hasta
fatigarse, y las luces de la aurora le sorprendieron sin conseguir pegar
los ojos.

Don Mariano hizo un gesto de disgusto, exclamando:

--Vaya por Dios, hijo, vaya por Dios!... Siento que te nos marches
ahora... En fin, si es tu gusto...

Ricardo guard un silencio sombro. De buena gana hubiese exclamado:
Qu ha de ser mi gusto! Mi gusto sera pedir la absoluta en este
momento, y quedarme aqu para siempre y vivir tranquilamente al lado de
ustedes; de ustedes, que son las personas a quienes ms amo en este
mundo! Pero tuvo la flaqueza de callarse, y estas flaquezas suelen
costar muy caras en la vida.

--Y cundo piensas irte?--pregunt el caballero.

--Maana mismo. Necesito detenerme en Madrid algunos das para arreglar
ciertos asuntos. A Valencia llegar el diez del que viene.

--Vas a algn regimiento?

--Al primero montado.

--Ah!

Y guardaron silencio. La tristeza les dominaba a todos, asfixiando la
conversacin, que otras veces sola ser muy animada, aunque versara
sobre menudencias domsticas. Don Mariano la entabl de nuevo en tono
triste y distrado.

--Has estado ya alguna vez en Valencia?

--S, seor; he pasado all un mes hace algunos aos.

--Es muy bonito aquello, verdad?

--S, muy bonito.

--Muchas naranjas, eh?

--Muchas.

--Creo que es una poblacin alegre.

--Eso no; a m me ha parecido muy triste.

--Pues hombre, yo crea...

Y tornaron a guardar silencio. Los corazones estaban apretados, y el
acento indiferente de las palabras no bastaba a ocultarlo. Marta no
haba dicho una sola en todo el tiempo. Sentada en una silla baja, al
lado del balcn, segua atentamente la obra de croch que tena en la
mano. Ricardo estaba reclinado en el sof cerca de don Mariano. Mil
pensamientos melanclicos se cernan sobre las cabezas de los tres, y
aquella risuea habitacin, esclarecida por la pura y brillante luz de
la maana, se poblaba a su despecho de silencio y tristeza. Cuando el
seor de Elorza volvi a dirigir la palabra a Ricardo, se trasluca su
emocin en la voz levemente ronca y temblorosa.

--Y cmo has arreglado tu casa? Despides a los criados?

--Menos a Pepe el jardinero y a Csar el portero...

--Has hecho el equipaje?

--No; tengo tiempo esta tarde y maana.

--Y las visitas?

--Realmente, don Mariano, las nicas personas que trato con intimidad
aqu son ustedes... Con otras tres o cuatro visitas he concluido. A los
dems enviar tarjetas... Lo que siento ms es dejar sin concluir la
reforma del jardn y los dos pabellones de las esquinas en cimientos...

--No te ocupes de eso, yo cuidar..., yo cuidar..., yo cuidar...

No pudo decir ms. Le ahogaba la emocin. Aquellos pabellones haban
sido idea de Mara, cuando estaba concertada la boda. Este recuerdo
trajo consigo otros muchos, todos dolorosos, en que se mezclaban su
esposa, su hija y Ricardo, ponindole ante los ojos las graves desdichas
que en poco tiempo haba experimentado. Levantose bruscamente y sali de
la habitacin.

Ricardo, conmovido igualmente y dominado por un gran abatimiento, qued
cabizbajo y silencioso. Marta continuaba atenta a su tarea, como si nada
tuviese que partir con lo que estaba pasando. No levant una sola vez la
cabeza durante la conversacin, ni aun cuando su padre dej la estancia.
Ricardo la contempl fijamente largo rato. La actitud impasible de la
nia empezaba a mortificarle. Se le haba figurado al presuntuoso que
Martita iba a ponerse muy alterada al saber la noticia, porque siempre
le haba dado pruebas de cario. Tena ciega confianza en la bondad de
su corazn y en la firmeza de sus afectos; pero al verla tan serena,
moviendo entre sus dedos pequeos y sonrosados la aguja de marfil, sin
preguntarle nada, sin pedirle que demorase el viaje por algunos das,
sin decirle nada, sufra un nuevo y doloroso desengao. Y se dej
arrastrar por la pendiente de los pensamientos sombros a una filosofa
desesperada y pesimista. Pues seor--se dijo lacrimosamente--, hay que
aceptar el mundo y la humanidad como son... Esta nia que yo crea tan
sensible!... Qu le vamos a hacer!... En la mujer no existe ms que un
afecto verdadero... Estar tal vez enamorada esta chica?...

