Project Gutenberg's El Superhombre y otras novedades, by Juan Valera

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Title: El Superhombre y otras novedades

Author: Juan Valera

Release Date: March 12, 2010 [EBook #31613]

Language: Spanish

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*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES ***




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JUAN VALERA

El Superhombre

y otras novedades

ARTCULOS CRITICOS

sobre producciones literarias de fines del siglo XIX y principios del XX.

MADRID

LIBRERA DE FERNANDO F

Carrera de San Jernimo, 2

1903

Es propiedad del autor. Queda hecho el depsito que marca la ley.

Imprenta de Ricardo F, calle del Olmo, nm. 4

       *       *       *       *       *




NDICE

El Superhombre                                                         1

Las inducciones del Sr. D. Pompeyo Gener                              37

La irresponsabilidad de los poetas                                    71

La purificacin de la poesa                                          83

Don Cristbal de Moura, primer Marqus de Castel-Rodrigo              93

El espectculo ms nacional                                          115

El extrao                                                         137

Sobre la novela de nuestros das                                     149

Del progreso en el arte de la palabra                                159

El filsofo autodidacto                                              197

Sobre la duracin del habla castellana con motivo de algunas frases del
Sr. Cuervo                                                           209

Nueva edicin de _La Celestina_                                      223

Biblioteca de filosofa y sociologa                                 237

El regionalismo literario en Andaluca                               249

La goletera, por Arturo Reyes                                        275

Las novelas ejemplares de Cervantes, por F. A. de Icaza              281

El buen pao..., novela por J. F. Muoz Pabn, presbtero            285

Lully Arjona, novela por D. Alfonso Danvila                          289

Mariquita Len, novela original de Jos Nogales y Nogales            297

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox           303

El ltimo patriota, novela por Jos Nogales y Nogales                309

Isaac, por Javier Lasso de la Vega                                   321

Discurso pronunciado por doa Emilia Pardo Bazn en los Juegos florales
de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901                        331

Novelas recientes                                                    345

Sobre la _Cuestin de ambiente_                                      383

       *       *       *       *       *




EL SUPERHOMBRE

     _Forcitan et majora audens producere tellus Corumque, Enceladumque
     feret, magnumque Tiphoea, Ausuros patrio superos detrudere coelo,
     Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo._

     Fracastorii: DE MORBO GALLICO.


La vida intelectual me parece que en Francia, ms que en nacin alguna,
est reconcentrada en su capital, Pars. En Alemania hay muchos centros,
como Berln, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidad
poltica creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menor
actividad, se escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, en
Filadelfia o en Chicago. Y en nuestra Espaa, aunque proporcionalmente
se escribe menos y se lee mucho menos, la produccin literaria no est
encerrada en Madrid, sino que se muestra en varias ciudades de
provincia, especialmente en Sevilla, Bilbao y Barcelona. Mucho me
felicitara yo de todo esto, aplaudindolo, si la mana del regionalismo
no lo echase un poquito a perder; pero hoy quiero prescindir del
regionalismo y no decir de l una palabra. Dir, s, que Barcelona
compite con Madrid, y aun se adelanta y supera a Madrid en muchos
puntos. Y tambin dir que los madrileos y los que en Madrid
habitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeamos, como tal vez hace
treinta o cuarenta aos, lo que en Barcelona se escribe y se publica,
aunque sea en cataln o en francs y no en el idioma castellano, que
prevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, espaol por
excelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes,
y que se habla y se escribe, no slo en esta Pennsula y en las islas
que son an sus posesiones, sino tambin en diecisis o diecisiete
Repblicas o Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos la
poblacin, la prosperidad y la cultura, bien podr lisonjearse cualquier
literato o sabio de mrito, si escribe en castellano, de que contar,
naturalmente, con un pblico de los ms numerosos y extendidos que hay
sobre la superficie de la tierra.

Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano,
vendr a enriquecer el tesoro literario espaol, y, si vale algo, ser
recibido, no con celosa envidia, sino con satisfaccin y con jbilo por
todo el que se precie de espaol y sienta en el alma el amor de la
_patria grande_, o sea de la casta.

Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismo
celebrar la aparicin de un buen libro, en verso o en prosa, en
Caracas, en Bogot o en Quito, que en Mlaga o en Zaragoza. Niego, pues,
ese desdn, esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los que
escribimos en Madrid, contra los que escriben en espaol en otras
ciudades, y singularmente en las de Catalua. Ojal escribiesen all
cosas tan buenas que, sin excitar nuestra envidia, despertasen en
nosotros emulacin noble y nos moviesen a escribir con mayor tino,
primor e ingenio que en el da!

Como quiera que ello sea, yo de m puedo decir que cuando s de un autor
nuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle de
la regin en que est escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y tal
vez proporcionalmente ms, segn la distancia desde donde el libro
viene, causndome por ello impresin ms grata y peregrina.

Largo es el anterior prembulo, pero no est de sobra, para afirmar aqu
que, si bien no he ledo yo _La Muerte y el Diablo y Herejas_, de D.
Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, y
que ahora, despus de haber ledo el flamante libro del mismo autor,
titulado _Amigos y Maestros_, hallo que su autor es digno de
consideracin detenida y de extraordinario aplauso. Y aunque sea en
cifra y resumen, por no tener lugar ni tiempo para ms, voy a dar aqu
alguna noticia de dicho libro, tratando de realzar las elevadas prendas
de pensador ingenioso, de escritor elegante y fcil y de persona docta y
discreta, que ha mostrado el autor al componerle.

Para gustar de un autor no es menester coincidir con l en opiniones y
creencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos. A
menudo suele sucederme lo contrario, y as me sucede con el libro de D.
Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de lo
que dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y l
ingenio con que lo dice. Tnganse por dados mis aplausos, y permtaseme
que contradiga yo algunos de los asertos del Sr. Gener, considerndolos
completamente errneos, o bien que ponga reparos y haga observaciones
sobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.

_Amigos y Maestros_ es una coleccin de semblanzas o retratos de
escritores franceses todos, menos uno, Joaqun Mara Bartrina. Justo
sera el panegrico que hace Gener de este singular ingenio si no
quisiera realzarle con odiosas comparaciones, tildando de palabreros,
confusos y difusos a los dems poetas de Espaa, y suponiendo que deben
la fama de que gozan a que viven en Madrid, y sin duda forman parte de
una sociedad de elogios mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener en
que Espaa es madrastra y no madre de sus mejores hijos, cuyo mrito no
confiesa hasta que los extranjeros le reconocen y proclaman; y que, en
cambio, pone por las nubes a medianas y hasta a nulidades intrigantes.
No fueron ni son nulidades, ni medianas, Quintana, Gallego, Espronceda,
Zorrilla, Hartzenbusch, Garca Gutirrez, Tamayo, Querol, Nez de Arce,
Ferrari y no pocos otros, que viven an, y que no deben su reputacin,
ni a las alabanzas de los peridicos de Madrid, ni al descubrimiento y a
la declaracin que hayan hecho de su valer crticos extranjeros.

Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale ms en el concepto que se forma
de l, despus de leda su semblanza, que en el concepto que de Bartrina
tenamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea ms claro el primer
concepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca al
mismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clsico Leopardi y al
afectadsimo, falso y extravagante Baudelaire. En el nico predicamento
en que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tres
incrdulos, enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo dems se
diferencian muchsimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, as
Baudelaire como Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia de
Leopardi, uno de los ms admirables poetas lricos que ha habido en
Europa en el siglo presente, tan glorioso y fecundo en este gnero de
poesa.

Las dems semblanzas, segn dej ya apuntado, son todas de escritores
franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crtica juiciosa
se emplee en ellos y los d a conocer en Espaa. Celebro asimismo el
apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de
alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amena
y riqusima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de
originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las ms ledas
y celebradas en los pases extraos, por donde el pensamiento y el
idioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre
los otros pueblos. Pero esta hegemona de Francia en letras y en artes,
no slo da a Francia entre los extranjeros fundadsimo crdito, sino
tambin prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a la
admiracin ms ciega, a los encomios ms hiperblicos y muy a menudo a
la desmaada imitacin de lo peor, originando modas en lo que se escribe
y en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje de
las casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aqu
que tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro queden
tasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de las
alabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe adems decirse que todos
ellos estn bien estudiados, tienen el conveniente parecido en el
retrato y ste es una bella pintura que califica de atinado observador y
de hbil artista a quien acert a trazarla.

En general, todava tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del
Sr. Gener, o ms bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra
ellas de cierta cautela, ms indispensable a los espaoles que a los
hombres de otros pases.

En Espaa, ya sea por nuestra natural condicin, ya sea porque
escribiendo para el pblico o siendo artista se llama menos la atencin
y se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros pases y, por
consiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que
llaman en francs la _pose_, la verdad es que entre nosotros la _pose_
apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modo
superficial y efmero y no con la honda tenacidad y persistencia que
suelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo esto
a fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la _pose_
mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda y
amistosamente, de que a veces toma dicha _pose_ muy por lo serio.
Vlganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque
en este caso es disculpa y aun plena justificacin la galantera. La
simptica y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y
misterioso atractivo; con l y por l seduce y hechiza, como si fuera
ms hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia
admirables, y su voz es argentina y simptica y tiene matices,
inflexiones y tonos propios para expresar toda pasin y todo
sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Su
andar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace,
todo est magistralmente estudiado y ejecutado con inspiracin y
destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o ms
bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien ms la elogie. En
lo nico que no soy eco y en lo nico que resulta la disonancia es en lo
que me parece afectada ponderacin; algo que veo en mi espritu como
trasladado a la vida real desde lo sofstico y aparente del teatro.
Cmo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar bien
a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard
leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de
desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios
profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la
misma emperatriz jams supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el
estilo hay en los escritores y en los artistas de todas las
nacionalidades, pero en los franceses se notan ms a menudo. El blanco,
al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a los
burgueses, mostrndose en vida, costumbres y hbitos, muy apartados de
lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en los
casos y accidentes ms ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, no
como seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta y
superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo un
concepto fantstico de las enormes dificultades de su arte, suponiendo
que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, en
ocasiones, el escritor o el artista que as quiere sealarse, incurre en
pueril pedantera o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard
asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se
atiborra de crnicas en griego, se traga el Digesto y hace de l una
buena digestin, y hasta interviene en el tejer de las telas con que han
de hacerle los trajes procurando que sean tejidos segn el estilo y
manera con que en la edad de Narsetes y de Belisario sola tejerse, yo
doy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienes
semejantes cuidados y esmeradas faenas refiere. Al hablar de todo ello,
debera empezar su discurso como el gracioso doctor de la pera,
exclamando: _udite o rustici!_

El ttulo del libro del Sr. Gener lleva implcita la justificacin
contra todo lo que pudiera decirse acerca del mrito relativo de los
personajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque
dichos personajes sean los ms egregios, sino porque han sido o porque
son _amigos y maestros_ suyos. Aun as, yo debo convenir y convengo en
que se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos al
Sr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia,
descollando en aquella nacin tan rica en ingenios entre los ms famosos
y aplaudidos. Tales son Bourget, Richepn, Taine, Renn, Littr, Claudio
Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-Vctor y Vctor Hugo.

Aunque yo no he ledo ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos
autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el
ms rendido homenaje de mi admiracin, poniendo sobre todos a Renn como
prosista, y a Vctor Hugo como poeta.

A veces he censurado yo en Vctor Hugo no pocas extravagancias,
pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de
estos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatra,
siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e
impetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasa y por su
destreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima,
Vctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores lricos y picos de
nuestro siglo, rico en poetas ms acaso que ningn otro de los siglos
pasados. Dentro del perodo que abarca la vida de Vctor Hugo conviene
no olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de Amrica y
en la misma Francia, el autor de los _Cantos del crepsculo_ ha tenido
rivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad y
excelencia, pureza y perfeccin de determinado nmero de obras, se le
anteponen y le eclipsan. As, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia,
y aun en nuestra pobre y hoy desdeada Espaa el glorioso cantor de la
imprenta y del levantamiento de las provincias espaolas.

Como quiera que ello sea, y con el debido y ms profundo respeto a los
personajes literarios y cientficos que el Sr. Gener retrata, declaro
que no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad
descomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar
el prximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima
de los que en el da visten y calzan y andan por esas plazas, calles y
campos.

A mi ver, ha habido bastantes pocas en la Historia en que la profeca
de ese advenimiento pudo estar ms fundada. Tomemos, por ejemplo, los
cien aos que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra
memoria Coln, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Surez, Victoria y
Domingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel ngel,
Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Coprnico, y otro
centenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias del
ingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y
doctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del
presente siglo, yo al menos lo entiendo as, se quedan tamaitos.
Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale ms y
tiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Los
modernos idiomas, balbucientes e imperfectos an en la Edad Media, se
desenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras en
varias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mente
humana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia las
cosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigedad clsica,
y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitacin engendra
nueva y original poesa, divinas creaciones artsticas, flamantes
sistemas filosficos y hbiles mtodos de observacin y de estudio para
interrogar a la naturaleza y al espritu humano y arrancarles sus ms
hondos secretos. En parangn de lo que hizo el siglo XVI, resulta
inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de
incluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes
como la Qumica y la Filologa comparativa, y descubrimientos tan
ingeniosos y tiles como los del vapor para fuerza motriz, la
fotografa, el telgrafo elctrico, el telfono y el fongrafo. Todo
esto vale e importa muchsimo, pero importa y vale muy poco cuando se
compara al transfigurado renacimiento del mundo antiguo y al
descubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se crey que iba a
surgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfecto
a quien llamsemos el superhombre, menos razn hay de creerlo ahora
porque Renn escriba la novela sentimental titulada _Vida de Jess_,
porque haya ferrocarriles y alumbrado elctrico, y porque se inventen
las mquinas de coser y las bicicletas.

Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropa y por mi amor a
todo progreso, me dejara convencer por los argumentos que el Sr. Gener
aduce, y creera, como l, que est prxima la aparicin del
superhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque
quisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espritu multitud
de dudas que me lo impiden, harto a pesar mo. Voy a poner aqu algunas
de estas dudas segn se me vayan ocurriendo. Y voy, adems, a presentar
varias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidad
ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabo
nos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, segn
a m me parece ms razonable y equitativo.

En primer lugar, yo me alegrara de que el ascenso del gnero humano a
gnero superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad
futura hubiese tambin, como en la humanidad presente, y en la debida
proproporcin, ineptos y aptos, torpes y hbiles, y tontos y discretos,
etc.

En el da, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nacin,
no ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado,
en que vamos todos, en el hipdromo de la Historia, aproximndonos ya a
la meta; y sera caso lamentable y necio que por llegar antes a dicha
meta los pueblos del Norte, viniesen de sbito a convertirse en
superhombres, teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya que
adelantar, sino que retroceder hacia _la animalidad_ o hacia la especie
inferior de que hemos salido, acabando por ser, con relacin al recin
aparecido superhombre, lo que hoy es el mono con relacin a nosotros.
Con esto no me conformo a pesar de todos los discursos del Sr. Gener y a
pesar de mi acendrado progresismo.

Se me dir que el que yo me conforme o el que no me conforme no es del
caso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.

Meditemos sobre su posibilidad.

Empezar por un distingo. Si por progreso se entiende el acumulado
capital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que las
generaciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y que
sin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a pie
juntillas. El ms obscuro bachiller del da sabe ms gramtica que
Homero; el ms humilde catedrtico de Instituto sabe ms Historia que
Herodoto; y de las cosas naturales, de sus afinidades, composiciones,
descomposicin y cambios, sabe ms que Hipcrates cualquier adocenado
farmacutico de aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cmulo,
que esa ingente cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo del
espritu de la humanidad, durante tres mil aos, haya logrado infundirse
en ese mismo espritu por tal arte que se haya hecho consustancial con
l, dndole valer y potencia superiores a los que antes tena. Cierto
que Homero, Herodoto e Hipcrates eran menos instruidos que Vctor Hugo,
Taine, Renn y Claudio Bernard, pero, a mi ver, valan muchsimo ms que
ellos. Por donde yo infiero que el tal progreso substancial y personal,
por cuya virtud ha de aparecer pronto el superhombre sobre la faz de
nuestro planeta, no ha dado paso alguno desde hace por lo menos cerca de
treinta siglos. Cmo he de poner yo en duda que Hegel saba ms
qumica, astronoma, zoologa, mecnica, historia, etc., que el propio
Aristteles? Y sin embargo, con ser Hegel tan original y poderoso
pensador, y con tener una tan fecunda y constructora fantasa y un vigor
tan sublime para sintetizarlo todo armnicamente, combinando lo real y
lo ideal y encerrndolo dentro de su idea, que eternamente se
desenvuelve, todava me parece Hegel pequeo cuando acerco la imagen que
de l concibo a la imagen colosal con que se representa en mi mente el
prodigioso maestro del magno Alejandro.

No ir yo hasta el contrario extremo del seor Gener, ni afirmar que
los hombres han degenerado. Me limito a presentar aqu, sin intentar
resolverla, una contradiccin que asalta mi espritu. Yo quiero creer, y
creo, que los hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial y
por naturaleza, ni ms ni menos que los de cualquier otro siglo; que por
la educacin y por la cultura, por lo que han heredado de sus mayores,
por el tesoro que han reunido durante siglos, y sobre el cual se
levantan como sobre un pedestal, los pensadores y escritores modernos
valen ms que los antiguos; que en determinado sentido, por la
divulgacin de los conocimientos, hay en el da ms gente que valga. Y
que en el da, no ya Napolen I, sino el ms torpe de los generales,
derrotara al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos o tres
caones Krupp; el atesta coronel Ingersol probara a Moiss su
ignorancia en qumica, en astronoma y en geologa, y que toda la
ciencia que haba estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, no
vala un pitoche al lado de la adquirida por l en las escuelas de
Boston; y que el ltimo maestro de escuela dejara absortos y turulatos
a Hesiodo, y tal vez al propio Pndaro, si se pona a explicarles que
los nombres son masculinos, femeninos y neutros, que pueden estar o
estn en nominativo, en acusativo, en dativo o en otro caso, y otras mil
verdades cientficas por el estilo, de las que es casi evidente que ni
Hesiodo ni Pndaro se haban percatado. Pero aqu surge la
contradiccin. De esa misma ignorancia, de esa falta de educacin,
digmoslo as, y de ese cortsimo saber de los antiguos, nacen en
nuestra mente el pasmo y la admiracin que nos infunden sus obras. Mas
que fruto de la reflexin y del estudio, nos parecen inspiradas,
reveladas y divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni la
ciencia que de antemano se adquiri en el aula, o que se toma de repente
y de prestado en un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemos
la espontnea y fresca lozana del propio ingenio, radiante de luz
interior, a par que maravillosamente ilustrado por el numen.

El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofa de la Historia, a fin
de probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer el
superhombre; pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofa, y
en ninguno la prueba de que dicha aparicin est cercana. Por el
contrario, en varios prrafos del ltimo captulo de su libro, donde
expone su doctrina, pinta con tan negros colores la sociedad del da,
que si nos allansemos hasta creerle, aseguraramos que el gnero
humano, en vez de adelantar moralmente, ha degenerado o se ha
pervertido.

La culpa principal de degeneracin tan lastimosa es, segn el Sr. Gener,
la errnea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr.
Gener nada ms absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tiene
razn, si se entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese cierto
modo nadie entendi jams la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde el
seor Gener crea l mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto de
derribarle con las lanzadas de su crtica.

El Cristianismo, segn el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de los
hombres en la abyeccin y en la miseria, y la Revolucin francesa y sus
ideas, ensearon y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a los
hombres todos, por lo alto, y considerndolos igualmente capaces.

La acusacin contra el Cristianismo me parece tan infundada como la
acusacin contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que est
en su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario que
sea, ha desconocido jams la desigualdad de los hombres, ni ha dejado de
advertir las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos y
altos otros; dbiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpes
muchsimos; y en lo tocante a inteligencia, agilidad y natural
disposicin para diversos oficios, artes y menesteres, se dan y se darn
siempre escalas de muchsimos grados.

La igualdad que el Cristianismo y la Revolucin coinciden en reconocer,
est por bajo, o mejor dicho, est antes que toda doctrina religiosa o
filosfica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana,
con los derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan,
con tal evidencia, que basta el sentido comn para que la reconozcamos,
si bien importa que la religin la consagre y que las leyes,
revolucionarias o no, la sostengan y amparen contra la violencia y la
injusticia. Igualdad tan justa no se comprende que pueda ser destruida
por la doctrina de la humanidad ascendente, que el Sr. Gener sostiene
con tanto entusiasmo.

En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado por
la pasin antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni en
la tierra, ni en la vida presente ni en la futura, reconoce el
Cristianismo que el necio y el sabio, y menos an el santo y el vicioso,
sean iguales, a no ser radical y esencialmente. Y entonces, esta
igualdad no est fundada en la vileza y en el menosprecio del propio ser
humano, sino en el altsimo concepto que hace formar de l el
Cristianismo, ensendonos que toda alma de hombre es imagen y semejanza
de Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios mismo y que es de
Dios tan amada que se sacrific por redimirla, y tan estimada, que quiso
unirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella se encierra. Sin
duda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige a Dios en
sus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica de
indigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que pueda
imaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa el
alma cuando se compara con un ideal supremo de perfeccin, de rectitud,
de bondad y de hermosura, trmino altsimo de todas sus aspiraciones y
blanco inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma alma
cristiana, no por los actos virtuosos que ha realizado, porque esto
sera faltar a la modestia, sino por la capacidad que en s siente y por
el noble destino para el que Dios la cri, se contempla y examina a s
propia, en vez de ser bajo el concepto en que se tiene, es tan sublime
concepto, que no se le aventaja el de ninguna criatura de las que ve o
puede ver, ni de las que imagina o finge, ni de las que por fe o
revelacin conoce. El alma de la ms cuitada criatura humana puede
elevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser divino;
puede subir al cielo y sentarse, como se sent Francisco de As, en el
trono en que se sentaba Lucifer antes de su cada. Arrepintase, pues,
el Sr. Gener de su declamacin contra la igualdad cristiana fundada en
lo miserables que somos. Si lo dicho es confesin de ruindad y de real
menosprecio de s mismo, _venga Dios y lo vea_, como vulgarmente se
dice. La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo en
potencia: en la potencia infinita que tenemos todos de ser llamados
hijos de Dios y herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y lo
que es en acto, como la igualdad sera absurda, desigualdad es lo que
hay, ya que unos son rprobos y santos otros; unos justos y otros
pecadores, y unos monaguillos y sacristanes y otros Abades mitrados,
Arzobispos y hasta Papas.

Sobre la igualdad democrtica, que tambin condena el Sr. Gener,
declamando contra ella suponindola rmora del progreso, harto llano es
hacer defensa parecida.

La igualdad democrtica, racional y discretamente entendida, no est en
el ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no se
ahogue ni se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, la
igualdad democrtica es justa y razonable en teora, y no sirven para
invalidarla los abusos y males que pueden nacer de ella. De qu no
pueden nacer males y abusos?

La ms clara manifestacin de la igualdad democrtica es el sufragio
universal. No refutar yo los mil argumentos que contra l se hacen: los
aceptar como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razn
poderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociacin de
hombres para determinada empresa, a cuyo buen xito concurren unos con
el capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia y
destreza en tal o cual arte u oficio, y otros slo con el rudo trabajo
de sus manos, el sufragio universal por igual sera absurdo, as como
tambin lo sera el igual reparto de las ganancias y provechos. Pero la
sociedad poltica, la ciudad o el Estado, es asociacin de muy distinta
ndole y propsito. Su principal fin es amparar a los hombres en el
libre ejercicio de sus derechos, reprimir toda violencia que los merme y
no poner la menor traba a la actividad benfica de cada individuo. En
esto no cabe la menor desigualdad entre los asociados. Casi estoy por
decir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana dos o tres pesetas
al da tiene el mismo derecho, y acaso mayor inters, que el capitalista
que goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno sea bueno,
atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y sobreviene la
ruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su fortuna
y siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en pas
extrao, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero se
morir de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal;
y mientras ms castizo sea l, y mientras ms propio y peculiar de su
patria sea el oficio que ejerza, mayor ser su miseria y su
desesperanza, pues no es llano ni cmodo emigrar a tierra extraa,
sobre todo con familia, en busca de trabajo y sustento. En vista, pues,
de la anterior consideracin, yo tengo por evidente que el pobre
ganapn, el obscuro y desvalido destripaterrones, est por lo menos tan
interesado como el Fcar o el Creso, en la prosperidad y buena
gobernacin de la repblica. Para el rico es esto negocio de mayor o
menor comodidad y de ms o menos exquisitos goces, y para el pobre puede
ser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetas
que antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la poca
eficaz beneficencia pblica en la tierra cuya riqueza foment con su
trabajo, y por cuya integridad y por cuya honra tal vez derram su
sangre.

Entindase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulacin
o lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, en
contra de la flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene el
seor Gener, y que se funda o cree fundarse en la egregia cultura de
aquella pequea parte de nuestro linaje, que, a lo que parece, es
humanidad ascendente y se acerca ya a formar ncleo o grupo de
superhombres.

La flamante aristocracia, o dgase la superhumanidad, no quiere el Sr.
Gener que surja por revolucin, sino por evolucin, siguiendo el camino
del progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buen
camino y nos hemos extraviado, no se comprende de qu suerte hemos de
llegar al superhumanismo por ms evoluciones que se hagan. Mala traza
tienen de entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel la
pintura que hace el seor Gener de la sociedad presente: Los ms
astutos, dice, escalando el poder directamente, o con la proteccin de
las leyes, amparndose del dinero, se han impuesto, y las sociedades hoy
gimen en una esclavitud mil veces peor que la antigua. Una piratera
mercantil, un feudalismo industrial han venido a afligir a la humana
especie con unos Gobiernos de nulidad, juguete de la bancocracia, que
protegen slo a los ineptos adherentes y dificultan el desarrollo de
todas las verdaderas fuentes de vida. El prosasmo ha _tronado en
soberano_ (sic): los valores han cado en poder de los malvados. Hoy
da, en general, riqueza es sinnimo de nulidad moral, de egosmo y de
mediocridad perfecta; a lo ms significa refinada astucia; en suma, una
cualidad criminal punible.

Si tan feos rasgos son exactos, si es as la sociedad presente, o bien
no vamos por el camino del progreso, o bien hemos cado, con el carro
que nos conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. No
veo, pues, que estn cerca el advenimiento y el triunfo del
superhombre, ya que, segn el Sr. Gener, son una caterva de majaderos,
criminales y bellacos los que triunfan, se encaraman y lo gobiernan
todo, mientras que los superhombres andan por ah desperdigados, con
poqusimo dinero, sin poder y sin influjo, y tal vez haciendo
observaciones y experiencias, y escribiendo librotes que casi nadie lee.
Y cmo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy, segn el Sr.
Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de esos
tos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pcaros, que, segn nos
cuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolucin hemos de
salir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estar
cerca, est lejsima; tardar millones de aos en amanecer. Ahora
comprendo lo que le tiempo ha en cierto libro de Sociologa, que me
hizo honda impresin y que no he olvidado nunca: La humanidad, dice el
referido libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido an.
Tratando luego de cuando nacer, y despus de larga investigacin y de
clculos sutiles, pronostica que nacer dentro de catorce mil y
quinientos aos sobre poco ms o menos. Y si la humanidad colectiva anda
tan reacia en nacer, yo recelo que la superhumanidad triunfante siga en
gestacin doble tiempo, y slo salga a luz, no ya dentro de ciento
cuarenta siglos, sino dentro de trescientos, si para entonces no ha
tenido nuestro planeta algn mal encuentro o tropiezo en la amplitud del
ter por donde voltea y va valsando, o si no le falta agua porque se
combine la que hay con sustancias slidas, o si no se enfra y apaga su
fuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por agujerearse y por
tomar forma de buuelo o de anillo, como el de Saturno.

Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a los
argumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rpido y
contra la persuasin de que estamos ya cerca de la meta. Y en este
supuesto, cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichoso
movimiento progresivo, en vez de ser la aparicin del superhombre, ser
el allanamiento y nivelacin de la raza humana, la igualdad aborrecida
por el Sr. Gener, y si no la imposibilidad, la dificultad mayor cada da
de que nadie sobresalga y descuelle.

Como no habr tiranos crueles e intolerantes, nadie podr ganar la palma
del martirio. Cada uno podr predicar y difundir la doctrina que se le
antoje, a sus anchas y sin peligro alguno. La supresin de los castigos
largos y dolorosos impedir que alguien se distinga por su resistente
energa para sufrirlos: los Rgulos y los Prncipes Constantes no podrn
reaparecer. Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo y
las ms bellas obras de misericordia no llegarn a ejercerse y se
olvidarn o quedarn atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua se
realiza y las guerras se acaban, adis virtudes blicas, grandes
capitanes y hroes valerosos. Descubierto y averiguado lo que queda an
por descubrir y por averiguar, todos seremos sabios y no habr peregrina
invencin que realce a un mortal con un centmetro de altura sobre los
dems mortales. Agotados y manoseados ya todos los asuntos picos,
lricos y dramticos, probados todos los sentimientos, y empleados para
expresarlos los ms naturales, sencillos y propios primores de estilo,
los prosistas y los poetas tendrn que repetir lo que ya se ha dicho, y
ser plagiarios o imitadores, exponindose por el prurito de ser
originales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces: a ser
_decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas y
naturalistas_. Con los escultores ocurrir lo propio, cuando pretendan
superar por nuevos senderos a Fidias y a Praxteles. Y los pintores, si
ambicionaran ser entre sus contemporneos prncipes o reyes de su arte,
como ya lo fueron en otra edad Rafael, Velzquez y Rembrandt, caeran en
los amaneramientos ms disparatados. En suma: la igualdad nacida del
progreso y de la difusin de la cultura, nos acosar a todos, y el que
no quiera someterse a ella, sino elevarse y lucir sobre sus semejantes,
llegar a volverse loco y pondr en cuanto haga el triste sello de su
locura.

Por dicha o por desgracia, este trmino del progreso est remotsimo an
y quizs no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad es
imposible. Slo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en la
marcha del linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximacin de la
igualdad, y no a que unos individuos desciendan del grado en que hoy se
hallan, y a que se conviertan en superhombres los individuos ms
selectos.

La civilizacin, al comps que crece, propende a nivelar a los
civilizados. Y esto en todo y para todos. El macedn Alejandro es cien
veces mayor y ms transcendente por sus actos que Napolen I. En el da
no se concibe la posibilidad del caso estupendo y nico de una ciudad
como Roma, que llega a enseorearse de ms de la mitad del mundo
entonces conocido. Hoy no se explican las rpidas conquistas de los
muslimes y la difusin del Imperio del Islam, desde la India y las
fronteras de la China hasta ms all por el Norte de los Pirineos, y por
el Occidente hasta las olas del Ocano, donde entr Ocba a caballo y la
cimitarra en la diestra para dominarlas en nombre del profeta Mahoma. Ni
menos se concibe cmo Corts, Pizarro y Jimnez de Quesada, cada uno
con un puado de aventureros, penetraron hasta el corazn de las ms
incgnitas regiones, derribando y apoderndose de Imperios populosos y
ricos. Hoy, por el contrario, los medios que se emplean son enormes; la
accin, desmayada y lenta; los resultados, mezquinos. Ms de 200.000
soldados y centenares de millones de duros, no bastan para domear a
unos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la civilizacin
niveladora _e igualitaria_ de que hemos hablado tiene de esto la culpa.

El desdoble del linaje humano en porcin de superhombres y en porcin de
menos que hombres o de hombres decados, que es una de las fases de la
profeca disyuntiva del seor Gener, no da indicios de que llegue a
realizarse. Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolera en
extremo quedarme entre los individuos de la humanidad decada: y tambin
me dolera, porque soy filantrpico, carioso y bueno, aunque me est
mal el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos,
dejando a tanto cuitadillo prjimo mo cayendo lastimosamente y
degenerando hacia la _animalidad_ primitiva.

Caso muy diferente ser, y satisfactorio para todos, si la otra faz de
la profeca es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sin
excepcin, se convierte en superhumano. Quiera Dios que as sea. De su
bondad infinita esto, y ms si cabe, puede esperarse, aunque el Sr.
Gener no lo profetice.

Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevas
observaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entonces
sera mi artculo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinar
mi esperanza, fijndola, arraigndola, cimentndola y no dejndola en el
aire para que el aire se la lleve, voy a poner aqu las principales
conclusiones que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a la
tesis del Sr. Gener y a su doctrina del superhombre.

El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desde
que tenemos noticia de l por la Historia, dista infinito de Dios, para
quien en Dios cree, o de la razn impersonal o de la _super alma_, como
la llama Emerson, para los descredos. En los tres o cuatro mil aos que
conocemos de historia, debiera advertirse que por sus pasos contados
vamos acortando esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todos
los inventos, adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, si
de acortar esta distancia se trata, como la cantidad de agua que un nio
sacase del mar con una escudilla para dejarle en seco. La mejora y el
progreso, adems, (pues no he de negar que los ha habido), vienen de
fuera y se sobreponen y no se adhieren a nuestro ntimo ser,
engrandecido l mismo y mejorado. Aunque ya lo he dicho, repito ahora
que, en mi sentir, Alejandro vale ms que Napolen y Aristteles ms que
Hegel, Pndaro o Isaas ms que Vctor Hugo, y Fidias y Praxteles ms
que Canova y Thorvaldsen. En todo esto hay negacin de progreso. El
superhombre era ms superhombre hace dos mil o tres mil aos que en el
da. La distancia, con ser infinita, que de la inteligencia soberana le
tiene separado, puede salvarse en cualquier poca, por favor del cielo,
por rapto de amor divino, por galardn precioso concedido a una singular
persona y que nada tiene que ver con el progreso. Lo que es como serie
de grados que nos acerque a la perfeccin, no se ve el camino que nos
conduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni casi con otros
seres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner jalones en dicho
camino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y substancial, entre
Dios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia. Despus de Dios,
se dira que el hombre es lo ms elevado que hoy se concibe y que se ha
concebido siempre. Todos los seres con apariencias de superiores a
nosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por medio de
conjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los arrojamos
de donde no conviene que estn; las slfides y las ondinas se mueren de
amor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religiones
suelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acuden
a valernos, a protegernos y a inspirarnos poesa, prosa y otros
primores; las hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas y
favorecen a las princesas y hasta a las fregatrices; los ngeles son
nuestra custodia y vienen a nosotros como embajadores y aun como
mandaderos; y los arcngeles, ya son paraninfos, ya a modo de escuderos
y guas que en nuestros viajes nos acompaan. A ver, pregunto yo, si es
lcito pedir o esperar ms, despus de alcanzar o de haber alcanzado
todo lo dicho?

En otras mejoras, que pudiramos lograr con el tiempo, noto yo que surge
en seguida la contradiccin. Pongamos por caso que se generalizase entre
los hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre las
mujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o la
Calpiga, y al punto los elegantes y aristcratas hallaran vulgar y
ordinario el ser as, y para distinguirse ya se deformaran el crneo,
comprimindole o llenndole de burujones, ya incurriran en otras
empecatadas extravagancias. Y pongamos tambin por caso que al fin se
arregla tan hbilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siempre
es castigado y la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podra
ocurrir nada peor. Entonces s que la virtud no sera sino un nombre.
Los cucos y los galopines, movidos por la segura recompensa, seran los
ms virtuosos; y cuando alguien, desdeando el propio inters, se
entregase a los vicios ms feos y perpetrase crmenes de marca mayor,
nos inclinaramos a creer, o bien que estaba loco, y que por
consiguiente era irresponsable, o bien que era una criatura de condicin
elevadsima, cuyas pasiones briosas y sublimes le impulsaban a
desprenderse del vulgar egosmo y a salirse fuera de la pauta comn en
que todos nos habramos encerrado.

En resolucin, y para no cansar ms, dir que no columbro por parte
alguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vez
contradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que el
superhombre sobrevenga. Pero, quin me asegura que sea mejor moralmente
que el hombre de ahora, y que no sea, con ms saber y poder, desmandado
y perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epgrafe,
considera posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero no
sern buenos, sino que sern descomedidos y feroces gigantes que no
dejarn ttere con cabeza, que se levantarn contra Dios, y tratarn de
arrojarle del cielo, y que de nosotros harn sus vctimas y sus
esclavos. Ya Swedenborg, cuando estuvo en el planeta Venus, vio y trat
a los hombres de all, y por lo que nos cuenta de ellos, y por lo
apurado que entre ellos estuvo, podemos calcular lo mucho que
padeceramos y el inmenso infortunio que vendra sobre nosotros si una
casta semejante, tan engreda, soberbia y poderosa, apareciese en este
globo terrqueo en que habitamos.

Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se me
acaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabe
tambin), que lo ms acertado y prudente es no desear ni esperar que el
superhombre sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y como
se han usado siempre, si bien enriquecidos, cada vez ms, con
invenciones ingeniosas, como la ya conseguida del alumbrado elctrico, y
como las que, sin duda se conseguirn, de dar direccin a los globos,
sacar en las fotografas los colores de la cmara obscura, y quin sabe
si llegar a alimentarnos con extractos y alambicadas quintas esencias,
sin esta grosera alimentacin de ahora, por la cual, al cabo del ao,
engulle cada hombre un montn de substancias, centenares de veces ms
pesado y voluminoso que todo su cuerpo. En fin, mucho, muchsimo se
puede inventar y mejorar an antes de que llegue el momento en que la
aparicin del superhombre se nos venga encima. Lo que es de las
habilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos escritos de Juan
Richepn, aunque yo los celebro porque me deleitan y me encantan, no me
atrevo a inferir que dicha aparicin est prxima.




LAS INDUCCIONES DEL SR. D. POMPEYO GENER


Entre las mil desventuras que afligen hoy a la madre Espaa, no es la
menor el prurito de remediarlas que se ha apoderado de multitud de
personas. Brotan de este prurito, como de abundante venero, arengas
polticas y sociales, artculos de fondo, novelas y dramas y no pocos
libros cientficos, o casi cientficos, que bien pudiramos calificar de
teraputica poltica o de _psicoiatra_ endmica. Y no se entienda que
condene yo el prurito, que es natural e invencible, ni menos el
resultado, que, si no llega a ser provechoso, es sin duda, o puede ser,
ya divertido, ya interesante. Y cmo condenarlos sin condenarme yo
mismo, que me he metido tambin a curandero escribiendo o dictando
modestamente algunas recetas? Lo que a m me desagrada, o ms bien me
asusta, no son las mismas recetas, ya pronunciadas, ya escritas, en la
tribuna, en el teatro, en los peridicos o en gruesos volmenes, sino
que la gente se apasione de lo que las recetas prescriben, mire en ello
la ms excelente panacea y se empee en aplicrsela a la patria enferma,
turbando el reposo de que necesita ms que de nada para convalecer y
recobrar la salud y el vigor antiguos.

De todos modos, los libros escritos y publicados ya, con el intento de
curarnos y de regenerarnos, merecen detenido estudio, al cual, si Dios
me da vida y buen humor, pienso yo dedicarme, no sin esperanza de
recoger algn fruto, de ilustrarme un poco y de contribuir tericamente,
ya que para la prctica estoy invlido, a la regeneracin deseada.

Por lo pronto, me limitar a indicar aqu varias dudas que se me
ofrecen, porque yo creo que en toda ciencia o en todo arte de medicina
lo primero ha de ser el conocimiento de la enfermedad, y lo segundo
hallar y aplicar el remedio.

La enfermedad permanece oculta a menudo, y slo se conocen sntomas,
fenmenos externos, visibles o tangibles, que son efecto y no causa. Y
si tomamos por causa el efecto, no nos exponemos a errar la cura? Tal
es la consideracin que me desalienta, que me retrae del oficio de
curandero y que me mueve a no dar mayor crdito que el que me doy a m
mismo a otros curanderos ms confiados.

Dir aqu, sobre el particular, lo que me inspira el sentido comn
precientfico y rastrero.

Quin no convendr conmigo en afirmar, como repetidas veces he afirmado
en otras ocasiones, que Espaa es hoy ms rica, sustenta ms gente,
cultiva mejor sus campos, tiene ms industria y comercio y puede
jactarse de poseer hijos ilustres, tan listos, tan bien hablados, tan
discretos y habilidosos como en cualquiera otra poca de su historia? La
decadencia, la postracin, la degeneracin, o como queramos llamarla, no
es, por consiguiente, absoluta, sino relativa. En el camino del
progreso, por donde van las naciones de Europa guiando y mandando al
resto del linaje humano, y esto desde hace veinticinco o treinta siglos,
Espaa se ha quedado ltimamente muy atrs, y de aqu el aislamiento
desdeoso en que nos dejan los que van delante, nuestra desconfianza y
el abatimiento tan propio en quien de s mismo desconfa.

Por algo a modo de violenta reaccin espiritual, hay momentos en que
para no estar abatidos nos ensoberbecemos ms de lo justo, ponderamos el
mrito de nuestros hombres y de nuestras cosas de los tiempos pasados, y
hasta llegamos a hacer la apoteosis, o al menos los ms superlativos
encomios, ya de esto, ya de aquello de los tiempos presentes. Entonces
calificamos de invicto al general que nos entusiasma; de ms elocuente
que Cicern y Demstenes a nuestro orador favorito; y al autor de la
comedia o del drama que hemos aplaudido de mucho ms sublime que
Shakespeare, cuyas obras por lo comn hemos tenido la precaucin de no
leer.

Por desgracia, este laudatorio entusiasmo se apaga pronto como fuego de
estopa, y postracin ms honda vuelve a enseorearse de nuestras almas,
contristndolas y humillndolas.

Hay cierta manera de discurrir de la que muchos sujetos no se dan
cuenta. Discurren sin percibir que discurren, y las consecuencias que
sacan suelen ser muy crueles. De la inferioridad patente, visible y
clara en los asuntos y casos de la vida prctica, deducen nuestra
inferioridad en cuanto hay de ms sustancial e importante en el ser y en
la vida de los pueblos. Pongamos un ejemplo que aclare y explique mejor
esta idea.

Figurmonos a una dama, hermosa y rica, que quiere vivir y vive en
Espaa con todos los refinamientos y primores que ahora se estilan. Esta
dama har venir de Inglaterra sus coches y sus caballos, y de Francia
sus tocados y vestidos. Tal vez, recelando que una cocinera espaola la
envenene, har venir de tierra extranjera, conformndose con la opinin
de un aristocrtico vate, a

    Cierto qumico excelente
    Que estudi y gan la borla
    En el _Caf de Pars_,
    De cocineros Sorbona.

Realizado todo esto, sobreviene fatalmente el discurso antes indicado.
Cuando aqu, discurrir la dama, ni se teje con el primor que en
Francia, ni se hacen coches como los ingleses, ni se cran tan hermosos
caballos, ni se confeccionan sombreretes y vestidos como en Pars, ni se
condimentan siquiera los sabrosos guisos que deleitan mi paladar, es
indudable que en otras tareas de mayor empeo y en otras producciones
ms altas no habremos de lucirnos. Me conviene, pues, desdear por que
deben tener poqusimo valor y ser muy _latosas_, como se dice ahora, las
novelas, las poesas y hasta las filosofas de mi tierra. En virtud de
tal consideracin, o la dama no tomar jams un libro en sus blancas y
lindas manos, o si despunta por lo literata o lo filsofa, traer
tambin de Pars su pasto espiritual, como trae sus primores, adornos,
elegancias y materiales regalos.

No se me tilde de delator. Yo no delatara ni acusara a la dama, si
ella sola pecase. Cul ms, cul menos, todos pecamos por el mismo
estilo. Tire la primera piedra contra la culpada quien se considere
inocente.

Profundas races tiene en nuestro suelo el rbol de nuestra antiqusima
y castiza cultura. Las semillas exticas, aunque sean alimenticias y
gustosas, y la mala hierba tambin venida de fuera, no ahogan dicho
rbol, ni cercndole y abrasndole le secan y le chupan el jugo todava;
pero ya empiezan a deteriorarle un poco. El galicismo de pensamientos va
invadiendo nuestras mentes ms de lo que debiera. No repruebo yo en
absoluto la imitacin; pero es menester que el recto juicio se adelante
a desechar lo malo y a elegir lo bueno para que despus se imite. Lo
lastimoso es que imitemos sin la mencionada previa seleccin, que toda
simpleza o extravagancia transpirenaica nos seduzca, y que nos dejemos
arrebatar por el entusiasmo sin que haya criterio razonable que nos
refrene.

Das ha que vive aislado quien escribe este artculo y sin prestar
atencin, por su vejez y sus enfermedades, a casi nada de lo que ocurre
fuera de Espaa, a las ms flamantes doctrinas filosficas, a la
direccin que toma y sigue la mayora de los espritus y a la corriente
de ideas y opiniones que informan la novsima literatura; pero lo ve
todo, retratado como en fiel espejo, en las producciones literarias
espaolas de ahora, sobre todo cuando presumen de contener o de ser
filosofa. Siempre condeno yo o deploro este remedo, esta carencia o
escasez de originalidad castiza; pero me parece difcil o imposible de
evitar que as sea, y absuelvo al escritor o al pensador en quien noto
esta falta. Cmo no cometerla aceptando el concepto que de la filosofa
generalmente se forma hoy? Y por qu digo se forma hoy, cuando debiera
decir que se ha formado siempre? Ya desde muy antiguo sonaba en las
aulas cierto familiar proverbio que he de atreverme a citar aqu, porque
viene en apoyo de mi aserto, aunque se vale de palabras nada bonitas ya
de puro vulgares. El proverbio dice: _La Gramtica con babas y la
Filosofa con barbas_, lo cual significa que en el orden dialctico
podr ser la filosofa el principio y el fundamento de todo saber; pero
en el orden cronolgico la filosofa es lo ltimo que se aprende o puede
aprenderse: es el firme asiento, el trono solidsimo y seguro donde la
reflexin pone o cree poner a la ciencia que experimentalmente y por
larga serie de observaciones y de anlisis ha adquirido y ordenado.

Muveme a decir esto la lectura de un libro reciente titulado
_Inducciones_, debido al notable y cultivadsimo ingenio y al elocuente
entusiasmo del Sr. D. Pompeyo Gener.

Mucho me complace coincidir con autor tan entendido en tener el mismo
concepto de la filosofa. Indiscutible es para m que no se filosofa
bien sin previo conocimiento emprico de aquello sobre que se filosofa,
y que cuando no filosofamos sobre algo, la filosofa tiene que ser vana
y mero juego de palabras vacas de sentido. Ahora bien: como desde hace
mucho tiempo, y sea por lo que sea, no nos hemos lucido los espaoles en
las ciencias de observacin y en el estudio de la naturaleza o del
universo visible, bien se puede inferir que la corona de dichas ciencias
y de dicho estudio, o sea la filosofa, o tiene que ser entre nosotros
anacrnica y fuera de moda, o hasta cierto punto tiene que ser
importada, como el telgrafo elctrico, la fotografa, el telfono, el
fongrafo y no pocas otras invenciones sutiles y pasmosas.

No se extrae, pues, que importemos en Espaa filosofa como importamos
las invenciones mencionadas. Conviene, no obstante, hacer una
distincin. Tomemos para ejemplo cualquiera de los precitados
artificios: el telfono, pongamos por caso. Su utilidad y su realidad se
hallan tan probadas, que no hay medio de que nos engaemos. Podr ser
que en la prctica seamos ms torpes, lo hagamos mal y resulten
inconvenientes; pero al fin y al cabo aprenderemos a telefonear. Yo creo
que ya hemos aprendido, y que en Espaa telefoneamos tan bien como en
cualquiera otro pas del mundo. Pero la filosofa, y perdneseme lo
rastrero y humilde de la expresin, es harina de otro costal: es asunto
mil y mil veces ms complicado y misterioso, y bien puede acontecer, y
a mi ver acontece, que tomemos por verdad la mentira, por realidad el
sueo y por razonamiento juicioso los mayores delirios.

Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con los
inventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no se
oponen unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice.
En las doctrinas filosficas, si las tomamos de aqu y de all, sin
mucho criterio, y nos empeamos en amalgamarlas, resulta o puede
resultar una mezcla desatinada e informe, un conjunto de ideas que se
rechazan y se excluyen. Algo de esto entiendo yo que hay en el libro del
seor Don Pompeyo Gener, por ms que me deleite leerle y aplauda el
fervor propagandista y filantrpico que le ha dictado, y la elocuencia,
el saber y el alto y claro entendimiento que en todas sus pginas
resplandecen.

Antes de criticar este libro, mal o bien segn mis fuerzas lo permitan,
pero sin prevencin adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Es
la primera, que me valdr slo de mi razn natural, colocando con mucho
respeto las creencias, adquiridas por educacin, tradicin y revelacin,
en una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas ms
tarde, si yo mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio tambin
en el arca para huir del diluvio de disparates que podr salir de mi
estudio, como el famoso diluvio de las aguas sali de las rotas o
abiertas cataratas del cielo.

Es la segunda observacin, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentre
en el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua el
valor esttico del libro ni se deshace el encanto que su lectura
produce. No necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha a
su sacerdote, baj furioso del Olimpo y mat a los aquivos a flechazos,
ni que Ulises y Pirro se escondieron en el hueco vientre de un caballo
de madera, para deleitarme leyendo las hermosas epopeyas de Homero y de
Virgilio.

Hechas tan convenientes observaciones, empezar tratando de lo que en el
libro del seor Gener me parece ms consolador y satisfactorio: la
afirmacin del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimiento
de que se vencern y salvarn los obstculos todos, y de que la
humanidad ir elevndose ms cada da a las regiones serenas de la luz,
del bien y de la belleza.

Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solan atormentar su
alma, el ms enrgico, inspirado y elegante de nuestros lricos, Don
Gaspar Nez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde el
referido convencimiento se manifiesta y brilla en imgenes y smbolos
maravillosos, revestido con todas las galas y adornado con todos los
dijes y primores de la poesa, y no por eso menos terminante ni menos
claro que si en prosa metdica y didctica apareciese expuesto. Aunque
en la noche obscura, en el tortuoso y spero camino y en la larga y
cansada peregrinacin, busquemos en balde reposo en las ruinas del
templo, y pidamos intilmente consolacin y fe a los monjes difuntos,
todava una fe ms radical y ms ntima persiste en el pice de la
mente, surge del abismo del alma y no nos abandona. Todava nos asiste
Dios, nos gua y nos conforta. Las ruinas no deben entristecernos ni
arredrarnos. No hay revolucin ni cataclismo que baste a derribar el
edificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni que pueda
conmover la base

    De la admirable catedral inmensa,
    Como el espacio transparente y clara,
    Que tiene por sostn el hondo anhelo
    De las conciencias, la piedad por ara
    Y por nave la bveda del cielo.

Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace,
desecha el hombre temores y dudas, dice _Sursum corda!_, prosigue con
valenta su camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no trmino,
porque no le tiene su anhelo infinito, lugar excelso de descanso desde
donde percibe, baado en la radiante luz de la verdad, el no soado
objeto de sus ms altas aspiraciones.

Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en sus
bellsimos versos, es la expuesta ms ampliamente por el seor Gener en
prosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo ttulo es _Evangelio
de la vida_, no publicado an por completo, pero del que su autor nos
comunica por lo pronto el prefacio y algunos magnficos trozos como
muestra o anuncio.

Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Nez de Arce, nada
tenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con no
pocas otras de diverso carcter y procedencia, y stas, o las negamos, o
aplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos en
cuarentena.

Quin ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropindose y
acumulando la esplndida herencia de muchas generaciones, custodiando en
los libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgndolo por medio de la
imprenta, y valindose adems de mil tiles o deleitables artificios con
los que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer ms cmoda, ms
amena y ms grata la vida? En este punto capital todos estamos de
acuerdo. Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos de
haber discrepancia.

No hemos de discutir aqu el transformismo de Darwin. Aceptemos, como si
lo hubisemos presenciado, como si hubisemos sido testigos oculares de
sucesos tan felices, que, en determinado momento, de sbito o con
lentitud, por evolucin suave o como se quiera, el mono de cierta clase
se transform en _antropoide_ o en _antropisco_, estpido y _alalo_
todava, y que un poco ms tarde, por procedimientos anlogos, el
_antropisco o antropoide_ adquiri la palabra, se solt a hablar y se
convirti en hombre hecho y derecho. Humanado ya, bien podemos cifrar
toda su ulterior historia en estos hermosos versos del ya mencionado
poeta:

    Adn cado o transformada fiera
    (Quin su origen conoce?) invent el hacha,
    Derrib el rbol, encendi la hoguera,
    Arranc al bosque sazonados frutos,
    Hizo la choza, desgarr el misterio,
    Mat los monstruos y dom los brutos
    Tras prolongada y formidable guerra,
    Erigi la ciudad, fund su imperio,
    Surc la mar y domin la tierra.

Y por ltimo, ya que no debamos citar aqu ms largo trozo de tan
admirable composicin, el hombre, despus de sorprender el rumbo de las
estrellas y de dar firmeza y duracin a la palabra fugitiva,

    Alas resplandecientes a su idea;
    Valor al dbil, libertad al siervo,

segn expresa el poeta valindose de una atinada parfrasis del famoso
epitafio de Franklin, consigui arrebatar

    A las entraas de la nube el rayo
    Y el cetro a la infecunda tirana.

Todo esto est muy bien. Quin no lo aprueba? Quin no lo aplaude? Lo
que yo no apruebo, lo que yo no aplaudo, aquello con que no me conformo,
porque si llegase yo a ser de los favorecidos me dara muchsima lstima
de los que no lo fuesen, y si no llegaba a ser de los favorecidos,
tendra yo grandsima lstima de m, lo cual casi es peor, es que se
_desdoble_ el gnero humano el da menos pensado, y elevndose unos a la
condicin de _super-hombres_, se conviertan los dems en _sub-hombres_ y
vuelvan a ser _antropiscos_, retrocediendo hasta el mono, o mereciendo
la calificacin de _superfluos_ con que el Sr. D. Pompeyo Gener ya los
designa, calificacin ominosa, anatema lanzado sobre ellos y que al
sacrificio y a la desaparicin los predestina.

Mi filantropa, mi piedad y la arraigada creencia de mi espritu en un
Dios omnipotente y misericordioso, me llevan a repugnar en toda su
brutal extensin y en sus crueles consecuencias eso que llaman la lucha
por la vida. Ya se arreglarn las cosas de suerte que, por mucho que se
aumente la poblacin, quepamos todos con holgura en este planeta y no
nos falten buenos bocados para alimentarnos, casas en que vivir y lindos
trajes con que vestirnos, salir de paseo e ir a las tertulias, a los
teatros y hasta a los toros, si este espectculo no se suprime por
brbaro en las edades venideras. De poco o de nada valdra el progreso;
el progreso sera espantoso sarcasmo si viniese a parar en ser slo para
unos cuantos: para la glorificacin y la bienaventuranza terrestre de
razas privilegiadas, que necesitaran someter a las razas inferiores o
tal vez exterminarlas, no bien se multiplicasen demasiado y no cupiesen
ya sobre el haz de la tierra. Abominable, perversa y sin entraas es la
tal doctrina, aunque la haya predicado Federico Nietzsche, apoyndose en
ideas y sentencias de aquel antiqusimo profeta del Irn, a quien
llamaron los griegos Zoroastro. El Sr. Gener adopta en parte la opinin
de Federico Nietzsche, y en parte la reprueba.

Vamos a ver si lo ponemos todo en claro.

Si en efecto llegase a aparecer el _super-hombre_, en lo que como
Nietzsche cree a pies juntillas el Sr. Gener, todos cuantos no
alcanzsemos la _super-hombra_, segn Nietzsche, que es poco
caritativo, caeramos en abyecta _animalidad_, seramos como esclavos
del _super-hombre_, y nuestra raza se extinguira al cabo por intil o
por nociva. Ocurrira con el hombre de ahora lo propio que, despus de
la aparicin del tal hombre, ha ocurrido con el _antropisco_, de quien
no se encuentran ya ni seales ni rastros, aunque los busquemos con un
candil o con la linterna de Digenes. Ms compasivo el Sr. Gener, me
parece o entreveo que se inclina a que el _sub-hombre_ o el _suprfluo_
se conserve y viva, bajo la tutela o protectorado del _super-hombre_
triunfante. Bien podr ste echarse a cavilar y hasta repetir el antiguo
proverbio: _cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, pon las tuyas
en remojo_. Las cosas no han de parar aqu: la evolucin no puede darse
por terminada. El progreso es indefinido. Nadie columbra la meta o el
trmino:

    Amplius et volvens fatorum arcana movebo.

En pos del _super-hombre_, por evolucin y seleccin surgir de su seno
el _archisuper-hombre_, el cual podr tratar tan desapiadadamente al
_super hombre_ como ste al hombre haya tratado. Y as sucesivamente sin
que se vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, _per omnia secula
seculorum_.

Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tenga
cuenta, si el _super-hombre_ ha de venir, vendr pese a quien pese. Ni
conservadores ni retrgrados podrn impedirlo. Sobre este punto
Nietzsche y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en lo
que disienten y en lo que Gener, en mi opinin, con muchsimo juicio,
enmienda a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filsofo,
el ms original y el ms estupendo que, segn asegura Gener, ha
florecido en la segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nacin,
sbdito alemn y profesor de Filologa clsica, no nos importa saber en
qu Universidad o Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania y
Francia, en la que Francia qued vencida. Y Nietzsche entonces, en
cumplimiento de las leyes, se vio obligado a tomar las armas y a ir a la
guerra. Antes de aquellos das Nietzsche apenas se haba distinguido;
pero, hallndose en el cerco de Pars, un casco de granada hiri y
derrib su caballo, y Nietzsche mismo cay por tierra maltrecho y con
una profunda conmocin cerebral. Afirman discpulos de Nietzsche que
esta cada del maestro fue semejante en sus efectos a la que tuvo San
Pablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que al recobrarse de la
cada, Nietzsche se convirti en otro hombre: apareci profeta, apstol
y, por ltimo, loco.

Recuerdo yo, no haber ledo, sino haber odo contar, en el aula del
Seminario donde estudi Filosofa, sin averiguar ms tarde en qu
autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el
doctsimo Cornelio a Lpide fue en su niez una criatura casi tonta o
insignificante por lo menos, pero que paseando un da por los
alrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse
en medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estaban
apedrendose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe
le trastorn y le modific tan dichosamente el encfalo, que, no bien
san de su grave y peligrosa herida, se convirti en uno de los ms
agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribi
luminosos comentarios del _Pentateuco_, y otras obras no menos tiles
que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por ltimo, muri en
Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algo
parecido. Opinan algunos fisilogos alemanes, dice Gener, que la
contusin que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del
mundo civilizado, fue, como la cada de San Pablo en el camino de
Damasco, el origen de su inspiracin y de su genio. Sea de ello lo que
se quiera, lo cierto es que su visin filosfica especial del Universo
se le desarroll tan slo despus de esta poca.

Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente _ario_, su visin
filosfica del Universo, su sistema se ajustara con exactitud al del
Sr. Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre
de Nietzsche haba no poco de mogol o de trtaro, producida tal vez
dicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de
Gengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turanes. La
verdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio,
procedentes ambos de atavismo: uno _ario_, y Gener acepta todo el
producto de este factor; otra _turan o mogol_ que mueve a Nietzsche a
ser desptico, cruel y sin entraas.

Es menester que aparezca el _super-hombre_. Cuantos obstculos se
opongan a su aparicin deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de
conmiseracin. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del
grande hombre, del _super-hombre_ en ciernes. Derrbense tronos y
altares, niguense como absurdas todas las religiones reveladas, y
anlense o derguense cuantas son las constituciones sociales y
polticas, si slo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha de
fundar su imperio la _superhumanidad_ futura. Nietzsche acepta el dolor,
el padecimiento, la conquista, la tirana ms ruda, si por tales medios
se abre camino para el advenimiento del _super-hombre_. Nietzsche gusta
en cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y considera
ridculo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante la
ley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que no
cree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega tambin la
distincin entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece una
disciplina _sub-humana_ y atrasadsima, y el deber que en la moral se
funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tiene
razn que le sobra, por qu Nietzsche se somete con gusto a toda clase
de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la
aparicin del _super-hombre_. Qu le va ni qu le viene con dicha
aparicin, si l no ha de ser el _super-humanado_, si l no ha de pasar
de un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poqusimo
dinero, con menos consideracin y campanillas, y terminando al cabo
porque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegacin del
asceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. Pero qu espera
Nietzsche para mostrarse y ser tan _abnegado_? El Sr. Gener y no
Nietzsche es quien est en lo firme. El _super-hombre_ ha de venir de
todos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajar
para que venga. Segn el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos,
pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el _super-hombre_ ya
vendr sin que le traigamos nosotros.

Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche
es ilgico, y es muy lgico Gener. Segn asegura Nietzsche, Jehov ha
muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega
a mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y
pomposo discurso, todava este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser
como si no fuera. Y negado un Dios personal y providente, cul ser el
fundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta
de la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable?
El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la
consecuencia: el mismo seor Gener explcitamente la saca. La
contradiccin est en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y se
muestra fervorosamente enamorado. Pero dnde est el objeto que de
tanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.

Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y
todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por
virtud de este amor, que es caridad, ama tambin a los hombres, hechos a
imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este
lazo supremo de comunin ntima, de hermandad y de unin amorosa de las
criaturas, qu razn hay para que amemos a nadie? No digo yo que
aborrezcamos; pero por qu hemos de amar?

El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prev que va a ser su
_Evangelio de la vida_, nos anuncia el imperio del amor en el mundo,
siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discpulos del
entusiasta y serfico Padre San Francisco de Ass.

Segn stos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya
herticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espritus ha
habido, hay y habr tres reinados: algo a modo de _turno pacfico_ para
las tres personas de la Santsima Trinidad. Como la letra con sangre
entra, el primero que rein fue Jehov, Dios seversimo, vengador y
tremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linaje
humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudades
enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que se
trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina es
Cristo, y con l la compasin y tambin el amor; pero un amor mezclado,
con mortificaciones, penitencias, ayunos, lgrimas, vigilias y hasta
azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero
afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer
reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Ser el
reinado del Espritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya,
sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo
deleite, holgorio e incesante _gaudeamus_.

El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa,
produce en el lector no pocas dudas. Hasta qu punto quiere el Sr.
Gener que mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser smbolo,
alegora, imagen o vana figura retrica? De todos modos, aun suponiendo
smbolo y no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en sus
magnficos cuadros, todava podemos y debemos nosotros escudriar en el
smbolo la oculta realidad que en l se encierra. Ahora bien: si es
cierto, como el Sr. Gener afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno,
que ste no es providente y que la verdadera providencia es la del
hombre, Nietzsche tiene razn, y no la tiene el Sr. Gener al aconsejar
al hombre que se divierta y no se afane porque el _super-hombre_
aparezca. Cmo ha de aparecer, si nosotros que somos la providencia no
le traemos?

El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el mal
le son indiferentes; que l se limita a producir la vida, y que si crea
flores, hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y trtolas
inocentes, mariposas y liblulas y lindos y pintados pajarillos que
melodiosamente trinan y gorjean, crea tambin tigres y hienas, araas
deformes, ponzoosos escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias y
prolfica multitud de microbios, causa de las ms asquerosas y
mortferas enfermedades. Tal es el Dios que habla con el Sr. Gener y que
le declara que no es para nosotros ni salvador ni providente. Nuestra
eficaz salvacin y nuestra verdadera providencia est en nosotros
mismos. A nosotros nos incumbe, segn asegura el Sr. Gener, por boca del
Padre Eterno que imagina, convertir el veneno en blsamo, el dolor en
placer, las espinas en rosas y los microbios patgenos en microbios
deleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no est bien que nos
crucemos de brazos y prescindamos de nuestra incumbencia. Nietzsche, por
este lado, tiene razn, y el seor Gener no la tiene; y, por ltimo, si
bien se mira, tampoco tiene razn el Sr. Gener en negar la providencia
de Dios, ya que Dios, en virtud de un plan sapientsimo, se vale del
hombre para vencer obstculos, para destruir el mal o convertirle en
bien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo posible.

Si no hay plan ninguno, no s por dnde podr afirmar el Sr. Gener que
hay progreso, mejora, advenimiento de _super-hombres_ y otras futuras
bienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y ms puede
afirmarse, el plan no es humano, sino divino. Qu ms alta providencia
de Dios puede concebir el Sr. Gener? Cmo imaginar que el plan es
humano? Cmo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiempo
sobre la tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que le
columbra, que le descubre, pero no que le establece.

No decidir yo que sea verdad o que sea mentira, pero s que nuestro
entendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido e
imaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchos
siglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nos
representemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instante
en que empez a girar en torno del sol hasta el da de hoy. A mi ver, es
idea en extremo potica e ingeniosa la de que los tomos, impulsados por
el prurito de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que,
una vez la vida creada, se vaya hermoseando, completando y
perfeccionando cada vez ms. Pero quin ha puesto en los tomos esa
inteligencia, que no tiene conciencia de que entiende, ese prurito
infatigable e infalible que crea la vida y que despus la mejora? Todo
ello se explica presumiendo al Dios que Nietzsche y Gener niegan, cuya
voluntad soberana y cuya suprema inteligencia lo preparan, lo gobiernan
y lo disponen todo. Sin l, jams podr concebir la mente humana, por
muchos siglos que emplee en la transformacin, cmo podr nacer lo ms
de lo menos, de lo que no se mueve lo que se mueve, de lo que no vive lo
que vive, de lo inconsciente lo consciente, y de lo que no entiende la
inteligencia. Todo ello es ms inexplicable, es ms contrario a la razn
que la ms ridcula de todas las mitologas, que la ms rudimental y
primitiva de todas las religiones. Y, por el contrario, no bien
afirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo en el
transformismo nos parece ms hermoso y ms conforme con la omnipotencia
y la sabidura de Dios que en cualquier otro sistema cosmognico. Es ms
antropomrfico y, por lo tanto, menos divino, entender que Dios arregla
el universo como el relojero arregla la mquina de un reloj, y que da,
por ejemplo, alas a los pjaros para que vuelen, ojos a los que ven para
que vean, y a los que entienden entendimiento para que entiendan, que
entender que Dios pone en la substancia, en la materia, en los tomos o
como queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un movimiento en
direccin segura, firme y sin posible extravo, por cuya virtud, el
anhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, los
ojos.

Repito que yo no afirmo ni niego la evolucin y el transformismo. No me
declaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar que
Darwin no invade los dominios de la metafsica ni de la religin,
diferencindose as de su infiel discpulo Haeckel, y ms an del Sr.
Gener y de Nietzsche. Ya Monseor Van Weddingen, en sus _Elementos
razonados de la Religin_, se expresa de esta suerte. La fe y la
ciencia de acuerdo podran aceptar un transformismo en el cual quedasen
a salvo la nocin de la causa creadora y la del alma espiritual y
libre. De aqu se infiere que hasta el catlico ms ortodoxo puede ser
darwinista, apoyndose en textos y sentencias de San Agustn, de Santo
Toms de Aquino y de otros Doctores y Padres de la Iglesia, segn lo
demuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y filsofo italiano
Antonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro titulado
_Ascensiones humanas_.

No se infiere, con todo, de la aceptacin de la doctrina del
transformismo, la seguridad de que ha de aparecer el _super-hombre_ el
da menos pensado. Lo ms que podr inferirse ser la posibilidad algo
remota de dicha aparicin. Por lo pronto, el super-hombre no se ve
venir. Al contrario, los adelantamientos morales y polticos, la
multitud de invenciones que hacen hoy ms cmoda y ms agradable la vida
y el inmenso cmulo de estudios, ya experimentales y de observacin, ya
tericos y especulativos, que se custodian en los libros y que la
imprenta divulga, hacen hoy ms fcil que un hombre cualquiera
descuelle, aunque diste muchsimo de ser _super-hombre_ y aunque tenga
menos valer moral e intelectual que los hombres de antao.

Cuantas sublimidades puedan ocurrrsele hoy a un poeta que ha estudiado
mucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara _super-hombra_ como la
que tuvo, pongamos por caso, all en las primitivas edades, el inspirado
autor del libro de Job o el _rich_ o poeta que compuso el himno del
Rig-veda, al _Dios desconocido_. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de ser
gentiles, no hallan monarca que valga ms que ellos en toda la
prolongacin de la historia. En puro y fervoroso amor a Dios, a los
hombres y a cuantas criaturas aparecen en el universo visible, ser
difcil que nazca ya quien venza y supere a San Francisco de Ass. Y si
Kant, Schelling y Hegel nos parecen profundos filsofos, abarcndolo y
explicndolo todo, an nos parece superior inteligencia la de
Aristteles por lo mismo que tena muchsimos menos medios de
informacin. Y lo que se afirma aqu de los individuos, con ms razn
puede afirmarse de grupos o colectividades organizadas. Qu ciudad
moderna, sin excluir a Florencia y a Pars, crea una cultura filosfica,
literaria y artstica, tan original y con tan pocos precedentes y
elementos exticos, como la de Atenas en tiempo de Percles? Ni qu
nacin, por ltimo, por dominadora y fuerte que sea en el da, podr
soar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo ms
que una ciudad se enseore de lo mejor del mundo, le dio leyes e idioma
y fund un Imperio que dur no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni en
Roma apareci el ncleo de los _super-hombres_, bien podemos esperar que
no aparezca en el da ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania,
ni en Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformmonos y contentmonos
todos con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstancias
momentneas (porque momentneas deben de ser dada la secular amplitud de
la historia), las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan y
hasta dominen a las otras.

En fin, all veremos cmo explica todo esto el Sr. Gener y lo que ms
claramente profetiza en su _Evangelio de la vida_, que aparecer por
completo en francs, y dentro de poco, y del que slo conocemos el
_Prefacio_ y tres odas o ditirambos elocuentsimos a la Soledad, a su
hermano el Silencio, y a la Noche, madre fecunda de ambos. Unido
amorosamente el seor Gener con la precitada Soledad, tendr de ella o
ha tenido ya un hijo, que viene a ser sin duda _el verbo de su
Evangelio_. El Silencio se le est criando, y, no bien est criado, el
Sr. Gener se le echar a la multitud para _desatontarla_, removindolo
todo.

Es tan curioso y tan potico cuanto el seor Gener anuncia, y lo anuncia
con elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casi
seducido, inclinndome a creer en el advenimiento del _super-hombre_ y
hasta a desearle, aunque me quede entre los _sub-hombres_ y los
_superfluos_; pero el ltimo artculo del libro del Sr. Gener viene a
desvanecer mi esperanza, a marchitar mi deseo y a derribar la fe en el
_super-hombre_ que empezaba ya a nacer en mi alma.

El ltimo artculo del libro del Sr. Gener, que se titula _El
hiper-positivismo_, debiera titularse _El hiper-negativismo_, porque lo
niega todo, echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber,
todo criterio de verdad, toda afirmacin de que exista algo. No se
contenta el Sr. Gener con que sea todo espritu, como quiere Berkeley;
ni con que sea todo materia, como quieren Bchner y Moloschot; ni con la
substancia nica de Spinosa; ni con que el tiempo, el espacio y la
inmensa cantidad de cosas que coexisten en el espacio y que se suceden
en el tiempo, sean ms que formas de nuestro sentir y de nuestro
entender, fantasmagoras sujetivas que no se sabe hasta qu punto
concuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr. Gener va ms
lejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega. Afirma
que hay representacin, pero no asegura que haya representado. Su duda o
su negacin es ms radical an. No destruye slo lo representado, sino
tambin el teatro en que la representacin aparece y al espectador que
la contempla. El Sr. Gener va ms all de Schopenhauer, que slo ve en
el universo representacin y voluntad. El Sr. Gener halla que la
voluntad est de sobra, que no es ms que apariencia. Todo queda, pues,
reducido a representacin, al ms completo nihilismo: a representacin
sin teatro, sin actores, sin espectadores y sin nada substancial y real
que sea representado.

Si despus de quemarse las cejas y de estudiar matemticas, fsica,
qumica, botnica, zoologa, antropologa y otra multitud de
asignaturas, que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente,
hemos de venir a parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi es
lo mejor no abrir un libro ni aprender cosa alguna. Todo es
incognoscible. Ya no nos atrevemos a figurarnos lo conocido como una
pequea isla en medio de un Ocano inexplorable e infinito que slo
pueden atravesar la imaginacin o la fe. La isla misma y hasta nosotros
los habitantes de la isla, caemos bajo el predicamento de lo
incognoscible: somos puros fenmenos; la substancia y la causa son
ficciones, palabras sin sentido. No hay ms que movimiento. La
electricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo es
movimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivos
y reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.

Qu nos queda que hacer en tan aflictiva situacin? Cmo nos
consolaremos despus de haber perdido toda la realidad? Pues nos
consolaremos con la poesa, con la msica y con las otras bellas artes.
De un modo pasivo, nos limitaremos a ser pblico y nos deleitaremos
asistiendo a la representacin. Y de un modo activo, seremos
comediantes, poetas o compositores de msica, y representaremos nuestras
peras y nuestros dramas. Tal es el punto final a que ha llegado el Sr.
Gener despus de todos sus estudios.

Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todava, es cmo ha de
gustarme la representacin ni cmo he de componer algo para que se
represente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. No
nos queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra,
ve, huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quin come, quin ve, ni
quin vibra, ni qu es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo es
incognoscible, y hasta podemos recelar que no exista. No slo el
_super-hombre_, sino igualmente cuantos hombres existen o han existido
y de quienes el Sr. Gener nos habla, arios y turanes, polacos y
mogoles, romanos y griegos, no pasan de ser una mera representacin.
Carece, pues, de fundamento y de verdad cientfica todo cuanto el Sr.
Gener nos cuenta en los dems artculos de su libro sobre historia de
las religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a poesa, segn el mismo
Sr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo yo para terminar que,
considerando su libro como poesa, es digno del mayor aprecio. Es
elocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime, y tan rico
siempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de clara y
bien ordenada exposicin de las ideas de otros, que sugiere, despierta y
suscita en cualquier espritu, aunque sea pobre e infecundo como el mo,
tan grande tropel de pensamientos y tan enmaraada madeja de
raciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no me
aquietara yo con escribir este artculo, sino que escribira una
docena, y an se me quedara mucho por decir. Pero no lo digamos y
qudese en el tintero para no hacer interminable este escrito.




LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS

SOBRE LAS ODAS DE D. EDUARDO MARQUINA


Mucho podr decirse en pro y en contra de las _Odas_ del Sr. D. Eduardo
Marquina, pero no que son un libro insignificante. A m me dan no poco
en que pensar, suscitando en mi espritu ciertas contradicciones
filosficas o antinomias esttico-morales, que no acierto a resolver y
que voy a exponer aqu sin rodeos y con franqueza.

Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su _Epstola a los Pisones_,
la virtud docente de la poesa. Por ella se muestran los rectos caminos
del vivir, los orculos dictan sus sentencias, se levantan los muros de
las ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetndose a leyes
sabias y justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesa tan
singulares alabanzas, nos cita la rara afirmacin de Demcrito
sosteniendo que es menester ser loco para ser poeta, y que es expulsado
de Helicon quien est en su cabal juicio.

Ajsteme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdnese lo vulgar de la
frase. Cmo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestra
gua y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiende
si consideramos la tal locura como frenes divino, como furor sagrado
que el estro infunde, clavando su aguijn agudo en el pecho del vate.
Este, posedo entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muy
superior al vulgar, revela misterios y abre a nuestros espantados ojos,
en la amplitud luminosa de un horizonte ideal, la sucesin ordenada y
prescrita de los futuros casos.

Yo me conformara y me aquietara con esto si todos los poetas que
pronostican, que ensean o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero,
como no lo estn por desgracia, me hunden en un mar de confusiones. As
es que exclamo all en mis adentros: quizs estn locos, verdaderamente
locos, y sean con su locura perjudiciales a la repblica. Por eso Platn
los desterr prudentemente de la suya, ya fuese por precaucin, ya
fundado en el refrn que reza: el loco por la pena es cuerdo.

Hechas las anteriores reflexiones, todava en vez de ver claro este
asunto le veo obscuro y contradictorio.

En el bello elogio que hace Enrique Heine de nuestro egregio compatriota
el Rabi Jehuda ben Lev de Toledo, despus de ponderar las altas dotes
de aquella alma, llega a suponer que el mismo Dios al crearla, la bes
prendado de su hermosura, y que el eco del beso divino resuena con
inmortal resonancia en los versos del vate toledano. No es de
maravillar, por lo tanto, suponiendo a Jehuda ben Lev tan
sobrenaturalmente favorecido y amado, que Heine le proclame rey del
reino del pensamiento y rey, por la gracia de Dios, inviolable e
irresponsable. A nadie sino a Dios tiene que dar cuenta. El pueblo, dice
Heine, podr matarnos, pero no puede juzgarnos nunca. De esta suerte
pone Heine la obra verdaderamente potica por cima de todo humano
criterio y proclama con su genial desenfado la irresponsabilidad de los
poetas. Veamos nosotros en qu sentido y hasta qu punto menos
desenfadadamente tal irresponsabilidad puede y debe ser entendida.

En qu consiste que a veces no nos enamore ni hechice lo que el poeta
niega o afirma, ordena o prohbe, encomia o censura, sino la manera
elegante, sincera y enrgica de afirmar o de negar y de expresar la
censura o el encomio?

Quintana y el duque de Fras, pongamos por caso, retratan a Felipe II
con los ms opuestos rasgos y colores y propenden a infundirnos las
ideas y los sentimientos ms contrarios sobre la religin y poltica de
los espaoles del siglo XVI y sobre las causas de la elevacin y de la
decadencia de nuestro pueblo; pero nosotros nos deleitamos y nos
entusiasmamos casi por igual con los versos del uno y del otro poeta,
ora estemos de acuerdo con el duque, ora con Quintana, en juzgar al
vencedor de San Quintn y de Lepanto, ora cortemos por camino que nos
parezca ms recto entre los dos extremos que ellos tocan.

Hemos de inferir de aqu la completa indiferencia de la doctrina que
expone la poesa, con tal de que la poesa sea verdadera y que la
doctrina se exponga con y por la gracia de Dios? Esto sera llevar hasta
sus ltimos lmites la negacin de que los poetas ensean, y declararse
decidido partidario del arte por el arte. Ms an se fortalece en mi
espritu este modo de pensar, cuando examino las obras de poetas acaso
dems valer y ms radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tres
italianos contemporneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. No es raro
fenmeno que nos encante el himno sacro a _La Pentecosts_, lleno de
profunda fe catlica y de la viva esperanza de que la religin de Cristo
es la definitiva religin de nuestro linaje, informando y causando todo
su progreso y mejora; que nos encante tambin la oda _A las fuentes del
Clitumno_, cuya inspiracin es enteramente contraria, saludando con
jbilo el poeta a la humanidad que supone regenerada porque reniega de
creencias que la envilecen y adopta algo a modo del gentilismo antiguo;
y que nos encanten, por ltimo, no ya las esperanzas catlicas de
Manzoni, ni las esperanzas gentlicas de Carducci, sino la desesperacin
sublime y el pesimismo de Leopardi, que niega a Dios, o le llama con
espantosa blasfemia _feo poder que impera oculto para dao de todas las
criaturas_?

Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenmeno. Voy a ver si
atino a exponer aqu en cifra el resultado de mis cavilaciones.

Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesa es como el
fundamento mental de las matemticas y de la dialctica. Hay en el alma
humana ciertos primeros principios, evidentes por s, inconcusos e
indemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye la
ley del pensar y la ciencia del clculo. Y no es la tal idea puramente
sugetiva, mera forma o condicin de nuestro entendimiento, sino que por
fe irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantos
seres superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun en
la misma mente suprema, ha de residir la idea misma aunque ms
ampliamente desarrollada, abarcndolo y penetrndolo todo y baando en
su pura luz lo infinito y eterno.

La tal idea, por desgracia, aunque est en nosotros, slo est limitada
y como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera de
nosotros, sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotros
suponemos que existe o sobre las ideales construcciones del pensamiento
puro. De aqu que no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universo
todo, que cuanto es o puede ser, sea como nosotros lo percibimos o lo
imaginamos; pero ya imaginado o percibido, o dgase dado el supuesto,
todo se encadena, y compone un conjunto armnico de verdades dentro de
nuestro mundo ideal, si bien no se adecue tal vez ni responda con
exactitud a la realidad del mundo que est fuera de nosotros, del que
sabemos poqusimo y del que tal vez tenemos noticias equivocadas por
ministerio de los sentidos.

No responde el gemetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro el
slido que le presentan, ni de que sea crculo o tringulo de esta clase
o de aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de la
exactitud de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones,
dado el supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad,
las letras del problema que ha de resolver, sino responde slo de que
el problema est bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbe
luego o ha incumbido antes determinar el valor de cada letra. As,
siendo la resolucin del problema verdadera y siempre la misma, bien
puede en la prctica, descendiendo a la realidad de las cosas, tener
multitud de diferentes resultados.

Ser la poesa, me pregunto yo, algo por el estilo: creacin hermosa,
verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la
realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto
fue por lo menos incompleto?

A mi ver, entendiendo as la poesa, tienen explicacin y disculpa no
pocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se
dijeran, pareceran absurdas o abominables y podran llevar a su autor
en una sociedad algo severa a la prisin o al manicomio.

La culpa de todo ello estriba, a lo que a m se me alcanza, en que la
poesa, cuyo objeto es la manifestacin de la belleza en una forma
sensible, slo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos
real, elemento en que cabe error o mentira. De aqu la ventaja que la
msica, arte primogenia, lleva a la poesa, arte secundaria. La msica,
en la perfeccin de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar
nada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin ensear ni
amonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.

Toda la antedicha meditacin, expuesta a escape para, no pecar de
prolijo, ha valido para aquietar mi espritu, despus de leer las _Odas_
de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrpulo de conciencia, que
me parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no
obstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, es
menester no tomar por lo serio, en la realidad prctica, la virtud
docente de su poesa. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su
_Prometeo encadenado_, supusieron que Jpiter se veng de sus blasfemias
ordenando a su guila que desde lo sumo del aire dejase caer una enorme
tortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva del
glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por lo
serio las _Odas_ de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con los
poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.

Con tal limitacin bien puede afirmarse que las _Odas_ tienen algo a
modo del _Prometeo encadenado_, de Esquilo, y algo tambin, sin que las
aceptemos como profecas, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis
del Aguila de Patmos.

Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo deja
mucho que desear, y que el mal fsico y el mal moral no escasean sobre
la tierra, yo tengo por seguro que las cosas estn en nuestra edad menos
mal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede
es que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos
individuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida
colectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones de
unos pueblos con otros pueblos. En esto ltimo ni asomo se ve de
generosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, los
poderosos humillan y tiranizan a los dbiles y los grandes saquean,
asesinan y devoran a los pequeos. De tamaa discordancia, de tal
desequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside a
las relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que la
iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlo
todo, no con lentitud y con calma, sino con rpidos y violentos
trastornos.

Ignoro, y no pretendo investigar aqu, de qu doctrinas filosficas,
religiosas o irreligiosas, sociales y polticas, expuestas en prosa por
pensadores extranjeros, o de qu exaltadas composiciones poticas,
venidas de otros pases, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo
Marquina. Claro est que no tiene principio en l el impulso que le
mueve. Claro est que hay una corriente de pensamiento en la que l se
ha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad
ni desvanece su carcter propio. Vate apocalptico amenaza con
destruccin y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares y
los tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene el
orden, ms o menos digno de censura o ms o menos capaz de lenta
modificacin y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendr
despus de la pronosticada revolucin radical se columbra confusamente o
ms bien se desentraa o se descubre a travs de los smbolos y de las
imgenes colosales, y en las figuras alegricas que va creando y
mostrndonos el poeta.

A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni
jueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros ser Papa, rey, juez, obispo
y sacerdote de s mismo. No s de fijo si las grandes ciudades con sus
palacios, monumentos y fortificaciones, debern ser arrasadas, segn el
programa; pero en lo que no cabe la menor duda es en que sern arrasados
los templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de
Burgos, de Toledo y de Sevilla en Espaa, tengan que convertirse en
ruinas para que no se rece en latn, que ya casi nadie entiende, y para
que en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz y
venga a animarlos la vida. Los chivos, segn afirma el poeta, brincarn
sobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de los
fundadores egregios; las cabras se encaramarn sobre los altares y en
los camarines y hornacinas, y las vacas mugirn y se tendern a la larga
en el coro y en otros lugares ms venerandos. El nuevo templo estar en
la cumbre de los montes; los pinos sern sus columnas y su cpula el
cielo.

A la nueva faz que tomarn todas las cosas ha de preceder cierta
universal conflagracin de amor, tan vagamente descrita, que no acierto
yo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagracin
ser en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruir
con materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea,
sobrevendr despus de la destruccin algo por el estilo de lo que los
milenarios fantaseaban. La humanidad ser feliz y vivir en deliciosa
anarqua y en perpetua huelga. No habr nueva Jauja ni nueva Jerusaln
que baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta ms de lo rstico
que de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe
para nuestro regenerado linaje sern campestres: una candorosa bacanal,
un idilio enorme.

A pesar del tema constante que presta unidad a las _Odas_, no puede
negarse que el poeta acierta a evitar la monotona y que hay bastante
variedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos
estn bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es
casi siempre la percepcin que el poeta tiene de lo grande y de lo
hermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propio
sentimiento suyo con maestra y sobriedad vigorosa.

Aprobemos, pues, las _Odas_ de D. Eduardo Marquina. El poeta es
irresponsable, porque sus teoras se realizan, no en el mundo real, sino
en los espacios imaginarios y en un tiempo fantstico tambin. Mis
escrpulos de conciencia renacen a pesar de todo. No podr ocurrir que
el poeta haga dao sin querer, que sea contagioso su delirio y que la
gente adopte su programa como realizable en la prctica? Las _Odas_ en
este caso seran espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el
orden social vigente en el da.

Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobacin que
nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobacin
hasta que demuestre en otro artculo que no hay el menor peligro en
aprobar las _Odas_, porque la virtud purificante de la poesa convierte
el rejalgar en triaca.




LA PURIFICACIN DE LA POESA

SOBRE LAS ODAS DE D. EDUARDO MARQUINA


En la poesa hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo
entenderla con todo, como he odo decir que la entenda Goethe. Tal
modo de entenderla es sobrado egosta. El poeta, por ejemplo, siente
ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan
perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no slo consigue
sanar de la mana del suicidio, sino tambin que le aplaudan y se
admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha
sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoar a
los que sin precaucin le tomen y lean y producir una abominable
epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la
virtud purificante de la poesa. Su legtima y santa virtud purificante
lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.

En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos,
refinados traidores, monstruos de iniquidad podrn aparecer en el drama
o en el poema pico, pero en el pecado llevarn la penitencia, y la
reprobacin universal ser su castigo. Ha de entenderse adems que los
crmenes y los horrores representados en una obra potica no deben tomar
la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende
hoy lo que llaman _naturalismo_. El deleite esttico no se dara
entonces. Al contrario, tendramos un grave disgusto. Quin puede
deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcn
desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de
pualadas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de
tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto
muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte:
no purifica la compasin y el terror, como quera Aristteles. Ser
cuadro ms _vivido_, como se dice en el da, pero de arte perverso y
vicioso. El Laoconte ceido y oprimido por las serpientes est mil veces
ms lejos de lo real que la figura de cera representando a Catn con las
sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancndose las
entraas. Tal modo de conmover con la imitacin exacta y brutal de las
cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Slo los menos que
medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrn lo dice: _a mal
Cristo, mucha sangre_.

En la poesa lrica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la
epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice
o hace, que su irreligin, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teoras
antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o
demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se
ahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de
romper los diques y soltar el torrente de su inspiracin apasionada; y
digo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la
serenidad del nimo para describirnos la pasin propia y los propios
extravos, se pone l como modelo en quien los tales extravos y la tal
pasin ejercen su deletreo influjo, y acaso producen mil y mil
desventuras. Entendidos de este modo, los ms audaces raptos lricos son
ejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.

Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los ms endiablados poetas que en
estos ltimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la
menor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanas y le
pide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente
haciendo dichoso a Baudelaire, _Las flores del mal_, que as se titula
el tomo de sus versos, seran muy peligrosas, pues no habra de faltar
quien quisiese entregarse tambin al demonio dndole culto para
conseguir las mismas o mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo
contrario. Baudelaire es el _autontimoromenos_ por excelencia, el rigor
de las desdichas, el que se castiga y atormenta a s propio como el ms
cruel de los fakires de la India. No bastndole ser l su verdugo, acude
al demonio y se vale de l para inspirador y colaborador de los
refinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. Quin,
por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tan
horriblemente desgraciado? _Las flores del mal_ son, pues, muy
moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado como
revulsivo. En menor escala son revulsivos tambin los versos
quejumbrosos de multitud de poetas contemporneos que nos pintan el
horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a
causa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el
tal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer
cuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras.
Espronceda, en una de sus ms populares composiciones, se nos presenta
en una orga bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige ms
insultos que piropos, y mostrndose desesperado, negndolo todo, sin
creer y sin esperar nada sino _la paz de los sepulcros_; pero el poeta
nos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Supone
que tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir el
conocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable en
el que es insania el mero propsito de investigar y de descubrir algo.
El remedio, en esta ocasin, casi nos parece peor que la enfermedad.
Por qu ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? Por qu ha de
coincidir el poeta con quien invent en prosa esta clebre frase: _la
funesta mana de pensar?_ Por qu, desde el empleo de nuestras ms
nobles facultades en el estudio de la metafsica en general, y
singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable
descenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin
regocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como de
precito?

Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas mis
contradicciones, y viendo en la poesa sincera, por absurda que la
juzgue el prosaico y rastrero sentido comn, innegable y alta enseanza,
la cual estriba en la purificacin, as de la compasin y del terror
trgicos, como de otras pasiones, errores y desvaros.

Lo que importa para que la poesa sea buena y legtima es, por
consiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la natural
sencillez que no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada se
sienta, ni se piense, ni se diga con afectacin para aterrar a los
burgueses, para alcanzar la originalidad por la extravagancia, para
seguir la ltima moda de Pars o para imitar novedades germnicas, rusas
o suecas. No hay peligro ni inconveniente en desatinar por cuenta
propia. Me jacto de haberlo demostrado. El inconveniente y el peligro
estn en la admiracin cndida de los extranjeros y en remedar, acaso
desmaadamente, lo que los extranjeros piensan o dicen.

Si no creyese yo que en las _Odas_ de don Eduardo Marquina se revelan
muy envidiables prendas de poeta lrico, no hubiera disertado tanto con
ocasin de su lectura.

Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuanto
en ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeo de
superar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar,
como en el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de las
imgenes delata el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hasta
en los ms eminentes poetas, hasta en el mismo Vctor Hugo, un
amaneramiento _barroco_. Cuando lo sublime corre sin freno, suele
tropezar en lo ridculo y caer en la caricatura.

Qu no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance y
se despee por los ms extraviados vericuetos? _Barroca_, caricaturesca
es la oda titulada _El monstruo_. Pero, quin no se divierte leyndola
y poniendo en duda si el poeta habla con toda seriedad o re o se recrea
componiendo una alegora satrica llena de chiste?

El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos opuestos
instintos y propensiones. Una cabeza es como de hipoptamo, y no aspira
sino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otras
delicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipoptamo, hay otra
cabeza de guila en que duermen

    los grandes pensamientos de los dioses.

La horrible situacin para el monstruo procede de esta doble y
antittica naturaleza. Lo que hay en l de hipoptamo no logra gozar con
sosiego de las cosas materiales, y lo que hay en l de guila pugna en
vano por levantar el vuelo y subir a las regiones etreas. El guila y
el hipoptamo se contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorban
y se perjudican, todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quiere
menos bien de lo que pudieran hacerlo. Disgustos, rabietas, lgrimas y
furores sin fin, por consiguiente. El monstruo, adems, se desacredita y
se hace odioso a cuantos seres existen. As es que exclama lleno de
angustia:

    ...............devoro
    un ultraje perpetuo de los mundos
    y un eterno desprecio de los cielos.

Qu resolucin adopta el monstruo para salir de tan abominable
conflicto? La ms tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabeza
de guila, que es agudo y recio, perfora el crneo del hipoptamo y se
consuela _sorbindole los sesos_.

Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolucin o
independientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejor
cariz, los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe su
flamante apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie de
animados cuadros. Segn l, la miseria que nos rodea es la noche

    que precede a las grandes claridades.

El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardar en llegar.
El poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan a
la fiesta y contribuyan a su lucimiento.

Por convidado me doy yo tambin, pero recelo mucho que los preparativos
de la fiesta han de ser enredosos y difciles. La fiesta tardar, pues,
en realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podr asistir a ella a
pesar del convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante y
ameno. Pero francamente, yo le hallara mucho mejor si el Sr. D. Eduardo
Marquina, en quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta,
emplease menos el acicate y mucho ms el freno al dirigir a su Pegaso, y
slo llevase a las ancas cuando cabalga en l a su propia Musa, legtima
y castiza, y no a la aventurera venida de tierras extraas y cuyo
prurito de llamar la atencin la induce a vestirse a menudo con
vestiduras un poco extravagantes y con extico amaneramiento. No estar
de sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo Marquina cuide con mayor
detencin y esmero del aseo y alio de su Musa cuando la saque a relucir
nuevamente.




DON CRISTBAL DE MOURA

PRIMER MARQUS DE CASTEL-RODRIGO


I


El libro cuyo ttulo nos sirve de epgrafe, no puede menos de llamar
poderosamente la atencin por varios motivos. Es un trabajo histrico
llevado a cabo con esmerado tino y con la ms infatigable diligencia
para allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntos
obscuros y darnos idea exacta y justa de los sucesos ms importantes en
la historia de nuestra Pennsula desde la conquista de Granada hasta el
da de hoy.

Realzan el mrito del libro los pocos aos de su autor, que no ha
cumplido an los veinticuatro de su edad, y que se ha empeado en
realizar una empresa llena de grandes dificultades, en mi sentir
insuperables algunas de ellas.

Una narracin histrica, lo mismo que un poema y lo mismo que una
novela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de accin en su
conjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajes
que figuran aparecen en segundo o tercer trmino y como esfumados para
que el hroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda y
atraiga y fije las miradas y persista en el pensamiento de los lectores.
Tal debiera ser la vida artsticamente escrita de todo personaje
clebre. Tales son las que escribi Plutarco en la edad antigua, y las
que entre nosotros ha escrito recientemente Quintana.

Esta condicin, con todo, era imposible de cumplir, dado el asunto
elegido por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personaje
o el hroe cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.

D. Cristbal de Moura, hidalgo portugus, que a la edad de catorce aos
entr en calidad de menino al servicio de la princesa doa Juana,
conquista la estimacin, la confianza y el afecto de aquella egregia
seora, la sigue desde Portugal a Castilla, desempea por su mandado muy
difciles comisiones y muestra en todo rara discrecin y singular
destreza y tino. El prudente rey Don Felipe II reconoce entonces la
capacidad y el valer del servidor de su hermana y se aprovecha de tan
altas condiciones, empleando a aquel hidalgo portugus en los asuntos
ms arduos. Hbil y dichoso D. Cristbal de Moura, los desempea a gusto
y satisfaccin del soberano, y es delicado, fino e inteligente
instrumento de sus artes polticas y de su prudencia cautelosa.

En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realizacin, por
desgracia harto poco duradera, de la ms alta aspiracin patritica de
los espaoles, D. Cristbal de Moura interviene con pasmosa y feliz
eficacia. Ms que a la pericia militar del gran duque de Alba, y ms que
al formidable ejrcito que conduca, se debe acaso a la buena maa y
sutil diplomacia de don Cristbal la unin de Portugal y de Castilla, y
sobre todo, que esta unin se lograse con poca violencia, sangre y
estrago, hacindose as apta para contraponerse al poder disolvente de
los malos gobiernos ulteriores, adormecer y calmar la enemistad
inveterada entre castellanos y portugueses, y conseguir que al menos
durase sesenta aos la unin de ambas naciones, a pesar de nuestra
rpida y lastimosa decadencia.

La accin de D. Cristbal de Moura es evidentsima en todo esto y su
evidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relato
que hace el Sr. Danvila, ilustrndole con gran copia de documentos, no
pocos de ellos desconocidos e inditos hasta ahora y sacados de los
archivos.

D. Cristbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento de
superiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digmoslo
as, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidad
queda obscurecida y eclipsada por las de aquellos prncipes y seores
que intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, y
cuyos caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan ms nuestra
curiosidad y llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayor
atractivo. La princesa doa Juana y el rey prudente Don Felipe se
interponen casi de continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D.
Cristbal. Hasta los personajes de tan corto valer moral e intelectual,
como el rey cardenal D. Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato,
descuellan por el pedestal en que estn colocados, y por la posicin
social que ocupan, y tapan tambin a D. Cristbal de Moura.

No digo yo lo que antecede en son de censura contra el libro del Sr.
Danvila. No acierto yo a concebir cmo el libro hubiera podido
escribirse de otra manera; cmo su autor hubiera podido relegar a
segundo trmino al rey Don Sebastin y la catstrofe de Alcazalquivir;
la cada de una nacin tan heroica, casi en el momento de su maravillosa
expansin y de su mayor auge. No era dable que el autor reprimiese su
deseo de pintarnos detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en el
fondo a tantos y tantos importantes personajes, a fin de que apareciese
en primer trmino, sin apartarse de nuestra vista y como centro y
principal objeto de todo, D. Cristbal de Moura, a quien, sin embargo,
es menester confesar que se debi ms que a nadie el buen xito de la
unin de Portugal y de Castilla y que esta unin fuese menos violenta y
mucho ms durable de lo que hubiera podido temerse y de lo que, sin
duda, Felipe II tema.

El Sr. Danvila escribe sobre una de las pocas en que es ms difcil
para el historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contar
y no para probar. La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, es
porque consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a los
personajes, y narrar sus actos tales como fueron, dejando a los lectores
que juzguen, califiquen y fallen.

A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que un
historiador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos,
no logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelista
es el mtodo que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojo
a los personajes de su novela, tontos o discretos, malvados o
bonachones, dbiles o briosos, y luego por ineludible dialctica los
mueve a que lo digan y lo hagan todo en consonancia con lo presupuesto.
En cambio el historiador ni crea a sus personajes, ni posee una llave
mgica para penetrar en su corazn, para escudriar los aposentos de su
cerebro, y para descubrir y mostrarnos sus intenciones, sus sentimientos
y sus propsitos. Todo esto tiene que inferirse de lo que cada personaje
dice y hace: induccin, en mi sentir, muy sujeta a engaos, por donde se
ha dudado y se ha disputado siempre no poco sobre el valer moral e
intelectual de muy clebres figuras histricas.

Sobre D. Cristbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa.
Hbil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su arte
de cortesano perfecto y de negociador discretsimo, y su flexibilidad y
su paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmente
resplandecen en el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humor
del rey D. Felipe y conserva y acrecienta la confianza que le ha
inspirado. Pero, como ya hemos dicho, en el extenso cuadro trazado por
el Sr. Danvila, D. Cristbal queda, y no puede menos de quedar, relegado
a segundo y a veces a tercero o cuarto trmino. El cuadro encierra casi
toda la historia de Espaa y de Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante las
figuras sobresalientes y conspicuas de D. Juan III, la reina doa
Catalina, la princesa doa Juana, el mismo emperador Carlos V, el duque
de Alba, el rey D. Sebastin, Isabel de Valois, el prncipe D. Carlos, y
en fin, el propio rey don Felipe, el discreto hidalgo portugus no puede
menos de resultar obscurecido. En bastantes captulos del libro apenas
se le nombra: a veces se presume pero no se asegura que sale a la
escena. Quien est siempre en ella presente y activo es el rey D.
Felipe.

El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez ms el concepto que
yo tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y despus de su
muerte, se han lanzado las ms duras acusaciones y las ms apasionadas
injurias, sin que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, ms
hipcrita o ms desalmado entre multitud de otros monarcas, prncipes y
magnates del Renacimiento. Felipe II era la propia bondad, la dulzura y
la mansedumbre personificadas, sinceramente religioso y amante de su
patria y modelo de reyes paternales, si le comparamos con Juan II de
Portugal, apellidado el prncipe perfecto, con Luis XI de Francia, con
Catalina de Mdicis y sus hijos Carlos IX y Enrique III, con Enrique
VIII e Isabel de Inglaterra y con no pocos otros que pudieran citarse,
sin excluir acaso a su padre el Csar.

Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II se
atribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carcter y en
los actos de su vida que ms le ensalzan e ilustran: en la guerra sin
tregua que hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese el
alto principio que informaba, diriga y daba unidad a la civilizacin
europea. Si para lograr este fin se vali de la Inquisicin, quem
herejes e hizo no pocas otras atrocidades e insolencias, muy mal hecho
estuvo; pero dnde fueron entonces los prncipes y los gobiernos ms
clementes y humanos? Ni en calidad ni en cantidad pueden compararse las
vctimas sacrificadas por Felipe II a las que sin Inquisicin se
sacrificaron en Alemania, en Francia o en Inglaterra. No fue menester,
por ejemplo, de la Inquisicin de Espaa para el suplicio de Vanini, de
Bruno, de Miguel Servet, de Toms Moro y de Mara Estuardo. Si
hicisemos la exacta estadstica de todos los herejes quemados vivos en
Espaa, acaso sera menor su nmero que slo el de las brujas y brujos
que en Alemania fueron quemados. Demos gracias a Dios de que ya no se
quema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera puede ser ya
impunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los espaoles del
siglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de ms fanticos y crueles que
a la dems gente de su poca.

Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezan
mis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relacin
del Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento poltico que
el rey D. Felipe mostr en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeos
tortuosos, lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse de
Portugal y a someter la completa extensin de nuestra Pennsula bajo su
dominio. Tantas idas y venidas, tantos embajadores o emisarios
diferentes, ya simultneos, ya sucesivos, frailes, santos, grandes de
Espaa y jurisconsultos, que ya se movan de acuerdo, comunicndose sus
impresiones, ya se recataban unos de otros por orden del mismo rey, ya
se entendan directamente con ste, ya unos con un secretario y otros
con otro, porque el rey recelaba de todos, todo esto, me pregunto yo:
era indispensable, para apoderarse de Portugal sin gran violencia y sin
ofender demasiado a los portugueses? Se debi entonces a la rara
circunspeccin del rey la tan deseada unin ibrica o se debi a que la
ocasin era propicia: a que _estaba de Dios_, como vulgar, sabia y
cristianamente se dice?

No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escrito
que est el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos da
de personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmaraados
rodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchos
portugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir la
guerra y la efusin de sangre, y sin embargo, no logra anular al Prior
de Crato ni apoderarse de l, ni evitar que se rebele, y necesita
sofocar la rebelin con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen a
evitarse los abominables desafueros de un ejrcito invasor casi siempre
mal pagado y famlico en Espaa y en aquel siglo, aunque le mandasen
caudillos de tanta autoridad y energa como el duque de Alba y Sancho de
Avila.

Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estos
sucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente y
ladino, o si hay ms razn para calificarle de vacilante, indeciso y
enrevesado en los medios y hasta de pesado y de engorroso, si se me
permite lo familiar y bajo del vocablo.


II


Cada cual ve las cosas a su manera. La historia ensea poqusimo. Nunca
es bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacer
valederas y legtimas las comparaciones. Atrevmonos, con todo, a
comparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africa
por los marroques, muerta all la flor de su heroica nobleza y de sus
valientes soldados, poco poda resistir a la ambicin de un monarca que,
para hacer valer su derecho hereditario, era seor de vastsimos reinos
y provincias y estaba al frente de la nacin espaola, preponderante
entonces en Europa. Si hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe el
testimonio de nuestra admiracin porque se _anexion_ a Portugal,
digmoslo as, valindonos del verbo que hoy est en moda, qu pasmo,
qu asombro, no debe inspirarnos, el rey Vctor Manuel con su Cavour y
con su Garibaldi, cuando, despus de tomar el Milanesado por mano de
franceses y por mano de alemanes el Vneto, prncipe poco antes
derrotado y multado por Austria, se atreve a derribar y derriba varios
tronos, sin excluir el temporal del Papa, se apodera de Npoles y de
Sicilia y funda la unidad de Italia, aspiracin secular jams cumplida
desde los tiempos del rey brbaro Teodorico?

Aunque la comparacin se me rechace, negando la paridad de las
circunstancias y alegando el muy diverso carcter de las pocas, todava
inclina un poco el nimo a tener por algo problemtica la habilidad del
rey Don Felipe. Su circunspeccin pecaba de minuciosa. Tal vez
dificultaba sus empresas la abundancia de medios que empleaba para
darles cima. Algunos de estos medios eran intiles: otros
contraproducentes o perjudiciales. Sirva de ejemplo la misin, embajada,
o como quiera llamarse, de fray Hernando del Castillo al desdichado rey
cardenal D. Enrique. A qu poda conducir sino a mortificar el amor
propio, a ofender y agriar al pobre monarca portugus el desvergonzado
sermn de aquel buen fraile para persuadirle de que no deba contraer
matrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana, pero no debe
confundirse con la insolente grosera. E insolente y grosero anduvo el
fraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y escandaloso
que sera su casamiento, lo intil porque era incapaz de consumarle, y
lo peligroso porque bien podra la seora reina dar al trono herederos
cuya legitimidad hubiera de negarse.

Como D. Cristbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impoltico
sermn de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dicha
ocasin, as como en algunas otras, venci en prudencia a su augusto
amo.

Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la poca
del mayor valer de Espaa, sobre los prncipes que dirigieron sus
destinos, salvo los Reyes Catlicos. Bien supieron stos con mano de
hierro dominar la anarqua, aunar las fuerzas de la nacin y dirigirlas
y ordenarlas todas a su mayor engrandecimiento. En aquella labor se
emplean sirvindoles, varones eminentsimos en las artes de la paz y de
la guerra: grandes capitanes, aventureros audaces, navegantes y
misioneros, astutos hombres de Estado, sabios jurisconsultos y telogos;
y, por ltimo, para que la elegante brillantez corriese parejas con el
encumbramiento poltico, gloriosos y fecundos poetas e inspirados
artistas.

El fermento de decadencia y corrupcin, antes que en el pueblo, apareci
en la dinasta. En la dinasta casi desde el principio se advierte. La
locura, poetizada y llamada _de amor_ en la reina Doa Juana, se dira
que como afeccin nerviosa, ms o menos latente, se transmite por
herencia a casi todos los individuos de la familia, hasta que se
manifiesta por ltimo con todo el carcter de notoria imbecilidad en el
rey Don Carlos II. Por muy simpticos, heroicos o virtuosos que sean
algunos personajes, siempre se trasluce en ellos algo, y a veces mucho,
de insano y desequilibrado. El prncipe Don Carlos y el rey don
Sebastin se parecen en esto, como buenos primos hermanos. La misma
princesa, madre de Don Sebastin, tiene no poco de extrao y de
misterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser sin duda cuando
inspir amor tan ardiente al prncipe su marido, que a separarse de
ella prefiri la muerte. Contra el parecer de los mdicos, muri el
prncipe en los brazos de Doa Juana. Y sin embargo, esta seora era tan
austera y esquiva, que no consenta que le vieran ni el rostro. Tapado
le tena cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallndose
ausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de que
hablaba con ella, se descubra con rapidez, preguntaba si era la
princesa Doa Juana, y no bien contestaban que s, volva a taparse.

Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los prncipes de aquella
familia, el ms juicioso y razonable, el que ms am a su patria y el
que procur su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fue
el rey Don Felipe. Ya que no por el rpido vuelo de la inteligencia y
por la pronta energa de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso por
la constante solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos de
creerle yo hipcrita, le creo convencido con perfecta buena fe de que
era el representante de Dios sobre la tierra y de que el nuevo pueblo de
Dios era el de Espaa. Considerndose Don Felipe encargado de cumplir la
misin civilizadora de este pueblo, fue el campen de la Iglesia
catlica, y bajo sus auspicios, desplegando hasta mayor generosidad que
con Espaa con los pases sometidos, ya el mismo monarca, ya sus
vasallos imitndole, protegieron las ciencias y las artes, erigieron
monumentos, fundaron templos, palacios y establecimientos piadosos y
favorecieron, en vez de reprimir, todo progreso, toda mejora material y
toda teora o sistema cientfico o filosfico que no se opusiese al
dogma revelado, oposicin entonces harto menos frecuente que en el da.
Porque en el da el mismo empeo con que muchos se valen de la ciencia
como de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los que son
de la fe defensores y se dira que centuplican sus catorce artculos.

Ello es lo cierto que con aplicacin y estudio sera fcil demostrar que
en el siglo XVI apenas hubo audacia cientfica o filosfica, condenada
en otras naciones, que a pesar de la Inquisicin no hallase acogida
entre nosotros: sistemas de Coprnico y de Galileo, transformacin de
las especies, generacin espontnea, seres racionales distintos de la
prole de Adn y de los ngeles, y en suma, cuanto a un escritor o
pensador se le ocurriese soar, probar o dar por demostrado, como no
transcendiera a judaizante, morisco, luterano o calvinista. La ulterior
decadencia intelectual de Espaa no nace, pues, de la compresin del
pensamiento por los inquisidores. Otras causas tuvo. Su investigacin es
ardua y prolija.

Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamos
en el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artculos y
a D. Cristbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a l y
recordmosle.

Despus de su campaa diplomtica en Portugal, D. Cristbal, colmado de
honores y mercedes, llega a la cumbre del crdito y del valimiento cerca
de su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posicin, no le
valieron slo su discrecin y rara aptitud en los negocios, sino tambin
su celo, su decidida lealtad y su profunda y sincera devocin al
prncipe a quien serva. Nunca dieron mayor razn de s ni brillaron
tanto estas prendas como durante la ltima, lenta y penosa enfermedad
del mencionado rey, a quien asisti D. Cristbal, desvelado y solcito,
hasta el instante de su muerte. Menester fue, sin duda, que D. Cristbal
tuviese salud de bronce, voluntad firme y extraordinario vigor de alma y
de cuerpo para resistir la fatiga, dominar el asco y no amilanarse ante
el horror de la espantosa escena que presenci y en que tom parte
durante cincuenta y tres das. En la estancia modesta, al lado del
presbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor y el magnfico
templo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado por D.
Cristbal, pas los referidos cincuenta y tres das en martirio tan
cruel, que apenas pareca posible que pudieran resistirle fuerzas
humanas. La entereza pasmosa con que sufri el rey sus males y la nunca
turbada y serena majestad que conserv en medio de ellos, exceden a la
capacidad de la ms acendrada virtud estoica. El mismo Job queda
eclipsado por el rey Don Felipe. Jams hubo de exclamar ste, como el
piadoso varn de Hus: _perezca el da en que nac y la noche en que se
dijo: concebido ha sido un hombre_. El rey, sin embargo, padeci tanto o
ms que el patriarca de Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron.
Bien puede asegurarse que el rey crey que tanto tormento fue prueba y
no castigo: no anticipado infierno o purgatorio, sino crisol candente
del oro de sus virtudes. No se me ocurre que al rey le remordiese la
conciencia pensando en los que haba hecho morir por razn de Estado, en
cumplimiento de un deber y para bien de la religin, de la patria y del
humano linaje. Ni menos le remordera la conciencia por haber excitado
con sus consejos y amonestaciones a la matanza de la noche de San
Bartolom, ni por haberse holgado de ella extremadamente, escribiendo a
la reina Catalina: _bien ha mostrado Vuestra Majestad lo que tena en
su cristiano pecho!_ Slo se explica la serena majestad del rey en aquel
duro y largo trance por el claro convencimiento que de su dignidad
tena, sin que pudiera menoscabarla ningn dolor ni ninguna miseria, y
por su conformidad perfecta con la voluntad de Dios, conformidad que en
cierto modo endiosa el alma de quien la adquiere, convirtiendo las ms
acerbas penas y la ms lastimosa humillacin en deleite y en gloria.

Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazn de los tumores no le
deformaba, era slo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores se
vaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. El
muladar de Job haba sido ms limpio que el lecho inmundo del seor
absoluto del mayor imperio que hasta entonces haba habido sobre la
tierra. Con la hmeda podredumbre de las lceras, se pegaba a las
sbanas el cuerpo del rey. Asquerosos insectos parsitos devoraban en
vida su carne, y corran bullendo por toda ella. Hedor insufrible
llenaba aquel recinto. Cirios encendidos patentizaban su lobreguez y su
tristeza. Le santificaban las ms preciadas reliquias que para consuelo
del rey se haban trado. Y el atad abierto, que aguardaba para recibir
al rey, estaba all junto a su cama para que el rey le contemplase.

Tremendos son los pormenores de aquella lenta agona, relatados por el
Sr. Danvila, as como por Cabrera de Crdoba y por otros historiadores.
Baste aqu lo expuesto en resumen.

D. Cristbal de Moura, hasta que el rey exhal su ltimo suspiro, goz
de su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio donde
se guardaban los ms ntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvila
que D. Cristbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menos
curioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. Para qu queremos
saber ms de lo que ya se sabe?

El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchos
otros papeles que se hubiesen conservado y que descubrisemos y
estudisemos, no cambiara en lo ms mnimo. Sus admiradores exageran en
demasa sus talentos y su aptitud poltica. Y en demasa tambin sus
enemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas,
aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en que
la razn de Estado propenda a justificarlo todo. Porque siendo la moral
harto menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana,
los llamados a dirigir los pueblos se crean realmente seores de vidas
y haciendas. El fin, ms que hoy, justificaba entonces los medios. En el
pensamiento de los hombres de aquella edad el xito lo justificaba todo.
Menester era, pongamos por caso, de la pasin patritica de Gngora
cuando cant la Invencible Armada, para que llamase a Isabel de
Inglaterra

    Reina no, sino loba
    libidinosa y fiera.

Los que escriban en prosa, sin prevencin y con la franqueza del
sigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran
reina. D. Juan de Silva, en una carta poltica dirigida a D. Cristbal
de Moura, habla as de aquella digna rival de Felipe II: Los cuarenta y
dos aos que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo,
sern en su gnero la cosa ms notable que se halle escrita, porque no
teniendo ms ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, ha
salido con hacerse amar y temer en su reino ms que todos sus
predecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigos
de Francia y Espaa, reinando en la mar como en la isla, cortando
cuantas cabezas le podan dar estorbo, y la de otra reina entre ellas,
paseando con sus navos el mundo a la redonda y bailando y danzando como
si no hubiera tenido que hacer.

En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la
reina, sino profunda admiracin al buen xito de sus empresas: envidia
casi, no porque Felipe II hubiera sido ms cruel y ms tirano, sino
porque fue menos hbil.

La vida de D. Cristbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr.
Danvila, se extienden aun algunos aos por el reinado de Felipe III.

No se me alcanza bien por qu el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D.
Cristbal harto cado y desatendido por el nuevo monarca. Natural era
que hubiese entonces _turnos pacficos_, como los hay ahora, aunque
durando muchsimo ms cada vuelta. Natural era tambin que el nuevo rey
tuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltacin y reconocimiento
de mritos que D. Cristbal cay nadie de la privanza. Los favores
regios vinieron sobre l en aumento de su estado y de su casa. Don
Cristbal fue, por ltimo, el primer virrey que Portugal tuvo, a
despecho y con envidia de prncipes y de grandes seores que hubieran
querido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristbal desplegar las ms
raras dotes de talento y de carcter para sostener su crdito y su
importancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duque
de Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.

Prolijo sera exponer aqu en compendio los actos de D. Cristbal en el
virreinato y los dems sucesos de su vida hasta que lleg a su trmino,
y con ella el libro del Sr. Danvila.

Libro es este de grandsimo inters, rico en noticias curiosas y en
nuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya slo para quien
empieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el ms curtido
y avezado en este linaje de estudios.

No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece
imposible prescindir para componer una mera biografa. Por eso suele
ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no
lo ponga, como aditamento al nombre del hroe y completando el ttulo,
ora _y su tiempo_, ora _y su siglo_, aunque ni el tiempo ni el siglo
quedase muy descabalado o muy inexplicado si el hroe mentalmente se
suprimiera.

De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el
gnero a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta
y brillante promesa adems de otros sazonados frutos que el ingenio y la
laboriosidad del autor han de producir en adelante.




EL ESPECTCULO MAS NACIONAL


I


Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado
recientemente con el mismo ttulo que damos a estos artculos, un libro,
tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.

En ms de seiscientas pginas que el libro contiene, entiendo yo que
est dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y
que est contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio
del mencionado arte se refiere, desde sus orgenes, que van a perderse
en la noche de los tiempos, hasta el da de hoy, en que sigue
floreciente y en auge, sin que necesite ni pida _regeneracin_, como
otras artes, cosas y personas.

Casi imposible, al menos para m, que me considero incapaz de tamaa
empresa, sera exponer aqu en resumen, con claridad y orden, lo ms
importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el seor
conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera
enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y
discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en Espaa, tal
vez antes de la fundacin de Cdiz y de la venida de Hrcules fenicio,
que erigi sus columnas, no s si en Calpe, o en Avila, o en ambos
cerros.

No hay personaje histrico que haya toreado de quien no nos hable el
seor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Per, y hasta el
muy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.

Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado
toros para solemnizar algn suceso fausto y aumentar el regocijo
pblico, estn mencionadas en el libro del seor conde con
escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que
hubo en el ao de 1144 en Len para celebrar las bodas de doa Urraca,
hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para
obsequiar al rey D. Alfonso XII.

Demostrado con toda evidencia deja el seor conde que el espectculo ms
nacional en Espaa es el de las corridas de toros. Demuestra adems con
gracia, discrecin y abundante copia de razones que las tales corridas
no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no
pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra
ellas en pocas distintas. Los que ms se han sealado y extremado en el
siglo presente por su reprobacin de los toros han sido el ilustre don
Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don Jos
Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqus de San Carlos.
Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra,
en mi sentir, completa victoria.

Como quiera que sea, as los partidarios como los enemigos de las
corridas de toros, no podrn menos de deleitarse y de instruirse con la
lectura del libro de que aqu damos cuenta. Toda persona de buen gusto y
aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertir
de seguro y adquirir multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin
sentir nunca cansancio ni hasto. Esta es la mayor alabanza que podemos
dar y que damos con sinceridad y satisfaccin a la flamante obra del
conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la repblica
literaria, as por otros trabajos de erudicin como por sus cuentos y
novelas.

Otra alabanza, no obstante, merece tambin el libro del seor conde, que
yo consignara aqu aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable
que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y
aun para mucho que yo dira y que me callo, receloso de fatigar a los
lectores.

El libro del seor conde de las Navas es muy _sugestivo_. Quin, al
leerle o despus de haberle ledo, no siente invencible deseo de hacer
examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de
declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de
exponer los argumentos en que se apoya su reprobacin o su aplauso?

Dejndome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aqu mi
opinin, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con
independiente juicio y sin previa inclinacin de ningn lado.

Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropa o dgase
contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal
es la primera cuestin. La respuesta es clara, pero no puede darse sin
distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en
la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prjimos nuestros.
Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las
vidas de nuestros prjimos se exponen ms an, no podemos menos de
considerar inocentes, o si se quiere poco _nocentes_ las corridas de
toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres,
que entra en la jaula en que ellos estn, los fascina con su mirada y
los doma y amedrenta a latigazos.

El acrbata que en lo ms alto del circo, salta de un trapecio a otro
trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun
mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la
vida, ms an que el que se lanza a la arena del circo, sereno, gil y
fiado en su arte, a luchar con el toro ms bravo. Y todava es menos
filantrpico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se
piensa en la educacin con que cada cual es menester que se prepare. La
gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta
con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y
diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere
nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que
procura adquirirlas a la dislocacin o a la rotura de los rganos y
aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que
naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de
manera inslita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen
otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan
por lo antinatural del ejercicio y ms an por la perversa preparacin
que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido
no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.

El pugilato o ria a puadas entre dos o ms hombres es espectculo muy
frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho
gustan ingleses y angloamericanos. En estas rias los espectadores se
apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No
hay para qu ponderar cuanto menos humanas son estas rias que las
corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo ms,
saldr un hombre herido o muerto, pero en el combate a puetazos no se
concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos
saldr con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con
tales contusiones en el pecho que le lastimen las entraas y le hagan
vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales
luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la
civilizada y filantrpica edad en que vivimos. Bien estn en la _Iliada_
los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo
de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena
vencido, arrastrando

    el msero los pies, y de la boca
    sangre arrojando turbia. Sobre el hombro
    la cabeza cada, y delirante.

No muy inferior belleza pica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff,
donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven
mercader que mata a puadas al guardia favorito del Czar. Pero todo
esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narracin de
tiempos antiguos, o de pueblos semibrbaros, es abominable e impo en el
siglo presente. En su comparacin, la ms sangrienta corrida de toros es
menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y
ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las
mismas carreras de caballos, donde tal vez los _jockeys_ estn ms
expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.

En otro concepto, en el que podemos llamar ortopdico, lejos de ser
censurable el ejercicio del toreo, es ms digno de recomendacin que
casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o
desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que
suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino
que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestndole
vigor, ligereza y gallarda.

En un buen torero es casi indispensable condicin cierta proporcionada
harmona de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras
que un _jockey_, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y
giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese
mucho.

La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benfica
en el nimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo
asctico y despus otras varias causas han hecho que se descuiden por
dems en Espaa el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le
atiende y le ejercita poco. Todava es de maravillar cmo los individuos
que a ella pertenecen no estn ms enclenques y decados, mereciendo el
apodo de D. Pereciendo o de D. Lquido con que suele motejarlos la baja
plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulacin. Bien
lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro
Romero:

    Das a las tiernas damas mil cuidados,
    y envidia a sus amantes.

Vale, por ltimo, la tauromaquia para conservar ciertos usos y
costumbres muy tiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido.
Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no
sea ms que porque contribuye a que sigan ponindose mantilla las
mujeres. El sombrerete y otras modas de Pars lo invaden todo, y nada, a
mi ver es ms contrario a la regeneracin que tanto anhelamos hoy.

Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media,
ejercen el ms funesto y deletreo influjo. A un empleado, pongamos por
caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre
dichoso de dos o tres nias, que gastan sombrerete y otros primores
parisinos, qu le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa
si han de ir las nias medianamente emperegiladas? Y es todo ello ms
digno de notar y ms lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles
cuestan en Espaa doble o triple que en otras tierras. Porque aqu
tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la
produccin nacional.

Bien podemos decir, aunque sea entre parntesis, y por va de desahogo,
que restando de lo que pagamos por ciertos artculos, el exceso que se
paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este
exceso, salga la tal industria, ms asalariada por el Estado, que
cualquiera otra funcin u oficio pblico, y que, con lo que nos cuesta,
pudiramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su
paga ntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.

Creo, pues, que convendra volver a las mantillas y abandonar los
sombreretes y dems primores parisinos. Yo gusto del lujo. Quin no
gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no
debe ser a expensas de la alimentacin. La cocina nacional, que sin duda
hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo
atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en
espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y
devoto, y en el da por la aficin y prurito de gastarlo todo en trapos
transpirenaicos. Con razn exclamaba un elocuentsimo y famoso orador
espaol, no sin suspirar y verter lgrimas: yo no como, yo me alimento!
Nuestra cocina... esa s que est degenerada. Y as por lo poco
apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en
el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal,
por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades ms comunes de
ahora. La esplendidez y el regalo sibarticos de los toreros,
manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces
y de montaeses, pone ya y seguir poniendo a este mal oportuno reparo y
castizo remedio.

Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las
corridas de toros sobre ser filantrpicas, son patriticas y
regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta
celebradas y fomentadas.

Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad
que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea
racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere
artculo aparte, aunque discurramos sobre l y tratemos de dilucidarle
con rapidez compendiosa.


II


Qu opinin tendr de las corridas de toros la Sociedad protectora de
los animales, sociedad existente hoy en todos los pases civilizados? La
tal opinin de seguro ha de ser muy mala; pero ser lgico el
razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procurar demostrarlo.

Rechacemos la doctrina de Gmez Pereira y de Descartes, quienes acaso
intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres,
que sin chispa de compasin comen vacas, carneros, cerdos, perdices y
otros muchos seres animados, vivparos y ovparos. No incurrir yo
tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma
semejante a la nuestra, lo cual huele a hereja, o suponiendo, y esto es
peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan
en diversa clase de bichos.

Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en
honduras, sin investigar qu es espritu y qu es materia, cosas ambas
en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar
cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que
harto saben dnde y cmo les duele y se quejan y lo deploran a su modo.
El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por
donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasin
se nos acuse de dureza de entraas.

No poco he ledo yo en _El ente dilucidado_ del padre Fuente la Pea, y
en _El gobierno general, moral y poltico hallado en las fieras, etc._,
del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de
los brutos, y ms he ledo an en autores novsimos, sabios y poetas,
entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista
Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante
en su novela _El paraso terrestre_.

Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y
cuadrpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy
aficionado a la msica; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el
len y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dnde he ledo, pero s
que he ledo, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi
siempre ganaba. En suma, los animales no son mquinas, sino que tienen
alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y
sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aqu. Al
matarlos, pues, para comrnoslos, no procedemos con ellos amable y
generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lgica
en su conducta, deba tratar de que fuese herbvoro el linaje humano.

Los indios, mil veces ms compasivos que nosotros en este particular,
dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que
los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a
todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma
a pedirle amparo contra el gaviln que la persegua. El rey quiso
ampararla y amonest al gaviln para que no la devorase. Contest el
gaviln que la naturaleza haba dispuesto que l se alimentase de carne
y haba creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Slo
consinti el gaviln en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba
de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Acept
el rey el convenio y empez a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en
una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por ms
que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gaviln y
la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderossimos dioses, que
haban querido demostrar y haban demostrado la inmensa piedad del rey y
tal vez lo intil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley
natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la
muerte en unos es en otros principio y causa de vida.

Yo me alegrara de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor
resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los
gavilanes y se comen sin escrpulo cuanto de vivo cogen por delante y
les parece suculento y apetitoso.

El mundo est convertido por nuestra gula en una carnicera. Y de qu
medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos
despus! Hay nada ms abominable que atraer con reclamo a las aves para
que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?

No quiero describir aqu con todos sus pormenores la infame matanza del
cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo nio todava: aquel
ro de sangre brotando con mpetu de la herida garganta y cayendo en un
lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la
ms gentil zagala se entretena en menear el rabo al cerdo para que se
desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores
gruidos. No sera posible valerse del cloroformo o de otro eficaz
anestsico para ejecutar tan cruenta operacin sin que la vctima
padeciese? Quin sabe! Acaso el dolor penetre en los tomos de la
materia y los haga sabrosos, as como el dolor cuando penetra en el
espritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y
merecimientos que nunca sin el dolor alcanzara. No deberamos entonces
decir como Epcteto: _oh dolor! nunca confesar que eres un mal_; sino
_oh dolor! t eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y
virtudes_.

Cada cual dir lo que se le antoje. Lo que todos tendrn que decir, sin
discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o
siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz
atrayndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.

Se me objetar que esto ltimo no se hace por diversin, sino por
necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.

Concedmoslo. Pero no nos divertimos ms cruelmente que con los toros
con otros animales? Las rias de gallos son menos feroces que la
tauromaquia? En algunos pases de Oriente no se deleitan los ociosos en
echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos
escarabajos de muy belicosa condicin que por all se cran?

Una de las declamaciones ms hipcritamente sentimentales que se hacen
contra las corridas de toros estriba en ponderar lo til que es el toro
para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero
los declamadores hipcritas olvidan o aparentan olvidar el mtodo
nefando de que el hombre tirnico se vale para infundir en el toro la
tan decantada mansedumbre convirtindole en buey. Esta es una de las ms
abominables maldades que comete el hombre, no slo con los toros, sino
con otros muchos seres sensibles.

A quin debe detestar ms la Sociedad protectora de los animales, a un
torero de Crdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro
caballerescamente,

    _Cara a cara y con razn,_

como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pcaros
franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en Espaa sus
traicioneras habilidades, y vienen pitando con son ms medroso que el de
la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina?
Cmo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de
lo que est por venir y se desata en injurias contra el torero que mata
en buena lid y a un individuo solo?

Recuerdo que all en mi niez y en mi lugar y casa, haba una sirvienta
llamada Frasquita. Era natural de Torbiscn o de Crtama, porque de esto
no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda
y graciosa, aunque pasaba ya de treinta aos y haba tenido mil
desilusiones y pesares. Un criado gallego haba hecho con ella el papel
de Jason, dejndola el prfido en abandono y trasponiendo no s si a
Montevideo o a Buenos Aires. No imit Frasquita a Medea: no mat a sus
hijos, sino los cri con esmero y cario. Yo sospecho, sin embargo, que
ella, tambin como la hija de Minos,

    _Indomitos in corde gerens Ariadna furores_,

concibi desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo
el gnero masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposicin
que ella tena, lo cierto es que Frasquita haca prodigios en el vasto
corral que tenamos en casa poblado de pollos.

Aunque poco cuidada, Frasquita tena la ms bien formada mano que puede
imaginarse. Sus dedos fusiformes daran envidia a la ms empingorotada
Princesa. Y de estos dedos, el ndice y el del medio de su ominosa
diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequea
incisin y arrancaban a los voltiles lo que no es decible, con rapidez
inaudita. Los voltiles engordaban luego que era un contento y yo me
complaca en comerlos; pero el espectculo previo, causa de la gordura,
me afliga bastante. Todava al pensar en aquello, suelo exclamar con el
poeta:

    _Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis_.

Dgaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran
ms fieros y traidoramente destructores que todos los rejones,
banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.

Pero algo hay an, mil veces ms abominable y tremendo: el mtodo de
que, segn he odo contar, se vale el hombre para producir el hgado
gordo de ganso. Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una
enfermedad para deleitarnos luego comindonos el resultado? El poeta
Marcial aseguraba ya que en su tiempo se haca crecer tanto el hgado
que vena a ser tan grande como el ganso todo.

    _Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,_
    _Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?_

Qu diabluras, qu perradas, qu judiadas no se harn con el ganso,
para que el hgado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los
franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar as
a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de
alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero
los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdn de Dios,
cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para
hacer el _jecur anseris_, que hoy llamamos _foie gras_. Delicioso manjar
es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comindole sin
escrpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas
de toros. Y yo s de buena tinta que los seores marqus de San Carlos y
D. Luis Vidart gustaban del _foie gras_ y le coman a menudo.

La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso,
puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la
sentencia de Don Hermgenes, de que todo es relativo. Quiero yo
significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre
hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus
semejantes cuando no tiene animales silvestres o domsticos de qu
valerse. En todo pas, como por ejemplo, en la Amrica precolombina,
salvo el Per, cuando no haba bestias de carga, el hombre converta en
bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisin
de carne, y no haba carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy
candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus dolos, ya sin
pretexto alguno, sola adoptar la mala costumbre de matar a otros
hombres y de comrselos luego.

Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a
escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, as en la edad
antigua como en la moderna, lcito es inferir y afirmar que las tales
corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se
complace en ellas, y que hay sobrada hipocresa, o por lo menos afn de
mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas
resueltamente.

Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D.
Hermgenes, que todo es relativo. Y sin exageracin veamos lo que se
debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro
siglo, sino en el nuestro, y no en remotos pases, sino en la culta y
cristiana Europa, de que forma parte nuestra Espaa.

Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de
las corridas de toros en el precioso libro del seor conde de las
Navas. Tal vez en el bellsimo prlogo del mencionado libro, escrito por
D. Luis Carmena y Milln, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible
y casi infalible, se trasluzca tambin algo de burla y de irona. Yo
mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural
seriedad al escribir estos artculos.

Tratado seriamente el asunto, alguna razn, aunque no por completo,
tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la
asociacin que en aquella ciudad se est formando para oponerse a las
corridas de toros.

Yo me limitar a decir, aunque se me tilde de poco patritico, que
prefiero el toreo portugus al castellano. Los infelices caballos, que
se van pisando las tripas, y que todava en las ansias de la muerte,
andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapn va sacudiendo
sobre sus costillas, ser _el espectculo ms nacional_ de todos, pero
es espectculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si
este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habra
que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptsemos el toreo
portugus, nada habra que decir sino grandes alabanzas, por ser un
ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se
lucen.




EL EXTRAO

LTIMA MODA DE PARS


Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que Espaa,
desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la
primera nacin del mundo. Y no slo lo fue por su material predominio,
descubrimientos, conquistas y extensin territorial de su imperio, el
mayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz
y de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.

Nuestra decadencia fue rpida. Los autores que han procurado explicar
sus causas no me satisfacen. Lejos de m la soberbia presuncin de
querer enmendarles la plana. Lo nico que me atrever a indicar, no ya
como causa nica, sino como una de las causas de nuestra decadencia en
el pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engredos o bien por
recelosos, de que nos inficionasen las herejas, contra las cuales
combati Espaa gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo
unificante de la civilizacin europea y el soberano espritu que hasta
entonces la haba informado.

Muy decados ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos cremos
atrasadsimos y entendimos, hasta cierto punto con razn, que para salir
del atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos
haban adelantado.

Largo sera, y ms difcil que largo, explicar aqu cmo deben ser esta
imitacin y este alcance. Lo nico que yo dir es que en lo cientfico,
el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo cientfico cabe y
hay progreso; pero en lo puramente literario y artstico no se progresa
nada. El progreso no trae escultor que valga ms que Fidias, ni lrico
mejor que Pndaro, ni trgico mejor que Sfocles, ni orador ms
elocuente que Demstenes, ni poeta ms inspirado y elegante que
Virgilio.

Considero, pues, absurda alucinacin la de creer que las artes del
dibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan
perfeccionndose y mejorndose con el tiempo. Antes bien, me inclino a
maravillarme ms por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y
ms inspirados y espontneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas
de Vctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de _Hernani_ o de
_Lucrecia Borgia_.

Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasin de las _Academias_ del
Sr. D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. _Academia_ viene a ser
equivalente de novela corta, y se funda este ttulo en uno de los
significados que da nuestro Diccionario a la palabra _academia_, y que
es como sigue: _figura desnuda diseada por el modelo vivo_.

En una extensa carta literaria que dirig har tres o cuatro meses a _El
Correo de Espaa_, en Buenos Aires, discurr muy por extenso sobre la
primera _academia_ del Sr. Reyles, titulada _Primitivo_.

El mrito indisputable de este seor y la novedad extica de su arte de
escribir novelas me mueven a discurrir tambin por extenso sobre su
segunda _academia_, titulada _El Extrao_, y a juzgar, por varias
razones muy interesante, este estudio.

Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr.
Reyles, nada bueno ni malo dira acerca de sus obras. Si las censuro es
por creer que el autor vale, aunque anda harto extraviado.

Su extravo proviene de la ya mencionada enfermedad epidmica, nacida
del menosprecio con que miramos a nuestra nacin o a nuestra raza, y
que se nota, por fortuna, ms que en Espaa, entre los escritores
hispanoamericanos. Consiste la enfermedad en cierto candoroso y
desaforado entusiasmo por la ltima moda de Pars en literatura, como si
en literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fuese
progresando siempre, como se progresa en ciruga o en qumica y mecnica
aplicadas a la industria.

Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una ms hermosa
novela que el _Don Quijote_, aunque yo no niego que podr un da
escribir alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo ser
porque se haya progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, la
Providencia o el Acaso, har que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia,
o quin sabe dnde, un novelista ms ingenioso, ms profundo y ms ameno
que Miguel de Cervantes.

De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo ser porque se
funde en una esttica recin descubierta, y porque se ajuste a
determinados procedimientos a la ltima moda de Pars, sino que ser la
mejor novela por la propia, libre y tan poderosa como juiciosa
inspiracin de quien con entendimiento tan sano como grande acierte a
escribirla.

Yo no entiendo de msica e ignoro lo que podr ocurrir en lo futuro con
relacin a la msica; pero sobre literatura, aunque tambin entiendo yo
poco, entiendo lo bastante para estar segursimo de que no es dable en
cierto sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que la
literatura, reflejo de creencias, doctrinas, costumbres y leyes,
aspiraciones, temores y esperanzas de cada poca, vara tan a menudo
como varan todas estas cosas en el seno de la sociedad humana. En este
sentido, la literatura del siglo XVIII, con relacin a la del siglo
XVII; fue literatura del porvenir, y la del siglo XIX lo fue con
relacin a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo ser con relacin a
la de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiere
expresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiere
expresarse es la aparicin de escritos tan profundos y sutiles que los
de Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandes
dramticos y los dramticos griegos, en suma, cuanto hay de conocido
hasta ahora y puesto en letra de molde, sea fruslera insubstancial,
superficial y _epidrmica_, que de tal la califica el Sr. Reyles,
comparado con lo que ya se va escribiendo y con lo que se escribir en
adelante, si Dios no lo remedia, ajustndose a los patrones, cnones y
moldes que vienen de Pars, ora inventados, ora aceptados y autorizados
all, aunque vengan de Alemania, de Rusia o de Suecia.

Todava hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algo
que me choca ms que la supuesta superioridad de las obras, por virtud
de progresivo desarrollo. Lo que me choca ms es el propsito de que las
novelas, cuentos, _academias_ o como quieran llamarse, no se han de
escribir para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura,
sino para mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con una
pesadilla tenaz y espantosa.

Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones,
alborotos, pompas y vanidades, el caso tendra explicacin, salvo que
yo, en vez de llamar novelas a los libros que as se escribiesen, los
llamara obras ascticas, materia predicable, homilias o libros de moral
severa y adusta, como _Los gritos del infierno_, los _Casos raros de
vicios y virtudes_, las _Agonas del trnsito de la muerte_ y los
_Estragos de la lujuria_.

Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser as, porque para
ella la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religin, ni en
ninguna metafsica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tan
naturales y tan inevitables como el vitriolo y el azcar.

Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de tales
doctrinas, que las profesan, y que as ellos como el autor que los ha
creado, entienden que son refinadsimos, exquisitos, aristocrticos de
una flamante y peregrina aristocracia, y en todo superiores a los
rastreros, vulgares y timoratos burgueses.

La segunda _academia_ del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en accin
a uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmn. El
autor, en mi opinin, aspira a que admiremos a su hroe; pero slo logra
que nos parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cmica, sin que el
autor lo quiera, la pretensin de hallar inauditas novedades en los
refinamientos y quintas esencias con que la moderna cultura presta
hechizos supremos a la lascivia.

Yo entiendo, y todo el mundo entender lo mismo, si bien lo recapacita,
que en el vicio mencionado, as como en todos los dems, no ha habido el
menor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y el
prncipe de Siqun, los habitantes de Pentpolis, la seora de Putifar y
los caballeritos _dandes_ y _gomosos_, que vivan en Bactra, en Ur o en
Menfis, saban cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todas
las ninfas de Pars y sus mantenedores y parroquianos. Cuando uno
recuerda a Oala y a Oliba de Ezequiel, la _Nana_ de Zola es una paloma
sin hiel, es una inmaculada cordera. Y cuando uno trae a la memoria los
linimentos, pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, con
que durante un ao iban adobando a las ms lindas muchachas antes de
presentarlas al rey Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos y
zahumerios de que puedan valerse las ms alambicadas ninfas de Pars,
son la propia ordinariez y la ms vulgar _cursilonera_.

Las artes _cosmticas_ e indumentarias y todas las dems invenciones,
trapaceras y maas, provocantes y fomentadoras del erotismo, haban
llegado a la perfeccin hace ms de tres mil aos y desde entonces nada
han adelantado. El ms curtido y experimentado en amor de todos los
mozalbetes que viven en Pars, no podra describir con mayor exactitud
que el divino Homero los medios de seduccin de que se vale una mujer
para engaar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dgaseme
si Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender en
deseos frenticos el corazn de Jpiter, se puso el cinturn de Venus y
subi a la cumbre del Grgaro. Onfale hizo hilar a Hrcules; Dalila
cort a Sansn los cabellos y Elena suscit una guerra espantosa que
dur diez aos. A ver si estas seoras, y muchas otras de que estn
llenas las historias sagradas y profanas, no saban dnde les apretaba
el zapato, en cuanto se refiere al arte cuyas reglas fundamentales puso
Ovidio en verso.

Pero volvamos a Julio Guzmn _el extrao_, y pongamos trmino a las
divagaciones.

El suceso que presta asunto a la novela o _academia_, es harto frecuente
en la vida real. Durante la ma, que ya no es corta, he visto yo docenas
de casos parecidos: una mujer que, ya por una razn, ya por otra, casa o
se propone casar con su hija, con su sobrina o con su hermana, al hombre
de quien est o estuvo enamorada y con quien tiene o tuvo poco castas
relaciones. Esto, aunque frecuente, es bellaquera de marca mayor, que
nunca debe disculparse: pero menos disculpa tiene el arrepentirse por
tan desmaada manera, que el galn a quien quiere casar su enamorada,
mate a disgustos o poco menos, as a dicha enamorada como a la novia que
le ha buscado. Y todo ello por exceso de amor, porque l est prendado
de ambas y porque se encuentra, aunque sea innoble comparacin, que
suplico se me perdone, como burro entre dos piensos.

En resolucin, Julio Guzmn, a quien su querida Sara se allana a casar
con su hijastra Cora, se arregla de suerte que causa la infelicidad de
Cora y de Sara y se queda sin la una y sin la otra. No debiera, pues,
llamarse Julio Guzmn, sino Pedro Urdemalas. Lo cierto es que en esta
academia de _El Extrao_ todos son infelices. Y cmo no ha de serlo _el
extrao_, y cmo no ha de hacer infelices a cuantos le rodean y a
cuantos se interesan por l, cuando es vctima de una vanidad ridcula y
de las ms indigestas doctrinas pesimistas, materialistas y atestas?

Y es lo singular que, despus de todas mis censuras y despus del mal
efecto que me produce la multitud de insufribles galicismos que hay en
_El Extrao_, todava persisto en ver en el autor muy notables prendas
de novelista. Slo las desluce la manera de escribir a la ltima moda y
de imaginar que hay novedad y mejora en ello.

Hasta el desencanto, la desesperanza y el hasto que pueda tener Julio
Guzmn, valen poqusimo, en comparacin de los que tres mil aos antes
tuvo Salomn, segn el _Eclesiasts_.

Afortunadamente, en nada malo hay novedad, ni cabe progreso. Tal vez
pueda haber novedad y tal vez quepa el progreso en lo bueno. Si la
literatura del porvenir as lo entendiese y as lo buscase, ms razn
tendra de ser y yo no me atrevera a censurarla. La censuro, porque
hace lo contrario.

Aun en los tiempos en que la mente humana imaginaba divinidades
tirnicas y crueles, los grandes poetas, sobreponindose a la
desconsoladora creencia, buscaban y hallaban un final desenlace,
trascendente y dichoso, para sus tragedias ms horribles, dejando a la
Providencia justificada y glorificada. As Minerva ahuyenta a las
Furias y devuelve a Orestes la paz del alma, y as Prometeo es libertado
y salvado por el hijo mismo del dios que tan horriblemente le
castigaba.




SOBRE LA NOVELA DE NUESTROS DAS


Hace ya tiempo que escrib un artculo dando cuenta al pblico espaol
de las novelitas llamadas _Academias_, que ha escrito el literato
uruguayo D. Carlos Reyles. Como yo no me complac nunca en tomar un
libro insignificante o tonto para objeto de mis burlas, para decir
chistes fciles y de baja ley y para hacer el papel de dmine empleando
la disciplina o la palmeta, cualquiera que me conozca comprender que,
si habl de las novelitas mencionadas, fue por haber encontrado en ellas
verdadero mrito y por juzgarlas digno asunto de la crtica. As lo
entendi tambin su autor D. Carlos Reyles, y, si ha contestado a mi
artculo, en _El Liberal_, ha sido de modo tan corts y tan lisonjero,
que me mueve a la rplica, aunque slo sea por agradecimiento y por
cortesa.

Voy, pues, a replicar al Sr. Reyles, aunque me parece harto dificultoso,
porque dicho seor no defiende directamente sus obras, las cuales ms
bien han sido elogiadas que censuradas por m. Lo que defiende es una
determinada esttica que yo en cierto modo y hasta cierto punto condeno.
De aqu que para hacer los distingos indispensables y marcar bien los
lmites hasta donde se extiende mi condenacin y las razones en que sta
se funda, necesite yo ms espacio del que puede ofrecerme _El Liberal_ y
acaso ms paciencia de la que presumo que han de tener sus lectores.
Har, no obstante, un esfuerzo para ser breve y para decirlo todo en
cifra y resumen, aunque sea con mengua de lo explcito y de lo claro que
anhelo ser siempre en mis escritos.

En literatura no hay modas de Pars, como en trajes y adornos de
seoras, y tampoco hay progreso en literatura como en qumica, ciruga o
mecnica, aplicada a la industria. Por consiguiente, quien entiende que
hay tales modas y tales progresos, escribe mucho peor que si entendiese
lo contrario, corta las alas de su ingenio en vez de alargarlas y darles
fuerzas, pierde parte de su originalidad, cuando no la pierde toda y se
expone a caer en lo falso, en lo amanerado y en lo extravagante.

Esto es lo que yo he dicho y esto lo que trata de impugnar el Sr.
Reyles, aunque en mi sentir no lo impugna.

Lo que yo niego es que deba haber modas y que las modas tengan que venir
de Pars; pero cmo he de negar yo que el sentir, el pensar y el
imaginar de cada perodo histrico sean diferentes y que se refleje en
las obras de imaginacin esta diferencia? Sin querer imitar a nadie,
espontneamente, hasta contra nuestra voluntad, hasta cuando nos
empeamos en ser o en aparecer como de otro siglo o como de otra poca,
somos por virtud de leyes ineluctables, de nuestra poca y de nuestro
siglo.

Supongamos por un instante que no hay esas novelas francesas y rusas que
el Sr. Reyles pone por las nubes o que ni l ni yo las hemos ledo, o
que no hemos ledo sino las novelas espaolas de los siglos XVI y XVII y
que nos empeamos en imitarlas y hasta que reflexivamente las imitamos.
El resultado ser, si en el Sr. Reyles y en m hay personalidad y fondo
propio, que escribiremos novelas muy diferentes por todos estilos de las
antiguas, muy de nuestro siglo y mucho ms nuestras que imitando las
francesas o las rusas.

La imitacin de lo antiguo es, por otra parte, mil veces ms segura. Lo
tonto, lo disparatado, y lo vulgar, todo ha cado en olvido o en
descrdito. Varias generaciones de crticos y el desdn de las gentes
han barrido lo insignificante y lo malo, como quien barre basura. Lo
bueno, lo llamado clsico, queda solo en nuestra memoria, se nos
presenta como ejemplo y como modelo, nos induce a la imitacin y nos
excita a la competencia. En lo moderno, al contrario, las obras de
literatura estn como la mies en la era, sin que nadie haya separado an
el grano de la paja, ni lo que ha de ser alimento agradable y sano de la
semilla desabrida o de la cizaa, que, en vez de deleitar y de nutrir,
embriaga y causa vahdos. De aqu que el que imita lo moderno corre
peligro de engaarse, deslumbrado por el aplauso vulgar y por el
prestigio de la moda, y en vez de imitar exquisiteces y bellezas, imita
estrafalarias novedades o insulsas tonteras. Claro est que, a pesar de
todo, si el imitador vale algo, por cima de esas novedades y de esas
tonteras, surgir y descollar su propio talento. Pero no sera mejor
que no se entusiasmase tanto por lo moderno, que no se pasmase tanto de
los primores franceses y rusos, a fin de no tener que ponerse en zancos,
que empinarse y que estirar violentamente su ingenio para salir por cima
de esas tonteras y de esas novedades, mostrndose tal como es?

El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido
en enmaraado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza,
as para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el
imitador de lo antiguo se asemeja a alguien que est en soto bien
cultivado, de donde se arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se
podaron las ramas intiles y se roz la mala hierba. til o bello y
elevado adems, es cuanto all queda.

Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero
tambin, imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta
sin pretenderlo y contra la voluntad y el propsito de quien escribe.
Fray Luis de Len, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a
Horacio, en _la vida del_ CAMPO; pero informado el poeta de muy diverso
espritu, produce algo, enteramente diverso tambin, y de tamaa
novedad, que Horacio, resucitado y conociendo bien el habla castellana,
no hubiera penetrado el peregrino y para l misterioso sentimiento que
palpita en la imitacin de su oda. Toma Caldern la fbula de Prometeo
para argumento de un drama, y toman Feneln y Lope el asunto de la
_Odisea_ para el _Telmaco_ y la _Circe_, y nada hay ms caracterstico
de su poca que las obras de estos tres ingenios, ni nada ms extrao al
sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de Homero. Literalmente,
los versos de Andrs Chenier son un centn de trozos traducidos del
latn y del griego; pero, infundida el alma de Andrs Chenier, en el
centn susodicho y prestndole nueva y poderosa vida, le convierte en
manifestacin lrica de las ideas, pasiones y creencias de fines del
siglo pasado y en base flamante de la gran poesa que ha florecido en
Francia en el presente siglo.

No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe slo la imitacin de lo
antiguo y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo
nico que repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de
idolatra servil en esta imitacin. Convengo en que se puede y hasta se
debe enriquecer la literatura propia con lo mejor que se halle en los
autores contemporneos de otras naciones. No por eso se expatria
mentalmente el que lo hace. Quin ms espaol que Lope? Y Lope, no
obstante, era tan imitador y tan apasionado admirador de los italianos,
que llegaba a exclamar: Cmo he de competir con ellos, que son

    ...solos y soles,
    yo con mis rudos versos espaoles?

Evidente es asimismo que Boscn y Garcilaso, importando en Espaa la
mtrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso
impulso y nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder
su originalidad castiza, sino suministrndole nuevos moldes de donde
pudo salir y sali mejor ataviada y ms limpia, refulgente y hermosa.

Yo mismo, por ltimo, he celebrado, no poco de lo extico e importado de
Francia que hay en Rubn Daro, sosteniendo que cuando este poeta atina
en la eleccin de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo
expresa en su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos
de menoscabar, enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con
tonos que tienen algo de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada
admiracin del Sr. Reyles por las novelas francesas y rusas, hay todava
enorme distancia, que yo no paso. Las comparaciones son odiosas, y no
tratar yo de sostener contra el Sr. Reyles que la novela contempornea
espaola no es inferior a las de los pases citados. Ir modesta y
humildemente hasta conceder que es inferior; pero la inferioridad
consistir en que los novelistas espaoles del da somos menos
discretos, menos instruidos, menos hbiles y menos inspirados que los
franceses y que los rusos. Consistir en suma, en nuestra general
decadencia; en que as como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo
de Crdoba; ni pasmosos marinos, como el marqus de Santa Cruz; ni
egregios polticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas
como Cervantes. Y no consistir esto, en manera alguna, en los
progresos que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra
extraa y no aprovechados por nosotros. No consistir en ese _arte tan
exquisito_, de que habla el Sr. Reyles, _que afina la sensibilidad con
mltiples y variadas sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro
concepto de la vida con una visin nueva y clara_; arte, a lo que se
infiere de las palabras del Sr. Reyles, recin inventado, por cuya
estupenda virtud se hace sentir por medio del libro, _lo que no puede
sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no puede pensarse sino
viviendo, sufriendo, y quemndose las cejas sobre los ridos textos de
los psiclogos_. Esta afirmacin del Sr. Reyles, raya a mi ver, en
hereja literaria, casi monstruosa. Qu novsimo arte exquisito y
profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo XIX en
Francia, en Suecia o en Rusia? De suerte que Bourget, Ibsen y Tolsto
emplean un arte ms exquisito y profundo que los autores del _Quijote_ y
de _La Celestina_? Con que Cervantes haca sentir menos y ahondaba
menos en la mente y en el corazn humanos que los modernos novelistas
que cito? O la humanidad era ms boba y simple en los pasados siglos que
lo es en el da, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y
francesas de ahora. Dnde est la novela de ahora, rusa o francesa, a
la que pueda nadie prometer, no la perpetua juventud, no la vida
inmortal que tiene el _Quijote_, sino la longevidad gloriosa y el favor
popular de que goz durante dos o tres siglos el _Amads de Gaula_?

