The Project Gutenberg EBook of Tres mujeres, by Jacinto Octavio Picn

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: Tres mujeres

Author: Jacinto Octavio Picn

Release Date: August 10, 2009 [EBook #29663]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRES MUJERES ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was
produced from scanned images of public domain material
from the Google Print project.)









JACINTO OCTAVIO PICN

TRES MUJERES

LA RECOMPENSA

PRUEBA DE UN ALMA

AMORES ROMNTICOS

MADRID

1896

_MADRID_
FERNANDO FE, LIBRERO
_2. C. de S. Jernimo_




ADVERTENCIA


_Cuando los novelistas franceses renen varios trabajos cortos en un
tomo, le ponen por ttulo el de la obrilla que va impresa en primer
lugar; costumbre aqu seguida por algunos y censurada por no pocos, los
cuales alegan que engolosinar al pblico con una portada que parece de
novela formal y darle luego una docena de cuentecitos es hacerle
vctima de un engao. Para que no puedas--lector amigo--echarme en cara
la misma acusacin, te advierto de que estas_ TRES MUJERES, _no son
otros tantos tipos femeninos presentados en una sola y larga accin
novelesca, de aquellas en que se pintan las costumbres y se estudian las
pasiones, sino tres figuras abocetadas en narraciones cortas, donde lo
imaginado para entretenerte algn rato, pesa ms que lo observado para
moverte a pensar seriamente en las cosas graves de la vida._

_Deseando hacerlas agradables a tus ojos, el editor ha vestido y
adornado a estas_ TRES MUJERES _mejor de lo que merecen, dndoles en
ropajes y galas lo que les falta de belleza. Premia su trabajo, perdona
el mo, y como no creemos ser malos, ambos quedaremos agradecidos._

J. O. PICN

Junio 1896




La recompensa




I


En cierto colegio monjil de las cercanas de Madrid haba hace ms de
veinte aos dos educandas que se queran muchsimo. El sentimiento de
amistad que los una naci merced a circunstancias extraordinarias de la
situacin de ambas, fue favorecido por sus caracteres y acab de
consolidarse en la batalla de la vida.

La mayor, que se llamaba Susana, tena diez y seis aos: era hurfana de
padre y madre y duea de una gran fortuna. Un to, que le serva de
tutor y curador, se la confo a las monjas, quienes, sabedoras de la
riqueza de la nia, procuraron ante todo despertar en ella vocacin
religiosa; mas persuadidas pronto de que no era catequizable, pusieron
gran empeo en educarla de modo que su ilustracin y buenos modales
redundaran en honra del convento. Gracias a la inteligencia de Susana,
las madres vieron coronados sus desvelos por el resultado ms
lisonjero. Era primorosa en cuantas labores pona mano, escriba
admirablemente, pintaba flores con gusto de artista, cantaba como un
ngel, bordaba como una madrilea del siglo XVII, hablaba francs como
si hubiese nacido en Orleans, y finalmente, para cuanto fuese brillar,
lucirse y cautivar, tena maravillosas aptitudes, gracia irresistible y
atractivos de gran seora.

Segn unos, porque el tutor quera seguir con la administracin de los
bienes, y segn otros, porque deseaba para la pupila brillante y
completa educacin, era cosa resuelta entre aquel caballero y las
respetables madres que Susana permaneciese en el convento hasta los diez
y ocho aos. Gentes menos maliciosas afirmaban que, dada la belleza de
la colegiala, lo que el tutor procuraba era recogerla lo ms tarde
posible, sabiendo que no hay nada tan difcil de guardar, dirigir y
encarrilar, como una mujer rica y bonita.




II


La segunda educanda tena un ao menos que Susana y se llamaba Valeria.
Su origen era un misterio que pudiera servir de base a una novela. Un
anciano, que dijo ser su padre la llev al convento cuando apenas tena
cinco aos, y por espacio de ocho fue a verla todos los meses: luego no
volvi a presentarse all para nada, ni escribi siquiera a la que
llamaba hija; pero durante otro ao envi puntualmente dinero con que
atender a cuanto gastaba, y al siguiente, es decir, al llegar Valeria a
los quince, dejaron las monjas de recibir las mensualidades de
costumbre. Otro ao entero sigui Valeria recibiendo los mismos cuidados
que si pagasen por ella, hasta que, cuidadosas las madres de sus
intereses, determinaron poner fin a una situacin de que nada bueno
esperaban. Quin era Valeria? Lo ignoraban. Mientras recibieron lo que
su educacin costaba, no pensaron en averiguaciones: tal vez de hacerlas
hubieran tenido que rechazarla; pero apenas empez a serles gravosa
comenzaron a rumiar ideas de desconfianza y a sentir un recelo muy
parecido al miedo. Las visitas cortas y tardas de aquel anciano
misterioso, su desaparicin y luego el extrao modo de remitir fondos
sin escribir palabra, todo indicaba algo extraordinario, anmalo, y que
trascenda a pecaminoso. Al mes siguiente de no recibir dinero estaban
persuadidas de que Valeria no era de origen limpio y confesable, y de
que su compaa pudiera constituir un peligro para las educandas que
tenan familias conocidas, siempre puntuales en el pago de cuanto sus
hijas gastaban. Ms claro: la prudencia aconsej a las monjas no
continuar manteniendo y enseando a una seorita que era juntamente
carga pesada y causa probable de responsabilidad; porque una de dos: o
sus padres haban muerto y la nia iba a quedarse all gratis para
siempre como flor olvidada, y flor que costaba ms que una _victoria
regia_ cultivada en Europa, o dichos padres, por no poder confesar que
lo eran, se desentendan de ella, y en tal caso, quin ira a
recogerla... y pagar? Se presentara tal vez preguntando por Valeria
una seora falsificada, una aventurera despreciable, una... o lo que
fuera peor, un juez? Slo pensar en ello les pona a las madres carne de
gallina. Movida por estas consideraciones, que se discutieron entre las
de ms autoridad y consejo, la priora, abadesa, o lo que fuese, mand
llamar a Valeria, y suavemente, con gran dulzura, le dijo que la
situacin era insostenible; que haban consultado con el seor obispo;
que ste no resolva sus dudas; que la responsabilidad del convento era
tremenda; que all haba un misterio indescifrable; que no podan
continuar as, y otras muchas cosas, todas las cuales venan a
compendiarse en estas horribles frases: Hija ma, lo sentimos mucho...
Profesar no puedes por carecer de dote; seguir aqu tampoco, por falta
de otros requisitos... Nosotras todas te encomendaremos al Seor en
nuestras oraciones, pero en el colegio es imposible que sigas. Te damos
ocho das de plazo para que digas a quin llamamos, dnde quieres que te
lleven, o cosa parecida. Y si no dices nada..., pues ya nos ha
aconsejado el Padre Dulzn que demos parte al gobernador para que
resuelva.

A quin haba de llamar? Dnde haba de ir la sin ventura? El
gobernador! Qu podra hacer sino enviarla a un asilo de beneficencia o
dejarla en medio de la calle? Valeria oy aquello como reo de muerte que
escucha su sentencia; se arrodill a los pies de la _madre_, le reg las
manos con lgrimas, le bes el hbito, y al fin cay al suelo desmayada.
Hubo que llevarla a la enfermera, donde pas tres das con fiebre y
delirio. Al cuarto se alivi algo, y lo primero que pidi fue que
llamasen a Susana; mas parapetadas las monjas en que el reglamento
prohiba a las educandas entrar en la enfermera, negaron el favor.

Susana, sabedora de lo que ocurra, movida del cario y conocedora del
terreno que pisaba, regal a una monja que haca de _pasanta_ una
crucecita de plata, rogndole que a cambio del obsequio, llevase a
Valeria un regalito, consistente en un huevo de marfil, dentro del cual
haba un rosario. Lo que ignoraba la monja era que, bajo el algodn en
rama donde descansaba el rosario, iba escondido un papel en que estaban
escritas estas palabras: No digas que ests mejor; procura ganar tiempo
y no tengas miedo. El domingo debe venir mi tutor, y yo har que ponga
remedio. Confa en m.




III


De qu naci el afecto que aquellas dos muchachas se profesaban?
Primero, del misterioso engranaje formado por las semejanzas y
diferencias que existan en sus caracteres. En bondad de corazn y
lucidez de inteligencia, eran iguales; de modo que podan quererse y
estimarse. Segundo, en lo vario de sus genios, de suerte que mutuamente
se buscaban, deseosas, por instinto, de hallar a sus facultades
contraste y complemento. Susana era bulliciosa y alegre; Valeria,
tranquila y melanclica; la ligereza y vivacidad de una hallaban
compensacin y freno en la sensatez y reposo de otra: lo que al parecer
debiera separarlas era precisamente lo que les una. Pero an estaba su
amistad asentada en fundamento ms firme.

Susana, por demasiado convencida de su hermosura, era de condicin tan
altiva, que se haba hecho antiptica a todas sus compaeras: Valeria,
amargada del abandono y olvido en que viva, y sin que aquel amargor se
convirtiera en envidia, consideraba como un peligro su belleza, no
alardeaba de bonita, senta la incertidumbre de lo por venir, y privada
de esperanzas, era humilde. Desde que se conocieron fue la sola
compaera de Susana capaz de escuchar, sin sonrer burlonamente, sus
primeros arranques orgullosos, propios de seorita mimada por la
naturaleza y la fortuna, llegando a ser la nica confidente de sus
ambiciosas ilusiones. No las comparta, pero no las ridiculizaba.

Susana hallaba en ella un corazn amigo, que aun contrarindola,
mostraba comprenderla, distante por igual de la adulacin y de la
envidia; porque en la humildad de Valeria no haba sombra de bajeza. Ni
ella la hubiera tolerado, pues era tan altiva a lo grande e incapaz de
pretender que le atribuyesen cualidades que le faltaban, como celosa de
que se reconocieran las que estaba segura de tener. Valeria era sincera
sin dureza y cariosa sin lisonja, armonizndose por ello las
condiciones morales de ambas, en tal grado, que no hubiera podido
precisarse cul vala ms, si la orgullosa cuando saba ceder, o la
humilde cuando saba imponerse. Milagros del corazn, que dobla lo
fuerte y se somete a lo dbil.

Llegado el domingo, fue el tutor de Susana a visitar a su pupila, la
cual, despus de referirle lo que ocurra, le dijo en sustancia, poco
ms o menos, lo siguiente:

--No me importa estar aqu un ao ms: tarde V. lo que quiera en ponerme
al tanto de lo que es mo, administre V. como le acomode, pero quiero
que pague V. cuanto Valeria debe al colegio, de modo que contine tan
considerada como antes: quiero tambin que haga V. esos pagos a nombre
del caballero que antes vena a verla, para que nadie le eche en cara su
pobreza; y deseo, por ltimo, que salgamos juntas del colegio y vivamos
luego como hermanas; es decir, que venga a mi casa, porque de vivir
como hermanas me encargo yo.

Si fue por mira interesada o en acatamiento de aquel impulso de
caritativa amistad, nadie lo sabr nunca, pero lo cierto es que el tutor
accedi al ruego, y pasados unos cuantos meses, ambas educandas salieron
el mismo da del colegio, yendo Valeria a vivir a casa de Susana.




IV


La intimidad del hogar foment el cario nacido en el convento. Dos
mujeres vulgares se hubieran dejado insensiblemente sojuzgar por las
circunstancias anormales de la situacin. En Susana y Valeria sucedi lo
contrario: ellas se impusieron a la ndole del caso. Ni la protectora
imperaba como ama, ni la protegida pareca dominada como sierva. El
afecto, ms an, la buena educacin y delicadeza de sentimientos, hacan
las humillaciones imposibles. Valeria no era en la casa una amiga pobre
benvolamente acogida, no era una _demoiselle de compagnie_ tratada con
consideracin: era la hermana menor. Ambas posean ese maravilloso arte
de ceder a tiempo y resistir con dulzura, ante el cual se allanan los
disgustos y rozamientos que producen inevitablemente las pequeeces de
la vida.

Ni aun la belleza poda mover discordia entre ellas, porque sus
atractivos ofrecan caracteres opuestos. Susana era grande, blanca,
gruesa, rubia y a pesar de su edad y su doncellez tenia aspecto de Venus
flamenca, perezosa y carnal. Valeria era pequea, morenilla, delgada,
pelinegra, tipo de mstica espaola, poca materia y mucho espritu; un
fraile de Zurbarn hecho hembra. Los ojos azules de Susana alborotaban
los sentidos; los ojos negros de Valeria, por dulces y serenos,
inspiraban ms cario que deseo. No haba entre ellas rivalidad posible.
El hombre que se prendase de una no poda racionalmente enamorarse de
otra.

Gracias a la fortuna y desprendimiento de Susana, vivan con lujo, iban
a bailes, teatros y saraos; viajaban, tenan coche, vestan con
exquisita elegancia, trayendo para ambas de Pars la mayor parte de las
galas, y, en una palabra, capricho sentido era en ellas gusto
satisfecho. Servales de acompaante una hermana del tutor de Susana,
llamada doa Gregoria, seora entrada en aos, pero tan amiga de
divertirse, que nunca pona obstculo ni entorpecimiento a cuanto las
muchachas fraguaban para lucir y brillar. Lo nico que le disgustaba era
ver que las galanteasen, con la circunstancia extrordinaria de que su
enojo no estallaba cuando ellas coqueteaban, sino cuando se presentaba
alguien que asiduamente las cortejase. Un observador cuidadoso hubiera
podido notar que les dejaba tontear frivolamente, permitindoles or
piropos y requiebros atrevidos, mientras quien se los deca no pasaba de
halagar su inocente vanidad de nias bonitas, pero que en cuanto alguien
les buscaba con frecuencia, mostrando afn de serles agradable, doa
Gregoria pona empeo en estorbarlo, sobre todo si se trataba de Susana.
En una palabra: aquella seora, obediente a las instrucciones del tutor,
su hermano, toleraba cuanto poda contribuir a que las jvenes tuviesen
fama de coquetas e insustanciales, y en cambio desarrollaba un mal
humor inaguantable y una astucia increble apenas surga la posibilidad
de que un hombre ganara terreno en el corazn de Susana. El tutor y su
hermana le dejaban gastar cuanto quera, haciendo la vista gorda en
presencia de sus devaneos, pero ante la idea de una pasin seria
mostraban profundo desagrado. Indudablemente se haban propuesto no
reprenderla si tiraba el dinero, para que cuanto ms derrochase con
mayor facilidad pudieran ellos englobar sus robos en los gastos, y al
mismo tiempo, estorbando que se casase, dilatar la poca de la rendicin
de cuentas.

