The Project Gutenberg EBook of Historia de la vida del Buscn, llamado Don
Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaos, by Francisco de Quevedo

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Title: Historia de la vida del Buscn, llamado Don Pablos,
       ejemplo de vagabundos y espejo de tacaos

Author: Francisco de Quevedo

Release Date: May 10, 2010 [EBook #32315]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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                 Historia de la vida del Buscn
    llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaos
              de Francisco de Quevedo y Villegas


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo I: En que cuenta quin es el Buscn.


Yo, seora, soy de Segovia. Mi padre se llam Clemente Pablo,
natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como
todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos
que se corra de que le llamasen as, diciendo que l era tundidor
de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y
segn l beba es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San
Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrs de San Cristbal.
Sospechbase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun vindola
con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus
pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy
buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos
enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales;
persona de valor y conocida por quien era. Padeci grandes trabajos
recin casada, y aun despus, porque malas lenguas daban en decir
que mi padre meta el dos de bastos para sacar el as de oros.
Probsele que a todos los que haca la barba a navaja, mientras les
daba con el agua levantndoles la cara para el lavatorio, un mi
hermanico de siete aos les sacaba muy a su salvo los tutanos de
las faldriqueras. Muri el angelico de unos azotes que le dieron en
la crcel. Sintilo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos
las voluntades. Por estas y otras nieras estuvo preso, y rigores
de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las
calles. En lo que toca de medio abajo tratronle aquellos seores
regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con
mesura y buen da. Mas de medio arriba, etctera, que no hay ms
que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas
costillas. Dironle doscientos escogidos, que de all a seis aos
se le contaban por encima de la ropilla. Ms se mova el que se los
daba que l, cosa que pareci muy bien; divirtise algo con las
alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas
lo colorado.

Mi madre, pues, no tuvo calamidades! Un da, alabndomela una
vieja que me cri, deca que era tal su agrado que hechizaba a
cuantos la trataban. Y deca, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y
otros puestos, y los ms en un da mismo amanecidos y puestos.

Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo
canas, empreaba piernas con pantorrillas postizas. Y con no tratarla
nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubra, porque
haca cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin viva de
adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora
de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros,
juntona; cul la llamaba enflautadora de miembros y cul tejedora de
carnes y por mal nombre alcahueta. Para unos era tercera, primera para
otros y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la cara de risa
que ella oa esto de todos era para dar mil gracias a Dios.

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quin haba de
imitar en el oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de
caballero desde chiquito, nunca me apliqu a uno ni a otro. Decame
mi padre:

-Hijo, esto de ser ladrn no es arte mecnica sino liberal.

Y de all a un rato, habiendo suspirado, deca de manos:

-Quien no hurta en el mundo, no vive. Por qu piensas que los
alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran,
otras nos azotan y otras nos cuelgan..., no lo puedo decir sin
lgrimas (lloraba como un nio el buen viejo, acordndose de las
que le haban batanado las costillas). Porque no querran que donde
estn hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo
nos libr la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las
iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran
llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confes sino
cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigeo
en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos
mis negocios con diez y seis maraveds: diez de soga y seis de
camo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitn y los
nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo ms
honradamente que he podido.

-Cmo a m sustentado? -dijo ella con grande clera. Yo os he
sustentado a vos, y sacdoos de las crceles con industria y
mantendoos en ellas con dinero. Si no confesbades, era por
vuestro nimo o por las bebidas que yo os daba? Gracias a mis
botes! Y si no temiera que me haban de or en la calle, yo dijera
lo de cuando entr por la chimenea y os saqu por el tejado.

Metlos en paz diciendo que yo quera aprender virtud resueltamente
y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen
a la escuela, pues sin leer ni escribir no se poda hacer nada.
Pareciles bien lo que deca, aunque lo grueron un rato entre los
dos. Mi madre se entr adentro y mi padre fue a rapar a uno (as lo
dijo l) no s si la barba o la bolsa; lo ms ordinario era uno y
otro. Yo me qued solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de
padres tan celosos de mi bien.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo II: De cmo fue a la escuela y lo que en
ella le sucedi.


A otro da ya estaba comprada la cartilla y hablado el maestro. Fui,
seora, a la escuela; recibime muy alegre diciendo que tena cara
de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no
desmentirle di muy bien la licin aquella maana. Sentbame el
maestro junto a s, ganaba la palmatoria los ms das por venir
antes y bame el postrero por hacer algunos recados a la seora, que
as llambamos la mujer del maestro. Tenalos a todos con
semejantes caricias obligados; favorecanme demasiado, y con esto
creci la envidia en los dems nios. Llegbame de todos, a los
hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un
hijo de don Alonso Coronel de Ziga, con el cual juntaba meriendas.
bame a su casa a jugar los das de fiesta y acompabale cada
da. Los otros, o que porque no les hablaba o que porque les pareca
demasiado punto el mo, siempre andaban ponindome nombres tocantes
al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros don Ventosa;
cul deca, por disculpar la invidia, que me quera mal porque mi
madre le haba chupado dos hermanitas pequeas de noche; otro deca
que a mi padre le haban llevado a su casa para que la limpiase de
ratones (por llamarle gato). Unos me decan zape cuando pasaba y
otros miz. Cul deca:

-Yo la tir dos berenjenas a su madre cuando fue obispa.

Al fin, con todo cuanto andaban royndome los zancajos, nunca me
faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me corra disimulaba; todo lo
sufra, hasta que un da un muchacho se atrevi a decirme a voces
hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que
aun si lo dijera turbio no me diera por entendido) agarr una piedra
y descalabrle. Fuime a mi madre corriendo que me escondiese;
contla el caso; djome:

-Muy bien hiciste; bien muestras quin eres; slo anduviste errado
en no preguntarle quin se lo dijo.

Cuando yo o esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvme a
ella y rogula me declarase si le poda desmentir con verdad o que
me dijese si me haba concebido a escote entre muchos o si era hijo
de mi padre. Rise y dijo:

-Ah, noramaza! Eso sabes decir? No sers bobo; gracia tienes. Muy
bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean
verdad, no se han de decir.

Yo con esto qued como muerto y dime por novillo de legtimo
matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves das y
salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergenza.
Disimul, fue mi padre, cur al muchacho, apacigulo y volvime a
la escuela, adonde el maestro me recibi con ira hasta que, oyendo la
causa de la ria, se le aplac el enojo considerando la razn que
haba tenido.

En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de
Ziga, que se llamaba don Diego, porque me quera bien
naturalmente, que yo trocaba con l los peones si eran mejores los
mos, dbale de lo que almorzaba y no le peda de lo que l
coma, comprbale estampas, ensebale a luchar, jugaba con l al
toro, y entretenale siempre. As que los ms das, sus padres del
caballerito, viendo cunto le regocijaba mi compaa, rogaban a los
mos que me dejasen con l a comer y cenar y aun a dormir los ms
das.

Sucedi, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que
viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el
cual tena fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:

-Hola, llmale Poncio Pilato y echa a correr.

Yo, por darle gusto a mi amigo, llamle Poncio Pilato. Corrise
tanto el hombre que dio a correr tras m con un cuchillo desnudo para
matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi
maestro dando gritos. Entr el hombre tras m y defendime el
maestro de que no me matase, asegurndole de castigarme. Y as luego
(aunque seora le rog por m, movida de lo que yo la serva, no
aprovech), mandme desatacar y azotndome, deca tras cada
azote:

-Diris ms Poncio Pilato?

Yo responda:

-No, seor.

Y respondlo veinte veces a otros tantos azotes que me dio. Qued
tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que
mandndome el da siguiente decir, como sola, las oraciones a los
otros, llegando al Credo (advierta V. Md. la inocente malicia), al
tiempo de decir padeci so el poder de Poncio Pilato,
acordndome que no haba de decir ms Pilatos, dije: padeci so
el poder de Poncio de Aguirre. Dile al maestro tanta risa de or
mi simplicidad y de ver el miedo que le haba tenido, que me abraz
y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces
que los mereciese. Con esto fui yo muy contento.

En estas nieces pas algn tiempo aprendiendo a leer y escribir.
Lleg (por no enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el
maestro de que se holgasen sus muchachos, orden que hubiese rey de
gallos. Echamos suertes entre doce sealados por l y cpome a m.
Avis a mis padres que me buscasen galas.

Lleg el da y sal en uno como caballo, mejor dijera en un cofre
vivo, que no anduvo en peores pasos Roberto el diablo, segn andaba
l. Era rucio, y rodado el que iba encima por lo que caa en todo.
La edad no hay que tratar, biznietos tena en tahonas. De su raza no
s ms de que sospecho era de judo segn era medroso y
desdichado. Iban tras m los dems nios todos aderezados.

Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca
de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarr mi caballo un
repollo a una, y ni fue visto ni odo cuando lo despach a las
tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no lleg en
mucho tiempo. La bercera (que siempre son desvergonzadas) empez a
dar voces; llegronse otras y con ellas pcaros, y alzando
zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres,
empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla nabal y
que no se haba de hacer a caballo, comenc a apearme; mas tal golpe
me le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cay
conmigo en una (hablando con perdn) privada. Pseme cual V. Md.
puede imaginar. Ya mis muchachos se haban armado de piedras y daban
tras las revendederas y descalabraron dos.

Yo, a todo esto, despus que ca en la privada, era la persona ms
necesaria de la ria. Vino la justicia, comenz a hacer
informacin, prendi a berceras y muchachos mirando a todos qu
armas tenan y quitndoselas, porque haban sacado algunos dagas de
las que traan por gala y otros espadas pequeas. Lleg a m, y
viendo que no tena ningunas, porque me las haban quitado y
metdolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidime, como
digo, las armas, al cual respond, todo sucio, que si no eran
ofensivas contra las narices, que yo no tena otras. Quiero confesar
a V. Md. que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos,
etctera, que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que
me haban tenido por mi madre y que la tiraban, como haban hecho
otras veces, como necio y muchacho, empec a decir: Hermanas,
aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre (como si
ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me
disculp la ignorancia, y el sucederme la desgracia tan de repente.

Pero, volviendo al alguacil, qusome llevar a la crcel, y no me
llev porque no hallaba por donde asirme (tal me haba puesto del
lodo). Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a
mi casa desde la plaza martirizando cuantas narices topaba en el
camino. Entr en ella, cont a mis padres el suceso, y corrironse
tanto de verme de la manera que vena que me quisieron maltratar. Yo
echaba la culpa a las dos leguas de rocn exprimido que me dieron.
Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no bastaba, salme de su casa
y fuime a ver a mi amigo don Diego, al cual hall en la suya
descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarle ms a
la escuela. All tuve nuevas de cmo mi rocn, vindose en
aprieto, se esforz a tirar dos coces, y de puro flaco se le
desgajaron las dos piernas y se qued sembrado para otro ao en el
lodo, bien cerca de expirar.

Vindome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los
padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto,
determinme de no volver ms a la escuela ni a casa de mis padres,
sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su
compaa, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi
amistad al nio. Escrib a mi casa que yo no haba menester ms ir
a la escuela porque, aunque no saba bien escribir, para mi intento
de ser caballero lo que se requera era escribir mal, y que as,
desde luego renunciaba la escuela por no darles gasto y su
casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avis de dnde y cmo quedaba y
que hasta que me diesen licencia no los vera.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo III: De cmo fue a un pupilaje por criado de
don Diego Coronel.


Determin, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno
por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado. Supo que
haba en Segovia un licenciado Cabra que tena por oficio el criar
hijos de caballeros, y envi all el suyo y a m para que le
acompaase y sirviese.

Entramos, primero domingo despus de Cuaresma, en poder de la hambre
viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. l era un clrigo
cerbatana, largo slo en el talle, una cabeza pequea, los ojos
avecindados en el cogote, que pareca que miraba por cuvanos, tan
hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de
mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y
Francia, porque se le haba comido de unas bas de resfriado, que
aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas
de miedo de la boca vecina, que de pura hambre pareca que amenazaba
a comrselas; los dientes, le faltaban no s cuntos, y pienso que
por holgazanes y vagamundos se los haban desterrado; el gaznate
largo como de avestruz, con una nuez tan salida que pareca se iba a
buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos
como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo pareca
tenedor o comps, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy
espacioso; si se descompona algo, le sonaban los huesos como
tablillas de San Lzaro. La habla tica, la barba grande, que nunca
se la cortaba por no gastar, y l deca que era tanto el asco que le
daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejara matar
que tal permitiese. Cortbale los cabellos un muchacho de nosotros.
Traa un bonete los das de sol ratonado con mil gateras y
guarniciones de grasa; era de cosa que fue pao, con los fondos en
caspa. La sotana, segn decan algunos, era milagrosa, porque no se
saba de qu color era. Unos, vindola tan sin pelo, la tenan por
de cuero de rana; otros decan que era ilusin; desde cerca pareca
negra y desde lejos entre azul. Llevbala sin ceidor; no traa
cuello ni puos. Pareca, con esto y los cabellos largos y la sotana
y el bonetn, teatino lanudo. Cada zapato poda ser tumba de un
filisteo. Pues su aposento? Aun araas no haba en l. Conjuraba
los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba.
La cama tena en el suelo, y dorma siempre de un lado por no gastar
las sbanas. Al fin, l era archipobre y protomiseria.

A poder de ste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la
noche que llegamos nos seal nuestro aposento y nos hizo una
pltica corta, que aun por no gastar tiempo no dur ms. Djonos
lo que habamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de
comer. Fuimos all; coman los amos primero y servamos los
criados.

El refectorio era un aposento como medio celemn. Sentbanse a una
mesa hasta cinco caballeros. Yo mir lo primero por los gatos, y como
no los vi, pregunt que cmo no los haba a un criado antiguo, el
cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenz a
enternecerse, y dijo:

-Cmo gatos? Pues quin os ha dicho a vos que los gatos son
amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois
nuevo. Qu tiene esto de refectorio de Jernimos para que se
cren aqu?

Yo, con esto, me comenc a afligir, y ms me sust cuando advert
que todos los que vivan en el pupilaje de antes estaban como leznas,
con unas caras que pareca se afeitaban con diaquiln. Sentse el
licenciado Cabra y ech la bendicin. Comieron una comida eterna,
sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan
claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso ms que en la
fuente. Not con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado
tras un garbanzo hurfano y solo que estaba en el suelo. Deca Cabra
a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo
lo dems es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamindoselos, con
que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echse su
escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-Mal ingenio te acabe!, deca yo entre m, cuando vi un mozo medio
espritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que pareca
que la haba quitado de s mismo. Vena un nabo aventurero a
vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en vindole:

-Nabo hay? No hay perdiz para m que se le iguale. Coman, que me
huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picle con la punta y
asomndole a las narices, trayndole en procesin por la portada de
la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Reparti a cada uno tan
poco carnero que entre lo que se les peg en las uas y se les
qued entre los dientes, pienso que se consumi todo, dejando
descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y deca:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.

Mire V. Md. qu alio para los que bostezaban de hambre! Acabaron
de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos
pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:

-Quede esto para los criados, que tambin han de comer; no lo
queramos todo.

-Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -deca yo-, que tal
amenaza has hecho a mis tripas!

Ech la bendicin, y dijo:

-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y vyanse hasta las
dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.

Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojse
mucho y djome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias
viejas y fuese.

Sentmonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis
tripas pedan justicia, como ms sano y ms fuerte que los otros,
arremet al plato, como arremetieron todos, y emboqume de tres
medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruir; al
ruido entr Cabra, diciendo:

-Coman como hermanos, pues Dios les da con qu. No rian, que para
todos hay.

Volvise al sol y dejnos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de
ellos, que se llamaba Jurre, vizcano, tan olvidado ya de cmo y por
dnde se coma, que una cortecilla que le cupo la llev dos veces a
los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la
boca. Ped yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no
lo hacan, y dironme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a
la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunin, me le quit el
mozo espiritado que dije. Levantme con grande dolor de mi alma,
viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacan
la razn. Diome gana de descomer, aunque no haba comido, digo, de
proveerme, y pregunt por las necesarias a un antiguo, y djome:

-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os
proveeris mientras aqu estuviredes, dondequiera podris; que
aqu estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el da que
entr, como ahora vos, de lo que cen en mi casa la noche antes.

Cmo encarecer yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando
lo poco que haba de entrar en mi cuerpo, no os, aunque tena
gana, echar nada de l. Entretuvmonos hasta la noche. Decame don
Diego que qu hara l para persuadir a las tripas que haban
comido, porque no lo queran creer. Andaban vahdos en aquella casa
como en otras ahtos.

Lleg la hora de cenar; passe la merienda en blanco, y la cena ya
que no se pas en blanco, se pas en moreno: pasas y almendras y
candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenbamos con
bendicin. Es cosa saludable (deca) cenar poco, para tener el
estmago desocupado, y citaba una retahla de mdicos infernales.
Deca alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueos
pesados, sabiendo que en su casa no se poda soar otra cosa sino
que coman. Cenaron y cenamos todos y no cen ninguno.

Fumonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir,
l trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de all y
yo aconsejndole que lo hiciese; aunque ltimamente le dije:

-Seor, sabis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que
en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos nimas que
estamos en el Purgatorio. Y as, es por dems decir que nos saque
vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y
nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.

Entre estas plticas y un poco que dormimos, se lleg la hora de
levantar. Dieron las seis y llam Cabra a licin; fuimos y omosla
todos. Mandronme leer el primer nominativo a los otros, y era de
manera mi hambre que me desayun con la mitad de las razones,
comindomelas. Y todo esto creer quien supiere lo que me cont el
mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma top muchos hombres, unos
metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal
de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que vena a slo
aquello de fuera; y preguntando a uno un da que qu sera (porque
Cabra se enoj de que se lo preguntase) respondi que los unos
tenan sarna y los otros sabaones y que en metindolos en aquella
casa moran de hambre, de manera que no coman desde all adelante.
Certificme que era verdad, y yo, que conoc la casa, lo creo.
Dgolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la
licin, diola y decormosla. Y prosigui siempre en aquel modo de
vivir que he contado. Slo aadi a la comida tocino en la olla,
por no s qu que le dijeron un da de hidalgua all fuera. Y
as, tena una caja de hierro, toda agujerada como salvadera,
abrala y meta un pedazo de tocino en ella que la llenase y
tornbala a cerrar y metala colgando de un cordel en la olla, para
que la diese algn zumo por los agujeros y quedase para otro da el
tocino. Parecile despus que en esto se gastaba mucho, y dio en
slo asomar el tocino a la olla. Dbase la olla por entendida del
tocino y nosotros comamos algunas sospechas de pernil. Pasbamoslo
con estas cosas como se puede imaginar.

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que, ya que para comer al cabo de
un mes no hallbamos remedio, le buscamos para no levantarnos de
maana; y as, trazamos de decir que tenamos algn mal. No osamos
decir calentura, porque no la teniendo era fcil de conocer el
enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que
nos dolan las tripas y que estbamos muy malos de achaque de no
haber hecho de nuestras personas en tres das, fiados en que a
trueque de no gastar dos cuartos en una melecina, no buscara el
remedio. Mas ordenlo el diablo de otra suerte, porque tena una que
haba heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomla
y aderez una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta aos,
ta suya, que le serva de enfermera, dijo que nos echase sendas
gaitas. Empezaron por don Diego; el desventurado atajse, y la vieja,
en vez de echrsela dentro, disparsela por entre la camisa y el
espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de
guarnicin la que dentro haba de ser aforro. Qued el mozo dando
gritos; vino Cabra y, vindolo, dijo que me echasen a m la otra,
que luego tornaran a don Diego. Yo me resista, pero no me vali,
porque, tenindome Cabra y otros, me la ech la vieja, a la cual de
retorno di con ella en toda la cara. Enojse Cabra conmigo y dijo que
l me echara de su casa, que bien se echaba de ver que era
bellaquera todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me
despidiese, mas no lo quiso mi ventura.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo IV: De la convalecencia y ida a estudiar a
Alcal de Henares.


Entramos en casa de don Alonso y echronnos en dos camas con mucho
tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro rodos de
la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la
cara, y a m, como haba sido mi trabajo mayor y la hambre imperial,
que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron.
Trujeron mdicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de
las bocas, como a retablos, y bien lo ramos de duelos. Ordenaron que
nos diesen sustancias y pistos. Quin podr contar, a la primera
almendrada y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas
de contento? Todo les haca novedad. Mandaron los dotores que por
nueve das no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como
estaban huecos los estmagos sonaba en ellos el eco de cualquiera
palabra.

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algn
aliento, pero nunca podan las quijadas desdoblarse, que estaban
magras y alforzadas, y as se dio orden que cada da nos las
ahormasen con la mano del almirez. Levantbamonos a hacer pinicos
dentro de cuarenta das, y an parecamos sombras de otros hombres,
y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo. Todo el
da gastbamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la
captividad del fiersimo Cabra, y rogbamos al Seor que ningn
cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez
nos acordbamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la
hambre tanto que acrecentbamos la costa aquel da. Solamos contar
a don Alonso cmo al sentarse en la mesa nos deca males de la gula
(no habindola l conocido en su vida), y rease mucho cuando le
contbamos que en el mandamiento de No matars, meta perdices y
capones, gallinas y todas las cosas que no quera darnos, y, por el
consiguiente, la hambre, pues pareca que tena por pecado el
matarla, y aun el herirla, segn regateaba el comer.

Pasronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trat don Alonso de
enviar a su hijo a Alcal a estudiar lo que le faltaba de la
Gramtica. Djome a m si quera ir, y yo, que no deseaba otra
cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado
perseguidor de estmagos, ofrec de servir a su hijo como vera. Y
con esto diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese
cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cdulas para un
hombre que se llamaba Julin Merluza. Pusimos el hato en el carro de
un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas
para meterla debajo de la otra ma y del mayordomo, que se llamaba
Baranda, cinco colchones, ocho sbanas, ocho almohadas, cuatro
tapices, un cofre con ropa blanca, y las dems zarandajas de casa.
Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora
antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco ms, a la
siempre maldita venta de Viveros.

El ventero era morisco y ladrn, que en mi vida vi perro y gato
juntos con la paz que aquel da. Hzonos gran fiesta, y como l y
los ministros del carretero iban horros (que ya haba llegado
tambin con el hato antes, porque nosotros venamos de espacio),
pegse al coche, diome a m la mano para salir del estribo, y
djome si iba a estudiar. Yo le respond que s; metime adentro,
y estaban dos rufianes con unas mujercillas; un cura rezando al olor;
un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar andaba
esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los
bostezos, diciendo: -Ms me engorda un poco de sueo que cuantos
faisanes tiene el mundo. Dos estudiantes fregones, de los de
mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos por la venta para
engullir. Mi amo, pues, como ms nuevo en la venta y muchacho, dijo:

-Seor husped, dme lo que hubiere para m y mis criados.

-Todos los somos de V. Md. -dijeron al punto los rufianes-, y le hemos
de servir. Hola, gsped, mirad que este caballero os agradecer lo
que hiciredes. Vaciad la dispensa.

Y, diciendo esto, llegse el uno y quitle la capa, y dijo:

-Descanse V. Md., mi seor.

Y psola en un poyo. Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueo de
la venta. Dijo una de las mujeres:

-Qu buen talle de caballero! Y va a estudiar? Es V. Md. su
criado?

Yo respond, creyendo que era as como lo decan, que yo y el otro
lo ramos. Preguntronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno
de los estudiantes se lleg a l medio llorando y dndole un abrazo
apretadsimo, dijo:

-Oh, mi seor don Diego, quin me dijera a m, agora diez aos,
que haba de ver yo a V. Md. de esta manera? Desdichado de m, que
estoy tal que no me conocer V. Md.!

l se qued admirado, y yo tambin, que jurramos entrambos no
haberle visto en nuestra vida. El otro compaero andaba mirando a don
Diego a la cara, y dijo a su amigo:

-Es este seor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? Gran
dicha ha sido nuestra conocelle segn est de grande! Dios le
guarde!

Y empez a santiguarse. Quin no creyera que se haban criado con
nosotros? Don Diego se le ofreci mucho, y preguntndole su nombre,
sali el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:

-Dejen eso, que despus de cenar se hablar, que se enfra.

Lleg un rufin y puso asientos para todos y una silla para don
Diego, y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:

-Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que
hubiere, le serviremos a la mesa.

-Jess! -dijo don Diego-; V. Mds. se sienten, si son servidos.

Y a esto respondieron los rufianes, no hablando con ellos:

-Luego, mi seor, que an no est todo a punto.

Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban,
afligme y tem lo que sucedi. Porque los estudiantes tomaron la
ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:

-No es razn que donde est un caballero tan principal se queden
estas damas sin comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.

l, haciendo del galn, convidlas. Sentronse, y entre los dos
estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el
cual se comi don Diego. Y al drsele, aquel maldito estudiante le
dijo:

-Un abuelo tuvo V. Md., to de mi padre, que jams comi lechugas,
y son malas para la memoria, y ms de noche, y stas no son tan
buenas.

Y diciendo esto sepult un panecillo, y el otro, otro. Pues las
mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que ms coma era el cura,
con el mirar slo. Sentronse los rufianes con medio cabrito asado y
dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:

-Pues padre, ah se est? Llegue y alcance, que mi seor don
Diego nos hace merced a todos.

Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera.

No bien se lo dijeron, cuando se sent. Ya, cuando vio mi amo que
todos se le haban encajado, comenzse a afligir. Repartironlo
todo y a don Diego dieron no s qu huesos y alones diciendo que
del cabrito el huesecito y del ave el aloncito y que el refrn lo
deca. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo dems
se engulleron el cura y los otros.

Decan los rufianes:

-No cene mucho, seor, que le har mal.

Y replicaba el maldito estudiante:

-Y ms que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcal.

Yo y el otro criado estbamos rogando a Dios que les pusiese en
corazn que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el
cura repasaba los huesos de los otros, volvi el un rufin y dijo:

-Oh, pecador de m, no habemos dejado nada a los criados. Vengan
aqu V. Mds. Ah, seor gsped, dles todo lo que hubiere; vea
aqu un dobln.

Tan presto salt el descomulgado pariente de mi amo (digo el
estudiantn) y dijo:

-Aunque V. Md. me perdone, seor hidalgo, debe de saber poco de
cortesa. Conoce, por dicha, a mi seor primo? l dar a sus
criados, y aun a los nuestros si los tuviramos, como nos ha dado a
nosotros.

Y volvindose a don Diego, que estaba pasmado, dijo:

-No se enoje V. Md., que no le conocan.

Maldiciones le ech cuando vi tan gran disimulacin que no pens
acabar.

Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. l
quera pagar la cena y replicronle que no lo hiciese, que a la
maana habra lugar. Estuvironse un rato parlando; preguntle su
nombre al estudiante, y l dijo que se llamaba tal Coronel. (En los
infiernos descanse, dondequiera que est.) Vio al avariento que
dorma, y dijo:

-V. Md. quiere rer? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo,
que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riqusimo.

Los rufianes dijeron:

-Bien haya el licenciado; hgalo, que es razn.

Con esto, se lleg y sac al pobre viejo, que dorma, de debajo de
los pies unas alforjas, y desenvolvindolas hall una caja, y como
si fuera de guerra hizo gente. Llegronse todos, y abrindola, vio
ser de alcorzas. Sac todas cuantas haba y en su lugar puso
piedras, palos y lo que hall, y encima dos o tres yesones y un
tarazn de teja. Cerr la caja y psola donde estaba, y dijo:

-Pues an no basta, que bota tiene el viejo.