Moda, afectacin rebuscada y caprichoso artificio hubo, sin duda, en los
libros de caballeras. Pero quin me demuestra la naturalidad
espontnea y las honduras filosficas de las novelas neurticas,
psicolgicas, simblicas y naturalistas que privan hoy? No podran ser
tambin artificiosas, falsas y no menos llenas de afectacin y de
amaneramiento, con la pcara circunstancia de poner de mal humor a los
lectores y de divertir menos al pblico del siglo XIX, que _Las Sergas
de Esplandin_ o que _Tirante el Blanco_ divirtieron al pblico del
siglo XVI? Al cabo, la burla, la parodia de los libros de caballeras
dio motivo y aun se puede decir que inspir y produjo el ms bello y
profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el mundo
se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de Lepanto
se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia que
equivalga al _Quijote_. Acaso no merecen ms que una stira como la que
escribi Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas
tambin estuvieron de moda, tambin entusiasmaron a un pblico
ilustradsimo, donde figuraban filsofos, ilustres pensadores y
egregios personajes del gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron
de moda. No es de maravillar, por consiguiente, que pasen tambin de
moda las novelas del da. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no
afirmo que en literatura no haya modas, sino que no debe haber modas en
literatura y que los verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras
durables y no contentarse con un aplauso efmero, y cuando quieran
emplear el verdadero arte exquisito y profundo, no descubierto
recientemente en Rusia, sino conocido ya en Grecia, desde los tiempos de
Homero, deben prescindir de la moda y dejarse llevar de la propia y
natural inspiracin de la que nace, sin buscarlo ni pretenderlo, cuanto
hay de original, de peregrino y de nuevo.

Para que no me tilden de prolijo, no toco aqu otro punto de tan
axiomtica evidencia que apenas requiere demostracin, a saber: que en
ciencias, en organizacin poltica y econmica de la sociedad humana, en
costumbres, en comercio, en industria, hay progreso; pero que en
literatura, en poesa, no le hay. Explicar esto con claridad
conveniente, a fin de evitar confusiones y argumentos fundados en mala
inteligencia, sera tarea largusima, y la dejo para otra ocasin en que
venga a propsito y pueda yo extenderme.




DEL PROGRESO EN EL ARTE DE LA PALABRA


I


La pesadsima cuestin de Cuba atrae de tal suerte la atencin del
pblico, que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la
pesadsima cuestin de Cuba o de algo que con ella se relacione.

No me atrever yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Dir,
s, que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacsima nuestra
raza. Bien mirado, no cay sobre Espaa aquel inmenso diluvio de moros
de que nos habla Fray Luis de Len en la _Profeca del Tajo_. Vinieron a
lo ms la vigsima parte del nmero de soldados que hemos enviado a Cuba
en estos ltimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo,
ellos bastaron para enseorearse de toda Espaa y para que el clebre
Muza se pelase las barbas, apenas desembarc, al notar que casi nada le
quedaba que hacer, porque todo estaba ya hecho.

Si es desvaro de mi imaginacin Dios me lo perdone, pero a menudo todo
aquello de D. Rodrigo, D. Julin, D. Opas, la Cava y los hijos de
Vitiza, me parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo
en l unos cuantos moritos, que vinieron como legin extranjera. De aqu
que la batalla del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy
semejantes. Y as como recientemente, despus de una de estas batallas,
la mayora de los espaoles se hizo partidaria furiosa de los derechos
individuales, entonces se hizo partidaria del Alcorn de Mahoma.

Poco dur el dominio del extranjero en nuestra tierra. Espaa se declar
independiente de los califas de Damasco y eligi rey para s. El primer
Abderramn fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato dur ms que
el reinado de D. Amadeo, lo que ocurri al terminar ambas cosas puede
muy bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el
caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negar que puede
notarse alguna semejanza.

En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y
cristianos, que empez en el Guadalete y acab en Granada, con el
eplogo de la rebelin de los moriscos alpujarreos, como una
largusima guerra civil, que dur siete u ocho siglos. Y no impidi esta
situacin de guerra civil casi perpetua, el que los espaoles se aunasen
y peleasen gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas
hazaas, digno y propio asunto de las ms hermosas epopeyas. As
vencimos, sin distincin de moros y cristianos, en Roncesvalles a las
aguerridas huestes del emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de
nuestro litoral, a los terribles piratas normandos, idlatras y feroces;
y en cien reidas y sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el
Salado, a todo el poder fantico de Africa; a la ingente muchedumbre de
almorvides, almohades y benimerines, que se volc sobre Espaa en
sucesivas y devastadoras invasiones.

Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija
contienda de siete u ocho siglos como una obstinadsima guerra civil,
dentro de la cual caba y haba otra multitud de guerras civiles, ya de
moros, contra moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de
una religin contra los de la otra.

Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de
los Reyes Catlicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y
de la poltica, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron
tales y tan grandes en los espaoles unidos, que stos impusieron su
hegemona a Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos
todos, y para dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambicin, a
su codicia y a su empeo de gobernar las cosas humanas, como si fuera
por ministerio divino y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester
que la Providencia les permitiese, y tal vez los diputase y habilitase
para descubrir nuevos mundos.

Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanas y todos aquellos
atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la aficin al
merodeo, a la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras
civiles traen consigo. Lo que sucede en Cuba carece de otra explicacin.
Los espaoles que all residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres
y espaolizados, no tienen fundado motivo para rebelarse, como no
aspiren a algo a modo de suicidio colectivo y como de casta, porque es
evidente que con la proteccin y la cercana de los Estados Unidos, a
los veinte aos o antes de la nominal independencia de Cuba, no quedar
en Cuba un palmo de tierra que no pertenezca a un _yankee_, ni pasear
por las calles de la Habana, decentemente vestido, alguien que no sea
_yankee_ o que no disimule mucho su procedencia espaola, chapurreando
la lengua inglesa.

Quiero suponer que el suelo de Cuba llegar entonces a estar ms poblado
y mejor cultivado; que producir ms tabaco y ms caf; que dar de s
tanta azcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se
arrojasen al Atlntico, el Atlntico se convertira en descomunal tazn
de almbar; pero nada de esto gozara la gente de raza espaola, que no
haba sabido crearlo, sino la raza superior de los _yankees_, que lo
creara, con la actividad y con el acierto de que carecen los criollos
de casta espaola, los cuales no es de presumir que con la independencia
haban de ser ms industriosos y atinados en sus empresas que libres hoy
y gobernndose con autonoma administrativa, bajo la bandera maternal de
Espaa.

En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos cuantos
siglos como dur la guerra civil de que ya hemos hablado. La guerra es
ahora muy cara, y hasta por razones econmicas debe terminar pronto la
guerra.

Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros
asuntos, y para complacer a algunos amigos, quera yo hablar del
progreso, con relacin a las artes de la palabra y explicar lo que dej
por explicar acerca de esto en mi artculo, rplica a otro de D. Carlos
Reyles, publicado en este peridico en el da 3 del corriente.

Por desgracia, la preocupacin de la guerra de Cuba me ha llevado, como
vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre
muy distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver
con el progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, _mutatis
mutandis_, los casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.

    Erit altera qu vehat Argo
    Delectes heroas: erunt etiam altera bella.

Para introduccin hay tambin ms que de sobra en la divagacin
precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan
candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como
principio de esta meditacin ma sobre el progreso, la cual meditacin
no puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporcin de
un exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la
desproporcin, y adems porque tengo mucho que decir, har el discurso
ms largo que de costumbre, abusar por esta vez sola, lo prometo y casi
lo juro, de la paciencia de los lectores, y dividir el artculo en dos
o tres raciones o dosis. Sea esta la primera.

Lo que es por instinto y por aficin, yo soy tan progresista como el que
ms. No fueron ni son ms progresistas que yo los generales Riego y
Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse,
pocos aos ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito,
por cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirn los dramas y las
novelas del porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que
dejarn tamaitas y harn que desdeemos por superficiales y
vulgarsimas, cuantas obras de entretenimiento hasta hoy se han escrito.
Pero la reflexin acude luego. Me paro a reflexionar y voy limitando mi
creencia en el progreso, y cercenando tanto de ella, que no puedo menos
de dejarla muy reducida.

En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas,
empiezo yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y
elevadas obras de Dios estn hoy tan perfectas como en el primer da.
As lo afirman y lo cantan los tres arcngeles en el maravilloso prlogo
del _Fausto_. Ello ser, slo Dios sabe de qu suerte. Lo nico que yo
afirmo, con el apoyo de los tres arcngeles, cuyo cantar aplaudo, es que
no crece ni mengua, en su conjunto, la cumplida perfeccin de lo creado.
Inteligencias superiores a las humanas, conciliarn acaso en comprensiva
sntesis ciertas antitticas proposiciones. Nuestra dbil mente, no lo
puede, ni lo podr nunca. Vemos cuanto fue, es y ser, desenvolvindose
en sucesivas mudanzas, dentro de algo indefinido y vaco, a manera de
molde, que llamamos, tiempo. Tal vez columbramos la eternidad inmutable;
pero al menos en esta vida mortal no acertamos a comprenderla.

Pensando, pues, con sujecin a nuestros pobres recursos naturales, sin
el auxilio de la fe o de una imaginacin tan alta, que jams hallar en
ninguna lengua humana trminos para expresar lo imaginado, es seguro que
lo bueno y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni
se mejora. La gloria del Altsimo sera mayor o sera menor, segn sus
obras fuesen mejorndose o deteriorndose, lo cual es absurdo. La
omnipotencia, la bondad y la sabidura del Ser Supremo, no sufren
quebranto ni reciben aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas
no son ni valen nada, porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por
el ser que Dios les da, y este es otro misterio, cuya obscuridad
tenebrosa no hay ni habr nunca mente de hombre nacido que ponga en
claro.

Aunque el Universo no se considere sino como manifestacin de la
actividad divina, el poder creador, conservador y benfico de esa
actividad, nos parecer mayor o menor, segn el Universo gane o pierda.
Es por consiguiente, lo ms atinado y juicioso por nuestra parte, el
creer que las cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcngeles,
estn bien como en el primer da: ni ms ni menos, porque no cabe
aumento ni disminucin en lo infinito del saber y de la bondad de quien
las ha creado.

Descendamos ya de tan elevadas esferas metafsicas. Si me he extraviado
al querer subir a ellas, vlgame para disculpa mi intencin recta y
sana.

Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y
limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los
hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda,
tuvieron principio y crecieron; pero ser, a mi ver, progreso limitado,
porque ni ste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que
la humanidad contenga en s, en germen, facultades que se desenvuelvan
en ascensin perpetua, ya mejorndola con incesante e indefinido
progreso, ya haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el
superhombre, en cuyo advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el
Sr. D. Pompeyo Gener, y para los cuales sospecho que se escribirn esas
novelas del porvenir de que nos habla el Sr. Reyles, emplendose en
escribirlas el nuevo arte potico recin inventado y que es tan
exquisito y tan profundo.

Sobre todo ello hablaremos en artculo aparte, por ser ya muy largo el
presente.


II


Desde la mona _catarrinia_ hasta la elegante y hermosa Helena y desde
los _antropiscos alalos_ que salieron de la Lemuria y se esparcieron en
manadas y aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la
_Iliada_ y los que la entendan y gozaban leyndola, hay progreso tan
pasmoso que, aun suponiendo millares de siglos para realizarle, todava
nos parece inverosmil y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello
ensueo ingenioso de los sabios que se dedican a la Prehistoria.

Permtasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante.
Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la
historia documentada y no soada, que ni en hermosura, ni en fuerza y
agilidad corporales, ni en valenta y entereza de nimo, ni en claridad
y elevacin de pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos ms
nobles y perfectos que los que aparecen ya, como personajes reales, har
ms de tres mil aos. El hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso
alguno, en su propio ser, durante tan largo tiempo.

Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se
consideran la sublimidad de la misin de algunos individuos de nuestra
especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benfica
de sus obras, en cuya comparacin nada hay equivalente en el da. Las
empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy
antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano
porvenir, algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me
limito a declarar que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo
presente ni en lo futuro, a la de la antigua Grecia, que echa el
cimiento, crea la traza y forja el molde de toda la ulterior cultura
europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se enseorea de lo mejor del
Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo prepara para recibir
con mayor facilidad otro ms alto elemento de civilizacin; y a la de
esta misma Pennsula en que vivimos, que, para extender esa civilizacin
ms all de los linderos y trminos conocidos hasta entonces, logra
descubrir nuevos mundos.

Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son
inferiores a los del da. Luego en nuestro propio ser no ha habido
progreso alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros,
en lo que est fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado
por herencia. Napolen, por ejemplo, no vale ms que Alejandro el
Grande; pero Napolen tiene caones y otros medios de guerrear que
Alejandro no tena. Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristteles; pero
Aristteles no posea ni la vigsima parte de datos cientficos que Kant
y Hegel.

Harto se comprende as en qu sentido y hasta qu punto el progreso es
indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso.
Si Percles resucitara hoy se quedara turulato al or el fongrafo, al
hablar por telfono y al ver el alumbrado elctrico, los globos
aerostticos, los ferrocarriles y la fotografa. Hasta una cajilla de
fsforos de a perro chico le derribara al suelo, atolondrado de pasmo y
de sorpresa; pero de seguro que no hallara entre todas las _heteras_ de
Pars una ms discreta, distinguida y guapa que Aspasia, y la Magdalena
le parecera una triste parodia del Partenn, y la torre Eiffel un feo y
monstruoso engendro.

Yo confieso que, si se reuniesen las ms selectas poesas lricas de los
grandes poetas de hoy y Percles pudiese leerlas y entenderlas, haba de
hallarlas superiores a las de Pndaro. Prolijo sera explicar el por
qu. Baste con que yo reconozca que en lo lrico sobrepujamos a los
antiguos. No as en lo dems. La misma abundancia de conocimientos y el
prurito de analizar las cosas y de mirar por todos lados cada objeto,
quitan gracia, ligereza y nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso
y difuso. Acostumbrado Percles a la rapidez de la narracin de
Herodoto, no podra aguantar ni al grande historiador Macaulay, el cual,
si hubiera continuado su historia de Inglaterra hasta nuestros das,
hubiera tenido que dar a la estampa centenares de volmenes de la
edicin Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un lector
inteligente y asiduo, el empleo de algunos aos de vida slo para leer a
Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, adems,
Percles a la concisin en el narrar de tantas y tan bellas fbulas,
leyendas y tradiciones de su patria, yo apostara mil contra uno a que
no sufrira con paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadsimas
e interminables descripciones de una novela de Zola.

Es cierto que cualquiera me dir para contestarme que Zola no escribe
para que le lea Percles, sino para que le lean los hombres del da. Y
como los hombres del da gustan mucho de sus novelas, Zola tiene
grandsimo mrito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.

Mi rplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el
mrito de las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el da,
y esto se ha logrado. Bastante mrito es esto. Lo nico que yo pretendo
demostrar es el indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado
discutible progreso del arte. Es evidente que Percles se admirara y
gustara del telfono; pero tambin es evidente o casi evidente que no
se admirara ni gustara de casi ninguna de nuestras novelas.

Para mayor evidencia an, acudamos a otra bella arte: a la escultura.
Nadie me negar que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y
que tena tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordara el
Jpiter y la Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de
nuestras plazas, templos y paseos le pareceran menos que medianas.
Supongamos ahora que al resucitado Percles le sirve de _cicerone_ un
sabio de los ms profundos del da, muy convencido de la incomparable
superioridad de todo lo de hoy sobre todo lo antiguo, y muy al corriente
de los adelantos de la ciencia y de las invenciones novsimas ms
ingeniosas. Este sabio lleva al olmpico Percles a un gabinete o museo
de figuras de cera y me le deja estupefacto y aturdido. Qu tienen que
ver Minerva y Jpiter, donde el oro, el marfil y el mrmol slo imitan
lo exterior de la Naturaleza, y aun esto incompletamente y sin todos sus
pelos y seales, como en las figuras de cera? Pues no digamos nada si el
sabio da cuerda a las figuras, y como la mayor parte de ellas son
automticas, se sueltan a andar y hasta abren la boca y saludan en
griego al ilustre _tourista_. Y an ser mayor el asombro de ste
cuando su sabio gua toque ciertos resortes, abra ventanillas en el
vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con
suavidad y sin el menor dao la tapa de los sesos. El ateniense
exclamar entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:

      Hoy las ciencias adelantan
    que es una barbaridad.

En efecto; gracias a una mecnica habilsima, auxiliada de la qumica y
de otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza
el corazn a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmn
recoge aire y hace mil operaciones con l, y, por ltimo, y para no
cansar, suben hasta los sesos muchos tomos de fsforo y de otras
esencias voltiles, se cuelan all, como Pedro por su casa, en varias
celulillas, y a poco rato, como de los gusarapos, orugas y otros
gusanillos, salen mariposas, beatillas y mosquitos, brota multitud
variada de pensamientos y sentimientos buenos y malos, que no tardan en
convertirse en crmenes o en hazaas, en sermones morales o en discursos
subversivos, en obras de caridad o en estupros y asesinatos.

Percles tendr que confesar entonces que esto es exquisito y profundo,
como llama el seor Reyles a su arte. Lo que no confesar, lo que
negar a pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.

Y todava iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras
que el _cicerone_ ensea a Percles estn fabricadas para el estudio de
la patologa interna, y se ve dentro de ellas cmo se forman tumores,
fstulas, llagas, excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre
Percles, que imaginaba tal vez erradamente que las bellas artes servan
para deleitar, serenar y levantar el espritu, slo consigue con esta
flamante _arte bella_ que se le levante y revuelva el estmago, y le
fuerce a hacer una libacin en honor de Esculapio con el vino de Chipre
que bebi en su ltima cena al lado de su bella Aspasia, que ha
conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos, y que le ha
hecho soar all mil divinos primores.

Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos
dicho. Fcil es sacar las siguientes consecuencias:

Que a tal literatura se le debe quitar el epteto de amena.

Que si no es amena no es til tampoco, porque nos desazona y aflige
mostrndonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y
no nos ofrece remedio alguno.

Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy cientfica,
exquisita y profunda, todava se puede negar que sea bien encaminada
literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino
a ensear, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones
fisiolgicas, patolgicas, histolgicas y teratolgicas.

Y que los que sostienen el raro progreso de la amena literatura, fundado
en las novelas a la moda, presuponen, no un retroceso en todo lo
restante, que esto sera menos malo, sino un progreso y horrible
crecimiento de la perversin y corrupcin humanas, cuya minuciosa
pintura es el asunto de las novelas susodichas.

Si hubiese demostrado la ciencia que el mal es irremediable, que por el
determinismo se explican los vicios y las virtudes, que la imaginacin y
la fe deben ya desecharse como facultades anacrnicas y que apenas nos
queda esperanza ni en la tierra ni en el cielo, muy desconsolador y
diablico progreso hubiera realizado la ciencia; pero al fin progreso
sera y tendramos que respetarle, y tendramos que bajar la cabeza y
que resignarnos. Todo lo que esta ciencia aflictiva nos ensease,
metindonos el corazn en un puo, y llenndonos de miedo y de asco,
estara bien consignado en trataditos cientficos, cursos y eptomes;
pero en las novelas escritas a menudo por gente que no ha ganado ninguna
borla en las Universidades, todo poda salir trabucado, y aunque no
saliera, no saldra novela tampoco, sino bodrio de ciencia mal digerida,
puesta al alcance de todos, y que slo interesara y conmovera, no como
las obras de un arte sencillo y sano, sino sobreexcitando nuestros
nervios como las pociones y linimentos farmacuticos, que nos hacen ver
visiones espantosas y a las cuales nos aficiona una curiosidad perversa.

Siento que se me quede an en el tintero muchsimo que decir; pero no
logro evitarlo, y haciendo aqu punto, lo dejo para otro da.


III


Haba yo pensado no molestar de nuevo a los lectores de _El Liberal_
discurriendo y meditando sobre cuestiones estticas con relacin a las
novelas; pero como padezco de cierta dolencia, que antes llamaban
_scribendi cacohetes_ y hoy llaman grafomana, haba ya redactado mi
tercer artculo sobre _El progreso en el arte de la palabra_, y no me
haba atrevido a enviarle a _El Liberal_. Mi intento era y es escribir
sobre el particular cuanto se me ocurra y reunirlo luego en un librito,
imprimiendo de l muy corto nmero de ejemplares. As las cosas, veo hoy
en _El Liberal_ un artculo en que mi ilustre amiga, Doa Emilia Pardo
Bazn, trata de impugnar lo que he dicho y hasta lo que no he dicho. No
poco me lisonjea que doa Emilia se emplee en esto; pero no quiero pasar
porque me atribuya opiniones que no he emitido. Jams he afirmado yo que
las novelas de Zola, Daudet, Goncourt, Tolsto, Ibsen, etctera, sean
malas. Al contrario, he dicho que tal vez sern tan buenas y tan
excelentes, que cuanto escribimos, la misma doa Emilia, Pereda, Galds,
Jacinto Octavio Picn, Armando Palacio Valds y otros varios, sin que yo
me excluya, sern obrillas insubstanciales, _epidrmicas_ y
absolutamente desprovistas de enseanza y de trascendencia. Pero esto
consistir en que Espaa y los espaoles estamos decados y hasta
dejados de la mano de Dios, de suerte que, as como no hay ahora
Gonzalos de Crdoba, Corteses, Pizarros y Cisneros, no hay tampoco
Cervantes. Y no consistir en que haya un arte exquisito y profundo
recin inventado, que produce fuera de Espaa esas maravillas,
dejndonos turulatos y patidifusos, y movindonos a remedar a los
autores de tales maravillas, a ver si atinamos a descubrir el novsimo
procedimiento con que las hacen y a atolondrar al mundo todo con
nuestras novelas como le atolondran ellos. Yo no he dicho ni ms ni
menos que lo que repito ahora, aunque sea pesadez; pero aunque sea
pesadez, ya que doa Emilia me da ocasin para ello, voy a continuar
mis meditaciones estticas, insertando aqu mi tercer artculo, que por
miedo de fatigar al pblico permaneca indito, y que es como sigue:

Lo nico que me apesadumbra y que a veces me mueve a arrepentirme de
haberme puesto a tratar asunto tan complicado, es la multitud de
aspectos bajo los cuales importa considerarle y la extensin que por
consiguiente tengo que dar a este escrito. Por lo dems, mi conviccin
es cada vez ms firme mientras ms pienso en ello, sin que yo crea
intil ni de poca importancia explicar y defender lo que en mi
pensamiento se presenta como verdad contra opiniones que me parecen
falsas y aun absurdas. No estoy excitado por el amor propio nacional ni
singular; no niego ni afirmo, pero doy de barato, para allanar el camino
de la discusin, quitando tropiezos del medio, que las novelas francesas
y rusas del da son mucho mejores que las que en Espaa se escriben. El
ingenio, la inspiracin, y el chiste, habrn acaso emigrado de Espaa.
No quiero negarlo; me limito a lamentarlo. Lo que yo niego, y esta es la
cuestin, es que las bellas artes progresen como progresa la qumica o
la ciruga, y que la superioridad de las novelas francesas y rusas sobre
las nuestras, consista en que aqullas estn escritas siguiendo los
preceptos de un arte exquisito y profundo recin inventado.

Yo quiero conceder que en todo, hasta en las bellas letras, hay
progreso, en lo que pudiramos llamar tcnico o del oficio, pero, no
bien lo reconozco, cuando reconozco igualmente que lo tcnico y
progresivo de la literatura, apenas tiene importancia, comparado con lo
esencial de ella, en que no cabe progreso. Recapactese bien y se ver
que, en ninguna poca colocados los hombres en el nivel de la ms vulgar
y mediana cultura que entonces haba, se han requerido ms especiales
estudios ni ms largos aos de aprendizaje para ser poeta o novelista
que para ejercer otro oficio cualquiera. Todos los hombres, por ejemplo,
saben hablar y escribir, pero no todos manejan la lezna y el tirapi,
como no se apliquen a ello con ahnco y constancia. De aqu que, en
cierto sentido, pueda bien afirmarse que es ms difcil hacer un zapato
que componer un poema. Y todava es ms fcil, y requiere menos
_propedutica_ componer una novela, para la cual, la prosodia, el arte
mtrica y el diccionario de la rima importan poco o nada. As se
concibe, sin el menor asombro, la inmensa cantidad de novelas que se
componen ahora en ingls, en francs, en ruso, en italiano, en alemn,
en hngaro, en polaco, en suma, en casi todas las lenguas que se hablan
y se escriben en los diversos pases civilizados de las cinco partes
del mondo. El oficio es fcil de aprender y el instrumento que vale para
la confeccin o fabricacin, o sea la lengua o la pluma, se maneja con
menos esfuerzo y ms naturalmente, no ya que el cincel o el pincel sino
que el azadn o el almocafre, por donde toda persona algo educada
escribe o puede escribir novelas. Hasta el material que se gasta en
escribirlas cuesta menos y est ms al alcance de todos que el que se
gasta en los dems menesteres. Por tres pesetas se compran mil
cuartillas de papel, en las cuales, aunque no se emborronen sino por un
lado, caben con holgura dos novelas de no cortas dimensiones.

Ser acaso que por esta misma abundancia de novelas se necesite emplear
un arte exquisito y profundo para que sobresalga entre todas las dems
la que nosotros escribamos? Yo lo niego redondamente. El buen gusto, el
delicado juicio esttico, si no est en contradiccin crea notable
confusin en este punto. Para toda persona refinada y culta, Prspero
Mrime y Tefilo Gauthier, por ejemplo, son mejores novelistas que
Eugenio Sue y Ponson du Terrail, y, sin embargo, ni _Colomba_, ni _El
Capitn Fracasse_, han logrado la vigsima parte del favor del pblico,
de la venta y del aplauso que _Los Misterios de Pars_, o las
interminables aventuras de Rocambole. Consistir esto en que Sue y
Ponson du Terrail emplean el arte exquisito y profundo que Gauthier y
Mrime ignoran o en que la generalidad del pblico tiene un gusto
psimo, est muy atrasada an y prefiere lo burdo a lo fino? O
consistir esto en que el verdadero arte exquisito y profundo no ha
llegado a descubrirse, sino muy recientemente, cuando Merime y Gauthier
estaban ya muertos y enterrados, y por virtud de dicho arte al pblico
se le han abierto los ojos del entendimiento para comprender lo bueno, y
a Zola, Daudet, Bourget, Ibsen y Tolsto, se les han abierto los veneros
y fuentes de la inspiracin legtima para producir obras, que no slo
agraden en el da, sino que ya contengan en germen, cuando no en flor,
la sublime novela del porvenir, en cuya comparacin es el _Quijote_ una
obra superficial, _epidrmica_, sin trascendencia, sin enseanza y de
mero pasatiempo?

Si las cosas fuesen as, la moda dejara ya de ser moda. El recto
camino, el arte infalible para escribir novelas estara hallado, y por
nada del mundo deberamos apartarnos de l, para no extraviarnos o
quedarnos a la zaga.

Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte
exquisito y profundo que tanto encomia el seor Reyles, aunque son
ledas, admiradas e imitadas por cuantos siguen fanticamente la moda de
Pars, es de presumir que caigan en olvido, y hasta en menosprecio,
cuando la moda pase y venga otra moda. Posible es que entonces todo lo
que hoy se tiene por sutileza, novedad y profundidad, parezca falso
relumbrn y pesado amaneramiento.

Lo cierto es, que las novelas ms populares, las que se han vendido ms
en el mundo en estos ltimos aos, las que han tenido en apariencia al
menos, mayor influjo en los sucesos polticos y sociales, no se han
escrito en Pars, ni siguiendo la moda de Pars, sino ponindose en
determinada e impetuosa corriente de la opinin, dejndose arrebatar por
ella, acrecentando su bro y extendiendo ms su accin sobre el espritu
humano. De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo,
sino con poco o ningn arte, aunque escritas en un momento dichoso y
oportuno, han logrado ms xito, han tenido mayor resonancia, han
importado ms en los cambios sociales y en los grandes hechos
histricos, que toda esa novelera tan encomiada por el seor Reyles.

Valga como muestra de lo que digo _La cabaa del to Toms_, de la
seora Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de
miles de ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez
enardeci los sentimientos abolicionistas y que entr por algo en las
causas de la tremenda guerra de _secesin_.

No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina
enseanza de inauditas verdades, ni la superior inspiracin, ni el
refinamiento de la ltima moda de Pars, ni el primor del estilo, ni
otras raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a
un autor de novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse
arrastrar sin miedo por la corriente.

Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy,
ciudadano anglo-americano tambin, novela de la que se vendieron cerca
de cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pblica. La novela
era lo que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imagin
el autor en porvenir no muy distante. La revolucin social se haba ya
realizado. El nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo
se haba convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje
coma, beba, se diverta y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La
novela del Sr. Bellamy lleg a tiempo y a esto debe su xito. Bien
pudiera decirse de ella lo que con mucho menos motivo dicen que dijo
Voltaire de las _Cartas persianas_ de Montesquien: _esas cartas
persianas tan fciles de componer!_ ...!

No pretendo rebajar ni ensalzar aqu el mrito de las novelas francesas
y rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas
que yo he citado. Digo slo que han sido oportunas, y ya es esto un
gran mrito. Tambin, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno,
y si no lo soy, es porque no atino con la oportunidad. Pero qu tiene
que ver la oportunidad con un arte exquisito y profundo recin
inventado, con hacer sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres
de nuestra poca ms hondamente que lo que con otras novelas oportunas
hicieron sentir otros autores al pblico de los pasados siglos en que
ellos vivieron? Esta es la farsa que yo no admito y de la que se deja
seducir el Sr. Reyles. Esta es la _hablerie_ y (permtaseme la
expresin) la _blague_ parisina, por la cual, sea dicho con el debido
respeto, me parece que est tambin algo seducida mi discreta y
elocuente amiga doa Emilia Pardo Bazn, que todava escribira mejor de
lo que escribe y compondra obras ms originales y espontneas, si se
dejase influir menos por dicha _blague_.

La _blague_ sube de punto si se sostiene adems que la novela del da
debe estar atiborrada de enseanza, debe ser conjunto de _documentos
humanos_ y debe contener ms honda doctrina que la de los libros
destinados a ensear y no a deleitar. Sera curioso que alguien
estudiase historia en Alejandro Dumas, geologa y cosmografa en Julio
Verne, sociologa en Zola, en Bourget psicologa, y patologa interna en
otros varios novelistas.

Claro est que quien escribe una novela, as como toma para elementos o
materiales con qu escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria
observados por l, tambin puede tomar las doctrinas, creencias,
aspiraciones, ensueos, ideas religiosas y metafsicas, y en resolucin,
todo cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto
como elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empee en ser
didctico, porque se expondr a ensear menos y peor que lo que ensea
el ms pobre de los manuales y a faltar a su vocacin de artista, sin
crear la belleza y sin producir el deleite esttico por el vano empeo
de patentizar y divulgar inauditas verdades.

Es de notar, por ltimo, que en esto de contener la ciencia en el arte,
lejos de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha
ensanchado tanto que no cabe en los moldes artsticos, por ms que los
moldes se ensanchen tambin y hasta se deformen, como ocurre en la
novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas
y otras muchas ms.

Con todo, una obra perfecta de arte literario no puede menos de
encerrarse dentro de ciertos trminos. Lo que fuera de ellos se ponga
tendr algo de impertinencia monstruosa. Y en este sentido no negar yo
que en una novela pueda ensearse teraputica, economa poltica,
teologa mstica, metalurgia o cuanto se quiera.

Si est de moda embutir en las novelas todas estas cosas, la novela
gustar mientras la moda dure, tal es el poder de la moda; pero pasada
sta, no habr ser humano que sufra la novela docente. La que gustar en
todas las edades, y ser siempre leda y celebrada, ser la que trate
slo de crear la belleza, ya con elementos de la vida vulgar, ya tomando
para elementos las ideas, las doctrinas y las creencias que mueven la
mente del autor y la mente de los otros hombres. Aun as, en esto de
encerrar en una novela o en un poema el saber, no con fin didctico,
sino con fin esttico, los antiguos nos llevan enorme ventaja. Homero
pudo poner en la _Iliada_ cuanto en su tiempo se saba y no poco de lo
que estaba en germen y en lo futuro deba saberse o inventarse. Ya la
_Divina Comedia_, del Dante, es harto menos comprensiva de ciencia. Yo
admiro mucho al Dante; pero no puedo menos de creer que slo estn
indicadas en su poema las teologas y las filosofas que con mayor
amplitud, claridad, fundamento y orden pueden estudiarse en San Anselmo,
San Bernardo, Pedro Lombardo, San Buenaventura, Santo Toms de Aquino y
otros doctores de la Edad Media. Conque si as pienso del Dante, qu
pensar yo de Zola y qu creer yo que pueda ensearme Zola, que no se
aprenda mejor en cualquier diccionario enciclopdico manual: en el
Bouillet, pongamos por caso?

Y basta con lo dicho, porque parece cosa de broma y de risa el aducir
pruebas y argumentos para sostener verdades tan de sentido comn y tan
palmarias.

IV

Lo que se me ocurri decir hace tiempo sobre las novelitas del Sr.
Reyles, ha dado ocasin o motivo a una extensa polmica en la que han
tomado parte el mismo Sr. Reyles, la seora doa Emilia Pardo Bazn y
los seores D. Jacinto Octavio Picn y D. Eduardo Benot.

Elevndonos todos a consideraciones generales, dimos al asunto tanta
amplitud y transcendencia que vino a contener toda la esttica literaria
o dgase toda la filosofa del arte de la palabra, singularmente
aplicada a la novela.

Interminable tarea sera seguir discutiendo de esta suerte, y convendra
para ello escribir libros y no breves artculos de peridico.

A fin de no cansar a los lectores de _El Liberal_, voy, pues, a
prescindir de no poco de cuanto he dicho hasta ahora, as como de lo
que han dicho mis discretos impugnadores, a retirarme modestamente de la
palestra, y a ceirme en mi despedida al caso particular que me impuls
a escribir y al propsito que tuve al hacerlo.

Creo fuera de duda y por cima de discusin que en todo idioma y en toda
literatura hay un momento de florida abundancia y de madurez sazonada,
despus del cual apenas caben ni se conciben progreso y mejora, sino
transformaciones y cambios.

Concretndome a la novela, entiendo yo que, si bien se cumplirn pronto
tres siglos desde que sali a luz el _Don Quijote_, no se ha escrito
hasta ahora novela mejor ni que se le iguale. Por esto me pareci falso,
infundado e injustamente depresivo para el ingenio y la cultura de los
espaoles, el sostener que las antiguas novelas son superficiales y
_epidrmicas_, y que desde Bourget, Tolsto y otros franceses y rusos se
emplea para escribir novelas un arte nuevo, _exquisito y profundo_, por
cuya virtud se logra que los lectores sientan y piensen mil y mil cosas
inauditas, inefables y enteramente escondidas antes en las entraas, en
los abismos, en el centro inexplorado y tenebroso del alma humana.

Acaso, en el ardor de la contienda, he ido ms lejos del punto a donde
deba ir. Voy yo mismo a corregirme y a enmendarme. Dir de los
ingenios lo que, en nombre de la misma Divinidad, Virgilio deca de los
romanos y lo dir en igual sentido:

    _His ego nec metas rerum nec tempora pono;_
    _Imperium sine fine dedi._

No quiero ni debo poner barreras, meta, ni a modo de columnas de
Hrcules al ingenio de los hombres, escribiendo _non plus ultra_ en
dichas columnas. Allnense los ingleses a confesar que es posible la
aparicin de un dramaturgo que valga ms que Shakespeare, y allanmonos
nosotros a confesar que es posible la aparicin de un novelista superior
a Cervantes. A lo que no nos allanamos y a lo que yo no me allano, es a
que este novelista haya aparecido ya, y menos a que sea Tolsto, Bourget
o Zola. Pero, aunque llegase alguien a convencerme de que cualquiera de
estos novelistas de ahora vala ms que Cervantes, an no me convencera
yo de que la superioridad consista en el ejercicio o en el empleo de un
arte ms exquisito y profundo, sino en que a Zola, pongamos por caso, le
haba dado Dios ms inteligencia, ms estro, ms inventiva y ms
profundidad de ideas y de sentimientos que a Miguel de Cervantes, por
donde ste se haba limitado a escribir cosillas de mero pasatiempo, sin
penetrar ms all de la corteza y de la epidermis, mientras que Zola se
hunde como buzo espiritual en las ms obscuras reconditeces del ser
humano, sacando de all a la clara luz del da secretos misteriosos,
nunca revelados antes.

Todava, concedido esto, y no es poco conceder, se me ocurre una
objecin. No involucraremos las nociones del arte y de la ciencia?
Ser bien estimar en ms, porque tenga ms contenido cientfico una
obra de arte que otra obra de arte? Demos de barato que _Germinal_
encierra ms, muchsima ms ciencia que _El ingenioso hidalgo_, pero ni
aun as se podr inferir que _Germinal_ sea mejor novela. Tanto valdra,
en vista de los adelantos modernos, inferir, no ya que un tratado
fundamental, sino que la ms compendiosa cartilla de agricultura vale
mil veces ms que las _Gergicas_. Las _Gergicas_ quizs no ensean
sino simplezas y errores, mientras que estudiando la cartilla puede
cualquier sujeto entendido convertirse en agricultor ms que mediano.
Pero el arte no se propone tal fin. Se propone la creacin de pasmosa
hermosura que deleita, arrebata y eleva el alma, lo cual se consigue con
las _Gergicas_, cuando el que las lee es capaz de comprenderlas; pero
no se consigue con la cartilla, que est al alcance del ms tonto, que
no hay nadie que no comprenda, y que divulga muy tiles conocimientos.
Mas para lograr este fin no ser siempre mejor escribir cartillas que
no poemas o novelas? Todo cuanto ensee la ms sabia novela del da
podr cifrarse acaso en un par de planas de la ms modesta cartilla. Y
as, hecha abstraccin de la sabidura que la novela encierre, quedar
monda y lironda la obra de arte, la cual luego que pase la moda del da
y sea otro el gusto del pblico, es casi seguro que aburrir al gnero
humano y caer en olvido o en menosprecio.

Cmo he de negar yo que la humanidad ha adelantado mucho? Su cultura es
como un capital que se aumenta cada da, tanto por nuevas ganancias como
por los rditos que no se gastan y que se van acumulando. Lo que niego
es que el arte, como arte, progrese a par de dicha cultura.

Yo no gusto de defender paradojas. Si de ello gustase, me atrevera a
defender lo contrario, con no escasa complacencia, porque lo ms divino
y admirable que hay en el arte en general, y singularmente en el de la
palabra, es lo inspirado, lo espontneo, lo en cierto modo inconsciente,
lo que se dira que est por cima de toda conciencia individual, en la
mente colectiva, en la razn impersonal, en el ingenio superior de
pueblos y razas y hasta en el numen, que se nos revela o creemos que se
nos revela. Y aunque yo no niego la posibilidad y la continuidad de
presentes y de futuras revelaciones, hallo ms propios de las
primitivas edades que de la edad presente tales casos, que pueden bien
calificarse de sobrenaturales y divinos.

No impide lo dicho que la parte tcnica, la industria de la fabricacin
literaria est en el da ms adelantada y ms divulgada que en los
pasados siglos. De aqu que, por cada una de las novelas que se
escriban hace ciento o doscientos aos, se escriben hoy centenares y
hasta millares. A lo cual contribuye no poco el que haya hoy ms gente
que las lea y que las compre. Pero esto mismo manifiesta lo caduco y
efmero de la actual produccin. Cmo he de quitar yo su mrito al que
logra crearse un pblico, ganar su atencin y su simpata y entretenerle
y divertirle durante diez, veinte o treinta aos, con los cuentos que
escribe? Grande y muy envidiable mrito es ste; pero no llega, ni con
mucho, al del autor que produce algo, no fuera de moda, sino superior a
la moda y que ha de persistir cuando la moda pase, porque toda moda ha
de autorizarse y justificarse, comprendindolo en vez de desecharlo. As
los clasicistas del siglo del renacimiento y del de Luis XIV ponan a
Homero a la cabeza de los clsicos. Vino luego el romanticismo y declar
romntico a Homero. Y yo no dudo que los ms acrrimos naturalistas del
da dejen de citar la _Iliada_, como dechado y modelo del ms admirable
naturalismo.

El busilis, pues, y el toque magistral de cualquier obra de amena
literatura no est en seguir la moda, sino en dar la moda o ms bien en
ponerse tan por cima de la moda y tan por cima de progresos y de
mudanzas, que toda moda nueva se apoye y se autorice en aquella obra
presentndola como dechado y tratando de convencer al pblico de la
excelencia de lo nuevo, no por su discrepancia, sino por su semejanza
con aquel modelo inmortal.

Que haya obras de esta clase en el da y cules sean, es lo que yo no me
atrever a decidir. La sentencia es ardua. La posteridad la dictar sin
duda. Limitmonos nosotros a reconocer el mrito relativo de los que
interesan, divierten o entusiasman con sus escritos, aunque sea durante
corto nmero de aos, a determinado nmero de personas, que llamaremos
su pblico. Ya lograr esto, es lograr muchsimo. El que lo logra merece
admiracin y aplauso y hasta mueve a envidia, a quien no tiene el alma
desinteresada y generosa: pero desde este triunfo fugitivo hasta la
inmortalidad gloriosa y hasta conseguir la victoria sobre aquellos
autores, a quienes ha venerado el mundo durante largos siglos y a
quienes han ensalzado muchas generaciones de crticos, hay enorme
distancia, sobre la cual nadie puede dar un brinco sin caer en lo
absurdo.

Y por ltimo, en lo tocante a la ciencia ms honda que se supone que
encierran las novelas del da, ya he dicho y repito ahora, que la novela
no es ciencia, y que, aun suponiendo que ensee mucho, nada vale como
aburra, disguste y hasta ponga de mal humor a quien la lee, porque la
amena literatura no se propone afligir, sino deleitar, sacando deleite
hasta de los lances ms trgicos y lastimosos y haciendo que la
compasin y el terror estticos traigan placer y elevacin al nimo y no
que le desconsuelen y depriman, por donde Aristteles deca que el fin
de la tragedia era la purificacin de las pasiones, esto es, que la
compasin y el terror se conviertan por el arte en dulces y gratos, en
vez de ser amargos e ingratsimos, como son por naturaleza.

Harto sabemos que hay pobres y ricos; peste, hambre y miseria; que tarde
o temprano todos nos hemos de morir; que la sociedad pudiera estar mejor
organizada; que hay ms hambre que pan y ms fro que capas, y ms
enfermedades que remedios, y ms necesidades que recursos para
satisfacerlas; pero la existencia de tanto mal no disculpa ni justifica
el que produzcamos otro mal, que para nada nos vale, atormentndonos con
lamentos y quejas y esmerndonos en las ms prolijas y menudas
descripciones de todos los vicios, podredumbres, crmenes, infamias y
desventuras que hay sobre la tierra.

Bueno y deseable es que el mal, hasta donde esto es compatible con el
ser de nuestro planeta y con la condicin fsica y moral de los hombres
que le habitan, vaya desapareciendo, o al menos, menguando; pero, como
no sea distrayndonos y deleitndonos, las novelas no logran este fin.
Lo lograrn, por dicha, la religin y la ciencia, los sermones y las
disertaciones. Y aun as, hay no poco que observar.

Yo soy entusiasta admirador del poder de la palabra, hablada o escrita.
Y, sin embargo, no puedo menos de reconocer que los hombres que ms han
contribuido al progreso y a la mejora moral de nuestro linaje, as en la
sociedad como en el individuo, ni han escrito novelas, ni apenas han
escrito cosa alguna. No s yo que Sakiamuni escribiese nada, ni
Scrates, ni Jesucristo, si es lcito citarle como hombre entre los que
fueron meramente hombres. En suma, con mucho hablar y con mucho escribir
se consigue poco o nada fuera del deleite del que lee o del que oye
cuando lo hace bien el que escribe o el que habla.

Y al contrario, a la felicidad y bienandanza de nuestro linaje, suele
contribuir ms que el que escribe el que compendia lo profusamente
escrito o lo destruye y lo borra. Valga para ejemplo lo que se cuenta
de Confucio, quien de millones y millones de mximas que haba en China,
extract unas pocas y form as el libro fundamental de la sabidura en
el celeste imperio.

Moraleja final de todo. Nosotros, por lo mismo que no somos sabios,
escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar
que enseamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos nuevos
y ocultos senderos. Bstenos con aspirar a divertir o a conmover
agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de
individuos, que forman nuestro pblico y que tienen el bueno o el mal
gusto de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos.
Ojal que este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro pblico no se
disipe, sino que persista o se renueve, y que al menos la mejor de
nuestras novelas siga leyndose con agrado la mitad del tiempo siquiera
que fue ledo el _Amads de Gaula_ o que fue leda _La Diana_ de Jorge
de Montemayor, que casi nadie lee ya porque le falta la paciencia.

Y para que no le falte tambin a los lectores de _El Liberal_, al notar
lo largo de esta discusin literaria, pongo por mi parte punto final en
ella, y prometo no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan
y diluciden la cuestin con mejor tino y gracia.




EL FILSOFO AUTODIDACTO


Con el ttulo arriba estampado se designa cierta novela, que har ya
ocho siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi
antiguo y buen amigo el autor de _El sombrero de tres picos_, de _La
prdiga_, y de _El nio de la bola_. Aunque slo fuera por esto, me
sera a m simptica la novela de que voy a hablar, novsima ya a fuerza
de ser antigua. La escribi un mahometano natural de Guadix, que vivi
en el siglo XII de nuestra era y que tena por nombre Abubequer
Abentofail. Dicen que fue gran matemtico y astrnomo, docto mdico,
filsofo e inspirado poeta. Hubo de ser asimismo hbil y discreto
cortesano, porque priv con el rey moro de entonces, de la dinasta de
los Almohades, y alcanz tal valimiento, que pudo favorecer, aupar y
llamar con buenos empleos a aquella brillante corte a no pocos otros
sabios y literatos. As tuvo la gloria de ser el protector del gran
cordobs Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en la
filosofa escolstica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun
entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que
Ernesto Renn compuso sobre l y sobre su doctrina.

Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que
llamamos ahora un polgrafo. Escribi de astronoma, de medicina y de
varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdi, y slo poseemos
las aventuras de Hay Benyocdan o sea _El filsofo autodidacto_,
aceptando el ttulo que se ha dado a la novela al traducirla en latn de
la lengua arbiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente
comentada por Moiss de Narbona. En latn la tradujo Eduardo Pococke, y
la public en Oxford en 1671. Despus se han hecho varias versiones y
ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemn
y en ingls.

En Inglaterra hubo de tener muy buen xito nuestra novela, ya que de
ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes
en lengua vulgar. Viva entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable
o casi seguro que ley la historia de Hay Benyocdan, gust de ella y se
propuso imitarla. _Las aventuras de Robinsn Crussoe_ que tanto nos han
embelesado a todos cuando nios, y cuya lectura nos deleita an, bien
podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la
obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que
Robinsn, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su
ingenio, por la energa de su espritu y por la robustez y bro de su
cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con
productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas;
somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la
intemperie construyndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa
los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad
otras artes y otros oficios.

En la historia de Foe, el hroe es harto menos prodigioso. Es por
consiguiente ms verosmil lo que ocurre. Robinsn haba vivido en medio
de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que haba
visto, se limitaba a reproducirlo ms o menos groseramente.

Hay Benyocdan es personaje mucho ms fantstico. El mismo novelista
ignora cmo su hroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables
amores o de matrimonio clandestino la bellsima princesa, su madre, para
evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como
la madre de Rmulo, o como hizo Elisena con su hijo Amads, que por eso
se llam el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una
cuna flotante a merced de las olas.

De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arrib a punto
donde, al retirarse la marea, le dej en seco, en frtil y apacible
floresta, en hermossima isla situada en la lnea equinoccial, y en la
que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales
tmidos y benignos. Una gacela le cra, como cri a Rmulo una loba, una
cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.

La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del nio
abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que
inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos
verosmil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin
dejar de presuponer en quien escribe atinada observacin y experimental
conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.

No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos
importante de la novela, aunque sobre ello lo ms importante est
fundado.

Hay Benyocdan es todava ms excepcional y egregia criatura por el alma
que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en s ni fuera de
s, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y
combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque
desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay
para l palabra hablada o escrita. Slo puede saber y sabe los varios
gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.

A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al
ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su
hroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aqu por falta de
espacio y ms an por falta de suficiente aptitud en m para extractar
sin rebajar el valer de la obra.

Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y
abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve
aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla as
la especie y el gnero y llega por ltimo a la unidad del ser, despojado
de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a
que llega no es el ser vaco, que indeterminado y sin atributos, se
confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza,
porque ha llegado hasta l, no por mero procedimiento dialctico,
abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en l la causa y el
origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de
todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de
generacin y de corrupcin en que vivimos, ni en el aire, ni en el ter,
ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo
que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea
eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay,
presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor nico,
supremo y anterior, si no cronolgicamente, dialcticamente, a todo
cuanto fue, es y ser. En suma, Hay, con argumentos dialcticos y
cosmolgicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo
llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo
penetra, sin las dimensiones y dems accidentes propios de los cuerpos.

Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y
la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha
huido. Con rudos instrumentos le abre las entraas y busca ese principio
en el hgado, en los pulmones, en el corazn, en la sangre y en los
nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levsimo
vapor se ha disipado. As infiere que el principio de la vida es
incorpreo, es tenue; se asemeja en pequeo al gran ser que antes ha
reconocido como motor o como alma del Universo.

Estudia luego a los animales con quienes vive y entre l y ellos
descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la
idea del gran ser a que l se ha elevado. l, pues, es nico en su
especie. Valindonos de expresin moderna, l por s solo constituye un
reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en l existe
no puede menos de ser inmaterial e inmortal...