Quien primero descubri el juego fue Valeria: comunic a Susana la
sospecha y trataron ambas de ponerse a la defensiva; mas por desgracia
era tarde para evitar gran parte de los males que teman. Pronto
comprendieron que deban, primero, gastar con ms prudencia, porque las
rentas iban mermando considerablemente, y segundo, andarse con pies de
plomo en lo que se refera a dejarse galantear, porque entre sus propias
imprudencias y la malignidad del tutor y su hermana, iban ellas cobrando
reputacin de frvolas y ligeras. Desde entonces vivieron con relativa
economa, y fueron verdaderamente sensatas.




V


Algn tiempo despus, en la tertulia de unas amigas, conocieron a dos
hombres jvenes, ntimos amigos y compaeros de carrera. Pepe Gutirrez
y Andrs Prez, el primero, comandante de ingenieros y el segundo
capitn del mismo cuerpo: ambos dignos de ser queridos. Gutirrez se
prend de Susana que por primera vez tom el amor en serio, fue
correspondido, y entraron en relaciones, procurando que permaneciesen
ignoradas del tutor: nicamente cuando ella adquiri el convencimiento
de que su novio era hombre que vala mucho como inteligencia y como
carcter, le autoriz a que la pidiese en matrimonio.

La situacin de Valeria era ms libre y desembarazada, pero no
envidiable. Por pobre, estaba libre de los cuidados que da el oro; por
abandonada, no haba menester consentimiento de nadie; mas, de qu le
serva aquella independencia, si el compaero de Gutirrez no se fijaba
en ella? Prez frecuentaba la casa de Susana, porque iba con Gutirrez a
todas partes: eran inseparables; estaban unidos por una amistad nacida
en los bancos de la escuela de primeras letras, fortificada en el
colegio militar, y, por ltimo, arraigada en sus corazones, gracias a la
vida que hacan juntos en plena juventud. A Prez le gust Valeria desde
que la conoci; pero no se atrevi a requebrarla ni poner seriamente en
ella la esperanza, considerando que ambos eran pobres. La muchacha no
tena nada: l, slo su haber de capitn. Qu ventura poda ofrecerla?
Ni siquiera comunic a Gutirrez la simpata que le inspiraba Valeria.
Tan bien supo disimularla, que la misma interesada tom la indiferencia
por franco y declarado desvo. Susana fue la nica que adivin el doble
secreto de aquellas dos almas: unos cuantos detalles bastaron a su
penetracin para comprender que Valeria y Prez se queran. Convencerse
de ello y formar propsito de favorecerles, todo fue uno. Tanto le
convid a comer, colocndole junto a ella, tantas veces les dej solos
a tiempo de que se les transparentara el alma, tales cosas hizo para que
mutuamente se conociesen y apreciasen, que al fin llegaron a entenderse.
Susana, que aos atrs haba evitado a Valeria la desgracia de verse
arrojada del colegio, y que luego la trat como a hermana, se erigi de
nuevo en protectora cariosa. Nos casaremos el mismo da--le dijo--yo
primero, y luego _seremos_ padrinos de tu boda. Si nosotros habamos de
gastar veinte, nos contentaremos con diez, partir contigo lo que
tenga..., es decir, para qu hacer nmeros ni clculos? Viviremos
juntos, y... Cristo con todos. Claro est que Valeria, deshecha en
lgrimas de gratitud, acept aquella nueva demostracin de cario,
aunque en el fondo de su alma, y con aprobacin de su futuro marido,
estuviese resuelta a no aceptar favores que, por excesivos, redundaran
en perjuicio de su amiga.

En la primer entrevista que tuvo el novio de Susana, con el tutor de
sta, se convenci de que la mujer a quien quera unirse haba sido
robada a mansalva. Era intil soar con restituciones ni pleitos. El
canalla tenia las cosas preparadas con tal maa, que segn cuentas,
escrituras y comprobantes, an resultaba la pupila debindole algunos
miles de duros. Una vez ms la maldad hizo mofa de la ley. De las
condiciones morales de Gutirrez y del amor que su novia le inspiraba,
pueden dar idea estas palabras, con que comunic a Susana el resultado
de la entrevista:

--Mira, nena; coche ni muchos vestidos no tendrs, porque ese hombre es
un ladronazo...; por ti... lo siento; por m, casi me alegro, para que
veas que te quiero de verdad. Lo esencial es que nos casaremos cuando se
nos antoje.

En Susana pudo ms la alegra del amor probado, que la tristeza por la
riqueza perdida, y arrojndose en brazos de su Pepe, repuso:

--Yo tambin me alegro, porque as conozco lo que vales. No me equivoqu
al quererte.

Valeria, que hubiera procurado luego de casada sustraerse a la
proteccin de Susana siendo rica, consinti en vivir con ella vindola
casi arruinada, y ambas bodas se verificaron la misma maana, a mediados
de 1873, cuando Espaa estaba en plena guerra civil.

La doble luna de miel fue cortsima. A los seis meses ambos maridos eran
destinados al ejrcito del Norte y salan de Madrid dejando a sus
mujeres posedas de la ms amarga tristeza, y embarazadas del mismo
tiempo.




VI


Hacia los primeros das de 1874, la desgracia cay sobre ellas en forma
irremediable y terrible.

Un extraordinario de un peridico les dio repentina y brutalmente la
noticia. Oyeron vocear el papel, mandaron comprarlo, y sin poder llorar
ni gemir, secas las gargantas, enjutos los ojos, atarazada el alma por
la desesperacin y la sorpresa, leyeron lo siguiente:

_Pamplona_, 9 Enero, 10,15 maana.

El titulado brigadier Garzuaga fue ayer batido en Puente-Rey con
prdida de ms de 300 hombres, caballos, armas, carros y municiones.

Las fuerzas liberales han experimentado tambin sensibles prdidas. El
brigadier Queralt est herido de gravedad. El coronel Quintana
levemente. El comandante de ingenieros D. Jos Gutirrez Riela y el
capitn del mismo cuerpo D. Andrs Prez Deza han muerto heroicamente en
el campo del honor. Las bajas de la clase de tropa no pueden precisarse
todava.

Movidas de impulso igual y simultneo, se arrojaron una en brazos de
otra sintiendo al mismo tiempo que las garfiadas del dolor los inquietos
latidos de dos seres que antes de nacer eran hurfanos...

Primeras impresiones de amor, dulzuras de pasin satisfecha, esperanzas
para lo por venir, todo quedaba destruido, todo pareca mentira:
nicamente la desgracia era verdad.

A fin de Marzo, con diferencia de veinticuatro horas, parieron un nio
cada una en la misma habitacin, tragndose las lgrimas y los quejidos,
animndose mutuamente a tener valor, buscando en su cario fraternal el
nico consuelo que les quedaba. Los recin nacidos no se les parecan:
ambos eran pelinegros y muy blancos, seal de que haban de ser morenos
como sus pobres padres, que dorman para siempre entre los peascales
ensangrentados de Navarra.

Ya no tenan ventura que esperar aquellas infelices mujeres: ni aun la
de sufrir unidas. Juntas crecieron en el convento cuando nias; juntas
gastaron riqueza y derrocharon alegra, siendo mientras pudieron ligeras
y frvolas como su propia juventud; al mismo tiempo amantes, casadas,
viudas y madres: sus dichas y sus penas parecan tan hermanadas como
ellas mismas; pero haba llegado la hora de que se rompiese el
misterioso paralelismo de sus vidas.

El parto de Valeria haba sido rpido y feliz; el de Susana trabajoso y
de fatales consecuencias. La fiebre puerperal que se apodero de ella fue
intenssima, y hall su organismo tan conmovido y debilitado por los
recientes infortunios y penas, que no tuvo fuerzas para resistirla.
Sintindose morir, llam a Valeria y le habl de este modo:

--No te hagas ilusiones--dijo sonriendo con una serenidad que daba
miedo;--esto se acab.

Quiso su amiga interrumpirla gastando bromas y fingiendo esperanzas, mas
ella continu:

--yeme bien. Ya sabes lo que te quiero... No tengo parientes, y puede
que sea mejor... Mi hijo va a quedar solo en el mundo; te lo confo...
t sers su madre... jrame que le querrs y le cuidars... como...

--Calla, mujer. Qu has de morirte! No has de resistir esto, t que
eres ms fuerte que yo? Te pondrs buena y seremos felices..., es
decir, viviremos para los nios, porque felices ya no podemos ser...;
pero si te murieras, que no te morirs, por el recuerdo de todo el bien
que me has hecho, te juro que tu hijo..., vamos, como si fuera mo.

--Pobre Valeria! Qu ser de ti con dos criaturas?... Esto va muy
aprisa. Escucha. En aquel cajn de la mesa que usaba Pepe, hay ocho mil
duros en papel del Estado, que vienen a dar ocho mil reales al ao. All
estn tambin los mil duros que sabes que tenamos ahorrados. Por
ltimo, en el cajn de ms arriba encontrars las escrituras de
propiedad de mi casa de Rivaria. Yo no he estado all nunca, pero s que
es un casern con un huerto: los labriegos que lo tienen arrendado no
pagan hace mucho tiempo. Quiz por eso no se qued mi tutor con la
finca. Los ttulos de la Deuda y el dinero de los ahorros los coges en
cuanto me cierres los ojos, y ahora manda venir a un escribano. Quiero
que la casa sea legalmente tuya para que nadie pueda molestarte. Ya
sabes con lo que cuentas. Lo principal es que no teniendo nada mi
hijo... no habr quien piense hacerse cargo de l.

Valeria quiso resistir por animarla, pero ante la energa con que
expresaba el deseo, cedi.

Vino el notario: Susana hizo una declaracin reconociendo que cuanto
haba en la casa era de Valeria, y que en pago de una deuda que
confesaba, le daba la finca de Rivaria. Del nio no se habl palabra.
Quin haba de solicitar su tutela siendo pobre?

Pocas horas despus, como si se hubiese esforzado en vivir hasta ultimar
lo hecho, Susana mora en brazos de Valeria. Ella la amortaj y vel,
pasando la noche arrodillada a los pies del cadver.

De rato en rato se levantaba para ir a ver a los nios.

Qu contraste el formado por la vida y la muerte que all se mostraban
con toda la brutal realidad de los hechos: Qu lstima de mujer, tan
hermosa y tan buena! Qu falta haca a nadie arrancarle la existencia
como se descuaja una planta? Ni qu falta hacan en el mundo aquellos
angelitos?

Valeria les contemplaba con miradas de ternura, iguales para ambos, cual
si se le hubiese duplicado el cario de madre, y a pesar de la tristeza
que senta, no le era posible sustraerse al influjo de una observacin
que ya haba hecho y que en aquel momento, hasta contra su voluntad, se
le iba entrando al pensamiento, agitndoselo con desvaros de la
imaginacin.

Cada vez que se acercaba a las camitas donde estaban acostados y se
fijaba en ellos, aquella observacin se confirmaba con ms fuerza. Los
nios se parecan muchsimo: ambos eran muy blancos, de pelo y ojos
negros, chatillos, gorditos, casi de igual volumen. Claro estaba que
andando el tiempo habran de diferenciarse fsica y moralmente,
revelando su distinto origen; pero entonces, casi hubieran podido pasar
por mellizos. A Valeria le pareca el suyo mil veces ms hermoso y mejor
formado, y sin embargo, hubo un momento en que pens: Vaya, que se
parecen mucho, son casi iguales, tan semejantes, que si dejara de
verlos unos cuantos meses..., no acertara con el mo; es decir, mos
son los dos; en fin, con el que yo he parido.

Luego, en el largo monlogo de aquella noche interminable cruzaron por
su mente recuerdos de la juventud, memorias de gratitud hacia Susana,
punzadas de dolor renovado por la prdida del hombre a quien haba
querido, e ideas de miedo y responsabilidad ante la carga que para ella
representaba el porvenir de aquellos nios.--Sabr corresponder--se
deca--a todo lo que Susana ha hecho conmigo? Podr pagar al hijo lo
que debo a la madre? Llegar un momento en que las circunstancias me
obliguen a favorecer al mo en perjuicio del suyo? El poco dinero que
queda entre mis manos no es _nuestro_, yo nada tengo... Me asaltar
algn da la tentacin del despojo..., ser ms fuerte mi amor de madre
que el recuerdo de la gratitud y el cumplimiento del deber? Y al mismo
tiempo que discurra todo esto, en su pensamiento iban hermanndose y
confundindose, hasta compenetrarse, aquella observacin insistente del
parecido de los nios y aquella idea extravagante favorecida por las
condiciones de la realidad.

Sus propias palabras eran la sntesis de la situacin: Si dejases de
verlos unos cuantos das, no sabras cul es el tuyo.

       *       *       *       *       *

Fue propsito razonado de alma grande, fruto de una extraordinaria
elevacin de espritu? Desarreglo de inteligencia trabajada por una
idea fija? Acaso sugestin de ese algo misterioso que a veces nos
aproxima, por el anhelo del bien, a la divinidad?

Nadie lo sabr nunca: lo cierto es que aquella idea le fue labrando
surco en el pensamiento y acab por arraigar en l de tal suerte, que
se enseore de su voluntad, y la puso por obra.

Quin dir si Valeria lleg por gratitud a la locura, o a la suma
piedad por la nocin del deber? Aquel la juzgue que sepa bucear en las
reconditeces del alma.




VII


Luego de enterrada su amiga, Valeria se march a Galicia con los nios,
aposentndose en la casa de Rivaria.

Su primer cuidado, despus de arregladas las cosas necesarias a la vida,
fue observar la ndole y carcter de los colonos, marido y mujer, de
quienes Susana haba dicho que nunca pagaban el arrendamiento.
Afortunadamente, l, como buen gallego, era muy listo, y ella se pasaba
de buena. Valeria se propuso aprovechar las cualidades de ambos, y entre
tanto, poseda por su idea fija, procur ver poco a los nios;
lentamente fue desentendindose de ellos; casi no les miraba, mostrando
una fuerza de voluntad increble.