Sacla el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche,
despus de haber echado un poco de vino debajo, se la llen de lana
y estopa, y la cerr. Con esto, se fueron todos a acostar para una
hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las
alforjas, y en la capilla del gabn le ech una gran piedra, y fuese
a dormir.

Lleg la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todava
dorma. Llamronle, y al levantarse, no poda levantar la capilla
del gabn. Mir lo que era, y el mesonero adrede le ri,
diciendo:

-Cuerpo de Dios, no hall otra cosa que llevarse, padre, sino esa
piedra? Qu les parece a V. Mds., si yo no lo hubiera visto? Cosa
es que estimo en ms de cien ducados, porque es contra el dolor de
estmago.

Juraba y perjuraba diciendo que no haba metido l tal en la
capilla.

Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena slo treinta
reales, que no entendiera Juan de Legans la suma. Decan los
estudiantes:

-No pide ms un ochavo.

Y respondi un rufin:

-No, sino burlrase con este caballero delante de nosotros; aunque
ventero, sabe lo que ha de hacer. Djese V. Md. gobernar, que en mano
est...

Y tosiendo, cogi el dinero, contlo y, sobrando del que sac mi
amo cuatro reales, los asi, diciendo:

-stos le dar de posada, que a estos pcaros con cuatro reales se
les tapa la boca.

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo
tom sus alforjas y, porque no visemos lo que sacaba y no partir
con nadie, desatlas a oscuras debajo del gabn, y agarrando un
yesn echsele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente
que tena, y por poco los perdiera. Comenz a escupir y hacer gestos
de asco y de dolor; llegamos todos a l, y el cura el primero,
dicindole que qu tena. Empezse a ofrecer a Satans; dej
caer las alforjas; llegse a l el estudiante, y dijo:

-Arriedro vayas, cata la cruz!

Otro abri un breviario; hicironle creer que estaba endemoniado,
hasta que l mismo dijo lo que era, y pidi que le dejasen enjaguar
la boca con un poco de vino, que l traa bota. Dejronle y,
sacndola, abrila; y echando en un vaso un poco de vino, sali con
la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se
poda beber ni colar. Entonces acab de perder la paciencia el
viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien
el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los
estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos
subimos en el coche; y no bien comenz a caminar cuando unos y otros
nos comenzaron a dar vaya, declarando la burla. El ventero deca:

-Seor nuevo, a pocas estrenas como sta, envejecer.

El cura deca:

-Sacerdote soy; all se lo dir de misas.

Y el estudiante maldito voceaba:

-Seor primo, otra vez rsquese cuando le coman y no despus.

El otro deca:

-Sarna de V. Md., seor don Diego.

Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cun corridos bamos. Con
estas y otras cosas, llegamos a la villa; apemonos en un mesn, y
en todo el da, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena
pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto. Quejbamonos
nosotros a don Alonso, y el Cabra le haca creer que lo hacamos por
no asistir al estudio. Con esto no nos valan plegarias.

Meti en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese
a los pupilos y despidi al criado porque le hall un viernes a la
maana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la
vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda que no oa nada; entenda por
seas; ciega, y tan gran rezadora que un da se le desensart el
rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo ms devoto que he
comido. Unos decan: -Garbanzos negros! Sin duda son de
Etiopa. Otro deca: -Garbanzos con luto! Quin se les
habr muerto? Mi amo fue el primero que se encaj una cuenta, y al
mascarla se quebr un diente. Los viernes sola inviar unos gevos,
con tantas barbas fuerza de pelos y canas suyas que pudieran pretender
corregimiento u abogaca Pues meter el badil por el cucharn y
inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario. Mil veces top
yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y todo lo
meta para que hiciese presencia en las tripas y abultase.

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada de
ella estuvo malo un compaero. Cabra, por no gastar, detuvo el llamar
mdico hasta que ya l peda confesin ms que otra cosa. Llam
entonces un platicante, el cual le tom el pulso y dijo que la hambre
le haba ganado por la mano en matar aquel hombre. Dironle el
Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que haba un da que no
hablaba), dijo:

-Seor mo Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta
casa para persuadirme que no es el infierno.

Imprimironseme estas razones en el corazn. Muri el pobre mozo,
enterrmosle muy pobremente por ser forastero, y quedamos todos
asombrados. Divulgse por el pueblo el caso atroz, lleg a odos de
don Alonso Coronel y como no tena otro hijo, desengase de los
embustes de Cabra y comenz a dar ms crdito a las razones de dos
sombras, que ya estbamos reducidos a tan miserable estado. Vino a
sacarnos del pupilaje y tenindonos delante nos preguntaba por
nosotros. Y tales nos vio que sin aguardar a ms, tratando muy mal de
palabra al licenciado Vigilia, nos mand llevar en dos sillas a casa.
Despedmonos de los compaeros, que nos seguan con los deseos y
con los ojos, haciendo las lstimas que hace el que queda en Argel
viendo venir rescatados por la Trinidad sus compaeros.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo V: De la entrada de Alcal, patente y burlas
que le hicieron por nuevo.


Antes que anocheciese salimos del mesn a la casa que nos tenan
alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de
estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta tenamos entre tres
moradores diferentes no ms. Era el dueo y husped de los que
creen en Dios por cortesa o sobre falso; moriscos los llaman en el
pueblo. Recibime, pues, el husped con peor cara que si yo fuera el
Santsimo Sacramento. Ni s si lo hizo porque le comenzsemos a
tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que
tenga mala condicin quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro
hatillo, acomodamos las camas y lo dems, y dormimos aquella noche.

Amaneci, y helos aqu en camisa a todos los estudiantes de la
posada a pedir la patente a mi amo. l, que no saba lo que era,
preguntme que qu queran, y yo, entre tanto, por lo que poda
suceder, me acomod entre dos colchones y slo tena la media
cabeza fuera, que pareca tortuga. Pidieron dos docenas de reales;
dironselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:

-Viva el compaero, y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las
preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer
la hambre que todos.

Y con esto (mire V. Md. qu previlegios!) volaron por la escalera,
y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.
A mi amo apadrinronle unos colegiales conocidos de su padre y entr
en su general, pero yo, que haba de entrar en otro diferente y fui
solo, comenc a temblar. Entr en el patio, y no hube metido bien un
pie, cuando me encararon y comenzaron a decir: -Nuevo!. Yo por
disimular di en rer, como que no haca caso; mas no bast, porque
llegndose a m ocho o nueve, comenzaron a rerse. Pseme
colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que
estaba a mi lado las manos en las narices y apartndose, dijo:

-Por resucitar est este Lzaro, segn olisca.

Y con esto todos se apartaron tapndose las narices. Yo, que me
pens escapar, puse las manos tambin y dije:

-V. Mds. tienen razn, que huele muy mal.

Dioles mucha risa y, apartndose, ya estaban juntos hasta ciento.
Comenzaron a escarrar y tocar al arma y en las toses y abrir y cerrar
de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo
acatarrado hzome alarde de uno terrible, diciendo:

-Esto hago.

Yo entonces, que me vi perdido, dije:

-Juro a Dios que ma...!

Iba a decir te, pero fue tal la batera y lluvia que cay sobre m,
que no pude acabar la razn. Yo estaba cubierto el rostro con la
capa, y tan blanco, que todos tiraban a m, y era de ver cmo
tomaban la puntera. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un
bellaco, vindome cubierto y que no tena en la cara cosa, arranc
hacia m diciendo con gran clera:

-Baste, no le dis con el palo!

Que yo, segn me trataban, cre de ellos que lo haran. Destapme
por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me
enclav un gargajo en los dos ojos. Aqu se han de considerar mis
angustias. Levant la infernal gente una grita que me aturdieron, y
yo, segn lo que echaron sobre m de sus estmagos, pens que por
ahorrar de mdicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron
tras esto darme de pescozones pero no haba dnde sin llevarse en
las manos la mitad del afeite de mi negra capa, ya blanca por mis
pecados. Dejronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva. Fuime
a casa, que apenas acert, y fue ventura el ser de maana, pues
slo top dos o tres muchachos, que deban de ser bien inclinados
porque no me tiraron ms de cuatro o seis trapajos y luego me
dejaron.

Entr en casa, y el morisco que me vio comenzse a rer y a hacer
como que quera escupirme. Yo, que tem que lo hiciese, dije:

-Ten, husped, que no soy Ecce-Homo.

Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dndome sobre
los hombros con las pesas que tena. Con esta ayuda de costa, medio
derrengado, sub arriba; y en buscar por dnde asir la sotana y el
manteo para quitrmelos, se pas mucho rato. Al fin, le quit y me
ech en la cama y colgulo en una azutea. Vino mi amo y como me
hall durmiendo y no saba la asquerosa aventura, enojse y
comenz a darme repelones con tanta prisa, que a dos ms, despierto
calvo. Levantme dando voces y quejndome, y l, con ms clera,
dijo:

-Es buen modo de servir se, Pablos? Ya es otra vida.

Yo, cuando o decir otra vida, entend que era ya muerto, y
dije:

-Bien me anima V. Md. en mis trabajos. Vea cul est aquella sotana
y manteo, que ha servido de paizuelo a las mayores narices que se
han visto jams en paso, y mire estas costillas.

Y con esto empec a llorar. l, viendo mi llanto, creylo, y
buscando la sotana y vindola, compadecise de m y dijo:

-Pablos, abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que aqu no tienes
otro padre ni madre.

Contle todo lo que haba pasado y mandme desnudar y llevar a mi
aposento (que era donde dorman cuatro criados de los huspedes de
casa). Acostme y dorm; y con esto, a la noche, despus de haber
comido y cenado bien, me hall fuerte y ya como si no hubiera pasado
por m nada. Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que
nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traan a otras.
Vinironse a acostar los otros criados y, saludndome todos, me
preguntaron si estaba malo y cmo estaba en la cama. Yo les cont el
caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se
empezaron a santiguar, diciendo:

-No se hiciera entre luteranos. Hay tal maldad?

Otro deca:

-El retor tiene la culpa en no poner remedio. Conocer los que
eran?

Yo respond que no, y agradecles la merced que me mostraban hacer.
Con esto se acabaron de desnudar, acostronse, mataron la luz, y
dormme yo, que me pareca que estaba con mi padre y mis hermanos.
Deban de ser las doce cuando el uno de ellos me despert a puros
gritos, diciendo:

-Ay, que me matan! Ladrones!

Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de ltigo. Yo
levant la cabeza y dije:

-Qu es eso?

Y apenas la descubr, cuando con una maroma me asentaron un azote con
hijos en todas las espaldas. Comenc a quejarme; quseme levantar;
quejbase el otro tambin; dbanme a m slo. Yo comenc a
decir:

-Justicia de Dios!

Pero menudeaban tanto los azotes sobre m, que ya no me qued, por
haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme
debajo de la cama. Hcelo as, y al punto los tres que dorman
empezaron a dar gritos tambin, y como sonaban los azotes, yo cre
que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que
estaba junto a m se pas a mi cama y provey en ella, y cubrila,
volvindose a la suya. Cesaron los azotes y levantronse con grandes
gritos todos cuatro, diciendo:

-Es gran bellaquera, y no ha de quedar as!

Yo todava me estaba debajo de la cama quejndome como perro cogido
entre puertas, tan encogido que pareca galgo con calambre. Hicieron
los otros que cerraban la puerta, y yo entonces sal de donde estaba
y subme a mi cama, preguntando si acaso les haban hecho mal. Todos
se quejaban de muerte.

Acostme y cubrme y torn a dormir, y como entre sueos me
revolcase, cuando despert hallme provedo y hecho una necesaria.
Levantronse todos y yo tom por achaque los azotes para no
vestirme. No haba diablos que me moviesen de un lado. Estaba
confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbacin, sin
sentirlo, haba hecho aquella vileza, o si entre sueos. Al fin, yo
me hallaba inocente y culpado y no saba cmo disculparme.

Los compaeros se llegaron a m, quejndose y muy disimulados, a
preguntarme cmo estaba; yo les dije que muy malo, porque me haban
dado muchos azotes. Preguntbales yo que qu poda haber sido, y
ellos decan:

-A fe que no se escape, que el matemtico nos lo dir. Pero, dejando
esto, veamos si estis herido, que os quejbades mucho.

Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En
esto, mi amo entr diciendo:

-Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho y
estste en la cama? Levntate enhoramala!

Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y
pidironle que me dejase dormir. Y deca uno:

-Y si V. Md. no lo cree, levantad, amigo.

Y agarraba de la ropa. Yo la tena asida con los dientes por no
mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no haba remedio por aquel
camino, dijo uno:

-Cuerpo de Dios y cmo hiede!

Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras l, todos
comenzaron a mirar si haba en el aposento algn servicio. Decan
que no se poda estar all. Dijo uno:

-Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!

Miraron las camas y quitronlas para ver debajo, y dijeron:

-Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasmosle a una de las
nuestras y miremos debajo de ella.

Yo, que vea poco remedio en el negocio y que me iban a echar la
garra, fing que me haba dado mal de corazn: agarrme a los
palos, hice visajes... Ellos, que saban el misterio, apretaron
conmigo, diciendo:

-Gran lstima!

Don Diego me tom el dedo del corazn y, al fin, entre los cinco me
levantaron, y al alzar las sbanas fue tanta la risa de todos viendo
los recientes no ya palominos sino palomos grandes, que se hunda el
aposento.

-Pobre de l! -decan los bellacos (yo haca del desmayado)-;
trele V. Md. mucho de ese dedo del corazn.

Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tir que me le
desconcert. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y
decan:

-El pobrecito agora sin duda se ensuci, cuando le dio el mal.

Quin dir lo que yo senta, lo uno con la vergenza,
descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de
miedo de que me le diesen, que ya me tenan los cordeles en los
muslos, hice que haba vuelto, y por presto que lo hice, como los
bellacos iban con malicia, ya me haban hecho dos dedos de seal en
cada pierna. Dejronme diciendo:

-Jess, y qu flaco sois!

Yo lloraba de enojo, y ellos decan adrede:

-Ms va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Call.

Y con esto me pusieron en la cama, despus de haberme lavado, y se
fueron.

Yo no haca a solas sino considerar cmo casi era peor lo que haba
pasado en Alcal en un da que todo lo que me sucedi con Cabra. A
medioda me vest, limpi la sotana lo mejor que pude, lavndola
como gualdrapa, y aguard a mi amo que, en llegando, me pregunt
cmo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de
mala gana. Y despus, juntndonos todos a parlar en el corredor, los
otros criados, despus de darme vaya, declararon la burla. Rironla
todos, doblse mi afrenta, y dije entre m: -Avisn, Pablos,
alerta. Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos,
vivimos de all adelante todos los de la casa como hermanos, y en las
escuelas y patios nadie me inquiet ms.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo VI: De las crueldades de la ama, y travesuras
que hizo.


Haz como viere dice el refrn, y dice bien. De puro considerar en
l, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y ms, si
pudiese, que todos. No s si sal con ello, pero yo aseguro a V. Md.
que hice todas las diligencias posibles.

Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se
entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi
aposento. Sucedi que un da entraron dos puercos del mejor garbo
que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y olos
gruir, y dije al uno:

-Vaya y vea quin grue en nuestra casa.

Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo o, me enoj tanto que sal
all diciendo que era mucha bellaquera y atrevimiento venir a
gruir a casa ajena. Y diciendo esto, envsole a cada uno a puerta
cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se
oyese el ruido que hacan, todos a la par dbamos grandsimos
gritos como que cantbamos y as expiraron en nuestras manos.
Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los
medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos
ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que an no
estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en
verdad, que por no detenernos las habamos dejado la mitad de lo que
ellas se tenan dentro, y nos las comimos las ms como se las traa
hechas el cochino en la barriga.

Supo, pues, don Diego el caso, y enojse conmigo de manera que
oblig a los huspedes (que de risa no se podan valer) a volver
por m. Preguntbame don Diego que qu haba de decir si me
acusaban y me prenda la justicia, a lo cual respond yo que me
llamara a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no
me valiese, dira que como se entraron sin llamar a la puerta como en
su casa, que entend que eran nuestros. Rironse todos de las
disculpas. Dijo don Diego:

-A fe, Pablos, que os hacis a las armas.

Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a m tan travieso,
que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.

No caba el ama de contento conmigo, porque ramos dos al mohno:
habamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas,
de botas a bolsa, que desde entonces hereda no s qu amor a la sisa
este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden
retrica, porque siempre iba de ms a menos; no era nada carnal,
antes de puro penitente estaba en los huesos. Y la vez que poda
echar cabra u oveja no echaba carnero, y si haba huesos, no entraba
cosa magra. Era cercenadora de porciones como de moneda, y as haca
unas ollas ticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se
pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por
diferenciar, para que estuviese gorda la olla, sola echar cabos de
vela de sebo y as deca que estaban sus ollas gordas por el cabo. Y
era verdad segn me lo parl un pabilo que yo masqu un da. Ella
deca, cuando yo estaba delante:

-Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si l no
fuese travieso; consrvele V. Md., que bien se le puede sufrir el ser
bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.

Yo, por el consiguiente, deca de ella lo mismo y as tenamos
engaada la casa. Si se compraba aceite de por junto, carbn o
tocino, escondamos la mitad, y cuando nos pareca, decamos el ama
y yo:

-Modrese V. Md. en el gasto, que en verdad que si se dan tanta prisa
no baste la hacienda del Rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbn.
Pero tal prisa le han dado. Mande V. Md. comprar ms y a fe que se ha
de lucir de otra manera. Denle dineros a Pablicos.

Dbanmelos y vendamosles la mitad sisada, y de lo que comprbamos
sisbamos la otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez compraba
yo algo en la plaza por lo que vala, reamos adrede el ama y yo.

Ella deca:

-No me digas a m, Pablicos, que esto son dos cuartos de ensalada.

Yo haca que lloraba, daba voces, bame a quejar a mi seor, y
apretbale para que enviase al mayordomo a saberlo, para que callase
la ama, que adrede porfiaba. Iban y sabanlo, y con esto
asegurbamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en m a
las obras, y en el ama al celo de su bien. Decale don Diego, muy
satisfecho de m:

-As fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! Toda esta
es la lealtad que me decs vos de l?

Tuvmoslos de esta manera, chupndolos como sanguijuelas. Yo
apostar que V. Md. se espanta de la suma de dinero que montaba al
cabo del ao. Ello mucho debi de ser, pero no deba obligar a
restitucin, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho das
y nunca la vi rastro de imaginacin de volver nada ni hacer
escrpulo, con ser, como digo, una santa.

Traa un rosario al cuello siempre, tan grande, que era ms barato
llevar un haz de lea a cuestas. De l colgaban muchos manojos de
imgines, cruces y cuentas de perdones que hacan ruido de sonajas.
Bendeca las ollas y al espumar haca cruces con el cucharn. Yo
pienso que las conjuraba por sacarles los espritus, ya que no tena
carne. En todas las imgines deca que rezaba cada noche por sus
bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en
verdad que haba menester todas estas ayudas para desquitarse de lo
que pecaba. Acostbase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba
ms oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez y acababa en el
Conquibules, que ella deca, y en la Salve Rehna. Deca las
oraciones en latn adrede por fingirse inocente, de suerte que nos
despedazbamos de risa todos. Tena otras habilidades; era
conqueridora de voluntades y corchete de gustos, que es lo mismo que
alcahueta; pero disculpbase conmigo diciendo que le vena de casta
como al rey de Francia sanar lamparones.

Pensar V. Md. que siempre estuvimos en paz? Pues quin ignora
que dos amigos, como sean codiciosos, si estn juntos, se han de
procurar engaar el uno al otro? sta ha de ser ruin conmigo, pues
lo es con su amo, deca yo entre m; ella deba de decir lo mismo
porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se
descubriera la hilaza. Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en
despensa es peor que gatos y perros.

Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la poda burlar, busqu
nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr
o arrebatar. En esto me sucedieron cosas graciossimas, porque yendo
una noche a las nueve (que anda poca gente) por la calle Mayor, vi una
confitera y en ella un cofn de pasas sobre el tablero, y tomando
vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras m, y
otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que aunque les
llevaba ventaja, me haban de alcanzar, y al volver una esquina,
sentme sobre l y envolv la capa a la pierna de presto y empec
a decir, con la pierna en la mano, fingindome pobre:

-Ay! Dios se lo perdone, que me ha pisado!

Oyronme esto y en llegando, empec a decir: Por tan alta
Seora, y lo ordinario de la hora menguada y aire corrupto.
Ellos se venan desgaifando, y dijronme:

-Va por aqu un hombre, hermano?

-Ah adelante, que aqu me pis, loado sea el Seor.

Arrancaron con esto y furonse; qued solo, llevme el cofn a
casa, cont la burla, y no quisieron creer que haba sucedido as,
aunque lo celebraron mucho. Por lo cual, los convid para otra noche
a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las
cajas dentro la tienda y que no las poda tomar con la mano,
tuvironlo por imposible, y ms por estar el confitero, por lo que
sucedi al otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y metiendo doce
pasos atrs de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio,
part corriendo, y en llegando a la tienda, dije:

-Muera!. Y tir una estocada por delante del confitero. l se
dej caer pidiendo confesin, y yo di la estocada en una caja y la
pas y saqu en la espada y me fui con ella. Quedronse espantados
de ver la traza y muertos de risa de que el confitero deca que le
mirasen, que sin duda le haba herido, y que era un hombre con quien
l haba tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron
desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, ech de
ver la burla, y empez a santiguarse que no pens acabar. Confieso
que nunca me supo cosa tan bien.

Decan los compaeros que yo solo poda sustentar la casa con lo
que corra, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado. Yo, como
era muchacho y oa que me alababan el ingenio con que sala de estas
travesuras, animbame para hacer muchas ms. Cada da traa la
pretina llena de jarras de monjas, que les peda para beber y me
vena con ellas; introduje que no diesen nada sin prenda primero.
Y as, promet a don Diego y a todos los compaeros, de quitar una
noche las espadas a la mesma ronda. Sealse cul haba de ser, y
fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia, llegume con
otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije:

-Justicia?

Respondieron:

-S.

-Es el corregidor?

Dijeron que s. Hinqume de rodillas y dije:

-Seor, en sus manos de V. Md. est mi remedio y mi venganza y mucho
provecho de la repblica; mande V. Md. orme dos palabras a solas,
si quiere una gran prisin.

Apartse; ya los corchetes estaban empuando las espadas y los
alguaciles poniendo mano a las varitas. Yo le dije:

-Seor, yo he venido desde Sevilla siguiendo seis hombres los ms
facinorosos del mundo, todos ladrones y matadores de hombres, y entre
ellos viene uno que mat a mi madre y a un hermano mo por
saltearlos, y le est probado esto; y vienen acompaando, segn los
he odo decir, a una espa francesa; y aun sospecho, por lo que les
he odo, que es... (y bajando ms la voz dije) Antonio Prez. Con
esto, el corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo:

-Y dnde estn?

-Seor, en la casa pblica; no se detenga V. Md., que las nimas de
mi madre y hermano se lo pagarn en oraciones, y el Rey ac.

-Jess! -dijo-, no nos detengamos. Hola, seguidme todos! Dadme
una rodela.

Yo entonces le dije, tornndole a apartar:

-Seor, perderse ha V. Md. si hace eso, porque antes importa que
todos V. Mds. entren sin espadas, y uno a uno, que ellos estn en los
aposentos y traen pistoletes, y en viendo entrar con espadas, como
saben que no la puede traer sino la justicia, dispararn. Con dagas
es mejor, y cogerlos por detrs los brazos, que demasiados vamos.

Cuadrle al corregidor la traza, con la codicia de la prisin. En
esto llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mand que debajo de
unas yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que
est enfrente casi de la casa; pusironlas y caminaron. Yo, que
haba avisado al otro que ellos dejarlas y l tomarlas y pescarse a
casa fuese todo uno, hzolo as; y al entrar todos quedme atrs
el postrero, y en entrando ellos mezclados con otra gente que entraba,
di cantonada y emboqume por una callejuela que va a dar a la
Vitoria, que no me alcanzara un galgo.

Ellos que entraron y no vieron nada, porque no haba sino estudiantes
y pcaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme, y no hallndome,
sospecharon lo que fue, y yendo a buscar sus espadas, no hallaron
media. Quin contara las diligencias que hizo con el retor el
corregidor? Aquella noche anduvieron todos los patios reconociendo las
caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me
conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en
la mano y un Cristo en la otra y un compaero clrigo ayudndome a
morir, y los dems rezando las letanas. Lleg el retor y la
justicia, y viendo el espectculo, se salieron, no persuadindose
que all pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes
el retor me dijo un responso; pregunt si estaba ya sin habla, y
dijronle que s; y con tanto, se fueron desesperados de hallar
rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen, y el corregidor
de ahorcarle fuese quien fuese. Levantme de la cama, y hasta hoy no
se ha acabado de solemnizar la burla en Alcal.

Y por no ser largo, dejo de contar cmo haca monte la plaza del
pueblo, pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras
(que nunca se me olvidar la afrenta de cuando fui rey de gallos)
sustentaba la chimenea de casa todo el ao. Callo las pensiones que
tena sobre los habares, vias y huertos, en todo aquello de
alrededor. Con estas y otras cosas, comenc a cobrar fama de travieso
y agudo entre todos. Favorecanme los caballeros y apenas me dejaban
servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era razn por
el mucho amor que me tena.


                         * * * * *


Libro Primero: Captulo VII: De la ida de don Diego, y nuevas de la
muerte de su padre y madre, y la resolucin que tom en sus cosas
para adelante.


En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego
vena otra de un to mo llamado Alonso Rampln, hombre allegado a
toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la
justicia, pues cuantas all se haban hecho de cuarenta aos a esta
parte, han pasado por sus manos. Verdugo era, si va a decir la verdad,
pero una guila en el oficio; vrsele hacer daba gana a uno de
dejarse ahorcar. Este, pues, me escribi una carta a Alcal, desde
Segovia, en esta forma:

Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tena me llamaba as),
las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su
Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el
servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra
honrilla de ser sus criados.

Psame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre muri ocho das
ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dgolo como
quien lo guind. Subi en el asno sin poner pie en el estribo;
venale el sayo vaquero que pareca haberse hecho para l, y como
tena aquella presencia, nadie le vea con los Cristos delante que
no le juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las
ventanas y haciendo cortesas a los que dejaban sus oficios por
mirarle; hzose dos veces los bigotes; mandaba descansar a los
confesores y bales alabando lo que decan bueno.

Lleg a la N de palo, puso el un pie en la escalera, no subi a
gatas ni despacio y viendo un escaln hendido, volvise a la
justicia y dijo que mandase aderezar aquel para otro, que no todos
tenan su hgado. No os sabr encarecer cun bien pareci a
todos.

Sentse arriba, tir las arrugas de la ropa atrs, tom la soga y
psola en la nuez. Y viendo que el teatino le quera predicar,
vuelto a l, le dijo: -Padre, yo lo doy por predicado; vaya un poco
de Credo, y acabemos presto, que no querra parecer prolijo.
Hzose as; encomendme que le pusiese la caperuza de lado y que le
limpiase las barbas. Yo lo hice as. Cay sin encoger las piernas ni
hacer gesto; qued con una gravedad que no haba ms que pedir.
Hcele cuartos y dile por sepultura los caminos. Dios sabe lo que a
m me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero
yo entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarn,
acomodndole en los de a cuatro.

De vuestra madre, aunque est viva agora, casi os puedo decir lo
mismo, porque est presa en la Inquisicin de Toledo, porque
desenterraba los muertos sin ser murmuradora. Hallronla en su casa
ms piernas, brazos y cabezas que en una capilla de milagros. Y lo
menos que haca era sobrevirgos y contrahacer doncellas. Dicen que
representar en un auto el da de la Trinidad, con cuatrocientos de
muerte. Psame que nos deshonra a todos, y a m principalmente, que
al fin soy ministro del Rey y me estn mal estos parentescos.