Ricardo no tena por qu irritarse ante semejante idea. Pero lo cierto
es que se irrit, y no poco. Procur rechazarla como un absurdo y no
logr ms que hacerse cargo de que no slo no sera absurdo, pero que
ni aun tendra nada de particular. Abatido como se hallaba, la
irritacin cedi muy pronto lugar a la tristeza, una tristeza profunda y
desconsoladora.

--A ti no te pesa que me vaya, Martita?--dijo mientras se dibujaba en
su rostro cierta sonrisa melanclica.

--Si es tu gusto!...--respondi la nia sin levantar la cabeza.

Dale con el gusto! Ricardo no tena ya ningn deseo de marcharse.
Estaba furioso contra s mismo por haberlo solicitado. De buena gana lo
echara todo a rodar... Pero no dijo una palabra de lo que pensaba.

Su tristeza y desconsuelo iban en aumento. Tena ganas atroces de
llorar. No se atreva a dirigir la palabra a Marta, porque no se le
conociese la emocin. Adems, por qu se la haba de dirigir?... Una
chica tan insensible!

Se hallaba en uno de esos momentos de postracin en que todo se ve de
color negro y se experimenta cierto amargo deleite en ello; momento en
que (si vale la frase) el espritu se revuelca con voluptuosidad en la
tristeza, procurando acrecentarla con recuerdos y clculos infaustos.
Dej caer la cabeza sobre el almohadn del sof y cerr los ojos con
ademn de meditar. Haba meditado ya tanto, tanto, desde haca algunas
horas! Sus nervios haban estado en tensin harto tiempo y empezaba a
sentirse acometido de una languidez muy prxima al desmayo. Levant un
poco la cabeza para convencerse de que aun poda moverse y ech una
mirada a Martita, que segua en la misma actitud; pero no tard en
dejarla caer nuevamente. Pareca que le sujetaban contra su voluntad y
le tenan all reclinado, sin permitirle menear un dedo. Todava estuvo
algn tiempo con los ojos abiertos, aunque le pesaban como si fuesen de
plomo los prpados. Al cabo los cerr y se durmi. Esto es, no es fcil
decir si se durmi o se qued solamente traspuesto. Lo cierto es que el
marqus de Pealta, de aquel modo extendido con los ojos cerrados, no
pareca despierto y ofreca un semblante tan plido, tan ojeroso, tan
abatido, que inspiraba lstima.

En el espacio de algunos minutos se pueden soar muchas y diversas
cosas. Todos han experimentado este fenmeno. Ricardo aun no haba
perdido enteramente la nocin de la realidad cuando se encontr en una
estancia semejante a la en que estaba positivamente. Haba, sin embargo,
la diferencia de que la nueva tena en los balcones rejas de hierro muy
espesas a manera de celosa, y uno de sus muros era tambin enrejado, al
travs del cual se vean all en el fondo altares dorados, imgenes de
santos, lmparas suspendidas del techo, en fin, una verdadera iglesia.
Mirando atentamente desde el sof, observ que en la iglesia penetraba
una gran muchedumbre que produca sordo y desagradable ruido, hasta que
se llen por completo, y no pudo entrar ms gente. Entonces empez a or
los acordes del rgano que tocaba los valses de la reina de Escocia, lo
cual le hizo sospechar que el organista era fray Saturnino, el capelln
de San Felipe. Despus, por encima de las cabezas, vio asomar los picos
dorados de una mitra. Ces el rgano y escuch la voz gangosa de un
predicador que pronunci largo sermn, aunque no pudo entender una
palabra de lo que deca. Concluido el sermn, oyose un cntico suave que
le hizo estremecerse de gozo: era la preciosa voz de Mara que entonaba
con ms dulzura que nunca el aria de _Traviata: Gran Dio, morir si
giovine..._ Cuando termin, sonaron prolongados aplausos en la iglesia.
Despus, toda la gente se apret contra el altar mayor dejando libres
las cercanas del enrejado. All pasaba algo, porque oy claramente
algunas voces que decan: Ahora le echa la bendicin..., ahora...,
ahora...