Haciendo vida campestre y retirada en aquel lugar, haba un acaudalado
caballero a quien por lo caritativo llamaban sus convecinos _el Santo_,
y en ste se fij principalmente Valeria para realizar su propsito. Le
dijo que, vindose obligada a emprender un largo viaje por mar, y no
atrevindose a llevar consigo los pequeuelos, quera confiarlos a su
cuidado; le dio dinero para cuanto necesitasen durante cierto tiempo, y
dispuso que el labriego y su mujer le obedecieran ciegamente. Por
ltimo, obrando astuta y sagazmente, tuvo la horrible precaucin de
ocultar los verdaderos nombres de los nios, que eran los de sus padres,
llamndolos Juan y Pedro, ardid en que estaba fundado su propsito:
hecho todo lo cual desapareci del pueblo.

Cerca anduvo de arrepentirse por su condescendencia aquel santo varn;
casi se asust de haber aceptado tamaa responsabilidad, pero jams
lleg a preocuparse formalmente: primero, porque su compromiso era slo
verbal y no haba pruebas que pudieran perjudicarle; segundo, porque
quin habra en la comarca capaz de perseguirle ni acusarle? Sobre
todo, sin saber la causa, sin que l se diera cuenta de ello, Valeria le
haba inspirado simpata profunda y confianza ciega. Estaba persuadido
de que aquella mujer era mediadora de buena fe o vctima en una de esas
intrigas amorosas, donde slo el misterio puede estorbar la iniquidad.
Lo principal para l era que, con caer las criaturitas en sus manos, se
habra casi seguramente evitado un crimen. Resta slo decir que inducido
a error llam Juan al mayorcito de los nios y Pedro al menor.

De esta suerte comenzaba a lograrse la confusin que Valeria deseaba.

Cada tres meses reciba _el Santo_ en pliego certificado un billete de
Banco, cuyo valor era bastante a cubrir los gastos ocasionados por los
nios. Lo que jams recibi fue carta, mensaje, ni visita que le hablase
de la desaparecida. Cuantas tentativas hizo para saber su paradero
fueron intiles. As pasaron cinco anos.

En tan largo lapso de tiempo, Valeria estuvo muchas veces a punto de
renunciar a su tremendo sacrificio: en ms de una ocasin le falt poco
para volver a la aldea, exigir que le devolviesen los nios y
escudriarles el cuerpo para distinguirlos, hasta recobrar la certeza de
cul era el ajeno y cul el suyo. Su vida fue un martirio insoportable;
mas lo padeci sin arrepentirse de lo hecho.

Fuese extravagancia de entendimiento perturbado, fuese abnegacin
premeditada, haba en su conducta heroica grandeza, algo casi
sobrehumano, que consista en imponerse el doble sacrificio de privarse
de su hijo, y aceptar por tal al que no lo era, para que esta ignorancia
la hiciese luego tratar a ambos con el mismo cario. Ignoraba que alma
de su temple jams hubiera perjudicado al ajeno en provecho del propio,
mas quiso colocarse en tales condiciones, que hasta le fuesen imposibles
la preferencia y la injusticia.

Quin poda prever la suerte que les estaba deparada? Qu hara ella,
por ejemplo, el da en que por los azares del mundo fuese preciso
anteponer en su corazn uno a otro, darle mayores facilidades de xito,
o salvarle de un riesgo? A quin acudira primero? No jur
confundirles en el mismo cario? Pues que mejor manera de realizar el
juramento que conseguir la imposibilidad de quebrantarlo? Segn su
corazn, que estaba sorbido y dominado por la gratitud, todo aquello y
ms deba a Susana, que la libr de ser arrojada del convento, la trat
como hermana, y finalmente, la uni al hombre de quien estaba enamorada.
Qu hubiera sido de ella sin Susana? Hasta dnde hubiera rodado
impulsada por vientos de desgracia?




VIII


Por fin, al comenzar el sexto ao de separacin, Valeria estuvo enferma,
y entonces, aterrada ante la idea de morir, sinti doblegarse su
entereza. Apenas convaleciente, corri a la aldea. Su viaje le pareci
un tormento, ms largo que el de los cinco aos transcurridos. Viviran
los dos nios? Cmo los encontrara? Cul sera su ndole? Cul
mostrara mejores sentimientos? Cul la querra ms? De fijo el suyo...
Pero cmo le conocera?

Sacrificio intil, batalla estril contra la flaca condicin humana!
An no haban llegado aquellos seres a la edad en que se revelan el
corazn y la inteligencia, y ya instintivamente ambicionaba que su hijo
fuese superior al hermano pegadizo.

       *       *       *       *       *

Le pareca que el coche no iba bastante aprisa, que los rboles de las
laderas del camino eran siempre los mismos, que hua a lo lejos el
horizonte prolongando la separacin..., hasta que al volver un recodo
prximo a la aldea, descubri dos nios vestidos con relativo esmero.
Estaban jugando bajo un gigantesco grupo de castaos, saltando sobre un
espeso tapiz de musgo aterciopelado, donde el sol y las sombras del
ramaje formaban maravillosos arabescos.

Al llegar el carruaje cerca de aquel sitio, mand parar, baj, y
acercndose a los nios y conocindolos, porque a su lado estaba la
mujer del colono, los envolvi en una mirada indefinible. Clav en ellos
los ojos, quiso dirigirse primero a uno y luego a otro, vacil,
llenarnsele las mejillas de lgrimas, y por ltimo, extendiendo
abiertos los brazos, cogi a los dos al mismo tiempo, les atrajo contra
su pecho..., los apart, torn a mirarlos, y enloquecida de dudas y
alegras, apretndoles de nuevo contra s, abarcando juntas las cabezas,
se las cubri de besos y caricias, mientras la aldeana, que la reconoci
en seguida, gritaba con su dulce acento gallego:--Juan, est
quieto;--Pedro non te vayas.

La mujer de alma grande tena logrado su propsito. No saba cul era el
que haba parido.




IX


Pasaron aos. Desde que Valeria recogi los nios de manos del _Santo_
hasta que se hicieron hombres no le causaron ms penas que los
disgustillos que dan de s la infancia y la primera poca de la
juventud: jugarretas, trastadas, bromas y travesuras. Llegada la edad de
la razn, Juan y Pedro fueron buensimos para ella. Sus corazones no
cesaban de brotar y consagrarle nuevos tesoros de ternura. Quin la
quera mas? Era imposible averiguarlo. Del carcter sensato y juicioso
del uno, de las genialidades prontas e irreflexivas del otro, surgan
continua e inesperadamente pruebas de amor filial. Ella, en tanto, hoy
mimaba a Juan, maana prefera a Pedro, igual cario profesaba a los
dos, pero cario ciego, vacilante, inseguro, como si viviese condenado a
la incertidumbre de su propia sinceridad. Ambos ante su conciencia eran
hijos suyos, mas siempre le quedaba en el fondo del alma la duda, nunca
satisfecha; la esperanza, jams colmada, de que el mejor fuese el que
ella haba llevado en las entraas.

Andando el tiempo, Valeria, exclusivamente dedicada a estudiar aquellas
dos almas, hizo un descubrimiento que la llen de angustia. Ambos tenan
novia y cada cual quera a la suya, no con un sentimiento vulgar y
pasajero, sino con pasin digna de ellos. Aquella era la ocasin de
probarles.

Haba pagado su deuda hacindoles buenos y felices: ninguno tena
derecho a proferir la menor queja: ella lo tena a saber cul era su
verdadero hijo, forjndose la ilusin de creer que lo sera el que
mostrase quererla ms. En otro tiempo le ceg la gratitud: ahora le
cegaba el ansia de cario.

Luego de haber madurado su propsito, con la astucia propia de su ndole
y carcter, les junt un da y les dijo:

--Os llamo porque ocurren grandes novedades. Estamos medio arruinados.
No podemos seguir viviendo con la holgura relativa que hemos disfrutado
hasta ahora. Es necesario que uno se separe de m y de su hermano. Tengo
la seguridad de conseguir un buen destino para Ultramar. Mientras cambia
la fortuna, es preciso que uno de vosotros se vaya muy lejos y ayude a
los que aqu quedemos. Quin quiere separarse de m? Quin se quiere
quedar? Resolvedlo vosotros, y decdmelo maana.

Oyronla ambos en silencio y aquella misma noche se reunieron a
deliberar.

Valeria, descalza, para no ser sentida, fue hasta la puerta del cuarto
donde estaban, y pegando la oreja al ojo de la llave escuch todo lo que
hablaron.

--Has odo a madre?--dijo Juan.

--S--repuso Pedro.

--Y qu dices?

--Que no me voy.

--Ni yo tampoco.

--Por qu?

--Porque no me separo de ella... ni de ti.

--Lo mismo digo.

--Pues ella dispone que se vaya uno.

--Ya le haremos ceder.

--Y si no cede?

--Ya no pienso en casarme. Estoy dispuesto a ganar un jornal, a arrancar
piedras con los dientes, a todo, menos a separarme de ella.

--Tienes razn. Igual pienso yo. Aqu a su lado soportar escasez,
pobreza, lo que venga: yo tambin renuncio a la mujer que amo; pero
irme lejos, exponerme a que mi madre se muera sin verla? Eso no!
Aunque lo mande. Si quieres, mrchate t.

--Y por qu he de ser yo el sacrificado? No soy tan hijo suyo como t?

Aquellos dos muchachos, que se queran entraablemente, que jams
haban reido por nada, ni de nios ni de mozos, estuvieron a punto de
venir a las manos. Con todo transigan, todo lo aceptaban menos lo que
pudiera significar despego hacia su madre. Cruzronse entre ellos
algunas palabras fuertes, algunas frases agrias; pero al fin pudo el
cario ms que ningn otro sentimiento, y Juan dijo:

--Mira, no aadamos a la pesadumbre que ya tenemos la pena de enfadarnos
uno con otro. No hay remedio: si madre lo manda, uno tendr que
sacrificarse. Que ella lo designe, y ese que baje la cabeza, obedezca y
se resigne sin chistar. Convienes en ello?

--Convenido, ella decidir.

Y abrindose mutuamente los brazos, lloraron juntos, como dos nios.

       *       *       *       *       *

Valeria les escuch henchida el alma de alegra. Aquel fue el nico
momento egosta de su vida. Todas sus penas hallaron resarcimiento,
todos sus dolores tuvieron premio. Luego, andando de puntillas, se alej
de junto a la puerta, y a los pocos das, con fingida tranquilidad, dijo
que las circunstancias haban variado y que la separacin no era
precisa.

Nunca supo quin era su verdadero hijo, pero adquiri el convencimiento
de que ambos adoraban en ella. En un mismo culto la confundan el que
llev en las entraas y el que form con la bondad de su alma. Aquella
doble maternidad fue la recompensa de su vida.




La prueba de un alma.


Durante el verano de 188... la concurrencia de baistas fue en Saludes
mayor que nunca: desde la fundacin del balneario no se haba visto all
tanta gente, ni tan lucida y bulliciosa.

Los enfermos graves eran pocos, y como por razn de su estado se
hallaban recluidos en sus habitaciones, no molestaban a los que queran
divertirse; los cuartos eran limpios, la comida, si no muy delicada,
abundante y sabrosa, las camas aceptables, el campo delicioso, y las
excursiones salan baratas; de suerte que todo el mundo estaba contento,
sin acordarse el bolsista de sus negocios, ni el empleado de su oficina,
ni la mujer hacendosa de los quehaceres de su casa, ni mucho menos el
estudiante de sus libros: las nias en estado de merecer disfrutaban
bastante libertad para dejarse galantear a sus anchas por los muchachos;
y, segn malas lenguas, de igual libertad se aprovechaban algunas
casadas, si no para permitir que fuese invadido all mismo el cercado
ajeno, a lo menos para demostrar que no lo defenderan mucho cuando, de
regreso en la corte, fuesen menor el peligro de la murmuracin y las
ocasiones ms seguras.

A que resultara grata la permanencia en Saludes contribua mucho el
director facultativo, hombre de treinta o pocos ms aos, simptico, muy
inteligente, y en quien se daban reunidas raras circunstancias y
envidiables prendas.

El doctor Ruiloz era el primognito de un banquero, socio principal de
la casa Ruiloz y Compaa, de Madrid. Desde muchacho se empe en seguir
la carrera de mdico, dejando a su segundo hermano el cuidado y la
gloria de continuar amontonando millones. En un principio la familia
trat de quitarle de la cabeza aquel propsito, mas tan resuelto y
decidido le vieron, que no hubo sino dejrselo lograr. Aunque le falten
enfermos--cuentan que dijo su padre--no ha de faltarle dinero, teniendo
yo tanto como tengo. Con la tenacidad mostrada al elegir carrera, y con
la conducta que observ al estudiarla, quedaron probadas la energa y la
fuerza de voluntad que Dios haba puesto en el alma de Juan Ruiloz,
porque sin mermar a la juventud sus fueros, ni dejar de divertirse
durante aquella edad en que la alegra es media vida, fue primero modelo
de estudiantes y luego espejo de mdicos.

Trabajando mucho, prescindiendo de la influencia y riqueza de sus
padres, verdaderamente obstinado en deberlo todo a su propio esfuerzo,
se hizo hombre y comenz a labrarse la reputacin, logrando verla
consolidada en pocos aos con algunos buenos escritos referentes a su
facultad, y gracias a unas cuantas curas y operaciones tan sabias como
afortunadas. Su estancia en Saludes fue puramente accidental. El mdico
en propiedad del balneario, que era un intimo amigo y compaero suyo,
cay enfermo, pidi licencia, concedironsela, necesit prrroga, se la
negaron, y cuando se hallaba a punto de perder la plaza, le dijo Juan:

--No te apures: para estas ocasiones son los amigos de mis padres; yo
har que me nombren director de Saludes, como supernumerario, en
comisin, sin sueldo, de cualquier modo... y en paz: te curas, y cuando
puedas trabajar me retiro modestamente por el foro.