Hijo, aqu ha quedado no s qu hacienda escondida de vuestros
padres; ser en todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro to soy, y
lo que tengo ha de ser para vos. Vista sta, os podis venir aqu,
que con lo que vos sabis de latn y retrica, seris singular en
el arte de verdugo. Respondedme luego, y entre tanto, Dios os
guarde.

No puedo negar que sent mucho la nueva afrenta, pero holgume en
parte (tanto pueden los vicios en los padres, que consuela de sus
desgracias, por grandes que sean, a los hijos). Fuime corriendo a don
Diego, que estaba leyendo la carta de su padre, en que le mandaba que
se fuese y que no me llevase en su compaa, movido de las
travesuras mas que haba odo decir. Djome que se determinaba ir
y todo lo que le mandaba su padre, que a l le pesaba de dejarme y a
m ms; djome que me acomodara con otro caballero amigo suyo
para que le sirviese. Yo, en esto, rindome, le dije:

-Seor, ya soy otro, y otros mis pensamientos; ms alto pico y ms
autoridad me importa tener. Porque si hasta agora tena como cada
cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.

Declarle cmo haba muerto tan honradamente como el ms estirado,
cmo le trincharon y le hicieron moneda, cmo me haba escrito mi
seor to, el verdugo, de esto y de la prisioncilla de mama, que a
l, como a quien saba quin yo soy, me pude descubrir sin
vergenza. Lastimse mucho y preguntme que qu pensaba hacer.

Dile cuenta de mis determinaciones; y con tanto, al otro da, l se
fue a Segovia harto triste, y yo me qued en la casa disimulando mi
desventura.

Quem la carta porque, perdindoseme acaso, no la leyese alguien, y
comenc a disponer mi partida para Segovia, con fin de cobrar mi
hacienda y conocer mis parientes para huir de ellos.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo I: Del camino de Alcal para Segovia, y de
lo que le sucedi en l hasta Rejas, donde durmi aquella noche.


Lleg el da de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado.
Dios sabe lo que sent el dejar tantos amigos y apasionados, que eran
sin nmero. Vend lo poco que tena de secreto, para el camino, y
con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales. Alquil una
mula y salme de la posada, adonde ya no tena que sacar ms de mi
sombra. Quin contar las angustias del zapatero por lo fiado, las
solicitudes del ama por el salario, las voces del husped de la casa
por el arrendamiento? Uno deca: -Siempre me lo dijo el
corazn!; otro: -Bien me decan a m que este era un
trampista!. Al fin, yo sal tan bienquisto del pueblo que dej con
mi ausencia a la mitad de l llorando y a la otra mitad rindose de
los que lloraban.

Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en estas cosas,
cuando pasado Torote, encontr con un hombre en un macho de albarda,
el cual iba hablando entre s con muy gran prisa y tan embebecido,
que aun estando a su lado no me vea. Saludle y saludme;
preguntle dnde iba, y despus que nos pagamos las respuestas,
comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del
Rey. Comenz a decir de qu manera se poda conquistar la Tierra
Santa y cmo se ganara Argel, en los cuales discursos ech de ver
que era loco repblico y de gobierno.

Proseguimos en la conversacin (propia de pcaros), y venimos a dar
de una cosa en otra, en Flandes. Aqu fue ello, que empez a
suspirar y a decir:

-Ms me cuestan a m esos estados que al Rey, porque ha catorce
aos que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera,
ya estuviera todo sosegado.

-Qu cosa puede ser -le dije yo- que, conviniendo tanto, sea
imposible y no se pueda hacer?

-Quin le dice a V. Md. -dijo luego- que no se pueda hacer?.
Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar
pesadumbre, le contara a V. Md. lo que es; pero all se ver, que
agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le
doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.

Rogule que me los dijese, y al punto, sacando de las faldriqueras un
gran papel, me mostr pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y
dijo:

-Bien ve V. Md. que la dificultad de todo est en este pedazo de
mar..., pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de
all.

Di yo con este desatino una gran risada, y l entonces mirndome a
la cara, me dijo:

-A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les
da gran contento.

-Ese tengo yo, por cierto -le dije-, de or cosa tan nueva y tan bien
fundada, pero advierta V. Md. que ya que chupe el agua que hubiere
entonces, tornar luego la mar a echar ms.

-No har la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy apurado -me
respondi-, y no hay que tratar; fuera de que yo tengo pensada una
invencin para hundir la mar por aquella parte doce estados.

No lo os replicar de miedo que me dijese que tena arbitrio para
tirar el cielo ac abajo. No vi en mi vida tan gran orate. Decame
que Joanelo no haba hecho nada, que l trazaba agora de subir toda
el agua de Tajo a Toledo de otra manera ms fcil. Y sabido lo que
era, dijo que por ensalmo: Mire V. Md. quin tal oy en el mundo!
Y al cabo, me dijo:

-Y no lo pienso poner en ejecucin si primero el Rey no me da una
encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy
honrada.

Con estas plticas y desconciertos llegamos a Torrejn, donde se
qued, que vena a ver una parienta suya.

Yo pas adelante perecindome de risa de los arbitrios en que
ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula
suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro haca
unas rayas que meda con un comps. Daba vueltas y saltos a un lado
y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, haca
con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entend por gran rato
(que me par desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me
determinaba a pasar. Al fin me determin, y llegando cerca,
sintime, cerr el libro, y al poner el pie en el estribo,
resbalsele y cay. Levantle, y djome:

-No tom bien el medio de proporcin para hacer la circunferencia al
subir.

Yo no le entend lo que me dijo y luego tem lo que era, porque ms
desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntme si iba a
Madrid por lnea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no
lo entend, le dije que circunflejo. Preguntme cya era la espada
que llevaba al lado. Respondle que ma, y mirndola, dijo:

-Esos gavilanes haban de ser ms largos, para reparar los tajos que
se forman sobre el centro de las estocadas.

Y empez a meter una parola tan grande que me forz a preguntarle
qu materia profesaba. Djome que l era diestro verdadero y que lo
hara bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:

-Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo
denantes, que ms le tena por encantador, viendo los crculos.

-Eso -me dijo- era que se me ofreci una treta por el cuarto crculo
con el comps mayor, continuando la espada para matar sin confesin
al contrario, porque no diga quin lo hizo y estaba ponindolo en
trminos de matemtica.

-Es posible -le dije yo- que hay matemtica en eso?

-No solamente matemtica -dijo-, mas teologa, filosofa, msica y
medicina.

-Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.

-No os burlis -me dijo-, que agora aprendo yo la limpiadera contra
la espada, haciendo los tajos mayores que comprehenden en s las
aspirales de la espada.

-No entiendo cosa de cuantas me decs, chica ni grande.

-Pues este libro las dice -me respondi-, que se llama Grandezas de
la espada, y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creis, en
Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veris hacer
maravillas. Y no dudis que cualquiera que leyere en este libro
matar a todos los que quisiere.

-U ese libro ensea a ser pestes a los hombres u le compuso algn
doctor.

-Cmo doctor? Bien lo entiende -me dijo-: es un gran sabio y aun
estoy por decir ms.

En estas plticas llegamos a Rejas. Apemonos en una posada y al
apearnos me advirti con grandes voces que hiciese un ngulo obtuso
con las piernas, y que reducindolas a lneas paralelas me pusiese
perpendicular en el suelo. El husped, que me vio rer y le vio,
preguntme que si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella
suerte. Pens con esto perder el juicio. Llegse luego al gsped,
y djole:

-Seor, dme dos asadores para dos o tres ngulos, que al momento
se los volver.

-Jess! -dijo el husped-, dme V. Md. ac los ngulos, que mi
mujer los asar; aunque aves son que no las he odo nombrar.

-Que no son aves! -dijo volvindose a m-. Mire V. Md. lo que es
no saber. Dme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir;
que quiz le valdr ms lo que me viere hacer hoy que todo lo que
ha ganado en su vida.

En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de tomar dos
cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un
salto y deca:

-Con este comps alcanzo ms y gano los grados del perfil. Ahora me
aprovecho del movimiento remiso para matar el natural. sta haba de
ser cuchillada y ste tajo.

No llegaba a m desde una legua y andaba alrededor con el cucharn,
y como yo me estaba quedo, parecan tretas contra olla que se sale.
Djome al fin:

-Esto es lo bueno y no las borracheras que ensean estos bellacos
maestros de esgrima, que no saben sino beber.

No lo haba acabado de decir, cuando de un aposento sali un
mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y
un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas,
zambo de piernas a lo guila imperial, la cara con un per signum
crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de
guardamano y una daga con ms rejas que un locutorio de monjas. Y,
mirando al suelo, dijo:

-Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que calienta los
panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como
profesa la destreza.

Yo que vi la ocasin, metme en medio y dije que no hablaba con l,
y que as no tena por qu picarse.

-Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cul es verdadera
destreza, y djese de cucharones.

El pobre de mi compaero abri el libro, y dijo en altas voces:

-Este libro lo dice, y est impreso con licencia del Rey, y yo
sustentar que es verdad lo que dice, con el cucharn y sin el
cucharn, aqu y en otra parte, y, si no, midmoslo.

Y sac el comps, y empez a decir:

-Este ngulo es obtuso.

Y entonces, el maestro sac la daga, y dijo:

-Y no s quin es ngulo ni Obtuso, ni en mi vida o decir tales
hombres, pero con esta en la mano le har yo pedazos.

Acometi al pobre diablo, el cual empez a huir, dando saltos por la
casa, diciendo:

-No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil.

Metmoslos en paz el husped y yo y otra gente que haba, aunque de
risa no me poda mover.

Metieron al buen hombre en su aposento, y a m con l; cenamos, y
acostmonos todos los de la casa. Y a las dos de la maana,
levntase en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento,
dando saltos y diciendo en lengua matemtica mil disparates.

Despertme a m, y no contento con esto, baj el husped para que
le diese luz, diciendo que haba hallado objeto fijo a la estocada
sagital por la cuerda. El husped se daba a los diablos de que lo
despertase, y tanto le molest que le llam loco. Y con esto se
subi y me dijo que si me quera levantar vera la treta tan famosa
que haba hallado contra el turco y sus alfanjes. Y deca que luego
se la quera ir a ensear al Rey, por ser en favor de los
catlicos.

En esto amaneci, vestmonos todos, pagamos la posada, hicmoslos
amigos a l y al maestro, el cual se apart diciendo que el libro
que alegaba mi compaero era bueno, pero que haca ms locos que
diestros, porque los ms no le entendan.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo II: De lo que le sucedi hasta llegar a
Madrid, con un poeta.


Yo tom mi camino para Madrid y l se despidi de m por ir
diferente jornada. Y ya que estaba apartado, volvi con gran prisa, y
llamndome a voces, estando en el campo donde no nos oa nadie, me
dijo al odo:

-Por vida de V. Md., que no diga nada de todos los altsimos secretos
que le he comunicado en materia de destreza, y gurdelo para s,
pues tiene buen entendimiento.

Yo le promet de hacerlo, tornse a partir de m, y yo empec a
rerme del secreto tan gracioso.

Con esto camin ms de una legua que no top persona. Iba yo entre
m pensando en las muchas dificultades que tena para profesar honra
y virtud, pues haba menester tapar primero la poca de mis padres, y
luego tener tanta que me desconociesen por ella. Y parecanme a m
tan bien estos pensamientos honrados, que yo me los agradeca a m
mismo. Deca a solas: Ms se me ha de agradecer a m, que no he
tenido de quien aprender virtud ni a quien parecer en ella, que al que
la hereda de sus abuelos.

En estas razones y discursos iba, cuando top un clrigo muy viejo
en una mula, que iba camino de Madrid. Trabamos pltica y luego me
pregunt que de dnde vena; yo le dije que de Alcal.

-Maldiga Dios -dijo l- tan mala gente como hay en ese pueblo, pues
falta entre todos un hombre de discurso.

Preguntle que cmo o por qu se poda decir tal de lugar donde
asistan tantos doctos varones. Y l, muy enojado dijo:

-Doctos? Yo le dir a V. Md. qu tan doctos, que habiendo ms de
catorce aos que hago yo en Majalahonda, donde he sido sacristn,
las chanzonetas al Corpus y al Nacimiento, no me premiaron en el
cartel unos cantarcicos, y porque vea V. Md. la sinrazn, se los he
de leer, que yo s que se holgar.

Y diciendo y haciendo, desenvain una retahla de copias
pestilenciales, y por la primera, que era sta, se conocern las
dems:

                 Pastores, no es lindo chiste,
             que es hoy el seor san Corpus Criste?
                  Hoy es el da de las danzas
                en que el Cordero sin mancilla
                       tanto se humilla,
                  que visita nuestras panzas,
                y entre estas bienaventuranzas
                   entra en el humano buche.
                   Suene el lindo sacabuche,
                  pues nuestro bien consiste.
                 Pastores, no es lindo chiste?

-Qu pudiera decir ms -me dijo- el mismo inventor de los chistes?
Mire qu misterios encierra aquella palabra pastores: ms me cost
de un mes de estudio.

Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me sala por
los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije:

-Cosa admirable! Pero slo reparo en que llama V. Md. seor san
Corpus Criste, y Corpus Christi no es santo sino el da de la
institucin del Sacramento.

-Qu lindo es eso! -me respondi haciendo burla-; yo le dar en
el calendario, y est canonizado y apostar a ello la cabeza.

No pude porfiar, perdido de risa de ver la suma ignorancia; antes le
dije cierto que eran dignas de cualquier premio y que no haba odo
cosa tan graciosa en mi vida.

-No? -dijo al mismo punto-; pues oya V. Md. un pedacito de un
librillo que tengo hecho a las once mil vrgenes adonde a cada una he
compuesto cincuenta octavas, cosa rica.

Yo, por excusarme de or tanto milln de octavas, le supliqu que
no me dijese cosa a lo divino. Y as, me comenz a recitar una
comedia que tena ms jornadas que el camino de Jerusaln.
Decame:

-Hcela en dos das, y este es el borrador.

Y sera hasta cinco manos de papel. El ttulo era El arca de No.
Hacase toda entre gallos y ratones, jumentos, raposas, lobos y
jabales, como fbulas de Isopo. Yo le alab la traza y la
invencin, a lo cual me respondi:

-Ello cosa ma es, pero no se ha hecho otra tal en el mundo y la
novedad es ms que todo; y si yo salgo con hacerla representar, ser
cosa famosa.

-Cmo se podr representar -le dije yo-, si han de entrar los
mismos animales y ellos no hablan?

-Esa es la dificultad, que a no haber esa, haba cosa ms alta?
Pero yo tengo pensado de hacerla toda de papagayos, tordos y picazas,
que hablan, y meter para el entrems monas.

-Por cierto, alta cosa es esa.

-Otras ms altas he hecho yo -dijo- por una mujer a quien amo. Y vea
aqu novecientos y un sonetos y doce redondillas (que pareca que
contaba escudos por maraveds) hechos a las piernas de mi dama.

Yo le dije que si se las haba visto l, y djome que no haba
hecho tal por las rdenes que tena, pero que iban en profeca los
conceptos. Yo confieso la verdad, que aunque me holgaba de orle,
tuve miedo a tantos versos malos, y as, comenc a echar la pltica
a otras cosas. Decale que vea liebres, y l saltaba:

-Pues empezar por uno donde la comparo a ese animal.

Y empezaba luego; y yo, por divertirle, deca:

-No ve V. Md. aquella estrella que se ve de da?

A lo cual, dijo:

-En acabando ste, le dir el soneto treinta, en que la llamo
estrella, que no parece sino que sabe los intentos de ellos.

Afligme tanto con ver que no poda nombrar cosa a que l no
hubiese hecho algn disparate, que cuando vi que llegbamos a
Madrid, no caba de contento, entendiendo que de vergenza
callara; pero fue al revs, porque por mostrar lo que era, alz la
voz entrando por la calle. Yo le supliqu que lo dejase, ponindole
por delante que si los nios olan poeta no quedara troncho que no
se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por locos
en una premtica que haba salido contra ellos, de uno
que lo fue y se recogi a buen vivir. Pidime que se la leyese si la
tena, muy congojado. Promet de hacerlo en la posada. Fumonos a
una, donde l se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta ms de
doce ciegos. Unos le conocieron por el olor y otros por la voz.
Dironle una barahnda de bienvenido; abrazlos a todos, y luego
empezaron unos a pedirle oracin para el Justo Juez en verso grave y
sonoro, tal que provocase a gestos; otros pidieron de las nimas; y
por aqu discurri, recibiendo ocho reales de seal de cada uno.
Despidilos, y djome:

-Ms me han de valer de trescientos reales los ciegos; y as, con
licencia de V. Md., me recoger agora un poco, para hacer algunas de
ellas, y en acabando de comer oiremos la premtica.

Oh vida miserable! Pues ninguna lo es ms que la de los locos que
ganan de comer con los que lo son.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo III: De lo que hizo en Madrid, y lo que le
sucedi hasta llegar a Cercedilla, donde durmi.


Recogise un rato a estudiar herejas y necedades para los ciegos.
Entre tanto, se hizo hora de comer; comimos, y luego pidime que le
leyese la premtica. Yo, por no haber otra cosa que hacer, la saqu
y se la le. La cual pongo aqu, por haberme parecido aguda y
conveniente a lo que se quiso reprehender en ella. Deca en este
tenor:

                  Premtica del desengao contra
               los poetas geros, chirles y hebenes

Diole al sacristn la mayor risa del mundo, y dijo:

-Hablara yo para maana! Por Dios, que entend que hablaba
conmigo, y es slo contra los poetas hebenes:

Cayme a m muy en gracia orle decir esto, como si l fuera muy
albillo o moscatel. Dej el prlogo y comenc el primer captulo
que deca:

Atendiendo a que este gnero de sabandijas que llaman poetas son
nuestros prjimos, y cristianos aunque malos; viendo que todo el ao
adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados
ms enormes, mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas
pblicos y cantoneros, como a malas mujeres, y que los prediquen
sacando Cristos para convertirlos. Y para esto sealamos casas de
arrepentidos.

tem, advirtiendo los grandes bochornos que hay en las caniculares
y nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas, a fuerza
de los soles y estrellas que gastan en hacerlas, les ponemos perpetuo
silencio en las cosas del cielo, sealando meses vedados a las musas,
como a la caza y pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.

tem, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres
condenados a perpetuo concepto, despedazadores del vocablo y
volteadores de razones, han pegado el dicho achaque de poesa a las
mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que
las hemos hecho del que nos hicieron en la manzana. Y por cuanto el
siglo est pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los
poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues
en los ms versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas de
Nabuco.

Aqu no lo pudo sufrir el sacristn y levantndose en pie, dijo:

-Mas no, sino quitarnos las haciendas! No pase V. Md. adelante, que
sobre eso pienso ir al Papa y gastar lo que tengo. Bueno es que yo,
que soy eclesistico, haba de padecer ese agravio. Yo probar que
las coplas del poeta clrigo no estn sujetas a tal premtica y
luego quiero irlo a averiguar ante la justicia.

En parte me dio gana de rer, pero por no detenerme, que se me haca
tarde, le dije:

-Seor, esta premtica es hecha por gracia, que no tiene fuerza ni
apremia, por estar falta de autoridad.

-Pecador de m! -dijo muy alborotado-, avisara V. Md. y hubirame
ahorrado la mayor pesadumbre del mundo. Sabe V. Md. lo que es
hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y or eso?
Prosiga V. Md., y Dios le perdone el susto que me dio.

Prosegu diciendo:

tem, advirtiendo que despus que dejaron de ser moros (aunque
todava conservan algunas reliquias) se han metido a pastores, por lo
cual andan los ganados flacos de beber sus lgrimas, chamuscados con
sus nimas encendidas, y tan embebecidos en su msica que no pacen,
mandamos que dejen el tal oficio, sealando ermitas a los amigos de
soledad. Y a los dems, por ser oficio alegre y de pullas, que se
acomoden en mozos de mulas.

-Algn puto, cornudo, bujarrn y judo -dijo en altas voces-
orden tal cosa! Y si supiera quin era yo le hiciera una stira
con tales coplas que le pesara a l y a todos cuantos las vieran de
verlas. Miren qu bien le estara a un hombre lampio como yo la
ermita! O a un hombre vinajeroso y sacristando ser mozo de mulas!
Ea, seor, que son grandes pesadumbres esas.

-Ya le he dicho a V. Md. -repliqu- que son burlas, y que las oiga
como tales.

Prosegu diciendo: Que por estorbar los grandes hurtos, mandbamos
que no se pasasen coplas de Aragn a Castilla, ni de Italia a
Espaa, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese, y, si
reincidiese, de andar limpio un hora.

Esto le cay muy en gracia, porque traa l una sotana con canas,
de puro vieja, y con tantas cazcarrias que para enterrarle no era
menester ms de estregrsela encima. El manteo, se podan
estercolar con l dos heredades.

Y as, medio riendo, le dije que mandaban tambin tener entre los
desesperados que se ahorcan y despean, y que como a tales no las
enterrasen en sagrado a las mujeres que se enamoran de poeta a secas.
Y que advirtiendo a la gran cosecha de redondillas, canciones y
sonetos que haba habido en estos aos frtiles, mandaban que los
legajos que por sus demritos escapaban de las especeras, fuesen a
las necesarias sin apelacin.

Y, por acabar, llegu al postrer captulo, que deca as:

Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres gneros de
gentes en la repblica tan sumamente miserables que no pueden vivir
sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes,
mandamos que pueda haber algunos oficiales pblicos de esta arte, con
tal que puedan tener carta de examen de los caciques de los poetas que
fueren en aquellas partes, limitando a los poetas de farsantes que no
acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en
casamientos, ni hagan las trazas con papeles o cintas, y a los de
ciegos, que no sucedan en Tetun los casos, desterrndoles estos
vocablos: cristin, amada, humanal y pundonores; y mandndoles que,
para decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes,
que no hagan los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del
vocablo, ni hagan los pensamientos de tornillo, que mudndoles el
nombre, se vuelvan a cada fiesta. Y finalmente, mandamos a todos los
poetas en comn que se descarten de Jpiter, Venus, Apolo y otros
dioses, so pena de que los tendrn por abogados a la hora de su
muerte.

A todos los que oyeron la premtica pareci cuanto bien se puede
decir, y todos me pidieron traslado de ella. Slo el sacristanejo
empez a jurar por vida de las vsperas solemnes, introibo y
Chiries, que era stira contra l, por lo que deca de los ciegos,
y que l saba mejor lo que haba de hacer que nadie. Y
ltimamente dijo:

-Hombre soy yo que he estado en un aposento con Lin, y he comido
ms de dos veces con Espinel. Y que haba estado en Madrid tan cerca
de Lope de Vega como lo estaba de m, y que haba visto a don Alonso
de Ercilla mil veces, y que tena en su casa un retrato del divino
Figueroa, y que haba comprado los gregescos que dej Padilla
cuando se meti fraile, y que hoy da los traa, y malos.
Enselos, y dioles esto a todos tanta risa, que no queran salir
de la posada.

Al fin, ya eran las dos, y como era forzoso el camino, salimos de
Madrid. Yo me desped de l, aunque me pesaba, y comenc a caminar
para el puerto. Quiso Dios que porque no fuese pensando en mal, me
topase con un soldado. Iba en cuerpo y en alma, el cuello en el
sombrero, los calzones vueltos, la camisa en la espada, la espada al
hombro, los zapatos en la faldriquera, alpargatas, y medias de lienzo,
sus frascos en la pretina y un poco de rgano en cajas de hoja de
lata para papeles. Luego trabamos pltica; preguntme si vena de
la Corte; dije que de paso haba estado en ella.

-No est para ms -dijo luego- que es pueblo para gente ruin. Ms
quiero, voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta,
hecho un reloj, comiendo madera, que sufriendo las supercheras que
se hacen a un hombre de bien. Y en llegando a ese lugarcito del diablo
nos remiten a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe donde
cada da en corrillos se hace consejo de estado, y guerra en pie y
desabrigada. Y en vida nos hacen soldados en pena por los cementerios,
y si pedimos entretenimiento nos envan a la comedia, y si ventajas,
a los jugadores. Y con esto, comidos de piojos y huspedas, nos
volvemos en este pelo a rogar a los moros y herejes con nuestros
cuerpos.

A esto le dije yo que advirtiese que en la Corte haba de todo, y que
estimaban mucho a cualquier hombre de suerte.

-Qu estiman -dijo muy enojado- si he estado yo ah seis meses
pretendiendo una bandera, tras veinte aos de servicios y haber
perdido mi sangre en servicio del Rey, como lo dicen estas heridas?
Y quiso desatacarse. Y dije:

-Seor mo, desatacarse ms es brindar a puto que ensear
heridas.

Creo que pretenda introducir en picazos algunas almorranas. Luego,
en los calcaares, me ense otras dos seales, y dijo que eran
balas, y yo saqu por otras dos mas que tengo que haban sido
sabaones. Y las balas pocas veces se andan a roer zancajos. Estaba
derrengado de algn palo que le dieron porque se dorma haciendo
guarda y deca que era de un astillazo. Quitse el sombrero y
mostrme el rostro; calzaba diecisis puntos de cara, que tantos
tena en una cuchillada que le parta las narices. Tena otros tres
chirlos que se la volvan mapa a puras lneas.

-Estas me dieron -dijo- defendiendo a Pars, en servicio de Dios y
del Rey, por quien veo trinchado mi gesto, y no he recibido sino
buenas palabras, que agora tienen lugar de malas obras. Lea estos
papeles -me dijo-, por vida del licenciado, que no ha salido en
campaa, voto a Cristo!, hombre, vive Dios!, tan sealado.

Y deca verdad, porque lo estaba a puros golpes. Comenz a sacar
caones de hoja de lata y a ensearme papeles, que deban de ser de
otro a quien haba tomado el nombre. Yo los le y dije mil cosas en
su alabanza y que el Cid ni Bernardo no haban hecho lo que l.
Salt en esto y dijo:

-Cmo lo que yo? Voto a Dios!, ni lo que Garca de Paredes,
Julin Romero y otros hombres de bien, pese al diablo! S que
entonces no haba artillera, voto a Dios!, que no hubiera
Bernardo para un hora en este tiempo. Pregunte V. Md. en Flandes por
la hazaa del Mellado, y ver lo que le dicen.

-Es V. Md. acaso? -le dije yo.

Y l respondi:

-Pues qu otro? No me ve la mella que tengo en los dientes? No
tratemos de esto, que parece mal alabarse el hombre.

Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitao, con
una barba tan larga que haca lodos con ella, macilento y vestido de
pao pardo. Saludamos con el Deo gracias acostumbrado y empez a
alabar los trigos y en ellos la misericordia del Seor. Salt el
soldado, y dijo:

-Ah, padre!, ms espesas he visto yo las picas sobre m, y, voto
a Cristo!, que hice en el saco de Amberes lo que pude; s, juro a
Dios!

El ermitao le reprehendi que no jurase tanto, a lo cual dijo:

-Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi
propio oficio.

Diome a m gran risa de ver en lo que pona la soldadesca, y ech
de ver que era algn picarn gallina, porque ya entre soldados no
hay costumbre ms aborrecida de los de ms importancia, cuando no de
todos. El ermitao le dijo:

-Y dnde dej V. Md. el saco de Amberes, que ese me parece de las
Navas-, y que sera de ms abrigo el de Amberes.