El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahnco;
escudria, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de s
la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginacin se
despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lbregos
senderos en el abismo de su propia alma. All al cabo se le aparece la
radiante y divina luz del da eterno. Hasta la inmortal esencia de su
espritu se diluye y se pierde en aquel Ocano luminoso, viniendo a ser
todo uno y lo mismo.

Todava, sin embargo, Hay vuelve del xtasis y contempla de nuevo el
Universo visible, pero ya reconoce en todo l, en una parte ms intensa
y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel
eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor
intensidad en cuantas son las criaturas. As el sol material se refleja
y se mira en los espejos, aunque estn empaados y turbios. Hasta en lo
ms bajo de nuestra tierra de corrupcin brilla algo de la luz divina,
como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las
negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar
alborotado.

No pocos crticos acusan a Tofail de pantesta; pero yo me atrevo a
sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me
infunden, que Tofail est exento de pantesmo. La persistente realidad
de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo
penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan
enrgica expresin del corto o ningn valer de las criaturas, si con el
Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: _Dios
mo, si las cosas son algo es por el ser que T les das, y no son nada
porque no son lo que T eres!_

Y en lo tocante a la unin ntima del alma con Dios y al propsito de la
ciencia mstica, tampoco va tan lejos Tofail como en sus trminos y
frases muchos msticos ortodoxos de Alemania, de Italia y de Espaa.

Lo que s se echa de menos en la mstica de Tofail es, ya que no la
carencia, la poca energa del amor que aspira y logra la unin ms que
la inteligencia pura.

En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmn, y ms an
todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.

Asal, habitante de un pas muy poblado y civilizado, y fervoroso
creyente en una religin positiva, se siente inclinado a la mstica
contemplacin, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar
en la isla donde Hay habita. Los dos extraos anacoretas se encuentran,
se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al
principio se entienden por seas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal
logra pronto ensearle su idioma. De los sabios coloquios que tienen
ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de
la fe y la razn. La verdad revelada por profetas, apstoles y
fundadores de religiones, coincide en todo con la metafsica que Hay ha
construido en la serie larga de sus meditaciones. La nica diferencia
estriba slo en que la metafsica de Hay es el desnudo foco o centro de
la verdad, envuelta por la religin en denssimo velo de smbolos,
alegoras y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero
en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han
tenido que velarlo y envolverlo en smbolos. En vista, adems, de la
flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha
podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad
y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte,
se conforme y se someta.

De aqu puede inferirse que la metafsica de Hay es, segn Tofail, la
pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en
smbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por
medio de la introinspeccin y de la filosofa.

Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la
inteligencia, logran la bienaventuranza contemplndole y unindose a l,
y ms an que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos.
Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qu
entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego
a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y
perecedero, se apartan de Dios, sienten despus de morir un dolor
grandsimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura
y luz columbraron. Son como hombres que antes vean y que despus se han
quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones
positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal
es el purgatorio.

Lo que es amplsimo en la metafsica de Tofail y de Hay es el limbo. La
inmensa mayora de seres humanos jams eleva a Dios el pensamiento. Son
como ciegos _a nativitate_, y como no han columbrado la luz divina, no
se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin
pena ni gloria.

Resulta, pues, en esta metafsica que, si son muchos los llamados, son
pocos los escogidos, aunque son tambin muy pocos los condenados a penas
eternas.

La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse
satricamente. Hay se empea en ir a predicar y a ensear su metafsica
entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando
entrever que los hombres no estn preparados para tanta verdad y que tal
vez no lo estarn nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal
se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en l y
arriban al pas de donde Asal haba venido. El rey, antiguo amigo suyo y
persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien
stos se lanzan a predicar su metafsica, toda la corte, la burguesa y
la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces,
imitando a la zorra, y perdneseme lo ruin de la comparacin, dicen _no
estn maduras_, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad
y conversacin interior hasta que les llega el da de su glorioso
trnsito, o sea de la muerte.

As, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosfica
de Tofail.

En Espaa nadie haba pensado en traducirla hasta que el entendido
arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad,
devolvi esta joya a la tierra en que se haba criado, trasladndola con
gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se
habla en ella.

El libro est impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente ao de
1900, y es el tomo V de la coleccin de estudios rabes que all se
publica. Contiene, adems de la novela, una advertencia preliminar del
arcediano D. Jos Mara Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado
traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menndez y Pelayo y como
apndice la alegora mstica Hay Benyocdan de Avicena, porque segn
dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente
hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las
cosas divinas.




Sobre la duracin del habla castellana

con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.


A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancola y al
desaliento. Hasta en las circunstancias ms tristes procuro hallar algo
que me traiga esperanza y consuelo. Como los nios de los cuentos de
hadas, cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un
bosque lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo
lejos resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un esplndido
alczar, donde genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y
regenerarnos.

A pesar, no obstante, de esta dichosa condicin ma, como son tantos los
Jeremas y las Casandras que andan por ah pronosticando nuevos males, y
como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros
relmpagos, terribles avisos y ominosas seales, confieso que me
desazono, la postracin se apodera de mi espritu y me pongo muy
compungido.

Para animarme sola yo discurrir all en mis adentros: hemos gastado ms
de lo que podamos gastar en una pobre e intil defensa, y hemos perdido
al fin nuestras ricas colonias, pero nadie podr acusarnos, con
justicia, de malos colonizadores, ni de nacin estril, cuando tan
vastos territorios han permanecido en nuestro poder cerca de cuatro
siglos y cuando de esta nacin han brotado, como de tronco lleno de
savia las ramas verdes y floridas, diecisiete repblicas de gran
porvenir, donde circula nuestra sangre, donde queda indeleble el sello
de nuestro propio ser y carcter y donde sigue y seguir hablndose
nuestro idioma.

Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Fras.

    .............en vano el mundo
    De Coln, de Corts y de Pizarro,
    A Espaa intenta arrebatar la gloria
    De haber sido espaol.

Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de all
seguir siendo espaola antes de ser americana. Y el navegante que
llegue a aquellos puertos tan apartados de Europa y de Espaa,

    Ver la cruz del Glgota plantada
    Y escuchar la lengua de Cervantes.

Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguiran siempre siendo
hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Mjico
hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiramos hablando la
lengua espaola cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran
porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y
lean. Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en l,
con sus dudas y temores, nada menos que el ms profundo conocedor de la
lengua castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos
desmienta) que vive hoy en el mundo.

Pocos das ha, recib un librito impreso en Chartres, que contiene un
poema titulado _Nastasio_, obra del vate argentino D. Francisco Soto y
Calvo. El poema es muy original. En l hay descripciones bien hechas y
sin duda fieles, de la vida rstica de la Pampa, de aquellas frtiles
praderas y de las costumbres, lances y amores de los campesinos o
gauchos. Refiere la mala aventura de un pallador llamado Nastasio, a
quien un tremendo huracn destruye y quema la cabaa y mata a la mujer y
a los hijos. La honda pena y la resignacin cristiana del pallador estn
bien sentidas y expresadas. Los versos que el pallador compone,
celebrando primero su ventura, cuando an era dichoso, y lamentando su
infortunio ms tarde, son sencillos y espontneos sin ser prosaicos ni
rudos, y merecen, a mi ver, no pequea alabanza. Por ltimo, la muerte
del pallador, viudo y solitario, est llena de dulce tristeza o ms bien
de esperanza consoladora.

    .............Un instante
    Fijos los ojos en el techo obscuro
    Pareci que hondamente agradeca
    La bondad del Seor.

        Despus, ya muerto,
    Se qued cual soando en lo futuro,
    Y se asent la paz en su semblante.

En suma, el _Nastasio_ del Sr. Soto y Calvo es una bella composicin,
por el estilo del _Hermn y Dorotea_ de Goethe y de la _Evangelina_ de
Longfellow, si bien en el _Nastasio_ no se advierte imitacin, sino
mucha espontaneidad. Su lenguaje es castellano muy puro.

Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado ms la carta-prlogo
que en el _Nastasio_ he ledo.

Hay en esta carta una idea harto contraria a la condicin, vida y
carcter de quien la emite. Imposible parece que desconfe tanto del
porvenir en Amrica del idioma castellano quien ha consagrado toda la
vida a su estudio y est erigindole el maravilloso monumento de un
_Diccionario de construccin y rgimen_. Quizs exprese D. Rufino J.
Cuervo, pues ya se entiende que ste es el autor de la carta, no ya una
conviccin, sino el temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que
ama desaparezca o muera.

La corrupcin del latn y el nacimiento y desarrollo ulterior de las
lenguas romances no puede ni debe servirnos de gua para pronosticar en
Amrica la corrupcin del castellano y el nacimiento y desarrollo
ulterior de nuevos idiomas. El imperio de los Csares acab y se
desmembr por invasin extranjera. Pueblos germnicos y de otras razas y
lenguas vinieron a establecerse en varias provincias del imperio, dando
origen a nuevos Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio
colonial de Espaa ha tenido fin, dividindose de manera muy distinta,
por obra de los mismos espaoles de origen que han querido y logrado ser
independientes.

La civilizacin antigua se corrompi y degener primero, y con la
invasin de los brbaros sufri despus largo eclipse, o ms bien sueo
o letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra
de lo que era y con otros modos de expresin para manifestar su
pensamiento; pero en las repblicas hispano-americanas ni ha habido
invasin de brbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilizacin, ni raza
triunfante y dominante que se haya sobrepuesto a la raza espaola de
origen que antes triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para
recelar la desaparicin en el nuevo continente de la lengua castellana,
a no ser que los actuales habitantes o ciudadanos de las nuevas
repblicas se consideren, con humildad profundsima, tan pobres de ser
propio que vengan a sobreponerse a ellos y a hacerles olvidar el habla
de sus padres, o bien los indios indgenas, o bien los emigrantes
italianos, franceses o alemanes, que acudan en busca de trabajo y de
bienes de fortuna.

El aislamiento de las diversas repblicas entre s, tendr que ser y
deber ser menor cada da, y slo en muy remoto porvenir, que va ms
all de toda previsin humana, podr crear lenguas distintas, acabando
por no entenderse los que son hoy pueblos hermanos.

El que haya cierto nmero de palabras propias de cada pas para
significar especiales y locales usos, costumbres, producciones
naturales, trajes, etc., no basta para explicar que vengan a nacer
distintas lenguas. Acaso para entender las narraciones de Pereda, el ms
espaol y el ms castellano de nuestros novelistas, se requiera ms
glosario que para entender el _Nastasio_ o cualquiera otra narracin
argentina. Y no por eso teme nadie entre nosotros que en la Montaa, en
Santillana o en Santander, en la patria del mismo Pereda, de Ams
Escalante y de Menndez y Pelayo, salgan hablando, el da menos
pensado, un idioma distinto.

La ms seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, segn dice el
Sr. Cuervo, que no hay ms que cuatro o cinco autores espaoles cuyas
obras se lean en Amrica con gusto y provecho, que all la vida
intelectual se deriva de otras fuentes; pero si esto es as, si en
Espaa no hay ms que cuatro o cinco autores, y si para vivir vida
intelectual tenemos que recibirla de Francia, tan amenazado como en
aquellas repblicas est el castellano en esta desventurada y estril
metrpoli, donde slo Dios sabe qu lengua hablaremos, o si dejaremos de
hablar ya que nada propio y no venido de Pars tenemos que decir en
ninguna habla. Si para decir algo de _gusto_ o de _provecho_ tenemos que
repetir lo que se dice en Francia, ms vale dejarlo en francs y no
traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto
y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara diciendo:

    ........et souvenez-vous bien
    Qu'un dner rechauff ne valut jamais rien.

Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua
metrpoli y en todas las repblicas, sus hijas, dieciocho lenguas
nuevas, desaparecer la esterilidad de nuestro ingenio, se nos
aclararn las entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que
escriban cosas de _gusto_ y de _provecho_, tendremos cuatrocientos o
quinientos. Desengese el seor Cuervo: si en el da y hasta el da
hemos sido y somos poco ingeniosos, _provechosos_ y _gustosos_, lo
seguiremos siendo, aunque se repita el milagro de la Torre de Babel
entre nosotros.

Este milagro, por otra parte, es harto difcil de hacer. No en todas las
regiones que formaban antes el inmenso imperio espaol se halla a mano
para desechar el habla de Castilla otra lengua viva an, o algn
dialecto que la reemplace, como sucede en Catalua y en Galicia. Los
andaluces, pongamos por caso, nos veramos algo apurados si intentsemos
_descastellanizarnos_. Expulsados ya los judos y los moriscos, no me
parece bien ni fcil que salisemos hablando en rabe o en hebreo, lo
cual tendra adems el inconveniente de no ser nuestra lengua propia y
privativa. Todo, sin embargo, tiene remedio. D. Manuel Gngora y
Martnez refiere en sus _Antigedades prehistricas de Andaluca_, que
en varias cuevas llamadas de letreros, los hay al parecer ininteligibles
y en abundancia. Ahora bien; yo tengo un amigo muy docto que trabaja con
xito en descifrar dichos letreros, eclipsando la gloriado Champollin.
Y como se presume que los tales letreros estn escritos en el
antiqusimo idioma de los turdetanos, mi amigo espera reconstituir el
mencionado idioma, en el que se compusieron sabias leyes y hermosos
poemas hace ya nueve o diez mil aos. Si el susodicho amigo mo se sale
con la suya y reconstituye la lengua turdetana, los andaluces echaremos
la zancadilla a los catalanes, a los gallegos, a los vascongados y a
cuantos oriundos de Espaa hay en Amrica, aunque abandonando el
castellano, salgan hablando y escribiendo en quichua, en guaran o en el
habla de los chibchas o de los aztecas.

Lo mejor, sin embargo, dejando bromas a un lado, sera que as en Espaa
como en toda la dilatada extensin del nuevo Continente, que descubrimos
y colonizamos, se siguiese hablando sin corrupcin la lengua de
Castilla, lazo de unin fraternal que no debe romperse. Ningn poltico
ingls mal humorado se atrevera a insistir en que nuestra raza est
decada, si cincuenta o sesenta millones hoy, y en lo futuro ms
millones de hombres, siguiesen hablando la misma lengua, claro
testimonio de la persistente vitalidad de la raza. Mas para esto hemos
de convenir en que se necesitan dos cosas muy importantes: que tengamos
confianza unos en otros, y que procuremos merecerla. Limitndonos a lo
que se escribe, quiero yo dar a entender que no porque sea espaol debe
el pblico desdearlo, y que tambin los escritores debemos hacer los
mayores esfuerzos y afanarnos y esmerarnos para que no nos desdeen con
justicia: para que no se afirme que slo hay cuatro o cinco autores que
se leen con gusto o con provecho. Tal vez nuestros autores pagan el
desdn del pblico con otro desdn equivalente o mayor, pero el desdn
con el desdn no tiene tan buen xito en literatura como en cuestin de
amores. Cuando no se estudia, o se estudia poquito, nadie, a no ser un
ingenio portentoso, acierta a escribir algo que sea de gusto o de
provecho. En el pblico, y singularmente en lo que llaman ahora la
_hig-life_, que suele dar ejemplo y tono, noto yo en Espaa la ms
desdeosa mana contra los que escribimos. Y es menester que trabajemos
no poco para que esta mana desaparezca.

Fuera del teatro, a donde acude la gente por lo muy aficionada que es a
divertirse, apenas hay literatura popular en Espaa. La poesa en verso
y por todo lo alto est en general harto desacreditada y a pesar de
Quintana, Gallego, Duque de Rivas, Espronceda, Zorrilla, Campoamor,
Nez de Arce y bastantes otros que viven o han vivido en el siglo que
est terminando, se nos anuncia fatdicamente que va a desaparecer la
forma potica. Y no se crea que lo escrito en prosa ha conquistado todo
el favor y est muy boyante. Si exceptuamos a D. Benito Prez Galds y
a otro par de autores a lo ms, apenas los hay hoy en Espaa
verdaderamente populares y cuyos libros se compren y se lean. Con
fatigas tendramos que andar hoy para completar el nmero de los cuatro
o cinco autores de que habla el Sr. Cuervo y cuya lectura trae gusto o
provecho a los americanos. Ni siquiera en Espaa caemos en gracia.

No me atormenta la mala pasin de la envidia, pero, sin envidiar,
reconozco y deploro que xito tan grande de librera como va teniendo en
nuestra nacin la novela _Quo vadis?_ del autor polaco Sienkiewicz, no
le ha tenido ningn novelista espaol, aunque entren en cuenta las
_Pequeeces_ del Padre Luis Coloma.

En qu consiste esto? Consistir en mana por lo extranjero o en que
la novela _Quo vadis?_ es mejor que cuanto por aqu escribimos? La
cuestin es tan peliaguda que prefiero callarme y no tratar de
resolverla. _Clarn_ adems ha sido interrogado. Tiene la palabra y no
debo yo adelantarme y quitrsela. Slo me atrever a decir: 1 _Habent
sua fata libelli_. 2 Me alegro de que vuelva la aficin a la novela
histrica. 3 Para escribirla bien (y va de latines) _non oportet
studere sed studice_, lo cual significa, en el presente caso, que no ha
bastado para componer el _Quo vadis?_ acudir al _Diccionario de
antigedades_ de Rich, a la obra de Dezobry, al _Antecristo_ de Renn y
a otras historias, como v. gr, la de Csar Cant, sino que ha sido
menester que el autor est muy versado en la literatura clsica de
Grecia y de Roma, y acaso en los idiomas en que dichas literaturas se
produjeron. Y 4 y ltimo, se necesita muchsima habilidad y grande
ingenio para que interesen y sean asunto principal de un libro los
amores de dos personas harto secundarias, y que acaban por ser muy
felices en medio de multitud de catstrofes que debieran interesarnos
mucho ms: muertes de San Pedro y de San Pablo, suplicios espantosos y
variadsimos de cristianos a centenares y trgico fin tambin de
Petronio, de Lucano, de Sneca, del propio Nern y de otra multitud de
sujetos de mucho fuste.

Casi no hay novela histrica sin cierta ineludible falta de armona que
el autor debe hacer que se perdone o se disimule, logrando as el
triunfo. En el _Quo vadis?_ la falta es patente, pero subsanada o
remediada con arte y talento. Hay dos acciones. La principal es la que
menos importa: un caballero, prendado de una muchacha virtuosa y
cristiana, se vale de malos medios para hacerla su manceba. Ella se
resiste. El se enamora al fin seria y honradamente y se hace tambin
cristiano. Y despus de algunos lances y aventuras, el caballero y la
muchacha se casan como Dios manda y se van a holgar en una hermosa
quinta que en Sicilia poseen. Estos son los hroes y protagonistas y
este el asunto principal de la novela. La comparsa, el coro y el otro
asunto ms amplio, en que el asunto principal encaja, son una legin de
mrtires, apstoles y santos, y una serie de acontecimientos terribles y
reales, que inspiran la Apocalipsis al Aguila de Patmos, y que preparan
la prodigiosa mudanza de Babilonia en nueva Jerusaln, y el vencimiento
del imperio de la fuerza por el imperio del espritu, del que igualmente
ha de ser capital Roma, purificada y santificada por la sangre de los
confesores de Cristo.

En suma, yo no quiero decir ms sino que la novela _Quo vadis?_ se lee
con _gusto_ o con _provecho_, como dice el Sr. Cuervo que slo se leen
en Amrica cuatro o cinco de nuestros autores.




Nueva edicin de LA CELESTINA


El seor D. Eugenio Krapf, alemn de nacin y fundador y dueo en Vigo
de un establecimiento tipogrfico, ha impreso y publicado la
tragicomedia _Celestina_. Segn en el colofn se expresa, esta obra,
dividida en dos volmenes, se acab de imprimir el da 31 de Julio del
presente ao (1900). El primor y la elegancia de la nueva edicin dan
claro testimonio del buen gusto del impresor, de su pericia y de su
devota admiracin a las letras espaolas.

Entre cuantos libros de entretenimiento se han escrito en Espaa, _La
Celestina_, es, despus del _Quijote_, el ms estimado, as de nuestros
crticos como de los crticos de otros pases, y el que mayor influjo ha
tenido acaso en el ulterior desenvolvimiento de la novela y del teatro
en las modernas literaturas de Europa. Prueban la estimacin que en
todas partes se ha dado a este libro las esmeradas traducciones que de
l se han hecho en diversas lenguas, imprimindolas o reimprimindolas
desde principios del siglo XVI hasta nuestros das con mayor primor y
lujo que en Espaa. As, por ejemplo, la traduccin francesa de Germond
de Lavigne, publicada en Pars en 1873, la traduccin alemana de Eduardo
de Bolow, impresa en Leipzig en 1843, y la antigua y bella traduccin
inglesa de Jaime Mabbe, lujosa y lindamente reimpresa en 1894 e
ilustrada con una muy discreta y erudita introduccin por el docto
hispanfilo Fitzmaurice Kelly.

En Espaa, revelndose tristemente nuestro desdn o nuestra indiferencia
por las producciones del propio ingenio, no se ha hecho una sola edicin
de _La Celestina_ durante todo el siglo XVIII, y en el siglo XIX, que
pronto terminar, slo se han hecho cinco ediciones contndose en este
nmero la incluida en la Biblioteca de autores espaoles de Rivadeneyra,
tomo III, que contiene novelitas anteriores a Cervantes. De ninguna de
estas ediciones puede afirmarse que est hecha con el esmero y el lujo
que el texto original merece y pide. Tal vez influy en la menor
estimacin que se dio a _La Celestina_, desde mediados del siglo XVII y
singularmente en el XVIII, el estigma que puso en ella la Inquisicin no
con gran severidad por cierto. Patente se ve la inmensa popularidad de
_La Celestina_ en Espaa, durante el siglo XVI, as, porque de dicha
obra se hicieron en aquel siglo cerca de setenta ediciones, como por los
raros que son los ejemplares de todas ellas, demostrando que se leyeron
mucho, a no ser que se presuma que en tiempos de mayor recato,
hipocresa o pureza de costumbres hubieron de destruirse muchos
ejemplares de un libro cuyo licencioso desenfado no puede negarse.

Caso raro es que no se haya podido afirmar durante mucho tiempo quin
sea el autor de libro tan famoso. Y ms raro es an, dada la perfecta
armona de su estilo y la unidad de pensamiento que en el conjunto se
nota, que haya podido creerse que el primer acto fue escrito por un
autor, atribuyndose, ya a Juan de Mena, ya a Rodrigo de Gota, y que son
obra de otro autor los veinte actos restantes, en nada inferiores al
primero.

En el da, por fortuna y merced a demostraciones que sera prolijo
exponer aqu, ha venido a desecharse la creencia en la pluralidad de
autores y a tenerse por averiguado que el bachiller Fernando de Rojas
fue el nico autor de todo el libro.

De la vida de este bachiller, que resulta por lo expuesto uno de los ms
gloriosos ingenios de nuestra patria, poco se sabe hasta el da, si bien
puede presumirse que no fue un comunero de su mismo nombre y apellido
excluido de la amnista que en 1522 dio el emperador Carlos V, sino
otro Fernando de Rojas, que estudi jurisprudencia en Salamanca, que fue
alcalde mayor de dicha ciudad y que se estableci al cabo y termin sus
das en Talavera de la Reina. La fecha de su nacimiento y de su muerte
creo que se ignora. Nada se dice tampoco de ningn otro escrito o hecho
suyo. Dando aqu por supuesto que la edicin de Burgos de 1499, de la
que slo se conserva un ejemplar, fue una falsificacin, hecha en
Venecia, de 1632 a 1635, la primera aparicin de _La Celestina_, fue en
el ao de 1500, edicin de Salamanca. La edicin, pues, de Vigo hecha
por el Sr. Krapf en 1900, viene a solemnizar el cuarto centenario del
libro y tambin de su autor, de cuya vida y hechos es el libro lo ms
importante que se conoce.

Ilustran la edicin del Sr. Krapf, y le dan mayor realce y atractivo las
variantes, el catlogo de las ediciones que de _La Celestina_ se han
hecho en espaol, en francs, en ingls, en holands, en alemn, en
latn y en italiano, y sobre todo una bella introduccin, notas y
apndices de D. Marcelino Menndez y Pelayo.

Nunca un libro, por original que sea, deja de tener antecedentes.
Considerado como tal est el _Pamphilus_, que es uno a modo de drama, en
exmetros y pentmetros latinos, remedando el estilo de Ovidio. Este
drama viene inserto como apndice en la edicin del seor Krapf. Se
ignora el nombre de su autor y la poca en que se compuso, si bien puede
creerse que no es anterior al siglo XII y que su autor hubo de vivir en
algn monasterio del centro de Europa.

En germen estn en el _Pamphilus_ el pensamiento y el asunto de _La
Celestina_. Ya en el arcipreste de Hita hay no pocos trozos del
_Pamphilus_ imitados y traducidos. Pero con razn afirma el Sr. Menndez
que esto no menoscaba la poderosa originalidad del arcipreste ni mucho
menos la de Fernando de Rojas. El _Pamphilus_, ms que obra de un poeta,
parece el fro y trabajoso estudio de un fillogo, cuyos personajes
carecen de vida y de individual consistencia.

La tragicomedia _Celestina_, en cambio, es y ha sido admirada siempre
por la animacin vigorosa y la variedad de los caracteres de cuantos
personajes toman parte en la accin. Hay, por ltimo, en la _Celestina_
cierto misterioso encanto que se apodera del alma de quien la lee,
embelesndola y movindola a la admiracin ms involuntaria.

No admiramos porque nos prescriban los crticos que admiremos, sino
porque la admiracin nace en nosotros espontnea e inmediatamente de la
lectura. De aqu, para m al menos, un muy curioso problema de crtica
harto difcil de resolver; una contradiccin, real o aparente que tal
vez nadie acierte a explicar, bien sin pecar de sutil y de alambicado.

La historia que en los sucesivos dilogos se va desenvolviendo basta
llegar al desenlace, mirada dentro de la completa realidad de la vida
que vivimos, ya en nuestro siglo, ya a mi ver, en cualquiera otro, tiene
casos tan inverosmiles, que rayan en lo absurdo. Calixto, mancebo
gentil, rico y noble, penetra buscando un azor, en los jardines de la
egregia y hermosa doncella Melibea; prendado de ella, la requiere de
amores, y ofendida la dama en su recato y en su orgullo, spera y
crudamente le despide. Melibea y Calixto son ambos de igual condicin
elevada, as por el nacimiento, como por los bienes de fortuna. Entre
las familias de ambos no se sabe que haya enemistad, como la hubo,
pongamos por caso, entre las familias de Julieta y de Romeo. Ni
diferencia de clase, ni de religin, ni de patria los divide. Por qu,
pues, no busc Calixto a una persona honrada que intercediese por l y
venciese el desvo de Melibea, y por qu no la pidi luego a sus padres
y se cas con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar Calixto para
tercera de sus amores a una empecatada bruja zurcidora de voluntades y
maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso que ni en el
siglo XV ni en ningn siglo se comprende, no siendo Calixto vicioso y
perverso y sintindose muy tierna y poticamente enamorado.

Todo se comprende, sin embargo, si consideramos la tragicomedia
_Celestina_ como la primera creacin de una nueva era literaria en la
que caben ciertos inspirados atrevimientos: una escena ideal, exenta de
condiciones y requisitos y vaca de todo estorbo y no para que en ella
aparezcan vagos y confusos los personajes, sino al contrario, para que
ms distintos y determinados se vean, como figuras que estn en alta
cumbre y se destacan y se dibujan en el azul sereno del firmamento sin
nubes. Las flechas de amor que sucesivamente hieren y arrebatan los
corazones de los dos amantes, no rompen medio que debilite el mpetu
inicial de su carrera, ni hay atraccin de la tierra ni del cielo que
las pare o las solicite. Fernando de Rojas hace abstraccin de todo,
menos del amor, a fin de que el amor se manifieste con toda su fuerza y
resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas, ni tampoco
el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura, sino tan
apretada e ntima combinacin de ambos amores, que no hay anlisis que
separe sus elementos, apareciendo tan complicado amor con la
irreductible sencillez del oro ms acendrado y puro.

Ni lo que llamamos ahora conveniencias sociales, tan existentes en el
siglo XV como en el da, ni lo que prescriben las costumbres y las
leyes, ni moral ni religin se toman aqu en cuenta. Muy licenciosa hubo
de ser aquella edad en que todos los sueos caballerescos de la Edad
Media, las disquisiciones de la corte de amor y las apasionadas ternuras
de los hroes de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra, de Tristn e
Iseo, se mezclaban con el ansia de vida y de goces y con la adoracin
anhelante de la hermosura plstica que el resucitado gentilismo haba
despertado y movido. Todo ello herva sin duda en las almas, como el
mosto en la cuba durante la fermentacin tumultuosa.

En resolucin, Calixto y Melibea se adoran y no es hiprbole ni figura
retrica, sino adoracin efectiva. Fuera de su amor no ven nada ni queda
nada. Ni reconocen el pecado ni hay lugar para el arrepentimiento o para
la enmienda. El destino, en medio del deleite y de la gloria de ellos,
los lleva a trgica muerte, pero en esta misma muerte trgica hay poco
de ttrico y de sombro, sino que hay algo de triunfo. All se ve el ms
alto extremo de lo que el Sr. Menndez y Pelayo en otro reciente escrito
suyo, sobre la _Propaladia_ de Torres Naharro, _llama la triunfante
alegra del renacimiento espaol_.

Muerto Calixto, Melibea se arroja desde lo alto de una torre y tambin
se mata, pero la bienaventuranza alcanzada y gozada por ambos amantes,
en sus mutuos y ardientes abrazos, es como luz de gloria que los
envuelve y que presta a lo trgico, acaso contra la intencin reflexiva
del autor, carcter de apoteosis. As resulta vano en mi sentir, el
propsito que tuvo Fernando de Rojas o que supuso que tuvo, de
adoctrinar a los jvenes enamorados para que no se fiasen de sirvientes
inmorales y lisonjeros y de mediadoras perversas como Celestina.

El candor chistoso con que los escritores de aquella edad, eclesisticos
con frecuencia, buscan motivo o pretexto para justificar sus
composiciones sobrado galantes, pasma hoy al lector y despierta en su
espritu la duda de si ellos se engaaran en efecto al suponer tal
propsito o si le alegaran como burlando. Notable ejemplo da de esto el
beneficiado Fernn Surez, natural de Sevilla y traductor del _Coloquio
de las damas_ de Pedro Aretino, libro reimpreso pocos das ha en Madrid
por el seor B. Rodrguez Serra. Sostiene con toda seriedad el
beneficiado y traductor que lo hace para moralizar el mundo, el cual
andaba tan pervertido en su poca como en aquella edad remota en que
Dios envi el diluvio universal para castigarle. Pero la divina
justicia, segn lo entiende el beneficiado, no gusta de repetir, sino de
variar y de inventar nuevos castigos cuando hay pecados nuevos. Y as,
en vez de diluvio, haba enviado en su tiempo una enfermedad contagiosa
que haca grandes estragos y sobre la cual escribi Fracastoro un
elegante poema latino dedicado al cardenal Bembo. Como quiera que ello
sea, yo no acierto, ni creo que nadie acierte a explicar que haya muy
provechosos avisos para los mancebos y triaca contra la ponzoa de la
sensualidad en los muy desvergonzados lances que el _Coloquio de las
damas_ refiere. Hablara de chanza o hablara de veras el beneficiado
al sostener que su libro morigerara mejor a los jvenes regocijados que
la _Va de espritu_ o la _Subida del Monte Sin_, libros que ellos
desecharan sin leer en cuanto del ttulo se enterasen?

Fernando de Rojas tuvo, o imagina tambin que tuvo, el propsito de
adoctrinar la juventud y de apartarla del vicio. Si result lo
contrario, bien pudo decir Fernando de Rojas lo que dice el beneficiado:
que si la juventud tomase de aqu ocasin para pecar, eso no es culpa
de esta obra, sino de nuestra mala condicin, la cual, como estmago muy
corrompido, la medicina que se le da para su salud la convierte en malos
humores.

Dejando nosotros a un lado la moralidad, a fin de que no salga mal
parada de esta cuestin en vez de salir victoriosa, y prescindiendo
tambin del desafuero inverosmil que sirve de fundamento a los amores
de Melibea y de Calixto, bien podemos afirmar que en todos los
pormenores de la tragicomedia hay tan pasmoso realismo y tan bien
observada y expresada pintura de caracteres y de afectos que, no ya los
crticos espaoles a quienes pudo cegar la vanidad patritica, sino los
ms eminentes crticos de otros pases, como Gervinus en su _Historia de
la poesa alemana_, ponderan el influjo de _La Celestina_ en la novela y
en el drama de la edad moderna, y entienden que hasta la aparicin de
Shakespeare no hubo en la tierra ms profundo observador ni ms hbil
pintor del alma humana que el bachiller Fernando de Rojas. Sus
personajes todos, Celestina, Sempronio y Parmeno, Elicia, Areusa y el
admirable rufin fanfarrn Centurio, estn pintados de mano maestra y
hacen y dicen lo que deben. Si todos citan demasiado a los clsicos,
largan a cada paso sentencias _filosofales_ y pedantean con inocente
refinamiento, es tan propio defecto de aquella poca que ms que defecto
parece gracia y primor y presta al libro indeleble color _temporal_.

Ni carece Fernando de Rojas de muy oportunas delicadezas, inspiradas o
reflexivas. La pasin de Melibea y de Calixto no puede ser ms
vehemente. El deleite que de la posesin nace en ambos no puede ser ms
subido. Y con todo eso, la dicha de ambos, de la que el lector se
penetra, se envuelve en discretsimo y limpio velo, sin que el autor
descubrindola la profane. Los pormenores erticos los guarda el autor y
los emplea para las escenas, citas y encuentros de los secundarios y
plebeyos amantes; de Parmeno y Areusa, por ejemplo.

Prolijo sera hacer resaltar aqu las principales bellezas de _La
Celestina_. Mi artculo se extendera mucho ms all de las dimensiones
que en este peridico se le conceden. Aun terminando aqu, tal vez se me
acuse de haberme extendido demasiado. Vlgame para disculpa la
popularidad que en el siglo ms glorioso para Espaa tuvo la
tragicomedia tan lindamente reimpresa ahora: popularidad en la que entr
por ms el valor esttico que lo licencioso del asunto. Bastantes
novelas en dilogos, imitando la de Fernando de Rojas, se escribieron
despus: algunas notabilsimas por la elegancia y gracia del lenguaje,
por el ingenio y por el chiste, y dejando muy atrs a _La Celestina_ en
sus desenfadadas verduras. La _Comedia Serafina_, reimpresa tambin
pocos aos ha por los seores marqus de la Fuensanta del Valle y D.
Jos Sancho Rayn, da testimonio de ello. Y sin embargo, as la _Comedia
Serafina_, como la _Comedia Selvagia_ y cuantas en el mismo gnero se
compusieron, quedan muy por bajo de la joya literaria, cuyo alto precio
he juzgado conveniente recordar hoy con ocasin de exhibirla de nuevo el
Sr. D. Eugenio Krapf en forma tan correcta y lujosa.




BIBLIOTECA DE FILOSOFA Y SOCIOLOGA


Con el ttulo que arriba se expresa, el seor D. B. Rodrguez Serra ha
empezado a publicar una coleccin de libros de filosofa, y de esto que
con vocablo feo e hbrido llaman ahora sociologa. Slo van publicados
tres tomos, pero yo, que si bien poco entendido en asuntos filosficos,
gusto de ellos muchsimo, no he querido retardar mi bienvenida a la
mencionada biblioteca, desendole el mejor xito posible con nuestro
pblico de Espaa.

De la historia de esta ciencia primera, as como de la historia de toda
cultura, se han escrito no pocos libros en tierra extranjera y en estos
ltimos tiempos. Los franceses, ingleses y alemanes, con razn o sin
ella, se han repartido los ms brillantes papeles, y atribuyndose casi
toda la fecundidad filosfica, nuestra pobre nacin ha resultado estril
o casi estril, durante los cuatro ltimos siglos, por culpa acaso de la
Inquisicin, de nuestra feroz intolerancia o de nuestra ineptitud para
cosas tan sublimes.

Llenos nosotros de humilde abatimiento, hemos aceptado por lo pronto la
sentencia sin protestar ni apelar. La opinin de que no nos da el naipe
para filsofos ha prevalecido entre la generalidad de nuestra gente
letrada.

Por fortuna la reaccin ha sobrevenido, y con tal fuerza en algunos
espritus, que puede hacer recelar a un crtico imparcial y fro que es
mayor que el fundamento en que se sostiene.

Los ms hbiles y fervorosos defensores de la filosofa espaola han
sido, a mi ver, don Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martn Mateos,
D. Francisco de Paula Canalejas, el padre Ceferino Gonzlez y
recientemente D. Marcelino Menndez y Pelayo.

Con todo, y a pesar de las lecciones que este ltimo est dando en el
Ateneo, y a pesar de cuanto ha escrito ya en sus obras sobre las ideas
estticas y sobre los heterodoxos, todava entiendo yo que la cuestin
no est bien dilucidada. Nuestros ms notables filsofos, desde el
Renacimiento hasta el da, han escrito en latn, y no es poco lo que han
escrito, por todo lo cual ni se han hecho extractos fieles y luminosos
de lo que escribieron, ni se han emitido sobre ello imparciales y bien
considerados juicios, ni los profanos, en cuyo nmero me cuento, hemos
llegado a enterarnos con claridad y exactitud de sus sistemas y
doctrinas. Sabemos que hemos tenido, y nos jactamos de tener entre
nuestros filsofos a Luis Vives, a Valles, a Francisco Victoria, al
doctor eximio Surez, a Melchor Cano, a Domingo de Soto, a Foxo
Morcillo, a Gmez Pereira y a muchos otros, pero la mayora de la gente,
apenas iniciada, sabe poco ms que sus nombres. Con todo, basta saberlos
y basta saber que bien o mal tan ilustres varones se han empleado en el
estudio de la filosofa para presumir razonablemente que no se ha
perdido entre nosotros la aficin a este estudio, y que por
consiguiente, los libros de la Biblioteca del Sr. Serra llegarn a
venderse y a leerse, como muy de veras lo deseamos.

Otra opinin vulgar, que anda hoy muy valida contradice la posibilidad
de que nuestro deseo se realice. Creen no pocas personas que la
filosofa se va achicando y consumiendo conquistada y desmembrada por
las ciencias positivas y exactas, que han ido poco a poco invadiendo sus
dominios, anexionndoselos y repartindoselos como pan bendito o no
bendito. Pero esto es una vanidad infundada de los sabios empricos y de
la muchedumbre que los admira y los sigue. Lo razonable es creer lo
contrario: que mientras ms se extiende el saber experimental, ms crece
y se magnifica en el espritu el concepto de la filosofa y de la
extensin inexplorada de su imperio.

Figurmonos que la filosofa, augusta y soberana emperatriz de las
ciencias, mora en esplndido alczar, cuyas salas y estrados son
magnficos y cuyas elegantes cpulas y empinadas torres se dira que
llegan al cielo y se baan en luz ms pura y radiente que la de este sol
que de ordinario nos alumbra. Pues bien, el alczar, que as nos
figuramos tiene vastsimos subterrneos, o stanos por donde los sabios
experimentales van andando y escrudindolo todo. All estn las
caballerizas, las pocilgas y los tinados, no pocos almacenes para
trastos viejos, habitaciones capaces para la servidumbre, cocinas,
fregaderos, bodegas, despensas y otras oficinas por el estilo. Por
algunas rendijas y claraboyas tal vez se percibe y columbra algo de la
magnitud y hermosura del alczar; pero los sabios experimentales no
hallan modo de penetrar en l, si bien mientras ms andan, notan y
averiguan en aquella parte baja, ms crece el concepto de la soberbia
amplitud y de la extensin maravillosa de lo inexplorado e inasequible
que sobre ellos se levanta. As comprendo yo qu es la filosofa con
respecto a la ciencia que de la observacin y del experimento procede.

Quizs nadie consiga nunca subir real y efectivamente a la parte
superior del alczar, pero por virtud de la fe, de la imaginacin o de
algo a modo de entusiasmo amoroso, quizs nos elevemos en espritu con
las alas que nos preste la religin, la metafsica o la poesa, y veamos
o nos forjemos la ilusin de que vemos algunas de aquellas maravillas.
De todos modos, los medios sutilsimos de que nos valemos para
conseguirlo, y el ingenio, la tenacidad y los alambicados recursos a que
acude y de que se vale nuestra mente en tan difcil empresa, tiene tal
encanto y tan poderoso atractivo que nos deleitan y enamoran aunque en
vez de triunfo obtengan slo desengaos.

En este sentido y por las razones expuestas, los libros de filosofa no
pasarn de moda, y en todas partes, incluso en Espaa, agradarn e
interesarn ahora y siempre. Auguramos, pues, buen xito a la biblioteca
del Sr. Rodrguez Serra. Van ya publicados en ella escritos de
Schopenhauer y de Baltasar Gracin, y se anuncian como en prensa, varios
de Nietzsche, Ibn Geribol, Emerson, Leopardi, Vives, Stiner y otros, tan
opuestos en sus ideas que de lo menos que podemos acusar al editor es de
parcialidad, antes bien aparece dotado de un sincretismo que nos inspira
simpata.

No aceptando por cierto sistema alguno, no alistndose en las filas de
los secuaces y aceptndolos todos como cavilaciones discretas,
divertidas o interesantes, poco importa que sean pesimistas u
optimistas que sostengan el pantesmo, el materialismo u otros ismos,
que afirmen o que no nieguen, con tal de que diviertan, interesen u
ofrezcan alguna novedad. Lo que conviene, de cualquiera suerte que sea,
es que el lenguaje de las mencionadas cavilaciones no resulte, o por
culpa del autor o por culpa del traductor, muy brbaro y enmaraado. Si
el lenguaje y el estilo no fuesen claros y hasta cierto punto elegantes,
pudiera ocurrirnos algo parecido a lo que ocurri a la mona que trat de
comerse la nuez verde y que la arroj con desdn o con rabia al probar
la amargura de la cscara, sin llegar a comerse el sabroso fruto que
dentro se esconda. Y an sera peor, si vencida la repugnancia de lo
verde y amargo y quebrantada tambin a fuerza de dientes la dureza de la
envoltura leosa, nos encontrsemos con que la nuez estaba vana o
podrida. Prescindiendo de estas contingencias, yo declaro que todo
tratado filosfico despierta mi curiosidad y me hechiza. Esperemos que
suceda lo propio a mis compatriotas aficionados a libros, a fin de que
compren y lean stos sobre los que ahora voy discurriendo.

Otro peligro hay, contra el cual no veo reparo ni cautela que est de
sobra. La falta de preparacin conveniente puede hacer que un alimento
espiritual, ya por extico, ya por inusitado, ya por harto sustancioso,
se nos indigeste en el alma, o bien que siendo veneno le tomemos como
triaca. Quiero decir, sin ambages, que los que estn ayunos de todo
conocimiento filosfico, si propenden adems, como hoy generalmente
sucede, a prendarse de lo extranjero, tal vez acepten por oro la
alquimia y consideren cualquiera extravagancia o disparate como el _Non
plus ultra_ de la investigacin especulativa y del saber humano.

Ni mis cortas luces ni la brevedad que debe tener este artculo
consentiran, pongamos por caso, que yo impugnara aqu las doctrinas de
Schopenhauer en el libro ya publicado y cuyo ttulo es _Sobre la
voluntad en la naturaleza_. Pero no me sera lcito recelar, no slo la
falsedad de la doctrina, sino lo huero o vaco que en ella puede
notarse, fundndose en puro juego de palabras y en llamar las cosas o
sus cualidades con nombres que no han tenido jams, en castellano al
menos? Qu diantre de voluntad es esa que se ignora a s misma y que
ignora lo que quiere y que produce, sin embargo, el universo y las leyes
matemticas, fsicas y morales que, sin duda, le gobiernan? Cmo de esa
voluntad sin conciencia nace la conciencia? Cmo nace la inteligencia
de lo que no entiende? Por muchas vueltas que se d a un objeto,
brotar en l algo que no est en germen en l y que no traiga adems
de fuera de l la sustancia y la fuerza y la ley que para el
desenvolvimiento del germen se requieren? En fin, la tal voluntad
inconsciente, causa primera de todo, me parece a m, profano, una
ininteligible algaraba.

Y no se me acuse de poco respetuoso con los sabios celebrrimos y
admirados en las naciones ms cultas. El mismo Schopenhauer nos ensea
la falta de respeto, aunque nuestra moderacin y nuestra cortesa no
acepten sino un poquito de sus lecciones. A casi todos los profesores de
filosofa de las Universidades de Alemania los pone l como chupa de
dmine, tratndolos de envidiosos, de plagiarios, de necios y de tan
interesados que encubren la verdad y ensean la mentira por miedo de
perder la posicin y el salario que reciben. A Kant le pone por las
nubes; pero despus de Kant apenas hay ms que l en el mundo: Fichte es
un _mono_, y Hegel, el que por tanto tiempo hemos admirado como el
Aristteles de la edad novsima, no es ms que un charlatn atrevido.
Leibnitz, cuando Schopenhauer le compara con l mismo y con Kant, es un
miserable pigmeo, y tonteras y nada ms que tonteras son su _armona
preestablecida_ y sus _mnadas_.

El desenfado con que Schopenhauer fustiga a sus colegas tiene
antecedentes en abundancia. Ya nos cuenta Gil Blas que los que
disputaban en las aulas de Salamanca ms parecan energmenos que
filsofos. No hay veneracin que valga. El canciller Bacon, preconizado
por muchos como fundador, norte y gua de todo positivismo, ha sido
injuriado de la manera ms feroz por no pocos de los mismos
positivistas. Y Descartes, de quien se dice que procede toda la moderna
filosofa, como de Scrates la antigua, es considerado como un
deplorable metafsico por Gioberti y por otros, que si algo de bueno
hallan en l lo declaran plagio de San Anselmo o de otros autores de la
Edad Media.

Exclamemos con Horacio: _hanc veniam petimusque damusque vicissim_, y
reservndonos el derecho de negar y de censurar muchos sistemas
filosficos, si bien con moderacin suave y sin tirarnos los bonetes,
aplaudamos el propsito del Sr. Rodrguez Serra y excitmosle y
animmosle para que le lleve adelante. Aunque una filosofa nos parezca
falsa o vana, no podr ser entretenida e ingeniosa? Por recomendacin
de Schopenhauer, hemos venido a inscribir nosotros en la lista de los
ms notables filsofos a Baltasar Gracin, alguna de cuyas obras
Schopenhauer ha traducido y ensalzado. _El Criticn_, v. gr., es para
Schopenhauer un prodigio, y en todos los tratados de Gracin rebosa la
filosofa.

El Sr. Serra no carece, pues, de fundado motivo para incluir, como
incluye, en su coleccin dos obritas de Gracin: _El hroe_ y _El
discreto_. Mucho distamos nosotros de hallar en dichas obras el extremo
de delirio culterano al que llega Gracin en sus _Selvas del ao_,
sobrepujando a Gngora en las _soledades_ y en el _polifemo_; lo que es
filosofa tampoco nos parece que hay, ni en _El discreto_ ni en _El
hroe_. Lo que hay, en nuestra opinin, es un admirable conjunto de
enrevesados conceptos y de sentenciosas agudezas, donde son de admirar
la riqueza y primor de nuestro idioma, y la maestra y el talento del
escritor que de l se vale, pero donde no acertamos a ver sino apotegmas
de moral prctica, casi siempre tomados de antiguos escritores, y alguna
vez de la observacin perspicaz del mismo Gracin, que era, por cierto,
un verdadero hombre de mundo.

El concepto de la filosofa es muy elstico. Suele ampliarse o
restringirse a gusto del consumidor. Pero si hemos de incluir, por
ejemplo, entre los filsofos al duque de la Rochefoucauld y a la
Bruyere, incluyamos tambin a nuestro Gracin y hasta pongmosle por
cima de ambos.

La nueva edicin que de _El hroe_ y _El discreto_ nos da el Sr. Serra
est ilustrada por un erudito estudio, donde se dan muy curiosas
noticias sobre los triunfos y la influencia que Gracin ha alcanzado
como filsofo en Alemania. Dicho estudio, escrito en castellano con
correccin y elegancia, se debe a la pluma del Sr. Arturo Farinelli,
profesor en Innspruck, capital del Tirol, y tan docto y entusiasta
apreciador de nuestra lengua y literatura, como de la alemana, y de la
de Italia, su patria.

En suma, y a fin de terminar este artculo ya sobrado extenso, dir que,
precavindonos bien para no inficionarnos con alguna hereja o para no
exponernos a ir a parar en un manicomio, como Nietzsche o como Augusto
Comte, harn muy bien los aficionados a la lectura en comprar y en leer
cuantos tomos han salido ya y vayan saliendo de la biblioteca del Sr.
Serra. As se instruirn, y aunque sea con vuelo inseguro, elevarn el
alma a las ms altas regiones a donde puede subir nuestro entendimiento
o nuestra fantasa.




El regionalismo literario en Andaluca.


I


En Junio de 1856, si no me es infiel la memoria, pas yo muy
agradablemente tres semanas en la famosa ciudad de Mosc, capital de
todas las Rusias. All conoc y trat al seor Sergio Sobolefski, sujeto
muy ilustrado y amable, poeta satrico de gran nombrada en su tierra y
notable conocedor y admirador de la literatura espaola. Como preciado
regalo suyo conservo an entre mis libros _La segunda Celestina_, de
Feliciano de Silva, donde se tratan los amores de Felides y Polandria, y
un bonito ejemplar de las _Relaciones_, de D. Juan de Persia, impresas
en Valladolid en 1604.

En aquel tiempo ya era yo aficionado a leer, haba compuesto no pocos
versos y hasta me parece que tambin haba escrito y publicado varios
articulitos en prosa.

A pesar de todo, cuando el Sr. Sobolefski me habl de D. Manuel Mil y
Fontanals, de quien l era grande admirador y amigo, tuve que confesarle
que ni las obras, ni el nombre conoca yo de tan ilustre literato. Le
conoc, pues, por medio del Sr. Sobolefski, fui tambin ms tarde su
amigo, estuvimos en correspondencia epistolar, y creo, por ltimo, que
firm la propuesta para que el Sr. Mil fuese acadmico correspondiente
de la Real Academia Espaola.

Lo que acabo de referir prueba, sin duda, mi ignorancia y mi descuido,
pero prueba igualmente el descuido y la ignorancia de la generalidad de
mis compatriotas. La fama del seor Mil, que haba logrado extenderse
hasta el centro de Rusia, acaso no haba logrado en Espaa pasar de
Catalua a las dems provincias del Reino.