De esta manera lleg a ser mdico del humilde balneario el doctor
Ruiloz, a pesar de que por entonces ya su nombre corra de boca en boca,
seguido de tales alabanzas, que nadie pudo comprender cmo ni por qu
acept destino tan poco lucrativo. Los que estaban en el secreto de la
cosa y conocan ntimamente a Juan, no se sorprendieron, sabiendo que,
a ms de ser amigo de hacer favores, haba en l cierta innata tendencia
a buscar en lo anormal y extraordinario el encanto de la vida. Y dnde
cosa menos vulgar y ms desacostumbrada para un mdico rico y mimado por
la suerte, que ir a encerrarse en un balneario de tercera clase, en el
cual no haba de ganar honra ni provecho, slo por servir a un
compaero?

Tal es la excelencia de las buenas acciones, que a veces el favor que se
hace en obsequio de uno redunda en provecho de muchos, y as sucedi en
este caso, porque cuando su clientela adinerada y elegante de Madrid
supo que Ruiloz iba aquel ao de mdico a Saludes, all se fueron tras
l muchas familias de la corte; unas por tener cerca a su doctor
favorito, y otras esperanzadas en que, no hallndose tan cargado de
trabajo, podran consultarle ms despacio, con lo cual acudi tanta
gente, que todo el verano fue agosto para el humilde lugarejo.

Iba ya vencida la temporada, y Ruiloz estaba, aunque no arrepentido del
favor hecho a su amigo, cansado de tener ms trabajo que en Madrid,
cuando lleg a Saludes un matrimonio joven, acompaado y servido por una
doncella y un ayuda de cmara: albergronse amos y criados en la mejor
casa del pueblo, y en seguida el marido, que se llamaba D. Javier
Molnez, se present a Ruiloz dicindole que su esposa vena enferma, y
que slo para que l la asistiese haban hecho el viaje. Fue el doctor a
visitarla, pregunt cuanto crey conveniente, hizo los reconocimientos
propios del caso, infundi nimo en el abatido espritu de aquella
seora, que adems de joven era hermosa, y luego, llegada la noche, y en
vista de las reiteradas splicas que Molnez le hizo para saber el
verdadero estado de su mujer, le habl de este modo mientras paseaban
por el jardn del balneario.

--Ya que V. la exige y tiene valor para escucharla, le dir la verdad.
El caso no es desesperado, pero poco menos. Cuando llegan a este grado
de desarrollo, las afecciones del corazn son peligrossimas. Aqu no
deben Vds. permanecer ms tiempo que el preciso para que recobre
fuerzas: vulvanse Vds. pronto a su casa. Ni s cmo ha podido soportar
el viaje en las condiciones en que est.

Hizo luego una breve explicacin cientfica, y termin diciendo:

--Puede vivir unos cuantos meses... tal vez aos, aunque
desgraciadamente no lo espero... y cualquier contratiempo en la marcha
de la enfermedad puede tambin ocasionar un desenlace fatal en pocos
das. Acaso la saquemos adelante; pero hoy por hoy su estado es muy
grave. Si mejorase algo, lo ms juicioso sera llevrsela a Madrid.

--De modo que no hay esperanza?

--Eso... slo Dios puede saberlo.

--Y cree V. que debo avisar a mi suegra para que venga?

--Indudablemente, con tal de que halle V. pretexto para justificar su
llegada, porque su seora de V. no est para soportar emociones fuertes.

Sin duda Molnez tena, o hall, modo de justificar el viaje de su madre
poltica, pues le telegrafi para que acudiese a Saludes, donde lleg a
las treinta horas, acompaada de una mujer entrada en aos, que era su
ama de llaves, y de una seorita de gracioso rostro y gentil figura a
quien llamaba Julia.

Pocos das bastaron para que los Molnez y el doctor simpatizaran: entre
los atractivos personales de ste y el agradable trato de aqullos, que
se esforzaban en atraerle y agasajarle en beneficio de la enferma,
pronto se hicieron amigos. Ruiloz y Javier daban juntos largos paseos,
jugaban al ajedrez y con frecuencia coma el primero en casa del
segundo; de suerte que los forasteros siempre tenan cerca al mdico y
ste se complaca en el afable trato de la familia madrilea.

Esto suceda a principios de Agosto.

Transcurrido un mes, todos los habitantes del balneario saban que la
seora de Molnez estaba muy aliviada, y que, sin embargo, el doctor
cada da pasaba ms tiempo en su casa, con lo cual hallaron fundamento
las suposiciones de los malvolos y ocupacin las lenguas de los
murmuradores. Las enfermedades del corazn deben de ser
contagiosas--cuentan que dijo un chusco--porque desde que lleg esa
seora de Molnez el mdico est muy grave.

Realmente, la variacin sufrida por Ruiloz en poco tiempo era tal, que
slo un ciego poda dejar de observarla. De alegre, decidor y bromista,
se hizo triste, callado y serio; algunos das hasta se mostraba
desabrido y seco con los enfermos; en el saln del balneario apenas
pona los pies; negose a recibir fuera de las horas marcadas para la
consulta y, por ltimo, su semblante adquiri una expresin de
melancola que hubiese justamente alarmado a sus padres y amigos si de
improviso llegaran a Saludes.

Este cambio, casi repentino, y las constantes visitas a la familia de
Molnez, daban cierta apariencia de verdad a la suposicin de que al
doctor no le preocupaba nica y exclusivamente el cuidado de un enfermo
grave. La mejora de Clotilde Molnez vali a Ruiloz muchas
enhorabuenas, pero a espaldas suyas dio pbulo a grandes murmuraciones.
Todo el mundo, pasndose de listo y sin recordar que en aquella casa
haba dos mujeres, una soltera y otra casada, crea o finga creer que
el mdico estaba enamorado de la segunda. Sin embargo, el marido de sta
poda dormir tranquilo.

Quien ocasionaba las cavilaciones del doctor era Julia, la joven que
lleg a Saludes con la suegra de Molnez.

Representaba ms de veinte y menos de veinticinco aos: tena la mirada
inteligente y expresiva, las facciones delicadas, el andar airoso y el
cuerpo bien formado; pero su principal encanto estaba en la
conversacin, en el lenguaje, y no slo en lo que deca sino en el modo
de decirlo, porque adems de gran claridad de entendimiento y mucho
ingenio, descubran sus palabras superior bondad de alma y sinceridad
extraordinaria.

Era ilustrada sin afectacin, religiosa sin fanatismo, honesta sin
hipocresa y franca sin descaro. La nica condicin que pudiera deslucir
algo estas cualidades consista en cierta dureza y sequedad de genio y
acritud en las frases, cuando en la conversacin salan a plaza
determinadas flaquezas humanas: la mentira y el engao, el disimulo y la
astucia le eran aborrecibles.

Su ta doa Carmen, madre de Clotilde y suegra de Molnez, pareca fiar
y descansar en Julia para todo lo referente al cuidado de la casa,
tratndola como a hija y siendo por ella considerada con grande amor y
respeto. El cario que ta y sobrina se profesaban era prueba indudable
de la buena ndole de ambas: las atenciones y el mimo que Julia
prodigaba a doa Carmen contribuyeron mucho a que Ruiloz descubriese en
la primera las cualidades que, hbilmente dirigidas, pueden ser la base
de un hogar dichoso.

La sorpresa y las dudas del mdico nacieron cuando, poco a poco, fue
observando que entre Julia, de un lado, y de otro entre su prima y el
marido de sta, no reinaba la misma cordialidad. Para doa Carmen era
toda mansedumbre y cario: respecto de Clotilde y Javier, pareca vivir
en sumisin forzada; les diriga la palabra corts y casi
afectuosamente, pero siempre con tal circunspeccin y mesura, siempre
con tan escasa confianza, que la reserva robaba espontaneidad a su
lenguaje: dirase que meda y pesaba las palabras, evitando
cuidadosamente todo lo que pudiese ocasionar piques y roces. La frialdad
que reinaba entre aquellas tres personas era evidente. En vano se
esforzaban marido y mujer por cubrir con frases pulidas y mentidos
halagos aquella tirantez; intil era tambin la habilidad desplegada por
doa Carmen para ocultar aquella hostilidad mal contenida.

Nada de esto escap a la penetracin de Ruiloz.

El primer sentimiento que Julia le inspir fue la simpata: despus,
notando su rara situacin en el seno de aquella familia, no pudo
librarse de una sospecha en que iba envuelto un desencanto. Imagin que
entre Julia y Javier _haba algo_ y que por encubrirlo fingan: luego
crey que si entonces no estaban unidos por afecto culpable, acaso lo
habran estado tiempo atrs, sustituyendo despus el rencor a la pasin:
por ltimo, se aferr a la idea de que la aversin que les separaba
obedeca a sentimientos de ndole opuesta, porque l mostraba bajeza y
apocamiento ante Julia, y sta, por el contrario, le miraba entre
despreciativa y soberbia. Ruiloz se dio cuenta tambin de que doa
Carmen viva al parecer siempre atormentada por aquel drama ntimo,
esforzndose en limar asperezas, evitar disensiones y alejar conflictos:
ya intervena en los dilogos para variar la conversacin cuando corra
peligro de agriarse, ya entraba oportunamente en las habitaciones
estorbando que Julia se hallase sola con Javier o con Clotilde, ya, por
ltimo, y esto era lo que haca con ms gusto, mimaba y acariciaba a su
sobrina cual si quisiera recompensarla por algn sacrificio o
indemnizarla de alguna grande e inmerecida injusticia. La criada de doa
Carmen tambin pareca querer mucho a Julia, mirando, por el contrario,
a Clotilde y su marido con respeto, pero sin cario: todo lo cual
indicaba que en la existencia de aquella familia haba un secreto: segn
las apariencias Julia era o haba sido vctima de alguna infamia.

La triste situacin de esta mujer, sus gracias naturales, aumentadas con
el novelesco encanto del misterio, y la particular organizacin del
mdico, que, sin duda harto de estudiar el dolor y la materia, buceaba
con placer en las profundidades del espritu, hicieron que Ruiloz se
apasionase por aquella vctima de no sabia qu injusticias. A su amor
contribuyeron, tanto como la figura de Julia, la misteriosa situacin en
que esta se encontraba y la facilidad con que su propio nimo se dejaba
influir y dominar por todo lo extraordinario y anormal: sinti un afecto
formado de simpata y de piedad, robustecido por la prudencia forzada, y
finalmente poetizado por aquella aureola de dignidad y desgracia en que
vea envuelta a la mujer querida. No le seducan sus ojos por
expresivos, ni su boca por fresca, ni su talle por esbelto, sino toda
ella por cierta atmsfera de melancola que, circundndola como un
ropaje ideal, daba a sus ojos apacible tristeza, y a su boca sonrisa
resignada, y a su cuerpo entero una dejadez y laxitud en mayor grado
poderosas y excitantes que la ms esplndida hermosura o la ms astuta
coquetera.

Ruiloz ocult cuidadosamente su amor, pensando que ni la situacin de
aquella familia ni el poco tiempo que en su amistad llevaba le permitan
por entonces otra cosa; pero este mismo forzoso secreto sirvi de
incentivo a su deseo.

Entre tanto, la enfermedad de Clotilde volvi a agravarse, precisamente
cuando el balneario se iba quedando desierto. La fecha de la clausura
estaba cercana, y el mdico no deca palabra de volver a la corte; si
alguien le hablaba del regreso, responda con evasivas: pero como nadie
se engaa a s mismo, harto persuadido estaba de que Julia, nicamente
ella, era quien le retena all. Por fin se marcharon de Saludes hasta
los criados y camareros: no quedaron en el lugar ms que la familia
Molnez y el doctor. Entonces ste, temeroso de que aun a sus nuevos
amigos pareciese sospechosa tal conducta, mortificado por la suposicin
de que pudieran creer que prolongaba su estancia all para hacer pagar
ms caros sus cuidados, y sobre todo aguijoneado por el amor, determin
salir de dudas.

Una noche vio que Julia tena los ojos como puos, de haber llorado.
Nada se atrevi a preguntarle; pero al da siguiente, que era domingo,
esper muy de maana a la criada vieja de doa Carmen, y acercndose a
ella cuando sala de la iglesia le rog que le siguiese hasta su
despacho del balneario, donde, primero con astucias y luego con ofertas
trat de averiguar lo que tanto deseaba saber.

Aquella buena mujer le dej hablar cuanto quiso, sin interrumpirle; oy
sin chistar los inocentes y mal rebuscados pretextos en que fund sus
preguntas, y luego, sonriendo como diplomtico que no se resigna a darse
por engaado, le dijo con la respetuosa franqueza propia de algunos
sirvientes viejos.

--Mire V., seor doctor, hace muchos das que esperaba esto... vamos,
que me buscara V.

--V. lo esperaba?

--Tan seguro lo tena, que antes de venir he pedido permiso a mi ama
doa Carmen.

--Y qu le ha dicho a V.? Y por qu lo sospechaba V.?

--Me da V. su permiso para que hable clarito?

--Se lo ruego.

--Pues V. est enamorado de la seorita Julia; V. ha comprendido que en
la casa pasa o ha pasada algo muy gordo, como vulgarmente se dice, y
quiere enterarse... naturalmente, un hombre tiene derecho a saber lo
que puede importarle.

--Y esto que V. dice, lo sospecha tambin doa Carmen?

--A mi seora no se la escapa nada.

--Y doa Clotilde y su marido?

--La enferma, V. lo sabe, no est para nada: el seorito Javier no s si
se habr fijado; pero ese... lo mejor que le poda suceder era que la
seorita Julia saliera de casa.

--Y _ella_?

--Doa Carmen dice que s, que la seorita ha comprendido que V. la
quiere; yo, a decir verdad, no lo s. Ojal le hiciese a V. caso! todo
se lo merece... aunque no sea ms que por lo que ha sufrido.

--Veo que con una mujer como V. no hay que andarse por las ramas, y
menos estando doa Carmen enterada de...

--Pues pregunte V. lo que quiera. Soy vieja, llevo veinte aos al lado
de doa Carmen, y ya le digo a V. que estoy aqu con su consentimiento.
Lo que V. desea saber es... la situacin de la seorita Julia en la
casa, el por qu no se lleva bien con la seorita Clotilde y con su
marido; en fin todo lo que pasa.