Rise mucho el soldado de la pregunta, y el ermitao de su desnudez,
y con tanto llegamos a la falda del puerto, el ermitao rezando el
rosario de una carga de lea hecha bolas, de manera que a cada
avemara sonaba un cabe; el soldado iba comparando las peas a los
castillos que haba visto, y mirando cul lugar era fuerte y a
dnde se haba de plantar la artillera. Yo iba mirando tanto el
rosariazo del ermitao, con las cuentas frisonas, como la espada del
soldado.

-Oh, cmo volara yo con plvora gran parte de este puerto
-deca-, y hiciera buena obra a los caminantes!

-No hay tal como hacer buenas obras -deca el santero. Y pujaba un
suspiro por remate. Iba entre s rezando a silbos oraciones de
culebra.

En estas cosas divertidos, llegamos a Cercedilla. Entramos en la
posada todos tres juntos, ya anochecido; mandamos aderezar la cena
-era viernes-, y entre tanto, el ermitao dijo:

-Entretengmonos un rato, que la ociosidad es madre de los vicios;
juguemos avemaras.

Y dej caer de la manga el descuadernado. Diome a m gran risa al
ver aquello, considerando en las cuentas. El soldado dijo:

-No, sino juguemos hasta cien reales que yo traigo, en amistad.

Yo, codicioso, dije que jugara otros tantos, y el ermitao, por no
hacer mal tercio, acept, y dijo que all llevaba el aceite de la
lmpara, que eran hasta doscientos reales. Yo confieso que pens ser
su lechuza y bebrsele, pero ans le sucedan todos sus intentos al
turco.

Fue el juego al parar, y lo bueno fue que dijo que no saba el juego
y hizo que se le ensesemos. Dejnos el bienaventurado hacer dos
manos, y luego nos la dio tal que no dej blanca en la mesa.
Herednos en vida; retiraba el ladrn con las ancas de la mano que
era lstima. Perda una sencilla y acertaba doce maliciosas. El
soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos peses,
aforrados en por vidas. Yo me com las uas y el fraile ocupaba las
suyas en mi moneda. No dejaba santo que no llamaba; nuestras cartas
eran como el Mesas, que nunca venan y las aguardbamos siempre.

Acab de pelarnos; quismosle jugar sobre prendas, y l, tras
haberme ganado a m seiscientos reales, que era lo que llevaba, y al
soldado los ciento, dijo que aquello era entretenimiento, y que
ramos prjimos, y que no haba de tratar de otra cosa.

-No juren -deca-, que a m, porque me encomendaba a Dios, me ha
sucedido bien.

Y como nosotros no sabamos la habilidad que tena de los dedos a la
mueca, cremoslo, y el soldado jur de no jurar ms, y yo de la
misma suerte.

-Pesia tal! -deca el pobre alfrez (que l me dijo entonces que
lo era)-, entre luteranos y moros me he visto, pero no he padecido tal
despojo.

l se rea a todo esto. Torn a sacar el rosario para rezar. Yo,
que no tena ya blanca, pedle que me diese de cenar, y que pagase
hasta Segovia la posada por los dos, que bamos in puribus. Prometi
hacerlo. Metise sesenta huevos, no vi tal en mi vida! Dijo que se
iba a acostar.

Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba all porque los
aposentos estaban tomados para otros. Yo me acost con harta
tristeza, y el soldado llam al husped y le encomend sus papeles
en las cajas de lata que los traa, y un envoltorio de camisas
jubiladas. Acostmonos; el padre se persin, y nosotros nos
santiguamos de l. Durmi; yo estuve desvelado trazando cmo
quitarle el dinero. El soldado hablaba entre sueos de los cien
reales, como si no estuvieran sin remedio.

Hzose hora de levantar. Ped yo luz muy aprisa; trujronla, y el
husped el envoltorio al soldado, y olvidronsele los papeles. El
pobre alfrez hundi la casa a gritos pidiendo que le diese los
servicios. El husped se turb, y como todos decamos que se los
diese, fue corriendo y trujo tres bacines, diciendo:

-He ah para cada uno el suyo. Quieren ms servicios?

Que l entendi que nos haban dado cmaras. Aqu fue
ella, que se levant el soldado con la espada tras el husped, en
camisa, jurando que le haba de matar porque haca burla de l, que
se haba hallado en la Naval San Quintn y otras, trayendo servicios
en lugar de papeles que le haba dado. Todos salimos tras l a
tenerle, y aun no podamos. Deca el husped:

-Seor, su merced pidi servicios; yo no estoy obligado a saber que
en lengua soldada se llaman as los papeles de las hazaas.
Apacigumoslos, y tornamos al aposento. El ermitao, receloso, se
qued en la cama, diciendo que le haba hecho mal el susto. Pag
por nosotros y salmonos del pueblo para el puerto, enfadados del
trmino del ermitao y de ver que no le habamos podido quitar el
dinero.

Topamos con un genovs, digo con uno de estos antecristos de las
monedas de Espaa, que suba el puerto con un paje detrs, y l
con su guardasol, muy a lo dineroso. Trabamos conversacin con l;
todo lo llevaba a materia de maraveds, que es gente que naturalmente
naci para bolsas. Comenz a nombrar a Visanzn, y si era bien dar
dineros o no a Visanzn, tanto que el soldado y yo le preguntamos que
quin era aquel caballero. A lo cual respondi, rindose:

-Es un pueblo de Italia, donde se juntan los hombres de negocios, que
ac llamamos fulleros de pluma, a poner los precios por donde se
gobierna la moneda.

De lo cual sacamos que en Visanzn se lleva el comps a los msicos
de ua. Entretvonos el camino contando que estaba perdido porque
haba quebrado un cambio, que le tena ms de sesenta mil escudos.
Y todo lo juraba por su conciencia, aunque yo pienso que conciencia en
mercader es como virgo en cantonera, que se vende sin haberle. Nadie,
casi, tiene conciencia, de todos los de este trato; porque, como oyen
decir que muerde por muy poco, han dado en dejarla con el ombligo en
naciendo.

En estas plticas vimos los muros de Segovia, y a m se me alegraron
los ojos, a pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me
contradeca el contento. Llegu al pueblo, y a la entrada vi a mi
padre en el camino, aguardando ir en bolsas, hechos cuartos, a
Josafad. Enternecme, y entr algo desconocido de como sal, con
punta de barba, bien vestido.

Dej la compaa, y considerando en quin conocera a mi to
-fuera del rollo- mejor en el pueblo, no hall nadie de quien echar
mano. Llegume a mucha gente a preguntar por Alonso Rampln y nadie
me daba razn de l, diciendo que no le conocan. Holgu mucho de
ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, o
al precursor de la penca hacer de garganta y a mi to de las suyas.
Vena una procesin de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi
to, y l, muy hacindose de pencas, con una en la mano tocando un
pasacalles pblicas en las costillas de cinco lades, sino que
llevaban sogas por cuerdas. Yo, que estaba notando esto con un hombre
a quien haba dicho, preguntando por l, que era yo un gran
caballero, veo a mi buen to que echando en m los ojos (por pasar
cerca), arremeti a abrazarme, llamndome sobrino. Pensme morir de
vergenza; no volv a despedirme de aquel con quien estaba. Fuime
con l, y djome:

-Aqu te podrs ir mientras cumplo con esta gente; que ya vamos de
vuelta y hoy comers conmigo.

Yo, que me vi a caballo, y que en aquella sarta parecera punto menos
de azotado, dije que le aguardara all; y as, me apart tan
avergonzado, que a no depender de l la cobranza de mi hacienda, no
lo hablara ms en mi vida ni pareciera entre gentes. Acab de
repasarles las espaldas, volvi y llevme a su casa, donde me ape
y comimos.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo IV: Del hospedaje de su to, y visitas; la
cobranza de su hacienda y vuelta a la corte.


Tena mi buen to su alojamiento junto al matadero, en casa de un
aguador. Entramos en ella, y djome:

-No es alczar la posada, pero yo os prometo, sobrino, que es a
propsito para dar expediente a mis negocios.

Subimos por una escalera, que slo aguard a ver lo que me suceda
en lo alto, para si se diferenciaba en algo de la horca. Entramos en
un aposento tan bajo que andbamos por l como quien recibe
bendiciones, con las cabezas bajas. Colg la penca en un clavo, que
estaba con otros de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias
y otras herramientas del oficio. Djome que por qu no me quitaba el
manteo y me sentaba; yo le dije que no lo tena de costumbre. Dios
sabe cul estaba de ver la infamia de mi to, el cual me dijo que
haba tenido ventura en topar con l en tan buena ocasin, porque
comera bien, que tena convidados unos amigos.

En esto entr por la puerta, con una ropa hasta los pies morada, uno
de los que piden para las nimas, y haciendo son con la cajita,
dijo:

-Tanto me han valido a m las nimas hoy como a ti los azotados:
encaja.

Hicironse la mamona el uno al otro. Arremangse el desalmado
animero el sayazo, y qued con unas piernas zambas en gregescos de
lienzo, y empez a bailar y decir que si haba venido Clemente. Dijo
mi to que no, cuando, Dios y enhorabuena, devanado en un trapo y con
unos zuecos, entr un chirima de la bellota, digo, un porquero.
Conocle por el (hablando con perdn) cuerno que traa en la mano.
Saludnos a su manera, y tras l entr un mulato zurdo y bizco, un
sombrero con ms falda que un monte y ms copa que un nogal, la
espada con ms gavilanes que la caza del Rey, un coleto de ante.
Traa la cara de punto, porque a puros chirlos la tena toda
hilvanada.

Entr y sentse, saludando a los de casa, y a mi to le dijo:

-A fe, Alonso, que lo han pagado bien el Romo y el Garroso.
Salt el de las nimas, y dijo:

-Cuatro ducados di yo a Flechilla, verdugo de Ocaa, porque aguijase
el burro, y porque no llevase la penca de tres suelas cuando me
palmearon.

-Vive Dios! -dijo el corchete-, que se lo pagu yo sobrado a
Juanazo en Murcia, porque iba el borrico con un paseo de pato y el
bellaco me los asent de manera que no se levantaron sino ronchas.

Y el porquero, concomindose, dijo:

-Con virgo estn mis espaldas.

-A cada puerco le viene su San Martn -dijo el demandador.

-De eso me puedo alabar yo -dijo mi buen to- entre cuantos manejan
la zurriaga, que al que se me encomienda hago lo que debo. Sesenta me
dieron los de hoy y llevaron unos azotes de amigo, con penca
sencilla.

Yo, que vi cun honrada gente era la que hablaba mi to, confieso
que me puse colorado, de suerte que no pude disimular la vergenza.
Echmelo de ver el corchete, y dijo:

-Es el padre el que padeci el otro da, a quien se dieron ciertos
empujones en el envs?

Yo respond que no era hombre que padeca como ellos. En esto, se
levant mi to y dijo:

-Es mi sobrino, maeso en Alcal, gran supuesto.

Pidironme perdn y ofrecironme toda caricia. Yo rabiaba ya por
comer y por cobrar mi hacienda y huir de mi to. Pusieron las mesas,
y por una soguilla, en un sombrero, como suben la limosna los de la
crcel, suban la comida de un bodegn que estaba a las espaldas de
la casa, en unos mendrugos de platos y retacillos de cntaros y
tinajas. No podr nadie encarecer mi sentimiento y afrenta.
Sentronse a comer; en cabecera el demandador, diciendo: La Iglesia
en mejor lugar; sintese, padre. Ech la bendicin mi to y,
como estaba hecho a santiguar espaldas, parecan ms amagos de
azotes que de cruces. Y los dems nos sentamos sin orden. No quiero
decir lo que comimos; slo que eran todas cosas para beber. Sorbise
el corchete tres de puro tinto. Brindme a m el porquero; me las
coga al vuelo y haca ms razones que decamos todos. No haba
memoria de agua, y menos voluntad de ella.

Parecieron en la mesa cinco pasteles de a cuatro, y tomando un hisopo,
despus de haber quitado las hojaldres, dijeron un responso todos,
con su requiem aeternam, por el nima del difunto cuyas eran aquellas
carnes. Dijo mi to:

-Ya os acordis, sobrino, lo que os escrib de vuestro padre.

Vnoseme a la memoria; ellos comieron, pero yo pas con los suelos
solos, y quedme con la costumbre, y as, siempre que como pasteles,
rezo una avemara por el que Dios haya.

Menudese sobre dos jarros, y era de suerte lo que hicieron el
corchete y el de las nimas, que se pusieron las suyas tales, que
trayendo un plato de salchichas que pareca de dedos de negro, dijo
uno:

-Qu mulata est la olla!

Ya mi to estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo con
la voz algo spera y ronca, el un ojo medio acostado y el otro
nadando en mosto:

-Sobrino, por este pan de Dios que cri a su imagen y semejanza, que
no he comido en mi vida mejor carne tinta.

Yo que vi al corchete que, alargando la mano, tom el salero y dijo:
Caliente est este caldo, y que el porquero se llev el puo de
sal, diciendo: Es bueno el avisillo para beber, y se lo chocl en
la boca, comenc a rer por una parte y a rabiar por otra.

Trujeron caldo, y el de las nimas tom con entrambas manos una
escudilla, diciendo: Dios bendijo la limpieza, y alzndola para
sorberla, por llevarla a la boca, se la puso en el carrillo, y
volcndola, se as en caldo y se puso todo de arriba abajo que era
vergenza. l, que se vio as, fuese a levantar, y como pesaba algo
la cabeza, quiso ahirmar sobre la mesa, que era de estas movedizas;
trastornla, y manch a los dems, y tras esto deca que el
porquero le haba empujado. El porquero que vio que el otro se le
caa encima, levantse, y alzando el instrumento de hueso, le dio
con l una trompetada. Asironse a puos, y, estando juntos los dos
y tenindole el demandador mordido de un carrillo, con los vuelcos y
alteracin, el porquero vomit cuanto haba comido en las barbas
del de la demanda. Mi to, que estaba ms en su juicio, deca que
quin haba trado a su casa tantos clrigos. Yo que los vi que
ya, en suma, multiplicaban, met en paz la brega, desas a los dos,
y levant del suelo al corchete, el cual estaba llorando con gran
tristeza, ech a mi to en la cama, el cual hizo cortesa a un
velador de palo que tena, pensando que era convidado. Quit el
cuerno al porquero, el cual, ya que dorman los otros, no haba
hacerle callar, diciendo que le diesen su cuerno, porque no haba
habido jams quien supiese en l ms tonadas y que le quera
taer con el rgano. Al fin, yo no me apart de ellos hasta que vi
que dorman.

Salme de casa; entretveme a ver mi tierra toda la tarde, pas por
la casa de Cabra, tuve nueva de que ya era muerto, y no cuid de
preguntar de qu sabiendo que hay hambre en el mundo. Torn a casa a
la noche, habiendo pasado cuatro horas, y hall al uno despierto y
que andaba a gatas por el aposento buscando la puerta, y diciendo que
se les haba perdido la casa. Levantle, y dej dormir a los dems
hasta las once de la noche que despertaron; y esperezndose,
pregunt mi to que qu hora era. Respondi el porquero (que an
no la haba desollado) que no era nada sino la siesta y que haca
grandes bochornos. El demandador, como pudo, dijo que le diesen su
cajilla:

-Mucho han holgado las nimas para tener a su cargo mi sustento;
y fuese, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vio
estrellas, comenz a llamar a los otros con grandes voces, diciendo
que el cielo estaba estrellado a medioda, y que haba un gran
ecls. Santiguronse todos y besaron la tierra.

Yo, que vi la bellaquera del demandador, escandalicme mucho, y
propuse de guardarme de semejantes hombres. Con estas vilezas y
infamias que vea yo, ya me creca por puntos el deseo de verme
entre gente principal y caballeros. Despachlos a todos uno por uno
lo mejor que pude, acost a mi to, que aunque no tena zorra
tena raposa, y yo acomodme sobre mis vestidos y algunas ropas de
los que Dios tenga que estaban por all.

Pasamos de esta manera la noche. A la maana trat con mi to de
reconocer mi hacienda y cobrarla. Despert diciendo que estaba molido
y que no saba de qu. El aposento estaba, parte con las
enjaguaduras de las monas, parte con las aguas que haban hecho de no
beberlas, hecho una taberna de vinos de retorno. Levantse, tratamos
largo en mis cosas, y tuve harto trabajo por ser hombre tan borracho y
rstico. Al fin, le reduje a que me diera noticia de parte de mi
hacienda, aunque no de toda, y as, me la dio de unos trescientos
ducados que mi buen padre haba ganado por sus puos, y dejdolos
en confianza de una buena mujer a cuya sombra se hurtaba diez leguas a
la redonda.

Por no cansar a V. Md., vengo a decir que cobr y embols mi dinero,
el cual mi to no haba bebido ni gastado, que fue harto para ser
hombre de tan poca razn, porque pensaba que yo me graduara con
este, y que estudiando, podra ser cardenal, que como estaba en su
mano hacerlos, no lo tena por dificultoso. Djome, en viendo que
los tena:

-Hijo Pablos, mucha culpa tendrs si no medras y eres bueno, pues
tienes a quin parecer. Dinero llevas, yo no te he de faltar, que
cuanto sirvo y cuanto tengo, para ti lo quiero.

Agradecle mucho la oferta. Gastamos el da en plticas desatinadas
y en pagar las visitas a los personajes dichos. Pasaron la tarde en
jugar a la taba mi to, el porquero, y demandador. Este jugaba misas
como si fuera otra cosa. Era de ver cmo se barajaban la taba:
cogindola en el aire al que la echaba, y mecindola en la mueca,
se la tornaban a dar. Sacaban de taba como de naipe para la fbrica
de la sed, porque haba siempre un jarro en medio.

Vino la noche; ellos se fueron; acostmonos mi to y yo cada uno en
su cama, que ya haba prevenido para m un colchn. Amaneci y,
antes que l despertase, yo me levant y me fui a una posada, sin
que me sintiese; torn a cerrar la puerta por de fuera y echle la
llave por una gatera.

Como he dicho, me fui a un mesn a esconder y aguardar comodidad para
ir a la Corte. Dejle en el aposento una carta cerrada, que contena
mi ida y las causas, avisndole que no me buscase, porque eternamente
no lo haba de ver.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo V: De su huida, y los sucesos en ella hasta
la Corte.


Parta aquella maana del mesn un arriero con cargas a la Corte.
Llevaba un jumento; alquilmele, y salme a aguardarle a la puerta
fuera del lugar. Sali, espetme en el dicho y empec mi jornada.
Iba entre m diciendo: All quedars, bellaco, deshonrabuenos,
jinete de gaznates. Consideraba yo que iba a la Corte, adonde nadie
me conoca, que era la cosa que ms me consolaba, y que haba de
valerme por mi habilidad all. Propuse de colgar los hbitos en
llegando, y de sacar vestidos nuevos cortos al uso. Pero volvamos a
las cosas que el dicho de mi to haca, ofendido con la carta que
deca en esta forma:

Seor Alonso Rampln: tras haberme Dios hecho tan sealadas
mercedes como quitarme de delante a mi buen padre y tener a mi madre
en Toledo, donde, por lo menos s que har humo, no me faltaba sino
ver hacer en V. Md. lo que en otros hace. Yo pretendo ser uno de mi
linaje, que dos es imposible, si no vengo a sus manos, y
trinchndome, como hace a otros. No pregunte por m ni me nombre,
porque me importa negar la sangre que tenemos. Sirva al Rey y a
Dios.

No hay que encarecer las blasfemias y oprobios que dira contra m.
Volvamos a mi camino. Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y
bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo
de portante, con su capa puesta, espada ceida, calzas atacadas y
botas, y al parecer bien puesto, el cuello abierto ms de roto que de
molde, el sombrero de lado. Sospech que era algn caballero que
dejaba atrs su coche; y ans, emparejando le salud.

Mirme y dijo:

-Ir V. Md., seor licenciado, en ese borrico con harto ms
descanso que yo con todo mi aparato.

Yo, que entend que lo deca por coche y criados que dejaba atrs,
dije:

-En verdad, seor, que lo tengo por ms apacible caminar que el del
coche, porque aunque V. Md. vendr en el que trae detrs con regalo,
aquellos vuelcos que da inquietan.

-Cul coche detrs? -dijo l muy alborotado.

Y al volver atrs, como hizo fuerza, se le cayeron las calzas, porque
se le rompi una agujeta que traa, la cual era tan sola que, tras
verme muerto de risa de verle, me pidi una prestada. Yo, que vi que
de la camisa no se vea sino una ceja, y que traa tapado el rabo de
medio ojo, le dije:

-Por Dios, seor, si V. Md. no aguarda a sus criados, yo no puedo
socorrerle, porque vengo tambin atacado nicamente.

-Si hace V. Md. burla -dijo l, con las cachondas de la mano-, vaya,
porque no entiendo eso de los criados.

Y aclarseme tanto en materia de ser pobre, que me confes, a media
legua que anduvimos, que si no le haca merced de dejarle subir en el
borrico un rato no le era posible pasar adelante, por ir cansado de
caminar con las bragas en los puos; y movido a compasin, me ape,
y como l no poda soltar las calzas, hbele yo de subir. Y
espantme lo que descubr en el tocamiento, porque por la parte de
atrs, que cubra la capa, traa las cuchilladas con entretelas de
nalga pura. l, que sinti lo que le haba visto, como discreto, se
previno diciendo:

-Seor licenciado, no es oro todo lo que reluce. Debile parecer a
V. Md., en viendo el cuello abierto y mi presencia, que era un conde
de Irlos. Como de estas hojaldres cubren en el mundo lo que V. Md. ha
tentado.

Yo le dije que le aseguraba de que me haba persuadido a muy
diferentes cosas de las que vea.

-Pues an no ha visto nada V. Md. -replic-, que hay tanto que ver
en m como tengo, porque nada cubro. Veme aqu V. Md. un hidalgo
hecho y derecho, de casa de solar montas, que si como sustento la
nobleza me sustentara, no hubiera ms que pedir. Pero ya, seor
licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre, y por la
misericordia de Dios, todos la tienen colorada y no puede ser hijo de
algo el que no tiene nada. Ya he cado en la cuenta de las
ejecutorias, despus que hallndome en ayunas un da, no me
quisieron dar sobre ella en un bodegn dos tajadas; pues, decir que
no tiene letras de oro! Pero ms valiera el oro en las pldoras que
en las letras, y de ms provecho es. Y con todo, hay muy pocas letras
con oro. He vendido hasta mi sepultura, por no tener sobre qu caer
muerto, que la hacienda de mi padre Toribio Rodrguez Vallejo Gmez
de Ampuero (que todos estos nombres tena) se perdi en una fianza.
Slo el don me ha quedado por vender y soy tan desgraciado que no
hallo nadie con necesidad de l, pues quien no le tiene por ante le
tiene por postre, como el remendn, azadn, pendn, blandn,
bordn y otros as.

Confieso que, aunque iban mezcladas con risa, las calamidades del
dicho hidalgo me enternecieron. Preguntle cmo se llamaba y adnde
iba y a qu. Dijo que todos los nombres de su padre: don Toribio
Rodrguez Vallejo Gmez de Ampuero y Jordn. No se vio jams
nombre tan campanudo, porque acababa en dan y empezaba en don, como
son de badajo. Tras esto dijo que iba a la Corte, porque un mayorazgo
rodo como l en un pueblo corto, ola mal a dos das, y no se
poda sustentar, y que por eso se iba a la patria comn, adonde
caben todos y adonde hay mesas francas para estmagos aventureros.

-Y nunca, cuando entro en ella, me faltan cien reales en la bolsa,
cama, de comer y refocilo de lo vedado, porque la industria en la
Corte es piedra filosofal, que vuelve en oro cuanto toca.

Yo vi el cielo abierto, y en son de entretenimiento para el camino, le
rogu que me contase cmo y con quines y de qu manera viven en
la Corte los que no tenan, como l, porque me pareca dificultoso
en este tiempo, que no solo se contenta cada uno con sus cosas, sino
que aun solicitan las ajenas.

-Muchos hay de esos -dijo-, y muchos de estos otros. Es la lisonja
llave maestra, que abre a todas voluntades en tales pueblos. Y porque
no se le haga dificultoso lo que digo, oiga mis sucesos y mis trazas,
y se asegurar de esa duda.


                         * * * * *


Libro Segundo: Captulo VI: En que prosigue el camino y lo prometido
de su vida y costumbres.


-Lo primero ha de saber que en la Corte hay siempre el ms necio y
el ms sabio, ms rico y ms pobre, y los extremos de todas las
cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay
unos gneros de gentes como yo, que no se les conoce raz ni mueble,
ni otra cepa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos
diferenciamos con diferentes nombres; unos nos llamamos caballeros
hebenes; otros, hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos.
Es nuestra abogada la industria; pagamos las ms veces los estmagos
de vaco, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos
susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cncer de las ollas
y convidados por fuerza. Sustentmonos as del aire, y andamos
contentos. Somos gente que comemos un puerro y representamos un
capn. Entrar uno a visitarnos en nuestras casas, y hallar
nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de
frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo
cual cogemos de parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello
de da. Reimos en entrando el husped: Es posible que no he de
ser yo poderoso para que barra esa moza? Perdone V. Md., que han
comido aqu unos amigos, y estos criados..., etc. Quien no nos
conoce cree que es as y pasa por convite.

Pues qu dir del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno
media vez, sabemos su casa, vmosle a ver, y siempre a la hora de
mascar, que se sepa que est en la mesa. Decimos que nos llevan sus
amores, porque tal entendimiento, etc. Si nos preguntan si hemos
comido, si ellos no han empezado decimos que no; si nos convidan no
aguardamos a segundo envite, porque de estas aguardadas nos han
sucedido grandes vigilias. Si han empezado, decimos que s; y aunque
parta muy bien el ave, pan o carne el que fuere, para tomar ocasin
de engullir un bocado, decimos:

-Ahora deje V. Md., que le quiero servir de maestresala, que sola,
Dios le tenga en el cielo (y nombramos un seor muerto, duque o
conde), gustar ms de verme partir que de comer.

Diciendo esto, tomamos el cuchillo y partimos bocaditos, y al cabo
decimos:

-Oh, qu bien huele! Cierto que hara agravio a la guisandera en
no probarlo. Qu buena mano tiene!

Y diciendo y haciendo, va en pruebas el medio plato: el nabo por ser
nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos
falta, ya tenemos sopa de algn convento aplazada; no la tomamos en
pblico, sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es
ms devocin que necesidad.

Es de ver uno de nosotros en una casa de juego con el cuidado que
sirve y despabila las velas, trae orinales, cmo mete naipes y
solemniza las cosas del que gana, todo por un triste real de barato.

Tenemos de memoria, para lo que toca a vestirnos, toda la ropera
vieja. Y como en otras partes hay hora sealada para oracin, la
tenemos nosotros para remendarnos. Son de ver, a las maanas, las
diversidades de cosas que sanamos; que, como tenemos por enemigo
declarado al sol, por cuanto nos descubre los remiendos, puntadas y
trapos, nos ponemos, abiertas las piernas, a la maana, a su rayo, y
en la sombra del suelo vemos las que hacen los andrajos y hilachas de
las entrepiernas. Es de ver cmo quitamos cuchilladas de atrs para
poblar lo de adelante; y solemos traer la trasera tan pacfica, por
falta de cuchilladas, que se queda en las puras bayetas. Sbelo sola
la capa, y guardmonos de das de aire y de subir por escaleras
claras o a caballo. Estudiamos posturas contra la luz, pues, en da
claro, andamos las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con
solos los tobillos, porque, si se abren las rodillas, se ver el
ventanaje.