Y en el mismo instante apareci en la puerta de la estancia don Mximo
que le dijo: --Qu hace usted ah tumbado? No sabe usted que Mara se
est casando?--Con quin se casa?--Con Jesucristo; venga usted a ver la
ceremonia. Quiso levantarse, pero no pudo. Entonces el mdico le dijo:
--Bien, ya que usted no puede moverse, voy a la iglesia a ver si
consigo que la gente se aparte un poco para que usted vea desde ah. Y
en efecto, al poco rato observ que la muchedumbre dejaba un bastante
ancho pasillo frente al enrejado, y entonces vio a lo lejos, sobre las
escaleras del altar mayor, la figura arrogante de Mara en traje de
desposada. A su lado estaba otra figurilla menuda de hombre que la tena
cogida de la mano. El obispo les estaba echando la bendicin. Ms cul
sera su asombro cuando aquel hombrecillo dio la vuelta! Qu
Jesucristo ni qu calabazas! El que se casaba con Mara era ni ms ni
menos que Manolito Lpez, aquel chiquillo tan insolente y antiptico. Se
qued como quien ve visiones. Sera posible que una chica tan hermosa y
discreta se uniera a este mocoso y le dejase a l, que al fin y al cabo
era un hombre, entregado a la desesperacin! La verdad es que haba
motivo para graves y dolorosas reflexiones. Pero cuando ms enfrascado
estaba en ellas, he aqu que entra en la sala la misma Mara en hbito
de monja bernarda, y dirigindose a l le dice sonriendo dulcemente:
--Ests triste porque me caso?--Pues no he de estarlo!--Tonto
(manifest la joven acercndose ms), aunque me haya casado con
Jesucristo, lo mismo te sigo amando. Entonces Ricardo se puso a
suspirar y gemir. --No, Mara, t no me quieres, t quieres a Manolito
Lpez.--Vamos, Ricardo mo, no digas disparates, cmo he de querer yo a
ese chiquillo!--No acabas de casarte con l?--Se me figura que ests
soando; no dices ms que desatinos... Despierta, hombre, despierta... o
espera un poquito, yo te voy a despertar..., pero mira de qu modo tan
dulce!... Y, en efecto, la hermosa monja se acerc todava ms y le
tom el rostro entre sus delicadas manos con ademn carioso. Despus
fue aproximando el suyo lentamente y le dio un tierno y prolongado beso
en la frente.

Oh, caso portentoso! Ricardo observ, con pasmo, que al tiempo de
hacerle la caricia, el rostro de Mara se haba trocado sbitamente por
el de Marta. S; eran sus ojos negros y rasgados, sus mejillas frescas y
sonrosadas, sus negros cabellos cayendo en rizos por la frente. Pero
aquel rostro ofreca una expresin tan triste y dolorida, que no pudo
menos de gritar:--Marta, Marta!, qu tienes?...--Y el mismo grito que
dio le hizo despertar.

Marta segua al lado del balcn, en la sillita baja, absorta al parecer
en su tarea. Y, no obstante, el joven, aunque ya despierto, estaba
convencido de que haba lanzado un grito. Todo lo que haba pasado era
un sueo, pero, a su parecer, ni el grito ni los labios tibios y hmedos
que sinti posarse en su frente eran imaginarios: no poda convencerse
de eso.

Qu era aquello? Qu haba pasado?

Estuvo algunos instantes contemplando a Martita mientras coordinaba
torpemente las ideas. Al fin, se decidi a dirigirle la palabra.

La nia levant el rostro, que estaba encendido y turbado.

--No acabo de dar un grito?

Martita se turb y encendi an ms, y apenas pudo responder con voz
temblorosa:

--No..., yo no he odo nada.

Ricardo la mir fijamente y con asombro. Por qu se ruborizaba aquella
chica?

--Estaba soando, pero jurara que he dado un grito... y jurara
tambin, qu cosa tan extraa!, que t me has dado un beso.

Marta, al escuchar estas palabras, pas repentinamente del color rojo al
amarillo, dando seales de una profunda consternacin. Sus manos
trmulas no pudieron sostener la obra de croch y la dejaron caer sobre
el regazo. Al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Ricardo con tal
expresin de miedo, de ternura, de splica, de congoja, que ste sinti
un fuerte estremecimiento, semejante al que produce una descarga
elctrica.

Era la misma mirada! La misma que acababa de ver en sueos!

Sintiose inundado por una gran claridad, por una luz divina. En aquel
instante supremo todo lo vio, todo lo comprendi. Disipose el polvo con
que su loca pasin por Mara le haba cegado hasta entonces y se
encontr de frente con la escena del jardn, cuando Marta se mostraba
tan ofendida de que le besase las manos... Y la vio y la comprendi. El
raro desmayo que sigui a esta escena, tambin lo vio y tambin lo
comprendi. Fue despus con la imaginacin a la playa de la isla. El sol
derramando torrentes de luz sobre la arena; las olas azules y blancas
ciendo una pea donde los jvenes estuvieron sentados largo rato; el
sollozo que rompi el silencio del tnel; despus, una nia que cae al
agua y un joven que se arroja por ella y la salva. Gracias, seor
marqus... No se estaba tan mal all abajo!... Tambin vio, tambin
comprendi. Despus, repentino y asombroso alejamiento; unos ojos que no
le miraban, unos labios que no le hablaban, unas manos que no le
estrechaban...