--Cabal.

--Va V. a salir de dudas. La seorita Julia es sobrina carnal de doa
Carmen, hija de una hermana suya que muri hace quince aos. La ha
criado como a su propia hija, que es de la misma edad, poco ms o menos.
En vez de una hija, han sido dos... y, la verdad, la seorita Julia es
de mejor ndole, ms cariosa y dulce.

--Eso un ciego lo ve!

--Hace tres aos comenz D. Javier a seguirlas por todas partes: a
teatros, conciertos, paseos... en fin, lo que hace un enamorado.

--De quin?

--De la seorita Julia. Por fin le presentaron en la casa; ella no le
puso mala cara, y estuvieron en relaciones... cosa de seis meses.

--Pues no comprendo...

--Al cabo de aquellos seis meses lleg el verano. Mis seoritas tienen
costumbre de salir de Madrid todos los veranos, y se encontraron con que
aquel ao no podan: ver V. por qu. La casa donde vivimos en Madrid es
de doa Carmen; un casern viejo, a la antigua. Mi seora quera hacer
obra, obra grande; tirar tabiques, reformar muchas cosas, tapizar luego
habitaciones... un trajn de todos los diablos; y, por otra parte, no
quera renunciar al viaje, cuestin de salud. Tenemos un administrador
viejecito, un buen seor, pero con tantos aos sobre s, que no sirve
para nada. En una palabra, haca falta que se quedara alguien con l.
Total; nos quedamos en Madrid el administrador, la seorita Julia y yo,
pasando todo el verano vigilando a los operarios. La seorita Julia
comprendi que deba dar este gusto a doa Carmen... y de ah naci
todo.

--Y qu tiene eso que ver?...

--No lo adivina V.? Doa Carmen y la seorita Clotilde se fueron con
una doncella, nosotras nos quedamos y... aqu entra lo feo. Doa Carmen,
que haba autorizado los amores de la seorita Julia con D. Javier,
prohibi naturalmente que ste entrase en la casa durante su ausencia, y
ella, ms buena que el pan, para evitar toda clase de habladuras, pidi
a su novio que se marchara tambin de Madrid durante el verano. Y l se
fue, s, seor; pero se fue donde estaban ellas: primero a San
Sebastin, luego a Biarritz, quince das a Pars... y donde fue no lo
sabemos, pero...

--Clotilde le rob el novio a Julia?

--S, seor; robado, esa es la palabra. Parece que la cosa comenz con
bromas y coqueteos; no s lo que sucedera; pero o ella le volvi loco,
o l pens que ms vala la rica que la pobre. A mitad del verano dej
de escribir a Julia. El administrador y yo cremos que la seorita se
mora: doa Carmen lleg a Madrid enferma del disgusto, porque ya se
traa tragada la infamia. Qu cosas le dijo a su hija! No hubo medio de
evitarlo: l amenaz con sacarla depositada, y, ante el escndalo, hubo
que ceder. Este es el secreto de todo. Como V. puede imaginar, se acab
la tranquilidad.

No hay palabras con que expresar el asombro de Ruiloz, asombro mezclado
de pena, pues su primera suposicin fue que Julia segua enamorada de
Javier. Trat, sin embargo, de coordinar sus pensamientos, y pregunt a
la vieja:

--Pero dgame V.: despus de todo esto, cmo sigue la seorita Julia
viviendo en la casa?

--Viven y no viven juntos. La seorita Clotilde y su marido tienen el
bajo, que es independiente; doa Carmen, Julia y yo, el principal. En
Madrid _ellas dos_ apenas se vean. Por eso han sido aqu los
rozamientos, en cuanto se han acercado. Adems, _ella_ quiso meterse
monja... ponerse de institutriz... cmo haba de permitirlo la seora?

--Todo est explicado.

--Claro! Aqu han sido los disgustos gordos. Cuando V. mand llamar a
mi ama, la seorita Julia no quiso que viniera sola: pens que tendra
calma para ver a la otra, para verle a l... y no ha habido tal calma.
Esta es la situacin.

--Y no hay ms?

--Lo dems es muy delicado.

--Pobre mujer!

--Figrese V.! Est colocada en la alternativa de tener que abandonar
a doa Carmen a quien todo se lo debe, o soportar la presencia de los
otros. Y ahora comprender V. tambin la influencia que han de tener
ciertos sacudimientos morales en la enfermedad de doa Clotilde; porque,
a m no me cabe duda, tambin ella ha de sufrir... y bien castigada
est! Clotilde sabe que Julia la desprecia, y al mismo tiempo est
celosa de ella.

--Si Julia quiere, yo la har feliz!--exclam Ruiloz en un rapto de
indignacin mezclada de ternura.

Y en aquel momento comprendi que la quera de veras. No, no era slo la
atraccin de lo misterioso y anormal; era que aquella mujer se le haba
metido en el alma. Hizo un esfuerzo por serenarse, domin la impresin
que senta, y dijo:

--Pues bien; slo dos cosas deseo saber ahora; primera: cree V. que
Julia quiere todava a D. Javier?

--Me parece demasiado altiva, demasiado digna...

--Segunda: cree V. que doa Carmen apoyar mis deseos?

--Cuando me ha permitido venir aqu, es que ha visto en V. un hombre
honrado para su Julia.

--Pues si es as, yo aprovechar la primera ocasin que se me presente
propicia para hablar con Julia. Con tal de que su antiguo amor hacia
Molnez no sea una verdadera pasin!

--Se me figura que no; eso V. lo averiguar. Y ahora, para concluir, yo
tambin tengo que hacer a V. una pregunta por encargo de mi ama, y claro
est que repetir con la mayor prudencia lo que V. diga. Vamos a ver:
cul es el verdadero estado de la seorita Clotilde?

[Illustration:... subieron de punto sus cavilaciones.]

--Hoy por hoy, gravsimo. Creo, sin embargo, que de esa crisis
saldremos adelante; pero de las que vengan luego no respondo; en uno
de esos ataques tiene que quedarse. De modo que si ahora se alivia, lo
antes posible, a Madrid con ella.

       *       *       *       *       *

Desde la maana en que Ruiloz habl con la criada confidente de doa
Carmen, subieron de punto sus cavilaciones. Ya saba cuanto dese saber;
ya conoca el secreto de aquella familia, el motivo de las tristezas de
Julia, y sin embargo, sus dudas eran ms dolorosas que antes. Ella en
nada desmereci a sus ojos, sigui parecindole tan digna de ser querida
como antes; nada viturable hall en su conducta; haba amado a un hombre
que la despreci por otra, ni ms ni menos... All la traidora, la digna
de censura era Clotilde. Para Molnez no encontraba calificativo
bastante duro: era un miserable vulgar, que sintiendo inclinacin hacia
una mujer la dej en cuanto supo que era pobre, dndole por rival a su
misma prima, prolongando luego una situacin en que la infeliz haba de
sufrir doblemente con mortificaciones de amor propio y... acaso, acaso
con dolorossimos celos. Porque quin podra decir si Julia no amaba a
Javier? En qu consistira su tormento? En la postergacin sufrida, o
en el desengao experimentado? Quin era capaz de saber lo que pasaba
en su alma? El haberle quitado el novio, significaba para ella la
simple humillacin del orgullo femenino, herida hecha en la vanidad, que
escuece pero se cura, o sera tal vez el robo de sus ilusiones y la
muerte de sus esperanzas? Aquel odio hacia Clotilde que Julia no poda
encubrir era expresin ms o menos exagerada de desprecio y
superioridad, o era el rencor de un alma a quien se haban cerrado las
puertas de la dicha? En una palabra, habra Julia sentido por Molnez
un amor tibio y pasajero, ya extinto, o una de esas pasiones que en la
adversidad se exacerban y llenan toda la vida?

Ruiloz necesitaba saberlo, pues una cosa era para l pretender a quien
slo fue requerida de amores consintiendo en ello, y otra cosa muy
distinta sera aspirar a enseorearse de un corazn que tena dueo,
tanto ms adorado cuanto ms imposible era poseerlo. Finalmente,
comprenda que le era indispensable averiguar si Julia odiaba a Clotilde
tan slo por su pasada perfidia, o si estaba celosa de ella porque amase
a Javier.

Las circunstancias le favorecieron, y l las aprovech, empleando medios
conforme a su ndole soadora y romntica, siempre propensa a recursos
en que la fantasa superaba al raciocinio.

Cualquier otro hombre hubiese comenzado por galantear a Julia hasta
esperanzarse con algn fundamento, para seguir despus enamorndola a
fuerza de sinceridad y prudencia: l comenz a discurrir ante todo la
manera de salir de dudas; lo dems, supona que se hara solo.

Pronto se le present la oportunidad de poner su imaginacin al servicio
de su propsito.

A los pocos das de hablar con la criada de doa Carmen se acentu el
retroceso en el padecimiento de Clotilde, a quien velaban
alternativamente una noche su marido con la doncella, y otra Julia con
doa Carmen, la cual sola echarse en un sof mientras Julia pasaba el
rato leyendo y pronta al cuidado de la enferma.

Para una de estas noches concibi y dispuso Ruiloz su plan, ideado acaso
con no muy slido fundamento, por suponer al prjimo capaz de afectos
ms vehementes que los por l experimentados, pero que a juicio suyo
haba de darle plena certidumbre de los sentimientos de Julia.

Por la tarde el doctor tom en su casa dos frascos, uno de cabida como
para treinta gramos, y otro muy pequeo: llenolos ambos de agua clara,
y, sin aadir nada al primero y mayor, verti en el segundo una materia
inofensiva, que dio al agua transparente un color amarillo tan
brillante, que puesto el vidrio al trasluz, pareca contener oro
lquido. Luego tap cuidadosamente ambos frascos, y esper a que llegase
la ocasin deseada.

       *       *       *       *       *

Las habitaciones que servan de albergue a los Molnez eran espaciosas
y estaban amuebladas a estilo de pueblo, contrastando con la vetustez y
modestia de cuanto haba en ellas el aspecto moderno y la riqueza de los
utensilios, ropas, neceseres y estuches de los madrileos: un saco, una
manta de viaje valan ms que todo lo puesto a su disposicin por el
husped.

Ocupaba el centro de la casa una sala grande con dos dormitorios, uno a
cada lado: el de la derecha para doa Carmen y Julia; el de la izquierda
para Clotilde y su marido.

La enferma, casi privada de poder acostarse, pasaba muchas horas sentada
en una gran butaca, junto a un ventann, al travs de cuyos cristales,
pequeos y emplomados, se descubra un hermoso y pintoresco valle.
Cuando quera dormir se extenda en aquella misma butaca, y apoyada en
varios almohadones, lograba conciliar el sueo. Una lmpara muy lujosa,
llevada de Madrid, iluminaba el gabinete, mientras Clotilde estaba
desvelada, encendindose en su lugar, cuando quera dormir, una buja
puesta en el suelo y tapada con una manta colgada entre dos sillas.

Tal era el aspecto de la estancia una noche en que doa Carmen y Julia
deban velar a Clotilde.

Ruiloz procur entretenerse un rato con doa Carmen, hasta que Javier se
retir a descansar; luego fue dejando decaer el inters de la
conversacin que sostena con ella hasta verla dar cabezadas, y cuando
se hubo dormido por completo fue acercndose hacia Julia, que estaba
leyendo junto a un velador, encima del cual luca la lmpara, cuya
pantalla arrojaba toda la claridad sobre su gentil figura, dejando los
extremos de la habitacin en sombra. Tena puesto un traje de lanilla
gris liso y muy ceido; la respiracin pausada y tranquila imprima a su
hermoso pecho un movimiento regular, y un rizo sedoso y negro, escapado
de entre las horquillas, le ocultaba parte de la frente.

No pareca interesarle gran cosa la lectura: haba instantes en que los
ojos se le quedaban inmviles, fijos, cual si entre ellos y el peridico
se interpusiese algo indefinido y soado que abstrajese su alma de
cuanto la rodeaba, dibujndose en su rostro una sonrisa de hasto y de
tristeza; pero otras veces al menor ruido que procediese de donde estaba
Clotilde, aquellos mismos ojos se animaban de pronto, como si en ellos
fulgurase la llamarada de un impulso indomable. Si Clotilde respiraba
fuerte o se mova, haciendo crujir levemente sus ropas, Julia, alzando
sbito la cabeza, quedbase mirndola, con las pupilas incendiadas por
un relampaguear indefinible y extrao, tan extrao, que nadie hubiese
podido decir si era expresin de odio o muestra de terror. En aquellas
miradas imposibles de descifrar estaba retratada su situacin. Qu
afecto agitara su alma? La soberbia de un perdn desdeosamente
otorgado? La indiferencia del desprecio? Tal vez la compasin que
inspira la desgracia, aun merecida, o acaso el rencor involuntario y
hondo que con ningn infortunio se apacigua?

Al llegar Ruiloz al lado de Julia, sta dej caer el peridico sobre el
velador, disculpndose de haber seguido leyendo.

--Cre que se haba V. marchado.

--Sin despedirme?

--V. ya es de casa.

--Ojal!

--Por qu?

Ruiloz, sin contestar a esta pregunta, sigui:

--Me he quedado para hablar con V.

--Conmigo?

--S; V. es aqu tal vez la nica persona con quien se puede hablar
claramente del gravsimo estado de esa pobre seora. Para qu
mortificar ms a su madre y a su marido?

--Cree V. que hoy est peor?

--S; y quisiera hacer una prueba con ayuda de V. Si V. no se hubiese
quedado hoy a velarla, habra esperado, porque para lo que intento, no
puedo fiarme del marido, a quien la emocin quitara serenidad, ni menos
de la madre...

--V. dir lo que se debe hacer.

Ruiloz mir hacia doa Carmen para convencerse de que segua durmiendo,
y sacando del bolsillo los dos frasquitos, el del agua clara y el de
agua teida de amarillo, dijo ensendolos a Julia y refirindose al
segundo:

--Este es un medicamento de una violencia excepcional; hay que emplearlo
con la mayor precaucin; no hay veneno que se le iguale.

--Y cmo se da eso?