No hay cosa en todos nuestros cuerpos que no haya sido otra cosa y no
tenga historia. Verbi gratia: bien ve V. Md. -dijo- esta ropilla; pues
primero fue gregescos, nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que
fue en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras cosas.
Los escarpines, primero son paizuelos, habiendo sido toallas, y
antes camisas, hijas de sbanas; y despus de todo, los aprovechamos
para papel, y en el papel escribimos, y despus hacemos dl polvos
para resucitar los zapatos, que de incurables, los he visto hacer
revivir con semejantes medicamentos.

Pues qu dir del modo con que de noche nos apartamos de las luces
porque no se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampias?,
que no hay ms pelo en ellas que en un guijarro, que es Dios servido
de drnosle en la barba y quitrnosle en la capa. Pero por no gastar
con barberos, prevenimos siempre de aguardar a que otro de los
nuestros tenga tambin pelambre y entonces nos la quitamos el uno al
otro, conforme lo del Evangelio: Ayudaos como buenos hermanos.

Traemos gran cuenta en no andar los unos por las casas de los otros,
si sabemos que alguno trata la misma gente que otro. Es de ver cmo
andan los estmagos en celo.

Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en
pollino por las calles pblicas; y obligados a ir en coche una vez en
el ao, aunque sea en la arquilla o trasera. Pero si alguna vez vamos
dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con
todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesas porque nos vean todos y
hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.

Si nos come delante de algunas damas, tenemos traza para rascarnos en
pblico sin que se vea; si es en el muslo, contamos que vimos un
soldado atravesado desde tal parte a tal parte, y sealamos con las
manos aquellas que nos comen, rascndonos en vez de ensearlas. Si
es en la iglesia, y come en el pecho, nos damos sanctus aunque sea al
introibo. Levantmonos, y arrimndonos a una esquina en son de
empinarnos para ver algo, nos rascamos.

Qu dir del mentir? Jams se halla verdad en nuestra boca.
Encajamos duques y condes en las conversaciones, unos por amigos,
otros por deudos, y advertimos que los tales seores, o estn
muertos o muy lejos.

Y lo que ms es de notar es que nunca nos enamoramos sino de pane
lucrando, que veda la orden damas melindrosas, por lindas que sean, y
as, siempre andamos en recuesta con una bodegonera por la comida,
con la huspeda por la posada, con la que abre los cuellos por los
que trae el hombre. Y aunque, comiendo tan poco y bebiendo tan mal no
se puede cumplir con tantas, por su tanda todas estn contentas.

Quien ve estas botas mas, cmo pensar que andan caballeras en
las piernas en pelo, sin media, ni otra cosa? Y quien viere este
cuello, por qu ha de pensar que no tengo camisa? Pues todo esto le
puede faltar a un caballero, seor licenciado, pero cuello abierto y
almidonado, no. Lo uno, porque as es gran ornato de la persona; y
despus de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento, porque
se cena el hombre en el almidn con sus fondos en mugre, chupndole
con destreza.

Y al fin, seor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener ms
faltas que una preada de nueve meses, y con esto vive en la Corte; y
ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya en el espital. Pero, en
fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey, con poco que tenga.

Tanto gust de las extraas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me
embebec, que divertido con ellas y con otras, me llegu a pie hasta
las Rozas, adonde nos quedamos aquella noche. Cen conmigo el dicho
hidalgo, que no traa blanca y yo me hallaba obligado a sus avisos,
porque con ellos abr los ojos a muchas cosas, inclinndome a la
chirlera. Declarle mis deseos antes que nos acostsemos;
abrazme mil veces, diciendo que siempre esper que haban de hacer
impresin sus razones en hombre de tan buen entendimiento. Ofrecime
favor para introducirme en la Corte con los dems cofrades del
estafn, y posada en compaa de todos. Aceptla, no declarndole
que tena los escudos que llevaba, sino hasta cien reales solos, los
cuales bastaron, con la buena obra que le haba hecho y haca, a
obligarle a mi amistad.

Comprle del husped tres agujetas, atacse, dormimos aquella
noche, madrugamos, y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.


                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo I: De lo que le sucedi en la Corte luego
que lleg hasta que amaneci.


Entramos en la Corte a las diez de la maana; fumonos a apear, de
conformidad, en casa de los amigos de don Toribio. Lleg a la puerta;
llam; abrile una vejezuela muy pobremente abrigada, rostro
cscara de nuez, mordiscada de facciones, cargada de espaldas y de
aos. Pregunt por los amigos, y respondi, con un chillido crespo,
que haban ido a buscar. Estuvimos solos hasta que dieron las doce,
pasando el tiempo l en animarme a la profesin de la vida barata, y
yo en atender a todo.

A las doce y media entr por la puerta una estantigua vestida de
bayeta hasta los pies, punto menos de Arias Gonzalo, que al mismo
Portugal empalagara de bayetas. Hablronse los dos en germana, de
lo cual result darme un abrazo y ofrecrseme. Hablamos un rato, y
sac un guante con diez y seis reales, y una carta, con la cual,
diciendo que era licencia para pedir para una pobre, los haba
allegado. Vaci el guante y sac otro y dobllos a usanza de
mdico. Yo le pregunt que por qu no se los pona y dijo que por
ser entrambos de una mano, que era treta para tener guantes.

A todo esto, not que no se desarrebozaba, y pregunt como nuevo
para saber la causa de estar siempre envuelto en la capa, a lo cual
respondi:

-Hijo, tengo en las espaldas una gatera, acompaada de un remiendo de
lanilla y de una mancha de aceite; que en mi hato, aunque caminis a
cualquiera parte, nunca saldris de la Mancha, que parece que hago
caravanas para lechuza u que retozo con algunos candiles. Este pedazo
de arrebozo lo disimula todo.

Desarrebozse y hall que debajo de la sotana traa gran bulto. Yo
pens que eran calzas, porque eran a modo de ellas, cuando l, para
entrarse a espulgar, se arremang, y vi que eran dos rodajas de
cartn que traa atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de
suerte que hacan apariencia debajo del luto, porque el tal no traa
camisa ni gregescos, que apenas tena qu espulgar segn andaba
desnudo. Entr al espulgadero y volvi una tablilla como las que
ponen en las sacristas, que deca: Espulgador hay, porque no
entrase otro. Grandes gracias di a Dios viendo cunto dio a los
hombres en darles industria, ya que les quitase riquezas.

-Yo -dijo mi buen amigo- vengo del camino con mal de calzas, y as me
habr menester recoger a remendar.

Pregunt si haba algunos retazos, que la vieja recoga trapos dos
das en la semana por las calles, como las que tratan en papel, para
acomodar jubones incurables, ropillas tsicas y con dolor de costado
de los caballeros. Dijo que no y que por falta de harapos se estaba,
quince das haba, en la cama, de mal de zaragelles, don Lorenzo
Iguez del Pedroso.

En esto estbamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su
vestido pardo, con un sombrero prendidas las faldas por los dos lados.
Supo mi venida de los dems y hablme con mucho afecto. Quitse la
capa, y traa (mire V. Md. quin tal pensara!) la ropilla de pardo
pao la delantera, y la trasera de lienzo blanco, con sus fondos en
sudor. No pude tener la risa, y l, con gran disimulacin, dijo:

-Harse a las armas, y no se reir. Yo apostar que no sabe por
qu traigo este sombrero con la falda presa arriba.

Yo dije que por galantera y por dar lugar a la vista.

-Antes por estorbarla -dijo-; sepa que es porque no tiene toquilla, y
que as no lo echan de ver.

Y, diciendo esto, sac ms de veinte cartas y otros tantos reales,
diciendo que no haba podido dar aquellas. Traa cada una un real de
porte, y eran hechas por l mismo. Pona la firma de quien le
pareca, escriba nuevas que inventaba a las personas ms honradas
y dbalas en aquel traje cobrando los portes. Y esto haca cada mes,
cosa que me espant ver la novedad de la vida.

Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de pao, larga hasta
el medio valn y su capa de lo mismo, levantando el cuello porque no
se viese el anjeo, que estaba roto. Los valones eran de chamelote, mas
no era ms de lo que se descubra, y lo dems de bayeta colorada.
Este vena dando voces con el otro, que traa valona por no tener
cuello, y unos frascos por no tener capa, y una muleta con una pierna
liada en trapajos y pellejos por no tener ms de una calza. Hacase
soldado, y habalo sido en los alojamientos y hasta la mar. Contaba
extraos servicios suyos, y a ttulo de soldado entraba en
cualquiera parte. Deca el de la ropilla y casi gregescos:

-La mitad me debis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais,
juro a Dios...!

-No jure a Dios -dijo el otro-, que en llegando a casa no soy cojo, y
os dar con esta muleta mil palos.

Si daris, no daris, y en los mentises acostumbrados, arremeti el
uno al otro y asindose se salieron con los pedazos de los vestidos
en las manos a los primeros estirones y no fue mucho. Metmoslos en
paz, y preguntamos la causa de la pendencia. Dijo el soldado:

-A m chanzas? No llevaris ni medio! Han de saber V. Mds. que
estando hoy en San Salvador, lleg un nio a este pobrete, y le dijo
que si era yo el alfrez Joan de Lorenzana, y dijo que s, atento a
que le vio no s qu cosa que traa en las manos. Llevmele, y
dijo, nombrndome alfrez: Mire V. Md. qu le quiere este
nio. Yo que luego entend la flor, acept. Recib el recado y
con l doce paizuelos, y respond a su madre, que los inviaba a
algn hombre de aquel nombre. Pdeme ahora la mitad. Yo antes me
har pedazos otra vez que tal d. Todos los han de romper mis
narices.

Juzgse la causa en su favor. Solo se le contradijo lo del sonar con
ellos, mandndole que los entregase a la vieja, para honrar la
comunidad haciendo de ellos unos cuellos y unos remates de mangas que
se viesen y representasen camisas, que el sonarse estaba vedado en la
orden, si no era en el aire, u de saetilla a coz de dedo.

Era de ver llegada la noche cmo nos acostamos en dos camas, tan
juntos que parecamos herramienta en estuche. Passe la cena de en
claro en claro. No se desnudaron los ms, que con acostarse como
andaban de da, cumplieron con el precepto de dormir en cueros.



                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo II: En que prosigue la materia comenzada y
cuenta algunos raros sucesos.


Amaneci el Seor y pusmonos todos en arma. Ya estaba yo tan
hallado con ellos como si todos furamos hermanos (que esta facilidad
y dulzura se halla siempre en las cosas malas). Era de ver a uno
ponerse la camisa de doce veces, dividida en doce trapos, diciendo una
oracin a cada uno como sacerdote que se viste. A cul se le perda
una pierna en los callejones de las calzas y la vena a hallar donde
menos convena asomada. Otro peda gua para ponerse el jubn, y
en media hora se poda averiguar con l.

Acabado esto, que no fue poco de ver, todos empuaron aguja y hilo
para hacer un punteado en un rasgado y otro. Cul, para culcusirse
debajo del brazo, estirndole, se haca L. Uno, hincado de rodillas,
arremedando un cinco de guarismo, socorra a los caones. Otro, por
plegar las entrepiernas, metiendo la cabeza entre ellas, se haca un
ovillo. No pint tan extraas posturas Bosco como yo vi, porque
ellos cosan y la vieja les daba los materiales, trapos y arrapiezos
de diferentes colores, los cuales haba trado el soldado.

Acabse la hora del remedio (que as la llamaban ellos) y furonse
mirando unos a otros lo que quedaba mal parado. Determinaron de irse
fuera, y yo dije que antes trazasen mi vestido, porque quera gastar
los cien reales en uno, y quitarme la sotana.

-Eso no -dijeron ellos-; el dinero se d al depsito, y vistmosle
de lo reservado. Luego sealmosle su dicesis en el pueblo adonde
l solo busque y apolille.

Parecime bien; deposit el dinero y en un instante, de la sotanilla
me hicieron ropilla de luto de pao, y acortando el herreruelo qued
bueno. Lo que sobr de pao trocaron a un sombrero viejo reteido;
pusironle por toquilla unos algodones de tintero muy bien puestos.
El cuello y los valones me quitaron y en su lugar me pusieron unas
calzas atacadas, con cuchilladas no ms de por delante, que lados y
trasera eran unas gamuzas. Las medias calzas de seda aun no eran
medias, porque no llegaban ms de cuatro dedos ms abajo de la
rodilla, los cuales cuatro dedos cubra una bota justa sobre la media
colorada que yo traa. El cuello estaba todo abierto de puro roto;
pusironmele, y dijeron:

-El cuello est trabajoso por detrs y por los lados. V. Md., si le
mirase uno, ha de ir volvindose con l, como la flor del sol con el
sol; si fueren dos y miraren por los lados, saque pies, y para los de
atrs traiga siempre el sombrero cado sobre el cogote, de suerte
que la falda cubra el cuello y descubra toda la frente, y al que
preguntare que por qu anda as respndale que porque puede andar
con la cara descubierta por todo el mundo.

Dironme una caja con hilo negro y hilo blanco, seda, cordel y aguja,
dedal, pao, lienzo, raso y otros retacillos, y un cuchillo;
pusironme una espuela en la pretina, yesca y eslabn en una bolsa
de cuero, diciendo:

-Con esta caja puede ir por todo el mundo, sin haber menester amigos
ni deudos; en esta se encierra todo nuestro remedio. Tmela y
gurdela.

Sealronme por cuartel para buscar mi vida el de San Luis; y as,
empec mi jornada, saliendo de casa con los otros, aunque por ser
nuevo me dieron, para empezar la estafa, como a misacantano, por
padrino el mismo que me trujo y convirti.

Salimos de casa con paso tardo, los rosarios en la mano; tomamos el
camino para mi barrio sealado. A todos hacamos cortesas; a los
hombres, quitbamos el sombrero, deseando hacer lo mismo con sus
capas a las mujeres hacamos reverencias, que se huelgan con ellas y
con las paternidades mucho. A uno deca mi buen ayo: Maana me
traen dineros; a otro: Agurdeme V. Md. un da, que me trae en
palabras el banco. Cul le peda la capa, quin le daba prisa por
la pretina; en lo cual conoc que era tan amigo de sus amigos, que no
tena cosa suya. Andbamos haciendo culebra de una acera a otra por
no topar con casas de acreedores. Ya le peda uno el alquiler de la
casa, otro el de la espada y otro el de las sbanas y camisas, de
manera que ech de ver que era caballero de alquiler, como mula.

Sucedi, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos,
segn dijo, por una deuda, mas no poda el dinero. Y porque no le
conociese, solt de detrs de las orejas el cabello, que traa
recogido, y qued nazareno, entre ermitao y caballero lanudo;
plantse un parche en un ojo y psose a hablar italiano conmigo.
Esto pudo hacer mientras el otro vena, que an no le haba visto,
por estar ocupado en chismes con una vieja. Digo de verdad que vi al
hombre dar vueltas alrededor, como perro que se quiere echar; hacase
ms cruces que un ensalmador, y fuese diciendo:

-Jess!, pens que era l. A quien bueyes ha perdido..., etc.

Yo morame de risa de ver la figura de mi amigo. Entrse en un
portal a recoger la melena y el parche, y dijo:

-Estos son los aderezos de negar deudas. Aprend, hermano, que
veris mil cosas de estas en el pueblo.

Pasamos adelante y, en una esquina, por ser de maana, tomamos dos
tajadas de alcotn y agua ardiente, de una picarona que nos lo dio de
gracia, despus de dar el bienvenido a mi adestrador. Y djome:

-Con esto vaya el hombre descuidado de comer hoy; y, por lo menos,
esto no puede faltar.

Afligme yo, considerando que an tenamos en duda la comida, y
repliqu afligido por parte de mi estmago. A lo cual respondi:

-Poca fe tienes con la religin y orden de los caninos. No falta el
Seor a los cuervos ni a los grajos ni aun a los escribanos y
haba de faltar a los traspillados? Poco estmago tienes.

-Es verdad -dije-, pero temo mucho tener menos y nada en l.

En esto estbamos, y dio un reloj las doce; y como yo era nuevo en el
trato, no les cay en gracia a mis tripas el alcotn y tena hambre
como si tal no hubiera comido. Renovada, pues, la memoria con la hora,
volvme al amigo y dije:

-Hermano, este de la hambre es recio noviciado; estaba hecho el hombre
a comer ms que un saban y hanme metido a vigilias. Si vos no lo
sents, no es mucho, que criado con hambre desde nio, como el otro
rey con ponzoa, os sustentis ya con ella. No os veo hacer
diligencia vehemente para mascar, y as, yo determino de hacer la que
pudiere.

-Cuerpo de Dios -replic- con vos! Pues dan agora las doce y
tanta prisa? Tenis muy puntuales ganas y ejecutivas, y han menester
llevar en paciencia algunas pagas atrasadas. No, sino comer todo el
da! Qu ms hacen los animales? No se escribe que jams
caballero nuestro haya tenido cmaras, que antes, de puro mal
provedos no nos proveemos. Ya os he dicho que a nadie falta Dios. Y
si tanta prisa tenis, yo me voy a la sopa de San Jernimo, adonde
hay aquellos frailes de leche como capones, y all har el buche. Si
vos queris seguirme, venid, y si no, cada uno a sus aventuras.

-Adis -dije yo-, que no son tan cortas mis faltas que se hayan de
suplir con sobras de otros. Cada uno eche por su calle.

Mi amigo iba pisando tieso y mirndose a los pies, sac unas migajas
de pan que traa para el efecto siempre en una cajuela, y
derramselas por la barba y vestido, de suerte que pareca haber
comido. Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi flaqueza,
limpindome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro
izquierdo, jugando con el decenario, que lo era porque no tena ms
de diez cuentas. Todos los que me vean me juzgaban por comido, y si
fuera de piojos, no erraran.

Iba yo fiando en mis escudillos aunque me remorda la conciencia el
ser contra la orden comer a su costa quien vive de tripas horras en el
mundo. Yo me iba determinando a quebrar el ayuno, y llegu con esto a
la esquina de la calle de San Luis, adonde viva un pastelero.
Asombase uno de a ocho tostado, y con aquel resuello del horno
tropezme en las narices, y al instante me qued del modo que andaba
como el perro perdiguero con el aliento de la caza, puestos en l los
ojos. Le mir con tanto ahnco que se sec el pastel como un
aojado. All es de contemplar las trazas que yo daba para hurtarle;
resolvame otra vez a pagarlo. En esto me dio la una. Angustime de
manera que me determin a zamparme en un bodegn de los que estn
por all. Yo que iba haciendo punta a uno, Dios que lo quiso, topo
con un licenciado Flechilla, amigo mo, que vena haldeando por la
calle abajo, con ms barros que la cara de un sanguino y tantos rabos
que pareca chirrin con sotana, pulpo graduado o mercader que
cargaba para Italia. Arremeti a m en vindome, que, segn
estaba, fue mucho conocerme. Yo le abrac; preguntme cmo estaba;
djele luego:

-Ah, seor licenciado, qu de cosas tengo que contarle! Slo me
pesa de que me he de ir esta noche y no habr lugar.

-Eso me pesa a m -replic-, y si no fuera por ser tarde, y voy con
prisa a comer, me detuviera ms, porque me aguarda una hermana casada
y su marido.

-Que aqu est mi seora Ana? Aunque lo deje todo, vamos, que
quiero hacer lo que estoy obligado.

Abr los ojos oyendo que no haba comido. Fuime con l y empecle
a contar que una mujercilla que l haba querido mucho en Alcal
saba yo dnde estaba, y que le poda dar entrada en su casa.
Pegsele luego al alma el envite, que fue industria tratarle de cosa
de gusto. Llegamos tratando en ello a su casa. Entramos; yo me ofrec
mucho a su cuado y hermana, y ellos, no persuadindose a otra cosa
sino a que yo vena convidado por venir a tal hora, comenzaron a
decir que si lo supieran que haban de tener tan buen husped que
hubieran prevenido algo. Yo cog la ocasin y convidme, diciendo
que yo era de casa y amigo viejo, y que se me hiciera agravio en
tratarme con cumplimiento.

Sentronse y sentme; y porque el otro lo llevase mejor, que ni me
haba convidado ni le pasaba por la imaginacin, de rato en rato le
pegaba yo con la mozuela, diciendo que me haba preguntado por l y
que le tena en el alma y otras mentiras de este modo, con lo cual
llevaba mejor el verme engullir, porque tal destrozo como yo hice en
el ante no lo hiciera una bala en el de un coleto. Vino la olla y
commela en dos bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan
fiera, que pareca que aun entre los dientes no la tena bien
segura. Dios es mi padre, que no come un cuerpo ms presto el montn
de la Antigua de Valladolid, que le deshace en veinte y cuatro horas,
que yo despach el ordinario; pues fue con ms prisa que un
extraordinario el correo. Ellos bien deban notar los fieros tragos
del caldo y el modo de agotar la escudilla, la persecucin de los
huesos y el destrozo de la carne. Y si va a decir verdad, entre burla
y juego, empedr la faltriquera de mendrugos.

Levantse la mesa, apartmonos yo y el licenciado a hablar de la ida
en casa de la dicha. Yo se lo facilit mucho. Y estando hablando con
l a una ventana, hice que me llamaban de la calle, y dije: A
m, seor? Ya bajo. Pedle licencia, diciendo que luego volva.
Quedme aguardando hasta hoy, que desaparec por lo del pan comido y
la compaa deshecha. Topme otras muchas veces y disculpme con
l contndole mil embustes que no importan para el caso.

Fuime por las calles de Dios, llegu a la puerta de Guadalajara, y
sentme en un banco de los que tienen en sus puertas los mercaderes.
Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que piden prestado
sobre sus caras, tapadas de medio ojo, con su vieja y pajecillo.
Preguntaron si haba algn terciopelo de labor extraordinaria. Yo
empec luego, para trabar conversacin, a jugar del vocablo, de
tercio y pelado y pelo y apelo y pospelo, y no dej hueso sano a la
razn. Sent que les haba dado mi libertad algn seguro de algo
de la tienda, y yo, como quien no aventuraba a perder nada, ofreclas
lo que quisiesen. Regatearon diciendo que no tomaban de quien no
conocan. Yo me aprovech de la ocasin diciendo que haba sido
atrevimiento ofrecerles nada, pero que me hiciesen merced de aceptar
unas telas que me haban trado de Miln, que a la noche llevara
un paje que les dije que era mo, por estar enfrente aguardando a su
amo, que estaba en otra tienda, por lo cual estaba descaperuzado. Y
para que me tuviesen por hombre de partes y conocido no haca sino
quitar el sombrero a todos los oidores y caballeros que pasaban, y sin
conocer a ninguno les haca cortesas como si los tratara
familiarmente. Ellas se cegaron con esto y con unos cien escudos en
oro que yo saqu de los que traa, con achaque de dar limosna a un
pobre que me la pidi.

Parecilas irse, por ser ya tarde, y as me pidieron licencia,
advirtindome con el secreto que haba de ir el paje. Yo las ped
por favor y como en gracia un rosario engazado en oro que llevaba la
ms bonita de ellas, en prendas de que las haba de ver a otro da
sin falta. Regatearon drmele; yo les ofreca en prendas los cien
escudos, y dijronme su casa, y con intento de estafarme en ms se
fiaron de m y preguntronme mi posada, diciendo que no poda
entrar paje en la suya a todas horas, por ser gente principal. Yo las
llev por la calle Mayor, y al entrar en la de las Carretas escog
la casa que mejor y ms grande me pareci. Tena un coche sin
caballos a la puerta. Djeles que aquella era y que all estaba ella
y el coche y dueo para servirlas. Nombrme don lvaro de Crdoba
y entrme por la puerta delante de sus ojos. Y acurdome que cuando
salimos de la tienda llam uno de los pajes, con gran autoridad con
la mano. Hice que le deca que se quedasen todos y que me aguardasen
all (que as dije yo que lo haba dicho); y la verdad es que le
pregunt si era criado del comendador mi to. Dijo que no; y con
tanto, acomod los criados ajenos como buen caballero.

Lleg la noche oscura y acogmonos a casa todos. Entr y hall al
soldado de los trapos con una hacha de cera que le dieron para
acompaar un difunto y se vino con ella. Llambase ste Magazo,
natural de Olas; haba sido capitn en una comedia y combatido con
moros en una danza. A los de Flandes deca que haba estado en la
China, y a los de la China en Flandes. Trataba de formar un campo y
nunca supo sino espulgarse en l. Nombraba castillos y apenas los
haba visto en los ochavos. Celebraba mucho la memoria del seor don
Juan, y ole decir yo muchas veces de Luis Quijada que haba sido
honra de amigos. Nombraba turcos, galeones y capitanes, todos los que
haba ledo en unas coplas que andaban de esto; y como l no saba
nada de mar, porque no tena de naval ms del comer nabos, dijo,
contando la batalla que haba vencido el seor don Juan en Lepanto,
que aquel Lepanto fue un moro muy bravo, como no saba el pobrete que
era nombre del mar. Pasbamos con l lindos ratos.

Entr luego mi compaero deshechas las narices y toda la cabeza
entrapajada, lleno de sangre y muy sucio. Preguntmosle la causa, y
dijo que haba ido a la sopa de San Jernimo y que pidi porcin
doblada, diciendo que era para unas personas honradas y pobres.
Quitronselo a los otros mendigos para drselo, y ellos, con el
enojo, siguironle, y vieron que en un rincn detrs de la puerta
estaba sorbiendo con gran valor, y sobre si era bien hecho engaar
por engullir y quitar a otros para s, se levantaron voces y tras
ellas palos y tras los palos chichones y tolondrones en su pobre
cabeza. Embistironle con los jarros, y el dao de las narices se le
hizo uno con una escudilla de palo que se la dio a oler con ms prisa
que convena. Quitronle la espada, sali a las voces el portero, y
aun no los poda meter en paz. En fin, se vio en tanto peligro el
pobre hermano, que deca: Yo volver lo que he comido!; y aun
no bastaba, que ya no reparaban sino en que peda para otros y no se
preciaba de sopn. Miren el todo trapos, como mueca de nios,
ms triste que pastelera en Cuaresma, con ms agujeros que una
flauta y ms remiendos que una pa y ms manchas que un jaspe y
ms puntos que un libro de msica (deca un estudiantn de estos
de la capacha, gorronazo), que hay hombre en la sopa del bendito santo
que puede ser obispo o otra cualquier dignidad, y se afrenta un don
Peluche de comer! Graduado estoy de bachiller en artes por
Sigenza!. Metise el portero de por medio, viendo que un
vejezuelo que all estaba deca que aunque acuda al brodio, que
era descendiente de los godos y que tena deudos.

Aqu lo dejo porque el compaero estaba ya fuera desaprensando los
huesos.


                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo III: En que prosigue la misma materia, hasta
dar con todos en la crcel.


Entr Merlo Daz, hecha la pretina una sarta de bcaros y vidros,
los cuales, pidiendo de beber en los tornos de las monjas, haba
agarrado con poco temor de Dios. Mas sacle de la puja don Lorenzo
del Pedroso, el cual entr con una capa muy buena, la cual haba
trocado en una mesa de trucos a la suya, que no se la cubriera pelo al
que la llev, por ser desbarbada. Usaba ste quitarse la capa como
que quera jugar, y ponerla con las otras, y luego, como que no
haca partido, iba por su capa y tomaba la que mejor le pareca y
salase. Usbalo en los juegos de argolla y bolos.

Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme cercado de muchachos con
lamparones, cncer y lepra, heridos y mancos, el cual se haba hecho
ensalmador con unas santiguaduras y oraciones que haba aprendido de
una vieja. Ganaba este por todos, porque si el que vena a curarse no
traa bulto debajo de la capa, no sonaba dinero en faldriquera, o no
piaban algunos capones, no haba lugar. Tena asolado medio reino.
Haca creer cuanto quera, porque no ha nacido tal artfice en el
mentir; tanto, que aun por descuido no deca verdad. Hablaba del
Nio Jess, entraba en las casas con Deo gracias, deca lo del
Espritu Santo sea con todos... Traa todo ajuar de hipcrita:
un rosario con unas cuentas frisonas; al descuido haca que se le
viese por debajo de la capa un trozo de disciplina salpicada con
sangre de las narices; haca creer, concomindose, que los piojos
eran silicios y que la hambre canina eran ayunos voluntarios. Contaba
tentaciones; en nombrando al demonio, deca Dios nos libre y nos
guarde; besaba la tierra al entrar en la iglesia; llambase
indigno; no levantaba los ojos a las mujeres, pero las faldas s. Con
estas cosas, traa el pueblo tal, que se encomendaban a l y era
como encomendarse al diablo. Porque l era jugador y lo otro (ciertos
los llaman, y por mal nombre fulleros). Juraba el nombre de Dios unas
veces en vano y otras en vaco. Pues en lo que toca a mujeres, tena
seis hijos y preadas dos santeras. Al fin, de los mandamientos de
Dios, los que no quebraba henda.

Vino Polanco haciendo gran ruido, y pidi su saco pardo, cruz grande,
barba larga postiza y campanilla. Andaba de noche de esta suerte,
diciendo: Acordaos de la muerte, y haced bien para las nimas...,
etc. Con esto coga mucha limosna y entrbase en las casas que vea
abiertas: si no haba testigos ni estorbo, robaba cuando haba; si
le topaban, tocaba la campanilla y deca con una voz que l finga
muy penitente: Acordaos, hermanos..., etctera.

Todas estas trazas de hurtar y modos extraordinarios conoc, por
espacio de un mes, en ellos. Volvamos agora a que les ense el
rosario y cont el cuento. Celebraron mucho la traza y recibile la
vieja por su cuenta y razn para venderle. La cual se iba por las
casas diciendo que era de una doncella pobre y que se deshaca de l
para comer. Y ya tena para cada cosa su embuste y su trapaza.
Lloraba la vieja a cada paso, enclavijaba las manos y suspiraba de lo
amargo, llamaba hijos a todos. Traa encima de muy buena camisa,
jubn, ropa, saya y manteo, un saco de sayal roto, de un amigo
ermitao que tena en las cuestas de Alcal. sta gobernaba el
hato, aconsejaba y encubra.

Quiso, pues, el diablo, que nunca est ocioso en cosas tocantes a sus
siervos, que yendo a vender no s qu ropa y otras cosillas a una
casa, conoci uno no s qu hacienda suya. Trujo un alguacil y
agarrronme la vieja, que se llamaba la madre Labruscas. Confes
luego todo el caso y dijo cmo vivamos todos y que ramos
caballeros de rapia. Dejla el alguacil en la crcel y vino a
casa, y hall en ella a todos mis compaeros y a m con ellos.
Traa media docena de corchetes, verdugos de a pie, y dio con todo el
colegio buscn en la crcel, adonde se vio en gran peligro la
caballera.


                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo IV: En que trata los sucesos de la crcel,
hasta salir la vieja azotada, los compaeros a la vergenza y l en
fiado.


Echronnos, en entrando, a cada uno dos pares de grillos y
sumironnos en un calabozo. Yo, que me vi ir all, aprovechme del
dinero que traa conmigo y, sacando un dobln, djele al
carcelero:

-Seor, ogame V. Md. en secreto.

Y para que lo hiciese dile escudo como cara. En vindolos, me
apart.

-Suplico a V. Md. -le dije- que se duela de un hombre de bien.
Busqule las manos, y como sus palmas estaban hechas a llevar
semejantes dtiles, cerr con los dichos veinte y seis, diciendo:

-Yo averiguar la enfermedad y si no es urgente bajar al cepo.

Yo conoc la deshecha y respondle humilde. Dejme fuera y a los
amigos descolgronlos abajo.

Dejo de contar la risa tan grande que en la crcel y por las calles
haba con nosotros, porque como nos traan atados y a empellones,
unos sin capas y otros con ellas arrastrando, eran de ver unos cuerpos
pas remendados y otros aloques de tinto y blanco. A cul por asirle
de alguna parte segura, por estar todo tan manido le agarraba el
corchete de las puras carnes y aun no hallaba de qu asir, segn los
tena rodos la hambre. Otros iban dejando a los corchetes en las
manos los pedazos de ropillas y gregescos; al quitar la soga en que
venan ensartados, se salan pegados los andrajos.

Al fin, yo fui, llegada la noche, a dormir a la sala de los linajes.
Dironme mi camilla. Era de ver algunos dormir envainados, sin
quitarse nada; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traan
encima como culebras; cules jugaban. Y, al fin, cerrados, se mat
la luz. Olvidamos todos los grillos. Era de ver a los que no tenan
cama llegar y asir de los pies al acostado y sacarlo arrastrando en
medio de la sala y encajarse en la cama, y aqul asir de otro para
acomodarse.

Estaba el servicio a mi cabecera; vime forzado, a intercesin de mis
narices, a decirles que mudasen a otra parte el vedriado. Y sobre si
le viene muy ancho o no (como si me hubieran tomado la medida con el
bacn), tuvimos palabras. Us el oficio de adelantado, que es mejor
a veces serlo de un cachete que de un reino, y metle a uno media
pretina en la cara. l, por levantarse aprisa, derramle, y al ruido
despert el concurso. Asbamonos a pretinazos a oscuras, y era tanto
el mal olor que hubieron de levantarse todos. Alzse el grito. El
alcaide, sospechando que se le iban algunos vasallos, subi
corriendo, armado, con toda su cuadrilla; abri la sala, entr luz y
informse del caso. Condenronme todos; yo me disculpaba con decir
que en toda la noche me haban dejado cerrar los ojos. El carcelero,
parecindole que por no dejarme zabullir en lo hondo le dara otro
dobln, asi del caso y mandme bajar all. Determinme a
consentir antes que a pellizcar el talego ms de lo que lo estaba.
Fui llevado abajo; recibironme con arbrbola y placer los amigos.
Dorm aquella noche algo desabrigado.

Amaneci el Seor y salimos del calabozo. Vmonos las caras, y lo
primero que nos fue notificado fue dar para la limpieza, como si en
una noche lo hubiera yo ensuciado todo, so pena de culebrazo fino. Yo
di luego seis reales; mis compaeros no tenan qu dar, y as,
quedaron remitidos para la noche.

Haba en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigotado, mohno de
cara, cargado de espaldas y de azotes en ellas. Traa ms hierro que
Vizcaya, dos pares de grillos y una cadena de portada. Llambanle el
Jayn. Deca que estaba por cosas de aire, y as, sospechaba yo si
era por algunos fuelles, chirimas o abanicos, y decale si era por
algo de esto. Responda que no, que eran cosas de atrs. Yo pens
que pecados viejos quera decir, y averig que por puto. Cuando el
alcaide le rea por alguna travesura, le llamaba botiller del
verdugo y depositario general de culpas. Otras veces le amenazaba
diciendo: -Qu te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer
humo? Dios es Dios, que te vendimie de camino. Haba confesado
este, y era tan maldito que traamos todos con carlancas, como
mastines, las traseras, y no haba quien se osase ventosear, de miedo
de acordarle dnde tena las asentaderas.

Este haca amistad con otro que llamaban Robledo y por otro nombre el
Trepado. Deca que estaba preso por liberalidades; y, entendido, eran
de manos en pescar lo que topaba. Este haba sido ms azotado que
postilln; no haba verdugo que no hubiese probado la mano en l.
Tena la cara con tantas cuchilladas que a descubrirse puntos no se
la ganara un flux. Tena menos las orejas y pegadas las narices,
aunque no tan bien como la cuchillada que se las parta.

A estos se llegaban otros cuatro hombres, rapantes como leones de
armas, todos agrillados, gente de azotes y galeras, chilindrn
legtimo. Decan ellos que presto podran decir que haban servido
a su Rey por mar y por tierra. No se podr creer la notable alegra
con que aguardaban su despacho.

Todos estos, mohnos de ver que mis compaeros no contribuan,
ordenaron a la noche de darlos culebra de camo, con una soga
dedicada al efecto.

Vino la noche. Fumonos ahuchados a la postrera faldriquera de la
casa. Mataron la luz; yo metme luego debajo de la tarima. Empezaron
a silbar dos de ellos y otro a dar sogazos. Los buenos caballeros, que
vieron el negocio de revuelta, se apretaron de manera las carnes
ayunas (cenadas, comidas y almorzadas de sarna y piojos), que cupieron
todos en un resquicio de la tarima. Estaban como liendres en cabellos
o chinches en cama. Sonaban los golpes en la tabla; callaban los
dichos. Los bellacos, que vieron que no se quejaban, dejaron el dar
azotes y empezaron a tirar ladrillos, piedras y cascote que tenan
recogido. All fue ella, que uno le hall el cogote a don Toribio y
le levant una pantorrilla en l de dos dedos. Comenz a dar voces
que le mataban. Los bellacos, porque no se oyesen sus aullidos,
cantaban todos juntos y hacan ruido con las prisiones. l, por
esconderse, asi de los otros para meterse debajo. All fue el ver
cmo, con la fuerza que hacan, les sonaban los huesos.

Acabaron su vida las ropillas; no quedaba andrajo en pie. Menudeaban
tanto las piedras y cascotes, que dentro de poco tiempo tena el
dicho don Toribio ms golpes en la cabeza que una ropilla abierta, y
no hallando remedio contra el granizo, vindose sin santidad cerca de
morir San Esteban, dijo que le dejasen salir, que l pagara luego y
dara sus vestidos en prendas. Consintironselo, y a pesar de los
otros, que se defendan con l, descalabrado y como pudo se levant
y pas a mi lado.

Los otros, por presto que acordaron a hacer lo mismo, ya tenan las
chollas con ms tejas que pelos. Ofrecieron para pagar la patente sus
vestidos haciendo cuenta que era mejor entrarse en la cama por
desnudos que por heridos. Y as, aquella noche los dejaron, y a la
maana les pidieron que se desnudasen, y se hall que de todos sus
vestidos juntos no se poda hacer una mecha a un candil.

Quedronse en la cama, digo envueltos en una manta, la cual era la
que llaman ruana, donde se espulgan todos. Empezaron luego a sentir el
abrigo de la manta, porque haba piojo con hambre canina, y otro que
en un brazo ayuno de ellos quebraba ayuno de ocho das; habalos
frisones y otros que se podan echar a la oreja de un toro. Pensaron
aquella maana ser almorzados de ellos; quitronse la manta,
maldiciendo su fortuna, deshacindose a puras uadas.

Yo salme del calabozo dicindoles que me perdonasen si no les
hiciese mucha compaa, porque me importaba no hacrsela. Torn a
repasarle las manos al carcelero con tres de a ocho y sabiendo quin
era el escribano de la causa envile a llamar con un picarillo. Vino,
metle en un aposento, y empecle a decir (despus de haber tratado
de la causa) cmo yo tena no s que dinero; supliqule que me lo
guardase, y que en lo que hubiese lugar favoreciese la causa de un
hijodalgo desgraciado que por engao haba incurrido en tal delito.

-Crea V. Md. -dijo, despus de haber pescado la mosca-, que en
nosotros est todo el juego, y que si uno da en no ser hombre de bien
puede hacer mucho mal. Ms tengo yo en galeras de balde, por mi
gusto, que hay letras en el proceso. Fese de m y crea que le
sacar a paz y a salvo.

Fuese con esto y volvise desde la puerta a pedirme algo para el buen
Diego Garca, el alguacil, que importaba acallarle con mordaza de
plata y apuntme no s qu del relator, para ayuda de comerse
clusula entera. Dijo:

-Un relator, seor, con arcar las cejas, levantar la voz, dar una
patada para hacer atender al alcalde divertido, hacer una accin,
destruye a un cristiano.

Dime por entendido y aad otros cincuenta reales, y en pago me dijo
que enderezase el cuello de la capa, y dos remedios para el catarro
que tena de la frialdad del calabozo, y ltimamente me dijo,
mirndome con grillos:

-Ahorre de pesadumbre, que con ocho reales que d al alcaide, le
aliviar; que esta es gente que no hace virtud si no es por
inters.

Cayme en gracia la advertencia. Al fin, l se fue. Yo di al
carcelero un escudo; quitme los grillos. Dejbame entrar en su
casa. Tena una ballena por mujer y dos hijas del diablo, feas y
necias, y de la vida, a pesar de sus caras. Sucedi que el carcelero
(se llamaba tal Blandones de San Pablo, y la mujer doa Ana Morez)
vino a comer, estando yo all, muy enojado y bufando. No quiso comer.
La mujer, recelando alguna gran pesadumbre, se lleg a l, y le
enfad tanto con las acostumbradas importunidades, que dijo:

-Qu ha de ser, si el bellaco ladrn de Almendros el aposentador,
me ha dicho, teniendo palabras con l sobre el arrendamiento, que vos
nos sois limpia?

-Tantos rabos me ha quitado el bellaco? -dijo ella-; por el siglo de
mi agelo, que no sois hombre, pues no le pelastes las barbas.
Llamo yo a sus criadas que me limpien?

Y volvindose a m, dijo:

-Vale Dios que no me podr decir que soy juda como l, que de
cuatro cuartos que tiene, los dos son de villano y los otros ocho
maraveds de hebreo. A fe, seor don Pablos, que si yo lo oyera, que
yo le acordara de que tiene las espaldas en el aspa de San Andrs.

Entonces, muy afligido el alcaide, respondi:

-Ay, mujer, que call porque dijo que en esa tenades vos dos o
tres madejas! Que lo sucio no os lo dijo por lo puerco, sino por el no
lo comer.

-Luego juda dijo que era? Y con esa paciencia lo decs, buenos
tiempos? As sents la honra de doa Ana Morez, hija de Esteban
Rubio y Joan de Madrid, que sabe Dios y todo el mundo?

-Cmo! Hija -dije yo- de Joan de Madrid?

-De Joan de Madrid, el de Aun.

-Voto a Dios -dije yo- que el bellaco que tal dijo es un judo, puto
y cornudo.

Y volvindome a ellas:

-Joan de Madrid, mi seor, que est en el cielo, fue primo hermano
de mi padre. Y dar yo probanza de quin es y cmo; y esto me toca
a m. Y si salgo de la crcel yo le har desdecir cien veces al
bellaco. Ejecutoria tengo en el pueblo, tocante a entrambos, con
letras de oro.

Alegrronse con el nuevo pariente y cobraron nimo con lo de la
ejecutoria. Y ni yo la tena ni saba quines eran. Comenz el
marido a quererse informar del parentesco por menudo. Yo, porque no me
cogiese en mentira, hice que me sala de enojado, votando y jurando.
Tuvironme, diciendo que no se tratase ms de ello. Yo, de rato en
rato, sala muy al descuido con decir:

-Joan de Madrid! Burlando es la probanza que yo tengo suya!

Otras veces deca:

-Joan de Madrid, el mayor! Su padre de Joan de Madrid fue casado con
Ana de Acevedo, la gorda.

Y callaba otro poco. Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de
comer y cama en su casa, y el escribano, solicitado de l y cohechado
con el dinero, lo hizo tan bien, que sacaron a la vieja delante de
todos en un palafrn pardo a la brida, con un msico de culpas
delante. Era el pregn: A esta mujer, por ladrona! Llevbale
el comps en las costillas el verdugo, segn lo que le haban
recetado los seores de los ropones. Luego seguan todos mis
compaeros, en los overos de echar agua, sin sombreros y las caras
descubiertas. Sacbanlos a la vergenza y cada uno, de puro roto,
llevaba la suya de fuera. Desterrronlos por seis aos. Yo sal en
fiado, por virtud del escribano. Y el relator no se descuid, porque
mud tono, habl quedo y ronco, brinc razones y masc clusulas
enteras.


                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo V: De cmo tom posada, y la desgracia que
le sucedi en ella.


Sal de la crcel. Hallme solo y sin los amigos; aunque me
avisaron que iban camino de Sevilla a costa de la caridad, no los
quise seguir.

Determinme de ir a una posada, donde hall una moza rubia y blanca,
miradora, alegre, a veces entremetida y a veces entresacada y salida;
zaceaba un poco; tena miedo a los ratones; precibase de manos y
por ensearlas siempre despabilaba las velas, parta la comida en la
mesa, en la iglesia siempre tena puestas las manos, por las calles
iba enseando siempre cul casa era de uno y cul de otro, en el
estrado, de contino tena un alfiler que prender en el tocado, si se
jugaba a algn juego era siempre el de pizpirigaa, por ser cosa de
mostrar manos. Haca que bostezaba, adrede, sin tener gana, por
mostrar los dientes y hacer cruces en la boca. Al fin, toda la casa
tena ya tan manoseada que enfadaba ya a sus mismos padres.

Hospedronme muy bien en su casa, porque tenan trato de alquilarla,
con muy buena ropa, a tres moradores: fui el uno yo, el otro un
portugus, y un cataln. Hicironme muy buena acogida.

A m no me pareci mal la moza para el deleite, y lo otro la
comodidad de hallrmela en casa. Di en poner en ella los ojos;
contbales cuentos que yo tena estudiados para entretener;
traalas nuevas aunque nunca las hubiese; servalas en todo lo que
era de balde. Djelas que saba encantamientos y que era nigromante,
que hara que pareciese que se hunda la casa y que se abrasaba, y
otras cosas que ellas como buenas creedoras tragaron. Granje una
voluntad en todos agradecida, pero no enamorada, que, como no estaba
tan bien vestido como era razn, aunque ya me haba mejorado algo de
ropa por medio del alcaide, a quien visitaba siempre, conservando la
sangre a pura carne y pan que le coma, no hacan de m el caso que
era razn.

Di para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa
amigos a buscarme cuando no estaba en ella. Entr uno, el primero,
preguntando por el seor don Ramiro de Guzmn, que as dije que era
mi nombre (porque los amigos me haban dicho que no era de costa
mudarse los nombres, y que era til). Al fin, pregunt por don
Ramiro, un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con
el Rey. Desconocironme en esto las huspedas y respondieron que
all no viva sino un don Ramiro de Guzmn, ms roto que rico,
pequeo de cuerpo, feo de cara y pobre.

-Ese es -replic- el que yo digo. Y no quisiera ms renta al
servicio de Dios que la que tiene a ms de dos mil ducados.

Contles otros embustes, quedronse espantadas, y l las dej una
cdula de cambio fingida, que traa a cobrar en m, de nueve mil
escudos. Djoles que me la diesen para que la aceptase, y fuese.
Creyeron la riqueza la nia y la madre y acotronme luego para
marido. Vine yo con gran disimulacin, y en entrando, me dieron la
cdula diciendo:

-Dineros y amor mal se encubren, seor don Ramiro. Cmo que nos
esconda V. Md. quin es debindonos tanta voluntad?

Yo hice como que me haba disgustado por el dejar de la cdula y
fuime a mi aposento. Era de ver cmo, en creyendo que tena dinero,
me decan que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no haba
tal donaire como el mo. Yo que las vi tan cebadas declar mi
voluntad a la muchacha y ella me oy contentsima, dicindome mil
lisonjas.

Apartmonos; y una noche, para confirmarlas ms en mi riqueza,
cerrme en mi aposento, que estaba dividido del suyo con slo un
tabique muy delgado, y sacando cincuenta escudos estuve contndolos
en la mesa tantas veces que oyeron contar seis mil escudos. Fue esto
de verme con tanto dinero de contado, para ellas, todo lo que yo
poda desear, porque dieron en desvelarse para regalarme y servirme.

El portugus se llamaba o sior Vasco de Meneses, caballero de la
cartilla, digo de Christus. Traa su capa de luto, botas, cuello
pequeo y mostachos grandes. Arda por doa Berenguela de Robledo,
que as se llamaba. Enamorbala sentndose a conversacin y
suspirando ms que beata en sermn de Cuaresma. Cantaba mal, y
siempre andaba apuntando con l el cataln, el cual era la criatura
ms triste y miserable que Dios cri; coma a tercianas, de tres a
tres das, y el pan tan duro que apenas le pudiera morder un
maldiciente. Pretenda por lo bravo, y si no era el poner huevos, no
le faltaba otra cosa para gallina, porque cacareaba notablemente.

Como vieron los dos que yo iba tan adelante dieron en decir mal de
m. El portugus deca que era un piojoso, pcaro, desarropado; el
cataln me trataba de cobarde y vil. Yo lo saba todo y a veces lo
oa, pero no me hallaba con nimo para responder. Al fin, la moza me
hablaba y reciba mis billetes. Comenzaba por lo ordinario: Este
atrevimiento, su mucha hermosura de V. Md...; deca lo de me
abraso, trataba de penar, ofrecame por esclavo, firmaba el
corazn con la saeta... Al fin, llegamos a los tes, y yo, para
alimentar ms el crdito de mi calidad, salme de casa y alquil
una mula, y arrebozado y mudando la voz, vine a la posada y pregunt
por m mismo, diciendo si viva all su merced del seor don
Ramiro de Guzmn, seor del Valcerrado y Villorete.

-Aqu vive -repondi la nia- un caballero de ese nombre, pequeo
de cuerpo.

Y, por las seas, dije yo que era l, y las supliqu que le dijesen
que Diego de Solrzana, su mayordomo que fue de las depositaras,
pasaba a las cobranzas y le haba venido a besar las manos. Con esto
me fui y volv a casa de all a un rato.

Recibironme con la mayor alegra del mundo, diciendo que para qu
les tena escondido el ser seor de Valcerrado y Villorete.
Dironme el recado. Con esto, la muchacha se remat, codiciosa de
marido tan rico, y traz de que la fuese a hablar a la una de la
noche por un corredor que caa a un tejado donde estaba la ventana de
su aposento.

El diablo, que es agudo en todo, orden que venida la noche, yo
deseoso de gozar la ocasin, me sub al corredor, y por pasar desde
l al tejado que haba de ser, vnseme los pies y doy en el de un
vecino escribano tan desatinado golpe, que quebr todas las tejas y
quedaron estampadas en las costillas. Al ruido despert la media
casa, y pensando que eran ladrones (que son antojadizos de ellos los
de este oficio) subieron al tejado. Yo que vi esto quseme esconder
detrs de una chimenea y fue aumentar la sospecha, porque el
escribano y dos criados y un hermano me molieron a palos y me ataron a
la vista de mi dama, sin bastarme ninguna diligencia. Mas ella se
rea mucho, porque como yo la haba dicho que saba hacer burlas y
encantamentos, pens que haba cado por gracia y nigromancia y no
haca sino decirme que subiese, que bastaba ya. Con esto y con los
palos y puadas que me dieron, daba aullidos; y era lo bueno que ella
pensaba que todo era artificio y no acababa de rer.

Comenz luego a hacer la causa, y porque me sonaron unas llaves en la
faldriquera, dijo y escribi que eran ganzas y aunque las vio, sin
haber remedio de que no lo fuesen. Djele que era don Ramiro de
Guzmn y rise mucho. Yo, triste, que me haba visto moler a palos
delante de mi dama, y me vi llevar preso sin razn y con mal nombre,
no saba qu hacerme. Hincbame de rodillas y ni por esas ni por
esotras bastaba con el escribano.

Todo esto pasaba en el tejado, que los tales, aun de las tejas arriba
levantan falsos testimonios. Dieron orden de bajarme abajo y lo
hicieron por una ventana que caa a una pieza que serva de cocina.


                         * * * * *


Libro Tercero: Captulo VI: Prosigue el cuento, con otros varios
sucesos.


No cerr los ojos con toda la noche, considerando mi desgracia, que
no fue dar en el tejado sino en las manos del escribano, y cuando me
acordaba de lo de las ganzas y las hojas que haba escrito en la
causa, echaba de ver que no hay cosa que tanto crezca como culpa en
poder de escribano.

Pas la noche en revolver trazas; unas veces me determinaba a
rogrselo por Jesucristo, y considerando lo que le pas con ellos
vivo, no me atreva. Mil veces me quiso desatar, pero sentame luego
y levantbase a visitarme los nudos, que ms velaba l en cmo
forjara el embuste que yo en mi provecho. Madrug al amanecer y
vistise a hora que en toda su casa no haba otros levantados sino
l y los testimonios. Agarr la correa y tornme a repasar las
costillas, reprehendindome el mal vicio de hurtar como quien tan
bien le saba.

En esto estbamos, l dndome y yo casi determinado de darle a l
dineros, que es la sangre con que se labran semejantes diamantes,
cuando incitados y forzados de los ruegos de mi querida, que me haba
visto caer y apalear, desengaada de que no era encanto sino
desdicha, entraron el portugus y el cataln, y en viendo el
escribano que me hablaban, desenvainando la pluma, los quiso espetar
por cmplices en el proceso.

El portugus no lo pudo sufrir, y tratle algo mal de palabra,
diciendo que l era un caballero fidalgo de casa du Rey, y que yo
era un home muito fidalgo, y que era bellaquera tenerme atado.
Comenzme a desatar y al punto el escribano clam:
Resistencia!, y dos criados suyos, entre corchetes y ganapanes,
pisaron las capas, deshicironse los cuellos, como lo suelen hacer
para representar las puadas que no ha habido, y pedan favor al
Rey. Los dos, al fin, me desataron, y viendo el escribano que no
haba quin le ayudase, dijo:

-Voto a Dios que esto no se puede hacer conmigo y que a no ser Vs.
Mds. quien son les podra costar caro! Manden contentar estos
testigos y echen de ver que les sirvo sin inters.

Yo vi luego la letra; saqu ocho reales y dselos y aun estuve por
volverle los palos que me haba dado; pero por no confesar que los
haba recibido lo dej y me fui con ellos, dando las gracias de mi
libertad y rescate.

Entr en casa con la cara rozada de puros mojicones y las espaldas
algo mohnas de los varapalos. Rease el cataln mucho y deca a
la nia que se casase conmigo para volver el refrn al revs, y que
no fuese tras cornudo apaleado sino tras apaleado cornudo. Tratbame
de resuelto y sacudido por los palos; traame afrentado con estos
equvocos. Si entraba a visitarlos trataban luego de varear; otras
veces de lea y madera. Yo, que me vi corrido y afrentado, y que ya
me iban dando en la flor de lo rico, comenc a trazar de salirme de
casa; y para no pagar comida, cama ni posada, que montaba algunos
reales, y sacar mi hato libre, trat con un licenciado Brandalagas,
natural de Hornillos, y con otros dos amigos suyos, que me viniesen
una noche a prender. Llegaron la sealada y requirieron a la
huspeda que venan de parte del Santo Oficio y que convena
secreto. Temblaron todas, por lo que yo me haba hecho nigromntico
con ellas. Al sacarme a m callaron; pero al ver sacar el hato
pidieron embargo por la deuda, y respondieron que eran bienes de la
Inquisicin. Con esto no chist alma terrena.

Dejronles salir y quedaron diciendo que siempre lo temieron.
Contaban al cataln y al portugus lo de aquellos que me venan a
buscar; decan entrambos que eran demonios y que yo tena familiar.
Y cuando les contaban del dinero que yo haba contado, decan que
pareca dinero pero no lo era; de ninguna suerte persuadironse a
ello.