Ah, s, todo lo vio, todo lo comprendi!

Levantose bruscamente del sof y acercando el rostro al de Marta, le
dijo en voz dulce y cariosa, pero con inocente petulancia:

--No lo niegues, Martita, t acabas de darme un beso.

La nia se llev las manos a la cara y rompi a llorar perdidamente. Mil
diversas emociones de temor, de arrepentimiento, de cario, de duda, de
alegra y ansiedad cruzaron en un segundo por el corazn del joven
marqus, que dobl la rodilla exclamando con acento conmovido:

--Marta, por Dios, me perdones la necedad que acabo de decir!... Soy
un estpido!... Acababa de soar unas cosas tan tristes, y de repente
terminaron todas tan bien!... No me resignaba a dejar escapar as la
felicidad... Una idea absurda me vino a la cabeza, inspirada por el
mismo deseo de verla realizada... Pero no..., no..., yo no puedo ser ya
feliz en la tierra... Nac para ser desgraciado... Afortunadamente
morir pronto, como mi padre... y como mi madre... Perdname esta locura
de un momento y no llores... Quieres saber lo que soaba?... Te lo voy
a decir, porque ser quiz la ltima vez que me veas... Soaba...,
soaba, Marta, que me queras.

La nia separ un poco las manos, y dej escapar con cierta entonacin
colrica, pero adorable, estas palabras, que fueron cortadas
inmediatamente por los sollozos:

--Soabas la verdad, ingrato!

El marqus de Pealta, loco, perdido, queriendo salrsele el alma por la
boca, la estrech entre sus brazos, sin poder articular una palabra. Al
fin, muy quedo, con la sublime incoherencia del corazn, como un
murmullo de celestial armona, dej caer en el odo de su amiga el himno
del amor.

Marta escuchaba. Trmula, confusa, esconda la cabeza en el pecho de su
amado, soltando un raudal de lgrimas. Ricardo la apretaba cada vez ms
contra su corazn, sin cansarse de repetir la misma frase, la frase ms
bella que Dios ha sugerido a los hombres! Una vez sola levant la nia
la cabeza para preguntar en voz baja y temblorosa:

--No te marchars ya, verdad?

Buena gana tena Ricardo de marcharse en aquel momento! Por cuanto
hubiera de precioso en la tierra y en el cielo, no se marchara. Su
espritu no osaba traspasar siquiera los cristales del balcn, temeroso
de perder la dicha en que se baaba. No obstante, tuvo aliento bastante
para separarse un segundo y salir a la puerta gritando:

--Don Mariano, don Mariano!

El seor de Elorza, sobresaltado, como se hallaba desde haca algn
tiempo, acudi presuroso temiendo alguna desgracia. El rostro de
Ricardo, donde se trasluca la profunda emocin que le embargaba, no era
a propsito para tranquilizar a nadie. Qu ocurra? Por qu le
llamaban?

--Don Mariano--dijo el joven anudndosele la voz en la garganta--, tengo
el honor de pedir a usted la mano de su hija Marta.

Aquello era un escopetazo! Pero cmo diablo?... Se haba vuelto
loco?... Qu era aquello, seor?... Vamos a ver, vamos a ver!...

Nada; don Mariano no pudo decir nada, porque antes de que pudiera decir,
hacer o pensar algo, ya tena a su hija colgada del cuello llorando a
lgrima viva. Qu le restaba al noble caballero? Llorar tambin. Pues
eso fue cabalmente lo que hizo, apretando a la hija de sus entraas con
un abrazo y estrechando con la otra mano la del marqus de Pealta.

--Vosotros no me abandonaris, verdad, hijos mos?--dijo el anciano
levantando su noble rostro varonil baado en lgrimas.

Ricardo estrech con ms fuerza su mano. Marta apret con ms fuerza su
cuello.

Hubo algunos instantes de silencio, durante los cuales todos los ngeles
del cielo desfilaron por la salita que baaba el sol de la maana,
posando sus ojos radiantes de alegra en aquel grupo interesante. Mas he
aqu que Martita separa un poco el rostro de su padre, y sonriendo al
travs del llanto pregunta cndidamente a su amado:

--Comers hoy con nosotros, Ricardo?

--S, preciosa ma--responde el joven marqus cayendo de rodillas y
besando con efusin las manos de la nia--, comer hoy, y maana y
pasado... y siempre...

Marta volvi a ocultar el rostro en el pecho paternal. Tena el corazn
tan lleno de felicidad! Los tres lloraban en silencio.



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     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
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LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
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LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
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1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
http://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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