--Ahora lo sabr V. Clotilde habr tomado esta tarde poco alimento...

--Muy poco.

--Probablemente se despertar, y entonces le da V. dos cucharadas de lo
contenido en el frasco grande. Tal vez siga tranquila, y en ese caso,
nada. Pero lo casi seguro es que sobrevenga una excitacin muy fuerte, y
entonces le da V. cuatro o seis gotas de lo del frasquito amarillo.
Muchsimo cuidado: es absolutamente necesario que la excitacin sea
indudable y fuerte, porque si toma el segundo medicamento sin haberse
producido la alteracin, en situacin normal... la muerte sera cosa de
dos horas. Me ha comprendido V. bien?

--Creo que s--repuso temblando.

--Al ponerse agitada, nerviosa, casi delirante, el frasco amarillo; y,
no lo olvide V., si esa excitacin no viene, drselo es matarla.

En seguida Ruiloz, aparentando la indiferencia con que suelen hablar los
mdicos de estas cosas, se despidi y sali, dejndola con los dos
frascos sobre el velador y llena de sobresalto el alma.

Realmente aquello era un engao, slo posible con una persona ignorante
en cosas de medicina; mas la situacin de Julia no dejaba por eso de ser
tremenda.

La casualidad, acaso la Providencia, pona en sus manos la existencia
de Clotilde. Estaba moribunda, su vida penda de un hilo, y ese hilo
ella poda cortarlo con completa irresponsabilidad... Matarla? no: no
ms que adelantarle un poco la hora de la muerte, y la impunidad sera
absoluta, nadie haba de saberlo. Con decir que sobrevino la agitacin
prevista por el doctor y que le dio el segundo medicamento...

S; aquella era la hora de la venganza, el momento de la expiacin, tan
fcil como nunca pudo soarla un espritu rencoroso. Adems, quin iba
a sospechar de ella, cuando el mdico sera el primero que la pusiese a
salvo?

Ruiloz lo calcul todo de un modo diablico. Las dos supuestas medicinas
eran agua: ni la primera haba de causar agitacin, ni la segunda poda
producir la muerte; pero si Julia daba la ltima, su intencin no
ofrecera duda de ningn gnero: habra mentido al decir que vino la
excitacin, y habra demostrado, slo para Ruiloz, el deseo de abreviar
la vida de Clotilde. En una palabra, Ruiloz iba a penetrar en el alma de
Julia: si sta procuraba la muerte de Clotilde, era seal de que segua
enamorada de Javier, o de que sin amarle era rencorosa hasta la
perversidad, e indigna de ser querida; si lo contrario, demostrara
primero que su corazn era incapaz de venganza, y tal vez que su amor a
Javier era sentimiento extinguido.

De esta suerte quedaron ambos al separarse, lleno de confusin el
pensamiento: Ruiloz porque aquella prueba haba de revelarle el temple y
la ndole de la mujer querida, y Julia porque a solas con su conciencia
imaginaba ser juez en causa propia.

       *       *       *       *       *

Qu noche tan larga... y qu ideas tan negras!

Pero su voluntad no vacil, la entereza de su virtud no desfalleci un
instante; mas la imaginacin... a esa quin le corta las alas?

Al travs de los vidrios y visillos de las ventanas se vean lucir las
estrellas; turbaban el silencio los ruidos caractersticos del campo; ya
el campanilleo de una recua, ya el rechinar de un carro, ya los
graznidos de las aves rapaces que buscaban nidos entre la espesura del
ramaje.

A las tres de la madrugada la enferma pidi agua; Julia se la dio. La
tentacin no haba hecho presa en su alma, y sin embargo, todo su cuerpo
temblaba, no por miedo al delito, sino slo ante la facilidad de poder
ejecutarlo.

--Te tiembla la mano--dijo Clotilde con voz dbil al tomar el vaso.

--Tengo fro--repuso Julia.

Y llena de espanto pens en cul otro y cun distinto sera su temblor
si hubiese aceptado la idea del crimen. Clotilde, apurando el agua, mir
con precaucin en torno, y bajando cuanto pudo la voz, pregunt:

--Estamos solas?

--S.

Entonces, dominada por uno de esos impulsos misteriosos que hacen pensar
a dos almas en una misma cosa al mismo tiempo, atrajo a Julia hacia s,
diciendo con acento de splica:

--An me guardas rencor?

--Calla y duerme--repuso aterrada, parecindole que evocar lo pasado era
incitarla al delito.

[Illustration:--Te tiembla la mano--dijo Clotilde...]

A las cuatro y media, cuando empezaba a despuntar el da, Clotilde llam
otra vez. Julia, con mano firme y pulso seguro, le dio la cantidad que
deba del lquido contenido en el frasco grande, y esper... Vendra
la agitacin esperada y temida por el doctor?

Clotilde qued inmvil y adormilada, como en reposo absoluto de espritu
y de cuerpo; apenas se notaba su respiracin.

A Julia se le apag la lmpara, y cogindola sin llamar a nadie, la sac
fuera para que no diese tufo, yendo a dejarla en uno de los cuartos
inmediatos.

Ya era da claro. Avida de ambiente puro, abri un balcn que daba al
huerto, y apoyada de pechos en la barandilla, respir con fuerza, larga
y deleitosamente el aire fresco del amanecer. Qu sol tan hermoso!...
Y en su alma, qu dulcsima paz!

       *       *       *       *       *

Ruiloz hall a la enferma igual que la vspera. Julia le dijo que haba
pasado la noche sin novedad, y le devolvi el frasquito del lquido
amarillo, diciendo con la mayor naturalidad.

--No ha hecho falta.

       *       *       *       *       *

Aprovechando una pasajera mejora de Clotilde, se decidi pocos das
despus la vuelta a Madrid, pero sin esperanza: ella misma, convencida
de su prximo fin, murmuraba tristemente al salir del pueblo:

--A morir a casa!

Ruiloz les acompa hasta la estacin, donde llegaron largo rato antes
de la hora de salida.

El da era hermossimo: un airecillo manso y saturado de aromas
campestres mova lentamente los rboles; los andenes estaban casi
vacos; no se oan ms ruidos que el rodar del mnibus que regresaba al
pueblo y el alegre piar de una bandada de gorriones, que vena
revoloteando a posarse en los alambres del telgrafo. Doa Carmen y
Javier estaban al lado de Clotilde, para quien se haba dispuesto en la
sala de descanso una butaca. Julia y Ruiloz paseaban calladamente, yendo
y viniendo desde los almacenes de mercancas hasta el depsito de agua,
que serva como de abrevadero a las locomotoras.

De pronto ella, dando, sin saberlo, pie al mdico para que dijese lo que
tenia pensado, le pregunt:

--Estar V. aqu todava mucho tiempo?

--No; ir a Madrid muy pronto.

Y al mismo tiempo, fijando en Julia la mirada, se permiti cogerle
familiarmente una mano, y como quien est resuelto a no callar,
continu:

--Por lo que V. ame ms en el mundo!... igame V. un instante. S lo
buena que es V..., lo que V. merece, lo que ha sufrido... Le ofrezco a
V. un nombre honrado, una posicin independiente... y un tesoro de
cario. Quiere V. ser mi mujer?

Ella call un momento entre absorta y halagada, sin gran sorpresa,
exenta de enojo: despus baj los ojos, y alzndolos luego y mirando
cara a cara, repuso:

--Est V. seguro de lo que siente? Es que me quiere V..., o que me
compadece? Porque V. sabe algo... No, no ser amor... es lstima.

--Cree V. que se casa nadie por lstima?

--Sabe V. que soy pobre? Que no tengo absolutamente nada?

--Y me alegro con toda mi alma.

Entonces, inundado el corazn de una felicidad tanto ms intensa cuanto
menos prevista, le dijo:

--Debemos pensarlo mucho. Venga V. pronto a Madrid... y hablaremos. No
cree V. que debemos conocernos ms?

--La conozco a V. mucho ms de lo que imagina.

       *       *       *       *       *

Pocos minutos despus partieron los viajeros.

Doa Carmen y su criada cuchicheaban a un extremo del vagn: Javier iba
contando un puado de monedas de plata; Clotilde, reclinada sobre un
montn de almohadones, tena impresas en el semblante las seales de un
dolor intenso.

Ruiloz qued solo e inmvil en el andn, al borde de la va... triste,
atormentado de mil cavilaciones; pero pronto abri el alma a la
esperanza, porque Julia permaneci asomada a la ventanilla hasta
perderse el tren de vista en una curva que comenzaba junto a la salida
de agujas.

Luego se oyeron lejanos los resoplidos del vapor, rasg los aires un
silbido y en el espacio qued flotando una nubecilla blanca.




Amores romnticos.


Felisa tena veintitrs aos; era hermosa, rica, estaba enamorada, poda
casarse, porque su tutor no lo estorbaba, y sin embargo, iba dilatando
voluntariamente la realizacin de su ventura: encantos de la juventud,
bienes de fortuna, pasin correspondida, todas las circunstancias que
justificaban y debieran de contribuir a que la boda se celebrase
pronto, quedaban en ella esterilizadas por una resistencia
incomprensible.

Su novio, que se haba educado en el extranjero, hacindose luego
ingeniero en Espaa, tena cuatro o seis aos ms que ella, y era
tambin inteligente, rico, de buena ndole y arrogante figura,
cualidades que le rindieron en poco tiempo el corazn de Felisa, pero
que no bastaron a conquistar su voluntad.

La conducta de la muchacha era un verdadero enigma. Estaba en la
situacin ms favorable a su deseo que pudo soar mujer amante: para
ella querer era poder, y en vez de fijar el da del casamiento,
constantemente lo aplazaba, cundo con astucia, cundo con energa, ya
fingiendo prolongar la vanidosa satisfaccin de verse deseada, ya
mostrando recelo de que al ser poseda mermase la vehemencia del amor
que haba inspirado, ya negndose clara y resueltamente.

El pobre Manuel no acertaba con la explicacin de lo que entre ambos
ocurra.

Felisa era elegantsima; gustbale todo lo artstico y lujoso, pero no
pecaba de manirrota ni derrochadora. Segn ella, con lo que haban de
reunir al casarse, tendran ms de lo necesario: no haba, pues, que
atribuir a codicia el origen de aquella resistencia.

El tutor, que por honrosa y rara excepcin le sirvi de padre carioso,
deseaba la boda: primero, suponiendo que sera feliz, y segundo pensando
ahorrarse las molestias que proporcionaba la administracin de lo
ajeno; con lo cual Felisa no hallaba oposicin que vencer.

Tendra tal vez, como a muchas acontece, idea exagerada de sus propios
encantos y esperanza de fundar en ellos un matrimonio ms ventajoso?

No: Manuel poda rechazar esta sospecha cumplidamente, porque Felisa era
tan modesta como desinteresada; no con la modestia que aparenta ignorar
la propia belleza, sino con aquella otra que muy pocas mujeres tienen y
que consiste en no abusar del poder que sus hechizos les conceden. Le
gustaba engalanarse, pero luego de vestida pasaba ante los espejos sin
mirarse, y ni a solas era ridculamente vanagloriosa, ni coqueta con los
hombres.

Finalmente, Manuel estaba seguro de haberse ido enseoreando del corazn
de su novia en dilogos ntimos y largos, donde, sin menoscabo de su
pureza, pudo mostrarse la mujer tal cual era.

Libre y apasionado l, sin madre y enamorada ella, tolerante y dormilona
el aya que haba de vigilarles, sus entrevistas no fueren dos con
centinela de vista, sino momentos de casta expansin en que sinceramente
se dibujaron sus caracteres, contribuyendo los atractivos morales de
cada uno a que se templara el amor de los sentidos en la dulce
servidumbre de las almas.

No sopl el diablo, a pesar de hallarse tan cerca el fuego de la estopa.
Pero cuanto ms orgulloso estaba Manuel por haberse apoderado del
corazn de Felisa, menos poda explicarse su terquedad en ir dejando la
boda para ms adelante, como si juntamente sintiese amor al hombre y
miedo al matrimonio. En qu se fundaba su temor?

No lleg a sorprenderlo toda la perspicacia de Manuel. Por Noche Buena
del primer ao de sus amores, le dijo Felisa que se casaran en la
primavera siguiente; llegado Abril, lo aplaz para el verano; luego dio
largas hasta la vuelta de los baos de mar; en Septiembre ide nueva
dilacin con pretexto de pasar el otoo en Pars haciendo preparativos y
compras; por ltimo habl del da de ao nuevo y santo de l, y hubiese
seguido alargando plazos si Manuel no tuviera el valor de fingir (su
trabajo le cost) que se enfadaba seriamente. Plante la cuestin,
discutieron, y venci... a medias, que es como siempre vence el hombre a
la mujer.

Manuel tena necesidad ineludible de ir a Nueva York y permanecer all
dos o tres meses para arreglar asuntos que, al morir, dej pendientes su
padre, y que importaban muchos miles de duros; deseando adems estudiar
los ltimos adelantos realizados por ciertos ingenieros _yankees_.
Echando cuentas galanas, su proyecto era casarse, pasar unos das en
Pars, y hacer luego el viaje con Felisa durante la luna de miel: a lo
cual ella se neg en redondo, proponindole a su vez que fuese solo a
Amrica, que mientras terminara todos los preparativos, y que a su
vuelta l designara la fecha definitiva del casamiento.

Con esta nueva demora hubo de transigir Manuel, ya formalmente
esperanzado por la seriedad de la promesa.

--Comprendo que tengas miedo al mar--le dijo;--pero jrame que
documentos, papeles, ropas, muebles, todo, lo tendrs preparado para que
nos casemos a las veinticuatro horas de mi llegada. Si intentas el menor
retraso, creer que es un pretexto, un modo de reir conmigo.

Te juro que al da siguiente de tu llegada nos casamos, si t lo
deseas. Acaso soy la primera que tiene miedo al mar?

Pero menta.

La navegacin no le inspiraba temor: se neg a embarcarse por ganar
tiempo, parecindole que aquellos dos o tres meses no haban de acabarse
nunca.

Pocos das despus emprendi Manuel su viaje.