Yo saqu mi ropa y comida horra. Di traza con los que me ayudaron de
mudar de hbito y ponerme calza de obra y vestido al uso, cuellos
grandes y un lacayo en menudos: dos lacayuelos, que entonces era uso.
Animronme a ello, ponindome por delante el provecho que se me
seguira de casarme con la ostentacin, a ttulo de rico, y que era
cosa que suceda muchas veces en la Corte. Y an aadieron que
ellos me encaminaran parte conveniente y que me estuviese bien, y
con algn arcaduz por donde se guiase. Yo, negro codicioso de pescar
mujer, determinme. Visit no s cuntas almonedas y compr mi
aderezo de casar. Supe dnde se alquilaban caballos y espetme en
uno el primer da, y no hall lacayo.

Salme a la calle Mayor y pseme enfrente de una tienda de jaeces,
como que concertaba alguno. Llegronse dos caballeros, cada cual con
su lacayo. Preguntronme si concertaba uno de plata que tena en las
manos; yo solt la prosa y con mil cortesas los detuve un rato. En
fin, dijeron que se queran ir al Prado a bureo un poco, y yo, que si
no lo tenan a enfado, que los acompaara. Dej dicho al mercader
que si viniesen all mis pajes y un lacayo, que los encaminase al
Prado. Di seas de la librea y metme entre los dos y caminamos. Yo
iba considerando que a nadie que nos vea era posible el determinar
cyos eran los lacayos, ni cul era el que no le llevaba.

Empec a hablar muy recio de las caas de Talavera y de un caballo
que tena porcelana; encarecales mucho el roldanejo que esperaba de
Crdoba. En topando algn paje, caballo o lacayo, los haca parar y
les preguntaba cyo era, y deca de las seales y si le queran
vender; hacale dar dos vueltas en la calle, y, aunque no la tuviese,
le pona una falta en el freno y deca lo que haba de hacer para
remediarlo, y quiso mi ventura que top muchas ocasiones de hacer
esto. Y porque los otros iban embelesados y, a mi parecer, diciendo:
Quin ser este tagarote escudern?, porque el uno llevaba un
hbito en los pechos, y el otro una cadena de diamantes (que era
hbito y encomienda todo junto), dije yo que andaba en busca de
buenos caballos para m y a otro primo mo, que entrbamos en unas
fiestas.

Llegamos al Prado, y en entrando, saqu el pie del estribo y puse el
taln por defuera y empec a pasear. Llevaba la capa echada sobre el
hombro y el sombrero en la mano. Mirbanme todos; cul deca:
Este yo le he visto a pie; otro: Hola, lindo va el buscn. Yo
haca como que no oa nada, y paseaba.

Llegronse a un coche de damas los dos, y pidironme que picardease
un rato. Dejles la parte de las mozas y tom el estribo de madre y
ta. Eran las vejezuelas alegres, la una de cincuenta y la otra punto
menos. Djeles mil ternezas y oanme, que no hay mujer, por vieja
que sea, que tenga tantos aos como presuncin. Prometlas regalos
y preguntlas del estado de aquellas seoras, y respondieron que
doncellas, y se les echaba de ver en la pltica. Yo dije lo
ordinario: que las viesen colocadas como merecan; y agradles mucho
la palabra colocadas. Preguntronme tras esto que en qu me
entretena en la Corte. Yo les dije que en huir de un padre y madre
que me queran casar contra mi voluntad con mujer fea y necia y mal
nacida, por el mucho dote.

-Y yo, seoras, quiero ms una mujer limpia en cueros que una juda
poderosa, que por bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de cuatro
mil ducados de renta, y si salgo con un pleito que traigo en buenos
puntos, no habr menester nada.

Salt tan presto la ta:

-Ay, seor, y cmo le quiero bien! No se case sino con su gusto y
mujer de casta, que le prometo que con ser yo no muy rica, no he
querido casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no
ser de calidad. Ella pobre es, que no tiene sino seis mil ducados de
dote, pero no debe nada a nadie en sangre.

-Eso creo muy bien -dije yo.

En esto, las doncellicas remataron la conversacin con pedir algo de
merendar a mis amigos:

                     Mirbase el uno a otro,
                   y a todos tiembla la barba.

Yo, que vi ocasin, dije que echaba menos mis pajes, por no tener con
quien enviar a casa por unas cajas que tena. Agradecironmelo y yo
las supliqu se fuesen a la Casa del Campo al otro da, y que yo las
enviara algo fiambre. Aceptaron luego; dijronme su casa y
preguntaron la ma. Y, con tanto, se apart el coche, y yo y los
compaeros comenzamos a caminar a casa.

Ellos, que me vieron largo en lo de la merienda, aficionronse, y por
obligarme me suplicaron cenase con ellos aquella noche. Hceme algo
de rogar, aunque poco, y cen con ellos, haciendo bajar a buscar mis
criados y jurando de echarlos de casa. Dieron las diez, y yo dije que
era plazo de cierto martelo y que, as, me diesen licencia. Fuime,
quedando concertados de vernos a la tarde en la Casa del Campo.

Fui a dar el caballo al alquilador, y desde all a mi casa. Hall
los compaeros jugando quinolicas. Contles el caso y el concierto
hecho, y determinamos de enviar la merienda sin falta, y gastar
doscientos reales en ella.

Acostmonos con estas determinaciones. Yo confieso que no pude dormir
en toda la noche con el cuidado de lo que haba de hacer con el dote.
Y lo que ms me tena en duda era el hacer de l una casa o darlo a
censo, que no saba yo cul sera mejor y de ms provecho.


                          * * * * *


Libro Tercero: Captulo VII: En que se prosigue lo mismo, con otros
sucesos y desgracias que le sucedieron.


Amaneci y despertamos a dar traza en los criados, plata y merienda.
En fin, como el dinero ha dado en mandarlo todo y no hay quien le
pierda el respeto, pagndoselo a un repostero de un seor, me dio
plata, y la sirvi l y tres criados.

Passe la maana en aderezar lo necesario, y a la tarde ya yo tena
alquilado mi caballito. Tom el camino a la hora sealada para la
Casa del Campo. Llevaba toda la pretina llena de papeles como
memoriales, y desabotonados seis botones de la ropilla, y asomados
unos papeles. Llegu, y ya estaban all las dichas y los caballeros
y todo. Recibironme ellas con mucho amor y ellos llamndome de vos,
en seal de familiaridad. Haba dicho que me llamaba don Filipe
Tristn, y en todo el da haba otra cosa sino don Filipe ac y
don Filipe all. Yo comenc a decir que me haba visto tan ocupado
con negocios de Su Majestad y cuentas de mi mayorazgo, que haba
temido el no poder cumplir; y que, as, las aperciba a merienda de
repente.

En esto, lleg el repostero con su jarcia, plata y mozos; los otros y
ellas no hacan sino mirarme y callar. Mandle que fuese al cenador
y aderezase all, que entretanto nos bamos a los estanques.
Llegronse a m las viejas a hacerme regalos, y holgume de ver
descubiertas las nias, porque no he visto desde que Dios me cri
tan linda cosa como aquella en quien yo tena asestado el matrimonio:
blanca, rubia, colorada, boca pequea, dientes menudos y espesos,
buena nariz, ojos rasgados y verdes, alta de cuerpo, lindas manazas y
zazosita. La otra no era mala, pero tena ms desenvoltura, y
dbame sospechas de hocicada.

Fuimos a los estanques, vmoslo todo y en el discurso conoc que la
mi desposada corra peligro en tiempo de Herodes, por inocente. No
saba, pero como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas,
sino para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo
que acostarse con Aristteles o Sneca o con un libro, procrolas
de buenas partes para el arte de las ofensas; que cuando sea boba,
harto sabe si me sabe bien. Esto me consol. Llegamos cerca del
cenador, y al pasar una enramada prendiseme en un rbol la
guarnicin del cuello y desgarrse un poco. Lleg la nia, y
prendimelo con un alfiler de plata y dijo la madre que enviase el
cuello a su casa al otro da, que all lo aderezara doa Ana, que
as se llamaba la nia.

Estaba todo cumplidsimo; mucho que merendar, caliente y fiambre,
frutas y dulces. Levantaron los manteles y, estando en esto, vi venir
un caballero con dos criados por la huerta adelante, y cuando no me
cato, conozco a mi buen don Diego Coronel. Acercse a m, y como
estaba en aquel hbito, no haca sino mirarme. Habl a las mujeres
y tratlas de primas; y, a todo esto, no haca sino volver y
mirarme. Yo me estaba hablando con el repostero, y los otros dos, que
eran sus amigos, estaban en gran conversacin con l.

Preguntles, segn se ech de ver despus, mi nombre, y ellos
dijeron:

-Don Filipe Tristn, un caballero muy honrado y rico.

Veale yo santiguarse. Al fin, delante de ellas y de todos, se lleg
a m y dijo:

-V. Md. me perdone, que por Dios que le tena, hasta que supe su
nombre, por bien diferente de lo que es; que no he visto cosa tan
parecida a un criado que yo tuve en Segovia, que se llamaba Pablillos,
hijo de un barbero del mismo lugar.

Rironse todos mucho, y yo me esforc para que no me desmintiese la
color, y djele que tena deseo de ver aquel hombre, porque me
haban dicho infinitos que le era parecidsimo.

-Jess! -deca el don Diego-. Cmo parecido? El talle, la
habla, los meneos, hasta en esa seal de la frente, que en V. Md.
debe de ser herida y en l fue un palo que le dieron entrando a
hurtar unas gallinas. No he visto tal cosa! Digo, seor, que es
admiracin grande, y que no he visto cosa tan parecida.

-Dolo al diablo -dije yo- y no ahorcaron ese ganapn?

Entonces las viejas, ta y madre, dijeron que cmo era posible que a
un caballero tan principal se pareciese un pcaro tan bajo como
aqul. Y porque no sospechase nada de ellas, dijo la una:

-Yo le conozco muy bien al seor don Filipe, que es el que nos
hosped por orden de mi marido, que fue gran amigo suyo, en Ocaa.

Yo entend la letra y dije que mi voluntad era y sera de servirlas
con mi poco posible en todas partes.

El don Diego se me ofreci y me pidi perdn del agravio que me
haba hecho en tenerme por el hijo del barbero. Y aada:

-No creer V. Md.: su madre era hechicera y un poco puta, y su padre
ladrn y su to verdugo, y l el ms ruin hombre y ms mal
inclinado tacao del mundo.

Yo deca con unos empujoncillos de risa:

-Gentil bergantn! Hideputa pcaro!

Y por de dentro considere el po lector lo que sentira mi
gallofera. Estaba, aunque lo disimulaba, como en brasas. Tratamos de
venirnos al lugar. Yo y los otros dos nos despedimos y don Diego se
entr con ellas en el coche. Preguntlas que qu era la merienda y
el estar conmigo, y la madre y ta dijeron cmo yo era un mayorazgo
de tantos ducados de renta y que me quera casar con Anica; que se
informase y vera si era cosa, no slo acertada, sino de mucha honra
para todo su linaje.

En esto pasaron el camino hasta su casa, que era en la calle del
Arenal a San Filipe. Nosotros nos fuimos a casa juntos como la otra
noche. Pidironme que jugase, codiciosos de pelarme. Yo entendles
la flor y sentme. Sacaron naipes: estaban hechos. Perd una mano.
Di en irme por abajo, y ganles cosa de trescientos reales; y con
tanto, me desped y vine a mi casa.

Top a mis compaeros, licenciado Brandalagas y Pero Lpez, los
cuales estaban estudiando en unos dados tretas flamantes. En vindome
lo dejaron, codiciosos de preguntarme lo que me haba sucedido. Yo
vena cariacontecido y encapotado, no les dije ms de que me haba
visto en un grande aprieto. Contles cmo me haba topado con don
Diego y lo que me haba sucedido; consolronme aconsejando que
disimulase y no desistiese de la pretensin por ningn camino ni
manera.

En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de
parar. Entendalo yo entonces razonablemente, porque tena ms
flores que un mayo y barajas hechas, lindas. Determinmonos de ir a
darles un muerto (que as se llama el enterrar una bolsa); envi los
amigos delante, entraron en la pieza, y dijeron si gustaran de jugar
con un fraile que acababa de llegar a curarse en casa de unas primas
suyas, que vena enfermo y traa talegos como el brazo y una calza
de doblones. Creciles a todos el ojo y clamaron:

-Venga el fraile norabuena!

-Es hombre grave en la orden -replic Pero Lpez- y, como ha salido,
se quiere entretener, que l ms lo hace por la conversacin.

-Venga, y sea por lo que fuere.

-No ha de entrar nadie de fuera, por el recato -dijo Brandalagas.

-No hay tratar de eso -respondi el husped-; ni criados.

Con esto, ellos quedaron ciertos del caso y creda la mentira.

Vinieron los aclitos y ya yo estaba con un tocador en la cabeza por
disimular la corona y fingir la enfermedad; sahumme con paja y
afeitme de tercianas, con una color de cera amarilla, y mi hbito
de fraile, unos antojos y mi barba, que por ser atusada no desayudaba.
Entr muy humilde, sentme, comenzse el juego. Ellos levantaban
bien; iban tres al mohno pero quedaron mohnos los tres, porque yo,
que saba ms que ellos, les di tal gatada que en espacio de tres
horas me llev ms de mil trescientos reales. Di baratos y con mi
Loado sea Nuestro Seor!, me desped, encargndoles que no
recibiesen escndalo de verme jugar, que era entretenimiento y no
otra cosa. Los otros, que haban perdido cuanto tenan, dbanse a
mil diablos. Despedme y salmonos fuera.

Venimos a casa a la una y media y acostmonos despus de haber
partido la ganancia. Consolme con esto algo de lo sucedido, y a la
maana me levant a buscar mi caballo y no hall por alquilar
ninguno, en lo cual conoc que haba otros muchos como yo. Pues
andar a pie pareciera mal y ms entonces, fuime a San Filipe y
topme con una lacayo de un letrado, que tena un caballo y le
aguardaba, que se haba acabado de apear a or misa. Metle cuatro
reales en la mano, porque mientras su amo estaba en la iglesia me
dejase dar dos vueltas en el caballo por la calle del Arenal, que era
la de mi seora.

Consinti, sub en el caballo y di dos vueltas calle arriba y calle
abajo sin ver nada, y al dar la tercera asomse doa Ana. Yo que la
vi y no saba las maas del caballo ni era buen jinete, quise hacer
galantera: dile dos varazos, tirle de la rienda; empnase y,
tirando dos coces, aprieta a correr y da conmigo por las orejas en un
charco.

Yo que me vi as, y rodeado de nios que se haban llegado, y
delante de mi seora, empec a decir:

-Oh, hideputa! No furades vos valenzuela! Estas temeridades me
han de acabar. Habanme dicho las maas y quise porfiar con l.

Traa el lacayo ya el caballo, que se par luego. Yo torn a subir;
y al ruido se haba asomado don Diego Coronel, que viva en la misma
casa de sus primas. Yo que le vi, me demud. Preguntme si haba
sido algo; dije que no, aunque tena estropeada una pierna. Dbame
el lacayo prisa porque no saliese su amo y lo viese, que haba de ir
a palacio. Y soy tan desgraciado, que estndome diciendo el lacayo
que nos fusemos, llega por detrs el letradillo, y conociendo su
rocn arremete al lacayo y empieza a darle de puadas, diciendo en
altas voces que qu bellaquera era dar su caballo a nadie; y lo
peor fue que, volvindose a m, dijo que me apease con Dios, muy
enojado. Todo pasaba a vista de mi dama y de don Diego: no se ha visto
en tanta vergenza ningn azotado. Estaba tristsimo de ver dos
desgracias tan grandes en un palmo de tierra. Al fin, me hube de
apear; subi el letrado y fuese. Y yo, por hacer la deshecha,
quedme hablando desde la calle con don Diego y dije:

-En mi vida sub en tan mala bestia. Est ah mi caballo overo en
San Filipe, y es desbocado en la carrera y trotn.

Dije cmo yo le corra y haca parar; dijeron que all estaba uno
en que no lo hara, y era ste de este licenciado. Quise probarlo.
No se puede creer qu duro es de caderas, y con mala silla fue
milagro no matarme.

-S fue -dijo don Diego-; y con todo parece que se siente V. Md. de
esa pierna.

-S siento -dije yo-; y me querra ir a tomar mi caballo y a casa.

La muchacha qued satisfecha y con lstima de mi cada, mas el don
Diego cobr mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa
de mi desdicha, fuera de otras muchas que me sucedieron. Y la mayor y
fundamento de las otras fue que cuando llegu a casa y fui a ver una
arca, adonde tena en una maleta todo el dinero que haba quedado de
mi herencia y lo que haba ganado, menos cien reales que yo traa
conmigo, hall que el buen licenciado Brandalagas y Pero Lpez
haban cargado con ello y no parecan. Qued como muerto, sin saber
qu consejo tomar de mi remedio. Deca entre m: Malhaya quien
fa en hacienda mal ganada, que se va como se viene! Triste de m!
Qu har?. No saba si irme a buscarlos, si dar parte a la
justicia. Esto no me pareca bien, porque si los prendan, haban
de aclarar lo del hbito y otras cosas y era morir en la horca. Pues
seguirlos, no saba por dnde. Al fin, por no perder tambin el
casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determin
de quedarme y apretarlo sumamente.

Com, y a la tarde alquil mi caballico y fuime hacia la calle; y
como no llevaba lacayo, por no pasar sin l, aguardaba a la esquina,
antes de entrar, a que pasase algn hombre que lo pareciese, y en
pasando parta detrs de l, hacindole lacayo sin serlo; y en
llegando al fin de la calle, metame detrs de la esquina hasta que
volviese otro que lo pareciese; metame detrs y daba otra vuelta.

Yo no s si fue la fuerza de la verdad de ser yo el mismo pcaro que
sospechaba don Diego, o si fue la sospecha del caballo del letrado, u
qu se fue, que don Diego se puso a inquerir quin era y de qu
viva, y me espiaba. En fin, tanto hizo, que por el ms
extraordinario camino del mundo supo la verdad; porque yo apretaba en
lo del casamiento, por papeles, bravamente, y l, acosado de ellas,
que tenan deseo de acabarlo, andando en mi busca, top con el
licenciado Flechilla, que fue el que me convid a comer cuando yo
estaba con los caballeros, y este, enojado de cmo yo no le haba
vuelto a ver, hablando con don Diego, y sabiendo cmo yo haba sido
su criado, le dijo de la suerte que me encontr cuando me llev a
comer y que no haba dos das que me haba topado a caballo muy
bien puesto, y le haba contado cmo me casaba riqusimamente.

No aguard ms don Diego, y volvindose a su casa encontr con los
dos caballeros del hbito y cadena amigos mos, junto a la Puerta
del Sol, y contles lo que pasaba y djoles que se aparejasen y en
vindome a la noche en la calle, que me magullasen los cascos; y que
me conoceran en la capa que l traa, que la llevara yo.
Concertronse, y en entrando en la calle, topronme, y disimularon
de suerte los tres que jams pens que eran tan amigos mos como
entonces. Estuvmonos en conversacin tratando de lo que sera bien
hacer a la noche, hasta el avemara. Entonces despidindose los dos,
echaron hacia abajo, y yo y don Diego quedamos solos y echamos a San
Filipe.

Llegando a la entrada de la calle de la Paz, dijo don Diego:

-Por vida de don Filipe, que troquemos capas, que me importa pasar por
aqu y que no me conozcan.

-Sea en buen hora -dije yo.

Tom la suya inocentemente y dile la ma. Ofrecle mi persona para
hacerle espaldas, mas l, que tena trazado el deshacerme las mas,
dijo que le importaba ir solo, que me fuese.

No bien me apart de l con su capa, cuando ordena el diablo que dos
que lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla, entendiendo por
la capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de
espaldarazos sobre m. Yo di voces, y en ellas y la cara conocieron
que no era yo. Huyeron y yo quedme en la calle con los cintarazos.
Disimul tres o cuatro chichones que tena y detveme un rato, que
no os entrar en la calle, de miedo. En fin, a las doce, que era a la
hora que sola hablar con ella, llegu a la puerta; y emparejando,
cierra uno de los que me aguardaban por don Diego, con un garrote
conmigo, y dame dos palos en las piernas y derrbame en el suelo; y
llega el otro, y dame un trasquiln de oreja a oreja y qutanme la
capa, y djanme en el suelo, diciendo:

-As pagan los pcaros embustidores mal nacidos!

Comenc a dar gritos y a pedir confesin; y como no saba lo que
era, aunque sospechaba por las palabras que acaso era el husped de
quien me haba salido con la traza de la Inquisicin, o el carcelero
burlado, o mis compaeros huidos...; y, al fin, yo esperaba de tantas
partes la cuchillada, que no saba a quin echrsela; pero nunca
sospech en don Diego ni en lo que era. Daba voces:

-A los capeadores!

A ellas vino la justicia; levantronme, y viendo mi cara con una
zanja de un palmo y sin capa ni saber lo que era, asironme para
llevarme a curar. Metironme en casa de un barbero, curme,
preguntronme dnde viva, y llevronme all. Acostronme, y
qued aquella noche confuso, viendo mi cara de dos pedazos y tan
lisiadas las piernas de los palos, que no me poda tener en ellas ni
las senta, robado, y de manera que ni poda seguir a los amigos, ni
tratar del casamiento, ni estar en la Corte, ni estar fuera.


                          * * * * *


Libro Tercero: Captulo VIII: De su cura y otros sucesos peregrinos.


He aqu a la maana amanece a mi cabecera la huspeda de casa,
vieja de bien, arrugada y llena de afeite, que pareca higo
enharinado, nia si se lo preguntaban, con su cara de muesca, entre
chufa y castaa apilada, tartamuda, barbada y bizca y roma; no le
faltaba una gota para bruja. Tena buena fama en el lugar y echbase
a dormir con ella y con cuantos queran; templaba gustos y careaba
placeres. Llambase la Paloma; alquilaba su casa y era corredora para
alquilar otras. En todo el ao no se vaciaba la posada de gente.

Era de ver cmo ensayaba una muchacha en el taparse, lo primero
ensendola cules cosas haba de descubrir de su cara. A la de
buenos dientes, que riese siempre, hasta en los psames; a la de
buenas manos, se las enseaba a esgrimir; a la rubia, un bamboleo de
cabellos y un asomo de vedijas por el manto y la toca extremado; a
buenos ojos, lindos bailes con las nias y dormidillos, cerrndolos,
y elevaciones mirando arriba. Pues tratada en materia de afeites,
cuervos entraban y les correga las caras de manera que al entrar en
sus casas, de puro blancas no las conocan sus maridos. Enluca
manos y gargantas como paredes, acicalaba dientes, arrancaba el vello;
tena un bebedizo que llamaba Herodes, porque con l mataba los
nios en las barrigas, y haca malparir y mal emprear. Y en lo que
ella era ms extremada era en arremedar virgos y adobar doncellas. En
solos ocho das que yo estuve en casa la vi hacer todo esto. Y para
remate de lo que era, enseaba a pelar, y refranes que dijesen las
mujeres. All les deca cmo haban de encajar la joya: las nias
por gracia, las mozas por deuda y las viejas por respeto y
obligacin. Enseaba pediduras para dinero seco y pediduras para
cadenas y sortijas. Citaba a la Vidaa, su concurrente en Alcal, y
a la Plaosa, en Burgos, a Muatones la de Salamanca.

Esto he dicho para que se me tenga lstima de ver a las manos que
vine y se ponderen mejor las razones que me dijo; y empez por estas
palabras, que siempre hablaba por refranes:

-De donde sacan y no pon, hijo don Filipe, presto llegan al hondn;
de tales polvos, tales lodos; de tales bodas, tales tortas. Yo no te
entiendo, ni s tu manera de vivir. Mozo eres, no me espanto que
hagas algunas travesuras, sin mirar que, durmiendo, caminamos a la
gesa: yo, como montn de tierra, te lo puedo decir.
Qu cosa es que me digan a m que has desperdiciado mucha hacienda
sin saber cmo, y que te han visto aqu ya estudiante, ya pcaro, y
ya caballero, y todo por las compaas! Dime con quin andas, hijo,
y dirte quin eres; cada oveja con su pareja; sbete, hijo, que de
la mano a la boca se pierde la sopa. Anda, bobillo que si te
inquietaban mujeres, bien sabes t que soy yo fiel perpetuo en esta
tierra de esa mercadura, y que me sustento de las posturas, as que
enseo como que pongo, y que nos damos con ellas en casa, y no
andarte con un pcaro y otro pcaro, tras una alcorzada y otra
redomadona, que gasta las faldas con quien hace sus mangas. Yo te juro
que hubieras ahorrado muchos ducados si te hubieras encomendado a m
porque no soy nada amiga de dineros. Y por mis entenado y difuntos, y
as yo haya buen acabamiento, que aun lo que me debes de la posada no
te lo pidiera agora, a no haberlo menester para unas candelicas y
hierbas (que trataba en botes, sin ser boticaria, y si la untaban las
manos, se untaba y sala de noche por la puerta del humo).

Yo que vi que haba acabado la pltica y sermn en pedirme, que,
con ser su tema, acab en l y no comenz, como todos hacen, no me
espant de la visita, que no me la haba hecho otra vez mientras
haba sido su husped, si no fue un da que me vino a dar
satisfacciones de que haba odo que me haban dicho no s qu de
hechizos y que la quisieron prender y escondi la calle; vnome a
desengaar y a decir que era otra de su nombre.

Yo la cont su dinero y, estndosele dando, la desventura, que nunca
me olvida, y el diablo, que se acuerda de m, traz que la venan a
prender por amancebada, y saban que estaba el amigo en casa.
Entraron en mi aposento; como me vieron en la cama y a ella conmigo,
cerraron con ella y conmigo y dironme cuatro o seis empellones muy
grandes y arrastrronme fuera de la cama. A ella la tenan asida
otros dos tratndola de alcahueta y bruja. Quin tal pensara de
una mujer que haca la vida referida!

A las voces del alguacil y a mis quejas, el amigo, que era un frutero
que estaba en el aposento de adentro, dio a correr. Ellos que lo
vieron y supieron por lo que deca otro husped de casa que yo lo
era arrancaron tras el picao, y asironle y dejronme a m
repelado y apueado; y con todo mi trabajo me rea de lo que los
picarones decan a la Gua. Porque uno la miraba y deca:

-Qu bien os estar una mitra, madre, y lo que me holgar de
veros consagrar tres mil nabos a vuestro servicio!

Otro:

-Ya tienen escogidas plumas los seores alcaldes, para que entris
bizarra.

Al fin, trujeron el picarn, y atronlos entrambos. Pidironme
perdn y dejronme solo. Yo qued algo aliviado de ver a mi buena
huspeda en el estado que tena sus negocios; y as, no tena otro
cuidado sino el de levantarme a tiempo que la tirase mi naranja.
Aunque, segn las cosas que contaba una criada que qued en casa, yo
desconfi de su prisin, porque me dijo no s qu de volar, y
otras cosas que no me sonaron bien.

Estuve en la casa curndome ocho das, y apenas poda salir;
dironme doce puntos en la cara, y hube de ponerme muletas. Hallme
sin dinero, porque los cien reales se consumieron en la cura, comida y
posada; y as, para no hacer ms gasto no teniendo dinero,
determin de salirme con dos muletas de la casa, y vender mi vestido,
cuellos y jubones, que era todo muy bueno. Hcelo y compr con lo
que me dieron un coleto de cordobn viejo y un jubonazo de estopa
famoso, mi gabn de pobre, remendado y largo, mis polainas y zapatos
grandes, la capilla del gabn en la cabeza, un Cristo de bronce
traa colgando del cuello, y un rosario.