Con verdadera satisfaccin podemos asegurar en el da que las cosas han
cambiado mucho mejorando, y que nuestra incomunicacin literaria rara
vez llega a extremo tan lastimoso.

Sobrados vestigios quedan de ella todava por donde, si no puede
justificarse, se explica al menos la propensin al regionalismo. No es
de extraar que enojados los escritores que viven en provincias de que
la fama de ellos no vuele, si antes no pasa por Madrid y en Madrid le
prestan alas, sientan el prurito de aislarse, de escribir en la lengua o
en el dialecto de la regin en que nacieron, y de compensar as por la
intensidad y la densidad la corta extensin de su nombrada.

Lo cierto es que en Espaa apenas se lee. El comercio de libros se hace
con poca maa o con poca fortuna, y los autores, aunque sean buenos,
tienen que resignarse y que contentarse a menudo con que los lean y los
aplaudan en la ciudad natal, en determinada comarca, en lo que llamamos
_patria chica_.

A fin de evitar esto, que a mi ver es un mal, y a fin de contribuir, en
cuanto est a mi alcance, a que sean conocidas y celebradas las
producciones que lo merecen y que se escriben y se dan a la estampa
fuera de Madrid y en lengua castellana, me decido yo a dar noticia de
algunas de ellas, prefiriendo, como es natural, las de mis paisanos los
andaluces.

Seriamente no hay temor de que por all el enojo causado por el desdn
d ser a un regionalismo separatista, porque sera bastante dificultoso
que en Andaluca pretendiese nadie escribir en otro idioma que no fuera
el castellano. Qudese esto para algunos catalanes, vascongados y
gallegos, y tambin para algunos de nuestros hermanos de Amrica que
andan buscando lengua en que hablar y en que escribir, inventada o
resucitada, con tamaa amplitud y capacidad tan elstica, que quepan
holgadamente en ella los altos pensamientos, las invenciones peregrinas
y las profundas o sutiles ideas que en el burdo y pobre castellano no
caben.

En Andaluca, por fortuna, aunque la gente pronuncia mal el castellano,
suele hablarle y escribirle bien; y no tiene trazas, por lo pronto, de
adoptar idioma diferente. Esto no obsta, antes bien nos excita a dar
aqu cuenta y justas alabanzas de algunos libros que en Andaluca se
escriben.

Y sin ms prembulo voy a empezar por la flamante novela titulada _Justa
y Rufina_, cuyo autor es el presbtero D. Juan F. Muoz Pabn. La
sencillez y castiza naturalidad del estilo hacen simptica dicha novela
desde que se lee la primera pgina y nos estimulan a proseguir y a
terminar su agradable lectura. Sin nada que ofenda los ms pudorosos
escrpulos todo es alegre, chistoso y hasta regocijado en un principio.
La pintura del lugarejo, cerca de Sevilla, llamado Cascotes, y donde se
desenvuelve la accin, parece exactsima copia de la realidad realzada y
animada por el ingenio y por el arte, si bien el arte, discreto y
velado, no deja huella en lo escrito, que parece todo espontneo y
fcil.

No son odiosos ni rayan tampoco en exagerada caricatura los personajes
cmicos que en la accin intervienen. Todos hacen rer, aunque sean ms
hijos de la observacin que de una fantasa jocosa y regocijada. Sus
dilogos se dira que fueron tomados por el fongrafo, si el fongrafo
tuviese la rara habilidad de desechar lo pesado y lo impertinente y de
conservar slo con sobriedad envidiable lo que no cansa, lo que retrata
los caracteres y lo que conduce y contribuye al final desenlace.

La accin nada tiene de complicada, y sin embargo, excita primero la
curiosidad, interesa despus, y por ltimo conmueve profundamente.

Entre lo festivo y lo triste, entre lo cmico y lo trgico, en esta
novela, lo mismo que en la realidad, casi no hay intermedio, pero la
absoluta carencia de afectacin en el narrador vale ms que los rodeos
artificiosos para evitar que la transicin sea brusca, y que los sucesos
lamentables y el consiguiente cambio de tono produzcan disonancia.

El noble y excelente caballero D. Alvaro, viudo y con dos hijas gemelas
que llevan por nombres los de las santas patronas de Sevilla, Justa y
Rufina, viene a Cascotes a pasar la temporada de verano y a fin de
reponer su muy quebrantada salud. Justa tiene por novio a un primo suyo
llamado Paco Gngora, de quien est ella profundamente enamorada. Paco,
sin sentido moral y harto ligero de carcter, se ha comprometido con su
prima, sin darse cuenta de que en realidad no la ama. Y aunque no ame
tampoco con verdadero amor a Rufina, la hermana de Justa, charla y
coquetea con ella, e insensiblemente, como si resbalaran y fueran
cayendo por una pendiente suavemente traidora, Paco es infiel a Justa, y
Rufina se convierte en cruel y vencedora rival de su hermana.

Con no escaso talento de novelista y valindose de varios episodios
graciosos que todos concurren a la accin, Paco y Rufina advierten
sobrado tarde la grave ofensa que hacen a Justa y a D. Alvaro por el
lazo amoroso en que, burlndolos y escarnecindolos, ocultamente se han
enredado.

Los nuevos amantes temen ser descubiertos y carecen de valor para
confesar su falsa y para arrostrar el enojo del padre y de la hermana
tan duramente ofendidos. Entonces toman la peor y ms viciosa de las
resoluciones. Ambos huyen juntos.

D. Alvaro, que idolatraba a sus dos hijas y que se hallaba muy enfermo,
no puede resistir golpe tan rudo. Cae rendido, se agravan sus males y le
sobreviene la muerte.

El hermoso carcter del cura del lugar resplandece en la conmovedora
escena y en las santas palabras, elocuentes sin arte por la fe religiosa
y por la caridad que las inspiran, con que persuade al moribundo para
que perdone a los culpados, y con que le consuela e ilumina con
celestiales esperanzas los ltimos instantes de su vida mortal.

El eplogo de la novela es tambin muy moral, muy religioso y muy
tierno. Justa, transformada en hermana de la Caridad, recibe a Rufina
que ha ido precipitndose hasta lo ms hondo de la abyeccin y del
vicio, cuida de ella y generosa y santamente la perdona.

Crticos sevillanos, al otorgar al Sr. Muoz y Pabn fundados
elogios, le califican de discpulo y de imitador o continuador de
Fernn-Caballero. No he de negar yo que las obras de tan clebre autora
puedan haber servido de estmulo al talento del presbtero novelista;
pero son tales las diferencias entre lo escrito por l y lo escrito por
la ingeniosa hija de Bhl de Faber, que no permiten afirmar la imitacin
ni suponer que ambos autores pertenecen a la misma escuela. Bien haba
visto y observado Fernn-Caballero los usos, las costumbres y las
pasiones del pueblo de Andaluca; pero lo notaba todo y luego se lo
representaba al travs de un prisma extrao. Su cultura, ms que de
libros castizos, era de libros modernos, ingleses, franceses y alemanes,
y esto se reflejaba en los personajes hijos de su observacin y de su
inventiva. En ellos y en los lances y sucesos en que figuran, creo yo
notar un afectado y extico sentimentalismo que no se estila entre
nosotros: que es menos andaluz que tudesco. En cambio, en la novela del
Sr. Muoz Pabn todo es andaluz de veras y sin nada hbrido: el fondo y
la forma, las pasiones y el lenguaje que las expresa.

Como el Sr. Muoz Pabn es joven an, nos complacemos en esperar de su
ingenio no menos sazonados y abundantes frutos.

Como otros muchos autores, en todos los pases y especialmente en
Espaa, el Sr. Muoz Pabn empez escribiendo en verso antes de escribir
en prosa. De sus obras en verso slo conozco yo un librito publicado en
1899, cuya lectura produce en mi espritu muy encontrados efectos. Por
una parte confirma en m la idea de que el Sr. Muoz y Pabn posee no
comunes dotes de escritor y de poeta, mientras que por otra parte,
presumo yo que movido el autor por su gran piedad religiosa, tal vez
sobrado cndida e irreflexiva, ha tomado para asunto de sus cantos, o
mejor dir de sus narraciones en romances, ya que se trata de un
Romancero, algo a mi ver delicado en extremo y ocasionadsimo a incurrir
en faltas. El Romancero se titula _El Nio de Nazaret_. No creo que nada
en este libro est tomado o imitado del Evangelio apcrifo de la
infancia de Jess. Todo es sin duda inventado por el autor. Pero hasta
qu punto est bien componer algo a modo de novela con sucesos fingidos,
por muy verosmiles que sean, de la vida terrenal del Verbo humanado,
cuya gloria apareci a los hombres, como la _gloria del Unignito del
Padre, lleno de gracia y de verdad_? No es rebajar demasiado un asunto
altsimo el entrar en pormenores vulgares y realistas? La Virgen Mara
cosiendo, lavando y cuidando de la casa; San Jos trabajando en su
carpintera, y el Nio Dios yendo a la fuente por agua con el cntaro al
hombro o en otros menesteres por el estilo, o entretenindose en juegos
infantiles con muchachos de su edad, son harto difciles de ser
representados con el conveniente decoro. Quien tales cosas trata se
expone, muy a su despecho, a deslustrar el decoro y a ofender la
majestad de las cosas divinas.

Escritores heterodoxos o impos o slo imprudentes acaso, han abusado de
tan peligroso gnero de amena literatura en estos ltimos aos. Qu es
ms que una novela, aunque as no la llame, la _Vida de Jess_ de
Ernesto Renn? La inglesa Mara Corelli, no ha escrito recientemente
una novela cuyos enredos y lances amorosos se ajustan y encajan,
digmoslo as, en la pasin y muerte de nuestro divino Redentor? Hasta
en las epopeyas que se fundan en tan sobrenaturales sucesos se expone el
poeta, por eminente que sea, a entrar en pormenores que provoquen la
burla de los incrdulos y que lastimen la veneracin de los creyentes.
Qu no se podra decir de Jernimo Vida y aun del mismo Klopstock?
Tambin un compatriota del seor Muoz Pabn, el sevillano Diego de
Hojeda, compuso un hermoso poema sobre la muerte y pasin de Cristo;
pero Hojeda nada inventa ni aade a lo esencial de los sucesos que los
Evangelios refieren. La actividad de su imaginacin se emplea slo en lo
alegrico, simblico y ultramundano. Muy distinto es el modo con que el
Romancero de _El Nio de Nazaret_ est compuesto, donde se atribuyen a
Jess acciones muy laudables todas, pero que carecen de fundamento
histrico y que empequeecen el concepto del Mesas en vez de realzarle.

En edades de mayor fe que la edad en que nosotros vivimos, apenas haba
peligro de mezclar con la verdad ficciones inocentes ms o menos
discretas. En el da le hay y no debemos dar pbulo a que se sigan
escribiendo novelas en que Cristo, San Jos y la Virgen y los apstoles
sean protagonistas, cuando no el coro o la comparsa de una accin
relativamente insignificante para la historia del mundo, como acontece
en la por otra parte bien escrita y celebrrima novela cuyo ttulo es
_Quo Vadis?_

Cuando el actor de los casos fingidos es el mismo Cristo Hijo de Dios,
el peligro se ve ms claro. Para qu atribuir al Salvador acciones que
no constan en ningn documento fehaciente? Cmo podr ningn hombre
figurarse ni representarse con exactitud el desenvolvimiento y el crecer
de un alma y de un cuerpo humanos, estrechamente unidos con el mismo
Dios en la persona del Verbo? Claro est que el Sr. Muoz y Pabn nada
inventa de indecoroso ni de ofensivo, como, por ejemplo, lo que alguien
ha pretendido probar recientemente en Alemania, de que Cristo estuvo
estudiando en cierto colegio o Instituto de no recuerdo bien qu ciudad
de la India; pero todava, a pesar de lo inocente y catlico de lo
inventado por el Sr. Pabn, lo mejor es que no se tenga por hecho, sino
por mero smbolo, alegora y prefiguracin de hechos reales ocurridos
ms tarde. Convengo en que as pueden disculparse los hechos referidos
en el Romancero de _El Nio de Nazaret_, donde el coloquio con la
Samaritana, la resurreccin de Lzaro, el perdn de la mujer adltera y
otros pasajes de los santos Evangelios se leen prefigurados y escritos
en narracin infantil y como lectura propia para nios. As tambin
pueden disculparse y quizs aplaudirse por lo candorosos ciertos
pormenores de usos y costumbres que no s yo si son anacrnicos o no lo
son, por mi escaso saber en arqueologa. As, por ejemplo, si los nios
del tiempo de Cristo, avecindados en Nazaret, jugaban ya al escondite,
al salto de la comba y a la gallina ciega como los nios de ahora.
Candor es este que puede hacer gracia. Yo encuentro graciosa, en el
poema de San Jos del Padre Maestro Fray Jos de Valdivielso, aquella
sospecha de que el santo era slo carpintero de aficin, porque siendo
hidalgo de tan ilustre prosapia no era posible que se ganase la vida
trabajando con sus manos, en vez de vivir de sus rentas,

    Pues debi de tener juros reales,
    Cual descendiente de seores tales.

No obsta lo que va expuesto para que reconozcamos el notable talento
potico del seor Muoz y Pabn, la fresca lozana, la luz y el colorido
que pone en sus pinturas y la pasin entusiasta con que las anima. Acaso
los inconvenientes que veo yo en el gnero no lo sean para nios o para
lectores de mucha fe y de poca malicia.


II


Mucho se discurre sobre si conviene o no la centralizacin
administrativa y sobre los grados de autonoma de que deben gozar la
provincia y el Municipio. Cuestiones arduas son estas que yo dejo con
gusto para que las resuelva el bullicioso enjambre de hombres polticos
y de Estado que en Espaa tanto peroran y se agitan. Lo que me preocupa
es la centralizacin que proviene de la iniciativa individual, y del
empeo que todos solemos tener de vivir en la capital y de abandonar los
campos, las aldeas y hasta las ciudades que no consideramos de grande
importancia. Si cuanto hay de florido, acaudalado y elegante, se viene a
Madrid a lucirse y si acuden tambin a Madrid en busca de notoriedad y
de fortuna, los sujetos que son o que se creen ricos de saber y de
ingenio, de temer es que la grande extensin territorial de nuestra
patria quede como desdeada y abandonada de lo que brilla, fomenta el
lujo y el bienestar y contribuye a la cultura.

En otros pases de Europa, los magnates y grandes propietarios, asisten
ms tiempo que en la corte en sus quintas y castillos. Aqu apenas
quiere nadie abandonar la capital, a no ser en el rigor del verano, y
entonces, no suele ser para visitar los predios rsticos y dirigir o
presenciar las faenas agrcolas, sino para irse a Francia o a otros
pases extranjeros a pasar por all el tiempo y a gastarse la hacienda.

A pesar de lo dicho, que tal vez haga recelar que se reconcentre en
Madrid lo ms luminoso y activo de nuestra nacin, es lo cierto que
persisten an grandes focos de luz y de actividad en nuestras
provincias, y por ello no podemos menos de alegrarnos como partidarios
que somos de este inocente y pacfico regionalismo. Las antiguas ferias,
la solemne pompa de algunas festividades religiosas, las exposiciones de
industria al uso moderno, los resucitados juegos florales, los congresos
catlicos, y hasta algunos otros congresos ultra-polticos, a fuerza de
negar que son polticos, as como las predicaciones apasionadas y
elocuentes de las personas que aspiran a regenerarnos, todo ello es til
para conservar y reanimar la vida en los extremos, impidiendo que
refluya al centro y deje lo dems inerte.

Slo hay un inconveniente no corto: que las tales predicaciones
regeneradoras levanten de cascos a la gente levantisca y aficionada a
vivir a salto de mata, y produzcan alborotos, motines y hasta guerras
civiles. Pero si este peligro se evita o se conjura, yo entiendo que
todo est bien, aunque siempre preferira a las predicaciones
regeneradoras, los juegos florales, las procesiones y las ferias.

De todos modos bueno es que alentemos hasta donde est a nuestro
alcance, y celebremos, si lo merecen, a cuantos cultiven las letras,
permaneciendo en provincias sin venir a Madrid con el propsito de
cobrar fama.

Sevilla, desde muy antiguo, es un foco de civilizacin castiza, cuya
luz, por dicha, no se extingue ni se anubla. Su escuela de poetas y su
escuela de pintores, florecientes y luminosas en el siglo XVI, y
renovadas en el ltimo tercio del siglo XVIII, dan destellos todava, a
pesar de la general decadencia de nuestra nacin.

Mucho disto yo de aspirar en estos artculos, que no pueden ser
extensos, a presentar un cuadro completo del movimiento intelectual,
literario y artstico de Sevilla y de otras ciudades de Andaluca. Me
limito, y debo limitarme, a tratar de ciertas obras muy recientes,
prueba, en mi sentir, de que dicho movimiento no es estril, sino que en
aquel mismo terreno produce sazonados frutos, prescindiendo de los
cultivadores andaluces que vienen a Madrid, como los Alvarez Quintero y
no pocos otros, a producirlos y exponerlos.

Tiempo ha que es brillante indicio de la actividad intelectual en la
provincia de Crdoba la produccin potica de Manuel Reina, natural de
Puente Genil, donde de ordinario reside, aunque imprima en Madrid sus
libros. Elegante e inspirado poeta, ha publicado _Andantes y alegros_,
_Cromos y acuarelas_, _La vida inquieta_, _La cancin de las estrellas_,
_Poemas paganos_, en 1896, y recientemente, en 1899, _El jardn de los
poetas_, ltimo libro suyo que conocemos. Celebra en este libro y
retrata con rasgos, a menudo felices, a varios poetas eminentes de todas
las edades y naciones: desde Hornero, Anacreonte, Esquilo y Catulo,
hasta Goethe entre los extraos, y desde Jorge Manrique hasta
Espronceda entre los propios. Aunque en Espaa, no s por qu, son poco
populares y estimados los versos endecaslabos libres, yo los prefiero a
veces a los que estn sujetos al artificio de la rima, cuando la falta
de sta se halla compensada por el primor y la sobriedad de la diccin y
por la cadencia musical del metro. La rima adems tiene graves
inconvenientes, cuando para vencer su dificultad, se emplean sobrados
eptetos y participios en oso, osa, ente y ante, ado y ada. Como
quiera que sea, en este libro de _El jardn de los poetas_ encuentro yo
mejor y ms brioso, inspirado y conciso que lo rimado, lo que est en
endecaslabos libres.

Pero Manuel Reina, hasta donde lo consienten la frialdad e indiferencia
para la poesa de nuestro pblico de hoy, es ya tan conocido, estimado y
celebrado, que considero poco til y expuesto a que se me tilde de
presuntuoso el llamar la atencin sobre sus escritos con detenido examen
y crtica razonada. Bsteme declarar aqu con toda sinceridad, que
Manuel Reina es ya, a mi ver, uno de nuestros mejores poetas, y como es
joven an, se debe esperar de l mucho mayores aciertos, si pule, lima y
encaja y ajusta en adelante con mayor firmeza, dentro de la conveniente
y ntida forma, las hermosas ideas y el hondo sentir que con tanto
mpetu y abundancia afluyen a su espritu.

Tratemos aqu de cosas que, si bien harto menos importantes, manifiestan
que el ingenio y la gracia, lo que solemos llamar sal andaluza, no se ha
disuelto an, sino que persiste, a pesar de tantos duelos, quebrantos y
desazones.

A puados sazona con esta sal el Sr. don Francisco Toro Luna, algo a
modo de comedia, cuyo ttulo es _Da feliz!_, que se represent en
Crdoba en el teatro circo del Gran Capitn y en Julio del presente ao.
Slo dos personajes figuran en la accin, la cual es muy sencilla. Todo
el mrito est en el dilogo, natural, gracioso y desenfadado. Primero
hay el monlogo de una joven y despus el coloquio de sta con un primo
suyo que acaba por declararse fervorosamente enamorado de ella. No
quiero contar aqu el progreso de la accin y el disimulado artificio
que con la ingenuidad se confunde y por cuyo medio se llega al ms
venturoso y alegre desenlace. Si yo contase el argumento destruira todo
el hechizo de la obra no contndole con mucha extensin, porque en la
obra, las palabras no huelgan, siendo en ella el carcter de la
protagonista tan verdadero, simptico y regocijado, que mis paisanas las
cordobesas no pueden pedir ms, a pesar de lo picante de algunas
ligersimas punzadas satricas. En suma, yo creo que _Da feliz!_
sera muy aplaudido en Madrid, si en Lara se diese; pero como yo no soy
infalible, como el pblico es caprichoso y como por la lectura tal vez
se notan primores que en la representacin se desvanecen o pasan sin ser
notados, yo me abstengo de pronosticar a fin de no desacreditarme como
crtico. Slo dir que _Da feliz!_ me agrada tanto como cualquiera de
los ms encomiados y cortos proverbios de Alfredo de Muset: como _Un
capricho_, por ejemplo.

Sobre _Da feliz!_, lo mismo que sobre la novela _Justa y Rufina_,
quiero yo tocar un punto en que ambas obras coinciden: la adulteracin
de la ortografa para reproducir grficamente el modo de pronunciar de
los andaluces. A mi ver esto no imprime esencial carcter al dilogo, ni
le hace ms ameno y chistoso, y propende, en cambio, a crear un nuevo
dialecto, o ms bien una lengua brbara e informe. Cervantes hace hablar
a la gente ms ruin de Andaluca sin marcar lo vicioso de la
pronunciacin en la escritura. Estbanez Caldern sigue su ejemplo y no
por eso podr dudar nadie de que sean andaluces Pulpete y Balveja. Y
protestando de que sea inmodestia, y con todas las convenientes
salvedades, me atrever a citarme yo mismo, recordando que Antoona,
Respetilla, Dientes, Juana y Juanita las largas y otras figuras del
vulgo andaluz, que introduzco yo en mis narraciones, hablan como por
all se habla, sin necesidad de notar lo mal y disparatadamente que
acaso pronuncian. Yo me atengo, y me parece que todos los andaluces
debemos atenernos a lo que se cuenta que el maestro de escuela de mi
lugar deca a sus educandos: Nios, _sordado_ se escribe con _l_;
_caznero_ con _r_; _precerto_ con _p_; _geno_ con _b_ y _geso_ con
_h_.

En el dilogo o comedia del Sr. Toro Luna es ms de censurar que en la
novela del seor Muoz Pabn esta intil prevaricacin del buen
lenguaje, ya que las dos personas de su dilogo no son de la clase pobre
y humilde, sino de lo ms acomodado y elegante de la ciudad de Crdoba.

Conviene advertir tambin que las tales variaciones de pronunciacin,
que caracterizan el habla andaluza, son distintas segn las poblaciones
y comarcas, por lo cual, si por medio de la escritura nos propusisemos
expresarlas fielmente, no crearamos un dialecto, sino doce, catorce o
ms. Hasta el _tonillo_ es diverso segn el lugar donde naci y se cri
el que habla, y hasta segn la ocasin ms o menos solemne en que
conversa o perora. En cierto pueblecito, por ejemplo, donde aos ha
sola yo ir de temporada, no hay sermn de Cuaresma ni de Semana Santa
que agrade o que conmueva, aun siendo elocuentsimo y sentido, si no se
pronuncia con un tonillo singular que los predicadores suelen aprender,
si ya no lo saben, antes de subir al plpito. Y yo tengo por evidente
que este tonillo, otros de la misma laya, el ronquido en que suelen
salir engarzados los vocablos en algunos lugares, y no pocas otras
singularidades prosdicas, son intransmisibles por escrito, a no
inventarse una anotacin musical, adaptada para conseguirlo con muy
sutil arte. Lo mejor, por consiguiente, es prescindir cuando se escribe,
de tonillos y de malas pronunciaciones y hacer que todos hablen en
castellano y como Dios manda. Si el personaje es andaluz de buena ley,
ya lo conocer el discreto lector por lo pintoresco de las imgenes y
por el giro peculiar de las clusulas y perodos.

Bien quisiera yo hablar aqu del movimiento intelectual de Mlaga, en el
da de hoy; de Mlaga, de donde nos han venido a Madrid periodistas tan
infatigables como D. Andrs Borrego; tan eminentes hombres de Estado
como Cnovas, y los ms notables iniciadores y promovedores del gnero
andaluz como Estbanez Caldern y D. Toms Rodrguez Rub. Por hoy, con
todo y para no pecar de prolijo, dir que en Mlaga se conserva la
tradicin literaria, potica y erudita, a cuyo frente descuella en el
siglo pasado el Marqus de Valdeflores, y a principio del siglo que va a
terminar el elegantsimo poeta D. Juan Mara Maury. Dignos sucesores
han tenido y tienen para el cultivo de las ciencias histricas en los
hermanos Oliver y en el doctor Berlanga; para la poesa, en Narciso Daz
de Escovar, Salvador Gonzlez Anaya y Ramn A. Urbano, sin contar con
los que residen en Madrid de asiento; y para la novela, en Arturo Reyes,
que puede ya ponerse al nivel de nuestros mejores novelistas y autores
de cuentos.

Dejemos, no obstante, a Mlaga y pasemos a Almera, muy apartada hasta
hace poco del resto de Espaa por las dificultades de los caminos, como
all en los tiempos del rey Almotacn, tan buen poeta y tan generoso
protector de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almera
poetizando, si bien no son los versos, sino un curiossimo libro en
prosa, lo que atrae ahora mi atencin hacia aquella ciudad. El librito,
primorosamente impreso en Almera, se titula _Quitolis_, y el autor, D.
Jos Jess Garca, le califica de novela. Novela me parece a m en
efecto, pero contada con tan extraa candidez y en apariencia con tan
poco arte, que tiene trazas, ms que de algo imaginado o inventado, de
relacin fiel de sucesos que verdadera y realmente han ocurrido.

El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo
_Quitolis_, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simblico y
de enigmtico. Sin ambicin, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le
perturbe y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene
a ser como un inocente ngel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo
humanos. Slo el afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de
ella, le enlaza singularmente con los dems seres.

Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral,
que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y
modestsimamente con el producto de sus misas y de las particulares
lecciones de latn que da a muchos nios.

Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicolgico.
La contemplacin del cielo, del mar y de los campos que se otean desde
un apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva
su mente a muy encumbradas esferas: ms all del universo visible, hasta
la suprema causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.

La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de
turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no
consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y
maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata
en el xtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.

La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del
padre Juan, hace que sean los nios y las jovencitas, educadas con el
mayor recato, los que acudan a confesarse con l, en el tribunal de la
penitencia. El optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver
cuanto existe como al travs de un prisma de color de rosa, vienen a
corroborarse por la bondad de sus penitentes. Apenas sospecha o quiere
sospechar el padre Juan la existencia del mal moral y del mal fsico. La
ira de Dios es incomprensible para l. La justicia de Dios se desvanece
en su infinita misericordia.

El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo
sigilo, en lo ms ntimo y secreto de su alma.

Se dira que el autor de la novela, lo mismo que su hroe, se asusta de
lo que piensa y siente; no tiene ni la ms pequea aspiracin a
divulgarlo; y slo por estilo indeciso y esfumado se lo representa a s
propio.

De aqu proviene que no atine yo a decidir hasta qu punto en _Quitolis_
y en el que escribe su historia hay en germen un heresiarca: hasta qu
punto ha permitido Dios y ha suscitado el diablo un Chanig o un Fox a la
sordina en la muy catlica ciudad de Almera. Telogos inquisidores
podrn decir sobre esto, si consideran que el caso lo merece. Yo dir
slo que la novela me agrada y que la he ledo dos veces, con inters
creciente, aumentado por la misma indeterminada vaguedad del misterioso
pensamiento de _Quitolis_.

El Magistral, que deba predicar el da de la Virgen del Carmen, cae
enfermo y encomienda a _Quitolis_, cuya ciencia y fervor religioso
admiraba, que sea l quien predique aquel da, aunque hasta entonces no
haba predicado nunca. Sin previo estudio escrito acude y sube al
plpito _Quitolis_. Y movido all por el genio o espritu que
interiormente le agita, pronuncia un sermn elocuentsimo lleno de amor
de Dios y del prjimo, que deleita y conmueve a la muchedumbre devota,
la cual no ve ni sospecha la menor hereja, y que ofende e indigna a los
cannigos del cabildo. Ha surgido acaso en la remota ciudad donde
ocurren estos sucesos un flamante reformador de la Iglesia: un
Savonarola, cuando no un Lutero?

Quitolis, con todo, no quiere ser nada de esto. Si en algo ha errado,
est pronto a retractarse. El seor obispo reconoce su inocencia y
simpatiza con su buena intencin. Pero le induce a volver a su silencio
y a su retiro y a no predicar en adelante para no excitar la clera o el
enojo del clero.

Vuelto Quitolis a la oscuridad, guarda en el centro de su alma sus
ideas reformadoras, harto poco definidas por el novelista, si bien o
quieren ser como el alborear indeciso o la primera luz, si no de una
nueva religin, de una interpretacin amplia y algo racionalista de la
que oficialmente seguimos.

Quitolis despus se queda ciego. Su reputacin de santo y de benigno
atrae a su confesionario, no ya a los nios y a las vrgenes, sino a la
turba multa de desaforadas y lascivas pecadoras. La limpieza de su
cndido optimismo se mancha con el negro cieno del mundo. Y resignado y
triste, aunque lleno siempre de dulce confianza en Dios, muere al fin
Quitolis, muere tambin su viejecita madre y termina as la novela.
Casi no hay en ella lo que se llama enredo o argumento. Todo se reduce a
la pintura de un extrao carcter. No s si el autor, por habilidad o
por instinto, acierta a no identificarse con Quitolis y a no responder
de lo que Quitolis senta y pensaba.

No asegurar yo tampoco si agradar esta novela, donde repito que apenas
hay lances a cuantas personas la lean con atencin. Dir slo que su
lectura me ha interesado mucho. No soy, ni pretendo ser, definidor para
condenar o absolver las ideas bastante veladas que el autor de la novela
atribuye a su protagonista; pero celebro el talento de observacin con
que el autor estudia a un alma humana, acaso extraviada, pero egregia y
pura, y celebro tambin el sentir religioso que anima las pginas de su
librito. De las faltas que hay o puede haber en ste, yo absuelvo al
autor, porque tengo la manga ancha. Yo digo, como el Dios que imagina
Goethe en El Prlogo en el cielo de su Fausto:

    Es irrt der Mensch so lang er strebt.




LA GOLETERA

POR ARTURO REYES


En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido
contra los hombres y las mujeres de la nfima plebe, que calzan el
coturno, que se muestran posedos de las pasiones y sentimientos ms
sublimes, y que vienen a ser dignos personajes de verdaderas tragedias y
no de aventuras picarescas como en _Rinconete y Cortadillo_, o de
parodias como _El Manolo_, _El Muuelo_, _Inesilla la de Pinto_ y
_Pancho y Mendrugo_. Y no porque yo crea que el concepto de las virtudes
ms altas y la capacidad enrgica de ejercitarlas requieran educacin
esmeradsima y largos estudios. Por fortuna, para saber de ciencias es
menester acudir a las aulas o leer muchos libros; y para percibir,
juzgar o crear la belleza artstica, sin extravos de mal gusto, se
requieren tambin preparacin y enseanza; mientras que para el
conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas necesita nadie devanarse
los sesos. En la sociedad cristiana y culta de nuestros das, casi
parece infuso, innato o intuitivo dicho conocimiento. Bien podemos decir
con el gran dramaturgo:

    A ciencias de voluntad
    les hace al estudio agravio.

Y, sin embargo, si se toma como por sistema el que muchachas criadas en
el arroyo y parroquianos de las ms infectas tabernas de los barrios
peores, resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valenta
heroica, de sufrimiento estoico y de cuantas son o pueden ser las
excelencias morales que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al
extremo de imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la
elegancia y la riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones,
y que para ser moralmente bien estimados es menester bajar al nivel ms
prximo al estado salvaje desde nuestra refinada civilizacin del da.
De esta suerte, a fuerza de querer ser demcrata y filntropo, puede el
escritor caer en el error de ser retrgrado.

Hay tambin, en las novelas tabernarias, adornadas con las ms
exquisitas sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara
vez vencida: combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar e
inculto, con un estilo elevado, apto para expresar los sentimientos ms
delicados y nobles. Y como esto rara vez se consigue, resultan los
dilogos llenos de amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar
de lo expuesto, como doctrina general, contra la cual he pecado yo
tambin, dejndome llevar de la corriente al escribir algunas novelas,
me complazco en declarar aqu que me han entrado ganas de retractarme y
de abjurar de la doctrina general mencionada al leer _La Goletera_, de
D. Arturo Reyes.

Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven
malagueo, as por sus bonitas poesas, como por sus graciosos cuentos
en prosa, y por sus novelas _Cartucherita_ y _El lagar de la Viuela_.

Su ltima obra, _La Goletera_, viene, en mi sentir, a confirmar su buena
fama de novelista alcanzando para l diploma y ttulo de escritor
excelente.

Trini, su herona, se parece, no por imitacin, sino por coincidencia, a
la dama de Caldern, en la comedia titulada _No hay cosa como callar_;
pero Trini es ms noble, ms amorosa, ms real y ms humana que la dama
de Caldern. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por
arte admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis
miquis primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.

Como la dama de _No hay cosa como callar_, Trini ha sido vctima de la
violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la
dama, si Trini no concede su amor a ningn otro galn, por considerarse
deshonrada, todava es muy superior a la dama, porque se enamora de otro
y lucha con su ardiente pasin y finge desdear a quien la adora y de
quien ella est prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires,
donde ha pasado aos y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar
su falta, casndose con Trini; pero sta no es como la dama de Caldern,
que acepta al burlador por marido, porque slo piensa en restaurar su
honor y porque no ama a nadie. Trini ama a otro y rechaza al burlador,
que no le inspira amor, sino repugnancia. El hombre que ama a Trini es
excelente y muy celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engaarle. Y
Trini no puede unirse con l, mientras viva el hombre que la burl y
bajo cuya mirada se morira de vergenza.

Los casos y lances por donde llega el autor a resolver este conflicto,
no pueden ser imaginados ni presentados con mayor naturalidad,
verosimilitud, inters creciente y pasmoso ingenio. El amante,
misteriosamente amado por Trini, sabe que ella le ama, y sabe su
deshonra y quin ha sido la causa de ella, todo por una involuntaria
revelacin de la misma Trini, la cual estaba decidida a callarse,
aunque la matase el silencio, para no ocasionar una lucha sangrienta
entre los dos rivales, valerosos y poco sufridos ambos. La revelacin,
una vez hecha por medios verosmiles, ordenados con exquisito arte, hace
inevitable el conflicto.

Los dos rivales salen al campo y rien a pualadas. La ria est
vigorosamente descrita. Muere en ella el burlador, que en los ltimos
momentos y escenas de su vida se ha mostrado generoso y simptico. As
termina la novela. Aunque el autor no lo dice, y hace bien en no decirlo
y en terminar donde termina, el lector puede suponer que, no castigado
por la ley, porque su rival moribundo dice que su matador ha sido otro,
cuya negra traicin ha causado la ria, el vencedor y amante de Trini se
casa al fin con ella despus de haberla vengado.

Toda la narracin, los dilogos ingeridos en ella, y los varios
incidentes, que aqu se omiten y que de un modo tan magistral y tan
hbil llevan al desenlace, interesan, conmueven y se apoderan con tal
hechizo del nimo del lector, que de seguro no deja el libro hasta que
acaba de leerle.




LAS NOVELAS EJEMPLARES DE CERVANTES

POR F. A. DE ICAZA


En el certamen abierto y ordenado por el Ateneo, certamen en que fueron
jueces los Sres. D. Jos Echegaray, D. Marcelino Menndez y Pelayo, D.
Rafael Salillas, D. Emilio Cotarelo y Mori y D. Ramn Menndez Pidal,
fue premiado el libro de que damos aqu cuenta en resumen. Es su autor
D. Francisco A. de Icaza, primer Secretario de la Legacin que tiene en
Madrid la Repblica mejicana, y muy conocido y estimado en la de las
letras por algunos trabajos de erudicin y de crtica y por elegantes y
lindas poesas.

Es tan singular el mrito y el valer del _Quijote_, que todas las dems
obras que escribi Miguel de Cervantes, quedan muy por bajo de aquella
creacin nica y pasmosa. Cervantes, sin embargo, as en _La Galatea_
como en el _Prsiles_, en no pocos versos y hasta en sus comedias y
entremeses, da clara muestra de su brillante ingenio y acierta a poner
el sello individual que le caracteriza, le distingue y le eleva sobre la
multitud de escritores contemporneos suyos.

Las novelas ejemplares son sin duda las obras en que, despus del
_Quijote_, mayor originalidad, talento y gracia muestra el manco de
Lepanto.

El libro del Sr. Icaza prueba esta verdad, previo un detenido y juicioso
examen del asunto, con atinadas observaciones y con gran copia de datos,
recogidos con diligencia y ordenados con arte. Por todo ello queda
patente que Cervantes puede ser calificado como inventor de la novela
moderna de costumbres y de caracteres. Los libros de caballeras, las
novelas pastorales y hasta las picarescas son otra cosa: son una larga
serie de aventuras, sin ms unidad de accin que la vida de algn
personaje fabuloso a quien sigue y retrata el escritor desde su
nacimiento hasta su muerte. Antes de Cervantes exista tambin algo que
podemos llamar novela histrica o relacin de sucesos que, si la severa
historia no acepta, no son fingidos por el novelista, sino fundados en
cierta realidad, hermoseada y adornada por la fantasa del vulgo, cuyas
invenciones despus la tradicin consagra y hasta cierto punto autoriza.
As _El Abencerraje_, de Villegas, y _Las guerras civiles de Granada_,
de Gins Prez de Hita.

Las novelas cortas, por ltimo, y cuentos de italianos, franceses e
ingleses, sin excluir el _Decameron_, de Bocaccio, son muy distintos de
la novela cervantesca. Cuentan un suceso, refieren un lance, trgico o
cmico, triste o alegre, pero sin fijarse en la pintura de las
costumbres y en la viva representacin de las pasiones y caracteres
humanos.

En esto se fija y esto logra pintar el autor de _El celoso extremeo_,
de _Rinconete y Cortadillo_, de _La ilustre fregona_, de _La Gitanilla_
y de casi todas las dems novelas ejemplares por donde, merced a su
agudeza psicolgica, nueva o antes casi nunca empleada en este gnero de
ficciones, Cervantes viene a ser el padre o el fundador de la novela,
tal como la concebimos y comprendemos en el da. Para la demostracin de
esta verdad, que presupone en Cervantes un valer originalsimo, el seor
Icaza examina y juzga todas sus novelas; refiere cuanto los crticos han
dicho de ellas desde sus contemporneos hasta hoy; impugna los ligeros
juicios de Huet, de Florin y de otros; prueba la carencia de fundamento
de las acusaciones de plagio lanzadas por Estala y Bosarte, y manifiesta
el influjo poderoso que han ejercido las novelas de Cervantes en nuestro
teatro espaol, en el extranjero y en la misma novela, que harto
descuidada entre nosotros durante cerca de dos siglos, floreci y dio
muy sazonados frutos en Francia, en Inglaterra y en otros pases, de
donde volvi a Espaa muy acrecentada en riqueza, pero sin que deba
olvidarse el origen tan espaol que tiene.

No cabe entrar en pormenores en este breve articulito ni dar idea exacta
de lo bien estudiado que est el asunto por el Sr. Icaza, y del recto
criterio, nada comn saber y rara diligencia que despliega y luce
tratndole.




EL BUEN PAO...

NOVELA POR J. F. MUOZ PABN, PRESBTERO


Si lo he entendido bien y si no lo recuerdo mal, el famoso novelista
francs Emilio Zola dice que una buena novela ha de ser la exacta
representacin de lo vivido, observado y entendido _al travs de un
temperamento_. Zola olvida o desdea lo principal: la imaginacin, o sea
la fuerza activa que representa bien lo vivido y lo que se ha visto y
observado. No basta ver y observar: menester es reproducirlo o crearlo
de nuevo valindose de la palabra y por virtud de la fantasa.
Presupuesto este poder creador, una novela es o debe ser lo que Zola
dice. Y tal es _El buen pao....._, del seor D. Juan F. Muoz Pabn,
presbtero de Sevilla, creo que cura de una de las parroquias de aquella
ciudad, y en quien, no har todava un ao, la aparicin de _Justa y
Rufina_ nos dio a conocer a un nuevo y excelente novelista, ingenioso y
discreto.

Su temperamento, o mejor dir su carcter, debe de ser jovial, apacible
y sereno, calidades todas que ya en _Justa y Rufina_ se mostraron,
haciendo simptica la obra, y que en su nueva novela, titulada _El buen
pao....._, se muestran ms graciosa y resueltamente.

La accin de esta novela no puede ser ms sencilla. Se reduce a
presentar un caso de aquellos que justifican lo que D. Quijote dijo a la
desenvuelta Altisidora en el lindo romance que para desengaarla le
compuso:

        Los andantes caballeros
     y los que en las cortes andan,
     requibranse con las libres,
     con las honestas se casan.

Si hemos de confesar la verdad, no es esto lo que sucede ms a menudo;
pero alguna vez sucede, y basta. Aristteles, adems, que saba
muchsimo, ha dicho que la poesa (y la novela es poesa) es ms
filosfica que la historia, porque la historia cuenta lo que es, y la
poesa cuenta lo que debe ser, sin afirmar por eso que sea siempre.

En suma: todo el argumento de _El buen pao_, expuesto en cifra, es que
un seorito, rico, guapo y el ms galn de un lugar cercano a Sevilla,
desdea a sus primas y a no pocas otras muchachas y se casa con la
modesta huerfanita de un mdico, la cual vive con su madre, se gana la
vida como costurera o modista lugarea, y es un tesoro de gracias,
habilidades y virtudes.

En _El buen pao....._ apenas hay accin: no hay nada de drama; pero hay
mucho, y a mi ver excelente y precioso, ora de idilio sin afectacin
sentimental, ora de comedia, o ligera y suave stira sin acritud ni
amargura. Los afectos amorosos no se exageran por lo ardientes para que
quemen, ni por lo dulces para que empalaguen. Y los vicios, pasiones y
ridiculeces de los personajes cmicos no traspasan jams el lmite ms
all del cual se haran odiosos dichos personajes. La burla o la risa
benigna que provocan, no les quita la estimacin que les concedemos.
Hasta el nuevo mdico, que es el personaje menos estimable de toda la
fbula, no llega a merecer nuestro desprecio. De aqu que la totalidad
del cuadro, que parece, por su exactitud y realidad, una fotografa, y
la viveza y verdad de los dilogos, que pareceran recogidos por el
fongrafo, si dicho artificio fuese apto para la seleccin, desechando
lo impertinente, concurren a darnos una idea, muy agradable y divertida,
as del lugar en que ocurren los sucesos que el novelista refiere, como
de la mayora de sus habitantes, ricos y pobres, grandes y pequeos. La
emulacin y los celos entre dos cofradas rivales, las fiestas y
procesiones en que compiten, y sobre todo, la lucida cabalgata y jira
campestre llamada del _romerito_, todo est lindamente pintado, rico de
luz y de colores; todo tiene el perfume campesino de los pinares y de
las huertas, la claridad y la limpieza de los arroyos de agua corriente,
cerca del esquivo y apartado manantial, y la brillantez azul y serena
del cielo despejado de Andaluca.




LULLY ARJONA

NOVELA POR D. ALFONSO DANVILA


Mil veces lo he pensado y algunas veces lo he dicho ya: no hay que temer
la uniformidad y la monotona. La pasmosa facilidad de comunicaciones,
los ferrocarriles, el telgrafo y el telfono, que llevan a escape
mercancas y personas de un extremo a otro de la tierra, y que
transmiten y comunican el pensamiento y la palabra con la rapidez del
rayo, no logran an, ni lograrn nunca, identificarnos, desteirnos,
digmoslo as, y hacer que perdamos el sello caracterstico de casta,
lengua, nacin y tribu que cada cual tiene. Se dira que para
precavernos contra el roce, que pudiera limar y pulir las diferencias,
nos armamos instintivamente de una virtud conservadora de lo castizo que
persiste en el fondo, aunque superficialmente desaparezca.

Lo que llaman ahora _high-life_, o dgase aquella parte de la sociedad
ms rica, elegante y empingorotada, nos parece que debe ser
cosmopolita, y sin embargo no lo es. Hombres y mujeres hablan en francs
tan bien y a veces mejor que en espaol. Algunos chapurrean adems la
lengua inglesa y hasta la alemana. Cuando leen algo leen libros
extranjeros porque de los _indgenas_ se aburren, sin que nos empeemos
en dilucidar aqu si con razn o sin ella. Los caballeros, como no
carezcan de metales preciosos o de los signos que los representan, se
hacen traer de Londres trajes, caballos y coches, y las seoras se hacen
traer de Pars vestidos y tocados. La cocina francesa hace que la
espaola se olvide o se pervierta. Y por ltimo, la costumbre del
veraneo rara vez lleva a sus castillos y quintas a nuestros elegantes de
ambos sexos, sino se los lleva a Francia, a Suiza, a Inglaterra, o a ms
hiperbreas regiones. Cuando la _guita_ es corta y no puede esparciarse
el cimbel, debe volar por lo menos hasta Biarritz.

Pues bien: con todo eso, y a pesar de todo eso, nuestra _high-life_
sigue siendo tan espaola como en lo antiguo, y no necesita el autor de
comedias y de novelas, a fin de conservar el color local y nacional de
sus personajes, buscarlos bajo las nfimas capas sociales, o ir por
ellos a las Batuecas o a los ms esquivos, alpestres y recnditos
lugares.

El Sr. D. Alfonso Danvila, joven tan inteligente como laborioso, que
apenas cuenta an veinticinco aos, y que ya nos ha dado en su _Don
Cristbal de Maura_ un extenso trabajo histrico de muy erudita y
diligente investigacin y de sana crtica, se ha hecho cargo sin duda de
lo que acabamos de afirmar sobre nuestra indeleble fisonoma castiza,
aun en la clase ms extranjerizada, y ha compuesto y publicado la novela
titulada _Lully Arjona_, la cual es, en mi sentir, muy espaola, aunque
nos pinta y describe la vida, usos, costumbres, amoros y dems pasiones
de la clase susodicha.

Dignas de alabanza y hasta de admiracin hallo desde luego en este
flamante novelista algunas nada vulgares prendas: el agudo talento de
observacin, la perspicacia con que lo descubre y lo advierte todo, el
cuidadoso esmero con que lo guarda en la memoria, el ingenio y el arte
con que se vale de esta acumulada riqueza de experiencias y
observaciones para prestar realce y vario colorido a su fbula, y por
ltimo la facilidad, sencillez y abundancia del estilo con que lo
expresa todo.

Los caracteres de los personajes estn fielmente copiados de la
realidad. Casi todos son verdaderos y consistentes, y, si no moralmente
muy bellos, salvo el de la pobre jorobada _chucha_, agradables y
simpticos, y pecando ms por debilidad que por maldad. La herona
Lully nos inspira compasin y cario. Y no deja de haber en la novela
algunas figuras como la de la madre de Lully, donde la nota cmica est
tocada con delicadeza, o como Eduardo Hita, el parsito servicial y
bufn, con cierta energa satrica, bien representado.

Tal vez nos atreveramos a censurar en esta novela la prolijidad en las
descripciones y la inclusin de varios lances e incidentes que nada
importan en la accin principal; pero lo expedito que para escribir es
el autor, su mocedad, el ser sta su primera obra, el casi invencible
prurito de colgar en ella todos los adornos que se poseen, y la moda que
hoy prevalece y que disculpa tales redundancias, nos arrancan de la mano
la frula de que tenamos ya intencin de servirnos.

No creo yo que el Sr. Danvila tuviese el propsito de sostener una tesis
o de seguir una tendencia al escribir _Lully Arjona_. Su propsito hubo
de ser divertir e interesar, y esto me parece que lo ha conseguido. Yo
al menos me he entretenido agradablemente leyendo su novela.

Si el propsito se hubiera aclarado y marcado ms, acicalando el autor
el estilo irnico y aguzando su punta, en vez de titularse la novela
_Lully Arjona_, hubiera podido tener por titulo _Derribo de ideales_.

En efecto: sea o no sea porque las cosas no andan tan bien en este
mundo como sera de desear, culpa de la ingrata naturaleza o de un
organismo social incorrecto y vicioso, lo cierto es que cada uno de los
ideales que Lully va formando y colocando a manera de dolo sobre un
pedestal o peana, se derriba pronto, porque la base o el pedestal viene
a tierra. As Lully acaba por quedarse sin ideal alguno, sino muy
tristemente desengaada. De todo lo cual bien pudiera deducirse la ms
cristiana y asctica de las moralejas: que no debemos poner en esta
vida, sino en otra mejor, el blanco de nuestras aspiraciones y deseos.

Lully, elegante y bonita y tan hidalga como pobre, hija de un ttulo
tronado, aspira primero a casarse con un lindo caballero de quien est
tierna, viva y fundadamente enamorada, y que disfrute adems de veinte
mil o de treinta mil duros de renta, para amarle con lujo, con _confort_
y con todos los perfiles y primores que pueden requerirse y se
requieren. Llega Lully o frisa en los treinta aos, y no encuentra tal
novio. La base de este ideal se derrumba. Lully tiene que contentarse
con la mitad de lo idealizado. A falta de novio o de marido, hermoso,
enamorado, galn y discreto, se contenta y resigna con que sea rico. Y
Lully se casa. Entonces se esfuerza por construir para su uso otro ms
pequeo, aunque todava potico ideal. En su imaginacin presta a su
marido, ya que no talento, recto juicio, bondad extremada, ternura y
delicadeza de afectos. Con estas cualidades, y siendo l como es buen
mozo, elegantsimo y gil en el _sport_, no podr menos de satisfacer el
amor propio de ella y de tenerla, si no prendada, tan agradecida y
devota que casi toque y se confunda con el amor su gratitud y su
rendimiento.

Por desgracia resulta que Cabrera, que as se llama el marido de Lully,
es un seorito tan grosero y vulgar de sentimientos que, a los pocos
das de casado, se _tima_ o se pone en relaciones pecaminosas con las
daifas o _zuripantas_, que encuentra a su paso en el viaje de novios.

No son ya posibles la devocin y el afecto conyugales con que haba
soado Lully. Nuevo ideal por tierra. Para reemplazarle piensa Lully en
la poesa sublime de la maternidad; en sus goces, deberes y sacrificios;
pero el tlamo es estril para Cabrera.