Desde Pars, desde el Havre, hasta momentos antes de ir a bordo, la
escribi cartas llenas de confianza y de ternura, a las cuales ella
contest con un telegrama, pues no haba tiempo para ms, en que
discreta y veladamente ratificaba su promesa.

Luego, cuando durante la navegacin dej de recibir aquellas frases que
le recordaban el compromiso adquirido, volvi de nuevo a la resistencia.
En vano su aya o acompaante, aleccionada por Manuel, intent que
principiase a buscar casa, tomar criados, comprar ropas de cama y mesa
y encargarse trajes. Felisa no hizo nada; en vez de entregarse a las
ocupaciones gratas para cuantas se casan a su gusto, persisti en su
inaccin: antes pareca amante abandonada que novia dichosa. Ni aun el
tutor logr hacerle comprender lo desatinado de su conducta.

--Mira, nena--le deca,--ests jugando con fuego: afirmas que le quieres
y al mismo tiempo te niegas a casarte; de modo que si se da a pensar en
semejante contradiccin... Figrate! Va a creer que hay en tu vida
alguna mancha cuyo recuerdo te obliga a rechazar lo mismo que deseas.
Pobre de l y pobre de ti como se le meta eso en la cabeza! Vamos a
ver: en qu fundas tu terquedad?

Cuando tales cosas escuchaba Felisa, dejaba caer la cabeza sobre el
pecho y contestaba con evasivas.

--No s... rarezas mas... ya nos casaremos.

El origen de su proceder era de tan difcil explicacin, que ni ella
misma poda justificarlo: estribaba en una preocupacin casi pueril,
meramente sentimental y supersticiosa; pero tan robustecida en fuerza de
darle vueltas con el pensamiento, que no consegua desterrarla ni
vencerla. Ignoraba el modo de combatirla; pero saba formularla con esa
terrible claridad que tiene el alma para conocer sus desventuras. He
aqu lo que la atormentaba y sobre lo cual levantaba una serie de
razonamientos insensatos, descabellados, pero que le hacan sufrir como
si fuesen fruto de la lgica ms perfecta.

Su madre haba sido mujer de extraordinaria hermosura, una de esas
beldades excepcionales que debieran ser premio providencial otorgado a
los mejores hombres; pero que, por azares de la vida, son presa y
juguete del primero que sabe engaarlas, pues es cosa sabida que no
corta la flor quien sabe apreciarla, sino quien anda ms cerca de ella
al punto en que se abre. Aquella mujer encantadora fue desgraciadsima
por causa de su propia hermosura: todas sus desdichas, y fueron tantas
que acabaron con ella, tomaron origen en su funesta belleza.

El primer hombre a quien quiso muri loco por no lograr que se la diesen
como esposa. Luego la casaron sus padres con un ricacho desalmado y fro
que, tras una temporada de apasionamiento meramente fsico, la dej
abandonada durante cuatro aos. Arruinose despus en el juego, y
pensando entonces que las gracias de su mujer podan ser base de nueva
prosperidad, le impuso con amenazas la reconciliacin, obligndola a
soportar amantes, a quienes explotaba. De una de estas uniones naci
Felisa que pudo ser el consuelo de su madre; pero el marido la dio a
criar en tierra extraa, y al cabo de unos cuantos meses dijo que haba
muerto. Por ltimo, aquel malvado reprodujo con caracteres ms
repugnantes la tradicin o leyenda de la mujer de Candaules, y una
noche, cenando con tres amigos, subast entre ellos a su esposa. Los
padres de sta, sabedores de tanta infamia, pusieron remedio al mal: a
fuerza de oro rescataron a la esposa mrtir y a la nia abandonada,
muriendo de all a poco la primera y heredando la segunda aquella
belleza extraordinaria, germen maldito de tamaas desdichas.
Posteriormente, primero los abuelos y despus el tutor, criaron y
educaron a Felisa entre mimos y grandezas.

Ms adelante el supuesto padre, que slo lo era legalmente, pidi a los
abuelos una gruesa suma; no quisieron drsela, y l, por vengarse, hizo
llegar a manos de la nieta un papel donde refera las infamias que haba
hecho con su mujer, la vida que le oblig a sobrellevar, y hasta la
lista de los amantes que le impuso.

Todo esto saba Felisa: tal era el vergonzoso origen que no quera
confesar a su novio. Adems, por testimonio de gentes que la conocieron
y por retratos que se conservaban, saba tambin que fsicamente se
pareca a su madre cuanto una mujer puede parecerse a otra. Tan grande
era la semejanza, que hallndose un verano en un pueblo de baos, un
caballero anciano la habl, comprendiendo quin era sin que nadie se lo
dijese, porque a voces lo declaraban los rasgos su fisonoma.

Esta era la causa de su insistente deseo de aplazar la boda: de una
parte quera ocultar la infamia de su nacimiento, y de otra aquel
extremo parecido perturbaba sus ideas hasta el punto de hacerle temer
que, como hered la belleza, heredara tambin la desgracia y la
deshonra. Calma, reflexin, frialdad, todo era intil. Mientras
escuchaba las protestas de amor que su Manuel le prodigaba, crea en l
y le adoraba, maldicindose a si misma, por imaginar que aquel hombre
fuese capaz de algo malo; pero cuando a solas por la noche besaba el
retrato de su madre, o cuando a la maana se vea en el espejo, senta
nuevamente el alma invadida de temores; erguase en su pensamiento la
resistencia invencible al matrimonio, y en garanta de felicidad ansiaba
ser amada como no lo fue su madre, como acaso no lo fue mujer alguna,
con una pasin despojada de todo sensualismo, con afecto ideal, tan puro
y limpio de deseos, que ni la posesin lograra mancillarlo ni el hasto
destruirlo.

Haba en aquella supersticin cierta grandeza trgica entre cristiana y
gentlica. De un lado supona ser de aquellos hijos malditos en quienes
retoan y se castigan las culpas de los padres; de otra parte se miraba
predestinada al infortunio como las vrgenes de los poemas griegos:
tema juntamente ser vctima expiatoria, y presa de la fatalidad,
viniendo estos sentimientos, por una larga e intrincada serie de
transformaciones mentales, a degenerar en una impresin doble y extraa
que la impulsaba a deleitarse con el pensamiento en el amor, y a temer
al amante como hombre. Dirase que su madre la concibi forzada,
pugnando por sustraerse a la realidad, y que ella, adivinndolo, senta
horror de ello, procurando aborrecer las perfecciones corporales que
haban de convertirse en desventuras del alma.

Otros tiempos, otras ideas, otro medio social en torno suyo, y Felisa
hubiera sido de aquellas visionarias que se atenaceaban los pechos y se
abrasaban el rostro para no caer en brazos del ngel malo. Era, sin
darse cuenta de ello, una mstica del amor; quera sentirlo y poseerlo
en espritu, con la suave delicia del arrobamiento; y como aquella
belleza que supona funesta le sujetaba al suelo, maldeca de ella
viendo en la expresin turbadora de sus ojos, en la prpura de sus
labios, y hasta en el timbre voluptuoso y penetrante de su voz, otros
tantos presagios de irremediables infortunios.

Estas preocupaciones, en un principio voluntarias y solicitadas por el
pensamiento, llegaron a dominarla, convirtindose poco a poco en
supersticioso terror; sus cavilosidades adquirieron esa tenacidad
inconsciente de las perturbaciones mentales, y comenz a odiar sus
encantos, como si fueran obstculo a su felicidad y causa de que no
pudiera saber hasta dnde llegaba el amor del hombre a quien quera.

Por fin su imaginacin enfermiza resumi todos aquellos desvaros en
esta pavorosa duda:

Si fuese fea... me querra?

Jams mujer bonita se ha hecho pregunta tan terrible.

En estado de nimo anlogo al suyo debi de verse aquella dama que,
perseguida con deseos torpes por un rey de Castilla, se abras el rostro
para evitar la ocasin de su deshonra.

Felisa, menos trgica, ms moderna, y sobre todo ms femenina, se limit
a procurar saber si Manuel amaba y deseaba en ella algo superior a la
envoltura carnal. Luego de sentirse amada en espritu, toda hermosura le
parecera poca para que l la gozase; pero alambicando y
quintaesenciando a su modo la ndole de la pasin que inspiraba, se
preguntaba constantemente:

Me querra si fuese fea?

       *       *       *       *       *

Cuando Manuel tuvo casi ultimados los asuntos que motivaron su viaje,
escribi a Felisa fijando el da de la boda.

Dentro de quince das estar en Pars--deca,--y desde all
telegrafiar.

La travesa de Nueva York al Havre se lo hizo ms larga que a los
argonautas toda su expedicin: al fin pis el puerto, tom el tren y se
detuvo en Pars, a lo cual le obligaba la necesidad de negociar ciertos
valores, albergndose en la misma fonda donde estuvo algunos das al
hacer el viaje de ida, porque en ella viva su antiguo y carioso amigo
Pepe Teruel, que conoca a Felisa, y a quien constantemente hablaba de
ella: debilidad propia de enamorados, que siempre han menester
confidente.

Manuel y Pepe haban sido compaeros de colegio, condiscpulos de
carrera y camaradas de aventuras en la primera poca de su juventud: tal
confianza les una, que al irse a Nueva York el primero dijo al segundo:

--Ya he dicho a Felisa dnde ha de escribirme y hasta qu fecha; pero
cuando le avise que estoy a punto de volver, me escribir aqu. T me
guardas las cartas hasta que te las pida, si por casualidad he de
permanecer fuera ms tiempo.

En cumplimiento de este encargo, el da de su regreso le entreg Pepe
tres o cuatro cartas, dicindole, al drselas en el cuarto de la fonda,
mientras les preparaban el almuerzo:

--Saba ella con seguridad cundo te embarcabas?

--Fijamente, no. Por qu?

--Porque esas cartas son muy atrasadas: estos ltimos das no ha
escrito... esta maana ha llegado otra carta... pero no parece suya la
letra... tmala.

--De modo que estas son anteriores?

--Claro: la ltima vino el 2; estamos a 30; con que...

--Veintiocho das sin escribir!

Desazonado por el presentimiento de alguna desgracia, rompi el sobre,
cuya letra no era de Felisa, y mir la firma.

--De quin?--pregunt Pepe.

--De Lorenza.

--Quin es esa seora?

--La conoces: es aquella viuda graciosa y parlanchna con quien jugabas
al aljedrez; buena y lista, pero demasiado amiga de divertirse. No me
gusta que ande mucho con ella, pero vaya V. a evitarlo! Felisa le da
vestidos, sombreros, la saca de apuros, la lleva al teatro, en coche...
Es el tipo de la parienta o amiga que tienen casi todas las muchachas
ricas; servicial, complaciente, mitad por afecto, mitad por inters...
Felisa la maneja como quiere. Y vaya una carta larga. Vers cmo hacen
encargos, de seguro piden trapos... y, sin embargo, me temo algn
disgusto gordo.

La lectura de los primeros renglones le alarm: luego se puso plido,
comenzaron a temblarle las manos, nublronsele los ojos, como si a
despecho de la entereza varonil quisieran brotar las lgrimas, y por
ltimo, dejndose caer sobre una butaca, alarg el papel a su amigo,
mientras deca entre sollozos:

--Entrate. Pobre Felisa ma!

Pepe ley en voz alta.

Querido Manuel: No s si recibirs en Pars estas lneas ni cundo
llegarn a tus manos. S que voy a darte una pesadumbre, y, sin embargo,
ni quiero ni puedo dejar de escribirte. Yo lo hubiera hecho de todos
modos, pero adems lo hago por encargo de Felisa.

Tantos rodeos para comenzar y los muchos das que llevas sin recibir
noticias suyas, te habrn hecho temer que aqu sucede algo grave:
desgraciadamente, no hay ms remedio que decrtelo. Ha pasado el
peligro, pero ha sido grandsimo: unas viruelas espantosas.

En cuanto a su vida, puedes estar tranquilo; los mdicos la han
salvado. Dicen que la convalecencia ser larga, y basta verla para
creerlos. No parece su sombra; en fin, seguiremos cuidndola como
hasta aqu, y recobrar las fuerzas perdidas.

[Illustration:--Entrate. Pobre Felisa ma!]

Y ahora, pobre amigo, rmate de valor. Ya te lo figuras, verdad?
Consulta bien a tu corazn, haz algo que sea semejante a un examen
amoroso de conciencia, y si quedas seguro de que todava puedes
quererla, preprate a sufrir una gran desilusin y a luchar con la ms
terca mana que cabe en cabeza humana.

La violencia de la enfermedad ha sido espantosa: dice el mdico que no
recuerda tan fuerte ataque de viruelas. Para qu aumentar tu pena
refirindote detalladamente cunto ha sufrido y nos ha hecho pasar?
Donde ms ha tenido ha sido en la cara; fue preciso atarle las manos
para que no se destrozara, y aun as ha quedado completamente
desfigurada.

Las facciones han perdido su regularidad y su gracia; la tez, todava
plagada de manchas rojizas, quedar para siempre llena de hoyos, y por
algo que no s explicarte, pues no entiendo lo que dicen los mdicos, la
cara se le ha quedado algo contrada y como atirantada; en las mejillas
y alrededor de los labios es donde tiene ms viruelas; los ojos apenas
dan idea de lo que fueron: la viveza y expresin que tenan se ha
convertido en una mirada amortiguada y mate: no hay brillo en sus
pupilas, y casi estoy por decirte que su dulce melancola contribuye a
que sea mayor la compasin que inspira: parece que en los ojos se le
refleja la amargura del alma.

Al segundo da de levantarse pidi un espejo. Doa Genara y yo habamos
quitado los que haba en el cuarto, deseando retrasar la horrible
impresin que haba de sufrir, tratando al menos de que no fuese una
impresin brutal y repentina. Como comprenders, los espejos pequeos
podan esconderse fcilmente, y as lo hicimos: con decir que no
parecan, en paz; pero delante del armario de luna tuvimos que poner un
biombo con pretexto de que por una puerta entraba aire.