Impsome en la voz y frases doloridas de pedir un pobre que entenda
de la arte mucho, y as comenc luego a ejercitarlo por las calles.
Cosme sesenta reales que me sobraron en el jubn, y con eso me
met a pobre fiado en mi buena prosa. Anduve ocho das por las
calles, aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de
plegarias: Dalde, buen cristiano, siervo del Seor, al pobre
lisiado y llagado; que me veo y me deseo! Esto deca los das de
trabajo, pero los das de fiesta comenzaba con diferente voz, y
deca: Fieles cristianos y devotos del Seor! Por tan alta
princesa como la Reina de los ngeles, Madre de Dios, dalde una
limosna al pobre tullido y lastimado de la mano del Seor! Y paraba
un poco, que es de grande importancia, y luego aada: Un aire
corrupto en hora menguada trabajando en una via, me trab mis
miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean, loado sea el
Seor!

Venan con esto los ochavos trompicando y ganaba mucho dinero. Y
ganara ms si no se me atravesara un mocetn mal encarado, manco de
los brazos y con una pierna menos, que me rondaba las mismas calles en
un carretn y coga ms limosna con pedir mal criado. Deca con
voz ronca, rematando en chillido: Acordaos siervos de Jesucristo,
del castigado del Seor por sus pecados! Dalde al pobre lo que Dios
reciba! Y aada: Por el buen Jes!; y ganaba que era un
juicio. Yo advert, y no dije ms Jess, sino quitbale la s, y
mova a ms devocin. Al fin, yo mud de frasecicas y coga
maravillosa mosca.

Llevaba metidas entrambas piernas en una bolsa de cuero, y liadas, y
mis dos muletas. Dorma en un portal de un cirujano, con un pobre de
cantn, uno de los mayores bellacos que Dios cri. Estaba
riqusimo, y era como nuestro retor; ganaba ms que todos; tena
una potra muy grande, y atbase con un cordel el brazo por arriba, y
pareca que tena hinchada la mano y manca, y calentura, todo junto.
Ponase echado boca arriba en su puesto, y con la potra defuera, tan
grande como una bola de puente, y deca: Miren la pobreza y el
regalo que hace el Seor al cristiano! Si pasaba mujer deca:
Ah, seora hermosa, sea Dios en su nima! Y las ms, porque
las llamase as, le daban limosna y pasaban por all aunque no fuese
camino para sus visitas. Si pasaba un soldadico: Ah, seor
capitn!, deca; y si otro hombre cualquiera: Ah, seor
caballero! Si iba alguno en coche, luego le llamaba seora, y si
clrigo en mula, seor arcediano. En fin, l adulaba terriblemente.
Tena modo diferente para pedir los das de los santos; y vine a
tener tanta amistad con l, que me descubri un secreto con que en
dos das estuvimos ricos. Y era que este tal pobre tena tres
muchachos pequeos, que recogan limosna por las calles y hurtaban
lo que podan; dbanle cuenta a l y todo lo guardaba. Iba a la
parte con dos nios de la cajuela en las sangras que hacan de
ellas, y tom el mismo arbitrio, y l me encamin la gentecica a
propsito.

Hallme en menos de un mes con ms de doscientos reales horros. Y
ltimamente me declar, con intento que nos fusemos juntos, el
mayor secreto y la ms alta industria que cupo en mendigo, y la
hicimos entrambos. Y era que hurtbamos nios, cada da, entre los
dos, cuatro o cinco; pregonbanlos, y salamos nosotros a preguntar
las seas, y decamos: Por cierto, seor, que le top a tal
hora, y que si no llego, que le mata un carro; en casa est.
Dbannos el hallazgo, y venamos a enriquecer de manera que me
hall yo con cincuenta escudos, y ya sano de las piernas, aunque las
traa entrapajadas.

Determin de salirme de la Corte y tomar mi camino para Toledo, donde
ni conoca ni me conoca nadie. Al fin, yo me determin; compr un
vestido pardo, cuello y espada, y despedme de Valczar, que era el
pobre que dije, y busqu por los mesones en qu ir a Toledo.


                          * * * * *


Libro Tercero: Captulo IX: En que se hace representante, poeta y
galn de monjas.


Top en un paraje una compaa de farsantes que iban a Toledo.
Llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compaeros iba uno
que lo haba sido mo del estudio en Alcal, y haba renegado y
metdose al oficio. Djele lo que me importaba ir all y salir de
la Corte; y apenas el hombre me conoca con la cuchillada, y no
haca sino santiguarse de mi per signum crucis. Al fin, me hizo
amistad, por mi dinero, de alcanzar de los dems lugar para que yo
fuese con ellos.

bamos barajados hombres y mujeres, y una entre ellas, la bailarina,
que tambin haca las reinas y papeles graves en la comedia, me
pareci extremada sabandija. Acert a estar su marido a mi lado, y
yo, sin pensar a quien hablaba, llevado del deseo de amor y gozarla,
djele:

-A esta mujer por qu orden la podremos hablar, para gastar con su
merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?

-No me lo est a m el decirlo, que soy su marido -dijo el hombre-,
ni tratar de eso; pero sin pasin, que no me mueve ninguna, se puede
gastar con ella cualquier dinero, porque tales carnes no tiene el
suelo, ni tal juguetoncica.

Y diciendo esto, salt del carro y fuese al otro, segn pareci,
por darme lugar que la hablase.

Cayme en gracia la respuesta del hombre, y ech de ver que estos
son de los que dijera algn bellaco que cumplen el precepto de San
Pablo de tener mujeres como si no las tuviesen, torciendo la sentencia
en malicia. Yo goc de la ocasin, hablla, y preguntme que
adnde iba y algo de mi vida. Al fin, tras muchas palabras, dejamos
concertadas para Toledo las obras. bamos holgando por el camino
mucho.

Yo, acaso, comenc a representar un pedazo de la comedia de San
Alejo, que me acordaba de cuando muchacho, y representlo de suerte
que les di codicia. Y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que
iba en la compaa, mis desgracias y descomodidades, djome que si
quera entrar en la danza con ellos. Encarecironme tanto la vida de
la farndula, y yo, que tena necesidad de arrimo y me haba
parecido bien la moza, concertme por dos aos con el autor. Hcele
escritura de estar con l y diome mi racin y representaciones. Y
con tanto, llegamos a Toledo.

Dironme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba, que los
acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y ech la primera
loa en el lugar. Era de una nave, de lo que son todas, que vena
destrozada y sin provisin; deca lo de este es el puerto,
llamaba a la gente senado, peda perdn de las faltas y
silencio, y entrme. Hubo un vctor de rezado, y al fin parec bien
en el teatro.

Representamos una comedia de un representante nuestro (que yo me
admir de que fuesen poetas, porque pensaba que el serlo era de
hombres muy doctos y sabios, y no de gente tan sumamente lega). Y
est ya de manera esto que no hay autor que no escriba comedias, ni
representante que no haga su farsa de moros y cristianos; que me
acuerdo yo antes, que si no eran comedias del buen Lope de Vega, y
Ramn, no haba otra cosa.

Al fin, hzose la comedia el primer da y no la entendi nadie; al
segundo, empezmosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y
sala yo armado y con rodela, que, si no, a manos de mal membrillo,
tronchos y badeas, acabo. No se ha visto tal torbellino, y ello
merecalo la comedia, porque traa un rey de Normanda sin
propsito, en hbito de ermitao, y meta dos lacayos por hacer
rer, y al desatar de la maraa no haba ms de casarse todos y
all vas. Al fin, tuvimos nuestro merecido.

Tratamos todos muy mal al compaero poeta, y yo principalmente,
dicindole que mirase de la que nos habamos escapado y
escarmentase. Djome que jurado a Dios, que no era suyo nada de la
comedia, sino que de un paso tomado de uno y otro de otro, haba
hecho aquella capa de pobre, de remiendo, y que el dao no haba
estado sino en lo mal zurcido. Confesme que los farsantes que
hacan comedias todo les obligaba a restitucin, porque se
aprovechaban de cuanto haban representado, y que era muy fcil, y
que el inters de sacar trescientos o cuatrocientos reales les pona
aquellos riesgos; lo otro, que como andaban por esos lugares, les
lean unos y otros comedias: -Tommoslas para verlas,
llevmonoslas y con aadir una necedad y quitar una cosa bien dicha,
decimos que es nuestra. Y declarme como no haba habido farsante
jams que supiese hacer una copla de otra manera. No me pareci mal
la traza, y yo confieso que me inclin a ella, por hallarme con
algn natural a la poesa; y ms, que tena yo conocimiento con
algunos poetas y haba ledo a Garcilaso; y as, determin de dar
en el arte. Y con esto y la farsanta y representar pasaba la vida. Que
pasado un mes que haba que estbamos en Toledo, haciendo comedias
buenas y enmendando el yerro pasado, ya yo tena nombre, y haban
llegado a llamarme Alonsete, que yo haba dicho llamarme Alonso, y
por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que haba
hecho con gran aceptacin de los mosqueteros y chusma vulgar. Tena
ya tres pares de vestidos y autores que me pretendan sonsacar de la
compaa. Hablaba de entender de la comedia, murmuraba de los
famosos, reprehenda los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo
natural de Snchez, llamaba bonico a Morales, pedanme el parecer en
el adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno vena a
leer comedia yo era el que la oa.

Al fin, animado con este aplauso, me desvirgu de poeta en un
romancico y luego hice un entrems y no pareci mal. Atrevme a una
comedia y porque no escapase de ser divina cosa la hice de Nuestra
Seora del Rosario. Comenzaba con chirimas, haba sus nimas de
purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su bu, bu
al salir, y rri, rri al entrar; caale muy en gracia al lugar el
nombre de Satn en las copias y el tratar luego de si cay del cielo
y tal. En fin, mi comedia se hizo y pareci muy bien.

No me daba manos a trabajar, porque acudan a m enamorados, unos
por coplas de cejas y otros de ojos, cul soneto de manos y cul
romancico para cabellos. Para cada cosa tena su precio, aunque, como
haba otras tiendas, porque acudiesen a la ma, haca barato.
Pues villancicos? Herva en sacristanes y demandaderas de monjas;
ciegos me sustentaban a pura oracin, ocho reales de cada una; y me
acuerdo que hice entonces la del Justo Juez, grave y sonorosa, que
provocaba a gestos. Escrib para un ciego, que las sac en su
nombre, las famosas que empiezan:

                   Madre del Verbo humanal,
                    Hija del Padre divino,
                  dame gracia virginal, etc.

Fui el primero que introdujo acabar las coplas como los sermones, con
aqu gracia y despus gloria, en esta copla de un cautivo de
Tetun:

                   Pidmosle sin falacia
                  al alto Rey sin escoria,
                 pues ve nuestra pertinacia,
                que nos quiera dar su gracia,
               y despus all la gloria. Amn.

Estaba viento en popa con estas cosas, rico y prspero, y tal, que
casi aspiraba ya a ser autor. Tena mi casa muy bien aderezada,
porque haba dado para tener tapicera barata en un arbitrio del
diablo, y fue de comprar reposteros de tabernas, y colgarlos.
Costronme veinte y cinco o treinta reales y eran ms para ver que
cuantos tiene el Rey, pues por estos se vea de puro rotos y por
esotros no se ver nada.

Sucedime un da la mejor cosa del mundo, que aunque es en mi
afrenta, la he de contar. Yo me recoga en mi posada, el da que
escriba comedia, al desvn, y all me estaba y all coma;
suba una moza con la vianda y dejbamela all. Yo tena por
costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el
tablado. Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba
subiendo por la escalera, que era angosta y oscura, con los platos y
olla, yo estaba en un paso de una montera, y daba grandes gritos
componiendo mi comedia; y deca:

                Guarda el oso, guarda el oso,
                 que me deja hecho pedazos,
                  y baja tras ti furioso;

que entendi la moza (que era gallega), como oy decir baja tras
ti y me deja, que era verdad y que la avisaba. Va a huir y con
la turbacin psase la saya y rueda toda la escalera, derrama la
olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle diciendo que
mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acud ya estaba toda
la vecindad conmigo preguntando por el oso, y aun contndoles yo
cmo haba sido ignorancia de la moza, porque era lo que he referido
de la comedia, aun no lo queran creer; no com aquel da.
Supironlo los compaeros y fue celebrado el cuento en la ciudad. Y
de estas cosas me sucedieron muchas mientras persever en el oficio
de poeta y no sal del mal estado.

Sucedi, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo
que en Toledo le haba ido bien, le ejecutaron no s por qu deudas
y le pusieron en la crcel, con lo cual nos desmembramos todos y
ech cada uno por su parte. Yo, si va a decir verdad, aunque los
compaeros me queran guiar a otras compaas, como no aspiraba a
semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, ya que me
vea con dineros y bien puesto, no trat de ms que de holgarme.

Despedme de todos; furonse, y yo, que entend salir de mala vida
con no ser farsante, si no lo ha V. Md. por enojo, di en amante de
red, como cofia, y por hablar ms claro, en pretendiente de
Antecristo, que es lo mismo que galn de monjas. Tuve ocasin para
dar en esto porque una a cuya peticin haba yo hecho muchos
villancicos se aficion en un auto del Corpus de m vindome
representar un San Juan Evangelista (que lo era ella). Regalbame la
mujer con cuidado y habame dicho que slo senta que fuese
farsante, porque yo haba fingido que era hijo de un gran caballero,
y dbala compasin. Al fin, me determin de escribirla lo
siguiente:

                           CARTA

Ms por agradar a V. Md. que por hacer lo que me importaba, he
dejado la compaa; que, para m, cualquiera sin la suya es
soledad. Ya ser tanto ms suyo cuanto soy ms mo. Avseme
cundo habr locutorio y sabr juntamente cundo tendr gusto,
etc.

Llev el billetico la andadera; no se podr creer el contento de la
buena monja sabiendo mi nuevo estado. Respondime de esta manera:

                          RESPUESTA

De sus buenos sucesos antes aguardo los parabienes que los doy, y me
pesara de ello a no saber que mi voluntad y su provecho es todo uno.
Podemos decir que ha vuelto en s; no resta agora sino perseverancia
que se mida con la que yo tendr. El locutorio dudo por hoy, pero no
deje de venirse V. Md. a vsperas, que all nos veremos, y luego por
las vistas, y quiz podr yo hacer alguna pandilla a la abadesa. Y
adis, etc.

Contentme el papel, que realmente la monja tena buen entendimiento
y era hermosa. Com y pseme el vestido con que sola hacer los
galanes en las comedias. Fuime derecho a la iglesia, rec, y luego
empec a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos
para ver si pareca, cuando Dios y enhorabuena, que ms era diablo y
en hora mala, oigo la sea antigua: empieza a toser y yo a toser, y
andaba una tosidura de Barrabs. Arremedbamos un catarro y pareca
que haban echado pimiento en la iglesia. Al fin, yo estaba cansado
de toser, cuando se me asoma a la red una vieja tosiendo, y ech de
ver mi desventura (que es peligrossima sea en los conventos;
porque como es sea a las mozas, es costumbre en las viejas, y hay
hombre que piensa que es reclamo de ruiseor y le sale despus
graznido de cuervo).

Estuve gran rato en la iglesia, hasta que empezaron vsperas. Olas
todas, que por esto llaman a los enamorados de monjas solenes
enamorados, por lo que tienen de vsperas, y tienen tambin que
nunca salen de vsperas del contento, porque no se les llega el da
jams.

No se creer los pares de vsperas que yo o. Estaba con dos varas
de gaznate ms del que tena cuando entr en los amores, a puro
estirarme para ver, gran compaero del sacristn y monacillo y muy
bien recibido del vicario, que era hombre de humor. Andaba tan tieso
que pareca que almorzaba asadores y que coma virotes.

Fuime a las vistas, y all, con ser una plazuela bien grande, era
menester enviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva:
herva en devotos. Al fin, me puse en donde pude; y podanse ir a
ver, por cosas raras, las diferentes posturas de los amantes. Cul,
sin pestaear, mirando con su mano puesta en la espada y la otra con
el rosario, estaba como figura de piedra sobre sepulcro; otro, alzadas
las manos y extendidos los brazos a lo serfico recibiendo las
llagas; cul, con la boca ms abierta que la de mujer pedigea,
sin hablar palabra, la enseaba a su querida las entraas por el
gaznate; otro, pegado a la pared, dando pesadumbre a los ladrillos,
pareca medirse con la esquina; cul se paseaba como si le hubieran
de querer por el portante, como a macho; otro, con una cartica en la
mano, a uso de cazador con carne, pareca que llamaba halcn. Los
celosos eran otra banda; stos, unos estaban en corrillos rindose y
mirando a ellas; otros, leyendo coplas y ensendoselas; cul, para
dar picn, pasaba por el terrero con una mujer de la mano; y cul
hablaba con una criada echadiza que le daba un recado.

Esto era de la parte de abajo y nuestra, pero de la de arriba, adonde
estaban las monjas, era cosa de ver tambin; porque las vistas era
una torrecilla llena de rendijas toda, y una pared con deshilados, que
ya pareca salvadera y ya pomo de olor. Estaban todos los agujeros
poblados de brjulas; all se vea una pepitoria, una mano y
acull un pie; en otra parte haba cosas de sbado: cabezas y
lenguas, aunque faltaban sesos; a otro lado se mostraba buhonera:
una enseaba el rosario, cul meca el paizuelo, en otra parte
colgaba un guante, all sala un listn verde. Unas hablaban algo
recio, otras tosan; cul haca la sea de los sombrereros, como
si sacara araas, ceceando.

En verano es de ver cmo no slo se calientan al sol, sino se
chamuscan, que es gran gusto verlas a ellas tan crudas y a ellos tan
asados. En invierno acontece con la humedad nacerle a uno de nosotros
berros y arboledas en el cuerpo. No hay nieve que se nos escape ni
lluvia que se nos pase por alto, y todo esto, al cabo, es para ver a
una mujer por red y vidrieras, como hueso de santo; es como enamorarse
de un tordo en jaula, si habla, y si calla, de un retrato. Los favores
son todos toques, que nunca llegan a cabes: un paloteadico con los
dedos. Hincan las cabezas en las rejas y apntanse los requiebros por
las troneras. Aman al escondite. Y verlos hablar quedito y de
rezado! Pues sufrir una vieja que rie, una portera que manda y una
tornera que miente! Y lo mejor es ver cmo nos piden celos de las de
ac fuera, diciendo que el verdadero amor es el suyo, y las causas
tan endemoniadas que hallan para probarlo.

Al fin, yo llamaba ya seora a la abadesa, padre al vicario y
hermano al sacristn, cosas todas que con el tiempo y el curso
alcanza un desesperado. Empezronme a enfadar las torneras con
despedirme y las monjas con pedirme. Consider cun caro me costaba
el infierno, que a otros se da tan barato y en esta vida, por tan
descansados caminos. Vea que me condenaba a puados y que me iba al
infierno por slo el sentido del tacto. Si hablaba, sola, porque no
me oyesen los dems que estaban en las rejas, juntar tanto con ellas
la cabeza, que por dos das siguientes traa los hierros estampados
en la frente, y hablaba como sacerdote que dice las palabras de la
consagracin. No me vea nadie que no deca: Maldito seas,
bellaco monjil!, y otras cosas peores.

Todo esto me tena revolviendo pareceres y casi determinado a dejar
la monja, aunque perdiese mi sustento. Y determinme el da de San
Juan Evangelista, porque acab de conocer lo que son las monjas. Y no
quiera V. Md. saber ms de que las Bautistas todas enronquecieron
adrede, y sacaron tales voces, que en vez de cantar la misa la
gimieron, no se lavaron las caras y se vistieron de viejo. Y los
devotos de las Bautistas, por desautorizar la fiesta, trujeron
banquetas en lugar de sillas a la iglesia, y muchos pcaros del
rastro. Cuando yo vi que las unas por el un santo y las otras por el
otro trataban indecentemente de ellos, cogindola a mi monja, con
ttulo de rifrselos, cincuenta escudos de cosas de labor, medias de
seda, bolsicos de mbar y dulces, tom mi camino para Sevilla,
temiendo que si ms aguardaba haba de ver nacer mandrgoras en los
locutorios.

Lo que la monja hizo de sentimiento, ms por lo que la llevaba que
por m, considrelo el po lector.


                          * * * * *


Libro Tercero: Captulo X: De lo que le sucedi en Sevilla hasta
embarcarse a Indias.


Pas el camino de Toledo a Sevilla prsperamente, porque como yo
tena ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva
pasta de mayor y de menor, y tena la mano derecha encubridora de un
lado -pues preada de cuatro para tres-, llevaba gran provisin de
cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y
ballestilla, y as, no se me escapaba dinero.

Dejo de referir otras muchas flores, porque a decirlas todas me
tuvieran ms por ramillete que por hombre; y tambin, porque antes
fuera dar que imitar que referir vicios de que huyan los hombres. Mas
quiz declarando yo algunas chanzas y modos de hablar, estarn ms
avisados los ignorantes y los que leyeron mi libro sern engaados
por su culpa.

No te fes, hombre, en dar t la baraja, que te la trocarn al
despabilar de una vela. Guarda el naipe de tocamientos, raspados o
bruidos, cosa con que se conocen los azares. Y por si fueres
pcaro, lector, advierte que en cocinas y caballerizas pican con un
alfiler u doblan los azares, para conocerlos por lo hendido. Si
tratares con gente honrada gurdate del naipe, que desde la estampa
fue concebido en pecado, y que con traer atravesado el papel, dice lo
que viene. No te fes de naipe limpio, que al que da vista y retn,
lo ms jabonado es sucio. Advierte que a la carteta, el que hace los
naipes que no doble ms arqueadas las figuras, fuera de los reyes,
que las dems cartas, porque el tal doblar es por tu dinero difunto.
A la primera, mira no den de arriba las que descarta el que da y
procura que no se pidan cartas u por los dedos en el naipe u por las
primeras letras de las palabras.

No quiero darte luz de ms cosas; estas bastan para saber que has de
vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te
callo. Dar muerte llaman quitar el dinero, y con propiedad;
revesa llaman la treta contra el amigo, que de puro revesada no la
entiende; dobles son los que acarrean sencillos para que los
desuellen estos rastreros de bolsas; blanco llaman al sano de
malicia y bueno como el pan y negro al que deja en blanco sus
diligencias.

Yo, pues, con ese lenguaje y con estas flores, llegu a Sevilla con
el dinero de las camaradas, gan el alquiler de las mulas y la comida
y dineros a los huspedes de las posadas. Fuime luego a apear al
mesn del Moro, donde me top un condiscpulo mo de Alcal, que
se llamaba Mata, y agora se deca, por parecerle nombre de poco
ruido, Matorral. Trataba en vidas y era tendero de cuchilladas, y no
le iba mal. Traa la muestra de ellas en su cara, y por las que le
haban dado concertaba tamao y hondura de las que haba de dar.
Deca: No hay tal maestro como el bien acuchillado; y tena
razn, porque la cara era una cuera y l un cuero. Djome que me
haba de ir a cenar con l y otros camaradas, y que ellos me
volveran al mesn.

Fui; llegamos a su posada, y dijo:

-Ea, quite la capa vuac, y parezca hombre, que ver esta noche
todos los buenos hijos de Jevilla. Y porque no lo tengan por maricn,
ahaje ese cuello y agobie de espaldas; la capa cada, que siempre
nosotros andamos de capa cada; ese hocico, de tornillo, gestos a un
lado y a otro; y haga vuc de las j, h, y de las h, j. Diga conmigo:
jerida, mojino, jumo, pahera, mohar, habal, y harro de vino.
Tomlo de memoria. Prestme una daga, que en lo ancho era alfanje, y
en lo largo, de comedimiento suyo no se llamaba espada, que bien
poda.

-Bbase -me dijo- esta media azumbre de vino puro, que si no da
vaharada no parecer valiente.

Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de
ellos, con cuatro zapatos de gotoso por caras, andando a lo columpio,
no cubiertos con las capas sino fajados por los lomos; los sombreros
empinados sobre la frente, altas las faldillas de delante que
parecan diademas; un par de herreras enteras por guarniciones de
dagas y espadas; las conteras en conversacin con el calcaar
derecho; los ojos derribados, la vista fuerte; bigotes buidos a lo
cuerno, y barbas turcas, como caballos.

Hicironnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron, con
voces mohnas, sisando palabras:

-Seidor.

-So compadre -respondi mi ayo.

Sentronse, y para preguntar quin era yo, no hablaron palabra, sino
el uno mir a Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia m el
labio de abajo me seal, a lo cual mi maestro de novicios satisfizo
empuando la barba y mirando hacia abajo. Y con esto, se levantaron
todos y me abrazaron, y yo a ellos, que fue lo mismo que si catara
cuatro diferentes vinos.

Lleg la hora de cenar; vinieron a servir unos pcaros que los
bravos llaman caones. Sentmonos a la mesa; aparecise luego
el alcaparrn; empezaron, por bienvenido, a beber a mi honra, que yo
hasta que la vi beber no entend que tena tanta. Vino pescado y
carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo llena
de vino y all se echaba de buces el que quera hacer la razn;
contentme la penadilla; a dos veces, no hubo hombre que conociese al
otro.

Empezaron plticas de guerra; menudebanse los juramentos; murieron
de brindis a brindis, veinte o treinta sin confesin; recetronsele
al asistente mil pualadas; tratse de la buena memoria de Domingo
Tiznado y Gayn, derramse vino en cantidad al nima de Escamilla;
los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al mal logrado
Alonso lvarez. Y a mi compaero, con estas cosas, se le
desconcert el reloj de la cabeza y dijo, algo ronco, tomando un pan
con las dos manos y mirando a la luz:

-Por esta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que sali por la
boca del ngel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar
al corchete que sigui al pobre Tuerto.

Levantse entre ellos alarido disforme, y desnudando las dagas, lo
juraron poniendo las manos cada uno en el borde de la artesa, y
echndose sobre ella de hocicos; dijeron:

-As como bebemos este vino hemos de beberle la sangre a todo
acechador.

-Quin es este Alonso lvarez -pregunt- que tanto se ha sentido
su muerte?

-Mancebito -dijo el uno- lidiador ahigadado, mozo de manos y buen
compaero. Vamos, que me retientan los dimoos!

Con esto salimos de casa a montera de corchetes. Yo, como iba
entregado al vino y haba renunciado en su poder mis sentidos, no
advert al riesgo que me pona. Llegamos a la calle de la Mar, donde
encar con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando, sacando
las espadas, la embistieron; yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos
de corchetes de sus malditas nimas al primer encuentro. El alguacil
puso la justicia en sus pies y apel por la calle arriba dando voces.
No lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y, al fin, nos
acogimos a la Iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la
justicia y dormimos lo necesario para espumar el vino que herva en
los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver
que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huido el alguacil de
un racimo de uvas, que entonces lo ramos nosotros.

Pasbamoslo en la iglesia notablemente, porque al olor de los
retrados vinieron ninfas, desnudndose para vestirnos.
Aficionseme la Grajales; vistime de nuevo de sus colores. Spome
bien y mejor que todas esta vida; y as, propuse de navegar en ansias
con la Grajal hasta morir. Estudi la jacarandina y en pocos das
era rab de los otros rufianes.

La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondbanos la puerta,
pero, con todo, de media noche abajo, rondbamos disfrazados. Yo que
vi que duraba mucho este negocio y ms la fortuna en perseguirme, no
de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como
obstinado pecador, determin, consultndolo primero con la Grajal,
de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra
mejorara mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. ver en la segunda
parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no
de vida y costumbres.


                          * * * * *





End of the Project Gutenberg EBook of Historia de la vida del Buscn,
llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaos, by Francisco de Quevedo

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