Hay un momento en que suea Lully con una pasin _quintaesenciada_,
pursima, castsima, sin la menor mcula que deslustre su limpieza.
Lully halla por fortuna al hombre adecuado para este fin. Ni hecho de
encargo pudiera ser mejor; pero tambin por una serie de casos
fortuitos, largos de exponer aqu, este amante archi-espiritual y
semi-mstico se va lejos: se dira que se desvanece.

En suma: la pobre Lully, creando en balde ideales que la casualidad o el
diablo derriba luego, viene a caer en la ms real y lastimosa bajeza que
imaginarse puede. Medio sorprendida y medio violentada, en un instante
de debilidad y de ceguera, casi sin conciencia y sin bro para resistir,
Lully se rinde y se entrega a un hombre perverso y audaz que no la
merece.

Aun despus de esta cada Lully procura consolarse con un ideal, ya que
no nuevo, renovado. Espera ser madre y se propone consagrar al hijo de
sus entraas toda la vehemencia afectiva de su corazn, sus pensamientos
y la vida y el ser de su espritu. As pasa Lully el tiempo, y se
consuela con estas ideas y con estos planes, hasta que llega el da del
esperado parto.

Lully est a punto de morir, y pare un nio muerto.

El desengao no puede ser ms completo ni ms terrible. Para colmo de
desventuras, se le ha muerto poco antes su hermana la jorobada,
descubriendo su violentsimo amor por el hombre que haba abusado de
Lully por sorpresa. Y como este hombre haba coqueteado con _chucha_ y
hasta la haba pretendido, por vicio extrao o tal vez por clculos de
conveniencia, a la pobre Lully no le queda siquiera el consuelo de
figurarse a su seductor, o como queramos llamarle, menos ruin y
desalmado de lo que era.

Tal es la primera fingida historia, harto poco consoladora en verdad,
que el Sr. Danvila ha escrito. Grandes atrevimientos hay en la
narracin; pero estn orillados o salvados con arte. Y como hay notable
variedad y riqueza en los lances y episodios, y no pocos discreteos y
chistes en los dilogos, razonamientos y cartas que entran en el tejido
de la novela, su lectura no cansa ni aflige, sino que deleita, y promete
adems, que su autor ha de seguir escribiendo, superando en este gnero
lo que ya ha escrito, y procurando que sus hroes o heronas de la
_high-life_ pongan sobre terreno ms firme las bases de sus ideales para
que no se hundan en el cieno al menor capirotazo.




MARIQUITA LEN

NOVELA ORIGINAL DE JOS NOGALES Y NOGALES


El Sr. Nogales, conocido ya del gran pblico por el cuento premiado en
el certamen abierto por _El Liberal_, ha querido confirmar y ha
confirmado, en mi sentir, la justicia con que obtuvo aquel triunfo,
escribiendo no ya cuentos, sino extensas novelas.

La que lleva por ttulo el que nos sirve de epgrafe entiendo yo que ha
ido ms all todava: _Mariquita Len_ da ms, para mi gusto, que lo que
_Las tres cosas del to Juan_ nos haban prometido.

La vida en una pequea poblacin rural andaluza est muy bien observada
y hbilmente pintada. No peca el autor de prolijo ni sigue la moda de
ciertas novelas francesas, donde no hay objeto, por ruin e
insignificante que sea, que no se pese, se mida y se describa
minuciosamente como en el ms que escrupuloso inventario redactado por
peritos. El Sr. Nogales no es as, por dicha. Pinta a grandes rasgos, y
se lo agradecemos. Las descripciones de su novela distan muchsimo de
cansar, y son, sin embargo, tan vivas, y nos parecen tan exactas y tan
fieles, que vemos a Venusta, que as se llama la villa teatro de su
novela, recorremos con el autor las calles del lugar y los campos que le
circundan, y penetramos en las viviendas, corrales y bodegas de las
casas de labranza de los hacendados ms ricos. La novela tiene traza de
idilio; pero no ideal y fantstico, sino tomado con perspicaz
observacin de la realidad misma y reproducido con arte atinado y
sobrio.

Los caracteres son verdad y tienen consistencia, de suerte que los
principales personajes se dira que viven, y sus actos y pasiones
interesan y conmueven.

La mayora de estos personajes, el cacique Brevas, su hijo, Berrinches,
y el alcalde Larn-larn es moralmente fea y ruin; pero la aficin
pesimista prevalece hoy en las obras de ingenio, y no nos atrevemos a
censurar lo negro del cuadro, aunque le hubiramos preferido menos
negro. Todas sus figuras, sin embargo, no estn tiznadas por los vicios
y pecados. Algunas son simpticas y moralmente bellas. As el mdico D.
Jacinto; el virtuoso, enrgico y sencillo Padre Baquero, rstico jayn
injerto en santo y venerable siervo de Dios, rico en evanglicas
virtudes, y la linda Merceditas, que si bien se ve en segundo trmino y
muy esfumada, es una excelente joven.

De la protagonista es poco cuanto se diga, para alabarla. Mariquita Len
quiere ser, y casi lo consigue, el prototipo de la rica hembra de
nuestros tiempos, no hidalga de alto linaje ni seora de siervos del
terruo y de fortalezas y castillos, sino democrtica labradora, que
ella misma ordea sus vacas, hace los quesos y se emplea en otras
domsticas faenas y rsticos menesteres. Mariquita Len es laboriosa,
activa, despejada, y posee los bros y la entereza convenientes para
gobernar bien su casa y su hacienda y para hacerse respetar y temer de
sus enemigos. Y no por eso tiene Mariquita nada de sargentn, de
marimacho o de monja _alfrez_. Mariquita es gallarda y hermosa, aseada
y pulcra, caritativa con los pobres, llana y afable en su trato,
generosa con la gente menuda, y para con los amigos, leal, cariosa y
suave. Todos los ya citados personajes y no pocos otros de segundo y
tercer orden hablan en la novela muy naturalmente y como deben hablar,
esto es, sin que el Sr. Nogales les haga decir la infinidad de cosas que
en la vida real hubieron de decir sin duda, pero que nada importan al
propsito de la historia, por lo cual el autor debe prescindir de ellas
como si nunca se hubieran dicho. La primera regla del arte, la ms
importante quizs, la ms difcil de observar y la que rara vez
observamos, consiste en desechar lo impertinente, y yo creo que el Sr.
Nogales acierta en _Mariquita Len_ a observar esta regla.

Otra regla hay que, en mi opinin, debiera siempre seguirse, por ms que
Zola, en los libros didcticos que ha escrito sobre el arte de componer
novelas, la deroga por intil; pero como Zola la sigue a menudo aunque
la d por derogada, a cualquiera se le figura que es burla y malicia
suya la derogacin de la tal regla. Una novela no es una serie de casos
_vividos_, observados y experimentados por quien los reproduce luego sin
unidad de accin, sino que debe tener el conveniente enlace que haga que
todos estos casos, accidentes o episodios, concurran al mismo fin y
contribuyan a poner debido trmino a la historia.

Contra esta regla, que a mi ver no debiera derogarse, peca el autor de
_Mariquita Len_. Su novela sin duda interesa y deleita, aunque falte a
la regla mencionada; pero interesara y deleitara ms si no faltase. Y
no es la falta, sino que es sobra. En _Mariquita Len_ puede afirmarse
que hay cuatro acciones en vez de una: la enemistad entre el alcalde y
Berrinches, el cual se revuelve como acosada fiera, y acaba por asesinar
a quien le persigue; la avaricia de Brevas, que excita a Juanito sin
sal a hurtarle el trigo, y la repugnante y espantosa lucha entre padre e
hijo que el hurto descubierto ocasiona y que da por resultado la muerte
del padre; los poticos y apenas iniciados amores entre Mercedes y el
mdico, que terminan melanclicamente en una separacin algo, a mi ver,
obscura y sutilmente motivada; y por ltimo, la penosa enfermedad del
nio enclenque, hijo muy amado de Mariquita Len, con cuya muerte acaba
la novela. Las mencionadas cuatro acciones, no veo yo que influyan unas
en otras. Todas caminan simultneamente y slo coinciden en un punto: en
contribuir al desengao del mdico D. Jacinto que, desencantado de la
vida de aldea se va de Venusta para vivir de nuevo en las grandes
ciudades, donde tal vez le aguardan no menores desengaos. La rudeza
campesina no ha dado por fruto en Venusta una inocencia candorosa, sino
la corrupcin ms grosera. Ganas nos dan de seguir al mdico D. Jacinto,
rogando al Sr. Nogales que nos acompae y nos sirva de gua, para ver si
lejos de Venusta y en poblacin ms grande y civilizada, van las cosas
un poco mejor y no hay que avergonzarse de tanto pecado ni que lamentar
tanta miseria.




AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES

DE SILVESTRE PARADOX


Nadie ms acrrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero,
cmo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben
siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es
evidentsimo, no obstante, que el poco numeroso pblico espaol que lee
est cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeoso. La
aficin a la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez ms,
prestando incentivo a multitud de autores para que cultiven el gnero.

Poco fecunda fue Espaa en novelistas durante todo el siglo XVIII y los
dos primeros tercios del XIX. Las novelas inglesas y francesas
traducidas al castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas
en los folletines de los peridicos diarios, ya propinadas en tomos. Se
dira que en el pas donde se haba escrito el _Amads_, _La Celestina_
y el _Quijote_, se haba perdido la aptitud para escribir novelas. Hoy,
por dicha, me lisonjeo yo y me complazco creyendo que la aptitud renace,
y esperando que ha de dar frutos no menos sazonados y sabrosos que los
que vienen de Francia, de Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y
Polonia, que gustan y saborean con tanto deleite las personas cultas y
que nuestros crticos suelen poner tan por las nubes.

Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la
produccin extranjera e importada, ni que elogiemos en demasa lo que
por ac se produzca. Slo pido un poquito menos de admiracin y de pasmo
hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que
en Espaa se escribe y se publica. Conviene, adems fijar en ello la
atencin del pblico y despertar por ello la curiosidad y el inters, la
mitad siquiera que inspira el teatro, y la dcima parte siquiera que
inspiran las corridas de toros. Lo que es yo me propongo contribuir a
este fin hasta donde alcancen mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.

Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las
letras en Espaa. A pesar del abatimiento en que hemos cado, y a pesar
de la admiracin y de la semi-adoracin que unida al propio menosprecio
quieren algunos hacernos sentir, no ya slo por las novelas inglesas y
francesas, sino tambin por las suecas y las rusas, el prurito de
imitarlas, o bien no se da, o si se da produce el no esperado efecto de
que imitemos, tal vez sin pretenderlo y hasta sin sospecharlo,
impulsados por invencible atavismo, la antigua novela espaola. Claro
ejemplo de esto nos presta la indicada por su ttulo al frente de este
articulito. Don Po Baroja, sin querer acaso, pensando en muchos libros
extranjeros que sin duda ha ledo, se ha puesto a escribir y ha escrito
las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede ser
renovada en nuestros das, con diversos trajes, usos, costumbres y
aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmn
de Alfarache, Marcos de Obregn, Estebanillo Gonzlez, el buscn D.
Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de
haber encontrado en el reino de la fantasa y reconocido como muy
cercano pariente al hroe desastrado de la novela de D. Po Baroja. La
semejanza de este hroe con los mencionados antes, resalta a cada paso,
mientras que las diferencias proceden del diferente modo de vivir que
hay ahora. Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que
va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y Amrica, ni queda cautivo
en Argel, ni acaba como penitente ermitao en un yermo; pero lucha por
la vida como se estila ahora, y acomete atrevidas empresas y busca
aventuras, y nos presenta desde su nueva _atalaya de la vida humana_
larga serie de cuadros en los cuales no deja de haber realidad y verdad,
aunque ennegrecidos a veces por la stira y grotescamente exagerados por
la caricatura.

No es Silvestre Paradox un pcaro al modo de los antiguos, sino un
semi-sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no
pocos artificios cientficos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr.
Baroja en nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde
hace tiempo, pero donde no faltan propsitos y conatos de inventar
mquinas que vuelen con direccin, barcos submarinos, proyectiles
apestosos que basten a ahogar ejrcitos enteros con sus mefticos
miasmas, y cuadratura del crculo, y movimiento continuo, y otra
infinidad de primores.

No s yo, ni me lanzar a escudriar y a investigar si el Sr. Baroja ha
intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna leccin
moral, social o poltica. Pero haya o no en su novela leccin o tesis,
yo me limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que
me ha entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y
recomiende la lectura de su libro, el cual est bien escrito, con
sencillez y gracia, y sin hacerse pesado con filosofas y otras
disertaciones inoportunas. Muy de agradecer es esto ltimo en el da de
hoy, cuando en la novela se pretende ensear todo lo que hay que saber,
incurriendo los novelistas en pesadez inaguantable. Porque, segn me
deca anteayer cierto amigo mo, no pocas novelas docentes de ahora son
para l como el ajedrez: para juego, sobrado cientfico, y para ciencia,
sobrado juego.

Por algo entra la ciencia en la novela de don Po Baroja; pero entra
como elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala
comparacin, es como el alio o la sal y pimienta del guiso.

Alguien censura de desordenada o de casi sin pies ni cabeza la novela de
que estamos tratando. Yo considero seversima y punto menos que
infundada la tal censura. La accin, como en casi todas las novelas de
su clase, es la vida entera del protagonista, o por lo menos una parte
de esta vida hasta que se cansa de escribir quien la escribe, quedando
siempre campo abierto y tela cortada para componer una segunda parte;
pues si bien asegur Cervantes que las segundas partes nunca fueron
buenas, gloriosamente lo contradijo en su _Ingenioso Hidalgo_,
acompandole en la contradiccin Luna con su nuevo _Lazarillo_, Mateo
Alemn y otros.

Perseguido por sus acreedores, lleno de desengaos y abrumado por la
miseria, Silvestre Paradox se escapa de Madrid y se va a Valencia.
Quin sabe cuntas cosas interesantes o divertidas pueden ocurrirle
despus! Bstenos por lo pronto que nos diviertan las que ya el Sr.
Baroja nos ha contado. Y esperemos, por ltimo, que, ya sea escribiendo
segunda parte de Silvestre Paradox, ya sacando a relucir a otros hroes
y tomando nuevos caminos y asuntos, el Sr. Baroja siga escribiendo
novelas, ya que tiene aptitud para ello, y procure, sin dejar de ser
realista, iluminar, hermosear y alegrar el mundo que describa con
resplandores ideales. De todos modos, su Silvestre Paradox, aunque tan
hundido en el charco impuro de la realidad y casi ahogndose en l, nos
es muy simptico por su risueo estoicismo, por su desenfado y por el
buen humor que nunca le abandona en medio de su inopia incorregible,
cuitas y apuros.




EL LTIMO PATRIOTA

NOVELA POR JOS NOGALES Y NOGALES


Sin duda que todo lo que ocurre de bueno y de malo es porque Dios
quiere; pero los designios del Altsimo son inescrutables y nos
exponemos a errar y hasta blasfemar si nos empeamos en declararlos.
Infiero yo de aqu, que es por dems aventurado el atribuir a castigo
del cielo las desventuras que puedan caer sobre una colectividad o sobre
un individuo. Los cuentecillos chuscos suelen tener una moraleja llena
de buen sentido. Jug un hombre en Viernes Santo y perdi su caudal;
pero no le perdi por haber jugado en Viernes Santo, ya que el
ganancioso jug tambin en el mismo da y no en Sbado de Gloria.

Muchas veces he odo decir a sujetos graves, y he ledo en peridicos y
en libros, que en la ltima guerra entre Francia y Prusia perdieron los
franceses porque andaban entonces muy corrompidos y bailaban demasiado
_cancan_; pero eran acaso los prusianos algunos padres del yermo, y no
gastaban del mismo baile o de otros no menos descompuestos y lascivos?
Su triunfo tuvo, pues, otras causas, y no la mayor severidad y pureza de
costumbres.

Todava hay otra moralidad ms rgida de la que suele valerse la gente
para explicar los grandes sucesos, ponindola como una de las bases de
la filosofa de la historia. Sale un pueblo vencedor, y otro pueblo
queda vencido en una guerra. Hemos de afirmar por eso la evidente
degeneracin del vencido? Pudo exigirse como un deber, pudo
considerarse como ineludible condicin para no pasar por degenerados, el
tener antes del vencimiento hroes y mrtires en abundancia? Yo entiendo
que no. Yo entiendo que el herosmo y el martirio son altamente
laudables por lo mismo que son raros. El hroe y el mrtir alcanzan fama
inmortal; pero es cuando la doctrina, la creencia, el pueblo o la
sociedad por quien se sacrifican viene a triunfar al cabo. Los
trescientos de las Termpilas estaran olvidados o pasaran por locos de
atar, si despus de su sacrificio no hubieran brotado los inmarcesibles
laureles de Maratn, Platea y Salamina.

Cierto es tambin que los actos heroicos valen siempre mucho, aunque
slo sea para limpiar la derrota de toda vergonzosa mancha. Muriendo D.
Rodrigo a orillas del Guadalete y en Hasting Haroldo, encubrieron con su
sangre el oprobio de la rpida conquista de Espaa y de Inglaterra por
moros y normandos. Y el ltimo de los Palelogos, combatiendo y muriendo
gloriosamente en defensa de Constantinopla, fue digno de la majestad
cesrea; puso trmino glorioso al secular poder de griegos y de romanos,
y merece no menor aplauso que Lenidas y ms piadosa simpata.

No quiero yo dilucidar aqu, porque los sucesos son harto recientes, si
las circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si
debi haber al acabar lastimosamente el Imperio colonial de Espaa que
haba durado cuatrocientos aos, algo de hermoso y digno de una gran
tragedia: personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y
Palelogos que hemos citado. Lo que s me parece que puede asegurarse es
que mayor sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre
hubiera tenido idntico resultado o ms desastroso, porque, sobre la
prdida de nuestras colonias, los _yankees_ hubieran podido arruinar
algunas de nuestras ciudades de la costa, y causar perjuicios gravsimos
a nuestra industria y comercio renacientes, sin que toda la antigua
valenta espaola, renacida y hasta aumentada, nos hubiese servido de
mucho contra enormes barcos acorazados, contra diestros marinos y
contra la certera puntera de colosales caones.

Abandonados de toda Europa con la estril e intil conmiseracin de
algunas Potencias y con el soberbio desdn y secular aborrecimiento de
otras, siempre hubiramos sucumbido en la lucha, y mientras ms la lucha
hubiera durado, ms honda y ms cruel hubiera sido nuestra cada.
Menester es resignarse: no hay otro remedio. Qu ventaja pueden
traernos ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo
castigo ha sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son
tantos, que lo ms prudente no es la absolucin, sino la amnista;
olvidar lo que ya pas, como se olvida el ms horrible sueo, y hacer
vida nueva. Exponer aqu como debe ser esta vida es empeo superior a
mis facultades mentales, y creo que tambin a las de no pocos que han
tomado el oficio de regeneradores y que recitan discursos o escriben
libros teraputicos. Lo nico que puede afirmarse, sin que presuma el
que lo afirme de estar dotado de la facultad de regenerar o de curar, es
que en el da ms que en otras edades, conviene ser rico para ser
fuerte, y conviene adems ganar aliados y amigos, y no estar solos en el
mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe fiarse en
milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor
heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae,
y hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los
materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de
defensa y de ofensa que son ahora ms complicados y costosos que nunca y
que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien
empleados.

Me mueve a poner aqu las anteriores reflexiones la lectura de una
novela o como queramos llamarla, obra de D. Jos Nogales, y cuyo ttulo
es _El ltimo patriota_. Constituye la accin o el argumento de la
mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que
sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada
Oblita y situada en territorio espaol, durante la muy deplorable y
harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de Amrica nos
vimos obligados a sostener. Y digo que nos _vimos obligados_, porque
hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no
pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser
colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar
con la menor probabilidad de triunfo y slo para salvar su decoro y
probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra,
aunque est persuadido de que va a ser derrotado. As con espadas de
plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que
de seguro haba de matarlos, y as sale al campo a reir en desafo
contra el ms tremendo de los espadachines un seor viejo y pacfico que
no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al
blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un
elefante a cinco metros de distancia.

Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar
confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnsticos y de las
armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en
adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bros naturales
de la propia persona, y, por ltimo, buscar y ganar amigos para no verse
otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que
importa ms que nada es que no decaiga el nimo, que no se abata el
vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinin de s propio.

Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impa burla con que
fustiga el seor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un
fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el
deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones,
sacndola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha cado, pueden
mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar
duramente a la misma nacin a que pertenece. Claros ejemplos de tales
diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te
quiere te har llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia,
para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios
italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzndola y maltratndola
de palabra, ora en prosa, ora en verso.

Est bien o no est bien que nos valgamos hoy en Espaa de un mtodo
parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no
atino con la contestacin til y justa y no me resuelvo a darla.
Parceme, no obstante, que entre nosotros hay en el da circunstancias
que deben movernos a ser ms indulgentes que speros; a consolar y
alentar en vez de censurar.

Una de las causas, la mayor tal vez de la postracin y del hundimiento
en que nos vemos, es la cortsima estimacin en que se tienen hoy los
mismos espaoles; cortsima estimacin que, combinada con el sobrado
aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de s propio, nos
arrastra a la desunin, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos,
sin duda, se figuraban ms civilizados, ms listos, ms productores de
bienestar y de riqueza, y harto ms capaces de progreso que los
habitantes de esta Pennsula. De aqu el que creyesen que era
impedimento o rmora para que subiesen ellos a ms altas esferas, el
seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual
regin de esta Pennsula de la misma manera que pensaban los cubanos.
Nobilsimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompaado, para
no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdn y el odio hacia
ella son origen de debilidad y de interesado egosmo.

No menos lamentable, sobre todo despus de un inmenso infortunio, es
echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases
a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirn los serviles que
deban mandar ellos para regenerar el pas; si los polticos se inventar
una masa neutra que tratar de convertirse en poltica de repente; si
los librepensadores, saldrn chillando los devotos y ultra-catlicos,
asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por
contraposicin, los librepensadores afirmarn luego que el fanatismo es
lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos
entenderemos, y cuando ms que nunca conviene la concordia y la paz,
acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desrdenes. Casi todo
el siglo XIX se nos ha pasado en revoluciones estriles, en largas
guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer
y destejer constituciones y leyes orgnicas, en reformarlo todo, y en
reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la
msera situacin en que hemos cado. No es, pues, modo de remediarla el
volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros
la malaventura y a reir contra los propios porque no fuimos hbiles
para reir contra los extraos.

La alegora o el smbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La
novela _El ltimo patriota_ es alegrica o simblica, y bien puedo yo
interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretacin sea la recta. De ella
se deducir entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir
en este artculo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos
olvidarla, haciendo antes el firme propsito de la enmienda.

Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegora que a tan buena
moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan
de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la
consternacin; los medios ridculos que inventan y a que acuden para
combatir a los enemigos, como por ejemplo el _fulminario_, con el cual
suponen que echarn a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso
combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la
mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginacin han trado de
Amrica hasta las playas que estn cerca de su ciudad; el belicoso ardor
del padre cura y los arrestos magnnimos del linajudo hidalgo D. Csar
Paniagua, todo tiene chiste y todo hace rer, pero con lo que
vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y
duele. Hasta la determinacin final del cura y de D. Csar de levantar
para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra
civil, est bien ideada y trazada, y contribuye a la severa leccin que
el Sr. Nogales quiere darnos.

Considerado, por ltimo, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su
mal humor y de su duelo patritico, no cabe duda que tiene mrito y
prueba agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizs demasiado
optimista y muy indulgente y benigno, halle poco simptico el libro del
Sr. Nogales y sea para juzgarle el menos a propsito de todos los
crticos. A salvo queda, no obstante, la noble y generosa intencin del
Sr. Nogales. No tiene toda su satrica ms feroz amargura para Espaa,
que para Italia los siguientes versos de Leopardi, que bien pudieran
servir de epgrafe a _El ltimo patriota_:

    Volgiti indietro e guarda o patria mia,
    Quella schiera infinita d'immortali,
    E piangi e di te stessa ti disdegna;
    Ch senza sdegno omai la doglia  stolta:
    Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti,
    E ti punga una volta
    Pensier degli avi nostri e de' nepoti.




ISAAC

POR JAVIER LASSO DE LA VEGA


La centralizacin administrativa no ha trado proporcionalmente, tanto
como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artstico,
a la capital en Espaa. Brillantes centros, focos de nuestra cultura,
siguen siendo algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y
Sevilla. Y como conviene a mi ver, que esta vida del espritu siga
difundida, y no venga a recogerse y a acumularse en Madrid, buscando
fama y provecho, creo que tambin conviene llamar la atencin, ms an
que sobre los libros que se publican en esta villa y corte, sobre los
que en provincias se escriben y se publican.

El autor del libro cuyo ttulo nos sirve de epgrafe, es, a lo que
parece conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como
docto mdico y como autor de varias obras cientficas, entre las que se
cuentan: _Concepto de la fisiologa general_, _El genio y la
inspiracin_, _La ciencia y el Arte_, _La Atrepsia_, _Origen y fin del
planeta Tierra_, y _Biografa y estudio crtico de las obras de Nicols
Monardes_.

Durante los dos primeros tercios del siglo XIX apenas hubo, en nuestro
pas, poltico, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones,
que no empezase por componer versos y que a menudo no siguiese
componindolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la aficin
a los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio,
desde veinte o treinta aos hace, ha cundido la aficin a escribir
novelas.

Este gnero de literatura, que floreci tan gloriosamente en Espaa, se
descuid por el teatro, desde mediados del siglo XVII, y slo ha
renacido recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas
e inglesas, que son en el da las ms celebradas, y con las novelas
rusas y de otros pueblos del Norte, que van ponindose muy de moda.

El mdico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de
la corriente, ha querido tambin ser novelista, y ha mostrado que posee
las prendas y dems condiciones que para serlo se requieren.

Su novela _Isaac_ es, con todo, para mi gusto, ms stira que novela:
pertenece a un gnero que no me agrada, aunque en l puede ms
fcilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen xito de
librera. Sacar a la vergenza a personajes conocidos, vivos y reales, y
revelar al pblico todos sus vicios y pecados, es uno de los medios ms
a propsito de que puede valerse un escritor para proporcionarse
lectores. Yo tengo por cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester
de este medio, y por lo mismo me pesa de que le haya empleado.

Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le emple; que bajo
los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni
debe descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de
Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.

Si es _Isaac_ novela de _clave_, no quiero yo valerme de la _clave_ para
descifrar la novela. Baste a mi propsito estimar como pura ficcin
cuanto en ella se cuenta, y entender que su stira va contra el vicio y
no designa ni fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se
encomiende a la ley, a los tribunales y a la pblica reprobacin, sin
que autor ninguno, en una obra de arte y de puro entretenimiento, en lo
que puede y debe calificarse de poesa, aunque est en prosa, se rebaje
y se humille hasta ejecutar la ruda sentencia.

Aun as, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de
cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de
la novela muy satrica. Y esto por varias razones. Indicar aqu
algunas.

El principal objeto de la novela, como el de toda poesa, debe ser
deleitar y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a m,
acaso porque soy optimista, indulgente y benigno, ms bien que
deleitarme y ms bien que conmoverme estticamente, me aflige y me
repugna la viva y exacta representacin de la fealdad moral, cuando
traspasa los lmites de lo ridculo y llega a lo criminal y a lo odioso.
Es cierto que en la novela del Sr. Lasso hay algunos personajes
excelentes. Por tales deben ser tenidos D. Alejandro Caldern, el P.
Aguilar y el profesor Madueo; pero esto no basta para iluminar con
puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para contraponer a
la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevacin y belleza que
basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que Isaac, el
protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de calma y
de paciencia, y en la destruccin de sus obras de arte y en el suicidio
con que termina, hay tal frenes de vanidad lastimada que, si bien no
nos quita la conmiseracin por el hroe, rebaja mucho el aprecio y la
simpata que al principio logr inspirarnos.

La stira ingerida o combinada con la novela tiene adems una grave
contra. La accin marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de
estorbos que en su camino se amontonan.

Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a
darse muerte despus, que el lector no acierta a determinar cul de
ellas ha sido la ms importante: si el poco xito que en el Ayuntamiento
ha tenido su perorata; si la censura, aunque severa, no del todo
infundada, de algunos de sus trabajos artsticos; si la separacin de
Filipinas, que hace casi imposible que le paguen el monumento a Legazpi;
si sus grandes apuros pecuniarios; y, por ltimo, si el desamor y el
insolente desdn de su mujer, pintada en la novela de mano maestra.

Las escenas ntimas de tan desastrados amores conyugales, aqulla en que
Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en
el jardn por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y ms
claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observacin y el
raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.

La orga de los concejales en el antiguo Convento, la animada
descripcin del incendio, con la hazaa de Caldern para salvar a la
nia, y la famosa sesin del Ayuntamiento con todos sus pormenores, as
como no pocos otros episodios, estn bien observados y descritos; pero
complican la accin dndole diversos motivos, cada uno de los cuales
quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta:
se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi,
o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? Si
triunfa en el Ayuntamiento y despus en las elecciones de diputados, no
se hubiera resignado a vivir? Si los crticos hubieran sido justos o
muy benvolos y no hubieran sealado defecto alguno en sus obras,
ensalzndolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolacin y
sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentsimo propsito
de destruir lo que haba hecho y de matarse en seguida?

En la existencia real, en todo verdadero suceso histrico, suelen quedar
en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficcin novelesca,
y cuando el autor penetra en lo ms ntimo del alma de su hroe y all
lo ve y lo escudria todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades
menoscaban el efecto de la composicin en vez de aumentarle.

En suma: yo creo que, despus de leda la novela, el lector no puede
menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea
que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en
ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que
son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que
contenga una acusacin cada episodio, y sin que cada acusacin d lugar
a una defensa.

EL siglo XIX pas ya, y nos hallamos en el XX, de lo que debemos
alegrarnos por haber pasado tambin la mana, que cundi entre los
escritores, por todas partes y durante muchos aos, de calificar de fin
de siglo las bellaqueras y maldades. Con esto, adems, se quera dar a
entender que las tales bellaqueras eran como el refinado producto del
esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de
nuestros materiales progresos. Lejos de ser as, debe entenderse que los
hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de
siglo, ni en poca y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a
tunantera, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer
desde los tiempos primitivos.

No es en Gandulia ni a fines del siglo XIX donde solamente los
concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es
Popayn, y cundo no es Pascua.

Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he
recordado, y no puedo resistir a la tentacin de referirlo aqu, lo que
he ledo en uno de los extractos y traducciones de los millares de
manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque
Raniero.

El caso no ocurri a fin de siglo, sino a mediados: por los aos de 250
de la Era Cristiana, o dgase 1650 aos ha. Y todo consta en las actas
del Ayuntamiento de la magnfica ciudad de Hermpolis, as llamada
porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.

Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser ms
escandalosas ni ms borrascosas de lo que fueron. Tambin hubo all un
Isaac Garcs de Trillo que acus a los principales concejales o
regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan an. Se llamaban
Dioscrides y Sarapammon. Haban cometido multitud de estafas,
irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates ms
acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres.
Sarapammon y Dioscrides, valindose de las llaves del granero pblico,
vendieron casi toda la cebada y el trigo que en l haba, y una enorme
provisin de lentejas, y cien _artabas_ de _arrak_, bebida de arroz
fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.

Vase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechoras de los
concejales, y tngase por cierto que en nada malo ha habido el menor
adelanto. En lo bueno s le ha habido y le habr. Y con tan hermosa y
fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio
que nada remedia, como acudi en su locura el escultor y honrado
concejal, hroe de la novela del Sr. Lasso.




DISCURSO

PRONUNCIADO POR DOA EMILIA PARDO BAZN en los Juegos florales de
Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901.


La aficin a los juegos florales cunde y se extiende por toda Espaa. La
mana de rerse de todo cunde tambin, y as no han de extraarse los
chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han
dado a la estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la
broma y tentado de la risa como el que ms pueda serlo; pero me jacto de
tener una buena condicin, que me alegrara yo de que la tuvieran todos.
La risa no debe matar ni perjudicar a aquello de que se re. Al
contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo ms excelente suele haber y
hay con frecuencia algo de ridculo; de suerte que, si lo ridculo se
extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda
limpio de toda mcula. La parodia, pues, no implica el descrdito de lo
parodiado, antes bien es lcito afirmar que slo de lo bueno y de lo
hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas.

Dicho lo que antecede, olvidmonos de los chistes y de los epigramas que
se han lanzado contra los juegos florales, y tommoslos por el lado
serio.

Nadie negar, en primer lugar, que son una diversin inocente y barata,
y no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.

Es adems diversin muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan
el entendimiento y el ingenio de muchas personas, as en componer
discursos y poesas, como en orlos y tratar de entenderlos, apreciarlos
y juzgarlos.

Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco til, y
que mejor sera emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en
asuntos ms prcticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas
letras, lejos de estar reido con el bienestar material y con la fuerza
que se aplica para lograrle, bien podemos afirmar que estn en perfecto
acuerdo y que siempre lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo
anuncia, que lo prepara o que de ello procede. Acaso no hay nacin en
toda Europa ms positivista, ms prspera, ms industrial y mercantil,
ms rica y ms aficionada a la riqueza que la Gran Bretaa, y tampoco
hay nacin en Europa que guste tanto de versos, que posea tan gran
nmero de buenos poetas y donde ms discursos se pronuncien.

Sigamos, pues, componindolos y pronuncindolos por ac sin recelo de
que se consuman nuestros bros y calor natural en esta tarea de lujo y
no de provecho. Pero por qu tal tarea no ha de ser provechosa,
considerada al menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales
se agucen, se afilen y se habiliten?

La poesa, adems, estaba, desde hace algunos aos, harto desdeada y
poco cultivada en nuestro pas. Y como conviene que no se desdee y que
se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para
lograrlo, bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se
dira que han reaparecido entre nosotros las musas visitando y
favoreciendo a varios poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en
tales certmenes han conquistado dichos poetas, aunque gente
descontentadiza y satrica niegue que sea prueba de alta inspiracin,
prueba es y ser siempre de habilidad artstica, de esmerado buen gusto
y de no vulgar cultura, lo cual ya no es poco. Y debe tenerse en cuenta
que, as como nosotros no nos atrevemos a dar a nadie diploma de
inmortalidad y de _genio_, tampoco debe atreverse cualquiera a empuar
la frula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos en los juegos
florales han obtenido premio, expulsndolos con crueldad de la
repblica de las letras.

Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitn; pero yo entiendo
que no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los
Sres. D. Miguel Gutirrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Daz de
Escobar, D. Juan F. Muoz y Pabn y D. Pedro Riao.

Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e
instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez
severo acaso podra decir que los discursos mencionados estn casi todos
como en una esfera muy excntrica de la esfera potica o literaria de
los juegos, tocndose slo y compenetrndose una esfera y otra en muy
pequea parte o casquete, y formando as, como en el famoso y ya casi
olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una
lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales
se han celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almera, en Cdiz, en
Calatayud, en Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cul ms,
cul menos, se han ido por los cerros de beda. No condeno yo semejante
aberracin. Me limito a declarar que existe. Disclpanla, ya que no la
justifiquen del todo, la condicin etrea y voltil del pensamiento y
cierta preocupacin amarga o picante que a todos nos estimula en el da.
De ella puede afirmarse lo que afirmaba Lope, no del estro o tbano,
sino de otra ms ruin y aborrecible bestezuela:

    Como los celos eres,
    Que picas y te vas por donde quieres.

Claro est que aludo al resquemor o a la aceda que los recientes
infortunios de la patria engendran en nuestros espritus, los agitan,
los atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aqu que se piense
poco en la poesa, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se
vuele para trasportarse de lo meramente literario a lo poltico y
social. De suerte que cuantos pronuncian discursos en juegos florales
suelen pronto perder de vista la corte de amor, el Gay saber y toda
cuestin de gentileza, ternura y rendimiento a las damas, convirtindose
en socilogos, arbitristas y legisladores. Sus discursos apenas son
literarios: ms bien pueden y deben calificarse de teraputicos. Espaa
est decadente y enferma, y es menester curarla y regenerarla. Para tan
buen fin cada orador propone y ofrece medicamentos que juzga infalibles:
la patritica panacea que a fuerza de cavilar ha descubierto.

El discurso pronunciado por doa Emilia Pardo Bazn en los Juegos
florales de Orense, tiene este carcter medicinal y regenerador. Y como
son tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los
consejos que insina, y como todo ello est redactado con fcil y
natural, al par que elegante estilo, y adornado con las galas y los
colores de una muy brillante fantasa, bien merece que nos detengamos a
examinarlo, aunque los juegos florales y los versos que en los juegos se
premian queden, as en Orense como en otros varios puntos, completamente
eclipsados por la prosa; aunque los juegos florales se conviertan en
_meeting_ poltico, y aunque se trueque en club el saln en que se
celebran.

Si en alguien est plenamente justificado el producir este cambio en el
propsito de los juegos, es sin duda en doa Emilia Pardo Bazn, la cual
no puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el
Congreso y exponer all las reformas que anhela introducir en el
gobierno del Estado para regeneracin de la patria.

Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el
discurso de doa Emilia, que nos complacemos en notarlas aqu,
lisonjeados y engredos de coincidir en todo con ellas.

Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnista que doa Emilia
concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa,
quines han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son
culpados todos, o slo est la culpa en circunstancias independientes
de la voluntad y del entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos
perdido los esplndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo,
porque tenamos que perderlos; porque as estaba prescrito. Ni se
infiere de prdida tan lastimosa que seamos una raza inferior o un
pueblo degenerado, como ha supuesto recientemente un famoso hombre de
Estado de la Gran Bretaa. Doa Emilia protesta enojada contra
afirmacin tan injuriosa, dejndose arrebatar por su patriotismo y por
el espritu de contradiccin hasta el extremo contrario, hasta creer que
somos tan capaces y aptos, y quizs por naturaleza, ms inclinados al
bien, ms exentos de vicios groseros, menos alcohlicos y brutales que
ningn pueblo de Europa.

Nuestra decadencia o postracin ha de ser, por consiguiente, accidental
y no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester
que sanemos. Para conseguirlo, propone doa Emilia, algunos remedios que
a m me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que
sepa aplicarlos con energa y perseverancia.

Deja entrever doa Emilia que quizs convendra un dictador para
alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aqu; pero no
estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio
sobradamente heroico, y que adems sera en el da de hoy inoportuno y
tardo. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para
salvar a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a
Pirro y a Anbal; pero no se les ocurri a los romanos darse por
vencidos, sentar paces, ceder al galo, al epirota y al cartagins mucha
parte del territorio de la Repblica, y crear luego un dictador para que
en la paz y en vencimiento los regenerase, o ms bien los castigase. A
la calamidad de quedar vencidos no quisieron los quirites aadir la
calamidad de ser despticamente gobernados.

Dice doa Emilia, y tiene razn hasta cierto punto, que la libertad no
es un fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino
en absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad
es un medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el
orden y sin ofender a Dios ni al prjimo, es medio tan excelente que
vale para todos los fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es
un fin, ya que sin libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues,
la dictadura. Para sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como
nos hemos aguantado, todo dictador est de sobra. Cavour y Bismarck,
dado que fuesen dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de
Italia y el otro el Imperio germnico. Qu iba a hacer ahora nuestro
dictador, si Dios, o ms bien el diablo, le suscitase? Como no fuese
humillarnos y ponernos en ridculo, no s yo lo que hara. El dictador,
adems, si ha de valer para fundar algo, ha de ser el instrumento, el
apoderado de una gran parte de la nacin, cuyos mandatos ha de cumplir
con la fuerza que la misma nacin pone en sus manos para que los cumpla.
Sin duda que el dictador es entonces potestad que de Dios procede; pero
no inmediatamente, sino por medio de la Repblica, como dice Domingo de
Soto, _divinitus erudita_. Nos hallamos nosotros en tal caso, nos
inspira Dios la eleccin de un dictador, y para qu y quin ha de serlo?
Desengese doa Emilia y persudase que lo menos malo es que las cosas
sigan como estn, sin alteraciones ni mudanzas. Alterndolo y mudndolo
todo, con varios a modo de dictadores, cambiando a cada momento
constituciones y leyes orgnicas, soltando reformas administrativas,
cuya recopilacin requiere enorme multitud de volmenes, y haciendo
revoluciones y pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo
el siglo XIX, y harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos
lucidos que hemos llegado al XX. Para qu, pues, nueva revolucin,
aunque el Sr. Maura, citado por doa Emilia, sostenga que la revolucin
se impone, y que a no hacerla desde arriba, desde abajo habr que
hacerla? No sera mejor que nos quedsemos quietos, procurando, no con
dictadores, ni con revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino
trabajando mucho y bien en las artes y oficios tiles, aumentar la
riqueza de la nacin, restaurando as sus bros antiguos y la enrgica
confianza en sus altos destinos?

El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implcita y
simblicamente varios consejos muy sanos que debiramos seguir. Vencido
D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni
revolucionario, sino que proyect dedicarse al pastoreo y a la vida
pacfica e industriosa. En punto a revoluciones, debiramos tambin
imitar al hidalgo manchego, que se content con romper una sola vez la
celada, ufanndose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de
su brazo; pero, ya la celada recompuesta, se guard muy bien de
acuchillarla de nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo
fuese. As nosotros, que hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo
nuestras instituciones, debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba
de nuevo, considerarlas firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.

Nuestra mana de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes
por efmeras y caducas, e inducindonos a no cumplirlas. Si han de ser
pronto derogadas, para qu su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la
carta que escribi a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que
bien pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del da: No hagas
muchas pragmticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre
todo, que se guarden y cumplan.

Con mucho juicio toca y dilucida doa Emilia en su elegante discurso
otras importantsimas cuestiones. Es la primera la cuestin religiosa, a
mi ver algo anacrnica y extica: anacrnica, porque parece ms propia
de las edades pasadas que de la edad presente, y extica, en mi opinin,
porque yo me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda
perseguir hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre
nosotros el afn de remedar a Francia en dicha persecucin
librepensadora, y tan contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a
un librepensador, francs tambin, y contrario a tales persecuciones.
Beranger dice:

    A son gr que chacun professe
    Le culte de sa dit;
    Qu'on puisse aller mme  la messe;
    Ainsi le veut la libert.

A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las
procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.

Acerca del regionalismo separatista, me parece que doa Emilia se
expresa con discrecin y tino. Recordando una sentencia de Cnovas y
hacindola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espritu
nacional, el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se
convencen de que son mal administrados. Nadie, segn doa Emilia, sera
separatista o catalanista, sino fervoroso espaol, si pudisemos
contestar a sus quejas y a sus gritos con las letras, con el arte, con
la instruccin, con el progreso, con la rehabilitacin de Espaa; con
una patria tan bella, tan digna de ser amada, tan majestuosa y noble,
que nadie que no est demente pueda desearle sino larga vida. Precisa
condicin para lograr todo esto es que la patria est bien administrada;
y volvemos a la sentencia de Cnovas. Pero la buena administracin, si
bien puede considerarse como causa, puede y debe tambin ser considerada
como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde no es nunca el
capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino la opinin
pblica, que se impone por los medios legales de la prensa, de la
tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacficas. Penoso
es tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo est
mal administrado, es porque no hay en todo l quien lo administre mejor,
o porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de
circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que
de cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demaggicas,
echndolo a rodar todo, para que despus del trastorno y la barahnda
tengamos que decir como durante todo el siglo XIX tantas veces hemos
dicho: peor est que estaba.

En suma: el discurso de doa Emilia Pardo Bazn, que nos da ocasin para
exponer lo que hemos expuesto, no slo es bien pensado y elegante sino
consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre dama,
es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la
patria, la restauracin de sus energas y el fundado renacimiento de sus
altas esperanzas desde luego, y para despus de su antiguo podero,
crdito y gloria.




NOVELAS RECIENTES


I


Bien podemos decir con satisfaccin que en el cultivo de la novela se
advierten ms cada da la abundancia y la bondad del fruto.

No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene
llamarla con persistencia y empeo. No siempre es ella sorda, y suele
acudir propicia a quien carioso la pretende y con reiteradas y
fervientes splicas la llama. Slo as se explica que en el pas y entre
la gente donde se escribi el _Quijote_ se hayan escrito tan pocas
novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de
algunos aos a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo
inferiores algunas de ellas a las escritas en otros pases donde florece
gnero tan popular de literatura.

De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco,
traducindolas o imitndolas. An persisten la imitacin y la
traduccin. Tal vez nuestro pblico gusta ms todava de lo traducido o
importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo
dilucidar aqu si nuestro pblico, y sobre todo el ms selecto por su
elevada posicin social, tiene razn o no la tiene en tan marcada
preferencia. Slo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje
de ser, ya esmerndose todo autor de novelas en que sean buenas las que
d a la estampa, ya trabajando el crtico para que reconozca y confiese
dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir
nicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de
Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extraas y casi
incgnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en
realidad lo merecen, ya nos agradan ms que las nuestras, por lo extico
y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario
a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: ms
sabios o ms inspirados.

Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un pas de lo
que se produce en otros pases ms prsperos y ms adelantados. No
pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no slo inevitable, sino
provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es
tambin que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiracin
ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.

De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que
no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela espaola a
las que ya en el mismo gnero se han escrito en otras naciones. Nuestra
aspiracin debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitacin
sobre un fundamento original y propio, as en las costumbres, pasiones y
caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se
exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos,
ciudades y dems sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la
accin, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no
de los libros favoritos, venidos de tierra extraa a ser objeto de
nuestra admiracin y entusiasmo.

Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada
da aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.

En medio de nuestra postracin poltica, y a pesar de la discordancia de
opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el
reposo y la serenidad de los espritus, aunque no lleguen todava a
producir muy serios y deplorables disturbios, buen sntoma es que la
actividad intelectual se muestre fecunda en Espaa y no reconcentrada
en Madrid, sino difundida por toda la Pennsula.

Yo, que polticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en
literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor
que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes.
Con tal de conservar el carcter nacional y no renegar de l, la
aparicin de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es
prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde
quiera da razn de s, mostrndose ubicua y varia sin romper la unidad
del conjunto.

En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifest en la
elocuencia parlamentaria, de que se abus no poco, y en el teatro y en
la poesa lrica, satrica y narrativa.

En el da de hoy me parece que estamos algo cansados y desengaados de
la oratoria, y me parece tambin que, si versos han de escribirse
siempre, la abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene
fatigados, cuando no hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que
en muchos lugares se celebran a menudo, valgan para renovar la aficin a
la poesa, tan vehemente, por ejemplo, en la poca del romanticismo, ni
valgan tampoco para despertar en las almas una nueva inspiracin
potica, poderosa y brillante.

La propensin de los que escriben en el da es hacia la novela. Y lejos
de ser estril esta propensin, a cada momento produce obras estimables,
dejando esperar otras para lo futuro ms sazonadas y menos imperfectas.

Quisiera yo dar aqu noticia de no pocas novelas que recientemente he
recibido y ledo; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede
ser falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos
una, y esto me arredra y casi no consiente que trate yo aqu de las
ltimas novelas, y que las juzgue y las compare. Bsteme afirmar que no
pocas se leen con agrado, que estn sencilla y elegantemente escritas, y
que tal vez son ms morales y ms amenas aquellas cuyos autores, o no
han ledo muchas novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas
cuando componen las suyas.

De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos,
digmoslo as, no he de decir aqu palabra. Ni Prez Galds, ni Pereda,
ni Picn, ni el mismo P. Coloma, que public hace poco un nuevo e
interesante libro, ni menos an la Sra. D. Emilia Pardo Bazn,
necesitan que nadie llame la atencin del pblico sobre sus escritos.
Tal vez convendra una crtica imparcial sobre ellos aprobando las
bellezas que contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra
humana han de tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y
no incurran en ellas. Pero tan ardua tarea no es para m. En el da ms
que nunca me siento yo sin fuerzas para tanto, y reconozco, adems, que
carezco de autoridad suficiente. O por abatimiento de nimo, muy natural
en la vejez, o por desengao razonable y justo, veo yo tales faltas en
mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes
la gran mayora de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo,
pues, al revs del vate de Mantua: _paulo minora canamus_. Y entindase
que, al decirlo, no quiero decir que sean menores los objetos de que voy
a tratar. Quiero decir slo que son nuevos, que su mrito an no est
estimado y tasado por el pblico, y que yo, aunque slo sea como parte
mnima del pblico, puedo, sin soberbia vanidosa, concurrir al examen y
contar con mi voz y mi voto en la estimacin y en la tasa.

Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor
que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artculo de otros
autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de
muy extensa fama. No tratar, pues, de las _Leyendas de amor_, de D.
Pompeyo Gener, ni de la _Sonata de otoo_, del Sr. Valle Incln, ni de
_Snnica la cortesana_, del Sr. Blasco Ibez, ni de _Camino de
perfeccin_, del Sr. D. Po Baroja. Hoy tratar slo de novelas
escritas por autores que, como novelistas, se estrenan; de autores que
agradecern lo que yo diga, por malo y desautorizado que sea,
considerndolo siquiera como anuncio. Si mi juicio, que ser favorable,
viniese, como espero, a coincidir con el del pblico, mis palabras
llegarn a ser celebradas por verdico vaticinio. Y si el pblico no
llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras sern olvidadas, o bien
me disculpar quien las recuerde, calificndome de indulgente y
bondadoso aunque falso profeta.


II


El primer libro sobre el que me decido a hablar, despus de tan largo y
quizs fatigoso prembulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio
Lpez Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos ttulos son: _Las
de Garca Triz_, _La cantora_ y _La familia de Hita_.

Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la
moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe
y en que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante
moralidad no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la
narracin fingida, nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el
premio, y a no ser viciosos para no incurrir en la pena, la virtud
tomar trazas de timidez y podr tomarlas el vicio de valenta. De todos
modos, resultar que el inters nos mueve y no el amor desinteresado y
noble.

Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador
por medio de fbulas y de aplogos quede desmentido a cada momento por
los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni
siquiera frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los
viciosos. Lo que importa, pues, para que la lectura de una narracin
fingida sea ejemplar y moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de
deprimir y amargar el nimo, es que el premio que alcance la virtud en
toda persona, en cuyas obras resplandece, nada tenga de exterior y de
material, sino que sea ntimo, independiente de casos y de
circunstancias, y concedido por alto y soberano decreto de la conciencia
incorruptible y pura.