Todas las precauciones fueron intiles: ya sabes lo lista que es.
Enseguida lo not todo, y dndonos sus llaves, pidi un espejo de mano
que tena guardado. Hubo que obedecer. Se mir, hizo un esfuerzo
violentsimo por sobreponerse a la impresin que debi de sufrir, y
luego inclin la cabeza sobre el pecho, mientras por las mejillas le
caan dos lagrimones que no podan resbalar como antes sobre la tersura
de la piel, sino que fueron cayendo de hueco en hueco y de hoyo en hoyo
como gotas de agua arrojadas contra arena dura. Qu escena tan triste!
No es para descrita.

En muchas horas no hubo modo de arrancarle palabra. No comi ni
durmi. A la tarde siguiente me llam, hacindome sentar a su lado y me
encarg que te escribiera.

He aqu, poco ms o menos, sus palabras, que pronunci serena,
framente, y las cuales, a mi juicio, son el fruto de una noche de
horrible insomnio y de sin igual tormento:

Escribe a Manuel, dile que he estado mala, lo que he tenido... y cmo
me he quedado. La verdad desnuda... que estoy horrible, espantosa, que
puedo inspirar lstima; pero que el amor y el mundo se han acabado para
m: que le devuelvo su palabra... y que sea tan feliz como merece. Ya
ves--aadi--es hombre, y por grande que sea su amor, qu pasin
resiste a esta prueba? Hasta me complazco en creer que sufrir. Ya ves
si soy egosta! Pasar una temporada cruel, pero ni puedo ni quiero
exigirle que se case conmigo. Qu desencanto si me viese! En mi
belleza--sigui diciendo se fundaba su amor; la he perdido y tiene
derecho a la libertad: si yo no se la diese ahora, l la recobrara
luego... y sera peor. Esta resolucin es irrevocable; nada podr
torcerla. En cuanto pasen unos das y me sienta ms fuerte, me ir a la
Puebla del Maestre, procurar restablecerme, y tratar de olvidar un
mundo donde, ya lo ves, la dicha depende de una calentura y unos cuantos
granos feos en la cara. Pobre de m! Escribe a Manuel de modo que sufra
lo menos posible, pero persudele de que esto se acab; ahrrale penas,
pero qutale toda esperanza. Bien miradas las cosas, aunque ahora lo
sienta, cuando sepa cmo estoy, bendecir este arranque mo. No debemos
volver a vernos. Quiero que, de conservar memoria ma, guarde el
recuerdo de la otra Felisa, la de antes.

He tratado de repetir sus mismas frases: lo que no puedes imaginar es
el acento de amarga y firme resolucin con que las dijo.

Y he aceptado el encargo de escribirte esta carta violentndome mucho,
porque s la pena que ha de causarte: pero ten la seguridad de que nadie
participar de ella tan sinceramente como tu antigua y buena amiga,

LORENZA.

Manuel estuvo abatidsimo durante la lectura de la carta, y concluida,
interrog a su amigo con la mirada, invitndole a que hablase. Pepe lo
hizo as:

--Qu quieres que te diga? El golpe es rudo... pero vamos a cuentas.
Del exceso del mal brota a veces en la vida el consuelo, y si no el
consuelo, la persuasin de que las fuerzas humanas se estrellan contra
la realidad. La cosa es dolorossima: para un enamorado, saber que su
amada se ha puesto fea es robarle el sol a medio da... En cambio la
situacin no puede ser ms despejada. Todo te lo dan hecho.

--Explcate.

--Una de dos: o amas a esa mujer de tal modo que aun desfigurada, la
haces tuya... y creme, ella ceder si lo intentas; o no te atreves a
tanto, y entonces... pues te quedas aqu un ao, y chico... cmo ha de
ser? la mancha de la mora... De todos modos, pinsalo mucho, interrgate
y contstate sinceramente, porque ni debes hacer nuevas protestas de
pasin, movido slo de conmiseracin y lstima, ni exponerte a que un
arrepentimiento tardo te haga desdichado para el resto de tu vida.

Manuel no estaba para sostener discusin, ni siquiera para expresar lo
que senta.

Pepe sigui hacindole reflexiones de las que a sangre fra se discurren
cuando no es propio el mal que las motiva.

As estuvieron todo el da y parte de la noche encerrados en el cuarto
de la fonda: Manuel, triste y silencioso, leyendo y releyendo la carta:
Pepe, aguzando el ingenio y prodigando sutilezas que endulzasen tanta
amargura.

       *       *       *       *       *

Pocos das despus Lorenza reciba la presente carta:

Mi querida amiga: El ser yo quien conteste a lo que ha escrito V. a
Manuel, necesita previa explicacin. Yo tambin soy medianero de
tristezas: V. experimentar, al leer lo que voy a decirle, una impresin
tan dolorosa como la que yo he sufrido leyendo lo que V. ha escrito.

Cuando Manuel march al Havre para embarcarse, me rog que recibiese
cuantas cartas llegasen para l. Casi todas--me dijo--sern de
negocios; las abres y contestas segn instrucciones que luego te dar.
Y despus, ensendome el sobre de una escrita por Felisa, aadi: Las
que tengan esta letra me las guardas. Con posterioridad a su partida
llegaron varias que conoc ser de _ella_, y las guard: luego faltaron,
y como hace tres das recib la de V., y la letra del sobre en nada se
parece a la de Felisa, claro est, la abr y le. Por el mal rato que
habr V. pasado al escribirla, podr V. comprender el que yo estar
sufriendo ahora, porque el objeto de estas lneas es igualmente
doloroso. Razn tienen los que afirman que lo novelesco e inverosmil
abunda ms en la realidad que en los libros!

Hace cuatro das, cuando esperaba la llegada de Manuel, recib un
telegrama puesto por el cnsul de Espaa en el Havre, que es antiguo
amigo mo, y que estaba redactado en estos trminos:

Ocurrido grave y desgraciado accidente a Manuel al desembarcar
procedente de Amrica. Conviene venga V. por primer tren.

A las pocas horas de recibida esta triste noticia, llegu al Havre. El
accidente a que se refera el cnsul haba sido horrible. En el momento
en que, recin llegado de Nueva York, saltaba Manuel desde el vapor que
le haba trado, al bote que deba conducirle hasta el muelle, estaban
en la entrada del puerto dos ingenieros holandeses haciendo las primeras
pruebas de una lancha movida por un aparato de su invencin, llamado
propulsor de reaccin. Quiz, como seora, no entienda V. bien lo que
esto significa, ni esta es ocasin de explicrselo. Bstele a V. saber
que se trata de un nuevo sistema de locomocin martima, sin ayuda de
remos, velas, vapor ni electricidad.

La maana estaba hermossima; miles de curiosos llenaban los muelles;
el lanchn de los holandeses, que surcaba las aguas con pasmosa
velocidad, pas junto al bote en que vena Manuel.

Este, como buen ingeniero y apasionado de su profesin, quiso
presenciar a corta distancia el experimento, y para lograrlo, dio
propina a los remeros, dicindoles que siguiesen de cerca a la
embarcacin de los inventores.

Pocos momentos despus, el aparator motor que manejaban los holandeses,
cargado con sustancias qumicas, estall, causando varias vctimas.

Uno de los que lo manejaban qued muerto en el acto; el que hacia de
timonel sufri graves quemaduras, y nuestro pobre Manolo, que tan
imprudentemente se haba aproximado, recibi en la cara gran parte de
la carga qumica que deba mover el malhadado invento.

Los remeros, vindole caer sobre las tablas del bote con el rostro
ensangrentado, le trajeron inmediatamente a tierra.

Las heridas son, como dicen los mdicos, de pronstico reservado; mas
por lo que yo he podido comprender, el pobre Manuel quedar ciego.

Fue llevado al hospital de marina, y de all, con grandes precauciones,
le traje a Pars en cuanto lo permiti la prudencia. No est en peligro
su vida, por fortuna, pero repito que la prdida de ambos ojos parece
inevitable: slo un milagro puede hacer que estos temores no se cumplan.
Ya ve V. lo cruel que sera comunicarle ahora todo lo que V. me dice en
su carta sobre la enfermedad y la resolucin de la desgraciada Felisa.

Querr ella, despus de leer estas lneas, renunciar a su propsito?
Qu resolver? Ni puedo ni quiero adelantarme a interpretar su
voluntad, que acaso se modifique dadas las circunstancias.

El desdichado ignora la gravedad de su situacin; supone que se curar
por completo; cree que ver pronto, y a quien ms desea ver es a su
Felisa.

Con tal intensidad se ha posesionado de l este deseo, que me ha dado
encargo de hacer a Felisa la proposicin siguiente:

Dice que, segn ellos convinieron, Felisa debe tener arreglados todos
los documentos necesarios para la boda, y que como l tiene tambin
corrientes los suyos, el matrimonio se puede celebrar en Madrid por
poderes, luego de lo cual espera que ella venga inmediatamente a Pars,
no a pasar una luna de miel, sino a cuidar a su marido enfermo. Tal es
la mezcla de amor y de egosmo que se ha imaginado.

Esto me ha dicho hace dos horas. Cmo quiere V. que yo le entere de
que su Felisa ha perdido aquella belleza que era su orgullo, y adems le
diga que ha resuelto no casarse? Se supone querido e ignora que quedar
ciego. A su discrecin de V. fo cmo debe enterar a Felisa de todo
este, y con arreglo a lo que resuelva aguardo instrucciones.

Hable V. con ella y contsteme lo antes posible.

Suyo afectsimo siempre.

PEPE.

La lectura de esta carta produjo a Felisa una emocin extraordinaria e
imposible de analizar: sinti pena por el infortunio del ser amado,
incertidumbre de lo que debiera procurar segn lo extraordinario de las
circunstancias, y alegra por vislumbrar la ocasin de ver puesta a
prueba la grandeza de su corazn.

Con cierto refinamiento egosta de idealismo pervertido y femenino, se
complaca en persuadirse de que la desgracia de Manuel daba solucin al
pavoroso problema de sus dudas; porque si haba de quedarse ciego, qu
importaba ya que en ella subsistiese el encanto de su belleza heredada y
funesta?

Adems, ella le hablara de su hermosura como de un bien ilusorio, por
lo fugaz, y del amor de su alma como de una realidad inacabable y
constante. Qu importaban ni qu valan la prpura de su boca, ni el
llamear de sus ojos, comparados con la ternura de su espritu?

La fuente de los placeres terrenos y groseros estaba para l cegada, y
en cambio, ella, en su alma, senta brotar y correr hacia el amado un
raudal de abnegacin y dulzura. Aquello era la purificacin de toda
torpeza, la clara visin interna del amor: amar sin ver el objeto de la
pasin, algo semejante a la fe que adora lo que acaso no existe.

       *       *       *       *       *

Lorenza contest telegrficamente a Pepe, que Felisa acceda al
matrimonio por poderes, y que enseguida de verificado saldra para Pars
con dos criados, si, dada su avanzada edad, no poda el tutor
acompaarla.

Envi Manuel los poderes necesarios, y allan Felisa a fuerza de dinero
cuantas dificultades surgieron, resolviendo, por ltimo, que un primo
suyo representase al novio, y que la ceremonia se verificara en la
Puebla del Maestre, donde todo haba de serle ms fcil de lograr,
gracias a los amigos y deudos que all se desviviran por servirla.
Salieron las cosas a medida de su deseo, y una maana, muy temprano,
ante poca gente, puesto el pensamiento en el hombre a quien quera, dio
palabra y entreg mano de esposa al que le representaba. Hasta la
anormalidad de ser otro distinto de su amante quien recibi su
juramento, le pareci cosa conforme al estado de su espritu, porque, en
vez de sentir el terror que le inspiraba la idea de dejarse poseer, pudo
complacerse en saborear mentalmente el casto placer de pensar que su
porvenir y su vida estaban para siempre unidos a los de un hombre que la
quera, y que, no pudiendo verla, no habla de fundar la pasin en slo
la hermosura.

Hallbase al otro da ocupada en los preparativos para marchar a Pars,
cuando recibi un telegrama fechado en Burdeos, donde sin mas
explicaciones, deca Manuel:

No salgas del pueblo: llegar pasado maana.

Su sorpresa no pudo ser mayor; pero qu remedio, sino esperar y
obedecer?

       *       *       *       *       *

Al expirar el plazo marcado a su impaciencia, Felisa, acompaada de
Lorenza, sali a recibir a Manuel hasta legua y media ms all del
pueblo, esperndole nerviosa y desasosegada, al caer la tarde, en un
recodo del camino.

En la ltima lnea del horizonte, bajo la inmensidad azul, se destacaban
las cumbres violceas de la sierra, oase a lo lejos acompasado y lento
el campanilleo de una recua, y una bandada de golondrinas, piando
alegremente, volaba en torno de los murallones de un castillo ruinoso
que pareca perdido y olvidado en la extensa soledad del llano.

De pronto son ruido de cascabeles y trallazos, y ambas mujeres vieron
venir por la carretera un coche de colleras tirado por cuatro mulas y
envuelto en una nube de polvo.

Pocos minutos despus el coche se detena, y el amante esperado se
apeaba solo, ligero y gil, saltando como un muchacho.

Felisa, sin acertar a creer lo que vea, grit a su compaero:

--Es l! Solo! Sin vendas ni trapos!

Manuel la abraz con fuerza, como quien se apodera de algo propio
largamente codiciado, y ella se dej estrechar sin sustraerse al
legtimo halago.

--Pero qu engao ha sido este?--pregunt l, trmulo de gozo, viendo
su rostro sin la menor seal de la mentida enfermedad.

--Quise saber--repuso ella--hasta dnde llegaba tu cario. Pero y tus
ojos y tu ceguera?

--De tu mentira, que cre verdad, naci la ma. Qu te sorprende? Quise
demostrarte que tu corazn me atraa ms que tu belleza. Yo te amaba
desfigurada y fea... como tu me has querido ciego. Piensa ahora si
seremos dichosos: t hermosa, yo pudiendo mirarte, y los dos seguros uno
de otro.

_Este libro se acab
    de imprimir en
   Madrid, en casa
    de A. Avrial,
    el da 12 de
     Junio de
     1896_





End of the Project Gutenberg EBook of Tres mujeres, by Jacinto Octavio Picn

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TRES MUJERES ***

***** This file should be named 29663-8.txt or 29663-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        https://www.gutenberg.org/2/9/6/6/29663/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was
produced from scanned images of public domain material
from the Google Print project.)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
https://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