En las novelitas del Sr. Lpez Roberts ocurre lo que acabamos de
exponer. No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen
sentido de la frase. Quiero decir con esto que, por no proponerse el
autor defender esta o aquella opinin, se coloca por cima de lo
opinable, se deja guiar por su recto sentido, y sin sermones o discursos
logra que resulten de la condicin y carcter de los personajes y de la
accin en que intervienen una muy alta moralidad y cierto consolador
optimismo, aun en medio o despus de las mayores tragedias.

En la narracin donde esto se ve ms claro es en la titulada _La familia
de Hita_. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni ms
reales, ni ms vividos, ni ms ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un
soador, holgazn, declamador de caf e inventor de planes absurdos para
ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, ms
ignorante y no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se
burla sin asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que
el padre y el hijo se insultan y rien. Leandra, la hija, est soando
siempre con libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al
trabajo y con hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes
civiles y religiosas. Slo es impecable y moralmente bella, en el seno
de tan abominable familia, la madre, Felcitas, llena de resignacin y
mansedumbre, desvelndose y trabajando para que los otros vivan y para
que vivan sin deshonra ni vergenza. Felcitas tiene cortos alcances
intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre
de jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez ms en
nuestro concepto, segn va progresando la narracin. Alejandro abandona
la casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de
denuestos. Leandra se enreda en vulgarsimos amores con un seductor no
menos vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la
mantiene. Y, por ltimo, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y
beneplcito en la nada decente unin de Leandra y Juanito, acepta
gustoso y lleno de gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes
que posee Juanito en un lugar lejano. Desesperada Felcitas al ver tan
asquerosos horrores, y al or la cnica apologa con que su marido trata
de justificar y hasta de glorificar su conducta, acaba por perder la
razn, y en un arrebato, inconsciente sin duda, se arroja por un balcn
de su casa y muere.

Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felcitas no se suicidase,
que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena.
Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que est motivado por la
locura: por un frentico e irresistible arrebato que exime de toda
responsabilidad a Felcitas.

Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la
narracin de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o
provocador a la blasfemia. En el nimo del lector la culpa de todo
hubiera aparecido ya en la sociedad mal organizada, ya en un fatal
determinismo de nuestra humana naturaleza, el cual determinismo
condenara a la Providencia o la negara. En la narracin, por el
contrario, del Sr. Lpez Roberts se advierten el libre albedro y la
consiguiente responsabilidad de los personajes del espantoso drama, por
cima de cuya catstrofe brillan la reconciliacin suprema y el orden, la
esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de las cosas. Por lo
dems, harto se reconoce que el seor Lpez Roberts, venciendo su
repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y que sabe tocar
todos los registros, ha compuesto al gusto del da la mencionada
historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que calzan el
coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los sainetes
de D. Ramn de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.

En las otras novelas del Sr. Lpez Roberts, ste se deja llevar de su
propia inclinacin, y desechando el intento de mostrarse apto para todos
los gneros, pone a un lado lo horrible, y se complace en describir lo
limpia y delicadamente pattico. As en _Las de Garca Triz_, y ms an
acaso en otra novelita, titulada _Un alma pura_, que _La Lectura_
inserta y que an no ha aparecido aparte en un volumen. _La Cantora_,
por ltimo, es igualmente una novela donde hay vehementes pasiones y
valerosos combates contra ellas de la voluntad virtuosa, sin que falte
el inters a pesar de lo sencillo del argumento y de la bondadosa
suavidad de los caracteres.

Evidente prueba de la naturalidad, gracia y primor del estilo dan el
inters y el deleite con que se lee la historia de _Las de Garca Triz_.
Son dos hermanas solteronas, que en su mocedad fueron ricas y que han
venido a menos. Sus caracteres, la humilde y obscura manera de su vivir,
la casa en que habitan y las vecinas y amigas que tienen en la misma
casa, todo est pintado de mano maestra, todo es real y viviente, y todo
demuestra que hasta cuanto es en apariencia insignificante y rastrero,
sobre todo en los seres humanos, basta a interesar y a conmover siempre
que se profundiza, se llega al fondo de las almas y se acierta a ver y a
descubrir los tesoros recnditos y los misterios que en ellas hay.

La accin de _Las de Garca Triz_ puede en lo esencial contarse en
cuatro palabras. La mayor, Clara, tuvo en su mocedad un novio militar,
con quien por razones econmicas no pudo casarse. Al cabo de muchos
aos, el novio vuelve de Amrica, ya de coronel, con algunos medios de
fortuna y con gana de contraer matrimonio. Vuelve a ver a Clara y tiene
un desengao tremendo. Clara est vieja y bastante fea. Su mismo pudor,
el recelo de que sospeche su antiguo novio que pretende ella hacer que
reverdezca el antiguo amor ya marchito, la hace aparecer ms
insignificante y ms fra. Ingeniosa y hbilmente tratado est el modo
natural, sin malicia, casi inconsciente, con que la hermana menor,
Narcisa, que est mucho menos averiada que Clara, enamora al coronel y
logra al fin que sea su marido. El amor de Clara apenas renacido y
ahogado ya por el desengao, la tristeza que siente al verse desdeada,
el abandono en que su hermana y el coronel la dejan para retirarse a un
lugar donde ella no quiere seguirlos, todo presta al cuadro, y a Clara,
principal figura del cuadro, un suave tinte de melancola, iluminado por
los celestiales resplandores de la resignacin cristiana. La hermosura
moral de Clara nos la hace simptica e interesante; nos la convierte, de
la ms humilde solterona, pobre, desvalida y vieja, en persona
interesante, digna de la poesa y de las que honran y glorifican la
condicin humana.

Ms potica an, y de ms sencillo argumento, es la novelita _Un alma
pura_, de que ya hemos hablado. La viejecita que vive entregada a la
devocin, que asiste y reza con frecuencia en la catedral de una capital
de provincia, est muy diestramente retratada. El autor logra casi desde
luego, con buen tino y exquisito arte, hacer que nos interesemos por
Prisca, que as se llama la viejecita. Tambin ella tuvo en su remota
mocedad tiernos y delicados amores.

El objeto de ellos la dej abandonada para ir a buscar fortuna en
tierras lejanas. Todos los fervientes y cariosos afectos del alma de
Prisca se refugiaron y reconcentraron entonces en la religin, buscando
y hallando en ella solaz y consuelo. Un solo motivo de tristeza nublaba
ya la luz de sus pensamientos serenos. Una mano impa y sacrlega haba
robado de la catedral una pequea, artstica y primorosa, custodia.
Cun grande no sera el regocijo de Prisca cuando supo por el cannigo,
su confesor, que un hombre piadoso y muy rico haba enviado dinero
suficiente para que otra custodia, semejante a la robada y no menos
bella, se hiciese a costa suya y fuera el ornato y la gloria de aquella
iglesia! Cierto artfice de notable mrito, obscuro Arfe o Cellini,
olvidadoen el centro de aquella ciudad de provincia, hace la custodia
nueva, reproduciendo con inspiracin pasmosa cuantos primores en la
antigua se parecan. Prisca, amiga del anciano artfice, acude de diario
a ver y a celebrar los progresos en la fabricacin de nueva custodia.
Extraa, complicada y vehemente combinacin de emociones agita el
corazn y la mente de Prisca cuando llega a saber que la persona que ha
hecho el generoso donativo es el novio que la haba abandonado, el cual
vive rico y dichoso en muy distantes regiones! No pudiendo resistir su
debilitado organismo a la violencia de los afectos que conmueven su
espritu, Prisca cae enferma de enfermedad mortal, y exhala el ltimo
suspiro cuando, terminada ya la custodia nueva, pasa en solemne y
triunfante procesin por la puerta de su casa. El recuerdo de los amores
juveniles y el ulterior misticismo de toda la vida de Prisca se
amalgaman y gentilmente se funden en su alma en aquellos ltimos
momentos, purificando y ensalzando de tal suerte el pasado amor
terrenal, que no profana el amor del cielo ni pone la ms leve mcula en
su limpieza.

Sin afectacin de arcasmo y de purismo, sino del modo ms natural y
espontneo, el lenguaje del Sr. Lpez Roberts es castizo y propio en
todas sus narraciones, y las escenas que describe parecen copiadas del
natural, con exactitud en los pormenores, y sin que el autor peque de
enojoso por prolijo, defecto en que suelen caer en el da no pocos
novelistas. Muy fundadas esperanzas de que el Sr. Lpez Roberts ser uno
de los mejores de que podr jactarse Espaa en el siglo presente, nos
dan las breves narraciones ya escritas y publicadas por l cuando es muy
joven todava.


III


Otro notable ingenio, como autor de libros al menos para m desconocido
hasta ahora, es D. Adelardo Ortiz de Pinedo. La obra suya que acaba de
publicarse y que he ledo con sumo inters, tiene por ttulo _La sima_.
Si las prendas de un novelista son el agudo y perspicaz talento de
observacin, la firme destreza de estilo para trazar y pintar
caracteres, y el arte de combinar sucesos y circunstancias para
desenvolver una accin, hacer que progrese con rapidez creciente y
lograr que llegue al trmino y desenlace que el autor le fija, bien
podemos asegurar que el Sr. Ortiz de Pinedo posee dichas prendas y que
est llamado a ser o es ya un novelista de no corto mrito. Dotado
adems de un juicio recto y severo, vale para dar excelentes lecciones
morales, sin emplear en ello impertinentes discursos, sino consiguiendo
que nazcan o se deriven de los mismos sucesos que cuenta. Para llegar a
este fin tiene, por ltimo, sobre la clara visin del mundo real y de la
sociedad en que vive, la poderosa imaginacin y el arte conveniente con
que inventa los hechos, lances y conflictos, y los agrupa y ordena
movindolos a un propsito determinado.

_La sima_, con todo, tiene, segn mi modo de sentir, algo de poco
simptico, que no me atrevo a calificar de defecto, pero me alegrara de
que desapareciese en otras obras del autor cuando las escriba. Y no dudo
yo que habr de escribirlas, por la gran disposicin que ha mostrado en
la ya escrita, y por el merecido aplauso con que el pblico le alentar
de seguro.

El defecto, llammosle as, es el ms tremendo pesimismo. La aprobacin
y hasta si se quiere la admiracin que como obra de arte nos causa _La
sima_, no va acompaada de puro deleite esttico, sino harto amargada y
hasta emponzoada por el espectculo de la vileza y de la maldad de los
seres humanos, y por ciertas dudas impas y desesperadas sobre la
Providencia del cielo.

No se crea por lo dicho que acuse yo al seor Ortiz de Pinedo de crear
personajes exageradamente malos. El peor de cuantos en _La sima_ figuran
tiene en el mundo, fuerza es confesarlo, modelos ms viciosos, ms
perversos y ms ruines. No peca, pues, el Sr. Ortiz de Pinedo por crear
seres humanos peores que los que en realidad existen; peca porque aparta
del lado, y digmoslo as, de la esfera de accin y de pasin de la
herona de su novela a quien ha decidido hundir en la ms negra sima a
todo hombre y a toda mujer capaz de sentir por ella un noble y
desinteresado afecto que pueda, sepa y quiera darle buenos consejos,
prever el precipicio en que va a caer y sostenerla para que no caiga,
tenderle una mano cariosa y fuerte para levantarla de su cada o
sostenerla al menos en su ya irremediable infortunio.

Ramona, hija del prestamista usurero don Felipe, que ha llegado a ser
muy rico, se educa en un excelente y aristocrtico colegio de seoritas,
donde, sobre su buen fondo natural, pone la educacin los ms delicados
sentimientos. Por desgracia, Ramona, de acuerdo con la sentencia
evanglica, es cndida como las palomas, pero dista muchsimo de cumplir
con la primera parte del consejo o del precepto: no es prudente como la
serpiente. Notoria es su imprevisin y lastimosa su ineptitud para la
vida. Guardar en su alma un tesoro de virtudes, pero desde luego se ve
que carece de las dos virtudes cardinales que ms nos importan: de la
prudencia y de la fortaleza.

Ramona se casa con un joven marqus sin que se vea en la novela que se
casa por amor. Se casa por casarse y por ser marquesa. El marqus quiere
dorar sus blasones por medio del casamiento, as como ella quiere
blasonar su oro. Caso es ste que ocurre con harta frecuencia. No
sostendr yo que moralmente sea muy bonito. Poco airoso es para un
hombre valerse de sus ttulos nobiliarios y del esplendor con que le
rodea la alta sociedad en que vive, para conseguir que una mujer le
mantenga. No siempre, sin embargo, tales contratos matrimoniales traen
aparejada la desventura. Tal vez el marido titulado es un bendito, tan
lleno de gratitud y de afecto hacia su rica consorte, como Elas o San
Pablo, primer ermitao, hacia los cuervos que les traan el alimento. Y
tal vez, si el marido titulado es listo, el dinero de su mujer vale para
auparle y le sirve de trampoln para entrar con desahogo en la vida
poltica, escalar los puestos ms altos y brillar y hacer brillar en
ellos a su compaera.

No es esto negar que el marido poseedor del ttulo no pueda ser, y no
sea a veces, ya un tonti-loco, ya un desalmado sinvergenza, ya el ms
derrochador y vicioso de todos los hombres; pero de todo esto parece
inverosmil que no se tuviese alguna noticia antes de la boda y aun
antes del noviazgo. Cmo es que el padre y la madre de la nia no se
opusieron? Qu ceguedad tan grande no fue la de la misma nia y tan
injustificada y tan apenas explicada, ya que su amor no se ve que fuera
muy vehemente para rendirse y entregarse en cuerpo y en alma a un
perdido, slo casi con el mero aliciente del marquesado?

En el caso de _La sima_, la docilidad de Ramona raya en tontera y en
poco verosmil debilidad de carcter; pero menos verosmil es an que D.
Felipe, padre de ella, que deba de ser muy experto en crematstica, no
prevea la ruina de su yerno, y, por consiguiente, de su hija, y no
procure evitarla. La nica que lo procura es la madre, y la madre muere
de un sofocn.

Don Felipe, que segn se trasluce, estaba ya en vida de su mujer
enredado con la sirvienta, se casa con ella no bien enviuda. Lance es
ste naturalsimo, vulgar y verosmil. Lo que es raro, por dicha, es la
maldad completa de todo individuo. Siempre, o casi, siempre, al lado de
las ms perversas cualidades, suele entrar alguna buena o mediana entre
los ingredientes que componen el carcter de cada persona. La ms
desaforada piruja, la que, abusando de la lascivia senil y fomentndola
con maa diablica, llega a apoderarse del corazn y de las riquezas de
un viejo chocho, ya suele mostrarse generosa para hacerse perdonar sus
bellaqueras, aun sin tener el menor resquicio de bondad en su alma, ya
para serenar su conciencia echa en la balanza de sus acciones alguna
buena que sirva de contrapeso a las malas. No digo que Nicolasa, la
madrastra de la marquesa Ramona, sea una criatura inverosmil de puro
mala. Hay o debe de haber muchas Nicolasas en la vida real y en la
sociedad en que vivimos. Lo raro en todo esto, lo que parece, no
resultado del natural encadenamiento de las cosas, sino maraa o trama
urdida por el mismo diablo, es que no haya en torno, ni cerca, ni lejos
de la pobre Ramona sujeto masculino ni femenino que sea honrado, decente
y carioso con ella y que para algo pueda serle til. El nico ser que
tiene para ella amistosa y desinteresada devocin es un pobrecito
jorobado, desvalido y casi intil.

Cmo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas
compaeras de colegio o entre las personas de la clase media que deban
visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes
que hubo ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar
arruinada? Bien s yo que al que se queda pobre la gente suele
despreciarle y volverle la espalda, pero no hasta el extremo de que no
quede una sola criatura racional que le tienda la mano y que le aliente
y consuele.

En el colegio, y an despus, Ramona, educada catlicamente, hubo de
tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. Cmo no hall uno
menos indiferente y fro de entraas, menos despegado y duro para ella
que el padre Zubulzu?

Ramona era bonita, elegante, no tena nada de necia y mientras vivi en
la alta sociedad, y no cay en la sima, hubo de tener admiradores,
amigos jvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con
alguno de los cuales, a pesar de todo su recato y severidad de
costumbres, pudo ella ser amable, concediendo aquellos favores de casta
predileccin y de limpia y amistosa confianza que no ya la austera
virtud, pero ni la santidad prohbe. Cmo es que ninguno de esos amigos
trat primero de evitar que cayese en la sima, o procur despus sacarla
de ella sin exigirle en pago la humillacin y la deshonra?

Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un
desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe
suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado
no halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La
desventura de Ramona llega, pues, al ms raro cuando no al ms increble
de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire
por ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase
media, amigas o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la
sociedad aristocrtica en que se ha criado y despus ha vivido.

Extraa es tambin la completa y espantosa miseria hasta donde el autor
conduce a su herona, dotndola para ello de generosidad tan magnnima,
que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el
pensamiento de las personas ms novelescas y despreciadoras de los
intereses materiales.

A cualquiera se le ocurre, por ltimo, la idea de que una mujer sana y
joven, de veinticinco o veintisis aos, educada con esmero, debe de
tener alguna habilidad, saber algo, disponer de algn medio, industria o
recurso para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o
acompaanta de seoritas ricas. Puede ensear msica, francs, ingls,
labores de manos y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer
algo, en suma, que le valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte
aprieta, pero no siempre ahoga. En _La sima_ se nota demasiado el
decidido empeo del autor de precipitar en ella a su herona arrojndola
en tamaa hondura que no le sea posible salir; que no le quede ms
recurso que la muerte o la infamia. Impulsada Ramona por la ttrica
imaginacin del Sr. Ortiz de Pinedo, viene a caer fatalmente en este
horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del torero Severiano,
alias _el Zuncho_. Y como la infeliz Ramona carece del valor que para el
suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le falta, su
conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen, Ramona
opta por el otro trmino del dilema, y bien se ve, al terminar la
novela, que va a incurrir en un pecado ms feo, ms sucio y ms plebeyo,
aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y
a la razn y a la voluntad divinas.

Durante la lectura de las ltimas pginas de _La sima_ nos forjamos por
algunos momentos la grata ilusin de que Ramona, en medio de su
abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la
protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda
indicado, esta ilusin se desvanece pronto. El torero no es mejor que
los dems seres de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por
su energa, pero esta energa no manifiesta su actividad por ningn
generoso impulso, sino movida slo por egostas y bestiales apetitos.

A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e
inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias
que sobrevienen demasiado a propsito para que parezcan fortuitas, como
la imprevista aparicin del torero en una grave ocasin en que salva a
Ramona del trance ms vergonzoso y desastrado, _La sima_ est planeada y
escrita con tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en
vez de deleitar aflija, acabando por descorazonar, si no tuvisemos el
recurso de reflexionar que todo es fingido y falso, que todo es amaado,
exagerado y teratolgico, y no ordinario y corriente, por fortuna.

En resolucin, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen
pintor de costumbres, aunque me alegrara de que mostrase menos amarga
predileccin por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color
negro, menos sombras y ms luz, y ms tintas de rosa y de azul de cielo
en su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga as, sin obstinarse en
producir extraordinarios efectos contristando ms de lo justo el nimo
de sus lectores. Muchsimo, en mi sentir, ganar con esto el Sr. Ortiz
de Pinedo.


IV


As como todo lector cndido y crdulo podr inferir despus de leer _La
sima_ que es una abominable patulea la mayora de los seres humanos, la
lectura de otra flamante novela que tengo sobre mi mesa, y cuyo ttulo
es _Nieve y cieno_, puede inducir en error menos cruel, pero no menos
evidente. Es verosmil, es frecuente en la vida real que haya un gran
conjunto de hombres y de mujeres apacibles, sencillos, virtuosos y
buenos a carta cabal, los cuales viviran feliz y honradamente en un
perpetuo y almibarado idilio, si no hubiese un tirano que les impusiese
su yugo, que los tratase a puntapis y que los dominase a su antojo,
como fiero y rstico pastor a rebao manso e inerme.

Esta idea de la bondad de la muchedumbre y de la desventura a que la
condena un solo malvado que sobre ella impera o prevalece, es idea menos
misantrpica que la de suponer que todos, o casi todos, somos perversos;
pero es idea no menos falsa y muchsimo mas vulgarizada. Los malos
prncipes, los gobiernos estpidos o inmorales, los jueces inicuos, la
autoridad, en suma, de cualquier grado o clase que sea, tiene, para los
que piensan de dicha suerte, la culpa de todos los males. Si una ciudad,
villa o aldea se empobrece y se arruina; si sus habitantes pierden el
bienestar, el reposo y la cultura de que en otro tiempo gozaban, culpa
es del ayuntamiento o del alcalde. Y si una nacin decae, si pierde su
poder y su crdito, y si las naciones extraas la ofenden o la
menosprecian, culpa es del monarca o de sus tontos y perversos
ministros. Lo falso que es pensar de la mencionada manera se advierte a
las claras, considerando que ni el alcalde, ni el ayuntamiento, ni el
rey, ni los ministros, ni nadie de cuantos se sobreponen y mandan
incurriran en maldades y haran cosas estpidas, si no los sostuviese
en su maldad y en su estupidez, colaborando con ellos, cuando no la
mayor parte, la ms activa y briosa de los seres que componen la nacin,
la ciudad, la villa o la aldea. En todo pecado, en todo crimen, en toda
tirana, apenas hay nunca nada de imputable a uno solo. La sociedad
entera debe responder de las tonteras del poder cuando da el poder a
los tontos, y declararse culpada de los desmanes y delitos de ese mismo
poder que la representa y que ella crea, sostiene y aguanta.

No se entienda por esto que supongamos indispensables, ni siquiera
convenientes la desconfianza perpetua o la frecuente insurreccin de los
gobernados para que stos no se hagan, a par de vctimas, cmplices de
las torpezas, desmanes y crmenes de los que gobiernan. Lo que yo
supongo, y lo que creo casi a pies juntillas, es que el tirano, benvolo
o malvolo, monarca o tribuno, presidente de la repblica, alcalde de
monterilla o cacique, se cra, se nutre o respira en el medio ambiente,
cumple la voluntad de los ms o de los que ms valen por el nmero o por
la energa, y no sera lo que es si no le prestasen auxilio y apoyo para
que tal sea. Tal vez Nern, si volviese a reinar en el da en una nacin
culta de Europa, sera un rey constitucional afabilsimo, algo enamorado
y amigo de divertirse, pero muy generoso protector de las ciencias y de
las artes; tendra a su lado a algn compositor de peras como Wagner, a
alguna excelente bailarina como Lola Montes, y a un brillante squito de
arquitectos, escultores, pintores, poetas, literatos y sabios. Tal vez
Felipe II, si resucitase y reinase de nuevo en Espaa, l, tan
identificado con el espritu nacional y con el pensamiento nacional de
entonces, sera hoy no menos cominero y desconfiado y no menos engorroso
que ya lo fue; pero dejndose llevar de la corriente de los tiempos,
lejos de ser fantico, sera librepensador, aunque con disimulo, con
firmeza, y procurara por diferentes _orientaciones_, como se dice
ahora, aquel engrandecimiento y aquella prosperidad de sus Estados que
sin duda procur cuando reinaba por vez primera.

Traigo a cuento todo lo antedicho para fundamento de la opinin que voy
a dar sobre la ya citada novela _Nieve y cieno_. Es la nieve, si no la
poblacin entera, la gran mayora de los habitantes de una pintoresca y
linda villa de las Alpujarras, situada en la frtil aunque riscosa falda
del encumbrado Veleta, y designada con el seudnimo de Iberuela. Y son
el cieno el alcalde o cacique y su hijo Lucas, par de encarnados
demonios que todo lo aascan. Si no fuera por ellos, aquel lugar sera
un Paraso. La campesina sencillez de costumbres, la inocencia alegre y
suave y el amor puro reinaran all si no fuese porque Lucas, el hijo
del alcalde, est prendado, a modo de lascivo stiro, de la gentil
Esperanza, dechado de todas las virtudes y dems buenas prendas que
pueden realzar el mrito de una muchacha. El padre de sta es un
excelente sujeto. Y el seor cura, D. Serafn, un verdadero santo varn,
un venerable siervo de Dios, un modelo de curas. Su sobrino, Luciano, no
le va en zaga en punto a perfecciones morales. Es desinteresado,
discreto, trabajador, instruido y valiente, dando pruebas de lo ltimo
en la guerra de Cuba, donde tuvo que ir a pelear porque le cay la
cdula de soldado. Vuelto ya al lugar con la licencia absoluta, viene a
ser maestro de escuela, y ensea tan bien a los chicos y con tanto tino
y afecto, que los chicos y los padres de familia le bendicen y le aman.

Desde antes que Luciano fuese a militar en la Perla de las Antillas,
desde la infancia casi, o sin casi, Luciano y Esperanza eran novios;
estaban dulcemente encadenados por el florido lazo de los ms castos y
delicados amores.

En la novela _Nieve y cieno_, cuyo autor es el Sr. D. Jos Joaqun
Domnguez, magistral, a lo que entiendo, de la santa iglesia catedral de
Guadix, todo cuanto llevo contado en cifra est primorosamente contado
por extenso, con rara y castiza elegancia de estilo, con espontnea
naturalidad y con tal viveza y con tal riqueza de colorido que acreditan
de excelente e inspirado escritor a quien lo hace, demostrando adems
que pinta lo que ha visto, que lo toma del natural y que siente y ama y
refleja en su alma toda aquella hermosura, no ya slo como en fiel
espejo, sino adornada, glorificada e iluminada asimismo por ideales
resplandores.

La historia amorosa de _Nieve y cieno_ sera tan grata y apacible,
aunque harto menos sensual y mucho ms etrea, que la de Dafnis y Cloe,
si no fuese, como ya queda indicado, por el pcaro Lucas, hijo del
cacique. ste lo echa todo a perder de la manera ms imprevista, brutal
y cruenta.

Como era naturalsimo, los enamorados Luciano y Esperanza llegan al
trmino de sus legtimos deseos, y reciben la bendicin nupcial en la
iglesia; pero, _coram ppulo_, cuando entre la multitud, y con general
regocijo, salen de la iglesia los recin casados, Lucas aparece, se
arroja sobre Luciano como un tigre sobre su presa, y le da muerte con
dos certeras y terribles pualadas.

Lastimoso es el hecho. No carece de verosimilitud, aunque es extrao que
alguien, por empedernido, cnico y feroz criminal que sea, recurra al
asesinato con tan escaso disimulo. Por ms que se cumpla la frase o
sentencia proverbial que afirma que nada es muy peligroso ni muy difcil
de realizar cuando se tiene el padre alcalde, ms extrao es an que el
asesinato de Luciano quede impune, y hasta que sea aplaudido por la
autoridad superior, lo cual se indica y se presume por el final de la
novela. El padre de Lucas, el alcalde o cacique, Antoln Carrejo, va a
la capital y trata de probar, y prueba, que Luciano era un tremendo
conspirador, algo a modo de un Lucio Sergio Catilina, y que haba sido
muerto para que la repblica, la paz y el orden se salvasen. A ciencia y
paciencia del honrado vecindario de Iberuela, tan amante de Luciano y
tan ligado a l por la admiracin y la gratitud, cmo pudo forjarse sin
contradiccin ni protesta tan inicua maraa? Cmo pudo quedar sin
correctivo y pena tan negro crimen? Cmo eran tan tmidos o tan
incapaces los habitantes de Iberuela, que tamao horror consintiesen y
sufriesen? Y, en todo caso, sin negar la posibilidad, porque apenas hay
nada que no sea posible, es lcito inferir de un hecho singular y
anormal una general proposicin afirmativa? El caciquismo es siempre
causa de infortunios y de inmoralidades? En el da de hoy, el ms
bullidor, el ms sabio o el ms rico de cada lugar, donde suele disponer
y mandar cuanto se dispone y se manda, se designa chistosamente con el
apodo de cacique, lo cual no deja de ser ofensivo para sus
conciudadanos, quienes de un modo implcito quedan calificados de indios
bravos o semisalvajes. Pero cundo no hubo o cundo dejar de haber
caciques, aunque con otro nombre o apodo los designemos? Desde antes
que Cadmo aportase a Grecia, y desde antes que Saturno reinase en
Italia, en Grecia y en Italia hubo caciques. Y lo que es en Espaa los
hubo muy viciosos desde los tiempos antiqusimos de los Geriones, de
quienes en balde nos libertaron Osiris y el Hrcules egipcio, ya que
despus domin este desventurado pas casi sin interrupcin una larga
serie de no menos feroces tiranos. Vase, pues, cmo el caciquismo es
achaque antiguo por donde quiera, y muy singularmente en Espaa, y cmo
semejante plaga no puede ni debe considerarse como deplorable novedad
introducida e implantada entre nosotros por constitucin o rgimen
poltico de ltima moda.

Sea de todo ello lo que debe ser, y prescindiendo de la tesis, si en
_Nieve y cieno_ es lcito traslucir que la hay, bien puede asegurarse
que dicha novela es de muy grata y apacible lectura hasta que ocurre la
tragedia con que termina. Y bien puede asegurarse que el seor D. Jos
Joaqun Domnguez escribe con muy castiza elegancia y delicado gusto, y
deja conocer, sin afectacin y sin importunos alardes, que ha estudiado
bien a nuestros clsicos y a los de la docta antigedad griega y romana,
sin copiar servilmente nada de ellos, sino poniendo en su estilo sabor y
aroma, como el que presta al vino nuevo la solera de vino rancio y
generoso que el antiguo vaso contiene.

Quisiera yo dar aqu noticia de otros cuentos y novelas recientemente
publicados. La cosecha, como ya indiqu, es abundantsima en el siglo
presente y tambin lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis
lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crtico en
otra ocasin en que me sienta yo menos cansado, me limitar ahora a
citar por sus ttulos a _Toms I_, por D. Jos Jess Garca, impreso en
Almera; a _Gondar y Fortaleza_, por el marqus de Figueroa; a _Suelo_,
por D. Sebastin Gomila, edicin de Barcelona; _A la sombra de la
mezquita_, cuentos cordobeses, por D. Julio Pellicer; _La mujer de
Ojeda_ (Alicante, 1901), por D. Gabriel Mir; _Naderas_, cuentos y
artculos, por don Alfonso Jara, y _Del bulto a la Coracha_, por el ya
muy estimado y celebrado malagueo don Arturo Reyes.

Hoy, por ltimo, slo dar cuenta de una novela de un escritor
sevillano, conocido ya por erudito y tambin por elegantsimo e
ingenioso poeta. Como novelista, no s yo que D. Luis Montoto, el
escritor a quien aludo, haya publicado nada antes de escribir y de
publicar la novela que lleva por ttulo _Los cuatro ochavos_. Como poeta
lrico le conoca yo y le estimaba en mucho desde hace tiempo. En el
movimiento intelectual y en la actividad literaria de que es centro
Sevilla, figura entre los ms ilustres literatos. Con su novela _Los
cuatro ochavos_ viene ahora a colocarse, sin duda, entre los mejores y
ms originales novelistas de toda Espaa.

La historia que nos cuenta est inmediatamente tomada de la realidad.
Todo en ella, ms que de ficcin, tiene trazas de fiel trasunto de cosas
que se han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de
personas que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y
personas, que aparecen vulgarsimos al empezar la narracin, brota y se
desenvuelve luego la encantadora poesa.

Don Antonio, el principal personaje, el dueo de _los cuatro ochavos_,
se nos muestra al principio tmido, engredo con sus riquezas, egosta y
hasta pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino
por debilidad de carcter.

El inters de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace
simptica, no es la transformacin o el cambio, porque nada cambia ni se
transforma, sino la aparicin cada vez ms clara y ms brillante de la
bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco
a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contrados, y acaba por
resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de
bondadosos afectos.

El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va
elevndose gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y
aparece cercado de simpticos resplandores.

Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en
sostener en la holganza y la crpula al desvergonzado parsito Pepe
Carranza, empieza a tomar atinada direccin merced al cario, sin el
menor viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y
honrada ama de llaves. Se extrema despus la bondad del corazn de D.
Antonio cuando recoge al nio Angelito, que providencialmente viene a
ponerse bajo su amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista
Isaas, que ha tenido que huir y que emigrar a Buenos Aires.

El amor paternal que siente D. Antonio por el nio que ha recogido, sin
que Soledad se haya valido de maa ni de astucia para que le recoja y le
ame, hace ya a D. Antonio digno de veneracin y simpata.

El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio
recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y
arrepentimiento cun intil y estril ha sido, le realza y le purifica a
nuestros ojos, le pone muy por cima de sus _cuatro ochavos_, de que
antes cndidamente se ufanaba, y le eleva tambin sobre las personas
miserables e interesadas que le rodean: sobre el parsito Pepe Carranza
y sobre sus destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban
heredarle y que al fin le heredan.

Tampoco en esta novela de _Los cuatro ochavos_ triunfa la virtud en el
mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que
son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.

El fin de la novela no puede ser ms trgico. Si slo se atiende a lo
material y externo de la vida humana, no puede ser ms pesimista.
Soledad queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su
marido, que ha vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo
motn popular, muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de
D. Antonio, sin persona amiga que cuide de l, y entre las rapaces
garras de sus infames primos, acaba lastimosamente su vida.

Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las
creencias y los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal
vez ilumina los casos ms crueles y las mayores catstrofes pueden
trocar el mal en bien y convertir el veneno en triaca, es que Angelito y
Soledad, tan desventurados materialmente, se hacen dignos de envidia y
de gloria, y el pobre de D. Antonio, que al principio de la novela casi
nos infunde desprecio y es objeto de risa y de burla, acaba por ser
amado y venerado de los lectores.

El dejo que en el nimo de ellos debe de quedar despus de leda la
novela no es desconsolador ni depresivo, sino que est lleno de suave y
religiosa consolacin y de la moralidad ms verdadera y ms alta. Y
cuando esto no se opone, sino que se aviene y se concierta con el
entretenimiento ameno que obras de esta clase han de traer consigo
(porque si lo moral fuese aburrido, lo moral se convertira en inmoral,
ya que hara lo moral odioso), dichas obras merecen todo aplauso y
cumplen hbil y discretamente con el fin que ha de proponerse el
novelista, deleitando y enseando a la vez, sin fastidiar el espritu,
sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los corazones.

Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el
mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envo a su autor mi
ms cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobacin y mis
alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto
que puede esperarse del que ya en _Los cuatro ochavos_ se advierte y
celebra.




Sobre la CUESTIN DE AMBIENTE

_Al Sr. D. Antonio de Hoyos_.


Mi distinguido amigo: He ledo con la debida atencin la novela de usted
que tiene por ttulo _Cuestin de ambiente_, y voy a decirle con
franqueza el parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi
ver, que su autor posee imaginacin muy viva, natural sencillez y
facilidad de estilo, nada vulgar aptitud para la observacin, y arte y
buen tino para ordenar despus, expresar y narrar lo observado.

Todas estas prendas luciran, sin embargo, mucho ms en usted y daran
ms sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que
estn de moda, como los de Bourget, Marcelo Prvot y D'Annuncio no
pesasen sobre la condicin propia del ingenio de usted, llevndole por
caminos muy otros de los que espontneamente hubiera seguido.

Tambin perjudican a usted no poco la prontitud y la precocidad, apenas
cumplidos los veinte aos, con que se ha puesto a escribir y con que
escribe, sin conceder a la reflexin y a la crtica tiempo bastante para
discernir los conceptos y valerse slo en sus planes de los ms
pertinentes y de los ms en armona, esquivando, sobre todo, multitud de
cuestiones que valindome de vocablo harto familiar, me atrever a
calificar de peliagudas.

Menester es, si tales cuestiones han de tocarse sin escandalizar a las
gentes, que por larga experiencia y profundo estudio sepa tocarlas el
escritor con destreza y suavidad, como el cirujano y el dentista que
manejan bien el escalpelo y el gatillo para rebanarnos un pedazo de
carne o para sacarnos una muela sin intil dolor y sin grave dao.

En el fervor juvenil de la inspiracin usted hace lo contrario. Lejos de
esquivar dificultades, se dira que las amontona, colocndolas como
estorbo a su paso para saltar por cima como quiera que sea y
derribndolo todo.

De aqu, sin duda, las acusaciones que he odo lanzar contra la obra de
usted, y que yo considero esencialmente injustas, aunque algo fundadas
en varios irreflexivos atrevimientos.

La novela de usted no es slo cuestin de ambiente, sino tambin
cuestin de todo lo cuestionable. Bien puede afirmarse que es usted un
escritor muy sugestivo de cuestiones. A cada paso que da Ignacio, el
protagonista de la novela, salta una o ms cuestiones, como saltan las
ranas cuando alguien va andando por la hmeda orilla cubierta de larga
hierba de un estanque o de una laguna. As como las ranas, espantadas,
se zambullen en el agua, as las cuestiones que usted suscita se quedan
por resolver y se pierden en la corriente de los sucesos que usted va
contando.

Yo me inclino a creer que las bodas ms se hacen por conveniencia y
clculo que por previos y poticos amores. No quiero decir que as debe
ser, sino que as es. Acaso de cada cincuenta, acaso de ciento o ms
parejas que se casan, una sola se enamor primero. Ntese, en prueba de
la verdad de este aserto, que apenas hay historia, verdica o fabulosa,
de dos muy finos amantes cuyo trmino venga a ser el matrimonio. Ni Hero
y Leandro, ni Pramo y Tisbe, ni Lanzarote y Ginebra, ni Tristn e Iseo,
ni Paolo y Franchesca, ni Abelardo y Elosa, ni Diego Marsilla e Isabel
de Segura, ni Julieta y Romeo, ni Calixto y Melibea, ni Dante y Beatriz,
ni Petrarca y Laura estuvieron nunca casados.

Convengamos en que si algo parecido a poticos amores hubiera de
preceder a todo legtimo consorcio, el gnero humano se compondra casi
de solteros, y habra poco hogar domstico estable y como Dios manda.

Y, sin embargo, aun dando lo antedicho por evidente, no se hubiera
ajustado mejor al propsito de usted que Ignacio se hubiera enamorado
fervorosamente de la seorita Eulalia antes de casarse con ella? As se
explicara mejor lo que sin llegar a ser imposible frisa en inverosmil:
que a Ignacio le suceda algo de muy semejante a lo que sucede al tenor
Fernando en la linda pera titulada _La Favorita_. Ignacio, no menos
inocentn, sonmbulo y distrado, aunque tambin no menos celoso de su
honra que el tenor a que nos referimos, se casa con Eulalia, sin llegar
a enterarse de lo que antes haba pasado. Y aqu, lejos de disminuir
dificultades, usted las acrecienta y las multiplica, en mi sentir sin
necesidad. Bastaba que se supiese por toda la sociedad de Madrid el
desliz o los deslices de Eulalia con un hombre casado. Para qu suponer
adems que Eulalia guardaba ntimamente prendas de tal hombre? No
hubiera sido ms prudente, ya que el novelista puede suponer cuanto se
le antoje, o que Eulalia no hubiera llegado a tener tales prendas, o que
las hubiera soltado natural y sigilosamente antes de concertar su boda?

Pues no seor; usted se empea en que el negocio sea ms raro y ms
difcil de explicar, y usted dispone que la boda se celebre a escape a
fin de que no sobrevenga el fenmeno de la aparicin de una criatura
humana _perfecta_ y mucho menos que sietemesina.

En vista de cuanto va sucediendo y usted relatando, no pocas personas
acusan a usted de sobrado pesimista y de que pinta con los ms negros
colores la inmoralidad y los vicios de la alta sociedad a que pertenece.

Lo que es yo disto mucho de ver en usted tan mala intencin. Y no
entiendo tampoco que sea el resultado malo, aunque la intencin sea
buena.

La verdad es, por ms que sea muy triste verdad, que las ms nobles
virtudes y las ms acendradas excelencias morales, no llegan a dar clara
muestra de s ni se manifiestan bien ni resplandecen, si los vicios, los
pecados y las maldades no dan ocasin o causa para ello. La virtud,
digmoslo as, sera como un capullo que jams llegara a ser flor
perfecta abriendo el cliz, desplegando los ptalos y embalsamando el
aire con su aroma, si el vicio, sin querer, y por contradiccin, no
interviniese en el asunto. Hubiera habido mrtires si no hubiera habido
desalmados y feroces tiranos que los pusiesen en la alternativa de
renegar de su Dios y de adorar los dolos o de ser devorados por las
fieras, desollados o quemados vivos o sometidos a otros exquisitos y muy
crueles tormentos? Sin brbaras e incultas naciones que someter y domar,
sin despotismos que derribar, sin injusticias que castigar y sin
perdidas libertades que volver a adquirir, la valenta y el denuedo
militar, de qu suerte podran manifestarse?

Deduzco yo de aqu que toda la picarda de la seorita Eulalia y su
doblez y sus embustes eran indispensables, para que el pundonor, la
honradez, el candor y la inocencia de Ignacio apareciesen de realce,
como punto luminoso y lleno de hermosura sobre el fondo obscuro del
cuadro.

El empeo que tiene la Duquesa en seducir a Ignacio y los medios
elegantes y alambicados de que se vale para conseguirlo, me parecen tan
bien trados como lindamente descritos, y no deben asustar a las
personas ms pudorosas. Su representacin y narracin por
circunstanciadas que sean y a pesar de toda la verdad y viveza con que
se pinten, no deben ser tenidas por inmorales. Las historias sagradas y
profanas estn llenas de casos parecidos. Sin la mujer de Putifar jams
hubiera resplandecido con luz propia, ni hubiera logrado gloria
imperecedera la castidad de Jos, hijo de Jacob. Si la princesa o reina
Briolanja no hubiese hecho tantas locuras y dado tan desaforados ataques
al corazn de Amads, cmo hubiera probado ste su fidelidad admirable
a la seora Oriana ni cmo se hubiera hecho digno de llevar a cabo la
aventura de la Insula firme, siendo espejo, norte y gua de leales
amadores?

La gente anda por ah alborotada, censurando de muy viciosa y de sobrado
verde, permtaseme lo familiar del vocablo, la escena en que la Duquesa
trata de seducir a Ignacio. Pero cmo censurar tal cosa, cuando el _Ao
Cristiano_ contiene no pocas escenas bastante ms crudas? San Vicente
Ferrer, pongamos por caso, fue acometido dos veces por lindsimas
seoras de l enamoradas, las cuales se llevaron chasco y se quedaron
tocando tabletas, a pesar de los esfuerzos que hicieron, y entregadas a
los mismsimos demonios, sus colaboradores y guas en esfuerzos tan
desenfrenados y lascivos. Y cuenta que las tales seoras prendadas de
San Vicente, se desataron mil veces ms contra el santo que contra
Ignacio se desat la Duquesa. Baste recordar que una vez cuando San
Vicente volvi a su celda, se encontr metida en su cama a la linda dama
que le pretenda.

Con no menos depravacin fue perseguido San Jos de Calasanz fundador de
las Escuelas Pas, con la circunstancia agravante del premeditado y
pertinaz abuso de confianza que hubo en la perseguidora, hija de
confesin del venerable siervo de Dios que acuda a consultarle sobre
los fingidos y ms sutiles escrpulos de su conciencia.

Y Santo Toms de Aquino, el Angel de la Escuela, tuvo que pelear contra
el profano amor no menos bravas y espantosas batallas.

Cierto da se vio tan acosado por una hermosa mujer que le cea entre
sus brazos, que tuvo que rechazarla a empujones y luego a fin de
ahuyentarla la persigui con un tizn encendido. Por ltimo, y en premio
de tan sealada victoria, bajaron del cielo dos ngeles y cieron al
santo el milagroso cngulo de la virginal pureza, con el cual, aunque le
doli muchsimo cuando se le cieron, qued, digmoslo as asegurado de
incendios para en adelante.

Con todo lo expuesto me parece que dejo demostrado que la escena de
seduccin entre la Duquesa e Ignacio, lejos de ser pecaminosa es
ejemplar y edificante. Y dejo demostrado tambin que no se sigue de que
haya hoy duquesas tan seductoras que haya mayor corrupcin en una clase
de la sociedad que otras, ni en la poca presente que en las pasadas. La
misma corrupcin aparece ya en tiempo de los Faraones y se repite en
Fedra, en Briolanja y en las empecatadas mujeres de las que consiguieron
triunfar los tres gloriossimos santos que hemos citado. No implica
mayor corrupcin, ni necesitamos atribuir al autor de la novela mayor
pesimismo, para que quede justificada la venganza que toma la Duquesa
haciendo saber a Ignacio su deshonra. Casi todas las mujeres de los
tiempos antiguos cuando se ven despreciadas se vengan ms ferozmente.

    Por qu introdujo venenos
    Naturaleza si haba
    Para dar muerte desprecios?

Qu atrocidades y qu horrendos crmenes no comete la herona de _La
devocin de la Cruz_, cuando el catlico dramaturgo nos la representa
irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por
su pasin se decide a cometer y comete tales crmenes que

    Darn espantos al mundo,
    Admiracin a los tiempos,
    Horror al mismo pecado
    Y terror al mismo infierno.

La venganza, pues, que toma la Duquesa hacindole ver a Ignacio su
deshonra, es una niera, es una bagatela si la comparamos con otras mil
venganzas, nacidas de agravios por el estilo.

Cuanto sucede despus hasta que termina la novela me parece todava
menos meditado, y escrito ms depriesa que el resto. Y es lstima,
porque tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El
cinismo de Eulalia que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio
a castigarla brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena
bien trazada aunque de rudo naturalismo, el cual resalta ms por la
_cuestin de ambiente_, por la elegantsima _mise en scne_ en que
ocurre.

Por ltimo, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece
la que usted da la menos natural y verosmil. Si Ignacio no se vuelve
loco, considera usted tan fcil que su mujer le haga pasar por tal y
que le encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro
muy factible. No llega Ignacio al ltimo lmite de la extravagancia y
no nos hace recelar que est loco de veras cuando toma la determinacin
de quedarse para siempre entre los locos y de pasar all su vida sin
querer probar que est cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba
completamente loco pero porqu nos lo oculta usted y no ms lo declara,
justificando al bueno del mdico y no comparndole malamente con
Pilatos, ya que Pilatos se limit a lavarse las manos y el mdico se
ensuci las manos y la conciencia con una horrible mentira?

Mucho sentir que crea usted, y ms an que crea la gente, si llega a
publicarse esta carta, que el tono festivo en que est redactada redunda
en perjuicio y descrdito de la primera obra de usted que ha visto la
luz pblica en un volumen. No me perdonara yo, y calificara de psimo
gusto, el propsito de responder con burlas a quien candorosamente me
pide consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y
toda burla adems sera inmotivada. En absoluto, est lejos de merecerla
_Cuestin de ambiente_ y muchsimo menos la merece an si se tiene en
cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me
atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen
hoy en toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir
mejor novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.

Si algo de irnico y de regocijado contiene este escrito no va contra
usted si bien se mira. Va contra la mala crtica y contra la peor
interpretacin que se da por algunas personas a los hechos fingidos que
usted refiere.

La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y
ms favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que
sea, ms corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmacin
tal sera en el fondo antiprogresista y antidemocrtica y en su ltima
consecuencia nos llevara como a Rousseau a identificar la virtud y el
salvajismo.

Bueno es tener presente, por ltimo, que en la virtud hay mucho de
silencioso, de modesto y de retrado, mientras que el vicio bulle,
escandaliza y alborota por donde quiera. En contraposicin de la alegre
Duquesa que usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en
sus casas y sin dar nada que decir, son dechado de nobilsimas prendas
que emplean en obras de caridad y misericordia.

Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino
para que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo ttrico, que ms
que por sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo
de menos fe que los siglos pasados, tiene la desesperacin por trmino y
no aquel fin divino, ultramundano y dichoso que ponan en sus dramas,
poemas, leyendas y dems escritos, autores como Caldern a quien ya
hemos citado. Qu importa que el mundo sea, no solo valle de lgrimas,
sino tenebrosa caverna de infamias y de maldades, si as resplandece
ms, vencindolo, dominndolo y hasta perdonndolo todo,

    El madero soberano,
    Iris de paz que Dios puso
    Entre las iras del cielo
    Y los delitos del mundo?

Me atrevo, pues, a aconsejar a usted, ya que es tan mozo y ya que no
tiene motivo para quejarse de su malaventura, que no se meta todava a
predicador, ni se muestre tan adusto y desengaado, y que en otras
novelas nos cuente lances y sucesos menos lastimosos y ms agradables y
dulces, vertiendo en su stira, cuando a la stira se incline, no hiel,
sino sal y pimienta, que no la hagan amarga, sino picante y sabrosa.

De todos modos insisto en aconsejar a usted que no se arredre y que siga
escribiendo. Aunque no presumo de profeta, harto fcil es pronosticar y
pronostico, en vista de la espontaneidad con que usted escribe, que
todas sus futuras novelas sern ledas con gusto y podrn servir y
servirn de inocente pasatiempo, ya que no contengan igualmente, lo cual
tambin puede esperarse, lecciones morales y todo gnero de sana
doctrina.


FIN

       *       *       *       *       *

OBRAS DE DON JUAN VALERA

Pepita Jimnez; un vol. en 8., Ptas. 3.

Doa Luz; un vol. en 8., 3.

El comendador Mendoza; un vol. en 8., 3.

Algo de todo; un vol. en 12., 2,50.

Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 8., 5.

Pasarse de listo; un vol. en 12., 2,50.

La buena fama; un vol. en 16. con grabados, 2,50.

El hechicero. El bermejino prehistrico. Las salamandras azules; un vol.
en 16. con grabados, 2,50.

Dafnis y Cloe (traduccin del griego); un vol. en 8., 3.

Estudios crticos; tres vols. en 12., 9.

Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12., 6.

Cuentos y dilogos; un vol. en 12., 2,50.

Poesa y arte de los rabes en Espaa y Sicilia; tres volmenes en 12., 9.

Tentativas dramticas; un vol. en 12., 2,50.

Canciones, romances y poemas; un vol. en 12., 5.

Cuentos, dilogos y fantasas; un vol. en 12., 5.

Nuevos estudios crticos; un vol. en 12., 5.

Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12., 1.

Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8., 3.

Morsamor; un vol. en 8., 4.

La Metafsica y la poesa. Polmica con D. Ramn de Campoamor, 3.

Pequeeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8., 1.

Las mujeres y las Academias, cuestin social inocente; un folleto en 8., 1.

Ventura de la Vega, biografa y estudio crtico; un vol. en 8. con el
retrato del biografiado, 1.

A vuela pluma, artculos literarios y artsticos; un vol. en 8., 4.

Genio y figura; un vol. en 8., 3.

De varios colores; un vol. en 8., 3.

Juanita la larga (3. edicin); un vol. en 8. mayor con grabados, 6.

Ecos Argentinos; un vol. en 8., 3,50.

Garuda o la cigea blanca (edicin ilustrada); en 8., 2,50.

Florilegio de poesas castellanas (en publicacin).





End of Project Gutenberg's El Superhombre y otras novedades, by Juan Valera

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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